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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org - - -Title: Juvenilla; Prosa ligera - -Author: Miguel Cané - -Release Date: December 7, 2012 [EBook #41575] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK JUVENILLA; PROSA LIGERA *** - - - - -Produced by Adrian Mastronardi, Carlos Colon and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive) - - - - - - - - - - JUVENILIA - - - PROSA LIGERA - - - - -MIGUEL CANÉ - - -Nació en Montevideo, en 1851, durante la emigración. Estudió en el -Colegio Nacional de Buenos Aires y se graduó en Derecho en la -Universidad el año 1872. Perteneció al grupo de espíritus selectos que -formó la "generación del ochenta", en momentos en que la cultura -argentina se renovaba substancialmente en el orden científico y -literario. - -Su actividad fué solicitada alternativamente por la política, la -diplomacia y la vida universitaria; pero siempre se mantuvo fiel cultor -de las buenas letras, con aticismo exquisito. Nadie pudo ser más -representativo para ocupar el primer decanato de nuestra Facultad de -Filosofía y Letras, a cuya existencia quedó para siempre vinculado su -nombre. - -Inició su carrera de escritor en "La Tribuna" y "El Nacional". En 1875 -fué diputado al Congreso; en 1880 director general de correos y -telégrafos; después de 1881 ministro plenipotenciario en Colombia, -Austria, Alemania, España y Francia. En 1892 fué Intendente de Buenos -Aires y poco después Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores. - -Publicó los siguientes libros, que le asignan un puesto eminente en -nuestra historia literaria: "Ensayos" (1877), "Juvenilia" (1882), "En -viaje" (1884), "Charlas literarias" (1885), Traducción de "Enrique IV" -(1900), "Notas e impresiones" (1901), "Prosa ligera" (1903). Ha dejado -numerosos "Escritos y Discursos" que pueden ser reunidos en un volumen -tan interesante como los anteriores. - -Con excelente gusto crítico y ductilidad de estilo, cualidades que educó -en todo tiempo, logró ser el más leído de nuestros "croniqueurs", -igualando los buenos modelos de este género esencialmente francés. Más -se preocupó de la gracia sonriente que de la disciplina adusta, -prefiriendo la línea esbelta a la pesada robustez, como que fué en sus -aficiones un griego de París. - -Falleció en Buenos Aires el 5 de Septiembre de 1905. - - - - - "LA CULTURA ARGENTINA" - - MIGUEL CANÉ - - JUVENILIA - - PROSA LIGERA - - Textos completos, con un prólogo de - HORACIO RAMOS MEJÍA - - BUENOS AIRES - «La Cultura Argentina»--Avenida de Mayo 646 - 1916 - - - - - =ADVERTENCIA DE LA PRESENTE REEDICION= - - -Por indicación del Dr. Miguel Cané (hijo) se ha preferido para la -reimpresión de "Juvenilia" el texto de la edición de 1901, que ha sido -objeto de retoques y adiciones del autor; para la de "Prosa Ligera" se -sigue el texto de 1903.--L.C.A. - - - - -PRÓLOGO - - -I - -Nos separan algunos lustros de la época en que Miguel Cané actuaba; poco -tiempo, sin duda, en la evolución moral de un país, aunque el nuestro, -por causas complejas, realiza la propia a saltos. En fantástica carrera -los hechos se suceden, cambiando nuestra fisonomía colectiva a cada -instante. Aquel lapso de tiempo equivale en la vida europea al correr de -muchos años, quizá varias décadas. Entre nosotros la duración de una -existencia humana representa una época. Así, al hablar de Cané, casi -tenemos que referirnos a un momento completamente diverso del actual. - -Ocurrió su nacimiento en 1851, en vísperas de la organización nacional. -Contemporáneo de Sarmiento, Vicente F. López y Alberdi, perteneció a la -generación de Pellegrini, Lucio V. López, del Valle y Avellaneda. Todos -se han ido y con ellos sus modalidades, sus virtudes, sus vicios y sus -costumbres. Hubo entonces más personalidades descollantes, ya porque el -término medio fuera más bajo o porque existe actualmente un nivel -superior de cultura general efectuado a expensas de la individualidad -sobresaliente. De todas maneras, pudo en aquel tiempo existir, y -existió, una _élite_ en cierto modo reducida, directora absoluta en -todos los órdenes de la actividad: política, artística y social, -inconcebible en estos tiempos de actividades antagónicas y en que la -mayor población, o mejor, la necesidad de dividir el trabajo social, ha -originado esferas de acción diversas, sin más punto de contacto que el -del choque. - -Aquel grupo director, a que perteneció Cané por méritos propios, -constituyó en política el gobierno y la oposición simultáneamente, por -no decir que fué siempre y únicamente lo primero, no existiendo la -segunda; pues si bien actuó en estos dos aspectos de la vida pública, lo -hizo sin que existieran más divergencias entre sus componentes que las -nacidas de la simpatía personal o de los rumbos circunstanciales tomados -por cualquiera de ellos. Chocaron hombres, no ideas. Los negocios -públicos se manejaron así, en acuerdo íntimo, aunque en el detalle, o en -la forma, se pudiera diferir. De tal modo, más que una causa de -discordia, la política fué para ellos un nuevo lazo de unión, que hizo -más fuerte y eficaz su influencia, hasta por el hecho mismo de dar la -cómoda apariencia de un rodaje político completo, sin sus notorios -inconvenientes. En arte fué el grupo avanzado que gustaba de la música, -del teatro y de las letras modernas, mientras la generalidad se -emocionaba todavía con la lírica ingenua y las trovas románticas; y -llegado el caso, en noble complot, provocaba por medio de vigorosos -artículos o en propagandas de club y casas de familia, una corriente -simpática para salvar del desamparo a Rossi, el estupendo intérprete de -Shakespeare, que se debatía en el Politeama entre la olímpica frialdad -de las butacas vacías. - -En el aspecto social de la vida, tuvieron el doble prestigio de su -nacimiento y de su talento. La estrecha comunidad de afectos y de -ideales, favoreciendo la tertulia amable de la fiesta de familia y del -club, ocasión para el trato continuo y obligadamente chispeante, hizo de -ellos esos "causeurs" inimitables, persuasivos sin aparentarlo y -entretenidos hasta sin quererlo; supieron usar de ese don con eficacia, -y de ellos salió el conjunto de oradores que ha tenido la República. - -Esa fué la influencia de la "élite" en los tres órdenes de la actividad -de ese tiempo. En retribución, el medio los hizo así: Hombres de mundo, -decidores, caballerescos y delicados hasta en el insulto al adversario; -escritores de afición, entretenidos y sueltos, casi ninguno dedicado -totalmente a la literatura, como a nada; políticos de alma--cargando el -prejuicio de que sólo el puesto público exalta la personalidad y aleja -la perspectiva del fracaso--francos, cariñosos y nobles; conjunto de -cualidades y defectos que puede resumirse en una sola palabra: el -_porteño_, prototipo de nuestra psicología social. A su acervo habría -que agregar, redondeando el retrato, ese convencimiento íntimo, tan -suyo, de superioridad respecto del provinciano, cuya silueta, de -contornos inesperados por la traición alevosa del sastre del terruño, en -impensada conjura con una capilosidad que tenía reminiscencias de -bosque,--al que no le faltaban ni los trinos zorzaleños,--ocultaba -todo ese caudal de voluntad, honda instrucción y solidez de -pensamiento,--intransparentable por la reserva de su temperamento,--para -ofrecerse sin defensa exterior de ninguna clase al comentario risueño e -incisivo. Me viene el recuerdo de una de sus páginas tan felices de -Juvenilia, en la que su autor nos refiere uno de los muchos incidentes a -que daba lugar este antagonismo de los dos caracteres: - -"Habíamos pillado un trozo de diálogo entre dos de ellos (dos -provincianos)--cuenta Cané--uno que decía, con una palangana en la -mano: ¡Agora no más la vo a derramar! y el otro que contestaba en voz de -tiple: ¡No la derramís! Lo convertimos en estribillo que les ponía fuera -de sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don -Quijote". La viveza y el indiscutible brillo del porteño, hízole -aprovechar de esa ventaja de su temperamento--que era la única--y le -asignó injustamente un valor que no tenía... - -Si se quisiera una muestra de lo que decíamos al comenzar, ninguna sería -mejor, posiblemente, que ésta: los pocos años transcurridos han bastado -para borrar aquellas creencias, aunque una falsa exterioridad pretenda -ocultarlo, en algunos casos. - -El porteño tenía el complemento de su personalidad en la calle Florida. -Los coches en interminable hilera desfilaban, a la caída de la tarde, de -regreso de Palermo, con todo lo elegante que en nuestra sociedad -contaba, entre la doble fila de muchachos. El saludo amplio y largo, en -el que el sombrero parecía añorar el penacho caballeresco, señalaba el -encuentro de la gente conocida, que era toda. - -Luego los famosos bailes del Club del Progreso... - -¿No parece que estuviéramos hablando de otro país? Tan diferente fué esa -época de la actual, que de ella sólo queda el recuerdo, formado, para -nosotros, de las conversaciones de aquellos que fueron actores, cuando -en días de invierno propicios al calor del fuego, o en noches de -serenidad estival, bajo el amplio techo de estrellas y de una melancolía -que era un repique lejano, gustaban relatar a media voz sus tiempos de -juventud, con esa elocuencia tan evocadora, aun para los que nada -habíamos visto y que sólo hemos sentido en ellos... - -Miguel Cané fué todo eso. Tuvo, asimismo, otras condiciones de que -carecieran la mayoría de sus contemporáneos, o que en ellos estuvieron -mitigadas por sus temperamentos. - -Señaló en el diapasón general una tendencia que resulta grata para las -almas afines: el afán de la cultura intelectual superior, artística. La -fundación de la Facultad de Filosofía y Letras fué una de sus -aspiraciones, y fué creada, en mucha parte, por los trabajos que él -hiciera en su favor. Aunque ella, más que una solución,--la Facultad de -Derecho o de Medicina, pueden haber abogados y médicos; la de Filosofía -y Letras no hace un filósofo ni un literato,--es índice que señala un -derrotero, y a Cané debemos nuestro agradecimiento por eso. Hay otro -hecho que lo señala también a una consideración especial en este mismo -sentido. En un momento de la vida intelectual argentina, en que su -prestigio de hombre de letras le permitió ejercer un cierto tutelaje -paternal sobre los nuevos, supo ser un protector decidido e inteligente. -Y saber alentar es como ser bueno: no se aprende, se nace. - - -II - -De toda su generación y aun de las anteriores, Cané ha sido, como -escritor, el tipo representativo, como lo fuera Echeverría bajo otro -concepto, y lo es Lugones de nuestro momento actual. - -Su tipo representativo, desde este punto de vista: de lo que pudieron -dar la mayoría de nuestros hombres con vocación literaria. De lo que -dieron es Echeverría, posiblemente el más talentoso de todos, imitador, -en poesía y cuyas ideas, sino mal asimiladas, representaban con algún -atraso el movimiento ideológico del mundo. Este ejemplo expresa -claramente el juicio que nos merece la obra intelectual argentina -pre-actual. - -En otro tiempo, cuando el entusiasmo ciego y _a priori_ por nuestros -escritores nos hizo leerlos con asiduidad y cariño, nos aburrimos. -Sucedió tal cosa, sin embargo, porque un falso criterio presidió nuestra -lectura. - -La labor constructiva del país encomendada a aquellos hombres, obligólos -a una acción múltiple, que tuvo la eficacia del conjunto, pero que -llevaba forzosamente implícita una ineficiencia cierta en cada una de -las actividades parciales. Cané afirmaba que el mal de nuestra -estructura era la vaguedad del ideal. Más preciso hubiera sido decir: la -pluralidad de ideales. "En el principio era la Acción". Acción resultó -para ellos la literatura, el arte, como la política y la guerra. Como -tal debemos considerar todos los frutos de su pensamiento. Tener -otro criterio para juzgarlos, sería equivocar la verdadera -intención--subconsciente--que animó a nuestros hombres. No contradice -todo esto lo que dijéramos al principio, de que Cané fué el tipo -representativo de su generación y de las anteriores, en el sentido de -que señaló una pauta respecto a lo que pudieron dar los que, como él, -tuvieron vocación por las letras. Con un criterio que no es el caso de -analizar minuciosamente, en bien o en mal, la mayoría de nuestros -escritores pre-actuales, buscaron hacer "obras definitivas". Las -circunstancias que hemos indicado hicieron que ellas resultasen -trasuntos de teorías y pensamientos ajenos, no siempre bien asimilados y -concretados en un amontonamiento de páginas ilegibles y tremendamente -aburridas. - -Los libros de Cané, en cambio,--salvo Juvenilia, que es un -recuerdo,--están formados casi en su totalidad de artículos sueltos, que -aparecieran en diarios y revistas sin ningún plan de compilación -ulterior. Verdaderamente amenas, superficiales, escritas con fluidez y -señalando siempre una tendencia superior de cultura y un ideal de arte, -ellas son como el espejo normal donde se refleja lo que hubieran podido -ser aquéllas, a haber tenido sus plumas, como la de Cané, la célebre -divisa de las espadas florentinas: "_Non ti fidar di me, se il cor ti -manca_". - - * * * * * - -Hemos dudado mucho antes de fijar la creencia de que Cané no hubiera -podido ser más de lo que fué: un amateur de talento y gusto refinado. -¡Quién sabe si en su primera juventud no hubo pasta para un gran -escritor! Hicimos esta observación después de leer un artículo de -"Ensayos", su primer libro, que no conocíamos, a pesar de haber gustado -ya algunos de los posteriores: En viaje, Juvenilia, Prosa Ligera, de los -cuales había nacido aquel concepto. - -¡Quién sabe! Se siente en ese artículo, en ese cuento, como que su mano, -transmutada en garra, se aleja de esa superficie de las cosas que él -tanto amara, e hiciera valer también con su prosa leve y fluida--para -cuya calificación exacta tendríamos que valernos de la expresión con que -Sainte Beuve define el estilo de Madame de Sevigné: "deja trotar su -pluma con la brida al cuello"--para penetrar en lo hondo y sacudir con -vibración de clarinada las fibras de la esperanza, de la angustia y del -dolor, como las tristes cañas, habladoras y gemebundas, cuando por entre -ellas sopla el huracán. Hay una sugerencia muy grande en "El Canto de la -Sirena". Surge de él un espíritu que no es el que luego fuera habitual -en Cané. - -Pero, ¿no fué más hombre después? ¿No debió sufrir más? Y el dolor es la -sombra y la fuente del genio... ¿Fracasado? Alguna vez hemos pensado, -si no seremos todos, una vez entrados en la madurez, una esperanza más o -menos frustrada de la juventud. - -¿Cuántas veces ha hablado, después, Cané, de esos mismos sentimientos? -Muchas veces y ninguna. - -Entre esos renunciamientos continuos que dice Renan constituyen la vida, -quizá exista ese, inconsciente, que tomaría la forma de una desgastación -imperceptible de nuestra alma. - -Y lo terrible es que es muy leve, con levedad que aleja la desconfianza -y con ella la defensa de sí misma[1]. Entonces he comprendido aquel -párrafo de la carta de Beethoven a Bettina Brentano: "Los artistas son -de fuego, ellos no lloran". No deben llorar ni vivir la vida de los -otros... Defenderse, defenderse siempre y de todo... - - [1] Es por eso que siento un horror piadoso por los chicos precoces - a quienes tengo simpatía o cariño. Se me figura--y aquí hago mío un - pensamiento de José María Ramos Mejía--que los retardados poseen - como una capa preservadora que mantiene en una especie de fanal, - sus almas delicadas. - - * * * * * - -La obra literaria de Miguel Cané comprende siete volúmenes: "Ensayos", -"En viaje", "Charlas literarias", "Juvenilia", la hermosísima traducción -del "Enrique IV" de Shakespeare, "Notas e Impresiones" y por último -"Prosa Ligera"[2]. - - [2] A esto hay que agregar algunos artículos sueltos aparecidos en - diversas revistas. Véase "La Biblioteca" y la "Revista de Buenos - Aires", entre otras. "A la distancia", que algunos diccionarios y - publicaciones consideran como otro volumen, es un folleto en el que - se han reunido dos artículos que se encuentran en "Charlas - literarias": Carlos Encina--recuerdos íntimos--y "Tedium Vitae". - -"Ensayos" es la obra de la juventud. Fué publicada en 1877, cuando su -autor tenía 26 años. Hay artículos, sin embargo, que llevan la fecha de -1872. Nada mejor que el prólogo para dar una idea del contenido del -volumen: "Decía al principio que no me hacía ilusiones sobre el mérito -de estos ligeros trabajos, destinados casi todos a la vida efímera de un -diario. Desde luego, no hay plan ninguno, ni ilación entre ellos. Una -lectura, una impresión, un recuerdo o una esperanza, he ahí de dónde han -salido, incompletos, desaliñados, sin soñar jamás el honor de ser -encuadernados". Tiene el interés, sin embargo, de mostrar a Cané en el -comienzo de su vida literaria. Estos primeros libros de los hombres de -letras tienen un sabor especial para el que quiere conocer sus almas. -Está allí más abierta que en ninguna parte; tienen siempre la ingenuidad -juvenil de cuando se cree en todo y la vida es verdaderamente "un arduo -deseo". El primer libro es quizá la única ocasión de conocer de cerca y -en lo posible un alma y un corazón. Ya hemos hablado de un artículo: "El -Canto de la Sirena". No hay para qué volver sobre él. - -"En Viaje" es el relato de su visita a Colombia y Venezuela, con ocasión -de su investidura diplomática. Observador perspicaz y amable, no es -extraño que este libro sea una de sus mejores producciones. Tuvo, al -tiempo de su aparición, el mérito de hacer conocer países totalmente -ignorados por nuestros hombres. - -"Charlas Literarias" es una colección de artículos de crítica sobre -autores argentinos y extranjeros, donde se destacan sus dos -predilecciones literarias: Shakespeare y Dickens. Aparece también allí -un estudio sobre Falstaff, que puede considerarse como la base del que -más tarde hiciera, precediendo su traducción del "Enrique IV". Tanto el -uno como el otro son de los más bellos y acertados que escribiera Cané. - -"Notas e Impresiones" y "Prosa Ligera", su última publicación, -pertenecen a la misma categoría de "Charlas Literarias", aunque con una -tendencia argentinista más acentuada. A "Notas e Impresiones" lo -componen correspondencias que Cané envió desde París al diario "La -Prensa" y que fueron firmadas con el seudónimo de Travel. En "Prosa -Ligera" aparecen dos o tres estudios que tuvieron en un principio -aspiraciones a obras orgánicas. Tal los titulados: "El arte español", -base de un libro sobre Velázquez, y "En el fondo del río", "De cepa -criolla" y "A las cuchillas", trío destinado a formar parte de "un -estudio de nuestra sociabilidad en aquel momento" y que comenzó a -escribir en 1884. - -Por último "Juvenilia", su más grande acierto. - -Forman el pequeño libro sus recuerdos de estudiante, época feliz que, de -todo el caudal acumulado de ciencia, de arte y de experiencia que la -vida da para aplacar sus asperezas, constituye lo único suave y -consolador, como mano de madre sobre una frente agitada. - -¿Eran diferentes a nosotros los contemporáneos de Cané? Quizá no, con la -salvedad de que eran más muchachos. No recuerdo haber robado nunca unos -melones a ningún vasco. Y lo siento, sinceramente. - -Cané calificó a esas páginas como de las más felices que había escrito, -y tampoco se equivocó esta vez. - -Hay hombres que tienen un subjetivismo especial, precursor de una cierta -inmortalidad, que aumenta lógicamente en proporción a su talento. De -esos temperamentos han salido las confesiones o memorias íntimas, que -siempre han sido interesantes y que han asegurado la fama de su autor, -porque la vida del hombre, en esa parte que escapa a los demás porque es -un monólogo, según Amiel, tiene la atracción de lo desconocido, al mismo -tiempo que de lo inmutable, a través de los tiempos. - -"Juvenilia" posee algo de esas cualidades. Sin ser una memoria ni una -confesión,--es un recuerdo, como dijimos,--tiene algo de ambas cosas. - -Es contraproducente hablar de los recuerdos. Ellos, como el cariño, como -el amor, no se analizan, sino que se sienten. El que esto escribe, ha -gustado con delicia las páginas suavemente melancólicas de "Juvenilia", -escritas en una sencillez de estilo que no es una de sus menores -cualidades. Muchos debemos a ese alto espíritu una hora íntima, -proporcionada por ese libro delicioso. De pocos escritores, y más si -ellos son argentinos, podríase decir tal cosa. Y este es el mejor elogio -a su vida y a su obra. A "Juvenilia" estará siempre unido el nombre de -Cané, como el perfume de una flor evoca la imagen de la planta, que por -darle vida es estimada. - - HORACIO RAMOS MEJÍA. - - 1916. - - - - -JUVENILIA - -_Si modificara una sola línea de estas páginas, las más afortunadas de -las que he escrito, creería destruir el encanto que envuelve el mejor -momento de la existencia, introduciendo, en la armonía de sus acordes -juveniles, la nota grave de las impresiones que acompañan el descenso de -la colina._ - -_Las reproduzco hoy, porque no se encuentran ya y muchos de los que -entraban a la vida cuando se publicaron, desean conocerlas._ - -_De nuevo, pues, abren sus alas esos recuerdos infantiles; que vuelen -hoy en atmósfera tan simpática y afectuosa como aquella que cruzaron por -primera vez, evocando a su paso imágenes sonrientes y serenas, son los -votos de quien los escribió con placer y acaba de releerlos con cierta -suave tristeza._ - - -_M. C._ - -Enero 1901. - - - - - "Toutes ces premières impressions... - ne peuvent nous toucher que médiocrement; - il y a du vrai, de la sincerité; - mais ces peintures de l'enfance, recommencées - sans cesse, n'ont de prix - que lorsqu'elles ouvrent la vie d'un - auteur original, d'un poète célèbre." - - SAINTE-BEUVE. - - -Tal era el epígrafe que había puesto en la primera hoja del cuaderno en -que escribí las páginas que forman este pequeño volumen. Quería tener -presente el consejo del maestro del buen gusto, releerlo sin cesar, para -no ceder a esa tentación ignorada de los que no manejan una pluma y que -impulsa a la publicidad, como la savia de la tierra pugna por subir a -las alturas para que la vivifique el sol. Lo confieso y lo afirmo con -verdad; nunca pensé al trazar esos recuerdos de la vida de colegio, en -otra cosa que en matar largas horas de tristeza y soledad, de las muchas -que he pasado en el alejamiento de la patria, que es hoy la condición -normal de mi existencia. Horas melancólicas, sujetas a la presión -ingrata de la nostalgia, pero que se iluminaban con la luz interior del -recuerdo, a medida que evocaba la memoria de mi infancia y que los -cuadros serenos y sonrientes del pasado iban apareciendo bajo mi pluma, -haciendo huir las sombras como huyen las aves de las ruinas al venir la -luz de la mañana. Creo que me falta una fuerza esencial en el arte -literario, la impersonalidad, entendiendo por ella la facultad de -dominar las simpatías íntimas y afrontar la pintura de la vida con el -escalpelo en la mano que no hace vacilar el rápido latir del corazón. -Cuantas veces be intentado apartarme de mi inclinación, escribir, en una -palabra, sobre asuntos que no amo, no he conseguido quedar satisfecho. -Cada uno debe seguir la vía que su índole le impone, porque es la única -en que puede desenvolver la fuerza relativa de su espíritu. La -perseverancia, el arte y el trabajo pueden hacer un versificador -elegante y fluido; pero cada estrofa no será un pedazo de alma de poeta, -y el que así horada el ritmo rebelde para engastar una idea, tendrá que -descender de las alturas para elegir su símbolo, dejando al pelícano -cernirse en el espacio o desgarrarse las entrañas en el pico de una -roca. Entre una herida que chorrea sangre y una jaqueca, hay la -distancia... de Byron a Tennyson. - -Nada he escrito con mayor placer que estos recuerdos. Mientras procuraba -alcanzar el estilo que me había propuesto, sonreía a veces al chocar con -las enormes dificultades que se presentan al que quiere escribir con -sencillez. Es que la sencillez es la vida y la verdad y nada hay más -difícil que penetrar en ese santuario. La palabra es rebelde, la frase -pierde la serenidad de su marcha y todos los recursos de nuestro idioma -admirable suelen quedar inertes para aquel que no sabe comunicarles la -acción. - -No he conseguido por cierto ni aun acercarme a mi ideal, pero estoy -contento de mi esfuerzo, porque si no lo he encontrado, por lo menos he -buscado el buen camino. - - J'aurai du moins l'honneur de l'avoir entrepris. - -Ahora, ¿por qué publico estos recuerdos, destinados a pasar sólo bajo -los ojos de mis amigos? En primer lugar, porque aquellos que los han -leído me han impulsado a hacerlo, a llamarlos a la vida después de dos -años de sueño... Pero, con lealtad, en el fondo hay esta razón suprema -que los hombres de letras comprenderán: los publico porque los he -escrito. - -Mucho he suprimido, poco he agregado. Ciertas páginas íntimas han -desaparecido porque, para ser comprendidas, era necesaria la luz intensa -del cariño que da cuerpo y vida a la forma vaga del recuerdo. Pero -mientras corregía, pensaba en todos mis compañeros de infancia, -separados al dejar los claustros, a quienes no he vuelto a ver y cuyos -nombres se han borrado de mi memoria. A veces me complazco en hacer -biografías de fantasía para algunos de mis condiscípulos, fundándome en -las probabilidades del carácter y sin saber si aun existen. ¡Cuántos -desaparecidos! ¡Cuánta matemática, cuánta química y filosofía inútil! No -hace mucho tiempo, al entrar en una oficina secundaria de la -administración nacional, ví a un humilde escribiente cuyo cabello -empezaba a encanecer, gravemente ocupado en trazar rayas equidistantes -en un pliego de papel. Como tuve que esperar, pude observarle. Cada vez -que concluía una línea, dejaba la regla a un lado, sujetándola para que -no rodara, con un pan de goma; levantaba la pluma e inclinando la cabeza -como el pintor que después de un golpe de pincel se aleja para ver el -efecto, sonreía con satisfacción. Luego, como fascinado por el -paralelismo de sus rayas, tomaba de nuevo la regla, la pasaba por la -manga de una levita raída, cuyo tejido osteológico recibía con agrado -ese apunte de negrura, la colocaba sobre el papel y con una presión de -mano, serena e igual, trazaba una nueva paralela con idéntico -éxito.--Ese hombre, allá en los años de colegio, me había un día -asombrado por la precisión y claridad con que expuso, tiza en mano, el -binomio de Newton. Había repetido tantas veces su explicación a los -compañeros más débiles en matemáticas, que al fin perdió su nombre para -no responder sino al apodo de "Binomio". Le contemplé un momento, hasta -que levantando a su vez la cabeza, naturalmente después de una paralela -_réussie_, me reconoció. Se puso de pie, en una actitud indecisa; no -sabía la acogida que recibiría de mi parte. ¡Yo había sido nombrado -ministro! no sé dónde, ¡y él!... Me enterneció y lancé un: ¡Binomio!! -abriendo los brazos, que habría contentado a Orestes en labios de -Pílades. Me abrazó de buena gana y nos pusimos a charlar. - ---¿Y qué tal, Binomio, cómo va la vida? - ---Bien; estuve cinco años empleado en la aduana del Rosario, tres en la -policía, y como mi suegro, con quien vivo, se vino a Buenos Aires, -busqué aquí un empleo y en él me encuentro desde que llegamos. - ---¿Y las matemáticas? ¿Cómo no te hiciste ingeniero o algo así? Tú -tenías disposiciones... - ---Sí, pero no sabía historia. - ---Pero no veo, Binomio, la necesidad de saber si Carlos X de Francia era -o no hijo de Carlos IX para hacer un plano. - ---Desengáñate, el que no sabe historia no hace camino. Tú eras también -bastante fuerte en matemáticas; dime, ¿cuántas veces, desde que saliste -del colegio, has resuelto una ecuación o has pronunciado solamente la -palabra _coseno_? - ---Creo que muy pocas, Binomio. - ---Y en cambio (¡oh! ¡yo te he seguido!) en artículos de diario, en -discursos, en polémicas, en libros, creo, has hecho flamear la historia. -Si hasta una cátedra has tenido con sueldo, ¿no es así? - ---Sí, Binomio. - ---¡Con qué placer te oigo! ¡Ya nadie me dice Binomio! Y ¿sabes quién -tuvo la culpa de que yo no supiera historia? Cosson, tu amigo Cosson, -que tenía la ocurrencia de enseñarnos la historia en francés. - ---No seas injusto, Binomio; era para hacernos practicar. - ---Convenido, pero no practica sino el que algo sabe, y yo no sabía una -palabra de francés. Así, la primera vez que me preguntó en clase, se -trataba de un rey cuyo nombre sirvió más tarde de apodo a un correntino -que para decirlo estiraba los labios una vara. Era muy difícil. - ---Ya me acuerdo: _Tulius Hostilius_. - ---Eso es: quise pronunciarlo, la clase se rió, creo que con razón, -porque, a pesar de habértelo oído, no me atrevería a repetirlo; yo me -enojé, no contesté nunca y por consiguiente no estudié historia. -¡Animal! Así, mi hijo, que tiene seis años, empieza a deletrear un -Duruy. No hay como la historia, y sino mira a todos los compañeros que -han hecho carrera. - ---Y ¿qué puedo hacer por tí, Binomio? - -Se puso colorado y al fin de mil circunloquios me pidió que tratara de -hacer pasar en la Cámara un aumento que iba propuesto; ganaba cuarenta y -tres pesos y aspiraba a cincuenta[3]. ¡Pobre Binomio! - - [3] Estas líneas fueron escritas en 1882: se trata pues, de pesos - fuertes. - -¡Cuántos como él, perdidos en el vasto espacio de nuestro país! - -Una tarde había ido a comer a un cuartel donde estaba alojado un -batallón cuyo jefe era mi amigo. A los postres me habló de un curioso -recluta que la ola de la vida había arrojado, como un resto de -naufragio, a las filas de su cuerpo. Pasaba el tiempo leyendo y el -comandante tuvo más de una vez la idea de utilizarle en la mayoría; pero -¡era tan vicioso! En ese momento pasaba por el patio y el jefe le hizo -llamar; al entrar, su marcha era insegura. Había bebido. Apenas la luz -dió en su rostro, sentí mi sangre afluir al corazón y oculté la cara -para evitarle la vergüenza de reconocerme. Era uno de mis condiscípulos -más queridos, con el que me había ligado en el colegio. Una inteligencia -clara y rápida, una facilidad de palabra que nos asombraba, un nombre -glorioso en nuestra historia, buena figura, todo lo tenía para haber -surgido en el mundo. Había salido del colegio antes de terminar el curso -y durante diez años no supe nada de él.--¡Cómo habría sido de áspera y -sacudida esa existencia, para haber caído tan bajo a los treinta años! -Poco después dejó de ser soldado. Le encontré, traté de levantarle, le -conseguí un puesto cualquiera que pronto abandonó para perderse de nuevo -en la sombra; todo era inútil: el vicio había llegado a la médula. - -¿Recordaré otra inteligencia brillante, apta para la percepción de todas -las delicadezas del arte, fina como el espíritu de un griego, auxiliada -por una palabra de indecible encanto y un estilo elegante y armonioso? -¿Recordaré ese hombre que sólo encontró flores en los primeros pasos de -su vida, que marchaba en el sueño estrellado del poeta, al amparo de una -reputación indestructible ya? Era bueno y era leal; amaba la armonía en -todo y la mujer pura le atraía como un ideal; pero la delicadeza de su -alma exquisita se irritaba hasta la blasfemia, porque la naturaleza le -había negado la forma, el cuerpo, el vaso cincelado que debió contener -el precioso licor que chispeaba en sus venas. De ahí las primeras -amarguras, la melancolía precursora del escepticismo. Sin ambiciones -violentas que hubieran sepultado en el fondo de su ser los instintos -artísticos, refugiado en ellos sin reserva, pronto cayó en el abandono -más absoluto. De tiempo en tiempo hacía un esfuerzo para ingresar de -nuevo en la vida normal y unirse a nuestra marcha ascendente, -desenvolverse a nuestro lado. ¡Con qué júbilo le recibíamos! Era el hijo -pródigo cuyo regreso ponía en conmoción todo el hogar. Aquel cráneo -debía tener resortes de acero, porque su inteligencia, en sus rápidas -reapariciones después de largos meses de atrofia, resplandecía con igual -brillo. ¿De atrofia he dicho? No, y esa fué su pérdida. - -La bohemia le absorbió, le hizo suyo, le penetró hasta el corazón. -Pasaba sus noches, como el "hijo del siglo", entre la densa atmósfera de -una taberna, buscando la alegría que las fuentes puras le habían negado, -en la excitación ficticia del vino, rodeado de un grupo simpático, ante -el que abría su alma, derramaba los tesoros, de su espíritu y se -embriagaba en sueños artísticos, en la paradoja colosal, la teoría -demoledora, el aliento revolucionario, que es la válvula intelectual de -todos los que han perdido el paso en las sendas normales de la tierra. -El bohemio de Murger, con más delicadeza, con más altura moral.--El pelo -largo y descuidado, el traje raído, mal calzado, la cara fatigada por el -perpetuo insomnio, los ojos con una desesperación infinita en el fondo -de la pupila, tal le ví por última vez y tal quedó grabado en mi -memoria. ¿Vive aún? ¿Caerán estas líneas bajo su mirada? No lo sé; en -todo caso, la entidad moral pasó, si la forma persiste. ¡Nunca se impone -a mi espíritu con más violencia el problema de la vida que cuando pienso -en ese hombre!...[4]. - - [4] Poco tiempo después de escritas estas líneas, Matías Behety - encontró el reposo eterno. - -Hará doce o catorce años publiqué un cuento que últimamente releí con -placer, haciendo oídos sordos a las imperfecciones de estilo con que -está escrito. El principal personaje del "Canto de la Sirena" es una -simple reminiscencia de colegio; me sirvió de tipo para trazar la figura -de Broth, un condiscípulo que sólo pasó un año en los claustros, -extraordinariamente raro y al que no he vuelto a ver ni oído nombrar -jamás. De una imaginación dislocada, por decir así, nerviosa, -estremeciéndose en una gestación incesante de sueños y utopías, vivía -lejos de nuestro mundo normal, fácil, claro, infantil. En vez de ser un -portento de ciencia, como pinto a Broth, estudiaba poco los textos y, -por lo tanto, sabía poco. La experiencia me ha hecho poner en cuarentena -esos prodigios que jamás abren un libro y dejan atontados a los -circunstantes en el examen. - -Hay dentro de los muros del colegio, como en la penumbra del _boudoir_, -coqueterías intelectuales exquisitas, jóvenes que se ocultan para -estudiar, que durante las horas de instrucción colectiva leen -asiduamente una novela, pero que se levantan al alba y trabajan con -furor en la soledad. Cuando Horacio Vernet recibía numerosos visitantes -en su taller, cogía febrilmente los pinceles, en una hora remataba una -tela, la firmaba y pasaba a otra cosa. Alguien ha dicho, refiriéndose a -esa coquetería del pintor, que escribía las cartas en la soledad y les -ponía el sobrescrito en público. Algo así pasa con los prodigios -escolares. Lo que distinguía a Broth, es decir, al condiscípulo que me -dió la idea primera del soñador, era su manera curiosísima de ver las -cosas más triviales. Fantaseaba como un maniático inventor combina. -Hablaba con facilidad, pero él mismo reconocía que cuanto escribía era, -no solamente incorrecto, como todos nuestros ensayos, sino incoloro. Me -sostenía que yo estaba destinado a tener estilo y me lo decía con un -aire tan complacido y solemne como si me augurara la fortuna o una -corona, a la manera de los cuentos árabes. Para entonces me proponía una -colaboración; él me daría el esqueleto y yo le pondría la carne. Pues -bien, cuando recuerdo, vagamente y sin detalles, su confusa concepción -de la vida de un médico en plena edad media, creyente en la magia de -todos los colores, asistente asiduo y convencido al sabbat, inventor de -un palo de escoba más ligero para llegar primero, fabricante de -_homúnculus_ (no había por cierto leído a Goethe aún) discípulo de -Alberto el Grande; cuando recuerdo esas creaciones enfermizas de su -imaginación, me persuado que había nacido para seguir con brillo la -tradición de Hoffmann o Poé. Más de una vez he procurado rehacer en mi -memoria los cuentos estrambóticos que me hacía; me queda algo confuso, y -si no he ensayado escribirlos, es en la seguridad de que les daría mi -nota personal, lo que no era mi objeto. - -Otra existencia caída en la sombra impenetrable del olvido; en cuanto a -ese, tengo la certeza de que ha muerto. Viviendo, habría surgido o -habría hecho hablar de él. ¡Sabe el cielo, sin embargo, si las miserias -y las dificultades de la vida no lo han hundido en la anestesia moral -más obscura que la tumba! - -No todos se han desvanecido y algunos brillan con honor en el cuadro -actual de la patria. Si estas páginas caen bajo sus ojos, que el vínculo -del colegio, debilitado por los años, se reanime un momento y encuentren -en estos recuerdos una fuente de placer al ver pasar las horas felices -de la infancia. - -Nuestros hijos vienen atrás y sus cabecitas sonrientes asoman en el -dintel de la vida, con la mirada llena de inconsciente aplomo, -chispeando de inteligencia y de acción latente. A los diez años saben lo -que nosotros alcanzamos imperfectamente a los quince;--no olvidemos que -son los nietos de nuestros padres y que el cariño del abuelo es de los -más profundos que vibran sobre la tierra. Paguemos la deuda filial, -haciendo felices a los nietos, encaminándoles en la vida. - -Todos, por un esfuerzo común, levantemos ese Colegio Nacional que nos -dió el pan intelectual, desterremos de sus claustros las cuestiones -religiosas, y si no tenemos un Jacques que poner a su frente, elevemos -al puesto de honor un hombre de espíritu abierto a la poderosa evolución -del siglo, con fe en la ciencia y en el progreso humano. - - - - -I - - -Debía entrar en el Colegio Nacional tres meses después de la muerte de -mi padre; la tristeza del hogar, el espectáculo constante del duelo, el -llanto silencioso de mi madre, me hicieron desear abreviar el plazo, y -yo mismo pedí ingresar tan pronto como se celebraran los funerales. - -El Colegio Nacional acababa de fundarse sobre el antiguo Seminario, con -una nueva organización de estudios, en la que el doctor Eduardo Costa, -ministro entonces de Instrucción Pública, bajo la presidencia del -general Mitre, había tomado una parte inteligente y activa. Sin embargo, -el establecimiento que quedaba bajo la dirección del doctor Agüero, se -resentía aún de las trabas de la enseñanza escolástica y sólo fué más -tarde, cuando M. Jacques se puso a su frente, que alcanzó el -desenvolvimiento y el espíritu liberal que habían concebido el Congreso -y el Poder Ejecutivo. - -Me invade en este momento el recuerdo fresco y vivo de los primeros días -pasados entre los obscuros y helados claustros del antiguo convento. No -conocía a nadie y notaba en mis compañeros, aguerridos ya a la vida de -reclusión, el sordo antagonismo contra el _nuevo_, la observación -constante de que era objeto, y me parecía sentir fraguarse contra mi -triste individuo los mil complots que, entre nosotros, por el suave -genio de la raza, sólo se traducen en bromas más o menos pesadas, pero -que en los seculares colegios de Oxford y de Cambridge alcanzan a -brutalidades inauditas, a vejámenes, a servidumbres y martirios. Me -habría encontrado, no obstante, muy feliz con mi suerte, si hubiera -conocido entonces el "Tom Jones" de Fielding.--Silencioso y triste, me -ocultaba en los rincones para llorar a solas, recordando el hogar, el -cariño de mi madre, mi independencia, la buena comida y el dulce sueño -de la mañana.--Durante los cinco años que pasé en esa prisión, aun -después de haber hecho allí mi nido y haberme connaturalizado con la -monotonía de aquella vida, sólo dos puntos negros persistieron para mí: -el despertar y la comida. A las cinco en verano, a las seis en invierno, -infalible, fatal, como la marcha de un astro, la maldita campana -empezaba a sonar. Era necesario dejar la cama, tiritando de frío casi -siempre, soñolientos, irascibles, para ir a formarnos en fila en un -claustro largo y glacial. Allí rezábamos un "Padre Nuestro", para pasar -en seguida al claustro de los lavatorios.--¡Cuántas conspiraciones, -cuántas tramas, qué gasto de ingenio y fuerza hicimos para luchar contra -la fatalidad, encarnada a nuestros ojos en el portero, colgado de la -cuerda maldecida! Aquella cuerda tenía más nudos que la que en el -gimnasio empleábamos para trepar a pulso. La cortábamos a veces hasta la -raíz del pelo, como decíamos, junto al badajo, encaramándonos hasta la -campana, con ayuda de la parra y las rejas, a riesgo de matarnos de un -golpe. Muy a menudo la expectativa nos hacía despertar en la mañana, -antes de la hora reglamentaria. De pronto oíamos una campana de mano, -áspera, estridente, manejada con violencia por el brazo irritado del -portero, eterno _préposé_ a las composturas de la cuerda. Se vengaba -entrando a todos los dormitorios y sacudiendo su infernal instrumento en -los oídos de sus enemigos personales, entre los cuales tenía el honor -de contarme.--Atrasar el reloj era inútil por dos razones tristemente -conocidas: la primera, la proximidad del Cabildo, que escapaba a nuestra -influencia; la segunda, el tachómetro de plata del portero que, bien -remontado, velaba fielmente bajo su almohada. Algunas noches de -invierno, la desesperación nos volvía feroces y el ilustre cerbero -amanecía no sólo maniatado, sino un tanto rojiza la faz, a causa de la -dificultad para respirar a través de un aparato, rigurosamente aplicado -sobre su boca y cuya construcción, bajo el nombre de "pera de angustia", -nos había enseñado Alejandro Dumas en sus "Veinte años después", al -narrar la evasión del duque de Beaufort del castillo de Vincennes. Todo -era efímero, todo inútil, hasta que estuve a punto de inmortalizarme, -descubriendo un aparato sencillo, pero cuyo éxito, si bien pasajero, -respondió a mis esperanzas. En una escapada ví una carreta de bueyes que -entraba al mercado; debajo del eje colgaba un cuero, como una bolsa -ahuecada, amarrado de las cuatro puntas; dentro, dormía un niño. Fué -para mí un rayo de luz, la manzana de Newton, la lámpara de Galileo, la -marmita de Papin, la rana de Volta, la tabla de Rosette de Champollion, -la hoja enroscada de Calímaco. El problema estaba resuelto; esa misma -noche tomé el más fuerte de mis cobertores, una de esas pesadas cobijas -tucumanas que sofocan sin abrigar, la amarré debajo de mi cama, de las -cuatro puntas y cubriendo el artificio con los anchos pliegues de mi -colcha, esperé la mañana. Así que sonó la campana, me sumergí en la -profundidad y allí, acurrucado, inmóvil e incómodo, desafié impunemente -la visita del celador, que, viendo mi lecho vacío, siguió adelante. Me -preguntaréis quizá qué beneficio positivo reportaba, puesto que, de -todas maneras, tenía que despertarme. Respondo, con lástima, que el que -tal pregunta hiciera ignoraría estos dos supremos placeres de todos los -tiempos y todas las edades: el amodorramiento matinal y la -contravención. - -Mi invención cundió rápidamente y al quinto día, al primer toque, las -camas quedaron todas vacías. El celador entró: vió el cuadro, quedó -inmóvil, llevó un dedo a la sien y después de cinco minutos de grave -meditación, se dirigió a una cama, alzó la colcha y sonrió con -ferocidad. - -¡Era la mía! - - - - -II - - -El segundo obstáculo insuperable fué la comida, invariable, igual, -constante. En los primeros tiempos, apenas entrábamos al refectorio, un -alumno trepaba a una especie de púlpito y así que atacábamos la sopa, -comenzaba con voz gangosa a leernos una vida de santo o una biografía de -la Galería Histórica Argentina, siendo para nosotros obligatorio el -silencio y, por tanto, el fastidio. - -No puedo vencer el deseo de dar una idea sucinta del _menú_; lo tengo -fijo, grabado en el estómago y el olfato. Dentro de un líquido incoloro, -vago, misterioso, algo como aquellos caldos precipitados que las brujas -de la Edad Media hacían a media noche al pie de una horca con su racimo, -para beberlo antes de ir al sabbat, navegaban audazmente algunos largos -y pálidos fideos. Un mes llevé estadística: había atrapado tres en -treinta días, y eso que estaba en excelentes relaciones con el grande -que servía, médico y diputado hoy, el Dr. Luis Eyzaguirre, uno de los -tipos más criollos y uno de los corazones más bondadosos que he conocido -en mi vida.--Luego, siempre flotando sobre la onda incolora, pero -siquiera en su elemento, venía un sábalo, el clásico sábalo que muchas -veces, contra nuestro interés positivo, había muerto con dos días de -anticipación. - -En seguida, carnero. Notad que no he dicho cordero; carnero, carnero -respetable, anciano, cortado en romboides y polígonos desconocidos en -el texto geométrico, huesosos, cubiertos de levísima capa triturable y -reposando, por su peso específico, en el fondo del consabido líquido, -que para el caso se revestía de un color parduzco. Cuando Eyzaguirre -hundía la cuchara en aquel mar, clavábamos los ojos en la superficie, -mientras hacíamos el tácito y rápido cálculo sobre a quién tocaría el -trozo saliente. De ahí amargas decepciones y júbilos manifiestos.--Hacía -el papel de pieza de resistencia un largo y escueto asado de costillas, -cubierto de una capa venosa impermeable al diente. Habíamos corrido todo -el día en el gimnasio, éramos sanos, los firmes dientes estaban -habituados a romper la cáscara del coco y triturar el confite de -Córdoba, el sábalo había tenido un éxito de respeto, debido a su edad; -sin embargo, jamás vencimos la córnea defensa paquidérmica del asado de -tira! - -Cerraba la marcha, con una conmovedora regularidad, ya un plato de arroz -con leche, ya una fuente de orejones.--La leche, en su estado normal, es -un elemento líquido; ¿por qué se llamaba aquello: "arroz con leche?" Era -sólido, compacto y las moléculas, estrechándose con violencia, le daban -una dureza de coraza. Si hubiéramos dado vuelta la fuente, la -composición, fiel al receptáculo, no se habría movido, dejando caer sólo -la versátil capa de canela.--En general, el color del orejón tira a un -dorado intenso, que se comunica al líquido que lo acompaña. Además, es -un manjar silencioso. Aquél no sólo afectaba un tinte negro y opaco, -sino que, arenoso por naturaleza, sonaba al ser triturado. - -Luego al gimnasio, a correr, a hacer la digestión! - - - - -III - - -He dicho ya que mis primeros días de colegio fueron de desolación para -mi alma. La tristeza no me abandonaba y las repetidas visitas de mi -madre, a la que rogaba con el acento de la desesperación que me sacara -de allí y que sólo me contestaba con su llanto silencioso, sin dejarse -doblegar en su resolución, aumentaban aún mis amarguras. - -La reacción vino de un recurso inesperado. Una noche que nos llamaban a -la clase de estudio, se me ocurrió abrir uno de los cajones de mi cómoda -para tomar algunas galletitas con que combatir las consecuencias del -_menú_ mencionado. Maquinalmente tomé un libro que allí había y me fuí -con él. Una vez en clase, y cuando el silencio se restableció, me puse a -leerlo. Era una traducción española de "Los tres Mosqueteros" de Dumas. -Decir la impresión causada en mi espíritu por aquel mundo de aventuras, -amores, estocadas, amistades sagradas, brillo y juventud, mundo -desconocido para mí; decir la emoción palpitante con que seguí al -hidalgo gascón desde su llegada a París hasta la noche sombría del -juicio, el odio al cardenal, mi júbilo por los fracasos de éste, mi -ilusión maravillosa, es hoy superior a mis fuerzas. Toda esa noche, con -un cabo de vela, encendido a hurtadillas, me la pasé leyendo. Al día -siguiente no fuí a los recreos, no salí de mi cuarto y, cuando al caer -la tarde concluí el libro, sólo me alentaba la esperanza de la -continuación. Escribí a mi madre, vinieron los "Veinte años después", -"El Vizconde de Bragelonne" que me costó lágrimas a raudales, un "Luis -XIV y su siglo", también de Dumas, crónica hecha sobre las memorias del -tiempo, cuyo único defecto era a mis ojos no ver figurar en ella a -D'Artagnan, principal personaje de la época, en mi concepto,--y multitud -de novelas españolas, cuidadosamente recortadas en folletines, unidos -por alfileres y de algunos de cuyo título me acuerdo todavía, aunque -después no los haya vuelto a ver. "El Espía del Gran Mundo", novela -francesa, en la cual hay una especie de Caliban, pero bueno y fiel, que -chupa en una herida el veneno de una víbora; "La gran Artista y la gran -Señora", que después he sabido fué por un año la _coqueluche_ de las -damas de Buenos Aires; "La verdad de un epitafio", donde el héroe roba -de un sepulcro a su amada, aletargada como Julieta y le abre la mejilla -de un feroz tajo para desfigurarla a los ojos de sus enemigos; "El -Clavo", un individuo a quien le perforan el cráneo, durante el sueño, -con un clavo invisible a la autopsia, pero que algunos años después -aparece gravemente incrustado en su calavera, sobre la que un romántico -medita en un cementerio, como Hamlet con el cráneo del _poor Yorick_; -los "Monges de las Alpujarras" y "Men Rodrigo de Sanabria", dos de los -mejores, tal vez los únicos romances realmente históricos de Fernández y -González, con una brutalidad de acción, propia de la época; el "Hijo del -Diablo", cuya primera parte me enloqueció, haciéndome soñar un mes -entero con mantos encarnados, caballos galopando bajo la noche y el -trueno, viejos alquimistas calvos, y sombríos, etcétera; "Dos -cadáveres", un salvaje romance de Soulié, que pasa en Inglaterra, bajo -el efímero protectorado de Ricardo Cromwell y cuyos dos personajes -principales son los cuerpos de Carlos I y de Oliverio Cromwell, con sus -féretros respectivos, sobre los que pasan cosas inauditas, etc., etc. -Uno de los recuerdos más vigorosos que he conservado, es la impresión -causada por los "Misterios del Castillo de Udolfo", de Ana Radcliff, que -cayó en mis manos en una detestable edición española, en tres tomos con -_x_ en vez de _j_ y _j_ en vez de _i_. No pegué los ojos en una semana, -y era tal la sobreexcitación de mi espíritu, que me figuraba que esos -insomnios mortificantes eran un castigo por el robo sacrílego que había -cometido, deslizándome al templo de San Ignacio, durante un funeral por -el alma de un ciudadano, para mí desconocido,--y metídome bajo el -chaleco, en varios trozos, la vela de cera clásica, que debía iluminar -mis trasnochadas de lectura. - -Por medio de canjes y _razzias_ en mis salidas de los domingos, más o -menos autorizadas por los parientes que tenían bibliotecas, todo Dumas -pasó, Fernández y González (un saludo al "Cocinero de Su Majestad", que -cruza mi memoria!), Pérez Escrich, que había ya ofendido el sentido -común y el arte con unos veinte tomos, y una infinidad de novelas que no -recuerdo ya. Un día supe que un compañero tenía la "Hermosa Gabriela" de -Maquet. Me precipité a pedírsela, reclamando derechos de reciprocidad; -pero Juan Cruz Ocampo se había anticipado y estaba a punto de -conseguirla. Confieso que mi primer movimiento fué disputársela, aun en -el terreno de los hechos; pero después de la simple reflexión de que mis -fuerzas físicas, no igualando mi arrogancia, me habrían hecho quedar sin -el libro y con varias contusiones, acepté el temperamento del sorteo, -que como un anticipo sobre mi suerte constante en el _alea_ de la vida, -favoreció a Ocampo. Durante una semana le espié, le aseché sin reposo y -cuando le veía hablar, jugar o comer, en vez de leer a prisa, me -indignaba, pareciéndome que aquel hombre no tenía la menor noción del -honor rudimental. A más, el cruel solía hablarme de las hazañas de -Pontis y me decía esta frase que me estremecía de impaciencia: "Chicot -figura!"... - -Las novelas, durante toda mi permanencia en el Colegio, fueron mi -salvación contra el fastidio, pero al mismo tiempo me hicieron un flaco -servicio como estudiante. Todo libro que no fuera romance me era -insoportable y tenía que hacer doble esfuerzo para fijar en él mi -atención. ¿A cuál de nosotros no ha pasado algo análogo más tarde en el -estudio de la historia? ¿Quién no recuerda la perseverancia necesaria -para leer un tratado cualquiera, después de las páginas luminosas de -Macaulay, Prescott o Motley?... - - - - -IV - - -El Colegio, que más tarde debía ser uno de los primeros establecimientos -de América, era por entonces un caos como organización interna. Cuando -me incrusté bien y ví claro, comprendí que tras las sombras ostensibles -de la vida claustral había _des acommodements_, no sólo con el cielo, -sino con las autoridades temporales de la tierra. Durante un año y -siendo ya mocitos, nos hemos escapado casi todas las noches, para hacer -una vida de vagabundos por la ciudad, en los cafés, en aquellos puntos -donde Shakespeare pone la acción de su Pericles, y, sobre todo, en los -bailes de los suburbios, de los que algunos condiscípulos, ignoro por -arte de quién, tenían siempre conocimiento. - -Toda la variedad infinita de los medios de escapatoria, podía reducirse -a tres sistemas principales: la portería, la despensa y el portón.--La -portería, que da sobre el atrio de San Ignacio, requería, o elementos de -corrupción para el portero o vías de hecho deplorables. La despensa y -cocinas tenían una pequeña puerta a la calle Moreno que a veces quedaba -abierta hasta tarde. El portón, una de esas portadas deformes de la -colonia, daba a la calle de Bolívar, donde hoy se encuentra la entrada -principal del Colegio. Las hojas, en vez de llegar hasta el suelo, -terminaban en unas puntas de hierro que dejaban un espacio libre entre -ellas y el pavimento.--Por allí había que pasar, pegado el cuerpo a la -tierra, en mangas de camisa para no estropear el único jacquet de lujo y -sintiendo muchas veces que las fieles puntas guardianes se insinuaban -ligeramente en la espalda como una protesta contra la evasión. A pesar -de todas sus dificultades, era el medio más generalmente elegido.--Pero -aquí debo recordar una de esas curiosidades de colegio, que todos mis -compañeros de entonces deben tener presente. - -Se educaba allí desde tiempo inmemorial un tipo acabado de _bohemio_, -lleno de buenas condiciones de corazón, haragán como una marmota, -dormilón como el símil, con una cabeza enorme, cubierta de una melena -confusa y tupida como la baja vegetación tropical, reñido con los libros -que no abría jamás y respondiendo al nombre de "Galerón", sin duda por -las dimensiones colosales del sombrero que tenía la función obligatoria -y difícil de cubrir aquella cabeza ciclópea. Más tarde le he encontrado -varias veces en el mundo ya en buena situación, ya bajo el peso de -serias desgracias; le he conservado siempre un cariño inalterable. Le -encontré en Arica, entre el ejército bloqueado de Montero, como -corresponsal de un diario de Lima; estaba a bordo de la "Unión" el día -sombrío de Angamos en que murió Grau.--Luego volví a verle en Lima; -Piérola, cuya fortuna política había seguido y que estaba entonces en el -poder, le ofreció empleos bastante lucrativos; sólo quiso aceptar un -pequeño mando militar y un puesto en la vanguardia.--Esa conducta -honrosa compensa muchas faltas. Había hecho también la campaña del -Paraguay. - -He hablado de Benito Neto.--Era un misterio profundo cómo Benito había -conseguido, allá en épocas remotas y sin duda a favor de algún -sacudimiento, de alguna convulsión caótica, nada menos que una llave del -portón de la calle Bolívar! Nadie sabía dónde la guardaba y todas las -empresas organizadas para robársela dieron siempre un fiasco completo. -Benito la cuidaba, la aceitaba con frecuencia y tenía un aparato -especial para extraer del caño todas las pelusas y migajas parásitas que -iban allí a alojarse. Era para él el caballo del árabe o del gaucho, el -fusil del cazador, la mandolina del provenzal errante, el instrumento y -el sustentáculo de su vida.--Como con el rastreador Calíbar todos los -prisioneros que tentaban evadirse, éranos forzoso contar con Benito -cuando nos animaban iguales designios. Benito oía en silencio y luego -preguntaba tranquilamente: "¿Dónde vamos?" Porque él no prestaba la -llave jamás, no la alquilaba, no la vendía. El era siempre de la -partida, fuere cual fuese el objetivo. En vano se le observaba: "Benito, -¡estamos los tres invitados a un baile!--Me presentarán.--¡Vamos a una -comida a casa de Fulano!--Comeré.--¡Una tía mía está muy enferma!--La -velaré.--Tengo una cita y....--Ha de haber alguna chinita sirviente."--A -todo tenía respuesta, y le hemos visto asistir gravemente, con su eterno -jacquet canela, a entierros de lejanos parientes de algún estudiante -cuya conducta no había merecido un permiso de salida y que acudía al -arte de Benito. Era el Lord Flamborough de Sandeau, pegado al joven -homeópata como la ostra a la peña. - - - - -V - - -A más de las escapadas nocturnas, había las cenas furtivas y algunas -calaveradas soberbias de los _grandes_ que nos llenaban de admiración. - -El doctor Agüero estaba ya muy viejo; bueno y cariñoso, vivía en un -optimismo singular respecto a los estudiantes, ángeles calumniados -siempre, según su opinión. - -Recuerdo un carnaval en que hicimos atrocidades en el atrio; los chicos, -con las manos llenas de carmín, azul molido y harina, asaltábamos de -improviso a los paseantes, les llenábamos los ojos y el rostro con la -mezcla, y cuando aquellos hombres enfurecidos se nos venían encima, nos -poníamos a cubierto, por medio de una ágil retirada, detrás del sólido -baluarte de los puños de Eyzaguirre, Pastor, Julio Landívar, Dudgeon, el -tranquilo Marcelo Paz que sólo levantaba el brazo cuando veía pegar a un -débil, etc. El pugilato comenzaba, guardándose estrictamente las reglas -de caballería; pero el asaltante, olvidado del noble ejercicio, no -llevaba la mejor parte.--Uno de ellos, un francés que tenía una -peluquería frente al Colegio y que nos profesaba suma antipatía por -nuestro escaso consumo de sus artículos, fué preparado por mí y -ribeteado por Eyzaguirre; justamente enfurecido, se precipitó a llevar -la queja al doctor Agüero. Un chico le previno y presentándose llorando -ante el anciano, le dijo que aquel hombre le había pegado y que -Eyzaguirre le había defendido. ¡Decir el furor del buen Rector! Quería -mandar preso al peluquero, que ante aquella amenaza quedó estupefacto; -pero la denuncia surtió su efecto, porque, para que no nos pegaran más -(y lo decía sinceramente) nos hizo abandonar el atrio. - - - - -VI - - -Había la vieja costumbre, desde que el doctor Agüero se puso achacoso, -de que un alumno le velara cada noche. No se acostaba; sobre un inmenso -sillón Voltaire (no sospechaba el anciano la denominación!) dormitaba -por momentos, bajo la fatiga. Teníamos que hacerle la lectura durante un -par de horas para que se adormeciera con la monotonía de la voz y tal -vez con el fastidio del asunto. ¡Cuán presente tengo aquel cuarto, -débilmente iluminado por una lámpara suavizada por una pantalla opaca, -aquel silencio sólo interrumpido por el canto del sereno y, al alba, por -el paso furtivo de algún fugitivo que volvía al redil! Leíamos siempre -la vida de un santo en un libro de tapas verdes, en cuya página ciento -uno había eternamente un billete de veinte pesos moneda corriente, que -todos los estudiantes del colegio sabíamos haber sido colocado allí -expresamente por el buen Rector, que cada mañana se aseguraba -ingenuamente de su presencia en la página indicada y quedaba encantado -de la moralidad de sus hijitos, como nos llamaba. - -Más de una noche me he recordado en el sofá al alcance de su mano, donde -me tendía vestido; me daba una palmadita en la cabeza y me decía con voz -impregnada de cariño: "duerme, niño, todavía no es hora". La hora eran -las cinco de la mañana, en que pasábamos a una pieza contigua, hacíamos -fuego en un brasero, siempre con leña de pino y le cebábamos mate hasta -las siete. Luego nos decía: "ve a tal armario, abre tal cajón y toma un -plato que hay allí. Es para tí". Era la recompensa, el premio de la -velada y lo sabíamos de memoria: un damasco y una galletita americana, -que nos hacía comer pausada y separadamente, el damasco el último. - -Jamás se nos pasó por la mente la idea de protestar contra aquella -servidumbre; tenía esa costumbre tal carácter afectuoso, patriarcal, que -la considerábamos como un deber de hijos para con el padre viejo y -enfermo.--Sólo uno que otro desaforado aprovechaba el sueño del anciano, -durante su velada de turno, ya para escaparse, ya para darse una -indigestión de uvas, trepado como un mono en las ricas parras del patio. - -El doctor Agüero fué un hombre de alma buena, pura y cariñosa; -sobrevivió muy pocos meses a su separación del Colegio y hoy reposa en -paz bajo las bóvedas de la Catedral de Buenos Aires. - - - - -VII - - -El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó -su dirección el hombre más sabio que hasta el día haya pisado tierra -argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografía de una -manera exacta, me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos, que -por otra parte, bastan a mi objeto. - -Amedée Jacques[5] pertenecía a la generación que al llegar a la -juventud, encontró a la Francia en plena reacción filosófica, científica -y literaria. - - [5] Nació en 1813, murió en 1865. - -La filosofía se había renovado bajo el espíritu liberal del siglo, que, -dando acogida imparcial a todos los sistemas, al lado del cartesianismo -estudiaba a Bacon, a Spinoza, a Hobbes, Gassendi y Condillac, como a -Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte, como a Reid y Dugald-Stewart.--De -ahí había nacido el eclecticismo ilustrado por Cousin, sistema cuya -vaguedad misma, cuya falta de doctrina fundamental, respondía -maravillosamente a las vacilaciones intelectuales de la época. Jouffroy -había abierto un surco profundo con sus estudios sobre el destino -humano, algunas de cuyas páginas están impregnadas de un sentimiento de -desesperanza, de una desolación más profunda, alta y sincera que las -paradojas de Schopenhauer o los sistemas fríamente construídos de -Hartmann. Maine de Biran dejaba aquellas observaciones sobre nuestra -naturaleza moral, que admirarán siempre como los grandes caracteres de -Shakespeare. Villemain hacía cuadros inimitables de estilo y erudición, -Guizot enseñaba la historia, que Thiers escribía, la pléyade hacía -versos, dramas y novelas, Delacroix, Scheffer y Jerôme, pintura; -Clésinger y Pradier, estatuaria; Lamartine, Berryer, Thiers, etcétera, -discursos; Rossini, Meyerbeer, Halèvy, música, y Arago, Ampère, -Gay-Lussac, C. Bernard, Chevreul, daban a la ciencia vida, movimiento y -alas. Amedée Jacques había crecido bajo esa atmósfera intelectual y la -curiosidad de su espíritu le llevaba al enciclopedismo. A los treinta y -cinco años era profesor de filosofía en la Escuela normal y había -escrito, bajo el molde ecléctico, la psicología más admirable que se -haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha -viva y elegante; el pensamiento sereno, la lógica inflexible y el método -perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los -estudiantes, páginas de una belleza literaria de primer orden, y aun -hoy, quince años después de haberlo leído, recuerdo con emoción los -capítulos sobre el método y la asociación de ideas.--Al mismo tiempo, el -joven profesor se ocupaba en las ediciones de las obras filosóficas de -Fénelon, Clarke, etc., únicas que hoy tienen curso en el mundo -científico. - -Pero Jacques no era uno de esos espíritus fríos, estériles para la -acción, que viven metidos en la especulación pura, sin prestar oído a -los ruidos del mundo y sin apartar su pensamiento del problema, como -Kant, en su cueva de Koenigsberg, levantando un momento la cabeza para -ver la caída de la Bastilla y volviéndola a hundir en la profundidad de -sus meditaciones, como el fakir hindú que, perdido en la contemplación -de Brahma y susurrando su eterno e inefable monosílabo, ignora si son -los Tártaros o los Mongoles, Tamerlán o Clive, los que pasan como un -huracán sobre las llanuras regadas por el río sagrado. Jacques era un -hombre y tenía una patria que amaba; quería que, como el espíritu -individual se emancipa por la ciencia y el estudio, el espíritu -colectivo de la Francia se emancipara por la libertad. Hasta el último -momento, al frente de su revista "La libertad de pensar", como al pie de -la última bandera que flamea en el combate, luchó con un coraje sin -igual. - -El 2 de Diciembre, como a Tocqueville, como a Quinet, como a Hugo, lo -arrojó al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte y con la -visión horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal. - - - - -VIII - - -Tomó el camino del destierro y llegó a Montevideo, desconocido y sin -ningún recurso mecánico de profesión; lo sabía todo, pero le faltaba un -diploma de abogado o de médico para poder subsistir.--Abrió una clase -libre de Física experimental, dándole el atractivo del fenómeno -producido en el acto; aquello llamó un momento la atención.--Pero se -necesitaba un gabinete de física completo y los instrumentos son -caros.--Jacques los reemplazaba con una exposición luminosa y por -trazados gráficos; fué inútil. La gente que allí iba quería ver la bala -caer al mismo tiempo que la pluma en el aparato de Hood, sentir en sus -manos la corriente de una pila, hacer sonar los instrumentos acústicos y -deleitarse en los cambiantes del espectro, sin importarle un ápice la -causa de los fenómenos. Dejaban la razón en casa y sólo llevaban ojos y -oídos a la conferencia. - -Un momento, Jacques fué retratista, uniéndose a Masoni, un pariente -político mío, de cuyos labios tengo estos detalles. Florecía entonces la -daguerreotipía, que, con razón, pasaba por una maravilla. Fué en esa -época que llegó, en un diario europeo, una noticia muy sucinta sobre la -fotografía, que Niepce acababa de inventar, siguiendo las indicaciones -de Talbot. Jacques se puso a la obra inmediatamente y al cabo de un mes -de tanteos, pruebas y ensayos, Masoni, que dirigía el aparato como más -práctico, lleno de júbilo mostró a Jacques, que servía de objetivo, sus -propios cuellos blancos, única imagen que la luz caprichosa había dejado -en el papel. Pero ni la fotografía, que más tarde perfeccionaron, ni la -daguerreotipía, que le cedía el paso, como el telégrafo de señales a la -electricidad, daban medios de vivir. - -Jacques se dirigió a la República Argentina, se hundió en el interior, -casóse en Santiago del Estero, emprendió veinte oficios diferentes, -llegando hasta fabricar pan, y por fin tuvo el Colegio Nacional de -Tucumán el honor de contarlo entre sus profesores. Fueron sus discípulos -los doctores Gallo, Uriburu, Nougués y tantos otros hombres distinguidos -hoy, que han conservado por él una veneración profunda, como todos los -que hemos gozado de la luz de su espíritu. - - - - -IX - - -Llamado a Buenos Aires por el Gobierno del General Mitre, tomó la -dirección de los estudios en el Colegio Nacional, al mismo tiempo que -dictaba una cátedra de física en la Universidad.--Su influencia se hizo -sentir inmediatamente entre nosotros. Formuló un programa completo de -bachillerato en ciencias y letras, defectuoso tal vez en un solo punto, -su demasiada extensión. Pero M. Jacques, habituado a los estudios -fuertes, sostenía que la inteligencia de los jóvenes argentinos es más -viva que entre los franceses de la misma edad y que por consiguiente -podíamos aprender con menor esfuerzo.--Era exigente, porque él mismo no -se economizaba; rara vez faltó a sus clases y muchas, como diré más -adelante, tomó sobre sus hombros robustos la tarea de los demás. - -Mis recuerdos vivos y claros en todo lo que al maestro querido se -refiere, me lo representan con su estatura elevada, su gran corpulencia, -su andar lento y un tanto descuidado, su eterno traje negro y aquellos -amplios y enormes cuellos abiertos, rodeando un vigoroso pescuezo de -gladiador.--La cabeza era soberbia; grande, blanca, luminosa, de rasgos -acentuados. La calvicie le tomaba casi todo el cráneo, que se unía, en -una curva severa y perfecta, con la frente ancha y espaciosa, surcada de -arrugas profundas y descansando, como sobre dos arcadas poderosas, en -las cejas tupidas que sombreaban los ojos hundidos y claros, de mirar -un tanto duro y de una intensidad insostenible; la nariz casi recta, -pero ligeramente abultada en la extremidad, era de aquel corte enérgico -que denota inconmovible fuerza de voluntad.--En la boca, de labios -correctos, había algo de sensualismo;--no usaba más que una ligera -patilla que se unía bajo la barba, acentuada y fuerte, como las que se -ven en algunas viejas medallas romanas. - -M. Jacques era áspero, duro de carácter, de una irascibilidad nerviosa, -que se traducía en acción con la rapidez del rayo, que no daba tiempo a -la razón para ejercer su influencia moderadora. "No puedo con mi -temperamento", decía él mismo, y más de una amargura de su vida provino -de sus arrebatos irreflexivos. No conseguía detener su mano y entre -todos los profesores fué el único al que admitíamos usara hacia nosotros -gestos demasiado expresivos. Un profesor se había permitido un día dar -un bofetón a uno de nosotros, a Julio Landívar, si mal no recuerdo, y -éste lo tendió a lo largo de un puñetazo de la familia de aquel con que -Maubreil obsequió a M. de Talleyrand; otra vez desmayamos de un -tinterazo en la frente a otro magister que creyó agradable aplicarnos el -antiguo precepto escolar; pero jamás nadie tuvo la idea sacrílega de -rebelarse contra Jacques. Bajo el golpe inmediato, solíamos protestar, -arriesgando algunas ideas sobre nuestro carácter de hombres libres, etc. -Pero una vez pasado el chubasco, nos decíamos unos a otros, los -maltratados, para levantarnos un poco el ánimo: "¡Si no fuera -Jacques!"... ¡Pero era Jacques! - - - - -X - - -Recuerdo una revolución que pretendimos hacer contra D. José M. Torres, -Vice-Rector entonces y de quien más adelante hablaré, porque le debo -mucho. La encabezábamos un joven Adolfo Calle, de Mendoza, y yo.--Al -salir de la mesa lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la -tiranía de Torres (las escapadas habían concluído!) y otros motivos de -queja análogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el -tribuno francés, a quien plagiaba inconscientemente, contesté que sólo -cedería a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos -de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con -pérdida, porque mis compañeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos, -haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de -trompadas. El celador que, como Jérges, había presenciado el combate de -lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando él a su vez -a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un -motín vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución. -El señor Torres, no por falta de energía por cierto, sino por espíritu -de jerarquía, fué inmediatamente a buscar a M. Jacques, Rector entonces -del Colegio y que vivía en una casa amarilla en la esquina de Venezuela -y Balcarce. Pero nosotros creíamos que había ido a traer la policía y -empezamos los preparativos de defensa.--Recuerdo haber pronunciado un -discurso sobre la ignominia de ser gobernados, nosotros republicanos, -por un español monárquico, con citas de la Independencia, San Martín, -Belgrano, y creo que hasta la invasión inglesa.--Otros oradores me -sucedieron en la tribuna, que era la plataforma de un trapecio, y la -resistencia se resolvió. En esto oímos una detonación en el claustro, -seguida de varias otras, matizadas de imprecaciones. Algunos conjurados -habían esparcido en los corredores esas pequeñas bombas Orsini que -estallan al ser pisadas. Era M. Jacques que entraba, irritado como -Neptuno contra las olas. Desgraciadamente, no creyó que convenía primero -calmar el mar, sino que puso el _quos ego_.... en acción. Al aparecer en -la puerta del gimnasio, un estremecimiento corrió en las filas de los -que acabábamos de jurar ser libres o morir.--No de otra manera dejaron -los persas penetrar el espanto en sus corazones, cuando vieron a Pallas -Athenea flotar sobre el ejército griego, armada de la espada dórica, en -el llano de Marathon.--Vino rápido hacia mí y....! Luego me tomó del -brazo y me condujo consigo. No intenté resistir y echando a mis -compañeros una mirada que significaba claramente: "¡Ya lo veis! ¡Los -dioses nos son contrarios!" seguí con la cabeza baja a mi vencedor. -Llegados a la sala del Vice-Rector, recibí nuevas pruebas de la pujanza -de su brazo y un cuarto de hora después me encontraba ignominiosamente -expulsado, con todos mis penates, es decir, con un pequeño baúl, del -lado exterior de la puerta del Colegio.--Eran las ocho y media de la -noche: medité. Mi familia y todos mis parientes en el campo, sin un peso -en el bolsillo,--¿qué hacer? Me parecía aquella una aventura enorme y -encontraba que David Copperfield era un pigmeo a mi lado; me creía -perdido para siempre en el concepto social. Vagué una hora, sin el -baúl, se entiende, que había dejado en depósito en la sacristía de San -Ignacio y por fin fuí a caer sobre un banco de la plaza Victoria. Un -hombre pasó, me conoció, me interrogó y tomándome cariñosamente de la -mano, me llevó a su casa, donde dormí en el cuarto de sus hijos, que -eran mis amigos.--Era D. Marcos Paz, Presidente entonces de la República -y uno de los hombres más puros y bondadosos que han nacido en suelo -argentino. - -Varios enemigos de Jacques quisieron explotar mi expulsión violenta y -vieron a mi madre para intentar una acción criminal contra él. Mi madre, -sin más objetivo que mi porvenir, resistió con energía, vió a Jacques, -que ya había devuelto desgarrada una solicitud del Colegio entero por -nuestra readmisión (Calle había seguido mi suerte) y después de muchas -instancias, consiguió la promesa de admitirme externo, si en mis -exámenes salía _regular_. La suerte y mi esfuerzo me favorecieron y -habiendo obtenido ese año, que era el primero, el premio de honor, volví -a ingresar en los claustros del internado. - - - - -XI - - -Nada mortificaba más a Jacques que ver un alumno dormido durante sus -explicaciones; el desdichado tenía siempre un despertar violento. Los -cuchicheos, la novela debajo del banco, leída a hurtadillas, le ponían -fuera de sí. Entraba en la clase con su paso reposado y durante media -hora, con un enorme pedazo de tiza en la mano, que solía limpiar -negligentemente en la solapa de la levita, explicaba la materia con su -voz grave y sonora. A medida que se animaba, sacaba un cigarrillo de -papel, lo armaba y lo colocaba sobre la mesa. Pero mientras buscaba -fósforos se olvidaba del cigarro, sacaba otro y así sucesivamente, hasta -que, agotada su provisión, se dirigía a uno de nosotros y nos pedía uno, -que nos apresurábamos a darle, encendido el rostro, pero sin hacerle la -menor indicación hacia los que estaban enfilados sobre la mesa. - -Luego nos dictaba nuestros cuadernos, pero con una rapidez tal de -palabra, que, siendo casi imposible seguirle, habíamos adoptado con mi -vecino del primer banco y amigo, Julián Aguirre, hijo de Jujuy y -actualmente magistrado distinguido, un sistema de signos abreviativos. -Así las voces largas, como _circunferencia_, _perpendicular_, etc., eran -reemplazadas por el signo del infinito, [símbolo de infinito], las -letras griegas alpha, pi, etc.--Un día, habiéndose interrumpido para -reñir a alguno, me tocó la mala suerte de que eligiera mi cuaderno para -reanudar el hilo de la exposición.--Aquel galimatías de signos le puso -furioso y me tiró con mi propio manuscrito. - - - - -XII - - -Otra vez, Corrales... No puedo resistir al deseo de presentar a mi -condiscípulo Corrales. Es uno de esos tipos eternos del internado que -todo aquel que haya pasado algunos años dentro de los muros de un -colegio, reconocerá a primera vista.--Es el cabrión, el travieso, el mal -estudiante, el reo presunto de todas las contravenciones, faltas y -delitos.--De un espíritu lleno de iniciativa, inventando a cada instante -una treta nueva para burlarse del maestro o procurarse alguna -satisfacción, gritando como veinte en el recreo, dejando grabado su -nombre en todas las mesas, gracioso, chispeante en la conversación, -llena de la sal gruesa de colegio, es al mismo tiempo incapaz de -aprender, de asimilarse una noción científica cualquiera.--Corrales -inventaba trampas, aparatos para robar uvas, lazos corredizos admirables -para tomar delicadamente del cuello, desde una altura de diez metros, -las botellas simétricamente colocadas sobre una mesa en el patio del -cura de San Ignacio, sobre el que daban las ventanas de algunos -dormitorios, botellas que su dueño destinaba a festejar la fiesta del -patrono;--Corrales sabía abrirse la puerta del encierro sin fractura -visible, pero Corrales jamás pudo comprender ni creer que el valor de -los ángulos se midiera por el espacio comprendido entre los lados y no -por la longitud de éstos. - -Las matemáticas, como toda noción racional por lo demás, eran para él -abismos sin fondo en los que su cráneo de chorlo se mareaba. Era -feísimo, picado de viruelas, con un pelo lacio, duro y abundante, -obedeciendo sin trabas el impulso de veinte remolinos. Sus libros, jamás -abiertos, eran los más sucios y deshechos del colegio. Algunas veces, -cuando la cosa apuraba, venía a que le explicáramos un teorema, con -claridad, sin prisa y dándole el derecho de preguntar, sin límites. Era -inútil; no tenía la noción del ángulo recto.--En clase pasaba el tiempo -en tallar su banco, que se iba convirtiendo en un escaño digno del -Berruguete,--en fumar a escondidas, a favor de su facultad envidiada de -retener el humo en el pecho durante cinco minutos, en hacer flechas, -cuerdas de goma de botín que, fijadas en el índice y el pulgar, lanzaban -al techo una bola de papel mascado que se adhería a él, sosteniendo por -un hilo un retrato de perfil del profesor; en fabricar gallos perfectos, -navíos primitivos y en mil otros pasatiempos igualmente conexos con el -curso.--No había casi día, en la clase de Jacques, que Corrales escapara -a las vigorosas arremetidas del sabio.--Pero Corrales, familiarizado ya -con ese procedimiento, había resuelto emplear en su defensa una de sus -artes más estudiadas: Corrales _canchaba_ maravillosamente. Un pie -adelante, con el cuerpo encorvado, durante los recreos, ni los _grandes_ -conseguían tocarle el rostro; tenía la agilidad, la vista del compadrito -y sus mismos dichos especiales.--Así, cierto día que Jacques nos -explicaba que los tres ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos, -Corrales, oyendo como el ruido del viento la explicación, desde los -últimos bancos de la clase, estaba profundamente preocupado en -construir, en unión con su vecino el cojo Videla, que le ayudaba -eficazmente, un garfio para robar uvas de noche. De pronto Jacques se -detiene y con voz tonante exclama: "Corrales, tú eres un imbécil y tu -compadre Videla otro: ¿cuánto valen los dos juntos?"--"¡Dos -rectos!"--contestó Corrales, que tenía en el oído esas dos palabras tan -repetidas durante la explicación y sin darse cuenta, en su sorpresa, de -la pregunta de Jacques. Este se le fué encima y nos fué dado presenciar -uno de los combates más reñidos del año. - -Corrales se echó para atrás, enroscó el cuerpo, hundió la cabeza entre -los hombros y mirando a su adversario con sus ojos chiquitos, llenos de -malicia, esperó el ataque con las manos en postura.--Jacques _debutó_ -por un revés, que fué hábilmente parado; una finta en tercia, seguida de -un amago al pelo, no obtuvo mayor éxito. Entonces Jacques, despreciando -los golpes artísticos, comenzó lisa y llanamente a hacer llover sobre -Corrales una granizada de trompadas, bifes, reveses, de filo, de plano, -de punta, todo en confuso e inexplicable torbellino. El calor de la -lucha enardeció a Corrales; se multiplicaba, se retorcía y cada buena -parada decía con acento jadeante: "¡Diande!"--"¡Cuándo, mi vida!" y -otros gritos de guerra análogos. Jacques, más irritado aún, hizo avanzar -la artillería y una nube de puntapiés cayó sobre las extremidades del -intrépido agredido.--Corrales, que no sabía canchar con las piernas, se -puso de rodillas sobre el banco; esta simple evolución hizo efímeros los -estragos del cañón y el combate al arma blanca continuó.--Pero Corrales -era un simple montonero, un Paez, un Güemes, un Artigas; no había leído -a César, ni al gran Federico, ni las memorias de Vauban, ni los apuntes -de Napoleón, ni los libros de Jomini.--Su arte era instintivo y Jacques -tenía la ciencia y el genio de la estrategia. - -De idéntica manera los persas valerosos no supieron defender sus -empalizadas contra los atenienses de Platea.--El banco de la batalla -había sido abandonado por los vecinos de Corrales; Jacques vió la -ventaja de una mirada y amagando una carga violenta, mientras Corrales -en el movimiento defensivo perdía un tanto el equilibrio, su adversario, -de un golpe enérgico, dió en tierra con el banco y con Corrales.--Antes -de que éste pudiera levantarse, Jacques le asió del cuello de la camisa, -no saltando el botón correspondiente por la costumbre inveterada en -Corrales de no usarlo nunca.--No brilló en manos del vencedor la daga de -misericordia, pero sí sonó, uno solo, soberbio bofetón. - -Así concluyó aquel memorable combate, que habíamos presenciado -silenciosos y absortos, a la manera de los indios de Manco Capac las -batallas de Almagro y de Pizarro, como luchas de seres superiores al -hombre!... - - - - -XIII - - -Jacques llegaba indefectiblemente al Colegio a las nueve de la mañana; -averiguaba si había faltado algún profesor y en caso afirmativo, iba a -la clase, preguntaba en qué punto del programa nos encontrábamos, pasaba -la mano por su vasta frente como para refrescar la memoria y en seguida, -sin vacilación, con un método admirable, nos daba una explicación de -química, de física, de matemáticas en todas sus divisiones, aritmética, -álgebra, geometría descriptiva o analítica, retórica, historia, -literatura, hasta latín! El único curso, de todo aquel extenso programa, -que no le he visto dictar por accidente, era el de inglés, dado por mi -buen amigo David Lewis, que nos hacía leer a Milton y a Pope, a Addison -y a todos los buenos prosistas del "Spectator". - -Debe estar fija en la memoria de mis compañeros aquella admirable -conferencia de M. Jacques sobre la composición del aire -atmosférico.--Hablaba hacía una hora, y ¡fenómeno inaudito en los fastos -del Colegio! al sonar la campana de salida, uno de los alumnos se -dirigió, arrastrándose hasta la puerta, la cerró para que no entrara el -sonido y por medio de esta estratagema, ayudada por la preocupación de -Jacques, tuvimos media hora más de clase. Había venido de buen humor ese -día y su palabra salía fácil, elegante y luminosa.--En ciertos momentos -se olvidaba y nos hablaba en francés, que todos entendíamos entonces. -¡Qué pintura inimitable de ese maravilloso fenómeno de la vegetación, de -aquellas plantas con corazón de madre, absorbiendo el leal carbono de la -atmósfera y esparciendo a raudales el oxígeno, la esencia de la vida! -¡Cómo nos hablaba de la bajeza miserable del hombre que pisotea una -planta o abate un árbol para coger un fruto! Aún suena en mis oídos su -palabra, y al recordarla, aún se apodera de mi alma aquella emoción -nueva e inexplicable entonces para mí! - -Cuando empezó a dictar el curso de filosofía, que debía concluir tan -brillantemente Pedro Goyena, dió como texto el manual en colaboración -con Simon y Saisset. En la primera conferencia dijo bien claro que -aquélla era la filosofía eléctica; más tarde añadió a algunos -compañeros: "el día que yo escriba mi filosofía, comenzaré por quemar -ese manual". - -No ha dejado nada al respecto; pero si es posible rehacer sus ideas -personales con el estudio de su naturaleza intelectual y sus opiniones -científicas, no es arriesgado afirmar que, discípulo directo de Bacon, -pertenecía a la escuela positivista, que hasta entonces no había tenido -divulgadores como Littré, pero que, antes de haberla formulado Augusto -Comte, ha sido la filosofía de los hombres de ciencia, realmente -superiores, en todos los tiempos. - -Adorábamos a Jacques a pesar de su carácter, jamás faltamos a sus -clases, y nuestro orgullo mayor, que ha persistido hasta hoy, es -llamarnos sus discípulos. A más, su historia, conocida por todos -nosotros y pintorescamente exagerada, nos hacía ver en él, no sólo un -mártir de la libertad, como lo fué en efecto, sino un hombre que había -luchado cuerpo a cuerpo con Napoleón, nombre simbólico de la tiranía. - - - - -XIV - - -Una mañana vagábamos en el claustro, asombrados que hubiese pasado un -cuarto de hora del momento infalible en que M. Jacques se presentaba. De -pronto un grito penetrante hirió nuestros oídos; conocí la voz de -Eduardo Fidanza, uno de los discípulos, más distinguidos del Colegio. -Corrí a la portería y encontré a Fidanza pálido, desencajado, repitiendo -como en un sueño: "¡M. Jacques ha muerto!" La impresión fué -indescriptible; se nos hizo un nudo en la garganta y nos miramos unos a -otros con los rostros blancos, lívidos, como en el momento de una -desventura terrible. - -El portero había recibido orden de no dejarnos salir; le echamos -violentamente a un lado y muchos, sin sombrero, desolados, corrimos a -casa de M. Jacques. - -Estaba tendido sobre su cama, rígido y con la soberbia cabeza impregnada -de una majestad indecible.--La muerte le había sorprendido al llegar a -su casa después de una noche agitada. El rayo de la apoplejía le derribó -vestido, sin darle tiempo para pedir ayuda.--Pendía su mano derecha -fuera de la cama; uno por uno, por un movimiento espontáneo, nos fuimos -arrodillando y posando en ella los labios, como un adiós supremo a aquel -a quien nunca debíamos olvidar. Su espíritu liberal, abierto a todas las -verdades de la ciencia, libre de preocupaciones raquíticas, ha ejercido -su influencia poderosa sobre el de todos sus discípulos. - -Le llevamos a pulso hasta su tumba y levantamos en ella un modesto -monumento con nuestros pobres recursos de estudiantes. Duerme el sueño -eterno al abrigo de los árboles sombríos, no lejos del sitio donde -reposan mis muertos queridos. Jamás voy a la tumba de los míos sin pasar -por el sepulcro del maestro y saludarle con el respeto profundo de los -grandes cariños. - - - - -XV - - -El retiro del doctor Agüero no mejoró la disciplina interna del -Colegio.--Estaba reservada esa difícil tarea a D. José M. Torres, que, -con mano de hierro y cargando con la más franca y abierta odiosidad que -es posible dedicar a un hombre, nos metió en vereda, nos domó a fuerza -de castigos, transformando el encierro en la morada habitual de algunos -de nosotros, privándonos de salida, levantando en alto, en fin, el -principio de autoridad. De un carácter desgraciado, pues a la primera -contradicción se ponía fuera de sí, dudo que haya tenido apetito un solo -día durante su permanencia en el Colegio; oíamos a cada instante su voz -de trueno rebotar en el eco de los claustros, vibrante e inflamada. En -cuanto a mí, creo haber contribuído no poco a hacerle la vida amarga y -le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no -habría concluído mis estudios, y sabe Dios si el sér inútil que bajo mi -nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor. - -Pero antes de su ingreso, el Colegio fué regido algún tiempo por un -sacerdote de quien tengo forzosamente que hablar tan mal, que me limito -a designarle sólo por iniciales. D. F. M. era extranjero e ignoro por -qué circunstancia un hombre como él, sin moralidad, sin inteligencia y -desprovisto de ilustración, había conseguido hacerse nombrar Vicerrector -del Colegio Nacional. - -Antes de su entrada las pasiones políticas que habían agitado la -República desde 1852 se reflejaban en las divisiones y odios entre los -estudiantes. Provincianos y porteños formaban dos bandos, cuyas -diferencias se zanjaban a menudo en duelos parciales. - -Los provincianos eran dos terceras partes de la totalidad en el -internado, y nosotros, los porteños, ocupábamos modestamente el último -tercio; eran más fuertes, pero nos vengábamos ridiculizándoles y -remedándoles a cada instante.--Habíamos pillado un trozo de diálogo -entre dos de ellos, uno que decía, con una palangana en la mano: "¡Agora -no más la vo a derramar!" y el otro que contestaba en voz de tiple: "¡No -la derramís!"--Lo convertimos en un estribillo que les ponía fuera de -sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don -Quijote. - -Eran mucho más graves, serios y estudiosos que nosotros.--Con igualdad -de inteligencia y con menor esfuerzo por nuestra parte obteníamos -mejores clasificaciones en los exámenes. El fenómeno consistía -simplemente en nuestra mayor viveza de imaginación, desparpajo natural y -facilidad de elocución.--Recuerdo que Pedro Goyena, hablando de un joven -correntino, Carlos Harvey, dotado de una inteligencia sólida y profunda, -de una laboriosidad incomparable, repetía las palabras de Sainte-Beuve, -aplicándoselas: "le falta la arenilla dorada". Esa arenilla dorada -constituía nuestra superioridad.--Dábamos una conferencia de historia, -filosofía o retórica con sin igual botaratería, mientras ellos, en -general, poseyendo la materia tal vez mejor que nosotros, se limitaban -a una exposición sucinta, pálida y difícil. Había, por ejemplo, otro -bohemio en el Colegio, enorme, pesado, indolente, pero de una -inteligencia clara y meditativa. Era un joven Aberastain, de San Juan, -hijo del mártir del Pocito; yo me había ligado a él porque nuestros -padres fueron amigos y le había aplicado el mismo apodo de "buey" que el -suyo había recibido en la Universidad. Goyena, que era nuestro profesor -de filosofía, se había empeñado en hacerle hablar, porque en dos o tres -contestaciones en clase le llamó la atención la claridad con que -comprendía ciertos puntos obscuros. Al fin hubo de renunciar, vencido -por la apatía invariable de aquel carácter. El pobre Aberastain fué una -de las primeras víctimas del cólera de 1867. - -He nombrado a uno; nombraré otro, el primero de todos, Patricio Sorondo, -arrebatado por la fiebre amarilla, cuando era ya conocido por su -inteligencia extraordinaria, unida, lo que no es común, a una -laboriosidad perseverante y tenaz. Era el primer discípulo de su clase; -hablaba con maravillosa facilidad, era espiritual, chispeante, y como -estudiaba enormemente, sus exámenes fueron siempre aclamados.--Jacques -le tenía gran cariño, sentimiento que habíamos descubierto, no por -manifestaciones externas, sino por un fenómeno negativo: jamás le -reprendió.--Patricio se entretenía en decir negligentemente, delante de -mi amigo Valentín Balbín, hoy ingeniero distinguido, que la noche -anterior había estudiado hasta tal punto--y le señalaba medio tomo de un -enorme tratado de física o matemáticas.--Valentín, animado de una -emulación digna y de un gran orgullo, volvía al día siguiente pálido y -con los ojos marchitos, habiendo estudiado hasta el punto indicado, -tragándose un centenar de páginas que Patricio no había ni aun -recorrido. - -La muerte de Sorondo fué una pérdida real para el país; habríamos tenido -en él un hombre de estado, liberal, lleno de ilustración y con un -carácter firme y recto. - - - - -XVI - - -Estudiábamos seriamente en el Colegio, sobre todo los tres meses que -precedían los exámenes, en los que el gimnasio y los claustros perdían -su aspecto bullicioso, para no dejar ver sino pálidas caras hundidas en -el libro, pizarras llenas de fórmulas algebraicas, y en los rincones -pequeños Sócrates ocupados en discutir con los ateos venidos, no ya de -la Jonia, sino de los Andes o del Aconquija. Los exámenes eran duros y -sabíamos que serían tomados por profesores de la Universidad. - -Ahora bien; entre el Colegio y la Universidad existía el mismo -antagonismo, la misma lucha que entre los discípulos de Guillermo de -Champeaux y los de Abelardo, la misma emulación que entre Oxford y -Cambridge. Despreciábamos esos petimetres que iban paquetes al aula una -vez por mes, a hacer barullo en las clases de Larsen o Gigena y que no -leían sino el Balmes o el Gérusez, mientras nosotros nos alimentábamos -de la médula de león del electicismo (!)--A más, ¿por dónde la -Universidad era capaz de presentar un cuadro de aventuras, de diabluras, -como las que ilustraban los anales del Colegio?--De tiempo en tiempo nos -llegaba la noticia de un aparato que, regido por un hilo, ponía de punta -una aguja en las sillas de Larsen, Gigena o Ramsay, en el momento de -sentarse,--la transformación de una galera profesional en acordeón -silencioso, etc. Pero acogíamos esa materia parva con la benévola -sonrisa de los magos de Faraón ante los primeros milagros de -Moisés.--Una cosa nos disgustaba: que Jacques no nos perteneciera de una -manera completa y exclusiva. Habríamos dado algo por verle renunciar su -cátedra de física en la Universidad. - -En los primeros tiempos quise reaccionar un tanto contra ese espíritu, -y recordando que antes de entrar en el Colegio había pasado un año -en la Universidad, intenté iniciar, sin éxito, la política de -conciliación. Y, sin embargo, no eran de los más gratos mis -recuerdos universitarios. Para ingresar a la clase de primer año -de latín, debí rendir un impalpable examen de gramática castellana, -en el que fuí ignominiosamente reprobado por la mesa compuesta de -Minos, Eaco y Radamanto, bajo la forma de Larsen, Gigena y el doctor -Tobal. Me dieron un trozo de la "Eneida", traducción Larsen, para -analizar gramaticalmente; era una invocación que empezaba por: -"¡Diosa!"--"Pronombre posesivo!" dije, y bastó; porque con voz de -trueno, Larsen me gritó: "¡Retírate, animal!" - -Esto era en Diciembre; en Marzo arremetí de nuevo, pasé regular, con -recomendación de mayor estudio para el año venidero e ingresé en la -famosa clase de latín donde Pirovano hacía sus raras y memorables -apariciones. Nada más soberbio que los diálogos que se entablaban entre -él y Larsen. - -Era en vano que Larsen interrogara a Pirovano sobre el I, II, IV o VI -libro de la "Eneida", sobre el "De Viris" o el "Epitome"; Pirovano sabía -un solo verso de memoria, ordenado y traducido, que amaba con pasión y -que lanzaba con una voz eufónica cada vez que Larsen pulsaba su -erudición: _Amor insano Pasiphae!_ - -De ahí no salía, sino a la calle.--Es al doctor Larsen a quien el pueblo -de Buenos Aires debe el tener ese médico que le honra. Harto de Pirovano -y para verse libre de él, le hizo pasar contra viento y marea en el -examen de primer año, en el que hubiera quedado eternamente; tal era su -afición al Nebrija. - - - - -XVII - - -Conocíamos también en el Colegio la existencia de un café clandestino, -donde se reunían a jugar al billar Pellegrini, Juan Carlos Lagos, -Lastra, Quirno y Terry, a quien Pellegrini corría todas las noches hasta -su casa, sin faltar una sola a esta higiénica costumbre.--Los combates -homéricos del mercado no nos eran desconocidos, ni las pindáricas -escenas de la clase de griego, de Larsen, donde éste y su único -discípulo, el pobre correntino Fernández, muerto en plena juventud, se -disputaban la palma de los juegos Pythios, recitando con sin igual -entusiasmo los versos de la "Ilíada".--En la Universidad se sostenía -calumniosamente que el sueldo de la clase de griego se dividía entre -Larsen y Fernández, pero el hecho curioso es que Fernández, solo en -clase, conseguía armar unos barullos colosales, respondiendo -imperturbablemente a las imprecaciones de Larsen: "¡No soy -yo!"--Recuerdo que más tarde, cuando fuimos estudiantes de derecho, -Patricio Sorondo nos invitaba a entrar en masa en la clase de griego, -como oyentes. Cuando Larsen leía algún verso, Patricio sonreía con -lástima. Interpelado, aseguraba al buen profesor que su pronunciación -helénica era deplorable; que, a lo sumo, sólo podía compararse al -dialecto de los porteros de Atenas en tiempo de Pericles.--Fernández se -indignaba y encarándose con Patricio, le dirigía una alocución en griego -que ni él mismo, ni Larsen, ni nadie entendía.--La escena concluía -siempre poniéndonos Larsen a todos en la puerta y encerrándose de nuevo -con Fernández, que a todo trance quería saber el griego... - - - - -XVIII - - -La pluma ha corrido inconscientemente; quería hablar del antagonismo -entre porteños y provincianos, y heme aquí bien lejos de mi objeto! - -El hecho es que el nuevo Vicerrector, por una u otra razón, decidió -gobernar con un partido, sistema como cualquier otro, aunque para él -tuvo consecuencias deplorables. - -Creíamos entonces, exageradamente, que todos los castigos nos estaban -reservados, mientras los provincianos (nosotros éramos del _Estado_ de -Buenos Aires!) tenían asegurada la impunidad absoluta. Las -conspiraciones empezaron, los duelos parciales entre los dos bandos se -sucedían sin interrupción, hasta que la conducta misma de Don F. M. -justificó la explosión de la cólera porteña. Don F. M. nos organizaba -bailes en el dormitorio antiguamente destinado a capilla, en el que aun -existía el altar y en el que, en otro tiempo, bajo el doctor Agüero, se -hacían lecturas morales una vez por semana.--No fué por cierto el -sentimiento religioso el que nos sublevó ante aquella profanación; pero -como en esos bailes había cena y se bebía no poco vino seco, que por su -color reemplazaba el Jerez a la mirada, sucedía que muchos chicos se -embriagaban, lo que era no solamente un espectáculo repugnante, sino que -autorizaba ciertos rumores infames contra la conducta de Don F. M., que -hoy quiero creer calumniosos, pero sobre cuya exactitud no teníamos -entonces la menor duda. El simple hecho del baile revelaba, por otra -parte, en aquel hombre, una condescendencia criminal, tratándose de un -Colegio de jóvenes internos, régimen abominable por sí mismo y que sólo -puede persistir a favor de una vigilancia de todos los momentos y de una -disciplina militar. - -A la conspiración vaga sucedió una organización de carbonarios. Yo no -tuve el honor de ser iniciado; era muy chico aún y pertenecía a los -_abajeños_; es decir, a los que vivíamos en el piso bajo del colegio, -mientras el alto era ocupado por los mayores, los _arribeños_.--Nuestros -prohombres lo habían organizado todo, sin dar cuenta a la gente menuda. -Pero yo tenía un buen amigo en Eyzaguirre, que tuvo la bondad de -ilustrarme ligeramente. - -Mis relaciones con Eyzaguirre eran de una naturaleza especial; le -incomodaba a cada instante, le remedaba, le llamaba _Del País_, que era -su aborrecido apodo, zumbaba a su alrededor como un mosquito, le -desafiaba, le echaba pelo de cepillo entre las sábanas, le mortificaba, -en fin, de cuantas maneras me sugería mi imaginación, tendida a ese solo -objeto. Eyzaguirre era un hombre robusto, fuerte y bravo; más de una vez -levantó el brazo sobre mí, pero vencía su generosidad ingénita y -comprendiendo que de un golpe me habría suprimido, lo dejaba caer -ahogando un rugido, como Jean Taureau delante de Fifine. Sólo en una -ocasión la cólera le cegó; me dió a mano abierta un cogotazo que me -tendió a lo largo y antes que hubiere iniciado a patadas desde el suelo -un estéril sistema defensivo, ya Eyzaguirre me había levantado en sus -robustos brazos y llevado junto a la fuente para ponerme agua en la -cabeza, preguntándome, con la voz trémula por la emoción, si me había -hecho daño. - -Tanta generosidad me venció, y sea por ese motivo o porque el primer -cogotazo había roto el cómodo prisma de la impunidad, el hecho es que -nos hicimos amigos para siempre. Aun hoy es uno de los hombres cuya mano -estrecho con mayor placer. - - - - -XIX - - -Eyzaguirre me había dicho que si sentía algún gran ruido de noche, en -los claustros de arriba, acometiera valerosamente al provinciano que -tuviera más próximo de mi cama y que lo pusiera fuera de combate. Que -éramos pocos y sólo podría salvarnos el valor y la rapidez en la acción. -En fin, después de algunos días de expectativa, una noche, de una a dos -de la mañana, saltamos todos sobre el lecho, al sacudimiento espantoso -de una detonación que conmovió las paredes del Colegio. - -Arremetí ciego a mi vecino, que no puedo recordar bien si era un joven -llamado Granillo, de la Rioja, o Cossio, de Corrientes, dí y recibí -algunos moquetes; pero la curiosidad pudo más, y todos corrimos, casi -desnudos, a los claustros superiores.--Aun había mucho humo; las puertas -del cuarto del Vicerrector habían sido sacadas de quicio por la -explosión de dos bombas Orsini, sin proyectiles, se entiende, pues el -objeto no fué otro que dar un susto de dos yemas a Don F. M.--Este había -hecho una barricada en la puerta. - -En medio del claustro y solo, frente a su cuarto, ví a Eyzaguirre en -soberbia apostura de combate, con un viejo sable en la mano izquierda y -una bola de plomo, unida a una cuerda, en la derecha. - -De todos los dormitorios afluían estudiantes, muchos de ellos armados. -Aquél iba a ser un campo de Agramante; el Vicerrector, viéndose rodeado -de sus fieles, salvó la barricada y comenzó a vociferar, abriendo sus -vestidos, mostrando el pecho desnudo, desafiando a la muerte, etc. Los -conocedores sostuvieron siempre que esa manifestación de valor había -sido un poco tardía. - -Así como los franceses de Sicilia, repuestos de su sorpresa, arremetían -enfurecidos a sus adversarios, los provincianos se preparaban a caer -sobre nuestra vanguardia, formada por Eyzaguirre y dos o tres -compañeros, cuando vimos aparecer al venerable Dr. Santillán, cura -párroco de San Ignacio; sus cabellos blancos, su palabra mansa y -persuasiva, desarmaron los ánimos.--Cada uno se retiró a su cuarto y él -llevó consigo a Don F. M., que jamás volvió a pisar el suelo del -Colegio. - -El sumario al día siguiente fué terrible; M. Jacques, pálido de cólera, -tomaba las declaraciones principales. El punto capital era éste: ¿quién -había prendido fuego a las bombas?--La respuesta fué unánime y sincera: -"no lo sé". Y era la verdad; por largos años ha permanecido oculto el -nombre del nuevo Guy Fawkes, del atrevido estudiante que, con más éxito -que aquél, llevó a cabo ese rasgo de audacia. Más tarde, cuando hacía ya -mucho tiempo que había salido del Colegio, uno de los _grandes_ de -entonces me hizo la confidencia, murmurando a mi oído un nombre que -callo hoy, no porque a mi juicio pueda menoscabar en lo mínimo la -relación de esta aventura al que la dió acabado fin, sino por un -curiosísimo resto de aquel culto del estudiante de honor por la -discreción y el secreto. Es pueril, pero lo siento así. - - - - -XX - - -Dos o tres expulsados, tres meses sin salida los domingos a casi todos e -interminables horas de encierro a muchos de nosotros volvieron a poner -las cosas en su estado normal, afirmándose definitivamente la disciplina -con el ingreso de Don José M. Torres. - -El encierro es un recuerdo punzante que no me abandona; eterno candidato -para ocuparlo, su huésped frecuente, conocía una por una sus -condiciones, sus escasos recursos, sus numerosas inscripciones y aquel -olor húmedo, acre, que se me incrustaba en la nariz y me acompañaba una -semana entera. La puerta daba a un descanso de la escalera que se abría -frente al gimnasio.--Era una pieza baja, de bóveda: cuatro metros -cuadrados. Tenía un escaño de cal y canto, demasiado estrecho para -acostarse y que daba calambres en la espalda a la hora de estar sentado -en él. Una luz insignificante entraba por una claraboya lateral y muy -alta, por donde los compañeros solían tirar con maestría algunos -comestibles con que combatir el clásico régimen de pan y agua. - -¡Oh! las horas mortales pasadas allí dentro, tendido en el suelo, llena -de tierra la cabeza, el cuerpo dolorido, los oídos tapados para no oir -el ruido embriagador de la partida de rescate, en la que yo era famoso -por mi ligereza, la vela de sebo, mortecina y nauseabunda, pegada a la -pared, debajo de una caricatura de Paunero con tricornio y con una -cinta saliendo de su boca, a manera de las ingenuas leyendas brotando de -labios de vírgenes y santos, en el arte cristiano primitivo, pero -cargada aquí con un dístico cojo y expresivo; la enorme hoja de la -puerta, tallada, quemada de arriba abajo, horadada y recompuesta, como -un pantalón de marinero; la cerradura claveteada y cosida, fiel e -incorruptible, virgen de todo atentado, desde la solemne declaración de -Corrales sobre la ineficacia de nuevas tentativas al respecto; el hambre -frecuente, los proyectos de venganza negra y sombría, lentamente -madurados en la obscuridad, pero disipados tan pronto como el aire de la -libertad entraba en los pulmones!... - -He conservado toda mi vida un terror instintivo a la prisión; jamás he -visitado una penitenciaría sin un secreto deseo de encontrarme en la -calle. Aun hoy las evasiones célebres me llenan de encanto y tengo una -simpatía profunda por Latude, el barón de Trenck y Jacques Casanova. No -he podido comprender nunca el libro de Silvio Pellico, ni creo que el -sentimiento de conformidad religiosa, unido a un imperio absoluto de la -razón, basten para determinar esa placidez celeste, si no se tiene una -sangre tranquila y fría, un espíritu contemplativo y una atrofia -completa del sistema nervioso. - - - - -XXI - - -Las autoridades del Colegio habían comenzado a preocuparse seriamente en -dar mayor ensanche a los dormitorios destinados a enfermería, en vista -del número de estudiantes, siempre en aumento, que era necesario alojar -en ella. Una epidemia vaga, indefinida, había hecho su aparición en los -claustros. Los síntomas eran siempre un fuerte dolor de cabeza, -acompañado de terribles dolores de estómago. _¡Vas-y-voir!_ - -El hecho es que la enfermería era una morada deliciosa; se charlaba de -cama a cama; el caldo, sin elevarse a las alturas del _consommé_, tenía -un cierto gustito a carne, absolutamente ausente del líquido homónimo -que se nos servía en el refectorio; pescábamos de tiempo en tiempo un -ala de gallina, y sobre todo... no íbamos a clase! - -La enfermería era, como es natural, económicamente regida por el -enfermero. Acabo de dejar la pluma para meditar y traer su nombre a la -memoria sin conseguirlo; pero tengo presente su aspecto, su modo, su -fisonomía, como si hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Había sido primero -sirviente de la despensa, luego segundo portero, y, en fin, por una de -esas aberraciones que jamás alcanzaré a explicarme, enfermero. "Para esa -plaza se necesitaba un calculador, dice Beaumarchais: la obtuvo un -bailarín". - -Era italiano y su aspecto hacía imposible un cálculo aproximativo de su -edad. Podía tener treinta años, pero nada impedía elevar la cifra a -veinte unidades más. Fué siempre para nosotros una grave cuestión decir -si era gordo o flaco. - -Hay hombres que presentan ese fenómeno; recuerdo que en Arica, durante -el bloqueo, pasamos con Roque Sáenz Peña largas horas reuniendo -elementos, para basar una opinión racional al respecto, con motivo de la -configuración física del general Buendía.--Sáenz Peña se inclinaba a -creer que era muy gordo y yo hubiera sostenido sobre la hoguera que -aquel hombre era flaco, extremadamente flaco.--Le veíamos todos los -días, le analizábamos sin ganar terreno. Yo ardía por conocer su opinión -propia; pero el viejo guerrero, lleno de vanidad, decía hoy, a propósito -de una marcha forzada que venía a su memoria, que había sufrido mucho a -causa de su corpulencia.--Sáenz Peña me miraba triunfante!--Pero al día -siguiente, con motivo de una carga famosa, que el general se atribuía, -hacía presente que su caballo, con tan _poco peso_ encima, le había -permitido preceder las primeras filas.--A mi vez, miraba a Sáenz Peña -como invitándole a que sostuviera su opinión ante aquel argumento -contundente. No sabíamos a quién acudir, ni qué procedimiento emplear. -¿Pesar a Buendía? ¿Medirle? No lo hubiera consentido. ¿Consultar a su -sastre? No le tenía en Arica.--Aquello se convertía en una pesadilla -constante; ambos veíamos en sueños al general.--Roque, que era -sonámbulo, se levantaba a veces pidiendo un hacha para ensanchar una -puerta por la que no podía penetrar Buendía.--Yo veía floretes pasearse -por el cuarto, en las horas calladas de la noche y observaba que sus -empuñaduras tenían la cara de Buendía.--No encontrábamos compromiso -plausible, ni _modus vivendi_ aceptable. Reconocer que aquel hombre era -_regular_, habría sido una cobardía moral, una débil manera de -cohonestar con las opiniones recíprocas. En cuanto a mí, la humillación -de mis pretensiones de hombre observador me hacía sufrir en -extremo.--¿Cómo podría escudriñar moralmente un individuo, si no era -capaz de clasificarle como volumen positivo?--Al fin, un rayo de luz -hirió mis ojos o la reminiscencia inconsciente del enfermero del Colegio -vino a golpear en mi memoria. Vi marchar de perfil a Buendía y, ahogando -un grito, me despedí de prisa y corrí en busca de Sáenz Peña, a quien -encontré tendido en una cama, silencioso y meditando, sin duda ninguna, -en el insoluble problema.--Medio sofocado, grité desde la puerta: -"¡Roque!... ¡Encontré!--¿Qué?--Buendía...--¡Acaba!--¡Es flaco y -barrigón!" - -No añadiré una palabra más; si alguno de los que estas líneas lean ha -observado un hombre de esas condiciones, habrá sin duda sentido las -mismas vacilaciones y dudas. Tal vez él, menos feliz, no ha encontrado -la clave del secreto, que le abandono generosamente. - - - - -XXII - - -Nuestro enfermero tenía esa peculiarísima condición. Empezaba su -individuo por una mata de pelo formidable que nos traía a la idea la -confusa y entremezclada vegetación de los bosques primitivos del -Paraguay, de que habla Azara; veíamos su frente, estrecha y deprimida, -en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago -fondo del mar, cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme -caudal de agua para levantarlo en el espacio. Las cejas formaban un -cuerpo unido y compacto con las pestañas, ralas y gruesas, como si -hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un sér -de razón para el infeliz, que estoy seguro jamás conoció aquella sección -de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencias y frutos -nos traía a la memoria un ombú frondoso.--El cuerpo, como he dicho, era -enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasión hacia las débiles -piernas por las que se hacía conducir sin piedad. El equilibrio se -conservaba gracias a la previsión materna que le había dotado de dos -andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo, -consumía un cuero de baqueta entero. Un día nos confió, en un momento de -abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtenía, -fabricadas a medida, excedían siempre los precios corrientes. - -Debía haber servido en la legión italiana durante el sitio de Montevideo -o haber vivido en comunidad con algún soldado de Garibaldi en aquellos -tiempos, porque en la época en que fué portero, cuando le tocaba -despertar a domicilio, por algún corte inesperado de la cuerda de la -campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello, -con el aire de una diana militar, este verso (!) que tengo grabado en la -memoria de una manera inseparable a su pronunciación especial: - - Levántasi, muchachi, - que la cuatro sun - e lo federali - sun vení o Cordun. - -Perdió el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres, -que, haciéndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de la -calle.--Sin embargo, en la enfermería, cuando entraba por la mañana o al -participar, en la comida, del vino que había comprado a hurtadillas para -nosotros, tarareaba siempre entre dientes: "Levántasi, muchachi", etc. -Cuando le retaban o el doctor Quinche, médico del Colegio, le decía que -era un animal, lo que ocurría con regularidad y justicia todos los días, -su único consuelo era, así que la borrasca se ausentaba bajo la forma -del Dr. Quinche, entonar su eterno e inocente estribillo. - -Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un _specimen_ más -completo que nuestro enfermero.--Su escasa cantidad de sesos se -petrificaba con la presencia del doctor, a quien había tomado un miedo -feroz y de cuya ciencia médica hablaba pestes en sus ratos de -confidencia.--Cuando el médico le indicaba un tratamiento para un -enfermo, inclinaba la cabeza en silencio y se daba por enterado.--Un día -había caído en el gimnasio un joven correntino y recibido, a más de un -fuerte golpe en el pecho, una contusión en la rodilla.--El Dr. Quinche -recetó un jarabe que debía tomarse a cucharadas y un agua para frotar la -rodilla.--Una hora después de su partida, oímos un grito en la cama del -pobre correntino, a quien el enfermero había hecho tomar una cucharada -de un líquido atroz, después de haberle friccionado cuidadosamente la -rodilla con el jarabe de que tenía enmelada toda la mano. Fué su última -hazaña; el Dr. Quinche declaró al día siguiente que uno de los dos, el -enfermero o él, estaba de más en el mundo o por lo menos en la -enfermería, y como el hilo se _curta_ por lo más delgado, según tuvo la -bondad de comunicármelo confidencialmente, el pobre enfermero cambió de -destino, aunque consolado un tanto de que sus funciones se limitaran -siempre a suministrar drogas; fué sirviente de comedor. - -Sentimos su salida de todas veras; pero bien pronto una catástrofe mayor -nos hizo olvidar aquélla. El Vicerrector, alarmado de la manera cómo se -propagaba la epidemia vaga de que he hablado, celebró una consulta -médica con el doctor, y ambos de acuerdo, establecieron como sistema -curativo la dieta absoluta, acompañada de una vigilancia extrema para -evitar el contrabando. A las veinticuatro horas nos sentimos sumamente -aliviados y el germen de nuestro mal fué tan radicalmente extirpado, que -no volvimos a visitar la enfermería en mucho tiempo. - - - - -XXIII - - -Fué un día bullicioso aquel en que se nos anunció que en breve empezaría -a funcionar la clase de literatura regida por el señor Gigena. Teníamos -hambre de lanzarnos en esa vía del arte; las novelas nos habían -preparado el espíritu para esa tarea y nos parecía imposible que al año -de curso no nos encontráramos en estado de escribir a nuestra vez un -buen romance, con muchos amores, estocadas, sombras, luchas, escenas -todas de descomunal efecto. Ya para aquel entonces había yo comenzado a -borronear papel y a más de dos cretinismos juveniles que mis parientes -de la "Tribuna" publicaron con sendas laudatorias, tenía casi concluída -una novela que pasaba en una estancia durante las vacaciones, y cuyo -héroe principal era un gaucho cantor. Creo que algo de eso se publicó -después, bajo un pseudónimo, como si temiera comprometer mi gravedad en -tales ligerezas. - -Mi compañero de trabajos literarios era Adolfo Lamarque, que me llevaba -dos ventajas insuperables: hacía versos y era externo. A pesar de estar -sentados juntos en clase, nos dirigíamos frecuentemente cartas, las mías -siempre en prosa, pero las suyas generalmente rimadas--Lamarque -versificaba con suma facilidad.--Recuerdo que una vez que debíamos hacer -una composición en clase sobre "El sueño de Aníbal", Lamarque, el -único, presentó la suya en verso. Para mí fué una obra maestra y aún -tengo en la memoria los primeros versos. Empezaba así: - - Despierta, Aníbal, del letargo horrendo - que aquí te tiene encadenado y vuela - a vengar de Duilio..... - -Lamarque me enloquecía, pintándome en verso, prosa y narraciones orales, -los primores maravillosos del "Orphée aux Enfers", que se daba entonces -por primera vez en el Teatro Argentino. La descripción del traje de la -"Opinión Publique" tomaba siete octavas partes de la narración, -destinadas a pintar precisamente lo que no cubría. Diana, Venus, la -opulenta Juno, completaban el cuadro. No tenía la menor noción de esas -grandezas; un deseo inmoderado de gozar yo también de ese espectáculo -soberano me impedía estudiar, apartar un instante mi pensamiento de ese -Olimpo adorable. Así, un día que Gigena nos dió por tema de disertación -escrita este cuadro de Suetonio: "Nerón, desde lo alto del Capitolio, -rodeado de sus cortesanas, la lira en la mano y ceñida la frente de -guirnaldas, contempla el incendio de Roma", no sé qué pasó por mí. Me -olvidé que el objeto primordial, retórico, obligado, era vilipendiar a -Nerón, ponerle por el suelo en nombre de la moral más elemental y -concluir por una peroración vigorosa, en la que se ofreciera ese ejemplo -abominable a los reyes todos de la tierra. "Amor sonó la lira", como -habría dicho don J. C. Varela, y debuté por la pintura de un incendio -durante la noche. En vez de hablar de las madres, niños y ancianos -víctimas del fuego, en vez de mencionar gravemente los capitales -perdidos y las obras de arte destruídas, no veía sino las llamas -colosales jugueteando en la atmósfera, el humo denso y abrillantado por -el resplandor, el rugido de las hogueras, la muchedumbre humana en -convulsión. Y allá en la altura, Nerón, bello como un dios pagano, -desnudo como un efebo, cantando versos sonoros y vibrantes, mientras -mujeres de incomparable hermosura sostenían su cabeza con sus blancos -senos, le escanciaban vinos selectos y humedecían su sien con la -guirnalda siempre fresca!... Insensiblemente pasé por los límites -verdosos de la alusión discreta, llegué a las licencias de Petronius, -alcancé a Lucius, y al final, ciertas páginas de Gautier habrían sido -cartas de Chesterfield al lado de mi composición. Gigena se alarmó y me -hizo suspender la lectura a la mitad a pesar de las protestas de los -compañeros, que, viendo aquel "boccato", querían gozarlo íntegro. - -Por lo demás, forzoso me es declarar que aquella clase de literatura -tuvo efectos funestos sobre nosotros. Fundamos diarios manuscritos, cuya -"impresión" nos tomaba noches enteras, en los que yo escribía artículos -literarios donde hablaba del "festín de las brisas y los céfiros en el -palacio de las selvas", y en los que Lamarque, F. Cuñado, D. del Campo y -otros publicaban versos. Esos diarios hicieron allí el mismo efecto que -en los pueblos de campaña; turbaron la armonía y la paz, agitaron y -agriaron los ánimos y más de un ojo debió el obscuro ribete con que -apareció adornado a las polémicas vehementes sostenidas por la "prensa". -Por mi parte, tuve un duelo feroz. Ignoro hoy si mi adversario sufrió; -pero sí recuerdo que, aunque el honor quedó en salvo, salí de la arena -mal acontecido, sin ver claro, con una variante en la forma nasal y un -dedo de la mano derecha fuera de su posición normal. - -Un joven romano habría jurado no ocuparse más de prensa en su vida; pero -las preocupaciones se van y los instintos quedan. ¡Oh! ¡qué himnos -cantara hoy al periodismo si sólo golpes y magullones me hubiera -costado!... - - - - -XXIV - - -Pasábamos las vacaciones en nuestra casa de campo, como considerábamos -legítimamente el punto que hasta hace poco tiempo fué conocido con el -nombre de "Chacarita de los Colegiales", y que más tarde, al perder el -último término de su denominación, debía adquirir tanta fama por los -acontecimientos de Junio de 1880. - -Pocos puntos hay más agradables en los alrededores de Buenos Aires. -Situado sobre una altura, a igual distancia de Flores, Belgrano y la -capital, el viejo edificio de la Chacarita, monacal en su aspecto, pero -grande, cómodo, lleno de aire, domina un paisaje delicioso, al que las -caprichosas ondulaciones del terreno dan un carácter no común en las -campiñas próximas a la ciudad. En aquel tiempo poseíamos como feudo -señorial no sólo los terrenos que aún hoy pertenecen a la Chacarita, -sino los que en 1871 fueron destinados al cementerio tan rápidamente -poblado. Así, nuestros límites eran extensos y no nos faltaba, por -cierto, espacio para llenar de aire puro los pulmones, organizar -carreras y dar rienda suelta a la actividad juvenil que nos castigaba la -sangre. A pesar de la inmensidad de nuestros dominios, teníamos pleitos -con todos los vecinos, sin contar el famoso proceso con la Municipalidad -de Belgrano, especie de "Jarndyce versus Jarndyce"[6], del que habíamos -oído hablar como de una tradición vetusta, cuyo origen se perdía en la -noche de los tiempos, proceso cuyos antecedentes ignorábamos en -absoluto, lo que no nos impedía declarar con toda tranquilidad que el -municipio de Belgrano era representado por una compañía de ladrones, -neta y claramente clasificados. Este viejo pleito tenía para nosotros, -sin embargo, algunas ventajas. - - [6] Dickens, "Bleak-House". - -Cuando cruzábamos frente al juzgado de paz de Belgrano, a galope -tendido, algunos honorables miembros de la partida de policía, viendo la -traza arcaica de nuestros corceles (fuera de funciones en esos momentos, -por cuanto su profesión habitual era arrastrar carradas de leña o sacar -agua), abandonaban el noble juego de la taba[7] en que estaban -absorbidos, y cabalgando a su vez, emprendían animosos nuestra -persecución. Generalmente íbamos dos en cada caballo, lo que, como se -supone, no aumentaba sus condiciones de velocidad. Pero compensábamos -este inconveniente por una metódica y razonada división del trabajo, -"avant-góut" de nuestros estudios económicos del futuro. La dirección -del cuadrúpedo estaba entera y absolutamente confiada al que iba -delante, tarea grave y trascendental, no sólo por las veleidades -fantásticas de la bestia y por la necesidad de cortar campo, sino por la -preocupación incesante del jinete para evitar la probable operación de -la talla, practicada inconscientemente por la cruz pelada y puntiaguda, -a favor del convulsivo movimiento de un manquera tradicional. El -ciudadano colegial que ocupaba el anca desempeñaba las funciones de -foguista; él debía suministrar, con medios a su arbitrio, los elementos -necesarios para producir el movimiento. Por lo demás, se procedía -siempre de acuerdo con una tabla sancionada por la estadística -experimental; se sabía que el uso del rebenque firme, apoyado por el -talón incansable, producía el trote; si el compañero de delante podía -distraerse hasta el punto de menear talón a su vez, se obtenía un -simulacro de galopito expirante, y por fin el "máximum", esto es, un -galope normal, de tres cuadras exactas de duración, se alcanzaba por la -hábil combinación del rebenque, cuatro talones y una pequeña picana, -dirigida con frecuencia hacia aquellos puntos que el animal, en su -inocencia, había dado muestras de considerar como los más sensibles de -su individuo. - - [7] Cuya antigüedad es bien respetable, pues hemos visto, con - Emilio Mitre, en el "British Museum", dos figurinas de Tanagra - ejercitándose en él. - -Se me dirá, tal vez, que con semejantes elementos era una verdadera -insensatez arrostrar las iras policiales de la partida; pero esa crítica -cesará cuando se sepa que los medios de locomoción de nuestros -adversarios, eran de una fuerza análoga a aquellos de que disponíamos. -Iniciada la persecución, oíamos un ruido confuso de latas y denuestos -tras de nosotros; silenciosos, como convenía a hombres que tenían en -juego, a más de sus cinco sentidos, todas sus articulaciones, -aspirábamos a llegar a los terrenos ya casi neutrales del otro lado del -Circo; en general, según cálculo hecho y resultado previsto, rodábamos -tres veces antes de llegar allí. Pero sabíamos también que el honorable -miembro de la partida a quien tal fracaso sucedía, no conseguía poner en -pie su cabalgadura, sino después de media hora de exhortaciones -expresivas. Llegados a campo abierto, entre zanjas, arroyos y -alambrados, habíamos vencido; porque, echando pie a tierra, -abandonábamos la bestia que partía con increíble velocidad hacia la -Chacarita, mientras nosotros saltábamos un cerco, detrás del cual, por -medio de cascotes, rechazábamos con pérdida las cargas efímeras de la -caballería enemiga. Cuando una hora más tarde el sargento de la partida -osaba llegar a nuestro castillo y presentar sus quejas a las autoridades -del Colegio, ya éstas habían sido informadas por nosotros de los -desafueros que, a causa del proceso pendiente, se habían permitido los -seides del juez de paz de Belgrano. El sargento salía corrido y las -hostilidades tomaban un carácter feroz. - - - - -XXV - - -Buena, sana, alegre, vibrante aquella vida de campo! Nos levantábamos al -alba; la mañana inundada de sol, el aire lleno de emanaciones -balsámicas, los árboles, frescos y contentos, el espacio abierto a todos -rumbos, nos hacían recordar con horror las negras madrugadas del -Colegio, el frío mortal de los claustros sombríos, el invencible -fastidio de la clase de estudio. En la Chacarita estudiábamos poco, como -era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir -en busca de "camuatís" y, sobre todo, organizar con una estrategia -científica, las expediciones contra los "vascos". - -Los "vascos" eran nuestros vecinos hacia el Norte, precisamente en la -dirección en que los dominios colegiales eran más limitados. Separaba -las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua y de -bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravía. Pasada la zanja, se -extendía un alfalfar de media cuadra de ancho, pintorescamente manchado -por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Más allá, el jardín de las -Hespérides, los campos Elíseos, el Edén, la tierra prometida! Allí, en -pasmosa abundancia, crecían las sandías, robustas, enormes, cuyo solo -aspecto apartaba la idea de la "caladura" previsora; la sandía ajena, -vedada, de carne roja como el lacre, el "cucúrbita citrullus" famoso, -cuya reputación ha persistido en el tiempo y el espacio; allí doraba el -sol esos melones de origen exótico, redondos, incitantes en su forma -ingénita de tajadas, los melones exquisitos, de suave pasta perfumada y -de exterior caprichoso, grabado como un papiro egipcio! No tenían -rivales en la comarca y es de esperar que nuestra autoridad sea -reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habían -siempre producido desengaños; la nostalgia de la fruta de los vascos nos -perseguía a todo momento y jamás vibró en oído humano, en sentido menos -figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega. - -Pero debo confesar que los "vascos" no eran lo que en el lenguaje del -mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, ágiles, -vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje más probado, -eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando -una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclópeos, -aquellos hombres, como todos los mortales, tenían una debilidad suprema; -amaban sus sandías, adoraban sus melones! Dos veces ya los hados -propicios nos habían permitido hacer con éxito una "razzia" en el -cercado ajeno, cuando un día... - -Eran las tres de la tarde y el sol de enero partía la tierra sedienta e -inflamada, cuando, saltando subrepticiamente por una ventana del -dormitorio donde más tarde debía alojarse el 1°. de caballería de línea, -nos pusimos tres compañeros en marcha silenciosa hacia la región feliz -de las frescas sandías. Llegados al foso, lo costeamos hasta encontrar -el vado conocido, allí donde habíamos tendido una angosta tabla, puente -de campaña no descubierto aún por el enemigo. Lanzamos una mirada -investigadora: ni un vasco en el horizonte! Nos dividimos, y mientras -uno se dirigía a la izquierda, donde florecía el "cantaloup", dos nos -inclinamos a la derecha, ocultando el furtivo paso por entre el alfalfar -en flor. Llegamos, y rápidos buscamos dos enormes sandías que en la -pasada visita habíamos resuelto dejar madurar algunos días aún. La mía -era inmensa, pero su mismo peso me auguraba indecibles delicias. - -Cargué con ella y cuando bajé los ojos para buscar otra pequeña con que -saciar la sed sobre el terreno... un grito, uno solo, intenso, terrible, -como el de Telémaco, que petrificó el ejército de Adrasto, rasgó mis -oídos. Tendí la mirada al campo de batalla; ya la izquierda, -representada por el compañero de los melones, batía presurosa retirada. -De pronto, detrás de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi -dirección, mientras otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos -del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresión -de encontrarse en los aires, sentado incómodamente sobre dos puntas -aceradas que penetran... - -¡Cómo corría, abrazado tenazmente a mi sandía! ¡Qué indiferencia suprema -por la gorra ingrata que me abandonó en el momento terrible, quedando -como trofeo sobre el campo enemigo! Y, sobre todo, ¡cuán veloz me -parecía aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrería creía sentir -rozarme los cabellos! Volábamos sobre la alfalfa: ¡qué larga es media -cuadra! - -Un momento cruzó mi espíritu la idea de abandonar mi presa a aquella -fiera para aplacarla. Los recuerdos clásicos me autorizaban; pensé en -Medea, en Atalanta, pensé en los jefes de caballería que regaban el -camino de la "retirada" con las prendas de su apero; pensé... ¡No! Era -una ignominia! Llegar al dormitorio y decir: "me ha corrido el vasco y -me ha quitado la sandía!" ¡Jamás! Era mi escudo lacedemonio: ¡vuelve con -él o sobre él! - -Instintivamente había tomado la dirección del vado; pero el vasco de mi -compañero, por medio de una diagonal habría llegado antes que yo, y debo -declarar que, a pesar de la persecución personal del mío, los tres -vascos me eran igualmente antipáticos. Marché de cara al sol! como el -Byron de Núñez de Arce. Mi agilidad proverbial, aumentada por las -fatigas diarias del rescate, había brillado en aquella ocasión; así, -cincuenta pasos antes de llegar al foso, mi partido estaba tomado. Puse -el corazón en Dios, redoblé la ligereza y salté... Una desagradable -impresión de espinas me reveló que había salvado el obstáculo: pero ¡oh -dolor! en el trayecto se me había caído la sandía, que yacía entre las -aguas cenagosas del foso! - -Me detuve y observé a mi vasco: ¿daría el salto? Lo deseaba en la -seguridad que iría a hacer compañía a la sandía. Pero aquel hombre -terrible meditó, y plantándose del otro lado de la zanja, apoyado en su -tridente, empezó a injuriarme de una manera que revelaba su educación -sumamente descuidada. Escapa a mi memoria si mi actitud en aquellas -circunstancias fué digna; sólo recuerdo que en el momento en que tomaba -un cascote, sin duda para darle un destino contrario a los intereses -positivos de mi vasco, ví a mis dos compañeros correr en dirección a -"las casas" y al vasco de los melones despuntar por el vado y dirigirse -a mí. De nuevo en marcha precipitada, pero seguro ya del triunfo!... - -Eran las tres y media de la tarde y el sol de Enero partía la tierra -sedienta e inflamada, cuando con la cara incandescente, los ojos -saltados, sin gorra, las manos ensangrentadas por los zarzales -hostiles, saltamos por la ventana del dormitorio. Me tendí en la cama y, -mientras el cuerpo reposaba con delicia, reflexioné profundamente en la -velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a -retaguardia, armado de una horquilla. - - - - -XXVI - - -Viene a mi memoria, envuelto entre los recuerdos de la Chacarita, el de -uno de mis condiscípulos, tipo curiosísimo que en aquellos tiempos -felices, ignorantes aún de los encuentros grotescos que nos -proporcionaría el mundo, clasificábamos alternativamente con los nombres -de "el loco Larrea" o "el loro Larrea". Queda entendido que he alterado -su verdadero apellido, pues ignoro si vive aún, en cuyo caso tal vez no -le sería grato figurar en estas páginas, a la manera de un coleóptero de -museo. Era riojano; aunque de gran estatura, su cuerpo, sea por falta de -armonía ingénita, sea por el corte de sus jacquets amplios, sin la menor -curva en la espalda, presentando una línea recta geométrica desde el -cuello hasta el ribete del faldón, ofrecía un conjunto tan desgraciado -como insípido. La cara de Larrea era una obra maestra. En primer lugar, -aquel rostro sólo se conservaba a costa de incesante lucha contra la -cabellera, tupida y alborotada, pero eminentemente invasora. No puedo -recordar la fisonomía de Larrea sin el arco verdoso que coronaba su -frente estrecha, precisamente en la línea divisoria del pelo y el cutis -libre. Era un depilatorio espeso, de insoportable olor, que Larrea se -aplicaba, con una constancia benedictina, todas las noches, a fin de -evitar los avances capilares de que he hecho mención. Pero Larrea -sostenía que esa pasta era completamente ineficaz, a lo que alguno de -los compañeros replicaba que era natural no ejerciera influencia sobre -sus pelos de calabrote, habiendo sido fabricada para hacer desaparecer -el ligerísimo "duvet" del brazo de las damas, según cantaba el -prospecto. ¿Se echa acaso abajo un bosque de ñandubays con la ligera hoz -que derriba los trigales? La nariz de Larrea presentaba esa forma -arquitectónica que la envidia humana ha clasificado de "ñata"[8]; más -abajo, de Este a Oeste, abarcando los límites visibles, se desenvolvía -la boca de Larrea, siempre entreabierta, sin duda para dar ventilación a -sus dientes como teclas de piano viejo, en color y dimensión. - - [8] Dickens - -Larrea hablaba sin reposo, a todas horas, con todo motivo, lo que le -había valido el ya mencionado calificativo de "loro". Pero cuando llegó -a la Chacarita, notamos, alarmados, que aquella facundia inagotable -había cesado y que Larrea, hosco, huraño, evitaba los juegos, los -placeres comunes, no comía y pasaba todo el día tendido en su cama, en -la que nos parecía oir durante la noche suspiros enormes como resoplidos -de buey. - -¡Larrea amaba! Una tarde me confió que había entregado su corazón a una -beldad cruel que no quería apercibirse del fuego que le consumía. Me -pidió que no me burlara de él, porque era un asunto serio, que le tocaba -de cerca lo más íntimo del alma. Alentado por mi cara de confidente de -tragedia, de aquellos únicamente admitidos en la escena para dar la -réplica corta y hábil que motiva una nueva tirada del héroe, Larrea -llegó hasta leerme versos. Por fin, supe que el objeto de su pasión era -una niña, hija de una "modesta" familia que habitaba a veinte cuadras -de la Chacarita. ¡Ya lo creo! Era una chinita deliciosa de diez y ocho -años, de carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo, -sin más defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito que parece ser el -rasgo distintivo de nuestra raza indígena. Todos la conocíamos y más de -uno hacía frecuentes pasadas a pie y a caballo, por delante de aquel -rancho, alentado por locas esperanzas. - -Animé a Larrea cuanto pude, le dí mis consejos (porque los porteños -éramos "censés" ser tenorios consumados), y, por fin, me anunció un día -que había hecho relación con la familia y que habían organizado, de -acuerdo, un baile para el sábado próximo, baile al que debíamos -concurrir siete u ocho de nosotros, siempre que nos hiciéramos preceder -por algunas libras de yerba y azúcar, algunas botellas de cerveza y -ginebra, etc. Larrea me abandonaba la elección de los convidados y me -pedía los acompañara al sitio de la fiesta, donde él se encontraría -desde la primera hora. - -Como se comprende, era necesario escaparse. - -Comuniqué la nueva a Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante, -avisé también al cojo Videla, uno de los muchachos más buenos y -traviesos que he conocido; y--como habíamos tenido tiempo de -prepararnos--el sábado, a las nueve de la noche, dejando cada uno en la -cama respectiva (felizmente no estaban todas en el mismo cuarto) un -muñeco con una peluca de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a -través de los potreros, llenos de un loco entusiasmo y forjando -conquistas a millares. - - - - -XXVII - - -Larrea estaba ya allí. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jacquet -rectilíneo, había tomado la dirección de la fiesta y servía de bastonero -con toda gravedad. Fuímos introducidos, agasajados, y pronto, al compás -de la orquesta, limitada a una guitarra y un acordeón (los esfuerzos -para obtener un órgano habían sido vanos), nos hundimos en un océano de -valses, polkas y mazurkas, pues las damas se negaban a una segunda -edición de la primera cuadrilla, que, a la verdad, había permitido al -cojo Videla desplegar calidades coreográficas desconocidas y que después -supimos habían sido inspiradas por una representación de "Orfeo" con que -se había regalado en una noche de escapada. - -Después de cada pieza, obsequiábamos naturalmente a las damas con un -vaso de cerveza, acompañándolas con una frecuencia alarmante para el -porvenir. Larrea irradiaba de contento; había recitado sus versos, -prometido otros y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo -posible. Un gaucho viejo (le veo aún!), con una larga barba canosa, el -sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un bienaventurado -desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo, cuando nos -lanzábamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de -la armonía, llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz alegre -del viejo que repetía varias veces: - ---¡Que se vea luz, caballeros! - -La fiesta estaba en su apogeo y el italiano del acordeón, despreciando -profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía maravillas de -ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos que llegaban vagamente -a nuestros oídos, pues hacía rato que bailábamos al compás de una música -interior, cuando, después de haber oído el galope de un caballo vimos -aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en la puerta del -rancho, con la fisonomía pálida que debía tener Daniel al entrar de una -manera tan intempestiva en la sala del festín de Baltasar. - ---¡Muchachos, los han pillado! El celador me ha dicho que los busque y -que si dentro de media hora no están en el dormitorio, va a dar cuenta -al vicerrector. - -Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen compañero -había robado uno de los caballos del quintero y por hacernos un servicio -se había puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los -últimos días había llovido copiosamente. No había tiempo que perder y -era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su -caballo, cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis horas -por lo menos; se lo aceptamos agradecidos y tratamos de organizar la -partida. Eramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compañero -que nos había traído el aviso, después de darle tiempo a que absorbiera -una botella de cerveza íntegra--y los otros cuatros procuramos -arreglarnos sobre el caballo del viejo que a todo trance pedía luz, como -Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita y -sosteniendo que conocía una senda por donde nos llevaría sin -embarrarnos, tomó la dirección, colocándose gravemente en la cruz. -Detrás de él, un condiscípulo sumamente grueso, en seguida Eyzaguirre, y -allá, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano -inclinado que parece una invitación a resbalarse por la cola, yo, -prendido de Eyzaguirre, como un mono a una reja. - -Cuando emprendimos la marcha, el dueño de casa, la novia de Larrea, las -niñas todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acordeón, reían a -carcajadas. Contestamos alegremente y fué en este momento que hice dos -descubrimientos, de orden diferente, que me alarmaron; aquel caballo no -tenía anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso mojinete, y -Larrea poseía una _mona_ gigantesca! - - - - -XXVIII - - -La noche era obscura y amenazaba llover; encandilados aún, no sabíamos -dónde estábamos, ni qué dirección habíamos tomado. Si nuestro raciocinio -no hubiera sido alterado por causas conocidas, la seguridad impasible -con que Larrea dirigía la bestia, nos habría estremecido.--Se me había -encargado castigar, pues según las tradiciones recibidas, el foguista -era siempre el del anca; hice presente que no había sujeto pasivo, por -cuanto mis golpes se perdían en el aire, y propuse nos limitáramos, en -las circunstancias, al sistema del talón. - -Aceptado el procedimiento, seguimos la marcha en las tinieblas; yo me -sentía resbalar, resbalar sin descanso; aquel animal tenía en la punta -de la cola algo que me atraía. En mi desesperación me aferraba a -Eyzaguirre, quien me observaba a menudo que debía limitarme a agarrarle -de la ropa, no encontrando plausible, como me lo declaró -terminantemente, que mis dedos apretaran, a guisa de género, una sección -de la parte carnosa que la naturaleza había previsoramente superpuesto a -sus costillas.--El compañero gordo bufaba, oprimido entre Eyzaguirre y -Larrea, y éste, sin cesar de hablar, protestando que nadie conocía el -camino como él, aventuraba una que otra queja sobre la osteología de -aquel animal. - -No veíamos a dos dedos de distancia y los compañeros del otro grupo -habían desaparecido, sin duda por la sencilla razón de haber tomado el -buen camino.--Habíamos conseguido--¡el cielo sabe a costa de qué -esfuerzos y sufrimientos!--hacer tomar el trote a nuestra montura, -cuando de pronto me sentí en el suelo, con todo el volumen de Eyzaguirre -encima. Un choque se había producido y jinete y caballos habían venido -por tierra.--"¡No es nada; es un alambrado!" - -Era la voz de Larrea, que estaba ya montado y nos invitaba a hacer otro -tanto. Tratamos duramente al pobre conductor, que nos anunció estar -_ahora_ seguro del camino, y, un tanto mohinos y maltrechos, emprendimos -de nuevo la marcha. - -No habíamos andado media cuadra, cuando un grito sofocado de Larrea me -hizo apercibir que me encontraba literalmente a _babuchas_ de -Eyzaguirre, quien, a su vez, aplastaba al gordo, que, entre gemidos, -estaba tendido a lo largo sobre algo informe que se debatía en el barro -y que un ligero examen posterior reveló ser el cuerpo de Larrea. -Habíamos caído en una zanja; el caballo, perdiendo el pie, se fué de -boca, Larrea salió por sobre las orejas como una flecha del canal de una -arbaleta, el gordo siguió la ley de la atracción y Eyzaguirre, no menos -rápido en el descenso, me arrastró a la confusa masa. Había por lo menos -dos pies de barro; cuando salí y Eyzaguirre y el gordo se pusieron en -pie, nos precipitamos todos a sacar a Larrea, que no hablaba. Todas las -soluciones de continuidad de su cara estaban revocadas por un lodo -espeso y negro. Fué necesario sacudirle, lavarle el rostro con la última -botella de cerveza que el gordo no había soltado en la catástrofe y -sacarle el jacquet rectilíneo que pesaba dos arrobas. - -Entonces emprendimos a tanteo, a pie y en el horror de la profunda -noche, aquella marcha legendaria, inaudita, en la que las zanjas eran -endriagos, las tunas vestiglos y los ruidos de los insectos nocturnos -coros de Porríganos y Kobolds.--Puck andaba por allí; nos parecía oir su -risa silenciosa entre las brumas, confundiéndonos los rumbos y gozando a -cada traspiés de la errante caravana... El caballo había quedado en la -zanja para siempre. ¡Adiós las largas y melancólicas estadías en el -palenque de la pulpería! ¡Adiós la marcha vacilante de la noche, cuando -su dueño oscilaba como un péndulo sobre el recado! Una ligera -perturbación en la línea del pescuezo le había hecho encontrar el reposo -eterno! ¡Sea leve su recuerdo a la conciencia de Larrea! - -Por fin, a las primeras claridades del alba, al canto de los gallos -matinales, el cuerpo exhausto y rendido, el alma agriada contra la -pasión dantesca de Larrea, penetramos en nuestros cuartos y nos ayudamos -fraternalmente a sacarnos la ropa. Sólo una bota de Eyzaguirre, con una -tenacidad irritante, se resistió al empuje colectivo y es fama que diez -horas más tarde solamente soltó su presa, vencida por la operación -cesárea. - - - - -XXIX - - -Como escribo sin plan y a medida que los recuerdos vienen, me detengo en -uno que ha quedado presente en mi memoria con una clara persistencia. Me -refiero al famoso 22 de Abril 1863, en que _crudos y cocidos_ estuvieron -a punto de ensangrentar la ciudad, los cocidos por la causa que los -crudos hicieron triunfar en 1880 y recíprocamente. Yo era crudo y crudo -_enragé_. Primero, porque mis parientes, los Varela, uno de los cuales, -Horacio, era como mi hermano mayor, tenían esa opinión, según leía de -tiempo en tiempo, en la "Tribuna"--y en segundo lugar, porque la mayor -parte de los provincianos eran cocidos.--Queda entendido que yo me daba -una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como había tenido que -sostener mis opiniones a moquetes más de una vez, la convicción había -concluído por arraigarse en mi espíritu. - -El día citado había una excitación fabulosa en el Colegio; después de -muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos dos o tres y nos -instalamos en la calle Moreno. Fué allí donde presencié por primera vez -en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo -efecto que más tarde sentí en una corrida de toros, de la que salió mal -herido el primer espada. Los dos combatientes eran hombres del pueblo y -estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba -con suma habilidad un pequeño cuchillo que apenas conseguíamos ver: tal -era el movimiento vertiginoso que le imprimía.--Mi primera intención fué -huir, pero tuve vergüenza, porque uno de mis compañeros, que tenía fama -de bravo en el Colegio, se había acercado, por el contrario, para -presenciar más cómodamente la lucha. Duró poco tiempo, porque la -habilidad triunfó de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito -desgarrador, cayó al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo.--El -heridor huyó; yo debía estar muy pálido, porque recuerdo que durante un -mes el grito del caído vibró en mi oído. - -Pronto nos mezclamos con unos hombres que traían un pañuelo al cuello y -que habían desalojado a un pequeño grupo de cocidos que estaban cerca de -la confitería del "Gallo".--Pero el rumor de lo que pasaba dentro, nos -hacía arder por penetrar en el recinto de la Legislatura.--¡Imposible! - -Entonces, de común acuerdo y comprendiendo que era allí donde se -desenvolvían las escenas más interesantes, resolvimos reingresar al -Colegio y llegar a la Legislatura por las azoteas. Lo hicimos así y a -favor del tumulto que entre los claustros se notaba, ganamos el techo y -como gatos nos corrimos hasta dominar el patio de la Legislatura. - -Al primero que ví fué a Horacio Varela, tranquilo, sonriendo y apoyado -en sus muletas. Así que me conoció, me pidió fuera inmediatamente a su -casa a avisar a la familia que no volvería hasta tarde, que no temieran, -etc.--"Pero no puedo salir, Horacio; no me dejan". La verdad era que -había trabajado tanto por llegar a mi punto de observación y esperaba -que en aquel patio tuvieran lugar cosas tan memorables, que lanzaba ese -pretexto, harto plausible, para quedarme allí.--"Un estudiante a quien -no dejan salir, pobrecito! ¿Entonces ustedes ya no saben escaparse?"--Yo -habría podido contestar que lo hacía con una frecuencia que ponía a -cubierto de semejante reproche; pero preferí la acción y desaparecí.--Me -escapé con éxito, corrí a casa de Horacio, tranquilicé la familia, volví -al Colegio y, jadeante, extenuado, ocupé nuevamente mi sitio de -observación, de donde dí cuenta a Horacio de mi comisión.--En ese -momento un gran número de diputados salieron al patio; muchos abrazaban -a un hombre calvo, de muy buena cara, con una gran barba negra, el cual, -después, supe había sido miembro informante, desplegando una serenidad -de ánimo admirable.--Era el Dr. D. Manuel Aráuz, a quien debíamos todos -tener más tarde tanto cariño bajo el apodo afectuoso de "viejo Laguna". - -Cuando leo en la historia la narración del entusiasmo ardiente de los -estudiantes en la Politécnica y la Normal en 1815 y 1830, el arranque -impetuoso de los estudiantes españoles en la guerra de la Independencia, -abandonando Salamanca para unirse al Empecinado, a D. Juan Porlier, el -cura Merino, el heroísmo de los jóvenes alemanes en 1813 y 1814, -brotando de los subterráneos de la _Tugendbund_ para caer en los campos -de Leipzig, de la muerte gloriosa de Koerner, cuando leo esos rasgos, me -los explico perfectamente.--Hay en los claustros un ansia de acción -indescriptible; la savia hirviente de la juventud irrita la sangre, -empuja, excita, enloquece. Se sueña con grandes hechos; la lucha -enamora, porque implica la libertad. - -También nosotros formamos parte de las gloriosas filas del batallón -Belgrano que fué a ofrecer su sangre y a pedir un puesto en la -vanguardia del General Mitre, al estallar la guerra del Paraguay. Yo fuí -soldado del Dr. D. Miguel Villegas; era cuanto podía exigirse de mi -patriotismo: servir a las órdenes de un profesor de la Universidad, que -enseñaba filosofía por Balmes y Gérusez! - - - - -XXX - - -Es tiempo ya de dar fin a esta charla, que me ha hecho pasar dulcemente -algunas horas de esta vida triste y monótona que llevo.--Pero al -concluir me vienen al espíritu los últimos tiempos pasados en la prisión -claustral, cuando ya la adolescencia comenzaba a cantar en el alma y se -abría para nosotros de una manera instintiva un mundo vago, desconocido, -del que no nos dábamos cuenta exacta, pero que nos atraía secretamente. -No nos lo confesábamos al principio unos a otros; la vida de reclusión, -las lecturas disparatadas y sin orden, el alejamiento de la familia, de -la sociedad y, sobre todo, cierto prurito de estudiantes, nos inclinaba -a un escepticismo amargo y sarcástico, ante el cual no había nada -sagrado.--Eramos ateos en filosofía y muchos sosteníamos de buena fe las -ideas de Hobbes. Las prácticas religiosas del Colegio no nos merecían -siquiera el homenaje de la controversia; las aceptábamos con suprema -indiferencia. - -En una confesión general, sin embargo, tuve la veleidad de resistirme. -Obligado a ir al confesionario, dije abiertamente al sacerdote que -estaba tras de la reja que no creía una palabra de esas cosas y que, por -lo tanto, era de su deber no obligarme a mentir. El confesor dió cuenta -inmediatamente; fuí llamado, insistí y recogí por premio de mi lealtad -de conciencia pasar en el encierro los tres días de comilonas y huelga -que sucedían a la comunión. - -Al año siguiente mis ideas se habían hecho más prácticas; nos reunimos -unos cuantos y confeccionamos una lista de pecados abominables, -estupendos, en que figuraba todo el repertorio de un libro de examen de -conciencia que nos habían dado para prepararnos.--Nos dieron penitencias -atroces, como ser levantarnos a media noche en invierno y salir desnudos -al claustro, arrodillarnos sobre las losas y rezar una hora; esto -durante tres meses. A buen seguro que, en caso de obediencia, la -pulmonía habría dado bien pronto cuenta de nosotros.--Pero aquí quiero -hacer una declaración sincera que pinta bien esos escepticismos -primaverales. Llegado el día de la comunión, que se hacía con gran pompa -en el altar mayor, fuí obligado a ir a hincarme con tres o cuatro -compañeros y a esperar mi turno. - -Un resto de altivez intelectual, una reacción violenta dentro de mí -mismo, me hizo considerar una repugnante apostasia de mis ideas y una -burla indigna de la religión, aceptar aquéllo.--Así, cuando el sacerdote -se inclinó sobre mí, le miré bien en los ojos y le dije quedo: "paso, -padre". Hizo un ligero movimiento de sorpresa; pero cuando se -reincorporó, yo ya me había dado vuelta y salido de la fila, llevando el -pañuelo en la boca, como si realmente hubiera recibido la hostia. No me -delató. - - - - -XXXI - - -Pero la juventud venía y con ella todas las aspiraciones -indefinibles.--La música me cautivaba profundamente.--Recuerdo las -largas tardes pasadas mirando tristemente las rejas de nuestras ventanas -que daban a la libertad, a lo desconocido, y oyendo a Alejandro Quiroga -tocar en la guitarra las vidalitas del interior, los tristes y monótonos -cantos de la campaña y las pocas piezas de música culta que conocía. Aun -hoy me pasa algo curioso que, en ciertos momentos, me lleva -irresistiblemente a aquellos tiempos. Una tarde, Alejandro se puso a -tocar, sentado en su cama, una marcha lenta y plañidera, pero de un -ritmo marcado y cariñoso al oído. Yo me había colocado en el borde de la -ventana, aprovechando la última luz del día, para continuar la lectura -de la "Conquista de Granada" de Florián, que me tenía encantado. Había -llegado en ese instante al momento en que Boabdil se despide con los -ojos arrasados en lágrimas, desde lo alto de una colina, de la dulcísima -ciudad de los mármoles y las fuentes, los amores y los perfumes. Me -pareció que la música que llegaba a mis oídos era la voz misma del -infortunado monarca y dí a aquella melodía sollozante el nombre de "el -adiós del rey moro", que Alejandro le conservó. Más tarde, hoy mismo, -cada vez que en un libro encuentro una referencia al mísero fin de la -dominación árabe en España, los acordes de la marcha pesarosa cantan en -mi memoria.--Así se explica esa preferencia llena de misterio que -algunos hombres sienten por ciertos trozos de música, indiferentes para -los demás. Los han oído por primera vez en un momento especial, la -impresión se ha confundido con todas las que entonces se grabaron en el -alma y por una afinidad íntima y secreta, una sola fibra que se -estremezca en un rincón de la memoria, despierta a todas aquellas con -que está ligada. Un hombre, sentado al piano, puede rehacer, para él -solo, toda la historia de su vida moral, haciendo brotar del teclado una -serie de melodías, escalonadas en sus recuerdos... - - - - -XXXII - - -Sentíamos también necesidad de cariño; las mujeres entrevistas el -domingo en la iglesia, los rostros bellos y fugitivos que alcanzábamos a -vislumbrar en la calle, desde nuestras altas ventanas, por medio de una -combinación de espejos, nos hacían soñar, nos hundían en una -preocupación vaga e incierta, que nos alejaba de los juegos infantiles -del gimnasio, de las viejas y pesadas bromas de costumbre. Las amistades -se habían estrechado y circunscripto; solíamos pasar las horas muertas, -haciéndonos confidencias ideales, fraguando planes para el porvenir, -estremeciéndonos a la idea de ser queridos como lo comprendíamos y por -una mujer como la que soñábamos.--Por primera vez en estas páginas, -nombro a César Paz, mi amigo querido, aquel que me confiaba sus -esperanzas y oía las mías, aquel hombre leal, fuerte y generoso, bravo -como el acero, elegante y distinguido, aquel que más tarde debía morir -en el vigor de la adolescencia por uno de esos caprichos absurdos del -destino, que arrancan del alma la blasfemia profunda!... - -¡Qué vida de agitación! ¡Qué pesado era el libro en nuestras manos y qué -envidia se levantaba en el corazón por el estudiante libre de la -Universidad, tan despreciado antes y que hoy veíamos pasar, con el -corazón sombrío, radiante en su elegancia, en su traje, en la -incomparable soltura de sus maneras! - -Porque empezábamos tristemente a conocernos. La mayor parte de nosotros -éramos pobres y nuestras madres hacían sacrificios de todo género por -darnos educación. Muchas veces nuestras ropas eran cosidas por sus -propias manos y por muchos años hemos ostentado sacos como bolsas y el -clásico jacquet _crecedero_, aquel que, despreciando el efímero -presente, sólo tiene en vista el porvenir.--Pero ¿qué nos importaba? -Eramos filósofos descreídos y un tanto cínicos, nos revolcábamos en el -gimnasio, y el eterno botín de doble suela, ancho y largo, nos permitía -correr como gamos en el rescate. Usábamos el pelo largo y descuidado, -teníamos, en fin, esa figura desgraciada del muchachón de quince años, -que empieza a salir de la infancia, sin llegar a la virilidad. Eramos, -con todo, felices y despreocupados. - - - - -XXXIII - - -Pero los diez y ocho años se acercaban. Los días de salida hacíamos -esfuerzos inauditos por arreglarnos lo mejor posible, abandonando muchas -veces la empresa con desaliento, vencidos por la exigüidad del -guardarropa.--¡Qué amarguras, qué sufrimientos, aquellos domingos a la -noche, cuando al volver al Colegio pasábamos frente a los teatros y -veíamos en el peristilo una multitud de jóvenes, algunos conocidos -nuestros, los externos felices, bien vestidos, con sus guantes -flamantes, y saludando con una gracia, para nosotros insuperable, a las -bellas damas que venían al espectáculo! - -En cuanto a mí, recordaba bien que de los ocho a los doce años no había -faltado casi una noche a la Opera; mi padre me llevaba siempre consigo. -Era, pues, un _dilettante_ de raza y tradición; Tamberlik me había -acariciado y la incomparable Madame Lagrange, aquella artista con un -corazón a la Malibran, se había entretenido en hacerme charlar durante -los entreactos en su camarín, a donde solía llevarme mi hermano -Jacinto.--Y hoy, que era hombre, que podía apreciar todas aquellas -bellezas que habían encantado a mi padre y que flotaban en mi memoria -como una nube, tenía que volverme triste y solo al Colegio, dando la -espalda al mundo de la luz! - -Una noche no puede resistir al pasar frente al Colón; ví entrar a un -pariente amigo con su familia; comprendí que tenía un palco donde -meterme medio escondido y tomando mi entrada penetré bravamente, un poco -pálido, por la convicción profunda de que todo el mundo me observaba. - -El pariente tenía felizmente un palco bajo y obscuro de la ochava; -llamé, me resistí con energía a las sillas de adelante y acurrucándome -en el fondo, lancé una mirada investigadora a la platea. Yo sabía que el -Vicerrector era un melómano decidido; en efecto, a poco le descubrí en -las tertulias. De un lado cierta irritación por su presencia, mientras -nos confinaba en el claustro tan cruelmente y de otro el temor que me -descubriese, me agitaron un momento. Pero bien pronto todo eso -desapareció y la luz, la música, ese curioso y penetrante ambiente de -los teatros de buen tono, la proximidad de una criatura idealmente -bella, que estaba en el palco, sus ojos dulces como un pedazo de cielo, -su voz tímida y armoniosa, aquel color diáfano, transparente, sombreado -a cada instante por un tenue velo de púrpura, esa emanación exquisita de -la pureza, de la inocencia y de la gracia, que subyuga en todas las -edades, todo en un encanto misterioso se apoderó de mí por completo. -Quince años han pasado sobre mi cabeza desde aquella noche, quince años -bien llenos y agitados; pasarán veinte más y no perderé ese recuerdo -suave y melancólico, que trae a mi alma la impresión fresca de las -primeras emociones puras de mi juventud.--Sonrío a veces al recordar mi -idilio adolescente, los entusiasmos de mi espíritu, ese estado de -sensibilidad enfermiza, la necesidad imperiosa que sentía de hacer -versos, mi desesperación por no poder medir una cuarteta, las páginas -enteras desgarradas con desaliento, las cartas ideales, que jamás debían -llegar a su destino, en las que derramaba todos mis sueños y -esperanzas! La veía en todas partes, en todas la buscaba. Me parecía -inútil obtener su cariño; el mío me bastaba, me elevaba, me daba -intensidad al espíritu, fuerza a la voluntad, brillo a la imaginación, -nobleza al corazón. Cambié de carácter; fuí dulce, afable, perdí la -ironía amarga con compañeros, dejé en paz los ridículos ajenos; me -observaba, me corregía, me mejoraba... - -De nuevo sonrío a través de los años; pero quisiera volver a esas horas -incomparables, a esa explosión de la savia, trepando al árbol al son de -los cantos primaverales y desenvolviéndose en hojas, en flores, en -perfumes! Quisiera volver a amar como amé entonces y como sólo entonces -se ama, puro el corazón, celeste el pensamiento!... - -Todo pasó en el rápido correr del tiempo; pero la figura deliciosa, a la -que los años han circundado de esa atmósfera vaporosa que da Murillo a -sus vírgenes, queda fija allá en el pasado, cerniéndose al principio de -la ruta, como una luz ideal!... - - - - -XXXIV - - -Hay que caer a la tierra y recordar que, de una u otra manera, tenía que -entrar en el Colegio.--Poco antes del último acto salí, corrí a la -puerta que da sobre el atrio de San Ignacio, me saqué el paletot, golpeé -fuerte y cuando el viejo portero preguntó quién era, imité la voz del -Vicerrector y una vez la puerta abierta, abatí la vela que el cerbero -traía en la mano con un golpe de mi sobretodo, le eché una zancadilla -que dió con él en tierra, y antes que volviera de la sorpresa, ya corría -yo por esos claustros como una exhalación. - -Pero la hora había sonado para mí. Los castigos me irritaban, los -consejos me ponían en un estado de nervios insoportable: no podía -continuar en el Colegio. Pasaba los días enteros ideando medios para -escaparme, a veces con riesgo de la vida, como cuando nos deslizábamos, -con un compañero fiel, por una cuerda flotante que los albañiles dejaban -durante la noche en el edificio que se construía entonces sobre la calle -Moreno.--Los exámenes estaban encima y no abría un libro. Había perdido -la emulación por completo; las glorias de clase me parecían ridículas y -no habría dado un paso por recuperar el puesto de honor al que estaba -habituado y que sentía escapárseme de entre las manos.--Al fin triunfé, -y una mañana radiante se me abrieron para siempre aquellas puertas, en -cuyos umbrales hubiera entonces sacudido mi planta como el numida. - -Y, sin embargo, ¡cuántas cosas dejaba allí dentro! Dejaba mi infancia -entera, con las profundas ignorancias de la vida, con los exquisitos -entusiasmos de esa edad sin igual, en la que las alegrías explosivas, el -movimiento nervioso, los pequeños éxitos reemplazan la felicidad, que -más tarde se sueña en vano! - -Abandonaba el Colegio para siempre y, abriendo valerosamente las alas, -me dejaba caer del nido, en medio de las tormentas de la vida. - - - - -XXXV - - -Muchos años más tarde, volví a entrar un día al Colegio; a mi turno, iba -a sentarme en la mesa temible de los examinadores. Al cruzar los -claustros, al ver mi nombre al pie de algunos dibujos que aun se -mantenían fijos en la pared, con sus modestos cuadros negros; al pasar -junto a mi antiguo dormitorio, teatro de tantas y tan renombradas -aventuras; al cruzar frente a la puerta sombría del encierro, que por -primera vez recibió una mirada cariñosa de mis ojos; al ver el grupo de -estudiantes tímidos, callados, que en un rincón procuraban penetrar mi -alma y leer en mi cara sus futuras clasificaciones; al estrechar la mano -de mis compañeros de hoy, mis maestros de otro tiempo; al respirar, en -una palabra, aquel ambiente que había sido mi atmósfera de cinco años, -sentí una impresión extraña, grata y dulce, y una vaga melancolía me -llevó por un momento a vivir la vida del pasado. - -Me lancé a todos los viejos rincones conocidos y al pasar, bajo las -bóvedas del claustro, se levantaban mis recuerdos, obedientes a una -evocación simpática. Aquí, me decía, el buen Cosson, tan afectuoso, tan -justo, nos leía las elegías de Gilbert con un entusiasmo sincero o nos -recitaba la tirada de "Théramène" sin mirar el libro; aquí fué donde el -profesor Rossetti, encantado de mi exposición, me predijo que sería un -ingeniero distinguido, si perseveraba en las matemáticas, para las que -había nacido; en aquel banco expuse a Puiggari mi deplorable conferencia -sobre el iodo, que destruyó todas sus esperanzas de verme convertido en -un Lavoisier; en este sitio memorable fuí sostenido por M. Jacques, -cuando, habiendo sido llamado a dar examen de francés ante el doctor -Costa, ministro de I. P., me tocó en suerte traducir a primera vista el -"Incendio de Moscou" de M. de Ségur y me trabé en descomunal batalla con -Larsen sobre la significación de la palabra "tôle"; aquí Jacques me dijo -que era un imbécil, pero que tenía razón, cuando sostuve ante él, en una -discusión con un compañero, que este título de un capítulo de La -Bruyére, "Les esprits forts", no debía traducirse por: "Los espíritus -fuertes"; en aquel rincón me batí una tarde con denuedo contra un -muchacho Arriaza, quien, si bien sacó del combate la nariz demolida y -con una forma pintoresca, me dejó ciego por una semana; en este escaño -se sentaba mi madre, me tomaba las manos, me acariciaba con sus ojos -llenos de lágrimas, me apretaba contra sí, y al fin, cuando la noche -caía y era necesario separarnos, me dejaba su alma en un beso... y diez -pesos en la mano, que yo corría a convertir en cigarros en la portería; -aquí fué donde el padre Agüero pilló al alba a Adolfo Saldías, que -volvía de una escapada y a la luz de la luna que entraba por los -cristales del gimnasio, lo hizo arrodillar en el claustro helado y pedir -perdón de su delito, mientras yo, con el mate en la mano y tras la -puerta entreabierta del dormitorio del anciano, contemplaba el cuadro, -poniendo la ausente barba en remojo; he aquí el cuarto famoso donde fué -introducida por engaño la sirviente que traía la ropa limpia al "mono" -Latorre, sufriendo las excesivas galanterías de los circunstantes, -mientras el referido "mono", amarrado al pie de un lecho, ofrecía el -espectáculo confuso de un sátiro enardecido llorando a lágrima viva... - ---Los exámenes van a comenzar, doctor. Sólo a usted se espera. - ---Voy al momento. - - - - -XXXVI - - -¡Ah! he aquí el cuarto de Eyzaguirre, aquel informe "maremagnum" del que -éramos pilotos expertos. - -En esa ventana asamos una noche memorable las aves robadas en el corral -de la despensa, aves sagradas para nosotros y que jamás figuraron en la -mesa del refectorio; allí el salón de los exámenes escritos, donde -algunos jóvenes valerosos entraban llevando el enorme Ganot distribuído -por capítulos en todo el cuerpo y conociendo la topografía del terreno -como César los campos de Munda; la fuente me saluda, la fuente de pico -recto, la fuente que era necesario conquistar a puñetazos, porque el -compañero que esperaba, interrumpía a menudo la absorción haciéndola -intermitente, por medio de la broma llamada del "ternero mamón"; aquí un -condiscípulo querido de todos nosotros, que temíamos no pasara en el -examen escrito, nos dió una minuciosa explicación de cómo había -repartido sus fuerzas para el combate; en la nuca, entre camisa y -camiseta, los capítulos de "La Inteligencia", salvo "La Razón", que, muy -bien doblada, se ocultaba bajo el cuello, unida a la corbata por un -alfiler; entre el elástico del botín derecho, "La Sensibilidad", -formando "pendant" en el izquierdo "La teoría de las facultades del -alma"; en un falso bolsillo del pantalón, "La Voluntad", excepto el -"Libre Albedrío" que ocupaba un sitio indigno de su importancia -filosófica; y allí, sobre el estómago, a mano, como puñal de -misericordia, como recurso extremo, el "Discurso sobre el método", que, -bien manejado, es un proteo multiforme, apto para satisfacer el programa -entero... - ---Señor doctor, le están esperando... - ---Voy, voy al momento. - -¡Cuánta sonrisa en aquellas caras juveniles, si hubieran leído las cosas -que llenaban mi alma y dádose cuenta de las impresiones bajo las cuales -ocupaba mi silla de examinador! - -Decían las cosas que en otro tiempo yo había dicho; usaban las mismas -estratagemas que yo había empleado y se lanzaban a cuerpo perdido en las -partes de la bolilla que les eran conocidas, evitando con una habilidad -de pilotos consumados las arcanas secciones no holladas por sus ojos -infantiles. ¡Con qué elasticidad el compañero de atrás hacía de mimbre -su cuerpo, alargaba el pescuezo como una girafa y llamando en su auxilio -la voz más susurrante, "soplaba" con coraje! Yo nada veía, nada quería -ver. Mis preguntas envolvían clara y precisa la respuesta cuando el -discípulo era flojo, y con una sonrisa animadora, impulsaba a -desenvolver su charla graciosa y ligera al que, habiendo estudiado, -quería lucir su ciencia. Ciencia divina, superficial, epicúrea, ciencia -de un adolescente griego, explicando a su manera infantil los mitos -homéricos, ciencia deliciosa que flota como un sueño en la región de la -teoría, borrándose al mes siguiente, porque no tiene la mordiente áspera -de la experiencia propia! - -Y así pasaba ante mis ojos la filosofía y la historia, serena, olímpica, -a la manera de Hesiodo, saliendo de aquellos labios puros, como el -reflejo de leyendas de otros tiempos, en mundos distintos del que nos -rodea. ¡Con qué placer, entre mis examinandos, encontraba un cartaginés -endurecido, ardiente admirador de Aníbal, que tal vez había llegado, -como yo en las horas pasadas, pesaroso y triste a las páginas de Zama! -¡Cómo sonaba en mi alma el entusiasmo por las cruzadas, y con qué viveza -venía a mi memoria el largo discurso de Pedro el Ermitaño, que yo había -compuesto en la clase de retórica!... Los muchachos sonreían y corría la -voz eléctrica de que yo era un examinador insuperable. No sabían que les -habría abrazado a todos y que al más imbécil hubiera dado el máximum con -el alma contenta y la conciencia tranquila! - -Más tarde dictaba una cátedra de historia en la Universidad. Muchas -veces, al final de mi conferencia, notaba en las caras de mis -discípulos, siempre cultos y atentos conmigo, una ligera expresión de -cansancio que me contagiaba. Era una época en que vivía agobiado por el -trabajo; a más de mi cátedra, dirigía el Correo, pasaba un par de horas -diarias en el Consejo de Educación, y sobre todo, redactaba "El -Nacional", tarea ingrata, matadora si las hay. Así, solía llegar a clase -fatigado y cuando el tema no era interesante, mi palabra salía pálida y -difícil. Pero la campana del Colegio Nacional estaba allí! Desde el aula -la oía fácilmente y a sus primeros ecos recordaba mis horas de -estudiante, el ansioso anhelo por salir de la clase, miraba mis alumnos -fatigados y cortaba familiarmente la conferencia. En otras ocasiones el -eco de la campana me servía de excitante y si alguna vez salieron mis -discípulos contentos, ignoraban que lo debían al vago sonido que me -traía los más dulces recuerdos de mi infancia, mis ambiciones de -estudiante, mi esfuerzo por ocupar el primer puesto y la memoria del -gran maestro que nos hizo amar el estudio y la ciencia. - -Sí, amar el estudio; a esa impresión primera debemos todos los que en el -Colegio Nacional nos hemos educado, la preparación que nos ha hecho -fácil el acceso a todas las sendas intelectuales. Se pueden emprender -los estudios superiores en cualquier edad; los preparatorios, no. Es -necesaria la disciplina que sólo se acepta en la infancia, la dedicación -absoluta del tiempo, el vigor de la memoria, nunca más poderoso que en -los primeros años, la emulación constante y la ingenua curiosidad. Mucho -se olvida más tarde, el tecnicismo, el detalle; pero a la menor -concentración intelectual los caracteres perdidos en el fondo de la -memoria reaparecen con la claridad de las líneas de un palimpsesto ante -un reactivo que borra el último trazado. En una semana, un hombre -regularmente dotado, puede estudiar a fondo una cuestión de derecho; -pero si no tiene una preparación sólida, si no ha ejercitado su espíritu -en los largos años de bachillerato, la expondrá como un notario, jamás -como un jurisconsulto. Falta de ideas generales, mis amigos. - -Yo diría al joven que tal vez lea estas líneas paseándose en los mismos -claustros donde transcurrieron cinco años de mi vida, que los éxitos -todos de la tierra arrancan de las horas pasadas sobre los libros en los -primeros años. Que esa química y física, esas proyecciones de planos, -esos millares de fórmulas áridas, ese latín rebelde y esa filosofía -preñada de jaquecas, conducen a todo a los que se lanzan en su seno a -cuerpo perdido. - -Bendigo mis años de Colegio, y ya que he trazado estos recuerdos, que la -última palabra sea de gratitud para mis maestros y de cariño para los -compañeros que el azar de la vida ha dispersado a todos los rumbos. - - 1881. - - - - - PROSA LIGERA - - _Gallicæ Constructiones_ - - - - - ESPAÑA - - - - -Una visita de Núñez de Arce - - -Hace doce años, era yo ministro argentino en Madrid. Un día un criado me -anunció que el señor Presidente del Ateneo me hacía preguntar si podía -recibirle. En el acto dí orden de introducirle. Respetaba al Ateneo de -Madrid como se respetan las cosas que se temen y ese respeto de mi parte -justificaba el origen presunto de todas las religiones humanas. A pesar -de mis aficiones literarias, como suponía honestamente que el gobierno -argentino no me habría nombrado su representante para darme ocasión de -desplegar mis talentos estéticos o mis facultades de estilo, sino para -estudiar los problemas políticos o económicos de interés nacional, mis -esfuerzos habían tendido a tener una actuación eficaz y activa en el más -alto mundo social y en los círculos más influyentes de la política del -momento. Así es que conocía--o por lo menos trataba--a muy pocos de los -representantes del mundo de las letras. Fuera de Castelar, más político -que literato y dulcemente afectuoso siempre con todos nosotros los -americanos,--de don Juan Valera, a quien encontraba con frecuencia en el -mundo diplomático al que él también pertenecía,--de Menéndez Pelayo, con -quien comía a menudo en los clásicos jueves de nuestro buen amigo Bauer, -muchas veces, por feliz azar para mí, al lado uno del otro,--de Grilo, a -quien conocí en casa de Tamames y que nos encantaba en nuestras -deliciosas correrías por Sevilla,--no había hablado, repito, ni conocía, -tan sólo fuera de vista, a los demás altos representantes del -pensamiento español. - -"¿Quién será, me decía, este señor Presidente del Ateneo de Madrid? Yo -debía saberlo y precisamente por eso no le hago preguntar por su nombre. -El Ateneo, por lo demás, es la primera institución literaria de España, -y sus altibajos coinciden con la exaltación o la depresión del espíritu -público de este país. No sé lo que este señor Presidente vendrá a -pedirme, pero hay que tratarle bien, porque..." - -En esto estaba de mi soliloquio, cuando la puerta de mi escritorio se -abrió, dando paso a un hombre pequeño, delgado, tan distinguido en su -traje, en su fisonomía y en su expresión, que no pude, en el primer -momento, darme cuenta ni de cómo estaba vestido, ni de qué cara tenía, -ni de lo que era o podía ser. - ---Señor, me dijo con una voz reposada y serena, a la que daba un valor -que me sorprendió, la manera de mirar de sus ojos grandes, claros y -tranquilos, soy Presidente del Ateneo y vengo a pedir. El Ateneo, entre -otros achaques, tiene aquel que más nos seduce a todos, el de acercar -hasta confundir el alma española con el alma hispanoamericana. Vamos en -breve a celebrar una fiesta precursora de la gran solemnidad del -centenario de Colón y vengo a pedir a Vd. (aquí un par de frases amables -y muy lisonjeras para mí) que quiera honrarnos encargándose de una de -las conferencias que se harán en el Ateneo con este motivo. - ---Señor Presidente del Ateneo, antes de todo, ¿quiere Vd. tener la -bondad de decirme con quién tengo el honor de hablar? - ---Gaspar Núñez de Arce, señor. - -Me puse de pie como movido por un resorte y un poco confuso, me incliné -profundamente. A pesar de mi alejamiento voluntario de los centros -literarios de Madrid, había dos hombres que deseaba vivamente conocer: -Núñez de Arce y Pereda. Al primero por su inspiración gentil, vibrante y -generosa, por el ropaje suntuario de su lengua opulenta, lengua mía, de -mis padres y de mi raza, por la nobleza tradicional de su carácter, por -la pregonada sencillez de su vida armoniosa. A Pereda, porque un día, -allá por 1884, en la opaca tristeza germánica de Carlsbad, había -recibido un paquete de libros acompañados por una grata carta de Martín -García Mérou, que enviaba a su antiguo jefe y siempre amigo, algunos -libros españoles, entre otros la _Sotileza_ del escritor de la Montaña; -lo había empezado a leer, lo había devorado y había contestado al que -tal regalo me había hecho, una carta entusiasta y cariñosa que García -Mérou envió a Pereda, quien me hizo decir que tenía en España dos brazos -abiertos que me esperaban. Pero mi hombre estaba constantemente metido -en Santander (decir que en ese tiempo meditaba _Peñas arriba_, esa -maravilla, sin que yo lo supiera, para ir a rogarle me hiciera visitar -el teatro de ese drama admirable!) y cuando venía a Madrid, lo hacía tan -callandito, que los diarios anunciaban su llegada el día de su partida. - -Y ahora, de pronto, sin sospecharlo, tenía en mi casa, a mi lado, _para -mí solo_, a Núñez de Arce! Le tomé la mano, le dije que hasta entonces, -al hablar conmigo, sólo había hablado con un particular, pero que ahora -me ponía el uniforme diplomático, le recordaba que estaba reconocido en -mi carácter de representante de mi país por Su Majestad (Q. D. G.), que -en mis credenciales mi gobierno pedía al de España--y por consiguiente -a todos los españoles--que prestaran fe a mis palabras--y que, por lo -tanto, le pedía la suya al manifestarle la gratitud profunda de todos -mis compatriotas que habían tenido la fortuna de leerle, por los puros y -levantados goces de orden intelectual y moral, encontrados en las -estrofas de sus cantos admirables, en los que, bajo formas nuevas e -impecables que hacían valer el viejo idioma, se levantaban, sobre el -chato horizonte moderno, todas las nobles ideas, todos los instintos -generosos, todas las actitudes valientes, hasta la duda misma, que -animan a pensar que el alma humana es algo más que una resultante -fisiológica. Le hablé de sus poemas, de sus dramas, de sus trabajos -anunciados--y el poeta, ante mi acento sincero, me escuchaba con placer, -entretenido, quizá, en oir el elogio de su obra, hecho en algo, para él, -como un idioma extraño, en el que la construcción de la frase, la -cadencia del período, hasta el valor de las consonantes, parecía dibujar -vagamente, no ya el español del pasado, petrificado allá en Levante en -labios de los descendientes de moros y judíos, sino un castellano del -porvenir, ágil, vivo, un español americano, en una palabra, listo -siempre a jinetear, sin estribos, la mismísima gramática. - -Nos pusimos a charlar o, mejor dicho, le hice hablar larga, afectuosa y -abiertamente, suscitándole nuevos temas, así que veía que el anterior -iba a agotarse. Así hablamos mucho de arte, un poco de política, a -raudales del pasado español y del porvenir americano. Y a medida que los -juicios del poeta se condensaban en frases no cuidadas, pero claras y de -elegante movimiento, me abandonaba al placer de contemplar ese espíritu -ecuánime, cuyas raíces iban a beber la fresca savia que le animaba, -allá en las regiones donde el corazón encierra la bondad, la ternura, el -entusiasmo y la fe, sin que ninguna se extraviara para ir a aspirar la -ponzoña del odio o de la envidia. - -Y el tiempo corría, la América y la España misma se habían agotado y, -desaparecidos los Pirineos, entrábamos como conquistadores, a través del -Rosellón, en vieja tierra de Francia. La pléyade, el cenáculo, los -Parnasianos, los estéticos, los naturalistas, los decadentes, a todos -los pasamos en revista, él, conteniendo con su sonrisa moderadora mis -juicios impetuosos, yo animando a veces, con un rasgo atrevido, la -armoniosa mesura de sus opiniones. Hace poco, leyendo, con el trabajo -que mis hermanos en análoga tarea habrán apreciado, un libro de -Nietzsche, me encontré con esta gráfica descripción del autor de _Naná_: -"Zola, o el placer de heder"[9]. El juicio de Núñez de Arce era casi -idéntico, pero la forma exquisita en que se enunciaba, le quitaba la -crudeza, sin disminuir la eficacia. En cambio, como me seguía contento -con su mirada animosa, al oirme decir que había más naturalismo de -verdad en _Fortunata y Jacinta_, de Pérez Galdós, que en la obra entera -de Zola, y más belleza en la descripción que el mismo hace de Toledo en -_Angel Guerra_, que en todos los celebrados cuadros descriptivos del -autor de _L'Assommoir_! Y luego, de un salto sobre la Mancha, a -Inglaterra y allí, arriba, alto, a la cumbre y al honor, Dickens, Elliot -y entre los poetas Keats, Shelley, el mismo Byron, los que tienen -entrañas, sangre y vísceras; y luego... Se puso de pie, sacó su reloj, -gentilmente me hizo ver el largo tiempo transcurrido y me repitió con -mucha insistencia su amable invitación para el Ateneo. Entonces le -hablé con toda franqueza. - - [9] Nietzsche: "Le crépuscule des idoles", traducción de Albert, - pág. 172. - ---Ahora que conoce Vd. un poco mi espíritu, señor, no le extrañará oirme -afirmar que sólo puedo hacer lo que hago con convicción y sinceridad. -Hacer un discurso o conferencia sobre Colón y las relaciones históricas, -hispano-americanas, de manera a que sea grato a mi auditorio (porque -nadie está obligado a escribir un poema épico ni a decir, en materia de -arte, cosas desagradables), será para mí algo muy difícil, porque -siempre he pensado que dos de los hombres más fatales que ha tenido -España (y cuidado que no se ha quedado atrás en la especie!) han sido -Colón y Felipe el Hermoso, que la trajeron dos de las calamidades -mayores que pueden caer sobre un pueblo, la riqueza fácil y la gloria -militar. El primero, con su América y su oro, su espíritu romántico, -aventurero, anti-industrial, con los sistemas absurdos que el galeón -esperado e indispensable impuso; el segundo metiendo a España, con sus -vinculaciones germánicas y su imperial vástago alemán, en todas las -complicaciones de la Europa de entonces y a la infeliz que salía de -guerrear siete siglos con árabes y moros, obligándola a desangrarse de -nuevo desde las costas de Argel hasta las dunas de Holanda, sin olvidar -los campos de Italia, de Nápoles a los Alpes, los llanos de Alemania y -las frescas colinas de Francia y Bélgica. ¿Qué quiere Vd. que vaya a -decir al Ateneo? ¿Que nosotros, los del Río de la Plata, no teníamos -derecho a enviar a España más que uno o dos barcos por año, con tantos -cueros consignados a tal casa de Cádiz? ¿Que se nos obligaba a ir a -comprar ropa, calzado y sombreros a Panamá o Portobelo, que estaban a -seis meses de distancia, ida y vuelta, con cuyo motivo comprábamos todo -lo que nos hacía falta, de contrabando, bien entendido, a los -portugueses de la Colonia? ¿Que todo eso, si bien nos dejó en un estado -de delicioso atraso, pues no creo que haya habido pueblo más feliz que -el colonial Buenos Aires, antes que los ingleses vinieran a hablarnos, a -balazos, de ideas nuevas y paparruchas liberales, que todo eso remató en -la triste España de Carlos II o en la dolorosa de Fernando VII? -¡Fernando VII! Figúrese Vd. que se me cruce ese nombre en mi trabajo -mental; ¿puede Vd. imaginarse todos los improperios que van a salir de -esta boca, por más mesura que le imponga? El tratamiento de Macaulay a -Barère será de malvavisco y altea al lado del que, sin poder resistirlo, -propinaré al hijo infame de Carlos IV. Y si, hablando de los autores -principales del hundimiento español, llegara a plantar, delante de -Cánovas del Castillo, que es Presidente del Consejo de Ministros y que -seguramente estará en el Ateneo, las cuatro frescas que se merece el -Conde-Duque de Olivares, que él pretende rehabilitar, ¿a dónde irá a -parar mi reputación diplomática? - -Núñez de Arce me oía sonriendo, pero como sus ojos insistían, continué: - ---Pero como Vd. me ha hecho un honor muy grande y con ser de los mayores -de mi vida, un placer que lo supera, viniendo a mi casa, quiero que -salga Vd. en su empresa mejor de lo que pensara. ¿Conoce Vd. al actual -ministro del Uruguay en Madrid? ¿No? Pues se llama Juan Zorrilla de San -Martín, vive aquí a la vuelta de mi casa y si Vd. le ve con sombrero no -da un real por él, ni mucho menos si le ve descubierto. Nadie le conoce -aún aquí, porque ha llegado hace poco; pero el día que caiga en un -cenáculo intelectual en el que haya algunos poetas, uno que otro hombre -de pensamiento, un colorista y algún oído habituado a oir sonar el -cristal y el templado bronce, le van a sacar en andas. Para que Vd. no -olvide esta visita, regalo a Vd. y al Ateneo, a mi amigo y compañero -Zorrilla de San Martín. Oiga Vd. un momento. - -Tomé _Tabaré_ en el armario vecino y le leí algunas estrofas; cuando -interrumpí mi lectura para continuar, Núñez de Arce me tomó el libro de -las manos y continuó leyendo en silencio. Al fin me dijo: - ---¡Pero éste es un maestro! - ---¿Sabe Vd. lo que he dicho a Zorrilla de San Martín, sobre _Tabaré_, en -el álbum de su señora? Que versos como esos valen la buena prosa. - -Volvió a sonreir Núñez de Arce con aire de dulce reproche por lo que -parecía considerar una mera paradoja. - -Yo me defendí; le recordé que los primeros balbuceos de la humanidad -habían tomado la forma métrica y que sólo en un estado de civilización -relativamente avanzada había hecho la prosa su aparición. Que recordaba -también cuántos poetas consagrados enumeraba la historia literaria, -desde los griegos, para no ir más arriba, hasta nosotros y que al lado -de esa lista nutrida y numerosa, contara, con los dedos de la mano, que -le iban a sobrar, cuántos eran los prosistas de primera fila, aquellos -que nadie discute, como Platón entre los griegos, Tácito entre los -romanos, o, saltando al mundo moderno, del siglo XVI al presente, -Montaigne, Cervantes, Renán... Y para hacerme perdonar mi osadía, le -recité de memoria, que así las sabía entonces, dos o tres estrofas de la -_Lamentación de Lord Byron_. - -Aceptó que yo hablara a Zorrilla antes de que él le invitara, y se -retiró, quedando amigos ya. - -Vi y vió a Zorrilla, que, sumiso y contento, no sin temor, se encargó de -la conferencia en el Ateneo. Esa noche fuí allí por primera vez y con -encanto respiré la culta atmósfera, tan afectuosa para nosotros. Llegado -el momento, el alma vigorosa y bien templada del poeta uruguayo, subió -hasta la tribuna su pequeña envoltura mortal. El público miró con -sorpresa aquel rostro invadido por la hirsuta y rebelde cabellera que, -al avanzar sobre la frente, parecía continuarla, para dar ancho hogar al -pensamiento. Cuando empezó a hablar, el acento, la armonía de la -palabra, la vibración de la idea, la lujosa forma en que salía envuelta -y la gracia con que se movía, conquistaron a poco andar al auditorio, -que rompió en aplausos calurosos. Por fin, cuando Zorrilla de San -Martín, de pie, en la cumbre que parte el istmo americano, como Balboa, -miró, no ya los dos océanos que tendieron su inmensa majestad a los ojos -atónitos del rudo navegante, sino el cuadro entero de esa colosal -América latina, que empieza, en el continente austral, por las regiones -que baña el Orinoco y concluye en la glacial soledad del último cabo del -mundo habitado; cuando, como Andrade en su canto, describió una a una -las naciones desprendidas del vigoroso cuerpo de España, sus luchas -feroces, herencia de su organismo pasional, sus esfuerzos por surgir a -la luz, sus riquezas, sus esperanzas y su fe en el porvenir; cuando ligó -todo ese pasado al pasado de la madre patria y confundió, en la imagen -esplendorosa del triunfo definitivo que reservan los días venideros, a -la raza entera, entonces los ojos se llenaron de lágrimas, los corazones -se agitaron a romperse y las manos se buscaron instintivamente. Núñez de -Arce, que estaba a mi lado, murmuraba a cada instante, a mi oído, -palabras de gratitud, y fué con un abrazo estrecho que recibió a -Zorrilla cuando éste descendió de la tribuna. - -Pocas veces, más tarde, tuve ocasión de encontrarme con el ilustre poeta -español; hacía poca vida social y su delicada salud le imponía una vida -sedentaria. Pero mi admiración por su espíritu crecía a medida que -nuevas obras, cada vez más perfectas y acabadas, venían a enriquecer los -tesoros de nuestra lengua, como se aumentaba mi respeto y profunda -estimación por su carácter, a medida que rasgos incomparables de su -noble naturaleza moral me eran conocidos. Con ser tan admirado, no creo -que hubiera entonces, en España, nadie más estimado que Núñez de Arce. - -Dos veces, desde entonces, la muerte, rugiendo como una furia, se ha -arrojado sobre él, y dos veces la naturaleza tan amada del poeta, ha -sostenido por él la lucha, animosa siempre, triunfante al fin. Hoy el -peligro se ha alejado y vuelve a su amplia y vigorosa plenitud el -espíritu admirable y delicado que envuelve, como finísimo encaje, una de -las almas más nobles y armoniosas venidas a la luz en suelo español. - - 1902. - - - - -Por montes y por valles - - -Los diarios ingleses han publicado una curiosa estadística de las -hazañas cinegéticas de lord Grey, que ha de haber sido reproducida por -la prensa universal. En todo caso, hela aquí. Lord de Grey, en 18 años, -de 1877 a 1895, ha muerto la siguiente cantidad de animales: - -111.190 faisanes, 89.401 perdices, 47.468 _grouses_, 24.147 conejos, -26.417 liebres, 2.735 becasinas, 2.077 _coqs de bruyère_, 1.363 patos -silvestres, 381 ciervos rojos, 186 ciervos, 97 jabalíes, 94 aves negras, -45 paletos, 12 búfalos, 11 tigres, 2 rinocerontes y 8.450 piezas -diversas: lo que hace, en conjunto, 316.699 piezas, o sea un término -medio de diez mil piezas anuales. - -Lord de Grey es indudablemente el primer cazador de Europa y no me -extrañaría que el sindicato de fabricantes ingleses de armas y cartuchos -de caza, pensara, al día siguiente de su muerte, en levantarle un -monumento que consagrara su gratitud. La casualidad me hizo cazar un día -en compañía de lord de Grey: era en España y los azares de la colocación -hicieron que tuviese el puesto contiguo al suyo en un ojeo. La estación -de la caza estaba ya avanzada y las perdices rojas españolas, difíciles -siempre, flaconas y vigorosas, hendían el aire, como saetas, -generalmente fuera del alcance del fusil. Yo, cazador mediocre, pero sin -vanidad, hacía un fuego de todos los diablos, muchas veces con la -conciencia de la inutilidad de mi tiro, pero sin poder resistir al -placer de apretar el gatillo cuando tenía el ave en línea. Lord de Grey -tiraba mucho menos; pero ese día no le ví desperdiciar un solo tiro. -Tenía dos hombres detrás de él, que le pasaban una escopeta cargada con -una rapidez extraordinaria; concluído el ojeo, los dos servidores no -perdían una sola pieza de las que había abatido su señor, merced a una -perrilla gris, de pobre aspecto, pero admirable de olfato. - -Hay algunos cazadores que, sin ser de la fuerza de lord de Grey, no -pierden generalmente un solo tiro. El príncipe de Mónaco, el feliz -soberano de Monte Carlo, tiene esa reputación; pero parece que la cuida -de tal manera, que a veces transcurren horas enteras sin que haga un -disparo. No tira sino lo seguro. - -Como nunca he podido comprender ningún aspecto de la vida a través de la -vanidad, tampoco me ha sido dado entender la caza de esa manera. He -tenido gran afición por ella, afición que, con los años, ya pasando, -como tantas otras que son el glorioso séquito de la juventud. Por ese -motivo, los puntos donde he encontrado mayor placer en cazar han sido mi -tierra y España. La marcha en nuestras admirables praderas, sobre el -tapiz espeso y elástico, en la llana extensión que prolonga hasta donde -los ojos alcanzan, precedido por un buen perro hecho a nuestros hábitos, -bajo un cielo de una transparencia sin igual y en medio de esos -fugitivos fenómenos de la pampa que los hijos del suelo comprendemos y -sentimos, la marcha en esas condiciones es una de las sensaciones más -gratas que pueden darse. En España la empresa es más ruda. En primer -lugar, la temperatura; he cazado varias veces en las regiones de Avila -y Segovia en el mes de Enero, y a pesar del calor natural de la marcha y -de todas las precauciones necesarias, el cañón de la escopeta nos helaba -las manos. Muchas veces el suelo es pedregoso y os destroza los pies. -Otras, como en San Bernardo, cerca de Toledo, la configuración del -terreno es de tal manera accidentada, que se necesitan las piernas de -acero que tenía nuestro inolvidable Lucio López, uno de los primeros -cazadores de mi tierra, para resistir un par de horas. Pero al fin, es -la caza, es la aventura, es la lucha, con sus pequeñas mortificaciones, -que son recompensas. No olvidaré nunca nuestras largas excursiones, en -pleno invierno, en Extremadura, allá por las sierras de Guadalupe, a -caza de jabalíes, en tierras de mi amigo el marqués de la Romana. - -Teníamos una noche de camino de hierro, luego un día de caballo y por -fin empezábamos a trepar los montes, salvajes si los hay, precisamente -por las mismas sendas, talladas en la piedra, que se practicaron hace -quinientos años, cuando don Pedro el Cruel, rey de Castilla, quiso -emprender cacerías en aquellas regiones desconocidas. Ya en América -había observado el mismo fenómeno, al subir los contrafuertes de los -Andes por los mismos escalones socavados en la piedra por el rudo brazo -de los conquistadores: una vez que el español, con su tesón y su ímpetu -inicial, ha trazado una ruta, las generaciones pueden sucederse -infinitas, todas ellas han de tomar el mismo camino, en tanto que -subsiste, pues nadie piensa en mejorarlo ni en conservarlo. Por estas -gargantas, ásperas y sombrías como su carácter, subía, pues, don Pedro, -camino del Hospicio, donde iba a pasar la noche para ponerse en caza al -día siguiente. En el Hospicio dormimos también, vasto y tosco edificio -de piedra, elevado sin arte, pero para desafiar los siglos. Los -ojeadores, guías, peones y perreros, ocupaban la enorme cocina, que, con -su colosal fogón en el centro, era la única pieza habitable de la casa, -porque en los cuartos destinados a los señores el frío nos penetraba -hasta los huesos. En ella hicimos campamento, pues, en democrática -promiscuidad, y envueltos en nuestras mantas, esperamos la aurora para -ponernos en movimiento. Nos despertó un ruido infernal, una jauría de -perros que llegaba, nada menos que la _recova_ del marqués de la -Conquista, el noble anciano descendiente de Pizarro, que, impedido por -un achaque de su edad, de tomar parte en la cacería, nos enviaba sus -afamados perros, con una carta de un tono de admirable hidalguía, en la -que nos pedía que no los economizáramos, porque, cuanto más numerosos -fueran los que quedaran en el campo, más se colmarían sus votos de un -éxito feliz. Eran ochenta perros de primer orden, hechos al combate, -pequeños, fuertes y valientes, que unidos a los cincuenta con que -contábamos, nos formaban una jauría de excepcional importancia. - -La del marqués de la Conquista la dirigía el perrero más afamado de -aquellas regiones, un hombre alto, seco como un alambre, vestido de -recio cuero de pies a cabeza, con el hablar lento y sentencioso, -conociendo todos los perros de la comarca por sus nombres y hazañas y -las costumbres del jabalí mejor que las de sus semejantes. Fué él quien -me inició en los hábitos, curiosos a veces, del animal que por primera -vez iba a combatir. Así, mientras defendía al jabalí de ciertas -imputaciones desdorosas, confesaba la malicia y la prepotencia del -_solitario_ que, llegado a la venerable edad de cuatro años, en el -momento en que los colmillos próximos a retorcerse y hacerse -inofensivos, son más temibles, hace vida aparte, aislado siempre, como -su nombre lo indica, pero no sin hacerse preceder, tanto en marcha como -en el reposo, por un _javacho_ de un año o diez y ocho meses, al que ha -aterrorizado hasta el punto de convertirlo en centinela avanzado de su -seguridad, llamado a dar el alerta en caso necesario o a sufrir las -consecuencias del primer encuentro desagradable. Era tan curiosa la -conversación de aquel hombre, tan peregrinas las historias que contaba, -que todos, amos y criados, estábamos suspensos de sus labios, al calor -del hogar alimentado por enormes troncos de encina. Por fin al amanecer -de un día radiante de sol, aunque muy frío en la mañana, nos pusimos en -camino. Eramos ocho cazadores y seis _escopetas negras_. Se da este -nombre a los guardas armados que cierran el circuito del ojeo; ocupan -los últimos puestos a ambos extremos de la línea para tirar sobre los -jabalíes que escapan a los cazadores o ultimar los heridos. Tienen una -reputación de tiradores extraordinarios, pero yo creo que la deben a sus -escopetas viejas y ordinarias, con el cañón reforzado por cuerdas, -composturas y remiendos primitivos por todos lados. Yo les he visto -errar con más frecuencia que nosotros mismos. - -Llegados al sitio del primer ojeo, nos numeramos y, según la suerte, -fuimos ocupando cada uno nuestro puesto, separado del vecino lo menos -por trescientos metros. Cerrábamos un valle que se extendía a lo lejos, -entre dos montañas. El suelo estaba cubierto de una _jara_ espesa y -bravía de más de dos metros de altura. El ojeo abarcaba cerca de una -legua de valle: los ojeadores con los perros habían partido en otra -dirección al iniciar nuestra marcha. Tardamos cerca de una hora en -ocupar nuestros puestos y cuando todos estuvimos colocados, el guarda -jefe, que nos mandaba a caballo, hizo un disparo de fusil. Un silencio -de muerte reinaba en ese instante en el sombrío valle; las cumbres de -los montes vecinos estaban ya bañadas por el sol, cuya luz dorada -empezaba a bajar por las laderas. A mí me había tocado una pequeña -hondonada; era un buen puesto, porque a mi frente, a cincuenta metros, -clareaba por momentos la _jara_, lo que indicaba que había un sendero -por allí, que probablemente tomaría el jabalí acosado. Pero entre ese -punto, que era mi campo de tiro probable y yo, corría un arroyo de agua -muy clara y muy fría, cuya profundidad ignoraba. Tenía a mi lado al -_secretario_, como llamábamos al peón encargado de llevar, en la marcha, -las armas, municiones y vituallas. A las ocho y media de la mañana tomé -posesión del puesto que debía ocupar hasta las cuatro de la tarde y los -compañeros siguieron adelante. Con gran rapidez y silencioso siempre, -según los cánones, mi secretario reunió leña para hacer fuego en el -momento necesario, para calentar agua. Me senté, preparé mis armas y -esperé. Tartarín se habría mostrado satisfecho de mi arsenal. Tenía una -carabina _express_, austriaca, de dos tiros, de la que el fabricante me -había dicho maravillas, mi vieja escopeta calibre 16, cargada a bala, mi -revólver, y al cinto, lo que me daba un aspecto feroz, un enorme -cuchillo de caza, de hoja ancha y filosa, que ya había hecho jugar en la -vaina, con cierto aire de d'Artagnan antes de un duelo. - -Me había provisto de un libro, sabiendo de antemano las largas horas de -la espera, pero estaba tan nervioso y excitado, tan penetrado por -aquella naturaleza salvaje y tan _empoigné_ por la rudeza de la caza, -que no lo abrí un momento. Cuando sonó el tiro de señal, me puse de pie -precipitadamente y empuñé con decisión mi carabina. Al poco tiempo -empezamos a oir a lo lejos, como un eco, el ladrar de los perros, que se -fué acentuando, luego disminuyendo, hasta no oirse sino el aullar -penetrante, como quejumbroso, de un solo perro. "Es el _latido_ de -Juanicho, me dijo casi al oído el secretario. Ha olido algo". Juanicho -era la perla de la _recova_ del marqués de la Conquista. A los veinte -minutos, por entre la _jara_, a nuestro frente, silenciosos ahora, pero -husmeando con tesón, llegaron cuatro o cinco perros. Se cruzaban, se -detenían, levantaban la cabeza como para aspirar aire fresco y de nuevo -seguían rastreando. Llegaron hasta nosotros, los acariciamos un instante -en silencio y volvieron a desandar el camino hecho, jadeantes y tenaces; -de nuevo la calma silenciosa volvió a reinar; volví a sentarme, pero a -cada movimiento de un arbusto, a cada ondulación de la _jara_, saltaba -sobre mis pies. Mi secretario, más habituado que yo, sin embargo, -saltaba también, e instintivamente llevaba la mano a su cuchillo, su -única arma. Por fin, después de dos horas de espera, oímos una algarabía -muy lejos; pronto cesó, los perros estaban despistados. Pero a mi frente -la _jara_ se movía de un modo casi imperceptible. Mi secretario me tocó -suavemente el hombro y me alcanzó municiones, como si mis armas no -estuvieran cargadas. Tendiendo la vista anhelante, ví a unos cincuenta -metros y cruzando diagonalmente frente a mí, un jabalí que al trote se -deslizaba cauteloso entre la _jara_. Yo sabía que debía esperar a que -pasara por el punto más próximo. La ví bien; era una jabalina regordeta, -no muy grande. Por un esfuerzo de voluntad conseguí no hacer fuego, -siguiendo con el cañón de mi carabina la marcha del animal; pero en ese -momento sonaron varios tiros a mi derecha e izquierda. Sin duda la -banda de que formaba parte mi jabalina se habría dispersado y puesto a -tiro de mis compañeros. Mi animal se detuvo, agachó la cabeza y dió -vuelta como para alejarse; en ese momento tiré. La jabalina continuó su -trote, que no interrumpió el segundo tiro y se perdió entre la espesa -_jara_. Eché a un lado la carabina con cólera; yo no soy un gran -tirador, ni mucho menos; pero no dar en aquel blanco, a cincuenta -metros, era demasiado. Abandoné, pues, la carabina y todas sus -_faramallas_ y tomé mi vieja escopeta, compañera tranquila y segura de -cinco años de campaña. - -Un momento después se dejó oir gran aullar de perros en la altura que -tenía frente a mí y antes de que nos diéramos cuenta, un jabalí enorme, -un solitario, bajó a escape la cuesta y se detuvo jadeante, prestando el -oído a los perros que se acercaban, a treinta o cuarenta metros de mí, -al otro lado del arroyo. Apunté con toda la calma posible e hice fuego; -el jabalí se levantó casi en sus dos patas traseras, se sacudió todo y -como los perros bajaban ya, frenéticos, dió dos pasos y se espaldó en el -tronco de un árbol para hacerles frente. Cuando los perros estaban ya -casi encima de él, le hice mi segundo tiro, que debió darle, porque de -nuevo se sacudió todo, pero no cayó. "Juanicho, señor, Juanicho a la -cabeza!" me decía entusiasmado el secretario, señalándome un perrillo -pequeño, ensangrentado, bravo como las armas, que del primer salto se -había prendido a la oreja del jabalí que lo sacudía en el aire, mientras -a colmillo limpio se defendía de los otros perros. Uno de éstos (eran -cinco o seis) yacía ya con el vientre abierto y otro malherido se -retiraba del combate gimiendo. Sin darme cuenta, sin atinar a cargar de -nuevo la escopeta, como si el jabalí se me fuera a volar, tiré el arma, -saqué el cuchillo y a escape llegué al arroyo, me metí dentro con el -agua a la cintura y fría como el demonio y llegué hasta el animal que se -defendía desesperadamente. "Por detrás, señorito, por detrás!", me -gritaba el secretario desde el medio del arroyo. Pero yo no le oía; a -gritos y puntapiés trataba de alejar los perros, que temía sucumbieran -todos, incluso Juanicho, si soltaba la oreja. Al verme, el jabalí -pretendió hacerme frente pero estaba muy malherido y los perros le -acosaban. Por fin, ganándole el lado, conseguí meterle hasta el cabo el -cuchillo en el codillo. Cayó como una masa; pero Juanicho no soltaba, a -pesar de los esfuerzos del secretario por arrancarlo. Me decidí entonces -a cortar la oreja del jabalí y sólo cuando se encontró con un pedazo de -cuero inerte entre los dientes, que no hacía resistencia, Juanicho soltó -la presa. Lo llevamos al arroyo y lo lavamos, así como a los otros -perros heridos, y echando una mirada de cariño a los dos muertos en la -lucha, arrastramos al jabalí hasta la orilla del curso de agua. A los -tiros, y gritos, llegó el capitán (guarda-jefe); el secretario le narró -el combate mientras echaba pie a tierra. Me saludó y diciéndome: "los -derechos del capitán!" convirtió al jabalí en émulo del más desgraciado -de los amantes de la Edad Media. No ví otro jabalí ese día; pero cuando -a la noche, en la gran cocina, llamamos al perrero del marqués de la -Conquista para charlar de la jornada, éste se avanzó con las manos y la -cara destrozadas por las espinas de la _jara_ y nos dijo que habíamos -perdido catorce perros, diez del marqués y cuatro nuestros. Luego se -adelantó hacia mí y sacándose el sombrero, me dijo con cierta alteración -en la voz: "Pero nada se ha perdido, porque el señorito ha salvado a -Juanicho. Dios se lo pagará!" - -Nos apretamos la mano y desde ese día somos buenos amigos, aunque no nos -hemos vuelto a ver. Yo no tenía gran conciencia de ser el salvador de -Juanicho; pero sin duda mi secretario debió haber arreglado a su manera -la narración de la hazaña. Que no me disgustó la cosa, lo probó más -tarde la propina... - -Se me ha ido la pluma contando ese recuerdo de mis gratas cacerías en -España, porque acabo de llegar de una partida de caza, aquí, a tres -cuartos de hora de París, en una gran propiedad, con un castillo enorme -y de un lujo extraordinario. Apenas bajamos del tren, subimos a un -ómnibus arrastrado por un _tractor_ automóvil, que nos llevó al -castillo. Almorzamos allí, en un comedor con tapicerías de cien mil -francos. Luego, en un carruaje cómodo, nos llevaron hasta el sito de la -caza y los faisanes enormes como pavos, engordados a grano, comenzaron a -volar pausadamente. Se tiró más o menos bien, pero el _tableau_ fué -soberbio. Nos vestimos de frac para comer, se hizo un poco de música, se -jugó al _whist_ y a las 12 de la noche estábamos de regreso en París. -¡Oh, mis ásperos cerros de Extremadura! Recordaba una vez más la linda -jornada, desde el Hospicio hasta el Monasterio de Guadalupe, aquella -inesperada catedral perdida entre las montañas, consagrada a la virgen -maravillosa, que, según la leyenda, talló el mismo San Marcos en un -tosco tronco y que por siglos ha sido venerada en toda España. A ella -enviaba reverente don Juan de Austria, al día siguiente de Lepanto, la -soberbia lámpara de la nave capitana, y Zurbarán cubría los muros y los -altares de la iglesia de telas admirables que el tiempo empieza a -destruir. Mientras mis compañeros, creyentes como buenos hidalgos, se -arrastraban de rodillas en el misterioso santuario que guarda a la -virgen, yo, de rodillas también, admiraba su magnífico manto cuajado de -pedrerías, las innumerables joyas que la cubrían y en la sombra, su -cara, su enigmática cara, casi negra, toscamente tallada. Y después de -nosotros los perreros, los peones, los criados, con el rostro -desencajado por la emoción, prosternándose para besar la orla del -vestido de la imagen y pedirle alivio en sus vidas miserables! - -Allí la naturaleza, el hombre libre, creyente y fuerte; aquí la -convención y el hombre raquítico, escéptico y _snob_. ¡Buena y robusta -tierra de España, que guardas en tu seno los huesos de mis abuelos y en -medio de tus penas y dolores, en este mundo chato que la civilización -nivela y hace cada día más banal, conservas aún tu altiva fisonomía y -los rasgos soberanos de tu enérgica personalidad, yo te imploro, oh -buena tierra de España, resiste a la ola por largos años, para que -nuestros hijos trepen gozosos tus montes salvajes y en tus rincones -perdidos, que el riel de hierro no cruza, sueñen, esperen y crean! - - París, Enero 1897. - - - - -El arte español - -ORIGEN Y CARÁCTER - - -Al principiar el siglo XVII, la España, que en el siglo anterior había -alcanzado al apogeo de su grandeza, ejerciendo sobre la Europa entera, -bajo los dos primeros príncipes de la casa de Austria, una influencia -incontrastable, marchaba ya en la senda de su decadencia. Felipe III -había vivido con el reflejo de su predecesor y la falta colosal de su -reinado, aquella expulsión de judíos y moriscos, que dejó una cicatriz -jamás cerrada en el corazón de España, no había hecho sentir aún todas -sus consecuencias. Pero ya la dilatación de las fuerzas españolas que, -sin la organización de la Inglaterra actual, se extendían por toda la -Europa y el nuevo mundo en vías de colonización, empezaba a debilitar la -metrópoli, que poco o nada había aprovechado de su grandeza pasajera. - -Casi todos los pueblos que han dejado una memoria gloriosa en la -historia humana, han aprovechado sus tiempos de esplendor y fuerza, para -darse una organización interna estable y vigorosa, merced a la que han -vivido independientes y respetados, cuando la época extraordinaria hubo -pasado. No así España. Carlos V encontró la nacionalidad española fresca -y flojamente constituída; el provincialismo inveterado, que era el modo -de ser histórico en la Península, persistía en los hábitos y leyes -locales, aun después del triunfo de unión obtenido por el enlace de los -Reyes Católicos. Cada región de la monarquía era tratada según su -derecho histórico; unas, como las tres provincias del Norte, que -pretendían haberse incorporado voluntariamente, tenían condiciones de -nobleza y privilegio. Las accedidas por aporte matrimonial, como -Castilla y León, Aragón y Cataluña, tenían fueros menos considerables, y -otras, como Valencia y Granada, sobre las que pesaba aún la conquista, -vivían literalmente en esclavitud. De ese desquicio orgánico, Carlos V y -Felipe II habían exigido esfuerzos que aun a una constitución nacional -vigorosa hubiera sido difícil alcanzar. Constantes y aventuradas -expediciones a América, la flor de la juventud española enrolada en los -ejércitos que consumían las guerras de Italia, de Flandes y de Francia; -todos los recursos del país agotados para atender a los vastos dominios -de la metrópoli, una política comercial estrecha e inconcebible, y en -fin, por meta suprema, un ideal teocrático, ¿cómo era posible que España -resistiera? El golpe de Felipe III la hirió de muerte y desde entonces -su historia es sólo la de una lenta agonía, en la que el enfermo se -debate desesperadamente por momentos, asombrando por energías pasajeras, -que recuerdan su viril constitución. - -Jamás un hombre que medite sobre las causas generales de la decadencia -española, dejará de consignar en primera línea el fanatismo religioso -que circunscribió el horizonte moral de aquel pueblo, y según Buckle, le -hizo para siempre impenetrable a toda idea de progreso. Ese hombre -tendrá razón; pero no se puede, no se debe olvidar, que si bien la -decadencia española es una consecuencia del fanatismo religioso, éste -lo es y fatal, ineludible, de la historia de España. Una nación que se -rehace heroicamente, reconquistando palmo a palmo su territorio -invadido, durante una lucha de siete siglos, sostenida única y -exclusivamente por el espíritu religioso, modela su organismo moral bajo -un ideal concreto, inspirado por la inflamación de un sentimiento -especial, que la gloria y la gratitud han consagrado. Si la mayor parte -de las desventuras de España han venido de la exacerbación de ese -sentimiento, todas sus glorias lo reconocen por origen. Sí, él encendió -las hogueras de Felipe II, él inspiró los decretos de expulsión, él hizo -condenar a muerte en masa al pueblo flamenco, él ensangrentó las selvas -americanas con la hecatombe de indios, él clausuró el espíritu español a -toda idea de libertad intelectual; pero ¿quién sino él, alentó el alma -de aquel puñado de asturianos que principiaron con Pelayo la obra de la -Reconquista, qué otro guía llevaba San Fernando, y quién condujo a los -Reyes Católicos a las puertas de Granada? El espíritu religioso hizo la -España, la hizo tal como podía hacerla y no de otra manera. No se puede -hacer la crítica de la vida secular de un pueblo, sin tener -constantemente en vista las condiciones especiales de su organismo -propio. ¿Ha sido un bien o un mal para la humanidad la ingerencia de -España como factor activo en su historia? Hay hombres que contemplando -los restos soberbios que quedan de la dominación árabe, o estudiando el -estado de las monarquías incásica y azteca en el momento de la conquista -americana, ven en esas formas del progreso humano, verdaderas -civilizaciones avanzadas y deploran la intervención de España y la -imposición de su fórmula propia aniquilando aquéllas. Es una paradoja -que seduce al espíritu, sobre todo en una blanca noche de luna, en el -centro del patio de los Leones en la Alhambra o en el ambiente perfumado -de los jardines del Alcázar de Sevilla. La civilización musulmana hizo -su evolución completa, alcanzando el apogeo de su desenvolvimiento en el -sentido único que el ideal del pueblo árabe y su institución religiosa -permitían. Las maravillas arquitecturales que hoy contemplamos con -asombro, parecen revelar un estado de espíritu culto, pulido, lleno de -movimiento y luz, contrastando con la sombría órbita moral del caballero -cristiano que más tarde había de cubrir los mosaicos y arabescos de las -mezquitas con los símbolos de su culto ferviente. Es un error; fuera de -esa arquitectura característica de decadencia, los árabes no tenían una -sola idea que valiera el vigoroso y amplio ideal cristiano, susceptible -de obscuridades transitorias, pero fecundo en su germen, próximo a -renacer de su prolongado letargo de la Edad Media y a sacudir las -cadenas del misticismo, para estallar soberbio en el _cinquecento_. - -Organizada para la más larga y dura guerra por la fe que registra la -historia, la España era una entidad moral lógica y entera, armónica en -todas sus manifestaciones. Todo en ella venía de Dios y todo volvía a -Dios, desde las manifestaciones poéticas de sus más preclaros ingenios, -hasta el brutal valor del soldado o el caballeresco arrojo del señor. -Concebida la vida nacional como un culto perenne, en su seno no tenían -cabida los que no participaban de ese ideal. En un estado análogo de -opinión, todas las conquistas morales de la Reforma y la filosofía del -siglo XVIII, habrían sido impotentes para evitar la expulsión de los -heréticos. Jamás hubo en el mundo fanatismo más sincero; no era más -ilustrada y consciente la fe de un fraile mendicante que la de Felipe -II o la de su hijo. Felipe IV ve al francés posesionarse de Barcelona, -el Portugal segregarse de su corona, los viejos tercios españoles -aniquilados en Rocroy; pero su preocupación principal es la resistencia -del papa en proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción de María. -Abandona el gobierno en manos de Olivares o Haro, pero su Egeria -política, social, religiosa, íntima, es una obscura monja perdida en un -convento de Aragón, cuyo cuerpo macerado y espíritu exaltado le dan los -caracteres que la época atribuía a la beatitud. Como era natural en una -sociabilidad semejante, el arte nació bajo los auspicios de la religión. -El ideal primero no fué la tradición ni se ayudó de la fantasía terrena; -el arte bebió su inspiración en la fe, y si el campo fué restringido, -ahí están las viejas catedrales góticas para atestiguar de qué manera se -explotó. Como el sacerdote que cumple los ritos del culto, como el niño -que en el coro eleva su voz argentina cantando las alabanzas del Señor, -como el soldado que derriba moros en nombre de Dios, así el artista -poniendo piedra sobre piedra, esculpiendo las sillas del coral o -trazando en el lienzo las figuras de los bienaventurados, todo acto, -toda manifestación intelectual tendía al mismo objeto. La vida nacional -entera era una oración colosal. - -Luego el artista, llamado a interpretar iconográficamente los misterios -del culto y los dogmas revelados, ¿no llenaba acaso una misión -sacerdotal, abriendo, por su arte, el espíritu de los miserables y -desheredados, a la comprensión de las cosas divinas? En esa aspiración -constante del alma española hacia el cielo, el artista que reflejaba en -sus telas las escenas de la vida futura o trazaba los cuadros más -intensos de la Pasión, era para el clero un colaborador precioso. Así, -desde que el duro batallar contra infieles termina con la conquista y -que las primeras tentativas artísticas empiezan a producirse, se observa -que nacen en el interior de los conventos, realizadas por obscuros -frailes cuyo nombre ni aun ha conservado la historia. Figuraos un monje -enterrado en un obscuro claustro americano, sin tradición, sin modelos, -sin nociones prácticas del arte, luchando con la impotencia de sus -medios para traducir las visiones de su alma. Tal debió ser la primitiva -pintura española, vigorosa de expresión como todo lo que es sincero, -pero de un tecnicismo infantil e ingenuo. - -Puede contarse entre los sucesos que mayor trascendencia han tenido en -la historia de España, igual en consecuencias de importancia al -descubrimiento de América o a la conquista de Granada, el enlace de la -hija única de los Reyes Católicos, Doña Juana, a quien la historia -vacila hoy en calificar de loca, con el archiduque de Austria, Felipe, -llamado el Hermoso. El origen del príncipe y su aporte matrimonial, -aquellos Países Bajos que tanta sangre y dinero costaron a España, -arrancaron a ésta de su aislamiento secular. Impelida por el espíritu -guerrero y los hábitos de aventura contraídos en la larga lucha, volvió -su energía al exterior y es desde ese momento que vemos sus ejércitos -recorrer la Europa entera, fundar y conquistar reinos, sus naves surcar -los mares y sus famosos capitanes fijar nombres gloriosos en la memoria -humana. - -Con Carlos V el espíritu europeo penetró en España, y el advenimiento -del Emperador puede considerarse como el punto de partida de una nueva -era. Hasta entonces España había sido un soldado, cuya vida recta y -monótona está trazada de antemano. Combatir al infiel era toda su -misión; de hoy en adelante, entra en la vida colectiva, necesita -formarse una escuela política y ensayar las artes del gobierno para -armonizarlas con sus dotes militares. Los grandes capitanes no le -faltan: Gonzalo de Córdoba, Alba, Farnesio, Spínola, Villafranca. Sus -políticos habrían estado a la altura de la situación, si la -concentración del poder y la omnipotencia de la voluntad real en unos -casos y en otros la privanza de favoritos ineptos, no hubiera ahogado su -iniciativa. Si el famoso presidente La Gasca, cuya acción, desenvuelta -en un mundo desconocido entonces, ha quedado en la historia borrada por -la distancia, sin que no obstante sea fácil encontrarle un rival en -habilidad, prudencia y perseverancia, si La Gasca, repito, hubiera -estado al alcance de su soberano y bajo su constante e inmediata -inspiración, la España habría perdido el Perú en el siglo XVI en vez del -XIX. - -Pero todos los grandes señores que comandaban por el rey en el -extranjero ejércitos o provincias, se habían ido iniciando lentamente, -no sólo a los hábitos más cultos y costumbres más dulces que encontraban -en los enemigos que combatían o en los pueblos que gobernaban, sino -también tomando gusto por las cosas del arte. La imaginación meridional, -fácilmente accesible a la impresión de la belleza y la fastuosidad -tradicional del magnate español hicieron el resto. Carlos V, al recoger -el pincel del Ticiano, fijó el rumbo, dió el ejemplo y facilitó, -ennobleciéndolo, el movimiento artístico que alcanzó su apogeo en pleno -siglo XVII. - -El momento no podía ser más propicio: los ejércitos españoles pasaban -largos años en Italia, convulsionada aún por el Renacimiento, o en los -Países Bajos, donde brillaba ya la vieja escuela flamenca, a la que, -renovada, tan grandes días estaban reservados. Los nobles españoles que -acompañaban a Carlos V formaban su gusto en las telas de Leonardo, que -había revolucionado el arte, abriéndole surcos nuevos y fecundos, o en -los mármoles del Buonarotti, y sea que entraran aclamados en la Ciudad -Eterna, o por la brecha con Borbón, se presentaban por primera vez ante -sus ojos las maravillas del arte antiguo. Existen rudas relaciones de -soldados de aquella época que atestiguan la impresión producida por esos -espectáculos inesperados. La inteligencia española no estaba aún -preparada para penetrarse del espíritu del Renacimiento y las letras -clásicas, puestas en boga por Petrarca y sus continuadores en el estudio -de lo antiguo, dejaban fríos a aquellos hombres, que no concebían otro -trabajo digno del espíritu que la teología. Pero las bellas artes tienen -la incomparable ventaja de impresionar a los hombres de más opuestas -tendencias morales, sin exigirles una preparación especial. No es -necesario conocer y sentir a los griegos para extasiarse ante el dibujo -de Miguel Angel o el color del Ticiano. La belleza habla por sí misma. - -Así, el desenvolvimiento de las bellas artes en España fué debido al -impulso dado por la aristocracia. Los magnates más famosos por su cuna, -sus hechos o su hacienda, cifraron la gloria de sus casas en acumular en -ellas riquezas artísticas o tesoros de erudición, como el reunido en -Guadalajara por la ilustre casa de Mendoza. - -El duque de Alba, el grande y duro guerrero de Flandes, el soberbio -conquistador de Portugal, convirtió su casa de Alba de Tormes en un -verdadero museo de obras de arte, que más tarde completó su hijo, -ordenando a Granelo y Castello celebraran en lienzos las hazañas del -padre. El gran capitán pasó los últimos años de su vida en la Abadía, -antiguo castillo de Templarios, en Extremadura, creando sobre las -riberas del Ambroy jardines que fueron famosos y dando hospitalidad a -Lope de Vega, que escribió allí su _Arcadia_, en la que describía las -magnificencias de la morada de su huésped ilustre. - -Por fin Sevilla, que fué el emporio de la riqueza y las artes españolas -en el siglo XVII, teniendo el monopolio de las comunicaciones con -América, por su Casa de Contratación, era el centro donde afluían -infinidad de extranjeros, deseosos de iniciar negocios y cambios con -aquellas fabulosas regiones americanas, de las que llegaba oro sin cesar -y que la imaginación popular se figuraba como el tradicional Eldorado. -Los italianos, holandeses y alemanes que llegaban a Sevilla, traían una -educación más avanzada que los españoles y un gusto formado ya por las -cosas del arte. Muchos de ellos, sea por el éxito de sus negocios, sea -por la razón eterna que persiste aún en el día a fijar en aquel suelo a -muchos de los que llegan con ánimo transitorio, la belleza de la tierra, -la pureza de la atmósfera y la suavidad del clima, concluían por formar -allí su hogar y adornarlo con los nacientes productos del arte español. -Su buen gusto contribuyó en mucho a modificar el carácter de la pintura -sevillana, grosera hasta entonces, sin más clientela que el populacho -ininteligente de las ferias. Sus relaciones de los grandes maestros -extranjeros, de la sabiduría de sus composiciones, de la corrección de -sus dibujos y de la armonía de su color, fueron modificando poco a poco -la tendencia dominante, cuyo último representante puede decirse que fué -Herrera el Viejo, pintando enormes lienzos con brocha gorda y a -distancia, verdadera escenografía, absurda fuera de su aplicación -natural. Las iglesias y catedrales de América, especialmente de Méjico y -el Perú, únicas regiones que atraían entonces la atención de España, -deben estar aún llenas de cuadros de esa época. Aun se han de encontrar -algunos retratos de Sánchez Coello y de Pantoja y no pocas escenas -religiosas de los Herreras, Pacheco, etc. Muchas de esas riquezas se -habrán perdido y entre ellas tal vez aquellos cuadros que pintó Murillo -a la carrera, dividiendo un gran lienzo en compartimentos iguales, -llenándolos con su furia vertiginosa y vendiéndolos a mercaderes -americanos, para con su importe trasladarse a la corte a perfeccionarse -en el arte del que más tarde fué una gloria. - -Bajo el punto de vista artístico, a nadie debe la España más que a dos -hombres que para su felicidad y grandeza nunca debieron existir: Felipe -IV y su favorito el conde-duque de Olivares. Esos dos políticos ineptos, -negligente el primero hasta la culpa, ciego y soberbio el segundo hasta -el crimen, parecieron concentrar sus facultades todas de inteligencia y -de buen gusto en fomentar el desarrollo magnífico que el arte español -tomó bajo su impulso ilustrado, favorecido por una explosión de hombres -admirables, grupo estupendo que la Europa no había visto desde los días -del Renacimiento. Como en el reinado anterior las letras, bajo Felipe IV -brilló la pintura española de una manera incomparable. A Cervantes, Lope -de Vega, Góngora, etc., sucedieron en el cielo intelectual de España, -Velázquez, Murillo, Alonso Cano, Ribera y tantos otros que hicieron para -la fama artística de su patria lo que sus grandes capitanes habían hecho -para su gloria militar. - -Son esos grandes artistas, son sus obras inimitables y, en los dos -primeros, la altura moral de su vida, los únicos motivos de consuelo que -encuentra el espíritu al recorrer la tristísima historia de España en -esa época, y al contemplar, con la melancolía que inspiran las grandes -desventuras, esa caída de un imperio colosal, levantado por el esfuerzo -de hombres cuya sangre fué la misma que corre en nuestras venas. - -Entre todos los grandes artistas españoles, el más personal, aquel cuyo -genio propio brilla más vigoroso, fué Velázquez. Esa personalidad -poderosa, tan rara en la historia del arte que sólo pueden citarse dos o -tres ejemplos, no lo fué sólo en la manera o el estilo, sino en algo más -profundo y decisivo, en la concepción misma del arte y en la liberación -audaz de la tradición de la pintura española. Puede decirse que -Velázquez, el católico sincero, el pintor de cámara de Felipe IV y su -Aposentador Mayor, procede más de la Reforma que del Renacimiento. El -Renacimiento emancipó la imaginación, pero la Reforma emancipó el -pensamiento. Jamás ningún hombre que haya manejado un pincel ha pintado -con mayor libertad de espíritu que Velázquez. Uno de los primeros y con -una intuición genial, comprendió el límite que la esencia misma de las -bellas artes asignaba a cada una. En pintura fué un librepensador y si -la actividad de su espíritu le hubiera empujado por otra senda, mal se -habrían avenido sus doctrinas con las de la Santa Inquisición. - -Su maestro primero, constante y único, no fué el brutal Herrera ni el -afectuoso Pacheco, no fué aun el divino Buonarotti, cuyos frescos -copiaba reverente un día en la capilla Sixtina: fué la naturaleza, a la -que pidió todos sus secretos, y que generosa le confió más que a ningún -otro mortal. No comprendió ni podía comprender a Rafael, que "se servía -de las ideas que pasaban por su mente". Para él la forma, el color y la -expresión no estaban en el mundo imaginario, sino en las cosas reales y -los organismos vivos. Las vírgenes convencionales, los querubes soñados, -revoloteando entre nubes tenues y transparentes, los éxtasis de -beatitud, el campo ideal de las deliciosas fantasías de su amigo el -poeta andaluz de las Concepciones, no le decían nada, porque no los veía -y la sinceridad de su arte le exigía la verdad. Velázquez llevó a cabo -en pintura la misma revolución que Kant hizo triunfar dos siglos más -tarde en filosofía. Como el solitario de Koenigsberg que cierra los -cielos a la fantasía humana y la invita a buscar el reposo, limitándose -a la ya vasta órbita de las cosas creadas, Velázquez cree que el mundo -visible contiene en su seno inagotable bellezas de forma y expresión -bastantes para nutrir y levantar el arte a su más alta manifestación. Es -el gran naturalista de la historia del arte, es el precursor y el -dechado de la escuela. Para reaccionar no necesitó las brutalidades de -Caravaggio ni los horrores a que llegó Ribera siguiendo su senda. Ha -concebido, extrayendo del más vulgar objeto que se ofrece a su vista, el -tesoro de expresión en él escondido, y pinta: la tela es un asombro, una -maravilla, Mengs se detiene y dice: "Esto no está hecho con el pincel, -sino con el pensamiento"; pero, con todo, no es más que el reflejo de la -verdad. Así debió ser Felipe IV, así el Bobo de Coria, y si alguna vez -hubo en el mundo un Aquiles, su retrato es ese soldadote vulgar. - -Un día vagando como de costumbre en el Museo del Prado, me detuve largo -rato delante de la "Fragua de Vulcano", de Velázquez. Ninguna de sus -telas es, en mi opinión, más propia para estudiar el estilo del maestro -y revelar las debilidades de su pincel cuando salía de la esfera trazada -por su concepción general. ¿De dónde proviene que, al lado de aquellas -admirables figuras de sus herreros, maravillas eternas que el artista -estudiará mientras persista el color sobre el lienzo, desfallezca de tal -manera el Apolo que trae la ingrata nueva? ¿Cómo puede explicarse ese -_specimen_ de convencionalismo, esa insipidez de expresión en un cuadro -donde el vigor, la verdad y la fuerza han sido llevadas a donde sólo -alcanzó Miguel Angel con el cincel y Shakespeare con la pluma? - -La vida de Velázquez y la histórica de esa tela me dieron la solución. -El cuadro fué pintado en Italia, durante el primer viaje del maestro, y -el Apolo fué una concesión a la escuela dominante, la única tal vez que -Velázquez hizo al convencionalismo, que debía producir el amaneramiento -mediocre de los Carlo Dolci, Guido Reni y tantos otros. - -De ahí surgió en mi espíritu la idea de seguir a Velázquez en sus -viajes, de estudiar la influencia producida en él por la atmósfera -artística de Italia, acompañarle a Venecia, Boloña, Roma, Nápoles y -observar las impresiones de esa alma soberana ante las manifestaciones -del viejo arte clásico, cuyos restos veía por primera vez, y las del -Renacimiento, que tan poco le dirían. - -Ese fué el origen de este libro[10]. - - 1887. - - [10] Ese libro, para el que había reunido abundantes elementos, no - ha sido escrito; cuando pienso en el placer que habría sentido en - vivir un año en compañía de Velázquez, en la Italia del siglo XVII, - siento un verdadero pesar por haber dejado de mano ese trabajo. - - Otra pluma más autorizada que la mía lo ha llevado posteriormente a - cabo con brillo; me refiero a la obra del profesor Karl Justi, cuyo - libro "Velázquez y su tiempo" es lo mejor que se ha escrito sobre - el príncipe de los pintores.--=M. C.= - - - - -La cuestión del idioma - - -I - -Las primeras impresiones positivamente desagradables que sentí respecto -a la manera con que hablamos y escribimos nuestra lengua, fué cuando las -exigencias de mi carrera me llevaron a habitar, en el extranjero, países -donde también impera el idioma castellano. Hasta entonces, como supongo -pasa hoy mismo a la mayoría de los argentinos, aun en su parte -ilustrada, sentía en mí, al par de la natural e instintiva simpatía por -la España (y al hablar así me refiero a los que tenemos sangre española -en las venas) cierta repulsión a acatar sumisamente las reglas y -prescripciones del buen decir, establecidas por autoridades -peninsulares. Era algo, también instintivo, como la defensa de la -libertad absoluta de nuestro pensamiento, como el complemento necesario -de nuestra independencia. Eso nos ha llevado hasta denominar, en -nuestros programas oficiales, "curso de idioma nacional" a aquel en que -se enseña la lengua castellana. Tanto valdría nacionalizar el -catolicismo, porque es la religión que sostiene el estado, o -argentinizar las matemáticas, porque ellas se enseñan en las facultades -nacionales. - -A mi juicio el estado de ánimo, por lo menos de la generación a que -pertenezco, respecto a esa cuestión, provenía principalmente de la -educación intelectual, recibida casi exclusivamente en libros franceses -y en el gusto persistente y legítimo por la literatura de ese país, que -por su criterio, su novedad y la potencia de sus escritores, estaba -entonces muy arriba de la contemporánea española. Empleado el tiempo de -la lectura, bien corto en nuestra agitada vida política, en leer -novelas, versos y libros de historia en francés, alejados con horror de -las publicaciones hebdomadarias de la prensa española, raro era aquel de -entre nosotros que conociera pasablemente el siglo de oro de la -literatura española y que poseyera la colección de Rivadeneira más que -como un simple adorno de su biblioteca, a la manera con que figuran hoy -la "Historia Universal" de Cantú o la "Historia de la Humanidad" de -Laurent, venerables monumentos que dan lustre y peso a los estantes, -amén de la consideración, _bona fide_, que recae sobre sus propietarios. -Por mí sé decir que fué bien entradito en años que leí a Solís, a Melo, -a Quintana y a otros de los maestros que nos presentan el cuadro -incomparable de nuestra lengua, bien manejada, apta y flexible para -todo, a pesar de las deficiencias que le encontraba aquel buen señor de -Ochoa, que declaraba haber pasado días enteros para verter una página de -la _Mariana_ de Sandeau, tan sutil era el tejido de los análisis -psicológicos del escritor francés. Echar la culpa a la lengua en esos -casos, vale romper los pinceles con los que no se alcanza a producir una -obra maestra. - -Era, pues, esa y lo es todavía, la causa principal de nuestro abandono. -Luego, las exigencias de la Academia Española, la pobreza de su -autoridad, la sonrisa universal que han suscitado algunas de sus -ingenuidades, el mandarinismo estrecho de sus preceptos, fueron y han -sido parte no exigua a mantener vivo el espíritu de oposición en las -comarcas americanas. Don Juan María Gutiérrez, mi maestro y amigo de -ilustre memoria, fué el representante más autorizado de ese espíritu, en -lo que a la Argentina toca. El planteó la cuestión en su verdadero -terreno: la lengua española, una e indivisible, bien común de todos los -que la hablan y no petrificada e inmóvil, patrimonio exclusivo, no ya de -una nación, sino de una autoridad. Nadie tal vez, en nuestro país, ha -escrito el castellano con mayor pureza como nadie ha defendido las -prerrogativas de una sociedad culta a mejorar, enriquecer el lenguaje, -adaptándolo a todas las necesidades del progreso científico y del -desenvolvimiento intelectual. Prefería don Juan María las formas -arcaicas conservadas por los levantinos de raza española, como un -piadoso recuerdo de sus mayores inicuamente expulsados por Felipe III, a -la jerigonza estrecha y purista que pretendía implantar la Academia, sin -dar oídas a las exigencias naturales de este inmenso depósito de sangre -española, que se llama la América, y que es la verdadera esperanza de -gloria en el porvenir de la raza. - -La acción del Dr. Gutiérrez ha sido generalmente mal entendida; gentes -hay que piensan de buena fe que sus preceptos llegaban hasta sancionar -los barbarismos y galicismos de que nuestro lenguaje escrito y hablado -rebosa y que los argentinos debíamos regirnos por la gramática del -_vení, vos y tomá_. Nada más lejos de su pensamiento; pedía, sí, y en -eso aunaba su esfuerzo al de todos los americanos competentes que se han -ocupado de la cuestión, que la lengua que hablamos no considerara como -espurios aquellos aportes que los vigorosos rastros de los idiomas -indígenas y las necesidades o diversos aspectos de la vida esencialmente -americana, traían para bien y comodidad de todos. ¿Por qué el -castellano formado por las diversas capas del fenicio, el céltico, el -latino (con sos raíces indoeuropeas), el árabe, etc., habría de repudiar -voces guaraníes o quichuas, que simplificaban la dicción evitando -perífrasis y rodeos? ¡Cuántas veces, en España, ante esos letreros de -"casa de vacas" que se ven en todas partes, pensaba en nuestro _tambo_, -tan neto y expresivo! ¡Cuántas voces, por otra parte, florecientes y -usuales en el siglo XIV y precisamente de aquellas que más caracterizan -nuestra lengua, están hoy relegadas por la Academia en ese enorme -armatoste de "anticuadas" que revienta ya, mientras en los países -americanos conservan toda su eficacia y su verdad! - -La cuestión no es, pues, hacer de la lengua un mar congelado; la -cuestión está en mantenerla pura en sus fundamentos y al enriquecerla -con elementos nuevos y vigorosos, fundir a éstos en la masa común y -someterlos a las buenas reglas, que no sólo son base de estabilidad, -sino condición esencial para hacer posible el progreso. - -El Dr. Gutiérrez predicaba con el ejemplo; le reputo el más puro y -castizo de nuestros escritores de nota. Sarmiento era demasiado -impetuoso para mantener una corrección inalterable y si bien algunas de -sus páginas tienen el exquisito sabor del fuerte y viejo castellano, al -dar vuelta la hoja nos encontramos con verbos estrujados, sintaxis de -fantasía, construcciones propias, genuinas, como si la originalidad de -las ideas exigiera igual carácter a la manera de expresarlas. El general -Mitre ha leído mucho, en muchos idiomas, y la influencia de esas -lecturas se ve con frecuencia; en los últimos tiempos, apurado por un -trabajo de poderoso aliento, ha tenido que ensanchar su vocabulario, -buscando en la historia de nuestra lengua ricos elementos olvidados, -cuyo empleo le ha permitido, si bien a costa de cierta impresión de -extrañeza en el lector, traducir la Divina Comedia con una paciencia de -benedictino y una veneración de sectario... - - -II - -Al recorrer el nuevo libro del Sr. Abeille, "El idioma nacional de los -argentinos", recordé que entre mis viejos papeles debía haber algunas -carillas sobre la materia, escritas hace ya varios años. Son las que -acaban de leerse y en las que, a la verdad, encuentro tan exactamente -reflejada mi opinión actual, que en nada las he modificado. - -El Sr. Abeille es un filólogo distinguido, aunque hasta los profanos, -como yo, echan de ver, desde luego, que su erudición, si bien fresca y -moderna, no se ha formado en las fuentes originales y primitivas. Sabe -muy bien lo que hombres como Darmesteter, Bréal, Paris, Havet, -Schleiger, Weil y otros han escrito sobre la historia anatómica del -lenguaje; pero no he notado en su libro rasgos que revelen un -conocimiento directo de Bopp, Diez, Dozy, Engelmann, Pott, etc. No es -esta una crítica que, por cierto, poca autoridad tendría viniendo de -quien, mucho menos que el Sr. Abeille, ha llevado sus curioseos -lingüísticos a esas profundidades. Pero creo poder atribuir los extremos -a que llega el Sr. Abeille en el desenvolvimiento de su tesis, a las -audacias atrayentes y licencias extraordinarias que con la filología se -han permitido los modernos escritores franceses. Y para terminar con -este punto, señalo también el desconocimiento de un libro verdaderamente -admirable y que, para el completo esclarecimiento del tema abordado por -el señor Abeille, era fundamental; me refiero a las "Apuntaciones -críticas sobre el lenguaje bogotano" de Rufino José Cuervo, libro que, -en ocho años (1876-1884) tuvo cuatro ediciones y que mereció al autor, -de parte de los más eminentes filólogos de Europa, homenajes de real -admiración. Si el Sr. Abeille ha leído ya ese libro, necesita releerlo, -porque él le dará la nota exacta y prudente en la manera de tratar esta -cuestión. - -Indudablemente, si las lenguas, sin abandonar el terruño, se transforman -hasta el punto de que tal vez Corbulón no habría entendido las voces de -mando de Escipión o Paulo Emilio, ¿cuánto mayor no será ese cambio si -ellas reviven en países lejanos al de su origen, bajo diverso ambiente, -sirviendo de vehículo a nuevas ideas, expuestas a todos los ataques de -los idiomas encontrados en el suelo conquistado, amén de los que de -afuera vienen, también ellos, en son de conquista? Pretender, pues, -fijar un idioma es tan absurdo, que cuando se consigue, no ya el hecho -en sí mismo, lo que es imposible, sino la admisión de la idea como un -postulado colectivo, se llega a una verdadera deformación por el -estancamiento del espíritu nacional. Es el caso de la China: la lengua -que hoy se habla en el imperio del Medio se parece tanto a la que allí -se hablaba cuando Fidias esculpía en Atenas, como la de Pericles a la -que hoy habla el rey Jorge de Grecia. La diferencia está en que mientras -el idioma de Pericles, nacido como todas las lenguas humanas del -monosilabismo, había llegado a su perfección, el chino, inmóvil en su -forma, si bien variable en su fonética, era tan monosilábico, tan -primitivo, tan "celular", como dice muy bien el Sr. Abeille, entonces -como hoy. - -¿Puede nadie pretender que el castellano se petrifique de esa suerte? -¿Puede el purista más empecinado e inflexible pretender luchar contra -las mil influencias que han de determinar las modificaciones regionales -que la lengua española sufrirá en América, como las ha sufrido ya en las -mismas provincias peninsulares? ¿Es acaso sensato oponerse a los -neologismos necesitados por los progresos de las ciencias y las artes o -la adopción de nuevos usos, y si hoy, como dice Cuervo, "no hacemos -melindres a voces astrológicas como _sino_, _estrella_, _desastre_, -_desastrado_, _jovial_, _saturnino_, ¿por qué hemos de negar a nuestros -contemporáneos el empleo oportuno de términos o imágenes suministrados -por las ciencias modernas, cuando más si se considera su mayor -vulgarización con respecto a los siglos pasados?" - -Lo que sí se puede y se debe sostener, es que todos los aportes, los -enriquecimientos, las adquisiciones por conquista, cambio, compra, -violencia y todo otro modo de adueñarse de lo ajeno, se sometan a las -reglas generales por las cuales se rige la comunidad. Si el quichua nos -trae _charqui_ y en el acto formamos el verbo _charquear_, conjuguémoslo -según lo enseña la gramática castellana y no otra. Si en virtud de esos -fenómenos de derivación que tan bien estudia el Sr. Abeille, de _cardo_ -sacamos el lindo y expresivo _cardal_, de _bellaco_, _bellaquear_, o de -_baquía_, _baqueano_, añadamos sencillamente esas palabras a nuestro -léxico propio, como todos los otros países americanos añadirán a los -suyos las que formen por el mismo procedimiento--y hagámoslo con la -seguridad de que al hacerlo en nada adulteramos los principios -fundamentales de nuestra lengua que no es "el idioma de los argentinos", -ni el "idioma nacional", sino simplemente y puramente el castellano. - -El Sr. Abeille, que es un entusiasta de nuestra tierra (uno no puede -menos que conmoverse al verle entonar el himno nacional a propósito de -lingüística) tiene tal debilidad complaciente con la que hablamos y que -él rotula "idioma nacional de los argentinos", que llega hasta -justificar los cambios sintácticos que hemos introducido en el español, -sosteniendo que "el uso de algunos de ellos es realmente criticable en -una lengua fijada", pero que ese uso "debe favorecerse en una lengua en -evolución como la nuestra". - -Me parece ver ijadear al Sr. Abeille en su esfuerzo para defender -nuestro "_bajo_ el punto de vista", contra "_del_ punto de vista" -español. Trae un ejemplo y una explicación al respecto que entretienen -bastante. Nunca le hemos de aceptar al Sr. Abeille que se diga, cuando -se empleen palabras españolas, "me ha encargado _de_ decirle" en vez de -"me ha encargado decirle", porque, aunque un niño esté en formación, no -hay por que habituarle a andar con las rodillas y no con los pies, que -es lo natural, lo sano y lo útil, sin contar con que es esa la única -manera (como en el idioma) que permite al cuerpo desplegar su esbeltez y -su elegancia. - -Entre las excursiones etimológicas que hace el Sr. Abeille--que son -frecuentes, agradables y generalmente fructuosas--hay algunas que me han -dejado pensativo, precisamente porque se refieren a voces que han echado -raíces en nuestro suelo, sin que se sepa de dónde vino la semilla -primitiva. Una de ellas es _atorrante_. Esta palabra, puedo asegurarle -al Sr. Abeille, es de introducción relativamente reciente en el "idioma -nacional de los argentinos". Después de haber vivido más de un cuarto de -siglo la oí por primera vez en mi tierra, allá por el año 1884, de -regreso de Europa, donde había pasado algunos años. Y no es que hubiera -vivido en mi país entre académicos y prosistas, pues hasta cronista de -policía substituto había sido en la vieja _Tribuna_. - -Pregunté qué significaba _atorrante_ y de dónde venía. Se me hizo la -descripción del _gueux_, del vagabundo, del _chemineux_, y se me dijo -entonces (no hay lomo como el de la etimología para soportar carga) que -el vocablo tomaba origen en el hecho de que los individuos del noble -gremio así denominado dormían en los caños enormes que obstruían -entonces nuestras calles, llamados de _tormenta_. De ahí _atorrante_. -Aunque sin forma clásica, esa etimología me trajo a la memoria la que da -el maestro Alejo de Venegas, citado por Cuervo, de la voz _alquilar_. - -"_Alquilar_ se compone de _alius qui illam habet_, que es _otro que la -habita_, conviene a saber, la casa ajena". (!) - -El Sr. Abeille es más científico; pero lo que hay que admirar más, es la -agilidad maravillosa que despliega para extraer del verbo latino -_torrere_, que significa secar, tostar, quemar, incendiar, inflamar, el -vocablo _atorrante_, _el que se hiela_, según él, porque Varro emplea el -verbo citado en el sentido de quemar, hablando del frío. Yo consentiría -gustoso, porque estoy curado de espanto en esa materia; pero desearía -saber cómo--y poco más o menos cuándo--se ha colado ese _torrere_ en -nuestro país, y por qué causa ha hecho su evolución tan rápida, pues lo -repito, y apelo a la memoria de todos los hombres de mi edad, hace -veinte años, no era generalmente conocida la palabra "atorrante". - -Hubiera deseado que el Sr. Abeille, con su segura información, nos -hubiera dicho algo sobre el delicioso _guarango_ de nuestro "idioma -nacional", que si viene realmente de dos palabras quichuas que -significan _varios colores_, es un hallazgo genial del pueblo--y del -odioso _macana_, que no se acierta a comprender como ha venido a -significar _disparate_, _despropósito_, de su acepción primitiva y -aceptada, aun en España, de "arma contundente usada por los indios". Y -llegando a las profundidades del "idioma nacional de los argentinos", -anda por ahí un famoso _titeo_, muy campante, que amenazando de desalojo -al castizo _bochinche_, ha invadido ya los dominios de la _burla_ y de -la _broma_, sin que sepamos aún qué derechos tiene, semánticamente -hablando, para conducirse así. - - -III - -La circunstancia especial de ser este un país de inmigración, hace más -peligrosa la doctrina que informa el libro del Sr. Abeille y más -necesaria su categórica condenación. Sólo los países de buena habla -tienen buena literatura y buena literatura significa cultura, progreso, -civilización. Pretender que el idioma futuro de esta tierra, si -admitimos las teorías del Sr. Abeille y salimos de las rutas -gramaticales del castellano, idioma que se formará, sobre una base de -español, con mucho italiano, un poco de francés, una migaja de quichua, -una narigada de guaraní, amén de una sintaxis _toba_, tiene un gran -porvenir, es lo mismo que augurar los destinos del griego o del latín a -la jerga que hablan los chinos de la costa o la jerigonza de los -levantinos, verdadero volapuk sin reglas, creado por las necesidades del -comercio. Paréceme que si el Sr. Abeille, a más de tener todo el cariño -que muestra por esta tierra y que creemos sincero, fuera hijo de ella, -sentiría en el alma algo instintivo, que le enderezaría el razonamiento -en esta materia. - -Y ahora me voy a releer la muerte de Marco Aurelio, de Renán, el -discurso sobre la nobleza de las armas, de Cervantes, la pintura de -Inglaterra al terminar el siglo XVII, de Macaulay o los coros del -Adelghi, de Manzoni, para en seguida pedir al cielo conserve en nuestro -suelo la pureza de la noble lengua que hablamos, a fin de que algún día, -si no nosotros, nuestros hijos, puedan leer, de autores nacionales, -páginas como aquéllas. - - 1900. - - - - -EN LA TIERRA - - - - -Tucumana - - -La hacienda del "Arrayán" dista de Tucumán poco más de doce leguas, esto -es, unas buenas diez horas de marcha. Al abandonar el valle es necesario -acudir a la mula o al caballo habituado a la montaña. Así se asciende -lentamente, se cruzan los cuadros más bellos que pueden contemplarse en -suelo argentino; cuadros cuyo aspecto va cambiando de carácter a medida -que los caprichos de la ruta conducen a una garganta de la que, más que -verse, se adivina el fondo, o llevan a una cúspide desde la cual se -abarca un paisaje dilatado. Jamás la nieve cubrió esos montes, vírgenes -del helado abrigo bajo el cual se cobija la tierra en los duros climas -del Norte. La Naturaleza desnuda, siempre alegre, viviendo sin cesar, -arroja en todas las formas su savia desbordante. A veces cuando el sol -vibra sobre ella con tal intensidad que el suelo se entreabre, la acción -generosa de los bosques que cubren los cerros como un manto real, -acumula las nubes y prepara la lluvia, que empieza en largas y anchas -gotas, se acelera, se enardece con el estruendo del trueno, se hace -frenética, cae a torrentes, amenaza, va a herir... y se disuelve en una -sonrisa de verano. El que no conoce esas fantasías del trópico no puede -darse cuenta de la vida intensa y expresiva de la naturaleza... - -El "Arrayán", propiedad de don Juan Andrés Segovia, ocupaba un extenso y -lujoso valle completamente rodeado por colinas de poca elevación que lo -defendían como una cadena de baluartes. Bien patrimonial, había quedado -abandonado hasta 1860, a la merced de todo el que quería llevar allí su -rebaño vagabundo. Sólo cuando la nacionalidad se constituyó y que la paz -hizo nacer la esperanza, en ese momento digno de estudio en nuestro -país, cuando el pueblo argentino, como al despertar de un largo sueño, -empezó a palparse, a darse cuenta de las necesidades de la vida y a -estudiar los recursos de nuestro suelo admirable, sólo entonces Segovia, -uno de los precursores en su provincia de la implantación de la -industria que debía hacer su riqueza, comprendió el inmenso valor del -"Arrayán" y ensayó un pequeño plantío de caña de azúcar. Poco a poco el -campo del arado se extendió y la tierra, atónita de recibir semilla de -mano del hombre, gozosa de la aventura, rindió opulenta el préstamo -parsimonioso. - -Al rancho de paja sucedió bien pronto una habitación _de material_, que -cinco años más tarde cedió el sitio no a un palacio, sino a uno de -aquellos vastos y cómodos edificios, sin arte ni belleza, pero que el -instinto del hombre más ignorante sabe construir, de acuerdo con las -exigencias del clima. Sobre una pequeña altura, una masa cuadrada, -flanqueada por anchos corredores y en el centro un patio enorme, -cubierto de naranjales, limoneros, palmeras, arrayanes y laureles rosa. - -Del mismo modo, el viejo trapiche primitivo había desaparecido ante la -enorme maquinaria moderna, esa maravilla de mecánica que toma el verde -tronco de la caña y lanzando el jugo que le extrae a su peregrinación -fantástica, lo transforma en oro. - -El ingenio propiamente dicho, se levantaba a trescientos metros de la -habitación--y a su pie, una pequeña aldea se había formado, con sus -casitas limpias, cuidadas, rodeadas de árboles y flores, morada de los -ingenieros y empleados extranjeros y sus ranchos casi abiertos, hogar -transitorio del criollo. En el centro, una pequeña iglesia levantaba su -campanario blanco, frente a la escuela modesta. Los dos edificios -parecían mirarse con cariño en su humildad recíproca; la una exigía una -fe serena y tranquila y la ciencia que en la otra se enseñaba era bien -tímida para levantar la cabeza. Los peones miraban con envidia a sus -hijos ir a la escuela y pasaban largas horas de la tarde, al concluir -las faenas, haciéndose enseñar los insondables misterios del alfabeto -por los niños encantados de lucir su ciencia ante sus padres. - -Segovia tenía predilección por su hacienda del Arrayán; no sólo era la -base principal de su fortuna, sino que encontraba dulce la vida allí, -rodeado de su familia y entregada el alma a esa profunda satisfacción -moral que da la conciencia de ocupar útilmente el tiempo. Parecía que al -descender al valle, todas las contrariedades volaban de su espíritu para -dar lugar a un contento sereno e igual. El día de su llegada era caro; -todos los necesitados, todos los que se habían comido anticipadamente el -beneficio de la estación, todos los que se habían visto cortar el -crédito por el implacable pulpero, acudían a él y rara vez volvían -descontentos. Lo que le había costado más implantar, era el régimen -moral. A medida que su hija Clara crecía, Segovia comprendía los -inconvenientes de aquel estado social perfectamente primitivo, en el que -las teorías más avanzadas del _free love_ americano habían recibido una -vigorosa aplicación inconsciente. Rara era la pareja que había pasado -por otro altar que el de la naturaleza antes de consumar su unión. -Segovia constataba que los resultados podían luchar con éxito con los -productos más canónicos de las sociedades cultas y que esos muchachos -rollizos y vigorosos, concebidos al azar de una noche de verano, bajo un -cielo estrellado y la callada protección de un naranjo dormido, nada -tenían que envidiar al pillete lívido de las ciudades, venido al mundo -con un pertrecho completo de sacramentos y actos oficiales. En tanto que -Clara fué pequeña, Segovia sostuvo impávido su teoría contra los -enérgicos asaltos de su hermana, devota combatiente, y los más flojos de -su mujer; pero más tarde comprendió que debía ceder y cedió. Fué -entonces que se levantó la capilla y que la aldea del Arrayán presenció -respetuosa la entrada solemne del señor don Isidoro, nombrado capellán -del establecimiento y encargado de poner un poco de orden en aquel -pequeño mundo que hasta entonces había crecido bajo la mirada directa -del Señor, sin intervención de su santa iglesia. - -Era don Isidoro un mocetón de veintiséis o veintiocho años, bien -plantado, alto, robusto y hecho a torno. Visto de espaldas, parecía un -granadero disfrazado, un hombre de acción y de pasiones. De frente, el -problema se resolvía: jamás una cara más plácida, dulce, naturalmente -tranquila y alegre, había reflejado un alma más alejada de las -concepciones turbadoras de la vida. Inocente a veces hasta el exceso, se -salvaba siempre no sólo de las dificultades, sino del ridículo mismo, -por su bondad profunda y sana. Era español; muy niño, vino con Su -humilde familia a Buenos Aires, se educó en el seminario y más tarde fué -familiar de un prelado que le tomó cariño, le dió las órdenes y trató de -ayudarle. Segovia le conoció en uno de sus viajes, rió un poco de su -inocencia, le intrigó ese rarísimo fenómeno de perfecta pureza y -concluyó por llevársele a Tucumán. Al mes de vida íntima le trataba con -afección paternal; pero jamás pudo privarse de la clásica broma que -hacía poner rojo a don Isidoro y que consistía invariablemente en -empezar por mirarle, analizar sus formas atléticas, suspirar y lanzar su -eterno "¡Qué lástima!" Don Isidoro se ruborizaba, murmuraba un "Señor -don Juan Andrés!..." y sonreía incómodo. Lo que daba lástima a Segovia, -era el desperdicio de un hombrón semejante, que habría hecho tan feliz a -una mujer y dado tan vigorosa prole. - -Lo que don Isidoro casó y bautizó en los primeros tiempos, no está -escrito. Al principio quiso hacer una amonestación por separado a cada -pareja; pero eran tantas, que al fin resolvió casar de 10 a 12 a. m. y -luego proclamar por secciones de veinte. Aunque don Isidoro tenía su -casita junto a la capilla, comía siempre en la mesa de Segovia durante -la permanencia de éste en la hacienda. A más de él, había dos comensales -invariables: el ingeniero principal, Mr. Barclay, un americano que había -pasado casi toda su vida en la Habana y que un mal azar de fortuna -arrojó al Plata. Tenía 50 años sonados, era silencioso, trabajador y no -se le conocían sino dos pasiones: la música y Clara, o más bien sólo la -primera, que para él se encarnaba en la segunda. Luego don Benito -Morreón, español, maestro de primeras letras, soltero, de cuarenta años, -rubio, descolorido, con anteojos, apasionado por la filología, pero sin -hablar jota de francés, ni de alemán, ni de inglés, ni de nada, en una -palabra, aunque hacía diez años, según afirmaba, que se había entregado -al estudio de los idiomas eslavos, para empezar por lo más difícil. Su -sistema consistía en llevar un libro enorme en el que copiaba, junto a -la voz española, la correspondiente en bohemio, en croata, en serbio, -en rutheno, o en ruso, echando el alma en la transcripción de los -caracteres gráficos de cada idioma, sin avanzar jamás en su -conocimiento. El sueño de don Benito era llegar a tener discípulos -capaces de comprender el curso de _bello ideal_, como llamaba a la -literatura, curso que pretendía dar, así que su pan intelectual hubiera -fortificado el espíritu de sus educandos. Pero éstos, tan pronto como -sabían leer, escribir y contar, tomaban el machete y se iban a cortar -caña. Don Benito presentaba sus quejas a Segovia, quien le demostraba -pacientemente que un peón no debe jamás tener una educación superior a -su posición en el mundo. D. Benito no se desanimaba y esperaba con calma -la explosión de un genio entre los chinitos descalzos que poblaban su -escuela. Católico ferviente, ayudaba invariablemente la misa de don -Isidoro, con quien mantenía excelentes relaciones. - -Luego venía Toribio, el hombre de confianza de Segovia, capataz del -establecimiento en su ausencia, pero sin jurisdicción sobre Barclay, rey -y señor allá en sus máquinas. Toribio no comía en la mesa; peón había -sido, peón había quedado. Decía a Clara "niña Clarita", amansaba él -mismo los caballos destinados a su silla, se sacaba el sombrero delante -de don Isidoro o don Benito y trataba a los peones como amigos, lo que -no impedía que de tiempo en tiempo demoliera uno o dos de un puñetazo. -La hacienda, durante las faenas, contaba más de doscientos hombres entre -los cortadores de caña y los adscriptos a las máquinas, con otras tantas -mujeres y un sinnúmero de chiquillos. Manejar todo ese mundo no era cosa -sencilla y se necesitaba, a más de los puños de Toribio, su aureola de -soldado valeroso, como lo atestiguaban las medallas que lucía su pecho, -en las grandes fiestas de iglesia. - -Como Segovia, su mujer y Clara amaban la hacienda. No sólo encontraban -allí una vida de paz y tranquilidad, sino también aquel secreto halago -que tan profundamente han de haber sentido nuestros padres y que para -nosotros se ha desvanecido por completo, arrastrado por la ola del -cosmopolitismo democrático: la expresión de respeto constante, la -veneración de los subalternos como a seres superiores, colocados por una -ley divina e inmutable en una escala más elevada, algo como un vestigio -vago del viejo y manso feudalismo americano. ¿Dónde, dónde están los -criados viejos y fieles que entreví en los primeros años en la casa de -mis padres? ¿Dónde aquellos esclavos emancipados que nos trataban como a -pequeños príncipes, dónde sus hijos, nacidos hombres libres, criados a -nuestro lado, llevando nuestro nombre de familia, compañeros de juego en -la infancia, viendo la vida recta por delante, sin más preocupación que -servir bien y fielmente?... El movimiento de las ideas, la influencia de -las ciudades, la fluctuación de las fortunas y la desaparición de los -viejos y sólidos hogares, ha hecho cambiar todo eso. Hoy nos sirve un -sirviente europeo que nos roba, que se viste mejor que nosotros y que -recuerda su calidad de hombre libre apenas se le mira con rigor. Pero en -las provincias del interior, sobre todo en las campañas, quedan aún -rastros vigorosos de la vieja vida patriarcal de antaño, no tan mala -como se piensa... - -De pie con el sol, Segovia recorría la hacienda a caballo, vigilaba el -corte, charlaba con Toribio; rara vez, al volver, dejaba de encontrar a -Clara, habituada también a esos paseos matinales deliciosos, en los que -el aire puro de los campos entra a raudales a vigorizar los pulmones. -Padre e hija se daban los buenos días, buscaban espacio para galopar un -momento y volvían contentos y pidiendo a voces el almuerzo. Durante el -día, Clara ponía un poco de orden a sus numerosas preocupaciones de -caridad, cosía ropa para los chiquillos, visitaba a los enfermos, -celebraba conferencias con D. Isidoro, instándole para que se armara de -los rayos de la iglesia contra el peón Silvano, que bebía, contra -Ruperto, que había estado tres días ausente sin decir nada a su mujer, o -contra Santiago, que no enviaba sus hijos a la escuela. El momento de la -comida era la hora grata por excelencia. Parecía increíble que la -monotonía de aquella vida suministrara tanto tema de conversación. Un -observador habría podido constatar que cada uno de los interlocutores -decía siempre la misma cosa; pero como todos se encontraban en igual -caso, nadie lo notaba. Cada uno, con la persistencia tenaz de la pasión, -pero sin salvar los límites de las conveniencias, procuraba llevar la -conversación al terreno grato a su alma. D. Isidoro hacía un viaje al -paraíso cada vez que Clara, por satisfacerle, recomenzaba la narración -de su recepción en Roma por el papa; Barclay daba giros de veinte leguas -para hacerle repetir sus impresiones en las óperas de Wagner y D. Benito -trabajaba como un benedictino por traer a colación el viaje a Rusia, en -el que encontraba conexiones con su estudio favorito. Clara le había -traído gramática y diccionarios de casi todas las lenguas eslavas; el -día que los recibió, don Benito sintió un nudo en la garganta, rompió a -llorar y estuvo a punto de caer a sus pies. Desde entonces miraba a -Clara con una veneración profunda.--Después de comer, Segovia hacía su -eterna partida de bésigue con su mujer, ésta asesorada por D. Isidoro y -su marido por el maestro de escuela. Barclay ocupaba su sillón no lejos -del piano e inmóvil, silencioso, oía con recogimiento a Clara, asombrado -de encontrar bello todo lo que tocaba, sin darse cuenta muchas veces de -que Clara tocaba precisamente lo que él encontraba bello. - - * * * * * - -Esa noche, la alegría general producida por los huéspedes queridos, -había determinado una fiesta magna. - -Los dos amigos, de regreso de su largo paseo, encontraron en el corredor -sobre el que daban las ventanas del salón, tranquilamente sentado, al -capataz Toribio, en actitud de paciente espera. - ---Hola, amigo, ¿qué hace por aquí? dijo Pepe. - ---Nada, Doctor; la niña Clara me ha dicho que Don Benito va a tocar el -_paine_ y he venido a ver cómo es. - -Todo estaba ya organizado en la sala cuando los dos amigos entraron. -Clara al piano, a su lado su prima María, llegada esa mañana con los -huéspedes; Barclay en posesión de su sillón, Segovia, la señora y el -cura al lado de la mesa de bésigue, pero sin jugar--y en la pieza -contigua, sin duda D. Benito, porque se oía a cada instante una voz que -decía "¿Ya?", como si se tratara de hacer partir a un tiempo diez -caballos o de disparar las armas en un duelo. En las ventanas que daban -al patio, una multitud de cabezas, cubiertas de pañuelos de colores, -dejando escapar trenzas de cabello negro como el ébano y cubriendo -fisonomías sonrientes e iluminadas por ojos llenos de vida. Eran las -_chinitas_ que se habían aglomerado para oir también a D. Benito _tocar -el paine_, invención de Clara, a falta de otro instrumento; todo aquel -pequeño mundo estaba alborotado por esa prodigiosa aplicación de tan -humilde utensilio. - ---Es la primera vez que el público hace esperar a los artistas, dijo -Clara. Vamos, colóquense Vds. bien y prepárense a gozar. Atención D. -Benito! - ---¡Ya! gritó el aludido desde la región ignota donde procuraba -convertirse en eco lastimero. - ---¡No, hombre! Oiga bien el piano y entre en el acorde que le hemos -indicado. - ---¡Perdón! dijo D. Benito asomando la cabeza por la puerta del cuarto y -teniendo en las manos el famoso peine envuelto en papel de seda. -¡Perdón! ¿Pero no sería posible hacerme saber por algún medio visible, -cuál es el acorde indicado? Hay muchos que se parecen y me puedo -confundir. Además, de donde me han puesto no alcanzo a verlas y... - ---¿Pero no le queda el oído? Todos los eslavos son músicos de -nacimiento, señor Morreón, y usted, por simpatía, debe tener oído. - -El argumento pareció convencer a D. Benito, que desapareció asegurando -que pescaría el acorde. - -Clara dibujó la melodía en el piano y María empezó el triste recitativo -de la serenata de Braga con su vocecita débil pero afinada y simpática. -Todo el mundo había hecho silencio y el público menudo de la ventana -retenía el aliento para no perder una nota. En el momento oportuno, -justo después del acorde indicado, D. Benito, puntual bajo la excitación -hecha a su honor panslavista, rompió denodadamente el fuego con bastante -precisión.--La cosa no era muy fácil, porque la voz llevaba una melodía -y el piano acompañaba, mientras D. Benito debía esgrimirse por su -cuenta, concurriendo con el elemento principal al conjunto. Había -empezado bien; pero en el cambio de tono, le era necesario llegar a un -_si_ bemol que había sido uno de los primeros obstáculos en el ensayo, -hasta que María consiguió hacer apretar los dientes al pedagogo sobre la -parte unida del peine y llegar así, por un esfuerzo que las venas del -cuello revelaban, al _si_ bemol deseado. D. Benito, todo a su tarea, -apretó con tal frenesí, que la nota salió vibrante, no muy justa, pero -potente de sonoridad. - ---_¡Mirá el paine!_--exclamó Toribio sin poderse contener, con medio -cuerpo dentro de la ventana. - -Todos soltaron la carcajada, María la primera, que interrumpió el -canto--Toribio se puso como una flor de amapola, y no sabiendo qué -hacer, sonrió humildemente, mientras D. Benito asomaba la cabeza con -aire agitado, preguntando: - ---¿Me he equivocado? - ---Al contrario, señor Morreón, merece Vd. un bravo, dijo la señora. Ha -sido un acceso de entusiasmo en el público. - ---_¡Da capo, da capo!_--gritó Pepe. - -La serenata, por fin, se ejecutó a la satisfacción general, sobre todo -del maestro de escuela que, agobiado por las felicitaciones y -vislumbrando un porvenir de gloria, preguntó a María muy seriamente si -no había música escrita para el peine. La alegre criatura le aseguró que -sí, prometiéndole hacer venir la partitura de una ópera de Rubinstein, -transcripta para ese amable instrumento. - -Luego vino el esperado duo de D. Juan, por María y Barclay. Barclay -conocía la música y allá en sus tiempos debía sin duda haber cantado. La -verdad es que, con su voz sin timbre, pero sumamente afinada, supo dar -al "la ci darem la mano" una expresión tan característica y personal, -que Carlos lo miró asombrado. Algo le revelaba que en aquel corazón -silencioso y solitario pasaban cosas que la calma aparente de la vida no -dejaba ver. La música es el lenguaje universal de todo lo que siente y -sufre; ella sola puede traducir con la vaguedad necesaria para no -profanarlos, los sentimientos más ocultos y profundos que se mueven en -el fondo del alma humana. Además, Mozart tiene este rasgo -característico, que la excelencia de su interpretación no depende -exclusivamente del arte, sino de la inteligencia. A un artista sin -talento se le puede enseñar bien una ópera cualquiera, siempre que tenga -voz y sepa usarla. Eso no basta para Mozart o mejor dicho, Mozart, el -único, puede pasarse de esos elementos. Fuera de Faure, a nadie he oído -la serenata de D. Juan como a un hombre de mundo, casi sin voz, que la -murmuraba de una manera exquisita para las ocho o diez personas que -rodeaban el piano... - -Así corrían las noches en la alegría, como los días en la serenidad. - - - - -La primera de "Don Juan" en Buenos Aires - - -Después de un largo eclipse, nunca completo, pues tras la penumbra -brillaba siempre la tenue luz que muchos recordaban como una fuente -deliciosa de vida y armonía, reaparece en el cielo el astro soberano en -su calma serena y transparente. - -¿De dónde viene el _engouement_ actual por Mozart? En primer lugar, de -la pobreza de la producción contemporánea y luego por su eterna belleza. -Mozart no será olvidado jamás, y mientras la raza humana persista, -continuará fascinándola. En resumidas cuentas, Mozart, Beethoven, -Wagner. Todo lo demás son _poetae minores_, muy apreciables, pero que al -lado del trío majestuoso, gravitan como partículas siderales -innominadas. - -Pero a mis ojos, Mozart se mantiene, persiste y triunfa, precisamente -por la ausencia de algunos de los caracteres que le han sido -generalmente atribuídos por la mayor parte de los escritores--y son -legión--que de él se han ocupado. Todos sabéis que hasta hace diez o -doce años, para el vulgo, música alemana era sinónima de obscuridad, de -impenetrable profundidad, de ciencia abstrusa reservada únicamente a los -iniciados, destinada a no ser comprendida jamás por el buen grueso -público, a quien gusta salir del teatro tarareando los motivos de la -ópera que acaba de oir. Recuerdo que en uno de los novelones de Pérez -Escrich, ese ilustre predecesor de Onhet, que hizo la delicia de -nuestra infancia, dos personajes conversan al salir del Real de Madrid, -antes de ir al Café Fornos, que para Escrich era el _summum_ de la -elegancia. Han oído... el _Fausto_, de Gounod, y uno de ellos, -dilettante apasionado y con autoridad en la materia, declara que el arte -musical morirá a manos de esos armonistas maldecidos, que desprecian la -melodía y les da por hacer música _sabia_ e incomprensible. Y se trataba -del _Fausto_! - -Así, ¡cuánto se ha dicho de Mozart, de la profundidad de su concepción, -de lo intrincado de su manera y de la preparación especial que se -requiere para entenderlo! Y, sin embargo, es el mayor portento de -claridad, de nitidez cristalina que la historia del arte registra. Pero -a su maravillosa facilidad, al espontáneo torrente de melodía que brota -de su cerebro, se unen dos condiciones tan raras, que han hecho de él el -único y el inimitable: su instinto dramático, en primer lugar, que le -permite, con sin igual soltura, traducir la situación, y en segundo, la -elegancia, la distinción suprema de su melodía. Se le acusaba de haber -puesto la estatua en la orquesta y el pedestal en la escena. Es que fué -de los primeros en comprender que una batalla debe darse con todas las -fuerzas de que se dispone y utilizó los pocos instrumentos con que -contaba, fundiéndolos con las voces, abriendo así esa vía luminosa que -Wagner debía recorrer triunfalmente hasta agotarla. - -Es esa la maravilla del _Don Juan_; el drama está en la música más que -en la palabra y pienso que hasta sin el juego escénico, se necesita ser -muy lego en la materia para no sentir y comprender la intención de la -frase musical y no adivinar, tras las melodías que Mozart hace cantar a -su héroe, el alma voluptuosa, ligera y escéptica del seductor... - -¡Pobre _Don Juan_! No hay cuaderno de pequeñas melodías para el primer -año de piano, que no contenga, transcriptas con una ingenuidad de -deletreo, el "_la ci darem la mano_", el "_Deh! vieni a la finestra_", -el minuet "_signore maschere_" y el rondó de Zerlina. Lo mismo pasa con -Virgilio: nos lo hacen _annoner_ en la infancia, le tomamos horror y no -lo volvemos a abrir en la vida, sin darnos cuenta que el magnífico -poema, leído sin obligación, es una de las fuentes más puras en la que -el espíritu humano puede encontrar la belleza. - -Y a propósito de _Don Juan_, se agolpan a mi memoria recuerdos lejanos -que me es grato saludar, como a una evocación de muchos seres queridos -que reposan para siempre. - -Hace veinticinco años o más, Ferrari[11], esa columna lírico-argentina, -sin sospechar aún los altos destinos a que su estrella le llamaba, había -saltado, con más audacia que capital, del modesto salón de la Sociedad -Filarmónica que había fundado, al escenario del Colón. Lo que había -determinado de vocaciones musicales esa Sociedad Filarmónica, no es -decible. Como todas las coristas eran niñas de las principales familias -de Buenos Aires, los coristas, naturalmente, se reclutaban entre la flor -de la juventud porteña. Se cantaban, en los conciertos, piezas -concertadas o, como decían los pocos técnicos aficionados, _tuttis_. - - [11] Aun vivía el buen maestro cuando fueron escritas estas líneas. - -Pero había un antagonismo de criterio respecto a la colocación, entre -Ferrari y sus artistas. El maestro quería que los tenores se colocaran -detrás de las sopranos, los barítonos de las mezzo y los bajos de las -contraltos. Tenía, es cierto, la conciencia ancha y cuando se lo pedía -con buen modo, algún tenor enamorado, conseguía que declarara soprano, a -una modesta aficionada que trepaba a duras penas tres escalones. Así, -recuerdo que un día apareció en los salones del Coliseo, para un ensayo, -un ex alférez "largo, lampiño y un poco desgoznado"[12], me pidió que lo -presentara a Ferrari, porque quería tomar parte en el coro.--¿Qué voce -a?--No sé.--Allora, ¿come si fa?--Espérate. Consulté al amigo, quien, -después de averiguar que una morochita que le interesaba era soprano, se -declaró tenor. Ferrari, un poco desconfiado, debo declararlo, le colocó -detrás de la sopranito codiciada. El ensayo empezó; se trataba nada -menos que del final del tercer acto de la _Traviata_. - - [12] Así se ha dibujado él mismo, "Treinta años después", en la - deliciosa página que lleva ese título y que publicó "La - Biblioteca". - -Astengo, un corredor de seguros que le jugaba música para colocar -pólizas, hacía de Alfredo, mientras una niña rubia, simpática, con una -voz deliciosa y verdadero talento artístico[13], tenía el papel de -Violetta. Nosotros, el coro, los señores y damas sin importancia, -repetíamos hasta el cansancio una sola frase: _Quanta pena fa al cor!_ -Pero había que colocarla a tiempo, por lo menos. Esa pena profunda que -sentíamos por la desgracia de la Traviata, debíamos expresarla -oportunamente. Pero apenas ésta había lanzado su _Alfredo, Alfredo!_, mi -amigo, aprovechando el momento en que Violetta tomaba aliento para -añadir: _di questo core_, etc., lanzó un _quanta pena fa al cor_, tan -extemporáneo, tan anacrónico, que Ferrari se sintió mal, dió un -batutazo formidable, y dirigiéndose a mí, que baritoneaba en un rincón, -rugió agitando los brazos: _ma fa tacere questo pero!_ En aquella época, -Ferrari no podía decir _perro_. La escena concluyó por una transacción: -mi amigo continuaría siendo tenor, pero sin cantar, _tenor seco_, como -le llamábamos. - - [13] La señorita Genoveva Amadeo. - -Cuando Ferrari tomó la dirección del Colón, no le dejábamos vivir, -pidiéndole que abandonara el viejo repertorio italiano y nos hiciera -conocer a Mozart, a Weber y Meyerbeer. Lo primero que conseguimos de -este último, fué _Roberto el Diablo_; la impresión fué colosal y el -éxito lucrativo para Ferrari. El oía un poco entonces esa nueva música -con un airecito escéptico y creo que aún hoy, en el fondo, sus gustos -son los de su juventud. Pero, en fin, nuestro consejo había sido bueno, -le ayudábamos cuanto nos era posible en la prensa, en la propaganda -social y en aquellas agarradas musicales del Club del Progreso, que -hacían poner furioso al pobre don Juan Carranza, en su eterno bezigue -con Adolfo Alsina, su víctima ordinaria. - -Teníamos entrada franca entre telones y ayudábamos a bien morir a Lelmi, -en el _Ballo in maschera_, bajo el disfraz del último acto. Recuerdo que -Adrián Arana quería salir una noche, de casco y barba postiza, con una -escopeta de dos tiros, a cazar hugonotes en el último acto de la ópera -de Meyerbeer, que ahora se suprime siempre y que tiene un hermosísimo -terceto. Era íntimo amigo de un corista que se colocaba al lado de la -_avant-scéne_ en que estaba Adrián y cantaba sólo para éste, que le -aplaudía con frenesí, en la esperanza, según decía, de presenciar alguna -vez el estallido de la vena yugular que, allá por el _si_ bemol, tomaba -proporciones de cable en el pescuezo del corista... ¡Esa _avant-scéne_! -Eugenio Cambaceres, con el atractivo de su talento, de su gusto -artístico, de su exquisita cultura, de su fortuna, de su aspecto físico, -pues todo lo tenía ese hombre que parecía haber nacido bajo la -protección de un hada bienhechora, era el jefe incontestado. Luego venía -_Patroclo_, el insigne Patroclo, senador por Jujuy, _s'il vous plait_, -chiquito, tieso, duro, malísimo, que no podía vivir sino entre nosotros. -En seguida, Icaza, el _gallego_ Icaza, flaco, tenue, impalpable, -exuberante, lleno de grandes designios, siempre irrealizados, el músico -técnico de la compañía, anunciando eternamente un trabajo, alguna -crítica de arte, en la que pondría las peras a cuarto y cantaría las -verdades al hijo del sol, pero que nunca veíamos. De los vivos, ¿a qué -hablar? Viejos magistrados unos, _fruits ratés_ otros, buenos padres de -familia los más, todos vamos siguiendo, con semblanza de conciencia, -esta cómica ruta cuyo final no está lejos... - -Pero vuelvo a mi _Don Juan_, y si en el camino me extravío por momentos, -mirad esos _zig-zags_ con indulgencia, porque me traen recuerdos de la -única época realmente feliz de la vida... Habíamos, por fin, resuelto a -Ferrari a poner en escena la anhelada ópera, aprovechando la contrata de -no sé qué barítono italiano que cantaba bien y traía trajes pasables. -Ferrari se había defendido con energía. _Ma come si fa? Cinquanta mille -pezzi de decorazione!_ (de los chicos, de entonces, pero que se estaban -quietos, sin subir ni bajar). _Se é un fiasco, come si fa?_ Para -destruir esa poderosa argumentación empleamos todos los recursos -imaginables, y Ferrari, que al fin y al cabo, es el hombre que nos ha -hecho conocer el teatro lírico casi entero, cedió a nuestra instancia, -los ensayos comenzaron y nos pusimos en campaña. Se trataba, como era -natural, de hacer conocer la obra de Mozart, en un artículo magistral, -que arrebatara los sufragios del público y que llenara, desde la primera -noche, la vasta sala del Colón, tan llorada por todos los que a ella -teníamos vinculada nuestra juventud y nuestra alegría. ¿Quién había de -ser el designado para llevar a cabo la magna obra? Icaza, naturalmente, -como en el grupo de Pickwick, todo lo que se refería al amor tenía su -representante titular. Con tres meses de anticipación, Icaza acometió la -empresa. Pasaba tres o cuatro horas encerrado, producía uno o dos -párrafos, los cepillaba, los limaba, les metía unas puntitas, que él -llamaba horadadoras, y cuando le preguntábamos, con cierta reserva y -misterio: "Y aquéllo, ¿anda?", nos contestaba, más que con la palabra, -con la expresión, porque más que cara, tenía fisonomía: "Tente tieso y -ello será." Vivía en su artículo y hasta había cesado de hablar de una -morena, más fea que una crisis, que le tenía sorbido el seso. Por fin, a -los tres meses, llegó una noche al teatro, con aspecto fatigado, pero -radiante, colgó su sombrero, y en su lenguaje apocalíptico no dijo sino -estas palabras: "Abur y la de vámonos!" Eso significaba, claro como el -cristal de roca para nosotros, que había terminado su artículo sobre -_Don Juan_. No hubo medio de que nos lo leyera; ruegos, amenazas de -pisotón (lo que más temía físicamente en el mundo), todo fué inútil. - -Sin vacilación, todos resolvimos que el artículo se publicaría en la -_Tribuna_. La _Tribuna_ era el diario a la moda, el único, el -indispensable. Cortado y dirigido, instintiva e inconscientemente, en el -sentido de las preocupaciones porteñas, tenía una autoridad absurda, -pero incontestable, y ha sido necesario todo el talento comercial de los -Varela, para haber dejado agotar esa fuente de fortuna. Lo dirigía -entonces, como un jinete, con espuelas y sin riendas, puede dirigir un -caballo, Héctor Varela, que acababa de llegar de Europa con la aureola -del discurso de Ginebra que no había pronunciado. Para él, artículos de -fondo, información política y financiera, todo eso era secundario; toda -su atención se concentraba en dos folletines que aparecían diariamente, -algo como unos _Misterios del Paraguay_, con Madama Lynch por -protagonista, y las _Cosas_, de Orión, que él redactaba bajo ese -pseudónimo. La novela ofrecía pocas dificultades; Héctor había escrito -los dos o tres primeros folletines y una buena mañana se había cansado; -como el regente (¡oh vasto, redondo y solemne don Saturnino Córdoba, te -saludo al pasar!) le pidiera materiales, tomó la primer novela que le -cayó a mano, la abrió al azar, encontró un diálogo, le metió tijera y lo -entregó a la composición. Los lectores (tenía y muchos) se agarraban la -cabeza, no entendían una palabra, pero esperaban pacientes que aquéllo -se aclararía más tarde. Esa publicación, en esa forma, duró meses -enteros, y lo que es más colosal, el primer tomo apareció, se vendió y -debe aún adornar alguna biblioteca. - -En cuanto a las "Cosas", allí cabía cuanto Dios crió. _Virutinjis_, -felpas, reclamos, bombos, anuncios, sablazos, disimulados o no, -transcripciones, cuentos, anécdotas, versos, cuanto es posible imaginar, -todo bajo la firma de Orión. - -Nuestro buen Icaza puso en limpio su artículo magistral, en buen papel, -tinta negra y letra clara y se lo llevó solemnemente a Héctor, que -entendía de música como de cualquier otra noción racional. Este se lo -recibió, agradeció al compadre Icaza (todo el mundo era compadre de -Héctor, no sé por qué) su valiosa colaboración y le pidió que esa misma -noche fuera a corregir las pruebas. Icaza no faltó por cierto, espulgó -su prosa, teniendo por oidor al ñato Montes de Oca, de todos los errores -de caja, y luego se nos presentó en el teatro, más misterioso que nunca. -"Mañana y a callar!", nos dijo. Preparamos el alma a las grandes -emociones, advertimos a Ferrari, nos fuimos al Club, en donde, de mesa -en mesa, propalamos la buena nueva y a la mañana siguiente, nos -despertamos al alba para pedir la _Tribuna_. En vano la recorríamos -desde la cruz a la fecha: ni sombra del artículo de Icaza! Por fin, se -me ocurre echar una mirada sobre las "Cosas" de Orión. Lo primero que -leo es lo siguiente: "El buen gringo, mi compadre Ferrari, va a dar el -Don Juan, de Mozart, ese alemán de rechupete, en el teatro Colón". En -seguida, sin título ninguno, como consecuencia de esa frase -trascendental, el artículo de Icaza, menos la firma. Al final, este -parrafito, dedicado a Ferrari o a Mozart, el texto es confuso: "Ah, -gringo lindo!" Luego la firma: Orión. - -Me vestí de prisa y corrí a casa de Icaza; un sirviente gallego me -recibió, trastornado: "El señorito me pidió los diarios a las 7, en -seguida le dió un ataque y ahí está sin sentido; le han puesto -ventosas!" - - 1897. - - - - -En el fondo del río[14] - - [14] Este fragmento, así como los dos titulados "De cepa criolla" y - "A las cuchillas", formaba parte de un estudio de nuestra - sociabilidad en aquel momento, que empecé a escribir en 1884. Ese - trabajo ha quedado definitivamente sin concluir porque esas cosas, - cuando no se publican de primera intención, dan más trabajo para - corregirlas, que para escribirlas de nuevo. Si publico aquí esos - fragmentos, es porque pueden leerse sin que choque su incoherencia, - refiriéndose cada uno a un cuadro o a un asunto particular. - - -El último día de cuarentena tocaba a su término. Había a bordo un -bullicio insólito. El piano, golpeado con más rigor que en las -melancólicas noches de la última semana, exhalaba sus quejidos ásperos -con tal buena voluntad, que se creía adivinara próximo el momento del -reposo. Se había instalado un _nueve_ animadísimo en una de las mesas -del comedor y los maltratados en la travesía trataban de rehacerse, -tentando la suerte del último día, postrera esperanza, engañosa como -todas. Un coro de señoras, un tanto enrojecidas por la labor interna de -la digestión, rodeaban el piano, donde una escuálida criatura de veinte -años batía las teclas sin piedad, mientras su hermana o algo así, soñaba -en voz alta, más o menos afinada, con bosques sombríos, claros de luna, -citas de amor y mal de ausencia. Los corchos de cerveza y limonada -gaseosa, con su falso ruido de champagne, saltaban a cada instante. Los -sirvientes, al pasar, solían poner la mano en el hombro a algunos -pasajeros y les deseaban, con un aire de superioridad incontestable, -buena suerte en el piquet.[15] - - [15] Debe recordarse que en los vapores franceses ("Messageries - Maritimes"), los pasajeros de 1.ª y 2.ª clases, viajan - confundidos. - -Arriba, sobre el puente, la luna, el espacio tranquilo, el Plata -dormido, meciendo sus olas pequeñas y numerosas, que se extinguían sin -rumor contra los flancos del navío. A lo lejos, al frente, en el confín -del horizonte, una faja rojiza tenue, como el resplandor lejano de un -incendio, visto a través de una atmósfera cargada de vapores leves. A la -derecha, también distantes, los faros de las costas y la imperceptible -raya negra que el espíritu adivinaba más de lo que los ojos veían. En -medio del río, vasto como un mar, multitud de luces que oscilaban -lentamente en lo alto de los mástiles. De tiempo en tiempo el eco triste -de una campana que daba las horas, como si recordaran al que soñaba -sobre el puente que aun en el seno de esa paz silenciosa, la vida corría -y las tristezas con ella. - -Estaba solo en cubierta, tendido sobre un banco, el brazo apoyado sobre -la baranda y la cabeza sostenida en la mano. La luna bañaba de lleno su -rostro de facciones regulares, joven aun, pero fatigado. Miraba al astro -velado por la niebla ligera con la persistencia de los soñadores y la -vaga expresión de sus ojos anunciaba que su alma recorría el pasado. - -Las horas corrían así, lentas e iguales. En el comedor se había hecho el -silencio; a popa, un grupo que hablaba en voz baja, sólo revelaba su -presencia por el intermitente resplandor de los cigarros. - -Varias veces ya un hombre había aparecido en lo alto de la escalera que -daba al puente y luego de mirar con interés cariñoso al joven inmóvil -había descendido. Al fin, en una de sus últimas subidas, se acercó -suavemente con un plaid en el brazo y lo tendió al joven, diciéndole en -francés con respetuoso acento: - ---La humedad de la noche puede hacerle mal, señor. He traído este -abrigo, por si el señor piensa no recogerse todavía. - ---Gracias. No descenderé aún; no podría dormir. Tráigame un poco de -cognac con agua y cigarros. - -El criado reapareció un momento después, el joven encendió un tabaco, se -envolvió en la manta y quedó mirando con una expresión de cariñosa -tristeza a su servidor. - ---Mañana concluye la cuarentena, Pedro. - -Pedro se inclinó. - ---Y empiezan los días amargos de que le he hablado, añadió el joven -sonriendo. - ---Yo estoy bien en todas partes donde el señor quiera tenerme consigo. - ---Sí, pero usted no conoce la vida de nuestros campos, sobre todo a -donde vamos. Es el desierto, la soledad y el silencio constantes. Tendrá -Vd. poco o nada que hacer allí y el fastidio puede engendrar la -nostalgia. Le repito, pues, mis palabras de París: no hay compromiso -ninguno entre nosotros. En el momento en que lo desee, regresará Vd. a -Europa o se instalará en Buenos Aires, a su elección. - ---El señor es siempre bondadoso conmigo; sólo le pido que me lleve -consigo donde vaya y que me acepte a su lado mientras mis servicios le -sean útiles. - ---Bien, bien; tenemos tiempo de hablar. Prepare todo para descender -mañana temprano. ¿No ha habido nuevos curiosos? - ---No, señor; desde Río me dejan tranquilo. - -El joven hizo un gesto de fastidio mientras el criado se retiraba. El -hecho es que desde Burdeos había vivido a bordo en una acechanza -constante, en una insoportable persecución de la curiosidad ajena. Su -retraimiento sistemático, sus respuestas monosilábicas, dadas con -glacial corrección a los que intentaban abrir charla con él, su silencio -en la mesa, el imperioso deseo de soledad que revelaba su aspecto, le -habían señalado al mundo de a bordo como un personaje original, -orgulloso primero, enigmático después, sospechoso más tarde. Entre los -pasajeros había pocos argentinos; la mayor parte eran familias de -extranjeros radicados en el país y sin contacto con la alta sociedad -porteña. Así, había duda hasta sobre el nombre del joven, que figuraba -en sus maletas, en la lista de pasajeros, que no importaba misterio -alguno, pero que el deseo de crear historias rodeaba de sombras en el -ánimo de esa buena gente. No pudiendo sacar nada del amo se dió el -asalto contra el criado, llevando la voz los que hablaban francés, -porque Pedro no entendía una palabra de castellano. Pero o Pedro tenía -un natural poco comunicativo o cumplía instrucciones terminantes, el -hecho es que tres o cuatro respuestas secas, dadas con su aire de -ceremonia, pusieron en derrota a los más audaces. - -Sólo se supo a punto fijo que el joven se llamaba Carlos Narbal, que -pertenecía a una distinguida familia de Buenos Aires, que tenía fortuna -y que había estado muchos años ausente. Y esto, gracias a tres o cuatro -_cocottes_ que venían a Río contratadas para el Alcázar, según decían, -que se daban suntuosos aires de artistas, pero que el comisario de a -bordo, que debía conocerlas a fondo, amenazaba con enviarlas a perorar -_sur le gaillard d'avant_ cada noche que el alboroto promovido por las -ninfas se hacía insoportable. Cuando se les pasó el mareo del golfo y -entrando a las aguas más tranquilas del Océano empezaron a recibir los -galanteos de la gente de a bordo, que en general ofrecía poco porvenir, -sus miradas no tardaron en dirigirse sobre Carlos, cuyo aspecto auguraba -un hombre de mundo. Si en alguna parte las mujeres tienen conciencia de -su fuerza es indudablemente sobre la cubierta de un buque. Caras que no -se han percibido en el momento del embarque, adquieren cierto atractivo -a los ocho días de navegación, y a los quince, a menos de ser unos -monstruos, pasan con facilidad por bellezas acabadas. El fenómeno se -produce a favor de un sinnúmero de circunstancias, de las que cuentan en -primera línea el aire vivificante del mar, la fuerte alimentación, la -inacción forzosa y la ausencia absoluta de puntos de comparación. Pero -todo eso parecía hacer poco efecto sobre el hombre único tal vez que no -hacía avances. El repertorio estaba agotado, las miradas tiernas, la -pantalla caída a propósito, el "_Mon Dieu, qu'il fait chaud!_" en los -trópicos, el insinuante y audaz "_est-ce que vous connaissez Rio, -monsieur?_", todo el arsenal de escaramuzas femeninas. Una de ellas, más -_crâne_ que las demás, había hecho jugar la gruesa artillería y una -noche, antes de llegar a Bahía, cuando ya hacía rato que habían sonado -las doce y que los corredores estaban desiertos, se entró sencillamente -al camarote que ocupaba Carlos, que a causa del calor había dejado sólo -la cortina corrida. Carlos, que no dormía, se sentó en la cama. Entonces -una voz queda, pero muy queda, cuya entonación procuraba infiltrar la -persuasión de que los vecinos no se despertarían, murmuró: "_Pardon, -monsieur, je me suis trompée de cabine_". Carlos refunfuñó algo, se dejó -caer sobre el lecho y la poco orientada artista declaró al día siguiente -que aquello, con el aspecto de un hombre, y _même pas mal_, no era tal. - -Luego, el aislamiento, las largas horas pasadas con los libros amigos, -con el Dumas que no cansa y que se relee con el placer que da la -evocación de las impresiones de la primera lectura, los buenos y sanos -libros de historia, las revistas científicas, las narraciones de viaje -que llevan el espíritu a regiones remotas. Y por la noche el panorama de -los cielos llenos de estrellas, del mar que las refleja con cariño, de -la estela que se desvanece lentamente como un sueño, la blanca espuma -que se apaga murmurando, la caprichosa fosforescencia de las aguas que -se abrillantan por instantes como el espíritu del que sufre, con un -reflejo de esperanza, para caer en seguida en la sombra... - -La última noche, pero frente a la patria, cuyo amor se levanta -espléndido sobre todas las ruinas morales. Ahí estaba; bajo el -crepúsculo incierto del horizonte, dormía la ciudad madre, cuna de su -cuerpo, nodriza de su alma, fuente también sin duda de todas las -amarguras de su vida. Miraba, miraba intensamente el reflejo lejano y a -medida que su espíritu leía el pasado en la memoria, sus ojos se -impregnaban de lágrimas o adquirían una dureza de acero. Luego pasaba la -mano por la frente y quedaba inmóvil. - -Un dolor profundo o un error inmenso pesaba sobre el alma de ese hombre; -o se había estrellado contra una desventura sin remedio, de las que -rompen la armonía interna y velan el porvenir o bajo un fastidio -colosal, el origen de su mal se había desenvuelto e invadido todo el -ser moral. - -¿Quién, quién sabe las ideas que pasan por el cerebro de un hombre joven -que sueña bajo los vientos dormidos, sin más horizonte a su mirada que -las aguas silenciosas y monótonas?... - -La campana de proa daba las dos de la mañana, cuando el criado avanzó -resueltamente y con cierto aire de autoridad y un "_Je vous en prie, -monsieur_" insistente y suave, pidió a Carlos que se recogiera. El joven -descendió; la luna continuaba brillando a través de la niebla húmeda que -se aumentaba por momentos, el círculo amarillento que la rodeaba se -extendía y las aguas comenzaban a moverse con más rapidez en la -superficie del estuario inmenso. - -A la mañana siguiente, al alba, la inquieta expectativa del desembarco -animaba todo el mundo. Parecía que la felicidad, abiertos sus cariñosos -brazos, esperara en tierra a los que tanto ansiaban pisarla. La mayor -parte, sin embargo, iban a cambiar la vida libre de a bordo con la -exigua existencia detrás de un mostrador o la ingrata tarea del -jornalero. Los trajes nuevos habían hecho su aparición; por todas partes -cajas de sombreros, jaulas con antipáticos loros dentro, maletas de -viaje, gorras, bultos. - -Por fin llegaron los vapores de desembarco, se llenaron las formalidades -sanitarias y pronto el buque quedó sólo con su tripulación y allá en la -proa, los emigrantes apiñados, mirando con ojos de ingenua curiosidad -cuanto pasaba a su alrededor y sintiendo pesar sobre su alma esa -impresión de abandono que gravita sobre el extranjero al pisar por -primera vez las playas de una tierra desconocida. Pronto la atmósfera -fácil y cómoda de nuestra patria iba a borrar la nube de tristeza e -iluminar la vida de esos desgraciados con las perspectivas de un -porvenir seguro. - -Carlos había bajado sencillamente en el vapor de la agencia, seguido de -Pedro, silencioso siempre y grave en su levita abotonada hasta el -cuello. Cumplidas las formalidades de aduana, Carlos hizo avanzar un -carruaje y media hora después se encontraba alojado en un cuarto del -hotel de Provence. A su llegada se le habían entregado cinco o seis -cartas, que en ese momento leía con atención. Una de ellas, tres -renglones escritos con una letra de una pulgada y con una ortografía -capaz de hacer rugir de espanto a un académico español, parecía haberle -causado viva satisfacción. Traducida, decía así: - - "Desde el martes estoy con los caballos en el Azul, esperándole." - - _Tobías_. - -Las otras cartas eran puramente de intereses, cuentas, etc. - -Carlos comió solo en su cuarto y al caer la noche encendió un cigarro y -salió, después de indicar a un sirviente hiciera acompañar a Pedro al -teatro Variedades. - -Carlos tomó la calle de Reconquista, llegó a la plaza, la cruzó -diagonalmente, entró por Victoria hasta Perú, dió algunos pasos a la -derecha, pero, retrocediendo, tomó resueltamente hacia la izquierda. A -cada instante, a pesar de la confianza que tenía en no ser conocido, por -el cambio completo operado en su fisonomía en los últimos cinco años, -ocultaba el rostro al pasar junto a alguna de sus antiguas relaciones. -Iba agitado por el tumulto interior de sus sensaciones; echó una mirada -vaga a los balcones iluminados del Club del Progreso, sus ojos se -llenaron de sombras, inclinó la cabeza y siguió marchando lentamente. -Así vagó cuatro horas, deteniéndose en un punto, mirando con atención -una casa, impregnando la mirada con el espectáculo de la ciudad que -tanto había querido y en la que marchaba hoy como un desconocido. A las -11 de la noche se encontraba en el Retiro, frente al río sereno y -resplandeciendo bajo la luna. Uno que otro carruaje volvía de Palermo o -tomaba la calle de Charcas; a veces una explosión de alegría llegaba a -oídos del solitario. - -Bien solo, por cierto. Esa alma debía estar enferma, rendida por una -lucha sostenida tal vez sin energía, pero no por eso menos agobiadora. Y -así, marchando en los sueños íntimos, llegó tristemente a su hotel, se -tendió en un sofá, tomó un libro que pronto cayó de sus manos y quedó -inmóvil, con la mirada fija en el techo. Su cara fué perdiendo la -expresión adusta, sus ojos se llenaron de lágrimas y un sollozo ahogado -pasó por su garganta. La reacción fué violenta, se puso de pie, enjugó -el rostro, sonrió con desprecio de sí mismo, se paseó largo rato por la -pieza y luego llamó a Pedro. - ---El tren sale a las 7, Pedro. Que todo esté pronto. - -Luego se acostó y empezó para él el infierno cotidiano de los que han -perdido el dulce sueño reparador de la vida... - -Corría el tren por los campos iguales y monótonos. En el vagón que -ocupaba Carlos iban dos o tres personas desconocidas entre sí, lo que no -impidió que a partir del almuerzo trabaran una larga conversación sobre -los temas eternos de la vida de campo, la lluvia que hacía falta, porque -los pastos estaban flojos, el cardo que tardaba, las barbaridades de los -jueces de paz de los partidos respectivos a que pertenecían los -viajeros, y por fin, la política, vista al microscopio, las profesiones -de fe grotescas, una estrechez de espíritu inconcebible. Carlos oía con -cierta atención la insípida charla; como los campos que atravesaba le -traían la perdida nota impresional de la patria, así el palabreo que -llegaba a sus oídos hacía revivir en su memoria el mundo normal en cuyo -seno pasó su juventud. Luego sus ojos se perdían en la dilatada llanura, -extensa como el mar y como él generadora de tristezas. - -Pedro, solo y grave en un vagón de 2ª., miraba con asombro nuestros -campos, buscando en ellos el cultivo, la subdivisión, el canal de riego, -el bosque, el aspecto europeo, en una palabra. Una sensación indefinible -le oprimía y a veces sacaba la cabeza por la portezuela, ansioso, en la -expectativa de un cambio que no se producía. - -Por fin, a la caída del día, el tren llegó al Azul; Carlos se dirigió a -la posada. En la puerta del gran patio donde llegan las diligencias, -carruajes y gente de a caballo, se encontraba un hombre recostado en un -poste. Tendría de cuarenta a cincuenta años; alto, delgado, barba -canosa, ojos negros serenos. Su traje era el de nuestros gauchos, -chiripá, poncho, un modesto tirador viejo ya, un sombrero de felpa -entrado en años y unas fuertes botas de baqueta, nuevas, compra sin duda -de la víspera. A pesar de haber visto a Carlos, no hizo un movimiento. -Este avanzó sonriendo hacia él y le puso la mano en el hombro. - ---¿No me reconoces, Tobías? - ---Niño Carlos... - -No pudo decir más; se sacó el sombrero, empezó a darlo vuelta entre las -manos y se quedó mirando a Carlos con tamaños ojos de asombro. - ---Sí, mi buen Tobías, estoy muy cambiado. Además, hace como diez años -que no nos vemos. ¿Y cómo va la salud? ¿Y los hijos? - ---Buenos todos, señor; los muchachos andan en tropa. Anselmo salió -anteayer con una punta y Gregorio debe llegar mañana o pasado. - ---¿Y quiénes hay en la Quebrada? - ---Manuel Tabares, cuatro peones y la vieja Nicasia. - ---¿Aún vive Nicasia? - ---Cuando ha sabido que el niño iba a venir se ha puesto como loca. - ---Bueno; tenemos tiempo de hablar. ¿Cuántos caballos has traído? - ---Cuatro, por si acaso, aunque ninguno hemos de tener que cambiar. - ---¿Y el carro? - ---Llegará mañana a la tarde. ¿Cuándo nos vamos, señor? - ---Mañana bien temprano, para llegar con día. - ---Saliendo a las seis estamos a las cinco en la Quebrada. - ---Tobías, este hombre (y señalaba a Pedro, que, con un saco de noche en -la mano, correcto e inmóvil, había presenciado el diálogo sin entender -una palabra), este hombre es mi sirviente, pero no habla español. Dice -que aunque no es muy de a caballo, quiere ir montado, en vez de esperar -el carro. Dale uno de buen andar y manso. - ---El moro, señor. - ---Vaya por el moro. A las 5 me recuerdas con todo listo. - -Desfiló el clásico _menú_ de los hoteles de campaña en nuestra tierra. -¿Un buen puchero? ¿Un buen asado? ¡Jamás! Frituras, guisos -pseudo-franceses, combinaciones de un _chef_ que, para elevarse al arte -cree deber salir de la naturaleza. Carlos recorrió la lista, recordó su -experiencia pasada y pidió un ingenuo bife con _dos de a caballo_, una -botella de cerveza inglesa y queso. ¡Ay de aquel que sale de ese régimen -higiénico! - -El cansancio del ferrocarril le dió algunas horas de sueño. Pero cuando -a las 5 de la mañana Tobías vino a golpear su puerta, le encontró -vestido y pronto a montar. - -Así que dejaron el pueblo y que el espacio abierto se presentó, Carlos -sintió esa sensación deliciosa que sólo los argentinos sabemos apreciar, -cuando, sobre un buen caballo, se galopa por los campos en la mañana. -Una leve brisa, fresca, con un olor sano e intenso, venía de oriente, -donde el sol se elevaba ya, pugnando por abrir camino a sus rayos al -través de un grupo de nubes. Las estancias esparcidas en la extensión de -la llanura, como islas en un mar inmenso, manchaban con sus tonos -obscuros la sábana de verde pálido en la que la vista se perdía hasta el -confín del horizonte. Los caballos, contentos y briosos, resoplaban con -energía, levantando sobre el camino resecado una nube de polvo, que iba -a disolverse a la espalda en fugitivos remolinos. Un grupo de ovejas que -comía al borde de la ruta se precipitaba al lado opuesto y detrás iba -toda la majada, desatentada, como si corriera un peligro inmenso. Cuatro -o cinco corderos quedaban rezagados, con la colita entre las piernas, -enclenques, temblorosos bajo su cuero desnudo y arrugado, balando con un -quejido lastimoso. Diez o doce madres habían dado vuelta cara y -respondían al llamado sin cesar, como sacando la voz de las entrañas -para que sus hijos las reconocieran. Un perro, girando a la carrera -alrededor del rebaño, ladraba furioso al pasar junto al grupo de -jinetes, cuyos caballos agachaban las orejas e hinchaban ligeramente el -lomo. Luego, una manada de yeguas que sale a escape, se detiene a -cincuenta varas y queda inmóvil, las orejas rectas, los ojos grandes e -ingenuos. El sultán está a la cabeza, soberbio con su larga crin y -opulenta cola. Brilla su pelo inmaculado como un tejido de acero. Un -potrillo más audaz se acerca, hace una cabriola, rompe a la carrera, se -detiene al pie de la madre y se pone tranquilamente a mamar. Las vacas -son más reposadas; algunas levantan la cabeza, pero pronto la inclinan -sobre la tierra y continúan rumiando. Uno que otro toro espléndido se -cuadra noblemente, escarba el suelo y mira con arrogancia. - -Los _teros_ atronan el aire; parecen la bocina del derecho indio, -clamando eternamente sobre la pampa contra la conquista europea. Avanzan -audaces, cruzan a dos varas de los jinetes como una saeta y se pierden a -lo lejos, dando la voz de alarma que hace poner en fuga a los patos que -reposan en la próxima laguna, rica en juncos y pobre en agua. La -lechuza, inmóvil sobre una viscachera o en la punta de un palo de -alambrado, abre el pico como un resorte mecánico, lanza su grito -gutural, que en la noche inquieta los espíritus más serenos, deja caer -sus párpados amarillentos, que tienen más expresión que sus ojos mismos -y queda en su postura egipcia. Multitud de pequeñas aves saltan a cada -instante de entre el pasto; por momentos, una perdiz hiende el aire con -su silbido característico y el ruido estridente de sus alas al batir -precipitadas; otras se agachan, se disuelven entre los tonos grises de -la tierra y quedan inmóviles. De tiempo en tiempo Tobías les lanza su -rebenque, no siempre sin resultado, ante el asombro de Pedro, que -contempla atónito el nuevo sistema cinegético. - -Y así avanzan en silencio, Carlos perdido en sus reflexiones, el -sirviente un tanto dolorido ya, Tobías con la indiferencia suprema del -gaucho por todas las cosas de la vida. Cada media hora, Tobías da la -señal de reposo deteniendo su caballo y poniéndolo a un trote suave, -pero que rinde camino. Según él, el secreto para llegar pronto no está -en andar ligero, sino en andar seguido. Tobías nombra las estancias que -aparecen a lo lejos, a medida que se avanza y que las copas de álamos -que se veían suspendidas en el aire se unen a sus troncos al cesar el -miraje. A las doce se hace alto junto a un jagüel rodeado de algunos -sauces y paraísos que ofrecen una sombra suficiente. Carlos no ha -querido ir a una pulpería que está a diez cuadras, en una estancia donde -indudablemente habría sido muy bien recibido, pero en lo que habrían -tardado tres horas en matar algunos pollos y donde habría tenido que -hablar sobre cuanto Dios crió. Tobías, que se ha avanzado, después de -manear cuidadosamente los dos caballos de repuesto, vuelve a la media -hora con un carnero muerto y degollado, pan, vino y sal, hace fuego, -fabrica un asador con una rama de sauce y a los veinte minutos se -presenta con un asado color de oro, chisporroteando aún y chorreando de -jugo. - -Diez, veinte años de París, comiendo en Bignon, cenando en el café -Anglais, no alcanzan jamás a borrar en nosotros el tinte criollo, la -tendencia indígena, el amor a las cosas patrias... y el gusto por el -cordero al asador. Se quema uno los dedos, es cierto, queda en la boca -cierto sabor _empaté_, pero es esa una sensación posterior, altamente -compensada por las delicias del primer momento. - -La charla de sobremesa animó a Tobías, que aprovechó una buena ocasión -para echar fuera lo que sin duda le estaba trabajando hacía tiempo. - ---Dígame, señor, ¿viene por mucho tiempo a la Quebrada? - ---Por mucho tiempo, Tobías; no pienso moverme de allí hasta que vuelva a -Europa. - ---¡Pero cómo va a vivir en esos ranchos, señor! ¿Cómo no se ha ido más -bien a las Tunas? - ---¿Te incomoda mi visita, mi buen Tobías? - ---¡Por dónde, señor! - ---Entonces, no hay que hablar. - -Tobías se rascó la nuca, ensilló de nuevo los caballos y pronto la -partida estaba en marcha. Fué ese el momento duro para Pedro. Al -principio, el buen galope del moro recomendado por Tobías le había -seducido; pero pronto le dolió la cintura, las rodillas le empezaron a -arder en la parte que frotaban la silla y cuando después del reposo del -almuerzo volvió a su postura de centauro, todo el cuerpo protestó en un -estremecimiento. Se dominó, sin embargo, sonrió a Carlos y partió -heroicamente al galope. - -A las tres de la tarde, poco después de atravesar el arroyo de -Chapaleofú, algunas gotas de agua empezaron a caer. El cielo se había -cubierto por completo y pronto un aguacero tremendo cayó sobre los -viajeros. La tierra parecía revivir bajo la onda; un olor de humedad se -desprendía del suelo. El horizonte se había estrechado y los montes de -las estancias más próximas se iban disolviendo entre la bruma. La lluvia -redoblaba de violencia a cada instante y los viajeros estaban empapados -hasta la carne. - -Así marcharon dos horas, lentamente, al paso, porque el suelo se había -hecho resbaladizo. Carlos, rebelde a la fatiga física, había recibido -con placer la lluvia. En cuanto a Pedro, sólo Dios y él saben lo que -pasó en esos momentos por su alma y la opinión que formó de nuestra -tierra argentina y de sus modos de vialidad. - -A las 7 de la noche, profundamente obscura, bajo la lluvia, un violento -aullar de perros se hizo oir y una luz mortecina apareció a unos cien -pasos. - ---Llegamos, señor, dijo Tobías. - -El viejo capataz se avanzó, gritó a los perros, que callaron al -reconocer su voz y dió los caballos a dos o tres hombres que habían -salido de la cocina. Una viejecita, con la cabeza descubierta bajo la -lluvia, se avanzó mirando a uno y otro lado y cuando hubo reconocido a -Carlos, lo ayudó a bajar, repitiendo sin cesar: "Niño Carlitos! Dios se -lo pague!" - -Carlos cortó el torrente de las expansiones y ganó rápidamente la casa, -seguido de Pedro, rígido como un autómata. Cambió de ropa, comió y con -inmensa delicia se tendió en una cama. - -A la mañana siguiente se levantó temprano, tuvo su conferencia con -Nicasia, a quien pronto despachó a la cocina y dió un vistazo sobre su -morada. He aquí lo que vió. - -Una pequeña casa de material, con techo de hierro de media agua, ocupaba -el fondo de un cuadrado. A la derecha un rancho, cocina y cuarto de -peones. A la izquierda la habitación de Nicasia, sin duda, un pequeño -rancho de paja. Al frente un palenque para atar caballos y en el centro -del patio un ombú raquítico que se había ido en raíces. Las tres piezas -de su apartamento consistían en un dormitorio casi desnudo de muebles, -un comedor por el estilo y un gran cuarto donde había algunas viejas -sillas de montar, bolsas, una romana, una pila de cueros secos en un -rincón, diarios viejos, un tercio de yerba, una damajuana de -aguardiente, barricas de azúcar, una bolsa de sal y en una pared un -retrato del general Mitre en 1860. Allí había dormido Pedro. - -Carlos sacó una silla al corredor, puso sobre otra las piernas y cayó en -profunda meditación. El día estaba espesamente nublado y la lluvia caía -por momentos. Un silencio de muerte reinaba sobre los campos y el -horizonte concluía a cien varas. A lo lejos, el eco amortiguado de un -cencerro o el apagado ladrido de un perro. Contra un pilar del corredor, -el criado fiel, perdido en ese mundo nuevo para él, dejaba vagar su -mirada por el cielo gris. Carlos sintió que el corazón se le oprimía; -temió que la paz tan buscada no estuviera allí, comprendió que mientras -durase la tormenta intensa era inútil buscar la tranquilidad de las -cosas para darla a su espíritu conturbado y pasó la mano por su frente. -De nuevo miró a su alrededor; un recuerdo pasó por su memoria, una -amarga noche en que inclinaba ya su cuerpo sobre el Sena, en París, para -buscar la calma en la muerte. La lluvia caía, monótona, triste, -sepulcral; la llanura parecía envuelta en una mortaja. Carlos inclinó la -cabeza llena de sombras, murmurando: - ---Heme en el fondo del río, con una piedra al cuello. - - 1884. - - - - -De cepa criolla - - -Carlos Narbal pertenecía a una familia de larga data en tierra argentina -y a la que no habían faltado las ilustraciones patrióticas de la -independencia ni los mártires de las luchas civiles. Su abuelo, el -primer Narbal criollo, fué sorprendido a los veinticinco años por la -tormenta de 1810. De la tranquila vida colonial, un momento interrumpida -por el rechazo de las invasiones inglesas, en el que había tomado una -parte honorable como oficial subalterno, se vió de pronto envuelto en el -torbellino de la revolución, al que le empujaban más sus amistades y -vinculaciones con las cabezas calientes de la juventud patricia, que sus -inspiraciones propias. Rico, relativamente a la época, hacendado y por -lo tanto fanático por D. Mariano Moreno, bastó la presencia de su ídolo -en la primera junta para determinar el partido a que había de afiliarse. -Gritó: ¡abajo Cisneros! el 25 de Mayo, sin ponerse ronco, formó parte de -un grupo que arrancaba carteles, aplaudió a Passo, hizo una crítica -razonable contra el discurso de recepción de Saavedra y luego, entrada -la noche, como hacía frío y lloviznaba, abrió su paragua y se fué -tranquilamente a su casa, donde contó la jornada a su vieja madre con la -misma sencillez con que hubiera narrado una corrida de sortijas. No se -daba cuenta de la importancia del movimiento, no tenía ambiciones ni -imaginación. Era, pues, un hombre feliz de la colonia, el tipo más -completo de la especie que haya vivido sobre la tierra. Una noche, en -una sobremesa del café de Mallcos en que se había apurado más de lo -habitual el Valdepeñas y el Jerez, varios de sus amigos declararon su -intención de ir a reunirse al ejército del coronel Balcarce que operaba -en el alto Perú, aprovechando la partida de Castelli, el fugaz -Saint-Just de nuestra revolución. No sé cómo vendría la cosa, pero -nuestro hombre juró, se arrepintió un poco a la mañana siguiente, se -consoló al mediodía, arregló su equipo a la noche, partió con los -compañeros, se unió a Balcarce la víspera de Suipacha, se batió -dignamente y se disgustó por completo del oficio el día de la ejecución -de Córdoba, Nieto y Paula Sanz. En la primera ocasión regresó a Buenos -Aires, habiendo pagado su deuda a la patria, se casó y pronto dos hijos -le dieron el corte definitivo del hombre de hogar. El primogénito creció -en aquella atmósfera ruidosa y vehemente de la revolución, tan lejos hoy -de nosotros, que cada año transcurrido parece un siglo. Los cuentos de -los viejos sirvientes de la casa, que todos habían servido, respiraban -olor a combates. La nota tosca del heroísmo, la habitud de la idea de -lucha se hundía en el cerebro del niño. Luego las guerras civiles, los -amargos momentos del año veinte, el hogar inquieto, el padre -meditabundo, la madre llorosa. Tenía catorce años el día de Ituzaingó y -era ya un pequeño patricio, exaltado, entusiasta, sediento de acción, la -antítesis del padre, a quien sólo debía la vida, pues su alma era hija -directa de la revolución. Cuando abrió los ojos a la luz y con la -virilidad llegó la dignidad, vió a su padre consumirse lentamente en la -agonía moral de la dictadura, bajo el peso del oprobio y la vergüenza. -Rosas imperaba y la juventud se estremecía. Muerto su padre, casada su -hermana con un hombre de la situación que protegería a la madre, logró -una noche embarcarse y pasó a Montevideo. La revolución del Sud le contó -entre sus soldados; batidos, deshechos, pocos lograron salvar del -desastre. Narbal escapó, se unió a Lavalle, luego a Paz y de nuevo se -encerró en Montevideo con la ilusión perdida y el alma resuelta. ¡Cuán -largos han sido para nuestros padres esos días, esos años de eterna -expectativa, en que cada nueva luna traía la noticia de un nuevo -desastre, fijos los ojos en la dictadura granítica que del otro lado del -Plata se levantaba sombría, desafiando el tiempo y el esfuerzo humano! -En el día la batalla estéril en la que se pierde la vida sin esperanza -de que el tiempo fugitivo traiga la libertad; en la noche, el insomnio -que causa la conciencia del porvenir perdido y la amargura infinita de -la patria deshonrada! - -Tarde ya, pasados los treinta años, Narbal unió su suerte a la de la -hija de un proscripto como él, dulce criatura que había crecido atónita -dentro de un infierno de odios y de sangre. Carlos nació en 1850 y desde -ese día la fisonomía de su padre se hizo más obscura aun. El porvenir de -su hijo, sin patria desde la cuna, sin fortuna (sus bienes habían sido -confiscados por Rosas) le aterraba. Por fin brilló el bendecido momento -de Caseros. Los que en ese instante grabaron el nombre del Libertador en -el alma, no lo olvidaron jamás. Caseros lava la vida entera de Urquiza, -como Ituzaingó la de Alvear. No se da la libertad a un pueblo ni se -salva la independencia de la patria, sin que la historia olvide las -debilidades humanas y consagre el tipo de los hombres en el momento -trágico de su vida. - -Narbal volvió a su patria y al ensanchar sus pulmones, al empezar la -vida a los cuarenta años, como si su organismo moral se hubiera -renovado, de nuevo al destierro, empujado por muchos de los que había -combatido cuando doblaban la cabeza servil bajo Rosas y por la agitación -insensata de una juventud ávida de ruido, sin conciencia del pasado y -sin visión del porvenir. El golpe fué rudo y la tierra extraña más sola -que en los amargos días de la lucha. Una melancolía profunda se apoderó -de él, perdió la esperanza que un momento había brillado ante sus ojos y -se extinguió en silencio en brazos de su fiel compañera, oprimiendo la -mano de su hijo. - -Carlos volvió a la patria; los bienes de su familia le habían sido -restituídos. Su primera educación fué la de todos nosotros, superficial, -arrancada a trozos a la debilidad de la madre, con sus largas estadías -en el campo predilecto, los numerosos años recomenzados en el curso -universitario y en la adolescencia, la vida vagabunda, un tanto -_compadre_, que hoy se ha perdido felizmente por completo. Las hazañas -de media noche, las asociaciones para el escándalo nocturno, el prurito -del valor en las luchas contra el infeliz _sereno_, el asalto a los -cafés, a los bailes de los suburbios, el contacto malsano de las bajas -clases sociales cuyos hábitos se toman, el lento desvanecimiento de las -lecciones puras del hogar. Los que han pasado en esa atmósfera su -primera juventud y han conseguido rehacerse una ilusión de la vida y una -concepción recta del honor, necesitan haber tenido de acero los resortes -fundamentales del alma. La guerra del Paraguay fué, en ese sentido, un -beneficio inmenso para nuestro país. Por afición a las armas, por -admiración a muchos oficiales de la época, pendencieros, decidores, -eternos arrastradores de poncho, tal vez un poco por el palpitar de la -_fibra salvaje_ que jamás se extingue por completo, muchos jóvenes de 18 -a 25 años, de los que entonces hacían esa vida ignominiosa, partieron a -campaña y se rehabilitaron cayendo noblemente en los campos de batalla o -ilustrando su nombre por el valor y la buena conducta. - -Carlos era muy joven aún. Por otra parte, su índole recta y generosa, -cierto amor _dilettante_ al estudio, sobre todo a la lectura, y por -último un largo viaje para terminar su educación en Europa, que su -madre, bien aconsejada, le hizo hacer, le salvaron del peligro de una -vida que habría destruído su porvenir. Pasó tres años en un colegio -inglés, anexo a la Universidad de Oxford y allí se operó la -transformación radical de su organismo moral. - -Nada como la atmósfera inglesa para regularizar este conflicto eterno -que se llama el alma de un latino y más aún el alma de un sudamericano. -Sea tradición de raza, atavismo revolucionario o simple influencia -etnográfica, el tipo general de nuestros jóvenes se combina moralmente -de excesos y depresiones curiosas en sus diversos elementos. La -imaginación ocupa un espacio inmenso y su constante acción determina una -insoportable prisa de vivir, de llegar, de gozar de entrada la plenitud -del objetivo. Al mismo tiempo y por la misma influencia, el objetivo es -vago e indefinible para los mismos que lo persiguen. El valor nos sobra, -el valor instintivo, el valor de empuje momentáneo, pero la voluntad -persistente nos falta. Entre nosotros todo el que ha _querido_ ha -llegado. Además, la vida de "Gran Aldea", el círculo relativamente -circunscripto de nuestro mundo social, las amistades de la infancia, que -se perpetúan en el contacto tenaz y obligado de una vida en común, las -extensas vinculaciones de sangre que son apoyos inconscientes, -determinan en nuestra juventud la atrofia de la individualidad, la -pérdida de la iniciativa propia y de esa reserva legítima que aconseja -hacer un fondo inviolable, personal, de fuerzas morales, en vista de la -dura lucha que se prepara. - -Como el gaucho de otros tiempos que vivía indolente en la seguridad de -la subsistencia, vivimos tranquilos, unos reposando en la fortuna -heredada, otros en el empleo infalible, los más en los recursos de la -política. Nos apoyamos unos a otros, vamos rodando en común y muchas -veces una fuerza individual que estalla en plena juventud con carácter -de _alguien_, se desilusiona en el primer esfuerzo ante la necesidad de -ceder a la apatía general para no marchar solo e impotente. - -Tal era el corte moral de Carlos; la atmósfera inglesa pesó sobre él -como una pesada máquina de nivelación. Los fuertes ejercicios físicos -desenvolvieron y dieron fuerza a su cuerpo, más aún, si se quiere, -acentuaron sus necesidades animales, en saludable detrimento de sus -crisis morales perpetuas. El limitado trabajo intelectual de la -educación inglesa permitió a su espíritu el lento y progresivo -desarrollo, tan raro entre nosotros, donde la inteligencia marcha a -saltos y procede por aglomeraciones de difícil digestión que -congestionan el órgano. Luego, en aquella vida libre del estudiante -inglés, confiado a sus fuerzas, a sus recursos, aprendió el valor de su -propia individualidad, adquirió el aspecto serio que oculta la prudente -reserva y se hizo un hombre de reflexión y de voluntad. Al mismo tiempo, -recuperó la pureza moral de la adolescencia y cuando llegó la edad de -los cariños, se encontró con el alma preparada para querer y querer -profundamente. - -No es cierto que la juventud sea idéntica en todas partes, como la -mañana no es igual en todo el orbe. Hay en los jóvenes ingleses un -reposo que nos es desconocido, un residuo de infancia que a los veinte -años ha ido a reunirse, entre nosotros, con los cuentos de la nodriza y -los juegos de la gallina ciega. La precocidad con que se obtienen los -honores viriles, la falta de un aprendizaje en todo, la improvisación de -competencias que acaba por comunicar al que las alcanza una alta opinión -de sí mismo, son elementos desconocidos en Inglaterra, donde la vida se -desenvuelve lenta y regular. - -Llegado a los 17 años a Oxford, Carlos se encontró con un mundo nuevo -que le sorprendió sin atraerle. Sus placeres no eran los mismos a que -veía entregarse a sus compañeros. Su ingénita aristocracia latina -repugnaba al ejercicio muscular constante y violento que era el fondo de -la ocupación de sus _fellows_. Pero bien pronto la emulación, cierto -prurito patriótico (¿dónde no va a meterse?) le determinaron a -esforzarse, a trabajar, a querer y tras largas y terribles horas pasadas -al sol, inclinado sobre el remo o jadeante en el campo del _cricket_, -fué un día admitido a ocupar un puesto en la canoa de honor. - -Pronto tomó gusto a la vida independiente del estudiante inglés, tuvo su -apartamento, su servicio, su caballo, el _valet de chambre_ hábil y -correcto, invitó a _lunchs_, entró por las formidables _wines partys_, y -como era generoso y sus medios le permitían ser espléndido, conquistó su -carta de ciudadanía en el difícil mundo estudiantil en el que se -requiere un tino exquisito para no ser demasiado obsequioso con un hijo -de Lord o seco en demasía con el triste vástago de un cura de campaña. - -Introducido por sus compañeros o por medio de cartas venidas de -Londres, en el seno de algunas familias, sus ideas artificiales sobre la -mujer, formadas en los bailes de suburbio en Buenos Aires o en sitios -más característicos aún, empezaron a transformarse en un respeto -instintivo. La atmósfera de pureza moral que respira un hogar inglés le -penetró por completo y pronto, al ser tratado como un hombre de honor -por un padre que le confiaba su hija, comprendió que no es necesaria una -lucha tenaz con el instinto bestial que inspira infamias, para vencerlo -con nobleza. Así, lentamente, sus facultades de raza, aquellas que no -debemos envidiar a pueblo alguno de la tierra, se elevaron por la -conciencia de sí mismas y acercaron a Carlos al ideal de un hombre, esto -es, el hombre sereno, correcto, leal y reservado, cómodo en la vida, -preparado por la reflexión para el porvenir, como la fortaleza prepara -para la desgracia. El rasgo fundamental de su carácter fué la -profundidad inalterable de sus afecciones. Quería a pocos, pero quería -bien. Era un amigo de novela latente; más de una tarde, solo, pensando -en la patria lejana, sonreía al ver pasar por su espíritu la imagen -seductora del sacrificio en obsequio de un amigo. Todo habría hecho en -caso necesario. Con una concepción semejante de la amistad, los pequeños -rasguños duelen como heridas profundas. - -¿Amores? El ligero _flirtation_ del estudiante, la cinta recibida en una -suave presión de mano para adornar su pecho en la regata, dos ojos -azules palpitantes de júbilo el día de triunfo en el cricket, los paseos -por la tarde o la lectura romántica de Tennyson. Pero ninguna impresión -honda ni duradera. - -A los veinte años, el primer rayo de la tormenta cayó sobre su alma -serena. Un telegrama lo llamó a Buenos Aires, al lado de su madre -gravemente enferma. Era su única familia, su mundo, su idolatría. Buena -y dulce, no pudiendo habituarse a la separación, pero con esa fuerza de -sacrificio en la que las madres concentran toda su energía, su cuerpo se -fué debilitando hasta que el primer accidente la encontró sin vigor para -la lucha. - -Carlos llegó a tiempo para pasar dos días al pie de su lecho y recostar -en su seno la cabeza querida en el último momento. - -Una desesperación honda y callada se apoderó de él. En esos instantes, -los amigos no bastan. El alma aspira al dolor con una voluntad -persistente e invencible. La vida de la ciudad se le hizo insoportable y -fué a pasar sus horas de amargura en uno de los establecimientos de -campo que formaban su patrimonio. - -Su vida de dos años, con raras apariciones en la ciudad, pasada en la -atmósfera serena y monótona de los campos, borró la impresión aguda, -dejando sólo la melancolía del recuerdo que jamás se olvida, pegado al -corazón hasta la tumba. Ese aislamiento voluntario tiene el peligro del -embrutecimiento, si no hay voluntad para resistir la inerte tendencia -animal que empuja a la vegetación, al acuerdo inconsciente con todo lo -que vive y muere alrededor. La música, la lectura, las visitas de sus -amigos, la larga correspondencia subjetiva, salvaron a Carlos. Un -incidente le determinó venir a Buenos Aires. En una campaña electoral -uno de sus amigos fué candidato a la diputación nacional. El comité, -conociendo las relaciones de éste con Carlos y deseando atraer un hombre -que en tres partidos de campaña podría presentar quinientos electores -perfectamente alineados, a caballo y con facón, sin más voluntad que la -de _Don Carlitos_, nombró secretario a Narbal. Este, a pesar de no -tener gran afición a la política, aceptó en el acto, en obsequio de su -amigo. Además, la _plataforma_ de la lucha del momento era la cuestión -clerical. En ese terreno Carlos, hombre de ideas liberales y tolerantes -hasta el extremo, opinaba, como toda la gente razonable, que lo mejor es -_no meneallo_. Pero como cuando hay dos que pueden menear algo, no basta -que uno solo no quiera hacerlo, resultó que los clericales menearon de -tal manera que fué necesario salirles al encuentro. Como siempre, el -público, el pueblo, quedó indiferente. Pero la emulación intelectual, -los pinchazos por la prensa, la polémica que arrebata, acabaron por -comunicar a los combatientes la falsa convicción de que se encontraban -en presencia de uno de los más graves problemas que se hubiera -presentado desde el "día de la organización". Un artículo cualquiera fué -atribuído a Carlos por una hoja clerical. Como el artículo no era bueno, -la réplica fué sabrosa, sin que faltara la alusión "a la gente que mide -su competencia por el número de vacas que posee" o que cree "que basta -saber inglés para entender de todo". En seguida, toda la guerrilla -guaranga de los sueltistas que, a pesar de tener una idea muy vaga y -difusa de lo que significa _patronato_ y que a veces dicen _cañones_ por -_cánones_, se tratan unos a otros de _gran batata_, _monigote_ y demás -gentilezas de un gusto perfecto. - -Carlos se irritó. En su vida había publicado nada, pero tenía los -cajones de su escritorio repletos de todas esas cosas que se escriben en -la juventud. "Sueños", más o menos fantásticos, "Recuerdos", conatos de -novela, biografías de próceres, versos, etc. La pluma no le era un -instrumento desconocido ni la cuestión tampoco, a cuyo estudio había -dedicado el último año de su vida de campo. Replicó, la polémica se -hizo más extensa y levantada, creyó tener por adversarios, bajo el -anónimo de la prensa, a hombres del valor de Goyena y Estrada y con el -respeto de sí mismo que jamás le abandonaba, resolvió suspender la -improvisación del momento que a veces desvirtúa la idea, esparciendo los -argumentos, y después de un mes de laborioso esfuerzo publicó un nutrido -folleto titulado "La Iglesia ante la sociedad política". - -El libro hizo efecto; escrito en un estilo simple y elevado, con una -cultura no desmentida y un verdadero respeto a la religión, quitó en la -réplica a sus adversarios el derecho a la invectiva, sin la cual un -escritor clerical de la buena escuela no hace nunca nada que valga la -pena. El nombre de Carlos, hasta entonces desconocido o poco menos, tomó -cierta celebridad. En la memoria del pueblo se reavivó el recuerdo de su -padre y de su abuelo, hombres dignos y que habían servido bien a su país -y pronto sintió Carlos que se abría ante él un porvenir que no había -sospechado. - -A los veintitrés años se encontró en una de las posiciones más -envidiables que es posible alcanzar en nuestra tierra y en muchas otras; -un nombre respetado, una fortuna sólida que crecía todos los días en el -movimiento progresivo del país, con la estimación general y el cariño -profundo de sus amigos, inteligente e ilustrado y todo esto acompañado -de una figura elegante. - -Alto, delgado, grandes ojos pensativos y de mirar abierto y franco, -culto y correcto, sin aquella afectación inglesa que es la caricatura -del género, un tanto callado, haciendo poco o nada por divertir la -rueda, pero apreciando como el que más los buenos rasgos de espíritu, -con buenas costumbres por exceso de lujo, su entrada en nuestra sociedad -porteña fué sembrada de flores. - -Hay hombres que apenas llegan a la plenitud de su fuerza moral, no -tienen más pensamiento fijo que el de encontrar una compañera para la -gran ruta de la vida. Carlos era uno de ellos; allá en el fondo, había -resuelto casarse, sin comunicar su proyecto ni aun a sus más íntimos -amigos, por temor, no sólo del combate diario contra las presuntas -suegras, sino sobre todo de perder, en la caza implacable de que sería -víctima, todas sus ilusiones y esperanzas. - -Naturaleza seria y reposada, sentía una repugnancia instintiva por todas -esas pueriles escaramuzas del amor, tan comunes en nuestra tierra. - ---¿Pero qué tiene eso de particular, Carlos?--le decía una noche uno de -sus amigos, joven elegante, sin más pensamiento que la mujer, de eterna -buena fe en sus entusiasmos, creyéndose sinceramente enamorado de la -última con quien hablaba, escéptico contra el matrimonio, predestinado -por lo tanto a casarse con una contralto cualquiera.--¿Qué tiene de -particular que en vez de hablar de nimiedades en un salón, se cante a -una mujer joven y linda la canción soñada cuya música adivina sin que la -letra haya llegado a su oído? Hay una especie de convención social que -sonríe ante esos amores primaverales y no les da importancia alguna. A -más, la pureza sale sin mancha de esa esgrima del sentimiento que sirve -para conocerse a sí mismo y no tomar por un afecto profundo la veleidad -de un atractivo pasajero. - ---Te equivocas, replicaba Carlos tristemente. Esa convención social en -cuya protección buscas la impunidad, no existe ni puede existir. Por lo -que a la mujer toca, ¿no comprendes que en eso que has llamado la -esgrima del sentimiento pierde toda la inmaculada inocencia que hacía su -encanto? ¿No has oído mil veces a tus mismos amigos, en esas largas -charlas del club, fijar su ideal de esposa en una criatura que hubiera -abierto para él solo y único la virginidad del alma? ¿Quieres un -ejemplo? Hace un año, en un gran baile sumamente fastidioso, te dió a tí -mismo que me hablas, por enamorar a esa hermosa y buena criatura que se -llama Julia X... Como de costumbre, esa noche te enamoraste -perdidamente, lo que no impidió que a la mañana siguiente te hubieras -olvidado por completo de tu campaña.--Tres meses después, Jorge tuvo la -inspiración de proceder a la misma esgrima en circunstancias análogas. -¿Cuántas veces les he oído entregarse a la eterna broma de las -reconvenciones recíprocas y tacharse, riendo, de deslealtad? ¿No crees -que ese incidente bastaría para detener a un hombre caviloso que hubiera -pensado seriamente en hacer de Julia la compañera de su vida? No es por -cierto porque la pobre criatura haya desmerecido ni que su pureza sea -sospechada; pero la fuerza de las cosas es así. El escepticismo -fundamental de ustedes en materia de mujeres, sólo puede ser vencido por -la fuerza de la inocencia absoluta, indiscutible. Una mujer que ha -tenido amores con un hombre, por más ideales y castos que hayan sido, -parece conservar sobre sus labios, a los ojos extraños, el rastro de un -beso furtivo. Me dirás que un beso es nada; a veces es un abismo. - ---Pero no se llega siempre al beso, Carlos. - ---¿Quién lo sabe? ¿Quién va a preguntarlo? ¿Quién te creerá si niegas, -como es tu deber? La duda basta. ¿Además, por ustedes mismos, qué -necesidad tienen de ir a buscar en el mundo donde se reclutan nuestras -madres, que será el de nuestras hijas, esas vanas satisfacciones del -amor propio que con un poco de dinero y audacia, se obtienen tan -fácilmente en otra parte? - ---¿Quieres hacer entonces de nuestra sociedad un convento? - ---No; quiero sólo una concepción vasta y completa del honor: he ahí -todo. Para ustedes, la altura desinteresada en materia de dinero y la -suceptibilidad exquisita que pone la espada en la mano por una nimiedad, -constituyen el código completo. El engaño de una mujer joven y -candorosa, que cree cuanto le dices, porque no tiene razones para dudar, -el desgarramiento moral que sucede a la desilusión, el compromiso de la -felicidad de su vida entera, ¿no te parece un acto tan reprochable como -el de dejar de pagar tres o cuatro mil pesos a uno de esos barbones del -Club, que apoyándose en su experiencia y sangre fría, te ganan todas las -noches al _bésigue_? - ---¿Es decir, que no debemos ni aún ser sociables? - ---¡Es curioso! ¡Parece que pretendieran ustedes serlo! ¡Sociables! ¡Pero -si ni idea tienen de lo que es la sociedad! Pasan ustedes la vida en el -Club; jamás una visita, jamás esas atenciones cordiales que son el -encanto de la vida. En el teatro, o metidos en el fondo de la -_avant-scéne_, fumando como en un café, o paseándose en el vestíbulo en -los entreactos. Viene un baile; a amar con la primera que cae, cuestión -de tener a quien clavar los anteojos en Colón.--Por el contrario, les -pediría más sociabilidad, más solidaridad en el restringido mundo a que -pertenecen, más respeto a las mujeres que son su ornamento, más reserva -al hablar de ellas, para evitar que el primer guarango democrático -enriquecido en el comercio de suelas se crea a su vez con derecho a -echar su manito de tenorio en un salón al que entra tropezando con los -muebles. No tienes idea de la irritación sorda que me invade cuando veo -a una criatura delicada, fina, de casta, cuya madre fué amiga de la mía, -atacada por un grosero ingénito, cepillado por un sastre, cuando observo -sus ojos clavarse bestialmente en el cuerpo virginal que se entrega en -su inocencia... Mira, nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos, -es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo -heterogéneo, cosmopolita, híbrido, que es hoy la base de nuestro país. -¿Quieren placeres fáciles, cómodos o peligrosos? Nuestra sociedad -múltiple, confusa, ofrece campo vasto e inagotable. Pero honor y respeto -a los restos puros de nuestro grupo patrio; cada día, los argentinos -disminuímos. Salvemos nuestro predominio legítimo, no sólo -desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuanto es posible, sino -colocando a nuestras mujeres, por la veneración, a una altura a que no -llegan las bajas aspiraciones de la turba. Entre ellas encontraremos -nuestras compañeras, entre ellas las encontrarán nuestros hijos. -Cerremos el círculo y velemos sobre él. - ---¡El cuadro de la aristocracia austriaca! - ---No la critiques, que tiene su razón de ser. Es la defensa de la -naturaleza. Tú conoces mis ideas y sabes que sólo acepto las -aristocracias sociales. En las instituciones, en los atrios, en la -prensa, ante la ley, la igualdad más absoluta es de derecho. Pero es de -derecho natural también el perfeccionamiento de la especie, el culto de -las leyes morales que levantan la dignidad humana, el amor a las cosas -bellas, la protección inteligente del arte y de toda manifestación -intelectual. Eso se obtiene por una larga herencia de educación, por la -conciencia de una misión, casi diría providencial, en ese sentido. Tal -es la razón de ser de la aristocracia en todos los países de la tierra, -tenga o no títulos y preocupaciones más o menos estrechas. Entre -nosotros existe y es bueno que exista. No lo constituye por cierto la -herencia, sino la concepción de la vida... - -Con semejantes ideas no era extraña por cierto la reputación de -aristócrata que Carlos adquirió. Sonreía y dejaba decir, observándose -con una rigidez implacable para poner de acuerdo sus actos con sus -principios. - - 1884. - - - - -A las cuchillas - -_A Eugenio Garzón._ - - -I. - -La idea de volver a la patria se había presentado al espíritu de Narbal -inseparable de la de no vivir en Buenos Aires. ¿Por qué? No lo discutía, -no lo analizaba. Era una aprensión nerviosa y tenaz, que le hacía -considerar el retorno a la existencia de otro tiempo, como una fuente de -amarguras insoportables. Además, el grupo simpático se había disuelto -por los azares de la vida y era muy tarde ya para pensar en crearse -nuevos cariños. Lorenzo se había casado hacía cinco años y los tres -hijos deliciosos que encantaban su hogar, le habían convertido en el -burgués pacífico, trabajador y tranquilo, que era a sus ojos, en épocas -pasadas, el tipo perfecto del embrutecimiento humano. Muchos, la mayor -parte de sus antiguos camaradas, habían seguido el mismo camino, aunque -algunos sin transformarse, continuando bajo la cadena conyugal, bien -ligera para ellos, sus viejos hábitos de club, de sport, de juego y todo -lo que acompaña la vida fácil. A veces, Carlos, solo, por las mañanas, -mecido por el paso lento e igual de su caballo, evocaba el recuerdo de -los compañeros de juventud y comparaba su vida actual a la que se -presentaba ante él. Uno había abrazado con pasión la carrera militar y -acallando sus gustos sociales, su amor a los placeres, vivía perdido, -pero no olvidado, allá en la remota frontera, batallando obscuramente -con los indios, conquistando palmo a palmo comarcas enteras para -entregar a la civilización, soldado y explorador, desenvolviéndose en la -vida militar moderna, concebida con inteligencia. ¡Feliz él, que veía la -ruta recta y luminosa abrirse ante sus pasos! Otro, en un acto de -energía, se había arrancado a la patria y la servía con toda la fuerza -de su espíritu y el amor de su alma, allá en lejanas tierras americanas, -donde el nombre argentino estaba olvidado y que él hacía sonar -perseverante y respetuoso. Aquel, joven, brillante, por quien Narbal -había sentido siempre una vivísima simpatía, dejaba correr la vida -insensiblemente, como algo que le fuera extraño, después de haber bebido -también su cáliz y buscado la muerte honrosa del combate... Perdía, -recorriendo así el pasado, la noción del tiempo; las figuras se borraban -en una penumbra indecisa y le parecía que esos hombres habían vivido -largos años atrás y que él mismo sobrevivía a un viejo mundo -desvanecido. A veces, una figura delicada, esbelta, cruzaba su memoria -e, involuntariamente, detenía su montura y entrecerraba los ojos -buscando el nombre de la visión fugaz... ya había pasado y otra la -reemplazaba. La asociación de recuerdos bajo la actividad del espíritu -le hacía por momentos recorrer su vida entera en un relámpago. Empezaba -la evocación sonriendo y concluía en un quejido. - -Narbal había buscado la existencia vegetativa y la sentía a cada -instante alejarse de él. Los trabajos del campo a que se entregó con -vehemencia, le fatigaron al cabo de un mes. Muerta la curiosidad -intelectual, los libros no le decían nada, la pluma le inspiraba -repulsión, un cansancio mortal le oprimía. Vencido a medio día por el -sueño, se preparaba largas noches de insomnio, de las que salía -profundamente quebrantado. A la verdad, el corte definitivo estaba ya -adquirido, hasta el punto que, si un milagro hubiera hecho desaparecer -el pasado, el estado moral de ese hombre no se habría modificado. Más -que insoportable, la vida se había hecho indiferente para Narbal: todo -le era igual, nada le atraía. No hablaba, cesó de montar a caballo y los -interminables días de la campaña corrían lentos sin que se moviera de su -cama, en la que, tendido, fumando, dormitando, pasaba las horas muertas. - -Quince días después de su llegada había recibido una larga y afectuosa -carta de Lorenzo, en la que éste se quejaba con cariño de la conducta de -Carlos a su respecto. Narbal contestó, sin disculparse. Una -correspondencia seguida se estableció. Lorenzo, que al principio no -había querido hablar de su mujer, de sus hijos, por un sentimiento de -exquisita delicadeza, abordó el tema con franqueza un día. "Ven, le -decía, mi hogar será el tuyo; estoy seguro de que las caricias de mis -hijos te calentarán el corazón. Hay entre ellos un personaje de tres -años, rubio, alegre, preguntón, con unos ojos llenos de malicia que, si -recuerdo bien tu amor a las criaturas, te va a conquistar. Figúrate que -te apasiones por ese muchacho; la salud moral no está lejos." Era tarde -ya. - -Hacía tres meses que Narbal se encontraba en la Quebrada, cuando recibió -una carta de Lorenzo que produjo en él la primera impresión violenta -desde largo tiempo atrás. ¿La había escrito el amigo en un momento de -sincera indignación o ensayaba, bajo esa forma, estremecer las fibras -anestesiadas del corazón de Carlos? Tal vez ambas cosas. La carta decía -así: - - "Mi querido Carlos: Te escribo en un momento, de profunda agitación - para todos nosotros. Los diarios adjuntos te impondrán de lo que - acaba de pasar en Montevideo. Las instituciones han sido - pisoteadas, los poderes constituídos derribados por un motín de - cuartel, el degüello, el viejo degüello salvaje, reaparecido en las - calles, y, como siempre en ese desgraciado pedazo de tierra, la - barbarie ha triunfado de la civilización. Los hombres de - pensamiento y de honor, viejos y jóvenes, que no han sido - asesinados o metidos en un calabozo, han tomado el camino del - destierro. La mayor parte han conseguido pasar a Buenos Aires y se - encuentran aquí sin recursos de ningún género y, por todo bagaje, - con aquella enorme altivez que les conoces y que les impide aceptar - el menor auxilio. Nuestra prensa, felizmente, ha condenado unánime - el atentado. Nadie lo dice, porque sería absurdo, pero está en - todos los corazones el deseo de que el gobierno, por los mil medios - indirectos que tiene a su alcance, intervenga de una manera - favorable a la causa de la justicia. No se trata aquí de blancos ni - de colorados. La cuestión es entre los herederos de las hordas - semibárbaras de un López o un Carrera y los hijos de aquellos que - combatieron contra Rosas al lado de nuestros padres. O el año 20 o - la marcha adelante!... - - "Anoche reuní algunos amigos en casa; no había sino un oriental, - Castellar, con quien, como sabes, me liga una vieja amistad. Llego - anteayer, herido. Parece que ha salvado la vida milagrosamente y - que el cónsul inglés le embarcó por la noche. No tiene más que un - pensamiento: organizar una expedición. Es un carácter entusiasta y - generoso, que vive en la obediencia de un espíritu soñador y - visionario. Cree y afirma con una convicción profunda que se - comunica, que bastará la presencia de 200 hombres bien armados, en - un punto cualquiera del litoral oriental, para determinar un - levantamiento del país entero. Todos ellos, es decir, unos - cincuenta jóvenes, están resueltos a tentar la aventura y Castellar - hablaba en su nombre anteanoche. Ellos, que por nada aceptarían una - invitación a comer, en la imposibilidad de devolverla, han jurado, - si es necesario, ir de puerta en puerta, por las calles de Buenos - Aires, para mendigar con el sombrero en la mano, pero la frente - levantada, un fusil para sus manos inermes. No tienes idea del - efecto que nos produjo la palabra inflamada de Castellar. Al - principio, esa declamación, natural a los orientales en el estilo y - en la oratoria, que nos parece una falta de gusto, trajo sonrisas - sobre muchos labios. Pero cuando se empezó a sentir el calor real - que los animaba, cuando Castellar habló de mujeres insultadas, de - ancianos asesinados, del porvenir de toda una generación, roto en - esa bacanal de sangre y robo; cuando dijo, sencillamente esta vez, - que todos ellos preferían morir a la vida con el cuadro constante - de esa depresión profunda de la patria; cuando se puso de pie, - pidiéndonos armas, a nosotros, los felices, que habíamos salido - para siempre del lodo, te aseguro que las sonrisas habían cesado y - fué con viril emoción que todos lo estrechamos entre nuestros - brazos, como si en ese instante representara su pobre tierra - escarnecida. - - "Por lo pronto, tenemos por base los cincuenta rémington y que hace - tres años reunimos para defendernos del famoso golpe de mano - anunciado y que felizmente nunca tomó forma. Cada uno de nosotros - va a ponerse en campaña y no dudamos reunir en una semana dos o - trescientos fusiles. El embarque puede ofrecer dificultades; pero - Jaramillo, que acaba de ser gobernador de La Rioja, que ha llegado - hace un mes de senador al Congreso y que asistió a la reunión, nos - ha tranquilizado al respecto. Es amigo particular y político de los - ministros de Relaciones Exteriores y de Guerra y Marina y no cree - difícil obtener de ellos, ayudado por otra parte por el sentimiento - público, que no se fijen mucho si los subalternos hacen la vista - gorda. - - "Pero no es eso todo; hay gastos indispensables y no hay un peso. - Se trata de equipar unos cien hombres, y lo más serio, de fletar un - vapor por un precio que haga aceptar al armador todos los riesgos - de una empresa semejante. Hemos iniciado una lista de subscripción - y tenemos ya cerca de dos mil duros reunidos. No dudando que tú me - enviarías algo, pero deseando ponerte en guardia contra tí mismo, - te he apuntado por 200 duros, que te ruego des orden a tu apoderado - para que me los remita. - - "No puedo ser más largo, porque tengo la casa llena. Mi mujer está - asustada y anoche me ha hecho jurar sobre la cabeza de mis hijos - que no pienso tomar parte en la expedición. Me eché a reir, pero la - verdad es que respiramos una atmósfera que predispone a todas las - locuras imaginables. Por lo pronto, dos o tres de los muchachos - (¡los muchachos! ¡si vieras qué mal empieza a sentarnos el nombre!) - irán en la expedición, unos por curiosidad, otros por hastío. Hubo - un momento en que Jaramillo, ¡un venerable padre de la patria!, - casi se compromete a acompañarlos. Me costó un triunfo disuadirlo; - quería a toda costa poner un reemplazante, pero Castellar ha - declarado que no quieren gente mercenaria y que, por otra parte, lo - que va a sobrar son hombres, así que pisen el suelo oriental." - - "Excuso decirte que los huéspedes forzados son los leones del día; - la mecha de Eugenio está más irresistible que nunca, cubriendo la - frente sombría y fatal del proscripto. Ha hecho la conquista de - nuestro Vespasiano, a quien las graves ocupaciones curules no - impiden, por cierto, mariposear como en los tiempos en que se - levantaba una bailarina del Colón como un atleta cien kilos." - - "Te escribo a la carrera y nervioso; la expectativa de la acción - nos electriza. ¡Puedes figurarte con qué ansiedad vamos a esperar - los sucesos!" - - "Cariños de mi mujer y un beso de mis hijos." - - _Lorenzo._ - - --"P. D. ¿Qué has hecho del Winchester de repetición que tenías - antes de tu partida a Europa? Si lo dejaste en Buenos Aires ordena - que me lo entreguen. Jamás la sangre que derrame correrá más - justamente." - - _V._ - -La tarde empezaba a caer cuando Narbal concluyó de leer los diarios que -le había remitido Lorenzo. Nacido en Montevideo, conservaba por su cuna -casual ese afecto orgánico que liga al hombre como a la bestia al punto -en que viene a la vida--y sentía en su alma, ásperamente, la ignominia -de ese gentil pedazo de suelo, tan bello, tan atrayente, tan hecho por -la naturaleza para ser hogar de un pueblo libre y feliz... Pasó la mano -por su frente, hizo ensillar su caballo y se echó a vagar por la -llanura. El cielo, de una claridad admirable, empezaba a tachonarse de -chispas brillantes y una calma profunda reinaba sobre los campos que se -preparaban para el sueño. Y él, con la mirada perdida en ese portento de -paz, pensaba en las familias que, a la misma hora, en el duelo y el -llanto, temblaban por el hijo perseguido, por el viejo padre prisionero -o lloraban sin esperanza el hermano bárbaramente sacrificado. Levantó la -frente, una expresión viril se pintó en su rostro, que una ráfaga -interior iluminó, y a lento paso volvió a su triste rancho. - - -II - -Lorenzo decía la verdad; los sucesos de Montevideo habían producido una -intensa agitación en Buenos Aires. Una fibra del corazón común había -sufrido y las otras se estremecían. La política, los partidos, los -antagonismos personales, todo había desaparecido ante la brutalidad de -los hechos, que hacían revivir, en la memoria de los viejos, los cuadros -sangrientos del pasado e inflamaban el espíritu de los jóvenes, -ardientes por probar, como los mayores, que también ellos amaban la -libertad y eran capaces de sacrificarse por ella. - -No se hablaba de otra cosa; los diarios se habían pasado la voz, los -corrillos no salían del tema obligado y hasta la rueda de la Bolsa, en -los momentos de reposo, parecía moverse como un trípode espiritista, al -eco de palabras generosas y maldiciones elocuentes a las que por cierto -no estaba acostumbrada. El momento era propicio y convenía batir el -fierro mientras estaba caliente. Así lo comprendió Castellar. - -Era el tipo completo del oriental, con todas sus aberraciones y sus -virtudes. Inteligencia clara, tal vez un poco superficial, pero -abarcando con el extraordinario aplomo que da la inmisión prematura en -la vida pública, todas las cuestiones susceptibles de determinar una -opinión; fogoso, paradojal, armado de juicios hechos, definitivos y casi -ásperos en su forma intransigente, bravo, lírico a fuerza de exaltado, -girondino en la palabra, digno del _cenáculo_ en el estilo, a tres mil -leguas de la evolución positivista del espíritu moderno, leyendo y -citando de buena fe los libros de Pelletan, encantado del "París en -América" de Laboulaye, que acababa de leer y que hoy huele a moho; -entusiasta por Artigas, sobre cuya acción real estaba muy vagamente -informado, pero que la tradición de su país le presentaba como la -encarnación de la nacionalidad; colorado fanático, pero orgulloso de la -noble defensa de Paysandú; adorando a Juan Carlos Gómez, pero -atribuyendo a una ofuscación del espíritu de su héroe la concepción de -la _patria grande_, tal era el corte intelectual del joven que probaba -por primera vez las amarguras de la proscripción. Entre sus compañeros -había, por cierto, hombres de autoridad considerable y de pensamiento -reposado; pero ellos mismos habían comprendido que lo que se necesitaba -en esos momentos no eran demostraciones lógicas de que asesinar la gente -y derrocar gobiernos a lanzadas es una barbaridad, sino corazones -calientes que, comunicando la indignación, supieran utilizarla. Por otra -parte, viejos aguerridos de la política, diez veces desterrados, diez -veces batidos en empresas de reivindicación armada, su preocupación -principal era ocultar a los jóvenes, llenos de entusiasmo, su invencible -y fundamental desesperanza. - -Cómo y por qué la elección de jefe militar de la expedición cayó en el -Coronel Galindo, sería cuestión difícil de resolver. En esos momentos de -exaltación, el deseo ardiente de encontrar un caudillo favorable, hace -que cada uno por una complicidad inconsciente y generosa, adorne al -elegido con todas las virtudes ideales a que aspira. Galindo "era un -bravo, tenía una inmensa popularidad en los departamentos de la costa -del Uruguay, conocía palmo a palmo el terreno de las futuras -operaciones, era un hombre seguro, sobre el que nada podrían ni las -amenazas ni las promesas de los que mandaban en Montevideo, tenía -íntimas relaciones con muchos de los principales jefes del ejército -argentino, inspiraba confianza, etc., etc." Tal lo pintaban los diarios -que, con la indiscreción propia del oficio y yendo contra los intereses -de la causa por la que manifestaban tanta simpatía, daban cuenta -diariamente de todos los preparativos de la expedición, poniendo en -serios apuros al Ministerio de Relaciones Exteriores y sirviendo de -bomberos inconscientes a la gente que en Montevideo tenía la escoba por -el mango. Galindo mismo, que al principio leía con asombro todos esos -datos que refiriéndose a él, ignoraba por completo, acabó por -convencerse de su importancia. En realidad, su vida, si bien confusa, -era insignificante. Había servido en la guerra del Paraguay como -teniente, se había batido bien, luego, en la patria, en una y otra -revolución, había llegado a coronel, hasta que, después de la última, -salvado a uñas de buen caballo por la frontera del Brasil, cinco años -atrás, vino a caer a Buenos Aires. Naturalmente, al cabo de tres meses, -abrió su correspondiente escritorio de comisiones, gestión de asuntos -ante los dos gobiernos, despacho de aduana, órdenes de Bolsa, remates, -etc., pero cuyo resultado positivo fué embrutecer por completo al joven -dependiente que pasaba las horas muertas cebando mate y oyendo, dentro -de una intolerable atmósfera de tabaco negro, eternas discusiones -políticas en la que tomaban parte cuotidiana, a más del coronel y su -socio, un rematador de Buenos Aires fundido, todos los vagos de ambas -orillas del Plata que el azar empujaba hacia la calle San Martín, -ubicación del famoso escritorio de Galindo y Cía. - -A los tres meses, Galindo, agobiado por el peso del alquiler, se vió -obligado a sacar las tablillas. Un cobro imposible al gobierno nacional -se arrastraba como antes de que la sociedad lo tomara en mano y el jefe -de una casa inglesa que, por una recomendación de Montevideo, había ido -al escritorio de Galindo a darle una comisión, regresó de la puerta -asustado por el tumulto. El bravo coronel fué a aumentar el número de -despojos que flotan en las aguas turbias de la Bolsa, pescando aquí y -allí, una pequeña comisión, dada por un especulador en ansia de -despistar al adversario, practicando la _multa_ con circunspección y -asiduidad, atando, en fin, los hilos de fin de mes con tanto esfuerzo -como necesitaba Fígaro para vivir. La palabra francesa _vivoter_ explica -muy bien ese vaivén instable de la fortuna, esa angustia perenne al -principio, pero que pronto degenera (las pacientes dicen _se regenera_) -en una indiferencia mezclada con la confianza indolente en una estrella, -de poco brillo, pero que no se extingue nunca. Así _vivoteó_ cinco años -el coronel Galindo y en esa situación le encontraron los sucesos de -Montevideo. Castellar, que le conocía de larga data, pero que sufría a -su respecto la aberración del momento, vió en él al hombre de las -circunstancias y le propuso ponerse al frente de la expedición. Galindo, -pronto a todas esas aventuras por naturaleza, educación e instintos, -aceptó en el acto, poniendo, por la forma, algunas condiciones -referentes a la disciplina, a la absoluta independencia en la dirección -de las operaciones militares, que acabaron por cimentar la confianza que -se había resuelto depositar en él. Originario de Fray Bentos, aprovechó -el azar para sostener sus _extensas_ relaciones en la costa. Pidió -doscientos hombres bien armados, un vapor a sus órdenes y completa -latitud de acción. - -A pedido de Castellar, Lorenzo facilitó el salón de su casa, el mismo en -que había tenido lugar la reunión de que hablara a Narbal, para celebrar -todas las que fueran necesarias. Lo hacía con placer, porque en realidad -estaba profundamente indignado. Además, ese movimiento, esa actividad -ajena a sus monótonas ocupaciones diarias, le había galvanizado, -haciéndolo volver a los viejos tiempos en que andaba siempre por los -extremos, pensando en soluciones violentas a todas las cuestiones de la -vida. Su casa había tomado el aspecto de un cuartel electoral, para -desesperación de su mujer, que veía fusiles en todos los rincones, a los -chiquitos jugando con sables o arrastrando cartucheras, al par que la -descomponía el olor frío de tabaco, pegado a las cortinas y a los -muebles. No comprendía bien ese _patriotismo_ por asuntos de tierra -extraña, pero con una confianza absoluta en la nobleza de los -sentimientos de su marido, se resignaba poniendo al mal trance la mejor -cara posible. Jaramillo, que comía todos los domingos allí y quien tenía -la viva simpatía que el abierto riojano inspiraba generalmente, le -repetía que los orientales le deberían una buena parte de su libertad y -la exhortaba a bordar con sus propias manos la bandera del cuerpo -expedicionario. Herminia, desarmada, sonreía. - - -III - -La reunión que se celebraba esa noche tenía una importancia capital, -porque, a más de recapitular los elementos de que se disponía, Castellar -pensaba proponer la realización inmediata de la empresa. Cada uno debía -dar cuenta de la comisión que le fuera encomendada y el coronel Galindo, -por primera vez, sometería su plan de campaña. - -La reunión tenía lugar en el comedor, más vasto y sobre todo, por la -disposición de la casa, más aislado que el salón. Estaban reunidas unas -veinte personas, entre las que se encontraban cinco o seis personajes de -Montevideo, otros tantos jóvenes, algunos militares y sólo tres -argentinos, esto es, Lorenzo, Jaramillo y un amigo del primero, que -debía dar cuenta de su trabajo en el sentido de obtener un vapor. Todos -estaban más o menos exaltados, pero la expresión era diferente. Lorenzo -hablaba poco pero se movía mucho, Jaramillo se movía y hablaba con -abundancia, los jóvenes orientales dominaban mal su impaciencia, los -viejos procuraban poner cara de palo y Galindo, como los oficiales que -le acompañaban, se sentían incómodos. - -Castellar habló primero. - ---El caballero, dijo, que nos da la hospitalidad y cuyo nombre -recordaremos siempre los orientales como el de uno de los más generosos -y desinteresados entre los amigos de nuestro país, va a exponer a -ustedes el estado de las cosas. Debo declarar, porque así me lo ha -repetido con frecuencia, que en todos aquellos de sus compatriotas a -quienes ha acudido, ha encontrado una acogida simpática, que se ha -traducido en hechos. Eso nos prueba una vez más, añadió,--no sin echar -una rápida mirada a un hombre de hermosos cabellos plateados y fisonomía -abierta y expresiva, que lo miraba con sus ojos claros y dulces,--eso -nos prueba una vez más, que el destino ha hecho a nuestros dos países -para marchar y desenvolverse en armonía, cada uno según su índole y las -exigencias de su historia, pero unidos por los mil vínculos en que el -pasado nos liga y el porvenir estrechará. Como se verá dentro de un -momento, podemos pensar ya en la realización inmediata de nuestra -empresa. Cada día que pasa es una vergüenza más para nuestra patria y un -peligro, porque el tiempo sanciona lentamente los hechos consumados. Los -elementos necesarios están reunidos, tenemos confianza en el éxito y -estamos dispuestos a dar la vida con júbilo. Por mi parte, si en la -empresa la pierdo, estoy recompensado por la confianza que no sólo mis -amigos, sino también los hombres venerables que me escuchan, han -depositado en mí. Sólo me resta presentar a ustedes a nuestro futuro -jefe, el coronel Galindo, un patriota probado, cuyo valor y experiencia -son una garantía de éxito. - ---A mi vez, agradezco a Castellar sus palabras de gratitud, dijo -Lorenzo. No las merecemos, porque es difícil obrar bajo la idea de que -los orientales nos son extranjeros. Por lo pronto, declaro que siento -los dolores de su patria de ustedes como los de la mía propia. Es un -deber recíproco de ayudarnos en las horas amargas, en nombre de la -solidaridad de la civilización. Tendámonos la mano, pues, guardemos en -el fondo del alma el sentimiento que nuestros actos nos inspiren y -obremos. - -Luego tomó algunos papeles y continuó: - ---He aquí lo que hemos podido reunir hasta este momento: 160 rémington, -cuarenta carabinas, éstas como los primeros con su correaje -correspondiente, ochenta sables y otras tantas lanzas. Se han adquirido -20.000 cartuchos. Todo está depositado en un corralón de mi propiedad. -La suscrición, contando con lo gastado en las municiones, ha producido, -por nuestra parte 7.500 pesos fuertes. - -Agregue usted 5.000 más que he recibido de una suscrición privada, hecha -en Montevideo, dijo uno de los _venerables_, como les había llamado -Castellar. - -Hubo un murmullo de satisfacción, Lorenzo iba a continuar, cuando -alguien golpeó la puerta del comedor. Lorenzo abrió y un criado le -entregó una tarjeta. Apenas echó los ojos sobre ella, sintió una emoción -violenta, se puso pálido y dió un paso hacia la puerta. Dos o tres -personas corrieron hacia él inquietas. Lorenzo se detuvo y, haciendo un -esfuerzo, se serenó rápidamente. - ---Pido a Vds. disculpa, señores. Pero un amigo, el mejor de mis amigos, -el hombre que más estimo y quiero sobre la tierra y a quien no veía hace -cinco años, que para él han sido muy amargos, acaba de llegar y me envía -esta tarjeta de al lado de la cuna de uno de mis hijos: "Llego en este -momento y sé que tienes una reunión referente al noble propósito sobre -el que me escribes. Te ruego pidas en mi nombre a esos caballeros me -concedan el honor de combatir en sus filas por la dignidad del país en -cuyo suelo nací". ¿Quieren Vds. permitirme, señores, presentar a Carlos -Narbal? - -Todos asintieron calurosamente y antes que Lorenzo hablara, Jaramillo, -que estaba fuera de sí, se precipitó hacia la puerta. El riojano había -conservado un culto por Carlos; el alejamiento silencioso de éste, sus -propias preocupaciones políticas, le habían impedido mantener -correspondencia con Narbal, como lo hubiera deseado. Pero jamás le -olvidó y quedó en su recuerdo como la personificación del hombre -elegante, generoso, aristocrático de gustos, robusto de ascendiente -moral, que era su tipo ideal, realzado aún por la circunstancia de haber -sido su introductor en el mundo porteño. Cuando guiado por el sirviente, -se halló de pronto frente a Carlos que hablaba con Herminia teniendo en -sus rodillas un delicioso muchacho de tres años que acababa de -despertarse y que le había tendido los brazos como a un viejo amigo, -Jaramillo tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar la emoción que el -cambio de Carlos le producía. Se echó en sus brazos con un ímpetu de -cariño tan sincero, que Narbal lo estrechó con verdadera afección. Un -instante después entró Lorenzo. Largo tiempo, en silencio, sus corazones -latieron unidos; cuando Lorenzo apartó a Carlos para mirarle, teniéndole -de las manos, sus ojos estaban húmedos. Herminia lloraba sencillamente y -el niño, con los ojos muy abiertos, miraba la escena con asombro. Un -nuevo afecto que echa su noble raíz en el corazón o un viejo cariño que -se despierta con energía, aumentan la intensidad de todas nuestras -afecciones, como, en el suelo tropical, la soberbia robustez de un -árbol, aumenta la lozanía de las plantas que lo rodean, protegiéndolas -con su sombra y dando a la tierra un impulso de vida. Lorenzo oprimió -las manos de Herminia, besó a su hijo, dió un vigoroso shakehands a -Vespasiano, que lloraba como un becerro y tomando a Carlos del brazo, le -dijo: - ---Vamos; nos esperan. - -Narbal comprendió y siguió a su amigo en silencio. - -Un momento antes de abrir la puerta del comedor, Lorenzo, casi -inconscientemente se detuvo. - ---¿Es cosa resuelta? dijo. - -Carlos sonrió tristemente. Lorenzo sintió la puerilidad de su pregunta y -abrió la puerta con resolución. - -Narbal fué acogido con respetuosa simpatía. Los viejos habían conocido a -su padre y para los jóvenes tenía ese atractivo curioso que los -contrastes serios de la vida dan a los hombres. Respondió a las -manifestaciones cariñosas de que era objeto y fué a colocarse -silenciosamente en una silla al lado de Jaramillo, que hacía esfuerzos -enormes, pero fructuosos, para no hablar de cosas que tenían una -conexión sumamente remota con los sucesos orientales. - -Lorenzo continuó: - ---Reuniendo, pues, las sumas obtenidas hasta hoy, se puede disponer, a -más de lo gastado, de diez mil patacones. He declarado ya a mi amigo -Castellar que mi intervención no tenía más alcance que la reunión de -fondos y elementos y que esperaba que el sentimiento que me dictaba esa -línea de conducta fuera bien comprendido. Es necesario no dar a los -adversarios la enorme ventaja de acusar a Vds. de apelar al extranjero. -Sé que sería un absurdo; pero nada hay más terrible que el absurdo -cuando toma una forma definitiva y neta. Sólo me resta, rogar a nuestro -amigo Martínez quiera dar cuenta de la comisión que tuvo a bien aceptar. - ---El vapor _Urano_, dijo el interpelado, está a nuestra disposición, -mediante cinco mil duros y los gastos de seguro. Es un buen buque, no -muy grande, pero que puede fácilmente transportar trescientos hombres. -Lo manda un italiano, el capitán Lamberti, que me parece un hombre digno -de confianza. Como el seguro ofrece muy serias dificultades, tal vez -insuperables, he propuesto, salva ratificación de parte de Vds., que los -propietarios mismos se encarguen de asegurarlo. Esto importará un gasto -considerable. - ---¿Han aceptado? - ---Sí, pero piden diez mil duros. - ---No será difícil encontrarlos, dijo Lorenzo. - ---Bien. Ahora, ocupémonos un poco del plan general, dijo Castellar. ¿Qué -piensa el coronel Galindo? - -El bravo coronel era un hombre de fisonomía simpática y esencialmente -criolla. A primera vista, se notaba la ausencia del golpe de cepillo -social, pero en cambio se veía el valor. Algo bajo y grueso, el pelo -bastante largo, bigote y pera entrecana, brazos cortos y pies anchos. Se -levantó, pero, al hablar, juzgó sin duda que así era más difícil y se -volvió a sentar. - ---Conozco dos o tres puntos en que el desembarque será fácil, dijo. -Escribiendo unos días antes a los amigos de la costa, estoy seguro que -nos esperan quinientos hombres con caballada suficiente. Luego se lanza -el manifiesto, entramos en campaña y... - ---¿Qué manifiesto? dijo uno de los ancianos. - ---¡Pues!... ¡el manifiesto... el manifiesto que se lanza siempre! dijo -Galindo mirando con asombro al que le interrumpía. - ---Es necesario ponernos de acuerdo sobre ese documento, dijo el viejo -formulista. - ---Cuatro líneas bastarán, señor, contestó Castellar. Una vez presentados -los hechos en toda su brutalidad, no creo necesario agregar una palabra -más. - ---Sí, pero creo conveniente, creo indispensable determinar de una manera -fija el objetivo de la expedición y anunciar el uso que se piensa hacer -del triunfo. - ---Es precisamente lo que pienso que debe evitarse, dijo Castellar con -cierta impaciencia. Mi pensamiento es éste: el manifiesto no debe ser ni -blanco ni colorado.... - ---Sin embargo, replicó el tenaz anciano, el atentado inicuo ha sido -hecho en nombre del partido colorado.... - -Castellar iba a replicar, tal vez sin suficiente calma, cuando Narbal le -previno. - ---Puesto que se juzga necesario un manifiesto ¿no creen Vds., señores, -que el llamado a dirigirlo al pueblo oriental, sea el Presidente -constitucional de la República, que acaba de ser depuesto de una manera -violenta? Nadie puede tener mayor autoridad que él. Una palabra suya -pondrá las cosas en su lugar: ellos los revolucionarios, nosotros los -defensores del orden legal. - -El silencio que siguió no era sólo consideración por Narbal. Dos o tres -personas sonrieron irónicamente y la fisonomía de Castellar se -obscureció. - ---A mí me parece que el señor tiene razón, dijo Galindo con franqueza. - ---Conviene que Vd. sepa lo que sucede, señor Narbal, dijo Castellar con -tristeza, puesto que tan noblemente nos trae su concurso. El doctor -Erauzquin, Presidente de la República Oriental, es un hombre -esencialmente inerte, sin ambiciones, sin resolución para ser enérgico, -teniendo todos los elementos para conseguirlo y que llevamos al poder -haciendo violencia a su voluntad. En su derrocamiento sólo vió su -liberación y el medio de volver a la vida privada. Se encuentra -actualmente en el Brasil, donde su fortuna le permitirá vivir -tranquilamente, si es que no pasa a Europa en breve. Se le ha escrito, -se le ha instado, se han tocado todas las cuerdas que suponíamos -vibraran aún en él para decidirle a venir a ponerse a nuestro frente. -Nos ha contestado ofreciéndonos dinero para ayudar a los compatriotas -proscriptos que se encuentran sin recursos, pero añadiendo que por -ningún motivo tomaría parte en ningún movimiento político. Es inútil -contar con él. Me es doloroso hablar así, no sólo porque comprendo la -falta que nos hará su adhesión moral, sino porque soy amigo particular -del Dr. Erauzquin. - -Había algo de súplica en las últimas palabras de Castellar; todos lo -comprendieron. - -Un hombre viejo, el último de su grupo, no había abierto aún sus labios. -Cuando el coronel Galindo habló, algo como una expresión de ira o de -desprecio pasó por su cara. Al concluir Castellar, no pudo contenerse. - ---Quieran los jóvenes aquí presentes, dijo, prestar un poco de atención -a un hombre cargado de años y de experiencia. He estado encerrado ocho -años en Montevideo, durante el sitio que es y será nuestra página de -gloria nacional. Desde 1852 hasta la fecha, he tomado parte activa en la -política del Río de la Plata, con los vencedores pocas veces, muchas con -los vencidos. No es esta la primera vez que me encuentro en una reunión -semejante. Como ustedes he sido joven, me he indignado, me he batido, he -quedado tendido en los campos de batalla, he evitado el golpe de los -asesinos, conozco bien nuestra triste vida nacional. Hoy, ante el -derrumbe de todas mis ilusiones, ante la realidad repugnante que -destruye en un minuto tantos años de esfuerzo, siento que hablar es un -deber, aunque vaya a chocar contra el noble sentimiento que anima a -ustedes. Pero ustedes son nuestros hijos, ustedes son la esperanza única -del país y no puedo conformarme en silencio al sacrificio estéril que -van a imponerse. No, coronel Galindo, no encontrará usted quinientos -hombres al desembarcar; encontrará usted mil, dos mil, semibárbaros, -guiados por caudillos locales que sostendrán frenéticamente el nuevo -régimen de Montevideo, porque importa la derogación de toda ley y -sujeción. Aunque no lo quiera, tendrá usted que hacer pie firme y -presentar combate, porque sus soldados se lo exigirán. Y este puñado de -jóvenes, lo más noble, lo más digno del país, el grano del porvenir, -caerán uno a uno, luchando contra gauchos salvajes, cuya existencia sólo -tiene importancia vegetativa. Robustecidos por un triunfo fácil e -inevitable, los hombres de Montevideo se afirmarán en el poder y toda -esperanza de volver a la libertad y al decoro se alejará por muchos -años!... - -Castellar había oído mordiéndose los labios. - ---¡No puedo suponer que usted nos aconseje la aceptación de los hechos -consumados!--dijo. - ---Lo que propongo a ustedes es el único temperamento que la historia de -todos los pueblos que han cruzado épocas análogas señala como eficaz: la -expectativa, la perseverancia. Los lobos acaban siempre por devorarse -entre ellos, nuestros dictadores crían siempre serpientes en su seno y -en ese mundo moral la traición es elemento normal. Esperemos: dentro de -seis meses, esos hombres se separarán en dos bandos. ¡Entonces -llevaremos nuestra fuerza intelectual, nuestra autoridad, qué digo! toda -la autoridad de la sociedad culta, a aquel de ambos que ofrezca -probabilidades de reacción contra la barbarie. Y así, lentamente, -favoreciendo a unos contra otros, inoculando con paciencia nuestras -ideas, hemos de ver, verán ustedes, seguramente, el orden definitivo -imperando, porque se basará sobre el cimiento de granito de una -evolución pacífica y no sobre la sangre, que en nuestra tierra marea y -enloquece... - ---¡No!--exclamó con voz vibrante el hombre de ojos claros y largos -cabellos plateados a quien Castellar había mirado con intención al -hablar de la independencia oriental. ¡No! también soy viejo, también mi -vida ha transcurrido en la lucha, también he conocido la proscripción, -puesto que vivo en ella hace 20 años. Respeto el móvil de mi digno -amigo; pero no puedo consentir en silencio en que nuestras canas nos den -derecho para venir a ahogar esa explosión de viril indignación que -inflama hoy el alma de los jóvenes orientales. ¿Por qué ese error de la -sangre? Es el rocío sagrado sin cuyo riego jamás un pueblo llegó a nada -grande. Luchamos contra bárbaros, luchamos contra fieras y la palabra es -inútil. Un pueblo que acepta silenciosamente la opresión y que busca la -redención en combinaciones bizantinas, es un pueblo que abdica. Ustedes, -jóvenes, son hoy el pueblo oriental, llevan en su corazón el depósito de -su dignidad y en sus brazos el estandarte de su gloria. El movimiento -que les impulsa a la lucha es la obediencia a la voz de la patria que -llama e implora. ¿Seréis vencidos? Y bien, queda el ejemplo. No se -pierden jamás los rastros de la sangre derramada por una causa santa y -como el polvo de los Gracos engendró a Mario, así la sangre vertida en -las hecatombes del año 40 clamó al cielo y Caseros fué... - -De pie, con su elegante figura, con los ojos chispeantes, todos le -contemplaban bajo una atracción misteriosa. Habló largo rato con palabra -de fuego, colorida, poco lógica, pero irresistible. El argumento -flameaba como una bandera de guerra y él mismo creía sentir el olor del -combate. - -¿Cómo rebatir esas cosas? ¿Cómo hacer oir la razón cuando el corazón -late a reventar? Las manos se estrecharon en un movimiento impetuoso -que hizo acallar todas las dudas, y la resolución suprema se adoptó. El -porvenir podía ser obscuro, los negros vaticinios del anciano -realizarse, el esfuerzo ser inútil, pero, en el fondo, jamás un grupo de -hombres tuvo la conciencia más pura en el momento de aceptar el -sacrificio. Allá, a lo lejos, en el seno de las sociedades secularmente -organizadas, hay una eterna sonrisa para nuestras asonadas americanas, -y, sin embargo, ¡cuánta virilidad, cuánta altura de pensamiento importan -muchas veces! Esa fatalidad histórica es nuestra cruz; llevémosla sin -desesperar, porque, en el fondo del caos aparente, se mueven ya los -elementos de la organización definitiva. - - 1884. - - - - -Aguafuerte - - _D'après_ Zurbarán. - - -....El corazón de Rejalte yace en silencio, había dicho alguien del -fraile. Tal era la impresión que recibía el que por primera vez veía a -ese hombre, cuyo aspecto helado, seco, en vez de la consunción por el -fuego de una pasión íntima, revelaba la mediocridad de una naturaleza -moral sin resortes para la exaltación. Hijo de un obscuro maestro de -escuela de la colonia, cuya vida entera había trascurrido en Córdoba, -Rejalte había heredado de su padre una inteligencia limitada, un -carácter porfiado hasta el absurdo y una moralidad circunscripta y -severa. Educado en el seminario, corrió allí su juventud fría, sin -sentir una sola vez el impulso de curiosidad por conocer lo que pasaba -en el mundo fuera de las cuatro paredes que formaban su horizonte. -Cuando llegó la adolescencia, la savia primaveral que trepa al tronco de -las palmeras más opulentas como al de los arbustos más raquíticos, llenó -un instante el corazón y la cabeza del flaco seminarista. En la -estrechez de su devoción, Rejalte sintió con horror esa agitación -desconocida y con la tenacidad de un sectario, la combatió por la -abstinencia y la oración, por el cilicio, las largas horas pasadas en el -claustro desnudo y la concentración del pensamiento en el Sér divino -que su inteligencia le permitía concebir, no un Dios de amor y de paz, -manso y perdonador, sino el Jehovah bíblico, oculto y temible, reinando -en el paroxismo de la ira, la mano pronta a la venganza y rápida. - -Rejalte había perdido a su padre muy niño aún; cuando al cumplir los -veinte años salió del seminario para recibir las órdenes y ejercer el -sacerdocio, su alma no había sentido un solo cariño humano, una sola -afección capaz de suavizar la rigidez impresa en su espíritu por la -tristeza de la atmósfera en que había vivido. Era un hombre vulgar, sin -pasiones, sin luchas íntimas, sin exigencias intelectuales. Jamás tuvo -una duda, jamás se permitió una lectura que pudiera arrojar un germen de -turbación en él, no por temor, sino por falta de curiosidad y por la -disciplina estricta que le apartó toda su vida de los libros marcados en -el _Index_. Como un soldado, veía el camino recto ante él. No aspiraba a -ascender, no tenía ambiciones ni necesidades. Los grandes problemas de -la filosofía religiosa, esa agitación moral que el estudio sincero y -venerado de la teología despierta en el alma de la mayor parte de los -sacerdotes de buena fe, no existían a sus ojos. Durante el curso de sus -estudios especiales, continuados en todo tiempo, no levantó una sola vez -la cabeza del libro sagrado, para perder la mirada en el espacio y caer -en el sueño penoso de la especulación. Sabía su oficio como un buen -oficial sabe la táctica. Para él, los nombres de Lamennais, de -Montalembert, de Falloux, del mismo Ozanam, tenían idéntica -significación que los de Lutero, Calvino o Zwingle. No conocía uno solo -de los libros de controversia escritos en nuestro siglo; jamás leyó una -página de Renan, no por temor, lo repito, sino por la ausencia absoluta, -por la atrofia nativa de toda curiosidad intelectual. Su religión era -un conjunto de reglas claras, concretas, definidas, cuya enumeración -encontraba en la historia canónica y cuya observancia no permitía la -menor desviación. Jamás se encontró frente a un conflicto, porque el -mundo de carne y pasiones, para cuyo gobierno moral se ha hecho la -religión, no existía en su concepto. La fe no se revestía a sus ojos de -los caracteres celestes con que la cubrió la predicación inmaculada de -Jesús; era simplemente un deber, idéntico al del obrero honrado que en -las horas de trabajo no escasea el esfuerzo ni la perseverancia. La -palabra fanatismo, que pesó constantemente sobre él, no le era -aplicable. El fanatismo importa calor y pasión, es capaz de crear, -renovar, agitar ideas y suscitar emociones. La religión de Rejalte era -fría, definida y sin ideal. Nunca sintió tampoco rozar su alma, ni aun -en los largos años pasados en la tumba claustral de un convento -boliviano, por las alas de aquel misticismo callado que nace en las -soledades y que, bajo la meditación, consuela. No fué un acceso de amor -divino, no fué una necesidad moral la que le llevó al triste convento; -para él el mundo entero era un convento. Ni en la sociedad ni en el -claustro necesitó jamás esfuerzo. No había metodizado su vida, ni -disciplinado su espíritu. Como la hoja que, al brotar en el árbol en un -botón imperceptible, tiene ya marcada su forma y su color, la vida -espiritual de Rejalte, por un capricho de la naturaleza, se había -sustraído a la ley de variación que la influencia del mundo determina. - -Pasó cinco años en el convento, simple fraile, sin pretender a los -pequeños honores que en aquella existencia de desesperante monotonía y -sordas rivalidades, se persiguen con igual tenacidad que las grandezas -de la tierra. El no pensó en ellas y nadie pensó en él. Cuando pasaba -por el claustro con su fisonomía yerta, sin un vestigio de pasiones, -pero también sin el reflejo soberano que da la serenidad conquistada -sobre el tumulto moral vencido, los tristes frailes, jóvenes aún, que -morían lentamente, minados por el invencible recuerdo de su vida -destrozada, le miraban con cólera y envidia. Rejalte no los veía, no los -comprendía. Nunca el aspecto de un hombre heló más la expansión en el -labio ajeno. El cumplimiento de los deberes mecánicos del culto, llenaba -gran parte de su tiempo; durante el resto, leía siempre los mismos -libros sin que jamás una idea nueva se levantara. Para su alma nada era -sugestivo. Comprendía la letra y la letra le bastaba. La vivificación -por el espíritu no tenía sentido para él. En el orden de las criaturas -animadas, tal cual la naturaleza lo ha creado, Rejalte era un monstruo. -Esa frialdad, sin dolor y sin pesar, habría sido terrible como base de -una inteligencia de vuelo elevado. La mediocridad absoluta de ésta fué, -en este caso, la defensa del calor vital que se anida en la aglomeración -humana. - -Uno de sus viejos profesores, espíritu débil, sin voluntad, vegetativo, -fué hecho obispo y le llamó a su lado. En 1870 acompañó al prelado a -Roma. La influencia que la atmósfera de la ciudad eterna ejerció sobre -Rejalte, puede compararse a la que tendría un veneno o un bálsamo -vivificante sobre un cuerpo inanimado. En San Pedro, sus ojos no vieron -más que el altar durante el oficio y el libro. Asistió a una sesión -pública del concilio y no volvió. Esperó el resultado sin premura, sin -impaciencia, sin agitación. Una vez conocido, lo anotó. En adelante, el -Papa era infalible, como Cristo está presente en la hostia; era un -dogma, sin época, sin ubicación en el tiempo y el espacio, sin conexión -con el estado de la iglesia; era un dogma. Vino el _Syllabus_: sus -autores mismos pretendieron explicarlo, atenuar la letra por el -espíritu. Para Rejalte el comentario no existía, su inteligencia no lo -necesitaba ni lo comprendía. Lo anotó como había anotado la -infalibilidad, como anotó el dogma de la Inmaculada Concepción. - -Su vida material en Roma, en cuanto era posible, fué la misma que en los -Claustros del convento boliviano. El espíritu luminoso de Esquiú, -turbado por la absorción en una sola idea, lanzó un grito de alarma al -encontrarse por primera vez frente al progreso humano, profético en su -adivinación, señalando en él el germen de muerte del catolicismo. -Rejalte no vió nada de eso; cruzó los mares y media Italia sin adquirir -una noción, sin el inquieto germinar de una nueva idea. Vió y habló un -día al Papa; habituado al respeto mecánico de la idea encarnada en el -Pontífice, la forma visible no le impresionó. Se arrodilló ante él como -al alba, allá en el convento lejano, sobre la dura losa, para la oración -de la mañana. Y nada más. - -Volvió a la tierra, quedó al lado del obispo durante un año, y al vacar -la vicaría de Tucumán fué nombrado para desempeñarla. No la había -solicitado, no la rehusó. Se instaló en su nuevo puesto, pobre y -humildemente. Jamás había tenido en su poder más dinero que el -estrictamente necesario para la vida material. A los seis meses vió que -el curato de Tucumán era rico. La idea de reunir una pequeña fortuna no -pasó un instante por su espíritu. La caridad era un precepto y lo -cumplió, sin sacrificio y sin placer. No tenía el secreto de aumentar, -de centuplicar el valor de un don con la palabra generosa que lo realza -y lleva el consuelo al alma, al par que el pan al cuerpo, como tampoco -la facultad de gozar de esa profunda y serenadora fruición que es el -premio divino del ejercicio de la caridad. Sabía que su guardarropa, su -cocina, su casa, consumían tanto al año; tanto las exigencias del culto. -Una vez reservada la cantidad necesaria, daba el resto de una manera -mecánica. Todos los sábados la vieja ama de llaves formaba en fila, en -el patio de la vicaría, los pobres habituales y hacía el reparto. -Rejalte no aparecía jamás. - -En aquella pequeña sociedad tucumana, llena de movimiento, vida e -imaginación, Rejalte cayó como un soplo helado. Las mujeres se -sobrecogieron y los hombres fruncieron el entrecejo. Durante un mes la -sociedad y el vicario se miraron como dos adversarios que se estudian. -Pero Rejalte no estudiaba la sociedad; en la parroquia más mundanal de -París o en Burgos, en el siglo XVII, se habría conducido lo mismo. Tenía -una inflexibilidad orgánica que era su modo genial de ser, arriba de -toda contingencia. La reserva que se le manifestó, si es que de ella se -apercibió, no le hizo la menor impresión. Al fin se habituaron a él. Las -autoridades civiles desarmaron las primeras. Rejalte no tomaba la menor -ingerencia en la política militante, que le era absolutamente -indiferente, en tanto que no tocara en nada a los derechos de la -iglesia, el menor de los cuales formaba para él la base y la esencia de -la religión. En ese terreno habría sido de una intransigencia de hierro. -Así, las autoridades laicas huyendo y temiendo todo conflicto de -carácter religioso, se tranquilizaron al constatar que Rejalte, el -primero, no lo crearía. La sociedad al mes no pensó más en el vicario, -cuya vida silenciosa se sustraía al comentario. El hecho de su caridad, -por otra parte, le hizo ganar en consideración, y ayudado por la -insignificancia de su personalidad, sintió pronto el tiempo correr -sobre él, sin que un día se distinguiera sobre otro. Las tímidas -criaturas, habituadas a abrir su alma al viejo vicario muerto ya, que -las había visto nacer y que las acogía suavemente y con cariño, sentían, -sí, al aproximarse al confesionario en cuyo fondo se dibujaba la rígida -figura de Rejalte, cierto temor instintivo, justificado por la severidad -del confesor que les quitaba todo el consuelo que las almas religiosas -encuentran en esa práctica católica. Las viejas beatas, por el -contrario, nadaban en la gloria; Rejalte era para ellas el ideal y -pronto su nombre sonó en labios secos y descoloridos con la unción con -que pronunciaban los de los bienaventurados. El vicario tenía la misma -palabra, el mismo acento e idéntica expresión para la virgen de diez y -seis años que venía temblorosa a mostrarle sus tenues nubes morales, sus -tímidas y secretas aspiraciones, efluvios con que el aliento de la -primavera llenaba sus pechos,--que para la devota solterona que a los -cuarenta años tenía el alma seca y arrollada como un pergamino... - - 1884. - - - - -RECORDANDO - - - - -Mi estreno diplomático - - -Los azares de la vida diplomática me han llevado desde las capitales más -recónditas de la América Meridional hasta las cortes más brillantes de -Europa. En los apuntes de viaje que he publicado, algo he contado de mi -vida en las primeras; pero razones de un orden especial, relacionadas no -sólo con mi posición oficial en esa época, sino también con hombres, que -por entonces ocupaban otras quizás más elevadas, en sus respectivos -países, me han impedido contar, como me gusta hacerlo, con la pluma -suelta y el espíritu benevolente, pero libre, algunas escenas -características, en las que era actor obligado y observador forzoso. -Ocúrreseme hoy, tras largos años pasados, recordar cómo he sido -recibido, en mi carácter diplomático, por los diferentes gobiernos ante -los cuales fuí acreditado. - -Habría deseado contar, pues, por su orden, cómo fuí recibido en -Venezuela, siendo presidente el general Guzmán Blanco; en Colombia, -siendo presidente el doctor Rafael Núñez; en Alemania, reinando el -emperador Guillermo I; en Austria-Hungría, por el emperador Francisco -José; en Sajonia, por el rey Alberto; en España, por la reina regente -María Cristina; en Suecia, por el rey Oscar; en Francia, por el -presidente Faure, y en Bélgica, por el rey Leopoldo II[16]. Como se ve, -había para todos los gustos, desde la sencillez republicana hasta la -pompa monárquica. Algo tal vez hubiera sido más interesante que ese -tema: la pintura de los diversos cuerpos diplomáticos de que me ha -tocado en suerte formar parte. Pero, además de que en el curso de -aquellas páginas se habrían ido acumulando rasgos y anécdotas -suficientes para caracterizar a esas amables y monótonas colectividades, -quizá me hubiera repetido, porque nada he visto más parecido en el mundo -que un cuerpo diplomático a otro cuerpo diplomático. La larga lucha por -el ascenso, la constante sujeción, el temor de desagradar, no menos -constante, el campo restringido de los estudios, el hábito de cambiar de -residencia, indiferentemente, el egoísmo determinado por la falta de -afección y simpatía por todo lo que se mueve y vive alrededor, el -uniforme mismo, las distinciones honoríficas, casi nunca merecidas, -anheladas siempre; las rivalidades de oficio, desenvolviéndose -sordamente; el amor a la patria que se agria por el alejamiento; todo -esto reunido, concluye por dar al espíritu del diplomático un corte _sui -generis_, análogo a la deformación física que ciertos oficios mecánicos -acaban por imprimir al cuerpo del obrero. - - [16] De esos proyectos, sólo he realizado el primero, en las - páginas que van a leerse. - -Recuerdo que durante una de mis licencias fuí a visitar, así que llegué -a la patria, a mi jefe, el Ministro de Relaciones Exteriores, que era -entonces el Dr. Eduardo Costa. Estaba en su gabinete con uno de mis -colegas en el extranjero, también _en congé_, hombre penetrado de sus -altas funciones, acompasado, creyente en su misión, fijos los ojos de su -espíritu en un Talleyrand invisible, a cuyo criterio parecía someter -todos sus actos y, por lo demás, tan acabado imbécil, que se me -figuraba, despojado de su carácter diplomático, como una mujer flaca y -sin formas, una vez caídas las artísticas ropas que disimulan sus áridos -contornos. Cuando mi colega se despidió, sin que yo hubiera desplegado -los labios, no pude menos que echarme a reir. El Dr. Costa, que me había -tratado poco, me miró sorprendido y me dijo en voz baja: "Veo que usted -no cree en el _cuerpo diplomático_; hágame Vd. el favor de cerrar la -puerta y vamos a charlar". - -Es la verdad, no creo en el cuerpo diplomático. La vida que la -diplomacia impone, determina con tal rapidez un pliegue tan tenaz, que -cuesta un verdadero esfuerzo deshacerlo y volver a la vida normal, a la -vida humana, con penas, alegrías, expansiones, esperanzas, luchas, -triunfos y caídas. Bien feliz aquel que consigue desprenderse de ella -antes que sus facultades se hayan cristalizado en la estrecha órbita de -una función idéntica y constante. Hasta los cuarenta y cinco años o -cincuenta, con un régimen tonificante y vigoroso, empleando remedios -heroicos, en el último caso, se puede volver a hacer un diplomático, un -hombre; pasados los cincuenta, un diplomático, que no ha sido otra cosa, -salvo muy contadas excepciones, no sirve ya para nada, inclusive, a -veces, sus mismas funciones... ¡Pobres colegas, algunos tan bien dotados -_ab initio_, a lo que se traslucía por los hermosos restos que solían -vislumbrarse allá en las penumbras de su fisonomía moral! Pero a la -verdad, sus discusiones, sus cuestiones, sus disputas de rango, me -hicieron siempre el efecto de aquella grave disidencia sobre la manera -de romper el huevo, por el lado grueso o por el puntiagudo, que dividía -a los liliputienses... Me ha salido la palabra; severa, pero no tengo -ánimo para borrarla. - - * * * * * - -Hice la corta travesía del Avila, montaña que separa Caracas de la -Guayra, en la costa, en tres o cuatro horas y en carruaje. Llegué a -Caracas con mi secretario y, naturalmente, nos dirigimos al único hotel -que existía con reputación de decente. El hotel estaba lleno y a duras -penas encontraron alojamiento en él mi secretario y dos jóvenes -franceses con quienes habíamos hecho la travesía desde Europa. No -teniendo pieza que darme, digna de mi jerarquía, como decía el hotelero, -me acordó magnánimamente el anexo del hotel, que parece se reservaba -para las grandes circunstancias. Era este famoso anexo una pieza baja, -contigua al hotel, con una sola puerta, enorme y maciza, que daba -directamente del cuarto a la calle. No habiendo otra entrada, ni nicho -ni cuartujo alguno donde alojar un sirviente, el ocupante debía servirse -a sí mismo de portero: abrir, cerrar, responder a los llamados y, para -alcanzar los auxilios de un camarero, salir a la calle e ir en persona a -buscarle al hotel. - -Fatigado por el viaje, después de dar una vuelta en compañía de nuestro -cónsul general en Caracas, me recogí, cerré mi puerta, me metí en cama y -traté inútilmente de dormir. La excitación nerviosa de la llegada y las -preocupaciones de mi misión me tuvieron desvelado hasta que, cerca ya el -alba, el cansancio me rindió. Estaba en lo mejor de mi sueño, cuando -desperté sobresaltado por unos rudos golpes dados en la puerta, desde la -calle. Miré el reloj: eran las 7 de la mañana. Después de un "¿quién -es?" mal humorado y una respuesta que no entendí, por el espesor de la -puerta, como continuaran los golpes, salté de la cama y en el mismo -traje sumario en que me hallaba, bajé los pasadores y entreabrí una -hoja. Un hombre pequeño, recién afeitado, rigurosamente vestido de negro -y con un enorme sombrero de copa, me saludó con dignidad. La gravedad -del personaje me impuso y disminuí un poco la abertura, a través de la -que íbamos a parlamentar. - ---¿Se puede ver al señor ministro argentino? - ---¿Es algo urgente, señor? Me parece que la hora... - ---He querido apresurarme a saludarle. Soy el ministro de relaciones -exteriores y... - ---Mil perdones, señor. Yo soy el ministro argentino, muy agradecido a su -atención, pero, por el momento, en un traje tan poco diplomático y en -una instalación tan exigua, que no me es posible recibir su visita. Así -que me vista, tendré el honor de pasar a saludar al señor ministro. - ---No, vístase Vd. tranquilamente. Voy a dar una vuelta y vuelvo. Hasta -dentro de un momento, señor ministro. - ---¿Sería abusar de la amabilidad de Vd., señor ministro, si le rogara -que al pasar frente al hotel contiguo tuviera la bondad de enviarme un -camarero? - ---Con mucho gusto. Hasta luego. - ---Hasta luego y gracias, señor. - -Supe más tarde que el señor ministro de relaciones exteriores había -tenido la deferencia de interponer sus buenos oficios a fin de conseguir -fuera un camarero a servirme; pero, sea porque se le desconociera -jurisdicción o por causas que la historia no pone en claro, el hecho es -que no vino nadie y que, cuando al cabo de una hora volvió el señor -ministro, casi me sorprende tendiendo con mis diplomáticas manos una -colcha que ocultara el desorden de mi alborotado lecho. - -Como había entrado de noche, recién me apercibí que mi cuarto no tenía -ventana, recibiendo todo su aire y toda su luz por la puerta de calle. -Abrí ésta cuan grande era (el señor ministro tuvo la bondad de ayudarme, -encargándose de la hoja más recalcitrante, cuyo pasador inferior -necesitó el empleo de una toalla torcida, a guisa de tirador), acercamos -dos sillas y nos pusimos amistosamente a platicar. - -Era el señor ministro el decano de los funcionarios del ministerio de -relaciones exteriores, en el que había pasado su vida entera, hasta que -la alta dignidad que ocupaba, le sorprendió mientras desempeñaba el -puesto de archivero. Tenía el título de general, como muchos centenares -de sus compatriotas civiles, pero lo había recibido como una mera -distinción, sin que abrigara el menor propósito de cambiar su apacible -existencia por la agitada vida militar. Era un hombre callado, -taciturno, seguramente enfermo del estómago y quizá con algunas -perturbaciones en el hígado. Nunca pude hablar con él sin tener que -dominarme para no ofrecerle una botella de agua de Vichy. Creo, aún hoy -mismo, que le habría hecho mucho bien. - -Respecto a los negocios de estado, especialmente de aquellos de carácter -esencialmente político, como los que yo llevaba, su modestia llegaba a -tal punto que, a pesar de su innegable y reconocida competencia, no -abría opinión nunca sobre ellos y hasta evitó conmigo ese género de -conversación, fundándose en que todo eso tendría que hablarlo más tarde -con el "ilustre americano". Como esta designación del primer magistrado -de Venezuela, volviera con insistencia, por su parte, en el curso de la -visita, insistí con igual tesón en llamar a dicho magistrado, cada vez -que a él me refería, "el señor presidente". Por fin, mi distinguido -visitante me comunicó, que, si bien Su Excelencia estaba arriba de las -pequeñas vanaglorias de títulos y honores, todos los funcionarios -públicos, en gratitud a los eminentes servicios prestados al país por S. -E., le daban siempre, en sus comunicaciones oficiales y en el trato -directo, el título de "ilustre americano" que le había sido discernido -por el congreso de Venezuela. Ante esa insinuación cortés, pero luminosa -en su ingenua claridad, contesté que yo trataría al señor presidente -exactamente de la misma manera como le trataran mis colegas del cuerpo -diplomático, para lo que me apresuraría a conferenciar ese mismo día con -el decano. - -Excuso decir, para terminar este punto, que ningún diplomático dió nunca -al presidente de Venezuela tal título; más tarde, en plena confianza ya, -yo sostenía al mismo presidente, que sólo la América entera, reunida en -convención especial, podía discernir ese honor. A ningún argentino -escapará la impresión penosa que ese título me causaba, por la triste y -odiosa reminiscencia histórica que suscitaba. - -El señor presidente estaba informado de mi llegada y, como se encontraba -con su familia tomando campo en Antímano, pequeña población en el mismo -valle de Caracas, a dos horas de ésta, me hacía invitar por el señor -ministro a pasar a verle en el día, a eso de las tres de la tarde. -Anuncié que lo haría, como era natural, y nos despedimos cordialmente, -prometiéndome el señor ministro, en su inagotable bondad, darme cuenta -de cualquier noticia que le llegara de alguna casa amueblada, donde -poder instalarme con la legación, conviniendo conmigo en que, por poco -que se contagiara su matinal amabilidad, me iba a extenuar en viajes, de -la cama a la puerta, sin contar con los resfriados, que hacía poco -probables el bendecido clima de Caracas. - -Eran dos horas de viaje; a la una en punto, con la puntualidad que -caracteriza a los diplomáticos y cuya observancia, para los noveles, es -ya un rasgo de vaga semejanza con Metternich, tomamos un carruaje, el -cónsul general y yo, y nos pusimos en camino. En efecto, el trayecto -duraba el tiempo indicado, a lo largo del pintoresco valle, -estrechamente encerrado por dos líneas de montaña, bien cultivado y -lujoso en su vegetación tropical. Serían las tres cuando el carruaje se -detuvo frente a una casa de antigua construcción española, de un solo -piso, pero amplia y con vastos patios llenos de árboles y flores. -Echamos pie a tierra y nos encontramos con el cuadro siguiente: En la -puerta de la casa, cuatro o cinco soldados recostados contra la pared; -en medio de la calle, otros soldados teniendo de la brida algunos -caballos ensillados ya. Dos niñas de 7 a 9 años de edad, de singular -belleza (una de ellas es la que fué más tarde duquesa de Morny y es hoy -festejada en la alta sociedad de París como una de sus _beautés_ más -consagradas) y un niño, un poco mayor, esperaban que se acabara de -cinchar un petizo, de aire tranquilo, pero de enorme panza, que se -entregaba resignado a la operación. El operador, o sea el que cinchaba, -y que debía estar dotado de una dentadura férrea, porque era a colmillo -limpio que pretendía reducir el abultado abdomen del petizo, había -echado hacia la nuca su kepi, en el que se contaba el número de galones -necesario para hacerme comprender que me encontraba en presencia de un -coronel. - -Yo había sacado una de mis flamantes tarjetas, fabricadas expresamente -en París, por Stern, en finísimo bristol, vírgenes aún, pero anhelando -entrar en batalla. Después de mi nombre se leía: "ministro de la -República Argentina". Si se me pregunta por qué no había puesto mi -título exacto, esto es, "ministro residente, etc." diré que la supresión -de la palabra "residente" podía dar lugar a dudas, que nunca serían -resueltas para abajo y sí, algunas veces, para arriba. Los diplomáticos, -mis hermanos, me comprenderán. - -Armado, pues, de mi tarjeta, me avancé hacia el coronel, esperé -hábilmente que un feliz golpe de colmillo hiciera llegar el clavo de la -hebilla al agujero ansiado y, si bien con correcta dignidad, con acento -afable, dije al guerrero en reposo: - ---¿El señor presidente está visible? - -Debo decir que durante la operación, a la que acababa de dar coronado -fin, nuestra llegada, descenso y avance, habían sido observados por el -señor coronel, a cuyo efecto había impreso a su ojo izquierdo una -desviación que, a ser definitiva, habría introducido un elemento -perturbador de la armonía de su rostro; al oir mi voz, cesó la -desviación, pero los ojos se dirigieron a un punto vago en el espacio, -frente a él, sin duda de un interés palpitante, porque no los apartó un -momento para fijarlos en nosotros. Su silencio me hizo nacer la duda de -una alteración de sus órganos auditivos y repetí mi pregunta en voz más -alta. Entonces contestó: - ---S. E. no recibe a nadie. - ---Pero habiendo tenido el honor de ser citado por S. E., creo que hará -una excepción en mi favor. Tenga usted la bondad de pasarle mi tarjeta. - ---¿Qué tarjeta? - ---Este pequeño trozo de papel, en el que están escritos mi nombre y -calidad. - ---Yo no le paso nada: a esta hora no le gusta que le incomoden y después -la bronca es para mí. - ---Me parece que la bronca firme le va a venir si usted no hace lo que le -digo. Soy el ministro argentino, vengo de dos mil leguas de distancia a -saludar a S. E., S. E. me espera y no es natural que por un capricho de -usted deje de verle. - ---¡Eche leguas! ¿Cuántas dijo? ¿Dos mil? y echó una mirada a un soldado -próximo que, ruborizado de mi enormidad, sonrió subordinado. - -En tanto, los chicuelos, a quienes el coronel debía acompañar a caballo, -le invitaban a cada instante con sus _¡vamos!_ apurados y se habían -puesto instintivamente en contra del que amenazaba aguarles la fiesta. - -Una nueva tentativa no me dió mejor resultado. Medité un momento y -resolví, por si acaso aquel síntoma revelaba un sistema completo, cortar -por lo sano desde el principio. Arrastré al coche al cónsul, que quería -penetrar hasta por la fuerza y dí orden de volver a Caracas. Abandono a -la penetración del lector las reflexiones del camino. Era mi primer acto -diplomático, y el éxito, a la verdad, prometía poco para el porvenir. -Luego temía dos cosas: o que la cólera me hiciera hacer una tontería o -que la risa me impulsara a tomar el incidente con demasiada -indiferencia. Debo recordar que yo no había aún cumplido treinta años, y -el hecho es que me preocupaba enormemente la apreciación futura de mi -conducta en Buenos Aires, cuando, a la noticia del incidente, dijeran -los unos, con esa suave benevolencia que es el rasgo característico de -mis congéneres: "¡claro! ¡de llegada, se peleó con Guzmán Blanco!" o -esta otra frase en caso contrario: "¡de llegada hizo un barro, aceptando -en silencio una grosería de Guzmán Blanco!" Yo no quería pelear, ni -aceptar groserías de nadie. Pedí, pues, a mi cónsul general que se -entregara durante el viaje a la contemplación del paisaje y me hundí, -durante el regreso, en una reflexión honda y pareja que me suministró -una resolución, a la que me decidí sin vacilación. Así que llegamos a -Caracas, tomé la pluma y escribí una carta a mi amable ministro de -relaciones exteriores, en la que le decía que, siguiendo su indicación -y, de acuerdo con los deseos que me había expresado en nombre del señor -presidente, me había trasladado a Antímano, a la hora indicada, siendo -recibido por un jefe del ejército venezolano cuya tenacidad en no querer -anunciarme al señor presidente, bajo pretexto de que éste estaba -ocupado, sólo igualaba la mala crianza empleada con ese objeto. Que el -hecho de no haber dado orden el señor presidente de introducirme, así -que llegara, justificaba hasta cierto punto la actitud del coronel y que -en vista de las apremiantes ocupaciones que embargaban, a lo que -parecía, el ánimo del señor presidente, aprovechaba la circunstancia de -estar también acreditado en Colombia y partiría a la mañana siguiente -para la Guayra, a tomar el vapor que me acercaría a la ruta de mi nuevo -destino. - -Entre tanto destaqué a mi cónsul general para que explicara al señor -ministro todo lo que había pasado en Antímano. En el fondo, yo estaba -persuadido de que el presidente era completamente inocente de lo -ocurrido, salvo de la omisión del aviso previo de mi llegada. Sabía, por -tanto, que el pato de la boda iba a ser el coronel; pero me encontraba -en una disposición de ánimo feroz, y esa noche habría suscrito gustoso -la sentencia de un centenar de azotes en las robustas partes carnudas -del guerrero indígena. - -No habría pasado una hora del envío de mi epístola, cuando recibí un -telegrama del presidente, datado en Antímano, en el que me pedía -disculpara lo ocurrido por pura imbecilidad de un subalterno y me -anunciaba que al día siguiente vendría expresamente a Caracas para -recibirme, esperándome a las dos de la tarde en su casa particular. Así, -cuando llegó alarmado el señor ministro de relaciones exteriores -encontró que el estado de ánimo, que había determinado mi carta, real o -fingido, había cedido el sitio a cierta conformidad, sin entusiasmo, -pero sin rencor. - -Al día siguiente tuve el gusto de conocer al "ilustre americano". Un -hombre alto, robusto, cargado de espaldas, algo miope, con una enorme -pera blanca, cariñosamente cuidada, sin duda, por el carácter militar -que su propietario pensaba deber a ese apéndice. Cierta cultura nativa -(por la madre pertenecía a una antigua familia colonial); barniz de una -sola capa de ilustración general; una colosal opinión de sí mismo, una -soltura incomparable para resolver, en frases sentenciosas y estudiadas, -los más arduos problemas sociales y políticos; teorías constitucionales -abundantes, pero propias, exclusivas, que para nada tenían en cuenta ni -la experiencia de la historia, ni las dificultades que el razonamiento -podía oponerles. En política americana, árbitro, materia propia, dominio -inenajenable, indivisible de su inteligencia. Heredero, continuador de -Bolívar, no sin señalar con cierta expresión de respetuosa compasión, -los errores cometidos por el Libertador. Un desprecio por los hombres -análogo al que se atribuye a Tarquino; no volteaba las cabezas de las -plantas que sobrevivían, pero las islas contiguas al continente, las -calles de Nueva York y de las capitales europeas, contaban entre sus -paseantes y vagos, más de un venezolano a quien el talento, la fortuna o -la audacia parecían ofrecer un porvenir brillante en su país[17]. Se -aseguraba también, por aquel entonces, que las cárceles estaban bien -pobladas. Tenía la reputación de no ser cruel, sino frío de alma. El -cansancio de una larga e interminable anarquía, había hecho aceptar el -primer gobierno fuerte que logró cimentarse en la agitación incesante de -las luchas intestinas. Guzmán Blanco ahogó la libertad, llenó sus arcas -e hizo bajar el nivel moral del pueblo venezolano, pero dió diez años de -paz a su patria y no derramó sangre. "La paz de Varsovia!" dirá un -estudiante de retórica. Eh! eh! diez años de paz representan muchos -caminos carreteros, muchas escuelas abiertas, muchas hectáreas sembradas -de cacao, tabaco, añil y cereales, mucho hábito de orden. No sólo de eso -vive el hombre, convenido; pero si sólo se alimenta con el recuerdo de -los Gracos, la declaración de los derechos del hombre y la lectura de -una constitución más libérrima que el estado primitivo, paréceme que se -ha de crear un tantico entecado, con un cerebro diforme, para unas -piernas muy flacas y un vientre muy vacío[18]. - - [17] Entre los que abandonaron la patria, buscando aire libre que - respirar, se contaban los señores Zárraga y Herrera Vega, muerto el - primero entre nosotros, muy joven aún, habiendo el segundo, médico - insigne, conquistado altísimo puesto en la consideración y el - afecto de la sociedad argentina. - - [18] El triste y desconsolador espectáculo que ofrece Venezuela en - los momentos en que se imprimen estas páginas, justifica aun más, - si cabe, el juicio que precede. - - Cuando se piensa en lo que, en los últimos años, han hecho tres de - los pueblos más cultos de la tierra, la Inglaterra en Sud Africa, - los Estados Unidos en Filipinas y la Alemania en Venezuela, puede - augurarse tranquilamente la muerte del derecho público, aun en su - forma externa, en época no lejana. - - Pero hay que esperar también que la página vergonzosa de Venezuela, - dentro y fuera, sea única en la historia de América. - -Mi juicio de entonces (hablo de 1881) sobre el "ilustre americano", ha -persistido casi idéntico. Nunca fué de una severidad cruel; nunca olvido -que esos hombres son productos de un estado social determinado, agentes -inconscientes de la naturaleza en la prosecución de sus fines. Es -natural que pensemos que la naturaleza se equivoca, si juzgamos su -acción con el criterio (bien estrecho, hermanos míos!) de nuestra moral -convencional. Mientras el hombre crea que lo bueno y lo malo son y no -pueden ser de otra manera, que como él los concibe, Nerón será tratado -como de acuerdo con esas nociones merece, y Vespasiano ensalzado. Pero -si algún día (todo es posible, hasta Dios, dice Renán), los hombres -llegan a concebir la acción de los personajes históricos, como el -desenvolvimiento de fuerzas análogas a las que hacen germinar las -plantas, girar los astros, subir las aguas o temblar el suelo, todos -nuestros anatemas históricos, han de hacerles sonreir. Puede muy bien -que el balance de Guzmán Blanco, hecho por esa remota posteridad, no le -sea muy desfavorable, si es que su nombre llega hasta ella. Las acciones -de Bacon se han de cotizar más altas que las de Sócrates (a esa -distancia, casi contemporáneos), sin que influya, en el juicio -definitivo, ni la degradación del primero, ni la cicuta del segundo. Me -agita, a veces, el espíritu, el esfuerzo por concebir la idea que, -dentro de dos o tres mil años, si no se queman las bibliotecas o si -nuestros idiomas actuales persisten siendo inteligibles para la -comunidad, se tendrá de Byron o Víctor Hugo. Paréceme que no estará -distante de la que tenemos los hombres maduros de los juguetes que nos -entretuvieron en la infancia... - -La recepción oficial tuvo lugar de acuerdo con la rutina--un coche de -gala, un oficial de ministerio, amable y sonriente, una pequeña escolta -y al Capitolio. En el palacio de gobierno que lleva ese modesto nombre, -perfectamente justificado porque recuerda las violencias y profanaciones -de que la augusta colina fué objeto, un par de discursos, lo más breve -posible el mío, verdadero trabajo de benedictino para evitar la -fraseología obligada de solidaridad americana, lazos indisolubles, -comunidad de origen y otras paparruchas que han de concluir por cerrar -herméticamente las puertas de la diplomacia, en tierra de Colón, a los -hombres de buen gusto. Porque en esto de los discursos diplomáticos pasa -algo curioso; si los intereses de momento determinan en la sociedad a -cuyo seno se llega, una actitud de calurosa simpatía, instintiva -invitación para que el diplomático que llega, aconseje a su gobierno -marchar en la senda que conviene al país que lo recibe; si la acogida es -entusiasta, repito, el empleo del sentido común y del buen gusto, que -aconseja discursos sobrios y moderados, resalta como una nota -discordante en la armonía del conjunto y parece deshacerse en un minuto -todo el camino andado. En cambio, si el diplomático, sea por contagio de -la atmósfera ambiente, sea por frío cálculo, se entrega a un ditirambo -desmelenado, con más retórica que una alocución tribunicia, es casi -seguro que el contragolpe en el país que lo mandó, y que está lejos y -frío, puede costar al enviado extraordinario su reputación y su buen -nombre. - -Es por eso, hermanos del futuro, diplomáticos en cierne, a quienes el -porvenir, reserva tal vez recorrer los países americanos, que este viejo -viajador en esos mares, os da el consejo sano de ser siempre parcos en -palabras, reemplazándolas, para las efusiones, quizás indispensables del -primer momento, por la opulenta gama de gestos expresivos que la -naturaleza ha puesto a nuestra disposición, como ser los ojos húmedos, -la mano sobre el corazón, la mirada vuelta al cielo, en actitud -reconocida, y cuando la cosa apura y la escena es _coram populo_, la -elección del más haraposo de los pilletes que os circundan, para -estrecharle en vuestros brazos y darle el ósculo de solidaridad -americana. Con lavaros más tarde, no queda rastro, mientras que el -colorete metafórico de un discurso bombástico, no se borrará ni con -todas las aguas que se desprenden de los Andes... - -Al día siguiente de mi recepción oficial, el "ilustre americano", por un -acto de deferencia especial, se dignó visitarme en mi morada, que era ya -entonces una buena, hermosa y cómoda casa, llena de luz, aire y árboles, -que había tenido la fortuna de arrendar amueblada. Recibíle con los -honores debidos y, mientras hablábamos, ví, a través de los cristales -del salón, todos los pilletes de Caracas, a más de las mujeres del -barrio, en asamblea delante de mi puerta, contemplando la brillante -escolta a caballo que había acompañado al presidente, así como un -piquete de infantería que guardaba todo el frente de mi casa. La -presencia de esa gente de a pie me intrigó; a la despedida acompañé al -presidente hasta el umbral. El coche, precedido por la escolta de -jinetes, partió a escape, y atrás, con el fusil en la mano, el kepi en -la nuca y la lengua de fuera, los infantes, desalados tras del coche, -para no perder su contacto. Si a turno todo el ejército venezolano -hubiera sido sometido a ese ejercicio, las marchas de Sylla, Aníbal o -Napoleón, hubieran quedado pequeñitas ante las hazañas que aquél habría -llevado a cabo. - -Poco tiempo después de mi llegada, había ido a gozar, por la noche, del -aire embalsamado de la principal plaza pública de Caracas, sitio -habitual de reunión entonces. En el centro se levantaba la estatua, en -pie, del general Guzmán Blanco. Había otra del mismo, ecuestre, enorme, -de fabricación yankee; pero esa estaba en la cumbre del próximo paseo, -llamado el "Calvario". Esa noche un movimiento inusitado me reveló la -presencia en la plaza del "ilustre americano". Así que me vió vino hacia -mí y me invitó a dar unos pasos. Caminábamos lentamente por las anchas -veredas que rodean la estatua. Vivo y perspicaz, comprendió tal vez por -la indiscreta dirección de mi mirada, que mi espíritu estaba preocupado -por el peregrino caso que me ocurría. - ---¿No le hace a usted, señor ministro, me dijo con un acento especial, -un curioso efecto pasearse con un hombre al pie de su propia estatua? - ---A la verdad, señor, "es un caso original, que no me ha ocurrido -nunca". - ---Sí, añadió: y su fisonomía tomó una expresión de _détachement_ -completo de las cosas terrenas, un vago tinte de _más allá_; sí, es -anómalo y admira al extranjero. No he podido evitarlo, o mejor dicho, no -me he sentido ni con fuerzas ni con derecho para impedir que el pueblo -glorifique su propia acción, que la Providencia ha personificado en mí. -Por lo demás, yo he entrado ya a la posteridad y ese homenaje es ya un -juicio póstumo... - -Yo miraba a aquel hombre con la admiración profunda que me inspiran las -dotes de que carezco, llevadas a su más esplendoroso desarrollo. El -buen gusto, el tacto, la delicadeza moral, el sentido común, cual me -aparecieron entonces como la triste _impedimenta_ que nos obstruye a -nosotros, los vulgares, el camino de las grandes situaciones y de las -ilustres denominaciones! Me sentí pequeño; comprendí que no estaba -predestinado, que no se fundiría el bronce que había de dar forma a la -estatua que me inmortalizaría, ni aun en la plaza de un pueblo de campo -de las pampas argentinas, y volví mis ojos reverentes, para admirarle -una vez más, al hombre que, tranquilo y sonriente, se contemplaba a sí -mismo, con cuerpo de metal, de pie, sobre granito, duras materias, -resistentes al tiempo y al olvido! - - * * * * * - -Dos años más tarde, recibía en mi modesto cuarto del Grand Hotel, en -París, la visita del general Guzmán Blanco, instalado en la capital -francesa con su familia, en virtud de un vuelco político ocurrido en -Venezuela, con caracteres de terremoto, por cuanto dió en tierra con las -estatuas del "ilustre americano", teniendo la posteridad, por ese -accidente, que rehacer su juicio sobre el distinguido personaje. A ella -_l'ardua sentenza_[19]. - - 1890 - - [19] El general Guzmán Blanco murió en París, en Agosto de 1900. - Hacía ya muchos años que había cesado de figurar en la escena - política de su país. - - - - -Sarmiento en París - - -Salgo del taller de Rodin; la figura de Sarmiento va tomando vida y -forma. El soberbio viejo, que fué uno de los raros cultos individuales -de mi vida, me llena el espíritu; su memoria suscita la de tantos otros -seres queridos que la ola nos ha arrebatado, sin darles tiempo, como a -él, de cumplir la misión que sus cerebros luminosos y sus almas -levantadas les marcaban en la tierra... Decididamente, es bueno que por -algún tiempo deje de andar entre tumbas; bastan para echar sombras -persistentes sobre mi alma los diarios de la patria, que día a día me -traen la noticia de que uno más ha entrado al reposo eterno. Es el lado -negro de la espera del turno. - -De vuelta, me echo a vagar por las calles de este París que entra a su -vida normal, pasado el síncope[20] y de nuevo Sarmiento surge en mi -memoria, como si su personalidad absorbente saltara de la tumba para -imponerse a los vivos, como en tiempo de la acción, por el vituperio o -el entusiasmo, por el cariño o el odio. - - [20] Estas líneas fueron escritas pocos días después de la visita, - a París, hecha por el tzar de Rusia. - -Y pienso que hace cincuenta años, justo medio siglo, él también recorrió -estas calles, allá en el mes de Octubre de 1846. Tenía ya más de treinta -años, había publicado el _Facundo_, y hecho la campaña periodística de -Chile que, por el vigor, la originalidad y la luz intensa que proyectó, -no sólo sobre las cuestiones de su tiempo, sino sobre el porvenir y la -ruta de salvación del mundo americano, no tiene rival en los fastos de -ningún país. Al fin pudo realizar un sueño de su vida, y en 1845 se -embarcó en Valparaíso para Europa, a completar sus estudios sobre -educación popular y, sobre todo, para ver, con los ojos de su cuerpo, lo -que los ojos de su espíritu habían admirado, la tradición, el arte, la -cultura de este viejo mundo. - -Vosotros, los que tenéis en vuestras bibliotecas sin vida, los ocho o -diez tomos publicados de las obras de Sarmiento[21], haced un esfuerzo -sobre vuestro horror de la letra de molde y abrid, por cinco minutos, el -volumen de _Viajes_. Y vosotros, jóvenes, los que os quejáis dolientes -de que no hay atmósfera intelectual en nuestro país, hacedla revivir, -volviendo a las fuentes puras e incomparables del pasado. Leed esos -Libros admirables, escritos hace más de medio siglo y que, como las -telas de los grandes maestros, conservan en sus líneas y en su color una -frescura jamás igualada en el correr de los tiempos. Declaro que no -conozco, en prosa castellana, ni aun en los grandes modelos del género, -páginas comparables a algunas de las de Sarmiento en sus _Viajes_, al -retrato de don Domingo de Oro, en sus _Recuerdos de Provincia_, o a esa -armonía profunda con que el genio del escritor acaricia la memoria de la -madre. Leed, leed esos libros, jóvenes, y veréis con qué orgullo -sentiréis el alma de vuestra raza palpitar en sus páginas. Son libros -genuinamente nuestros, que no han podido ser escritos en otra parte y -que constituyen, hoy por hoy, la nota más clara y luminosa para -ayudarnos a comprender la gestación caótica de nuestra nacionalidad. No -os hablo de moral, no os hablo de patriotismo, no os hablo de que esa -lectura pueda determinaros a ser pequeños Sarmientos, en lo que, por -otra parte, no perderíais nada ni vosotros ni el país: os hablo de arte, -os hablo de la única manera posible de resucitar entre nosotros esa -atmósfera intelectual por la que lloráis; os invito a entrar a esos -libros, como empujo a todos los jóvenes argentinos que hay en París, a -ir al Louvre, al Colegio de Francia o a la Facultad de Letras, para que -se den cuenta que hay otras cosas en el mundo que el oficio de abogado, -la chicana política, la operación de bolsa o el casamiento ventajoso... - - [21] Son hoy (Enero 1908) 51 y no contienen una página que no haya - sido escrita por Sarmiento; hay muy poco inédito, porque para - Sarmiento, escribir era obrar. Así, en esa publicación, en la que, - como se debía, se nos ha dado "todo" lo que en vida publicó ese - espíritu extraordinario, no se encuentra, como en los "escritos - póstumos" de Alberdi, una sola línea que produzca la impresión - dolorosa de una profanación. - - - - -I - -Sarmiento se embarca, pues, sobre la _Enriqueta_, uno de esos barcos de -vela que fueron el martirio de nuestros padres y que deben haber sacado -de quicio y arrancado a su compostura colonial, hasta a las personas más -graves de nuestra revolución; sólo concibo, después de diez días de -calma chicha y treinta de frejoles secos, igual, solemne, acompasado, -abrochado y manteniendo su actitud con dignidad, por si los pescados le -miran, a don Bernardino Rivadavia... - -Sarmiento descubre, al pasar, la isla de Robinson, que describe en -páginas inimitables, dobla el cabo de Hornos y, por fin, en medio de una -tormenta deshecha, entra en aguas del Río de la Plata y desembarca en -Montevideo. La descripción de lo que allí ve, hecha con un brío y un -color incomparables, salpicada de retratos que en tres líneas dibujan -una página para la posteridad, es lo único que tenemos de real, de -vívido, sobre esos días de honor de nuestra historia. Un libro sobre el -Sitio, hecho, no al frío resplandor de los documentos oficiales, sino -iluminado por la vibración del recuerdo, con toda la pasión viril y -generosa de la causa que se defendía, eso es lo que Lucio V. López, poco -antes de morir, pedía a su padre, nuestro ilustre historiador, eso es lo -que todos nosotros hemos pedido y pedimos al general Mitre, en vez de la -labor mecánica a que ha dedicado sus últimos años de vigor intelectual. - -Sarmiento pasa rápidamente por Montevideo, pero su sensación es tan -fuerte y tan intensa, que creo difícilmente que ningún libro del futuro -nos dé, con igual verdad, la impresión real del cuadro. Hoy que nuestro -país ha entrado definitivamente en la ruta banal de la marcha de las -sociedades modernas, para las que los problemas vitales de hace -cincuenta años se han convertido en axiomas de archivo, que no se -discuten, ese sitio de Montevideo, con sus antecedentes y sus -consecuencias, toma cierto carácter de novela romántica que nadie lee -ya, que se recuerda en uno que otro texto de literatura, pero cuyo -estudio, como el de los poemas clásicos, tiene poca o ninguna utilidad a -los ojos de los que sólo ven, como signos positivos de la grandeza de un -pueblo, sus estadísticas de aduana y el kilometraje de sus caminos de -hierro. Ese escepticismo, esa sonrisa despreciativa para el recuerdo de -los días de mayor sufrimiento y de mayor pureza moral de nuestro pueblo, -han permitido, han sugerido ya la publicación de libros, cuya buena fe -no salva que sean una injuria para la memoria de los que dieron o su -vida o su juventud y su felicidad en holocausto a su país. - -Los que hemos nacido en los últimos años de ese asedio inmortal, bajo la -bandera y en las cuadras casi de esa legión argentina que el plomo -enemigo acabó por reducir a un puñado de hombres, hemos oído a nuestras -madres, a los viejos servidores de la familia, durante los años de la -infancia, las narraciones heroicas de aquellos días. ¡Qué desprecio por -la vida! ¡Qué connaturalización con aquella atmósfera de fuego, dentro -de la que se jugaba el porvenir de un pueblo, y más de cerca, no ya la -existencia, sino el honor de madres, hijas, mujeres y hermanas!... -Podéis sonreir del épico momento, escépticos satisfechos que gozáis hoy, -en la plena obesidad de vuestra atrofia moral, de la fortuna territorial -amasada por vuestros padres a favor del acatamiento y la adulación del -bárbaro sangriento que los nuestros combatían! Podéis sonreir, que nadie -ni nada borrará de nuestro corazón ni de nuestro nombre el sello de -nobleza de ese abolengo... - -Sarmiento venía de Chile, a donde los últimos rebotes de la ola de -barbarie que asolaba al pueblo argentino, le habían arrojado por sobre -los Andes. Su acción intelectual de Chile la volvía a encontrar en -Montevideo, pero candente y desesperada, como el jadear de los pechos en -la trinchera perenne. ¿Cómo aquel apretón de manos que dió entonces a -Mitre, a Gutiérrez, a Mármol, a Alsina, a Cané, no hizo sagrados, para -la vida entera, a esos hombres entre sí? ¿Cómo, más tarde, la política -pudo dividirlos y arrojarlos a campos opuestos?... - -Al pisar la cubierta del barco que le llevaba a Río de Janeiro, en rumbo -a Europa, Sarmiento debió sacudir su poderosa cabeza, como para disipar -el mal sueño y preparar su espíritu a la esperanza. La bahía de Río, la -estupenda aparición de la región tropical, le inspiran páginas, entre -otras aquella en que pinta la esclavatura y el canto de caridad con que -los miserables se sostienen y se alientan en su faena, como quisiera que -de tiempo en tiempo se escribieran en nuestra lengua. ¡Qué variedad de -tonos en esa paleta admirable! Todos los que en nuestra tierra leéis, -conocéis el estilo general de Sarmiento, ese ímpetu un tanto -desordenado, aquel atropellarse de las ideas, que se quitan el sitio -unas a otras para llegar primero, aquellas indicaciones bien vagas a -veces, que nos obligaban, a Del Valle y a mí, a ir metiendo en las -frases los verbos ausentes[22]. Todos recordáis el látigo iracundo de la -polémica, el apóstrofe que aplastaba a un hombre o a una camarilla para -toda la siega, como también el movimiento majestuoso de su verbo, -cuando, en vuelo soberano, postrándose ante la bandera, su espíritu -invocaba la bendición divina sobre su pueblo. Pues bien, leed la página -sobre la poesía, que le inspira su encuentro con Mármol y la lectura que -el poeta proscripto le hace de sus cantos del _Peregrino_, y veréis la -inagotable fecundidad de esa paleta, de la que el artista arranca, al -pasar y sin esfuerzo, todos los tonos, todos los colores para reflejar -el mar y los cielos, la tierra y el alma. - - [22] Cuando corregíamos en el «Nacional» las pruebas de los - artículos de Sarmiento. - -Allí se topa también con el _pardejón_ Rivera, el teniente de Artigas, -el teniente de los portugueses, el teniente de Lavalleja, el teniente de -todas las causas, buenas y malas, por las que se derramaba sangre en las -orillas del Uruguay. ¡Qué delicioso tipo de imbécil, guarango, soez y -bruto, de gaucho pretencioso! Nada comparable a aquella comida en la -que, delante del ministro francés y otras personas cultas, Rivera -cuenta, muy suelto de cuerpo, que don Pedro I del Brasil le quiso casar -con su hija doña María da Gloria, pero que él se había resistido. -Sarmiento le toma el pelo en el acto y deplora que haya desdeñado de ese -modo la corona de Portugal! ¡Don Frutos I, rey de los Algarbes!... Allí -en mi juventud, con Ricardo Gutiérrez, que acaba de terminar su misión -de luz y caridad sobre la tierra, estuvimos a punto de persuadir a uno -de nuestros compatriotas, otra cuerda que Rivera, pero también tipo -genuino del país, que la impresión que había producido, en un teatro, a -una reina, entonces joven, le abría el acceso a un trono de Europa, -pequeño, pero confortable... - - -II - -Al fin pisa Sarmiento tierra de Europa, remonta el Sena y por Rouen, -gana París. - -La carta que de allí escribe es dirigida a don Antonio Aberastain, aquel -mártir del Pocito, una de las últimas víctimas de la barbarie argentina. -Siendo yo niño aun, recuerdo haber visto a mi padre, con las lágrimas en -los ojos y presa de una indignación profunda, dictar uno de sus -artículos más enérgicos sobre aquel asesinato.--"¡Pobre _Buey_! repetía -mi padre a la noticia de la catástrofe: ¡el hombre más puro y más sano -que he conocido!" Ese apodo había sido dado a Aberastain en el colegio -(se había educado en Buenos Aires) por su corpulencia obesa, pesada y la -indiferencia tranquila con que miraba todo. Algunos años más tarde -entraba yo al Colegio Nacional y tenía por condiscípulo en mi clase al -hijo del mártir; era idéntico al retrato que de su padre había oído al -mío, y pronto el apodo paterno le distinguió entre nosotros. Pedro -Goyena, que empezaba, a los veinte años, a dictarnos una clase de -filosofía, descubrió en el _Buey_ una inteligencia de una claridad -extraordinaria, pero de una lentitud curiosa para ponerse en movimiento. -El joven Aberastain fué una de las primeras víctimas del cólera entre -nosotros. Cuando tuve el honor de ser compañero de Sarmiento en el -Consejo General de Educación de la provincia de Buenos Aires, le hablé -un día de mi joven condiscípulo, tan prematuramente arrebatado a la -vida; su fisonomía se cubrió de una tristeza profunda y sin duda -pensando en el amigo de los días amargos, pensaba también en su hijo -único y querido, que había dado su vida a la patria, privándole a él del -bastón de su vejez... - -La primera impresión de París que Sarmiento comunica a Aberastain es -característica; como el joven que llega a Edimburgo o a Verona, cree ver -por todas partes a María Estuardo o a Romeo y Julieta, la generación de -Sarmiento sólo veía a París a través de los _Misterios_ de Eugenio Sue. -La influencia del romanticismo francés había penetrado y conquistado los -espíritus americanos, con más fuerza, ayudada por la imaginación, que -treinta años antes los enciclopedistas. A mis ojos, esa influencia no -pudo ser más perjudicial para el porvenir de las letras argentinas. La -lucha constante y la excitación intelectual que traía habían producido -un núcleo de escritores que, librados tal vez a su propia inspiración, -habrían reflejado en sus libros el ambiente, el color, el sabor de -nuestra tierra y habrían dejado una base inconmovible a nuestra -literatura nacional. Pero Byron, Hugo, Lamartine, en la poesía; Dumas, -Hugo, Sue, Féval, en el teatro y la novela, se apoderaron de tal manera -de la inteligencia argentina, que, desdeñando o pasando al lado sin -verla, la fuente viva y fecunda del suelo y la sociedad natal, los -jóvenes que manejaban una pluma, se limitaban a copiar los poemas y -reflejar el ideal de los románticos en boga, como los poetas de la -revolución habían imitado, en sus odas de pesado vuelo, el modelo de los -poetas españoles de la decadencia. Echeverría (salvo en algunos y no -muchos momentos de la _Cautiva_), Mármol, Gutiérrez, Domínguez (los de -Rivera Indarte no eran versos, ni cosa que se les pareciera) seguían el -movimiento de la lira francesa. Mitre traducía el _Ruy Blas_ de Hugo, -que cincuenta años más tarde publicaba con su valor habitual: V. F. -López, lleno de Walter Scott, escribía la _Novia del Hereje_, en vez de -dar forma a los cuadros de la Revolución, que concebía ya bajo el molde -de la novela; mi padre, a quien la naturaleza había dotado de un gusto -artístico exquisito y de un estilo de una galanura inimitable, -doblemente impregnado por el romanticismo francés y el _wertherismo_ -italiano, a lo Ugo Fóscolo, fúnebre y sentimental, escribía su _bluette_ -de _Esther_ o imitaba, en la _Noche de boda_, las más románticas -concepciones de la época. Sólo dos hombres escaparon a esa influencia y, -conservando su personalidad propia, buscaron en el suelo patrio la -fuente de su inspiración: Sarmiento, por ímpetu interno y porque vivía, -respiraba y soñaba dentro de un ideal exclusivamente americano, y -Ascasubi, porque ignoraba la existencia del movimiento intelectual -europeo; sintiendo como un gaucho y sabiendo hablar como él, nos dejó en -sus cantos, en forma imperecedera, la nota moral de las masas argentinas -de entonces... - -¿Pero qué queréis? En Chile, en Montevideo, en Buenos Aires mismo, allá -en los últimos rincones donde se leía aún, el Churriador, la Lechuza, -Rodolfo y Flor de María, eran tan populares como un momento lo fueron en -Francia los héroes de Madame Cottin o en Inglaterra Lovelace y Clarisse -Harlowe. Por eso Sarmiento, frescamente desembarcado en París, da -noticia de Tortillard, Brazo-Rojo y la Rigoleta, sintiendo que, por los -barrios donde Rodolfo daba aquellos puñetazos fenomenales, se haya -"abierto por medio de la _Cité_, una magnífica calle que atraviesa desde -el Palacio de Justicia hasta la plaza de Nuestra Señora, iluminada a gas -y bordada de estas tiendas de París, envueltas en cristales como gasas -transparentes, graciosas y coquetas como una novia". - -Luego se echa a vagar, a _flaner_, como él dice, deteniéndose extasiado -ante esta palabra que ninguna otra lengua posee y que tan bien expresa -ese dulce abandono del cuerpo y del espíritu, flotando entre los mil -atractivos que lo solicitan al pasar. "Ando lelo; paréceme que no -camino, que no voy, sino que me dejo ir, que floto sobre el asfalto de -las aceras de los boulevares". Siento consignar este detalle, ¡oh -jóvenes _snobs_ de todas nacionalidades, inclusa y especialmente la -nuestra, que llegáis a París como si hubiérais visto la luz en la ciudad -ideal de todas las perfecciones y encontráis todo común, vulgar, chato y -despreciable! Siento daros ese mal rato: Sarmiento se quedaba "con un -palmo de boca, contemplando la Maison Dorée, el Café Cardinal o los -Baños Chinescos". ¿Pero es un mal rato, en verdad, para los snobs, esa -reminiscencia? Para ellos, Sarmiento no figura, acaso, entre esas -_cosas_ vulgares, chatas e indignas de atención? Por mi parte, tengo mi -juicio hecho bien pronto, a favor de esa piedra de toque invariable: -joven que, llegado a París, le juega indiferencia, no se admira de nada -y hasta mete _pullitas_ compadres al compañero que, como Sarmiento, se -queda lelo: imbécil. - -Sarmiento, vagando en las calles, se pierde a cada momento y es de ver -la admiración profunda que le causa la hospitalaria cultura del pueblo -francés, la solícita atención con que el primer viandante le pone en el -buen camino, le acompaña si es necesario, corre tras él si de nuevo toma -una calle que no va--y todo dentro de esas fórmulas exquisitas de: _Ayez -la complaisance... Soyez assez bon..._ que son la menuda moneda de la -urbanidad de esta gente. Hoy mismo pasa el mismo fenómeno, y en todo -tiempo los viajeros que han recorrido la Francia han consignado igual -impresión. Pero a la verdad, fuera de que en Alemania o en Inglaterra -cualquier pasante os pone en el buen camino (sólo entre nosotros se -suele encontrar al _chusco_ que endereza al extranjero camino del Once, -cuando quiere ir al Retiro) ¿esa hospitalidad, en Francia, se encuentra -también de puertas adentro? Sarmiento mismo, si la hubiera buscado -¿habría encontrado en París una acogida del género de la que recibió -Gotinga, en aquel sereno centro intelectual, perdido en el fondo de la -Alemania y al que no parecían llegar las brisas del mundo? Cuando un -inglés os recibe en su casa, veis en su cara, sentís en la atmósfera de -su hogar, que aquel _accueil_ es sincero, completo y sin límites. Un -francés os recibe sonriendo, os presenta sonriendo a su familia, que -sonríe toda, os da muy bien de comer, en un comedor abrigado, os brinda -buenos vinos y malos cigarros y os despide sonriendo siempre, hasta la -vista. Para volver, necesitáis una nueva invitación, que reanude, por -así decir, la relación. Algunos prefieren el sistema inglés, los que -creen que la humanidad puede ser sincera en algunos momentos y aman -verla bajo ese aspecto; otros, que creen saber a qué atenerse, piensan -que todo lo que debe y puede exigirse a los hombres, es la cultura -externa, y se dan por satisfechos con la sonrisa francesa, que no exige -en cambio sino otro pliegue de labios y que pone a todo el mundo cómodo. -Entre nosotros, el problema se ha resuelto por lo hondo: no se abre la -puerta, no se recibe a nadie: la señora no está!! - - -III - -Haciendo Sarmiento la enumeración de todos los atractivos que ofrece -París para el pensador, el literato, el petimetre, el gastrónomo, el -artista, etcétera, habla de un tal Leverrier, que "anda persiguiendo en -los espacios celestes y llamando a todos los astrónomos que se aposten -en tales o cuales lugares que él señala, para cogerlo al paso a un -planeta que el dice que hay en el cielo, porque debe haberlo, por -requerirlo así una demostración de las matemáticas". Neptuno estaba, en -efecto, en el punto del cielo fijado por la genial penetración de -Leverrier y encuentro admirable esa robusta fe en la ciencia y la razón, -por parte de un joven americano, como Sarmiento, sobre el que no hace -mella la burlona incredulidad del París de entonces. - -Otra de las miradas penetrantes de Sarmiento, en ese momento, atraviesa -el caos de la situación social y política de la Europa. "En medio de la -gendarmería de las ideas dominantes,--escribe--oficiales, moderadas, ve -usted moverse figuras nuevas, desconocidas, pensamientos que tienen el -aspecto de bandidos, escapados al _bagne_, al presidio en que los han -confundido con los criminales de hecho, ellos que no son más que -revolucionarios". Más tarde, en Italia, su visión se completará y poco -le faltará para predecir el trastorno profundo que, un año después iba a -sacudir la Europa entera y abrir las puertas, por decir así, a las -verdaderas corrientes modernas. La revolución de 1848 estalló en París y -repercutió en Berlín, Viena, la Europa entera, cuando Sarmiento estaba -ya de regreso en Chile. Esta noticia debe haberle producido el mayor -júbilo de su vida, porque había regresado de Europa con la convicción de -que mientras imperaran como ideas dirigentes los residuos de la -Santa-Alianza o el impuro y estrecho burguesismo de Luis Felipe, no -habría esperanza de regeneración para el mundo americano. - -Al pasar, Sarmiento da cuenta de que también ha desaparecido, como las -tabernas de la Cité, otra fisonomía del pensamiento francés, el -eclectismo, que "ha muerto de muerte natural, como todas las cosas -caducas que no están fundadas en la verdad". Para Sarmiento, que veía -las cosas de arriba y que no iba a buscar en los programas -universitarios cuál era la corriente de ideas imperante, el eclectismo, -la pomada de M. Cousin, había realmente muerto. Sin embargo, en esos -meses, Jacques y Simón trabajaban en el manual que debía ser, hasta poco -antes del 70, el libro clásico de la enseñanza filosófica. Si en vez de -perder su tiempo en visitas inútiles y empresas inspiradas por el más -puro patriotismo, algún amigo hubiera llevado a Sarmiento a la -bohardilla donde trabajaba Augusto Comte ¡qué admirable retrato -tendríamos del ilustre pensador y con qué claridad Sarmiento habría -valorado la influencia de su doctrina sobre el desenvolvimiento de la -ciencia! ¡Cómo habría reído también, dentro de su barba, él, -profundamente liberal, pero profundamente práctico también, si Comte le -hubiera comunicado su visión de una sociedad organizada sobre los -principios de su política! Después de la tiranía bestial de un Rosas, -nada ha detestado más Sarmiento en su vida que el _jacobinismo_ en todas -sus formas... - -Pero helo ya hecho un parisiense; un amigo, que no debía de ser lerdo, -le da de entrada una lección de vida práctica, de gran valor para él. -"No bien hubimos llegado, dice, llevóme a los _Frères Provençaux_, donde -cenamos ambos por 60 francos; al día siguiente, por 30, almorzamos en el -café de París; en un restaurant comimos por 10, en un pasaje; al día -siguiente, fuimos a almorzar por 3 y a comer por 32 sueldos al _Passage -Choiseul_; últimamente a una abominable pocilga, detrás de la Magdalena, -decorada con el nombre de _Hotel Inglés_, donde se sirve carne cruda de -procedencia más que sospechosa, porotos duros y cerveza infame, todo por -un franco, para regalo de los que quieren salvar el honor de la bolsa, -afectando anglomanía. Había, pues, en tres días, recorrido los siete -escalones de la vida parisiense y conocido el camino que va de la -opulencia a la escasez, haciéndome mi mentor este curso para precaverme -de todo accidente. _Lá-dessus_, podía permanecer tranquilo; en una -crisis financiera, conocía ya el camino del _soi-disant_ Hotel Inglés". - -He quedado pensativo después de este párrafo. ¡Cómo sería aquel Hotel -Inglés, para haber hecho esa impresión sobre un estómago como el de -Sarmiento! Para darse una idea de la indiferencia absoluta con que -acometió--y eso hasta en su vejez--cualquier plato que se le ponía por -delante, y de la conciencia de su valor en esas refriegas, no puedo -resistir a la tentación de transcribir este delicioso cuadro. Sarmiento -viaja en Africa y es agasajado por un jefe árabe bajo la tienda. En una -postura incómoda, que él trampea un poco, a pesar de su origen árabe, -levantando una rodilla a la altura de la cara, esperaba a pie firme la -_diffa_, el banquete obligado. Pero oigámosle: - -"La _diffa_ se anunció al fin; precedíala un plato de madera lleno de -tortas fritas, colocadas simétricamente para dar lugar y apoyo a una -docena de huevos durísimos que formaban una pirámide hacia el centro. Un -árabe se lavó sólo la punta de los dedos en una sucia y abollada vasija -de cobre, en la cual se nos sirvió en seguida agua para beber, más tarde -leche de oveja, y luego agua de huevo. A cada ronda que la malhadada -vasija hacía, seguíanla mis ojos de mano en mano para llevar cuenta de -los puntos del borde donde los árabes ponían sus labios. ¡Esfuerzo -inútil! Al fin descubrí una abolladura inaccesible que me reservé desde -entonces para mi uso personal. El árabe que se había lavado dos dedos lo -suficiente para alcanzarse a discernir de lejos la costa firme que -descubría la parte _virgen_ de la mano, me descascaró dos huevos que -engullí casi enteros, a fin de que pasase cuanto antes aquel cáliz de mi -boca. - -"Tenga Vd. paciencia, mi querido amigo, ya ve que cumplo con la promesa -que a petición suya le hice de describirle las costumbres árabes. Las -tortillas fritas vinieron en seguida, y aunque crasas y espirituosas en -fuerza de lo rancio de la mantequilla, yo sostuve como un héroe mi -posición, sin pestañear, sin titubear un momento, sin echar mano -siquiera de uno de tantos subterfugios y engañifas de que en iguales -casos se habría servido un gastrónomo vulgar. Más hice todavía. -Habiéndome revelado algunos que aquel lago fangoso que se divisaba en -el fondo del plato y que yo había respetado, tomándolo por sebuno -depósito de la fritanga, era miel de abejas, descendí hasta él con los -pedazos de las tortillas, alzando una buena porción en cada revuelco. -Hasta aquí todo marchaba en el mejor orden; pero aún faltaba lo más -peliagudo de la empresa, y nada se había hecho, si no lograba hacer -pasar el _cuscussú_, verdadero _quis vel quid_, para estómagos europeos, -de la regalada gastronomía del desierto. Es el _cuscussú_ una arenilla -confeccionada a mano, hecha con harina frita sin sal y anegada después -en leche. Confieso que cuando se presentó el enorme plato que lo -contenía, el cuerpo me temblaba de pies a cabeza, no obstante que nunca -he tenido miedo a manjar ninguno; un sudor helado corría por mis sienes, -y el estómago, no que el corazón, me latía cual gime el niño a quien el -pedagogo manda al rincón. Lo peor del caso era que yo debía principiar, -como el héroe de la fiesta, sin lo cual nadie era osado de hundir su -cuchara de palo en la movible arena farinácea. Repentinamente, como el -que al bañarse en el mar se precipita de cabeza después de haber -vacilado largo tiempo, presintiendo la impresión del frío, yo enterré mi -cuchara hasta el mango, y sacándola llena de _cuscussú_ y leche la -sepulté en la boca. Lo que pasó dentro de mí en ese momento resiste a -toda descripción. Cuando abrí los ojos, me pareció hallarme en un mundo -nuevo; todos mis tendones contraídos por el sublime esfuerzo de voluntad -que acababa de hacer, se fueron estirando poco a poco, y dispersándose -con la alegría de soldados que abandonan la formación después de -disipada la alarma, hija de alguna noticia falsa. De todo ello he -concluído que, o el _cuscussú_ no es abominablemente ingrato; o que Dios -es grande y sus obras maravillosas; o, en fin, que no se ha inventado -todavía el potaje que me ha de hacer volver la cara." - - -IV - -Un momento, Sarmiento se había halagado con la idea de que la fuerza de -la oposición contra el ministerio Guizot, encabezada por M. Thiers y uno -de cuyos tópicos más formidables de ataque era la cuestión del Río de la -Plata, empujaría al gobierno francés a tomar una actitud enérgica no -sólo en nombre de la civilización y la humanidad, sino también de la -dignidad de la Francia. Para dar una idea de la indiferencia pública -respecto a los asuntos argentinos, indiferencia que reflejaba con mayor -vigor aún en las esferas del gobierno, Sarmiento recuerda el folletín, -que era el corte periodístico literario a la moda, que acababa de -escribir León Gozlan, anunciando el establecimiento de una casa donde -todos los agitados de la política, de las artes, de las letras y de la -finanza, encontrarían, tarifadas, las horas de sueño necesarias para -reparar sus insomnios caseros. Por el momento, la receta era hacer leer, -en voz alta y entre bostezos, por un empleado de la casa "noticias del -Río... de... ¡aah!... la... Plata! el Ge... ne... ral ¡aah!... Madari... -aga ha derro... ta... do...!" El remedio era infalible y todo el mundo -dormía a los cinco minutos. "Ese es el lugar que en la opinión pública -ocupan nuestros asuntos del Río de la Plata", agrega Sarmiento. - -Ya don Florencio Varela, a pesar de la acogida personalmente simpática -que recibió de altas notabilidades francesas, había hecho la misma -triste experiencia, y antes que él, Rivadavia y don Valentín Gómez, como -después de todos ellos cuantos han tenido por su desgracia que ocuparse -de las relaciones de nuestro país con esta Francia fantástica, que ardía -de entusiasmo por los griegos sometidos a la dominación, en el fondo -mansa, de los turcos, y consideraba a Rosas como un gobierno -conservador, estable y progresista. Lamartine, recuerda Sarmiento, -preguntaba a Varela qué idioma hablábamos, y un periodista pedía al -mismo Sarmiento pormenores sobre nuestras luchas con los mahometanos. -Medio siglo más tarde, un ministro de negocios extranjeros de una -monarquía europea, me preguntaba a mí si era cierto que la República -Argentina pensaba, con el Salvador, Guatemala, Honduras, etc., formar un -solo Estado... Hay que habituarse a estas cosas, trabajar en silencio y -orden, hasta que nuestro país se levante tan alto sobre la línea del -horizonte, que la distancia, como a los cuerpos celestes, no impida -verlo y admirarlo. Si no me es permitido llevar, como Sarmiento, piedras -ciclópeas para la fundación, llevemos cada uno nuestro grano de arena; -nuestros hijos harán el resto, como nosotros hemos tratado de completar -honradamente la obra de nuestros padres... - -Sarmiento no se desanima, como no se desanimó jamás, por ese estado de -la opinión y emprende su patriótica cruzada. Su primer choque es con M. -Dessage, jefe del departamento político del Ministerio del Interior y -brazo derecho de M. Guizot. Sarmiento le explica: "Entre nosotros hay -dos partidos, los hombres civilizados y las masas semibárbaras.--El -partido moderado, me corrige M. Dessage, esto es, el partido _moderado_ -que apoya a Luis Felipe, el mismo que apoya a Rosas.--No, señor, son -campesinos que llamamos gauchos.--¡Ah! los propietarios, la _petite -propriété_, la burguesía...--Los hombres que aman las instituciones, -continúo...--La oposición, me rectifica el ojo y el oído de M. Guizot, -la oposición francesa y la oposición a Rosas de esos que pretenden -instituciones! Me esfuerzo en hacerle entender algo, pero imposible! Es -griego para él todo lo que hablo. En resumen, para ellos: Rosas igual -Luis Felipe. La mazorca=el partido moderado.--Los gauchos==la _petite -propriété_.--Los unitarios=la oposición.--Paz, Varela, etc.==Thiers, -Rollín, Odilon-Barrot." - -La conversación con M. Guizot es premeditadamente banal por parte de -éste, que afecta creer que Sarmiento, viniendo de Chile, donde ha pasado -seis años, no está interiorizado de los asuntos del Río de la Plata. - -La entrevista con el vicealmirante Mackau, ministro de marina, es uno de -los buenos trozos de la narración. Mackau es un imbécil acabado, de -espeso cerebro al que no penetran las ideas ni a martillo. Cuando no -entiende, sonríe afablemente, lo que hace que pase la vida sonriendo. -Sarmiento, más cómodo que con M. Guizot, le espeta un discurso en tres -partes, soberbio, admirable, el mejor que haya pronunciado jamás, según -él, y de pronto se apercibe que el ruido de sus palabras llega al oído -del almirante como un "vago auvergnat" que no ha escuchado ni -comprendido. El rencor de Sarmiento es formidable, y cuando más tarde ve -a Mackau ocupar su asiento en la Cámara, en el banco de los ministros, -le llama molusco! - -Sarmiento va a buscar la opinión de los americanos mismos, residentes en -París y en todas partes encuentra "igual incapacidad de juzgar". "San -Martín es el ariete desmontado ya, que sirvió a la destrucción de los -españoles; hombre de una pieza; batido y ajado por las revoluciones -americanas, ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su -ánimo noble se exalta y ofusca. Sarratea el compañero de orgía de Jorge -IV, antes de ser rey de Inglaterra, viejo escéptico, Voltaire que no ha -escrito, hoy todavía en París mismo modelo de finura, de gracia noble y -de sencillez artística en el vestir, tiene, con más talento y menos -despilfarro, la gastada conciencia de Olañeta. Rosales, el hombre más -amable, el cortesano de la monarquía, todo bondad para nosotros, ha sido -educado en este punto por Sarratea, su Mephistópheles, el cual lo lanza -a las confidencias con Luis Felipe, a quien pone miedo con la -indignación de la América." - -En fin, ve a M. Thiers. Este le escucha con atención, le pregunta por -Varela, se muestra satisfecho de sus datos, del nuevo aspecto de la -cuestión que le presenta, mucha agua bendita, mucho jarabe de pico, pero -en el fondo, el egoísmo feroz del orador y del político, que no ve sino -temas de discursos y argumentos de oposición, en la agonía de un pueblo -entero que perece bajo la bota de un bárbaro. A la despedida, como un -obsequio singular, Thiers comunica a Sarmiento, bajo la mayor reserva, -que en la próxima sesión de la Cámara, a la que le invita a asistir, va -a hablar _tres horas_. Me represento al petulante marsellés -regocijándose ya del efecto que va a producir sobre el espíritu de ese -joven americano, a quien ha descubierto ilustración y talento y que se -va a convertir, de regreso a su lejana patria, en trompeta de su fama. - -Y Sarmiento va a la Cámara, contempla el curioso espectáculo, sobre todo -para un sudamericano de entonces, de esas sesiones tumultuosas, vacías y -teatrales. Desde entonces me parece que el régimen parlamentario está -condenado a sus ojos. Treinta años más tarde, redactaba yo _El Nacional_ -de Buenos Aires y no era, por cierto, tierno para la administración de -Avellaneda. Sarmiento, como era natural, era siempre el primero en la -casa y los artículos que se le ocurría escribir, venían directamente al -Gerente, que los entregaba a la composición, sin darme aviso, de acuerdo -conmigo, sino en los casos en que era necesario mechar de verbos el -artículo o apuntalar una que otra frase que había quedado en el aire. No -recuerdo a propósito de qué incidente en el que el Ministerio había -hecho un triste papel en el Congreso, y tomando como base los estudios -sobre la Inglaterra en el siglo XVIII, de M. de Rémusat, escribí un -artículo convencido, entusiasta y, a mi juicio, irrefutable, sobre las -ventajas del régimen parlamentario y la necesidad de reformar nuestra -constitución en ese sentido. Al día siguiente, al mismo tiempo que -recibía cuatro líneas cariñosas y aprobatorias del doctor Vicente F. -López, llegó a mis manos... mi propio diario, _El Nacional_. En el sitio -de honor, que era el que se reservaba siempre a todo lo que Sarmiento -escribía, porque el estilo bastaba para firmarlo, se registraba la -filípica más furibunda que el redactor de _El Nacional_ hubiera recibido -hasta entonces. Iluso, ignorante, atrevido, propagador de malas ideas, -¡qué no me decía Sarmiento! Tuve un momento de indignación ante esa -falta de atención, de consideración para con un hombre que desde que -había empezado a pensar por sí mismo, había sido un partidario decidido -y ardiente de Sarmiento. Tomé el diario y me fuí derechamente a su casa, -dispuesto a decirle todo lo que tenía adentro y poner las cosas en su -lugar. Me recibió con su cordialidad un tanto uniforme para todo el -mundo, y antes de darme tiempo de tomar una actitud trágica y comenzar -mi dolora, tomó la palabra, como siempre, y debutó por esta frase:--"¿Ha -visto usted un artículo preconizando el sistema parlamentario en _El -Nacional_ de ayer?"--Ni una palabra del autor; y en el fondo, no sé si -sabía que era o no mío, ni le importaba un bledo. De ahí partió para -una carga a fondo contra su _cauchemar_, tan completa, tan enérgica y -tan decisiva, que mis convicciones tambalearon y ante aquella -elocuencia, aquel saber y aquella experiencia, en vez de formular las -recriminaciones proyectadas, incliné la cabeza, hice la venia y salí. - -Después he visto el régimen parlamentario en acción, como todos los que -han inventado los hombres para gobernar las sociedades; lo que he visto -en Francia y especialmente en España, país cuyas condiciones políticas y -electorales se acercan más a las nuestras, no ha sido por cierto como -para debilitar las opiniones de Sarmiento. Ningún sistema es bueno -cuando no encarna la tradición de un pueblo, sus costumbres y sus ideas. -Por eso el gobierno parlamentario es una maravilla en Inglaterra y un -absurdo en España. Por eso pienso que, hoy por hoy, el mejor régimen -político para la Rusia, es la autocracia. Nadie me podrá quitar de la -cabeza que es una inspiración de insano dar derechos electorales a los -negros de Dakar o a ciertos blancos del otro lado del agua... - -En el recinto, Sarmiento ve a "M. Mauguin, centro izquierdo, a Berryer, -centro derecho, en la izquierda a Barrot, Arago, Cormenín, Ledru-Rollin. -Lamartine, el _vizconde_, que tenía su asiento en la extrema derecha, va -caminando hacia la izquierda, como Beaumont y Duvergier de Hauranne; -Emilio de Girardin está en el _beau milieu_ del centro, es ministerial". -La descripción del discurso de Thiers, a pesar de la admiración que su -facundia y su habilidad le causan, revela en Sarmiento la triste -impresión que le produce la inanidad de esas paradas oratorias. El -aplomo doctrinario, el soberbio desdén de M. Guizot, la autoridad -pedante de sus maneras de _magister_, la falta de honestidad que en el -fondo hace ver la defensa de hechos turbios, de verdaderos atentados a -la moral pública, la obediencia servil de aquella masa de elegidos del -sufragio restringido, pero cuidadosamente escogido, todo hace comprender -a Sarmiento que aquel régimen está condenado y sus días contados. Esa -monarquía de Julio, que muchos conservadores en Francia consideran hoy -mismo como la época edénica de la libertad política, fué uno de los -sistemas más corrompidos y corruptores de la historia francesa. Entre -otros detalles, Sarmiento recuerda aquella donación a Luis Felipe del -corte de los bosques, que a razón de un corte por siglo debía producir -cuatro millones de francos anuales y al que, por una talla devastadora, -el rey ciudadano hizo producir setenta y cinco millones el primer -año!... - - -V - -La narración de la visita de Sarmiento a San Martín, es floja, o mejor -dicho, la entrevista misma no responde a nuestra expectativa. Se adivina -que ha debido ser incómoda, poco cordial, a pesar de la deuda de -gratitud que el ilustre guerrero tenía para con el escritor que había -reivindicado en el corazón de Chile, el puesto de honor que correspondía -a San Martín. Podemos hoy hablar, con la reverencia que debemos a -nuestros mayores, sobre todo a hombres como el vencedor de Maipo, con la -verdad que la justicia de la historia impone. Debía ser necesario todo -el respeto y toda la gratitud inteligente de los hombres como Varela, -Sarmiento y otros argentinos ilustres que visitaban a San Martín en su -retiro, para rendirle ese homenaje. El envío de la espada de los Andes, -símbolo vivo de la más pura de nuestras glorias, al tirano brutal que -condenaba ante los ojos del mundo el esfuerzo por la independencia, -debió herir mortalmente el alma de los patriotas que hacía quince años, -en el destierro, en la prisión, en el martirio, sostenían la causa de la -libertad. Es esa una triste página en la historia del gran emancipador, -tan triste como el abandono frío que hizo de su patria agonizante, para -ir a buscar en los campos de batalla, con un ejército que consideraba -suyo a la manera de un _condottiere_ italiano, la gloria militar que -ambicionaba. No, no es posible sostener que la adhesión de San Martín a -Rosas venía de su americanismo exaltado y de su temor o su odio al -extranjero. El extranjero, para él, había sido el español, el _godo_, y -precisamente la única legión de extranjeros que combatía por Rosas, era -el cuerpo de 600 españoles que, a las órdenes de Oribe, estrechaba el -sitio de Montevideo. Lo que había en el fondo era un odio, sí, pero -contra los hombres del congreso de 1826, contra los _unitarios_, que al -pasar San Martín delante de Buenos Aires, no pudieron olvidar que a su -desobediencia y al indiferentismo con que miró las angustias de su -patria, bajo pretexto de no manchar sus laureles en las luchas civiles, -debimos los horrores del año XX. Los unitarios pudieron equivocarse y la -historia empieza ya a juzgar severamente los errores de los más -preclaros de entre ellos; pero la pureza de intención de los que -elevaron a Rivadavia a la presidencia, será siempre un título de respeto -para todas las generaciones de argentinos. - -Nada encuentro más digno de veneración que la figura y la acción de los -hombres civiles de la lucha por la independencia, nada más noble y -grande que el valor, la perseverancia inteligente, la serena tenacidad -de Pueyrredón. La vida de campaña, la batalla, la victoria, la entrada -triunfal en las ciudades conquistadas ¿no es acaso un sueño vivido para -un militar? ¡Para ellos, a quienes el mundo dió todo lo que el hombre -puede aspirar sobre la tierra, las estatuas, las tumbas regias, los -honores póstumos! ¡Para el patriota abnegado que luchó, con el santo -amor de la patria en el alma, en medio de la asechanza, del odio, de la -división y de la discordia, sacando de la miseria recursos para armar -ejércitos, con la Europa entera coaligada contra su país, con Artigas en -las selvas, los portugueses en Montevideo y Morillo en el horizonte, -para él, para Pueyrredón, el olvido y la ingratitud nacional! ¡No sé -donde está su tumba! - -Fuera de las páginas consagradas a su acción colosal en los trabajos -históricos de López y Mitre, no hay un libro en nuestra literatura sobre -el Directorio de Pueyrredón. Y sin embargo, ¿qué vida más preciosa y qué -tema más simpático puede encontrar la pluma de un escritor argentino? -Las estatuas han empezado a levantarse sobre nuestro suelo, símbolos -vivos de la gratitud nacional. No sé que exista ni un busto de -Pueyrredón. Nuestros partidos de campaña, nuestros departamentos -lejanos, van recibiendo el nombre de los hombres secundarios de la -revolución o las luchas civiles. A Pueyrredón también se le asignó el -suyo, pero como si fuera por un propósito premeditado de olvido, nadie -llama al partido Pueyrredón, sino Mar del Plata. Por fin, en la misma -ciudad de Buenos Aires, donde existe una plaza "Lorea", pero no un -habitante que pueda decir quién fué ese ciudadano así glorificado, donde -dos de las calles principales se llaman de Buen Orden y la Piedad, -existe sólo una callejuela, creo que es la más corta de todas, para -conmemorar la memoria del gran Director Supremo de las Provincias Unidas -del Río de la Plata. - -Hago un llamado a la juventud argentina y le entrego esa obra de -reparación. Si ella estudia esa vida, su entusiasmo por aquella nobleza -de alma, esa altura y esa distinción intelectual, ese valor moral -incomparable, la llevará a realizar lo que nosotros debimos hacer y no -hemos hecho, y pronto la soberbia figura de Pueyrredón se levantará en -una de nuestras plazas, para orgullo de nuestros ojos. - - -VI - -"Al despedirme de mi buen amigo el señor Montt, refiere Sarmiento, le -decía yo con aquella modestia que me caracteriza: la llave de dos -puertas llevo para penetrar en París, la recomendación oficial del -gobierno de Chile y el "Facundo"; tengo fe en este libro. Llego, pues, a -París y pruebo la segunda llave. ¡Nada! Ni para atrás, ni para adelante; -no hace a ningún ojo. La desgracia había querido que se perdiese un -envío de algunos ejemplares hecho de Valparaíso. Tenía yo uno, pero -¿cómo deshacerme de él? ¿Cómo darlo a todos los diarios, a todas las -revistas a un tiempo? Yo quería decir a cada escritor que encontraba: -_anch'io_! Pero mi libro estaba en mal español y el español es una -lengua desconocida en París, donde creen los sabios que sólo se hablaba -en tiempo de Lope de Vega o Calderón; después ha degenerado en dialecto -inmanejable para las ideas; tengo, pues, que gastar cien francos para -que algún orientalista me traduzca alguna parte." - -Aquí empieza para Sarmiento la azarosa tribulación del autor novel que -con su manuscrito debajo del brazo se presenta a los dispensadores de -gloria. Por consejo de un amigo, ve a M. Buloz, el _tuerto_ director de -la _Revista de Ambos Mundos_ y de la Opera Cómica, el hombre sobre quien -se ejercitaba con más furia la acerba crítica de los escritores -franceses, pero cuya perseverancia creó la revista tipo, que durante tan -largos años ha mantenido su incontrastable autoridad sobre el mundo -civilizado, hasta que muerto el cíclope, y refractaria a la penetración -de las nuevas corrientes que debían refrescar y vivificar su sangre, vió -crecer a su lado émulos que en otro tiempo habría despreciado y que le -toman hoy una buena parte de su sitio al sol. - -Nuestro pobre americano, consciente del valor de su trabajo, vuelve -todas las semanas a conocer el destino que le espera. ¡Nada! No se ha -leído aún: hasta el otro jueves. Sarmiento persiste, porque quiere -conocer a los hombres de letras y desea ser introducido por su -"Facundo", para que le traten de igual a igual. Por fin, un día, día -radiante para él, "las puertas de la redacción se me abren de par en -par. ¡Qué transformación! M. Buloz tiene dos ojos esta vez, el uno que -mira dulce y respetuosamente, el otro que no mira, pero que pestañea y -agasaja, como perrito que menea la cola. Me habla con efusión, me -introduce, me presenta a cuatro redactores que esperan para solemnizar -la recepción. Soy yo el autor del manuscrito.... (una reverencia).... el -americano... (una reverencia), el estadista, el historiador... me -saludan, me hacen reverencias. Se habla del libro. Hay un redactor -encargado del _Compte-rendu_ de los libros españoles, que quiere ver la -obra entera para estudiar el asunto. M. Buloz me suplica que me encargue -de la redacción de los artículos sobre la América. La _Revista_ ha -faltado a su título de _Ambos Mundos_, por falta de hombres competentes; -podemos arreglarnos. Desgraciadamente, el artículo sobre mi libro no -puede aparecer sino en dos meses. Están tomadas las columnas para muchos -más; pero se hará una alteración." - -Contento con esa recepción y esa esperanza (el artículo de la Revista -apareció[23] cuando Sarmiento estaba en Barcelona, donde tanto por -cartas de introducción como por el éxito de su trabajo, M. de Lesseps, -el futuro hombre de Suez, cónsul de Francia entonces, le recibió muy -cordialmente), animado ya, pues, Sarmiento ve a algunas notabilidades de -las letras, a Ledru-Rollin, en casa de San Martín, de quien es vecino, a -Jules Janín, en su escritorio, saliendo encantado de su trato familiar. -Penetra en el salón de madame Tastu, "donde puede entrar la mano muy -adentro de las llagas de la Francia". Allí ve a Cormenín, a Tissot, el -diarista formidable que tanto contribuyó a dar en tierra con los -Borbones. Por fin, sus estudios sobre educación primaria le ponen en -contacto con sabios y hombres profesionales. - - [23] He tenido la curiosidad de leer el artículo que la "Revista de - Ambos Mundos" dedicó al "Facundo". Está en el número del 15 de - Noviembre de 1846, bajo el título "De l'Americanisme et des - républiques du Sud--La société argentine. Quiroga et Rosas". Luego - el título completo del libro de Sarmiento y el de un folleto, - "Cuestiones americanas", del mismo. Es un buen trabajo de M. - Charles de Mazade, un análisis completo de "Civilización y - barbarie". Se ve que el crítico ha aprendido el asunto en el libro - que analiza y que ha leído con conciencia. Las "Cuestiones - americanas" le han ayudado mucho para darse cuenta del estado de - los países del Plata, que a la verdad no debía ser muy fácil de - entender para un francés de 1846. Hablando de Montevideo, dice M. - de Mazade: "se ha comparado Montevideo a Coblentz; Coblentz si se - quiere, pero es allí que se refugió la inteligencia argentina". - Sobre el libro, escribe: "obra nueva y llena de atractivo, - instructiva como la historia, interesante como una novela, - brillante de imágenes y de color". - - "El libro del Sr. Sarmiento, agrega, es una de las obras - excepcionales de la nueva América, en el que brilla alguna - originalidad; es un estudio hecho sobre lo vivo, enérgico, - profundo, de todos los fenómenos de la sociedad americana y - particularmente de la sociedad argentina. El esplendor del estilo - está a la altura del vigor del pensamiento". - - "El "americanismo", dice más adelante, representa la holgazanería, - la indisciplina, la pereza, la puerilidad salvaje, todas las - inclinaciones estacionarias, todas las pasiones hostiles a la - civilización; la ignorancia, la degeneración física de las razas, - así como su corrupción moral..... Obligando a las potencias - europeas a emplear las armas contra él, el americanismo ha puesto - en claro un hecho que resume las relaciones de ambos mundos: es que - la Europa se verá fatalmente empujada a hacer la conquista material - de la América, si no hace pacíficamente su conquista moral". - - El segundo término del vaticinio se va cumpliendo, pero ¡cuán - lentamente! - -Sarmiento, que viene de un mundo semibárbaro aún, donde los restos de -aquella civilidad estrecha y acompasada de la colonia se han refugiado -en un núcleo social bien restringido, mientras la masa del pueblo, -sumida en la anarquía, parece retrogradar al salvajismo, queda encantado -ante la cultura de ese pueblo francés, que lleva de frente los más -arduos trabajos de la inteligencia, las más delicadas creaciones del -arte, sin decaer un punto de su virilidad ni en la energía con que -defiende su patrimonio histórico... - -Los bailes públicos de París, mucho más en voga entonces que medio siglo -más tarde, pues la democracia ha penetrado hasta ellos y hoy se -confunden allí no sólo todas las clases sociales, sino también todos los -gremios, entretenían a Sarmiento lo que no es decible. Se asoma a ellos, -dice, de vez en cuando, "para curarme del mal de la patria, que me -incomoda. No tengo ni gusto ni dinero para engolfarme en las costosas -frivolidades cuyo goce envidio a otros. ¡Ah! si tuviera cuarenta mil -pesos nada más, ¡qué año me daba en París! ¡Qué página luminosa ponía en -mis recuerdos para la vejez! Pero soy _sage_ y me contento con mirar, en -lugar de _pilquinear_, como hacen otros". - -¿Cómo es eso? ¿No _pilquineamos_ porque no nos gusta o porque no tenemos -cuarenta mil pesos? Tengo para mí que la segunda razón ha de haber -influído más que la primera en la _sagesse_ de Sarmiento, a estar a la -complacencia con que describe el baile del _Ranelagh_, donde ha visto a -Balzac, Jorge Sand y otras notabilidades literarias; el _Chateau-Rouge_, -como iluminación, le fascina; _Mabille_, que ostenta las bailarinas más -afamadas, la _Chaumière_, el edén del barrio latino, y a estar también -al estilo inflamado con que describe las proezas coreográficas de la -_Rigolette_, precursora ancestral de _Grille d'Egout_ y la _Goulue_. - -El _Hipódromo_ le inspira una brillante descripción. En fin, va a todas -partes, mira, observa, se mueve y va haciendo piel nueva dentro de esta -atmósfera, sin acción para aquellos que han nacido refractarios a todo -progreso interno, pero incomparable para acelerar el desenvolvimiento de -todo germen de luz que brille vacilante en el fondo de una conciencia -humana. - -Sarmiento se pone en camino para España y en las duras e implacables -páginas que consagra a la madre patria, y cuyo estudio sale de ese -cuadro, parece dar la pauta a Buckle para su inexorable juicio. La -Italia le atrae en seguida "para educarme y poder hablar de bellas -artes." Promete volver a París después de estas correrías, pero sus -cartas de viaje no mencionan una nueva permanencia en la capital -francesa. Del otro lado del mar le esperan los Estados Unidos, cuya -admirable naturaleza describe con la misma pluma que trazó en el -_Facundo_ el cuadro inmortal de nuestra tierra. En aquel mundo nuevo -desaparece el viejo espíritu curioso; cuando Sarmiento abandone la -patria de Washington, será el hombre de Estado llamado a tan altos -destinos... - -Bajo la impresión de mi respeto profundo por la memoria de ese hombre -extraordinario y del afecto que siempre me inspiró, he querido recorrer -de nuevo los sitios que él visitó en París. En el andar vertiginoso de -nuestro siglo, cincuenta años son un espacio enorme. Todo ha cambiado en -la faz del mundo, incluso la patria que Sarmiento amó con toda su alma y -a la que consagró, con admirable esfuerzo de cerebro y corazón, su larga -y soberbia vida... - - París, Octubre, 1896. - - - - -Nuevos rumbos humanos - -I - - -También yo, como la mayor parte de los que estas líneas lean, he -atravesado la edad soberana por excelencia, aquella en la que se -profesan ideas claras, netas y precisas sobre todas las cuestiones -capitales de la vida humana, en la que poco se duda, todo se afirma, y -en la que la voz de la experiencia suena como nota falsa en los oídos -habituados a la rotundidad sonora de las afirmaciones absolutas. Es un -fenómeno que ocurre allá por los veinte años y que dura más o menos -tiempo, según la previa posición individual para resistir, dentro del -ideal, a los rudos y repetidos golpes de la vida positiva. Entre esas -convicciones profundas, tan numerosas como los deliciosos fenómenos de -la naturaleza al venir la primavera, abrigaba una que, en materia de -sociología política, formaba un credo definitivo y sobre el que nunca -pensé, no diré cambiar de criterio, pero ni aún dudar. No concebía, no -podía concebir otra forma legítima de gobierno, para las sociedades -humanas, que el gobierno republicano y representativo. A lo sumo, allá -en mis cavilosidades filosóficas sobre la materia, admitía que se -pudiera disentir sobre las ventajas de la federación, y encontraba -puesto en razón que hubiera gentes que sostuvieran la superioridad del -régimen unitario. Pero, admitir la legitimidad, menos aún, la -conveniencia, en nombre de intereses más o menos graves, de la -institución monárquica, me parecía tan absurdo entonces como no profesar -el libre cambio o sostener la necesidad de reglamentar la libertad de la -prensa. Todo argumento adverso a mi absolutismo democrático, se -estrellaba contra la idea de la dignidad humana, en tal forma arraigada -en mi conciencia, que no encontraba _modus vivendi_ honorable entre ella -y el privilegio antinatural de una familia sobre el resto del pueblo. -Más tarde, procuraba explicarme esa preocupación, de la que participan -todos los argentinos que viven exclusivamente dentro de la conciencia -nacional, recordando los antecedentes políticos peculiares de nuestro -país: aquel monarca español, viviendo eternamente en el limbo para -nosotros; sus representantes aquí, insignificantes cuando no ridículos, -nulos en los momentos de acción histórica; nuestra lenta y democrática -formación colonial, y, por fin, la forma republicana de gobierno, -surgiendo impetuosa en el suelo argentino, imponiéndose a los patriotas -inconscientes de su fuerza irresistible, y arrastrando como hojarasca -todas las combinaciones de la política y los cálculos de la diplomacia. -Así procuraba explicarme, repito, ese sentimiento de repulsión que -continuaba dominándome; y fué armado de esa inflexibilidad moral, de ese -convencimiento recio e inabordable, que eché a rodar mi cuerpo y mi -espíritu por esos mundos de Dios, movido por un impulso que creí durara -un año y que me mantuvo casi tres, lustros lejos de mi patria. Fué -durante ese tiempo y bajo la acción de los medios en que vivía, que mis -ideas sobre el gobierno de los hombres, empezaron a recibir los primeros -choques, a perder su austeridad, por decirlo así, y a moverse de tal -suerte, que aun hoy las siento crujir, presintiendo vagamente que he de -llegar al término de mi jornada sin encontrar los medios de resolver el -conflicto. - -Ocúrreseme, pues, exponer sinceramente las fases de esa crisis, -augurando a mis jóvenes lectores argentinos que, cual más, cual menos, -pasarán todos por la misma, por poco que la proyección de su pensamiento -alcance a la región de las ideas generales. - - -II - -Hace ya más de medio siglo que Tocqueville reveló a la Europa el curioso -fenómeno de la democracia natural, que había encontrado en los Estados -Unidos; y digo natural, porque a mis ojos el mérito extraordinario de -ese pensador, hoy un tanto olvidado y a cuyas obras sólo falta la -mortaja del pergamino, fué ver en la democracia americana un hecho -social y no un hecho legal. Vió que ese organismo político había surgido -del seno de ese pueblo, por causas tan lógicas como las que determinan -el clima de una región, y auguró a la Europa, para época no lejana, el -advenimiento de la democracia triunfante, así que las condiciones -sociales que en ella predominaban, se fueran acercando, bajo la acción -de los progresos, de la ciencia y de la educación popular, al estado en -que se hallaba la sociedad norteamericana. Tocqueville fué más lejos -aún, y en un capítulo admirable dió la voz de alerta contra los peligros -que ese triunfo definitivo podría traer para el progreso humano. Como -acción general, la palabra de Tocqueville cayó en el vacío; los Estados -Unidos eran para la Europa una nebulosa, interesante, sin duda, pero -extraña a su sistema; algo así como los canales de Venecia, que se -admiran sin que por eso se le ocurra a nadie cavar y llenar de agua las -calles de París o Viena. - -Tocqueville estudiaba la marcha de la marea desde los orígenes de la -historia moderna, y al determinar la ley de ascensión del número sobre -las clases, en los organismos sociales, predecía, tal vez para una época -más remota que la actual, el ascendiente irresistible de las masas. Más -tarde, otro espíritu superior, tan noble y puro como el de Tocqueville, -pero quizá más apasionado y menos sereno, Stuart Mill, llegaba, por el -estudio del desenvolvimiento humano, al que había aplicado las reglas de -una lógica por él dotada de nueva vida y vigor, a ese socialismo vago, -indeterminado y temeroso, en el que caen los espíritus sinceros que en -la tensión especulativa, pierden el contacto moderador de la tierra. -Stuart Mill no cayó bajo aquella desesperanza triste y profunda que -invadió el alma de Tocqueville, el día del golpe de Estado del 2 de -Diciembre; pero la sorda irritación de su espíritu, ante la lentitud de -las reformas que reclamaba como indispensables para la sociedad política -de Inglaterra, le minaba sordamente. Era inglés y conocía a su patria; -sabía que si ésta se había salvado de los horrores del 93, si no debía -temerlos para lo futuro, como los temía Heine para la Alemania, era -precisamente por ese andar pausado de la historia inglesa, ese respeto -profundo a lo pasado, ese fetiquismo de lo existente, que sólo se rinde -a la innovación cuando ésta ha penetrado ya en las costumbres. Nacía, la -prisa de Mill, de que sentía rugir sordamente la ola; comprendía que -nada ni nadie podría resistirla y juzgaba que, de no allanarle el -camino, arrasaría todo. - -Y bien, el hecho se ha producido, antes de la época predicha, y hoy nos -encontramos con la democracia triunfante en las ideas, en las -costumbres y en las leyes. Veamos si la sociedad humana se va acercando -al ideal, al objetivo lógico de todo organismo, colectivo o individual, -esto es, a su bienestar y su perfeccionamiento. - - -III - -Es indudable que las condiciones de la vida humana en el presente son -infinitamente superiores a las del pasado. Por un fenómeno curioso, a -medida que el sentimiento religioso se ha ido debilitando en la -conciencia de los hombres, aquella piedad que él proclamaba como -elemento de salvación y regla normal de la existencia, ha venido -desarrollándose, ya sea por las exigencias de la defensa social, ya -porque la cultura del espíritu determine un sentimiento de solidaridad, -desconocido para aquellos que vivieron petrificados en la legitimidad de -la división por castas. En todos los pueblos civilizados la caridad se -ha organizado y a más de los donativos espontáneos, una buena parte de -la renta pública está destinada a la manutención y abrigo de los -desheredados. Hace cien años cada cama de hospital era, más que lecho, -tumba de tres o más enfermos. Las gentes del campo esperaban como una -bendición el retorno de la primavera, para alimentarse de las yerbas, a -la par de los animales que custodiaban. Las leyes penales, de una -crueldad inexcusable, castigaban los delitos del proletario con más -rigor que los crímenes del grande. Las jurisdicciones especiales eran la -regla, y la justicia era un mito que la imaginación popular, sumida en -la desesperanza, colocaba en el pasado. Hoy, es tal la condición -material del obrero, del agricultor, del vago mismo, que habría sido un -sueño ahora un siglo. Aquel obrero que en su furia instintiva arrojó al -Ródano la máquina de tejer inventada por Jacquard, sin comprender que no -hay ahorro de fuerza que no aproveche a la humanidad entera, fué el -último representante de su tiempo. Con su grito de cólera se hundió para -siempre la esclavitud del hombre y surgió el imperio de la ciencia sobre -la naturaleza. La Revolución francesa, con sus declaraciones, sus -derechos políticos, sus sacudimientos, sus grandezas y sus horrores, -habría sido estéril para la humanidad, como lo fueron las de 1640 y 1688 -de Inglaterra, si no hubiera precedido por pocos años aquel esfuerzo de -la inteligencia humana que, con la física, la química y la mecánica, iba -a transformar la faz del universo. - -No es, pues, a las instituciones políticas que corresponde el honor del -mejoramiento incontestable en las condiciones de la vida humana. La -rapidez en el transporte de los cuerpos, en la transmisión de las ideas -y de la palabra, no es mayor en Suiza que en Rusia; los descubrimientos -de Claudio Bernard, de Chevreul y de Pasteur son la base de la industria -así en Austria como en Bélgica. Bajo el punto de vista del bienestar -humano, pues, ¿qué diferencia esencial hay entre los pueblos que gozan -de instituciones democráticas y aquellos que se mantienen aún bajo el -régimen monárquico? Confieso que no la veo; diferencia la hay, -indudablemente, pero responde a causas completamente ajenas a este orden -de ideas. Sería tan absurdo atribuir la potencia industrial de la -Francia a su sistema actual de gobierno, como responsabilizar a la -reyecía portuguesa de la decadencia de ese pueblo. - -Por lo demás, la fuerza del sentimiento democrático no radica en su -incorporación a las leyes positivas, sino en su mayor o menor difusión -en un pueblo y en su imperio en las costumbres. Si se da a la democracia -su sentido general, que es algo más que el gobierno de todos para todos, -que es la igualdad de derechos, la conciencia de la dignidad individual, -sería absurdo suponer que un ciudadano argentino o francés, es más -demócrata que un inglés. El hecho de ser nosotros o los franceses -gobernados por un presidente electo, y los ingleses por un monarca -hereditario, es tan insignificante para el desenvolvimiento de la -sociabilidad humana como las tempestades de la atmósfera terrestre para -la marcha del astro en el espacio. La monarquía hizo la Francia, la -aristocracia hizo la Inglaterra, la oligarquía ha hecho a Chile, la -democracia ha creado los Estados Unidos; he ahí hechos históricos -incontestables. Pero ¿quién puede negar que la monarquía mató a la -España, la aristocracia a la Polonia, la oligarquía a Venecia y la -democracia a la vieja Italia? La historia se ríe ante la virtud mirífica -de las instituciones; imitarlas, adaptarlas, todo es inútil. Se puede -retardar el desarrollo de un pueblo con tanta fuerza, dándole una -constitución liberal, como sujetándolo a un régimen absolutista. Las -causas del progreso son más hondas y complicadas; las palabras, por más -solemnemente que se escriban, no cambian ni modifican los hechos. España -tiene hoy el juicio por jurados, el matrimonio civil, el sufragio -universal, códigos civil y penal que son modelos del género; todas las -conquistas de la democracia, en fin, incorporadas a la legislación -positiva. En Inglaterra, el sufragio es restringido; la legislación -política, civil y criminal es un caos, en el que los mismos -jurisconsultos se pierden. Sin embargo, medid el camino andado por los -dos pueblos! - - -IV - -Entonces, si el régimen de gobierno es un factor despreciable en el -problema de la felicidad humana, ¿por qué esas luchas incesantes de los -pueblos, esos esfuerzos constantes por conquistar la libertad bajo todas -sus formas? ¿Es un error general de la especie, y después de tantos -siglos vamos a tener que constatar que toda esa enorme fuerza ha sido -inútilmente gastada? No; lo único que el hombre comprueba es su absoluta -incapacidad para explicar las causas últimas; el día en que se me revele -la razón del organismo social de las hormigas, me será permitido creer -que la ciencia positiva llegará en algún momento a explicar la historia -humana. Uno de los espíritus más luminosos que han surgido en la -humanidad, nos acaba de dejar su testamento filosófico. Renan piensa que -Dios está en formación; que todo este gigante esfuerzo de lo creado, -desde el átomo que existe dentro de la piedra hasta la iniciativa genial -del hombre, desde el movimiento solemne de los mundos desconocidos, -hasta el crecimiento misterioso de la yerba de los campos, todos estos -fenómenos múltiples del Universo, son notas aisladas que un día llegarán -a formar la armonía colosal e inconcebible a la que da el nombre de -Dios. Voltaire había propuesto ya inventarlo; tanto vale lo uno como lo -otro. - -Dejemos, dejemos de lado ese problema de las causas finales, arrojado a -la curiosidad del espíritu como un freno contra su infatuación. -Pensemos, sí, con reposo, que todo va a alguna parte, constatemos el -movimiento sin pretender averiguar el objetivo y volvamos modestamente -los ojos a la tierra. - - -V - -Y, pues que de movimiento hablamos, si no es para la conquista de -regímenes de gobierno determinados, ¿qué causas y qué fin tiene ese -sacudimiento pavoroso, extendido hoy por todo el mundo civilizado, esa -protesta violenta contra el orden existente, que empieza a cubrir de -sombras el porvenir? - -La revolución social está en todas partes. A los sueños de los -enciclopedistas, a las pastorales del abate de Pradt, a los organismos -teatrales de Saint-Simon y a los sofismas elocuentes de Proudhon, ha -sucedido un período de acción que, echando a un lado las especulaciones, -entra resueltamente al combate y ataca de frente al enemigo que la -experiencia ha demostrado ser el único, si bien terrible en la defensa y -poderoso. Ese enemigo es precisamente la base, la piedra angular de -nuestro organismo social, es la idea madre sobre la que hemos levantado -este palacio maravilloso de las convenciones humanas: idea tan fuerte y -extraordinaria que, a partir del momento en que el hombre cesó de ser -una fiera salvaje, ha impuesto a los millones de individuos de la -especie que no tienen pan, el respeto por las vituallas de los que se -hartan; y que, extendiéndose con la ayuda de las convenciones morales, -ha permitido que las mujeres hermosas sólo tengan, algunas veces, un -solo dueño. Esa idea es la de la propiedad, y es contra ella que se -ejercita el empuje del movimiento de reacción que se observa en el mundo -actual. Revelaría un candor y una inocencia incomparables, aquel que -creyera que van en busca de reformas políticas los nihilistas rusos, los -anarquistas franceses, los socialistas alemanes, los _fasci_ italianos, -los huelguistas de Inglaterra y Norte América, los cantonales españoles, -todos los descontentos que, bajo las mil denominaciones que las -circunstancias locales les imponen, trabajan con una unidad de acción -quizá inconsciente, como instrumentos fatales, a la destrucción de lo -existente. ¿Pensáis que ese esfuerzo patente, profundo, como que arranca -de las entrañas mismas de la masa humana, va tras el ideal del régimen -representativo, el cual empieza a tomar los contornos de una -superstición vetusta, o tras el sufragio universal, más ilógico y -absurdo, como criterio de gobierno, que el viejo derecho divino que -suplantó por una aberración de que el mundo moderno empieza a darse -cuenta? No: si el nihilista ruso busca la muerte del zar, es porque la -autócrata representa la propiedad y es la encarnación del orden social -establecido. El anarquista francés se ríe de la democracia imperante, de -la libertad electoral o de las garantías individuales de que goza, como -el inglés, el italiano o el español. - -Es tal el progreso del espíritu humano en este siglo y tan enorme la -suma de datos reunidos y clasificados, tanto en el orden científico como -en el orden moral, que el razonamiento general que autoriza la -previsión, empieza a ejercitarse sobre materias que se confundían, hace -cien años, con los misterios impenetrables de las causas finales. Un -geólogo os dirá hoy cuánto tiempo durará la provisión terrestre de -hulla; un demógrafo la población probable de una ciudad dentro de un -siglo; un filósofo la época, quizá próxima, en la que se extinguirán -para siempre esas luces vagas y vacilantes de los últimos dogmas -sagrados, que fueron el sustento del alma de nuestros mayores. Hace -cincuenta años se predecía el triunfo de la democracia para el fin de -esta centuria, y ya, para decenas de millones de hombres, las -instituciones democráticas parecen vetustas y anticuadas. Puede, pues, -preverse, no ya el triunfo de las nuevas ideas, sino la ruina de las -actuales. Porque el rasgo esencial de toda revolución general y profunda -en la historia, es precisamente su carácter destructor y su incapacidad -absoluta para definir y precisar el ideal nuevo que encarna. Atila -marchaba ciegamente sobre el mundo romano, como la piedra de una honda -lanzada por una mano providencial. La Europa se echaba sobre el Asia en -las Cruzadas, realizadas con un pretexto pueril, y cuatro siglos más -tarde sobre la América, entre sueños de oro y de proselitismo. ¿Pensaba -Alarico, pensaban Godofredo o Ricardo, Pizarro o Cortés, en lo que iban -a levantar sobre las ruinas de lo que destruían? Directores de hombres o -movimientos colectivos inconscientes, todos son instrumentos fatales, -que aparecen en el momento necesario, bajo la acción de leyes -desconocidas, pero reales. - - -VI - -Ante ese problema pavoroso de una transformación social, profunda e -inminente, el espíritu no puede ya apasionarse por las fútiles -combinaciones de la política ni por las excelencias de un sistema de -gobierno sobre otro. ¿Qué significado pueden tener esas palabras mismas: -qué puede entenderse por gobierno, libertad, orden, familia, derecho, -patria, el día que desaparezca el suelo que les da vida: esa idea de la -propiedad que sustenta y sostiene todo nuestro mecanismo social? Ese -desapasionamiento, esa serena contemplación de las corrientes generales -que arrastran a la especie humana en busca de nuevos ideales, es -altamente saludable. Enseña a creer y esperar, enseña a restringir el -horizonte del esfuerzo intelectual y moral, a mejorarnos para ser más -útiles en la tarea transitoria que nos ha sido departida. Al correr de -los tiempos, cuando los últimos baluartes de la sociedad actual hayan -cedido; dentro de dos o tres mil años, cuando se hable de la propiedad -como nosotros hablamos del feudalismo, que no hace aún quinientos años -fué una institución salvadora, tan fuerte que parecía perdurable, ¿qué -nuevos organismos imperarán sobre los escombros de lo que hoy existe? La -insolubilidad del problema no debe inquietarnos, firmes en nuestra fe -inalterable en el destino de la especie, el cual es ir siempre adelante, -al mejoramiento y a la perfección. Si a la milésima generación de -nuestros descendientes se le acaba el carbón, ya encontrarán cómo mover -sus máquinas y defenderse contra el frío; aun queda bastante grasa sobre -la tierra y no la usamos ya para alumbrarnos[24]. Aun esconden los -cerros en sus entrañas bastante oro y ya lo hemos reemplazado con tiras -de papel, más o menos oscilantes en su significación, pero que, por el -momento, constituyen pura y simplemente la base de nuestra organización. -Si los hombres del siglo 50 estudian nuestros códigos civiles, como -nosotros estudiamos la legislación de los vedas, que fué tan positiva en -su época como nuestra reglamentación edilicia actual, opongamos de -antemano, a la sonrisa de conmiseración que nos dedicarán, el asombro -con que constatarán el atraso de ellos mismos, sus propios -descendientes, allá por el siglo 150 o 200. - - [24] Goethe, a principios del siglo pasado, decía que uno de los - mayores benefactores de la humanidad, sería el que inventara una - clase de velas que hiciera inútil el uso de las despabiladeras. - -Si somos razonables, si admitimos que ese movimiento de reacción general -obedece a leyes desconocidas, pero ineludibles, es lógico que nuestros -adversarios, los obreros ciegos del porvenir, reconozcan a su vez la -existencia de leyes en virtud de las cuales nos oponemos a su tendencia. -Ellos sostienen que la propiedad es un anacronismo y una injusticia -monstruosa: nosotros pensamos que sin ella no se habría organizado en -sociedad la raza humana, y que andaríamos aún, como en la edad -primitiva, a dentelladas y trancazo limpio. Ellos nos suprimen por la -dinamita, nosotros los suprimimos por la ley. Debe ser necesario, para -los objetivos finales, ese carácter un tanto agrio de la controversia. -Si las instituciones sociales pudieran modificarse tan fácilmente como -las políticas, bastaría con dos o tres jornadas _gloriosas_, como las de -julio, para que un Ravachol durmiera en el Eliseo o en Windsor. Por el -momento, no teniendo el honor de vivir en el siglo 50 y juzgando que ese -incidente no sería favorable a la felicidad de los hombres, nos oponemos -a él con todas nuestras fuerzas y nos defendemos con todas nuestras -armas. - - -VII - -Jamás una lucha entre los hombres se ha iniciado con caracteres más -horribles. Es precisamente en este momento de la historia humana, en que -la conciencia general condena y maldice las hecatombes del pasado, las -guerras sin cuartel de la antigüedad, el martirio de los cristianos, los -exterminios religiosos de los siglos XVI y XVII, cuando la bestia que la -civilización había conseguido domeñar, se despierta más feroz que nunca -y, en nombre de pretendidos derechos, de sueños de ebrio, asesina -ancianos, mujeres y niños, y elige los corazones más nobles para -partirlos con el puñal del asesino! - -La muerte de Carnot[25] que ha conmovido al mundo entero, porque la -altura moral de ese hombre ennoblecía a la especie toda, parece indicar -que el período fatal se acerca y que el incendio va a comunicarse a toda -la tierra civilizada. ¡Triste y sombría es la perspectiva! En cuanto a -nosotros, aquellos que crean que la riqueza de nuestro suelo y la -facilidad de nuestra vida, van a eximir a nuestro país de ser teatro de -combates de ese género, se equivocan, a mi juicio. Nada hay comparable -en el mundo actual a la condición del proletario francés; la maravillosa -feracidad de esa tierra, su belleza, su desenvolvimiento industrial, la -laboriosidad y la iniciativa de ese pueblo amable e inteligente, su -organización casi perfecta en lo humanamente posible, dan con toda -holgura al obrero, el pan, el salario y la tranquilidad necesarios para -el viaje de la vida. En pocas partes los salarios son más altos, en -ninguna las asociaciones de mutua protección más perfectas, ni la -autoridad más paternal para el desheredado. Y es allí donde estalla con -más fuerza esta reacción iracunda contra la desigualdad social! Se -creería que esos hombres obran movidos por un atavismo inconsciente, por -el rencor acumulado en el corazón de cien generaciones de parias, que ha -venido a estallar precisamente en el momento en que el sufrimiento y el -largo penar cesaban para sus descendientes! ¿Qué remedio oponer? ¿Cómo -hablar de razón al demente enfurecido? El viejo papa, en este estertor -de todas las viejas creencias humanas, habla un lenguaje ya muerto sobre -la tierra, y hace un llamado a esos descarriados para que vuelvan al -seno de la Iglesia. Otros, los filósofos, los teóricos, los que tienen -fe en la eficacia de la inteligencia humana, hablan del socialismo de -Estado. No es una novedad el nuevo específico y el éxito de los ensayos -hechos no anima por cierto a recomenzarlos. Además, preconizar la -omnipotencia del Estado ante aquellos que buscan ciegamente su -aniquilamiento, paréceme realmente un ilogismo candoroso. - - [25] En los seis años transcurridos desde que estas páginas fueron - escritas, nuevas víctimas no menos nobles, no menos ilustres, han - caído asesinadas. Cánovas, la emperatriz Isabel, el rey Humberto I, - el Presidente Mackinley continúan la serie, sin que las sombras que - cubren el horizonte nos permitan esperar que esta se haya cerrado - para siempre. - -En 1836, cuando la democracia estaba lejos de triunfar sobre el mundo -europeo, ante los peligros que su victoria hacía entrever para el -porvenir, el noble escritor que antes he citado, exclamaba: - -"¿Pensaré que el Creador ha hecho al hombre para dejarle agitarse en -medio de las miserias intelectuales que nos rodean? No puedo creerlo: -Dios prepara a las sociedades europeas un porvenir más fijo y más -tranquilo; ignoro sus designios, pero no cesaré de creer en ellos porque -no puedo penetrarlos y prefiero dudar de mis luces que de su justicia." - -Esa es la buena palabra y esa es la buena ruta para todos, para aquellos -que dudan, como para los que creen que el mundo marcha guiado por una -voluntad divina. De la misma manera que las batallas se ganan por la -suma de los esfuerzos individuales, y que el deber del soldado es -combatir y vencer al enemigo que tiene al frente, el deber de cada -hombre es trazar su camino con claridad y seguirlo con firmeza. Un país -será próspero y grande, no porque se desenvuelva bajo tal o cual -régimen de gobierno, sino porque sus hijos conciban bien sus deberes de -patriotismo y los cumplan como buenos. El patriotismo no está sólo en -pelear en los combates al son del himno y a la sombra de la bandera, no -está sólo en cantar las glorias patrias; está también y sobre todo en la -prudencia, la fuerza de voluntad para contener las indignaciones -violentas, la fe en la evolución que cura, y no en el prurito de la -revolución que mata. "La verdad y el derecho legitiman algunas y raras -revoluciones, pero no acompañan, en todo lo que emprende, al espíritu -revolucionario. Lo que se llama así, no es el noble espíritu que animaba -a los autores de las revoluciones necesarias; es el gusto de las -revoluciones por ellas mismas; es el movimiento continuo de esas almas -sin regla que la imaginación gobierna a falta de la razón, aquellas para -quienes las ideas innovadoras son las solas verdaderas y las ideas -extremas las únicas lógicas. Los que juzgan todo permitido a la -abnegación, toman por abnegación al fanatismo y creen absueltas, y aun -santificadas en sus excesos, las pasiones que hacen el mal en nombre del -bien. El espíritu revolucionario, no, no es la adhesión de un Holandés a -la revolución de 1579, de un Inglés a la revolución de 1688, de un -Americano a la de 1776, de un Francés a la revolución de 1789; es el -amor por las revoluciones sin término. Harto ha sacudido nuestro país -ese genio de la agitación perpetua. Harto nos ha faltado esa constancia -que se apega a los bienes adquiridos y sabe guardar sus conquistas. -Soñarlo todo, tentarlo todo, es el medio de perderlo todo." ¿No parecen, -acaso, escritas para nosotros esas palabras que el luminoso espíritu de -Carlos de Rémusat pone al frente de sus admirables estudios sobre la -_Inglaterra en el siglo XVIII_? - - -VIII - -En cuanto a nuestras sociedades nuevas y en formación, la manera como en -ellas repercuten los fenómenos políticos y sociales de carácter general -que hemos apuntado, constituye un problema especial, cuya solución no -está en nuestras manos. No son las instituciones, no son las leyes, lo -hemos visto ya, las que fijarán y determinarán el rumbo deseado. El -factor principal que, en el estado actual de la Europa, ejerce una -influencia poderosa e indiscutida en la gestación que está elaborando -los nuevos destinos humanos: la raza, sufre entre nosotros una -modificación tan fundamental, que complica y da otro aspecto al -problema. - -¿Preponderará con el tiempo algún espíritu especial de raza entre -nosotros? ¿Los grandes e irresistibles medios de asimilación que posee -el suelo americano, y en él el nuestro principalmente, concluirán por -hacer del pueblo que habita la vasta región argentina, una sociedad -homogénea, con caracteres étnicos propios? Todo parece indicarlo así; -pero no está tampoco ahí el problema del porvenir. - -No se puede hacer que los ríos remonten su corriente, y la vieja -farmacopea es inútil ante la patología actual. Reformar nuestra -constitución, en el sentido de hacer desaparecer sus aberraciones y -arcaísmos, es como quitar la mancha de una mosca en el disco de un -telescopio para ver más cercanos los astros. Agregarle, en forma -preceptiva, las tres o cuatro aspiraciones socialistas formuladas en -primer término, sería inhábil y peligroso: la concesión de una parte -nunca satisfizo a los que piden el todo. Además, volvemos a lo mismo: -la ineficacia de la ley escrita, buena o mala. Los ingleses, contentos y -cómodos dentro de su caos institucional, comparaban a la constitución -norteamericana con un aro de acero puesto a un tronco joven, y auguraban -que impediría el crecimiento de éste. Los americanos contestaban que el -aro se haría flexible y se ensancharía armoniosamente con el árbol. No, -no es eso; el árbol crece porque sus raíces están en tierra fecunda, y -el fenómeno del desenvolvimiento de ese pueblo responde a causas ajenas -a la influencia de su constitución política. - -No, no reformemos nuestra carta. Con ella vamos un poco a tropezones, -pero vamos. Habría tanta justicia en atribuirle nuestras miserias, como -nuestros éxitos. Los que sueñan con el régimen parlamentario como -panacea, o los que desearían ver sancionado por la ley política el -unitarismo imperante de hecho, me hacen el efecto de los que procuran -resolver el problema de la aviación con cuerpos más ligeros que el aire, -cuando la experiencia nos enseña que las aves pesan más que aquél. - -¿Y el remedio, entonces? se nos dirá a los que arriesgamos pasar por -pesimistas, al presentar sinceramente un cuadro de observaciones hechas -serena y desapasionadamente. No vislumbramos sino uno: la cultura moral -del individuo, que determinará la cultura y la inteligencia de la masa. -El átomo caracteriza al cuerpo, y si el átomo es susceptible de -perfeccionamiento, ahí está el remedio supremo. La esperanza y el honor -de la raza humana, está en la noción innata del deber; ese es el átomo -que hay que cultivar y perfeccionar. Su desenvolvimiento sano y vigoroso -dará vida a las virtudes necesarias para la armonía y el progreso -social. - -Es vulgar y nimio, pero el hombre no ha inventado otra cosa. Tengamos -siempre limpio el corazón, cultivemos siempre la inteligencia: al -resplandor de esas luces, es difícil errar el buen camino. Nunca -alcanzaremos la conciencia de marchar en él, pero es el único remedio de -tener la de intentarlo. - - - - -Ocaso - - París, Enero de 1902. - - -La primera impresión, al pisar de nuevo el suelo francés, es complicada -y compleja: sin embargo, dos rasgos característicos parecen desprenderse -sobre el confuso ondear del espíritu, que, curioso, vuela de una -sensación a otra, como buscando la clave de un enigma. El primero de -esos rasgos, es la persistencia irreductible de los modos y formas que -esta mezcla de razas, cuya resultante es el francés, se ha dado para -vivir su vida. Todos los pueblos de la Europa, los del Extremo Oriente -mismo, el Japón ayer, tal vez mañana la China, modifican su modalidad, -incompatible ya con el concepto de la vida actual y la necesidad de -luchar por ella; todos se adaptan flexiblemente a las exigencias de un -ambiente diverso al que respiraron durante siglos, todos cambian sus -métodos de trabajo, sus sistemas de producción, mostrándose así -dispuestos a disputar el terreno a todo competidor. La Francia, única, -ve que la rutina la está minando como un mal sordo e inflexible; ve que, -de la cumbre desde donde, no ha mucho, dominaba a la humanidad, va -descendiendo con una rapidez que, medida con la vasta unidad de tiempo -con que se computan los movimientos de los pueblos sobre la tierra, es -realmente vertiginosa. Su población disminuye; la cifra de su comercio -baja anualmente, a medida que sube la de su deuda; los hombres todos del -globo que, movidos por esa claustrofobia que echa a los seres humanos -fuera de su casa y de su patria--y que otrora no tenían más norte que -París,--se sienten hoy atraídos por muchos otros centros que, explotando -las afinidades de raza y las facilidades del idioma, hacen esfuerzos de -todo género por acaparar una parte de la incomparable clientela de -París. La Francia sabe todo eso; pero su concepción de la vida es tan -armónica con la estructura de la gente que la habita, que cambiarla en -este momento de su vida histórica, le es poco menos que imposible. De -ahí se desprende el segundo rasgo característico de que antes hablé: la -impresión de decadencia. - -Decadencia innegable. Contra la ley de evolución que hace desaparecer -naciones enteras, imperios poderosos, ciudades estupendas, hasta no -dejar de ellas ni rastros sobre la corteza del globo, algunos pueblos -modernos parecen precaverse hasta donde la humana prudencia alcanza a -ver. La Inglaterra a la cabeza, ha cubierto el mundo con ramas vigorosas -de su tronco robusto; cuando la isla, orgullosa como la Samos de -Polícrates y como ella guerrera y rica, haya desaparecido, como -desapareció aquella maravilla del mar Egeo, nuevos pueblos de habla y -alma inglesas, surgirán triunfantes y enérgicos, como surgen hoy esos -Estados Unidos de América, que son la pesadilla de la Europa. - -Pero esta dulce Francia, ¿cómo va a revivir en el tiempo y el espacio? -¿Será acaso en su Argelia más irreductible que el acero, tan árabe hoy -como el día de la conquista, tan cerrada a todo espíritu que no arranque -del Corán y sobre la que han pasado, rozando apenas su epidermis, dos -mil años de cultura greco-romana y otros tantos de cristianismo? ¿Será -en las vastas regiones de la Indo-China, donde su espíritu lucha, no ya -con la tenacidad del semita africano, sino con la flexible y moluscular -blandura del ariano asiático, sobre cuya alma ningún sello deja -impresión durable? ¿Será en el Africa obscura, tan impenetrable a su -espíritu luminoso, como sus bosques centrales al paso del europeo? - -No, organismos como estos, a los que un capricho de la historia ha -permitido, un momento de su vida, unir la fuerza y la riqueza a la -inteligencia y a la más alta cultura, no pueden persistir. Como la madre -admirable que la dió vida, como aquella Grecia que, mientras engendraba -todo lo grande, todo lo noble, todo lo bello que han conocido los -hombres sobre la tierra, sacaba del inagotable fondo de su energía, -fuerzas para luchar contra el Bárbaro o para desgarrarse en lucha -fratricida, la Francia terminará el corto ciclo de su hegemonía política -y guerrera, en la conciencia de perderla para siempre. Sentirá que la -atmósfera ha variado por completo para ella--y en la imposibilidad de -modificar su organismo, vivirá, como la vieja madre, en la contemplación -del pasado. Y a medida que la nueva forma de Barbarie, el modo -americano, vaya invadiendo la tierra entera, destruyendo aquí una obra -de arte, allí un recuerdo histórico, más allá un monumento consagrado a -perpetuar un ridículo acto de sublime desinterés, a medida que el pico -demoledor del contratista de casernas de diez pisos en avenidas de -cincuenta metros, derribe cuanto a su paso encuentre, de todos los -rincones de la tierra habitada, vendrán en peregrinación a esta nueva -ciudad de Pallas Athenea, todos los hombres que conservan el alma -enamorada del arte. París ni será ya, quizá, el centro sensual de hoy; -su epicureísmo se habrá refinado, inmaterializado casi. Y como en el -mundo romano, a partir del segundo siglo del imperio, la atracción de -Atenas crecía a medida que la conquista se extendía, así París, a medida -que el espíritu penetre más y más en los rincones hoy silenciosos del -globo, será la luz única que en medio de la opaca atmósfera ambiente, -vendrán a buscar todos los asfixiados de ese triste mundo. - -Y quién sabe si el francés, de día en día más cómodo en su rica y -despoblada tierra y por tanto más sedentario, acabará por ser, en el -extranjero, un objeto de curiosidad, al que se hará venir a precio de -oro, como los sátrapas persas a los artistas griegos, para levantar un -templo a los dioses, para esculpir en mármol la figura de un triunfador -en la palestra, para enseñar el arte divino de la música o el no menos -olímpico de incrustar en el verso rítmico y cadencioso, el alto -pensamiento o el concepto gentil. - -Y así la historia, como todo lo creado, continuará renovándose -eternamente, bajo la serena indiferencia de la naturaleza, que es lo -único inmutable. - - - - -INDICE - - - Págs. - - Miguel Cané 4 - - Advertencia de la presente reedición 7 - - Prólogo, por Horacio Ramos Mejía 9 - - - JUVENILIA - - Advertencia del autor 23 - - Introducción 25 - - I. 35 - - II. 39 - - III. 41 - - IV. 45 - - V. 49 - - VI. 51 - - VII. 53 - - VIII. 57 - - IX. 59 - - X. 61 - - XI. 65 - - XII. 67 - - XIII. 71 - - XIV. 73 - - XV. 75 - - XVI. 79 - - XVII. 83 - - XVIII. 85 - - XIX. 89 - - XX. 91 - - XXI. 93 - - XXII. 97 - - XXIII. 101 - - XXIV. 105 - - XXV. 109 - - XXVI. 115 - - XXVII. 119 - - XXVIII. 123 - - XXIX. 127 - - XXX. 131 - - XXXI. 133 - - XXXII. 135 - - XXXIII. 137 - - XXXIV. 141 - - XXXV. 143 - - XXXVI. 147 - - - PROSA LIGERA - - - =España= - - Una visita de Núñez de Arce 155 - - Por montes y por valles 165 - - El arte español 177 - - La cuestión del idioma 191 - - - =En la tierra= - - Tucumana 205 - - La primera de "Don Juan" en Buenos Aires 217 - - En el fondo del río 227 - - De cepa criolla 245 - - A las cuchillas 261 - - Aguafuerte 285 - - - =Recordando= - - Mi estreno diplomático 295 - - Sarmiento en París 313 - - Nuevos rumbos humanos 345 - - Ocaso 365 - - - * * * * * - - - Nota del Transcriptor: - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Juvenilla; Prosa ligera, by Miguel Cané - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK JUVENILLA; PROSA LIGERA *** - -***** This file should be named 41575-8.txt or 41575-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/1/5/7/41575/ - -Produced by Adrian Mastronardi, Carlos Colon and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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