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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La lucha por la vida; Aurora roja - -Author: Pío Baroja - -Release Date: August 20, 2012 [EBook #40544] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; AURORA ROJA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net - - - - - - - -Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones -ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación -presentes en el texto. - - - - -LA LUCHA POR LA VIDA - -Aurora Roja. - - -OBRAS DEL MISMO AUTOR - -=Vidas sombrías=; un volumen. - -=La casa de Aizgorri=, novela en siete jornadas; ídem. - -=Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox=; ídem. - -=Camino de perfección (pasión mística)=, novela; ídem. - -=El Mayorazgo de Labraz=, novela; ídem. - -=Idilios vascos=; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem. - -LA LUCHA POR LA VIDA - -=La Busca= (novela); un vol. - -=Mala hierba= (novela); un vol. - -=Aurora roja= (novela); un vol. - - - - -LA LUCHA POR LA VIDA - -Aurora Roja. - -NOVELA - -POR - -PIO BAROJA - -{imagen decorativa} - -MADRID - -LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ. - -1904. - -ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS - - - - -Aurora Roja[*] - -[*] Los episodios que preceden á AURORA ROJA, se titulan LA BUSCA y MALA -HIERBA. - - - - -PROLOGO - -Cómo Juan dejó de ser seminarista. - - -Habían salido los dos muchachos á pasear por los alrededores del pueblo, -y á la vuelta, sentados en un pretil del camino, cambiaban á largos -intervalos alguna frase indiferente. - -Era uno de los mozos alto, fuerte, de ojos grises y expresión jovial; el -otro, bajo, raquítico, de cara manchada de roseolas y de mirar adusto y -un tanto sombrío. - -Los dos, vestidos de negro, imberbe el uno, rasurado el otro, tenían -aire de seminaristas; el alto, grababa con un cortaplumas en la corteza -de una vara una porción de dibujos y de adornos; el otro, con las manos -en las rodillas, en actitud melancólica, contemplaba, entre absorto y -distraído, el paisaje. - -El día era de otoño, húmedo, triste. A lo lejos, asentada sobre una -colina, se divisaba la aldea con sus casas negruzcas y sus torres más -negras aún. En el cielo gris como una lámina mate de acero subían -despacio las tenues columnas de humo de las chimeneas del pueblo. El -aire estaba silencioso; el río, escondido tras de un boscaje resonaba -vagamente en la soledad. - -Se oía el tintineo de las esquilas y un lejano tañer de campana. De -pronto resonó el silbido estridente de un tren; luego se vió aparecer -una blanca humareda entre los árboles, que pronto se convirtió en una -neblina suave. - ---Vámonos ya--dijo el más alto de los mozos. - ---Vamos--repuso el otro. - -Se levantaron del pretil del camino, en donde estaban sentados, y -comenzaron á andar en dirección del pueblo. - -Una niebla vaga y melancólica comenzaba á cubrir el campo. La carretera, -como una cinta violácea, manchada por el amarillo y el rojo de las hojas -muertas, corría entre los altos árboles desnudos por el otoño hasta -perderse á lo lejos, ondulando en una extensa curva. Las ráfagas de aire -hacían desprenderse de las ramas á las hojas secas que correteaban por -el camino. - ---Pasado mañana ya estamos otra vez allí--dijo el mocetón alegremente. - ---Quién sabe--replicó el otro. - ---¿Cómo quién sabe? Yo lo sé y tú también. - ---Tú sabrás que vas á ir; yo, en cambio, sé que no voy. - ---¿Que no vas? - ---No. - ---¿Y por qué? - ---Porque estoy decidido á no ser cura. - -Tiró el mozo al suelo la vara que había labrado, y quedó contemplando á -su amigo con extrañeza. - ---Pero tú estás loco, Juan. - ---No, no estoy loco, Martín. - ---¿No piensas volver al seminario? - ---No. - ---¿Y qué vas á hacer? - ---Cualquier cosa. Todo menos ser cura; no tengo vocación. - ---¡Toma! ¡Vocación! ¡vocación! Tampoco la tengo yo. - ---Es que yo no creo en nada. - -El buen mozo se encogió de hombros cándidamente. - ---Y el padre Pulpon, ¿cree en algo? - ---Es que el padre Pulpon es un bandido, un embaucador--dijo el más bajo -de los dos con vehemencia--, y yo no quiero engañar á la gente, como él. - ---Pero hay que vivir, chico. ¿Si yo tuviera dinero me haría cura? No; me -iría al campo y viviría la vida rústica y trabajaría la tierra con mis -propios bueyes, como dice Horacio: _Paterna rura bobus, exercet suis_; -pero no tengo un cuarto, y mi madre y mis hermanas están esperando que -acabe la carrera. ¿Y qué voy á hacer? Lo que harás tú también. - ---No, yo no. Tengo la decisión firme, inquebrantable, de no volver al -seminario. - ---¿Y cómo vas á vivir? - ---No sé; el mundo es grande. - ---Eso es una niñada. Tú estas bien, tienes una beca en el seminario. No -tienes familia... Los profesores han sido buenos para ti... podrás -doctorarte... podrás predicar... ser canónigo... quizás obispo. - ---Aunque me prometieran que había de ser Papa, no volvería al seminario. - ---¿Pero por qué? - ---Porque no creo; porque ya no creo; porque no creeré ya más. - -Calló Juan y calló su compañero, y siguieron caminando uno junto á otro. - -La noche se entraba á más andar, y los dos muchachos apresuraron el -paso. El mayor, después de un largo momento de silencio, dijo: - ---¡Bah!... Cambiarás de parecer. - ---Nunca. - ---Apuesto cualquier cosa á que eso que me dijiste del padre Pulpon te ha -hecho decidirte. - ---No; todo eso ha ido soliviantándome; he visto las porquerías que hay -en el seminario; al principio lo que vi me asombró y me dió asco; luego -me lo he explicado todo. No es que los curas son malos; es que la -religión es mala. - ---Tú no sabes lo que dices, Juan. - ---Cree lo que quieras. Yo estoy convencido; la religión es mala porque -es mentira. - ---Chico, me asombra oirte. Yo que te creía casi un santo. ¡Tú, el mejor -discípulo del curso! ¡El único que tenía verdadera fe, como decía el -padre Modesto! - ---El padre Modesto es un hombre de buen corazón, pero es un alucinado. - ---¿Tampoco crees en él? ¿Pero cómo has cambiado de ese modo? - ---Pensando, chico. Yo mismo no me he dado cuenta de ello. Cuando comencé -á estudiar el cuarto año con don Tirso Pulpon todavía tenía alguna fe. -Aquel año fué el del escándalo que dió el padre Pulpon con uno de los -chicos del primer curso, y te digo la verdad, para mí fué como si me -hubiesen dado una bofetada. Al mismo tiempo que con don Tirso, estudiaba -con el padre Belda, que como dice el lectoral, es un ignorante profeso. -El padre Belda le odia al padre Pulpon, porque Pulpon sabe más que él, y -encargó á otro chico y á mí que nos enteráramos de lo que había pasado. -Aquello fué como meterse en una letrina. ¡Yo qué había de sospechar lo -que pasaba! No sé si tú lo sabrás; pero si no lo sabes, te lo digo: el -seminario es una porquería completa. - ---Sí, ya lo sé. - ---Un horror. Desde que me enteré de estas cosas, no sé lo que me pasó; -al principio sentí asombro; luego, una gran indignación contra toda esa -tropa de curas viciosos, que desacreditan su ministerio. Luego leí -libros, y pensé y sufrí mucho, y desde entonces ya no creo. - ---¿Libros prohibidos? - ---Sí. - ---Últimamente, en la época de los exámenes, dibujé una caricatura -brutal, horrorosa, del padre Pulpon, y algún amiguito suyo se la -entregó. Estábamos á la puerta del seminario hablando, cuando se -presentó él: «¿Quién ha hecho esto», dijo enseñando el dibujo. Todos se -callaron; yo me quedé parado. «¿Lo has hecho tú?», me preguntó. Sí, -señor. «Bien, ya tendremos tiempo de vernos.» Te digo que con esa -amenaza los primeros días que estuve aquí no podía ni dormir. Estuve -pensando una porción de cosas para sustraerme á su venganza, hasta que -se me ocurrió que lo más sencillo era no volver al seminario. - ---Y esos libros que has leído, ¿qué dicen? - ---Explican cómo es la vida, la verdadera vida, que nosotros no -conocemos. - ---¡Mal haya ellos! ¿Cómo se llaman esos libros? - ---El primero que leí fué _Los Misterios de París_; después, _El judío -errante y Los Miserables_. - ---¿Son de Voltaire? - ---No. - -Martín sentía una gran curiosidad por saber qué decían aquellos libros. - ---¿Dirán barbaridades? - ---No. - ---¡Cuenta! ¡Cuenta! - -En Juan habían hecho las lecturas una impresión tan fuerte, que -recordaba todo con los más insignificantes detalles. Comenzó á narrar lo -que pasaba en _Los Misterios de París_, y no olvidó nada; parecía haber -vivido con el Churiador y la Lechuza, con el Maestro de escuela, el -príncipe Rodolfo y Flor de María; los presentaba á todos con sus rasgos -característicos. - -Martín escuchaba absorto; la idea de que aquello estaba prohibido por la -Iglesia, le daba mayor atractivo; luego, el humanitarismo declamador y -enfático del autor, encontraba en Juan un propagandista entusiasta. - -Ya había cerrado la noche. Comenzaron los dos seminaristas á cruzar el -puente. El río turbio, rápido, de color de cieno, pasaba murmurando por -debajo de las fuertes arcadas, y más allá, desde una alta presa cercana, -se derrumbaba con estruendo, mostrando sobre su lomo haces de caña y -montones de ramas secas. - -Y mientras caminaban por las calles del pueblo, Juan seguía contando. La -luz eléctrica brillaba en las vetustas casas, sobre los pisos -principales, ventrudos y salientes, debajo de los aleros torcidos, -iluminando el agua negra de la alcantarilla que corría por en medio del -barro. Y el uno contando y el otro oyendo, recorrieron callejas -tortuosas, pasadizos siniestros, negras encrucijadas... - -Tras de los héroes de Sue, fueron desfilando los de Victor Hugo, -monseñor Bienvenido, y Juan Valjean, Javert, Gavroche, Fantina, los -estudiantes y los bandidos de Patron Minette. - -Toda esta fauna monstruosa bailaba ante los ojos de Martín una terrible -danza macabra. - ---Después de esto--terminó diciendo Juan--he leído los libros de Marco -Aurelio y los Comentarios de César, y he aprendido lo que es la vida. - ---Nosotros no vivimos--murmuró con cierta melancolía Martín--. Es -verdad; no vivimos. - -Luego, sintiéndose seminarista, añadió: - ---Pero bueno; ¿tú crees que habrá ahora en el mundo un metafísico como -Santo Tomás? - ---Sí--afirmó categóricamente Juan. - ---¿Y un poeta como Horacio? - ---También. - ---Y entonces, ¿por qué no los conocemos? - ---Porque no quieren que los conozcamos. ¿Cuánto tiempo hace que escribió -Horacio? Hace cerca de dos mil años; pues bien, los Horacios de ahora se -conocerán en los seminarios dentro de dos mil años. Aunque dentro de dos -mil años ya no habrá seminarios. - -Esta conjetura, un tanto audaz, dejó á Martín pensativo. Era, sin duda, -muy posible lo que Juan decía. Tales podrían ser las mudanzas y truecos -de las cosas. - -Se detuvieron los dos amigos un momento en la plaza de la iglesia, cuyo -empedrado de guijarros manchaba á trozos la hierba verde. La pálida luz -eléctrica brillaba en los negros paredones de piedra, en los saledizos, -entre los lambrequines, cintas y penachos de los escudos labrados en los -chaflanes de las casas. - ---Eres muy valiente, Juan--murmuró Martín. - ---¡Bah! - ---Sí, muy valiente. - -Sonaron las horas en el reloj de la iglesia. - ---Son las ocho--dijo Juan--; me voy á casa. Tú mañana te vas, ¿eh? - ---Sí; ¿quieres algo para allá? - ---Nada. Si te preguntan por mí, diles que no me has visto. - ---¿Pero es tu última resolución? - ---La última. - ---¿Por qué no esperar? - ---No. Me he decidido ya á no retroceder nunca. - ---Entonces, ¿hasta cuándo? - ---No sé...; pero creo que nos volveremos á ver alguna vez. ¡Adiós! - ---Adiós; me alegraré que te vaya bien por esos mundos. - -Se dieron la mano. Juan salió por detrás de la iglesia al ejido del -pueblo, en donde había una gran cruz; luego bajó hacia el puente. -Martín, entró por una tortuosa callejuela, un tanto melancólico. Aquella -rápida visión de una vida intensa le había turbado el ánimo. - -Juan, en cambio, marchaba alegre y decidido. Tomó el camino de la -estación, que era el suyo. Una calma profunda envolvía el campo; la luna -brillaba en el cielo; una niebla azul se levantaba sobre la tierra -húmeda, y en el silencio de la noche apacible, sólo se oía el estruendo -de las aguas tumultuosas del río al derrumbarse desde la alta presa. - -Pronto vió Juan á lo lejos brillar entre la bruma un foco eléctrico. Era -de la estación. Estaba desierta; entró Juan en una obscura sala ocupada -por fardos y pellejos. Andaba por allí un hombre con una linterna. - ---¿Eres tú?--le dijo á Juan. - ---Sí. - ---¿Qué has hecho que has venido tan tarde? - ---He estado despidiéndome de la gente. - ---Bueno; ya tienes preparado tu equipaje. ¿A qué hora vas á salir? - ---Ahora mismo. - ---Está bien. - -Juan entró en la casa de su tío, y luego en su cuarto; tomó un saco de -viaje y un morralillo, y salió al andén. Se oyó el timbre anunciando la -salida del tren de la estación inmediata, poco después un lejano -silbido. La locomotora avanzó, echando bocanadas de humo. Juan subió á -un coche de tercera. - ---Adiós, tío. - ---Adiós y recuerdos. - -Echó á andar el tren por el campo obscuro, como si tuviera miedo de no -llegar; á la media hora se detuvo en un apeadero desierto: un cobertizo -de cinc con un banco y un farol. Juan cogió su equipaje y saltó del -vagón. El tren inmediatamente siguió su marcha. La noche estaba fría; la -luna se había ocultado tras del lejano horizonte, y las estrellas -temblaban en el alto cielo; cerca se oía el rumor confuso y persistente -del río. Juan se acercó á la orilla y abrió su saco de viaje. Tanteando, -encontró su manteo, su tricornio y la beca, los libros de texto y los -apuntes. Volvió á meterlo todo, menos la ropa blanca, en el saco de -viaje, é introdujo, además, dentro, una piedra; luego, haciendo un -esfuerzo, tiró el bulto al agua, y el manteo, el tricornio, la beca, -los apuntes, la metafísica y la teología, fueron á parar al fondo del -río. Hecho esto se alejó de allí, y tomó por la carretera. - ---Siempre adelante--murmuró--. No hay que retroceder. - - * * * * * - -Toda la noche estuvo caminando, sin encontrar á nadie; al amanecer se -cruzó con una fila de carretas de bueyes, cargadas de madera aserrada y -de haces de jara y de retama; por delante de cada yunta, con la ijada al -hombro, marchaban mujeres, cubierta la cabeza con el refajo. - -Se enteró Juan por ellas del camino que debía seguir, y cuando el sol -comenzó á calentar, se tendió en la oquedad de una piedra, sobre las -hojas secas. Se despertó al medio día, comió un poco de pan, bebió agua -en un arroyo, y antes de comenzar la marcha, leyó un trozo de los -_Comentarios_, de César. - -Reconfortado su espíritu con la lectura, se levantó y siguió andando. En -la soledad, su espíritu atento encontró el campo lleno de interés. ¡Qué -diversas formas! ¡Qué diversos matices de follaje presentaban los -árboles! Unos, altos, robustos, valientes; otros, rechonchos, -achaparrados; unos, todavía verdes; otros, amarillos; unos, rojos, de -cobre; otros, desnudos de follaje, descarnados como esqueletos; cada -uno de ellos, según su clase, tenía hasta un sonido distinto al ser -azotado por el viento: unos, temblaban con todas sus ramas, como un -paralítico con todos sus miembros; otros, doblaban su cuerpo en una -solemne reverencia; algunos, rígidos é inmóviles, de hoja verde, -perenne, apenas se estremecían con las ráfagas de aire. Luego el sol -jugueteaba entre las hojas, y aquí blanqueaba y allí enrojecía, y en -otras partes parecía abrir agujeros de luz entre las masas de follaje. -¡Qué enorme variedad! Juan sentía despertarse en su alma, ante el -contacto de la Naturaleza, sentimientos de una dulzura infinita. - -Pero no quería abandonarse á su sentimentalismo, y durante el día dos ó -tres veces leía en alta voz los _Comentarios_, de César, y esta lectura -era para él una tonificación de la voluntad... - -Una mañana cruzaba de prisa un húmedo helechal, cuando se le presentaron -dos guardas armados de escopeta, seguidos de perros y de una bandada de -chiquillos. Los perros husmearon entre las hierbas, aullando, pero no -encontraron nada; uno de los muchachos, dijo: - ---Aquí hay sangre. - ---Entonces alguien ha cobrado la pieza--exclamó uno de los -guardas.--Será éste--y abalanzándose á Juan le asió fuertemente del -brazo--. ¿Tú has cogido una liebre muerta aquí? - ---Yo, no--contestó Juan. - ---Sí; tú la has cogido. Tráela--y el guarda le agarró á Juan de una -oreja. - ---Yo no he cogido nada. Suelte usted. - ---Registradle. - -El otro guarda le sacó el morral y lo abrió. No había nada. - ---Entonces la has escondido--dijo el primer guarda, sujetándole á Juan -del cuello--. Dí dónde está. - ---Que digo que yo nada he cogido--exclamó Juan, sofocado y lleno de ira. - ---Ya lo confesarás--murmuró el guarda quitándose el cinturón y -amenazándole con él. - -Los chicos que acompañaban á los guardas en el ojeo, rodearon á Juan, -riéndose. Este se preparó para la defensa. El guarda, algo asustado, se -detuvo. En esto se acercó al grupo un señor, vestido de pana, con -pantalón corto, polainas y sombrero ancho blanco. - ---¿Qué se hace?--gritó furioso--. Aquí estamos esperando. ¿Por qué no se -sigue el ojeo? - -El guarda explicó lo que pasaba. - ---Darle una buena azotaina--dijo el señor. - -Se iba á proceder á lo mandado, cuando un chico vino corriendo á decir -que había pasado, á campo traviesa, un hombre escotero, con una liebre -en la mano. - ---Entonces no era éste el ladrón. Vámonos. - ---¡Por Cristo, que si alguna vez puedo--gritó Juan al guarda--, me he -de vengar cruelmente! - -Corriendo, devorando lágrimas de rabia, atravesó el helechal hasta salir -al camino: no había andado cien pasos, cuando vió de pie, con la -escopeta en la mano, al hombre vestido de cazador. - ---No pases--le gritó éste. - ---El camino es de todos--contestó Juan y siguió andando. - ---Que no pases, te digo. - -Juan no hizo caso; adelantó con la cabeza erguida, sin mirar atrás. En -esto sonó una detonación, y Juan sintió un dolor ligero en el hombro. Se -llevó la mano por encima de la chaqueta y vió que tenía sangre. - ---¡Canalla! ¡Bandido!--gritó. - ---Te lo había dicho. Así aprenderás á obedecer--contestó el cazador. - -Siguió Juan andando. El hombro le iba doliendo cada vez más. - -Le quedaban todavía unos céntimos, y llamó en una venta que encontró en -el camino. Entró en el zaguán y contó lo que le había pasado. La ventera -le trajo un poco de agua para lavarse la herida, y después le llevó á un -pajar. Había allí otro hombre tendido, y al oir quejarse á Juan, le -preguntó lo que tenía. Se lo contó Juan y el hombre dijo: - ---Vamos á ver qué es eso. - -Tomó el farol que había dejado la ventera en el dintel del pajar, y le -reconoció la herida. - ---Tienes tres perdigones. Descansa unos días y te se cura esto. - -Juan no pudo dormir con el dolor en toda la noche. A la mañana -siguiente, al rayar el alba, se levantó y salió de la venta. - -El hombre que dormía en el pajar le dijo: - ---Pero ¿á dónde vas? - ---Adelante; no me paro por esto. - ---¡Eres valiente! Vamos andando. - -Tenía Juan el hombro hinchado y le dolía al andar; pero después de una -caminata de dos horas, ya no sintió el dolor. El hombre del pajar era un -vagabundo. - -Al cabo de un rato de marcha, le dijo á Juan: - ---Siento que por mi causa te hayan jugado una mala partida. - ---¿Por su causa?--preguntó Juan. - ---Sí; yo me llevé la liebre. Pero hoy la comeremos los dos. - -Efectivamente, al llegar al cauce de un río, el vagabundo encendió fuego -y guisó un trozo de la liebre. La comieron los dos, y siguieron andando. - -Cerca de una semana pasó Juan con el vagabundo. Era éste un tipo vulgar, -mitad mendigo, mitad ladrón; poco inteligente, pero hábil. No tenía más -que un sentimiento fuerte, el odio por el labrador, unido á un instinto -anti-social enérgico. En un pueblo donde se celebraba una feria, el -vagabundo, reunido con unos gitanos, desapareció con ellos... - -Un día estaba Juan sentado en la hierba, al borde de un sendero, -leyendo, cuando se le presentaron dos guardias civiles. - ---¿Qué hace usted aquí?--le preguntó uno de ellos. - ---Voy de camino. - ---¿Tiene usted cédula? - ---No, señor. - ---Entonces venga usted con nosotros. - ---Vamos allá. - -Metió Juan el libro en el bolsillo, se levantó y echaron los tres á -andar. Uno de los guardias tenía grandes bigotes amenazadores y el ceño -terrible; el otro parecía un campesino. De pronto, el de los bigotes, -mirando á Juan de un modo fosco, le preguntó: - ---Tú te habrás escapado de casa, ¿eh? - ---Yo, no, señor. - ---¿A dónde vas? - ---A Barcelona. - ---¿Así, andando? - ---No tengo dinero. - ---Mira, dinos la verdad, y te dejamos marchar. - ---Pues la verdad es que soy estudiante de cura y he ahorcado los -hábitos. - ---Has hecho bien--gritó el de los bigotes. - ---¿Y por qué no quieres ser cura?--preguntó el otro--. Es un bonito -empleo. - ---No tengo vocación. - ---Además, le gustarán las chicas--añadió el bigotudo--. Y tus padres, -¿qué han dicho á eso? - ---No tengo padre ni madre. - ---¡Ah!, entonces... entonces es otra cosa... estás en tu derecho. - -Al decir esto el de los bigotes sonrió. A primera vista era un hombre -imponente, pero al hablar se le notaba en los ojos y en la sonrisa una -gran expresión de bondad. - ---¿Y qué vas á hacer en Barcelona? - ---Quiero ser dibujante. - ---¿Sabes algo ya del oficio? - ---Sí; algo sé. - -Fueron así charlando, atravesaron unos pinares en donde el sol brillaba -espléndido, y se acercaron á un pueblecillo que en la falda de una -montaña se asentaba. Juan, á su vez, hizo algunas preguntas acerca del -nombre de las plantas y de los árboles á los guardias. Se veía que los -dos habían trocado el carácter adusto y amenazador del soldado por la -serenidad y la filosofía del hombre del campo. - -Al entrar en una calzada en cuesta, que llevaba al pueblo, se les acercó -un hombre á caballo, ya viejo, y con boína. - ---Hola, señores. ¡Buenas tardes!--dijo. - ---Hola, señor médico. - ---¿Quién es este muchacho? - ---Uno que hemos encontrado en el camino leyendo. - ---¿Lo llevan ustedes preso? - ---No. - -El médico hizo algunas preguntas á Juan y éste le explicó á donde iba y -lo que pensaba hacer; y hablando todos juntos, llegaron al pueblo. - ---Vamos á ver tus habilidades--dijo el médico--. Entraremos aquí, en -casa del alcalde. - -La casa del alcalde era una de esas tiendas de pueblo en donde se vende -de todo, y además era posada y taberna. - ---Danos una hoja de papel blanco--dijo el médico á la muchacha del -mostrador. - ---No hay--contestó ella muy desazonada. - ---¿Habrá un plato?--preguntó Juan. - ---Sí, eso sí. - -Trajeron un plato y Juan lo ahumó con el candil. Después cogió una -varita, la hizo punta y comenzó á dibujar con ella. El médico, los dos -guardias y algunos otros que habían entrado, rodearon al muchacho y se -pusieron á mirar lo que hacía, con verdadera curiosidad. Juan dibujó la -luna entre nubes y el mar iluminado por ella, y unas lanchitas con las -velas desplegadas. - -La obra produjo verdadera admiración entre todos. - ---No vale nada--dijo Juan--; todavía no sé. - ---¿Cómo que no vale nada?--replicó el médico--. Está muy bien. Yo me -llevo esto. Vete mañana á mi casa. Tienes que hacerme dos platos como -éste y además un dibujo grande. - -Los dos guardias también querían que Juan les pintase un plato, pero -había de ser igual que el del médico, con la misma luna y las mismas -nubes, y las mismas lanchitas. - -Durmió Juan en la posada y al día siguiente fué á casa del médico, el -cual le dió una fotografía para que la copiase en tamaño grande. Tardó -unos días en hacer su obra. Mientras tanto, comió en casa del médico. -Era este señor viudo y tenía siete hijos. La mayor, una muchacha de la -edad de Juan, con una larga trenza rubia, se llamaba Margarita y hacía -de ama de casa. Juan le contó ingenuamente su vida. Al cabo de una -semana de estar allí, al despedirse de todos, le dijo á Margarita con -cierta solemnidad: - ---Si consigo alguna vez lo que quiero, la escribiré á usted. - ---Bueno--contestó ella riéndose. - -Antes de su salida del pueblo fué Juan á despedirse también de los dos -guardias. - ---¿Vas á ir por el monte ó por la carretera?--le preguntó el de los -bigotes. - ---No sé. - ---Si vas por el monte, nosotros te enseñaremos el camino. - ---Entonces iré por el monte. - -Al amanecer, después de una noche de insomnio, sobre el duro saco de -paja, se levantó Juan; en la cocina de la venta estaban ya los guardias. -Salieron los tres. Aún no había amanecido cuando comenzaron á subir por -un camino en zig-zag lleno de piedras blancas que escalaba el monte -entre encinas corpulentas de hojas rojizas. Salió el sol; desde una -altura se veía el pueblo en el fondo de un valle estrecho; Juan buscó -con la mirada la casa del médico; en una de las ventanas había una -figura de mujer. Juan sacó su pañuelo y lo hizo ondear en el aire; luego -se secó disimuladamente una lágrima... Siguieron andando; desde allá el -sendero corría en línea recta por el declive de una falda cubierta de -césped en la que los rebaños blancos y negros pastaban al sol; luego las -sendas se dividían y se juntaban camino adelante. Encontraron al paso un -viejo harapiento, con las guedejas largas y la barba hirsuta. Iba -descalzo, apenas vestido, y llevaba una piedra al hombro. Le llamaron -los dos guardias, el hombre miró de través y siguió andando. - ---Es un inocente--dijo el de los bigotes--ahí abajo vive solo con su -perro--y mostró una casa de ganado, con una huerta limitada por una -tapia baja hecha de grandes piedras. - -Al final del sendero que atravesaba el declive, el camino se torcía y -entraba por unos pinares hasta terminar junto al lecho seco de un -torrente lleno de ramas muertas. Los guardias y Juan comenzaron á subir -por allá. Era la ascensión fatigosa. Juan, rendido, se paraba á cada -instante, y el guardia de los bigotes le gritaba con voz campanuda: - ---No hay que pararse. Al que se pare le voy á dar dos palos--y después -añadía riendo y haciendo molinetes con una garrota que acababa de -cortar:--¡Arriba, chiquito! - -Terminó la subida por el lecho del torrente y pudieron descansar en un -abrigadero de la montaña. Se divisaban desde allá extensiones sin -límites, cordilleras lejanas como murallas azules, sierras desnudas de -color de ocre y de color de rosa, montes apoyados unos en otros. El sol -se había ocultado; algunos nubarrones violáceos avanzaban lentamente por -el cielo azul. - ---Tendrás que volver con nosotros, chiquito--dijo el guardia de los -bigotes--; se barrunta la borrasca. - ---Yo sigo adelante--dijo Juan. - ---¿Tanta prisa tienes? - ---Sí, no quiero volver atrás. - ---Entonces no esperes, vete de prisa á ganar aquella quebrada. -Pasándola, poco después hay un chozo donde podrás guarecerte. - ---Bueno. ¡Adiós! - ---¡Adiós, chiquito! - -Juan estaba cansado, pero se levantó y comenzó á subir la última -estribación del monte por una escabrosa y agria cuesta. - ---No hay que retroceder nunca--murmuró entre dientes. - -Los nubarrones iban ocultando el cielo; el viento venía denso, húmedo, -lleno de olor de tierra; en las laderas, las ráfagas de aire rizaban la -hierba amarillenta; en las cumbres, apenas movían las copas de los -árboles de hojas rojizas. Luego, las faldas de los montes se borraron -envueltas en la niebla; el cielo se obscureció más; pasó una bandada de -pájaros gritando. - -Comenzaron á oirse á lo lejos los truenos, algunas gruesas gotas de agua -sonaron entre el follaje, las hojas secas danzaron frenéticas de aquí -para allá, corrían en pelotón por la hierba, saltaban por encima de las -malezas, es calaban los troncos de los árboles, caían y volvían á rodar -por los senderos... de repente un relámpago formidable desgarró con su -luz el aire, y al mismo tiempo, una catarata comenzó á caer de las -nubes. El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer -aplastarlos contra el suelo. - -Juan llegó á la parte más alta del monte, un callejón entre paredes de -roca. Las bocanadas de viento encajonado no le dejaban avanzar. - -Los relámpagos se sucedían sin intervalos; el monte, continuamente lleno -de luz, temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad y parecía que -iba á hacerse pedazos. - ---No hay que retroceder--se decía Juan á sí mismo. - -La hermosura del espectáculo le admiraba en vez de darle terror; en las -puntas de los hastiales de ambos lados de esquistos agudos caían los -rayos como flechas. - -Juan siguió á la luz de los relámpagos á lo largo de aquel desfiladero -hasta encontrar la salida. - -Al llegar aquí, se detuvo á descansar un instante. El corazón le latía -con violencia; apenas podía respirar. - -Ya la tempestad huía; abajo, por la otra parte de la quebrada, se veía -brillar el sol sobre la mancha verde de los pinares... el agua clara y -espumosa corría á buscar los torrentes; entre las masas negruzcas de las -nubes aparecían jirones de cielo azul. - ---Adelante siempre--murmuró Juan. Y siguió su camino. - -{imagen decorativa} - - - - -PRIMERA PARTE - - - - -CAPÍTULO I - - Un barrio sepulcral.--Divagaciones trascendentales.--Electricidad y - peluquería.--Tipos raros, buenas personas. - - -La casa estaba en una plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de -Magallanes, cerca de unos antiguos y abandonados cementerios. Limitaban -la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una -curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en una larga -tapia. Este edificio amarillo, con una bóveda pizarrosa y un tinglado de -hierro con una campana, era, á juzgar por un letrero medio borrado, la -parroquia de Nuestra Señora de los Dolores. - -A derecha y á izquierda de esta iglesia, seguía una tapia medio -derruida; á la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña, -por cuyas rendijas se veía un cementerio con los nichos vacíos y las -arcadas ruinosas; á la derecha, en cambio, la pared, después de limitar -la plazoleta, se torcía en ángulo obtuso formando uno de los lados de la -calle de Magallanes, para lo cual se unía á las verjas, paredones, -casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras otros. -Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San -Luis y San Ginés y la Patriarcal. - -Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veían en un -cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San -Martín, que se destacaban rígidas en el horizonte. - -Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrían presentar méritos -tan altos, tan preeminentes para obtener los títulos de sepulcral y de -fúnebre, como la de Magallanes. - -En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda -mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de -Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente -fúnebre, de una funebridad única é indivisible. Solamente podía -parangonarse en especialización con ella alguna que otra callejuela de -barrios bajos y la calle de la Justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre -todo, dedicada galantemente á la diosa de las labores agrícolas, con sus -casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle resto -del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la -boca, que se hablan de puerta á puerta, acarician á los niños, echan -céntimos á los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar -canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la -comparación con aquélla, podía llamarse sin protesta alguna calle del -Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia el nombre de -calle de la Muerte. - -Otra cualidad un tanto paradójica unía á estas dos calles, y era que así -como la de Ceres á fuerza de ser francamente amorosa recordaba el -sublimado corrosivo y á la larga la muerte, así la de Magallanes por ser -extraordinariamente fúnebre parecía á veces una calle jovial, y no era -raro ver en ella á algún obrero cargado de vino ó alguna pareja de -golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores. - -La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una -parte baja por donde corría ésta y otra á un nivel más alto que formaba -como un raso delante de la parroquia. En este raso ó meseta, con una -gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la -vecindad. - -Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran -viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas -numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente -había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza. - -Tenía la tal casucha un tejado saliente y alabeado, una puerta de -entrada en medio, á un lado de ésta una barbería y al otro una ventana -con una reja. - -Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la -tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y -remozado; los balcones, con sus cortinillas blancas y sus macetas de -geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y -prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un -chambergo. - -La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía: - - LA ANTISÉPTICA - - PELUQUERÍA ARTÍSTICA - -En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas: -en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual -manaba un surtidor rojo, que iba á parar con una exactitud matemática al -fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de -cintas obscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el -observador se aventuraba á suponer si el artista habría tratado de -representar un vivero de esos anélidos, vulgarmente llamados -sanguijuelas. - -¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas reflexiones -médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías! - -Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con -rejas, escrito con letras negras se leía: - - REBOLLEDO - - MECÁNICO-ELECTRICISTA - - SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES, - - TIMBRES, MOTORES, DÍNAMOS - - LA ENTRADA POR EL PORTAL - -Y para que no hubiera lugar á dudas, una mano con ademán imperativo -mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inútil, porque no había más -portal que aquél en la casa. - -Los tres balcones del único piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban -atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde antes de -llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listón -saliente de madera; de este modo, la persiana no cubría completamente el -balcón y dejaba al descubierto un letrero que decía: - - BORDADORA - - SE DAN LECCIONES - -El zaguán de la casa era bastante ancho, en el fondo una puerta daba á -un corralillo, á un lado partía una recia escalera de pino, muy vieja, -en donde resonaban fuertemente los pasos. - -Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con -grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de -escombros. - -Después, la calle quedaba silenciosa y en las horas del día no -transitaba por ella más que gente aviesa y maleante. - -Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra, -contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la -cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por -aquellos campos baldíos. - -Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos -llenaban la plaza; pasaban los obreros de vuelta del Tercer Depósito, en -donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del Poniente -se obscurecían y las estrellas comenzaban á brillar en el cielo, se oía -melancólico y dulce el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras... - - * * * * * - -Una tarde de Abril, en el taller de Rebolledo, el mecánico electricista, -Perico y Manuel charlaban. - ---¿No salís hoy?--preguntó Perico. - ---¿Quién sale con este tiempo? Va á llover otra vez. - ---Sí, es verdad. - -Manuel se acercó á mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el -ambiente gris; el humo de una fábrica salía de la alta chimenea y -envolvía la torre de ladrillo y la cúpula pizarrosa de una iglesia -cercana. El lodo cubría el raso de la parroquia de los Dolores, y en la -calle de Magallanes el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de -los carros, tenía profundos surcos llenos de agua. - ---¿Y la Salvadora?--preguntó Perico. - ---Bien. - ---¿Ya está mejor? - ---Sí. No fué nada... un vahído. - ---Trabaja mucho. - ---Sí; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso. - ---Vais á haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco. - ---¡Pchs!... no sé. - ---¡Bah!... que no sabes... - ---No. Que esas deben tener algún dinero guardado, sí; pero no se -cuánto... para emprender algo; nada. - ---¿Y qué emprenderías tú si tuvieras dinero? - ---¡Hombre!... tomaría una imprenta. - ---¿Y qué le parece eso á la Salvadora? - ---Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con -voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna máquina que se -vende, ó algún local que se alquila, me hace ir á verlos... Pero -todavía eso está muy lejos; quizás, tiempo adelante, podamos hacer algo. - -Manuel volvió á mirar distraído por la ventana, mientras Perico le -contemplaba con curiosidad. Comenzó á llover, cayeron gruesas gotas como -perlas de acero que saltaron en el agua negra de los charcos; poco -después una ráfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se -aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió á nublarse y el taller de Perico -Rebolledo quedó á obscuras. - -Manuel seguía con la vista los cambios de forma del humo negrísimo -espirado por la chimenea de la fábrica; unas veces subía á borbotones -oblicuamente en el aire gris; otras era una humareda tenue que rebasaba -los bordes del tubo como el agua en un surtidor sin fuerza y se -derramaba por las paredes de la chimenea; otras subía como una columna -recta al cielo y cuando venía una ráfaga huracanada el viento parecía -arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensión -del espacio. - -El cuarto en donde hablaban Perico y Manuel era el taller del -electricista, un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de -barco. En la ventana, sobre el alféizar, había un cajón lleno de tierra -en donde nacía una parra que salía al exterior por un agujero de la -madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y unido á ésta, -un banco de carpintero con un tornillo de presión. A un lado de la -ventana, en la pared, había un reloj de pesas, de madera pintarrajeada, -y al otro lado una librería alta con unos cuantos tomos y en el último -estante un busto de yeso que desde la altura en que se encontraba miraba -con cierto olímpico desdén á todo el mundo. Había además en las paredes -un cuadro para probar lamparillas eléctricas, dos ó tres mapas, fajos de -cordones flexibles, y en el fondo, un viejísimo y voluminoso armario -desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de -porcelana, se advertía un aparato extraño cuya aplicación práctica era -difícil de comprender al primer golpe de vista y quizás también al -segundo. - -Era un artificio mecánico movido por la electricidad, que Perico tuvo en -el escaparate durante mucho tiempo como anuncio de su profesión. Un -motor eléctrico movía una bomba, ésta sacaba el agua de una cubeta de -cinc y la echaba á un depósito de cristal colocado en alto; de aquí el -agua pasaba por un canalillo y después de mover una rueda caía á la -cubeta de cinc de donde había partido. Esta maniobra continua del -aparato atraía continuamente un público de chiquillos y de vagos. Por -último, Perico se cansó de exhibirlo, porque se colocaban los grupos -delante de la ventana y le quitaban la luz. - - * * * * * - ---Sí, hombre--dijo Perico después de un largo rato de silencio--, debías -establecerte cuanto antes y casarte. - ---¡Casarme! ¿Con quién? - ---¡Toma! ¿con quién? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tú y -ella... podéis vivir al pelo. - ---Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico--dijo Manuel--¿Tú la -entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algún cariño, porque soy -de la casa, como al gato; pero en lo demás... - ---¿Y tú? - ---Hombre, yo no sé si la quiero ó no. - ---¿Aún te acuerdas de la otra? - ---Al menos aquella me quería. - ---Lo que no impidió que te dejara; la Salvadora te quiere. - --¡Qué sé yo! - ---No digas. Si no hubiese sido por ella, ¿dónde estarías tú? - ---Estaría hecho un golfo. - ---Me parece. - ---Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento. - ---¿Y tú no tienes más que agradecimiento por ella? - ---No lo sé, la verdad. Yo creo que por ella sería capaz de hacer -cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi -como si fuera mi madre. - -Manuel calló, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado y -un amigo suyo entraron en el taller. - -Eran los recién venidos un par de tipos extravagantes; llevaba -Rebolledo, padre, un sombrero hongo de color café con leche con una gran -gasa negra, una chaqueta casi morada, unos pantalones casi amarillentos, -del color de la bandera de la peste y un bastón de caña con puño de -cuerno. - -El amigo era un viejecillo con aire de zorro, de ojos chiquitos y -brillantes, nariz violácea surcada por rayas venosas y bigote corto y -canoso. Iba endomingado. Vestía una chaqueta de un paño duro como -piedra, un pantalón de pana, un bastón hecho con cartas con una bola de -puño y en el chaleco una cadena de reloj adornada con dijes. Este hombre -se llamaba Canuto, el señor Canuto, y vivía en una de las casas anejas -al cementerio de la Patriarcal. - ---¿No está tu hermana?--preguntó Rebolledo el barbero á Manuel. - ---No; ya ve usted. - ---Pero bajará. - ---Creo que sí. - ---La voy á llamar. - -El jorobado salió al portal y gritó varias veces: - ---¡_Señá_ Ignacia! ¡_Señá_ Ignacia! - ---Ya vamos--contestaron de arriba. - ---¿Tú querrás jugar?--preguntó el barbero á Manuel. - ---Hombre... la verdad; no me distrae. - ---¿Y tú?--añadió, dirigiéndose á su hijo. - ---No, padre, no. - ---Bueno; como quieras. - ---A éstos no les gustan las diversiones manuales--dijo muy serio el -señor Canuto. - ---¡Pchs! si no somos más que tres, jugaremos al tute arrastrado--murmuró -el barbero. - -Se presentó la Ignacia en el cuarto, una mujer de treinta á cuarenta, -muy esmirriada, y poco después entró la Salvadora. - ---¿Y Enrique?--la dijo Manuel. - ---En el patio de al lado, jugando. - ---¿Quieres echar una partida?--preguntó Rebolledo á la muchacha. - ---Bueno. - ---Entonces somos dos contra dos. - ---Ya la han pescado á usted--dijo Perico á la Salvadora--; la -compadezco. - ---Tú cállate--exclamó el barbero--; estos muchachos son unos sosos. -Anda, siéntate aquí, Salvadora. Tú y yo en contra de la _señá_ Ignacia y -del señor Canuto. Les vamos á ganar; ya verás... y eso que son dos -marrajos. Corte usté, _señá_ Ignacia... Vamos allá. Los dos hombres y -la Ignacia jugaban con gran atención; la Salvadora se distraía, pero -ganaba. - -Mientras tanto, Perico y Manuel hablaban cerca de la ventana. Sonaba en -la calle el gotear de la lluvia densa y ruidosa. Perico explicaba las -cosas que tenía en estudio, entre las cuales había una que se figuraba -haber ya resuelto y que era la simplificación de los arcos voltaicos; -pensaba pedir una patente para explotar su invento. - -Hablaba el electricista con Manuel, pero no dejaba de contemplar á la -Salvadora con una mirada humilde llena de entusiasmo. En esto, apareció -en el cristal de la ventana una cabeza que estuvo largo rato mirando -hacia adentro. - ---¿Quién es ese fisgón?--preguntó Rebolledo. - -Manuel se asomó á la ventana. Era un joven vestido de negro, delgado, -con un sombrero puntiagudo en la cabeza y el pelo largo. El joven -retrocedió hasta el medio de la calle para mirar la casa. - ---Parece que anda buscando algo--dijo Manuel. - ---¿Quién es?--preguntó la Salvadora. - ---Un tipo raro con melena, que anda por ahí mojándose--contestó Perico. - -La Salvadora se levantó para verle. - ---Será algún pintor--dijo. - ---Mal tiempo ha escogido para pintar--repuso el señor Canuto. - -El joven, después de mirar y remirar la casa, se decidió á meterse en el -portal. - ---Vamos á ver lo que quiere--murmuró Manuel, y abriendo la puerta del -cuarto salió al zaguán en donde estaba el joven de las melenas, seguido -de un perro negro de lanas finas y largas. - ---¿Vive aquí Manuel Alcázar?--preguntó el joven de las melenas, con -ligero acento extranjero. - ---¡Manuel Alcázar! ¡Soy yo! - ---¿Tú?... Es verdad... ¿No me conoces? Soy Juan. - ---¿Qué Juan? - ---Juan... tu hermano. - ---¿Tú eres Juan? ¿Pero de dónde vienes? ¿De dónde has salido? - ---Vengo de París, chico; pero déjame que te vea--y Juan llevó á Manuel -hasta la calle. Sí, ahora te reconozco--le dijo y le abrazó, echándole -los brazos al cuello--pero ¡cómo has variado! ¡qué distinto estás! - ---Tú en cambio estás igual, y hace ya quince años que no nos hemos -visto. - ---¿Y las hermanas? - ---Una vive conmigo. Anda, sube á casa. - -Manuel, azorado con la llegada imprevista de su hermano, le acompañó -hasta el piso principal. - -Rebolledo, el señor Canuto y los demás, desde la puerta del taller -presenciaron la entrevista con el mayor asombro. - - - - -CAPÍTULO II - - La vida de Manuel.--Las tertulias del enano.--El señor Canuto y su - fraseología. - - -Manuel había llegado á encarrilarse, á reglamentar su trabajo y su vida. -El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones. -Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la -Ignacia, la hermana de Manuel, se quedó viuda. La Ignacia no tenía -medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse y con sus -lamentaciones convenció á su hermano de que viviera con ella. - -La Salvadora se fué con la Fea, á la que consideraba como su hermana; -pero á los pocos días salió de la casa porque Jesús no la dejaba á sol y -á sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él. -Entonces la Salvadora fué á vivir con Manuel y con la Ignacia. - -Pactaron que ella daría una parte á la Ignacia para la comida de su -hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de -Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde -trabajaba Manuel. - -Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fué la -depositaria del dinero y la Ignacia la que llevaba el peso de la casa y -hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso. - -Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la -Salvadora y la Fea habían puesto entre las dos una tienda de -confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba -todas las mañanas á la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa. -Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de -bordado y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y al cabo de los -cuatro ó cinco meses iban por la tarde cerca de veinte chiquillas con -sus bastidores á aprender á bordar. - -Este trabajo de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche -en casa, y la falta de sueño, tenían á la muchacha flaca y con grandes -ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había -dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que -persistía en ella era su afición al trabajo. A los veinte años, la -Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiese -podido rodear una liga, y la cabeza pequeña. - -Tenía la nariz corta, los ojos obscuros grandes, el perfil recto y la -barbilla algo saliente, lo que le daba un aspecto de dominio y de -tesón. Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le -ocultaba la frente, y esto contribuía á darle un aire más imperioso. - -Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y -sonreía variaba por encanto. - -Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez, que -despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero á -veces sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan -punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un -cuchillo. - -Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la -ironía y la gracia, otras como un sufrimiento lánguido, contenido, -producía á la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de -aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres -enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la -casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas, -palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y -un gatito rojo, que se llamaba Roch. - -Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la -calle Ancha y esperaba á la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos, -hablando, bromeando, casi todas muy peripuestas y bien peinadas; la -mayoría finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos -maliciosos, obscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón -y sin nada en la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer -la Salvadora, en invierno de mantón, en verano con su traje claro, la -mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba -del grupo de sus amigas y se acercaba á Manuel, y los dos juntos -marchaban calle arriba hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin -cambiar una palabra. - -A Manuel le halagaba que supusieran que la Salvadora era su novia, y -constituía para él un motivo de orgullo verla acercarse y ponerse á su -lado y notar las miradas maliciosas de las amigas. - - * * * * * - -A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los -Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fué quien -arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban los dos en -auge; el barbero se había transformado en peluquero y su Barbería -Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes -La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo, estaba hecho un -hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista había -aprendido tal número de cosas, que Rebolledo padre, no se atrevía ya á -discutir con él para no demostrar su ignorancia. - -El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo -discutiendo con su hijo, sentía más la envidia que otra cosa; pero en -presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban -de orgullo y de júbilo. - -Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo -chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los -pelos pegados y llenos de cosmético, y entraba en el taller. - ---¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas!--murmuraba -melancólicamente. - -Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba á sus -anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico y encontraba defectos en -todo. Como no había llegado á comprender por falta de nociones de -matemáticas la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba -para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigian -habilidad y paciencia. - ---Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre, no -sabéis hacer nada. - -Perico le dejaba hacer. - -El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz -eléctrica marcara al revés ó no marcara, y hacía un gasto de flúido -tremendo. - -Muchas veces la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al -chico bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas -de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela; -Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la -Ignacia ó dejaba volar su imaginación. - -En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban -un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada. - -Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave, salía la Ignacia -á abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto envuelto -en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas, y una pipa -corta entre los dientes. - ---¡Fresco, fresco!--decía, frotándose las manos--. Buenas noches á -todos. - ---Hola, señor Canuto--contestaban los demás. - ---Siéntese usted--le indicaba el jorobado. - -Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego. - -Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían -maliciosamente. - ---¿Y de historias? ¿qué hay, señor Canuto? - ---Nada, murmuraciones, nada--replicaba él--. Cuchichí, cuchichá... -cuchichear. - -Sonreían los circunstantes, y á veces la Salvadora no podía contener la -carcajada. - -El señor Canuto el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo, -que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal. - -Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo -que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni -periódicos, ni nada, y á pesar de esto, sabía muchas cosas; había -llegado á formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de -conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo -que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas -oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus -consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones -para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y -abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo -había transformado para su uso particular. - -Cuando murmuraba por lo bajo: - ---¡Teorías, alegorías, chapucerías!--era que lo que le contaban le -parecía era una cosa desdichada y absurda. - -En cambio cuando aseguraba: - ---Eso reúne... pero que reúne mucho, era que estaba satisfecho. - -Ahora, cuando llegaba á decir: - ---Ná, que ese gachó ha echado el sello y que va _coayugando_, era que -para él no se podía hacer mejor una cosa. - -Además de trastornar la significación y el sentido de las palabras, para -hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así el depen era el -dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se -contentaba con esto sino que muchas veces daba á las palabras una -terminación cualquiera, y decía: el depen...dista, la galli...menta, el -coci...mento y el burg...ante en vez del burgués. - -El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro: - ---Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España. - -En general, estas tertulias se suspendían el verano para tomar el -fresco. - -Algunas noches de Julio y de Agosto iban al bulevar de la calle de -Carranza, y allí refrescaban con horchata ó limón helado, y para las -once ú once y media estaban en casa. - -Verano é invierno, la vida de las dos familias transcurría -tranquilamente, sin disputas, sin grandes satisfacciones; pero también -sin grandes dolores. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO III - - Los dos hermanos.--Juan charla.--Recuerdos de hambre y de bohemia. - - -Manuel subió las escaleras con su hermano, abrió la casa, y pasaron al -comedor. Manuel estaba completamente azorado; la llegada de Juan le -perturbaba por completo. ¿A qué vendría? - ---Tienes una bonita casa--dijo Juan, contemplando el cuartito limpio con -la mesa redonda en medio y el aparador lleno de botellas. - ---Sí. - ---¿Y la hermana? - ---Ahora vendrá. No sé qué hace. ¡Ignacia!--llamó desde la puerta. - -Entró la Ignacia, que recibió á su hermano más sorprendida que -satisfecha. Tenía la mujer ya su vida formada y reglamentada, y su -egoísmo se sentía inquieto ante un nuevo factor que podía perturbarla. - ---¿Y este perro, de dónde ha venido?--preguntó alborotada la mujer. - ---Es mío--dijo Juan. - -Al entrar la Salvadora, Juan no pudo evitar un movimiento de sorpresa. - ---Es una amiga que vive con nosotros como una hermana--murmuró Manuel. - -Al decir esto, Manuel se turbó un poco, y la turbación se comunicó á la -Salvadora; Juan saludó, y se inició entre los cuatro una conversación -lánguida. De pronto entró gritando el hermano de la Salvadora en el -comedor; Juan le acarició, pero no preguntó quién era; el chico se puso -á jugar con el perro. La discreción de Juan, al no decir nada, les azoró -aún más; las mejillas de la Salvadora enrojecieron, como si fueran á -echar sangre, y balbuceando un pretexto, salió del cuarto. - ---¿Y qué has hecho? ¿qué ha sido de tu vida?--preguntó maquinalmente -Manuel. - -Juan contó cómo había salido del seminario; pero el otro no le oía, -preocupado por la turbación de la Salvadora. - -Luego Juan habló de su vida en París, una vida de obrero, haciendo -chucherías, bibelots y sortijas, mientras estudiaba en el Louvre y en el -Luxemburgo, y trabajaba en su casa con entusiasmo. - -Mezcló en sus recuerdos sus impresiones artísticas, y habló de Rodín y -de Meunier, con un fuego que contrastaba con la frialdad con que era -escuchado por la Ignacia y Manuel; después expuso sus ideas artísticas; -quería producir ese arte nuevo, exuberante, lleno de vida, que ha -modernizado la escultura en las manos de un genio francés y de un gran -artista belga; quería emancipar el arte de la fórmula clásica, severa y -majestuosa de la antigüedad, quería calentarlo con la pasión, soñaba con -hacer un arte social para las masas, un arte fecundo para todos, no una -cosa mezquina para unos pocos. - -En su entusiasmo, Juan no comprendía que hablaba á sus hermanos en un -lenguaje desconocido para ellos. - ---¿Tienes ya casa?--le preguntó Manuel en un momento en que Juan dejó de -hablar. - ---Sí. - ---¿No quieres cenar con nosotros? - ---No, hoy no; mañana. ¿Qué hora es? - ---Las seis. - ---Ah, entonces me tengo que marchar. - ---Y, oye, ¿cómo has llegado á encontrarme? - ---Por una casualidad; hablando con un escultor compañero mío que se -llama Alex. - ---Sí lo conozco. ¿Y cómo sabía dónde vivía yo? - ---No, ese no lo sabía; ese me dirigió á un inglés que se llama Roberto, -y éste sabía donde estabas de cajista. Por cierto me encargó que fueras -á verle. - ---¿En dónde vive? - ---En el Hotel de París. - ---Pues iré á verle. ¡Qué! ¿te vas ya? - ---Sí, mañana vendré. - -Se fué Juan, y la Ignacia, la Salvadora y Manuel hicieron largos -comentarios acerca de él. La Ignacia era la que más escamada estaba con -la llegada; suponía si trataría de vivir á su costa; la Salvadora lo -encontraba simpático; Manuel no decía nada. - ---La verdad es que viene hecho un tipo raro--pensó--; en fin, ya veremos -qué le trae por aquí. - -Al día siguiente, al llegar Manuel á casa, se encontró con su hermano, -que charlaba en el comedor con la Ignacia y la Salvadora. - ---¡Hola! ¿Te quedas á cenar? - ---Sí. - ---A ver si ponéis alguna cosa más--dijo Manuel á la Ignacia--. Este -estará acostumbrado á comer bien. - ---¡Quia! - -Manuel notó que en poco tiempo Juan había logrado hacerse agradable á -las dos mujeres; el hermano de la Salvadora hablaba con él como si le -hubiese conocido toda su vida. - -Encendieron la luz, pusieron la mesa y se sentaron á cenar. - ---¡Qué agradable es este cuarto!--dijo Juan--. Se ve que vivís bien. - ---Sí--contestó Manuel con cierta indiferencía--, no estamos mal. - ---Este--replicó la Ignacia--nunca te dirá que está bien. Todo lo de -fuera de casa le parece mejor. ¡Ay, Dios bendito! ¡Qué mundo tan -desengañado! - ---Qué desengañado ni qué nada--replicó Manuel--, yo no he dicho eso. - ---Lo dices á cada paso--añadió la Salvadora. - ---Bueno. ¡Qué opinión tienen de uno las mujeres! Aprende aquí, Juan. No -vivas nunca con ninguna mujer. - ---Con ninguna mujer decente, quiere decir--interrumpió la Salvadora con -amable ironía--; si es con una golfa, sí. Esas tienen muy buen corazón, -según dice éste. - ---Y es verdad--repuso Manuel. - ---Ya se desengañará--exclamó la Ignacia. - ---No le haga usted caso--murmuró la Salvadora--; habla por hablar. - -Manuel se echó á reir de tan buena gana, que los demás rieron con él. - ---Tengo que hacer un busto de usted--dijo de pronto el escultor á la -Salvadora. - ---¿De mí? - ---Sí, la cara solamente; no se alarme usted. Cuando tenga usted tiempo -de sobra, lo empezaremos. Si lo concluyera en este mes, lo llevaría á la -Exposición. - ---¿Pues qué, tiene mi cara algo de particular? - ---Nada--dijo Manuel burlonamente. - ---Ya, ya lo sé. - ---Sí tiene de particular, sí, mucho. Ahora que será muy difícil coger la -expresión. - ---Sí que será difícil, sí--dijo Manuel. - ---¿Por qué?--preguntó la Salvadora algo ruborizada. - ---Porque tienes una cara especial. No eres como nosotros, por ejemplo, -que siempre somos guapos, elegantes, distinguidos...; tú no, un día -estás fea y desencajada y flaca, y otro día de buen color, y casi casi -hasta guapa. - ---¡Qué tonto eres, hijo! - ---¿Será muy nerviosa?--preguntó Juan. - ---No--replicó la Ignacia--; es que trabaja como una burra, y así se va á -poner mala; ya lo ha dicho el señor Canuto. Una enfermedad viene con -cualquier cosa... - ---¡Vaya una autoridad!--dijo riéndose la Salvadora--. ¡Un veterinario! A -ese le debía usted hacer el retrato. Ese sí que tiene la cara rara. - ---No, no me interesan los veterinarios. Pero de veras, ¿no tiene usted -al día una hora libre para servirme de modelo? - ---Sí--dijo Manuel--; ¡ya lo creo! - ---¿Y hay que estarse quieta, quieta? Porque no lo voy aguantar. - ---No, podrá usted hablar, y descansará usted cuando quiera. - ---¿Y de qué va usted á hacer el retrato? - ---Primero de barro, y luego lo sacaré en yeso ó en mármol. - ---Nada, mañana se empieza--dijo Manuel--. Está dicho. - -Estaban en el postre cuando llamaron á la puerta, y entraron en el -comedor los dos Rebolledos y el señor Canuto. Manuel los presentó á -Juan, y mientras tomaban café, charlaron. Juan, á instancia del barbero, -contó las novedades que había visto en París, en Bruselas y en Londres. - -Perico le hizo algunas preguntas relacionadas con cuestiones de -electricidad; Rebolledo el padre y el señor Canuto escuchaban atentos, -tratando de grabar bien en la memoria lo que oían. - ---Sí, en esos pueblos se debe poder vivir--dijo el señor Canuto. - ---Cuesta trabajo llegar--contestó Juan--; pero el que tiene talento, -sube. Allí la sociedad no desperdicia la inteligencia de nadie; hay -mucha escuela libre... - ---Ahí está. Eso es lo que no se hace aquí--dijo Rebolledo--. Yo creo que -si hubiera tenido sitio donde aprender, hubiera llegado á ser un buen -mecánico, como el señor Canuto hubiera sido un buen médico. - ---Yo, no--dijo el viejo. - ---Usted, sí. - ---Hombre, hace algún tiempo, quizás. Cuando vine aquí y puse mi máquina -en movimiento, no sé si por la primera expansión de los gases, fuí -encaramándome, encaramándome poco á poco, eso es; pero luego vino el -desplome. Y yo no sé si ahora mi cerebro se ha convertido en un caracol -ó en un cangrejo, porque voy en mi vida reculando y reculando. Eso es. - -Este extraño discurso fué acompañado de ademanes igualmente extraños, y -no dejó de producir cierta estupefacción en Juan. - ---¿Pero por qué no habla usted como todo el mundo, señor Canuto?--le -preguntó, burlonamente, la Salvadora por lo bajo. - ---Si tuviera veinte--y el viejo guiñó un ojo con malicia--ya te gustaría -mi parafraseo, ya. Te conozco, Salvadorita. Ya sabes lo que yo digo. -Cuchichí, cuchichá... cuchichear. - -Se echaron todos á reir. - ---¿Y cómo llegó usted á París?--preguntó Perico--. En seguida que se -escapó usted del seminario, ¿fué usted allá? - ---No, ¡quia! Pasé las de Caín antes. - ---Cuenta, cuenta eso--dijo Manuel. - ---Pues nada. Anduve cerca de un mes de pueblo en pueblo, hasta que en -Tarazona entré á formar parte de una compañía de cómicos de la legua, -constituída por los individuos de una sola familia. El director y primer -actor se llamaba don Teófilo García; su hermano, el galán joven, -Maximiano García, y el padre de los dos, que era el barba, don Símaco -García. Allí todos eran Garcías. Era esta familia la más ordenada, -económica y burguesa que uno puede imaginarse. La característica, doña -Celsa, que era la mujer de don Símaco, repasaba los papeles mientras -guisaba; Teófilo tenía una comisión de corbatas y de botones; don Símaco -vendía libros; Maximiano ganaba algunas pesetas jugando al billar, y las -muchachas, que eran cuatro, Teodolinda, Berenguela, Mencía y Sol, las -cuatro á cual más feas, se dedicaban á hacer encaje de bolillos. Yo -entré como apuntador, y recorrimos muchos pueblos de Aragón y de -Cataluña. Una noche, en Reus, habíamos hecho _La cruz del matrimonio_, y -al terminar la función, fuímos Maximiamo y yo al Casino. Mientras él -jugaba, á mi lado vi á un chico que estaba haciendo un retrato, al -lápiz, de un señor. Me puse yo también á hacer lo mismo en la parte de -atrás de un prospecto. - -Al terminar él su retrato, se lo entregó al señor, quien le dió un duro; -después, se acercó donde yo estaba y miró el dibujo mío. «Está bien -eso», dijo. ¿Has aprendido á dibujar?» No. «Pues lo haces bien. ¡Ya lo -creo!» Hablamos; me dijo que andaba á pie por los pueblos haciendo -retratos, y que se marchaba á Barcelona. Yo le conté mi vida, nos -hicimos amigos, y al final de la conversación, me dice: «¿Por qué no -vienes conmigo?» Nada; dejé los cómicos y me fuí con él. - -Era un tipo extraño este muchacho. Se había hecho vagabundo por -inclinación, y le gustaba vivir siempre andando. Llevaba en la espalda -un morralito y dentro una sartén. Compraba sus provisiones en los -pueblos, y él mismo hacía fuego y guisaba. - -Pasamos de todo, bueno y malo, durmiendo al raso y en los pajares; en -algunos pueblos, porque llevábamos el pelo largo, nos quisieron pegar; -en otros marchamos muy bien. A mitad del camino, ó cosa así, en un -pueblo donde llegamos muertos de hambre, nos encontramos con un señor de -grandes melenas y traje bastante derrotado, con un violín debajo del -brazo. Era italiano. «¿Son ustedes artistas?» nos dijo. «Sí», contestó -mi compañero. «¿Pintores?» Sí, señor; pintores. «¡Oh, magnífico! Me han -salvado ustedes la vida. Tengo comprometida la restauración de dos -cuadros de la iglesia, en cincuenta duros cada uno, y yo no sé pintar; -les estoy entreteniendo al cura y al alcalde, diciendo que necesito -pinturas especiales traídas de París. Si quieren ustedes emprender la -obra, nos repartiremos las ganancias.» - -Aceptamos el negocio, y mi compañero y yo nos instalamos en una posada. -Comenzamos la obra, y, mal que bien, hicimos la restauración de uno de -los cuadros, y gustó al pueblo. Cobramos nuestros cincuenta duros; pero, -al repartir el dinero, hubo una disputa entre mi amigo y el italiano, -porque éste quería la mitad y mi amigo no le dió ni la tercera parte. El -italiano pareció conformarse; pero al día siguiente, por lo que nos -enteramos después, fué á ver al alcalde y le dijo: «Necesito ir á -Barcelona para comprar pinturas, y quisiera que me adelantaran dinero». -El alcalde le creyó, y le dió los cincuenta duros de la otra -restauración por anticipado. - -No le vimos al italiano en todo el día, y por la noche vamos á la -tertulia, que la hacíamos en la botica del pueblo, y allí nos dice el -alcalde: «¿De modo que el italiano ha tenido que ir á Barcelona, eh?» Yo -iba á decir que no; pero mi amigó me dió con el pie, y me callé. Al -salir de la botica, el compañero me dijo: «El italiano se ha llevado los -cuartos; no hemos podido pagar la posada. Si nos quedamos aquí, nos -rompen algo; vámonos ahora mismo.» - -Echamos á andar y no paramos en dos días. Una semana después llegamos á -Barcelona, y como no encontramos trabajo, nos pasamos todo un verano -comiendo dos panecillos al día y durmiendo en los bancos. Por fin, salió -un encargo: un retrato que hice yo, por el que me pagaron cincuenta -pesetas. Poco dinero se habrá aprovechado tan bien. Con estos diez -duros, alquilamos una guardilla por treinta reales al mes, compramos -dos colchones usados, un par de botas para cada uno, y todavía nos sobró -dinero para un puchero, carbón y un saco de patatas, que llevamos al -hombro entre los dos, desde el Mercado hasta la guardilla. - -Un año pasamos así, dejando muchos días de comer y estudiando; pero mi -compañero no podía soportar el estar siempre en el mismo sitio y se -marchó. Me quedé solo; al cabo de algún tiempo, me empezaron á comprar -dibujos y empecé á modelar. Cogía mi barro, y allí, dale que dale, me -estaba hasta que salía algo. Presenté unas estatuítas en la Exposición, -y las vendí, y cosa curiosa: el primer encargo de alguna importancia que -tuve, fué para un seminario: varios bustos de unos profesores. Cobré y -me fuí á París. Allí, al principio, estuve mal; vivía en una guardilla -alta, y cuando llovía mucho, el agua se metía en el cuarto; luego -encontré trabajo en una joyería y estuve haciendo modelos de sortijas, y -al mismo tiempo aprendiendo. Llegó la época del Salón, presenté mi grupo -_Los rebeldes_, se ocuparon algo de mí los periódicos de París, y ahora -ya tengo encargos suficientes para poder vivir con holgura. Esa ha sido -mi vida. - ---Pues es usted un hombre--dijo el señor Canuto, levantándose--, y -verdaderamente, me honro dándole á usted la mano. Eso es. - ---Templado es el chico--dijo Rebolledo. - -Eran ya cerca de las once, y hora de retirarse. - ---¿Vienes á dar una vuelta?--dijo Juan á su hermano. - ---No, Manuel no sale de noche--repuso la Ignacia. - ---Como se tiene que levantar temprano...--añadió la Salvadora. - ---¿Ves?--exclamó Manuel--. Esta es la tiranía de las mujeres. ¿Y todo -por qué? Por el jornal nada más; no creas que es de miedo á que me dé un -aire. Por el jornalito. - ---¿A qué hora vendré á empezar el busto?--preguntó Juan. - ---¿A las cinco? - ---Bueno; á las cinco estaré aquí. - -Salieron de casa los Rebolledos, el señor Canuto y Juan, y en la puerta -se despidieron. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO IV - - El busto de la Salvadora.--Las impresiones de Kis.--Malas - noticias.--La Violeta.--No todo es triste en la vida. - - -El busto de la Salvadora, hecho por Juan, fué, durante un mes, el -acontecimiento de la casa. Todos los días variaba el retrato; unas -veces, era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa -como lánguida; con la mirada abatida, como con los ojos fijos y -relampagueantes. - -Había entre los críticos de la casa disparidad de pareceres. - ---Ahora está bien--decía el señor Canuto. - ---No; ayer estaba mejor--replicaba Rebolledo. - -Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la -Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan -también se había ganado la amistad de la Salvadora, y se arrimaba á ella -y se acurrucaba á sus pies. - ---Este perro está entusiasmado con usted--le dijo Juan. - ---Sí. Es muy bonito. - ---Quédese usted con él. - ---No, no. - ---¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que -dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor. - ---Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama? - ---Kis. - ---¿Kis? - ---En inglés quiere decir beso. - ---¿Es inglés el perro? - ---Debe ser; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, á quien -conocí en el Louvre. - ---Si es un recuerdo, no quiero que lo deje usted. - ---No; está mejor con usted. - - * * * * * - -Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de -la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su -nueva morada, se desconocen. - -Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch, el gatillo -rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más -largas que las de delante. - -Kis le invitó varias veces con ladridos alegres á jugar con él, y Roch, -que era sin duda un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso á -bufar, y luego, corriendo, saltó á la falda de la Salvadora, donde -parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo _rum-rum_. - -Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante é -incomprensible. Cuando la Salvadora cosía á la máquina, se ponía á su -lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido, -cerraba los ojos y se dormía. - -En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en -la casa; conoció á Rebolledo y á su hijo, que le parecieron personas -respetables; en el corral observó á las gallinas y al gallo, y no le -inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas, -con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los -pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas. - -Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el -sol, y echaban á correr cuando le veían, y con un burro, un tanto -melancólico y no muy fino en sus maneras, á quien llamaban Galán. - -Pero de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa, -ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos -redondos, parpadeando. - -Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos que andaban por la -calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía -preocupaciones, á pesar de ser de aristocrática familia, fraternizó al -momento con ellos. - - * * * * * - -Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel. - ---Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?--preguntó -Juan mientras modelaba el barro con los dedos. - ---Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca. - ---Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados. - ---Pues no--replicó la Salvadora ruborizada. - ---Pero acabarán ustedes casándose. - ---No sé. - ---Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y -muy pacífico. De chico, era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo -le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores -con una mariposa tan grande que parecía un pájaro, clavada con un -alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. «¿Por qué?» «Porque le -estás haciendo daño.» Me chocó la contestación; pero me chocó más -todavía cuando Manuel fué á la ventana, la abrió y cogió la mariposa, le -sacó el alfiler y la tiró á la calle. El chico se puso tan furioso, que -desafió á Manuel, y á la salida se dieron los dos una paliza, que -tuvieron que separarlos á patadas, porque ya hasta se mordían. - ---Sí. Manuel tiene esas cosas. - ---En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que -tendría entonces uno ó dos años. Era un chico enfermo con las piernas -débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada muy triste. A Manuel se le -ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo de madera, puesto -del revés, con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas -cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado á otro. - ---¿Y qué fué de aquel chico? - ---Murió el pobrecillo. - -Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al obscurecer clavó los -palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada. - -Llegó Manuel de la imprenta. - ---Hemos estado hablando de cosas antiguas--le dijo Juan. - ---¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy? - -Juan descubrió el busto. Manuel encendió la luz y quedó contemplando la -estatua. - ---Chico--murmuró--, ya no la debes tocar. Es la Salvadora. - ---¿Crees tú?--preguntó Juan preocupado. - ---Sí. - ---En fin, mañana lo veremos. - -Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado -la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía reir -mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que sin tener una -absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la -Salvadora. - ---Es verdad--dijo Juan al día siguiente--; está hecho. ¡Tiene algo esta -cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de -hablar--añadió, y, contentísimo, fué á que sacaran de puntos á la -estatua. Tenía tiempo de llevarla á la Exposición. - -Un sábado por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro á su -familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir y Manuel no manifestó -tampoco muchas ganas. - ---A mí no me gusta el teatro--dijo--. Lo paso mejor en casa. - ---Pero hombre, de vez en cuando... - ---Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le -tengo miedo. - ---¡Miedo!, ¿por qué? - ---Es que yo soy un hombre que no tiene energía para nada, ¿sabes?, y -hago lo que hacen los demás. - ---Pues hay que tener energía. - ---Sí, eso me dicen todos; pero no la tengo. - -Salieron los dos, y fueron á Apolo. No hacía un momento que estaban en -el pórtico del teatro, cuando una mujer se acercó á Manuel. - ---¡Demonio!... la Flora. - ---¡Andala!..., si es Manuel--dijo ella--. ¿Qué es de tu vida? - ---Estoy trabajando. - ---¿Pero vives en Madrid? - ---Sí. - ---Pues hace una barbaridad de tiempo que no te veo, chico. - ---No vengo por estos barrios. - ---¿Y á la Justa, no la ves? - ---No. ¿Qué hace? - ---Está en la misma casa. - ---¿En qué casa? - ---¡Ah!, ¿pero no sabes? - ---No. - ---¿No sabes que está en una casa de esas? - ---No sabía nada. Desde lo de Vidal, no la he vuelto á ver. ¿Cómo está? - ---Hecha una jamonaza. Se da al aguardiente. - ---¿Sí, eh? - ---Una barbaridad; lo da también la vida. No hace más que beber y -engordar. - ---Pues tú estás igual que antes. - ---Más vieja. - ---¿Y qué haces? - ---_Na_, por ahí trampeando. Yo hecha la Pascua, chiquillo; marchando -mal. Si tuviera algún dinero, pondría una tiendecilla, porque para hacer -como la Justa, yo no tengo redaño. ¡Palabra de honor, chico, aunque -apabullado!, yo no podría vivir entre esas tías cerdas, porque, aunque -una sea cualquier cosa, estando libre, puede una hacer su capricho, y si -un hombre le da á una asco, mandarlo á tomar dos duros; pero, ¡leñe!, en -una casa de esas hay que apencar con todo. - ---¿Y la Aragonesa? - ---¡La Aragonesa!, por ahí anda en coche; ya no saluda... Está con un -señor rico. - ---¿Y Marcos, el cojo? - ---En la cárcel; ¿no te enteraste? - ---No. ¿Qué pasó? - ---Pues nada, que fué al Círculo un militar, que está más loco que una -cabra, y se llevó todo el dinero que había en la casa. Entonces Marcos y -otro matón, lo esperaron en la escalera, pero el militar echó á correr y -no le cogieron. Al día siguiente, el militar, que está _guillao_, se -presentó en el Círculo, tomó café, y le dijo al mozo: «Dígales usted á -los dos matones de esta casa que vengan aquí, que tengo que darles á -cada uno un encargo.» Fueron el cojo y el otro, y el militar empezó á -bofetadas con ellos, y se armó una de tiros que todos fueron á la -cárcel. - ---¿Y al Maestro? ¿Le conocías tú? - ---Sí; aquel se largó hace tiempo; no se sabe dónde está. - ---¿Y la Coronela? - ---Esa tiene una academia de baile. - -La gente comenzaba á salir de la función, y los que iban á entrar se -estrujaban esperando que dieran la señal. Ya la masa de público iba -avanzando, cuando la Flora preguntó: - ---¿Te acuerdas de la Violeta? - ---¿De qué Violeta? - ---Una gorda, alta, amiga de Vidal, que vivía en la calle de la -Visitación. - ---¿Una que hablaba francés? - ---Esa. - ---¿Qué le ha pasado? - ---Que le dió _un paralís_ y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la -calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame á la salida. - ---Bueno. - -Manuel, preocupado, no pudo prestar atención á lo que se representaba. -Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un -escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión -artística. Manuel, harto de oir hablar de Rodín, de Meunier, de Puvis de -Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo -que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en -la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga. -Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía un pañuelo en la -cabeza, una falda haraposa y un palo en la mano. - -Manuel se acercó á mirarla. Era la Violeta. - ---Una caridad. Estoy enferma, señorito;--tartamudeó ella con una voz -como un balido. - -Manuel le dió diez céntimos. - ---¿Pero no tiene usted casa?--la preguntó. - ---No; duermo en la calle--contestó ella en tono quejumbroso.--Y esos -brutos de guardias me llevan á la Delegación y no me dan de comer. Y lo -que temo es el invierno, porque me voy á morir en la calle. - ---Pero ¿por qué no va usted á algún asilo? - ---Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos -roban la comida. Ahora voy á San Ginés, y gracias que en Madrid hay -mucha caridad, sí, señor. - -Mientras hablaban, se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer -abultada y bigotuda. - ---¿Y cómo se ha quedado usted así?--siguió preguntando Manuel. - ---De un enfriamiento. - ---No le hagas caso--dijo la bigotuda con voz ronca--; ha tenido un -_cristalino_. - ---Y se me han caído todos los dientes--añadió la mendiga mostrando las -encías--, y estoy medio ciega. - ---Ha sido un _cristalino_ terrible--agregó la bigotuda. - ---Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada! -No tengo más que treinta y cinco años. - ---Es que era muy viciosa además--dijo la mujer bigotuda á Manuel--. -¿Qué, vienes un rato? - ---No. - ---Yo... yo también he sido de la vida--dijo entonces la Violeta--; y -ganaba... ganaba mucho. - -Manuel, aterrado, le dió el dinero que llevaba en el bolsillo; dos ó -tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y -apoyándose en el palo comenzó á andar arrastrando los pies y -sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de -Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna. - -Manuel, cabizbajo y pensativo, se fué á su casa. - -En el comedorcito, á la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la -Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de -pureza. - ---¿Qué habéis visto?--preguntó la Salvadora. - -Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había -visto en la calle... - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO V - - A los placeres de Venus.--Un hostelero poeta.--¡Mátala!--Las - mujeres se odian.--Los hombres también. - - -Juan llevó á la Exposición el grupo de los Rebeldes, una figura de una -trapera hecha en París y el busto de la Salvadora. Estaba contento; -había ambiente para su obra. - -Algunos decían que el grupo de los Rebeldes recordaba demasiado á -Meunier, que en la Trapera se veía la imitación de Rodin; pero todos -estaban conformes en que el retrato de la Salvadora era una obra -exquisita, de arte tranquilo, sin socaliñas ni martingalas. - -A los pocos días de inaugurarse la Exposición, Juan tenía ya varios -encargos. - -Satisfecho de su éxito y para celebrarlo, invitó á su familia á comer un -día en el campo. Fué un domingo, una tarde de Mayo, hermosa. - ---Vamos á la Bombilla--dijo Juan--. Eso debe ser muy bonito. - ---No, suele haber demasiada gente--replicó Manuel--. Iremos á un -merendero del Partidor. - ---Donde queráis; yo no conozco ninguno Salieron de casa, la Ignacia, la -Salvadora, Juan, Manuel y el chico; siguieron la calle de Magallanes, -entre las dos tapias, hasta salir por el antiguo camino de Aceiteros, -frente al cementerio de San Martín. Las copas de los negros cipreses se -destacaban por encima de las tapias en el horizonte luminoso. Pasaron -por delante del campo santo; había allí sombra y se sentaron á -contemplar los patios á través de la verja. - ---¡Qué hermoso es!--dijo Juan. - -El cementerio, con su columnata de estilo griego y sus altos y graves -cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas, -formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya -desgastados, y en los rincones tumbas, que daban una impresión poética y -misteriosa. - -Mientras contemplaban el campo santo, aparecieron los dos Rebolledos y -el señor Canuto. - ---¿Qué, se va de paseo?--dijo el jorobado. - ---Sí, á merendar--contestó Juan--. ¿Si quieren venir con nosotros? - ---Hombre... vamos allá. - -Siguieron todos reunidos el curso del canalillo. Luego, abandonándolo y -á campo traviesa, marcharon en dirección de Amaniel. - -Bajaron el repecho de una colina. - -Se veía enfrente una vallada ancha, dorada por el sol, y en el fondo, -sobre el cielo de turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de -plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres, -brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la -hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se -destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso, -las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los -altos y espléndidos girasoles. - -Un estanque rectangular ocupaba el centro de una de las huertas, y por -su superficie plana, negra y verdosa, nadaban los patos, blancos como -copos de nieve, y al cortar el agua dejaban en ella un temblor -refulgente de rayos deslumbradores. - ---Pero esto es muy bonito--decía Juan á la Salvadora--; todo el mundo me -ha dicho que Madrid era muy feo. - ---Yo no sé, como no he visto nada--replicó ella sonriendo. - -Desde una loma se veían unos merenderos hundidos entre árboles. Se oía -rumor de organillos. - ---Vamos á meternos en uno de éstos--dijo Juan. - -Bajaron hasta llegar frente á un arco con este letrero: - - Á LOS PLACERES DE VENUS - - (HAY PIANO Y MUCHO MOVIMIENTO) - ---No vaya á venir aquí golfería--dijo Manuel á su hermano. - ---Quia, hombre. - -Entraron, y por una rampa en cuesta entre boscaje, bajaron á un -cobertizo de madera, con mesas rústicas, espejos y unas cuantas ventanas -con persianas verdes. A un lado, había un mostrador como de taberna; en -medio un organillo con ruedas. - -No había más que tres ó cuatro mesas ocupadas, y en el mostrador un -viejo y varios mozos de café. - ---Esto parece una casa de baños--dijo Juan--; parece que por una de esas -ventanas se ha de ver el mar. ¿No es verdad? - -Se acercó uno de los mozos á la mesa á preguntarles lo que deseaban. - ---Pues nada; queremos merendar. - ---Tendrán ustedes que esperar algo. - ---Sí; esperaremos. - -En esto, el señor viejo que estaba en el mostrador salió de allá, se -acercó á ellos, les saludó respetuosamente, agitando la gorra en la -mano, y sonriendo dijo: - ---Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado -ustedes asiento y se les servirá el alimento con un buen condimento, que -aquí hay muy buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está -sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este documento--y -enseñó una lista de los precios--y ande el movimiento. - -Ante un discurso tan absurdo, todo el mundo quedó asombrado; el viejo se -sonrió y remató su perorata exclamado: - ---¡Mátala! ¡Viva la niña! - -Leyeron la lista de los precios; llamaron al mozo, quien les dijo que si -les parecía bien, podrían trasladarse á un cuarto que daba á la terraza -donde estarían solos. - -Subieron por unas escaleras á un barracón largo, dividido en -compartimientos con un corredor á un lado. - -Un par de chulos de chaqueta corta y pantalón de odalisca, sacaron el -organillo á la terraza. Iba entrando gente, y las parejas comenzaban á -bailar. - -Trajeron la merienda, el vino y la cerveza, y se iban á poner á comer, -cuando volvió el amo del merendero y saludó con la gorra en la mano. - ---Señores--dijo--: Si están ustedes bien en este departamento y sienten -desfallecimiento, deben dedicarse pronto al mandamiento y echar fuera el -entristecimiento, el descontento y el desaliento. Por eso digo yo y no -miento, mi mejor argumento: ¡Ande el movimiento! - -Rebolledo el jorobado que miraba al viejo sonriendo, agazapado en su -silla como un conejo, terminó la alocución gritando: - ---¡Mátala! ¡Viva la niña! - -El viejo sonrió y ofreció su mano al jorobado, quien se la estrechó -cómicamente. Todos se echaron á reir á carcajadas, y el viejo, muy -satisfecho de su éxito, se marchó por el corredor. Al único á quien no -le pareció bien la cosa fué al señor Canuto, que murmuró: - ---¿A qué viene este burgante con esas teorías? - ---¿Qué teorías?--preguntó Juan algo asombrado. - ---Esas simplezas que viene diciendo, que no son más que teorías... -alegorías, chapucerías y nada más. Eso es. - ---En vez de tonterías, dice teorías el señor Canuto--advirtió Manuel á -Juan por lo bajo. - ---Ah... vamos. - -Comieron alegremente al son del pianillo, que tocaba tangos, polcas y -pasos dobles. La terraza poco á poco se había llenado de gente. - ---Qué, ¿echamos un baile, señora Ignacia?--dijo Perico á la hermana de -Manuel. - ---Yo, ¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad! - ---Y usted, ¿no baila?--preguntó Juan á la Salvadora. - ---No, casi nunca. - ---Yo la sacaría á usted si supiera. Anda tú, Manuel. No seas poltrón. -Sácala á bailar. - ---Si quiere, vamos. - -Salieron por el corredor al patio enlosado mientras el organillo tocaba -un paso doble. Bailaba la Salvadora recogiéndose la falda con la mano, -con verdadera gracia y sin el movimiento lascivo de las demás mujeres. -Cuando acabó el baile, Perico Rebolledo, algo turbado, le pidió que -bailara con él. - -Al volver Manuel al sitio donde había merendado, tropezó en el corredor -con dos señoritos y dos mujeres. Una de éstas se volvió á mirarle. Era -la Justa. Manuel hizo como que no la había conocido y se sentó al lado -del señor Canuto. - -Volvió la Salvadora de bailar, con las mejillas rojas y los ojos -brillantes, y se puso á abanicarse. - ---¡Olé ahí las chicas bonitas!--dijo el jorobado--. Así me gusta á mi la -Salvadora; coloradita y con los ojos alegres. Señor artista, fíjese -usted y vaya tomando apuntes. - ---Ya me fijo--contestó Juan. - -La Salvadora sonrió ruborizada y miró á Manuel que estaba violento. -Trató de buscar el motivo del malestar de Manuel, cuando sorprendió una -mirada de la Justa, fija, dura, llena de odio. - ---Será la que vivió antes con él--pensó la Salvadora, y con indiferencia -la estuvo observando. - -En esto vino el mozo, y acercándose á Manuel, le dijo: - ---De parte de aquella señora, que si quiere usted pasar por su mesa. - ---¡Gracias! Dígale usted á esa señora que estoy aquí con mis amigos. - -Al recibir la contestación, la Justa se levantó y fué acercándose por la -galería á donde estaba Manuel. - ---Viene hacia aquí esa pelandusca--dijo la Ignacia. - ---Más te vale ver lo que quiere--añadió la Salvadora con ironía. - -Manuel se levantó y salió al corredor. - ---¿Qué?--exclamó de un modo agresivo--. ¿Qué hay? - ---_Ná_--contestó ella--. ¿Es que no te dejaban esas salir? - ---No; es que á mí no me daba la gana. - ---¿Quién es esa que está contigo? ¿Tu querida?--y señaló á la Salvadora. - ---No. - ---¿Tu novia?... Chico, tienes mal gusto. Parece un fideo raido. - ---¡Psch! Bueno. - ---¿Y ese de los pelos? - ---Es mi hermano. - ---Es simpático. ¿Es pintor? - ---No, es escultor. - ---Vamos, artista. Chico, pues me gusta. Preséntame á él. - -Manuel la miró y sintió una impresión repelente. La Justa había tomado -un aspecto de bestialidad repulsiva; su cara se había transformado -haciéndose más torpe, el pecho y las caderas estaban abultados, el labio -superior lo sombreaba un ligero vello; todo su cuerpo parecía envuelto -en grasa y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada -en aquella gordura fofa. Tenía todas las trazas de una mujerona de -burdel, que ejerce su oficio con una perfecta inconsciencia. - ---¿Dónde vives?--la pregunto Manuel. - ---En la calle de la Reina, en casa de la Andaluza. No es cara la casa. -¿Irás? - ---No--dijo Manuel secamente, y volviéndole la espalda se acercó á donde -estaban los suyos. - ---Muy flamenca, guapetona--dijo el jorobado. Manuel se encogió de -hombros con indiferencia. - ---¿Qué le has dicho?--preguntó Perico--. Se ha quedado paralizada. - -El organillo no dejaba de tocar un momento; la Justa, su compañera y los -dos señoritos, comenzaron á ponerse impertinentes. Reían, gritaban; -tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre á la Salvadora de -una manera fulminante. - ---¿Por qué me mira así esa mujer?--y la Salvadora hizo esta pregunta á -Manuel sonriendo. - ---¿Qué sé yo?--contestó él con tristeza--. ¿Vámonos? - ---Estamos bien aquí, hombre--dijo Juan. - ---¿Os habéis incomodado porque he hablado con esa?--preguntó Manuel á la -Salvadora. - ---¿Nosotras? ¿Por qué?--y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y -relampaguearon sus ojos. - -Uno de los señoritos salió á bailar con la Justa, y al pasar por delante -de donde estaban Manuel y los otros, dijo en voz alta algo insultante de -las melenas de Juan. - ---Vámonos--repitió Manuel. - -A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron. - ---Ahí va uno que se lleva la merienda guardada--dijo uno de los que -bailaban al ver al jorobado. - -Perico se detuvo, dispuesto á pegarse con el que insultara á su padre; -pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida. - ---Esto es lo que no pasa en ningún lado--dijo Juan--. Sólo aquí hay este -afán de insultar y de molestar á la gente. - ---Falta de educación--murmuró el jorobado con indiferencia. - ---Y luego no pasa nada--añadió Perico--; porque á uno de estos -chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él, -alborota mucho y nada. - ---Pero es muy desagradable--repuso Juan--eso de no poder ir á ningún -lado sin que alguien trate de ofenderle á uno. En el fondo de esto--dijo -después burlonamente--hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en -Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes -veía jugar á la raqueta á dos señores, uno gordo, bajito, con una -gorrita en la cabeza y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero -de paja. Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es -natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos, -verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de -personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría -pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su -juego». «Sí--contesto el inglés--; ese es el espíritu provinciano, -propio de un pueblo pequeño; pero á un inglés de Londres, no le asombra -nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea.» - ---Lo partió por el eje--dijo el señor Canuto guiñando un ojo -maliciosamente. - ---Yo no les hubiera hecho caso--dijo la Salvadora, que no oyó el cuento -de Juan. - ---Ni yo--añadió la Ignacia--. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¡Qué descaro!; -es una perdición. - ---Bueno, bueno; por eso mismo me he querido yo marchar, por evitar una -riña--saltó Manuel--; porque á vosotras os gusta armarla, y luego si -viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las -lamentaciones. - ---Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la -culpa--repuso la Salvadora. - -Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la -Moncloa. Después por la calle de Rosales se metieron en el paseo de -Areneros. - -Al llegar aquí, había obscurecido; pasaban los tranvías atestados -haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente -hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas ó verdes -de sus farolillos redondos. - -Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se -veían paredones blancos, ventanas abiertas iluminadas de casas de cuatro -pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso, -rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol, que se -dibujaban en líneas horizontales en el cielo. - ---Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad?--dijo Juan. - -Nadie le contestó. Iba obscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados -de ceniza sobre el paisaje; el cielo tomaba un color siniestro, gris, -sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de -los faroles se estremecía en el aire polvoriento. - -En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo -un momento á mirar el campo. En frente se veía la torre de ladrillo del -Hospital de Clérigos, más lejos una cúpula plomiza y los cipreses del -cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea -de la fábrica de electricidad salía el humo á borbotones densos, y en el -aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente á la tierra, -como un escuadrón de caballos salvajes. - -Y el paisaje árido, unido á la pobreza de las construcciones, á los -gritos de la gente, á la pesadez del aire, daba una impresión de fatiga, -de incomodidad, de vida sórdida y triste... - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO VI - - Las vagas ambiciones de Manuel.--Las mujeres mandan. Roberto.--Se - instala la imprenta. - - -En los días anteriores á la apertura de la Exposición, Juan no apareció -por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en -café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al -verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas -maquinaciones. - -Su grupo _Los Rebeldes_, mal colocado en el salón adrede, apenas se -veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado -efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho -que él le votaría para una segunda medalla, pero que como todas estaban -comprometidas, no le podrían dar más que una tercera. Juan le contestó -que hiciesen en conciencia lo que les pareciese, pero el del jurado le -advirtió que le dijera si iba ó no á aceptar la tercera medalla, porque -en el caso de no aceptarla se la darían á otro. - -Juan sintió deseos de rechazarla, pero esto daba á entender que estaba -mortificado, y la aceptó. - ---¿Cuánto te dan por eso?--le preguntó Manuel. - ---Mil pesetas. - ---Entonces haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas -son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo. -Ahora te dan ese dinero. Tómalo. - ---¡Psch! - ---Si no lo quieres, dámelo á mí; esas pesetas me podrían hacer el gran -avío. - ---¿A ti? ¿Para qué? - ---Hombre, tengo ya desde hace tiempo la idea de tomar una imprenta en -traspaso. - ---¿Pero vives mal así? - ---No. - ---¿Tantas ganas tienes de ser propietario? - ---Todo el mundo quiere ser propietario. - ---Yo, no. - ---Pues yo, sí; me gustaría tener un solar, aunque no sirviera para nada, -sólo para ir allá y decir: esto es mío. - ---No digas eso--replicó Juan--; para mí ese instinto de propiedad es lo -más repugnante del mundo. Todo debía ser de todos. - ---Que empiecen los demás dando lo que tienen--dijo la Ignacia terciando -en la conversación. - ---Nosotros no tenemos que arreglar nuestra conducta con la de los demás, -sino con nuestra propia conciencia. - ---¿Pero es que la conciencia le impide á uno ser propietario?--preguntó -Manuel. - ---Sí. - ---Será la tuya, chico; la mía no me lo impide. Yo, entre explotado ó -explotador, prefiero ser explotador; porque eso de que se pase uno la -vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre... - ---No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene y sujetarla -es una vileza. - ---Pero bueno, ¿qué me quieres decir con esto; que no me darás el dinero? - ---No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla; lo que te -digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives -bien... - ---Pero puedo vivir mejor. - ---Bueno, haz lo que quieras. - - * * * * * - -La Salvadora y la Ignacia no compartían las ideas de Juan; al revés, -sentían de una manera enérgica el instinto de propiedad. - -A consecuencia de esta conversación, se despertaron nuevamente los -planes ambiciosos de Manuel. La Salvadora y la Ignacia le instaron para -que estuviese á la mira por si salía alguna imprenta en traspaso, y -pocos días después le indicaron una anunciada en un periódico. - -Manuel fué á verla; pero el amo le dijo que ya no la quería traspasar. -En cambio, supo que un periódico ilustrado vendía una máquina nueva y -tipos nuevos por quince mil pesetas. - -Era una locura pensar en esto; pero la Salvadora y la Ignacia le dijeron -á Manuel que fuera á verla y que le propusiera al amo comprarla á -plazos. - -Hizo esto Manuel; la máquina era buena, tenía un motor eléctrico -moderno, y los tipos eran nuevos; pero el amo no se avenía á cobrar en -plazos. - ---No, no--le dijo--, soy capaz de rebajar algo el precio; pero el dinero -lo necesito al contado. - -Entre la Salvadora y la Ignacia tenían tres mil pesetas, podían contar -con las mil de la medalla de Juan; pero esto no era nada. - ---Qué le vamos á hacer--dijo Manuel--; no se puede... paciencia. - ---Pero la máquina, ¿es buena?--preguntó la Salvadora. - ---Sí; muy hermosa. - ---Pues yo no dejaría eso así--dijo la Salvadora. - ---Ni yo tampoco--repuso la Ignacia. - ---¿Y qué voy á hacer? - ---¿No tienes ese amigo inglés que vive en el hotel de París?... - ---Sí; pero... - ---¿No te atreves?--preguntó la Ignacia. - ---Pero, ¿cómo me va á dar quince mil pesetas? - ---Que te las preste. Con probar nada se pierde. El no lo llevas contigo. - -A Manuel no le hizo ninguna gracia la cosa; dijo que sí, que iría á ver -á Roberto, pensando que se les olvidaría la idea; pero al día siguiente -las dos volvieron á la carga. - -Manuel pensó hacer como que iba al hotel y decirles á ellas que no -estaba Roberto en Madrid; pero la Ignacia se le adelantó y se enteró de -que no se había marchado. - -Manuel fué á ver á su amigo de muy mala gana, deseando encontrar algún -pretexto, para aplazar indefinidamente la visita ó que le dijeran que no -le podía recibir; pero al entrar en la puerta del hotel se encontró con -Roberto. - -Estaba dando órdenes á un mozo. Parecía más fuerte, más hombre, con un -gran aplomo en los movimientos. - ---Hola, ilustre golfo--le dijo al verle--. ¿Cómo estás? - ---Bien, ¿y usted? - ---Yo, admirablemente... ya me he casado. - ---¿Sí? - ---Estoy en camino de ser padre. - ---¿Y el proceso? - ---Terminó. - ---¿A favor de usted? - ---Sí; ya no falta más que la resolución de unos expedientes. - ---Y la señorita Kate, ¿está aquí? - ---No, en Amberes. ¿Venías á buscarme? ¿Qué me querías? - ---Nada, verle. - ---No; tú venías á algo. - ---Sí; pero la verdad, vale más que no se lo diga á usted, porque es una -tontería. - ---No, hombre, dilo. - ---Son cosas de mujeres. Ya sabe usted que soy cajista, y mi hermana y -otra muchacha que vive conmigo, están empeñadas en que me debo -establecer... Y ahora se puede comprar una máquina nueva y tipos también -nuevos... y yo no tengo dinero bastante para eso... y ellas me han -empujado para que le pida á usted el dinero. - ---¿Y cuánto se necesita para eso? - ---Piden ahora quince mil pesetas; pero pagándole al contado al dueño, -rebajaría mil ó quizá dos mil. - ---De manera que necesitas unas trece á catorce mil pesetas. - ---Eso es; yo, ya me figuro, que usted no podrá dar ese dinero..... -Ahora, perder no se puede perder gran cosa. Porque usted podría ser el -socio capitalista, y se ensayaba..... que á los dos años, por ejemplo, -no daba resultado, pues se vendía la máquina y las cajas con mil ó dos -mil pesetas de pérdida y la pérdida la pagaba yo. - ---Pero además, hay que abonar los gastos de instalación en la nueva -imprenta, de traslado, ¿verdad? - ---No, de eso me encargaría yo. - ---¿Tienes dinero, eh? - ---Unas cuatro mil pesetas. - ---De manera que me propones ser tu socio capitalista, ¿no es eso? - ---Sí. - ---¿Qué ganaré yo? ¿La mitad de los ingresos? - ---Eso es. - ---¿Después de descontados vuestros jornales? - ---Le va á quedar á usted muy poco. - ---No importa; acepto. - ---¿Acepta usted?--dijo Manuel en el colmo del asombro. - ---Sí, seré tu socio. Dentro de unos años pondremos una gran casa -editorial, para ir descristianizando España. Vamos á ver al dueño de la -máquina. - -Tomaron un coche y se hizo la compra. Se especificó el número de letras -y de casilleros, Roberto cogió el recibo, pagó y le dijo á Manuel: - ---Ya me dirás dónde nos trasladamos. ¡Adiós! Tengo mucho que hacer. - -Manuel se despidió de la imprenta donde trabajaba y se fué á su casa. - -Ya era un burgués, todo un señor burgués. - - * * * * * - -Tuvo grandes dificultades la instalación de la imprenta. - -El dueño de la máquina dijo que él ya no necesitaba el local, y Manuel -tuvo que pagarlo mientras buscaba otro. Después de andar mucho, llegó á -encontrar una tienda á propósito para imprenta en la calle de Sandoval. -Tenía prisa de instalarse cuanto antes y se arregló con los albañiles -para que hicieran las obras necesarias en un mes; pero los albañiles -tardaron más de lo convenido y tuvo que pagar los alquileres de las dos -casas. Por más que Manuel vigilaba y atendía á los menores detalles, no -podía evitar el robo; las obras le costaron un dineral; entre la -portada, la muestra y los arreglos del interior se fueron las tres mil -pesetas. Lo único barato fué la instalación eléctrica, que la hizo -Perico Rebolledo. - -Luego había que hacer una porción de diligencias, había que pedir -permiso en el Ayuntamiento para las cosas más fútiles, y Manuel andaba -hecho un zarandillo de un lado á otro. - -Tras de muchas dilaciones y contratiempos, pudo trasladar la máquina y -las cajas, y notó que le habían robado casi la mitad de la letra. El -motor eléctrico hubo que componerlo. Por fin se arregló todo; pero no -había trabajo. La Ignacia, se lamentaba de que su hermano hubiese -perdido su buen jornal; la Salvadora, siempre animosa, confiaba que -vendría el trabajo, y Manuel se pasaba las horas en la imprenta, flaco, -triste, irritado. - -Hizo anuncios que repartió por todas partes; pero los encargos no -venían. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO VII - - El amor y la debilidad.--Las intermitentes y las golondrinas. El - bautizo de S. M. Curda I en una imprenta. - - -A consecuencia de la fatiga y de las preocupaciones, Manuel comenzó á -encontrarse malo. Sentía un gran desmadejamiento en todo el cuerpo; -apenas dormía y estaba siempre febril. Una tarde la fiebre se hizo tan -alta que tuvo que guardar cama. - -Pasó la noche con un colenturón terrible, en una somnolencia extraña, -despertándose á cada momento con sobresaltos y terrores. - -A la mañana siguiente se encontraba mejor, sólo de cuando en cuando -algún escalofrío le recorría por el cuerpo. - -Estaba dispuesto á salir, cuando sintió que de nuevo le empezaba la -fiebre. Le pasaban los escalofríos por la espalda como soplos de aire -helado. - -La Salvadora estaba con sus discípulas y Manuel llamó á la Ignacia. - ---Avísale á Jesús. Si no está ahora colocado, que vaya á la imprenta. -Estoy muy mal. Yo no sé lo que tengo. - -Se acostó con la cabeza pesadísima. Sentía un latido en la frente, que -se comunicaba á todo el cuerpo. Se imaginaba que le llevaban debajo de -un martillo de fragua y le ponían en el yunque, unas veces boca arriba, -otras de costado. Cesaba esta impresión y escuchaba dentro de su cerebro -el ruido de la prensa y del motor eléctrico, y esto le producía una -angustia enorme. Después de dos ó tres horas de una fiebre alta, se -encontró de nuevo bien. - -Por la noche, Jesús y el señor Canuto fueron á verle. Habló Manuel con -Jesús de los asuntos de la imprenta, y le recomendó que no los -abandonara. El señor Canuto salió y vino poco después con unas hojas de -eucalipto, con las cuales la Ignacia hizo un cocimiento para Manuel. - -Algo mejoró con esto, pero los accesos de fiebre seguían y hubo que -llamar á un médico. Se encontraba además Manuel en un estado de -excitación que no le dejaba descansar un momento. - ---Tiene intermitentes y una gran depresión nerviosa--dijo el médico--. -¿Trabaja mucho? - ---Sí, mucho--contestó la Salvadora. - ---Pues que no trabaje tanto. - -Recetó el médico y se fué. Toda la noche estuvo la Salvadora al lado del -enfermo. A veces Manuel la decía: - ---Acuéstate; pero estaba deseando que no lo hiciera. - -Le atendía la Salvadora con una solicitud de madre; se molestaba -continuamente por él. Era pródiga de sus atenciones y avara de las -ajenas. Manuel, hundido en la cama, la miraba, y cuanto más la miraba, -creía encontrar en ella nuevos encantos. - ---¡Qué buena es!--se solía decir á si mismo--. La molesto á cada paso y -no me odia.--Y este pensamiento de que era buena, le daba ideas -fúnebres, porque pensaba qué sería de él, si ella se casara. Era una -idea egoísta; nunca había sentido como entonces tanto miedo á morirse y -á quedar desamparado. - -A los dos días, la Ignacia dijo que para que la Salvadora pudiese -atender á sus quehaceres, lo mejor sería llamar á la mujer del señor -Canuto, una vieja emplastera, que asistiría muy bien á Manuel. - -Este no replicó, pero mentalmente se deshizo en insultos contra su -hermana; la Salvadora repuso que no había necesidad de traer á nadie, y -Manuel se sintió tan emocionado que las lágrimas le brotaron de los -ojos. - -Se encontraba Manuel en un estado de impresionabilidad extraño; la cosa -más insignificante le producía un arrebato de cariño ó de odio. Entraba -la Salvadora y mullía el almohadón ó le preguntaba si necesitaba alguna -cosa, é inmediatamente Manuel sentía un agradecimiento tan grande, que -hubiera querido exponer su vida por ella; en cambio venía la Ignacia y -le decía: «Hoy parece que estás mejor», y sólo por esto, Manuel temblaba -de ira. - -«Así deben ser los perros, como yo soy ahora»--pensaba algunas veces. - -A los seis días, Manuel se levantaba. Era el mes de Agosto; solían estar -las maderas del balcón cerradas; por una rendija entraba un rayo de sol, -nadaban en su luz los corpúsculos del aire y pasaban las moscas -atravesando aquella barra de oro como gotas de un metal incandescente. -Se sentía la calma enorme de los alrededores desolados, y en aquellas -horas de siesta venía de la tierra calcinada como un soplo de silencio; -todo estaba aletargado; sólo se oía el lejano silbido de algún tren y el -chirriar de los grillos..... - - * * * * * - -Los sábados invariablemente, por las mañanas, debajo del balcón en donde -trabajaba la Salvadora, solía ponerse un ciego á cantar, acompañándose -de una guitarra de son cascado, canciones antiguas. Era un ciego bien -vestido, con gabán y sombrero hongo, que llevaba un perrillo blanco como -guía. Solía cantar con muy poca voz, pero afinando siempre aquella -habanera de _Una Vieja_: ¡Ay mamá, qué noche aquella! y algunas otras -romanzas sentimentales. - -Manuel llamaba al ciego el Romántico, y por este nombre le conocían en -la casa; la Salvadora solía echarle todos los sábados diez céntimos -desde el balcón. - -Por las tardes, Manuel, desde el comedor, oía á las discípulas de la -Salvadora cuando entraban. Notaba sus conversaciones en el portal, el -crujido de los peldaños viejos de la escalera; luego sentía el beso que -daban á la maestra, el ruido de la máquina, el chasquido de los bolillos -y un murmullo de risas y de voces. - -Cuando las niñas se marchaban, entraba Manuel en la escuela y charlaba -con la Salvadora. Abrían el balcón, las golondrinas trazaban rápidos -círculos alegres y locos en el cielo rarificado; el aire de la tarde se -opalizaba, y Manuel sentía lánguidamente el paso de las horas y -contemplaba los crepúsculos tristes de cielo anaranjado, cuando en la -callejuela solitaria se encendían los faroles y pasaban haciendo sonar -las esquilas algunos rebaños de cabras. Un día Manuel tuvo un sueño que -luego le preocupó mucho; soñó con una mujer que estaba á su lado; pero -esta mujer no era la Justa; era delgada, esbelta, sonriente. En su sueño -se desesperaba por no comprender quién era aquella mujer. Se acercaba á -ella, y ella huía, pero de pronto la alcanzaba y la tenía en sus brazos -palpitante. Entonces la miraba muy de cerca y la reconocía. Era la -Salvadora. Desde aquel instante comenzó una nueva preocupación por -ella... - -Una tarde, en la convalecencia, cuando aún Manuel se encontraba débil, -hizo un calor bochornoso. El cielo estaba blanquecino, anubarrado, -polvaredas turbias se levantaban de la tierra. A veces se ocultaba el -sol, y el calor entonces era más sofocante. En el interior de la casa -los muebles crujían con estallidos secos. Desde la ventana veía Manuel -el cielo que tomaba tintes amarillos y morados; después comenzó á oirse -el rodar lejano de los truenos. Llegaba un olor fuerte á tierra mojada. -Manuel, con los nervios en tensión, sentía una gran angustia. Brilló un -relámpago en el cielo y comenzó á llover. La Salvadora cerró la ventana -y quedaron en la semiobscuridad. - ---¡Salvadora!--llamó Manuel. - --¿Qué? - -Manuel no dijo nada; le agarró la mano y la estrechó entre las suyas. - ---Déjame que te bese--le dijo Manuel en voz baja. - -La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los -labios de Manuel que quemaban y él sintió en sus labios una frescura -deliciosa. En aquel momento entró la Ignacia. - - * * * * * - -A medida que Manuel iba restableciéndose, la Salvadora volvía á ser como -habitualmente, igual en su carácter, tan amable para unos como para -otros. Manuel hubiera querido una preferencia. - ---La hablaré--pensó. - -En casa no era fácil, porque la Ignacia se creyó en el caso de -vigilarles á los dos. - ---Ya no falta más que esto--decía indignado Manuel--; pero, en fin, -cuando salga nos entenderemos. - -De cuando en cuando Manuel preguntaba á Jesús: - ---¿Qué tal en la imprenta? - ---Bien--contestaba él invariablemente. - -Jesús comía en la casa y dormía en un cuarto próximo al desván, en donde -la Ignacia le había puesto una cama. - - * * * * * - -El primer día que Manuel se sintió con fuerzas, se marchó á la imprenta. -Entró. No había nadie. - ---¿Qué demonios pasa aquí?--se dijo. - -Se oían voces en el patio. Manuel se asomó á una ventana á ver lo que -ocurría. Estaban los tres cajistas, Jesús y el aprendiz, todos vestidos -de mamarracho, cantando y paseándose por el patio. Abría la marcha el -aprendiz con un embudo en la cabeza y golpeando en una sartén. Tras de -él iba uno de los cajistas, que llevaba una falda de mujer, unos trapos -arrebujados en el pecho y en los brazos un palo envuelto en una tela -blanca, como si fuera un niño. Después marchaba Jesús, vestido con una -dalmática de papel y en la cabeza un birrete con un barboquejo; luego -uno de los cajistas que llevaba una escoba como un fusil, y al último, -el otro cajista con una espada de madera en el cinto. - -Todas las vecinas habían salido á las ventanas á presenciar la -ceremonia. Después de los cánticos, Jesús se subió á un banco, cogió una -bota de vino y lo derramó sobre la cabeza del muñeco. - ---En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo--gritó--, te -bautizo y te doy el nombre de Curda I, rey de todas las Cogorzas, -príncipe de la Jumera, conde de la Tajada y señor de la Papalina. - -El de la sartén comenzó á golpearla furiosamente. - ---¡Silencio!--exclamó Jesús con voz vibrante--. Pueblo de Madrid: ¿juras -defender á Su Majestad Curda I, á todas horas y en todos los momentos? - ---Sí, sí--gritaron los cuatro, enarbolando escobas, espadas y sartenes. - ---¿Reconoceréis como vuestro legítimo rey y soberano á Su Majestad Curda -I? - ---Sí, sí. - ---¿Juráis dar vuestras haciendas y vuestras vidas á Su Majestad Curda I? - ---Sí, sí. - ---¿Juráis derramar vuestra sangre en los campos de batalla por Su -Majestad Curda I? - ---Sí, sí. - ---¿Juráis no reconocer nunca, ni aun en el tormento, otro rey que Su -Majestad Curda I? - ---Sí, sí. - ---Pues bien, pueblo inepto, pueblo nauseabundo, si así lo hacéis, Dios -os lo premie, y si no, os lo demande. ¡Sus! ¡Papalina y cierra España! -¡Muera el infiel marroquí! Acordáos de que vuestros padres tuvieron la -honra de morir por los Papalinas, de ser destripados por los Papalinas, -de ser violados por los Papalinas. ¡Vivan los Papalinas! - ---¡Vivan los Papalinas!--gritaron todos. - ---Ahora que comience la libación--dijo Jesús--. ¡Que rompan á tocar las -músicas! ¡Que arda en festejos el pueblo! - -Luego con su voz natural le dijo al chico: - ---¡Anda, trae unos vasos! - -El aprendiz entró en la imprenta; Manuel le cogió del brazo y le dijo: - ---Dile á ese que estoy aquí. - -Con la orden se acabó inmediatamente la ceremonia y volvieron los -obreros al trabajo. - ---Muy bien--dijo Manuel--; muy bien--y engarzó una serie de -blasfemias--. Ahora se van ustedes todos á la calle. De manera que dejan -ustedes esto solo y se ponen á armar escándalo, para que el amo de la -casa le despida á uno... - ---Es que el chico ayer pescó la primera curda--dijo Jesús--, ¿sabes? y -la hemos celebrado. - ---Haberla celebrado en otra parte. Bueno. A trabajar, y otra vez estas -fiestas las hacen ustedes en los Cuatro Caminos. - -Jesús se fué á las cajas, pero al poco rato volvió. - ---Dame la cuenta--le dijo á Manuel muy fosco. - ---¿Por qué? - ---Me marcho; no quiero trabajar aquí. - ---¿Pues qué hay? - ---Eres un cochino burgués que no piensas más que en el dinero. No tienes -alegría. - ---Mira, sigue ahí, si no quieres que te meta el componedor por la boca, -¡ladrón! - ---Eres un mal compañero... además, siempre me estás insultando. - ---¿Y me vas á dejar ahora que todavía estoy malo? - ---Bueno, me quedaré hasta que te cures. - - - - -SEGUNDA PARTE - - - - -CAPÍTULO I - - Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres. - - -Hay entre Vallehermoso y el paseo de Areneros, una ancha y extensa -hondonada que lentamente se va rellenando con escombros. - -Estos terrenos nuevos, fabricados por el detritus de la población, son -siempre estériles. Algunos hierbajos van naciendo en los que ya llevan -aireándose algunos años. En los modernos, manchados de cal, llenos de -cascote, ni el más humilde cardo se decide á poblarlos. - -Por encima de estas escombreras pasan continuamente volquetes con tres y -cuatro mulas, rebaños de cabras escuálidas, burros blanquecinos, -chiquillos harapientos, parejas de golfos que se retiran á filosofar -lejos del bullicio del pueblo, mendigos que toman el sol, y perros -vagabundos. - -En la hondonada se ven solares de corte de piedras, limitados por cercas -de pedruscos, y en medio de los solares, toldillos blancos, bajo los -cuales los canteros, protegidos del sol y de la lluvia, pulen y pican -grandes capiteles y cornisas marcados con números y letras rojas. - -En el invierno, en lo más profundo de la excavación, se forma un lago, y -los chiquillos juegan y se chapotean desnudos. - -En esta hondonada, ya bastante cerca del paseo de Areneros, al lado de -unas altas pilas de maderas negras, había un solar, y en él una taberna, -un juego de bolos y una churrería. - -El juego de bolos estaba en medio, la taberna á su derecha y la -churrería á la izquierda. La taberna se llamaba _La Aurora_; pero era -más conocida por la taberna de Chaparro. Daba al paseo de Areneros, y á -un pasadizo entre dos empalizadas; tenía un escalón á la entrada, y una -muestra llena de desconchaduras y de lepras. Por dentro era un cuarto -muy pequeño con una ventana al solar. En medio de la taberna, por las -mañanas, solían verse cuatro ó cinco barreños con ceniza, y encima unos -pucheretes de barro, en donde hervía el cocido de unos cuantos mozos de -cuerda que iban á comer allí. - -El local tenia sus refinamientos de lujo y de comodidad; en las paredes -había un zócalo de azulejos; en el invierno se ponía una estufa, y -continuamente había cerca de la ventana un reloj parado de caja grande -pintarrajeada. - -La churrería estaba al otro lado del solar. Era una barraca hecha de -tablas pintadas de rojo; tenía el tejado de cinc, y por en medio de él, -salía una alta y gruesa chimenea, sujeta por cuatro alambres y adornada -con una caperuza. - -Como trazo de unión entre la churrería y la taberna, estaba el juego de -bolos. Tenía éste su entrada por una valla pintada de rojo con un arco -en la puerta. Se dividía en dos plazas separadas por un gran tabique ó -biombo, hecho con trapos sujetos en un alto bastidor. En el fondo, en un -sotechado con gradas, se colocaban los espectadores. - -Dando la vuelta al juego de bolos, había una casita blanca casi cubierta -por enredaderas; detrás de ésta un antiguo invernadero arruinado, y -junto á él una noria, cuya agua regaba varios cuadros de hortalizas. Al -lado del invernadero, medio oculto entre altos girasoles, se veía un -coche viejo, una antigua berlina destrozada, sucia, con las portezuelas -abiertas y sin cristales, que servía de refugio á las gallinas. La -churrería, la taberna y el juego de bolos, eran de los mismos dueños; -dos socios que habitaban en la casita de las enredaderas. - -Los dos socios eran tipos diametralmente opuestos. Al uno, rubio, -bastante grueso, con patillas, le decían el Inglés; el otro, delgado, -picado de viruelas, con los ojos pequeños y enrojecidos, se llamaba -Chaparro. Los dos habían sido mozos de café. Eran hombres que con los -genios más opuestos y contradictorios, se entendían admirablemente. - -Chaparro solía estar siempre en la taberna, el Inglés siempre en el -juego de bolos; Chaparro llevaba gorra, el Inglés sombrero de jipi japa; -Chaparro no fumaba, el Inglés fumaba en pipa larga; Chaparro vestía de -negro, el Inglés trajes claros y anchos; Chaparro estaba siempre -incomodado, el Inglés siempre alegre; Chaparro creía que todo era malo, -el Inglés que todo era bueno, y así, con esta disparidad absoluta, se -entendían los dos compadres. - -Chaparro trabajaba mucho, no paraba nunca; el Inglés, más pacífico, -miraba jugar á los bolos, leía el periódico, con sus anteojos negros, -puestos sobre la nariz, regaba sus plantas que las tenía en cajas y en -grandes jarrones de piedra, que debían de haber ido á parar allí de -algún derribo, y meditaba. Muchas veces no hacía ni esto siquiera; salía -á la hondonada, se tendía al sol y contemplaba vagamente la sierra y la -línea austera apenas ondulada de los campos madrileños bajo el cielo -azul radiante. - - * * * * * - -Una tarde, paseaba Juan con un pintor decorador, á quien había conocido -en la Exposición, por el paseo de Areneros, cuando vieron el juego de -bolos del Inglés y entraron. - ---Aquí podríamos tomar algo--dijo Juan. - ---No habrá quien sirva--contestó el otro. - -Llamaron á un chico que recogía las bolas. - ---Ahí al lado, en la taberna, se pueden ustedes sentar. - -Se sentaron debajo de un emparrado y siguieron hablando. El que hablaba -con Juan era hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y -viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde -firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía. - -Había dedicado un artículo elogioso al grupo de _Los Rebeldes_, y luego -había buscado á Juan para conocerle. - -Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre -delgado y alto, de nariz corva, barba larga, y un modo de expresarse -irónico y burlón. A pesar de que á primera vista parecía indiferente y -hombre que tomaba todo á broma, era un fanático. Trataba de convencer á -Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos -largos y delgados su barba antigua de prócer, suave y flexible. Para él, -lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el -Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el -problema para él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. El -no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por -su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas -de bien y de mal tenían que transformarse por completo y con ellas la -del deber y la de la virtud. - -Hacía sus afirmaciones con cierta reserva, y de cuando en cuando -observaba á Juan con una mirada escrutadora. - -El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin -alardes, iba exponiendo sus doctrinas. - -Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus -dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer á los artistas de -cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid -llegó á intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado al -ver una gente mezquina é indelicada, una colección de intrigantuelos, -llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con -todas las malas pasiones de los demás burgueses. - -Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe -de los artistas, la puso de lleno en los obreros. El obrero para él era -un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No -veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía de -indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y -tampoco notaba que si á los obreros les faltaba la envidia, les faltaba -también en general el sentimiento del valor, de la dignidad y de la -gratitud. - ---Aquí se está bien--dijo el Libertario, ¿verdad? - ---Sí. - ---Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca. - ---Sí, hombre. - ---Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han -visto _Los Rebeldes_, y son entusiastas de usted. - ---¿Son anarquistas también? - ---Sí. - -Salieron al paseo de Areneros por la taberna. - ---Voy á ver el número de esta casa para decírselo á los amigos--dijo el -Libertario. - ---Pues no tiene número--replicó Juan--; pero tiene nombre: La Aurora. - ---Buen nombre para una reunión de los nuestros. - -Se despidieron. Juan marchó á casa de Manuel. En el cerebro del escultor -comenzaba á germinar la idea de que había una misión social que cumplir, -y que esta misión era él el encargado de llevarla á cabo. - -Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos, Manuel trabajaba en la -imprenta. Iban poco á poco viniendo los encargos. - -Una vez Manuel había dicho á la Salvadora: - ---Quisiera hablar contigo despacio. - ---¿Por qué no esperar á ver si salimos adelante?--le había contestado -ella. - -Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron á -trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él -mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba -á andar. Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de -ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si -uno lleva el carretón, ó si es el carretón el que le lleva á uno. Así en -la vida muchas veces no se sabe si es uno el que empuja los -acontecimientos ó si son los acontecimientos los que le arrastran á uno. - -A Manuel su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se -cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle á ninguna parte; en -cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para -echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto la calle -larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco á poco. - -El recuerdo de la Justa había quedado ya borrado para siempre en su -memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará -aquella pobre mujer? - -Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con -intermitencias. - -Un domingo del mes de Noviembre, después de comer, Jesús preguntó á -Manuel: - ---¿No vas á ir hoy á La Aurora? Vamos á tener junta. - ---¿En dónde? ¿En la taberna de Chaparro? - ---Sí. - ---Yo no voy. ¿A qué? - ---¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las -noches. - ---Le están haciendo la pascua á Juan, metiéndole en esas cosas de -anarquismo, que no son más que memadas. - ---¿Ya has renegado también de la idea? - ---Hombre, á mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en -seguida y le dé á cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo -y tres ó cuatro horas de trabajo; pero para no hacer más que hablar y -hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse -diciendo: ¡Salud! Para eso prefiero ser sólo impresor. - ---Tú con anarquía ó sin anarquía serás siempre un burgués infecto. - ---¿Pero es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir? - ---Claro que sí; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque, -¿vienes ó no á La Aurora? - ---Bueno; iré á ver lo que es eso. El día menos pensado os van á meter á -todos en la cárcel. - ---¡Quia! hay la mar de puertas en el solar ese. - -Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una -delación, en la taberna y se encontraron con que no había nadie. - -Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y por la puerta de al lado del -mostrador pasaron á un cuarto con un zócalo de madera, con una mesa -redonda en medio. Había ya diez ó doce personas, y entre los conocidos -de Manuel, estaba el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico, -que no cabían en él. Iba viniendo más gente. - -El Libertario llamó á Chaparro. - ---¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos?--le preguntó. - ---No. - ---En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no se podría entrar? - ---¿En el invernadero? Ahí no hay sillas, ni mesa ni nada. - ---Sí; pero ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz? - ---No. - ---Bueno; pues traiga usted unas velas. - -Salieron al solar; estaba lloviendo á cántaros. Corriendo se metieron en -el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos una -mesita, la pusieron en el centro y encima dos bujías metidas en dos -frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando unos sobre un -banco, otros en tiestos colocados del revés, y otros en el suelo. Tenía -aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba á impulsos -del viento, sonaba la lluvia densa y ruidosa en los cristales y al -escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin -saber por qué todos hablaban bajo. - ---Yo creo, compañeros--dijo Juan, levantándose y acercándose á la -mesa--, que el que tenga algo práctico que decir debe levantarse y -hablar. Hemos constituído este grupo de partidarios de la idea. Casi -todos conocemos este sitio por el nombre de Aurora; como nuestro grupo -debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades, -propongo que desde hoy se llame Aurora Roja. - ---¡Aceptado! ¡Aceptado! - -La mayoría estuvo conforme. Algunos propusieron otros nombres, como -Ravachol, Angiolillo, Ni Dios ni amo; pero en general, todos fueron de -parecer que se pasara á otro punto y que quedase el nombre de Aurora -Roja. - -Luego de aclarado esto, se levantó un joven delgado, vestido de negro, y -echó un verdadero discurso. ¿Qué había que hacer? ¿Qué fin había de -perseguir el grupo designado con el nombre de Aurora Roja? Unos eran -partidarios de la labor puramente individual; pero él encontraba que -esta labor individual tenía un carácter poco revolucionario y era -demasiado cómoda. Uno que no fuese escritor, ni orador, ni anarquista de -acción, que no se reuniera ni se asociara, podía echárselas de -anarquista tremendo y hasta podía serlo con la misma tranquilidad que un -coleccionista de sellos. Además, no había peligro en esto. - ---Y eso ¿qué importa?--dijo Juan--; á nadie se le exige que sea -valiente. Los actos de los anarquistas tienen más valor por eso, porque -nacen de su conciencia y no de mandato alguno. - ---Es verdad--dijeron los demás. - ---Yo no lo niego; lo que yo quiero decir es que no necesitamos liebres -con piel de león, y que sería conveniente un compromiso entre todos -nosotros. - -Mientras este joven defendía la necesidad de la asociación, Jesús -explicó á Manuel quién era. Se llamaba César Maldonado y era estudiante; -había figurado entre la juventud republicana. Era hijo de un mozo de -café y había muchas probabilidades para creer que su anarquismo era una -manera de vengarse de la posición humilde de su padre. En el fondo, el -joven aquel era un presuntuoso, lleno de esa soberbia jacobina que sabe -disimular las bajas pasiones con grandes frases. - -A su lado, y defendiendo todas sus ideas, había un vascongado, alto y -ancho, cargado de espaldas, que se llamaba Zubimendi, hombre triste, con -unos puños formidables, que no hablaba apenas, que había sido pelotari, -y últimamente se dedicaba á servir de modelo. - ---Para formar una asociación habrá que hacer un reglamento, ¿no es -eso?--preguntó el Libertario levantándose. - ---Según--contestó Maldonado--. Yo no creo que deba haber reglamento; -basta un lazo de unión; pero lo que sí considero indispensable es poner -un límite al ingreso en el grupo y otorgar ciertas prerrogativas para -los directores; pues si no, los elementos extraños podían llegar hasta -cambiar el objeto que perseguimos. - ---Yo--replicó el Libertario--, soy enemigo de todo compromiso y de toda -asociación que no esté basada en la inclinación libre. ¿Vamos á -comprometernos á una cosa y á resolver nuestras dudas por el voto? ¿por -la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de -comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo. - ---Hay que ser prácticos--replicó Maldonado. - ---Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños. - -Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de -aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó á la -mesa. - ---Compañeros--dijo sonriendo. - ---¿Quién es éste?--preguntó Manuel á Jesús. - ---El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito. - ---Compañeros: A mí me parece que vuestro pleito se puede resolver con -mucha facilidad. El que quiera asociarse y comprometerse, que lo haga; -el que no, que lo deje. - -Excepto tres ó cuatro partidarios de Maldonado que defendieron la -utilidad del compromiso, los demás no quisieron asociarse. - ---Entonces, ¿para qué reunirnos?--preguntó uno de los amigos del -estudiante. - ---¿Para qué?--contestó Juan--; para hablar, para discutir, para -prestarnos libros, para hacer la propaganda, y si llega el momento de -ejecutar, individual ó colectivamente, cada uno hará lo que su -conciencia le dicte. - ---Yo, por mi parte, estoy conforme con esto--dijo el Libertario--. Que -cada cual sea responsable de sus actos. No podemos aceptar una -solidaridad con nadie desde el momento que todavía ni siquiera nos -conocemos... De manera que el que quiera reunirse libremente, el domingo -que viene aquí estaremos. - -Se levantaron todos. - ---Bueno, vamos--dijo uno--; que ha dejado de llover. - -Salieron al solar, que estaba encharcado, y se despidieron, dándose -fuertes apretones de manos. - ---¡Salud, compañero! - ---¡Salud! - -Y en todos ellos se notaba cierta alegría de jugar á los -revolucionarios... - - * * * * * - -El mismo Manuel, á pesar de su aburguesamiento, sintió el atractivo de -aquella reunión, y al domingo siguiente estaba en la Aurora -fraternizando con los compañeros. - -Formaron la peña en la tejavana de uno de los juegos de bolos, que no se -utilizaba. Allí se podía hablar libremente. Cada domingo se iba haciendo -el grupo más numeroso; se habían comprado folletos anarquistas de -Kropotkine, de Réclus y Juan Grave, y pasaban de una mano á otra. Ya -comenzaban á hablar todos con cierta terminología pedante, entre -sociológica y revolucionaria, traducida del francés. - -En el grupo se manifestaron pronto tres tendencias: la de Juan, la del -Libertario y la del estudiante César Maldonado. El anarquismo de Juan -tenía un carácter entre humanitario y artístico. No leía Juan casi nunca -libros anarquistas; sus obras favoritas eran las de Tolstoï y las de -Ibsen. - -El anarquismo del Libertario era el individualismo rebelde, fosco y -huraño; de un carácter más filosófico que práctico; y la tendencia de -Maldonado entre anarquista y republicana radical, tenía ciertas -tendencias parlamentarias. Este último quería dar á la reunión aire de -club; pero ni Juan ni el Libertario aceptaban esto; Juan, porque veía -una imposición, y el Libertario, además de esto, por temor á la policía. - -Una última forma de anarquismo, un anarquismo del arroyo era el del -señor Canuto, del Madrileño y de Jesús. Predicaban éstos la destrucción, -sin idea filosófica fija, y su tendencia cambiaba de aspecto á cada -instante, y tan pronto era liberal como reaccionaria. - -El primer domingo, en la reunión del juego de bolos, el señor Canuto -llevó la voz cantante. El señor Canuto había sido uno de los entusiastas -de La Internacional, y cuando la escisión de los partidarios de Marx y -de los de Bakounine, el señor Canuto se había puesto del lado de -Bakounine. Había saludado con entusiasmo la Commune, creyendo que venía -con ella la revolución social; después tuvo sus ilusiones con el -levantamiento de Cartagena; luego, todas las asonadas, todos los -motines, pensó que iban á traer la gorda; hasta que al último, -desesperanzado ya, no quería oir hablar de nada. Era de los entusiastas -de Pí y Margall; había conocido al caballero Fanelli, á Salvochea, á -Serrano, á Mora, y recordaba una porción de frases extravagantes de -Teobaldo Nieva, el autor de la _Química de la cuestión social_. - -Las historias del señor Canuto tenían para todos cierto carácter -arcaico, y no llegaron á interesar. Hablaba de cosas pasadas, de -artículos de _El Condenado_ y de _La Solidaridad_, y de las épocas en -que él había tenido gran mano en las cuestiones de los anarquistas. - -Apenas estaba enterado de las corrientes modernas, y la fama de -Kropotkine y Grave, cuyos libros no había leído, le parecía una -usurpación cometida en contra de Fourrier, Proudhon y otros. Es verdad -que tampoco había leído las obras de éstos; pero sus nombres le sonaban. - -El quería su anarquía, la de su tiempo, la de Ernesto Alvarez, sobre -todo. Estas últimas cosas catalanas, como decía él con cierto desdén, le -molestaban. - -No tuvo esta segunda reunión el mismo atractivo que la primera, y muchos -salieron aburridos. Con el objeto de avivar el interés, se anunció para -el domingo siguiente, que se discutirían puntos de la doctrina y que -Maldonado y Prats contestarían á las objeciones que se les hicieran. - ---Este Prats, ¿quién es?--preguntó Manuel al Madrileño. - -Se lo presentó. Era un hombre bajo, barbudo, con una cara de pirata -berberisco, de un color bronceado, con rayas y vetas negruzcas. Tenía -este hombre pelos en toda la cara, alrededor de los ojos, en la nariz -aguileña, en las orejas. Con su aspecto terrible, su manera de hablar -bronca, las manos de oso, peludas y deformes, imponía. - ---¿Vendrás el domingo, compañero?--le dijo á Manuel después de -saludarle. - ---Sí. - ---Entonces, hasta el domingo. - -Y se dieron un apretón de manos. - ---Vaya un tipo--dijo Manuel. - ---No es tan tremendo como parece este Rama Sama--añadió el Madrileño--. -En fin, veremos si el domingo esto se anima. - -Salieron Manuel y el Madrileño. Era el Madrileño, por lo que le oyó -decir Manuel, hombre burlón y paradójico y que tenía un gran fondo de -malicia. Su tipo de anarquista, según aseguraba, era Pini el estafador, -y le encantaba que unos ladrones hubiesen dado dinero á Juan Grave. A -Manuel le pareció que debía ser un hombre capaz de sacrificarlo todo por -una frase ingeniosa ó por un chiste. - -El Madrileño había sido amigo de Olvés, de Ruiz y Suárez, autores de una -explosión en la Huerta, el hotel donde vivía Cánovas. - ---Paco Ruiz era un hombre de buen corazón--le dijo á Manuel. Si yo -hubiera estado en Madrid, no hubiese hecho la barbaridad de poner la -bomba en casa de Cánovas. - ---¿Y no hizo daño á nadie con la bomba?--le preguntó Manuel. - ---A nadie más que á él, que murió. - ---¿Y cómo no se pudo escapar? - ---Se pudo escapar. Verás lo que pasó; él llevaba una botella de pólvora -cloratada, la puso delante de la verja del hotel y encendió la mecha. -Cuando se retiraba, vió que iba á entrar una criada con unos niños. -Inmediatamente Paco volvió, recogió la botella y en la mano le estalló; -le arrancó el brazo la explosión y lo dejó muerto. - -El Madrileño, conocido de la policía como amigo de anarquistas, había -sido víctima de un seudocomplot de la calle de la Cabeza, y había estado -algunos meses preso. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO II - - El derecho.--La ley.--La esclavitud.--Las vacas.--Los negros.--Los - blancos.--Otras pequeñeces. - - -El domingo siguiente llegó Manuel tarde á la reunión; hacía un hermoso -tiempo de invierno, y Manuel y Salvadora lo aprovecharon para pasear. - -Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en el -período álgido. - ---Qué tarde--le dijo el Madrileño--te has perdido; la gran juerga; pero, -en fin, todavía continúa. - -Las caras estaban congestionadas. - ---¿Quiénes son los que discuten? - ---El estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo. - -El jorobado era Rebolledo. - ---Lo que proclamamos nosotros--decía el estudiante Maldonado con voz -iracunda--es el derecho al bienestar de todos. - ---Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado--replicó Rebolledo -padre. - ---Pues yo sí. - ---Pues yo no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener -derecho. Todos tenemos derecho al bienestar; todos tenemos derecho á -edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no -tuviéramos derecho. - ---Se pueda ó no se pueda, el derecho es el mismo--replicó Maldonado. - ---Claro--dijo Prats. - ---No, claro no--y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con -vigorosos signos negativos--, porque el derecho de la persona varía con -los tiempos y hasta con los países. - ---El derecho es siempre el mismo--afirmó el grupo jacobino. - ---¿Pero cómo antes se podía hacer una cosa, por ejemplo, tener esclavos, -y ahora no?--preguntó el jorobado. - ---Porque las leyes eran malas. - ---Todas las leyes son malas--afirmó rotundamente el Libertario. - ---Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito--dijo con -ironía el Madrileño--, ladran á los que llevan blusa y mala ropa. - ---Si se suprimiera el Estado y las leyes--afirmó uno de los -circunstantes--los hombres volverían á ser buenas personas. - ---Esa es otra cuestión--repuso con desdén Maldonado--, yo le contestaba -al señor--y señaló á Rebolledo--y ¡la verdad! no recuerdo lo que decía. - ---Usted decía--dijo el jorobado--que las leyes antiguas, que permitían -tener esclavos, eran malas, y yo no digo que no; lo que sí afirmo es que -si volvieran aquellas leyes, volvería á haber el derecho de tener -esclavos. - ---No... la ley es una cosa, el derecho es otra. - ---¿Pero qué es el derecho entonces? - ---El derecho es lo que á cada uno le corresponde naturalmente como -hombre... Todos tenemos derecho á la vida; creo que no lo negará usted. - ---Ni lo niego ni lo afirmo... pero que mañana vengan los negros, por -ejemplo, á Madrid, y á este quiero y á este no quiero, empiecen á cortar -cabezas; ¿qué hace usted con el derecho á la vida? - ---Podrán quitar la vida, no el derecho á la vida--replicó Prats. - ---¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho á la vida? - ---Aquí en Madrid todo se resuelve con chistes--dijo el catalán enfadado. - ---No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen. - ---Es usted un reaccionario. - ---Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han -convencido. - ---¿Pero es que usted no cree--gritó Maldonado--que todo el que nace -tiene derecho á vivir? - ---No sé--contestó el jorobado--; las vacas también nacen y deben tener -derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en -bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero. - -Se echaron todos á reir. - ---Es que se va de la cuestión--dijo Prats. - ---No--replicó el jorobado--, es que á mí las pamplinas me hacen la -santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice _na_. -Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte, -y _pa_ mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí -me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo -que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que -tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo -haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar. -¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana -suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda, -aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo -encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no -puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni -más filosofía que eso. - ---Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible--dijo -Maldonado. - ---Yo encuentro que tiene razón--exclamó el Libertario. - ---Sí, desde su punto de vista sí--añadió Juan. - ---De esa manera de pensar--repuso el Libertario--son la mayoría de los -españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el -cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más -fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida. - -El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso -quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta -modestia añadió al cabo de un rato: - ---Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay -cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el -trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia. - ---Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á -impedir que el hijo herede al padre?--preguntó Maldonado. - ---Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos -los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego -el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie. - ---Con la anarquía no habrá holgazanes--dijo Prats. - ---¿Y por qué no? - ---Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización -social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes. - ---¿Por qué? - ---Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros -tampoco. - -Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo. - ---¿Y el que guarde dinero?--preguntó el jorobado. - ---No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad. - ---¿Y los ladrones? - ---No habrá ladrones. - ---¿Y los criminales?... ¿los asesinos? - ---No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que -asesine para robar. - ---Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos. - ---Esos son enfermos y hay que curarlos. - ---¿Entonces las cárceles se convertirán en hospitales? - ---Sí. - ---¿Y lo alimentarán á uno allá sin hacer nada? - ---Sí. - ---Pues va á ser el gran oficio el de criminal dentro de poco. - ---Usted todo lo quiere tomar al pie de la letra--dijo Prats--. Esas -cosas de detalles se estudiarán. - ---Bueno, y otra cosa: ¿Los obreros qué vamos ganando con la anarquía? - ---¿Qué? mejorar la vida. - ---¿Ganaremos más? - ---¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo. - ---Eso quiere decir que á cada uno se le dará lo que merece. - ---Sí. - ---¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa? - ---¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?--dijo Prats de mal -humor. - ---En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los -inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa -el trabajo? - -Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al -catalán, que dijo en un arranque de mal humor: - ---Esos, que vayan á romper piedra á la carretera. - ---No--arguyó Maldonado--, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he -escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he -hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro. - ---Bueno--replicó Rebolledo--, pero aun suponiendo que el inventor no sea -superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente -una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á -otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos, -y unos superiores á otros. - ---No, porque la idea de categoría habrá desaparecido. - ---Pero eso no puede ser. - ---¿Por qué no? - ---Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa -bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir -los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es -mayor ó menor.» - ---Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted -comprender que el mundo cambie en absoluto--dijo Maldonado con desdén. - ---¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de -que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á -variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales, -todos serán iguales... no lo creo. - ---No lo crea usted. - ---Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su -palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa. - -Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto -del barbero. - - * * * * * - ---Me ha convencido usted--le dijo Manuel al jorobado. - ---Claro--exclamó el Madrileño impaciente--, como que todas esas fórmulas -son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la -Revolución, _pa_ divertirse. - ---Eso es--dijo el señor Canuto--; qué tanta teoría, ni tanta alegoría, -ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á -ello y echar con las tripas al aire á los _burgantes_, y tirar todas las -iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos -los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un -general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un -buen _cate_ ó una _puñalá_ trapera... y adivina quién te dió... Eso es. - -Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y -humanos y no una partida de asesinos. - ---¡Pero será este hombre mendrugo!--exclamó el señor Canuto en el colmo -del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor, -le dijo:--Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me -dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto -algo en la vida--poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior -del ojo derecho--más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está -usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el -sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema -actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón -para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted -quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible -que se atraviese usted el corazón. - ---No le entiendo á usted--dijo el catalán. - ---¿No?--y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con -lástima--. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola--y -haciéndose el humilde continuó--: pero sí que me figuraba conocer un -poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene -una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras -escrofulosas, ¿qué hace usted? - ---¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico. - ---Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad? - ---Claro. - ---Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al -enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda, -aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera, -paliar, ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta -cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de -arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras -sociales. - ---Será verdad; á mí no me lo parece. - ---¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se -ofenderá usted. Eso es. - ---No, señor; yo no me ofendo. - ---Pues hágase usted socialista. - ---¿Por qué? - ---Porque eso que dice usted y hacerse _socialero_, es lo mismo que ir á -cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted? y una escopeta de -caña. Eso es. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO III - - No hay que confiar en los relojes ni en la milicia.--Las mujeres - son buenas, aun las que dicen que son malas.--Los borrachos y los - perros. - - -Comenzaba ya á encarrilarse la imprenta. El trabajo se iba -regularizando; pero Manuel ni un momento podía dejar el taller. Así, que -si alguna diligencia tenía que hacer, la hacía de noche, después de -cerrar la tienda. Jesús seguía viviendo en la casa, sin trabajar y sin -hacer nada. Por las tardes iba á ver al señor Canuto, á charlar con él; -luego cenaba, se acostaba, y al día siguiente aparecía á la hora de -comer; muchas veces no se le veía el pelo. - ---Jesús tiene dinero--le dijo una vez la Salvadora á Manuel--, ¿qué -hace? ¿trabaja en algún lado? - ---Que yo sepa, no. - ---Pues tiene dinero. - ---No sé cómo se las arreglará. - -Una noche que Manuel fué á casa de un editor á entenderse con él para la -publicación de unos libros, se le hizo tarde, y al llegar á la plaza del -Callao vió á Jesús parado en una esquina, borracho, sin poder -sostenerse. Manuel pensó en seguir adelante sin hacerle caso, pero -luego le dió lástima y se acercó á él. - ---¿Qué haces aquí?--le dijo. - ---¿Quién es usted... para preguntarme á mí eso?--tartamudeó Jesús--. Ah, -¿eres tú? Estaba tomando el fresco. - ---Tienes una curda indecente. Vamos á casa. ¡Anda! - ---¿Qué anda? ¿Qué? - ---¡Cómo estás! No te puedes tener. - ---¿Y á ti qué te importa? Tú no eres más que un cochino burgués... -eso... y un avaro. Entre tu hermano y esa otra te han hecho un roñoso... -y un mal compañero. - ---Bueno; yo seré un burgués; pero no huelo que apesta, como tú. - ---Pero ¿á qué huelo yo? A vino, á vino... - -Jesús decía á vino, como hubiera dicho á rosas. - ---Eres un sinvergüenza--exclamó Manuel--, un borracho indecente. - ---¿Tú sabes por qué me emborracho yo? ¿Tú sabes? Porque tengo un ansia -muy grande; porque tengo una sed... - ---Sí, una sed de vino y aguardiente. - ---Pero, ¿para qué hablo yo con hombres que no me comprenden?... Soy un -huérfano... - ---Mira, no me vengas con cosas de zarzuela. ¡A casa! - ---¿A casa?... No quiero. Mira, Manuel, yo no sé qué tengo más grande, -si el cerebro ó el corazón..., porque mira que yo tengo cerebro... - ---Yo creo que lo que tú tienes mayor es la _asaúra_. - ---Pues aún tengo mayor el estómago, ¡gracioso! Y á mí no me vengas tú -con esos ratimagos de chulo, ¿sabes?, porque tú serás un buen tipógrafo; -pero de gracia madrileña... no tienes ni tanto así. - ---Ni me importa. - ---Y tú, ¿por qué no te emborrachas? - ---Porque no quiero. - ---Porque no quieres, ¿eh?... Te conozco, lebrel... Tu tienes una -tristeza muy honda... - ---Sí; soy un pobre huerfanito como tú. - ---No...; tú no eres más que un burgués..., y la otra tiene la culpa..., -porque antes eras un buen compañero...; pero la otra te domina, y tú ya -no sabes hacer nada sin ella. - ---Bueno, hombre; me domina; ¿qué le vamos á hacer? - -Al llegar á una taberna de la calle Ancha, Jesús se detuvo, se apoyó de -espaldas á la pared, y afirmó rotundamente que no se iba de allí aunque -lo mataran. - ---¡Anda, no seas estúpido!--le dijo Manuel--; te voy hacer andar á -patadas. - ---Pégame; pero no me voy. - ---Pero, ¿qué quieres hacer? - ---Tomar aquí unas copas. - ---Bueno, tómalas. - -En esto pasó de prisa una mujer. Jesús se abalanzó sobre ella; la mujer -comenzó á chillar asustada. - ---Está borracho; no le haga usted caso--le dijo Manuel interponiéndose -entre los dos. - ---¿Y qué?--replicó Jesús--. La convido á cenar. ¿Quieres venir á cenar -conmigo, prenda? - ---No. - ---¿Y por qué no? - ---Porque tengo que ir á casa. - ---¿A casa á las dos de la mañana? ¿A qué? - ---Pero, ¿son las dos?--preguntó la muchacha á Manuel. - ---No debe faltar mucho. - -Pasaron por delante de la Universidad y miraron al reloj. Eran las dos -en punto. La muchacha quedó asombrada y vacilante luego se decidió y se -echó á reir. Estaba algo alegre, y tenía la blusa con las puntillas -rotas y manchada de vino. Contó que había ido con su novio, que era -sargento, y con otra amiga, con su correspondiente galán, á los Cuatro -Caminos. Allí los novios les habían hecho beber á las dos, hasta -emborracharlas; luego las engañaron, diciéndoles que eran las seis, -cuando daban las nueve, y que eran las nueve cuando daba ya la una. Ella -estaba sirviendo y pensaba llegar á una hora regular á casa; pero ya -que no podía, le tenía todo sin cuidado. - ---¿Y qué vas á hacer?--le preguntó Manuel. - ---Dejaré la casa y buscaré otra. - ---Lo que vamos á hacer--dijo Jesús--es irnos los tres á cenar ahora -mismo. - ---Bueno; vamos donde queráis--exclamó la muchacha, y se agarró del brazo -á Manuel y á Jesús. - ---¡Bravo!--gritó Jesús--. ¡Olé por las mujeres valientes! - -Manuel vaciló; le esperarían en casa... Aunque ya se habrían acostado. - ---Un día es un día--murmuró--. Vamos allá--; además, la muchacha era -agradable, con la nariz respingona, abundante de pecho y de caderas. - ---¿De modo que vas á dejar á tus amos?--preguntó Manuel. - ---¡Qué voy á hacer! - ---Bien hecho--gritó Jesús--; deja á los amos...; que les sirva su señora -mamá... ¡Mueran los burgueses! - ---Calla--exclamó Manuel--; van á venir los guardias. - ---Que vengan... Yo me río de los guardias municipales..., y de los -guardias civiles... y de los guardias de orden público... Y yo le digo á -esta mujer que es un cachito de gloria, que hace bien en ir á los -Cuatro Caminos... con el sargento, con el soldado ó con quien le dé la -gana... Todos somos libres. Pues ¡qué!, ¿las amas no tienen también sus -líos?... ¿Verdad, corazón? - ---Ya lo creo. - -La muchacha cogió estrechamente del brazo á Manuel. - ---¿Y tú no dices nada? - ---Que tienes una espetera, que ya ya. - ---Mientras más gracia dé Dios, ¡mejor!--replicó ella riendo--. ¿Cómo te -llamas? - ---Manuel. - ---¿Y qué eres? - ---Este--saltó Jesús--, este es un cochino burgués... que quiere hacerse -rico... para casarse con una mujer... y poner entre los dos una casa de -préstamos... ¡Ja... ja!... - ---No le hagas caso--dijo Manuel--, no sabe lo que se dice. ¿Cómo te -llamas tú? - ---Yo, Paca. - ---¿Estás sirviendo de veras? - ---Sí. - -Varias veces Jesús trató de coger á la muchacha por el talle y de darle -un beso. - ---Bueno; si éste me agarra, me voy--dijo ella. - -Jesús, ofendido, comenzó á insultarla. - ---A mí lo que me sobran son mujeres más guapas que tú... ¿sabes?... y tú -no eres más que una fregona..., y yo tengo siempre cinco duros en el -bolsillo _pa_ tirarlos..; ese que va contigo es un gallina..., y si no, -que salga..., porque le voy á romper un ala. - -Manuel se volvió y cogió de un brazo á Jesús. - ---Si es una broma--dijo éste--. Parece mentira que te pongas así por una -broma. ¡Si á mí me gusta que vayas con ella, hombre! ¡Si yo no soy un -ganguero como tú! Y ahora voy á convidar yo á otra, y nos iremos á -cenar. - -Efectivamente, invitó á una mujer, y los cuatro entraron en una taberna -de la calle del Horno de la Mata, que estaba llena, y pasaron á un -cuartito, precedidos de un muchacho con un mandil azul. - ---¿Qué desean los señores?--preguntó éste. - ---Tráete--le dijo Jesús--dos raciones de pescado frito, chuletas asadas -para cuatro..., queso, y que manden por unos cafés... ¡Ah!, y mientras -tanto, á ver si hay por ahí unas aceitunas y una botella de vino blanco. - ---Todo esto lo voy á tener que pagar yo--pensó Manuel. - -Sirvieron las aceitunas y el vino, y Jesús llenó las copas. La mujer que -había venido con Jesús, era pálida, con el pelo negro y lustroso, -peinado como un casco. Contempló á la criada con curiosidad. - ---Tú no eres de la vida--la dijo. - ---¿Cómo?--preguntó la muchacha. - ---No--saltó Manuel--; es una chica que está sirviendo. Oye--y Manuel -atrajo hacia sí á la Paca--, ¿qué te suelen decir los amos? - ---¡Tantas cosas! - ---¿Y tú qué les contestas? - ---¿Yo?... pues, según. - ---Bah--murmuró Manuel--, ya veo que ese sargento no ha sido el primero. - -La muchacha se echó á reir á carcajadas. La otra mujer se quitó de la -cintura el brazo con que Jesús la estrechaba. - ---No seas pelma--le dijo. - -La mujer aquella tenía la tez marchita, los ademanes tímidos. Había en -ella cierta dignidad, que indicaba que no era de las nacidas con -vocación para su triste oficio. En los ojos negros, en el rostro -prematuramente arrugado, se leía la fatiga, el insomnio, el abatimiento, -todo esto amortiguado por un velo de indiferencia y de insensibilidad. - ---¿De manera que tú estás sirviendo?--preguntó la mujer pálida á la -criada. - ---Sí. - ---¿Qué edad tienes? - ---Diez y ocho años. - ---Yo tengo una hija que tiene quince. - ---¿Usted? - ---Sí. - ---No parece que tenga usted edad bastante. - ---Sí, soy vieja; he cumplido ya treinta y cuatro. La chica está en Avila -con mis padres. Yo, claro, no quiero que venga conmigo, y los abuelos -suyos son pobres. Cuando tengo algún dinero se lo envío. - -Jesús se puso serio, y comenzó á preguntarle por su vida. - ---Hace un año tuve un hijo, y me lo tuvieron que sacar con unos -ganchos--siguió contando la mujer mientras cortaba la carne con el -cuchillo--. Desde entonces estoy mala; luego, hace unos meses, he tenido -el tifus, me llevaron al Cerro del Pimiento, y allí me quitaron toda la -ropa que tenía. Salí tan desesperada, que quise matarme. - ---¡Se quiso usted matar!--exclamó la criada. - ---Sí. - ---¿Y qué hizo usted? - ---Cogí las cabezas de unos fósforos, las eché en un vaso de aguardiente, -hasta que se deshicieron, y lo bebí. ¡Me entraron unos dolores!... Vino -un médico y me dió un vomitivo. Luego, durante cuatro ó cinco días, -echaba el aliento en la obscuridad, y brillaba. - ---¿Pero tan desesperada estaba usted?--preguntó la criada. - ---Tú no sabes cómo vivimos nosotras. ¿Ves? Hoy yo no gano; pues mañana -tengo que empeñar esta blusa, y si me ha costado tres duros, me dan por -ella dos pesetas. Luego, á los hombres les gusta hacer sufrir á las -mujeres... Créeme, hija, sigue sirviendo; por muy mal que estés, no -estarás peor que así... - -Jesús dijo que se había puesto malo, y salió del cuarto. - ---¿Y no podría usted encontrar algún trabajo?--preguntó Manuel á la -mujer. - ---¿Yo? ¿A dónde voy? No tengo fuerza... estoy _anemia_. Además, está una -acostumbrada á hablar mal y á beber, y la conocen á una lo que es en -seguida. Si tuviera salud, me hubiera puesto á nodriza. Todavía tengo -leche. Con tu permiso, rubia--dijo á la criada--y se desabrochó la -blusa, sacó el pecho, y apretó la ubre con dos dedos.--Ahora, que esto -debe estar envenenado--añadió--. Si yo pudiera colocar á mi hija en un -taller ó en una buena casa, ya no me importaría nada. Porque cuando se -empieza la vida mal... - -La conversación tomó entre los tres un giro tétrico, y se contaron sus -respectivas lástimas. De pronto se oyó la voz de Jesús que gritaba: - ---¡Socorro! ¡Socorro! - ---¿Qué le pasa á ese hombre?--preguntó Manuel, y salió al pasillo de la -taberna. - ---¡Socorro! ¡Socorro!--seguía gritando Jesús. - -Manuel se encontró en el corredor con el mozo de la taberna. - ---¿Qué hay?--le dijo. - ---No sé; su compañero debe ser; hace un momento me ha preguntado dónde -estaba el retrete; no sé qué le habrá pasado. - -Entraron en la cocina de la taberna. - ---Dejadme salir--gritaba Jesús--. ¡Socorro! ¡Socorro! Que me han cerrado -la puerta. - -Y se oía un estrépito de puñetazos y patadas. - ---Pero si la puerta está abierta--dijo el muchacho--; y efectivamente, -la abrió, y salió Jesús espantado de dentro. - -Manuel no pudo menos de soltar una carcajada al ver á Jesús manchado de -yeso, con los pelos alborotados, lleno de espanto. - -Jesús abrió y cerró la puerta del retrete varias veces para convencerse -de que estaba abierta, y no replicó. - ---Vamos á tomar café, y andando--dijo Manuel--, que ya es tarde. A ver -qué se debe--preguntó al mozo. - ---A ti no te importa lo que se debe--exclamó Jesús--, porque esto no lo -paga nadie mas que yo. - ---¿Pero tienes _jierro_? - ---Mira--y Jesús enseñó cinco ó seis duros á Manuel. - ---¿Pero de dónde sacas ese dinero? - ---Ah... eso no se puede decir... eres muy curioso. - ---Yo creo que el señor Canuto y tú os dedicais á hacer moneda falsa. - ---Je... je; tú lo que quieres es averiguar mi secreto..., pero nones. - -Tomaron el café, bebieron unas copas de aguardiente y salieron de la -taberna, Jesús con la mujer pálida, y Manuel con la criada. - ---¿A dónde quieres ir?--preguntó Manuel á ésta. - ---Yo, á mi casa. - ---¿No quieres venir conmigo? - ---No; yo no soy una perdida. ¿Usted qué se ha figurado? - ---Nada, mujer, nada. Vete á donde te dé la gana. ¡Adiós! - -La muchacha se detuvo; luego llamó: - ---¡Manuel! - ---Anda á paseo. - ---¡Manuel!--volvió á llamar. - ---¿Qué quieres? - ---El domingo que viene ¡espérame! - ---En dónde. - ---En casa de mi hermana. - -La muchacha dió las señas de su casa. - ---Bueno. ¡Adiós! - -La muchacha le presentó la mejilla; Manuel la besó. Trató de abrazarla; -pero ella huyó riendo. Cuando Manuel llegó á su casa, la Salvadora -estaba cosiendo aún; Roch, acurrucado en la mesa debajo de la lámpara, -dormía; por las maderas entreabiertas del balcón se filtraba la claridad -triste de la mañana. - ---¿Has estado hablando con ese señor hasta ahora?--preguntó la -Salvadora. - ---No. - -Y contó lo que había pasado con Jesús. - -Como era ya de día, Manuel no se acostó. Al salir, camino de la -imprenta, vió á Jesús sentado en un portal de la calle de San Bernardo; -un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba, y le -dirigía largos discursos. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO IV - - El inglés quiere dominar.--Las razas.--Las máquinas.--Buenas ideas, - bellos proyectos. - - -Una tarde lluviosa de Febrero, Manuel había encendido la luz en su -despacho de la imprenta, cuando se detuvo un coche á la puerta, y entró -Roberto. - ---¡Hola! ¿Qué tal estás? - ---Bien, ¿y usted?, ¿qué le trae por aquí con un tiempo tan malo? - ---Te traigo trabajo. - ---¡Hombre! - ---He encontrado á mi antiguo editor, y hablando de sus negocios, me he -acordado de tu imprenta... - ---De nuestra imprenta, querrá usted decir. - ---Es verdad, de nuestra imprenta. Se me quejaba de que le hacían sin -cuidado los libros. Yo conozco, le he dicho, á un impresor nuevo que -trabaja bien. Pues dígale usted que venga, me ha contestado. - ---¿Y qué hay que hacer? - ---Unos libros con grabados, estadísticas y números. ¿Tú podrás tirar -grabados? - ---Sí; muy bien. - ---Pues vete hoy ó mañana á verle. - ---Descuide usted; iré. ¡Ya lo creo! Tendré que tomar otro cajista bueno. - ---¿Y qué? ¿Trabajas mucho? - ---Sí. - ---Pero ganas poco. - ---Es que como los obreros están asociados, se imponen. - ---¿Y tú, no estabas asociado antes? - ---Yo, no. - ---¿No eres socialista? - ---Pse. - ---¿Anarquista quizás? - ---Sí; me es más simpática la anarquía que el socialismo. - ---¡Claro! Como es más simpático para un chico hacer novillos que ir á -clase. ¿Y cuál es la anarquía que tú defiendes? - ---No; yo no defiendo ninguna. - ---Haces bien; la anarquía para todos no es nada. Para uno sí, es la -libertad. ¿Y sabes cómo se consigue hacerse libre? Primero, ganando -dinero; luego, pensando. El montón, la masa, nunca será nada. Cuando -haya una oligarquía de hombres selectos, en que cada uno sea una -conciencia, entre ellos la libre elección, la simpatía, lo regirán todo. -La ley sólo quedará para la canalla que no se haya emancipado. - -Un cajista entró con el componedor y unas cuartillas en la mano á hacer -una pregunta á Manuel. - ---Iré luego--dijo éste. - ---No, hombre; vete ahora--repuso Roberto. - ---Es que quería oirle á usted. - ---Me quedaré un rato todavía y filosofaremos. - -Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó. - ---Usted también es algo anarquista, ¿verdad?--preguntó á Roberto. - ---Sí; lo he sido á mi manera. - ---¿Cuando vivía usted mal quizás? - ---No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi -primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba -de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis -profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de -memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es -un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó -aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que -antes. - ---¿Y por fuera? - ---¡Por fuera! Si en Inglaterra llego á entrar en política, seré -conservador. - ---¿De veras? - ---¡Claro! ¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir -obscurecido. No; yo no puedo despreciar ninguna ventaja en la lucha por -la vida. - ---Pero usted ha resuelto ya su problema. - ---En parte, sí. - ---¿En parte? ¿Pues qué quiere usted más? Tiene usted el dinero que -quiere; se ha casado usted con una mujer preciosa, bonísima... - ---Aún queda algo que conseguir. - --¿Qué? - ---El dominio, el poder. Si yo ya no deseara, estaría muerto. En la vida -hay que luchar siempre; dos células lucharán por un pedacillo de -albúmina; dos tigres, por un trozo de carne; dos salvajes, por unas -cuentas de vidrio; dos civilizados, por el amor ó por la gloria... yo -lucho por el dominio. - ---¿Y siempre habrá que luchar? - ---Siempre. - ---¿No cree usted que vendrá la fraternidad? - ---No. - ---¿No se podrá conseguir que deje de haber explotadores y explotados? - ---Nunca. Viviendo en sociedad, ó es uno acreedor ó es uno deudor. No hay -término medio. Actualmente, todo hombre que no trabaja, que no produce, -vive de la labor de otro, ó de otros cien; es indudable; cuanto más rico -es, más esclavos tiene; esclavos que él no conoce, pero que existen. Y -mañana sucederá igual; siempre habrá suplementos de hombres que suden -por el sabio, por la mujer bonita, por el artista... - ---Tiene usted unas ideas muy negras. - ---No; ¿por qué? En el porvenir no pueden suceder más que dos cosas: ó -que á pesar de las leyes que están hechas á beneficio de los débiles, de -los inmorales, de los no inteligentes, sigan como hasta ahora dominando -los fuertes, ó que la morralla se imponga y consiga debilitar y acabar -con los fuertes. - ---Me chocan mucho las ideas de usted; quisiera verle discutir con el -Libertario. - ---¿Quién es el Libertario? - ---Un amigo mío. - ---No nos convenceríamos. - ---¿Por qué? - ---Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una -mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del -individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos -todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y -por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa -lo mismo. - ---No, á todos no. - ---A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú -que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la -alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace -el Jerez fuerte y el Rhin suave. - ---Pero hay anarquistas alemanes. - ---Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España. - ---Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí? - ---Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca -voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista, -protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los -sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el -resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la -raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra -donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma -tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian -los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar, -al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera. - ---¿Entonces usted da poca importancia á las ideas? - ---Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los -hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un -análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo -mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho, -el otro poco; el uno se levanta temprano, el otro tarde... Los obreros -alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los -italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las -teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre -todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es -hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es -anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es -anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los -meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor -sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el -desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene -la sociedad. - ---¿El despotismo? - ---El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería -un bien. - ---¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible. - ---Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer -á la violencia. - ---Es usted más anarquista que yo--dijo riéndose Manuel--. ¿Usted cree de -veras en esa dictadura? - ---Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú -un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy -á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera, y pusiera un impuesto -grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y -metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara -explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles... - ---Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto. - ---Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza. - ---Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven. - ---¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta, -por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó -del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años, -volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se -pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean -rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles -estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se -quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo -y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya -está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las -grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera -revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la -concentración, se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda -transportar y distribuir con un precio económico, las grandes -aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada -definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo -progresivo, hoy en España sería un bien. - ---Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos. - ---Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad, -y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor. - ---No, no me olvidaré. - ---Bueno. ¡Adiós, Manuel! - ---¡Adiós, don Roberto! - ---Y en eso de la anarquía, tómalo como _sport_; no te metas demasiado. - ---¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad. - ---Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas -perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un -desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los -demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós! - -Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á -trotar por la calle. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO V - - El buen obrero socialista.--Los esparcimientos de Jesús. ¿Para qué - sirven los muertos? - - -En vez de tomar un cajista como había pensado, lo que hizo Manuel fué -poner un regente, y no se arrepintió. - -Manuel no tenía condiciones para la dirección; además, estaba rendido -con el trabajo del taller y el corretear por las noches. - -El regente que llevó Manuel á su casa tenía unos treinta y tantos años, -era hombre ilustrado, rechoncho, fuerte, con ideas socialistas. Se -llamaba Pepe Morales. - -Era el tipo del obrero inteligente y tranquilo, trabajaba muy bien, lo -hacía todo con maña, no se impacientaba nunca y era puntual como un -reloj. Desde que entró Morales, el trabajo en la imprenta comenzó á -regularizarse. - -Manuel podía estar después de comer algún tiempo charlando. - - * * * * * - -En el corral de la casa crecía una higuera achaparrada. La Salvadora y -la Ignacia habían pedido al casero permiso para desempedrar el patio y -hacer un jardinillo; en un rincón pusieron dos parras y otras plantas -que el señor Canuto trajo de su huerta. - -Los días de buen tiempo bajaban todos al corralillo, seguidos de Kis y -de Roch. Las gallinas cacareaban; el gallo petulante, con sus ojos como -los botones de un pantalón, se contoneaba gallardo, y en la guardilla se -arrullaban las palomas... - - * * * * * - -A poco de estar en la imprenta, Morales, con su mujer y sus hijos, fué á -visitar á Manuel. La mujer del regente era muy guapa é hizo grandes -amistades con la Salvadora. Se contaron una á otra sus apuros y sus -preocupaciones. - -Manuel, mientras tanto, no adelantaba nada en sus negocios amorosos; -había entre la Salvadora y él algo que les separaba. Muchas veces -Manuel, por la noche, al acostarse, se decidía á tomar una resolución -para el día siguiente; pero se levantaba y todos sus planes se le -olvidaban; le parecía que los detalles menudos de la vida, -interponiéndose en su camino, le impedían decidirse. - ---Sin embargo--decía--habrá que resolverse. - -Algunas veces pensaba si la Salvadora guardaría algo en el fondo de su -corazón, si estaría enamorada de otro, y la observaba. Ella notaba la -observación, y le miraba, como diciendo: No te oculto nada; soy así. - ---En fin--murmuraba Manuel--, esperaremos á que se arregle la cuestión -económica. - -En ocasiones, sin que Manuel comprendiera el motivo, la Salvadora se -ruborizaba y sonreía turbada... - - * * * * * - -Un día, la Salvadora contó á Manuel algo extraño que había visto. - ---Ayer, por la noche, estaba sin poder dormir, cuando oí que en la -guardilla andaba Jesús. Escuché, y al poco tiempo sentí pasos muy -ligeros en la escalera, como de un hombre que va descalzo, y después el -ruido de la puerta de la calle. Me levanté, me asomé al balcón, y le vi -á Jesús, calle de Magallanes arriba. Eran las dos de la noche. Me fuí á -mi cuarto, y estuve escuchando para ver si le oía al volver; pero me -dormí. Hoy la Ignacia ha sacado la ropa de Jesús para cepillarla, y las -botas y los pantalones estaban llenos de tierra, como si hubiese andado -por el campo. - ---¿A dónde irá ese hombre?--preguntó Manuel. - ---No sé; pero seguramente no irá á hacer cosa buena. - ---Nos pondremos en acecho. Si otra vez le oyes que sale, llámame. - ---Bueno. - -Días después, al mediar la noche, sin que nadie le llamara, Manuel se -despertó. Se oía ruido arriba, en el cuarto de Jesús. Se incorporó en la -cama, y escuchó largo rato. Se oyeron pasos lentos, leves; después el -crujido de los peldaños de la escalera. Manuel se levantó, se vistió y -se acercó á la puerta. El que bajaba en aquel momento salía á la calle. -Manuel abrió el balcón se asomó y vió á Jesús; luego bajó de prisa las -escaleras; la puerta estaba entornada. - -Adelantó Jesús por el obscuro callejón, convertido en un río de fango, y -Manuel le siguió á larga distancia. La noche estaba obscura y temerosa; -caía una lluvia fina y penetrante. - -Al llegar al final del pasadizo que formaban las tapias de la calle de -Magallanes, se oyó un silbido suave que fué contestado por otro. - -Al terminar la calle obscura, Jesús volvió hacia la izquierda, pasó al -lado de la tapia derruida del cementerio, luego se detuvo, miró en -derredor, por si le seguían, se encaramó en la cerca y desapareció. Al -poco rato, otro hombre hizo la misma operación. Manuel esperó, por si -acaso. - -Siguió esperando en su acechadero, y viendo que ya nadie aparecía, se -fué acercando al sitio por donde saltaban. Tuvo la mala suerte de -meterse en un barrizal. En los pies se le iban formando pellas de barro -y no avanzaba más que á duras penas. Llegó tras de mucho bregar al sitio -aquel. - -La tapia estaba allí rota, formando un boquete. Manuel se asomó. Se veía -el cementerio abandonado, con algunas lápidas blancas, que resplandecían -á la vaga claridad de las estrellas. - -No se oía nada. Juzgó Manuel que si quedaba allí le podían descubrir; -volvió sobre sus pasos, y entró en un antiguo patio del cementerio, ya -abierto y sin cerca, en donde se levantaban unas casuchas derruidas. -Manuel recordaba que por allá había una puerta desvencijada que daba al -campo santo. Efectivamente, la encontró; tenía grandes rajaduras y se -puso á mirar por una de ellas el interior del cementerio. - -En aquel punto sonaron las horas. - -Por entre nubarrones apareció en el cielo la luna amarillenta y triste, -rodeada de un gran cerco; las nubes iban pasando rápidamente por delante -de ella. De pronto Manuel vió en el cementerio dos bultos; luego el -viento trajo un rumor lejano de voces. - ---Tú vas con las letras de bronce á la calle del Noviciado--decía una -voz--, y yo iré á la calle de la Palma. - ---Bueno--contestó la otra voz. - ---Y por la tarde, en el cafetín. - -Ya no se oyó más; Manuel vió á la luz de la luna un hombre encaramado -sobre el sitio derruido de la tapia y luego otro; después pasaron dos -sombras rápidamente por el camino. Resonaron sus pasos recatados y se -alejaron. Muy despacio, Manuel salió del escondrijo y regresó por la -calle de Magallanes. En algunas ventanas brillaba la luz de algunos -vecinos madrugadores. Manuel se acercó á su casa. La puerta estaba -cerrada, pero el balcón había quedado abierto. - ---Vamos á ver si tengo pulso--se dijo Manuel, y se encaramó por la reja -del taller de Rebolledo hasta agarrarse al hierro del balcón; allá, con -algún esfuerzo, logró subir. Cerró el balcón y volvió á acostarse... - - * * * * * - -Al día siguiente, Manuel contó á la Salvadora lo que pasaba. La muchacha -quedó aterrada. - ---Pero ¿será verdad? ¿Habrás oído bien? - ---Sí; estoy seguro. ¿Se ha levantado Jesús? - ---No; creo que no. - ---Bueno; pues cuando se levante, dile á la Ignacia que le siga de lejos. - ---Bueno. - -Al volver Manuel á comer, la Salvadora le dijo que Jesús había ido con -un saco oculto en la capa, á una prendería de la calle del Noviciado. - ---¿Ves como es verdad? - ---Pues si le cogen le llevan á presidio. - ---Hay que quitarle la llave y además asustarle. - ---Mañana hablad de que se dice por ahí que roban en el campo santo. - -En la comida, la Salvadora de sopetón dijo: - ---Ha habido ladrones en los cementerios de al lado estas noches pasadas. - ---¿Quién dice eso?--preguntó Jesús inquieto. - ---Eso han dicho en la calle unas mujeres. - ---¿Pero qué van á robar ahí? Si no hay nada--murmuró Jesús. - ---Pueden robar lápidas de mármol--replicó Manuel--, garras de ataúdes, -crucifijos, lo que suele haber en los cementerios. - ---¿Y para qué van á robar eso?--repuso Jesús cándidamente. - ---¿Toma! ¿para qué? Para venderlo. - ---Esas cosas no valen nada. Ya sé yo por qué han dicho eso. - ---¿Por qué? - ---Porque habrán visto al chico ese que va á hablar con la hija del -conserje. - ---Yo también he oído--añadió la Ignacia--que en este campo santo se -robaba. Hasta he oído contar que hace algún tiempo se sacó el cadáver de -una niña. - ---¡Bah! - ---Sí; dicen que se presentó un señor en un coche delante de la puerta -que hay cerca de las casillas. El señor y otro hombre entraron en el -cementerio, rompieron un nicho, sacaron una caja, la llevaron al coche, -la metieron dentro, y salieron echando chispas hacia Madrid. - ---¿Quién sería ese señor?--preguntó la Salvadora. - ---Pero si todas esas cosas son mentiras y majaderías--exclamó Jesús -incomodado--. ¿Quién sabe que robaron ese muerto? - ---La señora Jacoba, la que vive en una de las casas de la Patriarcal, lo -decía--contestó la Ignacia. - ---La señora Jacoba estaría idiota. - ---No; pues hay hombres que desentierran los muertos para sacarles los -untos--añadió la hermana de Manuel. - ---Usted también es imbécil--gritó furioso Jesús--. ¿Usted cree que los -muertos sirven para algo? Pues no sirven más que para oler mal. - ---Bueno, no grites tanto--replicó Manuel--; que roban y que se han -llevado muchas cosas del cementerio, es verdad, y que han avisado á la -policía, también es verdad; ahora lo del muerto probablemente será -mentira. - -Jesús se calló. - - * * * * * - -Con el pretexto de que se había encontrado una noche la puerta de la -calle abierta, al día siguiente encargaron al cerrajero que pusiera una -cerradura. Jesús no dijo nada hasta unos días después. - ---¿Por qué se cierra la puerta ahora?--preguntó á Manuel. - ---Para que no entre nadie. - ---Bueno; dadme una llave á mí. - ---No hay más que una. - ---Mandad hacer otra. - ---No puede ser. - ---¿Por qué? - ---Porque no queremos que andes en malos pasos. - ---¿Qué malos pasos? - ---Ya sabes lo que te quiero decir. - ---No sé; no te entiendo. - ---¡Bah! Sí me entiendes. - ---Como no te expliques más claro. - ---¿De dónde sueles tener el dinero que gastas? - ---Hago mis combinaciones. - ---¿Quieres que te diga una cosa? - ---¿Qué? - ---Que tus combinaciones huelen á cementerio que apestan. - -Jesús palideció profundamente. - ---¿Me has espiado, eh?--dijo con voz débil. - ---Sí. - ---¿Cuándo? - ---Hará unos ocho días. - ---¿Y qué? ¿Qué has visto? - ---He visto, que tú, el señor Canuto y otros, os vais á ganar el -presidio. - ---Bueno. - ---Te advierto que está avisada la policía. - ---Ya lo sé. - ---¡Parece mentira; el señor Canuto metido en eso! Yo que lo creía una -buena persona. - ---¿Y qué? ¿No se puede ser una buena persona y aprovecharse de lo que no -sirve para nadie? ¿Para qué quieren _ellos_ el cobre, las lápidas, ni lo -demás? - ---Hombre... para nada. - ---¿Pues entonces?... la gente está llena de preocupaciones... - ---Sí; pero eso de abrir una sepultura... es muy grave. ¡Rediez! - ---Todos los días traen momias á los museos y las venden, y nadie se -indigna. - ---No es igual. Esas momias murieron hace tiempo. - ---Y los chicos de San Carlos, ¿no abren á los muertos _frescos_ y les -cortan las orejas y el corazón? - ---Pero eso es para estudiar. - ---Y lo nuestro para comer, que es más serio... Hacemos como Ravachol. - ---¿También Ravachol se dedicaba á robar sepulturas? - ---Sí; no tenía supersticiones como vosotros. - ---¿Y cuánto tiempo hace que desvalijáis ese cementerio? - ---Cerca de un año. - ---¿Y habéis apañado muchas cosas? - ---Psch... la mar de porquerías... lápidas de mármol, verjas, cadenas de -hierro, asas de metal, crucifijos, bustos, candelabros, letras de -bronce... la Biblia en verso. - ---¿Y dónde habéis vendido tanta cosa? - ---En las prenderías. En un cafetín teníamos el centro de operaciones. - ---Bueno; pues ya sabéis, la policía anda rondando. Avísale al señor -Canuto. - ---No; si ya lo sabe. - -Unos días después le dijo Jesús á Manuel: - ---¿Quiéres darme diez duros? - ---¿Para qué? - ---Para irme al Moro. - ---¿Al Moro? - ---Sí; voy á Tánger. Os dejaré en paz. - ---¿Y qué vas á hacer allá? - ---Eso es cuenta mía. ¿Tú me das el dinero? - ---Sí, hombre; ahí tienes los diez duros. - ---¡Gracias! ¡Que os vaya bien! - ---¿Pero cuándo te vas? - ---Hoy mismo. - ---¿No quieres despedirte de la Salvadora? - ---No; ¿para qué? - ---Como quieras--le dijo Manuel fríamente. - -[Iillustration] - - - - -CAPÍTULO VI - - El francés que canta.--El protylo.--Cómo se llegan á tener las - ideas.--Sinfonía en rojo mayor. - - -Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la Aurora -Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés y un -ruso. - -El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos, -los pómulos salientes y una perilla de chivo. - -Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias -ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El -era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque -hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran -incomprensibles. - ---¿Y no tienes familia, compañero?--le preguntó alguno. - ---Sí--contestó él--, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis -hermanos, ahorcados en un jardín reducido. - -Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y -cantó la canción del _Pere Duchesne_, á la cual el terrible anarquista -había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en -Montbrison. - -Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando -á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar: - - Peuple trop oublieux - Nom de Dieu. - -Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los -burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera -generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra, -y todo esto acentuado por vigorosos _Nom de Dieu_. Terminaba la canción, -diciendo: - - Coupe le curé en deux - Nom de Dieu - Et le bon Dieu dans la merde - Nom de Dieu - Et le bon Dieu dans la merde. - -Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de -café-concierto de Bruant y de Rictus... - - * * * * * - -Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste -comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de -esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el -pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era muy pálido; en el -cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y -negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta -indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de -castellano, de italiano y de francés. - -Su conferencia fué de un carácter opuesto á la de Caruty. - -La del francés, todo arte, y la del ruso, todo ciencia. - -Para Ofkin, la cuestión social era una cuestión de química, de creación -de albuminoides por síntesis artificiales. Transformar pronto las -substancias inorgánicas en orgánicas: ésta era la base para resolver la -lucha por la vida. Que tantos millones de hombres inorganizan tanta -cantidad de substancia orgánica, pues todo es cuestión de volver á -organizarla. Esto aseguró el ruso que se había hecho ya; se estaba -trabajando en crear el protylo, una substancia protoplasmática primitiva -parecida al bathibyus de Haeckel, con vida y crecimiento. De aquí á la -creación de la célula, no había más que un paso. - -El auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto -como el judío ruso; se miraron todos, unos á otros, un poco asombrados. -A Manuel le produjo el efecto de que la anarquía de aquel señor era -también algún producto químico, encerrado en un frasco. - -Un domingo de Abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero, -huyendo de la lluvia, unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa. - ---¿Y Maldonado?--preguntó Manuel al llegar y notar su falta. - ---Ya no viene--dijo Prats. - ---¡Hombre, me alegro! - ---Todos dicen lo mismo--exclamó el Madrileño--. Maldonado es el tipo del -republicano español. ¡Son admirables esos tíos! - ---¿Por qué?--dijo el Bolo. - ---Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser -aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo; -se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan -de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna... -¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas... -y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer -en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A -nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos... - ---¡Qué mala intención tienes!--dijo el Bolo, que era anarquista con -simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso. - ---Yo no he estado nunca en el Congreso--replicó el Madrileño. - ---Ni yo--añadió Prats. - ---Yo sí--repuso el Libertario. - ---¿Y qué?--le preguntaron. - ---¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una -cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro -grita... - ---¿Y el Senado? - ---¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables. - ---¡Qué guasón!--dijo el Bolo. - -Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y -preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería, -volvió al juego de bolos. - -Hablaba en aquel momento el Libertario: - ---¿Cómo se llega á tener las ideas?--decía--. ¿Quién lo sabe?... Hace ya -algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un -mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura. - ---¿No me conoce usted?--me dijo con un acento andaluz cerrado. - ---No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco. - ---¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del -pueblo? - ---¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí? - ---Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las -minas. - ---¿Y en el pueblo? - ---Aquello está muerto. Allá no se puede vivir. - ---¿Y qué piensas hacer? - ---Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la -travesía de Burdeos á la Habana. - -Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de -anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi -paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el -chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz. -Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El -dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos, -pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones -anarquistas. - -Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le -entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita... - ---¿Sería ésta?--preguntó Caruty, y se puso á cantar: - - Dame dynamite - que l'on danse vite - chantons et buvons - et dinamytons - dynamite, dynamite - dinamytons. - ---Eso es--dijo el Libertario--. Eso de «dynamitons» entusiasmaba á mi -paisano. - ---¿Qué quieren _eztos_?--me decía. - ---Derribarlo todo--le contestaba yo. - ---_¿Tó?_ - ---¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo! - ---¡Qué _gachos_!--decía él, con una admiración de salvaje... - -Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos -meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en -París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas -organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza -iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con -levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego -venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando, -amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de -taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía. -Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo -llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando -_Les Lampions_, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces -seguidas: - ---¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola! - -Se oían también gritos chillones de ¡Viva la Anarquía!, y el público -comenzaba á correr asustado. - -En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales, -y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á -empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre -el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera -retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo -me paré á ver en qué terminaba aquello. - -Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se -irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar _La Marsellesa_ -como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la -avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo -me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar. - -Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi -paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El -muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna -distancia, _La Marsellesa_, cantada por miles de personas, resonaba como -una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera -roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña -sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron -silenciosos. - -En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los -labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la -lluvia suave de la primavera... - ---Ese no era más que un sentimental--dijo de pronto Prats. - ---¿Y qué?--preguntó Juan. - ---Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar. - ---En todo lo que se cree, se cree lo mismo--contestó Juan. - - * * * * * - ---Yo--dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un -griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el -grupo--conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en -un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas -platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo, -fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y -salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde -colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y -el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al -puerto y tiraron las bombas al mar. - ---¿Y Angiolillo?--preguntó Juan. - ---Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy -seco, muy fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero. -Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar -aquello de un hombre tan suave y tan tímido! - ---¡Ese era también un sentimental!--exclamó Prats. - ---Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución--repuso -el Libertario. - ---Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás--añadió Prats. - ---¡Claro! Como que era catalán--dijo con sorna el Madrileño. - ---Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses, -ni traidores, como los italianos. - ---¿Y los andaluces?--preguntó el Madrileño? - ---¿Los andaluces? Son como los demás españoles. - ---¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois! - ---Nosotros somos catalanes. - ---¡Qué necedad!--exclamó el Madrileño. - ---No--murmuró el Libertario--. Cada uno tiene el derecho de ser de donde -le dé la gana. - ---No; si yo no niego ese derecho--replicó el Madrileño--; yo lo que -quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser -paisano nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser -paisanos de los catalanes. - ---Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios--siguió diciendo el -catalán, haciendo como que no oía la observación--; lo mismo los -andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen -el instinto de la _revolta_... - ---Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente -autoritaria...--comenzó á decir el Madrileño. - ---¿Y Pallás?--interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á -decir algo desagradable para el catalán--. ¿Era templado Pallás? - ---Sí, era... ya lo creo. - ---Se achicó también--dijo el Madrileño--, y aquí está el Libertario que -lo vió. - ---Sí, es verdad--dijo, el Libertario--; los últimos días en la cárcel se -descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la -apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos -despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.--Yo -quisiera--dijo Pallás--que después de muerto, llevaran mi cerebro á un -museo para que lo estudiaran.--Será difícil--le contestó el médico -fríamente.--¿Por qué?--Porque los tiros se los darán á usted, -probablemente, en la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás -palideció y no dijo nada. - ---Es que sólo con la idea hay para ponerse malo--saltó diciendo Manuel. - ---¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!--exclamó Prats. - ---Sí, luego ya se animó--dijo el Libertario--. Le estoy viendo al salir -al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo, -el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las -culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás. - -Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción, -una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor -Canuto hacía más gestos que de costumbre. - ---¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?--preguntó -Perico Rebolledo. - ---Sí--contestó Prats--; la venganza fué terrible; ya lo había dicho -Paulino Pallás. - ---Yo lo vi--saltó diciendo Skopos. - ---¿Estabas dentro? - ---Sí; fuí al Liceo á ver al director de un periódico que me había -encargado le hiciese unos dibujos. Tomé una delantera de paraíso, y -busqué con la vista al director hasta que lo vi en una de las butacas. -Bajé y me puse á esperarle en una puerta. Tardaba en acabar el acto, yo -estaba atento á que saliera la gente, cuando oigo una detonación sorda y -sale una llamarada por la puerta. Me figuré que habría pasado algo; pero -algo de poca importancia, un cable de luz eléctrica fundido ó una -lámpara rota; cuando veo venir hacia mí un turbión de gente espantada, -con los ojos desencajados, empujándose y espachurrándose unos á otros. -La ola de gente me echó fuera del teatro; pregunté, en la calle á dos ó -tres lo que pasaba; nadie lo sabía. Yo estaba sin sombrero y sin abrigo, -y entré á recogerlos. Subo, y un acomodador me pregunta, temblando, qué -era lo que quería; le digo que buscaba mi gabán, lo encuentro, y -entonces se me ocurre mirar hacia la sala. ¡Cristo! La cosa era -terrible; me pareció que había cuarenta ó cincuenta muertos. Bajé á las -butacas. Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se -veían los cuerpos rígidos, con la cabeza abierta, llenos de sangre; -otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la -mar de señoras desmayadas, y una niña de diez ó doce años muerta. -Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca -empapada en sangre, ayudaban á trasladar los heridos... era imponente. - ---Pero hubiera sido aún más terrible si llegan á hacer lo que querían, -que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas--dijo -Prats. - ---¡Qué barbaridad!--exclamó Manuel. - ---A obscuras hubieran muerto todos--añadió riendo Prats. - ---No--exclamó Manuel levantándose--; de eso no se puede reir nadie, á no -ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara. - ---Eran burgueses--dijo el Madrileño. - ---Aunque lo fueran. - ---Y en la guerra, ¿no matan los militares á gente inocente?--preguntó -Prats--. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva? - ---Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro. - ---Este, como ya tiene su imprenta--dijo el Madrileño con sorna--, se -siente burgués. - ---Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco. - ---Una de las bombas no estalló--dijo Skopos--, cayó sobre una mujer -muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor. - ---¿Y quién hizo esta bestialidad?--preguntó Perico Rebolledo. - ---Salvador. - ---Ese sí que tendría las entrañas negras... - ---Debía ser una fiera--dijo Skopos--. El se escapó del teatro en el -momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las -víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de -Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la -comitiva. - ---No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así--dijo -Manuel. - ---Mientras estuvo preso--siguió diciendo Skopos--hizo la comedia de -convertirse á la religión. Los jesuítas le protegieron, y allí anduvo un -padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se -interesaron también por él, y él se figuraba que le iban á indultar... -pero cuando le metieron en capilla y vió que el indulto no venía, se -desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase -hermosa: «¿Y tus hijas?--le dijeron--. ¿Qué va á ser de tus pobrecitas -hijas? ¿Quién se va á ocupar de ellas?» «Si son guapas--contestó él--, -ya se ocuparán de ellas los burgueses.» - ---¡Ah!... Es bien... Es bien--gritó Caruty, que hasta entonces había -estado silencioso é inmóvil--. Es bien... _le grand canaille_... Es -bien... Es una frase... - ---Yo asistí á la ejecución de Salvador--siguió diciendo Skopos--desde un -coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose... pero ¡la -vanidad lo que puede!... el hombre vió un fotógrafo que le apuntaba con -la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreir... Una -sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo -le dió ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el -verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un -pañuelo negro y se acabó... Yo esperé á ver la impresión que producía á -la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la -figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece -mentira. - -Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de -los de Chicago... Había obscurecido y siguieron hablando... Ya no eran -las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su -humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de -religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo á la superficie, su -fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la -frase rotunda y el gesto gallardo... - -Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente. - -Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en la Aurora Roja. -Unos contagiados por otros iban llegando... Y crecía el grupo anarquista -libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria... - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO VII - - Un paraíso en un campo santo.--Todo es uno y lo mismo. - - -Bastante tiempo después de la partida de Jesús, una noche, desde casa de -Manuel, se oyeron tiros. - ---¿Qué habrá pasado?--se preguntaron todos. - ---Quizás sean matuteros--dijo la Ignacia. - ---También se ha dicho que andaban unos ladrones robando alambre del -telégrafo--advirtió Manuel. - -Pasados unos días, se supo que los guardias habían sorprendido á unos -cuantos ladrones en el cementerio de la Patriarcal. Al huir, les echaron -el alto, y viendo que no se paraban, dispararon. A los disparos, los -merodeadores se detuvieron asustados y los guardias prendieron al -Corbata y al Rubio, y como no declaraban, les arrimaron á cada uno de -ellos una paliza monumental, hasta que cantaron de plano. - -Por la noche, al volver Manuel á casa, se encontró en la puerta con un -hombre, cuya presencia le sobrecogió. Era Ortiz, el polizonte, vestido -de paisano. - ---¡Hola, Manuel! ¿Qué tal estás?--le dijo. - ---Bien--contestó Manuel secamente. - ---Ya sé que trabajas, que vas marchando. ¿Y la Salvadora? - ---Está buena. - ---¿Y Jesús? - ---Ya hace unos días que no le hemos visto. - ---¿Sabes que han robado en ese cementerio? - ---No; no sabía nada. - ---¿No habéis notado algo desde vuestra casa? - ---No. - ---Pues ya llevan mucho tiempo robando. Es raro que... - ---No, no es raro; porque yo no me ocupo de lo que hacen los demás. -¡Adiós! - -Y Manuel se metió en el portal. - ---Si preguntan por aquí algo--le dijo Manuel á la Salvadora y á la -Ignacia--, no digáis ni una palabra. - -Todo el barrio se conmovió con la noticia. Se volvió á hablar de muertos -robados, y se supieron detalles cómicos y macabros. Un larguero de -mármol, de una sepultura, había ido á parar á una tienda de quesos; las -letras de bronce de los nichos, estaban en algunos escaparates de -tiendas lujosas. Se dijo que Jesús y el señor Canuto eran los directores -de la banda. - -Por la noche, el jorobado le dijo á Manuel: - ---He tenido carta del señor Canuto. - ---¿Sí? ¿dónde está? - ---En Tánger, con Jesús; de buena se han escapado los dos. - ---Pero robaban, ¿eh? - ---Sí, hombre. Todo lo que podían. El señor Canuto vivía ahí hecho un -príncipe. Ahora yo á los de la policía, les he dicho que no sabía nada. -Que averigüen ellos si pueden. El señor Canuto había convertido el -cementerio en un paraíso. - ---Sí, ¿eh? - ---Sí. ¡Ya lo veo! Tenía su cosecha deplantas medicinales que vendía á -los herbolarios, y con las malvas, su mujer hacía emplastos y bizmas. En -una época, el señor Canuto y Jesús, suministraron de caracoles á los -ventorrillos, hasta que acabaron con todos los del cementerio. ¡Las -cosas que no han pensado! ¡Qué puntos! En un charco tenían galápagos, y -sanguijuelas en otro. Luego se les ocurrió poner conejos para criarlos y -cogerlos á lazo, pero se les escapaban por los agujeros de los nichos. -¡Si llevaban una vida pistonuda! ¿Que no tenían dinero? Pues ¡hale! -desenterraban un ataud, y vendían todo lo que encontraban. - - * * * * * - -Dos días después, un domingo por la tarde, fué el Juzgado al cementerio, -y Ortiz llamó á Manuel y á Rebolledo para que les acompañaran. - -No se notaba la devastación llevada á cabo por el señor Canuto y Jesús; -el cementerio de por sí se encontraba ya bastante arruinado. - -En algunos puntos la tierra estaba removida; cerca de un pozo se -advertían aún los cuadros de hortalizas labrados por el señor Canuto, y -en ellos la hierba era más verde y jugosa. - -El juez hizo algunas preguntas á Rebolledo, que le contestó con su gran -habilidad. Juntos recorrieron el cementerio. Estaba todo talado, las -sepulturas rotas, las lápidas de los nichos arrancadas. - -Reinaba en los patios un gran silencio. - -De los techos colgaban trozos de cascotes sostenidos por tomizas -podridas. En las paredes, debajo de las arcadas, aparecían los nichos -abandonados y rotos, cubiertos de polvo. Pendían de un clavo coronas de -siemprevivas, de las que no quedaba más que su armazón; allí se veían -cintajos y lazos deshechos; aquí una fotografía descolorida, cubierta -con un cristal convexo, un ramo arrugado y seco, ó el juguete de algún -niño. - -Por un corredor obscuro, una verdadera catacumba, repleta á un lado y á -otro de nichos, salieron al segundo patio. - -Era éste tan ancho como una plaza; una pradera salvaje limitada por -ruinosos tapiales. - -El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín -frondoso; de un erial desnudo, había hecho un parque dedicado á la -silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó, -fecundándolo con su lluvia de gérmenes, en un mundo vivo; en una selva -espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de -espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas. - -Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos -borraron lentamente toda huella humana. - -Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados; las ramas crecían con -libertad; ya no quedaba silencio; los pájaros piaban en los árboles. -Junto á las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las -campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún -rosal silvestre. - -Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las -ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de -piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el -follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían envueltas en plantas -trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas. - -Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y -azules, y junto á sus tallos y á sus hojuelas verdes, se veían pedazos -de ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de -los niños. - -En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida, -corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras. - -Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas, -nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre -su ramaje podrido, salían pájaros de colores, que volaban como flechas -por el aire de invierno, ligero y sutil... - -De este patio pasaron á otro que daba hacia una explanada frontera al -Tercer Depósito. Llegaba hasta allá el rumor de los organillos de los -merenderos próximos; silbaban los alambres del telégrafo al ser movidos -por el viento, y á veces se oía el cacareo de algún gallo y el silbido -de algún tren. - -Unas vacas rojas pastaban en aquellos campos. - ---¿Y esas vacas?--preguntó el juez. - ---Son de una vaquería de la calle de Magallanes--dijo el conserje. - ---Este terreno, ¿no pertenece al cementerio? - ---Sí; pero lo tiene arrendado el cura. Ya hace mucho tiempo que no se -entierra aquí. - ---El cura también es un punto--dijo Rebolledo á Manuel--; se ha llevado -las puertas de hierro de la capilla á una posesión suya. Volvieron el -juez y el actuario á reconocerlo todo de nuevo y al avanzar la tarde se -retiraron. - -Manuel, Ortiz y Rebolledo salieron los últimos. - -Iba anocheciendo; un aire de tristeza y de ruina, llenaba el cementerio; -á lo lejos de las hierbas húmedas, de color de esmeralda, brotaban -ligeras neblinas... - - * * * * * - -Ortiz se acercó á Manuel. - ---¿Sabes?--le dijo--. Ya le cogimos al Bizco. - ---¿Sí? ¿Cuándo? - ---Hará unos meses. No te puedes figurar quién me ayudó á cogerlo. - ---No. - ---Un amigo tuyo. - ---¿Quién? - ---El Titiritero... aquel viejo. - ---¿Don Alonso? - ---Sí. Había entrado en la policía. - ---¿Y sigue ahí? - ---No; creo que murió. - ---Pobre. ¿Y el Bizco? - ---El Bizco tiene para rato. Probablemente le condenarán á muerte. - ---¿No le han juzgado todavía? - ---No. Si quieres verle... - ---¡Yo! ¿Para qué? - ---Al fin y al cabo ha sido amigo tuyo. - ---Es verdad. ¿Y cuándo le juzgarán? - ---Dentro de unos días. En los periódicos lo podrás ver. - ---Quizás vaya. ¡Adiós! - ---Adiós. Si vas; avísame. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO VIII - - Cómo cogieron al Bizco y no vino la buena.--Nunca viene la buena - para los desdichados. - - -Don Alonso de Guzmán Calderón y Téllez, había encontrado la manera de -ganarse la vida en el Cinematógrafo Salomón, por otro nombre el -Cinecromovidaograph. El dueño del Cinecromovidaograph era Salomón, no -precisamente el del templo, sino un hombre chiquito y malhumorado, -barbudo y de color de cobre, que se llamaba ó se hacía llamar así. Este -hombre, cuyo hígado debía tener proporciones impropias de un hígado -modesto y normal, vivía con su mujer y dos hijas en una barraca de su -propiedad, que se armaba y se desarmaba y para viajar tenía un carretón, -una _roulotte_, tirada por un caballo normando. - -Salomón podía haber sido feliz; el _cinecromo_ daba mucho dinero; los -negocios marchaban bien, y sin embargo, Salomón era desgraciado. - -La causa de su desgracia eran las mujeres. Ya su tocayo, el rey sabio, -lo había dicho: «La mujer es más amarga que la muerte.» - -¿Es que la señora de Salomón se había permitido faltar á la fe jurada -en el altar á su dueño y señor? Jamás. ¿Es que Salomón trataba de libar -la felicidad en el corazón de otras mujeres? Nunca. Salomón era fiel á -su consorte, la divina Adela. La divina Adela era fiel á Salomón. Pero -la divina Adela tenía un genio irresistible. - -La divina Adela procedía de una capa social más elevada que su marido. -La divina Adela era hija de un pedagogo, de un hombre de esos que -enseñan á los chicos la historia de España y el postulado de Euclides. - -Ahora bien, de enseñar el postulado de Euclides á enseñar un -cinematógrafo, ¡qué abismo! La divina Adela había medido con sus ojos -este abismo. A los diez años de casada, su _mesalliance_, como decimos -en el mundo diplomático, la obsesionaba y la tenía irritada y nerviosa. - -Si su marido pedía una camiseta, la divina Adela se horrorizaba; si -lanzaba una interjección fuerte, le daba un ataque de nervios. La divina -Adela tenía á Salomón por un hombre cruel, despótico, grosero, á quien -ella, á pesar de todo, amaba. - ---¿Para qué me he casado yo con este hombre, con este -saltimbanqui?--preguntaba de vez en cuando con la vista en el vacío--. -Venid aquí, hijas mías--les decía á sus niñas--, con vuestra madre. - -Don Alonso estaba con Salomón de criado y de voceador del cinematógrafo. -Tenía un frac y unos pantalones encarnados, una comida regular... lo -bastante para ser feliz. Era un buen escenario para que don Alonso -luciese sus habilidades. Allí, á la puerta de la barraca, el hombre -tiraba diez ó doce bolas al alto y las iba recogiendo rápidamente; hacía -luego danzar por el aire una botella, un puñal, una vela encendida, una -naranja y otra porción de cosas. - ---¡Entrad, señores, á ver el cinecromovidaograph!--gritaba--. Uno de los -adelantos más grandes del siglo XX. Se ven moverse á las personas. -¡Ahora es el momento! ¡Ahora es el momento! Va á comenzar la -representación. ¡Un real! ¡Un real! Niños y militares, diez céntimos. - - * * * * * - -Entre las películas del cinecromovidaograph había: La marcha de un tren; -La escuela de natación; Un baile; La huelga; Los soldados en la parada; -Maniobras de una escuadra, y además varios números fantásticos. Entre -éstos los más notables eran uno de un señor que no puede desnudarse -nunca, y otro de un hombre que roba y á quien le persiguen dos -polizontes, y se hace invisible y se escapa de entre los dedos de sus -perseguidores y se convierte en bailarina y se ríe del juez y de los -guardias. - -Una mañana, camino de Murcia, tuvo Salomón la mala idea de detenerse en -un pueblo próximo á Monteagudo. - -El alcalde del pueblo entendió que debía ver la representación para -prestar ó no su consentimiento al espectáculo. - -En vista de que en el público abundaba el elemento rico, Salomón pensó -que debía suprimirse el cuadro de La huelga. Se representaron los demás -cuadros con aplauso; pero al llegar al Ladrón invisible, el alcalde, -hombre religioso, católico y dedicado á la usura, afirmó en voz alta que -era inmoral que no cogieran á aquel bandido. - ---Que vuelvan á hacerlo, pero que le cojan al ladrón--dijo en voz alta. - ---Es imposible, señor alcalde--replicó don Alonso. - ---¡Cómo que es imposible!--repuso el alcalde--. O se hace eso ó los -llevo á ustedes á la cárcel. A escoger. - -Don Alonso quedó sumido en un mar de confusiones, y estimó, como lo más -oportuno, apagar las luces, para dar á entender que se había acabado la -representación. Nunca lo hubiera hecho. - -Los espectadores, furiosos, se lanzaron contra él. Don Alonso escapó -fuera de la barraca. ¡A ese!--gritó un chico al verle ¡A ese!--gritaron -unas mujeres, y hombres y mujeres, y chicos y perros, echaron á correr -tras él. Don Alonso salió del pueblo. Cruzó volando unos rastrojos. -Comenzaron á llover piedras á su alrededor. Afortunadamente se hacía de -noche y los salvajes del pueblo, pensando en su cena, abandonaron la -cacería. Cuando se vió solo, don Alonso, rendido, se tiró en la tierra. -El corazón le golpeaba como un martillo en el pecho. - - * * * * * - -Lo encontró en la carretera al día siguiente la guardia civil. Con su -frac negro lleno de barro, don Alonso tenía todas las trazas de un -hombre escapado de un manicomio. - ---¿Quién es usted?--le dijeron los civiles. - -Don Alonso contó lo que le había ocurrido. - ---¿Tiene usted cédula? - ---Yo no, señor. - ---Entonces venga usted con nosotros. - -Les siguió don Alonso, aunque estaba molido, hasta un pueblo próximo. -Allí los guardias, le entregaron al alguacil y éste le metió en la -cárcel, donde pasó la noche. - ---Pero ¿por qué me detienen á mí?--preguntó varias veces el pobre -hombre. - ---Como no tiene usted cédula... - -Al día siguiente le sucedió lo mismo, y así, por tránsitos de la guardia -civil, comiendo rancho, durmiendo de cárcel en cárcel, vestido de -harapos, entre basura y piojos, don Alonso llegó á Madrid. Lo llevaron -al Gobierno civil y le presentaron á un señor. Interrogado por él, le -contó sus cuitas, con un acento tal de verdad, que el hombre se -compadeció y le dejó marcharse. - ---Si no encuentra usted destino, añadió el señor--quizás le pueda yo -proporcionar algo. - -Don Alonso escribió á Salomón, pero éste no le contestó. Fué repetidas -veces al Gobierno civil, y una de ellas el señor aquel le dijo: - ---¿Quiere usted ser de la policía? - ---Hombre... - ---Dígame sí ó no, porque si no, le doy el cargo á otro. - ---Sí, sí; yo no sé si tendré condiciones... - ---¿Quiere usted, sí ó no? - ---Sí, señor. - ---Entonces, dentro de unos días tendrá usted el nombramiento. - -Por esta serie de circunstancias, don Alonso fué de la policía. - - * * * * * - -Meses después de su ingreso en las huestes del Gallo, don Alonso tuvo -que entrar en campaña. Una noche, en el soto de Migascalientes, cerca de -la Virgen del Puerto, encontraron una mujer muerta, con una puñalada en -los riñones. Era una mujer ya de cierta edad, llamada la Galga; una -desdichada que ganaba algunos céntimos por aquellos andurriales. - -Al día siguiente, la policía detuvo en un merendero á un randa, á quien -le decían el Chaval. - -Muchos le habían visto repetidas veces con la Galga; todos los indicios -estaban contra él. - -Prendieron al mozo, que al principio negó con energía su participación -en el crimen; pero al último confesó la verdad. - -El no era el asesino. La Galga tenía dos amantes, uno él y otro el -Bizco. El Bizco le había amenazado varias veces á él si no dejaba á la -Galga, y un día se habían desafiado; pero al llegar al lugar del -desafío, el Bizco le dijo que la Galga les engañaba á los dos. - -Se le había visto con uno á quien llamaban el Malandas, en un merendero. -El Bizco y el Chaval decidieron castigar á la Galga, y el Bizco la citó -en el Soto. - -Era un día encapotado y frío. Al presentarse la Galga, salieron juntos -el Chaval y el Bizco. El Bizco se lanzó sobre ella, y le pegó un -puñetazo en la cara, ella volvió la espalda, y entonces él, sacando una -navaja, se la hundió por los ríñones. Esto era lo que había ocurrido. - -Don Alonso y Ortiz fueron los encargados de seguir la pista al Bizco. -Tenían confidencias de que se le había visto después del crimen, una vez -en el puente de Vallecas y otra en la California. - ---Usted--le dijo Ortiz á don Alonso--hace lo que yo le diga, nada más. - ---Está bien. - ---Hay necesidad de cogerle á ese hombre cuanto antes. - -El primer día registraron los dos el Cuartelillo de la plaza de -Lavapiés, la Casa del Cura, de la calle de Santiago el Verde, los -rincones de la Huerta del Bayo, y las tabernas de la calle de Peña de -Francia y de Embajadores, hasta el Pico del Pañuelo. Al anochecer se -sentaron á descansar en el merendero de la Manigua. - ---¿A que no sabe usted por qué le llaman á esto la Manigua?--le dijo -Ortiz á Don Alonso. - ---No. - ---Pues es muy sencillo. Viene la gente aquí, bebe este vinazo, se -emborracha y vomita... y claro, tienen el vómito negro... por eso se -llama la Manigua. - -Fuera de este descubrimiento, no hicieron ningún otro relacionado con -sus pesquisas. - -Al día siguiente, muy de mañana, se metieron los dos por la calle del -Sur. - ---Vamos á ver si aquí nos enteramos--dijo Ortiz señalando una taberna. - -Entraron en una tabernucha próxima á unos campos santos. Ortiz conocía -al tabernero, y hablaron los dos de los buenos tiempos en que se pasaba -el vino de matute á carros. - ---Aquello era un negocio, ¿eh?--exclamó Ortiz. - ---Sí, era--dijo el tabernero--; entonces se veía aquí _luz divina_. -Ganaban lo que querían. - ---Y tranquilamente. - ---Me parece. Aquí se detenían los matuteros y los mismos de consumos les -acompañaban á dejar el contrabando. Hubo días que se metieron en la -bodega de esta casa más de treinta cubas. - ---¿Usted habrá hecho su pacotilla?--preguntó don Alonso. - ---¡Quia, hombre! Eso era en tiempo del que me traspasó la taberna. -Cuando tomé yo esto, estaban arrendados los Consumos; pusieron esa fila -de estacas altas, entre la vía y las casas, y ahora no entra ni un -cuartillo de vino sin pagar. - -Preguntó Ortiz por el Bizco, de pasada, pero el tabernero no le conocía, -ni había oído hablar de él. - -Salieron los dos polizontes de la taberna, y en vez de seguir por el -camino de Yeseros, fueron por la margen del arroyo de Atocha, hasta el -punto en que éste vierte sus aguas sucias en el Abroñigal. Pasaron por -debajo de un puente del ferrocarril, y siguieron remontando el curso del -arroyo. En la orilla, en medio de un huerto, se levantaba una casucha -blanca con un emparrado. En la pared, encalada, se leía un letrero -trazado con mano insegura: «Ventorro del Cojo». - ---Vamos á ver si aquí saben algo--dijo Ortiz. - -Un raso empedrado con cantos, con una higuera en medio, había delante de -la puerta del ventorrillo. Entraron. En el zaguán, un hombre de malas -trazas y de mirada torva, que estaba sentado en un banco, hizo un -movimiento de sorpresa y de desconfianza al ver á Ortiz. - -Este no se dió por enterado; pidió dos copas en el mostrador, á una -mujer flaca y negruzca, y con el vaso en la mano, y mirando al hombre de -reojo, le preguntó: - ---¿Y qué tal por el ventorro del Maroto? - ---Bien. - ---¿Se reune buena gente por allá? - ---Tan buena como en cualquier otra parte. - ---¿Sigue andando por ahí el Bizco? - ---¿Qué Bizco? - ---El Bizco, hombre... ese rojo...; demasiado que lo conoce usted. - ---Ese nunca ha ido por el ventorro del Maroto, sino por el Puente. - -Ortiz vació la copa, se limpió los labios con el dorso de la mano, y -saludando á la ventera salió de allá. - ---Este gachó--dijo en voz baja á don Alonso--, mató á un segador, y se -salvó del presidio no sé cómo. - ---Parece que nos sigue--murmuró don Alonso, mirando hacia atrás. - ---No nos vaya á hacer la santísima--exclamó Ortiz, y sacando el revólver -del cinto esperó un instante. - -El hombre del ventorro del Maroto se había apostado tras de un ribazo; -luego, viéndose descubierto, huyó. - ---Vámonos de aquí--dijo Ortiz. - -Echaron los dos á andar de prisa y salieron pronto al Puente de -Vallecas. - -Entraron en un merendero. Una mujer gorda, bajita, ya vieja, de pómulos -salientes, con un pañuelo rojo atado á la cabeza, daba al manubrio de un -organillo. - ---¿Está el Manco?--la preguntó Ortiz. - ---Ahí debe estar. - -Unas cuantas parejas que bailaban al son del organillo, se pararon al -ver á Ortiz y á don Alonso. - -El Manco, un hombre alto, rubio, afeitado, con el pecho de gigante, y el -cuello redondo de mujer, les salió al encuentro. - ---¿Qué buscan?--dijo con voz afeminada. - ---A uno á quien llaman el Bizco. - ---Aquí no viene ese hace ya tiempo. - ---¿Pues dónde anda? - ---Por las Ventas. - -Salieron del merendero y siguieron nuevamente por la orilla del arroyo -Abroñigal. Algunos chiquillos negruzcos se chapoteaban en el agua... - -Comenzaba á anochecer cuando aparecieron entre los tejares del barrio de -Doña Carlota. Madrid brotaba por encima de las frondas del Retiro. -Sonaban las esquilas de algunos rebaños. - -En los alrededores de la barriada había grandes hoyos con pilas de -ladrillo. Estaban ardiendo los hornos; salía de ellos un humo espeso de -estiércol quemado que, rasando la tierra, verde por los campos de -sembradura, se esparcía en el aire y lo dejaba irrespirable. A lo lejos, -algunas humaredas pálidas subían de la tierra al horizonte incendiado -por un crepúsculo espléndido de nubes de púrpura. - -Ortiz preguntó á un hombre que estaba levantando ladrillos si conocía al -Bizco. - ---¿Ese randa de pelo rojo? - ---Sí. - ---Le he visto hace unos días. Debe vivir por la Elipa. - ---Bueno, vamos por allá--murmuró Ortiz. - -Siguieron por la orilla del arroyo. El cielo de nubes rojizas iba -obscureciéndose. Cruzaron el camino de Vicálvaro. - ---Por aquí fuí yo al Este á enterrar á una chica que se me murió--dijo -Ortiz--; la llevé á la pobrecita debajo del brazo envuelta en un mantón. -No tenía ni para una caja... - -Este recuerdo trajo á la memoria del guardia sus miserias y contó á don -Alonso su vida. - -Don Alonso estaba deseando que acabase para asombrarle á Ortiz con sus -historias de América. - -El guardia seguía y seguía hablando, y don Alonso murmuraba -distraídamente: - ---Ya vendrá la buena. - -Mientras charlaban fué anocheciendo. Salió la luna en menguante; una -neblina tenue comenzó á cubrir el campo; algún árbol solitario se erguía -derecho y proyectaba la sombra de su follaje en el camino; alguna -estrella cruzaba el cielo dejando una ráfaga blanca. El agua plateada -del arroyo se deslizaba por la tierra silenciosa, trazando curvas como -una larga serpiente. - -Seguían hablando cuando don Alonso vió la silueta de un hombre que -aparecía entre dos árboles. Agarró del brazo á Ortiz, indicándole que se -callara. Se oyó un ruido de ramas y el paso furtivo de alguien que huyó. - ---¿Qué era?--dijo Ortiz. - ---Un hombre que ha salido de ahí. - ---¿De dónde? - ---No sé á punto fijo. Me ha parecido que de entre esos árboles. - -Se acercaron; había en el ribazo, que allí tenía más de un metro de -alto, un montón de maleza y unos pedruscos. - ---Aquí hay algo--dijo Ortiz metiendo su bastón. Quitó dos piedras -grandes, luego una tabla y apareció la boca de un agujero. Encendió un -fósforo. Era un boquete cuadrado abierto en la tierra arenosa y húmeda. -Entraron los dos. Tendría la cueva tres metros de profundidad por uno y -medio de anchura. Ocupaba el fondo una cama de paja y de papeles con una -manta gris. En un rincón había huesos mondados y latas de conserva -vacías. - ---Aquí tiene el lobo la madriguera--dijo Ortiz--. Sea el Bizco ú otro, -este ciudadano no está dentro de la ley. - ---¿Por qué? - ---Porque no paga contribución. - ---¿Qué vamos á hacer? - ---Esperarle. Yo le aguardo aquí dentro. Usted pone la tabla como estaba -antes, con dos piedras encima, y se queda ahí fuera. Cuando venga, que -vendrá, le deja usted entrar, y en seguida se echa usted á la puerta. - ---Bueno. - -Ortiz amartilló el revólver y se sentó en la cama. Don Alonso, después -de tapar la boca del agujero, buscó un sitio resguardado en donde no se -le viera y se tendió en el suelo. Le molestaba bastante haber tenido que -oir la historia vulgar de Ortiz y no haber podido contar sus aventuras. -La verdad es que su vida era rara. ¡Él convertido en policía! ¡Acechando -á un hombre! - -Horas y horas esperaron, Ortiz dentro y don Alonso fuera. Estaba ya -clareando cuando apareció el Bizco. Llevaba algo debajo del brazo. -Atravesó el arroyo, se acercó al ribazo, quitó la tabla... Don Alonso, -empuñando el revólver, se levantó con rapidez y se asomó á la boca del -agujero. - ---Ya está--dijo Ortiz desde dentro, y salieron inmediatamente el guardia -y el Bizco. - ---¿Será éste?--preguntó el guardia. - --Sí. - ---Si trata de huir, tire usted--dijo Ortiz á don Alonso. - -Don Alonso apuntó con el revólver al bandido, que temblaba, sin oponer -resistencia, y Ortiz le ató codo con codo. - ---Ahora, andando. - -Don Alonso estaba entumecido; le dolía todo el cuerpo. Echaron á andar -los tres por el camino de la Elipa. - -Al llegar cerca del nuevo hospital de San Juan de Dios estaba -amaneciendo; un amanecer tristón y anubarrado. - -Don Alonso se encontraba cada vez peor; sentía escalofríos por todo el -cuerpo, un dolor de cabeza violento y una lancetada en el pecho. - ---Yo estoy malo--le dijo á Ortiz--, no puedo con mi alma. - ---Bueno; entonces yo me marcho. - -Ortiz y el Bizco se alejaron. - -Don Alonso quedó solo y fué avanzando penosamente. Cuando llegó cerca de -la tapia del Retiro pidió auxilio á un guardia municipal. Este le -acompañó, y en la calle de Alcalá tomaron un coche. Don Alonso tosía y -no podía respirar; le sacaron del coche al llegar al hospital y le -metieron en una camilla. - -Al echarse, don Alonso quedó rendido y sintió como si le dieran un -martillazo en la cabeza. - ---Yo tengo algo muy grave, y quizás me vaya á morir--pensó con angustia. - -No se dió cuenta de cuando le metieron en la cama; comprendió que estaba -en el hospital y sintió que su cuerpo ardía. Una monja se le acercó y -puso un escapulario en el hierro de la cama. - -Don Alonso entonces recordó un cuento, y á pesar de la fiebre el cuento -le hizo reir. Era un gitano que estaba muriéndose y llamaba á todos los -santos de la corte celestial en su ayuda; viéndole tan apurado, una -vecina le llevó un niño Jesús, y le dijo al enfermo: - ---Rece, hermano, que éste le salvará. - -Y el gitano contestó compungido: - ---¡Ay, hermana! Si lo que yo necesito es un Santo Cristo con más... -barbas que un capuchino. - -Luego el cuento se complicó con recuerdos lejanos, la fiebre aumentó y -don Alonso murmuró convencido: - ---Ya vendrá la buena. - - * * * * * - -Después de ocho días, pasados entre la vida y la muerte, el médico de la -sala dijo que la pleuresía de don Alonso se había complicado con el -tifus y que era necesario trasladar el enfermo al hospital del Cerro del -Pimiento. - -Una mañana fueron los camilleros, cogieron á don Alonso, lo sacaron de -la cama y lo metieron en una camilla. - -Luego los dos mozos bajaron las escaleras del hospital, tomaron por la -calle de Atocha arriba, después por la de San Bernardo hasta el paseo de -Areneros. Entraron hacia las proximidades de San Bernardino por una -zanja cortada en la tierra arenosa y amarillenta, y llegaron al Cerro -del Pimiento. Llamaron; pasaron á un vestíbulo y levantaron el hule de -la camilla. - ---¡Anda la!... Se ha muerto el socio--dijo uno de los mozos--¿Lo -dejaremos aquí? - ---No, no, llevadlo--replicó el conserje del hospital. - ---¡Pues es una broma tener que llevarlo otra vez!--dijo el otro--. Más -valiera morirse. - -Cogieron con resignación la camilla y salieron. - -Hacía una mañana espléndida, hermosísima. Se sentía con intensidad la -primavera. - -El césped brillaba sobre las lomas; temblaban las hojas nuevas de los -árboles; refulgían al sol las piedras en las calzadas, limpias por las -lluvias recientes... Todo parecía nuevo y fresco, los colores y los -sonidos; el brillo de los árboles y el piar de los pájaros; la hierba -salpicada de margaritas blancas y amarillas, y las mariposas sobre los -sembrados. Todo, hasta el sol. Todo, hasta el cielo azul que acababa de -brotar del caos de las nubes, tenía un aire de juventud y frescura... - -Entraron los dos camilleros de nuevo por la zanja, entre las altas -paredes cortadas á pico. - ---¿Y si lo dejáramos aquí?--preguntó uno de los mozos. - ---Dejémosle--contestó el otro. - -Levantaron el hule de la camilla, y poniéndola de lado, hicieron que el -cadáver cayera desnudo en una oquedad. Y el muerto quedó despatarrado, -mostrando sus pobres desnudeces ante la mirada azul, clara y serena del -cielo, y los camilleros se fueron á tomar una copa... - -Indudablemente no había venido la buena. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO IX - - La Dama de la Toga Negra.--Los amigos de la Dama.--El pajecillo, el - lindo pajecillo. - - -Hay en Madrid en un palacio con grandes salas y largas galerías, en las -que por todas partes no se ven más que Cristos, una vieja dama de gran -alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de -la sociedad. - -Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla -gravemente y entre las imágenes de Cristo administra á diestro y -siniestro reprimendas y castigos. - -Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora -es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado, las uñas -largas y el estómago sin fondo. - -En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora, -en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la -Biblia, y en vez de personas dignas á su alrededor, está rodeada de -curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de -alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete.., una -larga procesión de sacacuartos y de escamoteadores, que empieza muy alto -y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas. - - * * * * * - ---Tienes que ir á ver á tu amigo--dijo Juan á Manuel. - ---Bueno. - -Buscaron á Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los -pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente. -Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo -ó leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban -expedientes. - ---Todos esos papeles, todos esos legajos--dijo Juan--, estarán empapados -de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un -herbario. - ---¡Y qué se va á hacer!--repuso Manuel--; si no hubiera criminales... - ---Estos sí que son criminales--murmuró Juan. - ---Vamos á ver si podéis pasar--dijo Ortiz. - -Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de -barba blanca y mirada severa y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos -con toga y birrete. - ---Soy enemigo del indulto--decía el señor de la barba blanca--; le he -condenado dos veces á muerte y las dos le han indultado. Ahora espero -que lo ejecutarán. - ---Pero es una pena tan severa--murmuró uno de los jóvenes sonriendo. - ---¿Hablan del Bizco?--preguntó Manuel á Ortiz. - ---No. - ---¡Nada, nada!--exclamó el viejo de la barba blanca--; hay que hacer un -escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para -después de Mayo, no vaya á ser indultado por el santo del rey. - ---¡Qué bárbaros!--exclamó Juan. - ---En estos casos--repuso el joven togado tímidamente--, es cuando se -pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque -indudablemente este hombre no ha estado nunca en posesión de su -conciencia, y la sociedad que no se ha cuidado de educarle, que le ha -abandonado, no debía tener derecho... - ---La cuestión de derecho, es una cuestión vieja de la que nadie se -ocupa--replicó el viejo con cierta irritación--. ¿Existe la pena de -muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación -moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar á uno á que se -rehabilite á un presidio!... El derecho á la pena, el derecho á ser -rehabilitado... muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de -muerte no son más que medidas de higiene social, y desde este punto de -vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin -indultar á nadie. - -Manuel miró á su hermano. - ---¿No tiene razón? - ---Sí; dentro de lo suyo, tiene razón--replicó Juan--. A pesar de eso, yo -encuentro á ese viejo sanguinario bastante repulsivo. - - * * * * * - -Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y -rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo. - ---¿Qué tal?--le preguntó el juez. - ---Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto á usted que lo -hago á propósito y todos los pretextos que envían las personas discretas -para no ser jurados, los acepto. Cuantos más brutos sean los que -componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez. - ---También la ley debían modificarla...--comenzó diciendo el joven. - ---Lo que debían hacer era suprimir el jurado--afirmó el hombre chiquito. - ---Ahora puedes bajar un momento--dijo Ortiz á Manuel--y preguntarle si -quiere algo. - -Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había -allí una medrosa semiobscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco. -Era el Bizco. - -El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba que afuera hacía un sol -hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad; -que en el campo habría sol y pájaros en los árboles. Y que él estaba -encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de -remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba -también que estaba condenado á muerte, y se estremecía... - -Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. El -había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora mil cuestiones se -iban amontonando en su cerebro. - -La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su -poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el -perfume en el aire. - -Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del -Bizco se despertaba y comenzaba á interrogarse á sí misma... - - * * * * * - ---¡Eh, tú!--le dijo el carcelero--aquí vienen á verte. - -El Bizco se levantó y quedó contemplando á Manuel con el mayor estupor. - -Al ver á Manuel no se extrañó; le miró fijamante con estúpida -indiferencia. - ---¿No me conoces? - ---Sí. - ---¿Quieres algo? - ---No quiero nada. - ---¿No necesitas algún dinero? - ---No. - ---¿No tienes que hacerme algún encargo? - ---No. - -Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió á tenderse en el banco. - ---Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño--dijo. - ---¿Pero no quieres nada más? - ---No quiero nada de ti. - -Salió Manuel del calabozo y se reunió á su hermano. - - * * * * * - -Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había -hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo: - ---Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos á verle una noche? - ---Bueno. - ---Pues yo iré á buscarte á la imprenta un día de estos. - ---Sería mejor que me dijeras un día fijo. - ---¿El sábado? - ---Bueno. - -Fueron Juan, Caruty y el Libertario á la imprenta y esperaron á que -llegara el Bolo. Luego, en compañía de éste y de Manuel, se encaminaron -por la calle de Bravo Murillo. - -En la puerta de una taberna de una calle próxima había un hombre de -mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro. - ---Ahí está--dijo el Bolo señalándole con disimulo é indicándolo á los -amigos.--Ese es. - -Se acercó á saludarle. - ---Que hay, compadre--le dijo dándole la mano--. ¿Cómo estamos? - ---Bien y usted. - ---Estos--advirtió el Bolo, mostrando á Manuel, al Libertario, á Juan y á -Caruty--son amigos míos. - ---Por muchos años--contestó él--. Vamo á tomá una copa--añadió con -acento andaluz cerrado. - ---Nos sentaremos un rato--saltó Manuel. - ---No; hablaremo en casa. - -Bebieron una copa y salieron á la calle. - ---¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia?--preguntó el -Libertario. - ---Sí, señó. - ---Mal oficio tiene usted, paisano. - ---Malo é--contestó él--, pero peó é morirse de jambre. - - * * * * * - -Fueron los cinco andando hasta detenerse frente á una casa alta, de -ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño, -iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada -indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón -vivía. Era un cuarto pobre, igual á todos los cuartos pobres. Había en -las paredes algunos retratos. A un lado una puerta de cristales con -cortinillas, que daba á una alcoba, y enfrente de ésta una cama. - -Al entrar ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un -taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla la -saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa, -una seriedad fatídica. - -El verdugo les invitó á sentarse á todos; salió al portal en seguida, y -llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego -tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza -cuadrada, de patillas y bigote rubios, la cara juanetuda. Vestía -decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de -una porción de cosas indiferentes y Manuel contó lo que le había pedido -el Bizco. - ---Esté usté sin cuidao--dijo el verdugo--; si yega el caso, se hará tó -lo que se pueda. - ---Y antes de ser ejecutor--le preguntó de pronto el Libertario--, ¿ha -probado usted otras cosas? - ---¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años; -he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes... ¿y qué? no -podía viví. - ---¡Tan mal le iba!--exclamó Juan. - ---Muriendo de jambre estaba, y cuando ya acosao dice uno: prefiero viví -matando que no morirme de jambre, entonse tóos son despresios. - -Interrumpió su palabra un golpecito dado en la puerta recatadamente; era -el chico que traía el frasco de vino. El verdugo cogió el frasco y -comenzó á escanciar en los vasos. - ---¿Y qué? ¿Cuántos has ejecutado hasta ahora?--le preguntó el Libertario -hablándole de pronto de tú. - ---Uno catorse ó quinse. - ---¿Y usted, no bebe?--le dijo Manuel viendo que no se echaba vino en el -vaso. - ---No; yo no bebo nunca. - ---¿Ni cuando tiene usted que trabajar? - ---Entonse meno. - ---¿Ha ejecutado usted algún anarquista? - ---¿Anarquista? No sé lo que es eso. - - * * * * * - ---Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes?--preguntó el -Libertario. - ---Sí; casi tós. Yo los trato bien, aunque me esté mal el desirlo. No soy -como el de antes que les hasía sufrí á posta. - ---¿Pero eso es verdad?--dijo Juan. - ---Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega. - ---¡Qué barbaridad!--exclamó el Libertario--. Y todos van templados, ¿eh? - ---Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré -en la capiya y él estaba tendió. «¡Eh!--le dije--. Compare; soy el -ejecutó de la Justisia. ¿Me perdona?» «Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda, -ponte esto--y le dí la túnica.» «Y esto ¿qué é? ¿E que me voy á vestí de -máscara?» Echamos un sigarro, y como éramo paisanos, jablando de la -tierra fuimo al tablao. Se sentó en el banquiyo, pero como era bajito no -yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te -perdono--me dijo--, á estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y -buena suerte!» Era un hombre el Diente. - ---Y tal... que debía ser un hombrecito--dijo el Libertario sonriendo. - ---Con él estrené yo el correaje nuevo... porque yo no ato con cuerda. Lo -veréis ustedes. ¡Chica! Trae esa correas para que las vean esto señore. - -La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con -varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al -verla. - ---¿Y el aparato, cómo es?--dijo el Libertario. - ---El aparato... mu sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se pone -así--y el verdugo cogió el frasco de vino por el cuello con su mano -ancha y velluda--, y luego se hase ¡crac! y ya está. - -Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty -recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca. - ---Ya ve usted--siguió diciendo el verdugo--, estas correas las he tenío -que pagar yo; pues no se lo agradesen á uno. Toavía lo quieren á uno -desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo, -¡que me dió una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo, -y echamo á suerte; á mí me tocó er cura: Bueno--dije--, ya que ha de sé -uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien, cuando iba en el -tren tó el mundo se separaba de mí; voy á una posá y disen que no me dan -de comé, y voy á otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿soy yo er que lo -manda matá? ¿soy yo ó é el presidente de la Audiensia, que pone su firma -en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian á mí? ¿No le -pasan el expediente de indurto al minitro y á la reina y lo niegan? Pues -entonse mata la reina y el minitro y el presidente de la Audiensia y el -jué y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví; -que si no fuera por eso... - -El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando: - - Mala puñalá le den - Mala puñalá le diera. - ---Como uno de los tío de la taberna de esta calle--siguió diciendo al -volver y sentarse--, que solía jugar á la brisca conmigo, y como é -natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió -cuatro jugás seguías, me dijo: «¡Dio me libre de su mano de usté, -compare!» ¡Molé! si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo -un ofisio mardesío... - -Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el -arrechucho y siguió diciendo: - ---¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Ná; no tenemo jubilasión, y -cuando uno é viejo, como el maetro Lorenso, de Graná, que el pobretico -no tiene fuersa ni para mové el torno, á morirse de jambre. El verdugo -de Fransia, sí, ese está bien; ese tiene treinta mil reale y jubilasión. -A mí, si me dejasen, haría también dinero. - ---¿Pues qué haría usted?--le dijo Juan. - ---¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda ó un entresuelo en la calle de -Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera. - -Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera! La -idea era macabra. - -Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la -vecindad. - ---Vámonos--dijo el Bolo de pronto. Se despidieron todos dando la mano -al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra, el -cielo obscuro y sombrío como una amenaza. - ---Dicen que es necesaria la pena de muerte--murmuró Juan--. Nosotros, -los pobres, debíamos decir á los burgueses: ¿Queréis matar? Matad -vosotros. - ---Mientras haya desdichados con hambre--repuso el Libertario--habrá -hombres capaces de ser verdugos. - ---¿Qué pasaría si estos hombres llegasen á tener conciencia?--dijo -Juan--. Una huelga de verdugos sería curiosa. - ---Sería quitar un puntal á la sociedad--, repuso el Libertario--. El -verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los -sostenes de esta sociedad capitalista. - ---¿Cuánto durarán todavía los verdugos?--preguntó el Bolo. - ---Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten, -mientras los curas engañen...--contestó con voz sombría el -Libertario--los habrá. - -Caruty recitó una canción de un condenado á muerte que escribe una carta -á su querida desde la prisión de la Roquette y le cuenta cómo oye con -estremecimientos de angustia el ruido que hacen al armar la guillotina. - - - - -TERCERA PARTE - - - - -CAPÍTULO I - - Las evoluciones del Bolo.--Danton, Danton, ese era el - hombre.--¿Anarquía ó socialismo?... lo que gustéis. - - -Dejó de aparecer Juan por casa de Manuel. Este creyó que estaría -trabajando, cuando supo por los amigos que se encontraba malo, con un -catarro terrible. Fué á buscarle, y lo vió en la casa de huéspedes muy -abandonado, con mal aspecto. Tosía mucho, tenía las manos ardorosas y -rosetas malares en las mejillas. - ---Lo mejor es que vayas á casa--le dijo Manuel. - ---Si no tengo nada. - ---Vale más que vayas allá. - -Fué efectivamente, y al cabo de una semana de cuidados, Juan se puso -mejor y volvió á la vida normal. - - * * * * * - -Mientras los demás peroraban en las reuniones de la taberna de Chaparro, -Manuel se hizo amigo del Bolo, un zapatero de portal, de la calle de -Palafox, hombre bajito, rechoncho, encarnado, muy feo y algo cojo. - -Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la -_Historia de la Revolución Francesa_, de Michelet. Al ver aquel tipo la -Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera -más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por -más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á -las dos mujeres. - -El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio, -según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después, -viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el -socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre -socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose -ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía -menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita; -pero delante de los _socialeros_, de las adormideras del socialismo, -defendía la utilidad y la necesidad de los atentados. - -En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos -habían quitado toda la masa obrera al partido republicano, -inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido -burgués. El Bolo no podía acostumbrarse á oir á los compañeros tratar -sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla, -que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar -á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de -cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de -hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico. - -La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los -libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el -recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos -ellos con entusiasmo y con respeto... - -Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la _Historia de la -Revolución_. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se -sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau, -luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con -Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero -revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca -de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más -repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo -prusiano. - -Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella -historia. Algunas veces pensaba: - ---Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la -_Historia de la Revolución Francesa_, creo que sabría ser digno... - -Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48; -luego otro sobre la _Commune_, de Luisa Michel, y todo esto le produjo -una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres! -Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui, -Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente! - - * * * * * - ---Lo que se debía hacer--le dijo un día Morales á Manuel--es poner una -encuadernación aquí al lado. - ---¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?--preguntó Manuel. - ---No, buscar un encuadernador que alquile la puerta de al lado, y á él -le convendría estar junto á una imprenta, y á nosotros tener aquí una -encuadernación. - ---Eso sí es verdad. - ---Estése usted á la mira. - -Se enteró Manuel, preguntó en varias imprentas, y ya iba á abandonar sus -gestiones, cuando el dueño de _La Tijera_, periódico órgano de los -sastres, le dijo: - ---Yo conozco á un encuadernador que piensa mudarse de casa. Y tiene -parroquia, porque trabaja bien. - ---Pues voy á verlo. - ---Le advierto á usted que es muy zorro. Como que es judío. - ---¡Hombre, judío! - ---¿Eso qué importa? - ---Después de todo, nada. ¿Y cómo se llama? - ---Jacob. - ---¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?--preguntó Manuel. - ---Sí. - ---Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida. - -Le indicó el propietario de _La Tijera_, órgano de los sastres, dónde -estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un -piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación. - -Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en -aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la -mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa -grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña -doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en -el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo. -A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una -guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin -cubierta aún. - -En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban -tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del -oficio. - -Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego, -cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio, -presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era -más cara; además, había que hacer gastos. - ---Bueno--le dijo Manuel--, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de -encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no -vayas. - -Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á -Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á -establecerse en la vecindad de Manuel. - -Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el -llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob -trabajaba más barato y proporcionaba parroquia. - - * * * * * - -Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y -allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en -las discusiones. - -Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel -ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse. - -De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la -anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico; -como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo -encontraba imposible de llevarlo á la práctica. - -Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las -discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas -desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la -consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una -serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse -libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al -noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la -revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la -revolución social. - -El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para -Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado -de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de -autoridad. - -La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad -era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la -rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo, -la bondad... - -El progreso no era más que esto: la supresión del principio de -autoridad por la imposición de las conciencias libres. - -Manuel, algunas veces decía: - ---Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton. - - * * * * * - -Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales -afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La -concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina -grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la -heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en -comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los _truts_, -absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más -reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el -Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se -posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo. - -Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos, -expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos, -abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera, intelectualizándola, -lo que apresuraría la revolución social. - -Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era -también cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso -de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo -territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no -sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba -democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con -cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera -República. - ---En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión--decía Manuel--; á -la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que -esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente. - ---Yo no veo la necesidad del Estado--decía Juan. - ---Pero el Estado se impone--replicaba Morales--. Nosotros no decimos un -Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército; -sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo. - ---¿Pero para qué queremos ese centro? - ---Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir -el desarrollo de los egoísmos. - ---Vamos entonces al despotismo--replicaba Juan. - ---No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción -en los individuos más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una -acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención -del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un -oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un -médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un -plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles; -el Estado le entierra gratis cuando se muere... - ---Pero eso es una tiranía. - ---Una tiranía, ¿por qué? - ---Vivir uniformados, haciendo todos lo mismo... - ---Uniformados, no. Haciendo todos lo mismo, en parte, sí. Porque todos -comemos, dormimos y paseamos. Nosotros no queremos la uniformidad en la -vida de una nación, y menos aún en la vida de los individuos; que cada -Municipio tenga su autonomía, que cada hombre viva como quiera sin -molestar á los demás. Nosotros no queremos más que organizar la masa -social y dar forma práctica á la aspiración de todos, de vivir mejor. - ---Pero á costa de la libertad... - ---Eso es según á lo que se llame libertad. La libertad absoluta llevaría -á la concurrencia libre. El fuerte se tragaría al débil. - ---No; ¿para qué? - ---Son ustedes unos visionarios. Afirman ustedes brutalmente la -individualidad, y cuando se les dice que el individuo puede -extralimitarse en el uso de la libertad, no lo creen. - -Con estas discusiones, Manuel iba haciéndose cargo de la cuestión en sus -distintos puntos de vista, y al mismo tiempo, aunque no tuviese una -dependencia directa, comprendía y se explicaba otras muchas cosas que -antes no se había tomado el trabajo de comprender. - -Esta actitud suya de expectación le hacía ecléctico; unas veces estaba -con su hermano, otras con Morales. - -Manuel no encontraba mal el anarquismo como necesidad de cambio de -valores. Comparando este período con el anterior á la revolución -francesa, encontraba que los anarquistas de hoy eran en menor intensidad -y en menor altura; algo semejante á los filósofos de entonces. Lo que le -parecía absurdo y estúpido á Manuel era el procedimiento anarquista. En -cambio, respecto al socialismo que defendía Morales, le parecía lo -contrario; le resultaba antipático el plan y su sistema de organización -del trabajo por el Estado, sus bonos, sus almacenes nacionales, su -intento de hacer del Estado un Proteo monstruoso (panadero, zapatero, -quincallero), y de convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios, -marchando todos al compás. A esto Morales decía que el socialismo, por -boca de Bebel, había dicho que toda concepción sobre la futura sociedad -socialista, no tenía ningún valor. - -En principio á Manuel la teoría socialista le parecía mucho más útil -para el obrero que la de los anarquistas. - -El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total; de -una revolución completa. Se encontraba en el caso del que le ofrecen un -empleo modesto para vivir y lo desprecia porque cree que va á heredar -una gran fortuna. O todo ó nada. Y los anarquistas esperaban la -revolución como los antiguos el santo advenimiento, como un maná, como -una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos. - ---¿Pero no es más lógico--decía Morales--, reunir las energías de toda -la clase, para ir avanzando poco á poco hasta llegar á un gran -desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que -es una cosa como los polvos de la madre Celestina, para traer la -felicidad del mundo? - -Juan sonreía. - ---La anarquía hay que sentirla--solía decir. - ---Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor -defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda -individual por la idea ó por el hecho. La propaganda de la idea es, al -cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen -negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen. - ---Para los burgueses, sí. - ---Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen. - ---Puede ser un crimen conveniente. - ---Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas -consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la -conveniencia de sus crímenes. - ---La anarquía hay que sentirla--terminaba diciendo Juan. - -Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales. - - * * * * * - -Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas, -le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante. - -Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente, -y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo -radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la -anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera. -Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus -independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios, -los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con -su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí mismo. Se -había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el -germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía -quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía -libre, y la aspiración de un cambio social. - -En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de -principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el -desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas. -Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de -los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían -los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del -dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las -echaban de importantes y de grandes moralistas. - -Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de -sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración -burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo -Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo -ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina; -sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los -demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de -decir que eran fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones, -cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se -pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes -postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales -morosos. - -Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le -admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y -tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante -Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le -llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido -como indigno de pertenecer á él. - - * * * * * - -En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público -anarquista: _La Anarquía_ y _El Libertario_, y los dos se odiaban -cordialmente. - -El odio entre _La Anarquía_ y _El Libertario_ era un odio de empresa. El -dueño de _La Anarquía_ había llegado hacía unos años á defender las -ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición -de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco, -al asegurar la vida económica de _La Anarquía_, el propietario, sin -darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo, quitando -_jierro_, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un -diletantismo y este momento lo aprovecharon los de _El Libertario_ para -echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo. - -Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban -ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les -separaba era una cuestión de perros chicos. - -Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en -España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado, -según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como -en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la -torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia -tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban -ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España. - -Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el -socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del -partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de -conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los -medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión -de la doctrina se subordinaba á la asociación para la lucha. - ---Nosotros--terminaba diciendo Morales--, tendemos á la organización, á -la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más. - -Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor -aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía -nada, porque era burgués. - - * * * * * - -Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas -y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres -pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante -superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus -respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que -el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas, -hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos. - -Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que -curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que -se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación. - -En cambio, para los anarquistas, los _socialeros_ eran los que se -vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando por -el ministerio á cobrar el precio de su traición. - -Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los -directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como -carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los -socialistas. - -Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar -en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la -justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban -algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos -obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que -aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el -societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este -societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo -repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á -tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin -pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á -su reglamento y pagar además una gabela. - -Tales procederes constituían para los anarquistas la expresión más -repugnante del autoritarismo. - - * * * * * - -Casi todos los anarquistas eran escritores y llevaban camino de -metafísicos; en cambio, entre los socialistas, abundaban los oradores. A -los anarquistas les entusiasmaba la cuestión ética, las discusiones -acerca de la moral y del amor libre; en cambio á los socialistas les -encantaba perorar en el local de la Sociedad, constituir pequeños -congresos, intrigar y votar. Eran sin duda más prácticos. Los -anarquistas, en general, tenían más generosidad y más orgullo, y se -creían todos apóstoles, hombres superiores. Se figuraban muchas veces -que con cambiar el nombre de las cosas cambiaba también su esencia. Para -la mayoría era evidente que desde el momento en que uno se declaraba -anarquista, ya discurría mejor, y que en el acto de ponerse esta -etiqueta cogía uno sus defectos, sus malas pasiones, sus vilezas todas y -las arrojaba fuera como quien echa la ropa sucia á la colada. - -De buenas intenciones y de buenos instintos, excepto los impulsivos y -los degenerados, hubiesen podido ser, con otra cultura, personas útiles; -pero tenían todos ellos un vicio que les imposibilitaba para vivir -tranquilamente en su medio social: la vanidad. Era la vanidad vidriosa -del jacobino, más fuerte cuanto más disfrazada, que no acepta la menor -duda, que quiere medirlo todo con compás, que cree que su lógica es la -única lógica posible. - -En general, todos ellos, por el sobrecargo que representaba la lectura -y las discusiones después de un trabajo fuerte y fatigador, por el abuso -que hacían del café, estaban en excitación constante, que aumentaba ó -remitía como la fiebre. Unos días se notaba en todos ellos la fatiga y -la desilusión; otros, en cambio, el entusiasmo se comunicaba y había una -verdadera borrachera de hablar y de pensar. - - * * * * * - -Los dos partidos obreros, con sus hombres, representaban en la clase -proletaria los partidos burgueses: el socialismo, el conservador, -oportunista, prudente; el anarquismo, el paralelo al republicano, con -las tendencias levantiscas de los partidos radicales. - -La diferencia entre estos partidos, las agrupaciones de la burguesía, -estaba más que en las ideas, en los hombres. Ambos partidos obreros -tenían la seguridad de no llegar nunca al poder; en sus filas se -alistaban hombres exaltados ó creyentes, á lo más algunos interesados; -pero no ambiciosillos de dinero ó de gloria como en las oligarquías -burguesas. Les daba sobre éstas una gran superioridad á los dos partidos -obreros, su internacionalismo que hacía que buscasen sus hombres tipos, -sus modelos, más bien fuera que dentro de España. La táctica de la -adulación, del servilismo, empleada para escalar puestos en las -oligarquías burguesas, liberales, conservadoras ó repúblicanas, no -servía para nada entre socialistas y anarquistas... - -A veces, cuando discutían en el despacho de la imprenta, solía entrar -Jacob el judío á preguntar si los pliegos tales ó cuales estaban ó no -tirados. Oía las discusiones, las apologías entusiastas del socialismo y -de la anarquía, y nunca decía su opinión. Indudablemente no le -interesaba nada aquello. Para él eran los que se debatían asuntos de -otra raza, de hombres de otra religión, y le eran perfectamente -indiferentes. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO II - - Paseo de noche.--Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del - Pimiento. - - -Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le -recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi -todos los días que hacía bueno salía á pasear. - -Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse. -Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de -casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á -visitarle, ella los despacharía á escobazos. - -La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que -descansara; no le dejaban trabajar. - -A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de -su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que -se iba á América y pegarse un tiro. - -Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía -inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear -él? ¿Qué viviese ó no? Estas dudas y casos de conciencia le -perturbaban. - -Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta -idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un -miedo pueril por un peligro lejano. - - * * * * * - -Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había -agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba -leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea. - -Sin decir á nadie nada, había vendido los _Rebeldes_ y el busto de la -Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda. - -Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros -desconocidos, que se le acercaban tímidamente: - ---¿Cómo está su hermano?--le preguntaban. - ---Está mejor. - ---Bueno, eso quería saber. ¡Salud!--y se marchaban. - ---Mira--le dijo un día Juan á Manuel--vete al Círculo del Centro y diles -que mañana por la tarde iré á la Aurora y que hablaremos. - -Manuel fué á un Círculo que estaba próximo á la calle del Arenal. Una -porción de gente, á quien no conocía, le preguntó por Juan; al parecer, -tenían por él un gran entusiasmo. Vió al Libertario, al Madrileño y á -Prats. - ---¿Cómo está Juan?--le dijeron. - ---Ya va mejor. Mañana os espera en la taberna. - ---Bueno; ¿qué, te vas? - ---Sí. - ---Espera un momento--le dijo el Libertario. - -Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una -discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba. - ---Nos iremos nosotros también. - -Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño. - -Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose. - -El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo -ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño, -bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala. - ---Allá no hay más que pacotilla--decía el Madrileño--, desde los géneros -de punto, hasta el anarquismo, todo es ful. - ---Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?--replicó Prats--. Si esto -debían convertirlo en cenizas. - ---¿Aquí? Aquí hay la mar de sal. - ---Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina _rasa_! - ---Dejad eso...--gritó el Libertario--. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan -la vida discutiendo si valen más los castellanos ó los catalanes. Y -luego quieren que desaparezcan las fronteras. - -Manuel se echó á reir. - -Siguieron los cuatro por la calle del Arenal, atravesaron la Puerta del -Sol y subieron por la calle de Preciados. - ---Es que á mí me da asco lo que pasa aquí--dijo Prats--. Esto está -muerto... En aquella época, en Barcelona, allá había alma... aunque éste -no lo crea--y señaló al Madrileño; después siguió dirigiéndose á -Manuel--. Había agitación, que es lo que se necesita; solíamos dar -conferencias bíblicas, y teníamos reuniones en donde cada noche se -explicaba un punto de las ideas libertarias. Nosotros les convencíamos á -los estudiantes y á los hijos de los burgueses y les atraíamos á nuestro -campo. Recuerdo en una reunión de éstas á Teresa Claramunt, embarazada, -que gritaba furiosa: ¡Los hombres son unos cobardes! ¡Mueran los -hombres! Las mujeres haremos la revolución!... - ---Sí, fué una época de fiebre de todo el pueblo entero--dijo el -Libertario. - ---¡Sí fué! En todas partes se daban mitins de propaganda, se hacían -bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas á -los soldados para que se indisciplinaran y no fueran á Cuba, y -gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre!... Luego, ya -hubo día en que las calles de Barcelona estuvieron dominadas por los -anarquistas. - ---¡Bah!--exclamó el Madrileño. - ---Que lo diga éste. - ---Sí, es verdad--contestó el Libertario--; hubo días en que los -polizontes no se atrevieron á dar la cara á los anarquistas; en el -Centro de Carreteros, en el Club de la Piqueta Demoledora y en algunos -otros sitios, había bombas cargadas y botellas explosivas puestas en los -armarios á la vista de todos los socios y al servicio del que las -pidiera. - ---¡Qué barbaridad!--dijo Manuel. - ---Y eran bonitas las bombas--añadió el Libertario--; había unas en forma -de naranja, otras de pera, otras eran de cristal, redondas, con balas -también de cristal, que pesaban muy poco. - ---A todas les llamábamos _corre-cames_--repuso Prats--, lo que llaman -aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas--preguntó el -Libertario--cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando: -¡_Salut y bombes d'Orsini_!...? Un día nos comprometimos más de -doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando -bombas á un lado y á otro. - ---Y no hicísteis nada--dijo el Madrileño--. _Pa_ mí que los catalanes -son muy blancos para eso. - ---¡Quia, no!--replicó el Libertario--. Es gente templada. - ---Sí, lo será--replicó el Madrileño--; pero yo te digo á ti que estuve -en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el -valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar -gente en Montjuich y había que ver la _jinda_. Todos aquellos señoritos -que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres -pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia, -otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi -todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador, -el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de -sinvergüenzas. - ---No tienes razón--dijo el Libertario. - ---No; casi nada. - -Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba -oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado. - -Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza. - ---Vengo de dejar á Avellaneda--dijo--. Está un hombre admirable. El se -ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía -demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos -cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él -ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le -molestaban mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha -dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha -agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido -recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una _verva_! ¡Y una -_dignitá_ en el ademán! Tiene una _pose_ amplia ese hombre. Sí. Está un -poeta admirable--dijo Caruty convencido. - -Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de -Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local -ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban -zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy -separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas. - ---¿Te vas ya?--le dijo á Manuel el Libertario--. Hace una hermosa noche. - ---¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten. - -Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor. - ---Voy á dar una vuelta--le dijo á la Salvadora. - ---Bueno. - ---¿Y Juan? - ---Acostado. - ---Acuéstate tú también. - -Salió. Los cinco entraron por la calle de Magallanes, entre las dos -tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más -allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle -estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo -lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las -tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del -telégrafo zumbaban misteriosamente. - ---Una noche también muy negra--dijo el Libertario--fuimos en Barcelona -al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban -trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones -napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que -la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del -grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con -él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha -de _Tanhäuser_, que entonaban los otros á coro; había salido la luna -llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: _¡Oh -come e bello!_ - -Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de -un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos. - -Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles -de París; de las frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de -sus conversaciones con Emilio Henry. - ---Aquel estaba un joven hombre terrible--exclamó Caruty--; solía ir á -Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie. - ---Pero eso de poner bombas así es una barbaridad--dijo Manuel. - ---Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el -terrorismo anarquista--exclamó el Libertario. - ---Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los -anarquistas--replicó Manuel. - ---No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno. - ---¿En España también? - ---Sí; en España también. - ---Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la -represión. - ---Pues se comenzó--repuso el Libertario. Cuando Lafargue, el yerno de -Karl Marx, vino á España á pactar con Pí y Margall la formación del -partido socialista obrero, Pí le contestó que la mayoría de los -españoles que habían seguido la marcha de la Internacional estaban del -lado de Bakounine. Y era verdad. Vino la Restauración y se trató de -arrancar violentamente esta semilla revolucionaria. Ya con la Mano -Negra, que no era más que un comienzo de asociación obrera, el gobierno -cometió un sin fin de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de -bandolerismo..... Pasados bastantes años, vienen los sucesos de Jerez, -se demuestra que Busiqui y el Lebrijano, que eran dos bárbaros que no se -habían distinguido como anarquistas, ni como nada, habían asesinado á -dos personas y se les agarrota, pero al mismo tiempo que á ellos se -agarrota á Lamela y á Zarzuela que eran anarquistas, pero que no tenían -participación alguna en los asesinatos. Se les mató porque eran -propagandistas de la idea. El uno era corresponsal de _El Productor_ y -el otro de _La Anarquía_; los dos incapaces de matar á nadie, los dos -inteligentes; por eso más peligrosos para el gobierno, cuyo fin era -exterminar á los anarquistas. Pasan años y Pallás comete, para vengar á -los de Jerez, el atentado de la Gran Vía. Fusilan á Pallás, y Salvador -echa la bomba desde el quinto piso del Liceo. Se prende á una porción de -anarquistas, y cuando iban á condenar á Archs, Codina, Cerezuela, Sabat -y Sogas, como culpables, encuentran á Salvador, el autor del atentado. -Entonces, viendo que estos cinco anarquistas se les escapaban de entre -las manos, ¿qué hace el gobierno? Manda abrir nuevamente el proceso de -Pallás y como cómplices fusila á los cinco. Agarrotan á Salvador y -luego viene una cosa estupenda: la bomba de la calle de Cambios Nuevos, -que cae desde una ventana al final de una procesión. No la echan cuando -pasan los curas ni el obispo, ni cuando pasa la tropa, ni cuando pasa la -burguesía; la echan entre la gente del pueblo. ¿Quién la arrojó? No se -sabe; pero seguramente no fueron los anarquistas; si alguien tenía -interés entonces en extremar la violencia, era el gobierno, eran los -reaccionarios, y yo pondría las manos en el fuego apostando á que el que -cometió aquel crimen tenía relación con la policía. Se consideró el -atentado como un ataque á la fuerza armada, se proclamó el estado de -sitio en Barcelona y se hizo un copo de todos los elementos radicales, -que fueron á parar á Montjuich. Se fusiló á Molas, Alsina, Ascheri, -Nogués y Más. De éstos, todos, menos Ascheri, eran inocentes. Después -viene Miguel Angiolillo--concluyó diciendo el Libertario--, que había -leído en los periódicos franceses lo que estaba pasando en Montjuich, -oye á Enrique Rochefort y al Dr. Betances, que achacaban la culpa de -todo lo ocurido á Cánovas, de quien decían horrores; llega á Madrid, -aquí habla con algunos compañeros, le confirman lo dicho por los -periódicos franceses; va á Santa Águeda y mata á Cánovas... Esta ha sido -la obra del gobierno y la réplica de los anarquistas. - -Manuel no podía comprobar si esta versión era cierta ó no; tenía -bastante confianza en el Libertario; pero podía estar engañado por sus -entusiasmos de fanático. - ---Yo lo que no puedo creer--dijo Manuel--, es que la policía haya -llegado á producir un atentado sólo para extremar la represión. - ---¡Pues si eso se ha visto aquí en pequeño!--exclamó el Madrileño--. -Cuando el complot de la calle de la Cabeza... en lo de los Cuatro -Caminos. Se puede decir que cuando en un círculo de obreros anarquistas -aparecen cartuchos de dinamita, proceden de la policía. - ---¿Sí? - ---Sí, hombre, sí--dijo el Libertario--. Ascheri, uno de los que -fusilaron en Montjuich, había sido de la policía. Cuando un anarquista -trabaja por su cuenta, nadie lo suele saber, ni aun sus compañeros -muchas veces. - ---Es verdad--dijo Prats--. Yo me acuerdo de Molás, uno de los que -fusilaron en Montjuich, cuando hacía sus primeras pruebas con la -dinamita. Molás era ladrón y solía vivir temporadas robando. Algunas -veces pasaba mucho tiempo sin que se le viera. Yo una vez le dije: «¿Qué -haces?» «¿A ti qué te importa? ¡Yo trabajo por la causa!»--me -contestó--. Una noche me dijo: «¡Anda, ven si quieres á ver lo que -hago!» Echamos á andar, y ya por la mañana, llegamos á un sitio desierto -donde no había más que un tejar. Sacó de un agujero del suelo un tubo -de hierro de una cañería. Por lo que me dijo, estaba cargado de -dinamita. Arrimó el tubo al tejar, le puso una mecha, la encendió y -echamos á correr. Hubo una explosión formidable. Al volver no se veía -más que un agujero en el suelo; del tejar no quedaba ni rastro. - ---¿Es que no sabían en Barcelona hacer bombas que estallaran al -choque?--preguntó Manuel. - ---No. - ---Y luego, ¿cómo aprendieron? - ---Un relojero suizo hizo las primeras, que pasaron de mano en mano como -curiosidad--contestó Prats--, luego aprendieron á hacer las los -cerrajeros, y como los trabajadores de Barcelona son tan hábiles... - ---¿Y la dinamita? - ---De eso todo el mundo tenía la receta. Luego no sé quién trajo un -_Indicador Anarquista_ con una porción de fórmulas. - ---Un amigo mío--dijo el Madrileño--, que era mecánico, había escrito un -catecismo para su hijo, y le examinaba al chiquillo delante de nosotros. -Recuerdo las primeras preguntas que decían así: «¿Qué es la dinamita, -niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se -hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» «¿Cómo se -prepara la dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina, -tratando la glicerina por una mezcla, en frío, de ácido nítrico y de -ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» El chico -sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al -padre lo llevaron á Montjuich nos solía decir: «Yo no sé si me matarán; -pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.» - -Se levantaron todos del banco porque sentían frío. Comenzaba á amanecer. -La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un -gris de estaño. Desde el repecho de una colina vieron la cavidad inmensa -del Tercer Depósito que estaban construyendo. Siguieron después el -canalillo, con sus filas de chopos, sin hojas, al lado de la cinta de -agua que brillaba y se curvaba en mil vueltas. - ---Y eso de las órdenes del Comité Central de Londres, ¿es -verdad?--preguntó Manuel. - ---¡Quia, hombre! Son leyendas--replicó el Libertario--. No ha habido -nunca tales órdenes. - -...Ya la claridad de la mañana se esparcía por la tierra, sembrada de -hierba. El cielo se llenaba de nubes pequeñas y blancas, como vellones -de lana, y en el fondo, cortando el horizonte, iba apareciendo el -Guadarrama, orlado por la claridad del día. - -Un labrador sembraba marchando detrás del arado; sacaba el grano de una -espuerta que le colgaba del cuello y echaba un puñado de semilla al aire -que brillaba un momento como una polvareda y caía en los surcos de la -tierra obscura. - -Caruty cantó una canción en _argot_ campesino, en la que se llamaba -ladrones y canallas á los propietarios. Después entonó la _Carmañola -Anarquista_: - - Ça ira, ça ira, ça ira - tous les bourgeois á la lanterne - ça ira, ça ira, ça ira, - tous les bourgeois on les pendra. - -y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca... - -Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el -Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca -surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas -casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero -violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta -llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se -veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección». - ---Este es el hospital del Cerro del Pimiento--dijo el Libertario. - -Siguieron adelante. - -Salió el sol por encima de Madrid. La luz se derramó de un modo mágico -por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las -torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco. - -El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas; -un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa -ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre -la arena, parecía derretirla é incendiarla. - -Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de -Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales. - -El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se -extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo, -enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán; -algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol, -se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro -de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del -día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente. - -Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz. - ---Hay algo de loco en todos ellos--se dijo Manuel--. Habrá que separarse -de esta gente. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO III - - El mitin en Barbieri.--Un joven de levita.--La carpintería del arca - de Noé.--¡Viva la Literatura! - - -Había que hacer el mitin cuanto antes. Juan, no sólo no estaba aún -repuesto, sino que se encontraba peor. Desde casa iba dirigiendo el -movimiento de propaganda; tenía gran correspondencia con los anarquistas -de provincias y con los extranjeros. El médico no le permitía salir más -que un momento por las tardes, en las horas de sol. Manuel era el -encargado de no permitir la menor transgresión. - ---Yo haré lo que sea--le decía á su hermano--, pero tú quédate en casa. - ---Bueno; pues no hay que perder el tiempo para hacer el mitin. - ---¿Le veremos á Grau? - ---Psch... bueno; no querrá ir. - -Prats era partidario de que se viera á Grau. Manuel le acompañó. Fueron -los dos á Vallehermoso y en una callejuela subieron al tercer piso de -una casa. Llamaron; una muchacha les preguntó qué querían, dijeron á lo -que iban, la muchacha vaciló y abrió la puerta. Pasaron por un pasillo á -un despacho con un balcón en donde apenas cabían tres personas. En la -pared había una porción de retratos. Manuel y Prats estuvieron -contemplándolos. - ---Esta es Luisa Michel--dijo Prats. - -Era una mujer de rostro escuálido y perfil aguileño, con la frente -desguarnecida y el cabello corto. Después Prats mostró á Kropotkine, -calvo y barbudo, agazapado tras de sus anteojos, con cierto aire de gato -fosco; á Elíseo Reclus, de cara apacible de soñador y de poeta; á Gorki, -con su tipo innoble y repulsivo. - -Se sentaron Prats y Manuel, y pasó media hora larga sin que apareciera -nadie. - ---Hay que hacer aquí más antesala que para ver á un ministro--dijo -Manuel. - -Por fin, salió una señora flaca, de aire autoritario. Escuchó lo que -dijo Prats, de pie, con marcada impaciencia, y contestó que su marido -estaba trabajando. Le daría el encargo y él les enviaría la -contestación. - -Salieron de casa de Grau, y Manuel, en derechura, se fué á la imprenta. - -Por la noche, en la Aurora, donde había gran movimiento para concertar -los preparativos del mitin de propaganda, se habló de la negativa de -Grau á tomar parte en la reunión. - -El Madrileño despotricó contra Grau. - ---Es un vividor--dijo--, un farsante vendido al gobierno. - ---No--replicó el Libertario--, es un temperamento de burgués, que vende -su periódico como otro vende pastillas de chocolate. - ---Sí--dijo el Madrileño--; pero cuando uno tiene un temperamento de -burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, ó una zapatería ó -cualquier cosa; todo menos un periódico anarquista. Cuando uno es -partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando -se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro -cuartos. - ---Grau será lo que se quiera--dijo Prats--; pero es una persona honrada -y decente. En cambio, el director de _El Libertario_, es un miserable, -una cucaracha, un reptil. - ---¡Bah! ¡Como es amigo tuyo!--replicó el Madrileño--, por eso le -defiendes á ese farsante! - ---¡Farsantes, vosotros! - ---Si estáis todos vendidos al gobierno. - ---Vosotros sí que lo estáis. Queréis sembrar la cizaña en el campo -anarquista--gritó Prats enfurecido--. ¿Cuánto dieron á vuestro periódico -por hablar bien de Dato? - ---Y vosotros--exclamó el Madrileño--¿qué cobrásteis por la campaña -rabiosa que hicísteis contra los republicanos? - ---La hicimos por dignidad. - ---¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de -Montjuich. Estáis engañando á la gente de una manera asquerosa. Todos -tenéis salvoconducto de la policía. - ---¡Canallas!--vociferó Prats fuera de sí--. Vosotros sí que estáis -vendidos al gobierno y á los jesuítas para desacreditarnos. Pero tened -en cuenta, que hemos desenmascarado á muchos farsantes. - ---Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres -dignos. ¿Por qué odiáis á Salvochea? Porque vale más que vosotros; -porque ha sacrificado su fortuna y su vida por la anarquía, y vosotros -no habéis hecho más que vivir de ella. - ---Escupe tu baba, ¡miserable!--exclamó Prats. - ---El miserable eres tú--gritó el Madrileño, acercándose á su -contrincante con el puño levantado. - -El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron -calmarlos. - ---¡Imbéciles! ¡Idiotas!--murmuró el Libertario--. Saben que lo que dicen -es mentira y lo dicen á pesar de todo... No parece sino que tienen -interés en desacreditarse á sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un -hombre... - - * * * * * - ---¿Y por qué no citáis al mitin á los socialistas?--preguntó Manuel. - ---¿Para qué?--preguntó el Libertario. - ---Para discutir con ellos. - ---¡Quia!--replicó en tono humorístico el Madrileño--. A esos, todo lo -que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada. - ---La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro--dijo el -Libertario. - ---Hombre, yo conozco á uno que está empleado en la Zarzuela--contestó -Manuel. - ---Podríamos ir á verle. - ---Bueno. - -A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales -llevaba la imprenta como una seda. - - * * * * * - -Unos días después, el Libertario y Manuel fueron á la Zarzuela, aunque -convencidos de que no les habían de ceder el teatro. - -Se acercaron á allá, vieron que unos coristas ó comparsas entraban por -un pasillo, y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el -Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario. - -Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente á una puerta -atada con una cuerda y que se cerraba á golpes por un resorte. - -Empujaron la puerta. - ---¿Qué quieren ustedes?--les dijo un hombre con gorrilla. - ---Preguntamos por el Aristas. - ---En el otro lado. - -Pasaron; el escenario estaba en una semiobscuridad extraña; al lado de -las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en -corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el -mantón con toquilla en la cabeza. - -Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían. - ---No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela! -Imposible--dijo el Aristas--. Ahora, se lo diré al representante. - ---Como usted quiera--dijo con indiferencia el Libertario, á quien le -molestaba el aire de superioridad del Aristas. - -Dirigidos por él, cruzaron el escenario y por una escalerilla de un -extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba á obscuras; arriba, -de la claraboya del techo, se filtraba pálida luz. - -Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluído de -cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones. - -Un cómico, con aire acaponado, se asomó á las candilejas y comenzó á -decir, con una voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba -Fulano de Tal y de Tal, que le gustaba seguir á las modistas, porque era -un pillín y una porción de sandeces y de cosas incongruentes. - ---¿Qué bien trabaja, eh?--exclamó el Aristas sonriendo--. Gana ocho -duros al día. - ---¡Qué barbaridad!--murmuró el Libertario!--. ¡Cuántos de nosotros -tenemos que ser explotados para que viva uno de estos mamarrachos! - ---¿Qué tiene que ver eso?--¿A usted le quitan el dinero?--preguntó el -Aristas. - ---Sí, señor. El dinero que nos quitan los burgueses á mí y á otros como -yo, lo vienen á gastar con nenes como este capón. - ---Ya se ve que no entiende usted nada de arte--dijo desdeñosamente el -Aristas. - ---¿De arte? ¡Pero si eso no es arte ni es nada! Sirve para distraer á -los burgueses mientras hacen la digestión. Es como el bicarbonato de -sosa para el flato. - -El Aristas se levantó y se fué. Volvió al poco rato y secamente le dijo -á Manuel que de ningún modo podían dar el teatro para un mitin, y menos -para un mitin anarquista. - ---Está bien--dijo el Libertario--. Vámonos. - -Volvieron á subir por la escalerilla al tablado, buscaron la puerta y -salieron del teatro. - - * * * * * - -No hubo más remedio que hacer el mitin en Barbieri. El Libertario, el -Madrileño, Prats y otros compañeros, hicieron los preparativos. El día -fijado, un domingo de Enero, frío y desapacible, Manuel avisó un coche, -y él, la Salvadora y Juan, fueron al teatro. Juan iba muy abrigado. - -Entraron en el teatro. La sala estaba bastante obscura; la luz entraba -por un alto ventanal é iluminaba con una luz borrosa la sala aún vacía. - -Juan fué al escenario. - ---Ten cuidado--le dijo la Salvadora--, no te enfríes. - -Manuel y la Salvadora se sentaron en las butacas. - -Se encendieron dos lámparas del telón de boca. A la luz mezclada del día -triste y de las bombillas eléctricas, se vió el escenario como una -cueva. En medio se habían sentado alrededor de una mesa, unos cuantos -hombres mal vestidos; á un lado había una mesita pequeña, con un tapete -azul y una botella y un vaso. En el fondo del escenario se veía una fila -de hombres sentados en un banco, á los cuales no se les distinguía y -entre éstos se sentó Juan. - -Iba llenándose el teatro; entraban obreros endomingados con sombrero -hongo, otros de blusa y gorra, andrajosos y sucios. En las plateas se -instalaban algunos que parecían capataces, con sus mujeres y chicos, y -en un palco del proscenio había unos cuantos escritores ó periodistas, -entre los que se señalaba un hombre con el pelo rojo y la barba también -roja, en punta. Entró el Libertario en el teatro y se acercó á saludar á -Manuel. Este le presentó á la Salvadora. - ---¡Salud, compañera!--dijo el Libertario estrechándole la mano. - ---¡Salud!--contestó ella riendo. - ---La conocemos á usted mucho--añadió el Libertario--; éste y su hermano, -no saben más que hablar de usted. - -La Salvadora sonrió y se turbó un tanto. - ---Y qué, ¿vas á hablar?--le preguntó Manuel al Libertario. - ---Eso quieren; pero no me hace gracia. Si les pudiera convencer de que -no... Yo no sirvo para orador. - -Luego se apoyó en una butaca de espaldas al escenario, miró hacia atrás -y añadió: - ---¡Qué pocos son los que tienen caras de persona! ¿eh? - -La Salvadora y Manuel volvieron la cabeza. La verdad que ninguno de los -tipos tenía mucho que celebrar. Había rostros irregulares, angulosos, de -expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas ó -cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales -brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara -triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador... - ---¡En qué pocas miradas hay algo de inteligencia, y sobre todo, en qué -pocas hay bondad!--añadió el Libertario--. Aires solemnes, graves, tipos -de orgullosos y de farsantes... La verdad es que con esta raza no se va -á ninguna parte. Bueno, me voy al escenario. ¡Salud, compañeros! - ---Salud. - -Estrechó la mano de la Salvadora, dió una palmada en el hombro de Manuel -y se fué. - -Se encendió la batería de las candilejas. El presidente, un viejo de -barba blanca que estaba sentado entre Prats y un obrero enfermizo, -pálido, de mirada vaga, hizo sonar la campanilla y se levantó. Dijo unas -cuantas palabras, que no se oyeron, y concedió la palabra á uno de los -oradores. - -Inmediatamente uno de los que se hallaban sentados en el fondo del -escenario, avanzó hasta colocarse delante de la mesa, llenó un vaso de -agua, bebió un sorbo y... ¡Compañeros!--dijo. - -A pesar de las amonestaciones del presidente, que reclamó silencio, al -orador no se le entendió gran cosa, parte por el ruido que el público -hacía al entrar, y parte por la monotonía del discurso, que debía estar -aprendido de memoria y recitado. Al terminar se le aplaudió y se fué. - -Después vino un viejecillo, cogió la botella muy pausadamente, llenó el -vaso de agua, se caló unas antiparras, dejó sobre la mesa un paquete de -periódicos y comenzó á hablar. - -Era sin duda el compañero un señor muy metódico y prudente; porque no -decía una palabra sin referirse á lo que había publicado este ó el otro -periódico. A cada paso leía trozos con una lentitud desesperante. El -público aburrido hablaba en voz alta, y algunos chuscos en el gallinero -relinchaban con gran maestría. - -Dijo el viejecillo que era zapatero y contó cosas interesantes de la -gente de su oficio, siempre documentándose. Cuando concluyó hubo en todo -el mundo un suspiro de alivio. - -Tras del viejo se presentó un joven de gran levita y cuello almidonado -muy alto. Era un periodista desconocido, que indudablemente trataba de -pescar algo en las turbias aguas del anarquismo. - -El público, que había acogido con indiferencia á los dos primeros -oradores, rompió á aplaudir á las primeras frases que pronunció el joven -de la levita. - -En su discurso enfático, petulante, hueco, barajó términos científicos -de sociología y de antropología. - -En la actitud de aquel joven, siempre había algo así como un reto. A -cada instante parecía decir á los cuitados del público: - -¡Ya veis que llevo levita!, ¡que llevo sombrero de copa!, ¡que soy -hombre ilustrado!; pues, ¡asombraos!, ¡admiradme! He descendido hasta -vosotros. Me he identificado con vosotros. - -Puesto en el camino de las jactancias, el joven de la levita dijo que -despreciaba á los políticos, porque eran unos asnos; despreciaba á los -sociólogos que no se afiliaban á la anarquía, porque eran unos -ignorantes; despreciaba á los socialistas, por vendidos al gobierno; -despreciaba á todo el mundo, y cada baladronada de éstas era acogida por -los papanatas del público con estrepitosos aplausos. - -El acogía los aplausos con cierto gestillo desdeñoso, del hombre á quien -le convencen en su casa de que tiene mucho talento. - -Para final de su oración, el joven enlevitado hizo una frase de -latiguillo. - ---Al poder de las armas--dijo--, opondremos nosotros nuestra austeridad; -si ésta no basta, á las armas contestaremos con las armas, y si la -fuerza del gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al -poder destructor de la dinamita. - -Después de esta frase, que fué coreada por los bravos y los aplausos del -público, el enlevitado, muy derecho, como si llevara en la cabeza el -_Sancta santorum_ de la Anarquía, se retiró con cierto aire displicente -de hombre no comprendido. - -Después de éste, habló el Libertario. La sala había quedado emocionada -con las frases campanudas y huecas del periodista, y la voz algo parda y -confusa del Libertario no se llegó á oir; habló de la miseria, de los -niños anémicos, y viendo que no le hacían caso, cortó el discurso y se -fué sin que nadie se ocupara de él. Manuel aplaudió, y el Libertario se -echó á reir, encogiéndose de hombros. - - * * * * * - -Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de -la levita, cuando se acercó á la mesa, decidido, un hombre de blusa, -tostado por el sol, con la mirada atravesada. - -El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó á que se callara la -gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz cortado y bravío, dijo: - ---¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis -engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis -noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oir y de aplaudir á -quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros... -¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más -ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los -perros que lamen la mano del que les da de comer. (_Aplausos._) - -Una voz gritó:--No es verdad. - ---¡Fuera ese! ¡Fuera! - ---Dejadle hablar. - ---Yo he conocido un verdadero obrero intelectual--siguió diciendo el -orador--, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la _gabina_ y -del futraque. (_Aplausos._) Era un maestro de escuela, que predicaba la -idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel -hombre siempre andaba á pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de -nosotros; á aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite -y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba á leer á los braceros á -la luz del candil. Aquel era un verdadero anarquista, aquel era un amigo -de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen -nada. ¿Qué hace la prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del -oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen -dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane -usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando -llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y -cargar carros, todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto, -comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo -digo, cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de -gallinas... - -El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus -instintos agresivos, y volvió á insultar con verdadera elocuencia al -público, que le aplaudió con entusiasmo. Se veía que era un hombre -fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros -abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las -comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que -aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de -cualquier disparate. - -Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de -los astrónomos, á quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo -mirando al cielo. - ---¡Qué le habrán hecho á éste los astrónomos!--dijo Manuel á la -Salvadora. - -Después de una excitación al pillaje, el tejero terminó diciendo: - ---No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos -farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución -Social! - -Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso, -cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él -no tenía más odio que la Biblia. - -Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida. - -Para él, la Biblia no era más que un conjunto de necedades y de -disparates. Se burló con cierta gracia de los siete días del Génesis, de -la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias. - -Dijo también que una de las cosas que le hacían reir era la existencia -del alma. - ---Porque ¿qué es el alma?--preguntó él--. Pues el alma no es más que el -juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema -humanitario--y se miró á los brazos y á las piernas--, y si se va á ver, -lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los -perros, sino hasta los más _insiznificantes_. - -Después de esta explicación materialista del alma, digna del -_Ecclesiastes_, explicó el hombre gordo el infundio del arca de Noé, -como él lo llamó: - ---Yo no sé--dijo--si Noé sería maestro carpintero; yo lo soy; pero lo -que sí puedo decir es que el arca aquella no era una chapuza ni mucho -menos (_risas_), y que para meter allí una parejita de cada animal, lo -mismo terrestre que volátil, que _acuario_, se necesitaba toda una -señora arca. Yo no le quito á Noé nada como carpintero, á cada uno lo -suyo (_nuevas risas_); pero si le hubiera conocido á este señor, le -hubiera preguntado: ¿Qué necesidad tenía usted de meter en el arca los -chinches, las cucarachas y otros _inseztos_? ¿No hubiera sido mejor -dejarles que se ahogaran?... La verdad es que este Noé debía tener alma -de burgués (_risas_). Y si bien se quiere, el hombre era poco galante, -porque en _orsequio_ de las señoras, que son á quienes más les pica -(_risas_, _gritos_ _y_ _patadas_), debía haber suprimido las pulgas. Y -otra cosa se me ocurre. Si las golondrinas comen moscas, y allá dentro -del arca las dos golondrinas se comieron las dos moscas, ¿de dónde -vienen las que hay ahora? Y los camaleones que se alimentan del aire, -¿cómo vivían allí si no había aire? - ---¿Y por qué no había de haber aire?--preguntó uno desde arriba. - ---Si había aire, estaría viciado--contestó el hombre gordo--. Porque -cuarenta días y cuarenta noches en un sitio cerrado y sin ventilación -con todos los animales de la tierra, habría que ver la peste... En fin, -compañeros, que todo eso no es más que una filfa muy grande, y he dicho. - -Se aplaudió algo burlonamente este discurso y se levantó Juan, muy -pálido, con los ojos abiertos, como espantados. Manuel sintió una gran -desazón. - ---A ver si se trabuca--dijo á la Salvadora. - ---No lo hará bien--contestó ella, también intranquila. - - * * * * * - -Se acercó Juan, modestamente á la mesa, y comenzó á hablar con una voz -velada y algo chillona sin equivocarse. Interesado el público por el -aspecto de niño enfermo de Juan, quedó silencioso. Juan, al sentirse -escuchado, se tranquilizó; tomó el tono natural de su voz y comenzó á -hablar con convicción y facilidad, de una manera flúida é insinuante. - ---La anarquía--dijo--no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que -los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia, -sólo por la fuerza de la razón. - -El quería que los hombres luchasen para salir del antro obscuro de sus -miserias y de sus odios á otras regiones más puras y serenas. - -El quería que el Estado desapareciera, porque el Estado no sirve más que -para extraer el dinero y la fuerza que él supone, de las manos del -trabajador y llevarlo al bolsillo de unos cuantos parásitos. - -El quería que desapareciese la ley, porque la ley y el Estado eran la -maldición para el individuo, y ambos perpetuaban la iniquidad sobre la -tierra. - -El quería que desaparecieran el juez, el militar y el cura, cuervos que -viven de sangre humana, microbios de la humanidad. - -El afirmaba que el hombre es bueno y libre por naturaleza, y que nadie -tiene derecho de mandar á otro. El no quería una organización comunista -y reglamentada, que fuera enajenando la libertad á los hombres, sino la -organización libre basada en el parentesco espiritual y en el amor. - -El prefería el hambre y la miseria con la libertad á la hartura en la -esclavitud. - ---Sólo lo libre es hermoso--exclamó y en una divagación pintoresca -dijo:--El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y -negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le -compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y -preparado para zarpar. Es pez en su casco y pájaro en su arboladura; -tiene velas blancas que parecen alas; un bauprés que parece un pico; -tiene una aleta larga que se llama quilla y una aleta caudal que es el -timón. Es una gaviota que navega; marcha y se le mira con envidia como á -un amigo que se va. En cambio, ¡qué triste el barco viejo y desarbolado -que ya no puede salir del puerto! Y es que la vejez también es una -cadena. - -Y Juan siguió hablando así, pasando de un asunto á otro. - -El quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por -una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar. - -El no veía en la cuestión social una cuestión de jornales, sino una -cuestión de dignidad humana; veía en el anarquismo la liberación del -hombre. - -Además, para él, antes que el obrero y el trabajador, estaban la mujer y -el niño, más abandonados por la sociedad, sin armas para la lucha por la -vida... - -Y habló con ingenuidad de los golfillos arrojados al arroyo, de los -niños que van á los talleres por la mañana muertos de frío, de las -mujeres holladas, hundidas en la muerte moral de la prostitución, -pisoteadas por la bota del burgués y por la alpargata del obrero. - -Y habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración nunca -satisfecha de amor. Una misma congoja agitaba todos los corazones; -algunas mujeres lloraban. Manuel contempló á la Salvadora y vió que en -sus ojos trataban de saltar las lágrimas. Ella sonrió, y entonces dos -lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas. - -Y Juan siguió hablando; su voz, que se iba haciendo opaca, tenía -entonaciones de ternura; sus mejillas estaban encendidas. En aquel -momento parecía sentir los dolores y las miserias de todos los -abandonados. - -Nadie seguramente pensaba en la posibilidad ó imposibilidad de las -doctrinas. Todos los corazones de la multitud latían al unísono. Ya iba -á terminar Juan su discurso, cuando se produjo un escándalo en las -últimas filas de butacas. - -Era Caruty que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta. - ---¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente--gritaron todos, creyendo quizás que -intentaba replicar al orador. - ---No, no me sentaré--dijo Caruty--. Tengo que hablar. Sí. Tengo que -decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura! - -Juan le saludó con la mano y dejó la tribuna. - -Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado -de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron á -aplaudir de una manera rabiosa. La Salvadora y Manuel se miraban -conmovidos, con lágrimas en los ojos. - -El presidente dijo algunas palabras que no se oyeron y terminó la -reunión. - -Comenzó á salir la gente. En el pasillo del escenario se habían -amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y -aprendices, con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de -escrofulosos. - -Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con una efusión -apasionada. - ---¡Salud, compañero! - ---Salud. - ---Dejadle al hombre, que está malo--dijo el Libertario. - -Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprenderlo quizás, -había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía! -¡Viva la Literatura! - -En el momento de salir á la calle, dos agentes de la policía se echaron -sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entredientes, -mirando con desprecio á una burguesía imaginada, la canción de Ravachol. - -Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche á casa. - ---¿Qué ha querido decir Caruty?--preguntó Manuel--. ¿Qué la anarquía es -cosa de literatura? - ---Ni él mismo lo sabrá--dijo Juan. - ---No, no; él ha querido decir algo--repuso Manuel. - -¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos -cosas; pero no sabía cuál. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO IV - - Gente sin hogar.--El Mangue y el Polaca.--Un vendedor de - cerbatanas.--Un gitano.--El Corbata.--Santa Tecla y su mujer.--La - Filipina.--El oro escondido. - - -En los paseos que Juan daba el invierno por las tardes al sol, un día -que le sorprendió la lluvia, entró en una de las casuchas que había al -lado de la tapia de la Patriacal, mirando al Tercer Depósito. - -Se encontró que la casucha estaba habitada por dos muchachuelos y una -chiquilla. Los dos chicos le contaron al momento su vida y milagros. Uno -se llamaba el Mangue y el otro el Polaca; los dos eran aprendices de -torero. A la chica le decían la Chai. - -El Mangue era un chiquillo delgaducho y listo como una sabandija; el -Polaca tenía una cabeza enorme, unos ojos inexpresivos, redondos como -dos botones, y los labios abultados. El padre del Mangue era carbonero y -quería obligarle á trabajar; pero él se había escapado de casa con la -Chai y el Polaca, y durante todo un verano y un otoño habían andado en -las capeas. El Polaca había estado en un asilo hasta los seis años. Un -día, por una falta leve, una monja le tuvo durante ocho días desnudo, -atado con cuerdas de esparto, á pan y agua. A consecuencia de este -bárbaro castigo, el Polaca enfermó y lo llevaron al hospital. A la -salida se echó á andar por las calles. - ---¡Qué infamia es esa farsa de caridad oficial!--murmuró Juan--. ¡Qué -infamia! - -El Mangue y el Polaca, con la ilusión de ser toreros, vivían contentos. - ---¿Y ganábais algo en esas capeas?--les preguntó Juan. - ---Sí, lo que nos daban. - ---¿Y cómo ibais de un pueblo á otro? - ---Nos subíamos á los estribos del tren, y antes de llegar á una estación -bajábamos. - ---Pero todos los días no habría capeas. - ---No. - ---Y mientras tanto, ¿qué comíais? - ---Sacábamos patatas del suelo y comíamos uvas y frutas. - ---¿Y ahora qué hacéis? - ---Ahora nada. Esperando el verano. - -La Chai era una muchacha fea y de aspecto encanallado, y por lo que pudo -observar Juan, trataba como esclavos á sus dos amantes. - ---¿Y vivís solos aquí vosotros? - ---No, hay más en estas casillas. - -A Juan le interesó aquella madriguera y volvió al día siguiente. Hacía -una hermosa tarde de sol. En el antiguo patio del cementerio, arrimados -á una tapia, había un vendedor de cerbatanas y de majuelas, que tenía su -mercancía en una cesta; un gitano y un golfo. Les preguntó Juan por el -Mangue y por el Polaca, y se sentó junto á ellos. - -El gitano dijo que tenía como profesión la de matar pájaros con -tirabeque; profesión que á Juan le pareció bastante cómica. - ---No crea usted... que es guasa--dijo el gitano--. ¿A que le doy á aquel -bote de pimiento? - ---¿A que no? Una perra gorda--apostó el de las cerbatanas. - -El gitano arregló su tirabeque, disparó... y no le dió al bote. - -Se trabó una larga discusión entre el gitano y el de las cerbatanas. - ---Y usted, ¿qué hace?--le preguntó Juan al golfo. - ---¿Yo?--exclamó el otro en tono displicente. - ---Sí. - ---Yo soy ladrón. - ---¡Mal oficio! - ---¿Por qué? - ---Porque no produce más que disgustos. - ---¡Psch! También suelo vender perros; pero eso es peor. - ---¿Y qué es lo que roba usted? - ---Lo que se tercia. Antes robábamos aquí, en este camposanto. - ---¿Entonces conocería usted á Jesús? - ---A Jesús, el cajista, ya lo creo. ¿Era amigo de usted? - ---Sí, amigo y compañero. Yo soy anarquista. - ---Pues yo soy el Corbata. Cuando hago de Don Tancredo me llaman el -Raspa. - ---¡Ah! ¿Hace usted de Don Tancredo? - ---Sí; el año pasado un toro me dejó á la muerte. Y espero el año que -viene para ir á los pueblos á repetir el experimento. - ---¿Y si le matan á usted? - ---¡Psch! Es igual. - ---¿Y cómo le han soltado ya de la cárcel? - ---Me las he arreglado para que me saquen. - ---¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente? - ---¡Si hay! mejor que fuera. Ahí he conocido á los Ladrilleros, dos -buenas personas. - -Los Ladrilleros no habían hecho más que asesinar á uno para robarle. - ---Uno de los Ladrilleros, domesticaba gorriones en el pasillo de -arriba--contó el Corbata--. Solía hacer que los pájaros fuesen á comer -miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos -en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara -nadie. Un día va el director y le ve que no tenía más que un gorrión: -«¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?»--le preguntó. «No, señor director.» -«¿Es que se ha escapado?» «Tampoco.» «¿Pues dónde está?» «Usted me -perdonará, señor director--le dijo el Ladrillero sonriendo--, pero el -preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado -el gorrión por tres días para que se distraiga.» - -El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un -niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los -presidios había tan buena gente ó más que fuera.--Un acaloro cualquiera -lo puede tener--terminó diciendo. Al marcharse Juan, el Corbata -distraídamente le quitó el pañuelo. Juan lo notó, pero no dijo nada. - - * * * * * - -Unos días después, Juan vió en la era de la Patriarcal á un amigo del -Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de -bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada -indiferente y fría de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en -la cárcel y le tomó bajo su protección. - -El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas -pasiones. - ---He vivido en una casa de zorras--le dijo á Juan riendo--, hasta que se -murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche -me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?» me dijo. «Si me das todo lo -que ganas, sí»; le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dió la llave y -nos arreglamos. Así estuve hasta hace un año, viviendo bien, pero una -mujer me faltó y la dí una _puñalá_. Ahora estoy aquí porque me tengo -que ocultar. - -Unos días después, el Chilina llevó á las casas del cementerio una mujer -tagala con el objeto de explotarla. - -Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose á los hombres por -aquellos descampados. - -Le llamaban la Manila, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el -instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta -ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la -sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada desde la infancia á -ser maltratada por el blanco, no llegaba á herirle la abyección de su -oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le -daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales. - -El Corbata y el Chilina la poseían cuando querían en los rincones -apartados, cerca de las tapias del cementerio, y ella se entregaba como -quien hace un favor. El Chilina, además, le sacaba el dinero. - -Otras dos personas se acogieron en las casuchas en aquel invierno: un -mendigo viejo, sucio y repugnante, con una barba enmarañada y ojos -purulentos, y su mujer, una arpía con la que estaba amontonado. - -Este mendigo se ponía en las bocacalles y golpeando la acera con la -garrota, gritaba varias veces el santo del día. - -El Corbata, la primera vez que le vió, le oyó decir: - ---Hoy, hoy... Santa Tecla... Santa Tecla... hoy... hoy--y desde entonces -le llamaba Santa Tecla. - - * * * * * - ---¡Qué hermoso!--pensaba Juan--sería sacar á estos hombres de las -tinieblas de la brutalidad en que se encuentran y llevarlos á una esfera -más alta, más pura! Seguramente en el fondo de sus almas hay una bondad -dormida; en medio del fango de sus maldades hay el oro escondido que -nadie se ha tomado el trabajo de descubrir. Yo trataré de hacerlo... - -Todas las tardes, lloviera ó hiciera bueno, iba Juan á las casuchas del -campo santo á hablarles á aquellos hombres. Acudían algunos mendigos de -San Bernardino y escuchaban con atención. Formaban un corro. Enfrente -los cipreses del cementerio de San Martín sobresalían por encima de las -tapias. Oían todos las palabras de Juan como una música agradable y -dulce y la Filipina, quizás la que menos entendía, era la que con más fe -le escuchaba. - -Cuando se marchaba Juan á su casa, muchas veces se decía á sí mismo: - ---El oro está dentro; saldrá á la superficie. - -Un anochecer Juan presenció una apuesta entre Santa Tecla y la vieja -arpía, con quien se hallaba amontonado. - ---¿Qué sabes tú, vieja zorra?--decía Santa Tecla. - ---¿Qué sé yo? Más que tú, asqueroso; mucho más que tú--replicaba la -vieja haciendo gestos repugnantes. - ---Tú crees que toda la gente es tan mala como tú. - ---Si parece que tienes telarañas en los ojos. - ---Calla, calla, _arrastrá_. - ---Si es que tú pareces tonto; ya te figuras tú que la gente te da dinero -porque eres tú. - ---Calla... ¡leñe! ¡tanto moler y tanto amolar!... porque tú eres una -cochina zorra, ya crees que todas lo han de ser. - ---Y lo son. ¡Me parece!--y la vieja hizo un gesto desvergonzado. - -Santa Tecla metió la mano por la abertura y se puso á rascarse el pecho -con dignidad. - ---Pues sí, pues sí--chilló la vieja--, mañana va otro ciego cualquiera -al Buen Suceso y le dan limosna lo mismo que á ti. - ---¡Cállate, cerda! Si eres más venenosa que un sapo. ¿Tú qué sabes? - ---¿Que no sé? Haz una apuesta. A que mañana domingo, si voy yo de tu -parte á las señoras del coche y les digo que tú estás malo, ¿á que no -dan nada? - ---A que sí. - ---¿Cuánto apostamos? - ---Una botella. - ---Está. - ---Hay que ver en qué termina la apuesta--dijo el Corbata. - -Al día siguiente fué Juan. Santa Tecla paseaba por la era dando muestras -de impaciencia. El Corbata y el Chilina tomaban el sol tendidos en la -hierba. - -Al medio día apareció la vieja en la vuelta del camino con una botella -en la mano. - -Santa Tecla sonrió. - ---¿Qué?--dijo cuando se asomó la vieja--. ¿Han dado? - ---_Ná_, ni una perra. Les dije: «¡Señoritas, una limosna _pa_ el -cieguecito, que mi pobre _marío_ está _mu_ malo y no tenemos ni _pa -melecinas_! - ---¿Y qué? - ---_Pus ná_, que entraron en la iglesia sin mirarme. Luego las seguí -hasta su casa... y la señora ha _llamao_ al portero y le ha dicho que me -eche. ¡Ah, perras! Aquí traigo la botella. ¡Dame los dos reales! - ---¡Los dos reales! ¿Pero tú te has _figurao_ que á mí me la das? Lo que -te voy á dar es un estacazo por liosa. - ---No pagues si no quieres. Pero que me muera si no es verdad lo que -digo. - ---Bueno, trae la botella--y Santa Tecla cogió la botella, la destapó y -comenzó á beber y á murmurar. - ---¡_Desagradecías_, más que _desagradecías_! - ---¿Ves?--gritaba la vieja atenta al odio más que á la golosina--. ¿Ves -lo que son? - ---_¡Desagradecías!_--gruñía el viejo. - ---Pero oiga usted, compadre--le preguntó el Corbata en tono de chunga--. -¿Usted qué ha hecho por esa gente? ¿Rezar? - ---¿Y te parece poco?--replicó el mendigo componiendo el semblante. - ---A mí muy poco. - ---Si tú eres un hereje, yo no tengo la culpa--refunfuñó el viejo con la -barba llena de vino. El Corbata y el Chilina se echaron á reir á -carcajadas, mientras Santa Tecla, con la botella ya vacía en la mano, -murmuraba entre dientes cabeceando: - ---Son unas _desagradecías_. ¡Para que haga uno por ellas nada! - - * * * * * - -Juan había contemplado entristecido la escena. Vino la Manila; el -Chilina se acercó á ella á pedirle el dinero que había ganado. Era -domingo y quería divertirse el mozo. - ---No tengo más que unos céntimos--dijo ella. - ---Te los habrás gastado. - ---No; es que no he ganado. - ---A mí no me vienes tú con infundios. Venga el dinero. - -Ella no replicó. El le dió una bofetada, luego otra; después furioso la -echó al suelo, la pateó y la tiró de los pelos. Ella no lanzaba ni un -grito. - -Al fin ella sacó de la media unas monedas y el Chilina, satisfecho, se -marchó. - -Juan y la Filipina encendieron una hoguera de ramas y los dos, muy -tristes, se calentaron en ella. - -Juan se fué á su casa. El oro de las almas humanas no salía á la -superficie. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO V - - Esnobismo sociológico.--Anarquistas intelectuales.--Humo. - - -Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este -señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y -quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que -no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en -donde les presentaría unos compañeros. - ---¿Iremos?--le preguntó el Libertario á Juan. - ---Por qué no. - - * * * * * - -Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats. - -Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es -el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo -modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas -blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de -baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos -grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres delgadas con el -talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez -desagradable. - -Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó -afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran -corbata azul y un chaleco claro rameado. - ---Pasemos á mi despacho--dijo--. Les presentaré á mis amigos. - -Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de -ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los -anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar. - -El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y -cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas. -En el fondo había una chimenea encendida. - ---Sentémonos por aquí, al lado del fuego--dijo el anfitrión. - -Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y -acercó una mesita de te con tazas y pastas. - -Sirvió el criado á unos te á otros café. - -El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado -les preguntó: - ---¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse? - ---Me es igual. - -Pasó luego el criado con una caja de puros y mientras fumaban se habló -de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel -d'Annunzzio y de otra porción de cosas. - -Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó -en la butaca y dijo: - ---Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una -gran independencia de criterio y que representara las tendencias más -avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he -permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido -filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera -en que vivimos. ¿No les parece á ustedes? - -El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de -la necesidad de la renovación. - ---Yo quisiera saber--prosiguió--si ustedes podrían llegar á un acuerdo -para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría -yo. - ---Nosotros somos anarquistas--dijo el Libertario--, y cada uno de -nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con -nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo -y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual -sociedad. - -Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero. - ---Pero eso es muy vago--dijo con cierto aire displicente un joven -acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso. - ---¿Vago? Yo no veo la vaguedad--replicó con rudeza el Libertario--. -Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado, -la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas. - ---Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes--indicó el gomoso, -y añadió dirigiéndose al anfitrión--; porque hay el nihilismo -filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del -socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que -es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos... - ---Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro--dijo sonriendo el -Libertario. - ---¿Un sentimiento puramente de destrucción? - ---Eso es, puramente de destrucción. - ---Yo estoy con estos señores--saltó un joven de barba y anteojos, de -aspecto ensimismado y hablar meloso--; creo que hay que destruir mucho, -disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios. - ---Hay que construir--interrumpió el gomoso con un gesto de desdén. - ---¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para -resistir todas las ideas, aun las más disolventes? - ---Había que discutir eso. - ---Discutir, ¿para qué?--repuso el de las barbas--. Es una convicción que -yo tengo y de la que usted no participa. - ---¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica. - ---Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las -ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes -á inmovilizarlas. - ---Las ideas están ya transformadas--replicó el gomoso. - ---Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal -verdadero en toda España. - ---¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que -usted desea? - ---El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de -abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta, -porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena, -ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted--dijo al -oficial--que mata en la guerra. - ---Yo--saltó el oficial--hago una diferencia entre el militar y el -guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas. - ---Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de -los funcionarios, yo creo que se hunde--siguió diciendo el de las -barbas. - ---¡Bah! - ---Es mi opinión--y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy -ensimismado. - - * * * * * - ---Yo--dijo el oficial á Juan--encuentro muy simpáticas las ideas de -ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y -clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que -ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero. - ---No--repuso Juan--; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á -exterminarse unos á otros. - ---Yo lo que quisiera saber--dijo el joven sociólogo--, quiénes son los -que van á hacer esa revolución. - ---¿Quiénes?--contestó el Libertario--, los desarrapados, los que viven -mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y -la revolución estaba hecha. - - * * * * * - ---Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir--exclamó el oficial--; -pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el -ejército. - -El oficial explicó su plan. Era un hombre atezado, flaco, con un perfil -de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las -ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos -artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la -revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los -capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las -obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido -de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado -el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una -concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y -anarquista. - -El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven -gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí -mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie. -Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades -científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías: -arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes -y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y -cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la -anarquía le parecía despreciable. - ---Yo estaría con ustedes--dijo el joven sociólogo--, siempre que ustedes -se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista, -sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y -brutalidades. - ---Ustedes los sociólogos, los ateneístas--murmuró el de las barbas con -sorna--, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los -naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto -doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver -si el año pasado se murieron más ó menos. - ---¿Nos vamos á poner á llorar? - ---No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las -estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el -sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca. -Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no -llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la -doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran -federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos -fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo -científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de -los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el -sentimiento anarquista que hay en el ambiente; el sabio no; toma la -idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su -funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el -obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á -la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la -burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el -mío!» - ---Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía -es un sistema científico. - ---Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de -los exaltados. - - * * * * * - ---Seguramente no nos entendemos--dijo Juan--, ¡vámonos! - ---No; no nos podemos entender--replicó incomodado el sociólogo--. -Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes. - ---Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas. - ---Yo también lo soy. - ---Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta -atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos; -queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover -esto. - ---Pero eso no es un programa claro. - ---¡Programa claro! ¿Para qué?--exclamó el Libertario--. ¿Para no -realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los -que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los -planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es -la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos -que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está -todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la -ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso -hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene -como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en -los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue -impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen -ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución; -luego ya veremos lo que sale. - ---No estamos conformes. - ---Bueno. ¡Vámonos!--dijo Juan. - -Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había -oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su -amigo. - -El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos. - -Salieron los cuatro á la calle. - ---Abrígate--le dijo Manuel á Juan. - ---Quia, no hace frío. - -La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia -menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un -manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes -en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces -de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida -amplia y hermosa. - ---¡Qué imbéciles son!--dijo Prats. - ---No; que no se quieren comprometer--replicó el Libertario--. Es -natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo -mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos -los españoles. - ---Sí; desgraciadamente es verdad--pensaba Manuel. - ---Estas tentativas de unión fracasan siempre--dijo Prats--. Sólo en -Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí -reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los -anarquistas. - ---Sí, es verdad--repuso el Libertario--; ese elemento radical burgués es -el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los -químicos, todos esos van preparando la revolución social, como los -aristócratas prepararon la revolución política. - -Se despidieron. - ---Salud, amigos--dijo el Libertario. - ---¡Salud! - -Manuel y Juan fueron á su casa. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO VI - - Miedos pueriles.--Los hidalgos--El hombre de la Puerta del Sol.--El - enigma Passalacqua. - - -Hay entre las diversas formas y especies de miedos, pavores y terrores, -algunos extraordinariamente cómicos y grotescos. - -A esta clase pertenecen el miedo de los católicos por los masones; el -miedo de los republicanos por los jesuítas; el miedo de los anarquistas -por los polizontes y el de los polizontes por los anarquistas. - -El miedo al coco de los niños es mucho más serio, mucho menos pueril que -esa otra clase de miedos. - -Al católico no se le convence de que la masonería es algo así como una -sociedad de baile, ni el republicano puede creer que los jesuítas son -unos frailucos vanidosillos, ignorantuelos, que se las echan de poetas y -escriben versos detestables y se las echan de sabios y confunden un -microscopio con un barómetro. - -Para el católico, el masón es un hombre terrible; desde el fondo de sus -logias dirige toda la albañilería antirreligiosa, tiene un papa rojo, y -un arsenal de espadas, triángulos y demás zarandajas. - -Para el republicano, el jesuíta es un diplomático maquiavélico, un -sabio, un pozo de ciencia y de maldad. - -Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio, -que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el -club, y que está siempre en acecho. - -Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible, -es el anarquista. - -Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios. - -¿Es por tontería, es por romanticismo ó solamente por darse un poco de -importancia? - -Es muy posible que por todas estas cosas juntas. Lo cierto es que al -católico no se le puede convencer de que si las ideas anti-religiosas -cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque -la gente empieza á discurrir; á los republicanos tampoco habrá nadie que -les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni -de la penetración de los hijos de San Ignacio, sino de que la sociedad -española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados -por beatas. - -Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras -individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los anarquistas -no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de -su vida. - -Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier -sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay casi siempre, según -ellos, un confidente ó un traidor. - -Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo á -quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por un dinamitero -feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel á unos -cuantos. - - * * * * * - -Al acercarse el período de la coronación, los periódicos por hablar de -algo, dijeron que se preparaban á venir á Madrid policías extranjeros -por si llegaban anarquistas con fines siniestros. - -Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer -dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández -Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol. - -Entre los muchos Fernández más ó menos ilustres del mundo, Fernández -Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más -conocido. No había más que preguntar por él en la acera del café -Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en la Puerta -del Sol se forman junto á los urinarios; todo el mundo le conocía. - -Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala -ancha á lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca -en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones una -sonrisa suntuosa y un bastón. - -Era un desarrapado que se las echaba de marqués. - ---No me gustan los términos medios, ¿está usted?--decía--, ó voy hecho -un andrajoso, ó elegante hasta el paroxismo. - -El hombre de la Puerta del Sol vestía y calzaba indudablemente de -prestado, y el que le prestaba las ropas debía ser más grueso que él -porque siempre estaba holgado en ellas; pero en cambio el donador tenía -el pie más pequeño, porque á Trascanejo los tacones le caían hacia la -mitad de la planta del pie, con lo cual solía caminar á modo de -bailarina. - -Trascanejo no trabajaba, no había trabajado nunca. ¿Por qué? - -Un sociólogo de estos que ahora se estilan me ha dicho en secreto que -piensa escribir una memoria para demostrar casi científicamente, que el -80 al 90 por 100 de la golfería en España, literatos, cómicos, -periodistas, políticos, etc., proviene en línea directa de los -hidalguillos de las aldeas españolas en el siglo XVII y XVIII. La -tendencia á la holganza, según el tal sociólogo, se ha transmitido pura -é incólume de padres á hijos, y según él, la clase media española es una -prolongación de esta caterva de hidalgos de gotera, hambrones y -gangueros. - -Trascanejo era hidalgo á cuatro vientos y por eso no trabajaba; su -familia había tenido casa solariega y un escudo, con más cuarteles que -Prusia, entre los cuales había un jefe que representaba tres conejos en -campo de azur. - -El hidalgo se pasaba el día en ese foro que tenemos en el centro de -Madrid, al que llamamos la Puerta del Sol. - -Siempre tenía este hombre, que era un pozo de embustes y de malicias, -alguna noticia estupenda para solazar á sus amigos íntimos. - ---Mañana se subleva la guarnición de Madrid--decía con gran misterio--. -Tenga usted cuidado. Están comprometidos la Montaña, San Gil y algunos -sargentos de los Docks. ¿Tiene usted un pitillo? Yo iré á la estación -del Mediodía con los de los barrios bajos. - -Este hombre, almacén de noticias falsas, que anunciaba revoluciones y -pedía cigarros, tenía una vida interesante. Vivía con su novia, señorita -ya vieja entre cuero y mojama, y la madre de ella, señora pensionista, -viuda de un militar. Con la pensión y con lo que trabajaban las dos -damas pasaban con cierta holgura y hasta tenían bastante para convidar á -comer á Silvio á diario. - -Cada día este hombre, de una imaginación volcánica, preparaba un nuevo -embuste para explicar que no le hubiesen dado un cargo de gobernador ó -de cosa parecida, y ellas le creían y tenían confianza en él. El hombre -de la Puerta del Sol, que en la calle era el prototipo del hablar -cínico, desvergonzado é insultante, en casa de su novia era un hombre -delicado, tímido, que trataba á su prometida y á la madre de ella con un -gran miramiento. Entre la señorita ya acartonada y el golfo callejero se -había desarrollado desde hacía veinte años un amor platónico y puro. -Algún beso en la mano, y una porción de cartas ya arrugadas, eran las -únicas prendas cambiadas de su amor. - - * * * * * - -Silvio había cobrado algunas veces por servicios prestados á la policía, -y la noticia de los posibles atentados anarquistas le puso en guardia. - ---Hay un complot que explotar--se dijo--. Este complot está incubándose, -en cuyo caso no hay más que descubrirlo, ó no hay nada pensado, y en -este caso la cuestión está en organizarlo. - -Trascanejo olfateó por dónde olía á anarquismo, y á los pocos días cayó -en la taberna de Chaparro. - -Habló con Juan. - ---Si ustedes están dispuestos á ayudar, nada más que ayudar, tengo gente -para dar el golpe. Contamos con Pepe el Pollero, con Matías, el cortador -de la Plaza de la Cebada. No necesitamos más que una señal. - -Se discutió por todos los socios, con gran misterio, si se tomaría parte -en el complot. - -Una tarde, al salir Manuel de la imprenta, se encontró con el -Libertario. - ---Te venía á buscar--le dijo éste. - ---¿Pues qué hay? - ---Vigila á Juan. Es muy cándido y lo van á meter en algún lío. Me da en -la nariz que hay algún manejo de la policía. Ahí por la taberna se han -descolgado tipos que me escaman. Ahora un descubrimiento de un complot -vendría al gobierno de perillas. - ---¿Y qué dicen que van á hacer? - ---Dicen que van á matar al rey. Es una añagaza burda. Figúrate tú, á los -anarquistas qué nos importa que el rey viva ó que no viva, que mande -Sagasta ó cualquier mamarracho de los republicanos. - -La Salvadora y Manuel, ya sobre aviso, vigilaron á Juan. - -Un día Juan recibió una carta que leyó con gran interés. - ---Es un amigo de París--dijo--que aprovechándose de los trenes baratos -quiere ver Madrid. - ---Un amigo; ¿no será algún anarquista?--dijo la Salvadora alarmada. - ---No. ¡Quiá! - -Manuel no se hizo cargo de la cosa. Juan fué á su trabajo y Manuel á la -imprenta. - -A los siete ú ocho días llego otra carta, y una noche, antes de cenar, -Juan salió de casa y se presentó con un hombre joven, afeitado, mal -vestido. - ---Es mi amigo Passalacqua--dijo Juan á Manuel cuando éste volvió de la -imprenta--; le he conocido en París. - -Manuel contempló con atención al amigo. - -Era un muchacho afeitado, de tez pálida y aceitosa. Tenía la cabeza -piriforme, la frente estrecha y unas greñas negras y ensortijadas que le -caían en rizos, el cuello redondo, de mujer; los ojos azules claros, y -los labios pálidos. Su aspecto era de un ser linfático y poltrón. -Cenaron todos y como el italiano no sabía apenas español habló -únicamentecon Juan en francés. De vez en cuando se echaba á reir y -entonces su cara estúpida se transformaba y tomaba un aspecto de ironía -y de ferocidad. - -Al terminar la cena, Juan quiso ceder el cuarto suyo á Passalacqua y -dormir él en una butaca; pero el otro le contestó que no, que dormiría -en el suelo, que estaba acostumbrado. - ---Haced la cama arriba en el cuarto de Jesús--dijo Juan á la Ignacia y á -la Salvadora--. Llevaron las dos mujeres un colchón y mantas al sobrado. - ---Ya está la cama--dijo la Salvadora. - -El italiano al despedirse estrechó la mano de Juan y de Manuel, cogió su -maleta y subió las escaleras hasta el cuarto de la guardilla. Luego tomó -el candelero con un cabo de vela de manos de la Ignacia. - ---¿Tiene llave este cuarto?--preguntó. - ---No. - -Dejó su maleta con gran cuidado sobre la silla. - ---Está bien--añadió--. Mañana al amanecer quisiera que se me llamara. - ---Se le llamará. - ---Buona sera. - ---Malas trazas tiene el pájaro--dijo Manuel á su hermano. - ---Quia, es una excelente persona--replicó éste. - ---¿Por qué no vas á la cama?--preguntó la Salvadora á Juan. - ---Todavía es temprano. - ---¡Qué ganas tiene de enviarte á la cama hoy la Salvadora!--dijo -torpemente Manuel. - -Ella le lanzó una mirada y Manuel comprendió que se trataba de algo -extraño y se calló. Juan estaba muy pensativo; por más esfuerzos que -hacía se le notaba una honda preocupación. Entró en el cuarto y estuvo -paseándose largo rato. - ---¿Qué pasa?--preguntó Manuel cuando se quedaron solos. - -La Salvadora puso un dedo en los labios. - ---Aguarda--murmuró. - -Esperaron largo rato. - -Juan apagó la luz en su cuarto; entonces la Salvadora en voz baja dijo á -Manuel: - ---Ese hombre trae algo en la maleta; quizás una bomba. - ---¡Eh! - ---Sí. - ---¿Por qué supones eso? - ---Tengo indicios para creerlo. Es más, estoy segura. - ---Pero bueno, ¿qué has visto? - ---He visto que cuando ha dejado la maleta lo ha hecho con un gran -cuidado; luego, al venir con Juan, he visto que por la calle, detrás de -ellos, iban siguiéndoles dos hombres; además ya ves cómo está Juan... -preocupado... - ---Sí, es verdad. - ---Ese hombre trae algo. - ---Sí, creo que sí. - ---¿Y qué hacemos? - ---Hay que coger esa maleta--dijo Manuel. - ---Iré yo--exclamó la Salvadora. - ---¿Y si se despierta? - ---No se despertará. Viene muy cansado. - - * * * * * - -Pasada una hora salieron á la escalera, y subieron los dos despacio. -Acercaron el oído á la puerta del desván. Se oía la respiración lenta -del hombre que dormía. - ---Yo sé dónde ha dejado la maleta--dijo la Salvadora--; á tientas estoy -segura de cogerla; empujó la puerta, que rechinó suavemente, entró en el -desván y salió al instante con la maleta en la mano. - -Bajaron los dos al comedor sin hacer el menor ruido y pusieron la maleta -encima de la mesa. Estaba cerrada y bien cerrada. Manuel cogió un -cuchillo y, forcejeando, la descerrajó. - -Sacaron un manojo de ropa; luego folletos, y de enmedio una cosa dura -envuelta en periódicos. Por el peso comprendieron que era algo terrible. -Se quedaron pálidos, horrorizados. Destaparon el bulto. Era una caja de -metal, cuadrada, de un palmo de alta, reforzada con alambres y con una -asa de cuerdas. - ---¿Qué hacemos con esto?--se preguntó Manuel, perplejo. No se atrevían á -tocarlo. - ---¿Por qué no llamas á Perico?--dijo la Salvadora. - -Bajó Manuel de puntillas la escalera. El electricista estaba todavía en -el taller. Le llamó y le contó lo que pasaba. - ---Vamos á ver eso--dijo Perico al oir la relación de Manuel--. Subieron -los dos despacio, sin hablarse y contemplaron el aparato. - ---¡Ah, ya comprendo lo que es!--dijo Perico--. Esto--y señaló un tubito -de cristal que salía por enmedio de la caja y que estaba lleno de un -líquido amarillento--debe tener un ácido. Si se quiere que estalle la -máquina, se le da vuelta, el ácido corroe este corcho, lo que da tiempo -al que pone la bomba de escapar; luego entra el ácido dentro y provoca -la explosión. Si llegáis á dar vuelta á la caja, creo que á estas fechas -ya no lo podríais contar. - -La Salvadora y Manuel se estremecieron. - ---¿Y qué hacemos?--preguntaron los dos. - ---Hay que romper el tubo. ¡Animo! Y salga lo que saliere. Perico apretó -el tubito con un alicate y lo hizo saltar. - ---Ahora ya no hay cuidado. Vamos abajo. - -Cogió el electricista la caja, y seguido de Manuel bajó la escalera. En -el taller cortaron los alambres que reforzaban el aparato, y con un -destornillador Perico soltó una tapadera sujeta á tuerca. Hecho esto, -volcó la lata y salió una gran cantidad de polvo rojizo, que recogieron -en un periódico. Había un par de kilos. - ---¿Esto será dinamita?--preguntó Manuel. - ---Debe serlo. - ---¿Y qué hacemos con ella? - ---Echala en la pila de la fuente con cuidado, y abre el grifo. Se irá -marchando poco á poco. - -Hizo esto Manuel, y dejó la llave de la fuente abierta. - ---Aquí queda algo dentro--murmuró Perico--. Metió la punta de una tijera -en la lata y la fué abriendo. - -Había pedazos de hierro retorcidos, y en el sitio de donde partía el -tubo de cristal lleno de ácido había una cajita pequeña hecha con dos -naipes y llena de polvos blancos, que olían á almendras amargas. - -Lavaron la caja y tiraron los trozos de hierro por el sumidero del -patio. - -Terminada la operación, subieron de nuevo. La Salvadora había separado -las ropas, los papeles encontrados en la maleta y un cuchillo largo, de -cocina, con su vaina. Este cuchillo tenía un mango de madera pintado de -rojo adornado con los nombres de todos los anarquistas célebres, y en -medio de todos ellos se leía: _Germinal_. Fueron mirando uno á uno los -papeles. Había proclamas impresas, recortes de periódicos, grabados y -notas manuscritas. En uno de los papeles estaba el dibujo de la bomba. -Perico lo cogió para verlo. Por lo que señalaba el papel en el -compartimiento pequeño, hecho con dos naipes, lleno de polvos con olor á -almendras amargas, había una mezcla de bicromato, permanganato y clorato -potásicos empapados en nitrobencina. En el tubito había ácido sulfúrico, -y el resto estaba lleno de dinamita y de pólvora cloratada. - ---Yo voy á quemar todos estos papeles--dijo Manuel. - -Hicieron fuego en la cocina y echaron los periódicos, y sobre ellos el -cuchillo. Cuando se carbonizó el mango, bajó Manuel el cuchillo al patio -y lo metió en la tierra. Rebolledo, el jorobado, que había notado los -pasos por la escalera, se levantó á ver lo que ocurría. - ---¿Qué pasa?--dijo en alta voz. - -Le hicieron enmudecer y le enteraron de lo ocurrido. - ---¿Qué hay?--dijo Juan desde su cuarto, que al ruido se había alarmado. - ---Nada--le contestó la Salvadora--. Perico que ha perdido la llave. - ---Registradle á Juan por si acaso--dijo el jorobado--no tenga alguna -carta que le comprometa. - ---Es verdad--dijo Manuel--. ¡Qué torpes hemos estado! Precisamente hace -unos días ha recibido dos cartas. - -Entró la Salvadora como á dar nuevas explicaciones al enfermo y volvió -con la chaqueta y el gabán de Juan. Allí estaban las dos cartas, una de -ellas horriblemente comprometedora, pues se hablaba claramente de un -complot. Se registraron las ropas de Juan y se quemaron todos los -papeles. - ---Yo creo que ahora podéis estar tranquilos--dijo Rebolledo--. ¡Ah!, una -cosa. Cuando venga la policía, que vendrá por lo que decís, si no traen -los agentes auto del juez, preguntarán si les dejáis entrar, y les -contestáis que sí, pero que vengan con dos testigos. En el mismo momento -advertirle á Juan y decirle lo que habéis hecho, pero que no tenga -tiempo de advertir nada al otro. - -Pasaron la noche la Salvadora y Manuel en el comedor con una gran -inquietud. Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su -cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y -sus instintos de hombre normal volvían de nuevo. La idea de un aparato -así calculado fríamente le sublevaba. Nada podía legitimar la mortandad -que aquello podía producir. ¡Cómo Juan podía intervenir en un proyecto -tan salvaje! ¡El, tan exageradamente bueno y humano! Es verdad, como -había dicho Prats una vez, que en la guerra se bombardeaban pueblos -enteros y se sembraba la muerte por todas partes; pero en la guerra -había una presión nacional sobre los ejércitos que combatían, había -además una disgregación de la responsabilidad; cada uno hacía lo que le -mandaban, y no podía hacer otra cosa, á riesgo de ser fusilado; pero en -el caso de los anarquistas era distinto; no había fuerza que les -impulsara á cometer el crimen; al contrario, todo conspiraba para que no -lo cometiesen... y, sin embargo, ellos iban llevados por un bárbaro -fanatismo, salvando todos los obstáculos, á sembrar la muerte entre -infelices. - - * * * * * - -A la hora de costumbre Manuel salió de casa; no había dado la vuelta á -la calle de Magallanes cuando dos hombres le detuvieron. - ---¿Es usted Manuel Alcázar? - ---Servidor de usted. - ---Queda usted detenido. - ---Está bien. - ---Vamos á registrar su casa. ¿Quiere usted darnos permiso para hacerlo, -ó quiere que vengamos con auto del juez? - ---Lo mismo me da. - ---Entonces, haga el favor de decírselo así á su familia. - ---Bueno. - -Volvieron á la casa. - ---Ah, yo exijo una cosa--dijo Manuel al entrar en el portal. - --¿Qué? - ---Que asistan dos vecinos al registro. - ---Está bien. - - * * * * * - -Manuel, con un agente, fué al Juzgado de guardia é inmediatamente le -llevaron á presencia del juez. - ---Tengo entendido--le dijo el juez--que es usted un anarquista -peligroso. - ---¿Yo?, no señor, no soy anarquista. - ---Entonces, el agitador es un hermano de usted. - ---Mi hermano es anarquista, pero no de acción. - ---Su hermano es escultor, ¿verdad? - ---Sí, señor. - ---Y un escultor notable. ¡Cómo no influye usted para que abandone esas -ideas! - ---Si pudiera, crea usted que lo haría; pero no tengo influencia para -eso. El ha estudiado y ha visto más que yo. - ---Pues siento que su hermano se haya metido en un mal negocio. ¿Cuándo -recibió su hermano las cartas de Passalacqua? - ---¿Qué cartas?--preguntó cándidamente Manuel. - ---¿No ha recibido su hermano de usted unas cartas? - ---No sé; no le puedo decir á usted, porque yo paso muy poco tiempo en -casa. - ---¿Usted vió ayer al forastero que su hermano Juan ha hospedado en su -casa? - ---Sí, señor. - ---¿Sabe usted cómo se llama? - ---Mi hermano dijo que era un italiano que iba á pasar la noche. - ---¿Llevaba ese italiano una maleta pesada? - ---No sé; yo no lo vi. Cuando llegué de la imprenta estaba cenando. Las -mujeres de casa le hicieron la cama en el desván y yo no me enteré de -más. - ---Bueno. Espere usted un instante. - -Al cabo de poco tiempo le dijeron que podía marcharse. - -Volvió de prisa á su casa. La Salvadora estaba sonriendo. Contó la -escena entera. Juan había quedado asombrado al ver que en la maleta no -había bombas ni cuchillo, ni folletos. - -Passalacqua, al ser registrado por los agentes, no había dicho esta boca -es mía; los policías lo registraron todo y se llevaron unos libros de -Juan. - -Después del registro habían detenido al italiano como indocumentado y á -Juan le habían dejado libre. - -Por la noche los periódicos hablaron del registro llevado á cabo en casa -de Manuel. Lo consideraban como una plancha de la policía. - -Passalacqua había declarado que efectivamente era anarquista, pero no -anarquista de acción y que venía á España á buscar trabajo. - -Había indicios para creer que no se llamaba Passalacqua, sino Butti, y -que estaba reclamado por la policía italiana. Venía de América, en donde -había estado preso por varios robos. El gobierno decretaría -inmediatamente su expulsión. - -Por la noche, al volver Manuel de la imprenta, se encontró con Juan. - ---¿Pero cómo es posible que hayas tomado parte en un proyecto tan -estúpido?--le preguntó. - ---Es necesario; hay que hacer la revolución; hay que sacrificarse por -ella. - ---Pero es imbécil; ¿qué íbais á adelantar con eso? - ---¿Qué? Hacer saltar este armazón social, este conglomerado de -iniquidades á fuerzas de bombas. Hay que barrer todo lo que queda de -esta sociedad podrida. - ---En nombre del bienestar de todos, ¿eh? - ---Tú lo has dicho--contestó Juan. - ---Y en nombre del derecho á la vida de los que han de vivir, vais á -matar al niño y al viejo y á la mujer... que ya viven. - ---Es necesario--replicó Juan con voz sombría. - ---¡Ah! ¡es necesario! - ---Sí. El cirujano que amputa un miembro gangrenado tiene que cortar -carne sana. - ---Y tú, libertario--repuso Manuel--tú que crees que el derecho de vivir -de un hombre está por encima de todo, tú que no aceptas que uno evite la -fatiga y haga trabajar á otro, aceptas que un inocente tenga que -sacrificar su vida para que los hombres de mañana vivan bien. Pues yo te -digo que eso es imbécil y es monstruoso. Y si á mí me dijeran que la -felicidad de la humanidad entera se podría conseguir con el lloro de un -niño, y eso estuviera en mi mano, yo te digo que no le haría llorar á un -niño, aunque todos los hombres del mundo se me pusieran de rodillas... - ---Y harías bien--murmuró Juan--. Por los niños, por las mujeres, por los -débiles, nosotros trabajamos. Y por ellos hay que destruir la sociedad -actual basada en la iniquidad, por ellos hay que cauterizar brutalmente -la llaga social. - -Para Juan en su exaltación todos los caminos, todos los procedimientos -eran buenos, con tal de que trajeran la revolución soñada. Esta sería la -aurora de un nuevo día, la aurora de la justicia, el clamor del pueblo -entero, durante tantos años vejado, martirizado, explotado, reducido á -la miserable situación de bestia de carga. Sería una aurora sangrienta -en donde á la luz de los incendios crujiría el viejo edificio social -sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni -ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta -de nuestros miserables días. - -Sería el barro negro de las Injurias y de las Cambroneras que ahogaría á -los ricos; la venganza justa contra las clases directoras que hacían del -Estado una policía para salvar sus intereses obtenidos por el robo y la -explotación, que hacían del Estado un medio de calmar á tiros el hambre -de los desamparados... - -Aquella mayor parte de la humanidad que agonizaba en el infierno de la -miseria se rebelaría é impondría la piedad por la fuerza, é impediría -que se siguieran cometiendo tantas infamias, tantas iniquidades. Y para -esto, para excitar á la rebelión á las masas, todos los procedimientos -eran buenos, la bomba, el incendio, el regicidio... - - * * * * * - -¡Qué se podía contestar á un fanatismo así! - -No había argumentos posibles; pero Manuel, cuando vió á Juan ya más -tranquilo, le atacó de soslayo. - ---Por lo menos--dijo--ya que estás dispuesto á un sacrificio tan grande, -entérate primero de si no te engañan. Este Passalacqua era de la -policía. - ---¿Crees tú? - ---Sí. Estoy seguro. ¿Quién viaja con un montón de papeles -comprometedores, con un cuchillo grande con el mango lleno de nombres de -anarquistas? - ---Eso no tiene nada de particular. - ---Pues bien, yo te digo que Passalacqua es de la policía, que sabía que -iban á venir á registrar esta casa, y que si sigues fiándote así de -cualquiera no te sacrificarás por la anarquía, sino que harás el caldo -gordo al gobierno. Tú no le conocías antes á Passalacqua, ¿verdad? - ---No. - ---¿Cómo te relacionaste con él? - ---Hace una semana recibí una carta de Passalacqua, de Barcelona; me -decía que venía por un asunto urgente y si yo tenía un sitio seguro -donde acogerle. Le contesté que sí, y entonces me escribió que el día -I.º del mes llegaría, que tenía la intención de poner una bomba al paso -de la comitiva en las fiestas de la Coronación, y que le reconocería por -estas señas: joven, afeitado, con boína, con una maleta amarilla en la -mano derecha y un paraguas negro en la izquierda. Al verle, debía -preguntarle: ¿Este es el tren de Barcelona? Y el me contestaría: Yo no -sé, señor; no entiendo bien el castellano. Efectivamente, así lo hice; -bajé á la estación del Mediodía y me encontré con el italiano. Tomamos -un coche. Passalacqua me indicó lo que trataba de hacer y que llevaba la -bomba en la maleta. Iba yo á llevarle á mi antigua casa de huéspedes, -cuando me dijo:--Soy indocumentado. Quizás no me quieran admitir aquí. - ---Ves--saltó Manuel--, tenía interés en venir á tu casa. - ---Yo le dije que sí, que le admitirían; pero él se empeñó en que estaría -más seguro en mi casa. Yo no hubiera querido comprometeros á vosotros; -pero lo traje aquí. Al irme á la cama pensaba: Si viene la policía, nos -revienta. Cuando me han despertado, he dicho: Aquí está, y la verdad, al -resultar que no había nada, ni bomba ni papeles, me he quedado -asombrado. ¿Cómo habéis podido saber que iban á registrar la casa? - ---La Salvadora lo sospechó; después yo tengo indicios para creer que -Passalacqua es de la policía. - -Manuel insistió en este punto para ver si llevaba la duda y la -desconfianza al ánimo de su hermano. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO VII - - Otra vez Roberto.--La locha por la vida.--El regalo del inglés.--El - amor. - - -Una tarde, después de comer, estaba Manuel regando las plantas de su -huertecillo, cuando se presentó Roberto. - ---Hola, chico, ¿qué tal? ¿Estás de jardinero? - ---Ya ve usted. ¿Y la señorita Kate? - ---Muy bien. Allí en Amberes con su madre. Hemos hablado mucho de ti. - ---¿Sí? ¿De veras? - ---Te recuerdan con verdadero cariño. - ---Son muy buenas las dos. - ---Tengo ya un chico. - ---¿Sí? ¡Cuánto me alegro! - ---Es un pequeño salvaje. Su madre lo está criando. ¿Y tus negocios? ¿Qué -tal van? - ---No tan bien como yo quisiera; no le voy á poder devolver el dinero tan -pronto como creía. - ---No importa. Cuando puedas. ¿Qué te pasa? ¿No marcha el negocio? - ---Sí, va muy despacio; pero me matan los obreros socialistas. - ---¿Los socialistas? - ---Sí. Está uno atado de pies y manos. Las sociedades hacen ya en todos -los oficios lo que quieren, ¡con un despotismo! Uno no puede tener los -obreros que se le antoje, sino los que ellos quieran. Y se ha de -trabajar de esta manera, y se ha de despachar á éste, y se ha de tomar -al otro... Es una tiranía horrible. - ---Y con esto, tu tendencia anarquista se habrá aumentado. - ---Claro que sí. Porque si hay que hacer la revolución social, que la -hagan de una vez; pero que le dejen á uno vivir... ¿Quiere usted subir -un rato, don Roberto? - ---Bueno. - -Subieron los dos y pasaron al comedor. Roberto saludó á la Salvadora. - ---¿Tomará usted café, don Roberto? ¿eh?--le preguntó Manuel. - ---Sí. - -Le trajeron una taza de café. - ---¿Tu hermano es también anarquista?--preguntó Roberto. - ---Mucho más que yo. - ---Usted debe curarles de ese anarquismo--dijo Roberto á la Salvadora. - ---¿Yo?--preguntó ella ruborizándose. - ---Sí, usted; que seguramente tiene más buen sentido que Manuel. Al -artista no le conozco. A éste sí, desde hace tiempo, y sé cómo es: muy -buen chico; pero sin voluntad, sin energía. Y no comprende que la -energía es lo más grande; es como la nieve del Guadarrama, que sólo -brilla en lo alto. También la bondad y la ternura son hermosas; pero son -condiciones inferiores, de almas humildes. - ---Y si yo soy humilde, ¿qué le voy á hacer? - ---¿Ve usted?--replicó Roberto dirigiéndose á la Salvadora--. Este chico -no tiene soberbia. Luego es un romántico, se deja arrastrar por ideas -generosas; quiere reformar la sociedad... - ---No me venga usted con bromas. Yo ya sé que no puedo reformar nada. - ---Eres un sentimental infecto. - -Luego añadió, dirigiéndose también á la Salvadora: - ---Yo cuando hablo con Manuel, tengo que discutir y que reñirle. Perdone -usted. - ---¿Por qué? - ---¿No le molesta á usted que le riña? - ---Si le riñe usted con razón, no. - ---¿Y que discutamos tampoco le molesta? - ---Tampoco. Antes me aburrían las discusiones, ahora ya no; me interesan -muchas cosas y también soy algo avanzada. - ---¿De veras? - ---Sí; casi, casi libertaria, y no es por mí, precisamente; pero me -indigna que el gobierno, el Estado ó quien sea, no sirva más que para -proteger á los ricos contra los pobres, á los hombres contra las -mujeres, y á los hombres y á las mujeres contra los chicos. - ---Sí, en eso tiene usted razón--dijo Roberto--. Es el aspecto más -repugnante de nuestra sociedad ese, el que se encarnice con los débiles, -con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las -formas de la bravuconería y todas las formas del poder. - ---Yo, cuando leo esos crímenes--siguió diciendo la Salvadora--en que los -hombres matan á una mujer, y luego se les perdona, porque han llorado, -me da una ira. - ---Sí, ¿qué quiere usted? Es el jurado, sentimental, que va á la -Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan á veinte años de -presidio á un falsificador y dejan libre á un asesino. - ---¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados?--preguntó la -Salvadora. - ---Sería peor; se mostrarían seguramente más crueles para ellas mismas. - ---¿Cree usted? - ---Para mí es seguro. - ---La pena debía ser--dijo Manuel--menor para la mujer que para el -hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe. - ---A mí me parece lo mismo--añadió la Salvadora. - ---Y á mí también--repuso Roberto. - ---Eso es lo que debía modificarse--siguió diciendo Manuel--; las leyes, -el Código. Porque eso de que haya república ó monarquía ó congreso, -bastante nos importa á nosotros. ¿Por qué, por ejemplo, han de poner en -el Registo civil si un niño es legítimo ó no? Que le apunten y nada más. - ---Pues eso se va consiguiendo poco á poco--replicó Roberto--. Se van -haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España todavía -no; pero vendrán esas modificaciones y vendrán mejor ¡créelo! si hay una -voluntad fuerte, un poder audaz encargado de dominar el desconcierto de -los egoísmos y de los apetitos. - ---Pero eso sería el despotismo. - ---Sí; el despotismo ilustrado. Para mí la autoridad es mejor que la ley. -La ley es rígida, estable, sin matiz; la autoridad puede ser más -oportuna, y en el fondo más justa. - ---Pero obedecer á un hombre es horrible. - ---Yo prefiero obedecer á un tirano que á una muchedumbre; prefiero -obedecer á la muchedumbre que á un dogma. La tiranía de las ideas y de -las masas es para mí la más repulsiva. - ---¿No cree usted en la democracia? - ---No; la democracia es el principio de una sociedad, no el fin; es como -un solar lleno de piedras de un edificio derruido. Pero este estado es -transitorio. Lentamente se va edificando, y cada cosa toma su lugar, no -el antiguo, sino otro nuevo. - ---¿Y siempre habrá piedras altas y piedras bajas? - ---Seguramente. - ---¿Usted no cree que los hombres van á la igualdad? - ---Quia, al revés, vamos á la diversidad; vamos á la formación de nuevos -valores, de otras categorías. Claro que es inútil actualmente y además -perjudicial, que un duque por ser hijo de duque y nieto de otro y -descendiente de un cobrador de gabelas del siglo XVII, ó de un lacayo de -un rey, tenga más medios de vida que un cualquiera; pero en cambio es -natural y justo que Edison tenga más medios de vida y de cultura que ese -cualquiera. - ---Pero entonces se va á la formación de otra aristocracia. - ---Sí; pero de una aristocracia cambiante en consonancia con las -aristocracias de la naturaleza. No vas á cruzar el Támesis con un puente -de las mismas dimensiones con que cruzas el Manzanares. - ---Me parece una desigualdad. Una cosa que había que evitarla. - ---¡Evitarla! Es imposible. La humanidad lleva su marcha, que es la -resultante de todas las fuerzas que actúan y que han actuado sobre ella. -Modificar su trayectoria es una locura. No hay hombre, por grande que -sea, que pueda hacerlo. Ahora sí, hay un medio de influir en la -humanidad y es influir en uno mismo; modificarse á sí mismo, crearse de -nuevo. Para eso no se necesitan bombas, ni dinamita, ni pólvoras, ni -decretos, ni nada. ¿Quieres destruirlo todo? Destrúyelo dentro de ti -mismo. La sociedad no existe, el orden no existe, la autoridad no -existe. Obedeces la ley al pie de la letra y te burlas de ella. ¿Quieres -más nihilismo? El derecho de uno llega hasta donde llega la fuerza de su -brazo. Después de esta poda, vives entre los hombres sin meterte con -nadie. - ---Sí, ¿pero usted no cree que fuera de uno mismo se puede hacer algo? - ---Algo, sí. En mecánica podrás encontrar una máquina nueva; lo que no -podrás encontrar será el movimiento continuo, porque es imposible. Y la -felicidad de todos los hombres es algo como el movimiento continuo. - ---¿Pero no es posible un cambio completo de las ideas y de las pasiones? - ---Durante muchos años, sí. El agua que cae en el Guadarrama tiene que ir -al Tajo necesariamente. Las ideas, como el agua, buscan sus cauces -naturales, y se necesitan muchos años para que varíe el curso de un río -y la corriente interna de las ideas. - ---¿Pero usted no cree que con una medida enérgica podía cambiarse -radicalmente la forma de la sociedad? - ---No. Es más, creo que no hay actualmente, ni aun pensada siquiera, una -reforma tan radical que pueda cambiar las condiciones de la vida moderna -en su esencia. Respecto al pensamiento, imposible. Se destruye un -prejuicio; nace en seguida otro. No se puede vivir sin ellos. - ---¿Por qué no? - ---¿Quién va á vivir sin afirmar nada por el temor de engañarse esperando -la síntesis última? No es posible. Se necesita alguna mentira para -vivir. La República, la Anarquía, el Socialismo, la Religión, el Amor... -cualquier cosa, la cuestión es engañarse. En el terreno de los hechos no -hay tampoco solución. Que venga la anarquía, que no vendrá, porque no -puede venir; pero bueno, supón que venga y tras ella una repartición -pacífica y equitativa de la tierra y que esta repartición no traiga -conflictos ni luchas... Al cabo de algún tiempo de cultivo intensivo, de -fecundidad, ya está el problema de las subsistencias y la lucha por la -vida en circunstancias más duras, más horrorosas que ahora. - ---¿Y qué remedio habrá entonces? - ---Remedio, ninguno. El remedio está en la misma lucha; el remedio está -en hacer que la sociedad se rija por las leyes naturales de la -concurrencia. Lo que en castellano quiere decir: «Que á quien Dios se la -dé, San Pedro se la bendiga». Y para esto, lo mejor sería echar todos -los estorbos; quitar la herencia, quitar toda protección comercial, todo -arancel; romper con las reglamentaciones del matrimonio y de la familia; -quitar la reglamentación del trabajo; quitar la religión del Estado; que -todo se rija por la libre concurrencia. - ---¿Y los débiles?--preguntó Manuel. - ---A los débiles se les llevará á los asilos para que no molesten, y si -no se puede, que se mueran. - ---Pero eso es cruel. - ---Es cruel, pero es natural. Para que pueda perpetuarse una raza es -preciso que gran número de individuos mueran. - ---¿Y los criminales? - ---Exterminarlos. - ---Eso es feroz. Es usted muy duro, muy pesimista. - ---No. Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías, -absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado á nuestra vida -en mayor cantidad que el placer ó al contrario? Eso no lo puede calcular -nadie ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay más -que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y -el hombre no es más que uno de ellos, se encuentran en un estado -permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo -disputas á los demás; ellos te lo disputan á ti. Ya que nuestra ley es -la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es -todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica; -este es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por -qué? Por cualquier cosa. - ---Pero no todos están á bastante altura para luchar--dijo Manuel. - ---El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo. -La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto -guerrero que tiene todo hombre. - ---Yo no lo siento, la verdad. - ---Sí, tus instintos se funden en un sentimiento de piedad para los -demás; ¿no es verdad? No sientes el egoísmo fiero... Estás perdido. - -Manuel se echó á reir. - -Pasó Juan por el corredor. - ---Este muchacho está mal--dijo Roberto--. Debía marcharse de Madrid; al -campo. - ---Pero no quiere. - ---¿Trabaja mucho ahora? - ---No; preocupado con esas cosas de anarquía, no hace nada. - ---¡Qué lástima! - -Se levantó Roberto y se despidió de la Salvadora muy afectuosamente. - ---Crea usted que le envidio á Manuel--la dijo. - -La Salvadora sonrió. - -Manuel acompañó á Roberto á la puerta. - ---¿Sabes quién me persigue todos los días? - ---¿Quién? - ---Un señor Bonifacio Mingote. Creo que tú le conoces. - ---Sí. - ---Me habló pestes de la madre de Kate, sin saber quién era yo. -¡Figúrate! Yo me las eché de incomodado y ahora no hace más que -escribirme cartas que yo no leo. - ---¿Y qué es de él? ¿cómo vive ahora? - ---Creo que vive con una mujer que le pega y le hace barrer la casa. - ---El, que era tan conquistador. - ---Sí, ¿eh?... pues ya ves; ha sido conquistado... Oye, te tengo que -decir una cosa--dijo Roberto en la puerta de la escalera. - ---Usted dirá. - ---Mira, no sé cuándo volveré á España; es muy posible que tarde, ¿sabes? - ---Sí. - ---He hablado con mi mujer y con mi suegra de ti, las he enterado de cómo -vivías; las he hecho un retrato de la Salvadora y se han alegrado mucho -al saber que estabas bien y las dos me han dicho que en recuerdo de su -amistad te quedes tú solo con la imprenta. - ---Pero eso no puede ser. - ---¡No ha de poder ser! Aquí tienes la escritura de venta. Guárdala. - ---¡Pero es mucho dinero! - ---¡Quia, hombre; qué ha de ser mucho dinero! Oye ahora un consejo. -Cásate cuanto antes con esa muchacha. ¡Adiós! - -Y Roberto cogió la mano de Manuel, se la estrechó afectuosamente y bajó -las escaleras; luego, desde el portal, exclamó: - ---¡Ah! Hay una advertencia; si al primer chico que tengas le llamas -Roberto, vendré desde Inglaterra á ser su padrino. - - * * * * * - -Manuel, sin salir aún de su asombro, volvió al comedor, al lado de la -Salvadora. - ---Me ha regalado la imprenta--dijo. - ---¡Eh! - ---Sí. Esta es la escritura. Ya no tienes necesidad de trabajar tanto, ni -de ahorrar. ¿Es un barbián mi amigo, verdad? - ---Sí; es muy simpático. - ---Y generoso. - ---Debe serlo. - ---Y enérgico, ¿verdad? - ---Sí. - -De pronto Manuel, con aire cómicamente desolado, dijo: - ---¿Sabes que estoy celoso? - ---¡Celoso! ¿De quién? - ---De Roberto. - ---¿Por qué? - ---Porque le has oído con admiración. - ---Es verdad--replicó burlonamente la Salvadora. - ---¿Y á mí no me admiras? - ---Ni pizca. Tú no eres tan enérgico... - ---Ni tan guapo, ¡eh!... - ---Es verdad. - ---Ni tan listo... - ---Claro que no. - ---¿Y dices que me quieres? - ---Te quiero, porque tengo mal gusto; te quiero así, brutito, feo, poco -enérgico. - ---Entonces... déjame que te bese. - ---No; cuando estemos casados. - ---¿Y qué necesidad hay de esa farsa? - ---Sí; por los hijos. - ---¡Ah! ¿Tú quieres que tengamos hijos? - ---Sí. - ---¿Muchos? - ---Sí. - ---¿Y no te da miedo tener muchos hijos? - ---No; para eso somos las mujeres. - ---Entonces tengo que besarte; no hay más remedio. Te besaré con respeto; -¿no quieres? Te besaré como á una santa. ¿No te convences tampoco? Te -besaré como si besara la bandera roja, ¿sabes? - -La Salvadora vaciló y presentó la mejilla; pero Manuel la besó en los -labios. - - - - -CAPÍTULO VIII - - La Coronación.--Las que encarecen los garbanzos. El final del señor - Canuto. - - -No se varió nada en la casa con el matrimonio, que se celebró sin -ceremonias de ninguna clase. Manuel estaba resplandeciente. El estado de -Juan era lo que turbaba su felicidad; le veía siempre inquieto, febril. -De noche, soñando, hablaba á gritos, y tosía continuamente hasta -romperse el pecho. Ya no tomaba las medicinas ni hacía caso de las -prescripciones del médico; salía á todas horas, bebía aguardiente para -excitarse algo y se reunía con los amigos en la taberna de Chaparro. - -Mientas tanto, Silvio Fernández Trascanejo maniobraba á sus anchas. Se -había ganado la confianza de todos los socios de la Aurora, y les había -hecho creer que había una conjuración revolucionaria terrible para el -día de la Coronación. - ---Con que uno dé la señal--decía Trascanejo--, yo me echo al centro con -la gente de barrios bajos. - -El más convencido de todos era Juan. - ---La cosa está ya hecha--le dijo el Madrileño á Manuel una vez--. Ahora -se va á batir el cobre bien. Hay además setenta y dos compañeros que han -venido á Madrid. Están perseguidos de cerca por la policía española y -extranjera; pero no saben dónde se encuentran. Hemos recibido -instrucciones de Londres; nos pondremos á lo largo de la carrera á -esperar. Si podemos coger al rey vivo, mejor. - -Juan estaba febril, deseando que llegara el momento; sus nervios, en -constante tensión, no le dejaban reposar un instante. Estaba dispuesto á -sacrificarse por la causa. Además, y esto le perdía, veía el -acontecimiento en artista. Veía la brillante comitiva de reyes, de -príncipes, de embajadores, de grandes damas, pasando por en medio de las -bayonetas, y se veía á él avanzando, deteniendo la comitiva con el grito -estridente de ¡Viva la Anarquía! - -La noche antes del día de la fiesta, Juan no apareció por la casa. -Manuel fué á la Aurora por ver si le encontraba. - -Estaban allá el Inglés, Prats, el Madrileño y Silvio, que peroraba. No -le habían visto á Juan. En esto entró el Libertario, se acercó á Silvio, -le agarró de la solapa, y le dijo: - ---Usted es un soplón y un polizonte. ¡Hala! Fuera de aquí. - -Quedaron todos extrañados. Silvio, que estaba sentado, se levantó -dignamente; recibió también dignamente un puntapié certero que le arreó -el Inglés, el del juego de bolos. Al llegar á la puerta de la taberna, -el hombre de los tres conejos en campo de azur se sintió hidalgo, -recordó su apellido, se volvió, hizo un corte de mangas á todos y echó á -correr por el paseo de Areneros como un huracán, llevándose una mano á -atrás y otra al sombrero, sin duda para que no se lo llevara el aire. - ---¿Era un polizonte?--dijeron Prats y el Madrileño asombrados. - ---Sí. - ---¿Y todo lo que nos ha contado es mentira? - ---Y tan mentira. - -Al día siguiente no había venido Juan, y Manuel salió de casa. La -Salvadora quedo cosiendo, desazonada. - -Era un día de Mayo esplendoroso; un cielo azul; una tarde de oro. La luz -intensa, cegadora, vibraba llameante en las colgaduras amarillas y -rojas, en las banderas, en los gallardetes, en los farolillos de las -iluminaciones. - -Hormigueaba la gente por las calles. En los balcones y en las ventanas, -en las cornisas y los tejados, en las tiendas y en los portales, se -amontonaban los curiosos. El sol reía en los trajes claros de las -mujeres, en los sombreros vistosos, en las sombrillas rojas y blancas, -en los abanicos que aleteaban como mariposas, y bajo el cielo azul de -Prusia todo palpitaba y refulgía y temblaba á la luz del sol con una -vibración de llama. - -Manuel fué husmeando por entre la multitud; á veces el gentío lo llevaba -á un lado y tenía que estarse en la esquina de una calle quieto durante -algún tiempo. - -Un temblor le iba y otro le venía, pensando que á cada momento podía oir -una explosión. Por fin se hizo la masa menos compacta y Manuel pudo -avanzar; la gente iba hacia la Carrera de San Jerónimo. - ---¿Ha pasado algo?--dijo Manuel á un municipal. - ---No. - ---¿Por qué va la gente hacia allá? - ---Para ver otra vez al rey. - ---¿Tiene que volver á pasar por aquí? - ---Sí. - -Manuel avanzó hasta ponerse en primera fila, cerca de los soldados, en -la calle Mayor. Miró á todas partes por si veía á Juan ó alguno de los -compañeros. No vió á nadie. - -No tardó mucho en estar la comitiva de vuelta. A la entrada de la -Carrera de San Jerónimo se veía avanzar la tropa de jinetes que abría el -paso. - -La muchedumbre, mal contenida por los guardias civiles, avanzaba en -oleadas; pasaban por entre los caballos, hombres y mujeres -congestionados, rojos, sudando. Los soldados que formaban la carrera, -hacían retroceder á la gente con la culata de sus fusiles. - -Comenzó á pasar la comitiva por entre las filas de soldados y los -cuchillos del maüser, que refulgían al sol; aparecieron los palafreneros -á caballo, abriendo la marcha, con sus trajes vistosos, de casaca, media -blanca y sombrero de tres candiles; luego siguieron varios coches, de -concha y de laca pintados y dorados, con sus postillones á la grupa y -sus lacayos tiesos, empelucados, llenos de galones, y los caballos -hermosos, de movimientos petulantes, con penachos blancos y amarillos. -Después de estos coches de respeto, pasaron otros también dorados, -ocupados por señoras ajadas, adornadas con diademas, con el traje -cubierto por montones de perlas, acompañadas por hombres de aire -insignificante, enfundados en uniformes vistosos, con el pecho lleno de -cruces y de placas. - ---¿Quiénes son?--preguntó Manuel. - ---Serán diputados ó senadores. - ---No--repuso otro--; éstos son mayordomos de Palacio. Criados elegantes. - -Dos viejas gordas sudorosas, vociferando, peleándose con la gente, -llegaron hasta ponerse en primera fila. - ---Ahora veremos bien--dijo una de ellas. - ---¿Ve usted esas que pasan ahí?--las dijo un aprendiz con sorna -señalando á las damas con el dedo--. Pues esas son las que hacen subir -los garbanzos. - ---Y que el pueblo no pueda vivir--añadió un hombre de malas trazas. - ---¡Qué feas son!--murmuró una de las viejas gordas á su compañera. - ---No, que serán guapas--replicó el aprendiz--. Con esa señora se podría -poner una carnicería--añadió señalando con el dedo una anciana y -melancólica ballena que iba en un coche suspendido por muelles. - ---Y _tó_ lo llevan al aire--siguió diciendo la vieja á su compañera sin -hacer caso de las observaciones del muchacho. - ---_Pa_ que no las entre la polilla--replicó el aprendiz. - ---Y _tien_ las tetas _arrugás_. - ---No, que las tendrán duras. - ---¿Y esas señoras son las ricas?--preguntó la lugareña á Manuel muy -preocupada. - ---Sí. - ---Parece que tienen cara de no haberse desayunado nunca. ¿Verdad, -usted?--preguntó el aprendiz en serio. - ---Ya vienen, ya vienen. - -Se estrechó más la gente. Manuel tembló. Pasaron las infantas en sus -coches con los caballerizos á los lados; luego los príncipes de -Asturias. - ---¡Ahí va Caserta!--se oyó decir. - -Luego del coche de los príncipes, vino otro vacío, después unos cuantos -soldados de la Escolta Real y el rey, la reina y una infanta. - -El rey saludaba militarmente, hundido en el coche, con el aire fatigado -é inexpresivo. - -La regente, rígida, miraba á la multitud con indiferencia, y sólo en los -ojos de la infanta, de tez morena, había un relámpago de vida y de -alegría. - ---Qué delgado está. - ---Parece enfermo--se oía decir á un lado y á otro. - -Pasó todo el cortejo; la masa de gente se hizo más permeable. Manuel -pudo acercarse á la esquina de la calle Mayor y en ella se encontró con -el señor Canuto. Por el brillo de las mejillas le pareció que debía -estar borracho. - ---¿Qué hay?--le dijo Manuel--. ¿De donde viene usted? - ---De Barcelona. - ---¿Ha visto usted á Juan? - ---Ahí está en la calle Mayor. - ---¿No ha pasado nada? - ---¿Te parece poco? Se ha acabado el reinado de María Cristina--dijo el -señor Canuto en voz alta--. Esta buena señora tendrá muchas virtudes; -pero lo que es suerte, no nos ha dado muy buena á los españoles. ¡Vaya -un reinado! Miles de hombres muertos en Cuba, miles de hombres muertos -en Filipinas, hombres atormentados en Montjuich, inocentes como Rizal -fusilados, el pueblo muriéndose de hambre. Por todas partes sangre... -miseria... ¡Vaya un reinado! - -Manuel abandonó al señor Canuto en su peroración y se dirigió á la -esquina de la calle Mayor. - -Juan estaba pálido y sin fuerzas, formando un grupo con Prats, Caruty y -el Madrileño. - -Estos dos últimos borrachos gritaban y escandalizaban. - ---Vamos, tú--le dijo Manuel á Juan--. Esto se ha terminado. - -Volvieron todos por la Puerta del Sol y se encontraron con el Libertario -y con el señor Canuto. - ---¿No decía yo que no pasaría nada?--dijo el Libertario sarcásticamente. -Yo no sé qué ilusiones os habíais hecho vosotros. Nada. Los terribles -revolucionarios que iban á pedir cuenta al gobierno de los miles de -hombres sacrificados en Cuba y en Filipinas para sostener la Monarquía, -modelos de corrección y de sensatez, se han marchado de Madrid á -derrochar su oratoria fanfarrona por los rincones de provincias. Nada. -Esto es la sociedad española; este desfile de cosas nuestras ante la -indiferencia de un pueblo de eunucos. - -El Libertario tenía una exaltación fría. - ---Aquí no hay nada--siguió diciendo burlonamente--; esto es una raza -podrida; esto no es pueblo; aquí no hay vicios ni virtudes, ni pasiones; -aquí todo es m...--y repitió la palabra dos ó tres veces.--Política, -religión, arte, anarquistas, m... Puede ese niño abatido y triste -recorrer su ciudad. Lo puede hacer y puede andar si quiere á latigazos -con esta morralla. Ese rebaño de imbéciles no se incomodará. - ---¡Tienes razón!--exclamó el señor Canuto. - -En esto cruzó la Puerta del Sol, entre la gente, un batallón. Sonaban -estrepitosamente los tambores, brillaban las bayonetas y los sables. Al -llegar frente á la calle del Arenal la banda comenzó á tocar un paso -doble. - -Se pararon. - ---Aquí está la _mili_, como siempre, haciendo la pascua--dijo el señor -Canuto. - -Al pasar la bandera los soldados se cuadraban; el teniente decía: -¡Firmes! y saludaba con el sable. - ---El trapo glorioso--exclamó alto el señor Canuto--; el símbolo del -despotismo y de la tiranía. - -Un teniente oyó la observación y se quedó mirando al viejo -amenazadoramente. - -Caruty y el Madrileño intentaron cruzar por en medio de los soldados. - ---No se puede pasar--dijo un sargento. - ---Estos _sorchis_, porque visten con galones--dijo el Madrileño--, ya se -figuran que son superiores á nosotros. - -Pasó una bandera y dió la coincidencia de que se parara delante de -ellos. - -El teniente se acercó al señor Canuto: - ---Quítese usted el sombrero--le dijo. - ---¿Yo? - ---Sí. - ---¡No me da la gana! - ---Quítese usted el sombrero. - ---He dicho que no me da la gana. - -El teniente levantó el sable. - ---¡Eh, guardias!--gritó--. ¡Prendedle! - -Un hombre bajito, de la policía secreta, se echó sobre el señor Canuto. - ---¡Muera el ejército! ¡Viva la Revolución social! ¡Viva la -Anarquía!--gritó el viejo temblando de emoción y levantando el brazo en -el aire. - -Luego ya no se le vió; desapareció entre la multitud; unos polizontes se -arrojaron sobre él; los guardias civiles metieron sus caballos entre la -gente... Juan intentó ir en socorro del viejo; pero le faltaron las -fuerzas, y se hubiera caído si no le hubiera agarrado Manuel. Este fué -sosteniéndole hasta sacarle de en medio del gentío. Pasaron entre los -caballos y los coches amontonados en la Puerta del Sol. Juan iba -poniéndose muy pálido. - ---Ten fuerza un momento, ya vamos á salir--le decía Manuel. - -Llegaron á la acera y tomaron un coche. Cuando pararon delante de casa -en la calle de Magallanes, Juan estaba desmayado y tenía las ropas -llenas de sangre. - -{imagen decorativa} - - - - -CAPÍTULO IX - - La noche.--Los cuervos.--Amanece.--Ya estaba bien.--Habla el - Libertario. - - -Al llegar, Manuel tomó en brazos á Juan y le subió á su casa. - -La Ignacia y la Salvadora, al verle en aquel estado, preguntaron -desoladas. - ---¿Qué ha sido? ¿Qué ha sido? - ---Nada, qué le ha dado un vómito y no sé cómo no se ha muerto. Está -desmayado. - -Le desnudaron entre los tres, le pusieron botellas de agua caliente y -llamaron al médico. Le dió éste una poción de morfina, porque de cuando -en cuando el enfermo seguía tosiendo y echando sangre. - ---¿Cómo está?--le preguntó la Salvadora al médico. - ---Mal, muy mal. Hay una depauperación grande y la enfermedad se -encuentra muy avanzada. No puede resistir más que días. - -Se marchó el médico, se tranquilizó Juan, y pasó toda la noche -durmiendo, con un sueño tranquilo. A veces su respiración se hacía -bronca y sibilante; otras, de su pecho salía un gorgoteo, como el del -agua al salir de una botella. Pasaban minutos en que parecía que ya no -alentaba, hasta que un suspiro profundo normalizaba de nuevo la -respiración. - -La Salvadora y Manuel pasaron toda la noche en el cuarto, observando al -enfermo. - -Por la mañana la Ignacia salió de casa á oir misa. - ---Vete tú también á la imprenta--dijo la Salvadora á Manuel--; si pasa -algo, ya te avisaré. - -Al volver de la calle la Ignacia, dijo con cierto misterio á la -Salvadora: - ---¿Se ha marchado Manuel? - ---Sí. - ---Me alegro. - ---¿Por qué? - ---Porque he avisado un cura para que confiese á Juan. El pobre lo está -deseando. ¡Como ha sido seminarista! Pero no se atreve á pedirlo. - -Quedó la Salvadora azorada con la noticia. - ---¿Pero sabes tú si él querrá confesarse?--preguntó. - ---Sí, ya lo creo. Se lo diremos nosotras. - ---Yo no, yo no se lo digo. - ---Pues se lo diré yo. Y la Ignacia se acercó á la cama. - ---No, no le despiertes. - ---Déjame. - -En aquel momento sonó la campanilla de la casa. - ---Aquí está--dijo la Ignacia. - -Al ruido de abrir y cerrar la puerta, Juan abrió los ojos, y al ver á la -Salvadora sonrió. - ---Siento una gran debilidad, pero estoy muy á gusto. ¿He dormido mucho -rato?--preguntó. - ---Sí, todo el día. Nos has dado un susto grande--balbuceó la -Salvadora--, y la Ignacia, como es así, ha llamado á un cura, y está -ahí. - -El rostro de Juan se demudó: - ---¿Está ahí?--preguntó intranquilo. - ---Sí. - ---No le dejes entrar. Defíendeme, hermana mía. Quieren turbar mis -últimos momentos. Defíendeme. Y Juan buscó la mano de la Salvadora. - ---No tengas cuidado--dijo ella--. Si no quieres, no entrará. - ---No, no, nunca. - ---Espera un momento, le voy á decir que se vaya. - -Salió la Salvadora al comedor. Un cura, alto, flaco, huesudo, con una -sotana raida, paseaba de arriba á abajo. - ---Permítame usted, señor cura--le dijo la Salvadora. - ---¿Qué quieres, hija mía? - ---Mire usted, señor cura, mi cuñado nos ha dado un susto grande. -Creíamos que se iba á morir; por eso su hermana le ha avisado á usted; -pero ahora ya ha pasado el peligro y no queremos asustarle. - ---¿Asustarle?--repuso el cura--no, al revés; se tranquilizará. - ---Es que ha tomado hace poco una medicina y está entontecido. - ---No importa, no importa; me han dicho que es un chico muy bueno, pero -de ideas avanzadas, antirreligiosas; además, ha sido seminarista y es -necesario que se retracte. Y el cura trató de pasar á la alcoba. - ---No entre usted, señor cura--murmuró la Salvadora. - ---Mi obligación es salvar su alma, hija mía. - ---Entonces espere usted un momento; yo le hablaré de nuevo--replicó -ella--. Y entrando en la alcoba cerró la puerta con llave. - ---¿Se ha marchado?--la preguntó Juan débilmente. - ---Sí. - ---Defiéndeme, hermana mía--gimió el enfermo--, que no entre nadie más -que mis amigos. - ---Nadie entrará--repuso ella. - ---¡Gracias! ¡gracias!--murmuró él--y volviéndose de lado añadió--: Voy á -seguir con mi sueño. - -De cuando en cuando la Ignacia, con voz imperiosa, llamaba á la puerta -de la alcoba, pero Juan apenas oía y la Salvadora no contestaba. - ---Si vieras--murmuró el enfermo--las cosas que he soñado esta noche. ¡Oh -qué sueños tan hermosos! - -En esto se oyó un murmullo de voces; luego llamaron más fuerte á la -puerta de la alcoba. - ---Abre, Salvadora--dijo la voz de Manuel. - -Abrió ella y Manuel entró de puntillas en el cuarto. - ---Ya se ha marchado--advirtió en voz baja. - ---Tu mujer es una mujer valiente--murmuró sonriendo Juan--; le ha -despedido al cura que venía á confesarme. - -Juan tendió una mano á la Salvadora y otra á Manuel. - ---Nunca he sido tan feliz--dijo--. Parece que la proximidad de la muerte -ha de ser terrible, ¿verdad? Pues yo la veo venir como una cosa tan -vaga, tan dulce... - -Durante todo el día Juan estuvo hablando con sus hermanos, de la -infancia, de sus ideas, de sus sueños... - -Los Rebolledos estaban en el comedor por si se ofrecía algo. - -Al anochecer se oyó una aldabada discreta, se cerró recatadamente la -puerta y alguien subió salvando de dos en dos los escalones. Era el -Libertario que venía á enterarse de lo que pasaba. Al saber el estado -de Juan, hizo un ademán de desesperación. - -Contó que el señor Canuto estaba en el hospital gravísimo. Le habían -dado sablazos en la cabeza y en la espalda. Tenía una conmoción cerebral -y probablemente moriría. - ---¿Va usted á entrar á ver á Juan?--le preguntó Perico Rebolledo. - ---No, voy á avisar á los amigos y luego volveré. - -Salió el Libertario corriendo y al poco rato volvió acompañado de Prats, -del Bolo y del Madrileño. - -Pasaron los cuatro á la alcoba. Juan estaba cansado de hablar y sentía -una gran debilidad. Alargó la mano á los amigos, y murmuró: - ---Ahora estoy soñando cosas hermosas, muy hermosas. Adiós, compañeros. -Yo he cumplido mi misión, ¿verdad?... seguid trabajando. Ahí os dejo mis -papeles... Si creéis que son útiles para la idea, publicadlos... ¡Adiós! - -Se quedaron los anarquistas en el comedor charlando. Dejaron el balcón -abierto. De la taberna alguien había dado la noticia al Círculo de la -gravedad de Juan, y de vez en cuando se acercaba alguno á la casa y -desde la misma calle gritaba: - ---¿Eh? - ---¿Quién es?--decía Prats ó el Libertario saliendo al balcón. - ---¡Salud, compañero! - ---Salud. - ---¿Cómo está Juan? - ---Mal. - ---¡Qué lástima! Vaya... salud. - ---Salud. - -Al cabo de un rato se repetía lo mismo. - -La Salvadora y Manuel estaban en el cuarto de Juan, que divagaba -continuamente: Sentía el enfermo la preocupación de ver la mañana, y á -cada paso preguntaba si no había amanecido. - -Tenían abiertas las contraventanas por orden de Juan. A las cuatro -empezó á amanecer; la luz fría de la mañana comenzó á filtrarse por el -cuarto. Juan durmió un rato y se despertó cuando ya era de día. - -En el cielo azul, con diafanidades de cristal, volaban las nubes rojas y -llameantes del crepúsculo. - ---Abrid el balcón--dijo Juan. - -Manuel abrió el balcón. - ---Ahora levantadme un poco la cabeza. - -Metió la Salvadora el brazo por debajo de la almohada y le irguió la -cabeza. Luego le colocaron un almohadón debajo para que estuviera más -cómodo. - -Ya el sol de una mañana de Mayo, brillante como el oro, iba iluminando -el cuarto. - ---¡Oh! Ahora estoy bien--murmuró el enfermo. - -El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto -hubo una veladura en sus pupilas, y una contracción en la boca. - -Estaba muerto. - -La Salvadora y la Ignacia vistieron á Juan, que había quedado como un -esqueleto. Quitaron la mesa del comedor y allí pusieron el cadáver. - -Su rostro después de la muerte, tomó una expresión de serenidad grande. - -Durante todo el día no pararon de ir y venir compañeros. Entraban, -hablaban en voz baja y se marchaban entristecidos. - -Por la noche se reunieron más de doce personas á velar al muerto. Manuel -entraba también á contemplarle. - -¡Quién le había de decir que aquel hermano á quien no había visto en -tanto tiempo iba á dejar una huella tan profunda en su vida! - -Recordaba aquella noche de su infancia, pasada junto á su madre muerta. -El mismo flujo tumultuoso de pensamientos le sobrecogían. ¿Qué hacer? -pensaba. Se ha hundido todo. ¿Es que ya no quedaba en la vida cosa digna -de ser deseada? ¿Es que ya no había más plan que hundirse para siempre -en la muerte? - ---¡Te has ido al otro mundo con un hermoso sueño--y miraba el cadáver de -Juan--, con una bella ilusión! Ni los miserables se levantarán, ni -resplandecerá un día nuevo, sino que persistirá la iniquidad por todas -partes. Ni colectiva ni individualmente podrán libertarse los humildes -de la miseria, ni de la fatiga, ni del trabajo constante y aniquilador. - ---¡Acuéstate!--dijo la Salvadora á Manuel viéndole tan excitado. - -Estaba rendido y se tendió en la cama. - -Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se -celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de -estatuas; en una ponía «La Verdad», en la otra «La Naturaleza», en la -otra «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una -bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un -guardia le dijo: - ---¡Descúbrete, compañero! - ---¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es esta? - ---Es la fiesta de la Anarquía. - -En esto pasaron unos andrajosos en los cuales Manuel reconoció al -Madrileño, á Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!» y -los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles. - -Enredado en este sueño le despertó la Salvadora. - ---Está la policía--le dijo. - -Efectivamente, á la puerta había un hombre bajito, de barba, elegante, -acompañado de otros dos. - ---¿Qué quiere usted?--le dijo Manuel. - ---Tengo entendido que hay una reunión de anarquistas aquí y vengo á -hacer un registro. - ---¿Trae usted auto del Juez? - ---Sí, señor. Traigo también orden de prender á Juan Alcázar. - ---¡A mi hermano! Ha muerto. - ---Está bien; pasemos. - -Entraron los tres policías en el comedor sin quitarse el sombrero. Al -ver la gente allí reunida uno de ellos preguntó: - ---¿Qué hacen ustedes aquí? - ---Estamos velando á nuestro compañero--contestó el Libertario--. ¿Es que -está prohibido? - -El principal de los polizontes, sin contestar, se acercó al cadáver y lo -contempló un instante. - ---¿Cuándo lo van á enterrar?--preguntó á Manuel. - ---Mañana á la tarde. - ---Es usted su hermano, ¿verdad? - ---Sí. - ---A usted le conviene que no haya atropellos, ni escándalos; ni ninguna -manifestación en el entierro. - ---Está bien. - ---Nosotros haremos lo que nos parezca--dijo el Libertario. - ---Tenga usted cuidado de no ir á la cárcel. - ---Eso lo veremos--y el Libertario metió la mano en el pantalón y agarró -su revólver. - ---Bueno--dijo el polizonte dirigiéndose á Manuel--; usted es hombre de -buen sentido y atenderá mis indicaciones. - ---Sí, señor. - ---Buenas noches--saludaron los policías. - ---Buenas noches--contestaron los anarquistas. - ---Cochina _rasa_--gruñó Prats--. Este maldito pueblo había que quemarlo. - -Todos hablaron en el mismo sentido. Odio eterno, eterna execración -contra la sociedad. - -Por la mañana algunos se fueron al trabajo y quedaron Prats, el -Libertario y Manuel. Estaban hablando cuando se presentó en el cuarto la -Filipina. - -La Salvadora la dejó pasar. Había estado en el hospital, enferma. Se le -notaba la enorme palidez en los labios y en los ojos. Le habían operado -á la pobre y olía de un modo insoportable á yodoformo. Entró, tocó la -cara del cadáver con las manos y empezó á llorar. Manuel la contempló -con melancolía. Aquella tristeza de animal en los ojos, el cuerpo débil, -las entrañas quemadas por el cirujano... - ---¡Maldita vida!--murmuró--. Había que reducirlo todo á cenizas. - -Salió la Filipina y á la media hora volvió con lirios blancos y rojos, -y los echó en el suelo delante de la caja. - -A las dos era el entierro, y para antes de esta hora había ya un grupo -grande en la calle de Magallanes. Al dar las dos Perico Rebolledo, -Prats, el Libertario y el Bolo, sacaron la caja en hombros y la bajaron -hasta el portal. Un amigo de Prats echó una bandera roja encima del -ataud y se pusieron todos en marcha. Cruzaron por entre callejuelas, -hasta salir al paseo del Cisne. Iban allá á dejar la caja en el coche, -cuando cuatro mujeres, á quienes Manuel no conocía, les substituyeron, y -siguió el cortejo. Las cuatro, con el mantón terciado, braceaban -garbosamente. En la Castellana la gente se paraba á mirarles. En el -barrio de Salamanca pusieron la caja en el coche y siguió todo el -cortejo á pie. Al pasar de las Ventas, en el camino del Este, por detrás -de cada loma, salía una pareja de municipales, y cerca del cementerio -había un piquete de guardias á caballo. - -Entraron los obreros en el cementerio civil, colocaron la caja al borde -de la fosa y la rodearon los acompañantes. - -Estaba anocheciendo; un rayo de sol se posó un instante sobre la lápida -de un mausoleo. Se bajó con cuerdas la caja. El Libertario se acercó, -cogió un puñado de tierra y lo echó á la hoya; los demás hicieron lo -mismo. - ---Habla--le dijo Prats al Libertario. - -El Libertario se recogió en sí mismo pensativo. Luego, despacio, con voz -apagada y temblorosa, dijo. - ---Compañeros: Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que -acabamos de enterrar. Era un hombre, un hombre fuerte con un alma de -niño... Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y -prefirió la gloria de ser humano. Pudo asombrar á los demás, y prefirió -ayudarlos... Entre nosotros, llenos de odios, él sólo tuvo cariños; -entre nosotros, desalentados, él sólo tuvo esperanzas. Tenía la -serenidad de los que han nacido para afrontar las grandes tempestades. -Fué un gran corazón, noble y leal... fué un rebelde, porque quiso ser un -justo. Conservemos todos en la memoria el recuerdo del amigo que -acabamos de enterrar... y nada más. Ahora, compañeros, volvamos á -nuestras casas á seguir trabajando. - -Los sepultureros comenzaron á echar con presteza paletadas de tierra que -sonaron lúgubremente. Los obreros se cubrieron y en silencio fueron -saliendo del campo santo. Luego, por grupos, volvieron por la carretera -hacia Madrid. Había obscurecido. - -FIN - -Madrid, Diciembre 1904. - - - - -INDICE - - - Págs. - -Anteportada 1 -Obras del mismo autor 2 -Portada 3 -PRÓLOGO.--Cómo Juan dejó de ser seminarista 5 - - -PRIMERA PARTE - -CAPÍTULO I.--El barrio sepulcral.--Divagaciones -trascendentales.--Electricidad y peluquería.--Tipos -raros, buenas personas 29 - -CAP. II.--La vida de Manuel.--Las tertulias del -enano.--El señor Canuto y su fraseología 44 - -CAP. III.--Los dos hermanos.--Juan charla.--Recuerdos -de hambre y de bohemia 52 - -CAP. IV.--El busto de la Salvadora.--Las impresiones -de Kis.--Malas noticias.--La violeta. -No todo es triste en la vida 65 - -CAP. V.--A los placeres de Venus.--Un hostelero -poeta.--¡Mátala!--Las mujeres se odian. -Los hombres también 76 - -CAP. VI.--Las vagas ambiciones de Manuel.--Las -mujeres mandan.--Roberto.--Se instala -la imprenta 89 - -CAP. VII.--El amor y la debilidad.--Las intermitentes -y las golondrinas.--El bautizo de -S. M. Curda I en una imprenta 98 - - -SEGUNDA PARTE - -CAPÍTULO I.--Juego de bolos, juego de ideas, -juego de hombres 109 - -CAP. II.--El derecho.--La ley.--La esclavitud. -Las vacas.--Los negros.--Los blancos.--Otras -pequeñeces 128 - -CAP. III.--No hay que confiar en los relojes ni -en la milicia.--Las mujeres son buenas, aun -las que dicen que son malas.--Los borrachos -y los perros 139 - -CAP. IV.--El inglés quiere dominar.--Las razas.--Las -máquinas.--Buenas ideas, bellos -proyectes 152 - -CAP. V.--El buen obrero socialista.--Los esparcimientos -de Jesús.--¿Para qué sirven los -muertos? 161 - -CAP. VI.--El francés que canta.--El protylo.--Cómo -se llegan á tener las ideas.--Sinfonía -en rojo mayor 172 - -CAP. VII.--Un paraíso en un campo santo.--Todo -es uno y lo mismo 188 - -CAP. VIII.--Cómo cogieron al Bizco y no vino -la buena.--Nunca viene la buena para los -desdichados 196 - -CAP. IX.--La Dama de la Toga Negra.--Los -amigos de la Dama.--El pajecillo, el lindo -pajecillo 214 - - -TERCERA PARTE - -CAPÍTULO I.--Las evoluciones del Bolo.--Danton, -Danton, ese era el hombre.--¿Anarquía ó -Socialismo?... lo que gustéis 227 - -CAP. II.--Paseo de noche.--Los devotos de -Santa Dinamita.--El cerro del Pimiento 248 - -CAP. III.--El mitin en Barbieri.--Un joven de -levita.--La carpintería del arca de Noé.--¡Viva -la literatura! 264 - -CAP. IV.--Gente sin hogar.--El Mangue y el -Polaca.--Un vendedor de cerbatanas.--Un -gitano.--El Corbata.--Santa Tecla y su mujer.--La -Filipina.--El oro escondido 286 - -CAP. V.--Esnobismo sociológico.--Anarquistas -intelectuales.--Humo 297 - -CAP. VI.--Miedos pueriles.--Los hidalgos.--El -hombre de la Puerta del Sol.--El enigma Passalacqua 309 - -CAP. VII.--Otra vez Roberto.--La lucha por la -vida.--El regalo del inglés.--El amor 332 - -CAP. VIII.--La coronación.--Las que encarecen -los garbanzos.--El final del señor Canuto 345 - -CAP. IX.--La noche.--Los cuervos.--Amanece.--Ya -estaba bien.--Habla el Libertario 356 - - * * * * * - - Se imprimió - - AURORA ROJA - - EN EL - - ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO - - DE - - ANTONIO MARZO - - DE - - MADRID - - en DICIEMBRE de - - 1904 - - {imagen decorativa} - - * * * * * - -{imagen decorativa} - - - - - -End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Aurora roja, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; AURORA ROJA *** - -***** This file should be named 40544-8.txt or 40544-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/0/5/4/40544/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. 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Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/40544-8.zip b/old/40544-8.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 8fa70f2..0000000 --- a/old/40544-8.zip +++ /dev/null diff --git a/old/40544-h.zip b/old/40544-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 6229386..0000000 --- a/old/40544-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/40544-h/40544-h.htm b/old/40544-h/40544-h.htm deleted file mode 100644 index 83bdde4..0000000 --- a/old/40544-h/40544-h.htm +++ /dev/null @@ -1,11392 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" -"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> - -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> - <head> <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> -<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> -<title> - The Project Gutenberg eBook of La lucha por la vida; Aurora roja, por Pio Baroja. -</title> -<style type="text/css"> - p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;} - -.c {text-align:center;text-indent:0%;} - -.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;} - -.hang {text-indent:-2%;margin-left:2%;} - -.nind {text-indent:0%;} - -small {font-size: 70%;} - -big {font-size:125%;} - - h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both;} - - h2 {margin-top:5%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both; - font-size:150%;} - - h3 {margin:5% auto 2% auto;text-align:center;clear:both; - font-size:120%;} - - hr.full {width: 50%;margin:5% auto 5% auto;border:4px double gray;} - - table {margin-top:5%;margin-bottom:5%;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;text-align:left;} - - body{margin-left:2%;margin-right:2%;background:#fdfdfd;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} - -a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - - link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - -a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} - -a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} - -.smcap {font-variant:small-caps;font-size:95%;} - - img {border:none;} - -.blockquot {margin-top:2%;margin-bottom:2%;} - -.figcenter {margin-top:3%;margin-bottom:3%; -margin-left:auto;margin-right:auto;text-align:center;text-indent:0%;} - -.poem {margin-left:25%;text-indent:0%;} -.poem .stanza {margin-top: 1em;margin-bottom:1em;} -.poem span.i0 {display: block; margin-left: 0em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;} -.poem span.i2 {display: block; margin-left: 2em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;} -</style> - </head> -<body> - - -<pre> - -Project Gutenberg's La lucha por la vida; Aurora roja, by Pío Baroja - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La lucha por la vida; Aurora roja - -Author: Pío Baroja - -Release Date: August 20, 2012 [EBook #40544] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; AURORA ROJA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/cover.jpg" width="359" height="550" alt="" title="" /> -</p> - -<table summary="note" border="4" cellpadding="10" style="background-color: #ffffff; -margin-right:auto;margin-left:auto;max-width:60%;"> - <tr> - <td valign="top">Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del -original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el -texto.</td> - </tr> -</table> - -<h1><a name="page_001" id="page_001"></a></h1> - -<p class="c">LA LUCHA POR LA VIDA</p> - -<p class="c">————</p> - -<p class="cb"><big>Aurora Roja.</big></p> - -<p><a name="page_002" id="page_002"></a></p> - -<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""> -<tr><th align="center">OBRAS DEL MISMO AUTOR</th></tr> -<tr><td align="left"><b>Vidas sombrías</b>; un volumen.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>La casa de Aizgorri</b>, novela en siete jornadas; ídem.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox</b>; ídem.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Camino de perfección (pasión mística)</b>, novela; ídem.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>El Mayorazgo de Labraz</b>, novela; ídem.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Idilios vascos</b>; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem.</td></tr> -<tr><td> </td></tr> -<tr><td align="center">LA LUCHA POR LA VIDA</td></tr> -<tr><td> </td></tr> -<tr><td align="left"><b>La Busca</b> (novela); un vol.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Mala hierba</b> (novela); un vol.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Aurora roja</b> (novela); un vol.</td></tr> -</table> - -<p><a name="page_003" id="page_003"></a></p> - -<h1>LA LUCHA POR LA VIDA<br /> -<br /> -<big><big>Aurora Roja.</big></big></h1> - -<p class="cb">NOVELA<br /> -<br /> -POR<br /> -<br /> -<big><big>P</big>IO <big>B</big>AROJA</big><br /> -<br /> -<img src="images/colophon-a.png" -width="94" -height="96" -alt="colophon" -title="colophon" -/><br /> -<br /> -MADRID<br /> -<br /> -<span class="smcap">Librería de Fernando Fé.</span><br /> -<br /> -1904.<br /> -</p> - -<div class="blockquot"> -<p class="cb"><a href="#INDICE"><b>AL INDICE</b></a></p> -</div> - -<p><a name="page_004" id="page_004"></a></p> - -<p class="c">————</p> - -<p class="c">E<small>S PROPIEDAD</small>.—D<small>ERECHOS RESERVADOS</small></p> - -<p class="c">————</p> - -<p><a name="page_005" id="page_005"></a></p> - -<h1>Aurora Roja<small>*</small></h1> - -<p class="c">* Los episodios que preceden á <span class="smcap">Aurora Roja</span>, se titulan <span class="smcap">La Busca</span> y <span class="smcap">Mala -Hierba</span>.</p> - -<h3><a name="PROLOGO" id="PROLOGO"></a>PROLOGO</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Cómo Juan dejó de ser seminarista.</p></div> - -<p>Habían salido los dos muchachos á pasear por los alrededores del pueblo, -y á la vuelta, sentados en un pretil del camino, cambiaban á largos -intervalos alguna frase indiferente.</p> - -<p>Era uno de los mozos alto, fuerte, de ojos grises y expresión jovial; el -otro, bajo, raquítico, de cara manchada de roseolas y de mirar adusto y -un tanto sombrío.</p> - -<p>Los dos, vestidos de negro, imberbe el uno, rasurado el otro, tenían -aire de seminaristas; el alto, grababa con un cortaplumas en la corteza -de una vara una porción de dibujos y de adornos; el otro, con las manos -en las rodillas, en actitud melancólica, contemplaba, entre absorto y -distraído, el paisaje.<a name="page_006" id="page_006"></a></p> - -<p>El día era de otoño, húmedo, triste. A lo lejos, asentada sobre una -colina, se divisaba la aldea con sus casas negruzcas y sus torres más -negras aún. En el cielo gris como una lámina mate de acero subían -despacio las tenues columnas de humo de las chimeneas del pueblo. El -aire estaba silencioso; el río, escondido tras de un boscaje resonaba -vagamente en la soledad.</p> - -<p>Se oía el tintineo de las esquilas y un lejano tañer de campana. De -pronto resonó el silbido estridente de un tren; luego se vió aparecer -una blanca humareda entre los árboles, que pronto se convirtió en una -neblina suave.</p> - -<p>—Vámonos ya—dijo el más alto de los mozos.</p> - -<p>—Vamos—repuso el otro.</p> - -<p>Se levantaron del pretil del camino, en donde estaban sentados, y -comenzaron á andar en dirección del pueblo.</p> - -<p>Una niebla vaga y melancólica comenzaba á cubrir el campo. La carretera, -como una cinta violácea, manchada por el amarillo y el rojo de las hojas -muertas, corría entre los altos árboles desnudos por el otoño hasta -perderse á lo lejos, ondulando en una extensa curva. Las ráfagas de aire -hacían desprenderse de las ramas á las hojas secas que correteaban por -el camino.</p> - -<p>—Pasado mañana ya estamos otra vez allí—dijo el mocetón alegremente.<a name="page_007" id="page_007"></a></p> - -<p>—Quién sabe—replicó el otro.</p> - -<p>—¿Cómo quién sabe? Yo lo sé y tú también.</p> - -<p>—Tú sabrás que vas á ir; yo, en cambio, sé que no voy.</p> - -<p>—¿Que no vas?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Y por qué?</p> - -<p>—Porque estoy decidido á no ser cura.</p> - -<p>Tiró el mozo al suelo la vara que había labrado, y quedó contemplando á -su amigo con extrañeza.</p> - -<p>—Pero tú estás loco, Juan.</p> - -<p>—No, no estoy loco, Martín.</p> - -<p>—¿No piensas volver al seminario?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Y qué vas á hacer?</p> - -<p>—Cualquier cosa. Todo menos ser cura; no tengo vocación.</p> - -<p>—¡Toma! ¡Vocación! ¡vocación! Tampoco la tengo yo.</p> - -<p>—Es que yo no creo en nada.</p> - -<p>El buen mozo se encogió de hombros cándidamente.</p> - -<p>—Y el padre Pulpon, ¿cree en algo?</p> - -<p>—Es que el padre Pulpon es un bandido, un embaucador—dijo el más bajo -de los dos con vehemencia—, y yo no quiero engañar á la gente, como él.</p> - -<p>—Pero hay que vivir, chico. ¿Si yo tuviera dinero me haría cura? No; me -iría al campo y<a name="page_008" id="page_008"></a> viviría la vida rústica y trabajaría la tierra con mis -propios bueyes, como dice Horacio: <i>Paterna rura bobus, exercet suis</i>; -pero no tengo un cuarto, y mi madre y mis hermanas están esperando que -acabe la carrera. ¿Y qué voy á hacer? Lo que harás tú también.</p> - -<p>—No, yo no. Tengo la decisión firme, inquebrantable, de no volver al -seminario.</p> - -<p>—¿Y cómo vas á vivir?</p> - -<p>—No sé; el mundo es grande.</p> - -<p>—Eso es una niñada. Tú estas bien, tienes una beca en el seminario. No -tienes familia... Los profesores han sido buenos para ti... podrás -doctorarte... podrás predicar... ser canónigo... quizás obispo.</p> - -<p>—Aunque me prometieran que había de ser Papa, no volvería al seminario.</p> - -<p>—¿Pero por qué?</p> - -<p>—Porque no creo; porque ya no creo; porque no creeré ya más.</p> - -<p>Calló Juan y calló su compañero, y siguieron caminando uno junto á otro.</p> - -<p>La noche se entraba á más andar, y los dos muchachos apresuraron el -paso. El mayor, después de un largo momento de silencio, dijo:</p> - -<p>—¡Bah!... Cambiarás de parecer.</p> - -<p>—Nunca.</p> - -<p>—Apuesto cualquier cosa á que eso que me dijiste del padre Pulpon te ha -hecho decidirte.</p> - -<p>—No; todo eso ha ido soliviantándome; he<a name="page_009" id="page_009"></a> visto las porquerías que hay -en el seminario; al principio lo que vi me asombró y me dió asco; luego -me lo he explicado todo. No es que los curas son malos; es que la -religión es mala.</p> - -<p>—Tú no sabes lo que dices, Juan.</p> - -<p>—Cree lo que quieras. Yo estoy convencido; la religión es mala porque -es mentira.</p> - -<p>—Chico, me asombra oirte. Yo que te creía casi un santo. ¡Tú, el mejor -discípulo del curso! ¡El único que tenía verdadera fe, como decía el -padre Modesto!</p> - -<p>—El padre Modesto es un hombre de buen corazón, pero es un alucinado.</p> - -<p>—¿Tampoco crees en él? ¿Pero cómo has cambiado de ese modo?</p> - -<p>—Pensando, chico. Yo mismo no me he dado cuenta de ello. Cuando comencé -á estudiar el cuarto año con don Tirso Pulpon todavía tenía alguna fe. -Aquel año fué el del escándalo que dió el padre Pulpon con uno de los -chicos del primer curso, y te digo la verdad, para mí fué como si me -hubiesen dado una bofetada. Al mismo tiempo que con don Tirso, estudiaba -con el padre Belda, que como dice el lectoral, es un ignorante profeso. -El padre Belda le odia al padre Pulpon, porque Pulpon sabe más que él, y -encargó á otro chico y á mí que nos enteráramos de lo que había pasado. -Aquello fué como meterse en una letrina. ¡Yo qué había de sospechar lo -que pasaba! No sé si tú<a name="page_010" id="page_010"></a> lo sabrás; pero si no lo sabes, te lo digo: el -seminario es una porquería completa.</p> - -<p>—Sí, ya lo sé.</p> - -<p>—Un horror. Desde que me enteré de estas cosas, no sé lo que me pasó; -al principio sentí asombro; luego, una gran indignación contra toda esa -tropa de curas viciosos, que desacreditan su ministerio. Luego leí -libros, y pensé y sufrí mucho, y desde entonces ya no creo.</p> - -<p>—¿Libros prohibidos?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Últimamente, en la época de los exámenes, dibujé una caricatura -brutal, horrorosa, del padre Pulpon, y algún amiguito suyo se la -entregó. Estábamos á la puerta del seminario hablando, cuando se -presentó él: «¿Quién ha hecho esto», dijo enseñando el dibujo. Todos se -callaron; yo me quedé parado. «¿Lo has hecho tú?», me preguntó. Sí, -señor. «Bien, ya tendremos tiempo de vernos.» Te digo que con esa -amenaza los primeros días que estuve aquí no podía ni dormir. Estuve -pensando una porción de cosas para sustraerme á su venganza, hasta que -se me ocurrió que lo más sencillo era no volver al seminario.</p> - -<p>—Y esos libros que has leído, ¿qué dicen?</p> - -<p>—Explican cómo es la vida, la verdadera vida, que nosotros no -conocemos.</p> - -<p>—¡Mal haya ellos! ¿Cómo se llaman esos libros?<a name="page_011" id="page_011"></a></p> - -<p>—El primero que leí fué <i>Los Misterios de París</i>; después, <i>El judío -errante y Los Miserables</i>.</p> - -<p>—¿Son de Voltaire?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Martín sentía una gran curiosidad por saber qué decían aquellos libros.</p> - -<p>—¿Dirán barbaridades?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¡Cuenta! ¡Cuenta!</p> - -<p>En Juan habían hecho las lecturas una impresión tan fuerte, que -recordaba todo con los más insignificantes detalles. Comenzó á narrar lo -que pasaba en <i>Los Misterios de París</i>, y no olvidó nada; parecía haber -vivido con el Churiador y la Lechuza, con el Maestro de escuela, el -príncipe Rodolfo y Flor de María; los presentaba á todos con sus rasgos -característicos.</p> - -<p>Martín escuchaba absorto; la idea de que aquello estaba prohibido por la -Iglesia, le daba mayor atractivo; luego, el humanitarismo declamador y -enfático del autor, encontraba en Juan un propagandista entusiasta.</p> - -<p>Ya había cerrado la noche. Comenzaron los dos seminaristas á cruzar el -puente. El río turbio, rápido, de color de cieno, pasaba murmurando por -debajo de las fuertes arcadas, y más allá, desde una alta presa cercana, -se derrumbaba con estruendo, mostrando sobre su lomo<a name="page_012" id="page_012"></a> haces de caña y -montones de ramas secas.</p> - -<p>Y mientras caminaban por las calles del pueblo, Juan seguía contando. La -luz eléctrica brillaba en las vetustas casas, sobre los pisos -principales, ventrudos y salientes, debajo de los aleros torcidos, -iluminando el agua negra de la alcantarilla que corría por en medio del -barro. Y el uno contando y el otro oyendo, recorrieron callejas -tortuosas, pasadizos siniestros, negras encrucijadas...</p> - -<p>Tras de los héroes de Sue, fueron desfilando los de Victor Hugo, -monseñor Bienvenido, y Juan Valjean, Javert, Gavroche, Fantina, los -estudiantes y los bandidos de Patron Minette.</p> - -<p>Toda esta fauna monstruosa bailaba ante los ojos de Martín una terrible -danza macabra.</p> - -<p>—Después de esto—terminó diciendo Juan—he leído los libros de Marco -Aurelio y los Comentarios de César, y he aprendido lo que es la vida.</p> - -<p>—Nosotros no vivimos—murmuró con cierta melancolía Martín—. Es -verdad; no vivimos.</p> - -<p>Luego, sintiéndose seminarista, añadió:</p> - -<p>—Pero bueno; ¿tú crees que habrá ahora en el mundo un metafísico como -Santo Tomás?</p> - -<p>—Sí—afirmó categóricamente Juan.</p> - -<p>—¿Y un poeta como Horacio?</p> - -<p>—También.</p> - -<p>—Y entonces, ¿por qué no los conocemos?<a name="page_013" id="page_013"></a></p> - -<p>—Porque no quieren que los conozcamos. ¿Cuánto tiempo hace que escribió -Horacio? Hace cerca de dos mil años; pues bien, los Horacios de ahora se -conocerán en los seminarios dentro de dos mil años. Aunque dentro de dos -mil años ya no habrá seminarios.</p> - -<p>Esta conjetura, un tanto audaz, dejó á Martín pensativo. Era, sin duda, -muy posible lo que Juan decía. Tales podrían ser las mudanzas y truecos -de las cosas.</p> - -<p>Se detuvieron los dos amigos un momento en la plaza de la iglesia, cuyo -empedrado de guijarros manchaba á trozos la hierba verde. La pálida luz -eléctrica brillaba en los negros paredones de piedra, en los saledizos, -entre los lambrequines, cintas y penachos de los escudos labrados en los -chaflanes de las casas.</p> - -<p>—Eres muy valiente, Juan—murmuró Martín.</p> - -<p>—¡Bah!</p> - -<p>—Sí, muy valiente.</p> - -<p>Sonaron las horas en el reloj de la iglesia.</p> - -<p>—Son las ocho—dijo Juan—; me voy á casa. Tú mañana te vas, ¿eh?</p> - -<p>—Sí; ¿quieres algo para allá?</p> - -<p>—Nada. Si te preguntan por mí, diles que no me has visto.</p> - -<p>—¿Pero es tu última resolución?</p> - -<p>—La última.<a name="page_014" id="page_014"></a></p> - -<p>—¿Por qué no esperar?</p> - -<p>—No. Me he decidido ya á no retroceder nunca.</p> - -<p>—Entonces, ¿hasta cuándo?</p> - -<p>—No sé...; pero creo que nos volveremos á ver alguna vez. ¡Adiós!</p> - -<p>—Adiós; me alegraré que te vaya bien por esos mundos.</p> - -<p>Se dieron la mano. Juan salió por detrás de la iglesia al ejido del -pueblo, en donde había una gran cruz; luego bajó hacia el puente. -Martín, entró por una tortuosa callejuela, un tanto melancólico. Aquella -rápida visión de una vida intensa le había turbado el ánimo.</p> - -<p>Juan, en cambio, marchaba alegre y decidido. Tomó el camino de la -estación, que era el suyo. Una calma profunda envolvía el campo; la luna -brillaba en el cielo; una niebla azul se levantaba sobre la tierra -húmeda, y en el silencio de la noche apacible, sólo se oía el estruendo -de las aguas tumultuosas del río al derrumbarse desde la alta presa.</p> - -<p>Pronto vió Juan á lo lejos brillar entre la bruma un foco eléctrico. Era -de la estación. Estaba desierta; entró Juan en una obscura sala ocupada -por fardos y pellejos. Andaba por allí un hombre con una linterna.</p> - -<p>—¿Eres tú?—le dijo á Juan.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Qué has hecho que has venido tan tarde?<a name="page_015" id="page_015"></a></p> - -<p>—He estado despidiéndome de la gente.</p> - -<p>—Bueno; ya tienes preparado tu equipaje. ¿A qué hora vas á salir?</p> - -<p>—Ahora mismo.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>Juan entró en la casa de su tío, y luego en su cuarto; tomó un saco de -viaje y un morralillo, y salió al andén. Se oyó el timbre anunciando la -salida del tren de la estación inmediata, poco después un lejano -silbido. La locomotora avanzó, echando bocanadas de humo. Juan subió á -un coche de tercera.</p> - -<p>—Adiós, tío.</p> - -<p>—Adiós y recuerdos.</p> - -<p>Echó á andar el tren por el campo obscuro, como si tuviera miedo de no -llegar; á la media hora se detuvo en un apeadero desierto: un cobertizo -de cinc con un banco y un farol. Juan cogió su equipaje y saltó del -vagón. El tren inmediatamente siguió su marcha. La noche estaba fría; la -luna se había ocultado tras del lejano horizonte, y las estrellas -temblaban en el alto cielo; cerca se oía el rumor confuso y persistente -del río. Juan se acercó á la orilla y abrió su saco de viaje. Tanteando, -encontró su manteo, su tricornio y la beca, los libros de texto y los -apuntes. Volvió á meterlo todo, menos la ropa blanca, en el saco de -viaje, é introdujo, además, dentro, una piedra; luego, haciendo un -esfuerzo, tiró el bulto al agua, y<a name="page_016" id="page_016"></a> el manteo, el tricornio, la beca, -los apuntes, la metafísica y la teología, fueron á parar al fondo del -río. Hecho esto se alejó de allí, y tomó por la carretera.</p> - -<p>—Siempre adelante—murmuró—. No hay que retroceder.</p> - -<p> </p> - -<p>Toda la noche estuvo caminando, sin encontrar á nadie; al amanecer se -cruzó con una fila de carretas de bueyes, cargadas de madera aserrada y -de haces de jara y de retama; por delante de cada yunta, con la ijada al -hombro, marchaban mujeres, cubierta la cabeza con el refajo.</p> - -<p>Se enteró Juan por ellas del camino que debía seguir, y cuando el sol -comenzó á calentar, se tendió en la oquedad de una piedra, sobre las -hojas secas. Se despertó al medio día, comió un poco de pan, bebió agua -en un arroyo, y antes de comenzar la marcha, leyó un trozo de los -<i>Comentarios</i>, de César.</p> - -<p>Reconfortado su espíritu con la lectura, se levantó y siguió andando. En -la soledad, su espíritu atento encontró el campo lleno de interés. ¡Qué -diversas formas! ¡Qué diversos matices de follaje presentaban los -árboles! Unos, altos, robustos, valientes; otros, rechonchos, -achaparrados; unos, todavía verdes; otros, amarillos; unos, rojos, de -cobre; otros, desnudos de follaje, descarnados como esqueletos; cada -uno<a name="page_017" id="page_017"></a> de ellos, según su clase, tenía hasta un sonido distinto al ser -azotado por el viento: unos, temblaban con todas sus ramas, como un -paralítico con todos sus miembros; otros, doblaban su cuerpo en una -solemne reverencia; algunos, rígidos é inmóviles, de hoja verde, -perenne, apenas se estremecían con las ráfagas de aire. Luego el sol -jugueteaba entre las hojas, y aquí blanqueaba y allí enrojecía, y en -otras partes parecía abrir agujeros de luz entre las masas de follaje. -¡Qué enorme variedad! Juan sentía despertarse en su alma, ante el -contacto de la Naturaleza, sentimientos de una dulzura infinita.</p> - -<p>Pero no quería abandonarse á su sentimentalismo, y durante el día dos ó -tres veces leía en alta voz los <i>Comentarios</i>, de César, y esta lectura -era para él una tonificación de la voluntad...</p> - -<p>Una mañana cruzaba de prisa un húmedo helechal, cuando se le presentaron -dos guardas armados de escopeta, seguidos de perros y de una bandada de -chiquillos. Los perros husmearon entre las hierbas, aullando, pero no -encontraron nada; uno de los muchachos, dijo:</p> - -<p>—Aquí hay sangre.</p> - -<p>—Entonces alguien ha cobrado la pieza—exclamó uno de los -guardas.—Será éste—y abalanzándose á Juan le asió fuertemente del -brazo—. ¿Tú has cogido una liebre muerta aquí?<a name="page_018" id="page_018"></a></p> - -<p>—Yo, no—contestó Juan.</p> - -<p>—Sí; tú la has cogido. Tráela—y el guarda le agarró á Juan de una -oreja.</p> - -<p>—Yo no he cogido nada. Suelte usted.</p> - -<p>—Registradle.</p> - -<p>El otro guarda le sacó el morral y lo abrió. No había nada.</p> - -<p>—Entonces la has escondido—dijo el primer guarda, sujetándole á Juan -del cuello—. Dí dónde está.</p> - -<p>—Que digo que yo nada he cogido—exclamó Juan, sofocado y lleno de ira.</p> - -<p>—Ya lo confesarás—murmuró el guarda quitándose el cinturón y -amenazándole con él.</p> - -<p>Los chicos que acompañaban á los guardas en el ojeo, rodearon á Juan, -riéndose. Este se preparó para la defensa. El guarda, algo asustado, se -detuvo. En esto se acercó al grupo un señor, vestido de pana, con -pantalón corto, polainas y sombrero ancho blanco.</p> - -<p>—¿Qué se hace?—gritó furioso—. Aquí estamos esperando. ¿Por qué no se -sigue el ojeo?</p> - -<p>El guarda explicó lo que pasaba.</p> - -<p>—Darle una buena azotaina—dijo el señor.</p> - -<p>Se iba á proceder á lo mandado, cuando un chico vino corriendo á decir -que había pasado, á campo traviesa, un hombre escotero, con una liebre -en la mano.</p> - -<p>—Entonces no era éste el ladrón. Vámonos.</p> - -<p>—¡Por Cristo, que si alguna vez puedo—gritó<a name="page_019" id="page_019"></a> Juan al guarda—, me he -de vengar cruelmente!</p> - -<p>Corriendo, devorando lágrimas de rabia, atravesó el helechal hasta salir -al camino: no había andado cien pasos, cuando vió de pie, con la -escopeta en la mano, al hombre vestido de cazador.</p> - -<p>—No pases—le gritó éste.</p> - -<p>—El camino es de todos—contestó Juan y siguió andando.</p> - -<p>—Que no pases, te digo.</p> - -<p>Juan no hizo caso; adelantó con la cabeza erguida, sin mirar atrás. En -esto sonó una detonación, y Juan sintió un dolor ligero en el hombro. Se -llevó la mano por encima de la chaqueta y vió que tenía sangre.</p> - -<p>—¡Canalla! ¡Bandido!—gritó.</p> - -<p>—Te lo había dicho. Así aprenderás á obedecer—contestó el cazador.</p> - -<p>Siguió Juan andando. El hombro le iba doliendo cada vez más.</p> - -<p>Le quedaban todavía unos céntimos, y llamó en una venta que encontró en -el camino. Entró en el zaguán y contó lo que le había pasado. La ventera -le trajo un poco de agua para lavarse la herida, y después le llevó á un -pajar. Había allí otro hombre tendido, y al oir quejarse á Juan, le -preguntó lo que tenía. Se lo contó Juan y el hombre dijo:</p> - -<p>—Vamos á ver qué es eso.<a name="page_020" id="page_020"></a></p> - -<p>Tomó el farol que había dejado la ventera en el dintel del pajar, y le -reconoció la herida.</p> - -<p>—Tienes tres perdigones. Descansa unos días y te se cura esto.</p> - -<p>Juan no pudo dormir con el dolor en toda la noche. A la mañana -siguiente, al rayar el alba, se levantó y salió de la venta.</p> - -<p>El hombre que dormía en el pajar le dijo:</p> - -<p>—Pero ¿á dónde vas?</p> - -<p>—Adelante; no me paro por esto.</p> - -<p>—¡Eres valiente! Vamos andando.</p> - -<p>Tenía Juan el hombro hinchado y le dolía al andar; pero después de una -caminata de dos horas, ya no sintió el dolor. El hombre del pajar era un -vagabundo.</p> - -<p>Al cabo de un rato de marcha, le dijo á Juan:</p> - -<p>—Siento que por mi causa te hayan jugado una mala partida.</p> - -<p>—¿Por su causa?—preguntó Juan.</p> - -<p>—Sí; yo me llevé la liebre. Pero hoy la comeremos los dos.</p> - -<p>Efectivamente, al llegar al cauce de un río, el vagabundo encendió fuego -y guisó un trozo de la liebre. La comieron los dos, y siguieron andando.</p> - -<p>Cerca de una semana pasó Juan con el vagabundo. Era éste un tipo vulgar, -mitad mendigo, mitad ladrón; poco inteligente, pero hábil. No tenía más -que un sentimiento fuerte, el<a name="page_021" id="page_021"></a> odio por el labrador, unido á un instinto -anti-social enérgico. En un pueblo donde se celebraba una feria, el -vagabundo, reunido con unos gitanos, desapareció con ellos...</p> - -<p>Un día estaba Juan sentado en la hierba, al borde de un sendero, -leyendo, cuando se le presentaron dos guardias civiles.</p> - -<p>—¿Qué hace usted aquí?—le preguntó uno de ellos.</p> - -<p>—Voy de camino.</p> - -<p>—¿Tiene usted cédula?</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—Entonces venga usted con nosotros.</p> - -<p>—Vamos allá.</p> - -<p>Metió Juan el libro en el bolsillo, se levantó y echaron los tres á -andar. Uno de los guardias tenía grandes bigotes amenazadores y el ceño -terrible; el otro parecía un campesino. De pronto, el de los bigotes, -mirando á Juan de un modo fosco, le preguntó:</p> - -<p>—Tú te habrás escapado de casa, ¿eh?</p> - -<p>—Yo, no, señor.</p> - -<p>—¿A dónde vas?</p> - -<p>—A Barcelona.</p> - -<p>—¿Así, andando?</p> - -<p>—No tengo dinero.</p> - -<p>—Mira, dinos la verdad, y te dejamos marchar.</p> - -<p>—Pues la verdad es que soy estudiante de cura y he ahorcado los -hábitos.<a name="page_022" id="page_022"></a></p> - -<p>—Has hecho bien—gritó el de los bigotes.</p> - -<p>—¿Y por qué no quieres ser cura?—preguntó el otro—. Es un bonito -empleo.</p> - -<p>—No tengo vocación.</p> - -<p>—Además, le gustarán las chicas—añadió el bigotudo—. Y tus padres, -¿qué han dicho á eso?</p> - -<p>—No tengo padre ni madre.</p> - -<p>—¡Ah!, entonces... entonces es otra cosa... estás en tu derecho.</p> - -<p>Al decir esto el de los bigotes sonrió. A primera vista era un hombre -imponente, pero al hablar se le notaba en los ojos y en la sonrisa una -gran expresión de bondad.</p> - -<p>—¿Y qué vas á hacer en Barcelona?</p> - -<p>—Quiero ser dibujante.</p> - -<p>—¿Sabes algo ya del oficio?</p> - -<p>—Sí; algo sé.</p> - -<p>Fueron así charlando, atravesaron unos pinares en donde el sol brillaba -espléndido, y se acercaron á un pueblecillo que en la falda de una -montaña se asentaba. Juan, á su vez, hizo algunas preguntas acerca del -nombre de las plantas y de los árboles á los guardias. Se veía que los -dos habían trocado el carácter adusto y amenazador del soldado por la -serenidad y la filosofía del hombre del campo.</p> - -<p>Al entrar en una calzada en cuesta, que llevaba al pueblo, se les acercó -un hombre á caballo, ya viejo, y con boína.<a name="page_023" id="page_023"></a></p> - -<p>—Hola, señores. ¡Buenas tardes!—dijo.</p> - -<p>—Hola, señor médico.</p> - -<p>—¿Quién es este muchacho?</p> - -<p>—Uno que hemos encontrado en el camino leyendo.</p> - -<p>—¿Lo llevan ustedes preso?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>El médico hizo algunas preguntas á Juan y éste le explicó á donde iba y -lo que pensaba hacer; y hablando todos juntos, llegaron al pueblo.</p> - -<p>—Vamos á ver tus habilidades—dijo el médico—. Entraremos aquí, en -casa del alcalde.</p> - -<p>La casa del alcalde era una de esas tiendas de pueblo en donde se vende -de todo, y además era posada y taberna.</p> - -<p>—Danos una hoja de papel blanco—dijo el médico á la muchacha del -mostrador.</p> - -<p>—No hay—contestó ella muy desazonada.</p> - -<p>—¿Habrá un plato?—preguntó Juan.</p> - -<p>—Sí, eso sí.</p> - -<p>Trajeron un plato y Juan lo ahumó con el candil. Después cogió una -varita, la hizo punta y comenzó á dibujar con ella. El médico, los dos -guardias y algunos otros que habían entrado, rodearon al muchacho y se -pusieron á mirar lo que hacía, con verdadera curiosidad. Juan dibujó la -luna entre nubes y el mar iluminado por ella, y unas lanchitas con las -velas desplegadas.<a name="page_024" id="page_024"></a></p> - -<p>La obra produjo verdadera admiración entre todos.</p> - -<p>—No vale nada—dijo Juan—; todavía no sé.</p> - -<p>—¿Cómo que no vale nada?—replicó el médico—. Está muy bien. Yo me -llevo esto. Vete mañana á mi casa. Tienes que hacerme dos platos como -éste y además un dibujo grande.</p> - -<p>Los dos guardias también querían que Juan les pintase un plato, pero -había de ser igual que el del médico, con la misma luna y las mismas -nubes, y las mismas lanchitas.</p> - -<p>Durmió Juan en la posada y al día siguiente fué á casa del médico, el -cual le dió una fotografía para que la copiase en tamaño grande. Tardó -unos días en hacer su obra. Mientras tanto, comió en casa del médico. -Era este señor viudo y tenía siete hijos. La mayor, una muchacha de la -edad de Juan, con una larga trenza rubia, se llamaba Margarita y hacía -de ama de casa. Juan le contó ingenuamente su vida. Al cabo de una -semana de estar allí, al despedirse de todos, le dijo á Margarita con -cierta solemnidad:</p> - -<p>—Si consigo alguna vez lo que quiero, la escribiré á usted.</p> - -<p>—Bueno—contestó ella riéndose.</p> - -<p>Antes de su salida del pueblo fué Juan á despedirse también de los dos -guardias.</p> - -<p>—¿Vas á ir por el monte ó por la carretera?—le preguntó el de los -bigotes.<a name="page_025" id="page_025"></a></p> - -<p>—No sé.</p> - -<p>—Si vas por el monte, nosotros te enseñaremos el camino.</p> - -<p>—Entonces iré por el monte.</p> - -<p>Al amanecer, después de una noche de insomnio, sobre el duro saco de -paja, se levantó Juan; en la cocina de la venta estaban ya los guardias. -Salieron los tres. Aún no había amanecido cuando comenzaron á subir por -un camino en zig-zag lleno de piedras blancas que escalaba el monte -entre encinas corpulentas de hojas rojizas. Salió el sol; desde una -altura se veía el pueblo en el fondo de un valle estrecho; Juan buscó -con la mirada la casa del médico; en una de las ventanas había una -figura de mujer. Juan sacó su pañuelo y lo hizo ondear en el aire; luego -se secó disimuladamente una lágrima... Siguieron andando; desde allá el -sendero corría en línea recta por el declive de una falda cubierta de -césped en la que los rebaños blancos y negros pastaban al sol; luego las -sendas se dividían y se juntaban camino adelante. Encontraron al paso un -viejo harapiento, con las guedejas largas y la barba hirsuta. Iba -descalzo, apenas vestido, y llevaba una piedra al hombro. Le llamaron -los dos guardias, el hombre miró de través y siguió andando.</p> - -<p>—Es un inocente—dijo el de los bigotes—ahí abajo vive solo con su -perro—y mostró<a name="page_026" id="page_026"></a> una casa de ganado, con una huerta limitada por una -tapia baja hecha de grandes piedras.</p> - -<p>Al final del sendero que atravesaba el declive, el camino se torcía y -entraba por unos pinares hasta terminar junto al lecho seco de un -torrente lleno de ramas muertas. Los guardias y Juan comenzaron á subir -por allá. Era la ascensión fatigosa. Juan, rendido, se paraba á cada -instante, y el guardia de los bigotes le gritaba con voz campanuda:</p> - -<p>—No hay que pararse. Al que se pare le voy á dar dos palos—y después -añadía riendo y haciendo molinetes con una garrota que acababa de -cortar:—¡Arriba, chiquito!</p> - -<p>Terminó la subida por el lecho del torrente y pudieron descansar en un -abrigadero de la montaña. Se divisaban desde allá extensiones sin -límites, cordilleras lejanas como murallas azules, sierras desnudas de -color de ocre y de color de rosa, montes apoyados unos en otros. El sol -se había ocultado; algunos nubarrones violáceos avanzaban lentamente por -el cielo azul.</p> - -<p>—Tendrás que volver con nosotros, chiquito—dijo el guardia de los -bigotes—; se barrunta la borrasca.</p> - -<p>—Yo sigo adelante—dijo Juan.</p> - -<p>—¿Tanta prisa tienes?</p> - -<p>—Sí, no quiero volver atrás.</p> - -<p>—Entonces no esperes, vete de prisa á ganar<a name="page_027" id="page_027"></a> aquella quebrada. -Pasándola, poco después hay un chozo donde podrás guarecerte.</p> - -<p>—Bueno. ¡Adiós!</p> - -<p>—¡Adiós, chiquito!</p> - -<p>Juan estaba cansado, pero se levantó y comenzó á subir la última -estribación del monte por una escabrosa y agria cuesta.</p> - -<p>—No hay que retroceder nunca—murmuró entre dientes.</p> - -<p>Los nubarrones iban ocultando el cielo; el viento venía denso, húmedo, -lleno de olor de tierra; en las laderas, las ráfagas de aire rizaban la -hierba amarillenta; en las cumbres, apenas movían las copas de los -árboles de hojas rojizas. Luego, las faldas de los montes se borraron -envueltas en la niebla; el cielo se obscureció más; pasó una bandada de -pájaros gritando.</p> - -<p>Comenzaron á oirse á lo lejos los truenos, algunas gruesas gotas de agua -sonaron entre el follaje, las hojas secas danzaron frenéticas de aquí -para allá, corrían en pelotón por la hierba, saltaban por encima de las -malezas, es calaban los troncos de los árboles, caían y volvían á rodar -por los senderos... de repente un relámpago formidable desgarró con su -luz el aire, y al mismo tiempo, una catarata comenzó á caer de las -nubes. El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer -aplastarlos contra el suelo.<a name="page_028" id="page_028"></a></p> - -<p>Juan llegó á la parte más alta del monte, un callejón entre paredes de -roca. Las bocanadas de viento encajonado no le dejaban avanzar.</p> - -<p>Los relámpagos se sucedían sin intervalos; el monte, continuamente lleno -de luz, temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad y parecía que -iba á hacerse pedazos.</p> - -<p>—No hay que retroceder—se decía Juan á sí mismo.</p> - -<p>La hermosura del espectáculo le admiraba en vez de darle terror; en las -puntas de los hastiales de ambos lados de esquistos agudos caían los -rayos como flechas.</p> - -<p>Juan siguió á la luz de los relámpagos á lo largo de aquel desfiladero -hasta encontrar la salida.</p> - -<p>Al llegar aquí, se detuvo á descansar un instante. El corazón le latía -con violencia; apenas podía respirar.</p> - -<p>Ya la tempestad huía; abajo, por la otra parte de la quebrada, se veía -brillar el sol sobre la mancha verde de los pinares... el agua clara y -espumosa corría á buscar los torrentes; entre las masas negruzcas de las -nubes aparecían jirones de cielo azul.</p> - -<p>—Adelante siempre—murmuró Juan. Y siguió su camino.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_029" id="page_029"></a></p> - -<h2><a name="PRIMERA_PARTE" id="PRIMERA_PARTE"></a>PRIMERA PARTE</h2> - -<h3><a name="CAPITULO_I-a" id="CAPITULO_I-a"></a>CAPÍTULO I</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Un barrio sepulcral.—Divagaciones trascendentales.—Electricidad y -peluquería.—Tipos raros, buenas personas.</p></div> - -<p>La casa estaba en una plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de -Magallanes, cerca de unos antiguos y abandonados cementerios. Limitaban -la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una -curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en una larga -tapia. Este edificio amarillo, con una bóveda pizarrosa y un tinglado de -hierro con una campana, era, á juzgar por un letrero medio borrado, la -parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.</p> - -<p>A derecha y á izquierda de esta iglesia, seguía una tapia medio -derruida; á la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña, -por cuyas rendijas se veía un cementerio con los nichos vacíos y las -arcadas ruinosas; á la derecha, en cambio, la pared, después de limitar -la plazoleta, se torcía en ángulo obtuso formando uno de los lados de la -calle de Magallanes,<a name="page_030" id="page_030"></a> para lo cual se unía á las verjas, paredones, -casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras otros. -Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San -Luis y San Ginés y la Patriarcal.</p> - -<p>Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veían en un -cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San -Martín, que se destacaban rígidas en el horizonte.</p> - -<p>Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrían presentar méritos -tan altos, tan preeminentes para obtener los títulos de sepulcral y de -fúnebre, como la de Magallanes.</p> - -<p>En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda -mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de -Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente -fúnebre, de una funebridad única é indivisible. Solamente podía -parangonarse en especialización con ella alguna que otra callejuela de -barrios bajos y la calle de la Justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre -todo, dedicada galantemente á la diosa de las labores agrícolas, con sus -casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle resto -del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la -boca, que se hablan de puerta á puerta, acarician á los niños, echan -céntimos á los organilleros y se entusiasman<a name="page_031" id="page_031"></a> y lloran oyendo cantar -canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la -comparación con aquélla, podía llamarse sin protesta alguna calle del -Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia el nombre de -calle de la Muerte.</p> - -<p>Otra cualidad un tanto paradójica unía á estas dos calles, y era que así -como la de Ceres á fuerza de ser francamente amorosa recordaba el -sublimado corrosivo y á la larga la muerte, así la de Magallanes por ser -extraordinariamente fúnebre parecía á veces una calle jovial, y no era -raro ver en ella á algún obrero cargado de vino ó alguna pareja de -golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.</p> - -<p>La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una -parte baja por donde corría ésta y otra á un nivel más alto que formaba -como un raso delante de la parroquia. En este raso ó meseta, con una -gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la -vecindad.</p> - -<p>Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran -viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas -numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente -había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.<a name="page_032" id="page_032"></a></p> - -<p>Tenía la tal casucha un tejado saliente y alabeado, una puerta de -entrada en medio, á un lado de ésta una barbería y al otro una ventana -con una reja.</p> - -<p>Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la -tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y -remozado; los balcones, con sus cortinillas blancas y sus macetas de -geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y -prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un -chambergo.</p> - -<p>La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía:</p> - -<div class="blockquot"> -<p class="c">LA ANTISÉPTICA<br /> -PELUQUERÍA ARTÍSTICA</p> -</div> - -<p>En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas: -en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual -manaba un surtidor rojo, que iba á parar con una exactitud matemática al -fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de -cintas obscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el -observador se aventuraba á suponer si el artista habría tratado de -representar un vivero de esos anélidos, vulgarmente llamados -sanguijuelas.</p> - -<p>¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas<a name="page_033" id="page_033"></a> reflexiones -médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías!</p> - -<p>Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con -rejas, escrito con letras negras se leía:</p> - -<div class="blockquot"> -<p class="c">REBOLLEDO<br /> - - MECÁNICO-ELECTRICISTA<br /> - - SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES,<br /> - - TIMBRES, MOTORES, DÍNAMOS<br /> - - LA ENTRADA POR EL PORTAL</p> -</div> - -<p>Y para que no hubiera lugar á dudas, una mano con ademán imperativo -mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inútil, porque no había más -portal que aquél en la casa.</p> - -<p>Los tres balcones del único piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban -atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde antes de -llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listón -saliente de madera; de este modo, la persiana no cubría completamente el -balcón y dejaba al descubierto un letrero que decía:</p> - -<div class="blockquot"> -<p class="c">BORDADORA<br /> -SE DAN LECCIONES</p> -</div> - -<p>El zaguán de la casa era bastante ancho, en el fondo una puerta daba á -un corralillo, á un lado partía una recia escalera de pino, muy vieja, -en donde resonaban fuertemente los pasos.<a name="page_034" id="page_034"></a></p> - -<p>Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con -grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de -escombros.</p> - -<p>Después, la calle quedaba silenciosa y en las horas del día no -transitaba por ella más que gente aviesa y maleante.</p> - -<p>Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra, -contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la -cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por -aquellos campos baldíos.</p> - -<p>Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos -llenaban la plaza; pasaban los obreros de vuelta del Tercer Depósito, en -donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del Poniente -se obscurecían y las estrellas comenzaban á brillar en el cielo, se oía -melancólico y dulce el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras...</p> - -<p> </p> - -<p>Una tarde de Abril, en el taller de Rebolledo, el mecánico electricista, -Perico y Manuel charlaban.</p> - -<p>—¿No salís hoy?—preguntó Perico.</p> - -<p>—¿Quién sale con este tiempo? Va á llover otra vez.</p> - -<p>—Sí, es verdad.<a name="page_035" id="page_035"></a></p> - -<p>Manuel se acercó á mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el -ambiente gris; el humo de una fábrica salía de la alta chimenea y -envolvía la torre de ladrillo y la cúpula pizarrosa de una iglesia -cercana. El lodo cubría el raso de la parroquia de los Dolores, y en la -calle de Magallanes el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de -los carros, tenía profundos surcos llenos de agua.</p> - -<p>—¿Y la Salvadora?—preguntó Perico.</p> - -<p>—Bien.</p> - -<p>—¿Ya está mejor?</p> - -<p>—Sí. No fué nada... un vahído.</p> - -<p>—Trabaja mucho.</p> - -<p>—Sí; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.</p> - -<p>—Vais á haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco.</p> - -<p>—¡Pchs!... no sé.</p> - -<p>—¡Bah!... que no sabes...</p> - -<p>—No. Que esas deben tener algún dinero guardado, sí; pero no se -cuánto... para emprender algo; nada.</p> - -<p>—¿Y qué emprenderías tú si tuvieras dinero?</p> - -<p>—¡Hombre!... tomaría una imprenta.</p> - -<p>—¿Y qué le parece eso á la Salvadora?</p> - -<p>—Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con -voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna máquina que se -vende, ó algún local que se<a name="page_036" id="page_036"></a> alquila, me hace ir á verlos... Pero -todavía eso está muy lejos; quizás, tiempo adelante, podamos hacer algo.</p> - -<p>Manuel volvió á mirar distraído por la ventana, mientras Perico le -contemplaba con curiosidad. Comenzó á llover, cayeron gruesas gotas como -perlas de acero que saltaron en el agua negra de los charcos; poco -después una ráfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se -aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió á nublarse y el taller de Perico -Rebolledo quedó á obscuras.</p> - -<p>Manuel seguía con la vista los cambios de forma del humo negrísimo -espirado por la chimenea de la fábrica; unas veces subía á borbotones -oblicuamente en el aire gris; otras era una humareda tenue que rebasaba -los bordes del tubo como el agua en un surtidor sin fuerza y se -derramaba por las paredes de la chimenea; otras subía como una columna -recta al cielo y cuando venía una ráfaga huracanada el viento parecía -arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensión -del espacio.</p> - -<p>El cuarto en donde hablaban Perico y Manuel era el taller del -electricista, un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de -barco. En la ventana, sobre el alféizar, había un cajón lleno de tierra -en donde nacía una parra que salía al exterior por un agujero de<a name="page_037" id="page_037"></a> la -madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y unido á ésta, -un banco de carpintero con un tornillo de presión. A un lado de la -ventana, en la pared, había un reloj de pesas, de madera pintarrajeada, -y al otro lado una librería alta con unos cuantos tomos y en el último -estante un busto de yeso que desde la altura en que se encontraba miraba -con cierto olímpico desdén á todo el mundo. Había además en las paredes -un cuadro para probar lamparillas eléctricas, dos ó tres mapas, fajos de -cordones flexibles, y en el fondo, un viejísimo y voluminoso armario -desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de -porcelana, se advertía un aparato extraño cuya aplicación práctica era -difícil de comprender al primer golpe de vista y quizás también al -segundo.</p> - -<p>Era un artificio mecánico movido por la electricidad, que Perico tuvo en -el escaparate durante mucho tiempo como anuncio de su profesión. Un -motor eléctrico movía una bomba, ésta sacaba el agua de una cubeta de -cinc y la echaba á un depósito de cristal colocado en alto; de aquí el -agua pasaba por un canalillo y después de mover una rueda caía á la -cubeta de cinc de donde había partido. Esta maniobra continua del -aparato atraía continuamente un público de chiquillos y de vagos. Por -último, Perico se cansó de exhibirlo, porque se<a name="page_038" id="page_038"></a> colocaban los grupos -delante de la ventana y le quitaban la luz.</p> - -<p> </p> - -<p>—Sí, hombre—dijo Perico después de un largo rato de silencio—, debías -establecerte cuanto antes y casarte.</p> - -<p>—¡Casarme! ¿Con quién?</p> - -<p>—¡Toma! ¿con quién? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tú y -ella... podéis vivir al pelo.</p> - -<p>—Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico—dijo Manuel—¿Tú la -entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algún cariño, porque soy -de la casa, como al gato; pero en lo demás...</p> - -<p>—¿Y tú?</p> - -<p>—Hombre, yo no sé si la quiero ó no.</p> - -<p>—¿Aún te acuerdas de la otra?</p> - -<p>—Al menos aquella me quería.</p> - -<p>—Lo que no impidió que te dejara; la Salvadora te quiere.</p> - -<p>-¡Qué sé yo!</p> - -<p>—No digas. Si no hubiese sido por ella, ¿dónde estarías tú?</p> - -<p>—Estaría hecho un golfo.</p> - -<p>—Me parece.</p> - -<p>—Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.</p> - -<p>—¿Y tú no tienes más que agradecimiento por ella?<a name="page_039" id="page_039"></a></p> - -<p>—No lo sé, la verdad. Yo creo que por ella sería capaz de hacer -cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi -como si fuera mi madre.</p> - -<p>Manuel calló, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado y -un amigo suyo entraron en el taller.</p> - -<p>Eran los recién venidos un par de tipos extravagantes; llevaba -Rebolledo, padre, un sombrero hongo de color café con leche con una gran -gasa negra, una chaqueta casi morada, unos pantalones casi amarillentos, -del color de la bandera de la peste y un bastón de caña con puño de -cuerno.</p> - -<p>El amigo era un viejecillo con aire de zorro, de ojos chiquitos y -brillantes, nariz violácea surcada por rayas venosas y bigote corto y -canoso. Iba endomingado. Vestía una chaqueta de un paño duro como -piedra, un pantalón de pana, un bastón hecho con cartas con una bola de -puño y en el chaleco una cadena de reloj adornada con dijes. Este hombre -se llamaba Canuto, el señor Canuto, y vivía en una de las casas anejas -al cementerio de la Patriarcal.</p> - -<p>—¿No está tu hermana?—preguntó Rebolledo el barbero á Manuel.</p> - -<p>—No; ya ve usted.</p> - -<p>—Pero bajará.</p> - -<p>—Creo que sí.</p> - -<p>—La voy á llamar.<a name="page_040" id="page_040"></a></p> - -<p>El jorobado salió al portal y gritó varias veces:</p> - -<p>—¡<i>Señá</i> Ignacia! ¡<i>Señá</i> Ignacia!</p> - -<p>—Ya vamos—contestaron de arriba.</p> - -<p>—¿Tú querrás jugar?—preguntó el barbero á Manuel.</p> - -<p>—Hombre... la verdad; no me distrae.</p> - -<p>—¿Y tú?—añadió, dirigiéndose á su hijo.</p> - -<p>—No, padre, no.</p> - -<p>—Bueno; como quieras.</p> - -<p>—A éstos no les gustan las diversiones manuales—dijo muy serio el -señor Canuto.</p> - -<p>—¡Pchs! si no somos más que tres, jugaremos al tute arrastrado—murmuró -el barbero.</p> - -<p>Se presentó la Ignacia en el cuarto, una mujer de treinta á cuarenta, -muy esmirriada, y poco después entró la Salvadora.</p> - -<p>—¿Y Enrique?—la dijo Manuel.</p> - -<p>—En el patio de al lado, jugando.</p> - -<p>—¿Quieres echar una partida?—preguntó Rebolledo á la muchacha.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—Entonces somos dos contra dos.</p> - -<p>—Ya la han pescado á usted—dijo Perico á la Salvadora—; la -compadezco.</p> - -<p>—Tú cállate—exclamó el barbero—; estos muchachos son unos sosos. -Anda, siéntate aquí, Salvadora. Tú y yo en contra de la <i>señá</i> Ignacia y -del señor Canuto. Les vamos á ganar; ya verás... y eso que son dos -marrajos.<a name="page_041" id="page_041"></a> Corte usté, <i>señá</i> Ignacia... Vamos allá. Los dos hombres y -la Ignacia jugaban con gran atención; la Salvadora se distraía, pero -ganaba.</p> - -<p>Mientras tanto, Perico y Manuel hablaban cerca de la ventana. Sonaba en -la calle el gotear de la lluvia densa y ruidosa. Perico explicaba las -cosas que tenía en estudio, entre las cuales había una que se figuraba -haber ya resuelto y que era la simplificación de los arcos voltaicos; -pensaba pedir una patente para explotar su invento.</p> - -<p>Hablaba el electricista con Manuel, pero no dejaba de contemplar á la -Salvadora con una mirada humilde llena de entusiasmo. En esto, apareció -en el cristal de la ventana una cabeza que estuvo largo rato mirando -hacia adentro.</p> - -<p>—¿Quién es ese fisgón?—preguntó Rebolledo.</p> - -<p>Manuel se asomó á la ventana. Era un joven vestido de negro, delgado, -con un sombrero puntiagudo en la cabeza y el pelo largo. El joven -retrocedió hasta el medio de la calle para mirar la casa.</p> - -<p>—Parece que anda buscando algo—dijo Manuel.</p> - -<p>—¿Quién es?—preguntó la Salvadora.</p> - -<p>—Un tipo raro con melena, que anda por ahí mojándose—contestó Perico.</p> - -<p>La Salvadora se levantó para verle.<a name="page_042" id="page_042"></a></p> - -<p>—Será algún pintor—dijo.</p> - -<p>—Mal tiempo ha escogido para pintar—repuso el señor Canuto.</p> - -<p>El joven, después de mirar y remirar la casa, se decidió á meterse en el -portal.</p> - -<p>—Vamos á ver lo que quiere—murmuró Manuel, y abriendo la puerta del -cuarto salió al zaguán en donde estaba el joven de las melenas, seguido -de un perro negro de lanas finas y largas.</p> - -<p>—¿Vive aquí Manuel Alcázar?—preguntó el joven de las melenas, con -ligero acento extranjero.</p> - -<p>—¡Manuel Alcázar! ¡Soy yo!</p> - -<p>—¿Tú?... Es verdad... ¿No me conoces? Soy Juan.</p> - -<p>—¿Qué Juan?</p> - -<p>—Juan... tu hermano.</p> - -<p>—¿Tú eres Juan? ¿Pero de dónde vienes? ¿De dónde has salido?</p> - -<p>—Vengo de París, chico; pero déjame que te vea—y Juan llevó á Manuel -hasta la calle. Sí, ahora te reconozco—le dijo y le abrazó, echándole -los brazos al cuello—pero ¡cómo has variado! ¡qué distinto estás!</p> - -<p>—Tú en cambio estás igual, y hace ya quince años que no nos hemos -visto.</p> - -<p>—¿Y las hermanas?</p> - -<p>—Una vive conmigo. Anda, sube á casa.</p> - -<p>Manuel, azorado con la llegada imprevista<a name="page_043" id="page_043"></a> de su hermano, le acompañó -hasta el piso principal.</p> - -<p>Rebolledo, el señor Canuto y los demás, desde la puerta del taller -presenciaron la entrevista con el mayor asombro.<a name="page_044" id="page_044"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_II-a" id="CAPITULO_II-a"></a>CAPÍTULO II</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">La vida de Manuel.—Las tertulias del enano.—El señor Canuto y su -fraseología.</p></div> - -<p>Manuel había llegado á encarrilarse, á reglamentar su trabajo y su vida. -El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones. -Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la -Ignacia, la hermana de Manuel, se quedó viuda. La Ignacia no tenía -medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse y con sus -lamentaciones convenció á su hermano de que viviera con ella.</p> - -<p>La Salvadora se fué con la Fea, á la que consideraba como su hermana; -pero á los pocos días salió de la casa porque Jesús no la dejaba á sol y -á sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él. -Entonces la Salvadora fué á vivir con Manuel y con la Ignacia.</p> - -<p>Pactaron que ella daría una parte á la Ignacia para la comida de su -hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de -Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde -trabajaba Manuel.<a name="page_045" id="page_045"></a></p> - -<p>Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fué la -depositaria del dinero y la Ignacia la que llevaba el peso de la casa y -hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso.</p> - -<p>Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la -Salvadora y la Fea habían puesto entre las dos una tienda de -confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba -todas las mañanas á la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa. -Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de -bordado y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y al cabo de los -cuatro ó cinco meses iban por la tarde cerca de veinte chiquillas con -sus bastidores á aprender á bordar.</p> - -<p>Este trabajo de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche -en casa, y la falta de sueño, tenían á la muchacha flaca y con grandes -ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había -dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que -persistía en ella era su afición al trabajo. A los veinte años, la -Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiese -podido rodear una liga, y la cabeza pequeña.</p> - -<p>Tenía la nariz corta, los ojos obscuros grandes, el perfil recto y la -barbilla algo saliente, lo<a name="page_046" id="page_046"></a> que le daba un aspecto de dominio y de -tesón. Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le -ocultaba la frente, y esto contribuía á darle un aire más imperioso.</p> - -<p>Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y -sonreía variaba por encanto.</p> - -<p>Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez, que -despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero á -veces sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan -punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un -cuchillo.</p> - -<p>Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la -ironía y la gracia, otras como un sufrimiento lánguido, contenido, -producía á la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de -aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres -enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la -casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas, -palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y -un gatito rojo, que se llamaba Roch.</p> - -<p>Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la -calle Ancha y esperaba á la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos, -hablando, bromeando, casi todas<a name="page_047" id="page_047"></a> muy peripuestas y bien peinadas; la -mayoría finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos -maliciosos, obscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón -y sin nada en la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer -la Salvadora, en invierno de mantón, en verano con su traje claro, la -mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba -del grupo de sus amigas y se acercaba á Manuel, y los dos juntos -marchaban calle arriba hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin -cambiar una palabra.</p> - -<p>A Manuel le halagaba que supusieran que la Salvadora era su novia, y -constituía para él un motivo de orgullo verla acercarse y ponerse á su -lado y notar las miradas maliciosas de las amigas.</p> - -<p> </p> - -<p>A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los -Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fué quien -arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban los dos en -auge; el barbero se había transformado en peluquero y su Barbería -Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes -La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo, estaba hecho un -hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista había -aprendido<a name="page_048" id="page_048"></a> tal número de cosas, que Rebolledo padre, no se atrevía ya á -discutir con él para no demostrar su ignorancia.</p> - -<p>El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo -discutiendo con su hijo, sentía más la envidia que otra cosa; pero en -presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban -de orgullo y de júbilo.</p> - -<p>Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo -chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los -pelos pegados y llenos de cosmético, y entraba en el taller.</p> - -<p>—¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas!—murmuraba -melancólicamente.</p> - -<p>Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba á sus -anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico y encontraba defectos en -todo. Como no había llegado á comprender por falta de nociones de -matemáticas la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba -para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigian -habilidad y paciencia.</p> - -<p>—Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre, no -sabéis hacer nada.</p> - -<p>Perico le dejaba hacer.</p> - -<p>El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz -eléctrica marcara al<a name="page_049" id="page_049"></a> revés ó no marcara, y hacía un gasto de flúido -tremendo.</p> - -<p>Muchas veces la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al -chico bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas -de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela; -Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la -Ignacia ó dejaba volar su imaginación.</p> - -<p>En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban -un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada.</p> - -<p>Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave, salía la Ignacia -á abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto envuelto -en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas, y una pipa -corta entre los dientes.</p> - -<p>—¡Fresco, fresco!—decía, frotándose las manos—. Buenas noches á -todos.</p> - -<p>—Hola, señor Canuto—contestaban los demás.</p> - -<p>—Siéntese usted—le indicaba el jorobado.</p> - -<p>Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.</p> - -<p>Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían -maliciosamente.</p> - -<p>—¿Y de historias? ¿qué hay, señor Canuto?</p> - -<p>—Nada, murmuraciones, nada—replicaba él—. Cuchichí, cuchichá... -cuchichear.<a name="page_050" id="page_050"></a></p> - -<p>Sonreían los circunstantes, y á veces la Salvadora no podía contener la -carcajada.</p> - -<p>El señor Canuto el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo, -que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal.</p> - -<p>Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo -que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni -periódicos, ni nada, y á pesar de esto, sabía muchas cosas; había -llegado á formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de -conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo -que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas -oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus -consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones -para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y -abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo -había transformado para su uso particular.</p> - -<p>Cuando murmuraba por lo bajo:</p> - -<p>—¡Teorías, alegorías, chapucerías!—era que lo que le contaban le -parecía era una cosa desdichada y absurda.</p> - -<p>En cambio cuando aseguraba:</p> - -<p>—Eso reúne... pero que reúne mucho, era que estaba satisfecho.</p> - -<p>Ahora, cuando llegaba á decir:<a name="page_051" id="page_051"></a></p> - -<p>—Ná, que ese gachó ha echado el sello y que va <i>coayugando</i>, era que -para él no se podía hacer mejor una cosa.</p> - -<p>Además de trastornar la significación y el sentido de las palabras, para -hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así el depen era el -dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se -contentaba con esto sino que muchas veces daba á las palabras una -terminación cualquiera, y decía: el depen...dista, la galli...menta, el -coci...mento y el burg...ante en vez del burgués.</p> - -<p>El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro:</p> - -<p>—Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España.</p> - -<p>En general, estas tertulias se suspendían el verano para tomar el -fresco.</p> - -<p>Algunas noches de Julio y de Agosto iban al bulevar de la calle de -Carranza, y allí refrescaban con horchata ó limón helado, y para las -once ú once y media estaban en casa.</p> - -<p>Verano é invierno, la vida de las dos familias transcurría -tranquilamente, sin disputas, sin grandes satisfacciones; pero también -sin grandes dolores.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_052" id="page_052"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_III-a" id="CAPITULO_III-a"></a>CAPÍTULO III</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Los dos hermanos.—Juan charla.—Recuerdos de hambre y de bohemia.</p></div> - -<p>Manuel subió las escaleras con su hermano, abrió la casa, y pasaron al -comedor. Manuel estaba completamente azorado; la llegada de Juan le -perturbaba por completo. ¿A qué vendría?</p> - -<p>—Tienes una bonita casa—dijo Juan, contemplando el cuartito limpio con -la mesa redonda en medio y el aparador lleno de botellas.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y la hermana?</p> - -<p>—Ahora vendrá. No sé qué hace. ¡Ignacia!—llamó desde la puerta.</p> - -<p>Entró la Ignacia, que recibió á su hermano más sorprendida que -satisfecha. Tenía la mujer ya su vida formada y reglamentada, y su -egoísmo se sentía inquieto ante un nuevo factor que podía perturbarla.</p> - -<p>—¿Y este perro, de dónde ha venido?—preguntó alborotada la mujer.</p> - -<p>—Es mío—dijo Juan.<a name="page_053" id="page_053"></a></p> - -<p>Al entrar la Salvadora, Juan no pudo evitar un movimiento de sorpresa.</p> - -<p>—Es una amiga que vive con nosotros como una hermana—murmuró Manuel.</p> - -<p>Al decir esto, Manuel se turbó un poco, y la turbación se comunicó á la -Salvadora; Juan saludó, y se inició entre los cuatro una conversación -lánguida. De pronto entró gritando el hermano de la Salvadora en el -comedor; Juan le acarició, pero no preguntó quién era; el chico se puso -á jugar con el perro. La discreción de Juan, al no decir nada, les azoró -aún más; las mejillas de la Salvadora enrojecieron, como si fueran á -echar sangre, y balbuceando un pretexto, salió del cuarto.</p> - -<p>—¿Y qué has hecho? ¿qué ha sido de tu vida?—preguntó maquinalmente -Manuel.</p> - -<p>Juan contó cómo había salido del seminario; pero el otro no le oía, -preocupado por la turbación de la Salvadora.</p> - -<p>Luego Juan habló de su vida en París, una vida de obrero, haciendo -chucherías, bibelots y sortijas, mientras estudiaba en el Louvre y en el -Luxemburgo, y trabajaba en su casa con entusiasmo.</p> - -<p>Mezcló en sus recuerdos sus impresiones artísticas, y habló de Rodín y -de Meunier, con un fuego que contrastaba con la frialdad con que era -escuchado por la Ignacia y Manuel; después expuso sus ideas artísticas; -quería producir<a name="page_054" id="page_054"></a> ese arte nuevo, exuberante, lleno de vida, que ha -modernizado la escultura en las manos de un genio francés y de un gran -artista belga; quería emancipar el arte de la fórmula clásica, severa y -majestuosa de la antigüedad, quería calentarlo con la pasión, soñaba con -hacer un arte social para las masas, un arte fecundo para todos, no una -cosa mezquina para unos pocos.</p> - -<p>En su entusiasmo, Juan no comprendía que hablaba á sus hermanos en un -lenguaje desconocido para ellos.</p> - -<p>—¿Tienes ya casa?—le preguntó Manuel en un momento en que Juan dejó de -hablar.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿No quieres cenar con nosotros?</p> - -<p>—No, hoy no; mañana. ¿Qué hora es?</p> - -<p>—Las seis.</p> - -<p>—Ah, entonces me tengo que marchar.</p> - -<p>—Y, oye, ¿cómo has llegado á encontrarme?</p> - -<p>—Por una casualidad; hablando con un escultor compañero mío que se -llama Alex.</p> - -<p>—Sí lo conozco. ¿Y cómo sabía dónde vivía yo?</p> - -<p>—No, ese no lo sabía; ese me dirigió á un inglés que se llama Roberto, -y éste sabía donde estabas de cajista. Por cierto me encargó que fueras -á verle.</p> - -<p>—¿En dónde vive?</p> - -<p>—En el Hotel de París.<a name="page_055" id="page_055"></a></p> - -<p>—Pues iré á verle. ¡Qué! ¿te vas ya?</p> - -<p>—Sí, mañana vendré.</p> - -<p>Se fué Juan, y la Ignacia, la Salvadora y Manuel hicieron largos -comentarios acerca de él. La Ignacia era la que más escamada estaba con -la llegada; suponía si trataría de vivir á su costa; la Salvadora lo -encontraba simpático; Manuel no decía nada.</p> - -<p>—La verdad es que viene hecho un tipo raro—pensó—; en fin, ya veremos -qué le trae por aquí.</p> - -<p>Al día siguiente, al llegar Manuel á casa, se encontró con su hermano, -que charlaba en el comedor con la Ignacia y la Salvadora.</p> - -<p>—¡Hola! ¿Te quedas á cenar?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—A ver si ponéis alguna cosa más—dijo Manuel á la Ignacia—. Este -estará acostumbrado á comer bien.</p> - -<p>—¡Quia!</p> - -<p>Manuel notó que en poco tiempo Juan había logrado hacerse agradable á -las dos mujeres; el hermano de la Salvadora hablaba con él como si le -hubiese conocido toda su vida.</p> - -<p>Encendieron la luz, pusieron la mesa y se sentaron á cenar.</p> - -<p>—¡Qué agradable es este cuarto!—dijo Juan—. Se ve que vivís bien.</p> - -<p>—Sí—contestó Manuel con cierta indiferencía—, no estamos mal.<a name="page_056" id="page_056"></a></p> - -<p>—Este—replicó la Ignacia—nunca te dirá que está bien. Todo lo de -fuera de casa le parece mejor. ¡Ay, Dios bendito! ¡Qué mundo tan -desengañado!</p> - -<p>—Qué desengañado ni qué nada—replicó Manuel—, yo no he dicho eso.</p> - -<p>—Lo dices á cada paso—añadió la Salvadora.</p> - -<p>—Bueno. ¡Qué opinión tienen de uno las mujeres! Aprende aquí, Juan. No -vivas nunca con ninguna mujer.</p> - -<p>—Con ninguna mujer decente, quiere decir—interrumpió la Salvadora con -amable ironía—; si es con una golfa, sí. Esas tienen muy buen corazón, -según dice éste.</p> - -<p>—Y es verdad—repuso Manuel.</p> - -<p>—Ya se desengañará—exclamó la Ignacia.</p> - -<p>—No le haga usted caso—murmuró la Salvadora—; habla por hablar.</p> - -<p>Manuel se echó á reir de tan buena gana, que los demás rieron con él.</p> - -<p>—Tengo que hacer un busto de usted—dijo de pronto el escultor á la -Salvadora.</p> - -<p>—¿De mí?</p> - -<p>—Sí, la cara solamente; no se alarme usted. Cuando tenga usted tiempo -de sobra, lo empezaremos. Si lo concluyera en este mes, lo llevaría á la -Exposición.</p> - -<p>—¿Pues qué, tiene mi cara algo de particular?</p> - -<p>—Nada—dijo Manuel burlonamente.<a name="page_057" id="page_057"></a></p> - -<p>—Ya, ya lo sé.</p> - -<p>—Sí tiene de particular, sí, mucho. Ahora que será muy difícil coger la -expresión.</p> - -<p>—Sí que será difícil, sí—dijo Manuel.</p> - -<p>—¿Por qué?—preguntó la Salvadora algo ruborizada.</p> - -<p>—Porque tienes una cara especial. No eres como nosotros, por ejemplo, -que siempre somos guapos, elegantes, distinguidos...; tú no, un día -estás fea y desencajada y flaca, y otro día de buen color, y casi casi -hasta guapa.</p> - -<p>—¡Qué tonto eres, hijo!</p> - -<p>—¿Será muy nerviosa?—preguntó Juan.</p> - -<p>—No—replicó la Ignacia—; es que trabaja como una burra, y así se va á -poner mala; ya lo ha dicho el señor Canuto. Una enfermedad viene con -cualquier cosa...</p> - -<p>—¡Vaya una autoridad!—dijo riéndose la Salvadora—. ¡Un veterinario! A -ese le debía usted hacer el retrato. Ese sí que tiene la cara rara.</p> - -<p>—No, no me interesan los veterinarios. Pero de veras, ¿no tiene usted -al día una hora libre para servirme de modelo?</p> - -<p>—Sí—dijo Manuel—; ¡ya lo creo!</p> - -<p>—¿Y hay que estarse quieta, quieta? Porque no lo voy aguantar.</p> - -<p>—No, podrá usted hablar, y descansará usted cuando quiera.</p> - -<p>—¿Y de qué va usted á hacer el retrato?<a name="page_058" id="page_058"></a></p> - -<p>—Primero de barro, y luego lo sacaré en yeso ó en mármol.</p> - -<p>—Nada, mañana se empieza—dijo Manuel—. Está dicho.</p> - -<p>Estaban en el postre cuando llamaron á la puerta, y entraron en el -comedor los dos Rebolledos y el señor Canuto. Manuel los presentó á -Juan, y mientras tomaban café, charlaron. Juan, á instancia del barbero, -contó las novedades que había visto en París, en Bruselas y en Londres.</p> - -<p>Perico le hizo algunas preguntas relacionadas con cuestiones de -electricidad; Rebolledo el padre y el señor Canuto escuchaban atentos, -tratando de grabar bien en la memoria lo que oían.</p> - -<p>—Sí, en esos pueblos se debe poder vivir—dijo el señor Canuto.</p> - -<p>—Cuesta trabajo llegar—contestó Juan—; pero el que tiene talento, -sube. Allí la sociedad no desperdicia la inteligencia de nadie; hay -mucha escuela libre...</p> - -<p>—Ahí está. Eso es lo que no se hace aquí—dijo Rebolledo—. Yo creo que -si hubiera tenido sitio donde aprender, hubiera llegado á ser un buen -mecánico, como el señor Canuto hubiera sido un buen médico.</p> - -<p>—Yo, no—dijo el viejo.</p> - -<p>—Usted, sí.</p> - -<p>—Hombre, hace algún tiempo, quizás. Cuando<a name="page_059" id="page_059"></a> vine aquí y puse mi máquina -en movimiento, no sé si por la primera expansión de los gases, fuí -encaramándome, encaramándome poco á poco, eso es; pero luego vino el -desplome. Y yo no sé si ahora mi cerebro se ha convertido en un caracol -ó en un cangrejo, porque voy en mi vida reculando y reculando. Eso es.</p> - -<p>Este extraño discurso fué acompañado de ademanes igualmente extraños, y -no dejó de producir cierta estupefacción en Juan.</p> - -<p>—¿Pero por qué no habla usted como todo el mundo, señor Canuto?—le -preguntó, burlonamente, la Salvadora por lo bajo.</p> - -<p>—Si tuviera veinte—y el viejo guiñó un ojo con malicia—ya te gustaría -mi parafraseo, ya. Te conozco, Salvadorita. Ya sabes lo que yo digo. -Cuchichí, cuchichá... cuchichear.</p> - -<p>Se echaron todos á reir.</p> - -<p>—¿Y cómo llegó usted á París?—preguntó Perico—. En seguida que se -escapó usted del seminario, ¿fué usted allá?</p> - -<p>—No, ¡quia! Pasé las de Caín antes.</p> - -<p>—Cuenta, cuenta eso—dijo Manuel.</p> - -<p>—Pues nada. Anduve cerca de un mes de pueblo en pueblo, hasta que en -Tarazona entré á formar parte de una compañía de cómicos de la legua, -constituída por los individuos de una sola familia. El director y primer -actor se llamaba don Teófilo García; su hermano, el galán joven, -Maximiano García, y el padre de los<a name="page_060" id="page_060"></a> dos, que era el barba, don Símaco -García. Allí todos eran Garcías. Era esta familia la más ordenada, -económica y burguesa que uno puede imaginarse. La característica, doña -Celsa, que era la mujer de don Símaco, repasaba los papeles mientras -guisaba; Teófilo tenía una comisión de corbatas y de botones; don Símaco -vendía libros; Maximiano ganaba algunas pesetas jugando al billar, y las -muchachas, que eran cuatro, Teodolinda, Berenguela, Mencía y Sol, las -cuatro á cual más feas, se dedicaban á hacer encaje de bolillos. Yo -entré como apuntador, y recorrimos muchos pueblos de Aragón y de -Cataluña. Una noche, en Reus, habíamos hecho <i>La cruz del matrimonio</i>, y -al terminar la función, fuímos Maximiamo y yo al Casino. Mientras él -jugaba, á mi lado vi á un chico que estaba haciendo un retrato, al -lápiz, de un señor. Me puse yo también á hacer lo mismo en la parte de -atrás de un prospecto.</p> - -<p>Al terminar él su retrato, se lo entregó al señor, quien le dió un duro; -después, se acercó donde yo estaba y miró el dibujo mío. «Está bien -eso», dijo. ¿Has aprendido á dibujar?» No. «Pues lo haces bien. ¡Ya lo -creo!» Hablamos; me dijo que andaba á pie por los pueblos haciendo -retratos, y que se marchaba á Barcelona. Yo le conté mi vida, nos -hicimos amigos, y al final de la conversación, me dice:<a name="page_061" id="page_061"></a> «¿Por qué no -vienes conmigo?» Nada; dejé los cómicos y me fuí con él.</p> - -<p>Era un tipo extraño este muchacho. Se había hecho vagabundo por -inclinación, y le gustaba vivir siempre andando. Llevaba en la espalda -un morralito y dentro una sartén. Compraba sus provisiones en los -pueblos, y él mismo hacía fuego y guisaba.</p> - -<p>Pasamos de todo, bueno y malo, durmiendo al raso y en los pajares; en -algunos pueblos, porque llevábamos el pelo largo, nos quisieron pegar; -en otros marchamos muy bien. A mitad del camino, ó cosa así, en un -pueblo donde llegamos muertos de hambre, nos encontramos con un señor de -grandes melenas y traje bastante derrotado, con un violín debajo del -brazo. Era italiano. «¿Son ustedes artistas?» nos dijo. «Sí», contestó -mi compañero. «¿Pintores?» Sí, señor; pintores. «¡Oh, magnífico! Me han -salvado ustedes la vida. Tengo comprometida la restauración de dos -cuadros de la iglesia, en cincuenta duros cada uno, y yo no sé pintar; -les estoy entreteniendo al cura y al alcalde, diciendo que necesito -pinturas especiales traídas de París. Si quieren ustedes emprender la -obra, nos repartiremos las ganancias.»</p> - -<p>Aceptamos el negocio, y mi compañero y yo nos instalamos en una posada. -Comenzamos la obra, y, mal que bien, hicimos la restauración<a name="page_062" id="page_062"></a> de uno de -los cuadros, y gustó al pueblo. Cobramos nuestros cincuenta duros; pero, -al repartir el dinero, hubo una disputa entre mi amigo y el italiano, -porque éste quería la mitad y mi amigo no le dió ni la tercera parte. El -italiano pareció conformarse; pero al día siguiente, por lo que nos -enteramos después, fué á ver al alcalde y le dijo: «Necesito ir á -Barcelona para comprar pinturas, y quisiera que me adelantaran dinero». -El alcalde le creyó, y le dió los cincuenta duros de la otra -restauración por anticipado.</p> - -<p>No le vimos al italiano en todo el día, y por la noche vamos á la -tertulia, que la hacíamos en la botica del pueblo, y allí nos dice el -alcalde: «¿De modo que el italiano ha tenido que ir á Barcelona, eh?» Yo -iba á decir que no; pero mi amigó me dió con el pie, y me callé. Al -salir de la botica, el compañero me dijo: «El italiano se ha llevado los -cuartos; no hemos podido pagar la posada. Si nos quedamos aquí, nos -rompen algo; vámonos ahora mismo.»</p> - -<p>Echamos á andar y no paramos en dos días. Una semana después llegamos á -Barcelona, y como no encontramos trabajo, nos pasamos todo un verano -comiendo dos panecillos al día y durmiendo en los bancos. Por fin, salió -un encargo: un retrato que hice yo, por el que me pagaron cincuenta -pesetas. Poco dinero se habrá aprovechado tan bien. Con estos diez -duros, alquilamos<a name="page_063" id="page_063"></a> una guardilla por treinta reales al mes, compramos -dos colchones usados, un par de botas para cada uno, y todavía nos sobró -dinero para un puchero, carbón y un saco de patatas, que llevamos al -hombro entre los dos, desde el Mercado hasta la guardilla.</p> - -<p>Un año pasamos así, dejando muchos días de comer y estudiando; pero mi -compañero no podía soportar el estar siempre en el mismo sitio y se -marchó. Me quedé solo; al cabo de algún tiempo, me empezaron á comprar -dibujos y empecé á modelar. Cogía mi barro, y allí, dale que dale, me -estaba hasta que salía algo. Presenté unas estatuítas en la Exposición, -y las vendí, y cosa curiosa: el primer encargo de alguna importancia que -tuve, fué para un seminario: varios bustos de unos profesores. Cobré y -me fuí á París. Allí, al principio, estuve mal; vivía en una guardilla -alta, y cuando llovía mucho, el agua se metía en el cuarto; luego -encontré trabajo en una joyería y estuve haciendo modelos de sortijas, y -al mismo tiempo aprendiendo. Llegó la época del Salón, presenté mi grupo -<i>Los rebeldes</i>, se ocuparon algo de mí los periódicos de París, y ahora -ya tengo encargos suficientes para poder vivir con holgura. Esa ha sido -mi vida.</p> - -<p>—Pues es usted un hombre—dijo el señor Canuto, levantándose—, y -verdaderamente, me honro dándole á usted la mano. Eso es.<a name="page_064" id="page_064"></a></p> - -<p>—Templado es el chico—dijo Rebolledo.</p> - -<p>Eran ya cerca de las once, y hora de retirarse.</p> - -<p>—¿Vienes á dar una vuelta?—dijo Juan á su hermano.</p> - -<p>—No, Manuel no sale de noche—repuso la Ignacia.</p> - -<p>—Como se tiene que levantar temprano...—añadió la Salvadora.</p> - -<p>—¿Ves?—exclamó Manuel—. Esta es la tiranía de las mujeres. ¿Y todo -por qué? Por el jornal nada más; no creas que es de miedo á que me dé un -aire. Por el jornalito.</p> - -<p>—¿A qué hora vendré á empezar el busto?—preguntó Juan.</p> - -<p>—¿A las cinco?</p> - -<p>—Bueno; á las cinco estaré aquí.</p> - -<p>Salieron de casa los Rebolledos, el señor Canuto y Juan, y en la puerta -se despidieron.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_065" id="page_065"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IV-a" id="CAPITULO_IV-a"></a>CAPÍTULO IV</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">El busto de la Salvadora.—Las impresiones de Kis.—Malas -noticias.—La Violeta.—No todo es triste en la vida.</p></div> - -<p>El busto de la Salvadora, hecho por Juan, fué, durante un mes, el -acontecimiento de la casa. Todos los días variaba el retrato; unas -veces, era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa -como lánguida; con la mirada abatida, como con los ojos fijos y -relampagueantes.</p> - -<p>Había entre los críticos de la casa disparidad de pareceres.</p> - -<p>—Ahora está bien—decía el señor Canuto.</p> - -<p>—No; ayer estaba mejor—replicaba Rebolledo.</p> - -<p>Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la -Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan -también se había ganado la amistad de la Salvadora, y se arrimaba á ella -y se acurrucaba á sus pies.</p> - -<p>—Este perro está entusiasmado con usted—le dijo Juan.</p> - -<p>—Sí. Es muy bonito.<a name="page_066" id="page_066"></a></p> - -<p>—Quédese usted con él.</p> - -<p>—No, no.</p> - -<p>—¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que -dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor.</p> - -<p>—Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama?</p> - -<p>—Kis.</p> - -<p>—¿Kis?</p> - -<p>—En inglés quiere decir beso.</p> - -<p>—¿Es inglés el perro?</p> - -<p>—Debe ser; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, á quien -conocí en el Louvre.</p> - -<p>—Si es un recuerdo, no quiero que lo deje usted.</p> - -<p>—No; está mejor con usted.</p> - -<p> </p> - -<p>Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de -la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su -nueva morada, se desconocen.</p> - -<p>Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch, el gatillo -rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más -largas que las de delante.</p> - -<p>Kis le invitó varias veces con ladridos alegres á jugar con él, y Roch, -que era sin duda un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso á -bufar, y luego, corriendo, saltó á la falda de<a name="page_067" id="page_067"></a> la Salvadora, donde -parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo <i>rum-rum</i>.</p> - -<p>Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante é -incomprensible. Cuando la Salvadora cosía á la máquina, se ponía á su -lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido, -cerraba los ojos y se dormía.</p> - -<p>En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en -la casa; conoció á Rebolledo y á su hijo, que le parecieron personas -respetables; en el corral observó á las gallinas y al gallo, y no le -inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas, -con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los -pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.</p> - -<p>Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el -sol, y echaban á correr cuando le veían, y con un burro, un tanto -melancólico y no muy fino en sus maneras, á quien llamaban Galán.</p> - -<p>Pero de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa, -ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos -redondos, parpadeando.</p> - -<p>Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos que andaban por la -calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía -preocupaciones, á pesar de ser<a name="page_068" id="page_068"></a> de aristocrática familia, fraternizó al -momento con ellos.</p> - -<p> </p> - -<p>Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.</p> - -<p>—Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?—preguntó -Juan mientras modelaba el barro con los dedos.</p> - -<p>—Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.</p> - -<p>—Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.</p> - -<p>—Pues no—replicó la Salvadora ruborizada.</p> - -<p>—Pero acabarán ustedes casándose.</p> - -<p>—No sé.</p> - -<p>—Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y -muy pacífico. De chico, era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo -le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores -con una mariposa tan grande que parecía un pájaro, clavada con un -alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. «¿Por qué?» «Porque le -estás haciendo daño.» Me chocó la contestación; pero me chocó más -todavía cuando Manuel fué á la ventana, la abrió y cogió la mariposa, le -sacó el alfiler y la tiró á la calle. El chico se puso tan furioso, que -desafió á Manuel, y á la salida se dieron los dos una paliza, que -tuvieron que separarlos á patadas, porque ya hasta se mordían.<a name="page_069" id="page_069"></a></p> - -<p>—Sí. Manuel tiene esas cosas.</p> - -<p>—En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que -tendría entonces uno ó dos años. Era un chico enfermo con las piernas -débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada muy triste. A Manuel se le -ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo de madera, puesto -del revés, con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas -cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado á otro.</p> - -<p>—¿Y qué fué de aquel chico?</p> - -<p>—Murió el pobrecillo.</p> - -<p>Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al obscurecer clavó los -palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada.</p> - -<p>Llegó Manuel de la imprenta.</p> - -<p>—Hemos estado hablando de cosas antiguas—le dijo Juan.</p> - -<p>—¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy?</p> - -<p>Juan descubrió el busto. Manuel encendió la luz y quedó contemplando la -estatua.</p> - -<p>—Chico—murmuró—, ya no la debes tocar. Es la Salvadora.</p> - -<p>—¿Crees tú?—preguntó Juan preocupado.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—En fin, mañana lo veremos.</p> - -<p>Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado -la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía<a name="page_070" id="page_070"></a> reir -mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que sin tener una -absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la -Salvadora.</p> - -<p>—Es verdad—dijo Juan al día siguiente—; está hecho. ¡Tiene algo esta -cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de -hablar—añadió, y, contentísimo, fué á que sacaran de puntos á la -estatua. Tenía tiempo de llevarla á la Exposición.</p> - -<p>Un sábado por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro á su -familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir y Manuel no manifestó -tampoco muchas ganas.</p> - -<p>—A mí no me gusta el teatro—dijo—. Lo paso mejor en casa.</p> - -<p>—Pero hombre, de vez en cuando...</p> - -<p>—Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le -tengo miedo.</p> - -<p>—¡Miedo!, ¿por qué?</p> - -<p>—Es que yo soy un hombre que no tiene energía para nada, ¿sabes?, y -hago lo que hacen los demás.</p> - -<p>—Pues hay que tener energía.</p> - -<p>—Sí, eso me dicen todos; pero no la tengo.</p> - -<p>Salieron los dos, y fueron á Apolo. No hacía un momento que estaban en -el pórtico del teatro, cuando una mujer se acercó á Manuel.</p> - -<p>—¡Demonio!... la Flora.<a name="page_071" id="page_071"></a></p> - -<p>—¡Andala!..., si es Manuel—dijo ella—. ¿Qué es de tu vida?</p> - -<p>—Estoy trabajando.</p> - -<p>—¿Pero vives en Madrid?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues hace una barbaridad de tiempo que no te veo, chico.</p> - -<p>—No vengo por estos barrios.</p> - -<p>—¿Y á la Justa, no la ves?</p> - -<p>—No. ¿Qué hace?</p> - -<p>—Está en la misma casa.</p> - -<p>—¿En qué casa?</p> - -<p>—¡Ah!, ¿pero no sabes?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿No sabes que está en una casa de esas?</p> - -<p>—No sabía nada. Desde lo de Vidal, no la he vuelto á ver. ¿Cómo está?</p> - -<p>—Hecha una jamonaza. Se da al aguardiente.</p> - -<p>—¿Sí, eh?</p> - -<p>—Una barbaridad; lo da también la vida. No hace más que beber y -engordar.</p> - -<p>—Pues tú estás igual que antes.</p> - -<p>—Más vieja.</p> - -<p>—¿Y qué haces?</p> - -<p>—<i>Na</i>, por ahí trampeando. Yo hecha la Pascua, chiquillo; marchando -mal. Si tuviera algún dinero, pondría una tiendecilla, porque para hacer -como la Justa, yo no tengo redaño. ¡Palabra de honor, chico, aunque -apabullado!,<a name="page_072" id="page_072"></a> yo no podría vivir entre esas tías cerdas, porque, aunque -una sea cualquier cosa, estando libre, puede una hacer su capricho, y si -un hombre le da á una asco, mandarlo á tomar dos duros; pero, ¡leñe!, en -una casa de esas hay que apencar con todo.</p> - -<p>—¿Y la Aragonesa?</p> - -<p>—¡La Aragonesa!, por ahí anda en coche; ya no saluda... Está con un -señor rico.</p> - -<p>—¿Y Marcos, el cojo?</p> - -<p>—En la cárcel; ¿no te enteraste?</p> - -<p>—No. ¿Qué pasó?</p> - -<p>—Pues nada, que fué al Círculo un militar, que está más loco que una -cabra, y se llevó todo el dinero que había en la casa. Entonces Marcos y -otro matón, lo esperaron en la escalera, pero el militar echó á correr y -no le cogieron. Al día siguiente, el militar, que está <i>guillao</i>, se -presentó en el Círculo, tomó café, y le dijo al mozo: «Dígales usted á -los dos matones de esta casa que vengan aquí, que tengo que darles á -cada uno un encargo.» Fueron el cojo y el otro, y el militar empezó á -bofetadas con ellos, y se armó una de tiros que todos fueron á la -cárcel.</p> - -<p>—¿Y al Maestro? ¿Le conocías tú?</p> - -<p>—Sí; aquel se largó hace tiempo; no se sabe dónde está.</p> - -<p>—¿Y la Coronela?</p> - -<p>—Esa tiene una academia de baile.<a name="page_073" id="page_073"></a></p> - -<p>La gente comenzaba á salir de la función, y los que iban á entrar se -estrujaban esperando que dieran la señal. Ya la masa de público iba -avanzando, cuando la Flora preguntó:</p> - -<p>—¿Te acuerdas de la Violeta?</p> - -<p>—¿De qué Violeta?</p> - -<p>—Una gorda, alta, amiga de Vidal, que vivía en la calle de la -Visitación.</p> - -<p>—¿Una que hablaba francés?</p> - -<p>—Esa.</p> - -<p>—¿Qué le ha pasado?</p> - -<p>—Que le dió <i>un paralís</i> y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la -calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame á la salida.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Manuel, preocupado, no pudo prestar atención á lo que se representaba. -Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un -escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión -artística. Manuel, harto de oir hablar de Rodín, de Meunier, de Puvis de -Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo -que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en -la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga. -Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía un pañuelo en la -cabeza, una falda haraposa y un palo en la mano.</p> - -<p>Manuel se acercó á mirarla. Era la Violeta.<a name="page_074" id="page_074"></a></p> - -<p>—Una caridad. Estoy enferma, señorito;—tartamudeó ella con una voz -como un balido.</p> - -<p>Manuel le dió diez céntimos.</p> - -<p>—¿Pero no tiene usted casa?—la preguntó.</p> - -<p>—No; duermo en la calle—contestó ella en tono quejumbroso.—Y esos -brutos de guardias me llevan á la Delegación y no me dan de comer. Y lo -que temo es el invierno, porque me voy á morir en la calle.</p> - -<p>—Pero ¿por qué no va usted á algún asilo?</p> - -<p>—Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos -roban la comida. Ahora voy á San Ginés, y gracias que en Madrid hay -mucha caridad, sí, señor.</p> - -<p>Mientras hablaban, se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer -abultada y bigotuda.</p> - -<p>—¿Y cómo se ha quedado usted así?—siguió preguntando Manuel.</p> - -<p>—De un enfriamiento.</p> - -<p>—No le hagas caso—dijo la bigotuda con voz ronca—; ha tenido un -<i>cristalino</i>.</p> - -<p>—Y se me han caído todos los dientes—añadió la mendiga mostrando las -encías—, y estoy medio ciega.</p> - -<p>—Ha sido un <i>cristalino</i> terrible—agregó la bigotuda.</p> - -<p>—Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada! -No tengo más que treinta y cinco años.<a name="page_075" id="page_075"></a></p> - -<p>—Es que era muy viciosa además—dijo la mujer bigotuda á Manuel—. -¿Qué, vienes un rato?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Yo... yo también he sido de la vida—dijo entonces la Violeta—; y -ganaba... ganaba mucho.</p> - -<p>Manuel, aterrado, le dió el dinero que llevaba en el bolsillo; dos ó -tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y -apoyándose en el palo comenzó á andar arrastrando los pies y -sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de -Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna.</p> - -<p>Manuel, cabizbajo y pensativo, se fué á su casa.</p> - -<p>En el comedorcito, á la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la -Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de -pureza.</p> - -<p>—¿Qué habéis visto?—preguntó la Salvadora.</p> - -<p>Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había -visto en la calle...</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_076" id="page_076"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_V-a" id="CAPITULO_V-a"></a>CAPÍTULO V</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">A los placeres de Venus.—Un hostelero poeta.—¡Mátala!—Las -mujeres se odian.—Los hombres también.</p></div> - -<p>Juan llevó á la Exposición el grupo de los Rebeldes, una figura de una -trapera hecha en París y el busto de la Salvadora. Estaba contento; -había ambiente para su obra.</p> - -<p>Algunos decían que el grupo de los Rebeldes recordaba demasiado á -Meunier, que en la Trapera se veía la imitación de Rodin; pero todos -estaban conformes en que el retrato de la Salvadora era una obra -exquisita, de arte tranquilo, sin socaliñas ni martingalas.</p> - -<p>A los pocos días de inaugurarse la Exposición, Juan tenía ya varios -encargos.</p> - -<p>Satisfecho de su éxito y para celebrarlo, invitó á su familia á comer un -día en el campo. Fué un domingo, una tarde de Mayo, hermosa.</p> - -<p>—Vamos á la Bombilla—dijo Juan—. Eso debe ser muy bonito.</p> - -<p>—No, suele haber demasiada gente—replicó Manuel—. Iremos á un -merendero del Partidor.</p> - -<p>—Donde queráis; yo no conozco ninguno<a name="page_077" id="page_077"></a> Salieron de casa, la Ignacia, la -Salvadora, Juan, Manuel y el chico; siguieron la calle de Magallanes, -entre las dos tapias, hasta salir por el antiguo camino de Aceiteros, -frente al cementerio de San Martín. Las copas de los negros cipreses se -destacaban por encima de las tapias en el horizonte luminoso. Pasaron -por delante del campo santo; había allí sombra y se sentaron á -contemplar los patios á través de la verja.</p> - -<p>—¡Qué hermoso es!—dijo Juan.</p> - -<p>El cementerio, con su columnata de estilo griego y sus altos y graves -cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas, -formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya -desgastados, y en los rincones tumbas, que daban una impresión poética y -misteriosa.</p> - -<p>Mientras contemplaban el campo santo, aparecieron los dos Rebolledos y -el señor Canuto.</p> - -<p>—¿Qué, se va de paseo?—dijo el jorobado.</p> - -<p>—Sí, á merendar—contestó Juan—. ¿Si quieren venir con nosotros?</p> - -<p>—Hombre... vamos allá.</p> - -<p>Siguieron todos reunidos el curso del canalillo. Luego, abandonándolo y -á campo traviesa, marcharon en dirección de Amaniel.</p> - -<p>Bajaron el repecho de una colina.</p> - -<p>Se veía enfrente una vallada ancha, dorada por el sol, y en el fondo, -sobre el cielo de<a name="page_078" id="page_078"></a> turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de -plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres, -brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la -hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se -destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso, -las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los -altos y espléndidos girasoles.</p> - -<p>Un estanque rectangular ocupaba el centro de una de las huertas, y por -su superficie plana, negra y verdosa, nadaban los patos, blancos como -copos de nieve, y al cortar el agua dejaban en ella un temblor -refulgente de rayos deslumbradores.</p> - -<p>—Pero esto es muy bonito—decía Juan á la Salvadora—; todo el mundo me -ha dicho que Madrid era muy feo.</p> - -<p>—Yo no sé, como no he visto nada—replicó ella sonriendo.</p> - -<p>Desde una loma se veían unos merenderos hundidos entre árboles. Se oía -rumor de organillos.</p> - -<p>—Vamos á meternos en uno de éstos—dijo Juan.</p> - -<p>Bajaron hasta llegar frente á un arco con este letrero:</p> - -<p class="c">Á LOS PLACERES DE VENUS<br /> -(HAY PIANO Y MUCHO MOVIMIENTO)</p> - -<p><a name="page_079" id="page_079"></a></p> - -<p>—No vaya á venir aquí golfería—dijo Manuel á su hermano.</p> - -<p>—Quia, hombre.</p> - -<p>Entraron, y por una rampa en cuesta entre boscaje, bajaron á un -cobertizo de madera, con mesas rústicas, espejos y unas cuantas ventanas -con persianas verdes. A un lado, había un mostrador como de taberna; en -medio un organillo con ruedas.</p> - -<p>No había más que tres ó cuatro mesas ocupadas, y en el mostrador un -viejo y varios mozos de café.</p> - -<p>—Esto parece una casa de baños—dijo Juan—; parece que por una de esas -ventanas se ha de ver el mar. ¿No es verdad?</p> - -<p>Se acercó uno de los mozos á la mesa á preguntarles lo que deseaban.</p> - -<p>—Pues nada; queremos merendar.</p> - -<p>—Tendrán ustedes que esperar algo.</p> - -<p>—Sí; esperaremos.</p> - -<p>En esto, el señor viejo que estaba en el mostrador salió de allá, se -acercó á ellos, les saludó respetuosamente, agitando la gorra en la -mano, y sonriendo dijo:</p> - -<p>—Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado -ustedes asiento y se les servirá el alimento con un buen condimento, que -aquí hay muy buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está -sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este<a name="page_080" id="page_080"></a> documento—y -enseñó una lista de los precios—y ande el movimiento.</p> - -<p>Ante un discurso tan absurdo, todo el mundo quedó asombrado; el viejo se -sonrió y remató su perorata exclamado:</p> - -<p>—¡Mátala! ¡Viva la niña!</p> - -<p>Leyeron la lista de los precios; llamaron al mozo, quien les dijo que si -les parecía bien, podrían trasladarse á un cuarto que daba á la terraza -donde estarían solos.</p> - -<p>Subieron por unas escaleras á un barracón largo, dividido en -compartimientos con un corredor á un lado.</p> - -<p>Un par de chulos de chaqueta corta y pantalón de odalisca, sacaron el -organillo á la terraza. Iba entrando gente, y las parejas comenzaban á -bailar.</p> - -<p>Trajeron la merienda, el vino y la cerveza, y se iban á poner á comer, -cuando volvió el amo del merendero y saludó con la gorra en la mano.</p> - -<p>—Señores—dijo—: Si están ustedes bien en este departamento y sienten -desfallecimiento, deben dedicarse pronto al mandamiento y echar fuera el -entristecimiento, el descontento y el desaliento. Por eso digo yo y no -miento, mi mejor argumento: ¡Ande el movimiento!</p> - -<p>Rebolledo el jorobado que miraba al viejo sonriendo, agazapado en su -silla como un conejo, terminó la alocución gritando:<a name="page_081" id="page_081"></a></p> - -<p>—¡Mátala! ¡Viva la niña!</p> - -<p>El viejo sonrió y ofreció su mano al jorobado, quien se la estrechó -cómicamente. Todos se echaron á reir á carcajadas, y el viejo, muy -satisfecho de su éxito, se marchó por el corredor. Al único á quien no -le pareció bien la cosa fué al señor Canuto, que murmuró:</p> - -<p>—¿A qué viene este burgante con esas teorías?</p> - -<p>—¿Qué teorías?—preguntó Juan algo asombrado.</p> - -<p>—Esas simplezas que viene diciendo, que no son más que teorías... -alegorías, chapucerías y nada más. Eso es.</p> - -<p>—En vez de tonterías, dice teorías el señor Canuto—advirtió Manuel á -Juan por lo bajo.</p> - -<p>—Ah... vamos.</p> - -<p>Comieron alegremente al son del pianillo, que tocaba tangos, polcas y -pasos dobles. La terraza poco á poco se había llenado de gente.</p> - -<p>—Qué, ¿echamos un baile, señora Ignacia?—dijo Perico á la hermana de -Manuel.</p> - -<p>—Yo, ¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad!</p> - -<p>—Y usted, ¿no baila?—preguntó Juan á la Salvadora.</p> - -<p>—No, casi nunca.</p> - -<p>—Yo la sacaría á usted si supiera. Anda tú, Manuel. No seas poltrón. -Sácala á bailar.</p> - -<p>—Si quiere, vamos.</p> - -<p>Salieron por el corredor al patio enlosado<a name="page_082" id="page_082"></a> mientras el organillo tocaba -un paso doble. Bailaba la Salvadora recogiéndose la falda con la mano, -con verdadera gracia y sin el movimiento lascivo de las demás mujeres. -Cuando acabó el baile, Perico Rebolledo, algo turbado, le pidió que -bailara con él.</p> - -<p>Al volver Manuel al sitio donde había merendado, tropezó en el corredor -con dos señoritos y dos mujeres. Una de éstas se volvió á mirarle. Era -la Justa. Manuel hizo como que no la había conocido y se sentó al lado -del señor Canuto.</p> - -<p>Volvió la Salvadora de bailar, con las mejillas rojas y los ojos -brillantes, y se puso á abanicarse.</p> - -<p>—¡Olé ahí las chicas bonitas!—dijo el jorobado—. Así me gusta á mi la -Salvadora; coloradita y con los ojos alegres. Señor artista, fíjese -usted y vaya tomando apuntes.</p> - -<p>—Ya me fijo—contestó Juan.</p> - -<p>La Salvadora sonrió ruborizada y miró á Manuel que estaba violento. -Trató de buscar el motivo del malestar de Manuel, cuando sorprendió una -mirada de la Justa, fija, dura, llena de odio.</p> - -<p>—Será la que vivió antes con él—pensó la Salvadora, y con indiferencia -la estuvo observando.</p> - -<p>En esto vino el mozo, y acercándose á Manuel, le dijo:<a name="page_083" id="page_083"></a></p> - -<p>—De parte de aquella señora, que si quiere usted pasar por su mesa.</p> - -<p>—¡Gracias! Dígale usted á esa señora que estoy aquí con mis amigos.</p> - -<p>Al recibir la contestación, la Justa se levantó y fué acercándose por la -galería á donde estaba Manuel.</p> - -<p>—Viene hacia aquí esa pelandusca—dijo la Ignacia.</p> - -<p>—Más te vale ver lo que quiere—añadió la Salvadora con ironía.</p> - -<p>Manuel se levantó y salió al corredor.</p> - -<p>—¿Qué?—exclamó de un modo agresivo—. ¿Qué hay?</p> - -<p>—<i>Ná</i>—contestó ella—. ¿Es que no te dejaban esas salir?</p> - -<p>—No; es que á mí no me daba la gana.</p> - -<p>—¿Quién es esa que está contigo? ¿Tu querida?—y señaló á la Salvadora.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Tu novia?... Chico, tienes mal gusto. Parece un fideo raido.</p> - -<p>—¡Psch! Bueno.</p> - -<p>—¿Y ese de los pelos?</p> - -<p>—Es mi hermano.</p> - -<p>—Es simpático. ¿Es pintor?</p> - -<p>—No, es escultor.</p> - -<p>—Vamos, artista. Chico, pues me gusta. Preséntame á él.</p> - -<p>Manuel la miró y sintió una impresión repelente.<a name="page_084" id="page_084"></a> La Justa había tomado -un aspecto de bestialidad repulsiva; su cara se había transformado -haciéndose más torpe, el pecho y las caderas estaban abultados, el labio -superior lo sombreaba un ligero vello; todo su cuerpo parecía envuelto -en grasa y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada -en aquella gordura fofa. Tenía todas las trazas de una mujerona de -burdel, que ejerce su oficio con una perfecta inconsciencia.</p> - -<p>—¿Dónde vives?—la pregunto Manuel.</p> - -<p>—En la calle de la Reina, en casa de la Andaluza. No es cara la casa. -¿Irás?</p> - -<p>—No—dijo Manuel secamente, y volviéndole la espalda se acercó á donde -estaban los suyos.</p> - -<p>—Muy flamenca, guapetona—dijo el jorobado. Manuel se encogió de -hombros con indiferencia.</p> - -<p>—¿Qué le has dicho?—preguntó Perico—. Se ha quedado paralizada.</p> - -<p>El organillo no dejaba de tocar un momento; la Justa, su compañera y los -dos señoritos, comenzaron á ponerse impertinentes. Reían, gritaban; -tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre á la Salvadora de -una manera fulminante.</p> - -<p>—¿Por qué me mira así esa mujer?—y la Salvadora hizo esta pregunta á -Manuel sonriendo.<a name="page_085" id="page_085"></a></p> - -<p>—¿Qué sé yo?—contestó él con tristeza—. ¿Vámonos?</p> - -<p>—Estamos bien aquí, hombre—dijo Juan.</p> - -<p>—¿Os habéis incomodado porque he hablado con esa?—preguntó Manuel á la -Salvadora.</p> - -<p>—¿Nosotras? ¿Por qué?—y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y -relampaguearon sus ojos.</p> - -<p>Uno de los señoritos salió á bailar con la Justa, y al pasar por delante -de donde estaban Manuel y los otros, dijo en voz alta algo insultante de -las melenas de Juan.</p> - -<p>—Vámonos—repitió Manuel.</p> - -<p>A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron.</p> - -<p>—Ahí va uno que se lleva la merienda guardada—dijo uno de los que -bailaban al ver al jorobado.</p> - -<p>Perico se detuvo, dispuesto á pegarse con el que insultara á su padre; -pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida.</p> - -<p>—Esto es lo que no pasa en ningún lado—dijo Juan—. Sólo aquí hay este -afán de insultar y de molestar á la gente.</p> - -<p>—Falta de educación—murmuró el jorobado con indiferencia.</p> - -<p>—Y luego no pasa nada—añadió Perico—; porque á uno de estos -chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él, -alborota mucho y nada.<a name="page_086" id="page_086"></a></p> - -<p>—Pero es muy desagradable—repuso Juan—eso de no poder ir á ningún -lado sin que alguien trate de ofenderle á uno. En el fondo de esto—dijo -después burlonamente—hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en -Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes -veía jugar á la raqueta á dos señores, uno gordo, bajito, con una -gorrita en la cabeza y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero -de paja. Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es -natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos, -verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de -personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría -pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su -juego». «Sí—contesto el inglés—; ese es el espíritu provinciano, -propio de un pueblo pequeño; pero á un inglés de Londres, no le asombra -nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea.»</p> - -<p>—Lo partió por el eje—dijo el señor Canuto guiñando un ojo -maliciosamente.</p> - -<p>—Yo no les hubiera hecho caso—dijo la Salvadora, que no oyó el cuento -de Juan.</p> - -<p>—Ni yo—añadió la Ignacia—. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¡Qué descaro!; -es una perdición.</p> - -<p>—Bueno, bueno; por eso mismo me he querido<a name="page_087" id="page_087"></a> yo marchar, por evitar una -riña—saltó Manuel—; porque á vosotras os gusta armarla, y luego si -viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las -lamentaciones.</p> - -<p>—Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la -culpa—repuso la Salvadora.</p> - -<p>Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la -Moncloa. Después por la calle de Rosales se metieron en el paseo de -Areneros.</p> - -<p>Al llegar aquí, había obscurecido; pasaban los tranvías atestados -haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente -hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas ó verdes -de sus farolillos redondos.</p> - -<p>Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se -veían paredones blancos, ventanas abiertas iluminadas de casas de cuatro -pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso, -rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol, que se -dibujaban en líneas horizontales en el cielo.</p> - -<p>—Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad?—dijo Juan.</p> - -<p>Nadie le contestó. Iba obscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados -de ceniza sobre el paisaje; el cielo tomaba un color siniestro,<a name="page_088" id="page_088"></a> gris, -sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de -los faroles se estremecía en el aire polvoriento.</p> - -<p>En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo -un momento á mirar el campo. En frente se veía la torre de ladrillo del -Hospital de Clérigos, más lejos una cúpula plomiza y los cipreses del -cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea -de la fábrica de electricidad salía el humo á borbotones densos, y en el -aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente á la tierra, -como un escuadrón de caballos salvajes.</p> - -<p>Y el paisaje árido, unido á la pobreza de las construcciones, á los -gritos de la gente, á la pesadez del aire, daba una impresión de fatiga, -de incomodidad, de vida sórdida y triste...</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_089" id="page_089"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VI-a" id="CAPITULO_VI-a"></a>CAPÍTULO VI</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Las vagas ambiciones de Manuel.—Las mujeres mandan. Roberto.—Se -instala la imprenta.</p></div> - -<p>En los días anteriores á la apertura de la Exposición, Juan no apareció -por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en -café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al -verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas -maquinaciones.</p> - -<p>Su grupo <i>Los Rebeldes</i>, mal colocado en el salón adrede, apenas se -veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado -efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho -que él le votaría para una segunda medalla, pero que como todas estaban -comprometidas, no le podrían dar más que una tercera. Juan le contestó -que hiciesen en conciencia lo que les pareciese, pero el del jurado le -advirtió que le dijera si iba ó no á aceptar la tercera medalla, porque -en el caso de no aceptarla se la darían á otro.</p> - -<p>Juan sintió deseos de rechazarla, pero esto daba á entender que estaba -mortificado, y la aceptó.<a name="page_090" id="page_090"></a></p> - -<p>—¿Cuánto te dan por eso?—le preguntó Manuel.</p> - -<p>—Mil pesetas.</p> - -<p>—Entonces haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas -son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo. -Ahora te dan ese dinero. Tómalo.</p> - -<p>—¡Psch!</p> - -<p>—Si no lo quieres, dámelo á mí; esas pesetas me podrían hacer el gran -avío.</p> - -<p>—¿A ti? ¿Para qué?</p> - -<p>—Hombre, tengo ya desde hace tiempo la idea de tomar una imprenta en -traspaso.</p> - -<p>—¿Pero vives mal así?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Tantas ganas tienes de ser propietario?</p> - -<p>—Todo el mundo quiere ser propietario.</p> - -<p>—Yo, no.</p> - -<p>—Pues yo, sí; me gustaría tener un solar, aunque no sirviera para nada, -sólo para ir allá y decir: esto es mío.</p> - -<p>—No digas eso—replicó Juan—; para mí ese instinto de propiedad es lo -más repugnante del mundo. Todo debía ser de todos.</p> - -<p>—Que empiecen los demás dando lo que tienen—dijo la Ignacia terciando -en la conversación.</p> - -<p>—Nosotros no tenemos que arreglar nuestra conducta con la de los demás, -sino con nuestra propia conciencia.<a name="page_091" id="page_091"></a></p> - -<p>—¿Pero es que la conciencia le impide á uno ser propietario?—preguntó -Manuel.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Será la tuya, chico; la mía no me lo impide. Yo, entre explotado ó -explotador, prefiero ser explotador; porque eso de que se pase uno la -vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre...</p> - -<p>—No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene y sujetarla -es una vileza.</p> - -<p>—Pero bueno, ¿qué me quieres decir con esto; que no me darás el dinero?</p> - -<p>—No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla; lo que te -digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives -bien...</p> - -<p>—Pero puedo vivir mejor.</p> - -<p>—Bueno, haz lo que quieras.</p> - -<p> </p> - -<p>La Salvadora y la Ignacia no compartían las ideas de Juan; al revés, -sentían de una manera enérgica el instinto de propiedad.</p> - -<p>A consecuencia de esta conversación, se despertaron nuevamente los -planes ambiciosos de Manuel. La Salvadora y la Ignacia le instaron para -que estuviese á la mira por si salía alguna imprenta en traspaso, y -pocos días después le indicaron una anunciada en un periódico.</p> - -<p>Manuel fué á verla; pero el amo le dijo que ya no la quería traspasar. -En cambio, supo que<a name="page_092" id="page_092"></a> un periódico ilustrado vendía una máquina nueva y -tipos nuevos por quince mil pesetas.</p> - -<p>Era una locura pensar en esto; pero la Salvadora y la Ignacia le dijeron -á Manuel que fuera á verla y que le propusiera al amo comprarla á -plazos.</p> - -<p>Hizo esto Manuel; la máquina era buena, tenía un motor eléctrico -moderno, y los tipos eran nuevos; pero el amo no se avenía á cobrar en -plazos.</p> - -<p>—No, no—le dijo—, soy capaz de rebajar algo el precio; pero el dinero -lo necesito al contado.</p> - -<p>Entre la Salvadora y la Ignacia tenían tres mil pesetas, podían contar -con las mil de la medalla de Juan; pero esto no era nada.</p> - -<p>—Qué le vamos á hacer—dijo Manuel—; no se puede... paciencia.</p> - -<p>—Pero la máquina, ¿es buena?—preguntó la Salvadora.</p> - -<p>—Sí; muy hermosa.</p> - -<p>—Pues yo no dejaría eso así—dijo la Salvadora.</p> - -<p>—Ni yo tampoco—repuso la Ignacia.</p> - -<p>—¿Y qué voy á hacer?</p> - -<p>—¿No tienes ese amigo inglés que vive en el hotel de París?...</p> - -<p>—Sí; pero...</p> - -<p>—¿No te atreves?—preguntó la Ignacia.<a name="page_093" id="page_093"></a></p> - -<p>—Pero, ¿cómo me va á dar quince mil pesetas?</p> - -<p>—Que te las preste. Con probar nada se pierde. El no lo llevas contigo.</p> - -<p>A Manuel no le hizo ninguna gracia la cosa; dijo que sí, que iría á ver -á Roberto, pensando que se les olvidaría la idea; pero al día siguiente -las dos volvieron á la carga.</p> - -<p>Manuel pensó hacer como que iba al hotel y decirles á ellas que no -estaba Roberto en Madrid; pero la Ignacia se le adelantó y se enteró de -que no se había marchado.</p> - -<p>Manuel fué á ver á su amigo de muy mala gana, deseando encontrar algún -pretexto, para aplazar indefinidamente la visita ó que le dijeran que no -le podía recibir; pero al entrar en la puerta del hotel se encontró con -Roberto.</p> - -<p>Estaba dando órdenes á un mozo. Parecía más fuerte, más hombre, con un -gran aplomo en los movimientos.</p> - -<p>—Hola, ilustre golfo—le dijo al verle—. ¿Cómo estás?</p> - -<p>—Bien, ¿y usted?</p> - -<p>—Yo, admirablemente... ya me he casado.</p> - -<p>—¿Sí?</p> - -<p>—Estoy en camino de ser padre.</p> - -<p>—¿Y el proceso?</p> - -<p>—Terminó.</p> - -<p>—¿A favor de usted?<a name="page_094" id="page_094"></a></p> - -<p>—Sí; ya no falta más que la resolución de unos expedientes.</p> - -<p>—Y la señorita Kate, ¿está aquí?</p> - -<p>—No, en Amberes. ¿Venías á buscarme? ¿Qué me querías?</p> - -<p>—Nada, verle.</p> - -<p>—No; tú venías á algo.</p> - -<p>—Sí; pero la verdad, vale más que no se lo diga á usted, porque es una -tontería.</p> - -<p>—No, hombre, dilo.</p> - -<p>—Son cosas de mujeres. Ya sabe usted que soy cajista, y mi hermana y -otra muchacha que vive conmigo, están empeñadas en que me debo -establecer... Y ahora se puede comprar una máquina nueva y tipos también -nuevos... y yo no tengo dinero bastante para eso... y ellas me han -empujado para que le pida á usted el dinero.</p> - -<p>—¿Y cuánto se necesita para eso?</p> - -<p>—Piden ahora quince mil pesetas; pero pagándole al contado al dueño, -rebajaría mil ó quizá dos mil.</p> - -<p>—De manera que necesitas unas trece á catorce mil pesetas.</p> - -<p>—Eso es; yo, ya me figuro, que usted no podrá dar ese dinero..... -Ahora, perder no se puede perder gran cosa. Porque usted podría ser el -socio capitalista, y se ensayaba..... que á los dos años, por ejemplo, -no daba resultado, pues se vendía la máquina y las cajas con mil<a name="page_095" id="page_095"></a> ó dos -mil pesetas de pérdida y la pérdida la pagaba yo.</p> - -<p>—Pero además, hay que abonar los gastos de instalación en la nueva -imprenta, de traslado, ¿verdad?</p> - -<p>—No, de eso me encargaría yo.</p> - -<p>—¿Tienes dinero, eh?</p> - -<p>—Unas cuatro mil pesetas.</p> - -<p>—De manera que me propones ser tu socio capitalista, ¿no es eso?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Qué ganaré yo? ¿La mitad de los ingresos?</p> - -<p>—Eso es.</p> - -<p>—¿Después de descontados vuestros jornales?</p> - -<p>—Le va á quedar á usted muy poco.</p> - -<p>—No importa; acepto.</p> - -<p>—¿Acepta usted?—dijo Manuel en el colmo del asombro.</p> - -<p>—Sí, seré tu socio. Dentro de unos años pondremos una gran casa -editorial, para ir descristianizando España. Vamos á ver al dueño de la -máquina.</p> - -<p>Tomaron un coche y se hizo la compra. Se especificó el número de letras -y de casilleros, Roberto cogió el recibo, pagó y le dijo á Manuel:</p> - -<p>—Ya me dirás dónde nos trasladamos. ¡Adiós! Tengo mucho que hacer.<a name="page_096" id="page_096"></a></p> - -<p>Manuel se despidió de la imprenta donde trabajaba y se fué á su casa.</p> - -<p>Ya era un burgués, todo un señor burgués.</p> - -<p> </p> - -<p>Tuvo grandes dificultades la instalación de la imprenta.</p> - -<p>El dueño de la máquina dijo que él ya no necesitaba el local, y Manuel -tuvo que pagarlo mientras buscaba otro. Después de andar mucho, llegó á -encontrar una tienda á propósito para imprenta en la calle de Sandoval. -Tenía prisa de instalarse cuanto antes y se arregló con los albañiles -para que hicieran las obras necesarias en un mes; pero los albañiles -tardaron más de lo convenido y tuvo que pagar los alquileres de las dos -casas. Por más que Manuel vigilaba y atendía á los menores detalles, no -podía evitar el robo; las obras le costaron un dineral; entre la -portada, la muestra y los arreglos del interior se fueron las tres mil -pesetas. Lo único barato fué la instalación eléctrica, que la hizo -Perico Rebolledo.</p> - -<p>Luego había que hacer una porción de diligencias, había que pedir -permiso en el Ayuntamiento para las cosas más fútiles, y Manuel andaba -hecho un zarandillo de un lado á otro.</p> - -<p>Tras de muchas dilaciones y contratiempos, pudo trasladar la máquina y -las cajas, y notó que le habían robado casi la mitad de la letra. El -motor eléctrico hubo que componerlo. Por<a name="page_097" id="page_097"></a> fin se arregló todo; pero no -había trabajo. La Ignacia, se lamentaba de que su hermano hubiese -perdido su buen jornal; la Salvadora, siempre animosa, confiaba que -vendría el trabajo, y Manuel se pasaba las horas en la imprenta, flaco, -triste, irritado.</p> - -<p>Hizo anuncios que repartió por todas partes; pero los encargos no -venían.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_098" id="page_098"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VII-a" id="CAPITULO_VII-a"></a>CAPÍTULO VII</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">El amor y la debilidad.—Las intermitentes y las golondrinas. El -bautizo de S. M. Curda I en una imprenta.</p></div> - -<p>A consecuencia de la fatiga y de las preocupaciones, Manuel comenzó á -encontrarse malo. Sentía un gran desmadejamiento en todo el cuerpo; -apenas dormía y estaba siempre febril. Una tarde la fiebre se hizo tan -alta que tuvo que guardar cama.</p> - -<p>Pasó la noche con un colenturón terrible, en una somnolencia extraña, -despertándose á cada momento con sobresaltos y terrores.</p> - -<p>A la mañana siguiente se encontraba mejor, sólo de cuando en cuando -algún escalofrío le recorría por el cuerpo.</p> - -<p>Estaba dispuesto á salir, cuando sintió que de nuevo le empezaba la -fiebre. Le pasaban los escalofríos por la espalda como soplos de aire -helado.</p> - -<p>La Salvadora estaba con sus discípulas y Manuel llamó á la Ignacia.</p> - -<p>—Avísale á Jesús. Si no está ahora colocado, que vaya á la imprenta. -Estoy muy mal. Yo no sé lo que tengo.</p> - -<p>Se acostó con la cabeza pesadísima. Sentía un latido en la frente, que -se comunicaba á<a name="page_099" id="page_099"></a> todo el cuerpo. Se imaginaba que le llevaban debajo de -un martillo de fragua y le ponían en el yunque, unas veces boca arriba, -otras de costado. Cesaba esta impresión y escuchaba dentro de su cerebro -el ruido de la prensa y del motor eléctrico, y esto le producía una -angustia enorme. Después de dos ó tres horas de una fiebre alta, se -encontró de nuevo bien.</p> - -<p>Por la noche, Jesús y el señor Canuto fueron á verle. Habló Manuel con -Jesús de los asuntos de la imprenta, y le recomendó que no los -abandonara. El señor Canuto salió y vino poco después con unas hojas de -eucalipto, con las cuales la Ignacia hizo un cocimiento para Manuel.</p> - -<p>Algo mejoró con esto, pero los accesos de fiebre seguían y hubo que -llamar á un médico. Se encontraba además Manuel en un estado de -excitación que no le dejaba descansar un momento.</p> - -<p>—Tiene intermitentes y una gran depresión nerviosa—dijo el médico—. -¿Trabaja mucho?</p> - -<p>—Sí, mucho—contestó la Salvadora.</p> - -<p>—Pues que no trabaje tanto.</p> - -<p>Recetó el médico y se fué. Toda la noche estuvo la Salvadora al lado del -enfermo. A veces Manuel la decía:</p> - -<p>—Acuéstate; pero estaba deseando que no lo hiciera.</p> - -<p>Le atendía la Salvadora con una solicitud de<a name="page_100" id="page_100"></a> madre; se molestaba -continuamente por él. Era pródiga de sus atenciones y avara de las -ajenas. Manuel, hundido en la cama, la miraba, y cuanto más la miraba, -creía encontrar en ella nuevos encantos.</p> - -<p>—¡Qué buena es!—se solía decir á si mismo—. La molesto á cada paso y -no me odia.—Y este pensamiento de que era buena, le daba ideas -fúnebres, porque pensaba qué sería de él, si ella se casara. Era una -idea egoísta; nunca había sentido como entonces tanto miedo á morirse y -á quedar desamparado.</p> - -<p>A los dos días, la Ignacia dijo que para que la Salvadora pudiese -atender á sus quehaceres, lo mejor sería llamar á la mujer del señor -Canuto, una vieja emplastera, que asistiría muy bien á Manuel.</p> - -<p>Este no replicó, pero mentalmente se deshizo en insultos contra su -hermana; la Salvadora repuso que no había necesidad de traer á nadie, y -Manuel se sintió tan emocionado que las lágrimas le brotaron de los -ojos.</p> - -<p>Se encontraba Manuel en un estado de impresionabilidad extraño; la cosa -más insignificante le producía un arrebato de cariño ó de odio. Entraba -la Salvadora y mullía el almohadón ó le preguntaba si necesitaba alguna -cosa, é inmediatamente Manuel sentía un agradecimiento tan grande, que -hubiera querido exponer su vida por ella; en cambio venía la<a name="page_101" id="page_101"></a> Ignacia y -le decía: «Hoy parece que estás mejor», y sólo por esto, Manuel temblaba -de ira.</p> - -<p>«Así deben ser los perros, como yo soy ahora»—pensaba algunas veces.</p> - -<p>A los seis días, Manuel se levantaba. Era el mes de Agosto; solían estar -las maderas del balcón cerradas; por una rendija entraba un rayo de sol, -nadaban en su luz los corpúsculos del aire y pasaban las moscas -atravesando aquella barra de oro como gotas de un metal incandescente. -Se sentía la calma enorme de los alrededores desolados, y en aquellas -horas de siesta venía de la tierra calcinada como un soplo de silencio; -todo estaba aletargado; sólo se oía el lejano silbido de algún tren y el -chirriar de los grillos.....</p> - -<p> </p> - -<p>Los sábados invariablemente, por las mañanas, debajo del balcón en donde -trabajaba la Salvadora, solía ponerse un ciego á cantar, acompañándose -de una guitarra de son cascado, canciones antiguas. Era un ciego bien -vestido, con gabán y sombrero hongo, que llevaba un perrillo blanco como -guía. Solía cantar con muy poca voz, pero afinando siempre aquella -habanera de <i>Una Vieja</i>: ¡Ay mamá, qué noche aquella! y algunas otras -romanzas sentimentales.</p> - -<p>Manuel llamaba al ciego el Romántico, y por<a name="page_102" id="page_102"></a> este nombre le conocían en -la casa; la Salvadora solía echarle todos los sábados diez céntimos -desde el balcón.</p> - -<p>Por las tardes, Manuel, desde el comedor, oía á las discípulas de la -Salvadora cuando entraban. Notaba sus conversaciones en el portal, el -crujido de los peldaños viejos de la escalera; luego sentía el beso que -daban á la maestra, el ruido de la máquina, el chasquido de los bolillos -y un murmullo de risas y de voces.</p> - -<p>Cuando las niñas se marchaban, entraba Manuel en la escuela y charlaba -con la Salvadora. Abrían el balcón, las golondrinas trazaban rápidos -círculos alegres y locos en el cielo rarificado; el aire de la tarde se -opalizaba, y Manuel sentía lánguidamente el paso de las horas y -contemplaba los crepúsculos tristes de cielo anaranjado, cuando en la -callejuela solitaria se encendían los faroles y pasaban haciendo sonar -las esquilas algunos rebaños de cabras. Un día Manuel tuvo un sueño que -luego le preocupó mucho; soñó con una mujer que estaba á su lado; pero -esta mujer no era la Justa; era delgada, esbelta, sonriente. En su sueño -se desesperaba por no comprender quién era aquella mujer. Se acercaba á -ella, y ella huía, pero de pronto la alcanzaba y la tenía en sus brazos -palpitante. Entonces la miraba muy de cerca y la reconocía. Era la -Salvadora. Desde aquel instante comenzó una nueva preocupación por -ella...<a name="page_103" id="page_103"></a></p> - -<p>Una tarde, en la convalecencia, cuando aún Manuel se encontraba débil, -hizo un calor bochornoso. El cielo estaba blanquecino, anubarrado, -polvaredas turbias se levantaban de la tierra. A veces se ocultaba el -sol, y el calor entonces era más sofocante. En el interior de la casa -los muebles crujían con estallidos secos. Desde la ventana veía Manuel -el cielo que tomaba tintes amarillos y morados; después comenzó á oirse -el rodar lejano de los truenos. Llegaba un olor fuerte á tierra mojada. -Manuel, con los nervios en tensión, sentía una gran angustia. Brilló un -relámpago en el cielo y comenzó á llover. La Salvadora cerró la ventana -y quedaron en la semiobscuridad.</p> - -<p>—¡Salvadora!—llamó Manuel.</p> - -<p>-¿Qué?</p> - -<p>Manuel no dijo nada; le agarró la mano y la estrechó entre las suyas.</p> - -<p>—Déjame que te bese—le dijo Manuel en voz baja.</p> - -<p>La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los -labios de Manuel que quemaban y él sintió en sus labios una frescura -deliciosa. En aquel momento entró la Ignacia.</p> - -<p> </p> - -<p>A medida que Manuel iba restableciéndose, la Salvadora volvía á ser como -habitualmente, igual en su carácter, tan amable para unos<a name="page_104" id="page_104"></a> como para -otros. Manuel hubiera querido una preferencia.</p> - -<p>—La hablaré—pensó.</p> - -<p>En casa no era fácil, porque la Ignacia se creyó en el caso de -vigilarles á los dos.</p> - -<p>—Ya no falta más que esto—decía indignado Manuel—; pero, en fin, -cuando salga nos entenderemos.</p> - -<p>De cuando en cuando Manuel preguntaba á Jesús:</p> - -<p>—¿Qué tal en la imprenta?</p> - -<p>—Bien—contestaba él invariablemente.</p> - -<p>Jesús comía en la casa y dormía en un cuarto próximo al desván, en donde -la Ignacia le había puesto una cama.</p> - -<p> </p> - -<p>El primer día que Manuel se sintió con fuerzas, se marchó á la imprenta. -Entró. No había nadie.</p> - -<p>—¿Qué demonios pasa aquí?—se dijo.</p> - -<p>Se oían voces en el patio. Manuel se asomó á una ventana á ver lo que -ocurría. Estaban los tres cajistas, Jesús y el aprendiz, todos vestidos -de mamarracho, cantando y paseándose por el patio. Abría la marcha el -aprendiz con un embudo en la cabeza y golpeando en una sartén. Tras de -él iba uno de los cajistas, que llevaba una falda de mujer, unos trapos -arrebujados en el pecho y en los brazos un palo envuelto en una tela -blanca, como si fuera un<a name="page_105" id="page_105"></a> niño. Después marchaba Jesús, vestido con una -dalmática de papel y en la cabeza un birrete con un barboquejo; luego -uno de los cajistas que llevaba una escoba como un fusil, y al último, -el otro cajista con una espada de madera en el cinto.</p> - -<p>Todas las vecinas habían salido á las ventanas á presenciar la -ceremonia. Después de los cánticos, Jesús se subió á un banco, cogió una -bota de vino y lo derramó sobre la cabeza del muñeco.</p> - -<p>—En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo—gritó—, te -bautizo y te doy el nombre de Curda I, rey de todas las Cogorzas, -príncipe de la Jumera, conde de la Tajada y señor de la Papalina.</p> - -<p>El de la sartén comenzó á golpearla furiosamente.</p> - -<p>—¡Silencio!—exclamó Jesús con voz vibrante—. Pueblo de Madrid: ¿juras -defender á Su Majestad Curda I, á todas horas y en todos los momentos?</p> - -<p>—Sí, sí—gritaron los cuatro, enarbolando escobas, espadas y sartenes.</p> - -<p>—¿Reconoceréis como vuestro legítimo rey y soberano á Su Majestad Curda -I?</p> - -<p>—Sí, sí.</p> - -<p>—¿Juráis dar vuestras haciendas y vuestras vidas á Su Majestad Curda I?</p> - -<p>—Sí, sí.<a name="page_106" id="page_106"></a></p> - -<p>—¿Juráis derramar vuestra sangre en los campos de batalla por Su -Majestad Curda I?</p> - -<p>—Sí, sí.</p> - -<p>—¿Juráis no reconocer nunca, ni aun en el tormento, otro rey que Su -Majestad Curda I?</p> - -<p>—Sí, sí.</p> - -<p>—Pues bien, pueblo inepto, pueblo nauseabundo, si así lo hacéis, Dios -os lo premie, y si no, os lo demande. ¡Sus! ¡Papalina y cierra España! -¡Muera el infiel marroquí! Acordáos de que vuestros padres tuvieron la -honra de morir por los Papalinas, de ser destripados por los Papalinas, -de ser violados por los Papalinas. ¡Vivan los Papalinas!</p> - -<p>—¡Vivan los Papalinas!—gritaron todos.</p> - -<p>—Ahora que comience la libación—dijo Jesús—. ¡Que rompan á tocar las -músicas! ¡Que arda en festejos el pueblo!</p> - -<p>Luego con su voz natural le dijo al chico:</p> - -<p>—¡Anda, trae unos vasos!</p> - -<p>El aprendiz entró en la imprenta; Manuel le cogió del brazo y le dijo:</p> - -<p>—Dile á ese que estoy aquí.</p> - -<p>Con la orden se acabó inmediatamente la ceremonia y volvieron los -obreros al trabajo.</p> - -<p>—Muy bien—dijo Manuel—; muy bien—y engarzó una serie de -blasfemias—. Ahora se van ustedes todos á la calle. De manera que dejan -ustedes esto solo y se ponen á armar escándalo,<a name="page_107" id="page_107"></a> para que el amo de la -casa le despida á uno...</p> - -<p>—Es que el chico ayer pescó la primera curda—dijo Jesús—, ¿sabes? y -la hemos celebrado.</p> - -<p>—Haberla celebrado en otra parte. Bueno. A trabajar, y otra vez estas -fiestas las hacen ustedes en los Cuatro Caminos.</p> - -<p>Jesús se fué á las cajas, pero al poco rato volvió.</p> - -<p>—Dame la cuenta—le dijo á Manuel muy fosco.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Me marcho; no quiero trabajar aquí.</p> - -<p>—¿Pues qué hay?</p> - -<p>—Eres un cochino burgués que no piensas más que en el dinero. No tienes -alegría.</p> - -<p>—Mira, sigue ahí, si no quieres que te meta el componedor por la boca, -¡ladrón!</p> - -<p>—Eres un mal compañero... además, siempre me estás insultando.</p> - -<p>—¿Y me vas á dejar ahora que todavía estoy malo?</p> - -<p>—Bueno, me quedaré hasta que te cures.</p> - -<p><a name="page_108" id="page_108"></a></p> - -<p><a name="page_109" id="page_109"></a></p> - -<h2><a name="SEGUNDA_PARTE" id="SEGUNDA_PARTE"></a>SEGUNDA PARTE</h2> - -<h3><a name="CAPITULO_I-b" id="CAPITULO_I-b"></a>CAPÍTULO I</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres.</p></div> - -<p>Hay entre Vallehermoso y el paseo de Areneros, una ancha y extensa -hondonada que lentamente se va rellenando con escombros.</p> - -<p>Estos terrenos nuevos, fabricados por el detritus de la población, son -siempre estériles. Algunos hierbajos van naciendo en los que ya llevan -aireándose algunos años. En los modernos, manchados de cal, llenos de -cascote, ni el más humilde cardo se decide á poblarlos.</p> - -<p>Por encima de estas escombreras pasan continuamente volquetes con tres y -cuatro mulas, rebaños de cabras escuálidas, burros blanquecinos, -chiquillos harapientos, parejas de golfos que se retiran á filosofar -lejos del bullicio del pueblo, mendigos que toman el sol, y perros -vagabundos.</p> - -<p>En la hondonada se ven solares de corte de piedras, limitados por cercas -de pedruscos, y<a name="page_110" id="page_110"></a> en medio de los solares, toldillos blancos, bajo los -cuales los canteros, protegidos del sol y de la lluvia, pulen y pican -grandes capiteles y cornisas marcados con números y letras rojas.</p> - -<p>En el invierno, en lo más profundo de la excavación, se forma un lago, y -los chiquillos juegan y se chapotean desnudos.</p> - -<p>En esta hondonada, ya bastante cerca del paseo de Areneros, al lado de -unas altas pilas de maderas negras, había un solar, y en él una taberna, -un juego de bolos y una churrería.</p> - -<p>El juego de bolos estaba en medio, la taberna á su derecha y la -churrería á la izquierda. La taberna se llamaba <i>La Aurora</i>; pero era -más conocida por la taberna de Chaparro. Daba al paseo de Areneros, y á -un pasadizo entre dos empalizadas; tenía un escalón á la entrada, y una -muestra llena de desconchaduras y de lepras. Por dentro era un cuarto -muy pequeño con una ventana al solar. En medio de la taberna, por las -mañanas, solían verse cuatro ó cinco barreños con ceniza, y encima unos -pucheretes de barro, en donde hervía el cocido de unos cuantos mozos de -cuerda que iban á comer allí.</p> - -<p>El local tenia sus refinamientos de lujo y de comodidad; en las paredes -había un zócalo de azulejos; en el invierno se ponía una estufa, y -continuamente había cerca de la ventana un reloj parado de caja grande -pintarrajeada.<a name="page_111" id="page_111"></a></p> - -<p>La churrería estaba al otro lado del solar. Era una barraca hecha de -tablas pintadas de rojo; tenía el tejado de cinc, y por en medio de él, -salía una alta y gruesa chimenea, sujeta por cuatro alambres y adornada -con una caperuza.</p> - -<p>Como trazo de unión entre la churrería y la taberna, estaba el juego de -bolos. Tenía éste su entrada por una valla pintada de rojo con un arco -en la puerta. Se dividía en dos plazas separadas por un gran tabique ó -biombo, hecho con trapos sujetos en un alto bastidor. En el fondo, en un -sotechado con gradas, se colocaban los espectadores.</p> - -<p>Dando la vuelta al juego de bolos, había una casita blanca casi cubierta -por enredaderas; detrás de ésta un antiguo invernadero arruinado, y -junto á él una noria, cuya agua regaba varios cuadros de hortalizas. Al -lado del invernadero, medio oculto entre altos girasoles, se veía un -coche viejo, una antigua berlina destrozada, sucia, con las portezuelas -abiertas y sin cristales, que servía de refugio á las gallinas. La -churrería, la taberna y el juego de bolos, eran de los mismos dueños; -dos socios que habitaban en la casita de las enredaderas.</p> - -<p>Los dos socios eran tipos diametralmente opuestos. Al uno, rubio, -bastante grueso, con patillas, le decían el Inglés; el otro, delgado,<a name="page_112" id="page_112"></a> -picado de viruelas, con los ojos pequeños y enrojecidos, se llamaba -Chaparro. Los dos habían sido mozos de café. Eran hombres que con los -genios más opuestos y contradictorios, se entendían admirablemente.</p> - -<p>Chaparro solía estar siempre en la taberna, el Inglés siempre en el -juego de bolos; Chaparro llevaba gorra, el Inglés sombrero de jipi japa; -Chaparro no fumaba, el Inglés fumaba en pipa larga; Chaparro vestía de -negro, el Inglés trajes claros y anchos; Chaparro estaba siempre -incomodado, el Inglés siempre alegre; Chaparro creía que todo era malo, -el Inglés que todo era bueno, y así, con esta disparidad absoluta, se -entendían los dos compadres.</p> - -<p>Chaparro trabajaba mucho, no paraba nunca; el Inglés, más pacífico, -miraba jugar á los bolos, leía el periódico, con sus anteojos negros, -puestos sobre la nariz, regaba sus plantas que las tenía en cajas y en -grandes jarrones de piedra, que debían de haber ido á parar allí de -algún derribo, y meditaba. Muchas veces no hacía ni esto siquiera; salía -á la hondonada, se tendía al sol y contemplaba vagamente la sierra y la -línea austera apenas ondulada de los campos madrileños bajo el cielo -azul radiante.</p> - -<p> </p> - -<p>Una tarde, paseaba Juan con un pintor decorador, á quien había conocido -en la Exposición,<a name="page_113" id="page_113"></a> por el paseo de Areneros, cuando vieron el juego de -bolos del Inglés y entraron.</p> - -<p>—Aquí podríamos tomar algo—dijo Juan.</p> - -<p>—No habrá quien sirva—contestó el otro.</p> - -<p>Llamaron á un chico que recogía las bolas.</p> - -<p>—Ahí al lado, en la taberna, se pueden ustedes sentar.</p> - -<p>Se sentaron debajo de un emparrado y siguieron hablando. El que hablaba -con Juan era hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y -viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde -firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía.</p> - -<p>Había dedicado un artículo elogioso al grupo de <i>Los Rebeldes</i>, y luego -había buscado á Juan para conocerle.</p> - -<p>Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre -delgado y alto, de nariz corva, barba larga, y un modo de expresarse -irónico y burlón. A pesar de que á primera vista parecía indiferente y -hombre que tomaba todo á broma, era un fanático. Trataba de convencer á -Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos -largos y delgados su barba antigua de prócer, suave y flexible. Para él, -lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el -Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el -problema para<a name="page_114" id="page_114"></a> él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. El -no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por -su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas -de bien y de mal tenían que transformarse por completo y con ellas la -del deber y la de la virtud.</p> - -<p>Hacía sus afirmaciones con cierta reserva, y de cuando en cuando -observaba á Juan con una mirada escrutadora.</p> - -<p>El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin -alardes, iba exponiendo sus doctrinas.</p> - -<p>Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus -dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer á los artistas de -cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid -llegó á intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado al -ver una gente mezquina é indelicada, una colección de intrigantuelos, -llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con -todas las malas pasiones de los demás burgueses.</p> - -<p>Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe -de los artistas, la puso de lleno en los obreros. El obrero para él era -un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No -veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía<a name="page_115" id="page_115"></a> de -indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y -tampoco notaba que si á los obreros les faltaba la envidia, les faltaba -también en general el sentimiento del valor, de la dignidad y de la -gratitud.</p> - -<p>—Aquí se está bien—dijo el Libertario, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca.</p> - -<p>—Sí, hombre.</p> - -<p>—Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han -visto <i>Los Rebeldes</i>, y son entusiastas de usted.</p> - -<p>—¿Son anarquistas también?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Salieron al paseo de Areneros por la taberna.</p> - -<p>—Voy á ver el número de esta casa para decírselo á los amigos—dijo el -Libertario.</p> - -<p>—Pues no tiene número—replicó Juan—; pero tiene nombre: La Aurora.</p> - -<p>—Buen nombre para una reunión de los nuestros.</p> - -<p>Se despidieron. Juan marchó á casa de Manuel. En el cerebro del escultor -comenzaba á germinar la idea de que había una misión social que cumplir, -y que esta misión era él el encargado de llevarla á cabo.</p> - -<p>Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos,<a name="page_116" id="page_116"></a> Manuel trabajaba en la -imprenta. Iban poco á poco viniendo los encargos.</p> - -<p>Una vez Manuel había dicho á la Salvadora:</p> - -<p>—Quisiera hablar contigo despacio.</p> - -<p>—¿Por qué no esperar á ver si salimos adelante?—le había contestado -ella.</p> - -<p>Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron á -trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él -mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba -á andar. Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de -ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si -uno lleva el carretón, ó si es el carretón el que le lleva á uno. Así en -la vida muchas veces no se sabe si es uno el que empuja los -acontecimientos ó si son los acontecimientos los que le arrastran á uno.</p> - -<p>A Manuel su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se -cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle á ninguna parte; en -cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para -echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto la calle -larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco á poco.</p> - -<p>El recuerdo de la Justa había quedado ya borrado para siempre en su -memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará -aquella pobre mujer?<a name="page_117" id="page_117"></a></p> - -<p>Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con -intermitencias.</p> - -<p>Un domingo del mes de Noviembre, después de comer, Jesús preguntó á -Manuel:</p> - -<p>—¿No vas á ir hoy á La Aurora? Vamos á tener junta.</p> - -<p>—¿En dónde? ¿En la taberna de Chaparro?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Yo no voy. ¿A qué?</p> - -<p>—¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las -noches.</p> - -<p>—Le están haciendo la pascua á Juan, metiéndole en esas cosas de -anarquismo, que no son más que memadas.</p> - -<p>—¿Ya has renegado también de la idea?</p> - -<p>—Hombre, á mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en -seguida y le dé á cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo -y tres ó cuatro horas de trabajo; pero para no hacer más que hablar y -hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse -diciendo: ¡Salud! Para eso prefiero ser sólo impresor.</p> - -<p>—Tú con anarquía ó sin anarquía serás siempre un burgués infecto.</p> - -<p>—¿Pero es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir?</p> - -<p>—Claro que sí; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque, -¿vienes ó no á La Aurora?<a name="page_118" id="page_118"></a></p> - -<p>—Bueno; iré á ver lo que es eso. El día menos pensado os van á meter á -todos en la cárcel.</p> - -<p>—¡Quia! hay la mar de puertas en el solar ese.</p> - -<p>Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una -delación, en la taberna y se encontraron con que no había nadie.</p> - -<p>Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y por la puerta de al lado del -mostrador pasaron á un cuarto con un zócalo de madera, con una mesa -redonda en medio. Había ya diez ó doce personas, y entre los conocidos -de Manuel, estaba el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico, -que no cabían en él. Iba viniendo más gente.</p> - -<p>El Libertario llamó á Chaparro.</p> - -<p>—¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos?—le preguntó.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no se podría entrar?</p> - -<p>—¿En el invernadero? Ahí no hay sillas, ni mesa ni nada.</p> - -<p>—Sí; pero ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Bueno; pues traiga usted unas velas.</p> - -<p>Salieron al solar; estaba lloviendo á cántaros. Corriendo se metieron en -el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos<a name="page_119" id="page_119"></a> una -mesita, la pusieron en el centro y encima dos bujías metidas en dos -frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando unos sobre un -banco, otros en tiestos colocados del revés, y otros en el suelo. Tenía -aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba á impulsos -del viento, sonaba la lluvia densa y ruidosa en los cristales y al -escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin -saber por qué todos hablaban bajo.</p> - -<p>—Yo creo, compañeros—dijo Juan, levantándose y acercándose á la -mesa—, que el que tenga algo práctico que decir debe levantarse y -hablar. Hemos constituído este grupo de partidarios de la idea. Casi -todos conocemos este sitio por el nombre de Aurora; como nuestro grupo -debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades, -propongo que desde hoy se llame Aurora Roja.</p> - -<p>—¡Aceptado! ¡Aceptado!</p> - -<p>La mayoría estuvo conforme. Algunos propusieron otros nombres, como -Ravachol, Angiolillo, Ni Dios ni amo; pero en general, todos fueron de -parecer que se pasara á otro punto y que quedase el nombre de Aurora -Roja.</p> - -<p>Luego de aclarado esto, se levantó un joven delgado, vestido de negro, y -echó un verdadero discurso. ¿Qué había que hacer? ¿Qué<a name="page_120" id="page_120"></a> fin había de -perseguir el grupo designado con el nombre de Aurora Roja? Unos eran -partidarios de la labor puramente individual; pero él encontraba que -esta labor individual tenía un carácter poco revolucionario y era -demasiado cómoda. Uno que no fuese escritor, ni orador, ni anarquista de -acción, que no se reuniera ni se asociara, podía echárselas de -anarquista tremendo y hasta podía serlo con la misma tranquilidad que un -coleccionista de sellos. Además, no había peligro en esto.</p> - -<p>—Y eso ¿qué importa?—dijo Juan—; á nadie se le exige que sea -valiente. Los actos de los anarquistas tienen más valor por eso, porque -nacen de su conciencia y no de mandato alguno.</p> - -<p>—Es verdad—dijeron los demás.</p> - -<p>—Yo no lo niego; lo que yo quiero decir es que no necesitamos liebres -con piel de león, y que sería conveniente un compromiso entre todos -nosotros.</p> - -<p>Mientras este joven defendía la necesidad de la asociación, Jesús -explicó á Manuel quién era. Se llamaba César Maldonado y era estudiante; -había figurado entre la juventud republicana. Era hijo de un mozo de -café y había muchas probabilidades para creer que su anarquismo era una -manera de vengarse de la posición humilde de su padre. En el fondo, el -joven aquel era un presuntuoso, lleno de<a name="page_121" id="page_121"></a> esa soberbia jacobina que sabe -disimular las bajas pasiones con grandes frases.</p> - -<p>A su lado, y defendiendo todas sus ideas, había un vascongado, alto y -ancho, cargado de espaldas, que se llamaba Zubimendi, hombre triste, con -unos puños formidables, que no hablaba apenas, que había sido pelotari, -y últimamente se dedicaba á servir de modelo.</p> - -<p>—Para formar una asociación habrá que hacer un reglamento, ¿no es -eso?—preguntó el Libertario levantándose.</p> - -<p>—Según—contestó Maldonado—. Yo no creo que deba haber reglamento; -basta un lazo de unión; pero lo que sí considero indispensable es poner -un límite al ingreso en el grupo y otorgar ciertas prerrogativas para -los directores; pues si no, los elementos extraños podían llegar hasta -cambiar el objeto que perseguimos.</p> - -<p>—Yo—replicó el Libertario—, soy enemigo de todo compromiso y de toda -asociación que no esté basada en la inclinación libre. ¿Vamos á -comprometernos á una cosa y á resolver nuestras dudas por el voto? ¿por -la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de -comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo.</p> - -<p>—Hay que ser prácticos—replicó Maldonado.</p> - -<p>—Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños.<a name="page_122" id="page_122"></a></p> - -<p>Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de -aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó á la -mesa.</p> - -<p>—Compañeros—dijo sonriendo.</p> - -<p>—¿Quién es éste?—preguntó Manuel á Jesús.</p> - -<p>—El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito.</p> - -<p>—Compañeros: A mí me parece que vuestro pleito se puede resolver con -mucha facilidad. El que quiera asociarse y comprometerse, que lo haga; -el que no, que lo deje.</p> - -<p>Excepto tres ó cuatro partidarios de Maldonado que defendieron la -utilidad del compromiso, los demás no quisieron asociarse.</p> - -<p>—Entonces, ¿para qué reunirnos?—preguntó uno de los amigos del -estudiante.</p> - -<p>—¿Para qué?—contestó Juan—; para hablar, para discutir, para -prestarnos libros, para hacer la propaganda, y si llega el momento de -ejecutar, individual ó colectivamente, cada uno hará lo que su -conciencia le dicte.</p> - -<p>—Yo, por mi parte, estoy conforme con esto—dijo el Libertario—. Que -cada cual sea responsable de sus actos. No podemos aceptar una -solidaridad con nadie desde el momento que todavía ni siquiera nos -conocemos... De manera que el que quiera reunirse libremente, el domingo -que viene aquí estaremos.</p> - -<p>Se levantaron todos.<a name="page_123" id="page_123"></a></p> - -<p>—Bueno, vamos—dijo uno—; que ha dejado de llover.</p> - -<p>Salieron al solar, que estaba encharcado, y se despidieron, dándose -fuertes apretones de manos.</p> - -<p>—¡Salud, compañero!</p> - -<p>—¡Salud!</p> - -<p>Y en todos ellos se notaba cierta alegría de jugar á los -revolucionarios...</p> - -<p> </p> - -<p>El mismo Manuel, á pesar de su aburguesamiento, sintió el atractivo de -aquella reunión, y al domingo siguiente estaba en la Aurora -fraternizando con los compañeros.</p> - -<p>Formaron la peña en la tejavana de uno de los juegos de bolos, que no se -utilizaba. Allí se podía hablar libremente. Cada domingo se iba haciendo -el grupo más numeroso; se habían comprado folletos anarquistas de -Kropotkine, de Réclus y Juan Grave, y pasaban de una mano á otra. Ya -comenzaban á hablar todos con cierta terminología pedante, entre -sociológica y revolucionaria, traducida del francés.</p> - -<p>En el grupo se manifestaron pronto tres tendencias: la de Juan, la del -Libertario y la del estudiante César Maldonado. El anarquismo de Juan -tenía un carácter entre humanitario y artístico. No leía Juan casi nunca -libros anarquistas; sus obras favoritas eran las de Tolstoï y las de -Ibsen.<a name="page_124" id="page_124"></a></p> - -<p>El anarquismo del Libertario era el individualismo rebelde, fosco y -huraño; de un carácter más filosófico que práctico; y la tendencia de -Maldonado entre anarquista y republicana radical, tenía ciertas -tendencias parlamentarias. Este último quería dar á la reunión aire de -club; pero ni Juan ni el Libertario aceptaban esto; Juan, porque veía -una imposición, y el Libertario, además de esto, por temor á la policía.</p> - -<p>Una última forma de anarquismo, un anarquismo del arroyo era el del -señor Canuto, del Madrileño y de Jesús. Predicaban éstos la destrucción, -sin idea filosófica fija, y su tendencia cambiaba de aspecto á cada -instante, y tan pronto era liberal como reaccionaria.</p> - -<p>El primer domingo, en la reunión del juego de bolos, el señor Canuto -llevó la voz cantante. El señor Canuto había sido uno de los entusiastas -de La Internacional, y cuando la escisión de los partidarios de Marx y -de los de Bakounine, el señor Canuto se había puesto del lado de -Bakounine. Había saludado con entusiasmo la Commune, creyendo que venía -con ella la revolución social; después tuvo sus ilusiones con el -levantamiento de Cartagena; luego, todas las asonadas, todos los -motines, pensó que iban á traer la gorda; hasta que al último, -desesperanzado ya, no quería oir hablar de nada. Era de los entusiastas -de Pí y Margall; había<a name="page_125" id="page_125"></a> conocido al caballero Fanelli, á Salvochea, á -Serrano, á Mora, y recordaba una porción de frases extravagantes de -Teobaldo Nieva, el autor de la <i>Química de la cuestión social</i>.</p> - -<p>Las historias del señor Canuto tenían para todos cierto carácter -arcaico, y no llegaron á interesar. Hablaba de cosas pasadas, de -artículos de <i>El Condenado</i> y de <i>La Solidaridad</i>, y de las épocas en -que él había tenido gran mano en las cuestiones de los anarquistas.</p> - -<p>Apenas estaba enterado de las corrientes modernas, y la fama de -Kropotkine y Grave, cuyos libros no había leído, le parecía una -usurpación cometida en contra de Fourrier, Proudhon y otros. Es verdad -que tampoco había leído las obras de éstos; pero sus nombres le sonaban.</p> - -<p>El quería su anarquía, la de su tiempo, la de Ernesto Alvarez, sobre -todo. Estas últimas cosas catalanas, como decía él con cierto desdén, le -molestaban.</p> - -<p>No tuvo esta segunda reunión el mismo atractivo que la primera, y muchos -salieron aburridos. Con el objeto de avivar el interés, se anunció para -el domingo siguiente, que se discutirían puntos de la doctrina y que -Maldonado y Prats contestarían á las objeciones que se les hicieran.</p> - -<p>—Este Prats, ¿quién es?—preguntó Manuel al Madrileño.<a name="page_126" id="page_126"></a></p> - -<p>Se lo presentó. Era un hombre bajo, barbudo, con una cara de pirata -berberisco, de un color bronceado, con rayas y vetas negruzcas. Tenía -este hombre pelos en toda la cara, alrededor de los ojos, en la nariz -aguileña, en las orejas. Con su aspecto terrible, su manera de hablar -bronca, las manos de oso, peludas y deformes, imponía.</p> - -<p>—¿Vendrás el domingo, compañero?—le dijo á Manuel después de -saludarle.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Entonces, hasta el domingo.</p> - -<p>Y se dieron un apretón de manos.</p> - -<p>—Vaya un tipo—dijo Manuel.</p> - -<p>—No es tan tremendo como parece este Rama Sama—añadió el Madrileño—. -En fin, veremos si el domingo esto se anima.</p> - -<p>Salieron Manuel y el Madrileño. Era el Madrileño, por lo que le oyó -decir Manuel, hombre burlón y paradójico y que tenía un gran fondo de -malicia. Su tipo de anarquista, según aseguraba, era Pini el estafador, -y le encantaba que unos ladrones hubiesen dado dinero á Juan Grave. A -Manuel le pareció que debía ser un hombre capaz de sacrificarlo todo por -una frase ingeniosa ó por un chiste.</p> - -<p>El Madrileño había sido amigo de Olvés, de Ruiz y Suárez, autores de una -explosión en la Huerta, el hotel donde vivía Cánovas.</p> - -<p>—Paco Ruiz era un hombre de buen corazón<a name="page_127" id="page_127"></a>—le dijo á Manuel. Si yo -hubiera estado en Madrid, no hubiese hecho la barbaridad de poner la -bomba en casa de Cánovas.</p> - -<p>—¿Y no hizo daño á nadie con la bomba?—le preguntó Manuel.</p> - -<p>—A nadie más que á él, que murió.</p> - -<p>—¿Y cómo no se pudo escapar?</p> - -<p>—Se pudo escapar. Verás lo que pasó; él llevaba una botella de pólvora -cloratada, la puso delante de la verja del hotel y encendió la mecha. -Cuando se retiraba, vió que iba á entrar una criada con unos niños. -Inmediatamente Paco volvió, recogió la botella y en la mano le estalló; -le arrancó el brazo la explosión y lo dejó muerto.</p> - -<p>El Madrileño, conocido de la policía como amigo de anarquistas, había -sido víctima de un seudocomplot de la calle de la Cabeza, y había estado -algunos meses preso.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_128" id="page_128"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_II-b" id="CAPITULO_II-b"></a>CAPÍTULO II</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">El derecho.—La ley.—La esclavitud.—Las vacas.—Los negros.—Los -blancos.—Otras pequeñeces.</p></div> - -<p>El domingo siguiente llegó Manuel tarde á la reunión; hacía un hermoso -tiempo de invierno, y Manuel y Salvadora lo aprovecharon para pasear.</p> - -<p>Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en el -período álgido.</p> - -<p>—Qué tarde—le dijo el Madrileño—te has perdido; la gran juerga; pero, -en fin, todavía continúa.</p> - -<p>Las caras estaban congestionadas.</p> - -<p>—¿Quiénes son los que discuten?</p> - -<p>—El estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.</p> - -<p>El jorobado era Rebolledo.</p> - -<p>—Lo que proclamamos nosotros—decía el estudiante Maldonado con voz -iracunda—es el derecho al bienestar de todos.</p> - -<p>—Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado—replicó Rebolledo -padre.</p> - -<p>—Pues yo sí.</p> - -<p>—Pues yo no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener -derecho. Todos tenemos<a name="page_129" id="page_129"></a> derecho al bienestar; todos tenemos derecho á -edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no -tuviéramos derecho.</p> - -<p>—Se pueda ó no se pueda, el derecho es el mismo—replicó Maldonado.</p> - -<p>—Claro—dijo Prats.</p> - -<p>—No, claro no—y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con -vigorosos signos negativos—, porque el derecho de la persona varía con -los tiempos y hasta con los países.</p> - -<p>—El derecho es siempre el mismo—afirmó el grupo jacobino.</p> - -<p>—¿Pero cómo antes se podía hacer una cosa, por ejemplo, tener esclavos, -y ahora no?—preguntó el jorobado.</p> - -<p>—Porque las leyes eran malas.</p> - -<p>—Todas las leyes son malas—afirmó rotundamente el Libertario.</p> - -<p>—Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito—dijo con -ironía el Madrileño—, ladran á los que llevan blusa y mala ropa.</p> - -<p>—Si se suprimiera el Estado y las leyes—afirmó uno de los -circunstantes—los hombres volverían á ser buenas personas.</p> - -<p>—Esa es otra cuestión—repuso con desdén Maldonado—, yo le contestaba -al señor—y señaló á Rebolledo—y ¡la verdad! no recuerdo lo que decía.</p> - -<p>—Usted decía—dijo el jorobado—que las leyes<a name="page_130" id="page_130"></a> antiguas, que permitían -tener esclavos, eran malas, y yo no digo que no; lo que sí afirmo es que -si volvieran aquellas leyes, volvería á haber el derecho de tener -esclavos.</p> - -<p>—No... la ley es una cosa, el derecho es otra.</p> - -<p>—¿Pero qué es el derecho entonces?</p> - -<p>—El derecho es lo que á cada uno le corresponde naturalmente como -hombre... Todos tenemos derecho á la vida; creo que no lo negará usted.</p> - -<p>—Ni lo niego ni lo afirmo... pero que mañana vengan los negros, por -ejemplo, á Madrid, y á este quiero y á este no quiero, empiecen á cortar -cabezas; ¿qué hace usted con el derecho á la vida?</p> - -<p>—Podrán quitar la vida, no el derecho á la vida—replicó Prats.</p> - -<p>—¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho á la vida?</p> - -<p>—Aquí en Madrid todo se resuelve con chistes—dijo el catalán enfadado.</p> - -<p>—No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.</p> - -<p>—Es usted un reaccionario.</p> - -<p>—Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han -convencido.</p> - -<p>—¿Pero es que usted no cree—gritó Maldonado—que todo el que nace -tiene derecho á vivir?<a name="page_131" id="page_131"></a></p> - -<p>—No sé—contestó el jorobado—; las vacas también nacen y deben tener -derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en -bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero.</p> - -<p>Se echaron todos á reir.</p> - -<p>—Es que se va de la cuestión—dijo Prats.</p> - -<p>—No—replicó el jorobado—, es que á mí las pamplinas me hacen la -santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice <i>na</i>. -Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte, -y <i>pa</i> mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí -me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo -que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que -tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo -haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar. -¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana -suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda, -aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo -encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no -puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni -más filosofía que eso.</p> - -<p>—Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible—dijo -Maldonado.<a name="page_132" id="page_132"></a></p> - -<p>—Yo encuentro que tiene razón—exclamó el Libertario.</p> - -<p>—Sí, desde su punto de vista sí—añadió Juan.</p> - -<p>—De esa manera de pensar—repuso el Libertario—son la mayoría de los -españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el -cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más -fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida.</p> - -<p>El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso -quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta -modestia añadió al cabo de un rato:</p> - -<p>—Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay -cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el -trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.</p> - -<p>—Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á -impedir que el hijo herede al padre?—preguntó Maldonado.</p> - -<p>—Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos -los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego -el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie.</p> - -<p>—Con la anarquía no habrá holgazanes—dijo Prats.<a name="page_133" id="page_133"></a></p> - -<p>—¿Y por qué no?</p> - -<p>—Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización -social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros -tampoco.</p> - -<p>Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.</p> - -<p>—¿Y el que guarde dinero?—preguntó el jorobado.</p> - -<p>—No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.</p> - -<p>—¿Y los ladrones?</p> - -<p>—No habrá ladrones.</p> - -<p>—¿Y los criminales?... ¿los asesinos?</p> - -<p>—No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que -asesine para robar.</p> - -<p>—Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.</p> - -<p>—Esos son enfermos y hay que curarlos.</p> - -<p>—¿Entonces las cárceles se convertirán en hospitales?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y lo alimentarán á uno allá sin hacer nada?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues va á ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.</p> - -<p>—Usted todo lo quiere tomar al pie de la<a name="page_134" id="page_134"></a> letra—dijo Prats—. Esas -cosas de detalles se estudiarán.</p> - -<p>—Bueno, y otra cosa: ¿Los obreros qué vamos ganando con la anarquía?</p> - -<p>—¿Qué? mejorar la vida.</p> - -<p>—¿Ganaremos más?</p> - -<p>—¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.</p> - -<p>—Eso quiere decir que á cada uno se le dará lo que merece.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?</p> - -<p>—¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?—dijo Prats de mal -humor.</p> - -<p>—En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los -inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa -el trabajo?</p> - -<p>Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al -catalán, que dijo en un arranque de mal humor:</p> - -<p>—Esos, que vayan á romper piedra á la carretera.</p> - -<p>—No—arguyó Maldonado—, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he -escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he -hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro.</p> - -<p>—Bueno—replicó Rebolledo—, pero aun suponiendo que el inventor no sea -superior al<a name="page_135" id="page_135"></a> zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente -una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á -otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos, -y unos superiores á otros.</p> - -<p>—No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.</p> - -<p>—Pero eso no puede ser.</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa -bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir -los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es -mayor ó menor.»</p> - -<p>—Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted -comprender que el mundo cambie en absoluto—dijo Maldonado con desdén.</p> - -<p>—¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de -que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á -variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales, -todos serán iguales... no lo creo.</p> - -<p>—No lo crea usted.</p> - -<p>—Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su -palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.<a name="page_136" id="page_136"></a></p> - -<p>Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto -del barbero.</p> - -<p> </p> - -<p>—Me ha convencido usted—le dijo Manuel al jorobado.</p> - -<p>—Claro—exclamó el Madrileño impaciente—, como que todas esas fórmulas -son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la -Revolución, <i>pa</i> divertirse.</p> - -<p>—Eso es—dijo el señor Canuto—; qué tanta teoría, ni tanta alegoría, -ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á -ello y echar con las tripas al aire á los <i>burgantes</i>, y tirar todas las -iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos -los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un -general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un -buen <i>cate</i> ó una <i>puñalá</i> trapera... y adivina quién te dió... Eso es.</p> - -<p>Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y -humanos y no una partida de asesinos.</p> - -<p>—¡Pero será este hombre mendrugo!—exclamó el señor Canuto en el colmo -del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor, -le dijo:—Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me -dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto -algo en la vida—poniéndose el<a name="page_137" id="page_137"></a> dedo índice junto al párpado inferior -del ojo derecho—más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está -usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el -sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema -actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón -para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted -quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible -que se atraviese usted el corazón.</p> - -<p>—No le entiendo á usted—dijo el catalán.</p> - -<p>—¿No?—y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con -lástima—. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola—y -haciéndose el humilde continuó—: pero sí que me figuraba conocer un -poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene -una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras -escrofulosas, ¿qué hace usted?</p> - -<p>—¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.</p> - -<p>—Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?</p> - -<p>—Claro.</p> - -<p>—Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al -enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda, -aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera, -paliar,<a name="page_138" id="page_138"></a> ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta -cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de -arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras -sociales.</p> - -<p>—Será verdad; á mí no me lo parece.</p> - -<p>—¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se -ofenderá usted. Eso es.</p> - -<p>—No, señor; yo no me ofendo.</p> - -<p>—Pues hágase usted socialista.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque eso que dice usted y hacerse <i>socialero</i>, es lo mismo que ir á -cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted? y una escopeta de -caña. Eso es.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_139" id="page_139"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_III-b" id="CAPITULO_III-b"></a>CAPÍTULO III</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">No hay que confiar en los relojes ni en la milicia.—Las mujeres -son buenas, aun las que dicen que son malas.—Los borrachos y los -perros.</p></div> - -<p>Comenzaba ya á encarrilarse la imprenta. El trabajo se iba -regularizando; pero Manuel ni un momento podía dejar el taller. Así, que -si alguna diligencia tenía que hacer, la hacía de noche, después de -cerrar la tienda. Jesús seguía viviendo en la casa, sin trabajar y sin -hacer nada. Por las tardes iba á ver al señor Canuto, á charlar con él; -luego cenaba, se acostaba, y al día siguiente aparecía á la hora de -comer; muchas veces no se le veía el pelo.</p> - -<p>—Jesús tiene dinero—le dijo una vez la Salvadora á Manuel—, ¿qué -hace? ¿trabaja en algún lado?</p> - -<p>—Que yo sepa, no.</p> - -<p>—Pues tiene dinero.</p> - -<p>—No sé cómo se las arreglará.</p> - -<p>Una noche que Manuel fué á casa de un editor á entenderse con él para la -publicación de unos libros, se le hizo tarde, y al llegar á la plaza del -Callao vió á Jesús parado en una esquina, borracho, sin poder -sostenerse. Manuel<a name="page_140" id="page_140"></a> pensó en seguir adelante sin hacerle caso, pero -luego le dió lástima y se acercó á él.</p> - -<p>—¿Qué haces aquí?—le dijo.</p> - -<p>—¿Quién es usted... para preguntarme á mí eso?—tartamudeó Jesús—. Ah, -¿eres tú? Estaba tomando el fresco.</p> - -<p>—Tienes una curda indecente. Vamos á casa. ¡Anda!</p> - -<p>—¿Qué anda? ¿Qué?</p> - -<p>—¡Cómo estás! No te puedes tener.</p> - -<p>—¿Y á ti qué te importa? Tú no eres más que un cochino burgués... -eso... y un avaro. Entre tu hermano y esa otra te han hecho un roñoso... -y un mal compañero.</p> - -<p>—Bueno; yo seré un burgués; pero no huelo que apesta, como tú.</p> - -<p>—Pero ¿á qué huelo yo? A vino, á vino...</p> - -<p>Jesús decía á vino, como hubiera dicho á rosas.</p> - -<p>—Eres un sinvergüenza—exclamó Manuel—, un borracho indecente.</p> - -<p>—¿Tú sabes por qué me emborracho yo? ¿Tú sabes? Porque tengo un ansia -muy grande; porque tengo una sed...</p> - -<p>—Sí, una sed de vino y aguardiente.</p> - -<p>—Pero, ¿para qué hablo yo con hombres que no me comprenden?... Soy un -huérfano...</p> - -<p>—Mira, no me vengas con cosas de zarzuela. ¡A casa!</p> - -<p>—¿A casa?... No quiero. Mira, Manuel, yo<a name="page_141" id="page_141"></a> no sé qué tengo más grande, -si el cerebro ó el corazón..., porque mira que yo tengo cerebro...</p> - -<p>—Yo creo que lo que tú tienes mayor es la <i>asaúra</i>.</p> - -<p>—Pues aún tengo mayor el estómago, ¡gracioso! Y á mí no me vengas tú -con esos ratimagos de chulo, ¿sabes?, porque tú serás un buen tipógrafo; -pero de gracia madrileña... no tienes ni tanto así.</p> - -<p>—Ni me importa.</p> - -<p>—Y tú, ¿por qué no te emborrachas?</p> - -<p>—Porque no quiero.</p> - -<p>—Porque no quieres, ¿eh?... Te conozco, lebrel... Tu tienes una -tristeza muy honda...</p> - -<p>—Sí; soy un pobre huerfanito como tú.</p> - -<p>—No...; tú no eres más que un burgués..., y la otra tiene la culpa..., -porque antes eras un buen compañero...; pero la otra te domina, y tú ya -no sabes hacer nada sin ella.</p> - -<p>—Bueno, hombre; me domina; ¿qué le vamos á hacer?</p> - -<p>Al llegar á una taberna de la calle Ancha, Jesús se detuvo, se apoyó de -espaldas á la pared, y afirmó rotundamente que no se iba de allí aunque -lo mataran.</p> - -<p>—¡Anda, no seas estúpido!—le dijo Manuel—; te voy hacer andar á -patadas.</p> - -<p>—Pégame; pero no me voy.</p> - -<p>—Pero, ¿qué quieres hacer?<a name="page_142" id="page_142"></a></p> - -<p>—Tomar aquí unas copas.</p> - -<p>—Bueno, tómalas.</p> - -<p>En esto pasó de prisa una mujer. Jesús se abalanzó sobre ella; la mujer -comenzó á chillar asustada.</p> - -<p>—Está borracho; no le haga usted caso—le dijo Manuel interponiéndose -entre los dos.</p> - -<p>—¿Y qué?—replicó Jesús—. La convido á cenar. ¿Quieres venir á cenar -conmigo, prenda?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Y por qué no?</p> - -<p>—Porque tengo que ir á casa.</p> - -<p>—¿A casa á las dos de la mañana? ¿A qué?</p> - -<p>—Pero, ¿son las dos?—preguntó la muchacha á Manuel.</p> - -<p>—No debe faltar mucho.</p> - -<p>Pasaron por delante de la Universidad y miraron al reloj. Eran las dos -en punto. La muchacha quedó asombrada y vacilante luego se decidió y se -echó á reir. Estaba algo alegre, y tenía la blusa con las puntillas -rotas y manchada de vino. Contó que había ido con su novio, que era -sargento, y con otra amiga, con su correspondiente galán, á los Cuatro -Caminos. Allí los novios les habían hecho beber á las dos, hasta -emborracharlas; luego las engañaron, diciéndoles que eran las seis, -cuando daban las nueve, y que eran las nueve cuando daba ya la una. Ella -estaba sirviendo y pensaba<a name="page_143" id="page_143"></a> llegar á una hora regular á casa; pero ya -que no podía, le tenía todo sin cuidado.</p> - -<p>—¿Y qué vas á hacer?—le preguntó Manuel.</p> - -<p>—Dejaré la casa y buscaré otra.</p> - -<p>—Lo que vamos á hacer—dijo Jesús—es irnos los tres á cenar ahora -mismo.</p> - -<p>—Bueno; vamos donde queráis—exclamó la muchacha, y se agarró del brazo -á Manuel y á Jesús.</p> - -<p>—¡Bravo!—gritó Jesús—. ¡Olé por las mujeres valientes!</p> - -<p>Manuel vaciló; le esperarían en casa... Aunque ya se habrían acostado.</p> - -<p>—Un día es un día—murmuró—. Vamos allá—; además, la muchacha era -agradable, con la nariz respingona, abundante de pecho y de caderas.</p> - -<p>—¿De modo que vas á dejar á tus amos?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—¡Qué voy á hacer!</p> - -<p>—Bien hecho—gritó Jesús—; deja á los amos...; que les sirva su señora -mamá... ¡Mueran los burgueses!</p> - -<p>—Calla—exclamó Manuel—; van á venir los guardias.</p> - -<p>—Que vengan... Yo me río de los guardias municipales..., y de los -guardias civiles... y de los guardias de orden público... Y yo le digo á -esta mujer que es un cachito de gloria, que<a name="page_144" id="page_144"></a> hace bien en ir á los -Cuatro Caminos... con el sargento, con el soldado ó con quien le dé la -gana... Todos somos libres. Pues ¡qué!, ¿las amas no tienen también sus -líos?... ¿Verdad, corazón?</p> - -<p>—Ya lo creo.</p> - -<p>La muchacha cogió estrechamente del brazo á Manuel.</p> - -<p>—¿Y tú no dices nada?</p> - -<p>—Que tienes una espetera, que ya ya.</p> - -<p>—Mientras más gracia dé Dios, ¡mejor!—replicó ella riendo—. ¿Cómo te -llamas?</p> - -<p>—Manuel.</p> - -<p>—¿Y qué eres?</p> - -<p>—Este—saltó Jesús—, este es un cochino burgués... que quiere hacerse -rico... para casarse con una mujer... y poner entre los dos una casa de -préstamos... ¡Ja... ja!...</p> - -<p>—No le hagas caso—dijo Manuel—, no sabe lo que se dice. ¿Cómo te -llamas tú?</p> - -<p>—Yo, Paca.</p> - -<p>—¿Estás sirviendo de veras?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Varias veces Jesús trató de coger á la muchacha por el talle y de darle -un beso.</p> - -<p>—Bueno; si éste me agarra, me voy—dijo ella.</p> - -<p>Jesús, ofendido, comenzó á insultarla.</p> - -<p>—A mí lo que me sobran son mujeres más guapas que tú... ¿sabes?... y tú -no eres más<a name="page_145" id="page_145"></a> que una fregona..., y yo tengo siempre cinco duros en el -bolsillo <i>pa</i> tirarlos..; ese que va contigo es un gallina..., y si no, -que salga..., porque le voy á romper un ala.</p> - -<p>Manuel se volvió y cogió de un brazo á Jesús.</p> - -<p>—Si es una broma—dijo éste—. Parece mentira que te pongas así por una -broma. ¡Si á mí me gusta que vayas con ella, hombre! ¡Si yo no soy un -ganguero como tú! Y ahora voy á convidar yo á otra, y nos iremos á -cenar.</p> - -<p>Efectivamente, invitó á una mujer, y los cuatro entraron en una taberna -de la calle del Horno de la Mata, que estaba llena, y pasaron á un -cuartito, precedidos de un muchacho con un mandil azul.</p> - -<p>—¿Qué desean los señores?—preguntó éste.</p> - -<p>—Tráete—le dijo Jesús—dos raciones de pescado frito, chuletas asadas -para cuatro..., queso, y que manden por unos cafés... ¡Ah!, y mientras -tanto, á ver si hay por ahí unas aceitunas y una botella de vino blanco.</p> - -<p>—Todo esto lo voy á tener que pagar yo—pensó Manuel.</p> - -<p>Sirvieron las aceitunas y el vino, y Jesús llenó las copas. La mujer que -había venido con Jesús, era pálida, con el pelo negro y lustroso, -peinado como un casco. Contempló á la criada con curiosidad.</p> - -<p>—Tú no eres de la vida—la dijo.<a name="page_146" id="page_146"></a></p> - -<p>—¿Cómo?—preguntó la muchacha.</p> - -<p>—No—saltó Manuel—; es una chica que está sirviendo. Oye—y Manuel -atrajo hacia sí á la Paca—, ¿qué te suelen decir los amos?</p> - -<p>—¡Tantas cosas!</p> - -<p>—¿Y tú qué les contestas?</p> - -<p>—¿Yo?... pues, según.</p> - -<p>—Bah—murmuró Manuel—, ya veo que ese sargento no ha sido el primero.</p> - -<p>La muchacha se echó á reir á carcajadas. La otra mujer se quitó de la -cintura el brazo con que Jesús la estrechaba.</p> - -<p>—No seas pelma—le dijo.</p> - -<p>La mujer aquella tenía la tez marchita, los ademanes tímidos. Había en -ella cierta dignidad, que indicaba que no era de las nacidas con -vocación para su triste oficio. En los ojos negros, en el rostro -prematuramente arrugado, se leía la fatiga, el insomnio, el abatimiento, -todo esto amortiguado por un velo de indiferencia y de insensibilidad.</p> - -<p>—¿De manera que tú estás sirviendo?—preguntó la mujer pálida á la -criada.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Qué edad tienes?</p> - -<p>—Diez y ocho años.</p> - -<p>—Yo tengo una hija que tiene quince.</p> - -<p>—¿Usted?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—No parece que tenga usted edad bastante.<a name="page_147" id="page_147"></a></p> - -<p>—Sí, soy vieja; he cumplido ya treinta y cuatro. La chica está en Avila -con mis padres. Yo, claro, no quiero que venga conmigo, y los abuelos -suyos son pobres. Cuando tengo algún dinero se lo envío.</p> - -<p>Jesús se puso serio, y comenzó á preguntarle por su vida.</p> - -<p>—Hace un año tuve un hijo, y me lo tuvieron que sacar con unos -ganchos—siguió contando la mujer mientras cortaba la carne con el -cuchillo—. Desde entonces estoy mala; luego, hace unos meses, he tenido -el tifus, me llevaron al Cerro del Pimiento, y allí me quitaron toda la -ropa que tenía. Salí tan desesperada, que quise matarme.</p> - -<p>—¡Se quiso usted matar!—exclamó la criada.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y qué hizo usted?</p> - -<p>—Cogí las cabezas de unos fósforos, las eché en un vaso de aguardiente, -hasta que se deshicieron, y lo bebí. ¡Me entraron unos dolores!... Vino -un médico y me dió un vomitivo. Luego, durante cuatro ó cinco días, -echaba el aliento en la obscuridad, y brillaba.</p> - -<p>—¿Pero tan desesperada estaba usted?—preguntó la criada.</p> - -<p>—Tú no sabes cómo vivimos nosotras. ¿Ves? Hoy yo no gano; pues mañana -tengo que empeñar esta blusa, y si me ha costado tres duros, me dan por -ella dos pesetas. Luego, á los<a name="page_148" id="page_148"></a> hombres les gusta hacer sufrir á las -mujeres... Créeme, hija, sigue sirviendo; por muy mal que estés, no -estarás peor que así...</p> - -<p>Jesús dijo que se había puesto malo, y salió del cuarto.</p> - -<p>—¿Y no podría usted encontrar algún trabajo?—preguntó Manuel á la -mujer.</p> - -<p>—¿Yo? ¿A dónde voy? No tengo fuerza... estoy <i>anemia</i>. Además, está una -acostumbrada á hablar mal y á beber, y la conocen á una lo que es en -seguida. Si tuviera salud, me hubiera puesto á nodriza. Todavía tengo -leche. Con tu permiso, rubia—dijo á la criada—y se desabrochó la -blusa, sacó el pecho, y apretó la ubre con dos dedos.—Ahora, que esto -debe estar envenenado—añadió—. Si yo pudiera colocar á mi hija en un -taller ó en una buena casa, ya no me importaría nada. Porque cuando se -empieza la vida mal...</p> - -<p>La conversación tomó entre los tres un giro tétrico, y se contaron sus -respectivas lástimas. De pronto se oyó la voz de Jesús que gritaba:</p> - -<p>—¡Socorro! ¡Socorro!</p> - -<p>—¿Qué le pasa á ese hombre?—preguntó Manuel, y salió al pasillo de la -taberna.</p> - -<p>—¡Socorro! ¡Socorro!—seguía gritando Jesús.</p> - -<p>Manuel se encontró en el corredor con el mozo de la taberna.</p> - -<p>—¿Qué hay?—le dijo.<a name="page_149" id="page_149"></a></p> - -<p>—No sé; su compañero debe ser; hace un momento me ha preguntado dónde -estaba el retrete; no sé qué le habrá pasado.</p> - -<p>Entraron en la cocina de la taberna.</p> - -<p>—Dejadme salir—gritaba Jesús—. ¡Socorro! ¡Socorro! Que me han cerrado -la puerta.</p> - -<p>Y se oía un estrépito de puñetazos y patadas.</p> - -<p>—Pero si la puerta está abierta—dijo el muchacho—; y efectivamente, -la abrió, y salió Jesús espantado de dentro.</p> - -<p>Manuel no pudo menos de soltar una carcajada al ver á Jesús manchado de -yeso, con los pelos alborotados, lleno de espanto.</p> - -<p>Jesús abrió y cerró la puerta del retrete varias veces para convencerse -de que estaba abierta, y no replicó.</p> - -<p>—Vamos á tomar café, y andando—dijo Manuel—, que ya es tarde. A ver -qué se debe—preguntó al mozo.</p> - -<p>—A ti no te importa lo que se debe—exclamó Jesús—, porque esto no lo -paga nadie mas que yo.</p> - -<p>—¿Pero tienes <i>jierro</i>?</p> - -<p>—Mira—y Jesús enseñó cinco ó seis duros á Manuel.</p> - -<p>—¿Pero de dónde sacas ese dinero?</p> - -<p>—Ah... eso no se puede decir... eres muy curioso.</p> - -<p>—Yo creo que el señor Canuto y tú os dedicais á hacer moneda falsa.<a name="page_150" id="page_150"></a></p> - -<p>—Je... je; tú lo que quieres es averiguar mi secreto..., pero nones.</p> - -<p>Tomaron el café, bebieron unas copas de aguardiente y salieron de la -taberna, Jesús con la mujer pálida, y Manuel con la criada.</p> - -<p>—¿A dónde quieres ir?—preguntó Manuel á ésta.</p> - -<p>—Yo, á mi casa.</p> - -<p>—¿No quieres venir conmigo?</p> - -<p>—No; yo no soy una perdida. ¿Usted qué se ha figurado?</p> - -<p>—Nada, mujer, nada. Vete á donde te dé la gana. ¡Adiós!</p> - -<p>La muchacha se detuvo; luego llamó:</p> - -<p>—¡Manuel!</p> - -<p>—Anda á paseo.</p> - -<p>—¡Manuel!—volvió á llamar.</p> - -<p>—¿Qué quieres?</p> - -<p>—El domingo que viene ¡espérame!</p> - -<p>—En dónde.</p> - -<p>—En casa de mi hermana.</p> - -<p>La muchacha dió las señas de su casa.</p> - -<p>—Bueno. ¡Adiós!</p> - -<p>La muchacha le presentó la mejilla; Manuel la besó. Trató de abrazarla; -pero ella huyó riendo. Cuando Manuel llegó á su casa, la Salvadora -estaba cosiendo aún; Roch, acurrucado en la mesa debajo de la lámpara, -dormía; por las maderas entreabiertas del balcón se filtraba la claridad -triste de la mañana.<a name="page_151" id="page_151"></a></p> - -<p>—¿Has estado hablando con ese señor hasta ahora?—preguntó la -Salvadora.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Y contó lo que había pasado con Jesús.</p> - -<p>Como era ya de día, Manuel no se acostó. Al salir, camino de la -imprenta, vió á Jesús sentado en un portal de la calle de San Bernardo; -un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba, y le -dirigía largos discursos.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_152" id="page_152"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IV-b" id="CAPITULO_IV-b"></a>CAPÍTULO IV</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">El inglés quiere dominar.—Las razas.—Las máquinas.—Buenas ideas, -bellos proyectos.</p></div> - -<p>Una tarde lluviosa de Febrero, Manuel había encendido la luz en su -despacho de la imprenta, cuando se detuvo un coche á la puerta, y entró -Roberto.</p> - -<p>—¡Hola! ¿Qué tal estás?</p> - -<p>—Bien, ¿y usted?, ¿qué le trae por aquí con un tiempo tan malo?</p> - -<p>—Te traigo trabajo.</p> - -<p>—¡Hombre!</p> - -<p>—He encontrado á mi antiguo editor, y hablando de sus negocios, me he -acordado de tu imprenta...</p> - -<p>—De nuestra imprenta, querrá usted decir.</p> - -<p>—Es verdad, de nuestra imprenta. Se me quejaba de que le hacían sin -cuidado los libros. Yo conozco, le he dicho, á un impresor nuevo que -trabaja bien. Pues dígale usted que venga, me ha contestado.</p> - -<p>—¿Y qué hay que hacer?</p> - -<p>—Unos libros con grabados, estadísticas y números. ¿Tú podrás tirar -grabados?</p> - -<p>—Sí; muy bien.</p> - -<p>—Pues vete hoy ó mañana á verle.<a name="page_153" id="page_153"></a></p> - -<p>—Descuide usted; iré. ¡Ya lo creo! Tendré que tomar otro cajista bueno.</p> - -<p>—¿Y qué? ¿Trabajas mucho?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pero ganas poco.</p> - -<p>—Es que como los obreros están asociados, se imponen.</p> - -<p>—¿Y tú, no estabas asociado antes?</p> - -<p>—Yo, no.</p> - -<p>—¿No eres socialista?</p> - -<p>—Pse.</p> - -<p>—¿Anarquista quizás?</p> - -<p>—Sí; me es más simpática la anarquía que el socialismo.</p> - -<p>—¡Claro! Como es más simpático para un chico hacer novillos que ir á -clase. ¿Y cuál es la anarquía que tú defiendes?</p> - -<p>—No; yo no defiendo ninguna.</p> - -<p>—Haces bien; la anarquía para todos no es nada. Para uno sí, es la -libertad. ¿Y sabes cómo se consigue hacerse libre? Primero, ganando -dinero; luego, pensando. El montón, la masa, nunca será nada. Cuando -haya una oligarquía de hombres selectos, en que cada uno sea una -conciencia, entre ellos la libre elección, la simpatía, lo regirán todo. -La ley sólo quedará para la canalla que no se haya emancipado.</p> - -<p>Un cajista entró con el componedor y unas cuartillas en la mano á hacer -una pregunta á Manuel.<a name="page_154" id="page_154"></a></p> - -<p>—Iré luego—dijo éste.</p> - -<p>—No, hombre; vete ahora—repuso Roberto.</p> - -<p>—Es que quería oirle á usted.</p> - -<p>—Me quedaré un rato todavía y filosofaremos.</p> - -<p>Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó.</p> - -<p>—Usted también es algo anarquista, ¿verdad?—preguntó á Roberto.</p> - -<p>—Sí; lo he sido á mi manera.</p> - -<p>—¿Cuando vivía usted mal quizás?</p> - -<p>—No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi -primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba -de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis -profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de -memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es -un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó -aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que -antes.</p> - -<p>—¿Y por fuera?</p> - -<p>—¡Por fuera! Si en Inglaterra llego á entrar en política, seré -conservador.</p> - -<p>—¿De veras?</p> - -<p>—¡Claro! ¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir -obscurecido. No; yo no puedo despreciar ninguna ventaja en la lucha por -la vida.<a name="page_155" id="page_155"></a></p> - -<p>—Pero usted ha resuelto ya su problema.</p> - -<p>—En parte, sí.</p> - -<p>—¿En parte? ¿Pues qué quiere usted más? Tiene usted el dinero que -quiere; se ha casado usted con una mujer preciosa, bonísima...</p> - -<p>—Aún queda algo que conseguir.</p> - -<p>-¿Qué?</p> - -<p>—El dominio, el poder. Si yo ya no deseara, estaría muerto. En la vida -hay que luchar siempre; dos células lucharán por un pedacillo de -albúmina; dos tigres, por un trozo de carne; dos salvajes, por unas -cuentas de vidrio; dos civilizados, por el amor ó por la gloria... yo -lucho por el dominio.</p> - -<p>—¿Y siempre habrá que luchar?</p> - -<p>—Siempre.</p> - -<p>—¿No cree usted que vendrá la fraternidad?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿No se podrá conseguir que deje de haber explotadores y explotados?</p> - -<p>—Nunca. Viviendo en sociedad, ó es uno acreedor ó es uno deudor. No hay -término medio. Actualmente, todo hombre que no trabaja, que no produce, -vive de la labor de otro, ó de otros cien; es indudable; cuanto más rico -es, más esclavos tiene; esclavos que él no conoce, pero que existen. Y -mañana sucederá igual; siempre habrá suplementos de hombres<a name="page_156" id="page_156"></a> que suden -por el sabio, por la mujer bonita, por el artista...</p> - -<p>—Tiene usted unas ideas muy negras.</p> - -<p>—No; ¿por qué? En el porvenir no pueden suceder más que dos cosas: ó -que á pesar de las leyes que están hechas á beneficio de los débiles, de -los inmorales, de los no inteligentes, sigan como hasta ahora dominando -los fuertes, ó que la morralla se imponga y consiga debilitar y acabar -con los fuertes.</p> - -<p>—Me chocan mucho las ideas de usted; quisiera verle discutir con el -Libertario.</p> - -<p>—¿Quién es el Libertario?</p> - -<p>—Un amigo mío.</p> - -<p>—No nos convenceríamos.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una -mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del -individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos -todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y -por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa -lo mismo.</p> - -<p>—No, á todos no.</p> - -<p>—A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú -que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la -alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace -el Jerez fuerte y el Rhin suave.<a name="page_157" id="page_157"></a></p> - -<p>—Pero hay anarquistas alemanes.</p> - -<p>—Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España.</p> - -<p>—Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí?</p> - -<p>—Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca -voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista, -protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los -sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el -resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la -raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra -donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma -tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian -los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar, -al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera.</p> - -<p>—¿Entonces usted da poca importancia á las ideas?</p> - -<p>—Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los -hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un -análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo -mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho, -el otro poco; el uno se levanta<a name="page_158" id="page_158"></a> temprano, el otro tarde... Los obreros -alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los -italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las -teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre -todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es -hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es -anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es -anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los -meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor -sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el -desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene -la sociedad.</p> - -<p>—¿El despotismo?</p> - -<p>—El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería -un bien.</p> - -<p>—¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible.</p> - -<p>—Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer -á la violencia.</p> - -<p>—Es usted más anarquista que yo—dijo riéndose Manuel—. ¿Usted cree de -veras en esa dictadura?</p> - -<p>—Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú -un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy -á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera,<a name="page_159" id="page_159"></a> y pusiera un impuesto -grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y -metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara -explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles...</p> - -<p>—Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto.</p> - -<p>—Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza.</p> - -<p>—Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven.</p> - -<p>—¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta, -por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó -del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años, -volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se -pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean -rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles -estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se -quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo -y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya -está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las -grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera -revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la -concentración,<a name="page_160" id="page_160"></a> se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda -transportar y distribuir con un precio económico, las grandes -aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada -definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo -progresivo, hoy en España sería un bien.</p> - -<p>—Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos.</p> - -<p>—Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad, -y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor.</p> - -<p>—No, no me olvidaré.</p> - -<p>—Bueno. ¡Adiós, Manuel!</p> - -<p>—¡Adiós, don Roberto!</p> - -<p>—Y en eso de la anarquía, tómalo como <i>sport</i>; no te metas demasiado.</p> - -<p>—¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad.</p> - -<p>—Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas -perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un -desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los -demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós!</p> - -<p>Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á -trotar por la calle.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_161" id="page_161"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_V-b" id="CAPITULO_V-b"></a>CAPÍTULO V</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">El buen obrero socialista.—Los esparcimientos de Jesús. ¿Para qué -sirven los muertos?</p></div> - -<p>En vez de tomar un cajista como había pensado, lo que hizo Manuel fué -poner un regente, y no se arrepintió.</p> - -<p>Manuel no tenía condiciones para la dirección; además, estaba rendido -con el trabajo del taller y el corretear por las noches.</p> - -<p>El regente que llevó Manuel á su casa tenía unos treinta y tantos años, -era hombre ilustrado, rechoncho, fuerte, con ideas socialistas. Se -llamaba Pepe Morales.</p> - -<p>Era el tipo del obrero inteligente y tranquilo, trabajaba muy bien, lo -hacía todo con maña, no se impacientaba nunca y era puntual como un -reloj. Desde que entró Morales, el trabajo en la imprenta comenzó á -regularizarse.</p> - -<p>Manuel podía estar después de comer algún tiempo charlando.</p> - -<p> </p> - -<p>En el corral de la casa crecía una higuera achaparrada. La Salvadora y -la Ignacia habían pedido al casero permiso para desempedrar el<a name="page_162" id="page_162"></a> patio y -hacer un jardinillo; en un rincón pusieron dos parras y otras plantas -que el señor Canuto trajo de su huerta.</p> - -<p>Los días de buen tiempo bajaban todos al corralillo, seguidos de Kis y -de Roch. Las gallinas cacareaban; el gallo petulante, con sus ojos como -los botones de un pantalón, se contoneaba gallardo, y en la guardilla se -arrullaban las palomas...</p> - -<p> </p> - -<p>A poco de estar en la imprenta, Morales, con su mujer y sus hijos, fué á -visitar á Manuel. La mujer del regente era muy guapa é hizo grandes -amistades con la Salvadora. Se contaron una á otra sus apuros y sus -preocupaciones.</p> - -<p>Manuel, mientras tanto, no adelantaba nada en sus negocios amorosos; -había entre la Salvadora y él algo que les separaba. Muchas veces -Manuel, por la noche, al acostarse, se decidía á tomar una resolución -para el día siguiente; pero se levantaba y todos sus planes se le -olvidaban; le parecía que los detalles menudos de la vida, -interponiéndose en su camino, le impedían decidirse.</p> - -<p>—Sin embargo—decía—habrá que resolverse.</p> - -<p>Algunas veces pensaba si la Salvadora guardaría algo en el fondo de su -corazón, si estaría enamorada de otro, y la observaba. Ella notaba<a name="page_163" id="page_163"></a> la -observación, y le miraba, como diciendo: No te oculto nada; soy así.</p> - -<p>—En fin—murmuraba Manuel—, esperaremos á que se arregle la cuestión -económica.</p> - -<p>En ocasiones, sin que Manuel comprendiera el motivo, la Salvadora se -ruborizaba y sonreía turbada...</p> - -<p> </p> - -<p>Un día, la Salvadora contó á Manuel algo extraño que había visto.</p> - -<p>—Ayer, por la noche, estaba sin poder dormir, cuando oí que en la -guardilla andaba Jesús. Escuché, y al poco tiempo sentí pasos muy -ligeros en la escalera, como de un hombre que va descalzo, y después el -ruido de la puerta de la calle. Me levanté, me asomé al balcón, y le vi -á Jesús, calle de Magallanes arriba. Eran las dos de la noche. Me fuí á -mi cuarto, y estuve escuchando para ver si le oía al volver; pero me -dormí. Hoy la Ignacia ha sacado la ropa de Jesús para cepillarla, y las -botas y los pantalones estaban llenos de tierra, como si hubiese andado -por el campo.</p> - -<p>—¿A dónde irá ese hombre?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—No sé; pero seguramente no irá á hacer cosa buena.</p> - -<p>—Nos pondremos en acecho. Si otra vez le oyes que sale, llámame.<a name="page_164" id="page_164"></a></p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Días después, al mediar la noche, sin que nadie le llamara, Manuel se -despertó. Se oía ruido arriba, en el cuarto de Jesús. Se incorporó en la -cama, y escuchó largo rato. Se oyeron pasos lentos, leves; después el -crujido de los peldaños de la escalera. Manuel se levantó, se vistió y -se acercó á la puerta. El que bajaba en aquel momento salía á la calle. -Manuel abrió el balcón se asomó y vió á Jesús; luego bajó de prisa las -escaleras; la puerta estaba entornada.</p> - -<p>Adelantó Jesús por el obscuro callejón, convertido en un río de fango, y -Manuel le siguió á larga distancia. La noche estaba obscura y temerosa; -caía una lluvia fina y penetrante.</p> - -<p>Al llegar al final del pasadizo que formaban las tapias de la calle de -Magallanes, se oyó un silbido suave que fué contestado por otro.</p> - -<p>Al terminar la calle obscura, Jesús volvió hacia la izquierda, pasó al -lado de la tapia derruida del cementerio, luego se detuvo, miró en -derredor, por si le seguían, se encaramó en la cerca y desapareció. Al -poco rato, otro hombre hizo la misma operación. Manuel esperó, por si -acaso.</p> - -<p>Siguió esperando en su acechadero, y viendo que ya nadie aparecía, se -fué acercando al sitio por donde saltaban. Tuvo la mala suerte de -meterse en un barrizal. En los<a name="page_165" id="page_165"></a> pies se le iban formando pellas de barro -y no avanzaba más que á duras penas. Llegó tras de mucho bregar al sitio -aquel.</p> - -<p>La tapia estaba allí rota, formando un boquete. Manuel se asomó. Se veía -el cementerio abandonado, con algunas lápidas blancas, que resplandecían -á la vaga claridad de las estrellas.</p> - -<p>No se oía nada. Juzgó Manuel que si quedaba allí le podían descubrir; -volvió sobre sus pasos, y entró en un antiguo patio del cementerio, ya -abierto y sin cerca, en donde se levantaban unas casuchas derruidas. -Manuel recordaba que por allá había una puerta desvencijada que daba al -campo santo. Efectivamente, la encontró; tenía grandes rajaduras y se -puso á mirar por una de ellas el interior del cementerio.</p> - -<p>En aquel punto sonaron las horas.</p> - -<p>Por entre nubarrones apareció en el cielo la luna amarillenta y triste, -rodeada de un gran cerco; las nubes iban pasando rápidamente por delante -de ella. De pronto Manuel vió en el cementerio dos bultos; luego el -viento trajo un rumor lejano de voces.</p> - -<p>—Tú vas con las letras de bronce á la calle del Noviciado—decía una -voz—, y yo iré á la calle de la Palma.</p> - -<p>—Bueno—contestó la otra voz.</p> - -<p>—Y por la tarde, en el cafetín.<a name="page_166" id="page_166"></a></p> - -<p>Ya no se oyó más; Manuel vió á la luz de la luna un hombre encaramado -sobre el sitio derruido de la tapia y luego otro; después pasaron dos -sombras rápidamente por el camino. Resonaron sus pasos recatados y se -alejaron. Muy despacio, Manuel salió del escondrijo y regresó por la -calle de Magallanes. En algunas ventanas brillaba la luz de algunos -vecinos madrugadores. Manuel se acercó á su casa. La puerta estaba -cerrada, pero el balcón había quedado abierto.</p> - -<p>—Vamos á ver si tengo pulso—se dijo Manuel, y se encaramó por la reja -del taller de Rebolledo hasta agarrarse al hierro del balcón; allá, con -algún esfuerzo, logró subir. Cerró el balcón y volvió á acostarse...</p> - -<p> </p> - -<p>Al día siguiente, Manuel contó á la Salvadora lo que pasaba. La muchacha -quedó aterrada.</p> - -<p>—Pero ¿será verdad? ¿Habrás oído bien?</p> - -<p>—Sí; estoy seguro. ¿Se ha levantado Jesús?</p> - -<p>—No; creo que no.</p> - -<p>—Bueno; pues cuando se levante, dile á la Ignacia que le siga de lejos.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Al volver Manuel á comer, la Salvadora le dijo que Jesús había ido con -un saco oculto en la capa, á una prendería de la calle del Noviciado.<a name="page_167" id="page_167"></a></p> - -<p>—¿Ves como es verdad?</p> - -<p>—Pues si le cogen le llevan á presidio.</p> - -<p>—Hay que quitarle la llave y además asustarle.</p> - -<p>—Mañana hablad de que se dice por ahí que roban en el campo santo.</p> - -<p>En la comida, la Salvadora de sopetón dijo:</p> - -<p>—Ha habido ladrones en los cementerios de al lado estas noches pasadas.</p> - -<p>—¿Quién dice eso?—preguntó Jesús inquieto.</p> - -<p>—Eso han dicho en la calle unas mujeres.</p> - -<p>—¿Pero qué van á robar ahí? Si no hay nada—murmuró Jesús.</p> - -<p>—Pueden robar lápidas de mármol—replicó Manuel—, garras de ataúdes, -crucifijos, lo que suele haber en los cementerios.</p> - -<p>—¿Y para qué van á robar eso?—repuso Jesús cándidamente.</p> - -<p>—¿Toma! ¿para qué? Para venderlo.</p> - -<p>—Esas cosas no valen nada. Ya sé yo por qué han dicho eso.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque habrán visto al chico ese que va á hablar con la hija del -conserje.</p> - -<p>—Yo también he oído—añadió la Ignacia—que en este campo santo se -robaba. Hasta he oído contar que hace algún tiempo se sacó el cadáver de -una niña.</p> - -<p>—¡Bah!<a name="page_168" id="page_168"></a></p> - -<p>—Sí; dicen que se presentó un señor en un coche delante de la puerta -que hay cerca de las casillas. El señor y otro hombre entraron en el -cementerio, rompieron un nicho, sacaron una caja, la llevaron al coche, -la metieron dentro, y salieron echando chispas hacia Madrid.</p> - -<p>—¿Quién sería ese señor?—preguntó la Salvadora.</p> - -<p>—Pero si todas esas cosas son mentiras y majaderías—exclamó Jesús -incomodado—. ¿Quién sabe que robaron ese muerto?</p> - -<p>—La señora Jacoba, la que vive en una de las casas de la Patriarcal, lo -decía—contestó la Ignacia.</p> - -<p>—La señora Jacoba estaría idiota.</p> - -<p>—No; pues hay hombres que desentierran los muertos para sacarles los -untos—añadió la hermana de Manuel.</p> - -<p>—Usted también es imbécil—gritó furioso Jesús—. ¿Usted cree que los -muertos sirven para algo? Pues no sirven más que para oler mal.</p> - -<p>—Bueno, no grites tanto—replicó Manuel—; que roban y que se han -llevado muchas cosas del cementerio, es verdad, y que han avisado á la -policía, también es verdad; ahora lo del muerto probablemente será -mentira.</p> - -<p>Jesús se calló.</p> - -<p> </p> - -<p>Con el pretexto de que se había encontrado<a name="page_169" id="page_169"></a> una noche la puerta de la -calle abierta, al día siguiente encargaron al cerrajero que pusiera una -cerradura. Jesús no dijo nada hasta unos días después.</p> - -<p>—¿Por qué se cierra la puerta ahora?—preguntó á Manuel.</p> - -<p>—Para que no entre nadie.</p> - -<p>—Bueno; dadme una llave á mí.</p> - -<p>—No hay más que una.</p> - -<p>—Mandad hacer otra.</p> - -<p>—No puede ser.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque no queremos que andes en malos pasos.</p> - -<p>—¿Qué malos pasos?</p> - -<p>—Ya sabes lo que te quiero decir.</p> - -<p>—No sé; no te entiendo.</p> - -<p>—¡Bah! Sí me entiendes.</p> - -<p>—Como no te expliques más claro.</p> - -<p>—¿De dónde sueles tener el dinero que gastas?</p> - -<p>—Hago mis combinaciones.</p> - -<p>—¿Quieres que te diga una cosa?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que tus combinaciones huelen á cementerio que apestan.</p> - -<p>Jesús palideció profundamente.</p> - -<p>—¿Me has espiado, eh?—dijo con voz débil.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Cuándo?<a name="page_170" id="page_170"></a></p> - -<p>—Hará unos ocho días.</p> - -<p>—¿Y qué? ¿Qué has visto?</p> - -<p>—He visto, que tú, el señor Canuto y otros, os vais á ganar el -presidio.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—Te advierto que está avisada la policía.</p> - -<p>—Ya lo sé.</p> - -<p>—¡Parece mentira; el señor Canuto metido en eso! Yo que lo creía una -buena persona.</p> - -<p>—¿Y qué? ¿No se puede ser una buena persona y aprovecharse de lo que no -sirve para nadie? ¿Para qué quieren <i>ellos</i> el cobre, las lápidas, ni lo -demás?</p> - -<p>—Hombre... para nada.</p> - -<p>—¿Pues entonces?... la gente está llena de preocupaciones...</p> - -<p>—Sí; pero eso de abrir una sepultura... es muy grave. ¡Rediez!</p> - -<p>—Todos los días traen momias á los museos y las venden, y nadie se -indigna.</p> - -<p>—No es igual. Esas momias murieron hace tiempo.</p> - -<p>—Y los chicos de San Carlos, ¿no abren á los muertos <i>frescos</i> y les -cortan las orejas y el corazón?</p> - -<p>—Pero eso es para estudiar.</p> - -<p>—Y lo nuestro para comer, que es más serio... Hacemos como Ravachol.</p> - -<p>—¿También Ravachol se dedicaba á robar sepulturas?<a name="page_171" id="page_171"></a></p> - -<p>—Sí; no tenía supersticiones como vosotros.</p> - -<p>—¿Y cuánto tiempo hace que desvalijáis ese cementerio?</p> - -<p>—Cerca de un año.</p> - -<p>—¿Y habéis apañado muchas cosas?</p> - -<p>—Psch... la mar de porquerías... lápidas de mármol, verjas, cadenas de -hierro, asas de metal, crucifijos, bustos, candelabros, letras de -bronce... la Biblia en verso.</p> - -<p>—¿Y dónde habéis vendido tanta cosa?</p> - -<p>—En las prenderías. En un cafetín teníamos el centro de operaciones.</p> - -<p>—Bueno; pues ya sabéis, la policía anda rondando. Avísale al señor -Canuto.</p> - -<p>—No; si ya lo sabe.</p> - -<p>Unos días después le dijo Jesús á Manuel:</p> - -<p>—¿Quiéres darme diez duros?</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—Para irme al Moro.</p> - -<p>—¿Al Moro?</p> - -<p>—Sí; voy á Tánger. Os dejaré en paz.</p> - -<p>—¿Y qué vas á hacer allá?</p> - -<p>—Eso es cuenta mía. ¿Tú me das el dinero?</p> - -<p>—Sí, hombre; ahí tienes los diez duros.</p> - -<p>—¡Gracias! ¡Que os vaya bien!</p> - -<p>—¿Pero cuándo te vas?</p> - -<p>—Hoy mismo.</p> - -<p>—¿No quieres despedirte de la Salvadora?</p> - -<p>—No; ¿para qué?</p> - -<p>—Como quieras—le dijo Manuel fríamente.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_172" id="page_172"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VI-b" id="CAPITULO_VI-b"></a>CAPÍTULO VI</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">El francés que canta.—El protylo.—Cómo se llegan á tener las -ideas.—Sinfonía en rojo mayor.</p></div> - -<p>Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la Aurora -Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés y un -ruso.</p> - -<p>El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos, -los pómulos salientes y una perilla de chivo.</p> - -<p>Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias -ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El -era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque -hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran -incomprensibles.</p> - -<p>—¿Y no tienes familia, compañero?—le preguntó alguno.</p> - -<p>—Sí—contestó él—, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis -hermanos, ahorcados en un jardín reducido.</p> - -<p>Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y -cantó la canción del <i>Pere Duchesne</i>, á la cual el terrible anarquista<a name="page_173" id="page_173"></a> -había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en -Montbrison.</p> - -<p>Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando -á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar:</p> - -<div class="blockquot"> -<p class="c">Peuple trop oublieux<br /> -Nom de Dieu.</p> -</div> - -<p>Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los -burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera -generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra, -y todo esto acentuado por vigorosos <i>Nom de Dieu</i>. Terminaba la canción, -diciendo:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">Coupe le curé en deux<br /></span> -<span class="i0">Nom de Dieu<br /></span> -<span class="i0">Et le bon Dieu dans la merde<br /></span> -<span class="i0">Nom de Dieu<br /></span> -<span class="i0">Et le bon Dieu dans la merde.<br /></span> -</div></div> - -<p>Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de -café-concierto de Bruant y de Rictus...</p> - -<p> </p> - -<p>Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste -comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de -esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el -pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era<a name="page_174" id="page_174"></a> muy pálido; en el -cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y -negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta -indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de -castellano, de italiano y de francés.</p> - -<p>Su conferencia fué de un carácter opuesto á la de Caruty.</p> - -<p>La del francés, todo arte, y la del ruso, todo ciencia.</p> - -<p>Para Ofkin, la cuestión social era una cuestión de química, de creación -de albuminoides por síntesis artificiales. Transformar pronto las -substancias inorgánicas en orgánicas: ésta era la base para resolver la -lucha por la vida. Que tantos millones de hombres inorganizan tanta -cantidad de substancia orgánica, pues todo es cuestión de volver á -organizarla. Esto aseguró el ruso que se había hecho ya; se estaba -trabajando en crear el protylo, una substancia protoplasmática primitiva -parecida al bathibyus de Haeckel, con vida y crecimiento. De aquí á la -creación de la célula, no había más que un paso.</p> - -<p>El auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto -como el judío ruso; se miraron todos, unos á otros, un poco asombrados. -A Manuel le produjo el efecto de que la anarquía de aquel señor era -también algún producto químico, encerrado en un frasco.<a name="page_175" id="page_175"></a></p> - -<p>Un domingo de Abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero, -huyendo de la lluvia, unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa.</p> - -<p>—¿Y Maldonado?—preguntó Manuel al llegar y notar su falta.</p> - -<p>—Ya no viene—dijo Prats.</p> - -<p>—¡Hombre, me alegro!</p> - -<p>—Todos dicen lo mismo—exclamó el Madrileño—. Maldonado es el tipo del -republicano español. ¡Son admirables esos tíos!</p> - -<p>—¿Por qué?—dijo el Bolo.</p> - -<p>—Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser -aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo; -se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan -de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna... -¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas... -y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer -en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A -nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos...</p> - -<p>—¡Qué mala intención tienes!—dijo el Bolo, que era anarquista con -simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso.</p> - -<p>—Yo no he estado nunca en el Congreso—replicó el Madrileño.<a name="page_176" id="page_176"></a></p> - -<p>—Ni yo—añadió Prats.</p> - -<p>—Yo sí—repuso el Libertario.</p> - -<p>—¿Y qué?—le preguntaron.</p> - -<p>—¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una -cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro -grita...</p> - -<p>—¿Y el Senado?</p> - -<p>—¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.</p> - -<p>—¡Qué guasón!—dijo el Bolo.</p> - -<p>Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y -preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería, -volvió al juego de bolos.</p> - -<p>Hablaba en aquel momento el Libertario:</p> - -<p>—¿Cómo se llega á tener las ideas?—decía—. ¿Quién lo sabe?... Hace ya -algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un -mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura.</p> - -<p>—¿No me conoce usted?—me dijo con un acento andaluz cerrado.</p> - -<p>—No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco.</p> - -<p>—¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del -pueblo?</p> - -<p>—¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí?</p> - -<p>—Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las -minas.<a name="page_177" id="page_177"></a></p> - -<p>—¿Y en el pueblo?</p> - -<p>—Aquello está muerto. Allá no se puede vivir.</p> - -<p>—¿Y qué piensas hacer?</p> - -<p>—Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la -travesía de Burdeos á la Habana.</p> - -<p>Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de -anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi -paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el -chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz. -Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El -dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos, -pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones -anarquistas.</p> - -<p>Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le -entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita...</p> - -<p>—¿Sería ésta?—preguntó Caruty, y se puso á cantar:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Dame dynamite<br /></span> -<span class="i0">que l’on danse vite<br /></span> -<span class="i0">chantons et buvons<br /></span> -<span class="i0">et dinamytons<br /></span> -<span class="i0">dynamite, dynamite<br /></span> -<span class="i0">dinamytons.<br /></span> -</div></div> - -<p>—Eso es—dijo el Libertario—. Eso de<a name="page_178" id="page_178"></a> «dynamitons» entusiasmaba á mi -paisano.</p> - -<p>—¿Qué quieren <i>eztos</i>?—me decía.</p> - -<p>—Derribarlo todo—le contestaba yo.</p> - -<p>—<i>¿Tó?</i></p> - -<p>—¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo!</p> - -<p>—¡Qué <i>gachos</i>!—decía él, con una admiración de salvaje...</p> - -<p>Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos -meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en -París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas -organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza -iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con -levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego -venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando, -amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de -taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía. -Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo -llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando -<i>Les Lampions</i>, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces -seguidas:</p> - -<p>—¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola!</p> - -<p>Se oían también gritos chillones de ¡Viva la<a name="page_179" id="page_179"></a> Anarquía!, y el público -comenzaba á correr asustado.</p> - -<p>En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales, -y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á -empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre -el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera -retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo -me paré á ver en qué terminaba aquello.</p> - -<p>Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se -irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar <i>La Marsellesa</i> -como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la -avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo -me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar.</p> - -<p>Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi -paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El -muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna -distancia, <i>La Marsellesa</i>, cantada por miles de personas, resonaba como -una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera -roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña -sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron -silenciosos.<a name="page_180" id="page_180"></a></p> - -<p>En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los -labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la -lluvia suave de la primavera...</p> - -<p>—Ese no era más que un sentimental—dijo de pronto Prats.</p> - -<p>—¿Y qué?—preguntó Juan.</p> - -<p>—Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar.</p> - -<p>—En todo lo que se cree, se cree lo mismo—contestó Juan.</p> - -<p> </p> - -<p>—Yo—dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un -griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el -grupo—conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en -un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas -platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo, -fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y -salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde -colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y -el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al -puerto y tiraron las bombas al mar.</p> - -<p>—¿Y Angiolillo?—preguntó Juan.</p> - -<p>—Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy -seco, muy<a name="page_181" id="page_181"></a> fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero. -Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar -aquello de un hombre tan suave y tan tímido!</p> - -<p>—¡Ese era también un sentimental!—exclamó Prats.</p> - -<p>—Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución—repuso -el Libertario.</p> - -<p>—Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás—añadió Prats.</p> - -<p>—¡Claro! Como que era catalán—dijo con sorna el Madrileño.</p> - -<p>—Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses, -ni traidores, como los italianos.</p> - -<p>—¿Y los andaluces?—preguntó el Madrileño?</p> - -<p>—¿Los andaluces? Son como los demás españoles.</p> - -<p>—¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois!</p> - -<p>—Nosotros somos catalanes.</p> - -<p>—¡Qué necedad!—exclamó el Madrileño.</p> - -<p>—No—murmuró el Libertario—. Cada uno tiene el derecho de ser de donde -le dé la gana.</p> - -<p>—No; si yo no niego ese derecho—replicó el Madrileño—; yo lo que -quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser -paisano<a name="page_182" id="page_182"></a> nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser -paisanos de los catalanes.</p> - -<p>—Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios—siguió diciendo el -catalán, haciendo como que no oía la observación—; lo mismo los -andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen -el instinto de la <i>revolta</i>...</p> - -<p>—Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente -autoritaria...—comenzó á decir el Madrileño.</p> - -<p>—¿Y Pallás?—interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á -decir algo desagradable para el catalán—. ¿Era templado Pallás?</p> - -<p>—Sí, era... ya lo creo.</p> - -<p>—Se achicó también—dijo el Madrileño—, y aquí está el Libertario que -lo vió.</p> - -<p>—Sí, es verdad—dijo, el Libertario—; los últimos días en la cárcel se -descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la -apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos -despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.—Yo -quisiera—dijo Pallás—que después de muerto, llevaran mi cerebro á un -museo para que lo estudiaran.—Será difícil—le contestó el médico -fríamente.—¿Por qué?—Porque los tiros se los darán á usted, -probablemente, en<a name="page_183" id="page_183"></a> la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás -palideció y no dijo nada.</p> - -<p>—Es que sólo con la idea hay para ponerse malo—saltó diciendo Manuel.</p> - -<p>—¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!—exclamó Prats.</p> - -<p>—Sí, luego ya se animó—dijo el Libertario—. Le estoy viendo al salir -al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo, -el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las -culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás.</p> - -<p>Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción, -una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor -Canuto hacía más gestos que de costumbre.</p> - -<p>—¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?—preguntó -Perico Rebolledo.</p> - -<p>—Sí—contestó Prats—; la venganza fué terrible; ya lo había dicho -Paulino Pallás.</p> - -<p>—Yo lo vi—saltó diciendo Skopos.</p> - -<p>—¿Estabas dentro?</p> - -<p>—Sí; fuí al Liceo á ver al director de un periódico que me había -encargado le hiciese unos dibujos. Tomé una delantera de paraíso, y -busqué con la vista al director hasta que lo vi en una de las butacas. -Bajé y me puse á esperarle<a name="page_184" id="page_184"></a> en una puerta. Tardaba en acabar el acto, yo -estaba atento á que saliera la gente, cuando oigo una detonación sorda y -sale una llamarada por la puerta. Me figuré que habría pasado algo; pero -algo de poca importancia, un cable de luz eléctrica fundido ó una -lámpara rota; cuando veo venir hacia mí un turbión de gente espantada, -con los ojos desencajados, empujándose y espachurrándose unos á otros. -La ola de gente me echó fuera del teatro; pregunté, en la calle á dos ó -tres lo que pasaba; nadie lo sabía. Yo estaba sin sombrero y sin abrigo, -y entré á recogerlos. Subo, y un acomodador me pregunta, temblando, qué -era lo que quería; le digo que buscaba mi gabán, lo encuentro, y -entonces se me ocurre mirar hacia la sala. ¡Cristo! La cosa era -terrible; me pareció que había cuarenta ó cincuenta muertos. Bajé á las -butacas. Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se -veían los cuerpos rígidos, con la cabeza abierta, llenos de sangre; -otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la -mar de señoras desmayadas, y una niña de diez ó doce años muerta. -Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca -empapada en sangre, ayudaban á trasladar los heridos... era imponente.</p> - -<p>—Pero hubiera sido aún más terrible si llegan á hacer lo que querían, -que era apagar las<a name="page_185" id="page_185"></a> luces del teatro antes de echar las bombas—dijo -Prats.</p> - -<p>—¡Qué barbaridad!—exclamó Manuel.</p> - -<p>—A obscuras hubieran muerto todos—añadió riendo Prats.</p> - -<p>—No—exclamó Manuel levantándose—; de eso no se puede reir nadie, á no -ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara.</p> - -<p>—Eran burgueses—dijo el Madrileño.</p> - -<p>—Aunque lo fueran.</p> - -<p>—Y en la guerra, ¿no matan los militares á gente inocente?—preguntó -Prats—. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?</p> - -<p>—Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.</p> - -<p>—Este, como ya tiene su imprenta—dijo el Madrileño con sorna—, se -siente burgués.</p> - -<p>—Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.</p> - -<p>—Una de las bombas no estalló—dijo Skopos—, cayó sobre una mujer -muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor.</p> - -<p>—¿Y quién hizo esta bestialidad?—preguntó Perico Rebolledo.</p> - -<p>—Salvador.</p> - -<p>—Ese sí que tendría las entrañas negras...</p> - -<p>—Debía ser una fiera—dijo Skopos—. El se escapó del teatro en el -momento del pánico, y<a name="page_186" id="page_186"></a> al día siguiente, cuando el entierro de las -víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de -Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la -comitiva.</p> - -<p>—No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así—dijo -Manuel.</p> - -<p>—Mientras estuvo preso—siguió diciendo Skopos—hizo la comedia de -convertirse á la religión. Los jesuítas le protegieron, y allí anduvo un -padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se -interesaron también por él, y él se figuraba que le iban á indultar... -pero cuando le metieron en capilla y vió que el indulto no venía, se -desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase -hermosa: «¿Y tus hijas?—le dijeron—. ¿Qué va á ser de tus pobrecitas -hijas? ¿Quién se va á ocupar de ellas?» «Si son guapas—contestó él—, -ya se ocuparán de ellas los burgueses.»</p> - -<p>—¡Ah!... Es bien... Es bien—gritó Caruty, que hasta entonces había -estado silencioso é inmóvil—. Es bien... <i>le grand canaille</i>... Es -bien... Es una frase...</p> - -<p>—Yo asistí á la ejecución de Salvador—siguió diciendo Skopos—desde un -coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose... pero ¡la -vanidad lo que puede!... el hombre vió un fotógrafo que le apuntaba con -la<a name="page_187" id="page_187"></a> máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreir... Una -sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo -le dió ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el -verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un -pañuelo negro y se acabó... Yo esperé á ver la impresión que producía á -la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la -figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece -mentira.</p> - -<p>Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de -los de Chicago... Había obscurecido y siguieron hablando... Ya no eran -las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su -humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de -religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo á la superficie, su -fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la -frase rotunda y el gesto gallardo...</p> - -<p>Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.</p> - -<p>Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en la Aurora Roja. -Unos contagiados por otros iban llegando... Y crecía el grupo anarquista -libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria...</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_188" id="page_188"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VII-b" id="CAPITULO_VII-b"></a>CAPÍTULO VII</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Un paraíso en un campo santo.—Todo es uno y lo mismo.</p></div> - -<p>Bastante tiempo después de la partida de Jesús, una noche, desde casa de -Manuel, se oyeron tiros.</p> - -<p>—¿Qué habrá pasado?—se preguntaron todos.</p> - -<p>—Quizás sean matuteros—dijo la Ignacia.</p> - -<p>—También se ha dicho que andaban unos ladrones robando alambre del -telégrafo—advirtió Manuel.</p> - -<p>Pasados unos días, se supo que los guardias habían sorprendido á unos -cuantos ladrones en el cementerio de la Patriarcal. Al huir, les echaron -el alto, y viendo que no se paraban, dispararon. A los disparos, los -merodeadores se detuvieron asustados y los guardias prendieron al -Corbata y al Rubio, y como no declaraban, les arrimaron á cada uno de -ellos una paliza monumental, hasta que cantaron de plano.</p> - -<p>Por la noche, al volver Manuel á casa, se encontró en la puerta con un -hombre, cuya presencia le sobrecogió. Era Ortiz, el polizonte, vestido -de paisano.<a name="page_189" id="page_189"></a></p> - -<p>—¡Hola, Manuel! ¿Qué tal estás?—le dijo.</p> - -<p>—Bien—contestó Manuel secamente.</p> - -<p>—Ya sé que trabajas, que vas marchando. ¿Y la Salvadora?</p> - -<p>—Está buena.</p> - -<p>—¿Y Jesús?</p> - -<p>—Ya hace unos días que no le hemos visto.</p> - -<p>—¿Sabes que han robado en ese cementerio?</p> - -<p>—No; no sabía nada.</p> - -<p>—¿No habéis notado algo desde vuestra casa?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues ya llevan mucho tiempo robando. Es raro que...</p> - -<p>—No, no es raro; porque yo no me ocupo de lo que hacen los demás. -¡Adiós!</p> - -<p>Y Manuel se metió en el portal.</p> - -<p>—Si preguntan por aquí algo—le dijo Manuel á la Salvadora y á la -Ignacia—, no digáis ni una palabra.</p> - -<p>Todo el barrio se conmovió con la noticia. Se volvió á hablar de muertos -robados, y se supieron detalles cómicos y macabros. Un larguero de -mármol, de una sepultura, había ido á parar á una tienda de quesos; las -letras de bronce de los nichos, estaban en algunos escaparates de -tiendas lujosas. Se dijo que Jesús y el señor Canuto eran los directores -de la banda.<a name="page_190" id="page_190"></a></p> - -<p>Por la noche, el jorobado le dijo á Manuel:</p> - -<p>—He tenido carta del señor Canuto.</p> - -<p>—¿Sí? ¿dónde está?</p> - -<p>—En Tánger, con Jesús; de buena se han escapado los dos.</p> - -<p>—Pero robaban, ¿eh?</p> - -<p>—Sí, hombre. Todo lo que podían. El señor Canuto vivía ahí hecho un -príncipe. Ahora yo á los de la policía, les he dicho que no sabía nada. -Que averigüen ellos si pueden. El señor Canuto había convertido el -cementerio en un paraíso.</p> - -<p>—Sí, ¿eh?</p> - -<p>—Sí. ¡Ya lo veo! Tenía su cosecha deplantas medicinales que vendía á -los herbolarios, y con las malvas, su mujer hacía emplastos y bizmas. En -una época, el señor Canuto y Jesús, suministraron de caracoles á los -ventorrillos, hasta que acabaron con todos los del cementerio. ¡Las -cosas que no han pensado! ¡Qué puntos! En un charco tenían galápagos, y -sanguijuelas en otro. Luego se les ocurrió poner conejos para criarlos y -cogerlos á lazo, pero se les escapaban por los agujeros de los nichos. -¡Si llevaban una vida pistonuda! ¿Que no tenían dinero? Pues ¡hale! -desenterraban un ataud, y vendían todo lo que encontraban.</p> - -<p> </p> - -<p>Dos días después, un domingo por la tarde, fué el Juzgado al cementerio, -y Ortiz llamó á<a name="page_191" id="page_191"></a> Manuel y á Rebolledo para que les acompañaran.</p> - -<p>No se notaba la devastación llevada á cabo por el señor Canuto y Jesús; -el cementerio de por sí se encontraba ya bastante arruinado.</p> - -<p>En algunos puntos la tierra estaba removida; cerca de un pozo se -advertían aún los cuadros de hortalizas labrados por el señor Canuto, y -en ellos la hierba era más verde y jugosa.</p> - -<p>El juez hizo algunas preguntas á Rebolledo, que le contestó con su gran -habilidad. Juntos recorrieron el cementerio. Estaba todo talado, las -sepulturas rotas, las lápidas de los nichos arrancadas.</p> - -<p>Reinaba en los patios un gran silencio.</p> - -<p>De los techos colgaban trozos de cascotes sostenidos por tomizas -podridas. En las paredes, debajo de las arcadas, aparecían los nichos -abandonados y rotos, cubiertos de polvo. Pendían de un clavo coronas de -siemprevivas, de las que no quedaba más que su armazón; allí se veían -cintajos y lazos deshechos; aquí una fotografía descolorida, cubierta -con un cristal convexo, un ramo arrugado y seco, ó el juguete de algún -niño.</p> - -<p>Por un corredor obscuro, una verdadera catacumba, repleta á un lado y á -otro de nichos, salieron al segundo patio.</p> - -<p>Era éste tan ancho como una plaza; una pradera salvaje limitada por -ruinosos tapiales.<a name="page_192" id="page_192"></a></p> - -<p>El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín -frondoso; de un erial desnudo, había hecho un parque dedicado á la -silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó, -fecundándolo con su lluvia de gérmenes, en un mundo vivo; en una selva -espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de -espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.</p> - -<p>Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos -borraron lentamente toda huella humana.</p> - -<p>Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados; las ramas crecían con -libertad; ya no quedaba silencio; los pájaros piaban en los árboles. -Junto á las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las -campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún -rosal silvestre.</p> - -<p>Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las -ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de -piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el -follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían envueltas en plantas -trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.</p> - -<p>Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y -azules, y junto á sus tallos y á sus hojuelas verdes, se veían pedazos -de<a name="page_193" id="page_193"></a> ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de -los niños.</p> - -<p>En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida, -corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.</p> - -<p>Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas, -nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre -su ramaje podrido, salían pájaros de colores, que volaban como flechas -por el aire de invierno, ligero y sutil...</p> - -<p>De este patio pasaron á otro que daba hacia una explanada frontera al -Tercer Depósito. Llegaba hasta allá el rumor de los organillos de los -merenderos próximos; silbaban los alambres del telégrafo al ser movidos -por el viento, y á veces se oía el cacareo de algún gallo y el silbido -de algún tren.</p> - -<p>Unas vacas rojas pastaban en aquellos campos.</p> - -<p>—¿Y esas vacas?—preguntó el juez.</p> - -<p>—Son de una vaquería de la calle de Magallanes—dijo el conserje.</p> - -<p>—Este terreno, ¿no pertenece al cementerio?</p> - -<p>—Sí; pero lo tiene arrendado el cura. Ya hace mucho tiempo que no se -entierra aquí.</p> - -<p>—El cura también es un punto—dijo Rebolledo á Manuel—; se ha llevado -las puertas de hierro de la capilla á una posesión suya. Volvieron el -juez y el actuario á reconocerlo todo<a name="page_194" id="page_194"></a> de nuevo y al avanzar la tarde se -retiraron.</p> - -<p>Manuel, Ortiz y Rebolledo salieron los últimos.</p> - -<p>Iba anocheciendo; un aire de tristeza y de ruina, llenaba el cementerio; -á lo lejos de las hierbas húmedas, de color de esmeralda, brotaban -ligeras neblinas...</p> - -<p> </p> - -<p>Ortiz se acercó á Manuel.</p> - -<p>—¿Sabes?—le dijo—. Ya le cogimos al Bizco.</p> - -<p>—¿Sí? ¿Cuándo?</p> - -<p>—Hará unos meses. No te puedes figurar quién me ayudó á cogerlo.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Un amigo tuyo.</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—El Titiritero... aquel viejo.</p> - -<p>—¿Don Alonso?</p> - -<p>—Sí. Había entrado en la policía.</p> - -<p>—¿Y sigue ahí?</p> - -<p>—No; creo que murió.</p> - -<p>—Pobre. ¿Y el Bizco?</p> - -<p>—El Bizco tiene para rato. Probablemente le condenarán á muerte.</p> - -<p>—¿No le han juzgado todavía?</p> - -<p>—No. Si quieres verle...</p> - -<p>—¡Yo! ¿Para qué?</p> - -<p>—Al fin y al cabo ha sido amigo tuyo.<a name="page_195" id="page_195"></a></p> - -<p>—Es verdad. ¿Y cuándo le juzgarán?</p> - -<p>—Dentro de unos días. En los periódicos lo podrás ver.</p> - -<p>—Quizás vaya. ¡Adiós!</p> - -<p>—Adiós. Si vas; avísame.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_196" id="page_196"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VIII-b" id="CAPITULO_VIII-b"></a>CAPÍTULO VIII</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Cómo cogieron al Bizco y no vino la buena.—Nunca viene la buena -para los desdichados.</p></div> - -<p>Don Alonso de Guzmán Calderón y Téllez, había encontrado la manera de -ganarse la vida en el Cinematógrafo Salomón, por otro nombre el -Cinecromovidaograph. El dueño del Cinecromovidaograph era Salomón, no -precisamente el del templo, sino un hombre chiquito y malhumorado, -barbudo y de color de cobre, que se llamaba ó se hacía llamar así. Este -hombre, cuyo hígado debía tener proporciones impropias de un hígado -modesto y normal, vivía con su mujer y dos hijas en una barraca de su -propiedad, que se armaba y se desarmaba y para viajar tenía un carretón, -una <i>roulotte</i>, tirada por un caballo normando.</p> - -<p>Salomón podía haber sido feliz; el <i>cinecromo</i> daba mucho dinero; los -negocios marchaban bien, y sin embargo, Salomón era desgraciado.</p> - -<p>La causa de su desgracia eran las mujeres. Ya su tocayo, el rey sabio, -lo había dicho: «La mujer es más amarga que la muerte.»</p> - -<p>¿Es que la señora de Salomón se había permitido<a name="page_197" id="page_197"></a> faltar á la fe jurada -en el altar á su dueño y señor? Jamás. ¿Es que Salomón trataba de libar -la felicidad en el corazón de otras mujeres? Nunca. Salomón era fiel á -su consorte, la divina Adela. La divina Adela era fiel á Salomón. Pero -la divina Adela tenía un genio irresistible.</p> - -<p>La divina Adela procedía de una capa social más elevada que su marido. -La divina Adela era hija de un pedagogo, de un hombre de esos que -enseñan á los chicos la historia de España y el postulado de Euclides.</p> - -<p>Ahora bien, de enseñar el postulado de Euclides á enseñar un -cinematógrafo, ¡qué abismo! La divina Adela había medido con sus ojos -este abismo. A los diez años de casada, su <i>mesalliance</i>, como decimos -en el mundo diplomático, la obsesionaba y la tenía irritada y nerviosa.</p> - -<p>Si su marido pedía una camiseta, la divina Adela se horrorizaba; si -lanzaba una interjección fuerte, le daba un ataque de nervios. La divina -Adela tenía á Salomón por un hombre cruel, despótico, grosero, á quien -ella, á pesar de todo, amaba.</p> - -<p>—¿Para qué me he casado yo con este hombre, con este -saltimbanqui?—preguntaba de vez en cuando con la vista en el vacío—. -Venid aquí, hijas mías—les decía á sus niñas—, con vuestra madre.<a name="page_198" id="page_198"></a></p> - -<p>Don Alonso estaba con Salomón de criado y de voceador del cinematógrafo. -Tenía un frac y unos pantalones encarnados, una comida regular... lo -bastante para ser feliz. Era un buen escenario para que don Alonso -luciese sus habilidades. Allí, á la puerta de la barraca, el hombre -tiraba diez ó doce bolas al alto y las iba recogiendo rápidamente; hacía -luego danzar por el aire una botella, un puñal, una vela encendida, una -naranja y otra porción de cosas.</p> - -<p>—¡Entrad, señores, á ver el cinecromovidaograph!—gritaba—. Uno de los -adelantos más grandes del siglo <small>XX</small>. Se ven moverse á las personas. -¡Ahora es el momento! ¡Ahora es el momento! Va á comenzar la -representación. ¡Un real! ¡Un real! Niños y militares, diez céntimos.</p> - -<p> </p> - -<p>Entre las películas del cinecromovidaograph había: La marcha de un tren; -La escuela de natación; Un baile; La huelga; Los soldados en la parada; -Maniobras de una escuadra, y además varios números fantásticos. Entre -éstos los más notables eran uno de un señor que no puede desnudarse -nunca, y otro de un hombre que roba y á quien le persiguen dos -polizontes, y se hace invisible y se escapa de entre los dedos de sus -perseguidores y se convierte en bailarina y se ríe del juez y de los -guardias.<a name="page_199" id="page_199"></a></p> - -<p>Una mañana, camino de Murcia, tuvo Salomón la mala idea de detenerse en -un pueblo próximo á Monteagudo.</p> - -<p>El alcalde del pueblo entendió que debía ver la representación para -prestar ó no su consentimiento al espectáculo.</p> - -<p>En vista de que en el público abundaba el elemento rico, Salomón pensó -que debía suprimirse el cuadro de La huelga. Se representaron los demás -cuadros con aplauso; pero al llegar al Ladrón invisible, el alcalde, -hombre religioso, católico y dedicado á la usura, afirmó en voz alta que -era inmoral que no cogieran á aquel bandido.</p> - -<p>—Que vuelvan á hacerlo, pero que le cojan al ladrón—dijo en voz alta.</p> - -<p>—Es imposible, señor alcalde—replicó don Alonso.</p> - -<p>—¡Cómo que es imposible!—repuso el alcalde—. O se hace eso ó los -llevo á ustedes á la cárcel. A escoger.</p> - -<p>Don Alonso quedó sumido en un mar de confusiones, y estimó, como lo más -oportuno, apagar las luces, para dar á entender que se había acabado la -representación. Nunca lo hubiera hecho.</p> - -<p>Los espectadores, furiosos, se lanzaron contra él. Don Alonso escapó -fuera de la barraca. ¡A ese!—gritó un chico al verle ¡A ese!—gritaron -unas mujeres, y hombres y mujeres, y<a name="page_200" id="page_200"></a> chicos y perros, echaron á correr -tras él. Don Alonso salió del pueblo. Cruzó volando unos rastrojos. -Comenzaron á llover piedras á su alrededor. Afortunadamente se hacía de -noche y los salvajes del pueblo, pensando en su cena, abandonaron la -cacería. Cuando se vió solo, don Alonso, rendido, se tiró en la tierra. -El corazón le golpeaba como un martillo en el pecho.</p> - -<p> </p> - -<p>Lo encontró en la carretera al día siguiente la guardia civil. Con su -frac negro lleno de barro, don Alonso tenía todas las trazas de un -hombre escapado de un manicomio.</p> - -<p>—¿Quién es usted?—le dijeron los civiles.</p> - -<p>Don Alonso contó lo que le había ocurrido.</p> - -<p>—¿Tiene usted cédula?</p> - -<p>—Yo no, señor.</p> - -<p>—Entonces venga usted con nosotros.</p> - -<p>Les siguió don Alonso, aunque estaba molido, hasta un pueblo próximo. -Allí los guardias, le entregaron al alguacil y éste le metió en la -cárcel, donde pasó la noche.</p> - -<p>—Pero ¿por qué me detienen á mí?—preguntó varias veces el pobre -hombre.</p> - -<p>—Como no tiene usted cédula...</p> - -<p>Al día siguiente le sucedió lo mismo, y así, por tránsitos de la guardia -civil, comiendo rancho, durmiendo de cárcel en cárcel, vestido de -harapos, entre basura y piojos, don Alonso llegó á Madrid. Lo llevaron -al Gobierno civil<a name="page_201" id="page_201"></a> y le presentaron á un señor. Interrogado por él, le -contó sus cuitas, con un acento tal de verdad, que el hombre se -compadeció y le dejó marcharse.</p> - -<p>—Si no encuentra usted destino, añadió el señor—quizás le pueda yo -proporcionar algo.</p> - -<p>Don Alonso escribió á Salomón, pero éste no le contestó. Fué repetidas -veces al Gobierno civil, y una de ellas el señor aquel le dijo:</p> - -<p>—¿Quiere usted ser de la policía?</p> - -<p>—Hombre...</p> - -<p>—Dígame sí ó no, porque si no, le doy el cargo á otro.</p> - -<p>—Sí, sí; yo no sé si tendré condiciones...</p> - -<p>—¿Quiere usted, sí ó no?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Entonces, dentro de unos días tendrá usted el nombramiento.</p> - -<p>Por esta serie de circunstancias, don Alonso fué de la policía.</p> - -<p> </p> - -<p>Meses después de su ingreso en las huestes del Gallo, don Alonso tuvo -que entrar en campaña. Una noche, en el soto de Migascalientes, cerca de -la Virgen del Puerto, encontraron una mujer muerta, con una puñalada en -los riñones. Era una mujer ya de cierta edad, llamada la Galga; una -desdichada que ganaba algunos céntimos por aquellos andurriales.<a name="page_202" id="page_202"></a></p> - -<p>Al día siguiente, la policía detuvo en un merendero á un randa, á quien -le decían el Chaval.</p> - -<p>Muchos le habían visto repetidas veces con la Galga; todos los indicios -estaban contra él.</p> - -<p>Prendieron al mozo, que al principio negó con energía su participación -en el crimen; pero al último confesó la verdad.</p> - -<p>El no era el asesino. La Galga tenía dos amantes, uno él y otro el -Bizco. El Bizco le había amenazado varias veces á él si no dejaba á la -Galga, y un día se habían desafiado; pero al llegar al lugar del -desafío, el Bizco le dijo que la Galga les engañaba á los dos.</p> - -<p>Se le había visto con uno á quien llamaban el Malandas, en un merendero. -El Bizco y el Chaval decidieron castigar á la Galga, y el Bizco la citó -en el Soto.</p> - -<p>Era un día encapotado y frío. Al presentarse la Galga, salieron juntos -el Chaval y el Bizco. El Bizco se lanzó sobre ella, y le pegó un -puñetazo en la cara, ella volvió la espalda, y entonces él, sacando una -navaja, se la hundió por los ríñones. Esto era lo que había ocurrido.</p> - -<p>Don Alonso y Ortiz fueron los encargados de seguir la pista al Bizco. -Tenían confidencias de que se le había visto después del crimen, una vez -en el puente de Vallecas y otra en la California.<a name="page_203" id="page_203"></a></p> - -<p>—Usted—le dijo Ortiz á don Alonso—hace lo que yo le diga, nada más.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>—Hay necesidad de cogerle á ese hombre cuanto antes.</p> - -<p>El primer día registraron los dos el Cuartelillo de la plaza de -Lavapiés, la Casa del Cura, de la calle de Santiago el Verde, los -rincones de la Huerta del Bayo, y las tabernas de la calle de Peña de -Francia y de Embajadores, hasta el Pico del Pañuelo. Al anochecer se -sentaron á descansar en el merendero de la Manigua.</p> - -<p>—¿A que no sabe usted por qué le llaman á esto la Manigua?—le dijo -Ortiz á Don Alonso.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues es muy sencillo. Viene la gente aquí, bebe este vinazo, se -emborracha y vomita... y claro, tienen el vómito negro... por eso se -llama la Manigua.</p> - -<p>Fuera de este descubrimiento, no hicieron ningún otro relacionado con -sus pesquisas.</p> - -<p>Al día siguiente, muy de mañana, se metieron los dos por la calle del -Sur.</p> - -<p>—Vamos á ver si aquí nos enteramos—dijo Ortiz señalando una taberna.</p> - -<p>Entraron en una tabernucha próxima á unos campos santos. Ortiz conocía -al tabernero, y hablaron los dos de los buenos tiempos en que se pasaba -el vino de matute á carros.<a name="page_204" id="page_204"></a></p> - -<p>—Aquello era un negocio, ¿eh?—exclamó Ortiz.</p> - -<p>—Sí, era—dijo el tabernero—; entonces se veía aquí <i>luz divina</i>. -Ganaban lo que querían.</p> - -<p>—Y tranquilamente.</p> - -<p>—Me parece. Aquí se detenían los matuteros y los mismos de consumos les -acompañaban á dejar el contrabando. Hubo días que se metieron en la -bodega de esta casa más de treinta cubas.</p> - -<p>—¿Usted habrá hecho su pacotilla?—preguntó don Alonso.</p> - -<p>—¡Quia, hombre! Eso era en tiempo del que me traspasó la taberna. -Cuando tomé yo esto, estaban arrendados los Consumos; pusieron esa fila -de estacas altas, entre la vía y las casas, y ahora no entra ni un -cuartillo de vino sin pagar.</p> - -<p>Preguntó Ortiz por el Bizco, de pasada, pero el tabernero no le conocía, -ni había oído hablar de él.</p> - -<p>Salieron los dos polizontes de la taberna, y en vez de seguir por el -camino de Yeseros, fueron por la margen del arroyo de Atocha, hasta el -punto en que éste vierte sus aguas sucias en el Abroñigal. Pasaron por -debajo de un puente del ferrocarril, y siguieron remontando el curso del -arroyo. En la orilla, en medio de un huerto, se levantaba una casucha<a name="page_205" id="page_205"></a> -blanca con un emparrado. En la pared, encalada, se leía un letrero -trazado con mano insegura: «Ventorro del Cojo».</p> - -<p>—Vamos á ver si aquí saben algo—dijo Ortiz.</p> - -<p>Un raso empedrado con cantos, con una higuera en medio, había delante de -la puerta del ventorrillo. Entraron. En el zaguán, un hombre de malas -trazas y de mirada torva, que estaba sentado en un banco, hizo un -movimiento de sorpresa y de desconfianza al ver á Ortiz.</p> - -<p>Este no se dió por enterado; pidió dos copas en el mostrador, á una -mujer flaca y negruzca, y con el vaso en la mano, y mirando al hombre de -reojo, le preguntó:</p> - -<p>—¿Y qué tal por el ventorro del Maroto?</p> - -<p>—Bien.</p> - -<p>—¿Se reune buena gente por allá?</p> - -<p>—Tan buena como en cualquier otra parte.</p> - -<p>—¿Sigue andando por ahí el Bizco?</p> - -<p>—¿Qué Bizco?</p> - -<p>—El Bizco, hombre... ese rojo...; demasiado que lo conoce usted.</p> - -<p>—Ese nunca ha ido por el ventorro del Maroto, sino por el Puente.</p> - -<p>Ortiz vació la copa, se limpió los labios con el dorso de la mano, y -saludando á la ventera salió de allá.</p> - -<p>—Este gachó—dijo en voz baja á don<a name="page_206" id="page_206"></a> Alonso—, mató á un segador, y se -salvó del presidio no sé cómo.</p> - -<p>—Parece que nos sigue—murmuró don Alonso, mirando hacia atrás.</p> - -<p>—No nos vaya á hacer la santísima—exclamó Ortiz, y sacando el revólver -del cinto esperó un instante.</p> - -<p>El hombre del ventorro del Maroto se había apostado tras de un ribazo; -luego, viéndose descubierto, huyó.</p> - -<p>—Vámonos de aquí—dijo Ortiz.</p> - -<p>Echaron los dos á andar de prisa y salieron pronto al Puente de -Vallecas.</p> - -<p>Entraron en un merendero. Una mujer gorda, bajita, ya vieja, de pómulos -salientes, con un pañuelo rojo atado á la cabeza, daba al manubrio de un -organillo.</p> - -<p>—¿Está el Manco?—la preguntó Ortiz.</p> - -<p>—Ahí debe estar.</p> - -<p>Unas cuantas parejas que bailaban al son del organillo, se pararon al -ver á Ortiz y á don Alonso.</p> - -<p>El Manco, un hombre alto, rubio, afeitado, con el pecho de gigante, y el -cuello redondo de mujer, les salió al encuentro.</p> - -<p>—¿Qué buscan?—dijo con voz afeminada.</p> - -<p>—A uno á quien llaman el Bizco.</p> - -<p>—Aquí no viene ese hace ya tiempo.</p> - -<p>—¿Pues dónde anda?</p> - -<p>—Por las Ventas.<a name="page_207" id="page_207"></a></p> - -<p>Salieron del merendero y siguieron nuevamente por la orilla del arroyo -Abroñigal. Algunos chiquillos negruzcos se chapoteaban en el agua...</p> - -<p>Comenzaba á anochecer cuando aparecieron entre los tejares del barrio de -Doña Carlota. Madrid brotaba por encima de las frondas del Retiro. -Sonaban las esquilas de algunos rebaños.</p> - -<p>En los alrededores de la barriada había grandes hoyos con pilas de -ladrillo. Estaban ardiendo los hornos; salía de ellos un humo espeso de -estiércol quemado que, rasando la tierra, verde por los campos de -sembradura, se esparcía en el aire y lo dejaba irrespirable. A lo lejos, -algunas humaredas pálidas subían de la tierra al horizonte incendiado -por un crepúsculo espléndido de nubes de púrpura.</p> - -<p>Ortiz preguntó á un hombre que estaba levantando ladrillos si conocía al -Bizco.</p> - -<p>—¿Ese randa de pelo rojo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Le he visto hace unos días. Debe vivir por la Elipa.</p> - -<p>—Bueno, vamos por allá—murmuró Ortiz.</p> - -<p>Siguieron por la orilla del arroyo. El cielo de nubes rojizas iba -obscureciéndose. Cruzaron el camino de Vicálvaro.</p> - -<p>—Por aquí fuí yo al Este á enterrar á una<a name="page_208" id="page_208"></a> chica que se me murió—dijo -Ortiz—; la llevé á la pobrecita debajo del brazo envuelta en un mantón. -No tenía ni para una caja...</p> - -<p>Este recuerdo trajo á la memoria del guardia sus miserias y contó á don -Alonso su vida.</p> - -<p>Don Alonso estaba deseando que acabase para asombrarle á Ortiz con sus -historias de América.</p> - -<p>El guardia seguía y seguía hablando, y don Alonso murmuraba -distraídamente:</p> - -<p>—Ya vendrá la buena.</p> - -<p>Mientras charlaban fué anocheciendo. Salió la luna en menguante; una -neblina tenue comenzó á cubrir el campo; algún árbol solitario se erguía -derecho y proyectaba la sombra de su follaje en el camino; alguna -estrella cruzaba el cielo dejando una ráfaga blanca. El agua plateada -del arroyo se deslizaba por la tierra silenciosa, trazando curvas como -una larga serpiente.</p> - -<p>Seguían hablando cuando don Alonso vió la silueta de un hombre que -aparecía entre dos árboles. Agarró del brazo á Ortiz, indicándole que se -callara. Se oyó un ruido de ramas y el paso furtivo de alguien que huyó.</p> - -<p>—¿Qué era?—dijo Ortiz.</p> - -<p>—Un hombre que ha salido de ahí.</p> - -<p>—¿De dónde?</p> - -<p>—No sé á punto fijo. Me ha parecido que de entre esos árboles.<a name="page_209" id="page_209"></a></p> - -<p>Se acercaron; había en el ribazo, que allí tenía más de un metro de -alto, un montón de maleza y unos pedruscos.</p> - -<p>—Aquí hay algo—dijo Ortiz metiendo su bastón. Quitó dos piedras -grandes, luego una tabla y apareció la boca de un agujero. Encendió un -fósforo. Era un boquete cuadrado abierto en la tierra arenosa y húmeda. -Entraron los dos. Tendría la cueva tres metros de profundidad por uno y -medio de anchura. Ocupaba el fondo una cama de paja y de papeles con una -manta gris. En un rincón había huesos mondados y latas de conserva -vacías.</p> - -<p>—Aquí tiene el lobo la madriguera—dijo Ortiz—. Sea el Bizco ú otro, -este ciudadano no está dentro de la ley.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque no paga contribución.</p> - -<p>—¿Qué vamos á hacer?</p> - -<p>—Esperarle. Yo le aguardo aquí dentro. Usted pone la tabla como estaba -antes, con dos piedras encima, y se queda ahí fuera. Cuando venga, que -vendrá, le deja usted entrar, y en seguida se echa usted á la puerta.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Ortiz amartilló el revólver y se sentó en la cama. Don Alonso, después -de tapar la boca del agujero, buscó un sitio resguardado en donde no se -le viera y se tendió en el suelo. Le molestaba bastante haber tenido que -oir la<a name="page_210" id="page_210"></a> historia vulgar de Ortiz y no haber podido contar sus aventuras. -La verdad es que su vida era rara. ¡Él convertido en policía! ¡Acechando -á un hombre!</p> - -<p>Horas y horas esperaron, Ortiz dentro y don Alonso fuera. Estaba ya -clareando cuando apareció el Bizco. Llevaba algo debajo del brazo. -Atravesó el arroyo, se acercó al ribazo, quitó la tabla... Don Alonso, -empuñando el revólver, se levantó con rapidez y se asomó á la boca del -agujero.</p> - -<p>—Ya está—dijo Ortiz desde dentro, y salieron inmediatamente el guardia -y el Bizco.</p> - -<p>—¿Será éste?—preguntó el guardia.</p> - -<p>-Sí.</p> - -<p>—Si trata de huir, tire usted—dijo Ortiz á don Alonso.</p> - -<p>Don Alonso apuntó con el revólver al bandido, que temblaba, sin oponer -resistencia, y Ortiz le ató codo con codo.</p> - -<p>—Ahora, andando.</p> - -<p>Don Alonso estaba entumecido; le dolía todo el cuerpo. Echaron á andar -los tres por el camino de la Elipa.</p> - -<p>Al llegar cerca del nuevo hospital de San Juan de Dios estaba -amaneciendo; un amanecer tristón y anubarrado.</p> - -<p>Don Alonso se encontraba cada vez peor; sentía escalofríos por todo el -cuerpo, un dolor de cabeza violento y una lancetada en el pecho.<a name="page_211" id="page_211"></a></p> - -<p>—Yo estoy malo—le dijo á Ortiz—, no puedo con mi alma.</p> - -<p>—Bueno; entonces yo me marcho.</p> - -<p>Ortiz y el Bizco se alejaron.</p> - -<p>Don Alonso quedó solo y fué avanzando penosamente. Cuando llegó cerca de -la tapia del Retiro pidió auxilio á un guardia municipal. Este le -acompañó, y en la calle de Alcalá tomaron un coche. Don Alonso tosía y -no podía respirar; le sacaron del coche al llegar al hospital y le -metieron en una camilla.</p> - -<p>Al echarse, don Alonso quedó rendido y sintió como si le dieran un -martillazo en la cabeza.</p> - -<p>—Yo tengo algo muy grave, y quizás me vaya á morir—pensó con angustia.</p> - -<p>No se dió cuenta de cuando le metieron en la cama; comprendió que estaba -en el hospital y sintió que su cuerpo ardía. Una monja se le acercó y -puso un escapulario en el hierro de la cama.</p> - -<p>Don Alonso entonces recordó un cuento, y á pesar de la fiebre el cuento -le hizo reir. Era un gitano que estaba muriéndose y llamaba á todos los -santos de la corte celestial en su ayuda; viéndole tan apurado, una -vecina le llevó un niño Jesús, y le dijo al enfermo:</p> - -<p>—Rece, hermano, que éste le salvará.</p> - -<p>Y el gitano contestó compungido:</p> - -<p>—¡Ay, hermana! Si lo que yo necesito es un<a name="page_212" id="page_212"></a> Santo Cristo con más... -barbas que un capuchino.</p> - -<p>Luego el cuento se complicó con recuerdos lejanos, la fiebre aumentó y -don Alonso murmuró convencido:</p> - -<p>—Ya vendrá la buena.</p> - -<p> </p> - -<p>Después de ocho días, pasados entre la vida y la muerte, el médico de la -sala dijo que la pleuresía de don Alonso se había complicado con el -tifus y que era necesario trasladar el enfermo al hospital del Cerro del -Pimiento.</p> - -<p>Una mañana fueron los camilleros, cogieron á don Alonso, lo sacaron de -la cama y lo metieron en una camilla.</p> - -<p>Luego los dos mozos bajaron las escaleras del hospital, tomaron por la -calle de Atocha arriba, después por la de San Bernardo hasta el paseo de -Areneros. Entraron hacia las proximidades de San Bernardino por una -zanja cortada en la tierra arenosa y amarillenta, y llegaron al Cerro -del Pimiento. Llamaron; pasaron á un vestíbulo y levantaron el hule de -la camilla.</p> - -<p>—¡Anda la!... Se ha muerto el socio—dijo uno de los mozos—¿Lo -dejaremos aquí?</p> - -<p>—No, no, llevadlo—replicó el conserje del hospital.</p> - -<p>—¡Pues es una broma tener que llevarlo otra vez!—dijo el otro—. Más -valiera morirse.<a name="page_213" id="page_213"></a></p> - -<p>Cogieron con resignación la camilla y salieron.</p> - -<p>Hacía una mañana espléndida, hermosísima. Se sentía con intensidad la -primavera.</p> - -<p>El césped brillaba sobre las lomas; temblaban las hojas nuevas de los -árboles; refulgían al sol las piedras en las calzadas, limpias por las -lluvias recientes... Todo parecía nuevo y fresco, los colores y los -sonidos; el brillo de los árboles y el piar de los pájaros; la hierba -salpicada de margaritas blancas y amarillas, y las mariposas sobre los -sembrados. Todo, hasta el sol. Todo, hasta el cielo azul que acababa de -brotar del caos de las nubes, tenía un aire de juventud y frescura...</p> - -<p>Entraron los dos camilleros de nuevo por la zanja, entre las altas -paredes cortadas á pico.</p> - -<p>—¿Y si lo dejáramos aquí?—preguntó uno de los mozos.</p> - -<p>—Dejémosle—contestó el otro.</p> - -<p>Levantaron el hule de la camilla, y poniéndola de lado, hicieron que el -cadáver cayera desnudo en una oquedad. Y el muerto quedó despatarrado, -mostrando sus pobres desnudeces ante la mirada azul, clara y serena del -cielo, y los camilleros se fueron á tomar una copa...</p> - -<p>Indudablemente no había venido la buena.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_214" id="page_214"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IX-b" id="CAPITULO_IX-b"></a>CAPÍTULO IX</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">La Dama de la Toga Negra.—Los amigos de la Dama.—El pajecillo, el -lindo pajecillo.</p></div> - -<p>Hay en Madrid en un palacio con grandes salas y largas galerías, en las -que por todas partes no se ven más que Cristos, una vieja dama de gran -alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de -la sociedad.</p> - -<p>Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla -gravemente y entre las imágenes de Cristo administra á diestro y -siniestro reprimendas y castigos.</p> - -<p>Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora -es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado, las uñas -largas y el estómago sin fondo.</p> - -<p>En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora, -en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la -Biblia, y en vez de personas dignas á su alrededor, está rodeada de -curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de -alhajas, hombres buenos, abogados de fama<a name="page_215" id="page_215"></a> y abogados de poyete.., una -larga procesión de sacacuartos y de escamoteadores, que empieza muy alto -y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas.</p> - -<p> </p> - -<p>—Tienes que ir á ver á tu amigo—dijo Juan á Manuel.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Buscaron á Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los -pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente. -Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo -ó leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban -expedientes.</p> - -<p>—Todos esos papeles, todos esos legajos—dijo Juan—, estarán empapados -de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un -herbario.</p> - -<p>—¡Y qué se va á hacer!—repuso Manuel—; si no hubiera criminales...</p> - -<p>—Estos sí que son criminales—murmuró Juan.</p> - -<p>—Vamos á ver si podéis pasar—dijo Ortiz.</p> - -<p>Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de -barba blanca y mirada severa y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos -con toga y birrete.</p> - -<p>—Soy enemigo del indulto—decía el señor de la barba blanca—; le he -condenado dos veces<a name="page_216" id="page_216"></a> á muerte y las dos le han indultado. Ahora espero -que lo ejecutarán.</p> - -<p>—Pero es una pena tan severa—murmuró uno de los jóvenes sonriendo.</p> - -<p>—¿Hablan del Bizco?—preguntó Manuel á Ortiz.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¡Nada, nada!—exclamó el viejo de la barba blanca—; hay que hacer un -escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para -después de Mayo, no vaya á ser indultado por el santo del rey.</p> - -<p>—¡Qué bárbaros!—exclamó Juan.</p> - -<p>—En estos casos—repuso el joven togado tímidamente—, es cuando se -pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque -indudablemente este hombre no ha estado nunca en posesión de su -conciencia, y la sociedad que no se ha cuidado de educarle, que le ha -abandonado, no debía tener derecho...</p> - -<p>—La cuestión de derecho, es una cuestión vieja de la que nadie se -ocupa—replicó el viejo con cierta irritación—. ¿Existe la pena de -muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación -moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar á uno á que se -rehabilite á un presidio!... El derecho á la pena, el derecho á ser -rehabilitado... muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de -muerte no son más que medidas de higiene<a name="page_217" id="page_217"></a> social, y desde este punto de -vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin -indultar á nadie.</p> - -<p>Manuel miró á su hermano.</p> - -<p>—¿No tiene razón?</p> - -<p>—Sí; dentro de lo suyo, tiene razón—replicó Juan—. A pesar de eso, yo -encuentro á ese viejo sanguinario bastante repulsivo.</p> - -<p> </p> - -<p>Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y -rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.</p> - -<p>—¿Qué tal?—le preguntó el juez.</p> - -<p>—Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto á usted que lo -hago á propósito y todos los pretextos que envían las personas discretas -para no ser jurados, los acepto. Cuantos más brutos sean los que -componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.</p> - -<p>—También la ley debían modificarla...—comenzó diciendo el joven.</p> - -<p>—Lo que debían hacer era suprimir el jurado—afirmó el hombre chiquito.</p> - -<p>—Ahora puedes bajar un momento—dijo Ortiz á Manuel—y preguntarle si -quiere algo.</p> - -<p>Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había -allí una medrosa semiobscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco. -Era el Bizco.</p> - -<p>El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba<a name="page_218" id="page_218"></a> que afuera hacía un sol -hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad; -que en el campo habría sol y pájaros en los árboles. Y que él estaba -encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de -remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba -también que estaba condenado á muerte, y se estremecía...</p> - -<p>Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. El -había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora mil cuestiones se -iban amontonando en su cerebro.</p> - -<p>La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su -poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el -perfume en el aire.</p> - -<p>Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del -Bizco se despertaba y comenzaba á interrogarse á sí misma...</p> - -<p> </p> - -<p>—¡Eh, tú!—le dijo el carcelero—aquí vienen á verte.</p> - -<p>El Bizco se levantó y quedó contemplando á Manuel con el mayor estupor.</p> - -<p>Al ver á Manuel no se extrañó; le miró fijamante con estúpida -indiferencia.</p> - -<p>—¿No me conoces?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Quieres algo?<a name="page_219" id="page_219"></a></p> - -<p>—No quiero nada.</p> - -<p>—¿No necesitas algún dinero?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿No tienes que hacerme algún encargo?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió á tenderse en el banco.</p> - -<p>—Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño—dijo.</p> - -<p>—¿Pero no quieres nada más?</p> - -<p>—No quiero nada de ti.</p> - -<p>Salió Manuel del calabozo y se reunió á su hermano.</p> - -<p> </p> - -<p>Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había -hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo:</p> - -<p>—Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos á verle una noche?</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—Pues yo iré á buscarte á la imprenta un día de estos.</p> - -<p>—Sería mejor que me dijeras un día fijo.</p> - -<p>—¿El sábado?</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Fueron Juan, Caruty y el Libertario á la imprenta y esperaron á que -llegara el Bolo. Luego, en compañía de éste y de Manuel, se encaminaron -por la calle de Bravo Murillo.</p> - -<p>En la puerta de una taberna de una calle<a name="page_220" id="page_220"></a> próxima había un hombre de -mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro.</p> - -<p>—Ahí está—dijo el Bolo señalándole con disimulo é indicándolo á los -amigos.—Ese es.</p> - -<p>Se acercó á saludarle.</p> - -<p>—Que hay, compadre—le dijo dándole la mano—. ¿Cómo estamos?</p> - -<p>—Bien y usted.</p> - -<p>—Estos—advirtió el Bolo, mostrando á Manuel, al Libertario, á Juan y á -Caruty—son amigos míos.</p> - -<p>—Por muchos años—contestó él—. Vamo á tomá una copa—añadió con -acento andaluz cerrado.</p> - -<p>—Nos sentaremos un rato—saltó Manuel.</p> - -<p>—No; hablaremo en casa.</p> - -<p>Bebieron una copa y salieron á la calle.</p> - -<p>—¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia?—preguntó el -Libertario.</p> - -<p>—Sí, señó.</p> - -<p>—Mal oficio tiene usted, paisano.</p> - -<p>—Malo é—contestó él—, pero peó é morirse de jambre.</p> - -<p> </p> - -<p>Fueron los cinco andando hasta detenerse frente á una casa alta, de -ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño, -iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada -indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón -vivía.<a name="page_221" id="page_221"></a> Era un cuarto pobre, igual á todos los cuartos pobres. Había en -las paredes algunos retratos. A un lado una puerta de cristales con -cortinillas, que daba á una alcoba, y enfrente de ésta una cama.</p> - -<p>Al entrar ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un -taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla la -saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa, -una seriedad fatídica.</p> - -<p>El verdugo les invitó á sentarse á todos; salió al portal en seguida, y -llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego -tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza -cuadrada, de patillas y bigote rubios, la cara juanetuda. Vestía -decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de -una porción de cosas indiferentes y Manuel contó lo que le había pedido -el Bizco.</p> - -<p>—Esté usté sin cuidao—dijo el verdugo—; si yega el caso, se hará tó -lo que se pueda.</p> - -<p>—Y antes de ser ejecutor—le preguntó de pronto el Libertario—, ¿ha -probado usted otras cosas?</p> - -<p>—¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años; -he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes... ¿y qué? no -podía viví.<a name="page_222" id="page_222"></a></p> - -<p>—¡Tan mal le iba!—exclamó Juan.</p> - -<p>—Muriendo de jambre estaba, y cuando ya acosao dice uno: prefiero viví -matando que no morirme de jambre, entonse tóos son despresios.</p> - -<p>Interrumpió su palabra un golpecito dado en la puerta recatadamente; era -el chico que traía el frasco de vino. El verdugo cogió el frasco y -comenzó á escanciar en los vasos.</p> - -<p>—¿Y qué? ¿Cuántos has ejecutado hasta ahora?—le preguntó el Libertario -hablándole de pronto de tú.</p> - -<p>—Uno catorse ó quinse.</p> - -<p>—¿Y usted, no bebe?—le dijo Manuel viendo que no se echaba vino en el -vaso.</p> - -<p>—No; yo no bebo nunca.</p> - -<p>—¿Ni cuando tiene usted que trabajar?</p> - -<p>—Entonse meno.</p> - -<p>—¿Ha ejecutado usted algún anarquista?</p> - -<p>—¿Anarquista? No sé lo que es eso.</p> - -<p> </p> - -<p>—Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes?—preguntó el -Libertario.</p> - -<p>—Sí; casi tós. Yo los trato bien, aunque me esté mal el desirlo. No soy -como el de antes que les hasía sufrí á posta.</p> - -<p>—¿Pero eso es verdad?—dijo Juan.</p> - -<p>—Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega.<a name="page_223" id="page_223"></a></p> - -<p>—¡Qué barbaridad!—exclamó el Libertario—. Y todos van templados, ¿eh?</p> - -<p>—Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré -en la capiya y él estaba tendió. «¡Eh!—le dije—. Compare; soy el -ejecutó de la Justisia. ¿Me perdona?» «Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda, -ponte esto—y le dí la túnica.» «Y esto ¿qué é? ¿E que me voy á vestí de -máscara?» Echamos un sigarro, y como éramo paisanos, jablando de la -tierra fuimo al tablao. Se sentó en el banquiyo, pero como era bajito no -yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te -perdono—me dijo—, á estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y -buena suerte!» Era un hombre el Diente.</p> - -<p>—Y tal... que debía ser un hombrecito—dijo el Libertario sonriendo.</p> - -<p>—Con él estrené yo el correaje nuevo... porque yo no ato con cuerda. Lo -veréis ustedes. ¡Chica! Trae esa correas para que las vean esto señore.</p> - -<p>La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con -varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al -verla.</p> - -<p>—¿Y el aparato, cómo es?—dijo el Libertario.</p> - -<p>—El aparato... mu sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se pone -así—y el verdugo<a name="page_224" id="page_224"></a> cogió el frasco de vino por el cuello con su mano -ancha y velluda—, y luego se hase ¡crac! y ya está.</p> - -<p>Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty -recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca.</p> - -<p>—Ya ve usted—siguió diciendo el verdugo—, estas correas las he tenío -que pagar yo; pues no se lo agradesen á uno. Toavía lo quieren á uno -desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo, -¡que me dió una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo, -y echamo á suerte; á mí me tocó er cura: Bueno—dije—, ya que ha de sé -uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien, cuando iba en el -tren tó el mundo se separaba de mí; voy á una posá y disen que no me dan -de comé, y voy á otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿soy yo er que lo -manda matá? ¿soy yo ó é el presidente de la Audiensia, que pone su firma -en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian á mí? ¿No le -pasan el expediente de indurto al minitro y á la reina y lo niegan? Pues -entonse mata la reina y el minitro y el presidente de la Audiensia y el -jué y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví; -que si no fuera por eso...</p> - -<p>El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando:<a name="page_225" id="page_225"></a></p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">Mala puñalá le den<br /></span> -<span class="i0">Mala puñalá le diera.<br /></span> -</div></div> - -<p>—Como uno de los tío de la taberna de esta calle—siguió diciendo al -volver y sentarse—, que solía jugar á la brisca conmigo, y como é -natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió -cuatro jugás seguías, me dijo: «¡Dio me libre de su mano de usté, -compare!» ¡Molé! si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo -un ofisio mardesío...</p> - -<p>Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el -arrechucho y siguió diciendo:</p> - -<p>—¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Ná; no tenemo jubilasión, y -cuando uno é viejo, como el maetro Lorenso, de Graná, que el pobretico -no tiene fuersa ni para mové el torno, á morirse de jambre. El verdugo -de Fransia, sí, ese está bien; ese tiene treinta mil reale y jubilasión. -A mí, si me dejasen, haría también dinero.</p> - -<p>—¿Pues qué haría usted?—le dijo Juan.</p> - -<p>—¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda ó un entresuelo en la calle de -Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera.</p> - -<p>Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera! La -idea era macabra.</p> - -<p>Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la -vecindad.</p> - -<p>—Vámonos—dijo el Bolo de pronto. Se despidieron<a name="page_226" id="page_226"></a> todos dando la mano -al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra, el -cielo obscuro y sombrío como una amenaza.</p> - -<p>—Dicen que es necesaria la pena de muerte—murmuró Juan—. Nosotros, -los pobres, debíamos decir á los burgueses: ¿Queréis matar? Matad -vosotros.</p> - -<p>—Mientras haya desdichados con hambre—repuso el Libertario—habrá -hombres capaces de ser verdugos.</p> - -<p>—¿Qué pasaría si estos hombres llegasen á tener conciencia?—dijo -Juan—. Una huelga de verdugos sería curiosa.</p> - -<p>—Sería quitar un puntal á la sociedad—, repuso el Libertario—. El -verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los -sostenes de esta sociedad capitalista.</p> - -<p>—¿Cuánto durarán todavía los verdugos?—preguntó el Bolo.</p> - -<p>—Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten, -mientras los curas engañen...—contestó con voz sombría el -Libertario—los habrá.</p> - -<p>Caruty recitó una canción de un condenado á muerte que escribe una carta -á su querida desde la prisión de la Roquette y le cuenta cómo oye con -estremecimientos de angustia el ruido que hacen al armar la guillotina.<a name="page_227" id="page_227"></a></p> - -<h2><a name="TERCERA_PARTE" id="TERCERA_PARTE"></a>TERCERA PARTE</h2> - -<h3><a name="CAPITULO_I-c" id="CAPITULO_I-c"></a>CAPÍTULO I</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Las evoluciones del Bolo.—Danton, Danton, ese era el -hombre.—¿Anarquía ó socialismo?... lo que gustéis.</p></div> - -<p>Dejó de aparecer Juan por casa de Manuel. Este creyó que estaría -trabajando, cuando supo por los amigos que se encontraba malo, con un -catarro terrible. Fué á buscarle, y lo vió en la casa de huéspedes muy -abandonado, con mal aspecto. Tosía mucho, tenía las manos ardorosas y -rosetas malares en las mejillas.</p> - -<p>—Lo mejor es que vayas á casa—le dijo Manuel.</p> - -<p>—Si no tengo nada.</p> - -<p>—Vale más que vayas allá.</p> - -<p>Fué efectivamente, y al cabo de una semana de cuidados, Juan se puso -mejor y volvió á la vida normal.</p> - -<p> </p> - -<p>Mientras los demás peroraban en las reuniones de la taberna de Chaparro, -Manuel se hizo amigo del Bolo, un zapatero de portal, de<a name="page_228" id="page_228"></a> la calle de -Palafox, hombre bajito, rechoncho, encarnado, muy feo y algo cojo.</p> - -<p>Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la -<i>Historia de la Revolución Francesa</i>, de Michelet. Al ver aquel tipo la -Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera -más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por -más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á -las dos mujeres.</p> - -<p>El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio, -según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después, -viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el -socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre -socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose -ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía -menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita; -pero delante de los <i>socialeros</i>, de las adormideras del socialismo, -defendía la utilidad y la necesidad de los atentados.</p> - -<p>En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos -habían quitado toda la masa obrera al partido republicano, -inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido -burgués. El Bolo no podía<a name="page_229" id="page_229"></a> acostumbrarse á oir á los compañeros tratar -sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla, -que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar -á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de -cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de -hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico.</p> - -<p>La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los -libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el -recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos -ellos con entusiasmo y con respeto...</p> - -<p>Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la <i>Historia de la -Revolución</i>. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se -sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau, -luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con -Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero -revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca -de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más -repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo -prusiano.</p> - -<p>Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella -historia. Algunas veces pensaba:<a name="page_230" id="page_230"></a></p> - -<p>—Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la -<i>Historia de la Revolución Francesa</i>, creo que sabría ser digno...</p> - -<p>Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48; -luego otro sobre la <i>Commune</i>, de Luisa Michel, y todo esto le produjo -una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres! -Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui, -Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente!</p> - -<p> </p> - -<p>—Lo que se debía hacer—le dijo un día Morales á Manuel—es poner una -encuadernación aquí al lado.</p> - -<p>—¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—No, buscar un encuadernador que alquile la puerta de al lado, y á él -le convendría estar junto á una imprenta, y á nosotros tener aquí una -encuadernación.</p> - -<p>—Eso sí es verdad.</p> - -<p>—Estése usted á la mira.</p> - -<p>Se enteró Manuel, preguntó en varias imprentas, y ya iba á abandonar sus -gestiones, cuando el dueño de <i>La Tijera</i>, periódico órgano de los -sastres, le dijo:</p> - -<p>—Yo conozco á un encuadernador que piensa mudarse de casa. Y tiene -parroquia, porque trabaja bien.<a name="page_231" id="page_231"></a></p> - -<p>—Pues voy á verlo.</p> - -<p>—Le advierto á usted que es muy zorro. Como que es judío.</p> - -<p>—¡Hombre, judío!</p> - -<p>—¿Eso qué importa?</p> - -<p>—Después de todo, nada. ¿Y cómo se llama?</p> - -<p>—Jacob.</p> - -<p>—¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida.</p> - -<p>Le indicó el propietario de <i>La Tijera</i>, órgano de los sastres, dónde -estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un -piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación.</p> - -<p>Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en -aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la -mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa -grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña -doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en -el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo. -A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una -guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin -cubierta aún.<a name="page_232" id="page_232"></a></p> - -<p>En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban -tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del -oficio.</p> - -<p>Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego, -cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio, -presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era -más cara; además, había que hacer gastos.</p> - -<p>—Bueno—le dijo Manuel—, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de -encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no -vayas.</p> - -<p>Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á -Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á -establecerse en la vecindad de Manuel.</p> - -<p>Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el -llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob -trabajaba más barato y proporcionaba parroquia.</p> - -<p> </p> - -<p>Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y -allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en -las discusiones.</p> - -<p>Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel -ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse.<a name="page_233" id="page_233"></a></p> - -<p>De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la -anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico; -como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo -encontraba imposible de llevarlo á la práctica.</p> - -<p>Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las -discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas -desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la -consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una -serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse -libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al -noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la -revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la -revolución social.</p> - -<p>El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para -Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado -de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de -autoridad.</p> - -<p>La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad -era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la -rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo, -la bondad...</p> - -<p>El progreso no era más que esto: la supresión<a name="page_234" id="page_234"></a> del principio de -autoridad por la imposición de las conciencias libres.</p> - -<p>Manuel, algunas veces decía:</p> - -<p>—Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton.</p> - -<p> </p> - -<p>Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales -afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La -concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina -grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la -heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en -comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los <i>truts</i>, -absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más -reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el -Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se -posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo.</p> - -<p>Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos, -expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos, -abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera, -intelectualizándola, lo que apresuraría la revolución social.</p> - -<p>Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era -también<a name="page_235" id="page_235"></a> cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso -de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo -territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no -sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba -democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con -cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera -República.</p> - -<p>—En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión—decía Manuel—; á -la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que -esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente.</p> - -<p>—Yo no veo la necesidad del Estado—decía Juan.</p> - -<p>—Pero el Estado se impone—replicaba Morales—. Nosotros no decimos un -Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército; -sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo.</p> - -<p>—¿Pero para qué queremos ese centro?</p> - -<p>—Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir -el desarrollo de los egoísmos.</p> - -<p>—Vamos entonces al despotismo—replicaba Juan.</p> - -<p>—No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción -en los individuos<a name="page_236" id="page_236"></a> más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una -acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención -del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un -oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un -médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un -plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles; -el Estado le entierra gratis cuando se muere...</p> - -<p>—Pero eso es una tiranía.</p> - -<p>—Una tiranía, ¿por qué?</p> - -<p>—Vivir uniformados, haciendo todos lo mismo...</p> - -<p>—Uniformados, no. Haciendo todos lo mismo, en parte, sí. Porque todos -comemos, dormimos y paseamos. Nosotros no queremos la uniformidad en la -vida de una nación, y menos aún en la vida de los individuos; que cada -Municipio tenga su autonomía, que cada hombre viva como quiera sin -molestar á los demás. Nosotros no queremos más que organizar la masa -social y dar forma práctica á la aspiración de todos, de vivir mejor.</p> - -<p>—Pero á costa de la libertad...</p> - -<p>—Eso es según á lo que se llame libertad. La libertad absoluta llevaría -á la concurrencia libre. El fuerte se tragaría al débil.</p> - -<p>—No; ¿para qué?</p> - -<p>—Son ustedes unos visionarios. Afirman<a name="page_237" id="page_237"></a> ustedes brutalmente la -individualidad, y cuando se les dice que el individuo puede -extralimitarse en el uso de la libertad, no lo creen.</p> - -<p>Con estas discusiones, Manuel iba haciéndose cargo de la cuestión en sus -distintos puntos de vista, y al mismo tiempo, aunque no tuviese una -dependencia directa, comprendía y se explicaba otras muchas cosas que -antes no se había tomado el trabajo de comprender.</p> - -<p>Esta actitud suya de expectación le hacía ecléctico; unas veces estaba -con su hermano, otras con Morales.</p> - -<p>Manuel no encontraba mal el anarquismo como necesidad de cambio de -valores. Comparando este período con el anterior á la revolución -francesa, encontraba que los anarquistas de hoy eran en menor intensidad -y en menor altura; algo semejante á los filósofos de entonces. Lo que le -parecía absurdo y estúpido á Manuel era el procedimiento anarquista. En -cambio, respecto al socialismo que defendía Morales, le parecía lo -contrario; le resultaba antipático el plan y su sistema de organización -del trabajo por el Estado, sus bonos, sus almacenes nacionales, su -intento de hacer del Estado un Proteo monstruoso (panadero, zapatero, -quincallero), y de convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios, -marchando todos al compás. A esto Morales decía que el socialismo, por -boca de Bebel, había dicho que<a name="page_238" id="page_238"></a> toda concepción sobre la futura sociedad -socialista, no tenía ningún valor.</p> - -<p>En principio á Manuel la teoría socialista le parecía mucho más útil -para el obrero que la de los anarquistas.</p> - -<p>El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total; de -una revolución completa. Se encontraba en el caso del que le ofrecen un -empleo modesto para vivir y lo desprecia porque cree que va á heredar -una gran fortuna. O todo ó nada. Y los anarquistas esperaban la -revolución como los antiguos el santo advenimiento, como un maná, como -una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos.</p> - -<p>—¿Pero no es más lógico—decía Morales—, reunir las energías de toda -la clase, para ir avanzando poco á poco hasta llegar á un gran -desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que -es una cosa como los polvos de la madre Celestina, para traer la -felicidad del mundo?</p> - -<p>Juan sonreía.</p> - -<p>—La anarquía hay que sentirla—solía decir.</p> - -<p>—Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor -defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda -individual por la idea ó por el hecho. La propaganda de la idea es, al -cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito,<a name="page_239" id="page_239"></a> un buen -negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.</p> - -<p>—Para los burgueses, sí.</p> - -<p>—Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.</p> - -<p>—Puede ser un crimen conveniente.</p> - -<p>—Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas -consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la -conveniencia de sus crímenes.</p> - -<p>—La anarquía hay que sentirla—terminaba diciendo Juan.</p> - -<p>Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.</p> - -<p> </p> - -<p>Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas, -le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante.</p> - -<p>Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente, -y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo -radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la -anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera. -Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus -independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios, -los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con -su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí<a name="page_240" id="page_240"></a> mismo. Se -había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el -germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía -quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía -libre, y la aspiración de un cambio social.</p> - -<p>En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de -principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el -desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas. -Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de -los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían -los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del -dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las -echaban de importantes y de grandes moralistas.</p> - -<p>Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de -sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración -burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo -Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo -ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina; -sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los -demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de -decir que eran<a name="page_241" id="page_241"></a> fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones, -cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se -pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes -postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales -morosos.</p> - -<p>Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le -admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y -tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante -Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le -llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido -como indigno de pertenecer á él.</p> - -<p> </p> - -<p>En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público -anarquista: <i>La Anarquía</i> y <i>El Libertario</i>, y los dos se odiaban -cordialmente.</p> - -<p>El odio entre <i>La Anarquía</i> y <i>El Libertario</i> era un odio de empresa. El -dueño de <i>La Anarquía</i> había llegado hacía unos años á defender las -ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición -de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco, -al asegurar la vida económica de <i>La Anarquía</i>, el propietario, sin -darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo,<a name="page_242" id="page_242"></a> quitando -<i>jierro</i>, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un -diletantismo y este momento lo aprovecharon los de <i>El Libertario</i> para -echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo.</p> - -<p>Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban -ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les -separaba era una cuestión de perros chicos.</p> - -<p>Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en -España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado, -según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como -en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la -torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia -tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban -ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España.</p> - -<p>Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el -socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del -partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de -conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los -medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión -de la doctrina<a name="page_243" id="page_243"></a> se subordinaba á la asociación para la lucha.</p> - -<p>—Nosotros—terminaba diciendo Morales—, tendemos á la organización, á -la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más.</p> - -<p>Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor -aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía -nada, porque era burgués.</p> - -<p> </p> - -<p>Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas -y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres -pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante -superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus -respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que -el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas, -hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos.</p> - -<p>Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que -curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que -se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación.</p> - -<p>En cambio, para los anarquistas, los <i>socialeros</i> eran los que se -vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando<a name="page_244" id="page_244"></a> por -el ministerio á cobrar el precio de su traición.</p> - -<p>Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los -directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como -carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los -socialistas.</p> - -<p>Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar -en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la -justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban -algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos -obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que -aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el -societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este -societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo -repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á -tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin -pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á -su reglamento y pagar además una gabela.</p> - -<p>Tales procederes constituían para los anarquistas la expresión más -repugnante del autoritarismo.</p> - -<p> </p> - -<p>Casi todos los anarquistas eran escritores y<a name="page_245" id="page_245"></a> llevaban camino de -metafísicos; en cambio, entre los socialistas, abundaban los oradores. A -los anarquistas les entusiasmaba la cuestión ética, las discusiones -acerca de la moral y del amor libre; en cambio á los socialistas les -encantaba perorar en el local de la Sociedad, constituir pequeños -congresos, intrigar y votar. Eran sin duda más prácticos. Los -anarquistas, en general, tenían más generosidad y más orgullo, y se -creían todos apóstoles, hombres superiores. Se figuraban muchas veces -que con cambiar el nombre de las cosas cambiaba también su esencia. Para -la mayoría era evidente que desde el momento en que uno se declaraba -anarquista, ya discurría mejor, y que en el acto de ponerse esta -etiqueta cogía uno sus defectos, sus malas pasiones, sus vilezas todas y -las arrojaba fuera como quien echa la ropa sucia á la colada.</p> - -<p>De buenas intenciones y de buenos instintos, excepto los impulsivos y -los degenerados, hubiesen podido ser, con otra cultura, personas útiles; -pero tenían todos ellos un vicio que les imposibilitaba para vivir -tranquilamente en su medio social: la vanidad. Era la vanidad vidriosa -del jacobino, más fuerte cuanto más disfrazada, que no acepta la menor -duda, que quiere medirlo todo con compás, que cree que su lógica es la -única lógica posible.</p> - -<p>En general, todos ellos, por el sobrecargo<a name="page_246" id="page_246"></a> que representaba la lectura -y las discusiones después de un trabajo fuerte y fatigador, por el abuso -que hacían del café, estaban en excitación constante, que aumentaba ó -remitía como la fiebre. Unos días se notaba en todos ellos la fatiga y -la desilusión; otros, en cambio, el entusiasmo se comunicaba y había una -verdadera borrachera de hablar y de pensar.</p> - -<p> </p> - -<p>Los dos partidos obreros, con sus hombres, representaban en la clase -proletaria los partidos burgueses: el socialismo, el conservador, -oportunista, prudente; el anarquismo, el paralelo al republicano, con -las tendencias levantiscas de los partidos radicales.</p> - -<p>La diferencia entre estos partidos, las agrupaciones de la burguesía, -estaba más que en las ideas, en los hombres. Ambos partidos obreros -tenían la seguridad de no llegar nunca al poder; en sus filas se -alistaban hombres exaltados ó creyentes, á lo más algunos interesados; -pero no ambiciosillos de dinero ó de gloria como en las oligarquías -burguesas. Les daba sobre éstas una gran superioridad á los dos partidos -obreros, su internacionalismo que hacía que buscasen sus hombres tipos, -sus modelos, más bien fuera que dentro de España. La táctica de la -adulación, del servilismo, empleada para escalar puestos en las -oligarquías burguesas, liberales, conservadoras ó repúblicanas,<a name="page_247" id="page_247"></a> no -servía para nada entre socialistas y anarquistas...</p> - -<p>A veces, cuando discutían en el despacho de la imprenta, solía entrar -Jacob el judío á preguntar si los pliegos tales ó cuales estaban ó no -tirados. Oía las discusiones, las apologías entusiastas del socialismo y -de la anarquía, y nunca decía su opinión. Indudablemente no le -interesaba nada aquello. Para él eran los que se debatían asuntos de -otra raza, de hombres de otra religión, y le eran perfectamente -indiferentes.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_248" id="page_248"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_II-c" id="CAPITULO_II-c"></a>CAPÍTULO II</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Paseo de noche.—Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del -Pimiento.</p></div> - -<p>Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le -recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi -todos los días que hacía bueno salía á pasear.</p> - -<p>Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse. -Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de -casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á -visitarle, ella los despacharía á escobazos.</p> - -<p>La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que -descansara; no le dejaban trabajar.</p> - -<p>A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de -su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que -se iba á América y pegarse un tiro.</p> - -<p>Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía -inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear -él? ¿Qué viviese ó no? Estas<a name="page_249" id="page_249"></a> dudas y casos de conciencia le -perturbaban.</p> - -<p>Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta -idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un -miedo pueril por un peligro lejano.</p> - -<p> </p> - -<p>Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había -agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba -leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea.</p> - -<p>Sin decir á nadie nada, había vendido los <i>Rebeldes</i> y el busto de la -Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda.</p> - -<p>Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros -desconocidos, que se le acercaban tímidamente:</p> - -<p>—¿Cómo está su hermano?—le preguntaban.</p> - -<p>—Está mejor.</p> - -<p>—Bueno, eso quería saber. ¡Salud!—y se marchaban.</p> - -<p>—Mira—le dijo un día Juan á Manuel—vete al Círculo del Centro y diles -que mañana por la tarde iré á la Aurora y que hablaremos.</p> - -<p>Manuel fué á un Círculo que estaba próximo á la calle del Arenal. Una -porción de gente, á quien no conocía, le preguntó por Juan; al parecer, -tenían por él un gran entusiasmo. Vió al Libertario, al Madrileño y á -Prats.</p> - -<p>—¿Cómo está Juan?—le dijeron.<a name="page_250" id="page_250"></a></p> - -<p>—Ya va mejor. Mañana os espera en la taberna.</p> - -<p>—Bueno; ¿qué, te vas?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Espera un momento—le dijo el Libertario.</p> - -<p>Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una -discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba.</p> - -<p>—Nos iremos nosotros también.</p> - -<p>Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño.</p> - -<p>Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose.</p> - -<p>El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo -ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño, -bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala.</p> - -<p>—Allá no hay más que pacotilla—decía el Madrileño—, desde los géneros -de punto, hasta el anarquismo, todo es ful.</p> - -<p>—Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?—replicó Prats—. Si esto -debían convertirlo en cenizas.</p> - -<p>—¿Aquí? Aquí hay la mar de sal.</p> - -<p>—Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina <i>rasa</i>!</p> - -<p>—Dejad eso...—gritó el Libertario—. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan -la vida discutiendo<a name="page_251" id="page_251"></a> si valen más los castellanos ó los catalanes. Y -luego quieren que desaparezcan las fronteras.</p> - -<p>Manuel se echó á reir.</p> - -<p>Siguieron los cuatro por la calle del Arenal, atravesaron la Puerta del -Sol y subieron por la calle de Preciados.</p> - -<p>—Es que á mí me da asco lo que pasa aquí—dijo Prats—. Esto está -muerto... En aquella época, en Barcelona, allá había alma... aunque éste -no lo crea—y señaló al Madrileño; después siguió dirigiéndose á -Manuel—. Había agitación, que es lo que se necesita; solíamos dar -conferencias bíblicas, y teníamos reuniones en donde cada noche se -explicaba un punto de las ideas libertarias. Nosotros les convencíamos á -los estudiantes y á los hijos de los burgueses y les atraíamos á nuestro -campo. Recuerdo en una reunión de éstas á Teresa Claramunt, embarazada, -que gritaba furiosa: ¡Los hombres son unos cobardes! ¡Mueran los -hombres! Las mujeres haremos la revolución!...</p> - -<p>—Sí, fué una época de fiebre de todo el pueblo entero—dijo el -Libertario.</p> - -<p>—¡Sí fué! En todas partes se daban mitins de propaganda, se hacían -bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas á -los soldados para que se indisciplinaran y no fueran á Cuba, y -gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre!... Luego, ya -hubo día en que las calles de<a name="page_252" id="page_252"></a> Barcelona estuvieron dominadas por los -anarquistas.</p> - -<p>—¡Bah!—exclamó el Madrileño.</p> - -<p>—Que lo diga éste.</p> - -<p>—Sí, es verdad—contestó el Libertario—; hubo días en que los -polizontes no se atrevieron á dar la cara á los anarquistas; en el -Centro de Carreteros, en el Club de la Piqueta Demoledora y en algunos -otros sitios, había bombas cargadas y botellas explosivas puestas en los -armarios á la vista de todos los socios y al servicio del que las -pidiera.</p> - -<p>—¡Qué barbaridad!—dijo Manuel.</p> - -<p>—Y eran bonitas las bombas—añadió el Libertario—; había unas en forma -de naranja, otras de pera, otras eran de cristal, redondas, con balas -también de cristal, que pesaban muy poco.</p> - -<p>—A todas les llamábamos <i>corre-cames</i>—repuso Prats—, lo que llaman -aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas—preguntó el -Libertario—cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando: -¡<i>Salut y bombes d’Orsini</i>!...? Un día nos comprometimos más de -doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando -bombas á un lado y á otro.</p> - -<p>—Y no hicísteis nada—dijo el Madrileño—. <i>Pa</i> mí que los catalanes -son muy blancos para eso.</p> - -<p>—¡Quia, no!—replicó el Libertario—. Es gente templada.<a name="page_253" id="page_253"></a></p> - -<p>—Sí, lo será—replicó el Madrileño—; pero yo te digo á ti que estuve -en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el -valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar -gente en Montjuich y había que ver la <i>jinda</i>. Todos aquellos señoritos -que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres -pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia, -otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi -todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador, -el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de -sinvergüenzas.</p> - -<p>—No tienes razón—dijo el Libertario.</p> - -<p>—No; casi nada.</p> - -<p>Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba -oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado.</p> - -<p>Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza.</p> - -<p>—Vengo de dejar á Avellaneda—dijo—. Está un hombre admirable. El se -ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía -demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos -cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él -ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le -molestaban<a name="page_254" id="page_254"></a> mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha -dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha -agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido -recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una <i>verva</i>! ¡Y una -<i>dignitá</i> en el ademán! Tiene una <i>pose</i> amplia ese hombre. Sí. Está un -poeta admirable—dijo Caruty convencido.</p> - -<p>Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de -Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local -ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban -zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy -separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas.</p> - -<p>—¿Te vas ya?—le dijo á Manuel el Libertario—. Hace una hermosa noche.</p> - -<p>—¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten.</p> - -<p>Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor.</p> - -<p>—Voy á dar una vuelta—le dijo á la Salvadora.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—¿Y Juan?</p> - -<p>—Acostado.</p> - -<p>—Acuéstate tú también.</p> - -<p>Salió. Los cinco entraron por la calle de<a name="page_255" id="page_255"></a> Magallanes, entre las dos -tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más -allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle -estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo -lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las -tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del -telégrafo zumbaban misteriosamente.</p> - -<p>—Una noche también muy negra—dijo el Libertario—fuimos en Barcelona -al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban -trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones -napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que -la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del -grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con -él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha -de <i>Tanhäuser</i>, que entonaban los otros á coro; había salido la luna -llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: <i>¡Oh -come e bello!</i></p> - -<p>Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de -un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos.</p> - -<p>Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles -de París; de las<a name="page_256" id="page_256"></a> frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de -sus conversaciones con Emilio Henry.</p> - -<p>—Aquel estaba un joven hombre terrible—exclamó Caruty—; solía ir á -Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie.</p> - -<p>—Pero eso de poner bombas así es una barbaridad—dijo Manuel.</p> - -<p>—Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el -terrorismo anarquista—exclamó el Libertario.</p> - -<p>—Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los -anarquistas—replicó Manuel.</p> - -<p>—No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno.</p> - -<p>—¿En España también?</p> - -<p>—Sí; en España también.</p> - -<p>—Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la -represión.</p> - -<p>—Pues se comenzó—repuso el Libertario. Cuando Lafargue, el yerno de -Karl Marx, vino á España á pactar con Pí y Margall la formación del -partido socialista obrero, Pí le contestó que la mayoría de los -españoles que habían seguido la marcha de la Internacional estaban del -lado de Bakounine. Y era verdad. Vino la Restauración y se trató de -arrancar violentamente esta semilla revolucionaria. Ya<a name="page_257" id="page_257"></a> con la Mano -Negra, que no era más que un comienzo de asociación obrera, el gobierno -cometió un sin fin de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de -bandolerismo..... Pasados bastantes años, vienen los sucesos de Jerez, -se demuestra que Busiqui y el Lebrijano, que eran dos bárbaros que no se -habían distinguido como anarquistas, ni como nada, habían asesinado á -dos personas y se les agarrota, pero al mismo tiempo que á ellos se -agarrota á Lamela y á Zarzuela que eran anarquistas, pero que no tenían -participación alguna en los asesinatos. Se les mató porque eran -propagandistas de la idea. El uno era corresponsal de <i>El Productor</i> y -el otro de <i>La Anarquía</i>; los dos incapaces de matar á nadie, los dos -inteligentes; por eso más peligrosos para el gobierno, cuyo fin era -exterminar á los anarquistas. Pasan años y Pallás comete, para vengar á -los de Jerez, el atentado de la Gran Vía. Fusilan á Pallás, y Salvador -echa la bomba desde el quinto piso del Liceo. Se prende á una porción de -anarquistas, y cuando iban á condenar á Archs, Codina, Cerezuela, Sabat -y Sogas, como culpables, encuentran á Salvador, el autor del atentado. -Entonces, viendo que estos cinco anarquistas se les escapaban de entre -las manos, ¿qué hace el gobierno? Manda abrir nuevamente el proceso de -Pallás y como cómplices fusila á los cinco. Agarrotan<a name="page_258" id="page_258"></a> á Salvador y -luego viene una cosa estupenda: la bomba de la calle de Cambios Nuevos, -que cae desde una ventana al final de una procesión. No la echan cuando -pasan los curas ni el obispo, ni cuando pasa la tropa, ni cuando pasa la -burguesía; la echan entre la gente del pueblo. ¿Quién la arrojó? No se -sabe; pero seguramente no fueron los anarquistas; si alguien tenía -interés entonces en extremar la violencia, era el gobierno, eran los -reaccionarios, y yo pondría las manos en el fuego apostando á que el que -cometió aquel crimen tenía relación con la policía. Se consideró el -atentado como un ataque á la fuerza armada, se proclamó el estado de -sitio en Barcelona y se hizo un copo de todos los elementos radicales, -que fueron á parar á Montjuich. Se fusiló á Molas, Alsina, Ascheri, -Nogués y Más. De éstos, todos, menos Ascheri, eran inocentes. Después -viene Miguel Angiolillo—concluyó diciendo el Libertario—, que había -leído en los periódicos franceses lo que estaba pasando en Montjuich, -oye á Enrique Rochefort y al Dr. Betances, que achacaban la culpa de -todo lo ocurido á Cánovas, de quien decían horrores; llega á Madrid, -aquí habla con algunos compañeros, le confirman lo dicho por los -periódicos franceses; va á Santa Águeda y mata á Cánovas... Esta ha sido -la obra del gobierno y la réplica de los anarquistas.<a name="page_259" id="page_259"></a></p> - -<p>Manuel no podía comprobar si esta versión era cierta ó no; tenía -bastante confianza en el Libertario; pero podía estar engañado por sus -entusiasmos de fanático.</p> - -<p>—Yo lo que no puedo creer—dijo Manuel—, es que la policía haya -llegado á producir un atentado sólo para extremar la represión.</p> - -<p>—¡Pues si eso se ha visto aquí en pequeño!—exclamó el Madrileño—. -Cuando el complot de la calle de la Cabeza... en lo de los Cuatro -Caminos. Se puede decir que cuando en un círculo de obreros anarquistas -aparecen cartuchos de dinamita, proceden de la policía.</p> - -<p>—¿Sí?</p> - -<p>—Sí, hombre, sí—dijo el Libertario—. Ascheri, uno de los que -fusilaron en Montjuich, había sido de la policía. Cuando un anarquista -trabaja por su cuenta, nadie lo suele saber, ni aun sus compañeros -muchas veces.</p> - -<p>—Es verdad—dijo Prats—. Yo me acuerdo de Molás, uno de los que -fusilaron en Montjuich, cuando hacía sus primeras pruebas con la -dinamita. Molás era ladrón y solía vivir temporadas robando. Algunas -veces pasaba mucho tiempo sin que se le viera. Yo una vez le dije: «¿Qué -haces?» «¿A ti qué te importa? ¡Yo trabajo por la causa!»—me -contestó—. Una noche me dijo: «¡Anda, ven si quieres á ver lo que -hago!» Echamos á andar, y ya por la mañana, llegamos á un sitio desierto -donde no había<a name="page_260" id="page_260"></a> más que un tejar. Sacó de un agujero del suelo un tubo -de hierro de una cañería. Por lo que me dijo, estaba cargado de -dinamita. Arrimó el tubo al tejar, le puso una mecha, la encendió y -echamos á correr. Hubo una explosión formidable. Al volver no se veía -más que un agujero en el suelo; del tejar no quedaba ni rastro.</p> - -<p>—¿Es que no sabían en Barcelona hacer bombas que estallaran al -choque?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Y luego, ¿cómo aprendieron?</p> - -<p>—Un relojero suizo hizo las primeras, que pasaron de mano en mano como -curiosidad—contestó Prats—, luego aprendieron á hacer las los -cerrajeros, y como los trabajadores de Barcelona son tan hábiles...</p> - -<p>—¿Y la dinamita?</p> - -<p>—De eso todo el mundo tenía la receta. Luego no sé quién trajo un -<i>Indicador Anarquista</i> con una porción de fórmulas.</p> - -<p>—Un amigo mío—dijo el Madrileño—, que era mecánico, había escrito un -catecismo para su hijo, y le examinaba al chiquillo delante de nosotros. -Recuerdo las primeras preguntas que decían así: «¿Qué es la dinamita, -niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se -hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» «¿Cómo se -prepara la<a name="page_261" id="page_261"></a> dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina, -tratando la glicerina por una mezcla, en frío, de ácido nítrico y de -ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» El chico -sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al -padre lo llevaron á Montjuich nos solía decir: «Yo no sé si me matarán; -pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.»</p> - -<p>Se levantaron todos del banco porque sentían frío. Comenzaba á amanecer. -La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un -gris de estaño. Desde el repecho de una colina vieron la cavidad inmensa -del Tercer Depósito que estaban construyendo. Siguieron después el -canalillo, con sus filas de chopos, sin hojas, al lado de la cinta de -agua que brillaba y se curvaba en mil vueltas.</p> - -<p>—Y eso de las órdenes del Comité Central de Londres, ¿es -verdad?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—¡Quia, hombre! Son leyendas—replicó el Libertario—. No ha habido -nunca tales órdenes.</p> - -<p>...Ya la claridad de la mañana se esparcía por la tierra, sembrada de -hierba. El cielo se llenaba de nubes pequeñas y blancas, como vellones -de lana, y en el fondo, cortando el horizonte, iba apareciendo el -Guadarrama, orlado por la claridad del día.</p> - -<p>Un labrador sembraba marchando detrás del<a name="page_262" id="page_262"></a> arado; sacaba el grano de una -espuerta que le colgaba del cuello y echaba un puñado de semilla al aire -que brillaba un momento como una polvareda y caía en los surcos de la -tierra obscura.</p> - -<p>Caruty cantó una canción en <i>argot</i> campesino, en la que se llamaba -ladrones y canallas á los propietarios. Después entonó la <i>Carmañola -Anarquista</i>:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Ça ira, ça ira, ça ira<br /></span> -<span class="i0">tous les bourgeois á la lanterne<br /></span> -<span class="i2">ça ira, ça ira, ça ira,<br /></span> -<span class="i0">tous les bourgeois on les pendra.<br /></span> -</div></div> - -<p class="nind">y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca...</p> - -<p>Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el -Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca -surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas -casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero -violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta -llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se -veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección».</p> - -<p>—Este es el hospital del Cerro del Pimiento—dijo el Libertario.</p> - -<p>Siguieron adelante.</p> - -<p>Salió el sol por encima de Madrid. La luz se<a name="page_263" id="page_263"></a> derramó de un modo mágico -por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las -torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco.</p> - -<p>El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas; -un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa -ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre -la arena, parecía derretirla é incendiarla.</p> - -<p>Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de -Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales.</p> - -<p>El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se -extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo, -enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán; -algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol, -se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro -de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del -día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente.</p> - -<p>Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz.</p> - -<p>—Hay algo de loco en todos ellos—se dijo Manuel—. Habrá que separarse -de esta gente.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_264" id="page_264"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_III-c" id="CAPITULO_III-c"></a>CAPÍTULO III</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">El mitin en Barbieri.—Un joven de levita.—La carpintería del arca -de Noé.—¡Viva la Literatura!</p></div> - -<p>Había que hacer el mitin cuanto antes. Juan, no sólo no estaba aún -repuesto, sino que se encontraba peor. Desde casa iba dirigiendo el -movimiento de propaganda; tenía gran correspondencia con los anarquistas -de provincias y con los extranjeros. El médico no le permitía salir más -que un momento por las tardes, en las horas de sol. Manuel era el -encargado de no permitir la menor transgresión.</p> - -<p>—Yo haré lo que sea—le decía á su hermano—, pero tú quédate en casa.</p> - -<p>—Bueno; pues no hay que perder el tiempo para hacer el mitin.</p> - -<p>—¿Le veremos á Grau?</p> - -<p>—Psch... bueno; no querrá ir.</p> - -<p>Prats era partidario de que se viera á Grau. Manuel le acompañó. Fueron -los dos á Vallehermoso y en una callejuela subieron al tercer piso de -una casa. Llamaron; una muchacha les preguntó qué querían, dijeron á lo -que iban, la muchacha vaciló y abrió la puerta. Pasaron por un pasillo á -un despacho con un balcón<a name="page_265" id="page_265"></a> en donde apenas cabían tres personas. En la -pared había una porción de retratos. Manuel y Prats estuvieron -contemplándolos.</p> - -<p>—Esta es Luisa Michel—dijo Prats.</p> - -<p>Era una mujer de rostro escuálido y perfil aguileño, con la frente -desguarnecida y el cabello corto. Después Prats mostró á Kropotkine, -calvo y barbudo, agazapado tras de sus anteojos, con cierto aire de gato -fosco; á Elíseo Reclus, de cara apacible de soñador y de poeta; á Gorki, -con su tipo innoble y repulsivo.</p> - -<p>Se sentaron Prats y Manuel, y pasó media hora larga sin que apareciera -nadie.</p> - -<p>—Hay que hacer aquí más antesala que para ver á un ministro—dijo -Manuel.</p> - -<p>Por fin, salió una señora flaca, de aire autoritario. Escuchó lo que -dijo Prats, de pie, con marcada impaciencia, y contestó que su marido -estaba trabajando. Le daría el encargo y él les enviaría la -contestación.</p> - -<p>Salieron de casa de Grau, y Manuel, en derechura, se fué á la imprenta.</p> - -<p>Por la noche, en la Aurora, donde había gran movimiento para concertar -los preparativos del mitin de propaganda, se habló de la negativa de -Grau á tomar parte en la reunión.</p> - -<p>El Madrileño despotricó contra Grau.</p> - -<p>—Es un vividor—dijo—, un farsante vendido al gobierno.</p> - -<p>—No—replicó el Libertario—, es un temperamento<a name="page_266" id="page_266"></a> de burgués, que vende -su periódico como otro vende pastillas de chocolate.</p> - -<p>—Sí—dijo el Madrileño—; pero cuando uno tiene un temperamento de -burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, ó una zapatería ó -cualquier cosa; todo menos un periódico anarquista. Cuando uno es -partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando -se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro -cuartos.</p> - -<p>—Grau será lo que se quiera—dijo Prats—; pero es una persona honrada -y decente. En cambio, el director de <i>El Libertario</i>, es un miserable, -una cucaracha, un reptil.</p> - -<p>—¡Bah! ¡Como es amigo tuyo!—replicó el Madrileño—, por eso le -defiendes á ese farsante!</p> - -<p>—¡Farsantes, vosotros!</p> - -<p>—Si estáis todos vendidos al gobierno.</p> - -<p>—Vosotros sí que lo estáis. Queréis sembrar la cizaña en el campo -anarquista—gritó Prats enfurecido—. ¿Cuánto dieron á vuestro periódico -por hablar bien de Dato?</p> - -<p>—Y vosotros—exclamó el Madrileño—¿qué cobrásteis por la campaña -rabiosa que hicísteis contra los republicanos?</p> - -<p>—La hicimos por dignidad.</p> - -<p>—¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de -Montjuich. Estáis engañando á la gente de una manera asquerosa.<a name="page_267" id="page_267"></a> Todos -tenéis salvoconducto de la policía.</p> - -<p>—¡Canallas!—vociferó Prats fuera de sí—. Vosotros sí que estáis -vendidos al gobierno y á los jesuítas para desacreditarnos. Pero tened -en cuenta, que hemos desenmascarado á muchos farsantes.</p> - -<p>—Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres -dignos. ¿Por qué odiáis á Salvochea? Porque vale más que vosotros; -porque ha sacrificado su fortuna y su vida por la anarquía, y vosotros -no habéis hecho más que vivir de ella.</p> - -<p>—Escupe tu baba, ¡miserable!—exclamó Prats.</p> - -<p>—El miserable eres tú—gritó el Madrileño, acercándose á su -contrincante con el puño levantado.</p> - -<p>El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron -calmarlos.</p> - -<p>—¡Imbéciles! ¡Idiotas!—murmuró el Libertario—. Saben que lo que dicen -es mentira y lo dicen á pesar de todo... No parece sino que tienen -interés en desacreditarse á sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un -hombre...</p> - -<p> </p> - -<p>—¿Y por qué no citáis al mitin á los socialistas?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—¿Para qué?—preguntó el Libertario.</p> - -<p>—Para discutir con ellos.</p> - -<p>—¡Quia!—replicó en tono humorístico el Madrileño<a name="page_268" id="page_268"></a>—. A esos, todo lo -que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada.</p> - -<p>—La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro—dijo el -Libertario.</p> - -<p>—Hombre, yo conozco á uno que está empleado en la Zarzuela—contestó -Manuel.</p> - -<p>—Podríamos ir á verle.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales -llevaba la imprenta como una seda.</p> - -<p> </p> - -<p>Unos días después, el Libertario y Manuel fueron á la Zarzuela, aunque -convencidos de que no les habían de ceder el teatro.</p> - -<p>Se acercaron á allá, vieron que unos coristas ó comparsas entraban por -un pasillo, y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el -Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario.</p> - -<p>Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente á una puerta -atada con una cuerda y que se cerraba á golpes por un resorte.</p> - -<p>Empujaron la puerta.</p> - -<p>—¿Qué quieren ustedes?—les dijo un hombre con gorrilla.</p> - -<p>—Preguntamos por el Aristas.</p> - -<p>—En el otro lado.<a name="page_269" id="page_269"></a></p> - -<p>Pasaron; el escenario estaba en una semiobscuridad extraña; al lado de -las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en -corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el -mantón con toquilla en la cabeza.</p> - -<p>Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían.</p> - -<p>—No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela! -Imposible—dijo el Aristas—. Ahora, se lo diré al representante.</p> - -<p>—Como usted quiera—dijo con indiferencia el Libertario, á quien le -molestaba el aire de superioridad del Aristas.</p> - -<p>Dirigidos por él, cruzaron el escenario y por una escalerilla de un -extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba á obscuras; arriba, -de la claraboya del techo, se filtraba pálida luz.</p> - -<p>Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluído de -cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones.</p> - -<p>Un cómico, con aire acaponado, se asomó á las candilejas y comenzó á -decir, con una voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba -Fulano de Tal y de Tal, que le gustaba seguir á las modistas, porque era -un pillín y una porción de sandeces y de cosas incongruentes.</p> - -<p>—¿Qué bien trabaja, eh?—exclamó el Aristas sonriendo—. Gana ocho -duros al día.<a name="page_270" id="page_270"></a></p> - -<p>—¡Qué barbaridad!—murmuró el Libertario!—. ¡Cuántos de nosotros -tenemos que ser explotados para que viva uno de estos mamarrachos!</p> - -<p>—¿Qué tiene que ver eso?—¿A usted le quitan el dinero?—preguntó el -Aristas.</p> - -<p>—Sí, señor. El dinero que nos quitan los burgueses á mí y á otros como -yo, lo vienen á gastar con nenes como este capón.</p> - -<p>—Ya se ve que no entiende usted nada de arte—dijo desdeñosamente el -Aristas.</p> - -<p>—¿De arte? ¡Pero si eso no es arte ni es nada! Sirve para distraer á -los burgueses mientras hacen la digestión. Es como el bicarbonato de -sosa para el flato.</p> - -<p>El Aristas se levantó y se fué. Volvió al poco rato y secamente le dijo -á Manuel que de ningún modo podían dar el teatro para un mitin, y menos -para un mitin anarquista.</p> - -<p>—Está bien—dijo el Libertario—. Vámonos.</p> - -<p>Volvieron á subir por la escalerilla al tablado, buscaron la puerta y -salieron del teatro.</p> - -<p> </p> - -<p>No hubo más remedio que hacer el mitin en Barbieri. El Libertario, el -Madrileño, Prats y otros compañeros, hicieron los preparativos. El día -fijado, un domingo de Enero, frío y desapacible, Manuel avisó un coche, -y él, la Salvadora y Juan, fueron al teatro. Juan iba muy abrigado.<a name="page_271" id="page_271"></a></p> - -<p>Entraron en el teatro. La sala estaba bastante obscura; la luz entraba -por un alto ventanal é iluminaba con una luz borrosa la sala aún vacía.</p> - -<p>Juan fué al escenario.</p> - -<p>—Ten cuidado—le dijo la Salvadora—, no te enfríes.</p> - -<p>Manuel y la Salvadora se sentaron en las butacas.</p> - -<p>Se encendieron dos lámparas del telón de boca. A la luz mezclada del día -triste y de las bombillas eléctricas, se vió el escenario como una -cueva. En medio se habían sentado alrededor de una mesa, unos cuantos -hombres mal vestidos; á un lado había una mesita pequeña, con un tapete -azul y una botella y un vaso. En el fondo del escenario se veía una fila -de hombres sentados en un banco, á los cuales no se les distinguía y -entre éstos se sentó Juan.</p> - -<p>Iba llenándose el teatro; entraban obreros endomingados con sombrero -hongo, otros de blusa y gorra, andrajosos y sucios. En las plateas se -instalaban algunos que parecían capataces, con sus mujeres y chicos, y -en un palco del proscenio había unos cuantos escritores ó periodistas, -entre los que se señalaba un hombre con el pelo rojo y la barba también -roja, en punta. Entró el Libertario en el teatro y se acercó á saludar á -Manuel. Este le presentó á la Salvadora.<a name="page_272" id="page_272"></a></p> - -<p>—¡Salud, compañera!—dijo el Libertario estrechándole la mano.</p> - -<p>—¡Salud!—contestó ella riendo.</p> - -<p>—La conocemos á usted mucho—añadió el Libertario—; éste y su hermano, -no saben más que hablar de usted.</p> - -<p>La Salvadora sonrió y se turbó un tanto.</p> - -<p>—Y qué, ¿vas á hablar?—le preguntó Manuel al Libertario.</p> - -<p>—Eso quieren; pero no me hace gracia. Si les pudiera convencer de que -no... Yo no sirvo para orador.</p> - -<p>Luego se apoyó en una butaca de espaldas al escenario, miró hacia atrás -y añadió:</p> - -<p>—¡Qué pocos son los que tienen caras de persona! ¿eh?</p> - -<p>La Salvadora y Manuel volvieron la cabeza. La verdad que ninguno de los -tipos tenía mucho que celebrar. Había rostros irregulares, angulosos, de -expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas ó -cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales -brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara -triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador...</p> - -<p>—¡En qué pocas miradas hay algo de inteligencia, y sobre todo, en qué -pocas hay bondad!—añadió el Libertario—. Aires solemnes, graves, tipos -de orgullosos y de farsantes... La verdad es que con esta raza no se va -á<a name="page_273" id="page_273"></a> ninguna parte. Bueno, me voy al escenario. ¡Salud, compañeros!</p> - -<p>—Salud.</p> - -<p>Estrechó la mano de la Salvadora, dió una palmada en el hombro de Manuel -y se fué.</p> - -<p>Se encendió la batería de las candilejas. El presidente, un viejo de -barba blanca que estaba sentado entre Prats y un obrero enfermizo, -pálido, de mirada vaga, hizo sonar la campanilla y se levantó. Dijo unas -cuantas palabras, que no se oyeron, y concedió la palabra á uno de los -oradores.</p> - -<p>Inmediatamente uno de los que se hallaban sentados en el fondo del -escenario, avanzó hasta colocarse delante de la mesa, llenó un vaso de -agua, bebió un sorbo y... ¡Compañeros!—dijo.</p> - -<p>A pesar de las amonestaciones del presidente, que reclamó silencio, al -orador no se le entendió gran cosa, parte por el ruido que el público -hacía al entrar, y parte por la monotonía del discurso, que debía estar -aprendido de memoria y recitado. Al terminar se le aplaudió y se fué.</p> - -<p>Después vino un viejecillo, cogió la botella muy pausadamente, llenó el -vaso de agua, se caló unas antiparras, dejó sobre la mesa un paquete de -periódicos y comenzó á hablar.</p> - -<p>Era sin duda el compañero un señor muy metódico y prudente; porque no -decía una palabra<a name="page_274" id="page_274"></a> sin referirse á lo que había publicado este ó el otro -periódico. A cada paso leía trozos con una lentitud desesperante. El -público aburrido hablaba en voz alta, y algunos chuscos en el gallinero -relinchaban con gran maestría.</p> - -<p>Dijo el viejecillo que era zapatero y contó cosas interesantes de la -gente de su oficio, siempre documentándose. Cuando concluyó hubo en todo -el mundo un suspiro de alivio.</p> - -<p>Tras del viejo se presentó un joven de gran levita y cuello almidonado -muy alto. Era un periodista desconocido, que indudablemente trataba de -pescar algo en las turbias aguas del anarquismo.</p> - -<p>El público, que había acogido con indiferencia á los dos primeros -oradores, rompió á aplaudir á las primeras frases que pronunció el joven -de la levita.</p> - -<p>En su discurso enfático, petulante, hueco, barajó términos científicos -de sociología y de antropología.</p> - -<p>En la actitud de aquel joven, siempre había algo así como un reto. A -cada instante parecía decir á los cuitados del público:</p> - -<p>¡Ya veis que llevo levita!, ¡que llevo sombrero de copa!, ¡que soy -hombre ilustrado!; pues, ¡asombraos!, ¡admiradme! He descendido hasta -vosotros. Me he identificado con vosotros.<a name="page_275" id="page_275"></a></p> - -<p>Puesto en el camino de las jactancias, el joven de la levita dijo que -despreciaba á los políticos, porque eran unos asnos; despreciaba á los -sociólogos que no se afiliaban á la anarquía, porque eran unos -ignorantes; despreciaba á los socialistas, por vendidos al gobierno; -despreciaba á todo el mundo, y cada baladronada de éstas era acogida por -los papanatas del público con estrepitosos aplausos.</p> - -<p>El acogía los aplausos con cierto gestillo desdeñoso, del hombre á quien -le convencen en su casa de que tiene mucho talento.</p> - -<p>Para final de su oración, el joven enlevitado hizo una frase de -latiguillo.</p> - -<p>—Al poder de las armas—dijo—, opondremos nosotros nuestra austeridad; -si ésta no basta, á las armas contestaremos con las armas, y si la -fuerza del gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al -poder destructor de la dinamita.</p> - -<p>Después de esta frase, que fué coreada por los bravos y los aplausos del -público, el enlevitado, muy derecho, como si llevara en la cabeza el -<i>Sancta santorum</i> de la Anarquía, se retiró con cierto aire displicente -de hombre no comprendido.</p> - -<p>Después de éste, habló el Libertario. La sala había quedado emocionada -con las frases campanudas y huecas del periodista, y la voz algo parda y -confusa del Libertario no se llegó á<a name="page_276" id="page_276"></a> oir; habló de la miseria, de los -niños anémicos, y viendo que no le hacían caso, cortó el discurso y se -fué sin que nadie se ocupara de él. Manuel aplaudió, y el Libertario se -echó á reir, encogiéndose de hombros.</p> - -<p> </p> - -<p>Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de -la levita, cuando se acercó á la mesa, decidido, un hombre de blusa, -tostado por el sol, con la mirada atravesada.</p> - -<p>El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó á que se callara la -gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz cortado y bravío, dijo:</p> - -<p>—¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis -engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis -noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oir y de aplaudir á -quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros... -¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más -ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los -perros que lamen la mano del que les da de comer. (<i>Aplausos.</i>)</p> - -<p>Una voz gritó:—No es verdad.</p> - -<p>—¡Fuera ese! ¡Fuera!</p> - -<p>—Dejadle hablar.</p> - -<p>—Yo he conocido un verdadero obrero intelectual<a name="page_277" id="page_277"></a>—siguió diciendo el -orador—, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la <i>gabina</i> y -del futraque. (<i>Aplausos.</i>) Era un maestro de escuela, que predicaba la -idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel -hombre siempre andaba á pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de -nosotros; á aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite -y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba á leer á los braceros á -la luz del candil. Aquel era un verdadero anarquista, aquel era un amigo -de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen -nada. ¿Qué hace la prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del -oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen -dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane -usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando -llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y -cargar carros, todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto, -comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo -digo, cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de -gallinas...</p> - -<p>El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus -instintos agresivos, y volvió á insultar con verdadera elocuencia al -público, que le aplaudió con entusiasmo. Se<a name="page_278" id="page_278"></a> veía que era un hombre -fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros -abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las -comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que -aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de -cualquier disparate.</p> - -<p>Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de -los astrónomos, á quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo -mirando al cielo.</p> - -<p>—¡Qué le habrán hecho á éste los astrónomos!—dijo Manuel á la -Salvadora.</p> - -<p>Después de una excitación al pillaje, el tejero terminó diciendo:</p> - -<p>—No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos -farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución -Social!</p> - -<p>Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso, -cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él -no tenía más odio que la Biblia.</p> - -<p>Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida.</p> - -<p>Para él, la Biblia no era más que un conjunto de necedades y de -disparates. Se burló con cierta gracia de los siete días del Génesis, de -la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias.<a name="page_279" id="page_279"></a></p> - -<p>Dijo también que una de las cosas que le hacían reir era la existencia -del alma.</p> - -<p>—Porque ¿qué es el alma?—preguntó él—. Pues el alma no es más que el -juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema -humanitario—y se miró á los brazos y á las piernas—, y si se va á ver, -lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los -perros, sino hasta los más <i>insiznificantes</i>.</p> - -<p>Después de esta explicación materialista del alma, digna del -<i>Ecclesiastes</i>, explicó el hombre gordo el infundio del arca de Noé, -como él lo llamó:</p> - -<p>—Yo no sé—dijo—si Noé sería maestro carpintero; yo lo soy; pero lo -que sí puedo decir es que el arca aquella no era una chapuza ni mucho -menos (<i>risas</i>), y que para meter allí una parejita de cada animal, lo -mismo terrestre que volátil, que <i>acuario</i>, se necesitaba toda una -señora arca. Yo no le quito á Noé nada como carpintero, á cada uno lo -suyo (<i>nuevas risas</i>); pero si le hubiera conocido á este señor, le -hubiera preguntado: ¿Qué necesidad tenía usted de meter en el arca los -chinches, las cucarachas y otros <i>inseztos</i>? ¿No hubiera sido mejor -dejarles que se ahogaran?... La verdad es que este Noé debía tener alma -de burgués (<i>risas</i>). Y si bien se quiere, el hombre era poco galante, -porque en <i>orsequio</i> de las señoras, que son á quienes más les pica -(<i>risas</i>, <i>gritos</i> <i>y</i> <i>patadas<a name="page_280" id="page_280"></a></i>), debía haber suprimido las pulgas. Y -otra cosa se me ocurre. Si las golondrinas comen moscas, y allá dentro -del arca las dos golondrinas se comieron las dos moscas, ¿de dónde -vienen las que hay ahora? Y los camaleones que se alimentan del aire, -¿cómo vivían allí si no había aire?</p> - -<p>—¿Y por qué no había de haber aire?—preguntó uno desde arriba.</p> - -<p>—Si había aire, estaría viciado—contestó el hombre gordo—. Porque -cuarenta días y cuarenta noches en un sitio cerrado y sin ventilación -con todos los animales de la tierra, habría que ver la peste... En fin, -compañeros, que todo eso no es más que una filfa muy grande, y he dicho.</p> - -<p>Se aplaudió algo burlonamente este discurso y se levantó Juan, muy -pálido, con los ojos abiertos, como espantados. Manuel sintió una gran -desazón.</p> - -<p>—A ver si se trabuca—dijo á la Salvadora.</p> - -<p>—No lo hará bien—contestó ella, también intranquila.</p> - -<p> </p> - -<p>Se acercó Juan, modestamente á la mesa, y comenzó á hablar con una voz -velada y algo chillona sin equivocarse. Interesado el público por el -aspecto de niño enfermo de Juan, quedó silencioso. Juan, al sentirse -escuchado, se tranquilizó; tomó el tono natural de su voz y comenzó<a name="page_281" id="page_281"></a> á -hablar con convicción y facilidad, de una manera flúida é insinuante.</p> - -<p>—La anarquía—dijo—no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que -los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia, -sólo por la fuerza de la razón.</p> - -<p>El quería que los hombres luchasen para salir del antro obscuro de sus -miserias y de sus odios á otras regiones más puras y serenas.</p> - -<p>El quería que el Estado desapareciera, porque el Estado no sirve más que -para extraer el dinero y la fuerza que él supone, de las manos del -trabajador y llevarlo al bolsillo de unos cuantos parásitos.</p> - -<p>El quería que desapareciese la ley, porque la ley y el Estado eran la -maldición para el individuo, y ambos perpetuaban la iniquidad sobre la -tierra.</p> - -<p>El quería que desaparecieran el juez, el militar y el cura, cuervos que -viven de sangre humana, microbios de la humanidad.</p> - -<p>El afirmaba que el hombre es bueno y libre por naturaleza, y que nadie -tiene derecho de mandar á otro. El no quería una organización comunista -y reglamentada, que fuera enajenando la libertad á los hombres, sino la -organización libre basada en el parentesco espiritual y en el amor.</p> - -<p>El prefería el hambre y la miseria con la libertad á la hartura en la -esclavitud.<a name="page_282" id="page_282"></a></p> - -<p>—Sólo lo libre es hermoso—exclamó y en una divagación pintoresca -dijo:—El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y -negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le -compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y -preparado para zarpar. Es pez en su casco y pájaro en su arboladura; -tiene velas blancas que parecen alas; un bauprés que parece un pico; -tiene una aleta larga que se llama quilla y una aleta caudal que es el -timón. Es una gaviota que navega; marcha y se le mira con envidia como á -un amigo que se va. En cambio, ¡qué triste el barco viejo y desarbolado -que ya no puede salir del puerto! Y es que la vejez también es una -cadena.</p> - -<p>Y Juan siguió hablando así, pasando de un asunto á otro.</p> - -<p>El quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por -una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar.</p> - -<p>El no veía en la cuestión social una cuestión de jornales, sino una -cuestión de dignidad humana; veía en el anarquismo la liberación del -hombre.</p> - -<p>Además, para él, antes que el obrero y el trabajador, estaban la mujer y -el niño, más abandonados por la sociedad, sin armas para la lucha por la -vida...<a name="page_283" id="page_283"></a></p> - -<p>Y habló con ingenuidad de los golfillos arrojados al arroyo, de los -niños que van á los talleres por la mañana muertos de frío, de las -mujeres holladas, hundidas en la muerte moral de la prostitución, -pisoteadas por la bota del burgués y por la alpargata del obrero.</p> - -<p>Y habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración nunca -satisfecha de amor. Una misma congoja agitaba todos los corazones; -algunas mujeres lloraban. Manuel contempló á la Salvadora y vió que en -sus ojos trataban de saltar las lágrimas. Ella sonrió, y entonces dos -lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas.</p> - -<p>Y Juan siguió hablando; su voz, que se iba haciendo opaca, tenía -entonaciones de ternura; sus mejillas estaban encendidas. En aquel -momento parecía sentir los dolores y las miserias de todos los -abandonados.</p> - -<p>Nadie seguramente pensaba en la posibilidad ó imposibilidad de las -doctrinas. Todos los corazones de la multitud latían al unísono. Ya iba -á terminar Juan su discurso, cuando se produjo un escándalo en las -últimas filas de butacas.</p> - -<p>Era Caruty que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta.</p> - -<p>—¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente—gritaron todos, creyendo quizás que -intentaba replicar al orador.<a name="page_284" id="page_284"></a></p> - -<p>—No, no me sentaré—dijo Caruty—. Tengo que hablar. Sí. Tengo que -decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!</p> - -<p>Juan le saludó con la mano y dejó la tribuna.</p> - -<p>Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado -de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron á -aplaudir de una manera rabiosa. La Salvadora y Manuel se miraban -conmovidos, con lágrimas en los ojos.</p> - -<p>El presidente dijo algunas palabras que no se oyeron y terminó la -reunión.</p> - -<p>Comenzó á salir la gente. En el pasillo del escenario se habían -amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y -aprendices, con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de -escrofulosos.</p> - -<p>Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con una efusión -apasionada.</p> - -<p>—¡Salud, compañero!</p> - -<p>—Salud.</p> - -<p>—Dejadle al hombre, que está malo—dijo el Libertario.</p> - -<p>Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprenderlo quizás, -había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía! -¡Viva la Literatura!</p> - -<p>En el momento de salir á la calle, dos agentes de la policía se echaron -sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entredientes,<a name="page_285" id="page_285"></a> -mirando con desprecio á una burguesía imaginada, la canción de Ravachol.</p> - -<p>Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche á casa.</p> - -<p>—¿Qué ha querido decir Caruty?—preguntó Manuel—. ¿Qué la anarquía es -cosa de literatura?</p> - -<p>—Ni él mismo lo sabrá—dijo Juan.</p> - -<p>—No, no; él ha querido decir algo—repuso Manuel.</p> - -<p>¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos -cosas; pero no sabía cuál.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_286" id="page_286"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IV-c" id="CAPITULO_IV-c"></a>CAPÍTULO IV</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Gente sin hogar.—El Mangue y el Polaca.—Un vendedor de -cerbatanas.—Un gitano.—El Corbata.—Santa Tecla y su mujer.—La -Filipina.—El oro escondido.</p></div> - -<p>En los paseos que Juan daba el invierno por las tardes al sol, un día -que le sorprendió la lluvia, entró en una de las casuchas que había al -lado de la tapia de la Patriacal, mirando al Tercer Depósito.</p> - -<p>Se encontró que la casucha estaba habitada por dos muchachuelos y una -chiquilla. Los dos chicos le contaron al momento su vida y milagros. Uno -se llamaba el Mangue y el otro el Polaca; los dos eran aprendices de -torero. A la chica le decían la Chai.</p> - -<p>El Mangue era un chiquillo delgaducho y listo como una sabandija; el -Polaca tenía una cabeza enorme, unos ojos inexpresivos, redondos como -dos botones, y los labios abultados. El padre del Mangue era carbonero y -quería obligarle á trabajar; pero él se había escapado de casa con la -Chai y el Polaca, y durante todo un verano y un otoño habían andado en -las capeas. El Polaca había estado en un asilo hasta los seis años. Un -día, por una falta leve, una<a name="page_287" id="page_287"></a> monja le tuvo durante ocho días desnudo, -atado con cuerdas de esparto, á pan y agua. A consecuencia de este -bárbaro castigo, el Polaca enfermó y lo llevaron al hospital. A la -salida se echó á andar por las calles.</p> - -<p>—¡Qué infamia es esa farsa de caridad oficial!—murmuró Juan—. ¡Qué -infamia!</p> - -<p>El Mangue y el Polaca, con la ilusión de ser toreros, vivían contentos.</p> - -<p>—¿Y ganábais algo en esas capeas?—les preguntó Juan.</p> - -<p>—Sí, lo que nos daban.</p> - -<p>—¿Y cómo ibais de un pueblo á otro?</p> - -<p>—Nos subíamos á los estribos del tren, y antes de llegar á una estación -bajábamos.</p> - -<p>—Pero todos los días no habría capeas.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Y mientras tanto, ¿qué comíais?</p> - -<p>—Sacábamos patatas del suelo y comíamos uvas y frutas.</p> - -<p>—¿Y ahora qué hacéis?</p> - -<p>—Ahora nada. Esperando el verano.</p> - -<p>La Chai era una muchacha fea y de aspecto encanallado, y por lo que pudo -observar Juan, trataba como esclavos á sus dos amantes.</p> - -<p>—¿Y vivís solos aquí vosotros?</p> - -<p>—No, hay más en estas casillas.</p> - -<p>A Juan le interesó aquella madriguera y volvió al día siguiente. Hacía -una hermosa tarde de sol. En el antiguo patio del cementerio,<a name="page_288" id="page_288"></a> arrimados -á una tapia, había un vendedor de cerbatanas y de majuelas, que tenía su -mercancía en una cesta; un gitano y un golfo. Les preguntó Juan por el -Mangue y por el Polaca, y se sentó junto á ellos.</p> - -<p>El gitano dijo que tenía como profesión la de matar pájaros con -tirabeque; profesión que á Juan le pareció bastante cómica.</p> - -<p>—No crea usted... que es guasa—dijo el gitano—. ¿A que le doy á aquel -bote de pimiento?</p> - -<p>—¿A que no? Una perra gorda—apostó el de las cerbatanas.</p> - -<p>El gitano arregló su tirabeque, disparó... y no le dió al bote.</p> - -<p>Se trabó una larga discusión entre el gitano y el de las cerbatanas.</p> - -<p>—Y usted, ¿qué hace?—le preguntó Juan al golfo.</p> - -<p>—¿Yo?—exclamó el otro en tono displicente.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Yo soy ladrón.</p> - -<p>—¡Mal oficio!</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque no produce más que disgustos.</p> - -<p>—¡Psch! También suelo vender perros; pero eso es peor.</p> - -<p>—¿Y qué es lo que roba usted?</p> - -<p>—Lo que se tercia. Antes robábamos aquí, en este camposanto.<a name="page_289" id="page_289"></a></p> - -<p>—¿Entonces conocería usted á Jesús?</p> - -<p>—A Jesús, el cajista, ya lo creo. ¿Era amigo de usted?</p> - -<p>—Sí, amigo y compañero. Yo soy anarquista.</p> - -<p>—Pues yo soy el Corbata. Cuando hago de Don Tancredo me llaman el -Raspa.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Hace usted de Don Tancredo?</p> - -<p>—Sí; el año pasado un toro me dejó á la muerte. Y espero el año que -viene para ir á los pueblos á repetir el experimento.</p> - -<p>—¿Y si le matan á usted?</p> - -<p>—¡Psch! Es igual.</p> - -<p>—¿Y cómo le han soltado ya de la cárcel?</p> - -<p>—Me las he arreglado para que me saquen.</p> - -<p>—¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente?</p> - -<p>—¡Si hay! mejor que fuera. Ahí he conocido á los Ladrilleros, dos -buenas personas.</p> - -<p>Los Ladrilleros no habían hecho más que asesinar á uno para robarle.</p> - -<p>—Uno de los Ladrilleros, domesticaba gorriones en el pasillo de -arriba—contó el Corbata—. Solía hacer que los pájaros fuesen á comer -miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos -en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara -nadie. Un día va el director y le ve que no tenía más que un gorrión: -«¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?»—le preguntó. «No, señor director.» -«¿Es que se ha escapado?»<a name="page_290" id="page_290"></a> «Tampoco.» «¿Pues dónde está?» «Usted me -perdonará, señor director—le dijo el Ladrillero sonriendo—, pero el -preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado -el gorrión por tres días para que se distraiga.»</p> - -<p>El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un -niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los -presidios había tan buena gente ó más que fuera.—Un acaloro cualquiera -lo puede tener—terminó diciendo. Al marcharse Juan, el Corbata -distraídamente le quitó el pañuelo. Juan lo notó, pero no dijo nada.</p> - -<p> </p> - -<p>Unos días después, Juan vió en la era de la Patriarcal á un amigo del -Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de -bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada -indiferente y fría de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en -la cárcel y le tomó bajo su protección.</p> - -<p>El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas -pasiones.</p> - -<p>—He vivido en una casa de zorras—le dijo á Juan riendo—, hasta que se -murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche -me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?» me dijo. «Si me das todo lo -que ganas, sí»; le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dió la llave y -nos arreglamos.<a name="page_291" id="page_291"></a> Así estuve hasta hace un año, viviendo bien, pero una -mujer me faltó y la dí una <i>puñalá</i>. Ahora estoy aquí porque me tengo -que ocultar.</p> - -<p>Unos días después, el Chilina llevó á las casas del cementerio una mujer -tagala con el objeto de explotarla.</p> - -<p>Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose á los hombres por -aquellos descampados.</p> - -<p>Le llamaban la Manila, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el -instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta -ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la -sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada desde la infancia á -ser maltratada por el blanco, no llegaba á herirle la abyección de su -oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le -daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales.</p> - -<p>El Corbata y el Chilina la poseían cuando querían en los rincones -apartados, cerca de las tapias del cementerio, y ella se entregaba como -quien hace un favor. El Chilina, además, le sacaba el dinero.</p> - -<p>Otras dos personas se acogieron en las casuchas en aquel invierno: un -mendigo viejo, sucio y repugnante, con una barba enmarañada y ojos -purulentos, y su mujer, una arpía con la que estaba amontonado.<a name="page_292" id="page_292"></a></p> - -<p>Este mendigo se ponía en las bocacalles y golpeando la acera con la -garrota, gritaba varias veces el santo del día.</p> - -<p>El Corbata, la primera vez que le vió, le oyó decir:</p> - -<p>—Hoy, hoy... Santa Tecla... Santa Tecla... hoy... hoy—y desde entonces -le llamaba Santa Tecla.</p> - -<p> </p> - -<p>—¡Qué hermoso!—pensaba Juan—sería sacar á estos hombres de las -tinieblas de la brutalidad en que se encuentran y llevarlos á una esfera -más alta, más pura! Seguramente en el fondo de sus almas hay una bondad -dormida; en medio del fango de sus maldades hay el oro escondido que -nadie se ha tomado el trabajo de descubrir. Yo trataré de hacerlo...</p> - -<p>Todas las tardes, lloviera ó hiciera bueno, iba Juan á las casuchas del -campo santo á hablarles á aquellos hombres. Acudían algunos mendigos de -San Bernardino y escuchaban con atención. Formaban un corro. Enfrente -los cipreses del cementerio de San Martín sobresalían por encima de las -tapias. Oían todos las palabras de Juan como una música agradable y -dulce y la Filipina, quizás la que menos entendía, era la que con más fe -le escuchaba.</p> - -<p>Cuando se marchaba Juan á su casa, muchas veces se decía á sí mismo:<a name="page_293" id="page_293"></a></p> - -<p>—El oro está dentro; saldrá á la superficie.</p> - -<p>Un anochecer Juan presenció una apuesta entre Santa Tecla y la vieja -arpía, con quien se hallaba amontonado.</p> - -<p>—¿Qué sabes tú, vieja zorra?—decía Santa Tecla.</p> - -<p>—¿Qué sé yo? Más que tú, asqueroso; mucho más que tú—replicaba la -vieja haciendo gestos repugnantes.</p> - -<p>—Tú crees que toda la gente es tan mala como tú.</p> - -<p>—Si parece que tienes telarañas en los ojos.</p> - -<p>—Calla, calla, <i>arrastrá</i>.</p> - -<p>—Si es que tú pareces tonto; ya te figuras tú que la gente te da dinero -porque eres tú.</p> - -<p>—Calla... ¡leñe! ¡tanto moler y tanto amolar!... porque tú eres una -cochina zorra, ya crees que todas lo han de ser.</p> - -<p>—Y lo son. ¡Me parece!—y la vieja hizo un gesto desvergonzado.</p> - -<p>Santa Tecla metió la mano por la abertura y se puso á rascarse el pecho -con dignidad.</p> - -<p>—Pues sí, pues sí—chilló la vieja—, mañana va otro ciego cualquiera -al Buen Suceso y le dan limosna lo mismo que á ti.</p> - -<p>—¡Cállate, cerda! Si eres más venenosa que un sapo. ¿Tú qué sabes?<a name="page_294" id="page_294"></a></p> - -<p>—¿Que no sé? Haz una apuesta. A que mañana domingo, si voy yo de tu -parte á las señoras del coche y les digo que tú estás malo, ¿á que no -dan nada?</p> - -<p>—A que sí.</p> - -<p>—¿Cuánto apostamos?</p> - -<p>—Una botella.</p> - -<p>—Está.</p> - -<p>—Hay que ver en qué termina la apuesta—dijo el Corbata.</p> - -<p>Al día siguiente fué Juan. Santa Tecla paseaba por la era dando muestras -de impaciencia. El Corbata y el Chilina tomaban el sol tendidos en la -hierba.</p> - -<p>Al medio día apareció la vieja en la vuelta del camino con una botella -en la mano.</p> - -<p>Santa Tecla sonrió.</p> - -<p>—¿Qué?—dijo cuando se asomó la vieja—. ¿Han dado?</p> - -<p>—<i>Ná</i>, ni una perra. Les dije: «¡Señoritas, una limosna <i>pa</i> el -cieguecito, que mi pobre <i>marío</i> está <i>mu</i> malo y no tenemos ni <i>pa -melecinas</i>!</p> - -<p>—¿Y qué?</p> - -<p>—<i>Pus ná</i>, que entraron en la iglesia sin mirarme. Luego las seguí -hasta su casa... y la señora ha <i>llamao</i> al portero y le ha dicho que me -eche. ¡Ah, perras! Aquí traigo la botella. ¡Dame los dos reales!</p> - -<p>—¡Los dos reales! ¿Pero tú te has <i>figurao</i><a name="page_295" id="page_295"></a> que á mí me la das? Lo que -te voy á dar es un estacazo por liosa.</p> - -<p>—No pagues si no quieres. Pero que me muera si no es verdad lo que -digo.</p> - -<p>—Bueno, trae la botella—y Santa Tecla cogió la botella, la destapó y -comenzó á beber y á murmurar.</p> - -<p>—¡<i>Desagradecías</i>, más que <i>desagradecías</i>!</p> - -<p>—¿Ves?—gritaba la vieja atenta al odio más que á la golosina—. ¿Ves -lo que son?</p> - -<p>—<i>¡Desagradecías!</i>—gruñía el viejo.</p> - -<p>—Pero oiga usted, compadre—le preguntó el Corbata en tono de chunga—. -¿Usted qué ha hecho por esa gente? ¿Rezar?</p> - -<p>—¿Y te parece poco?—replicó el mendigo componiendo el semblante.</p> - -<p>—A mí muy poco.</p> - -<p>—Si tú eres un hereje, yo no tengo la culpa—refunfuñó el viejo con la -barba llena de vino. El Corbata y el Chilina se echaron á reir á -carcajadas, mientras Santa Tecla, con la botella ya vacía en la mano, -murmuraba entre dientes cabeceando:</p> - -<p>—Son unas <i>desagradecías</i>. ¡Para que haga uno por ellas nada!</p> - -<p> </p> - -<p>Juan había contemplado entristecido la escena. Vino la Manila; el -Chilina se acercó á ella á pedirle el dinero que había ganado. Era -domingo y quería divertirse el mozo.<a name="page_296" id="page_296"></a></p> - -<p>—No tengo más que unos céntimos—dijo ella.</p> - -<p>—Te los habrás gastado.</p> - -<p>—No; es que no he ganado.</p> - -<p>—A mí no me vienes tú con infundios. Venga el dinero.</p> - -<p>Ella no replicó. El le dió una bofetada, luego otra; después furioso la -echó al suelo, la pateó y la tiró de los pelos. Ella no lanzaba ni un -grito.</p> - -<p>Al fin ella sacó de la media unas monedas y el Chilina, satisfecho, se -marchó.</p> - -<p>Juan y la Filipina encendieron una hoguera de ramas y los dos, muy -tristes, se calentaron en ella.</p> - -<p>Juan se fué á su casa. El oro de las almas humanas no salía á la -superficie.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_297" id="page_297"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_V-c" id="CAPITULO_V-c"></a>CAPÍTULO V</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Esnobismo sociológico.—Anarquistas intelectuales.—Humo.</p></div> - -<p>Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este -señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y -quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que -no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en -donde les presentaría unos compañeros.</p> - -<p>—¿Iremos?—le preguntó el Libertario á Juan.</p> - -<p>—Por qué no.</p> - -<p> </p> - -<p>Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.</p> - -<p>Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es -el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo -modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas -blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de -baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos -grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres<a name="page_298" id="page_298"></a> delgadas con el -talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez -desagradable.</p> - -<p>Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó -afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran -corbata azul y un chaleco claro rameado.</p> - -<p>—Pasemos á mi despacho—dijo—. Les presentaré á mis amigos.</p> - -<p>Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de -ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los -anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar.</p> - -<p>El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y -cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas. -En el fondo había una chimenea encendida.</p> - -<p>—Sentémonos por aquí, al lado del fuego—dijo el anfitrión.</p> - -<p>Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y -acercó una mesita de te con tazas y pastas.</p> - -<p>Sirvió el criado á unos te á otros café.</p> - -<p>El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado -les preguntó:</p> - -<p>—¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse?</p> - -<p>—Me es igual.</p> - -<p>Pasó luego el criado con una caja de puros<a name="page_299" id="page_299"></a> y mientras fumaban se habló -de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel -d’Annunzzio y de otra porción de cosas.</p> - -<p>Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó -en la butaca y dijo:</p> - -<p>—Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una -gran independencia de criterio y que representara las tendencias más -avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he -permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido -filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera -en que vivimos. ¿No les parece á ustedes?</p> - -<p>El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de -la necesidad de la renovación.</p> - -<p>—Yo quisiera saber—prosiguió—si ustedes podrían llegar á un acuerdo -para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría -yo.</p> - -<p>—Nosotros somos anarquistas—dijo el Libertario—, y cada uno de -nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con -nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo -y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual -sociedad.<a name="page_300" id="page_300"></a></p> - -<p>Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero.</p> - -<p>—Pero eso es muy vago—dijo con cierto aire displicente un joven -acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.</p> - -<p>—¿Vago? Yo no veo la vaguedad—replicó con rudeza el Libertario—. -Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado, -la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.</p> - -<p>—Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes—indicó el gomoso, -y añadió dirigiéndose al anfitrión—; porque hay el nihilismo -filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del -socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que -es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos...</p> - -<p>—Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro—dijo sonriendo el -Libertario.</p> - -<p>—¿Un sentimiento puramente de destrucción?</p> - -<p>—Eso es, puramente de destrucción.</p> - -<p>—Yo estoy con estos señores—saltó un joven de barba y anteojos, de -aspecto ensimismado y hablar meloso—; creo que hay que destruir mucho, -disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios.</p> - -<p>—Hay que construir—interrumpió el gomoso con un gesto de desdén.<a name="page_301" id="page_301"></a></p> - -<p>—¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para -resistir todas las ideas, aun las más disolventes?</p> - -<p>—Había que discutir eso.</p> - -<p>—Discutir, ¿para qué?—repuso el de las barbas—. Es una convicción que -yo tengo y de la que usted no participa.</p> - -<p>—¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica.</p> - -<p>—Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las -ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes -á inmovilizarlas.</p> - -<p>—Las ideas están ya transformadas—replicó el gomoso.</p> - -<p>—Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal -verdadero en toda España.</p> - -<p>—¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que -usted desea?</p> - -<p>—El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de -abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta, -porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena, -ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted—dijo al -oficial—que mata en la guerra.</p> - -<p>—Yo—saltó el oficial—hago una diferencia entre el militar y el -guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas.<a name="page_302" id="page_302"></a></p> - -<p>—Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de -los funcionarios, yo creo que se hunde—siguió diciendo el de las -barbas.</p> - -<p>—¡Bah!</p> - -<p>—Es mi opinión—y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy -ensimismado.</p> - -<p> </p> - -<p>—Yo—dijo el oficial á Juan—encuentro muy simpáticas las ideas de -ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y -clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que -ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero.</p> - -<p>—No—repuso Juan—; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á -exterminarse unos á otros.</p> - -<p>—Yo lo que quisiera saber—dijo el joven sociólogo—, quiénes son los -que van á hacer esa revolución.</p> - -<p>—¿Quiénes?—contestó el Libertario—, los desarrapados, los que viven -mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y -la revolución estaba hecha.</p> - -<p> </p> - -<p>—Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir—exclamó el oficial—; -pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el -ejército.</p> - -<p>El oficial explicó su plan. Era un hombre<a name="page_303" id="page_303"></a> atezado, flaco, con un perfil -de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las -ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos -artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la -revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los -capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las -obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido -de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado -el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una -concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y -anarquista.</p> - -<p>El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven -gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí -mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie. -Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades -científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías: -arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes -y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y -cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la -anarquía le parecía despreciable.<a name="page_304" id="page_304"></a></p> - -<p>—Yo estaría con ustedes—dijo el joven sociólogo—, siempre que ustedes -se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista, -sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y -brutalidades.</p> - -<p>—Ustedes los sociólogos, los ateneístas—murmuró el de las barbas con -sorna—, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los -naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto -doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver -si el año pasado se murieron más ó menos.</p> - -<p>—¿Nos vamos á poner á llorar?</p> - -<p>—No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las -estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el -sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca. -Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no -llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la -doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran -federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos -fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo -científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de -los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el -sentimiento anarquista que<a name="page_305" id="page_305"></a> hay en el ambiente; el sabio no; toma la -idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su -funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el -obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á -la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la -burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el -mío!»</p> - -<p>—Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía -es un sistema científico.</p> - -<p>—Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de -los exaltados.</p> - -<p> </p> - -<p>—Seguramente no nos entendemos—dijo Juan—, ¡vámonos!</p> - -<p>—No; no nos podemos entender—replicó incomodado el sociólogo—. -Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes.</p> - -<p>—Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas.</p> - -<p>—Yo también lo soy.</p> - -<p>—Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta -atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos; -queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover -esto.</p> - -<p>—Pero eso no es un programa claro.</p> - -<p>—¡Programa claro! ¿Para qué?—exclamó el<a name="page_306" id="page_306"></a> Libertario—. ¿Para no -realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los -que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los -planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es -la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos -que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está -todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la -ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso -hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene -como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en -los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue -impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen -ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución; -luego ya veremos lo que sale.</p> - -<p>—No estamos conformes.</p> - -<p>—Bueno. ¡Vámonos!—dijo Juan.</p> - -<p>Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había -oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su -amigo.</p> - -<p>El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos.</p> - -<p>Salieron los cuatro á la calle.<a name="page_307" id="page_307"></a></p> - -<p>—Abrígate—le dijo Manuel á Juan.</p> - -<p>—Quia, no hace frío.</p> - -<p>La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia -menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un -manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes -en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces -de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida -amplia y hermosa.</p> - -<p>—¡Qué imbéciles son!—dijo Prats.</p> - -<p>—No; que no se quieren comprometer—replicó el Libertario—. Es -natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo -mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos -los españoles.</p> - -<p>—Sí; desgraciadamente es verdad—pensaba Manuel.</p> - -<p>—Estas tentativas de unión fracasan siempre—dijo Prats—. Sólo en -Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí -reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los -anarquistas.</p> - -<p>—Sí, es verdad—repuso el Libertario—; ese elemento radical burgués es -el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los -químicos, todos esos van preparando la revolución<a name="page_308" id="page_308"></a> social, como los -aristócratas prepararon la revolución política.</p> - -<p>Se despidieron.</p> - -<p>—Salud, amigos—dijo el Libertario.</p> - -<p>—¡Salud!</p> - -<p>Manuel y Juan fueron á su casa.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_309" id="page_309"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VI-c" id="CAPITULO_VI-c"></a>CAPÍTULO VI</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Miedos pueriles.—Los hidalgos—El hombre de la Puerta del Sol.—El -enigma Passalacqua.</p></div> - -<p>Hay entre las diversas formas y especies de miedos, pavores y terrores, -algunos extraordinariamente cómicos y grotescos.</p> - -<p>A esta clase pertenecen el miedo de los católicos por los masones; el -miedo de los republicanos por los jesuítas; el miedo de los anarquistas -por los polizontes y el de los polizontes por los anarquistas.</p> - -<p>El miedo al coco de los niños es mucho más serio, mucho menos pueril que -esa otra clase de miedos.</p> - -<p>Al católico no se le convence de que la masonería es algo así como una -sociedad de baile, ni el republicano puede creer que los jesuítas son -unos frailucos vanidosillos, ignorantuelos, que se las echan de poetas y -escriben versos detestables y se las echan de sabios y confunden un -microscopio con un barómetro.</p> - -<p>Para el católico, el masón es un hombre terrible; desde el fondo de sus -logias dirige toda la albañilería antirreligiosa, tiene un papa<a name="page_310" id="page_310"></a> rojo, y -un arsenal de espadas, triángulos y demás zarandajas.</p> - -<p>Para el republicano, el jesuíta es un diplomático maquiavélico, un -sabio, un pozo de ciencia y de maldad.</p> - -<p>Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio, -que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el -club, y que está siempre en acecho.</p> - -<p>Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible, -es el anarquista.</p> - -<p>Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios.</p> - -<p>¿Es por tontería, es por romanticismo ó solamente por darse un poco de -importancia?</p> - -<p>Es muy posible que por todas estas cosas juntas. Lo cierto es que al -católico no se le puede convencer de que si las ideas anti-religiosas -cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque -la gente empieza á discurrir; á los republicanos tampoco habrá nadie que -les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni -de la penetración de los hijos de San Ignacio, sino de que la sociedad -española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados -por beatas.</p> - -<p>Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras -individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los<a name="page_311" id="page_311"></a> anarquistas -no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de -su vida.</p> - -<p>Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier -sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay casi siempre, según -ellos, un confidente ó un traidor.</p> - -<p>Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo á -quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por un dinamitero -feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel á unos -cuantos.</p> - -<p> </p> - -<p>Al acercarse el período de la coronación, los periódicos por hablar de -algo, dijeron que se preparaban á venir á Madrid policías extranjeros -por si llegaban anarquistas con fines siniestros.</p> - -<p>Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer -dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández -Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol.</p> - -<p>Entre los muchos Fernández más ó menos ilustres del mundo, Fernández -Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más -conocido. No había más que preguntar por él en la acera del café -Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en<a name="page_312" id="page_312"></a> la Puerta -del Sol se forman junto á los urinarios; todo el mundo le conocía.</p> - -<p>Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala -ancha á lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca -en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones una -sonrisa suntuosa y un bastón.</p> - -<p>Era un desarrapado que se las echaba de marqués.</p> - -<p>—No me gustan los términos medios, ¿está usted?—decía—, ó voy hecho -un andrajoso, ó elegante hasta el paroxismo.</p> - -<p>El hombre de la Puerta del Sol vestía y calzaba indudablemente de -prestado, y el que le prestaba las ropas debía ser más grueso que él -porque siempre estaba holgado en ellas; pero en cambio el donador tenía -el pie más pequeño, porque á Trascanejo los tacones le caían hacia la -mitad de la planta del pie, con lo cual solía caminar á modo de -bailarina.</p> - -<p>Trascanejo no trabajaba, no había trabajado nunca. ¿Por qué?</p> - -<p>Un sociólogo de estos que ahora se estilan me ha dicho en secreto que -piensa escribir una memoria para demostrar casi científicamente, que el -80 al 90 por 100 de la golfería en España, literatos, cómicos, -periodistas, políticos, etc., proviene en línea directa de los -hidalguillos de las aldeas españolas en el siglo<a name="page_313" id="page_313"></a> <small>XVII</small> y <small>XVIII</small>. La -tendencia á la holganza, según el tal sociólogo, se ha transmitido pura -é incólume de padres á hijos, y según él, la clase media española es una -prolongación de esta caterva de hidalgos de gotera, hambrones y -gangueros.</p> - -<p>Trascanejo era hidalgo á cuatro vientos y por eso no trabajaba; su -familia había tenido casa solariega y un escudo, con más cuarteles que -Prusia, entre los cuales había un jefe que representaba tres conejos en -campo de azur.</p> - -<p>El hidalgo se pasaba el día en ese foro que tenemos en el centro de -Madrid, al que llamamos la Puerta del Sol.</p> - -<p>Siempre tenía este hombre, que era un pozo de embustes y de malicias, -alguna noticia estupenda para solazar á sus amigos íntimos.</p> - -<p>—Mañana se subleva la guarnición de Madrid—decía con gran misterio—. -Tenga usted cuidado. Están comprometidos la Montaña, San Gil y algunos -sargentos de los Docks. ¿Tiene usted un pitillo? Yo iré á la estación -del Mediodía con los de los barrios bajos.</p> - -<p>Este hombre, almacén de noticias falsas, que anunciaba revoluciones y -pedía cigarros, tenía una vida interesante. Vivía con su novia, señorita -ya vieja entre cuero y mojama, y la madre de ella, señora pensionista, -viuda<a name="page_314" id="page_314"></a> de un militar. Con la pensión y con lo que trabajaban las dos -damas pasaban con cierta holgura y hasta tenían bastante para convidar á -comer á Silvio á diario.</p> - -<p>Cada día este hombre, de una imaginación volcánica, preparaba un nuevo -embuste para explicar que no le hubiesen dado un cargo de gobernador ó -de cosa parecida, y ellas le creían y tenían confianza en él. El hombre -de la Puerta del Sol, que en la calle era el prototipo del hablar -cínico, desvergonzado é insultante, en casa de su novia era un hombre -delicado, tímido, que trataba á su prometida y á la madre de ella con un -gran miramiento. Entre la señorita ya acartonada y el golfo callejero se -había desarrollado desde hacía veinte años un amor platónico y puro. -Algún beso en la mano, y una porción de cartas ya arrugadas, eran las -únicas prendas cambiadas de su amor.</p> - -<p> </p> - -<p>Silvio había cobrado algunas veces por servicios prestados á la policía, -y la noticia de los posibles atentados anarquistas le puso en guardia.</p> - -<p>—Hay un complot que explotar—se dijo—. Este complot está incubándose, -en cuyo caso no hay más que descubrirlo, ó no hay nada pensado, y en -este caso la cuestión está en organizarlo.<a name="page_315" id="page_315"></a></p> - -<p>Trascanejo olfateó por dónde olía á anarquismo, y á los pocos días cayó -en la taberna de Chaparro.</p> - -<p>Habló con Juan.</p> - -<p>—Si ustedes están dispuestos á ayudar, nada más que ayudar, tengo gente -para dar el golpe. Contamos con Pepe el Pollero, con Matías, el cortador -de la Plaza de la Cebada. No necesitamos más que una señal.</p> - -<p>Se discutió por todos los socios, con gran misterio, si se tomaría parte -en el complot.</p> - -<p>Una tarde, al salir Manuel de la imprenta, se encontró con el -Libertario.</p> - -<p>—Te venía á buscar—le dijo éste.</p> - -<p>—¿Pues qué hay?</p> - -<p>—Vigila á Juan. Es muy cándido y lo van á meter en algún lío. Me da en -la nariz que hay algún manejo de la policía. Ahí por la taberna se han -descolgado tipos que me escaman. Ahora un descubrimiento de un complot -vendría al gobierno de perillas.</p> - -<p>—¿Y qué dicen que van á hacer?</p> - -<p>—Dicen que van á matar al rey. Es una añagaza burda. Figúrate tú, á los -anarquistas qué nos importa que el rey viva ó que no viva, que mande -Sagasta ó cualquier mamarracho de los republicanos.</p> - -<p>La Salvadora y Manuel, ya sobre aviso, vigilaron á Juan.<a name="page_316" id="page_316"></a></p> - -<p>Un día Juan recibió una carta que leyó con gran interés.</p> - -<p>—Es un amigo de París—dijo—que aprovechándose de los trenes baratos -quiere ver Madrid.</p> - -<p>—Un amigo; ¿no será algún anarquista?—dijo la Salvadora alarmada.</p> - -<p>—No. ¡Quiá!</p> - -<p>Manuel no se hizo cargo de la cosa. Juan fué á su trabajo y Manuel á la -imprenta.</p> - -<p>A los siete ú ocho días llego otra carta, y una noche, antes de cenar, -Juan salió de casa y se presentó con un hombre joven, afeitado, mal -vestido.</p> - -<p>—Es mi amigo Passalacqua—dijo Juan á Manuel cuando éste volvió de la -imprenta—; le he conocido en París.</p> - -<p>Manuel contempló con atención al amigo.</p> - -<p>Era un muchacho afeitado, de tez pálida y aceitosa. Tenía la cabeza -piriforme, la frente estrecha y unas greñas negras y ensortijadas que le -caían en rizos, el cuello redondo, de mujer; los ojos azules claros, y -los labios pálidos. Su aspecto era de un ser linfático y poltrón. -Cenaron todos y como el italiano no sabía apenas español habló -únicamentecon Juan en francés. De vez en cuando se echaba á reir y -entonces su cara estúpida se transformaba y tomaba un aspecto de ironía -y de ferocidad.<a name="page_317" id="page_317"></a></p> - -<p>Al terminar la cena, Juan quiso ceder el cuarto suyo á Passalacqua y -dormir él en una butaca; pero el otro le contestó que no, que dormiría -en el suelo, que estaba acostumbrado.</p> - -<p>—Haced la cama arriba en el cuarto de Jesús—dijo Juan á la Ignacia y á -la Salvadora—. Llevaron las dos mujeres un colchón y mantas al sobrado.</p> - -<p>—Ya está la cama—dijo la Salvadora.</p> - -<p>El italiano al despedirse estrechó la mano de Juan y de Manuel, cogió su -maleta y subió las escaleras hasta el cuarto de la guardilla. Luego tomó -el candelero con un cabo de vela de manos de la Ignacia.</p> - -<p>—¿Tiene llave este cuarto?—preguntó.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Dejó su maleta con gran cuidado sobre la silla.</p> - -<p>—Está bien—añadió—. Mañana al amanecer quisiera que se me llamara.</p> - -<p>—Se le llamará.</p> - -<p>—Buona sera.</p> - -<p>—Malas trazas tiene el pájaro—dijo Manuel á su hermano.</p> - -<p>—Quia, es una excelente persona—replicó éste.</p> - -<p>—¿Por qué no vas á la cama?—preguntó la Salvadora á Juan.</p> - -<p>—Todavía es temprano.<a name="page_318" id="page_318"></a></p> - -<p>—¡Qué ganas tiene de enviarte á la cama hoy la Salvadora!—dijo -torpemente Manuel.</p> - -<p>Ella le lanzó una mirada y Manuel comprendió que se trataba de algo -extraño y se calló. Juan estaba muy pensativo; por más esfuerzos que -hacía se le notaba una honda preocupación. Entró en el cuarto y estuvo -paseándose largo rato.</p> - -<p>—¿Qué pasa?—preguntó Manuel cuando se quedaron solos.</p> - -<p>La Salvadora puso un dedo en los labios.</p> - -<p>—Aguarda—murmuró.</p> - -<p>Esperaron largo rato.</p> - -<p>Juan apagó la luz en su cuarto; entonces la Salvadora en voz baja dijo á -Manuel:</p> - -<p>—Ese hombre trae algo en la maleta; quizás una bomba.</p> - -<p>—¡Eh!</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Por qué supones eso?</p> - -<p>—Tengo indicios para creerlo. Es más, estoy segura.</p> - -<p>—Pero bueno, ¿qué has visto?</p> - -<p>—He visto que cuando ha dejado la maleta lo ha hecho con un gran -cuidado; luego, al venir con Juan, he visto que por la calle, detrás de -ellos, iban siguiéndoles dos hombres; además ya ves cómo está Juan... -preocupado...</p> - -<p>—Sí, es verdad.</p> - -<p>—Ese hombre trae algo.<a name="page_319" id="page_319"></a></p> - -<p>—Sí, creo que sí.</p> - -<p>—¿Y qué hacemos?</p> - -<p>—Hay que coger esa maleta—dijo Manuel.</p> - -<p>—Iré yo—exclamó la Salvadora.</p> - -<p>—¿Y si se despierta?</p> - -<p>—No se despertará. Viene muy cansado.</p> - -<p> </p> - -<p>Pasada una hora salieron á la escalera, y subieron los dos despacio. -Acercaron el oído á la puerta del desván. Se oía la respiración lenta -del hombre que dormía.</p> - -<p>—Yo sé dónde ha dejado la maleta—dijo la Salvadora—; á tientas estoy -segura de cogerla; empujó la puerta, que rechinó suavemente, entró en el -desván y salió al instante con la maleta en la mano.</p> - -<p>Bajaron los dos al comedor sin hacer el menor ruido y pusieron la maleta -encima de la mesa. Estaba cerrada y bien cerrada. Manuel cogió un -cuchillo y, forcejeando, la descerrajó.</p> - -<p>Sacaron un manojo de ropa; luego folletos, y de enmedio una cosa dura -envuelta en periódicos. Por el peso comprendieron que era algo terrible. -Se quedaron pálidos, horrorizados. Destaparon el bulto. Era una caja de -metal, cuadrada, de un palmo de alta, reforzada con alambres y con una -asa de cuerdas.</p> - -<p>—¿Qué hacemos con esto?—se preguntó Manuel, perplejo. No se atrevían á -tocarlo.<a name="page_320" id="page_320"></a></p> - -<p>—¿Por qué no llamas á Perico?—dijo la Salvadora.</p> - -<p>Bajó Manuel de puntillas la escalera. El electricista estaba todavía en -el taller. Le llamó y le contó lo que pasaba.</p> - -<p>—Vamos á ver eso—dijo Perico al oir la relación de Manuel—. Subieron -los dos despacio, sin hablarse y contemplaron el aparato.</p> - -<p>—¡Ah, ya comprendo lo que es!—dijo Perico—. Esto—y señaló un tubito -de cristal que salía por enmedio de la caja y que estaba lleno de un -líquido amarillento—debe tener un ácido. Si se quiere que estalle la -máquina, se le da vuelta, el ácido corroe este corcho, lo que da tiempo -al que pone la bomba de escapar; luego entra el ácido dentro y provoca -la explosión. Si llegáis á dar vuelta á la caja, creo que á estas fechas -ya no lo podríais contar.</p> - -<p>La Salvadora y Manuel se estremecieron.</p> - -<p>—¿Y qué hacemos?—preguntaron los dos.</p> - -<p>—Hay que romper el tubo. ¡Animo! Y salga lo que saliere. Perico apretó -el tubito con un alicate y lo hizo saltar.</p> - -<p>—Ahora ya no hay cuidado. Vamos abajo.</p> - -<p>Cogió el electricista la caja, y seguido de Manuel bajó la escalera. En -el taller cortaron los alambres que reforzaban el aparato, y con un -destornillador Perico soltó una tapadera sujeta á tuerca. Hecho esto, -volcó la lata y salió una gran cantidad de polvo rojizo,<a name="page_321" id="page_321"></a> que recogieron -en un periódico. Había un par de kilos.</p> - -<p>—¿Esto será dinamita?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Debe serlo.</p> - -<p>—¿Y qué hacemos con ella?</p> - -<p>—Echala en la pila de la fuente con cuidado, y abre el grifo. Se irá -marchando poco á poco.</p> - -<p>Hizo esto Manuel, y dejó la llave de la fuente abierta.</p> - -<p>—Aquí queda algo dentro—murmuró Perico—. Metió la punta de una tijera -en la lata y la fué abriendo.</p> - -<p>Había pedazos de hierro retorcidos, y en el sitio de donde partía el -tubo de cristal lleno de ácido había una cajita pequeña hecha con dos -naipes y llena de polvos blancos, que olían á almendras amargas.</p> - -<p>Lavaron la caja y tiraron los trozos de hierro por el sumidero del -patio.</p> - -<p>Terminada la operación, subieron de nuevo. La Salvadora había separado -las ropas, los papeles encontrados en la maleta y un cuchillo largo, de -cocina, con su vaina. Este cuchillo tenía un mango de madera pintado de -rojo adornado con los nombres de todos los anarquistas célebres, y en -medio de todos ellos se leía: <i>Germinal</i>. Fueron mirando uno á uno los -papeles. Había proclamas impresas, recortes de periódicos, grabados y -notas manuscritas.<a name="page_322" id="page_322"></a> En uno de los papeles estaba el dibujo de la bomba. -Perico lo cogió para verlo. Por lo que señalaba el papel en el -compartimiento pequeño, hecho con dos naipes, lleno de polvos con olor á -almendras amargas, había una mezcla de bicromato, permanganato y clorato -potásicos empapados en nitrobencina. En el tubito había ácido sulfúrico, -y el resto estaba lleno de dinamita y de pólvora cloratada.</p> - -<p>—Yo voy á quemar todos estos papeles—dijo Manuel.</p> - -<p>Hicieron fuego en la cocina y echaron los periódicos, y sobre ellos el -cuchillo. Cuando se carbonizó el mango, bajó Manuel el cuchillo al patio -y lo metió en la tierra. Rebolledo, el jorobado, que había notado los -pasos por la escalera, se levantó á ver lo que ocurría.</p> - -<p>—¿Qué pasa?—dijo en alta voz.</p> - -<p>Le hicieron enmudecer y le enteraron de lo ocurrido.</p> - -<p>—¿Qué hay?—dijo Juan desde su cuarto, que al ruido se había alarmado.</p> - -<p>—Nada—le contestó la Salvadora—. Perico que ha perdido la llave.</p> - -<p>—Registradle á Juan por si acaso—dijo el jorobado—no tenga alguna -carta que le comprometa.</p> - -<p>—Es verdad—dijo Manuel—. ¡Qué torpes hemos estado! Precisamente hace -unos días ha recibido dos cartas.<a name="page_323" id="page_323"></a></p> - -<p>Entró la Salvadora como á dar nuevas explicaciones al enfermo y volvió -con la chaqueta y el gabán de Juan. Allí estaban las dos cartas, una de -ellas horriblemente comprometedora, pues se hablaba claramente de un -complot. Se registraron las ropas de Juan y se quemaron todos los -papeles.</p> - -<p>—Yo creo que ahora podéis estar tranquilos—dijo Rebolledo—. ¡Ah!, una -cosa. Cuando venga la policía, que vendrá por lo que decís, si no traen -los agentes auto del juez, preguntarán si les dejáis entrar, y les -contestáis que sí, pero que vengan con dos testigos. En el mismo momento -advertirle á Juan y decirle lo que habéis hecho, pero que no tenga -tiempo de advertir nada al otro.</p> - -<p>Pasaron la noche la Salvadora y Manuel en el comedor con una gran -inquietud. Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su -cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y -sus instintos de hombre normal volvían de nuevo. La idea de un aparato -así calculado fríamente le sublevaba. Nada podía legitimar la mortandad -que aquello podía producir. ¡Cómo Juan podía intervenir en un proyecto -tan salvaje! ¡El, tan exageradamente bueno y humano! Es verdad, como -había dicho Prats una vez, que en la guerra se bombardeaban pueblos -enteros y se sembraba la muerte por todas partes; pero<a name="page_324" id="page_324"></a> en la guerra -había una presión nacional sobre los ejércitos que combatían, había -además una disgregación de la responsabilidad; cada uno hacía lo que le -mandaban, y no podía hacer otra cosa, á riesgo de ser fusilado; pero en -el caso de los anarquistas era distinto; no había fuerza que les -impulsara á cometer el crimen; al contrario, todo conspiraba para que no -lo cometiesen... y, sin embargo, ellos iban llevados por un bárbaro -fanatismo, salvando todos los obstáculos, á sembrar la muerte entre -infelices.</p> - -<p> </p> - -<p>A la hora de costumbre Manuel salió de casa; no había dado la vuelta á -la calle de Magallanes cuando dos hombres le detuvieron.</p> - -<p>—¿Es usted Manuel Alcázar?</p> - -<p>—Servidor de usted.</p> - -<p>—Queda usted detenido.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>—Vamos á registrar su casa. ¿Quiere usted darnos permiso para hacerlo, -ó quiere que vengamos con auto del juez?</p> - -<p>—Lo mismo me da.</p> - -<p>—Entonces, haga el favor de decírselo así á su familia.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Volvieron á la casa.</p> - -<p>—Ah, yo exijo una cosa—dijo Manuel al entrar en el portal.<a name="page_325" id="page_325"></a></p> - -<p>-¿Qué?</p> - -<p>—Que asistan dos vecinos al registro.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p> </p> - -<p>Manuel, con un agente, fué al Juzgado de guardia é inmediatamente le -llevaron á presencia del juez.</p> - -<p>—Tengo entendido—le dijo el juez—que es usted un anarquista -peligroso.</p> - -<p>—¿Yo?, no señor, no soy anarquista.</p> - -<p>—Entonces, el agitador es un hermano de usted.</p> - -<p>—Mi hermano es anarquista, pero no de acción.</p> - -<p>—Su hermano es escultor, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Y un escultor notable. ¡Cómo no influye usted para que abandone esas -ideas!</p> - -<p>—Si pudiera, crea usted que lo haría; pero no tengo influencia para -eso. El ha estudiado y ha visto más que yo.</p> - -<p>—Pues siento que su hermano se haya metido en un mal negocio. ¿Cuándo -recibió su hermano las cartas de Passalacqua?</p> - -<p>—¿Qué cartas?—preguntó cándidamente Manuel.</p> - -<p>—¿No ha recibido su hermano de usted unas cartas?</p> - -<p>—No sé; no le puedo decir á usted, porque yo paso muy poco tiempo en -casa.<a name="page_326" id="page_326"></a></p> - -<p>—¿Usted vió ayer al forastero que su hermano Juan ha hospedado en su -casa?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Sabe usted cómo se llama?</p> - -<p>—Mi hermano dijo que era un italiano que iba á pasar la noche.</p> - -<p>—¿Llevaba ese italiano una maleta pesada?</p> - -<p>—No sé; yo no lo vi. Cuando llegué de la imprenta estaba cenando. Las -mujeres de casa le hicieron la cama en el desván y yo no me enteré de -más.</p> - -<p>—Bueno. Espere usted un instante.</p> - -<p>Al cabo de poco tiempo le dijeron que podía marcharse.</p> - -<p>Volvió de prisa á su casa. La Salvadora estaba sonriendo. Contó la -escena entera. Juan había quedado asombrado al ver que en la maleta no -había bombas ni cuchillo, ni folletos.</p> - -<p>Passalacqua, al ser registrado por los agentes, no había dicho esta boca -es mía; los policías lo registraron todo y se llevaron unos libros de -Juan.</p> - -<p>Después del registro habían detenido al italiano como indocumentado y á -Juan le habían dejado libre.</p> - -<p>Por la noche los periódicos hablaron del registro llevado á cabo en casa -de Manuel. Lo consideraban como una plancha de la policía.</p> - -<p>Passalacqua había declarado que efectivamente era anarquista, pero no -anarquista de<a name="page_327" id="page_327"></a> acción y que venía á España á buscar trabajo.</p> - -<p>Había indicios para creer que no se llamaba Passalacqua, sino Butti, y -que estaba reclamado por la policía italiana. Venía de América, en donde -había estado preso por varios robos. El gobierno decretaría -inmediatamente su expulsión.</p> - -<p>Por la noche, al volver Manuel de la imprenta, se encontró con Juan.</p> - -<p>—¿Pero cómo es posible que hayas tomado parte en un proyecto tan -estúpido?—le preguntó.</p> - -<p>—Es necesario; hay que hacer la revolución; hay que sacrificarse por -ella.</p> - -<p>—Pero es imbécil; ¿qué íbais á adelantar con eso?</p> - -<p>—¿Qué? Hacer saltar este armazón social, este conglomerado de -iniquidades á fuerzas de bombas. Hay que barrer todo lo que queda de -esta sociedad podrida.</p> - -<p>—En nombre del bienestar de todos, ¿eh?</p> - -<p>—Tú lo has dicho—contestó Juan.</p> - -<p>—Y en nombre del derecho á la vida de los que han de vivir, vais á -matar al niño y al viejo y á la mujer... que ya viven.</p> - -<p>—Es necesario—replicó Juan con voz sombría.</p> - -<p>—¡Ah! ¡es necesario!</p> - -<p>—Sí. El cirujano que amputa un miembro gangrenado tiene que cortar -carne sana.</p> - -<p>—Y tú, libertario—repuso Manuel—tú que<a name="page_328" id="page_328"></a> crees que el derecho de vivir -de un hombre está por encima de todo, tú que no aceptas que uno evite la -fatiga y haga trabajar á otro, aceptas que un inocente tenga que -sacrificar su vida para que los hombres de mañana vivan bien. Pues yo te -digo que eso es imbécil y es monstruoso. Y si á mí me dijeran que la -felicidad de la humanidad entera se podría conseguir con el lloro de un -niño, y eso estuviera en mi mano, yo te digo que no le haría llorar á un -niño, aunque todos los hombres del mundo se me pusieran de rodillas...</p> - -<p>—Y harías bien—murmuró Juan—. Por los niños, por las mujeres, por los -débiles, nosotros trabajamos. Y por ellos hay que destruir la sociedad -actual basada en la iniquidad, por ellos hay que cauterizar brutalmente -la llaga social.</p> - -<p>Para Juan en su exaltación todos los caminos, todos los procedimientos -eran buenos, con tal de que trajeran la revolución soñada. Esta sería la -aurora de un nuevo día, la aurora de la justicia, el clamor del pueblo -entero, durante tantos años vejado, martirizado, explotado, reducido á -la miserable situación de bestia de carga. Sería una aurora sangrienta -en donde á la luz de los incendios crujiría el viejo edificio social -sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni -ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta -de nuestros miserables días.<a name="page_329" id="page_329"></a></p> - -<p>Sería el barro negro de las Injurias y de las Cambroneras que ahogaría á -los ricos; la venganza justa contra las clases directoras que hacían del -Estado una policía para salvar sus intereses obtenidos por el robo y la -explotación, que hacían del Estado un medio de calmar á tiros el hambre -de los desamparados...</p> - -<p>Aquella mayor parte de la humanidad que agonizaba en el infierno de la -miseria se rebelaría é impondría la piedad por la fuerza, é impediría -que se siguieran cometiendo tantas infamias, tantas iniquidades. Y para -esto, para excitar á la rebelión á las masas, todos los procedimientos -eran buenos, la bomba, el incendio, el regicidio...</p> - -<p> </p> - -<p>¡Qué se podía contestar á un fanatismo así!</p> - -<p>No había argumentos posibles; pero Manuel, cuando vió á Juan ya más -tranquilo, le atacó de soslayo.</p> - -<p>—Por lo menos—dijo—ya que estás dispuesto á un sacrificio tan grande, -entérate primero de si no te engañan. Este Passalacqua era de la -policía.</p> - -<p>—¿Crees tú?</p> - -<p>—Sí. Estoy seguro. ¿Quién viaja con un montón de papeles -comprometedores, con un cuchillo grande con el mango lleno de nombres de -anarquistas?</p> - -<p>—Eso no tiene nada de particular.<a name="page_330" id="page_330"></a></p> - -<p>—Pues bien, yo te digo que Passalacqua es de la policía, que sabía que -iban á venir á registrar esta casa, y que si sigues fiándote así de -cualquiera no te sacrificarás por la anarquía, sino que harás el caldo -gordo al gobierno. Tú no le conocías antes á Passalacqua, ¿verdad?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Cómo te relacionaste con él?</p> - -<p>—Hace una semana recibí una carta de Passalacqua, de Barcelona; me -decía que venía por un asunto urgente y si yo tenía un sitio seguro -donde acogerle. Le contesté que sí, y entonces me escribió que el día -<small>I</small>.º del mes llegaría, que tenía la intención de poner una bomba al paso -de la comitiva en las fiestas de la Coronación, y que le reconocería por -estas señas: joven, afeitado, con boína, con una maleta amarilla en la -mano derecha y un paraguas negro en la izquierda. Al verle, debía -preguntarle: ¿Este es el tren de Barcelona? Y el me contestaría: Yo no -sé, señor; no entiendo bien el castellano. Efectivamente, así lo hice; -bajé á la estación del Mediodía y me encontré con el italiano. Tomamos -un coche. Passalacqua me indicó lo que trataba de hacer y que llevaba la -bomba en la maleta. Iba yo á llevarle á mi antigua casa de huéspedes, -cuando me dijo:—Soy indocumentado. Quizás no me quieran admitir aquí.<a name="page_331" id="page_331"></a></p> - -<p>—Ves—saltó Manuel—, tenía interés en venir á tu casa.</p> - -<p>—Yo le dije que sí, que le admitirían; pero él se empeñó en que estaría -más seguro en mi casa. Yo no hubiera querido comprometeros á vosotros; -pero lo traje aquí. Al irme á la cama pensaba: Si viene la policía, nos -revienta. Cuando me han despertado, he dicho: Aquí está, y la verdad, al -resultar que no había nada, ni bomba ni papeles, me he quedado -asombrado. ¿Cómo habéis podido saber que iban á registrar la casa?</p> - -<p>—La Salvadora lo sospechó; después yo tengo indicios para creer que -Passalacqua es de la policía.</p> - -<p>Manuel insistió en este punto para ver si llevaba la duda y la -desconfianza al ánimo de su hermano.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_332" id="page_332"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VII-c" id="CAPITULO_VII-c"></a>CAPÍTULO VII</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">Otra vez Roberto.—La locha por la vida.—El regalo del inglés.—El -amor.</p></div> - -<p>Una tarde, después de comer, estaba Manuel regando las plantas de su -huertecillo, cuando se presentó Roberto.</p> - -<p>—Hola, chico, ¿qué tal? ¿Estás de jardinero?</p> - -<p>—Ya ve usted. ¿Y la señorita Kate?</p> - -<p>—Muy bien. Allí en Amberes con su madre. Hemos hablado mucho de ti.</p> - -<p>—¿Sí? ¿De veras?</p> - -<p>—Te recuerdan con verdadero cariño.</p> - -<p>—Son muy buenas las dos.</p> - -<p>—Tengo ya un chico.</p> - -<p>—¿Sí? ¡Cuánto me alegro!</p> - -<p>—Es un pequeño salvaje. Su madre lo está criando. ¿Y tus negocios? ¿Qué -tal van?</p> - -<p>—No tan bien como yo quisiera; no le voy á poder devolver el dinero tan -pronto como creía.</p> - -<p>—No importa. Cuando puedas. ¿Qué te pasa? ¿No marcha el negocio?</p> - -<p>—Sí, va muy despacio; pero me matan los obreros socialistas.</p> - -<p>—¿Los socialistas?<a name="page_333" id="page_333"></a></p> - -<p>—Sí. Está uno atado de pies y manos. Las sociedades hacen ya en todos -los oficios lo que quieren, ¡con un despotismo! Uno no puede tener los -obreros que se le antoje, sino los que ellos quieran. Y se ha de -trabajar de esta manera, y se ha de despachar á éste, y se ha de tomar -al otro... Es una tiranía horrible.</p> - -<p>—Y con esto, tu tendencia anarquista se habrá aumentado.</p> - -<p>—Claro que sí. Porque si hay que hacer la revolución social, que la -hagan de una vez; pero que le dejen á uno vivir... ¿Quiere usted subir -un rato, don Roberto?</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Subieron los dos y pasaron al comedor. Roberto saludó á la Salvadora.</p> - -<p>—¿Tomará usted café, don Roberto? ¿eh?—le preguntó Manuel.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Le trajeron una taza de café.</p> - -<p>—¿Tu hermano es también anarquista?—preguntó Roberto.</p> - -<p>—Mucho más que yo.</p> - -<p>—Usted debe curarles de ese anarquismo—dijo Roberto á la Salvadora.</p> - -<p>—¿Yo?—preguntó ella ruborizándose.</p> - -<p>—Sí, usted; que seguramente tiene más buen sentido que Manuel. Al -artista no le conozco. A éste sí, desde hace tiempo, y sé cómo es: muy -buen chico; pero sin voluntad, sin energía.<a name="page_334" id="page_334"></a> Y no comprende que la -energía es lo más grande; es como la nieve del Guadarrama, que sólo -brilla en lo alto. También la bondad y la ternura son hermosas; pero son -condiciones inferiores, de almas humildes.</p> - -<p>—Y si yo soy humilde, ¿qué le voy á hacer?</p> - -<p>—¿Ve usted?—replicó Roberto dirigiéndose á la Salvadora—. Este chico -no tiene soberbia. Luego es un romántico, se deja arrastrar por ideas -generosas; quiere reformar la sociedad...</p> - -<p>—No me venga usted con bromas. Yo ya sé que no puedo reformar nada.</p> - -<p>—Eres un sentimental infecto.</p> - -<p>Luego añadió, dirigiéndose también á la Salvadora:</p> - -<p>—Yo cuando hablo con Manuel, tengo que discutir y que reñirle. Perdone -usted.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—¿No le molesta á usted que le riña?</p> - -<p>—Si le riñe usted con razón, no.</p> - -<p>—¿Y que discutamos tampoco le molesta?</p> - -<p>—Tampoco. Antes me aburrían las discusiones, ahora ya no; me interesan -muchas cosas y también soy algo avanzada.</p> - -<p>—¿De veras?</p> - -<p>—Sí; casi, casi libertaria, y no es por mí, precisamente; pero me -indigna que el gobierno, el Estado ó quien sea, no sirva más que para -proteger á los ricos contra los pobres, á<a name="page_335" id="page_335"></a> los hombres contra las -mujeres, y á los hombres y á las mujeres contra los chicos.</p> - -<p>—Sí, en eso tiene usted razón—dijo Roberto—. Es el aspecto más -repugnante de nuestra sociedad ese, el que se encarnice con los débiles, -con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las -formas de la bravuconería y todas las formas del poder.</p> - -<p>—Yo, cuando leo esos crímenes—siguió diciendo la Salvadora—en que los -hombres matan á una mujer, y luego se les perdona, porque han llorado, -me da una ira.</p> - -<p>—Sí, ¿qué quiere usted? Es el jurado, sentimental, que va á la -Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan á veinte años de -presidio á un falsificador y dejan libre á un asesino.</p> - -<p>—¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados?—preguntó la -Salvadora.</p> - -<p>—Sería peor; se mostrarían seguramente más crueles para ellas mismas.</p> - -<p>—¿Cree usted?</p> - -<p>—Para mí es seguro.</p> - -<p>—La pena debía ser—dijo Manuel—menor para la mujer que para el -hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe.</p> - -<p>—A mí me parece lo mismo—añadió la Salvadora.</p> - -<p>—Y á mí también—repuso Roberto.</p> - -<p>—Eso es lo que debía modificarse—siguió<a name="page_336" id="page_336"></a> diciendo Manuel—; las leyes, -el Código. Porque eso de que haya república ó monarquía ó congreso, -bastante nos importa á nosotros. ¿Por qué, por ejemplo, han de poner en -el Registo civil si un niño es legítimo ó no? Que le apunten y nada más.</p> - -<p>—Pues eso se va consiguiendo poco á poco—replicó Roberto—. Se van -haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España todavía -no; pero vendrán esas modificaciones y vendrán mejor ¡créelo! si hay una -voluntad fuerte, un poder audaz encargado de dominar el desconcierto de -los egoísmos y de los apetitos.</p> - -<p>—Pero eso sería el despotismo.</p> - -<p>—Sí; el despotismo ilustrado. Para mí la autoridad es mejor que la ley. -La ley es rígida, estable, sin matiz; la autoridad puede ser más -oportuna, y en el fondo más justa.</p> - -<p>—Pero obedecer á un hombre es horrible.</p> - -<p>—Yo prefiero obedecer á un tirano que á una muchedumbre; prefiero -obedecer á la muchedumbre que á un dogma. La tiranía de las ideas y de -las masas es para mí la más repulsiva.</p> - -<p>—¿No cree usted en la democracia?</p> - -<p>—No; la democracia es el principio de una sociedad, no el fin; es como -un solar lleno de piedras de un edificio derruido. Pero este estado es -transitorio. Lentamente se va edificando,<a name="page_337" id="page_337"></a> y cada cosa toma su lugar, no -el antiguo, sino otro nuevo.</p> - -<p>—¿Y siempre habrá piedras altas y piedras bajas?</p> - -<p>—Seguramente.</p> - -<p>—¿Usted no cree que los hombres van á la igualdad?</p> - -<p>—Quia, al revés, vamos á la diversidad; vamos á la formación de nuevos -valores, de otras categorías. Claro que es inútil actualmente y además -perjudicial, que un duque por ser hijo de duque y nieto de otro y -descendiente de un cobrador de gabelas del siglo <small>XVII</small>, ó de un lacayo de -un rey, tenga más medios de vida que un cualquiera; pero en cambio es -natural y justo que Edison tenga más medios de vida y de cultura que ese -cualquiera.</p> - -<p>—Pero entonces se va á la formación de otra aristocracia.</p> - -<p>—Sí; pero de una aristocracia cambiante en consonancia con las -aristocracias de la naturaleza. No vas á cruzar el Támesis con un puente -de las mismas dimensiones con que cruzas el Manzanares.</p> - -<p>—Me parece una desigualdad. Una cosa que había que evitarla.</p> - -<p>—¡Evitarla! Es imposible. La humanidad lleva su marcha, que es la -resultante de todas las fuerzas que actúan y que han actuado sobre ella. -Modificar su trayectoria es una locura.<a name="page_338" id="page_338"></a> No hay hombre, por grande que -sea, que pueda hacerlo. Ahora sí, hay un medio de influir en la -humanidad y es influir en uno mismo; modificarse á sí mismo, crearse de -nuevo. Para eso no se necesitan bombas, ni dinamita, ni pólvoras, ni -decretos, ni nada. ¿Quieres destruirlo todo? Destrúyelo dentro de ti -mismo. La sociedad no existe, el orden no existe, la autoridad no -existe. Obedeces la ley al pie de la letra y te burlas de ella. ¿Quieres -más nihilismo? El derecho de uno llega hasta donde llega la fuerza de su -brazo. Después de esta poda, vives entre los hombres sin meterte con -nadie.</p> - -<p>—Sí, ¿pero usted no cree que fuera de uno mismo se puede hacer algo?</p> - -<p>—Algo, sí. En mecánica podrás encontrar una máquina nueva; lo que no -podrás encontrar será el movimiento continuo, porque es imposible. Y la -felicidad de todos los hombres es algo como el movimiento continuo.</p> - -<p>—¿Pero no es posible un cambio completo de las ideas y de las pasiones?</p> - -<p>—Durante muchos años, sí. El agua que cae en el Guadarrama tiene que ir -al Tajo necesariamente. Las ideas, como el agua, buscan sus cauces -naturales, y se necesitan muchos años para que varíe el curso de un río -y la corriente interna de las ideas.</p> - -<p>—¿Pero usted no cree que con una medida<a name="page_339" id="page_339"></a> enérgica podía cambiarse -radicalmente la forma de la sociedad?</p> - -<p>—No. Es más, creo que no hay actualmente, ni aun pensada siquiera, una -reforma tan radical que pueda cambiar las condiciones de la vida moderna -en su esencia. Respecto al pensamiento, imposible. Se destruye un -prejuicio; nace en seguida otro. No se puede vivir sin ellos.</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—¿Quién va á vivir sin afirmar nada por el temor de engañarse esperando -la síntesis última? No es posible. Se necesita alguna mentira para -vivir. La República, la Anarquía, el Socialismo, la Religión, el Amor... -cualquier cosa, la cuestión es engañarse. En el terreno de los hechos no -hay tampoco solución. Que venga la anarquía, que no vendrá, porque no -puede venir; pero bueno, supón que venga y tras ella una repartición -pacífica y equitativa de la tierra y que esta repartición no traiga -conflictos ni luchas... Al cabo de algún tiempo de cultivo intensivo, de -fecundidad, ya está el problema de las subsistencias y la lucha por la -vida en circunstancias más duras, más horrorosas que ahora.</p> - -<p>—¿Y qué remedio habrá entonces?</p> - -<p>—Remedio, ninguno. El remedio está en la misma lucha; el remedio está -en hacer que la sociedad se rija por las leyes naturales de la<a name="page_340" id="page_340"></a> -concurrencia. Lo que en castellano quiere decir: «Que á quien Dios se la -dé, San Pedro se la bendiga». Y para esto, lo mejor sería echar todos -los estorbos; quitar la herencia, quitar toda protección comercial, todo -arancel; romper con las reglamentaciones del matrimonio y de la familia; -quitar la reglamentación del trabajo; quitar la religión del Estado; que -todo se rija por la libre concurrencia.</p> - -<p>—¿Y los débiles?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—A los débiles se les llevará á los asilos para que no molesten, y si -no se puede, que se mueran.</p> - -<p>—Pero eso es cruel.</p> - -<p>—Es cruel, pero es natural. Para que pueda perpetuarse una raza es -preciso que gran número de individuos mueran.</p> - -<p>—¿Y los criminales?</p> - -<p>—Exterminarlos.</p> - -<p>—Eso es feroz. Es usted muy duro, muy pesimista.</p> - -<p>—No. Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías, -absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado á nuestra vida -en mayor cantidad que el placer ó al contrario? Eso no lo puede calcular -nadie ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay más -que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y -el hombre no es más que uno de ellos, se encuentran<a name="page_341" id="page_341"></a> en un estado -permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo -disputas á los demás; ellos te lo disputan á ti. Ya que nuestra ley es -la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es -todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica; -este es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por -qué? Por cualquier cosa.</p> - -<p>—Pero no todos están á bastante altura para luchar—dijo Manuel.</p> - -<p>—El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo. -La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto -guerrero que tiene todo hombre.</p> - -<p>—Yo no lo siento, la verdad.</p> - -<p>—Sí, tus instintos se funden en un sentimiento de piedad para los -demás; ¿no es verdad? No sientes el egoísmo fiero... Estás perdido.</p> - -<p>Manuel se echó á reir.</p> - -<p>Pasó Juan por el corredor.</p> - -<p>—Este muchacho está mal—dijo Roberto—. Debía marcharse de Madrid; al -campo.</p> - -<p>—Pero no quiere.</p> - -<p>—¿Trabaja mucho ahora?</p> - -<p>—No; preocupado con esas cosas de anarquía, no hace nada.</p> - -<p>—¡Qué lástima!</p> - -<p>Se levantó Roberto y se despidió de la Salvadora muy afectuosamente.<a name="page_342" id="page_342"></a></p> - -<p>—Crea usted que le envidio á Manuel—la dijo.</p> - -<p>La Salvadora sonrió.</p> - -<p>Manuel acompañó á Roberto á la puerta.</p> - -<p>—¿Sabes quién me persigue todos los días?</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—Un señor Bonifacio Mingote. Creo que tú le conoces.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Me habló pestes de la madre de Kate, sin saber quién era yo. -¡Figúrate! Yo me las eché de incomodado y ahora no hace más que -escribirme cartas que yo no leo.</p> - -<p>—¿Y qué es de él? ¿cómo vive ahora?</p> - -<p>—Creo que vive con una mujer que le pega y le hace barrer la casa.</p> - -<p>—El, que era tan conquistador.</p> - -<p>—Sí, ¿eh?... pues ya ves; ha sido conquistado... Oye, te tengo que -decir una cosa—dijo Roberto en la puerta de la escalera.</p> - -<p>—Usted dirá.</p> - -<p>—Mira, no sé cuándo volveré á España; es muy posible que tarde, ¿sabes?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—He hablado con mi mujer y con mi suegra de ti, las he enterado de cómo -vivías; las he hecho un retrato de la Salvadora y se han alegrado mucho -al saber que estabas bien y las dos me han dicho que en recuerdo de su -amistad te quedes tú solo con la imprenta.</p> - -<p>—Pero eso no puede ser.<a name="page_343" id="page_343"></a></p> - -<p>—¡No ha de poder ser! Aquí tienes la escritura de venta. Guárdala.</p> - -<p>—¡Pero es mucho dinero!</p> - -<p>—¡Quia, hombre; qué ha de ser mucho dinero! Oye ahora un consejo. -Cásate cuanto antes con esa muchacha. ¡Adiós!</p> - -<p>Y Roberto cogió la mano de Manuel, se la estrechó afectuosamente y bajó -las escaleras; luego, desde el portal, exclamó:</p> - -<p>—¡Ah! Hay una advertencia; si al primer chico que tengas le llamas -Roberto, vendré desde Inglaterra á ser su padrino.</p> - -<p> </p> - -<p>Manuel, sin salir aún de su asombro, volvió al comedor, al lado de la -Salvadora.</p> - -<p>—Me ha regalado la imprenta—dijo.</p> - -<p>—¡Eh!</p> - -<p>—Sí. Esta es la escritura. Ya no tienes necesidad de trabajar tanto, ni -de ahorrar. ¿Es un barbián mi amigo, verdad?</p> - -<p>—Sí; es muy simpático.</p> - -<p>—Y generoso.</p> - -<p>—Debe serlo.</p> - -<p>—Y enérgico, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>De pronto Manuel, con aire cómicamente desolado, dijo:</p> - -<p>—¿Sabes que estoy celoso?</p> - -<p>—¡Celoso! ¿De quién?</p> - -<p>—De Roberto.<a name="page_344" id="page_344"></a></p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque le has oído con admiración.</p> - -<p>—Es verdad—replicó burlonamente la Salvadora.</p> - -<p>—¿Y á mí no me admiras?</p> - -<p>—Ni pizca. Tú no eres tan enérgico...</p> - -<p>—Ni tan guapo, ¡eh!...</p> - -<p>—Es verdad.</p> - -<p>—Ni tan listo...</p> - -<p>—Claro que no.</p> - -<p>—¿Y dices que me quieres?</p> - -<p>—Te quiero, porque tengo mal gusto; te quiero así, brutito, feo, poco -enérgico.</p> - -<p>—Entonces... déjame que te bese.</p> - -<p>—No; cuando estemos casados.</p> - -<p>—¿Y qué necesidad hay de esa farsa?</p> - -<p>—Sí; por los hijos.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Tú quieres que tengamos hijos?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Muchos?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y no te da miedo tener muchos hijos?</p> - -<p>—No; para eso somos las mujeres.</p> - -<p>—Entonces tengo que besarte; no hay más remedio. Te besaré con respeto; -¿no quieres? Te besaré como á una santa. ¿No te convences tampoco? Te -besaré como si besara la bandera roja, ¿sabes?</p> - -<p>La Salvadora vaciló y presentó la mejilla; pero Manuel la besó en los -labios.<a name="page_345" id="page_345"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VIII-c" id="CAPITULO_VIII-c"></a>CAPÍTULO VIII</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">La Coronación.—Las que encarecen los garbanzos. El final del señor -Canuto.</p></div> - -<p>No se varió nada en la casa con el matrimonio, que se celebró sin -ceremonias de ninguna clase. Manuel estaba resplandeciente. El estado de -Juan era lo que turbaba su felicidad; le veía siempre inquieto, febril. -De noche, soñando, hablaba á gritos, y tosía continuamente hasta -romperse el pecho. Ya no tomaba las medicinas ni hacía caso de las -prescripciones del médico; salía á todas horas, bebía aguardiente para -excitarse algo y se reunía con los amigos en la taberna de Chaparro.</p> - -<p>Mientas tanto, Silvio Fernández Trascanejo maniobraba á sus anchas. Se -había ganado la confianza de todos los socios de la Aurora, y les había -hecho creer que había una conjuración revolucionaria terrible para el -día de la Coronación.</p> - -<p>—Con que uno dé la señal—decía Trascanejo—, yo me echo al centro con -la gente de barrios bajos.</p> - -<p>El más convencido de todos era Juan.</p> - -<p>—La cosa está ya hecha—le dijo el Madrileño<a name="page_346" id="page_346"></a> á Manuel una vez—. Ahora -se va á batir el cobre bien. Hay además setenta y dos compañeros que han -venido á Madrid. Están perseguidos de cerca por la policía española y -extranjera; pero no saben dónde se encuentran. Hemos recibido -instrucciones de Londres; nos pondremos á lo largo de la carrera á -esperar. Si podemos coger al rey vivo, mejor.</p> - -<p>Juan estaba febril, deseando que llegara el momento; sus nervios, en -constante tensión, no le dejaban reposar un instante. Estaba dispuesto á -sacrificarse por la causa. Además, y esto le perdía, veía el -acontecimiento en artista. Veía la brillante comitiva de reyes, de -príncipes, de embajadores, de grandes damas, pasando por en medio de las -bayonetas, y se veía á él avanzando, deteniendo la comitiva con el grito -estridente de ¡Viva la Anarquía!</p> - -<p>La noche antes del día de la fiesta, Juan no apareció por la casa. -Manuel fué á la Aurora por ver si le encontraba.</p> - -<p>Estaban allá el Inglés, Prats, el Madrileño y Silvio, que peroraba. No -le habían visto á Juan. En esto entró el Libertario, se acercó á Silvio, -le agarró de la solapa, y le dijo:</p> - -<p>—Usted es un soplón y un polizonte. ¡Hala! Fuera de aquí.</p> - -<p>Quedaron todos extrañados. Silvio, que estaba sentado, se levantó -dignamente; recibió también dignamente un puntapié certero que<a name="page_347" id="page_347"></a> le arreó -el Inglés, el del juego de bolos. Al llegar á la puerta de la taberna, -el hombre de los tres conejos en campo de azur se sintió hidalgo, -recordó su apellido, se volvió, hizo un corte de mangas á todos y echó á -correr por el paseo de Areneros como un huracán, llevándose una mano á -atrás y otra al sombrero, sin duda para que no se lo llevara el aire.</p> - -<p>—¿Era un polizonte?—dijeron Prats y el Madrileño asombrados.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y todo lo que nos ha contado es mentira?</p> - -<p>—Y tan mentira.</p> - -<p>Al día siguiente no había venido Juan, y Manuel salió de casa. La -Salvadora quedo cosiendo, desazonada.</p> - -<p>Era un día de Mayo esplendoroso; un cielo azul; una tarde de oro. La luz -intensa, cegadora, vibraba llameante en las colgaduras amarillas y -rojas, en las banderas, en los gallardetes, en los farolillos de las -iluminaciones.</p> - -<p>Hormigueaba la gente por las calles. En los balcones y en las ventanas, -en las cornisas y los tejados, en las tiendas y en los portales, se -amontonaban los curiosos. El sol reía en los trajes claros de las -mujeres, en los sombreros vistosos, en las sombrillas rojas y blancas, -en los abanicos que aleteaban como mariposas, y bajo el cielo azul de -Prusia todo palpitaba y<a name="page_348" id="page_348"></a> refulgía y temblaba á la luz del sol con una -vibración de llama.</p> - -<p>Manuel fué husmeando por entre la multitud; á veces el gentío lo llevaba -á un lado y tenía que estarse en la esquina de una calle quieto durante -algún tiempo.</p> - -<p>Un temblor le iba y otro le venía, pensando que á cada momento podía oir -una explosión. Por fin se hizo la masa menos compacta y Manuel pudo -avanzar; la gente iba hacia la Carrera de San Jerónimo.</p> - -<p>—¿Ha pasado algo?—dijo Manuel á un municipal.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Por qué va la gente hacia allá?</p> - -<p>—Para ver otra vez al rey.</p> - -<p>—¿Tiene que volver á pasar por aquí?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Manuel avanzó hasta ponerse en primera fila, cerca de los soldados, en -la calle Mayor. Miró á todas partes por si veía á Juan ó alguno de los -compañeros. No vió á nadie.</p> - -<p>No tardó mucho en estar la comitiva de vuelta. A la entrada de la -Carrera de San Jerónimo se veía avanzar la tropa de jinetes que abría el -paso.</p> - -<p>La muchedumbre, mal contenida por los guardias civiles, avanzaba en -oleadas; pasaban por entre los caballos, hombres y mujeres -congestionados, rojos, sudando. Los soldados que<a name="page_349" id="page_349"></a> formaban la carrera, -hacían retroceder á la gente con la culata de sus fusiles.</p> - -<p>Comenzó á pasar la comitiva por entre las filas de soldados y los -cuchillos del maüser, que refulgían al sol; aparecieron los palafreneros -á caballo, abriendo la marcha, con sus trajes vistosos, de casaca, media -blanca y sombrero de tres candiles; luego siguieron varios coches, de -concha y de laca pintados y dorados, con sus postillones á la grupa y -sus lacayos tiesos, empelucados, llenos de galones, y los caballos -hermosos, de movimientos petulantes, con penachos blancos y amarillos. -Después de estos coches de respeto, pasaron otros también dorados, -ocupados por señoras ajadas, adornadas con diademas, con el traje -cubierto por montones de perlas, acompañadas por hombres de aire -insignificante, enfundados en uniformes vistosos, con el pecho lleno de -cruces y de placas.</p> - -<p>—¿Quiénes son?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Serán diputados ó senadores.</p> - -<p>—No—repuso otro—; éstos son mayordomos de Palacio. Criados elegantes.</p> - -<p>Dos viejas gordas sudorosas, vociferando, peleándose con la gente, -llegaron hasta ponerse en primera fila.</p> - -<p>—Ahora veremos bien—dijo una de ellas.</p> - -<p>—¿Ve usted esas que pasan ahí?—las dijo un aprendiz con sorna -señalando á las damas con<a name="page_350" id="page_350"></a> el dedo—. Pues esas son las que hacen subir -los garbanzos.</p> - -<p>—Y que el pueblo no pueda vivir—añadió un hombre de malas trazas.</p> - -<p>—¡Qué feas son!—murmuró una de las viejas gordas á su compañera.</p> - -<p>—No, que serán guapas—replicó el aprendiz—. Con esa señora se podría -poner una carnicería—añadió señalando con el dedo una anciana y -melancólica ballena que iba en un coche suspendido por muelles.</p> - -<p>—Y <i>tó</i> lo llevan al aire—siguió diciendo la vieja á su compañera sin -hacer caso de las observaciones del muchacho.</p> - -<p>—<i>Pa</i> que no las entre la polilla—replicó el aprendiz.</p> - -<p>—Y <i>tien</i> las tetas <i>arrugás</i>.</p> - -<p>—No, que las tendrán duras.</p> - -<p>—¿Y esas señoras son las ricas?—preguntó la lugareña á Manuel muy -preocupada.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Parece que tienen cara de no haberse desayunado nunca. ¿Verdad, -usted?—preguntó el aprendiz en serio.</p> - -<p>—Ya vienen, ya vienen.</p> - -<p>Se estrechó más la gente. Manuel tembló. Pasaron las infantas en sus -coches con los caballerizos á los lados; luego los príncipes de -Asturias.</p> - -<p>—¡Ahí va Caserta!—se oyó decir.<a name="page_351" id="page_351"></a></p> - -<p>Luego del coche de los príncipes, vino otro vacío, después unos cuantos -soldados de la Escolta Real y el rey, la reina y una infanta.</p> - -<p>El rey saludaba militarmente, hundido en el coche, con el aire fatigado -é inexpresivo.</p> - -<p>La regente, rígida, miraba á la multitud con indiferencia, y sólo en los -ojos de la infanta, de tez morena, había un relámpago de vida y de -alegría.</p> - -<p>—Qué delgado está.</p> - -<p>—Parece enfermo—se oía decir á un lado y á otro.</p> - -<p>Pasó todo el cortejo; la masa de gente se hizo más permeable. Manuel -pudo acercarse á la esquina de la calle Mayor y en ella se encontró con -el señor Canuto. Por el brillo de las mejillas le pareció que debía -estar borracho.</p> - -<p>—¿Qué hay?—le dijo Manuel—. ¿De donde viene usted?</p> - -<p>—De Barcelona.</p> - -<p>—¿Ha visto usted á Juan?</p> - -<p>—Ahí está en la calle Mayor.</p> - -<p>—¿No ha pasado nada?</p> - -<p>—¿Te parece poco? Se ha acabado el reinado de María Cristina—dijo el -señor Canuto en voz alta—. Esta buena señora tendrá muchas virtudes; -pero lo que es suerte, no nos ha dado muy buena á los españoles. ¡Vaya -un reinado! Miles de hombres muertos en Cuba, miles de hombres muertos -en Filipinas, hombres atormentados<a name="page_352" id="page_352"></a> en Montjuich, inocentes como Rizal -fusilados, el pueblo muriéndose de hambre. Por todas partes sangre... -miseria... ¡Vaya un reinado!</p> - -<p>Manuel abandonó al señor Canuto en su peroración y se dirigió á la -esquina de la calle Mayor.</p> - -<p>Juan estaba pálido y sin fuerzas, formando un grupo con Prats, Caruty y -el Madrileño.</p> - -<p>Estos dos últimos borrachos gritaban y escandalizaban.</p> - -<p>—Vamos, tú—le dijo Manuel á Juan—. Esto se ha terminado.</p> - -<p>Volvieron todos por la Puerta del Sol y se encontraron con el Libertario -y con el señor Canuto.</p> - -<p>—¿No decía yo que no pasaría nada?—dijo el Libertario sarcásticamente. -Yo no sé qué ilusiones os habíais hecho vosotros. Nada. Los terribles -revolucionarios que iban á pedir cuenta al gobierno de los miles de -hombres sacrificados en Cuba y en Filipinas para sostener la Monarquía, -modelos de corrección y de sensatez, se han marchado de Madrid á -derrochar su oratoria fanfarrona por los rincones de provincias. Nada. -Esto es la sociedad española; este desfile de cosas nuestras ante la -indiferencia de un pueblo de eunucos.</p> - -<p>El Libertario tenía una exaltación fría.</p> - -<p>—Aquí no hay nada—siguió diciendo burlonamente<a name="page_353" id="page_353"></a>—; esto es una raza -podrida; esto no es pueblo; aquí no hay vicios ni virtudes, ni pasiones; -aquí todo es m...—y repitió la palabra dos ó tres veces.—Política, -religión, arte, anarquistas, m... Puede ese niño abatido y triste -recorrer su ciudad. Lo puede hacer y puede andar si quiere á latigazos -con esta morralla. Ese rebaño de imbéciles no se incomodará.</p> - -<p>—¡Tienes razón!—exclamó el señor Canuto.</p> - -<p>En esto cruzó la Puerta del Sol, entre la gente, un batallón. Sonaban -estrepitosamente los tambores, brillaban las bayonetas y los sables. Al -llegar frente á la calle del Arenal la banda comenzó á tocar un paso -doble.</p> - -<p>Se pararon.</p> - -<p>—Aquí está la <i>mili</i>, como siempre, haciendo la pascua—dijo el señor -Canuto.</p> - -<p>Al pasar la bandera los soldados se cuadraban; el teniente decía: -¡Firmes! y saludaba con el sable.</p> - -<p>—El trapo glorioso—exclamó alto el señor Canuto—; el símbolo del -despotismo y de la tiranía.</p> - -<p>Un teniente oyó la observación y se quedó mirando al viejo -amenazadoramente.</p> - -<p>Caruty y el Madrileño intentaron cruzar por en medio de los soldados.</p> - -<p>—No se puede pasar—dijo un sargento.<a name="page_354" id="page_354"></a></p> - -<p>—Estos <i>sorchis</i>, porque visten con galones—dijo el Madrileño—, ya se -figuran que son superiores á nosotros.</p> - -<p>Pasó una bandera y dió la coincidencia de que se parara delante de -ellos.</p> - -<p>El teniente se acercó al señor Canuto:</p> - -<p>—Quítese usted el sombrero—le dijo.</p> - -<p>—¿Yo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¡No me da la gana!</p> - -<p>—Quítese usted el sombrero.</p> - -<p>—He dicho que no me da la gana.</p> - -<p>El teniente levantó el sable.</p> - -<p>—¡Eh, guardias!—gritó—. ¡Prendedle!</p> - -<p>Un hombre bajito, de la policía secreta, se echó sobre el señor Canuto.</p> - -<p>—¡Muera el ejército! ¡Viva la Revolución social! ¡Viva la -Anarquía!—gritó el viejo temblando de emoción y levantando el brazo en -el aire.</p> - -<p>Luego ya no se le vió; desapareció entre la multitud; unos polizontes se -arrojaron sobre él; los guardias civiles metieron sus caballos entre la -gente... Juan intentó ir en socorro del viejo; pero le faltaron las -fuerzas, y se hubiera caído si no le hubiera agarrado Manuel. Este fué -sosteniéndole hasta sacarle de en medio del gentío. Pasaron entre los -caballos y los coches amontonados en la Puerta del Sol. Juan iba -poniéndose muy pálido.<a name="page_355" id="page_355"></a></p> - -<p>—Ten fuerza un momento, ya vamos á salir—le decía Manuel.</p> - -<p>Llegaron á la acera y tomaron un coche. Cuando pararon delante de casa -en la calle de Magallanes, Juan estaba desmayado y tenía las ropas -llenas de sangre.</p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_356" id="page_356"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IX-c" id="CAPITULO_IX-c"></a>CAPÍTULO IX</h3> - -<div class="blockquot"><p class="cb">La noche.—Los cuervos.—Amanece.—Ya estaba bien.—Habla el -Libertario.</p></div> - -<p>Al llegar, Manuel tomó en brazos á Juan y le subió á su casa.</p> - -<p>La Ignacia y la Salvadora, al verle en aquel estado, preguntaron -desoladas.</p> - -<p>—¿Qué ha sido? ¿Qué ha sido?</p> - -<p>—Nada, qué le ha dado un vómito y no sé cómo no se ha muerto. Está -desmayado.</p> - -<p>Le desnudaron entre los tres, le pusieron botellas de agua caliente y -llamaron al médico. Le dió éste una poción de morfina, porque de cuando -en cuando el enfermo seguía tosiendo y echando sangre.</p> - -<p>—¿Cómo está?—le preguntó la Salvadora al médico.</p> - -<p>—Mal, muy mal. Hay una depauperación grande y la enfermedad se -encuentra muy avanzada. No puede resistir más que días.</p> - -<p>Se marchó el médico, se tranquilizó Juan, y pasó toda la noche -durmiendo, con un sueño tranquilo. A veces su respiración se hacía -bronca y sibilante; otras, de su pecho salía un gorgoteo, como el del -agua al salir de una botella.<a name="page_357" id="page_357"></a> Pasaban minutos en que parecía que ya no -alentaba, hasta que un suspiro profundo normalizaba de nuevo la -respiración.</p> - -<p>La Salvadora y Manuel pasaron toda la noche en el cuarto, observando al -enfermo.</p> - -<p>Por la mañana la Ignacia salió de casa á oir misa.</p> - -<p>—Vete tú también á la imprenta—dijo la Salvadora á Manuel—; si pasa -algo, ya te avisaré.</p> - -<p>Al volver de la calle la Ignacia, dijo con cierto misterio á la -Salvadora:</p> - -<p>—¿Se ha marchado Manuel?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Me alegro.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque he avisado un cura para que confiese á Juan. El pobre lo está -deseando. ¡Como ha sido seminarista! Pero no se atreve á pedirlo.</p> - -<p>Quedó la Salvadora azorada con la noticia.</p> - -<p>—¿Pero sabes tú si él querrá confesarse?—preguntó.</p> - -<p>—Sí, ya lo creo. Se lo diremos nosotras.</p> - -<p>—Yo no, yo no se lo digo.</p> - -<p>—Pues se lo diré yo. Y la Ignacia se acercó á la cama.</p> - -<p>—No, no le despiertes.</p> - -<p>—Déjame.<a name="page_358" id="page_358"></a></p> - -<p>En aquel momento sonó la campanilla de la casa.</p> - -<p>—Aquí está—dijo la Ignacia.</p> - -<p>Al ruido de abrir y cerrar la puerta, Juan abrió los ojos, y al ver á la -Salvadora sonrió.</p> - -<p>—Siento una gran debilidad, pero estoy muy á gusto. ¿He dormido mucho -rato?—preguntó.</p> - -<p>—Sí, todo el día. Nos has dado un susto grande—balbuceó la -Salvadora—, y la Ignacia, como es así, ha llamado á un cura, y está -ahí.</p> - -<p>El rostro de Juan se demudó:</p> - -<p>—¿Está ahí?—preguntó intranquilo.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—No le dejes entrar. Defíendeme, hermana mía. Quieren turbar mis -últimos momentos. Defíendeme. Y Juan buscó la mano de la Salvadora.</p> - -<p>—No tengas cuidado—dijo ella—. Si no quieres, no entrará.</p> - -<p>—No, no, nunca.</p> - -<p>—Espera un momento, le voy á decir que se vaya.</p> - -<p>Salió la Salvadora al comedor. Un cura, alto, flaco, huesudo, con una -sotana raida, paseaba de arriba á abajo.</p> - -<p>—Permítame usted, señor cura—le dijo la Salvadora.</p> - -<p>—¿Qué quieres, hija mía?</p> - -<p>—Mire usted, señor cura, mi cuñado nos ha<a name="page_359" id="page_359"></a> dado un susto grande. -Creíamos que se iba á morir; por eso su hermana le ha avisado á usted; -pero ahora ya ha pasado el peligro y no queremos asustarle.</p> - -<p>—¿Asustarle?—repuso el cura—no, al revés; se tranquilizará.</p> - -<p>—Es que ha tomado hace poco una medicina y está entontecido.</p> - -<p>—No importa, no importa; me han dicho que es un chico muy bueno, pero -de ideas avanzadas, antirreligiosas; además, ha sido seminarista y es -necesario que se retracte. Y el cura trató de pasar á la alcoba.</p> - -<p>—No entre usted, señor cura—murmuró la Salvadora.</p> - -<p>—Mi obligación es salvar su alma, hija mía.</p> - -<p>—Entonces espere usted un momento; yo le hablaré de nuevo—replicó -ella—. Y entrando en la alcoba cerró la puerta con llave.</p> - -<p>—¿Se ha marchado?—la preguntó Juan débilmente.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Defiéndeme, hermana mía—gimió el enfermo—, que no entre nadie más -que mis amigos.</p> - -<p>—Nadie entrará—repuso ella.</p> - -<p>—¡Gracias! ¡gracias!—murmuró él—y volviéndose de lado añadió—: Voy á -seguir con mi sueño.</p> - -<p>De cuando en cuando la Ignacia, con voz<a name="page_360" id="page_360"></a> imperiosa, llamaba á la puerta -de la alcoba, pero Juan apenas oía y la Salvadora no contestaba.</p> - -<p>—Si vieras—murmuró el enfermo—las cosas que he soñado esta noche. ¡Oh -qué sueños tan hermosos!</p> - -<p>En esto se oyó un murmullo de voces; luego llamaron más fuerte á la -puerta de la alcoba.</p> - -<p>—Abre, Salvadora—dijo la voz de Manuel.</p> - -<p>Abrió ella y Manuel entró de puntillas en el cuarto.</p> - -<p>—Ya se ha marchado—advirtió en voz baja.</p> - -<p>—Tu mujer es una mujer valiente—murmuró sonriendo Juan—; le ha -despedido al cura que venía á confesarme.</p> - -<p>Juan tendió una mano á la Salvadora y otra á Manuel.</p> - -<p>—Nunca he sido tan feliz—dijo—. Parece que la proximidad de la muerte -ha de ser terrible, ¿verdad? Pues yo la veo venir como una cosa tan -vaga, tan dulce...</p> - -<p>Durante todo el día Juan estuvo hablando con sus hermanos, de la -infancia, de sus ideas, de sus sueños...</p> - -<p>Los Rebolledos estaban en el comedor por si se ofrecía algo.</p> - -<p>Al anochecer se oyó una aldabada discreta, se cerró recatadamente la -puerta y alguien subió salvando de dos en dos los escalones. Era el -Libertario que venía á enterarse de lo que<a name="page_361" id="page_361"></a> pasaba. Al saber el estado -de Juan, hizo un ademán de desesperación.</p> - -<p>Contó que el señor Canuto estaba en el hospital gravísimo. Le habían -dado sablazos en la cabeza y en la espalda. Tenía una conmoción cerebral -y probablemente moriría.</p> - -<p>—¿Va usted á entrar á ver á Juan?—le preguntó Perico Rebolledo.</p> - -<p>—No, voy á avisar á los amigos y luego volveré.</p> - -<p>Salió el Libertario corriendo y al poco rato volvió acompañado de Prats, -del Bolo y del Madrileño.</p> - -<p>Pasaron los cuatro á la alcoba. Juan estaba cansado de hablar y sentía -una gran debilidad. Alargó la mano á los amigos, y murmuró:</p> - -<p>—Ahora estoy soñando cosas hermosas, muy hermosas. Adiós, compañeros. -Yo he cumplido mi misión, ¿verdad?... seguid trabajando. Ahí os dejo mis -papeles... Si creéis que son útiles para la idea, publicadlos... ¡Adiós!</p> - -<p>Se quedaron los anarquistas en el comedor charlando. Dejaron el balcón -abierto. De la taberna alguien había dado la noticia al Círculo de la -gravedad de Juan, y de vez en cuando se acercaba alguno á la casa y -desde la misma calle gritaba:</p> - -<p>—¿Eh?</p> - -<p>—¿Quién es?—decía Prats ó el Libertario saliendo al balcón.<a name="page_362" id="page_362"></a></p> - -<p>—¡Salud, compañero!</p> - -<p>—Salud.</p> - -<p>—¿Cómo está Juan?</p> - -<p>—Mal.</p> - -<p>—¡Qué lástima! Vaya... salud.</p> - -<p>—Salud.</p> - -<p>Al cabo de un rato se repetía lo mismo.</p> - -<p>La Salvadora y Manuel estaban en el cuarto de Juan, que divagaba -continuamente: Sentía el enfermo la preocupación de ver la mañana, y á -cada paso preguntaba si no había amanecido.</p> - -<p>Tenían abiertas las contraventanas por orden de Juan. A las cuatro -empezó á amanecer; la luz fría de la mañana comenzó á filtrarse por el -cuarto. Juan durmió un rato y se despertó cuando ya era de día.</p> - -<p>En el cielo azul, con diafanidades de cristal, volaban las nubes rojas y -llameantes del crepúsculo.</p> - -<p>—Abrid el balcón—dijo Juan.</p> - -<p>Manuel abrió el balcón.</p> - -<p>—Ahora levantadme un poco la cabeza.</p> - -<p>Metió la Salvadora el brazo por debajo de la almohada y le irguió la -cabeza. Luego le colocaron un almohadón debajo para que estuviera más -cómodo.</p> - -<p>Ya el sol de una mañana de Mayo, brillante como el oro, iba iluminando -el cuarto.</p> - -<p>—¡Oh! Ahora estoy bien—murmuró el enfermo.<a name="page_363" id="page_363"></a></p> - -<p>El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto -hubo una veladura en sus pupilas, y una contracción en la boca.</p> - -<p>Estaba muerto.</p> - -<p>La Salvadora y la Ignacia vistieron á Juan, que había quedado como un -esqueleto. Quitaron la mesa del comedor y allí pusieron el cadáver.</p> - -<p>Su rostro después de la muerte, tomó una expresión de serenidad grande.</p> - -<p>Durante todo el día no pararon de ir y venir compañeros. Entraban, -hablaban en voz baja y se marchaban entristecidos.</p> - -<p>Por la noche se reunieron más de doce personas á velar al muerto. Manuel -entraba también á contemplarle.</p> - -<p>¡Quién le había de decir que aquel hermano á quien no había visto en -tanto tiempo iba á dejar una huella tan profunda en su vida!</p> - -<p>Recordaba aquella noche de su infancia, pasada junto á su madre muerta. -El mismo flujo tumultuoso de pensamientos le sobrecogían. ¿Qué hacer? -pensaba. Se ha hundido todo. ¿Es que ya no quedaba en la vida cosa digna -de ser deseada? ¿Es que ya no había más plan que hundirse para siempre -en la muerte?</p> - -<p>—¡Te has ido al otro mundo con un hermoso sueño—y miraba el cadáver de -Juan—, con una bella ilusión! Ni los miserables se levantarán, ni -resplandecerá un día nuevo, sino que<a name="page_364" id="page_364"></a> persistirá la iniquidad por todas -partes. Ni colectiva ni individualmente podrán libertarse los humildes -de la miseria, ni de la fatiga, ni del trabajo constante y aniquilador.</p> - -<p>—¡Acuéstate!—dijo la Salvadora á Manuel viéndole tan excitado.</p> - -<p>Estaba rendido y se tendió en la cama.</p> - -<p>Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se -celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de -estatuas; en una ponía «La Verdad», en la otra «La Naturaleza», en la -otra «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una -bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un -guardia le dijo:</p> - -<p>—¡Descúbrete, compañero!</p> - -<p>—¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es esta?</p> - -<p>—Es la fiesta de la Anarquía.</p> - -<p>En esto pasaron unos andrajosos en los cuales Manuel reconoció al -Madrileño, á Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!» y -los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.</p> - -<p>Enredado en este sueño le despertó la Salvadora.</p> - -<p>—Está la policía—le dijo.</p> - -<p>Efectivamente, á la puerta había un hombre bajito, de barba, elegante, -acompañado de otros dos.<a name="page_365" id="page_365"></a></p> - -<p>—¿Qué quiere usted?—le dijo Manuel.</p> - -<p>—Tengo entendido que hay una reunión de anarquistas aquí y vengo á -hacer un registro.</p> - -<p>—¿Trae usted auto del Juez?</p> - -<p>—Sí, señor. Traigo también orden de prender á Juan Alcázar.</p> - -<p>—¡A mi hermano! Ha muerto.</p> - -<p>—Está bien; pasemos.</p> - -<p>Entraron los tres policías en el comedor sin quitarse el sombrero. Al -ver la gente allí reunida uno de ellos preguntó:</p> - -<p>—¿Qué hacen ustedes aquí?</p> - -<p>—Estamos velando á nuestro compañero—contestó el Libertario—. ¿Es que -está prohibido?</p> - -<p>El principal de los polizontes, sin contestar, se acercó al cadáver y lo -contempló un instante.</p> - -<p>—¿Cuándo lo van á enterrar?—preguntó á Manuel.</p> - -<p>—Mañana á la tarde.</p> - -<p>—Es usted su hermano, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—A usted le conviene que no haya atropellos, ni escándalos; ni ninguna -manifestación en el entierro.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>—Nosotros haremos lo que nos parezca—dijo el Libertario.<a name="page_366" id="page_366"></a></p> - -<p>—Tenga usted cuidado de no ir á la cárcel.</p> - -<p>—Eso lo veremos—y el Libertario metió la mano en el pantalón y agarró -su revólver.</p> - -<p>—Bueno—dijo el polizonte dirigiéndose á Manuel—; usted es hombre de -buen sentido y atenderá mis indicaciones.</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Buenas noches—saludaron los policías.</p> - -<p>—Buenas noches—contestaron los anarquistas.</p> - -<p>—Cochina <i>rasa</i>—gruñó Prats—. Este maldito pueblo había que quemarlo.</p> - -<p>Todos hablaron en el mismo sentido. Odio eterno, eterna execración -contra la sociedad.</p> - -<p>Por la mañana algunos se fueron al trabajo y quedaron Prats, el -Libertario y Manuel. Estaban hablando cuando se presentó en el cuarto la -Filipina.</p> - -<p>La Salvadora la dejó pasar. Había estado en el hospital, enferma. Se le -notaba la enorme palidez en los labios y en los ojos. Le habían operado -á la pobre y olía de un modo insoportable á yodoformo. Entró, tocó la -cara del cadáver con las manos y empezó á llorar. Manuel la contempló -con melancolía. Aquella tristeza de animal en los ojos, el cuerpo débil, -las entrañas quemadas por el cirujano...</p> - -<p>—¡Maldita vida!—murmuró—. Había que reducirlo todo á cenizas.</p> - -<p>Salió la Filipina y á la media hora volvió<a name="page_367" id="page_367"></a> con lirios blancos y rojos, -y los echó en el suelo delante de la caja.</p> - -<p>A las dos era el entierro, y para antes de esta hora había ya un grupo -grande en la calle de Magallanes. Al dar las dos Perico Rebolledo, -Prats, el Libertario y el Bolo, sacaron la caja en hombros y la bajaron -hasta el portal. Un amigo de Prats echó una bandera roja encima del -ataud y se pusieron todos en marcha. Cruzaron por entre callejuelas, -hasta salir al paseo del Cisne. Iban allá á dejar la caja en el coche, -cuando cuatro mujeres, á quienes Manuel no conocía, les substituyeron, y -siguió el cortejo. Las cuatro, con el mantón terciado, braceaban -garbosamente. En la Castellana la gente se paraba á mirarles. En el -barrio de Salamanca pusieron la caja en el coche y siguió todo el -cortejo á pie. Al pasar de las Ventas, en el camino del Este, por detrás -de cada loma, salía una pareja de municipales, y cerca del cementerio -había un piquete de guardias á caballo.</p> - -<p>Entraron los obreros en el cementerio civil, colocaron la caja al borde -de la fosa y la rodearon los acompañantes.</p> - -<p>Estaba anocheciendo; un rayo de sol se posó un instante sobre la lápida -de un mausoleo. Se bajó con cuerdas la caja. El Libertario se acercó, -cogió un puñado de tierra y lo echó á la hoya; los demás hicieron lo -mismo.<a name="page_368" id="page_368"></a></p> - -<p>—Habla—le dijo Prats al Libertario.</p> - -<p>El Libertario se recogió en sí mismo pensativo. Luego, despacio, con voz -apagada y temblorosa, dijo.</p> - -<p>—Compañeros: Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que -acabamos de enterrar. Era un hombre, un hombre fuerte con un alma de -niño... Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y -prefirió la gloria de ser humano. Pudo asombrar á los demás, y prefirió -ayudarlos... Entre nosotros, llenos de odios, él sólo tuvo cariños; -entre nosotros, desalentados, él sólo tuvo esperanzas. Tenía la -serenidad de los que han nacido para afrontar las grandes tempestades. -Fué un gran corazón, noble y leal... fué un rebelde, porque quiso ser un -justo. Conservemos todos en la memoria el recuerdo del amigo que -acabamos de enterrar... y nada más. Ahora, compañeros, volvamos á -nuestras casas á seguir trabajando.</p> - -<p>Los sepultureros comenzaron á echar con presteza paletadas de tierra que -sonaron lúgubremente. Los obreros se cubrieron y en silencio fueron -saliendo del campo santo. Luego, por grupos, volvieron por la carretera -hacia Madrid. Había obscurecido.</p> - -<p class="c">FIN</p> - -<p>Madrid, Diciembre 1904.<a name="page_369" id="page_369"></a></p> - -<h3><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h3> - -<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""> - -<tr><td align="right" colspan="2"><small>Págs.</small></td></tr> - -<tr><td>Anteportada</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_001">1</a></td></tr> -<tr><td>Obras del mismo autor</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_002">2</a></td></tr> -<tr><td>Portada</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_003">3</a></td></tr> -<tr><td><a href="#PROLOGO"><span class="smcap">Prólogo.</span></a>—Cómo Juan dejó de ser seminarista</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_005">5</a></td></tr> - -<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#PRIMERA_PARTE">PRIMERA PARTE</a></th></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_I-a"><span class="smcap">Capítulo I.</span></a>—El barrio sepulcral.—Divagaciones<br /> -trascendentales.—Electricidad y peluquería.—Tipos<br /> -raros, buenas personas</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_029">29</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_II-a"><span class="smcap">Cap. II.</span></a>—La vida de Manuel.—Las tertulias del<br /> -enano.—El señor Canuto y su fraseología</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_044">44</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_III-a"><span class="smcap">Cap. III.</span></a>—Los dos hermanos.—Juan charla.—Recuerdos<br /> -de hambre y de bohemia</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_052">52</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IV-a"><span class="smcap">Cap. IV.</span></a>—El busto de la Salvadora.—Las impresiones<br /> -de Kis.—Malas noticias.—La violeta.<br /> -No todo es triste en la vida</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_065">65</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_V-a"><span class="smcap">Cap. V.</span></a>—A los placeres de Venus.—Un hostelero<br /> -poeta.—¡Mátala!—Las mujeres se odian.<br /> -Los hombres también</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_076">76</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VI-a"><span class="smcap">Cap. VI.</span></a>—Las vagas ambiciones de Manuel.—Las<br /> -mujeres mandan.—Roberto.—Se instala<br /> -la imprenta</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_089">89</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VII-a"><span class="smcap">Cap. VII.</span></a>—El amor y la debilidad.—Las intermitentes<br /> -y las golondrinas.—El bautizo de<br /> -S. M. Curda I en una imprenta</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_098">98</a></td></tr> - -<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#SEGUNDA_PARTE">SEGUNDA PARTE</a></th></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_I-b"><span class="smcap">Capítulo I.</span></a>—Juego de bolos, juego de ideas,<br /> -juego de hombres</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_109">109</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_II-b"><span class="smcap">Cap. II.</span></a>—El derecho.—La ley.—La esclavitud.<br /> -Las vacas.—Los negros.—Los blancos.—Otras<br /> -pequeñeces</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_128">128</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_III-b"><span class="smcap">Cap. III.</span></a>—No hay que confiar en los relojes ni<br /> -en la milicia.—Las mujeres son buenas, aun<br /> -las que dicen que son malas.—Los borrachos<br /> -y los perros</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_139">139</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IV-b"><span class="smcap">Cap. IV.</span></a>—El inglés quiere dominar.—Las razas.—Las<br /> -máquinas.—Buenas ideas, bellos<br /> -proyectes<a name="page_370" id="page_370"></a> </p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_152">152</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_V-b"><span class="smcap">Cap. V.</span></a>—El buen obrero socialista.—Los esparcimientos<br /> -de Jesús.—¿Para qué sirven los<br /> -muertos?</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_161">161</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VI-b"><span class="smcap">Cap. VI.</span></a>—El francés que canta.—El protylo.—Cómo<br /> -se llegan á tener las ideas.—Sinfonía<br /> -en rojo mayor</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_172">172</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VII-b"><span class="smcap">Cap. VII.</span></a>—Un paraíso en un campo santo.—Todo<br /> -es uno y lo mismo</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_188">188</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VIII-b"><span class="smcap">Cap. VIII.</span></a>—Cómo cogieron al Bizco y no vino<br /> -la buena.—Nunca viene la buena para los<br /> -desdichados</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_196">196</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IX-b"><span class="smcap">Cap. IX.</span></a>—La Dama de la Toga Negra.—Los<br /> -amigos de la Dama.—El pajecillo, el lindo<br /> -pajecillo</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_214">214</a></td></tr> - -<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#TERCERA_PARTE">TERCERA PARTE</a></th></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_I-c"><span class="smcap">Capítulo I.</span></a>—Las evoluciones del Bolo.—Danton,<br /> -Danton, ese era el hombre.—¿Anarquía ó<br /> -Socialismo?... lo que gustéis</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_227">227</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_II-c"><span class="smcap">Cap. II.</span></a>—Paseo de noche.—Los devotos de<br /> -Santa Dinamita.—El cerro del Pimiento</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_248">248</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_III-c"><span class="smcap">Cap. III.</span></a>—El mitin en Barbieri.—Un joven de<br /> -levita.—La carpintería del arca de Noé.—¡Viva<br /> -la literatura!</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_264">264</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IV-c"><span class="smcap">Cap. IV.</span></a>—Gente sin hogar.—El Mangue y el<br /> -Polaca.—Un vendedor de cerbatanas.—Un<br /> -gitano.—El Corbata.—Santa Tecla y su mujer.—La<br /> -Filipina.—El oro escondido</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_286">286</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_V-c"><span class="smcap">Cap. V.</span></a>—Esnobismo sociológico.—Anarquistas<br /> -intelectuales.—Humo</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_297">297</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VI-c"><span class="smcap">Cap. VI.</span></a>—Miedos pueriles.—Los hidalgos.—El<br /> -hombre de la Puerta del Sol.—El enigma Passalacqua</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_309">309</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VII-c"><span class="smcap">Cap. VII.</span></a>—Otra vez Roberto.—La lucha por la<br /> -vida.—El regalo del inglés.—El amor</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_332">332</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VIII-c"><span class="smcap">Cap. VIII.</span></a>—La coronación.—Las que encarecen<br /> -los garbanzos.—El final del señor Canuto</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_345">345</a></td></tr> - -<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IX-c"><span class="smcap">Cap. IX.</span></a>—La noche.—Los cuervos.—Amanece.—Ya<br /> -estaba bien.—Habla el Libertario</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_356">356</a></td></tr> -</table> - -<p><a name="page_371" id="page_371"></a></p> - -<p class="c"> -Se imprimió<br /> -<b><big>A</big>URORA <big>R</big>OJA</b><br /> -EN EL<br /> -<span class="smcap">Establecimiento Tipográfico</span><br /> -DE<br /> -<span class="smcap">Antonio Marzo</span><br /> -DE<br /> -MADRID<br /> -en DICIEMBRE de<br /> -1904<br /> -<img src="images/colophon-b.png" -width="15" -height="14" -alt="colophon" -title="colophon" -/> -</p> - -<p><a name="page_372" id="page_372"></a></p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/fin.png" width="106" height="129" alt="" title="" /> -</p> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Aurora roja, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; AURORA ROJA *** - -***** This file should be named 40544-h.htm or 40544-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/0/5/4/40544/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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