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-The Project Gutenberg EBook of Juvenilla; Prosa ligera, by Miguel Cané
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org
-
-
-Title: Juvenilla; Prosa ligera
-
-Author: Miguel Cané
-
-Release Date: December 7, 2012 [EBook #41575]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK JUVENILLA; PROSA LIGERA ***
-
-
-
-
-Produced by Adrian Mastronardi, Carlos Colon and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive)
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-
- JUVENILIA
-
-
- PROSA LIGERA
-
-
-
-
-MIGUEL CANÉ
-
-
-Nació en Montevideo, en 1851, durante la emigración. Estudió en el
-Colegio Nacional de Buenos Aires y se graduó en Derecho en la
-Universidad el año 1872. Perteneció al grupo de espíritus selectos que
-formó la "generación del ochenta", en momentos en que la cultura
-argentina se renovaba substancialmente en el orden científico y
-literario.
-
-Su actividad fué solicitada alternativamente por la política, la
-diplomacia y la vida universitaria; pero siempre se mantuvo fiel cultor
-de las buenas letras, con aticismo exquisito. Nadie pudo ser más
-representativo para ocupar el primer decanato de nuestra Facultad de
-Filosofía y Letras, a cuya existencia quedó para siempre vinculado su
-nombre.
-
-Inició su carrera de escritor en "La Tribuna" y "El Nacional". En 1875
-fué diputado al Congreso; en 1880 director general de correos y
-telégrafos; después de 1881 ministro plenipotenciario en Colombia,
-Austria, Alemania, España y Francia. En 1892 fué Intendente de Buenos
-Aires y poco después Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores.
-
-Publicó los siguientes libros, que le asignan un puesto eminente en
-nuestra historia literaria: "Ensayos" (1877), "Juvenilia" (1882), "En
-viaje" (1884), "Charlas literarias" (1885), Traducción de "Enrique IV"
-(1900), "Notas e impresiones" (1901), "Prosa ligera" (1903). Ha dejado
-numerosos "Escritos y Discursos" que pueden ser reunidos en un volumen
-tan interesante como los anteriores.
-
-Con excelente gusto crítico y ductilidad de estilo, cualidades que educó
-en todo tiempo, logró ser el más leído de nuestros "croniqueurs",
-igualando los buenos modelos de este género esencialmente francés. Más
-se preocupó de la gracia sonriente que de la disciplina adusta,
-prefiriendo la línea esbelta a la pesada robustez, como que fué en sus
-aficiones un griego de París.
-
-Falleció en Buenos Aires el 5 de Septiembre de 1905.
-
-
-
-
- "LA CULTURA ARGENTINA"
-
- MIGUEL CANÉ
-
- JUVENILIA
-
- PROSA LIGERA
-
- Textos completos, con un prólogo de
- HORACIO RAMOS MEJÍA
-
- BUENOS AIRES
- «La Cultura Argentina»--Avenida de Mayo 646
- 1916
-
-
-
-
- =ADVERTENCIA DE LA PRESENTE REEDICION=
-
-
-Por indicación del Dr. Miguel Cané (hijo) se ha preferido para la
-reimpresión de "Juvenilia" el texto de la edición de 1901, que ha sido
-objeto de retoques y adiciones del autor; para la de "Prosa Ligera" se
-sigue el texto de 1903.--L.C.A.
-
-
-
-
-PRÓLOGO
-
-
-I
-
-Nos separan algunos lustros de la época en que Miguel Cané actuaba; poco
-tiempo, sin duda, en la evolución moral de un país, aunque el nuestro,
-por causas complejas, realiza la propia a saltos. En fantástica carrera
-los hechos se suceden, cambiando nuestra fisonomía colectiva a cada
-instante. Aquel lapso de tiempo equivale en la vida europea al correr de
-muchos años, quizá varias décadas. Entre nosotros la duración de una
-existencia humana representa una época. Así, al hablar de Cané, casi
-tenemos que referirnos a un momento completamente diverso del actual.
-
-Ocurrió su nacimiento en 1851, en vísperas de la organización nacional.
-Contemporáneo de Sarmiento, Vicente F. López y Alberdi, perteneció a la
-generación de Pellegrini, Lucio V. López, del Valle y Avellaneda. Todos
-se han ido y con ellos sus modalidades, sus virtudes, sus vicios y sus
-costumbres. Hubo entonces más personalidades descollantes, ya porque el
-término medio fuera más bajo o porque existe actualmente un nivel
-superior de cultura general efectuado a expensas de la individualidad
-sobresaliente. De todas maneras, pudo en aquel tiempo existir, y
-existió, una _élite_ en cierto modo reducida, directora absoluta en
-todos los órdenes de la actividad: política, artística y social,
-inconcebible en estos tiempos de actividades antagónicas y en que la
-mayor población, o mejor, la necesidad de dividir el trabajo social, ha
-originado esferas de acción diversas, sin más punto de contacto que el
-del choque.
-
-Aquel grupo director, a que perteneció Cané por méritos propios,
-constituyó en política el gobierno y la oposición simultáneamente, por
-no decir que fué siempre y únicamente lo primero, no existiendo la
-segunda; pues si bien actuó en estos dos aspectos de la vida pública, lo
-hizo sin que existieran más divergencias entre sus componentes que las
-nacidas de la simpatía personal o de los rumbos circunstanciales tomados
-por cualquiera de ellos. Chocaron hombres, no ideas. Los negocios
-públicos se manejaron así, en acuerdo íntimo, aunque en el detalle, o en
-la forma, se pudiera diferir. De tal modo, más que una causa de
-discordia, la política fué para ellos un nuevo lazo de unión, que hizo
-más fuerte y eficaz su influencia, hasta por el hecho mismo de dar la
-cómoda apariencia de un rodaje político completo, sin sus notorios
-inconvenientes. En arte fué el grupo avanzado que gustaba de la música,
-del teatro y de las letras modernas, mientras la generalidad se
-emocionaba todavía con la lírica ingenua y las trovas románticas; y
-llegado el caso, en noble complot, provocaba por medio de vigorosos
-artículos o en propagandas de club y casas de familia, una corriente
-simpática para salvar del desamparo a Rossi, el estupendo intérprete de
-Shakespeare, que se debatía en el Politeama entre la olímpica frialdad
-de las butacas vacías.
-
-En el aspecto social de la vida, tuvieron el doble prestigio de su
-nacimiento y de su talento. La estrecha comunidad de afectos y de
-ideales, favoreciendo la tertulia amable de la fiesta de familia y del
-club, ocasión para el trato continuo y obligadamente chispeante, hizo de
-ellos esos "causeurs" inimitables, persuasivos sin aparentarlo y
-entretenidos hasta sin quererlo; supieron usar de ese don con eficacia,
-y de ellos salió el conjunto de oradores que ha tenido la República.
-
-Esa fué la influencia de la "élite" en los tres órdenes de la actividad
-de ese tiempo. En retribución, el medio los hizo así: Hombres de mundo,
-decidores, caballerescos y delicados hasta en el insulto al adversario;
-escritores de afición, entretenidos y sueltos, casi ninguno dedicado
-totalmente a la literatura, como a nada; políticos de alma--cargando el
-prejuicio de que sólo el puesto público exalta la personalidad y aleja
-la perspectiva del fracaso--francos, cariñosos y nobles; conjunto de
-cualidades y defectos que puede resumirse en una sola palabra: el
-_porteño_, prototipo de nuestra psicología social. A su acervo habría
-que agregar, redondeando el retrato, ese convencimiento íntimo, tan
-suyo, de superioridad respecto del provinciano, cuya silueta, de
-contornos inesperados por la traición alevosa del sastre del terruño, en
-impensada conjura con una capilosidad que tenía reminiscencias de
-bosque,--al que no le faltaban ni los trinos zorzaleños,--ocultaba
-todo ese caudal de voluntad, honda instrucción y solidez de
-pensamiento,--intransparentable por la reserva de su temperamento,--para
-ofrecerse sin defensa exterior de ninguna clase al comentario risueño e
-incisivo. Me viene el recuerdo de una de sus páginas tan felices de
-Juvenilia, en la que su autor nos refiere uno de los muchos incidentes a
-que daba lugar este antagonismo de los dos caracteres:
-
-"Habíamos pillado un trozo de diálogo entre dos de ellos (dos
-provincianos)--cuenta Cané--uno que decía, con una palangana en la
-mano: ¡Agora no más la vo a derramar! y el otro que contestaba en voz de
-tiple: ¡No la derramís! Lo convertimos en estribillo que les ponía fuera
-de sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don
-Quijote". La viveza y el indiscutible brillo del porteño, hízole
-aprovechar de esa ventaja de su temperamento--que era la única--y le
-asignó injustamente un valor que no tenía...
-
-Si se quisiera una muestra de lo que decíamos al comenzar, ninguna sería
-mejor, posiblemente, que ésta: los pocos años transcurridos han bastado
-para borrar aquellas creencias, aunque una falsa exterioridad pretenda
-ocultarlo, en algunos casos.
-
-El porteño tenía el complemento de su personalidad en la calle Florida.
-Los coches en interminable hilera desfilaban, a la caída de la tarde, de
-regreso de Palermo, con todo lo elegante que en nuestra sociedad
-contaba, entre la doble fila de muchachos. El saludo amplio y largo, en
-el que el sombrero parecía añorar el penacho caballeresco, señalaba el
-encuentro de la gente conocida, que era toda.
-
-Luego los famosos bailes del Club del Progreso...
-
-¿No parece que estuviéramos hablando de otro país? Tan diferente fué esa
-época de la actual, que de ella sólo queda el recuerdo, formado, para
-nosotros, de las conversaciones de aquellos que fueron actores, cuando
-en días de invierno propicios al calor del fuego, o en noches de
-serenidad estival, bajo el amplio techo de estrellas y de una melancolía
-que era un repique lejano, gustaban relatar a media voz sus tiempos de
-juventud, con esa elocuencia tan evocadora, aun para los que nada
-habíamos visto y que sólo hemos sentido en ellos...
-
-Miguel Cané fué todo eso. Tuvo, asimismo, otras condiciones de que
-carecieran la mayoría de sus contemporáneos, o que en ellos estuvieron
-mitigadas por sus temperamentos.
-
-Señaló en el diapasón general una tendencia que resulta grata para las
-almas afines: el afán de la cultura intelectual superior, artística. La
-fundación de la Facultad de Filosofía y Letras fué una de sus
-aspiraciones, y fué creada, en mucha parte, por los trabajos que él
-hiciera en su favor. Aunque ella, más que una solución,--la Facultad de
-Derecho o de Medicina, pueden haber abogados y médicos; la de Filosofía
-y Letras no hace un filósofo ni un literato,--es índice que señala un
-derrotero, y a Cané debemos nuestro agradecimiento por eso. Hay otro
-hecho que lo señala también a una consideración especial en este mismo
-sentido. En un momento de la vida intelectual argentina, en que su
-prestigio de hombre de letras le permitió ejercer un cierto tutelaje
-paternal sobre los nuevos, supo ser un protector decidido e inteligente.
-Y saber alentar es como ser bueno: no se aprende, se nace.
-
-
-II
-
-De toda su generación y aun de las anteriores, Cané ha sido, como
-escritor, el tipo representativo, como lo fuera Echeverría bajo otro
-concepto, y lo es Lugones de nuestro momento actual.
-
-Su tipo representativo, desde este punto de vista: de lo que pudieron
-dar la mayoría de nuestros hombres con vocación literaria. De lo que
-dieron es Echeverría, posiblemente el más talentoso de todos, imitador,
-en poesía y cuyas ideas, sino mal asimiladas, representaban con algún
-atraso el movimiento ideológico del mundo. Este ejemplo expresa
-claramente el juicio que nos merece la obra intelectual argentina
-pre-actual.
-
-En otro tiempo, cuando el entusiasmo ciego y _a priori_ por nuestros
-escritores nos hizo leerlos con asiduidad y cariño, nos aburrimos.
-Sucedió tal cosa, sin embargo, porque un falso criterio presidió nuestra
-lectura.
-
-La labor constructiva del país encomendada a aquellos hombres, obligólos
-a una acción múltiple, que tuvo la eficacia del conjunto, pero que
-llevaba forzosamente implícita una ineficiencia cierta en cada una de
-las actividades parciales. Cané afirmaba que el mal de nuestra
-estructura era la vaguedad del ideal. Más preciso hubiera sido decir: la
-pluralidad de ideales. "En el principio era la Acción". Acción resultó
-para ellos la literatura, el arte, como la política y la guerra. Como
-tal debemos considerar todos los frutos de su pensamiento. Tener
-otro criterio para juzgarlos, sería equivocar la verdadera
-intención--subconsciente--que animó a nuestros hombres. No contradice
-todo esto lo que dijéramos al principio, de que Cané fué el tipo
-representativo de su generación y de las anteriores, en el sentido de
-que señaló una pauta respecto a lo que pudieron dar los que, como él,
-tuvieron vocación por las letras. Con un criterio que no es el caso de
-analizar minuciosamente, en bien o en mal, la mayoría de nuestros
-escritores pre-actuales, buscaron hacer "obras definitivas". Las
-circunstancias que hemos indicado hicieron que ellas resultasen
-trasuntos de teorías y pensamientos ajenos, no siempre bien asimilados y
-concretados en un amontonamiento de páginas ilegibles y tremendamente
-aburridas.
-
-Los libros de Cané, en cambio,--salvo Juvenilia, que es un
-recuerdo,--están formados casi en su totalidad de artículos sueltos, que
-aparecieran en diarios y revistas sin ningún plan de compilación
-ulterior. Verdaderamente amenas, superficiales, escritas con fluidez y
-señalando siempre una tendencia superior de cultura y un ideal de arte,
-ellas son como el espejo normal donde se refleja lo que hubieran podido
-ser aquéllas, a haber tenido sus plumas, como la de Cané, la célebre
-divisa de las espadas florentinas: "_Non ti fidar di me, se il cor ti
-manca_".
-
- * * * * *
-
-Hemos dudado mucho antes de fijar la creencia de que Cané no hubiera
-podido ser más de lo que fué: un amateur de talento y gusto refinado.
-¡Quién sabe si en su primera juventud no hubo pasta para un gran
-escritor! Hicimos esta observación después de leer un artículo de
-"Ensayos", su primer libro, que no conocíamos, a pesar de haber gustado
-ya algunos de los posteriores: En viaje, Juvenilia, Prosa Ligera, de los
-cuales había nacido aquel concepto.
-
-¡Quién sabe! Se siente en ese artículo, en ese cuento, como que su mano,
-transmutada en garra, se aleja de esa superficie de las cosas que él
-tanto amara, e hiciera valer también con su prosa leve y fluida--para
-cuya calificación exacta tendríamos que valernos de la expresión con que
-Sainte Beuve define el estilo de Madame de Sevigné: "deja trotar su
-pluma con la brida al cuello"--para penetrar en lo hondo y sacudir con
-vibración de clarinada las fibras de la esperanza, de la angustia y del
-dolor, como las tristes cañas, habladoras y gemebundas, cuando por entre
-ellas sopla el huracán. Hay una sugerencia muy grande en "El Canto de la
-Sirena". Surge de él un espíritu que no es el que luego fuera habitual
-en Cané.
-
-Pero, ¿no fué más hombre después? ¿No debió sufrir más? Y el dolor es la
-sombra y la fuente del genio... ¿Fracasado? Alguna vez hemos pensado,
-si no seremos todos, una vez entrados en la madurez, una esperanza más o
-menos frustrada de la juventud.
-
-¿Cuántas veces ha hablado, después, Cané, de esos mismos sentimientos?
-Muchas veces y ninguna.
-
-Entre esos renunciamientos continuos que dice Renan constituyen la vida,
-quizá exista ese, inconsciente, que tomaría la forma de una desgastación
-imperceptible de nuestra alma.
-
-Y lo terrible es que es muy leve, con levedad que aleja la desconfianza
-y con ella la defensa de sí misma[1]. Entonces he comprendido aquel
-párrafo de la carta de Beethoven a Bettina Brentano: "Los artistas son
-de fuego, ellos no lloran". No deben llorar ni vivir la vida de los
-otros... Defenderse, defenderse siempre y de todo...
-
- [1] Es por eso que siento un horror piadoso por los chicos precoces
- a quienes tengo simpatía o cariño. Se me figura--y aquí hago mío un
- pensamiento de José María Ramos Mejía--que los retardados poseen
- como una capa preservadora que mantiene en una especie de fanal,
- sus almas delicadas.
-
- * * * * *
-
-La obra literaria de Miguel Cané comprende siete volúmenes: "Ensayos",
-"En viaje", "Charlas literarias", "Juvenilia", la hermosísima traducción
-del "Enrique IV" de Shakespeare, "Notas e Impresiones" y por último
-"Prosa Ligera"[2].
-
- [2] A esto hay que agregar algunos artículos sueltos aparecidos en
- diversas revistas. Véase "La Biblioteca" y la "Revista de Buenos
- Aires", entre otras. "A la distancia", que algunos diccionarios y
- publicaciones consideran como otro volumen, es un folleto en el que
- se han reunido dos artículos que se encuentran en "Charlas
- literarias": Carlos Encina--recuerdos íntimos--y "Tedium Vitae".
-
-"Ensayos" es la obra de la juventud. Fué publicada en 1877, cuando su
-autor tenía 26 años. Hay artículos, sin embargo, que llevan la fecha de
-1872. Nada mejor que el prólogo para dar una idea del contenido del
-volumen: "Decía al principio que no me hacía ilusiones sobre el mérito
-de estos ligeros trabajos, destinados casi todos a la vida efímera de un
-diario. Desde luego, no hay plan ninguno, ni ilación entre ellos. Una
-lectura, una impresión, un recuerdo o una esperanza, he ahí de dónde han
-salido, incompletos, desaliñados, sin soñar jamás el honor de ser
-encuadernados". Tiene el interés, sin embargo, de mostrar a Cané en el
-comienzo de su vida literaria. Estos primeros libros de los hombres de
-letras tienen un sabor especial para el que quiere conocer sus almas.
-Está allí más abierta que en ninguna parte; tienen siempre la ingenuidad
-juvenil de cuando se cree en todo y la vida es verdaderamente "un arduo
-deseo". El primer libro es quizá la única ocasión de conocer de cerca y
-en lo posible un alma y un corazón. Ya hemos hablado de un artículo: "El
-Canto de la Sirena". No hay para qué volver sobre él.
-
-"En Viaje" es el relato de su visita a Colombia y Venezuela, con ocasión
-de su investidura diplomática. Observador perspicaz y amable, no es
-extraño que este libro sea una de sus mejores producciones. Tuvo, al
-tiempo de su aparición, el mérito de hacer conocer países totalmente
-ignorados por nuestros hombres.
-
-"Charlas Literarias" es una colección de artículos de crítica sobre
-autores argentinos y extranjeros, donde se destacan sus dos
-predilecciones literarias: Shakespeare y Dickens. Aparece también allí
-un estudio sobre Falstaff, que puede considerarse como la base del que
-más tarde hiciera, precediendo su traducción del "Enrique IV". Tanto el
-uno como el otro son de los más bellos y acertados que escribiera Cané.
-
-"Notas e Impresiones" y "Prosa Ligera", su última publicación,
-pertenecen a la misma categoría de "Charlas Literarias", aunque con una
-tendencia argentinista más acentuada. A "Notas e Impresiones" lo
-componen correspondencias que Cané envió desde París al diario "La
-Prensa" y que fueron firmadas con el seudónimo de Travel. En "Prosa
-Ligera" aparecen dos o tres estudios que tuvieron en un principio
-aspiraciones a obras orgánicas. Tal los titulados: "El arte español",
-base de un libro sobre Velázquez, y "En el fondo del río", "De cepa
-criolla" y "A las cuchillas", trío destinado a formar parte de "un
-estudio de nuestra sociabilidad en aquel momento" y que comenzó a
-escribir en 1884.
-
-Por último "Juvenilia", su más grande acierto.
-
-Forman el pequeño libro sus recuerdos de estudiante, época feliz que, de
-todo el caudal acumulado de ciencia, de arte y de experiencia que la
-vida da para aplacar sus asperezas, constituye lo único suave y
-consolador, como mano de madre sobre una frente agitada.
-
-¿Eran diferentes a nosotros los contemporáneos de Cané? Quizá no, con la
-salvedad de que eran más muchachos. No recuerdo haber robado nunca unos
-melones a ningún vasco. Y lo siento, sinceramente.
-
-Cané calificó a esas páginas como de las más felices que había escrito,
-y tampoco se equivocó esta vez.
-
-Hay hombres que tienen un subjetivismo especial, precursor de una cierta
-inmortalidad, que aumenta lógicamente en proporción a su talento. De
-esos temperamentos han salido las confesiones o memorias íntimas, que
-siempre han sido interesantes y que han asegurado la fama de su autor,
-porque la vida del hombre, en esa parte que escapa a los demás porque es
-un monólogo, según Amiel, tiene la atracción de lo desconocido, al mismo
-tiempo que de lo inmutable, a través de los tiempos.
-
-"Juvenilia" posee algo de esas cualidades. Sin ser una memoria ni una
-confesión,--es un recuerdo, como dijimos,--tiene algo de ambas cosas.
-
-Es contraproducente hablar de los recuerdos. Ellos, como el cariño, como
-el amor, no se analizan, sino que se sienten. El que esto escribe, ha
-gustado con delicia las páginas suavemente melancólicas de "Juvenilia",
-escritas en una sencillez de estilo que no es una de sus menores
-cualidades. Muchos debemos a ese alto espíritu una hora íntima,
-proporcionada por ese libro delicioso. De pocos escritores, y más si
-ellos son argentinos, podríase decir tal cosa. Y este es el mejor elogio
-a su vida y a su obra. A "Juvenilia" estará siempre unido el nombre de
-Cané, como el perfume de una flor evoca la imagen de la planta, que por
-darle vida es estimada.
-
- HORACIO RAMOS MEJÍA.
-
- 1916.
-
-
-
-
-JUVENILIA
-
-_Si modificara una sola línea de estas páginas, las más afortunadas de
-las que he escrito, creería destruir el encanto que envuelve el mejor
-momento de la existencia, introduciendo, en la armonía de sus acordes
-juveniles, la nota grave de las impresiones que acompañan el descenso de
-la colina._
-
-_Las reproduzco hoy, porque no se encuentran ya y muchos de los que
-entraban a la vida cuando se publicaron, desean conocerlas._
-
-_De nuevo, pues, abren sus alas esos recuerdos infantiles; que vuelen
-hoy en atmósfera tan simpática y afectuosa como aquella que cruzaron por
-primera vez, evocando a su paso imágenes sonrientes y serenas, son los
-votos de quien los escribió con placer y acaba de releerlos con cierta
-suave tristeza._
-
-
-_M. C._
-
-Enero 1901.
-
-
-
-
- "Toutes ces premières impressions...
- ne peuvent nous toucher que médiocrement;
- il y a du vrai, de la sincerité;
- mais ces peintures de l'enfance, recommencées
- sans cesse, n'ont de prix
- que lorsqu'elles ouvrent la vie d'un
- auteur original, d'un poète célèbre."
-
- SAINTE-BEUVE.
-
-
-Tal era el epígrafe que había puesto en la primera hoja del cuaderno en
-que escribí las páginas que forman este pequeño volumen. Quería tener
-presente el consejo del maestro del buen gusto, releerlo sin cesar, para
-no ceder a esa tentación ignorada de los que no manejan una pluma y que
-impulsa a la publicidad, como la savia de la tierra pugna por subir a
-las alturas para que la vivifique el sol. Lo confieso y lo afirmo con
-verdad; nunca pensé al trazar esos recuerdos de la vida de colegio, en
-otra cosa que en matar largas horas de tristeza y soledad, de las muchas
-que he pasado en el alejamiento de la patria, que es hoy la condición
-normal de mi existencia. Horas melancólicas, sujetas a la presión
-ingrata de la nostalgia, pero que se iluminaban con la luz interior del
-recuerdo, a medida que evocaba la memoria de mi infancia y que los
-cuadros serenos y sonrientes del pasado iban apareciendo bajo mi pluma,
-haciendo huir las sombras como huyen las aves de las ruinas al venir la
-luz de la mañana. Creo que me falta una fuerza esencial en el arte
-literario, la impersonalidad, entendiendo por ella la facultad de
-dominar las simpatías íntimas y afrontar la pintura de la vida con el
-escalpelo en la mano que no hace vacilar el rápido latir del corazón.
-Cuantas veces be intentado apartarme de mi inclinación, escribir, en una
-palabra, sobre asuntos que no amo, no he conseguido quedar satisfecho.
-Cada uno debe seguir la vía que su índole le impone, porque es la única
-en que puede desenvolver la fuerza relativa de su espíritu. La
-perseverancia, el arte y el trabajo pueden hacer un versificador
-elegante y fluido; pero cada estrofa no será un pedazo de alma de poeta,
-y el que así horada el ritmo rebelde para engastar una idea, tendrá que
-descender de las alturas para elegir su símbolo, dejando al pelícano
-cernirse en el espacio o desgarrarse las entrañas en el pico de una
-roca. Entre una herida que chorrea sangre y una jaqueca, hay la
-distancia... de Byron a Tennyson.
-
-Nada he escrito con mayor placer que estos recuerdos. Mientras procuraba
-alcanzar el estilo que me había propuesto, sonreía a veces al chocar con
-las enormes dificultades que se presentan al que quiere escribir con
-sencillez. Es que la sencillez es la vida y la verdad y nada hay más
-difícil que penetrar en ese santuario. La palabra es rebelde, la frase
-pierde la serenidad de su marcha y todos los recursos de nuestro idioma
-admirable suelen quedar inertes para aquel que no sabe comunicarles la
-acción.
-
-No he conseguido por cierto ni aun acercarme a mi ideal, pero estoy
-contento de mi esfuerzo, porque si no lo he encontrado, por lo menos he
-buscado el buen camino.
-
- J'aurai du moins l'honneur de l'avoir entrepris.
-
-Ahora, ¿por qué publico estos recuerdos, destinados a pasar sólo bajo
-los ojos de mis amigos? En primer lugar, porque aquellos que los han
-leído me han impulsado a hacerlo, a llamarlos a la vida después de dos
-años de sueño... Pero, con lealtad, en el fondo hay esta razón suprema
-que los hombres de letras comprenderán: los publico porque los he
-escrito.
-
-Mucho he suprimido, poco he agregado. Ciertas páginas íntimas han
-desaparecido porque, para ser comprendidas, era necesaria la luz intensa
-del cariño que da cuerpo y vida a la forma vaga del recuerdo. Pero
-mientras corregía, pensaba en todos mis compañeros de infancia,
-separados al dejar los claustros, a quienes no he vuelto a ver y cuyos
-nombres se han borrado de mi memoria. A veces me complazco en hacer
-biografías de fantasía para algunos de mis condiscípulos, fundándome en
-las probabilidades del carácter y sin saber si aun existen. ¡Cuántos
-desaparecidos! ¡Cuánta matemática, cuánta química y filosofía inútil! No
-hace mucho tiempo, al entrar en una oficina secundaria de la
-administración nacional, ví a un humilde escribiente cuyo cabello
-empezaba a encanecer, gravemente ocupado en trazar rayas equidistantes
-en un pliego de papel. Como tuve que esperar, pude observarle. Cada vez
-que concluía una línea, dejaba la regla a un lado, sujetándola para que
-no rodara, con un pan de goma; levantaba la pluma e inclinando la cabeza
-como el pintor que después de un golpe de pincel se aleja para ver el
-efecto, sonreía con satisfacción. Luego, como fascinado por el
-paralelismo de sus rayas, tomaba de nuevo la regla, la pasaba por la
-manga de una levita raída, cuyo tejido osteológico recibía con agrado
-ese apunte de negrura, la colocaba sobre el papel y con una presión de
-mano, serena e igual, trazaba una nueva paralela con idéntico
-éxito.--Ese hombre, allá en los años de colegio, me había un día
-asombrado por la precisión y claridad con que expuso, tiza en mano, el
-binomio de Newton. Había repetido tantas veces su explicación a los
-compañeros más débiles en matemáticas, que al fin perdió su nombre para
-no responder sino al apodo de "Binomio". Le contemplé un momento, hasta
-que levantando a su vez la cabeza, naturalmente después de una paralela
-_réussie_, me reconoció. Se puso de pie, en una actitud indecisa; no
-sabía la acogida que recibiría de mi parte. ¡Yo había sido nombrado
-ministro! no sé dónde, ¡y él!... Me enterneció y lancé un: ¡Binomio!!
-abriendo los brazos, que habría contentado a Orestes en labios de
-Pílades. Me abrazó de buena gana y nos pusimos a charlar.
-
---¿Y qué tal, Binomio, cómo va la vida?
-
---Bien; estuve cinco años empleado en la aduana del Rosario, tres en la
-policía, y como mi suegro, con quien vivo, se vino a Buenos Aires,
-busqué aquí un empleo y en él me encuentro desde que llegamos.
-
---¿Y las matemáticas? ¿Cómo no te hiciste ingeniero o algo así? Tú
-tenías disposiciones...
-
---Sí, pero no sabía historia.
-
---Pero no veo, Binomio, la necesidad de saber si Carlos X de Francia era
-o no hijo de Carlos IX para hacer un plano.
-
---Desengáñate, el que no sabe historia no hace camino. Tú eras también
-bastante fuerte en matemáticas; dime, ¿cuántas veces, desde que saliste
-del colegio, has resuelto una ecuación o has pronunciado solamente la
-palabra _coseno_?
-
---Creo que muy pocas, Binomio.
-
---Y en cambio (¡oh! ¡yo te he seguido!) en artículos de diario, en
-discursos, en polémicas, en libros, creo, has hecho flamear la historia.
-Si hasta una cátedra has tenido con sueldo, ¿no es así?
-
---Sí, Binomio.
-
---¡Con qué placer te oigo! ¡Ya nadie me dice Binomio! Y ¿sabes quién
-tuvo la culpa de que yo no supiera historia? Cosson, tu amigo Cosson,
-que tenía la ocurrencia de enseñarnos la historia en francés.
-
---No seas injusto, Binomio; era para hacernos practicar.
-
---Convenido, pero no practica sino el que algo sabe, y yo no sabía una
-palabra de francés. Así, la primera vez que me preguntó en clase, se
-trataba de un rey cuyo nombre sirvió más tarde de apodo a un correntino
-que para decirlo estiraba los labios una vara. Era muy difícil.
-
---Ya me acuerdo: _Tulius Hostilius_.
-
---Eso es: quise pronunciarlo, la clase se rió, creo que con razón,
-porque, a pesar de habértelo oído, no me atrevería a repetirlo; yo me
-enojé, no contesté nunca y por consiguiente no estudié historia.
-¡Animal! Así, mi hijo, que tiene seis años, empieza a deletrear un
-Duruy. No hay como la historia, y sino mira a todos los compañeros que
-han hecho carrera.
-
---Y ¿qué puedo hacer por tí, Binomio?
-
-Se puso colorado y al fin de mil circunloquios me pidió que tratara de
-hacer pasar en la Cámara un aumento que iba propuesto; ganaba cuarenta y
-tres pesos y aspiraba a cincuenta[3]. ¡Pobre Binomio!
-
- [3] Estas líneas fueron escritas en 1882: se trata pues, de pesos
- fuertes.
-
-¡Cuántos como él, perdidos en el vasto espacio de nuestro país!
-
-Una tarde había ido a comer a un cuartel donde estaba alojado un
-batallón cuyo jefe era mi amigo. A los postres me habló de un curioso
-recluta que la ola de la vida había arrojado, como un resto de
-naufragio, a las filas de su cuerpo. Pasaba el tiempo leyendo y el
-comandante tuvo más de una vez la idea de utilizarle en la mayoría; pero
-¡era tan vicioso! En ese momento pasaba por el patio y el jefe le hizo
-llamar; al entrar, su marcha era insegura. Había bebido. Apenas la luz
-dió en su rostro, sentí mi sangre afluir al corazón y oculté la cara
-para evitarle la vergüenza de reconocerme. Era uno de mis condiscípulos
-más queridos, con el que me había ligado en el colegio. Una inteligencia
-clara y rápida, una facilidad de palabra que nos asombraba, un nombre
-glorioso en nuestra historia, buena figura, todo lo tenía para haber
-surgido en el mundo. Había salido del colegio antes de terminar el curso
-y durante diez años no supe nada de él.--¡Cómo habría sido de áspera y
-sacudida esa existencia, para haber caído tan bajo a los treinta años!
-Poco después dejó de ser soldado. Le encontré, traté de levantarle, le
-conseguí un puesto cualquiera que pronto abandonó para perderse de nuevo
-en la sombra; todo era inútil: el vicio había llegado a la médula.
-
-¿Recordaré otra inteligencia brillante, apta para la percepción de todas
-las delicadezas del arte, fina como el espíritu de un griego, auxiliada
-por una palabra de indecible encanto y un estilo elegante y armonioso?
-¿Recordaré ese hombre que sólo encontró flores en los primeros pasos de
-su vida, que marchaba en el sueño estrellado del poeta, al amparo de una
-reputación indestructible ya? Era bueno y era leal; amaba la armonía en
-todo y la mujer pura le atraía como un ideal; pero la delicadeza de su
-alma exquisita se irritaba hasta la blasfemia, porque la naturaleza le
-había negado la forma, el cuerpo, el vaso cincelado que debió contener
-el precioso licor que chispeaba en sus venas. De ahí las primeras
-amarguras, la melancolía precursora del escepticismo. Sin ambiciones
-violentas que hubieran sepultado en el fondo de su ser los instintos
-artísticos, refugiado en ellos sin reserva, pronto cayó en el abandono
-más absoluto. De tiempo en tiempo hacía un esfuerzo para ingresar de
-nuevo en la vida normal y unirse a nuestra marcha ascendente,
-desenvolverse a nuestro lado. ¡Con qué júbilo le recibíamos! Era el hijo
-pródigo cuyo regreso ponía en conmoción todo el hogar. Aquel cráneo
-debía tener resortes de acero, porque su inteligencia, en sus rápidas
-reapariciones después de largos meses de atrofia, resplandecía con igual
-brillo. ¿De atrofia he dicho? No, y esa fué su pérdida.
-
-La bohemia le absorbió, le hizo suyo, le penetró hasta el corazón.
-Pasaba sus noches, como el "hijo del siglo", entre la densa atmósfera de
-una taberna, buscando la alegría que las fuentes puras le habían negado,
-en la excitación ficticia del vino, rodeado de un grupo simpático, ante
-el que abría su alma, derramaba los tesoros, de su espíritu y se
-embriagaba en sueños artísticos, en la paradoja colosal, la teoría
-demoledora, el aliento revolucionario, que es la válvula intelectual de
-todos los que han perdido el paso en las sendas normales de la tierra.
-El bohemio de Murger, con más delicadeza, con más altura moral.--El pelo
-largo y descuidado, el traje raído, mal calzado, la cara fatigada por el
-perpetuo insomnio, los ojos con una desesperación infinita en el fondo
-de la pupila, tal le ví por última vez y tal quedó grabado en mi
-memoria. ¿Vive aún? ¿Caerán estas líneas bajo su mirada? No lo sé; en
-todo caso, la entidad moral pasó, si la forma persiste. ¡Nunca se impone
-a mi espíritu con más violencia el problema de la vida que cuando pienso
-en ese hombre!...[4].
-
- [4] Poco tiempo después de escritas estas líneas, Matías Behety
- encontró el reposo eterno.
-
-Hará doce o catorce años publiqué un cuento que últimamente releí con
-placer, haciendo oídos sordos a las imperfecciones de estilo con que
-está escrito. El principal personaje del "Canto de la Sirena" es una
-simple reminiscencia de colegio; me sirvió de tipo para trazar la figura
-de Broth, un condiscípulo que sólo pasó un año en los claustros,
-extraordinariamente raro y al que no he vuelto a ver ni oído nombrar
-jamás. De una imaginación dislocada, por decir así, nerviosa,
-estremeciéndose en una gestación incesante de sueños y utopías, vivía
-lejos de nuestro mundo normal, fácil, claro, infantil. En vez de ser un
-portento de ciencia, como pinto a Broth, estudiaba poco los textos y,
-por lo tanto, sabía poco. La experiencia me ha hecho poner en cuarentena
-esos prodigios que jamás abren un libro y dejan atontados a los
-circunstantes en el examen.
-
-Hay dentro de los muros del colegio, como en la penumbra del _boudoir_,
-coqueterías intelectuales exquisitas, jóvenes que se ocultan para
-estudiar, que durante las horas de instrucción colectiva leen
-asiduamente una novela, pero que se levantan al alba y trabajan con
-furor en la soledad. Cuando Horacio Vernet recibía numerosos visitantes
-en su taller, cogía febrilmente los pinceles, en una hora remataba una
-tela, la firmaba y pasaba a otra cosa. Alguien ha dicho, refiriéndose a
-esa coquetería del pintor, que escribía las cartas en la soledad y les
-ponía el sobrescrito en público. Algo así pasa con los prodigios
-escolares. Lo que distinguía a Broth, es decir, al condiscípulo que me
-dió la idea primera del soñador, era su manera curiosísima de ver las
-cosas más triviales. Fantaseaba como un maniático inventor combina.
-Hablaba con facilidad, pero él mismo reconocía que cuanto escribía era,
-no solamente incorrecto, como todos nuestros ensayos, sino incoloro. Me
-sostenía que yo estaba destinado a tener estilo y me lo decía con un
-aire tan complacido y solemne como si me augurara la fortuna o una
-corona, a la manera de los cuentos árabes. Para entonces me proponía una
-colaboración; él me daría el esqueleto y yo le pondría la carne. Pues
-bien, cuando recuerdo, vagamente y sin detalles, su confusa concepción
-de la vida de un médico en plena edad media, creyente en la magia de
-todos los colores, asistente asiduo y convencido al sabbat, inventor de
-un palo de escoba más ligero para llegar primero, fabricante de
-_homúnculus_ (no había por cierto leído a Goethe aún) discípulo de
-Alberto el Grande; cuando recuerdo esas creaciones enfermizas de su
-imaginación, me persuado que había nacido para seguir con brillo la
-tradición de Hoffmann o Poé. Más de una vez he procurado rehacer en mi
-memoria los cuentos estrambóticos que me hacía; me queda algo confuso, y
-si no he ensayado escribirlos, es en la seguridad de que les daría mi
-nota personal, lo que no era mi objeto.
-
-Otra existencia caída en la sombra impenetrable del olvido; en cuanto a
-ese, tengo la certeza de que ha muerto. Viviendo, habría surgido o
-habría hecho hablar de él. ¡Sabe el cielo, sin embargo, si las miserias
-y las dificultades de la vida no lo han hundido en la anestesia moral
-más obscura que la tumba!
-
-No todos se han desvanecido y algunos brillan con honor en el cuadro
-actual de la patria. Si estas páginas caen bajo sus ojos, que el vínculo
-del colegio, debilitado por los años, se reanime un momento y encuentren
-en estos recuerdos una fuente de placer al ver pasar las horas felices
-de la infancia.
-
-Nuestros hijos vienen atrás y sus cabecitas sonrientes asoman en el
-dintel de la vida, con la mirada llena de inconsciente aplomo,
-chispeando de inteligencia y de acción latente. A los diez años saben lo
-que nosotros alcanzamos imperfectamente a los quince;--no olvidemos que
-son los nietos de nuestros padres y que el cariño del abuelo es de los
-más profundos que vibran sobre la tierra. Paguemos la deuda filial,
-haciendo felices a los nietos, encaminándoles en la vida.
-
-Todos, por un esfuerzo común, levantemos ese Colegio Nacional que nos
-dió el pan intelectual, desterremos de sus claustros las cuestiones
-religiosas, y si no tenemos un Jacques que poner a su frente, elevemos
-al puesto de honor un hombre de espíritu abierto a la poderosa evolución
-del siglo, con fe en la ciencia y en el progreso humano.
-
-
-
-
-I
-
-
-Debía entrar en el Colegio Nacional tres meses después de la muerte de
-mi padre; la tristeza del hogar, el espectáculo constante del duelo, el
-llanto silencioso de mi madre, me hicieron desear abreviar el plazo, y
-yo mismo pedí ingresar tan pronto como se celebraran los funerales.
-
-El Colegio Nacional acababa de fundarse sobre el antiguo Seminario, con
-una nueva organización de estudios, en la que el doctor Eduardo Costa,
-ministro entonces de Instrucción Pública, bajo la presidencia del
-general Mitre, había tomado una parte inteligente y activa. Sin embargo,
-el establecimiento que quedaba bajo la dirección del doctor Agüero, se
-resentía aún de las trabas de la enseñanza escolástica y sólo fué más
-tarde, cuando M. Jacques se puso a su frente, que alcanzó el
-desenvolvimiento y el espíritu liberal que habían concebido el Congreso
-y el Poder Ejecutivo.
-
-Me invade en este momento el recuerdo fresco y vivo de los primeros días
-pasados entre los obscuros y helados claustros del antiguo convento. No
-conocía a nadie y notaba en mis compañeros, aguerridos ya a la vida de
-reclusión, el sordo antagonismo contra el _nuevo_, la observación
-constante de que era objeto, y me parecía sentir fraguarse contra mi
-triste individuo los mil complots que, entre nosotros, por el suave
-genio de la raza, sólo se traducen en bromas más o menos pesadas, pero
-que en los seculares colegios de Oxford y de Cambridge alcanzan a
-brutalidades inauditas, a vejámenes, a servidumbres y martirios. Me
-habría encontrado, no obstante, muy feliz con mi suerte, si hubiera
-conocido entonces el "Tom Jones" de Fielding.--Silencioso y triste, me
-ocultaba en los rincones para llorar a solas, recordando el hogar, el
-cariño de mi madre, mi independencia, la buena comida y el dulce sueño
-de la mañana.--Durante los cinco años que pasé en esa prisión, aun
-después de haber hecho allí mi nido y haberme connaturalizado con la
-monotonía de aquella vida, sólo dos puntos negros persistieron para mí:
-el despertar y la comida. A las cinco en verano, a las seis en invierno,
-infalible, fatal, como la marcha de un astro, la maldita campana
-empezaba a sonar. Era necesario dejar la cama, tiritando de frío casi
-siempre, soñolientos, irascibles, para ir a formarnos en fila en un
-claustro largo y glacial. Allí rezábamos un "Padre Nuestro", para pasar
-en seguida al claustro de los lavatorios.--¡Cuántas conspiraciones,
-cuántas tramas, qué gasto de ingenio y fuerza hicimos para luchar contra
-la fatalidad, encarnada a nuestros ojos en el portero, colgado de la
-cuerda maldecida! Aquella cuerda tenía más nudos que la que en el
-gimnasio empleábamos para trepar a pulso. La cortábamos a veces hasta la
-raíz del pelo, como decíamos, junto al badajo, encaramándonos hasta la
-campana, con ayuda de la parra y las rejas, a riesgo de matarnos de un
-golpe. Muy a menudo la expectativa nos hacía despertar en la mañana,
-antes de la hora reglamentaria. De pronto oíamos una campana de mano,
-áspera, estridente, manejada con violencia por el brazo irritado del
-portero, eterno _préposé_ a las composturas de la cuerda. Se vengaba
-entrando a todos los dormitorios y sacudiendo su infernal instrumento en
-los oídos de sus enemigos personales, entre los cuales tenía el honor
-de contarme.--Atrasar el reloj era inútil por dos razones tristemente
-conocidas: la primera, la proximidad del Cabildo, que escapaba a nuestra
-influencia; la segunda, el tachómetro de plata del portero que, bien
-remontado, velaba fielmente bajo su almohada. Algunas noches de
-invierno, la desesperación nos volvía feroces y el ilustre cerbero
-amanecía no sólo maniatado, sino un tanto rojiza la faz, a causa de la
-dificultad para respirar a través de un aparato, rigurosamente aplicado
-sobre su boca y cuya construcción, bajo el nombre de "pera de angustia",
-nos había enseñado Alejandro Dumas en sus "Veinte años después", al
-narrar la evasión del duque de Beaufort del castillo de Vincennes. Todo
-era efímero, todo inútil, hasta que estuve a punto de inmortalizarme,
-descubriendo un aparato sencillo, pero cuyo éxito, si bien pasajero,
-respondió a mis esperanzas. En una escapada ví una carreta de bueyes que
-entraba al mercado; debajo del eje colgaba un cuero, como una bolsa
-ahuecada, amarrado de las cuatro puntas; dentro, dormía un niño. Fué
-para mí un rayo de luz, la manzana de Newton, la lámpara de Galileo, la
-marmita de Papin, la rana de Volta, la tabla de Rosette de Champollion,
-la hoja enroscada de Calímaco. El problema estaba resuelto; esa misma
-noche tomé el más fuerte de mis cobertores, una de esas pesadas cobijas
-tucumanas que sofocan sin abrigar, la amarré debajo de mi cama, de las
-cuatro puntas y cubriendo el artificio con los anchos pliegues de mi
-colcha, esperé la mañana. Así que sonó la campana, me sumergí en la
-profundidad y allí, acurrucado, inmóvil e incómodo, desafié impunemente
-la visita del celador, que, viendo mi lecho vacío, siguió adelante. Me
-preguntaréis quizá qué beneficio positivo reportaba, puesto que, de
-todas maneras, tenía que despertarme. Respondo, con lástima, que el que
-tal pregunta hiciera ignoraría estos dos supremos placeres de todos los
-tiempos y todas las edades: el amodorramiento matinal y la
-contravención.
-
-Mi invención cundió rápidamente y al quinto día, al primer toque, las
-camas quedaron todas vacías. El celador entró: vió el cuadro, quedó
-inmóvil, llevó un dedo a la sien y después de cinco minutos de grave
-meditación, se dirigió a una cama, alzó la colcha y sonrió con
-ferocidad.
-
-¡Era la mía!
-
-
-
-
-II
-
-
-El segundo obstáculo insuperable fué la comida, invariable, igual,
-constante. En los primeros tiempos, apenas entrábamos al refectorio, un
-alumno trepaba a una especie de púlpito y así que atacábamos la sopa,
-comenzaba con voz gangosa a leernos una vida de santo o una biografía de
-la Galería Histórica Argentina, siendo para nosotros obligatorio el
-silencio y, por tanto, el fastidio.
-
-No puedo vencer el deseo de dar una idea sucinta del _menú_; lo tengo
-fijo, grabado en el estómago y el olfato. Dentro de un líquido incoloro,
-vago, misterioso, algo como aquellos caldos precipitados que las brujas
-de la Edad Media hacían a media noche al pie de una horca con su racimo,
-para beberlo antes de ir al sabbat, navegaban audazmente algunos largos
-y pálidos fideos. Un mes llevé estadística: había atrapado tres en
-treinta días, y eso que estaba en excelentes relaciones con el grande
-que servía, médico y diputado hoy, el Dr. Luis Eyzaguirre, uno de los
-tipos más criollos y uno de los corazones más bondadosos que he conocido
-en mi vida.--Luego, siempre flotando sobre la onda incolora, pero
-siquiera en su elemento, venía un sábalo, el clásico sábalo que muchas
-veces, contra nuestro interés positivo, había muerto con dos días de
-anticipación.
-
-En seguida, carnero. Notad que no he dicho cordero; carnero, carnero
-respetable, anciano, cortado en romboides y polígonos desconocidos en
-el texto geométrico, huesosos, cubiertos de levísima capa triturable y
-reposando, por su peso específico, en el fondo del consabido líquido,
-que para el caso se revestía de un color parduzco. Cuando Eyzaguirre
-hundía la cuchara en aquel mar, clavábamos los ojos en la superficie,
-mientras hacíamos el tácito y rápido cálculo sobre a quién tocaría el
-trozo saliente. De ahí amargas decepciones y júbilos manifiestos.--Hacía
-el papel de pieza de resistencia un largo y escueto asado de costillas,
-cubierto de una capa venosa impermeable al diente. Habíamos corrido todo
-el día en el gimnasio, éramos sanos, los firmes dientes estaban
-habituados a romper la cáscara del coco y triturar el confite de
-Córdoba, el sábalo había tenido un éxito de respeto, debido a su edad;
-sin embargo, jamás vencimos la córnea defensa paquidérmica del asado de
-tira!
-
-Cerraba la marcha, con una conmovedora regularidad, ya un plato de arroz
-con leche, ya una fuente de orejones.--La leche, en su estado normal, es
-un elemento líquido; ¿por qué se llamaba aquello: "arroz con leche?" Era
-sólido, compacto y las moléculas, estrechándose con violencia, le daban
-una dureza de coraza. Si hubiéramos dado vuelta la fuente, la
-composición, fiel al receptáculo, no se habría movido, dejando caer sólo
-la versátil capa de canela.--En general, el color del orejón tira a un
-dorado intenso, que se comunica al líquido que lo acompaña. Además, es
-un manjar silencioso. Aquél no sólo afectaba un tinte negro y opaco,
-sino que, arenoso por naturaleza, sonaba al ser triturado.
-
-Luego al gimnasio, a correr, a hacer la digestión!
-
-
-
-
-III
-
-
-He dicho ya que mis primeros días de colegio fueron de desolación para
-mi alma. La tristeza no me abandonaba y las repetidas visitas de mi
-madre, a la que rogaba con el acento de la desesperación que me sacara
-de allí y que sólo me contestaba con su llanto silencioso, sin dejarse
-doblegar en su resolución, aumentaban aún mis amarguras.
-
-La reacción vino de un recurso inesperado. Una noche que nos llamaban a
-la clase de estudio, se me ocurrió abrir uno de los cajones de mi cómoda
-para tomar algunas galletitas con que combatir las consecuencias del
-_menú_ mencionado. Maquinalmente tomé un libro que allí había y me fuí
-con él. Una vez en clase, y cuando el silencio se restableció, me puse a
-leerlo. Era una traducción española de "Los tres Mosqueteros" de Dumas.
-Decir la impresión causada en mi espíritu por aquel mundo de aventuras,
-amores, estocadas, amistades sagradas, brillo y juventud, mundo
-desconocido para mí; decir la emoción palpitante con que seguí al
-hidalgo gascón desde su llegada a París hasta la noche sombría del
-juicio, el odio al cardenal, mi júbilo por los fracasos de éste, mi
-ilusión maravillosa, es hoy superior a mis fuerzas. Toda esa noche, con
-un cabo de vela, encendido a hurtadillas, me la pasé leyendo. Al día
-siguiente no fuí a los recreos, no salí de mi cuarto y, cuando al caer
-la tarde concluí el libro, sólo me alentaba la esperanza de la
-continuación. Escribí a mi madre, vinieron los "Veinte años después",
-"El Vizconde de Bragelonne" que me costó lágrimas a raudales, un "Luis
-XIV y su siglo", también de Dumas, crónica hecha sobre las memorias del
-tiempo, cuyo único defecto era a mis ojos no ver figurar en ella a
-D'Artagnan, principal personaje de la época, en mi concepto,--y multitud
-de novelas españolas, cuidadosamente recortadas en folletines, unidos
-por alfileres y de algunos de cuyo título me acuerdo todavía, aunque
-después no los haya vuelto a ver. "El Espía del Gran Mundo", novela
-francesa, en la cual hay una especie de Caliban, pero bueno y fiel, que
-chupa en una herida el veneno de una víbora; "La gran Artista y la gran
-Señora", que después he sabido fué por un año la _coqueluche_ de las
-damas de Buenos Aires; "La verdad de un epitafio", donde el héroe roba
-de un sepulcro a su amada, aletargada como Julieta y le abre la mejilla
-de un feroz tajo para desfigurarla a los ojos de sus enemigos; "El
-Clavo", un individuo a quien le perforan el cráneo, durante el sueño,
-con un clavo invisible a la autopsia, pero que algunos años después
-aparece gravemente incrustado en su calavera, sobre la que un romántico
-medita en un cementerio, como Hamlet con el cráneo del _poor Yorick_;
-los "Monges de las Alpujarras" y "Men Rodrigo de Sanabria", dos de los
-mejores, tal vez los únicos romances realmente históricos de Fernández y
-González, con una brutalidad de acción, propia de la época; el "Hijo del
-Diablo", cuya primera parte me enloqueció, haciéndome soñar un mes
-entero con mantos encarnados, caballos galopando bajo la noche y el
-trueno, viejos alquimistas calvos, y sombríos, etcétera; "Dos
-cadáveres", un salvaje romance de Soulié, que pasa en Inglaterra, bajo
-el efímero protectorado de Ricardo Cromwell y cuyos dos personajes
-principales son los cuerpos de Carlos I y de Oliverio Cromwell, con sus
-féretros respectivos, sobre los que pasan cosas inauditas, etc., etc.
-Uno de los recuerdos más vigorosos que he conservado, es la impresión
-causada por los "Misterios del Castillo de Udolfo", de Ana Radcliff, que
-cayó en mis manos en una detestable edición española, en tres tomos con
-_x_ en vez de _j_ y _j_ en vez de _i_. No pegué los ojos en una semana,
-y era tal la sobreexcitación de mi espíritu, que me figuraba que esos
-insomnios mortificantes eran un castigo por el robo sacrílego que había
-cometido, deslizándome al templo de San Ignacio, durante un funeral por
-el alma de un ciudadano, para mí desconocido,--y metídome bajo el
-chaleco, en varios trozos, la vela de cera clásica, que debía iluminar
-mis trasnochadas de lectura.
-
-Por medio de canjes y _razzias_ en mis salidas de los domingos, más o
-menos autorizadas por los parientes que tenían bibliotecas, todo Dumas
-pasó, Fernández y González (un saludo al "Cocinero de Su Majestad", que
-cruza mi memoria!), Pérez Escrich, que había ya ofendido el sentido
-común y el arte con unos veinte tomos, y una infinidad de novelas que no
-recuerdo ya. Un día supe que un compañero tenía la "Hermosa Gabriela" de
-Maquet. Me precipité a pedírsela, reclamando derechos de reciprocidad;
-pero Juan Cruz Ocampo se había anticipado y estaba a punto de
-conseguirla. Confieso que mi primer movimiento fué disputársela, aun en
-el terreno de los hechos; pero después de la simple reflexión de que mis
-fuerzas físicas, no igualando mi arrogancia, me habrían hecho quedar sin
-el libro y con varias contusiones, acepté el temperamento del sorteo,
-que como un anticipo sobre mi suerte constante en el _alea_ de la vida,
-favoreció a Ocampo. Durante una semana le espié, le aseché sin reposo y
-cuando le veía hablar, jugar o comer, en vez de leer a prisa, me
-indignaba, pareciéndome que aquel hombre no tenía la menor noción del
-honor rudimental. A más, el cruel solía hablarme de las hazañas de
-Pontis y me decía esta frase que me estremecía de impaciencia: "Chicot
-figura!"...
-
-Las novelas, durante toda mi permanencia en el Colegio, fueron mi
-salvación contra el fastidio, pero al mismo tiempo me hicieron un flaco
-servicio como estudiante. Todo libro que no fuera romance me era
-insoportable y tenía que hacer doble esfuerzo para fijar en él mi
-atención. ¿A cuál de nosotros no ha pasado algo análogo más tarde en el
-estudio de la historia? ¿Quién no recuerda la perseverancia necesaria
-para leer un tratado cualquiera, después de las páginas luminosas de
-Macaulay, Prescott o Motley?...
-
-
-
-
-IV
-
-
-El Colegio, que más tarde debía ser uno de los primeros establecimientos
-de América, era por entonces un caos como organización interna. Cuando
-me incrusté bien y ví claro, comprendí que tras las sombras ostensibles
-de la vida claustral había _des acommodements_, no sólo con el cielo,
-sino con las autoridades temporales de la tierra. Durante un año y
-siendo ya mocitos, nos hemos escapado casi todas las noches, para hacer
-una vida de vagabundos por la ciudad, en los cafés, en aquellos puntos
-donde Shakespeare pone la acción de su Pericles, y, sobre todo, en los
-bailes de los suburbios, de los que algunos condiscípulos, ignoro por
-arte de quién, tenían siempre conocimiento.
-
-Toda la variedad infinita de los medios de escapatoria, podía reducirse
-a tres sistemas principales: la portería, la despensa y el portón.--La
-portería, que da sobre el atrio de San Ignacio, requería, o elementos de
-corrupción para el portero o vías de hecho deplorables. La despensa y
-cocinas tenían una pequeña puerta a la calle Moreno que a veces quedaba
-abierta hasta tarde. El portón, una de esas portadas deformes de la
-colonia, daba a la calle de Bolívar, donde hoy se encuentra la entrada
-principal del Colegio. Las hojas, en vez de llegar hasta el suelo,
-terminaban en unas puntas de hierro que dejaban un espacio libre entre
-ellas y el pavimento.--Por allí había que pasar, pegado el cuerpo a la
-tierra, en mangas de camisa para no estropear el único jacquet de lujo y
-sintiendo muchas veces que las fieles puntas guardianes se insinuaban
-ligeramente en la espalda como una protesta contra la evasión. A pesar
-de todas sus dificultades, era el medio más generalmente elegido.--Pero
-aquí debo recordar una de esas curiosidades de colegio, que todos mis
-compañeros de entonces deben tener presente.
-
-Se educaba allí desde tiempo inmemorial un tipo acabado de _bohemio_,
-lleno de buenas condiciones de corazón, haragán como una marmota,
-dormilón como el símil, con una cabeza enorme, cubierta de una melena
-confusa y tupida como la baja vegetación tropical, reñido con los libros
-que no abría jamás y respondiendo al nombre de "Galerón", sin duda por
-las dimensiones colosales del sombrero que tenía la función obligatoria
-y difícil de cubrir aquella cabeza ciclópea. Más tarde le he encontrado
-varias veces en el mundo ya en buena situación, ya bajo el peso de
-serias desgracias; le he conservado siempre un cariño inalterable. Le
-encontré en Arica, entre el ejército bloqueado de Montero, como
-corresponsal de un diario de Lima; estaba a bordo de la "Unión" el día
-sombrío de Angamos en que murió Grau.--Luego volví a verle en Lima;
-Piérola, cuya fortuna política había seguido y que estaba entonces en el
-poder, le ofreció empleos bastante lucrativos; sólo quiso aceptar un
-pequeño mando militar y un puesto en la vanguardia.--Esa conducta
-honrosa compensa muchas faltas. Había hecho también la campaña del
-Paraguay.
-
-He hablado de Benito Neto.--Era un misterio profundo cómo Benito había
-conseguido, allá en épocas remotas y sin duda a favor de algún
-sacudimiento, de alguna convulsión caótica, nada menos que una llave del
-portón de la calle Bolívar! Nadie sabía dónde la guardaba y todas las
-empresas organizadas para robársela dieron siempre un fiasco completo.
-Benito la cuidaba, la aceitaba con frecuencia y tenía un aparato
-especial para extraer del caño todas las pelusas y migajas parásitas que
-iban allí a alojarse. Era para él el caballo del árabe o del gaucho, el
-fusil del cazador, la mandolina del provenzal errante, el instrumento y
-el sustentáculo de su vida.--Como con el rastreador Calíbar todos los
-prisioneros que tentaban evadirse, éranos forzoso contar con Benito
-cuando nos animaban iguales designios. Benito oía en silencio y luego
-preguntaba tranquilamente: "¿Dónde vamos?" Porque él no prestaba la
-llave jamás, no la alquilaba, no la vendía. El era siempre de la
-partida, fuere cual fuese el objetivo. En vano se le observaba: "Benito,
-¡estamos los tres invitados a un baile!--Me presentarán.--¡Vamos a una
-comida a casa de Fulano!--Comeré.--¡Una tía mía está muy enferma!--La
-velaré.--Tengo una cita y....--Ha de haber alguna chinita sirviente."--A
-todo tenía respuesta, y le hemos visto asistir gravemente, con su eterno
-jacquet canela, a entierros de lejanos parientes de algún estudiante
-cuya conducta no había merecido un permiso de salida y que acudía al
-arte de Benito. Era el Lord Flamborough de Sandeau, pegado al joven
-homeópata como la ostra a la peña.
-
-
-
-
-V
-
-
-A más de las escapadas nocturnas, había las cenas furtivas y algunas
-calaveradas soberbias de los _grandes_ que nos llenaban de admiración.
-
-El doctor Agüero estaba ya muy viejo; bueno y cariñoso, vivía en un
-optimismo singular respecto a los estudiantes, ángeles calumniados
-siempre, según su opinión.
-
-Recuerdo un carnaval en que hicimos atrocidades en el atrio; los chicos,
-con las manos llenas de carmín, azul molido y harina, asaltábamos de
-improviso a los paseantes, les llenábamos los ojos y el rostro con la
-mezcla, y cuando aquellos hombres enfurecidos se nos venían encima, nos
-poníamos a cubierto, por medio de una ágil retirada, detrás del sólido
-baluarte de los puños de Eyzaguirre, Pastor, Julio Landívar, Dudgeon, el
-tranquilo Marcelo Paz que sólo levantaba el brazo cuando veía pegar a un
-débil, etc. El pugilato comenzaba, guardándose estrictamente las reglas
-de caballería; pero el asaltante, olvidado del noble ejercicio, no
-llevaba la mejor parte.--Uno de ellos, un francés que tenía una
-peluquería frente al Colegio y que nos profesaba suma antipatía por
-nuestro escaso consumo de sus artículos, fué preparado por mí y
-ribeteado por Eyzaguirre; justamente enfurecido, se precipitó a llevar
-la queja al doctor Agüero. Un chico le previno y presentándose llorando
-ante el anciano, le dijo que aquel hombre le había pegado y que
-Eyzaguirre le había defendido. ¡Decir el furor del buen Rector! Quería
-mandar preso al peluquero, que ante aquella amenaza quedó estupefacto;
-pero la denuncia surtió su efecto, porque, para que no nos pegaran más
-(y lo decía sinceramente) nos hizo abandonar el atrio.
-
-
-
-
-VI
-
-
-Había la vieja costumbre, desde que el doctor Agüero se puso achacoso,
-de que un alumno le velara cada noche. No se acostaba; sobre un inmenso
-sillón Voltaire (no sospechaba el anciano la denominación!) dormitaba
-por momentos, bajo la fatiga. Teníamos que hacerle la lectura durante un
-par de horas para que se adormeciera con la monotonía de la voz y tal
-vez con el fastidio del asunto. ¡Cuán presente tengo aquel cuarto,
-débilmente iluminado por una lámpara suavizada por una pantalla opaca,
-aquel silencio sólo interrumpido por el canto del sereno y, al alba, por
-el paso furtivo de algún fugitivo que volvía al redil! Leíamos siempre
-la vida de un santo en un libro de tapas verdes, en cuya página ciento
-uno había eternamente un billete de veinte pesos moneda corriente, que
-todos los estudiantes del colegio sabíamos haber sido colocado allí
-expresamente por el buen Rector, que cada mañana se aseguraba
-ingenuamente de su presencia en la página indicada y quedaba encantado
-de la moralidad de sus hijitos, como nos llamaba.
-
-Más de una noche me he recordado en el sofá al alcance de su mano, donde
-me tendía vestido; me daba una palmadita en la cabeza y me decía con voz
-impregnada de cariño: "duerme, niño, todavía no es hora". La hora eran
-las cinco de la mañana, en que pasábamos a una pieza contigua, hacíamos
-fuego en un brasero, siempre con leña de pino y le cebábamos mate hasta
-las siete. Luego nos decía: "ve a tal armario, abre tal cajón y toma un
-plato que hay allí. Es para tí". Era la recompensa, el premio de la
-velada y lo sabíamos de memoria: un damasco y una galletita americana,
-que nos hacía comer pausada y separadamente, el damasco el último.
-
-Jamás se nos pasó por la mente la idea de protestar contra aquella
-servidumbre; tenía esa costumbre tal carácter afectuoso, patriarcal, que
-la considerábamos como un deber de hijos para con el padre viejo y
-enfermo.--Sólo uno que otro desaforado aprovechaba el sueño del anciano,
-durante su velada de turno, ya para escaparse, ya para darse una
-indigestión de uvas, trepado como un mono en las ricas parras del patio.
-
-El doctor Agüero fué un hombre de alma buena, pura y cariñosa;
-sobrevivió muy pocos meses a su separación del Colegio y hoy reposa en
-paz bajo las bóvedas de la Catedral de Buenos Aires.
-
-
-
-
-VII
-
-
-El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó
-su dirección el hombre más sabio que hasta el día haya pisado tierra
-argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografía de una
-manera exacta, me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos, que
-por otra parte, bastan a mi objeto.
-
-Amedée Jacques[5] pertenecía a la generación que al llegar a la
-juventud, encontró a la Francia en plena reacción filosófica, científica
-y literaria.
-
- [5] Nació en 1813, murió en 1865.
-
-La filosofía se había renovado bajo el espíritu liberal del siglo, que,
-dando acogida imparcial a todos los sistemas, al lado del cartesianismo
-estudiaba a Bacon, a Spinoza, a Hobbes, Gassendi y Condillac, como a
-Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte, como a Reid y Dugald-Stewart.--De
-ahí había nacido el eclecticismo ilustrado por Cousin, sistema cuya
-vaguedad misma, cuya falta de doctrina fundamental, respondía
-maravillosamente a las vacilaciones intelectuales de la época. Jouffroy
-había abierto un surco profundo con sus estudios sobre el destino
-humano, algunas de cuyas páginas están impregnadas de un sentimiento de
-desesperanza, de una desolación más profunda, alta y sincera que las
-paradojas de Schopenhauer o los sistemas fríamente construídos de
-Hartmann. Maine de Biran dejaba aquellas observaciones sobre nuestra
-naturaleza moral, que admirarán siempre como los grandes caracteres de
-Shakespeare. Villemain hacía cuadros inimitables de estilo y erudición,
-Guizot enseñaba la historia, que Thiers escribía, la pléyade hacía
-versos, dramas y novelas, Delacroix, Scheffer y Jerôme, pintura;
-Clésinger y Pradier, estatuaria; Lamartine, Berryer, Thiers, etcétera,
-discursos; Rossini, Meyerbeer, Halèvy, música, y Arago, Ampère,
-Gay-Lussac, C. Bernard, Chevreul, daban a la ciencia vida, movimiento y
-alas. Amedée Jacques había crecido bajo esa atmósfera intelectual y la
-curiosidad de su espíritu le llevaba al enciclopedismo. A los treinta y
-cinco años era profesor de filosofía en la Escuela normal y había
-escrito, bajo el molde ecléctico, la psicología más admirable que se
-haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha
-viva y elegante; el pensamiento sereno, la lógica inflexible y el método
-perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los
-estudiantes, páginas de una belleza literaria de primer orden, y aun
-hoy, quince años después de haberlo leído, recuerdo con emoción los
-capítulos sobre el método y la asociación de ideas.--Al mismo tiempo, el
-joven profesor se ocupaba en las ediciones de las obras filosóficas de
-Fénelon, Clarke, etc., únicas que hoy tienen curso en el mundo
-científico.
-
-Pero Jacques no era uno de esos espíritus fríos, estériles para la
-acción, que viven metidos en la especulación pura, sin prestar oído a
-los ruidos del mundo y sin apartar su pensamiento del problema, como
-Kant, en su cueva de Koenigsberg, levantando un momento la cabeza para
-ver la caída de la Bastilla y volviéndola a hundir en la profundidad de
-sus meditaciones, como el fakir hindú que, perdido en la contemplación
-de Brahma y susurrando su eterno e inefable monosílabo, ignora si son
-los Tártaros o los Mongoles, Tamerlán o Clive, los que pasan como un
-huracán sobre las llanuras regadas por el río sagrado. Jacques era un
-hombre y tenía una patria que amaba; quería que, como el espíritu
-individual se emancipa por la ciencia y el estudio, el espíritu
-colectivo de la Francia se emancipara por la libertad. Hasta el último
-momento, al frente de su revista "La libertad de pensar", como al pie de
-la última bandera que flamea en el combate, luchó con un coraje sin
-igual.
-
-El 2 de Diciembre, como a Tocqueville, como a Quinet, como a Hugo, lo
-arrojó al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte y con la
-visión horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Tomó el camino del destierro y llegó a Montevideo, desconocido y sin
-ningún recurso mecánico de profesión; lo sabía todo, pero le faltaba un
-diploma de abogado o de médico para poder subsistir.--Abrió una clase
-libre de Física experimental, dándole el atractivo del fenómeno
-producido en el acto; aquello llamó un momento la atención.--Pero se
-necesitaba un gabinete de física completo y los instrumentos son
-caros.--Jacques los reemplazaba con una exposición luminosa y por
-trazados gráficos; fué inútil. La gente que allí iba quería ver la bala
-caer al mismo tiempo que la pluma en el aparato de Hood, sentir en sus
-manos la corriente de una pila, hacer sonar los instrumentos acústicos y
-deleitarse en los cambiantes del espectro, sin importarle un ápice la
-causa de los fenómenos. Dejaban la razón en casa y sólo llevaban ojos y
-oídos a la conferencia.
-
-Un momento, Jacques fué retratista, uniéndose a Masoni, un pariente
-político mío, de cuyos labios tengo estos detalles. Florecía entonces la
-daguerreotipía, que, con razón, pasaba por una maravilla. Fué en esa
-época que llegó, en un diario europeo, una noticia muy sucinta sobre la
-fotografía, que Niepce acababa de inventar, siguiendo las indicaciones
-de Talbot. Jacques se puso a la obra inmediatamente y al cabo de un mes
-de tanteos, pruebas y ensayos, Masoni, que dirigía el aparato como más
-práctico, lleno de júbilo mostró a Jacques, que servía de objetivo, sus
-propios cuellos blancos, única imagen que la luz caprichosa había dejado
-en el papel. Pero ni la fotografía, que más tarde perfeccionaron, ni la
-daguerreotipía, que le cedía el paso, como el telégrafo de señales a la
-electricidad, daban medios de vivir.
-
-Jacques se dirigió a la República Argentina, se hundió en el interior,
-casóse en Santiago del Estero, emprendió veinte oficios diferentes,
-llegando hasta fabricar pan, y por fin tuvo el Colegio Nacional de
-Tucumán el honor de contarlo entre sus profesores. Fueron sus discípulos
-los doctores Gallo, Uriburu, Nougués y tantos otros hombres distinguidos
-hoy, que han conservado por él una veneración profunda, como todos los
-que hemos gozado de la luz de su espíritu.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Llamado a Buenos Aires por el Gobierno del General Mitre, tomó la
-dirección de los estudios en el Colegio Nacional, al mismo tiempo que
-dictaba una cátedra de física en la Universidad.--Su influencia se hizo
-sentir inmediatamente entre nosotros. Formuló un programa completo de
-bachillerato en ciencias y letras, defectuoso tal vez en un solo punto,
-su demasiada extensión. Pero M. Jacques, habituado a los estudios
-fuertes, sostenía que la inteligencia de los jóvenes argentinos es más
-viva que entre los franceses de la misma edad y que por consiguiente
-podíamos aprender con menor esfuerzo.--Era exigente, porque él mismo no
-se economizaba; rara vez faltó a sus clases y muchas, como diré más
-adelante, tomó sobre sus hombros robustos la tarea de los demás.
-
-Mis recuerdos vivos y claros en todo lo que al maestro querido se
-refiere, me lo representan con su estatura elevada, su gran corpulencia,
-su andar lento y un tanto descuidado, su eterno traje negro y aquellos
-amplios y enormes cuellos abiertos, rodeando un vigoroso pescuezo de
-gladiador.--La cabeza era soberbia; grande, blanca, luminosa, de rasgos
-acentuados. La calvicie le tomaba casi todo el cráneo, que se unía, en
-una curva severa y perfecta, con la frente ancha y espaciosa, surcada de
-arrugas profundas y descansando, como sobre dos arcadas poderosas, en
-las cejas tupidas que sombreaban los ojos hundidos y claros, de mirar
-un tanto duro y de una intensidad insostenible; la nariz casi recta,
-pero ligeramente abultada en la extremidad, era de aquel corte enérgico
-que denota inconmovible fuerza de voluntad.--En la boca, de labios
-correctos, había algo de sensualismo;--no usaba más que una ligera
-patilla que se unía bajo la barba, acentuada y fuerte, como las que se
-ven en algunas viejas medallas romanas.
-
-M. Jacques era áspero, duro de carácter, de una irascibilidad nerviosa,
-que se traducía en acción con la rapidez del rayo, que no daba tiempo a
-la razón para ejercer su influencia moderadora. "No puedo con mi
-temperamento", decía él mismo, y más de una amargura de su vida provino
-de sus arrebatos irreflexivos. No conseguía detener su mano y entre
-todos los profesores fué el único al que admitíamos usara hacia nosotros
-gestos demasiado expresivos. Un profesor se había permitido un día dar
-un bofetón a uno de nosotros, a Julio Landívar, si mal no recuerdo, y
-éste lo tendió a lo largo de un puñetazo de la familia de aquel con que
-Maubreil obsequió a M. de Talleyrand; otra vez desmayamos de un
-tinterazo en la frente a otro magister que creyó agradable aplicarnos el
-antiguo precepto escolar; pero jamás nadie tuvo la idea sacrílega de
-rebelarse contra Jacques. Bajo el golpe inmediato, solíamos protestar,
-arriesgando algunas ideas sobre nuestro carácter de hombres libres, etc.
-Pero una vez pasado el chubasco, nos decíamos unos a otros, los
-maltratados, para levantarnos un poco el ánimo: "¡Si no fuera
-Jacques!"... ¡Pero era Jacques!
-
-
-
-
-X
-
-
-Recuerdo una revolución que pretendimos hacer contra D. José M. Torres,
-Vice-Rector entonces y de quien más adelante hablaré, porque le debo
-mucho. La encabezábamos un joven Adolfo Calle, de Mendoza, y yo.--Al
-salir de la mesa lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la
-tiranía de Torres (las escapadas habían concluído!) y otros motivos de
-queja análogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el
-tribuno francés, a quien plagiaba inconscientemente, contesté que sólo
-cedería a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos
-de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con
-pérdida, porque mis compañeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos,
-haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de
-trompadas. El celador que, como Jérges, había presenciado el combate de
-lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando él a su vez
-a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un
-motín vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución.
-El señor Torres, no por falta de energía por cierto, sino por espíritu
-de jerarquía, fué inmediatamente a buscar a M. Jacques, Rector entonces
-del Colegio y que vivía en una casa amarilla en la esquina de Venezuela
-y Balcarce. Pero nosotros creíamos que había ido a traer la policía y
-empezamos los preparativos de defensa.--Recuerdo haber pronunciado un
-discurso sobre la ignominia de ser gobernados, nosotros republicanos,
-por un español monárquico, con citas de la Independencia, San Martín,
-Belgrano, y creo que hasta la invasión inglesa.--Otros oradores me
-sucedieron en la tribuna, que era la plataforma de un trapecio, y la
-resistencia se resolvió. En esto oímos una detonación en el claustro,
-seguida de varias otras, matizadas de imprecaciones. Algunos conjurados
-habían esparcido en los corredores esas pequeñas bombas Orsini que
-estallan al ser pisadas. Era M. Jacques que entraba, irritado como
-Neptuno contra las olas. Desgraciadamente, no creyó que convenía primero
-calmar el mar, sino que puso el _quos ego_.... en acción. Al aparecer en
-la puerta del gimnasio, un estremecimiento corrió en las filas de los
-que acabábamos de jurar ser libres o morir.--No de otra manera dejaron
-los persas penetrar el espanto en sus corazones, cuando vieron a Pallas
-Athenea flotar sobre el ejército griego, armada de la espada dórica, en
-el llano de Marathon.--Vino rápido hacia mí y....! Luego me tomó del
-brazo y me condujo consigo. No intenté resistir y echando a mis
-compañeros una mirada que significaba claramente: "¡Ya lo veis! ¡Los
-dioses nos son contrarios!" seguí con la cabeza baja a mi vencedor.
-Llegados a la sala del Vice-Rector, recibí nuevas pruebas de la pujanza
-de su brazo y un cuarto de hora después me encontraba ignominiosamente
-expulsado, con todos mis penates, es decir, con un pequeño baúl, del
-lado exterior de la puerta del Colegio.--Eran las ocho y media de la
-noche: medité. Mi familia y todos mis parientes en el campo, sin un peso
-en el bolsillo,--¿qué hacer? Me parecía aquella una aventura enorme y
-encontraba que David Copperfield era un pigmeo a mi lado; me creía
-perdido para siempre en el concepto social. Vagué una hora, sin el
-baúl, se entiende, que había dejado en depósito en la sacristía de San
-Ignacio y por fin fuí a caer sobre un banco de la plaza Victoria. Un
-hombre pasó, me conoció, me interrogó y tomándome cariñosamente de la
-mano, me llevó a su casa, donde dormí en el cuarto de sus hijos, que
-eran mis amigos.--Era D. Marcos Paz, Presidente entonces de la República
-y uno de los hombres más puros y bondadosos que han nacido en suelo
-argentino.
-
-Varios enemigos de Jacques quisieron explotar mi expulsión violenta y
-vieron a mi madre para intentar una acción criminal contra él. Mi madre,
-sin más objetivo que mi porvenir, resistió con energía, vió a Jacques,
-que ya había devuelto desgarrada una solicitud del Colegio entero por
-nuestra readmisión (Calle había seguido mi suerte) y después de muchas
-instancias, consiguió la promesa de admitirme externo, si en mis
-exámenes salía _regular_. La suerte y mi esfuerzo me favorecieron y
-habiendo obtenido ese año, que era el primero, el premio de honor, volví
-a ingresar en los claustros del internado.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Nada mortificaba más a Jacques que ver un alumno dormido durante sus
-explicaciones; el desdichado tenía siempre un despertar violento. Los
-cuchicheos, la novela debajo del banco, leída a hurtadillas, le ponían
-fuera de sí. Entraba en la clase con su paso reposado y durante media
-hora, con un enorme pedazo de tiza en la mano, que solía limpiar
-negligentemente en la solapa de la levita, explicaba la materia con su
-voz grave y sonora. A medida que se animaba, sacaba un cigarrillo de
-papel, lo armaba y lo colocaba sobre la mesa. Pero mientras buscaba
-fósforos se olvidaba del cigarro, sacaba otro y así sucesivamente, hasta
-que, agotada su provisión, se dirigía a uno de nosotros y nos pedía uno,
-que nos apresurábamos a darle, encendido el rostro, pero sin hacerle la
-menor indicación hacia los que estaban enfilados sobre la mesa.
-
-Luego nos dictaba nuestros cuadernos, pero con una rapidez tal de
-palabra, que, siendo casi imposible seguirle, habíamos adoptado con mi
-vecino del primer banco y amigo, Julián Aguirre, hijo de Jujuy y
-actualmente magistrado distinguido, un sistema de signos abreviativos.
-Así las voces largas, como _circunferencia_, _perpendicular_, etc., eran
-reemplazadas por el signo del infinito, [símbolo de infinito], las
-letras griegas alpha, pi, etc.--Un día, habiéndose interrumpido para
-reñir a alguno, me tocó la mala suerte de que eligiera mi cuaderno para
-reanudar el hilo de la exposición.--Aquel galimatías de signos le puso
-furioso y me tiró con mi propio manuscrito.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Otra vez, Corrales... No puedo resistir al deseo de presentar a mi
-condiscípulo Corrales. Es uno de esos tipos eternos del internado que
-todo aquel que haya pasado algunos años dentro de los muros de un
-colegio, reconocerá a primera vista.--Es el cabrión, el travieso, el mal
-estudiante, el reo presunto de todas las contravenciones, faltas y
-delitos.--De un espíritu lleno de iniciativa, inventando a cada instante
-una treta nueva para burlarse del maestro o procurarse alguna
-satisfacción, gritando como veinte en el recreo, dejando grabado su
-nombre en todas las mesas, gracioso, chispeante en la conversación,
-llena de la sal gruesa de colegio, es al mismo tiempo incapaz de
-aprender, de asimilarse una noción científica cualquiera.--Corrales
-inventaba trampas, aparatos para robar uvas, lazos corredizos admirables
-para tomar delicadamente del cuello, desde una altura de diez metros,
-las botellas simétricamente colocadas sobre una mesa en el patio del
-cura de San Ignacio, sobre el que daban las ventanas de algunos
-dormitorios, botellas que su dueño destinaba a festejar la fiesta del
-patrono;--Corrales sabía abrirse la puerta del encierro sin fractura
-visible, pero Corrales jamás pudo comprender ni creer que el valor de
-los ángulos se midiera por el espacio comprendido entre los lados y no
-por la longitud de éstos.
-
-Las matemáticas, como toda noción racional por lo demás, eran para él
-abismos sin fondo en los que su cráneo de chorlo se mareaba. Era
-feísimo, picado de viruelas, con un pelo lacio, duro y abundante,
-obedeciendo sin trabas el impulso de veinte remolinos. Sus libros, jamás
-abiertos, eran los más sucios y deshechos del colegio. Algunas veces,
-cuando la cosa apuraba, venía a que le explicáramos un teorema, con
-claridad, sin prisa y dándole el derecho de preguntar, sin límites. Era
-inútil; no tenía la noción del ángulo recto.--En clase pasaba el tiempo
-en tallar su banco, que se iba convirtiendo en un escaño digno del
-Berruguete,--en fumar a escondidas, a favor de su facultad envidiada de
-retener el humo en el pecho durante cinco minutos, en hacer flechas,
-cuerdas de goma de botín que, fijadas en el índice y el pulgar, lanzaban
-al techo una bola de papel mascado que se adhería a él, sosteniendo por
-un hilo un retrato de perfil del profesor; en fabricar gallos perfectos,
-navíos primitivos y en mil otros pasatiempos igualmente conexos con el
-curso.--No había casi día, en la clase de Jacques, que Corrales escapara
-a las vigorosas arremetidas del sabio.--Pero Corrales, familiarizado ya
-con ese procedimiento, había resuelto emplear en su defensa una de sus
-artes más estudiadas: Corrales _canchaba_ maravillosamente. Un pie
-adelante, con el cuerpo encorvado, durante los recreos, ni los _grandes_
-conseguían tocarle el rostro; tenía la agilidad, la vista del compadrito
-y sus mismos dichos especiales.--Así, cierto día que Jacques nos
-explicaba que los tres ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos,
-Corrales, oyendo como el ruido del viento la explicación, desde los
-últimos bancos de la clase, estaba profundamente preocupado en
-construir, en unión con su vecino el cojo Videla, que le ayudaba
-eficazmente, un garfio para robar uvas de noche. De pronto Jacques se
-detiene y con voz tonante exclama: "Corrales, tú eres un imbécil y tu
-compadre Videla otro: ¿cuánto valen los dos juntos?"--"¡Dos
-rectos!"--contestó Corrales, que tenía en el oído esas dos palabras tan
-repetidas durante la explicación y sin darse cuenta, en su sorpresa, de
-la pregunta de Jacques. Este se le fué encima y nos fué dado presenciar
-uno de los combates más reñidos del año.
-
-Corrales se echó para atrás, enroscó el cuerpo, hundió la cabeza entre
-los hombros y mirando a su adversario con sus ojos chiquitos, llenos de
-malicia, esperó el ataque con las manos en postura.--Jacques _debutó_
-por un revés, que fué hábilmente parado; una finta en tercia, seguida de
-un amago al pelo, no obtuvo mayor éxito. Entonces Jacques, despreciando
-los golpes artísticos, comenzó lisa y llanamente a hacer llover sobre
-Corrales una granizada de trompadas, bifes, reveses, de filo, de plano,
-de punta, todo en confuso e inexplicable torbellino. El calor de la
-lucha enardeció a Corrales; se multiplicaba, se retorcía y cada buena
-parada decía con acento jadeante: "¡Diande!"--"¡Cuándo, mi vida!" y
-otros gritos de guerra análogos. Jacques, más irritado aún, hizo avanzar
-la artillería y una nube de puntapiés cayó sobre las extremidades del
-intrépido agredido.--Corrales, que no sabía canchar con las piernas, se
-puso de rodillas sobre el banco; esta simple evolución hizo efímeros los
-estragos del cañón y el combate al arma blanca continuó.--Pero Corrales
-era un simple montonero, un Paez, un Güemes, un Artigas; no había leído
-a César, ni al gran Federico, ni las memorias de Vauban, ni los apuntes
-de Napoleón, ni los libros de Jomini.--Su arte era instintivo y Jacques
-tenía la ciencia y el genio de la estrategia.
-
-De idéntica manera los persas valerosos no supieron defender sus
-empalizadas contra los atenienses de Platea.--El banco de la batalla
-había sido abandonado por los vecinos de Corrales; Jacques vió la
-ventaja de una mirada y amagando una carga violenta, mientras Corrales
-en el movimiento defensivo perdía un tanto el equilibrio, su adversario,
-de un golpe enérgico, dió en tierra con el banco y con Corrales.--Antes
-de que éste pudiera levantarse, Jacques le asió del cuello de la camisa,
-no saltando el botón correspondiente por la costumbre inveterada en
-Corrales de no usarlo nunca.--No brilló en manos del vencedor la daga de
-misericordia, pero sí sonó, uno solo, soberbio bofetón.
-
-Así concluyó aquel memorable combate, que habíamos presenciado
-silenciosos y absortos, a la manera de los indios de Manco Capac las
-batallas de Almagro y de Pizarro, como luchas de seres superiores al
-hombre!...
-
-
-
-
-XIII
-
-
-Jacques llegaba indefectiblemente al Colegio a las nueve de la mañana;
-averiguaba si había faltado algún profesor y en caso afirmativo, iba a
-la clase, preguntaba en qué punto del programa nos encontrábamos, pasaba
-la mano por su vasta frente como para refrescar la memoria y en seguida,
-sin vacilación, con un método admirable, nos daba una explicación de
-química, de física, de matemáticas en todas sus divisiones, aritmética,
-álgebra, geometría descriptiva o analítica, retórica, historia,
-literatura, hasta latín! El único curso, de todo aquel extenso programa,
-que no le he visto dictar por accidente, era el de inglés, dado por mi
-buen amigo David Lewis, que nos hacía leer a Milton y a Pope, a Addison
-y a todos los buenos prosistas del "Spectator".
-
-Debe estar fija en la memoria de mis compañeros aquella admirable
-conferencia de M. Jacques sobre la composición del aire
-atmosférico.--Hablaba hacía una hora, y ¡fenómeno inaudito en los fastos
-del Colegio! al sonar la campana de salida, uno de los alumnos se
-dirigió, arrastrándose hasta la puerta, la cerró para que no entrara el
-sonido y por medio de esta estratagema, ayudada por la preocupación de
-Jacques, tuvimos media hora más de clase. Había venido de buen humor ese
-día y su palabra salía fácil, elegante y luminosa.--En ciertos momentos
-se olvidaba y nos hablaba en francés, que todos entendíamos entonces.
-¡Qué pintura inimitable de ese maravilloso fenómeno de la vegetación, de
-aquellas plantas con corazón de madre, absorbiendo el leal carbono de la
-atmósfera y esparciendo a raudales el oxígeno, la esencia de la vida!
-¡Cómo nos hablaba de la bajeza miserable del hombre que pisotea una
-planta o abate un árbol para coger un fruto! Aún suena en mis oídos su
-palabra, y al recordarla, aún se apodera de mi alma aquella emoción
-nueva e inexplicable entonces para mí!
-
-Cuando empezó a dictar el curso de filosofía, que debía concluir tan
-brillantemente Pedro Goyena, dió como texto el manual en colaboración
-con Simon y Saisset. En la primera conferencia dijo bien claro que
-aquélla era la filosofía eléctica; más tarde añadió a algunos
-compañeros: "el día que yo escriba mi filosofía, comenzaré por quemar
-ese manual".
-
-No ha dejado nada al respecto; pero si es posible rehacer sus ideas
-personales con el estudio de su naturaleza intelectual y sus opiniones
-científicas, no es arriesgado afirmar que, discípulo directo de Bacon,
-pertenecía a la escuela positivista, que hasta entonces no había tenido
-divulgadores como Littré, pero que, antes de haberla formulado Augusto
-Comte, ha sido la filosofía de los hombres de ciencia, realmente
-superiores, en todos los tiempos.
-
-Adorábamos a Jacques a pesar de su carácter, jamás faltamos a sus
-clases, y nuestro orgullo mayor, que ha persistido hasta hoy, es
-llamarnos sus discípulos. A más, su historia, conocida por todos
-nosotros y pintorescamente exagerada, nos hacía ver en él, no sólo un
-mártir de la libertad, como lo fué en efecto, sino un hombre que había
-luchado cuerpo a cuerpo con Napoleón, nombre simbólico de la tiranía.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Una mañana vagábamos en el claustro, asombrados que hubiese pasado un
-cuarto de hora del momento infalible en que M. Jacques se presentaba. De
-pronto un grito penetrante hirió nuestros oídos; conocí la voz de
-Eduardo Fidanza, uno de los discípulos, más distinguidos del Colegio.
-Corrí a la portería y encontré a Fidanza pálido, desencajado, repitiendo
-como en un sueño: "¡M. Jacques ha muerto!" La impresión fué
-indescriptible; se nos hizo un nudo en la garganta y nos miramos unos a
-otros con los rostros blancos, lívidos, como en el momento de una
-desventura terrible.
-
-El portero había recibido orden de no dejarnos salir; le echamos
-violentamente a un lado y muchos, sin sombrero, desolados, corrimos a
-casa de M. Jacques.
-
-Estaba tendido sobre su cama, rígido y con la soberbia cabeza impregnada
-de una majestad indecible.--La muerte le había sorprendido al llegar a
-su casa después de una noche agitada. El rayo de la apoplejía le derribó
-vestido, sin darle tiempo para pedir ayuda.--Pendía su mano derecha
-fuera de la cama; uno por uno, por un movimiento espontáneo, nos fuimos
-arrodillando y posando en ella los labios, como un adiós supremo a aquel
-a quien nunca debíamos olvidar. Su espíritu liberal, abierto a todas las
-verdades de la ciencia, libre de preocupaciones raquíticas, ha ejercido
-su influencia poderosa sobre el de todos sus discípulos.
-
-Le llevamos a pulso hasta su tumba y levantamos en ella un modesto
-monumento con nuestros pobres recursos de estudiantes. Duerme el sueño
-eterno al abrigo de los árboles sombríos, no lejos del sitio donde
-reposan mis muertos queridos. Jamás voy a la tumba de los míos sin pasar
-por el sepulcro del maestro y saludarle con el respeto profundo de los
-grandes cariños.
-
-
-
-
-XV
-
-
-El retiro del doctor Agüero no mejoró la disciplina interna del
-Colegio.--Estaba reservada esa difícil tarea a D. José M. Torres, que,
-con mano de hierro y cargando con la más franca y abierta odiosidad que
-es posible dedicar a un hombre, nos metió en vereda, nos domó a fuerza
-de castigos, transformando el encierro en la morada habitual de algunos
-de nosotros, privándonos de salida, levantando en alto, en fin, el
-principio de autoridad. De un carácter desgraciado, pues a la primera
-contradicción se ponía fuera de sí, dudo que haya tenido apetito un solo
-día durante su permanencia en el Colegio; oíamos a cada instante su voz
-de trueno rebotar en el eco de los claustros, vibrante e inflamada. En
-cuanto a mí, creo haber contribuído no poco a hacerle la vida amarga y
-le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no
-habría concluído mis estudios, y sabe Dios si el sér inútil que bajo mi
-nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor.
-
-Pero antes de su ingreso, el Colegio fué regido algún tiempo por un
-sacerdote de quien tengo forzosamente que hablar tan mal, que me limito
-a designarle sólo por iniciales. D. F. M. era extranjero e ignoro por
-qué circunstancia un hombre como él, sin moralidad, sin inteligencia y
-desprovisto de ilustración, había conseguido hacerse nombrar Vicerrector
-del Colegio Nacional.
-
-Antes de su entrada las pasiones políticas que habían agitado la
-República desde 1852 se reflejaban en las divisiones y odios entre los
-estudiantes. Provincianos y porteños formaban dos bandos, cuyas
-diferencias se zanjaban a menudo en duelos parciales.
-
-Los provincianos eran dos terceras partes de la totalidad en el
-internado, y nosotros, los porteños, ocupábamos modestamente el último
-tercio; eran más fuertes, pero nos vengábamos ridiculizándoles y
-remedándoles a cada instante.--Habíamos pillado un trozo de diálogo
-entre dos de ellos, uno que decía, con una palangana en la mano: "¡Agora
-no más la vo a derramar!" y el otro que contestaba en voz de tiple: "¡No
-la derramís!"--Lo convertimos en un estribillo que les ponía fuera de
-sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don
-Quijote.
-
-Eran mucho más graves, serios y estudiosos que nosotros.--Con igualdad
-de inteligencia y con menor esfuerzo por nuestra parte obteníamos
-mejores clasificaciones en los exámenes. El fenómeno consistía
-simplemente en nuestra mayor viveza de imaginación, desparpajo natural y
-facilidad de elocución.--Recuerdo que Pedro Goyena, hablando de un joven
-correntino, Carlos Harvey, dotado de una inteligencia sólida y profunda,
-de una laboriosidad incomparable, repetía las palabras de Sainte-Beuve,
-aplicándoselas: "le falta la arenilla dorada". Esa arenilla dorada
-constituía nuestra superioridad.--Dábamos una conferencia de historia,
-filosofía o retórica con sin igual botaratería, mientras ellos, en
-general, poseyendo la materia tal vez mejor que nosotros, se limitaban
-a una exposición sucinta, pálida y difícil. Había, por ejemplo, otro
-bohemio en el Colegio, enorme, pesado, indolente, pero de una
-inteligencia clara y meditativa. Era un joven Aberastain, de San Juan,
-hijo del mártir del Pocito; yo me había ligado a él porque nuestros
-padres fueron amigos y le había aplicado el mismo apodo de "buey" que el
-suyo había recibido en la Universidad. Goyena, que era nuestro profesor
-de filosofía, se había empeñado en hacerle hablar, porque en dos o tres
-contestaciones en clase le llamó la atención la claridad con que
-comprendía ciertos puntos obscuros. Al fin hubo de renunciar, vencido
-por la apatía invariable de aquel carácter. El pobre Aberastain fué una
-de las primeras víctimas del cólera de 1867.
-
-He nombrado a uno; nombraré otro, el primero de todos, Patricio Sorondo,
-arrebatado por la fiebre amarilla, cuando era ya conocido por su
-inteligencia extraordinaria, unida, lo que no es común, a una
-laboriosidad perseverante y tenaz. Era el primer discípulo de su clase;
-hablaba con maravillosa facilidad, era espiritual, chispeante, y como
-estudiaba enormemente, sus exámenes fueron siempre aclamados.--Jacques
-le tenía gran cariño, sentimiento que habíamos descubierto, no por
-manifestaciones externas, sino por un fenómeno negativo: jamás le
-reprendió.--Patricio se entretenía en decir negligentemente, delante de
-mi amigo Valentín Balbín, hoy ingeniero distinguido, que la noche
-anterior había estudiado hasta tal punto--y le señalaba medio tomo de un
-enorme tratado de física o matemáticas.--Valentín, animado de una
-emulación digna y de un gran orgullo, volvía al día siguiente pálido y
-con los ojos marchitos, habiendo estudiado hasta el punto indicado,
-tragándose un centenar de páginas que Patricio no había ni aun
-recorrido.
-
-La muerte de Sorondo fué una pérdida real para el país; habríamos tenido
-en él un hombre de estado, liberal, lleno de ilustración y con un
-carácter firme y recto.
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Estudiábamos seriamente en el Colegio, sobre todo los tres meses que
-precedían los exámenes, en los que el gimnasio y los claustros perdían
-su aspecto bullicioso, para no dejar ver sino pálidas caras hundidas en
-el libro, pizarras llenas de fórmulas algebraicas, y en los rincones
-pequeños Sócrates ocupados en discutir con los ateos venidos, no ya de
-la Jonia, sino de los Andes o del Aconquija. Los exámenes eran duros y
-sabíamos que serían tomados por profesores de la Universidad.
-
-Ahora bien; entre el Colegio y la Universidad existía el mismo
-antagonismo, la misma lucha que entre los discípulos de Guillermo de
-Champeaux y los de Abelardo, la misma emulación que entre Oxford y
-Cambridge. Despreciábamos esos petimetres que iban paquetes al aula una
-vez por mes, a hacer barullo en las clases de Larsen o Gigena y que no
-leían sino el Balmes o el Gérusez, mientras nosotros nos alimentábamos
-de la médula de león del electicismo (!)--A más, ¿por dónde la
-Universidad era capaz de presentar un cuadro de aventuras, de diabluras,
-como las que ilustraban los anales del Colegio?--De tiempo en tiempo nos
-llegaba la noticia de un aparato que, regido por un hilo, ponía de punta
-una aguja en las sillas de Larsen, Gigena o Ramsay, en el momento de
-sentarse,--la transformación de una galera profesional en acordeón
-silencioso, etc. Pero acogíamos esa materia parva con la benévola
-sonrisa de los magos de Faraón ante los primeros milagros de
-Moisés.--Una cosa nos disgustaba: que Jacques no nos perteneciera de una
-manera completa y exclusiva. Habríamos dado algo por verle renunciar su
-cátedra de física en la Universidad.
-
-En los primeros tiempos quise reaccionar un tanto contra ese espíritu,
-y recordando que antes de entrar en el Colegio había pasado un año
-en la Universidad, intenté iniciar, sin éxito, la política de
-conciliación. Y, sin embargo, no eran de los más gratos mis
-recuerdos universitarios. Para ingresar a la clase de primer año
-de latín, debí rendir un impalpable examen de gramática castellana,
-en el que fuí ignominiosamente reprobado por la mesa compuesta de
-Minos, Eaco y Radamanto, bajo la forma de Larsen, Gigena y el doctor
-Tobal. Me dieron un trozo de la "Eneida", traducción Larsen, para
-analizar gramaticalmente; era una invocación que empezaba por:
-"¡Diosa!"--"Pronombre posesivo!" dije, y bastó; porque con voz de
-trueno, Larsen me gritó: "¡Retírate, animal!"
-
-Esto era en Diciembre; en Marzo arremetí de nuevo, pasé regular, con
-recomendación de mayor estudio para el año venidero e ingresé en la
-famosa clase de latín donde Pirovano hacía sus raras y memorables
-apariciones. Nada más soberbio que los diálogos que se entablaban entre
-él y Larsen.
-
-Era en vano que Larsen interrogara a Pirovano sobre el I, II, IV o VI
-libro de la "Eneida", sobre el "De Viris" o el "Epitome"; Pirovano sabía
-un solo verso de memoria, ordenado y traducido, que amaba con pasión y
-que lanzaba con una voz eufónica cada vez que Larsen pulsaba su
-erudición: _Amor insano Pasiphae!_
-
-De ahí no salía, sino a la calle.--Es al doctor Larsen a quien el pueblo
-de Buenos Aires debe el tener ese médico que le honra. Harto de Pirovano
-y para verse libre de él, le hizo pasar contra viento y marea en el
-examen de primer año, en el que hubiera quedado eternamente; tal era su
-afición al Nebrija.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Conocíamos también en el Colegio la existencia de un café clandestino,
-donde se reunían a jugar al billar Pellegrini, Juan Carlos Lagos,
-Lastra, Quirno y Terry, a quien Pellegrini corría todas las noches hasta
-su casa, sin faltar una sola a esta higiénica costumbre.--Los combates
-homéricos del mercado no nos eran desconocidos, ni las pindáricas
-escenas de la clase de griego, de Larsen, donde éste y su único
-discípulo, el pobre correntino Fernández, muerto en plena juventud, se
-disputaban la palma de los juegos Pythios, recitando con sin igual
-entusiasmo los versos de la "Ilíada".--En la Universidad se sostenía
-calumniosamente que el sueldo de la clase de griego se dividía entre
-Larsen y Fernández, pero el hecho curioso es que Fernández, solo en
-clase, conseguía armar unos barullos colosales, respondiendo
-imperturbablemente a las imprecaciones de Larsen: "¡No soy
-yo!"--Recuerdo que más tarde, cuando fuimos estudiantes de derecho,
-Patricio Sorondo nos invitaba a entrar en masa en la clase de griego,
-como oyentes. Cuando Larsen leía algún verso, Patricio sonreía con
-lástima. Interpelado, aseguraba al buen profesor que su pronunciación
-helénica era deplorable; que, a lo sumo, sólo podía compararse al
-dialecto de los porteros de Atenas en tiempo de Pericles.--Fernández se
-indignaba y encarándose con Patricio, le dirigía una alocución en griego
-que ni él mismo, ni Larsen, ni nadie entendía.--La escena concluía
-siempre poniéndonos Larsen a todos en la puerta y encerrándose de nuevo
-con Fernández, que a todo trance quería saber el griego...
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-La pluma ha corrido inconscientemente; quería hablar del antagonismo
-entre porteños y provincianos, y heme aquí bien lejos de mi objeto!
-
-El hecho es que el nuevo Vicerrector, por una u otra razón, decidió
-gobernar con un partido, sistema como cualquier otro, aunque para él
-tuvo consecuencias deplorables.
-
-Creíamos entonces, exageradamente, que todos los castigos nos estaban
-reservados, mientras los provincianos (nosotros éramos del _Estado_ de
-Buenos Aires!) tenían asegurada la impunidad absoluta. Las
-conspiraciones empezaron, los duelos parciales entre los dos bandos se
-sucedían sin interrupción, hasta que la conducta misma de Don F. M.
-justificó la explosión de la cólera porteña. Don F. M. nos organizaba
-bailes en el dormitorio antiguamente destinado a capilla, en el que aun
-existía el altar y en el que, en otro tiempo, bajo el doctor Agüero, se
-hacían lecturas morales una vez por semana.--No fué por cierto el
-sentimiento religioso el que nos sublevó ante aquella profanación; pero
-como en esos bailes había cena y se bebía no poco vino seco, que por su
-color reemplazaba el Jerez a la mirada, sucedía que muchos chicos se
-embriagaban, lo que era no solamente un espectáculo repugnante, sino que
-autorizaba ciertos rumores infames contra la conducta de Don F. M., que
-hoy quiero creer calumniosos, pero sobre cuya exactitud no teníamos
-entonces la menor duda. El simple hecho del baile revelaba, por otra
-parte, en aquel hombre, una condescendencia criminal, tratándose de un
-Colegio de jóvenes internos, régimen abominable por sí mismo y que sólo
-puede persistir a favor de una vigilancia de todos los momentos y de una
-disciplina militar.
-
-A la conspiración vaga sucedió una organización de carbonarios. Yo no
-tuve el honor de ser iniciado; era muy chico aún y pertenecía a los
-_abajeños_; es decir, a los que vivíamos en el piso bajo del colegio,
-mientras el alto era ocupado por los mayores, los _arribeños_.--Nuestros
-prohombres lo habían organizado todo, sin dar cuenta a la gente menuda.
-Pero yo tenía un buen amigo en Eyzaguirre, que tuvo la bondad de
-ilustrarme ligeramente.
-
-Mis relaciones con Eyzaguirre eran de una naturaleza especial; le
-incomodaba a cada instante, le remedaba, le llamaba _Del País_, que era
-su aborrecido apodo, zumbaba a su alrededor como un mosquito, le
-desafiaba, le echaba pelo de cepillo entre las sábanas, le mortificaba,
-en fin, de cuantas maneras me sugería mi imaginación, tendida a ese solo
-objeto. Eyzaguirre era un hombre robusto, fuerte y bravo; más de una vez
-levantó el brazo sobre mí, pero vencía su generosidad ingénita y
-comprendiendo que de un golpe me habría suprimido, lo dejaba caer
-ahogando un rugido, como Jean Taureau delante de Fifine. Sólo en una
-ocasión la cólera le cegó; me dió a mano abierta un cogotazo que me
-tendió a lo largo y antes que hubiere iniciado a patadas desde el suelo
-un estéril sistema defensivo, ya Eyzaguirre me había levantado en sus
-robustos brazos y llevado junto a la fuente para ponerme agua en la
-cabeza, preguntándome, con la voz trémula por la emoción, si me había
-hecho daño.
-
-Tanta generosidad me venció, y sea por ese motivo o porque el primer
-cogotazo había roto el cómodo prisma de la impunidad, el hecho es que
-nos hicimos amigos para siempre. Aun hoy es uno de los hombres cuya mano
-estrecho con mayor placer.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Eyzaguirre me había dicho que si sentía algún gran ruido de noche, en
-los claustros de arriba, acometiera valerosamente al provinciano que
-tuviera más próximo de mi cama y que lo pusiera fuera de combate. Que
-éramos pocos y sólo podría salvarnos el valor y la rapidez en la acción.
-En fin, después de algunos días de expectativa, una noche, de una a dos
-de la mañana, saltamos todos sobre el lecho, al sacudimiento espantoso
-de una detonación que conmovió las paredes del Colegio.
-
-Arremetí ciego a mi vecino, que no puedo recordar bien si era un joven
-llamado Granillo, de la Rioja, o Cossio, de Corrientes, dí y recibí
-algunos moquetes; pero la curiosidad pudo más, y todos corrimos, casi
-desnudos, a los claustros superiores.--Aun había mucho humo; las puertas
-del cuarto del Vicerrector habían sido sacadas de quicio por la
-explosión de dos bombas Orsini, sin proyectiles, se entiende, pues el
-objeto no fué otro que dar un susto de dos yemas a Don F. M.--Este había
-hecho una barricada en la puerta.
-
-En medio del claustro y solo, frente a su cuarto, ví a Eyzaguirre en
-soberbia apostura de combate, con un viejo sable en la mano izquierda y
-una bola de plomo, unida a una cuerda, en la derecha.
-
-De todos los dormitorios afluían estudiantes, muchos de ellos armados.
-Aquél iba a ser un campo de Agramante; el Vicerrector, viéndose rodeado
-de sus fieles, salvó la barricada y comenzó a vociferar, abriendo sus
-vestidos, mostrando el pecho desnudo, desafiando a la muerte, etc. Los
-conocedores sostuvieron siempre que esa manifestación de valor había
-sido un poco tardía.
-
-Así como los franceses de Sicilia, repuestos de su sorpresa, arremetían
-enfurecidos a sus adversarios, los provincianos se preparaban a caer
-sobre nuestra vanguardia, formada por Eyzaguirre y dos o tres
-compañeros, cuando vimos aparecer al venerable Dr. Santillán, cura
-párroco de San Ignacio; sus cabellos blancos, su palabra mansa y
-persuasiva, desarmaron los ánimos.--Cada uno se retiró a su cuarto y él
-llevó consigo a Don F. M., que jamás volvió a pisar el suelo del
-Colegio.
-
-El sumario al día siguiente fué terrible; M. Jacques, pálido de cólera,
-tomaba las declaraciones principales. El punto capital era éste: ¿quién
-había prendido fuego a las bombas?--La respuesta fué unánime y sincera:
-"no lo sé". Y era la verdad; por largos años ha permanecido oculto el
-nombre del nuevo Guy Fawkes, del atrevido estudiante que, con más éxito
-que aquél, llevó a cabo ese rasgo de audacia. Más tarde, cuando hacía ya
-mucho tiempo que había salido del Colegio, uno de los _grandes_ de
-entonces me hizo la confidencia, murmurando a mi oído un nombre que
-callo hoy, no porque a mi juicio pueda menoscabar en lo mínimo la
-relación de esta aventura al que la dió acabado fin, sino por un
-curiosísimo resto de aquel culto del estudiante de honor por la
-discreción y el secreto. Es pueril, pero lo siento así.
-
-
-
-
-XX
-
-
-Dos o tres expulsados, tres meses sin salida los domingos a casi todos e
-interminables horas de encierro a muchos de nosotros volvieron a poner
-las cosas en su estado normal, afirmándose definitivamente la disciplina
-con el ingreso de Don José M. Torres.
-
-El encierro es un recuerdo punzante que no me abandona; eterno candidato
-para ocuparlo, su huésped frecuente, conocía una por una sus
-condiciones, sus escasos recursos, sus numerosas inscripciones y aquel
-olor húmedo, acre, que se me incrustaba en la nariz y me acompañaba una
-semana entera. La puerta daba a un descanso de la escalera que se abría
-frente al gimnasio.--Era una pieza baja, de bóveda: cuatro metros
-cuadrados. Tenía un escaño de cal y canto, demasiado estrecho para
-acostarse y que daba calambres en la espalda a la hora de estar sentado
-en él. Una luz insignificante entraba por una claraboya lateral y muy
-alta, por donde los compañeros solían tirar con maestría algunos
-comestibles con que combatir el clásico régimen de pan y agua.
-
-¡Oh! las horas mortales pasadas allí dentro, tendido en el suelo, llena
-de tierra la cabeza, el cuerpo dolorido, los oídos tapados para no oir
-el ruido embriagador de la partida de rescate, en la que yo era famoso
-por mi ligereza, la vela de sebo, mortecina y nauseabunda, pegada a la
-pared, debajo de una caricatura de Paunero con tricornio y con una
-cinta saliendo de su boca, a manera de las ingenuas leyendas brotando de
-labios de vírgenes y santos, en el arte cristiano primitivo, pero
-cargada aquí con un dístico cojo y expresivo; la enorme hoja de la
-puerta, tallada, quemada de arriba abajo, horadada y recompuesta, como
-un pantalón de marinero; la cerradura claveteada y cosida, fiel e
-incorruptible, virgen de todo atentado, desde la solemne declaración de
-Corrales sobre la ineficacia de nuevas tentativas al respecto; el hambre
-frecuente, los proyectos de venganza negra y sombría, lentamente
-madurados en la obscuridad, pero disipados tan pronto como el aire de la
-libertad entraba en los pulmones!...
-
-He conservado toda mi vida un terror instintivo a la prisión; jamás he
-visitado una penitenciaría sin un secreto deseo de encontrarme en la
-calle. Aun hoy las evasiones célebres me llenan de encanto y tengo una
-simpatía profunda por Latude, el barón de Trenck y Jacques Casanova. No
-he podido comprender nunca el libro de Silvio Pellico, ni creo que el
-sentimiento de conformidad religiosa, unido a un imperio absoluto de la
-razón, basten para determinar esa placidez celeste, si no se tiene una
-sangre tranquila y fría, un espíritu contemplativo y una atrofia
-completa del sistema nervioso.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-Las autoridades del Colegio habían comenzado a preocuparse seriamente en
-dar mayor ensanche a los dormitorios destinados a enfermería, en vista
-del número de estudiantes, siempre en aumento, que era necesario alojar
-en ella. Una epidemia vaga, indefinida, había hecho su aparición en los
-claustros. Los síntomas eran siempre un fuerte dolor de cabeza,
-acompañado de terribles dolores de estómago. _¡Vas-y-voir!_
-
-El hecho es que la enfermería era una morada deliciosa; se charlaba de
-cama a cama; el caldo, sin elevarse a las alturas del _consommé_, tenía
-un cierto gustito a carne, absolutamente ausente del líquido homónimo
-que se nos servía en el refectorio; pescábamos de tiempo en tiempo un
-ala de gallina, y sobre todo... no íbamos a clase!
-
-La enfermería era, como es natural, económicamente regida por el
-enfermero. Acabo de dejar la pluma para meditar y traer su nombre a la
-memoria sin conseguirlo; pero tengo presente su aspecto, su modo, su
-fisonomía, como si hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Había sido primero
-sirviente de la despensa, luego segundo portero, y, en fin, por una de
-esas aberraciones que jamás alcanzaré a explicarme, enfermero. "Para esa
-plaza se necesitaba un calculador, dice Beaumarchais: la obtuvo un
-bailarín".
-
-Era italiano y su aspecto hacía imposible un cálculo aproximativo de su
-edad. Podía tener treinta años, pero nada impedía elevar la cifra a
-veinte unidades más. Fué siempre para nosotros una grave cuestión decir
-si era gordo o flaco.
-
-Hay hombres que presentan ese fenómeno; recuerdo que en Arica, durante
-el bloqueo, pasamos con Roque Sáenz Peña largas horas reuniendo
-elementos, para basar una opinión racional al respecto, con motivo de la
-configuración física del general Buendía.--Sáenz Peña se inclinaba a
-creer que era muy gordo y yo hubiera sostenido sobre la hoguera que
-aquel hombre era flaco, extremadamente flaco.--Le veíamos todos los
-días, le analizábamos sin ganar terreno. Yo ardía por conocer su opinión
-propia; pero el viejo guerrero, lleno de vanidad, decía hoy, a propósito
-de una marcha forzada que venía a su memoria, que había sufrido mucho a
-causa de su corpulencia.--Sáenz Peña me miraba triunfante!--Pero al día
-siguiente, con motivo de una carga famosa, que el general se atribuía,
-hacía presente que su caballo, con tan _poco peso_ encima, le había
-permitido preceder las primeras filas.--A mi vez, miraba a Sáenz Peña
-como invitándole a que sostuviera su opinión ante aquel argumento
-contundente. No sabíamos a quién acudir, ni qué procedimiento emplear.
-¿Pesar a Buendía? ¿Medirle? No lo hubiera consentido. ¿Consultar a su
-sastre? No le tenía en Arica.--Aquello se convertía en una pesadilla
-constante; ambos veíamos en sueños al general.--Roque, que era
-sonámbulo, se levantaba a veces pidiendo un hacha para ensanchar una
-puerta por la que no podía penetrar Buendía.--Yo veía floretes pasearse
-por el cuarto, en las horas calladas de la noche y observaba que sus
-empuñaduras tenían la cara de Buendía.--No encontrábamos compromiso
-plausible, ni _modus vivendi_ aceptable. Reconocer que aquel hombre era
-_regular_, habría sido una cobardía moral, una débil manera de
-cohonestar con las opiniones recíprocas. En cuanto a mí, la humillación
-de mis pretensiones de hombre observador me hacía sufrir en
-extremo.--¿Cómo podría escudriñar moralmente un individuo, si no era
-capaz de clasificarle como volumen positivo?--Al fin, un rayo de luz
-hirió mis ojos o la reminiscencia inconsciente del enfermero del Colegio
-vino a golpear en mi memoria. Vi marchar de perfil a Buendía y, ahogando
-un grito, me despedí de prisa y corrí en busca de Sáenz Peña, a quien
-encontré tendido en una cama, silencioso y meditando, sin duda ninguna,
-en el insoluble problema.--Medio sofocado, grité desde la puerta:
-"¡Roque!... ¡Encontré!--¿Qué?--Buendía...--¡Acaba!--¡Es flaco y
-barrigón!"
-
-No añadiré una palabra más; si alguno de los que estas líneas lean ha
-observado un hombre de esas condiciones, habrá sin duda sentido las
-mismas vacilaciones y dudas. Tal vez él, menos feliz, no ha encontrado
-la clave del secreto, que le abandono generosamente.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-Nuestro enfermero tenía esa peculiarísima condición. Empezaba su
-individuo por una mata de pelo formidable que nos traía a la idea la
-confusa y entremezclada vegetación de los bosques primitivos del
-Paraguay, de que habla Azara; veíamos su frente, estrecha y deprimida,
-en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago
-fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme
-caudal de agua para levantarlo en el espacio. Las cejas formaban un
-cuerpo unido y compacto con las pestañas, ralas y gruesas, como si
-hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un sér
-de razón para el infeliz, que estoy seguro jamás conoció aquella sección
-de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencias y frutos
-nos traía a la memoria un ombú frondoso.--El cuerpo, como he dicho, era
-enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasión hacia las débiles
-piernas por las que se hacía conducir sin piedad. El equilibrio se
-conservaba gracias a la previsión materna que le había dotado de dos
-andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo,
-consumía un cuero de baqueta entero. Un día nos confió, en un momento de
-abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtenía,
-fabricadas a medida, excedían siempre los precios corrientes.
-
-Debía haber servido en la legión italiana durante el sitio de Montevideo
-o haber vivido en comunidad con algún soldado de Garibaldi en aquellos
-tiempos, porque en la época en que fué portero, cuando le tocaba
-despertar a domicilio, por algún corte inesperado de la cuerda de la
-campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello,
-con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la
-memoria de una manera inseparable a su pronunciación especial:
-
- Levántasi, muchachi,
- que la cuatro sun
- e lo federali
- sun vení o Cordun.
-
-Perdió el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres,
-que, haciéndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de la
-calle.--Sin embargo, en la enfermería, cuando entraba por la mañana o al
-participar, en la comida, del vino que había comprado a hurtadillas para
-nosotros, tarareaba siempre entre dientes: "Levántasi, muchachi", etc.
-Cuando le retaban o el doctor Quinche, médico del Colegio, le decía que
-era un animal, lo que ocurría con regularidad y justicia todos los días,
-su único consuelo era, así que la borrasca se ausentaba bajo la forma
-del Dr. Quinche, entonar su eterno e inocente estribillo.
-
-Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un _specimen_ más
-completo que nuestro enfermero.--Su escasa cantidad de sesos se
-petrificaba con la presencia del doctor, a quien había tomado un miedo
-feroz y de cuya ciencia médica hablaba pestes en sus ratos de
-confidencia.--Cuando el médico le indicaba un tratamiento para un
-enfermo, inclinaba la cabeza en silencio y se daba por enterado.--Un día
-había caído en el gimnasio un joven correntino y recibido, a más de un
-fuerte golpe en el pecho, una contusión en la rodilla.--El Dr. Quinche
-recetó un jarabe que debía tomarse a cucharadas y un agua para frotar la
-rodilla.--Una hora después de su partida, oímos un grito en la cama del
-pobre correntino, a quien el enfermero había hecho tomar una cucharada
-de un líquido atroz, después de haberle friccionado cuidadosamente la
-rodilla con el jarabe de que tenía enmelada toda la mano. Fué su última
-hazaña; el Dr. Quinche declaró al día siguiente que uno de los dos, el
-enfermero o él, estaba de más en el mundo o por lo menos en la
-enfermería, y como el hilo se _curta_ por lo más delgado, según tuvo la
-bondad de comunicármelo confidencialmente, el pobre enfermero cambió de
-destino, aunque consolado un tanto de que sus funciones se limitaran
-siempre a suministrar drogas; fué sirviente de comedor.
-
-Sentimos su salida de todas veras; pero bien pronto una catástrofe mayor
-nos hizo olvidar aquélla. El Vicerrector, alarmado de la manera cómo se
-propagaba la epidemia vaga de que he hablado, celebró una consulta
-médica con el doctor, y ambos de acuerdo, establecieron como sistema
-curativo la dieta absoluta, acompañada de una vigilancia extrema para
-evitar el contrabando. A las veinticuatro horas nos sentimos sumamente
-aliviados y el germen de nuestro mal fué tan radicalmente extirpado, que
-no volvimos a visitar la enfermería en mucho tiempo.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Fué un día bullicioso aquel en que se nos anunció que en breve empezaría
-a funcionar la clase de literatura regida por el señor Gigena. Teníamos
-hambre de lanzarnos en esa vía del arte; las novelas nos habían
-preparado el espíritu para esa tarea y nos parecía imposible que al año
-de curso no nos encontráramos en estado de escribir a nuestra vez un
-buen romance, con muchos amores, estocadas, sombras, luchas, escenas
-todas de descomunal efecto. Ya para aquel entonces había yo comenzado a
-borronear papel y a más de dos cretinismos juveniles que mis parientes
-de la "Tribuna" publicaron con sendas laudatorias, tenía casi concluída
-una novela que pasaba en una estancia durante las vacaciones, y cuyo
-héroe principal era un gaucho cantor. Creo que algo de eso se publicó
-después, bajo un pseudónimo, como si temiera comprometer mi gravedad en
-tales ligerezas.
-
-Mi compañero de trabajos literarios era Adolfo Lamarque, que me llevaba
-dos ventajas insuperables: hacía versos y era externo. A pesar de estar
-sentados juntos en clase, nos dirigíamos frecuentemente cartas, las mías
-siempre en prosa, pero las suyas generalmente rimadas--Lamarque
-versificaba con suma facilidad.--Recuerdo que una vez que debíamos hacer
-una composición en clase sobre "El sueño de Aníbal", Lamarque, el
-único, presentó la suya en verso. Para mí fué una obra maestra y aún
-tengo en la memoria los primeros versos. Empezaba así:
-
- Despierta, Aníbal, del letargo horrendo
- que aquí te tiene encadenado y vuela
- a vengar de Duilio.....
-
-Lamarque me enloquecía, pintándome en verso, prosa y narraciones orales,
-los primores maravillosos del "Orphée aux Enfers", que se daba entonces
-por primera vez en el Teatro Argentino. La descripción del traje de la
-"Opinión Publique" tomaba siete octavas partes de la narración,
-destinadas a pintar precisamente lo que no cubría. Diana, Venus, la
-opulenta Juno, completaban el cuadro. No tenía la menor noción de esas
-grandezas; un deseo inmoderado de gozar yo también de ese espectáculo
-soberano me impedía estudiar, apartar un instante mi pensamiento de ese
-Olimpo adorable. Así, un día que Gigena nos dió por tema de disertación
-escrita este cuadro de Suetonio: "Nerón, desde lo alto del Capitolio,
-rodeado de sus cortesanas, la lira en la mano y ceñida la frente de
-guirnaldas, contempla el incendio de Roma", no sé qué pasó por mí. Me
-olvidé que el objeto primordial, retórico, obligado, era vilipendiar a
-Nerón, ponerle por el suelo en nombre de la moral más elemental y
-concluir por una peroración vigorosa, en la que se ofreciera ese ejemplo
-abominable a los reyes todos de la tierra. "Amor sonó la lira", como
-habría dicho don J. C. Varela, y debuté por la pintura de un incendio
-durante la noche. En vez de hablar de las madres, niños y ancianos
-víctimas del fuego, en vez de mencionar gravemente los capitales
-perdidos y las obras de arte destruídas, no veía sino las llamas
-colosales jugueteando en la atmósfera, el humo denso y abrillantado por
-el resplandor, el rugido de las hogueras, la muchedumbre humana en
-convulsión. Y allá en la altura, Nerón, bello como un dios pagano,
-desnudo como un efebo, cantando versos sonoros y vibrantes, mientras
-mujeres de incomparable hermosura sostenían su cabeza con sus blancos
-senos, le escanciaban vinos selectos y humedecían su sien con la
-guirnalda siempre fresca!... Insensiblemente pasé por los límites
-verdosos de la alusión discreta, llegué a las licencias de Petronius,
-alcancé a Lucius, y al final, ciertas páginas de Gautier habrían sido
-cartas de Chesterfield al lado de mi composición. Gigena se alarmó y me
-hizo suspender la lectura a la mitad a pesar de las protestas de los
-compañeros, que, viendo aquel "boccato", querían gozarlo íntegro.
-
-Por lo demás, forzoso me es declarar que aquella clase de literatura
-tuvo efectos funestos sobre nosotros. Fundamos diarios manuscritos, cuya
-"impresión" nos tomaba noches enteras, en los que yo escribía artículos
-literarios donde hablaba del "festín de las brisas y los céfiros en el
-palacio de las selvas", y en los que Lamarque, F. Cuñado, D. del Campo y
-otros publicaban versos. Esos diarios hicieron allí el mismo efecto que
-en los pueblos de campaña; turbaron la armonía y la paz, agitaron y
-agriaron los ánimos y más de un ojo debió el obscuro ribete con que
-apareció adornado a las polémicas vehementes sostenidas por la "prensa".
-Por mi parte, tuve un duelo feroz. Ignoro hoy si mi adversario sufrió;
-pero sí recuerdo que, aunque el honor quedó en salvo, salí de la arena
-mal acontecido, sin ver claro, con una variante en la forma nasal y un
-dedo de la mano derecha fuera de su posición normal.
-
-Un joven romano habría jurado no ocuparse más de prensa en su vida; pero
-las preocupaciones se van y los instintos quedan. ¡Oh! ¡qué himnos
-cantara hoy al periodismo si sólo golpes y magullones me hubiera
-costado!...
-
-
-
-
-XXIV
-
-
-Pasábamos las vacaciones en nuestra casa de campo, como considerábamos
-legítimamente el punto que hasta hace poco tiempo fué conocido con el
-nombre de "Chacarita de los Colegiales", y que más tarde, al perder el
-último término de su denominación, debía adquirir tanta fama por los
-acontecimientos de Junio de 1880.
-
-Pocos puntos hay más agradables en los alrededores de Buenos Aires.
-Situado sobre una altura, a igual distancia de Flores, Belgrano y la
-capital, el viejo edificio de la Chacarita, monacal en su aspecto, pero
-grande, cómodo, lleno de aire, domina un paisaje delicioso, al que las
-caprichosas ondulaciones del terreno dan un carácter no común en las
-campiñas próximas a la ciudad. En aquel tiempo poseíamos como feudo
-señorial no sólo los terrenos que aún hoy pertenecen a la Chacarita,
-sino los que en 1871 fueron destinados al cementerio tan rápidamente
-poblado. Así, nuestros límites eran extensos y no nos faltaba, por
-cierto, espacio para llenar de aire puro los pulmones, organizar
-carreras y dar rienda suelta a la actividad juvenil que nos castigaba la
-sangre. A pesar de la inmensidad de nuestros dominios, teníamos pleitos
-con todos los vecinos, sin contar el famoso proceso con la Municipalidad
-de Belgrano, especie de "Jarndyce versus Jarndyce"[6], del que habíamos
-oído hablar como de una tradición vetusta, cuyo origen se perdía en la
-noche de los tiempos, proceso cuyos antecedentes ignorábamos en
-absoluto, lo que no nos impedía declarar con toda tranquilidad que el
-municipio de Belgrano era representado por una compañía de ladrones,
-neta y claramente clasificados. Este viejo pleito tenía para nosotros,
-sin embargo, algunas ventajas.
-
- [6] Dickens, "Bleak-House".
-
-Cuando cruzábamos frente al juzgado de paz de Belgrano, a galope
-tendido, algunos honorables miembros de la partida de policía, viendo la
-traza arcaica de nuestros corceles (fuera de funciones en esos momentos,
-por cuanto su profesión habitual era arrastrar carradas de leña o sacar
-agua), abandonaban el noble juego de la taba[7] en que estaban
-absorbidos, y cabalgando a su vez, emprendían animosos nuestra
-persecución. Generalmente íbamos dos en cada caballo, lo que, como se
-supone, no aumentaba sus condiciones de velocidad. Pero compensábamos
-este inconveniente por una metódica y razonada división del trabajo,
-"avant-góut" de nuestros estudios económicos del futuro. La dirección
-del cuadrúpedo estaba entera y absolutamente confiada al que iba
-delante, tarea grave y trascendental, no sólo por las veleidades
-fantásticas de la bestia y por la necesidad de cortar campo, sino por la
-preocupación incesante del jinete para evitar la probable operación de
-la talla, practicada inconscientemente por la cruz pelada y puntiaguda,
-a favor del convulsivo movimiento de un manquera tradicional. El
-ciudadano colegial que ocupaba el anca desempeñaba las funciones de
-foguista; él debía suministrar, con medios a su arbitrio, los elementos
-necesarios para producir el movimiento. Por lo demás, se procedía
-siempre de acuerdo con una tabla sancionada por la estadística
-experimental; se sabía que el uso del rebenque firme, apoyado por el
-talón incansable, producía el trote; si el compañero de delante podía
-distraerse hasta el punto de menear talón a su vez, se obtenía un
-simulacro de galopito expirante, y por fin el "máximum", esto es, un
-galope normal, de tres cuadras exactas de duración, se alcanzaba por la
-hábil combinación del rebenque, cuatro talones y una pequeña picana,
-dirigida con frecuencia hacia aquellos puntos que el animal, en su
-inocencia, había dado muestras de considerar como los más sensibles de
-su individuo.
-
- [7] Cuya antigüedad es bien respetable, pues hemos visto, con
- Emilio Mitre, en el "British Museum", dos figurinas de Tanagra
- ejercitándose en él.
-
-Se me dirá, tal vez, que con semejantes elementos era una verdadera
-insensatez arrostrar las iras policiales de la partida; pero esa crítica
-cesará cuando se sepa que los medios de locomoción de nuestros
-adversarios, eran de una fuerza análoga a aquellos de que disponíamos.
-Iniciada la persecución, oíamos un ruido confuso de latas y denuestos
-tras de nosotros; silenciosos, como convenía a hombres que tenían en
-juego, a más de sus cinco sentidos, todas sus articulaciones,
-aspirábamos a llegar a los terrenos ya casi neutrales del otro lado del
-Circo; en general, según cálculo hecho y resultado previsto, rodábamos
-tres veces antes de llegar allí. Pero sabíamos también que el honorable
-miembro de la partida a quien tal fracaso sucedía, no conseguía poner en
-pie su cabalgadura, sino después de media hora de exhortaciones
-expresivas. Llegados a campo abierto, entre zanjas, arroyos y
-alambrados, habíamos vencido; porque, echando pie a tierra,
-abandonábamos la bestia que partía con increíble velocidad hacia la
-Chacarita, mientras nosotros saltábamos un cerco, detrás del cual, por
-medio de cascotes, rechazábamos con pérdida las cargas efímeras de la
-caballería enemiga. Cuando una hora más tarde el sargento de la partida
-osaba llegar a nuestro castillo y presentar sus quejas a las autoridades
-del Colegio, ya éstas habían sido informadas por nosotros de los
-desafueros que, a causa del proceso pendiente, se habían permitido los
-seides del juez de paz de Belgrano. El sargento salía corrido y las
-hostilidades tomaban un carácter feroz.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-Buena, sana, alegre, vibrante aquella vida de campo! Nos levantábamos al
-alba; la mañana inundada de sol, el aire lleno de emanaciones
-balsámicas, los árboles, frescos y contentos, el espacio abierto a todos
-rumbos, nos hacían recordar con horror las negras madrugadas del
-Colegio, el frío mortal de los claustros sombríos, el invencible
-fastidio de la clase de estudio. En la Chacarita estudiábamos poco, como
-era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir
-en busca de "camuatís" y, sobre todo, organizar con una estrategia
-científica, las expediciones contra los "vascos".
-
-Los "vascos" eran nuestros vecinos hacia el Norte, precisamente en la
-dirección en que los dominios colegiales eran más limitados. Separaba
-las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua y de
-bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravía. Pasada la zanja, se
-extendía un alfalfar de media cuadra de ancho, pintorescamente manchado
-por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Más allá, el jardín de las
-Hespérides, los campos Elíseos, el Edén, la tierra prometida! Allí, en
-pasmosa abundancia, crecían las sandías, robustas, enormes, cuyo solo
-aspecto apartaba la idea de la "caladura" previsora; la sandía ajena,
-vedada, de carne roja como el lacre, el "cucúrbita citrullus" famoso,
-cuya reputación ha persistido en el tiempo y el espacio; allí doraba el
-sol esos melones de origen exótico, redondos, incitantes en su forma
-ingénita de tajadas, los melones exquisitos, de suave pasta perfumada y
-de exterior caprichoso, grabado como un papiro egipcio! No tenían
-rivales en la comarca y es de esperar que nuestra autoridad sea
-reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habían
-siempre producido desengaños; la nostalgia de la fruta de los vascos nos
-perseguía a todo momento y jamás vibró en oído humano, en sentido menos
-figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega.
-
-Pero debo confesar que los "vascos" no eran lo que en el lenguaje del
-mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, ágiles,
-vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje más probado,
-eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando
-una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclópeos,
-aquellos hombres, como todos los mortales, tenían una debilidad suprema;
-amaban sus sandías, adoraban sus melones! Dos veces ya los hados
-propicios nos habían permitido hacer con éxito una "razzia" en el
-cercado ajeno, cuando un día...
-
-Eran las tres de la tarde y el sol de enero partía la tierra sedienta e
-inflamada, cuando, saltando subrepticiamente por una ventana del
-dormitorio donde más tarde debía alojarse el 1°. de caballería de línea,
-nos pusimos tres compañeros en marcha silenciosa hacia la región feliz
-de las frescas sandías. Llegados al foso, lo costeamos hasta encontrar
-el vado conocido, allí donde habíamos tendido una angosta tabla, puente
-de campaña no descubierto aún por el enemigo. Lanzamos una mirada
-investigadora: ni un vasco en el horizonte! Nos dividimos, y mientras
-uno se dirigía a la izquierda, donde florecía el "cantaloup", dos nos
-inclinamos a la derecha, ocultando el furtivo paso por entre el alfalfar
-en flor. Llegamos, y rápidos buscamos dos enormes sandías que en la
-pasada visita habíamos resuelto dejar madurar algunos días aún. La mía
-era inmensa, pero su mismo peso me auguraba indecibles delicias.
-
-Cargué con ella y cuando bajé los ojos para buscar otra pequeña con que
-saciar la sed sobre el terreno... un grito, uno solo, intenso, terrible,
-como el de Telémaco, que petrificó el ejército de Adrasto, rasgó mis
-oídos. Tendí la mirada al campo de batalla; ya la izquierda,
-representada por el compañero de los melones, batía presurosa retirada.
-De pronto, detrás de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi
-dirección, mientras otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos
-del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresión
-de encontrarse en los aires, sentado incómodamente sobre dos puntas
-aceradas que penetran...
-
-¡Cómo corría, abrazado tenazmente a mi sandía! ¡Qué indiferencia suprema
-por la gorra ingrata que me abandonó en el momento terrible, quedando
-como trofeo sobre el campo enemigo! Y, sobre todo, ¡cuán veloz me
-parecía aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrería creía sentir
-rozarme los cabellos! Volábamos sobre la alfalfa: ¡qué larga es media
-cuadra!
-
-Un momento cruzó mi espíritu la idea de abandonar mi presa a aquella
-fiera para aplacarla. Los recuerdos clásicos me autorizaban; pensé en
-Medea, en Atalanta, pensé en los jefes de caballería que regaban el
-camino de la "retirada" con las prendas de su apero; pensé... ¡No! Era
-una ignominia! Llegar al dormitorio y decir: "me ha corrido el vasco y
-me ha quitado la sandía!" ¡Jamás! Era mi escudo lacedemonio: ¡vuelve con
-él o sobre él!
-
-Instintivamente había tomado la dirección del vado; pero el vasco de mi
-compañero, por medio de una diagonal habría llegado antes que yo, y debo
-declarar que, a pesar de la persecución personal del mío, los tres
-vascos me eran igualmente antipáticos. Marché de cara al sol! como el
-Byron de Núñez de Arce. Mi agilidad proverbial, aumentada por las
-fatigas diarias del rescate, había brillado en aquella ocasión; así,
-cincuenta pasos antes de llegar al foso, mi partido estaba tomado. Puse
-el corazón en Dios, redoblé la ligereza y salté... Una desagradable
-impresión de espinas me reveló que había salvado el obstáculo: pero ¡oh
-dolor! en el trayecto se me había caído la sandía, que yacía entre las
-aguas cenagosas del foso!
-
-Me detuve y observé a mi vasco: ¿daría el salto? Lo deseaba en la
-seguridad que iría a hacer compañía a la sandía. Pero aquel hombre
-terrible meditó, y plantándose del otro lado de la zanja, apoyado en su
-tridente, empezó a injuriarme de una manera que revelaba su educación
-sumamente descuidada. Escapa a mi memoria si mi actitud en aquellas
-circunstancias fué digna; sólo recuerdo que en el momento en que tomaba
-un cascote, sin duda para darle un destino contrario a los intereses
-positivos de mi vasco, ví a mis dos compañeros correr en dirección a
-"las casas" y al vasco de los melones despuntar por el vado y dirigirse
-a mí. De nuevo en marcha precipitada, pero seguro ya del triunfo!...
-
-Eran las tres y media de la tarde y el sol de Enero partía la tierra
-sedienta e inflamada, cuando con la cara incandescente, los ojos
-saltados, sin gorra, las manos ensangrentadas por los zarzales
-hostiles, saltamos por la ventana del dormitorio. Me tendí en la cama y,
-mientras el cuerpo reposaba con delicia, reflexioné profundamente en la
-velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a
-retaguardia, armado de una horquilla.
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Viene a mi memoria, envuelto entre los recuerdos de la Chacarita, el de
-uno de mis condiscípulos, tipo curiosísimo que en aquellos tiempos
-felices, ignorantes aún de los encuentros grotescos que nos
-proporcionaría el mundo, clasificábamos alternativamente con los nombres
-de "el loco Larrea" o "el loro Larrea". Queda entendido que he alterado
-su verdadero apellido, pues ignoro si vive aún, en cuyo caso tal vez no
-le sería grato figurar en estas páginas, a la manera de un coleóptero de
-museo. Era riojano; aunque de gran estatura, su cuerpo, sea por falta de
-armonía ingénita, sea por el corte de sus jacquets amplios, sin la menor
-curva en la espalda, presentando una línea recta geométrica desde el
-cuello hasta el ribete del faldón, ofrecía un conjunto tan desgraciado
-como insípido. La cara de Larrea era una obra maestra. En primer lugar,
-aquel rostro sólo se conservaba a costa de incesante lucha contra la
-cabellera, tupida y alborotada, pero eminentemente invasora. No puedo
-recordar la fisonomía de Larrea sin el arco verdoso que coronaba su
-frente estrecha, precisamente en la línea divisoria del pelo y el cutis
-libre. Era un depilatorio espeso, de insoportable olor, que Larrea se
-aplicaba, con una constancia benedictina, todas las noches, a fin de
-evitar los avances capilares de que he hecho mención. Pero Larrea
-sostenía que esa pasta era completamente ineficaz, a lo que alguno de
-los compañeros replicaba que era natural no ejerciera influencia sobre
-sus pelos de calabrote, habiendo sido fabricada para hacer desaparecer
-el ligerísimo "duvet" del brazo de las damas, según cantaba el
-prospecto. ¿Se echa acaso abajo un bosque de ñandubays con la ligera hoz
-que derriba los trigales? La nariz de Larrea presentaba esa forma
-arquitectónica que la envidia humana ha clasificado de "ñata"[8]; más
-abajo, de Este a Oeste, abarcando los límites visibles, se desenvolvía
-la boca de Larrea, siempre entreabierta, sin duda para dar ventilación a
-sus dientes como teclas de piano viejo, en color y dimensión.
-
- [8] Dickens
-
-Larrea hablaba sin reposo, a todas horas, con todo motivo, lo que le
-había valido el ya mencionado calificativo de "loro". Pero cuando llegó
-a la Chacarita, notamos, alarmados, que aquella facundia inagotable
-había cesado y que Larrea, hosco, huraño, evitaba los juegos, los
-placeres comunes, no comía y pasaba todo el día tendido en su cama, en
-la que nos parecía oir durante la noche suspiros enormes como resoplidos
-de buey.
-
-¡Larrea amaba! Una tarde me confió que había entregado su corazón a una
-beldad cruel que no quería apercibirse del fuego que le consumía. Me
-pidió que no me burlara de él, porque era un asunto serio, que le tocaba
-de cerca lo más íntimo del alma. Alentado por mi cara de confidente de
-tragedia, de aquellos únicamente admitidos en la escena para dar la
-réplica corta y hábil que motiva una nueva tirada del héroe, Larrea
-llegó hasta leerme versos. Por fin, supe que el objeto de su pasión era
-una niña, hija de una "modesta" familia que habitaba a veinte cuadras
-de la Chacarita. ¡Ya lo creo! Era una chinita deliciosa de diez y ocho
-años, de carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo,
-sin más defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito que parece ser el
-rasgo distintivo de nuestra raza indígena. Todos la conocíamos y más de
-uno hacía frecuentes pasadas a pie y a caballo, por delante de aquel
-rancho, alentado por locas esperanzas.
-
-Animé a Larrea cuanto pude, le dí mis consejos (porque los porteños
-éramos "censés" ser tenorios consumados), y, por fin, me anunció un día
-que había hecho relación con la familia y que habían organizado, de
-acuerdo, un baile para el sábado próximo, baile al que debíamos
-concurrir siete u ocho de nosotros, siempre que nos hiciéramos preceder
-por algunas libras de yerba y azúcar, algunas botellas de cerveza y
-ginebra, etc. Larrea me abandonaba la elección de los convidados y me
-pedía los acompañara al sitio de la fiesta, donde él se encontraría
-desde la primera hora.
-
-Como se comprende, era necesario escaparse.
-
-Comuniqué la nueva a Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante,
-avisé también al cojo Videla, uno de los muchachos más buenos y
-traviesos que he conocido; y--como habíamos tenido tiempo de
-prepararnos--el sábado, a las nueve de la noche, dejando cada uno en la
-cama respectiva (felizmente no estaban todas en el mismo cuarto) un
-muñeco con una peluca de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a
-través de los potreros, llenos de un loco entusiasmo y forjando
-conquistas a millares.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Larrea estaba ya allí. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jacquet
-rectilíneo, había tomado la dirección de la fiesta y servía de bastonero
-con toda gravedad. Fuímos introducidos, agasajados, y pronto, al compás
-de la orquesta, limitada a una guitarra y un acordeón (los esfuerzos
-para obtener un órgano habían sido vanos), nos hundimos en un océano de
-valses, polkas y mazurkas, pues las damas se negaban a una segunda
-edición de la primera cuadrilla, que, a la verdad, había permitido al
-cojo Videla desplegar calidades coreográficas desconocidas y que después
-supimos habían sido inspiradas por una representación de "Orfeo" con que
-se había regalado en una noche de escapada.
-
-Después de cada pieza, obsequiábamos naturalmente a las damas con un
-vaso de cerveza, acompañándolas con una frecuencia alarmante para el
-porvenir. Larrea irradiaba de contento; había recitado sus versos,
-prometido otros y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo
-posible. Un gaucho viejo (le veo aún!), con una larga barba canosa, el
-sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un bienaventurado
-desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo, cuando nos
-lanzábamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de
-la armonía, llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz alegre
-del viejo que repetía varias veces:
-
---¡Que se vea luz, caballeros!
-
-La fiesta estaba en su apogeo y el italiano del acordeón, despreciando
-profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía maravillas de
-ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos que llegaban vagamente
-a nuestros oídos, pues hacía rato que bailábamos al compás de una música
-interior, cuando, después de haber oído el galope de un caballo vimos
-aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en la puerta del
-rancho, con la fisonomía pálida que debía tener Daniel al entrar de una
-manera tan intempestiva en la sala del festín de Baltasar.
-
---¡Muchachos, los han pillado! El celador me ha dicho que los busque y
-que si dentro de media hora no están en el dormitorio, va a dar cuenta
-al vicerrector.
-
-Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen compañero
-había robado uno de los caballos del quintero y por hacernos un servicio
-se había puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los
-últimos días había llovido copiosamente. No había tiempo que perder y
-era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su
-caballo, cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis horas
-por lo menos; se lo aceptamos agradecidos y tratamos de organizar la
-partida. Eramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compañero
-que nos había traído el aviso, después de darle tiempo a que absorbiera
-una botella de cerveza íntegra--y los otros cuatros procuramos
-arreglarnos sobre el caballo del viejo que a todo trance pedía luz, como
-Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita y
-sosteniendo que conocía una senda por donde nos llevaría sin
-embarrarnos, tomó la dirección, colocándose gravemente en la cruz.
-Detrás de él, un condiscípulo sumamente grueso, en seguida Eyzaguirre, y
-allá, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano
-inclinado que parece una invitación a resbalarse por la cola, yo,
-prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja.
-
-Cuando emprendimos la marcha, el dueño de casa, la novia de Larrea, las
-niñas todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acordeón, reían a
-carcajadas. Contestamos alegremente y fué en este momento que hice dos
-descubrimientos, de orden diferente, que me alarmaron; aquel caballo no
-tenía anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso mojinete, y
-Larrea poseía una _mona_ gigantesca!
-
-
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-XXVIII
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-La noche era obscura y amenazaba llover; encandilados aún, no sabíamos
-dónde estábamos, ni qué dirección habíamos tomado. Si nuestro raciocinio
-no hubiera sido alterado por causas conocidas, la seguridad impasible
-con que Larrea dirigía la bestia, nos habría estremecido.--Se me había
-encargado castigar, pues según las tradiciones recibidas, el foguista
-era siempre el del anca; hice presente que no había sujeto pasivo, por
-cuanto mis golpes se perdían en el aire, y propuse nos limitáramos, en
-las circunstancias, al sistema del talón.
-
-Aceptado el procedimiento, seguimos la marcha en las tinieblas; yo me
-sentía resbalar, resbalar sin descanso; aquel animal tenía en la punta
-de la cola algo que me atraía. En mi desesperación me aferraba a
-Eyzaguirre, quien me observaba a menudo que debía limitarme a agarrarle
-de la ropa, no encontrando plausible, como me lo declaró
-terminantemente, que mis dedos apretaran, a guisa de género, una sección
-de la parte carnosa que la naturaleza había previsoramente superpuesto a
-sus costillas.--El compañero gordo bufaba, oprimido entre Eyzaguirre y
-Larrea, y éste, sin cesar de hablar, protestando que nadie conocía el
-camino como él, aventuraba una que otra queja sobre la osteología de
-aquel animal.
-
-No veíamos a dos dedos de distancia y los compañeros del otro grupo
-habían desaparecido, sin duda por la sencilla razón de haber tomado el
-buen camino.--Habíamos conseguido--¡el cielo sabe a costa de qué
-esfuerzos y sufrimientos!--hacer tomar el trote a nuestra montura,
-cuando de pronto me sentí en el suelo, con todo el volumen de Eyzaguirre
-encima. Un choque se había producido y jinete y caballos habían venido
-por tierra.--"¡No es nada; es un alambrado!"
-
-Era la voz de Larrea, que estaba ya montado y nos invitaba a hacer otro
-tanto. Tratamos duramente al pobre conductor, que nos anunció estar
-_ahora_ seguro del camino, y, un tanto mohinos y maltrechos, emprendimos
-de nuevo la marcha.
-
-No habíamos andado media cuadra, cuando un grito sofocado de Larrea me
-hizo apercibir que me encontraba literalmente a _babuchas_ de
-Eyzaguirre, quien, a su vez, aplastaba al gordo, que, entre gemidos,
-estaba tendido a lo largo sobre algo informe que se debatía en el barro
-y que un ligero examen posterior reveló ser el cuerpo de Larrea.
-Habíamos caído en una zanja; el caballo, perdiendo el pie, se fué de
-boca, Larrea salió por sobre las orejas como una flecha del canal de una
-arbaleta, el gordo siguió la ley de la atracción y Eyzaguirre, no menos
-rápido en el descenso, me arrastró a la confusa masa. Había por lo menos
-dos pies de barro; cuando salí y Eyzaguirre y el gordo se pusieron en
-pie, nos precipitamos todos a sacar a Larrea, que no hablaba. Todas las
-soluciones de continuidad de su cara estaban revocadas por un lodo
-espeso y negro. Fué necesario sacudirle, lavarle el rostro con la última
-botella de cerveza que el gordo no había soltado en la catástrofe y
-sacarle el jacquet rectilíneo que pesaba dos arrobas.
-
-Entonces emprendimos a tanteo, a pie y en el horror de la profunda
-noche, aquella marcha legendaria, inaudita, en la que las zanjas eran
-endriagos, las tunas vestiglos y los ruidos de los insectos nocturnos
-coros de Porríganos y Kobolds.--Puck andaba por allí; nos parecía oir su
-risa silenciosa entre las brumas, confundiéndonos los rumbos y gozando a
-cada traspiés de la errante caravana... El caballo había quedado en la
-zanja para siempre. ¡Adiós las largas y melancólicas estadías en el
-palenque de la pulpería! ¡Adiós la marcha vacilante de la noche, cuando
-su dueño oscilaba como un péndulo sobre el recado! Una ligera
-perturbación en la línea del pescuezo le había hecho encontrar el reposo
-eterno! ¡Sea leve su recuerdo a la conciencia de Larrea!
-
-Por fin, a las primeras claridades del alba, al canto de los gallos
-matinales, el cuerpo exhausto y rendido, el alma agriada contra la
-pasión dantesca de Larrea, penetramos en nuestros cuartos y nos ayudamos
-fraternalmente a sacarnos la ropa. Sólo una bota de Eyzaguirre, con una
-tenacidad irritante, se resistió al empuje colectivo y es fama que diez
-horas más tarde solamente soltó su presa, vencida por la operación
-cesárea.
-
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-
-XXIX
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-
-Como escribo sin plan y a medida que los recuerdos vienen, me detengo en
-uno que ha quedado presente en mi memoria con una clara persistencia. Me
-refiero al famoso 22 de Abril 1863, en que _crudos y cocidos_ estuvieron
-a punto de ensangrentar la ciudad, los cocidos por la causa que los
-crudos hicieron triunfar en 1880 y recíprocamente. Yo era crudo y crudo
-_enragé_. Primero, porque mis parientes, los Varela, uno de los cuales,
-Horacio, era como mi hermano mayor, tenían esa opinión, según leía de
-tiempo en tiempo, en la "Tribuna"--y en segundo lugar, porque la mayor
-parte de los provincianos eran cocidos.--Queda entendido que yo me daba
-una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como había tenido que
-sostener mis opiniones a moquetes más de una vez, la convicción había
-concluído por arraigarse en mi espíritu.
-
-El día citado había una excitación fabulosa en el Colegio; después de
-muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos dos o tres y nos
-instalamos en la calle Moreno. Fué allí donde presencié por primera vez
-en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo
-efecto que más tarde sentí en una corrida de toros, de la que salió mal
-herido el primer espada. Los dos combatientes eran hombres del pueblo y
-estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba
-con suma habilidad un pequeño cuchillo que apenas conseguíamos ver: tal
-era el movimiento vertiginoso que le imprimía.--Mi primera intención fué
-huir, pero tuve vergüenza, porque uno de mis compañeros, que tenía fama
-de bravo en el Colegio, se había acercado, por el contrario, para
-presenciar más cómodamente la lucha. Duró poco tiempo, porque la
-habilidad triunfó de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito
-desgarrador, cayó al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo.--El
-heridor huyó; yo debía estar muy pálido, porque recuerdo que durante un
-mes el grito del caído vibró en mi oído.
-
-Pronto nos mezclamos con unos hombres que traían un pañuelo al cuello y
-que habían desalojado a un pequeño grupo de cocidos que estaban cerca de
-la confitería del "Gallo".--Pero el rumor de lo que pasaba dentro, nos
-hacía arder por penetrar en el recinto de la Legislatura.--¡Imposible!
-
-Entonces, de común acuerdo y comprendiendo que era allí donde se
-desenvolvían las escenas más interesantes, resolvimos reingresar al
-Colegio y llegar a la Legislatura por las azoteas. Lo hicimos así y a
-favor del tumulto que entre los claustros se notaba, ganamos el techo y
-como gatos nos corrimos hasta dominar el patio de la Legislatura.
-
-Al primero que ví fué a Horacio Varela, tranquilo, sonriendo y apoyado
-en sus muletas. Así que me conoció, me pidió fuera inmediatamente a su
-casa a avisar a la familia que no volvería hasta tarde, que no temieran,
-etc.--"Pero no puedo salir, Horacio; no me dejan". La verdad era que
-había trabajado tanto por llegar a mi punto de observación y esperaba
-que en aquel patio tuvieran lugar cosas tan memorables, que lanzaba ese
-pretexto, harto plausible, para quedarme allí.--"Un estudiante a quien
-no dejan salir, pobrecito! ¿Entonces ustedes ya no saben escaparse?"--Yo
-habría podido contestar que lo hacía con una frecuencia que ponía a
-cubierto de semejante reproche; pero preferí la acción y desaparecí.--Me
-escapé con éxito, corrí a casa de Horacio, tranquilicé la familia, volví
-al Colegio y, jadeante, extenuado, ocupé nuevamente mi sitio de
-observación, de donde dí cuenta a Horacio de mi comisión.--En ese
-momento un gran número de diputados salieron al patio; muchos abrazaban
-a un hombre calvo, de muy buena cara, con una gran barba negra, el cual,
-después, supe había sido miembro informante, desplegando una serenidad
-de ánimo admirable.--Era el Dr. D. Manuel Aráuz, a quien debíamos todos
-tener más tarde tanto cariño bajo el apodo afectuoso de "viejo Laguna".
-
-Cuando leo en la historia la narración del entusiasmo ardiente de los
-estudiantes en la Politécnica y la Normal en 1815 y 1830, el arranque
-impetuoso de los estudiantes españoles en la guerra de la Independencia,
-abandonando Salamanca para unirse al Empecinado, a D. Juan Porlier, el
-cura Merino, el heroísmo de los jóvenes alemanes en 1813 y 1814,
-brotando de los subterráneos de la _Tugendbund_ para caer en los campos
-de Leipzig, de la muerte gloriosa de Koerner, cuando leo esos rasgos, me
-los explico perfectamente.--Hay en los claustros un ansia de acción
-indescriptible; la savia hirviente de la juventud irrita la sangre,
-empuja, excita, enloquece. Se sueña con grandes hechos; la lucha
-enamora, porque implica la libertad.
-
-También nosotros formamos parte de las gloriosas filas del batallón
-Belgrano que fué a ofrecer su sangre y a pedir un puesto en la
-vanguardia del General Mitre, al estallar la guerra del Paraguay. Yo fuí
-soldado del Dr. D. Miguel Villegas; era cuanto podía exigirse de mi
-patriotismo: servir a las órdenes de un profesor de la Universidad, que
-enseñaba filosofía por Balmes y Gérusez!
-
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-
-XXX
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-Es tiempo ya de dar fin a esta charla, que me ha hecho pasar dulcemente
-algunas horas de esta vida triste y monótona que llevo.--Pero al
-concluir me vienen al espíritu los últimos tiempos pasados en la prisión
-claustral, cuando ya la adolescencia comenzaba a cantar en el alma y se
-abría para nosotros de una manera instintiva un mundo vago, desconocido,
-del que no nos dábamos cuenta exacta, pero que nos atraía secretamente.
-No nos lo confesábamos al principio unos a otros; la vida de reclusión,
-las lecturas disparatadas y sin orden, el alejamiento de la familia, de
-la sociedad y, sobre todo, cierto prurito de estudiantes, nos inclinaba
-a un escepticismo amargo y sarcástico, ante el cual no había nada
-sagrado.--Eramos ateos en filosofía y muchos sosteníamos de buena fe las
-ideas de Hobbes. Las prácticas religiosas del Colegio no nos merecían
-siquiera el homenaje de la controversia; las aceptábamos con suprema
-indiferencia.
-
-En una confesión general, sin embargo, tuve la veleidad de resistirme.
-Obligado a ir al confesionario, dije abiertamente al sacerdote que
-estaba tras de la reja que no creía una palabra de esas cosas y que, por
-lo tanto, era de su deber no obligarme a mentir. El confesor dió cuenta
-inmediatamente; fuí llamado, insistí y recogí por premio de mi lealtad
-de conciencia pasar en el encierro los tres días de comilonas y huelga
-que sucedían a la comunión.
-
-Al año siguiente mis ideas se habían hecho más prácticas; nos reunimos
-unos cuantos y confeccionamos una lista de pecados abominables,
-estupendos, en que figuraba todo el repertorio de un libro de examen de
-conciencia que nos habían dado para prepararnos.--Nos dieron penitencias
-atroces, como ser levantarnos a media noche en invierno y salir desnudos
-al claustro, arrodillarnos sobre las losas y rezar una hora; esto
-durante tres meses. A buen seguro que, en caso de obediencia, la
-pulmonía habría dado bien pronto cuenta de nosotros.--Pero aquí quiero
-hacer una declaración sincera que pinta bien esos escepticismos
-primaverales. Llegado el día de la comunión, que se hacía con gran pompa
-en el altar mayor, fuí obligado a ir a hincarme con tres o cuatro
-compañeros y a esperar mi turno.
-
-Un resto de altivez intelectual, una reacción violenta dentro de mí
-mismo, me hizo considerar una repugnante apostasia de mis ideas y una
-burla indigna de la religión, aceptar aquéllo.--Así, cuando el sacerdote
-se inclinó sobre mí, le miré bien en los ojos y le dije quedo: "paso,
-padre". Hizo un ligero movimiento de sorpresa; pero cuando se
-reincorporó, yo ya me había dado vuelta y salido de la fila, llevando el
-pañuelo en la boca, como si realmente hubiera recibido la hostia. No me
-delató.
-
-
-
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-XXXI
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-
-Pero la juventud venía y con ella todas las aspiraciones
-indefinibles.--La música me cautivaba profundamente.--Recuerdo las
-largas tardes pasadas mirando tristemente las rejas de nuestras ventanas
-que daban a la libertad, a lo desconocido, y oyendo a Alejandro Quiroga
-tocar en la guitarra las vidalitas del interior, los tristes y monótonos
-cantos de la campaña y las pocas piezas de música culta que conocía. Aun
-hoy me pasa algo curioso que, en ciertos momentos, me lleva
-irresistiblemente a aquellos tiempos. Una tarde, Alejandro se puso a
-tocar, sentado en su cama, una marcha lenta y plañidera, pero de un
-ritmo marcado y cariñoso al oído. Yo me había colocado en el borde de la
-ventana, aprovechando la última luz del día, para continuar la lectura
-de la "Conquista de Granada" de Florián, que me tenía encantado. Había
-llegado en ese instante al momento en que Boabdil se despide con los
-ojos arrasados en lágrimas, desde lo alto de una colina, de la dulcísima
-ciudad de los mármoles y las fuentes, los amores y los perfumes. Me
-pareció que la música que llegaba a mis oídos era la voz misma del
-infortunado monarca y dí a aquella melodía sollozante el nombre de "el
-adiós del rey moro", que Alejandro le conservó. Más tarde, hoy mismo,
-cada vez que en un libro encuentro una referencia al mísero fin de la
-dominación árabe en España, los acordes de la marcha pesarosa cantan en
-mi memoria.--Así se explica esa preferencia llena de misterio que
-algunos hombres sienten por ciertos trozos de música, indiferentes para
-los demás. Los han oído por primera vez en un momento especial, la
-impresión se ha confundido con todas las que entonces se grabaron en el
-alma y por una afinidad íntima y secreta, una sola fibra que se
-estremezca en un rincón de la memoria, despierta a todas aquellas con
-que está ligada. Un hombre, sentado al piano, puede rehacer, para él
-solo, toda la historia de su vida moral, haciendo brotar del teclado una
-serie de melodías, escalonadas en sus recuerdos...
-
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-
-XXXII
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-
-Sentíamos también necesidad de cariño; las mujeres entrevistas el
-domingo en la iglesia, los rostros bellos y fugitivos que alcanzábamos a
-vislumbrar en la calle, desde nuestras altas ventanas, por medio de una
-combinación de espejos, nos hacían soñar, nos hundían en una
-preocupación vaga e incierta, que nos alejaba de los juegos infantiles
-del gimnasio, de las viejas y pesadas bromas de costumbre. Las amistades
-se habían estrechado y circunscripto; solíamos pasar las horas muertas,
-haciéndonos confidencias ideales, fraguando planes para el porvenir,
-estremeciéndonos a la idea de ser queridos como lo comprendíamos y por
-una mujer como la que soñábamos.--Por primera vez en estas páginas,
-nombro a César Paz, mi amigo querido, aquel que me confiaba sus
-esperanzas y oía las mías, aquel hombre leal, fuerte y generoso, bravo
-como el acero, elegante y distinguido, aquel que más tarde debía morir
-en el vigor de la adolescencia por uno de esos caprichos absurdos del
-destino, que arrancan del alma la blasfemia profunda!...
-
-¡Qué vida de agitación! ¡Qué pesado era el libro en nuestras manos y qué
-envidia se levantaba en el corazón por el estudiante libre de la
-Universidad, tan despreciado antes y que hoy veíamos pasar, con el
-corazón sombrío, radiante en su elegancia, en su traje, en la
-incomparable soltura de sus maneras!
-
-Porque empezábamos tristemente a conocernos. La mayor parte de nosotros
-éramos pobres y nuestras madres hacían sacrificios de todo género por
-darnos educación. Muchas veces nuestras ropas eran cosidas por sus
-propias manos y por muchos años hemos ostentado sacos como bolsas y el
-clásico jacquet _crecedero_, aquel que, despreciando el efímero
-presente, sólo tiene en vista el porvenir.--Pero ¿qué nos importaba?
-Eramos filósofos descreídos y un tanto cínicos, nos revolcábamos en el
-gimnasio, y el eterno botín de doble suela, ancho y largo, nos permitía
-correr como gamos en el rescate. Usábamos el pelo largo y descuidado,
-teníamos, en fin, esa figura desgraciada del muchachón de quince años,
-que empieza a salir de la infancia, sin llegar a la virilidad. Eramos,
-con todo, felices y despreocupados.
-
-
-
-
-XXXIII
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-
-Pero los diez y ocho años se acercaban. Los días de salida hacíamos
-esfuerzos inauditos por arreglarnos lo mejor posible, abandonando muchas
-veces la empresa con desaliento, vencidos por la exigüidad del
-guardarropa.--¡Qué amarguras, qué sufrimientos, aquellos domingos a la
-noche, cuando al volver al Colegio pasábamos frente a los teatros y
-veíamos en el peristilo una multitud de jóvenes, algunos conocidos
-nuestros, los externos felices, bien vestidos, con sus guantes
-flamantes, y saludando con una gracia, para nosotros insuperable, a las
-bellas damas que venían al espectáculo!
-
-En cuanto a mí, recordaba bien que de los ocho a los doce años no había
-faltado casi una noche a la Opera; mi padre me llevaba siempre consigo.
-Era, pues, un _dilettante_ de raza y tradición; Tamberlik me había
-acariciado y la incomparable Madame Lagrange, aquella artista con un
-corazón a la Malibran, se había entretenido en hacerme charlar durante
-los entreactos en su camarín, a donde solía llevarme mi hermano
-Jacinto.--Y hoy, que era hombre, que podía apreciar todas aquellas
-bellezas que habían encantado a mi padre y que flotaban en mi memoria
-como una nube, tenía que volverme triste y solo al Colegio, dando la
-espalda al mundo de la luz!
-
-Una noche no puede resistir al pasar frente al Colón; ví entrar a un
-pariente amigo con su familia; comprendí que tenía un palco donde
-meterme medio escondido y tomando mi entrada penetré bravamente, un poco
-pálido, por la convicción profunda de que todo el mundo me observaba.
-
-El pariente tenía felizmente un palco bajo y obscuro de la ochava;
-llamé, me resistí con energía a las sillas de adelante y acurrucándome
-en el fondo, lancé una mirada investigadora a la platea. Yo sabía que el
-Vicerrector era un melómano decidido; en efecto, a poco le descubrí en
-las tertulias. De un lado cierta irritación por su presencia, mientras
-nos confinaba en el claustro tan cruelmente y de otro el temor que me
-descubriese, me agitaron un momento. Pero bien pronto todo eso
-desapareció y la luz, la música, ese curioso y penetrante ambiente de
-los teatros de buen tono, la proximidad de una criatura idealmente
-bella, que estaba en el palco, sus ojos dulces como un pedazo de cielo,
-su voz tímida y armoniosa, aquel color diáfano, transparente, sombreado
-a cada instante por un tenue velo de púrpura, esa emanación exquisita de
-la pureza, de la inocencia y de la gracia, que subyuga en todas las
-edades, todo en un encanto misterioso se apoderó de mí por completo.
-Quince años han pasado sobre mi cabeza desde aquella noche, quince años
-bien llenos y agitados; pasarán veinte más y no perderé ese recuerdo
-suave y melancólico, que trae a mi alma la impresión fresca de las
-primeras emociones puras de mi juventud.--Sonrío a veces al recordar mi
-idilio adolescente, los entusiasmos de mi espíritu, ese estado de
-sensibilidad enfermiza, la necesidad imperiosa que sentía de hacer
-versos, mi desesperación por no poder medir una cuarteta, las páginas
-enteras desgarradas con desaliento, las cartas ideales, que jamás debían
-llegar a su destino, en las que derramaba todos mis sueños y
-esperanzas! La veía en todas partes, en todas la buscaba. Me parecía
-inútil obtener su cariño; el mío me bastaba, me elevaba, me daba
-intensidad al espíritu, fuerza a la voluntad, brillo a la imaginación,
-nobleza al corazón. Cambié de carácter; fuí dulce, afable, perdí la
-ironía amarga con compañeros, dejé en paz los ridículos ajenos; me
-observaba, me corregía, me mejoraba...
-
-De nuevo sonrío a través de los años; pero quisiera volver a esas horas
-incomparables, a esa explosión de la savia, trepando al árbol al son de
-los cantos primaverales y desenvolviéndose en hojas, en flores, en
-perfumes! Quisiera volver a amar como amé entonces y como sólo entonces
-se ama, puro el corazón, celeste el pensamiento!...
-
-Todo pasó en el rápido correr del tiempo; pero la figura deliciosa, a la
-que los años han circundado de esa atmósfera vaporosa que da Murillo a
-sus vírgenes, queda fija allá en el pasado, cerniéndose al principio de
-la ruta, como una luz ideal!...
-
-
-
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-XXXIV
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-
-Hay que caer a la tierra y recordar que, de una u otra manera, tenía que
-entrar en el Colegio.--Poco antes del último acto salí, corrí a la
-puerta que da sobre el atrio de San Ignacio, me saqué el paletot, golpeé
-fuerte y cuando el viejo portero preguntó quién era, imité la voz del
-Vicerrector y una vez la puerta abierta, abatí la vela que el cerbero
-traía en la mano con un golpe de mi sobretodo, le eché una zancadilla
-que dió con él en tierra, y antes que volviera de la sorpresa, ya corría
-yo por esos claustros como una exhalación.
-
-Pero la hora había sonado para mí. Los castigos me irritaban, los
-consejos me ponían en un estado de nervios insoportable: no podía
-continuar en el Colegio. Pasaba los días enteros ideando medios para
-escaparme, a veces con riesgo de la vida, como cuando nos deslizábamos,
-con un compañero fiel, por una cuerda flotante que los albañiles dejaban
-durante la noche en el edificio que se construía entonces sobre la calle
-Moreno.--Los exámenes estaban encima y no abría un libro. Había perdido
-la emulación por completo; las glorias de clase me parecían ridículas y
-no habría dado un paso por recuperar el puesto de honor al que estaba
-habituado y que sentía escapárseme de entre las manos.--Al fin triunfé,
-y una mañana radiante se me abrieron para siempre aquellas puertas, en
-cuyos umbrales hubiera entonces sacudido mi planta como el numida.
-
-Y, sin embargo, ¡cuántas cosas dejaba allí dentro! Dejaba mi infancia
-entera, con las profundas ignorancias de la vida, con los exquisitos
-entusiasmos de esa edad sin igual, en la que las alegrías explosivas, el
-movimiento nervioso, los pequeños éxitos reemplazan la felicidad, que
-más tarde se sueña en vano!
-
-Abandonaba el Colegio para siempre y, abriendo valerosamente las alas,
-me dejaba caer del nido, en medio de las tormentas de la vida.
-
-
-
-
-XXXV
-
-
-Muchos años más tarde, volví a entrar un día al Colegio; a mi turno, iba
-a sentarme en la mesa temible de los examinadores. Al cruzar los
-claustros, al ver mi nombre al pie de algunos dibujos que aun se
-mantenían fijos en la pared, con sus modestos cuadros negros; al pasar
-junto a mi antiguo dormitorio, teatro de tantas y tan renombradas
-aventuras; al cruzar frente a la puerta sombría del encierro, que por
-primera vez recibió una mirada cariñosa de mis ojos; al ver el grupo de
-estudiantes tímidos, callados, que en un rincón procuraban penetrar mi
-alma y leer en mi cara sus futuras clasificaciones; al estrechar la mano
-de mis compañeros de hoy, mis maestros de otro tiempo; al respirar, en
-una palabra, aquel ambiente que había sido mi atmósfera de cinco años,
-sentí una impresión extraña, grata y dulce, y una vaga melancolía me
-llevó por un momento a vivir la vida del pasado.
-
-Me lancé a todos los viejos rincones conocidos y al pasar, bajo las
-bóvedas del claustro, se levantaban mis recuerdos, obedientes a una
-evocación simpática. Aquí, me decía, el buen Cosson, tan afectuoso, tan
-justo, nos leía las elegías de Gilbert con un entusiasmo sincero o nos
-recitaba la tirada de "Théramène" sin mirar el libro; aquí fué donde el
-profesor Rossetti, encantado de mi exposición, me predijo que sería un
-ingeniero distinguido, si perseveraba en las matemáticas, para las que
-había nacido; en aquel banco expuse a Puiggari mi deplorable conferencia
-sobre el iodo, que destruyó todas sus esperanzas de verme convertido en
-un Lavoisier; en este sitio memorable fuí sostenido por M. Jacques,
-cuando, habiendo sido llamado a dar examen de francés ante el doctor
-Costa, ministro de I. P., me tocó en suerte traducir a primera vista el
-"Incendio de Moscou" de M. de Ségur y me trabé en descomunal batalla con
-Larsen sobre la significación de la palabra "tôle"; aquí Jacques me dijo
-que era un imbécil, pero que tenía razón, cuando sostuve ante él, en una
-discusión con un compañero, que este título de un capítulo de La
-Bruyére, "Les esprits forts", no debía traducirse por: "Los espíritus
-fuertes"; en aquel rincón me batí una tarde con denuedo contra un
-muchacho Arriaza, quien, si bien sacó del combate la nariz demolida y
-con una forma pintoresca, me dejó ciego por una semana; en este escaño
-se sentaba mi madre, me tomaba las manos, me acariciaba con sus ojos
-llenos de lágrimas, me apretaba contra sí, y al fin, cuando la noche
-caía y era necesario separarnos, me dejaba su alma en un beso... y diez
-pesos en la mano, que yo corría a convertir en cigarros en la portería;
-aquí fué donde el padre Agüero pilló al alba a Adolfo Saldías, que
-volvía de una escapada y a la luz de la luna que entraba por los
-cristales del gimnasio, lo hizo arrodillar en el claustro helado y pedir
-perdón de su delito, mientras yo, con el mate en la mano y tras la
-puerta entreabierta del dormitorio del anciano, contemplaba el cuadro,
-poniendo la ausente barba en remojo; he aquí el cuarto famoso donde fué
-introducida por engaño la sirviente que traía la ropa limpia al "mono"
-Latorre, sufriendo las excesivas galanterías de los circunstantes,
-mientras el referido "mono", amarrado al pie de un lecho, ofrecía el
-espectáculo confuso de un sátiro enardecido llorando a lágrima viva...
-
---Los exámenes van a comenzar, doctor. Sólo a usted se espera.
-
---Voy al momento.
-
-
-
-
-XXXVI
-
-
-¡Ah! he aquí el cuarto de Eyzaguirre, aquel informe "maremagnum" del que
-éramos pilotos expertos.
-
-En esa ventana asamos una noche memorable las aves robadas en el corral
-de la despensa, aves sagradas para nosotros y que jamás figuraron en la
-mesa del refectorio; allí el salón de los exámenes escritos, donde
-algunos jóvenes valerosos entraban llevando el enorme Ganot distribuído
-por capítulos en todo el cuerpo y conociendo la topografía del terreno
-como César los campos de Munda; la fuente me saluda, la fuente de pico
-recto, la fuente que era necesario conquistar a puñetazos, porque el
-compañero que esperaba, interrumpía a menudo la absorción haciéndola
-intermitente, por medio de la broma llamada del "ternero mamón"; aquí un
-condiscípulo querido de todos nosotros, que temíamos no pasara en el
-examen escrito, nos dió una minuciosa explicación de cómo había
-repartido sus fuerzas para el combate; en la nuca, entre camisa y
-camiseta, los capítulos de "La Inteligencia", salvo "La Razón", que, muy
-bien doblada, se ocultaba bajo el cuello, unida a la corbata por un
-alfiler; entre el elástico del botín derecho, "La Sensibilidad",
-formando "pendant" en el izquierdo "La teoría de las facultades del
-alma"; en un falso bolsillo del pantalón, "La Voluntad", excepto el
-"Libre Albedrío" que ocupaba un sitio indigno de su importancia
-filosófica; y allí, sobre el estómago, a mano, como puñal de
-misericordia, como recurso extremo, el "Discurso sobre el método", que,
-bien manejado, es un proteo multiforme, apto para satisfacer el programa
-entero...
-
---Señor doctor, le están esperando...
-
---Voy, voy al momento.
-
-¡Cuánta sonrisa en aquellas caras juveniles, si hubieran leído las cosas
-que llenaban mi alma y dádose cuenta de las impresiones bajo las cuales
-ocupaba mi silla de examinador!
-
-Decían las cosas que en otro tiempo yo había dicho; usaban las mismas
-estratagemas que yo había empleado y se lanzaban a cuerpo perdido en las
-partes de la bolilla que les eran conocidas, evitando con una habilidad
-de pilotos consumados las arcanas secciones no holladas por sus ojos
-infantiles. ¡Con qué elasticidad el compañero de atrás hacía de mimbre
-su cuerpo, alargaba el pescuezo como una girafa y llamando en su auxilio
-la voz más susurrante, "soplaba" con coraje! Yo nada veía, nada quería
-ver. Mis preguntas envolvían clara y precisa la respuesta cuando el
-discípulo era flojo, y con una sonrisa animadora, impulsaba a
-desenvolver su charla graciosa y ligera al que, habiendo estudiado,
-quería lucir su ciencia. Ciencia divina, superficial, epicúrea, ciencia
-de un adolescente griego, explicando a su manera infantil los mitos
-homéricos, ciencia deliciosa que flota como un sueño en la región de la
-teoría, borrándose al mes siguiente, porque no tiene la mordiente áspera
-de la experiencia propia!
-
-Y así pasaba ante mis ojos la filosofía y la historia, serena, olímpica,
-a la manera de Hesiodo, saliendo de aquellos labios puros, como el
-reflejo de leyendas de otros tiempos, en mundos distintos del que nos
-rodea. ¡Con qué placer, entre mis examinandos, encontraba un cartaginés
-endurecido, ardiente admirador de Aníbal, que tal vez había llegado,
-como yo en las horas pasadas, pesaroso y triste a las páginas de Zama!
-¡Cómo sonaba en mi alma el entusiasmo por las cruzadas, y con qué viveza
-venía a mi memoria el largo discurso de Pedro el Ermitaño, que yo había
-compuesto en la clase de retórica!... Los muchachos sonreían y corría la
-voz eléctrica de que yo era un examinador insuperable. No sabían que les
-habría abrazado a todos y que al más imbécil hubiera dado el máximum con
-el alma contenta y la conciencia tranquila!
-
-Más tarde dictaba una cátedra de historia en la Universidad. Muchas
-veces, al final de mi conferencia, notaba en las caras de mis
-discípulos, siempre cultos y atentos conmigo, una ligera expresión de
-cansancio que me contagiaba. Era una época en que vivía agobiado por el
-trabajo; a más de mi cátedra, dirigía el Correo, pasaba un par de horas
-diarias en el Consejo de Educación, y sobre todo, redactaba "El
-Nacional", tarea ingrata, matadora si las hay. Así, solía llegar a clase
-fatigado y cuando el tema no era interesante, mi palabra salía pálida y
-difícil. Pero la campana del Colegio Nacional estaba allí! Desde el aula
-la oía fácilmente y a sus primeros ecos recordaba mis horas de
-estudiante, el ansioso anhelo por salir de la clase, miraba mis alumnos
-fatigados y cortaba familiarmente la conferencia. En otras ocasiones el
-eco de la campana me servía de excitante y si alguna vez salieron mis
-discípulos contentos, ignoraban que lo debían al vago sonido que me
-traía los más dulces recuerdos de mi infancia, mis ambiciones de
-estudiante, mi esfuerzo por ocupar el primer puesto y la memoria del
-gran maestro que nos hizo amar el estudio y la ciencia.
-
-Sí, amar el estudio; a esa impresión primera debemos todos los que en el
-Colegio Nacional nos hemos educado, la preparación que nos ha hecho
-fácil el acceso a todas las sendas intelectuales. Se pueden emprender
-los estudios superiores en cualquier edad; los preparatorios, no. Es
-necesaria la disciplina que sólo se acepta en la infancia, la dedicación
-absoluta del tiempo, el vigor de la memoria, nunca más poderoso que en
-los primeros años, la emulación constante y la ingenua curiosidad. Mucho
-se olvida más tarde, el tecnicismo, el detalle; pero a la menor
-concentración intelectual los caracteres perdidos en el fondo de la
-memoria reaparecen con la claridad de las líneas de un palimpsesto ante
-un reactivo que borra el último trazado. En una semana, un hombre
-regularmente dotado, puede estudiar a fondo una cuestión de derecho;
-pero si no tiene una preparación sólida, si no ha ejercitado su espíritu
-en los largos años de bachillerato, la expondrá como un notario, jamás
-como un jurisconsulto. Falta de ideas generales, mis amigos.
-
-Yo diría al joven que tal vez lea estas líneas paseándose en los mismos
-claustros donde transcurrieron cinco años de mi vida, que los éxitos
-todos de la tierra arrancan de las horas pasadas sobre los libros en los
-primeros años. Que esa química y física, esas proyecciones de planos,
-esos millares de fórmulas áridas, ese latín rebelde y esa filosofía
-preñada de jaquecas, conducen a todo a los que se lanzan en su seno a
-cuerpo perdido.
-
-Bendigo mis años de Colegio, y ya que he trazado estos recuerdos, que la
-última palabra sea de gratitud para mis maestros y de cariño para los
-compañeros que el azar de la vida ha dispersado a todos los rumbos.
-
- 1881.
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- PROSA LIGERA
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- _Gallicæ Constructiones_
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- ESPAÑA
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-
-Una visita de Núñez de Arce
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-Hace doce años, era yo ministro argentino en Madrid. Un día un criado me
-anunció que el señor Presidente del Ateneo me hacía preguntar si podía
-recibirle. En el acto dí orden de introducirle. Respetaba al Ateneo de
-Madrid como se respetan las cosas que se temen y ese respeto de mi parte
-justificaba el origen presunto de todas las religiones humanas. A pesar
-de mis aficiones literarias, como suponía honestamente que el gobierno
-argentino no me habría nombrado su representante para darme ocasión de
-desplegar mis talentos estéticos o mis facultades de estilo, sino para
-estudiar los problemas políticos o económicos de interés nacional, mis
-esfuerzos habían tendido a tener una actuación eficaz y activa en el más
-alto mundo social y en los círculos más influyentes de la política del
-momento. Así es que conocía--o por lo menos trataba--a muy pocos de los
-representantes del mundo de las letras. Fuera de Castelar, más político
-que literato y dulcemente afectuoso siempre con todos nosotros los
-americanos,--de don Juan Valera, a quien encontraba con frecuencia en el
-mundo diplomático al que él también pertenecía,--de Menéndez Pelayo, con
-quien comía a menudo en los clásicos jueves de nuestro buen amigo Bauer,
-muchas veces, por feliz azar para mí, al lado uno del otro,--de Grilo, a
-quien conocí en casa de Tamames y que nos encantaba en nuestras
-deliciosas correrías por Sevilla,--no había hablado, repito, ni conocía,
-tan sólo fuera de vista, a los demás altos representantes del
-pensamiento español.
-
-"¿Quién será, me decía, este señor Presidente del Ateneo de Madrid? Yo
-debía saberlo y precisamente por eso no le hago preguntar por su nombre.
-El Ateneo, por lo demás, es la primera institución literaria de España,
-y sus altibajos coinciden con la exaltación o la depresión del espíritu
-público de este país. No sé lo que este señor Presidente vendrá a
-pedirme, pero hay que tratarle bien, porque..."
-
-En esto estaba de mi soliloquio, cuando la puerta de mi escritorio se
-abrió, dando paso a un hombre pequeño, delgado, tan distinguido en su
-traje, en su fisonomía y en su expresión, que no pude, en el primer
-momento, darme cuenta ni de cómo estaba vestido, ni de qué cara tenía,
-ni de lo que era o podía ser.
-
---Señor, me dijo con una voz reposada y serena, a la que daba un valor
-que me sorprendió, la manera de mirar de sus ojos grandes, claros y
-tranquilos, soy Presidente del Ateneo y vengo a pedir. El Ateneo, entre
-otros achaques, tiene aquel que más nos seduce a todos, el de acercar
-hasta confundir el alma española con el alma hispanoamericana. Vamos en
-breve a celebrar una fiesta precursora de la gran solemnidad del
-centenario de Colón y vengo a pedir a Vd. (aquí un par de frases amables
-y muy lisonjeras para mí) que quiera honrarnos encargándose de una de
-las conferencias que se harán en el Ateneo con este motivo.
-
---Señor Presidente del Ateneo, antes de todo, ¿quiere Vd. tener la
-bondad de decirme con quién tengo el honor de hablar?
-
---Gaspar Núñez de Arce, señor.
-
-Me puse de pie como movido por un resorte y un poco confuso, me incliné
-profundamente. A pesar de mi alejamiento voluntario de los centros
-literarios de Madrid, había dos hombres que deseaba vivamente conocer:
-Núñez de Arce y Pereda. Al primero por su inspiración gentil, vibrante y
-generosa, por el ropaje suntuario de su lengua opulenta, lengua mía, de
-mis padres y de mi raza, por la nobleza tradicional de su carácter, por
-la pregonada sencillez de su vida armoniosa. A Pereda, porque un día,
-allá por 1884, en la opaca tristeza germánica de Carlsbad, había
-recibido un paquete de libros acompañados por una grata carta de Martín
-García Mérou, que enviaba a su antiguo jefe y siempre amigo, algunos
-libros españoles, entre otros la _Sotileza_ del escritor de la Montaña;
-lo había empezado a leer, lo había devorado y había contestado al que
-tal regalo me había hecho, una carta entusiasta y cariñosa que García
-Mérou envió a Pereda, quien me hizo decir que tenía en España dos brazos
-abiertos que me esperaban. Pero mi hombre estaba constantemente metido
-en Santander (decir que en ese tiempo meditaba _Peñas arriba_, esa
-maravilla, sin que yo lo supiera, para ir a rogarle me hiciera visitar
-el teatro de ese drama admirable!) y cuando venía a Madrid, lo hacía tan
-callandito, que los diarios anunciaban su llegada el día de su partida.
-
-Y ahora, de pronto, sin sospecharlo, tenía en mi casa, a mi lado, _para
-mí solo_, a Núñez de Arce! Le tomé la mano, le dije que hasta entonces,
-al hablar conmigo, sólo había hablado con un particular, pero que ahora
-me ponía el uniforme diplomático, le recordaba que estaba reconocido en
-mi carácter de representante de mi país por Su Majestad (Q. D. G.), que
-en mis credenciales mi gobierno pedía al de España--y por consiguiente
-a todos los españoles--que prestaran fe a mis palabras--y que, por lo
-tanto, le pedía la suya al manifestarle la gratitud profunda de todos
-mis compatriotas que habían tenido la fortuna de leerle, por los puros y
-levantados goces de orden intelectual y moral, encontrados en las
-estrofas de sus cantos admirables, en los que, bajo formas nuevas e
-impecables que hacían valer el viejo idioma, se levantaban, sobre el
-chato horizonte moderno, todas las nobles ideas, todos los instintos
-generosos, todas las actitudes valientes, hasta la duda misma, que
-animan a pensar que el alma humana es algo más que una resultante
-fisiológica. Le hablé de sus poemas, de sus dramas, de sus trabajos
-anunciados--y el poeta, ante mi acento sincero, me escuchaba con placer,
-entretenido, quizá, en oir el elogio de su obra, hecho en algo, para él,
-como un idioma extraño, en el que la construcción de la frase, la
-cadencia del período, hasta el valor de las consonantes, parecía dibujar
-vagamente, no ya el español del pasado, petrificado allá en Levante en
-labios de los descendientes de moros y judíos, sino un castellano del
-porvenir, ágil, vivo, un español americano, en una palabra, listo
-siempre a jinetear, sin estribos, la mismísima gramática.
-
-Nos pusimos a charlar o, mejor dicho, le hice hablar larga, afectuosa y
-abiertamente, suscitándole nuevos temas, así que veía que el anterior
-iba a agotarse. Así hablamos mucho de arte, un poco de política, a
-raudales del pasado español y del porvenir americano. Y a medida que los
-juicios del poeta se condensaban en frases no cuidadas, pero claras y de
-elegante movimiento, me abandonaba al placer de contemplar ese espíritu
-ecuánime, cuyas raíces iban a beber la fresca savia que le animaba,
-allá en las regiones donde el corazón encierra la bondad, la ternura, el
-entusiasmo y la fe, sin que ninguna se extraviara para ir a aspirar la
-ponzoña del odio o de la envidia.
-
-Y el tiempo corría, la América y la España misma se habían agotado y,
-desaparecidos los Pirineos, entrábamos como conquistadores, a través del
-Rosellón, en vieja tierra de Francia. La pléyade, el cenáculo, los
-Parnasianos, los estéticos, los naturalistas, los decadentes, a todos
-los pasamos en revista, él, conteniendo con su sonrisa moderadora mis
-juicios impetuosos, yo animando a veces, con un rasgo atrevido, la
-armoniosa mesura de sus opiniones. Hace poco, leyendo, con el trabajo
-que mis hermanos en análoga tarea habrán apreciado, un libro de
-Nietzsche, me encontré con esta gráfica descripción del autor de _Naná_:
-"Zola, o el placer de heder"[9]. El juicio de Núñez de Arce era casi
-idéntico, pero la forma exquisita en que se enunciaba, le quitaba la
-crudeza, sin disminuir la eficacia. En cambio, como me seguía contento
-con su mirada animosa, al oirme decir que había más naturalismo de
-verdad en _Fortunata y Jacinta_, de Pérez Galdós, que en la obra entera
-de Zola, y más belleza en la descripción que el mismo hace de Toledo en
-_Angel Guerra_, que en todos los celebrados cuadros descriptivos del
-autor de _L'Assommoir_! Y luego, de un salto sobre la Mancha, a
-Inglaterra y allí, arriba, alto, a la cumbre y al honor, Dickens, Elliot
-y entre los poetas Keats, Shelley, el mismo Byron, los que tienen
-entrañas, sangre y vísceras; y luego... Se puso de pie, sacó su reloj,
-gentilmente me hizo ver el largo tiempo transcurrido y me repitió con
-mucha insistencia su amable invitación para el Ateneo. Entonces le
-hablé con toda franqueza.
-
- [9] Nietzsche: "Le crépuscule des idoles", traducción de Albert,
- pág. 172.
-
---Ahora que conoce Vd. un poco mi espíritu, señor, no le extrañará oirme
-afirmar que sólo puedo hacer lo que hago con convicción y sinceridad.
-Hacer un discurso o conferencia sobre Colón y las relaciones históricas,
-hispano-americanas, de manera a que sea grato a mi auditorio (porque
-nadie está obligado a escribir un poema épico ni a decir, en materia de
-arte, cosas desagradables), será para mí algo muy difícil, porque
-siempre he pensado que dos de los hombres más fatales que ha tenido
-España (y cuidado que no se ha quedado atrás en la especie!) han sido
-Colón y Felipe el Hermoso, que la trajeron dos de las calamidades
-mayores que pueden caer sobre un pueblo, la riqueza fácil y la gloria
-militar. El primero, con su América y su oro, su espíritu romántico,
-aventurero, anti-industrial, con los sistemas absurdos que el galeón
-esperado e indispensable impuso; el segundo metiendo a España, con sus
-vinculaciones germánicas y su imperial vástago alemán, en todas las
-complicaciones de la Europa de entonces y a la infeliz que salía de
-guerrear siete siglos con árabes y moros, obligándola a desangrarse de
-nuevo desde las costas de Argel hasta las dunas de Holanda, sin olvidar
-los campos de Italia, de Nápoles a los Alpes, los llanos de Alemania y
-las frescas colinas de Francia y Bélgica. ¿Qué quiere Vd. que vaya a
-decir al Ateneo? ¿Que nosotros, los del Río de la Plata, no teníamos
-derecho a enviar a España más que uno o dos barcos por año, con tantos
-cueros consignados a tal casa de Cádiz? ¿Que se nos obligaba a ir a
-comprar ropa, calzado y sombreros a Panamá o Portobelo, que estaban a
-seis meses de distancia, ida y vuelta, con cuyo motivo comprábamos todo
-lo que nos hacía falta, de contrabando, bien entendido, a los
-portugueses de la Colonia? ¿Que todo eso, si bien nos dejó en un estado
-de delicioso atraso, pues no creo que haya habido pueblo más feliz que
-el colonial Buenos Aires, antes que los ingleses vinieran a hablarnos, a
-balazos, de ideas nuevas y paparruchas liberales, que todo eso remató en
-la triste España de Carlos II o en la dolorosa de Fernando VII?
-¡Fernando VII! Figúrese Vd. que se me cruce ese nombre en mi trabajo
-mental; ¿puede Vd. imaginarse todos los improperios que van a salir de
-esta boca, por más mesura que le imponga? El tratamiento de Macaulay a
-Barère será de malvavisco y altea al lado del que, sin poder resistirlo,
-propinaré al hijo infame de Carlos IV. Y si, hablando de los autores
-principales del hundimiento español, llegara a plantar, delante de
-Cánovas del Castillo, que es Presidente del Consejo de Ministros y que
-seguramente estará en el Ateneo, las cuatro frescas que se merece el
-Conde-Duque de Olivares, que él pretende rehabilitar, ¿a dónde irá a
-parar mi reputación diplomática?
-
-Núñez de Arce me oía sonriendo, pero como sus ojos insistían, continué:
-
---Pero como Vd. me ha hecho un honor muy grande y con ser de los mayores
-de mi vida, un placer que lo supera, viniendo a mi casa, quiero que
-salga Vd. en su empresa mejor de lo que pensara. ¿Conoce Vd. al actual
-ministro del Uruguay en Madrid? ¿No? Pues se llama Juan Zorrilla de San
-Martín, vive aquí a la vuelta de mi casa y si Vd. le ve con sombrero no
-da un real por él, ni mucho menos si le ve descubierto. Nadie le conoce
-aún aquí, porque ha llegado hace poco; pero el día que caiga en un
-cenáculo intelectual en el que haya algunos poetas, uno que otro hombre
-de pensamiento, un colorista y algún oído habituado a oir sonar el
-cristal y el templado bronce, le van a sacar en andas. Para que Vd. no
-olvide esta visita, regalo a Vd. y al Ateneo, a mi amigo y compañero
-Zorrilla de San Martín. Oiga Vd. un momento.
-
-Tomé _Tabaré_ en el armario vecino y le leí algunas estrofas; cuando
-interrumpí mi lectura para continuar, Núñez de Arce me tomó el libro de
-las manos y continuó leyendo en silencio. Al fin me dijo:
-
---¡Pero éste es un maestro!
-
---¿Sabe Vd. lo que he dicho a Zorrilla de San Martín, sobre _Tabaré_, en
-el álbum de su señora? Que versos como esos valen la buena prosa.
-
-Volvió a sonreir Núñez de Arce con aire de dulce reproche por lo que
-parecía considerar una mera paradoja.
-
-Yo me defendí; le recordé que los primeros balbuceos de la humanidad
-habían tomado la forma métrica y que sólo en un estado de civilización
-relativamente avanzada había hecho la prosa su aparición. Que recordaba
-también cuántos poetas consagrados enumeraba la historia literaria,
-desde los griegos, para no ir más arriba, hasta nosotros y que al lado
-de esa lista nutrida y numerosa, contara, con los dedos de la mano, que
-le iban a sobrar, cuántos eran los prosistas de primera fila, aquellos
-que nadie discute, como Platón entre los griegos, Tácito entre los
-romanos, o, saltando al mundo moderno, del siglo XVI al presente,
-Montaigne, Cervantes, Renán... Y para hacerme perdonar mi osadía, le
-recité de memoria, que así las sabía entonces, dos o tres estrofas de la
-_Lamentación de Lord Byron_.
-
-Aceptó que yo hablara a Zorrilla antes de que él le invitara, y se
-retiró, quedando amigos ya.
-
-Vi y vió a Zorrilla, que, sumiso y contento, no sin temor, se encargó de
-la conferencia en el Ateneo. Esa noche fuí allí por primera vez y con
-encanto respiré la culta atmósfera, tan afectuosa para nosotros. Llegado
-el momento, el alma vigorosa y bien templada del poeta uruguayo, subió
-hasta la tribuna su pequeña envoltura mortal. El público miró con
-sorpresa aquel rostro invadido por la hirsuta y rebelde cabellera que,
-al avanzar sobre la frente, parecía continuarla, para dar ancho hogar al
-pensamiento. Cuando empezó a hablar, el acento, la armonía de la
-palabra, la vibración de la idea, la lujosa forma en que salía envuelta
-y la gracia con que se movía, conquistaron a poco andar al auditorio,
-que rompió en aplausos calurosos. Por fin, cuando Zorrilla de San
-Martín, de pie, en la cumbre que parte el istmo americano, como Balboa,
-miró, no ya los dos océanos que tendieron su inmensa majestad a los ojos
-atónitos del rudo navegante, sino el cuadro entero de esa colosal
-América latina, que empieza, en el continente austral, por las regiones
-que baña el Orinoco y concluye en la glacial soledad del último cabo del
-mundo habitado; cuando, como Andrade en su canto, describió una a una
-las naciones desprendidas del vigoroso cuerpo de España, sus luchas
-feroces, herencia de su organismo pasional, sus esfuerzos por surgir a
-la luz, sus riquezas, sus esperanzas y su fe en el porvenir; cuando ligó
-todo ese pasado al pasado de la madre patria y confundió, en la imagen
-esplendorosa del triunfo definitivo que reservan los días venideros, a
-la raza entera, entonces los ojos se llenaron de lágrimas, los corazones
-se agitaron a romperse y las manos se buscaron instintivamente. Núñez de
-Arce, que estaba a mi lado, murmuraba a cada instante, a mi oído,
-palabras de gratitud, y fué con un abrazo estrecho que recibió a
-Zorrilla cuando éste descendió de la tribuna.
-
-Pocas veces, más tarde, tuve ocasión de encontrarme con el ilustre poeta
-español; hacía poca vida social y su delicada salud le imponía una vida
-sedentaria. Pero mi admiración por su espíritu crecía a medida que
-nuevas obras, cada vez más perfectas y acabadas, venían a enriquecer los
-tesoros de nuestra lengua, como se aumentaba mi respeto y profunda
-estimación por su carácter, a medida que rasgos incomparables de su
-noble naturaleza moral me eran conocidos. Con ser tan admirado, no creo
-que hubiera entonces, en España, nadie más estimado que Núñez de Arce.
-
-Dos veces, desde entonces, la muerte, rugiendo como una furia, se ha
-arrojado sobre él, y dos veces la naturaleza tan amada del poeta, ha
-sostenido por él la lucha, animosa siempre, triunfante al fin. Hoy el
-peligro se ha alejado y vuelve a su amplia y vigorosa plenitud el
-espíritu admirable y delicado que envuelve, como finísimo encaje, una de
-las almas más nobles y armoniosas venidas a la luz en suelo español.
-
- 1902.
-
-
-
-
-Por montes y por valles
-
-
-Los diarios ingleses han publicado una curiosa estadística de las
-hazañas cinegéticas de lord Grey, que ha de haber sido reproducida por
-la prensa universal. En todo caso, hela aquí. Lord de Grey, en 18 años,
-de 1877 a 1895, ha muerto la siguiente cantidad de animales:
-
-111.190 faisanes, 89.401 perdices, 47.468 _grouses_, 24.147 conejos,
-26.417 liebres, 2.735 becasinas, 2.077 _coqs de bruyère_, 1.363 patos
-silvestres, 381 ciervos rojos, 186 ciervos, 97 jabalíes, 94 aves negras,
-45 paletos, 12 búfalos, 11 tigres, 2 rinocerontes y 8.450 piezas
-diversas: lo que hace, en conjunto, 316.699 piezas, o sea un término
-medio de diez mil piezas anuales.
-
-Lord de Grey es indudablemente el primer cazador de Europa y no me
-extrañaría que el sindicato de fabricantes ingleses de armas y cartuchos
-de caza, pensara, al día siguiente de su muerte, en levantarle un
-monumento que consagrara su gratitud. La casualidad me hizo cazar un día
-en compañía de lord de Grey: era en España y los azares de la colocación
-hicieron que tuviese el puesto contiguo al suyo en un ojeo. La estación
-de la caza estaba ya avanzada y las perdices rojas españolas, difíciles
-siempre, flaconas y vigorosas, hendían el aire, como saetas,
-generalmente fuera del alcance del fusil. Yo, cazador mediocre, pero sin
-vanidad, hacía un fuego de todos los diablos, muchas veces con la
-conciencia de la inutilidad de mi tiro, pero sin poder resistir al
-placer de apretar el gatillo cuando tenía el ave en línea. Lord de Grey
-tiraba mucho menos; pero ese día no le ví desperdiciar un solo tiro.
-Tenía dos hombres detrás de él, que le pasaban una escopeta cargada con
-una rapidez extraordinaria; concluído el ojeo, los dos servidores no
-perdían una sola pieza de las que había abatido su señor, merced a una
-perrilla gris, de pobre aspecto, pero admirable de olfato.
-
-Hay algunos cazadores que, sin ser de la fuerza de lord de Grey, no
-pierden generalmente un solo tiro. El príncipe de Mónaco, el feliz
-soberano de Monte Carlo, tiene esa reputación; pero parece que la cuida
-de tal manera, que a veces transcurren horas enteras sin que haga un
-disparo. No tira sino lo seguro.
-
-Como nunca he podido comprender ningún aspecto de la vida a través de la
-vanidad, tampoco me ha sido dado entender la caza de esa manera. He
-tenido gran afición por ella, afición que, con los años, ya pasando,
-como tantas otras que son el glorioso séquito de la juventud. Por ese
-motivo, los puntos donde he encontrado mayor placer en cazar han sido mi
-tierra y España. La marcha en nuestras admirables praderas, sobre el
-tapiz espeso y elástico, en la llana extensión que prolonga hasta donde
-los ojos alcanzan, precedido por un buen perro hecho a nuestros hábitos,
-bajo un cielo de una transparencia sin igual y en medio de esos
-fugitivos fenómenos de la pampa que los hijos del suelo comprendemos y
-sentimos, la marcha en esas condiciones es una de las sensaciones más
-gratas que pueden darse. En España la empresa es más ruda. En primer
-lugar, la temperatura; he cazado varias veces en las regiones de Avila
-y Segovia en el mes de Enero, y a pesar del calor natural de la marcha y
-de todas las precauciones necesarias, el cañón de la escopeta nos helaba
-las manos. Muchas veces el suelo es pedregoso y os destroza los pies.
-Otras, como en San Bernardo, cerca de Toledo, la configuración del
-terreno es de tal manera accidentada, que se necesitan las piernas de
-acero que tenía nuestro inolvidable Lucio López, uno de los primeros
-cazadores de mi tierra, para resistir un par de horas. Pero al fin, es
-la caza, es la aventura, es la lucha, con sus pequeñas mortificaciones,
-que son recompensas. No olvidaré nunca nuestras largas excursiones, en
-pleno invierno, en Extremadura, allá por las sierras de Guadalupe, a
-caza de jabalíes, en tierras de mi amigo el marqués de la Romana.
-
-Teníamos una noche de camino de hierro, luego un día de caballo y por
-fin empezábamos a trepar los montes, salvajes si los hay, precisamente
-por las mismas sendas, talladas en la piedra, que se practicaron hace
-quinientos años, cuando don Pedro el Cruel, rey de Castilla, quiso
-emprender cacerías en aquellas regiones desconocidas. Ya en América
-había observado el mismo fenómeno, al subir los contrafuertes de los
-Andes por los mismos escalones socavados en la piedra por el rudo brazo
-de los conquistadores: una vez que el español, con su tesón y su ímpetu
-inicial, ha trazado una ruta, las generaciones pueden sucederse
-infinitas, todas ellas han de tomar el mismo camino, en tanto que
-subsiste, pues nadie piensa en mejorarlo ni en conservarlo. Por estas
-gargantas, ásperas y sombrías como su carácter, subía, pues, don Pedro,
-camino del Hospicio, donde iba a pasar la noche para ponerse en caza al
-día siguiente. En el Hospicio dormimos también, vasto y tosco edificio
-de piedra, elevado sin arte, pero para desafiar los siglos. Los
-ojeadores, guías, peones y perreros, ocupaban la enorme cocina, que, con
-su colosal fogón en el centro, era la única pieza habitable de la casa,
-porque en los cuartos destinados a los señores el frío nos penetraba
-hasta los huesos. En ella hicimos campamento, pues, en democrática
-promiscuidad, y envueltos en nuestras mantas, esperamos la aurora para
-ponernos en movimiento. Nos despertó un ruido infernal, una jauría de
-perros que llegaba, nada menos que la _recova_ del marqués de la
-Conquista, el noble anciano descendiente de Pizarro, que, impedido por
-un achaque de su edad, de tomar parte en la cacería, nos enviaba sus
-afamados perros, con una carta de un tono de admirable hidalguía, en la
-que nos pedía que no los economizáramos, porque, cuanto más numerosos
-fueran los que quedaran en el campo, más se colmarían sus votos de un
-éxito feliz. Eran ochenta perros de primer orden, hechos al combate,
-pequeños, fuertes y valientes, que unidos a los cincuenta con que
-contábamos, nos formaban una jauría de excepcional importancia.
-
-La del marqués de la Conquista la dirigía el perrero más afamado de
-aquellas regiones, un hombre alto, seco como un alambre, vestido de
-recio cuero de pies a cabeza, con el hablar lento y sentencioso,
-conociendo todos los perros de la comarca por sus nombres y hazañas y
-las costumbres del jabalí mejor que las de sus semejantes. Fué él quien
-me inició en los hábitos, curiosos a veces, del animal que por primera
-vez iba a combatir. Así, mientras defendía al jabalí de ciertas
-imputaciones desdorosas, confesaba la malicia y la prepotencia del
-_solitario_ que, llegado a la venerable edad de cuatro años, en el
-momento en que los colmillos próximos a retorcerse y hacerse
-inofensivos, son más temibles, hace vida aparte, aislado siempre, como
-su nombre lo indica, pero no sin hacerse preceder, tanto en marcha como
-en el reposo, por un _javacho_ de un año o diez y ocho meses, al que ha
-aterrorizado hasta el punto de convertirlo en centinela avanzado de su
-seguridad, llamado a dar el alerta en caso necesario o a sufrir las
-consecuencias del primer encuentro desagradable. Era tan curiosa la
-conversación de aquel hombre, tan peregrinas las historias que contaba,
-que todos, amos y criados, estábamos suspensos de sus labios, al calor
-del hogar alimentado por enormes troncos de encina. Por fin al amanecer
-de un día radiante de sol, aunque muy frío en la mañana, nos pusimos en
-camino. Eramos ocho cazadores y seis _escopetas negras_. Se da este
-nombre a los guardas armados que cierran el circuito del ojeo; ocupan
-los últimos puestos a ambos extremos de la línea para tirar sobre los
-jabalíes que escapan a los cazadores o ultimar los heridos. Tienen una
-reputación de tiradores extraordinarios, pero yo creo que la deben a sus
-escopetas viejas y ordinarias, con el cañón reforzado por cuerdas,
-composturas y remiendos primitivos por todos lados. Yo les he visto
-errar con más frecuencia que nosotros mismos.
-
-Llegados al sitio del primer ojeo, nos numeramos y, según la suerte,
-fuimos ocupando cada uno nuestro puesto, separado del vecino lo menos
-por trescientos metros. Cerrábamos un valle que se extendía a lo lejos,
-entre dos montañas. El suelo estaba cubierto de una _jara_ espesa y
-bravía de más de dos metros de altura. El ojeo abarcaba cerca de una
-legua de valle: los ojeadores con los perros habían partido en otra
-dirección al iniciar nuestra marcha. Tardamos cerca de una hora en
-ocupar nuestros puestos y cuando todos estuvimos colocados, el guarda
-jefe, que nos mandaba a caballo, hizo un disparo de fusil. Un silencio
-de muerte reinaba en ese instante en el sombrío valle; las cumbres de
-los montes vecinos estaban ya bañadas por el sol, cuya luz dorada
-empezaba a bajar por las laderas. A mí me había tocado una pequeña
-hondonada; era un buen puesto, porque a mi frente, a cincuenta metros,
-clareaba por momentos la _jara_, lo que indicaba que había un sendero
-por allí, que probablemente tomaría el jabalí acosado. Pero entre ese
-punto, que era mi campo de tiro probable y yo, corría un arroyo de agua
-muy clara y muy fría, cuya profundidad ignoraba. Tenía a mi lado al
-_secretario_, como llamábamos al peón encargado de llevar, en la marcha,
-las armas, municiones y vituallas. A las ocho y media de la mañana tomé
-posesión del puesto que debía ocupar hasta las cuatro de la tarde y los
-compañeros siguieron adelante. Con gran rapidez y silencioso siempre,
-según los cánones, mi secretario reunió leña para hacer fuego en el
-momento necesario, para calentar agua. Me senté, preparé mis armas y
-esperé. Tartarín se habría mostrado satisfecho de mi arsenal. Tenía una
-carabina _express_, austriaca, de dos tiros, de la que el fabricante me
-había dicho maravillas, mi vieja escopeta calibre 16, cargada a bala, mi
-revólver, y al cinto, lo que me daba un aspecto feroz, un enorme
-cuchillo de caza, de hoja ancha y filosa, que ya había hecho jugar en la
-vaina, con cierto aire de d'Artagnan antes de un duelo.
-
-Me había provisto de un libro, sabiendo de antemano las largas horas de
-la espera, pero estaba tan nervioso y excitado, tan penetrado por
-aquella naturaleza salvaje y tan _empoigné_ por la rudeza de la caza,
-que no lo abrí un momento. Cuando sonó el tiro de señal, me puse de pie
-precipitadamente y empuñé con decisión mi carabina. Al poco tiempo
-empezamos a oir a lo lejos, como un eco, el ladrar de los perros, que se
-fué acentuando, luego disminuyendo, hasta no oirse sino el aullar
-penetrante, como quejumbroso, de un solo perro. "Es el _latido_ de
-Juanicho, me dijo casi al oído el secretario. Ha olido algo". Juanicho
-era la perla de la _recova_ del marqués de la Conquista. A los veinte
-minutos, por entre la _jara_, a nuestro frente, silenciosos ahora, pero
-husmeando con tesón, llegaron cuatro o cinco perros. Se cruzaban, se
-detenían, levantaban la cabeza como para aspirar aire fresco y de nuevo
-seguían rastreando. Llegaron hasta nosotros, los acariciamos un instante
-en silencio y volvieron a desandar el camino hecho, jadeantes y tenaces;
-de nuevo la calma silenciosa volvió a reinar; volví a sentarme, pero a
-cada movimiento de un arbusto, a cada ondulación de la _jara_, saltaba
-sobre mis pies. Mi secretario, más habituado que yo, sin embargo,
-saltaba también, e instintivamente llevaba la mano a su cuchillo, su
-única arma. Por fin, después de dos horas de espera, oímos una algarabía
-muy lejos; pronto cesó, los perros estaban despistados. Pero a mi frente
-la _jara_ se movía de un modo casi imperceptible. Mi secretario me tocó
-suavemente el hombro y me alcanzó municiones, como si mis armas no
-estuvieran cargadas. Tendiendo la vista anhelante, ví a unos cincuenta
-metros y cruzando diagonalmente frente a mí, un jabalí que al trote se
-deslizaba cauteloso entre la _jara_. Yo sabía que debía esperar a que
-pasara por el punto más próximo. La ví bien; era una jabalina regordeta,
-no muy grande. Por un esfuerzo de voluntad conseguí no hacer fuego,
-siguiendo con el cañón de mi carabina la marcha del animal; pero en ese
-momento sonaron varios tiros a mi derecha e izquierda. Sin duda la
-banda de que formaba parte mi jabalina se habría dispersado y puesto a
-tiro de mis compañeros. Mi animal se detuvo, agachó la cabeza y dió
-vuelta como para alejarse; en ese momento tiré. La jabalina continuó su
-trote, que no interrumpió el segundo tiro y se perdió entre la espesa
-_jara_. Eché a un lado la carabina con cólera; yo no soy un gran
-tirador, ni mucho menos; pero no dar en aquel blanco, a cincuenta
-metros, era demasiado. Abandoné, pues, la carabina y todas sus
-_faramallas_ y tomé mi vieja escopeta, compañera tranquila y segura de
-cinco años de campaña.
-
-Un momento después se dejó oir gran aullar de perros en la altura que
-tenía frente a mí y antes de que nos diéramos cuenta, un jabalí enorme,
-un solitario, bajó a escape la cuesta y se detuvo jadeante, prestando el
-oído a los perros que se acercaban, a treinta o cuarenta metros de mí,
-al otro lado del arroyo. Apunté con toda la calma posible e hice fuego;
-el jabalí se levantó casi en sus dos patas traseras, se sacudió todo y
-como los perros bajaban ya, frenéticos, dió dos pasos y se espaldó en el
-tronco de un árbol para hacerles frente. Cuando los perros estaban ya
-casi encima de él, le hice mi segundo tiro, que debió darle, porque de
-nuevo se sacudió todo, pero no cayó. "Juanicho, señor, Juanicho a la
-cabeza!" me decía entusiasmado el secretario, señalándome un perrillo
-pequeño, ensangrentado, bravo como las armas, que del primer salto se
-había prendido a la oreja del jabalí que lo sacudía en el aire, mientras
-a colmillo limpio se defendía de los otros perros. Uno de éstos (eran
-cinco o seis) yacía ya con el vientre abierto y otro malherido se
-retiraba del combate gimiendo. Sin darme cuenta, sin atinar a cargar de
-nuevo la escopeta, como si el jabalí se me fuera a volar, tiré el arma,
-saqué el cuchillo y a escape llegué al arroyo, me metí dentro con el
-agua a la cintura y fría como el demonio y llegué hasta el animal que se
-defendía desesperadamente. "Por detrás, señorito, por detrás!", me
-gritaba el secretario desde el medio del arroyo. Pero yo no le oía; a
-gritos y puntapiés trataba de alejar los perros, que temía sucumbieran
-todos, incluso Juanicho, si soltaba la oreja. Al verme, el jabalí
-pretendió hacerme frente pero estaba muy malherido y los perros le
-acosaban. Por fin, ganándole el lado, conseguí meterle hasta el cabo el
-cuchillo en el codillo. Cayó como una masa; pero Juanicho no soltaba, a
-pesar de los esfuerzos del secretario por arrancarlo. Me decidí entonces
-a cortar la oreja del jabalí y sólo cuando se encontró con un pedazo de
-cuero inerte entre los dientes, que no hacía resistencia, Juanicho soltó
-la presa. Lo llevamos al arroyo y lo lavamos, así como a los otros
-perros heridos, y echando una mirada de cariño a los dos muertos en la
-lucha, arrastramos al jabalí hasta la orilla del curso de agua. A los
-tiros, y gritos, llegó el capitán (guarda-jefe); el secretario le narró
-el combate mientras echaba pie a tierra. Me saludó y diciéndome: "los
-derechos del capitán!" convirtió al jabalí en émulo del más desgraciado
-de los amantes de la Edad Media. No ví otro jabalí ese día; pero cuando
-a la noche, en la gran cocina, llamamos al perrero del marqués de la
-Conquista para charlar de la jornada, éste se avanzó con las manos y la
-cara destrozadas por las espinas de la _jara_ y nos dijo que habíamos
-perdido catorce perros, diez del marqués y cuatro nuestros. Luego se
-adelantó hacia mí y sacándose el sombrero, me dijo con cierta alteración
-en la voz: "Pero nada se ha perdido, porque el señorito ha salvado a
-Juanicho. Dios se lo pagará!"
-
-Nos apretamos la mano y desde ese día somos buenos amigos, aunque no nos
-hemos vuelto a ver. Yo no tenía gran conciencia de ser el salvador de
-Juanicho; pero sin duda mi secretario debió haber arreglado a su manera
-la narración de la hazaña. Que no me disgustó la cosa, lo probó más
-tarde la propina...
-
-Se me ha ido la pluma contando ese recuerdo de mis gratas cacerías en
-España, porque acabo de llegar de una partida de caza, aquí, a tres
-cuartos de hora de París, en una gran propiedad, con un castillo enorme
-y de un lujo extraordinario. Apenas bajamos del tren, subimos a un
-ómnibus arrastrado por un _tractor_ automóvil, que nos llevó al
-castillo. Almorzamos allí, en un comedor con tapicerías de cien mil
-francos. Luego, en un carruaje cómodo, nos llevaron hasta el sito de la
-caza y los faisanes enormes como pavos, engordados a grano, comenzaron a
-volar pausadamente. Se tiró más o menos bien, pero el _tableau_ fué
-soberbio. Nos vestimos de frac para comer, se hizo un poco de música, se
-jugó al _whist_ y a las 12 de la noche estábamos de regreso en París.
-¡Oh, mis ásperos cerros de Extremadura! Recordaba una vez más la linda
-jornada, desde el Hospicio hasta el Monasterio de Guadalupe, aquella
-inesperada catedral perdida entre las montañas, consagrada a la virgen
-maravillosa, que, según la leyenda, talló el mismo San Marcos en un
-tosco tronco y que por siglos ha sido venerada en toda España. A ella
-enviaba reverente don Juan de Austria, al día siguiente de Lepanto, la
-soberbia lámpara de la nave capitana, y Zurbarán cubría los muros y los
-altares de la iglesia de telas admirables que el tiempo empieza a
-destruir. Mientras mis compañeros, creyentes como buenos hidalgos, se
-arrastraban de rodillas en el misterioso santuario que guarda a la
-virgen, yo, de rodillas también, admiraba su magnífico manto cuajado de
-pedrerías, las innumerables joyas que la cubrían y en la sombra, su
-cara, su enigmática cara, casi negra, toscamente tallada. Y después de
-nosotros los perreros, los peones, los criados, con el rostro
-desencajado por la emoción, prosternándose para besar la orla del
-vestido de la imagen y pedirle alivio en sus vidas miserables!
-
-Allí la naturaleza, el hombre libre, creyente y fuerte; aquí la
-convención y el hombre raquítico, escéptico y _snob_. ¡Buena y robusta
-tierra de España, que guardas en tu seno los huesos de mis abuelos y en
-medio de tus penas y dolores, en este mundo chato que la civilización
-nivela y hace cada día más banal, conservas aún tu altiva fisonomía y
-los rasgos soberanos de tu enérgica personalidad, yo te imploro, oh
-buena tierra de España, resiste a la ola por largos años, para que
-nuestros hijos trepen gozosos tus montes salvajes y en tus rincones
-perdidos, que el riel de hierro no cruza, sueñen, esperen y crean!
-
- París, Enero 1897.
-
-
-
-
-El arte español
-
-ORIGEN Y CARÁCTER
-
-
-Al principiar el siglo XVII, la España, que en el siglo anterior había
-alcanzado al apogeo de su grandeza, ejerciendo sobre la Europa entera,
-bajo los dos primeros príncipes de la casa de Austria, una influencia
-incontrastable, marchaba ya en la senda de su decadencia. Felipe III
-había vivido con el reflejo de su predecesor y la falta colosal de su
-reinado, aquella expulsión de judíos y moriscos, que dejó una cicatriz
-jamás cerrada en el corazón de España, no había hecho sentir aún todas
-sus consecuencias. Pero ya la dilatación de las fuerzas españolas que,
-sin la organización de la Inglaterra actual, se extendían por toda la
-Europa y el nuevo mundo en vías de colonización, empezaba a debilitar la
-metrópoli, que poco o nada había aprovechado de su grandeza pasajera.
-
-Casi todos los pueblos que han dejado una memoria gloriosa en la
-historia humana, han aprovechado sus tiempos de esplendor y fuerza, para
-darse una organización interna estable y vigorosa, merced a la que han
-vivido independientes y respetados, cuando la época extraordinaria hubo
-pasado. No así España. Carlos V encontró la nacionalidad española fresca
-y flojamente constituída; el provincialismo inveterado, que era el modo
-de ser histórico en la Península, persistía en los hábitos y leyes
-locales, aun después del triunfo de unión obtenido por el enlace de los
-Reyes Católicos. Cada región de la monarquía era tratada según su
-derecho histórico; unas, como las tres provincias del Norte, que
-pretendían haberse incorporado voluntariamente, tenían condiciones de
-nobleza y privilegio. Las accedidas por aporte matrimonial, como
-Castilla y León, Aragón y Cataluña, tenían fueros menos considerables, y
-otras, como Valencia y Granada, sobre las que pesaba aún la conquista,
-vivían literalmente en esclavitud. De ese desquicio orgánico, Carlos V y
-Felipe II habían exigido esfuerzos que aun a una constitución nacional
-vigorosa hubiera sido difícil alcanzar. Constantes y aventuradas
-expediciones a América, la flor de la juventud española enrolada en los
-ejércitos que consumían las guerras de Italia, de Flandes y de Francia;
-todos los recursos del país agotados para atender a los vastos dominios
-de la metrópoli, una política comercial estrecha e inconcebible, y en
-fin, por meta suprema, un ideal teocrático, ¿cómo era posible que España
-resistiera? El golpe de Felipe III la hirió de muerte y desde entonces
-su historia es sólo la de una lenta agonía, en la que el enfermo se
-debate desesperadamente por momentos, asombrando por energías pasajeras,
-que recuerdan su viril constitución.
-
-Jamás un hombre que medite sobre las causas generales de la decadencia
-española, dejará de consignar en primera línea el fanatismo religioso
-que circunscribió el horizonte moral de aquel pueblo, y según Buckle, le
-hizo para siempre impenetrable a toda idea de progreso. Ese hombre
-tendrá razón; pero no se puede, no se debe olvidar, que si bien la
-decadencia española es una consecuencia del fanatismo religioso, éste
-lo es y fatal, ineludible, de la historia de España. Una nación que se
-rehace heroicamente, reconquistando palmo a palmo su territorio
-invadido, durante una lucha de siete siglos, sostenida única y
-exclusivamente por el espíritu religioso, modela su organismo moral bajo
-un ideal concreto, inspirado por la inflamación de un sentimiento
-especial, que la gloria y la gratitud han consagrado. Si la mayor parte
-de las desventuras de España han venido de la exacerbación de ese
-sentimiento, todas sus glorias lo reconocen por origen. Sí, él encendió
-las hogueras de Felipe II, él inspiró los decretos de expulsión, él hizo
-condenar a muerte en masa al pueblo flamenco, él ensangrentó las selvas
-americanas con la hecatombe de indios, él clausuró el espíritu español a
-toda idea de libertad intelectual; pero ¿quién sino él, alentó el alma
-de aquel puñado de asturianos que principiaron con Pelayo la obra de la
-Reconquista, qué otro guía llevaba San Fernando, y quién condujo a los
-Reyes Católicos a las puertas de Granada? El espíritu religioso hizo la
-España, la hizo tal como podía hacerla y no de otra manera. No se puede
-hacer la crítica de la vida secular de un pueblo, sin tener
-constantemente en vista las condiciones especiales de su organismo
-propio. ¿Ha sido un bien o un mal para la humanidad la ingerencia de
-España como factor activo en su historia? Hay hombres que contemplando
-los restos soberbios que quedan de la dominación árabe, o estudiando el
-estado de las monarquías incásica y azteca en el momento de la conquista
-americana, ven en esas formas del progreso humano, verdaderas
-civilizaciones avanzadas y deploran la intervención de España y la
-imposición de su fórmula propia aniquilando aquéllas. Es una paradoja
-que seduce al espíritu, sobre todo en una blanca noche de luna, en el
-centro del patio de los Leones en la Alhambra o en el ambiente perfumado
-de los jardines del Alcázar de Sevilla. La civilización musulmana hizo
-su evolución completa, alcanzando el apogeo de su desenvolvimiento en el
-sentido único que el ideal del pueblo árabe y su institución religiosa
-permitían. Las maravillas arquitecturales que hoy contemplamos con
-asombro, parecen revelar un estado de espíritu culto, pulido, lleno de
-movimiento y luz, contrastando con la sombría órbita moral del caballero
-cristiano que más tarde había de cubrir los mosaicos y arabescos de las
-mezquitas con los símbolos de su culto ferviente. Es un error; fuera de
-esa arquitectura característica de decadencia, los árabes no tenían una
-sola idea que valiera el vigoroso y amplio ideal cristiano, susceptible
-de obscuridades transitorias, pero fecundo en su germen, próximo a
-renacer de su prolongado letargo de la Edad Media y a sacudir las
-cadenas del misticismo, para estallar soberbio en el _cinquecento_.
-
-Organizada para la más larga y dura guerra por la fe que registra la
-historia, la España era una entidad moral lógica y entera, armónica en
-todas sus manifestaciones. Todo en ella venía de Dios y todo volvía a
-Dios, desde las manifestaciones poéticas de sus más preclaros ingenios,
-hasta el brutal valor del soldado o el caballeresco arrojo del señor.
-Concebida la vida nacional como un culto perenne, en su seno no tenían
-cabida los que no participaban de ese ideal. En un estado análogo de
-opinión, todas las conquistas morales de la Reforma y la filosofía del
-siglo XVIII, habrían sido impotentes para evitar la expulsión de los
-heréticos. Jamás hubo en el mundo fanatismo más sincero; no era más
-ilustrada y consciente la fe de un fraile mendicante que la de Felipe
-II o la de su hijo. Felipe IV ve al francés posesionarse de Barcelona,
-el Portugal segregarse de su corona, los viejos tercios españoles
-aniquilados en Rocroy; pero su preocupación principal es la resistencia
-del papa en proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción de María.
-Abandona el gobierno en manos de Olivares o Haro, pero su Egeria
-política, social, religiosa, íntima, es una obscura monja perdida en un
-convento de Aragón, cuyo cuerpo macerado y espíritu exaltado le dan los
-caracteres que la época atribuía a la beatitud. Como era natural en una
-sociabilidad semejante, el arte nació bajo los auspicios de la religión.
-El ideal primero no fué la tradición ni se ayudó de la fantasía terrena;
-el arte bebió su inspiración en la fe, y si el campo fué restringido,
-ahí están las viejas catedrales góticas para atestiguar de qué manera se
-explotó. Como el sacerdote que cumple los ritos del culto, como el niño
-que en el coro eleva su voz argentina cantando las alabanzas del Señor,
-como el soldado que derriba moros en nombre de Dios, así el artista
-poniendo piedra sobre piedra, esculpiendo las sillas del coral o
-trazando en el lienzo las figuras de los bienaventurados, todo acto,
-toda manifestación intelectual tendía al mismo objeto. La vida nacional
-entera era una oración colosal.
-
-Luego el artista, llamado a interpretar iconográficamente los misterios
-del culto y los dogmas revelados, ¿no llenaba acaso una misión
-sacerdotal, abriendo, por su arte, el espíritu de los miserables y
-desheredados, a la comprensión de las cosas divinas? En esa aspiración
-constante del alma española hacia el cielo, el artista que reflejaba en
-sus telas las escenas de la vida futura o trazaba los cuadros más
-intensos de la Pasión, era para el clero un colaborador precioso. Así,
-desde que el duro batallar contra infieles termina con la conquista y
-que las primeras tentativas artísticas empiezan a producirse, se observa
-que nacen en el interior de los conventos, realizadas por obscuros
-frailes cuyo nombre ni aun ha conservado la historia. Figuraos un monje
-enterrado en un obscuro claustro americano, sin tradición, sin modelos,
-sin nociones prácticas del arte, luchando con la impotencia de sus
-medios para traducir las visiones de su alma. Tal debió ser la primitiva
-pintura española, vigorosa de expresión como todo lo que es sincero,
-pero de un tecnicismo infantil e ingenuo.
-
-Puede contarse entre los sucesos que mayor trascendencia han tenido en
-la historia de España, igual en consecuencias de importancia al
-descubrimiento de América o a la conquista de Granada, el enlace de la
-hija única de los Reyes Católicos, Doña Juana, a quien la historia
-vacila hoy en calificar de loca, con el archiduque de Austria, Felipe,
-llamado el Hermoso. El origen del príncipe y su aporte matrimonial,
-aquellos Países Bajos que tanta sangre y dinero costaron a España,
-arrancaron a ésta de su aislamiento secular. Impelida por el espíritu
-guerrero y los hábitos de aventura contraídos en la larga lucha, volvió
-su energía al exterior y es desde ese momento que vemos sus ejércitos
-recorrer la Europa entera, fundar y conquistar reinos, sus naves surcar
-los mares y sus famosos capitanes fijar nombres gloriosos en la memoria
-humana.
-
-Con Carlos V el espíritu europeo penetró en España, y el advenimiento
-del Emperador puede considerarse como el punto de partida de una nueva
-era. Hasta entonces España había sido un soldado, cuya vida recta y
-monótona está trazada de antemano. Combatir al infiel era toda su
-misión; de hoy en adelante, entra en la vida colectiva, necesita
-formarse una escuela política y ensayar las artes del gobierno para
-armonizarlas con sus dotes militares. Los grandes capitanes no le
-faltan: Gonzalo de Córdoba, Alba, Farnesio, Spínola, Villafranca. Sus
-políticos habrían estado a la altura de la situación, si la
-concentración del poder y la omnipotencia de la voluntad real en unos
-casos y en otros la privanza de favoritos ineptos, no hubiera ahogado su
-iniciativa. Si el famoso presidente La Gasca, cuya acción, desenvuelta
-en un mundo desconocido entonces, ha quedado en la historia borrada por
-la distancia, sin que no obstante sea fácil encontrarle un rival en
-habilidad, prudencia y perseverancia, si La Gasca, repito, hubiera
-estado al alcance de su soberano y bajo su constante e inmediata
-inspiración, la España habría perdido el Perú en el siglo XVI en vez del
-XIX.
-
-Pero todos los grandes señores que comandaban por el rey en el
-extranjero ejércitos o provincias, se habían ido iniciando lentamente,
-no sólo a los hábitos más cultos y costumbres más dulces que encontraban
-en los enemigos que combatían o en los pueblos que gobernaban, sino
-también tomando gusto por las cosas del arte. La imaginación meridional,
-fácilmente accesible a la impresión de la belleza y la fastuosidad
-tradicional del magnate español hicieron el resto. Carlos V, al recoger
-el pincel del Ticiano, fijó el rumbo, dió el ejemplo y facilitó,
-ennobleciéndolo, el movimiento artístico que alcanzó su apogeo en pleno
-siglo XVII.
-
-El momento no podía ser más propicio: los ejércitos españoles pasaban
-largos años en Italia, convulsionada aún por el Renacimiento, o en los
-Países Bajos, donde brillaba ya la vieja escuela flamenca, a la que,
-renovada, tan grandes días estaban reservados. Los nobles españoles que
-acompañaban a Carlos V formaban su gusto en las telas de Leonardo, que
-había revolucionado el arte, abriéndole surcos nuevos y fecundos, o en
-los mármoles del Buonarotti, y sea que entraran aclamados en la Ciudad
-Eterna, o por la brecha con Borbón, se presentaban por primera vez ante
-sus ojos las maravillas del arte antiguo. Existen rudas relaciones de
-soldados de aquella época que atestiguan la impresión producida por esos
-espectáculos inesperados. La inteligencia española no estaba aún
-preparada para penetrarse del espíritu del Renacimiento y las letras
-clásicas, puestas en boga por Petrarca y sus continuadores en el estudio
-de lo antiguo, dejaban fríos a aquellos hombres, que no concebían otro
-trabajo digno del espíritu que la teología. Pero las bellas artes tienen
-la incomparable ventaja de impresionar a los hombres de más opuestas
-tendencias morales, sin exigirles una preparación especial. No es
-necesario conocer y sentir a los griegos para extasiarse ante el dibujo
-de Miguel Angel o el color del Ticiano. La belleza habla por sí misma.
-
-Así, el desenvolvimiento de las bellas artes en España fué debido al
-impulso dado por la aristocracia. Los magnates más famosos por su cuna,
-sus hechos o su hacienda, cifraron la gloria de sus casas en acumular en
-ellas riquezas artísticas o tesoros de erudición, como el reunido en
-Guadalajara por la ilustre casa de Mendoza.
-
-El duque de Alba, el grande y duro guerrero de Flandes, el soberbio
-conquistador de Portugal, convirtió su casa de Alba de Tormes en un
-verdadero museo de obras de arte, que más tarde completó su hijo,
-ordenando a Granelo y Castello celebraran en lienzos las hazañas del
-padre. El gran capitán pasó los últimos años de su vida en la Abadía,
-antiguo castillo de Templarios, en Extremadura, creando sobre las
-riberas del Ambroy jardines que fueron famosos y dando hospitalidad a
-Lope de Vega, que escribió allí su _Arcadia_, en la que describía las
-magnificencias de la morada de su huésped ilustre.
-
-Por fin Sevilla, que fué el emporio de la riqueza y las artes españolas
-en el siglo XVII, teniendo el monopolio de las comunicaciones con
-América, por su Casa de Contratación, era el centro donde afluían
-infinidad de extranjeros, deseosos de iniciar negocios y cambios con
-aquellas fabulosas regiones americanas, de las que llegaba oro sin cesar
-y que la imaginación popular se figuraba como el tradicional Eldorado.
-Los italianos, holandeses y alemanes que llegaban a Sevilla, traían una
-educación más avanzada que los españoles y un gusto formado ya por las
-cosas del arte. Muchos de ellos, sea por el éxito de sus negocios, sea
-por la razón eterna que persiste aún en el día a fijar en aquel suelo a
-muchos de los que llegan con ánimo transitorio, la belleza de la tierra,
-la pureza de la atmósfera y la suavidad del clima, concluían por formar
-allí su hogar y adornarlo con los nacientes productos del arte español.
-Su buen gusto contribuyó en mucho a modificar el carácter de la pintura
-sevillana, grosera hasta entonces, sin más clientela que el populacho
-ininteligente de las ferias. Sus relaciones de los grandes maestros
-extranjeros, de la sabiduría de sus composiciones, de la corrección de
-sus dibujos y de la armonía de su color, fueron modificando poco a poco
-la tendencia dominante, cuyo último representante puede decirse que fué
-Herrera el Viejo, pintando enormes lienzos con brocha gorda y a
-distancia, verdadera escenografía, absurda fuera de su aplicación
-natural. Las iglesias y catedrales de América, especialmente de Méjico y
-el Perú, únicas regiones que atraían entonces la atención de España,
-deben estar aún llenas de cuadros de esa época. Aun se han de encontrar
-algunos retratos de Sánchez Coello y de Pantoja y no pocas escenas
-religiosas de los Herreras, Pacheco, etc. Muchas de esas riquezas se
-habrán perdido y entre ellas tal vez aquellos cuadros que pintó Murillo
-a la carrera, dividiendo un gran lienzo en compartimentos iguales,
-llenándolos con su furia vertiginosa y vendiéndolos a mercaderes
-americanos, para con su importe trasladarse a la corte a perfeccionarse
-en el arte del que más tarde fué una gloria.
-
-Bajo el punto de vista artístico, a nadie debe la España más que a dos
-hombres que para su felicidad y grandeza nunca debieron existir: Felipe
-IV y su favorito el conde-duque de Olivares. Esos dos políticos ineptos,
-negligente el primero hasta la culpa, ciego y soberbio el segundo hasta
-el crimen, parecieron concentrar sus facultades todas de inteligencia y
-de buen gusto en fomentar el desarrollo magnífico que el arte español
-tomó bajo su impulso ilustrado, favorecido por una explosión de hombres
-admirables, grupo estupendo que la Europa no había visto desde los días
-del Renacimiento. Como en el reinado anterior las letras, bajo Felipe IV
-brilló la pintura española de una manera incomparable. A Cervantes, Lope
-de Vega, Góngora, etc., sucedieron en el cielo intelectual de España,
-Velázquez, Murillo, Alonso Cano, Ribera y tantos otros que hicieron para
-la fama artística de su patria lo que sus grandes capitanes habían hecho
-para su gloria militar.
-
-Son esos grandes artistas, son sus obras inimitables y, en los dos
-primeros, la altura moral de su vida, los únicos motivos de consuelo que
-encuentra el espíritu al recorrer la tristísima historia de España en
-esa época, y al contemplar, con la melancolía que inspiran las grandes
-desventuras, esa caída de un imperio colosal, levantado por el esfuerzo
-de hombres cuya sangre fué la misma que corre en nuestras venas.
-
-Entre todos los grandes artistas españoles, el más personal, aquel cuyo
-genio propio brilla más vigoroso, fué Velázquez. Esa personalidad
-poderosa, tan rara en la historia del arte que sólo pueden citarse dos o
-tres ejemplos, no lo fué sólo en la manera o el estilo, sino en algo más
-profundo y decisivo, en la concepción misma del arte y en la liberación
-audaz de la tradición de la pintura española. Puede decirse que
-Velázquez, el católico sincero, el pintor de cámara de Felipe IV y su
-Aposentador Mayor, procede más de la Reforma que del Renacimiento. El
-Renacimiento emancipó la imaginación, pero la Reforma emancipó el
-pensamiento. Jamás ningún hombre que haya manejado un pincel ha pintado
-con mayor libertad de espíritu que Velázquez. Uno de los primeros y con
-una intuición genial, comprendió el límite que la esencia misma de las
-bellas artes asignaba a cada una. En pintura fué un librepensador y si
-la actividad de su espíritu le hubiera empujado por otra senda, mal se
-habrían avenido sus doctrinas con las de la Santa Inquisición.
-
-Su maestro primero, constante y único, no fué el brutal Herrera ni el
-afectuoso Pacheco, no fué aun el divino Buonarotti, cuyos frescos
-copiaba reverente un día en la capilla Sixtina: fué la naturaleza, a la
-que pidió todos sus secretos, y que generosa le confió más que a ningún
-otro mortal. No comprendió ni podía comprender a Rafael, que "se servía
-de las ideas que pasaban por su mente". Para él la forma, el color y la
-expresión no estaban en el mundo imaginario, sino en las cosas reales y
-los organismos vivos. Las vírgenes convencionales, los querubes soñados,
-revoloteando entre nubes tenues y transparentes, los éxtasis de
-beatitud, el campo ideal de las deliciosas fantasías de su amigo el
-poeta andaluz de las Concepciones, no le decían nada, porque no los veía
-y la sinceridad de su arte le exigía la verdad. Velázquez llevó a cabo
-en pintura la misma revolución que Kant hizo triunfar dos siglos más
-tarde en filosofía. Como el solitario de Koenigsberg que cierra los
-cielos a la fantasía humana y la invita a buscar el reposo, limitándose
-a la ya vasta órbita de las cosas creadas, Velázquez cree que el mundo
-visible contiene en su seno inagotable bellezas de forma y expresión
-bastantes para nutrir y levantar el arte a su más alta manifestación. Es
-el gran naturalista de la historia del arte, es el precursor y el
-dechado de la escuela. Para reaccionar no necesitó las brutalidades de
-Caravaggio ni los horrores a que llegó Ribera siguiendo su senda. Ha
-concebido, extrayendo del más vulgar objeto que se ofrece a su vista, el
-tesoro de expresión en él escondido, y pinta: la tela es un asombro, una
-maravilla, Mengs se detiene y dice: "Esto no está hecho con el pincel,
-sino con el pensamiento"; pero, con todo, no es más que el reflejo de la
-verdad. Así debió ser Felipe IV, así el Bobo de Coria, y si alguna vez
-hubo en el mundo un Aquiles, su retrato es ese soldadote vulgar.
-
-Un día vagando como de costumbre en el Museo del Prado, me detuve largo
-rato delante de la "Fragua de Vulcano", de Velázquez. Ninguna de sus
-telas es, en mi opinión, más propia para estudiar el estilo del maestro
-y revelar las debilidades de su pincel cuando salía de la esfera trazada
-por su concepción general. ¿De dónde proviene que, al lado de aquellas
-admirables figuras de sus herreros, maravillas eternas que el artista
-estudiará mientras persista el color sobre el lienzo, desfallezca de tal
-manera el Apolo que trae la ingrata nueva? ¿Cómo puede explicarse ese
-_specimen_ de convencionalismo, esa insipidez de expresión en un cuadro
-donde el vigor, la verdad y la fuerza han sido llevadas a donde sólo
-alcanzó Miguel Angel con el cincel y Shakespeare con la pluma?
-
-La vida de Velázquez y la histórica de esa tela me dieron la solución.
-El cuadro fué pintado en Italia, durante el primer viaje del maestro, y
-el Apolo fué una concesión a la escuela dominante, la única tal vez que
-Velázquez hizo al convencionalismo, que debía producir el amaneramiento
-mediocre de los Carlo Dolci, Guido Reni y tantos otros.
-
-De ahí surgió en mi espíritu la idea de seguir a Velázquez en sus
-viajes, de estudiar la influencia producida en él por la atmósfera
-artística de Italia, acompañarle a Venecia, Boloña, Roma, Nápoles y
-observar las impresiones de esa alma soberana ante las manifestaciones
-del viejo arte clásico, cuyos restos veía por primera vez, y las del
-Renacimiento, que tan poco le dirían.
-
-Ese fué el origen de este libro[10].
-
- 1887.
-
- [10] Ese libro, para el que había reunido abundantes elementos, no
- ha sido escrito; cuando pienso en el placer que habría sentido en
- vivir un año en compañía de Velázquez, en la Italia del siglo XVII,
- siento un verdadero pesar por haber dejado de mano ese trabajo.
-
- Otra pluma más autorizada que la mía lo ha llevado posteriormente a
- cabo con brillo; me refiero a la obra del profesor Karl Justi, cuyo
- libro "Velázquez y su tiempo" es lo mejor que se ha escrito sobre
- el príncipe de los pintores.--=M. C.=
-
-
-
-
-La cuestión del idioma
-
-
-I
-
-Las primeras impresiones positivamente desagradables que sentí respecto
-a la manera con que hablamos y escribimos nuestra lengua, fué cuando las
-exigencias de mi carrera me llevaron a habitar, en el extranjero, países
-donde también impera el idioma castellano. Hasta entonces, como supongo
-pasa hoy mismo a la mayoría de los argentinos, aun en su parte
-ilustrada, sentía en mí, al par de la natural e instintiva simpatía por
-la España (y al hablar así me refiero a los que tenemos sangre española
-en las venas) cierta repulsión a acatar sumisamente las reglas y
-prescripciones del buen decir, establecidas por autoridades
-peninsulares. Era algo, también instintivo, como la defensa de la
-libertad absoluta de nuestro pensamiento, como el complemento necesario
-de nuestra independencia. Eso nos ha llevado hasta denominar, en
-nuestros programas oficiales, "curso de idioma nacional" a aquel en que
-se enseña la lengua castellana. Tanto valdría nacionalizar el
-catolicismo, porque es la religión que sostiene el estado, o
-argentinizar las matemáticas, porque ellas se enseñan en las facultades
-nacionales.
-
-A mi juicio el estado de ánimo, por lo menos de la generación a que
-pertenezco, respecto a esa cuestión, provenía principalmente de la
-educación intelectual, recibida casi exclusivamente en libros franceses
-y en el gusto persistente y legítimo por la literatura de ese país, que
-por su criterio, su novedad y la potencia de sus escritores, estaba
-entonces muy arriba de la contemporánea española. Empleado el tiempo de
-la lectura, bien corto en nuestra agitada vida política, en leer
-novelas, versos y libros de historia en francés, alejados con horror de
-las publicaciones hebdomadarias de la prensa española, raro era aquel de
-entre nosotros que conociera pasablemente el siglo de oro de la
-literatura española y que poseyera la colección de Rivadeneira más que
-como un simple adorno de su biblioteca, a la manera con que figuran hoy
-la "Historia Universal" de Cantú o la "Historia de la Humanidad" de
-Laurent, venerables monumentos que dan lustre y peso a los estantes,
-amén de la consideración, _bona fide_, que recae sobre sus propietarios.
-Por mí sé decir que fué bien entradito en años que leí a Solís, a Melo,
-a Quintana y a otros de los maestros que nos presentan el cuadro
-incomparable de nuestra lengua, bien manejada, apta y flexible para
-todo, a pesar de las deficiencias que le encontraba aquel buen señor de
-Ochoa, que declaraba haber pasado días enteros para verter una página de
-la _Mariana_ de Sandeau, tan sutil era el tejido de los análisis
-psicológicos del escritor francés. Echar la culpa a la lengua en esos
-casos, vale romper los pinceles con los que no se alcanza a producir una
-obra maestra.
-
-Era, pues, esa y lo es todavía, la causa principal de nuestro abandono.
-Luego, las exigencias de la Academia Española, la pobreza de su
-autoridad, la sonrisa universal que han suscitado algunas de sus
-ingenuidades, el mandarinismo estrecho de sus preceptos, fueron y han
-sido parte no exigua a mantener vivo el espíritu de oposición en las
-comarcas americanas. Don Juan María Gutiérrez, mi maestro y amigo de
-ilustre memoria, fué el representante más autorizado de ese espíritu, en
-lo que a la Argentina toca. El planteó la cuestión en su verdadero
-terreno: la lengua española, una e indivisible, bien común de todos los
-que la hablan y no petrificada e inmóvil, patrimonio exclusivo, no ya de
-una nación, sino de una autoridad. Nadie tal vez, en nuestro país, ha
-escrito el castellano con mayor pureza como nadie ha defendido las
-prerrogativas de una sociedad culta a mejorar, enriquecer el lenguaje,
-adaptándolo a todas las necesidades del progreso científico y del
-desenvolvimiento intelectual. Prefería don Juan María las formas
-arcaicas conservadas por los levantinos de raza española, como un
-piadoso recuerdo de sus mayores inicuamente expulsados por Felipe III, a
-la jerigonza estrecha y purista que pretendía implantar la Academia, sin
-dar oídas a las exigencias naturales de este inmenso depósito de sangre
-española, que se llama la América, y que es la verdadera esperanza de
-gloria en el porvenir de la raza.
-
-La acción del Dr. Gutiérrez ha sido generalmente mal entendida; gentes
-hay que piensan de buena fe que sus preceptos llegaban hasta sancionar
-los barbarismos y galicismos de que nuestro lenguaje escrito y hablado
-rebosa y que los argentinos debíamos regirnos por la gramática del
-_vení, vos y tomá_. Nada más lejos de su pensamiento; pedía, sí, y en
-eso aunaba su esfuerzo al de todos los americanos competentes que se han
-ocupado de la cuestión, que la lengua que hablamos no considerara como
-espurios aquellos aportes que los vigorosos rastros de los idiomas
-indígenas y las necesidades o diversos aspectos de la vida esencialmente
-americana, traían para bien y comodidad de todos. ¿Por qué el
-castellano formado por las diversas capas del fenicio, el céltico, el
-latino (con sos raíces indoeuropeas), el árabe, etc., habría de repudiar
-voces guaraníes o quichuas, que simplificaban la dicción evitando
-perífrasis y rodeos? ¡Cuántas veces, en España, ante esos letreros de
-"casa de vacas" que se ven en todas partes, pensaba en nuestro _tambo_,
-tan neto y expresivo! ¡Cuántas voces, por otra parte, florecientes y
-usuales en el siglo XIV y precisamente de aquellas que más caracterizan
-nuestra lengua, están hoy relegadas por la Academia en ese enorme
-armatoste de "anticuadas" que revienta ya, mientras en los países
-americanos conservan toda su eficacia y su verdad!
-
-La cuestión no es, pues, hacer de la lengua un mar congelado; la
-cuestión está en mantenerla pura en sus fundamentos y al enriquecerla
-con elementos nuevos y vigorosos, fundir a éstos en la masa común y
-someterlos a las buenas reglas, que no sólo son base de estabilidad,
-sino condición esencial para hacer posible el progreso.
-
-El Dr. Gutiérrez predicaba con el ejemplo; le reputo el más puro y
-castizo de nuestros escritores de nota. Sarmiento era demasiado
-impetuoso para mantener una corrección inalterable y si bien algunas de
-sus páginas tienen el exquisito sabor del fuerte y viejo castellano, al
-dar vuelta la hoja nos encontramos con verbos estrujados, sintaxis de
-fantasía, construcciones propias, genuinas, como si la originalidad de
-las ideas exigiera igual carácter a la manera de expresarlas. El general
-Mitre ha leído mucho, en muchos idiomas, y la influencia de esas
-lecturas se ve con frecuencia; en los últimos tiempos, apurado por un
-trabajo de poderoso aliento, ha tenido que ensanchar su vocabulario,
-buscando en la historia de nuestra lengua ricos elementos olvidados,
-cuyo empleo le ha permitido, si bien a costa de cierta impresión de
-extrañeza en el lector, traducir la Divina Comedia con una paciencia de
-benedictino y una veneración de sectario...
-
-
-II
-
-Al recorrer el nuevo libro del Sr. Abeille, "El idioma nacional de los
-argentinos", recordé que entre mis viejos papeles debía haber algunas
-carillas sobre la materia, escritas hace ya varios años. Son las que
-acaban de leerse y en las que, a la verdad, encuentro tan exactamente
-reflejada mi opinión actual, que en nada las he modificado.
-
-El Sr. Abeille es un filólogo distinguido, aunque hasta los profanos,
-como yo, echan de ver, desde luego, que su erudición, si bien fresca y
-moderna, no se ha formado en las fuentes originales y primitivas. Sabe
-muy bien lo que hombres como Darmesteter, Bréal, Paris, Havet,
-Schleiger, Weil y otros han escrito sobre la historia anatómica del
-lenguaje; pero no he notado en su libro rasgos que revelen un
-conocimiento directo de Bopp, Diez, Dozy, Engelmann, Pott, etc. No es
-esta una crítica que, por cierto, poca autoridad tendría viniendo de
-quien, mucho menos que el Sr. Abeille, ha llevado sus curioseos
-lingüísticos a esas profundidades. Pero creo poder atribuir los extremos
-a que llega el Sr. Abeille en el desenvolvimiento de su tesis, a las
-audacias atrayentes y licencias extraordinarias que con la filología se
-han permitido los modernos escritores franceses. Y para terminar con
-este punto, señalo también el desconocimiento de un libro verdaderamente
-admirable y que, para el completo esclarecimiento del tema abordado por
-el señor Abeille, era fundamental; me refiero a las "Apuntaciones
-críticas sobre el lenguaje bogotano" de Rufino José Cuervo, libro que,
-en ocho años (1876-1884) tuvo cuatro ediciones y que mereció al autor,
-de parte de los más eminentes filólogos de Europa, homenajes de real
-admiración. Si el Sr. Abeille ha leído ya ese libro, necesita releerlo,
-porque él le dará la nota exacta y prudente en la manera de tratar esta
-cuestión.
-
-Indudablemente, si las lenguas, sin abandonar el terruño, se transforman
-hasta el punto de que tal vez Corbulón no habría entendido las voces de
-mando de Escipión o Paulo Emilio, ¿cuánto mayor no será ese cambio si
-ellas reviven en países lejanos al de su origen, bajo diverso ambiente,
-sirviendo de vehículo a nuevas ideas, expuestas a todos los ataques de
-los idiomas encontrados en el suelo conquistado, amén de los que de
-afuera vienen, también ellos, en son de conquista? Pretender, pues,
-fijar un idioma es tan absurdo, que cuando se consigue, no ya el hecho
-en sí mismo, lo que es imposible, sino la admisión de la idea como un
-postulado colectivo, se llega a una verdadera deformación por el
-estancamiento del espíritu nacional. Es el caso de la China: la lengua
-que hoy se habla en el imperio del Medio se parece tanto a la que allí
-se hablaba cuando Fidias esculpía en Atenas, como la de Pericles a la
-que hoy habla el rey Jorge de Grecia. La diferencia está en que mientras
-el idioma de Pericles, nacido como todas las lenguas humanas del
-monosilabismo, había llegado a su perfección, el chino, inmóvil en su
-forma, si bien variable en su fonética, era tan monosilábico, tan
-primitivo, tan "celular", como dice muy bien el Sr. Abeille, entonces
-como hoy.
-
-¿Puede nadie pretender que el castellano se petrifique de esa suerte?
-¿Puede el purista más empecinado e inflexible pretender luchar contra
-las mil influencias que han de determinar las modificaciones regionales
-que la lengua española sufrirá en América, como las ha sufrido ya en las
-mismas provincias peninsulares? ¿Es acaso sensato oponerse a los
-neologismos necesitados por los progresos de las ciencias y las artes o
-la adopción de nuevos usos, y si hoy, como dice Cuervo, "no hacemos
-melindres a voces astrológicas como _sino_, _estrella_, _desastre_,
-_desastrado_, _jovial_, _saturnino_, ¿por qué hemos de negar a nuestros
-contemporáneos el empleo oportuno de términos o imágenes suministrados
-por las ciencias modernas, cuando más si se considera su mayor
-vulgarización con respecto a los siglos pasados?"
-
-Lo que sí se puede y se debe sostener, es que todos los aportes, los
-enriquecimientos, las adquisiciones por conquista, cambio, compra,
-violencia y todo otro modo de adueñarse de lo ajeno, se sometan a las
-reglas generales por las cuales se rige la comunidad. Si el quichua nos
-trae _charqui_ y en el acto formamos el verbo _charquear_, conjuguémoslo
-según lo enseña la gramática castellana y no otra. Si en virtud de esos
-fenómenos de derivación que tan bien estudia el Sr. Abeille, de _cardo_
-sacamos el lindo y expresivo _cardal_, de _bellaco_, _bellaquear_, o de
-_baquía_, _baqueano_, añadamos sencillamente esas palabras a nuestro
-léxico propio, como todos los otros países americanos añadirán a los
-suyos las que formen por el mismo procedimiento--y hagámoslo con la
-seguridad de que al hacerlo en nada adulteramos los principios
-fundamentales de nuestra lengua que no es "el idioma de los argentinos",
-ni el "idioma nacional", sino simplemente y puramente el castellano.
-
-El Sr. Abeille, que es un entusiasta de nuestra tierra (uno no puede
-menos que conmoverse al verle entonar el himno nacional a propósito de
-lingüística) tiene tal debilidad complaciente con la que hablamos y que
-él rotula "idioma nacional de los argentinos", que llega hasta
-justificar los cambios sintácticos que hemos introducido en el español,
-sosteniendo que "el uso de algunos de ellos es realmente criticable en
-una lengua fijada", pero que ese uso "debe favorecerse en una lengua en
-evolución como la nuestra".
-
-Me parece ver ijadear al Sr. Abeille en su esfuerzo para defender
-nuestro "_bajo_ el punto de vista", contra "_del_ punto de vista"
-español. Trae un ejemplo y una explicación al respecto que entretienen
-bastante. Nunca le hemos de aceptar al Sr. Abeille que se diga, cuando
-se empleen palabras españolas, "me ha encargado _de_ decirle" en vez de
-"me ha encargado decirle", porque, aunque un niño esté en formación, no
-hay por que habituarle a andar con las rodillas y no con los pies, que
-es lo natural, lo sano y lo útil, sin contar con que es esa la única
-manera (como en el idioma) que permite al cuerpo desplegar su esbeltez y
-su elegancia.
-
-Entre las excursiones etimológicas que hace el Sr. Abeille--que son
-frecuentes, agradables y generalmente fructuosas--hay algunas que me han
-dejado pensativo, precisamente porque se refieren a voces que han echado
-raíces en nuestro suelo, sin que se sepa de dónde vino la semilla
-primitiva. Una de ellas es _atorrante_. Esta palabra, puedo asegurarle
-al Sr. Abeille, es de introducción relativamente reciente en el "idioma
-nacional de los argentinos". Después de haber vivido más de un cuarto de
-siglo la oí por primera vez en mi tierra, allá por el año 1884, de
-regreso de Europa, donde había pasado algunos años. Y no es que hubiera
-vivido en mi país entre académicos y prosistas, pues hasta cronista de
-policía substituto había sido en la vieja _Tribuna_.
-
-Pregunté qué significaba _atorrante_ y de dónde venía. Se me hizo la
-descripción del _gueux_, del vagabundo, del _chemineux_, y se me dijo
-entonces (no hay lomo como el de la etimología para soportar carga) que
-el vocablo tomaba origen en el hecho de que los individuos del noble
-gremio así denominado dormían en los caños enormes que obstruían
-entonces nuestras calles, llamados de _tormenta_. De ahí _atorrante_.
-Aunque sin forma clásica, esa etimología me trajo a la memoria la que da
-el maestro Alejo de Venegas, citado por Cuervo, de la voz _alquilar_.
-
-"_Alquilar_ se compone de _alius qui illam habet_, que es _otro que la
-habita_, conviene a saber, la casa ajena". (!)
-
-El Sr. Abeille es más científico; pero lo que hay que admirar más, es la
-agilidad maravillosa que despliega para extraer del verbo latino
-_torrere_, que significa secar, tostar, quemar, incendiar, inflamar, el
-vocablo _atorrante_, _el que se hiela_, según él, porque Varro emplea el
-verbo citado en el sentido de quemar, hablando del frío. Yo consentiría
-gustoso, porque estoy curado de espanto en esa materia; pero desearía
-saber cómo--y poco más o menos cuándo--se ha colado ese _torrere_ en
-nuestro país, y por qué causa ha hecho su evolución tan rápida, pues lo
-repito, y apelo a la memoria de todos los hombres de mi edad, hace
-veinte años, no era generalmente conocida la palabra "atorrante".
-
-Hubiera deseado que el Sr. Abeille, con su segura información, nos
-hubiera dicho algo sobre el delicioso _guarango_ de nuestro "idioma
-nacional", que si viene realmente de dos palabras quichuas que
-significan _varios colores_, es un hallazgo genial del pueblo--y del
-odioso _macana_, que no se acierta a comprender como ha venido a
-significar _disparate_, _despropósito_, de su acepción primitiva y
-aceptada, aun en España, de "arma contundente usada por los indios". Y
-llegando a las profundidades del "idioma nacional de los argentinos",
-anda por ahí un famoso _titeo_, muy campante, que amenazando de desalojo
-al castizo _bochinche_, ha invadido ya los dominios de la _burla_ y de
-la _broma_, sin que sepamos aún qué derechos tiene, semánticamente
-hablando, para conducirse así.
-
-
-III
-
-La circunstancia especial de ser este un país de inmigración, hace más
-peligrosa la doctrina que informa el libro del Sr. Abeille y más
-necesaria su categórica condenación. Sólo los países de buena habla
-tienen buena literatura y buena literatura significa cultura, progreso,
-civilización. Pretender que el idioma futuro de esta tierra, si
-admitimos las teorías del Sr. Abeille y salimos de las rutas
-gramaticales del castellano, idioma que se formará, sobre una base de
-español, con mucho italiano, un poco de francés, una migaja de quichua,
-una narigada de guaraní, amén de una sintaxis _toba_, tiene un gran
-porvenir, es lo mismo que augurar los destinos del griego o del latín a
-la jerga que hablan los chinos de la costa o la jerigonza de los
-levantinos, verdadero volapuk sin reglas, creado por las necesidades del
-comercio. Paréceme que si el Sr. Abeille, a más de tener todo el cariño
-que muestra por esta tierra y que creemos sincero, fuera hijo de ella,
-sentiría en el alma algo instintivo, que le enderezaría el razonamiento
-en esta materia.
-
-Y ahora me voy a releer la muerte de Marco Aurelio, de Renán, el
-discurso sobre la nobleza de las armas, de Cervantes, la pintura de
-Inglaterra al terminar el siglo XVII, de Macaulay o los coros del
-Adelghi, de Manzoni, para en seguida pedir al cielo conserve en nuestro
-suelo la pureza de la noble lengua que hablamos, a fin de que algún día,
-si no nosotros, nuestros hijos, puedan leer, de autores nacionales,
-páginas como aquéllas.
-
- 1900.
-
-
-
-
-EN LA TIERRA
-
-
-
-
-Tucumana
-
-
-La hacienda del "Arrayán" dista de Tucumán poco más de doce leguas, esto
-es, unas buenas diez horas de marcha. Al abandonar el valle es necesario
-acudir a la mula o al caballo habituado a la montaña. Así se asciende
-lentamente, se cruzan los cuadros más bellos que pueden contemplarse en
-suelo argentino; cuadros cuyo aspecto va cambiando de carácter a medida
-que los caprichos de la ruta conducen a una garganta de la que, más que
-verse, se adivina el fondo, o llevan a una cúspide desde la cual se
-abarca un paisaje dilatado. Jamás la nieve cubrió esos montes, vírgenes
-del helado abrigo bajo el cual se cobija la tierra en los duros climas
-del Norte. La Naturaleza desnuda, siempre alegre, viviendo sin cesar,
-arroja en todas las formas su savia desbordante. A veces cuando el sol
-vibra sobre ella con tal intensidad que el suelo se entreabre, la acción
-generosa de los bosques que cubren los cerros como un manto real,
-acumula las nubes y prepara la lluvia, que empieza en largas y anchas
-gotas, se acelera, se enardece con el estruendo del trueno, se hace
-frenética, cae a torrentes, amenaza, va a herir... y se disuelve en una
-sonrisa de verano. El que no conoce esas fantasías del trópico no puede
-darse cuenta de la vida intensa y expresiva de la naturaleza...
-
-El "Arrayán", propiedad de don Juan Andrés Segovia, ocupaba un extenso y
-lujoso valle completamente rodeado por colinas de poca elevación que lo
-defendían como una cadena de baluartes. Bien patrimonial, había quedado
-abandonado hasta 1860, a la merced de todo el que quería llevar allí su
-rebaño vagabundo. Sólo cuando la nacionalidad se constituyó y que la paz
-hizo nacer la esperanza, en ese momento digno de estudio en nuestro
-país, cuando el pueblo argentino, como al despertar de un largo sueño,
-empezó a palparse, a darse cuenta de las necesidades de la vida y a
-estudiar los recursos de nuestro suelo admirable, sólo entonces Segovia,
-uno de los precursores en su provincia de la implantación de la
-industria que debía hacer su riqueza, comprendió el inmenso valor del
-"Arrayán" y ensayó un pequeño plantío de caña de azúcar. Poco a poco el
-campo del arado se extendió y la tierra, atónita de recibir semilla de
-mano del hombre, gozosa de la aventura, rindió opulenta el préstamo
-parsimonioso.
-
-Al rancho de paja sucedió bien pronto una habitación _de material_, que
-cinco años más tarde cedió el sitio no a un palacio, sino a uno de
-aquellos vastos y cómodos edificios, sin arte ni belleza, pero que el
-instinto del hombre más ignorante sabe construir, de acuerdo con las
-exigencias del clima. Sobre una pequeña altura, una masa cuadrada,
-flanqueada por anchos corredores y en el centro un patio enorme,
-cubierto de naranjales, limoneros, palmeras, arrayanes y laureles rosa.
-
-Del mismo modo, el viejo trapiche primitivo había desaparecido ante la
-enorme maquinaria moderna, esa maravilla de mecánica que toma el verde
-tronco de la caña y lanzando el jugo que le extrae a su peregrinación
-fantástica, lo transforma en oro.
-
-El ingenio propiamente dicho, se levantaba a trescientos metros de la
-habitación--y a su pie, una pequeña aldea se había formado, con sus
-casitas limpias, cuidadas, rodeadas de árboles y flores, morada de los
-ingenieros y empleados extranjeros y sus ranchos casi abiertos, hogar
-transitorio del criollo. En el centro, una pequeña iglesia levantaba su
-campanario blanco, frente a la escuela modesta. Los dos edificios
-parecían mirarse con cariño en su humildad recíproca; la una exigía una
-fe serena y tranquila y la ciencia que en la otra se enseñaba era bien
-tímida para levantar la cabeza. Los peones miraban con envidia a sus
-hijos ir a la escuela y pasaban largas horas de la tarde, al concluir
-las faenas, haciéndose enseñar los insondables misterios del alfabeto
-por los niños encantados de lucir su ciencia ante sus padres.
-
-Segovia tenía predilección por su hacienda del Arrayán; no sólo era la
-base principal de su fortuna, sino que encontraba dulce la vida allí,
-rodeado de su familia y entregada el alma a esa profunda satisfacción
-moral que da la conciencia de ocupar útilmente el tiempo. Parecía que al
-descender al valle, todas las contrariedades volaban de su espíritu para
-dar lugar a un contento sereno e igual. El día de su llegada era caro;
-todos los necesitados, todos los que se habían comido anticipadamente el
-beneficio de la estación, todos los que se habían visto cortar el
-crédito por el implacable pulpero, acudían a él y rara vez volvían
-descontentos. Lo que le había costado más implantar, era el régimen
-moral. A medida que su hija Clara crecía, Segovia comprendía los
-inconvenientes de aquel estado social perfectamente primitivo, en el que
-las teorías más avanzadas del _free love_ americano habían recibido una
-vigorosa aplicación inconsciente. Rara era la pareja que había pasado
-por otro altar que el de la naturaleza antes de consumar su unión.
-Segovia constataba que los resultados podían luchar con éxito con los
-productos más canónicos de las sociedades cultas y que esos muchachos
-rollizos y vigorosos, concebidos al azar de una noche de verano, bajo un
-cielo estrellado y la callada protección de un naranjo dormido, nada
-tenían que envidiar al pillete lívido de las ciudades, venido al mundo
-con un pertrecho completo de sacramentos y actos oficiales. En tanto que
-Clara fué pequeña, Segovia sostuvo impávido su teoría contra los
-enérgicos asaltos de su hermana, devota combatiente, y los más flojos de
-su mujer; pero más tarde comprendió que debía ceder y cedió. Fué
-entonces que se levantó la capilla y que la aldea del Arrayán presenció
-respetuosa la entrada solemne del señor don Isidoro, nombrado capellán
-del establecimiento y encargado de poner un poco de orden en aquel
-pequeño mundo que hasta entonces había crecido bajo la mirada directa
-del Señor, sin intervención de su santa iglesia.
-
-Era don Isidoro un mocetón de veintiséis o veintiocho años, bien
-plantado, alto, robusto y hecho a torno. Visto de espaldas, parecía un
-granadero disfrazado, un hombre de acción y de pasiones. De frente, el
-problema se resolvía: jamás una cara más plácida, dulce, naturalmente
-tranquila y alegre, había reflejado un alma más alejada de las
-concepciones turbadoras de la vida. Inocente a veces hasta el exceso, se
-salvaba siempre no sólo de las dificultades, sino del ridículo mismo,
-por su bondad profunda y sana. Era español; muy niño, vino con Su
-humilde familia a Buenos Aires, se educó en el seminario y más tarde fué
-familiar de un prelado que le tomó cariño, le dió las órdenes y trató de
-ayudarle. Segovia le conoció en uno de sus viajes, rió un poco de su
-inocencia, le intrigó ese rarísimo fenómeno de perfecta pureza y
-concluyó por llevársele a Tucumán. Al mes de vida íntima le trataba con
-afección paternal; pero jamás pudo privarse de la clásica broma que
-hacía poner rojo a don Isidoro y que consistía invariablemente en
-empezar por mirarle, analizar sus formas atléticas, suspirar y lanzar su
-eterno "¡Qué lástima!" Don Isidoro se ruborizaba, murmuraba un "Señor
-don Juan Andrés!..." y sonreía incómodo. Lo que daba lástima a Segovia,
-era el desperdicio de un hombrón semejante, que habría hecho tan feliz a
-una mujer y dado tan vigorosa prole.
-
-Lo que don Isidoro casó y bautizó en los primeros tiempos, no está
-escrito. Al principio quiso hacer una amonestación por separado a cada
-pareja; pero eran tantas, que al fin resolvió casar de 10 a 12 a. m. y
-luego proclamar por secciones de veinte. Aunque don Isidoro tenía su
-casita junto a la capilla, comía siempre en la mesa de Segovia durante
-la permanencia de éste en la hacienda. A más de él, había dos comensales
-invariables: el ingeniero principal, Mr. Barclay, un americano que había
-pasado casi toda su vida en la Habana y que un mal azar de fortuna
-arrojó al Plata. Tenía 50 años sonados, era silencioso, trabajador y no
-se le conocían sino dos pasiones: la música y Clara, o más bien sólo la
-primera, que para él se encarnaba en la segunda. Luego don Benito
-Morreón, español, maestro de primeras letras, soltero, de cuarenta años,
-rubio, descolorido, con anteojos, apasionado por la filología, pero sin
-hablar jota de francés, ni de alemán, ni de inglés, ni de nada, en una
-palabra, aunque hacía diez años, según afirmaba, que se había entregado
-al estudio de los idiomas eslavos, para empezar por lo más difícil. Su
-sistema consistía en llevar un libro enorme en el que copiaba, junto a
-la voz española, la correspondiente en bohemio, en croata, en serbio,
-en rutheno, o en ruso, echando el alma en la transcripción de los
-caracteres gráficos de cada idioma, sin avanzar jamás en su
-conocimiento. El sueño de don Benito era llegar a tener discípulos
-capaces de comprender el curso de _bello ideal_, como llamaba a la
-literatura, curso que pretendía dar, así que su pan intelectual hubiera
-fortificado el espíritu de sus educandos. Pero éstos, tan pronto como
-sabían leer, escribir y contar, tomaban el machete y se iban a cortar
-caña. Don Benito presentaba sus quejas a Segovia, quien le demostraba
-pacientemente que un peón no debe jamás tener una educación superior a
-su posición en el mundo. D. Benito no se desanimaba y esperaba con calma
-la explosión de un genio entre los chinitos descalzos que poblaban su
-escuela. Católico ferviente, ayudaba invariablemente la misa de don
-Isidoro, con quien mantenía excelentes relaciones.
-
-Luego venía Toribio, el hombre de confianza de Segovia, capataz del
-establecimiento en su ausencia, pero sin jurisdicción sobre Barclay, rey
-y señor allá en sus máquinas. Toribio no comía en la mesa; peón había
-sido, peón había quedado. Decía a Clara "niña Clarita", amansaba él
-mismo los caballos destinados a su silla, se sacaba el sombrero delante
-de don Isidoro o don Benito y trataba a los peones como amigos, lo que
-no impedía que de tiempo en tiempo demoliera uno o dos de un puñetazo.
-La hacienda, durante las faenas, contaba más de doscientos hombres entre
-los cortadores de caña y los adscriptos a las máquinas, con otras tantas
-mujeres y un sinnúmero de chiquillos. Manejar todo ese mundo no era cosa
-sencilla y se necesitaba, a más de los puños de Toribio, su aureola de
-soldado valeroso, como lo atestiguaban las medallas que lucía su pecho,
-en las grandes fiestas de iglesia.
-
-Como Segovia, su mujer y Clara amaban la hacienda. No sólo encontraban
-allí una vida de paz y tranquilidad, sino también aquel secreto halago
-que tan profundamente han de haber sentido nuestros padres y que para
-nosotros se ha desvanecido por completo, arrastrado por la ola del
-cosmopolitismo democrático: la expresión de respeto constante, la
-veneración de los subalternos como a seres superiores, colocados por una
-ley divina e inmutable en una escala más elevada, algo como un vestigio
-vago del viejo y manso feudalismo americano. ¿Dónde, dónde están los
-criados viejos y fieles que entreví en los primeros años en la casa de
-mis padres? ¿Dónde aquellos esclavos emancipados que nos trataban como a
-pequeños príncipes, dónde sus hijos, nacidos hombres libres, criados a
-nuestro lado, llevando nuestro nombre de familia, compañeros de juego en
-la infancia, viendo la vida recta por delante, sin más preocupación que
-servir bien y fielmente?... El movimiento de las ideas, la influencia de
-las ciudades, la fluctuación de las fortunas y la desaparición de los
-viejos y sólidos hogares, ha hecho cambiar todo eso. Hoy nos sirve un
-sirviente europeo que nos roba, que se viste mejor que nosotros y que
-recuerda su calidad de hombre libre apenas se le mira con rigor. Pero en
-las provincias del interior, sobre todo en las campañas, quedan aún
-rastros vigorosos de la vieja vida patriarcal de antaño, no tan mala
-como se piensa...
-
-De pie con el sol, Segovia recorría la hacienda a caballo, vigilaba el
-corte, charlaba con Toribio; rara vez, al volver, dejaba de encontrar a
-Clara, habituada también a esos paseos matinales deliciosos, en los que
-el aire puro de los campos entra a raudales a vigorizar los pulmones.
-Padre e hija se daban los buenos días, buscaban espacio para galopar un
-momento y volvían contentos y pidiendo a voces el almuerzo. Durante el
-día, Clara ponía un poco de orden a sus numerosas preocupaciones de
-caridad, cosía ropa para los chiquillos, visitaba a los enfermos,
-celebraba conferencias con D. Isidoro, instándole para que se armara de
-los rayos de la iglesia contra el peón Silvano, que bebía, contra
-Ruperto, que había estado tres días ausente sin decir nada a su mujer, o
-contra Santiago, que no enviaba sus hijos a la escuela. El momento de la
-comida era la hora grata por excelencia. Parecía increíble que la
-monotonía de aquella vida suministrara tanto tema de conversación. Un
-observador habría podido constatar que cada uno de los interlocutores
-decía siempre la misma cosa; pero como todos se encontraban en igual
-caso, nadie lo notaba. Cada uno, con la persistencia tenaz de la pasión,
-pero sin salvar los límites de las conveniencias, procuraba llevar la
-conversación al terreno grato a su alma. D. Isidoro hacía un viaje al
-paraíso cada vez que Clara, por satisfacerle, recomenzaba la narración
-de su recepción en Roma por el papa; Barclay daba giros de veinte leguas
-para hacerle repetir sus impresiones en las óperas de Wagner y D. Benito
-trabajaba como un benedictino por traer a colación el viaje a Rusia, en
-el que encontraba conexiones con su estudio favorito. Clara le había
-traído gramática y diccionarios de casi todas las lenguas eslavas; el
-día que los recibió, don Benito sintió un nudo en la garganta, rompió a
-llorar y estuvo a punto de caer a sus pies. Desde entonces miraba a
-Clara con una veneración profunda.--Después de comer, Segovia hacía su
-eterna partida de bésigue con su mujer, ésta asesorada por D. Isidoro y
-su marido por el maestro de escuela. Barclay ocupaba su sillón no lejos
-del piano e inmóvil, silencioso, oía con recogimiento a Clara, asombrado
-de encontrar bello todo lo que tocaba, sin darse cuenta muchas veces de
-que Clara tocaba precisamente lo que él encontraba bello.
-
- * * * * *
-
-Esa noche, la alegría general producida por los huéspedes queridos,
-había determinado una fiesta magna.
-
-Los dos amigos, de regreso de su largo paseo, encontraron en el corredor
-sobre el que daban las ventanas del salón, tranquilamente sentado, al
-capataz Toribio, en actitud de paciente espera.
-
---Hola, amigo, ¿qué hace por aquí? dijo Pepe.
-
---Nada, Doctor; la niña Clara me ha dicho que Don Benito va a tocar el
-_paine_ y he venido a ver cómo es.
-
-Todo estaba ya organizado en la sala cuando los dos amigos entraron.
-Clara al piano, a su lado su prima María, llegada esa mañana con los
-huéspedes; Barclay en posesión de su sillón, Segovia, la señora y el
-cura al lado de la mesa de bésigue, pero sin jugar--y en la pieza
-contigua, sin duda D. Benito, porque se oía a cada instante una voz que
-decía "¿Ya?", como si se tratara de hacer partir a un tiempo diez
-caballos o de disparar las armas en un duelo. En las ventanas que daban
-al patio, una multitud de cabezas, cubiertas de pañuelos de colores,
-dejando escapar trenzas de cabello negro como el ébano y cubriendo
-fisonomías sonrientes e iluminadas por ojos llenos de vida. Eran las
-_chinitas_ que se habían aglomerado para oir también a D. Benito _tocar
-el paine_, invención de Clara, a falta de otro instrumento; todo aquel
-pequeño mundo estaba alborotado por esa prodigiosa aplicación de tan
-humilde utensilio.
-
---Es la primera vez que el público hace esperar a los artistas, dijo
-Clara. Vamos, colóquense Vds. bien y prepárense a gozar. Atención D.
-Benito!
-
---¡Ya! gritó el aludido desde la región ignota donde procuraba
-convertirse en eco lastimero.
-
---¡No, hombre! Oiga bien el piano y entre en el acorde que le hemos
-indicado.
-
---¡Perdón! dijo D. Benito asomando la cabeza por la puerta del cuarto y
-teniendo en las manos el famoso peine envuelto en papel de seda.
-¡Perdón! ¿Pero no sería posible hacerme saber por algún medio visible,
-cuál es el acorde indicado? Hay muchos que se parecen y me puedo
-confundir. Además, de donde me han puesto no alcanzo a verlas y...
-
---¿Pero no le queda el oído? Todos los eslavos son músicos de
-nacimiento, señor Morreón, y usted, por simpatía, debe tener oído.
-
-El argumento pareció convencer a D. Benito, que desapareció asegurando
-que pescaría el acorde.
-
-Clara dibujó la melodía en el piano y María empezó el triste recitativo
-de la serenata de Braga con su vocecita débil pero afinada y simpática.
-Todo el mundo había hecho silencio y el público menudo de la ventana
-retenía el aliento para no perder una nota. En el momento oportuno,
-justo después del acorde indicado, D. Benito, puntual bajo la excitación
-hecha a su honor panslavista, rompió denodadamente el fuego con bastante
-precisión.--La cosa no era muy fácil, porque la voz llevaba una melodía
-y el piano acompañaba, mientras D. Benito debía esgrimirse por su
-cuenta, concurriendo con el elemento principal al conjunto. Había
-empezado bien; pero en el cambio de tono, le era necesario llegar a un
-_si_ bemol que había sido uno de los primeros obstáculos en el ensayo,
-hasta que María consiguió hacer apretar los dientes al pedagogo sobre la
-parte unida del peine y llegar así, por un esfuerzo que las venas del
-cuello revelaban, al _si_ bemol deseado. D. Benito, todo a su tarea,
-apretó con tal frenesí, que la nota salió vibrante, no muy justa, pero
-potente de sonoridad.
-
---_¡Mirá el paine!_--exclamó Toribio sin poderse contener, con medio
-cuerpo dentro de la ventana.
-
-Todos soltaron la carcajada, María la primera, que interrumpió el
-canto--Toribio se puso como una flor de amapola, y no sabiendo qué
-hacer, sonrió humildemente, mientras D. Benito asomaba la cabeza con
-aire agitado, preguntando:
-
---¿Me he equivocado?
-
---Al contrario, señor Morreón, merece Vd. un bravo, dijo la señora. Ha
-sido un acceso de entusiasmo en el público.
-
---_¡Da capo, da capo!_--gritó Pepe.
-
-La serenata, por fin, se ejecutó a la satisfacción general, sobre todo
-del maestro de escuela que, agobiado por las felicitaciones y
-vislumbrando un porvenir de gloria, preguntó a María muy seriamente si
-no había música escrita para el peine. La alegre criatura le aseguró que
-sí, prometiéndole hacer venir la partitura de una ópera de Rubinstein,
-transcripta para ese amable instrumento.
-
-Luego vino el esperado duo de D. Juan, por María y Barclay. Barclay
-conocía la música y allá en sus tiempos debía sin duda haber cantado. La
-verdad es que, con su voz sin timbre, pero sumamente afinada, supo dar
-al "la ci darem la mano" una expresión tan característica y personal,
-que Carlos lo miró asombrado. Algo le revelaba que en aquel corazón
-silencioso y solitario pasaban cosas que la calma aparente de la vida no
-dejaba ver. La música es el lenguaje universal de todo lo que siente y
-sufre; ella sola puede traducir con la vaguedad necesaria para no
-profanarlos, los sentimientos más ocultos y profundos que se mueven en
-el fondo del alma humana. Además, Mozart tiene este rasgo
-característico, que la excelencia de su interpretación no depende
-exclusivamente del arte, sino de la inteligencia. A un artista sin
-talento se le puede enseñar bien una ópera cualquiera, siempre que tenga
-voz y sepa usarla. Eso no basta para Mozart o mejor dicho, Mozart, el
-único, puede pasarse de esos elementos. Fuera de Faure, a nadie he oído
-la serenata de D. Juan como a un hombre de mundo, casi sin voz, que la
-murmuraba de una manera exquisita para las ocho o diez personas que
-rodeaban el piano...
-
-Así corrían las noches en la alegría, como los días en la serenidad.
-
-
-
-
-La primera de "Don Juan" en Buenos Aires
-
-
-Después de un largo eclipse, nunca completo, pues tras la penumbra
-brillaba siempre la tenue luz que muchos recordaban como una fuente
-deliciosa de vida y armonía, reaparece en el cielo el astro soberano en
-su calma serena y transparente.
-
-¿De dónde viene el _engouement_ actual por Mozart? En primer lugar, de
-la pobreza de la producción contemporánea y luego por su eterna belleza.
-Mozart no será olvidado jamás, y mientras la raza humana persista,
-continuará fascinándola. En resumidas cuentas, Mozart, Beethoven,
-Wagner. Todo lo demás son _poetae minores_, muy apreciables, pero que al
-lado del trío majestuoso, gravitan como partículas siderales
-innominadas.
-
-Pero a mis ojos, Mozart se mantiene, persiste y triunfa, precisamente
-por la ausencia de algunos de los caracteres que le han sido
-generalmente atribuídos por la mayor parte de los escritores--y son
-legión--que de él se han ocupado. Todos sabéis que hasta hace diez o
-doce años, para el vulgo, música alemana era sinónima de obscuridad, de
-impenetrable profundidad, de ciencia abstrusa reservada únicamente a los
-iniciados, destinada a no ser comprendida jamás por el buen grueso
-público, a quien gusta salir del teatro tarareando los motivos de la
-ópera que acaba de oir. Recuerdo que en uno de los novelones de Pérez
-Escrich, ese ilustre predecesor de Onhet, que hizo la delicia de
-nuestra infancia, dos personajes conversan al salir del Real de Madrid,
-antes de ir al Café Fornos, que para Escrich era el _summum_ de la
-elegancia. Han oído... el _Fausto_, de Gounod, y uno de ellos,
-dilettante apasionado y con autoridad en la materia, declara que el arte
-musical morirá a manos de esos armonistas maldecidos, que desprecian la
-melodía y les da por hacer música _sabia_ e incomprensible. Y se trataba
-del _Fausto_!
-
-Así, ¡cuánto se ha dicho de Mozart, de la profundidad de su concepción,
-de lo intrincado de su manera y de la preparación especial que se
-requiere para entenderlo! Y, sin embargo, es el mayor portento de
-claridad, de nitidez cristalina que la historia del arte registra. Pero
-a su maravillosa facilidad, al espontáneo torrente de melodía que brota
-de su cerebro, se unen dos condiciones tan raras, que han hecho de él el
-único y el inimitable: su instinto dramático, en primer lugar, que le
-permite, con sin igual soltura, traducir la situación, y en segundo, la
-elegancia, la distinción suprema de su melodía. Se le acusaba de haber
-puesto la estatua en la orquesta y el pedestal en la escena. Es que fué
-de los primeros en comprender que una batalla debe darse con todas las
-fuerzas de que se dispone y utilizó los pocos instrumentos con que
-contaba, fundiéndolos con las voces, abriendo así esa vía luminosa que
-Wagner debía recorrer triunfalmente hasta agotarla.
-
-Es esa la maravilla del _Don Juan_; el drama está en la música más que
-en la palabra y pienso que hasta sin el juego escénico, se necesita ser
-muy lego en la materia para no sentir y comprender la intención de la
-frase musical y no adivinar, tras las melodías que Mozart hace cantar a
-su héroe, el alma voluptuosa, ligera y escéptica del seductor...
-
-¡Pobre _Don Juan_! No hay cuaderno de pequeñas melodías para el primer
-año de piano, que no contenga, transcriptas con una ingenuidad de
-deletreo, el "_la ci darem la mano_", el "_Deh! vieni a la finestra_",
-el minuet "_signore maschere_" y el rondó de Zerlina. Lo mismo pasa con
-Virgilio: nos lo hacen _annoner_ en la infancia, le tomamos horror y no
-lo volvemos a abrir en la vida, sin darnos cuenta que el magnífico
-poema, leído sin obligación, es una de las fuentes más puras en la que
-el espíritu humano puede encontrar la belleza.
-
-Y a propósito de _Don Juan_, se agolpan a mi memoria recuerdos lejanos
-que me es grato saludar, como a una evocación de muchos seres queridos
-que reposan para siempre.
-
-Hace veinticinco años o más, Ferrari[11], esa columna lírico-argentina,
-sin sospechar aún los altos destinos a que su estrella le llamaba, había
-saltado, con más audacia que capital, del modesto salón de la Sociedad
-Filarmónica que había fundado, al escenario del Colón. Lo que había
-determinado de vocaciones musicales esa Sociedad Filarmónica, no es
-decible. Como todas las coristas eran niñas de las principales familias
-de Buenos Aires, los coristas, naturalmente, se reclutaban entre la flor
-de la juventud porteña. Se cantaban, en los conciertos, piezas
-concertadas o, como decían los pocos técnicos aficionados, _tuttis_.
-
- [11] Aun vivía el buen maestro cuando fueron escritas estas líneas.
-
-Pero había un antagonismo de criterio respecto a la colocación, entre
-Ferrari y sus artistas. El maestro quería que los tenores se colocaran
-detrás de las sopranos, los barítonos de las mezzo y los bajos de las
-contraltos. Tenía, es cierto, la conciencia ancha y cuando se lo pedía
-con buen modo, algún tenor enamorado, conseguía que declarara soprano, a
-una modesta aficionada que trepaba a duras penas tres escalones. Así,
-recuerdo que un día apareció en los salones del Coliseo, para un ensayo,
-un ex alférez "largo, lampiño y un poco desgoznado"[12], me pidió que lo
-presentara a Ferrari, porque quería tomar parte en el coro.--¿Qué voce
-a?--No sé.--Allora, ¿come si fa?--Espérate. Consulté al amigo, quien,
-después de averiguar que una morochita que le interesaba era soprano, se
-declaró tenor. Ferrari, un poco desconfiado, debo declararlo, le colocó
-detrás de la sopranito codiciada. El ensayo empezó; se trataba nada
-menos que del final del tercer acto de la _Traviata_.
-
- [12] Así se ha dibujado él mismo, "Treinta años después", en la
- deliciosa página que lleva ese título y que publicó "La
- Biblioteca".
-
-Astengo, un corredor de seguros que le jugaba música para colocar
-pólizas, hacía de Alfredo, mientras una niña rubia, simpática, con una
-voz deliciosa y verdadero talento artístico[13], tenía el papel de
-Violetta. Nosotros, el coro, los señores y damas sin importancia,
-repetíamos hasta el cansancio una sola frase: _Quanta pena fa al cor!_
-Pero había que colocarla a tiempo, por lo menos. Esa pena profunda que
-sentíamos por la desgracia de la Traviata, debíamos expresarla
-oportunamente. Pero apenas ésta había lanzado su _Alfredo, Alfredo!_, mi
-amigo, aprovechando el momento en que Violetta tomaba aliento para
-añadir: _di questo core_, etc., lanzó un _quanta pena fa al cor_, tan
-extemporáneo, tan anacrónico, que Ferrari se sintió mal, dió un
-batutazo formidable, y dirigiéndose a mí, que baritoneaba en un rincón,
-rugió agitando los brazos: _ma fa tacere questo pero!_ En aquella época,
-Ferrari no podía decir _perro_. La escena concluyó por una transacción:
-mi amigo continuaría siendo tenor, pero sin cantar, _tenor seco_, como
-le llamábamos.
-
- [13] La señorita Genoveva Amadeo.
-
-Cuando Ferrari tomó la dirección del Colón, no le dejábamos vivir,
-pidiéndole que abandonara el viejo repertorio italiano y nos hiciera
-conocer a Mozart, a Weber y Meyerbeer. Lo primero que conseguimos de
-este último, fué _Roberto el Diablo_; la impresión fué colosal y el
-éxito lucrativo para Ferrari. El oía un poco entonces esa nueva música
-con un airecito escéptico y creo que aún hoy, en el fondo, sus gustos
-son los de su juventud. Pero, en fin, nuestro consejo había sido bueno,
-le ayudábamos cuanto nos era posible en la prensa, en la propaganda
-social y en aquellas agarradas musicales del Club del Progreso, que
-hacían poner furioso al pobre don Juan Carranza, en su eterno bezigue
-con Adolfo Alsina, su víctima ordinaria.
-
-Teníamos entrada franca entre telones y ayudábamos a bien morir a Lelmi,
-en el _Ballo in maschera_, bajo el disfraz del último acto. Recuerdo que
-Adrián Arana quería salir una noche, de casco y barba postiza, con una
-escopeta de dos tiros, a cazar hugonotes en el último acto de la ópera
-de Meyerbeer, que ahora se suprime siempre y que tiene un hermosísimo
-terceto. Era íntimo amigo de un corista que se colocaba al lado de la
-_avant-scéne_ en que estaba Adrián y cantaba sólo para éste, que le
-aplaudía con frenesí, en la esperanza, según decía, de presenciar alguna
-vez el estallido de la vena yugular que, allá por el _si_ bemol, tomaba
-proporciones de cable en el pescuezo del corista... ¡Esa _avant-scéne_!
-Eugenio Cambaceres, con el atractivo de su talento, de su gusto
-artístico, de su exquisita cultura, de su fortuna, de su aspecto físico,
-pues todo lo tenía ese hombre que parecía haber nacido bajo la
-protección de un hada bienhechora, era el jefe incontestado. Luego venía
-_Patroclo_, el insigne Patroclo, senador por Jujuy, _s'il vous plait_,
-chiquito, tieso, duro, malísimo, que no podía vivir sino entre nosotros.
-En seguida, Icaza, el _gallego_ Icaza, flaco, tenue, impalpable,
-exuberante, lleno de grandes designios, siempre irrealizados, el músico
-técnico de la compañía, anunciando eternamente un trabajo, alguna
-crítica de arte, en la que pondría las peras a cuarto y cantaría las
-verdades al hijo del sol, pero que nunca veíamos. De los vivos, ¿a qué
-hablar? Viejos magistrados unos, _fruits ratés_ otros, buenos padres de
-familia los más, todos vamos siguiendo, con semblanza de conciencia,
-esta cómica ruta cuyo final no está lejos...
-
-Pero vuelvo a mi _Don Juan_, y si en el camino me extravío por momentos,
-mirad esos _zig-zags_ con indulgencia, porque me traen recuerdos de la
-única época realmente feliz de la vida... Habíamos, por fin, resuelto a
-Ferrari a poner en escena la anhelada ópera, aprovechando la contrata de
-no sé qué barítono italiano que cantaba bien y traía trajes pasables.
-Ferrari se había defendido con energía. _Ma come si fa? Cinquanta mille
-pezzi de decorazione!_ (de los chicos, de entonces, pero que se estaban
-quietos, sin subir ni bajar). _Se é un fiasco, come si fa?_ Para
-destruir esa poderosa argumentación empleamos todos los recursos
-imaginables, y Ferrari, que al fin y al cabo, es el hombre que nos ha
-hecho conocer el teatro lírico casi entero, cedió a nuestra instancia,
-los ensayos comenzaron y nos pusimos en campaña. Se trataba, como era
-natural, de hacer conocer la obra de Mozart, en un artículo magistral,
-que arrebatara los sufragios del público y que llenara, desde la primera
-noche, la vasta sala del Colón, tan llorada por todos los que a ella
-teníamos vinculada nuestra juventud y nuestra alegría. ¿Quién había de
-ser el designado para llevar a cabo la magna obra? Icaza, naturalmente,
-como en el grupo de Pickwick, todo lo que se refería al amor tenía su
-representante titular. Con tres meses de anticipación, Icaza acometió la
-empresa. Pasaba tres o cuatro horas encerrado, producía uno o dos
-párrafos, los cepillaba, los limaba, les metía unas puntitas, que él
-llamaba horadadoras, y cuando le preguntábamos, con cierta reserva y
-misterio: "Y aquéllo, ¿anda?", nos contestaba, más que con la palabra,
-con la expresión, porque más que cara, tenía fisonomía: "Tente tieso y
-ello será." Vivía en su artículo y hasta había cesado de hablar de una
-morena, más fea que una crisis, que le tenía sorbido el seso. Por fin, a
-los tres meses, llegó una noche al teatro, con aspecto fatigado, pero
-radiante, colgó su sombrero, y en su lenguaje apocalíptico no dijo sino
-estas palabras: "Abur y la de vámonos!" Eso significaba, claro como el
-cristal de roca para nosotros, que había terminado su artículo sobre
-_Don Juan_. No hubo medio de que nos lo leyera; ruegos, amenazas de
-pisotón (lo que más temía físicamente en el mundo), todo fué inútil.
-
-Sin vacilación, todos resolvimos que el artículo se publicaría en la
-_Tribuna_. La _Tribuna_ era el diario a la moda, el único, el
-indispensable. Cortado y dirigido, instintiva e inconscientemente, en el
-sentido de las preocupaciones porteñas, tenía una autoridad absurda,
-pero incontestable, y ha sido necesario todo el talento comercial de los
-Varela, para haber dejado agotar esa fuente de fortuna. Lo dirigía
-entonces, como un jinete, con espuelas y sin riendas, puede dirigir un
-caballo, Héctor Varela, que acababa de llegar de Europa con la aureola
-del discurso de Ginebra que no había pronunciado. Para él, artículos de
-fondo, información política y financiera, todo eso era secundario; toda
-su atención se concentraba en dos folletines que aparecían diariamente,
-algo como unos _Misterios del Paraguay_, con Madama Lynch por
-protagonista, y las _Cosas_, de Orión, que él redactaba bajo ese
-pseudónimo. La novela ofrecía pocas dificultades; Héctor había escrito
-los dos o tres primeros folletines y una buena mañana se había cansado;
-como el regente (¡oh vasto, redondo y solemne don Saturnino Córdoba, te
-saludo al pasar!) le pidiera materiales, tomó la primer novela que le
-cayó a mano, la abrió al azar, encontró un diálogo, le metió tijera y lo
-entregó a la composición. Los lectores (tenía y muchos) se agarraban la
-cabeza, no entendían una palabra, pero esperaban pacientes que aquéllo
-se aclararía más tarde. Esa publicación, en esa forma, duró meses
-enteros, y lo que es más colosal, el primer tomo apareció, se vendió y
-debe aún adornar alguna biblioteca.
-
-En cuanto a las "Cosas", allí cabía cuanto Dios crió. _Virutinjis_,
-felpas, reclamos, bombos, anuncios, sablazos, disimulados o no,
-transcripciones, cuentos, anécdotas, versos, cuanto es posible imaginar,
-todo bajo la firma de Orión.
-
-Nuestro buen Icaza puso en limpio su artículo magistral, en buen papel,
-tinta negra y letra clara y se lo llevó solemnemente a Héctor, que
-entendía de música como de cualquier otra noción racional. Este se lo
-recibió, agradeció al compadre Icaza (todo el mundo era compadre de
-Héctor, no sé por qué) su valiosa colaboración y le pidió que esa misma
-noche fuera a corregir las pruebas. Icaza no faltó por cierto, espulgó
-su prosa, teniendo por oidor al ñato Montes de Oca, de todos los errores
-de caja, y luego se nos presentó en el teatro, más misterioso que nunca.
-"Mañana y a callar!", nos dijo. Preparamos el alma a las grandes
-emociones, advertimos a Ferrari, nos fuimos al Club, en donde, de mesa
-en mesa, propalamos la buena nueva y a la mañana siguiente, nos
-despertamos al alba para pedir la _Tribuna_. En vano la recorríamos
-desde la cruz a la fecha: ni sombra del artículo de Icaza! Por fin, se
-me ocurre echar una mirada sobre las "Cosas" de Orión. Lo primero que
-leo es lo siguiente: "El buen gringo, mi compadre Ferrari, va a dar el
-Don Juan, de Mozart, ese alemán de rechupete, en el teatro Colón". En
-seguida, sin título ninguno, como consecuencia de esa frase
-trascendental, el artículo de Icaza, menos la firma. Al final, este
-parrafito, dedicado a Ferrari o a Mozart, el texto es confuso: "Ah,
-gringo lindo!" Luego la firma: Orión.
-
-Me vestí de prisa y corrí a casa de Icaza; un sirviente gallego me
-recibió, trastornado: "El señorito me pidió los diarios a las 7, en
-seguida le dió un ataque y ahí está sin sentido; le han puesto
-ventosas!"
-
- 1897.
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-En el fondo del río[14]
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- [14] Este fragmento, así como los dos titulados "De cepa criolla" y
- "A las cuchillas", formaba parte de un estudio de nuestra
- sociabilidad en aquel momento, que empecé a escribir en 1884. Ese
- trabajo ha quedado definitivamente sin concluir porque esas cosas,
- cuando no se publican de primera intención, dan más trabajo para
- corregirlas, que para escribirlas de nuevo. Si publico aquí esos
- fragmentos, es porque pueden leerse sin que choque su incoherencia,
- refiriéndose cada uno a un cuadro o a un asunto particular.
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-El último día de cuarentena tocaba a su término. Había a bordo un
-bullicio insólito. El piano, golpeado con más rigor que en las
-melancólicas noches de la última semana, exhalaba sus quejidos ásperos
-con tal buena voluntad, que se creía adivinara próximo el momento del
-reposo. Se había instalado un _nueve_ animadísimo en una de las mesas
-del comedor y los maltratados en la travesía trataban de rehacerse,
-tentando la suerte del último día, postrera esperanza, engañosa como
-todas. Un coro de señoras, un tanto enrojecidas por la labor interna de
-la digestión, rodeaban el piano, donde una escuálida criatura de veinte
-años batía las teclas sin piedad, mientras su hermana o algo así, soñaba
-en voz alta, más o menos afinada, con bosques sombríos, claros de luna,
-citas de amor y mal de ausencia. Los corchos de cerveza y limonada
-gaseosa, con su falso ruido de champagne, saltaban a cada instante. Los
-sirvientes, al pasar, solían poner la mano en el hombro a algunos
-pasajeros y les deseaban, con un aire de superioridad incontestable,
-buena suerte en el piquet.[15]
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- [15] Debe recordarse que en los vapores franceses ("Messageries
- Maritimes"), los pasajeros de 1.ª y 2.ª clases, viajan
- confundidos.
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-Arriba, sobre el puente, la luna, el espacio tranquilo, el Plata
-dormido, meciendo sus olas pequeñas y numerosas, que se extinguían sin
-rumor contra los flancos del navío. A lo lejos, al frente, en el confín
-del horizonte, una faja rojiza tenue, como el resplandor lejano de un
-incendio, visto a través de una atmósfera cargada de vapores leves. A la
-derecha, también distantes, los faros de las costas y la imperceptible
-raya negra que el espíritu adivinaba más de lo que los ojos veían. En
-medio del río, vasto como un mar, multitud de luces que oscilaban
-lentamente en lo alto de los mástiles. De tiempo en tiempo el eco triste
-de una campana que daba las horas, como si recordaran al que soñaba
-sobre el puente que aun en el seno de esa paz silenciosa, la vida corría
-y las tristezas con ella.
-
-Estaba solo en cubierta, tendido sobre un banco, el brazo apoyado sobre
-la baranda y la cabeza sostenida en la mano. La luna bañaba de lleno su
-rostro de facciones regulares, joven aun, pero fatigado. Miraba al astro
-velado por la niebla ligera con la persistencia de los soñadores y la
-vaga expresión de sus ojos anunciaba que su alma recorría el pasado.
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-Las horas corrían así, lentas e iguales. En el comedor se había hecho el
-silencio; a popa, un grupo que hablaba en voz baja, sólo revelaba su
-presencia por el intermitente resplandor de los cigarros.
-
-Varias veces ya un hombre había aparecido en lo alto de la escalera que
-daba al puente y luego de mirar con interés cariñoso al joven inmóvil
-había descendido. Al fin, en una de sus últimas subidas, se acercó
-suavemente con un plaid en el brazo y lo tendió al joven, diciéndole en
-francés con respetuoso acento:
-
---La humedad de la noche puede hacerle mal, señor. He traído este
-abrigo, por si el señor piensa no recogerse todavía.
-
---Gracias. No descenderé aún; no podría dormir. Tráigame un poco de
-cognac con agua y cigarros.
-
-El criado reapareció un momento después, el joven encendió un tabaco, se
-envolvió en la manta y quedó mirando con una expresión de cariñosa
-tristeza a su servidor.
-
---Mañana concluye la cuarentena, Pedro.
-
-Pedro se inclinó.
-
---Y empiezan los días amargos de que le he hablado, añadió el joven
-sonriendo.
-
---Yo estoy bien en todas partes donde el señor quiera tenerme consigo.
-
---Sí, pero usted no conoce la vida de nuestros campos, sobre todo a
-donde vamos. Es el desierto, la soledad y el silencio constantes. Tendrá
-Vd. poco o nada que hacer allí y el fastidio puede engendrar la
-nostalgia. Le repito, pues, mis palabras de París: no hay compromiso
-ninguno entre nosotros. En el momento en que lo desee, regresará Vd. a
-Europa o se instalará en Buenos Aires, a su elección.
-
---El señor es siempre bondadoso conmigo; sólo le pido que me lleve
-consigo donde vaya y que me acepte a su lado mientras mis servicios le
-sean útiles.
-
---Bien, bien; tenemos tiempo de hablar. Prepare todo para descender
-mañana temprano. ¿No ha habido nuevos curiosos?
-
---No, señor; desde Río me dejan tranquilo.
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-El joven hizo un gesto de fastidio mientras el criado se retiraba. El
-hecho es que desde Burdeos había vivido a bordo en una acechanza
-constante, en una insoportable persecución de la curiosidad ajena. Su
-retraimiento sistemático, sus respuestas monosilábicas, dadas con
-glacial corrección a los que intentaban abrir charla con él, su silencio
-en la mesa, el imperioso deseo de soledad que revelaba su aspecto, le
-habían señalado al mundo de a bordo como un personaje original,
-orgulloso primero, enigmático después, sospechoso más tarde. Entre los
-pasajeros había pocos argentinos; la mayor parte eran familias de
-extranjeros radicados en el país y sin contacto con la alta sociedad
-porteña. Así, había duda hasta sobre el nombre del joven, que figuraba
-en sus maletas, en la lista de pasajeros, que no importaba misterio
-alguno, pero que el deseo de crear historias rodeaba de sombras en el
-ánimo de esa buena gente. No pudiendo sacar nada del amo se dió el
-asalto contra el criado, llevando la voz los que hablaban francés,
-porque Pedro no entendía una palabra de castellano. Pero o Pedro tenía
-un natural poco comunicativo o cumplía instrucciones terminantes, el
-hecho es que tres o cuatro respuestas secas, dadas con su aire de
-ceremonia, pusieron en derrota a los más audaces.
-
-Sólo se supo a punto fijo que el joven se llamaba Carlos Narbal, que
-pertenecía a una distinguida familia de Buenos Aires, que tenía fortuna
-y que había estado muchos años ausente. Y esto, gracias a tres o cuatro
-_cocottes_ que venían a Río contratadas para el Alcázar, según decían,
-que se daban suntuosos aires de artistas, pero que el comisario de a
-bordo, que debía conocerlas a fondo, amenazaba con enviarlas a perorar
-_sur le gaillard d'avant_ cada noche que el alboroto promovido por las
-ninfas se hacía insoportable. Cuando se les pasó el mareo del golfo y
-entrando a las aguas más tranquilas del Océano empezaron a recibir los
-galanteos de la gente de a bordo, que en general ofrecía poco porvenir,
-sus miradas no tardaron en dirigirse sobre Carlos, cuyo aspecto auguraba
-un hombre de mundo. Si en alguna parte las mujeres tienen conciencia de
-su fuerza es indudablemente sobre la cubierta de un buque. Caras que no
-se han percibido en el momento del embarque, adquieren cierto atractivo
-a los ocho días de navegación, y a los quince, a menos de ser unos
-monstruos, pasan con facilidad por bellezas acabadas. El fenómeno se
-produce a favor de un sinnúmero de circunstancias, de las que cuentan en
-primera línea el aire vivificante del mar, la fuerte alimentación, la
-inacción forzosa y la ausencia absoluta de puntos de comparación. Pero
-todo eso parecía hacer poco efecto sobre el hombre único tal vez que no
-hacía avances. El repertorio estaba agotado, las miradas tiernas, la
-pantalla caída a propósito, el "_Mon Dieu, qu'il fait chaud!_" en los
-trópicos, el insinuante y audaz "_est-ce que vous connaissez Rio,
-monsieur?_", todo el arsenal de escaramuzas femeninas. Una de ellas, más
-_crâne_ que las demás, había hecho jugar la gruesa artillería y una
-noche, antes de llegar a Bahía, cuando ya hacía rato que habían sonado
-las doce y que los corredores estaban desiertos, se entró sencillamente
-al camarote que ocupaba Carlos, que a causa del calor había dejado sólo
-la cortina corrida. Carlos, que no dormía, se sentó en la cama. Entonces
-una voz queda, pero muy queda, cuya entonación procuraba infiltrar la
-persuasión de que los vecinos no se despertarían, murmuró: "_Pardon,
-monsieur, je me suis trompée de cabine_". Carlos refunfuñó algo, se dejó
-caer sobre el lecho y la poco orientada artista declaró al día siguiente
-que aquello, con el aspecto de un hombre, y _même pas mal_, no era tal.
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-Luego, el aislamiento, las largas horas pasadas con los libros amigos,
-con el Dumas que no cansa y que se relee con el placer que da la
-evocación de las impresiones de la primera lectura, los buenos y sanos
-libros de historia, las revistas científicas, las narraciones de viaje
-que llevan el espíritu a regiones remotas. Y por la noche el panorama de
-los cielos llenos de estrellas, del mar que las refleja con cariño, de
-la estela que se desvanece lentamente como un sueño, la blanca espuma
-que se apaga murmurando, la caprichosa fosforescencia de las aguas que
-se abrillantan por instantes como el espíritu del que sufre, con un
-reflejo de esperanza, para caer en seguida en la sombra...
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-La última noche, pero frente a la patria, cuyo amor se levanta
-espléndido sobre todas las ruinas morales. Ahí estaba; bajo el
-crepúsculo incierto del horizonte, dormía la ciudad madre, cuna de su
-cuerpo, nodriza de su alma, fuente también sin duda de todas las
-amarguras de su vida. Miraba, miraba intensamente el reflejo lejano y a
-medida que su espíritu leía el pasado en la memoria, sus ojos se
-impregnaban de lágrimas o adquirían una dureza de acero. Luego pasaba la
-mano por la frente y quedaba inmóvil.
-
-Un dolor profundo o un error inmenso pesaba sobre el alma de ese hombre;
-o se había estrellado contra una desventura sin remedio, de las que
-rompen la armonía interna y velan el porvenir o bajo un fastidio
-colosal, el origen de su mal se había desenvuelto e invadido todo el
-ser moral.
-
-¿Quién, quién sabe las ideas que pasan por el cerebro de un hombre joven
-que sueña bajo los vientos dormidos, sin más horizonte a su mirada que
-las aguas silenciosas y monótonas?...
-
-La campana de proa daba las dos de la mañana, cuando el criado avanzó
-resueltamente y con cierto aire de autoridad y un "_Je vous en prie,
-monsieur_" insistente y suave, pidió a Carlos que se recogiera. El joven
-descendió; la luna continuaba brillando a través de la niebla húmeda que
-se aumentaba por momentos, el círculo amarillento que la rodeaba se
-extendía y las aguas comenzaban a moverse con más rapidez en la
-superficie del estuario inmenso.
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-A la mañana siguiente, al alba, la inquieta expectativa del desembarco
-animaba todo el mundo. Parecía que la felicidad, abiertos sus cariñosos
-brazos, esperara en tierra a los que tanto ansiaban pisarla. La mayor
-parte, sin embargo, iban a cambiar la vida libre de a bordo con la
-exigua existencia detrás de un mostrador o la ingrata tarea del
-jornalero. Los trajes nuevos habían hecho su aparición; por todas partes
-cajas de sombreros, jaulas con antipáticos loros dentro, maletas de
-viaje, gorras, bultos.
-
-Por fin llegaron los vapores de desembarco, se llenaron las formalidades
-sanitarias y pronto el buque quedó sólo con su tripulación y allá en la
-proa, los emigrantes apiñados, mirando con ojos de ingenua curiosidad
-cuanto pasaba a su alrededor y sintiendo pesar sobre su alma esa
-impresión de abandono que gravita sobre el extranjero al pisar por
-primera vez las playas de una tierra desconocida. Pronto la atmósfera
-fácil y cómoda de nuestra patria iba a borrar la nube de tristeza e
-iluminar la vida de esos desgraciados con las perspectivas de un
-porvenir seguro.
-
-Carlos había bajado sencillamente en el vapor de la agencia, seguido de
-Pedro, silencioso siempre y grave en su levita abotonada hasta el
-cuello. Cumplidas las formalidades de aduana, Carlos hizo avanzar un
-carruaje y media hora después se encontraba alojado en un cuarto del
-hotel de Provence. A su llegada se le habían entregado cinco o seis
-cartas, que en ese momento leía con atención. Una de ellas, tres
-renglones escritos con una letra de una pulgada y con una ortografía
-capaz de hacer rugir de espanto a un académico español, parecía haberle
-causado viva satisfacción. Traducida, decía así:
-
- "Desde el martes estoy con los caballos en el Azul, esperándole."
-
- _Tobías_.
-
-Las otras cartas eran puramente de intereses, cuentas, etc.
-
-Carlos comió solo en su cuarto y al caer la noche encendió un cigarro y
-salió, después de indicar a un sirviente hiciera acompañar a Pedro al
-teatro Variedades.
-
-Carlos tomó la calle de Reconquista, llegó a la plaza, la cruzó
-diagonalmente, entró por Victoria hasta Perú, dió algunos pasos a la
-derecha, pero, retrocediendo, tomó resueltamente hacia la izquierda. A
-cada instante, a pesar de la confianza que tenía en no ser conocido, por
-el cambio completo operado en su fisonomía en los últimos cinco años,
-ocultaba el rostro al pasar junto a alguna de sus antiguas relaciones.
-Iba agitado por el tumulto interior de sus sensaciones; echó una mirada
-vaga a los balcones iluminados del Club del Progreso, sus ojos se
-llenaron de sombras, inclinó la cabeza y siguió marchando lentamente.
-Así vagó cuatro horas, deteniéndose en un punto, mirando con atención
-una casa, impregnando la mirada con el espectáculo de la ciudad que
-tanto había querido y en la que marchaba hoy como un desconocido. A las
-11 de la noche se encontraba en el Retiro, frente al río sereno y
-resplandeciendo bajo la luna. Uno que otro carruaje volvía de Palermo o
-tomaba la calle de Charcas; a veces una explosión de alegría llegaba a
-oídos del solitario.
-
-Bien solo, por cierto. Esa alma debía estar enferma, rendida por una
-lucha sostenida tal vez sin energía, pero no por eso menos agobiadora. Y
-así, marchando en los sueños íntimos, llegó tristemente a su hotel, se
-tendió en un sofá, tomó un libro que pronto cayó de sus manos y quedó
-inmóvil, con la mirada fija en el techo. Su cara fué perdiendo la
-expresión adusta, sus ojos se llenaron de lágrimas y un sollozo ahogado
-pasó por su garganta. La reacción fué violenta, se puso de pie, enjugó
-el rostro, sonrió con desprecio de sí mismo, se paseó largo rato por la
-pieza y luego llamó a Pedro.
-
---El tren sale a las 7, Pedro. Que todo esté pronto.
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-Luego se acostó y empezó para él el infierno cotidiano de los que han
-perdido el dulce sueño reparador de la vida...
-
-Corría el tren por los campos iguales y monótonos. En el vagón que
-ocupaba Carlos iban dos o tres personas desconocidas entre sí, lo que no
-impidió que a partir del almuerzo trabaran una larga conversación sobre
-los temas eternos de la vida de campo, la lluvia que hacía falta, porque
-los pastos estaban flojos, el cardo que tardaba, las barbaridades de los
-jueces de paz de los partidos respectivos a que pertenecían los
-viajeros, y por fin, la política, vista al microscopio, las profesiones
-de fe grotescas, una estrechez de espíritu inconcebible. Carlos oía con
-cierta atención la insípida charla; como los campos que atravesaba le
-traían la perdida nota impresional de la patria, así el palabreo que
-llegaba a sus oídos hacía revivir en su memoria el mundo normal en cuyo
-seno pasó su juventud. Luego sus ojos se perdían en la dilatada llanura,
-extensa como el mar y como él generadora de tristezas.
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-Pedro, solo y grave en un vagón de 2ª., miraba con asombro nuestros
-campos, buscando en ellos el cultivo, la subdivisión, el canal de riego,
-el bosque, el aspecto europeo, en una palabra. Una sensación indefinible
-le oprimía y a veces sacaba la cabeza por la portezuela, ansioso, en la
-expectativa de un cambio que no se producía.
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-Por fin, a la caída del día, el tren llegó al Azul; Carlos se dirigió a
-la posada. En la puerta del gran patio donde llegan las diligencias,
-carruajes y gente de a caballo, se encontraba un hombre recostado en un
-poste. Tendría de cuarenta a cincuenta años; alto, delgado, barba
-canosa, ojos negros serenos. Su traje era el de nuestros gauchos,
-chiripá, poncho, un modesto tirador viejo ya, un sombrero de felpa
-entrado en años y unas fuertes botas de baqueta, nuevas, compra sin duda
-de la víspera. A pesar de haber visto a Carlos, no hizo un movimiento.
-Este avanzó sonriendo hacia él y le puso la mano en el hombro.
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---¿No me reconoces, Tobías?
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---Niño Carlos...
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-No pudo decir más; se sacó el sombrero, empezó a darlo vuelta entre las
-manos y se quedó mirando a Carlos con tamaños ojos de asombro.
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---Sí, mi buen Tobías, estoy muy cambiado. Además, hace como diez años
-que no nos vemos. ¿Y cómo va la salud? ¿Y los hijos?
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---Buenos todos, señor; los muchachos andan en tropa. Anselmo salió
-anteayer con una punta y Gregorio debe llegar mañana o pasado.
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---¿Y quiénes hay en la Quebrada?
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---Manuel Tabares, cuatro peones y la vieja Nicasia.
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---¿Aún vive Nicasia?
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---Cuando ha sabido que el niño iba a venir se ha puesto como loca.
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---Bueno; tenemos tiempo de hablar. ¿Cuántos caballos has traído?
-
---Cuatro, por si acaso, aunque ninguno hemos de tener que cambiar.
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---¿Y el carro?
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---Llegará mañana a la tarde. ¿Cuándo nos vamos, señor?
-
---Mañana bien temprano, para llegar con día.
-
---Saliendo a las seis estamos a las cinco en la Quebrada.
-
---Tobías, este hombre (y señalaba a Pedro, que, con un saco de noche en
-la mano, correcto e inmóvil, había presenciado el diálogo sin entender
-una palabra), este hombre es mi sirviente, pero no habla español. Dice
-que aunque no es muy de a caballo, quiere ir montado, en vez de esperar
-el carro. Dale uno de buen andar y manso.
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---El moro, señor.
-
---Vaya por el moro. A las 5 me recuerdas con todo listo.
-
-Desfiló el clásico _menú_ de los hoteles de campaña en nuestra tierra.
-¿Un buen puchero? ¿Un buen asado? ¡Jamás! Frituras, guisos
-pseudo-franceses, combinaciones de un _chef_ que, para elevarse al arte
-cree deber salir de la naturaleza. Carlos recorrió la lista, recordó su
-experiencia pasada y pidió un ingenuo bife con _dos de a caballo_, una
-botella de cerveza inglesa y queso. ¡Ay de aquel que sale de ese régimen
-higiénico!
-
-El cansancio del ferrocarril le dió algunas horas de sueño. Pero cuando
-a las 5 de la mañana Tobías vino a golpear su puerta, le encontró
-vestido y pronto a montar.
-
-Así que dejaron el pueblo y que el espacio abierto se presentó, Carlos
-sintió esa sensación deliciosa que sólo los argentinos sabemos apreciar,
-cuando, sobre un buen caballo, se galopa por los campos en la mañana.
-Una leve brisa, fresca, con un olor sano e intenso, venía de oriente,
-donde el sol se elevaba ya, pugnando por abrir camino a sus rayos al
-través de un grupo de nubes. Las estancias esparcidas en la extensión de
-la llanura, como islas en un mar inmenso, manchaban con sus tonos
-obscuros la sábana de verde pálido en la que la vista se perdía hasta el
-confín del horizonte. Los caballos, contentos y briosos, resoplaban con
-energía, levantando sobre el camino resecado una nube de polvo, que iba
-a disolverse a la espalda en fugitivos remolinos. Un grupo de ovejas que
-comía al borde de la ruta se precipitaba al lado opuesto y detrás iba
-toda la majada, desatentada, como si corriera un peligro inmenso. Cuatro
-o cinco corderos quedaban rezagados, con la colita entre las piernas,
-enclenques, temblorosos bajo su cuero desnudo y arrugado, balando con un
-quejido lastimoso. Diez o doce madres habían dado vuelta cara y
-respondían al llamado sin cesar, como sacando la voz de las entrañas
-para que sus hijos las reconocieran. Un perro, girando a la carrera
-alrededor del rebaño, ladraba furioso al pasar junto al grupo de
-jinetes, cuyos caballos agachaban las orejas e hinchaban ligeramente el
-lomo. Luego, una manada de yeguas que sale a escape, se detiene a
-cincuenta varas y queda inmóvil, las orejas rectas, los ojos grandes e
-ingenuos. El sultán está a la cabeza, soberbio con su larga crin y
-opulenta cola. Brilla su pelo inmaculado como un tejido de acero. Un
-potrillo más audaz se acerca, hace una cabriola, rompe a la carrera, se
-detiene al pie de la madre y se pone tranquilamente a mamar. Las vacas
-son más reposadas; algunas levantan la cabeza, pero pronto la inclinan
-sobre la tierra y continúan rumiando. Uno que otro toro espléndido se
-cuadra noblemente, escarba el suelo y mira con arrogancia.
-
-Los _teros_ atronan el aire; parecen la bocina del derecho indio,
-clamando eternamente sobre la pampa contra la conquista europea. Avanzan
-audaces, cruzan a dos varas de los jinetes como una saeta y se pierden a
-lo lejos, dando la voz de alarma que hace poner en fuga a los patos que
-reposan en la próxima laguna, rica en juncos y pobre en agua. La
-lechuza, inmóvil sobre una viscachera o en la punta de un palo de
-alambrado, abre el pico como un resorte mecánico, lanza su grito
-gutural, que en la noche inquieta los espíritus más serenos, deja caer
-sus párpados amarillentos, que tienen más expresión que sus ojos mismos
-y queda en su postura egipcia. Multitud de pequeñas aves saltan a cada
-instante de entre el pasto; por momentos, una perdiz hiende el aire con
-su silbido característico y el ruido estridente de sus alas al batir
-precipitadas; otras se agachan, se disuelven entre los tonos grises de
-la tierra y quedan inmóviles. De tiempo en tiempo Tobías les lanza su
-rebenque, no siempre sin resultado, ante el asombro de Pedro, que
-contempla atónito el nuevo sistema cinegético.
-
-Y así avanzan en silencio, Carlos perdido en sus reflexiones, el
-sirviente un tanto dolorido ya, Tobías con la indiferencia suprema del
-gaucho por todas las cosas de la vida. Cada media hora, Tobías da la
-señal de reposo deteniendo su caballo y poniéndolo a un trote suave,
-pero que rinde camino. Según él, el secreto para llegar pronto no está
-en andar ligero, sino en andar seguido. Tobías nombra las estancias que
-aparecen a lo lejos, a medida que se avanza y que las copas de álamos
-que se veían suspendidas en el aire se unen a sus troncos al cesar el
-miraje. A las doce se hace alto junto a un jagüel rodeado de algunos
-sauces y paraísos que ofrecen una sombra suficiente. Carlos no ha
-querido ir a una pulpería que está a diez cuadras, en una estancia donde
-indudablemente habría sido muy bien recibido, pero en lo que habrían
-tardado tres horas en matar algunos pollos y donde habría tenido que
-hablar sobre cuanto Dios crió. Tobías, que se ha avanzado, después de
-manear cuidadosamente los dos caballos de repuesto, vuelve a la media
-hora con un carnero muerto y degollado, pan, vino y sal, hace fuego,
-fabrica un asador con una rama de sauce y a los veinte minutos se
-presenta con un asado color de oro, chisporroteando aún y chorreando de
-jugo.
-
-Diez, veinte años de París, comiendo en Bignon, cenando en el café
-Anglais, no alcanzan jamás a borrar en nosotros el tinte criollo, la
-tendencia indígena, el amor a las cosas patrias... y el gusto por el
-cordero al asador. Se quema uno los dedos, es cierto, queda en la boca
-cierto sabor _empaté_, pero es esa una sensación posterior, altamente
-compensada por las delicias del primer momento.
-
-La charla de sobremesa animó a Tobías, que aprovechó una buena ocasión
-para echar fuera lo que sin duda le estaba trabajando hacía tiempo.
-
---Dígame, señor, ¿viene por mucho tiempo a la Quebrada?
-
---Por mucho tiempo, Tobías; no pienso moverme de allí hasta que vuelva a
-Europa.
-
---¡Pero cómo va a vivir en esos ranchos, señor! ¿Cómo no se ha ido más
-bien a las Tunas?
-
---¿Te incomoda mi visita, mi buen Tobías?
-
---¡Por dónde, señor!
-
---Entonces, no hay que hablar.
-
-Tobías se rascó la nuca, ensilló de nuevo los caballos y pronto la
-partida estaba en marcha. Fué ese el momento duro para Pedro. Al
-principio, el buen galope del moro recomendado por Tobías le había
-seducido; pero pronto le dolió la cintura, las rodillas le empezaron a
-arder en la parte que frotaban la silla y cuando después del reposo del
-almuerzo volvió a su postura de centauro, todo el cuerpo protestó en un
-estremecimiento. Se dominó, sin embargo, sonrió a Carlos y partió
-heroicamente al galope.
-
-A las tres de la tarde, poco después de atravesar el arroyo de
-Chapaleofú, algunas gotas de agua empezaron a caer. El cielo se había
-cubierto por completo y pronto un aguacero tremendo cayó sobre los
-viajeros. La tierra parecía revivir bajo la onda; un olor de humedad se
-desprendía del suelo. El horizonte se había estrechado y los montes de
-las estancias más próximas se iban disolviendo entre la bruma. La lluvia
-redoblaba de violencia a cada instante y los viajeros estaban empapados
-hasta la carne.
-
-Así marcharon dos horas, lentamente, al paso, porque el suelo se había
-hecho resbaladizo. Carlos, rebelde a la fatiga física, había recibido
-con placer la lluvia. En cuanto a Pedro, sólo Dios y él saben lo que
-pasó en esos momentos por su alma y la opinión que formó de nuestra
-tierra argentina y de sus modos de vialidad.
-
-A las 7 de la noche, profundamente obscura, bajo la lluvia, un violento
-aullar de perros se hizo oir y una luz mortecina apareció a unos cien
-pasos.
-
---Llegamos, señor, dijo Tobías.
-
-El viejo capataz se avanzó, gritó a los perros, que callaron al
-reconocer su voz y dió los caballos a dos o tres hombres que habían
-salido de la cocina. Una viejecita, con la cabeza descubierta bajo la
-lluvia, se avanzó mirando a uno y otro lado y cuando hubo reconocido a
-Carlos, lo ayudó a bajar, repitiendo sin cesar: "Niño Carlitos! Dios se
-lo pague!"
-
-Carlos cortó el torrente de las expansiones y ganó rápidamente la casa,
-seguido de Pedro, rígido como un autómata. Cambió de ropa, comió y con
-inmensa delicia se tendió en una cama.
-
-A la mañana siguiente se levantó temprano, tuvo su conferencia con
-Nicasia, a quien pronto despachó a la cocina y dió un vistazo sobre su
-morada. He aquí lo que vió.
-
-Una pequeña casa de material, con techo de hierro de media agua, ocupaba
-el fondo de un cuadrado. A la derecha un rancho, cocina y cuarto de
-peones. A la izquierda la habitación de Nicasia, sin duda, un pequeño
-rancho de paja. Al frente un palenque para atar caballos y en el centro
-del patio un ombú raquítico que se había ido en raíces. Las tres piezas
-de su apartamento consistían en un dormitorio casi desnudo de muebles,
-un comedor por el estilo y un gran cuarto donde había algunas viejas
-sillas de montar, bolsas, una romana, una pila de cueros secos en un
-rincón, diarios viejos, un tercio de yerba, una damajuana de
-aguardiente, barricas de azúcar, una bolsa de sal y en una pared un
-retrato del general Mitre en 1860. Allí había dormido Pedro.
-
-Carlos sacó una silla al corredor, puso sobre otra las piernas y cayó en
-profunda meditación. El día estaba espesamente nublado y la lluvia caía
-por momentos. Un silencio de muerte reinaba sobre los campos y el
-horizonte concluía a cien varas. A lo lejos, el eco amortiguado de un
-cencerro o el apagado ladrido de un perro. Contra un pilar del corredor,
-el criado fiel, perdido en ese mundo nuevo para él, dejaba vagar su
-mirada por el cielo gris. Carlos sintió que el corazón se le oprimía;
-temió que la paz tan buscada no estuviera allí, comprendió que mientras
-durase la tormenta intensa era inútil buscar la tranquilidad de las
-cosas para darla a su espíritu conturbado y pasó la mano por su frente.
-De nuevo miró a su alrededor; un recuerdo pasó por su memoria, una
-amarga noche en que inclinaba ya su cuerpo sobre el Sena, en París, para
-buscar la calma en la muerte. La lluvia caía, monótona, triste,
-sepulcral; la llanura parecía envuelta en una mortaja. Carlos inclinó la
-cabeza llena de sombras, murmurando:
-
---Heme en el fondo del río, con una piedra al cuello.
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- 1884.
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-De cepa criolla
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-Carlos Narbal pertenecía a una familia de larga data en tierra argentina
-y a la que no habían faltado las ilustraciones patrióticas de la
-independencia ni los mártires de las luchas civiles. Su abuelo, el
-primer Narbal criollo, fué sorprendido a los veinticinco años por la
-tormenta de 1810. De la tranquila vida colonial, un momento interrumpida
-por el rechazo de las invasiones inglesas, en el que había tomado una
-parte honorable como oficial subalterno, se vió de pronto envuelto en el
-torbellino de la revolución, al que le empujaban más sus amistades y
-vinculaciones con las cabezas calientes de la juventud patricia, que sus
-inspiraciones propias. Rico, relativamente a la época, hacendado y por
-lo tanto fanático por D. Mariano Moreno, bastó la presencia de su ídolo
-en la primera junta para determinar el partido a que había de afiliarse.
-Gritó: ¡abajo Cisneros! el 25 de Mayo, sin ponerse ronco, formó parte de
-un grupo que arrancaba carteles, aplaudió a Passo, hizo una crítica
-razonable contra el discurso de recepción de Saavedra y luego, entrada
-la noche, como hacía frío y lloviznaba, abrió su paragua y se fué
-tranquilamente a su casa, donde contó la jornada a su vieja madre con la
-misma sencillez con que hubiera narrado una corrida de sortijas. No se
-daba cuenta de la importancia del movimiento, no tenía ambiciones ni
-imaginación. Era, pues, un hombre feliz de la colonia, el tipo más
-completo de la especie que haya vivido sobre la tierra. Una noche, en
-una sobremesa del café de Mallcos en que se había apurado más de lo
-habitual el Valdepeñas y el Jerez, varios de sus amigos declararon su
-intención de ir a reunirse al ejército del coronel Balcarce que operaba
-en el alto Perú, aprovechando la partida de Castelli, el fugaz
-Saint-Just de nuestra revolución. No sé cómo vendría la cosa, pero
-nuestro hombre juró, se arrepintió un poco a la mañana siguiente, se
-consoló al mediodía, arregló su equipo a la noche, partió con los
-compañeros, se unió a Balcarce la víspera de Suipacha, se batió
-dignamente y se disgustó por completo del oficio el día de la ejecución
-de Córdoba, Nieto y Paula Sanz. En la primera ocasión regresó a Buenos
-Aires, habiendo pagado su deuda a la patria, se casó y pronto dos hijos
-le dieron el corte definitivo del hombre de hogar. El primogénito creció
-en aquella atmósfera ruidosa y vehemente de la revolución, tan lejos hoy
-de nosotros, que cada año transcurrido parece un siglo. Los cuentos de
-los viejos sirvientes de la casa, que todos habían servido, respiraban
-olor a combates. La nota tosca del heroísmo, la habitud de la idea de
-lucha se hundía en el cerebro del niño. Luego las guerras civiles, los
-amargos momentos del año veinte, el hogar inquieto, el padre
-meditabundo, la madre llorosa. Tenía catorce años el día de Ituzaingó y
-era ya un pequeño patricio, exaltado, entusiasta, sediento de acción, la
-antítesis del padre, a quien sólo debía la vida, pues su alma era hija
-directa de la revolución. Cuando abrió los ojos a la luz y con la
-virilidad llegó la dignidad, vió a su padre consumirse lentamente en la
-agonía moral de la dictadura, bajo el peso del oprobio y la vergüenza.
-Rosas imperaba y la juventud se estremecía. Muerto su padre, casada su
-hermana con un hombre de la situación que protegería a la madre, logró
-una noche embarcarse y pasó a Montevideo. La revolución del Sud le contó
-entre sus soldados; batidos, deshechos, pocos lograron salvar del
-desastre. Narbal escapó, se unió a Lavalle, luego a Paz y de nuevo se
-encerró en Montevideo con la ilusión perdida y el alma resuelta. ¡Cuán
-largos han sido para nuestros padres esos días, esos años de eterna
-expectativa, en que cada nueva luna traía la noticia de un nuevo
-desastre, fijos los ojos en la dictadura granítica que del otro lado del
-Plata se levantaba sombría, desafiando el tiempo y el esfuerzo humano!
-En el día la batalla estéril en la que se pierde la vida sin esperanza
-de que el tiempo fugitivo traiga la libertad; en la noche, el insomnio
-que causa la conciencia del porvenir perdido y la amargura infinita de
-la patria deshonrada!
-
-Tarde ya, pasados los treinta años, Narbal unió su suerte a la de la
-hija de un proscripto como él, dulce criatura que había crecido atónita
-dentro de un infierno de odios y de sangre. Carlos nació en 1850 y desde
-ese día la fisonomía de su padre se hizo más obscura aun. El porvenir de
-su hijo, sin patria desde la cuna, sin fortuna (sus bienes habían sido
-confiscados por Rosas) le aterraba. Por fin brilló el bendecido momento
-de Caseros. Los que en ese instante grabaron el nombre del Libertador en
-el alma, no lo olvidaron jamás. Caseros lava la vida entera de Urquiza,
-como Ituzaingó la de Alvear. No se da la libertad a un pueblo ni se
-salva la independencia de la patria, sin que la historia olvide las
-debilidades humanas y consagre el tipo de los hombres en el momento
-trágico de su vida.
-
-Narbal volvió a su patria y al ensanchar sus pulmones, al empezar la
-vida a los cuarenta años, como si su organismo moral se hubiera
-renovado, de nuevo al destierro, empujado por muchos de los que había
-combatido cuando doblaban la cabeza servil bajo Rosas y por la agitación
-insensata de una juventud ávida de ruido, sin conciencia del pasado y
-sin visión del porvenir. El golpe fué rudo y la tierra extraña más sola
-que en los amargos días de la lucha. Una melancolía profunda se apoderó
-de él, perdió la esperanza que un momento había brillado ante sus ojos y
-se extinguió en silencio en brazos de su fiel compañera, oprimiendo la
-mano de su hijo.
-
-Carlos volvió a la patria; los bienes de su familia le habían sido
-restituídos. Su primera educación fué la de todos nosotros, superficial,
-arrancada a trozos a la debilidad de la madre, con sus largas estadías
-en el campo predilecto, los numerosos años recomenzados en el curso
-universitario y en la adolescencia, la vida vagabunda, un tanto
-_compadre_, que hoy se ha perdido felizmente por completo. Las hazañas
-de media noche, las asociaciones para el escándalo nocturno, el prurito
-del valor en las luchas contra el infeliz _sereno_, el asalto a los
-cafés, a los bailes de los suburbios, el contacto malsano de las bajas
-clases sociales cuyos hábitos se toman, el lento desvanecimiento de las
-lecciones puras del hogar. Los que han pasado en esa atmósfera su
-primera juventud y han conseguido rehacerse una ilusión de la vida y una
-concepción recta del honor, necesitan haber tenido de acero los resortes
-fundamentales del alma. La guerra del Paraguay fué, en ese sentido, un
-beneficio inmenso para nuestro país. Por afición a las armas, por
-admiración a muchos oficiales de la época, pendencieros, decidores,
-eternos arrastradores de poncho, tal vez un poco por el palpitar de la
-_fibra salvaje_ que jamás se extingue por completo, muchos jóvenes de 18
-a 25 años, de los que entonces hacían esa vida ignominiosa, partieron a
-campaña y se rehabilitaron cayendo noblemente en los campos de batalla o
-ilustrando su nombre por el valor y la buena conducta.
-
-Carlos era muy joven aún. Por otra parte, su índole recta y generosa,
-cierto amor _dilettante_ al estudio, sobre todo a la lectura, y por
-último un largo viaje para terminar su educación en Europa, que su
-madre, bien aconsejada, le hizo hacer, le salvaron del peligro de una
-vida que habría destruído su porvenir. Pasó tres años en un colegio
-inglés, anexo a la Universidad de Oxford y allí se operó la
-transformación radical de su organismo moral.
-
-Nada como la atmósfera inglesa para regularizar este conflicto eterno
-que se llama el alma de un latino y más aún el alma de un sudamericano.
-Sea tradición de raza, atavismo revolucionario o simple influencia
-etnográfica, el tipo general de nuestros jóvenes se combina moralmente
-de excesos y depresiones curiosas en sus diversos elementos. La
-imaginación ocupa un espacio inmenso y su constante acción determina una
-insoportable prisa de vivir, de llegar, de gozar de entrada la plenitud
-del objetivo. Al mismo tiempo y por la misma influencia, el objetivo es
-vago e indefinible para los mismos que lo persiguen. El valor nos sobra,
-el valor instintivo, el valor de empuje momentáneo, pero la voluntad
-persistente nos falta. Entre nosotros todo el que ha _querido_ ha
-llegado. Además, la vida de "Gran Aldea", el círculo relativamente
-circunscripto de nuestro mundo social, las amistades de la infancia, que
-se perpetúan en el contacto tenaz y obligado de una vida en común, las
-extensas vinculaciones de sangre que son apoyos inconscientes,
-determinan en nuestra juventud la atrofia de la individualidad, la
-pérdida de la iniciativa propia y de esa reserva legítima que aconseja
-hacer un fondo inviolable, personal, de fuerzas morales, en vista de la
-dura lucha que se prepara.
-
-Como el gaucho de otros tiempos que vivía indolente en la seguridad de
-la subsistencia, vivimos tranquilos, unos reposando en la fortuna
-heredada, otros en el empleo infalible, los más en los recursos de la
-política. Nos apoyamos unos a otros, vamos rodando en común y muchas
-veces una fuerza individual que estalla en plena juventud con carácter
-de _alguien_, se desilusiona en el primer esfuerzo ante la necesidad de
-ceder a la apatía general para no marchar solo e impotente.
-
-Tal era el corte moral de Carlos; la atmósfera inglesa pesó sobre él
-como una pesada máquina de nivelación. Los fuertes ejercicios físicos
-desenvolvieron y dieron fuerza a su cuerpo, más aún, si se quiere,
-acentuaron sus necesidades animales, en saludable detrimento de sus
-crisis morales perpetuas. El limitado trabajo intelectual de la
-educación inglesa permitió a su espíritu el lento y progresivo
-desarrollo, tan raro entre nosotros, donde la inteligencia marcha a
-saltos y procede por aglomeraciones de difícil digestión que
-congestionan el órgano. Luego, en aquella vida libre del estudiante
-inglés, confiado a sus fuerzas, a sus recursos, aprendió el valor de su
-propia individualidad, adquirió el aspecto serio que oculta la prudente
-reserva y se hizo un hombre de reflexión y de voluntad. Al mismo tiempo,
-recuperó la pureza moral de la adolescencia y cuando llegó la edad de
-los cariños, se encontró con el alma preparada para querer y querer
-profundamente.
-
-No es cierto que la juventud sea idéntica en todas partes, como la
-mañana no es igual en todo el orbe. Hay en los jóvenes ingleses un
-reposo que nos es desconocido, un residuo de infancia que a los veinte
-años ha ido a reunirse, entre nosotros, con los cuentos de la nodriza y
-los juegos de la gallina ciega. La precocidad con que se obtienen los
-honores viriles, la falta de un aprendizaje en todo, la improvisación de
-competencias que acaba por comunicar al que las alcanza una alta opinión
-de sí mismo, son elementos desconocidos en Inglaterra, donde la vida se
-desenvuelve lenta y regular.
-
-Llegado a los 17 años a Oxford, Carlos se encontró con un mundo nuevo
-que le sorprendió sin atraerle. Sus placeres no eran los mismos a que
-veía entregarse a sus compañeros. Su ingénita aristocracia latina
-repugnaba al ejercicio muscular constante y violento que era el fondo de
-la ocupación de sus _fellows_. Pero bien pronto la emulación, cierto
-prurito patriótico (¿dónde no va a meterse?) le determinaron a
-esforzarse, a trabajar, a querer y tras largas y terribles horas pasadas
-al sol, inclinado sobre el remo o jadeante en el campo del _cricket_,
-fué un día admitido a ocupar un puesto en la canoa de honor.
-
-Pronto tomó gusto a la vida independiente del estudiante inglés, tuvo su
-apartamento, su servicio, su caballo, el _valet de chambre_ hábil y
-correcto, invitó a _lunchs_, entró por las formidables _wines partys_, y
-como era generoso y sus medios le permitían ser espléndido, conquistó su
-carta de ciudadanía en el difícil mundo estudiantil en el que se
-requiere un tino exquisito para no ser demasiado obsequioso con un hijo
-de Lord o seco en demasía con el triste vástago de un cura de campaña.
-
-Introducido por sus compañeros o por medio de cartas venidas de
-Londres, en el seno de algunas familias, sus ideas artificiales sobre la
-mujer, formadas en los bailes de suburbio en Buenos Aires o en sitios
-más característicos aún, empezaron a transformarse en un respeto
-instintivo. La atmósfera de pureza moral que respira un hogar inglés le
-penetró por completo y pronto, al ser tratado como un hombre de honor
-por un padre que le confiaba su hija, comprendió que no es necesaria una
-lucha tenaz con el instinto bestial que inspira infamias, para vencerlo
-con nobleza. Así, lentamente, sus facultades de raza, aquellas que no
-debemos envidiar a pueblo alguno de la tierra, se elevaron por la
-conciencia de sí mismas y acercaron a Carlos al ideal de un hombre, esto
-es, el hombre sereno, correcto, leal y reservado, cómodo en la vida,
-preparado por la reflexión para el porvenir, como la fortaleza prepara
-para la desgracia. El rasgo fundamental de su carácter fué la
-profundidad inalterable de sus afecciones. Quería a pocos, pero quería
-bien. Era un amigo de novela latente; más de una tarde, solo, pensando
-en la patria lejana, sonreía al ver pasar por su espíritu la imagen
-seductora del sacrificio en obsequio de un amigo. Todo habría hecho en
-caso necesario. Con una concepción semejante de la amistad, los pequeños
-rasguños duelen como heridas profundas.
-
-¿Amores? El ligero _flirtation_ del estudiante, la cinta recibida en una
-suave presión de mano para adornar su pecho en la regata, dos ojos
-azules palpitantes de júbilo el día de triunfo en el cricket, los paseos
-por la tarde o la lectura romántica de Tennyson. Pero ninguna impresión
-honda ni duradera.
-
-A los veinte años, el primer rayo de la tormenta cayó sobre su alma
-serena. Un telegrama lo llamó a Buenos Aires, al lado de su madre
-gravemente enferma. Era su única familia, su mundo, su idolatría. Buena
-y dulce, no pudiendo habituarse a la separación, pero con esa fuerza de
-sacrificio en la que las madres concentran toda su energía, su cuerpo se
-fué debilitando hasta que el primer accidente la encontró sin vigor para
-la lucha.
-
-Carlos llegó a tiempo para pasar dos días al pie de su lecho y recostar
-en su seno la cabeza querida en el último momento.
-
-Una desesperación honda y callada se apoderó de él. En esos instantes,
-los amigos no bastan. El alma aspira al dolor con una voluntad
-persistente e invencible. La vida de la ciudad se le hizo insoportable y
-fué a pasar sus horas de amargura en uno de los establecimientos de
-campo que formaban su patrimonio.
-
-Su vida de dos años, con raras apariciones en la ciudad, pasada en la
-atmósfera serena y monótona de los campos, borró la impresión aguda,
-dejando sólo la melancolía del recuerdo que jamás se olvida, pegado al
-corazón hasta la tumba. Ese aislamiento voluntario tiene el peligro del
-embrutecimiento, si no hay voluntad para resistir la inerte tendencia
-animal que empuja a la vegetación, al acuerdo inconsciente con todo lo
-que vive y muere alrededor. La música, la lectura, las visitas de sus
-amigos, la larga correspondencia subjetiva, salvaron a Carlos. Un
-incidente le determinó venir a Buenos Aires. En una campaña electoral
-uno de sus amigos fué candidato a la diputación nacional. El comité,
-conociendo las relaciones de éste con Carlos y deseando atraer un hombre
-que en tres partidos de campaña podría presentar quinientos electores
-perfectamente alineados, a caballo y con facón, sin más voluntad que la
-de _Don Carlitos_, nombró secretario a Narbal. Este, a pesar de no
-tener gran afición a la política, aceptó en el acto, en obsequio de su
-amigo. Además, la _plataforma_ de la lucha del momento era la cuestión
-clerical. En ese terreno Carlos, hombre de ideas liberales y tolerantes
-hasta el extremo, opinaba, como toda la gente razonable, que lo mejor es
-_no meneallo_. Pero como cuando hay dos que pueden menear algo, no basta
-que uno solo no quiera hacerlo, resultó que los clericales menearon de
-tal manera que fué necesario salirles al encuentro. Como siempre, el
-público, el pueblo, quedó indiferente. Pero la emulación intelectual,
-los pinchazos por la prensa, la polémica que arrebata, acabaron por
-comunicar a los combatientes la falsa convicción de que se encontraban
-en presencia de uno de los más graves problemas que se hubiera
-presentado desde el "día de la organización". Un artículo cualquiera fué
-atribuído a Carlos por una hoja clerical. Como el artículo no era bueno,
-la réplica fué sabrosa, sin que faltara la alusión "a la gente que mide
-su competencia por el número de vacas que posee" o que cree "que basta
-saber inglés para entender de todo". En seguida, toda la guerrilla
-guaranga de los sueltistas que, a pesar de tener una idea muy vaga y
-difusa de lo que significa _patronato_ y que a veces dicen _cañones_ por
-_cánones_, se tratan unos a otros de _gran batata_, _monigote_ y demás
-gentilezas de un gusto perfecto.
-
-Carlos se irritó. En su vida había publicado nada, pero tenía los
-cajones de su escritorio repletos de todas esas cosas que se escriben en
-la juventud. "Sueños", más o menos fantásticos, "Recuerdos", conatos de
-novela, biografías de próceres, versos, etc. La pluma no le era un
-instrumento desconocido ni la cuestión tampoco, a cuyo estudio había
-dedicado el último año de su vida de campo. Replicó, la polémica se
-hizo más extensa y levantada, creyó tener por adversarios, bajo el
-anónimo de la prensa, a hombres del valor de Goyena y Estrada y con el
-respeto de sí mismo que jamás le abandonaba, resolvió suspender la
-improvisación del momento que a veces desvirtúa la idea, esparciendo los
-argumentos, y después de un mes de laborioso esfuerzo publicó un nutrido
-folleto titulado "La Iglesia ante la sociedad política".
-
-El libro hizo efecto; escrito en un estilo simple y elevado, con una
-cultura no desmentida y un verdadero respeto a la religión, quitó en la
-réplica a sus adversarios el derecho a la invectiva, sin la cual un
-escritor clerical de la buena escuela no hace nunca nada que valga la
-pena. El nombre de Carlos, hasta entonces desconocido o poco menos, tomó
-cierta celebridad. En la memoria del pueblo se reavivó el recuerdo de su
-padre y de su abuelo, hombres dignos y que habían servido bien a su país
-y pronto sintió Carlos que se abría ante él un porvenir que no había
-sospechado.
-
-A los veintitrés años se encontró en una de las posiciones más
-envidiables que es posible alcanzar en nuestra tierra y en muchas otras;
-un nombre respetado, una fortuna sólida que crecía todos los días en el
-movimiento progresivo del país, con la estimación general y el cariño
-profundo de sus amigos, inteligente e ilustrado y todo esto acompañado
-de una figura elegante.
-
-Alto, delgado, grandes ojos pensativos y de mirar abierto y franco,
-culto y correcto, sin aquella afectación inglesa que es la caricatura
-del género, un tanto callado, haciendo poco o nada por divertir la
-rueda, pero apreciando como el que más los buenos rasgos de espíritu,
-con buenas costumbres por exceso de lujo, su entrada en nuestra sociedad
-porteña fué sembrada de flores.
-
-Hay hombres que apenas llegan a la plenitud de su fuerza moral, no
-tienen más pensamiento fijo que el de encontrar una compañera para la
-gran ruta de la vida. Carlos era uno de ellos; allá en el fondo, había
-resuelto casarse, sin comunicar su proyecto ni aun a sus más íntimos
-amigos, por temor, no sólo del combate diario contra las presuntas
-suegras, sino sobre todo de perder, en la caza implacable de que sería
-víctima, todas sus ilusiones y esperanzas.
-
-Naturaleza seria y reposada, sentía una repugnancia instintiva por todas
-esas pueriles escaramuzas del amor, tan comunes en nuestra tierra.
-
---¿Pero qué tiene eso de particular, Carlos?--le decía una noche uno de
-sus amigos, joven elegante, sin más pensamiento que la mujer, de eterna
-buena fe en sus entusiasmos, creyéndose sinceramente enamorado de la
-última con quien hablaba, escéptico contra el matrimonio, predestinado
-por lo tanto a casarse con una contralto cualquiera.--¿Qué tiene de
-particular que en vez de hablar de nimiedades en un salón, se cante a
-una mujer joven y linda la canción soñada cuya música adivina sin que la
-letra haya llegado a su oído? Hay una especie de convención social que
-sonríe ante esos amores primaverales y no les da importancia alguna. A
-más, la pureza sale sin mancha de esa esgrima del sentimiento que sirve
-para conocerse a sí mismo y no tomar por un afecto profundo la veleidad
-de un atractivo pasajero.
-
---Te equivocas, replicaba Carlos tristemente. Esa convención social en
-cuya protección buscas la impunidad, no existe ni puede existir. Por lo
-que a la mujer toca, ¿no comprendes que en eso que has llamado la
-esgrima del sentimiento pierde toda la inmaculada inocencia que hacía su
-encanto? ¿No has oído mil veces a tus mismos amigos, en esas largas
-charlas del club, fijar su ideal de esposa en una criatura que hubiera
-abierto para él solo y único la virginidad del alma? ¿Quieres un
-ejemplo? Hace un año, en un gran baile sumamente fastidioso, te dió a tí
-mismo que me hablas, por enamorar a esa hermosa y buena criatura que se
-llama Julia X... Como de costumbre, esa noche te enamoraste
-perdidamente, lo que no impidió que a la mañana siguiente te hubieras
-olvidado por completo de tu campaña.--Tres meses después, Jorge tuvo la
-inspiración de proceder a la misma esgrima en circunstancias análogas.
-¿Cuántas veces les he oído entregarse a la eterna broma de las
-reconvenciones recíprocas y tacharse, riendo, de deslealtad? ¿No crees
-que ese incidente bastaría para detener a un hombre caviloso que hubiera
-pensado seriamente en hacer de Julia la compañera de su vida? No es por
-cierto porque la pobre criatura haya desmerecido ni que su pureza sea
-sospechada; pero la fuerza de las cosas es así. El escepticismo
-fundamental de ustedes en materia de mujeres, sólo puede ser vencido por
-la fuerza de la inocencia absoluta, indiscutible. Una mujer que ha
-tenido amores con un hombre, por más ideales y castos que hayan sido,
-parece conservar sobre sus labios, a los ojos extraños, el rastro de un
-beso furtivo. Me dirás que un beso es nada; a veces es un abismo.
-
---Pero no se llega siempre al beso, Carlos.
-
---¿Quién lo sabe? ¿Quién va a preguntarlo? ¿Quién te creerá si niegas,
-como es tu deber? La duda basta. ¿Además, por ustedes mismos, qué
-necesidad tienen de ir a buscar en el mundo donde se reclutan nuestras
-madres, que será el de nuestras hijas, esas vanas satisfacciones del
-amor propio que con un poco de dinero y audacia, se obtienen tan
-fácilmente en otra parte?
-
---¿Quieres hacer entonces de nuestra sociedad un convento?
-
---No; quiero sólo una concepción vasta y completa del honor: he ahí
-todo. Para ustedes, la altura desinteresada en materia de dinero y la
-suceptibilidad exquisita que pone la espada en la mano por una nimiedad,
-constituyen el código completo. El engaño de una mujer joven y
-candorosa, que cree cuanto le dices, porque no tiene razones para dudar,
-el desgarramiento moral que sucede a la desilusión, el compromiso de la
-felicidad de su vida entera, ¿no te parece un acto tan reprochable como
-el de dejar de pagar tres o cuatro mil pesos a uno de esos barbones del
-Club, que apoyándose en su experiencia y sangre fría, te ganan todas las
-noches al _bésigue_?
-
---¿Es decir, que no debemos ni aún ser sociables?
-
---¡Es curioso! ¡Parece que pretendieran ustedes serlo! ¡Sociables! ¡Pero
-si ni idea tienen de lo que es la sociedad! Pasan ustedes la vida en el
-Club; jamás una visita, jamás esas atenciones cordiales que son el
-encanto de la vida. En el teatro, o metidos en el fondo de la
-_avant-scéne_, fumando como en un café, o paseándose en el vestíbulo en
-los entreactos. Viene un baile; a amar con la primera que cae, cuestión
-de tener a quien clavar los anteojos en Colón.--Por el contrario, les
-pediría más sociabilidad, más solidaridad en el restringido mundo a que
-pertenecen, más respeto a las mujeres que son su ornamento, más reserva
-al hablar de ellas, para evitar que el primer guarango democrático
-enriquecido en el comercio de suelas se crea a su vez con derecho a
-echar su manito de tenorio en un salón al que entra tropezando con los
-muebles. No tienes idea de la irritación sorda que me invade cuando veo
-a una criatura delicada, fina, de casta, cuya madre fué amiga de la mía,
-atacada por un grosero ingénito, cepillado por un sastre, cuando observo
-sus ojos clavarse bestialmente en el cuerpo virginal que se entrega en
-su inocencia... Mira, nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos,
-es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo
-heterogéneo, cosmopolita, híbrido, que es hoy la base de nuestro país.
-¿Quieren placeres fáciles, cómodos o peligrosos? Nuestra sociedad
-múltiple, confusa, ofrece campo vasto e inagotable. Pero honor y respeto
-a los restos puros de nuestro grupo patrio; cada día, los argentinos
-disminuímos. Salvemos nuestro predominio legítimo, no sólo
-desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuanto es posible, sino
-colocando a nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no
-llegan las bajas aspiraciones de la turba. Entre ellas encontraremos
-nuestras compañeras, entre ellas las encontrarán nuestros hijos.
-Cerremos el círculo y velemos sobre él.
-
---¡El cuadro de la aristocracia austriaca!
-
---No la critiques, que tiene su razón de ser. Es la defensa de la
-naturaleza. Tú conoces mis ideas y sabes que sólo acepto las
-aristocracias sociales. En las instituciones, en los atrios, en la
-prensa, ante la ley, la igualdad más absoluta es de derecho. Pero es de
-derecho natural también el perfeccionamiento de la especie, el culto de
-las leyes morales que levantan la dignidad humana, el amor a las cosas
-bellas, la protección inteligente del arte y de toda manifestación
-intelectual. Eso se obtiene por una larga herencia de educación, por la
-conciencia de una misión, casi diría providencial, en ese sentido. Tal
-es la razón de ser de la aristocracia en todos los países de la tierra,
-tenga o no títulos y preocupaciones más o menos estrechas. Entre
-nosotros existe y es bueno que exista. No lo constituye por cierto la
-herencia, sino la concepción de la vida...
-
-Con semejantes ideas no era extraña por cierto la reputación de
-aristócrata que Carlos adquirió. Sonreía y dejaba decir, observándose
-con una rigidez implacable para poner de acuerdo sus actos con sus
-principios.
-
- 1884.
-
-
-
-
-A las cuchillas
-
-_A Eugenio Garzón._
-
-
-I.
-
-La idea de volver a la patria se había presentado al espíritu de Narbal
-inseparable de la de no vivir en Buenos Aires. ¿Por qué? No lo discutía,
-no lo analizaba. Era una aprensión nerviosa y tenaz, que le hacía
-considerar el retorno a la existencia de otro tiempo, como una fuente de
-amarguras insoportables. Además, el grupo simpático se había disuelto
-por los azares de la vida y era muy tarde ya para pensar en crearse
-nuevos cariños. Lorenzo se había casado hacía cinco años y los tres
-hijos deliciosos que encantaban su hogar, le habían convertido en el
-burgués pacífico, trabajador y tranquilo, que era a sus ojos, en épocas
-pasadas, el tipo perfecto del embrutecimiento humano. Muchos, la mayor
-parte de sus antiguos camaradas, habían seguido el mismo camino, aunque
-algunos sin transformarse, continuando bajo la cadena conyugal, bien
-ligera para ellos, sus viejos hábitos de club, de sport, de juego y todo
-lo que acompaña la vida fácil. A veces, Carlos, solo, por las mañanas,
-mecido por el paso lento e igual de su caballo, evocaba el recuerdo de
-los compañeros de juventud y comparaba su vida actual a la que se
-presentaba ante él. Uno había abrazado con pasión la carrera militar y
-acallando sus gustos sociales, su amor a los placeres, vivía perdido,
-pero no olvidado, allá en la remota frontera, batallando obscuramente
-con los indios, conquistando palmo a palmo comarcas enteras para
-entregar a la civilización, soldado y explorador, desenvolviéndose en la
-vida militar moderna, concebida con inteligencia. ¡Feliz él, que veía la
-ruta recta y luminosa abrirse ante sus pasos! Otro, en un acto de
-energía, se había arrancado a la patria y la servía con toda la fuerza
-de su espíritu y el amor de su alma, allá en lejanas tierras americanas,
-donde el nombre argentino estaba olvidado y que él hacía sonar
-perseverante y respetuoso. Aquel, joven, brillante, por quien Narbal
-había sentido siempre una vivísima simpatía, dejaba correr la vida
-insensiblemente, como algo que le fuera extraño, después de haber bebido
-también su cáliz y buscado la muerte honrosa del combate... Perdía,
-recorriendo así el pasado, la noción del tiempo; las figuras se borraban
-en una penumbra indecisa y le parecía que esos hombres habían vivido
-largos años atrás y que él mismo sobrevivía a un viejo mundo
-desvanecido. A veces, una figura delicada, esbelta, cruzaba su memoria
-e, involuntariamente, detenía su montura y entrecerraba los ojos
-buscando el nombre de la visión fugaz... ya había pasado y otra la
-reemplazaba. La asociación de recuerdos bajo la actividad del espíritu
-le hacía por momentos recorrer su vida entera en un relámpago. Empezaba
-la evocación sonriendo y concluía en un quejido.
-
-Narbal había buscado la existencia vegetativa y la sentía a cada
-instante alejarse de él. Los trabajos del campo a que se entregó con
-vehemencia, le fatigaron al cabo de un mes. Muerta la curiosidad
-intelectual, los libros no le decían nada, la pluma le inspiraba
-repulsión, un cansancio mortal le oprimía. Vencido a medio día por el
-sueño, se preparaba largas noches de insomnio, de las que salía
-profundamente quebrantado. A la verdad, el corte definitivo estaba ya
-adquirido, hasta el punto que, si un milagro hubiera hecho desaparecer
-el pasado, el estado moral de ese hombre no se habría modificado. Más
-que insoportable, la vida se había hecho indiferente para Narbal: todo
-le era igual, nada le atraía. No hablaba, cesó de montar a caballo y los
-interminables días de la campaña corrían lentos sin que se moviera de su
-cama, en la que, tendido, fumando, dormitando, pasaba las horas muertas.
-
-Quince días después de su llegada había recibido una larga y afectuosa
-carta de Lorenzo, en la que éste se quejaba con cariño de la conducta de
-Carlos a su respecto. Narbal contestó, sin disculparse. Una
-correspondencia seguida se estableció. Lorenzo, que al principio no
-había querido hablar de su mujer, de sus hijos, por un sentimiento de
-exquisita delicadeza, abordó el tema con franqueza un día. "Ven, le
-decía, mi hogar será el tuyo; estoy seguro de que las caricias de mis
-hijos te calentarán el corazón. Hay entre ellos un personaje de tres
-años, rubio, alegre, preguntón, con unos ojos llenos de malicia que, si
-recuerdo bien tu amor a las criaturas, te va a conquistar. Figúrate que
-te apasiones por ese muchacho; la salud moral no está lejos." Era tarde
-ya.
-
-Hacía tres meses que Narbal se encontraba en la Quebrada, cuando recibió
-una carta de Lorenzo que produjo en él la primera impresión violenta
-desde largo tiempo atrás. ¿La había escrito el amigo en un momento de
-sincera indignación o ensayaba, bajo esa forma, estremecer las fibras
-anestesiadas del corazón de Carlos? Tal vez ambas cosas. La carta decía
-así:
-
- "Mi querido Carlos: Te escribo en un momento, de profunda agitación
- para todos nosotros. Los diarios adjuntos te impondrán de lo que
- acaba de pasar en Montevideo. Las instituciones han sido
- pisoteadas, los poderes constituídos derribados por un motín de
- cuartel, el degüello, el viejo degüello salvaje, reaparecido en las
- calles, y, como siempre en ese desgraciado pedazo de tierra, la
- barbarie ha triunfado de la civilización. Los hombres de
- pensamiento y de honor, viejos y jóvenes, que no han sido
- asesinados o metidos en un calabozo, han tomado el camino del
- destierro. La mayor parte han conseguido pasar a Buenos Aires y se
- encuentran aquí sin recursos de ningún género y, por todo bagaje,
- con aquella enorme altivez que les conoces y que les impide aceptar
- el menor auxilio. Nuestra prensa, felizmente, ha condenado unánime
- el atentado. Nadie lo dice, porque sería absurdo, pero está en
- todos los corazones el deseo de que el gobierno, por los mil medios
- indirectos que tiene a su alcance, intervenga de una manera
- favorable a la causa de la justicia. No se trata aquí de blancos ni
- de colorados. La cuestión es entre los herederos de las hordas
- semibárbaras de un López o un Carrera y los hijos de aquellos que
- combatieron contra Rosas al lado de nuestros padres. O el año 20 o
- la marcha adelante!...
-
- "Anoche reuní algunos amigos en casa; no había sino un oriental,
- Castellar, con quien, como sabes, me liga una vieja amistad. Llego
- anteayer, herido. Parece que ha salvado la vida milagrosamente y
- que el cónsul inglés le embarcó por la noche. No tiene más que un
- pensamiento: organizar una expedición. Es un carácter entusiasta y
- generoso, que vive en la obediencia de un espíritu soñador y
- visionario. Cree y afirma con una convicción profunda que se
- comunica, que bastará la presencia de 200 hombres bien armados, en
- un punto cualquiera del litoral oriental, para determinar un
- levantamiento del país entero. Todos ellos, es decir, unos
- cincuenta jóvenes, están resueltos a tentar la aventura y Castellar
- hablaba en su nombre anteanoche. Ellos, que por nada aceptarían una
- invitación a comer, en la imposibilidad de devolverla, han jurado,
- si es necesario, ir de puerta en puerta, por las calles de Buenos
- Aires, para mendigar con el sombrero en la mano, pero la frente
- levantada, un fusil para sus manos inermes. No tienes idea del
- efecto que nos produjo la palabra inflamada de Castellar. Al
- principio, esa declamación, natural a los orientales en el estilo y
- en la oratoria, que nos parece una falta de gusto, trajo sonrisas
- sobre muchos labios. Pero cuando se empezó a sentir el calor real
- que los animaba, cuando Castellar habló de mujeres insultadas, de
- ancianos asesinados, del porvenir de toda una generación, roto en
- esa bacanal de sangre y robo; cuando dijo, sencillamente esta vez,
- que todos ellos preferían morir a la vida con el cuadro constante
- de esa depresión profunda de la patria; cuando se puso de pie,
- pidiéndonos armas, a nosotros, los felices, que habíamos salido
- para siempre del lodo, te aseguro que las sonrisas habían cesado y
- fué con viril emoción que todos lo estrechamos entre nuestros
- brazos, como si en ese instante representara su pobre tierra
- escarnecida.
-
- "Por lo pronto, tenemos por base los cincuenta rémington y que hace
- tres años reunimos para defendernos del famoso golpe de mano
- anunciado y que felizmente nunca tomó forma. Cada uno de nosotros
- va a ponerse en campaña y no dudamos reunir en una semana dos o
- trescientos fusiles. El embarque puede ofrecer dificultades; pero
- Jaramillo, que acaba de ser gobernador de La Rioja, que ha llegado
- hace un mes de senador al Congreso y que asistió a la reunión, nos
- ha tranquilizado al respecto. Es amigo particular y político de los
- ministros de Relaciones Exteriores y de Guerra y Marina y no cree
- difícil obtener de ellos, ayudado por otra parte por el sentimiento
- público, que no se fijen mucho si los subalternos hacen la vista
- gorda.
-
- "Pero no es eso todo; hay gastos indispensables y no hay un peso.
- Se trata de equipar unos cien hombres, y lo más serio, de fletar un
- vapor por un precio que haga aceptar al armador todos los riesgos
- de una empresa semejante. Hemos iniciado una lista de subscripción
- y tenemos ya cerca de dos mil duros reunidos. No dudando que tú me
- enviarías algo, pero deseando ponerte en guardia contra tí mismo,
- te he apuntado por 200 duros, que te ruego des orden a tu apoderado
- para que me los remita.
-
- "No puedo ser más largo, porque tengo la casa llena. Mi mujer está
- asustada y anoche me ha hecho jurar sobre la cabeza de mis hijos
- que no pienso tomar parte en la expedición. Me eché a reir, pero la
- verdad es que respiramos una atmósfera que predispone a todas las
- locuras imaginables. Por lo pronto, dos o tres de los muchachos
- (¡los muchachos! ¡si vieras qué mal empieza a sentarnos el nombre!)
- irán en la expedición, unos por curiosidad, otros por hastío. Hubo
- un momento en que Jaramillo, ¡un venerable padre de la patria!,
- casi se compromete a acompañarlos. Me costó un triunfo disuadirlo;
- quería a toda costa poner un reemplazante, pero Castellar ha
- declarado que no quieren gente mercenaria y que, por otra parte, lo
- que va a sobrar son hombres, así que pisen el suelo oriental."
-
- "Excuso decirte que los huéspedes forzados son los leones del día;
- la mecha de Eugenio está más irresistible que nunca, cubriendo la
- frente sombría y fatal del proscripto. Ha hecho la conquista de
- nuestro Vespasiano, a quien las graves ocupaciones curules no
- impiden, por cierto, mariposear como en los tiempos en que se
- levantaba una bailarina del Colón como un atleta cien kilos."
-
- "Te escribo a la carrera y nervioso; la expectativa de la acción
- nos electriza. ¡Puedes figurarte con qué ansiedad vamos a esperar
- los sucesos!"
-
- "Cariños de mi mujer y un beso de mis hijos."
-
- _Lorenzo._
-
- --"P. D. ¿Qué has hecho del Winchester de repetición que tenías
- antes de tu partida a Europa? Si lo dejaste en Buenos Aires ordena
- que me lo entreguen. Jamás la sangre que derrame correrá más
- justamente."
-
- _V._
-
-La tarde empezaba a caer cuando Narbal concluyó de leer los diarios que
-le había remitido Lorenzo. Nacido en Montevideo, conservaba por su cuna
-casual ese afecto orgánico que liga al hombre como a la bestia al punto
-en que viene a la vida--y sentía en su alma, ásperamente, la ignominia
-de ese gentil pedazo de suelo, tan bello, tan atrayente, tan hecho por
-la naturaleza para ser hogar de un pueblo libre y feliz... Pasó la mano
-por su frente, hizo ensillar su caballo y se echó a vagar por la
-llanura. El cielo, de una claridad admirable, empezaba a tachonarse de
-chispas brillantes y una calma profunda reinaba sobre los campos que se
-preparaban para el sueño. Y él, con la mirada perdida en ese portento de
-paz, pensaba en las familias que, a la misma hora, en el duelo y el
-llanto, temblaban por el hijo perseguido, por el viejo padre prisionero
-o lloraban sin esperanza el hermano bárbaramente sacrificado. Levantó la
-frente, una expresión viril se pintó en su rostro, que una ráfaga
-interior iluminó, y a lento paso volvió a su triste rancho.
-
-
-II
-
-Lorenzo decía la verdad; los sucesos de Montevideo habían producido una
-intensa agitación en Buenos Aires. Una fibra del corazón común había
-sufrido y las otras se estremecían. La política, los partidos, los
-antagonismos personales, todo había desaparecido ante la brutalidad de
-los hechos, que hacían revivir, en la memoria de los viejos, los cuadros
-sangrientos del pasado e inflamaban el espíritu de los jóvenes,
-ardientes por probar, como los mayores, que también ellos amaban la
-libertad y eran capaces de sacrificarse por ella.
-
-No se hablaba de otra cosa; los diarios se habían pasado la voz, los
-corrillos no salían del tema obligado y hasta la rueda de la Bolsa, en
-los momentos de reposo, parecía moverse como un trípode espiritista, al
-eco de palabras generosas y maldiciones elocuentes a las que por cierto
-no estaba acostumbrada. El momento era propicio y convenía batir el
-fierro mientras estaba caliente. Así lo comprendió Castellar.
-
-Era el tipo completo del oriental, con todas sus aberraciones y sus
-virtudes. Inteligencia clara, tal vez un poco superficial, pero
-abarcando con el extraordinario aplomo que da la inmisión prematura en
-la vida pública, todas las cuestiones susceptibles de determinar una
-opinión; fogoso, paradojal, armado de juicios hechos, definitivos y casi
-ásperos en su forma intransigente, bravo, lírico a fuerza de exaltado,
-girondino en la palabra, digno del _cenáculo_ en el estilo, a tres mil
-leguas de la evolución positivista del espíritu moderno, leyendo y
-citando de buena fe los libros de Pelletan, encantado del "París en
-América" de Laboulaye, que acababa de leer y que hoy huele a moho;
-entusiasta por Artigas, sobre cuya acción real estaba muy vagamente
-informado, pero que la tradición de su país le presentaba como la
-encarnación de la nacionalidad; colorado fanático, pero orgulloso de la
-noble defensa de Paysandú; adorando a Juan Carlos Gómez, pero
-atribuyendo a una ofuscación del espíritu de su héroe la concepción de
-la _patria grande_, tal era el corte intelectual del joven que probaba
-por primera vez las amarguras de la proscripción. Entre sus compañeros
-había, por cierto, hombres de autoridad considerable y de pensamiento
-reposado; pero ellos mismos habían comprendido que lo que se necesitaba
-en esos momentos no eran demostraciones lógicas de que asesinar la gente
-y derrocar gobiernos a lanzadas es una barbaridad, sino corazones
-calientes que, comunicando la indignación, supieran utilizarla. Por otra
-parte, viejos aguerridos de la política, diez veces desterrados, diez
-veces batidos en empresas de reivindicación armada, su preocupación
-principal era ocultar a los jóvenes, llenos de entusiasmo, su invencible
-y fundamental desesperanza.
-
-Cómo y por qué la elección de jefe militar de la expedición cayó en el
-Coronel Galindo, sería cuestión difícil de resolver. En esos momentos de
-exaltación, el deseo ardiente de encontrar un caudillo favorable, hace
-que cada uno por una complicidad inconsciente y generosa, adorne al
-elegido con todas las virtudes ideales a que aspira. Galindo "era un
-bravo, tenía una inmensa popularidad en los departamentos de la costa
-del Uruguay, conocía palmo a palmo el terreno de las futuras
-operaciones, era un hombre seguro, sobre el que nada podrían ni las
-amenazas ni las promesas de los que mandaban en Montevideo, tenía
-íntimas relaciones con muchos de los principales jefes del ejército
-argentino, inspiraba confianza, etc., etc." Tal lo pintaban los diarios
-que, con la indiscreción propia del oficio y yendo contra los intereses
-de la causa por la que manifestaban tanta simpatía, daban cuenta
-diariamente de todos los preparativos de la expedición, poniendo en
-serios apuros al Ministerio de Relaciones Exteriores y sirviendo de
-bomberos inconscientes a la gente que en Montevideo tenía la escoba por
-el mango. Galindo mismo, que al principio leía con asombro todos esos
-datos que refiriéndose a él, ignoraba por completo, acabó por
-convencerse de su importancia. En realidad, su vida, si bien confusa,
-era insignificante. Había servido en la guerra del Paraguay como
-teniente, se había batido bien, luego, en la patria, en una y otra
-revolución, había llegado a coronel, hasta que, después de la última,
-salvado a uñas de buen caballo por la frontera del Brasil, cinco años
-atrás, vino a caer a Buenos Aires. Naturalmente, al cabo de tres meses,
-abrió su correspondiente escritorio de comisiones, gestión de asuntos
-ante los dos gobiernos, despacho de aduana, órdenes de Bolsa, remates,
-etc., pero cuyo resultado positivo fué embrutecer por completo al joven
-dependiente que pasaba las horas muertas cebando mate y oyendo, dentro
-de una intolerable atmósfera de tabaco negro, eternas discusiones
-políticas en la que tomaban parte cuotidiana, a más del coronel y su
-socio, un rematador de Buenos Aires fundido, todos los vagos de ambas
-orillas del Plata que el azar empujaba hacia la calle San Martín,
-ubicación del famoso escritorio de Galindo y Cía.
-
-A los tres meses, Galindo, agobiado por el peso del alquiler, se vió
-obligado a sacar las tablillas. Un cobro imposible al gobierno nacional
-se arrastraba como antes de que la sociedad lo tomara en mano y el jefe
-de una casa inglesa que, por una recomendación de Montevideo, había ido
-al escritorio de Galindo a darle una comisión, regresó de la puerta
-asustado por el tumulto. El bravo coronel fué a aumentar el número de
-despojos que flotan en las aguas turbias de la Bolsa, pescando aquí y
-allí, una pequeña comisión, dada por un especulador en ansia de
-despistar al adversario, practicando la _multa_ con circunspección y
-asiduidad, atando, en fin, los hilos de fin de mes con tanto esfuerzo
-como necesitaba Fígaro para vivir. La palabra francesa _vivoter_ explica
-muy bien ese vaivén instable de la fortuna, esa angustia perenne al
-principio, pero que pronto degenera (las pacientes dicen _se regenera_)
-en una indiferencia mezclada con la confianza indolente en una estrella,
-de poco brillo, pero que no se extingue nunca. Así _vivoteó_ cinco años
-el coronel Galindo y en esa situación le encontraron los sucesos de
-Montevideo. Castellar, que le conocía de larga data, pero que sufría a
-su respecto la aberración del momento, vió en él al hombre de las
-circunstancias y le propuso ponerse al frente de la expedición. Galindo,
-pronto a todas esas aventuras por naturaleza, educación e instintos,
-aceptó en el acto, poniendo, por la forma, algunas condiciones
-referentes a la disciplina, a la absoluta independencia en la dirección
-de las operaciones militares, que acabaron por cimentar la confianza que
-se había resuelto depositar en él. Originario de Fray Bentos, aprovechó
-el azar para sostener sus _extensas_ relaciones en la costa. Pidió
-doscientos hombres bien armados, un vapor a sus órdenes y completa
-latitud de acción.
-
-A pedido de Castellar, Lorenzo facilitó el salón de su casa, el mismo en
-que había tenido lugar la reunión de que hablara a Narbal, para celebrar
-todas las que fueran necesarias. Lo hacía con placer, porque en realidad
-estaba profundamente indignado. Además, ese movimiento, esa actividad
-ajena a sus monótonas ocupaciones diarias, le había galvanizado,
-haciéndolo volver a los viejos tiempos en que andaba siempre por los
-extremos, pensando en soluciones violentas a todas las cuestiones de la
-vida. Su casa había tomado el aspecto de un cuartel electoral, para
-desesperación de su mujer, que veía fusiles en todos los rincones, a los
-chiquitos jugando con sables o arrastrando cartucheras, al par que la
-descomponía el olor frío de tabaco, pegado a las cortinas y a los
-muebles. No comprendía bien ese _patriotismo_ por asuntos de tierra
-extraña, pero con una confianza absoluta en la nobleza de los
-sentimientos de su marido, se resignaba poniendo al mal trance la mejor
-cara posible. Jaramillo, que comía todos los domingos allí y quien tenía
-la viva simpatía que el abierto riojano inspiraba generalmente, le
-repetía que los orientales le deberían una buena parte de su libertad y
-la exhortaba a bordar con sus propias manos la bandera del cuerpo
-expedicionario. Herminia, desarmada, sonreía.
-
-
-III
-
-La reunión que se celebraba esa noche tenía una importancia capital,
-porque, a más de recapitular los elementos de que se disponía, Castellar
-pensaba proponer la realización inmediata de la empresa. Cada uno debía
-dar cuenta de la comisión que le fuera encomendada y el coronel Galindo,
-por primera vez, sometería su plan de campaña.
-
-La reunión tenía lugar en el comedor, más vasto y sobre todo, por la
-disposición de la casa, más aislado que el salón. Estaban reunidas unas
-veinte personas, entre las que se encontraban cinco o seis personajes de
-Montevideo, otros tantos jóvenes, algunos militares y sólo tres
-argentinos, esto es, Lorenzo, Jaramillo y un amigo del primero, que
-debía dar cuenta de su trabajo en el sentido de obtener un vapor. Todos
-estaban más o menos exaltados, pero la expresión era diferente. Lorenzo
-hablaba poco pero se movía mucho, Jaramillo se movía y hablaba con
-abundancia, los jóvenes orientales dominaban mal su impaciencia, los
-viejos procuraban poner cara de palo y Galindo, como los oficiales que
-le acompañaban, se sentían incómodos.
-
-Castellar habló primero.
-
---El caballero, dijo, que nos da la hospitalidad y cuyo nombre
-recordaremos siempre los orientales como el de uno de los más generosos
-y desinteresados entre los amigos de nuestro país, va a exponer a
-ustedes el estado de las cosas. Debo declarar, porque así me lo ha
-repetido con frecuencia, que en todos aquellos de sus compatriotas a
-quienes ha acudido, ha encontrado una acogida simpática, que se ha
-traducido en hechos. Eso nos prueba una vez más, añadió,--no sin echar
-una rápida mirada a un hombre de hermosos cabellos plateados y fisonomía
-abierta y expresiva, que lo miraba con sus ojos claros y dulces,--eso
-nos prueba una vez más, que el destino ha hecho a nuestros dos países
-para marchar y desenvolverse en armonía, cada uno según su índole y las
-exigencias de su historia, pero unidos por los mil vínculos en que el
-pasado nos liga y el porvenir estrechará. Como se verá dentro de un
-momento, podemos pensar ya en la realización inmediata de nuestra
-empresa. Cada día que pasa es una vergüenza más para nuestra patria y un
-peligro, porque el tiempo sanciona lentamente los hechos consumados. Los
-elementos necesarios están reunidos, tenemos confianza en el éxito y
-estamos dispuestos a dar la vida con júbilo. Por mi parte, si en la
-empresa la pierdo, estoy recompensado por la confianza que no sólo mis
-amigos, sino también los hombres venerables que me escuchan, han
-depositado en mí. Sólo me resta presentar a ustedes a nuestro futuro
-jefe, el coronel Galindo, un patriota probado, cuyo valor y experiencia
-son una garantía de éxito.
-
---A mi vez, agradezco a Castellar sus palabras de gratitud, dijo
-Lorenzo. No las merecemos, porque es difícil obrar bajo la idea de que
-los orientales nos son extranjeros. Por lo pronto, declaro que siento
-los dolores de su patria de ustedes como los de la mía propia. Es un
-deber recíproco de ayudarnos en las horas amargas, en nombre de la
-solidaridad de la civilización. Tendámonos la mano, pues, guardemos en
-el fondo del alma el sentimiento que nuestros actos nos inspiren y
-obremos.
-
-Luego tomó algunos papeles y continuó:
-
---He aquí lo que hemos podido reunir hasta este momento: 160 rémington,
-cuarenta carabinas, éstas como los primeros con su correaje
-correspondiente, ochenta sables y otras tantas lanzas. Se han adquirido
-20.000 cartuchos. Todo está depositado en un corralón de mi propiedad.
-La suscrición, contando con lo gastado en las municiones, ha producido,
-por nuestra parte 7.500 pesos fuertes.
-
-Agregue usted 5.000 más que he recibido de una suscrición privada, hecha
-en Montevideo, dijo uno de los _venerables_, como les había llamado
-Castellar.
-
-Hubo un murmullo de satisfacción, Lorenzo iba a continuar, cuando
-alguien golpeó la puerta del comedor. Lorenzo abrió y un criado le
-entregó una tarjeta. Apenas echó los ojos sobre ella, sintió una emoción
-violenta, se puso pálido y dió un paso hacia la puerta. Dos o tres
-personas corrieron hacia él inquietas. Lorenzo se detuvo y, haciendo un
-esfuerzo, se serenó rápidamente.
-
---Pido a Vds. disculpa, señores. Pero un amigo, el mejor de mis amigos,
-el hombre que más estimo y quiero sobre la tierra y a quien no veía hace
-cinco años, que para él han sido muy amargos, acaba de llegar y me envía
-esta tarjeta de al lado de la cuna de uno de mis hijos: "Llego en este
-momento y sé que tienes una reunión referente al noble propósito sobre
-el que me escribes. Te ruego pidas en mi nombre a esos caballeros me
-concedan el honor de combatir en sus filas por la dignidad del país en
-cuyo suelo nací". ¿Quieren Vds. permitirme, señores, presentar a Carlos
-Narbal?
-
-Todos asintieron calurosamente y antes que Lorenzo hablara, Jaramillo,
-que estaba fuera de sí, se precipitó hacia la puerta. El riojano había
-conservado un culto por Carlos; el alejamiento silencioso de éste, sus
-propias preocupaciones políticas, le habían impedido mantener
-correspondencia con Narbal, como lo hubiera deseado. Pero jamás le
-olvidó y quedó en su recuerdo como la personificación del hombre
-elegante, generoso, aristocrático de gustos, robusto de ascendiente
-moral, que era su tipo ideal, realzado aún por la circunstancia de haber
-sido su introductor en el mundo porteño. Cuando guiado por el sirviente,
-se halló de pronto frente a Carlos que hablaba con Herminia teniendo en
-sus rodillas un delicioso muchacho de tres años que acababa de
-despertarse y que le había tendido los brazos como a un viejo amigo,
-Jaramillo tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar la emoción que el
-cambio de Carlos le producía. Se echó en sus brazos con un ímpetu de
-cariño tan sincero, que Narbal lo estrechó con verdadera afección. Un
-instante después entró Lorenzo. Largo tiempo, en silencio, sus corazones
-latieron unidos; cuando Lorenzo apartó a Carlos para mirarle, teniéndole
-de las manos, sus ojos estaban húmedos. Herminia lloraba sencillamente y
-el niño, con los ojos muy abiertos, miraba la escena con asombro. Un
-nuevo afecto que echa su noble raíz en el corazón o un viejo cariño que
-se despierta con energía, aumentan la intensidad de todas nuestras
-afecciones, como, en el suelo tropical, la soberbia robustez de un
-árbol, aumenta la lozanía de las plantas que lo rodean, protegiéndolas
-con su sombra y dando a la tierra un impulso de vida. Lorenzo oprimió
-las manos de Herminia, besó a su hijo, dió un vigoroso shakehands a
-Vespasiano, que lloraba como un becerro y tomando a Carlos del brazo, le
-dijo:
-
---Vamos; nos esperan.
-
-Narbal comprendió y siguió a su amigo en silencio.
-
-Un momento antes de abrir la puerta del comedor, Lorenzo, casi
-inconscientemente se detuvo.
-
---¿Es cosa resuelta? dijo.
-
-Carlos sonrió tristemente. Lorenzo sintió la puerilidad de su pregunta y
-abrió la puerta con resolución.
-
-Narbal fué acogido con respetuosa simpatía. Los viejos habían conocido a
-su padre y para los jóvenes tenía ese atractivo curioso que los
-contrastes serios de la vida dan a los hombres. Respondió a las
-manifestaciones cariñosas de que era objeto y fué a colocarse
-silenciosamente en una silla al lado de Jaramillo, que hacía esfuerzos
-enormes, pero fructuosos, para no hablar de cosas que tenían una
-conexión sumamente remota con los sucesos orientales.
-
-Lorenzo continuó:
-
---Reuniendo, pues, las sumas obtenidas hasta hoy, se puede disponer, a
-más de lo gastado, de diez mil patacones. He declarado ya a mi amigo
-Castellar que mi intervención no tenía más alcance que la reunión de
-fondos y elementos y que esperaba que el sentimiento que me dictaba esa
-línea de conducta fuera bien comprendido. Es necesario no dar a los
-adversarios la enorme ventaja de acusar a Vds. de apelar al extranjero.
-Sé que sería un absurdo; pero nada hay más terrible que el absurdo
-cuando toma una forma definitiva y neta. Sólo me resta, rogar a nuestro
-amigo Martínez quiera dar cuenta de la comisión que tuvo a bien aceptar.
-
---El vapor _Urano_, dijo el interpelado, está a nuestra disposición,
-mediante cinco mil duros y los gastos de seguro. Es un buen buque, no
-muy grande, pero que puede fácilmente transportar trescientos hombres.
-Lo manda un italiano, el capitán Lamberti, que me parece un hombre digno
-de confianza. Como el seguro ofrece muy serias dificultades, tal vez
-insuperables, he propuesto, salva ratificación de parte de Vds., que los
-propietarios mismos se encarguen de asegurarlo. Esto importará un gasto
-considerable.
-
---¿Han aceptado?
-
---Sí, pero piden diez mil duros.
-
---No será difícil encontrarlos, dijo Lorenzo.
-
---Bien. Ahora, ocupémonos un poco del plan general, dijo Castellar. ¿Qué
-piensa el coronel Galindo?
-
-El bravo coronel era un hombre de fisonomía simpática y esencialmente
-criolla. A primera vista, se notaba la ausencia del golpe de cepillo
-social, pero en cambio se veía el valor. Algo bajo y grueso, el pelo
-bastante largo, bigote y pera entrecana, brazos cortos y pies anchos. Se
-levantó, pero, al hablar, juzgó sin duda que así era más difícil y se
-volvió a sentar.
-
---Conozco dos o tres puntos en que el desembarque será fácil, dijo.
-Escribiendo unos días antes a los amigos de la costa, estoy seguro que
-nos esperan quinientos hombres con caballada suficiente. Luego se lanza
-el manifiesto, entramos en campaña y...
-
---¿Qué manifiesto? dijo uno de los ancianos.
-
---¡Pues!... ¡el manifiesto... el manifiesto que se lanza siempre! dijo
-Galindo mirando con asombro al que le interrumpía.
-
---Es necesario ponernos de acuerdo sobre ese documento, dijo el viejo
-formulista.
-
---Cuatro líneas bastarán, señor, contestó Castellar. Una vez presentados
-los hechos en toda su brutalidad, no creo necesario agregar una palabra
-más.
-
---Sí, pero creo conveniente, creo indispensable determinar de una manera
-fija el objetivo de la expedición y anunciar el uso que se piensa hacer
-del triunfo.
-
---Es precisamente lo que pienso que debe evitarse, dijo Castellar con
-cierta impaciencia. Mi pensamiento es éste: el manifiesto no debe ser ni
-blanco ni colorado....
-
---Sin embargo, replicó el tenaz anciano, el atentado inicuo ha sido
-hecho en nombre del partido colorado....
-
-Castellar iba a replicar, tal vez sin suficiente calma, cuando Narbal le
-previno.
-
---Puesto que se juzga necesario un manifiesto ¿no creen Vds., señores,
-que el llamado a dirigirlo al pueblo oriental, sea el Presidente
-constitucional de la República, que acaba de ser depuesto de una manera
-violenta? Nadie puede tener mayor autoridad que él. Una palabra suya
-pondrá las cosas en su lugar: ellos los revolucionarios, nosotros los
-defensores del orden legal.
-
-El silencio que siguió no era sólo consideración por Narbal. Dos o tres
-personas sonrieron irónicamente y la fisonomía de Castellar se
-obscureció.
-
---A mí me parece que el señor tiene razón, dijo Galindo con franqueza.
-
---Conviene que Vd. sepa lo que sucede, señor Narbal, dijo Castellar con
-tristeza, puesto que tan noblemente nos trae su concurso. El doctor
-Erauzquin, Presidente de la República Oriental, es un hombre
-esencialmente inerte, sin ambiciones, sin resolución para ser enérgico,
-teniendo todos los elementos para conseguirlo y que llevamos al poder
-haciendo violencia a su voluntad. En su derrocamiento sólo vió su
-liberación y el medio de volver a la vida privada. Se encuentra
-actualmente en el Brasil, donde su fortuna le permitirá vivir
-tranquilamente, si es que no pasa a Europa en breve. Se le ha escrito,
-se le ha instado, se han tocado todas las cuerdas que suponíamos
-vibraran aún en él para decidirle a venir a ponerse a nuestro frente.
-Nos ha contestado ofreciéndonos dinero para ayudar a los compatriotas
-proscriptos que se encuentran sin recursos, pero añadiendo que por
-ningún motivo tomaría parte en ningún movimiento político. Es inútil
-contar con él. Me es doloroso hablar así, no sólo porque comprendo la
-falta que nos hará su adhesión moral, sino porque soy amigo particular
-del Dr. Erauzquin.
-
-Había algo de súplica en las últimas palabras de Castellar; todos lo
-comprendieron.
-
-Un hombre viejo, el último de su grupo, no había abierto aún sus labios.
-Cuando el coronel Galindo habló, algo como una expresión de ira o de
-desprecio pasó por su cara. Al concluir Castellar, no pudo contenerse.
-
---Quieran los jóvenes aquí presentes, dijo, prestar un poco de atención
-a un hombre cargado de años y de experiencia. He estado encerrado ocho
-años en Montevideo, durante el sitio que es y será nuestra página de
-gloria nacional. Desde 1852 hasta la fecha, he tomado parte activa en la
-política del Río de la Plata, con los vencedores pocas veces, muchas con
-los vencidos. No es esta la primera vez que me encuentro en una reunión
-semejante. Como ustedes he sido joven, me he indignado, me he batido, he
-quedado tendido en los campos de batalla, he evitado el golpe de los
-asesinos, conozco bien nuestra triste vida nacional. Hoy, ante el
-derrumbe de todas mis ilusiones, ante la realidad repugnante que
-destruye en un minuto tantos años de esfuerzo, siento que hablar es un
-deber, aunque vaya a chocar contra el noble sentimiento que anima a
-ustedes. Pero ustedes son nuestros hijos, ustedes son la esperanza única
-del país y no puedo conformarme en silencio al sacrificio estéril que
-van a imponerse. No, coronel Galindo, no encontrará usted quinientos
-hombres al desembarcar; encontrará usted mil, dos mil, semibárbaros,
-guiados por caudillos locales que sostendrán frenéticamente el nuevo
-régimen de Montevideo, porque importa la derogación de toda ley y
-sujeción. Aunque no lo quiera, tendrá usted que hacer pie firme y
-presentar combate, porque sus soldados se lo exigirán. Y este puñado de
-jóvenes, lo más noble, lo más digno del país, el grano del porvenir,
-caerán uno a uno, luchando contra gauchos salvajes, cuya existencia sólo
-tiene importancia vegetativa. Robustecidos por un triunfo fácil e
-inevitable, los hombres de Montevideo se afirmarán en el poder y toda
-esperanza de volver a la libertad y al decoro se alejará por muchos
-años!...
-
-Castellar había oído mordiéndose los labios.
-
---¡No puedo suponer que usted nos aconseje la aceptación de los hechos
-consumados!--dijo.
-
---Lo que propongo a ustedes es el único temperamento que la historia de
-todos los pueblos que han cruzado épocas análogas señala como eficaz: la
-expectativa, la perseverancia. Los lobos acaban siempre por devorarse
-entre ellos, nuestros dictadores crían siempre serpientes en su seno y
-en ese mundo moral la traición es elemento normal. Esperemos: dentro de
-seis meses, esos hombres se separarán en dos bandos. ¡Entonces
-llevaremos nuestra fuerza intelectual, nuestra autoridad, qué digo! toda
-la autoridad de la sociedad culta, a aquel de ambos que ofrezca
-probabilidades de reacción contra la barbarie. Y así, lentamente,
-favoreciendo a unos contra otros, inoculando con paciencia nuestras
-ideas, hemos de ver, verán ustedes, seguramente, el orden definitivo
-imperando, porque se basará sobre el cimiento de granito de una
-evolución pacífica y no sobre la sangre, que en nuestra tierra marea y
-enloquece...
-
---¡No!--exclamó con voz vibrante el hombre de ojos claros y largos
-cabellos plateados a quien Castellar había mirado con intención al
-hablar de la independencia oriental. ¡No! también soy viejo, también mi
-vida ha transcurrido en la lucha, también he conocido la proscripción,
-puesto que vivo en ella hace 20 años. Respeto el móvil de mi digno
-amigo; pero no puedo consentir en silencio en que nuestras canas nos den
-derecho para venir a ahogar esa explosión de viril indignación que
-inflama hoy el alma de los jóvenes orientales. ¿Por qué ese error de la
-sangre? Es el rocío sagrado sin cuyo riego jamás un pueblo llegó a nada
-grande. Luchamos contra bárbaros, luchamos contra fieras y la palabra es
-inútil. Un pueblo que acepta silenciosamente la opresión y que busca la
-redención en combinaciones bizantinas, es un pueblo que abdica. Ustedes,
-jóvenes, son hoy el pueblo oriental, llevan en su corazón el depósito de
-su dignidad y en sus brazos el estandarte de su gloria. El movimiento
-que les impulsa a la lucha es la obediencia a la voz de la patria que
-llama e implora. ¿Seréis vencidos? Y bien, queda el ejemplo. No se
-pierden jamás los rastros de la sangre derramada por una causa santa y
-como el polvo de los Gracos engendró a Mario, así la sangre vertida en
-las hecatombes del año 40 clamó al cielo y Caseros fué...
-
-De pie, con su elegante figura, con los ojos chispeantes, todos le
-contemplaban bajo una atracción misteriosa. Habló largo rato con palabra
-de fuego, colorida, poco lógica, pero irresistible. El argumento
-flameaba como una bandera de guerra y él mismo creía sentir el olor del
-combate.
-
-¿Cómo rebatir esas cosas? ¿Cómo hacer oir la razón cuando el corazón
-late a reventar? Las manos se estrecharon en un movimiento impetuoso
-que hizo acallar todas las dudas, y la resolución suprema se adoptó. El
-porvenir podía ser obscuro, los negros vaticinios del anciano
-realizarse, el esfuerzo ser inútil, pero, en el fondo, jamás un grupo de
-hombres tuvo la conciencia más pura en el momento de aceptar el
-sacrificio. Allá, a lo lejos, en el seno de las sociedades secularmente
-organizadas, hay una eterna sonrisa para nuestras asonadas americanas,
-y, sin embargo, ¡cuánta virilidad, cuánta altura de pensamiento importan
-muchas veces! Esa fatalidad histórica es nuestra cruz; llevémosla sin
-desesperar, porque, en el fondo del caos aparente, se mueven ya los
-elementos de la organización definitiva.
-
- 1884.
-
-
-
-
-Aguafuerte
-
- _D'après_ Zurbarán.
-
-
-....El corazón de Rejalte yace en silencio, había dicho alguien del
-fraile. Tal era la impresión que recibía el que por primera vez veía a
-ese hombre, cuyo aspecto helado, seco, en vez de la consunción por el
-fuego de una pasión íntima, revelaba la mediocridad de una naturaleza
-moral sin resortes para la exaltación. Hijo de un obscuro maestro de
-escuela de la colonia, cuya vida entera había trascurrido en Córdoba,
-Rejalte había heredado de su padre una inteligencia limitada, un
-carácter porfiado hasta el absurdo y una moralidad circunscripta y
-severa. Educado en el seminario, corrió allí su juventud fría, sin
-sentir una sola vez el impulso de curiosidad por conocer lo que pasaba
-en el mundo fuera de las cuatro paredes que formaban su horizonte.
-Cuando llegó la adolescencia, la savia primaveral que trepa al tronco de
-las palmeras más opulentas como al de los arbustos más raquíticos, llenó
-un instante el corazón y la cabeza del flaco seminarista. En la
-estrechez de su devoción, Rejalte sintió con horror esa agitación
-desconocida y con la tenacidad de un sectario, la combatió por la
-abstinencia y la oración, por el cilicio, las largas horas pasadas en el
-claustro desnudo y la concentración del pensamiento en el Sér divino
-que su inteligencia le permitía concebir, no un Dios de amor y de paz,
-manso y perdonador, sino el Jehovah bíblico, oculto y temible, reinando
-en el paroxismo de la ira, la mano pronta a la venganza y rápida.
-
-Rejalte había perdido a su padre muy niño aún; cuando al cumplir los
-veinte años salió del seminario para recibir las órdenes y ejercer el
-sacerdocio, su alma no había sentido un solo cariño humano, una sola
-afección capaz de suavizar la rigidez impresa en su espíritu por la
-tristeza de la atmósfera en que había vivido. Era un hombre vulgar, sin
-pasiones, sin luchas íntimas, sin exigencias intelectuales. Jamás tuvo
-una duda, jamás se permitió una lectura que pudiera arrojar un germen de
-turbación en él, no por temor, sino por falta de curiosidad y por la
-disciplina estricta que le apartó toda su vida de los libros marcados en
-el _Index_. Como un soldado, veía el camino recto ante él. No aspiraba a
-ascender, no tenía ambiciones ni necesidades. Los grandes problemas de
-la filosofía religiosa, esa agitación moral que el estudio sincero y
-venerado de la teología despierta en el alma de la mayor parte de los
-sacerdotes de buena fe, no existían a sus ojos. Durante el curso de sus
-estudios especiales, continuados en todo tiempo, no levantó una sola vez
-la cabeza del libro sagrado, para perder la mirada en el espacio y caer
-en el sueño penoso de la especulación. Sabía su oficio como un buen
-oficial sabe la táctica. Para él, los nombres de Lamennais, de
-Montalembert, de Falloux, del mismo Ozanam, tenían idéntica
-significación que los de Lutero, Calvino o Zwingle. No conocía uno solo
-de los libros de controversia escritos en nuestro siglo; jamás leyó una
-página de Renan, no por temor, lo repito, sino por la ausencia absoluta,
-por la atrofia nativa de toda curiosidad intelectual. Su religión era
-un conjunto de reglas claras, concretas, definidas, cuya enumeración
-encontraba en la historia canónica y cuya observancia no permitía la
-menor desviación. Jamás se encontró frente a un conflicto, porque el
-mundo de carne y pasiones, para cuyo gobierno moral se ha hecho la
-religión, no existía en su concepto. La fe no se revestía a sus ojos de
-los caracteres celestes con que la cubrió la predicación inmaculada de
-Jesús; era simplemente un deber, idéntico al del obrero honrado que en
-las horas de trabajo no escasea el esfuerzo ni la perseverancia. La
-palabra fanatismo, que pesó constantemente sobre él, no le era
-aplicable. El fanatismo importa calor y pasión, es capaz de crear,
-renovar, agitar ideas y suscitar emociones. La religión de Rejalte era
-fría, definida y sin ideal. Nunca sintió tampoco rozar su alma, ni aun
-en los largos años pasados en la tumba claustral de un convento
-boliviano, por las alas de aquel misticismo callado que nace en las
-soledades y que, bajo la meditación, consuela. No fué un acceso de amor
-divino, no fué una necesidad moral la que le llevó al triste convento;
-para él el mundo entero era un convento. Ni en la sociedad ni en el
-claustro necesitó jamás esfuerzo. No había metodizado su vida, ni
-disciplinado su espíritu. Como la hoja que, al brotar en el árbol en un
-botón imperceptible, tiene ya marcada su forma y su color, la vida
-espiritual de Rejalte, por un capricho de la naturaleza, se había
-sustraído a la ley de variación que la influencia del mundo determina.
-
-Pasó cinco años en el convento, simple fraile, sin pretender a los
-pequeños honores que en aquella existencia de desesperante monotonía y
-sordas rivalidades, se persiguen con igual tenacidad que las grandezas
-de la tierra. El no pensó en ellas y nadie pensó en él. Cuando pasaba
-por el claustro con su fisonomía yerta, sin un vestigio de pasiones,
-pero también sin el reflejo soberano que da la serenidad conquistada
-sobre el tumulto moral vencido, los tristes frailes, jóvenes aún, que
-morían lentamente, minados por el invencible recuerdo de su vida
-destrozada, le miraban con cólera y envidia. Rejalte no los veía, no los
-comprendía. Nunca el aspecto de un hombre heló más la expansión en el
-labio ajeno. El cumplimiento de los deberes mecánicos del culto, llenaba
-gran parte de su tiempo; durante el resto, leía siempre los mismos
-libros sin que jamás una idea nueva se levantara. Para su alma nada era
-sugestivo. Comprendía la letra y la letra le bastaba. La vivificación
-por el espíritu no tenía sentido para él. En el orden de las criaturas
-animadas, tal cual la naturaleza lo ha creado, Rejalte era un monstruo.
-Esa frialdad, sin dolor y sin pesar, habría sido terrible como base de
-una inteligencia de vuelo elevado. La mediocridad absoluta de ésta fué,
-en este caso, la defensa del calor vital que se anida en la aglomeración
-humana.
-
-Uno de sus viejos profesores, espíritu débil, sin voluntad, vegetativo,
-fué hecho obispo y le llamó a su lado. En 1870 acompañó al prelado a
-Roma. La influencia que la atmósfera de la ciudad eterna ejerció sobre
-Rejalte, puede compararse a la que tendría un veneno o un bálsamo
-vivificante sobre un cuerpo inanimado. En San Pedro, sus ojos no vieron
-más que el altar durante el oficio y el libro. Asistió a una sesión
-pública del concilio y no volvió. Esperó el resultado sin premura, sin
-impaciencia, sin agitación. Una vez conocido, lo anotó. En adelante, el
-Papa era infalible, como Cristo está presente en la hostia; era un
-dogma, sin época, sin ubicación en el tiempo y el espacio, sin conexión
-con el estado de la iglesia; era un dogma. Vino el _Syllabus_: sus
-autores mismos pretendieron explicarlo, atenuar la letra por el
-espíritu. Para Rejalte el comentario no existía, su inteligencia no lo
-necesitaba ni lo comprendía. Lo anotó como había anotado la
-infalibilidad, como anotó el dogma de la Inmaculada Concepción.
-
-Su vida material en Roma, en cuanto era posible, fué la misma que en los
-Claustros del convento boliviano. El espíritu luminoso de Esquiú,
-turbado por la absorción en una sola idea, lanzó un grito de alarma al
-encontrarse por primera vez frente al progreso humano, profético en su
-adivinación, señalando en él el germen de muerte del catolicismo.
-Rejalte no vió nada de eso; cruzó los mares y media Italia sin adquirir
-una noción, sin el inquieto germinar de una nueva idea. Vió y habló un
-día al Papa; habituado al respeto mecánico de la idea encarnada en el
-Pontífice, la forma visible no le impresionó. Se arrodilló ante él como
-al alba, allá en el convento lejano, sobre la dura losa, para la oración
-de la mañana. Y nada más.
-
-Volvió a la tierra, quedó al lado del obispo durante un año, y al vacar
-la vicaría de Tucumán fué nombrado para desempeñarla. No la había
-solicitado, no la rehusó. Se instaló en su nuevo puesto, pobre y
-humildemente. Jamás había tenido en su poder más dinero que el
-estrictamente necesario para la vida material. A los seis meses vió que
-el curato de Tucumán era rico. La idea de reunir una pequeña fortuna no
-pasó un instante por su espíritu. La caridad era un precepto y lo
-cumplió, sin sacrificio y sin placer. No tenía el secreto de aumentar,
-de centuplicar el valor de un don con la palabra generosa que lo realza
-y lleva el consuelo al alma, al par que el pan al cuerpo, como tampoco
-la facultad de gozar de esa profunda y serenadora fruición que es el
-premio divino del ejercicio de la caridad. Sabía que su guardarropa, su
-cocina, su casa, consumían tanto al año; tanto las exigencias del culto.
-Una vez reservada la cantidad necesaria, daba el resto de una manera
-mecánica. Todos los sábados la vieja ama de llaves formaba en fila, en
-el patio de la vicaría, los pobres habituales y hacía el reparto.
-Rejalte no aparecía jamás.
-
-En aquella pequeña sociedad tucumana, llena de movimiento, vida e
-imaginación, Rejalte cayó como un soplo helado. Las mujeres se
-sobrecogieron y los hombres fruncieron el entrecejo. Durante un mes la
-sociedad y el vicario se miraron como dos adversarios que se estudian.
-Pero Rejalte no estudiaba la sociedad; en la parroquia más mundanal de
-París o en Burgos, en el siglo XVII, se habría conducido lo mismo. Tenía
-una inflexibilidad orgánica que era su modo genial de ser, arriba de
-toda contingencia. La reserva que se le manifestó, si es que de ella se
-apercibió, no le hizo la menor impresión. Al fin se habituaron a él. Las
-autoridades civiles desarmaron las primeras. Rejalte no tomaba la menor
-ingerencia en la política militante, que le era absolutamente
-indiferente, en tanto que no tocara en nada a los derechos de la
-iglesia, el menor de los cuales formaba para él la base y la esencia de
-la religión. En ese terreno habría sido de una intransigencia de hierro.
-Así, las autoridades laicas huyendo y temiendo todo conflicto de
-carácter religioso, se tranquilizaron al constatar que Rejalte, el
-primero, no lo crearía. La sociedad al mes no pensó más en el vicario,
-cuya vida silenciosa se sustraía al comentario. El hecho de su caridad,
-por otra parte, le hizo ganar en consideración, y ayudado por la
-insignificancia de su personalidad, sintió pronto el tiempo correr
-sobre él, sin que un día se distinguiera sobre otro. Las tímidas
-criaturas, habituadas a abrir su alma al viejo vicario muerto ya, que
-las había visto nacer y que las acogía suavemente y con cariño, sentían,
-sí, al aproximarse al confesionario en cuyo fondo se dibujaba la rígida
-figura de Rejalte, cierto temor instintivo, justificado por la severidad
-del confesor que les quitaba todo el consuelo que las almas religiosas
-encuentran en esa práctica católica. Las viejas beatas, por el
-contrario, nadaban en la gloria; Rejalte era para ellas el ideal y
-pronto su nombre sonó en labios secos y descoloridos con la unción con
-que pronunciaban los de los bienaventurados. El vicario tenía la misma
-palabra, el mismo acento e idéntica expresión para la virgen de diez y
-seis años que venía temblorosa a mostrarle sus tenues nubes morales, sus
-tímidas y secretas aspiraciones, efluvios con que el aliento de la
-primavera llenaba sus pechos,--que para la devota solterona que a los
-cuarenta años tenía el alma seca y arrollada como un pergamino...
-
- 1884.
-
-
-
-
-RECORDANDO
-
-
-
-
-Mi estreno diplomático
-
-
-Los azares de la vida diplomática me han llevado desde las capitales más
-recónditas de la América Meridional hasta las cortes más brillantes de
-Europa. En los apuntes de viaje que he publicado, algo he contado de mi
-vida en las primeras; pero razones de un orden especial, relacionadas no
-sólo con mi posición oficial en esa época, sino también con hombres, que
-por entonces ocupaban otras quizás más elevadas, en sus respectivos
-países, me han impedido contar, como me gusta hacerlo, con la pluma
-suelta y el espíritu benevolente, pero libre, algunas escenas
-características, en las que era actor obligado y observador forzoso.
-Ocúrreseme hoy, tras largos años pasados, recordar cómo he sido
-recibido, en mi carácter diplomático, por los diferentes gobiernos ante
-los cuales fuí acreditado.
-
-Habría deseado contar, pues, por su orden, cómo fuí recibido en
-Venezuela, siendo presidente el general Guzmán Blanco; en Colombia,
-siendo presidente el doctor Rafael Núñez; en Alemania, reinando el
-emperador Guillermo I; en Austria-Hungría, por el emperador Francisco
-José; en Sajonia, por el rey Alberto; en España, por la reina regente
-María Cristina; en Suecia, por el rey Oscar; en Francia, por el
-presidente Faure, y en Bélgica, por el rey Leopoldo II[16]. Como se ve,
-había para todos los gustos, desde la sencillez republicana hasta la
-pompa monárquica. Algo tal vez hubiera sido más interesante que ese
-tema: la pintura de los diversos cuerpos diplomáticos de que me ha
-tocado en suerte formar parte. Pero, además de que en el curso de
-aquellas páginas se habrían ido acumulando rasgos y anécdotas
-suficientes para caracterizar a esas amables y monótonas colectividades,
-quizá me hubiera repetido, porque nada he visto más parecido en el mundo
-que un cuerpo diplomático a otro cuerpo diplomático. La larga lucha por
-el ascenso, la constante sujeción, el temor de desagradar, no menos
-constante, el campo restringido de los estudios, el hábito de cambiar de
-residencia, indiferentemente, el egoísmo determinado por la falta de
-afección y simpatía por todo lo que se mueve y vive alrededor, el
-uniforme mismo, las distinciones honoríficas, casi nunca merecidas,
-anheladas siempre; las rivalidades de oficio, desenvolviéndose
-sordamente; el amor a la patria que se agria por el alejamiento; todo
-esto reunido, concluye por dar al espíritu del diplomático un corte _sui
-generis_, análogo a la deformación física que ciertos oficios mecánicos
-acaban por imprimir al cuerpo del obrero.
-
- [16] De esos proyectos, sólo he realizado el primero, en las
- páginas que van a leerse.
-
-Recuerdo que durante una de mis licencias fuí a visitar, así que llegué
-a la patria, a mi jefe, el Ministro de Relaciones Exteriores, que era
-entonces el Dr. Eduardo Costa. Estaba en su gabinete con uno de mis
-colegas en el extranjero, también _en congé_, hombre penetrado de sus
-altas funciones, acompasado, creyente en su misión, fijos los ojos de su
-espíritu en un Talleyrand invisible, a cuyo criterio parecía someter
-todos sus actos y, por lo demás, tan acabado imbécil, que se me
-figuraba, despojado de su carácter diplomático, como una mujer flaca y
-sin formas, una vez caídas las artísticas ropas que disimulan sus áridos
-contornos. Cuando mi colega se despidió, sin que yo hubiera desplegado
-los labios, no pude menos que echarme a reir. El Dr. Costa, que me había
-tratado poco, me miró sorprendido y me dijo en voz baja: "Veo que usted
-no cree en el _cuerpo diplomático_; hágame Vd. el favor de cerrar la
-puerta y vamos a charlar".
-
-Es la verdad, no creo en el cuerpo diplomático. La vida que la
-diplomacia impone, determina con tal rapidez un pliegue tan tenaz, que
-cuesta un verdadero esfuerzo deshacerlo y volver a la vida normal, a la
-vida humana, con penas, alegrías, expansiones, esperanzas, luchas,
-triunfos y caídas. Bien feliz aquel que consigue desprenderse de ella
-antes que sus facultades se hayan cristalizado en la estrecha órbita de
-una función idéntica y constante. Hasta los cuarenta y cinco años o
-cincuenta, con un régimen tonificante y vigoroso, empleando remedios
-heroicos, en el último caso, se puede volver a hacer un diplomático, un
-hombre; pasados los cincuenta, un diplomático, que no ha sido otra cosa,
-salvo muy contadas excepciones, no sirve ya para nada, inclusive, a
-veces, sus mismas funciones... ¡Pobres colegas, algunos tan bien dotados
-_ab initio_, a lo que se traslucía por los hermosos restos que solían
-vislumbrarse allá en las penumbras de su fisonomía moral! Pero a la
-verdad, sus discusiones, sus cuestiones, sus disputas de rango, me
-hicieron siempre el efecto de aquella grave disidencia sobre la manera
-de romper el huevo, por el lado grueso o por el puntiagudo, que dividía
-a los liliputienses... Me ha salido la palabra; severa, pero no tengo
-ánimo para borrarla.
-
- * * * * *
-
-Hice la corta travesía del Avila, montaña que separa Caracas de la
-Guayra, en la costa, en tres o cuatro horas y en carruaje. Llegué a
-Caracas con mi secretario y, naturalmente, nos dirigimos al único hotel
-que existía con reputación de decente. El hotel estaba lleno y a duras
-penas encontraron alojamiento en él mi secretario y dos jóvenes
-franceses con quienes habíamos hecho la travesía desde Europa. No
-teniendo pieza que darme, digna de mi jerarquía, como decía el hotelero,
-me acordó magnánimamente el anexo del hotel, que parece se reservaba
-para las grandes circunstancias. Era este famoso anexo una pieza baja,
-contigua al hotel, con una sola puerta, enorme y maciza, que daba
-directamente del cuarto a la calle. No habiendo otra entrada, ni nicho
-ni cuartujo alguno donde alojar un sirviente, el ocupante debía servirse
-a sí mismo de portero: abrir, cerrar, responder a los llamados y, para
-alcanzar los auxilios de un camarero, salir a la calle e ir en persona a
-buscarle al hotel.
-
-Fatigado por el viaje, después de dar una vuelta en compañía de nuestro
-cónsul general en Caracas, me recogí, cerré mi puerta, me metí en cama y
-traté inútilmente de dormir. La excitación nerviosa de la llegada y las
-preocupaciones de mi misión me tuvieron desvelado hasta que, cerca ya el
-alba, el cansancio me rindió. Estaba en lo mejor de mi sueño, cuando
-desperté sobresaltado por unos rudos golpes dados en la puerta, desde la
-calle. Miré el reloj: eran las 7 de la mañana. Después de un "¿quién
-es?" mal humorado y una respuesta que no entendí, por el espesor de la
-puerta, como continuaran los golpes, salté de la cama y en el mismo
-traje sumario en que me hallaba, bajé los pasadores y entreabrí una
-hoja. Un hombre pequeño, recién afeitado, rigurosamente vestido de negro
-y con un enorme sombrero de copa, me saludó con dignidad. La gravedad
-del personaje me impuso y disminuí un poco la abertura, a través de la
-que íbamos a parlamentar.
-
---¿Se puede ver al señor ministro argentino?
-
---¿Es algo urgente, señor? Me parece que la hora...
-
---He querido apresurarme a saludarle. Soy el ministro de relaciones
-exteriores y...
-
---Mil perdones, señor. Yo soy el ministro argentino, muy agradecido a su
-atención, pero, por el momento, en un traje tan poco diplomático y en
-una instalación tan exigua, que no me es posible recibir su visita. Así
-que me vista, tendré el honor de pasar a saludar al señor ministro.
-
---No, vístase Vd. tranquilamente. Voy a dar una vuelta y vuelvo. Hasta
-dentro de un momento, señor ministro.
-
---¿Sería abusar de la amabilidad de Vd., señor ministro, si le rogara
-que al pasar frente al hotel contiguo tuviera la bondad de enviarme un
-camarero?
-
---Con mucho gusto. Hasta luego.
-
---Hasta luego y gracias, señor.
-
-Supe más tarde que el señor ministro de relaciones exteriores había
-tenido la deferencia de interponer sus buenos oficios a fin de conseguir
-fuera un camarero a servirme; pero, sea porque se le desconociera
-jurisdicción o por causas que la historia no pone en claro, el hecho es
-que no vino nadie y que, cuando al cabo de una hora volvió el señor
-ministro, casi me sorprende tendiendo con mis diplomáticas manos una
-colcha que ocultara el desorden de mi alborotado lecho.
-
-Como había entrado de noche, recién me apercibí que mi cuarto no tenía
-ventana, recibiendo todo su aire y toda su luz por la puerta de calle.
-Abrí ésta cuan grande era (el señor ministro tuvo la bondad de ayudarme,
-encargándose de la hoja más recalcitrante, cuyo pasador inferior
-necesitó el empleo de una toalla torcida, a guisa de tirador), acercamos
-dos sillas y nos pusimos amistosamente a platicar.
-
-Era el señor ministro el decano de los funcionarios del ministerio de
-relaciones exteriores, en el que había pasado su vida entera, hasta que
-la alta dignidad que ocupaba, le sorprendió mientras desempeñaba el
-puesto de archivero. Tenía el título de general, como muchos centenares
-de sus compatriotas civiles, pero lo había recibido como una mera
-distinción, sin que abrigara el menor propósito de cambiar su apacible
-existencia por la agitada vida militar. Era un hombre callado,
-taciturno, seguramente enfermo del estómago y quizá con algunas
-perturbaciones en el hígado. Nunca pude hablar con él sin tener que
-dominarme para no ofrecerle una botella de agua de Vichy. Creo, aún hoy
-mismo, que le habría hecho mucho bien.
-
-Respecto a los negocios de estado, especialmente de aquellos de carácter
-esencialmente político, como los que yo llevaba, su modestia llegaba a
-tal punto que, a pesar de su innegable y reconocida competencia, no
-abría opinión nunca sobre ellos y hasta evitó conmigo ese género de
-conversación, fundándose en que todo eso tendría que hablarlo más tarde
-con el "ilustre americano". Como esta designación del primer magistrado
-de Venezuela, volviera con insistencia, por su parte, en el curso de la
-visita, insistí con igual tesón en llamar a dicho magistrado, cada vez
-que a él me refería, "el señor presidente". Por fin, mi distinguido
-visitante me comunicó, que, si bien Su Excelencia estaba arriba de las
-pequeñas vanaglorias de títulos y honores, todos los funcionarios
-públicos, en gratitud a los eminentes servicios prestados al país por S.
-E., le daban siempre, en sus comunicaciones oficiales y en el trato
-directo, el título de "ilustre americano" que le había sido discernido
-por el congreso de Venezuela. Ante esa insinuación cortés, pero luminosa
-en su ingenua claridad, contesté que yo trataría al señor presidente
-exactamente de la misma manera como le trataran mis colegas del cuerpo
-diplomático, para lo que me apresuraría a conferenciar ese mismo día con
-el decano.
-
-Excuso decir, para terminar este punto, que ningún diplomático dió nunca
-al presidente de Venezuela tal título; más tarde, en plena confianza ya,
-yo sostenía al mismo presidente, que sólo la América entera, reunida en
-convención especial, podía discernir ese honor. A ningún argentino
-escapará la impresión penosa que ese título me causaba, por la triste y
-odiosa reminiscencia histórica que suscitaba.
-
-El señor presidente estaba informado de mi llegada y, como se encontraba
-con su familia tomando campo en Antímano, pequeña población en el mismo
-valle de Caracas, a dos horas de ésta, me hacía invitar por el señor
-ministro a pasar a verle en el día, a eso de las tres de la tarde.
-Anuncié que lo haría, como era natural, y nos despedimos cordialmente,
-prometiéndome el señor ministro, en su inagotable bondad, darme cuenta
-de cualquier noticia que le llegara de alguna casa amueblada, donde
-poder instalarme con la legación, conviniendo conmigo en que, por poco
-que se contagiara su matinal amabilidad, me iba a extenuar en viajes, de
-la cama a la puerta, sin contar con los resfriados, que hacía poco
-probables el bendecido clima de Caracas.
-
-Eran dos horas de viaje; a la una en punto, con la puntualidad que
-caracteriza a los diplomáticos y cuya observancia, para los noveles, es
-ya un rasgo de vaga semejanza con Metternich, tomamos un carruaje, el
-cónsul general y yo, y nos pusimos en camino. En efecto, el trayecto
-duraba el tiempo indicado, a lo largo del pintoresco valle,
-estrechamente encerrado por dos líneas de montaña, bien cultivado y
-lujoso en su vegetación tropical. Serían las tres cuando el carruaje se
-detuvo frente a una casa de antigua construcción española, de un solo
-piso, pero amplia y con vastos patios llenos de árboles y flores.
-Echamos pie a tierra y nos encontramos con el cuadro siguiente: En la
-puerta de la casa, cuatro o cinco soldados recostados contra la pared;
-en medio de la calle, otros soldados teniendo de la brida algunos
-caballos ensillados ya. Dos niñas de 7 a 9 años de edad, de singular
-belleza (una de ellas es la que fué más tarde duquesa de Morny y es hoy
-festejada en la alta sociedad de París como una de sus _beautés_ más
-consagradas) y un niño, un poco mayor, esperaban que se acabara de
-cinchar un petizo, de aire tranquilo, pero de enorme panza, que se
-entregaba resignado a la operación. El operador, o sea el que cinchaba,
-y que debía estar dotado de una dentadura férrea, porque era a colmillo
-limpio que pretendía reducir el abultado abdomen del petizo, había
-echado hacia la nuca su kepi, en el que se contaba el número de galones
-necesario para hacerme comprender que me encontraba en presencia de un
-coronel.
-
-Yo había sacado una de mis flamantes tarjetas, fabricadas expresamente
-en París, por Stern, en finísimo bristol, vírgenes aún, pero anhelando
-entrar en batalla. Después de mi nombre se leía: "ministro de la
-República Argentina". Si se me pregunta por qué no había puesto mi
-título exacto, esto es, "ministro residente, etc." diré que la supresión
-de la palabra "residente" podía dar lugar a dudas, que nunca serían
-resueltas para abajo y sí, algunas veces, para arriba. Los diplomáticos,
-mis hermanos, me comprenderán.
-
-Armado, pues, de mi tarjeta, me avancé hacia el coronel, esperé
-hábilmente que un feliz golpe de colmillo hiciera llegar el clavo de la
-hebilla al agujero ansiado y, si bien con correcta dignidad, con acento
-afable, dije al guerrero en reposo:
-
---¿El señor presidente está visible?
-
-Debo decir que durante la operación, a la que acababa de dar coronado
-fin, nuestra llegada, descenso y avance, habían sido observados por el
-señor coronel, a cuyo efecto había impreso a su ojo izquierdo una
-desviación que, a ser definitiva, habría introducido un elemento
-perturbador de la armonía de su rostro; al oir mi voz, cesó la
-desviación, pero los ojos se dirigieron a un punto vago en el espacio,
-frente a él, sin duda de un interés palpitante, porque no los apartó un
-momento para fijarlos en nosotros. Su silencio me hizo nacer la duda de
-una alteración de sus órganos auditivos y repetí mi pregunta en voz más
-alta. Entonces contestó:
-
---S. E. no recibe a nadie.
-
---Pero habiendo tenido el honor de ser citado por S. E., creo que hará
-una excepción en mi favor. Tenga usted la bondad de pasarle mi tarjeta.
-
---¿Qué tarjeta?
-
---Este pequeño trozo de papel, en el que están escritos mi nombre y
-calidad.
-
---Yo no le paso nada: a esta hora no le gusta que le incomoden y después
-la bronca es para mí.
-
---Me parece que la bronca firme le va a venir si usted no hace lo que le
-digo. Soy el ministro argentino, vengo de dos mil leguas de distancia a
-saludar a S. E., S. E. me espera y no es natural que por un capricho de
-usted deje de verle.
-
---¡Eche leguas! ¿Cuántas dijo? ¿Dos mil? y echó una mirada a un soldado
-próximo que, ruborizado de mi enormidad, sonrió subordinado.
-
-En tanto, los chicuelos, a quienes el coronel debía acompañar a caballo,
-le invitaban a cada instante con sus _¡vamos!_ apurados y se habían
-puesto instintivamente en contra del que amenazaba aguarles la fiesta.
-
-Una nueva tentativa no me dió mejor resultado. Medité un momento y
-resolví, por si acaso aquel síntoma revelaba un sistema completo, cortar
-por lo sano desde el principio. Arrastré al coche al cónsul, que quería
-penetrar hasta por la fuerza y dí orden de volver a Caracas. Abandono a
-la penetración del lector las reflexiones del camino. Era mi primer acto
-diplomático, y el éxito, a la verdad, prometía poco para el porvenir.
-Luego temía dos cosas: o que la cólera me hiciera hacer una tontería o
-que la risa me impulsara a tomar el incidente con demasiada
-indiferencia. Debo recordar que yo no había aún cumplido treinta años, y
-el hecho es que me preocupaba enormemente la apreciación futura de mi
-conducta en Buenos Aires, cuando, a la noticia del incidente, dijeran
-los unos, con esa suave benevolencia que es el rasgo característico de
-mis congéneres: "¡claro! ¡de llegada, se peleó con Guzmán Blanco!" o
-esta otra frase en caso contrario: "¡de llegada hizo un barro, aceptando
-en silencio una grosería de Guzmán Blanco!" Yo no quería pelear, ni
-aceptar groserías de nadie. Pedí, pues, a mi cónsul general que se
-entregara durante el viaje a la contemplación del paisaje y me hundí,
-durante el regreso, en una reflexión honda y pareja que me suministró
-una resolución, a la que me decidí sin vacilación. Así que llegamos a
-Caracas, tomé la pluma y escribí una carta a mi amable ministro de
-relaciones exteriores, en la que le decía que, siguiendo su indicación
-y, de acuerdo con los deseos que me había expresado en nombre del señor
-presidente, me había trasladado a Antímano, a la hora indicada, siendo
-recibido por un jefe del ejército venezolano cuya tenacidad en no querer
-anunciarme al señor presidente, bajo pretexto de que éste estaba
-ocupado, sólo igualaba la mala crianza empleada con ese objeto. Que el
-hecho de no haber dado orden el señor presidente de introducirme, así
-que llegara, justificaba hasta cierto punto la actitud del coronel y que
-en vista de las apremiantes ocupaciones que embargaban, a lo que
-parecía, el ánimo del señor presidente, aprovechaba la circunstancia de
-estar también acreditado en Colombia y partiría a la mañana siguiente
-para la Guayra, a tomar el vapor que me acercaría a la ruta de mi nuevo
-destino.
-
-Entre tanto destaqué a mi cónsul general para que explicara al señor
-ministro todo lo que había pasado en Antímano. En el fondo, yo estaba
-persuadido de que el presidente era completamente inocente de lo
-ocurrido, salvo de la omisión del aviso previo de mi llegada. Sabía, por
-tanto, que el pato de la boda iba a ser el coronel; pero me encontraba
-en una disposición de ánimo feroz, y esa noche habría suscrito gustoso
-la sentencia de un centenar de azotes en las robustas partes carnudas
-del guerrero indígena.
-
-No habría pasado una hora del envío de mi epístola, cuando recibí un
-telegrama del presidente, datado en Antímano, en el que me pedía
-disculpara lo ocurrido por pura imbecilidad de un subalterno y me
-anunciaba que al día siguiente vendría expresamente a Caracas para
-recibirme, esperándome a las dos de la tarde en su casa particular. Así,
-cuando llegó alarmado el señor ministro de relaciones exteriores
-encontró que el estado de ánimo, que había determinado mi carta, real o
-fingido, había cedido el sitio a cierta conformidad, sin entusiasmo,
-pero sin rencor.
-
-Al día siguiente tuve el gusto de conocer al "ilustre americano". Un
-hombre alto, robusto, cargado de espaldas, algo miope, con una enorme
-pera blanca, cariñosamente cuidada, sin duda, por el carácter militar
-que su propietario pensaba deber a ese apéndice. Cierta cultura nativa
-(por la madre pertenecía a una antigua familia colonial); barniz de una
-sola capa de ilustración general; una colosal opinión de sí mismo, una
-soltura incomparable para resolver, en frases sentenciosas y estudiadas,
-los más arduos problemas sociales y políticos; teorías constitucionales
-abundantes, pero propias, exclusivas, que para nada tenían en cuenta ni
-la experiencia de la historia, ni las dificultades que el razonamiento
-podía oponerles. En política americana, árbitro, materia propia, dominio
-inenajenable, indivisible de su inteligencia. Heredero, continuador de
-Bolívar, no sin señalar con cierta expresión de respetuosa compasión,
-los errores cometidos por el Libertador. Un desprecio por los hombres
-análogo al que se atribuye a Tarquino; no volteaba las cabezas de las
-plantas que sobrevivían, pero las islas contiguas al continente, las
-calles de Nueva York y de las capitales europeas, contaban entre sus
-paseantes y vagos, más de un venezolano a quien el talento, la fortuna o
-la audacia parecían ofrecer un porvenir brillante en su país[17]. Se
-aseguraba también, por aquel entonces, que las cárceles estaban bien
-pobladas. Tenía la reputación de no ser cruel, sino frío de alma. El
-cansancio de una larga e interminable anarquía, había hecho aceptar el
-primer gobierno fuerte que logró cimentarse en la agitación incesante de
-las luchas intestinas. Guzmán Blanco ahogó la libertad, llenó sus arcas
-e hizo bajar el nivel moral del pueblo venezolano, pero dió diez años de
-paz a su patria y no derramó sangre. "La paz de Varsovia!" dirá un
-estudiante de retórica. Eh! eh! diez años de paz representan muchos
-caminos carreteros, muchas escuelas abiertas, muchas hectáreas sembradas
-de cacao, tabaco, añil y cereales, mucho hábito de orden. No sólo de eso
-vive el hombre, convenido; pero si sólo se alimenta con el recuerdo de
-los Gracos, la declaración de los derechos del hombre y la lectura de
-una constitución más libérrima que el estado primitivo, paréceme que se
-ha de crear un tantico entecado, con un cerebro diforme, para unas
-piernas muy flacas y un vientre muy vacío[18].
-
- [17] Entre los que abandonaron la patria, buscando aire libre que
- respirar, se contaban los señores Zárraga y Herrera Vega, muerto el
- primero entre nosotros, muy joven aún, habiendo el segundo, médico
- insigne, conquistado altísimo puesto en la consideración y el
- afecto de la sociedad argentina.
-
- [18] El triste y desconsolador espectáculo que ofrece Venezuela en
- los momentos en que se imprimen estas páginas, justifica aun más,
- si cabe, el juicio que precede.
-
- Cuando se piensa en lo que, en los últimos años, han hecho tres de
- los pueblos más cultos de la tierra, la Inglaterra en Sud Africa,
- los Estados Unidos en Filipinas y la Alemania en Venezuela, puede
- augurarse tranquilamente la muerte del derecho público, aun en su
- forma externa, en época no lejana.
-
- Pero hay que esperar también que la página vergonzosa de Venezuela,
- dentro y fuera, sea única en la historia de América.
-
-Mi juicio de entonces (hablo de 1881) sobre el "ilustre americano", ha
-persistido casi idéntico. Nunca fué de una severidad cruel; nunca olvido
-que esos hombres son productos de un estado social determinado, agentes
-inconscientes de la naturaleza en la prosecución de sus fines. Es
-natural que pensemos que la naturaleza se equivoca, si juzgamos su
-acción con el criterio (bien estrecho, hermanos míos!) de nuestra moral
-convencional. Mientras el hombre crea que lo bueno y lo malo son y no
-pueden ser de otra manera, que como él los concibe, Nerón será tratado
-como de acuerdo con esas nociones merece, y Vespasiano ensalzado. Pero
-si algún día (todo es posible, hasta Dios, dice Renán), los hombres
-llegan a concebir la acción de los personajes históricos, como el
-desenvolvimiento de fuerzas análogas a las que hacen germinar las
-plantas, girar los astros, subir las aguas o temblar el suelo, todos
-nuestros anatemas históricos, han de hacerles sonreir. Puede muy bien
-que el balance de Guzmán Blanco, hecho por esa remota posteridad, no le
-sea muy desfavorable, si es que su nombre llega hasta ella. Las acciones
-de Bacon se han de cotizar más altas que las de Sócrates (a esa
-distancia, casi contemporáneos), sin que influya, en el juicio
-definitivo, ni la degradación del primero, ni la cicuta del segundo. Me
-agita, a veces, el espíritu, el esfuerzo por concebir la idea que,
-dentro de dos o tres mil años, si no se queman las bibliotecas o si
-nuestros idiomas actuales persisten siendo inteligibles para la
-comunidad, se tendrá de Byron o Víctor Hugo. Paréceme que no estará
-distante de la que tenemos los hombres maduros de los juguetes que nos
-entretuvieron en la infancia...
-
-La recepción oficial tuvo lugar de acuerdo con la rutina--un coche de
-gala, un oficial de ministerio, amable y sonriente, una pequeña escolta
-y al Capitolio. En el palacio de gobierno que lleva ese modesto nombre,
-perfectamente justificado porque recuerda las violencias y profanaciones
-de que la augusta colina fué objeto, un par de discursos, lo más breve
-posible el mío, verdadero trabajo de benedictino para evitar la
-fraseología obligada de solidaridad americana, lazos indisolubles,
-comunidad de origen y otras paparruchas que han de concluir por cerrar
-herméticamente las puertas de la diplomacia, en tierra de Colón, a los
-hombres de buen gusto. Porque en esto de los discursos diplomáticos pasa
-algo curioso; si los intereses de momento determinan en la sociedad a
-cuyo seno se llega, una actitud de calurosa simpatía, instintiva
-invitación para que el diplomático que llega, aconseje a su gobierno
-marchar en la senda que conviene al país que lo recibe; si la acogida es
-entusiasta, repito, el empleo del sentido común y del buen gusto, que
-aconseja discursos sobrios y moderados, resalta como una nota
-discordante en la armonía del conjunto y parece deshacerse en un minuto
-todo el camino andado. En cambio, si el diplomático, sea por contagio de
-la atmósfera ambiente, sea por frío cálculo, se entrega a un ditirambo
-desmelenado, con más retórica que una alocución tribunicia, es casi
-seguro que el contragolpe en el país que lo mandó, y que está lejos y
-frío, puede costar al enviado extraordinario su reputación y su buen
-nombre.
-
-Es por eso, hermanos del futuro, diplomáticos en cierne, a quienes el
-porvenir, reserva tal vez recorrer los países americanos, que este viejo
-viajador en esos mares, os da el consejo sano de ser siempre parcos en
-palabras, reemplazándolas, para las efusiones, quizás indispensables del
-primer momento, por la opulenta gama de gestos expresivos que la
-naturaleza ha puesto a nuestra disposición, como ser los ojos húmedos,
-la mano sobre el corazón, la mirada vuelta al cielo, en actitud
-reconocida, y cuando la cosa apura y la escena es _coram populo_, la
-elección del más haraposo de los pilletes que os circundan, para
-estrecharle en vuestros brazos y darle el ósculo de solidaridad
-americana. Con lavaros más tarde, no queda rastro, mientras que el
-colorete metafórico de un discurso bombástico, no se borrará ni con
-todas las aguas que se desprenden de los Andes...
-
-Al día siguiente de mi recepción oficial, el "ilustre americano", por un
-acto de deferencia especial, se dignó visitarme en mi morada, que era ya
-entonces una buena, hermosa y cómoda casa, llena de luz, aire y árboles,
-que había tenido la fortuna de arrendar amueblada. Recibíle con los
-honores debidos y, mientras hablábamos, ví, a través de los cristales
-del salón, todos los pilletes de Caracas, a más de las mujeres del
-barrio, en asamblea delante de mi puerta, contemplando la brillante
-escolta a caballo que había acompañado al presidente, así como un
-piquete de infantería que guardaba todo el frente de mi casa. La
-presencia de esa gente de a pie me intrigó; a la despedida acompañé al
-presidente hasta el umbral. El coche, precedido por la escolta de
-jinetes, partió a escape, y atrás, con el fusil en la mano, el kepi en
-la nuca y la lengua de fuera, los infantes, desalados tras del coche,
-para no perder su contacto. Si a turno todo el ejército venezolano
-hubiera sido sometido a ese ejercicio, las marchas de Sylla, Aníbal o
-Napoleón, hubieran quedado pequeñitas ante las hazañas que aquél habría
-llevado a cabo.
-
-Poco tiempo después de mi llegada, había ido a gozar, por la noche, del
-aire embalsamado de la principal plaza pública de Caracas, sitio
-habitual de reunión entonces. En el centro se levantaba la estatua, en
-pie, del general Guzmán Blanco. Había otra del mismo, ecuestre, enorme,
-de fabricación yankee; pero esa estaba en la cumbre del próximo paseo,
-llamado el "Calvario". Esa noche un movimiento inusitado me reveló la
-presencia en la plaza del "ilustre americano". Así que me vió vino hacia
-mí y me invitó a dar unos pasos. Caminábamos lentamente por las anchas
-veredas que rodean la estatua. Vivo y perspicaz, comprendió tal vez por
-la indiscreta dirección de mi mirada, que mi espíritu estaba preocupado
-por el peregrino caso que me ocurría.
-
---¿No le hace a usted, señor ministro, me dijo con un acento especial,
-un curioso efecto pasearse con un hombre al pie de su propia estatua?
-
---A la verdad, señor, "es un caso original, que no me ha ocurrido
-nunca".
-
---Sí, añadió: y su fisonomía tomó una expresión de _détachement_
-completo de las cosas terrenas, un vago tinte de _más allá_; sí, es
-anómalo y admira al extranjero. No he podido evitarlo, o mejor dicho, no
-me he sentido ni con fuerzas ni con derecho para impedir que el pueblo
-glorifique su propia acción, que la Providencia ha personificado en mí.
-Por lo demás, yo he entrado ya a la posteridad y ese homenaje es ya un
-juicio póstumo...
-
-Yo miraba a aquel hombre con la admiración profunda que me inspiran las
-dotes de que carezco, llevadas a su más esplendoroso desarrollo. El
-buen gusto, el tacto, la delicadeza moral, el sentido común, cual me
-aparecieron entonces como la triste _impedimenta_ que nos obstruye a
-nosotros, los vulgares, el camino de las grandes situaciones y de las
-ilustres denominaciones! Me sentí pequeño; comprendí que no estaba
-predestinado, que no se fundiría el bronce que había de dar forma a la
-estatua que me inmortalizaría, ni aun en la plaza de un pueblo de campo
-de las pampas argentinas, y volví mis ojos reverentes, para admirarle
-una vez más, al hombre que, tranquilo y sonriente, se contemplaba a sí
-mismo, con cuerpo de metal, de pie, sobre granito, duras materias,
-resistentes al tiempo y al olvido!
-
- * * * * *
-
-Dos años más tarde, recibía en mi modesto cuarto del Grand Hotel, en
-París, la visita del general Guzmán Blanco, instalado en la capital
-francesa con su familia, en virtud de un vuelco político ocurrido en
-Venezuela, con caracteres de terremoto, por cuanto dió en tierra con las
-estatuas del "ilustre americano", teniendo la posteridad, por ese
-accidente, que rehacer su juicio sobre el distinguido personaje. A ella
-_l'ardua sentenza_[19].
-
- 1890
-
- [19] El general Guzmán Blanco murió en París, en Agosto de 1900.
- Hacía ya muchos años que había cesado de figurar en la escena
- política de su país.
-
-
-
-
-Sarmiento en París
-
-
-Salgo del taller de Rodin; la figura de Sarmiento va tomando vida y
-forma. El soberbio viejo, que fué uno de los raros cultos individuales
-de mi vida, me llena el espíritu; su memoria suscita la de tantos otros
-seres queridos que la ola nos ha arrebatado, sin darles tiempo, como a
-él, de cumplir la misión que sus cerebros luminosos y sus almas
-levantadas les marcaban en la tierra... Decididamente, es bueno que por
-algún tiempo deje de andar entre tumbas; bastan para echar sombras
-persistentes sobre mi alma los diarios de la patria, que día a día me
-traen la noticia de que uno más ha entrado al reposo eterno. Es el lado
-negro de la espera del turno.
-
-De vuelta, me echo a vagar por las calles de este París que entra a su
-vida normal, pasado el síncope[20] y de nuevo Sarmiento surge en mi
-memoria, como si su personalidad absorbente saltara de la tumba para
-imponerse a los vivos, como en tiempo de la acción, por el vituperio o
-el entusiasmo, por el cariño o el odio.
-
- [20] Estas líneas fueron escritas pocos días después de la visita,
- a París, hecha por el tzar de Rusia.
-
-Y pienso que hace cincuenta años, justo medio siglo, él también recorrió
-estas calles, allá en el mes de Octubre de 1846. Tenía ya más de treinta
-años, había publicado el _Facundo_, y hecho la campaña periodística de
-Chile que, por el vigor, la originalidad y la luz intensa que proyectó,
-no sólo sobre las cuestiones de su tiempo, sino sobre el porvenir y la
-ruta de salvación del mundo americano, no tiene rival en los fastos de
-ningún país. Al fin pudo realizar un sueño de su vida, y en 1845 se
-embarcó en Valparaíso para Europa, a completar sus estudios sobre
-educación popular y, sobre todo, para ver, con los ojos de su cuerpo, lo
-que los ojos de su espíritu habían admirado, la tradición, el arte, la
-cultura de este viejo mundo.
-
-Vosotros, los que tenéis en vuestras bibliotecas sin vida, los ocho o
-diez tomos publicados de las obras de Sarmiento[21], haced un esfuerzo
-sobre vuestro horror de la letra de molde y abrid, por cinco minutos, el
-volumen de _Viajes_. Y vosotros, jóvenes, los que os quejáis dolientes
-de que no hay atmósfera intelectual en nuestro país, hacedla revivir,
-volviendo a las fuentes puras e incomparables del pasado. Leed esos
-Libros admirables, escritos hace más de medio siglo y que, como las
-telas de los grandes maestros, conservan en sus líneas y en su color una
-frescura jamás igualada en el correr de los tiempos. Declaro que no
-conozco, en prosa castellana, ni aun en los grandes modelos del género,
-páginas comparables a algunas de las de Sarmiento en sus _Viajes_, al
-retrato de don Domingo de Oro, en sus _Recuerdos de Provincia_, o a esa
-armonía profunda con que el genio del escritor acaricia la memoria de la
-madre. Leed, leed esos libros, jóvenes, y veréis con qué orgullo
-sentiréis el alma de vuestra raza palpitar en sus páginas. Son libros
-genuinamente nuestros, que no han podido ser escritos en otra parte y
-que constituyen, hoy por hoy, la nota más clara y luminosa para
-ayudarnos a comprender la gestación caótica de nuestra nacionalidad. No
-os hablo de moral, no os hablo de patriotismo, no os hablo de que esa
-lectura pueda determinaros a ser pequeños Sarmientos, en lo que, por
-otra parte, no perderíais nada ni vosotros ni el país: os hablo de arte,
-os hablo de la única manera posible de resucitar entre nosotros esa
-atmósfera intelectual por la que lloráis; os invito a entrar a esos
-libros, como empujo a todos los jóvenes argentinos que hay en París, a
-ir al Louvre, al Colegio de Francia o a la Facultad de Letras, para que
-se den cuenta que hay otras cosas en el mundo que el oficio de abogado,
-la chicana política, la operación de bolsa o el casamiento ventajoso...
-
- [21] Son hoy (Enero 1908) 51 y no contienen una página que no haya
- sido escrita por Sarmiento; hay muy poco inédito, porque para
- Sarmiento, escribir era obrar. Así, en esa publicación, en la que,
- como se debía, se nos ha dado "todo" lo que en vida publicó ese
- espíritu extraordinario, no se encuentra, como en los "escritos
- póstumos" de Alberdi, una sola línea que produzca la impresión
- dolorosa de una profanación.
-
-
-
-
-I
-
-Sarmiento se embarca, pues, sobre la _Enriqueta_, uno de esos barcos de
-vela que fueron el martirio de nuestros padres y que deben haber sacado
-de quicio y arrancado a su compostura colonial, hasta a las personas más
-graves de nuestra revolución; sólo concibo, después de diez días de
-calma chicha y treinta de frejoles secos, igual, solemne, acompasado,
-abrochado y manteniendo su actitud con dignidad, por si los pescados le
-miran, a don Bernardino Rivadavia...
-
-Sarmiento descubre, al pasar, la isla de Robinson, que describe en
-páginas inimitables, dobla el cabo de Hornos y, por fin, en medio de una
-tormenta deshecha, entra en aguas del Río de la Plata y desembarca en
-Montevideo. La descripción de lo que allí ve, hecha con un brío y un
-color incomparables, salpicada de retratos que en tres líneas dibujan
-una página para la posteridad, es lo único que tenemos de real, de
-vívido, sobre esos días de honor de nuestra historia. Un libro sobre el
-Sitio, hecho, no al frío resplandor de los documentos oficiales, sino
-iluminado por la vibración del recuerdo, con toda la pasión viril y
-generosa de la causa que se defendía, eso es lo que Lucio V. López, poco
-antes de morir, pedía a su padre, nuestro ilustre historiador, eso es lo
-que todos nosotros hemos pedido y pedimos al general Mitre, en vez de la
-labor mecánica a que ha dedicado sus últimos años de vigor intelectual.
-
-Sarmiento pasa rápidamente por Montevideo, pero su sensación es tan
-fuerte y tan intensa, que creo difícilmente que ningún libro del futuro
-nos dé, con igual verdad, la impresión real del cuadro. Hoy que nuestro
-país ha entrado definitivamente en la ruta banal de la marcha de las
-sociedades modernas, para las que los problemas vitales de hace
-cincuenta años se han convertido en axiomas de archivo, que no se
-discuten, ese sitio de Montevideo, con sus antecedentes y sus
-consecuencias, toma cierto carácter de novela romántica que nadie lee
-ya, que se recuerda en uno que otro texto de literatura, pero cuyo
-estudio, como el de los poemas clásicos, tiene poca o ninguna utilidad a
-los ojos de los que sólo ven, como signos positivos de la grandeza de un
-pueblo, sus estadísticas de aduana y el kilometraje de sus caminos de
-hierro. Ese escepticismo, esa sonrisa despreciativa para el recuerdo de
-los días de mayor sufrimiento y de mayor pureza moral de nuestro pueblo,
-han permitido, han sugerido ya la publicación de libros, cuya buena fe
-no salva que sean una injuria para la memoria de los que dieron o su
-vida o su juventud y su felicidad en holocausto a su país.
-
-Los que hemos nacido en los últimos años de ese asedio inmortal, bajo la
-bandera y en las cuadras casi de esa legión argentina que el plomo
-enemigo acabó por reducir a un puñado de hombres, hemos oído a nuestras
-madres, a los viejos servidores de la familia, durante los años de la
-infancia, las narraciones heroicas de aquellos días. ¡Qué desprecio por
-la vida! ¡Qué connaturalización con aquella atmósfera de fuego, dentro
-de la que se jugaba el porvenir de un pueblo, y más de cerca, no ya la
-existencia, sino el honor de madres, hijas, mujeres y hermanas!...
-Podéis sonreir del épico momento, escépticos satisfechos que gozáis hoy,
-en la plena obesidad de vuestra atrofia moral, de la fortuna territorial
-amasada por vuestros padres a favor del acatamiento y la adulación del
-bárbaro sangriento que los nuestros combatían! Podéis sonreir, que nadie
-ni nada borrará de nuestro corazón ni de nuestro nombre el sello de
-nobleza de ese abolengo...
-
-Sarmiento venía de Chile, a donde los últimos rebotes de la ola de
-barbarie que asolaba al pueblo argentino, le habían arrojado por sobre
-los Andes. Su acción intelectual de Chile la volvía a encontrar en
-Montevideo, pero candente y desesperada, como el jadear de los pechos en
-la trinchera perenne. ¿Cómo aquel apretón de manos que dió entonces a
-Mitre, a Gutiérrez, a Mármol, a Alsina, a Cané, no hizo sagrados, para
-la vida entera, a esos hombres entre sí? ¿Cómo, más tarde, la política
-pudo dividirlos y arrojarlos a campos opuestos?...
-
-Al pisar la cubierta del barco que le llevaba a Río de Janeiro, en rumbo
-a Europa, Sarmiento debió sacudir su poderosa cabeza, como para disipar
-el mal sueño y preparar su espíritu a la esperanza. La bahía de Río, la
-estupenda aparición de la región tropical, le inspiran páginas, entre
-otras aquella en que pinta la esclavatura y el canto de caridad con que
-los miserables se sostienen y se alientan en su faena, como quisiera que
-de tiempo en tiempo se escribieran en nuestra lengua. ¡Qué variedad de
-tonos en esa paleta admirable! Todos los que en nuestra tierra leéis,
-conocéis el estilo general de Sarmiento, ese ímpetu un tanto
-desordenado, aquel atropellarse de las ideas, que se quitan el sitio
-unas a otras para llegar primero, aquellas indicaciones bien vagas a
-veces, que nos obligaban, a Del Valle y a mí, a ir metiendo en las
-frases los verbos ausentes[22]. Todos recordáis el látigo iracundo de la
-polémica, el apóstrofe que aplastaba a un hombre o a una camarilla para
-toda la siega, como también el movimiento majestuoso de su verbo,
-cuando, en vuelo soberano, postrándose ante la bandera, su espíritu
-invocaba la bendición divina sobre su pueblo. Pues bien, leed la página
-sobre la poesía, que le inspira su encuentro con Mármol y la lectura que
-el poeta proscripto le hace de sus cantos del _Peregrino_, y veréis la
-inagotable fecundidad de esa paleta, de la que el artista arranca, al
-pasar y sin esfuerzo, todos los tonos, todos los colores para reflejar
-el mar y los cielos, la tierra y el alma.
-
- [22] Cuando corregíamos en el «Nacional» las pruebas de los
- artículos de Sarmiento.
-
-Allí se topa también con el _pardejón_ Rivera, el teniente de Artigas,
-el teniente de los portugueses, el teniente de Lavalleja, el teniente de
-todas las causas, buenas y malas, por las que se derramaba sangre en las
-orillas del Uruguay. ¡Qué delicioso tipo de imbécil, guarango, soez y
-bruto, de gaucho pretencioso! Nada comparable a aquella comida en la
-que, delante del ministro francés y otras personas cultas, Rivera
-cuenta, muy suelto de cuerpo, que don Pedro I del Brasil le quiso casar
-con su hija doña María da Gloria, pero que él se había resistido.
-Sarmiento le toma el pelo en el acto y deplora que haya desdeñado de ese
-modo la corona de Portugal! ¡Don Frutos I, rey de los Algarbes!... Allí
-en mi juventud, con Ricardo Gutiérrez, que acaba de terminar su misión
-de luz y caridad sobre la tierra, estuvimos a punto de persuadir a uno
-de nuestros compatriotas, otra cuerda que Rivera, pero también tipo
-genuino del país, que la impresión que había producido, en un teatro, a
-una reina, entonces joven, le abría el acceso a un trono de Europa,
-pequeño, pero confortable...
-
-
-II
-
-Al fin pisa Sarmiento tierra de Europa, remonta el Sena y por Rouen,
-gana París.
-
-La carta que de allí escribe es dirigida a don Antonio Aberastain, aquel
-mártir del Pocito, una de las últimas víctimas de la barbarie argentina.
-Siendo yo niño aun, recuerdo haber visto a mi padre, con las lágrimas en
-los ojos y presa de una indignación profunda, dictar uno de sus
-artículos más enérgicos sobre aquel asesinato.--"¡Pobre _Buey_! repetía
-mi padre a la noticia de la catástrofe: ¡el hombre más puro y más sano
-que he conocido!" Ese apodo había sido dado a Aberastain en el colegio
-(se había educado en Buenos Aires) por su corpulencia obesa, pesada y la
-indiferencia tranquila con que miraba todo. Algunos años más tarde
-entraba yo al Colegio Nacional y tenía por condiscípulo en mi clase al
-hijo del mártir; era idéntico al retrato que de su padre había oído al
-mío, y pronto el apodo paterno le distinguió entre nosotros. Pedro
-Goyena, que empezaba, a los veinte años, a dictarnos una clase de
-filosofía, descubrió en el _Buey_ una inteligencia de una claridad
-extraordinaria, pero de una lentitud curiosa para ponerse en movimiento.
-El joven Aberastain fué una de las primeras víctimas del cólera entre
-nosotros. Cuando tuve el honor de ser compañero de Sarmiento en el
-Consejo General de Educación de la provincia de Buenos Aires, le hablé
-un día de mi joven condiscípulo, tan prematuramente arrebatado a la
-vida; su fisonomía se cubrió de una tristeza profunda y sin duda
-pensando en el amigo de los días amargos, pensaba también en su hijo
-único y querido, que había dado su vida a la patria, privándole a él del
-bastón de su vejez...
-
-La primera impresión de París que Sarmiento comunica a Aberastain es
-característica; como el joven que llega a Edimburgo o a Verona, cree ver
-por todas partes a María Estuardo o a Romeo y Julieta, la generación de
-Sarmiento sólo veía a París a través de los _Misterios_ de Eugenio Sue.
-La influencia del romanticismo francés había penetrado y conquistado los
-espíritus americanos, con más fuerza, ayudada por la imaginación, que
-treinta años antes los enciclopedistas. A mis ojos, esa influencia no
-pudo ser más perjudicial para el porvenir de las letras argentinas. La
-lucha constante y la excitación intelectual que traía habían producido
-un núcleo de escritores que, librados tal vez a su propia inspiración,
-habrían reflejado en sus libros el ambiente, el color, el sabor de
-nuestra tierra y habrían dejado una base inconmovible a nuestra
-literatura nacional. Pero Byron, Hugo, Lamartine, en la poesía; Dumas,
-Hugo, Sue, Féval, en el teatro y la novela, se apoderaron de tal manera
-de la inteligencia argentina, que, desdeñando o pasando al lado sin
-verla, la fuente viva y fecunda del suelo y la sociedad natal, los
-jóvenes que manejaban una pluma, se limitaban a copiar los poemas y
-reflejar el ideal de los románticos en boga, como los poetas de la
-revolución habían imitado, en sus odas de pesado vuelo, el modelo de los
-poetas españoles de la decadencia. Echeverría (salvo en algunos y no
-muchos momentos de la _Cautiva_), Mármol, Gutiérrez, Domínguez (los de
-Rivera Indarte no eran versos, ni cosa que se les pareciera) seguían el
-movimiento de la lira francesa. Mitre traducía el _Ruy Blas_ de Hugo,
-que cincuenta años más tarde publicaba con su valor habitual: V. F.
-López, lleno de Walter Scott, escribía la _Novia del Hereje_, en vez de
-dar forma a los cuadros de la Revolución, que concebía ya bajo el molde
-de la novela; mi padre, a quien la naturaleza había dotado de un gusto
-artístico exquisito y de un estilo de una galanura inimitable,
-doblemente impregnado por el romanticismo francés y el _wertherismo_
-italiano, a lo Ugo Fóscolo, fúnebre y sentimental, escribía su _bluette_
-de _Esther_ o imitaba, en la _Noche de boda_, las más románticas
-concepciones de la época. Sólo dos hombres escaparon a esa influencia y,
-conservando su personalidad propia, buscaron en el suelo patrio la
-fuente de su inspiración: Sarmiento, por ímpetu interno y porque vivía,
-respiraba y soñaba dentro de un ideal exclusivamente americano, y
-Ascasubi, porque ignoraba la existencia del movimiento intelectual
-europeo; sintiendo como un gaucho y sabiendo hablar como él, nos dejó en
-sus cantos, en forma imperecedera, la nota moral de las masas argentinas
-de entonces...
-
-¿Pero qué queréis? En Chile, en Montevideo, en Buenos Aires mismo, allá
-en los últimos rincones donde se leía aún, el Churriador, la Lechuza,
-Rodolfo y Flor de María, eran tan populares como un momento lo fueron en
-Francia los héroes de Madame Cottin o en Inglaterra Lovelace y Clarisse
-Harlowe. Por eso Sarmiento, frescamente desembarcado en París, da
-noticia de Tortillard, Brazo-Rojo y la Rigoleta, sintiendo que, por los
-barrios donde Rodolfo daba aquellos puñetazos fenomenales, se haya
-"abierto por medio de la _Cité_, una magnífica calle que atraviesa desde
-el Palacio de Justicia hasta la plaza de Nuestra Señora, iluminada a gas
-y bordada de estas tiendas de París, envueltas en cristales como gasas
-transparentes, graciosas y coquetas como una novia".
-
-Luego se echa a vagar, a _flaner_, como él dice, deteniéndose extasiado
-ante esta palabra que ninguna otra lengua posee y que tan bien expresa
-ese dulce abandono del cuerpo y del espíritu, flotando entre los mil
-atractivos que lo solicitan al pasar. "Ando lelo; paréceme que no
-camino, que no voy, sino que me dejo ir, que floto sobre el asfalto de
-las aceras de los boulevares". Siento consignar este detalle, ¡oh
-jóvenes _snobs_ de todas nacionalidades, inclusa y especialmente la
-nuestra, que llegáis a París como si hubiérais visto la luz en la ciudad
-ideal de todas las perfecciones y encontráis todo común, vulgar, chato y
-despreciable! Siento daros ese mal rato: Sarmiento se quedaba "con un
-palmo de boca, contemplando la Maison Dorée, el Café Cardinal o los
-Baños Chinescos". ¿Pero es un mal rato, en verdad, para los snobs, esa
-reminiscencia? Para ellos, Sarmiento no figura, acaso, entre esas
-_cosas_ vulgares, chatas e indignas de atención? Por mi parte, tengo mi
-juicio hecho bien pronto, a favor de esa piedra de toque invariable:
-joven que, llegado a París, le juega indiferencia, no se admira de nada
-y hasta mete _pullitas_ compadres al compañero que, como Sarmiento, se
-queda lelo: imbécil.
-
-Sarmiento, vagando en las calles, se pierde a cada momento y es de ver
-la admiración profunda que le causa la hospitalaria cultura del pueblo
-francés, la solícita atención con que el primer viandante le pone en el
-buen camino, le acompaña si es necesario, corre tras él si de nuevo toma
-una calle que no va--y todo dentro de esas fórmulas exquisitas de: _Ayez
-la complaisance... Soyez assez bon..._ que son la menuda moneda de la
-urbanidad de esta gente. Hoy mismo pasa el mismo fenómeno, y en todo
-tiempo los viajeros que han recorrido la Francia han consignado igual
-impresión. Pero a la verdad, fuera de que en Alemania o en Inglaterra
-cualquier pasante os pone en el buen camino (sólo entre nosotros se
-suele encontrar al _chusco_ que endereza al extranjero camino del Once,
-cuando quiere ir al Retiro) ¿esa hospitalidad, en Francia, se encuentra
-también de puertas adentro? Sarmiento mismo, si la hubiera buscado
-¿habría encontrado en París una acogida del género de la que recibió
-Gotinga, en aquel sereno centro intelectual, perdido en el fondo de la
-Alemania y al que no parecían llegar las brisas del mundo? Cuando un
-inglés os recibe en su casa, veis en su cara, sentís en la atmósfera de
-su hogar, que aquel _accueil_ es sincero, completo y sin límites. Un
-francés os recibe sonriendo, os presenta sonriendo a su familia, que
-sonríe toda, os da muy bien de comer, en un comedor abrigado, os brinda
-buenos vinos y malos cigarros y os despide sonriendo siempre, hasta la
-vista. Para volver, necesitáis una nueva invitación, que reanude, por
-así decir, la relación. Algunos prefieren el sistema inglés, los que
-creen que la humanidad puede ser sincera en algunos momentos y aman
-verla bajo ese aspecto; otros, que creen saber a qué atenerse, piensan
-que todo lo que debe y puede exigirse a los hombres, es la cultura
-externa, y se dan por satisfechos con la sonrisa francesa, que no exige
-en cambio sino otro pliegue de labios y que pone a todo el mundo cómodo.
-Entre nosotros, el problema se ha resuelto por lo hondo: no se abre la
-puerta, no se recibe a nadie: la señora no está!!
-
-
-III
-
-Haciendo Sarmiento la enumeración de todos los atractivos que ofrece
-París para el pensador, el literato, el petimetre, el gastrónomo, el
-artista, etcétera, habla de un tal Leverrier, que "anda persiguiendo en
-los espacios celestes y llamando a todos los astrónomos que se aposten
-en tales o cuales lugares que él señala, para cogerlo al paso a un
-planeta que el dice que hay en el cielo, porque debe haberlo, por
-requerirlo así una demostración de las matemáticas". Neptuno estaba, en
-efecto, en el punto del cielo fijado por la genial penetración de
-Leverrier y encuentro admirable esa robusta fe en la ciencia y la razón,
-por parte de un joven americano, como Sarmiento, sobre el que no hace
-mella la burlona incredulidad del París de entonces.
-
-Otra de las miradas penetrantes de Sarmiento, en ese momento, atraviesa
-el caos de la situación social y política de la Europa. "En medio de la
-gendarmería de las ideas dominantes,--escribe--oficiales, moderadas, ve
-usted moverse figuras nuevas, desconocidas, pensamientos que tienen el
-aspecto de bandidos, escapados al _bagne_, al presidio en que los han
-confundido con los criminales de hecho, ellos que no son más que
-revolucionarios". Más tarde, en Italia, su visión se completará y poco
-le faltará para predecir el trastorno profundo que, un año después iba a
-sacudir la Europa entera y abrir las puertas, por decir así, a las
-verdaderas corrientes modernas. La revolución de 1848 estalló en París y
-repercutió en Berlín, Viena, la Europa entera, cuando Sarmiento estaba
-ya de regreso en Chile. Esta noticia debe haberle producido el mayor
-júbilo de su vida, porque había regresado de Europa con la convicción de
-que mientras imperaran como ideas dirigentes los residuos de la
-Santa-Alianza o el impuro y estrecho burguesismo de Luis Felipe, no
-habría esperanza de regeneración para el mundo americano.
-
-Al pasar, Sarmiento da cuenta de que también ha desaparecido, como las
-tabernas de la Cité, otra fisonomía del pensamiento francés, el
-eclectismo, que "ha muerto de muerte natural, como todas las cosas
-caducas que no están fundadas en la verdad". Para Sarmiento, que veía
-las cosas de arriba y que no iba a buscar en los programas
-universitarios cuál era la corriente de ideas imperante, el eclectismo,
-la pomada de M. Cousin, había realmente muerto. Sin embargo, en esos
-meses, Jacques y Simón trabajaban en el manual que debía ser, hasta poco
-antes del 70, el libro clásico de la enseñanza filosófica. Si en vez de
-perder su tiempo en visitas inútiles y empresas inspiradas por el más
-puro patriotismo, algún amigo hubiera llevado a Sarmiento a la
-bohardilla donde trabajaba Augusto Comte ¡qué admirable retrato
-tendríamos del ilustre pensador y con qué claridad Sarmiento habría
-valorado la influencia de su doctrina sobre el desenvolvimiento de la
-ciencia! ¡Cómo habría reído también, dentro de su barba, él,
-profundamente liberal, pero profundamente práctico también, si Comte le
-hubiera comunicado su visión de una sociedad organizada sobre los
-principios de su política! Después de la tiranía bestial de un Rosas,
-nada ha detestado más Sarmiento en su vida que el _jacobinismo_ en todas
-sus formas...
-
-Pero helo ya hecho un parisiense; un amigo, que no debía de ser lerdo,
-le da de entrada una lección de vida práctica, de gran valor para él.
-"No bien hubimos llegado, dice, llevóme a los _Frères Provençaux_, donde
-cenamos ambos por 60 francos; al día siguiente, por 30, almorzamos en el
-café de París; en un restaurant comimos por 10, en un pasaje; al día
-siguiente, fuimos a almorzar por 3 y a comer por 32 sueldos al _Passage
-Choiseul_; últimamente a una abominable pocilga, detrás de la Magdalena,
-decorada con el nombre de _Hotel Inglés_, donde se sirve carne cruda de
-procedencia más que sospechosa, porotos duros y cerveza infame, todo por
-un franco, para regalo de los que quieren salvar el honor de la bolsa,
-afectando anglomanía. Había, pues, en tres días, recorrido los siete
-escalones de la vida parisiense y conocido el camino que va de la
-opulencia a la escasez, haciéndome mi mentor este curso para precaverme
-de todo accidente. _Lá-dessus_, podía permanecer tranquilo; en una
-crisis financiera, conocía ya el camino del _soi-disant_ Hotel Inglés".
-
-He quedado pensativo después de este párrafo. ¡Cómo sería aquel Hotel
-Inglés, para haber hecho esa impresión sobre un estómago como el de
-Sarmiento! Para darse una idea de la indiferencia absoluta con que
-acometió--y eso hasta en su vejez--cualquier plato que se le ponía por
-delante, y de la conciencia de su valor en esas refriegas, no puedo
-resistir a la tentación de transcribir este delicioso cuadro. Sarmiento
-viaja en Africa y es agasajado por un jefe árabe bajo la tienda. En una
-postura incómoda, que él trampea un poco, a pesar de su origen árabe,
-levantando una rodilla a la altura de la cara, esperaba a pie firme la
-_diffa_, el banquete obligado. Pero oigámosle:
-
-"La _diffa_ se anunció al fin; precedíala un plato de madera lleno de
-tortas fritas, colocadas simétricamente para dar lugar y apoyo a una
-docena de huevos durísimos que formaban una pirámide hacia el centro. Un
-árabe se lavó sólo la punta de los dedos en una sucia y abollada vasija
-de cobre, en la cual se nos sirvió en seguida agua para beber, más tarde
-leche de oveja, y luego agua de huevo. A cada ronda que la malhadada
-vasija hacía, seguíanla mis ojos de mano en mano para llevar cuenta de
-los puntos del borde donde los árabes ponían sus labios. ¡Esfuerzo
-inútil! Al fin descubrí una abolladura inaccesible que me reservé desde
-entonces para mi uso personal. El árabe que se había lavado dos dedos lo
-suficiente para alcanzarse a discernir de lejos la costa firme que
-descubría la parte _virgen_ de la mano, me descascaró dos huevos que
-engullí casi enteros, a fin de que pasase cuanto antes aquel cáliz de mi
-boca.
-
-"Tenga Vd. paciencia, mi querido amigo, ya ve que cumplo con la promesa
-que a petición suya le hice de describirle las costumbres árabes. Las
-tortillas fritas vinieron en seguida, y aunque crasas y espirituosas en
-fuerza de lo rancio de la mantequilla, yo sostuve como un héroe mi
-posición, sin pestañear, sin titubear un momento, sin echar mano
-siquiera de uno de tantos subterfugios y engañifas de que en iguales
-casos se habría servido un gastrónomo vulgar. Más hice todavía.
-Habiéndome revelado algunos que aquel lago fangoso que se divisaba en
-el fondo del plato y que yo había respetado, tomándolo por sebuno
-depósito de la fritanga, era miel de abejas, descendí hasta él con los
-pedazos de las tortillas, alzando una buena porción en cada revuelco.
-Hasta aquí todo marchaba en el mejor orden; pero aún faltaba lo más
-peliagudo de la empresa, y nada se había hecho, si no lograba hacer
-pasar el _cuscussú_, verdadero _quis vel quid_, para estómagos europeos,
-de la regalada gastronomía del desierto. Es el _cuscussú_ una arenilla
-confeccionada a mano, hecha con harina frita sin sal y anegada después
-en leche. Confieso que cuando se presentó el enorme plato que lo
-contenía, el cuerpo me temblaba de pies a cabeza, no obstante que nunca
-he tenido miedo a manjar ninguno; un sudor helado corría por mis sienes,
-y el estómago, no que el corazón, me latía cual gime el niño a quien el
-pedagogo manda al rincón. Lo peor del caso era que yo debía principiar,
-como el héroe de la fiesta, sin lo cual nadie era osado de hundir su
-cuchara de palo en la movible arena farinácea. Repentinamente, como el
-que al bañarse en el mar se precipita de cabeza después de haber
-vacilado largo tiempo, presintiendo la impresión del frío, yo enterré mi
-cuchara hasta el mango, y sacándola llena de _cuscussú_ y leche la
-sepulté en la boca. Lo que pasó dentro de mí en ese momento resiste a
-toda descripción. Cuando abrí los ojos, me pareció hallarme en un mundo
-nuevo; todos mis tendones contraídos por el sublime esfuerzo de voluntad
-que acababa de hacer, se fueron estirando poco a poco, y dispersándose
-con la alegría de soldados que abandonan la formación después de
-disipada la alarma, hija de alguna noticia falsa. De todo ello he
-concluído que, o el _cuscussú_ no es abominablemente ingrato; o que Dios
-es grande y sus obras maravillosas; o, en fin, que no se ha inventado
-todavía el potaje que me ha de hacer volver la cara."
-
-
-IV
-
-Un momento, Sarmiento se había halagado con la idea de que la fuerza de
-la oposición contra el ministerio Guizot, encabezada por M. Thiers y uno
-de cuyos tópicos más formidables de ataque era la cuestión del Río de la
-Plata, empujaría al gobierno francés a tomar una actitud enérgica no
-sólo en nombre de la civilización y la humanidad, sino también de la
-dignidad de la Francia. Para dar una idea de la indiferencia pública
-respecto a los asuntos argentinos, indiferencia que reflejaba con mayor
-vigor aún en las esferas del gobierno, Sarmiento recuerda el folletín,
-que era el corte periodístico literario a la moda, que acababa de
-escribir León Gozlan, anunciando el establecimiento de una casa donde
-todos los agitados de la política, de las artes, de las letras y de la
-finanza, encontrarían, tarifadas, las horas de sueño necesarias para
-reparar sus insomnios caseros. Por el momento, la receta era hacer leer,
-en voz alta y entre bostezos, por un empleado de la casa "noticias del
-Río... de... ¡aah!... la... Plata! el Ge... ne... ral ¡aah!... Madari...
-aga ha derro... ta... do...!" El remedio era infalible y todo el mundo
-dormía a los cinco minutos. "Ese es el lugar que en la opinión pública
-ocupan nuestros asuntos del Río de la Plata", agrega Sarmiento.
-
-Ya don Florencio Varela, a pesar de la acogida personalmente simpática
-que recibió de altas notabilidades francesas, había hecho la misma
-triste experiencia, y antes que él, Rivadavia y don Valentín Gómez, como
-después de todos ellos cuantos han tenido por su desgracia que ocuparse
-de las relaciones de nuestro país con esta Francia fantástica, que ardía
-de entusiasmo por los griegos sometidos a la dominación, en el fondo
-mansa, de los turcos, y consideraba a Rosas como un gobierno
-conservador, estable y progresista. Lamartine, recuerda Sarmiento,
-preguntaba a Varela qué idioma hablábamos, y un periodista pedía al
-mismo Sarmiento pormenores sobre nuestras luchas con los mahometanos.
-Medio siglo más tarde, un ministro de negocios extranjeros de una
-monarquía europea, me preguntaba a mí si era cierto que la República
-Argentina pensaba, con el Salvador, Guatemala, Honduras, etc., formar un
-solo Estado... Hay que habituarse a estas cosas, trabajar en silencio y
-orden, hasta que nuestro país se levante tan alto sobre la línea del
-horizonte, que la distancia, como a los cuerpos celestes, no impida
-verlo y admirarlo. Si no me es permitido llevar, como Sarmiento, piedras
-ciclópeas para la fundación, llevemos cada uno nuestro grano de arena;
-nuestros hijos harán el resto, como nosotros hemos tratado de completar
-honradamente la obra de nuestros padres...
-
-Sarmiento no se desanima, como no se desanimó jamás, por ese estado de
-la opinión y emprende su patriótica cruzada. Su primer choque es con M.
-Dessage, jefe del departamento político del Ministerio del Interior y
-brazo derecho de M. Guizot. Sarmiento le explica: "Entre nosotros hay
-dos partidos, los hombres civilizados y las masas semibárbaras.--El
-partido moderado, me corrige M. Dessage, esto es, el partido _moderado_
-que apoya a Luis Felipe, el mismo que apoya a Rosas.--No, señor, son
-campesinos que llamamos gauchos.--¡Ah! los propietarios, la _petite
-propriété_, la burguesía...--Los hombres que aman las instituciones,
-continúo...--La oposición, me rectifica el ojo y el oído de M. Guizot,
-la oposición francesa y la oposición a Rosas de esos que pretenden
-instituciones! Me esfuerzo en hacerle entender algo, pero imposible! Es
-griego para él todo lo que hablo. En resumen, para ellos: Rosas igual
-Luis Felipe. La mazorca=el partido moderado.--Los gauchos==la _petite
-propriété_.--Los unitarios=la oposición.--Paz, Varela, etc.==Thiers,
-Rollín, Odilon-Barrot."
-
-La conversación con M. Guizot es premeditadamente banal por parte de
-éste, que afecta creer que Sarmiento, viniendo de Chile, donde ha pasado
-seis años, no está interiorizado de los asuntos del Río de la Plata.
-
-La entrevista con el vicealmirante Mackau, ministro de marina, es uno de
-los buenos trozos de la narración. Mackau es un imbécil acabado, de
-espeso cerebro al que no penetran las ideas ni a martillo. Cuando no
-entiende, sonríe afablemente, lo que hace que pase la vida sonriendo.
-Sarmiento, más cómodo que con M. Guizot, le espeta un discurso en tres
-partes, soberbio, admirable, el mejor que haya pronunciado jamás, según
-él, y de pronto se apercibe que el ruido de sus palabras llega al oído
-del almirante como un "vago auvergnat" que no ha escuchado ni
-comprendido. El rencor de Sarmiento es formidable, y cuando más tarde ve
-a Mackau ocupar su asiento en la Cámara, en el banco de los ministros,
-le llama molusco!
-
-Sarmiento va a buscar la opinión de los americanos mismos, residentes en
-París y en todas partes encuentra "igual incapacidad de juzgar". "San
-Martín es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los
-españoles; hombre de una pieza; batido y ajado por las revoluciones
-americanas, ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su
-ánimo noble se exalta y ofusca. Sarratea el compañero de orgía de Jorge
-IV, antes de ser rey de Inglaterra, viejo escéptico, Voltaire que no ha
-escrito, hoy todavía en París mismo modelo de finura, de gracia noble y
-de sencillez artística en el vestir, tiene, con más talento y menos
-despilfarro, la gastada conciencia de Olañeta. Rosales, el hombre más
-amable, el cortesano de la monarquía, todo bondad para nosotros, ha sido
-educado en este punto por Sarratea, su Mephistópheles, el cual lo lanza
-a las confidencias con Luis Felipe, a quien pone miedo con la
-indignación de la América."
-
-En fin, ve a M. Thiers. Este le escucha con atención, le pregunta por
-Varela, se muestra satisfecho de sus datos, del nuevo aspecto de la
-cuestión que le presenta, mucha agua bendita, mucho jarabe de pico, pero
-en el fondo, el egoísmo feroz del orador y del político, que no ve sino
-temas de discursos y argumentos de oposición, en la agonía de un pueblo
-entero que perece bajo la bota de un bárbaro. A la despedida, como un
-obsequio singular, Thiers comunica a Sarmiento, bajo la mayor reserva,
-que en la próxima sesión de la Cámara, a la que le invita a asistir, va
-a hablar _tres horas_. Me represento al petulante marsellés
-regocijándose ya del efecto que va a producir sobre el espíritu de ese
-joven americano, a quien ha descubierto ilustración y talento y que se
-va a convertir, de regreso a su lejana patria, en trompeta de su fama.
-
-Y Sarmiento va a la Cámara, contempla el curioso espectáculo, sobre todo
-para un sudamericano de entonces, de esas sesiones tumultuosas, vacías y
-teatrales. Desde entonces me parece que el régimen parlamentario está
-condenado a sus ojos. Treinta años más tarde, redactaba yo _El Nacional_
-de Buenos Aires y no era, por cierto, tierno para la administración de
-Avellaneda. Sarmiento, como era natural, era siempre el primero en la
-casa y los artículos que se le ocurría escribir, venían directamente al
-Gerente, que los entregaba a la composición, sin darme aviso, de acuerdo
-conmigo, sino en los casos en que era necesario mechar de verbos el
-artículo o apuntalar una que otra frase que había quedado en el aire. No
-recuerdo a propósito de qué incidente en el que el Ministerio había
-hecho un triste papel en el Congreso, y tomando como base los estudios
-sobre la Inglaterra en el siglo XVIII, de M. de Rémusat, escribí un
-artículo convencido, entusiasta y, a mi juicio, irrefutable, sobre las
-ventajas del régimen parlamentario y la necesidad de reformar nuestra
-constitución en ese sentido. Al día siguiente, al mismo tiempo que
-recibía cuatro líneas cariñosas y aprobatorias del doctor Vicente F.
-López, llegó a mis manos... mi propio diario, _El Nacional_. En el sitio
-de honor, que era el que se reservaba siempre a todo lo que Sarmiento
-escribía, porque el estilo bastaba para firmarlo, se registraba la
-filípica más furibunda que el redactor de _El Nacional_ hubiera recibido
-hasta entonces. Iluso, ignorante, atrevido, propagador de malas ideas,
-¡qué no me decía Sarmiento! Tuve un momento de indignación ante esa
-falta de atención, de consideración para con un hombre que desde que
-había empezado a pensar por sí mismo, había sido un partidario decidido
-y ardiente de Sarmiento. Tomé el diario y me fuí derechamente a su casa,
-dispuesto a decirle todo lo que tenía adentro y poner las cosas en su
-lugar. Me recibió con su cordialidad un tanto uniforme para todo el
-mundo, y antes de darme tiempo de tomar una actitud trágica y comenzar
-mi dolora, tomó la palabra, como siempre, y debutó por esta frase:--"¿Ha
-visto usted un artículo preconizando el sistema parlamentario en _El
-Nacional_ de ayer?"--Ni una palabra del autor; y en el fondo, no sé si
-sabía que era o no mío, ni le importaba un bledo. De ahí partió para
-una carga a fondo contra su _cauchemar_, tan completa, tan enérgica y
-tan decisiva, que mis convicciones tambalearon y ante aquella
-elocuencia, aquel saber y aquella experiencia, en vez de formular las
-recriminaciones proyectadas, incliné la cabeza, hice la venia y salí.
-
-Después he visto el régimen parlamentario en acción, como todos los que
-han inventado los hombres para gobernar las sociedades; lo que he visto
-en Francia y especialmente en España, país cuyas condiciones políticas y
-electorales se acercan más a las nuestras, no ha sido por cierto como
-para debilitar las opiniones de Sarmiento. Ningún sistema es bueno
-cuando no encarna la tradición de un pueblo, sus costumbres y sus ideas.
-Por eso el gobierno parlamentario es una maravilla en Inglaterra y un
-absurdo en España. Por eso pienso que, hoy por hoy, el mejor régimen
-político para la Rusia, es la autocracia. Nadie me podrá quitar de la
-cabeza que es una inspiración de insano dar derechos electorales a los
-negros de Dakar o a ciertos blancos del otro lado del agua...
-
-En el recinto, Sarmiento ve a "M. Mauguin, centro izquierdo, a Berryer,
-centro derecho, en la izquierda a Barrot, Arago, Cormenín, Ledru-Rollin.
-Lamartine, el _vizconde_, que tenía su asiento en la extrema derecha, va
-caminando hacia la izquierda, como Beaumont y Duvergier de Hauranne;
-Emilio de Girardin está en el _beau milieu_ del centro, es ministerial".
-La descripción del discurso de Thiers, a pesar de la admiración que su
-facundia y su habilidad le causan, revela en Sarmiento la triste
-impresión que le produce la inanidad de esas paradas oratorias. El
-aplomo doctrinario, el soberbio desdén de M. Guizot, la autoridad
-pedante de sus maneras de _magister_, la falta de honestidad que en el
-fondo hace ver la defensa de hechos turbios, de verdaderos atentados a
-la moral pública, la obediencia servil de aquella masa de elegidos del
-sufragio restringido, pero cuidadosamente escogido, todo hace comprender
-a Sarmiento que aquel régimen está condenado y sus días contados. Esa
-monarquía de Julio, que muchos conservadores en Francia consideran hoy
-mismo como la época edénica de la libertad política, fué uno de los
-sistemas más corrompidos y corruptores de la historia francesa. Entre
-otros detalles, Sarmiento recuerda aquella donación a Luis Felipe del
-corte de los bosques, que a razón de un corte por siglo debía producir
-cuatro millones de francos anuales y al que, por una talla devastadora,
-el rey ciudadano hizo producir setenta y cinco millones el primer
-año!...
-
-
-V
-
-La narración de la visita de Sarmiento a San Martín, es floja, o mejor
-dicho, la entrevista misma no responde a nuestra expectativa. Se adivina
-que ha debido ser incómoda, poco cordial, a pesar de la deuda de
-gratitud que el ilustre guerrero tenía para con el escritor que había
-reivindicado en el corazón de Chile, el puesto de honor que correspondía
-a San Martín. Podemos hoy hablar, con la reverencia que debemos a
-nuestros mayores, sobre todo a hombres como el vencedor de Maipo, con la
-verdad que la justicia de la historia impone. Debía ser necesario todo
-el respeto y toda la gratitud inteligente de los hombres como Varela,
-Sarmiento y otros argentinos ilustres que visitaban a San Martín en su
-retiro, para rendirle ese homenaje. El envío de la espada de los Andes,
-símbolo vivo de la más pura de nuestras glorias, al tirano brutal que
-condenaba ante los ojos del mundo el esfuerzo por la independencia,
-debió herir mortalmente el alma de los patriotas que hacía quince años,
-en el destierro, en la prisión, en el martirio, sostenían la causa de la
-libertad. Es esa una triste página en la historia del gran emancipador,
-tan triste como el abandono frío que hizo de su patria agonizante, para
-ir a buscar en los campos de batalla, con un ejército que consideraba
-suyo a la manera de un _condottiere_ italiano, la gloria militar que
-ambicionaba. No, no es posible sostener que la adhesión de San Martín a
-Rosas venía de su americanismo exaltado y de su temor o su odio al
-extranjero. El extranjero, para él, había sido el español, el _godo_, y
-precisamente la única legión de extranjeros que combatía por Rosas, era
-el cuerpo de 600 españoles que, a las órdenes de Oribe, estrechaba el
-sitio de Montevideo. Lo que había en el fondo era un odio, sí, pero
-contra los hombres del congreso de 1826, contra los _unitarios_, que al
-pasar San Martín delante de Buenos Aires, no pudieron olvidar que a su
-desobediencia y al indiferentismo con que miró las angustias de su
-patria, bajo pretexto de no manchar sus laureles en las luchas civiles,
-debimos los horrores del año XX. Los unitarios pudieron equivocarse y la
-historia empieza ya a juzgar severamente los errores de los más
-preclaros de entre ellos; pero la pureza de intención de los que
-elevaron a Rivadavia a la presidencia, será siempre un título de respeto
-para todas las generaciones de argentinos.
-
-Nada encuentro más digno de veneración que la figura y la acción de los
-hombres civiles de la lucha por la independencia, nada más noble y
-grande que el valor, la perseverancia inteligente, la serena tenacidad
-de Pueyrredón. La vida de campaña, la batalla, la victoria, la entrada
-triunfal en las ciudades conquistadas ¿no es acaso un sueño vivido para
-un militar? ¡Para ellos, a quienes el mundo dió todo lo que el hombre
-puede aspirar sobre la tierra, las estatuas, las tumbas regias, los
-honores póstumos! ¡Para el patriota abnegado que luchó, con el santo
-amor de la patria en el alma, en medio de la asechanza, del odio, de la
-división y de la discordia, sacando de la miseria recursos para armar
-ejércitos, con la Europa entera coaligada contra su país, con Artigas en
-las selvas, los portugueses en Montevideo y Morillo en el horizonte,
-para él, para Pueyrredón, el olvido y la ingratitud nacional! ¡No sé
-donde está su tumba!
-
-Fuera de las páginas consagradas a su acción colosal en los trabajos
-históricos de López y Mitre, no hay un libro en nuestra literatura sobre
-el Directorio de Pueyrredón. Y sin embargo, ¿qué vida más preciosa y qué
-tema más simpático puede encontrar la pluma de un escritor argentino?
-Las estatuas han empezado a levantarse sobre nuestro suelo, símbolos
-vivos de la gratitud nacional. No sé que exista ni un busto de
-Pueyrredón. Nuestros partidos de campaña, nuestros departamentos
-lejanos, van recibiendo el nombre de los hombres secundarios de la
-revolución o las luchas civiles. A Pueyrredón también se le asignó el
-suyo, pero como si fuera por un propósito premeditado de olvido, nadie
-llama al partido Pueyrredón, sino Mar del Plata. Por fin, en la misma
-ciudad de Buenos Aires, donde existe una plaza "Lorea", pero no un
-habitante que pueda decir quién fué ese ciudadano así glorificado, donde
-dos de las calles principales se llaman de Buen Orden y la Piedad,
-existe sólo una callejuela, creo que es la más corta de todas, para
-conmemorar la memoria del gran Director Supremo de las Provincias Unidas
-del Río de la Plata.
-
-Hago un llamado a la juventud argentina y le entrego esa obra de
-reparación. Si ella estudia esa vida, su entusiasmo por aquella nobleza
-de alma, esa altura y esa distinción intelectual, ese valor moral
-incomparable, la llevará a realizar lo que nosotros debimos hacer y no
-hemos hecho, y pronto la soberbia figura de Pueyrredón se levantará en
-una de nuestras plazas, para orgullo de nuestros ojos.
-
-
-VI
-
-"Al despedirme de mi buen amigo el señor Montt, refiere Sarmiento, le
-decía yo con aquella modestia que me caracteriza: la llave de dos
-puertas llevo para penetrar en París, la recomendación oficial del
-gobierno de Chile y el "Facundo"; tengo fe en este libro. Llego, pues, a
-París y pruebo la segunda llave. ¡Nada! Ni para atrás, ni para adelante;
-no hace a ningún ojo. La desgracia había querido que se perdiese un
-envío de algunos ejemplares hecho de Valparaíso. Tenía yo uno, pero
-¿cómo deshacerme de él? ¿Cómo darlo a todos los diarios, a todas las
-revistas a un tiempo? Yo quería decir a cada escritor que encontraba:
-_anch'io_! Pero mi libro estaba en mal español y el español es una
-lengua desconocida en París, donde creen los sabios que sólo se hablaba
-en tiempo de Lope de Vega o Calderón; después ha degenerado en dialecto
-inmanejable para las ideas; tengo, pues, que gastar cien francos para
-que algún orientalista me traduzca alguna parte."
-
-Aquí empieza para Sarmiento la azarosa tribulación del autor novel que
-con su manuscrito debajo del brazo se presenta a los dispensadores de
-gloria. Por consejo de un amigo, ve a M. Buloz, el _tuerto_ director de
-la _Revista de Ambos Mundos_ y de la Opera Cómica, el hombre sobre quien
-se ejercitaba con más furia la acerba crítica de los escritores
-franceses, pero cuya perseverancia creó la revista tipo, que durante tan
-largos años ha mantenido su incontrastable autoridad sobre el mundo
-civilizado, hasta que muerto el cíclope, y refractaria a la penetración
-de las nuevas corrientes que debían refrescar y vivificar su sangre, vió
-crecer a su lado émulos que en otro tiempo habría despreciado y que le
-toman hoy una buena parte de su sitio al sol.
-
-Nuestro pobre americano, consciente del valor de su trabajo, vuelve
-todas las semanas a conocer el destino que le espera. ¡Nada! No se ha
-leído aún: hasta el otro jueves. Sarmiento persiste, porque quiere
-conocer a los hombres de letras y desea ser introducido por su
-"Facundo", para que le traten de igual a igual. Por fin, un día, día
-radiante para él, "las puertas de la redacción se me abren de par en
-par. ¡Qué transformación! M. Buloz tiene dos ojos esta vez, el uno que
-mira dulce y respetuosamente, el otro que no mira, pero que pestañea y
-agasaja, como perrito que menea la cola. Me habla con efusión, me
-introduce, me presenta a cuatro redactores que esperan para solemnizar
-la recepción. Soy yo el autor del manuscrito.... (una reverencia).... el
-americano... (una reverencia), el estadista, el historiador... me
-saludan, me hacen reverencias. Se habla del libro. Hay un redactor
-encargado del _Compte-rendu_ de los libros españoles, que quiere ver la
-obra entera para estudiar el asunto. M. Buloz me suplica que me encargue
-de la redacción de los artículos sobre la América. La _Revista_ ha
-faltado a su título de _Ambos Mundos_, por falta de hombres competentes;
-podemos arreglarnos. Desgraciadamente, el artículo sobre mi libro no
-puede aparecer sino en dos meses. Están tomadas las columnas para muchos
-más; pero se hará una alteración."
-
-Contento con esa recepción y esa esperanza (el artículo de la Revista
-apareció[23] cuando Sarmiento estaba en Barcelona, donde tanto por
-cartas de introducción como por el éxito de su trabajo, M. de Lesseps,
-el futuro hombre de Suez, cónsul de Francia entonces, le recibió muy
-cordialmente), animado ya, pues, Sarmiento ve a algunas notabilidades de
-las letras, a Ledru-Rollin, en casa de San Martín, de quien es vecino, a
-Jules Janín, en su escritorio, saliendo encantado de su trato familiar.
-Penetra en el salón de madame Tastu, "donde puede entrar la mano muy
-adentro de las llagas de la Francia". Allí ve a Cormenín, a Tissot, el
-diarista formidable que tanto contribuyó a dar en tierra con los
-Borbones. Por fin, sus estudios sobre educación primaria le ponen en
-contacto con sabios y hombres profesionales.
-
- [23] He tenido la curiosidad de leer el artículo que la "Revista de
- Ambos Mundos" dedicó al "Facundo". Está en el número del 15 de
- Noviembre de 1846, bajo el título "De l'Americanisme et des
- républiques du Sud--La société argentine. Quiroga et Rosas". Luego
- el título completo del libro de Sarmiento y el de un folleto,
- "Cuestiones americanas", del mismo. Es un buen trabajo de M.
- Charles de Mazade, un análisis completo de "Civilización y
- barbarie". Se ve que el crítico ha aprendido el asunto en el libro
- que analiza y que ha leído con conciencia. Las "Cuestiones
- americanas" le han ayudado mucho para darse cuenta del estado de
- los países del Plata, que a la verdad no debía ser muy fácil de
- entender para un francés de 1846. Hablando de Montevideo, dice M.
- de Mazade: "se ha comparado Montevideo a Coblentz; Coblentz si se
- quiere, pero es allí que se refugió la inteligencia argentina".
- Sobre el libro, escribe: "obra nueva y llena de atractivo,
- instructiva como la historia, interesante como una novela,
- brillante de imágenes y de color".
-
- "El libro del Sr. Sarmiento, agrega, es una de las obras
- excepcionales de la nueva América, en el que brilla alguna
- originalidad; es un estudio hecho sobre lo vivo, enérgico,
- profundo, de todos los fenómenos de la sociedad americana y
- particularmente de la sociedad argentina. El esplendor del estilo
- está a la altura del vigor del pensamiento".
-
- "El "americanismo", dice más adelante, representa la holgazanería,
- la indisciplina, la pereza, la puerilidad salvaje, todas las
- inclinaciones estacionarias, todas las pasiones hostiles a la
- civilización; la ignorancia, la degeneración física de las razas,
- así como su corrupción moral..... Obligando a las potencias
- europeas a emplear las armas contra él, el americanismo ha puesto
- en claro un hecho que resume las relaciones de ambos mundos: es que
- la Europa se verá fatalmente empujada a hacer la conquista material
- de la América, si no hace pacíficamente su conquista moral".
-
- El segundo término del vaticinio se va cumpliendo, pero ¡cuán
- lentamente!
-
-Sarmiento, que viene de un mundo semibárbaro aún, donde los restos de
-aquella civilidad estrecha y acompasada de la colonia se han refugiado
-en un núcleo social bien restringido, mientras la masa del pueblo,
-sumida en la anarquía, parece retrogradar al salvajismo, queda encantado
-ante la cultura de ese pueblo francés, que lleva de frente los más
-arduos trabajos de la inteligencia, las más delicadas creaciones del
-arte, sin decaer un punto de su virilidad ni en la energía con que
-defiende su patrimonio histórico...
-
-Los bailes públicos de París, mucho más en voga entonces que medio siglo
-más tarde, pues la democracia ha penetrado hasta ellos y hoy se
-confunden allí no sólo todas las clases sociales, sino también todos los
-gremios, entretenían a Sarmiento lo que no es decible. Se asoma a ellos,
-dice, de vez en cuando, "para curarme del mal de la patria, que me
-incomoda. No tengo ni gusto ni dinero para engolfarme en las costosas
-frivolidades cuyo goce envidio a otros. ¡Ah! si tuviera cuarenta mil
-pesos nada más, ¡qué año me daba en París! ¡Qué página luminosa ponía en
-mis recuerdos para la vejez! Pero soy _sage_ y me contento con mirar, en
-lugar de _pilquinear_, como hacen otros".
-
-¿Cómo es eso? ¿No _pilquineamos_ porque no nos gusta o porque no tenemos
-cuarenta mil pesos? Tengo para mí que la segunda razón ha de haber
-influído más que la primera en la _sagesse_ de Sarmiento, a estar a la
-complacencia con que describe el baile del _Ranelagh_, donde ha visto a
-Balzac, Jorge Sand y otras notabilidades literarias; el _Chateau-Rouge_,
-como iluminación, le fascina; _Mabille_, que ostenta las bailarinas más
-afamadas, la _Chaumière_, el edén del barrio latino, y a estar también
-al estilo inflamado con que describe las proezas coreográficas de la
-_Rigolette_, precursora ancestral de _Grille d'Egout_ y la _Goulue_.
-
-El _Hipódromo_ le inspira una brillante descripción. En fin, va a todas
-partes, mira, observa, se mueve y va haciendo piel nueva dentro de esta
-atmósfera, sin acción para aquellos que han nacido refractarios a todo
-progreso interno, pero incomparable para acelerar el desenvolvimiento de
-todo germen de luz que brille vacilante en el fondo de una conciencia
-humana.
-
-Sarmiento se pone en camino para España y en las duras e implacables
-páginas que consagra a la madre patria, y cuyo estudio sale de ese
-cuadro, parece dar la pauta a Buckle para su inexorable juicio. La
-Italia le atrae en seguida "para educarme y poder hablar de bellas
-artes." Promete volver a París después de estas correrías, pero sus
-cartas de viaje no mencionan una nueva permanencia en la capital
-francesa. Del otro lado del mar le esperan los Estados Unidos, cuya
-admirable naturaleza describe con la misma pluma que trazó en el
-_Facundo_ el cuadro inmortal de nuestra tierra. En aquel mundo nuevo
-desaparece el viejo espíritu curioso; cuando Sarmiento abandone la
-patria de Washington, será el hombre de Estado llamado a tan altos
-destinos...
-
-Bajo la impresión de mi respeto profundo por la memoria de ese hombre
-extraordinario y del afecto que siempre me inspiró, he querido recorrer
-de nuevo los sitios que él visitó en París. En el andar vertiginoso de
-nuestro siglo, cincuenta años son un espacio enorme. Todo ha cambiado en
-la faz del mundo, incluso la patria que Sarmiento amó con toda su alma y
-a la que consagró, con admirable esfuerzo de cerebro y corazón, su larga
-y soberbia vida...
-
- París, Octubre, 1896.
-
-
-
-
-Nuevos rumbos humanos
-
-I
-
-
-También yo, como la mayor parte de los que estas líneas lean, he
-atravesado la edad soberana por excelencia, aquella en la que se
-profesan ideas claras, netas y precisas sobre todas las cuestiones
-capitales de la vida humana, en la que poco se duda, todo se afirma, y
-en la que la voz de la experiencia suena como nota falsa en los oídos
-habituados a la rotundidad sonora de las afirmaciones absolutas. Es un
-fenómeno que ocurre allá por los veinte años y que dura más o menos
-tiempo, según la previa posición individual para resistir, dentro del
-ideal, a los rudos y repetidos golpes de la vida positiva. Entre esas
-convicciones profundas, tan numerosas como los deliciosos fenómenos de
-la naturaleza al venir la primavera, abrigaba una que, en materia de
-sociología política, formaba un credo definitivo y sobre el que nunca
-pensé, no diré cambiar de criterio, pero ni aún dudar. No concebía, no
-podía concebir otra forma legítima de gobierno, para las sociedades
-humanas, que el gobierno republicano y representativo. A lo sumo, allá
-en mis cavilosidades filosóficas sobre la materia, admitía que se
-pudiera disentir sobre las ventajas de la federación, y encontraba
-puesto en razón que hubiera gentes que sostuvieran la superioridad del
-régimen unitario. Pero, admitir la legitimidad, menos aún, la
-conveniencia, en nombre de intereses más o menos graves, de la
-institución monárquica, me parecía tan absurdo entonces como no profesar
-el libre cambio o sostener la necesidad de reglamentar la libertad de la
-prensa. Todo argumento adverso a mi absolutismo democrático, se
-estrellaba contra la idea de la dignidad humana, en tal forma arraigada
-en mi conciencia, que no encontraba _modus vivendi_ honorable entre ella
-y el privilegio antinatural de una familia sobre el resto del pueblo.
-Más tarde, procuraba explicarme esa preocupación, de la que participan
-todos los argentinos que viven exclusivamente dentro de la conciencia
-nacional, recordando los antecedentes políticos peculiares de nuestro
-país: aquel monarca español, viviendo eternamente en el limbo para
-nosotros; sus representantes aquí, insignificantes cuando no ridículos,
-nulos en los momentos de acción histórica; nuestra lenta y democrática
-formación colonial, y, por fin, la forma republicana de gobierno,
-surgiendo impetuosa en el suelo argentino, imponiéndose a los patriotas
-inconscientes de su fuerza irresistible, y arrastrando como hojarasca
-todas las combinaciones de la política y los cálculos de la diplomacia.
-Así procuraba explicarme, repito, ese sentimiento de repulsión que
-continuaba dominándome; y fué armado de esa inflexibilidad moral, de ese
-convencimiento recio e inabordable, que eché a rodar mi cuerpo y mi
-espíritu por esos mundos de Dios, movido por un impulso que creí durara
-un año y que me mantuvo casi tres, lustros lejos de mi patria. Fué
-durante ese tiempo y bajo la acción de los medios en que vivía, que mis
-ideas sobre el gobierno de los hombres, empezaron a recibir los primeros
-choques, a perder su austeridad, por decirlo así, y a moverse de tal
-suerte, que aun hoy las siento crujir, presintiendo vagamente que he de
-llegar al término de mi jornada sin encontrar los medios de resolver el
-conflicto.
-
-Ocúrreseme, pues, exponer sinceramente las fases de esa crisis,
-augurando a mis jóvenes lectores argentinos que, cual más, cual menos,
-pasarán todos por la misma, por poco que la proyección de su pensamiento
-alcance a la región de las ideas generales.
-
-
-II
-
-Hace ya más de medio siglo que Tocqueville reveló a la Europa el curioso
-fenómeno de la democracia natural, que había encontrado en los Estados
-Unidos; y digo natural, porque a mis ojos el mérito extraordinario de
-ese pensador, hoy un tanto olvidado y a cuyas obras sólo falta la
-mortaja del pergamino, fué ver en la democracia americana un hecho
-social y no un hecho legal. Vió que ese organismo político había surgido
-del seno de ese pueblo, por causas tan lógicas como las que determinan
-el clima de una región, y auguró a la Europa, para época no lejana, el
-advenimiento de la democracia triunfante, así que las condiciones
-sociales que en ella predominaban, se fueran acercando, bajo la acción
-de los progresos, de la ciencia y de la educación popular, al estado en
-que se hallaba la sociedad norteamericana. Tocqueville fué más lejos
-aún, y en un capítulo admirable dió la voz de alerta contra los peligros
-que ese triunfo definitivo podría traer para el progreso humano. Como
-acción general, la palabra de Tocqueville cayó en el vacío; los Estados
-Unidos eran para la Europa una nebulosa, interesante, sin duda, pero
-extraña a su sistema; algo así como los canales de Venecia, que se
-admiran sin que por eso se le ocurra a nadie cavar y llenar de agua las
-calles de París o Viena.
-
-Tocqueville estudiaba la marcha de la marea desde los orígenes de la
-historia moderna, y al determinar la ley de ascensión del número sobre
-las clases, en los organismos sociales, predecía, tal vez para una época
-más remota que la actual, el ascendiente irresistible de las masas. Más
-tarde, otro espíritu superior, tan noble y puro como el de Tocqueville,
-pero quizá más apasionado y menos sereno, Stuart Mill, llegaba, por el
-estudio del desenvolvimiento humano, al que había aplicado las reglas de
-una lógica por él dotada de nueva vida y vigor, a ese socialismo vago,
-indeterminado y temeroso, en el que caen los espíritus sinceros que en
-la tensión especulativa, pierden el contacto moderador de la tierra.
-Stuart Mill no cayó bajo aquella desesperanza triste y profunda que
-invadió el alma de Tocqueville, el día del golpe de Estado del 2 de
-Diciembre; pero la sorda irritación de su espíritu, ante la lentitud de
-las reformas que reclamaba como indispensables para la sociedad política
-de Inglaterra, le minaba sordamente. Era inglés y conocía a su patria;
-sabía que si ésta se había salvado de los horrores del 93, si no debía
-temerlos para lo futuro, como los temía Heine para la Alemania, era
-precisamente por ese andar pausado de la historia inglesa, ese respeto
-profundo a lo pasado, ese fetiquismo de lo existente, que sólo se rinde
-a la innovación cuando ésta ha penetrado ya en las costumbres. Nacía, la
-prisa de Mill, de que sentía rugir sordamente la ola; comprendía que
-nada ni nadie podría resistirla y juzgaba que, de no allanarle el
-camino, arrasaría todo.
-
-Y bien, el hecho se ha producido, antes de la época predicha, y hoy nos
-encontramos con la democracia triunfante en las ideas, en las
-costumbres y en las leyes. Veamos si la sociedad humana se va acercando
-al ideal, al objetivo lógico de todo organismo, colectivo o individual,
-esto es, a su bienestar y su perfeccionamiento.
-
-
-III
-
-Es indudable que las condiciones de la vida humana en el presente son
-infinitamente superiores a las del pasado. Por un fenómeno curioso, a
-medida que el sentimiento religioso se ha ido debilitando en la
-conciencia de los hombres, aquella piedad que él proclamaba como
-elemento de salvación y regla normal de la existencia, ha venido
-desarrollándose, ya sea por las exigencias de la defensa social, ya
-porque la cultura del espíritu determine un sentimiento de solidaridad,
-desconocido para aquellos que vivieron petrificados en la legitimidad de
-la división por castas. En todos los pueblos civilizados la caridad se
-ha organizado y a más de los donativos espontáneos, una buena parte de
-la renta pública está destinada a la manutención y abrigo de los
-desheredados. Hace cien años cada cama de hospital era, más que lecho,
-tumba de tres o más enfermos. Las gentes del campo esperaban como una
-bendición el retorno de la primavera, para alimentarse de las yerbas, a
-la par de los animales que custodiaban. Las leyes penales, de una
-crueldad inexcusable, castigaban los delitos del proletario con más
-rigor que los crímenes del grande. Las jurisdicciones especiales eran la
-regla, y la justicia era un mito que la imaginación popular, sumida en
-la desesperanza, colocaba en el pasado. Hoy, es tal la condición
-material del obrero, del agricultor, del vago mismo, que habría sido un
-sueño ahora un siglo. Aquel obrero que en su furia instintiva arrojó al
-Ródano la máquina de tejer inventada por Jacquard, sin comprender que no
-hay ahorro de fuerza que no aproveche a la humanidad entera, fué el
-último representante de su tiempo. Con su grito de cólera se hundió para
-siempre la esclavitud del hombre y surgió el imperio de la ciencia sobre
-la naturaleza. La Revolución francesa, con sus declaraciones, sus
-derechos políticos, sus sacudimientos, sus grandezas y sus horrores,
-habría sido estéril para la humanidad, como lo fueron las de 1640 y 1688
-de Inglaterra, si no hubiera precedido por pocos años aquel esfuerzo de
-la inteligencia humana que, con la física, la química y la mecánica, iba
-a transformar la faz del universo.
-
-No es, pues, a las instituciones políticas que corresponde el honor del
-mejoramiento incontestable en las condiciones de la vida humana. La
-rapidez en el transporte de los cuerpos, en la transmisión de las ideas
-y de la palabra, no es mayor en Suiza que en Rusia; los descubrimientos
-de Claudio Bernard, de Chevreul y de Pasteur son la base de la industria
-así en Austria como en Bélgica. Bajo el punto de vista del bienestar
-humano, pues, ¿qué diferencia esencial hay entre los pueblos que gozan
-de instituciones democráticas y aquellos que se mantienen aún bajo el
-régimen monárquico? Confieso que no la veo; diferencia la hay,
-indudablemente, pero responde a causas completamente ajenas a este orden
-de ideas. Sería tan absurdo atribuir la potencia industrial de la
-Francia a su sistema actual de gobierno, como responsabilizar a la
-reyecía portuguesa de la decadencia de ese pueblo.
-
-Por lo demás, la fuerza del sentimiento democrático no radica en su
-incorporación a las leyes positivas, sino en su mayor o menor difusión
-en un pueblo y en su imperio en las costumbres. Si se da a la democracia
-su sentido general, que es algo más que el gobierno de todos para todos,
-que es la igualdad de derechos, la conciencia de la dignidad individual,
-sería absurdo suponer que un ciudadano argentino o francés, es más
-demócrata que un inglés. El hecho de ser nosotros o los franceses
-gobernados por un presidente electo, y los ingleses por un monarca
-hereditario, es tan insignificante para el desenvolvimiento de la
-sociabilidad humana como las tempestades de la atmósfera terrestre para
-la marcha del astro en el espacio. La monarquía hizo la Francia, la
-aristocracia hizo la Inglaterra, la oligarquía ha hecho a Chile, la
-democracia ha creado los Estados Unidos; he ahí hechos históricos
-incontestables. Pero ¿quién puede negar que la monarquía mató a la
-España, la aristocracia a la Polonia, la oligarquía a Venecia y la
-democracia a la vieja Italia? La historia se ríe ante la virtud mirífica
-de las instituciones; imitarlas, adaptarlas, todo es inútil. Se puede
-retardar el desarrollo de un pueblo con tanta fuerza, dándole una
-constitución liberal, como sujetándolo a un régimen absolutista. Las
-causas del progreso son más hondas y complicadas; las palabras, por más
-solemnemente que se escriban, no cambian ni modifican los hechos. España
-tiene hoy el juicio por jurados, el matrimonio civil, el sufragio
-universal, códigos civil y penal que son modelos del género; todas las
-conquistas de la democracia, en fin, incorporadas a la legislación
-positiva. En Inglaterra, el sufragio es restringido; la legislación
-política, civil y criminal es un caos, en el que los mismos
-jurisconsultos se pierden. Sin embargo, medid el camino andado por los
-dos pueblos!
-
-
-IV
-
-Entonces, si el régimen de gobierno es un factor despreciable en el
-problema de la felicidad humana, ¿por qué esas luchas incesantes de los
-pueblos, esos esfuerzos constantes por conquistar la libertad bajo todas
-sus formas? ¿Es un error general de la especie, y después de tantos
-siglos vamos a tener que constatar que toda esa enorme fuerza ha sido
-inútilmente gastada? No; lo único que el hombre comprueba es su absoluta
-incapacidad para explicar las causas últimas; el día en que se me revele
-la razón del organismo social de las hormigas, me será permitido creer
-que la ciencia positiva llegará en algún momento a explicar la historia
-humana. Uno de los espíritus más luminosos que han surgido en la
-humanidad, nos acaba de dejar su testamento filosófico. Renan piensa que
-Dios está en formación; que todo este gigante esfuerzo de lo creado,
-desde el átomo que existe dentro de la piedra hasta la iniciativa genial
-del hombre, desde el movimiento solemne de los mundos desconocidos,
-hasta el crecimiento misterioso de la yerba de los campos, todos estos
-fenómenos múltiples del Universo, son notas aisladas que un día llegarán
-a formar la armonía colosal e inconcebible a la que da el nombre de
-Dios. Voltaire había propuesto ya inventarlo; tanto vale lo uno como lo
-otro.
-
-Dejemos, dejemos de lado ese problema de las causas finales, arrojado a
-la curiosidad del espíritu como un freno contra su infatuación.
-Pensemos, sí, con reposo, que todo va a alguna parte, constatemos el
-movimiento sin pretender averiguar el objetivo y volvamos modestamente
-los ojos a la tierra.
-
-
-V
-
-Y, pues que de movimiento hablamos, si no es para la conquista de
-regímenes de gobierno determinados, ¿qué causas y qué fin tiene ese
-sacudimiento pavoroso, extendido hoy por todo el mundo civilizado, esa
-protesta violenta contra el orden existente, que empieza a cubrir de
-sombras el porvenir?
-
-La revolución social está en todas partes. A los sueños de los
-enciclopedistas, a las pastorales del abate de Pradt, a los organismos
-teatrales de Saint-Simon y a los sofismas elocuentes de Proudhon, ha
-sucedido un período de acción que, echando a un lado las especulaciones,
-entra resueltamente al combate y ataca de frente al enemigo que la
-experiencia ha demostrado ser el único, si bien terrible en la defensa y
-poderoso. Ese enemigo es precisamente la base, la piedra angular de
-nuestro organismo social, es la idea madre sobre la que hemos levantado
-este palacio maravilloso de las convenciones humanas: idea tan fuerte y
-extraordinaria que, a partir del momento en que el hombre cesó de ser
-una fiera salvaje, ha impuesto a los millones de individuos de la
-especie que no tienen pan, el respeto por las vituallas de los que se
-hartan; y que, extendiéndose con la ayuda de las convenciones morales,
-ha permitido que las mujeres hermosas sólo tengan, algunas veces, un
-solo dueño. Esa idea es la de la propiedad, y es contra ella que se
-ejercita el empuje del movimiento de reacción que se observa en el mundo
-actual. Revelaría un candor y una inocencia incomparables, aquel que
-creyera que van en busca de reformas políticas los nihilistas rusos, los
-anarquistas franceses, los socialistas alemanes, los _fasci_ italianos,
-los huelguistas de Inglaterra y Norte América, los cantonales españoles,
-todos los descontentos que, bajo las mil denominaciones que las
-circunstancias locales les imponen, trabajan con una unidad de acción
-quizá inconsciente, como instrumentos fatales, a la destrucción de lo
-existente. ¿Pensáis que ese esfuerzo patente, profundo, como que arranca
-de las entrañas mismas de la masa humana, va tras el ideal del régimen
-representativo, el cual empieza a tomar los contornos de una
-superstición vetusta, o tras el sufragio universal, más ilógico y
-absurdo, como criterio de gobierno, que el viejo derecho divino que
-suplantó por una aberración de que el mundo moderno empieza a darse
-cuenta? No: si el nihilista ruso busca la muerte del zar, es porque la
-autócrata representa la propiedad y es la encarnación del orden social
-establecido. El anarquista francés se ríe de la democracia imperante, de
-la libertad electoral o de las garantías individuales de que goza, como
-el inglés, el italiano o el español.
-
-Es tal el progreso del espíritu humano en este siglo y tan enorme la
-suma de datos reunidos y clasificados, tanto en el orden científico como
-en el orden moral, que el razonamiento general que autoriza la
-previsión, empieza a ejercitarse sobre materias que se confundían, hace
-cien años, con los misterios impenetrables de las causas finales. Un
-geólogo os dirá hoy cuánto tiempo durará la provisión terrestre de
-hulla; un demógrafo la población probable de una ciudad dentro de un
-siglo; un filósofo la época, quizá próxima, en la que se extinguirán
-para siempre esas luces vagas y vacilantes de los últimos dogmas
-sagrados, que fueron el sustento del alma de nuestros mayores. Hace
-cincuenta años se predecía el triunfo de la democracia para el fin de
-esta centuria, y ya, para decenas de millones de hombres, las
-instituciones democráticas parecen vetustas y anticuadas. Puede, pues,
-preverse, no ya el triunfo de las nuevas ideas, sino la ruina de las
-actuales. Porque el rasgo esencial de toda revolución general y profunda
-en la historia, es precisamente su carácter destructor y su incapacidad
-absoluta para definir y precisar el ideal nuevo que encarna. Atila
-marchaba ciegamente sobre el mundo romano, como la piedra de una honda
-lanzada por una mano providencial. La Europa se echaba sobre el Asia en
-las Cruzadas, realizadas con un pretexto pueril, y cuatro siglos más
-tarde sobre la América, entre sueños de oro y de proselitismo. ¿Pensaba
-Alarico, pensaban Godofredo o Ricardo, Pizarro o Cortés, en lo que iban
-a levantar sobre las ruinas de lo que destruían? Directores de hombres o
-movimientos colectivos inconscientes, todos son instrumentos fatales,
-que aparecen en el momento necesario, bajo la acción de leyes
-desconocidas, pero reales.
-
-
-VI
-
-Ante ese problema pavoroso de una transformación social, profunda e
-inminente, el espíritu no puede ya apasionarse por las fútiles
-combinaciones de la política ni por las excelencias de un sistema de
-gobierno sobre otro. ¿Qué significado pueden tener esas palabras mismas:
-qué puede entenderse por gobierno, libertad, orden, familia, derecho,
-patria, el día que desaparezca el suelo que les da vida: esa idea de la
-propiedad que sustenta y sostiene todo nuestro mecanismo social? Ese
-desapasionamiento, esa serena contemplación de las corrientes generales
-que arrastran a la especie humana en busca de nuevos ideales, es
-altamente saludable. Enseña a creer y esperar, enseña a restringir el
-horizonte del esfuerzo intelectual y moral, a mejorarnos para ser más
-útiles en la tarea transitoria que nos ha sido departida. Al correr de
-los tiempos, cuando los últimos baluartes de la sociedad actual hayan
-cedido; dentro de dos o tres mil años, cuando se hable de la propiedad
-como nosotros hablamos del feudalismo, que no hace aún quinientos años
-fué una institución salvadora, tan fuerte que parecía perdurable, ¿qué
-nuevos organismos imperarán sobre los escombros de lo que hoy existe? La
-insolubilidad del problema no debe inquietarnos, firmes en nuestra fe
-inalterable en el destino de la especie, el cual es ir siempre adelante,
-al mejoramiento y a la perfección. Si a la milésima generación de
-nuestros descendientes se le acaba el carbón, ya encontrarán cómo mover
-sus máquinas y defenderse contra el frío; aun queda bastante grasa sobre
-la tierra y no la usamos ya para alumbrarnos[24]. Aun esconden los
-cerros en sus entrañas bastante oro y ya lo hemos reemplazado con tiras
-de papel, más o menos oscilantes en su significación, pero que, por el
-momento, constituyen pura y simplemente la base de nuestra organización.
-Si los hombres del siglo 50 estudian nuestros códigos civiles, como
-nosotros estudiamos la legislación de los vedas, que fué tan positiva en
-su época como nuestra reglamentación edilicia actual, opongamos de
-antemano, a la sonrisa de conmiseración que nos dedicarán, el asombro
-con que constatarán el atraso de ellos mismos, sus propios
-descendientes, allá por el siglo 150 o 200.
-
- [24] Goethe, a principios del siglo pasado, decía que uno de los
- mayores benefactores de la humanidad, sería el que inventara una
- clase de velas que hiciera inútil el uso de las despabiladeras.
-
-Si somos razonables, si admitimos que ese movimiento de reacción general
-obedece a leyes desconocidas, pero ineludibles, es lógico que nuestros
-adversarios, los obreros ciegos del porvenir, reconozcan a su vez la
-existencia de leyes en virtud de las cuales nos oponemos a su tendencia.
-Ellos sostienen que la propiedad es un anacronismo y una injusticia
-monstruosa: nosotros pensamos que sin ella no se habría organizado en
-sociedad la raza humana, y que andaríamos aún, como en la edad
-primitiva, a dentelladas y trancazo limpio. Ellos nos suprimen por la
-dinamita, nosotros los suprimimos por la ley. Debe ser necesario, para
-los objetivos finales, ese carácter un tanto agrio de la controversia.
-Si las instituciones sociales pudieran modificarse tan fácilmente como
-las políticas, bastaría con dos o tres jornadas _gloriosas_, como las de
-julio, para que un Ravachol durmiera en el Eliseo o en Windsor. Por el
-momento, no teniendo el honor de vivir en el siglo 50 y juzgando que ese
-incidente no sería favorable a la felicidad de los hombres, nos oponemos
-a él con todas nuestras fuerzas y nos defendemos con todas nuestras
-armas.
-
-
-VII
-
-Jamás una lucha entre los hombres se ha iniciado con caracteres más
-horribles. Es precisamente en este momento de la historia humana, en que
-la conciencia general condena y maldice las hecatombes del pasado, las
-guerras sin cuartel de la antigüedad, el martirio de los cristianos, los
-exterminios religiosos de los siglos XVI y XVII, cuando la bestia que la
-civilización había conseguido domeñar, se despierta más feroz que nunca
-y, en nombre de pretendidos derechos, de sueños de ebrio, asesina
-ancianos, mujeres y niños, y elige los corazones más nobles para
-partirlos con el puñal del asesino!
-
-La muerte de Carnot[25] que ha conmovido al mundo entero, porque la
-altura moral de ese hombre ennoblecía a la especie toda, parece indicar
-que el período fatal se acerca y que el incendio va a comunicarse a toda
-la tierra civilizada. ¡Triste y sombría es la perspectiva! En cuanto a
-nosotros, aquellos que crean que la riqueza de nuestro suelo y la
-facilidad de nuestra vida, van a eximir a nuestro país de ser teatro de
-combates de ese género, se equivocan, a mi juicio. Nada hay comparable
-en el mundo actual a la condición del proletario francés; la maravillosa
-feracidad de esa tierra, su belleza, su desenvolvimiento industrial, la
-laboriosidad y la iniciativa de ese pueblo amable e inteligente, su
-organización casi perfecta en lo humanamente posible, dan con toda
-holgura al obrero, el pan, el salario y la tranquilidad necesarios para
-el viaje de la vida. En pocas partes los salarios son más altos, en
-ninguna las asociaciones de mutua protección más perfectas, ni la
-autoridad más paternal para el desheredado. Y es allí donde estalla con
-más fuerza esta reacción iracunda contra la desigualdad social! Se
-creería que esos hombres obran movidos por un atavismo inconsciente, por
-el rencor acumulado en el corazón de cien generaciones de parias, que ha
-venido a estallar precisamente en el momento en que el sufrimiento y el
-largo penar cesaban para sus descendientes! ¿Qué remedio oponer? ¿Cómo
-hablar de razón al demente enfurecido? El viejo papa, en este estertor
-de todas las viejas creencias humanas, habla un lenguaje ya muerto sobre
-la tierra, y hace un llamado a esos descarriados para que vuelvan al
-seno de la Iglesia. Otros, los filósofos, los teóricos, los que tienen
-fe en la eficacia de la inteligencia humana, hablan del socialismo de
-Estado. No es una novedad el nuevo específico y el éxito de los ensayos
-hechos no anima por cierto a recomenzarlos. Además, preconizar la
-omnipotencia del Estado ante aquellos que buscan ciegamente su
-aniquilamiento, paréceme realmente un ilogismo candoroso.
-
- [25] En los seis años transcurridos desde que estas páginas fueron
- escritas, nuevas víctimas no menos nobles, no menos ilustres, han
- caído asesinadas. Cánovas, la emperatriz Isabel, el rey Humberto I,
- el Presidente Mackinley continúan la serie, sin que las sombras que
- cubren el horizonte nos permitan esperar que esta se haya cerrado
- para siempre.
-
-En 1836, cuando la democracia estaba lejos de triunfar sobre el mundo
-europeo, ante los peligros que su victoria hacía entrever para el
-porvenir, el noble escritor que antes he citado, exclamaba:
-
-"¿Pensaré que el Creador ha hecho al hombre para dejarle agitarse en
-medio de las miserias intelectuales que nos rodean? No puedo creerlo:
-Dios prepara a las sociedades europeas un porvenir más fijo y más
-tranquilo; ignoro sus designios, pero no cesaré de creer en ellos porque
-no puedo penetrarlos y prefiero dudar de mis luces que de su justicia."
-
-Esa es la buena palabra y esa es la buena ruta para todos, para aquellos
-que dudan, como para los que creen que el mundo marcha guiado por una
-voluntad divina. De la misma manera que las batallas se ganan por la
-suma de los esfuerzos individuales, y que el deber del soldado es
-combatir y vencer al enemigo que tiene al frente, el deber de cada
-hombre es trazar su camino con claridad y seguirlo con firmeza. Un país
-será próspero y grande, no porque se desenvuelva bajo tal o cual
-régimen de gobierno, sino porque sus hijos conciban bien sus deberes de
-patriotismo y los cumplan como buenos. El patriotismo no está sólo en
-pelear en los combates al son del himno y a la sombra de la bandera, no
-está sólo en cantar las glorias patrias; está también y sobre todo en la
-prudencia, la fuerza de voluntad para contener las indignaciones
-violentas, la fe en la evolución que cura, y no en el prurito de la
-revolución que mata. "La verdad y el derecho legitiman algunas y raras
-revoluciones, pero no acompañan, en todo lo que emprende, al espíritu
-revolucionario. Lo que se llama así, no es el noble espíritu que animaba
-a los autores de las revoluciones necesarias; es el gusto de las
-revoluciones por ellas mismas; es el movimiento continuo de esas almas
-sin regla que la imaginación gobierna a falta de la razón, aquellas para
-quienes las ideas innovadoras son las solas verdaderas y las ideas
-extremas las únicas lógicas. Los que juzgan todo permitido a la
-abnegación, toman por abnegación al fanatismo y creen absueltas, y aun
-santificadas en sus excesos, las pasiones que hacen el mal en nombre del
-bien. El espíritu revolucionario, no, no es la adhesión de un Holandés a
-la revolución de 1579, de un Inglés a la revolución de 1688, de un
-Americano a la de 1776, de un Francés a la revolución de 1789; es el
-amor por las revoluciones sin término. Harto ha sacudido nuestro país
-ese genio de la agitación perpetua. Harto nos ha faltado esa constancia
-que se apega a los bienes adquiridos y sabe guardar sus conquistas.
-Soñarlo todo, tentarlo todo, es el medio de perderlo todo." ¿No parecen,
-acaso, escritas para nosotros esas palabras que el luminoso espíritu de
-Carlos de Rémusat pone al frente de sus admirables estudios sobre la
-_Inglaterra en el siglo XVIII_?
-
-
-VIII
-
-En cuanto a nuestras sociedades nuevas y en formación, la manera como en
-ellas repercuten los fenómenos políticos y sociales de carácter general
-que hemos apuntado, constituye un problema especial, cuya solución no
-está en nuestras manos. No son las instituciones, no son las leyes, lo
-hemos visto ya, las que fijarán y determinarán el rumbo deseado. El
-factor principal que, en el estado actual de la Europa, ejerce una
-influencia poderosa e indiscutida en la gestación que está elaborando
-los nuevos destinos humanos: la raza, sufre entre nosotros una
-modificación tan fundamental, que complica y da otro aspecto al
-problema.
-
-¿Preponderará con el tiempo algún espíritu especial de raza entre
-nosotros? ¿Los grandes e irresistibles medios de asimilación que posee
-el suelo americano, y en él el nuestro principalmente, concluirán por
-hacer del pueblo que habita la vasta región argentina, una sociedad
-homogénea, con caracteres étnicos propios? Todo parece indicarlo así;
-pero no está tampoco ahí el problema del porvenir.
-
-No se puede hacer que los ríos remonten su corriente, y la vieja
-farmacopea es inútil ante la patología actual. Reformar nuestra
-constitución, en el sentido de hacer desaparecer sus aberraciones y
-arcaísmos, es como quitar la mancha de una mosca en el disco de un
-telescopio para ver más cercanos los astros. Agregarle, en forma
-preceptiva, las tres o cuatro aspiraciones socialistas formuladas en
-primer término, sería inhábil y peligroso: la concesión de una parte
-nunca satisfizo a los que piden el todo. Además, volvemos a lo mismo:
-la ineficacia de la ley escrita, buena o mala. Los ingleses, contentos y
-cómodos dentro de su caos institucional, comparaban a la constitución
-norteamericana con un aro de acero puesto a un tronco joven, y auguraban
-que impediría el crecimiento de éste. Los americanos contestaban que el
-aro se haría flexible y se ensancharía armoniosamente con el árbol. No,
-no es eso; el árbol crece porque sus raíces están en tierra fecunda, y
-el fenómeno del desenvolvimiento de ese pueblo responde a causas ajenas
-a la influencia de su constitución política.
-
-No, no reformemos nuestra carta. Con ella vamos un poco a tropezones,
-pero vamos. Habría tanta justicia en atribuirle nuestras miserias, como
-nuestros éxitos. Los que sueñan con el régimen parlamentario como
-panacea, o los que desearían ver sancionado por la ley política el
-unitarismo imperante de hecho, me hacen el efecto de los que procuran
-resolver el problema de la aviación con cuerpos más ligeros que el aire,
-cuando la experiencia nos enseña que las aves pesan más que aquél.
-
-¿Y el remedio, entonces? se nos dirá a los que arriesgamos pasar por
-pesimistas, al presentar sinceramente un cuadro de observaciones hechas
-serena y desapasionadamente. No vislumbramos sino uno: la cultura moral
-del individuo, que determinará la cultura y la inteligencia de la masa.
-El átomo caracteriza al cuerpo, y si el átomo es susceptible de
-perfeccionamiento, ahí está el remedio supremo. La esperanza y el honor
-de la raza humana, está en la noción innata del deber; ese es el átomo
-que hay que cultivar y perfeccionar. Su desenvolvimiento sano y vigoroso
-dará vida a las virtudes necesarias para la armonía y el progreso
-social.
-
-Es vulgar y nimio, pero el hombre no ha inventado otra cosa. Tengamos
-siempre limpio el corazón, cultivemos siempre la inteligencia: al
-resplandor de esas luces, es difícil errar el buen camino. Nunca
-alcanzaremos la conciencia de marchar en él, pero es el único remedio de
-tener la de intentarlo.
-
-
-
-
-Ocaso
-
- París, Enero de 1902.
-
-
-La primera impresión, al pisar de nuevo el suelo francés, es complicada
-y compleja: sin embargo, dos rasgos característicos parecen desprenderse
-sobre el confuso ondear del espíritu, que, curioso, vuela de una
-sensación a otra, como buscando la clave de un enigma. El primero de
-esos rasgos, es la persistencia irreductible de los modos y formas que
-esta mezcla de razas, cuya resultante es el francés, se ha dado para
-vivir su vida. Todos los pueblos de la Europa, los del Extremo Oriente
-mismo, el Japón ayer, tal vez mañana la China, modifican su modalidad,
-incompatible ya con el concepto de la vida actual y la necesidad de
-luchar por ella; todos se adaptan flexiblemente a las exigencias de un
-ambiente diverso al que respiraron durante siglos, todos cambian sus
-métodos de trabajo, sus sistemas de producción, mostrándose así
-dispuestos a disputar el terreno a todo competidor. La Francia, única,
-ve que la rutina la está minando como un mal sordo e inflexible; ve que,
-de la cumbre desde donde, no ha mucho, dominaba a la humanidad, va
-descendiendo con una rapidez que, medida con la vasta unidad de tiempo
-con que se computan los movimientos de los pueblos sobre la tierra, es
-realmente vertiginosa. Su población disminuye; la cifra de su comercio
-baja anualmente, a medida que sube la de su deuda; los hombres todos del
-globo que, movidos por esa claustrofobia que echa a los seres humanos
-fuera de su casa y de su patria--y que otrora no tenían más norte que
-París,--se sienten hoy atraídos por muchos otros centros que, explotando
-las afinidades de raza y las facilidades del idioma, hacen esfuerzos de
-todo género por acaparar una parte de la incomparable clientela de
-París. La Francia sabe todo eso; pero su concepción de la vida es tan
-armónica con la estructura de la gente que la habita, que cambiarla en
-este momento de su vida histórica, le es poco menos que imposible. De
-ahí se desprende el segundo rasgo característico de que antes hablé: la
-impresión de decadencia.
-
-Decadencia innegable. Contra la ley de evolución que hace desaparecer
-naciones enteras, imperios poderosos, ciudades estupendas, hasta no
-dejar de ellas ni rastros sobre la corteza del globo, algunos pueblos
-modernos parecen precaverse hasta donde la humana prudencia alcanza a
-ver. La Inglaterra a la cabeza, ha cubierto el mundo con ramas vigorosas
-de su tronco robusto; cuando la isla, orgullosa como la Samos de
-Polícrates y como ella guerrera y rica, haya desaparecido, como
-desapareció aquella maravilla del mar Egeo, nuevos pueblos de habla y
-alma inglesas, surgirán triunfantes y enérgicos, como surgen hoy esos
-Estados Unidos de América, que son la pesadilla de la Europa.
-
-Pero esta dulce Francia, ¿cómo va a revivir en el tiempo y el espacio?
-¿Será acaso en su Argelia más irreductible que el acero, tan árabe hoy
-como el día de la conquista, tan cerrada a todo espíritu que no arranque
-del Corán y sobre la que han pasado, rozando apenas su epidermis, dos
-mil años de cultura greco-romana y otros tantos de cristianismo? ¿Será
-en las vastas regiones de la Indo-China, donde su espíritu lucha, no ya
-con la tenacidad del semita africano, sino con la flexible y moluscular
-blandura del ariano asiático, sobre cuya alma ningún sello deja
-impresión durable? ¿Será en el Africa obscura, tan impenetrable a su
-espíritu luminoso, como sus bosques centrales al paso del europeo?
-
-No, organismos como estos, a los que un capricho de la historia ha
-permitido, un momento de su vida, unir la fuerza y la riqueza a la
-inteligencia y a la más alta cultura, no pueden persistir. Como la madre
-admirable que la dió vida, como aquella Grecia que, mientras engendraba
-todo lo grande, todo lo noble, todo lo bello que han conocido los
-hombres sobre la tierra, sacaba del inagotable fondo de su energía,
-fuerzas para luchar contra el Bárbaro o para desgarrarse en lucha
-fratricida, la Francia terminará el corto ciclo de su hegemonía política
-y guerrera, en la conciencia de perderla para siempre. Sentirá que la
-atmósfera ha variado por completo para ella--y en la imposibilidad de
-modificar su organismo, vivirá, como la vieja madre, en la contemplación
-del pasado. Y a medida que la nueva forma de Barbarie, el modo
-americano, vaya invadiendo la tierra entera, destruyendo aquí una obra
-de arte, allí un recuerdo histórico, más allá un monumento consagrado a
-perpetuar un ridículo acto de sublime desinterés, a medida que el pico
-demoledor del contratista de casernas de diez pisos en avenidas de
-cincuenta metros, derribe cuanto a su paso encuentre, de todos los
-rincones de la tierra habitada, vendrán en peregrinación a esta nueva
-ciudad de Pallas Athenea, todos los hombres que conservan el alma
-enamorada del arte. París ni será ya, quizá, el centro sensual de hoy;
-su epicureísmo se habrá refinado, inmaterializado casi. Y como en el
-mundo romano, a partir del segundo siglo del imperio, la atracción de
-Atenas crecía a medida que la conquista se extendía, así París, a medida
-que el espíritu penetre más y más en los rincones hoy silenciosos del
-globo, será la luz única que en medio de la opaca atmósfera ambiente,
-vendrán a buscar todos los asfixiados de ese triste mundo.
-
-Y quién sabe si el francés, de día en día más cómodo en su rica y
-despoblada tierra y por tanto más sedentario, acabará por ser, en el
-extranjero, un objeto de curiosidad, al que se hará venir a precio de
-oro, como los sátrapas persas a los artistas griegos, para levantar un
-templo a los dioses, para esculpir en mármol la figura de un triunfador
-en la palestra, para enseñar el arte divino de la música o el no menos
-olímpico de incrustar en el verso rítmico y cadencioso, el alto
-pensamiento o el concepto gentil.
-
-Y así la historia, como todo lo creado, continuará renovándose
-eternamente, bajo la serena indiferencia de la naturaleza, que es lo
-único inmutable.
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- Págs.
-
- Miguel Cané 4
-
- Advertencia de la presente reedición 7
-
- Prólogo, por Horacio Ramos Mejía 9
-
-
- JUVENILIA
-
- Advertencia del autor 23
-
- Introducción 25
-
- I. 35
-
- II. 39
-
- III. 41
-
- IV. 45
-
- V. 49
-
- VI. 51
-
- VII. 53
-
- VIII. 57
-
- IX. 59
-
- X. 61
-
- XI. 65
-
- XII. 67
-
- XIII. 71
-
- XIV. 73
-
- XV. 75
-
- XVI. 79
-
- XVII. 83
-
- XVIII. 85
-
- XIX. 89
-
- XX. 91
-
- XXI. 93
-
- XXII. 97
-
- XXIII. 101
-
- XXIV. 105
-
- XXV. 109
-
- XXVI. 115
-
- XXVII. 119
-
- XXVIII. 123
-
- XXIX. 127
-
- XXX. 131
-
- XXXI. 133
-
- XXXII. 135
-
- XXXIII. 137
-
- XXXIV. 141
-
- XXXV. 143
-
- XXXVI. 147
-
-
- PROSA LIGERA
-
-
- =España=
-
- Una visita de Núñez de Arce 155
-
- Por montes y por valles 165
-
- El arte español 177
-
- La cuestión del idioma 191
-
-
- =En la tierra=
-
- Tucumana 205
-
- La primera de "Don Juan" en Buenos Aires 217
-
- En el fondo del río 227
-
- De cepa criolla 245
-
- A las cuchillas 261
-
- Aguafuerte 285
-
-
- =Recordando=
-
- Mi estreno diplomático 295
-
- Sarmiento en París 313
-
- Nuevos rumbos humanos 345
-
- Ocaso 365
-
-
- * * * * *
-
-
- Nota del Transcriptor:
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
- Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Juvenilla; Prosa ligera, by Miguel Cané
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK JUVENILLA; PROSA LIGERA ***
-
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation information page at www.gutenberg.org
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at 809
-North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email
-contact links and up to date contact information can be found at the
-Foundation's web site and official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
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-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
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-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
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-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For forty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
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