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-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA: AURORA
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Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones
ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación
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-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA: AURORA
-ROJA *** \ No newline at end of file
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 40544 ***
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-Project Gutenberg's La lucha por la vida; Aurora roja, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: La lucha por la vida; Aurora roja
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: August 20, 2012 [EBook #40544]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; AURORA ROJA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net
-
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-
-
-
-
-
-Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones
-ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación
-presentes en el texto.
-
-
-
-
-LA LUCHA POR LA VIDA
-
-Aurora Roja.
-
-
-OBRAS DEL MISMO AUTOR
-
-=Vidas sombrías=; un volumen.
-
-=La casa de Aizgorri=, novela en siete jornadas; ídem.
-
-=Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox=; ídem.
-
-=Camino de perfección (pasión mística)=, novela; ídem.
-
-=El Mayorazgo de Labraz=, novela; ídem.
-
-=Idilios vascos=; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem.
-
-LA LUCHA POR LA VIDA
-
-=La Busca= (novela); un vol.
-
-=Mala hierba= (novela); un vol.
-
-=Aurora roja= (novela); un vol.
-
-
-
-
-LA LUCHA POR LA VIDA
-
-Aurora Roja.
-
-NOVELA
-
-POR
-
-PIO BAROJA
-
-{imagen decorativa}
-
-MADRID
-
-LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ.
-
-1904.
-
-ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS
-
-
-
-
-Aurora Roja[*]
-
-[*] Los episodios que preceden á AURORA ROJA, se titulan LA BUSCA y MALA
-HIERBA.
-
-
-
-
-PROLOGO
-
-Cómo Juan dejó de ser seminarista.
-
-
-Habían salido los dos muchachos á pasear por los alrededores del pueblo,
-y á la vuelta, sentados en un pretil del camino, cambiaban á largos
-intervalos alguna frase indiferente.
-
-Era uno de los mozos alto, fuerte, de ojos grises y expresión jovial; el
-otro, bajo, raquítico, de cara manchada de roseolas y de mirar adusto y
-un tanto sombrío.
-
-Los dos, vestidos de negro, imberbe el uno, rasurado el otro, tenían
-aire de seminaristas; el alto, grababa con un cortaplumas en la corteza
-de una vara una porción de dibujos y de adornos; el otro, con las manos
-en las rodillas, en actitud melancólica, contemplaba, entre absorto y
-distraído, el paisaje.
-
-El día era de otoño, húmedo, triste. A lo lejos, asentada sobre una
-colina, se divisaba la aldea con sus casas negruzcas y sus torres más
-negras aún. En el cielo gris como una lámina mate de acero subían
-despacio las tenues columnas de humo de las chimeneas del pueblo. El
-aire estaba silencioso; el río, escondido tras de un boscaje resonaba
-vagamente en la soledad.
-
-Se oía el tintineo de las esquilas y un lejano tañer de campana. De
-pronto resonó el silbido estridente de un tren; luego se vió aparecer
-una blanca humareda entre los árboles, que pronto se convirtió en una
-neblina suave.
-
---Vámonos ya--dijo el más alto de los mozos.
-
---Vamos--repuso el otro.
-
-Se levantaron del pretil del camino, en donde estaban sentados, y
-comenzaron á andar en dirección del pueblo.
-
-Una niebla vaga y melancólica comenzaba á cubrir el campo. La carretera,
-como una cinta violácea, manchada por el amarillo y el rojo de las hojas
-muertas, corría entre los altos árboles desnudos por el otoño hasta
-perderse á lo lejos, ondulando en una extensa curva. Las ráfagas de aire
-hacían desprenderse de las ramas á las hojas secas que correteaban por
-el camino.
-
---Pasado mañana ya estamos otra vez allí--dijo el mocetón alegremente.
-
---Quién sabe--replicó el otro.
-
---¿Cómo quién sabe? Yo lo sé y tú también.
-
---Tú sabrás que vas á ir; yo, en cambio, sé que no voy.
-
---¿Que no vas?
-
---No.
-
---¿Y por qué?
-
---Porque estoy decidido á no ser cura.
-
-Tiró el mozo al suelo la vara que había labrado, y quedó contemplando á
-su amigo con extrañeza.
-
---Pero tú estás loco, Juan.
-
---No, no estoy loco, Martín.
-
---¿No piensas volver al seminario?
-
---No.
-
---¿Y qué vas á hacer?
-
---Cualquier cosa. Todo menos ser cura; no tengo vocación.
-
---¡Toma! ¡Vocación! ¡vocación! Tampoco la tengo yo.
-
---Es que yo no creo en nada.
-
-El buen mozo se encogió de hombros cándidamente.
-
---Y el padre Pulpon, ¿cree en algo?
-
---Es que el padre Pulpon es un bandido, un embaucador--dijo el más bajo
-de los dos con vehemencia--, y yo no quiero engañar á la gente, como él.
-
---Pero hay que vivir, chico. ¿Si yo tuviera dinero me haría cura? No; me
-iría al campo y viviría la vida rústica y trabajaría la tierra con mis
-propios bueyes, como dice Horacio: _Paterna rura bobus, exercet suis_;
-pero no tengo un cuarto, y mi madre y mis hermanas están esperando que
-acabe la carrera. ¿Y qué voy á hacer? Lo que harás tú también.
-
---No, yo no. Tengo la decisión firme, inquebrantable, de no volver al
-seminario.
-
---¿Y cómo vas á vivir?
-
---No sé; el mundo es grande.
-
---Eso es una niñada. Tú estas bien, tienes una beca en el seminario. No
-tienes familia... Los profesores han sido buenos para ti... podrás
-doctorarte... podrás predicar... ser canónigo... quizás obispo.
-
---Aunque me prometieran que había de ser Papa, no volvería al seminario.
-
---¿Pero por qué?
-
---Porque no creo; porque ya no creo; porque no creeré ya más.
-
-Calló Juan y calló su compañero, y siguieron caminando uno junto á otro.
-
-La noche se entraba á más andar, y los dos muchachos apresuraron el
-paso. El mayor, después de un largo momento de silencio, dijo:
-
---¡Bah!... Cambiarás de parecer.
-
---Nunca.
-
---Apuesto cualquier cosa á que eso que me dijiste del padre Pulpon te ha
-hecho decidirte.
-
---No; todo eso ha ido soliviantándome; he visto las porquerías que hay
-en el seminario; al principio lo que vi me asombró y me dió asco; luego
-me lo he explicado todo. No es que los curas son malos; es que la
-religión es mala.
-
---Tú no sabes lo que dices, Juan.
-
---Cree lo que quieras. Yo estoy convencido; la religión es mala porque
-es mentira.
-
---Chico, me asombra oirte. Yo que te creía casi un santo. ¡Tú, el mejor
-discípulo del curso! ¡El único que tenía verdadera fe, como decía el
-padre Modesto!
-
---El padre Modesto es un hombre de buen corazón, pero es un alucinado.
-
---¿Tampoco crees en él? ¿Pero cómo has cambiado de ese modo?
-
---Pensando, chico. Yo mismo no me he dado cuenta de ello. Cuando comencé
-á estudiar el cuarto año con don Tirso Pulpon todavía tenía alguna fe.
-Aquel año fué el del escándalo que dió el padre Pulpon con uno de los
-chicos del primer curso, y te digo la verdad, para mí fué como si me
-hubiesen dado una bofetada. Al mismo tiempo que con don Tirso, estudiaba
-con el padre Belda, que como dice el lectoral, es un ignorante profeso.
-El padre Belda le odia al padre Pulpon, porque Pulpon sabe más que él, y
-encargó á otro chico y á mí que nos enteráramos de lo que había pasado.
-Aquello fué como meterse en una letrina. ¡Yo qué había de sospechar lo
-que pasaba! No sé si tú lo sabrás; pero si no lo sabes, te lo digo: el
-seminario es una porquería completa.
-
---Sí, ya lo sé.
-
---Un horror. Desde que me enteré de estas cosas, no sé lo que me pasó;
-al principio sentí asombro; luego, una gran indignación contra toda esa
-tropa de curas viciosos, que desacreditan su ministerio. Luego leí
-libros, y pensé y sufrí mucho, y desde entonces ya no creo.
-
---¿Libros prohibidos?
-
---Sí.
-
---Últimamente, en la época de los exámenes, dibujé una caricatura
-brutal, horrorosa, del padre Pulpon, y algún amiguito suyo se la
-entregó. Estábamos á la puerta del seminario hablando, cuando se
-presentó él: «¿Quién ha hecho esto», dijo enseñando el dibujo. Todos se
-callaron; yo me quedé parado. «¿Lo has hecho tú?», me preguntó. Sí,
-señor. «Bien, ya tendremos tiempo de vernos.» Te digo que con esa
-amenaza los primeros días que estuve aquí no podía ni dormir. Estuve
-pensando una porción de cosas para sustraerme á su venganza, hasta que
-se me ocurrió que lo más sencillo era no volver al seminario.
-
---Y esos libros que has leído, ¿qué dicen?
-
---Explican cómo es la vida, la verdadera vida, que nosotros no
-conocemos.
-
---¡Mal haya ellos! ¿Cómo se llaman esos libros?
-
---El primero que leí fué _Los Misterios de París_; después, _El judío
-errante y Los Miserables_.
-
---¿Son de Voltaire?
-
---No.
-
-Martín sentía una gran curiosidad por saber qué decían aquellos libros.
-
---¿Dirán barbaridades?
-
---No.
-
---¡Cuenta! ¡Cuenta!
-
-En Juan habían hecho las lecturas una impresión tan fuerte, que
-recordaba todo con los más insignificantes detalles. Comenzó á narrar lo
-que pasaba en _Los Misterios de París_, y no olvidó nada; parecía haber
-vivido con el Churiador y la Lechuza, con el Maestro de escuela, el
-príncipe Rodolfo y Flor de María; los presentaba á todos con sus rasgos
-característicos.
-
-Martín escuchaba absorto; la idea de que aquello estaba prohibido por la
-Iglesia, le daba mayor atractivo; luego, el humanitarismo declamador y
-enfático del autor, encontraba en Juan un propagandista entusiasta.
-
-Ya había cerrado la noche. Comenzaron los dos seminaristas á cruzar el
-puente. El río turbio, rápido, de color de cieno, pasaba murmurando por
-debajo de las fuertes arcadas, y más allá, desde una alta presa cercana,
-se derrumbaba con estruendo, mostrando sobre su lomo haces de caña y
-montones de ramas secas.
-
-Y mientras caminaban por las calles del pueblo, Juan seguía contando. La
-luz eléctrica brillaba en las vetustas casas, sobre los pisos
-principales, ventrudos y salientes, debajo de los aleros torcidos,
-iluminando el agua negra de la alcantarilla que corría por en medio del
-barro. Y el uno contando y el otro oyendo, recorrieron callejas
-tortuosas, pasadizos siniestros, negras encrucijadas...
-
-Tras de los héroes de Sue, fueron desfilando los de Victor Hugo,
-monseñor Bienvenido, y Juan Valjean, Javert, Gavroche, Fantina, los
-estudiantes y los bandidos de Patron Minette.
-
-Toda esta fauna monstruosa bailaba ante los ojos de Martín una terrible
-danza macabra.
-
---Después de esto--terminó diciendo Juan--he leído los libros de Marco
-Aurelio y los Comentarios de César, y he aprendido lo que es la vida.
-
---Nosotros no vivimos--murmuró con cierta melancolía Martín--. Es
-verdad; no vivimos.
-
-Luego, sintiéndose seminarista, añadió:
-
---Pero bueno; ¿tú crees que habrá ahora en el mundo un metafísico como
-Santo Tomás?
-
---Sí--afirmó categóricamente Juan.
-
---¿Y un poeta como Horacio?
-
---También.
-
---Y entonces, ¿por qué no los conocemos?
-
---Porque no quieren que los conozcamos. ¿Cuánto tiempo hace que escribió
-Horacio? Hace cerca de dos mil años; pues bien, los Horacios de ahora se
-conocerán en los seminarios dentro de dos mil años. Aunque dentro de dos
-mil años ya no habrá seminarios.
-
-Esta conjetura, un tanto audaz, dejó á Martín pensativo. Era, sin duda,
-muy posible lo que Juan decía. Tales podrían ser las mudanzas y truecos
-de las cosas.
-
-Se detuvieron los dos amigos un momento en la plaza de la iglesia, cuyo
-empedrado de guijarros manchaba á trozos la hierba verde. La pálida luz
-eléctrica brillaba en los negros paredones de piedra, en los saledizos,
-entre los lambrequines, cintas y penachos de los escudos labrados en los
-chaflanes de las casas.
-
---Eres muy valiente, Juan--murmuró Martín.
-
---¡Bah!
-
---Sí, muy valiente.
-
-Sonaron las horas en el reloj de la iglesia.
-
---Son las ocho--dijo Juan--; me voy á casa. Tú mañana te vas, ¿eh?
-
---Sí; ¿quieres algo para allá?
-
---Nada. Si te preguntan por mí, diles que no me has visto.
-
---¿Pero es tu última resolución?
-
---La última.
-
---¿Por qué no esperar?
-
---No. Me he decidido ya á no retroceder nunca.
-
---Entonces, ¿hasta cuándo?
-
---No sé...; pero creo que nos volveremos á ver alguna vez. ¡Adiós!
-
---Adiós; me alegraré que te vaya bien por esos mundos.
-
-Se dieron la mano. Juan salió por detrás de la iglesia al ejido del
-pueblo, en donde había una gran cruz; luego bajó hacia el puente.
-Martín, entró por una tortuosa callejuela, un tanto melancólico. Aquella
-rápida visión de una vida intensa le había turbado el ánimo.
-
-Juan, en cambio, marchaba alegre y decidido. Tomó el camino de la
-estación, que era el suyo. Una calma profunda envolvía el campo; la luna
-brillaba en el cielo; una niebla azul se levantaba sobre la tierra
-húmeda, y en el silencio de la noche apacible, sólo se oía el estruendo
-de las aguas tumultuosas del río al derrumbarse desde la alta presa.
-
-Pronto vió Juan á lo lejos brillar entre la bruma un foco eléctrico. Era
-de la estación. Estaba desierta; entró Juan en una obscura sala ocupada
-por fardos y pellejos. Andaba por allí un hombre con una linterna.
-
---¿Eres tú?--le dijo á Juan.
-
---Sí.
-
---¿Qué has hecho que has venido tan tarde?
-
---He estado despidiéndome de la gente.
-
---Bueno; ya tienes preparado tu equipaje. ¿A qué hora vas á salir?
-
---Ahora mismo.
-
---Está bien.
-
-Juan entró en la casa de su tío, y luego en su cuarto; tomó un saco de
-viaje y un morralillo, y salió al andén. Se oyó el timbre anunciando la
-salida del tren de la estación inmediata, poco después un lejano
-silbido. La locomotora avanzó, echando bocanadas de humo. Juan subió á
-un coche de tercera.
-
---Adiós, tío.
-
---Adiós y recuerdos.
-
-Echó á andar el tren por el campo obscuro, como si tuviera miedo de no
-llegar; á la media hora se detuvo en un apeadero desierto: un cobertizo
-de cinc con un banco y un farol. Juan cogió su equipaje y saltó del
-vagón. El tren inmediatamente siguió su marcha. La noche estaba fría; la
-luna se había ocultado tras del lejano horizonte, y las estrellas
-temblaban en el alto cielo; cerca se oía el rumor confuso y persistente
-del río. Juan se acercó á la orilla y abrió su saco de viaje. Tanteando,
-encontró su manteo, su tricornio y la beca, los libros de texto y los
-apuntes. Volvió á meterlo todo, menos la ropa blanca, en el saco de
-viaje, é introdujo, además, dentro, una piedra; luego, haciendo un
-esfuerzo, tiró el bulto al agua, y el manteo, el tricornio, la beca,
-los apuntes, la metafísica y la teología, fueron á parar al fondo del
-río. Hecho esto se alejó de allí, y tomó por la carretera.
-
---Siempre adelante--murmuró--. No hay que retroceder.
-
- * * * * *
-
-Toda la noche estuvo caminando, sin encontrar á nadie; al amanecer se
-cruzó con una fila de carretas de bueyes, cargadas de madera aserrada y
-de haces de jara y de retama; por delante de cada yunta, con la ijada al
-hombro, marchaban mujeres, cubierta la cabeza con el refajo.
-
-Se enteró Juan por ellas del camino que debía seguir, y cuando el sol
-comenzó á calentar, se tendió en la oquedad de una piedra, sobre las
-hojas secas. Se despertó al medio día, comió un poco de pan, bebió agua
-en un arroyo, y antes de comenzar la marcha, leyó un trozo de los
-_Comentarios_, de César.
-
-Reconfortado su espíritu con la lectura, se levantó y siguió andando. En
-la soledad, su espíritu atento encontró el campo lleno de interés. ¡Qué
-diversas formas! ¡Qué diversos matices de follaje presentaban los
-árboles! Unos, altos, robustos, valientes; otros, rechonchos,
-achaparrados; unos, todavía verdes; otros, amarillos; unos, rojos, de
-cobre; otros, desnudos de follaje, descarnados como esqueletos; cada
-uno de ellos, según su clase, tenía hasta un sonido distinto al ser
-azotado por el viento: unos, temblaban con todas sus ramas, como un
-paralítico con todos sus miembros; otros, doblaban su cuerpo en una
-solemne reverencia; algunos, rígidos é inmóviles, de hoja verde,
-perenne, apenas se estremecían con las ráfagas de aire. Luego el sol
-jugueteaba entre las hojas, y aquí blanqueaba y allí enrojecía, y en
-otras partes parecía abrir agujeros de luz entre las masas de follaje.
-¡Qué enorme variedad! Juan sentía despertarse en su alma, ante el
-contacto de la Naturaleza, sentimientos de una dulzura infinita.
-
-Pero no quería abandonarse á su sentimentalismo, y durante el día dos ó
-tres veces leía en alta voz los _Comentarios_, de César, y esta lectura
-era para él una tonificación de la voluntad...
-
-Una mañana cruzaba de prisa un húmedo helechal, cuando se le presentaron
-dos guardas armados de escopeta, seguidos de perros y de una bandada de
-chiquillos. Los perros husmearon entre las hierbas, aullando, pero no
-encontraron nada; uno de los muchachos, dijo:
-
---Aquí hay sangre.
-
---Entonces alguien ha cobrado la pieza--exclamó uno de los
-guardas.--Será éste--y abalanzándose á Juan le asió fuertemente del
-brazo--. ¿Tú has cogido una liebre muerta aquí?
-
---Yo, no--contestó Juan.
-
---Sí; tú la has cogido. Tráela--y el guarda le agarró á Juan de una
-oreja.
-
---Yo no he cogido nada. Suelte usted.
-
---Registradle.
-
-El otro guarda le sacó el morral y lo abrió. No había nada.
-
---Entonces la has escondido--dijo el primer guarda, sujetándole á Juan
-del cuello--. Dí dónde está.
-
---Que digo que yo nada he cogido--exclamó Juan, sofocado y lleno de ira.
-
---Ya lo confesarás--murmuró el guarda quitándose el cinturón y
-amenazándole con él.
-
-Los chicos que acompañaban á los guardas en el ojeo, rodearon á Juan,
-riéndose. Este se preparó para la defensa. El guarda, algo asustado, se
-detuvo. En esto se acercó al grupo un señor, vestido de pana, con
-pantalón corto, polainas y sombrero ancho blanco.
-
---¿Qué se hace?--gritó furioso--. Aquí estamos esperando. ¿Por qué no se
-sigue el ojeo?
-
-El guarda explicó lo que pasaba.
-
---Darle una buena azotaina--dijo el señor.
-
-Se iba á proceder á lo mandado, cuando un chico vino corriendo á decir
-que había pasado, á campo traviesa, un hombre escotero, con una liebre
-en la mano.
-
---Entonces no era éste el ladrón. Vámonos.
-
---¡Por Cristo, que si alguna vez puedo--gritó Juan al guarda--, me he
-de vengar cruelmente!
-
-Corriendo, devorando lágrimas de rabia, atravesó el helechal hasta salir
-al camino: no había andado cien pasos, cuando vió de pie, con la
-escopeta en la mano, al hombre vestido de cazador.
-
---No pases--le gritó éste.
-
---El camino es de todos--contestó Juan y siguió andando.
-
---Que no pases, te digo.
-
-Juan no hizo caso; adelantó con la cabeza erguida, sin mirar atrás. En
-esto sonó una detonación, y Juan sintió un dolor ligero en el hombro. Se
-llevó la mano por encima de la chaqueta y vió que tenía sangre.
-
---¡Canalla! ¡Bandido!--gritó.
-
---Te lo había dicho. Así aprenderás á obedecer--contestó el cazador.
-
-Siguió Juan andando. El hombro le iba doliendo cada vez más.
-
-Le quedaban todavía unos céntimos, y llamó en una venta que encontró en
-el camino. Entró en el zaguán y contó lo que le había pasado. La ventera
-le trajo un poco de agua para lavarse la herida, y después le llevó á un
-pajar. Había allí otro hombre tendido, y al oir quejarse á Juan, le
-preguntó lo que tenía. Se lo contó Juan y el hombre dijo:
-
---Vamos á ver qué es eso.
-
-Tomó el farol que había dejado la ventera en el dintel del pajar, y le
-reconoció la herida.
-
---Tienes tres perdigones. Descansa unos días y te se cura esto.
-
-Juan no pudo dormir con el dolor en toda la noche. A la mañana
-siguiente, al rayar el alba, se levantó y salió de la venta.
-
-El hombre que dormía en el pajar le dijo:
-
---Pero ¿á dónde vas?
-
---Adelante; no me paro por esto.
-
---¡Eres valiente! Vamos andando.
-
-Tenía Juan el hombro hinchado y le dolía al andar; pero después de una
-caminata de dos horas, ya no sintió el dolor. El hombre del pajar era un
-vagabundo.
-
-Al cabo de un rato de marcha, le dijo á Juan:
-
---Siento que por mi causa te hayan jugado una mala partida.
-
---¿Por su causa?--preguntó Juan.
-
---Sí; yo me llevé la liebre. Pero hoy la comeremos los dos.
-
-Efectivamente, al llegar al cauce de un río, el vagabundo encendió fuego
-y guisó un trozo de la liebre. La comieron los dos, y siguieron andando.
-
-Cerca de una semana pasó Juan con el vagabundo. Era éste un tipo vulgar,
-mitad mendigo, mitad ladrón; poco inteligente, pero hábil. No tenía más
-que un sentimiento fuerte, el odio por el labrador, unido á un instinto
-anti-social enérgico. En un pueblo donde se celebraba una feria, el
-vagabundo, reunido con unos gitanos, desapareció con ellos...
-
-Un día estaba Juan sentado en la hierba, al borde de un sendero,
-leyendo, cuando se le presentaron dos guardias civiles.
-
---¿Qué hace usted aquí?--le preguntó uno de ellos.
-
---Voy de camino.
-
---¿Tiene usted cédula?
-
---No, señor.
-
---Entonces venga usted con nosotros.
-
---Vamos allá.
-
-Metió Juan el libro en el bolsillo, se levantó y echaron los tres á
-andar. Uno de los guardias tenía grandes bigotes amenazadores y el ceño
-terrible; el otro parecía un campesino. De pronto, el de los bigotes,
-mirando á Juan de un modo fosco, le preguntó:
-
---Tú te habrás escapado de casa, ¿eh?
-
---Yo, no, señor.
-
---¿A dónde vas?
-
---A Barcelona.
-
---¿Así, andando?
-
---No tengo dinero.
-
---Mira, dinos la verdad, y te dejamos marchar.
-
---Pues la verdad es que soy estudiante de cura y he ahorcado los
-hábitos.
-
---Has hecho bien--gritó el de los bigotes.
-
---¿Y por qué no quieres ser cura?--preguntó el otro--. Es un bonito
-empleo.
-
---No tengo vocación.
-
---Además, le gustarán las chicas--añadió el bigotudo--. Y tus padres,
-¿qué han dicho á eso?
-
---No tengo padre ni madre.
-
---¡Ah!, entonces... entonces es otra cosa... estás en tu derecho.
-
-Al decir esto el de los bigotes sonrió. A primera vista era un hombre
-imponente, pero al hablar se le notaba en los ojos y en la sonrisa una
-gran expresión de bondad.
-
---¿Y qué vas á hacer en Barcelona?
-
---Quiero ser dibujante.
-
---¿Sabes algo ya del oficio?
-
---Sí; algo sé.
-
-Fueron así charlando, atravesaron unos pinares en donde el sol brillaba
-espléndido, y se acercaron á un pueblecillo que en la falda de una
-montaña se asentaba. Juan, á su vez, hizo algunas preguntas acerca del
-nombre de las plantas y de los árboles á los guardias. Se veía que los
-dos habían trocado el carácter adusto y amenazador del soldado por la
-serenidad y la filosofía del hombre del campo.
-
-Al entrar en una calzada en cuesta, que llevaba al pueblo, se les acercó
-un hombre á caballo, ya viejo, y con boína.
-
---Hola, señores. ¡Buenas tardes!--dijo.
-
---Hola, señor médico.
-
---¿Quién es este muchacho?
-
---Uno que hemos encontrado en el camino leyendo.
-
---¿Lo llevan ustedes preso?
-
---No.
-
-El médico hizo algunas preguntas á Juan y éste le explicó á donde iba y
-lo que pensaba hacer; y hablando todos juntos, llegaron al pueblo.
-
---Vamos á ver tus habilidades--dijo el médico--. Entraremos aquí, en
-casa del alcalde.
-
-La casa del alcalde era una de esas tiendas de pueblo en donde se vende
-de todo, y además era posada y taberna.
-
---Danos una hoja de papel blanco--dijo el médico á la muchacha del
-mostrador.
-
---No hay--contestó ella muy desazonada.
-
---¿Habrá un plato?--preguntó Juan.
-
---Sí, eso sí.
-
-Trajeron un plato y Juan lo ahumó con el candil. Después cogió una
-varita, la hizo punta y comenzó á dibujar con ella. El médico, los dos
-guardias y algunos otros que habían entrado, rodearon al muchacho y se
-pusieron á mirar lo que hacía, con verdadera curiosidad. Juan dibujó la
-luna entre nubes y el mar iluminado por ella, y unas lanchitas con las
-velas desplegadas.
-
-La obra produjo verdadera admiración entre todos.
-
---No vale nada--dijo Juan--; todavía no sé.
-
---¿Cómo que no vale nada?--replicó el médico--. Está muy bien. Yo me
-llevo esto. Vete mañana á mi casa. Tienes que hacerme dos platos como
-éste y además un dibujo grande.
-
-Los dos guardias también querían que Juan les pintase un plato, pero
-había de ser igual que el del médico, con la misma luna y las mismas
-nubes, y las mismas lanchitas.
-
-Durmió Juan en la posada y al día siguiente fué á casa del médico, el
-cual le dió una fotografía para que la copiase en tamaño grande. Tardó
-unos días en hacer su obra. Mientras tanto, comió en casa del médico.
-Era este señor viudo y tenía siete hijos. La mayor, una muchacha de la
-edad de Juan, con una larga trenza rubia, se llamaba Margarita y hacía
-de ama de casa. Juan le contó ingenuamente su vida. Al cabo de una
-semana de estar allí, al despedirse de todos, le dijo á Margarita con
-cierta solemnidad:
-
---Si consigo alguna vez lo que quiero, la escribiré á usted.
-
---Bueno--contestó ella riéndose.
-
-Antes de su salida del pueblo fué Juan á despedirse también de los dos
-guardias.
-
---¿Vas á ir por el monte ó por la carretera?--le preguntó el de los
-bigotes.
-
---No sé.
-
---Si vas por el monte, nosotros te enseñaremos el camino.
-
---Entonces iré por el monte.
-
-Al amanecer, después de una noche de insomnio, sobre el duro saco de
-paja, se levantó Juan; en la cocina de la venta estaban ya los guardias.
-Salieron los tres. Aún no había amanecido cuando comenzaron á subir por
-un camino en zig-zag lleno de piedras blancas que escalaba el monte
-entre encinas corpulentas de hojas rojizas. Salió el sol; desde una
-altura se veía el pueblo en el fondo de un valle estrecho; Juan buscó
-con la mirada la casa del médico; en una de las ventanas había una
-figura de mujer. Juan sacó su pañuelo y lo hizo ondear en el aire; luego
-se secó disimuladamente una lágrima... Siguieron andando; desde allá el
-sendero corría en línea recta por el declive de una falda cubierta de
-césped en la que los rebaños blancos y negros pastaban al sol; luego las
-sendas se dividían y se juntaban camino adelante. Encontraron al paso un
-viejo harapiento, con las guedejas largas y la barba hirsuta. Iba
-descalzo, apenas vestido, y llevaba una piedra al hombro. Le llamaron
-los dos guardias, el hombre miró de través y siguió andando.
-
---Es un inocente--dijo el de los bigotes--ahí abajo vive solo con su
-perro--y mostró una casa de ganado, con una huerta limitada por una
-tapia baja hecha de grandes piedras.
-
-Al final del sendero que atravesaba el declive, el camino se torcía y
-entraba por unos pinares hasta terminar junto al lecho seco de un
-torrente lleno de ramas muertas. Los guardias y Juan comenzaron á subir
-por allá. Era la ascensión fatigosa. Juan, rendido, se paraba á cada
-instante, y el guardia de los bigotes le gritaba con voz campanuda:
-
---No hay que pararse. Al que se pare le voy á dar dos palos--y después
-añadía riendo y haciendo molinetes con una garrota que acababa de
-cortar:--¡Arriba, chiquito!
-
-Terminó la subida por el lecho del torrente y pudieron descansar en un
-abrigadero de la montaña. Se divisaban desde allá extensiones sin
-límites, cordilleras lejanas como murallas azules, sierras desnudas de
-color de ocre y de color de rosa, montes apoyados unos en otros. El sol
-se había ocultado; algunos nubarrones violáceos avanzaban lentamente por
-el cielo azul.
-
---Tendrás que volver con nosotros, chiquito--dijo el guardia de los
-bigotes--; se barrunta la borrasca.
-
---Yo sigo adelante--dijo Juan.
-
---¿Tanta prisa tienes?
-
---Sí, no quiero volver atrás.
-
---Entonces no esperes, vete de prisa á ganar aquella quebrada.
-Pasándola, poco después hay un chozo donde podrás guarecerte.
-
---Bueno. ¡Adiós!
-
---¡Adiós, chiquito!
-
-Juan estaba cansado, pero se levantó y comenzó á subir la última
-estribación del monte por una escabrosa y agria cuesta.
-
---No hay que retroceder nunca--murmuró entre dientes.
-
-Los nubarrones iban ocultando el cielo; el viento venía denso, húmedo,
-lleno de olor de tierra; en las laderas, las ráfagas de aire rizaban la
-hierba amarillenta; en las cumbres, apenas movían las copas de los
-árboles de hojas rojizas. Luego, las faldas de los montes se borraron
-envueltas en la niebla; el cielo se obscureció más; pasó una bandada de
-pájaros gritando.
-
-Comenzaron á oirse á lo lejos los truenos, algunas gruesas gotas de agua
-sonaron entre el follaje, las hojas secas danzaron frenéticas de aquí
-para allá, corrían en pelotón por la hierba, saltaban por encima de las
-malezas, es calaban los troncos de los árboles, caían y volvían á rodar
-por los senderos... de repente un relámpago formidable desgarró con su
-luz el aire, y al mismo tiempo, una catarata comenzó á caer de las
-nubes. El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer
-aplastarlos contra el suelo.
-
-Juan llegó á la parte más alta del monte, un callejón entre paredes de
-roca. Las bocanadas de viento encajonado no le dejaban avanzar.
-
-Los relámpagos se sucedían sin intervalos; el monte, continuamente lleno
-de luz, temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad y parecía que
-iba á hacerse pedazos.
-
---No hay que retroceder--se decía Juan á sí mismo.
-
-La hermosura del espectáculo le admiraba en vez de darle terror; en las
-puntas de los hastiales de ambos lados de esquistos agudos caían los
-rayos como flechas.
-
-Juan siguió á la luz de los relámpagos á lo largo de aquel desfiladero
-hasta encontrar la salida.
-
-Al llegar aquí, se detuvo á descansar un instante. El corazón le latía
-con violencia; apenas podía respirar.
-
-Ya la tempestad huía; abajo, por la otra parte de la quebrada, se veía
-brillar el sol sobre la mancha verde de los pinares... el agua clara y
-espumosa corría á buscar los torrentes; entre las masas negruzcas de las
-nubes aparecían jirones de cielo azul.
-
---Adelante siempre--murmuró Juan. Y siguió su camino.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO I
-
- Un barrio sepulcral.--Divagaciones trascendentales.--Electricidad y
- peluquería.--Tipos raros, buenas personas.
-
-
-La casa estaba en una plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de
-Magallanes, cerca de unos antiguos y abandonados cementerios. Limitaban
-la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una
-curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en una larga
-tapia. Este edificio amarillo, con una bóveda pizarrosa y un tinglado de
-hierro con una campana, era, á juzgar por un letrero medio borrado, la
-parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.
-
-A derecha y á izquierda de esta iglesia, seguía una tapia medio
-derruida; á la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña,
-por cuyas rendijas se veía un cementerio con los nichos vacíos y las
-arcadas ruinosas; á la derecha, en cambio, la pared, después de limitar
-la plazoleta, se torcía en ángulo obtuso formando uno de los lados de la
-calle de Magallanes, para lo cual se unía á las verjas, paredones,
-casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras otros.
-Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San
-Luis y San Ginés y la Patriarcal.
-
-Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veían en un
-cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San
-Martín, que se destacaban rígidas en el horizonte.
-
-Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrían presentar méritos
-tan altos, tan preeminentes para obtener los títulos de sepulcral y de
-fúnebre, como la de Magallanes.
-
-En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda
-mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de
-Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente
-fúnebre, de una funebridad única é indivisible. Solamente podía
-parangonarse en especialización con ella alguna que otra callejuela de
-barrios bajos y la calle de la Justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre
-todo, dedicada galantemente á la diosa de las labores agrícolas, con sus
-casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle resto
-del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la
-boca, que se hablan de puerta á puerta, acarician á los niños, echan
-céntimos á los organilleros y se entusiasman y lloran oyendo cantar
-canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la
-comparación con aquélla, podía llamarse sin protesta alguna calle del
-Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia el nombre de
-calle de la Muerte.
-
-Otra cualidad un tanto paradójica unía á estas dos calles, y era que así
-como la de Ceres á fuerza de ser francamente amorosa recordaba el
-sublimado corrosivo y á la larga la muerte, así la de Magallanes por ser
-extraordinariamente fúnebre parecía á veces una calle jovial, y no era
-raro ver en ella á algún obrero cargado de vino ó alguna pareja de
-golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.
-
-La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una
-parte baja por donde corría ésta y otra á un nivel más alto que formaba
-como un raso delante de la parroquia. En este raso ó meseta, con una
-gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la
-vecindad.
-
-Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran
-viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas
-numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente
-había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.
-
-Tenía la tal casucha un tejado saliente y alabeado, una puerta de
-entrada en medio, á un lado de ésta una barbería y al otro una ventana
-con una reja.
-
-Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la
-tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y
-remozado; los balcones, con sus cortinillas blancas y sus macetas de
-geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y
-prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un
-chambergo.
-
-La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía:
-
- LA ANTISÉPTICA
-
- PELUQUERÍA ARTÍSTICA
-
-En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas:
-en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual
-manaba un surtidor rojo, que iba á parar con una exactitud matemática al
-fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de
-cintas obscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el
-observador se aventuraba á suponer si el artista habría tratado de
-representar un vivero de esos anélidos, vulgarmente llamados
-sanguijuelas.
-
-¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas reflexiones
-médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías!
-
-Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con
-rejas, escrito con letras negras se leía:
-
- REBOLLEDO
-
- MECÁNICO-ELECTRICISTA
-
- SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES,
-
- TIMBRES, MOTORES, DÍNAMOS
-
- LA ENTRADA POR EL PORTAL
-
-Y para que no hubiera lugar á dudas, una mano con ademán imperativo
-mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inútil, porque no había más
-portal que aquél en la casa.
-
-Los tres balcones del único piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban
-atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde antes de
-llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listón
-saliente de madera; de este modo, la persiana no cubría completamente el
-balcón y dejaba al descubierto un letrero que decía:
-
- BORDADORA
-
- SE DAN LECCIONES
-
-El zaguán de la casa era bastante ancho, en el fondo una puerta daba á
-un corralillo, á un lado partía una recia escalera de pino, muy vieja,
-en donde resonaban fuertemente los pasos.
-
-Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con
-grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de
-escombros.
-
-Después, la calle quedaba silenciosa y en las horas del día no
-transitaba por ella más que gente aviesa y maleante.
-
-Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra,
-contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la
-cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por
-aquellos campos baldíos.
-
-Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos
-llenaban la plaza; pasaban los obreros de vuelta del Tercer Depósito, en
-donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del Poniente
-se obscurecían y las estrellas comenzaban á brillar en el cielo, se oía
-melancólico y dulce el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras...
-
- * * * * *
-
-Una tarde de Abril, en el taller de Rebolledo, el mecánico electricista,
-Perico y Manuel charlaban.
-
---¿No salís hoy?--preguntó Perico.
-
---¿Quién sale con este tiempo? Va á llover otra vez.
-
---Sí, es verdad.
-
-Manuel se acercó á mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el
-ambiente gris; el humo de una fábrica salía de la alta chimenea y
-envolvía la torre de ladrillo y la cúpula pizarrosa de una iglesia
-cercana. El lodo cubría el raso de la parroquia de los Dolores, y en la
-calle de Magallanes el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de
-los carros, tenía profundos surcos llenos de agua.
-
---¿Y la Salvadora?--preguntó Perico.
-
---Bien.
-
---¿Ya está mejor?
-
---Sí. No fué nada... un vahído.
-
---Trabaja mucho.
-
---Sí; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.
-
---Vais á haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco.
-
---¡Pchs!... no sé.
-
---¡Bah!... que no sabes...
-
---No. Que esas deben tener algún dinero guardado, sí; pero no se
-cuánto... para emprender algo; nada.
-
---¿Y qué emprenderías tú si tuvieras dinero?
-
---¡Hombre!... tomaría una imprenta.
-
---¿Y qué le parece eso á la Salvadora?
-
---Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con
-voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna máquina que se
-vende, ó algún local que se alquila, me hace ir á verlos... Pero
-todavía eso está muy lejos; quizás, tiempo adelante, podamos hacer algo.
-
-Manuel volvió á mirar distraído por la ventana, mientras Perico le
-contemplaba con curiosidad. Comenzó á llover, cayeron gruesas gotas como
-perlas de acero que saltaron en el agua negra de los charcos; poco
-después una ráfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se
-aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió á nublarse y el taller de Perico
-Rebolledo quedó á obscuras.
-
-Manuel seguía con la vista los cambios de forma del humo negrísimo
-espirado por la chimenea de la fábrica; unas veces subía á borbotones
-oblicuamente en el aire gris; otras era una humareda tenue que rebasaba
-los bordes del tubo como el agua en un surtidor sin fuerza y se
-derramaba por las paredes de la chimenea; otras subía como una columna
-recta al cielo y cuando venía una ráfaga huracanada el viento parecía
-arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensión
-del espacio.
-
-El cuarto en donde hablaban Perico y Manuel era el taller del
-electricista, un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de
-barco. En la ventana, sobre el alféizar, había un cajón lleno de tierra
-en donde nacía una parra que salía al exterior por un agujero de la
-madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y unido á ésta,
-un banco de carpintero con un tornillo de presión. A un lado de la
-ventana, en la pared, había un reloj de pesas, de madera pintarrajeada,
-y al otro lado una librería alta con unos cuantos tomos y en el último
-estante un busto de yeso que desde la altura en que se encontraba miraba
-con cierto olímpico desdén á todo el mundo. Había además en las paredes
-un cuadro para probar lamparillas eléctricas, dos ó tres mapas, fajos de
-cordones flexibles, y en el fondo, un viejísimo y voluminoso armario
-desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de
-porcelana, se advertía un aparato extraño cuya aplicación práctica era
-difícil de comprender al primer golpe de vista y quizás también al
-segundo.
-
-Era un artificio mecánico movido por la electricidad, que Perico tuvo en
-el escaparate durante mucho tiempo como anuncio de su profesión. Un
-motor eléctrico movía una bomba, ésta sacaba el agua de una cubeta de
-cinc y la echaba á un depósito de cristal colocado en alto; de aquí el
-agua pasaba por un canalillo y después de mover una rueda caía á la
-cubeta de cinc de donde había partido. Esta maniobra continua del
-aparato atraía continuamente un público de chiquillos y de vagos. Por
-último, Perico se cansó de exhibirlo, porque se colocaban los grupos
-delante de la ventana y le quitaban la luz.
-
- * * * * *
-
---Sí, hombre--dijo Perico después de un largo rato de silencio--, debías
-establecerte cuanto antes y casarte.
-
---¡Casarme! ¿Con quién?
-
---¡Toma! ¿con quién? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tú y
-ella... podéis vivir al pelo.
-
---Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico--dijo Manuel--¿Tú la
-entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algún cariño, porque soy
-de la casa, como al gato; pero en lo demás...
-
---¿Y tú?
-
---Hombre, yo no sé si la quiero ó no.
-
---¿Aún te acuerdas de la otra?
-
---Al menos aquella me quería.
-
---Lo que no impidió que te dejara; la Salvadora te quiere.
-
--¡Qué sé yo!
-
---No digas. Si no hubiese sido por ella, ¿dónde estarías tú?
-
---Estaría hecho un golfo.
-
---Me parece.
-
---Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.
-
---¿Y tú no tienes más que agradecimiento por ella?
-
---No lo sé, la verdad. Yo creo que por ella sería capaz de hacer
-cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi
-como si fuera mi madre.
-
-Manuel calló, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado y
-un amigo suyo entraron en el taller.
-
-Eran los recién venidos un par de tipos extravagantes; llevaba
-Rebolledo, padre, un sombrero hongo de color café con leche con una gran
-gasa negra, una chaqueta casi morada, unos pantalones casi amarillentos,
-del color de la bandera de la peste y un bastón de caña con puño de
-cuerno.
-
-El amigo era un viejecillo con aire de zorro, de ojos chiquitos y
-brillantes, nariz violácea surcada por rayas venosas y bigote corto y
-canoso. Iba endomingado. Vestía una chaqueta de un paño duro como
-piedra, un pantalón de pana, un bastón hecho con cartas con una bola de
-puño y en el chaleco una cadena de reloj adornada con dijes. Este hombre
-se llamaba Canuto, el señor Canuto, y vivía en una de las casas anejas
-al cementerio de la Patriarcal.
-
---¿No está tu hermana?--preguntó Rebolledo el barbero á Manuel.
-
---No; ya ve usted.
-
---Pero bajará.
-
---Creo que sí.
-
---La voy á llamar.
-
-El jorobado salió al portal y gritó varias veces:
-
---¡_Señá_ Ignacia! ¡_Señá_ Ignacia!
-
---Ya vamos--contestaron de arriba.
-
---¿Tú querrás jugar?--preguntó el barbero á Manuel.
-
---Hombre... la verdad; no me distrae.
-
---¿Y tú?--añadió, dirigiéndose á su hijo.
-
---No, padre, no.
-
---Bueno; como quieras.
-
---A éstos no les gustan las diversiones manuales--dijo muy serio el
-señor Canuto.
-
---¡Pchs! si no somos más que tres, jugaremos al tute arrastrado--murmuró
-el barbero.
-
-Se presentó la Ignacia en el cuarto, una mujer de treinta á cuarenta,
-muy esmirriada, y poco después entró la Salvadora.
-
---¿Y Enrique?--la dijo Manuel.
-
---En el patio de al lado, jugando.
-
---¿Quieres echar una partida?--preguntó Rebolledo á la muchacha.
-
---Bueno.
-
---Entonces somos dos contra dos.
-
---Ya la han pescado á usted--dijo Perico á la Salvadora--; la
-compadezco.
-
---Tú cállate--exclamó el barbero--; estos muchachos son unos sosos.
-Anda, siéntate aquí, Salvadora. Tú y yo en contra de la _señá_ Ignacia y
-del señor Canuto. Les vamos á ganar; ya verás... y eso que son dos
-marrajos. Corte usté, _señá_ Ignacia... Vamos allá. Los dos hombres y
-la Ignacia jugaban con gran atención; la Salvadora se distraía, pero
-ganaba.
-
-Mientras tanto, Perico y Manuel hablaban cerca de la ventana. Sonaba en
-la calle el gotear de la lluvia densa y ruidosa. Perico explicaba las
-cosas que tenía en estudio, entre las cuales había una que se figuraba
-haber ya resuelto y que era la simplificación de los arcos voltaicos;
-pensaba pedir una patente para explotar su invento.
-
-Hablaba el electricista con Manuel, pero no dejaba de contemplar á la
-Salvadora con una mirada humilde llena de entusiasmo. En esto, apareció
-en el cristal de la ventana una cabeza que estuvo largo rato mirando
-hacia adentro.
-
---¿Quién es ese fisgón?--preguntó Rebolledo.
-
-Manuel se asomó á la ventana. Era un joven vestido de negro, delgado,
-con un sombrero puntiagudo en la cabeza y el pelo largo. El joven
-retrocedió hasta el medio de la calle para mirar la casa.
-
---Parece que anda buscando algo--dijo Manuel.
-
---¿Quién es?--preguntó la Salvadora.
-
---Un tipo raro con melena, que anda por ahí mojándose--contestó Perico.
-
-La Salvadora se levantó para verle.
-
---Será algún pintor--dijo.
-
---Mal tiempo ha escogido para pintar--repuso el señor Canuto.
-
-El joven, después de mirar y remirar la casa, se decidió á meterse en el
-portal.
-
---Vamos á ver lo que quiere--murmuró Manuel, y abriendo la puerta del
-cuarto salió al zaguán en donde estaba el joven de las melenas, seguido
-de un perro negro de lanas finas y largas.
-
---¿Vive aquí Manuel Alcázar?--preguntó el joven de las melenas, con
-ligero acento extranjero.
-
---¡Manuel Alcázar! ¡Soy yo!
-
---¿Tú?... Es verdad... ¿No me conoces? Soy Juan.
-
---¿Qué Juan?
-
---Juan... tu hermano.
-
---¿Tú eres Juan? ¿Pero de dónde vienes? ¿De dónde has salido?
-
---Vengo de París, chico; pero déjame que te vea--y Juan llevó á Manuel
-hasta la calle. Sí, ahora te reconozco--le dijo y le abrazó, echándole
-los brazos al cuello--pero ¡cómo has variado! ¡qué distinto estás!
-
---Tú en cambio estás igual, y hace ya quince años que no nos hemos
-visto.
-
---¿Y las hermanas?
-
---Una vive conmigo. Anda, sube á casa.
-
-Manuel, azorado con la llegada imprevista de su hermano, le acompañó
-hasta el piso principal.
-
-Rebolledo, el señor Canuto y los demás, desde la puerta del taller
-presenciaron la entrevista con el mayor asombro.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
- La vida de Manuel.--Las tertulias del enano.--El señor Canuto y su
- fraseología.
-
-
-Manuel había llegado á encarrilarse, á reglamentar su trabajo y su vida.
-El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones.
-Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la
-Ignacia, la hermana de Manuel, se quedó viuda. La Ignacia no tenía
-medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse y con sus
-lamentaciones convenció á su hermano de que viviera con ella.
-
-La Salvadora se fué con la Fea, á la que consideraba como su hermana;
-pero á los pocos días salió de la casa porque Jesús no la dejaba á sol y
-á sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él.
-Entonces la Salvadora fué á vivir con Manuel y con la Ignacia.
-
-Pactaron que ella daría una parte á la Ignacia para la comida de su
-hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de
-Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde
-trabajaba Manuel.
-
-Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fué la
-depositaria del dinero y la Ignacia la que llevaba el peso de la casa y
-hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso.
-
-Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la
-Salvadora y la Fea habían puesto entre las dos una tienda de
-confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba
-todas las mañanas á la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa.
-Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de
-bordado y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y al cabo de los
-cuatro ó cinco meses iban por la tarde cerca de veinte chiquillas con
-sus bastidores á aprender á bordar.
-
-Este trabajo de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche
-en casa, y la falta de sueño, tenían á la muchacha flaca y con grandes
-ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había
-dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que
-persistía en ella era su afición al trabajo. A los veinte años, la
-Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiese
-podido rodear una liga, y la cabeza pequeña.
-
-Tenía la nariz corta, los ojos obscuros grandes, el perfil recto y la
-barbilla algo saliente, lo que le daba un aspecto de dominio y de
-tesón. Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le
-ocultaba la frente, y esto contribuía á darle un aire más imperioso.
-
-Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y
-sonreía variaba por encanto.
-
-Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez, que
-despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero á
-veces sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan
-punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un
-cuchillo.
-
-Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la
-ironía y la gracia, otras como un sufrimiento lánguido, contenido,
-producía á la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de
-aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres
-enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la
-casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas,
-palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y
-un gatito rojo, que se llamaba Roch.
-
-Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la
-calle Ancha y esperaba á la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos,
-hablando, bromeando, casi todas muy peripuestas y bien peinadas; la
-mayoría finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos
-maliciosos, obscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón
-y sin nada en la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer
-la Salvadora, en invierno de mantón, en verano con su traje claro, la
-mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba
-del grupo de sus amigas y se acercaba á Manuel, y los dos juntos
-marchaban calle arriba hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin
-cambiar una palabra.
-
-A Manuel le halagaba que supusieran que la Salvadora era su novia, y
-constituía para él un motivo de orgullo verla acercarse y ponerse á su
-lado y notar las miradas maliciosas de las amigas.
-
- * * * * *
-
-A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los
-Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fué quien
-arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban los dos en
-auge; el barbero se había transformado en peluquero y su Barbería
-Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes
-La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo, estaba hecho un
-hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista había
-aprendido tal número de cosas, que Rebolledo padre, no se atrevía ya á
-discutir con él para no demostrar su ignorancia.
-
-El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo
-discutiendo con su hijo, sentía más la envidia que otra cosa; pero en
-presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban
-de orgullo y de júbilo.
-
-Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo
-chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los
-pelos pegados y llenos de cosmético, y entraba en el taller.
-
---¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas!--murmuraba
-melancólicamente.
-
-Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba á sus
-anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico y encontraba defectos en
-todo. Como no había llegado á comprender por falta de nociones de
-matemáticas la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba
-para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigian
-habilidad y paciencia.
-
---Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre, no
-sabéis hacer nada.
-
-Perico le dejaba hacer.
-
-El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz
-eléctrica marcara al revés ó no marcara, y hacía un gasto de flúido
-tremendo.
-
-Muchas veces la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al
-chico bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas
-de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela;
-Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la
-Ignacia ó dejaba volar su imaginación.
-
-En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban
-un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada.
-
-Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave, salía la Ignacia
-á abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto envuelto
-en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas, y una pipa
-corta entre los dientes.
-
---¡Fresco, fresco!--decía, frotándose las manos--. Buenas noches á
-todos.
-
---Hola, señor Canuto--contestaban los demás.
-
---Siéntese usted--le indicaba el jorobado.
-
-Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.
-
-Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían
-maliciosamente.
-
---¿Y de historias? ¿qué hay, señor Canuto?
-
---Nada, murmuraciones, nada--replicaba él--. Cuchichí, cuchichá...
-cuchichear.
-
-Sonreían los circunstantes, y á veces la Salvadora no podía contener la
-carcajada.
-
-El señor Canuto el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo,
-que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal.
-
-Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo
-que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni
-periódicos, ni nada, y á pesar de esto, sabía muchas cosas; había
-llegado á formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de
-conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo
-que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas
-oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus
-consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones
-para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y
-abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo
-había transformado para su uso particular.
-
-Cuando murmuraba por lo bajo:
-
---¡Teorías, alegorías, chapucerías!--era que lo que le contaban le
-parecía era una cosa desdichada y absurda.
-
-En cambio cuando aseguraba:
-
---Eso reúne... pero que reúne mucho, era que estaba satisfecho.
-
-Ahora, cuando llegaba á decir:
-
---Ná, que ese gachó ha echado el sello y que va _coayugando_, era que
-para él no se podía hacer mejor una cosa.
-
-Además de trastornar la significación y el sentido de las palabras, para
-hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así el depen era el
-dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se
-contentaba con esto sino que muchas veces daba á las palabras una
-terminación cualquiera, y decía: el depen...dista, la galli...menta, el
-coci...mento y el burg...ante en vez del burgués.
-
-El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro:
-
---Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España.
-
-En general, estas tertulias se suspendían el verano para tomar el
-fresco.
-
-Algunas noches de Julio y de Agosto iban al bulevar de la calle de
-Carranza, y allí refrescaban con horchata ó limón helado, y para las
-once ú once y media estaban en casa.
-
-Verano é invierno, la vida de las dos familias transcurría
-tranquilamente, sin disputas, sin grandes satisfacciones; pero también
-sin grandes dolores.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
- Los dos hermanos.--Juan charla.--Recuerdos de hambre y de bohemia.
-
-
-Manuel subió las escaleras con su hermano, abrió la casa, y pasaron al
-comedor. Manuel estaba completamente azorado; la llegada de Juan le
-perturbaba por completo. ¿A qué vendría?
-
---Tienes una bonita casa--dijo Juan, contemplando el cuartito limpio con
-la mesa redonda en medio y el aparador lleno de botellas.
-
---Sí.
-
---¿Y la hermana?
-
---Ahora vendrá. No sé qué hace. ¡Ignacia!--llamó desde la puerta.
-
-Entró la Ignacia, que recibió á su hermano más sorprendida que
-satisfecha. Tenía la mujer ya su vida formada y reglamentada, y su
-egoísmo se sentía inquieto ante un nuevo factor que podía perturbarla.
-
---¿Y este perro, de dónde ha venido?--preguntó alborotada la mujer.
-
---Es mío--dijo Juan.
-
-Al entrar la Salvadora, Juan no pudo evitar un movimiento de sorpresa.
-
---Es una amiga que vive con nosotros como una hermana--murmuró Manuel.
-
-Al decir esto, Manuel se turbó un poco, y la turbación se comunicó á la
-Salvadora; Juan saludó, y se inició entre los cuatro una conversación
-lánguida. De pronto entró gritando el hermano de la Salvadora en el
-comedor; Juan le acarició, pero no preguntó quién era; el chico se puso
-á jugar con el perro. La discreción de Juan, al no decir nada, les azoró
-aún más; las mejillas de la Salvadora enrojecieron, como si fueran á
-echar sangre, y balbuceando un pretexto, salió del cuarto.
-
---¿Y qué has hecho? ¿qué ha sido de tu vida?--preguntó maquinalmente
-Manuel.
-
-Juan contó cómo había salido del seminario; pero el otro no le oía,
-preocupado por la turbación de la Salvadora.
-
-Luego Juan habló de su vida en París, una vida de obrero, haciendo
-chucherías, bibelots y sortijas, mientras estudiaba en el Louvre y en el
-Luxemburgo, y trabajaba en su casa con entusiasmo.
-
-Mezcló en sus recuerdos sus impresiones artísticas, y habló de Rodín y
-de Meunier, con un fuego que contrastaba con la frialdad con que era
-escuchado por la Ignacia y Manuel; después expuso sus ideas artísticas;
-quería producir ese arte nuevo, exuberante, lleno de vida, que ha
-modernizado la escultura en las manos de un genio francés y de un gran
-artista belga; quería emancipar el arte de la fórmula clásica, severa y
-majestuosa de la antigüedad, quería calentarlo con la pasión, soñaba con
-hacer un arte social para las masas, un arte fecundo para todos, no una
-cosa mezquina para unos pocos.
-
-En su entusiasmo, Juan no comprendía que hablaba á sus hermanos en un
-lenguaje desconocido para ellos.
-
---¿Tienes ya casa?--le preguntó Manuel en un momento en que Juan dejó de
-hablar.
-
---Sí.
-
---¿No quieres cenar con nosotros?
-
---No, hoy no; mañana. ¿Qué hora es?
-
---Las seis.
-
---Ah, entonces me tengo que marchar.
-
---Y, oye, ¿cómo has llegado á encontrarme?
-
---Por una casualidad; hablando con un escultor compañero mío que se
-llama Alex.
-
---Sí lo conozco. ¿Y cómo sabía dónde vivía yo?
-
---No, ese no lo sabía; ese me dirigió á un inglés que se llama Roberto,
-y éste sabía donde estabas de cajista. Por cierto me encargó que fueras
-á verle.
-
---¿En dónde vive?
-
---En el Hotel de París.
-
---Pues iré á verle. ¡Qué! ¿te vas ya?
-
---Sí, mañana vendré.
-
-Se fué Juan, y la Ignacia, la Salvadora y Manuel hicieron largos
-comentarios acerca de él. La Ignacia era la que más escamada estaba con
-la llegada; suponía si trataría de vivir á su costa; la Salvadora lo
-encontraba simpático; Manuel no decía nada.
-
---La verdad es que viene hecho un tipo raro--pensó--; en fin, ya veremos
-qué le trae por aquí.
-
-Al día siguiente, al llegar Manuel á casa, se encontró con su hermano,
-que charlaba en el comedor con la Ignacia y la Salvadora.
-
---¡Hola! ¿Te quedas á cenar?
-
---Sí.
-
---A ver si ponéis alguna cosa más--dijo Manuel á la Ignacia--. Este
-estará acostumbrado á comer bien.
-
---¡Quia!
-
-Manuel notó que en poco tiempo Juan había logrado hacerse agradable á
-las dos mujeres; el hermano de la Salvadora hablaba con él como si le
-hubiese conocido toda su vida.
-
-Encendieron la luz, pusieron la mesa y se sentaron á cenar.
-
---¡Qué agradable es este cuarto!--dijo Juan--. Se ve que vivís bien.
-
---Sí--contestó Manuel con cierta indiferencía--, no estamos mal.
-
---Este--replicó la Ignacia--nunca te dirá que está bien. Todo lo de
-fuera de casa le parece mejor. ¡Ay, Dios bendito! ¡Qué mundo tan
-desengañado!
-
---Qué desengañado ni qué nada--replicó Manuel--, yo no he dicho eso.
-
---Lo dices á cada paso--añadió la Salvadora.
-
---Bueno. ¡Qué opinión tienen de uno las mujeres! Aprende aquí, Juan. No
-vivas nunca con ninguna mujer.
-
---Con ninguna mujer decente, quiere decir--interrumpió la Salvadora con
-amable ironía--; si es con una golfa, sí. Esas tienen muy buen corazón,
-según dice éste.
-
---Y es verdad--repuso Manuel.
-
---Ya se desengañará--exclamó la Ignacia.
-
---No le haga usted caso--murmuró la Salvadora--; habla por hablar.
-
-Manuel se echó á reir de tan buena gana, que los demás rieron con él.
-
---Tengo que hacer un busto de usted--dijo de pronto el escultor á la
-Salvadora.
-
---¿De mí?
-
---Sí, la cara solamente; no se alarme usted. Cuando tenga usted tiempo
-de sobra, lo empezaremos. Si lo concluyera en este mes, lo llevaría á la
-Exposición.
-
---¿Pues qué, tiene mi cara algo de particular?
-
---Nada--dijo Manuel burlonamente.
-
---Ya, ya lo sé.
-
---Sí tiene de particular, sí, mucho. Ahora que será muy difícil coger la
-expresión.
-
---Sí que será difícil, sí--dijo Manuel.
-
---¿Por qué?--preguntó la Salvadora algo ruborizada.
-
---Porque tienes una cara especial. No eres como nosotros, por ejemplo,
-que siempre somos guapos, elegantes, distinguidos...; tú no, un día
-estás fea y desencajada y flaca, y otro día de buen color, y casi casi
-hasta guapa.
-
---¡Qué tonto eres, hijo!
-
---¿Será muy nerviosa?--preguntó Juan.
-
---No--replicó la Ignacia--; es que trabaja como una burra, y así se va á
-poner mala; ya lo ha dicho el señor Canuto. Una enfermedad viene con
-cualquier cosa...
-
---¡Vaya una autoridad!--dijo riéndose la Salvadora--. ¡Un veterinario! A
-ese le debía usted hacer el retrato. Ese sí que tiene la cara rara.
-
---No, no me interesan los veterinarios. Pero de veras, ¿no tiene usted
-al día una hora libre para servirme de modelo?
-
---Sí--dijo Manuel--; ¡ya lo creo!
-
---¿Y hay que estarse quieta, quieta? Porque no lo voy aguantar.
-
---No, podrá usted hablar, y descansará usted cuando quiera.
-
---¿Y de qué va usted á hacer el retrato?
-
---Primero de barro, y luego lo sacaré en yeso ó en mármol.
-
---Nada, mañana se empieza--dijo Manuel--. Está dicho.
-
-Estaban en el postre cuando llamaron á la puerta, y entraron en el
-comedor los dos Rebolledos y el señor Canuto. Manuel los presentó á
-Juan, y mientras tomaban café, charlaron. Juan, á instancia del barbero,
-contó las novedades que había visto en París, en Bruselas y en Londres.
-
-Perico le hizo algunas preguntas relacionadas con cuestiones de
-electricidad; Rebolledo el padre y el señor Canuto escuchaban atentos,
-tratando de grabar bien en la memoria lo que oían.
-
---Sí, en esos pueblos se debe poder vivir--dijo el señor Canuto.
-
---Cuesta trabajo llegar--contestó Juan--; pero el que tiene talento,
-sube. Allí la sociedad no desperdicia la inteligencia de nadie; hay
-mucha escuela libre...
-
---Ahí está. Eso es lo que no se hace aquí--dijo Rebolledo--. Yo creo que
-si hubiera tenido sitio donde aprender, hubiera llegado á ser un buen
-mecánico, como el señor Canuto hubiera sido un buen médico.
-
---Yo, no--dijo el viejo.
-
---Usted, sí.
-
---Hombre, hace algún tiempo, quizás. Cuando vine aquí y puse mi máquina
-en movimiento, no sé si por la primera expansión de los gases, fuí
-encaramándome, encaramándome poco á poco, eso es; pero luego vino el
-desplome. Y yo no sé si ahora mi cerebro se ha convertido en un caracol
-ó en un cangrejo, porque voy en mi vida reculando y reculando. Eso es.
-
-Este extraño discurso fué acompañado de ademanes igualmente extraños, y
-no dejó de producir cierta estupefacción en Juan.
-
---¿Pero por qué no habla usted como todo el mundo, señor Canuto?--le
-preguntó, burlonamente, la Salvadora por lo bajo.
-
---Si tuviera veinte--y el viejo guiñó un ojo con malicia--ya te gustaría
-mi parafraseo, ya. Te conozco, Salvadorita. Ya sabes lo que yo digo.
-Cuchichí, cuchichá... cuchichear.
-
-Se echaron todos á reir.
-
---¿Y cómo llegó usted á París?--preguntó Perico--. En seguida que se
-escapó usted del seminario, ¿fué usted allá?
-
---No, ¡quia! Pasé las de Caín antes.
-
---Cuenta, cuenta eso--dijo Manuel.
-
---Pues nada. Anduve cerca de un mes de pueblo en pueblo, hasta que en
-Tarazona entré á formar parte de una compañía de cómicos de la legua,
-constituída por los individuos de una sola familia. El director y primer
-actor se llamaba don Teófilo García; su hermano, el galán joven,
-Maximiano García, y el padre de los dos, que era el barba, don Símaco
-García. Allí todos eran Garcías. Era esta familia la más ordenada,
-económica y burguesa que uno puede imaginarse. La característica, doña
-Celsa, que era la mujer de don Símaco, repasaba los papeles mientras
-guisaba; Teófilo tenía una comisión de corbatas y de botones; don Símaco
-vendía libros; Maximiano ganaba algunas pesetas jugando al billar, y las
-muchachas, que eran cuatro, Teodolinda, Berenguela, Mencía y Sol, las
-cuatro á cual más feas, se dedicaban á hacer encaje de bolillos. Yo
-entré como apuntador, y recorrimos muchos pueblos de Aragón y de
-Cataluña. Una noche, en Reus, habíamos hecho _La cruz del matrimonio_, y
-al terminar la función, fuímos Maximiamo y yo al Casino. Mientras él
-jugaba, á mi lado vi á un chico que estaba haciendo un retrato, al
-lápiz, de un señor. Me puse yo también á hacer lo mismo en la parte de
-atrás de un prospecto.
-
-Al terminar él su retrato, se lo entregó al señor, quien le dió un duro;
-después, se acercó donde yo estaba y miró el dibujo mío. «Está bien
-eso», dijo. ¿Has aprendido á dibujar?» No. «Pues lo haces bien. ¡Ya lo
-creo!» Hablamos; me dijo que andaba á pie por los pueblos haciendo
-retratos, y que se marchaba á Barcelona. Yo le conté mi vida, nos
-hicimos amigos, y al final de la conversación, me dice: «¿Por qué no
-vienes conmigo?» Nada; dejé los cómicos y me fuí con él.
-
-Era un tipo extraño este muchacho. Se había hecho vagabundo por
-inclinación, y le gustaba vivir siempre andando. Llevaba en la espalda
-un morralito y dentro una sartén. Compraba sus provisiones en los
-pueblos, y él mismo hacía fuego y guisaba.
-
-Pasamos de todo, bueno y malo, durmiendo al raso y en los pajares; en
-algunos pueblos, porque llevábamos el pelo largo, nos quisieron pegar;
-en otros marchamos muy bien. A mitad del camino, ó cosa así, en un
-pueblo donde llegamos muertos de hambre, nos encontramos con un señor de
-grandes melenas y traje bastante derrotado, con un violín debajo del
-brazo. Era italiano. «¿Son ustedes artistas?» nos dijo. «Sí», contestó
-mi compañero. «¿Pintores?» Sí, señor; pintores. «¡Oh, magnífico! Me han
-salvado ustedes la vida. Tengo comprometida la restauración de dos
-cuadros de la iglesia, en cincuenta duros cada uno, y yo no sé pintar;
-les estoy entreteniendo al cura y al alcalde, diciendo que necesito
-pinturas especiales traídas de París. Si quieren ustedes emprender la
-obra, nos repartiremos las ganancias.»
-
-Aceptamos el negocio, y mi compañero y yo nos instalamos en una posada.
-Comenzamos la obra, y, mal que bien, hicimos la restauración de uno de
-los cuadros, y gustó al pueblo. Cobramos nuestros cincuenta duros; pero,
-al repartir el dinero, hubo una disputa entre mi amigo y el italiano,
-porque éste quería la mitad y mi amigo no le dió ni la tercera parte. El
-italiano pareció conformarse; pero al día siguiente, por lo que nos
-enteramos después, fué á ver al alcalde y le dijo: «Necesito ir á
-Barcelona para comprar pinturas, y quisiera que me adelantaran dinero».
-El alcalde le creyó, y le dió los cincuenta duros de la otra
-restauración por anticipado.
-
-No le vimos al italiano en todo el día, y por la noche vamos á la
-tertulia, que la hacíamos en la botica del pueblo, y allí nos dice el
-alcalde: «¿De modo que el italiano ha tenido que ir á Barcelona, eh?» Yo
-iba á decir que no; pero mi amigó me dió con el pie, y me callé. Al
-salir de la botica, el compañero me dijo: «El italiano se ha llevado los
-cuartos; no hemos podido pagar la posada. Si nos quedamos aquí, nos
-rompen algo; vámonos ahora mismo.»
-
-Echamos á andar y no paramos en dos días. Una semana después llegamos á
-Barcelona, y como no encontramos trabajo, nos pasamos todo un verano
-comiendo dos panecillos al día y durmiendo en los bancos. Por fin, salió
-un encargo: un retrato que hice yo, por el que me pagaron cincuenta
-pesetas. Poco dinero se habrá aprovechado tan bien. Con estos diez
-duros, alquilamos una guardilla por treinta reales al mes, compramos
-dos colchones usados, un par de botas para cada uno, y todavía nos sobró
-dinero para un puchero, carbón y un saco de patatas, que llevamos al
-hombro entre los dos, desde el Mercado hasta la guardilla.
-
-Un año pasamos así, dejando muchos días de comer y estudiando; pero mi
-compañero no podía soportar el estar siempre en el mismo sitio y se
-marchó. Me quedé solo; al cabo de algún tiempo, me empezaron á comprar
-dibujos y empecé á modelar. Cogía mi barro, y allí, dale que dale, me
-estaba hasta que salía algo. Presenté unas estatuítas en la Exposición,
-y las vendí, y cosa curiosa: el primer encargo de alguna importancia que
-tuve, fué para un seminario: varios bustos de unos profesores. Cobré y
-me fuí á París. Allí, al principio, estuve mal; vivía en una guardilla
-alta, y cuando llovía mucho, el agua se metía en el cuarto; luego
-encontré trabajo en una joyería y estuve haciendo modelos de sortijas, y
-al mismo tiempo aprendiendo. Llegó la época del Salón, presenté mi grupo
-_Los rebeldes_, se ocuparon algo de mí los periódicos de París, y ahora
-ya tengo encargos suficientes para poder vivir con holgura. Esa ha sido
-mi vida.
-
---Pues es usted un hombre--dijo el señor Canuto, levantándose--, y
-verdaderamente, me honro dándole á usted la mano. Eso es.
-
---Templado es el chico--dijo Rebolledo.
-
-Eran ya cerca de las once, y hora de retirarse.
-
---¿Vienes á dar una vuelta?--dijo Juan á su hermano.
-
---No, Manuel no sale de noche--repuso la Ignacia.
-
---Como se tiene que levantar temprano...--añadió la Salvadora.
-
---¿Ves?--exclamó Manuel--. Esta es la tiranía de las mujeres. ¿Y todo
-por qué? Por el jornal nada más; no creas que es de miedo á que me dé un
-aire. Por el jornalito.
-
---¿A qué hora vendré á empezar el busto?--preguntó Juan.
-
---¿A las cinco?
-
---Bueno; á las cinco estaré aquí.
-
-Salieron de casa los Rebolledos, el señor Canuto y Juan, y en la puerta
-se despidieron.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
- El busto de la Salvadora.--Las impresiones de Kis.--Malas
- noticias.--La Violeta.--No todo es triste en la vida.
-
-
-El busto de la Salvadora, hecho por Juan, fué, durante un mes, el
-acontecimiento de la casa. Todos los días variaba el retrato; unas
-veces, era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa
-como lánguida; con la mirada abatida, como con los ojos fijos y
-relampagueantes.
-
-Había entre los críticos de la casa disparidad de pareceres.
-
---Ahora está bien--decía el señor Canuto.
-
---No; ayer estaba mejor--replicaba Rebolledo.
-
-Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la
-Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan
-también se había ganado la amistad de la Salvadora, y se arrimaba á ella
-y se acurrucaba á sus pies.
-
---Este perro está entusiasmado con usted--le dijo Juan.
-
---Sí. Es muy bonito.
-
---Quédese usted con él.
-
---No, no.
-
---¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que
-dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor.
-
---Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama?
-
---Kis.
-
---¿Kis?
-
---En inglés quiere decir beso.
-
---¿Es inglés el perro?
-
---Debe ser; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, á quien
-conocí en el Louvre.
-
---Si es un recuerdo, no quiero que lo deje usted.
-
---No; está mejor con usted.
-
- * * * * *
-
-Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de
-la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su
-nueva morada, se desconocen.
-
-Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch, el gatillo
-rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más
-largas que las de delante.
-
-Kis le invitó varias veces con ladridos alegres á jugar con él, y Roch,
-que era sin duda un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso á
-bufar, y luego, corriendo, saltó á la falda de la Salvadora, donde
-parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo _rum-rum_.
-
-Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante é
-incomprensible. Cuando la Salvadora cosía á la máquina, se ponía á su
-lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido,
-cerraba los ojos y se dormía.
-
-En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en
-la casa; conoció á Rebolledo y á su hijo, que le parecieron personas
-respetables; en el corral observó á las gallinas y al gallo, y no le
-inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas,
-con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los
-pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.
-
-Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el
-sol, y echaban á correr cuando le veían, y con un burro, un tanto
-melancólico y no muy fino en sus maneras, á quien llamaban Galán.
-
-Pero de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa,
-ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos
-redondos, parpadeando.
-
-Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos que andaban por la
-calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía
-preocupaciones, á pesar de ser de aristocrática familia, fraternizó al
-momento con ellos.
-
- * * * * *
-
-Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.
-
---Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?--preguntó
-Juan mientras modelaba el barro con los dedos.
-
---Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.
-
---Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.
-
---Pues no--replicó la Salvadora ruborizada.
-
---Pero acabarán ustedes casándose.
-
---No sé.
-
---Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y
-muy pacífico. De chico, era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo
-le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores
-con una mariposa tan grande que parecía un pájaro, clavada con un
-alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. «¿Por qué?» «Porque le
-estás haciendo daño.» Me chocó la contestación; pero me chocó más
-todavía cuando Manuel fué á la ventana, la abrió y cogió la mariposa, le
-sacó el alfiler y la tiró á la calle. El chico se puso tan furioso, que
-desafió á Manuel, y á la salida se dieron los dos una paliza, que
-tuvieron que separarlos á patadas, porque ya hasta se mordían.
-
---Sí. Manuel tiene esas cosas.
-
---En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que
-tendría entonces uno ó dos años. Era un chico enfermo con las piernas
-débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada muy triste. A Manuel se le
-ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo de madera, puesto
-del revés, con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas
-cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado á otro.
-
---¿Y qué fué de aquel chico?
-
---Murió el pobrecillo.
-
-Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al obscurecer clavó los
-palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada.
-
-Llegó Manuel de la imprenta.
-
---Hemos estado hablando de cosas antiguas--le dijo Juan.
-
---¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy?
-
-Juan descubrió el busto. Manuel encendió la luz y quedó contemplando la
-estatua.
-
---Chico--murmuró--, ya no la debes tocar. Es la Salvadora.
-
---¿Crees tú?--preguntó Juan preocupado.
-
---Sí.
-
---En fin, mañana lo veremos.
-
-Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado
-la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía reir
-mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que sin tener una
-absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la
-Salvadora.
-
---Es verdad--dijo Juan al día siguiente--; está hecho. ¡Tiene algo esta
-cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de
-hablar--añadió, y, contentísimo, fué á que sacaran de puntos á la
-estatua. Tenía tiempo de llevarla á la Exposición.
-
-Un sábado por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro á su
-familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir y Manuel no manifestó
-tampoco muchas ganas.
-
---A mí no me gusta el teatro--dijo--. Lo paso mejor en casa.
-
---Pero hombre, de vez en cuando...
-
---Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le
-tengo miedo.
-
---¡Miedo!, ¿por qué?
-
---Es que yo soy un hombre que no tiene energía para nada, ¿sabes?, y
-hago lo que hacen los demás.
-
---Pues hay que tener energía.
-
---Sí, eso me dicen todos; pero no la tengo.
-
-Salieron los dos, y fueron á Apolo. No hacía un momento que estaban en
-el pórtico del teatro, cuando una mujer se acercó á Manuel.
-
---¡Demonio!... la Flora.
-
---¡Andala!..., si es Manuel--dijo ella--. ¿Qué es de tu vida?
-
---Estoy trabajando.
-
---¿Pero vives en Madrid?
-
---Sí.
-
---Pues hace una barbaridad de tiempo que no te veo, chico.
-
---No vengo por estos barrios.
-
---¿Y á la Justa, no la ves?
-
---No. ¿Qué hace?
-
---Está en la misma casa.
-
---¿En qué casa?
-
---¡Ah!, ¿pero no sabes?
-
---No.
-
---¿No sabes que está en una casa de esas?
-
---No sabía nada. Desde lo de Vidal, no la he vuelto á ver. ¿Cómo está?
-
---Hecha una jamonaza. Se da al aguardiente.
-
---¿Sí, eh?
-
---Una barbaridad; lo da también la vida. No hace más que beber y
-engordar.
-
---Pues tú estás igual que antes.
-
---Más vieja.
-
---¿Y qué haces?
-
---_Na_, por ahí trampeando. Yo hecha la Pascua, chiquillo; marchando
-mal. Si tuviera algún dinero, pondría una tiendecilla, porque para hacer
-como la Justa, yo no tengo redaño. ¡Palabra de honor, chico, aunque
-apabullado!, yo no podría vivir entre esas tías cerdas, porque, aunque
-una sea cualquier cosa, estando libre, puede una hacer su capricho, y si
-un hombre le da á una asco, mandarlo á tomar dos duros; pero, ¡leñe!, en
-una casa de esas hay que apencar con todo.
-
---¿Y la Aragonesa?
-
---¡La Aragonesa!, por ahí anda en coche; ya no saluda... Está con un
-señor rico.
-
---¿Y Marcos, el cojo?
-
---En la cárcel; ¿no te enteraste?
-
---No. ¿Qué pasó?
-
---Pues nada, que fué al Círculo un militar, que está más loco que una
-cabra, y se llevó todo el dinero que había en la casa. Entonces Marcos y
-otro matón, lo esperaron en la escalera, pero el militar echó á correr y
-no le cogieron. Al día siguiente, el militar, que está _guillao_, se
-presentó en el Círculo, tomó café, y le dijo al mozo: «Dígales usted á
-los dos matones de esta casa que vengan aquí, que tengo que darles á
-cada uno un encargo.» Fueron el cojo y el otro, y el militar empezó á
-bofetadas con ellos, y se armó una de tiros que todos fueron á la
-cárcel.
-
---¿Y al Maestro? ¿Le conocías tú?
-
---Sí; aquel se largó hace tiempo; no se sabe dónde está.
-
---¿Y la Coronela?
-
---Esa tiene una academia de baile.
-
-La gente comenzaba á salir de la función, y los que iban á entrar se
-estrujaban esperando que dieran la señal. Ya la masa de público iba
-avanzando, cuando la Flora preguntó:
-
---¿Te acuerdas de la Violeta?
-
---¿De qué Violeta?
-
---Una gorda, alta, amiga de Vidal, que vivía en la calle de la
-Visitación.
-
---¿Una que hablaba francés?
-
---Esa.
-
---¿Qué le ha pasado?
-
---Que le dió _un paralís_ y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la
-calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame á la salida.
-
---Bueno.
-
-Manuel, preocupado, no pudo prestar atención á lo que se representaba.
-Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un
-escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión
-artística. Manuel, harto de oir hablar de Rodín, de Meunier, de Puvis de
-Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo
-que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en
-la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga.
-Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía un pañuelo en la
-cabeza, una falda haraposa y un palo en la mano.
-
-Manuel se acercó á mirarla. Era la Violeta.
-
---Una caridad. Estoy enferma, señorito;--tartamudeó ella con una voz
-como un balido.
-
-Manuel le dió diez céntimos.
-
---¿Pero no tiene usted casa?--la preguntó.
-
---No; duermo en la calle--contestó ella en tono quejumbroso.--Y esos
-brutos de guardias me llevan á la Delegación y no me dan de comer. Y lo
-que temo es el invierno, porque me voy á morir en la calle.
-
---Pero ¿por qué no va usted á algún asilo?
-
---Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos
-roban la comida. Ahora voy á San Ginés, y gracias que en Madrid hay
-mucha caridad, sí, señor.
-
-Mientras hablaban, se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer
-abultada y bigotuda.
-
---¿Y cómo se ha quedado usted así?--siguió preguntando Manuel.
-
---De un enfriamiento.
-
---No le hagas caso--dijo la bigotuda con voz ronca--; ha tenido un
-_cristalino_.
-
---Y se me han caído todos los dientes--añadió la mendiga mostrando las
-encías--, y estoy medio ciega.
-
---Ha sido un _cristalino_ terrible--agregó la bigotuda.
-
---Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada!
-No tengo más que treinta y cinco años.
-
---Es que era muy viciosa además--dijo la mujer bigotuda á Manuel--.
-¿Qué, vienes un rato?
-
---No.
-
---Yo... yo también he sido de la vida--dijo entonces la Violeta--; y
-ganaba... ganaba mucho.
-
-Manuel, aterrado, le dió el dinero que llevaba en el bolsillo; dos ó
-tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y
-apoyándose en el palo comenzó á andar arrastrando los pies y
-sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de
-Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna.
-
-Manuel, cabizbajo y pensativo, se fué á su casa.
-
-En el comedorcito, á la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la
-Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de
-pureza.
-
---¿Qué habéis visto?--preguntó la Salvadora.
-
-Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había
-visto en la calle...
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
- A los placeres de Venus.--Un hostelero poeta.--¡Mátala!--Las
- mujeres se odian.--Los hombres también.
-
-
-Juan llevó á la Exposición el grupo de los Rebeldes, una figura de una
-trapera hecha en París y el busto de la Salvadora. Estaba contento;
-había ambiente para su obra.
-
-Algunos decían que el grupo de los Rebeldes recordaba demasiado á
-Meunier, que en la Trapera se veía la imitación de Rodin; pero todos
-estaban conformes en que el retrato de la Salvadora era una obra
-exquisita, de arte tranquilo, sin socaliñas ni martingalas.
-
-A los pocos días de inaugurarse la Exposición, Juan tenía ya varios
-encargos.
-
-Satisfecho de su éxito y para celebrarlo, invitó á su familia á comer un
-día en el campo. Fué un domingo, una tarde de Mayo, hermosa.
-
---Vamos á la Bombilla--dijo Juan--. Eso debe ser muy bonito.
-
---No, suele haber demasiada gente--replicó Manuel--. Iremos á un
-merendero del Partidor.
-
---Donde queráis; yo no conozco ninguno Salieron de casa, la Ignacia, la
-Salvadora, Juan, Manuel y el chico; siguieron la calle de Magallanes,
-entre las dos tapias, hasta salir por el antiguo camino de Aceiteros,
-frente al cementerio de San Martín. Las copas de los negros cipreses se
-destacaban por encima de las tapias en el horizonte luminoso. Pasaron
-por delante del campo santo; había allí sombra y se sentaron á
-contemplar los patios á través de la verja.
-
---¡Qué hermoso es!--dijo Juan.
-
-El cementerio, con su columnata de estilo griego y sus altos y graves
-cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas,
-formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya
-desgastados, y en los rincones tumbas, que daban una impresión poética y
-misteriosa.
-
-Mientras contemplaban el campo santo, aparecieron los dos Rebolledos y
-el señor Canuto.
-
---¿Qué, se va de paseo?--dijo el jorobado.
-
---Sí, á merendar--contestó Juan--. ¿Si quieren venir con nosotros?
-
---Hombre... vamos allá.
-
-Siguieron todos reunidos el curso del canalillo. Luego, abandonándolo y
-á campo traviesa, marcharon en dirección de Amaniel.
-
-Bajaron el repecho de una colina.
-
-Se veía enfrente una vallada ancha, dorada por el sol, y en el fondo,
-sobre el cielo de turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de
-plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres,
-brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la
-hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se
-destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso,
-las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los
-altos y espléndidos girasoles.
-
-Un estanque rectangular ocupaba el centro de una de las huertas, y por
-su superficie plana, negra y verdosa, nadaban los patos, blancos como
-copos de nieve, y al cortar el agua dejaban en ella un temblor
-refulgente de rayos deslumbradores.
-
---Pero esto es muy bonito--decía Juan á la Salvadora--; todo el mundo me
-ha dicho que Madrid era muy feo.
-
---Yo no sé, como no he visto nada--replicó ella sonriendo.
-
-Desde una loma se veían unos merenderos hundidos entre árboles. Se oía
-rumor de organillos.
-
---Vamos á meternos en uno de éstos--dijo Juan.
-
-Bajaron hasta llegar frente á un arco con este letrero:
-
- Á LOS PLACERES DE VENUS
-
- (HAY PIANO Y MUCHO MOVIMIENTO)
-
---No vaya á venir aquí golfería--dijo Manuel á su hermano.
-
---Quia, hombre.
-
-Entraron, y por una rampa en cuesta entre boscaje, bajaron á un
-cobertizo de madera, con mesas rústicas, espejos y unas cuantas ventanas
-con persianas verdes. A un lado, había un mostrador como de taberna; en
-medio un organillo con ruedas.
-
-No había más que tres ó cuatro mesas ocupadas, y en el mostrador un
-viejo y varios mozos de café.
-
---Esto parece una casa de baños--dijo Juan--; parece que por una de esas
-ventanas se ha de ver el mar. ¿No es verdad?
-
-Se acercó uno de los mozos á la mesa á preguntarles lo que deseaban.
-
---Pues nada; queremos merendar.
-
---Tendrán ustedes que esperar algo.
-
---Sí; esperaremos.
-
-En esto, el señor viejo que estaba en el mostrador salió de allá, se
-acercó á ellos, les saludó respetuosamente, agitando la gorra en la
-mano, y sonriendo dijo:
-
---Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado
-ustedes asiento y se les servirá el alimento con un buen condimento, que
-aquí hay muy buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está
-sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este documento--y
-enseñó una lista de los precios--y ande el movimiento.
-
-Ante un discurso tan absurdo, todo el mundo quedó asombrado; el viejo se
-sonrió y remató su perorata exclamado:
-
---¡Mátala! ¡Viva la niña!
-
-Leyeron la lista de los precios; llamaron al mozo, quien les dijo que si
-les parecía bien, podrían trasladarse á un cuarto que daba á la terraza
-donde estarían solos.
-
-Subieron por unas escaleras á un barracón largo, dividido en
-compartimientos con un corredor á un lado.
-
-Un par de chulos de chaqueta corta y pantalón de odalisca, sacaron el
-organillo á la terraza. Iba entrando gente, y las parejas comenzaban á
-bailar.
-
-Trajeron la merienda, el vino y la cerveza, y se iban á poner á comer,
-cuando volvió el amo del merendero y saludó con la gorra en la mano.
-
---Señores--dijo--: Si están ustedes bien en este departamento y sienten
-desfallecimiento, deben dedicarse pronto al mandamiento y echar fuera el
-entristecimiento, el descontento y el desaliento. Por eso digo yo y no
-miento, mi mejor argumento: ¡Ande el movimiento!
-
-Rebolledo el jorobado que miraba al viejo sonriendo, agazapado en su
-silla como un conejo, terminó la alocución gritando:
-
---¡Mátala! ¡Viva la niña!
-
-El viejo sonrió y ofreció su mano al jorobado, quien se la estrechó
-cómicamente. Todos se echaron á reir á carcajadas, y el viejo, muy
-satisfecho de su éxito, se marchó por el corredor. Al único á quien no
-le pareció bien la cosa fué al señor Canuto, que murmuró:
-
---¿A qué viene este burgante con esas teorías?
-
---¿Qué teorías?--preguntó Juan algo asombrado.
-
---Esas simplezas que viene diciendo, que no son más que teorías...
-alegorías, chapucerías y nada más. Eso es.
-
---En vez de tonterías, dice teorías el señor Canuto--advirtió Manuel á
-Juan por lo bajo.
-
---Ah... vamos.
-
-Comieron alegremente al son del pianillo, que tocaba tangos, polcas y
-pasos dobles. La terraza poco á poco se había llenado de gente.
-
---Qué, ¿echamos un baile, señora Ignacia?--dijo Perico á la hermana de
-Manuel.
-
---Yo, ¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad!
-
---Y usted, ¿no baila?--preguntó Juan á la Salvadora.
-
---No, casi nunca.
-
---Yo la sacaría á usted si supiera. Anda tú, Manuel. No seas poltrón.
-Sácala á bailar.
-
---Si quiere, vamos.
-
-Salieron por el corredor al patio enlosado mientras el organillo tocaba
-un paso doble. Bailaba la Salvadora recogiéndose la falda con la mano,
-con verdadera gracia y sin el movimiento lascivo de las demás mujeres.
-Cuando acabó el baile, Perico Rebolledo, algo turbado, le pidió que
-bailara con él.
-
-Al volver Manuel al sitio donde había merendado, tropezó en el corredor
-con dos señoritos y dos mujeres. Una de éstas se volvió á mirarle. Era
-la Justa. Manuel hizo como que no la había conocido y se sentó al lado
-del señor Canuto.
-
-Volvió la Salvadora de bailar, con las mejillas rojas y los ojos
-brillantes, y se puso á abanicarse.
-
---¡Olé ahí las chicas bonitas!--dijo el jorobado--. Así me gusta á mi la
-Salvadora; coloradita y con los ojos alegres. Señor artista, fíjese
-usted y vaya tomando apuntes.
-
---Ya me fijo--contestó Juan.
-
-La Salvadora sonrió ruborizada y miró á Manuel que estaba violento.
-Trató de buscar el motivo del malestar de Manuel, cuando sorprendió una
-mirada de la Justa, fija, dura, llena de odio.
-
---Será la que vivió antes con él--pensó la Salvadora, y con indiferencia
-la estuvo observando.
-
-En esto vino el mozo, y acercándose á Manuel, le dijo:
-
---De parte de aquella señora, que si quiere usted pasar por su mesa.
-
---¡Gracias! Dígale usted á esa señora que estoy aquí con mis amigos.
-
-Al recibir la contestación, la Justa se levantó y fué acercándose por la
-galería á donde estaba Manuel.
-
---Viene hacia aquí esa pelandusca--dijo la Ignacia.
-
---Más te vale ver lo que quiere--añadió la Salvadora con ironía.
-
-Manuel se levantó y salió al corredor.
-
---¿Qué?--exclamó de un modo agresivo--. ¿Qué hay?
-
---_Ná_--contestó ella--. ¿Es que no te dejaban esas salir?
-
---No; es que á mí no me daba la gana.
-
---¿Quién es esa que está contigo? ¿Tu querida?--y señaló á la Salvadora.
-
---No.
-
---¿Tu novia?... Chico, tienes mal gusto. Parece un fideo raido.
-
---¡Psch! Bueno.
-
---¿Y ese de los pelos?
-
---Es mi hermano.
-
---Es simpático. ¿Es pintor?
-
---No, es escultor.
-
---Vamos, artista. Chico, pues me gusta. Preséntame á él.
-
-Manuel la miró y sintió una impresión repelente. La Justa había tomado
-un aspecto de bestialidad repulsiva; su cara se había transformado
-haciéndose más torpe, el pecho y las caderas estaban abultados, el labio
-superior lo sombreaba un ligero vello; todo su cuerpo parecía envuelto
-en grasa y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada
-en aquella gordura fofa. Tenía todas las trazas de una mujerona de
-burdel, que ejerce su oficio con una perfecta inconsciencia.
-
---¿Dónde vives?--la pregunto Manuel.
-
---En la calle de la Reina, en casa de la Andaluza. No es cara la casa.
-¿Irás?
-
---No--dijo Manuel secamente, y volviéndole la espalda se acercó á donde
-estaban los suyos.
-
---Muy flamenca, guapetona--dijo el jorobado. Manuel se encogió de
-hombros con indiferencia.
-
---¿Qué le has dicho?--preguntó Perico--. Se ha quedado paralizada.
-
-El organillo no dejaba de tocar un momento; la Justa, su compañera y los
-dos señoritos, comenzaron á ponerse impertinentes. Reían, gritaban;
-tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre á la Salvadora de
-una manera fulminante.
-
---¿Por qué me mira así esa mujer?--y la Salvadora hizo esta pregunta á
-Manuel sonriendo.
-
---¿Qué sé yo?--contestó él con tristeza--. ¿Vámonos?
-
---Estamos bien aquí, hombre--dijo Juan.
-
---¿Os habéis incomodado porque he hablado con esa?--preguntó Manuel á la
-Salvadora.
-
---¿Nosotras? ¿Por qué?--y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y
-relampaguearon sus ojos.
-
-Uno de los señoritos salió á bailar con la Justa, y al pasar por delante
-de donde estaban Manuel y los otros, dijo en voz alta algo insultante de
-las melenas de Juan.
-
---Vámonos--repitió Manuel.
-
-A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron.
-
---Ahí va uno que se lleva la merienda guardada--dijo uno de los que
-bailaban al ver al jorobado.
-
-Perico se detuvo, dispuesto á pegarse con el que insultara á su padre;
-pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida.
-
---Esto es lo que no pasa en ningún lado--dijo Juan--. Sólo aquí hay este
-afán de insultar y de molestar á la gente.
-
---Falta de educación--murmuró el jorobado con indiferencia.
-
---Y luego no pasa nada--añadió Perico--; porque á uno de estos
-chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él,
-alborota mucho y nada.
-
---Pero es muy desagradable--repuso Juan--eso de no poder ir á ningún
-lado sin que alguien trate de ofenderle á uno. En el fondo de esto--dijo
-después burlonamente--hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en
-Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes
-veía jugar á la raqueta á dos señores, uno gordo, bajito, con una
-gorrita en la cabeza y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero
-de paja. Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es
-natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos,
-verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de
-personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría
-pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su
-juego». «Sí--contesto el inglés--; ese es el espíritu provinciano,
-propio de un pueblo pequeño; pero á un inglés de Londres, no le asombra
-nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea.»
-
---Lo partió por el eje--dijo el señor Canuto guiñando un ojo
-maliciosamente.
-
---Yo no les hubiera hecho caso--dijo la Salvadora, que no oyó el cuento
-de Juan.
-
---Ni yo--añadió la Ignacia--. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¡Qué descaro!;
-es una perdición.
-
---Bueno, bueno; por eso mismo me he querido yo marchar, por evitar una
-riña--saltó Manuel--; porque á vosotras os gusta armarla, y luego si
-viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las
-lamentaciones.
-
---Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la
-culpa--repuso la Salvadora.
-
-Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la
-Moncloa. Después por la calle de Rosales se metieron en el paseo de
-Areneros.
-
-Al llegar aquí, había obscurecido; pasaban los tranvías atestados
-haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente
-hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas ó verdes
-de sus farolillos redondos.
-
-Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se
-veían paredones blancos, ventanas abiertas iluminadas de casas de cuatro
-pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso,
-rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol, que se
-dibujaban en líneas horizontales en el cielo.
-
---Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad?--dijo Juan.
-
-Nadie le contestó. Iba obscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados
-de ceniza sobre el paisaje; el cielo tomaba un color siniestro, gris,
-sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de
-los faroles se estremecía en el aire polvoriento.
-
-En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo
-un momento á mirar el campo. En frente se veía la torre de ladrillo del
-Hospital de Clérigos, más lejos una cúpula plomiza y los cipreses del
-cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea
-de la fábrica de electricidad salía el humo á borbotones densos, y en el
-aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente á la tierra,
-como un escuadrón de caballos salvajes.
-
-Y el paisaje árido, unido á la pobreza de las construcciones, á los
-gritos de la gente, á la pesadez del aire, daba una impresión de fatiga,
-de incomodidad, de vida sórdida y triste...
-
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-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
- Las vagas ambiciones de Manuel.--Las mujeres mandan. Roberto.--Se
- instala la imprenta.
-
-
-En los días anteriores á la apertura de la Exposición, Juan no apareció
-por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en
-café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al
-verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas
-maquinaciones.
-
-Su grupo _Los Rebeldes_, mal colocado en el salón adrede, apenas se
-veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado
-efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho
-que él le votaría para una segunda medalla, pero que como todas estaban
-comprometidas, no le podrían dar más que una tercera. Juan le contestó
-que hiciesen en conciencia lo que les pareciese, pero el del jurado le
-advirtió que le dijera si iba ó no á aceptar la tercera medalla, porque
-en el caso de no aceptarla se la darían á otro.
-
-Juan sintió deseos de rechazarla, pero esto daba á entender que estaba
-mortificado, y la aceptó.
-
---¿Cuánto te dan por eso?--le preguntó Manuel.
-
---Mil pesetas.
-
---Entonces haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas
-son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo.
-Ahora te dan ese dinero. Tómalo.
-
---¡Psch!
-
---Si no lo quieres, dámelo á mí; esas pesetas me podrían hacer el gran
-avío.
-
---¿A ti? ¿Para qué?
-
---Hombre, tengo ya desde hace tiempo la idea de tomar una imprenta en
-traspaso.
-
---¿Pero vives mal así?
-
---No.
-
---¿Tantas ganas tienes de ser propietario?
-
---Todo el mundo quiere ser propietario.
-
---Yo, no.
-
---Pues yo, sí; me gustaría tener un solar, aunque no sirviera para nada,
-sólo para ir allá y decir: esto es mío.
-
---No digas eso--replicó Juan--; para mí ese instinto de propiedad es lo
-más repugnante del mundo. Todo debía ser de todos.
-
---Que empiecen los demás dando lo que tienen--dijo la Ignacia terciando
-en la conversación.
-
---Nosotros no tenemos que arreglar nuestra conducta con la de los demás,
-sino con nuestra propia conciencia.
-
---¿Pero es que la conciencia le impide á uno ser propietario?--preguntó
-Manuel.
-
---Sí.
-
---Será la tuya, chico; la mía no me lo impide. Yo, entre explotado ó
-explotador, prefiero ser explotador; porque eso de que se pase uno la
-vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre...
-
---No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene y sujetarla
-es una vileza.
-
---Pero bueno, ¿qué me quieres decir con esto; que no me darás el dinero?
-
---No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla; lo que te
-digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives
-bien...
-
---Pero puedo vivir mejor.
-
---Bueno, haz lo que quieras.
-
- * * * * *
-
-La Salvadora y la Ignacia no compartían las ideas de Juan; al revés,
-sentían de una manera enérgica el instinto de propiedad.
-
-A consecuencia de esta conversación, se despertaron nuevamente los
-planes ambiciosos de Manuel. La Salvadora y la Ignacia le instaron para
-que estuviese á la mira por si salía alguna imprenta en traspaso, y
-pocos días después le indicaron una anunciada en un periódico.
-
-Manuel fué á verla; pero el amo le dijo que ya no la quería traspasar.
-En cambio, supo que un periódico ilustrado vendía una máquina nueva y
-tipos nuevos por quince mil pesetas.
-
-Era una locura pensar en esto; pero la Salvadora y la Ignacia le dijeron
-á Manuel que fuera á verla y que le propusiera al amo comprarla á
-plazos.
-
-Hizo esto Manuel; la máquina era buena, tenía un motor eléctrico
-moderno, y los tipos eran nuevos; pero el amo no se avenía á cobrar en
-plazos.
-
---No, no--le dijo--, soy capaz de rebajar algo el precio; pero el dinero
-lo necesito al contado.
-
-Entre la Salvadora y la Ignacia tenían tres mil pesetas, podían contar
-con las mil de la medalla de Juan; pero esto no era nada.
-
---Qué le vamos á hacer--dijo Manuel--; no se puede... paciencia.
-
---Pero la máquina, ¿es buena?--preguntó la Salvadora.
-
---Sí; muy hermosa.
-
---Pues yo no dejaría eso así--dijo la Salvadora.
-
---Ni yo tampoco--repuso la Ignacia.
-
---¿Y qué voy á hacer?
-
---¿No tienes ese amigo inglés que vive en el hotel de París?...
-
---Sí; pero...
-
---¿No te atreves?--preguntó la Ignacia.
-
---Pero, ¿cómo me va á dar quince mil pesetas?
-
---Que te las preste. Con probar nada se pierde. El no lo llevas contigo.
-
-A Manuel no le hizo ninguna gracia la cosa; dijo que sí, que iría á ver
-á Roberto, pensando que se les olvidaría la idea; pero al día siguiente
-las dos volvieron á la carga.
-
-Manuel pensó hacer como que iba al hotel y decirles á ellas que no
-estaba Roberto en Madrid; pero la Ignacia se le adelantó y se enteró de
-que no se había marchado.
-
-Manuel fué á ver á su amigo de muy mala gana, deseando encontrar algún
-pretexto, para aplazar indefinidamente la visita ó que le dijeran que no
-le podía recibir; pero al entrar en la puerta del hotel se encontró con
-Roberto.
-
-Estaba dando órdenes á un mozo. Parecía más fuerte, más hombre, con un
-gran aplomo en los movimientos.
-
---Hola, ilustre golfo--le dijo al verle--. ¿Cómo estás?
-
---Bien, ¿y usted?
-
---Yo, admirablemente... ya me he casado.
-
---¿Sí?
-
---Estoy en camino de ser padre.
-
---¿Y el proceso?
-
---Terminó.
-
---¿A favor de usted?
-
---Sí; ya no falta más que la resolución de unos expedientes.
-
---Y la señorita Kate, ¿está aquí?
-
---No, en Amberes. ¿Venías á buscarme? ¿Qué me querías?
-
---Nada, verle.
-
---No; tú venías á algo.
-
---Sí; pero la verdad, vale más que no se lo diga á usted, porque es una
-tontería.
-
---No, hombre, dilo.
-
---Son cosas de mujeres. Ya sabe usted que soy cajista, y mi hermana y
-otra muchacha que vive conmigo, están empeñadas en que me debo
-establecer... Y ahora se puede comprar una máquina nueva y tipos también
-nuevos... y yo no tengo dinero bastante para eso... y ellas me han
-empujado para que le pida á usted el dinero.
-
---¿Y cuánto se necesita para eso?
-
---Piden ahora quince mil pesetas; pero pagándole al contado al dueño,
-rebajaría mil ó quizá dos mil.
-
---De manera que necesitas unas trece á catorce mil pesetas.
-
---Eso es; yo, ya me figuro, que usted no podrá dar ese dinero.....
-Ahora, perder no se puede perder gran cosa. Porque usted podría ser el
-socio capitalista, y se ensayaba..... que á los dos años, por ejemplo,
-no daba resultado, pues se vendía la máquina y las cajas con mil ó dos
-mil pesetas de pérdida y la pérdida la pagaba yo.
-
---Pero además, hay que abonar los gastos de instalación en la nueva
-imprenta, de traslado, ¿verdad?
-
---No, de eso me encargaría yo.
-
---¿Tienes dinero, eh?
-
---Unas cuatro mil pesetas.
-
---De manera que me propones ser tu socio capitalista, ¿no es eso?
-
---Sí.
-
---¿Qué ganaré yo? ¿La mitad de los ingresos?
-
---Eso es.
-
---¿Después de descontados vuestros jornales?
-
---Le va á quedar á usted muy poco.
-
---No importa; acepto.
-
---¿Acepta usted?--dijo Manuel en el colmo del asombro.
-
---Sí, seré tu socio. Dentro de unos años pondremos una gran casa
-editorial, para ir descristianizando España. Vamos á ver al dueño de la
-máquina.
-
-Tomaron un coche y se hizo la compra. Se especificó el número de letras
-y de casilleros, Roberto cogió el recibo, pagó y le dijo á Manuel:
-
---Ya me dirás dónde nos trasladamos. ¡Adiós! Tengo mucho que hacer.
-
-Manuel se despidió de la imprenta donde trabajaba y se fué á su casa.
-
-Ya era un burgués, todo un señor burgués.
-
- * * * * *
-
-Tuvo grandes dificultades la instalación de la imprenta.
-
-El dueño de la máquina dijo que él ya no necesitaba el local, y Manuel
-tuvo que pagarlo mientras buscaba otro. Después de andar mucho, llegó á
-encontrar una tienda á propósito para imprenta en la calle de Sandoval.
-Tenía prisa de instalarse cuanto antes y se arregló con los albañiles
-para que hicieran las obras necesarias en un mes; pero los albañiles
-tardaron más de lo convenido y tuvo que pagar los alquileres de las dos
-casas. Por más que Manuel vigilaba y atendía á los menores detalles, no
-podía evitar el robo; las obras le costaron un dineral; entre la
-portada, la muestra y los arreglos del interior se fueron las tres mil
-pesetas. Lo único barato fué la instalación eléctrica, que la hizo
-Perico Rebolledo.
-
-Luego había que hacer una porción de diligencias, había que pedir
-permiso en el Ayuntamiento para las cosas más fútiles, y Manuel andaba
-hecho un zarandillo de un lado á otro.
-
-Tras de muchas dilaciones y contratiempos, pudo trasladar la máquina y
-las cajas, y notó que le habían robado casi la mitad de la letra. El
-motor eléctrico hubo que componerlo. Por fin se arregló todo; pero no
-había trabajo. La Ignacia, se lamentaba de que su hermano hubiese
-perdido su buen jornal; la Salvadora, siempre animosa, confiaba que
-vendría el trabajo, y Manuel se pasaba las horas en la imprenta, flaco,
-triste, irritado.
-
-Hizo anuncios que repartió por todas partes; pero los encargos no
-venían.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
- El amor y la debilidad.--Las intermitentes y las golondrinas. El
- bautizo de S. M. Curda I en una imprenta.
-
-
-A consecuencia de la fatiga y de las preocupaciones, Manuel comenzó á
-encontrarse malo. Sentía un gran desmadejamiento en todo el cuerpo;
-apenas dormía y estaba siempre febril. Una tarde la fiebre se hizo tan
-alta que tuvo que guardar cama.
-
-Pasó la noche con un colenturón terrible, en una somnolencia extraña,
-despertándose á cada momento con sobresaltos y terrores.
-
-A la mañana siguiente se encontraba mejor, sólo de cuando en cuando
-algún escalofrío le recorría por el cuerpo.
-
-Estaba dispuesto á salir, cuando sintió que de nuevo le empezaba la
-fiebre. Le pasaban los escalofríos por la espalda como soplos de aire
-helado.
-
-La Salvadora estaba con sus discípulas y Manuel llamó á la Ignacia.
-
---Avísale á Jesús. Si no está ahora colocado, que vaya á la imprenta.
-Estoy muy mal. Yo no sé lo que tengo.
-
-Se acostó con la cabeza pesadísima. Sentía un latido en la frente, que
-se comunicaba á todo el cuerpo. Se imaginaba que le llevaban debajo de
-un martillo de fragua y le ponían en el yunque, unas veces boca arriba,
-otras de costado. Cesaba esta impresión y escuchaba dentro de su cerebro
-el ruido de la prensa y del motor eléctrico, y esto le producía una
-angustia enorme. Después de dos ó tres horas de una fiebre alta, se
-encontró de nuevo bien.
-
-Por la noche, Jesús y el señor Canuto fueron á verle. Habló Manuel con
-Jesús de los asuntos de la imprenta, y le recomendó que no los
-abandonara. El señor Canuto salió y vino poco después con unas hojas de
-eucalipto, con las cuales la Ignacia hizo un cocimiento para Manuel.
-
-Algo mejoró con esto, pero los accesos de fiebre seguían y hubo que
-llamar á un médico. Se encontraba además Manuel en un estado de
-excitación que no le dejaba descansar un momento.
-
---Tiene intermitentes y una gran depresión nerviosa--dijo el médico--.
-¿Trabaja mucho?
-
---Sí, mucho--contestó la Salvadora.
-
---Pues que no trabaje tanto.
-
-Recetó el médico y se fué. Toda la noche estuvo la Salvadora al lado del
-enfermo. A veces Manuel la decía:
-
---Acuéstate; pero estaba deseando que no lo hiciera.
-
-Le atendía la Salvadora con una solicitud de madre; se molestaba
-continuamente por él. Era pródiga de sus atenciones y avara de las
-ajenas. Manuel, hundido en la cama, la miraba, y cuanto más la miraba,
-creía encontrar en ella nuevos encantos.
-
---¡Qué buena es!--se solía decir á si mismo--. La molesto á cada paso y
-no me odia.--Y este pensamiento de que era buena, le daba ideas
-fúnebres, porque pensaba qué sería de él, si ella se casara. Era una
-idea egoísta; nunca había sentido como entonces tanto miedo á morirse y
-á quedar desamparado.
-
-A los dos días, la Ignacia dijo que para que la Salvadora pudiese
-atender á sus quehaceres, lo mejor sería llamar á la mujer del señor
-Canuto, una vieja emplastera, que asistiría muy bien á Manuel.
-
-Este no replicó, pero mentalmente se deshizo en insultos contra su
-hermana; la Salvadora repuso que no había necesidad de traer á nadie, y
-Manuel se sintió tan emocionado que las lágrimas le brotaron de los
-ojos.
-
-Se encontraba Manuel en un estado de impresionabilidad extraño; la cosa
-más insignificante le producía un arrebato de cariño ó de odio. Entraba
-la Salvadora y mullía el almohadón ó le preguntaba si necesitaba alguna
-cosa, é inmediatamente Manuel sentía un agradecimiento tan grande, que
-hubiera querido exponer su vida por ella; en cambio venía la Ignacia y
-le decía: «Hoy parece que estás mejor», y sólo por esto, Manuel temblaba
-de ira.
-
-«Así deben ser los perros, como yo soy ahora»--pensaba algunas veces.
-
-A los seis días, Manuel se levantaba. Era el mes de Agosto; solían estar
-las maderas del balcón cerradas; por una rendija entraba un rayo de sol,
-nadaban en su luz los corpúsculos del aire y pasaban las moscas
-atravesando aquella barra de oro como gotas de un metal incandescente.
-Se sentía la calma enorme de los alrededores desolados, y en aquellas
-horas de siesta venía de la tierra calcinada como un soplo de silencio;
-todo estaba aletargado; sólo se oía el lejano silbido de algún tren y el
-chirriar de los grillos.....
-
- * * * * *
-
-Los sábados invariablemente, por las mañanas, debajo del balcón en donde
-trabajaba la Salvadora, solía ponerse un ciego á cantar, acompañándose
-de una guitarra de son cascado, canciones antiguas. Era un ciego bien
-vestido, con gabán y sombrero hongo, que llevaba un perrillo blanco como
-guía. Solía cantar con muy poca voz, pero afinando siempre aquella
-habanera de _Una Vieja_: ¡Ay mamá, qué noche aquella! y algunas otras
-romanzas sentimentales.
-
-Manuel llamaba al ciego el Romántico, y por este nombre le conocían en
-la casa; la Salvadora solía echarle todos los sábados diez céntimos
-desde el balcón.
-
-Por las tardes, Manuel, desde el comedor, oía á las discípulas de la
-Salvadora cuando entraban. Notaba sus conversaciones en el portal, el
-crujido de los peldaños viejos de la escalera; luego sentía el beso que
-daban á la maestra, el ruido de la máquina, el chasquido de los bolillos
-y un murmullo de risas y de voces.
-
-Cuando las niñas se marchaban, entraba Manuel en la escuela y charlaba
-con la Salvadora. Abrían el balcón, las golondrinas trazaban rápidos
-círculos alegres y locos en el cielo rarificado; el aire de la tarde se
-opalizaba, y Manuel sentía lánguidamente el paso de las horas y
-contemplaba los crepúsculos tristes de cielo anaranjado, cuando en la
-callejuela solitaria se encendían los faroles y pasaban haciendo sonar
-las esquilas algunos rebaños de cabras. Un día Manuel tuvo un sueño que
-luego le preocupó mucho; soñó con una mujer que estaba á su lado; pero
-esta mujer no era la Justa; era delgada, esbelta, sonriente. En su sueño
-se desesperaba por no comprender quién era aquella mujer. Se acercaba á
-ella, y ella huía, pero de pronto la alcanzaba y la tenía en sus brazos
-palpitante. Entonces la miraba muy de cerca y la reconocía. Era la
-Salvadora. Desde aquel instante comenzó una nueva preocupación por
-ella...
-
-Una tarde, en la convalecencia, cuando aún Manuel se encontraba débil,
-hizo un calor bochornoso. El cielo estaba blanquecino, anubarrado,
-polvaredas turbias se levantaban de la tierra. A veces se ocultaba el
-sol, y el calor entonces era más sofocante. En el interior de la casa
-los muebles crujían con estallidos secos. Desde la ventana veía Manuel
-el cielo que tomaba tintes amarillos y morados; después comenzó á oirse
-el rodar lejano de los truenos. Llegaba un olor fuerte á tierra mojada.
-Manuel, con los nervios en tensión, sentía una gran angustia. Brilló un
-relámpago en el cielo y comenzó á llover. La Salvadora cerró la ventana
-y quedaron en la semiobscuridad.
-
---¡Salvadora!--llamó Manuel.
-
--¿Qué?
-
-Manuel no dijo nada; le agarró la mano y la estrechó entre las suyas.
-
---Déjame que te bese--le dijo Manuel en voz baja.
-
-La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los
-labios de Manuel que quemaban y él sintió en sus labios una frescura
-deliciosa. En aquel momento entró la Ignacia.
-
- * * * * *
-
-A medida que Manuel iba restableciéndose, la Salvadora volvía á ser como
-habitualmente, igual en su carácter, tan amable para unos como para
-otros. Manuel hubiera querido una preferencia.
-
---La hablaré--pensó.
-
-En casa no era fácil, porque la Ignacia se creyó en el caso de
-vigilarles á los dos.
-
---Ya no falta más que esto--decía indignado Manuel--; pero, en fin,
-cuando salga nos entenderemos.
-
-De cuando en cuando Manuel preguntaba á Jesús:
-
---¿Qué tal en la imprenta?
-
---Bien--contestaba él invariablemente.
-
-Jesús comía en la casa y dormía en un cuarto próximo al desván, en donde
-la Ignacia le había puesto una cama.
-
- * * * * *
-
-El primer día que Manuel se sintió con fuerzas, se marchó á la imprenta.
-Entró. No había nadie.
-
---¿Qué demonios pasa aquí?--se dijo.
-
-Se oían voces en el patio. Manuel se asomó á una ventana á ver lo que
-ocurría. Estaban los tres cajistas, Jesús y el aprendiz, todos vestidos
-de mamarracho, cantando y paseándose por el patio. Abría la marcha el
-aprendiz con un embudo en la cabeza y golpeando en una sartén. Tras de
-él iba uno de los cajistas, que llevaba una falda de mujer, unos trapos
-arrebujados en el pecho y en los brazos un palo envuelto en una tela
-blanca, como si fuera un niño. Después marchaba Jesús, vestido con una
-dalmática de papel y en la cabeza un birrete con un barboquejo; luego
-uno de los cajistas que llevaba una escoba como un fusil, y al último,
-el otro cajista con una espada de madera en el cinto.
-
-Todas las vecinas habían salido á las ventanas á presenciar la
-ceremonia. Después de los cánticos, Jesús se subió á un banco, cogió una
-bota de vino y lo derramó sobre la cabeza del muñeco.
-
---En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo--gritó--, te
-bautizo y te doy el nombre de Curda I, rey de todas las Cogorzas,
-príncipe de la Jumera, conde de la Tajada y señor de la Papalina.
-
-El de la sartén comenzó á golpearla furiosamente.
-
---¡Silencio!--exclamó Jesús con voz vibrante--. Pueblo de Madrid: ¿juras
-defender á Su Majestad Curda I, á todas horas y en todos los momentos?
-
---Sí, sí--gritaron los cuatro, enarbolando escobas, espadas y sartenes.
-
---¿Reconoceréis como vuestro legítimo rey y soberano á Su Majestad Curda
-I?
-
---Sí, sí.
-
---¿Juráis dar vuestras haciendas y vuestras vidas á Su Majestad Curda I?
-
---Sí, sí.
-
---¿Juráis derramar vuestra sangre en los campos de batalla por Su
-Majestad Curda I?
-
---Sí, sí.
-
---¿Juráis no reconocer nunca, ni aun en el tormento, otro rey que Su
-Majestad Curda I?
-
---Sí, sí.
-
---Pues bien, pueblo inepto, pueblo nauseabundo, si así lo hacéis, Dios
-os lo premie, y si no, os lo demande. ¡Sus! ¡Papalina y cierra España!
-¡Muera el infiel marroquí! Acordáos de que vuestros padres tuvieron la
-honra de morir por los Papalinas, de ser destripados por los Papalinas,
-de ser violados por los Papalinas. ¡Vivan los Papalinas!
-
---¡Vivan los Papalinas!--gritaron todos.
-
---Ahora que comience la libación--dijo Jesús--. ¡Que rompan á tocar las
-músicas! ¡Que arda en festejos el pueblo!
-
-Luego con su voz natural le dijo al chico:
-
---¡Anda, trae unos vasos!
-
-El aprendiz entró en la imprenta; Manuel le cogió del brazo y le dijo:
-
---Dile á ese que estoy aquí.
-
-Con la orden se acabó inmediatamente la ceremonia y volvieron los
-obreros al trabajo.
-
---Muy bien--dijo Manuel--; muy bien--y engarzó una serie de
-blasfemias--. Ahora se van ustedes todos á la calle. De manera que dejan
-ustedes esto solo y se ponen á armar escándalo, para que el amo de la
-casa le despida á uno...
-
---Es que el chico ayer pescó la primera curda--dijo Jesús--, ¿sabes? y
-la hemos celebrado.
-
---Haberla celebrado en otra parte. Bueno. A trabajar, y otra vez estas
-fiestas las hacen ustedes en los Cuatro Caminos.
-
-Jesús se fué á las cajas, pero al poco rato volvió.
-
---Dame la cuenta--le dijo á Manuel muy fosco.
-
---¿Por qué?
-
---Me marcho; no quiero trabajar aquí.
-
---¿Pues qué hay?
-
---Eres un cochino burgués que no piensas más que en el dinero. No tienes
-alegría.
-
---Mira, sigue ahí, si no quieres que te meta el componedor por la boca,
-¡ladrón!
-
---Eres un mal compañero... además, siempre me estás insultando.
-
---¿Y me vas á dejar ahora que todavía estoy malo?
-
---Bueno, me quedaré hasta que te cures.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO I
-
- Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres.
-
-
-Hay entre Vallehermoso y el paseo de Areneros, una ancha y extensa
-hondonada que lentamente se va rellenando con escombros.
-
-Estos terrenos nuevos, fabricados por el detritus de la población, son
-siempre estériles. Algunos hierbajos van naciendo en los que ya llevan
-aireándose algunos años. En los modernos, manchados de cal, llenos de
-cascote, ni el más humilde cardo se decide á poblarlos.
-
-Por encima de estas escombreras pasan continuamente volquetes con tres y
-cuatro mulas, rebaños de cabras escuálidas, burros blanquecinos,
-chiquillos harapientos, parejas de golfos que se retiran á filosofar
-lejos del bullicio del pueblo, mendigos que toman el sol, y perros
-vagabundos.
-
-En la hondonada se ven solares de corte de piedras, limitados por cercas
-de pedruscos, y en medio de los solares, toldillos blancos, bajo los
-cuales los canteros, protegidos del sol y de la lluvia, pulen y pican
-grandes capiteles y cornisas marcados con números y letras rojas.
-
-En el invierno, en lo más profundo de la excavación, se forma un lago, y
-los chiquillos juegan y se chapotean desnudos.
-
-En esta hondonada, ya bastante cerca del paseo de Areneros, al lado de
-unas altas pilas de maderas negras, había un solar, y en él una taberna,
-un juego de bolos y una churrería.
-
-El juego de bolos estaba en medio, la taberna á su derecha y la
-churrería á la izquierda. La taberna se llamaba _La Aurora_; pero era
-más conocida por la taberna de Chaparro. Daba al paseo de Areneros, y á
-un pasadizo entre dos empalizadas; tenía un escalón á la entrada, y una
-muestra llena de desconchaduras y de lepras. Por dentro era un cuarto
-muy pequeño con una ventana al solar. En medio de la taberna, por las
-mañanas, solían verse cuatro ó cinco barreños con ceniza, y encima unos
-pucheretes de barro, en donde hervía el cocido de unos cuantos mozos de
-cuerda que iban á comer allí.
-
-El local tenia sus refinamientos de lujo y de comodidad; en las paredes
-había un zócalo de azulejos; en el invierno se ponía una estufa, y
-continuamente había cerca de la ventana un reloj parado de caja grande
-pintarrajeada.
-
-La churrería estaba al otro lado del solar. Era una barraca hecha de
-tablas pintadas de rojo; tenía el tejado de cinc, y por en medio de él,
-salía una alta y gruesa chimenea, sujeta por cuatro alambres y adornada
-con una caperuza.
-
-Como trazo de unión entre la churrería y la taberna, estaba el juego de
-bolos. Tenía éste su entrada por una valla pintada de rojo con un arco
-en la puerta. Se dividía en dos plazas separadas por un gran tabique ó
-biombo, hecho con trapos sujetos en un alto bastidor. En el fondo, en un
-sotechado con gradas, se colocaban los espectadores.
-
-Dando la vuelta al juego de bolos, había una casita blanca casi cubierta
-por enredaderas; detrás de ésta un antiguo invernadero arruinado, y
-junto á él una noria, cuya agua regaba varios cuadros de hortalizas. Al
-lado del invernadero, medio oculto entre altos girasoles, se veía un
-coche viejo, una antigua berlina destrozada, sucia, con las portezuelas
-abiertas y sin cristales, que servía de refugio á las gallinas. La
-churrería, la taberna y el juego de bolos, eran de los mismos dueños;
-dos socios que habitaban en la casita de las enredaderas.
-
-Los dos socios eran tipos diametralmente opuestos. Al uno, rubio,
-bastante grueso, con patillas, le decían el Inglés; el otro, delgado,
-picado de viruelas, con los ojos pequeños y enrojecidos, se llamaba
-Chaparro. Los dos habían sido mozos de café. Eran hombres que con los
-genios más opuestos y contradictorios, se entendían admirablemente.
-
-Chaparro solía estar siempre en la taberna, el Inglés siempre en el
-juego de bolos; Chaparro llevaba gorra, el Inglés sombrero de jipi japa;
-Chaparro no fumaba, el Inglés fumaba en pipa larga; Chaparro vestía de
-negro, el Inglés trajes claros y anchos; Chaparro estaba siempre
-incomodado, el Inglés siempre alegre; Chaparro creía que todo era malo,
-el Inglés que todo era bueno, y así, con esta disparidad absoluta, se
-entendían los dos compadres.
-
-Chaparro trabajaba mucho, no paraba nunca; el Inglés, más pacífico,
-miraba jugar á los bolos, leía el periódico, con sus anteojos negros,
-puestos sobre la nariz, regaba sus plantas que las tenía en cajas y en
-grandes jarrones de piedra, que debían de haber ido á parar allí de
-algún derribo, y meditaba. Muchas veces no hacía ni esto siquiera; salía
-á la hondonada, se tendía al sol y contemplaba vagamente la sierra y la
-línea austera apenas ondulada de los campos madrileños bajo el cielo
-azul radiante.
-
- * * * * *
-
-Una tarde, paseaba Juan con un pintor decorador, á quien había conocido
-en la Exposición, por el paseo de Areneros, cuando vieron el juego de
-bolos del Inglés y entraron.
-
---Aquí podríamos tomar algo--dijo Juan.
-
---No habrá quien sirva--contestó el otro.
-
-Llamaron á un chico que recogía las bolas.
-
---Ahí al lado, en la taberna, se pueden ustedes sentar.
-
-Se sentaron debajo de un emparrado y siguieron hablando. El que hablaba
-con Juan era hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y
-viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde
-firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía.
-
-Había dedicado un artículo elogioso al grupo de _Los Rebeldes_, y luego
-había buscado á Juan para conocerle.
-
-Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre
-delgado y alto, de nariz corva, barba larga, y un modo de expresarse
-irónico y burlón. A pesar de que á primera vista parecía indiferente y
-hombre que tomaba todo á broma, era un fanático. Trataba de convencer á
-Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos
-largos y delgados su barba antigua de prócer, suave y flexible. Para él,
-lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el
-Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el
-problema para él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. El
-no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por
-su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas
-de bien y de mal tenían que transformarse por completo y con ellas la
-del deber y la de la virtud.
-
-Hacía sus afirmaciones con cierta reserva, y de cuando en cuando
-observaba á Juan con una mirada escrutadora.
-
-El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin
-alardes, iba exponiendo sus doctrinas.
-
-Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus
-dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer á los artistas de
-cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid
-llegó á intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado al
-ver una gente mezquina é indelicada, una colección de intrigantuelos,
-llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con
-todas las malas pasiones de los demás burgueses.
-
-Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe
-de los artistas, la puso de lleno en los obreros. El obrero para él era
-un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No
-veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía de
-indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y
-tampoco notaba que si á los obreros les faltaba la envidia, les faltaba
-también en general el sentimiento del valor, de la dignidad y de la
-gratitud.
-
---Aquí se está bien--dijo el Libertario, ¿verdad?
-
---Sí.
-
---Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca.
-
---Sí, hombre.
-
---Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han
-visto _Los Rebeldes_, y son entusiastas de usted.
-
---¿Son anarquistas también?
-
---Sí.
-
-Salieron al paseo de Areneros por la taberna.
-
---Voy á ver el número de esta casa para decírselo á los amigos--dijo el
-Libertario.
-
---Pues no tiene número--replicó Juan--; pero tiene nombre: La Aurora.
-
---Buen nombre para una reunión de los nuestros.
-
-Se despidieron. Juan marchó á casa de Manuel. En el cerebro del escultor
-comenzaba á germinar la idea de que había una misión social que cumplir,
-y que esta misión era él el encargado de llevarla á cabo.
-
-Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos, Manuel trabajaba en la
-imprenta. Iban poco á poco viniendo los encargos.
-
-Una vez Manuel había dicho á la Salvadora:
-
---Quisiera hablar contigo despacio.
-
---¿Por qué no esperar á ver si salimos adelante?--le había contestado
-ella.
-
-Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron á
-trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él
-mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba
-á andar. Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de
-ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si
-uno lleva el carretón, ó si es el carretón el que le lleva á uno. Así en
-la vida muchas veces no se sabe si es uno el que empuja los
-acontecimientos ó si son los acontecimientos los que le arrastran á uno.
-
-A Manuel su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se
-cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle á ninguna parte; en
-cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para
-echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto la calle
-larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco á poco.
-
-El recuerdo de la Justa había quedado ya borrado para siempre en su
-memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará
-aquella pobre mujer?
-
-Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con
-intermitencias.
-
-Un domingo del mes de Noviembre, después de comer, Jesús preguntó á
-Manuel:
-
---¿No vas á ir hoy á La Aurora? Vamos á tener junta.
-
---¿En dónde? ¿En la taberna de Chaparro?
-
---Sí.
-
---Yo no voy. ¿A qué?
-
---¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las
-noches.
-
---Le están haciendo la pascua á Juan, metiéndole en esas cosas de
-anarquismo, que no son más que memadas.
-
---¿Ya has renegado también de la idea?
-
---Hombre, á mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en
-seguida y le dé á cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo
-y tres ó cuatro horas de trabajo; pero para no hacer más que hablar y
-hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse
-diciendo: ¡Salud! Para eso prefiero ser sólo impresor.
-
---Tú con anarquía ó sin anarquía serás siempre un burgués infecto.
-
---¿Pero es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir?
-
---Claro que sí; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque,
-¿vienes ó no á La Aurora?
-
---Bueno; iré á ver lo que es eso. El día menos pensado os van á meter á
-todos en la cárcel.
-
---¡Quia! hay la mar de puertas en el solar ese.
-
-Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una
-delación, en la taberna y se encontraron con que no había nadie.
-
-Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y por la puerta de al lado del
-mostrador pasaron á un cuarto con un zócalo de madera, con una mesa
-redonda en medio. Había ya diez ó doce personas, y entre los conocidos
-de Manuel, estaba el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico,
-que no cabían en él. Iba viniendo más gente.
-
-El Libertario llamó á Chaparro.
-
---¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos?--le preguntó.
-
---No.
-
---En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no se podría entrar?
-
---¿En el invernadero? Ahí no hay sillas, ni mesa ni nada.
-
---Sí; pero ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz?
-
---No.
-
---Bueno; pues traiga usted unas velas.
-
-Salieron al solar; estaba lloviendo á cántaros. Corriendo se metieron en
-el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos una
-mesita, la pusieron en el centro y encima dos bujías metidas en dos
-frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando unos sobre un
-banco, otros en tiestos colocados del revés, y otros en el suelo. Tenía
-aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba á impulsos
-del viento, sonaba la lluvia densa y ruidosa en los cristales y al
-escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin
-saber por qué todos hablaban bajo.
-
---Yo creo, compañeros--dijo Juan, levantándose y acercándose á la
-mesa--, que el que tenga algo práctico que decir debe levantarse y
-hablar. Hemos constituído este grupo de partidarios de la idea. Casi
-todos conocemos este sitio por el nombre de Aurora; como nuestro grupo
-debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades,
-propongo que desde hoy se llame Aurora Roja.
-
---¡Aceptado! ¡Aceptado!
-
-La mayoría estuvo conforme. Algunos propusieron otros nombres, como
-Ravachol, Angiolillo, Ni Dios ni amo; pero en general, todos fueron de
-parecer que se pasara á otro punto y que quedase el nombre de Aurora
-Roja.
-
-Luego de aclarado esto, se levantó un joven delgado, vestido de negro, y
-echó un verdadero discurso. ¿Qué había que hacer? ¿Qué fin había de
-perseguir el grupo designado con el nombre de Aurora Roja? Unos eran
-partidarios de la labor puramente individual; pero él encontraba que
-esta labor individual tenía un carácter poco revolucionario y era
-demasiado cómoda. Uno que no fuese escritor, ni orador, ni anarquista de
-acción, que no se reuniera ni se asociara, podía echárselas de
-anarquista tremendo y hasta podía serlo con la misma tranquilidad que un
-coleccionista de sellos. Además, no había peligro en esto.
-
---Y eso ¿qué importa?--dijo Juan--; á nadie se le exige que sea
-valiente. Los actos de los anarquistas tienen más valor por eso, porque
-nacen de su conciencia y no de mandato alguno.
-
---Es verdad--dijeron los demás.
-
---Yo no lo niego; lo que yo quiero decir es que no necesitamos liebres
-con piel de león, y que sería conveniente un compromiso entre todos
-nosotros.
-
-Mientras este joven defendía la necesidad de la asociación, Jesús
-explicó á Manuel quién era. Se llamaba César Maldonado y era estudiante;
-había figurado entre la juventud republicana. Era hijo de un mozo de
-café y había muchas probabilidades para creer que su anarquismo era una
-manera de vengarse de la posición humilde de su padre. En el fondo, el
-joven aquel era un presuntuoso, lleno de esa soberbia jacobina que sabe
-disimular las bajas pasiones con grandes frases.
-
-A su lado, y defendiendo todas sus ideas, había un vascongado, alto y
-ancho, cargado de espaldas, que se llamaba Zubimendi, hombre triste, con
-unos puños formidables, que no hablaba apenas, que había sido pelotari,
-y últimamente se dedicaba á servir de modelo.
-
---Para formar una asociación habrá que hacer un reglamento, ¿no es
-eso?--preguntó el Libertario levantándose.
-
---Según--contestó Maldonado--. Yo no creo que deba haber reglamento;
-basta un lazo de unión; pero lo que sí considero indispensable es poner
-un límite al ingreso en el grupo y otorgar ciertas prerrogativas para
-los directores; pues si no, los elementos extraños podían llegar hasta
-cambiar el objeto que perseguimos.
-
---Yo--replicó el Libertario--, soy enemigo de todo compromiso y de toda
-asociación que no esté basada en la inclinación libre. ¿Vamos á
-comprometernos á una cosa y á resolver nuestras dudas por el voto? ¿por
-la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de
-comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo.
-
---Hay que ser prácticos--replicó Maldonado.
-
---Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños.
-
-Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de
-aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó á la
-mesa.
-
---Compañeros--dijo sonriendo.
-
---¿Quién es éste?--preguntó Manuel á Jesús.
-
---El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito.
-
---Compañeros: A mí me parece que vuestro pleito se puede resolver con
-mucha facilidad. El que quiera asociarse y comprometerse, que lo haga;
-el que no, que lo deje.
-
-Excepto tres ó cuatro partidarios de Maldonado que defendieron la
-utilidad del compromiso, los demás no quisieron asociarse.
-
---Entonces, ¿para qué reunirnos?--preguntó uno de los amigos del
-estudiante.
-
---¿Para qué?--contestó Juan--; para hablar, para discutir, para
-prestarnos libros, para hacer la propaganda, y si llega el momento de
-ejecutar, individual ó colectivamente, cada uno hará lo que su
-conciencia le dicte.
-
---Yo, por mi parte, estoy conforme con esto--dijo el Libertario--. Que
-cada cual sea responsable de sus actos. No podemos aceptar una
-solidaridad con nadie desde el momento que todavía ni siquiera nos
-conocemos... De manera que el que quiera reunirse libremente, el domingo
-que viene aquí estaremos.
-
-Se levantaron todos.
-
---Bueno, vamos--dijo uno--; que ha dejado de llover.
-
-Salieron al solar, que estaba encharcado, y se despidieron, dándose
-fuertes apretones de manos.
-
---¡Salud, compañero!
-
---¡Salud!
-
-Y en todos ellos se notaba cierta alegría de jugar á los
-revolucionarios...
-
- * * * * *
-
-El mismo Manuel, á pesar de su aburguesamiento, sintió el atractivo de
-aquella reunión, y al domingo siguiente estaba en la Aurora
-fraternizando con los compañeros.
-
-Formaron la peña en la tejavana de uno de los juegos de bolos, que no se
-utilizaba. Allí se podía hablar libremente. Cada domingo se iba haciendo
-el grupo más numeroso; se habían comprado folletos anarquistas de
-Kropotkine, de Réclus y Juan Grave, y pasaban de una mano á otra. Ya
-comenzaban á hablar todos con cierta terminología pedante, entre
-sociológica y revolucionaria, traducida del francés.
-
-En el grupo se manifestaron pronto tres tendencias: la de Juan, la del
-Libertario y la del estudiante César Maldonado. El anarquismo de Juan
-tenía un carácter entre humanitario y artístico. No leía Juan casi nunca
-libros anarquistas; sus obras favoritas eran las de Tolstoï y las de
-Ibsen.
-
-El anarquismo del Libertario era el individualismo rebelde, fosco y
-huraño; de un carácter más filosófico que práctico; y la tendencia de
-Maldonado entre anarquista y republicana radical, tenía ciertas
-tendencias parlamentarias. Este último quería dar á la reunión aire de
-club; pero ni Juan ni el Libertario aceptaban esto; Juan, porque veía
-una imposición, y el Libertario, además de esto, por temor á la policía.
-
-Una última forma de anarquismo, un anarquismo del arroyo era el del
-señor Canuto, del Madrileño y de Jesús. Predicaban éstos la destrucción,
-sin idea filosófica fija, y su tendencia cambiaba de aspecto á cada
-instante, y tan pronto era liberal como reaccionaria.
-
-El primer domingo, en la reunión del juego de bolos, el señor Canuto
-llevó la voz cantante. El señor Canuto había sido uno de los entusiastas
-de La Internacional, y cuando la escisión de los partidarios de Marx y
-de los de Bakounine, el señor Canuto se había puesto del lado de
-Bakounine. Había saludado con entusiasmo la Commune, creyendo que venía
-con ella la revolución social; después tuvo sus ilusiones con el
-levantamiento de Cartagena; luego, todas las asonadas, todos los
-motines, pensó que iban á traer la gorda; hasta que al último,
-desesperanzado ya, no quería oir hablar de nada. Era de los entusiastas
-de Pí y Margall; había conocido al caballero Fanelli, á Salvochea, á
-Serrano, á Mora, y recordaba una porción de frases extravagantes de
-Teobaldo Nieva, el autor de la _Química de la cuestión social_.
-
-Las historias del señor Canuto tenían para todos cierto carácter
-arcaico, y no llegaron á interesar. Hablaba de cosas pasadas, de
-artículos de _El Condenado_ y de _La Solidaridad_, y de las épocas en
-que él había tenido gran mano en las cuestiones de los anarquistas.
-
-Apenas estaba enterado de las corrientes modernas, y la fama de
-Kropotkine y Grave, cuyos libros no había leído, le parecía una
-usurpación cometida en contra de Fourrier, Proudhon y otros. Es verdad
-que tampoco había leído las obras de éstos; pero sus nombres le sonaban.
-
-El quería su anarquía, la de su tiempo, la de Ernesto Alvarez, sobre
-todo. Estas últimas cosas catalanas, como decía él con cierto desdén, le
-molestaban.
-
-No tuvo esta segunda reunión el mismo atractivo que la primera, y muchos
-salieron aburridos. Con el objeto de avivar el interés, se anunció para
-el domingo siguiente, que se discutirían puntos de la doctrina y que
-Maldonado y Prats contestarían á las objeciones que se les hicieran.
-
---Este Prats, ¿quién es?--preguntó Manuel al Madrileño.
-
-Se lo presentó. Era un hombre bajo, barbudo, con una cara de pirata
-berberisco, de un color bronceado, con rayas y vetas negruzcas. Tenía
-este hombre pelos en toda la cara, alrededor de los ojos, en la nariz
-aguileña, en las orejas. Con su aspecto terrible, su manera de hablar
-bronca, las manos de oso, peludas y deformes, imponía.
-
---¿Vendrás el domingo, compañero?--le dijo á Manuel después de
-saludarle.
-
---Sí.
-
---Entonces, hasta el domingo.
-
-Y se dieron un apretón de manos.
-
---Vaya un tipo--dijo Manuel.
-
---No es tan tremendo como parece este Rama Sama--añadió el Madrileño--.
-En fin, veremos si el domingo esto se anima.
-
-Salieron Manuel y el Madrileño. Era el Madrileño, por lo que le oyó
-decir Manuel, hombre burlón y paradójico y que tenía un gran fondo de
-malicia. Su tipo de anarquista, según aseguraba, era Pini el estafador,
-y le encantaba que unos ladrones hubiesen dado dinero á Juan Grave. A
-Manuel le pareció que debía ser un hombre capaz de sacrificarlo todo por
-una frase ingeniosa ó por un chiste.
-
-El Madrileño había sido amigo de Olvés, de Ruiz y Suárez, autores de una
-explosión en la Huerta, el hotel donde vivía Cánovas.
-
---Paco Ruiz era un hombre de buen corazón--le dijo á Manuel. Si yo
-hubiera estado en Madrid, no hubiese hecho la barbaridad de poner la
-bomba en casa de Cánovas.
-
---¿Y no hizo daño á nadie con la bomba?--le preguntó Manuel.
-
---A nadie más que á él, que murió.
-
---¿Y cómo no se pudo escapar?
-
---Se pudo escapar. Verás lo que pasó; él llevaba una botella de pólvora
-cloratada, la puso delante de la verja del hotel y encendió la mecha.
-Cuando se retiraba, vió que iba á entrar una criada con unos niños.
-Inmediatamente Paco volvió, recogió la botella y en la mano le estalló;
-le arrancó el brazo la explosión y lo dejó muerto.
-
-El Madrileño, conocido de la policía como amigo de anarquistas, había
-sido víctima de un seudocomplot de la calle de la Cabeza, y había estado
-algunos meses preso.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
- El derecho.--La ley.--La esclavitud.--Las vacas.--Los negros.--Los
- blancos.--Otras pequeñeces.
-
-
-El domingo siguiente llegó Manuel tarde á la reunión; hacía un hermoso
-tiempo de invierno, y Manuel y Salvadora lo aprovecharon para pasear.
-
-Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en el
-período álgido.
-
---Qué tarde--le dijo el Madrileño--te has perdido; la gran juerga; pero,
-en fin, todavía continúa.
-
-Las caras estaban congestionadas.
-
---¿Quiénes son los que discuten?
-
---El estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.
-
-El jorobado era Rebolledo.
-
---Lo que proclamamos nosotros--decía el estudiante Maldonado con voz
-iracunda--es el derecho al bienestar de todos.
-
---Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado--replicó Rebolledo
-padre.
-
---Pues yo sí.
-
---Pues yo no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener
-derecho. Todos tenemos derecho al bienestar; todos tenemos derecho á
-edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no
-tuviéramos derecho.
-
---Se pueda ó no se pueda, el derecho es el mismo--replicó Maldonado.
-
---Claro--dijo Prats.
-
---No, claro no--y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con
-vigorosos signos negativos--, porque el derecho de la persona varía con
-los tiempos y hasta con los países.
-
---El derecho es siempre el mismo--afirmó el grupo jacobino.
-
---¿Pero cómo antes se podía hacer una cosa, por ejemplo, tener esclavos,
-y ahora no?--preguntó el jorobado.
-
---Porque las leyes eran malas.
-
---Todas las leyes son malas--afirmó rotundamente el Libertario.
-
---Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito--dijo con
-ironía el Madrileño--, ladran á los que llevan blusa y mala ropa.
-
---Si se suprimiera el Estado y las leyes--afirmó uno de los
-circunstantes--los hombres volverían á ser buenas personas.
-
---Esa es otra cuestión--repuso con desdén Maldonado--, yo le contestaba
-al señor--y señaló á Rebolledo--y ¡la verdad! no recuerdo lo que decía.
-
---Usted decía--dijo el jorobado--que las leyes antiguas, que permitían
-tener esclavos, eran malas, y yo no digo que no; lo que sí afirmo es que
-si volvieran aquellas leyes, volvería á haber el derecho de tener
-esclavos.
-
---No... la ley es una cosa, el derecho es otra.
-
---¿Pero qué es el derecho entonces?
-
---El derecho es lo que á cada uno le corresponde naturalmente como
-hombre... Todos tenemos derecho á la vida; creo que no lo negará usted.
-
---Ni lo niego ni lo afirmo... pero que mañana vengan los negros, por
-ejemplo, á Madrid, y á este quiero y á este no quiero, empiecen á cortar
-cabezas; ¿qué hace usted con el derecho á la vida?
-
---Podrán quitar la vida, no el derecho á la vida--replicó Prats.
-
---¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho á la vida?
-
---Aquí en Madrid todo se resuelve con chistes--dijo el catalán enfadado.
-
---No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.
-
---Es usted un reaccionario.
-
---Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han
-convencido.
-
---¿Pero es que usted no cree--gritó Maldonado--que todo el que nace
-tiene derecho á vivir?
-
---No sé--contestó el jorobado--; las vacas también nacen y deben tener
-derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en
-bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero.
-
-Se echaron todos á reir.
-
---Es que se va de la cuestión--dijo Prats.
-
---No--replicó el jorobado--, es que á mí las pamplinas me hacen la
-santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice _na_.
-Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte,
-y _pa_ mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí
-me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo
-que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que
-tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo
-haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar.
-¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana
-suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda,
-aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo
-encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no
-puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni
-más filosofía que eso.
-
---Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible--dijo
-Maldonado.
-
---Yo encuentro que tiene razón--exclamó el Libertario.
-
---Sí, desde su punto de vista sí--añadió Juan.
-
---De esa manera de pensar--repuso el Libertario--son la mayoría de los
-españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el
-cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más
-fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida.
-
-El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso
-quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta
-modestia añadió al cabo de un rato:
-
---Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay
-cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el
-trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.
-
---Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á
-impedir que el hijo herede al padre?--preguntó Maldonado.
-
---Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos
-los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego
-el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie.
-
---Con la anarquía no habrá holgazanes--dijo Prats.
-
---¿Y por qué no?
-
---Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización
-social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.
-
---¿Por qué?
-
---Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros
-tampoco.
-
-Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.
-
---¿Y el que guarde dinero?--preguntó el jorobado.
-
---No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.
-
---¿Y los ladrones?
-
---No habrá ladrones.
-
---¿Y los criminales?... ¿los asesinos?
-
---No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que
-asesine para robar.
-
---Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.
-
---Esos son enfermos y hay que curarlos.
-
---¿Entonces las cárceles se convertirán en hospitales?
-
---Sí.
-
---¿Y lo alimentarán á uno allá sin hacer nada?
-
---Sí.
-
---Pues va á ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.
-
---Usted todo lo quiere tomar al pie de la letra--dijo Prats--. Esas
-cosas de detalles se estudiarán.
-
---Bueno, y otra cosa: ¿Los obreros qué vamos ganando con la anarquía?
-
---¿Qué? mejorar la vida.
-
---¿Ganaremos más?
-
---¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.
-
---Eso quiere decir que á cada uno se le dará lo que merece.
-
---Sí.
-
---¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?
-
---¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?--dijo Prats de mal
-humor.
-
---En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los
-inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa
-el trabajo?
-
-Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al
-catalán, que dijo en un arranque de mal humor:
-
---Esos, que vayan á romper piedra á la carretera.
-
---No--arguyó Maldonado--, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he
-escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he
-hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro.
-
---Bueno--replicó Rebolledo--, pero aun suponiendo que el inventor no sea
-superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente
-una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á
-otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos,
-y unos superiores á otros.
-
---No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.
-
---Pero eso no puede ser.
-
---¿Por qué no?
-
---Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa
-bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir
-los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es
-mayor ó menor.»
-
---Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted
-comprender que el mundo cambie en absoluto--dijo Maldonado con desdén.
-
---¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de
-que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á
-variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales,
-todos serán iguales... no lo creo.
-
---No lo crea usted.
-
---Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su
-palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.
-
-Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto
-del barbero.
-
- * * * * *
-
---Me ha convencido usted--le dijo Manuel al jorobado.
-
---Claro--exclamó el Madrileño impaciente--, como que todas esas fórmulas
-son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la
-Revolución, _pa_ divertirse.
-
---Eso es--dijo el señor Canuto--; qué tanta teoría, ni tanta alegoría,
-ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á
-ello y echar con las tripas al aire á los _burgantes_, y tirar todas las
-iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos
-los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un
-general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un
-buen _cate_ ó una _puñalá_ trapera... y adivina quién te dió... Eso es.
-
-Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y
-humanos y no una partida de asesinos.
-
---¡Pero será este hombre mendrugo!--exclamó el señor Canuto en el colmo
-del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor,
-le dijo:--Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me
-dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto
-algo en la vida--poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior
-del ojo derecho--más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está
-usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el
-sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema
-actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón
-para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted
-quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible
-que se atraviese usted el corazón.
-
---No le entiendo á usted--dijo el catalán.
-
---¿No?--y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con
-lástima--. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola--y
-haciéndose el humilde continuó--: pero sí que me figuraba conocer un
-poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene
-una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras
-escrofulosas, ¿qué hace usted?
-
---¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.
-
---Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?
-
---Claro.
-
---Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al
-enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda,
-aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera,
-paliar, ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta
-cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de
-arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras
-sociales.
-
---Será verdad; á mí no me lo parece.
-
---¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se
-ofenderá usted. Eso es.
-
---No, señor; yo no me ofendo.
-
---Pues hágase usted socialista.
-
---¿Por qué?
-
---Porque eso que dice usted y hacerse _socialero_, es lo mismo que ir á
-cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted? y una escopeta de
-caña. Eso es.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
- No hay que confiar en los relojes ni en la milicia.--Las mujeres
- son buenas, aun las que dicen que son malas.--Los borrachos y los
- perros.
-
-
-Comenzaba ya á encarrilarse la imprenta. El trabajo se iba
-regularizando; pero Manuel ni un momento podía dejar el taller. Así, que
-si alguna diligencia tenía que hacer, la hacía de noche, después de
-cerrar la tienda. Jesús seguía viviendo en la casa, sin trabajar y sin
-hacer nada. Por las tardes iba á ver al señor Canuto, á charlar con él;
-luego cenaba, se acostaba, y al día siguiente aparecía á la hora de
-comer; muchas veces no se le veía el pelo.
-
---Jesús tiene dinero--le dijo una vez la Salvadora á Manuel--, ¿qué
-hace? ¿trabaja en algún lado?
-
---Que yo sepa, no.
-
---Pues tiene dinero.
-
---No sé cómo se las arreglará.
-
-Una noche que Manuel fué á casa de un editor á entenderse con él para la
-publicación de unos libros, se le hizo tarde, y al llegar á la plaza del
-Callao vió á Jesús parado en una esquina, borracho, sin poder
-sostenerse. Manuel pensó en seguir adelante sin hacerle caso, pero
-luego le dió lástima y se acercó á él.
-
---¿Qué haces aquí?--le dijo.
-
---¿Quién es usted... para preguntarme á mí eso?--tartamudeó Jesús--. Ah,
-¿eres tú? Estaba tomando el fresco.
-
---Tienes una curda indecente. Vamos á casa. ¡Anda!
-
---¿Qué anda? ¿Qué?
-
---¡Cómo estás! No te puedes tener.
-
---¿Y á ti qué te importa? Tú no eres más que un cochino burgués...
-eso... y un avaro. Entre tu hermano y esa otra te han hecho un roñoso...
-y un mal compañero.
-
---Bueno; yo seré un burgués; pero no huelo que apesta, como tú.
-
---Pero ¿á qué huelo yo? A vino, á vino...
-
-Jesús decía á vino, como hubiera dicho á rosas.
-
---Eres un sinvergüenza--exclamó Manuel--, un borracho indecente.
-
---¿Tú sabes por qué me emborracho yo? ¿Tú sabes? Porque tengo un ansia
-muy grande; porque tengo una sed...
-
---Sí, una sed de vino y aguardiente.
-
---Pero, ¿para qué hablo yo con hombres que no me comprenden?... Soy un
-huérfano...
-
---Mira, no me vengas con cosas de zarzuela. ¡A casa!
-
---¿A casa?... No quiero. Mira, Manuel, yo no sé qué tengo más grande,
-si el cerebro ó el corazón..., porque mira que yo tengo cerebro...
-
---Yo creo que lo que tú tienes mayor es la _asaúra_.
-
---Pues aún tengo mayor el estómago, ¡gracioso! Y á mí no me vengas tú
-con esos ratimagos de chulo, ¿sabes?, porque tú serás un buen tipógrafo;
-pero de gracia madrileña... no tienes ni tanto así.
-
---Ni me importa.
-
---Y tú, ¿por qué no te emborrachas?
-
---Porque no quiero.
-
---Porque no quieres, ¿eh?... Te conozco, lebrel... Tu tienes una
-tristeza muy honda...
-
---Sí; soy un pobre huerfanito como tú.
-
---No...; tú no eres más que un burgués..., y la otra tiene la culpa...,
-porque antes eras un buen compañero...; pero la otra te domina, y tú ya
-no sabes hacer nada sin ella.
-
---Bueno, hombre; me domina; ¿qué le vamos á hacer?
-
-Al llegar á una taberna de la calle Ancha, Jesús se detuvo, se apoyó de
-espaldas á la pared, y afirmó rotundamente que no se iba de allí aunque
-lo mataran.
-
---¡Anda, no seas estúpido!--le dijo Manuel--; te voy hacer andar á
-patadas.
-
---Pégame; pero no me voy.
-
---Pero, ¿qué quieres hacer?
-
---Tomar aquí unas copas.
-
---Bueno, tómalas.
-
-En esto pasó de prisa una mujer. Jesús se abalanzó sobre ella; la mujer
-comenzó á chillar asustada.
-
---Está borracho; no le haga usted caso--le dijo Manuel interponiéndose
-entre los dos.
-
---¿Y qué?--replicó Jesús--. La convido á cenar. ¿Quieres venir á cenar
-conmigo, prenda?
-
---No.
-
---¿Y por qué no?
-
---Porque tengo que ir á casa.
-
---¿A casa á las dos de la mañana? ¿A qué?
-
---Pero, ¿son las dos?--preguntó la muchacha á Manuel.
-
---No debe faltar mucho.
-
-Pasaron por delante de la Universidad y miraron al reloj. Eran las dos
-en punto. La muchacha quedó asombrada y vacilante luego se decidió y se
-echó á reir. Estaba algo alegre, y tenía la blusa con las puntillas
-rotas y manchada de vino. Contó que había ido con su novio, que era
-sargento, y con otra amiga, con su correspondiente galán, á los Cuatro
-Caminos. Allí los novios les habían hecho beber á las dos, hasta
-emborracharlas; luego las engañaron, diciéndoles que eran las seis,
-cuando daban las nueve, y que eran las nueve cuando daba ya la una. Ella
-estaba sirviendo y pensaba llegar á una hora regular á casa; pero ya
-que no podía, le tenía todo sin cuidado.
-
---¿Y qué vas á hacer?--le preguntó Manuel.
-
---Dejaré la casa y buscaré otra.
-
---Lo que vamos á hacer--dijo Jesús--es irnos los tres á cenar ahora
-mismo.
-
---Bueno; vamos donde queráis--exclamó la muchacha, y se agarró del brazo
-á Manuel y á Jesús.
-
---¡Bravo!--gritó Jesús--. ¡Olé por las mujeres valientes!
-
-Manuel vaciló; le esperarían en casa... Aunque ya se habrían acostado.
-
---Un día es un día--murmuró--. Vamos allá--; además, la muchacha era
-agradable, con la nariz respingona, abundante de pecho y de caderas.
-
---¿De modo que vas á dejar á tus amos?--preguntó Manuel.
-
---¡Qué voy á hacer!
-
---Bien hecho--gritó Jesús--; deja á los amos...; que les sirva su señora
-mamá... ¡Mueran los burgueses!
-
---Calla--exclamó Manuel--; van á venir los guardias.
-
---Que vengan... Yo me río de los guardias municipales..., y de los
-guardias civiles... y de los guardias de orden público... Y yo le digo á
-esta mujer que es un cachito de gloria, que hace bien en ir á los
-Cuatro Caminos... con el sargento, con el soldado ó con quien le dé la
-gana... Todos somos libres. Pues ¡qué!, ¿las amas no tienen también sus
-líos?... ¿Verdad, corazón?
-
---Ya lo creo.
-
-La muchacha cogió estrechamente del brazo á Manuel.
-
---¿Y tú no dices nada?
-
---Que tienes una espetera, que ya ya.
-
---Mientras más gracia dé Dios, ¡mejor!--replicó ella riendo--. ¿Cómo te
-llamas?
-
---Manuel.
-
---¿Y qué eres?
-
---Este--saltó Jesús--, este es un cochino burgués... que quiere hacerse
-rico... para casarse con una mujer... y poner entre los dos una casa de
-préstamos... ¡Ja... ja!...
-
---No le hagas caso--dijo Manuel--, no sabe lo que se dice. ¿Cómo te
-llamas tú?
-
---Yo, Paca.
-
---¿Estás sirviendo de veras?
-
---Sí.
-
-Varias veces Jesús trató de coger á la muchacha por el talle y de darle
-un beso.
-
---Bueno; si éste me agarra, me voy--dijo ella.
-
-Jesús, ofendido, comenzó á insultarla.
-
---A mí lo que me sobran son mujeres más guapas que tú... ¿sabes?... y tú
-no eres más que una fregona..., y yo tengo siempre cinco duros en el
-bolsillo _pa_ tirarlos..; ese que va contigo es un gallina..., y si no,
-que salga..., porque le voy á romper un ala.
-
-Manuel se volvió y cogió de un brazo á Jesús.
-
---Si es una broma--dijo éste--. Parece mentira que te pongas así por una
-broma. ¡Si á mí me gusta que vayas con ella, hombre! ¡Si yo no soy un
-ganguero como tú! Y ahora voy á convidar yo á otra, y nos iremos á
-cenar.
-
-Efectivamente, invitó á una mujer, y los cuatro entraron en una taberna
-de la calle del Horno de la Mata, que estaba llena, y pasaron á un
-cuartito, precedidos de un muchacho con un mandil azul.
-
---¿Qué desean los señores?--preguntó éste.
-
---Tráete--le dijo Jesús--dos raciones de pescado frito, chuletas asadas
-para cuatro..., queso, y que manden por unos cafés... ¡Ah!, y mientras
-tanto, á ver si hay por ahí unas aceitunas y una botella de vino blanco.
-
---Todo esto lo voy á tener que pagar yo--pensó Manuel.
-
-Sirvieron las aceitunas y el vino, y Jesús llenó las copas. La mujer que
-había venido con Jesús, era pálida, con el pelo negro y lustroso,
-peinado como un casco. Contempló á la criada con curiosidad.
-
---Tú no eres de la vida--la dijo.
-
---¿Cómo?--preguntó la muchacha.
-
---No--saltó Manuel--; es una chica que está sirviendo. Oye--y Manuel
-atrajo hacia sí á la Paca--, ¿qué te suelen decir los amos?
-
---¡Tantas cosas!
-
---¿Y tú qué les contestas?
-
---¿Yo?... pues, según.
-
---Bah--murmuró Manuel--, ya veo que ese sargento no ha sido el primero.
-
-La muchacha se echó á reir á carcajadas. La otra mujer se quitó de la
-cintura el brazo con que Jesús la estrechaba.
-
---No seas pelma--le dijo.
-
-La mujer aquella tenía la tez marchita, los ademanes tímidos. Había en
-ella cierta dignidad, que indicaba que no era de las nacidas con
-vocación para su triste oficio. En los ojos negros, en el rostro
-prematuramente arrugado, se leía la fatiga, el insomnio, el abatimiento,
-todo esto amortiguado por un velo de indiferencia y de insensibilidad.
-
---¿De manera que tú estás sirviendo?--preguntó la mujer pálida á la
-criada.
-
---Sí.
-
---¿Qué edad tienes?
-
---Diez y ocho años.
-
---Yo tengo una hija que tiene quince.
-
---¿Usted?
-
---Sí.
-
---No parece que tenga usted edad bastante.
-
---Sí, soy vieja; he cumplido ya treinta y cuatro. La chica está en Avila
-con mis padres. Yo, claro, no quiero que venga conmigo, y los abuelos
-suyos son pobres. Cuando tengo algún dinero se lo envío.
-
-Jesús se puso serio, y comenzó á preguntarle por su vida.
-
---Hace un año tuve un hijo, y me lo tuvieron que sacar con unos
-ganchos--siguió contando la mujer mientras cortaba la carne con el
-cuchillo--. Desde entonces estoy mala; luego, hace unos meses, he tenido
-el tifus, me llevaron al Cerro del Pimiento, y allí me quitaron toda la
-ropa que tenía. Salí tan desesperada, que quise matarme.
-
---¡Se quiso usted matar!--exclamó la criada.
-
---Sí.
-
---¿Y qué hizo usted?
-
---Cogí las cabezas de unos fósforos, las eché en un vaso de aguardiente,
-hasta que se deshicieron, y lo bebí. ¡Me entraron unos dolores!... Vino
-un médico y me dió un vomitivo. Luego, durante cuatro ó cinco días,
-echaba el aliento en la obscuridad, y brillaba.
-
---¿Pero tan desesperada estaba usted?--preguntó la criada.
-
---Tú no sabes cómo vivimos nosotras. ¿Ves? Hoy yo no gano; pues mañana
-tengo que empeñar esta blusa, y si me ha costado tres duros, me dan por
-ella dos pesetas. Luego, á los hombres les gusta hacer sufrir á las
-mujeres... Créeme, hija, sigue sirviendo; por muy mal que estés, no
-estarás peor que así...
-
-Jesús dijo que se había puesto malo, y salió del cuarto.
-
---¿Y no podría usted encontrar algún trabajo?--preguntó Manuel á la
-mujer.
-
---¿Yo? ¿A dónde voy? No tengo fuerza... estoy _anemia_. Además, está una
-acostumbrada á hablar mal y á beber, y la conocen á una lo que es en
-seguida. Si tuviera salud, me hubiera puesto á nodriza. Todavía tengo
-leche. Con tu permiso, rubia--dijo á la criada--y se desabrochó la
-blusa, sacó el pecho, y apretó la ubre con dos dedos.--Ahora, que esto
-debe estar envenenado--añadió--. Si yo pudiera colocar á mi hija en un
-taller ó en una buena casa, ya no me importaría nada. Porque cuando se
-empieza la vida mal...
-
-La conversación tomó entre los tres un giro tétrico, y se contaron sus
-respectivas lástimas. De pronto se oyó la voz de Jesús que gritaba:
-
---¡Socorro! ¡Socorro!
-
---¿Qué le pasa á ese hombre?--preguntó Manuel, y salió al pasillo de la
-taberna.
-
---¡Socorro! ¡Socorro!--seguía gritando Jesús.
-
-Manuel se encontró en el corredor con el mozo de la taberna.
-
---¿Qué hay?--le dijo.
-
---No sé; su compañero debe ser; hace un momento me ha preguntado dónde
-estaba el retrete; no sé qué le habrá pasado.
-
-Entraron en la cocina de la taberna.
-
---Dejadme salir--gritaba Jesús--. ¡Socorro! ¡Socorro! Que me han cerrado
-la puerta.
-
-Y se oía un estrépito de puñetazos y patadas.
-
---Pero si la puerta está abierta--dijo el muchacho--; y efectivamente,
-la abrió, y salió Jesús espantado de dentro.
-
-Manuel no pudo menos de soltar una carcajada al ver á Jesús manchado de
-yeso, con los pelos alborotados, lleno de espanto.
-
-Jesús abrió y cerró la puerta del retrete varias veces para convencerse
-de que estaba abierta, y no replicó.
-
---Vamos á tomar café, y andando--dijo Manuel--, que ya es tarde. A ver
-qué se debe--preguntó al mozo.
-
---A ti no te importa lo que se debe--exclamó Jesús--, porque esto no lo
-paga nadie mas que yo.
-
---¿Pero tienes _jierro_?
-
---Mira--y Jesús enseñó cinco ó seis duros á Manuel.
-
---¿Pero de dónde sacas ese dinero?
-
---Ah... eso no se puede decir... eres muy curioso.
-
---Yo creo que el señor Canuto y tú os dedicais á hacer moneda falsa.
-
---Je... je; tú lo que quieres es averiguar mi secreto..., pero nones.
-
-Tomaron el café, bebieron unas copas de aguardiente y salieron de la
-taberna, Jesús con la mujer pálida, y Manuel con la criada.
-
---¿A dónde quieres ir?--preguntó Manuel á ésta.
-
---Yo, á mi casa.
-
---¿No quieres venir conmigo?
-
---No; yo no soy una perdida. ¿Usted qué se ha figurado?
-
---Nada, mujer, nada. Vete á donde te dé la gana. ¡Adiós!
-
-La muchacha se detuvo; luego llamó:
-
---¡Manuel!
-
---Anda á paseo.
-
---¡Manuel!--volvió á llamar.
-
---¿Qué quieres?
-
---El domingo que viene ¡espérame!
-
---En dónde.
-
---En casa de mi hermana.
-
-La muchacha dió las señas de su casa.
-
---Bueno. ¡Adiós!
-
-La muchacha le presentó la mejilla; Manuel la besó. Trató de abrazarla;
-pero ella huyó riendo. Cuando Manuel llegó á su casa, la Salvadora
-estaba cosiendo aún; Roch, acurrucado en la mesa debajo de la lámpara,
-dormía; por las maderas entreabiertas del balcón se filtraba la claridad
-triste de la mañana.
-
---¿Has estado hablando con ese señor hasta ahora?--preguntó la
-Salvadora.
-
---No.
-
-Y contó lo que había pasado con Jesús.
-
-Como era ya de día, Manuel no se acostó. Al salir, camino de la
-imprenta, vió á Jesús sentado en un portal de la calle de San Bernardo;
-un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba, y le
-dirigía largos discursos.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
- El inglés quiere dominar.--Las razas.--Las máquinas.--Buenas ideas,
- bellos proyectos.
-
-
-Una tarde lluviosa de Febrero, Manuel había encendido la luz en su
-despacho de la imprenta, cuando se detuvo un coche á la puerta, y entró
-Roberto.
-
---¡Hola! ¿Qué tal estás?
-
---Bien, ¿y usted?, ¿qué le trae por aquí con un tiempo tan malo?
-
---Te traigo trabajo.
-
---¡Hombre!
-
---He encontrado á mi antiguo editor, y hablando de sus negocios, me he
-acordado de tu imprenta...
-
---De nuestra imprenta, querrá usted decir.
-
---Es verdad, de nuestra imprenta. Se me quejaba de que le hacían sin
-cuidado los libros. Yo conozco, le he dicho, á un impresor nuevo que
-trabaja bien. Pues dígale usted que venga, me ha contestado.
-
---¿Y qué hay que hacer?
-
---Unos libros con grabados, estadísticas y números. ¿Tú podrás tirar
-grabados?
-
---Sí; muy bien.
-
---Pues vete hoy ó mañana á verle.
-
---Descuide usted; iré. ¡Ya lo creo! Tendré que tomar otro cajista bueno.
-
---¿Y qué? ¿Trabajas mucho?
-
---Sí.
-
---Pero ganas poco.
-
---Es que como los obreros están asociados, se imponen.
-
---¿Y tú, no estabas asociado antes?
-
---Yo, no.
-
---¿No eres socialista?
-
---Pse.
-
---¿Anarquista quizás?
-
---Sí; me es más simpática la anarquía que el socialismo.
-
---¡Claro! Como es más simpático para un chico hacer novillos que ir á
-clase. ¿Y cuál es la anarquía que tú defiendes?
-
---No; yo no defiendo ninguna.
-
---Haces bien; la anarquía para todos no es nada. Para uno sí, es la
-libertad. ¿Y sabes cómo se consigue hacerse libre? Primero, ganando
-dinero; luego, pensando. El montón, la masa, nunca será nada. Cuando
-haya una oligarquía de hombres selectos, en que cada uno sea una
-conciencia, entre ellos la libre elección, la simpatía, lo regirán todo.
-La ley sólo quedará para la canalla que no se haya emancipado.
-
-Un cajista entró con el componedor y unas cuartillas en la mano á hacer
-una pregunta á Manuel.
-
---Iré luego--dijo éste.
-
---No, hombre; vete ahora--repuso Roberto.
-
---Es que quería oirle á usted.
-
---Me quedaré un rato todavía y filosofaremos.
-
-Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó.
-
---Usted también es algo anarquista, ¿verdad?--preguntó á Roberto.
-
---Sí; lo he sido á mi manera.
-
---¿Cuando vivía usted mal quizás?
-
---No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi
-primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba
-de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis
-profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de
-memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es
-un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó
-aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que
-antes.
-
---¿Y por fuera?
-
---¡Por fuera! Si en Inglaterra llego á entrar en política, seré
-conservador.
-
---¿De veras?
-
---¡Claro! ¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir
-obscurecido. No; yo no puedo despreciar ninguna ventaja en la lucha por
-la vida.
-
---Pero usted ha resuelto ya su problema.
-
---En parte, sí.
-
---¿En parte? ¿Pues qué quiere usted más? Tiene usted el dinero que
-quiere; se ha casado usted con una mujer preciosa, bonísima...
-
---Aún queda algo que conseguir.
-
--¿Qué?
-
---El dominio, el poder. Si yo ya no deseara, estaría muerto. En la vida
-hay que luchar siempre; dos células lucharán por un pedacillo de
-albúmina; dos tigres, por un trozo de carne; dos salvajes, por unas
-cuentas de vidrio; dos civilizados, por el amor ó por la gloria... yo
-lucho por el dominio.
-
---¿Y siempre habrá que luchar?
-
---Siempre.
-
---¿No cree usted que vendrá la fraternidad?
-
---No.
-
---¿No se podrá conseguir que deje de haber explotadores y explotados?
-
---Nunca. Viviendo en sociedad, ó es uno acreedor ó es uno deudor. No hay
-término medio. Actualmente, todo hombre que no trabaja, que no produce,
-vive de la labor de otro, ó de otros cien; es indudable; cuanto más rico
-es, más esclavos tiene; esclavos que él no conoce, pero que existen. Y
-mañana sucederá igual; siempre habrá suplementos de hombres que suden
-por el sabio, por la mujer bonita, por el artista...
-
---Tiene usted unas ideas muy negras.
-
---No; ¿por qué? En el porvenir no pueden suceder más que dos cosas: ó
-que á pesar de las leyes que están hechas á beneficio de los débiles, de
-los inmorales, de los no inteligentes, sigan como hasta ahora dominando
-los fuertes, ó que la morralla se imponga y consiga debilitar y acabar
-con los fuertes.
-
---Me chocan mucho las ideas de usted; quisiera verle discutir con el
-Libertario.
-
---¿Quién es el Libertario?
-
---Un amigo mío.
-
---No nos convenceríamos.
-
---¿Por qué?
-
---Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una
-mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del
-individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos
-todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y
-por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa
-lo mismo.
-
---No, á todos no.
-
---A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú
-que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la
-alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace
-el Jerez fuerte y el Rhin suave.
-
---Pero hay anarquistas alemanes.
-
---Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España.
-
---Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí?
-
---Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca
-voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista,
-protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los
-sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el
-resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la
-raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra
-donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma
-tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian
-los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar,
-al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera.
-
---¿Entonces usted da poca importancia á las ideas?
-
---Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los
-hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un
-análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo
-mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho,
-el otro poco; el uno se levanta temprano, el otro tarde... Los obreros
-alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los
-italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las
-teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre
-todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es
-hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es
-anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es
-anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los
-meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor
-sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el
-desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene
-la sociedad.
-
---¿El despotismo?
-
---El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería
-un bien.
-
---¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible.
-
---Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer
-á la violencia.
-
---Es usted más anarquista que yo--dijo riéndose Manuel--. ¿Usted cree de
-veras en esa dictadura?
-
---Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú
-un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy
-á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera, y pusiera un impuesto
-grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y
-metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara
-explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles...
-
---Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto.
-
---Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza.
-
---Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven.
-
---¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta,
-por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó
-del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años,
-volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se
-pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean
-rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles
-estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se
-quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo
-y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya
-está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las
-grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera
-revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la
-concentración, se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda
-transportar y distribuir con un precio económico, las grandes
-aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada
-definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo
-progresivo, hoy en España sería un bien.
-
---Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos.
-
---Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad,
-y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor.
-
---No, no me olvidaré.
-
---Bueno. ¡Adiós, Manuel!
-
---¡Adiós, don Roberto!
-
---Y en eso de la anarquía, tómalo como _sport_; no te metas demasiado.
-
---¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad.
-
---Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas
-perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un
-desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los
-demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós!
-
-Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á
-trotar por la calle.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
- El buen obrero socialista.--Los esparcimientos de Jesús. ¿Para qué
- sirven los muertos?
-
-
-En vez de tomar un cajista como había pensado, lo que hizo Manuel fué
-poner un regente, y no se arrepintió.
-
-Manuel no tenía condiciones para la dirección; además, estaba rendido
-con el trabajo del taller y el corretear por las noches.
-
-El regente que llevó Manuel á su casa tenía unos treinta y tantos años,
-era hombre ilustrado, rechoncho, fuerte, con ideas socialistas. Se
-llamaba Pepe Morales.
-
-Era el tipo del obrero inteligente y tranquilo, trabajaba muy bien, lo
-hacía todo con maña, no se impacientaba nunca y era puntual como un
-reloj. Desde que entró Morales, el trabajo en la imprenta comenzó á
-regularizarse.
-
-Manuel podía estar después de comer algún tiempo charlando.
-
- * * * * *
-
-En el corral de la casa crecía una higuera achaparrada. La Salvadora y
-la Ignacia habían pedido al casero permiso para desempedrar el patio y
-hacer un jardinillo; en un rincón pusieron dos parras y otras plantas
-que el señor Canuto trajo de su huerta.
-
-Los días de buen tiempo bajaban todos al corralillo, seguidos de Kis y
-de Roch. Las gallinas cacareaban; el gallo petulante, con sus ojos como
-los botones de un pantalón, se contoneaba gallardo, y en la guardilla se
-arrullaban las palomas...
-
- * * * * *
-
-A poco de estar en la imprenta, Morales, con su mujer y sus hijos, fué á
-visitar á Manuel. La mujer del regente era muy guapa é hizo grandes
-amistades con la Salvadora. Se contaron una á otra sus apuros y sus
-preocupaciones.
-
-Manuel, mientras tanto, no adelantaba nada en sus negocios amorosos;
-había entre la Salvadora y él algo que les separaba. Muchas veces
-Manuel, por la noche, al acostarse, se decidía á tomar una resolución
-para el día siguiente; pero se levantaba y todos sus planes se le
-olvidaban; le parecía que los detalles menudos de la vida,
-interponiéndose en su camino, le impedían decidirse.
-
---Sin embargo--decía--habrá que resolverse.
-
-Algunas veces pensaba si la Salvadora guardaría algo en el fondo de su
-corazón, si estaría enamorada de otro, y la observaba. Ella notaba la
-observación, y le miraba, como diciendo: No te oculto nada; soy así.
-
---En fin--murmuraba Manuel--, esperaremos á que se arregle la cuestión
-económica.
-
-En ocasiones, sin que Manuel comprendiera el motivo, la Salvadora se
-ruborizaba y sonreía turbada...
-
- * * * * *
-
-Un día, la Salvadora contó á Manuel algo extraño que había visto.
-
---Ayer, por la noche, estaba sin poder dormir, cuando oí que en la
-guardilla andaba Jesús. Escuché, y al poco tiempo sentí pasos muy
-ligeros en la escalera, como de un hombre que va descalzo, y después el
-ruido de la puerta de la calle. Me levanté, me asomé al balcón, y le vi
-á Jesús, calle de Magallanes arriba. Eran las dos de la noche. Me fuí á
-mi cuarto, y estuve escuchando para ver si le oía al volver; pero me
-dormí. Hoy la Ignacia ha sacado la ropa de Jesús para cepillarla, y las
-botas y los pantalones estaban llenos de tierra, como si hubiese andado
-por el campo.
-
---¿A dónde irá ese hombre?--preguntó Manuel.
-
---No sé; pero seguramente no irá á hacer cosa buena.
-
---Nos pondremos en acecho. Si otra vez le oyes que sale, llámame.
-
---Bueno.
-
-Días después, al mediar la noche, sin que nadie le llamara, Manuel se
-despertó. Se oía ruido arriba, en el cuarto de Jesús. Se incorporó en la
-cama, y escuchó largo rato. Se oyeron pasos lentos, leves; después el
-crujido de los peldaños de la escalera. Manuel se levantó, se vistió y
-se acercó á la puerta. El que bajaba en aquel momento salía á la calle.
-Manuel abrió el balcón se asomó y vió á Jesús; luego bajó de prisa las
-escaleras; la puerta estaba entornada.
-
-Adelantó Jesús por el obscuro callejón, convertido en un río de fango, y
-Manuel le siguió á larga distancia. La noche estaba obscura y temerosa;
-caía una lluvia fina y penetrante.
-
-Al llegar al final del pasadizo que formaban las tapias de la calle de
-Magallanes, se oyó un silbido suave que fué contestado por otro.
-
-Al terminar la calle obscura, Jesús volvió hacia la izquierda, pasó al
-lado de la tapia derruida del cementerio, luego se detuvo, miró en
-derredor, por si le seguían, se encaramó en la cerca y desapareció. Al
-poco rato, otro hombre hizo la misma operación. Manuel esperó, por si
-acaso.
-
-Siguió esperando en su acechadero, y viendo que ya nadie aparecía, se
-fué acercando al sitio por donde saltaban. Tuvo la mala suerte de
-meterse en un barrizal. En los pies se le iban formando pellas de barro
-y no avanzaba más que á duras penas. Llegó tras de mucho bregar al sitio
-aquel.
-
-La tapia estaba allí rota, formando un boquete. Manuel se asomó. Se veía
-el cementerio abandonado, con algunas lápidas blancas, que resplandecían
-á la vaga claridad de las estrellas.
-
-No se oía nada. Juzgó Manuel que si quedaba allí le podían descubrir;
-volvió sobre sus pasos, y entró en un antiguo patio del cementerio, ya
-abierto y sin cerca, en donde se levantaban unas casuchas derruidas.
-Manuel recordaba que por allá había una puerta desvencijada que daba al
-campo santo. Efectivamente, la encontró; tenía grandes rajaduras y se
-puso á mirar por una de ellas el interior del cementerio.
-
-En aquel punto sonaron las horas.
-
-Por entre nubarrones apareció en el cielo la luna amarillenta y triste,
-rodeada de un gran cerco; las nubes iban pasando rápidamente por delante
-de ella. De pronto Manuel vió en el cementerio dos bultos; luego el
-viento trajo un rumor lejano de voces.
-
---Tú vas con las letras de bronce á la calle del Noviciado--decía una
-voz--, y yo iré á la calle de la Palma.
-
---Bueno--contestó la otra voz.
-
---Y por la tarde, en el cafetín.
-
-Ya no se oyó más; Manuel vió á la luz de la luna un hombre encaramado
-sobre el sitio derruido de la tapia y luego otro; después pasaron dos
-sombras rápidamente por el camino. Resonaron sus pasos recatados y se
-alejaron. Muy despacio, Manuel salió del escondrijo y regresó por la
-calle de Magallanes. En algunas ventanas brillaba la luz de algunos
-vecinos madrugadores. Manuel se acercó á su casa. La puerta estaba
-cerrada, pero el balcón había quedado abierto.
-
---Vamos á ver si tengo pulso--se dijo Manuel, y se encaramó por la reja
-del taller de Rebolledo hasta agarrarse al hierro del balcón; allá, con
-algún esfuerzo, logró subir. Cerró el balcón y volvió á acostarse...
-
- * * * * *
-
-Al día siguiente, Manuel contó á la Salvadora lo que pasaba. La muchacha
-quedó aterrada.
-
---Pero ¿será verdad? ¿Habrás oído bien?
-
---Sí; estoy seguro. ¿Se ha levantado Jesús?
-
---No; creo que no.
-
---Bueno; pues cuando se levante, dile á la Ignacia que le siga de lejos.
-
---Bueno.
-
-Al volver Manuel á comer, la Salvadora le dijo que Jesús había ido con
-un saco oculto en la capa, á una prendería de la calle del Noviciado.
-
---¿Ves como es verdad?
-
---Pues si le cogen le llevan á presidio.
-
---Hay que quitarle la llave y además asustarle.
-
---Mañana hablad de que se dice por ahí que roban en el campo santo.
-
-En la comida, la Salvadora de sopetón dijo:
-
---Ha habido ladrones en los cementerios de al lado estas noches pasadas.
-
---¿Quién dice eso?--preguntó Jesús inquieto.
-
---Eso han dicho en la calle unas mujeres.
-
---¿Pero qué van á robar ahí? Si no hay nada--murmuró Jesús.
-
---Pueden robar lápidas de mármol--replicó Manuel--, garras de ataúdes,
-crucifijos, lo que suele haber en los cementerios.
-
---¿Y para qué van á robar eso?--repuso Jesús cándidamente.
-
---¿Toma! ¿para qué? Para venderlo.
-
---Esas cosas no valen nada. Ya sé yo por qué han dicho eso.
-
---¿Por qué?
-
---Porque habrán visto al chico ese que va á hablar con la hija del
-conserje.
-
---Yo también he oído--añadió la Ignacia--que en este campo santo se
-robaba. Hasta he oído contar que hace algún tiempo se sacó el cadáver de
-una niña.
-
---¡Bah!
-
---Sí; dicen que se presentó un señor en un coche delante de la puerta
-que hay cerca de las casillas. El señor y otro hombre entraron en el
-cementerio, rompieron un nicho, sacaron una caja, la llevaron al coche,
-la metieron dentro, y salieron echando chispas hacia Madrid.
-
---¿Quién sería ese señor?--preguntó la Salvadora.
-
---Pero si todas esas cosas son mentiras y majaderías--exclamó Jesús
-incomodado--. ¿Quién sabe que robaron ese muerto?
-
---La señora Jacoba, la que vive en una de las casas de la Patriarcal, lo
-decía--contestó la Ignacia.
-
---La señora Jacoba estaría idiota.
-
---No; pues hay hombres que desentierran los muertos para sacarles los
-untos--añadió la hermana de Manuel.
-
---Usted también es imbécil--gritó furioso Jesús--. ¿Usted cree que los
-muertos sirven para algo? Pues no sirven más que para oler mal.
-
---Bueno, no grites tanto--replicó Manuel--; que roban y que se han
-llevado muchas cosas del cementerio, es verdad, y que han avisado á la
-policía, también es verdad; ahora lo del muerto probablemente será
-mentira.
-
-Jesús se calló.
-
- * * * * *
-
-Con el pretexto de que se había encontrado una noche la puerta de la
-calle abierta, al día siguiente encargaron al cerrajero que pusiera una
-cerradura. Jesús no dijo nada hasta unos días después.
-
---¿Por qué se cierra la puerta ahora?--preguntó á Manuel.
-
---Para que no entre nadie.
-
---Bueno; dadme una llave á mí.
-
---No hay más que una.
-
---Mandad hacer otra.
-
---No puede ser.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no queremos que andes en malos pasos.
-
---¿Qué malos pasos?
-
---Ya sabes lo que te quiero decir.
-
---No sé; no te entiendo.
-
---¡Bah! Sí me entiendes.
-
---Como no te expliques más claro.
-
---¿De dónde sueles tener el dinero que gastas?
-
---Hago mis combinaciones.
-
---¿Quieres que te diga una cosa?
-
---¿Qué?
-
---Que tus combinaciones huelen á cementerio que apestan.
-
-Jesús palideció profundamente.
-
---¿Me has espiado, eh?--dijo con voz débil.
-
---Sí.
-
---¿Cuándo?
-
---Hará unos ocho días.
-
---¿Y qué? ¿Qué has visto?
-
---He visto, que tú, el señor Canuto y otros, os vais á ganar el
-presidio.
-
---Bueno.
-
---Te advierto que está avisada la policía.
-
---Ya lo sé.
-
---¡Parece mentira; el señor Canuto metido en eso! Yo que lo creía una
-buena persona.
-
---¿Y qué? ¿No se puede ser una buena persona y aprovecharse de lo que no
-sirve para nadie? ¿Para qué quieren _ellos_ el cobre, las lápidas, ni lo
-demás?
-
---Hombre... para nada.
-
---¿Pues entonces?... la gente está llena de preocupaciones...
-
---Sí; pero eso de abrir una sepultura... es muy grave. ¡Rediez!
-
---Todos los días traen momias á los museos y las venden, y nadie se
-indigna.
-
---No es igual. Esas momias murieron hace tiempo.
-
---Y los chicos de San Carlos, ¿no abren á los muertos _frescos_ y les
-cortan las orejas y el corazón?
-
---Pero eso es para estudiar.
-
---Y lo nuestro para comer, que es más serio... Hacemos como Ravachol.
-
---¿También Ravachol se dedicaba á robar sepulturas?
-
---Sí; no tenía supersticiones como vosotros.
-
---¿Y cuánto tiempo hace que desvalijáis ese cementerio?
-
---Cerca de un año.
-
---¿Y habéis apañado muchas cosas?
-
---Psch... la mar de porquerías... lápidas de mármol, verjas, cadenas de
-hierro, asas de metal, crucifijos, bustos, candelabros, letras de
-bronce... la Biblia en verso.
-
---¿Y dónde habéis vendido tanta cosa?
-
---En las prenderías. En un cafetín teníamos el centro de operaciones.
-
---Bueno; pues ya sabéis, la policía anda rondando. Avísale al señor
-Canuto.
-
---No; si ya lo sabe.
-
-Unos días después le dijo Jesús á Manuel:
-
---¿Quiéres darme diez duros?
-
---¿Para qué?
-
---Para irme al Moro.
-
---¿Al Moro?
-
---Sí; voy á Tánger. Os dejaré en paz.
-
---¿Y qué vas á hacer allá?
-
---Eso es cuenta mía. ¿Tú me das el dinero?
-
---Sí, hombre; ahí tienes los diez duros.
-
---¡Gracias! ¡Que os vaya bien!
-
---¿Pero cuándo te vas?
-
---Hoy mismo.
-
---¿No quieres despedirte de la Salvadora?
-
---No; ¿para qué?
-
---Como quieras--le dijo Manuel fríamente.
-
-[Iillustration]
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
- El francés que canta.--El protylo.--Cómo se llegan á tener las
- ideas.--Sinfonía en rojo mayor.
-
-
-Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la Aurora
-Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés y un
-ruso.
-
-El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos,
-los pómulos salientes y una perilla de chivo.
-
-Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias
-ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El
-era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque
-hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran
-incomprensibles.
-
---¿Y no tienes familia, compañero?--le preguntó alguno.
-
---Sí--contestó él--, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis
-hermanos, ahorcados en un jardín reducido.
-
-Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y
-cantó la canción del _Pere Duchesne_, á la cual el terrible anarquista
-había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en
-Montbrison.
-
-Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando
-á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar:
-
- Peuple trop oublieux
- Nom de Dieu.
-
-Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los
-burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera
-generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra,
-y todo esto acentuado por vigorosos _Nom de Dieu_. Terminaba la canción,
-diciendo:
-
- Coupe le curé en deux
- Nom de Dieu
- Et le bon Dieu dans la merde
- Nom de Dieu
- Et le bon Dieu dans la merde.
-
-Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de
-café-concierto de Bruant y de Rictus...
-
- * * * * *
-
-Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste
-comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de
-esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el
-pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era muy pálido; en el
-cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y
-negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta
-indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de
-castellano, de italiano y de francés.
-
-Su conferencia fué de un carácter opuesto á la de Caruty.
-
-La del francés, todo arte, y la del ruso, todo ciencia.
-
-Para Ofkin, la cuestión social era una cuestión de química, de creación
-de albuminoides por síntesis artificiales. Transformar pronto las
-substancias inorgánicas en orgánicas: ésta era la base para resolver la
-lucha por la vida. Que tantos millones de hombres inorganizan tanta
-cantidad de substancia orgánica, pues todo es cuestión de volver á
-organizarla. Esto aseguró el ruso que se había hecho ya; se estaba
-trabajando en crear el protylo, una substancia protoplasmática primitiva
-parecida al bathibyus de Haeckel, con vida y crecimiento. De aquí á la
-creación de la célula, no había más que un paso.
-
-El auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto
-como el judío ruso; se miraron todos, unos á otros, un poco asombrados.
-A Manuel le produjo el efecto de que la anarquía de aquel señor era
-también algún producto químico, encerrado en un frasco.
-
-Un domingo de Abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero,
-huyendo de la lluvia, unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa.
-
---¿Y Maldonado?--preguntó Manuel al llegar y notar su falta.
-
---Ya no viene--dijo Prats.
-
---¡Hombre, me alegro!
-
---Todos dicen lo mismo--exclamó el Madrileño--. Maldonado es el tipo del
-republicano español. ¡Son admirables esos tíos!
-
---¿Por qué?--dijo el Bolo.
-
---Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser
-aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo;
-se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan
-de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna...
-¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas...
-y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer
-en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A
-nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos...
-
---¡Qué mala intención tienes!--dijo el Bolo, que era anarquista con
-simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso.
-
---Yo no he estado nunca en el Congreso--replicó el Madrileño.
-
---Ni yo--añadió Prats.
-
---Yo sí--repuso el Libertario.
-
---¿Y qué?--le preguntaron.
-
---¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una
-cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro
-grita...
-
---¿Y el Senado?
-
---¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.
-
---¡Qué guasón!--dijo el Bolo.
-
-Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y
-preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería,
-volvió al juego de bolos.
-
-Hablaba en aquel momento el Libertario:
-
---¿Cómo se llega á tener las ideas?--decía--. ¿Quién lo sabe?... Hace ya
-algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un
-mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura.
-
---¿No me conoce usted?--me dijo con un acento andaluz cerrado.
-
---No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco.
-
---¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del
-pueblo?
-
---¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí?
-
---Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las
-minas.
-
---¿Y en el pueblo?
-
---Aquello está muerto. Allá no se puede vivir.
-
---¿Y qué piensas hacer?
-
---Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la
-travesía de Burdeos á la Habana.
-
-Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de
-anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi
-paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el
-chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz.
-Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El
-dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos,
-pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones
-anarquistas.
-
-Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le
-entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita...
-
---¿Sería ésta?--preguntó Caruty, y se puso á cantar:
-
- Dame dynamite
- que l'on danse vite
- chantons et buvons
- et dinamytons
- dynamite, dynamite
- dinamytons.
-
---Eso es--dijo el Libertario--. Eso de «dynamitons» entusiasmaba á mi
-paisano.
-
---¿Qué quieren _eztos_?--me decía.
-
---Derribarlo todo--le contestaba yo.
-
---_¿Tó?_
-
---¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo!
-
---¡Qué _gachos_!--decía él, con una admiración de salvaje...
-
-Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos
-meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en
-París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas
-organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza
-iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con
-levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego
-venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando,
-amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de
-taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía.
-Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo
-llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando
-_Les Lampions_, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces
-seguidas:
-
---¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola!
-
-Se oían también gritos chillones de ¡Viva la Anarquía!, y el público
-comenzaba á correr asustado.
-
-En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales,
-y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á
-empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre
-el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera
-retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo
-me paré á ver en qué terminaba aquello.
-
-Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se
-irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar _La Marsellesa_
-como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la
-avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo
-me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar.
-
-Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi
-paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El
-muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna
-distancia, _La Marsellesa_, cantada por miles de personas, resonaba como
-una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera
-roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña
-sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron
-silenciosos.
-
-En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los
-labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la
-lluvia suave de la primavera...
-
---Ese no era más que un sentimental--dijo de pronto Prats.
-
---¿Y qué?--preguntó Juan.
-
---Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar.
-
---En todo lo que se cree, se cree lo mismo--contestó Juan.
-
- * * * * *
-
---Yo--dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un
-griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el
-grupo--conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en
-un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas
-platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo,
-fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y
-salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde
-colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y
-el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al
-puerto y tiraron las bombas al mar.
-
---¿Y Angiolillo?--preguntó Juan.
-
---Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy
-seco, muy fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero.
-Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar
-aquello de un hombre tan suave y tan tímido!
-
---¡Ese era también un sentimental!--exclamó Prats.
-
---Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución--repuso
-el Libertario.
-
---Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás--añadió Prats.
-
---¡Claro! Como que era catalán--dijo con sorna el Madrileño.
-
---Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses,
-ni traidores, como los italianos.
-
---¿Y los andaluces?--preguntó el Madrileño?
-
---¿Los andaluces? Son como los demás españoles.
-
---¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois!
-
---Nosotros somos catalanes.
-
---¡Qué necedad!--exclamó el Madrileño.
-
---No--murmuró el Libertario--. Cada uno tiene el derecho de ser de donde
-le dé la gana.
-
---No; si yo no niego ese derecho--replicó el Madrileño--; yo lo que
-quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser
-paisano nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser
-paisanos de los catalanes.
-
---Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios--siguió diciendo el
-catalán, haciendo como que no oía la observación--; lo mismo los
-andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen
-el instinto de la _revolta_...
-
---Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente
-autoritaria...--comenzó á decir el Madrileño.
-
---¿Y Pallás?--interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á
-decir algo desagradable para el catalán--. ¿Era templado Pallás?
-
---Sí, era... ya lo creo.
-
---Se achicó también--dijo el Madrileño--, y aquí está el Libertario que
-lo vió.
-
---Sí, es verdad--dijo, el Libertario--; los últimos días en la cárcel se
-descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la
-apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos
-despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.--Yo
-quisiera--dijo Pallás--que después de muerto, llevaran mi cerebro á un
-museo para que lo estudiaran.--Será difícil--le contestó el médico
-fríamente.--¿Por qué?--Porque los tiros se los darán á usted,
-probablemente, en la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás
-palideció y no dijo nada.
-
---Es que sólo con la idea hay para ponerse malo--saltó diciendo Manuel.
-
---¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!--exclamó Prats.
-
---Sí, luego ya se animó--dijo el Libertario--. Le estoy viendo al salir
-al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo,
-el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las
-culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás.
-
-Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción,
-una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor
-Canuto hacía más gestos que de costumbre.
-
---¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?--preguntó
-Perico Rebolledo.
-
---Sí--contestó Prats--; la venganza fué terrible; ya lo había dicho
-Paulino Pallás.
-
---Yo lo vi--saltó diciendo Skopos.
-
---¿Estabas dentro?
-
---Sí; fuí al Liceo á ver al director de un periódico que me había
-encargado le hiciese unos dibujos. Tomé una delantera de paraíso, y
-busqué con la vista al director hasta que lo vi en una de las butacas.
-Bajé y me puse á esperarle en una puerta. Tardaba en acabar el acto, yo
-estaba atento á que saliera la gente, cuando oigo una detonación sorda y
-sale una llamarada por la puerta. Me figuré que habría pasado algo; pero
-algo de poca importancia, un cable de luz eléctrica fundido ó una
-lámpara rota; cuando veo venir hacia mí un turbión de gente espantada,
-con los ojos desencajados, empujándose y espachurrándose unos á otros.
-La ola de gente me echó fuera del teatro; pregunté, en la calle á dos ó
-tres lo que pasaba; nadie lo sabía. Yo estaba sin sombrero y sin abrigo,
-y entré á recogerlos. Subo, y un acomodador me pregunta, temblando, qué
-era lo que quería; le digo que buscaba mi gabán, lo encuentro, y
-entonces se me ocurre mirar hacia la sala. ¡Cristo! La cosa era
-terrible; me pareció que había cuarenta ó cincuenta muertos. Bajé á las
-butacas. Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se
-veían los cuerpos rígidos, con la cabeza abierta, llenos de sangre;
-otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la
-mar de señoras desmayadas, y una niña de diez ó doce años muerta.
-Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca
-empapada en sangre, ayudaban á trasladar los heridos... era imponente.
-
---Pero hubiera sido aún más terrible si llegan á hacer lo que querían,
-que era apagar las luces del teatro antes de echar las bombas--dijo
-Prats.
-
---¡Qué barbaridad!--exclamó Manuel.
-
---A obscuras hubieran muerto todos--añadió riendo Prats.
-
---No--exclamó Manuel levantándose--; de eso no se puede reir nadie, á no
-ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara.
-
---Eran burgueses--dijo el Madrileño.
-
---Aunque lo fueran.
-
---Y en la guerra, ¿no matan los militares á gente inocente?--preguntó
-Prats--. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?
-
---Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.
-
---Este, como ya tiene su imprenta--dijo el Madrileño con sorna--, se
-siente burgués.
-
---Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.
-
---Una de las bombas no estalló--dijo Skopos--, cayó sobre una mujer
-muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor.
-
---¿Y quién hizo esta bestialidad?--preguntó Perico Rebolledo.
-
---Salvador.
-
---Ese sí que tendría las entrañas negras...
-
---Debía ser una fiera--dijo Skopos--. El se escapó del teatro en el
-momento del pánico, y al día siguiente, cuando el entierro de las
-víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de
-Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la
-comitiva.
-
---No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así--dijo
-Manuel.
-
---Mientras estuvo preso--siguió diciendo Skopos--hizo la comedia de
-convertirse á la religión. Los jesuítas le protegieron, y allí anduvo un
-padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se
-interesaron también por él, y él se figuraba que le iban á indultar...
-pero cuando le metieron en capilla y vió que el indulto no venía, se
-desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase
-hermosa: «¿Y tus hijas?--le dijeron--. ¿Qué va á ser de tus pobrecitas
-hijas? ¿Quién se va á ocupar de ellas?» «Si son guapas--contestó él--,
-ya se ocuparán de ellas los burgueses.»
-
---¡Ah!... Es bien... Es bien--gritó Caruty, que hasta entonces había
-estado silencioso é inmóvil--. Es bien... _le grand canaille_... Es
-bien... Es una frase...
-
---Yo asistí á la ejecución de Salvador--siguió diciendo Skopos--desde un
-coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose... pero ¡la
-vanidad lo que puede!... el hombre vió un fotógrafo que le apuntaba con
-la máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreir... Una
-sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo
-le dió ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el
-verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un
-pañuelo negro y se acabó... Yo esperé á ver la impresión que producía á
-la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la
-figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece
-mentira.
-
-Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de
-los de Chicago... Había obscurecido y siguieron hablando... Ya no eran
-las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su
-humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de
-religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo á la superficie, su
-fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la
-frase rotunda y el gesto gallardo...
-
-Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.
-
-Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en la Aurora Roja.
-Unos contagiados por otros iban llegando... Y crecía el grupo anarquista
-libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria...
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
- Un paraíso en un campo santo.--Todo es uno y lo mismo.
-
-
-Bastante tiempo después de la partida de Jesús, una noche, desde casa de
-Manuel, se oyeron tiros.
-
---¿Qué habrá pasado?--se preguntaron todos.
-
---Quizás sean matuteros--dijo la Ignacia.
-
---También se ha dicho que andaban unos ladrones robando alambre del
-telégrafo--advirtió Manuel.
-
-Pasados unos días, se supo que los guardias habían sorprendido á unos
-cuantos ladrones en el cementerio de la Patriarcal. Al huir, les echaron
-el alto, y viendo que no se paraban, dispararon. A los disparos, los
-merodeadores se detuvieron asustados y los guardias prendieron al
-Corbata y al Rubio, y como no declaraban, les arrimaron á cada uno de
-ellos una paliza monumental, hasta que cantaron de plano.
-
-Por la noche, al volver Manuel á casa, se encontró en la puerta con un
-hombre, cuya presencia le sobrecogió. Era Ortiz, el polizonte, vestido
-de paisano.
-
---¡Hola, Manuel! ¿Qué tal estás?--le dijo.
-
---Bien--contestó Manuel secamente.
-
---Ya sé que trabajas, que vas marchando. ¿Y la Salvadora?
-
---Está buena.
-
---¿Y Jesús?
-
---Ya hace unos días que no le hemos visto.
-
---¿Sabes que han robado en ese cementerio?
-
---No; no sabía nada.
-
---¿No habéis notado algo desde vuestra casa?
-
---No.
-
---Pues ya llevan mucho tiempo robando. Es raro que...
-
---No, no es raro; porque yo no me ocupo de lo que hacen los demás.
-¡Adiós!
-
-Y Manuel se metió en el portal.
-
---Si preguntan por aquí algo--le dijo Manuel á la Salvadora y á la
-Ignacia--, no digáis ni una palabra.
-
-Todo el barrio se conmovió con la noticia. Se volvió á hablar de muertos
-robados, y se supieron detalles cómicos y macabros. Un larguero de
-mármol, de una sepultura, había ido á parar á una tienda de quesos; las
-letras de bronce de los nichos, estaban en algunos escaparates de
-tiendas lujosas. Se dijo que Jesús y el señor Canuto eran los directores
-de la banda.
-
-Por la noche, el jorobado le dijo á Manuel:
-
---He tenido carta del señor Canuto.
-
---¿Sí? ¿dónde está?
-
---En Tánger, con Jesús; de buena se han escapado los dos.
-
---Pero robaban, ¿eh?
-
---Sí, hombre. Todo lo que podían. El señor Canuto vivía ahí hecho un
-príncipe. Ahora yo á los de la policía, les he dicho que no sabía nada.
-Que averigüen ellos si pueden. El señor Canuto había convertido el
-cementerio en un paraíso.
-
---Sí, ¿eh?
-
---Sí. ¡Ya lo veo! Tenía su cosecha deplantas medicinales que vendía á
-los herbolarios, y con las malvas, su mujer hacía emplastos y bizmas. En
-una época, el señor Canuto y Jesús, suministraron de caracoles á los
-ventorrillos, hasta que acabaron con todos los del cementerio. ¡Las
-cosas que no han pensado! ¡Qué puntos! En un charco tenían galápagos, y
-sanguijuelas en otro. Luego se les ocurrió poner conejos para criarlos y
-cogerlos á lazo, pero se les escapaban por los agujeros de los nichos.
-¡Si llevaban una vida pistonuda! ¿Que no tenían dinero? Pues ¡hale!
-desenterraban un ataud, y vendían todo lo que encontraban.
-
- * * * * *
-
-Dos días después, un domingo por la tarde, fué el Juzgado al cementerio,
-y Ortiz llamó á Manuel y á Rebolledo para que les acompañaran.
-
-No se notaba la devastación llevada á cabo por el señor Canuto y Jesús;
-el cementerio de por sí se encontraba ya bastante arruinado.
-
-En algunos puntos la tierra estaba removida; cerca de un pozo se
-advertían aún los cuadros de hortalizas labrados por el señor Canuto, y
-en ellos la hierba era más verde y jugosa.
-
-El juez hizo algunas preguntas á Rebolledo, que le contestó con su gran
-habilidad. Juntos recorrieron el cementerio. Estaba todo talado, las
-sepulturas rotas, las lápidas de los nichos arrancadas.
-
-Reinaba en los patios un gran silencio.
-
-De los techos colgaban trozos de cascotes sostenidos por tomizas
-podridas. En las paredes, debajo de las arcadas, aparecían los nichos
-abandonados y rotos, cubiertos de polvo. Pendían de un clavo coronas de
-siemprevivas, de las que no quedaba más que su armazón; allí se veían
-cintajos y lazos deshechos; aquí una fotografía descolorida, cubierta
-con un cristal convexo, un ramo arrugado y seco, ó el juguete de algún
-niño.
-
-Por un corredor obscuro, una verdadera catacumba, repleta á un lado y á
-otro de nichos, salieron al segundo patio.
-
-Era éste tan ancho como una plaza; una pradera salvaje limitada por
-ruinosos tapiales.
-
-El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín
-frondoso; de un erial desnudo, había hecho un parque dedicado á la
-silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó,
-fecundándolo con su lluvia de gérmenes, en un mundo vivo; en una selva
-espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de
-espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.
-
-Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos
-borraron lentamente toda huella humana.
-
-Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados; las ramas crecían con
-libertad; ya no quedaba silencio; los pájaros piaban en los árboles.
-Junto á las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las
-campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún
-rosal silvestre.
-
-Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las
-ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de
-piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el
-follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían envueltas en plantas
-trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.
-
-Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y
-azules, y junto á sus tallos y á sus hojuelas verdes, se veían pedazos
-de ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de
-los niños.
-
-En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida,
-corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.
-
-Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas,
-nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre
-su ramaje podrido, salían pájaros de colores, que volaban como flechas
-por el aire de invierno, ligero y sutil...
-
-De este patio pasaron á otro que daba hacia una explanada frontera al
-Tercer Depósito. Llegaba hasta allá el rumor de los organillos de los
-merenderos próximos; silbaban los alambres del telégrafo al ser movidos
-por el viento, y á veces se oía el cacareo de algún gallo y el silbido
-de algún tren.
-
-Unas vacas rojas pastaban en aquellos campos.
-
---¿Y esas vacas?--preguntó el juez.
-
---Son de una vaquería de la calle de Magallanes--dijo el conserje.
-
---Este terreno, ¿no pertenece al cementerio?
-
---Sí; pero lo tiene arrendado el cura. Ya hace mucho tiempo que no se
-entierra aquí.
-
---El cura también es un punto--dijo Rebolledo á Manuel--; se ha llevado
-las puertas de hierro de la capilla á una posesión suya. Volvieron el
-juez y el actuario á reconocerlo todo de nuevo y al avanzar la tarde se
-retiraron.
-
-Manuel, Ortiz y Rebolledo salieron los últimos.
-
-Iba anocheciendo; un aire de tristeza y de ruina, llenaba el cementerio;
-á lo lejos de las hierbas húmedas, de color de esmeralda, brotaban
-ligeras neblinas...
-
- * * * * *
-
-Ortiz se acercó á Manuel.
-
---¿Sabes?--le dijo--. Ya le cogimos al Bizco.
-
---¿Sí? ¿Cuándo?
-
---Hará unos meses. No te puedes figurar quién me ayudó á cogerlo.
-
---No.
-
---Un amigo tuyo.
-
---¿Quién?
-
---El Titiritero... aquel viejo.
-
---¿Don Alonso?
-
---Sí. Había entrado en la policía.
-
---¿Y sigue ahí?
-
---No; creo que murió.
-
---Pobre. ¿Y el Bizco?
-
---El Bizco tiene para rato. Probablemente le condenarán á muerte.
-
---¿No le han juzgado todavía?
-
---No. Si quieres verle...
-
---¡Yo! ¿Para qué?
-
---Al fin y al cabo ha sido amigo tuyo.
-
---Es verdad. ¿Y cuándo le juzgarán?
-
---Dentro de unos días. En los periódicos lo podrás ver.
-
---Quizás vaya. ¡Adiós!
-
---Adiós. Si vas; avísame.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
- Cómo cogieron al Bizco y no vino la buena.--Nunca viene la buena
- para los desdichados.
-
-
-Don Alonso de Guzmán Calderón y Téllez, había encontrado la manera de
-ganarse la vida en el Cinematógrafo Salomón, por otro nombre el
-Cinecromovidaograph. El dueño del Cinecromovidaograph era Salomón, no
-precisamente el del templo, sino un hombre chiquito y malhumorado,
-barbudo y de color de cobre, que se llamaba ó se hacía llamar así. Este
-hombre, cuyo hígado debía tener proporciones impropias de un hígado
-modesto y normal, vivía con su mujer y dos hijas en una barraca de su
-propiedad, que se armaba y se desarmaba y para viajar tenía un carretón,
-una _roulotte_, tirada por un caballo normando.
-
-Salomón podía haber sido feliz; el _cinecromo_ daba mucho dinero; los
-negocios marchaban bien, y sin embargo, Salomón era desgraciado.
-
-La causa de su desgracia eran las mujeres. Ya su tocayo, el rey sabio,
-lo había dicho: «La mujer es más amarga que la muerte.»
-
-¿Es que la señora de Salomón se había permitido faltar á la fe jurada
-en el altar á su dueño y señor? Jamás. ¿Es que Salomón trataba de libar
-la felicidad en el corazón de otras mujeres? Nunca. Salomón era fiel á
-su consorte, la divina Adela. La divina Adela era fiel á Salomón. Pero
-la divina Adela tenía un genio irresistible.
-
-La divina Adela procedía de una capa social más elevada que su marido.
-La divina Adela era hija de un pedagogo, de un hombre de esos que
-enseñan á los chicos la historia de España y el postulado de Euclides.
-
-Ahora bien, de enseñar el postulado de Euclides á enseñar un
-cinematógrafo, ¡qué abismo! La divina Adela había medido con sus ojos
-este abismo. A los diez años de casada, su _mesalliance_, como decimos
-en el mundo diplomático, la obsesionaba y la tenía irritada y nerviosa.
-
-Si su marido pedía una camiseta, la divina Adela se horrorizaba; si
-lanzaba una interjección fuerte, le daba un ataque de nervios. La divina
-Adela tenía á Salomón por un hombre cruel, despótico, grosero, á quien
-ella, á pesar de todo, amaba.
-
---¿Para qué me he casado yo con este hombre, con este
-saltimbanqui?--preguntaba de vez en cuando con la vista en el vacío--.
-Venid aquí, hijas mías--les decía á sus niñas--, con vuestra madre.
-
-Don Alonso estaba con Salomón de criado y de voceador del cinematógrafo.
-Tenía un frac y unos pantalones encarnados, una comida regular... lo
-bastante para ser feliz. Era un buen escenario para que don Alonso
-luciese sus habilidades. Allí, á la puerta de la barraca, el hombre
-tiraba diez ó doce bolas al alto y las iba recogiendo rápidamente; hacía
-luego danzar por el aire una botella, un puñal, una vela encendida, una
-naranja y otra porción de cosas.
-
---¡Entrad, señores, á ver el cinecromovidaograph!--gritaba--. Uno de los
-adelantos más grandes del siglo XX. Se ven moverse á las personas.
-¡Ahora es el momento! ¡Ahora es el momento! Va á comenzar la
-representación. ¡Un real! ¡Un real! Niños y militares, diez céntimos.
-
- * * * * *
-
-Entre las películas del cinecromovidaograph había: La marcha de un tren;
-La escuela de natación; Un baile; La huelga; Los soldados en la parada;
-Maniobras de una escuadra, y además varios números fantásticos. Entre
-éstos los más notables eran uno de un señor que no puede desnudarse
-nunca, y otro de un hombre que roba y á quien le persiguen dos
-polizontes, y se hace invisible y se escapa de entre los dedos de sus
-perseguidores y se convierte en bailarina y se ríe del juez y de los
-guardias.
-
-Una mañana, camino de Murcia, tuvo Salomón la mala idea de detenerse en
-un pueblo próximo á Monteagudo.
-
-El alcalde del pueblo entendió que debía ver la representación para
-prestar ó no su consentimiento al espectáculo.
-
-En vista de que en el público abundaba el elemento rico, Salomón pensó
-que debía suprimirse el cuadro de La huelga. Se representaron los demás
-cuadros con aplauso; pero al llegar al Ladrón invisible, el alcalde,
-hombre religioso, católico y dedicado á la usura, afirmó en voz alta que
-era inmoral que no cogieran á aquel bandido.
-
---Que vuelvan á hacerlo, pero que le cojan al ladrón--dijo en voz alta.
-
---Es imposible, señor alcalde--replicó don Alonso.
-
---¡Cómo que es imposible!--repuso el alcalde--. O se hace eso ó los
-llevo á ustedes á la cárcel. A escoger.
-
-Don Alonso quedó sumido en un mar de confusiones, y estimó, como lo más
-oportuno, apagar las luces, para dar á entender que se había acabado la
-representación. Nunca lo hubiera hecho.
-
-Los espectadores, furiosos, se lanzaron contra él. Don Alonso escapó
-fuera de la barraca. ¡A ese!--gritó un chico al verle ¡A ese!--gritaron
-unas mujeres, y hombres y mujeres, y chicos y perros, echaron á correr
-tras él. Don Alonso salió del pueblo. Cruzó volando unos rastrojos.
-Comenzaron á llover piedras á su alrededor. Afortunadamente se hacía de
-noche y los salvajes del pueblo, pensando en su cena, abandonaron la
-cacería. Cuando se vió solo, don Alonso, rendido, se tiró en la tierra.
-El corazón le golpeaba como un martillo en el pecho.
-
- * * * * *
-
-Lo encontró en la carretera al día siguiente la guardia civil. Con su
-frac negro lleno de barro, don Alonso tenía todas las trazas de un
-hombre escapado de un manicomio.
-
---¿Quién es usted?--le dijeron los civiles.
-
-Don Alonso contó lo que le había ocurrido.
-
---¿Tiene usted cédula?
-
---Yo no, señor.
-
---Entonces venga usted con nosotros.
-
-Les siguió don Alonso, aunque estaba molido, hasta un pueblo próximo.
-Allí los guardias, le entregaron al alguacil y éste le metió en la
-cárcel, donde pasó la noche.
-
---Pero ¿por qué me detienen á mí?--preguntó varias veces el pobre
-hombre.
-
---Como no tiene usted cédula...
-
-Al día siguiente le sucedió lo mismo, y así, por tránsitos de la guardia
-civil, comiendo rancho, durmiendo de cárcel en cárcel, vestido de
-harapos, entre basura y piojos, don Alonso llegó á Madrid. Lo llevaron
-al Gobierno civil y le presentaron á un señor. Interrogado por él, le
-contó sus cuitas, con un acento tal de verdad, que el hombre se
-compadeció y le dejó marcharse.
-
---Si no encuentra usted destino, añadió el señor--quizás le pueda yo
-proporcionar algo.
-
-Don Alonso escribió á Salomón, pero éste no le contestó. Fué repetidas
-veces al Gobierno civil, y una de ellas el señor aquel le dijo:
-
---¿Quiere usted ser de la policía?
-
---Hombre...
-
---Dígame sí ó no, porque si no, le doy el cargo á otro.
-
---Sí, sí; yo no sé si tendré condiciones...
-
---¿Quiere usted, sí ó no?
-
---Sí, señor.
-
---Entonces, dentro de unos días tendrá usted el nombramiento.
-
-Por esta serie de circunstancias, don Alonso fué de la policía.
-
- * * * * *
-
-Meses después de su ingreso en las huestes del Gallo, don Alonso tuvo
-que entrar en campaña. Una noche, en el soto de Migascalientes, cerca de
-la Virgen del Puerto, encontraron una mujer muerta, con una puñalada en
-los riñones. Era una mujer ya de cierta edad, llamada la Galga; una
-desdichada que ganaba algunos céntimos por aquellos andurriales.
-
-Al día siguiente, la policía detuvo en un merendero á un randa, á quien
-le decían el Chaval.
-
-Muchos le habían visto repetidas veces con la Galga; todos los indicios
-estaban contra él.
-
-Prendieron al mozo, que al principio negó con energía su participación
-en el crimen; pero al último confesó la verdad.
-
-El no era el asesino. La Galga tenía dos amantes, uno él y otro el
-Bizco. El Bizco le había amenazado varias veces á él si no dejaba á la
-Galga, y un día se habían desafiado; pero al llegar al lugar del
-desafío, el Bizco le dijo que la Galga les engañaba á los dos.
-
-Se le había visto con uno á quien llamaban el Malandas, en un merendero.
-El Bizco y el Chaval decidieron castigar á la Galga, y el Bizco la citó
-en el Soto.
-
-Era un día encapotado y frío. Al presentarse la Galga, salieron juntos
-el Chaval y el Bizco. El Bizco se lanzó sobre ella, y le pegó un
-puñetazo en la cara, ella volvió la espalda, y entonces él, sacando una
-navaja, se la hundió por los ríñones. Esto era lo que había ocurrido.
-
-Don Alonso y Ortiz fueron los encargados de seguir la pista al Bizco.
-Tenían confidencias de que se le había visto después del crimen, una vez
-en el puente de Vallecas y otra en la California.
-
---Usted--le dijo Ortiz á don Alonso--hace lo que yo le diga, nada más.
-
---Está bien.
-
---Hay necesidad de cogerle á ese hombre cuanto antes.
-
-El primer día registraron los dos el Cuartelillo de la plaza de
-Lavapiés, la Casa del Cura, de la calle de Santiago el Verde, los
-rincones de la Huerta del Bayo, y las tabernas de la calle de Peña de
-Francia y de Embajadores, hasta el Pico del Pañuelo. Al anochecer se
-sentaron á descansar en el merendero de la Manigua.
-
---¿A que no sabe usted por qué le llaman á esto la Manigua?--le dijo
-Ortiz á Don Alonso.
-
---No.
-
---Pues es muy sencillo. Viene la gente aquí, bebe este vinazo, se
-emborracha y vomita... y claro, tienen el vómito negro... por eso se
-llama la Manigua.
-
-Fuera de este descubrimiento, no hicieron ningún otro relacionado con
-sus pesquisas.
-
-Al día siguiente, muy de mañana, se metieron los dos por la calle del
-Sur.
-
---Vamos á ver si aquí nos enteramos--dijo Ortiz señalando una taberna.
-
-Entraron en una tabernucha próxima á unos campos santos. Ortiz conocía
-al tabernero, y hablaron los dos de los buenos tiempos en que se pasaba
-el vino de matute á carros.
-
---Aquello era un negocio, ¿eh?--exclamó Ortiz.
-
---Sí, era--dijo el tabernero--; entonces se veía aquí _luz divina_.
-Ganaban lo que querían.
-
---Y tranquilamente.
-
---Me parece. Aquí se detenían los matuteros y los mismos de consumos les
-acompañaban á dejar el contrabando. Hubo días que se metieron en la
-bodega de esta casa más de treinta cubas.
-
---¿Usted habrá hecho su pacotilla?--preguntó don Alonso.
-
---¡Quia, hombre! Eso era en tiempo del que me traspasó la taberna.
-Cuando tomé yo esto, estaban arrendados los Consumos; pusieron esa fila
-de estacas altas, entre la vía y las casas, y ahora no entra ni un
-cuartillo de vino sin pagar.
-
-Preguntó Ortiz por el Bizco, de pasada, pero el tabernero no le conocía,
-ni había oído hablar de él.
-
-Salieron los dos polizontes de la taberna, y en vez de seguir por el
-camino de Yeseros, fueron por la margen del arroyo de Atocha, hasta el
-punto en que éste vierte sus aguas sucias en el Abroñigal. Pasaron por
-debajo de un puente del ferrocarril, y siguieron remontando el curso del
-arroyo. En la orilla, en medio de un huerto, se levantaba una casucha
-blanca con un emparrado. En la pared, encalada, se leía un letrero
-trazado con mano insegura: «Ventorro del Cojo».
-
---Vamos á ver si aquí saben algo--dijo Ortiz.
-
-Un raso empedrado con cantos, con una higuera en medio, había delante de
-la puerta del ventorrillo. Entraron. En el zaguán, un hombre de malas
-trazas y de mirada torva, que estaba sentado en un banco, hizo un
-movimiento de sorpresa y de desconfianza al ver á Ortiz.
-
-Este no se dió por enterado; pidió dos copas en el mostrador, á una
-mujer flaca y negruzca, y con el vaso en la mano, y mirando al hombre de
-reojo, le preguntó:
-
---¿Y qué tal por el ventorro del Maroto?
-
---Bien.
-
---¿Se reune buena gente por allá?
-
---Tan buena como en cualquier otra parte.
-
---¿Sigue andando por ahí el Bizco?
-
---¿Qué Bizco?
-
---El Bizco, hombre... ese rojo...; demasiado que lo conoce usted.
-
---Ese nunca ha ido por el ventorro del Maroto, sino por el Puente.
-
-Ortiz vació la copa, se limpió los labios con el dorso de la mano, y
-saludando á la ventera salió de allá.
-
---Este gachó--dijo en voz baja á don Alonso--, mató á un segador, y se
-salvó del presidio no sé cómo.
-
---Parece que nos sigue--murmuró don Alonso, mirando hacia atrás.
-
---No nos vaya á hacer la santísima--exclamó Ortiz, y sacando el revólver
-del cinto esperó un instante.
-
-El hombre del ventorro del Maroto se había apostado tras de un ribazo;
-luego, viéndose descubierto, huyó.
-
---Vámonos de aquí--dijo Ortiz.
-
-Echaron los dos á andar de prisa y salieron pronto al Puente de
-Vallecas.
-
-Entraron en un merendero. Una mujer gorda, bajita, ya vieja, de pómulos
-salientes, con un pañuelo rojo atado á la cabeza, daba al manubrio de un
-organillo.
-
---¿Está el Manco?--la preguntó Ortiz.
-
---Ahí debe estar.
-
-Unas cuantas parejas que bailaban al son del organillo, se pararon al
-ver á Ortiz y á don Alonso.
-
-El Manco, un hombre alto, rubio, afeitado, con el pecho de gigante, y el
-cuello redondo de mujer, les salió al encuentro.
-
---¿Qué buscan?--dijo con voz afeminada.
-
---A uno á quien llaman el Bizco.
-
---Aquí no viene ese hace ya tiempo.
-
---¿Pues dónde anda?
-
---Por las Ventas.
-
-Salieron del merendero y siguieron nuevamente por la orilla del arroyo
-Abroñigal. Algunos chiquillos negruzcos se chapoteaban en el agua...
-
-Comenzaba á anochecer cuando aparecieron entre los tejares del barrio de
-Doña Carlota. Madrid brotaba por encima de las frondas del Retiro.
-Sonaban las esquilas de algunos rebaños.
-
-En los alrededores de la barriada había grandes hoyos con pilas de
-ladrillo. Estaban ardiendo los hornos; salía de ellos un humo espeso de
-estiércol quemado que, rasando la tierra, verde por los campos de
-sembradura, se esparcía en el aire y lo dejaba irrespirable. A lo lejos,
-algunas humaredas pálidas subían de la tierra al horizonte incendiado
-por un crepúsculo espléndido de nubes de púrpura.
-
-Ortiz preguntó á un hombre que estaba levantando ladrillos si conocía al
-Bizco.
-
---¿Ese randa de pelo rojo?
-
---Sí.
-
---Le he visto hace unos días. Debe vivir por la Elipa.
-
---Bueno, vamos por allá--murmuró Ortiz.
-
-Siguieron por la orilla del arroyo. El cielo de nubes rojizas iba
-obscureciéndose. Cruzaron el camino de Vicálvaro.
-
---Por aquí fuí yo al Este á enterrar á una chica que se me murió--dijo
-Ortiz--; la llevé á la pobrecita debajo del brazo envuelta en un mantón.
-No tenía ni para una caja...
-
-Este recuerdo trajo á la memoria del guardia sus miserias y contó á don
-Alonso su vida.
-
-Don Alonso estaba deseando que acabase para asombrarle á Ortiz con sus
-historias de América.
-
-El guardia seguía y seguía hablando, y don Alonso murmuraba
-distraídamente:
-
---Ya vendrá la buena.
-
-Mientras charlaban fué anocheciendo. Salió la luna en menguante; una
-neblina tenue comenzó á cubrir el campo; algún árbol solitario se erguía
-derecho y proyectaba la sombra de su follaje en el camino; alguna
-estrella cruzaba el cielo dejando una ráfaga blanca. El agua plateada
-del arroyo se deslizaba por la tierra silenciosa, trazando curvas como
-una larga serpiente.
-
-Seguían hablando cuando don Alonso vió la silueta de un hombre que
-aparecía entre dos árboles. Agarró del brazo á Ortiz, indicándole que se
-callara. Se oyó un ruido de ramas y el paso furtivo de alguien que huyó.
-
---¿Qué era?--dijo Ortiz.
-
---Un hombre que ha salido de ahí.
-
---¿De dónde?
-
---No sé á punto fijo. Me ha parecido que de entre esos árboles.
-
-Se acercaron; había en el ribazo, que allí tenía más de un metro de
-alto, un montón de maleza y unos pedruscos.
-
---Aquí hay algo--dijo Ortiz metiendo su bastón. Quitó dos piedras
-grandes, luego una tabla y apareció la boca de un agujero. Encendió un
-fósforo. Era un boquete cuadrado abierto en la tierra arenosa y húmeda.
-Entraron los dos. Tendría la cueva tres metros de profundidad por uno y
-medio de anchura. Ocupaba el fondo una cama de paja y de papeles con una
-manta gris. En un rincón había huesos mondados y latas de conserva
-vacías.
-
---Aquí tiene el lobo la madriguera--dijo Ortiz--. Sea el Bizco ú otro,
-este ciudadano no está dentro de la ley.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no paga contribución.
-
---¿Qué vamos á hacer?
-
---Esperarle. Yo le aguardo aquí dentro. Usted pone la tabla como estaba
-antes, con dos piedras encima, y se queda ahí fuera. Cuando venga, que
-vendrá, le deja usted entrar, y en seguida se echa usted á la puerta.
-
---Bueno.
-
-Ortiz amartilló el revólver y se sentó en la cama. Don Alonso, después
-de tapar la boca del agujero, buscó un sitio resguardado en donde no se
-le viera y se tendió en el suelo. Le molestaba bastante haber tenido que
-oir la historia vulgar de Ortiz y no haber podido contar sus aventuras.
-La verdad es que su vida era rara. ¡Él convertido en policía! ¡Acechando
-á un hombre!
-
-Horas y horas esperaron, Ortiz dentro y don Alonso fuera. Estaba ya
-clareando cuando apareció el Bizco. Llevaba algo debajo del brazo.
-Atravesó el arroyo, se acercó al ribazo, quitó la tabla... Don Alonso,
-empuñando el revólver, se levantó con rapidez y se asomó á la boca del
-agujero.
-
---Ya está--dijo Ortiz desde dentro, y salieron inmediatamente el guardia
-y el Bizco.
-
---¿Será éste?--preguntó el guardia.
-
--Sí.
-
---Si trata de huir, tire usted--dijo Ortiz á don Alonso.
-
-Don Alonso apuntó con el revólver al bandido, que temblaba, sin oponer
-resistencia, y Ortiz le ató codo con codo.
-
---Ahora, andando.
-
-Don Alonso estaba entumecido; le dolía todo el cuerpo. Echaron á andar
-los tres por el camino de la Elipa.
-
-Al llegar cerca del nuevo hospital de San Juan de Dios estaba
-amaneciendo; un amanecer tristón y anubarrado.
-
-Don Alonso se encontraba cada vez peor; sentía escalofríos por todo el
-cuerpo, un dolor de cabeza violento y una lancetada en el pecho.
-
---Yo estoy malo--le dijo á Ortiz--, no puedo con mi alma.
-
---Bueno; entonces yo me marcho.
-
-Ortiz y el Bizco se alejaron.
-
-Don Alonso quedó solo y fué avanzando penosamente. Cuando llegó cerca de
-la tapia del Retiro pidió auxilio á un guardia municipal. Este le
-acompañó, y en la calle de Alcalá tomaron un coche. Don Alonso tosía y
-no podía respirar; le sacaron del coche al llegar al hospital y le
-metieron en una camilla.
-
-Al echarse, don Alonso quedó rendido y sintió como si le dieran un
-martillazo en la cabeza.
-
---Yo tengo algo muy grave, y quizás me vaya á morir--pensó con angustia.
-
-No se dió cuenta de cuando le metieron en la cama; comprendió que estaba
-en el hospital y sintió que su cuerpo ardía. Una monja se le acercó y
-puso un escapulario en el hierro de la cama.
-
-Don Alonso entonces recordó un cuento, y á pesar de la fiebre el cuento
-le hizo reir. Era un gitano que estaba muriéndose y llamaba á todos los
-santos de la corte celestial en su ayuda; viéndole tan apurado, una
-vecina le llevó un niño Jesús, y le dijo al enfermo:
-
---Rece, hermano, que éste le salvará.
-
-Y el gitano contestó compungido:
-
---¡Ay, hermana! Si lo que yo necesito es un Santo Cristo con más...
-barbas que un capuchino.
-
-Luego el cuento se complicó con recuerdos lejanos, la fiebre aumentó y
-don Alonso murmuró convencido:
-
---Ya vendrá la buena.
-
- * * * * *
-
-Después de ocho días, pasados entre la vida y la muerte, el médico de la
-sala dijo que la pleuresía de don Alonso se había complicado con el
-tifus y que era necesario trasladar el enfermo al hospital del Cerro del
-Pimiento.
-
-Una mañana fueron los camilleros, cogieron á don Alonso, lo sacaron de
-la cama y lo metieron en una camilla.
-
-Luego los dos mozos bajaron las escaleras del hospital, tomaron por la
-calle de Atocha arriba, después por la de San Bernardo hasta el paseo de
-Areneros. Entraron hacia las proximidades de San Bernardino por una
-zanja cortada en la tierra arenosa y amarillenta, y llegaron al Cerro
-del Pimiento. Llamaron; pasaron á un vestíbulo y levantaron el hule de
-la camilla.
-
---¡Anda la!... Se ha muerto el socio--dijo uno de los mozos--¿Lo
-dejaremos aquí?
-
---No, no, llevadlo--replicó el conserje del hospital.
-
---¡Pues es una broma tener que llevarlo otra vez!--dijo el otro--. Más
-valiera morirse.
-
-Cogieron con resignación la camilla y salieron.
-
-Hacía una mañana espléndida, hermosísima. Se sentía con intensidad la
-primavera.
-
-El césped brillaba sobre las lomas; temblaban las hojas nuevas de los
-árboles; refulgían al sol las piedras en las calzadas, limpias por las
-lluvias recientes... Todo parecía nuevo y fresco, los colores y los
-sonidos; el brillo de los árboles y el piar de los pájaros; la hierba
-salpicada de margaritas blancas y amarillas, y las mariposas sobre los
-sembrados. Todo, hasta el sol. Todo, hasta el cielo azul que acababa de
-brotar del caos de las nubes, tenía un aire de juventud y frescura...
-
-Entraron los dos camilleros de nuevo por la zanja, entre las altas
-paredes cortadas á pico.
-
---¿Y si lo dejáramos aquí?--preguntó uno de los mozos.
-
---Dejémosle--contestó el otro.
-
-Levantaron el hule de la camilla, y poniéndola de lado, hicieron que el
-cadáver cayera desnudo en una oquedad. Y el muerto quedó despatarrado,
-mostrando sus pobres desnudeces ante la mirada azul, clara y serena del
-cielo, y los camilleros se fueron á tomar una copa...
-
-Indudablemente no había venido la buena.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
- La Dama de la Toga Negra.--Los amigos de la Dama.--El pajecillo, el
- lindo pajecillo.
-
-
-Hay en Madrid en un palacio con grandes salas y largas galerías, en las
-que por todas partes no se ven más que Cristos, una vieja dama de gran
-alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de
-la sociedad.
-
-Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla
-gravemente y entre las imágenes de Cristo administra á diestro y
-siniestro reprimendas y castigos.
-
-Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora
-es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado, las uñas
-largas y el estómago sin fondo.
-
-En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora,
-en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la
-Biblia, y en vez de personas dignas á su alrededor, está rodeada de
-curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de
-alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete.., una
-larga procesión de sacacuartos y de escamoteadores, que empieza muy alto
-y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas.
-
- * * * * *
-
---Tienes que ir á ver á tu amigo--dijo Juan á Manuel.
-
---Bueno.
-
-Buscaron á Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los
-pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente.
-Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo
-ó leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban
-expedientes.
-
---Todos esos papeles, todos esos legajos--dijo Juan--, estarán empapados
-de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un
-herbario.
-
---¡Y qué se va á hacer!--repuso Manuel--; si no hubiera criminales...
-
---Estos sí que son criminales--murmuró Juan.
-
---Vamos á ver si podéis pasar--dijo Ortiz.
-
-Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de
-barba blanca y mirada severa y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos
-con toga y birrete.
-
---Soy enemigo del indulto--decía el señor de la barba blanca--; le he
-condenado dos veces á muerte y las dos le han indultado. Ahora espero
-que lo ejecutarán.
-
---Pero es una pena tan severa--murmuró uno de los jóvenes sonriendo.
-
---¿Hablan del Bizco?--preguntó Manuel á Ortiz.
-
---No.
-
---¡Nada, nada!--exclamó el viejo de la barba blanca--; hay que hacer un
-escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para
-después de Mayo, no vaya á ser indultado por el santo del rey.
-
---¡Qué bárbaros!--exclamó Juan.
-
---En estos casos--repuso el joven togado tímidamente--, es cuando se
-pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque
-indudablemente este hombre no ha estado nunca en posesión de su
-conciencia, y la sociedad que no se ha cuidado de educarle, que le ha
-abandonado, no debía tener derecho...
-
---La cuestión de derecho, es una cuestión vieja de la que nadie se
-ocupa--replicó el viejo con cierta irritación--. ¿Existe la pena de
-muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación
-moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar á uno á que se
-rehabilite á un presidio!... El derecho á la pena, el derecho á ser
-rehabilitado... muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de
-muerte no son más que medidas de higiene social, y desde este punto de
-vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin
-indultar á nadie.
-
-Manuel miró á su hermano.
-
---¿No tiene razón?
-
---Sí; dentro de lo suyo, tiene razón--replicó Juan--. A pesar de eso, yo
-encuentro á ese viejo sanguinario bastante repulsivo.
-
- * * * * *
-
-Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y
-rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.
-
---¿Qué tal?--le preguntó el juez.
-
---Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto á usted que lo
-hago á propósito y todos los pretextos que envían las personas discretas
-para no ser jurados, los acepto. Cuantos más brutos sean los que
-componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.
-
---También la ley debían modificarla...--comenzó diciendo el joven.
-
---Lo que debían hacer era suprimir el jurado--afirmó el hombre chiquito.
-
---Ahora puedes bajar un momento--dijo Ortiz á Manuel--y preguntarle si
-quiere algo.
-
-Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había
-allí una medrosa semiobscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco.
-Era el Bizco.
-
-El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba que afuera hacía un sol
-hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad;
-que en el campo habría sol y pájaros en los árboles. Y que él estaba
-encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de
-remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba
-también que estaba condenado á muerte, y se estremecía...
-
-Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. El
-había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora mil cuestiones se
-iban amontonando en su cerebro.
-
-La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su
-poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el
-perfume en el aire.
-
-Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del
-Bizco se despertaba y comenzaba á interrogarse á sí misma...
-
- * * * * *
-
---¡Eh, tú!--le dijo el carcelero--aquí vienen á verte.
-
-El Bizco se levantó y quedó contemplando á Manuel con el mayor estupor.
-
-Al ver á Manuel no se extrañó; le miró fijamante con estúpida
-indiferencia.
-
---¿No me conoces?
-
---Sí.
-
---¿Quieres algo?
-
---No quiero nada.
-
---¿No necesitas algún dinero?
-
---No.
-
---¿No tienes que hacerme algún encargo?
-
---No.
-
-Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió á tenderse en el banco.
-
---Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño--dijo.
-
---¿Pero no quieres nada más?
-
---No quiero nada de ti.
-
-Salió Manuel del calabozo y se reunió á su hermano.
-
- * * * * *
-
-Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había
-hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo:
-
---Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos á verle una noche?
-
---Bueno.
-
---Pues yo iré á buscarte á la imprenta un día de estos.
-
---Sería mejor que me dijeras un día fijo.
-
---¿El sábado?
-
---Bueno.
-
-Fueron Juan, Caruty y el Libertario á la imprenta y esperaron á que
-llegara el Bolo. Luego, en compañía de éste y de Manuel, se encaminaron
-por la calle de Bravo Murillo.
-
-En la puerta de una taberna de una calle próxima había un hombre de
-mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro.
-
---Ahí está--dijo el Bolo señalándole con disimulo é indicándolo á los
-amigos.--Ese es.
-
-Se acercó á saludarle.
-
---Que hay, compadre--le dijo dándole la mano--. ¿Cómo estamos?
-
---Bien y usted.
-
---Estos--advirtió el Bolo, mostrando á Manuel, al Libertario, á Juan y á
-Caruty--son amigos míos.
-
---Por muchos años--contestó él--. Vamo á tomá una copa--añadió con
-acento andaluz cerrado.
-
---Nos sentaremos un rato--saltó Manuel.
-
---No; hablaremo en casa.
-
-Bebieron una copa y salieron á la calle.
-
---¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia?--preguntó el
-Libertario.
-
---Sí, señó.
-
---Mal oficio tiene usted, paisano.
-
---Malo é--contestó él--, pero peó é morirse de jambre.
-
- * * * * *
-
-Fueron los cinco andando hasta detenerse frente á una casa alta, de
-ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño,
-iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada
-indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón
-vivía. Era un cuarto pobre, igual á todos los cuartos pobres. Había en
-las paredes algunos retratos. A un lado una puerta de cristales con
-cortinillas, que daba á una alcoba, y enfrente de ésta una cama.
-
-Al entrar ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un
-taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla la
-saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa,
-una seriedad fatídica.
-
-El verdugo les invitó á sentarse á todos; salió al portal en seguida, y
-llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego
-tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza
-cuadrada, de patillas y bigote rubios, la cara juanetuda. Vestía
-decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de
-una porción de cosas indiferentes y Manuel contó lo que le había pedido
-el Bizco.
-
---Esté usté sin cuidao--dijo el verdugo--; si yega el caso, se hará tó
-lo que se pueda.
-
---Y antes de ser ejecutor--le preguntó de pronto el Libertario--, ¿ha
-probado usted otras cosas?
-
---¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años;
-he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes... ¿y qué? no
-podía viví.
-
---¡Tan mal le iba!--exclamó Juan.
-
---Muriendo de jambre estaba, y cuando ya acosao dice uno: prefiero viví
-matando que no morirme de jambre, entonse tóos son despresios.
-
-Interrumpió su palabra un golpecito dado en la puerta recatadamente; era
-el chico que traía el frasco de vino. El verdugo cogió el frasco y
-comenzó á escanciar en los vasos.
-
---¿Y qué? ¿Cuántos has ejecutado hasta ahora?--le preguntó el Libertario
-hablándole de pronto de tú.
-
---Uno catorse ó quinse.
-
---¿Y usted, no bebe?--le dijo Manuel viendo que no se echaba vino en el
-vaso.
-
---No; yo no bebo nunca.
-
---¿Ni cuando tiene usted que trabajar?
-
---Entonse meno.
-
---¿Ha ejecutado usted algún anarquista?
-
---¿Anarquista? No sé lo que es eso.
-
- * * * * *
-
---Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes?--preguntó el
-Libertario.
-
---Sí; casi tós. Yo los trato bien, aunque me esté mal el desirlo. No soy
-como el de antes que les hasía sufrí á posta.
-
---¿Pero eso es verdad?--dijo Juan.
-
---Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega.
-
---¡Qué barbaridad!--exclamó el Libertario--. Y todos van templados, ¿eh?
-
---Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré
-en la capiya y él estaba tendió. «¡Eh!--le dije--. Compare; soy el
-ejecutó de la Justisia. ¿Me perdona?» «Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda,
-ponte esto--y le dí la túnica.» «Y esto ¿qué é? ¿E que me voy á vestí de
-máscara?» Echamos un sigarro, y como éramo paisanos, jablando de la
-tierra fuimo al tablao. Se sentó en el banquiyo, pero como era bajito no
-yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te
-perdono--me dijo--, á estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y
-buena suerte!» Era un hombre el Diente.
-
---Y tal... que debía ser un hombrecito--dijo el Libertario sonriendo.
-
---Con él estrené yo el correaje nuevo... porque yo no ato con cuerda. Lo
-veréis ustedes. ¡Chica! Trae esa correas para que las vean esto señore.
-
-La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con
-varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al
-verla.
-
---¿Y el aparato, cómo es?--dijo el Libertario.
-
---El aparato... mu sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se pone
-así--y el verdugo cogió el frasco de vino por el cuello con su mano
-ancha y velluda--, y luego se hase ¡crac! y ya está.
-
-Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty
-recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca.
-
---Ya ve usted--siguió diciendo el verdugo--, estas correas las he tenío
-que pagar yo; pues no se lo agradesen á uno. Toavía lo quieren á uno
-desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo,
-¡que me dió una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo,
-y echamo á suerte; á mí me tocó er cura: Bueno--dije--, ya que ha de sé
-uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien, cuando iba en el
-tren tó el mundo se separaba de mí; voy á una posá y disen que no me dan
-de comé, y voy á otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿soy yo er que lo
-manda matá? ¿soy yo ó é el presidente de la Audiensia, que pone su firma
-en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian á mí? ¿No le
-pasan el expediente de indurto al minitro y á la reina y lo niegan? Pues
-entonse mata la reina y el minitro y el presidente de la Audiensia y el
-jué y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví;
-que si no fuera por eso...
-
-El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando:
-
- Mala puñalá le den
- Mala puñalá le diera.
-
---Como uno de los tío de la taberna de esta calle--siguió diciendo al
-volver y sentarse--, que solía jugar á la brisca conmigo, y como é
-natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió
-cuatro jugás seguías, me dijo: «¡Dio me libre de su mano de usté,
-compare!» ¡Molé! si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo
-un ofisio mardesío...
-
-Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el
-arrechucho y siguió diciendo:
-
---¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Ná; no tenemo jubilasión, y
-cuando uno é viejo, como el maetro Lorenso, de Graná, que el pobretico
-no tiene fuersa ni para mové el torno, á morirse de jambre. El verdugo
-de Fransia, sí, ese está bien; ese tiene treinta mil reale y jubilasión.
-A mí, si me dejasen, haría también dinero.
-
---¿Pues qué haría usted?--le dijo Juan.
-
---¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda ó un entresuelo en la calle de
-Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera.
-
-Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera! La
-idea era macabra.
-
-Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la
-vecindad.
-
---Vámonos--dijo el Bolo de pronto. Se despidieron todos dando la mano
-al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra, el
-cielo obscuro y sombrío como una amenaza.
-
---Dicen que es necesaria la pena de muerte--murmuró Juan--. Nosotros,
-los pobres, debíamos decir á los burgueses: ¿Queréis matar? Matad
-vosotros.
-
---Mientras haya desdichados con hambre--repuso el Libertario--habrá
-hombres capaces de ser verdugos.
-
---¿Qué pasaría si estos hombres llegasen á tener conciencia?--dijo
-Juan--. Una huelga de verdugos sería curiosa.
-
---Sería quitar un puntal á la sociedad--, repuso el Libertario--. El
-verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los
-sostenes de esta sociedad capitalista.
-
---¿Cuánto durarán todavía los verdugos?--preguntó el Bolo.
-
---Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten,
-mientras los curas engañen...--contestó con voz sombría el
-Libertario--los habrá.
-
-Caruty recitó una canción de un condenado á muerte que escribe una carta
-á su querida desde la prisión de la Roquette y le cuenta cómo oye con
-estremecimientos de angustia el ruido que hacen al armar la guillotina.
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO I
-
- Las evoluciones del Bolo.--Danton, Danton, ese era el
- hombre.--¿Anarquía ó socialismo?... lo que gustéis.
-
-
-Dejó de aparecer Juan por casa de Manuel. Este creyó que estaría
-trabajando, cuando supo por los amigos que se encontraba malo, con un
-catarro terrible. Fué á buscarle, y lo vió en la casa de huéspedes muy
-abandonado, con mal aspecto. Tosía mucho, tenía las manos ardorosas y
-rosetas malares en las mejillas.
-
---Lo mejor es que vayas á casa--le dijo Manuel.
-
---Si no tengo nada.
-
---Vale más que vayas allá.
-
-Fué efectivamente, y al cabo de una semana de cuidados, Juan se puso
-mejor y volvió á la vida normal.
-
- * * * * *
-
-Mientras los demás peroraban en las reuniones de la taberna de Chaparro,
-Manuel se hizo amigo del Bolo, un zapatero de portal, de la calle de
-Palafox, hombre bajito, rechoncho, encarnado, muy feo y algo cojo.
-
-Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la
-_Historia de la Revolución Francesa_, de Michelet. Al ver aquel tipo la
-Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera
-más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por
-más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á
-las dos mujeres.
-
-El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio,
-según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después,
-viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el
-socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre
-socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose
-ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía
-menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita;
-pero delante de los _socialeros_, de las adormideras del socialismo,
-defendía la utilidad y la necesidad de los atentados.
-
-En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos
-habían quitado toda la masa obrera al partido republicano,
-inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido
-burgués. El Bolo no podía acostumbrarse á oir á los compañeros tratar
-sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla,
-que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar
-á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de
-cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de
-hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico.
-
-La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los
-libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el
-recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos
-ellos con entusiasmo y con respeto...
-
-Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la _Historia de la
-Revolución_. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se
-sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau,
-luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con
-Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero
-revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca
-de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más
-repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo
-prusiano.
-
-Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella
-historia. Algunas veces pensaba:
-
---Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la
-_Historia de la Revolución Francesa_, creo que sabría ser digno...
-
-Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48;
-luego otro sobre la _Commune_, de Luisa Michel, y todo esto le produjo
-una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres!
-Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui,
-Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente!
-
- * * * * *
-
---Lo que se debía hacer--le dijo un día Morales á Manuel--es poner una
-encuadernación aquí al lado.
-
---¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?--preguntó Manuel.
-
---No, buscar un encuadernador que alquile la puerta de al lado, y á él
-le convendría estar junto á una imprenta, y á nosotros tener aquí una
-encuadernación.
-
---Eso sí es verdad.
-
---Estése usted á la mira.
-
-Se enteró Manuel, preguntó en varias imprentas, y ya iba á abandonar sus
-gestiones, cuando el dueño de _La Tijera_, periódico órgano de los
-sastres, le dijo:
-
---Yo conozco á un encuadernador que piensa mudarse de casa. Y tiene
-parroquia, porque trabaja bien.
-
---Pues voy á verlo.
-
---Le advierto á usted que es muy zorro. Como que es judío.
-
---¡Hombre, judío!
-
---¿Eso qué importa?
-
---Después de todo, nada. ¿Y cómo se llama?
-
---Jacob.
-
---¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?--preguntó Manuel.
-
---Sí.
-
---Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida.
-
-Le indicó el propietario de _La Tijera_, órgano de los sastres, dónde
-estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un
-piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación.
-
-Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en
-aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la
-mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa
-grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña
-doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en
-el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo.
-A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una
-guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin
-cubierta aún.
-
-En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban
-tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del
-oficio.
-
-Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego,
-cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio,
-presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era
-más cara; además, había que hacer gastos.
-
---Bueno--le dijo Manuel--, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de
-encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no
-vayas.
-
-Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á
-Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á
-establecerse en la vecindad de Manuel.
-
-Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el
-llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob
-trabajaba más barato y proporcionaba parroquia.
-
- * * * * *
-
-Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y
-allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en
-las discusiones.
-
-Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel
-ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse.
-
-De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la
-anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico;
-como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo
-encontraba imposible de llevarlo á la práctica.
-
-Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las
-discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas
-desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la
-consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una
-serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse
-libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al
-noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la
-revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la
-revolución social.
-
-El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para
-Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado
-de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de
-autoridad.
-
-La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad
-era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la
-rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo,
-la bondad...
-
-El progreso no era más que esto: la supresión del principio de
-autoridad por la imposición de las conciencias libres.
-
-Manuel, algunas veces decía:
-
---Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton.
-
- * * * * *
-
-Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales
-afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La
-concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina
-grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la
-heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en
-comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los _truts_,
-absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más
-reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el
-Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se
-posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo.
-
-Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos,
-expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos,
-abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera, intelectualizándola,
-lo que apresuraría la revolución social.
-
-Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era
-también cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso
-de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo
-territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no
-sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba
-democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con
-cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera
-República.
-
---En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión--decía Manuel--; á
-la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que
-esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente.
-
---Yo no veo la necesidad del Estado--decía Juan.
-
---Pero el Estado se impone--replicaba Morales--. Nosotros no decimos un
-Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército;
-sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo.
-
---¿Pero para qué queremos ese centro?
-
---Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir
-el desarrollo de los egoísmos.
-
---Vamos entonces al despotismo--replicaba Juan.
-
---No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción
-en los individuos más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una
-acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención
-del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un
-oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un
-médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un
-plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles;
-el Estado le entierra gratis cuando se muere...
-
---Pero eso es una tiranía.
-
---Una tiranía, ¿por qué?
-
---Vivir uniformados, haciendo todos lo mismo...
-
---Uniformados, no. Haciendo todos lo mismo, en parte, sí. Porque todos
-comemos, dormimos y paseamos. Nosotros no queremos la uniformidad en la
-vida de una nación, y menos aún en la vida de los individuos; que cada
-Municipio tenga su autonomía, que cada hombre viva como quiera sin
-molestar á los demás. Nosotros no queremos más que organizar la masa
-social y dar forma práctica á la aspiración de todos, de vivir mejor.
-
---Pero á costa de la libertad...
-
---Eso es según á lo que se llame libertad. La libertad absoluta llevaría
-á la concurrencia libre. El fuerte se tragaría al débil.
-
---No; ¿para qué?
-
---Son ustedes unos visionarios. Afirman ustedes brutalmente la
-individualidad, y cuando se les dice que el individuo puede
-extralimitarse en el uso de la libertad, no lo creen.
-
-Con estas discusiones, Manuel iba haciéndose cargo de la cuestión en sus
-distintos puntos de vista, y al mismo tiempo, aunque no tuviese una
-dependencia directa, comprendía y se explicaba otras muchas cosas que
-antes no se había tomado el trabajo de comprender.
-
-Esta actitud suya de expectación le hacía ecléctico; unas veces estaba
-con su hermano, otras con Morales.
-
-Manuel no encontraba mal el anarquismo como necesidad de cambio de
-valores. Comparando este período con el anterior á la revolución
-francesa, encontraba que los anarquistas de hoy eran en menor intensidad
-y en menor altura; algo semejante á los filósofos de entonces. Lo que le
-parecía absurdo y estúpido á Manuel era el procedimiento anarquista. En
-cambio, respecto al socialismo que defendía Morales, le parecía lo
-contrario; le resultaba antipático el plan y su sistema de organización
-del trabajo por el Estado, sus bonos, sus almacenes nacionales, su
-intento de hacer del Estado un Proteo monstruoso (panadero, zapatero,
-quincallero), y de convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios,
-marchando todos al compás. A esto Morales decía que el socialismo, por
-boca de Bebel, había dicho que toda concepción sobre la futura sociedad
-socialista, no tenía ningún valor.
-
-En principio á Manuel la teoría socialista le parecía mucho más útil
-para el obrero que la de los anarquistas.
-
-El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total; de
-una revolución completa. Se encontraba en el caso del que le ofrecen un
-empleo modesto para vivir y lo desprecia porque cree que va á heredar
-una gran fortuna. O todo ó nada. Y los anarquistas esperaban la
-revolución como los antiguos el santo advenimiento, como un maná, como
-una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos.
-
---¿Pero no es más lógico--decía Morales--, reunir las energías de toda
-la clase, para ir avanzando poco á poco hasta llegar á un gran
-desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que
-es una cosa como los polvos de la madre Celestina, para traer la
-felicidad del mundo?
-
-Juan sonreía.
-
---La anarquía hay que sentirla--solía decir.
-
---Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor
-defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda
-individual por la idea ó por el hecho. La propaganda de la idea es, al
-cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito, un buen
-negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.
-
---Para los burgueses, sí.
-
---Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.
-
---Puede ser un crimen conveniente.
-
---Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas
-consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la
-conveniencia de sus crímenes.
-
---La anarquía hay que sentirla--terminaba diciendo Juan.
-
-Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.
-
- * * * * *
-
-Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas,
-le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante.
-
-Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente,
-y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo
-radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la
-anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera.
-Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus
-independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios,
-los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con
-su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí mismo. Se
-había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el
-germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía
-quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía
-libre, y la aspiración de un cambio social.
-
-En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de
-principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el
-desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas.
-Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de
-los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían
-los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del
-dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las
-echaban de importantes y de grandes moralistas.
-
-Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de
-sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración
-burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo
-Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo
-ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina;
-sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los
-demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de
-decir que eran fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones,
-cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se
-pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes
-postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales
-morosos.
-
-Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le
-admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y
-tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante
-Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le
-llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido
-como indigno de pertenecer á él.
-
- * * * * *
-
-En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público
-anarquista: _La Anarquía_ y _El Libertario_, y los dos se odiaban
-cordialmente.
-
-El odio entre _La Anarquía_ y _El Libertario_ era un odio de empresa. El
-dueño de _La Anarquía_ había llegado hacía unos años á defender las
-ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición
-de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco,
-al asegurar la vida económica de _La Anarquía_, el propietario, sin
-darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo, quitando
-_jierro_, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un
-diletantismo y este momento lo aprovecharon los de _El Libertario_ para
-echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo.
-
-Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban
-ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les
-separaba era una cuestión de perros chicos.
-
-Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en
-España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado,
-según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como
-en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la
-torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia
-tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban
-ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España.
-
-Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el
-socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del
-partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de
-conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los
-medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión
-de la doctrina se subordinaba á la asociación para la lucha.
-
---Nosotros--terminaba diciendo Morales--, tendemos á la organización, á
-la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más.
-
-Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor
-aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía
-nada, porque era burgués.
-
- * * * * *
-
-Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas
-y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres
-pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante
-superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus
-respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que
-el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas,
-hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos.
-
-Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que
-curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que
-se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación.
-
-En cambio, para los anarquistas, los _socialeros_ eran los que se
-vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando por
-el ministerio á cobrar el precio de su traición.
-
-Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los
-directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como
-carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los
-socialistas.
-
-Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar
-en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la
-justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban
-algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos
-obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que
-aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el
-societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este
-societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo
-repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á
-tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin
-pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á
-su reglamento y pagar además una gabela.
-
-Tales procederes constituían para los anarquistas la expresión más
-repugnante del autoritarismo.
-
- * * * * *
-
-Casi todos los anarquistas eran escritores y llevaban camino de
-metafísicos; en cambio, entre los socialistas, abundaban los oradores. A
-los anarquistas les entusiasmaba la cuestión ética, las discusiones
-acerca de la moral y del amor libre; en cambio á los socialistas les
-encantaba perorar en el local de la Sociedad, constituir pequeños
-congresos, intrigar y votar. Eran sin duda más prácticos. Los
-anarquistas, en general, tenían más generosidad y más orgullo, y se
-creían todos apóstoles, hombres superiores. Se figuraban muchas veces
-que con cambiar el nombre de las cosas cambiaba también su esencia. Para
-la mayoría era evidente que desde el momento en que uno se declaraba
-anarquista, ya discurría mejor, y que en el acto de ponerse esta
-etiqueta cogía uno sus defectos, sus malas pasiones, sus vilezas todas y
-las arrojaba fuera como quien echa la ropa sucia á la colada.
-
-De buenas intenciones y de buenos instintos, excepto los impulsivos y
-los degenerados, hubiesen podido ser, con otra cultura, personas útiles;
-pero tenían todos ellos un vicio que les imposibilitaba para vivir
-tranquilamente en su medio social: la vanidad. Era la vanidad vidriosa
-del jacobino, más fuerte cuanto más disfrazada, que no acepta la menor
-duda, que quiere medirlo todo con compás, que cree que su lógica es la
-única lógica posible.
-
-En general, todos ellos, por el sobrecargo que representaba la lectura
-y las discusiones después de un trabajo fuerte y fatigador, por el abuso
-que hacían del café, estaban en excitación constante, que aumentaba ó
-remitía como la fiebre. Unos días se notaba en todos ellos la fatiga y
-la desilusión; otros, en cambio, el entusiasmo se comunicaba y había una
-verdadera borrachera de hablar y de pensar.
-
- * * * * *
-
-Los dos partidos obreros, con sus hombres, representaban en la clase
-proletaria los partidos burgueses: el socialismo, el conservador,
-oportunista, prudente; el anarquismo, el paralelo al republicano, con
-las tendencias levantiscas de los partidos radicales.
-
-La diferencia entre estos partidos, las agrupaciones de la burguesía,
-estaba más que en las ideas, en los hombres. Ambos partidos obreros
-tenían la seguridad de no llegar nunca al poder; en sus filas se
-alistaban hombres exaltados ó creyentes, á lo más algunos interesados;
-pero no ambiciosillos de dinero ó de gloria como en las oligarquías
-burguesas. Les daba sobre éstas una gran superioridad á los dos partidos
-obreros, su internacionalismo que hacía que buscasen sus hombres tipos,
-sus modelos, más bien fuera que dentro de España. La táctica de la
-adulación, del servilismo, empleada para escalar puestos en las
-oligarquías burguesas, liberales, conservadoras ó repúblicanas, no
-servía para nada entre socialistas y anarquistas...
-
-A veces, cuando discutían en el despacho de la imprenta, solía entrar
-Jacob el judío á preguntar si los pliegos tales ó cuales estaban ó no
-tirados. Oía las discusiones, las apologías entusiastas del socialismo y
-de la anarquía, y nunca decía su opinión. Indudablemente no le
-interesaba nada aquello. Para él eran los que se debatían asuntos de
-otra raza, de hombres de otra religión, y le eran perfectamente
-indiferentes.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
- Paseo de noche.--Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del
- Pimiento.
-
-
-Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le
-recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi
-todos los días que hacía bueno salía á pasear.
-
-Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse.
-Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de
-casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á
-visitarle, ella los despacharía á escobazos.
-
-La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que
-descansara; no le dejaban trabajar.
-
-A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de
-su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que
-se iba á América y pegarse un tiro.
-
-Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía
-inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear
-él? ¿Qué viviese ó no? Estas dudas y casos de conciencia le
-perturbaban.
-
-Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta
-idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un
-miedo pueril por un peligro lejano.
-
- * * * * *
-
-Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había
-agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba
-leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea.
-
-Sin decir á nadie nada, había vendido los _Rebeldes_ y el busto de la
-Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda.
-
-Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros
-desconocidos, que se le acercaban tímidamente:
-
---¿Cómo está su hermano?--le preguntaban.
-
---Está mejor.
-
---Bueno, eso quería saber. ¡Salud!--y se marchaban.
-
---Mira--le dijo un día Juan á Manuel--vete al Círculo del Centro y diles
-que mañana por la tarde iré á la Aurora y que hablaremos.
-
-Manuel fué á un Círculo que estaba próximo á la calle del Arenal. Una
-porción de gente, á quien no conocía, le preguntó por Juan; al parecer,
-tenían por él un gran entusiasmo. Vió al Libertario, al Madrileño y á
-Prats.
-
---¿Cómo está Juan?--le dijeron.
-
---Ya va mejor. Mañana os espera en la taberna.
-
---Bueno; ¿qué, te vas?
-
---Sí.
-
---Espera un momento--le dijo el Libertario.
-
-Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una
-discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba.
-
---Nos iremos nosotros también.
-
-Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño.
-
-Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose.
-
-El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo
-ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño,
-bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala.
-
---Allá no hay más que pacotilla--decía el Madrileño--, desde los géneros
-de punto, hasta el anarquismo, todo es ful.
-
---Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?--replicó Prats--. Si esto
-debían convertirlo en cenizas.
-
---¿Aquí? Aquí hay la mar de sal.
-
---Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina _rasa_!
-
---Dejad eso...--gritó el Libertario--. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan
-la vida discutiendo si valen más los castellanos ó los catalanes. Y
-luego quieren que desaparezcan las fronteras.
-
-Manuel se echó á reir.
-
-Siguieron los cuatro por la calle del Arenal, atravesaron la Puerta del
-Sol y subieron por la calle de Preciados.
-
---Es que á mí me da asco lo que pasa aquí--dijo Prats--. Esto está
-muerto... En aquella época, en Barcelona, allá había alma... aunque éste
-no lo crea--y señaló al Madrileño; después siguió dirigiéndose á
-Manuel--. Había agitación, que es lo que se necesita; solíamos dar
-conferencias bíblicas, y teníamos reuniones en donde cada noche se
-explicaba un punto de las ideas libertarias. Nosotros les convencíamos á
-los estudiantes y á los hijos de los burgueses y les atraíamos á nuestro
-campo. Recuerdo en una reunión de éstas á Teresa Claramunt, embarazada,
-que gritaba furiosa: ¡Los hombres son unos cobardes! ¡Mueran los
-hombres! Las mujeres haremos la revolución!...
-
---Sí, fué una época de fiebre de todo el pueblo entero--dijo el
-Libertario.
-
---¡Sí fué! En todas partes se daban mitins de propaganda, se hacían
-bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas á
-los soldados para que se indisciplinaran y no fueran á Cuba, y
-gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre!... Luego, ya
-hubo día en que las calles de Barcelona estuvieron dominadas por los
-anarquistas.
-
---¡Bah!--exclamó el Madrileño.
-
---Que lo diga éste.
-
---Sí, es verdad--contestó el Libertario--; hubo días en que los
-polizontes no se atrevieron á dar la cara á los anarquistas; en el
-Centro de Carreteros, en el Club de la Piqueta Demoledora y en algunos
-otros sitios, había bombas cargadas y botellas explosivas puestas en los
-armarios á la vista de todos los socios y al servicio del que las
-pidiera.
-
---¡Qué barbaridad!--dijo Manuel.
-
---Y eran bonitas las bombas--añadió el Libertario--; había unas en forma
-de naranja, otras de pera, otras eran de cristal, redondas, con balas
-también de cristal, que pesaban muy poco.
-
---A todas les llamábamos _corre-cames_--repuso Prats--, lo que llaman
-aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas--preguntó el
-Libertario--cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando:
-¡_Salut y bombes d'Orsini_!...? Un día nos comprometimos más de
-doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando
-bombas á un lado y á otro.
-
---Y no hicísteis nada--dijo el Madrileño--. _Pa_ mí que los catalanes
-son muy blancos para eso.
-
---¡Quia, no!--replicó el Libertario--. Es gente templada.
-
---Sí, lo será--replicó el Madrileño--; pero yo te digo á ti que estuve
-en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el
-valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar
-gente en Montjuich y había que ver la _jinda_. Todos aquellos señoritos
-que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres
-pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia,
-otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi
-todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador,
-el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de
-sinvergüenzas.
-
---No tienes razón--dijo el Libertario.
-
---No; casi nada.
-
-Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba
-oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado.
-
-Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza.
-
---Vengo de dejar á Avellaneda--dijo--. Está un hombre admirable. El se
-ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía
-demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos
-cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él
-ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le
-molestaban mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha
-dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha
-agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido
-recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una _verva_! ¡Y una
-_dignitá_ en el ademán! Tiene una _pose_ amplia ese hombre. Sí. Está un
-poeta admirable--dijo Caruty convencido.
-
-Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de
-Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local
-ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban
-zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy
-separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas.
-
---¿Te vas ya?--le dijo á Manuel el Libertario--. Hace una hermosa noche.
-
---¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten.
-
-Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor.
-
---Voy á dar una vuelta--le dijo á la Salvadora.
-
---Bueno.
-
---¿Y Juan?
-
---Acostado.
-
---Acuéstate tú también.
-
-Salió. Los cinco entraron por la calle de Magallanes, entre las dos
-tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más
-allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle
-estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo
-lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las
-tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del
-telégrafo zumbaban misteriosamente.
-
---Una noche también muy negra--dijo el Libertario--fuimos en Barcelona
-al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban
-trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones
-napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que
-la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del
-grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con
-él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha
-de _Tanhäuser_, que entonaban los otros á coro; había salido la luna
-llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: _¡Oh
-come e bello!_
-
-Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de
-un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos.
-
-Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles
-de París; de las frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de
-sus conversaciones con Emilio Henry.
-
---Aquel estaba un joven hombre terrible--exclamó Caruty--; solía ir á
-Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie.
-
---Pero eso de poner bombas así es una barbaridad--dijo Manuel.
-
---Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el
-terrorismo anarquista--exclamó el Libertario.
-
---Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los
-anarquistas--replicó Manuel.
-
---No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno.
-
---¿En España también?
-
---Sí; en España también.
-
---Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la
-represión.
-
---Pues se comenzó--repuso el Libertario. Cuando Lafargue, el yerno de
-Karl Marx, vino á España á pactar con Pí y Margall la formación del
-partido socialista obrero, Pí le contestó que la mayoría de los
-españoles que habían seguido la marcha de la Internacional estaban del
-lado de Bakounine. Y era verdad. Vino la Restauración y se trató de
-arrancar violentamente esta semilla revolucionaria. Ya con la Mano
-Negra, que no era más que un comienzo de asociación obrera, el gobierno
-cometió un sin fin de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de
-bandolerismo..... Pasados bastantes años, vienen los sucesos de Jerez,
-se demuestra que Busiqui y el Lebrijano, que eran dos bárbaros que no se
-habían distinguido como anarquistas, ni como nada, habían asesinado á
-dos personas y se les agarrota, pero al mismo tiempo que á ellos se
-agarrota á Lamela y á Zarzuela que eran anarquistas, pero que no tenían
-participación alguna en los asesinatos. Se les mató porque eran
-propagandistas de la idea. El uno era corresponsal de _El Productor_ y
-el otro de _La Anarquía_; los dos incapaces de matar á nadie, los dos
-inteligentes; por eso más peligrosos para el gobierno, cuyo fin era
-exterminar á los anarquistas. Pasan años y Pallás comete, para vengar á
-los de Jerez, el atentado de la Gran Vía. Fusilan á Pallás, y Salvador
-echa la bomba desde el quinto piso del Liceo. Se prende á una porción de
-anarquistas, y cuando iban á condenar á Archs, Codina, Cerezuela, Sabat
-y Sogas, como culpables, encuentran á Salvador, el autor del atentado.
-Entonces, viendo que estos cinco anarquistas se les escapaban de entre
-las manos, ¿qué hace el gobierno? Manda abrir nuevamente el proceso de
-Pallás y como cómplices fusila á los cinco. Agarrotan á Salvador y
-luego viene una cosa estupenda: la bomba de la calle de Cambios Nuevos,
-que cae desde una ventana al final de una procesión. No la echan cuando
-pasan los curas ni el obispo, ni cuando pasa la tropa, ni cuando pasa la
-burguesía; la echan entre la gente del pueblo. ¿Quién la arrojó? No se
-sabe; pero seguramente no fueron los anarquistas; si alguien tenía
-interés entonces en extremar la violencia, era el gobierno, eran los
-reaccionarios, y yo pondría las manos en el fuego apostando á que el que
-cometió aquel crimen tenía relación con la policía. Se consideró el
-atentado como un ataque á la fuerza armada, se proclamó el estado de
-sitio en Barcelona y se hizo un copo de todos los elementos radicales,
-que fueron á parar á Montjuich. Se fusiló á Molas, Alsina, Ascheri,
-Nogués y Más. De éstos, todos, menos Ascheri, eran inocentes. Después
-viene Miguel Angiolillo--concluyó diciendo el Libertario--, que había
-leído en los periódicos franceses lo que estaba pasando en Montjuich,
-oye á Enrique Rochefort y al Dr. Betances, que achacaban la culpa de
-todo lo ocurido á Cánovas, de quien decían horrores; llega á Madrid,
-aquí habla con algunos compañeros, le confirman lo dicho por los
-periódicos franceses; va á Santa Águeda y mata á Cánovas... Esta ha sido
-la obra del gobierno y la réplica de los anarquistas.
-
-Manuel no podía comprobar si esta versión era cierta ó no; tenía
-bastante confianza en el Libertario; pero podía estar engañado por sus
-entusiasmos de fanático.
-
---Yo lo que no puedo creer--dijo Manuel--, es que la policía haya
-llegado á producir un atentado sólo para extremar la represión.
-
---¡Pues si eso se ha visto aquí en pequeño!--exclamó el Madrileño--.
-Cuando el complot de la calle de la Cabeza... en lo de los Cuatro
-Caminos. Se puede decir que cuando en un círculo de obreros anarquistas
-aparecen cartuchos de dinamita, proceden de la policía.
-
---¿Sí?
-
---Sí, hombre, sí--dijo el Libertario--. Ascheri, uno de los que
-fusilaron en Montjuich, había sido de la policía. Cuando un anarquista
-trabaja por su cuenta, nadie lo suele saber, ni aun sus compañeros
-muchas veces.
-
---Es verdad--dijo Prats--. Yo me acuerdo de Molás, uno de los que
-fusilaron en Montjuich, cuando hacía sus primeras pruebas con la
-dinamita. Molás era ladrón y solía vivir temporadas robando. Algunas
-veces pasaba mucho tiempo sin que se le viera. Yo una vez le dije: «¿Qué
-haces?» «¿A ti qué te importa? ¡Yo trabajo por la causa!»--me
-contestó--. Una noche me dijo: «¡Anda, ven si quieres á ver lo que
-hago!» Echamos á andar, y ya por la mañana, llegamos á un sitio desierto
-donde no había más que un tejar. Sacó de un agujero del suelo un tubo
-de hierro de una cañería. Por lo que me dijo, estaba cargado de
-dinamita. Arrimó el tubo al tejar, le puso una mecha, la encendió y
-echamos á correr. Hubo una explosión formidable. Al volver no se veía
-más que un agujero en el suelo; del tejar no quedaba ni rastro.
-
---¿Es que no sabían en Barcelona hacer bombas que estallaran al
-choque?--preguntó Manuel.
-
---No.
-
---Y luego, ¿cómo aprendieron?
-
---Un relojero suizo hizo las primeras, que pasaron de mano en mano como
-curiosidad--contestó Prats--, luego aprendieron á hacer las los
-cerrajeros, y como los trabajadores de Barcelona son tan hábiles...
-
---¿Y la dinamita?
-
---De eso todo el mundo tenía la receta. Luego no sé quién trajo un
-_Indicador Anarquista_ con una porción de fórmulas.
-
---Un amigo mío--dijo el Madrileño--, que era mecánico, había escrito un
-catecismo para su hijo, y le examinaba al chiquillo delante de nosotros.
-Recuerdo las primeras preguntas que decían así: «¿Qué es la dinamita,
-niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se
-hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» «¿Cómo se
-prepara la dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina,
-tratando la glicerina por una mezcla, en frío, de ácido nítrico y de
-ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» El chico
-sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al
-padre lo llevaron á Montjuich nos solía decir: «Yo no sé si me matarán;
-pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.»
-
-Se levantaron todos del banco porque sentían frío. Comenzaba á amanecer.
-La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un
-gris de estaño. Desde el repecho de una colina vieron la cavidad inmensa
-del Tercer Depósito que estaban construyendo. Siguieron después el
-canalillo, con sus filas de chopos, sin hojas, al lado de la cinta de
-agua que brillaba y se curvaba en mil vueltas.
-
---Y eso de las órdenes del Comité Central de Londres, ¿es
-verdad?--preguntó Manuel.
-
---¡Quia, hombre! Son leyendas--replicó el Libertario--. No ha habido
-nunca tales órdenes.
-
-...Ya la claridad de la mañana se esparcía por la tierra, sembrada de
-hierba. El cielo se llenaba de nubes pequeñas y blancas, como vellones
-de lana, y en el fondo, cortando el horizonte, iba apareciendo el
-Guadarrama, orlado por la claridad del día.
-
-Un labrador sembraba marchando detrás del arado; sacaba el grano de una
-espuerta que le colgaba del cuello y echaba un puñado de semilla al aire
-que brillaba un momento como una polvareda y caía en los surcos de la
-tierra obscura.
-
-Caruty cantó una canción en _argot_ campesino, en la que se llamaba
-ladrones y canallas á los propietarios. Después entonó la _Carmañola
-Anarquista_:
-
- Ça ira, ça ira, ça ira
- tous les bourgeois á la lanterne
- ça ira, ça ira, ça ira,
- tous les bourgeois on les pendra.
-
-y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca...
-
-Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el
-Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca
-surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas
-casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero
-violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta
-llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se
-veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección».
-
---Este es el hospital del Cerro del Pimiento--dijo el Libertario.
-
-Siguieron adelante.
-
-Salió el sol por encima de Madrid. La luz se derramó de un modo mágico
-por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las
-torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco.
-
-El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas;
-un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa
-ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre
-la arena, parecía derretirla é incendiarla.
-
-Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de
-Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales.
-
-El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se
-extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo,
-enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán;
-algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol,
-se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro
-de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del
-día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente.
-
-Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz.
-
---Hay algo de loco en todos ellos--se dijo Manuel--. Habrá que separarse
-de esta gente.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
- El mitin en Barbieri.--Un joven de levita.--La carpintería del arca
- de Noé.--¡Viva la Literatura!
-
-
-Había que hacer el mitin cuanto antes. Juan, no sólo no estaba aún
-repuesto, sino que se encontraba peor. Desde casa iba dirigiendo el
-movimiento de propaganda; tenía gran correspondencia con los anarquistas
-de provincias y con los extranjeros. El médico no le permitía salir más
-que un momento por las tardes, en las horas de sol. Manuel era el
-encargado de no permitir la menor transgresión.
-
---Yo haré lo que sea--le decía á su hermano--, pero tú quédate en casa.
-
---Bueno; pues no hay que perder el tiempo para hacer el mitin.
-
---¿Le veremos á Grau?
-
---Psch... bueno; no querrá ir.
-
-Prats era partidario de que se viera á Grau. Manuel le acompañó. Fueron
-los dos á Vallehermoso y en una callejuela subieron al tercer piso de
-una casa. Llamaron; una muchacha les preguntó qué querían, dijeron á lo
-que iban, la muchacha vaciló y abrió la puerta. Pasaron por un pasillo á
-un despacho con un balcón en donde apenas cabían tres personas. En la
-pared había una porción de retratos. Manuel y Prats estuvieron
-contemplándolos.
-
---Esta es Luisa Michel--dijo Prats.
-
-Era una mujer de rostro escuálido y perfil aguileño, con la frente
-desguarnecida y el cabello corto. Después Prats mostró á Kropotkine,
-calvo y barbudo, agazapado tras de sus anteojos, con cierto aire de gato
-fosco; á Elíseo Reclus, de cara apacible de soñador y de poeta; á Gorki,
-con su tipo innoble y repulsivo.
-
-Se sentaron Prats y Manuel, y pasó media hora larga sin que apareciera
-nadie.
-
---Hay que hacer aquí más antesala que para ver á un ministro--dijo
-Manuel.
-
-Por fin, salió una señora flaca, de aire autoritario. Escuchó lo que
-dijo Prats, de pie, con marcada impaciencia, y contestó que su marido
-estaba trabajando. Le daría el encargo y él les enviaría la
-contestación.
-
-Salieron de casa de Grau, y Manuel, en derechura, se fué á la imprenta.
-
-Por la noche, en la Aurora, donde había gran movimiento para concertar
-los preparativos del mitin de propaganda, se habló de la negativa de
-Grau á tomar parte en la reunión.
-
-El Madrileño despotricó contra Grau.
-
---Es un vividor--dijo--, un farsante vendido al gobierno.
-
---No--replicó el Libertario--, es un temperamento de burgués, que vende
-su periódico como otro vende pastillas de chocolate.
-
---Sí--dijo el Madrileño--; pero cuando uno tiene un temperamento de
-burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, ó una zapatería ó
-cualquier cosa; todo menos un periódico anarquista. Cuando uno es
-partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando
-se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro
-cuartos.
-
---Grau será lo que se quiera--dijo Prats--; pero es una persona honrada
-y decente. En cambio, el director de _El Libertario_, es un miserable,
-una cucaracha, un reptil.
-
---¡Bah! ¡Como es amigo tuyo!--replicó el Madrileño--, por eso le
-defiendes á ese farsante!
-
---¡Farsantes, vosotros!
-
---Si estáis todos vendidos al gobierno.
-
---Vosotros sí que lo estáis. Queréis sembrar la cizaña en el campo
-anarquista--gritó Prats enfurecido--. ¿Cuánto dieron á vuestro periódico
-por hablar bien de Dato?
-
---Y vosotros--exclamó el Madrileño--¿qué cobrásteis por la campaña
-rabiosa que hicísteis contra los republicanos?
-
---La hicimos por dignidad.
-
---¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de
-Montjuich. Estáis engañando á la gente de una manera asquerosa. Todos
-tenéis salvoconducto de la policía.
-
---¡Canallas!--vociferó Prats fuera de sí--. Vosotros sí que estáis
-vendidos al gobierno y á los jesuítas para desacreditarnos. Pero tened
-en cuenta, que hemos desenmascarado á muchos farsantes.
-
---Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres
-dignos. ¿Por qué odiáis á Salvochea? Porque vale más que vosotros;
-porque ha sacrificado su fortuna y su vida por la anarquía, y vosotros
-no habéis hecho más que vivir de ella.
-
---Escupe tu baba, ¡miserable!--exclamó Prats.
-
---El miserable eres tú--gritó el Madrileño, acercándose á su
-contrincante con el puño levantado.
-
-El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron
-calmarlos.
-
---¡Imbéciles! ¡Idiotas!--murmuró el Libertario--. Saben que lo que dicen
-es mentira y lo dicen á pesar de todo... No parece sino que tienen
-interés en desacreditarse á sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un
-hombre...
-
- * * * * *
-
---¿Y por qué no citáis al mitin á los socialistas?--preguntó Manuel.
-
---¿Para qué?--preguntó el Libertario.
-
---Para discutir con ellos.
-
---¡Quia!--replicó en tono humorístico el Madrileño--. A esos, todo lo
-que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada.
-
---La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro--dijo el
-Libertario.
-
---Hombre, yo conozco á uno que está empleado en la Zarzuela--contestó
-Manuel.
-
---Podríamos ir á verle.
-
---Bueno.
-
-A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales
-llevaba la imprenta como una seda.
-
- * * * * *
-
-Unos días después, el Libertario y Manuel fueron á la Zarzuela, aunque
-convencidos de que no les habían de ceder el teatro.
-
-Se acercaron á allá, vieron que unos coristas ó comparsas entraban por
-un pasillo, y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el
-Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario.
-
-Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente á una puerta
-atada con una cuerda y que se cerraba á golpes por un resorte.
-
-Empujaron la puerta.
-
---¿Qué quieren ustedes?--les dijo un hombre con gorrilla.
-
---Preguntamos por el Aristas.
-
---En el otro lado.
-
-Pasaron; el escenario estaba en una semiobscuridad extraña; al lado de
-las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en
-corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el
-mantón con toquilla en la cabeza.
-
-Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían.
-
---No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela!
-Imposible--dijo el Aristas--. Ahora, se lo diré al representante.
-
---Como usted quiera--dijo con indiferencia el Libertario, á quien le
-molestaba el aire de superioridad del Aristas.
-
-Dirigidos por él, cruzaron el escenario y por una escalerilla de un
-extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba á obscuras; arriba,
-de la claraboya del techo, se filtraba pálida luz.
-
-Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluído de
-cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones.
-
-Un cómico, con aire acaponado, se asomó á las candilejas y comenzó á
-decir, con una voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba
-Fulano de Tal y de Tal, que le gustaba seguir á las modistas, porque era
-un pillín y una porción de sandeces y de cosas incongruentes.
-
---¿Qué bien trabaja, eh?--exclamó el Aristas sonriendo--. Gana ocho
-duros al día.
-
---¡Qué barbaridad!--murmuró el Libertario!--. ¡Cuántos de nosotros
-tenemos que ser explotados para que viva uno de estos mamarrachos!
-
---¿Qué tiene que ver eso?--¿A usted le quitan el dinero?--preguntó el
-Aristas.
-
---Sí, señor. El dinero que nos quitan los burgueses á mí y á otros como
-yo, lo vienen á gastar con nenes como este capón.
-
---Ya se ve que no entiende usted nada de arte--dijo desdeñosamente el
-Aristas.
-
---¿De arte? ¡Pero si eso no es arte ni es nada! Sirve para distraer á
-los burgueses mientras hacen la digestión. Es como el bicarbonato de
-sosa para el flato.
-
-El Aristas se levantó y se fué. Volvió al poco rato y secamente le dijo
-á Manuel que de ningún modo podían dar el teatro para un mitin, y menos
-para un mitin anarquista.
-
---Está bien--dijo el Libertario--. Vámonos.
-
-Volvieron á subir por la escalerilla al tablado, buscaron la puerta y
-salieron del teatro.
-
- * * * * *
-
-No hubo más remedio que hacer el mitin en Barbieri. El Libertario, el
-Madrileño, Prats y otros compañeros, hicieron los preparativos. El día
-fijado, un domingo de Enero, frío y desapacible, Manuel avisó un coche,
-y él, la Salvadora y Juan, fueron al teatro. Juan iba muy abrigado.
-
-Entraron en el teatro. La sala estaba bastante obscura; la luz entraba
-por un alto ventanal é iluminaba con una luz borrosa la sala aún vacía.
-
-Juan fué al escenario.
-
---Ten cuidado--le dijo la Salvadora--, no te enfríes.
-
-Manuel y la Salvadora se sentaron en las butacas.
-
-Se encendieron dos lámparas del telón de boca. A la luz mezclada del día
-triste y de las bombillas eléctricas, se vió el escenario como una
-cueva. En medio se habían sentado alrededor de una mesa, unos cuantos
-hombres mal vestidos; á un lado había una mesita pequeña, con un tapete
-azul y una botella y un vaso. En el fondo del escenario se veía una fila
-de hombres sentados en un banco, á los cuales no se les distinguía y
-entre éstos se sentó Juan.
-
-Iba llenándose el teatro; entraban obreros endomingados con sombrero
-hongo, otros de blusa y gorra, andrajosos y sucios. En las plateas se
-instalaban algunos que parecían capataces, con sus mujeres y chicos, y
-en un palco del proscenio había unos cuantos escritores ó periodistas,
-entre los que se señalaba un hombre con el pelo rojo y la barba también
-roja, en punta. Entró el Libertario en el teatro y se acercó á saludar á
-Manuel. Este le presentó á la Salvadora.
-
---¡Salud, compañera!--dijo el Libertario estrechándole la mano.
-
---¡Salud!--contestó ella riendo.
-
---La conocemos á usted mucho--añadió el Libertario--; éste y su hermano,
-no saben más que hablar de usted.
-
-La Salvadora sonrió y se turbó un tanto.
-
---Y qué, ¿vas á hablar?--le preguntó Manuel al Libertario.
-
---Eso quieren; pero no me hace gracia. Si les pudiera convencer de que
-no... Yo no sirvo para orador.
-
-Luego se apoyó en una butaca de espaldas al escenario, miró hacia atrás
-y añadió:
-
---¡Qué pocos son los que tienen caras de persona! ¿eh?
-
-La Salvadora y Manuel volvieron la cabeza. La verdad que ninguno de los
-tipos tenía mucho que celebrar. Había rostros irregulares, angulosos, de
-expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas ó
-cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales
-brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara
-triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador...
-
---¡En qué pocas miradas hay algo de inteligencia, y sobre todo, en qué
-pocas hay bondad!--añadió el Libertario--. Aires solemnes, graves, tipos
-de orgullosos y de farsantes... La verdad es que con esta raza no se va
-á ninguna parte. Bueno, me voy al escenario. ¡Salud, compañeros!
-
---Salud.
-
-Estrechó la mano de la Salvadora, dió una palmada en el hombro de Manuel
-y se fué.
-
-Se encendió la batería de las candilejas. El presidente, un viejo de
-barba blanca que estaba sentado entre Prats y un obrero enfermizo,
-pálido, de mirada vaga, hizo sonar la campanilla y se levantó. Dijo unas
-cuantas palabras, que no se oyeron, y concedió la palabra á uno de los
-oradores.
-
-Inmediatamente uno de los que se hallaban sentados en el fondo del
-escenario, avanzó hasta colocarse delante de la mesa, llenó un vaso de
-agua, bebió un sorbo y... ¡Compañeros!--dijo.
-
-A pesar de las amonestaciones del presidente, que reclamó silencio, al
-orador no se le entendió gran cosa, parte por el ruido que el público
-hacía al entrar, y parte por la monotonía del discurso, que debía estar
-aprendido de memoria y recitado. Al terminar se le aplaudió y se fué.
-
-Después vino un viejecillo, cogió la botella muy pausadamente, llenó el
-vaso de agua, se caló unas antiparras, dejó sobre la mesa un paquete de
-periódicos y comenzó á hablar.
-
-Era sin duda el compañero un señor muy metódico y prudente; porque no
-decía una palabra sin referirse á lo que había publicado este ó el otro
-periódico. A cada paso leía trozos con una lentitud desesperante. El
-público aburrido hablaba en voz alta, y algunos chuscos en el gallinero
-relinchaban con gran maestría.
-
-Dijo el viejecillo que era zapatero y contó cosas interesantes de la
-gente de su oficio, siempre documentándose. Cuando concluyó hubo en todo
-el mundo un suspiro de alivio.
-
-Tras del viejo se presentó un joven de gran levita y cuello almidonado
-muy alto. Era un periodista desconocido, que indudablemente trataba de
-pescar algo en las turbias aguas del anarquismo.
-
-El público, que había acogido con indiferencia á los dos primeros
-oradores, rompió á aplaudir á las primeras frases que pronunció el joven
-de la levita.
-
-En su discurso enfático, petulante, hueco, barajó términos científicos
-de sociología y de antropología.
-
-En la actitud de aquel joven, siempre había algo así como un reto. A
-cada instante parecía decir á los cuitados del público:
-
-¡Ya veis que llevo levita!, ¡que llevo sombrero de copa!, ¡que soy
-hombre ilustrado!; pues, ¡asombraos!, ¡admiradme! He descendido hasta
-vosotros. Me he identificado con vosotros.
-
-Puesto en el camino de las jactancias, el joven de la levita dijo que
-despreciaba á los políticos, porque eran unos asnos; despreciaba á los
-sociólogos que no se afiliaban á la anarquía, porque eran unos
-ignorantes; despreciaba á los socialistas, por vendidos al gobierno;
-despreciaba á todo el mundo, y cada baladronada de éstas era acogida por
-los papanatas del público con estrepitosos aplausos.
-
-El acogía los aplausos con cierto gestillo desdeñoso, del hombre á quien
-le convencen en su casa de que tiene mucho talento.
-
-Para final de su oración, el joven enlevitado hizo una frase de
-latiguillo.
-
---Al poder de las armas--dijo--, opondremos nosotros nuestra austeridad;
-si ésta no basta, á las armas contestaremos con las armas, y si la
-fuerza del gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al
-poder destructor de la dinamita.
-
-Después de esta frase, que fué coreada por los bravos y los aplausos del
-público, el enlevitado, muy derecho, como si llevara en la cabeza el
-_Sancta santorum_ de la Anarquía, se retiró con cierto aire displicente
-de hombre no comprendido.
-
-Después de éste, habló el Libertario. La sala había quedado emocionada
-con las frases campanudas y huecas del periodista, y la voz algo parda y
-confusa del Libertario no se llegó á oir; habló de la miseria, de los
-niños anémicos, y viendo que no le hacían caso, cortó el discurso y se
-fué sin que nadie se ocupara de él. Manuel aplaudió, y el Libertario se
-echó á reir, encogiéndose de hombros.
-
- * * * * *
-
-Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de
-la levita, cuando se acercó á la mesa, decidido, un hombre de blusa,
-tostado por el sol, con la mirada atravesada.
-
-El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó á que se callara la
-gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz cortado y bravío, dijo:
-
---¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis
-engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis
-noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oir y de aplaudir á
-quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros...
-¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más
-ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los
-perros que lamen la mano del que les da de comer. (_Aplausos._)
-
-Una voz gritó:--No es verdad.
-
---¡Fuera ese! ¡Fuera!
-
---Dejadle hablar.
-
---Yo he conocido un verdadero obrero intelectual--siguió diciendo el
-orador--, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la _gabina_ y
-del futraque. (_Aplausos._) Era un maestro de escuela, que predicaba la
-idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel
-hombre siempre andaba á pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de
-nosotros; á aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite
-y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba á leer á los braceros á
-la luz del candil. Aquel era un verdadero anarquista, aquel era un amigo
-de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen
-nada. ¿Qué hace la prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del
-oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen
-dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane
-usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando
-llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y
-cargar carros, todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto,
-comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo
-digo, cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de
-gallinas...
-
-El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus
-instintos agresivos, y volvió á insultar con verdadera elocuencia al
-público, que le aplaudió con entusiasmo. Se veía que era un hombre
-fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros
-abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las
-comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que
-aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de
-cualquier disparate.
-
-Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de
-los astrónomos, á quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo
-mirando al cielo.
-
---¡Qué le habrán hecho á éste los astrónomos!--dijo Manuel á la
-Salvadora.
-
-Después de una excitación al pillaje, el tejero terminó diciendo:
-
---No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos
-farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución
-Social!
-
-Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso,
-cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él
-no tenía más odio que la Biblia.
-
-Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida.
-
-Para él, la Biblia no era más que un conjunto de necedades y de
-disparates. Se burló con cierta gracia de los siete días del Génesis, de
-la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias.
-
-Dijo también que una de las cosas que le hacían reir era la existencia
-del alma.
-
---Porque ¿qué es el alma?--preguntó él--. Pues el alma no es más que el
-juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema
-humanitario--y se miró á los brazos y á las piernas--, y si se va á ver,
-lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los
-perros, sino hasta los más _insiznificantes_.
-
-Después de esta explicación materialista del alma, digna del
-_Ecclesiastes_, explicó el hombre gordo el infundio del arca de Noé,
-como él lo llamó:
-
---Yo no sé--dijo--si Noé sería maestro carpintero; yo lo soy; pero lo
-que sí puedo decir es que el arca aquella no era una chapuza ni mucho
-menos (_risas_), y que para meter allí una parejita de cada animal, lo
-mismo terrestre que volátil, que _acuario_, se necesitaba toda una
-señora arca. Yo no le quito á Noé nada como carpintero, á cada uno lo
-suyo (_nuevas risas_); pero si le hubiera conocido á este señor, le
-hubiera preguntado: ¿Qué necesidad tenía usted de meter en el arca los
-chinches, las cucarachas y otros _inseztos_? ¿No hubiera sido mejor
-dejarles que se ahogaran?... La verdad es que este Noé debía tener alma
-de burgués (_risas_). Y si bien se quiere, el hombre era poco galante,
-porque en _orsequio_ de las señoras, que son á quienes más les pica
-(_risas_, _gritos_ _y_ _patadas_), debía haber suprimido las pulgas. Y
-otra cosa se me ocurre. Si las golondrinas comen moscas, y allá dentro
-del arca las dos golondrinas se comieron las dos moscas, ¿de dónde
-vienen las que hay ahora? Y los camaleones que se alimentan del aire,
-¿cómo vivían allí si no había aire?
-
---¿Y por qué no había de haber aire?--preguntó uno desde arriba.
-
---Si había aire, estaría viciado--contestó el hombre gordo--. Porque
-cuarenta días y cuarenta noches en un sitio cerrado y sin ventilación
-con todos los animales de la tierra, habría que ver la peste... En fin,
-compañeros, que todo eso no es más que una filfa muy grande, y he dicho.
-
-Se aplaudió algo burlonamente este discurso y se levantó Juan, muy
-pálido, con los ojos abiertos, como espantados. Manuel sintió una gran
-desazón.
-
---A ver si se trabuca--dijo á la Salvadora.
-
---No lo hará bien--contestó ella, también intranquila.
-
- * * * * *
-
-Se acercó Juan, modestamente á la mesa, y comenzó á hablar con una voz
-velada y algo chillona sin equivocarse. Interesado el público por el
-aspecto de niño enfermo de Juan, quedó silencioso. Juan, al sentirse
-escuchado, se tranquilizó; tomó el tono natural de su voz y comenzó á
-hablar con convicción y facilidad, de una manera flúida é insinuante.
-
---La anarquía--dijo--no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que
-los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia,
-sólo por la fuerza de la razón.
-
-El quería que los hombres luchasen para salir del antro obscuro de sus
-miserias y de sus odios á otras regiones más puras y serenas.
-
-El quería que el Estado desapareciera, porque el Estado no sirve más que
-para extraer el dinero y la fuerza que él supone, de las manos del
-trabajador y llevarlo al bolsillo de unos cuantos parásitos.
-
-El quería que desapareciese la ley, porque la ley y el Estado eran la
-maldición para el individuo, y ambos perpetuaban la iniquidad sobre la
-tierra.
-
-El quería que desaparecieran el juez, el militar y el cura, cuervos que
-viven de sangre humana, microbios de la humanidad.
-
-El afirmaba que el hombre es bueno y libre por naturaleza, y que nadie
-tiene derecho de mandar á otro. El no quería una organización comunista
-y reglamentada, que fuera enajenando la libertad á los hombres, sino la
-organización libre basada en el parentesco espiritual y en el amor.
-
-El prefería el hambre y la miseria con la libertad á la hartura en la
-esclavitud.
-
---Sólo lo libre es hermoso--exclamó y en una divagación pintoresca
-dijo:--El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y
-negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le
-compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y
-preparado para zarpar. Es pez en su casco y pájaro en su arboladura;
-tiene velas blancas que parecen alas; un bauprés que parece un pico;
-tiene una aleta larga que se llama quilla y una aleta caudal que es el
-timón. Es una gaviota que navega; marcha y se le mira con envidia como á
-un amigo que se va. En cambio, ¡qué triste el barco viejo y desarbolado
-que ya no puede salir del puerto! Y es que la vejez también es una
-cadena.
-
-Y Juan siguió hablando así, pasando de un asunto á otro.
-
-El quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por
-una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar.
-
-El no veía en la cuestión social una cuestión de jornales, sino una
-cuestión de dignidad humana; veía en el anarquismo la liberación del
-hombre.
-
-Además, para él, antes que el obrero y el trabajador, estaban la mujer y
-el niño, más abandonados por la sociedad, sin armas para la lucha por la
-vida...
-
-Y habló con ingenuidad de los golfillos arrojados al arroyo, de los
-niños que van á los talleres por la mañana muertos de frío, de las
-mujeres holladas, hundidas en la muerte moral de la prostitución,
-pisoteadas por la bota del burgués y por la alpargata del obrero.
-
-Y habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración nunca
-satisfecha de amor. Una misma congoja agitaba todos los corazones;
-algunas mujeres lloraban. Manuel contempló á la Salvadora y vió que en
-sus ojos trataban de saltar las lágrimas. Ella sonrió, y entonces dos
-lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas.
-
-Y Juan siguió hablando; su voz, que se iba haciendo opaca, tenía
-entonaciones de ternura; sus mejillas estaban encendidas. En aquel
-momento parecía sentir los dolores y las miserias de todos los
-abandonados.
-
-Nadie seguramente pensaba en la posibilidad ó imposibilidad de las
-doctrinas. Todos los corazones de la multitud latían al unísono. Ya iba
-á terminar Juan su discurso, cuando se produjo un escándalo en las
-últimas filas de butacas.
-
-Era Caruty que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta.
-
---¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente--gritaron todos, creyendo quizás que
-intentaba replicar al orador.
-
---No, no me sentaré--dijo Caruty--. Tengo que hablar. Sí. Tengo que
-decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!
-
-Juan le saludó con la mano y dejó la tribuna.
-
-Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado
-de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron á
-aplaudir de una manera rabiosa. La Salvadora y Manuel se miraban
-conmovidos, con lágrimas en los ojos.
-
-El presidente dijo algunas palabras que no se oyeron y terminó la
-reunión.
-
-Comenzó á salir la gente. En el pasillo del escenario se habían
-amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y
-aprendices, con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de
-escrofulosos.
-
-Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con una efusión
-apasionada.
-
---¡Salud, compañero!
-
---Salud.
-
---Dejadle al hombre, que está malo--dijo el Libertario.
-
-Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprenderlo quizás,
-había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía!
-¡Viva la Literatura!
-
-En el momento de salir á la calle, dos agentes de la policía se echaron
-sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entredientes,
-mirando con desprecio á una burguesía imaginada, la canción de Ravachol.
-
-Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche á casa.
-
---¿Qué ha querido decir Caruty?--preguntó Manuel--. ¿Qué la anarquía es
-cosa de literatura?
-
---Ni él mismo lo sabrá--dijo Juan.
-
---No, no; él ha querido decir algo--repuso Manuel.
-
-¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos
-cosas; pero no sabía cuál.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
- Gente sin hogar.--El Mangue y el Polaca.--Un vendedor de
- cerbatanas.--Un gitano.--El Corbata.--Santa Tecla y su mujer.--La
- Filipina.--El oro escondido.
-
-
-En los paseos que Juan daba el invierno por las tardes al sol, un día
-que le sorprendió la lluvia, entró en una de las casuchas que había al
-lado de la tapia de la Patriacal, mirando al Tercer Depósito.
-
-Se encontró que la casucha estaba habitada por dos muchachuelos y una
-chiquilla. Los dos chicos le contaron al momento su vida y milagros. Uno
-se llamaba el Mangue y el otro el Polaca; los dos eran aprendices de
-torero. A la chica le decían la Chai.
-
-El Mangue era un chiquillo delgaducho y listo como una sabandija; el
-Polaca tenía una cabeza enorme, unos ojos inexpresivos, redondos como
-dos botones, y los labios abultados. El padre del Mangue era carbonero y
-quería obligarle á trabajar; pero él se había escapado de casa con la
-Chai y el Polaca, y durante todo un verano y un otoño habían andado en
-las capeas. El Polaca había estado en un asilo hasta los seis años. Un
-día, por una falta leve, una monja le tuvo durante ocho días desnudo,
-atado con cuerdas de esparto, á pan y agua. A consecuencia de este
-bárbaro castigo, el Polaca enfermó y lo llevaron al hospital. A la
-salida se echó á andar por las calles.
-
---¡Qué infamia es esa farsa de caridad oficial!--murmuró Juan--. ¡Qué
-infamia!
-
-El Mangue y el Polaca, con la ilusión de ser toreros, vivían contentos.
-
---¿Y ganábais algo en esas capeas?--les preguntó Juan.
-
---Sí, lo que nos daban.
-
---¿Y cómo ibais de un pueblo á otro?
-
---Nos subíamos á los estribos del tren, y antes de llegar á una estación
-bajábamos.
-
---Pero todos los días no habría capeas.
-
---No.
-
---Y mientras tanto, ¿qué comíais?
-
---Sacábamos patatas del suelo y comíamos uvas y frutas.
-
---¿Y ahora qué hacéis?
-
---Ahora nada. Esperando el verano.
-
-La Chai era una muchacha fea y de aspecto encanallado, y por lo que pudo
-observar Juan, trataba como esclavos á sus dos amantes.
-
---¿Y vivís solos aquí vosotros?
-
---No, hay más en estas casillas.
-
-A Juan le interesó aquella madriguera y volvió al día siguiente. Hacía
-una hermosa tarde de sol. En el antiguo patio del cementerio, arrimados
-á una tapia, había un vendedor de cerbatanas y de majuelas, que tenía su
-mercancía en una cesta; un gitano y un golfo. Les preguntó Juan por el
-Mangue y por el Polaca, y se sentó junto á ellos.
-
-El gitano dijo que tenía como profesión la de matar pájaros con
-tirabeque; profesión que á Juan le pareció bastante cómica.
-
---No crea usted... que es guasa--dijo el gitano--. ¿A que le doy á aquel
-bote de pimiento?
-
---¿A que no? Una perra gorda--apostó el de las cerbatanas.
-
-El gitano arregló su tirabeque, disparó... y no le dió al bote.
-
-Se trabó una larga discusión entre el gitano y el de las cerbatanas.
-
---Y usted, ¿qué hace?--le preguntó Juan al golfo.
-
---¿Yo?--exclamó el otro en tono displicente.
-
---Sí.
-
---Yo soy ladrón.
-
---¡Mal oficio!
-
---¿Por qué?
-
---Porque no produce más que disgustos.
-
---¡Psch! También suelo vender perros; pero eso es peor.
-
---¿Y qué es lo que roba usted?
-
---Lo que se tercia. Antes robábamos aquí, en este camposanto.
-
---¿Entonces conocería usted á Jesús?
-
---A Jesús, el cajista, ya lo creo. ¿Era amigo de usted?
-
---Sí, amigo y compañero. Yo soy anarquista.
-
---Pues yo soy el Corbata. Cuando hago de Don Tancredo me llaman el
-Raspa.
-
---¡Ah! ¿Hace usted de Don Tancredo?
-
---Sí; el año pasado un toro me dejó á la muerte. Y espero el año que
-viene para ir á los pueblos á repetir el experimento.
-
---¿Y si le matan á usted?
-
---¡Psch! Es igual.
-
---¿Y cómo le han soltado ya de la cárcel?
-
---Me las he arreglado para que me saquen.
-
---¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente?
-
---¡Si hay! mejor que fuera. Ahí he conocido á los Ladrilleros, dos
-buenas personas.
-
-Los Ladrilleros no habían hecho más que asesinar á uno para robarle.
-
---Uno de los Ladrilleros, domesticaba gorriones en el pasillo de
-arriba--contó el Corbata--. Solía hacer que los pájaros fuesen á comer
-miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos
-en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara
-nadie. Un día va el director y le ve que no tenía más que un gorrión:
-«¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?»--le preguntó. «No, señor director.»
-«¿Es que se ha escapado?» «Tampoco.» «¿Pues dónde está?» «Usted me
-perdonará, señor director--le dijo el Ladrillero sonriendo--, pero el
-preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado
-el gorrión por tres días para que se distraiga.»
-
-El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un
-niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los
-presidios había tan buena gente ó más que fuera.--Un acaloro cualquiera
-lo puede tener--terminó diciendo. Al marcharse Juan, el Corbata
-distraídamente le quitó el pañuelo. Juan lo notó, pero no dijo nada.
-
- * * * * *
-
-Unos días después, Juan vió en la era de la Patriarcal á un amigo del
-Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de
-bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada
-indiferente y fría de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en
-la cárcel y le tomó bajo su protección.
-
-El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas
-pasiones.
-
---He vivido en una casa de zorras--le dijo á Juan riendo--, hasta que se
-murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche
-me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?» me dijo. «Si me das todo lo
-que ganas, sí»; le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dió la llave y
-nos arreglamos. Así estuve hasta hace un año, viviendo bien, pero una
-mujer me faltó y la dí una _puñalá_. Ahora estoy aquí porque me tengo
-que ocultar.
-
-Unos días después, el Chilina llevó á las casas del cementerio una mujer
-tagala con el objeto de explotarla.
-
-Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose á los hombres por
-aquellos descampados.
-
-Le llamaban la Manila, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el
-instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta
-ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la
-sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada desde la infancia á
-ser maltratada por el blanco, no llegaba á herirle la abyección de su
-oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le
-daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales.
-
-El Corbata y el Chilina la poseían cuando querían en los rincones
-apartados, cerca de las tapias del cementerio, y ella se entregaba como
-quien hace un favor. El Chilina, además, le sacaba el dinero.
-
-Otras dos personas se acogieron en las casuchas en aquel invierno: un
-mendigo viejo, sucio y repugnante, con una barba enmarañada y ojos
-purulentos, y su mujer, una arpía con la que estaba amontonado.
-
-Este mendigo se ponía en las bocacalles y golpeando la acera con la
-garrota, gritaba varias veces el santo del día.
-
-El Corbata, la primera vez que le vió, le oyó decir:
-
---Hoy, hoy... Santa Tecla... Santa Tecla... hoy... hoy--y desde entonces
-le llamaba Santa Tecla.
-
- * * * * *
-
---¡Qué hermoso!--pensaba Juan--sería sacar á estos hombres de las
-tinieblas de la brutalidad en que se encuentran y llevarlos á una esfera
-más alta, más pura! Seguramente en el fondo de sus almas hay una bondad
-dormida; en medio del fango de sus maldades hay el oro escondido que
-nadie se ha tomado el trabajo de descubrir. Yo trataré de hacerlo...
-
-Todas las tardes, lloviera ó hiciera bueno, iba Juan á las casuchas del
-campo santo á hablarles á aquellos hombres. Acudían algunos mendigos de
-San Bernardino y escuchaban con atención. Formaban un corro. Enfrente
-los cipreses del cementerio de San Martín sobresalían por encima de las
-tapias. Oían todos las palabras de Juan como una música agradable y
-dulce y la Filipina, quizás la que menos entendía, era la que con más fe
-le escuchaba.
-
-Cuando se marchaba Juan á su casa, muchas veces se decía á sí mismo:
-
---El oro está dentro; saldrá á la superficie.
-
-Un anochecer Juan presenció una apuesta entre Santa Tecla y la vieja
-arpía, con quien se hallaba amontonado.
-
---¿Qué sabes tú, vieja zorra?--decía Santa Tecla.
-
---¿Qué sé yo? Más que tú, asqueroso; mucho más que tú--replicaba la
-vieja haciendo gestos repugnantes.
-
---Tú crees que toda la gente es tan mala como tú.
-
---Si parece que tienes telarañas en los ojos.
-
---Calla, calla, _arrastrá_.
-
---Si es que tú pareces tonto; ya te figuras tú que la gente te da dinero
-porque eres tú.
-
---Calla... ¡leñe! ¡tanto moler y tanto amolar!... porque tú eres una
-cochina zorra, ya crees que todas lo han de ser.
-
---Y lo son. ¡Me parece!--y la vieja hizo un gesto desvergonzado.
-
-Santa Tecla metió la mano por la abertura y se puso á rascarse el pecho
-con dignidad.
-
---Pues sí, pues sí--chilló la vieja--, mañana va otro ciego cualquiera
-al Buen Suceso y le dan limosna lo mismo que á ti.
-
---¡Cállate, cerda! Si eres más venenosa que un sapo. ¿Tú qué sabes?
-
---¿Que no sé? Haz una apuesta. A que mañana domingo, si voy yo de tu
-parte á las señoras del coche y les digo que tú estás malo, ¿á que no
-dan nada?
-
---A que sí.
-
---¿Cuánto apostamos?
-
---Una botella.
-
---Está.
-
---Hay que ver en qué termina la apuesta--dijo el Corbata.
-
-Al día siguiente fué Juan. Santa Tecla paseaba por la era dando muestras
-de impaciencia. El Corbata y el Chilina tomaban el sol tendidos en la
-hierba.
-
-Al medio día apareció la vieja en la vuelta del camino con una botella
-en la mano.
-
-Santa Tecla sonrió.
-
---¿Qué?--dijo cuando se asomó la vieja--. ¿Han dado?
-
---_Ná_, ni una perra. Les dije: «¡Señoritas, una limosna _pa_ el
-cieguecito, que mi pobre _marío_ está _mu_ malo y no tenemos ni _pa
-melecinas_!
-
---¿Y qué?
-
---_Pus ná_, que entraron en la iglesia sin mirarme. Luego las seguí
-hasta su casa... y la señora ha _llamao_ al portero y le ha dicho que me
-eche. ¡Ah, perras! Aquí traigo la botella. ¡Dame los dos reales!
-
---¡Los dos reales! ¿Pero tú te has _figurao_ que á mí me la das? Lo que
-te voy á dar es un estacazo por liosa.
-
---No pagues si no quieres. Pero que me muera si no es verdad lo que
-digo.
-
---Bueno, trae la botella--y Santa Tecla cogió la botella, la destapó y
-comenzó á beber y á murmurar.
-
---¡_Desagradecías_, más que _desagradecías_!
-
---¿Ves?--gritaba la vieja atenta al odio más que á la golosina--. ¿Ves
-lo que son?
-
---_¡Desagradecías!_--gruñía el viejo.
-
---Pero oiga usted, compadre--le preguntó el Corbata en tono de chunga--.
-¿Usted qué ha hecho por esa gente? ¿Rezar?
-
---¿Y te parece poco?--replicó el mendigo componiendo el semblante.
-
---A mí muy poco.
-
---Si tú eres un hereje, yo no tengo la culpa--refunfuñó el viejo con la
-barba llena de vino. El Corbata y el Chilina se echaron á reir á
-carcajadas, mientras Santa Tecla, con la botella ya vacía en la mano,
-murmuraba entre dientes cabeceando:
-
---Son unas _desagradecías_. ¡Para que haga uno por ellas nada!
-
- * * * * *
-
-Juan había contemplado entristecido la escena. Vino la Manila; el
-Chilina se acercó á ella á pedirle el dinero que había ganado. Era
-domingo y quería divertirse el mozo.
-
---No tengo más que unos céntimos--dijo ella.
-
---Te los habrás gastado.
-
---No; es que no he ganado.
-
---A mí no me vienes tú con infundios. Venga el dinero.
-
-Ella no replicó. El le dió una bofetada, luego otra; después furioso la
-echó al suelo, la pateó y la tiró de los pelos. Ella no lanzaba ni un
-grito.
-
-Al fin ella sacó de la media unas monedas y el Chilina, satisfecho, se
-marchó.
-
-Juan y la Filipina encendieron una hoguera de ramas y los dos, muy
-tristes, se calentaron en ella.
-
-Juan se fué á su casa. El oro de las almas humanas no salía á la
-superficie.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
- Esnobismo sociológico.--Anarquistas intelectuales.--Humo.
-
-
-Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este
-señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y
-quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que
-no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en
-donde les presentaría unos compañeros.
-
---¿Iremos?--le preguntó el Libertario á Juan.
-
---Por qué no.
-
- * * * * *
-
-Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.
-
-Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es
-el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo
-modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas
-blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de
-baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos
-grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres delgadas con el
-talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez
-desagradable.
-
-Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó
-afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran
-corbata azul y un chaleco claro rameado.
-
---Pasemos á mi despacho--dijo--. Les presentaré á mis amigos.
-
-Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de
-ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los
-anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar.
-
-El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y
-cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas.
-En el fondo había una chimenea encendida.
-
---Sentémonos por aquí, al lado del fuego--dijo el anfitrión.
-
-Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y
-acercó una mesita de te con tazas y pastas.
-
-Sirvió el criado á unos te á otros café.
-
-El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado
-les preguntó:
-
---¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse?
-
---Me es igual.
-
-Pasó luego el criado con una caja de puros y mientras fumaban se habló
-de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel
-d'Annunzzio y de otra porción de cosas.
-
-Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó
-en la butaca y dijo:
-
---Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una
-gran independencia de criterio y que representara las tendencias más
-avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he
-permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido
-filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera
-en que vivimos. ¿No les parece á ustedes?
-
-El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de
-la necesidad de la renovación.
-
---Yo quisiera saber--prosiguió--si ustedes podrían llegar á un acuerdo
-para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría
-yo.
-
---Nosotros somos anarquistas--dijo el Libertario--, y cada uno de
-nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con
-nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo
-y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual
-sociedad.
-
-Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero.
-
---Pero eso es muy vago--dijo con cierto aire displicente un joven
-acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.
-
---¿Vago? Yo no veo la vaguedad--replicó con rudeza el Libertario--.
-Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado,
-la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.
-
---Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes--indicó el gomoso,
-y añadió dirigiéndose al anfitrión--; porque hay el nihilismo
-filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del
-socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que
-es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos...
-
---Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro--dijo sonriendo el
-Libertario.
-
---¿Un sentimiento puramente de destrucción?
-
---Eso es, puramente de destrucción.
-
---Yo estoy con estos señores--saltó un joven de barba y anteojos, de
-aspecto ensimismado y hablar meloso--; creo que hay que destruir mucho,
-disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios.
-
---Hay que construir--interrumpió el gomoso con un gesto de desdén.
-
---¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para
-resistir todas las ideas, aun las más disolventes?
-
---Había que discutir eso.
-
---Discutir, ¿para qué?--repuso el de las barbas--. Es una convicción que
-yo tengo y de la que usted no participa.
-
---¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica.
-
---Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las
-ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes
-á inmovilizarlas.
-
---Las ideas están ya transformadas--replicó el gomoso.
-
---Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal
-verdadero en toda España.
-
---¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que
-usted desea?
-
---El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de
-abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta,
-porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena,
-ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted--dijo al
-oficial--que mata en la guerra.
-
---Yo--saltó el oficial--hago una diferencia entre el militar y el
-guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas.
-
---Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de
-los funcionarios, yo creo que se hunde--siguió diciendo el de las
-barbas.
-
---¡Bah!
-
---Es mi opinión--y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy
-ensimismado.
-
- * * * * *
-
---Yo--dijo el oficial á Juan--encuentro muy simpáticas las ideas de
-ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y
-clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que
-ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero.
-
---No--repuso Juan--; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á
-exterminarse unos á otros.
-
---Yo lo que quisiera saber--dijo el joven sociólogo--, quiénes son los
-que van á hacer esa revolución.
-
---¿Quiénes?--contestó el Libertario--, los desarrapados, los que viven
-mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y
-la revolución estaba hecha.
-
- * * * * *
-
---Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir--exclamó el oficial--;
-pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el
-ejército.
-
-El oficial explicó su plan. Era un hombre atezado, flaco, con un perfil
-de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las
-ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos
-artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la
-revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los
-capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las
-obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido
-de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado
-el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una
-concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y
-anarquista.
-
-El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven
-gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí
-mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie.
-Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades
-científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías:
-arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes
-y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y
-cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la
-anarquía le parecía despreciable.
-
---Yo estaría con ustedes--dijo el joven sociólogo--, siempre que ustedes
-se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista,
-sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y
-brutalidades.
-
---Ustedes los sociólogos, los ateneístas--murmuró el de las barbas con
-sorna--, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los
-naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto
-doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver
-si el año pasado se murieron más ó menos.
-
---¿Nos vamos á poner á llorar?
-
---No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las
-estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el
-sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca.
-Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no
-llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la
-doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran
-federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos
-fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo
-científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de
-los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el
-sentimiento anarquista que hay en el ambiente; el sabio no; toma la
-idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su
-funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el
-obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á
-la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la
-burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el
-mío!»
-
---Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía
-es un sistema científico.
-
---Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de
-los exaltados.
-
- * * * * *
-
---Seguramente no nos entendemos--dijo Juan--, ¡vámonos!
-
---No; no nos podemos entender--replicó incomodado el sociólogo--.
-Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes.
-
---Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas.
-
---Yo también lo soy.
-
---Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta
-atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos;
-queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover
-esto.
-
---Pero eso no es un programa claro.
-
---¡Programa claro! ¿Para qué?--exclamó el Libertario--. ¿Para no
-realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los
-que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los
-planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es
-la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos
-que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está
-todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la
-ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso
-hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene
-como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en
-los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue
-impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen
-ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución;
-luego ya veremos lo que sale.
-
---No estamos conformes.
-
---Bueno. ¡Vámonos!--dijo Juan.
-
-Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había
-oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su
-amigo.
-
-El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos.
-
-Salieron los cuatro á la calle.
-
---Abrígate--le dijo Manuel á Juan.
-
---Quia, no hace frío.
-
-La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia
-menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un
-manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes
-en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces
-de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida
-amplia y hermosa.
-
---¡Qué imbéciles son!--dijo Prats.
-
---No; que no se quieren comprometer--replicó el Libertario--. Es
-natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo
-mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos
-los españoles.
-
---Sí; desgraciadamente es verdad--pensaba Manuel.
-
---Estas tentativas de unión fracasan siempre--dijo Prats--. Sólo en
-Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí
-reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los
-anarquistas.
-
---Sí, es verdad--repuso el Libertario--; ese elemento radical burgués es
-el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los
-químicos, todos esos van preparando la revolución social, como los
-aristócratas prepararon la revolución política.
-
-Se despidieron.
-
---Salud, amigos--dijo el Libertario.
-
---¡Salud!
-
-Manuel y Juan fueron á su casa.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
- Miedos pueriles.--Los hidalgos--El hombre de la Puerta del Sol.--El
- enigma Passalacqua.
-
-
-Hay entre las diversas formas y especies de miedos, pavores y terrores,
-algunos extraordinariamente cómicos y grotescos.
-
-A esta clase pertenecen el miedo de los católicos por los masones; el
-miedo de los republicanos por los jesuítas; el miedo de los anarquistas
-por los polizontes y el de los polizontes por los anarquistas.
-
-El miedo al coco de los niños es mucho más serio, mucho menos pueril que
-esa otra clase de miedos.
-
-Al católico no se le convence de que la masonería es algo así como una
-sociedad de baile, ni el republicano puede creer que los jesuítas son
-unos frailucos vanidosillos, ignorantuelos, que se las echan de poetas y
-escriben versos detestables y se las echan de sabios y confunden un
-microscopio con un barómetro.
-
-Para el católico, el masón es un hombre terrible; desde el fondo de sus
-logias dirige toda la albañilería antirreligiosa, tiene un papa rojo, y
-un arsenal de espadas, triángulos y demás zarandajas.
-
-Para el republicano, el jesuíta es un diplomático maquiavélico, un
-sabio, un pozo de ciencia y de maldad.
-
-Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio,
-que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el
-club, y que está siempre en acecho.
-
-Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible,
-es el anarquista.
-
-Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios.
-
-¿Es por tontería, es por romanticismo ó solamente por darse un poco de
-importancia?
-
-Es muy posible que por todas estas cosas juntas. Lo cierto es que al
-católico no se le puede convencer de que si las ideas anti-religiosas
-cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque
-la gente empieza á discurrir; á los republicanos tampoco habrá nadie que
-les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni
-de la penetración de los hijos de San Ignacio, sino de que la sociedad
-española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados
-por beatas.
-
-Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras
-individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los anarquistas
-no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de
-su vida.
-
-Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier
-sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay casi siempre, según
-ellos, un confidente ó un traidor.
-
-Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo á
-quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por un dinamitero
-feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel á unos
-cuantos.
-
- * * * * *
-
-Al acercarse el período de la coronación, los periódicos por hablar de
-algo, dijeron que se preparaban á venir á Madrid policías extranjeros
-por si llegaban anarquistas con fines siniestros.
-
-Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer
-dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández
-Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol.
-
-Entre los muchos Fernández más ó menos ilustres del mundo, Fernández
-Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más
-conocido. No había más que preguntar por él en la acera del café
-Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en la Puerta
-del Sol se forman junto á los urinarios; todo el mundo le conocía.
-
-Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala
-ancha á lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca
-en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones una
-sonrisa suntuosa y un bastón.
-
-Era un desarrapado que se las echaba de marqués.
-
---No me gustan los términos medios, ¿está usted?--decía--, ó voy hecho
-un andrajoso, ó elegante hasta el paroxismo.
-
-El hombre de la Puerta del Sol vestía y calzaba indudablemente de
-prestado, y el que le prestaba las ropas debía ser más grueso que él
-porque siempre estaba holgado en ellas; pero en cambio el donador tenía
-el pie más pequeño, porque á Trascanejo los tacones le caían hacia la
-mitad de la planta del pie, con lo cual solía caminar á modo de
-bailarina.
-
-Trascanejo no trabajaba, no había trabajado nunca. ¿Por qué?
-
-Un sociólogo de estos que ahora se estilan me ha dicho en secreto que
-piensa escribir una memoria para demostrar casi científicamente, que el
-80 al 90 por 100 de la golfería en España, literatos, cómicos,
-periodistas, políticos, etc., proviene en línea directa de los
-hidalguillos de las aldeas españolas en el siglo XVII y XVIII. La
-tendencia á la holganza, según el tal sociólogo, se ha transmitido pura
-é incólume de padres á hijos, y según él, la clase media española es una
-prolongación de esta caterva de hidalgos de gotera, hambrones y
-gangueros.
-
-Trascanejo era hidalgo á cuatro vientos y por eso no trabajaba; su
-familia había tenido casa solariega y un escudo, con más cuarteles que
-Prusia, entre los cuales había un jefe que representaba tres conejos en
-campo de azur.
-
-El hidalgo se pasaba el día en ese foro que tenemos en el centro de
-Madrid, al que llamamos la Puerta del Sol.
-
-Siempre tenía este hombre, que era un pozo de embustes y de malicias,
-alguna noticia estupenda para solazar á sus amigos íntimos.
-
---Mañana se subleva la guarnición de Madrid--decía con gran misterio--.
-Tenga usted cuidado. Están comprometidos la Montaña, San Gil y algunos
-sargentos de los Docks. ¿Tiene usted un pitillo? Yo iré á la estación
-del Mediodía con los de los barrios bajos.
-
-Este hombre, almacén de noticias falsas, que anunciaba revoluciones y
-pedía cigarros, tenía una vida interesante. Vivía con su novia, señorita
-ya vieja entre cuero y mojama, y la madre de ella, señora pensionista,
-viuda de un militar. Con la pensión y con lo que trabajaban las dos
-damas pasaban con cierta holgura y hasta tenían bastante para convidar á
-comer á Silvio á diario.
-
-Cada día este hombre, de una imaginación volcánica, preparaba un nuevo
-embuste para explicar que no le hubiesen dado un cargo de gobernador ó
-de cosa parecida, y ellas le creían y tenían confianza en él. El hombre
-de la Puerta del Sol, que en la calle era el prototipo del hablar
-cínico, desvergonzado é insultante, en casa de su novia era un hombre
-delicado, tímido, que trataba á su prometida y á la madre de ella con un
-gran miramiento. Entre la señorita ya acartonada y el golfo callejero se
-había desarrollado desde hacía veinte años un amor platónico y puro.
-Algún beso en la mano, y una porción de cartas ya arrugadas, eran las
-únicas prendas cambiadas de su amor.
-
- * * * * *
-
-Silvio había cobrado algunas veces por servicios prestados á la policía,
-y la noticia de los posibles atentados anarquistas le puso en guardia.
-
---Hay un complot que explotar--se dijo--. Este complot está incubándose,
-en cuyo caso no hay más que descubrirlo, ó no hay nada pensado, y en
-este caso la cuestión está en organizarlo.
-
-Trascanejo olfateó por dónde olía á anarquismo, y á los pocos días cayó
-en la taberna de Chaparro.
-
-Habló con Juan.
-
---Si ustedes están dispuestos á ayudar, nada más que ayudar, tengo gente
-para dar el golpe. Contamos con Pepe el Pollero, con Matías, el cortador
-de la Plaza de la Cebada. No necesitamos más que una señal.
-
-Se discutió por todos los socios, con gran misterio, si se tomaría parte
-en el complot.
-
-Una tarde, al salir Manuel de la imprenta, se encontró con el
-Libertario.
-
---Te venía á buscar--le dijo éste.
-
---¿Pues qué hay?
-
---Vigila á Juan. Es muy cándido y lo van á meter en algún lío. Me da en
-la nariz que hay algún manejo de la policía. Ahí por la taberna se han
-descolgado tipos que me escaman. Ahora un descubrimiento de un complot
-vendría al gobierno de perillas.
-
---¿Y qué dicen que van á hacer?
-
---Dicen que van á matar al rey. Es una añagaza burda. Figúrate tú, á los
-anarquistas qué nos importa que el rey viva ó que no viva, que mande
-Sagasta ó cualquier mamarracho de los republicanos.
-
-La Salvadora y Manuel, ya sobre aviso, vigilaron á Juan.
-
-Un día Juan recibió una carta que leyó con gran interés.
-
---Es un amigo de París--dijo--que aprovechándose de los trenes baratos
-quiere ver Madrid.
-
---Un amigo; ¿no será algún anarquista?--dijo la Salvadora alarmada.
-
---No. ¡Quiá!
-
-Manuel no se hizo cargo de la cosa. Juan fué á su trabajo y Manuel á la
-imprenta.
-
-A los siete ú ocho días llego otra carta, y una noche, antes de cenar,
-Juan salió de casa y se presentó con un hombre joven, afeitado, mal
-vestido.
-
---Es mi amigo Passalacqua--dijo Juan á Manuel cuando éste volvió de la
-imprenta--; le he conocido en París.
-
-Manuel contempló con atención al amigo.
-
-Era un muchacho afeitado, de tez pálida y aceitosa. Tenía la cabeza
-piriforme, la frente estrecha y unas greñas negras y ensortijadas que le
-caían en rizos, el cuello redondo, de mujer; los ojos azules claros, y
-los labios pálidos. Su aspecto era de un ser linfático y poltrón.
-Cenaron todos y como el italiano no sabía apenas español habló
-únicamentecon Juan en francés. De vez en cuando se echaba á reir y
-entonces su cara estúpida se transformaba y tomaba un aspecto de ironía
-y de ferocidad.
-
-Al terminar la cena, Juan quiso ceder el cuarto suyo á Passalacqua y
-dormir él en una butaca; pero el otro le contestó que no, que dormiría
-en el suelo, que estaba acostumbrado.
-
---Haced la cama arriba en el cuarto de Jesús--dijo Juan á la Ignacia y á
-la Salvadora--. Llevaron las dos mujeres un colchón y mantas al sobrado.
-
---Ya está la cama--dijo la Salvadora.
-
-El italiano al despedirse estrechó la mano de Juan y de Manuel, cogió su
-maleta y subió las escaleras hasta el cuarto de la guardilla. Luego tomó
-el candelero con un cabo de vela de manos de la Ignacia.
-
---¿Tiene llave este cuarto?--preguntó.
-
---No.
-
-Dejó su maleta con gran cuidado sobre la silla.
-
---Está bien--añadió--. Mañana al amanecer quisiera que se me llamara.
-
---Se le llamará.
-
---Buona sera.
-
---Malas trazas tiene el pájaro--dijo Manuel á su hermano.
-
---Quia, es una excelente persona--replicó éste.
-
---¿Por qué no vas á la cama?--preguntó la Salvadora á Juan.
-
---Todavía es temprano.
-
---¡Qué ganas tiene de enviarte á la cama hoy la Salvadora!--dijo
-torpemente Manuel.
-
-Ella le lanzó una mirada y Manuel comprendió que se trataba de algo
-extraño y se calló. Juan estaba muy pensativo; por más esfuerzos que
-hacía se le notaba una honda preocupación. Entró en el cuarto y estuvo
-paseándose largo rato.
-
---¿Qué pasa?--preguntó Manuel cuando se quedaron solos.
-
-La Salvadora puso un dedo en los labios.
-
---Aguarda--murmuró.
-
-Esperaron largo rato.
-
-Juan apagó la luz en su cuarto; entonces la Salvadora en voz baja dijo á
-Manuel:
-
---Ese hombre trae algo en la maleta; quizás una bomba.
-
---¡Eh!
-
---Sí.
-
---¿Por qué supones eso?
-
---Tengo indicios para creerlo. Es más, estoy segura.
-
---Pero bueno, ¿qué has visto?
-
---He visto que cuando ha dejado la maleta lo ha hecho con un gran
-cuidado; luego, al venir con Juan, he visto que por la calle, detrás de
-ellos, iban siguiéndoles dos hombres; además ya ves cómo está Juan...
-preocupado...
-
---Sí, es verdad.
-
---Ese hombre trae algo.
-
---Sí, creo que sí.
-
---¿Y qué hacemos?
-
---Hay que coger esa maleta--dijo Manuel.
-
---Iré yo--exclamó la Salvadora.
-
---¿Y si se despierta?
-
---No se despertará. Viene muy cansado.
-
- * * * * *
-
-Pasada una hora salieron á la escalera, y subieron los dos despacio.
-Acercaron el oído á la puerta del desván. Se oía la respiración lenta
-del hombre que dormía.
-
---Yo sé dónde ha dejado la maleta--dijo la Salvadora--; á tientas estoy
-segura de cogerla; empujó la puerta, que rechinó suavemente, entró en el
-desván y salió al instante con la maleta en la mano.
-
-Bajaron los dos al comedor sin hacer el menor ruido y pusieron la maleta
-encima de la mesa. Estaba cerrada y bien cerrada. Manuel cogió un
-cuchillo y, forcejeando, la descerrajó.
-
-Sacaron un manojo de ropa; luego folletos, y de enmedio una cosa dura
-envuelta en periódicos. Por el peso comprendieron que era algo terrible.
-Se quedaron pálidos, horrorizados. Destaparon el bulto. Era una caja de
-metal, cuadrada, de un palmo de alta, reforzada con alambres y con una
-asa de cuerdas.
-
---¿Qué hacemos con esto?--se preguntó Manuel, perplejo. No se atrevían á
-tocarlo.
-
---¿Por qué no llamas á Perico?--dijo la Salvadora.
-
-Bajó Manuel de puntillas la escalera. El electricista estaba todavía en
-el taller. Le llamó y le contó lo que pasaba.
-
---Vamos á ver eso--dijo Perico al oir la relación de Manuel--. Subieron
-los dos despacio, sin hablarse y contemplaron el aparato.
-
---¡Ah, ya comprendo lo que es!--dijo Perico--. Esto--y señaló un tubito
-de cristal que salía por enmedio de la caja y que estaba lleno de un
-líquido amarillento--debe tener un ácido. Si se quiere que estalle la
-máquina, se le da vuelta, el ácido corroe este corcho, lo que da tiempo
-al que pone la bomba de escapar; luego entra el ácido dentro y provoca
-la explosión. Si llegáis á dar vuelta á la caja, creo que á estas fechas
-ya no lo podríais contar.
-
-La Salvadora y Manuel se estremecieron.
-
---¿Y qué hacemos?--preguntaron los dos.
-
---Hay que romper el tubo. ¡Animo! Y salga lo que saliere. Perico apretó
-el tubito con un alicate y lo hizo saltar.
-
---Ahora ya no hay cuidado. Vamos abajo.
-
-Cogió el electricista la caja, y seguido de Manuel bajó la escalera. En
-el taller cortaron los alambres que reforzaban el aparato, y con un
-destornillador Perico soltó una tapadera sujeta á tuerca. Hecho esto,
-volcó la lata y salió una gran cantidad de polvo rojizo, que recogieron
-en un periódico. Había un par de kilos.
-
---¿Esto será dinamita?--preguntó Manuel.
-
---Debe serlo.
-
---¿Y qué hacemos con ella?
-
---Echala en la pila de la fuente con cuidado, y abre el grifo. Se irá
-marchando poco á poco.
-
-Hizo esto Manuel, y dejó la llave de la fuente abierta.
-
---Aquí queda algo dentro--murmuró Perico--. Metió la punta de una tijera
-en la lata y la fué abriendo.
-
-Había pedazos de hierro retorcidos, y en el sitio de donde partía el
-tubo de cristal lleno de ácido había una cajita pequeña hecha con dos
-naipes y llena de polvos blancos, que olían á almendras amargas.
-
-Lavaron la caja y tiraron los trozos de hierro por el sumidero del
-patio.
-
-Terminada la operación, subieron de nuevo. La Salvadora había separado
-las ropas, los papeles encontrados en la maleta y un cuchillo largo, de
-cocina, con su vaina. Este cuchillo tenía un mango de madera pintado de
-rojo adornado con los nombres de todos los anarquistas célebres, y en
-medio de todos ellos se leía: _Germinal_. Fueron mirando uno á uno los
-papeles. Había proclamas impresas, recortes de periódicos, grabados y
-notas manuscritas. En uno de los papeles estaba el dibujo de la bomba.
-Perico lo cogió para verlo. Por lo que señalaba el papel en el
-compartimiento pequeño, hecho con dos naipes, lleno de polvos con olor á
-almendras amargas, había una mezcla de bicromato, permanganato y clorato
-potásicos empapados en nitrobencina. En el tubito había ácido sulfúrico,
-y el resto estaba lleno de dinamita y de pólvora cloratada.
-
---Yo voy á quemar todos estos papeles--dijo Manuel.
-
-Hicieron fuego en la cocina y echaron los periódicos, y sobre ellos el
-cuchillo. Cuando se carbonizó el mango, bajó Manuel el cuchillo al patio
-y lo metió en la tierra. Rebolledo, el jorobado, que había notado los
-pasos por la escalera, se levantó á ver lo que ocurría.
-
---¿Qué pasa?--dijo en alta voz.
-
-Le hicieron enmudecer y le enteraron de lo ocurrido.
-
---¿Qué hay?--dijo Juan desde su cuarto, que al ruido se había alarmado.
-
---Nada--le contestó la Salvadora--. Perico que ha perdido la llave.
-
---Registradle á Juan por si acaso--dijo el jorobado--no tenga alguna
-carta que le comprometa.
-
---Es verdad--dijo Manuel--. ¡Qué torpes hemos estado! Precisamente hace
-unos días ha recibido dos cartas.
-
-Entró la Salvadora como á dar nuevas explicaciones al enfermo y volvió
-con la chaqueta y el gabán de Juan. Allí estaban las dos cartas, una de
-ellas horriblemente comprometedora, pues se hablaba claramente de un
-complot. Se registraron las ropas de Juan y se quemaron todos los
-papeles.
-
---Yo creo que ahora podéis estar tranquilos--dijo Rebolledo--. ¡Ah!, una
-cosa. Cuando venga la policía, que vendrá por lo que decís, si no traen
-los agentes auto del juez, preguntarán si les dejáis entrar, y les
-contestáis que sí, pero que vengan con dos testigos. En el mismo momento
-advertirle á Juan y decirle lo que habéis hecho, pero que no tenga
-tiempo de advertir nada al otro.
-
-Pasaron la noche la Salvadora y Manuel en el comedor con una gran
-inquietud. Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su
-cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y
-sus instintos de hombre normal volvían de nuevo. La idea de un aparato
-así calculado fríamente le sublevaba. Nada podía legitimar la mortandad
-que aquello podía producir. ¡Cómo Juan podía intervenir en un proyecto
-tan salvaje! ¡El, tan exageradamente bueno y humano! Es verdad, como
-había dicho Prats una vez, que en la guerra se bombardeaban pueblos
-enteros y se sembraba la muerte por todas partes; pero en la guerra
-había una presión nacional sobre los ejércitos que combatían, había
-además una disgregación de la responsabilidad; cada uno hacía lo que le
-mandaban, y no podía hacer otra cosa, á riesgo de ser fusilado; pero en
-el caso de los anarquistas era distinto; no había fuerza que les
-impulsara á cometer el crimen; al contrario, todo conspiraba para que no
-lo cometiesen... y, sin embargo, ellos iban llevados por un bárbaro
-fanatismo, salvando todos los obstáculos, á sembrar la muerte entre
-infelices.
-
- * * * * *
-
-A la hora de costumbre Manuel salió de casa; no había dado la vuelta á
-la calle de Magallanes cuando dos hombres le detuvieron.
-
---¿Es usted Manuel Alcázar?
-
---Servidor de usted.
-
---Queda usted detenido.
-
---Está bien.
-
---Vamos á registrar su casa. ¿Quiere usted darnos permiso para hacerlo,
-ó quiere que vengamos con auto del juez?
-
---Lo mismo me da.
-
---Entonces, haga el favor de decírselo así á su familia.
-
---Bueno.
-
-Volvieron á la casa.
-
---Ah, yo exijo una cosa--dijo Manuel al entrar en el portal.
-
--¿Qué?
-
---Que asistan dos vecinos al registro.
-
---Está bien.
-
- * * * * *
-
-Manuel, con un agente, fué al Juzgado de guardia é inmediatamente le
-llevaron á presencia del juez.
-
---Tengo entendido--le dijo el juez--que es usted un anarquista
-peligroso.
-
---¿Yo?, no señor, no soy anarquista.
-
---Entonces, el agitador es un hermano de usted.
-
---Mi hermano es anarquista, pero no de acción.
-
---Su hermano es escultor, ¿verdad?
-
---Sí, señor.
-
---Y un escultor notable. ¡Cómo no influye usted para que abandone esas
-ideas!
-
---Si pudiera, crea usted que lo haría; pero no tengo influencia para
-eso. El ha estudiado y ha visto más que yo.
-
---Pues siento que su hermano se haya metido en un mal negocio. ¿Cuándo
-recibió su hermano las cartas de Passalacqua?
-
---¿Qué cartas?--preguntó cándidamente Manuel.
-
---¿No ha recibido su hermano de usted unas cartas?
-
---No sé; no le puedo decir á usted, porque yo paso muy poco tiempo en
-casa.
-
---¿Usted vió ayer al forastero que su hermano Juan ha hospedado en su
-casa?
-
---Sí, señor.
-
---¿Sabe usted cómo se llama?
-
---Mi hermano dijo que era un italiano que iba á pasar la noche.
-
---¿Llevaba ese italiano una maleta pesada?
-
---No sé; yo no lo vi. Cuando llegué de la imprenta estaba cenando. Las
-mujeres de casa le hicieron la cama en el desván y yo no me enteré de
-más.
-
---Bueno. Espere usted un instante.
-
-Al cabo de poco tiempo le dijeron que podía marcharse.
-
-Volvió de prisa á su casa. La Salvadora estaba sonriendo. Contó la
-escena entera. Juan había quedado asombrado al ver que en la maleta no
-había bombas ni cuchillo, ni folletos.
-
-Passalacqua, al ser registrado por los agentes, no había dicho esta boca
-es mía; los policías lo registraron todo y se llevaron unos libros de
-Juan.
-
-Después del registro habían detenido al italiano como indocumentado y á
-Juan le habían dejado libre.
-
-Por la noche los periódicos hablaron del registro llevado á cabo en casa
-de Manuel. Lo consideraban como una plancha de la policía.
-
-Passalacqua había declarado que efectivamente era anarquista, pero no
-anarquista de acción y que venía á España á buscar trabajo.
-
-Había indicios para creer que no se llamaba Passalacqua, sino Butti, y
-que estaba reclamado por la policía italiana. Venía de América, en donde
-había estado preso por varios robos. El gobierno decretaría
-inmediatamente su expulsión.
-
-Por la noche, al volver Manuel de la imprenta, se encontró con Juan.
-
---¿Pero cómo es posible que hayas tomado parte en un proyecto tan
-estúpido?--le preguntó.
-
---Es necesario; hay que hacer la revolución; hay que sacrificarse por
-ella.
-
---Pero es imbécil; ¿qué íbais á adelantar con eso?
-
---¿Qué? Hacer saltar este armazón social, este conglomerado de
-iniquidades á fuerzas de bombas. Hay que barrer todo lo que queda de
-esta sociedad podrida.
-
---En nombre del bienestar de todos, ¿eh?
-
---Tú lo has dicho--contestó Juan.
-
---Y en nombre del derecho á la vida de los que han de vivir, vais á
-matar al niño y al viejo y á la mujer... que ya viven.
-
---Es necesario--replicó Juan con voz sombría.
-
---¡Ah! ¡es necesario!
-
---Sí. El cirujano que amputa un miembro gangrenado tiene que cortar
-carne sana.
-
---Y tú, libertario--repuso Manuel--tú que crees que el derecho de vivir
-de un hombre está por encima de todo, tú que no aceptas que uno evite la
-fatiga y haga trabajar á otro, aceptas que un inocente tenga que
-sacrificar su vida para que los hombres de mañana vivan bien. Pues yo te
-digo que eso es imbécil y es monstruoso. Y si á mí me dijeran que la
-felicidad de la humanidad entera se podría conseguir con el lloro de un
-niño, y eso estuviera en mi mano, yo te digo que no le haría llorar á un
-niño, aunque todos los hombres del mundo se me pusieran de rodillas...
-
---Y harías bien--murmuró Juan--. Por los niños, por las mujeres, por los
-débiles, nosotros trabajamos. Y por ellos hay que destruir la sociedad
-actual basada en la iniquidad, por ellos hay que cauterizar brutalmente
-la llaga social.
-
-Para Juan en su exaltación todos los caminos, todos los procedimientos
-eran buenos, con tal de que trajeran la revolución soñada. Esta sería la
-aurora de un nuevo día, la aurora de la justicia, el clamor del pueblo
-entero, durante tantos años vejado, martirizado, explotado, reducido á
-la miserable situación de bestia de carga. Sería una aurora sangrienta
-en donde á la luz de los incendios crujiría el viejo edificio social
-sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni
-ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta
-de nuestros miserables días.
-
-Sería el barro negro de las Injurias y de las Cambroneras que ahogaría á
-los ricos; la venganza justa contra las clases directoras que hacían del
-Estado una policía para salvar sus intereses obtenidos por el robo y la
-explotación, que hacían del Estado un medio de calmar á tiros el hambre
-de los desamparados...
-
-Aquella mayor parte de la humanidad que agonizaba en el infierno de la
-miseria se rebelaría é impondría la piedad por la fuerza, é impediría
-que se siguieran cometiendo tantas infamias, tantas iniquidades. Y para
-esto, para excitar á la rebelión á las masas, todos los procedimientos
-eran buenos, la bomba, el incendio, el regicidio...
-
- * * * * *
-
-¡Qué se podía contestar á un fanatismo así!
-
-No había argumentos posibles; pero Manuel, cuando vió á Juan ya más
-tranquilo, le atacó de soslayo.
-
---Por lo menos--dijo--ya que estás dispuesto á un sacrificio tan grande,
-entérate primero de si no te engañan. Este Passalacqua era de la
-policía.
-
---¿Crees tú?
-
---Sí. Estoy seguro. ¿Quién viaja con un montón de papeles
-comprometedores, con un cuchillo grande con el mango lleno de nombres de
-anarquistas?
-
---Eso no tiene nada de particular.
-
---Pues bien, yo te digo que Passalacqua es de la policía, que sabía que
-iban á venir á registrar esta casa, y que si sigues fiándote así de
-cualquiera no te sacrificarás por la anarquía, sino que harás el caldo
-gordo al gobierno. Tú no le conocías antes á Passalacqua, ¿verdad?
-
---No.
-
---¿Cómo te relacionaste con él?
-
---Hace una semana recibí una carta de Passalacqua, de Barcelona; me
-decía que venía por un asunto urgente y si yo tenía un sitio seguro
-donde acogerle. Le contesté que sí, y entonces me escribió que el día
-I.º del mes llegaría, que tenía la intención de poner una bomba al paso
-de la comitiva en las fiestas de la Coronación, y que le reconocería por
-estas señas: joven, afeitado, con boína, con una maleta amarilla en la
-mano derecha y un paraguas negro en la izquierda. Al verle, debía
-preguntarle: ¿Este es el tren de Barcelona? Y el me contestaría: Yo no
-sé, señor; no entiendo bien el castellano. Efectivamente, así lo hice;
-bajé á la estación del Mediodía y me encontré con el italiano. Tomamos
-un coche. Passalacqua me indicó lo que trataba de hacer y que llevaba la
-bomba en la maleta. Iba yo á llevarle á mi antigua casa de huéspedes,
-cuando me dijo:--Soy indocumentado. Quizás no me quieran admitir aquí.
-
---Ves--saltó Manuel--, tenía interés en venir á tu casa.
-
---Yo le dije que sí, que le admitirían; pero él se empeñó en que estaría
-más seguro en mi casa. Yo no hubiera querido comprometeros á vosotros;
-pero lo traje aquí. Al irme á la cama pensaba: Si viene la policía, nos
-revienta. Cuando me han despertado, he dicho: Aquí está, y la verdad, al
-resultar que no había nada, ni bomba ni papeles, me he quedado
-asombrado. ¿Cómo habéis podido saber que iban á registrar la casa?
-
---La Salvadora lo sospechó; después yo tengo indicios para creer que
-Passalacqua es de la policía.
-
-Manuel insistió en este punto para ver si llevaba la duda y la
-desconfianza al ánimo de su hermano.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
- Otra vez Roberto.--La locha por la vida.--El regalo del inglés.--El
- amor.
-
-
-Una tarde, después de comer, estaba Manuel regando las plantas de su
-huertecillo, cuando se presentó Roberto.
-
---Hola, chico, ¿qué tal? ¿Estás de jardinero?
-
---Ya ve usted. ¿Y la señorita Kate?
-
---Muy bien. Allí en Amberes con su madre. Hemos hablado mucho de ti.
-
---¿Sí? ¿De veras?
-
---Te recuerdan con verdadero cariño.
-
---Son muy buenas las dos.
-
---Tengo ya un chico.
-
---¿Sí? ¡Cuánto me alegro!
-
---Es un pequeño salvaje. Su madre lo está criando. ¿Y tus negocios? ¿Qué
-tal van?
-
---No tan bien como yo quisiera; no le voy á poder devolver el dinero tan
-pronto como creía.
-
---No importa. Cuando puedas. ¿Qué te pasa? ¿No marcha el negocio?
-
---Sí, va muy despacio; pero me matan los obreros socialistas.
-
---¿Los socialistas?
-
---Sí. Está uno atado de pies y manos. Las sociedades hacen ya en todos
-los oficios lo que quieren, ¡con un despotismo! Uno no puede tener los
-obreros que se le antoje, sino los que ellos quieran. Y se ha de
-trabajar de esta manera, y se ha de despachar á éste, y se ha de tomar
-al otro... Es una tiranía horrible.
-
---Y con esto, tu tendencia anarquista se habrá aumentado.
-
---Claro que sí. Porque si hay que hacer la revolución social, que la
-hagan de una vez; pero que le dejen á uno vivir... ¿Quiere usted subir
-un rato, don Roberto?
-
---Bueno.
-
-Subieron los dos y pasaron al comedor. Roberto saludó á la Salvadora.
-
---¿Tomará usted café, don Roberto? ¿eh?--le preguntó Manuel.
-
---Sí.
-
-Le trajeron una taza de café.
-
---¿Tu hermano es también anarquista?--preguntó Roberto.
-
---Mucho más que yo.
-
---Usted debe curarles de ese anarquismo--dijo Roberto á la Salvadora.
-
---¿Yo?--preguntó ella ruborizándose.
-
---Sí, usted; que seguramente tiene más buen sentido que Manuel. Al
-artista no le conozco. A éste sí, desde hace tiempo, y sé cómo es: muy
-buen chico; pero sin voluntad, sin energía. Y no comprende que la
-energía es lo más grande; es como la nieve del Guadarrama, que sólo
-brilla en lo alto. También la bondad y la ternura son hermosas; pero son
-condiciones inferiores, de almas humildes.
-
---Y si yo soy humilde, ¿qué le voy á hacer?
-
---¿Ve usted?--replicó Roberto dirigiéndose á la Salvadora--. Este chico
-no tiene soberbia. Luego es un romántico, se deja arrastrar por ideas
-generosas; quiere reformar la sociedad...
-
---No me venga usted con bromas. Yo ya sé que no puedo reformar nada.
-
---Eres un sentimental infecto.
-
-Luego añadió, dirigiéndose también á la Salvadora:
-
---Yo cuando hablo con Manuel, tengo que discutir y que reñirle. Perdone
-usted.
-
---¿Por qué?
-
---¿No le molesta á usted que le riña?
-
---Si le riñe usted con razón, no.
-
---¿Y que discutamos tampoco le molesta?
-
---Tampoco. Antes me aburrían las discusiones, ahora ya no; me interesan
-muchas cosas y también soy algo avanzada.
-
---¿De veras?
-
---Sí; casi, casi libertaria, y no es por mí, precisamente; pero me
-indigna que el gobierno, el Estado ó quien sea, no sirva más que para
-proteger á los ricos contra los pobres, á los hombres contra las
-mujeres, y á los hombres y á las mujeres contra los chicos.
-
---Sí, en eso tiene usted razón--dijo Roberto--. Es el aspecto más
-repugnante de nuestra sociedad ese, el que se encarnice con los débiles,
-con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las
-formas de la bravuconería y todas las formas del poder.
-
---Yo, cuando leo esos crímenes--siguió diciendo la Salvadora--en que los
-hombres matan á una mujer, y luego se les perdona, porque han llorado,
-me da una ira.
-
---Sí, ¿qué quiere usted? Es el jurado, sentimental, que va á la
-Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan á veinte años de
-presidio á un falsificador y dejan libre á un asesino.
-
---¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados?--preguntó la
-Salvadora.
-
---Sería peor; se mostrarían seguramente más crueles para ellas mismas.
-
---¿Cree usted?
-
---Para mí es seguro.
-
---La pena debía ser--dijo Manuel--menor para la mujer que para el
-hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe.
-
---A mí me parece lo mismo--añadió la Salvadora.
-
---Y á mí también--repuso Roberto.
-
---Eso es lo que debía modificarse--siguió diciendo Manuel--; las leyes,
-el Código. Porque eso de que haya república ó monarquía ó congreso,
-bastante nos importa á nosotros. ¿Por qué, por ejemplo, han de poner en
-el Registo civil si un niño es legítimo ó no? Que le apunten y nada más.
-
---Pues eso se va consiguiendo poco á poco--replicó Roberto--. Se van
-haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España todavía
-no; pero vendrán esas modificaciones y vendrán mejor ¡créelo! si hay una
-voluntad fuerte, un poder audaz encargado de dominar el desconcierto de
-los egoísmos y de los apetitos.
-
---Pero eso sería el despotismo.
-
---Sí; el despotismo ilustrado. Para mí la autoridad es mejor que la ley.
-La ley es rígida, estable, sin matiz; la autoridad puede ser más
-oportuna, y en el fondo más justa.
-
---Pero obedecer á un hombre es horrible.
-
---Yo prefiero obedecer á un tirano que á una muchedumbre; prefiero
-obedecer á la muchedumbre que á un dogma. La tiranía de las ideas y de
-las masas es para mí la más repulsiva.
-
---¿No cree usted en la democracia?
-
---No; la democracia es el principio de una sociedad, no el fin; es como
-un solar lleno de piedras de un edificio derruido. Pero este estado es
-transitorio. Lentamente se va edificando, y cada cosa toma su lugar, no
-el antiguo, sino otro nuevo.
-
---¿Y siempre habrá piedras altas y piedras bajas?
-
---Seguramente.
-
---¿Usted no cree que los hombres van á la igualdad?
-
---Quia, al revés, vamos á la diversidad; vamos á la formación de nuevos
-valores, de otras categorías. Claro que es inútil actualmente y además
-perjudicial, que un duque por ser hijo de duque y nieto de otro y
-descendiente de un cobrador de gabelas del siglo XVII, ó de un lacayo de
-un rey, tenga más medios de vida que un cualquiera; pero en cambio es
-natural y justo que Edison tenga más medios de vida y de cultura que ese
-cualquiera.
-
---Pero entonces se va á la formación de otra aristocracia.
-
---Sí; pero de una aristocracia cambiante en consonancia con las
-aristocracias de la naturaleza. No vas á cruzar el Támesis con un puente
-de las mismas dimensiones con que cruzas el Manzanares.
-
---Me parece una desigualdad. Una cosa que había que evitarla.
-
---¡Evitarla! Es imposible. La humanidad lleva su marcha, que es la
-resultante de todas las fuerzas que actúan y que han actuado sobre ella.
-Modificar su trayectoria es una locura. No hay hombre, por grande que
-sea, que pueda hacerlo. Ahora sí, hay un medio de influir en la
-humanidad y es influir en uno mismo; modificarse á sí mismo, crearse de
-nuevo. Para eso no se necesitan bombas, ni dinamita, ni pólvoras, ni
-decretos, ni nada. ¿Quieres destruirlo todo? Destrúyelo dentro de ti
-mismo. La sociedad no existe, el orden no existe, la autoridad no
-existe. Obedeces la ley al pie de la letra y te burlas de ella. ¿Quieres
-más nihilismo? El derecho de uno llega hasta donde llega la fuerza de su
-brazo. Después de esta poda, vives entre los hombres sin meterte con
-nadie.
-
---Sí, ¿pero usted no cree que fuera de uno mismo se puede hacer algo?
-
---Algo, sí. En mecánica podrás encontrar una máquina nueva; lo que no
-podrás encontrar será el movimiento continuo, porque es imposible. Y la
-felicidad de todos los hombres es algo como el movimiento continuo.
-
---¿Pero no es posible un cambio completo de las ideas y de las pasiones?
-
---Durante muchos años, sí. El agua que cae en el Guadarrama tiene que ir
-al Tajo necesariamente. Las ideas, como el agua, buscan sus cauces
-naturales, y se necesitan muchos años para que varíe el curso de un río
-y la corriente interna de las ideas.
-
---¿Pero usted no cree que con una medida enérgica podía cambiarse
-radicalmente la forma de la sociedad?
-
---No. Es más, creo que no hay actualmente, ni aun pensada siquiera, una
-reforma tan radical que pueda cambiar las condiciones de la vida moderna
-en su esencia. Respecto al pensamiento, imposible. Se destruye un
-prejuicio; nace en seguida otro. No se puede vivir sin ellos.
-
---¿Por qué no?
-
---¿Quién va á vivir sin afirmar nada por el temor de engañarse esperando
-la síntesis última? No es posible. Se necesita alguna mentira para
-vivir. La República, la Anarquía, el Socialismo, la Religión, el Amor...
-cualquier cosa, la cuestión es engañarse. En el terreno de los hechos no
-hay tampoco solución. Que venga la anarquía, que no vendrá, porque no
-puede venir; pero bueno, supón que venga y tras ella una repartición
-pacífica y equitativa de la tierra y que esta repartición no traiga
-conflictos ni luchas... Al cabo de algún tiempo de cultivo intensivo, de
-fecundidad, ya está el problema de las subsistencias y la lucha por la
-vida en circunstancias más duras, más horrorosas que ahora.
-
---¿Y qué remedio habrá entonces?
-
---Remedio, ninguno. El remedio está en la misma lucha; el remedio está
-en hacer que la sociedad se rija por las leyes naturales de la
-concurrencia. Lo que en castellano quiere decir: «Que á quien Dios se la
-dé, San Pedro se la bendiga». Y para esto, lo mejor sería echar todos
-los estorbos; quitar la herencia, quitar toda protección comercial, todo
-arancel; romper con las reglamentaciones del matrimonio y de la familia;
-quitar la reglamentación del trabajo; quitar la religión del Estado; que
-todo se rija por la libre concurrencia.
-
---¿Y los débiles?--preguntó Manuel.
-
---A los débiles se les llevará á los asilos para que no molesten, y si
-no se puede, que se mueran.
-
---Pero eso es cruel.
-
---Es cruel, pero es natural. Para que pueda perpetuarse una raza es
-preciso que gran número de individuos mueran.
-
---¿Y los criminales?
-
---Exterminarlos.
-
---Eso es feroz. Es usted muy duro, muy pesimista.
-
---No. Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías,
-absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado á nuestra vida
-en mayor cantidad que el placer ó al contrario? Eso no lo puede calcular
-nadie ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay más
-que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y
-el hombre no es más que uno de ellos, se encuentran en un estado
-permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo
-disputas á los demás; ellos te lo disputan á ti. Ya que nuestra ley es
-la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es
-todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica;
-este es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por
-qué? Por cualquier cosa.
-
---Pero no todos están á bastante altura para luchar--dijo Manuel.
-
---El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo.
-La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto
-guerrero que tiene todo hombre.
-
---Yo no lo siento, la verdad.
-
---Sí, tus instintos se funden en un sentimiento de piedad para los
-demás; ¿no es verdad? No sientes el egoísmo fiero... Estás perdido.
-
-Manuel se echó á reir.
-
-Pasó Juan por el corredor.
-
---Este muchacho está mal--dijo Roberto--. Debía marcharse de Madrid; al
-campo.
-
---Pero no quiere.
-
---¿Trabaja mucho ahora?
-
---No; preocupado con esas cosas de anarquía, no hace nada.
-
---¡Qué lástima!
-
-Se levantó Roberto y se despidió de la Salvadora muy afectuosamente.
-
---Crea usted que le envidio á Manuel--la dijo.
-
-La Salvadora sonrió.
-
-Manuel acompañó á Roberto á la puerta.
-
---¿Sabes quién me persigue todos los días?
-
---¿Quién?
-
---Un señor Bonifacio Mingote. Creo que tú le conoces.
-
---Sí.
-
---Me habló pestes de la madre de Kate, sin saber quién era yo.
-¡Figúrate! Yo me las eché de incomodado y ahora no hace más que
-escribirme cartas que yo no leo.
-
---¿Y qué es de él? ¿cómo vive ahora?
-
---Creo que vive con una mujer que le pega y le hace barrer la casa.
-
---El, que era tan conquistador.
-
---Sí, ¿eh?... pues ya ves; ha sido conquistado... Oye, te tengo que
-decir una cosa--dijo Roberto en la puerta de la escalera.
-
---Usted dirá.
-
---Mira, no sé cuándo volveré á España; es muy posible que tarde, ¿sabes?
-
---Sí.
-
---He hablado con mi mujer y con mi suegra de ti, las he enterado de cómo
-vivías; las he hecho un retrato de la Salvadora y se han alegrado mucho
-al saber que estabas bien y las dos me han dicho que en recuerdo de su
-amistad te quedes tú solo con la imprenta.
-
---Pero eso no puede ser.
-
---¡No ha de poder ser! Aquí tienes la escritura de venta. Guárdala.
-
---¡Pero es mucho dinero!
-
---¡Quia, hombre; qué ha de ser mucho dinero! Oye ahora un consejo.
-Cásate cuanto antes con esa muchacha. ¡Adiós!
-
-Y Roberto cogió la mano de Manuel, se la estrechó afectuosamente y bajó
-las escaleras; luego, desde el portal, exclamó:
-
---¡Ah! Hay una advertencia; si al primer chico que tengas le llamas
-Roberto, vendré desde Inglaterra á ser su padrino.
-
- * * * * *
-
-Manuel, sin salir aún de su asombro, volvió al comedor, al lado de la
-Salvadora.
-
---Me ha regalado la imprenta--dijo.
-
---¡Eh!
-
---Sí. Esta es la escritura. Ya no tienes necesidad de trabajar tanto, ni
-de ahorrar. ¿Es un barbián mi amigo, verdad?
-
---Sí; es muy simpático.
-
---Y generoso.
-
---Debe serlo.
-
---Y enérgico, ¿verdad?
-
---Sí.
-
-De pronto Manuel, con aire cómicamente desolado, dijo:
-
---¿Sabes que estoy celoso?
-
---¡Celoso! ¿De quién?
-
---De Roberto.
-
---¿Por qué?
-
---Porque le has oído con admiración.
-
---Es verdad--replicó burlonamente la Salvadora.
-
---¿Y á mí no me admiras?
-
---Ni pizca. Tú no eres tan enérgico...
-
---Ni tan guapo, ¡eh!...
-
---Es verdad.
-
---Ni tan listo...
-
---Claro que no.
-
---¿Y dices que me quieres?
-
---Te quiero, porque tengo mal gusto; te quiero así, brutito, feo, poco
-enérgico.
-
---Entonces... déjame que te bese.
-
---No; cuando estemos casados.
-
---¿Y qué necesidad hay de esa farsa?
-
---Sí; por los hijos.
-
---¡Ah! ¿Tú quieres que tengamos hijos?
-
---Sí.
-
---¿Muchos?
-
---Sí.
-
---¿Y no te da miedo tener muchos hijos?
-
---No; para eso somos las mujeres.
-
---Entonces tengo que besarte; no hay más remedio. Te besaré con respeto;
-¿no quieres? Te besaré como á una santa. ¿No te convences tampoco? Te
-besaré como si besara la bandera roja, ¿sabes?
-
-La Salvadora vaciló y presentó la mejilla; pero Manuel la besó en los
-labios.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
- La Coronación.--Las que encarecen los garbanzos. El final del señor
- Canuto.
-
-
-No se varió nada en la casa con el matrimonio, que se celebró sin
-ceremonias de ninguna clase. Manuel estaba resplandeciente. El estado de
-Juan era lo que turbaba su felicidad; le veía siempre inquieto, febril.
-De noche, soñando, hablaba á gritos, y tosía continuamente hasta
-romperse el pecho. Ya no tomaba las medicinas ni hacía caso de las
-prescripciones del médico; salía á todas horas, bebía aguardiente para
-excitarse algo y se reunía con los amigos en la taberna de Chaparro.
-
-Mientas tanto, Silvio Fernández Trascanejo maniobraba á sus anchas. Se
-había ganado la confianza de todos los socios de la Aurora, y les había
-hecho creer que había una conjuración revolucionaria terrible para el
-día de la Coronación.
-
---Con que uno dé la señal--decía Trascanejo--, yo me echo al centro con
-la gente de barrios bajos.
-
-El más convencido de todos era Juan.
-
---La cosa está ya hecha--le dijo el Madrileño á Manuel una vez--. Ahora
-se va á batir el cobre bien. Hay además setenta y dos compañeros que han
-venido á Madrid. Están perseguidos de cerca por la policía española y
-extranjera; pero no saben dónde se encuentran. Hemos recibido
-instrucciones de Londres; nos pondremos á lo largo de la carrera á
-esperar. Si podemos coger al rey vivo, mejor.
-
-Juan estaba febril, deseando que llegara el momento; sus nervios, en
-constante tensión, no le dejaban reposar un instante. Estaba dispuesto á
-sacrificarse por la causa. Además, y esto le perdía, veía el
-acontecimiento en artista. Veía la brillante comitiva de reyes, de
-príncipes, de embajadores, de grandes damas, pasando por en medio de las
-bayonetas, y se veía á él avanzando, deteniendo la comitiva con el grito
-estridente de ¡Viva la Anarquía!
-
-La noche antes del día de la fiesta, Juan no apareció por la casa.
-Manuel fué á la Aurora por ver si le encontraba.
-
-Estaban allá el Inglés, Prats, el Madrileño y Silvio, que peroraba. No
-le habían visto á Juan. En esto entró el Libertario, se acercó á Silvio,
-le agarró de la solapa, y le dijo:
-
---Usted es un soplón y un polizonte. ¡Hala! Fuera de aquí.
-
-Quedaron todos extrañados. Silvio, que estaba sentado, se levantó
-dignamente; recibió también dignamente un puntapié certero que le arreó
-el Inglés, el del juego de bolos. Al llegar á la puerta de la taberna,
-el hombre de los tres conejos en campo de azur se sintió hidalgo,
-recordó su apellido, se volvió, hizo un corte de mangas á todos y echó á
-correr por el paseo de Areneros como un huracán, llevándose una mano á
-atrás y otra al sombrero, sin duda para que no se lo llevara el aire.
-
---¿Era un polizonte?--dijeron Prats y el Madrileño asombrados.
-
---Sí.
-
---¿Y todo lo que nos ha contado es mentira?
-
---Y tan mentira.
-
-Al día siguiente no había venido Juan, y Manuel salió de casa. La
-Salvadora quedo cosiendo, desazonada.
-
-Era un día de Mayo esplendoroso; un cielo azul; una tarde de oro. La luz
-intensa, cegadora, vibraba llameante en las colgaduras amarillas y
-rojas, en las banderas, en los gallardetes, en los farolillos de las
-iluminaciones.
-
-Hormigueaba la gente por las calles. En los balcones y en las ventanas,
-en las cornisas y los tejados, en las tiendas y en los portales, se
-amontonaban los curiosos. El sol reía en los trajes claros de las
-mujeres, en los sombreros vistosos, en las sombrillas rojas y blancas,
-en los abanicos que aleteaban como mariposas, y bajo el cielo azul de
-Prusia todo palpitaba y refulgía y temblaba á la luz del sol con una
-vibración de llama.
-
-Manuel fué husmeando por entre la multitud; á veces el gentío lo llevaba
-á un lado y tenía que estarse en la esquina de una calle quieto durante
-algún tiempo.
-
-Un temblor le iba y otro le venía, pensando que á cada momento podía oir
-una explosión. Por fin se hizo la masa menos compacta y Manuel pudo
-avanzar; la gente iba hacia la Carrera de San Jerónimo.
-
---¿Ha pasado algo?--dijo Manuel á un municipal.
-
---No.
-
---¿Por qué va la gente hacia allá?
-
---Para ver otra vez al rey.
-
---¿Tiene que volver á pasar por aquí?
-
---Sí.
-
-Manuel avanzó hasta ponerse en primera fila, cerca de los soldados, en
-la calle Mayor. Miró á todas partes por si veía á Juan ó alguno de los
-compañeros. No vió á nadie.
-
-No tardó mucho en estar la comitiva de vuelta. A la entrada de la
-Carrera de San Jerónimo se veía avanzar la tropa de jinetes que abría el
-paso.
-
-La muchedumbre, mal contenida por los guardias civiles, avanzaba en
-oleadas; pasaban por entre los caballos, hombres y mujeres
-congestionados, rojos, sudando. Los soldados que formaban la carrera,
-hacían retroceder á la gente con la culata de sus fusiles.
-
-Comenzó á pasar la comitiva por entre las filas de soldados y los
-cuchillos del maüser, que refulgían al sol; aparecieron los palafreneros
-á caballo, abriendo la marcha, con sus trajes vistosos, de casaca, media
-blanca y sombrero de tres candiles; luego siguieron varios coches, de
-concha y de laca pintados y dorados, con sus postillones á la grupa y
-sus lacayos tiesos, empelucados, llenos de galones, y los caballos
-hermosos, de movimientos petulantes, con penachos blancos y amarillos.
-Después de estos coches de respeto, pasaron otros también dorados,
-ocupados por señoras ajadas, adornadas con diademas, con el traje
-cubierto por montones de perlas, acompañadas por hombres de aire
-insignificante, enfundados en uniformes vistosos, con el pecho lleno de
-cruces y de placas.
-
---¿Quiénes son?--preguntó Manuel.
-
---Serán diputados ó senadores.
-
---No--repuso otro--; éstos son mayordomos de Palacio. Criados elegantes.
-
-Dos viejas gordas sudorosas, vociferando, peleándose con la gente,
-llegaron hasta ponerse en primera fila.
-
---Ahora veremos bien--dijo una de ellas.
-
---¿Ve usted esas que pasan ahí?--las dijo un aprendiz con sorna
-señalando á las damas con el dedo--. Pues esas son las que hacen subir
-los garbanzos.
-
---Y que el pueblo no pueda vivir--añadió un hombre de malas trazas.
-
---¡Qué feas son!--murmuró una de las viejas gordas á su compañera.
-
---No, que serán guapas--replicó el aprendiz--. Con esa señora se podría
-poner una carnicería--añadió señalando con el dedo una anciana y
-melancólica ballena que iba en un coche suspendido por muelles.
-
---Y _tó_ lo llevan al aire--siguió diciendo la vieja á su compañera sin
-hacer caso de las observaciones del muchacho.
-
---_Pa_ que no las entre la polilla--replicó el aprendiz.
-
---Y _tien_ las tetas _arrugás_.
-
---No, que las tendrán duras.
-
---¿Y esas señoras son las ricas?--preguntó la lugareña á Manuel muy
-preocupada.
-
---Sí.
-
---Parece que tienen cara de no haberse desayunado nunca. ¿Verdad,
-usted?--preguntó el aprendiz en serio.
-
---Ya vienen, ya vienen.
-
-Se estrechó más la gente. Manuel tembló. Pasaron las infantas en sus
-coches con los caballerizos á los lados; luego los príncipes de
-Asturias.
-
---¡Ahí va Caserta!--se oyó decir.
-
-Luego del coche de los príncipes, vino otro vacío, después unos cuantos
-soldados de la Escolta Real y el rey, la reina y una infanta.
-
-El rey saludaba militarmente, hundido en el coche, con el aire fatigado
-é inexpresivo.
-
-La regente, rígida, miraba á la multitud con indiferencia, y sólo en los
-ojos de la infanta, de tez morena, había un relámpago de vida y de
-alegría.
-
---Qué delgado está.
-
---Parece enfermo--se oía decir á un lado y á otro.
-
-Pasó todo el cortejo; la masa de gente se hizo más permeable. Manuel
-pudo acercarse á la esquina de la calle Mayor y en ella se encontró con
-el señor Canuto. Por el brillo de las mejillas le pareció que debía
-estar borracho.
-
---¿Qué hay?--le dijo Manuel--. ¿De donde viene usted?
-
---De Barcelona.
-
---¿Ha visto usted á Juan?
-
---Ahí está en la calle Mayor.
-
---¿No ha pasado nada?
-
---¿Te parece poco? Se ha acabado el reinado de María Cristina--dijo el
-señor Canuto en voz alta--. Esta buena señora tendrá muchas virtudes;
-pero lo que es suerte, no nos ha dado muy buena á los españoles. ¡Vaya
-un reinado! Miles de hombres muertos en Cuba, miles de hombres muertos
-en Filipinas, hombres atormentados en Montjuich, inocentes como Rizal
-fusilados, el pueblo muriéndose de hambre. Por todas partes sangre...
-miseria... ¡Vaya un reinado!
-
-Manuel abandonó al señor Canuto en su peroración y se dirigió á la
-esquina de la calle Mayor.
-
-Juan estaba pálido y sin fuerzas, formando un grupo con Prats, Caruty y
-el Madrileño.
-
-Estos dos últimos borrachos gritaban y escandalizaban.
-
---Vamos, tú--le dijo Manuel á Juan--. Esto se ha terminado.
-
-Volvieron todos por la Puerta del Sol y se encontraron con el Libertario
-y con el señor Canuto.
-
---¿No decía yo que no pasaría nada?--dijo el Libertario sarcásticamente.
-Yo no sé qué ilusiones os habíais hecho vosotros. Nada. Los terribles
-revolucionarios que iban á pedir cuenta al gobierno de los miles de
-hombres sacrificados en Cuba y en Filipinas para sostener la Monarquía,
-modelos de corrección y de sensatez, se han marchado de Madrid á
-derrochar su oratoria fanfarrona por los rincones de provincias. Nada.
-Esto es la sociedad española; este desfile de cosas nuestras ante la
-indiferencia de un pueblo de eunucos.
-
-El Libertario tenía una exaltación fría.
-
---Aquí no hay nada--siguió diciendo burlonamente--; esto es una raza
-podrida; esto no es pueblo; aquí no hay vicios ni virtudes, ni pasiones;
-aquí todo es m...--y repitió la palabra dos ó tres veces.--Política,
-religión, arte, anarquistas, m... Puede ese niño abatido y triste
-recorrer su ciudad. Lo puede hacer y puede andar si quiere á latigazos
-con esta morralla. Ese rebaño de imbéciles no se incomodará.
-
---¡Tienes razón!--exclamó el señor Canuto.
-
-En esto cruzó la Puerta del Sol, entre la gente, un batallón. Sonaban
-estrepitosamente los tambores, brillaban las bayonetas y los sables. Al
-llegar frente á la calle del Arenal la banda comenzó á tocar un paso
-doble.
-
-Se pararon.
-
---Aquí está la _mili_, como siempre, haciendo la pascua--dijo el señor
-Canuto.
-
-Al pasar la bandera los soldados se cuadraban; el teniente decía:
-¡Firmes! y saludaba con el sable.
-
---El trapo glorioso--exclamó alto el señor Canuto--; el símbolo del
-despotismo y de la tiranía.
-
-Un teniente oyó la observación y se quedó mirando al viejo
-amenazadoramente.
-
-Caruty y el Madrileño intentaron cruzar por en medio de los soldados.
-
---No se puede pasar--dijo un sargento.
-
---Estos _sorchis_, porque visten con galones--dijo el Madrileño--, ya se
-figuran que son superiores á nosotros.
-
-Pasó una bandera y dió la coincidencia de que se parara delante de
-ellos.
-
-El teniente se acercó al señor Canuto:
-
---Quítese usted el sombrero--le dijo.
-
---¿Yo?
-
---Sí.
-
---¡No me da la gana!
-
---Quítese usted el sombrero.
-
---He dicho que no me da la gana.
-
-El teniente levantó el sable.
-
---¡Eh, guardias!--gritó--. ¡Prendedle!
-
-Un hombre bajito, de la policía secreta, se echó sobre el señor Canuto.
-
---¡Muera el ejército! ¡Viva la Revolución social! ¡Viva la
-Anarquía!--gritó el viejo temblando de emoción y levantando el brazo en
-el aire.
-
-Luego ya no se le vió; desapareció entre la multitud; unos polizontes se
-arrojaron sobre él; los guardias civiles metieron sus caballos entre la
-gente... Juan intentó ir en socorro del viejo; pero le faltaron las
-fuerzas, y se hubiera caído si no le hubiera agarrado Manuel. Este fué
-sosteniéndole hasta sacarle de en medio del gentío. Pasaron entre los
-caballos y los coches amontonados en la Puerta del Sol. Juan iba
-poniéndose muy pálido.
-
---Ten fuerza un momento, ya vamos á salir--le decía Manuel.
-
-Llegaron á la acera y tomaron un coche. Cuando pararon delante de casa
-en la calle de Magallanes, Juan estaba desmayado y tenía las ropas
-llenas de sangre.
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
- La noche.--Los cuervos.--Amanece.--Ya estaba bien.--Habla el
- Libertario.
-
-
-Al llegar, Manuel tomó en brazos á Juan y le subió á su casa.
-
-La Ignacia y la Salvadora, al verle en aquel estado, preguntaron
-desoladas.
-
---¿Qué ha sido? ¿Qué ha sido?
-
---Nada, qué le ha dado un vómito y no sé cómo no se ha muerto. Está
-desmayado.
-
-Le desnudaron entre los tres, le pusieron botellas de agua caliente y
-llamaron al médico. Le dió éste una poción de morfina, porque de cuando
-en cuando el enfermo seguía tosiendo y echando sangre.
-
---¿Cómo está?--le preguntó la Salvadora al médico.
-
---Mal, muy mal. Hay una depauperación grande y la enfermedad se
-encuentra muy avanzada. No puede resistir más que días.
-
-Se marchó el médico, se tranquilizó Juan, y pasó toda la noche
-durmiendo, con un sueño tranquilo. A veces su respiración se hacía
-bronca y sibilante; otras, de su pecho salía un gorgoteo, como el del
-agua al salir de una botella. Pasaban minutos en que parecía que ya no
-alentaba, hasta que un suspiro profundo normalizaba de nuevo la
-respiración.
-
-La Salvadora y Manuel pasaron toda la noche en el cuarto, observando al
-enfermo.
-
-Por la mañana la Ignacia salió de casa á oir misa.
-
---Vete tú también á la imprenta--dijo la Salvadora á Manuel--; si pasa
-algo, ya te avisaré.
-
-Al volver de la calle la Ignacia, dijo con cierto misterio á la
-Salvadora:
-
---¿Se ha marchado Manuel?
-
---Sí.
-
---Me alegro.
-
---¿Por qué?
-
---Porque he avisado un cura para que confiese á Juan. El pobre lo está
-deseando. ¡Como ha sido seminarista! Pero no se atreve á pedirlo.
-
-Quedó la Salvadora azorada con la noticia.
-
---¿Pero sabes tú si él querrá confesarse?--preguntó.
-
---Sí, ya lo creo. Se lo diremos nosotras.
-
---Yo no, yo no se lo digo.
-
---Pues se lo diré yo. Y la Ignacia se acercó á la cama.
-
---No, no le despiertes.
-
---Déjame.
-
-En aquel momento sonó la campanilla de la casa.
-
---Aquí está--dijo la Ignacia.
-
-Al ruido de abrir y cerrar la puerta, Juan abrió los ojos, y al ver á la
-Salvadora sonrió.
-
---Siento una gran debilidad, pero estoy muy á gusto. ¿He dormido mucho
-rato?--preguntó.
-
---Sí, todo el día. Nos has dado un susto grande--balbuceó la
-Salvadora--, y la Ignacia, como es así, ha llamado á un cura, y está
-ahí.
-
-El rostro de Juan se demudó:
-
---¿Está ahí?--preguntó intranquilo.
-
---Sí.
-
---No le dejes entrar. Defíendeme, hermana mía. Quieren turbar mis
-últimos momentos. Defíendeme. Y Juan buscó la mano de la Salvadora.
-
---No tengas cuidado--dijo ella--. Si no quieres, no entrará.
-
---No, no, nunca.
-
---Espera un momento, le voy á decir que se vaya.
-
-Salió la Salvadora al comedor. Un cura, alto, flaco, huesudo, con una
-sotana raida, paseaba de arriba á abajo.
-
---Permítame usted, señor cura--le dijo la Salvadora.
-
---¿Qué quieres, hija mía?
-
---Mire usted, señor cura, mi cuñado nos ha dado un susto grande.
-Creíamos que se iba á morir; por eso su hermana le ha avisado á usted;
-pero ahora ya ha pasado el peligro y no queremos asustarle.
-
---¿Asustarle?--repuso el cura--no, al revés; se tranquilizará.
-
---Es que ha tomado hace poco una medicina y está entontecido.
-
---No importa, no importa; me han dicho que es un chico muy bueno, pero
-de ideas avanzadas, antirreligiosas; además, ha sido seminarista y es
-necesario que se retracte. Y el cura trató de pasar á la alcoba.
-
---No entre usted, señor cura--murmuró la Salvadora.
-
---Mi obligación es salvar su alma, hija mía.
-
---Entonces espere usted un momento; yo le hablaré de nuevo--replicó
-ella--. Y entrando en la alcoba cerró la puerta con llave.
-
---¿Se ha marchado?--la preguntó Juan débilmente.
-
---Sí.
-
---Defiéndeme, hermana mía--gimió el enfermo--, que no entre nadie más
-que mis amigos.
-
---Nadie entrará--repuso ella.
-
---¡Gracias! ¡gracias!--murmuró él--y volviéndose de lado añadió--: Voy á
-seguir con mi sueño.
-
-De cuando en cuando la Ignacia, con voz imperiosa, llamaba á la puerta
-de la alcoba, pero Juan apenas oía y la Salvadora no contestaba.
-
---Si vieras--murmuró el enfermo--las cosas que he soñado esta noche. ¡Oh
-qué sueños tan hermosos!
-
-En esto se oyó un murmullo de voces; luego llamaron más fuerte á la
-puerta de la alcoba.
-
---Abre, Salvadora--dijo la voz de Manuel.
-
-Abrió ella y Manuel entró de puntillas en el cuarto.
-
---Ya se ha marchado--advirtió en voz baja.
-
---Tu mujer es una mujer valiente--murmuró sonriendo Juan--; le ha
-despedido al cura que venía á confesarme.
-
-Juan tendió una mano á la Salvadora y otra á Manuel.
-
---Nunca he sido tan feliz--dijo--. Parece que la proximidad de la muerte
-ha de ser terrible, ¿verdad? Pues yo la veo venir como una cosa tan
-vaga, tan dulce...
-
-Durante todo el día Juan estuvo hablando con sus hermanos, de la
-infancia, de sus ideas, de sus sueños...
-
-Los Rebolledos estaban en el comedor por si se ofrecía algo.
-
-Al anochecer se oyó una aldabada discreta, se cerró recatadamente la
-puerta y alguien subió salvando de dos en dos los escalones. Era el
-Libertario que venía á enterarse de lo que pasaba. Al saber el estado
-de Juan, hizo un ademán de desesperación.
-
-Contó que el señor Canuto estaba en el hospital gravísimo. Le habían
-dado sablazos en la cabeza y en la espalda. Tenía una conmoción cerebral
-y probablemente moriría.
-
---¿Va usted á entrar á ver á Juan?--le preguntó Perico Rebolledo.
-
---No, voy á avisar á los amigos y luego volveré.
-
-Salió el Libertario corriendo y al poco rato volvió acompañado de Prats,
-del Bolo y del Madrileño.
-
-Pasaron los cuatro á la alcoba. Juan estaba cansado de hablar y sentía
-una gran debilidad. Alargó la mano á los amigos, y murmuró:
-
---Ahora estoy soñando cosas hermosas, muy hermosas. Adiós, compañeros.
-Yo he cumplido mi misión, ¿verdad?... seguid trabajando. Ahí os dejo mis
-papeles... Si creéis que son útiles para la idea, publicadlos... ¡Adiós!
-
-Se quedaron los anarquistas en el comedor charlando. Dejaron el balcón
-abierto. De la taberna alguien había dado la noticia al Círculo de la
-gravedad de Juan, y de vez en cuando se acercaba alguno á la casa y
-desde la misma calle gritaba:
-
---¿Eh?
-
---¿Quién es?--decía Prats ó el Libertario saliendo al balcón.
-
---¡Salud, compañero!
-
---Salud.
-
---¿Cómo está Juan?
-
---Mal.
-
---¡Qué lástima! Vaya... salud.
-
---Salud.
-
-Al cabo de un rato se repetía lo mismo.
-
-La Salvadora y Manuel estaban en el cuarto de Juan, que divagaba
-continuamente: Sentía el enfermo la preocupación de ver la mañana, y á
-cada paso preguntaba si no había amanecido.
-
-Tenían abiertas las contraventanas por orden de Juan. A las cuatro
-empezó á amanecer; la luz fría de la mañana comenzó á filtrarse por el
-cuarto. Juan durmió un rato y se despertó cuando ya era de día.
-
-En el cielo azul, con diafanidades de cristal, volaban las nubes rojas y
-llameantes del crepúsculo.
-
---Abrid el balcón--dijo Juan.
-
-Manuel abrió el balcón.
-
---Ahora levantadme un poco la cabeza.
-
-Metió la Salvadora el brazo por debajo de la almohada y le irguió la
-cabeza. Luego le colocaron un almohadón debajo para que estuviera más
-cómodo.
-
-Ya el sol de una mañana de Mayo, brillante como el oro, iba iluminando
-el cuarto.
-
---¡Oh! Ahora estoy bien--murmuró el enfermo.
-
-El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto
-hubo una veladura en sus pupilas, y una contracción en la boca.
-
-Estaba muerto.
-
-La Salvadora y la Ignacia vistieron á Juan, que había quedado como un
-esqueleto. Quitaron la mesa del comedor y allí pusieron el cadáver.
-
-Su rostro después de la muerte, tomó una expresión de serenidad grande.
-
-Durante todo el día no pararon de ir y venir compañeros. Entraban,
-hablaban en voz baja y se marchaban entristecidos.
-
-Por la noche se reunieron más de doce personas á velar al muerto. Manuel
-entraba también á contemplarle.
-
-¡Quién le había de decir que aquel hermano á quien no había visto en
-tanto tiempo iba á dejar una huella tan profunda en su vida!
-
-Recordaba aquella noche de su infancia, pasada junto á su madre muerta.
-El mismo flujo tumultuoso de pensamientos le sobrecogían. ¿Qué hacer?
-pensaba. Se ha hundido todo. ¿Es que ya no quedaba en la vida cosa digna
-de ser deseada? ¿Es que ya no había más plan que hundirse para siempre
-en la muerte?
-
---¡Te has ido al otro mundo con un hermoso sueño--y miraba el cadáver de
-Juan--, con una bella ilusión! Ni los miserables se levantarán, ni
-resplandecerá un día nuevo, sino que persistirá la iniquidad por todas
-partes. Ni colectiva ni individualmente podrán libertarse los humildes
-de la miseria, ni de la fatiga, ni del trabajo constante y aniquilador.
-
---¡Acuéstate!--dijo la Salvadora á Manuel viéndole tan excitado.
-
-Estaba rendido y se tendió en la cama.
-
-Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se
-celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de
-estatuas; en una ponía «La Verdad», en la otra «La Naturaleza», en la
-otra «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una
-bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un
-guardia le dijo:
-
---¡Descúbrete, compañero!
-
---¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es esta?
-
---Es la fiesta de la Anarquía.
-
-En esto pasaron unos andrajosos en los cuales Manuel reconoció al
-Madrileño, á Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!» y
-los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.
-
-Enredado en este sueño le despertó la Salvadora.
-
---Está la policía--le dijo.
-
-Efectivamente, á la puerta había un hombre bajito, de barba, elegante,
-acompañado de otros dos.
-
---¿Qué quiere usted?--le dijo Manuel.
-
---Tengo entendido que hay una reunión de anarquistas aquí y vengo á
-hacer un registro.
-
---¿Trae usted auto del Juez?
-
---Sí, señor. Traigo también orden de prender á Juan Alcázar.
-
---¡A mi hermano! Ha muerto.
-
---Está bien; pasemos.
-
-Entraron los tres policías en el comedor sin quitarse el sombrero. Al
-ver la gente allí reunida uno de ellos preguntó:
-
---¿Qué hacen ustedes aquí?
-
---Estamos velando á nuestro compañero--contestó el Libertario--. ¿Es que
-está prohibido?
-
-El principal de los polizontes, sin contestar, se acercó al cadáver y lo
-contempló un instante.
-
---¿Cuándo lo van á enterrar?--preguntó á Manuel.
-
---Mañana á la tarde.
-
---Es usted su hermano, ¿verdad?
-
---Sí.
-
---A usted le conviene que no haya atropellos, ni escándalos; ni ninguna
-manifestación en el entierro.
-
---Está bien.
-
---Nosotros haremos lo que nos parezca--dijo el Libertario.
-
---Tenga usted cuidado de no ir á la cárcel.
-
---Eso lo veremos--y el Libertario metió la mano en el pantalón y agarró
-su revólver.
-
---Bueno--dijo el polizonte dirigiéndose á Manuel--; usted es hombre de
-buen sentido y atenderá mis indicaciones.
-
---Sí, señor.
-
---Buenas noches--saludaron los policías.
-
---Buenas noches--contestaron los anarquistas.
-
---Cochina _rasa_--gruñó Prats--. Este maldito pueblo había que quemarlo.
-
-Todos hablaron en el mismo sentido. Odio eterno, eterna execración
-contra la sociedad.
-
-Por la mañana algunos se fueron al trabajo y quedaron Prats, el
-Libertario y Manuel. Estaban hablando cuando se presentó en el cuarto la
-Filipina.
-
-La Salvadora la dejó pasar. Había estado en el hospital, enferma. Se le
-notaba la enorme palidez en los labios y en los ojos. Le habían operado
-á la pobre y olía de un modo insoportable á yodoformo. Entró, tocó la
-cara del cadáver con las manos y empezó á llorar. Manuel la contempló
-con melancolía. Aquella tristeza de animal en los ojos, el cuerpo débil,
-las entrañas quemadas por el cirujano...
-
---¡Maldita vida!--murmuró--. Había que reducirlo todo á cenizas.
-
-Salió la Filipina y á la media hora volvió con lirios blancos y rojos,
-y los echó en el suelo delante de la caja.
-
-A las dos era el entierro, y para antes de esta hora había ya un grupo
-grande en la calle de Magallanes. Al dar las dos Perico Rebolledo,
-Prats, el Libertario y el Bolo, sacaron la caja en hombros y la bajaron
-hasta el portal. Un amigo de Prats echó una bandera roja encima del
-ataud y se pusieron todos en marcha. Cruzaron por entre callejuelas,
-hasta salir al paseo del Cisne. Iban allá á dejar la caja en el coche,
-cuando cuatro mujeres, á quienes Manuel no conocía, les substituyeron, y
-siguió el cortejo. Las cuatro, con el mantón terciado, braceaban
-garbosamente. En la Castellana la gente se paraba á mirarles. En el
-barrio de Salamanca pusieron la caja en el coche y siguió todo el
-cortejo á pie. Al pasar de las Ventas, en el camino del Este, por detrás
-de cada loma, salía una pareja de municipales, y cerca del cementerio
-había un piquete de guardias á caballo.
-
-Entraron los obreros en el cementerio civil, colocaron la caja al borde
-de la fosa y la rodearon los acompañantes.
-
-Estaba anocheciendo; un rayo de sol se posó un instante sobre la lápida
-de un mausoleo. Se bajó con cuerdas la caja. El Libertario se acercó,
-cogió un puñado de tierra y lo echó á la hoya; los demás hicieron lo
-mismo.
-
---Habla--le dijo Prats al Libertario.
-
-El Libertario se recogió en sí mismo pensativo. Luego, despacio, con voz
-apagada y temblorosa, dijo.
-
---Compañeros: Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que
-acabamos de enterrar. Era un hombre, un hombre fuerte con un alma de
-niño... Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y
-prefirió la gloria de ser humano. Pudo asombrar á los demás, y prefirió
-ayudarlos... Entre nosotros, llenos de odios, él sólo tuvo cariños;
-entre nosotros, desalentados, él sólo tuvo esperanzas. Tenía la
-serenidad de los que han nacido para afrontar las grandes tempestades.
-Fué un gran corazón, noble y leal... fué un rebelde, porque quiso ser un
-justo. Conservemos todos en la memoria el recuerdo del amigo que
-acabamos de enterrar... y nada más. Ahora, compañeros, volvamos á
-nuestras casas á seguir trabajando.
-
-Los sepultureros comenzaron á echar con presteza paletadas de tierra que
-sonaron lúgubremente. Los obreros se cubrieron y en silencio fueron
-saliendo del campo santo. Luego, por grupos, volvieron por la carretera
-hacia Madrid. Había obscurecido.
-
-FIN
-
-Madrid, Diciembre 1904.
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- Págs.
-
-Anteportada 1
-Obras del mismo autor 2
-Portada 3
-PRÓLOGO.--Cómo Juan dejó de ser seminarista 5
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-CAPÍTULO I.--El barrio sepulcral.--Divagaciones
-trascendentales.--Electricidad y peluquería.--Tipos
-raros, buenas personas 29
-
-CAP. II.--La vida de Manuel.--Las tertulias del
-enano.--El señor Canuto y su fraseología 44
-
-CAP. III.--Los dos hermanos.--Juan charla.--Recuerdos
-de hambre y de bohemia 52
-
-CAP. IV.--El busto de la Salvadora.--Las impresiones
-de Kis.--Malas noticias.--La violeta.
-No todo es triste en la vida 65
-
-CAP. V.--A los placeres de Venus.--Un hostelero
-poeta.--¡Mátala!--Las mujeres se odian.
-Los hombres también 76
-
-CAP. VI.--Las vagas ambiciones de Manuel.--Las
-mujeres mandan.--Roberto.--Se instala
-la imprenta 89
-
-CAP. VII.--El amor y la debilidad.--Las intermitentes
-y las golondrinas.--El bautizo de
-S. M. Curda I en una imprenta 98
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-CAPÍTULO I.--Juego de bolos, juego de ideas,
-juego de hombres 109
-
-CAP. II.--El derecho.--La ley.--La esclavitud.
-Las vacas.--Los negros.--Los blancos.--Otras
-pequeñeces 128
-
-CAP. III.--No hay que confiar en los relojes ni
-en la milicia.--Las mujeres son buenas, aun
-las que dicen que son malas.--Los borrachos
-y los perros 139
-
-CAP. IV.--El inglés quiere dominar.--Las razas.--Las
-máquinas.--Buenas ideas, bellos
-proyectes 152
-
-CAP. V.--El buen obrero socialista.--Los esparcimientos
-de Jesús.--¿Para qué sirven los
-muertos? 161
-
-CAP. VI.--El francés que canta.--El protylo.--Cómo
-se llegan á tener las ideas.--Sinfonía
-en rojo mayor 172
-
-CAP. VII.--Un paraíso en un campo santo.--Todo
-es uno y lo mismo 188
-
-CAP. VIII.--Cómo cogieron al Bizco y no vino
-la buena.--Nunca viene la buena para los
-desdichados 196
-
-CAP. IX.--La Dama de la Toga Negra.--Los
-amigos de la Dama.--El pajecillo, el lindo
-pajecillo 214
-
-
-TERCERA PARTE
-
-CAPÍTULO I.--Las evoluciones del Bolo.--Danton,
-Danton, ese era el hombre.--¿Anarquía ó
-Socialismo?... lo que gustéis 227
-
-CAP. II.--Paseo de noche.--Los devotos de
-Santa Dinamita.--El cerro del Pimiento 248
-
-CAP. III.--El mitin en Barbieri.--Un joven de
-levita.--La carpintería del arca de Noé.--¡Viva
-la literatura! 264
-
-CAP. IV.--Gente sin hogar.--El Mangue y el
-Polaca.--Un vendedor de cerbatanas.--Un
-gitano.--El Corbata.--Santa Tecla y su mujer.--La
-Filipina.--El oro escondido 286
-
-CAP. V.--Esnobismo sociológico.--Anarquistas
-intelectuales.--Humo 297
-
-CAP. VI.--Miedos pueriles.--Los hidalgos.--El
-hombre de la Puerta del Sol.--El enigma Passalacqua 309
-
-CAP. VII.--Otra vez Roberto.--La lucha por la
-vida.--El regalo del inglés.--El amor 332
-
-CAP. VIII.--La coronación.--Las que encarecen
-los garbanzos.--El final del señor Canuto 345
-
-CAP. IX.--La noche.--Los cuervos.--Amanece.--Ya
-estaba bien.--Habla el Libertario 356
-
- * * * * *
-
- Se imprimió
-
- AURORA ROJA
-
- EN EL
-
- ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO
-
- DE
-
- ANTONIO MARZO
-
- DE
-
- MADRID
-
- en DICIEMBRE de
-
- 1904
-
- {imagen decorativa}
-
- * * * * *
-
-{imagen decorativa}
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Aurora roja, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; AURORA ROJA ***
-
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
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- The Project Gutenberg eBook of La lucha por la vida; Aurora roja, por Pio Baroja.
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-<pre>
-
-Project Gutenberg's La lucha por la vida; Aurora roja, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: La lucha por la vida; Aurora roja
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: August 20, 2012 [EBook #40544]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; AURORA ROJA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net
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-<p class="figcenter">
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-</p>
-
-<table summary="note" border="4" cellpadding="10" style="background-color: #ffffff;
-margin-right:auto;margin-left:auto;max-width:60%;">
- <tr>
- <td valign="top">Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
-original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
-texto.</td>
- </tr>
-</table>
-
-<h1><a name="page_001" id="page_001"></a></h1>
-
-<p class="c">LA LUCHA POR LA VIDA</p>
-
-<p class="c">&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</p>
-
-<p class="cb"><big>Aurora Roja.</big></p>
-
-<p><a name="page_002" id="page_002"></a></p>
-
-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="">
-<tr><th align="center">OBRAS DEL MISMO AUTOR</th></tr>
-<tr><td align="left"><b>Vidas sombrías</b>; un volumen.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>La casa de Aizgorri</b>, novela en siete jornadas; ídem.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox</b>; ídem.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Camino de perfección (pasión mística)</b>, novela; ídem.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>El Mayorazgo de Labraz</b>, novela; ídem.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Idilios vascos</b>; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem.</td></tr>
-<tr><td>&nbsp;</td></tr>
-<tr><td align="center">LA LUCHA POR LA VIDA</td></tr>
-<tr><td>&nbsp;</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>La Busca</b> (novela); un vol.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Mala hierba</b> (novela); un vol.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Aurora roja</b> (novela); un vol.</td></tr>
-</table>
-
-<p><a name="page_003" id="page_003"></a></p>
-
-<h1>LA LUCHA POR LA VIDA<br />
-<br />
-<big><big>Aurora Roja.</big></big></h1>
-
-<p class="cb">NOVELA<br />
-<br />
-POR<br />
-<br />
-<big><big>P</big>IO <big>B</big>AROJA</big><br />
-<br />
-<img src="images/colophon-a.png"
-width="94"
-height="96"
-alt="colophon"
-title="colophon"
-/><br />
-<br />
-MADRID<br />
-<br />
-<span class="smcap">Librería de Fernando Fé.</span><br />
-<br />
-1904.<br />
-</p>
-
-<div class="blockquot">
-<p class="cb"><a href="#INDICE"><b>AL INDICE</b></a></p>
-</div>
-
-<p><a name="page_004" id="page_004"></a></p>
-
-<p class="c">&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</p>
-
-<p class="c">E<small>S PROPIEDAD</small>.&mdash;D<small>ERECHOS RESERVADOS</small></p>
-
-<p class="c">&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</p>
-
-<p><a name="page_005" id="page_005"></a></p>
-
-<h1>Aurora Roja<small>*</small></h1>
-
-<p class="c">* Los episodios que preceden á <span class="smcap">Aurora Roja</span>, se titulan <span class="smcap">La Busca</span> y <span class="smcap">Mala
-Hierba</span>.</p>
-
-<h3><a name="PROLOGO" id="PROLOGO"></a>PROLOGO</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Cómo Juan dejó de ser seminarista.</p></div>
-
-<p>Habían salido los dos muchachos á pasear por los alrededores del pueblo,
-y á la vuelta, sentados en un pretil del camino, cambiaban á largos
-intervalos alguna frase indiferente.</p>
-
-<p>Era uno de los mozos alto, fuerte, de ojos grises y expresión jovial; el
-otro, bajo, raquítico, de cara manchada de roseolas y de mirar adusto y
-un tanto sombrío.</p>
-
-<p>Los dos, vestidos de negro, imberbe el uno, rasurado el otro, tenían
-aire de seminaristas; el alto, grababa con un cortaplumas en la corteza
-de una vara una porción de dibujos y de adornos; el otro, con las manos
-en las rodillas, en actitud melancólica, contemplaba, entre absorto y
-distraído, el paisaje.<a name="page_006" id="page_006"></a></p>
-
-<p>El día era de otoño, húmedo, triste. A lo lejos, asentada sobre una
-colina, se divisaba la aldea con sus casas negruzcas y sus torres más
-negras aún. En el cielo gris como una lámina mate de acero subían
-despacio las tenues columnas de humo de las chimeneas del pueblo. El
-aire estaba silencioso; el río, escondido tras de un boscaje resonaba
-vagamente en la soledad.</p>
-
-<p>Se oía el tintineo de las esquilas y un lejano tañer de campana. De
-pronto resonó el silbido estridente de un tren; luego se vió aparecer
-una blanca humareda entre los árboles, que pronto se convirtió en una
-neblina suave.</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos ya&mdash;dijo el más alto de los mozos.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;repuso el otro.</p>
-
-<p>Se levantaron del pretil del camino, en donde estaban sentados, y
-comenzaron á andar en dirección del pueblo.</p>
-
-<p>Una niebla vaga y melancólica comenzaba á cubrir el campo. La carretera,
-como una cinta violácea, manchada por el amarillo y el rojo de las hojas
-muertas, corría entre los altos árboles desnudos por el otoño hasta
-perderse á lo lejos, ondulando en una extensa curva. Las ráfagas de aire
-hacían desprenderse de las ramas á las hojas secas que correteaban por
-el camino.</p>
-
-<p>&mdash;Pasado mañana ya estamos otra vez allí&mdash;dijo el mocetón alegremente.<a name="page_007" id="page_007"></a></p>
-
-<p>&mdash;Quién sabe&mdash;replicó el otro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo quién sabe? Yo lo sé y tú también.</p>
-
-<p>&mdash;Tú sabrás que vas á ir; yo, en cambio, sé que no voy.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no vas?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque estoy decidido á no ser cura.</p>
-
-<p>Tiró el mozo al suelo la vara que había labrado, y quedó contemplando á
-su amigo con extrañeza.</p>
-
-<p>&mdash;Pero tú estás loco, Juan.</p>
-
-<p>&mdash;No, no estoy loco, Martín.</p>
-
-<p>&mdash;¿No piensas volver al seminario?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué vas á hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Cualquier cosa. Todo menos ser cura; no tengo vocación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Toma! ¡Vocación! ¡vocación! Tampoco la tengo yo.</p>
-
-<p>&mdash;Es que yo no creo en nada.</p>
-
-<p>El buen mozo se encogió de hombros cándidamente.</p>
-
-<p>&mdash;Y el padre Pulpon, ¿cree en algo?</p>
-
-<p>&mdash;Es que el padre Pulpon es un bandido, un embaucador&mdash;dijo el más bajo
-de los dos con vehemencia&mdash;, y yo no quiero engañar á la gente, como él.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hay que vivir, chico. ¿Si yo tuviera dinero me haría cura? No; me
-iría al campo y<a name="page_008" id="page_008"></a> viviría la vida rústica y trabajaría la tierra con mis
-propios bueyes, como dice Horacio: <i>Paterna rura bobus, exercet suis</i>;
-pero no tengo un cuarto, y mi madre y mis hermanas están esperando que
-acabe la carrera. ¿Y qué voy á hacer? Lo que harás tú también.</p>
-
-<p>&mdash;No, yo no. Tengo la decisión firme, inquebrantable, de no volver al
-seminario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo vas á vivir?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; el mundo es grande.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es una niñada. Tú estas bien, tienes una beca en el seminario. No
-tienes familia... Los profesores han sido buenos para ti... podrás
-doctorarte... podrás predicar... ser canónigo... quizás obispo.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque me prometieran que había de ser Papa, no volvería al seminario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no creo; porque ya no creo; porque no creeré ya más.</p>
-
-<p>Calló Juan y calló su compañero, y siguieron caminando uno junto á otro.</p>
-
-<p>La noche se entraba á más andar, y los dos muchachos apresuraron el
-paso. El mayor, después de un largo momento de silencio, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!... Cambiarás de parecer.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Apuesto cualquier cosa á que eso que me dijiste del padre Pulpon te ha
-hecho decidirte.</p>
-
-<p>&mdash;No; todo eso ha ido soliviantándome; he<a name="page_009" id="page_009"></a> visto las porquerías que hay
-en el seminario; al principio lo que vi me asombró y me dió asco; luego
-me lo he explicado todo. No es que los curas son malos; es que la
-religión es mala.</p>
-
-<p>&mdash;Tú no sabes lo que dices, Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Cree lo que quieras. Yo estoy convencido; la religión es mala porque
-es mentira.</p>
-
-<p>&mdash;Chico, me asombra oirte. Yo que te creía casi un santo. ¡Tú, el mejor
-discípulo del curso! ¡El único que tenía verdadera fe, como decía el
-padre Modesto!</p>
-
-<p>&mdash;El padre Modesto es un hombre de buen corazón, pero es un alucinado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tampoco crees en él? ¿Pero cómo has cambiado de ese modo?</p>
-
-<p>&mdash;Pensando, chico. Yo mismo no me he dado cuenta de ello. Cuando comencé
-á estudiar el cuarto año con don Tirso Pulpon todavía tenía alguna fe.
-Aquel año fué el del escándalo que dió el padre Pulpon con uno de los
-chicos del primer curso, y te digo la verdad, para mí fué como si me
-hubiesen dado una bofetada. Al mismo tiempo que con don Tirso, estudiaba
-con el padre Belda, que como dice el lectoral, es un ignorante profeso.
-El padre Belda le odia al padre Pulpon, porque Pulpon sabe más que él, y
-encargó á otro chico y á mí que nos enteráramos de lo que había pasado.
-Aquello fué como meterse en una letrina. ¡Yo qué había de sospechar lo
-que pasaba! No sé si tú<a name="page_010" id="page_010"></a> lo sabrás; pero si no lo sabes, te lo digo: el
-seminario es una porquería completa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Un horror. Desde que me enteré de estas cosas, no sé lo que me pasó;
-al principio sentí asombro; luego, una gran indignación contra toda esa
-tropa de curas viciosos, que desacreditan su ministerio. Luego leí
-libros, y pensé y sufrí mucho, y desde entonces ya no creo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Libros prohibidos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Últimamente, en la época de los exámenes, dibujé una caricatura
-brutal, horrorosa, del padre Pulpon, y algún amiguito suyo se la
-entregó. Estábamos á la puerta del seminario hablando, cuando se
-presentó él: «¿Quién ha hecho esto», dijo enseñando el dibujo. Todos se
-callaron; yo me quedé parado. «¿Lo has hecho tú?», me preguntó. Sí,
-señor. «Bien, ya tendremos tiempo de vernos.» Te digo que con esa
-amenaza los primeros días que estuve aquí no podía ni dormir. Estuve
-pensando una porción de cosas para sustraerme á su venganza, hasta que
-se me ocurrió que lo más sencillo era no volver al seminario.</p>
-
-<p>&mdash;Y esos libros que has leído, ¿qué dicen?</p>
-
-<p>&mdash;Explican cómo es la vida, la verdadera vida, que nosotros no
-conocemos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mal haya ellos! ¿Cómo se llaman esos libros?<a name="page_011" id="page_011"></a></p>
-
-<p>&mdash;El primero que leí fué <i>Los Misterios de París</i>; después, <i>El judío
-errante y Los Miserables</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Son de Voltaire?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Martín sentía una gran curiosidad por saber qué decían aquellos libros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dirán barbaridades?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuenta! ¡Cuenta!</p>
-
-<p>En Juan habían hecho las lecturas una impresión tan fuerte, que
-recordaba todo con los más insignificantes detalles. Comenzó á narrar lo
-que pasaba en <i>Los Misterios de París</i>, y no olvidó nada; parecía haber
-vivido con el Churiador y la Lechuza, con el Maestro de escuela, el
-príncipe Rodolfo y Flor de María; los presentaba á todos con sus rasgos
-característicos.</p>
-
-<p>Martín escuchaba absorto; la idea de que aquello estaba prohibido por la
-Iglesia, le daba mayor atractivo; luego, el humanitarismo declamador y
-enfático del autor, encontraba en Juan un propagandista entusiasta.</p>
-
-<p>Ya había cerrado la noche. Comenzaron los dos seminaristas á cruzar el
-puente. El río turbio, rápido, de color de cieno, pasaba murmurando por
-debajo de las fuertes arcadas, y más allá, desde una alta presa cercana,
-se derrumbaba con estruendo, mostrando sobre su lomo<a name="page_012" id="page_012"></a> haces de caña y
-montones de ramas secas.</p>
-
-<p>Y mientras caminaban por las calles del pueblo, Juan seguía contando. La
-luz eléctrica brillaba en las vetustas casas, sobre los pisos
-principales, ventrudos y salientes, debajo de los aleros torcidos,
-iluminando el agua negra de la alcantarilla que corría por en medio del
-barro. Y el uno contando y el otro oyendo, recorrieron callejas
-tortuosas, pasadizos siniestros, negras encrucijadas...</p>
-
-<p>Tras de los héroes de Sue, fueron desfilando los de Victor Hugo,
-monseñor Bienvenido, y Juan Valjean, Javert, Gavroche, Fantina, los
-estudiantes y los bandidos de Patron Minette.</p>
-
-<p>Toda esta fauna monstruosa bailaba ante los ojos de Martín una terrible
-danza macabra.</p>
-
-<p>&mdash;Después de esto&mdash;terminó diciendo Juan&mdash;he leído los libros de Marco
-Aurelio y los Comentarios de César, y he aprendido lo que es la vida.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros no vivimos&mdash;murmuró con cierta melancolía Martín&mdash;. Es
-verdad; no vivimos.</p>
-
-<p>Luego, sintiéndose seminarista, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Pero bueno; ¿tú crees que habrá ahora en el mundo un metafísico como
-Santo Tomás?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;afirmó categóricamente Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y un poeta como Horacio?</p>
-
-<p>&mdash;También.</p>
-
-<p>&mdash;Y entonces, ¿por qué no los conocemos?<a name="page_013" id="page_013"></a></p>
-
-<p>&mdash;Porque no quieren que los conozcamos. ¿Cuánto tiempo hace que escribió
-Horacio? Hace cerca de dos mil años; pues bien, los Horacios de ahora se
-conocerán en los seminarios dentro de dos mil años. Aunque dentro de dos
-mil años ya no habrá seminarios.</p>
-
-<p>Esta conjetura, un tanto audaz, dejó á Martín pensativo. Era, sin duda,
-muy posible lo que Juan decía. Tales podrían ser las mudanzas y truecos
-de las cosas.</p>
-
-<p>Se detuvieron los dos amigos un momento en la plaza de la iglesia, cuyo
-empedrado de guijarros manchaba á trozos la hierba verde. La pálida luz
-eléctrica brillaba en los negros paredones de piedra, en los saledizos,
-entre los lambrequines, cintas y penachos de los escudos labrados en los
-chaflanes de las casas.</p>
-
-<p>&mdash;Eres muy valiente, Juan&mdash;murmuró Martín.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, muy valiente.</p>
-
-<p>Sonaron las horas en el reloj de la iglesia.</p>
-
-<p>&mdash;Son las ocho&mdash;dijo Juan&mdash;; me voy á casa. Tú mañana te vas, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ¿quieres algo para allá?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Si te preguntan por mí, diles que no me has visto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es tu última resolución?</p>
-
-<p>&mdash;La última.<a name="page_014" id="page_014"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no esperar?</p>
-
-<p>&mdash;No. Me he decidido ya á no retroceder nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿hasta cuándo?</p>
-
-<p>&mdash;No sé...; pero creo que nos volveremos á ver alguna vez. ¡Adiós!</p>
-
-<p>&mdash;Adiós; me alegraré que te vaya bien por esos mundos.</p>
-
-<p>Se dieron la mano. Juan salió por detrás de la iglesia al ejido del
-pueblo, en donde había una gran cruz; luego bajó hacia el puente.
-Martín, entró por una tortuosa callejuela, un tanto melancólico. Aquella
-rápida visión de una vida intensa le había turbado el ánimo.</p>
-
-<p>Juan, en cambio, marchaba alegre y decidido. Tomó el camino de la
-estación, que era el suyo. Una calma profunda envolvía el campo; la luna
-brillaba en el cielo; una niebla azul se levantaba sobre la tierra
-húmeda, y en el silencio de la noche apacible, sólo se oía el estruendo
-de las aguas tumultuosas del río al derrumbarse desde la alta presa.</p>
-
-<p>Pronto vió Juan á lo lejos brillar entre la bruma un foco eléctrico. Era
-de la estación. Estaba desierta; entró Juan en una obscura sala ocupada
-por fardos y pellejos. Andaba por allí un hombre con una linterna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres tú?&mdash;le dijo á Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué has hecho que has venido tan tarde?<a name="page_015" id="page_015"></a></p>
-
-<p>&mdash;He estado despidiéndome de la gente.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; ya tienes preparado tu equipaje. ¿A qué hora vas á salir?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>Juan entró en la casa de su tío, y luego en su cuarto; tomó un saco de
-viaje y un morralillo, y salió al andén. Se oyó el timbre anunciando la
-salida del tren de la estación inmediata, poco después un lejano
-silbido. La locomotora avanzó, echando bocanadas de humo. Juan subió á
-un coche de tercera.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, tío.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós y recuerdos.</p>
-
-<p>Echó á andar el tren por el campo obscuro, como si tuviera miedo de no
-llegar; á la media hora se detuvo en un apeadero desierto: un cobertizo
-de cinc con un banco y un farol. Juan cogió su equipaje y saltó del
-vagón. El tren inmediatamente siguió su marcha. La noche estaba fría; la
-luna se había ocultado tras del lejano horizonte, y las estrellas
-temblaban en el alto cielo; cerca se oía el rumor confuso y persistente
-del río. Juan se acercó á la orilla y abrió su saco de viaje. Tanteando,
-encontró su manteo, su tricornio y la beca, los libros de texto y los
-apuntes. Volvió á meterlo todo, menos la ropa blanca, en el saco de
-viaje, é introdujo, además, dentro, una piedra; luego, haciendo un
-esfuerzo, tiró el bulto al agua, y<a name="page_016" id="page_016"></a> el manteo, el tricornio, la beca,
-los apuntes, la metafísica y la teología, fueron á parar al fondo del
-río. Hecho esto se alejó de allí, y tomó por la carretera.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre adelante&mdash;murmuró&mdash;. No hay que retroceder.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Toda la noche estuvo caminando, sin encontrar á nadie; al amanecer se
-cruzó con una fila de carretas de bueyes, cargadas de madera aserrada y
-de haces de jara y de retama; por delante de cada yunta, con la ijada al
-hombro, marchaban mujeres, cubierta la cabeza con el refajo.</p>
-
-<p>Se enteró Juan por ellas del camino que debía seguir, y cuando el sol
-comenzó á calentar, se tendió en la oquedad de una piedra, sobre las
-hojas secas. Se despertó al medio día, comió un poco de pan, bebió agua
-en un arroyo, y antes de comenzar la marcha, leyó un trozo de los
-<i>Comentarios</i>, de César.</p>
-
-<p>Reconfortado su espíritu con la lectura, se levantó y siguió andando. En
-la soledad, su espíritu atento encontró el campo lleno de interés. ¡Qué
-diversas formas! ¡Qué diversos matices de follaje presentaban los
-árboles! Unos, altos, robustos, valientes; otros, rechonchos,
-achaparrados; unos, todavía verdes; otros, amarillos; unos, rojos, de
-cobre; otros, desnudos de follaje, descarnados como esqueletos; cada
-uno<a name="page_017" id="page_017"></a> de ellos, según su clase, tenía hasta un sonido distinto al ser
-azotado por el viento: unos, temblaban con todas sus ramas, como un
-paralítico con todos sus miembros; otros, doblaban su cuerpo en una
-solemne reverencia; algunos, rígidos é inmóviles, de hoja verde,
-perenne, apenas se estremecían con las ráfagas de aire. Luego el sol
-jugueteaba entre las hojas, y aquí blanqueaba y allí enrojecía, y en
-otras partes parecía abrir agujeros de luz entre las masas de follaje.
-¡Qué enorme variedad! Juan sentía despertarse en su alma, ante el
-contacto de la Naturaleza, sentimientos de una dulzura infinita.</p>
-
-<p>Pero no quería abandonarse á su sentimentalismo, y durante el día dos ó
-tres veces leía en alta voz los <i>Comentarios</i>, de César, y esta lectura
-era para él una tonificación de la voluntad...</p>
-
-<p>Una mañana cruzaba de prisa un húmedo helechal, cuando se le presentaron
-dos guardas armados de escopeta, seguidos de perros y de una bandada de
-chiquillos. Los perros husmearon entre las hierbas, aullando, pero no
-encontraron nada; uno de los muchachos, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí hay sangre.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces alguien ha cobrado la pieza&mdash;exclamó uno de los
-guardas.&mdash;Será éste&mdash;y abalanzándose á Juan le asió fuertemente del
-brazo&mdash;. ¿Tú has cogido una liebre muerta aquí?<a name="page_018" id="page_018"></a></p>
-
-<p>&mdash;Yo, no&mdash;contestó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; tú la has cogido. Tráela&mdash;y el guarda le agarró á Juan de una
-oreja.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no he cogido nada. Suelte usted.</p>
-
-<p>&mdash;Registradle.</p>
-
-<p>El otro guarda le sacó el morral y lo abrió. No había nada.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces la has escondido&mdash;dijo el primer guarda, sujetándole á Juan
-del cuello&mdash;. Dí dónde está.</p>
-
-<p>&mdash;Que digo que yo nada he cogido&mdash;exclamó Juan, sofocado y lleno de ira.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo confesarás&mdash;murmuró el guarda quitándose el cinturón y
-amenazándole con él.</p>
-
-<p>Los chicos que acompañaban á los guardas en el ojeo, rodearon á Juan,
-riéndose. Este se preparó para la defensa. El guarda, algo asustado, se
-detuvo. En esto se acercó al grupo un señor, vestido de pana, con
-pantalón corto, polainas y sombrero ancho blanco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué se hace?&mdash;gritó furioso&mdash;. Aquí estamos esperando. ¿Por qué no se
-sigue el ojeo?</p>
-
-<p>El guarda explicó lo que pasaba.</p>
-
-<p>&mdash;Darle una buena azotaina&mdash;dijo el señor.</p>
-
-<p>Se iba á proceder á lo mandado, cuando un chico vino corriendo á decir
-que había pasado, á campo traviesa, un hombre escotero, con una liebre
-en la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces no era éste el ladrón. Vámonos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por Cristo, que si alguna vez puedo&mdash;gritó<a name="page_019" id="page_019"></a> Juan al guarda&mdash;, me he
-de vengar cruelmente!</p>
-
-<p>Corriendo, devorando lágrimas de rabia, atravesó el helechal hasta salir
-al camino: no había andado cien pasos, cuando vió de pie, con la
-escopeta en la mano, al hombre vestido de cazador.</p>
-
-<p>&mdash;No pases&mdash;le gritó éste.</p>
-
-<p>&mdash;El camino es de todos&mdash;contestó Juan y siguió andando.</p>
-
-<p>&mdash;Que no pases, te digo.</p>
-
-<p>Juan no hizo caso; adelantó con la cabeza erguida, sin mirar atrás. En
-esto sonó una detonación, y Juan sintió un dolor ligero en el hombro. Se
-llevó la mano por encima de la chaqueta y vió que tenía sangre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Canalla! ¡Bandido!&mdash;gritó.</p>
-
-<p>&mdash;Te lo había dicho. Así aprenderás á obedecer&mdash;contestó el cazador.</p>
-
-<p>Siguió Juan andando. El hombro le iba doliendo cada vez más.</p>
-
-<p>Le quedaban todavía unos céntimos, y llamó en una venta que encontró en
-el camino. Entró en el zaguán y contó lo que le había pasado. La ventera
-le trajo un poco de agua para lavarse la herida, y después le llevó á un
-pajar. Había allí otro hombre tendido, y al oir quejarse á Juan, le
-preguntó lo que tenía. Se lo contó Juan y el hombre dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver qué es eso.<a name="page_020" id="page_020"></a></p>
-
-<p>Tomó el farol que había dejado la ventera en el dintel del pajar, y le
-reconoció la herida.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes tres perdigones. Descansa unos días y te se cura esto.</p>
-
-<p>Juan no pudo dormir con el dolor en toda la noche. A la mañana
-siguiente, al rayar el alba, se levantó y salió de la venta.</p>
-
-<p>El hombre que dormía en el pajar le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿á dónde vas?</p>
-
-<p>&mdash;Adelante; no me paro por esto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eres valiente! Vamos andando.</p>
-
-<p>Tenía Juan el hombro hinchado y le dolía al andar; pero después de una
-caminata de dos horas, ya no sintió el dolor. El hombre del pajar era un
-vagabundo.</p>
-
-<p>Al cabo de un rato de marcha, le dijo á Juan:</p>
-
-<p>&mdash;Siento que por mi causa te hayan jugado una mala partida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por su causa?&mdash;preguntó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; yo me llevé la liebre. Pero hoy la comeremos los dos.</p>
-
-<p>Efectivamente, al llegar al cauce de un río, el vagabundo encendió fuego
-y guisó un trozo de la liebre. La comieron los dos, y siguieron andando.</p>
-
-<p>Cerca de una semana pasó Juan con el vagabundo. Era éste un tipo vulgar,
-mitad mendigo, mitad ladrón; poco inteligente, pero hábil. No tenía más
-que un sentimiento fuerte, el<a name="page_021" id="page_021"></a> odio por el labrador, unido á un instinto
-anti-social enérgico. En un pueblo donde se celebraba una feria, el
-vagabundo, reunido con unos gitanos, desapareció con ellos...</p>
-
-<p>Un día estaba Juan sentado en la hierba, al borde de un sendero,
-leyendo, cuando se le presentaron dos guardias civiles.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace usted aquí?&mdash;le preguntó uno de ellos.</p>
-
-<p>&mdash;Voy de camino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted cédula?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces venga usted con nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos allá.</p>
-
-<p>Metió Juan el libro en el bolsillo, se levantó y echaron los tres á
-andar. Uno de los guardias tenía grandes bigotes amenazadores y el ceño
-terrible; el otro parecía un campesino. De pronto, el de los bigotes,
-mirando á Juan de un modo fosco, le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;Tú te habrás escapado de casa, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde vas?</p>
-
-<p>&mdash;A Barcelona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así, andando?</p>
-
-<p>&mdash;No tengo dinero.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, dinos la verdad, y te dejamos marchar.</p>
-
-<p>&mdash;Pues la verdad es que soy estudiante de cura y he ahorcado los
-hábitos.<a name="page_022" id="page_022"></a></p>
-
-<p>&mdash;Has hecho bien&mdash;gritó el de los bigotes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no quieres ser cura?&mdash;preguntó el otro&mdash;. Es un bonito
-empleo.</p>
-
-<p>&mdash;No tengo vocación.</p>
-
-<p>&mdash;Además, le gustarán las chicas&mdash;añadió el bigotudo&mdash;. Y tus padres,
-¿qué han dicho á eso?</p>
-
-<p>&mdash;No tengo padre ni madre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!, entonces... entonces es otra cosa... estás en tu derecho.</p>
-
-<p>Al decir esto el de los bigotes sonrió. A primera vista era un hombre
-imponente, pero al hablar se le notaba en los ojos y en la sonrisa una
-gran expresión de bondad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué vas á hacer en Barcelona?</p>
-
-<p>&mdash;Quiero ser dibujante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes algo ya del oficio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; algo sé.</p>
-
-<p>Fueron así charlando, atravesaron unos pinares en donde el sol brillaba
-espléndido, y se acercaron á un pueblecillo que en la falda de una
-montaña se asentaba. Juan, á su vez, hizo algunas preguntas acerca del
-nombre de las plantas y de los árboles á los guardias. Se veía que los
-dos habían trocado el carácter adusto y amenazador del soldado por la
-serenidad y la filosofía del hombre del campo.</p>
-
-<p>Al entrar en una calzada en cuesta, que llevaba al pueblo, se les acercó
-un hombre á caballo, ya viejo, y con boína.<a name="page_023" id="page_023"></a></p>
-
-<p>&mdash;Hola, señores. ¡Buenas tardes!&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Hola, señor médico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es este muchacho?</p>
-
-<p>&mdash;Uno que hemos encontrado en el camino leyendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo llevan ustedes preso?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>El médico hizo algunas preguntas á Juan y éste le explicó á donde iba y
-lo que pensaba hacer; y hablando todos juntos, llegaron al pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver tus habilidades&mdash;dijo el médico&mdash;. Entraremos aquí, en
-casa del alcalde.</p>
-
-<p>La casa del alcalde era una de esas tiendas de pueblo en donde se vende
-de todo, y además era posada y taberna.</p>
-
-<p>&mdash;Danos una hoja de papel blanco&mdash;dijo el médico á la muchacha del
-mostrador.</p>
-
-<p>&mdash;No hay&mdash;contestó ella muy desazonada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habrá un plato?&mdash;preguntó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, eso sí.</p>
-
-<p>Trajeron un plato y Juan lo ahumó con el candil. Después cogió una
-varita, la hizo punta y comenzó á dibujar con ella. El médico, los dos
-guardias y algunos otros que habían entrado, rodearon al muchacho y se
-pusieron á mirar lo que hacía, con verdadera curiosidad. Juan dibujó la
-luna entre nubes y el mar iluminado por ella, y unas lanchitas con las
-velas desplegadas.<a name="page_024" id="page_024"></a></p>
-
-<p>La obra produjo verdadera admiración entre todos.</p>
-
-<p>&mdash;No vale nada&mdash;dijo Juan&mdash;; todavía no sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo que no vale nada?&mdash;replicó el médico&mdash;. Está muy bien. Yo me
-llevo esto. Vete mañana á mi casa. Tienes que hacerme dos platos como
-éste y además un dibujo grande.</p>
-
-<p>Los dos guardias también querían que Juan les pintase un plato, pero
-había de ser igual que el del médico, con la misma luna y las mismas
-nubes, y las mismas lanchitas.</p>
-
-<p>Durmió Juan en la posada y al día siguiente fué á casa del médico, el
-cual le dió una fotografía para que la copiase en tamaño grande. Tardó
-unos días en hacer su obra. Mientras tanto, comió en casa del médico.
-Era este señor viudo y tenía siete hijos. La mayor, una muchacha de la
-edad de Juan, con una larga trenza rubia, se llamaba Margarita y hacía
-de ama de casa. Juan le contó ingenuamente su vida. Al cabo de una
-semana de estar allí, al despedirse de todos, le dijo á Margarita con
-cierta solemnidad:</p>
-
-<p>&mdash;Si consigo alguna vez lo que quiero, la escribiré á usted.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;contestó ella riéndose.</p>
-
-<p>Antes de su salida del pueblo fué Juan á despedirse también de los dos
-guardias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vas á ir por el monte ó por la carretera?&mdash;le preguntó el de los
-bigotes.<a name="page_025" id="page_025"></a></p>
-
-<p>&mdash;No sé.</p>
-
-<p>&mdash;Si vas por el monte, nosotros te enseñaremos el camino.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces iré por el monte.</p>
-
-<p>Al amanecer, después de una noche de insomnio, sobre el duro saco de
-paja, se levantó Juan; en la cocina de la venta estaban ya los guardias.
-Salieron los tres. Aún no había amanecido cuando comenzaron á subir por
-un camino en zig-zag lleno de piedras blancas que escalaba el monte
-entre encinas corpulentas de hojas rojizas. Salió el sol; desde una
-altura se veía el pueblo en el fondo de un valle estrecho; Juan buscó
-con la mirada la casa del médico; en una de las ventanas había una
-figura de mujer. Juan sacó su pañuelo y lo hizo ondear en el aire; luego
-se secó disimuladamente una lágrima... Siguieron andando; desde allá el
-sendero corría en línea recta por el declive de una falda cubierta de
-césped en la que los rebaños blancos y negros pastaban al sol; luego las
-sendas se dividían y se juntaban camino adelante. Encontraron al paso un
-viejo harapiento, con las guedejas largas y la barba hirsuta. Iba
-descalzo, apenas vestido, y llevaba una piedra al hombro. Le llamaron
-los dos guardias, el hombre miró de través y siguió andando.</p>
-
-<p>&mdash;Es un inocente&mdash;dijo el de los bigotes&mdash;ahí abajo vive solo con su
-perro&mdash;y mostró<a name="page_026" id="page_026"></a> una casa de ganado, con una huerta limitada por una
-tapia baja hecha de grandes piedras.</p>
-
-<p>Al final del sendero que atravesaba el declive, el camino se torcía y
-entraba por unos pinares hasta terminar junto al lecho seco de un
-torrente lleno de ramas muertas. Los guardias y Juan comenzaron á subir
-por allá. Era la ascensión fatigosa. Juan, rendido, se paraba á cada
-instante, y el guardia de los bigotes le gritaba con voz campanuda:</p>
-
-<p>&mdash;No hay que pararse. Al que se pare le voy á dar dos palos&mdash;y después
-añadía riendo y haciendo molinetes con una garrota que acababa de
-cortar:&mdash;¡Arriba, chiquito!</p>
-
-<p>Terminó la subida por el lecho del torrente y pudieron descansar en un
-abrigadero de la montaña. Se divisaban desde allá extensiones sin
-límites, cordilleras lejanas como murallas azules, sierras desnudas de
-color de ocre y de color de rosa, montes apoyados unos en otros. El sol
-se había ocultado; algunos nubarrones violáceos avanzaban lentamente por
-el cielo azul.</p>
-
-<p>&mdash;Tendrás que volver con nosotros, chiquito&mdash;dijo el guardia de los
-bigotes&mdash;; se barrunta la borrasca.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sigo adelante&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tanta prisa tienes?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, no quiero volver atrás.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces no esperes, vete de prisa á ganar<a name="page_027" id="page_027"></a> aquella quebrada.
-Pasándola, poco después hay un chozo donde podrás guarecerte.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. ¡Adiós!</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós, chiquito!</p>
-
-<p>Juan estaba cansado, pero se levantó y comenzó á subir la última
-estribación del monte por una escabrosa y agria cuesta.</p>
-
-<p>&mdash;No hay que retroceder nunca&mdash;murmuró entre dientes.</p>
-
-<p>Los nubarrones iban ocultando el cielo; el viento venía denso, húmedo,
-lleno de olor de tierra; en las laderas, las ráfagas de aire rizaban la
-hierba amarillenta; en las cumbres, apenas movían las copas de los
-árboles de hojas rojizas. Luego, las faldas de los montes se borraron
-envueltas en la niebla; el cielo se obscureció más; pasó una bandada de
-pájaros gritando.</p>
-
-<p>Comenzaron á oirse á lo lejos los truenos, algunas gruesas gotas de agua
-sonaron entre el follaje, las hojas secas danzaron frenéticas de aquí
-para allá, corrían en pelotón por la hierba, saltaban por encima de las
-malezas, es calaban los troncos de los árboles, caían y volvían á rodar
-por los senderos... de repente un relámpago formidable desgarró con su
-luz el aire, y al mismo tiempo, una catarata comenzó á caer de las
-nubes. El viento movió con rabia loca los árboles y pareció querer
-aplastarlos contra el suelo.<a name="page_028" id="page_028"></a></p>
-
-<p>Juan llegó á la parte más alta del monte, un callejón entre paredes de
-roca. Las bocanadas de viento encajonado no le dejaban avanzar.</p>
-
-<p>Los relámpagos se sucedían sin intervalos; el monte, continuamente lleno
-de luz, temblaba y palpitaba con el fragor de la tempestad y parecía que
-iba á hacerse pedazos.</p>
-
-<p>&mdash;No hay que retroceder&mdash;se decía Juan á sí mismo.</p>
-
-<p>La hermosura del espectáculo le admiraba en vez de darle terror; en las
-puntas de los hastiales de ambos lados de esquistos agudos caían los
-rayos como flechas.</p>
-
-<p>Juan siguió á la luz de los relámpagos á lo largo de aquel desfiladero
-hasta encontrar la salida.</p>
-
-<p>Al llegar aquí, se detuvo á descansar un instante. El corazón le latía
-con violencia; apenas podía respirar.</p>
-
-<p>Ya la tempestad huía; abajo, por la otra parte de la quebrada, se veía
-brillar el sol sobre la mancha verde de los pinares... el agua clara y
-espumosa corría á buscar los torrentes; entre las masas negruzcas de las
-nubes aparecían jirones de cielo azul.</p>
-
-<p>&mdash;Adelante siempre&mdash;murmuró Juan. Y siguió su camino.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_029" id="page_029"></a></p>
-
-<h2><a name="PRIMERA_PARTE" id="PRIMERA_PARTE"></a>PRIMERA PARTE</h2>
-
-<h3><a name="CAPITULO_I-a" id="CAPITULO_I-a"></a>CAPÍTULO I</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Un barrio sepulcral.&mdash;Divagaciones trascendentales.&mdash;Electricidad y
-peluquería.&mdash;Tipos raros, buenas personas.</p></div>
-
-<p>La casa estaba en una plazoleta sin nombre, cruzada por la calle de
-Magallanes, cerca de unos antiguos y abandonados cementerios. Limitaban
-la plazoleta, por un lado, unas cuantas casas sórdidas que formaban una
-curva, y por el otro, un edificio amarillo, bajo, embutido en una larga
-tapia. Este edificio amarillo, con una bóveda pizarrosa y un tinglado de
-hierro con una campana, era, á juzgar por un letrero medio borrado, la
-parroquia de Nuestra Señora de los Dolores.</p>
-
-<p>A derecha y á izquierda de esta iglesia, seguía una tapia medio
-derruida; á la izquierda, la tapia era corta y tenía una puerta pequeña,
-por cuyas rendijas se veía un cementerio con los nichos vacíos y las
-arcadas ruinosas; á la derecha, en cambio, la pared, después de limitar
-la plazoleta, se torcía en ángulo obtuso formando uno de los lados de la
-calle de Magallanes,<a name="page_030" id="page_030"></a> para lo cual se unía á las verjas, paredones,
-casillas y cercas de varios cementerios escalonados unos tras otros.
-Estos cementerios eran el general del Norte, las Sacramentales de San
-Luis y San Ginés y la Patriarcal.</p>
-
-<p>Al terminar los tapiales en el campo, desde su extremo se veían en un
-cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San
-Martín, que se destacaban rígidas en el horizonte.</p>
-
-<p>Por lo dicho, se comprende que pocas calles podrían presentar méritos
-tan altos, tan preeminentes para obtener los títulos de sepulcral y de
-fúnebre, como la de Magallanes.</p>
-
-<p>En Madrid, donde la calle profesional no existe, en donde todo anda
-mezclado y desnaturalizado, era una excepción honrosa la calle de
-Magallanes, por estar francamente especializada, por ser exclusivamente
-fúnebre, de una funebridad única é indivisible. Solamente podía
-parangonarse en especialización con ella alguna que otra callejuela de
-barrios bajos y la calle de la Justa, hoy de Ceres. Esta última, sobre
-todo, dedicada galantemente á la diosa de las labores agrícolas, con sus
-casuchas bajas en donde hacen tertulia los soldados; esta calle resto
-del antiguo burdel, poblada de mujeronas bravías, con la colilla en la
-boca, que se hablan de puerta á puerta, acarician á los niños, echan
-céntimos á los organilleros y se entusiasman<a name="page_031" id="page_031"></a> y lloran oyendo cantar
-canciones tristes del presidio y de la madre muerta, podía sostener la
-comparación con aquélla, podía llamarse sin protesta alguna calle del
-Amor, como la de Magallanes podía reclamar con justicia el nombre de
-calle de la Muerte.</p>
-
-<p>Otra cualidad un tanto paradójica unía á estas dos calles, y era que así
-como la de Ceres á fuerza de ser francamente amorosa recordaba el
-sublimado corrosivo y á la larga la muerte, así la de Magallanes por ser
-extraordinariamente fúnebre parecía á veces una calle jovial, y no era
-raro ver en ella á algún obrero cargado de vino ó alguna pareja de
-golfos sentados en el suelo, recordando sus primeros amores.</p>
-
-<p>La plazoleta innominada, cruzada por la calle de Magallanes, tenía una
-parte baja por donde corría ésta y otra á un nivel más alto que formaba
-como un raso delante de la parroquia. En este raso ó meseta, con una
-gran cruz de piedra en medio, solían jugar los chicos novilleros de la
-vecindad.</p>
-
-<p>Todas las casas de la plazoleta y de la calle de Magallanes eran
-viviendas pobres, la mayoría de piso bajo, con un patio grande y puertas
-numeradas; casi todas ellas eran nuevas, y en la línea entera únicamente
-había una casa aislada, una casita vieja de un piso, pequeña y rojiza.<a name="page_032" id="page_032"></a></p>
-
-<p>Tenía la tal casucha un tejado saliente y alabeado, una puerta de
-entrada en medio, á un lado de ésta una barbería y al otro una ventana
-con una reja.</p>
-
-<p>Algunas casas, como los hombres, tienen fisonomía propia, y aquélla la
-tenía; su fachada era algo así como el rostro de un viejo alegre y
-remozado; los balcones, con sus cortinillas blancas y sus macetas de
-geranios rojos y capuchinas verdes, debajo del alero torcido y
-prominente, parecían ojos vivarachos sombreados por el ala de un
-chambergo.</p>
-
-<p>La portada de la barbería era azul, con un rótulo blanco que decía:</p>
-
-<div class="blockquot">
-<p class="c">LA ANTISÉPTICA<br />
-PELUQUERÍA ARTÍSTICA</p>
-</div>
-
-<p>En los tableros de ambos lados de la tienda había pinturas alegóricas:
-en el de la izquierda se representaba la sangría por un brazo, del cual
-manaba un surtidor rojo, que iba á parar con una exactitud matemática al
-fondo de una copa; en el otro tablero se veía una vasija repleta de
-cintas obscuras. Después de contemplar éstas durante algún tiempo, el
-observador se aventuraba á suponer si el artista habría tratado de
-representar un vivero de esos anélidos, vulgarmente llamados
-sanguijuelas.</p>
-
-<p>¡La sangría! ¡Las sanguijuelas! ¡A cuántas<a name="page_033" id="page_033"></a> reflexiones
-médico-quirúrgicas no se prestaban estas elegantes alegorías!</p>
-
-<p>Del otro lado de la puerta de entrada, en el cristal de la ventana con
-rejas, escrito con letras negras se leía:</p>
-
-<div class="blockquot">
-<p class="c">REBOLLEDO<br />
-
- MECÁNICO-ELECTRICISTA<br />
-
- SE HACEN INSTALACIONES DE LUCES,<br />
-
- TIMBRES, MOTORES, DÍNAMOS<br />
-
- LA ENTRADA POR EL PORTAL</p>
-</div>
-
-<p>Y para que no hubiera lugar á dudas, una mano con ademán imperativo
-mostraba la puerta, oficiosidad un tanto inútil, porque no había más
-portal que aquél en la casa.</p>
-
-<p>Los tres balcones del único piso, muy bajos, casi cuadrados, estaban
-atestados de flores. En el de en medio, la persiana verde antes de
-llegar al barandado, se abombaba al pasar por encima de un listón
-saliente de madera; de este modo, la persiana no cubría completamente el
-balcón y dejaba al descubierto un letrero que decía:</p>
-
-<div class="blockquot">
-<p class="c">BORDADORA<br />
-SE DAN LECCIONES</p>
-</div>
-
-<p>El zaguán de la casa era bastante ancho, en el fondo una puerta daba á
-un corralillo, á un lado partía una recia escalera de pino, muy vieja,
-en donde resonaban fuertemente los pasos.<a name="page_034" id="page_034"></a></p>
-
-<p>Eran poco transitados aquellos parajes; por la mañana pasaban carros con
-grandes piedras talladas en los solares de corte y volquetes cargados de
-escombros.</p>
-
-<p>Después, la calle quedaba silenciosa y en las horas del día no
-transitaba por ella más que gente aviesa y maleante.</p>
-
-<p>Algún trapero, sentado en los escalones de la gran cruz de piedra,
-contemplaba filosóficamente sus harapos; algunas mujeres pasaban con la
-cesta al brazo, y algún cazador, con la escopeta al hombro, cruzaba por
-aquellos campos baldíos.</p>
-
-<p>Al caer de la tarde los chicos que salían de una escuela de párvulos
-llenaban la plaza; pasaban los obreros de vuelta del Tercer Depósito, en
-donde trabajaban, y ya al anochecer, cuando las luces rojas del Poniente
-se obscurecían y las estrellas comenzaban á brillar en el cielo, se oía
-melancólico y dulce el tañido de las esquilas de un rebaño de cabras...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Una tarde de Abril, en el taller de Rebolledo, el mecánico electricista,
-Perico y Manuel charlaban.</p>
-
-<p>&mdash;¿No salís hoy?&mdash;preguntó Perico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién sale con este tiempo? Va á llover otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad.<a name="page_035" id="page_035"></a></p>
-
-<p>Manuel se acercó á mirar por la ventana. El cielo estaba nublado, el
-ambiente gris; el humo de una fábrica salía de la alta chimenea y
-envolvía la torre de ladrillo y la cúpula pizarrosa de una iglesia
-cercana. El lodo cubría el raso de la parroquia de los Dolores, y en la
-calle de Magallanes el camino, roto por la lluvia y por las ruedas de
-los carros, tenía profundos surcos llenos de agua.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la Salvadora?&mdash;preguntó Perico.</p>
-
-<p>&mdash;Bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya está mejor?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. No fué nada... un vahído.</p>
-
-<p>&mdash;Trabaja mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; demasiado. Se lo digo, pero no me hace caso.</p>
-
-<p>&mdash;Vais á haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pchs!... no sé.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!... que no sabes...</p>
-
-<p>&mdash;No. Que esas deben tener algún dinero guardado, sí; pero no se
-cuánto... para emprender algo; nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué emprenderías tú si tuvieras dinero?</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!... tomaría una imprenta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué le parece eso á la Salvadora?</p>
-
-<p>&mdash;Bien; ella, como es tan decidida, cree que todo se puede conseguir con
-voluntad y con paciencia, y cuando le digo que hay alguna máquina que se
-vende, ó algún local que se<a name="page_036" id="page_036"></a> alquila, me hace ir á verlos... Pero
-todavía eso está muy lejos; quizás, tiempo adelante, podamos hacer algo.</p>
-
-<p>Manuel volvió á mirar distraído por la ventana, mientras Perico le
-contemplaba con curiosidad. Comenzó á llover, cayeron gruesas gotas como
-perlas de acero que saltaron en el agua negra de los charcos; poco
-después una ráfaga de viento arrastró las nubes y salió el sol; se
-aclaró el cuarto; al poco tiempo volvió á nublarse y el taller de Perico
-Rebolledo quedó á obscuras.</p>
-
-<p>Manuel seguía con la vista los cambios de forma del humo negrísimo
-espirado por la chimenea de la fábrica; unas veces subía á borbotones
-oblicuamente en el aire gris; otras era una humareda tenue que rebasaba
-los bordes del tubo como el agua en un surtidor sin fuerza y se
-derramaba por las paredes de la chimenea; otras subía como una columna
-recta al cielo y cuando venía una ráfaga huracanada el viento parecía
-arrancar violentamente pedazos de humo y escamotearlos en la extensión
-del espacio.</p>
-
-<p>El cuarto en donde hablaban Perico y Manuel era el taller del
-electricista, un cuartito pequeño y bajo de techo como un camarote de
-barco. En la ventana, sobre el alféizar, había un cajón lleno de tierra
-en donde nacía una parra que salía al exterior por un agujero de<a name="page_037" id="page_037"></a> la
-madera. En medio del cuarto estaba la mesa de trabajo, y unido á ésta,
-un banco de carpintero con un tornillo de presión. A un lado de la
-ventana, en la pared, había un reloj de pesas, de madera pintarrajeada,
-y al otro lado una librería alta con unos cuantos tomos y en el último
-estante un busto de yeso que desde la altura en que se encontraba miraba
-con cierto olímpico desdén á todo el mundo. Había además en las paredes
-un cuadro para probar lamparillas eléctricas, dos ó tres mapas, fajos de
-cordones flexibles, y en el fondo, un viejísimo y voluminoso armario
-desvencijado. Encima de este armatoste, entre llaves de metal y de
-porcelana, se advertía un aparato extraño cuya aplicación práctica era
-difícil de comprender al primer golpe de vista y quizás también al
-segundo.</p>
-
-<p>Era un artificio mecánico movido por la electricidad, que Perico tuvo en
-el escaparate durante mucho tiempo como anuncio de su profesión. Un
-motor eléctrico movía una bomba, ésta sacaba el agua de una cubeta de
-cinc y la echaba á un depósito de cristal colocado en alto; de aquí el
-agua pasaba por un canalillo y después de mover una rueda caía á la
-cubeta de cinc de donde había partido. Esta maniobra continua del
-aparato atraía continuamente un público de chiquillos y de vagos. Por
-último, Perico se cansó de exhibirlo, porque se<a name="page_038" id="page_038"></a> colocaban los grupos
-delante de la ventana y le quitaban la luz.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre&mdash;dijo Perico después de un largo rato de silencio&mdash;, debías
-establecerte cuanto antes y casarte.</p>
-
-<p>&mdash;¡Casarme! ¿Con quién?</p>
-
-<p>&mdash;¡Toma! ¿con quién? Con la Salvadora. Tu hermana, el chiquillo, tú y
-ella... podéis vivir al pelo.</p>
-
-<p>&mdash;Es que la Salvadora es una mujer muy rara, chico&mdash;dijo Manuel&mdash;¿Tú la
-entiendes? Pues yo tampoco. Me tiene, creo yo, algún cariño, porque soy
-de la casa, como al gato; pero en lo demás...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, yo no sé si la quiero ó no.</p>
-
-<p>&mdash;¿Aún te acuerdas de la otra?</p>
-
-<p>&mdash;Al menos aquella me quería.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que no impidió que te dejara; la Salvadora te quiere.</p>
-
-<p>-¡Qué sé yo!</p>
-
-<p>&mdash;No digas. Si no hubiese sido por ella, ¿dónde estarías tú?</p>
-
-<p>&mdash;Estaría hecho un golfo.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece.</p>
-
-<p>&mdash;Si no lo dudo; pero el cariño no es como el agradecimiento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú no tienes más que agradecimiento por ella?<a name="page_039" id="page_039"></a></p>
-
-<p>&mdash;No lo sé, la verdad. Yo creo que por ella sería capaz de hacer
-cualquier cosa; pero me impone como si fuera una hermana mayor, casi
-como si fuera mi madre.</p>
-
-<p>Manuel calló, porque el padre del electricista, Rebolledo el jorobado y
-un amigo suyo entraron en el taller.</p>
-
-<p>Eran los recién venidos un par de tipos extravagantes; llevaba
-Rebolledo, padre, un sombrero hongo de color café con leche con una gran
-gasa negra, una chaqueta casi morada, unos pantalones casi amarillentos,
-del color de la bandera de la peste y un bastón de caña con puño de
-cuerno.</p>
-
-<p>El amigo era un viejecillo con aire de zorro, de ojos chiquitos y
-brillantes, nariz violácea surcada por rayas venosas y bigote corto y
-canoso. Iba endomingado. Vestía una chaqueta de un paño duro como
-piedra, un pantalón de pana, un bastón hecho con cartas con una bola de
-puño y en el chaleco una cadena de reloj adornada con dijes. Este hombre
-se llamaba Canuto, el señor Canuto, y vivía en una de las casas anejas
-al cementerio de la Patriarcal.</p>
-
-<p>&mdash;¿No está tu hermana?&mdash;preguntó Rebolledo el barbero á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No; ya ve usted.</p>
-
-<p>&mdash;Pero bajará.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;La voy á llamar.<a name="page_040" id="page_040"></a></p>
-
-<p>El jorobado salió al portal y gritó varias veces:</p>
-
-<p>&mdash;¡<i>Señá</i> Ignacia! ¡<i>Señá</i> Ignacia!</p>
-
-<p>&mdash;Ya vamos&mdash;contestaron de arriba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú querrás jugar?&mdash;preguntó el barbero á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre... la verdad; no me distrae.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú?&mdash;añadió, dirigiéndose á su hijo.</p>
-
-<p>&mdash;No, padre, no.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; como quieras.</p>
-
-<p>&mdash;A éstos no les gustan las diversiones manuales&mdash;dijo muy serio el
-señor Canuto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pchs! si no somos más que tres, jugaremos al tute arrastrado&mdash;murmuró
-el barbero.</p>
-
-<p>Se presentó la Ignacia en el cuarto, una mujer de treinta á cuarenta,
-muy esmirriada, y poco después entró la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Enrique?&mdash;la dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;En el patio de al lado, jugando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres echar una partida?&mdash;preguntó Rebolledo á la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces somos dos contra dos.</p>
-
-<p>&mdash;Ya la han pescado á usted&mdash;dijo Perico á la Salvadora&mdash;; la
-compadezco.</p>
-
-<p>&mdash;Tú cállate&mdash;exclamó el barbero&mdash;; estos muchachos son unos sosos.
-Anda, siéntate aquí, Salvadora. Tú y yo en contra de la <i>señá</i> Ignacia y
-del señor Canuto. Les vamos á ganar; ya verás... y eso que son dos
-marrajos.<a name="page_041" id="page_041"></a> Corte usté, <i>señá</i> Ignacia... Vamos allá. Los dos hombres y
-la Ignacia jugaban con gran atención; la Salvadora se distraía, pero
-ganaba.</p>
-
-<p>Mientras tanto, Perico y Manuel hablaban cerca de la ventana. Sonaba en
-la calle el gotear de la lluvia densa y ruidosa. Perico explicaba las
-cosas que tenía en estudio, entre las cuales había una que se figuraba
-haber ya resuelto y que era la simplificación de los arcos voltaicos;
-pensaba pedir una patente para explotar su invento.</p>
-
-<p>Hablaba el electricista con Manuel, pero no dejaba de contemplar á la
-Salvadora con una mirada humilde llena de entusiasmo. En esto, apareció
-en el cristal de la ventana una cabeza que estuvo largo rato mirando
-hacia adentro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es ese fisgón?&mdash;preguntó Rebolledo.</p>
-
-<p>Manuel se asomó á la ventana. Era un joven vestido de negro, delgado,
-con un sombrero puntiagudo en la cabeza y el pelo largo. El joven
-retrocedió hasta el medio de la calle para mirar la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que anda buscando algo&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?&mdash;preguntó la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Un tipo raro con melena, que anda por ahí mojándose&mdash;contestó Perico.</p>
-
-<p>La Salvadora se levantó para verle.<a name="page_042" id="page_042"></a></p>
-
-<p>&mdash;Será algún pintor&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Mal tiempo ha escogido para pintar&mdash;repuso el señor Canuto.</p>
-
-<p>El joven, después de mirar y remirar la casa, se decidió á meterse en el
-portal.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver lo que quiere&mdash;murmuró Manuel, y abriendo la puerta del
-cuarto salió al zaguán en donde estaba el joven de las melenas, seguido
-de un perro negro de lanas finas y largas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vive aquí Manuel Alcázar?&mdash;preguntó el joven de las melenas, con
-ligero acento extranjero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Manuel Alcázar! ¡Soy yo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú?... Es verdad... ¿No me conoces? Soy Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué Juan?</p>
-
-<p>&mdash;Juan... tu hermano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú eres Juan? ¿Pero de dónde vienes? ¿De dónde has salido?</p>
-
-<p>&mdash;Vengo de París, chico; pero déjame que te vea&mdash;y Juan llevó á Manuel
-hasta la calle. Sí, ahora te reconozco&mdash;le dijo y le abrazó, echándole
-los brazos al cuello&mdash;pero ¡cómo has variado! ¡qué distinto estás!</p>
-
-<p>&mdash;Tú en cambio estás igual, y hace ya quince años que no nos hemos
-visto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y las hermanas?</p>
-
-<p>&mdash;Una vive conmigo. Anda, sube á casa.</p>
-
-<p>Manuel, azorado con la llegada imprevista<a name="page_043" id="page_043"></a> de su hermano, le acompañó
-hasta el piso principal.</p>
-
-<p>Rebolledo, el señor Canuto y los demás, desde la puerta del taller
-presenciaron la entrevista con el mayor asombro.<a name="page_044" id="page_044"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_II-a" id="CAPITULO_II-a"></a>CAPÍTULO II</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">La vida de Manuel.&mdash;Las tertulias del enano.&mdash;El señor Canuto y su
-fraseología.</p></div>
-
-<p>Manuel había llegado á encarrilarse, á reglamentar su trabajo y su vida.
-El primer año, la amistad de Jesús le arrastró en algunas ocasiones.
-Luego dejaron de vivir juntos. La Fea se casó con el Aristón, y la
-Ignacia, la hermana de Manuel, se quedó viuda. La Ignacia no tenía
-medios de ganarse la vida; lo único que sabía era lamentarse y con sus
-lamentaciones convenció á su hermano de que viviera con ella.</p>
-
-<p>La Salvadora se fué con la Fea, á la que consideraba como su hermana;
-pero á los pocos días salió de la casa porque Jesús no la dejaba á sol y
-á sombra, empeñado en convencerla de que tenía que amontonarse con él.
-Entonces la Salvadora fué á vivir con Manuel y con la Ignacia.</p>
-
-<p>Pactaron que ella daría una parte á la Ignacia para la comida de su
-hermano y la suya. Buscaron casa y la encontraron en la calle de
-Magallanes que, además de ser barata, estaba cerca del taller donde
-trabajaba Manuel.<a name="page_045" id="page_045"></a></p>
-
-<p>Al poco tiempo, ya no se hicieron cuentas aparte. La Salvadora fué la
-depositaria del dinero y la Ignacia la que llevaba el peso de la casa y
-hacía la comida, mientras lanzaba quejas contra el destino adverso.</p>
-
-<p>Con el objeto de librarse de la explotación de los camiseros, la
-Salvadora y la Fea habían puesto entre las dos una tienda de
-confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba
-todas las mañanas á la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa.
-Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de
-bordado y no se descuidó; puso su muestra en el balcón, y al cabo de los
-cuatro ó cinco meses iban por la tarde cerca de veinte chiquillas con
-sus bastidores á aprender á bordar.</p>
-
-<p>Este trabajo de día en el taller, por la tarde en la escuela y de noche
-en casa, y la falta de sueño, tenían á la muchacha flaca y con grandes
-ojeras. No recordaba lo que había sido de niña; su carácter se había
-dulcificado de tal manera, que estaba desconocida; lo único que
-persistía en ella era su afición al trabajo. A los veinte años, la
-Salvadora era una muchacha alta, esbelta, con la cintura que hubiese
-podido rodear una liga, y la cabeza pequeña.</p>
-
-<p>Tenía la nariz corta, los ojos obscuros grandes, el perfil recto y la
-barbilla algo saliente, lo<a name="page_046" id="page_046"></a> que le daba un aspecto de dominio y de
-tesón. Se peinaba dejándose un bucle que le llegaba hasta las cejas y le
-ocultaba la frente, y esto contribuía á darle un aire más imperioso.</p>
-
-<p>Por la calle llevaba siempre un ceño de mal humor, pero cuando hablaba y
-sonreía variaba por encanto.</p>
-
-<p>Su expresión era una mezcla de bondad, de amargura y de timidez, que
-despertaba una profunda simpatía; su risa le iluminaba el rostro; pero á
-veces sus labios se contraían de una manera tan sarcástica, tan
-punzante, que su sonrisa entonces parecía penetrar como la hoja de un
-cuchillo.</p>
-
-<p>Aquella cara tan expresiva, en donde se transparentaba unas veces la
-ironía y la gracia, otras como un sufrimiento lánguido, contenido,
-producía á la larga un deseo vehemente de saber qué pasaba dentro de
-aquella cabeza voluntariosa. La Salvadora, como casi todas las mujeres
-enérgicas y algo románticas, era entusiasta de los animales; con ella la
-casa, al cabo de algún tiempo, parecía un arca de Noé. Había gallinas,
-palomas, unos cuantos conejos en el corral, dos canarios, un verderón y
-un gatito rojo, que se llamaba Roch.</p>
-
-<p>Algunas veces Manuel, cuando salía pronto de la imprenta, bajaba por la
-calle Ancha y esperaba á la Salvadora. Pasaban las modistas en grupos,
-hablando, bromeando, casi todas<a name="page_047" id="page_047"></a> muy peripuestas y bien peinadas; la
-mayoría finas, delgaditas, la cara indicando la anemia, los ojos
-maliciosos, obscuros, verdes, grises; unas con mantilla, otras de mantón
-y sin nada en la cabeza. En medio de algún grupo de éstos solía aparecer
-la Salvadora, en invierno de mantón, en verano con su traje claro, la
-mantilla recogida y las tijeras que le colgaban del cuello. Se destacaba
-del grupo de sus amigas y se acercaba á Manuel, y los dos juntos
-marchaban calle arriba hablando de cosas indiferentes, algunas veces sin
-cambiar una palabra.</p>
-
-<p>A Manuel le halagaba que supusieran que la Salvadora era su novia, y
-constituía para él un motivo de orgullo verla acercarse y ponerse á su
-lado y notar las miradas maliciosas de las amigas.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>A los dos años de estar Manuel instalado en la calle de Magallanes, los
-Rebolledos alquilaron el piso bajo de la casa. El jorobado fué quien
-arregló la barbería y el taller de su hijo. Se encontraban los dos en
-auge; el barbero se había transformado en peluquero y su Barbería
-Antiséptica de la tapia del Rastro se llamaba en la calle de Magallanes
-La Antiséptica, peluquería artística. Perico Rebolledo, estaba hecho un
-hombre. Después de pasar tres años con un ingeniero electricista había
-aprendido<a name="page_048" id="page_048"></a> tal número de cosas, que Rebolledo padre, no se atrevía ya á
-discutir con él para no demostrar su ignorancia.</p>
-
-<p>El jorobado experimentaba una mezcla de orgullo y de envidia; sólo
-discutiendo con su hijo, sentía más la envidia que otra cosa; pero en
-presencia de extraños, los elogios que se hacían de Perico le llenaban
-de orgullo y de júbilo.</p>
-
-<p>Siempre que podía, el jorobado dejaba su barbería en manos de un mancebo
-chato como un rodaballo, con menos frente que un chimpancé, con los
-pelos pegados y llenos de cosmético, y entraba en el taller.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si uno no tuviera que estar rapando barbas!&mdash;murmuraba
-melancólicamente.</p>
-
-<p>Cuando cerraba la barbería era cuando el hombre se encontraba á sus
-anchas. Miraba y remiraba lo que hacía Perico y encontraba defectos en
-todo. Como no había llegado á comprender por falta de nociones de
-matemáticas la manera de resolver problemas en el papel, se refugiaba
-para demostrar su superioridad en los detalles, en las cosas que exigian
-habilidad y paciencia.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, chico, esto no está bien limado. Trae esa lima, hombre, no
-sabéis hacer nada.</p>
-
-<p>Perico le dejaba hacer.</p>
-
-<p>El jorobado había encontrado la manera de que el contador de la luz
-eléctrica marcara al<a name="page_049" id="page_049"></a> revés ó no marcara, y hacía un gasto de flúido
-tremendo.</p>
-
-<p>Muchas veces la Ignacia, la Salvadora y Manuel, después de acostar al
-chico bajaban al taller. Manuel hablaba de la imprenta y de las luchas
-de los obreros; la Salvadora de su taller y de las chicas de su escuela;
-Perico explicaba sus proyectos, y el jorobado jugaba al tute con la
-Ignacia ó dejaba volar su imaginación.</p>
-
-<p>En el invierno crudo, unos días el jorobado y otros la Ignacia, llenaban
-un brasero de cisco y alrededor solían pasar la velada.</p>
-
-<p>Algunas noches se oía en la ventana un golpecito suave, salía la Ignacia
-á abrir, se oían pasos en el portal, y entraba el señor Canuto envuelto
-en su parda capa, con la gorra de pelo hasta las orejas, y una pipa
-corta entre los dientes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fresco, fresco!&mdash;decía, frotándose las manos&mdash;. Buenas noches á
-todos.</p>
-
-<p>&mdash;Hola, señor Canuto&mdash;contestaban los demás.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntese usted&mdash;le indicaba el jorobado.</p>
-
-<p>Se sentaba el hombre, y terciaba en el juego.</p>
-
-<p>Luego había una pregunta que todas las noches se la hacían
-maliciosamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de historias? ¿qué hay, señor Canuto?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, murmuraciones, nada&mdash;replicaba él&mdash;. Cuchichí, cuchichá...
-cuchichear.<a name="page_050" id="page_050"></a></p>
-
-<p>Sonreían los circunstantes, y á veces la Salvadora no podía contener la
-carcajada.</p>
-
-<p>El señor Canuto el veterinario, era un tipo raro, un tanto misántropo,
-que vivía en una casilla del cementerio de la Patriarcal.</p>
-
-<p>Había sido anarquista militante y murguista, pero hacía ya mucho tiempo
-que no practicaba ni una cosa ni otra. Este hombre no leía libros, ni
-periódicos, ni nada, y á pesar de esto, sabía muchas cosas; había
-llegado á formar en su cabeza una verdadera enciclopedia de
-conocimientos caseros, y como tenía un ingenio recatado y sagaz, todo lo
-que oía lo guardaba en su memoria; después discurría acerca de las cosas
-oídas, las estudiaba desde todos sus puntos de vista y sacaba sus
-consecuencias; así es que encontraba en sus paseos solitarios soluciones
-para todos los problemas humanos, aun los más trascendentales y
-abstrusos. Su individualismo era tan feroz, que hasta el lenguaje lo
-había transformado para su uso particular.</p>
-
-<p>Cuando murmuraba por lo bajo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Teorías, alegorías, chapucerías!&mdash;era que lo que le contaban le
-parecía era una cosa desdichada y absurda.</p>
-
-<p>En cambio cuando aseguraba:</p>
-
-<p>&mdash;Eso reúne... pero que reúne mucho, era que estaba satisfecho.</p>
-
-<p>Ahora, cuando llegaba á decir:<a name="page_051" id="page_051"></a></p>
-
-<p>&mdash;Ná, que ese gachó ha echado el sello y que va <i>coayugando</i>, era que
-para él no se podía hacer mejor una cosa.</p>
-
-<p>Además de trastornar la significación y el sentido de las palabras, para
-hacerlas más incomprensibles, las cortaba. Así el depen era el
-dependiente; el coci, el cocido; la galli, la gallina, y no se
-contentaba con esto sino que muchas veces daba á las palabras una
-terminación cualquiera, y decía: el depen...dista, la galli...menta, el
-coci...mento y el burg...ante en vez del burgués.</p>
-
-<p>El señor Canuto era amigo íntimo de Rebolledo. El uno decía del otro:</p>
-
-<p>&mdash;Es de los pocos hombres de inteligencia que hay en España.</p>
-
-<p>En general, estas tertulias se suspendían el verano para tomar el
-fresco.</p>
-
-<p>Algunas noches de Julio y de Agosto iban al bulevar de la calle de
-Carranza, y allí refrescaban con horchata ó limón helado, y para las
-once ú once y media estaban en casa.</p>
-
-<p>Verano é invierno, la vida de las dos familias transcurría
-tranquilamente, sin disputas, sin grandes satisfacciones; pero también
-sin grandes dolores.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_052" id="page_052"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_III-a" id="CAPITULO_III-a"></a>CAPÍTULO III</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Los dos hermanos.&mdash;Juan charla.&mdash;Recuerdos de hambre y de bohemia.</p></div>
-
-<p>Manuel subió las escaleras con su hermano, abrió la casa, y pasaron al
-comedor. Manuel estaba completamente azorado; la llegada de Juan le
-perturbaba por completo. ¿A qué vendría?</p>
-
-<p>&mdash;Tienes una bonita casa&mdash;dijo Juan, contemplando el cuartito limpio con
-la mesa redonda en medio y el aparador lleno de botellas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la hermana?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora vendrá. No sé qué hace. ¡Ignacia!&mdash;llamó desde la puerta.</p>
-
-<p>Entró la Ignacia, que recibió á su hermano más sorprendida que
-satisfecha. Tenía la mujer ya su vida formada y reglamentada, y su
-egoísmo se sentía inquieto ante un nuevo factor que podía perturbarla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y este perro, de dónde ha venido?&mdash;preguntó alborotada la mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Es mío&mdash;dijo Juan.<a name="page_053" id="page_053"></a></p>
-
-<p>Al entrar la Salvadora, Juan no pudo evitar un movimiento de sorpresa.</p>
-
-<p>&mdash;Es una amiga que vive con nosotros como una hermana&mdash;murmuró Manuel.</p>
-
-<p>Al decir esto, Manuel se turbó un poco, y la turbación se comunicó á la
-Salvadora; Juan saludó, y se inició entre los cuatro una conversación
-lánguida. De pronto entró gritando el hermano de la Salvadora en el
-comedor; Juan le acarició, pero no preguntó quién era; el chico se puso
-á jugar con el perro. La discreción de Juan, al no decir nada, les azoró
-aún más; las mejillas de la Salvadora enrojecieron, como si fueran á
-echar sangre, y balbuceando un pretexto, salió del cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué has hecho? ¿qué ha sido de tu vida?&mdash;preguntó maquinalmente
-Manuel.</p>
-
-<p>Juan contó cómo había salido del seminario; pero el otro no le oía,
-preocupado por la turbación de la Salvadora.</p>
-
-<p>Luego Juan habló de su vida en París, una vida de obrero, haciendo
-chucherías, bibelots y sortijas, mientras estudiaba en el Louvre y en el
-Luxemburgo, y trabajaba en su casa con entusiasmo.</p>
-
-<p>Mezcló en sus recuerdos sus impresiones artísticas, y habló de Rodín y
-de Meunier, con un fuego que contrastaba con la frialdad con que era
-escuchado por la Ignacia y Manuel; después expuso sus ideas artísticas;
-quería producir<a name="page_054" id="page_054"></a> ese arte nuevo, exuberante, lleno de vida, que ha
-modernizado la escultura en las manos de un genio francés y de un gran
-artista belga; quería emancipar el arte de la fórmula clásica, severa y
-majestuosa de la antigüedad, quería calentarlo con la pasión, soñaba con
-hacer un arte social para las masas, un arte fecundo para todos, no una
-cosa mezquina para unos pocos.</p>
-
-<p>En su entusiasmo, Juan no comprendía que hablaba á sus hermanos en un
-lenguaje desconocido para ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes ya casa?&mdash;le preguntó Manuel en un momento en que Juan dejó de
-hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quieres cenar con nosotros?</p>
-
-<p>&mdash;No, hoy no; mañana. ¿Qué hora es?</p>
-
-<p>&mdash;Las seis.</p>
-
-<p>&mdash;Ah, entonces me tengo que marchar.</p>
-
-<p>&mdash;Y, oye, ¿cómo has llegado á encontrarme?</p>
-
-<p>&mdash;Por una casualidad; hablando con un escultor compañero mío que se
-llama Alex.</p>
-
-<p>&mdash;Sí lo conozco. ¿Y cómo sabía dónde vivía yo?</p>
-
-<p>&mdash;No, ese no lo sabía; ese me dirigió á un inglés que se llama Roberto,
-y éste sabía donde estabas de cajista. Por cierto me encargó que fueras
-á verle.</p>
-
-<p>&mdash;¿En dónde vive?</p>
-
-<p>&mdash;En el Hotel de París.<a name="page_055" id="page_055"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pues iré á verle. ¡Qué! ¿te vas ya?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, mañana vendré.</p>
-
-<p>Se fué Juan, y la Ignacia, la Salvadora y Manuel hicieron largos
-comentarios acerca de él. La Ignacia era la que más escamada estaba con
-la llegada; suponía si trataría de vivir á su costa; la Salvadora lo
-encontraba simpático; Manuel no decía nada.</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es que viene hecho un tipo raro&mdash;pensó&mdash;; en fin, ya veremos
-qué le trae por aquí.</p>
-
-<p>Al día siguiente, al llegar Manuel á casa, se encontró con su hermano,
-que charlaba en el comedor con la Ignacia y la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola! ¿Te quedas á cenar?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;A ver si ponéis alguna cosa más&mdash;dijo Manuel á la Ignacia&mdash;. Este
-estará acostumbrado á comer bien.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia!</p>
-
-<p>Manuel notó que en poco tiempo Juan había logrado hacerse agradable á
-las dos mujeres; el hermano de la Salvadora hablaba con él como si le
-hubiese conocido toda su vida.</p>
-
-<p>Encendieron la luz, pusieron la mesa y se sentaron á cenar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué agradable es este cuarto!&mdash;dijo Juan&mdash;. Se ve que vivís bien.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó Manuel con cierta indiferencía&mdash;, no estamos mal.<a name="page_056" id="page_056"></a></p>
-
-<p>&mdash;Este&mdash;replicó la Ignacia&mdash;nunca te dirá que está bien. Todo lo de
-fuera de casa le parece mejor. ¡Ay, Dios bendito! ¡Qué mundo tan
-desengañado!</p>
-
-<p>&mdash;Qué desengañado ni qué nada&mdash;replicó Manuel&mdash;, yo no he dicho eso.</p>
-
-<p>&mdash;Lo dices á cada paso&mdash;añadió la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. ¡Qué opinión tienen de uno las mujeres! Aprende aquí, Juan. No
-vivas nunca con ninguna mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Con ninguna mujer decente, quiere decir&mdash;interrumpió la Salvadora con
-amable ironía&mdash;; si es con una golfa, sí. Esas tienen muy buen corazón,
-según dice éste.</p>
-
-<p>&mdash;Y es verdad&mdash;repuso Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se desengañará&mdash;exclamó la Ignacia.</p>
-
-<p>&mdash;No le haga usted caso&mdash;murmuró la Salvadora&mdash;; habla por hablar.</p>
-
-<p>Manuel se echó á reir de tan buena gana, que los demás rieron con él.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo que hacer un busto de usted&mdash;dijo de pronto el escultor á la
-Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿De mí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, la cara solamente; no se alarme usted. Cuando tenga usted tiempo
-de sobra, lo empezaremos. Si lo concluyera en este mes, lo llevaría á la
-Exposición.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué, tiene mi cara algo de particular?</p>
-
-<p>&mdash;Nada&mdash;dijo Manuel burlonamente.<a name="page_057" id="page_057"></a></p>
-
-<p>&mdash;Ya, ya lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Sí tiene de particular, sí, mucho. Ahora que será muy difícil coger la
-expresión.</p>
-
-<p>&mdash;Sí que será difícil, sí&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;preguntó la Salvadora algo ruborizada.</p>
-
-<p>&mdash;Porque tienes una cara especial. No eres como nosotros, por ejemplo,
-que siempre somos guapos, elegantes, distinguidos...; tú no, un día
-estás fea y desencajada y flaca, y otro día de buen color, y casi casi
-hasta guapa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué tonto eres, hijo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Será muy nerviosa?&mdash;preguntó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;replicó la Ignacia&mdash;; es que trabaja como una burra, y así se va á
-poner mala; ya lo ha dicho el señor Canuto. Una enfermedad viene con
-cualquier cosa...</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya una autoridad!&mdash;dijo riéndose la Salvadora&mdash;. ¡Un veterinario! A
-ese le debía usted hacer el retrato. Ese sí que tiene la cara rara.</p>
-
-<p>&mdash;No, no me interesan los veterinarios. Pero de veras, ¿no tiene usted
-al día una hora libre para servirme de modelo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dijo Manuel&mdash;; ¡ya lo creo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y hay que estarse quieta, quieta? Porque no lo voy aguantar.</p>
-
-<p>&mdash;No, podrá usted hablar, y descansará usted cuando quiera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de qué va usted á hacer el retrato?<a name="page_058" id="page_058"></a></p>
-
-<p>&mdash;Primero de barro, y luego lo sacaré en yeso ó en mármol.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, mañana se empieza&mdash;dijo Manuel&mdash;. Está dicho.</p>
-
-<p>Estaban en el postre cuando llamaron á la puerta, y entraron en el
-comedor los dos Rebolledos y el señor Canuto. Manuel los presentó á
-Juan, y mientras tomaban café, charlaron. Juan, á instancia del barbero,
-contó las novedades que había visto en París, en Bruselas y en Londres.</p>
-
-<p>Perico le hizo algunas preguntas relacionadas con cuestiones de
-electricidad; Rebolledo el padre y el señor Canuto escuchaban atentos,
-tratando de grabar bien en la memoria lo que oían.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, en esos pueblos se debe poder vivir&mdash;dijo el señor Canuto.</p>
-
-<p>&mdash;Cuesta trabajo llegar&mdash;contestó Juan&mdash;; pero el que tiene talento,
-sube. Allí la sociedad no desperdicia la inteligencia de nadie; hay
-mucha escuela libre...</p>
-
-<p>&mdash;Ahí está. Eso es lo que no se hace aquí&mdash;dijo Rebolledo&mdash;. Yo creo que
-si hubiera tenido sitio donde aprender, hubiera llegado á ser un buen
-mecánico, como el señor Canuto hubiera sido un buen médico.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no&mdash;dijo el viejo.</p>
-
-<p>&mdash;Usted, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, hace algún tiempo, quizás. Cuando<a name="page_059" id="page_059"></a> vine aquí y puse mi máquina
-en movimiento, no sé si por la primera expansión de los gases, fuí
-encaramándome, encaramándome poco á poco, eso es; pero luego vino el
-desplome. Y yo no sé si ahora mi cerebro se ha convertido en un caracol
-ó en un cangrejo, porque voy en mi vida reculando y reculando. Eso es.</p>
-
-<p>Este extraño discurso fué acompañado de ademanes igualmente extraños, y
-no dejó de producir cierta estupefacción en Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero por qué no habla usted como todo el mundo, señor Canuto?&mdash;le
-preguntó, burlonamente, la Salvadora por lo bajo.</p>
-
-<p>&mdash;Si tuviera veinte&mdash;y el viejo guiñó un ojo con malicia&mdash;ya te gustaría
-mi parafraseo, ya. Te conozco, Salvadorita. Ya sabes lo que yo digo.
-Cuchichí, cuchichá... cuchichear.</p>
-
-<p>Se echaron todos á reir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo llegó usted á París?&mdash;preguntó Perico&mdash;. En seguida que se
-escapó usted del seminario, ¿fué usted allá?</p>
-
-<p>&mdash;No, ¡quia! Pasé las de Caín antes.</p>
-
-<p>&mdash;Cuenta, cuenta eso&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Pues nada. Anduve cerca de un mes de pueblo en pueblo, hasta que en
-Tarazona entré á formar parte de una compañía de cómicos de la legua,
-constituída por los individuos de una sola familia. El director y primer
-actor se llamaba don Teófilo García; su hermano, el galán joven,
-Maximiano García, y el padre de los<a name="page_060" id="page_060"></a> dos, que era el barba, don Símaco
-García. Allí todos eran Garcías. Era esta familia la más ordenada,
-económica y burguesa que uno puede imaginarse. La característica, doña
-Celsa, que era la mujer de don Símaco, repasaba los papeles mientras
-guisaba; Teófilo tenía una comisión de corbatas y de botones; don Símaco
-vendía libros; Maximiano ganaba algunas pesetas jugando al billar, y las
-muchachas, que eran cuatro, Teodolinda, Berenguela, Mencía y Sol, las
-cuatro á cual más feas, se dedicaban á hacer encaje de bolillos. Yo
-entré como apuntador, y recorrimos muchos pueblos de Aragón y de
-Cataluña. Una noche, en Reus, habíamos hecho <i>La cruz del matrimonio</i>, y
-al terminar la función, fuímos Maximiamo y yo al Casino. Mientras él
-jugaba, á mi lado vi á un chico que estaba haciendo un retrato, al
-lápiz, de un señor. Me puse yo también á hacer lo mismo en la parte de
-atrás de un prospecto.</p>
-
-<p>Al terminar él su retrato, se lo entregó al señor, quien le dió un duro;
-después, se acercó donde yo estaba y miró el dibujo mío. «Está bien
-eso», dijo. ¿Has aprendido á dibujar?» No. «Pues lo haces bien. ¡Ya lo
-creo!» Hablamos; me dijo que andaba á pie por los pueblos haciendo
-retratos, y que se marchaba á Barcelona. Yo le conté mi vida, nos
-hicimos amigos, y al final de la conversación, me dice:<a name="page_061" id="page_061"></a> «¿Por qué no
-vienes conmigo?» Nada; dejé los cómicos y me fuí con él.</p>
-
-<p>Era un tipo extraño este muchacho. Se había hecho vagabundo por
-inclinación, y le gustaba vivir siempre andando. Llevaba en la espalda
-un morralito y dentro una sartén. Compraba sus provisiones en los
-pueblos, y él mismo hacía fuego y guisaba.</p>
-
-<p>Pasamos de todo, bueno y malo, durmiendo al raso y en los pajares; en
-algunos pueblos, porque llevábamos el pelo largo, nos quisieron pegar;
-en otros marchamos muy bien. A mitad del camino, ó cosa así, en un
-pueblo donde llegamos muertos de hambre, nos encontramos con un señor de
-grandes melenas y traje bastante derrotado, con un violín debajo del
-brazo. Era italiano. «¿Son ustedes artistas?» nos dijo. «Sí», contestó
-mi compañero. «¿Pintores?» Sí, señor; pintores. «¡Oh, magnífico! Me han
-salvado ustedes la vida. Tengo comprometida la restauración de dos
-cuadros de la iglesia, en cincuenta duros cada uno, y yo no sé pintar;
-les estoy entreteniendo al cura y al alcalde, diciendo que necesito
-pinturas especiales traídas de París. Si quieren ustedes emprender la
-obra, nos repartiremos las ganancias.»</p>
-
-<p>Aceptamos el negocio, y mi compañero y yo nos instalamos en una posada.
-Comenzamos la obra, y, mal que bien, hicimos la restauración<a name="page_062" id="page_062"></a> de uno de
-los cuadros, y gustó al pueblo. Cobramos nuestros cincuenta duros; pero,
-al repartir el dinero, hubo una disputa entre mi amigo y el italiano,
-porque éste quería la mitad y mi amigo no le dió ni la tercera parte. El
-italiano pareció conformarse; pero al día siguiente, por lo que nos
-enteramos después, fué á ver al alcalde y le dijo: «Necesito ir á
-Barcelona para comprar pinturas, y quisiera que me adelantaran dinero».
-El alcalde le creyó, y le dió los cincuenta duros de la otra
-restauración por anticipado.</p>
-
-<p>No le vimos al italiano en todo el día, y por la noche vamos á la
-tertulia, que la hacíamos en la botica del pueblo, y allí nos dice el
-alcalde: «¿De modo que el italiano ha tenido que ir á Barcelona, eh?» Yo
-iba á decir que no; pero mi amigó me dió con el pie, y me callé. Al
-salir de la botica, el compañero me dijo: «El italiano se ha llevado los
-cuartos; no hemos podido pagar la posada. Si nos quedamos aquí, nos
-rompen algo; vámonos ahora mismo.»</p>
-
-<p>Echamos á andar y no paramos en dos días. Una semana después llegamos á
-Barcelona, y como no encontramos trabajo, nos pasamos todo un verano
-comiendo dos panecillos al día y durmiendo en los bancos. Por fin, salió
-un encargo: un retrato que hice yo, por el que me pagaron cincuenta
-pesetas. Poco dinero se habrá aprovechado tan bien. Con estos diez
-duros, alquilamos<a name="page_063" id="page_063"></a> una guardilla por treinta reales al mes, compramos
-dos colchones usados, un par de botas para cada uno, y todavía nos sobró
-dinero para un puchero, carbón y un saco de patatas, que llevamos al
-hombro entre los dos, desde el Mercado hasta la guardilla.</p>
-
-<p>Un año pasamos así, dejando muchos días de comer y estudiando; pero mi
-compañero no podía soportar el estar siempre en el mismo sitio y se
-marchó. Me quedé solo; al cabo de algún tiempo, me empezaron á comprar
-dibujos y empecé á modelar. Cogía mi barro, y allí, dale que dale, me
-estaba hasta que salía algo. Presenté unas estatuítas en la Exposición,
-y las vendí, y cosa curiosa: el primer encargo de alguna importancia que
-tuve, fué para un seminario: varios bustos de unos profesores. Cobré y
-me fuí á París. Allí, al principio, estuve mal; vivía en una guardilla
-alta, y cuando llovía mucho, el agua se metía en el cuarto; luego
-encontré trabajo en una joyería y estuve haciendo modelos de sortijas, y
-al mismo tiempo aprendiendo. Llegó la época del Salón, presenté mi grupo
-<i>Los rebeldes</i>, se ocuparon algo de mí los periódicos de París, y ahora
-ya tengo encargos suficientes para poder vivir con holgura. Esa ha sido
-mi vida.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es usted un hombre&mdash;dijo el señor Canuto, levantándose&mdash;, y
-verdaderamente, me honro dándole á usted la mano. Eso es.<a name="page_064" id="page_064"></a></p>
-
-<p>&mdash;Templado es el chico&mdash;dijo Rebolledo.</p>
-
-<p>Eran ya cerca de las once, y hora de retirarse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vienes á dar una vuelta?&mdash;dijo Juan á su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;No, Manuel no sale de noche&mdash;repuso la Ignacia.</p>
-
-<p>&mdash;Como se tiene que levantar temprano...&mdash;añadió la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ves?&mdash;exclamó Manuel&mdash;. Esta es la tiranía de las mujeres. ¿Y todo
-por qué? Por el jornal nada más; no creas que es de miedo á que me dé un
-aire. Por el jornalito.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué hora vendré á empezar el busto?&mdash;preguntó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¿A las cinco?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; á las cinco estaré aquí.</p>
-
-<p>Salieron de casa los Rebolledos, el señor Canuto y Juan, y en la puerta
-se despidieron.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_065" id="page_065"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IV-a" id="CAPITULO_IV-a"></a>CAPÍTULO IV</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">El busto de la Salvadora.&mdash;Las impresiones de Kis.&mdash;Malas
-noticias.&mdash;La Violeta.&mdash;No todo es triste en la vida.</p></div>
-
-<p>El busto de la Salvadora, hecho por Juan, fué, durante un mes, el
-acontecimiento de la casa. Todos los días variaba el retrato; unas
-veces, era la Salvadora melancólica; otras, alegre; tan pronto imperiosa
-como lánguida; con la mirada abatida, como con los ojos fijos y
-relampagueantes.</p>
-
-<p>Había entre los críticos de la casa disparidad de pareceres.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora está bien&mdash;decía el señor Canuto.</p>
-
-<p>&mdash;No; ayer estaba mejor&mdash;replicaba Rebolledo.</p>
-
-<p>Todas las tardes Juan trabajaba sin descansar un momento, mientras la
-Salvadora, con su gatillo rojo en la falda, cosía. El perro de Juan
-también se había ganado la amistad de la Salvadora, y se arrimaba á ella
-y se acurrucaba á sus pies.</p>
-
-<p>&mdash;Este perro está entusiasmado con usted&mdash;le dijo Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Es muy bonito.<a name="page_066" id="page_066"></a></p>
-
-<p>&mdash;Quédese usted con él.</p>
-
-<p>&mdash;No, no.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no? Yo no le puedo llevar siempre conmigo, y le tengo que
-dejar encerrado en casa. Aquí viviría mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues que se quede. ¿Cómo se llama?</p>
-
-<p>&mdash;Kis.</p>
-
-<p>&mdash;¿Kis?</p>
-
-<p>&mdash;En inglés quiere decir beso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es inglés el perro?</p>
-
-<p>&mdash;Debe ser; me lo regaló una inglesa; una jorobadita pintora, á quien
-conocí en el Louvre.</p>
-
-<p>&mdash;Si es un recuerdo, no quiero que lo deje usted.</p>
-
-<p>&mdash;No; está mejor con usted.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Kis se quedó en la casa, con gran satisfacción de Enrique, el hermano de
-la Salvadora. Las impresiones que experimentó aquel can inglés en su
-nueva morada, se desconocen.</p>
-
-<p>Sólo se sabe que le asombró bastante la conducta de Roch, el gatillo
-rojo, que parecía un conejo, y que tenía las patas de atrás mucho más
-largas que las de delante.</p>
-
-<p>Kis le invitó varias veces con ladridos alegres á jugar con él, y Roch,
-que era sin duda un ser insociable y algo hipocondríaco, se puso á
-bufar, y luego, corriendo, saltó á la falda de<a name="page_067" id="page_067"></a> la Salvadora, donde
-parecía haber hecho su nido, y allí se quedó haciendo <i>rum-rum</i>.</p>
-
-<p>Este Roch, con su facha de conejo, era un ser extravagante é
-incomprensible. Cuando la Salvadora cosía á la máquina, se ponía á su
-lado y le gustaba mirar de cerca la luz eléctrica, hasta que, aturdido,
-cerraba los ojos y se dormía.</p>
-
-<p>En vista de la insociabilidad de Roch, Kis hizo nuevas exploraciones en
-la casa; conoció á Rebolledo y á su hijo, que le parecieron personas
-respetables; en el corral observó á las gallinas y al gallo, y no le
-inspiraron bastante confianza para proponerles un juego. Las palomas,
-con sus arrullos monótonos, le parecieron completamente estúpidas, y los
-pájaros no le dieron la impresión de cosas vivas.</p>
-
-<p>Hizo conocimiento en el patio con unos gatillos blancos, que tomaban el
-sol, y echaban á correr cuando le veían, y con un burro, un tanto
-melancólico y no muy fino en sus maneras, á quien llamaban Galán.</p>
-
-<p>Pero de todos los personajes que conoció en aquella extraña casa,
-ninguno le asombró tanto como un galápago, que le miraba con sus ojillos
-redondos, parpadeando.</p>
-
-<p>Luego Kis ingresó en una partida de perros vagabundos que andaban por la
-calle de Magallanes y merodeaban por los alrededores, y como no tenía
-preocupaciones, á pesar de ser<a name="page_068" id="page_068"></a> de aristocrática familia, fraternizó al
-momento con ellos.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Una tarde, la Salvadora y Juan hablaban de Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que ha andado en algunas épocas hecho un golfo, ¿eh?&mdash;preguntó
-Juan mientras modelaba el barro con los dedos.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero ahora está muy bien; no sale de casa nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, el primer día que vine, me figuré que estaban ustedes casados.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no&mdash;replicó la Salvadora ruborizada.</p>
-
-<p>&mdash;Pero acabarán ustedes casándose.</p>
-
-<p>&mdash;No sé.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya lo creo; Manuel no podría vivir sin usted. Está muy cambiado y
-muy pacífico. De chico, era muy valiente; tenía verdadera audacia, y yo
-le admiraba. Recuerdo que en la escuela vino un día uno de los mayores
-con una mariposa tan grande que parecía un pájaro, clavada con un
-alfiler. «Quítale ese alfiler», le dijo Manuel. «¿Por qué?» «Porque le
-estás haciendo daño.» Me chocó la contestación; pero me chocó más
-todavía cuando Manuel fué á la ventana, la abrió y cogió la mariposa, le
-sacó el alfiler y la tiró á la calle. El chico se puso tan furioso, que
-desafió á Manuel, y á la salida se dieron los dos una paliza, que
-tuvieron que separarlos á patadas, porque ya hasta se mordían.<a name="page_069" id="page_069"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí. Manuel tiene esas cosas.</p>
-
-<p>&mdash;En casa de mi tío solíamos jugar él y yo con un primo nuestro, que
-tendría entonces uno ó dos años. Era un chico enfermo con las piernas
-débiles, muy pálido, muy bonito, de mirada muy triste. A Manuel se le
-ocurrió hacerle un coche, y dentro de un banco viejo de madera, puesto
-del revés, con el asiento en el suelo, y tirando nosotros con unas
-cuerdas, lo llevábamos al chico de un lado á otro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué fué de aquel chico?</p>
-
-<p>&mdash;Murió el pobrecillo.</p>
-
-<p>Mientras hablaban, Juan seguía trabajando. Al obscurecer clavó los
-palillos en el barro y cubrió el busto con una tela mojada.</p>
-
-<p>Llegó Manuel de la imprenta.</p>
-
-<p>&mdash;Hemos estado hablando de cosas antiguas&mdash;le dijo Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué recordar lo pasado? ¿Qué has hecho hoy?</p>
-
-<p>Juan descubrió el busto. Manuel encendió la luz y quedó contemplando la
-estatua.</p>
-
-<p>&mdash;Chico&mdash;murmuró&mdash;, ya no la debes tocar. Es la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Crees tú?&mdash;preguntó Juan preocupado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;En fin, mañana lo veremos.</p>
-
-<p>Efectivamente, después de muchos ensayos, el escultor había encontrado
-la expresión. Era una cara sonriente y melancólica, que parecía<a name="page_070" id="page_070"></a> reir
-mirada de un punto, y estar triste mirada de otro, y que sin tener una
-absoluta semejanza con el modelo, daba una impresión completa de la
-Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;dijo Juan al día siguiente&mdash;; está hecho. ¡Tiene algo esta
-cabeza de emperatriz romana!, ¿verdad? De este busto se ha de
-hablar&mdash;añadió, y, contentísimo, fué á que sacaran de puntos á la
-estatua. Tenía tiempo de llevarla á la Exposición.</p>
-
-<p>Un sábado por la noche, Juan se empeñó en convidar al teatro á su
-familia. La Salvadora y la Ignacia no quisieron ir y Manuel no manifestó
-tampoco muchas ganas.</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me gusta el teatro&mdash;dijo&mdash;. Lo paso mejor en casa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hombre, de vez en cuando...</p>
-
-<p>&mdash;Es que me fastidia ir al centro de Madrid por la noche. Casi casi le
-tengo miedo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Miedo!, ¿por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Es que yo soy un hombre que no tiene energía para nada, ¿sabes?, y
-hago lo que hacen los demás.</p>
-
-<p>&mdash;Pues hay que tener energía.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, eso me dicen todos; pero no la tengo.</p>
-
-<p>Salieron los dos, y fueron á Apolo. No hacía un momento que estaban en
-el pórtico del teatro, cuando una mujer se acercó á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio!... la Flora.<a name="page_071" id="page_071"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Andala!..., si es Manuel&mdash;dijo ella&mdash;. ¿Qué es de tu vida?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy trabajando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero vives en Madrid?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues hace una barbaridad de tiempo que no te veo, chico.</p>
-
-<p>&mdash;No vengo por estos barrios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á la Justa, no la ves?</p>
-
-<p>&mdash;No. ¿Qué hace?</p>
-
-<p>&mdash;Está en la misma casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué casa?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!, ¿pero no sabes?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿No sabes que está en una casa de esas?</p>
-
-<p>&mdash;No sabía nada. Desde lo de Vidal, no la he vuelto á ver. ¿Cómo está?</p>
-
-<p>&mdash;Hecha una jamonaza. Se da al aguardiente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí, eh?</p>
-
-<p>&mdash;Una barbaridad; lo da también la vida. No hace más que beber y
-engordar.</p>
-
-<p>&mdash;Pues tú estás igual que antes.</p>
-
-<p>&mdash;Más vieja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué haces?</p>
-
-<p>&mdash;<i>Na</i>, por ahí trampeando. Yo hecha la Pascua, chiquillo; marchando
-mal. Si tuviera algún dinero, pondría una tiendecilla, porque para hacer
-como la Justa, yo no tengo redaño. ¡Palabra de honor, chico, aunque
-apabullado!,<a name="page_072" id="page_072"></a> yo no podría vivir entre esas tías cerdas, porque, aunque
-una sea cualquier cosa, estando libre, puede una hacer su capricho, y si
-un hombre le da á una asco, mandarlo á tomar dos duros; pero, ¡leñe!, en
-una casa de esas hay que apencar con todo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la Aragonesa?</p>
-
-<p>&mdash;¡La Aragonesa!, por ahí anda en coche; ya no saluda... Está con un
-señor rico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Marcos, el cojo?</p>
-
-<p>&mdash;En la cárcel; ¿no te enteraste?</p>
-
-<p>&mdash;No. ¿Qué pasó?</p>
-
-<p>&mdash;Pues nada, que fué al Círculo un militar, que está más loco que una
-cabra, y se llevó todo el dinero que había en la casa. Entonces Marcos y
-otro matón, lo esperaron en la escalera, pero el militar echó á correr y
-no le cogieron. Al día siguiente, el militar, que está <i>guillao</i>, se
-presentó en el Círculo, tomó café, y le dijo al mozo: «Dígales usted á
-los dos matones de esta casa que vengan aquí, que tengo que darles á
-cada uno un encargo.» Fueron el cojo y el otro, y el militar empezó á
-bofetadas con ellos, y se armó una de tiros que todos fueron á la
-cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y al Maestro? ¿Le conocías tú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; aquel se largó hace tiempo; no se sabe dónde está.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la Coronela?</p>
-
-<p>&mdash;Esa tiene una academia de baile.<a name="page_073" id="page_073"></a></p>
-
-<p>La gente comenzaba á salir de la función, y los que iban á entrar se
-estrujaban esperando que dieran la señal. Ya la masa de público iba
-avanzando, cuando la Flora preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Te acuerdas de la Violeta?</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué Violeta?</p>
-
-<p>&mdash;Una gorda, alta, amiga de Vidal, que vivía en la calle de la
-Visitación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Una que hablaba francés?</p>
-
-<p>&mdash;Esa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le ha pasado?</p>
-
-<p>&mdash;Que le dió <i>un paralís</i> y ahora anda pidiendo limosna. Si pasas por la
-calle del Arenal, de noche, la verás. Espérame á la salida.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Manuel, preocupado, no pudo prestar atención á lo que se representaba.
-Salieron del teatro. En la Puerta del Sol, Juan se encontró con un
-escultor, compañero suyo, y se enfrascó en una larga discusión
-artística. Manuel, harto de oir hablar de Rodín, de Meunier, de Puvis de
-Chavannes y de otra porción de gente, que no sabía quiénes eran, dijo
-que tenía que marcharse, y se despidió de su hermano. Antes de entrar en
-la calle del Arenal, en el hueco de una puerta, había una mendiga.
-Estaba envuelta en un mantón blanco destrozado; tenía un pañuelo en la
-cabeza, una falda haraposa y un palo en la mano.</p>
-
-<p>Manuel se acercó á mirarla. Era la Violeta.<a name="page_074" id="page_074"></a></p>
-
-<p>&mdash;Una caridad. Estoy enferma, señorito;&mdash;tartamudeó ella con una voz
-como un balido.</p>
-
-<p>Manuel le dió diez céntimos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no tiene usted casa?&mdash;la preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;No; duermo en la calle&mdash;contestó ella en tono quejumbroso.&mdash;Y esos
-brutos de guardias me llevan á la Delegación y no me dan de comer. Y lo
-que temo es el invierno, porque me voy á morir en la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿por qué no va usted á algún asilo?</p>
-
-<p>&mdash;Ya he estado, pero no se puede ir, porque esos granujas de golfos nos
-roban la comida. Ahora voy á San Ginés, y gracias que en Madrid hay
-mucha caridad, sí, señor.</p>
-
-<p>Mientras hablaban, se acercaron dos busconas, una de ellas una mujer
-abultada y bigotuda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo se ha quedado usted así?&mdash;siguió preguntando Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;De un enfriamiento.</p>
-
-<p>&mdash;No le hagas caso&mdash;dijo la bigotuda con voz ronca&mdash;; ha tenido un
-<i>cristalino</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Y se me han caído todos los dientes&mdash;añadió la mendiga mostrando las
-encías&mdash;, y estoy medio ciega.</p>
-
-<p>&mdash;Ha sido un <i>cristalino</i> terrible&mdash;agregó la bigotuda.</p>
-
-<p>&mdash;Ya ve usted, señorito, cómo me he quedado. ¡Me caigo cada costalada!
-No tengo más que treinta y cinco años.<a name="page_075" id="page_075"></a></p>
-
-<p>&mdash;Es que era muy viciosa además&mdash;dijo la mujer bigotuda á Manuel&mdash;.
-¿Qué, vienes un rato?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Yo... yo también he sido de la vida&mdash;dijo entonces la Violeta&mdash;; y
-ganaba... ganaba mucho.</p>
-
-<p>Manuel, aterrado, le dió el dinero que llevaba en el bolsillo; dos ó
-tres pesetas. Ella se levantó temblando con todos sus miembros, y
-apoyándose en el palo comenzó á andar arrastrando los pies y
-sosteniéndose en las paredes. Tomó la paralítica por la calle de
-Preciados, luego por la de Tetuán y entró en una taberna.</p>
-
-<p>Manuel, cabizbajo y pensativo, se fué á su casa.</p>
-
-<p>En el comedorcito, á la luz de la lámpara, cosía la Ignacia, y la
-Salvadora cortaba unos patrones. Había allá un ambiente limpio, de
-pureza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué habéis visto?&mdash;preguntó la Salvadora.</p>
-
-<p>Y Manuel contó, no lo que había visto en el teatro, sino lo que había
-visto en la calle...</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_076" id="page_076"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_V-a" id="CAPITULO_V-a"></a>CAPÍTULO V</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">A los placeres de Venus.&mdash;Un hostelero poeta.&mdash;¡Mátala!&mdash;Las
-mujeres se odian.&mdash;Los hombres también.</p></div>
-
-<p>Juan llevó á la Exposición el grupo de los Rebeldes, una figura de una
-trapera hecha en París y el busto de la Salvadora. Estaba contento;
-había ambiente para su obra.</p>
-
-<p>Algunos decían que el grupo de los Rebeldes recordaba demasiado á
-Meunier, que en la Trapera se veía la imitación de Rodin; pero todos
-estaban conformes en que el retrato de la Salvadora era una obra
-exquisita, de arte tranquilo, sin socaliñas ni martingalas.</p>
-
-<p>A los pocos días de inaugurarse la Exposición, Juan tenía ya varios
-encargos.</p>
-
-<p>Satisfecho de su éxito y para celebrarlo, invitó á su familia á comer un
-día en el campo. Fué un domingo, una tarde de Mayo, hermosa.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á la Bombilla&mdash;dijo Juan&mdash;. Eso debe ser muy bonito.</p>
-
-<p>&mdash;No, suele haber demasiada gente&mdash;replicó Manuel&mdash;. Iremos á un
-merendero del Partidor.</p>
-
-<p>&mdash;Donde queráis; yo no conozco ninguno<a name="page_077" id="page_077"></a> Salieron de casa, la Ignacia, la
-Salvadora, Juan, Manuel y el chico; siguieron la calle de Magallanes,
-entre las dos tapias, hasta salir por el antiguo camino de Aceiteros,
-frente al cementerio de San Martín. Las copas de los negros cipreses se
-destacaban por encima de las tapias en el horizonte luminoso. Pasaron
-por delante del campo santo; había allí sombra y se sentaron á
-contemplar los patios á través de la verja.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué hermoso es!&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>El cementerio, con su columnata de estilo griego y sus altos y graves
-cipreses, tenía un aspecto imponente. En las calles y en las plazoletas,
-formadas por los mirtos amarillentos, había cenotafios de piedra ya
-desgastados, y en los rincones tumbas, que daban una impresión poética y
-misteriosa.</p>
-
-<p>Mientras contemplaban el campo santo, aparecieron los dos Rebolledos y
-el señor Canuto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, se va de paseo?&mdash;dijo el jorobado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, á merendar&mdash;contestó Juan&mdash;. ¿Si quieren venir con nosotros?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre... vamos allá.</p>
-
-<p>Siguieron todos reunidos el curso del canalillo. Luego, abandonándolo y
-á campo traviesa, marcharon en dirección de Amaniel.</p>
-
-<p>Bajaron el repecho de una colina.</p>
-
-<p>Se veía enfrente una vallada ancha, dorada por el sol, y en el fondo,
-sobre el cielo de<a name="page_078" id="page_078"></a> turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de
-plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres,
-brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la
-hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se
-destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso,
-las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los
-altos y espléndidos girasoles.</p>
-
-<p>Un estanque rectangular ocupaba el centro de una de las huertas, y por
-su superficie plana, negra y verdosa, nadaban los patos, blancos como
-copos de nieve, y al cortar el agua dejaban en ella un temblor
-refulgente de rayos deslumbradores.</p>
-
-<p>&mdash;Pero esto es muy bonito&mdash;decía Juan á la Salvadora&mdash;; todo el mundo me
-ha dicho que Madrid era muy feo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé, como no he visto nada&mdash;replicó ella sonriendo.</p>
-
-<p>Desde una loma se veían unos merenderos hundidos entre árboles. Se oía
-rumor de organillos.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á meternos en uno de éstos&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>Bajaron hasta llegar frente á un arco con este letrero:</p>
-
-<p class="c">Á LOS PLACERES DE VENUS<br />
-(HAY PIANO Y MUCHO MOVIMIENTO)</p>
-
-<p><a name="page_079" id="page_079"></a></p>
-
-<p>&mdash;No vaya á venir aquí golfería&mdash;dijo Manuel á su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;Quia, hombre.</p>
-
-<p>Entraron, y por una rampa en cuesta entre boscaje, bajaron á un
-cobertizo de madera, con mesas rústicas, espejos y unas cuantas ventanas
-con persianas verdes. A un lado, había un mostrador como de taberna; en
-medio un organillo con ruedas.</p>
-
-<p>No había más que tres ó cuatro mesas ocupadas, y en el mostrador un
-viejo y varios mozos de café.</p>
-
-<p>&mdash;Esto parece una casa de baños&mdash;dijo Juan&mdash;; parece que por una de esas
-ventanas se ha de ver el mar. ¿No es verdad?</p>
-
-<p>Se acercó uno de los mozos á la mesa á preguntarles lo que deseaban.</p>
-
-<p>&mdash;Pues nada; queremos merendar.</p>
-
-<p>&mdash;Tendrán ustedes que esperar algo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; esperaremos.</p>
-
-<p>En esto, el señor viejo que estaba en el mostrador salió de allá, se
-acercó á ellos, les saludó respetuosamente, agitando la gorra en la
-mano, y sonriendo dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado
-ustedes asiento y se les servirá el alimento con un buen condimento, que
-aquí hay muy buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está
-sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este<a name="page_080" id="page_080"></a> documento&mdash;y
-enseñó una lista de los precios&mdash;y ande el movimiento.</p>
-
-<p>Ante un discurso tan absurdo, todo el mundo quedó asombrado; el viejo se
-sonrió y remató su perorata exclamado:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mátala! ¡Viva la niña!</p>
-
-<p>Leyeron la lista de los precios; llamaron al mozo, quien les dijo que si
-les parecía bien, podrían trasladarse á un cuarto que daba á la terraza
-donde estarían solos.</p>
-
-<p>Subieron por unas escaleras á un barracón largo, dividido en
-compartimientos con un corredor á un lado.</p>
-
-<p>Un par de chulos de chaqueta corta y pantalón de odalisca, sacaron el
-organillo á la terraza. Iba entrando gente, y las parejas comenzaban á
-bailar.</p>
-
-<p>Trajeron la merienda, el vino y la cerveza, y se iban á poner á comer,
-cuando volvió el amo del merendero y saludó con la gorra en la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Señores&mdash;dijo&mdash;: Si están ustedes bien en este departamento y sienten
-desfallecimiento, deben dedicarse pronto al mandamiento y echar fuera el
-entristecimiento, el descontento y el desaliento. Por eso digo yo y no
-miento, mi mejor argumento: ¡Ande el movimiento!</p>
-
-<p>Rebolledo el jorobado que miraba al viejo sonriendo, agazapado en su
-silla como un conejo, terminó la alocución gritando:<a name="page_081" id="page_081"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Mátala! ¡Viva la niña!</p>
-
-<p>El viejo sonrió y ofreció su mano al jorobado, quien se la estrechó
-cómicamente. Todos se echaron á reir á carcajadas, y el viejo, muy
-satisfecho de su éxito, se marchó por el corredor. Al único á quien no
-le pareció bien la cosa fué al señor Canuto, que murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué viene este burgante con esas teorías?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué teorías?&mdash;preguntó Juan algo asombrado.</p>
-
-<p>&mdash;Esas simplezas que viene diciendo, que no son más que teorías...
-alegorías, chapucerías y nada más. Eso es.</p>
-
-<p>&mdash;En vez de tonterías, dice teorías el señor Canuto&mdash;advirtió Manuel á
-Juan por lo bajo.</p>
-
-<p>&mdash;Ah... vamos.</p>
-
-<p>Comieron alegremente al son del pianillo, que tocaba tangos, polcas y
-pasos dobles. La terraza poco á poco se había llenado de gente.</p>
-
-<p>&mdash;Qué, ¿echamos un baile, señora Ignacia?&mdash;dijo Perico á la hermana de
-Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, ¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad!</p>
-
-<p>&mdash;Y usted, ¿no baila?&mdash;preguntó Juan á la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;No, casi nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Yo la sacaría á usted si supiera. Anda tú, Manuel. No seas poltrón.
-Sácala á bailar.</p>
-
-<p>&mdash;Si quiere, vamos.</p>
-
-<p>Salieron por el corredor al patio enlosado<a name="page_082" id="page_082"></a> mientras el organillo tocaba
-un paso doble. Bailaba la Salvadora recogiéndose la falda con la mano,
-con verdadera gracia y sin el movimiento lascivo de las demás mujeres.
-Cuando acabó el baile, Perico Rebolledo, algo turbado, le pidió que
-bailara con él.</p>
-
-<p>Al volver Manuel al sitio donde había merendado, tropezó en el corredor
-con dos señoritos y dos mujeres. Una de éstas se volvió á mirarle. Era
-la Justa. Manuel hizo como que no la había conocido y se sentó al lado
-del señor Canuto.</p>
-
-<p>Volvió la Salvadora de bailar, con las mejillas rojas y los ojos
-brillantes, y se puso á abanicarse.</p>
-
-<p>&mdash;¡Olé ahí las chicas bonitas!&mdash;dijo el jorobado&mdash;. Así me gusta á mi la
-Salvadora; coloradita y con los ojos alegres. Señor artista, fíjese
-usted y vaya tomando apuntes.</p>
-
-<p>&mdash;Ya me fijo&mdash;contestó Juan.</p>
-
-<p>La Salvadora sonrió ruborizada y miró á Manuel que estaba violento.
-Trató de buscar el motivo del malestar de Manuel, cuando sorprendió una
-mirada de la Justa, fija, dura, llena de odio.</p>
-
-<p>&mdash;Será la que vivió antes con él&mdash;pensó la Salvadora, y con indiferencia
-la estuvo observando.</p>
-
-<p>En esto vino el mozo, y acercándose á Manuel, le dijo:<a name="page_083" id="page_083"></a></p>
-
-<p>&mdash;De parte de aquella señora, que si quiere usted pasar por su mesa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias! Dígale usted á esa señora que estoy aquí con mis amigos.</p>
-
-<p>Al recibir la contestación, la Justa se levantó y fué acercándose por la
-galería á donde estaba Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Viene hacia aquí esa pelandusca&mdash;dijo la Ignacia.</p>
-
-<p>&mdash;Más te vale ver lo que quiere&mdash;añadió la Salvadora con ironía.</p>
-
-<p>Manuel se levantó y salió al corredor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;exclamó de un modo agresivo&mdash;. ¿Qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;<i>Ná</i>&mdash;contestó ella&mdash;. ¿Es que no te dejaban esas salir?</p>
-
-<p>&mdash;No; es que á mí no me daba la gana.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es esa que está contigo? ¿Tu querida?&mdash;y señaló á la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tu novia?... Chico, tienes mal gusto. Parece un fideo raido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Psch! Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ese de los pelos?</p>
-
-<p>&mdash;Es mi hermano.</p>
-
-<p>&mdash;Es simpático. ¿Es pintor?</p>
-
-<p>&mdash;No, es escultor.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, artista. Chico, pues me gusta. Preséntame á él.</p>
-
-<p>Manuel la miró y sintió una impresión repelente.<a name="page_084" id="page_084"></a> La Justa había tomado
-un aspecto de bestialidad repulsiva; su cara se había transformado
-haciéndose más torpe, el pecho y las caderas estaban abultados, el labio
-superior lo sombreaba un ligero vello; todo su cuerpo parecía envuelto
-en grasa y hasta su antigua expresión de viveza se borraba, como ahogada
-en aquella gordura fofa. Tenía todas las trazas de una mujerona de
-burdel, que ejerce su oficio con una perfecta inconsciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde vives?&mdash;la pregunto Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;En la calle de la Reina, en casa de la Andaluza. No es cara la casa.
-¿Irás?</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;dijo Manuel secamente, y volviéndole la espalda se acercó á donde
-estaban los suyos.</p>
-
-<p>&mdash;Muy flamenca, guapetona&mdash;dijo el jorobado. Manuel se encogió de
-hombros con indiferencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le has dicho?&mdash;preguntó Perico&mdash;. Se ha quedado paralizada.</p>
-
-<p>El organillo no dejaba de tocar un momento; la Justa, su compañera y los
-dos señoritos, comenzaron á ponerse impertinentes. Reían, gritaban;
-tiraban huesos de aceituna. La Justa miraba siempre á la Salvadora de
-una manera fulminante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me mira así esa mujer?&mdash;y la Salvadora hizo esta pregunta á
-Manuel sonriendo.<a name="page_085" id="page_085"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sé yo?&mdash;contestó él con tristeza&mdash;. ¿Vámonos?</p>
-
-<p>&mdash;Estamos bien aquí, hombre&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Os habéis incomodado porque he hablado con esa?&mdash;preguntó Manuel á la
-Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nosotras? ¿Por qué?&mdash;y la Salvadora volvió rápidamente la cabeza y
-relampaguearon sus ojos.</p>
-
-<p>Uno de los señoritos salió á bailar con la Justa, y al pasar por delante
-de donde estaban Manuel y los otros, dijo en voz alta algo insultante de
-las melenas de Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos&mdash;repitió Manuel.</p>
-
-<p>A sus instancias, se levantaron; pagó Juan y salieron.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí va uno que se lleva la merienda guardada&mdash;dijo uno de los que
-bailaban al ver al jorobado.</p>
-
-<p>Perico se detuvo, dispuesto á pegarse con el que insultara á su padre;
-pero Manuel le cogió del brazo y lo empujó hacia la salida.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es lo que no pasa en ningún lado&mdash;dijo Juan&mdash;. Sólo aquí hay este
-afán de insultar y de molestar á la gente.</p>
-
-<p>&mdash;Falta de educación&mdash;murmuró el jorobado con indiferencia.</p>
-
-<p>&mdash;Y luego no pasa nada&mdash;añadió Perico&mdash;; porque á uno de estos
-chulapones, con toda su fachenda, se le da un golpe y se queda con él,
-alborota mucho y nada.<a name="page_086" id="page_086"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pero es muy desagradable&mdash;repuso Juan&mdash;eso de no poder ir á ningún
-lado sin que alguien trate de ofenderle á uno. En el fondo de esto&mdash;dijo
-después burlonamente&mdash;hay un espíritu provinciano. Recuerdo que en
-Londres, en uno de esos parques enormes que hay allá, por las tardes
-veía jugar á la raqueta á dos señores, uno gordo, bajito, con una
-gorrita en la cabeza y el otro flaco, esquelético, con levita y sombrero
-de paja. Yo iba con un español y un inglés, y el español, como es
-natural, se las echaba de gracioso. Al ver aquel par de tipos,
-verdaderamente ridículos, que jugaban en medio de una porción de
-personas que les miraban muy serios, el español dijo: «Esto no podría
-pasar en Madrid, porque se reirían de ellos y tendrían que dejar su
-juego». «Sí&mdash;contesto el inglés&mdash;; ese es el espíritu provinciano,
-propio de un pueblo pequeño; pero á un inglés de Londres, no le asombra
-nada, ni por muy grande, ni por muy ridículo que sea.»</p>
-
-<p>&mdash;Lo partió por el eje&mdash;dijo el señor Canuto guiñando un ojo
-maliciosamente.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no les hubiera hecho caso&mdash;dijo la Salvadora, que no oyó el cuento
-de Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo&mdash;añadió la Ignacia&mdash;. ¡Jesús bendito, qué mujer! ¡Qué descaro!;
-es una perdición.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno; por eso mismo me he querido<a name="page_087" id="page_087"></a> yo marchar, por evitar una
-riña&mdash;saltó Manuel&mdash;; porque á vosotras os gusta armarla, y luego si
-viene alguna consecuencia desagradable, entonces vienen las
-lamentaciones.</p>
-
-<p>&mdash;Si tú tienes mal humor por el encuentro, nosotras no tenemos la
-culpa&mdash;repuso la Salvadora.</p>
-
-<p>Manuel enmudeció y volvieron hacia Madrid, tomando el camino de la
-Moncloa. Después por la calle de Rosales se metieron en el paseo de
-Areneros.</p>
-
-<p>Al llegar aquí, había obscurecido; pasaban los tranvías atestados
-haciendo sonar sus timbres; se acercaban unos, otros huían rápidamente
-hasta que en el aire polvoriento se perdían las miradas rojas ó verdes
-de sus farolillos redondos.</p>
-
-<p>Desde la proximidad del hospital de la Princesa, hacia el campo, se
-veían paredones blancos, ventanas abiertas iluminadas de casas de cuatro
-pisos de Vallehermoso. A lo lejos se divisaba el horizonte confuso,
-rojizo, y los desmontes dorados por los últimos rayos del sol, que se
-dibujaban en líneas horizontales en el cielo.</p>
-
-<p>&mdash;Da todo esto una impresión angustiosa, ¿verdad?&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>Nadie le contestó. Iba obscureciendo aún más; la noche arrojaba puñados
-de ceniza sobre el paisaje; el cielo tomaba un color siniestro,<a name="page_088" id="page_088"></a> gris,
-sucio, surcado por algunas vagas estrías rojizas; la llama oscilante de
-los faroles se estremecía en el aire polvoriento.</p>
-
-<p>En el final del paseo, Juan se despidió de todos. Luego, solo, se detuvo
-un momento á mirar el campo. En frente se veía la torre de ladrillo del
-Hospital de Clérigos, más lejos una cúpula plomiza y los cipreses del
-cementerio de San Martín, destacándose en el horizonte. De la chimenea
-de la fábrica de electricidad salía el humo á borbotones densos, y en el
-aire pesado del crepúsculo iba extendiéndose paralelamente á la tierra,
-como un escuadrón de caballos salvajes.</p>
-
-<p>Y el paisaje árido, unido á la pobreza de las construcciones, á los
-gritos de la gente, á la pesadez del aire, daba una impresión de fatiga,
-de incomodidad, de vida sórdida y triste...</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_089" id="page_089"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VI-a" id="CAPITULO_VI-a"></a>CAPÍTULO VI</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Las vagas ambiciones de Manuel.&mdash;Las mujeres mandan. Roberto.&mdash;Se
-instala la imprenta.</p></div>
-
-<p>En los días anteriores á la apertura de la Exposición, Juan no apareció
-por casa de Manuel. Pintores y escultores se pasaban la vida de café en
-café, discutiendo y, sobre todo, intrigando. Juan estaba asqueado al
-verse en aquel ambiente de miserias, de ruindades, de bajas
-maquinaciones.</p>
-
-<p>Su grupo <i>Los Rebeldes</i>, mal colocado en el salón adrede, apenas se
-veía. El retrato de la Salvadora estaba en mejor sitio y había causado
-efecto; los periódicos hablaban de Juan; uno del jurado le había dicho
-que él le votaría para una segunda medalla, pero que como todas estaban
-comprometidas, no le podrían dar más que una tercera. Juan le contestó
-que hiciesen en conciencia lo que les pareciese, pero el del jurado le
-advirtió que le dijera si iba ó no á aceptar la tercera medalla, porque
-en el caso de no aceptarla se la darían á otro.</p>
-
-<p>Juan sintió deseos de rechazarla, pero esto daba á entender que estaba
-mortificado, y la aceptó.<a name="page_090" id="page_090"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto te dan por eso?&mdash;le preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Mil pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces haces bien en aceptar. Los periódicos dicen que tus estatuas
-son de lo mejor de la Exposición; para la gente has obtenido un triunfo.
-Ahora te dan ese dinero. Tómalo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Psch!</p>
-
-<p>&mdash;Si no lo quieres, dámelo á mí; esas pesetas me podrían hacer el gran
-avío.</p>
-
-<p>&mdash;¿A ti? ¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, tengo ya desde hace tiempo la idea de tomar una imprenta en
-traspaso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero vives mal así?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tantas ganas tienes de ser propietario?</p>
-
-<p>&mdash;Todo el mundo quiere ser propietario.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo, sí; me gustaría tener un solar, aunque no sirviera para nada,
-sólo para ir allá y decir: esto es mío.</p>
-
-<p>&mdash;No digas eso&mdash;replicó Juan&mdash;; para mí ese instinto de propiedad es lo
-más repugnante del mundo. Todo debía ser de todos.</p>
-
-<p>&mdash;Que empiecen los demás dando lo que tienen&mdash;dijo la Ignacia terciando
-en la conversación.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros no tenemos que arreglar nuestra conducta con la de los demás,
-sino con nuestra propia conciencia.<a name="page_091" id="page_091"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es que la conciencia le impide á uno ser propietario?&mdash;preguntó
-Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Será la tuya, chico; la mía no me lo impide. Yo, entre explotado ó
-explotador, prefiero ser explotador; porque eso de que se pase uno la
-vida trabajando y que se imposibilite uno y se muera de hambre...</p>
-
-<p>&mdash;No tiene uno derecho al porvenir. La vida viene como viene y sujetarla
-es una vileza.</p>
-
-<p>&mdash;Pero bueno, ¿qué me quieres decir con esto; que no me darás el dinero?</p>
-
-<p>&mdash;No, el dinero te lo llevas, si es que me dan la medalla; lo que te
-digo es que no me gusta esa tendencia tuya de hacerte burgués. Vives
-bien...</p>
-
-<p>&mdash;Pero puedo vivir mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, haz lo que quieras.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>La Salvadora y la Ignacia no compartían las ideas de Juan; al revés,
-sentían de una manera enérgica el instinto de propiedad.</p>
-
-<p>A consecuencia de esta conversación, se despertaron nuevamente los
-planes ambiciosos de Manuel. La Salvadora y la Ignacia le instaron para
-que estuviese á la mira por si salía alguna imprenta en traspaso, y
-pocos días después le indicaron una anunciada en un periódico.</p>
-
-<p>Manuel fué á verla; pero el amo le dijo que ya no la quería traspasar.
-En cambio, supo que<a name="page_092" id="page_092"></a> un periódico ilustrado vendía una máquina nueva y
-tipos nuevos por quince mil pesetas.</p>
-
-<p>Era una locura pensar en esto; pero la Salvadora y la Ignacia le dijeron
-á Manuel que fuera á verla y que le propusiera al amo comprarla á
-plazos.</p>
-
-<p>Hizo esto Manuel; la máquina era buena, tenía un motor eléctrico
-moderno, y los tipos eran nuevos; pero el amo no se avenía á cobrar en
-plazos.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;le dijo&mdash;, soy capaz de rebajar algo el precio; pero el dinero
-lo necesito al contado.</p>
-
-<p>Entre la Salvadora y la Ignacia tenían tres mil pesetas, podían contar
-con las mil de la medalla de Juan; pero esto no era nada.</p>
-
-<p>&mdash;Qué le vamos á hacer&mdash;dijo Manuel&mdash;; no se puede... paciencia.</p>
-
-<p>&mdash;Pero la máquina, ¿es buena?&mdash;preguntó la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; muy hermosa.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo no dejaría eso así&mdash;dijo la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo tampoco&mdash;repuso la Ignacia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué voy á hacer?</p>
-
-<p>&mdash;¿No tienes ese amigo inglés que vive en el hotel de París?...</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero...</p>
-
-<p>&mdash;¿No te atreves?&mdash;preguntó la Ignacia.<a name="page_093" id="page_093"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿cómo me va á dar quince mil pesetas?</p>
-
-<p>&mdash;Que te las preste. Con probar nada se pierde. El no lo llevas contigo.</p>
-
-<p>A Manuel no le hizo ninguna gracia la cosa; dijo que sí, que iría á ver
-á Roberto, pensando que se les olvidaría la idea; pero al día siguiente
-las dos volvieron á la carga.</p>
-
-<p>Manuel pensó hacer como que iba al hotel y decirles á ellas que no
-estaba Roberto en Madrid; pero la Ignacia se le adelantó y se enteró de
-que no se había marchado.</p>
-
-<p>Manuel fué á ver á su amigo de muy mala gana, deseando encontrar algún
-pretexto, para aplazar indefinidamente la visita ó que le dijeran que no
-le podía recibir; pero al entrar en la puerta del hotel se encontró con
-Roberto.</p>
-
-<p>Estaba dando órdenes á un mozo. Parecía más fuerte, más hombre, con un
-gran aplomo en los movimientos.</p>
-
-<p>&mdash;Hola, ilustre golfo&mdash;le dijo al verle&mdash;. ¿Cómo estás?</p>
-
-<p>&mdash;Bien, ¿y usted?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, admirablemente... ya me he casado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy en camino de ser padre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el proceso?</p>
-
-<p>&mdash;Terminó.</p>
-
-<p>&mdash;¿A favor de usted?<a name="page_094" id="page_094"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí; ya no falta más que la resolución de unos expedientes.</p>
-
-<p>&mdash;Y la señorita Kate, ¿está aquí?</p>
-
-<p>&mdash;No, en Amberes. ¿Venías á buscarme? ¿Qué me querías?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, verle.</p>
-
-<p>&mdash;No; tú venías á algo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero la verdad, vale más que no se lo diga á usted, porque es una
-tontería.</p>
-
-<p>&mdash;No, hombre, dilo.</p>
-
-<p>&mdash;Son cosas de mujeres. Ya sabe usted que soy cajista, y mi hermana y
-otra muchacha que vive conmigo, están empeñadas en que me debo
-establecer... Y ahora se puede comprar una máquina nueva y tipos también
-nuevos... y yo no tengo dinero bastante para eso... y ellas me han
-empujado para que le pida á usted el dinero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuánto se necesita para eso?</p>
-
-<p>&mdash;Piden ahora quince mil pesetas; pero pagándole al contado al dueño,
-rebajaría mil ó quizá dos mil.</p>
-
-<p>&mdash;De manera que necesitas unas trece á catorce mil pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es; yo, ya me figuro, que usted no podrá dar ese dinero.....
-Ahora, perder no se puede perder gran cosa. Porque usted podría ser el
-socio capitalista, y se ensayaba..... que á los dos años, por ejemplo,
-no daba resultado, pues se vendía la máquina y las cajas con mil<a name="page_095" id="page_095"></a> ó dos
-mil pesetas de pérdida y la pérdida la pagaba yo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero además, hay que abonar los gastos de instalación en la nueva
-imprenta, de traslado, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No, de eso me encargaría yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes dinero, eh?</p>
-
-<p>&mdash;Unas cuatro mil pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;De manera que me propones ser tu socio capitalista, ¿no es eso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ganaré yo? ¿La mitad de los ingresos?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es.</p>
-
-<p>&mdash;¿Después de descontados vuestros jornales?</p>
-
-<p>&mdash;Le va á quedar á usted muy poco.</p>
-
-<p>&mdash;No importa; acepto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Acepta usted?&mdash;dijo Manuel en el colmo del asombro.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, seré tu socio. Dentro de unos años pondremos una gran casa
-editorial, para ir descristianizando España. Vamos á ver al dueño de la
-máquina.</p>
-
-<p>Tomaron un coche y se hizo la compra. Se especificó el número de letras
-y de casilleros, Roberto cogió el recibo, pagó y le dijo á Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;Ya me dirás dónde nos trasladamos. ¡Adiós! Tengo mucho que hacer.<a name="page_096" id="page_096"></a></p>
-
-<p>Manuel se despidió de la imprenta donde trabajaba y se fué á su casa.</p>
-
-<p>Ya era un burgués, todo un señor burgués.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Tuvo grandes dificultades la instalación de la imprenta.</p>
-
-<p>El dueño de la máquina dijo que él ya no necesitaba el local, y Manuel
-tuvo que pagarlo mientras buscaba otro. Después de andar mucho, llegó á
-encontrar una tienda á propósito para imprenta en la calle de Sandoval.
-Tenía prisa de instalarse cuanto antes y se arregló con los albañiles
-para que hicieran las obras necesarias en un mes; pero los albañiles
-tardaron más de lo convenido y tuvo que pagar los alquileres de las dos
-casas. Por más que Manuel vigilaba y atendía á los menores detalles, no
-podía evitar el robo; las obras le costaron un dineral; entre la
-portada, la muestra y los arreglos del interior se fueron las tres mil
-pesetas. Lo único barato fué la instalación eléctrica, que la hizo
-Perico Rebolledo.</p>
-
-<p>Luego había que hacer una porción de diligencias, había que pedir
-permiso en el Ayuntamiento para las cosas más fútiles, y Manuel andaba
-hecho un zarandillo de un lado á otro.</p>
-
-<p>Tras de muchas dilaciones y contratiempos, pudo trasladar la máquina y
-las cajas, y notó que le habían robado casi la mitad de la letra. El
-motor eléctrico hubo que componerlo. Por<a name="page_097" id="page_097"></a> fin se arregló todo; pero no
-había trabajo. La Ignacia, se lamentaba de que su hermano hubiese
-perdido su buen jornal; la Salvadora, siempre animosa, confiaba que
-vendría el trabajo, y Manuel se pasaba las horas en la imprenta, flaco,
-triste, irritado.</p>
-
-<p>Hizo anuncios que repartió por todas partes; pero los encargos no
-venían.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_098" id="page_098"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VII-a" id="CAPITULO_VII-a"></a>CAPÍTULO VII</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">El amor y la debilidad.&mdash;Las intermitentes y las golondrinas. El
-bautizo de S. M. Curda I en una imprenta.</p></div>
-
-<p>A consecuencia de la fatiga y de las preocupaciones, Manuel comenzó á
-encontrarse malo. Sentía un gran desmadejamiento en todo el cuerpo;
-apenas dormía y estaba siempre febril. Una tarde la fiebre se hizo tan
-alta que tuvo que guardar cama.</p>
-
-<p>Pasó la noche con un colenturón terrible, en una somnolencia extraña,
-despertándose á cada momento con sobresaltos y terrores.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente se encontraba mejor, sólo de cuando en cuando
-algún escalofrío le recorría por el cuerpo.</p>
-
-<p>Estaba dispuesto á salir, cuando sintió que de nuevo le empezaba la
-fiebre. Le pasaban los escalofríos por la espalda como soplos de aire
-helado.</p>
-
-<p>La Salvadora estaba con sus discípulas y Manuel llamó á la Ignacia.</p>
-
-<p>&mdash;Avísale á Jesús. Si no está ahora colocado, que vaya á la imprenta.
-Estoy muy mal. Yo no sé lo que tengo.</p>
-
-<p>Se acostó con la cabeza pesadísima. Sentía un latido en la frente, que
-se comunicaba á<a name="page_099" id="page_099"></a> todo el cuerpo. Se imaginaba que le llevaban debajo de
-un martillo de fragua y le ponían en el yunque, unas veces boca arriba,
-otras de costado. Cesaba esta impresión y escuchaba dentro de su cerebro
-el ruido de la prensa y del motor eléctrico, y esto le producía una
-angustia enorme. Después de dos ó tres horas de una fiebre alta, se
-encontró de nuevo bien.</p>
-
-<p>Por la noche, Jesús y el señor Canuto fueron á verle. Habló Manuel con
-Jesús de los asuntos de la imprenta, y le recomendó que no los
-abandonara. El señor Canuto salió y vino poco después con unas hojas de
-eucalipto, con las cuales la Ignacia hizo un cocimiento para Manuel.</p>
-
-<p>Algo mejoró con esto, pero los accesos de fiebre seguían y hubo que
-llamar á un médico. Se encontraba además Manuel en un estado de
-excitación que no le dejaba descansar un momento.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene intermitentes y una gran depresión nerviosa&mdash;dijo el médico&mdash;.
-¿Trabaja mucho?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, mucho&mdash;contestó la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Pues que no trabaje tanto.</p>
-
-<p>Recetó el médico y se fué. Toda la noche estuvo la Salvadora al lado del
-enfermo. A veces Manuel la decía:</p>
-
-<p>&mdash;Acuéstate; pero estaba deseando que no lo hiciera.</p>
-
-<p>Le atendía la Salvadora con una solicitud de<a name="page_100" id="page_100"></a> madre; se molestaba
-continuamente por él. Era pródiga de sus atenciones y avara de las
-ajenas. Manuel, hundido en la cama, la miraba, y cuanto más la miraba,
-creía encontrar en ella nuevos encantos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué buena es!&mdash;se solía decir á si mismo&mdash;. La molesto á cada paso y
-no me odia.&mdash;Y este pensamiento de que era buena, le daba ideas
-fúnebres, porque pensaba qué sería de él, si ella se casara. Era una
-idea egoísta; nunca había sentido como entonces tanto miedo á morirse y
-á quedar desamparado.</p>
-
-<p>A los dos días, la Ignacia dijo que para que la Salvadora pudiese
-atender á sus quehaceres, lo mejor sería llamar á la mujer del señor
-Canuto, una vieja emplastera, que asistiría muy bien á Manuel.</p>
-
-<p>Este no replicó, pero mentalmente se deshizo en insultos contra su
-hermana; la Salvadora repuso que no había necesidad de traer á nadie, y
-Manuel se sintió tan emocionado que las lágrimas le brotaron de los
-ojos.</p>
-
-<p>Se encontraba Manuel en un estado de impresionabilidad extraño; la cosa
-más insignificante le producía un arrebato de cariño ó de odio. Entraba
-la Salvadora y mullía el almohadón ó le preguntaba si necesitaba alguna
-cosa, é inmediatamente Manuel sentía un agradecimiento tan grande, que
-hubiera querido exponer su vida por ella; en cambio venía la<a name="page_101" id="page_101"></a> Ignacia y
-le decía: «Hoy parece que estás mejor», y sólo por esto, Manuel temblaba
-de ira.</p>
-
-<p>«Así deben ser los perros, como yo soy ahora»&mdash;pensaba algunas veces.</p>
-
-<p>A los seis días, Manuel se levantaba. Era el mes de Agosto; solían estar
-las maderas del balcón cerradas; por una rendija entraba un rayo de sol,
-nadaban en su luz los corpúsculos del aire y pasaban las moscas
-atravesando aquella barra de oro como gotas de un metal incandescente.
-Se sentía la calma enorme de los alrededores desolados, y en aquellas
-horas de siesta venía de la tierra calcinada como un soplo de silencio;
-todo estaba aletargado; sólo se oía el lejano silbido de algún tren y el
-chirriar de los grillos.....</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Los sábados invariablemente, por las mañanas, debajo del balcón en donde
-trabajaba la Salvadora, solía ponerse un ciego á cantar, acompañándose
-de una guitarra de son cascado, canciones antiguas. Era un ciego bien
-vestido, con gabán y sombrero hongo, que llevaba un perrillo blanco como
-guía. Solía cantar con muy poca voz, pero afinando siempre aquella
-habanera de <i>Una Vieja</i>: ¡Ay mamá, qué noche aquella! y algunas otras
-romanzas sentimentales.</p>
-
-<p>Manuel llamaba al ciego el Romántico, y por<a name="page_102" id="page_102"></a> este nombre le conocían en
-la casa; la Salvadora solía echarle todos los sábados diez céntimos
-desde el balcón.</p>
-
-<p>Por las tardes, Manuel, desde el comedor, oía á las discípulas de la
-Salvadora cuando entraban. Notaba sus conversaciones en el portal, el
-crujido de los peldaños viejos de la escalera; luego sentía el beso que
-daban á la maestra, el ruido de la máquina, el chasquido de los bolillos
-y un murmullo de risas y de voces.</p>
-
-<p>Cuando las niñas se marchaban, entraba Manuel en la escuela y charlaba
-con la Salvadora. Abrían el balcón, las golondrinas trazaban rápidos
-círculos alegres y locos en el cielo rarificado; el aire de la tarde se
-opalizaba, y Manuel sentía lánguidamente el paso de las horas y
-contemplaba los crepúsculos tristes de cielo anaranjado, cuando en la
-callejuela solitaria se encendían los faroles y pasaban haciendo sonar
-las esquilas algunos rebaños de cabras. Un día Manuel tuvo un sueño que
-luego le preocupó mucho; soñó con una mujer que estaba á su lado; pero
-esta mujer no era la Justa; era delgada, esbelta, sonriente. En su sueño
-se desesperaba por no comprender quién era aquella mujer. Se acercaba á
-ella, y ella huía, pero de pronto la alcanzaba y la tenía en sus brazos
-palpitante. Entonces la miraba muy de cerca y la reconocía. Era la
-Salvadora. Desde aquel instante comenzó una nueva preocupación por
-ella...<a name="page_103" id="page_103"></a></p>
-
-<p>Una tarde, en la convalecencia, cuando aún Manuel se encontraba débil,
-hizo un calor bochornoso. El cielo estaba blanquecino, anubarrado,
-polvaredas turbias se levantaban de la tierra. A veces se ocultaba el
-sol, y el calor entonces era más sofocante. En el interior de la casa
-los muebles crujían con estallidos secos. Desde la ventana veía Manuel
-el cielo que tomaba tintes amarillos y morados; después comenzó á oirse
-el rodar lejano de los truenos. Llegaba un olor fuerte á tierra mojada.
-Manuel, con los nervios en tensión, sentía una gran angustia. Brilló un
-relámpago en el cielo y comenzó á llover. La Salvadora cerró la ventana
-y quedaron en la semiobscuridad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Salvadora!&mdash;llamó Manuel.</p>
-
-<p>-¿Qué?</p>
-
-<p>Manuel no dijo nada; le agarró la mano y la estrechó entre las suyas.</p>
-
-<p>&mdash;Déjame que te bese&mdash;le dijo Manuel en voz baja.</p>
-
-<p>La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los
-labios de Manuel que quemaban y él sintió en sus labios una frescura
-deliciosa. En aquel momento entró la Ignacia.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>A medida que Manuel iba restableciéndose, la Salvadora volvía á ser como
-habitualmente, igual en su carácter, tan amable para unos<a name="page_104" id="page_104"></a> como para
-otros. Manuel hubiera querido una preferencia.</p>
-
-<p>&mdash;La hablaré&mdash;pensó.</p>
-
-<p>En casa no era fácil, porque la Ignacia se creyó en el caso de
-vigilarles á los dos.</p>
-
-<p>&mdash;Ya no falta más que esto&mdash;decía indignado Manuel&mdash;; pero, en fin,
-cuando salga nos entenderemos.</p>
-
-<p>De cuando en cuando Manuel preguntaba á Jesús:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal en la imprenta?</p>
-
-<p>&mdash;Bien&mdash;contestaba él invariablemente.</p>
-
-<p>Jesús comía en la casa y dormía en un cuarto próximo al desván, en donde
-la Ignacia le había puesto una cama.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>El primer día que Manuel se sintió con fuerzas, se marchó á la imprenta.
-Entró. No había nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué demonios pasa aquí?&mdash;se dijo.</p>
-
-<p>Se oían voces en el patio. Manuel se asomó á una ventana á ver lo que
-ocurría. Estaban los tres cajistas, Jesús y el aprendiz, todos vestidos
-de mamarracho, cantando y paseándose por el patio. Abría la marcha el
-aprendiz con un embudo en la cabeza y golpeando en una sartén. Tras de
-él iba uno de los cajistas, que llevaba una falda de mujer, unos trapos
-arrebujados en el pecho y en los brazos un palo envuelto en una tela
-blanca, como si fuera un<a name="page_105" id="page_105"></a> niño. Después marchaba Jesús, vestido con una
-dalmática de papel y en la cabeza un birrete con un barboquejo; luego
-uno de los cajistas que llevaba una escoba como un fusil, y al último,
-el otro cajista con una espada de madera en el cinto.</p>
-
-<p>Todas las vecinas habían salido á las ventanas á presenciar la
-ceremonia. Después de los cánticos, Jesús se subió á un banco, cogió una
-bota de vino y lo derramó sobre la cabeza del muñeco.</p>
-
-<p>&mdash;En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo&mdash;gritó&mdash;, te
-bautizo y te doy el nombre de Curda I, rey de todas las Cogorzas,
-príncipe de la Jumera, conde de la Tajada y señor de la Papalina.</p>
-
-<p>El de la sartén comenzó á golpearla furiosamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Silencio!&mdash;exclamó Jesús con voz vibrante&mdash;. Pueblo de Madrid: ¿juras
-defender á Su Majestad Curda I, á todas horas y en todos los momentos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí&mdash;gritaron los cuatro, enarbolando escobas, espadas y sartenes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Reconoceréis como vuestro legítimo rey y soberano á Su Majestad Curda
-I?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Juráis dar vuestras haciendas y vuestras vidas á Su Majestad Curda I?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí.<a name="page_106" id="page_106"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Juráis derramar vuestra sangre en los campos de batalla por Su
-Majestad Curda I?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Juráis no reconocer nunca, ni aun en el tormento, otro rey que Su
-Majestad Curda I?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, pueblo inepto, pueblo nauseabundo, si así lo hacéis, Dios
-os lo premie, y si no, os lo demande. ¡Sus! ¡Papalina y cierra España!
-¡Muera el infiel marroquí! Acordáos de que vuestros padres tuvieron la
-honra de morir por los Papalinas, de ser destripados por los Papalinas,
-de ser violados por los Papalinas. ¡Vivan los Papalinas!</p>
-
-<p>&mdash;¡Vivan los Papalinas!&mdash;gritaron todos.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora que comience la libación&mdash;dijo Jesús&mdash;. ¡Que rompan á tocar las
-músicas! ¡Que arda en festejos el pueblo!</p>
-
-<p>Luego con su voz natural le dijo al chico:</p>
-
-<p>&mdash;¡Anda, trae unos vasos!</p>
-
-<p>El aprendiz entró en la imprenta; Manuel le cogió del brazo y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Dile á ese que estoy aquí.</p>
-
-<p>Con la orden se acabó inmediatamente la ceremonia y volvieron los
-obreros al trabajo.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien&mdash;dijo Manuel&mdash;; muy bien&mdash;y engarzó una serie de
-blasfemias&mdash;. Ahora se van ustedes todos á la calle. De manera que dejan
-ustedes esto solo y se ponen á armar escándalo,<a name="page_107" id="page_107"></a> para que el amo de la
-casa le despida á uno...</p>
-
-<p>&mdash;Es que el chico ayer pescó la primera curda&mdash;dijo Jesús&mdash;, ¿sabes? y
-la hemos celebrado.</p>
-
-<p>&mdash;Haberla celebrado en otra parte. Bueno. A trabajar, y otra vez estas
-fiestas las hacen ustedes en los Cuatro Caminos.</p>
-
-<p>Jesús se fué á las cajas, pero al poco rato volvió.</p>
-
-<p>&mdash;Dame la cuenta&mdash;le dijo á Manuel muy fosco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Me marcho; no quiero trabajar aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;Eres un cochino burgués que no piensas más que en el dinero. No tienes
-alegría.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, sigue ahí, si no quieres que te meta el componedor por la boca,
-¡ladrón!</p>
-
-<p>&mdash;Eres un mal compañero... además, siempre me estás insultando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y me vas á dejar ahora que todavía estoy malo?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, me quedaré hasta que te cures.</p>
-
-<p><a name="page_108" id="page_108"></a></p>
-
-<p><a name="page_109" id="page_109"></a></p>
-
-<h2><a name="SEGUNDA_PARTE" id="SEGUNDA_PARTE"></a>SEGUNDA PARTE</h2>
-
-<h3><a name="CAPITULO_I-b" id="CAPITULO_I-b"></a>CAPÍTULO I</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Juego de bolos, juego de ideas, juego de hombres.</p></div>
-
-<p>Hay entre Vallehermoso y el paseo de Areneros, una ancha y extensa
-hondonada que lentamente se va rellenando con escombros.</p>
-
-<p>Estos terrenos nuevos, fabricados por el detritus de la población, son
-siempre estériles. Algunos hierbajos van naciendo en los que ya llevan
-aireándose algunos años. En los modernos, manchados de cal, llenos de
-cascote, ni el más humilde cardo se decide á poblarlos.</p>
-
-<p>Por encima de estas escombreras pasan continuamente volquetes con tres y
-cuatro mulas, rebaños de cabras escuálidas, burros blanquecinos,
-chiquillos harapientos, parejas de golfos que se retiran á filosofar
-lejos del bullicio del pueblo, mendigos que toman el sol, y perros
-vagabundos.</p>
-
-<p>En la hondonada se ven solares de corte de piedras, limitados por cercas
-de pedruscos, y<a name="page_110" id="page_110"></a> en medio de los solares, toldillos blancos, bajo los
-cuales los canteros, protegidos del sol y de la lluvia, pulen y pican
-grandes capiteles y cornisas marcados con números y letras rojas.</p>
-
-<p>En el invierno, en lo más profundo de la excavación, se forma un lago, y
-los chiquillos juegan y se chapotean desnudos.</p>
-
-<p>En esta hondonada, ya bastante cerca del paseo de Areneros, al lado de
-unas altas pilas de maderas negras, había un solar, y en él una taberna,
-un juego de bolos y una churrería.</p>
-
-<p>El juego de bolos estaba en medio, la taberna á su derecha y la
-churrería á la izquierda. La taberna se llamaba <i>La Aurora</i>; pero era
-más conocida por la taberna de Chaparro. Daba al paseo de Areneros, y á
-un pasadizo entre dos empalizadas; tenía un escalón á la entrada, y una
-muestra llena de desconchaduras y de lepras. Por dentro era un cuarto
-muy pequeño con una ventana al solar. En medio de la taberna, por las
-mañanas, solían verse cuatro ó cinco barreños con ceniza, y encima unos
-pucheretes de barro, en donde hervía el cocido de unos cuantos mozos de
-cuerda que iban á comer allí.</p>
-
-<p>El local tenia sus refinamientos de lujo y de comodidad; en las paredes
-había un zócalo de azulejos; en el invierno se ponía una estufa, y
-continuamente había cerca de la ventana un reloj parado de caja grande
-pintarrajeada.<a name="page_111" id="page_111"></a></p>
-
-<p>La churrería estaba al otro lado del solar. Era una barraca hecha de
-tablas pintadas de rojo; tenía el tejado de cinc, y por en medio de él,
-salía una alta y gruesa chimenea, sujeta por cuatro alambres y adornada
-con una caperuza.</p>
-
-<p>Como trazo de unión entre la churrería y la taberna, estaba el juego de
-bolos. Tenía éste su entrada por una valla pintada de rojo con un arco
-en la puerta. Se dividía en dos plazas separadas por un gran tabique ó
-biombo, hecho con trapos sujetos en un alto bastidor. En el fondo, en un
-sotechado con gradas, se colocaban los espectadores.</p>
-
-<p>Dando la vuelta al juego de bolos, había una casita blanca casi cubierta
-por enredaderas; detrás de ésta un antiguo invernadero arruinado, y
-junto á él una noria, cuya agua regaba varios cuadros de hortalizas. Al
-lado del invernadero, medio oculto entre altos girasoles, se veía un
-coche viejo, una antigua berlina destrozada, sucia, con las portezuelas
-abiertas y sin cristales, que servía de refugio á las gallinas. La
-churrería, la taberna y el juego de bolos, eran de los mismos dueños;
-dos socios que habitaban en la casita de las enredaderas.</p>
-
-<p>Los dos socios eran tipos diametralmente opuestos. Al uno, rubio,
-bastante grueso, con patillas, le decían el Inglés; el otro, delgado,<a name="page_112" id="page_112"></a>
-picado de viruelas, con los ojos pequeños y enrojecidos, se llamaba
-Chaparro. Los dos habían sido mozos de café. Eran hombres que con los
-genios más opuestos y contradictorios, se entendían admirablemente.</p>
-
-<p>Chaparro solía estar siempre en la taberna, el Inglés siempre en el
-juego de bolos; Chaparro llevaba gorra, el Inglés sombrero de jipi japa;
-Chaparro no fumaba, el Inglés fumaba en pipa larga; Chaparro vestía de
-negro, el Inglés trajes claros y anchos; Chaparro estaba siempre
-incomodado, el Inglés siempre alegre; Chaparro creía que todo era malo,
-el Inglés que todo era bueno, y así, con esta disparidad absoluta, se
-entendían los dos compadres.</p>
-
-<p>Chaparro trabajaba mucho, no paraba nunca; el Inglés, más pacífico,
-miraba jugar á los bolos, leía el periódico, con sus anteojos negros,
-puestos sobre la nariz, regaba sus plantas que las tenía en cajas y en
-grandes jarrones de piedra, que debían de haber ido á parar allí de
-algún derribo, y meditaba. Muchas veces no hacía ni esto siquiera; salía
-á la hondonada, se tendía al sol y contemplaba vagamente la sierra y la
-línea austera apenas ondulada de los campos madrileños bajo el cielo
-azul radiante.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Una tarde, paseaba Juan con un pintor decorador, á quien había conocido
-en la Exposición,<a name="page_113" id="page_113"></a> por el paseo de Areneros, cuando vieron el juego de
-bolos del Inglés y entraron.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí podríamos tomar algo&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>&mdash;No habrá quien sirva&mdash;contestó el otro.</p>
-
-<p>Llamaron á un chico que recogía las bolas.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí al lado, en la taberna, se pueden ustedes sentar.</p>
-
-<p>Se sentaron debajo de un emparrado y siguieron hablando. El que hablaba
-con Juan era hombre ilustrado, que había vivido en Francia, en Bélgica y
-viajado por América. Solía escribir en un periódico anarquista, en donde
-firmaba: Libertario, y por este apodo se le conocía.</p>
-
-<p>Había dedicado un artículo elogioso al grupo de <i>Los Rebeldes</i>, y luego
-había buscado á Juan para conocerle.</p>
-
-<p>Sentados bajo el emparrado, el Libertario hablaba. Era éste un hombre
-delgado y alto, de nariz corva, barba larga, y un modo de expresarse
-irónico y burlón. A pesar de que á primera vista parecía indiferente y
-hombre que tomaba todo á broma, era un fanático. Trataba de convencer á
-Juan. Hablaba con un tono un tanto sarcástico, manoseando con sus dedos
-largos y delgados su barba antigua de prócer, suave y flexible. Para él,
-lo principal en el anarquismo era la protesta del individuo contra el
-Estado; lo demás, la cuestión económica, casi no le importaba; el
-problema para<a name="page_114" id="page_114"></a> él estaba en poder librarse del yugo de la autoridad. El
-no quería obedecer; quería que si él se asociaba con alguien fuese por
-su voluntad, no por la fuerza de la ley. Afirmaba también que las ideas
-de bien y de mal tenían que transformarse por completo y con ellas la
-del deber y la de la virtud.</p>
-
-<p>Hacía sus afirmaciones con cierta reserva, y de cuando en cuando
-observaba á Juan con una mirada escrutadora.</p>
-
-<p>El Libertario quería dejar una buena impresión en Juan, y ante él, sin
-alardes, iba exponiendo sus doctrinas.</p>
-
-<p>Juan escuchaba y callaba; asentía unas veces, otras manifestaba sus
-dudas. Juan había tenido un gran desengaño al conocer á los artistas de
-cerca. En París, en Bruselas, había vivido aislado, soñando; en Madrid
-llegó á intimar con pintores y escultores, y se encontró asombrado al
-ver una gente mezquina é indelicada, una colección de intrigantuelos,
-llenos de ansias de cruces y de medallas, sin un asomo de nobleza, con
-todas las malas pasiones de los demás burgueses.</p>
-
-<p>Como en Juan las decisiones eran rápidas y apasionadas, al retirar su fe
-de los artistas, la puso de lleno en los obreros. El obrero para él era
-un artista con dignidad, sin la egolatría del nombre y sin envidia. No
-veía que la falta de envidia del obrero, más que de bondad, dependía<a name="page_115" id="page_115"></a> de
-indiferencia por su trabajo; de no sentir el aplauso del público, y
-tampoco notaba que si á los obreros les faltaba la envidia, les faltaba
-también en general el sentimiento del valor, de la dignidad y de la
-gratitud.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí se está bien&mdash;dijo el Libertario, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Podíamos reunirnos los domingos por la tarde; yo vivo por aquí cerca.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Yo vendré con algunos amigos que tienen ganas de conocerle. Todos han
-visto <i>Los Rebeldes</i>, y son entusiastas de usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Son anarquistas también?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Salieron al paseo de Areneros por la taberna.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á ver el número de esta casa para decírselo á los amigos&mdash;dijo el
-Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no tiene número&mdash;replicó Juan&mdash;; pero tiene nombre: La Aurora.</p>
-
-<p>&mdash;Buen nombre para una reunión de los nuestros.</p>
-
-<p>Se despidieron. Juan marchó á casa de Manuel. En el cerebro del escultor
-comenzaba á germinar la idea de que había una misión social que cumplir,
-y que esta misión era él el encargado de llevarla á cabo.</p>
-
-<p>Mientras Juan se reunía con sus nuevos amigos,<a name="page_116" id="page_116"></a> Manuel trabajaba en la
-imprenta. Iban poco á poco viniendo los encargos.</p>
-
-<p>Una vez Manuel había dicho á la Salvadora:</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera hablar contigo despacio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no esperar á ver si salimos adelante?&mdash;le había contestado
-ella.</p>
-
-<p>Y se entendieron sin más explicaciones, y los dos se pusieron á
-trabajar. Manuel, de noche, después de cerrar la imprenta, llevaba él
-mismo los encargos en una carretilla. Se ponía una blusa blanca y echaba
-á andar. Hay trabajos que parece que despiertan el pensamiento, y uno de
-ellos es empujar una carretilla. Al cabo de algún tiempo no se nota si
-uno lleva el carretón, ó si es el carretón el que le lleva á uno. Así en
-la vida muchas veces no se sabe si es uno el que empuja los
-acontecimientos ó si son los acontecimientos los que le arrastran á uno.</p>
-
-<p>A Manuel su vida pasada le parecía un laberinto de callejuelas que se
-cruzaban, se bifurcaban y se reunían sin llevarle á ninguna parte; en
-cambio, su vida actual, con la preocupación constante de allegar para
-echar el ancla y asegurarse un bienestar, era un camino recto la calle
-larga que él iba recorriendo con el carretoncillo poco á poco.</p>
-
-<p>El recuerdo de la Justa había quedado ya borrado para siempre en su
-memoria. Algunas veces, al pensar en ella, se preguntaba: ¿Qué hará
-aquella pobre mujer?<a name="page_117" id="page_117"></a></p>
-
-<p>Jesús seguía viviendo en su guardilla y trabajaba en la imprenta con
-intermitencias.</p>
-
-<p>Un domingo del mes de Noviembre, después de comer, Jesús preguntó á
-Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;¿No vas á ir hoy á La Aurora? Vamos á tener junta.</p>
-
-<p>&mdash;¿En dónde? ¿En la taberna de Chaparro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no voy. ¿A qué?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué burgués te estás haciendo! Allá estará tu hermano; va todas las
-noches.</p>
-
-<p>&mdash;Le están haciendo la pascua á Juan, metiéndole en esas cosas de
-anarquismo, que no son más que memadas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya has renegado también de la idea?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, á mí la anarquía me parece bien, con tal de que venga en
-seguida y le dé á cada uno los medios de tener su casita, un huertecillo
-y tres ó cuatro horas de trabajo; pero para no hacer más que hablar y
-hablar, como hacéis vosotros, para llamarse compañeros, y saludarse
-diciendo: ¡Salud! Para eso prefiero ser sólo impresor.</p>
-
-<p>&mdash;Tú con anarquía ó sin anarquía serás siempre un burgués infecto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es que es necesario ser anarquista y emborracharse para vivir?</p>
-
-<p>&mdash;Claro que sí; por lo menos tomar la vida de otra manera. Conque,
-¿vienes ó no á La Aurora?<a name="page_118" id="page_118"></a></p>
-
-<p>&mdash;Bueno; iré á ver lo que es eso. El día menos pensado os van á meter á
-todos en la cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia! hay la mar de puertas en el solar ese.</p>
-
-<p>Jesús contó que hacía unos días habían estado unos polizontes, por una
-delación, en la taberna y se encontraron con que no había nadie.</p>
-
-<p>Entraron Jesús y Manuel en la taberna, y por la puerta de al lado del
-mostrador pasaron á un cuarto con un zócalo de madera, con una mesa
-redonda en medio. Había ya diez ó doce personas, y entre los conocidos
-de Manuel, estaba el señor Canuto y Rebolledo. El cuarto era tan chico,
-que no cabían en él. Iba viniendo más gente.</p>
-
-<p>El Libertario llamó á Chaparro.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay un sitio por ahí donde pudiéramos meternos?&mdash;le preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;En esa cosa con cristales que tienen ustedes, ¿no se podría entrar?</p>
-
-<p>&mdash;¿En el invernadero? Ahí no hay sillas, ni mesa ni nada.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero ya ve usted. Aquí no cabemos. ¿Hay luz?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues traiga usted unas velas.</p>
-
-<p>Salieron al solar; estaba lloviendo á cántaros. Corriendo se metieron en
-el invernadero. El Inglés y el Libertario trajeron entre los dos<a name="page_119" id="page_119"></a> una
-mesita, la pusieron en el centro y encima dos bujías metidas en dos
-frascos vacíos. No había sillas y se fueron sentando unos sobre un
-banco, otros en tiestos colocados del revés, y otros en el suelo. Tenía
-aquello un aspecto tétrico; la llama de las bujías temblaba á impulsos
-del viento, sonaba la lluvia densa y ruidosa en los cristales y al
-escampar se oía el tintineo acompasado y metálico de las goteras. Sin
-saber por qué todos hablaban bajo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo, compañeros&mdash;dijo Juan, levantándose y acercándose á la
-mesa&mdash;, que el que tenga algo práctico que decir debe levantarse y
-hablar. Hemos constituído este grupo de partidarios de la idea. Casi
-todos conocemos este sitio por el nombre de Aurora; como nuestro grupo
-debe tener un nombre, por si hay que relacionarlo con otras sociedades,
-propongo que desde hoy se llame Aurora Roja.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aceptado! ¡Aceptado!</p>
-
-<p>La mayoría estuvo conforme. Algunos propusieron otros nombres, como
-Ravachol, Angiolillo, Ni Dios ni amo; pero en general, todos fueron de
-parecer que se pasara á otro punto y que quedase el nombre de Aurora
-Roja.</p>
-
-<p>Luego de aclarado esto, se levantó un joven delgado, vestido de negro, y
-echó un verdadero discurso. ¿Qué había que hacer? ¿Qué<a name="page_120" id="page_120"></a> fin había de
-perseguir el grupo designado con el nombre de Aurora Roja? Unos eran
-partidarios de la labor puramente individual; pero él encontraba que
-esta labor individual tenía un carácter poco revolucionario y era
-demasiado cómoda. Uno que no fuese escritor, ni orador, ni anarquista de
-acción, que no se reuniera ni se asociara, podía echárselas de
-anarquista tremendo y hasta podía serlo con la misma tranquilidad que un
-coleccionista de sellos. Además, no había peligro en esto.</p>
-
-<p>&mdash;Y eso ¿qué importa?&mdash;dijo Juan&mdash;; á nadie se le exige que sea
-valiente. Los actos de los anarquistas tienen más valor por eso, porque
-nacen de su conciencia y no de mandato alguno.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;dijeron los demás.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no lo niego; lo que yo quiero decir es que no necesitamos liebres
-con piel de león, y que sería conveniente un compromiso entre todos
-nosotros.</p>
-
-<p>Mientras este joven defendía la necesidad de la asociación, Jesús
-explicó á Manuel quién era. Se llamaba César Maldonado y era estudiante;
-había figurado entre la juventud republicana. Era hijo de un mozo de
-café y había muchas probabilidades para creer que su anarquismo era una
-manera de vengarse de la posición humilde de su padre. En el fondo, el
-joven aquel era un presuntuoso, lleno de<a name="page_121" id="page_121"></a> esa soberbia jacobina que sabe
-disimular las bajas pasiones con grandes frases.</p>
-
-<p>A su lado, y defendiendo todas sus ideas, había un vascongado, alto y
-ancho, cargado de espaldas, que se llamaba Zubimendi, hombre triste, con
-unos puños formidables, que no hablaba apenas, que había sido pelotari,
-y últimamente se dedicaba á servir de modelo.</p>
-
-<p>&mdash;Para formar una asociación habrá que hacer un reglamento, ¿no es
-eso?&mdash;preguntó el Libertario levantándose.</p>
-
-<p>&mdash;Según&mdash;contestó Maldonado&mdash;. Yo no creo que deba haber reglamento;
-basta un lazo de unión; pero lo que sí considero indispensable es poner
-un límite al ingreso en el grupo y otorgar ciertas prerrogativas para
-los directores; pues si no, los elementos extraños podían llegar hasta
-cambiar el objeto que perseguimos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;replicó el Libertario&mdash;, soy enemigo de todo compromiso y de toda
-asociación que no esté basada en la inclinación libre. ¿Vamos á
-comprometernos á una cosa y á resolver nuestras dudas por el voto? ¿por
-la ley de las mayorías? Yo, por mi parte, no; si hay necesidad de
-comprometerse y de votar, no quiero pertenecer al grupo.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que ser prácticos&mdash;replicó Maldonado.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo fuera práctico, hace tiempo hubiese puesto una casa de empeños.<a name="page_122" id="page_122"></a></p>
-
-<p>Se levantó un hombre alto, delgado, rubio, picado de viruelas, de
-aspecto enfermizo, con el bigote fino y bien cuidado, y se acercó á la
-mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Compañeros&mdash;dijo sonriendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es éste?&mdash;preguntó Manuel á Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;El Madrileño, un chico listo que trabaja en el Tercer Depósito.</p>
-
-<p>&mdash;Compañeros: A mí me parece que vuestro pleito se puede resolver con
-mucha facilidad. El que quiera asociarse y comprometerse, que lo haga;
-el que no, que lo deje.</p>
-
-<p>Excepto tres ó cuatro partidarios de Maldonado que defendieron la
-utilidad del compromiso, los demás no quisieron asociarse.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿para qué reunirnos?&mdash;preguntó uno de los amigos del
-estudiante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?&mdash;contestó Juan&mdash;; para hablar, para discutir, para
-prestarnos libros, para hacer la propaganda, y si llega el momento de
-ejecutar, individual ó colectivamente, cada uno hará lo que su
-conciencia le dicte.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, por mi parte, estoy conforme con esto&mdash;dijo el Libertario&mdash;. Que
-cada cual sea responsable de sus actos. No podemos aceptar una
-solidaridad con nadie desde el momento que todavía ni siquiera nos
-conocemos... De manera que el que quiera reunirse libremente, el domingo
-que viene aquí estaremos.</p>
-
-<p>Se levantaron todos.<a name="page_123" id="page_123"></a></p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos&mdash;dijo uno&mdash;; que ha dejado de llover.</p>
-
-<p>Salieron al solar, que estaba encharcado, y se despidieron, dándose
-fuertes apretones de manos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Salud, compañero!</p>
-
-<p>&mdash;¡Salud!</p>
-
-<p>Y en todos ellos se notaba cierta alegría de jugar á los
-revolucionarios...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>El mismo Manuel, á pesar de su aburguesamiento, sintió el atractivo de
-aquella reunión, y al domingo siguiente estaba en la Aurora
-fraternizando con los compañeros.</p>
-
-<p>Formaron la peña en la tejavana de uno de los juegos de bolos, que no se
-utilizaba. Allí se podía hablar libremente. Cada domingo se iba haciendo
-el grupo más numeroso; se habían comprado folletos anarquistas de
-Kropotkine, de Réclus y Juan Grave, y pasaban de una mano á otra. Ya
-comenzaban á hablar todos con cierta terminología pedante, entre
-sociológica y revolucionaria, traducida del francés.</p>
-
-<p>En el grupo se manifestaron pronto tres tendencias: la de Juan, la del
-Libertario y la del estudiante César Maldonado. El anarquismo de Juan
-tenía un carácter entre humanitario y artístico. No leía Juan casi nunca
-libros anarquistas; sus obras favoritas eran las de Tolstoï y las de
-Ibsen.<a name="page_124" id="page_124"></a></p>
-
-<p>El anarquismo del Libertario era el individualismo rebelde, fosco y
-huraño; de un carácter más filosófico que práctico; y la tendencia de
-Maldonado entre anarquista y republicana radical, tenía ciertas
-tendencias parlamentarias. Este último quería dar á la reunión aire de
-club; pero ni Juan ni el Libertario aceptaban esto; Juan, porque veía
-una imposición, y el Libertario, además de esto, por temor á la policía.</p>
-
-<p>Una última forma de anarquismo, un anarquismo del arroyo era el del
-señor Canuto, del Madrileño y de Jesús. Predicaban éstos la destrucción,
-sin idea filosófica fija, y su tendencia cambiaba de aspecto á cada
-instante, y tan pronto era liberal como reaccionaria.</p>
-
-<p>El primer domingo, en la reunión del juego de bolos, el señor Canuto
-llevó la voz cantante. El señor Canuto había sido uno de los entusiastas
-de La Internacional, y cuando la escisión de los partidarios de Marx y
-de los de Bakounine, el señor Canuto se había puesto del lado de
-Bakounine. Había saludado con entusiasmo la Commune, creyendo que venía
-con ella la revolución social; después tuvo sus ilusiones con el
-levantamiento de Cartagena; luego, todas las asonadas, todos los
-motines, pensó que iban á traer la gorda; hasta que al último,
-desesperanzado ya, no quería oir hablar de nada. Era de los entusiastas
-de Pí y Margall; había<a name="page_125" id="page_125"></a> conocido al caballero Fanelli, á Salvochea, á
-Serrano, á Mora, y recordaba una porción de frases extravagantes de
-Teobaldo Nieva, el autor de la <i>Química de la cuestión social</i>.</p>
-
-<p>Las historias del señor Canuto tenían para todos cierto carácter
-arcaico, y no llegaron á interesar. Hablaba de cosas pasadas, de
-artículos de <i>El Condenado</i> y de <i>La Solidaridad</i>, y de las épocas en
-que él había tenido gran mano en las cuestiones de los anarquistas.</p>
-
-<p>Apenas estaba enterado de las corrientes modernas, y la fama de
-Kropotkine y Grave, cuyos libros no había leído, le parecía una
-usurpación cometida en contra de Fourrier, Proudhon y otros. Es verdad
-que tampoco había leído las obras de éstos; pero sus nombres le sonaban.</p>
-
-<p>El quería su anarquía, la de su tiempo, la de Ernesto Alvarez, sobre
-todo. Estas últimas cosas catalanas, como decía él con cierto desdén, le
-molestaban.</p>
-
-<p>No tuvo esta segunda reunión el mismo atractivo que la primera, y muchos
-salieron aburridos. Con el objeto de avivar el interés, se anunció para
-el domingo siguiente, que se discutirían puntos de la doctrina y que
-Maldonado y Prats contestarían á las objeciones que se les hicieran.</p>
-
-<p>&mdash;Este Prats, ¿quién es?&mdash;preguntó Manuel al Madrileño.<a name="page_126" id="page_126"></a></p>
-
-<p>Se lo presentó. Era un hombre bajo, barbudo, con una cara de pirata
-berberisco, de un color bronceado, con rayas y vetas negruzcas. Tenía
-este hombre pelos en toda la cara, alrededor de los ojos, en la nariz
-aguileña, en las orejas. Con su aspecto terrible, su manera de hablar
-bronca, las manos de oso, peludas y deformes, imponía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vendrás el domingo, compañero?&mdash;le dijo á Manuel después de
-saludarle.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, hasta el domingo.</p>
-
-<p>Y se dieron un apretón de manos.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya un tipo&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No es tan tremendo como parece este Rama Sama&mdash;añadió el Madrileño&mdash;.
-En fin, veremos si el domingo esto se anima.</p>
-
-<p>Salieron Manuel y el Madrileño. Era el Madrileño, por lo que le oyó
-decir Manuel, hombre burlón y paradójico y que tenía un gran fondo de
-malicia. Su tipo de anarquista, según aseguraba, era Pini el estafador,
-y le encantaba que unos ladrones hubiesen dado dinero á Juan Grave. A
-Manuel le pareció que debía ser un hombre capaz de sacrificarlo todo por
-una frase ingeniosa ó por un chiste.</p>
-
-<p>El Madrileño había sido amigo de Olvés, de Ruiz y Suárez, autores de una
-explosión en la Huerta, el hotel donde vivía Cánovas.</p>
-
-<p>&mdash;Paco Ruiz era un hombre de buen corazón<a name="page_127" id="page_127"></a>&mdash;le dijo á Manuel. Si yo
-hubiera estado en Madrid, no hubiese hecho la barbaridad de poner la
-bomba en casa de Cánovas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no hizo daño á nadie con la bomba?&mdash;le preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;A nadie más que á él, que murió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo no se pudo escapar?</p>
-
-<p>&mdash;Se pudo escapar. Verás lo que pasó; él llevaba una botella de pólvora
-cloratada, la puso delante de la verja del hotel y encendió la mecha.
-Cuando se retiraba, vió que iba á entrar una criada con unos niños.
-Inmediatamente Paco volvió, recogió la botella y en la mano le estalló;
-le arrancó el brazo la explosión y lo dejó muerto.</p>
-
-<p>El Madrileño, conocido de la policía como amigo de anarquistas, había
-sido víctima de un seudocomplot de la calle de la Cabeza, y había estado
-algunos meses preso.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_128" id="page_128"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_II-b" id="CAPITULO_II-b"></a>CAPÍTULO II</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">El derecho.&mdash;La ley.&mdash;La esclavitud.&mdash;Las vacas.&mdash;Los negros.&mdash;Los
-blancos.&mdash;Otras pequeñeces.</p></div>
-
-<p>El domingo siguiente llegó Manuel tarde á la reunión; hacía un hermoso
-tiempo de invierno, y Manuel y Salvadora lo aprovecharon para pasear.</p>
-
-<p>Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en el
-período álgido.</p>
-
-<p>&mdash;Qué tarde&mdash;le dijo el Madrileño&mdash;te has perdido; la gran juerga; pero,
-en fin, todavía continúa.</p>
-
-<p>Las caras estaban congestionadas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son los que discuten?</p>
-
-<p>&mdash;El estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.</p>
-
-<p>El jorobado era Rebolledo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que proclamamos nosotros&mdash;decía el estudiante Maldonado con voz
-iracunda&mdash;es el derecho al bienestar de todos.</p>
-
-<p>&mdash;Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado&mdash;replicó Rebolledo
-padre.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener
-derecho. Todos tenemos<a name="page_129" id="page_129"></a> derecho al bienestar; todos tenemos derecho á
-edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no
-tuviéramos derecho.</p>
-
-<p>&mdash;Se pueda ó no se pueda, el derecho es el mismo&mdash;replicó Maldonado.</p>
-
-<p>&mdash;Claro&mdash;dijo Prats.</p>
-
-<p>&mdash;No, claro no&mdash;y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con
-vigorosos signos negativos&mdash;, porque el derecho de la persona varía con
-los tiempos y hasta con los países.</p>
-
-<p>&mdash;El derecho es siempre el mismo&mdash;afirmó el grupo jacobino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero cómo antes se podía hacer una cosa, por ejemplo, tener esclavos,
-y ahora no?&mdash;preguntó el jorobado.</p>
-
-<p>&mdash;Porque las leyes eran malas.</p>
-
-<p>&mdash;Todas las leyes son malas&mdash;afirmó rotundamente el Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito&mdash;dijo con
-ironía el Madrileño&mdash;, ladran á los que llevan blusa y mala ropa.</p>
-
-<p>&mdash;Si se suprimiera el Estado y las leyes&mdash;afirmó uno de los
-circunstantes&mdash;los hombres volverían á ser buenas personas.</p>
-
-<p>&mdash;Esa es otra cuestión&mdash;repuso con desdén Maldonado&mdash;, yo le contestaba
-al señor&mdash;y señaló á Rebolledo&mdash;y ¡la verdad! no recuerdo lo que decía.</p>
-
-<p>&mdash;Usted decía&mdash;dijo el jorobado&mdash;que las leyes<a name="page_130" id="page_130"></a> antiguas, que permitían
-tener esclavos, eran malas, y yo no digo que no; lo que sí afirmo es que
-si volvieran aquellas leyes, volvería á haber el derecho de tener
-esclavos.</p>
-
-<p>&mdash;No... la ley es una cosa, el derecho es otra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué es el derecho entonces?</p>
-
-<p>&mdash;El derecho es lo que á cada uno le corresponde naturalmente como
-hombre... Todos tenemos derecho á la vida; creo que no lo negará usted.</p>
-
-<p>&mdash;Ni lo niego ni lo afirmo... pero que mañana vengan los negros, por
-ejemplo, á Madrid, y á este quiero y á este no quiero, empiecen á cortar
-cabezas; ¿qué hace usted con el derecho á la vida?</p>
-
-<p>&mdash;Podrán quitar la vida, no el derecho á la vida&mdash;replicó Prats.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho á la vida?</p>
-
-<p>&mdash;Aquí en Madrid todo se resuelve con chistes&mdash;dijo el catalán enfadado.</p>
-
-<p>&mdash;No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted un reaccionario.</p>
-
-<p>&mdash;Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han
-convencido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es que usted no cree&mdash;gritó Maldonado&mdash;que todo el que nace
-tiene derecho á vivir?<a name="page_131" id="page_131"></a></p>
-
-<p>&mdash;No sé&mdash;contestó el jorobado&mdash;; las vacas también nacen y deben tener
-derecho á vivir; pero, á pesar de esto, las matamos y nos las comemos en
-bisteck, es decir, se las comen los que tienen dinero.</p>
-
-<p>Se echaron todos á reir.</p>
-
-<p>&mdash;Es que se va de la cuestión&mdash;dijo Prats.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;replicó el jorobado&mdash;, es que á mí las pamplinas me hacen la
-santísima, ¿sabe usted? y aquí se habla mucho, pero no se dice <i>na</i>.
-Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte,
-y <i>pa</i> mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si á mí
-me quisieran demostrar que tengo derecho á quitarme la joroba. Yo creo
-que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que
-tengo que pasar una botella de vino por las puertas y me la ven, que yo
-haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar.
-¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero que mañana
-suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda,
-aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho de exigirme nada. Yo
-encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no
-puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni
-más filosofía que eso.</p>
-
-<p>&mdash;Así, echándolo todo á rodar, no hay discusión posible&mdash;dijo
-Maldonado.<a name="page_132" id="page_132"></a></p>
-
-<p>&mdash;Yo encuentro que tiene razón&mdash;exclamó el Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, desde su punto de vista sí&mdash;añadió Juan.</p>
-
-<p>&mdash;De esa manera de pensar&mdash;repuso el Libertario&mdash;son la mayoría de los
-españoles. En un pueblo donde hay un cacique, no se pregunta si el
-cacique tiene razón ó no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más
-fuerte... pues tiene razón... Es la ley natural... la lucha por la vida.</p>
-
-<p>El jorobado quedó algo engreído de su triunfo, y sin duda no quiso
-quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta
-modestia añadió al cabo de un rato:</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé de estas cuestiones nada, hablo al buen tum tum... ahora, hay
-cosas que me parecen bien, como lo que se ha dicho antes, de repartir el
-trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted á
-impedir que el hijo herede al padre?&mdash;preguntó Maldonado.</p>
-
-<p>&mdash;Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos
-los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego
-el listo y el trabajador que vayan arriba; el holgazán que se fastidie.</p>
-
-<p>&mdash;Con la anarquía no habrá holgazanes&mdash;dijo Prats.<a name="page_133" id="page_133"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización
-social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros
-tampoco.</p>
-
-<p>Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el que guarde dinero?&mdash;preguntó el jorobado.</p>
-
-<p>&mdash;No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los ladrones?</p>
-
-<p>&mdash;No habrá ladrones.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los criminales?... ¿los asesinos?</p>
-
-<p>&mdash;No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que
-asesine para robar.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.</p>
-
-<p>&mdash;Esos son enfermos y hay que curarlos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Entonces las cárceles se convertirán en hospitales?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y lo alimentarán á uno allá sin hacer nada?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues va á ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.</p>
-
-<p>&mdash;Usted todo lo quiere tomar al pie de la<a name="page_134" id="page_134"></a> letra&mdash;dijo Prats&mdash;. Esas
-cosas de detalles se estudiarán.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, y otra cosa: ¿Los obreros qué vamos ganando con la anarquía?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? mejorar la vida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ganaremos más?</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.</p>
-
-<p>&mdash;Eso quiere decir que á cada uno se le dará lo que merece.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?</p>
-
-<p>&mdash;¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado?&mdash;dijo Prats de mal
-humor.</p>
-
-<p>&mdash;En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los
-inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa
-el trabajo?</p>
-
-<p>Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al
-catalán, que dijo en un arranque de mal humor:</p>
-
-<p>&mdash;Esos, que vayan á romper piedra á la carretera.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;arguyó Maldonado&mdash;, que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he
-escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he
-hecho este par de zapatos», y no será el uno superior al otro.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;replicó Rebolledo&mdash;, pero aun suponiendo que el inventor no sea
-superior al<a name="page_135" id="page_135"></a> zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente
-una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior á
-otro, y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros malos,
-y unos superiores á otros.</p>
-
-<p>&mdash;No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso no puede ser.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Porque es como si yo le dijera á usted: «Este banco es mayor que esa
-bocha», y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos á suprimir
-los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es
-mayor ó menor.»</p>
-
-<p>&mdash;Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted
-comprender que el mundo cambie en absoluto&mdash;dijo Maldonado con desdén.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de
-que tenga que variar; de lo que dudo es de que ustedes sepan cómo va á
-variar. Porque usted me dice no habrá ladrones, no habrá criminales,
-todos serán iguales... no lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;No lo crea usted.</p>
-
-<p>&mdash;Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su
-palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.<a name="page_136" id="page_136"></a></p>
-
-<p>Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto
-del barbero.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;Me ha convencido usted&mdash;le dijo Manuel al jorobado.</p>
-
-<p>&mdash;Claro&mdash;exclamó el Madrileño impaciente&mdash;, como que todas esas fórmulas
-son mamarrachadas. No hay más que una cosa: la Revolución por la
-Revolución, <i>pa</i> divertirse.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es&mdash;dijo el señor Canuto&mdash;; qué tanta teoría, ni tanta alegoría,
-ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego á todo? pues á
-ello y echar con las tripas al aire á los <i>burgantes</i>, y tirar todas las
-iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos
-los conventos, y todas las cárceles..... Y si se ve á un cura, ó á un
-general, ó á un juez, se acerca uno á él disimuladamente y se le da un
-buen <i>cate</i> ó una <i>puñalá</i> trapera... y adivina quién te dió... Eso es.</p>
-
-<p>Prats protestó diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y
-humanos y no una partida de asesinos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero será este hombre mendrugo!&mdash;exclamó el señor Canuto en el colmo
-del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor,
-le dijo:&mdash;Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me
-dolían á mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto
-algo en la vida&mdash;poniéndose el<a name="page_137" id="page_137"></a> dedo índice junto al párpado inferior
-del ojo derecho&mdash;más que muchos y he cambiado de táctica militar. ¿Está
-usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el
-sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema
-actual es mismamente tan científico como un maüser. Echa usted el cañón
-para fuera y dispara... pum... pum... pum... todas las veces que usted
-quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible
-que se atraviese usted el corazón.</p>
-
-<p>&mdash;No le entiendo á usted&mdash;dijo el catalán.</p>
-
-<p>&mdash;¿No?&mdash;y el señor Canuto sonrió mirando á su interlocutor con
-lástima&mdash;. ¡Qué le vamos á hacer! Quizá yo no dé pie con bola&mdash;y
-haciéndose el humilde continuó&mdash;: pero sí que me figuraba conocer un
-poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos á cuentas. Si usted tiene
-una caballería ó un niño, es igual para el caso, con úlceras
-escrofulosas, ¿qué hace usted?</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.</p>
-
-<p>&mdash;Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Claro.</p>
-
-<p>&mdash;Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al
-enfermo; yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda,
-aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera,
-paliar,<a name="page_138" id="page_138"></a> ó lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta
-cosa, disimular las úlceras, ó sea poner encima una capa de polvos de
-arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras
-sociales.</p>
-
-<p>&mdash;Será verdad; á mí no me lo parece.</p>
-
-<p>&mdash;¿No?, pues á mi sí. Yo le daría á usted un consejo. No se si se
-ofenderá usted. Eso es.</p>
-
-<p>&mdash;No, señor; yo no me ofendo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues hágase usted socialista.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque eso que dice usted y hacerse <i>socialero</i>, es lo mismo que ir á
-cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted? y una escopeta de
-caña. Eso es.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_139" id="page_139"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_III-b" id="CAPITULO_III-b"></a>CAPÍTULO III</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">No hay que confiar en los relojes ni en la milicia.&mdash;Las mujeres
-son buenas, aun las que dicen que son malas.&mdash;Los borrachos y los
-perros.</p></div>
-
-<p>Comenzaba ya á encarrilarse la imprenta. El trabajo se iba
-regularizando; pero Manuel ni un momento podía dejar el taller. Así, que
-si alguna diligencia tenía que hacer, la hacía de noche, después de
-cerrar la tienda. Jesús seguía viviendo en la casa, sin trabajar y sin
-hacer nada. Por las tardes iba á ver al señor Canuto, á charlar con él;
-luego cenaba, se acostaba, y al día siguiente aparecía á la hora de
-comer; muchas veces no se le veía el pelo.</p>
-
-<p>&mdash;Jesús tiene dinero&mdash;le dijo una vez la Salvadora á Manuel&mdash;, ¿qué
-hace? ¿trabaja en algún lado?</p>
-
-<p>&mdash;Que yo sepa, no.</p>
-
-<p>&mdash;Pues tiene dinero.</p>
-
-<p>&mdash;No sé cómo se las arreglará.</p>
-
-<p>Una noche que Manuel fué á casa de un editor á entenderse con él para la
-publicación de unos libros, se le hizo tarde, y al llegar á la plaza del
-Callao vió á Jesús parado en una esquina, borracho, sin poder
-sostenerse. Manuel<a name="page_140" id="page_140"></a> pensó en seguir adelante sin hacerle caso, pero
-luego le dió lástima y se acercó á él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haces aquí?&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es usted... para preguntarme á mí eso?&mdash;tartamudeó Jesús&mdash;. Ah,
-¿eres tú? Estaba tomando el fresco.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes una curda indecente. Vamos á casa. ¡Anda!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué anda? ¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo estás! No te puedes tener.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á ti qué te importa? Tú no eres más que un cochino burgués...
-eso... y un avaro. Entre tu hermano y esa otra te han hecho un roñoso...
-y un mal compañero.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; yo seré un burgués; pero no huelo que apesta, como tú.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿á qué huelo yo? A vino, á vino...</p>
-
-<p>Jesús decía á vino, como hubiera dicho á rosas.</p>
-
-<p>&mdash;Eres un sinvergüenza&mdash;exclamó Manuel&mdash;, un borracho indecente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú sabes por qué me emborracho yo? ¿Tú sabes? Porque tengo un ansia
-muy grande; porque tengo una sed...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, una sed de vino y aguardiente.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿para qué hablo yo con hombres que no me comprenden?... Soy un
-huérfano...</p>
-
-<p>&mdash;Mira, no me vengas con cosas de zarzuela. ¡A casa!</p>
-
-<p>&mdash;¿A casa?... No quiero. Mira, Manuel, yo<a name="page_141" id="page_141"></a> no sé qué tengo más grande,
-si el cerebro ó el corazón..., porque mira que yo tengo cerebro...</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que lo que tú tienes mayor es la <i>asaúra</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Pues aún tengo mayor el estómago, ¡gracioso! Y á mí no me vengas tú
-con esos ratimagos de chulo, ¿sabes?, porque tú serás un buen tipógrafo;
-pero de gracia madrileña... no tienes ni tanto así.</p>
-
-<p>&mdash;Ni me importa.</p>
-
-<p>&mdash;Y tú, ¿por qué no te emborrachas?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no quiero.</p>
-
-<p>&mdash;Porque no quieres, ¿eh?... Te conozco, lebrel... Tu tienes una
-tristeza muy honda...</p>
-
-<p>&mdash;Sí; soy un pobre huerfanito como tú.</p>
-
-<p>&mdash;No...; tú no eres más que un burgués..., y la otra tiene la culpa...,
-porque antes eras un buen compañero...; pero la otra te domina, y tú ya
-no sabes hacer nada sin ella.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, hombre; me domina; ¿qué le vamos á hacer?</p>
-
-<p>Al llegar á una taberna de la calle Ancha, Jesús se detuvo, se apoyó de
-espaldas á la pared, y afirmó rotundamente que no se iba de allí aunque
-lo mataran.</p>
-
-<p>&mdash;¡Anda, no seas estúpido!&mdash;le dijo Manuel&mdash;; te voy hacer andar á
-patadas.</p>
-
-<p>&mdash;Pégame; pero no me voy.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué quieres hacer?<a name="page_142" id="page_142"></a></p>
-
-<p>&mdash;Tomar aquí unas copas.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, tómalas.</p>
-
-<p>En esto pasó de prisa una mujer. Jesús se abalanzó sobre ella; la mujer
-comenzó á chillar asustada.</p>
-
-<p>&mdash;Está borracho; no le haga usted caso&mdash;le dijo Manuel interponiéndose
-entre los dos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;replicó Jesús&mdash;. La convido á cenar. ¿Quieres venir á cenar
-conmigo, prenda?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Porque tengo que ir á casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿A casa á las dos de la mañana? ¿A qué?</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿son las dos?&mdash;preguntó la muchacha á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No debe faltar mucho.</p>
-
-<p>Pasaron por delante de la Universidad y miraron al reloj. Eran las dos
-en punto. La muchacha quedó asombrada y vacilante luego se decidió y se
-echó á reir. Estaba algo alegre, y tenía la blusa con las puntillas
-rotas y manchada de vino. Contó que había ido con su novio, que era
-sargento, y con otra amiga, con su correspondiente galán, á los Cuatro
-Caminos. Allí los novios les habían hecho beber á las dos, hasta
-emborracharlas; luego las engañaron, diciéndoles que eran las seis,
-cuando daban las nueve, y que eran las nueve cuando daba ya la una. Ella
-estaba sirviendo y pensaba<a name="page_143" id="page_143"></a> llegar á una hora regular á casa; pero ya
-que no podía, le tenía todo sin cuidado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué vas á hacer?&mdash;le preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Dejaré la casa y buscaré otra.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que vamos á hacer&mdash;dijo Jesús&mdash;es irnos los tres á cenar ahora
-mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; vamos donde queráis&mdash;exclamó la muchacha, y se agarró del brazo
-á Manuel y á Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bravo!&mdash;gritó Jesús&mdash;. ¡Olé por las mujeres valientes!</p>
-
-<p>Manuel vaciló; le esperarían en casa... Aunque ya se habrían acostado.</p>
-
-<p>&mdash;Un día es un día&mdash;murmuró&mdash;. Vamos allá&mdash;; además, la muchacha era
-agradable, con la nariz respingona, abundante de pecho y de caderas.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que vas á dejar á tus amos?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué voy á hacer!</p>
-
-<p>&mdash;Bien hecho&mdash;gritó Jesús&mdash;; deja á los amos...; que les sirva su señora
-mamá... ¡Mueran los burgueses!</p>
-
-<p>&mdash;Calla&mdash;exclamó Manuel&mdash;; van á venir los guardias.</p>
-
-<p>&mdash;Que vengan... Yo me río de los guardias municipales..., y de los
-guardias civiles... y de los guardias de orden público... Y yo le digo á
-esta mujer que es un cachito de gloria, que<a name="page_144" id="page_144"></a> hace bien en ir á los
-Cuatro Caminos... con el sargento, con el soldado ó con quien le dé la
-gana... Todos somos libres. Pues ¡qué!, ¿las amas no tienen también sus
-líos?... ¿Verdad, corazón?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo.</p>
-
-<p>La muchacha cogió estrechamente del brazo á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú no dices nada?</p>
-
-<p>&mdash;Que tienes una espetera, que ya ya.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras más gracia dé Dios, ¡mejor!&mdash;replicó ella riendo&mdash;. ¿Cómo te
-llamas?</p>
-
-<p>&mdash;Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué eres?</p>
-
-<p>&mdash;Este&mdash;saltó Jesús&mdash;, este es un cochino burgués... que quiere hacerse
-rico... para casarse con una mujer... y poner entre los dos una casa de
-préstamos... ¡Ja... ja!...</p>
-
-<p>&mdash;No le hagas caso&mdash;dijo Manuel&mdash;, no sabe lo que se dice. ¿Cómo te
-llamas tú?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, Paca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás sirviendo de veras?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Varias veces Jesús trató de coger á la muchacha por el talle y de darle
-un beso.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; si éste me agarra, me voy&mdash;dijo ella.</p>
-
-<p>Jesús, ofendido, comenzó á insultarla.</p>
-
-<p>&mdash;A mí lo que me sobran son mujeres más guapas que tú... ¿sabes?... y tú
-no eres más<a name="page_145" id="page_145"></a> que una fregona..., y yo tengo siempre cinco duros en el
-bolsillo <i>pa</i> tirarlos..; ese que va contigo es un gallina..., y si no,
-que salga..., porque le voy á romper un ala.</p>
-
-<p>Manuel se volvió y cogió de un brazo á Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;Si es una broma&mdash;dijo éste&mdash;. Parece mentira que te pongas así por una
-broma. ¡Si á mí me gusta que vayas con ella, hombre! ¡Si yo no soy un
-ganguero como tú! Y ahora voy á convidar yo á otra, y nos iremos á
-cenar.</p>
-
-<p>Efectivamente, invitó á una mujer, y los cuatro entraron en una taberna
-de la calle del Horno de la Mata, que estaba llena, y pasaron á un
-cuartito, precedidos de un muchacho con un mandil azul.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué desean los señores?&mdash;preguntó éste.</p>
-
-<p>&mdash;Tráete&mdash;le dijo Jesús&mdash;dos raciones de pescado frito, chuletas asadas
-para cuatro..., queso, y que manden por unos cafés... ¡Ah!, y mientras
-tanto, á ver si hay por ahí unas aceitunas y una botella de vino blanco.</p>
-
-<p>&mdash;Todo esto lo voy á tener que pagar yo&mdash;pensó Manuel.</p>
-
-<p>Sirvieron las aceitunas y el vino, y Jesús llenó las copas. La mujer que
-había venido con Jesús, era pálida, con el pelo negro y lustroso,
-peinado como un casco. Contempló á la criada con curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;Tú no eres de la vida&mdash;la dijo.<a name="page_146" id="page_146"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?&mdash;preguntó la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;saltó Manuel&mdash;; es una chica que está sirviendo. Oye&mdash;y Manuel
-atrajo hacia sí á la Paca&mdash;, ¿qué te suelen decir los amos?</p>
-
-<p>&mdash;¡Tantas cosas!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú qué les contestas?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?... pues, según.</p>
-
-<p>&mdash;Bah&mdash;murmuró Manuel&mdash;, ya veo que ese sargento no ha sido el primero.</p>
-
-<p>La muchacha se echó á reir á carcajadas. La otra mujer se quitó de la
-cintura el brazo con que Jesús la estrechaba.</p>
-
-<p>&mdash;No seas pelma&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>La mujer aquella tenía la tez marchita, los ademanes tímidos. Había en
-ella cierta dignidad, que indicaba que no era de las nacidas con
-vocación para su triste oficio. En los ojos negros, en el rostro
-prematuramente arrugado, se leía la fatiga, el insomnio, el abatimiento,
-todo esto amortiguado por un velo de indiferencia y de insensibilidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que tú estás sirviendo?&mdash;preguntó la mujer pálida á la
-criada.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué edad tienes?</p>
-
-<p>&mdash;Diez y ocho años.</p>
-
-<p>&mdash;Yo tengo una hija que tiene quince.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;No parece que tenga usted edad bastante.<a name="page_147" id="page_147"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí, soy vieja; he cumplido ya treinta y cuatro. La chica está en Avila
-con mis padres. Yo, claro, no quiero que venga conmigo, y los abuelos
-suyos son pobres. Cuando tengo algún dinero se lo envío.</p>
-
-<p>Jesús se puso serio, y comenzó á preguntarle por su vida.</p>
-
-<p>&mdash;Hace un año tuve un hijo, y me lo tuvieron que sacar con unos
-ganchos&mdash;siguió contando la mujer mientras cortaba la carne con el
-cuchillo&mdash;. Desde entonces estoy mala; luego, hace unos meses, he tenido
-el tifus, me llevaron al Cerro del Pimiento, y allí me quitaron toda la
-ropa que tenía. Salí tan desesperada, que quise matarme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Se quiso usted matar!&mdash;exclamó la criada.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hizo usted?</p>
-
-<p>&mdash;Cogí las cabezas de unos fósforos, las eché en un vaso de aguardiente,
-hasta que se deshicieron, y lo bebí. ¡Me entraron unos dolores!... Vino
-un médico y me dió un vomitivo. Luego, durante cuatro ó cinco días,
-echaba el aliento en la obscuridad, y brillaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero tan desesperada estaba usted?&mdash;preguntó la criada.</p>
-
-<p>&mdash;Tú no sabes cómo vivimos nosotras. ¿Ves? Hoy yo no gano; pues mañana
-tengo que empeñar esta blusa, y si me ha costado tres duros, me dan por
-ella dos pesetas. Luego, á los<a name="page_148" id="page_148"></a> hombres les gusta hacer sufrir á las
-mujeres... Créeme, hija, sigue sirviendo; por muy mal que estés, no
-estarás peor que así...</p>
-
-<p>Jesús dijo que se había puesto malo, y salió del cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no podría usted encontrar algún trabajo?&mdash;preguntó Manuel á la
-mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? ¿A dónde voy? No tengo fuerza... estoy <i>anemia</i>. Además, está una
-acostumbrada á hablar mal y á beber, y la conocen á una lo que es en
-seguida. Si tuviera salud, me hubiera puesto á nodriza. Todavía tengo
-leche. Con tu permiso, rubia&mdash;dijo á la criada&mdash;y se desabrochó la
-blusa, sacó el pecho, y apretó la ubre con dos dedos.&mdash;Ahora, que esto
-debe estar envenenado&mdash;añadió&mdash;. Si yo pudiera colocar á mi hija en un
-taller ó en una buena casa, ya no me importaría nada. Porque cuando se
-empieza la vida mal...</p>
-
-<p>La conversación tomó entre los tres un giro tétrico, y se contaron sus
-respectivas lástimas. De pronto se oyó la voz de Jesús que gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;¡Socorro! ¡Socorro!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le pasa á ese hombre?&mdash;preguntó Manuel, y salió al pasillo de la
-taberna.</p>
-
-<p>&mdash;¡Socorro! ¡Socorro!&mdash;seguía gritando Jesús.</p>
-
-<p>Manuel se encontró en el corredor con el mozo de la taberna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;le dijo.<a name="page_149" id="page_149"></a></p>
-
-<p>&mdash;No sé; su compañero debe ser; hace un momento me ha preguntado dónde
-estaba el retrete; no sé qué le habrá pasado.</p>
-
-<p>Entraron en la cocina de la taberna.</p>
-
-<p>&mdash;Dejadme salir&mdash;gritaba Jesús&mdash;. ¡Socorro! ¡Socorro! Que me han cerrado
-la puerta.</p>
-
-<p>Y se oía un estrépito de puñetazos y patadas.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si la puerta está abierta&mdash;dijo el muchacho&mdash;; y efectivamente,
-la abrió, y salió Jesús espantado de dentro.</p>
-
-<p>Manuel no pudo menos de soltar una carcajada al ver á Jesús manchado de
-yeso, con los pelos alborotados, lleno de espanto.</p>
-
-<p>Jesús abrió y cerró la puerta del retrete varias veces para convencerse
-de que estaba abierta, y no replicó.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á tomar café, y andando&mdash;dijo Manuel&mdash;, que ya es tarde. A ver
-qué se debe&mdash;preguntó al mozo.</p>
-
-<p>&mdash;A ti no te importa lo que se debe&mdash;exclamó Jesús&mdash;, porque esto no lo
-paga nadie mas que yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero tienes <i>jierro</i>?</p>
-
-<p>&mdash;Mira&mdash;y Jesús enseñó cinco ó seis duros á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero de dónde sacas ese dinero?</p>
-
-<p>&mdash;Ah... eso no se puede decir... eres muy curioso.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que el señor Canuto y tú os dedicais á hacer moneda falsa.<a name="page_150" id="page_150"></a></p>
-
-<p>&mdash;Je... je; tú lo que quieres es averiguar mi secreto..., pero nones.</p>
-
-<p>Tomaron el café, bebieron unas copas de aguardiente y salieron de la
-taberna, Jesús con la mujer pálida, y Manuel con la criada.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde quieres ir?&mdash;preguntó Manuel á ésta.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, á mi casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quieres venir conmigo?</p>
-
-<p>&mdash;No; yo no soy una perdida. ¿Usted qué se ha figurado?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, mujer, nada. Vete á donde te dé la gana. ¡Adiós!</p>
-
-<p>La muchacha se detuvo; luego llamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Manuel!</p>
-
-<p>&mdash;Anda á paseo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Manuel!&mdash;volvió á llamar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quieres?</p>
-
-<p>&mdash;El domingo que viene ¡espérame!</p>
-
-<p>&mdash;En dónde.</p>
-
-<p>&mdash;En casa de mi hermana.</p>
-
-<p>La muchacha dió las señas de su casa.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. ¡Adiós!</p>
-
-<p>La muchacha le presentó la mejilla; Manuel la besó. Trató de abrazarla;
-pero ella huyó riendo. Cuando Manuel llegó á su casa, la Salvadora
-estaba cosiendo aún; Roch, acurrucado en la mesa debajo de la lámpara,
-dormía; por las maderas entreabiertas del balcón se filtraba la claridad
-triste de la mañana.<a name="page_151" id="page_151"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Has estado hablando con ese señor hasta ahora?&mdash;preguntó la
-Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Y contó lo que había pasado con Jesús.</p>
-
-<p>Como era ya de día, Manuel no se acostó. Al salir, camino de la
-imprenta, vió á Jesús sentado en un portal de la calle de San Bernardo;
-un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba, y le
-dirigía largos discursos.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_152" id="page_152"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IV-b" id="CAPITULO_IV-b"></a>CAPÍTULO IV</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">El inglés quiere dominar.&mdash;Las razas.&mdash;Las máquinas.&mdash;Buenas ideas,
-bellos proyectos.</p></div>
-
-<p>Una tarde lluviosa de Febrero, Manuel había encendido la luz en su
-despacho de la imprenta, cuando se detuvo un coche á la puerta, y entró
-Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola! ¿Qué tal estás?</p>
-
-<p>&mdash;Bien, ¿y usted?, ¿qué le trae por aquí con un tiempo tan malo?</p>
-
-<p>&mdash;Te traigo trabajo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!</p>
-
-<p>&mdash;He encontrado á mi antiguo editor, y hablando de sus negocios, me he
-acordado de tu imprenta...</p>
-
-<p>&mdash;De nuestra imprenta, querrá usted decir.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, de nuestra imprenta. Se me quejaba de que le hacían sin
-cuidado los libros. Yo conozco, le he dicho, á un impresor nuevo que
-trabaja bien. Pues dígale usted que venga, me ha contestado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hay que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Unos libros con grabados, estadísticas y números. ¿Tú podrás tirar
-grabados?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Pues vete hoy ó mañana á verle.<a name="page_153" id="page_153"></a></p>
-
-<p>&mdash;Descuide usted; iré. ¡Ya lo creo! Tendré que tomar otro cajista bueno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? ¿Trabajas mucho?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ganas poco.</p>
-
-<p>&mdash;Es que como los obreros están asociados, se imponen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú, no estabas asociado antes?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no.</p>
-
-<p>&mdash;¿No eres socialista?</p>
-
-<p>&mdash;Pse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Anarquista quizás?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; me es más simpática la anarquía que el socialismo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro! Como es más simpático para un chico hacer novillos que ir á
-clase. ¿Y cuál es la anarquía que tú defiendes?</p>
-
-<p>&mdash;No; yo no defiendo ninguna.</p>
-
-<p>&mdash;Haces bien; la anarquía para todos no es nada. Para uno sí, es la
-libertad. ¿Y sabes cómo se consigue hacerse libre? Primero, ganando
-dinero; luego, pensando. El montón, la masa, nunca será nada. Cuando
-haya una oligarquía de hombres selectos, en que cada uno sea una
-conciencia, entre ellos la libre elección, la simpatía, lo regirán todo.
-La ley sólo quedará para la canalla que no se haya emancipado.</p>
-
-<p>Un cajista entró con el componedor y unas cuartillas en la mano á hacer
-una pregunta á Manuel.<a name="page_154" id="page_154"></a></p>
-
-<p>&mdash;Iré luego&mdash;dijo éste.</p>
-
-<p>&mdash;No, hombre; vete ahora&mdash;repuso Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Es que quería oirle á usted.</p>
-
-<p>&mdash;Me quedaré un rato todavía y filosofaremos.</p>
-
-<p>Salió Manuel del despacho y á los pocos minutos volvió y se sentó.</p>
-
-<p>&mdash;Usted también es algo anarquista, ¿verdad?&mdash;preguntó á Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; lo he sido á mi manera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuando vivía usted mal quizás?</p>
-
-<p>&mdash;No. Eso no ha influído en mis ideas para nada. Puedes creerlo. Mi
-primer sentimiento de rebeldía lo experimenté en el colegio. Yo trataba
-de comprender lo que leía, de desentrañar el sentido de las cosas. Mis
-profesores me acusaban de holgazán porque no aprendía las lecciones de
-memoria; yo protestaba furioso. Desde entonces, todo pedagogo para mí es
-un miserable. Hasta que comprendí que hay que adaptarse al medio ó
-aparentar conformidad con él. Ahora, por dentro, soy más anarquista que
-antes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por fuera?</p>
-
-<p>&mdash;¡Por fuera! Si en Inglaterra llego á entrar en política, seré
-conservador.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro! ¿Qué haría yo en Inglaterra siendo anarquista? Vivir
-obscurecido. No; yo no puedo despreciar ninguna ventaja en la lucha por
-la vida.<a name="page_155" id="page_155"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pero usted ha resuelto ya su problema.</p>
-
-<p>&mdash;En parte, sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿En parte? ¿Pues qué quiere usted más? Tiene usted el dinero que
-quiere; se ha casado usted con una mujer preciosa, bonísima...</p>
-
-<p>&mdash;Aún queda algo que conseguir.</p>
-
-<p>-¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;El dominio, el poder. Si yo ya no deseara, estaría muerto. En la vida
-hay que luchar siempre; dos células lucharán por un pedacillo de
-albúmina; dos tigres, por un trozo de carne; dos salvajes, por unas
-cuentas de vidrio; dos civilizados, por el amor ó por la gloria... yo
-lucho por el dominio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y siempre habrá que luchar?</p>
-
-<p>&mdash;Siempre.</p>
-
-<p>&mdash;¿No cree usted que vendrá la fraternidad?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿No se podrá conseguir que deje de haber explotadores y explotados?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca. Viviendo en sociedad, ó es uno acreedor ó es uno deudor. No hay
-término medio. Actualmente, todo hombre que no trabaja, que no produce,
-vive de la labor de otro, ó de otros cien; es indudable; cuanto más rico
-es, más esclavos tiene; esclavos que él no conoce, pero que existen. Y
-mañana sucederá igual; siempre habrá suplementos de hombres<a name="page_156" id="page_156"></a> que suden
-por el sabio, por la mujer bonita, por el artista...</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted unas ideas muy negras.</p>
-
-<p>&mdash;No; ¿por qué? En el porvenir no pueden suceder más que dos cosas: ó
-que á pesar de las leyes que están hechas á beneficio de los débiles, de
-los inmorales, de los no inteligentes, sigan como hasta ahora dominando
-los fuertes, ó que la morralla se imponga y consiga debilitar y acabar
-con los fuertes.</p>
-
-<p>&mdash;Me chocan mucho las ideas de usted; quisiera verle discutir con el
-Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es el Libertario?</p>
-
-<p>&mdash;Un amigo mío.</p>
-
-<p>&mdash;No nos convenceríamos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque cada uno es como es, y no puede ser de otra manera. Yo soy una
-mezcla del individualismo inglés de los manchesterianos y del
-individualismo español, agresivo y cabileño. En el fondo experimentamos
-todos la fatalidad de la raza. Tú no sabes por qué eres anarquista, y
-por qué siéndolo no tienes instinto de destrucción... A todos les pasa
-lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;No, á todos no.</p>
-
-<p>&mdash;A todos. Si el español es más individualista que el alemán, ¿crees tú
-que es por su gusto? No. Es un resultado del clima... de la
-alimentación. Una fatalidad, no tan clara, pero parecida á la que hace
-el Jerez fuerte y el Rhin suave.<a name="page_157" id="page_157"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pero hay anarquistas alemanes.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; como hay naranjos en Inglaterra y abetos en España.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pero las ideas, ¿no las pueden tener allí como aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero las ideas son lo de menos. Tú serás un buen chico, de poca
-voluntad, de buenas intenciones, y lo serías igual siendo carlista,
-protestante, ó mahometano. Y es que debajo de las ideas están los
-sentimientos y los instintos, y los instintos no son más que el
-resultado del clima, de la alimentación, de la vida que ha llevado la
-raza de uno. En ti está toda tu raza, y en tu raza está toda la tierra
-donde ella ha vivido. No somos hijos de la tierra, somos la misma
-tierra, que siente y piensa. Se cambia el terreno de un país, y cambian
-los hombres en seguida. Si fuera posible poner Madrid al nivel del mar,
-al cabo de cincuenta años los madrileños discurrirían de otra manera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Entonces usted da poca importancia á las ideas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; muy poca. La inteligencia pura es en calidad igual en todos los
-hombres. Un químico español y un químico noruego tienen que hacer un
-análisis y lo hacen lo mismo; piensan sobre su ciencia y piensan lo
-mismo; pero salen del laboratorio y ya son distintos; el uno come mucho,
-el otro poco; el uno se levanta<a name="page_158" id="page_158"></a> temprano, el otro tarde... Los obreros
-alemanes y los ingleses, que leen mucho más que los españoles y los
-italianos, no se hacen anarquistas, ¿por qué?, ¿porque no entienden las
-teorías? ¡Bah! Las comprenden muy bien; pero es que el alemán es, sobre
-todo, hombre de orden, bueno para mandar y para obedecer, y el inglés es
-hombre práctico que no quiere perder el tiempo... El español no; es
-anarquista porque es perezoso; tiene todavía la idea providencial; es
-anarquista como mañana lo será el moro. Yo creo que para los
-meridionales, para todos estos mediterráneos medio africanos, lo mejor
-sería un gobierno dictatorial, fuerte, que pudiera dominar el
-desconcierto de los apetitos y suplir la falta de organización que tiene
-la sociedad.</p>
-
-<p>&mdash;¿El despotismo?</p>
-
-<p>&mdash;El despotismo ilustrado, progresivo, que actualmente en España sería
-un bien.</p>
-
-<p>&mdash;¡Obedecer á un tirano! Eso es horrible.</p>
-
-<p>&mdash;Para mí, para mi libertad, es más ofensivo acatar la ley que obedecer
-á la violencia.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted más anarquista que yo&mdash;dijo riéndose Manuel&mdash;. ¿Usted cree de
-veras en esa dictadura?</p>
-
-<p>&mdash;Si fuera posible que saliera un hombre, sería utilísima. Figúrate tú
-un dictador que dijera: voy á suprimir los toros, y los suprimiera; voy
-á suprimir la mitad del clero, y la suprimiera,<a name="page_159" id="page_159"></a> y pusiera un impuesto
-grande sobre la renta, y mandara hacer carreteras, y ferrocarriles, y
-metiera en presidio á los caciques que se insubordinan, y mandara
-explotar las minas, y obligara á los pueblos á plantar árboles...</p>
-
-<p>&mdash;Eso ya no se puede hacer hoy, don Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre, sí. Todo sería cuestión de tener fuerza.</p>
-
-<p>&mdash;Las cosas pasadas yo creo que ya no vuelven.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no? Cada cosa puede tener varios momentos. El clan del celta,
-por ejemplo, era un gran atraso con relación á la ciudad del griego ó
-del romano; pero es muy posible que, dentro de unos cientos de años,
-volvamos á vivir en una especie de clan. Cuando la energía eléctrica se
-pueda enviar á cientos de kilómetros y los medios de comunicación sean
-rapidísimos, ¿qué necesidad tendremos de vivir apiñados en calles
-estrechas? No; viviremos en agrupaciones, diez ó doce familias que se
-quieren, que se conocen, formando una especie de clan en medio del campo
-y comunicados por tranvías y ferrocarriles con otros clans. Y esto ya
-está pasando con las fábricas. Hace algunos años se produjeron las
-grandes aglomeraciones de fábricas; hoy se inicia una verdadera
-revolución en la vida fabril y en el maquinismo. En vez de marchar á la
-concentración,<a name="page_160" id="page_160"></a> se va á la difusión, y cuando la fuerza motriz se pueda
-transportar y distribuir con un precio económico, las grandes
-aglomeraciones de fábricas habrán desaparecido. Todo cambia, no hay nada
-definitivo, ni en el mundo físico ni en el moral. Este despotismo
-progresivo, hoy en España sería un bien.</p>
-
-<p>&mdash;Quizás; lo seguro es que nosotros no lo veremos.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos es lo más probable. En fin, hemos arreglado la sociedad,
-y me marcho. No te olvides de ir á ver al editor.</p>
-
-<p>&mdash;No, no me olvidaré.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. ¡Adiós, Manuel!</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós, don Roberto!</p>
-
-<p>&mdash;Y en eso de la anarquía, tómalo como <i>sport</i>; no te metas demasiado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Yo lo tomo con mucha tranquilidad.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero siempre es malo significarse. Porque en esas ideas
-perseguidas por los gobiernos no hay término medio: ó es uno un
-desdichado que no puede vivir, ó es un granuja que vive explotando á los
-demás; y las dos cosas deben ser desagradables. ¡Vaya, adiós!</p>
-
-<p>Roberto entró en su coche rápidamente, y los caballos comenzaron á
-trotar por la calle.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_161" id="page_161"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_V-b" id="CAPITULO_V-b"></a>CAPÍTULO V</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">El buen obrero socialista.&mdash;Los esparcimientos de Jesús. ¿Para qué
-sirven los muertos?</p></div>
-
-<p>En vez de tomar un cajista como había pensado, lo que hizo Manuel fué
-poner un regente, y no se arrepintió.</p>
-
-<p>Manuel no tenía condiciones para la dirección; además, estaba rendido
-con el trabajo del taller y el corretear por las noches.</p>
-
-<p>El regente que llevó Manuel á su casa tenía unos treinta y tantos años,
-era hombre ilustrado, rechoncho, fuerte, con ideas socialistas. Se
-llamaba Pepe Morales.</p>
-
-<p>Era el tipo del obrero inteligente y tranquilo, trabajaba muy bien, lo
-hacía todo con maña, no se impacientaba nunca y era puntual como un
-reloj. Desde que entró Morales, el trabajo en la imprenta comenzó á
-regularizarse.</p>
-
-<p>Manuel podía estar después de comer algún tiempo charlando.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>En el corral de la casa crecía una higuera achaparrada. La Salvadora y
-la Ignacia habían pedido al casero permiso para desempedrar el<a name="page_162" id="page_162"></a> patio y
-hacer un jardinillo; en un rincón pusieron dos parras y otras plantas
-que el señor Canuto trajo de su huerta.</p>
-
-<p>Los días de buen tiempo bajaban todos al corralillo, seguidos de Kis y
-de Roch. Las gallinas cacareaban; el gallo petulante, con sus ojos como
-los botones de un pantalón, se contoneaba gallardo, y en la guardilla se
-arrullaban las palomas...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>A poco de estar en la imprenta, Morales, con su mujer y sus hijos, fué á
-visitar á Manuel. La mujer del regente era muy guapa é hizo grandes
-amistades con la Salvadora. Se contaron una á otra sus apuros y sus
-preocupaciones.</p>
-
-<p>Manuel, mientras tanto, no adelantaba nada en sus negocios amorosos;
-había entre la Salvadora y él algo que les separaba. Muchas veces
-Manuel, por la noche, al acostarse, se decidía á tomar una resolución
-para el día siguiente; pero se levantaba y todos sus planes se le
-olvidaban; le parecía que los detalles menudos de la vida,
-interponiéndose en su camino, le impedían decidirse.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo&mdash;decía&mdash;habrá que resolverse.</p>
-
-<p>Algunas veces pensaba si la Salvadora guardaría algo en el fondo de su
-corazón, si estaría enamorada de otro, y la observaba. Ella notaba<a name="page_163" id="page_163"></a> la
-observación, y le miraba, como diciendo: No te oculto nada; soy así.</p>
-
-<p>&mdash;En fin&mdash;murmuraba Manuel&mdash;, esperaremos á que se arregle la cuestión
-económica.</p>
-
-<p>En ocasiones, sin que Manuel comprendiera el motivo, la Salvadora se
-ruborizaba y sonreía turbada...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Un día, la Salvadora contó á Manuel algo extraño que había visto.</p>
-
-<p>&mdash;Ayer, por la noche, estaba sin poder dormir, cuando oí que en la
-guardilla andaba Jesús. Escuché, y al poco tiempo sentí pasos muy
-ligeros en la escalera, como de un hombre que va descalzo, y después el
-ruido de la puerta de la calle. Me levanté, me asomé al balcón, y le vi
-á Jesús, calle de Magallanes arriba. Eran las dos de la noche. Me fuí á
-mi cuarto, y estuve escuchando para ver si le oía al volver; pero me
-dormí. Hoy la Ignacia ha sacado la ropa de Jesús para cepillarla, y las
-botas y los pantalones estaban llenos de tierra, como si hubiese andado
-por el campo.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde irá ese hombre?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No sé; pero seguramente no irá á hacer cosa buena.</p>
-
-<p>&mdash;Nos pondremos en acecho. Si otra vez le oyes que sale, llámame.<a name="page_164" id="page_164"></a></p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Días después, al mediar la noche, sin que nadie le llamara, Manuel se
-despertó. Se oía ruido arriba, en el cuarto de Jesús. Se incorporó en la
-cama, y escuchó largo rato. Se oyeron pasos lentos, leves; después el
-crujido de los peldaños de la escalera. Manuel se levantó, se vistió y
-se acercó á la puerta. El que bajaba en aquel momento salía á la calle.
-Manuel abrió el balcón se asomó y vió á Jesús; luego bajó de prisa las
-escaleras; la puerta estaba entornada.</p>
-
-<p>Adelantó Jesús por el obscuro callejón, convertido en un río de fango, y
-Manuel le siguió á larga distancia. La noche estaba obscura y temerosa;
-caía una lluvia fina y penetrante.</p>
-
-<p>Al llegar al final del pasadizo que formaban las tapias de la calle de
-Magallanes, se oyó un silbido suave que fué contestado por otro.</p>
-
-<p>Al terminar la calle obscura, Jesús volvió hacia la izquierda, pasó al
-lado de la tapia derruida del cementerio, luego se detuvo, miró en
-derredor, por si le seguían, se encaramó en la cerca y desapareció. Al
-poco rato, otro hombre hizo la misma operación. Manuel esperó, por si
-acaso.</p>
-
-<p>Siguió esperando en su acechadero, y viendo que ya nadie aparecía, se
-fué acercando al sitio por donde saltaban. Tuvo la mala suerte de
-meterse en un barrizal. En los<a name="page_165" id="page_165"></a> pies se le iban formando pellas de barro
-y no avanzaba más que á duras penas. Llegó tras de mucho bregar al sitio
-aquel.</p>
-
-<p>La tapia estaba allí rota, formando un boquete. Manuel se asomó. Se veía
-el cementerio abandonado, con algunas lápidas blancas, que resplandecían
-á la vaga claridad de las estrellas.</p>
-
-<p>No se oía nada. Juzgó Manuel que si quedaba allí le podían descubrir;
-volvió sobre sus pasos, y entró en un antiguo patio del cementerio, ya
-abierto y sin cerca, en donde se levantaban unas casuchas derruidas.
-Manuel recordaba que por allá había una puerta desvencijada que daba al
-campo santo. Efectivamente, la encontró; tenía grandes rajaduras y se
-puso á mirar por una de ellas el interior del cementerio.</p>
-
-<p>En aquel punto sonaron las horas.</p>
-
-<p>Por entre nubarrones apareció en el cielo la luna amarillenta y triste,
-rodeada de un gran cerco; las nubes iban pasando rápidamente por delante
-de ella. De pronto Manuel vió en el cementerio dos bultos; luego el
-viento trajo un rumor lejano de voces.</p>
-
-<p>&mdash;Tú vas con las letras de bronce á la calle del Noviciado&mdash;decía una
-voz&mdash;, y yo iré á la calle de la Palma.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;contestó la otra voz.</p>
-
-<p>&mdash;Y por la tarde, en el cafetín.<a name="page_166" id="page_166"></a></p>
-
-<p>Ya no se oyó más; Manuel vió á la luz de la luna un hombre encaramado
-sobre el sitio derruido de la tapia y luego otro; después pasaron dos
-sombras rápidamente por el camino. Resonaron sus pasos recatados y se
-alejaron. Muy despacio, Manuel salió del escondrijo y regresó por la
-calle de Magallanes. En algunas ventanas brillaba la luz de algunos
-vecinos madrugadores. Manuel se acercó á su casa. La puerta estaba
-cerrada, pero el balcón había quedado abierto.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver si tengo pulso&mdash;se dijo Manuel, y se encaramó por la reja
-del taller de Rebolledo hasta agarrarse al hierro del balcón; allá, con
-algún esfuerzo, logró subir. Cerró el balcón y volvió á acostarse...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Al día siguiente, Manuel contó á la Salvadora lo que pasaba. La muchacha
-quedó aterrada.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿será verdad? ¿Habrás oído bien?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; estoy seguro. ¿Se ha levantado Jesús?</p>
-
-<p>&mdash;No; creo que no.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues cuando se levante, dile á la Ignacia que le siga de lejos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Al volver Manuel á comer, la Salvadora le dijo que Jesús había ido con
-un saco oculto en la capa, á una prendería de la calle del Noviciado.<a name="page_167" id="page_167"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Ves como es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Pues si le cogen le llevan á presidio.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que quitarle la llave y además asustarle.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana hablad de que se dice por ahí que roban en el campo santo.</p>
-
-<p>En la comida, la Salvadora de sopetón dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ha habido ladrones en los cementerios de al lado estas noches pasadas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién dice eso?&mdash;preguntó Jesús inquieto.</p>
-
-<p>&mdash;Eso han dicho en la calle unas mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué van á robar ahí? Si no hay nada&mdash;murmuró Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;Pueden robar lápidas de mármol&mdash;replicó Manuel&mdash;, garras de ataúdes,
-crucifijos, lo que suele haber en los cementerios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y para qué van á robar eso?&mdash;repuso Jesús cándidamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Toma! ¿para qué? Para venderlo.</p>
-
-<p>&mdash;Esas cosas no valen nada. Ya sé yo por qué han dicho eso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque habrán visto al chico ese que va á hablar con la hija del
-conserje.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también he oído&mdash;añadió la Ignacia&mdash;que en este campo santo se
-robaba. Hasta he oído contar que hace algún tiempo se sacó el cadáver de
-una niña.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!<a name="page_168" id="page_168"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí; dicen que se presentó un señor en un coche delante de la puerta
-que hay cerca de las casillas. El señor y otro hombre entraron en el
-cementerio, rompieron un nicho, sacaron una caja, la llevaron al coche,
-la metieron dentro, y salieron echando chispas hacia Madrid.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién sería ese señor?&mdash;preguntó la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si todas esas cosas son mentiras y majaderías&mdash;exclamó Jesús
-incomodado&mdash;. ¿Quién sabe que robaron ese muerto?</p>
-
-<p>&mdash;La señora Jacoba, la que vive en una de las casas de la Patriarcal, lo
-decía&mdash;contestó la Ignacia.</p>
-
-<p>&mdash;La señora Jacoba estaría idiota.</p>
-
-<p>&mdash;No; pues hay hombres que desentierran los muertos para sacarles los
-untos&mdash;añadió la hermana de Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Usted también es imbécil&mdash;gritó furioso Jesús&mdash;. ¿Usted cree que los
-muertos sirven para algo? Pues no sirven más que para oler mal.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, no grites tanto&mdash;replicó Manuel&mdash;; que roban y que se han
-llevado muchas cosas del cementerio, es verdad, y que han avisado á la
-policía, también es verdad; ahora lo del muerto probablemente será
-mentira.</p>
-
-<p>Jesús se calló.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Con el pretexto de que se había encontrado<a name="page_169" id="page_169"></a> una noche la puerta de la
-calle abierta, al día siguiente encargaron al cerrajero que pusiera una
-cerradura. Jesús no dijo nada hasta unos días después.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué se cierra la puerta ahora?&mdash;preguntó á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Para que no entre nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; dadme una llave á mí.</p>
-
-<p>&mdash;No hay más que una.</p>
-
-<p>&mdash;Mandad hacer otra.</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no queremos que andes en malos pasos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué malos pasos?</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabes lo que te quiero decir.</p>
-
-<p>&mdash;No sé; no te entiendo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Sí me entiendes.</p>
-
-<p>&mdash;Como no te expliques más claro.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde sueles tener el dinero que gastas?</p>
-
-<p>&mdash;Hago mis combinaciones.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres que te diga una cosa?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Que tus combinaciones huelen á cementerio que apestan.</p>
-
-<p>Jesús palideció profundamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me has espiado, eh?&mdash;dijo con voz débil.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo?<a name="page_170" id="page_170"></a></p>
-
-<p>&mdash;Hará unos ocho días.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? ¿Qué has visto?</p>
-
-<p>&mdash;He visto, que tú, el señor Canuto y otros, os vais á ganar el
-presidio.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Te advierto que está avisada la policía.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;¡Parece mentira; el señor Canuto metido en eso! Yo que lo creía una
-buena persona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? ¿No se puede ser una buena persona y aprovecharse de lo que no
-sirve para nadie? ¿Para qué quieren <i>ellos</i> el cobre, las lápidas, ni lo
-demás?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre... para nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues entonces?... la gente está llena de preocupaciones...</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero eso de abrir una sepultura... es muy grave. ¡Rediez!</p>
-
-<p>&mdash;Todos los días traen momias á los museos y las venden, y nadie se
-indigna.</p>
-
-<p>&mdash;No es igual. Esas momias murieron hace tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Y los chicos de San Carlos, ¿no abren á los muertos <i>frescos</i> y les
-cortan las orejas y el corazón?</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso es para estudiar.</p>
-
-<p>&mdash;Y lo nuestro para comer, que es más serio... Hacemos como Ravachol.</p>
-
-<p>&mdash;¿También Ravachol se dedicaba á robar sepulturas?<a name="page_171" id="page_171"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí; no tenía supersticiones como vosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuánto tiempo hace que desvalijáis ese cementerio?</p>
-
-<p>&mdash;Cerca de un año.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y habéis apañado muchas cosas?</p>
-
-<p>&mdash;Psch... la mar de porquerías... lápidas de mármol, verjas, cadenas de
-hierro, asas de metal, crucifijos, bustos, candelabros, letras de
-bronce... la Biblia en verso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde habéis vendido tanta cosa?</p>
-
-<p>&mdash;En las prenderías. En un cafetín teníamos el centro de operaciones.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues ya sabéis, la policía anda rondando. Avísale al señor
-Canuto.</p>
-
-<p>&mdash;No; si ya lo sabe.</p>
-
-<p>Unos días después le dijo Jesús á Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiéres darme diez duros?</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Para irme al Moro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Al Moro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; voy á Tánger. Os dejaré en paz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué vas á hacer allá?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es cuenta mía. ¿Tú me das el dinero?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre; ahí tienes los diez duros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias! ¡Que os vaya bien!</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero cuándo te vas?</p>
-
-<p>&mdash;Hoy mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quieres despedirte de la Salvadora?</p>
-
-<p>&mdash;No; ¿para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Como quieras&mdash;le dijo Manuel fríamente.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_172" id="page_172"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VI-b" id="CAPITULO_VI-b"></a>CAPÍTULO VI</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">El francés que canta.&mdash;El protylo.&mdash;Cómo se llegan á tener las
-ideas.&mdash;Sinfonía en rojo mayor.</p></div>
-
-<p>Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la Aurora
-Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés y un
-ruso.</p>
-
-<p>El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos,
-los pómulos salientes y una perilla de chivo.</p>
-
-<p>Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias
-ceremoniosas á todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. El
-era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque
-hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran
-incomprensibles.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no tienes familia, compañero?&mdash;le preguntó alguno.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó él&mdash;, pero quisiera ver á mi padre, á mi madre y á mis
-hermanos, ahorcados en un jardín reducido.</p>
-
-<p>Después de contar sus aventuras, habló de que había visto á Ravachol, y
-cantó la canción del <i>Pere Duchesne</i>, á la cual el terrible anarquista<a name="page_173" id="page_173"></a>
-había puesto letra, y que iba entonando al ir á la guillotina, en
-Montbrison.</p>
-
-<p>Caruty, con las manos en la espalda, como si estuviera atado, y lanzando
-á derecha y á izquierda miradas de altivo desprecio, se puso á cantar:</p>
-
-<div class="blockquot">
-<p class="c">Peuple trop oublieux<br />
-Nom de Dieu.</p>
-</div>
-
-<p>Ya se figuraba el francés que era Ravachol y que iba insultando á los
-burgueses. En la canción, se le aconsejaba al pueblo que no fuera
-generoso, que no fuera militar, que tirara todos los cuarteles á tierra,
-y todo esto acentuado por vigorosos <i>Nom de Dieu</i>. Terminaba la canción,
-diciendo:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">Coupe le curé en deux<br /></span>
-<span class="i0">Nom de Dieu<br /></span>
-<span class="i0">Et le bon Dieu dans la merde<br /></span>
-<span class="i0">Nom de Dieu<br /></span>
-<span class="i0">Et le bon Dieu dans la merde.<br /></span>
-</div></div>
-
-<p>Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de
-café-concierto de Bruant y de Rictus...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Otro de los presentados fué un judío que se llamaba Ofkin. Era éste
-comisionista y viajaba por una casa de París, y vendía toda clase de
-esencias y de perfumes. Era un fanático, muy frío y muy seco. Tenía el
-pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era<a name="page_174" id="page_174"></a> muy pálido; en el
-cuello se le notaban cicatrices escrofulosas; vestía levita larga y
-negra, pantalón claro, y sombrero de paja pequeño y flexible. Con esta
-indumentaria parecía un charlatán de feria. Hablaba una mezcla de
-castellano, de italiano y de francés.</p>
-
-<p>Su conferencia fué de un carácter opuesto á la de Caruty.</p>
-
-<p>La del francés, todo arte, y la del ruso, todo ciencia.</p>
-
-<p>Para Ofkin, la cuestión social era una cuestión de química, de creación
-de albuminoides por síntesis artificiales. Transformar pronto las
-substancias inorgánicas en orgánicas: ésta era la base para resolver la
-lucha por la vida. Que tantos millones de hombres inorganizan tanta
-cantidad de substancia orgánica, pues todo es cuestión de volver á
-organizarla. Esto aseguró el ruso que se había hecho ya; se estaba
-trabajando en crear el protylo, una substancia protoplasmática primitiva
-parecida al bathibyus de Haeckel, con vida y crecimiento. De aquí á la
-creación de la célula, no había más que un paso.</p>
-
-<p>El auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto
-como el judío ruso; se miraron todos, unos á otros, un poco asombrados.
-A Manuel le produjo el efecto de que la anarquía de aquel señor era
-también algún producto químico, encerrado en un frasco.<a name="page_175" id="page_175"></a></p>
-
-<p>Un domingo de Abril, por la tarde, se habían reunido en el invernadero,
-huyendo de la lluvia, unos cuantos y charlaban alrededor de la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Maldonado?&mdash;preguntó Manuel al llegar y notar su falta.</p>
-
-<p>&mdash;Ya no viene&mdash;dijo Prats.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre, me alegro!</p>
-
-<p>&mdash;Todos dicen lo mismo&mdash;exclamó el Madrileño&mdash;. Maldonado es el tipo del
-republicano español. ¡Son admirables esos tíos!</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;dijo el Bolo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre; odian á los aristócratas, porque no pueden ser
-aristócratas; se las echan de demócratas, y les molesta todo lo plebeyo;
-se las echan de héroes, y no han hecho ninguna heroicidad; se las echan
-de Catones, y el uno tiene una casa de juego, el otro una taberna...
-¡Rediós! Así es muy fácil ser austero... Luego todos son absolutistas...
-y toda su emancipación consiste en dejar de creer en el Papa para creer
-en Salmerón ó en cualquier fabricante de frases por el estilo... A
-nosotros nos odian porque ya discurrimos sin necesidad de ellos...</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué mala intención tienes!&mdash;dijo el Bolo, que era anarquista con
-simpatías republicanas. Hay que verles á esos en el Congreso.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no he estado nunca en el Congreso&mdash;replicó el Madrileño.<a name="page_176" id="page_176"></a></p>
-
-<p>&mdash;Ni yo&mdash;añadió Prats.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sí&mdash;repuso el Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;le preguntaron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vosotros habéis visto la jaula de monos del Retiro?... pues es una
-cosa parecida... Uno toca la campana, el otro come caramelos, el otro
-grita...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el Senado?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Esos son los viejos chimpancés... muy respetables.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué guasón!&mdash;dijo el Bolo.</p>
-
-<p>Siguieron hablando. Manuel aprovechó la clara para ir á su casa y
-preguntar á la Salvadora si pensaba salir, y viendo que no quería,
-volvió al juego de bolos.</p>
-
-<p>Hablaba en aquel momento el Libertario:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llega á tener las ideas?&mdash;decía&mdash;. ¿Quién lo sabe?... Hace ya
-algunos años, en París, se presentó una mañana en mi guardilla un
-mocetón alto, fornido, afeitado, con cara de cura.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me conoce usted?&mdash;me dijo con un acento andaluz cerrado.</p>
-
-<p>&mdash;No. Ya me figuro que debe usted ser paisano; pero no le conozco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no se acuerda usted de Antonio, el hijo del sacristán del
-pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... ¿eres tú? ¿y qué haces aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Nada; vengo de Cardiff; he estado trabajando cerca de un año en las
-minas.<a name="page_177" id="page_177"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Y en el pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;Aquello está muerto. Allá no se puede vivir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué piensas hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Me voy á América. Tengo una recomendación para un capitán que hace la
-travesía de Burdeos á la Habana.</p>
-
-<p>Le llevé á mi restaurant; un agujero de Montrouge; un nido de
-anarquistas y revolucionarios rusos. Las mujeres se entusiasmaron con mi
-paisano, por el aire bárbaro é ingenuo que tenía. La verdad es que el
-chico era simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz.
-Después de comer solíamos cantar todos á coro, hombres y mujeres. El
-dueño del tabernucho, el Pere David, nos suplicaba que no gritásemos,
-pero no le hacíamos caso, y desde la calle se oían las canciones
-anarquistas.</p>
-
-<p>Había una, que cuando le expliqué á mi paisano lo que significaba, le
-entusiasmó; no la recuerdo ahora, hablaba de la dinamita...</p>
-
-<p>&mdash;¿Sería ésta?&mdash;preguntó Caruty, y se puso á cantar:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Dame dynamite<br /></span>
-<span class="i0">que l&#8217;on danse vite<br /></span>
-<span class="i0">chantons et buvons<br /></span>
-<span class="i0">et dinamytons<br /></span>
-<span class="i0">dynamite, dynamite<br /></span>
-<span class="i0">dinamytons.<br /></span>
-</div></div>
-
-<p>&mdash;Eso es&mdash;dijo el Libertario&mdash;. Eso de<a name="page_178" id="page_178"></a> «dynamitons» entusiasmaba á mi
-paisano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quieren <i>eztos</i>?&mdash;me decía.</p>
-
-<p>&mdash;Derribarlo todo&mdash;le contestaba yo.</p>
-
-<p>&mdash;<i>¿Tó?</i></p>
-
-<p>&mdash;¡Todo!... Monarquía, República, curas, reyes, obispos... ¡todo abajo!</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué <i>gachos</i>!&mdash;decía él, con una admiración de salvaje...</p>
-
-<p>Se fué con una de las mujeres del restaurant y le perdí de vista; unos
-meses después, cuando se comenzó la revisión del proceso Dreyfus, en
-París á cada paso había alborotos en las calles. Un día los anarquistas
-organizaron una manifestación en la plaza de la República. A la cabeza
-iban Sebastián Faure y sus amigos. Se veían tipos raros, melenudos, con
-levitas largas y entalladas, gente pálida, de mirada triste... luego
-venía una tropa que daba miedo, unos tíos de barbas, chillando,
-amenazando con el bastón y con los puños, y entre ellos aprendices de
-taller y gomosos elegantes... una mezcolanza, que ni Dios la entendía.
-Iban por el bulevar Magenta, hacia la estación de Estrasburgo. Un grupo
-llevaba una gran bandera roja, y tras él venían otros grupos cantando
-<i>Les Lampions</i>, y gritando de cuando en cuando, pero muchas veces
-seguidas:</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva Zola! ¡Viva Zola! ¡Viva Zola!</p>
-
-<p>Se oían también gritos chillones de ¡Viva la<a name="page_179" id="page_179"></a> Anarquía!, y el público
-comenzaba á correr asustado.</p>
-
-<p>En esto salieron de una bocacalle doscientos ó trescientos municipales,
-y como una cuña entraron entre los manifestantes, á puñetazos y á
-empujones, y cortaron la manifestación. Veinte ó treinta cargaron sobre
-el grupo que llevaba la bandera é intentaron cogerla. La bandera
-retrocedió, anduvo si caigo ó no caigo, inclinándose, levantándose... Yo
-me paré á ver en qué terminaba aquello.</p>
-
-<p>Ya iba á desaparecer la bandera entre la gente, cuando de pronto se
-irguió de nuevo, los manifestantes se pusieron á cantar <i>La Marsellesa</i>
-como locos, cargaron sobre los guardias y los arrollaron. Toda la
-avalancha pasó gritando, vociferando, y se rehizo la manifestación. Yo
-me adelanté, cruzando unas callejuelas, hasta salir otra vez al bulevar.</p>
-
-<p>Al pasar junto á mí, iba la bandera roja desplegada, y la llevaba mi
-paisano el andaluz, que marchaba en medio de una turba de exaltados. El
-muchacho me miró con los ojos como ascuas... Se alejaron. Desde alguna
-distancia, <i>La Marsellesa</i>, cantada por miles de personas, resonaba como
-una tempestad, y yo veía por encima de la multitud ondear la bandera
-roja, que brillaba, soberbia y triunfante, como una entraña
-sangrienta... El Libertario dejó de hablar; los demás quedaron
-silenciosos.<a name="page_180" id="page_180"></a></p>
-
-<p>En las pupilas de todos había como un destello siniestro, y en los
-labios contraídos una expresión de amargura. Afuera caía mansamente la
-lluvia suave de la primavera...</p>
-
-<p>&mdash;Ese no era más que un sentimental&mdash;dijo de pronto Prats.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;preguntó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar.</p>
-
-<p>&mdash;En todo lo que se cree, se cree lo mismo&mdash;contestó Juan.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;dijo Skopos, que era un muchachito afeitado, grabador, hijo de un
-griego, vendedor de esponjas, y que acababa de ingresar en el
-grupo&mdash;conocí á Angiolillo en Barcelona; nos reuníamos unos cuantos en
-un cafetín próximo á la Rambla. Casi todos éramos anarquistas
-platónicos. Una vez, por cierto, dos de los más jóvenes del grupo,
-fueron á un club en donde había bombas, y cada uno cargó con la suya, y
-salieron á la calle. Anduvieron de un lado á otro, sin saber donde
-colocarlas. Contaban ellos que iban á una casa rica á poner la bomba, y
-el uno le decía al otro: «¿Y si hay chicos aquí?» Por último, fueron al
-puerto y tiraron las bombas al mar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Angiolillo?&mdash;preguntó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Pues solíamos verle muchas veces. Era un tipo delgado, muy largo, muy
-seco, muy<a name="page_181" id="page_181"></a> fino en sus ademanes, que hablaba con acento extranjero.
-Cuando supe lo que había hecho, me quedé asombrado. ¡Quién podía esperar
-aquello de un hombre tan suave y tan tímido!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ese era también un sentimental!&mdash;exclamó Prats.</p>
-
-<p>&mdash;Con muchos sentimentales así se hubiera hecho ya la revolución&mdash;repuso
-el Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Para mí, el verdadero tipo del anarquista, es Pallás&mdash;añadió Prats.</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro! Como que era catalán&mdash;dijo con sorna el Madrileño.</p>
-
-<p>&mdash;Son los verdaderos anarquistas. No son borrachos, como los franceses,
-ni traidores, como los italianos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los andaluces?&mdash;preguntó el Madrileño?</p>
-
-<p>&mdash;¿Los andaluces? Son como los demás españoles.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cualquiera diría que vosotros no lo sois!</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros somos catalanes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué necedad!&mdash;exclamó el Madrileño.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;murmuró el Libertario&mdash;. Cada uno tiene el derecho de ser de donde
-le dé la gana.</p>
-
-<p>&mdash;No; si yo no niego ese derecho&mdash;replicó el Madrileño&mdash;; yo lo que
-quiero decir, es que si él no tiene ninguna satisfacción por ser
-paisano<a name="page_182" id="page_182"></a> nuestro, nosotros no tenemos tampoco ningún entusiasmo por ser
-paisanos de los catalanes.</p>
-
-<p>&mdash;Todos los españoles son dogmáticos y autoritarios&mdash;siguió diciendo el
-catalán, haciendo como que no oía la observación&mdash;; lo mismo los
-andaluces, que los castellanos, que los vascongados. Además, no tienen
-el instinto de la <i>revolta</i>...</p>
-
-<p>&mdash;Me hace mucha gracia á mí este hombre hablando de gente
-autoritaria...&mdash;comenzó á decir el Madrileño.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Pallás?&mdash;interrumpió Juan, comprendiendo que el Madrileño iba á
-decir algo desagradable para el catalán&mdash;. ¿Era templado Pallás?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, era... ya lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Se achicó también&mdash;dijo el Madrileño&mdash;, y aquí está el Libertario que
-lo vió.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad&mdash;dijo, el Libertario&mdash;; los últimos días en la cárcel se
-descompuso. Y era natural. Nosotros solíamos ir á verle, y nos hacía la
-apología de la idea. El último día, ya en capilla, estábamos
-despidiéndonos de él, cuando entraron un médico y un periodista.&mdash;Yo
-quisiera&mdash;dijo Pallás&mdash;que después de muerto, llevaran mi cerebro á un
-museo para que lo estudiaran.&mdash;Será difícil&mdash;le contestó el médico
-fríamente.&mdash;¿Por qué?&mdash;Porque los tiros se los darán á usted,
-probablemente, en<a name="page_183" id="page_183"></a> la cabeza y los sesos se harán papilla. Pallás
-palideció y no dijo nada.</p>
-
-<p>&mdash;Es que sólo con la idea hay para ponerse malo&mdash;saltó diciendo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues bien valiente estuvo Paulino al morir!&mdash;exclamó Prats.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, luego ya se animó&mdash;dijo el Libertario&mdash;. Le estoy viendo al salir
-al patio de la cárcel cuando gritó: ¡Viva la Anarquía!; al mismo tiempo,
-el teniente que mandaba la tropa, dijo á sus soldados: ¡Firmes! y las
-culatas de los fusiles, al dar en el suelo, apagaron el grito de Pallás.</p>
-
-<p>Manuel tenía los nervios estremecidos; todos sentían una gran atracción,
-una acre voluptuosidad al escuchar aquellos relatos terribles. El señor
-Canuto hacía más gestos que de costumbre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por esto fué por lo que echaron la bomba en el teatro?&mdash;preguntó
-Perico Rebolledo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó Prats&mdash;; la venganza fué terrible; ya lo había dicho
-Paulino Pallás.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo vi&mdash;saltó diciendo Skopos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estabas dentro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; fuí al Liceo á ver al director de un periódico que me había
-encargado le hiciese unos dibujos. Tomé una delantera de paraíso, y
-busqué con la vista al director hasta que lo vi en una de las butacas.
-Bajé y me puse á esperarle<a name="page_184" id="page_184"></a> en una puerta. Tardaba en acabar el acto, yo
-estaba atento á que saliera la gente, cuando oigo una detonación sorda y
-sale una llamarada por la puerta. Me figuré que habría pasado algo; pero
-algo de poca importancia, un cable de luz eléctrica fundido ó una
-lámpara rota; cuando veo venir hacia mí un turbión de gente espantada,
-con los ojos desencajados, empujándose y espachurrándose unos á otros.
-La ola de gente me echó fuera del teatro; pregunté, en la calle á dos ó
-tres lo que pasaba; nadie lo sabía. Yo estaba sin sombrero y sin abrigo,
-y entré á recogerlos. Subo, y un acomodador me pregunta, temblando, qué
-era lo que quería; le digo que buscaba mi gabán, lo encuentro, y
-entonces se me ocurre mirar hacia la sala. ¡Cristo! La cosa era
-terrible; me pareció que había cuarenta ó cincuenta muertos. Bajé á las
-butacas. Aquello era imponente; en el teatro, grande, lleno de luz, se
-veían los cuerpos rígidos, con la cabeza abierta, llenos de sangre;
-otros, estaban dando las últimas boqueadas. Había heridos gritando y la
-mar de señoras desmayadas, y una niña de diez ó doce años muerta.
-Algunos músicos de la orquesta, vestidos de frac, con la pechera blanca
-empapada en sangre, ayudaban á trasladar los heridos... era imponente.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hubiera sido aún más terrible si llegan á hacer lo que querían,
-que era apagar las<a name="page_185" id="page_185"></a> luces del teatro antes de echar las bombas&mdash;dijo
-Prats.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué barbaridad!&mdash;exclamó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;A obscuras hubieran muerto todos&mdash;añadió riendo Prats.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;exclamó Manuel levantándose&mdash;; de eso no se puede reir nadie, á no
-ser que sea un canalla. Matar así de una manera tan bárbara.</p>
-
-<p>&mdash;Eran burgueses&mdash;dijo el Madrileño.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque lo fueran.</p>
-
-<p>&mdash;Y en la guerra, ¿no matan los militares á gente inocente?&mdash;preguntó
-Prats&mdash;. ¿No disparan sobre las casas con bala explosiva?</p>
-
-<p>&mdash;Pues los que hacen eso son tan canallas como el otro.</p>
-
-<p>&mdash;Este, como ya tiene su imprenta&mdash;dijo el Madrileño con sorna&mdash;, se
-siente burgués.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos, no me siento asesino. Ni tú tampoco.</p>
-
-<p>&mdash;Una de las bombas no estalló&mdash;dijo Skopos&mdash;, cayó sobre una mujer
-muerta por la primera bomba. Por esto la carnicería no fué mayor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién hizo esta bestialidad?&mdash;preguntó Perico Rebolledo.</p>
-
-<p>&mdash;Salvador.</p>
-
-<p>&mdash;Ese sí que tendría las entrañas negras...</p>
-
-<p>&mdash;Debía ser una fiera&mdash;dijo Skopos&mdash;. El se escapó del teatro en el
-momento del pánico, y<a name="page_186" id="page_186"></a> al día siguiente, cuando el entierro de las
-víctimas, parece que se le ocurrió subir á lo alto del monumento de
-Colón con diez ó doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la
-comitiva.</p>
-
-<p>&mdash;No comprendo cómo se puede tener simpatía por hombres así&mdash;dijo
-Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras estuvo preso&mdash;siguió diciendo Skopos&mdash;hizo la comedia de
-convertirse á la religión. Los jesuítas le protegieron, y allí anduvo un
-padre Goberna solicitando el indulto. Las señoras de la aristocracia se
-interesaron también por él, y él se figuraba que le iban á indultar...
-pero cuando le metieron en capilla y vió que el indulto no venía, se
-desenmascaró, y dijo que su conversión era una filfa. Tuvo una frase
-hermosa: «¿Y tus hijas?&mdash;le dijeron&mdash;. ¿Qué va á ser de tus pobrecitas
-hijas? ¿Quién se va á ocupar de ellas?» «Si son guapas&mdash;contestó él&mdash;,
-ya se ocuparán de ellas los burgueses.»</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!... Es bien... Es bien&mdash;gritó Caruty, que hasta entonces había
-estado silencioso é inmóvil&mdash;. Es bien... <i>le grand canaille</i>... Es
-bien... Es una frase...</p>
-
-<p>&mdash;Yo asistí á la ejecución de Salvador&mdash;siguió diciendo Skopos&mdash;desde un
-coche de la Ronda; cuando subió al patíbulo iba cayéndose... pero ¡la
-vanidad lo que puede!... el hombre vió un fotógrafo que le apuntaba con
-la<a name="page_187" id="page_187"></a> máquina, y entonces levantó la cabeza y trató de sonreir... Una
-sonrisa que daba asco, la verdad, no sé por qué... El esfuerzo que hizo
-le dió ánimos para llegar al tablado. Aquí trató de hablar; pero el
-verdugo le echó una manaza al hombro, le ató, le tapó la cara con un
-pañuelo negro y se acabó... Yo esperé á ver la impresión que producía á
-la gente. Venían obreros y muchachas de los talleres, y todos, al ver la
-figurilla de Salvador en el patíbulo, decían: ¡Qué pequeño es! Parece
-mentira.</p>
-
-<p>Y hablaron de otros anarquistas, de Ravachol, de Vaillant, de Henry, de
-los de Chicago... Había obscurecido y siguieron hablando... Ya no eran
-las ideas, eran los hombres los que entusiasmaban. Y entre su
-humanitarismo exaltado y su culto de sectarios por una especie de
-religión nueva, aparecía en todos ellos, saliendo á la superficie, su
-fondo de meridionales, su admiración por el valor, su entusiasmo por la
-frase rotunda y el gesto gallardo...</p>
-
-<p>Manuel se sentía inquieto, profundamente disgustado en aquel ambiente.</p>
-
-<p>Y todos los domingos aumentaba el número de adeptos en la Aurora Roja.
-Unos contagiados por otros iban llegando... Y crecía el grupo anarquista
-libremente, como una mancha de hierba en una calle solitaria...</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_188" id="page_188"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VII-b" id="CAPITULO_VII-b"></a>CAPÍTULO VII</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Un paraíso en un campo santo.&mdash;Todo es uno y lo mismo.</p></div>
-
-<p>Bastante tiempo después de la partida de Jesús, una noche, desde casa de
-Manuel, se oyeron tiros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué habrá pasado?&mdash;se preguntaron todos.</p>
-
-<p>&mdash;Quizás sean matuteros&mdash;dijo la Ignacia.</p>
-
-<p>&mdash;También se ha dicho que andaban unos ladrones robando alambre del
-telégrafo&mdash;advirtió Manuel.</p>
-
-<p>Pasados unos días, se supo que los guardias habían sorprendido á unos
-cuantos ladrones en el cementerio de la Patriarcal. Al huir, les echaron
-el alto, y viendo que no se paraban, dispararon. A los disparos, los
-merodeadores se detuvieron asustados y los guardias prendieron al
-Corbata y al Rubio, y como no declaraban, les arrimaron á cada uno de
-ellos una paliza monumental, hasta que cantaron de plano.</p>
-
-<p>Por la noche, al volver Manuel á casa, se encontró en la puerta con un
-hombre, cuya presencia le sobrecogió. Era Ortiz, el polizonte, vestido
-de paisano.<a name="page_189" id="page_189"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, Manuel! ¿Qué tal estás?&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Bien&mdash;contestó Manuel secamente.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que trabajas, que vas marchando. ¿Y la Salvadora?</p>
-
-<p>&mdash;Está buena.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Jesús?</p>
-
-<p>&mdash;Ya hace unos días que no le hemos visto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes que han robado en ese cementerio?</p>
-
-<p>&mdash;No; no sabía nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿No habéis notado algo desde vuestra casa?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ya llevan mucho tiempo robando. Es raro que...</p>
-
-<p>&mdash;No, no es raro; porque yo no me ocupo de lo que hacen los demás.
-¡Adiós!</p>
-
-<p>Y Manuel se metió en el portal.</p>
-
-<p>&mdash;Si preguntan por aquí algo&mdash;le dijo Manuel á la Salvadora y á la
-Ignacia&mdash;, no digáis ni una palabra.</p>
-
-<p>Todo el barrio se conmovió con la noticia. Se volvió á hablar de muertos
-robados, y se supieron detalles cómicos y macabros. Un larguero de
-mármol, de una sepultura, había ido á parar á una tienda de quesos; las
-letras de bronce de los nichos, estaban en algunos escaparates de
-tiendas lujosas. Se dijo que Jesús y el señor Canuto eran los directores
-de la banda.<a name="page_190" id="page_190"></a></p>
-
-<p>Por la noche, el jorobado le dijo á Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;He tenido carta del señor Canuto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí? ¿dónde está?</p>
-
-<p>&mdash;En Tánger, con Jesús; de buena se han escapado los dos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero robaban, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre. Todo lo que podían. El señor Canuto vivía ahí hecho un
-príncipe. Ahora yo á los de la policía, les he dicho que no sabía nada.
-Que averigüen ellos si pueden. El señor Canuto había convertido el
-cementerio en un paraíso.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¡Ya lo veo! Tenía su cosecha deplantas medicinales que vendía á
-los herbolarios, y con las malvas, su mujer hacía emplastos y bizmas. En
-una época, el señor Canuto y Jesús, suministraron de caracoles á los
-ventorrillos, hasta que acabaron con todos los del cementerio. ¡Las
-cosas que no han pensado! ¡Qué puntos! En un charco tenían galápagos, y
-sanguijuelas en otro. Luego se les ocurrió poner conejos para criarlos y
-cogerlos á lazo, pero se les escapaban por los agujeros de los nichos.
-¡Si llevaban una vida pistonuda! ¿Que no tenían dinero? Pues ¡hale!
-desenterraban un ataud, y vendían todo lo que encontraban.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Dos días después, un domingo por la tarde, fué el Juzgado al cementerio,
-y Ortiz llamó á<a name="page_191" id="page_191"></a> Manuel y á Rebolledo para que les acompañaran.</p>
-
-<p>No se notaba la devastación llevada á cabo por el señor Canuto y Jesús;
-el cementerio de por sí se encontraba ya bastante arruinado.</p>
-
-<p>En algunos puntos la tierra estaba removida; cerca de un pozo se
-advertían aún los cuadros de hortalizas labrados por el señor Canuto, y
-en ellos la hierba era más verde y jugosa.</p>
-
-<p>El juez hizo algunas preguntas á Rebolledo, que le contestó con su gran
-habilidad. Juntos recorrieron el cementerio. Estaba todo talado, las
-sepulturas rotas, las lápidas de los nichos arrancadas.</p>
-
-<p>Reinaba en los patios un gran silencio.</p>
-
-<p>De los techos colgaban trozos de cascotes sostenidos por tomizas
-podridas. En las paredes, debajo de las arcadas, aparecían los nichos
-abandonados y rotos, cubiertos de polvo. Pendían de un clavo coronas de
-siemprevivas, de las que no quedaba más que su armazón; allí se veían
-cintajos y lazos deshechos; aquí una fotografía descolorida, cubierta
-con un cristal convexo, un ramo arrugado y seco, ó el juguete de algún
-niño.</p>
-
-<p>Por un corredor obscuro, una verdadera catacumba, repleta á un lado y á
-otro de nichos, salieron al segundo patio.</p>
-
-<p>Era éste tan ancho como una plaza; una pradera salvaje limitada por
-ruinosos tapiales.<a name="page_192" id="page_192"></a></p>
-
-<p>El hombre había convertido un trozo del yermo madrileño en un jardín
-frondoso; de un erial desnudo, había hecho un parque dedicado á la
-silenciosa muerte; la naturaleza conquistó el parque y lo transformó,
-fecundándolo con su lluvia de gérmenes, en un mundo vivo; en una selva
-espesa, poblada de matorrales, de zarzas, de plantas parásitas, de
-espinas, de flores silvestres, de pájaros y de mariposas.</p>
-
-<p>Ya no quedaban allí avenidas, ni paseos, ni plazoletas; los hierbajos
-borraron lentamente toda huella humana.</p>
-
-<p>Ya no quedaban arbustos, ni mirtos recortados; las ramas crecían con
-libertad; ya no quedaba silencio; los pájaros piaban en los árboles.
-Junto á las tapias, entre el follaje tupido y verde, brillaban las
-campanillas purpúreas de las digitales, y las rosas menudas de algún
-rosal silvestre.</p>
-
-<p>Rodeadas de malezas y de zarzas, medio ocultas por los jaramagos y las
-ortigas, se veían las lápidas de mármol, blancas, rotas, y las de
-piedra, carcomidas y verdeantes por los musgos. En algunas partes, el
-follaje era tan espeso, que las tumbas desaparecían envueltas en plantas
-trepadoras, entre grandes cardos espinosos y yezgos de negras umbelas.</p>
-
-<p>Del fondo de algunos nichos brotaban florecillas tristes, rojas y
-azules, y junto á sus tallos y á sus hojuelas verdes, se veían pedazos
-de<a name="page_193" id="page_193"></a> ataúdes, restos de la estameña de los hábitos y del traje blanco de
-los niños.</p>
-
-<p>En las paredes, en los huecos de las piedras de la vieja tapia derruida,
-corrían, al sol, las lagartijas y las salamandras.</p>
-
-<p>Algunos arbolillos enclenques, debilitados por las hierbas parásitas,
-nacían en medio de aquella selva, y de sus brazos desgajados, por entre
-su ramaje podrido, salían pájaros de colores, que volaban como flechas
-por el aire de invierno, ligero y sutil...</p>
-
-<p>De este patio pasaron á otro que daba hacia una explanada frontera al
-Tercer Depósito. Llegaba hasta allá el rumor de los organillos de los
-merenderos próximos; silbaban los alambres del telégrafo al ser movidos
-por el viento, y á veces se oía el cacareo de algún gallo y el silbido
-de algún tren.</p>
-
-<p>Unas vacas rojas pastaban en aquellos campos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esas vacas?&mdash;preguntó el juez.</p>
-
-<p>&mdash;Son de una vaquería de la calle de Magallanes&mdash;dijo el conserje.</p>
-
-<p>&mdash;Este terreno, ¿no pertenece al cementerio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero lo tiene arrendado el cura. Ya hace mucho tiempo que no se
-entierra aquí.</p>
-
-<p>&mdash;El cura también es un punto&mdash;dijo Rebolledo á Manuel&mdash;; se ha llevado
-las puertas de hierro de la capilla á una posesión suya. Volvieron el
-juez y el actuario á reconocerlo todo<a name="page_194" id="page_194"></a> de nuevo y al avanzar la tarde se
-retiraron.</p>
-
-<p>Manuel, Ortiz y Rebolledo salieron los últimos.</p>
-
-<p>Iba anocheciendo; un aire de tristeza y de ruina, llenaba el cementerio;
-á lo lejos de las hierbas húmedas, de color de esmeralda, brotaban
-ligeras neblinas...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Ortiz se acercó á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes?&mdash;le dijo&mdash;. Ya le cogimos al Bizco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí? ¿Cuándo?</p>
-
-<p>&mdash;Hará unos meses. No te puedes figurar quién me ayudó á cogerlo.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Un amigo tuyo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién?</p>
-
-<p>&mdash;El Titiritero... aquel viejo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Don Alonso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Había entrado en la policía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y sigue ahí?</p>
-
-<p>&mdash;No; creo que murió.</p>
-
-<p>&mdash;Pobre. ¿Y el Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;El Bizco tiene para rato. Probablemente le condenarán á muerte.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le han juzgado todavía?</p>
-
-<p>&mdash;No. Si quieres verle...</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo! ¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Al fin y al cabo ha sido amigo tuyo.<a name="page_195" id="page_195"></a></p>
-
-<p>&mdash;Es verdad. ¿Y cuándo le juzgarán?</p>
-
-<p>&mdash;Dentro de unos días. En los periódicos lo podrás ver.</p>
-
-<p>&mdash;Quizás vaya. ¡Adiós!</p>
-
-<p>&mdash;Adiós. Si vas; avísame.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_196" id="page_196"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VIII-b" id="CAPITULO_VIII-b"></a>CAPÍTULO VIII</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Cómo cogieron al Bizco y no vino la buena.&mdash;Nunca viene la buena
-para los desdichados.</p></div>
-
-<p>Don Alonso de Guzmán Calderón y Téllez, había encontrado la manera de
-ganarse la vida en el Cinematógrafo Salomón, por otro nombre el
-Cinecromovidaograph. El dueño del Cinecromovidaograph era Salomón, no
-precisamente el del templo, sino un hombre chiquito y malhumorado,
-barbudo y de color de cobre, que se llamaba ó se hacía llamar así. Este
-hombre, cuyo hígado debía tener proporciones impropias de un hígado
-modesto y normal, vivía con su mujer y dos hijas en una barraca de su
-propiedad, que se armaba y se desarmaba y para viajar tenía un carretón,
-una <i>roulotte</i>, tirada por un caballo normando.</p>
-
-<p>Salomón podía haber sido feliz; el <i>cinecromo</i> daba mucho dinero; los
-negocios marchaban bien, y sin embargo, Salomón era desgraciado.</p>
-
-<p>La causa de su desgracia eran las mujeres. Ya su tocayo, el rey sabio,
-lo había dicho: «La mujer es más amarga que la muerte.»</p>
-
-<p>¿Es que la señora de Salomón se había permitido<a name="page_197" id="page_197"></a> faltar á la fe jurada
-en el altar á su dueño y señor? Jamás. ¿Es que Salomón trataba de libar
-la felicidad en el corazón de otras mujeres? Nunca. Salomón era fiel á
-su consorte, la divina Adela. La divina Adela era fiel á Salomón. Pero
-la divina Adela tenía un genio irresistible.</p>
-
-<p>La divina Adela procedía de una capa social más elevada que su marido.
-La divina Adela era hija de un pedagogo, de un hombre de esos que
-enseñan á los chicos la historia de España y el postulado de Euclides.</p>
-
-<p>Ahora bien, de enseñar el postulado de Euclides á enseñar un
-cinematógrafo, ¡qué abismo! La divina Adela había medido con sus ojos
-este abismo. A los diez años de casada, su <i>mesalliance</i>, como decimos
-en el mundo diplomático, la obsesionaba y la tenía irritada y nerviosa.</p>
-
-<p>Si su marido pedía una camiseta, la divina Adela se horrorizaba; si
-lanzaba una interjección fuerte, le daba un ataque de nervios. La divina
-Adela tenía á Salomón por un hombre cruel, despótico, grosero, á quien
-ella, á pesar de todo, amaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué me he casado yo con este hombre, con este
-saltimbanqui?&mdash;preguntaba de vez en cuando con la vista en el vacío&mdash;.
-Venid aquí, hijas mías&mdash;les decía á sus niñas&mdash;, con vuestra madre.<a name="page_198" id="page_198"></a></p>
-
-<p>Don Alonso estaba con Salomón de criado y de voceador del cinematógrafo.
-Tenía un frac y unos pantalones encarnados, una comida regular... lo
-bastante para ser feliz. Era un buen escenario para que don Alonso
-luciese sus habilidades. Allí, á la puerta de la barraca, el hombre
-tiraba diez ó doce bolas al alto y las iba recogiendo rápidamente; hacía
-luego danzar por el aire una botella, un puñal, una vela encendida, una
-naranja y otra porción de cosas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Entrad, señores, á ver el cinecromovidaograph!&mdash;gritaba&mdash;. Uno de los
-adelantos más grandes del siglo <small>XX</small>. Se ven moverse á las personas.
-¡Ahora es el momento! ¡Ahora es el momento! Va á comenzar la
-representación. ¡Un real! ¡Un real! Niños y militares, diez céntimos.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Entre las películas del cinecromovidaograph había: La marcha de un tren;
-La escuela de natación; Un baile; La huelga; Los soldados en la parada;
-Maniobras de una escuadra, y además varios números fantásticos. Entre
-éstos los más notables eran uno de un señor que no puede desnudarse
-nunca, y otro de un hombre que roba y á quien le persiguen dos
-polizontes, y se hace invisible y se escapa de entre los dedos de sus
-perseguidores y se convierte en bailarina y se ríe del juez y de los
-guardias.<a name="page_199" id="page_199"></a></p>
-
-<p>Una mañana, camino de Murcia, tuvo Salomón la mala idea de detenerse en
-un pueblo próximo á Monteagudo.</p>
-
-<p>El alcalde del pueblo entendió que debía ver la representación para
-prestar ó no su consentimiento al espectáculo.</p>
-
-<p>En vista de que en el público abundaba el elemento rico, Salomón pensó
-que debía suprimirse el cuadro de La huelga. Se representaron los demás
-cuadros con aplauso; pero al llegar al Ladrón invisible, el alcalde,
-hombre religioso, católico y dedicado á la usura, afirmó en voz alta que
-era inmoral que no cogieran á aquel bandido.</p>
-
-<p>&mdash;Que vuelvan á hacerlo, pero que le cojan al ladrón&mdash;dijo en voz alta.</p>
-
-<p>&mdash;Es imposible, señor alcalde&mdash;replicó don Alonso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo que es imposible!&mdash;repuso el alcalde&mdash;. O se hace eso ó los
-llevo á ustedes á la cárcel. A escoger.</p>
-
-<p>Don Alonso quedó sumido en un mar de confusiones, y estimó, como lo más
-oportuno, apagar las luces, para dar á entender que se había acabado la
-representación. Nunca lo hubiera hecho.</p>
-
-<p>Los espectadores, furiosos, se lanzaron contra él. Don Alonso escapó
-fuera de la barraca. ¡A ese!&mdash;gritó un chico al verle ¡A ese!&mdash;gritaron
-unas mujeres, y hombres y mujeres, y<a name="page_200" id="page_200"></a> chicos y perros, echaron á correr
-tras él. Don Alonso salió del pueblo. Cruzó volando unos rastrojos.
-Comenzaron á llover piedras á su alrededor. Afortunadamente se hacía de
-noche y los salvajes del pueblo, pensando en su cena, abandonaron la
-cacería. Cuando se vió solo, don Alonso, rendido, se tiró en la tierra.
-El corazón le golpeaba como un martillo en el pecho.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Lo encontró en la carretera al día siguiente la guardia civil. Con su
-frac negro lleno de barro, don Alonso tenía todas las trazas de un
-hombre escapado de un manicomio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es usted?&mdash;le dijeron los civiles.</p>
-
-<p>Don Alonso contó lo que le había ocurrido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted cédula?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces venga usted con nosotros.</p>
-
-<p>Les siguió don Alonso, aunque estaba molido, hasta un pueblo próximo.
-Allí los guardias, le entregaron al alguacil y éste le metió en la
-cárcel, donde pasó la noche.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿por qué me detienen á mí?&mdash;preguntó varias veces el pobre
-hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Como no tiene usted cédula...</p>
-
-<p>Al día siguiente le sucedió lo mismo, y así, por tránsitos de la guardia
-civil, comiendo rancho, durmiendo de cárcel en cárcel, vestido de
-harapos, entre basura y piojos, don Alonso llegó á Madrid. Lo llevaron
-al Gobierno civil<a name="page_201" id="page_201"></a> y le presentaron á un señor. Interrogado por él, le
-contó sus cuitas, con un acento tal de verdad, que el hombre se
-compadeció y le dejó marcharse.</p>
-
-<p>&mdash;Si no encuentra usted destino, añadió el señor&mdash;quizás le pueda yo
-proporcionar algo.</p>
-
-<p>Don Alonso escribió á Salomón, pero éste no le contestó. Fué repetidas
-veces al Gobierno civil, y una de ellas el señor aquel le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted ser de la policía?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre...</p>
-
-<p>&mdash;Dígame sí ó no, porque si no, le doy el cargo á otro.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; yo no sé si tendré condiciones...</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted, sí ó no?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, dentro de unos días tendrá usted el nombramiento.</p>
-
-<p>Por esta serie de circunstancias, don Alonso fué de la policía.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Meses después de su ingreso en las huestes del Gallo, don Alonso tuvo
-que entrar en campaña. Una noche, en el soto de Migascalientes, cerca de
-la Virgen del Puerto, encontraron una mujer muerta, con una puñalada en
-los riñones. Era una mujer ya de cierta edad, llamada la Galga; una
-desdichada que ganaba algunos céntimos por aquellos andurriales.<a name="page_202" id="page_202"></a></p>
-
-<p>Al día siguiente, la policía detuvo en un merendero á un randa, á quien
-le decían el Chaval.</p>
-
-<p>Muchos le habían visto repetidas veces con la Galga; todos los indicios
-estaban contra él.</p>
-
-<p>Prendieron al mozo, que al principio negó con energía su participación
-en el crimen; pero al último confesó la verdad.</p>
-
-<p>El no era el asesino. La Galga tenía dos amantes, uno él y otro el
-Bizco. El Bizco le había amenazado varias veces á él si no dejaba á la
-Galga, y un día se habían desafiado; pero al llegar al lugar del
-desafío, el Bizco le dijo que la Galga les engañaba á los dos.</p>
-
-<p>Se le había visto con uno á quien llamaban el Malandas, en un merendero.
-El Bizco y el Chaval decidieron castigar á la Galga, y el Bizco la citó
-en el Soto.</p>
-
-<p>Era un día encapotado y frío. Al presentarse la Galga, salieron juntos
-el Chaval y el Bizco. El Bizco se lanzó sobre ella, y le pegó un
-puñetazo en la cara, ella volvió la espalda, y entonces él, sacando una
-navaja, se la hundió por los ríñones. Esto era lo que había ocurrido.</p>
-
-<p>Don Alonso y Ortiz fueron los encargados de seguir la pista al Bizco.
-Tenían confidencias de que se le había visto después del crimen, una vez
-en el puente de Vallecas y otra en la California.<a name="page_203" id="page_203"></a></p>
-
-<p>&mdash;Usted&mdash;le dijo Ortiz á don Alonso&mdash;hace lo que yo le diga, nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&mdash;Hay necesidad de cogerle á ese hombre cuanto antes.</p>
-
-<p>El primer día registraron los dos el Cuartelillo de la plaza de
-Lavapiés, la Casa del Cura, de la calle de Santiago el Verde, los
-rincones de la Huerta del Bayo, y las tabernas de la calle de Peña de
-Francia y de Embajadores, hasta el Pico del Pañuelo. Al anochecer se
-sentaron á descansar en el merendero de la Manigua.</p>
-
-<p>&mdash;¿A que no sabe usted por qué le llaman á esto la Manigua?&mdash;le dijo
-Ortiz á Don Alonso.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es muy sencillo. Viene la gente aquí, bebe este vinazo, se
-emborracha y vomita... y claro, tienen el vómito negro... por eso se
-llama la Manigua.</p>
-
-<p>Fuera de este descubrimiento, no hicieron ningún otro relacionado con
-sus pesquisas.</p>
-
-<p>Al día siguiente, muy de mañana, se metieron los dos por la calle del
-Sur.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver si aquí nos enteramos&mdash;dijo Ortiz señalando una taberna.</p>
-
-<p>Entraron en una tabernucha próxima á unos campos santos. Ortiz conocía
-al tabernero, y hablaron los dos de los buenos tiempos en que se pasaba
-el vino de matute á carros.<a name="page_204" id="page_204"></a></p>
-
-<p>&mdash;Aquello era un negocio, ¿eh?&mdash;exclamó Ortiz.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, era&mdash;dijo el tabernero&mdash;; entonces se veía aquí <i>luz divina</i>.
-Ganaban lo que querían.</p>
-
-<p>&mdash;Y tranquilamente.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece. Aquí se detenían los matuteros y los mismos de consumos les
-acompañaban á dejar el contrabando. Hubo días que se metieron en la
-bodega de esta casa más de treinta cubas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted habrá hecho su pacotilla?&mdash;preguntó don Alonso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia, hombre! Eso era en tiempo del que me traspasó la taberna.
-Cuando tomé yo esto, estaban arrendados los Consumos; pusieron esa fila
-de estacas altas, entre la vía y las casas, y ahora no entra ni un
-cuartillo de vino sin pagar.</p>
-
-<p>Preguntó Ortiz por el Bizco, de pasada, pero el tabernero no le conocía,
-ni había oído hablar de él.</p>
-
-<p>Salieron los dos polizontes de la taberna, y en vez de seguir por el
-camino de Yeseros, fueron por la margen del arroyo de Atocha, hasta el
-punto en que éste vierte sus aguas sucias en el Abroñigal. Pasaron por
-debajo de un puente del ferrocarril, y siguieron remontando el curso del
-arroyo. En la orilla, en medio de un huerto, se levantaba una casucha<a name="page_205" id="page_205"></a>
-blanca con un emparrado. En la pared, encalada, se leía un letrero
-trazado con mano insegura: «Ventorro del Cojo».</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver si aquí saben algo&mdash;dijo Ortiz.</p>
-
-<p>Un raso empedrado con cantos, con una higuera en medio, había delante de
-la puerta del ventorrillo. Entraron. En el zaguán, un hombre de malas
-trazas y de mirada torva, que estaba sentado en un banco, hizo un
-movimiento de sorpresa y de desconfianza al ver á Ortiz.</p>
-
-<p>Este no se dió por enterado; pidió dos copas en el mostrador, á una
-mujer flaca y negruzca, y con el vaso en la mano, y mirando al hombre de
-reojo, le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué tal por el ventorro del Maroto?</p>
-
-<p>&mdash;Bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se reune buena gente por allá?</p>
-
-<p>&mdash;Tan buena como en cualquier otra parte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sigue andando por ahí el Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;El Bizco, hombre... ese rojo...; demasiado que lo conoce usted.</p>
-
-<p>&mdash;Ese nunca ha ido por el ventorro del Maroto, sino por el Puente.</p>
-
-<p>Ortiz vació la copa, se limpió los labios con el dorso de la mano, y
-saludando á la ventera salió de allá.</p>
-
-<p>&mdash;Este gachó&mdash;dijo en voz baja á don<a name="page_206" id="page_206"></a> Alonso&mdash;, mató á un segador, y se
-salvó del presidio no sé cómo.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que nos sigue&mdash;murmuró don Alonso, mirando hacia atrás.</p>
-
-<p>&mdash;No nos vaya á hacer la santísima&mdash;exclamó Ortiz, y sacando el revólver
-del cinto esperó un instante.</p>
-
-<p>El hombre del ventorro del Maroto se había apostado tras de un ribazo;
-luego, viéndose descubierto, huyó.</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos de aquí&mdash;dijo Ortiz.</p>
-
-<p>Echaron los dos á andar de prisa y salieron pronto al Puente de
-Vallecas.</p>
-
-<p>Entraron en un merendero. Una mujer gorda, bajita, ya vieja, de pómulos
-salientes, con un pañuelo rojo atado á la cabeza, daba al manubrio de un
-organillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está el Manco?&mdash;la preguntó Ortiz.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí debe estar.</p>
-
-<p>Unas cuantas parejas que bailaban al son del organillo, se pararon al
-ver á Ortiz y á don Alonso.</p>
-
-<p>El Manco, un hombre alto, rubio, afeitado, con el pecho de gigante, y el
-cuello redondo de mujer, les salió al encuentro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué buscan?&mdash;dijo con voz afeminada.</p>
-
-<p>&mdash;A uno á quien llaman el Bizco.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí no viene ese hace ya tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues dónde anda?</p>
-
-<p>&mdash;Por las Ventas.<a name="page_207" id="page_207"></a></p>
-
-<p>Salieron del merendero y siguieron nuevamente por la orilla del arroyo
-Abroñigal. Algunos chiquillos negruzcos se chapoteaban en el agua...</p>
-
-<p>Comenzaba á anochecer cuando aparecieron entre los tejares del barrio de
-Doña Carlota. Madrid brotaba por encima de las frondas del Retiro.
-Sonaban las esquilas de algunos rebaños.</p>
-
-<p>En los alrededores de la barriada había grandes hoyos con pilas de
-ladrillo. Estaban ardiendo los hornos; salía de ellos un humo espeso de
-estiércol quemado que, rasando la tierra, verde por los campos de
-sembradura, se esparcía en el aire y lo dejaba irrespirable. A lo lejos,
-algunas humaredas pálidas subían de la tierra al horizonte incendiado
-por un crepúsculo espléndido de nubes de púrpura.</p>
-
-<p>Ortiz preguntó á un hombre que estaba levantando ladrillos si conocía al
-Bizco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ese randa de pelo rojo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Le he visto hace unos días. Debe vivir por la Elipa.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos por allá&mdash;murmuró Ortiz.</p>
-
-<p>Siguieron por la orilla del arroyo. El cielo de nubes rojizas iba
-obscureciéndose. Cruzaron el camino de Vicálvaro.</p>
-
-<p>&mdash;Por aquí fuí yo al Este á enterrar á una<a name="page_208" id="page_208"></a> chica que se me murió&mdash;dijo
-Ortiz&mdash;; la llevé á la pobrecita debajo del brazo envuelta en un mantón.
-No tenía ni para una caja...</p>
-
-<p>Este recuerdo trajo á la memoria del guardia sus miserias y contó á don
-Alonso su vida.</p>
-
-<p>Don Alonso estaba deseando que acabase para asombrarle á Ortiz con sus
-historias de América.</p>
-
-<p>El guardia seguía y seguía hablando, y don Alonso murmuraba
-distraídamente:</p>
-
-<p>&mdash;Ya vendrá la buena.</p>
-
-<p>Mientras charlaban fué anocheciendo. Salió la luna en menguante; una
-neblina tenue comenzó á cubrir el campo; algún árbol solitario se erguía
-derecho y proyectaba la sombra de su follaje en el camino; alguna
-estrella cruzaba el cielo dejando una ráfaga blanca. El agua plateada
-del arroyo se deslizaba por la tierra silenciosa, trazando curvas como
-una larga serpiente.</p>
-
-<p>Seguían hablando cuando don Alonso vió la silueta de un hombre que
-aparecía entre dos árboles. Agarró del brazo á Ortiz, indicándole que se
-callara. Se oyó un ruido de ramas y el paso furtivo de alguien que huyó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué era?&mdash;dijo Ortiz.</p>
-
-<p>&mdash;Un hombre que ha salido de ahí.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde?</p>
-
-<p>&mdash;No sé á punto fijo. Me ha parecido que de entre esos árboles.<a name="page_209" id="page_209"></a></p>
-
-<p>Se acercaron; había en el ribazo, que allí tenía más de un metro de
-alto, un montón de maleza y unos pedruscos.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí hay algo&mdash;dijo Ortiz metiendo su bastón. Quitó dos piedras
-grandes, luego una tabla y apareció la boca de un agujero. Encendió un
-fósforo. Era un boquete cuadrado abierto en la tierra arenosa y húmeda.
-Entraron los dos. Tendría la cueva tres metros de profundidad por uno y
-medio de anchura. Ocupaba el fondo una cama de paja y de papeles con una
-manta gris. En un rincón había huesos mondados y latas de conserva
-vacías.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí tiene el lobo la madriguera&mdash;dijo Ortiz&mdash;. Sea el Bizco ú otro,
-este ciudadano no está dentro de la ley.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no paga contribución.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué vamos á hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Esperarle. Yo le aguardo aquí dentro. Usted pone la tabla como estaba
-antes, con dos piedras encima, y se queda ahí fuera. Cuando venga, que
-vendrá, le deja usted entrar, y en seguida se echa usted á la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Ortiz amartilló el revólver y se sentó en la cama. Don Alonso, después
-de tapar la boca del agujero, buscó un sitio resguardado en donde no se
-le viera y se tendió en el suelo. Le molestaba bastante haber tenido que
-oir la<a name="page_210" id="page_210"></a> historia vulgar de Ortiz y no haber podido contar sus aventuras.
-La verdad es que su vida era rara. ¡Él convertido en policía! ¡Acechando
-á un hombre!</p>
-
-<p>Horas y horas esperaron, Ortiz dentro y don Alonso fuera. Estaba ya
-clareando cuando apareció el Bizco. Llevaba algo debajo del brazo.
-Atravesó el arroyo, se acercó al ribazo, quitó la tabla... Don Alonso,
-empuñando el revólver, se levantó con rapidez y se asomó á la boca del
-agujero.</p>
-
-<p>&mdash;Ya está&mdash;dijo Ortiz desde dentro, y salieron inmediatamente el guardia
-y el Bizco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será éste?&mdash;preguntó el guardia.</p>
-
-<p>-Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Si trata de huir, tire usted&mdash;dijo Ortiz á don Alonso.</p>
-
-<p>Don Alonso apuntó con el revólver al bandido, que temblaba, sin oponer
-resistencia, y Ortiz le ató codo con codo.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, andando.</p>
-
-<p>Don Alonso estaba entumecido; le dolía todo el cuerpo. Echaron á andar
-los tres por el camino de la Elipa.</p>
-
-<p>Al llegar cerca del nuevo hospital de San Juan de Dios estaba
-amaneciendo; un amanecer tristón y anubarrado.</p>
-
-<p>Don Alonso se encontraba cada vez peor; sentía escalofríos por todo el
-cuerpo, un dolor de cabeza violento y una lancetada en el pecho.<a name="page_211" id="page_211"></a></p>
-
-<p>&mdash;Yo estoy malo&mdash;le dijo á Ortiz&mdash;, no puedo con mi alma.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; entonces yo me marcho.</p>
-
-<p>Ortiz y el Bizco se alejaron.</p>
-
-<p>Don Alonso quedó solo y fué avanzando penosamente. Cuando llegó cerca de
-la tapia del Retiro pidió auxilio á un guardia municipal. Este le
-acompañó, y en la calle de Alcalá tomaron un coche. Don Alonso tosía y
-no podía respirar; le sacaron del coche al llegar al hospital y le
-metieron en una camilla.</p>
-
-<p>Al echarse, don Alonso quedó rendido y sintió como si le dieran un
-martillazo en la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Yo tengo algo muy grave, y quizás me vaya á morir&mdash;pensó con angustia.</p>
-
-<p>No se dió cuenta de cuando le metieron en la cama; comprendió que estaba
-en el hospital y sintió que su cuerpo ardía. Una monja se le acercó y
-puso un escapulario en el hierro de la cama.</p>
-
-<p>Don Alonso entonces recordó un cuento, y á pesar de la fiebre el cuento
-le hizo reir. Era un gitano que estaba muriéndose y llamaba á todos los
-santos de la corte celestial en su ayuda; viéndole tan apurado, una
-vecina le llevó un niño Jesús, y le dijo al enfermo:</p>
-
-<p>&mdash;Rece, hermano, que éste le salvará.</p>
-
-<p>Y el gitano contestó compungido:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, hermana! Si lo que yo necesito es un<a name="page_212" id="page_212"></a> Santo Cristo con más...
-barbas que un capuchino.</p>
-
-<p>Luego el cuento se complicó con recuerdos lejanos, la fiebre aumentó y
-don Alonso murmuró convencido:</p>
-
-<p>&mdash;Ya vendrá la buena.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Después de ocho días, pasados entre la vida y la muerte, el médico de la
-sala dijo que la pleuresía de don Alonso se había complicado con el
-tifus y que era necesario trasladar el enfermo al hospital del Cerro del
-Pimiento.</p>
-
-<p>Una mañana fueron los camilleros, cogieron á don Alonso, lo sacaron de
-la cama y lo metieron en una camilla.</p>
-
-<p>Luego los dos mozos bajaron las escaleras del hospital, tomaron por la
-calle de Atocha arriba, después por la de San Bernardo hasta el paseo de
-Areneros. Entraron hacia las proximidades de San Bernardino por una
-zanja cortada en la tierra arenosa y amarillenta, y llegaron al Cerro
-del Pimiento. Llamaron; pasaron á un vestíbulo y levantaron el hule de
-la camilla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Anda la!... Se ha muerto el socio&mdash;dijo uno de los mozos&mdash;¿Lo
-dejaremos aquí?</p>
-
-<p>&mdash;No, no, llevadlo&mdash;replicó el conserje del hospital.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues es una broma tener que llevarlo otra vez!&mdash;dijo el otro&mdash;. Más
-valiera morirse.<a name="page_213" id="page_213"></a></p>
-
-<p>Cogieron con resignación la camilla y salieron.</p>
-
-<p>Hacía una mañana espléndida, hermosísima. Se sentía con intensidad la
-primavera.</p>
-
-<p>El césped brillaba sobre las lomas; temblaban las hojas nuevas de los
-árboles; refulgían al sol las piedras en las calzadas, limpias por las
-lluvias recientes... Todo parecía nuevo y fresco, los colores y los
-sonidos; el brillo de los árboles y el piar de los pájaros; la hierba
-salpicada de margaritas blancas y amarillas, y las mariposas sobre los
-sembrados. Todo, hasta el sol. Todo, hasta el cielo azul que acababa de
-brotar del caos de las nubes, tenía un aire de juventud y frescura...</p>
-
-<p>Entraron los dos camilleros de nuevo por la zanja, entre las altas
-paredes cortadas á pico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si lo dejáramos aquí?&mdash;preguntó uno de los mozos.</p>
-
-<p>&mdash;Dejémosle&mdash;contestó el otro.</p>
-
-<p>Levantaron el hule de la camilla, y poniéndola de lado, hicieron que el
-cadáver cayera desnudo en una oquedad. Y el muerto quedó despatarrado,
-mostrando sus pobres desnudeces ante la mirada azul, clara y serena del
-cielo, y los camilleros se fueron á tomar una copa...</p>
-
-<p>Indudablemente no había venido la buena.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_214" id="page_214"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IX-b" id="CAPITULO_IX-b"></a>CAPÍTULO IX</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">La Dama de la Toga Negra.&mdash;Los amigos de la Dama.&mdash;El pajecillo, el
-lindo pajecillo.</p></div>
-
-<p>Hay en Madrid en un palacio con grandes salas y largas galerías, en las
-que por todas partes no se ven más que Cristos, una vieja dama de gran
-alcurnia, que ejerce una de las funciones más importantes y severas de
-la sociedad.</p>
-
-<p>Esta vieja dama viste toga negra, cala birrete, también negro, habla
-gravemente y entre las imágenes de Cristo administra á diestro y
-siniestro reprimendas y castigos.</p>
-
-<p>Antes, en el Olimpo, era una severa matrona con los ojos vendados; ahora
-es una vieja arpía, con la vista de lince, el vientre abultado, las uñas
-largas y el estómago sin fondo.</p>
-
-<p>En el Olimpo esta dama discurría y estaba rodeada de inmortales; ahora,
-en vez de discurrir, tiene un libro con más interpretaciones que la
-Biblia, y en vez de personas dignas á su alrededor, está rodeada de
-curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de
-alhajas, hombres buenos, abogados de fama<a name="page_215" id="page_215"></a> y abogados de poyete.., una
-larga procesión de sacacuartos y de escamoteadores, que empieza muy alto
-y acaba en el verdugo, que es un escamoteador de cabezas.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;Tienes que ir á ver á tu amigo&mdash;dijo Juan á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Buscaron á Ortiz, y con él entraron en la Audiencia. Había en los
-pasillos una gran animación. Uno de los patios estaba plagado de gente.
-Por las ventanas de las galerías se veían señores de birrete escribiendo
-ó leyendo. En los armarios de aquellas oficinas se amontonaban
-expedientes.</p>
-
-<p>&mdash;Todos esos papeles, todos esos legajos&mdash;dijo Juan&mdash;, estarán empapados
-de sangre; habrá ahí más almas marchitas y desecadas que flores en un
-herbario.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y qué se va á hacer!&mdash;repuso Manuel&mdash;; si no hubiera criminales...</p>
-
-<p>&mdash;Estos sí que son criminales&mdash;murmuró Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver si podéis pasar&mdash;dijo Ortiz.</p>
-
-<p>Entraron en una antesala de la galería baja. Había allá un señor de
-barba blanca y mirada severa y dos jóvenes. Los tres estaban vestidos
-con toga y birrete.</p>
-
-<p>&mdash;Soy enemigo del indulto&mdash;decía el señor de la barba blanca&mdash;; le he
-condenado dos veces<a name="page_216" id="page_216"></a> á muerte y las dos le han indultado. Ahora espero
-que lo ejecutarán.</p>
-
-<p>&mdash;Pero es una pena tan severa&mdash;murmuró uno de los jóvenes sonriendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hablan del Bizco?&mdash;preguntó Manuel á Ortiz.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¡Nada, nada!&mdash;exclamó el viejo de la barba blanca&mdash;; hay que hacer un
-escarmiento. Hemos quedado en que se fije la fecha del recurso para
-después de Mayo, no vaya á ser indultado por el santo del rey.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bárbaros!&mdash;exclamó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;En estos casos&mdash;repuso el joven togado tímidamente&mdash;, es cuando se
-pregunta uno si la sociedad tiene derecho para matar; porque
-indudablemente este hombre no ha estado nunca en posesión de su
-conciencia, y la sociedad que no se ha cuidado de educarle, que le ha
-abandonado, no debía tener derecho...</p>
-
-<p>&mdash;La cuestión de derecho, es una cuestión vieja de la que nadie se
-ocupa&mdash;replicó el viejo con cierta irritación&mdash;. ¿Existe la pena de
-muerte? Pues matemos. Considerar la pena como medio de rehabilitación
-moral, aquí entre nosotros, es una estupidez. ¡Enviar á uno á que se
-rehabilite á un presidio!... El derecho á la pena, el derecho á ser
-rehabilitado... muy bonito para la cátedra. El presidio y la pena de
-muerte no son más que medidas de higiene<a name="page_217" id="page_217"></a> social, y desde este punto de
-vista, nada tan higiénico como cumplir la ley en todos los casos, sin
-indultar á nadie.</p>
-
-<p>Manuel miró á su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tiene razón?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; dentro de lo suyo, tiene razón&mdash;replicó Juan&mdash;. A pesar de eso, yo
-encuentro á ese viejo sanguinario bastante repulsivo.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Se abrió una puerta y apareció un hombre bajito, de bigote negro y
-rizado, con lentes, algo ventrudo, movedizo y calvo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal?&mdash;le preguntó el juez.</p>
-
-<p>&mdash;Mal; el jurado está cada vez más torpe. Yo le advierto á usted que lo
-hago á propósito y todos los pretextos que envían las personas discretas
-para no ser jurados, los acepto. Cuantos más brutos sean los que
-componen el jurado, mejor. A ver si se desacredita de una vez.</p>
-
-<p>&mdash;También la ley debían modificarla...&mdash;comenzó diciendo el joven.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que debían hacer era suprimir el jurado&mdash;afirmó el hombre chiquito.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora puedes bajar un momento&mdash;dijo Ortiz á Manuel&mdash;y preguntarle si
-quiere algo.</p>
-
-<p>Bajó Manuel unos escalones. Se abrió la puerta de un calabozo. Había
-allí una medrosa semiobscuridad. Un hombre estaba tirado en un banco.
-Era el Bizco.</p>
-
-<p>El Bizco en aquel instante pensaba. Pensaba<a name="page_218" id="page_218"></a> que afuera hacía un sol
-hermoso; que en las calles andaría la gente disfrutando de su libertad;
-que en el campo habría sol y pájaros en los árboles. Y que él estaba
-encerrado. Entre la bruma de su cerebro no había ni un asomo de
-remordimiento, sino una gran tristeza, una enorme tristeza. Pensaba
-también que estaba condenado á muerte, y se estremecía...</p>
-
-<p>Nunca se había preguntado por qué era odiado, por qué era perseguido. El
-había seguido el fatalismo de su manera de ser. Ahora mil cuestiones se
-iban amontonando en su cerebro.</p>
-
-<p>La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su
-poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el
-perfume en el aire.</p>
-
-<p>Y ahora, en la soledad, en el aislamiento, la inteligencia dormida del
-Bizco se despertaba y comenzaba á interrogarse á sí misma...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, tú!&mdash;le dijo el carcelero&mdash;aquí vienen á verte.</p>
-
-<p>El Bizco se levantó y quedó contemplando á Manuel con el mayor estupor.</p>
-
-<p>Al ver á Manuel no se extrañó; le miró fijamante con estúpida
-indiferencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me conoces?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres algo?<a name="page_219" id="page_219"></a></p>
-
-<p>&mdash;No quiero nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿No necesitas algún dinero?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tienes que hacerme algún encargo?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Se miraron los dos atentamente. El Bizco volvió á tenderse en el banco.</p>
-
-<p>&mdash;Si me matan, dile al verdugo que no me haga mucho daño&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no quieres nada más?</p>
-
-<p>&mdash;No quiero nada de ti.</p>
-
-<p>Salió Manuel del calabozo y se reunió á su hermano.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Hablando Manuel con sus amigos de la extraña recomendación que le había
-hecho el Bizco, el Bolo, el zapatero de portal, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo le conozco al verdugo. ¿Quieres que vayamos á verle una noche?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo iré á buscarte á la imprenta un día de estos.</p>
-
-<p>&mdash;Sería mejor que me dijeras un día fijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿El sábado?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Fueron Juan, Caruty y el Libertario á la imprenta y esperaron á que
-llegara el Bolo. Luego, en compañía de éste y de Manuel, se encaminaron
-por la calle de Bravo Murillo.</p>
-
-<p>En la puerta de una taberna de una calle<a name="page_220" id="page_220"></a> próxima había un hombre de
-mediana estatura, fuerte, fumando un cigarro.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí está&mdash;dijo el Bolo señalándole con disimulo é indicándolo á los
-amigos.&mdash;Ese es.</p>
-
-<p>Se acercó á saludarle.</p>
-
-<p>&mdash;Que hay, compadre&mdash;le dijo dándole la mano&mdash;. ¿Cómo estamos?</p>
-
-<p>&mdash;Bien y usted.</p>
-
-<p>&mdash;Estos&mdash;advirtió el Bolo, mostrando á Manuel, al Libertario, á Juan y á
-Caruty&mdash;son amigos míos.</p>
-
-<p>&mdash;Por muchos años&mdash;contestó él&mdash;. Vamo á tomá una copa&mdash;añadió con
-acento andaluz cerrado.</p>
-
-<p>&mdash;Nos sentaremos un rato&mdash;saltó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No; hablaremo en casa.</p>
-
-<p>Bebieron una copa y salieron á la calle.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que usted es el ejecutor de la justicia?&mdash;preguntó el
-Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señó.</p>
-
-<p>&mdash;Mal oficio tiene usted, paisano.</p>
-
-<p>&mdash;Malo é&mdash;contestó él&mdash;, pero peó é morirse de jambre.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Fueron los cinco andando hasta detenerse frente á una casa alta, de
-ladrillo. Atravesaron el portal y entraron en un cuarto pequeño,
-iluminado por un quinqué encendido, puesto encima de una mesa. Nada
-indicaba allí al personaje sombrío y terrible que en aquel rincón
-vivía.<a name="page_221" id="page_221"></a> Era un cuarto pobre, igual á todos los cuartos pobres. Había en
-las paredes algunos retratos. A un lado una puerta de cristales con
-cortinillas, que daba á una alcoba, y enfrente de ésta una cama.</p>
-
-<p>Al entrar ninguno percibió una mujer, de negro, pequeña, sentada en un
-taburete, con un niño en brazos. Era la hembra del buchí; al verla la
-saludaron; tenía aquella mujer un aspecto tétrico, una cara de japonesa,
-una seriedad fatídica.</p>
-
-<p>El verdugo les invitó á sentarse á todos; salió al portal en seguida, y
-llamando al chico de la portera, le envió por un frasco de vino; luego
-tomó una silla y se sentó. Era un tipo rechoncho, con la cabeza
-cuadrada, de patillas y bigote rubios, la cara juanetuda. Vestía
-decentemente y llevaba sombrero hongo. Hablaron durante algún tiempo de
-una porción de cosas indiferentes y Manuel contó lo que le había pedido
-el Bizco.</p>
-
-<p>&mdash;Esté usté sin cuidao&mdash;dijo el verdugo&mdash;; si yega el caso, se hará tó
-lo que se pueda.</p>
-
-<p>&mdash;Y antes de ser ejecutor&mdash;le preguntó de pronto el Libertario&mdash;, ¿ha
-probado usted otras cosas?</p>
-
-<p>&mdash;¡Si he probao!... La mar. He sío sordao en Cuba durante muchos años;
-he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes... ¿y qué? no
-podía viví.<a name="page_222" id="page_222"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Tan mal le iba!&mdash;exclamó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Muriendo de jambre estaba, y cuando ya acosao dice uno: prefiero viví
-matando que no morirme de jambre, entonse tóos son despresios.</p>
-
-<p>Interrumpió su palabra un golpecito dado en la puerta recatadamente; era
-el chico que traía el frasco de vino. El verdugo cogió el frasco y
-comenzó á escanciar en los vasos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? ¿Cuántos has ejecutado hasta ahora?&mdash;le preguntó el Libertario
-hablándole de pronto de tú.</p>
-
-<p>&mdash;Uno catorse ó quinse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted, no bebe?&mdash;le dijo Manuel viendo que no se echaba vino en el
-vaso.</p>
-
-<p>&mdash;No; yo no bebo nunca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ni cuando tiene usted que trabajar?</p>
-
-<p>&mdash;Entonse meno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha ejecutado usted algún anarquista?</p>
-
-<p>&mdash;¿Anarquista? No sé lo que es eso.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;Y los que tú has matado... ¿han muerto valientes?&mdash;preguntó el
-Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; casi tós. Yo los trato bien, aunque me esté mal el desirlo. No soy
-como el de antes que les hasía sufrí á posta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero eso es verdad?&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; iba borracho, y el hombre se dormía en la brega.<a name="page_223" id="page_223"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Qué barbaridad!&mdash;exclamó el Libertario&mdash;. Y todos van templados, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Tós. Pero tan templao como el Diente, ninguno. ¡Vaya un gaché! Entré
-en la capiya y él estaba tendió. «¡Eh!&mdash;le dije&mdash;. Compare; soy el
-ejecutó de la Justisia. ¿Me perdona?» «Sí, hombre, ¿por qué no?» «Anda,
-ponte esto&mdash;y le dí la túnica.» «Y esto ¿qué é? ¿E que me voy á vestí de
-máscara?» Echamos un sigarro, y como éramo paisanos, jablando de la
-tierra fuimo al tablao. Se sentó en el banquiyo, pero como era bajito no
-yegaba; entonse se levantó un poco y serró la argoya. «A ti te
-perdono&mdash;me dijo&mdash;, á estos farsantes, que les den morsiya. ¡Aprieta, y
-buena suerte!» Era un hombre el Diente.</p>
-
-<p>&mdash;Y tal... que debía ser un hombrecito&mdash;dijo el Libertario sonriendo.</p>
-
-<p>&mdash;Con él estrené yo el correaje nuevo... porque yo no ato con cuerda. Lo
-veréis ustedes. ¡Chica! Trae esa correas para que las vean esto señore.</p>
-
-<p>La mujer fatídica, con el niño en brazos, trajo una cincha negra, con
-varias hebillas brillantes. Todos hicieron un ademán de repulsión al
-verla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el aparato, cómo es?&mdash;dijo el Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;El aparato... mu sensiyo. Do planchas de asero que se ajuntan. Se pone
-así&mdash;y el verdugo<a name="page_224" id="page_224"></a> cogió el frasco de vino por el cuello con su mano
-ancha y velluda&mdash;, y luego se hase ¡crac! y ya está.</p>
-
-<p>Juan, densamente pálido, se secaba la frente llena de sudor frío. Caruty
-recitaba en francés unos versos de Villon, sobre la horca.</p>
-
-<p>&mdash;Ya ve usted&mdash;siguió diciendo el verdugo&mdash;, estas correas las he tenío
-que pagar yo; pues no se lo agradesen á uno. Toavía lo quieren á uno
-desacreditá. Lo que me pasó en Almería con el cura y su sobrino. Vamo,
-¡que me dió una ira! Teníamo que acabá con do y fuimo el de Graná y yo,
-y echamo á suerte; á mí me tocó er cura: Bueno&mdash;dije&mdash;, ya que ha de sé
-uno de lo do, prefiero cargarme la corona. Pue bien, cuando iba en el
-tren tó el mundo se separaba de mí; voy á una posá y disen que no me dan
-de comé, y voy á otra y me quieren reventá... ¡Redió! ¿soy yo er que lo
-manda matá? ¿soy yo ó é el presidente de la Audiensia, que pone su firma
-en la sentensia de muerte? Entonse, ¿por qué me despresian á mí? ¿No le
-pasan el expediente de indurto al minitro y á la reina y lo niegan? Pues
-entonse mata la reina y el minitro y el presidente de la Audiensia y el
-jué y tóos, tanto como yo... ¡Mardito sea el veneno! Pero hay que viví;
-que si no fuera por eso...</p>
-
-<p>El verdugo se levantó para dejar las correas, cantando:<a name="page_225" id="page_225"></a></p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">Mala puñalá le den<br /></span>
-<span class="i0">Mala puñalá le diera.<br /></span>
-</div></div>
-
-<p>&mdash;Como uno de los tío de la taberna de esta calle&mdash;siguió diciendo al
-volver y sentarse&mdash;, que solía jugar á la brisca conmigo, y como é
-natural, una vese ganaba y otra perdía. Y la otra ve, porque perdió
-cuatro jugás seguías, me dijo: «¡Dio me libre de su mano de usté,
-compare!» ¡Molé! si yo ya sé que soy el verdugo; si yo ya sé que tengo
-un ofisio mardesío...</p>
-
-<p>Se veía que el hombre se rebelaba contra su ignominia. Luego le pasó el
-arrechucho y siguió diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y luego qué porvení tenemo lo verdugo? Ná; no tenemo jubilasión, y
-cuando uno é viejo, como el maetro Lorenso, de Graná, que el pobretico
-no tiene fuersa ni para mové el torno, á morirse de jambre. El verdugo
-de Fransia, sí, ese está bien; ese tiene treinta mil reale y jubilasión.
-A mí, si me dejasen, haría también dinero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué haría usted?&mdash;le dijo Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo! ¿Qué haría? Alquilá una tienda ó un entresuelo en la calle de
-Alcalá, y con mi chico haser ejecusiones en figuras de sera.</p>
-
-<p>Todos hicieron un movimiento de asco. ¡Un verdugo de figuras de cera! La
-idea era macabra.</p>
-
-<p>Quedaron largo tiempo silenciosos. Sonaron horas en un reloj de la
-vecindad.</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos&mdash;dijo el Bolo de pronto. Se despidieron<a name="page_226" id="page_226"></a> todos dando la mano
-al verdugo y salieron al paseo de Areneros. La noche estaba negra, el
-cielo obscuro y sombrío como una amenaza.</p>
-
-<p>&mdash;Dicen que es necesaria la pena de muerte&mdash;murmuró Juan&mdash;. Nosotros,
-los pobres, debíamos decir á los burgueses: ¿Queréis matar? Matad
-vosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras haya desdichados con hambre&mdash;repuso el Libertario&mdash;habrá
-hombres capaces de ser verdugos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasaría si estos hombres llegasen á tener conciencia?&mdash;dijo
-Juan&mdash;. Una huelga de verdugos sería curiosa.</p>
-
-<p>&mdash;Sería quitar un puntal á la sociedad&mdash;, repuso el Libertario&mdash;. El
-verdugo, como el cura, como el militar y el magistrado, es uno de los
-sostenes de esta sociedad capitalista.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto durarán todavía los verdugos?&mdash;preguntó el Bolo.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras los magistrados castiguen, mientras los militares maten,
-mientras los curas engañen...&mdash;contestó con voz sombría el
-Libertario&mdash;los habrá.</p>
-
-<p>Caruty recitó una canción de un condenado á muerte que escribe una carta
-á su querida desde la prisión de la Roquette y le cuenta cómo oye con
-estremecimientos de angustia el ruido que hacen al armar la guillotina.<a name="page_227" id="page_227"></a></p>
-
-<h2><a name="TERCERA_PARTE" id="TERCERA_PARTE"></a>TERCERA PARTE</h2>
-
-<h3><a name="CAPITULO_I-c" id="CAPITULO_I-c"></a>CAPÍTULO I</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Las evoluciones del Bolo.&mdash;Danton, Danton, ese era el
-hombre.&mdash;¿Anarquía ó socialismo?... lo que gustéis.</p></div>
-
-<p>Dejó de aparecer Juan por casa de Manuel. Este creyó que estaría
-trabajando, cuando supo por los amigos que se encontraba malo, con un
-catarro terrible. Fué á buscarle, y lo vió en la casa de huéspedes muy
-abandonado, con mal aspecto. Tosía mucho, tenía las manos ardorosas y
-rosetas malares en las mejillas.</p>
-
-<p>&mdash;Lo mejor es que vayas á casa&mdash;le dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Si no tengo nada.</p>
-
-<p>&mdash;Vale más que vayas allá.</p>
-
-<p>Fué efectivamente, y al cabo de una semana de cuidados, Juan se puso
-mejor y volvió á la vida normal.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Mientras los demás peroraban en las reuniones de la taberna de Chaparro,
-Manuel se hizo amigo del Bolo, un zapatero de portal, de<a name="page_228" id="page_228"></a> la calle de
-Palafox, hombre bajito, rechoncho, encarnado, muy feo y algo cojo.</p>
-
-<p>Una noche el zapatero se presentó en casa de Manuel á llevarle la
-<i>Historia de la Revolución Francesa</i>, de Michelet. Al ver aquel tipo la
-Salvadora, y sobre todo la Ignacia, exigieron á Manuel que no volviera
-más á aparecer por casa semejante hombre. Manuel se echó á reir, y por
-más que dijo que el Bolo era una buena persona, no llegó á convencer á
-las dos mujeres.</p>
-
-<p>El Bolo procedía, políticamente, de los republicanos. Al principio,
-según decía, se había afiliado al partido socialista; pero después,
-viendo el aspecto gubernamental que iba tomando poco á poco el
-socialismo en España, y sobre todo, la lucha que se entablaba entre
-socialistas y republicanos, se separó de los socialistas, considerándose
-ácrata. Como sus inclinaciones eran las de un hombre normal, no podía
-menos de encontrar bárbaro todo esto de las bombas y de la dinamita;
-pero delante de los <i>socialeros</i>, de las adormideras del socialismo,
-defendía la utilidad y la necesidad de los atentados.</p>
-
-<p>En el fondo de su odio por los socialistas, latía la idea de que ellos
-habían quitado toda la masa obrera al partido republicano,
-inutilizándolo, quizás para siempre, sólo con el calificativo de partido
-burgués. El Bolo no podía<a name="page_229" id="page_229"></a> acostumbrarse á oir á los compañeros tratar
-sin consideración intelectual á hombres como Salmerón, Ruiz Zorrilla,
-que habían sido siempre sus ídolos; no podía acostumbrarse á oir tratar
-á estos hombres ilustres como reaccionarios sin relieve; figurones de
-cartón, más ó menos serios, que barajaban con grandes aires de
-hierofante frases conceptuosas, sin ningún valor filosófico ni práctico.</p>
-
-<p>La única satisfacción del zapatero como político, era ver que los
-libertarios tenían casi como uno de los suyos á Pí y Margall, y que el
-recuerdo del viejo y venerable don Francisco se conservaba en todos
-ellos con entusiasmo y con respeto...</p>
-
-<p>Manuel tardó mucho tiempo en comenzar á leer la <i>Historia de la
-Revolución</i>. Al principio, le aburrió; pero luego, poco á poco, se
-sintió arrastrado por la lectura. Primero se entusiasmó con Mirabeau,
-luego con los girondinos: Vergniaud, Petion, Condorcet; después con
-Danton, luego llegó á creer que Robespierre era el verdadero
-revolucionario, después Saint-Just; pero al último, la figura gigantesca
-de Danton fué la que más le apasionó. De los revolucionarios, el más
-repugnante le pareció Sieyes; el más simpático Anacarsis Cloots, el ateo
-prusiano.</p>
-
-<p>Sentía Manuel una gran satisfacción sólo por haber leído aquella
-historia. Algunas veces pensaba:<a name="page_230" id="page_230"></a></p>
-
-<p>&mdash;Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la
-<i>Historia de la Revolución Francesa</i>, creo que sabría ser digno...</p>
-
-<p>Después de Michelet, leyó un libro acerca, de la revolución del 48;
-luego otro sobre la <i>Commune</i>, de Luisa Michel, y todo esto le produjo
-una gran admiración por los revolucionarios franceses. ¡Qué hombres!
-Además de los colosos de la Convención: Babeuf, Proudhon, Blanqui,
-Baudin, Delescluze, Rochefort, Félix Pyat, Valles... ¡qué gente!</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;Lo que se debía hacer&mdash;le dijo un día Morales á Manuel&mdash;es poner una
-encuadernación aquí al lado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero sólo para lo que se trabaja en casa?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No, buscar un encuadernador que alquile la puerta de al lado, y á él
-le convendría estar junto á una imprenta, y á nosotros tener aquí una
-encuadernación.</p>
-
-<p>&mdash;Eso sí es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Estése usted á la mira.</p>
-
-<p>Se enteró Manuel, preguntó en varias imprentas, y ya iba á abandonar sus
-gestiones, cuando el dueño de <i>La Tijera</i>, periódico órgano de los
-sastres, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo conozco á un encuadernador que piensa mudarse de casa. Y tiene
-parroquia, porque trabaja bien.<a name="page_231" id="page_231"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pues voy á verlo.</p>
-
-<p>&mdash;Le advierto á usted que es muy zorro. Como que es judío.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre, judío!</p>
-
-<p>&mdash;¿Eso qué importa?</p>
-
-<p>&mdash;Después de todo, nada. ¿Y cómo se llama?</p>
-
-<p>&mdash;Jacob.</p>
-
-<p>&mdash;¿Jacob? ¿Uno de barba negra, bajito?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces es amigo mío. Voy á verlo en seguida.</p>
-
-<p>Le indicó el propietario de <i>La Tijera</i>, órgano de los sastres, dónde
-estaba la casa, y por la tarde Manuel fué á ver á Jacob. Llamó en un
-piso bajo en una puertecilla, y pasó á la encuadernación.</p>
-
-<p>Era un cuartucho con dos rejas á la calle, por las cuales entraba en
-aquel instante la luz del anochecer. Cerca de una ventana, Mesoda, la
-mujer de Jacob, cosía las hojas de un libro. En medio había una mesa
-grande, iluminada con dos bombillas eléctricas, y sobre la mesa una niña
-doblaba unos pliegos impresos. El viejo judío, padre de Jacob, pegaba en
-el lomo de unos libros tiras de papel que antes embadurnaba con engrudo.
-A un lado de la mesa, en la zona de sombra, entre una prensa y una
-guillotina de cortar papel, andaba Jacob colocando pilas de libros sin
-cubierta aún.<a name="page_232" id="page_232"></a></p>
-
-<p>En la pared, de un ancho listón de madera con escarpias, colgaban
-tijeras, punzones, compases, escuadras, reglas y otros instrumentos del
-oficio.</p>
-
-<p>Manuel se dió á conocer, y toda la familia le agasajó en extremo; luego,
-cuando hizo la proposición de mudarse de casa á Jabob, éste muy serio,
-presentó grandes dificultades; le perjudicaba el traslado; la casa era
-más cara; además, había que hacer gastos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;le dijo Manuel&mdash;, tú, decídete; el trabajo que yo tengo de
-encuadernación te lo daré á ti si vas allá; ahora, si no quieres, no
-vayas.</p>
-
-<p>Jacob volvió á lamentarse y á quejarse, y después de hacer prometer á
-Manuel una indemnización pequeña para gastos de traslado, se decidió á
-establecerse en la vecindad de Manuel.</p>
-
-<p>Como había supuesto Morales, fué esto muy ventajoso; se evitaban el
-llevar y el traer los pliegos á la encuadernación; además, Jacob
-trabajaba más barato y proporcionaba parroquia.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Morales solía ir con mucha frecuencia á casa de Manuel por la noche, y
-allí discutía, sobre todo con Juan. Los Rebolledos terciaban también en
-las discusiones.</p>
-
-<p>Manuel no pensaba afiliarse á ningún partido; pero en medio de aquel
-ambiente apasionado, le gustaba oir y orientarse.<a name="page_233" id="page_233"></a></p>
-
-<p>De las dos doctrinas que se defendían, la anarquía y el socialismo, la
-anarquía le parecía más seductora; pero no le veía ningún lado práctico;
-como religión, estaba bien; pero como sistema político-social, lo
-encontraba imposible de llevarlo á la práctica.</p>
-
-<p>Morales, que había leído libros y folletos socialistas, llevaba las
-discusiones por caminos distintos que Juan, y consideraba las cosas
-desde otros puntos de vista. Para Morales, el progreso no era más que la
-consecuencia de una lenta y continua lucha de clases, terminada en una
-serie de expropiaciones. El esclavo expropiaba á su amo al hacerse
-libre; el noble expropiaba al villano y nacía el feudalismo; el rey al
-noble y nacía la monarquía; el burgués al rey y al noble y llegaba la
-revolución política; el obrero expropiaría al burgués y vendría la
-revolución social.</p>
-
-<p>El aspecto económico, que Morales encontraba el más importante, para
-Juan era secundario. Según éste, el progreso era únicamente el resultado
-de la victoria del instinto de rebeldía contra el principio de
-autoridad.</p>
-
-<p>La autoridad era todo lo malo; la rebeldía todo lo bueno; la autoridad
-era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la
-rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruísmo,
-la bondad...</p>
-
-<p>El progreso no era más que esto: la supresión<a name="page_234" id="page_234"></a> del principio de
-autoridad por la imposición de las conciencias libres.</p>
-
-<p>Manuel, algunas veces decía:</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que lo que se necesita es un hombre... un hombre como Danton.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Morales y Juan trataban de demostrar sus ideas con argumentos. Morales
-afirmaba que las predicciones socialistas se verificaban. La
-concentración progresiva del capital era un hecho comprobado. La máquina
-grande mataba la pequeña; el almacén, la tiendecita; la posesión, la
-heredad. El gran capital iba absorbiendo al pequeño; las sociedades en
-comandita y las compañías, absorbían al gran capital; los <i>truts</i>,
-absorberían á las sociedades; todo iba pasando á un número de manos más
-reducido; todo iba convergiendo á un poseedor único, hasta que el
-Estado, la colectividad, expropiaría á los expropiadores, se
-posesionaría de la tierra y de los instrumentos de trabajo.</p>
-
-<p>Mientras la evolución se verificaba, los capitalistas chicos,
-expropiados, y los trabajadores actualmente burgueses, como médicos,
-abogados, ingenieros, irían engrosando la masa obrera,
-intelectualizándola, lo que apresuraría la revolución social.</p>
-
-<p>Replicaba Juan, que si era verdad este movimiento de concentración, era
-también<a name="page_235" id="page_235"></a> cierto que existía contrario y quizás mayor que éste un impulso
-de difusión, y que en Inglaterra y Francia, la propiedad, sobre todo
-territorial, tendía al fraccionamiento, á la diseminación, y que esto no
-sólo ocurría con la tierra sino también con el dinero, que se iba
-democratizando. En Francia, sobre todo, el número de contribuyentes con
-cinco mil pesetas de renta había cuadruplicado desde la tercera
-República.</p>
-
-<p>&mdash;En el fondo, llegáis los dos á la misma conclusión&mdash;decía Manuel&mdash;; á
-la necesidad de generalizar la propiedad; sólo que Morales quiere que
-esto lo haga el Estado, y tú quieres que se haga libremente.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no veo la necesidad del Estado&mdash;decía Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Pero el Estado se impone&mdash;replicaba Morales&mdash;. Nosotros no decimos un
-Estado tal como es ahora, sostenido por el capitalismo y el ejército;
-sino un centro de contratación... el Municipio, por ejemplo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero para qué queremos ese centro?</p>
-
-<p>&mdash;Para realizar las obras comunes, útiles á todos, y además para impedir
-el desarrollo de los egoísmos.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos entonces al despotismo&mdash;replicaba Juan.</p>
-
-<p>&mdash;No; el Ayuntamiento de un pueblo suizo ejerce actualmente una acción
-en los individuos<a name="page_236" id="page_236"></a> más fuerte que el de San Petersburgo, pero es una
-acción útil. Uno que nace en Basilea, tiene, desde que nace, la atención
-del Estado; el Estado le vacuna, el Estado le educa y le enseña un
-oficio; el Estado le da alimentos baratos y sanos; el Estado le envía un
-médico gratis cuando está enfermo; el Estado le consulta por un
-plebiscito por si hay que hacer reformas en las leyes ó en las calles;
-el Estado le entierra gratis cuando se muere...</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso es una tiranía.</p>
-
-<p>&mdash;Una tiranía, ¿por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Vivir uniformados, haciendo todos lo mismo...</p>
-
-<p>&mdash;Uniformados, no. Haciendo todos lo mismo, en parte, sí. Porque todos
-comemos, dormimos y paseamos. Nosotros no queremos la uniformidad en la
-vida de una nación, y menos aún en la vida de los individuos; que cada
-Municipio tenga su autonomía, que cada hombre viva como quiera sin
-molestar á los demás. Nosotros no queremos más que organizar la masa
-social y dar forma práctica á la aspiración de todos, de vivir mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Pero á costa de la libertad...</p>
-
-<p>&mdash;Eso es según á lo que se llame libertad. La libertad absoluta llevaría
-á la concurrencia libre. El fuerte se tragaría al débil.</p>
-
-<p>&mdash;No; ¿para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Son ustedes unos visionarios. Afirman<a name="page_237" id="page_237"></a> ustedes brutalmente la
-individualidad, y cuando se les dice que el individuo puede
-extralimitarse en el uso de la libertad, no lo creen.</p>
-
-<p>Con estas discusiones, Manuel iba haciéndose cargo de la cuestión en sus
-distintos puntos de vista, y al mismo tiempo, aunque no tuviese una
-dependencia directa, comprendía y se explicaba otras muchas cosas que
-antes no se había tomado el trabajo de comprender.</p>
-
-<p>Esta actitud suya de expectación le hacía ecléctico; unas veces estaba
-con su hermano, otras con Morales.</p>
-
-<p>Manuel no encontraba mal el anarquismo como necesidad de cambio de
-valores. Comparando este período con el anterior á la revolución
-francesa, encontraba que los anarquistas de hoy eran en menor intensidad
-y en menor altura; algo semejante á los filósofos de entonces. Lo que le
-parecía absurdo y estúpido á Manuel era el procedimiento anarquista. En
-cambio, respecto al socialismo que defendía Morales, le parecía lo
-contrario; le resultaba antipático el plan y su sistema de organización
-del trabajo por el Estado, sus bonos, sus almacenes nacionales, su
-intento de hacer del Estado un Proteo monstruoso (panadero, zapatero,
-quincallero), y de convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios,
-marchando todos al compás. A esto Morales decía que el socialismo, por
-boca de Bebel, había dicho que<a name="page_238" id="page_238"></a> toda concepción sobre la futura sociedad
-socialista, no tenía ningún valor.</p>
-
-<p>En principio á Manuel la teoría socialista le parecía mucho más útil
-para el obrero que la de los anarquistas.</p>
-
-<p>El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total; de
-una revolución completa. Se encontraba en el caso del que le ofrecen un
-empleo modesto para vivir y lo desprecia porque cree que va á heredar
-una gran fortuna. O todo ó nada. Y los anarquistas esperaban la
-revolución como los antiguos el santo advenimiento, como un maná, como
-una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no es más lógico&mdash;decía Morales&mdash;, reunir las energías de toda
-la clase, para ir avanzando poco á poco hasta llegar á un gran
-desarrollo, que no esta revolución providencial de los anarquistas, que
-es una cosa como los polvos de la madre Celestina, para traer la
-felicidad del mundo?</p>
-
-<p>Juan sonreía.</p>
-
-<p>&mdash;La anarquía hay que sentirla&mdash;solía decir.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿por qué no han de aceptar ustedes la asociación? Es la mayor
-defensa del proletariado. Ustedes no admiten más que la propaganda
-individual por la idea ó por el hecho. La propaganda de la idea es, al
-cabo de poco tiempo, para un señor que hace un periodiquito,<a name="page_239" id="page_239"></a> un buen
-negocio, y la propaganda por el hecho, es sencillamente un crimen.</p>
-
-<p>&mdash;Para los burgueses, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Para todo el mundo. Matar, herir, es un crimen.</p>
-
-<p>&mdash;Puede ser un crimen conveniente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, puede serlo. Pero si esta doctrina se aceptara tendría unas
-consecuencias horribles. No habría bandido ni déspota que no afirmara la
-conveniencia de sus crímenes.</p>
-
-<p>&mdash;La anarquía hay que sentirla&mdash;terminaba diciendo Juan.</p>
-
-<p>Manuel, casi siempre, se inclinaba del lado de Morales.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Las discusiones con los amigos de Morales, que eran todos socialistas,
-le hacían ver á Manuel el lado flaco del anarquismo militante.</p>
-
-<p>Según ellos, la idea anarquista iba perdiendo su virulencia rápidamente,
-y ya, al menos entre los obreros, no asustaba á nadie. El mismo
-radicalismo de las teorías fatigaba á la larga, se llegaba en la
-anarquía pronto al fin, y el fin era un dogmatismo como otro cualquiera.
-Luego la predicación de la rebeldía terminaba en los espíritus
-independientes en ser rebelión contra el dogma y nacían los libertarios,
-los ácratas, los naturistas, los individualistas... y el anarquismo con
-su crítica destructora se destruía y se descomponía á sí<a name="page_240" id="page_240"></a> mismo. Se
-había disgregado, fundido, había entrado en su cuerpo de doctrina el
-germen de la descomposición, y quedaba del anarquismo lo que debía
-quedar, su crítica de negación política, su metafísica, su filosofía
-libre, y la aspiración de un cambio social.</p>
-
-<p>En todas partes sucedía lo mismo. El dogma-anarquía con su andamiaje de
-principios marchaba á la bancarrota y al mismo tiempo que el
-desprestigio del dogma, venía el de sus defensores y propagandistas.
-Después de los Quijotes de la anarquía, de los filósofos nihilistas, de
-los sabios, de los sociólogos, de los anarquistas dinamiteros, venían
-los anarquistas editores, Sancho Panzas del anarquismo, que vivían del
-dogma y explotaban á los compañeros con periodiquitos en donde se las
-echaban de importantes y de grandes moralistas.</p>
-
-<p>Estos buenos Sanchos largaban su sermón plagado de lugares comunes de
-sociología callejera, hablaban de la abulia, de la degeneración
-burguesa, de la amoralidad y del egotismo; en vez de citar á Santo
-Tomás, citaban á Kropotkin ó á Juan Grave; definían lo lícito y lo
-ilícito para el anarquista; tenían la exclusiva de la buena doctrina;
-sólo ellos despachaban en su tienda el verdadero paño anarquista; los
-demás eran viles falsificadores vendidos al gobierno. Tenían la manía de
-decir que eran<a name="page_241" id="page_241"></a> fuertes y sonrientes, y que vivían sin preocupaciones,
-cuando la mayoría de ellos eran pobres animales domésticos, que se
-pasaban la vida haciendo artículos, poniendo fajas á los paquetes
-postales de sus periódicos, y reclamando el dinero á los corresponsales
-morosos.</p>
-
-<p>Cada pequeño mago de éstos reunía un público de papanatas que le
-admiraba, y ante quienes ellos hacían la rosca como pavos reales, y
-tenían una petulancia tal, que no era raro ver que el más insignificante
-Pérez se encarara desde su periodiquín con Ibsen ó con Tolstoy, y le
-llamara viejo cretino, cerebro enfermo, y hasta le expulsara del partido
-como indigno de pertenecer á él.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>En Madrid eran dos los periódicos que se disputaban el público
-anarquista: <i>La Anarquía</i> y <i>El Libertario</i>, y los dos se odiaban
-cordialmente.</p>
-
-<p>El odio entre <i>La Anarquía</i> y <i>El Libertario</i> era un odio de empresa. El
-dueño de <i>La Anarquía</i> había llegado hacía unos años á defender las
-ideas libertarias en un sentido radical y científico, y con la aparición
-de su periódico mató las publicaciones ácratas anteriores. Poco á poco,
-al asegurar la vida económica de <i>La Anarquía</i>, el propietario, sin
-darse él cuenta quizás, había ido moderando su radicalismo,<a name="page_242" id="page_242"></a> quitando
-<i>jierro</i>, como se dice vulgarmente, considerando la idea como un
-diletantismo y este momento lo aprovecharon los de <i>El Libertario</i> para
-echar su periódico á la calle. Inmediatamente la escisión se produjo.</p>
-
-<p>Trataban los de una y otra publicación de demostrar que les separaban
-ideas, principios, una porción de cosas, y lo único en el fondo que les
-separaba era una cuestión de perros chicos.</p>
-
-<p>Para los socialistas la importancia que el anarquismo activo tenía en
-España era consecuencia de la torpeza del gobierno. En ningún lado,
-según ellos, eran tan ineptos los hombres de la anarquía militante como
-en España; ni un escritor, ni un orador, ni un hombre de acción; sólo la
-torpeza del Estado podía dar relieve á hombres de una insignificancia
-tan absoluta. Con un gobierno libre como el de Inglaterra, aseguraban
-ellos, al año ya no se sabía si había anarquistas ó no en España.</p>
-
-<p>Según los amigos de Morales, la crisis, aunque existía también en el
-socialismo activo, no era tan honda. Los oradores y los escritores del
-partido socialista no tenían el atrevimiento de ser pastores de
-conciencias; se contentaban con recomendar la asociación y con poner los
-medios para mejorar la vida de las clases obreras. Aun la misma cuestión
-de la doctrina<a name="page_243" id="page_243"></a> se subordinaba á la asociación para la lucha.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros&mdash;terminaba diciendo Morales&mdash;, tendemos á la organización, á
-la disciplina social, que en todas partes es necesaria, y en España más.</p>
-
-<p>Esto de la disciplina hacía torcer el gesto á Manuel; le parecía mejor
-aquella frase dantoniana «¡Audacia! ¡Audacia! ¡Audacia!»; pero no decía
-nada, porque era burgués.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Como es natural y frecuente entre sectarios de ideas afines, socialistas
-y anarquistas se odiaban, y como en el fondo y á pesar de los nombres
-pomposos, la evolución de las ideas en los dos partidos era bastante
-superficial, unos y otros se insultaban en las personas de sus
-respectivos jefes, que eran unos buenos señores, que convencidos de que
-el divino papel que representaban era demasiado grande para sus fuerzas,
-hacían lo posible para sostenerse en el pedestal en que estaban subidos.</p>
-
-<p>Para los socialistas, los otros eran unos imbéciles, locos que había que
-curar, ó pobres ingenuos, capitaneados por caballeros de industria, que
-se pasaban de cuando en cuando por el ministerio de la Gobernación.</p>
-
-<p>En cambio, para los anarquistas, los <i>socialeros</i> eran los que se
-vendían á los monárquicos, los que se pasaban de cuando en cuando<a name="page_244" id="page_244"></a> por
-el ministerio á cobrar el precio de su traición.</p>
-
-<p>Los dirigidos en general en uno y otro bando valían mucho más que los
-directores; eran más ingenuos, más crédulos, pero valían más como
-carácter y como arranque entre los anarquistas que entre los
-socialistas.</p>
-
-<p>Al bando anarquista iban sólo los convencidos y exaltados, y al ingresar
-en él sabían que lo único que les esperaba era ser perseguidos por la
-justicia; en cambio, en las agrupaciones socialistas, si entraban
-algunos por convencimiento, la mayoría ingresaba por interés. Estos
-obreros, socialistas de ocasión, no tomaban de las doctrinas más que
-aquello que les sirviera de arma para alcanzar ventajas: el
-societarismo, en forma de sociedades de socorros ó de resistencia. Este
-societarismo les hacía autoritarios, despóticos, de un egoísmo
-repugnante. A consecuencia de él, los oficios comenzaban á cerrarse y á
-tener escalafones; no se podía entrar á trabajar en ninguna fábrica sin
-pertenecer á una sociedad, y para ingresar en ésta había que someterse á
-su reglamento y pagar además una gabela.</p>
-
-<p>Tales procederes constituían para los anarquistas la expresión más
-repugnante del autoritarismo.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Casi todos los anarquistas eran escritores y<a name="page_245" id="page_245"></a> llevaban camino de
-metafísicos; en cambio, entre los socialistas, abundaban los oradores. A
-los anarquistas les entusiasmaba la cuestión ética, las discusiones
-acerca de la moral y del amor libre; en cambio á los socialistas les
-encantaba perorar en el local de la Sociedad, constituir pequeños
-congresos, intrigar y votar. Eran sin duda más prácticos. Los
-anarquistas, en general, tenían más generosidad y más orgullo, y se
-creían todos apóstoles, hombres superiores. Se figuraban muchas veces
-que con cambiar el nombre de las cosas cambiaba también su esencia. Para
-la mayoría era evidente que desde el momento en que uno se declaraba
-anarquista, ya discurría mejor, y que en el acto de ponerse esta
-etiqueta cogía uno sus defectos, sus malas pasiones, sus vilezas todas y
-las arrojaba fuera como quien echa la ropa sucia á la colada.</p>
-
-<p>De buenas intenciones y de buenos instintos, excepto los impulsivos y
-los degenerados, hubiesen podido ser, con otra cultura, personas útiles;
-pero tenían todos ellos un vicio que les imposibilitaba para vivir
-tranquilamente en su medio social: la vanidad. Era la vanidad vidriosa
-del jacobino, más fuerte cuanto más disfrazada, que no acepta la menor
-duda, que quiere medirlo todo con compás, que cree que su lógica es la
-única lógica posible.</p>
-
-<p>En general, todos ellos, por el sobrecargo<a name="page_246" id="page_246"></a> que representaba la lectura
-y las discusiones después de un trabajo fuerte y fatigador, por el abuso
-que hacían del café, estaban en excitación constante, que aumentaba ó
-remitía como la fiebre. Unos días se notaba en todos ellos la fatiga y
-la desilusión; otros, en cambio, el entusiasmo se comunicaba y había una
-verdadera borrachera de hablar y de pensar.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Los dos partidos obreros, con sus hombres, representaban en la clase
-proletaria los partidos burgueses: el socialismo, el conservador,
-oportunista, prudente; el anarquismo, el paralelo al republicano, con
-las tendencias levantiscas de los partidos radicales.</p>
-
-<p>La diferencia entre estos partidos, las agrupaciones de la burguesía,
-estaba más que en las ideas, en los hombres. Ambos partidos obreros
-tenían la seguridad de no llegar nunca al poder; en sus filas se
-alistaban hombres exaltados ó creyentes, á lo más algunos interesados;
-pero no ambiciosillos de dinero ó de gloria como en las oligarquías
-burguesas. Les daba sobre éstas una gran superioridad á los dos partidos
-obreros, su internacionalismo que hacía que buscasen sus hombres tipos,
-sus modelos, más bien fuera que dentro de España. La táctica de la
-adulación, del servilismo, empleada para escalar puestos en las
-oligarquías burguesas, liberales, conservadoras ó repúblicanas,<a name="page_247" id="page_247"></a> no
-servía para nada entre socialistas y anarquistas...</p>
-
-<p>A veces, cuando discutían en el despacho de la imprenta, solía entrar
-Jacob el judío á preguntar si los pliegos tales ó cuales estaban ó no
-tirados. Oía las discusiones, las apologías entusiastas del socialismo y
-de la anarquía, y nunca decía su opinión. Indudablemente no le
-interesaba nada aquello. Para él eran los que se debatían asuntos de
-otra raza, de hombres de otra religión, y le eran perfectamente
-indiferentes.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_248" id="page_248"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_II-c" id="CAPITULO_II-c"></a>CAPÍTULO II</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Paseo de noche.&mdash;Los devotos de Santa Dinamita. El cerro del
-Pimiento.</p></div>
-
-<p>Había dicho el médico que Juan se encontraba enfermo de gravedad, le
-recomendó que estuviese el mayor tiempo posible al aire libre; casi
-todos los días que hacía bueno salía á pasear.</p>
-
-<p>Juan tosía mucho; tenía grandes fiebres y sudaba hasta derretirse.
-Mientras estuvo así, la Salvadora y la Ignacia no le dejaron salir de
-casa. La Ignacia dijo que, si sus amigos los anarquistas iban á
-visitarle, ella los despacharía á escobazos.</p>
-
-<p>La Salvadora y la Ignacia cuidaban á Juan, le instaban para que
-descansara; no le dejaban trabajar.</p>
-
-<p>A Manuel, entonces, se le ocurrió si la Salvadora estaría enamorada de
-su hermano. En este caso, él era capaz de marcharse de casa, decir que
-se iba á América y pegarse un tiro.</p>
-
-<p>Tenía Manuel con esta idea una gran preocupación moral y se sentía
-inquieto. Si su hermano quería también á la Salvadora, ¿qué debía desear
-él? ¿Qué viviese ó no? Estas<a name="page_249" id="page_249"></a> dudas y casos de conciencia le
-perturbaban.</p>
-
-<p>Le obsesionaba la enfermedad de Juan, y cuando se libertaba de esta
-idea, le asaltaba otra, el temor por la marcha de la imprenta, ó un
-miedo pueril por un peligro lejano.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Juan, á pesar de las recomendaciones del médico no reposaba. Se había
-agenciado veinte ó treinta libros anarquistas, y continuamente estaba
-leyendo ó escribiendo. Se veía que ya no vivía más que por su idea.</p>
-
-<p>Sin decir á nadie nada, había vendido los <i>Rebeldes</i> y el busto de la
-Salvadora, y el dinero lo había dado para la propaganda.</p>
-
-<p>Manuel, muchas veces en la calle, se encontraba con algunos obreros
-desconocidos, que se le acercaban tímidamente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo está su hermano?&mdash;le preguntaban.</p>
-
-<p>&mdash;Está mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, eso quería saber. ¡Salud!&mdash;y se marchaban.</p>
-
-<p>&mdash;Mira&mdash;le dijo un día Juan á Manuel&mdash;vete al Círculo del Centro y diles
-que mañana por la tarde iré á la Aurora y que hablaremos.</p>
-
-<p>Manuel fué á un Círculo que estaba próximo á la calle del Arenal. Una
-porción de gente, á quien no conocía, le preguntó por Juan; al parecer,
-tenían por él un gran entusiasmo. Vió al Libertario, al Madrileño y á
-Prats.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo está Juan?&mdash;le dijeron.<a name="page_250" id="page_250"></a></p>
-
-<p>&mdash;Ya va mejor. Mañana os espera en la taberna.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; ¿qué, te vas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Espera un momento&mdash;le dijo el Libertario.</p>
-
-<p>Estaban discutiendo una huelga de canteros. Manuel se cansó de una
-discusión que para él no tenía interés y dijo que se marchaba.</p>
-
-<p>&mdash;Nos iremos nosotros también.</p>
-
-<p>Salieron con Manuel, Prats, el Libertario y el Madrileño.</p>
-
-<p>Estos dos últimos tenían que andar siempre juntos mortificándose.</p>
-
-<p>El anarquismo del catalán, era sobre todo catalán, y Barcelona el modelo
-ideal de anarquismo, de industria, de cultura; en cambio, al Madrileño,
-bastaba que una cosa fuera catalana para que le pareciera mala.</p>
-
-<p>&mdash;Allá no hay más que pacotilla&mdash;decía el Madrileño&mdash;, desde los géneros
-de punto, hasta el anarquismo, todo es ful.</p>
-
-<p>&mdash;Y aquí, ¿qué hay en este pueblo indecente?&mdash;replicó Prats&mdash;. Si esto
-debían convertirlo en cenizas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Aquí? Aquí hay la mar de sal.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí... chistes es lo que saben hacer. ¡Cochina <i>rasa</i>!</p>
-
-<p>&mdash;Dejad eso...&mdash;gritó el Libertario&mdash;. ¡Vaya unos anarquistas! Se pasan
-la vida discutiendo<a name="page_251" id="page_251"></a> si valen más los castellanos ó los catalanes. Y
-luego quieren que desaparezcan las fronteras.</p>
-
-<p>Manuel se echó á reir.</p>
-
-<p>Siguieron los cuatro por la calle del Arenal, atravesaron la Puerta del
-Sol y subieron por la calle de Preciados.</p>
-
-<p>&mdash;Es que á mí me da asco lo que pasa aquí&mdash;dijo Prats&mdash;. Esto está
-muerto... En aquella época, en Barcelona, allá había alma... aunque éste
-no lo crea&mdash;y señaló al Madrileño; después siguió dirigiéndose á
-Manuel&mdash;. Había agitación, que es lo que se necesita; solíamos dar
-conferencias bíblicas, y teníamos reuniones en donde cada noche se
-explicaba un punto de las ideas libertarias. Nosotros les convencíamos á
-los estudiantes y á los hijos de los burgueses y les atraíamos á nuestro
-campo. Recuerdo en una reunión de éstas á Teresa Claramunt, embarazada,
-que gritaba furiosa: ¡Los hombres son unos cobardes! ¡Mueran los
-hombres! Las mujeres haremos la revolución!...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, fué una época de fiebre de todo el pueblo entero&mdash;dijo el
-Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí fué! En todas partes se daban mitins de propaganda, se hacían
-bautizos anarquistas, matrimonios anarquistas, se mandaban proclamas á
-los soldados para que se indisciplinaran y no fueran á Cuba, y
-gritábamos en los teatros: ¡Muera España! ¡Viva Cuba libre!... Luego, ya
-hubo día en que las calles de<a name="page_252" id="page_252"></a> Barcelona estuvieron dominadas por los
-anarquistas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!&mdash;exclamó el Madrileño.</p>
-
-<p>&mdash;Que lo diga éste.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad&mdash;contestó el Libertario&mdash;; hubo días en que los
-polizontes no se atrevieron á dar la cara á los anarquistas; en el
-Centro de Carreteros, en el Club de la Piqueta Demoledora y en algunos
-otros sitios, había bombas cargadas y botellas explosivas puestas en los
-armarios á la vista de todos los socios y al servicio del que las
-pidiera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué barbaridad!&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Y eran bonitas las bombas&mdash;añadió el Libertario&mdash;; había unas en forma
-de naranja, otras de pera, otras eran de cristal, redondas, con balas
-también de cristal, que pesaban muy poco.</p>
-
-<p>&mdash;A todas les llamábamos <i>corre-cames</i>&mdash;repuso Prats&mdash;, lo que llaman
-aquí los chicos carretillas... ¿Te acuerdas&mdash;preguntó el
-Libertario&mdash;cuando pasábamos en grupos y nos saludábamos, gritando:
-¡<i>Salut y bombes d&#8217;Orsini</i>!...? Un día nos comprometimos más de
-doscientos á entrar en la Rambla, un domingo por la tarde, echando
-bombas á un lado y á otro.</p>
-
-<p>&mdash;Y no hicísteis nada&mdash;dijo el Madrileño&mdash;. <i>Pa</i> mí que los catalanes
-son muy blancos para eso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia, no!&mdash;replicó el Libertario&mdash;. Es gente templada.<a name="page_253" id="page_253"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí, lo será&mdash;replicó el Madrileño&mdash;; pero yo te digo á ti que estuve
-en Barcelona trabajando cuando la bomba de Cambios Nuevos y pude ver el
-valor tan decantado de los anarquistas catalanes. Empezaron á encerrar
-gente en Montjuich y había que ver la <i>jinda</i>. Todos aquellos señoritos
-que se las echaban de terribles y que no les importaba la vida tres
-pepinos, empezaron á correr como liebres. Unos se metieron en Francia,
-otros se escondieron en el campo... y los que cayeron, todos ó casi
-todos renegaron de la idea; el uno era federal, el otro librepensador,
-el otro regionalista, pero anarquista ninguno... un hatajo de
-sinvergüenzas.</p>
-
-<p>&mdash;No tienes razón&mdash;dijo el Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;No; casi nada.</p>
-
-<p>Siguieron bajando por la calle Ancha y se cruzaron con Caruty que iba
-oliendo á éter, encogido, envuelto en un gabán desgarrado.</p>
-
-<p>Caruty les saludó estrechándoles la mano con toda su fuerza.</p>
-
-<p>&mdash;Vengo de dejar á Avellaneda&mdash;dijo&mdash;. Está un hombre admirable. El se
-ha comprado un pequeño perro y unos dientes postizos. Hoy ya no tenía
-demasiado dinero y me ha dicho: «Vamos á cenar á la Bombilla». Hemos
-cenado efectivamente; yo he recitado los versos de papá Verlaine, y él
-ha principiado los suyos; pero los dientes que venía de comprar le
-molestaban<a name="page_254" id="page_254"></a> mucho, y al comenzar su poesía «Los Desesperados» me ha
-dicho: «Espera un momento», y él se ha metido los dedos en la boca y ha
-agarrado la dentadura y la ha arrojado por la ventana y ha seguido
-recitando sus versos. ¡Pero con un fuego, con una <i>verva</i>! ¡Y una
-<i>dignitá</i> en el ademán! Tiene una <i>pose</i> amplia ese hombre. Sí. Está un
-poeta admirable&mdash;dijo Caruty convencido.</p>
-
-<p>Siguieron los cinco por la calle Ancha. Se detuvieron cerca de casa de
-Manuel, delante de una fábrica. Por los ventanales se veía el local
-ancho, iluminado fuertemente, y los grandes volantes negros que giraban
-zumbando; los reguladores de Wat, de acero, unos con las bolas muy
-separadas que volteaban con rapidez, otros con las bolas juntas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te vas ya?&mdash;le dijo á Manuel el Libertario&mdash;. Hace una hermosa noche.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre! Entraré en casa á decir que se acuesten.</p>
-
-<p>Subió rápidamente sin hacer ruido y pasó al comedor.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á dar una vuelta&mdash;le dijo á la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Juan?</p>
-
-<p>&mdash;Acostado.</p>
-
-<p>&mdash;Acuéstate tú también.</p>
-
-<p>Salió. Los cinco entraron por la calle de<a name="page_255" id="page_255"></a> Magallanes, entre las dos
-tapias. Era una de esas noches negras, en las que no se ve dos pasos más
-allá. Hacía una temperatura suave, tibia. Al principio de la calle
-estrecha la luz de un farol oscilaba con el viento y alumbraba el suelo
-lleno de piedras; luego, en la obscuridad, se divisaban vagamente las
-tapias y por encima las copas negras de los cipreses. Los alambres del
-telégrafo zumbaban misteriosamente.</p>
-
-<p>&mdash;Una noche también muy negra&mdash;dijo el Libertario&mdash;fuimos en Barcelona
-al Tibidabo unos amigos, entre ellos Angiolillo. Los catalanes cantaban
-trozos de óperas de Wagner. Angiolillo empezó á cantar canciones
-napolitanas y sicilianas y le hicieron callar. Decían los catalanes que
-la música italiana era una porquería. Angiolillo calló, se apartó del
-grupo y cantó á media voz las canciones de su tierra. Yo me reuní con
-él. Ibamos por el monte, cuando de pronto, á lo lejos, oímos la marcha
-de <i>Tanhäuser</i>, que entonaban los otros á coro; había salido la luna
-llena. Angiolillo enmudeció, y en voz baja murmuró varias veces: <i>¡Oh
-come e bello!</i></p>
-
-<p>Llegaron los cuatro al cementerio de San Martín y se sentaron delante de
-un patio; en la obscuridad, los altos cipreses se erguían majestuosos.</p>
-
-<p>Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles
-de París; de las<a name="page_256" id="page_256"></a> frases rotundas y brillantes de Laurent-Tailhade, y de
-sus conversaciones con Emilio Henry.</p>
-
-<p>&mdash;Aquel estaba un joven hombre terrible&mdash;exclamó Caruty&mdash;; solía ir á
-Londres por bombas y las llevaba á París sin que lo notara nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso de poner bombas así es una barbaridad&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el
-terrorismo anarquista&mdash;exclamó el Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hay que confesar que los provocadores son siempre los
-anarquistas&mdash;replicó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No; no es cierto. El primer provocador ha sido el gobierno.</p>
-
-<p>&mdash;¿En España también?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; en España también.</p>
-
-<p>&mdash;Pero yo creo que antes de los atentados no iban á comenzar la
-represión.</p>
-
-<p>&mdash;Pues se comenzó&mdash;repuso el Libertario. Cuando Lafargue, el yerno de
-Karl Marx, vino á España á pactar con Pí y Margall la formación del
-partido socialista obrero, Pí le contestó que la mayoría de los
-españoles que habían seguido la marcha de la Internacional estaban del
-lado de Bakounine. Y era verdad. Vino la Restauración y se trató de
-arrancar violentamente esta semilla revolucionaria. Ya<a name="page_257" id="page_257"></a> con la Mano
-Negra, que no era más que un comienzo de asociación obrera, el gobierno
-cometió un sin fin de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de
-bandolerismo..... Pasados bastantes años, vienen los sucesos de Jerez,
-se demuestra que Busiqui y el Lebrijano, que eran dos bárbaros que no se
-habían distinguido como anarquistas, ni como nada, habían asesinado á
-dos personas y se les agarrota, pero al mismo tiempo que á ellos se
-agarrota á Lamela y á Zarzuela que eran anarquistas, pero que no tenían
-participación alguna en los asesinatos. Se les mató porque eran
-propagandistas de la idea. El uno era corresponsal de <i>El Productor</i> y
-el otro de <i>La Anarquía</i>; los dos incapaces de matar á nadie, los dos
-inteligentes; por eso más peligrosos para el gobierno, cuyo fin era
-exterminar á los anarquistas. Pasan años y Pallás comete, para vengar á
-los de Jerez, el atentado de la Gran Vía. Fusilan á Pallás, y Salvador
-echa la bomba desde el quinto piso del Liceo. Se prende á una porción de
-anarquistas, y cuando iban á condenar á Archs, Codina, Cerezuela, Sabat
-y Sogas, como culpables, encuentran á Salvador, el autor del atentado.
-Entonces, viendo que estos cinco anarquistas se les escapaban de entre
-las manos, ¿qué hace el gobierno? Manda abrir nuevamente el proceso de
-Pallás y como cómplices fusila á los cinco. Agarrotan<a name="page_258" id="page_258"></a> á Salvador y
-luego viene una cosa estupenda: la bomba de la calle de Cambios Nuevos,
-que cae desde una ventana al final de una procesión. No la echan cuando
-pasan los curas ni el obispo, ni cuando pasa la tropa, ni cuando pasa la
-burguesía; la echan entre la gente del pueblo. ¿Quién la arrojó? No se
-sabe; pero seguramente no fueron los anarquistas; si alguien tenía
-interés entonces en extremar la violencia, era el gobierno, eran los
-reaccionarios, y yo pondría las manos en el fuego apostando á que el que
-cometió aquel crimen tenía relación con la policía. Se consideró el
-atentado como un ataque á la fuerza armada, se proclamó el estado de
-sitio en Barcelona y se hizo un copo de todos los elementos radicales,
-que fueron á parar á Montjuich. Se fusiló á Molas, Alsina, Ascheri,
-Nogués y Más. De éstos, todos, menos Ascheri, eran inocentes. Después
-viene Miguel Angiolillo&mdash;concluyó diciendo el Libertario&mdash;, que había
-leído en los periódicos franceses lo que estaba pasando en Montjuich,
-oye á Enrique Rochefort y al Dr. Betances, que achacaban la culpa de
-todo lo ocurido á Cánovas, de quien decían horrores; llega á Madrid,
-aquí habla con algunos compañeros, le confirman lo dicho por los
-periódicos franceses; va á Santa Águeda y mata á Cánovas... Esta ha sido
-la obra del gobierno y la réplica de los anarquistas.<a name="page_259" id="page_259"></a></p>
-
-<p>Manuel no podía comprobar si esta versión era cierta ó no; tenía
-bastante confianza en el Libertario; pero podía estar engañado por sus
-entusiasmos de fanático.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo que no puedo creer&mdash;dijo Manuel&mdash;, es que la policía haya
-llegado á producir un atentado sólo para extremar la represión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues si eso se ha visto aquí en pequeño!&mdash;exclamó el Madrileño&mdash;.
-Cuando el complot de la calle de la Cabeza... en lo de los Cuatro
-Caminos. Se puede decir que cuando en un círculo de obreros anarquistas
-aparecen cartuchos de dinamita, proceden de la policía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre, sí&mdash;dijo el Libertario&mdash;. Ascheri, uno de los que
-fusilaron en Montjuich, había sido de la policía. Cuando un anarquista
-trabaja por su cuenta, nadie lo suele saber, ni aun sus compañeros
-muchas veces.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;dijo Prats&mdash;. Yo me acuerdo de Molás, uno de los que
-fusilaron en Montjuich, cuando hacía sus primeras pruebas con la
-dinamita. Molás era ladrón y solía vivir temporadas robando. Algunas
-veces pasaba mucho tiempo sin que se le viera. Yo una vez le dije: «¿Qué
-haces?» «¿A ti qué te importa? ¡Yo trabajo por la causa!»&mdash;me
-contestó&mdash;. Una noche me dijo: «¡Anda, ven si quieres á ver lo que
-hago!» Echamos á andar, y ya por la mañana, llegamos á un sitio desierto
-donde no había<a name="page_260" id="page_260"></a> más que un tejar. Sacó de un agujero del suelo un tubo
-de hierro de una cañería. Por lo que me dijo, estaba cargado de
-dinamita. Arrimó el tubo al tejar, le puso una mecha, la encendió y
-echamos á correr. Hubo una explosión formidable. Al volver no se veía
-más que un agujero en el suelo; del tejar no quedaba ni rastro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que no sabían en Barcelona hacer bombas que estallaran al
-choque?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Y luego, ¿cómo aprendieron?</p>
-
-<p>&mdash;Un relojero suizo hizo las primeras, que pasaron de mano en mano como
-curiosidad&mdash;contestó Prats&mdash;, luego aprendieron á hacer las los
-cerrajeros, y como los trabajadores de Barcelona son tan hábiles...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la dinamita?</p>
-
-<p>&mdash;De eso todo el mundo tenía la receta. Luego no sé quién trajo un
-<i>Indicador Anarquista</i> con una porción de fórmulas.</p>
-
-<p>&mdash;Un amigo mío&mdash;dijo el Madrileño&mdash;, que era mecánico, había escrito un
-catecismo para su hijo, y le examinaba al chiquillo delante de nosotros.
-Recuerdo las primeras preguntas que decían así: «¿Qué es la dinamita,
-niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se
-hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» «¿Cómo se
-prepara la<a name="page_261" id="page_261"></a> dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina,
-tratando la glicerina por una mezcla, en frío, de ácido nítrico y de
-ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» El chico
-sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al
-padre lo llevaron á Montjuich nos solía decir: «Yo no sé si me matarán;
-pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.»</p>
-
-<p>Se levantaron todos del banco porque sentían frío. Comenzaba á amanecer.
-La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un
-gris de estaño. Desde el repecho de una colina vieron la cavidad inmensa
-del Tercer Depósito que estaban construyendo. Siguieron después el
-canalillo, con sus filas de chopos, sin hojas, al lado de la cinta de
-agua que brillaba y se curvaba en mil vueltas.</p>
-
-<p>&mdash;Y eso de las órdenes del Comité Central de Londres, ¿es
-verdad?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia, hombre! Son leyendas&mdash;replicó el Libertario&mdash;. No ha habido
-nunca tales órdenes.</p>
-
-<p>...Ya la claridad de la mañana se esparcía por la tierra, sembrada de
-hierba. El cielo se llenaba de nubes pequeñas y blancas, como vellones
-de lana, y en el fondo, cortando el horizonte, iba apareciendo el
-Guadarrama, orlado por la claridad del día.</p>
-
-<p>Un labrador sembraba marchando detrás del<a name="page_262" id="page_262"></a> arado; sacaba el grano de una
-espuerta que le colgaba del cuello y echaba un puñado de semilla al aire
-que brillaba un momento como una polvareda y caía en los surcos de la
-tierra obscura.</p>
-
-<p>Caruty cantó una canción en <i>argot</i> campesino, en la que se llamaba
-ladrones y canallas á los propietarios. Después entonó la <i>Carmañola
-Anarquista</i>:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Ça ira, ça ira, ça ira<br /></span>
-<span class="i0">tous les bourgeois á la lanterne<br /></span>
-<span class="i2">ça ira, ça ira, ça ira,<br /></span>
-<span class="i0">tous les bourgeois on les pendra.<br /></span>
-</div></div>
-
-<p class="nind">y saltaba el hombre exagerando los movimientos de una manera grotesca...</p>
-
-<p>Había aclarado ya el campo; algún tinte de rosa brotaba en el cielo; el
-Guadarrama iba apareciendo velado por nieblas alargadas y blancas; cerca
-surgía una como ciudad amurallada, con una tapia de ladrillos y unas
-casitas pequeñas de tejados rojos, con una iglesia enmedio. Un sendero
-violáceo á la claridad de la mañana, iba ondulando por el campo hasta
-llegar á aquella aldea roja. Se acercaron á ella. Desde un altozano se
-veía el interior. En una de las casetas ponía: «Desinfección».</p>
-
-<p>&mdash;Este es el hospital del Cerro del Pimiento&mdash;dijo el Libertario.</p>
-
-<p>Siguieron adelante.</p>
-
-<p>Salió el sol por encima de Madrid. La luz se<a name="page_263" id="page_263"></a> derramó de un modo mágico
-por la tierra; las piedras, los árboles, los tejados del pueblo, las
-torres, todo enrojeció y fué luego dorándose poco á poco.</p>
-
-<p>El cielo azul se limpió de nubes; el Guadarrama se despejó de nieblas;
-un pálido rubor tiñó sus cimas blancas, nevadas, de un color de rosa
-ideal. En los desmontes, algún rayo de sol vivo y fuerte al caer sobre
-la arena, parecía derretirla é incendiarla.</p>
-
-<p>Se metieron los anarquistas por una zanja y salieron al paseo de
-Areneros y siguieron adelante hasta desembocar en la calle de Rosales.</p>
-
-<p>El paisaje desde allá era espléndido. Sobre las orillas del río se
-extendía una niebla, larga y blanca; los árboles de la Casa de Campo,
-enrojecidos por el otoño, formaban masas espesas de ocre y de azafrán;
-algunos chopos altos y amarillos, de color de cobre, heridos por el sol,
-se destacaban con sus copas puntiagudas entre el follaje verde obscuro
-de los pinos; las sierras lejanas se iban orlando con la claridad del
-día y el cielo azul, con algunas nubes blancas, clareaba rápidamente.</p>
-
-<p>Se despidieron al llegar á la calle de Ferraz.</p>
-
-<p>&mdash;Hay algo de loco en todos ellos&mdash;se dijo Manuel&mdash;. Habrá que separarse
-de esta gente.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_264" id="page_264"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_III-c" id="CAPITULO_III-c"></a>CAPÍTULO III</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">El mitin en Barbieri.&mdash;Un joven de levita.&mdash;La carpintería del arca
-de Noé.&mdash;¡Viva la Literatura!</p></div>
-
-<p>Había que hacer el mitin cuanto antes. Juan, no sólo no estaba aún
-repuesto, sino que se encontraba peor. Desde casa iba dirigiendo el
-movimiento de propaganda; tenía gran correspondencia con los anarquistas
-de provincias y con los extranjeros. El médico no le permitía salir más
-que un momento por las tardes, en las horas de sol. Manuel era el
-encargado de no permitir la menor transgresión.</p>
-
-<p>&mdash;Yo haré lo que sea&mdash;le decía á su hermano&mdash;, pero tú quédate en casa.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues no hay que perder el tiempo para hacer el mitin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le veremos á Grau?</p>
-
-<p>&mdash;Psch... bueno; no querrá ir.</p>
-
-<p>Prats era partidario de que se viera á Grau. Manuel le acompañó. Fueron
-los dos á Vallehermoso y en una callejuela subieron al tercer piso de
-una casa. Llamaron; una muchacha les preguntó qué querían, dijeron á lo
-que iban, la muchacha vaciló y abrió la puerta. Pasaron por un pasillo á
-un despacho con un balcón<a name="page_265" id="page_265"></a> en donde apenas cabían tres personas. En la
-pared había una porción de retratos. Manuel y Prats estuvieron
-contemplándolos.</p>
-
-<p>&mdash;Esta es Luisa Michel&mdash;dijo Prats.</p>
-
-<p>Era una mujer de rostro escuálido y perfil aguileño, con la frente
-desguarnecida y el cabello corto. Después Prats mostró á Kropotkine,
-calvo y barbudo, agazapado tras de sus anteojos, con cierto aire de gato
-fosco; á Elíseo Reclus, de cara apacible de soñador y de poeta; á Gorki,
-con su tipo innoble y repulsivo.</p>
-
-<p>Se sentaron Prats y Manuel, y pasó media hora larga sin que apareciera
-nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que hacer aquí más antesala que para ver á un ministro&mdash;dijo
-Manuel.</p>
-
-<p>Por fin, salió una señora flaca, de aire autoritario. Escuchó lo que
-dijo Prats, de pie, con marcada impaciencia, y contestó que su marido
-estaba trabajando. Le daría el encargo y él les enviaría la
-contestación.</p>
-
-<p>Salieron de casa de Grau, y Manuel, en derechura, se fué á la imprenta.</p>
-
-<p>Por la noche, en la Aurora, donde había gran movimiento para concertar
-los preparativos del mitin de propaganda, se habló de la negativa de
-Grau á tomar parte en la reunión.</p>
-
-<p>El Madrileño despotricó contra Grau.</p>
-
-<p>&mdash;Es un vividor&mdash;dijo&mdash;, un farsante vendido al gobierno.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;replicó el Libertario&mdash;, es un temperamento<a name="page_266" id="page_266"></a> de burgués, que vende
-su periódico como otro vende pastillas de chocolate.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dijo el Madrileño&mdash;; pero cuando uno tiene un temperamento de
-burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, ó una zapatería ó
-cualquier cosa; todo menos un periódico anarquista. Cuando uno es
-partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando
-se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro
-cuartos.</p>
-
-<p>&mdash;Grau será lo que se quiera&mdash;dijo Prats&mdash;; pero es una persona honrada
-y decente. En cambio, el director de <i>El Libertario</i>, es un miserable,
-una cucaracha, un reptil.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡Como es amigo tuyo!&mdash;replicó el Madrileño&mdash;, por eso le
-defiendes á ese farsante!</p>
-
-<p>&mdash;¡Farsantes, vosotros!</p>
-
-<p>&mdash;Si estáis todos vendidos al gobierno.</p>
-
-<p>&mdash;Vosotros sí que lo estáis. Queréis sembrar la cizaña en el campo
-anarquista&mdash;gritó Prats enfurecido&mdash;. ¿Cuánto dieron á vuestro periódico
-por hablar bien de Dato?</p>
-
-<p>&mdash;Y vosotros&mdash;exclamó el Madrileño&mdash;¿qué cobrásteis por la campaña
-rabiosa que hicísteis contra los republicanos?</p>
-
-<p>&mdash;La hicimos por dignidad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por dignidad! Para vosotros todo es negocio. Habéis comido pan de
-Montjuich. Estáis engañando á la gente de una manera asquerosa.<a name="page_267" id="page_267"></a> Todos
-tenéis salvoconducto de la policía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Canallas!&mdash;vociferó Prats fuera de sí&mdash;. Vosotros sí que estáis
-vendidos al gobierno y á los jesuítas para desacreditarnos. Pero tened
-en cuenta, que hemos desenmascarado á muchos farsantes.</p>
-
-<p>&mdash;Claro, queréis ser vosotros los únicos y os molestan los hombres
-dignos. ¿Por qué odiáis á Salvochea? Porque vale más que vosotros;
-porque ha sacrificado su fortuna y su vida por la anarquía, y vosotros
-no habéis hecho más que vivir de ella.</p>
-
-<p>&mdash;Escupe tu baba, ¡miserable!&mdash;exclamó Prats.</p>
-
-<p>&mdash;El miserable eres tú&mdash;gritó el Madrileño, acercándose á su
-contrincante con el puño levantado.</p>
-
-<p>El Libertario y Juan se interpusieron entre los dos y lograron
-calmarlos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Imbéciles! ¡Idiotas!&mdash;murmuró el Libertario&mdash;. Saben que lo que dicen
-es mentira y lo dicen á pesar de todo... No parece sino que tienen
-interés en desacreditarse á sí mismos... Créelo, Juan, necesitamos un
-hombre...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no citáis al mitin á los socialistas?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?&mdash;preguntó el Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Para discutir con ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia!&mdash;replicó en tono humorístico el Madrileño<a name="page_268" id="page_268"></a>&mdash;. A esos, todo lo
-que no tenga que ver con la bazofia y con el jornal no les importa nada.</p>
-
-<p>&mdash;La cuestión sería dar el mitin en un teatro del centro&mdash;dijo el
-Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, yo conozco á uno que está empleado en la Zarzuela&mdash;contestó
-Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Podríamos ir á verle.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>A Manuel le molestaban estas idas y venidas. Afortunadamente, Morales
-llevaba la imprenta como una seda.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Unos días después, el Libertario y Manuel fueron á la Zarzuela, aunque
-convencidos de que no les habían de ceder el teatro.</p>
-
-<p>Se acercaron á allá, vieron que unos coristas ó comparsas entraban por
-un pasillo, y siguieron tras ellos. Preguntaron en la portería por el
-Aristas, y les dijeron que estaba en el escenario.</p>
-
-<p>Recorrieron un largo callejón sombrío hasta aparecer frente á una puerta
-atada con una cuerda y que se cerraba á golpes por un resorte.</p>
-
-<p>Empujaron la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quieren ustedes?&mdash;les dijo un hombre con gorrilla.</p>
-
-<p>&mdash;Preguntamos por el Aristas.</p>
-
-<p>&mdash;En el otro lado.<a name="page_269" id="page_269"></a></p>
-
-<p>Pasaron; el escenario estaba en una semiobscuridad extraña; al lado de
-las candilejas cantaban una mujer y un hombre; en el fondo, sentados en
-corros, había coristas embozados en la capa y mujeres arrebujadas en el
-mantón con toquilla en la cabeza.</p>
-
-<p>Encontraron al Aristas y le expusieron lo que querían.</p>
-
-<p>&mdash;No, no puede ser. ¡Para un mitin anarquista! ¡En la Zarzuela!
-Imposible&mdash;dijo el Aristas&mdash;. Ahora, se lo diré al representante.</p>
-
-<p>&mdash;Como usted quiera&mdash;dijo con indiferencia el Libertario, á quien le
-molestaba el aire de superioridad del Aristas.</p>
-
-<p>Dirigidos por él, cruzaron el escenario y por una escalerilla de un
-extremo bajaron al patio de butacas. La sala estaba á obscuras; arriba,
-de la claraboya del techo, se filtraba pálida luz.</p>
-
-<p>Se sentaron el Libertario, Manuel y el Aristas. Habían concluído de
-cantar un coro; el músico, sentado al piano, daba instrucciones.</p>
-
-<p>Un cómico, con aire acaponado, se asomó á las candilejas y comenzó á
-decir, con una voz aguda y unos visajes repulsivos, que él se llamaba
-Fulano de Tal y de Tal, que le gustaba seguir á las modistas, porque era
-un pillín y una porción de sandeces y de cosas incongruentes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué bien trabaja, eh?&mdash;exclamó el Aristas sonriendo&mdash;. Gana ocho
-duros al día.<a name="page_270" id="page_270"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Qué barbaridad!&mdash;murmuró el Libertario!&mdash;. ¡Cuántos de nosotros
-tenemos que ser explotados para que viva uno de estos mamarrachos!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene que ver eso?&mdash;¿A usted le quitan el dinero?&mdash;preguntó el
-Aristas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. El dinero que nos quitan los burgueses á mí y á otros como
-yo, lo vienen á gastar con nenes como este capón.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se ve que no entiende usted nada de arte&mdash;dijo desdeñosamente el
-Aristas.</p>
-
-<p>&mdash;¿De arte? ¡Pero si eso no es arte ni es nada! Sirve para distraer á
-los burgueses mientras hacen la digestión. Es como el bicarbonato de
-sosa para el flato.</p>
-
-<p>El Aristas se levantó y se fué. Volvió al poco rato y secamente le dijo
-á Manuel que de ningún modo podían dar el teatro para un mitin, y menos
-para un mitin anarquista.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo el Libertario&mdash;. Vámonos.</p>
-
-<p>Volvieron á subir por la escalerilla al tablado, buscaron la puerta y
-salieron del teatro.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>No hubo más remedio que hacer el mitin en Barbieri. El Libertario, el
-Madrileño, Prats y otros compañeros, hicieron los preparativos. El día
-fijado, un domingo de Enero, frío y desapacible, Manuel avisó un coche,
-y él, la Salvadora y Juan, fueron al teatro. Juan iba muy abrigado.<a name="page_271" id="page_271"></a></p>
-
-<p>Entraron en el teatro. La sala estaba bastante obscura; la luz entraba
-por un alto ventanal é iluminaba con una luz borrosa la sala aún vacía.</p>
-
-<p>Juan fué al escenario.</p>
-
-<p>&mdash;Ten cuidado&mdash;le dijo la Salvadora&mdash;, no te enfríes.</p>
-
-<p>Manuel y la Salvadora se sentaron en las butacas.</p>
-
-<p>Se encendieron dos lámparas del telón de boca. A la luz mezclada del día
-triste y de las bombillas eléctricas, se vió el escenario como una
-cueva. En medio se habían sentado alrededor de una mesa, unos cuantos
-hombres mal vestidos; á un lado había una mesita pequeña, con un tapete
-azul y una botella y un vaso. En el fondo del escenario se veía una fila
-de hombres sentados en un banco, á los cuales no se les distinguía y
-entre éstos se sentó Juan.</p>
-
-<p>Iba llenándose el teatro; entraban obreros endomingados con sombrero
-hongo, otros de blusa y gorra, andrajosos y sucios. En las plateas se
-instalaban algunos que parecían capataces, con sus mujeres y chicos, y
-en un palco del proscenio había unos cuantos escritores ó periodistas,
-entre los que se señalaba un hombre con el pelo rojo y la barba también
-roja, en punta. Entró el Libertario en el teatro y se acercó á saludar á
-Manuel. Este le presentó á la Salvadora.<a name="page_272" id="page_272"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Salud, compañera!&mdash;dijo el Libertario estrechándole la mano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Salud!&mdash;contestó ella riendo.</p>
-
-<p>&mdash;La conocemos á usted mucho&mdash;añadió el Libertario&mdash;; éste y su hermano,
-no saben más que hablar de usted.</p>
-
-<p>La Salvadora sonrió y se turbó un tanto.</p>
-
-<p>&mdash;Y qué, ¿vas á hablar?&mdash;le preguntó Manuel al Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Eso quieren; pero no me hace gracia. Si les pudiera convencer de que
-no... Yo no sirvo para orador.</p>
-
-<p>Luego se apoyó en una butaca de espaldas al escenario, miró hacia atrás
-y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué pocos son los que tienen caras de persona! ¿eh?</p>
-
-<p>La Salvadora y Manuel volvieron la cabeza. La verdad que ninguno de los
-tipos tenía mucho que celebrar. Había rostros irregulares, angulosos, de
-expresión brutal, frentes estrechas y deprimidas, caras amarillas ó
-cetrinas, mal barbadas, llenas de lunares; cejas torvas, bajo las cuales
-brillaba una mirada negra. Y sólo de trecho en trecho alguna cara
-triste, plácida, de hombre ensimismado y soñador...</p>
-
-<p>&mdash;¡En qué pocas miradas hay algo de inteligencia, y sobre todo, en qué
-pocas hay bondad!&mdash;añadió el Libertario&mdash;. Aires solemnes, graves, tipos
-de orgullosos y de farsantes... La verdad es que con esta raza no se va
-á<a name="page_273" id="page_273"></a> ninguna parte. Bueno, me voy al escenario. ¡Salud, compañeros!</p>
-
-<p>&mdash;Salud.</p>
-
-<p>Estrechó la mano de la Salvadora, dió una palmada en el hombro de Manuel
-y se fué.</p>
-
-<p>Se encendió la batería de las candilejas. El presidente, un viejo de
-barba blanca que estaba sentado entre Prats y un obrero enfermizo,
-pálido, de mirada vaga, hizo sonar la campanilla y se levantó. Dijo unas
-cuantas palabras, que no se oyeron, y concedió la palabra á uno de los
-oradores.</p>
-
-<p>Inmediatamente uno de los que se hallaban sentados en el fondo del
-escenario, avanzó hasta colocarse delante de la mesa, llenó un vaso de
-agua, bebió un sorbo y... ¡Compañeros!&mdash;dijo.</p>
-
-<p>A pesar de las amonestaciones del presidente, que reclamó silencio, al
-orador no se le entendió gran cosa, parte por el ruido que el público
-hacía al entrar, y parte por la monotonía del discurso, que debía estar
-aprendido de memoria y recitado. Al terminar se le aplaudió y se fué.</p>
-
-<p>Después vino un viejecillo, cogió la botella muy pausadamente, llenó el
-vaso de agua, se caló unas antiparras, dejó sobre la mesa un paquete de
-periódicos y comenzó á hablar.</p>
-
-<p>Era sin duda el compañero un señor muy metódico y prudente; porque no
-decía una palabra<a name="page_274" id="page_274"></a> sin referirse á lo que había publicado este ó el otro
-periódico. A cada paso leía trozos con una lentitud desesperante. El
-público aburrido hablaba en voz alta, y algunos chuscos en el gallinero
-relinchaban con gran maestría.</p>
-
-<p>Dijo el viejecillo que era zapatero y contó cosas interesantes de la
-gente de su oficio, siempre documentándose. Cuando concluyó hubo en todo
-el mundo un suspiro de alivio.</p>
-
-<p>Tras del viejo se presentó un joven de gran levita y cuello almidonado
-muy alto. Era un periodista desconocido, que indudablemente trataba de
-pescar algo en las turbias aguas del anarquismo.</p>
-
-<p>El público, que había acogido con indiferencia á los dos primeros
-oradores, rompió á aplaudir á las primeras frases que pronunció el joven
-de la levita.</p>
-
-<p>En su discurso enfático, petulante, hueco, barajó términos científicos
-de sociología y de antropología.</p>
-
-<p>En la actitud de aquel joven, siempre había algo así como un reto. A
-cada instante parecía decir á los cuitados del público:</p>
-
-<p>¡Ya veis que llevo levita!, ¡que llevo sombrero de copa!, ¡que soy
-hombre ilustrado!; pues, ¡asombraos!, ¡admiradme! He descendido hasta
-vosotros. Me he identificado con vosotros.<a name="page_275" id="page_275"></a></p>
-
-<p>Puesto en el camino de las jactancias, el joven de la levita dijo que
-despreciaba á los políticos, porque eran unos asnos; despreciaba á los
-sociólogos que no se afiliaban á la anarquía, porque eran unos
-ignorantes; despreciaba á los socialistas, por vendidos al gobierno;
-despreciaba á todo el mundo, y cada baladronada de éstas era acogida por
-los papanatas del público con estrepitosos aplausos.</p>
-
-<p>El acogía los aplausos con cierto gestillo desdeñoso, del hombre á quien
-le convencen en su casa de que tiene mucho talento.</p>
-
-<p>Para final de su oración, el joven enlevitado hizo una frase de
-latiguillo.</p>
-
-<p>&mdash;Al poder de las armas&mdash;dijo&mdash;, opondremos nosotros nuestra austeridad;
-si ésta no basta, á las armas contestaremos con las armas, y si la
-fuerza del gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al
-poder destructor de la dinamita.</p>
-
-<p>Después de esta frase, que fué coreada por los bravos y los aplausos del
-público, el enlevitado, muy derecho, como si llevara en la cabeza el
-<i>Sancta santorum</i> de la Anarquía, se retiró con cierto aire displicente
-de hombre no comprendido.</p>
-
-<p>Después de éste, habló el Libertario. La sala había quedado emocionada
-con las frases campanudas y huecas del periodista, y la voz algo parda y
-confusa del Libertario no se llegó á<a name="page_276" id="page_276"></a> oir; habló de la miseria, de los
-niños anémicos, y viendo que no le hacían caso, cortó el discurso y se
-fué sin que nadie se ocupara de él. Manuel aplaudió, y el Libertario se
-echó á reir, encogiéndose de hombros.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Seguía en el público la marejada producida por el discurso del joven de
-la levita, cuando se acercó á la mesa, decidido, un hombre de blusa,
-tostado por el sol, con la mirada atravesada.</p>
-
-<p>El hombre puso los dos puños sobre la mesa y esperó á que se callara la
-gente. Luego, con voz vibrante y acento andaluz cortado y bravío, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Esclavos del capital! ¡Vosotros sois unos idiotas, que os dejáis
-engañar por cualquiera! Vosotros sois unos estúpidos, que no tenéis
-noción de vuestro interés. Ahora mismo acabáis de oir y de aplaudir á
-quien ha dicho que hay obreros intelectuales que son como vosotros...
-¡Es mentira! Esos que se llaman obreros intelectuales son los más
-ardientes defensores de la burguesía; esos periodistas son como los
-perros que lamen la mano del que les da de comer. (<i>Aplausos.</i>)</p>
-
-<p>Una voz gritó:&mdash;No es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fuera ese! ¡Fuera!</p>
-
-<p>&mdash;Dejadle hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Yo he conocido un verdadero obrero intelectual<a name="page_277" id="page_277"></a>&mdash;siguió diciendo el
-orador&mdash;, un verdadero apóstol, no como esos gomosos de la <i>gabina</i> y
-del futraque. (<i>Aplausos.</i>) Era un maestro de escuela, que predicaba la
-idea por los pueblos y las cortijadas de la serranía de Ronda. Aquel
-hombre siempre andaba á pie; aquel hombre vestía peor que cualquiera de
-nosotros; á aquel pobretico le bastaba para vivir una panilla de aceite
-y un currusco de pan. En las gañanías, enseñaba á leer á los braceros á
-la luz del candil. Aquel era un verdadero anarquista, aquel era un amigo
-de los explotados, no como los de aquí, que hablan mucho y no hacen
-nada. ¿Qué hace la prensa por nosotros? Nada. Yo soy tejero, y los del
-oficio, mal comparados, vivimos peor que cerdos, en chozas que no tienen
-dos varas en cuadro. Y allí, métase usted con toda la familia y gane
-usted un jornal de dos pesetas. Y eso no todos los días, porque cuando
-llueve no hay jornal; pero, en cambio, hay que recoger ladrillos y
-cargar carros, todo gratis, para que el patrón no se arruine. Y esto,
-comparado con lo que pasa en Andalucía, es la gloria. Y es lo que yo
-digo, cuando un pueblo sufre todo esto, es que es un pueblo de
-gallinas...</p>
-
-<p>El orador aprovechó esta oportunidad para hacer gala de nuevo de sus
-instintos agresivos, y volvió á insultar con verdadera elocuencia al
-público, que le aplaudió con entusiasmo. Se<a name="page_278" id="page_278"></a> veía que era un hombre
-fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maséteros
-abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las
-comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que
-aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de
-cualquier disparate.</p>
-
-<p>Al último, para demostrar la inutilidad de los intelectuales, habló de
-los astrónomos, á quienes llamó imbéciles, porque perdían el tiempo
-mirando al cielo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué le habrán hecho á éste los astrónomos!&mdash;dijo Manuel á la
-Salvadora.</p>
-
-<p>Después de una excitación al pillaje, el tejero terminó diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;No queremos ni Dios ni amo. ¡Abajo los burgueses! ¡Fuera esos
-farsantes que se llaman obreros de la inteligencia! ¡Viva la Revolución
-Social!</p>
-
-<p>Se aplaudió al andaluz, y se presentó en la tribuna un hombre grueso,
-cachazudo y calvo, de unos cincuenta años, que dijo, sonriendo, que él
-no tenía más odio que la Biblia.</p>
-
-<p>Era un tipo contrario al anterior, tranquilo, bien avenido con la vida.</p>
-
-<p>Para él, la Biblia no era más que un conjunto de necedades y de
-disparates. Se burló con cierta gracia de los siete días del Génesis, de
-la creación de la luz antes del sol y de otra porción de historias.<a name="page_279" id="page_279"></a></p>
-
-<p>Dijo también que una de las cosas que le hacían reir era la existencia
-del alma.</p>
-
-<p>&mdash;Porque ¿qué es el alma?&mdash;preguntó él&mdash;. Pues el alma no es más que el
-juego de la sangre que corre por el venaje de todo el sistema
-humanitario&mdash;y se miró á los brazos y á las piernas&mdash;, y si se va á ver,
-lo mismo que el hombre tienen alma los animales; pero no sólo los
-perros, sino hasta los más <i>insiznificantes</i>.</p>
-
-<p>Después de esta explicación materialista del alma, digna del
-<i>Ecclesiastes</i>, explicó el hombre gordo el infundio del arca de Noé,
-como él lo llamó:</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé&mdash;dijo&mdash;si Noé sería maestro carpintero; yo lo soy; pero lo
-que sí puedo decir es que el arca aquella no era una chapuza ni mucho
-menos (<i>risas</i>), y que para meter allí una parejita de cada animal, lo
-mismo terrestre que volátil, que <i>acuario</i>, se necesitaba toda una
-señora arca. Yo no le quito á Noé nada como carpintero, á cada uno lo
-suyo (<i>nuevas risas</i>); pero si le hubiera conocido á este señor, le
-hubiera preguntado: ¿Qué necesidad tenía usted de meter en el arca los
-chinches, las cucarachas y otros <i>inseztos</i>? ¿No hubiera sido mejor
-dejarles que se ahogaran?... La verdad es que este Noé debía tener alma
-de burgués (<i>risas</i>). Y si bien se quiere, el hombre era poco galante,
-porque en <i>orsequio</i> de las señoras, que son á quienes más les pica
-(<i>risas</i>, <i>gritos</i> <i>y</i> <i>patadas<a name="page_280" id="page_280"></a></i>), debía haber suprimido las pulgas. Y
-otra cosa se me ocurre. Si las golondrinas comen moscas, y allá dentro
-del arca las dos golondrinas se comieron las dos moscas, ¿de dónde
-vienen las que hay ahora? Y los camaleones que se alimentan del aire,
-¿cómo vivían allí si no había aire?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no había de haber aire?&mdash;preguntó uno desde arriba.</p>
-
-<p>&mdash;Si había aire, estaría viciado&mdash;contestó el hombre gordo&mdash;. Porque
-cuarenta días y cuarenta noches en un sitio cerrado y sin ventilación
-con todos los animales de la tierra, habría que ver la peste... En fin,
-compañeros, que todo eso no es más que una filfa muy grande, y he dicho.</p>
-
-<p>Se aplaudió algo burlonamente este discurso y se levantó Juan, muy
-pálido, con los ojos abiertos, como espantados. Manuel sintió una gran
-desazón.</p>
-
-<p>&mdash;A ver si se trabuca&mdash;dijo á la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;No lo hará bien&mdash;contestó ella, también intranquila.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Se acercó Juan, modestamente á la mesa, y comenzó á hablar con una voz
-velada y algo chillona sin equivocarse. Interesado el público por el
-aspecto de niño enfermo de Juan, quedó silencioso. Juan, al sentirse
-escuchado, se tranquilizó; tomó el tono natural de su voz y comenzó<a name="page_281" id="page_281"></a> á
-hablar con convicción y facilidad, de una manera flúida é insinuante.</p>
-
-<p>&mdash;La anarquía&mdash;dijo&mdash;no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que
-los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia,
-sólo por la fuerza de la razón.</p>
-
-<p>El quería que los hombres luchasen para salir del antro obscuro de sus
-miserias y de sus odios á otras regiones más puras y serenas.</p>
-
-<p>El quería que el Estado desapareciera, porque el Estado no sirve más que
-para extraer el dinero y la fuerza que él supone, de las manos del
-trabajador y llevarlo al bolsillo de unos cuantos parásitos.</p>
-
-<p>El quería que desapareciese la ley, porque la ley y el Estado eran la
-maldición para el individuo, y ambos perpetuaban la iniquidad sobre la
-tierra.</p>
-
-<p>El quería que desaparecieran el juez, el militar y el cura, cuervos que
-viven de sangre humana, microbios de la humanidad.</p>
-
-<p>El afirmaba que el hombre es bueno y libre por naturaleza, y que nadie
-tiene derecho de mandar á otro. El no quería una organización comunista
-y reglamentada, que fuera enajenando la libertad á los hombres, sino la
-organización libre basada en el parentesco espiritual y en el amor.</p>
-
-<p>El prefería el hambre y la miseria con la libertad á la hartura en la
-esclavitud.<a name="page_282" id="page_282"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sólo lo libre es hermoso&mdash;exclamó y en una divagación pintoresca
-dijo:&mdash;El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y
-negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le
-compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y
-preparado para zarpar. Es pez en su casco y pájaro en su arboladura;
-tiene velas blancas que parecen alas; un bauprés que parece un pico;
-tiene una aleta larga que se llama quilla y una aleta caudal que es el
-timón. Es una gaviota que navega; marcha y se le mira con envidia como á
-un amigo que se va. En cambio, ¡qué triste el barco viejo y desarbolado
-que ya no puede salir del puerto! Y es que la vejez también es una
-cadena.</p>
-
-<p>Y Juan siguió hablando así, pasando de un asunto á otro.</p>
-
-<p>El quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por
-una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar.</p>
-
-<p>El no veía en la cuestión social una cuestión de jornales, sino una
-cuestión de dignidad humana; veía en el anarquismo la liberación del
-hombre.</p>
-
-<p>Además, para él, antes que el obrero y el trabajador, estaban la mujer y
-el niño, más abandonados por la sociedad, sin armas para la lucha por la
-vida...<a name="page_283" id="page_283"></a></p>
-
-<p>Y habló con ingenuidad de los golfillos arrojados al arroyo, de los
-niños que van á los talleres por la mañana muertos de frío, de las
-mujeres holladas, hundidas en la muerte moral de la prostitución,
-pisoteadas por la bota del burgués y por la alpargata del obrero.</p>
-
-<p>Y habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración nunca
-satisfecha de amor. Una misma congoja agitaba todos los corazones;
-algunas mujeres lloraban. Manuel contempló á la Salvadora y vió que en
-sus ojos trataban de saltar las lágrimas. Ella sonrió, y entonces dos
-lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas.</p>
-
-<p>Y Juan siguió hablando; su voz, que se iba haciendo opaca, tenía
-entonaciones de ternura; sus mejillas estaban encendidas. En aquel
-momento parecía sentir los dolores y las miserias de todos los
-abandonados.</p>
-
-<p>Nadie seguramente pensaba en la posibilidad ó imposibilidad de las
-doctrinas. Todos los corazones de la multitud latían al unísono. Ya iba
-á terminar Juan su discurso, cuando se produjo un escándalo en las
-últimas filas de butacas.</p>
-
-<p>Era Caruty que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente&mdash;gritaron todos, creyendo quizás que
-intentaba replicar al orador.<a name="page_284" id="page_284"></a></p>
-
-<p>&mdash;No, no me sentaré&mdash;dijo Caruty&mdash;. Tengo que hablar. Sí. Tengo que
-decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!</p>
-
-<p>Juan le saludó con la mano y dejó la tribuna.</p>
-
-<p>Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado
-de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron á
-aplaudir de una manera rabiosa. La Salvadora y Manuel se miraban
-conmovidos, con lágrimas en los ojos.</p>
-
-<p>El presidente dijo algunas palabras que no se oyeron y terminó la
-reunión.</p>
-
-<p>Comenzó á salir la gente. En el pasillo del escenario se habían
-amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y
-aprendices, con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de
-escrofulosos.</p>
-
-<p>Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con una efusión
-apasionada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Salud, compañero!</p>
-
-<p>&mdash;Salud.</p>
-
-<p>&mdash;Dejadle al hombre, que está malo&mdash;dijo el Libertario.</p>
-
-<p>Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprenderlo quizás,
-había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía!
-¡Viva la Literatura!</p>
-
-<p>En el momento de salir á la calle, dos agentes de la policía se echaron
-sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entredientes,<a name="page_285" id="page_285"></a>
-mirando con desprecio á una burguesía imaginada, la canción de Ravachol.</p>
-
-<p>Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche á casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha querido decir Caruty?&mdash;preguntó Manuel&mdash;. ¿Qué la anarquía es
-cosa de literatura?</p>
-
-<p>&mdash;Ni él mismo lo sabrá&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; él ha querido decir algo&mdash;repuso Manuel.</p>
-
-<p>¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos
-cosas; pero no sabía cuál.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_286" id="page_286"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IV-c" id="CAPITULO_IV-c"></a>CAPÍTULO IV</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Gente sin hogar.&mdash;El Mangue y el Polaca.&mdash;Un vendedor de
-cerbatanas.&mdash;Un gitano.&mdash;El Corbata.&mdash;Santa Tecla y su mujer.&mdash;La
-Filipina.&mdash;El oro escondido.</p></div>
-
-<p>En los paseos que Juan daba el invierno por las tardes al sol, un día
-que le sorprendió la lluvia, entró en una de las casuchas que había al
-lado de la tapia de la Patriacal, mirando al Tercer Depósito.</p>
-
-<p>Se encontró que la casucha estaba habitada por dos muchachuelos y una
-chiquilla. Los dos chicos le contaron al momento su vida y milagros. Uno
-se llamaba el Mangue y el otro el Polaca; los dos eran aprendices de
-torero. A la chica le decían la Chai.</p>
-
-<p>El Mangue era un chiquillo delgaducho y listo como una sabandija; el
-Polaca tenía una cabeza enorme, unos ojos inexpresivos, redondos como
-dos botones, y los labios abultados. El padre del Mangue era carbonero y
-quería obligarle á trabajar; pero él se había escapado de casa con la
-Chai y el Polaca, y durante todo un verano y un otoño habían andado en
-las capeas. El Polaca había estado en un asilo hasta los seis años. Un
-día, por una falta leve, una<a name="page_287" id="page_287"></a> monja le tuvo durante ocho días desnudo,
-atado con cuerdas de esparto, á pan y agua. A consecuencia de este
-bárbaro castigo, el Polaca enfermó y lo llevaron al hospital. A la
-salida se echó á andar por las calles.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué infamia es esa farsa de caridad oficial!&mdash;murmuró Juan&mdash;. ¡Qué
-infamia!</p>
-
-<p>El Mangue y el Polaca, con la ilusión de ser toreros, vivían contentos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ganábais algo en esas capeas?&mdash;les preguntó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, lo que nos daban.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo ibais de un pueblo á otro?</p>
-
-<p>&mdash;Nos subíamos á los estribos del tren, y antes de llegar á una estación
-bajábamos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero todos los días no habría capeas.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Y mientras tanto, ¿qué comíais?</p>
-
-<p>&mdash;Sacábamos patatas del suelo y comíamos uvas y frutas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ahora qué hacéis?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora nada. Esperando el verano.</p>
-
-<p>La Chai era una muchacha fea y de aspecto encanallado, y por lo que pudo
-observar Juan, trataba como esclavos á sus dos amantes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y vivís solos aquí vosotros?</p>
-
-<p>&mdash;No, hay más en estas casillas.</p>
-
-<p>A Juan le interesó aquella madriguera y volvió al día siguiente. Hacía
-una hermosa tarde de sol. En el antiguo patio del cementerio,<a name="page_288" id="page_288"></a> arrimados
-á una tapia, había un vendedor de cerbatanas y de majuelas, que tenía su
-mercancía en una cesta; un gitano y un golfo. Les preguntó Juan por el
-Mangue y por el Polaca, y se sentó junto á ellos.</p>
-
-<p>El gitano dijo que tenía como profesión la de matar pájaros con
-tirabeque; profesión que á Juan le pareció bastante cómica.</p>
-
-<p>&mdash;No crea usted... que es guasa&mdash;dijo el gitano&mdash;. ¿A que le doy á aquel
-bote de pimiento?</p>
-
-<p>&mdash;¿A que no? Una perra gorda&mdash;apostó el de las cerbatanas.</p>
-
-<p>El gitano arregló su tirabeque, disparó... y no le dió al bote.</p>
-
-<p>Se trabó una larga discusión entre el gitano y el de las cerbatanas.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted, ¿qué hace?&mdash;le preguntó Juan al golfo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?&mdash;exclamó el otro en tono displicente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy ladrón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mal oficio!</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no produce más que disgustos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Psch! También suelo vender perros; pero eso es peor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es lo que roba usted?</p>
-
-<p>&mdash;Lo que se tercia. Antes robábamos aquí, en este camposanto.<a name="page_289" id="page_289"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Entonces conocería usted á Jesús?</p>
-
-<p>&mdash;A Jesús, el cajista, ya lo creo. ¿Era amigo de usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, amigo y compañero. Yo soy anarquista.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo soy el Corbata. Cuando hago de Don Tancredo me llaman el
-Raspa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Hace usted de Don Tancredo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; el año pasado un toro me dejó á la muerte. Y espero el año que
-viene para ir á los pueblos á repetir el experimento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si le matan á usted?</p>
-
-<p>&mdash;¡Psch! Es igual.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo le han soltado ya de la cárcel?</p>
-
-<p>&mdash;Me las he arreglado para que me saquen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué tal en la cárcel? ¿Hay buena gente?</p>
-
-<p>&mdash;¡Si hay! mejor que fuera. Ahí he conocido á los Ladrilleros, dos
-buenas personas.</p>
-
-<p>Los Ladrilleros no habían hecho más que asesinar á uno para robarle.</p>
-
-<p>&mdash;Uno de los Ladrilleros, domesticaba gorriones en el pasillo de
-arriba&mdash;contó el Corbata&mdash;. Solía hacer que los pájaros fuesen á comer
-miguitas de pan en su mano, y les hacía bailar y dar vueltas. Tenía dos
-en su cuarto más listos que una persona, y no dejaba que los tocara
-nadie. Un día va el director y le ve que no tenía más que un gorrión:
-«¿Y el otro gorrión? ¿Se ha muerto?»&mdash;le preguntó. «No, señor director.»
-«¿Es que se ha escapado?»<a name="page_290" id="page_290"></a> «Tampoco.» «¿Pues dónde está?» «Usted me
-perdonará, señor director&mdash;le dijo el Ladrillero sonriendo&mdash;, pero el
-preso de ahí al lado estaba tan triste el pobrecillo, que le he prestado
-el gorrión por tres días para que se distraiga.»</p>
-
-<p>El Corbata contó esto sonriendo, como una debilidad disculpable de un
-niño. El de las cerbatanas dijo que esto no le chocaba, porque en los
-presidios había tan buena gente ó más que fuera.&mdash;Un acaloro cualquiera
-lo puede tener&mdash;terminó diciendo. Al marcharse Juan, el Corbata
-distraídamente le quitó el pañuelo. Juan lo notó, pero no dijo nada.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Unos días después, Juan vió en la era de la Patriarcal á un amigo del
-Corbata, que se llamaba el Chilina. Era éste un joven delgado, de
-bigotillo negro, con la cara redonda, afeminada, y una mirada
-indiferente y fría de unos ojos verdes. El Corbata le había conocido en
-la cárcel y le tomó bajo su protección.</p>
-
-<p>El Chilina era un golfo siniestro, lleno de pereza, de vicios y de malas
-pasiones.</p>
-
-<p>&mdash;He vivido en una casa de zorras&mdash;le dijo á Juan riendo&mdash;, hasta que se
-murió mi madre, que estaba allá. Me echaron de la casa, y la misma noche
-me encontré con una mujer. «¿Quieres venir?» me dijo. «Si me das todo lo
-que ganas, sí»; le contesté. «Bueno, toma la llave»; me dió la llave y
-nos arreglamos.<a name="page_291" id="page_291"></a> Así estuve hasta hace un año, viviendo bien, pero una
-mujer me faltó y la dí una <i>puñalá</i>. Ahora estoy aquí porque me tengo
-que ocultar.</p>
-
-<p>Unos días después, el Chilina llevó á las casas del cementerio una mujer
-tagala con el objeto de explotarla.</p>
-
-<p>Esta mujer ganaba algunos céntimos entregándose á los hombres por
-aquellos descampados.</p>
-
-<p>Le llamaban la Manila, era bastante fea, tenía un cándido cinismo, el
-instinto natural de su vida salvaje; se ofrecía con una absoluta
-ignorancia de ideas de moralidad sexual. No sentía el desprecio de la
-sociedad cerniéndose sobre su cabeza. Acostumbrada desde la infancia á
-ser maltratada por el blanco, no llegaba á herirle la abyección de su
-oficio, y por esto no manifestaba odio contra los hombres. Lo que le
-daba miedo era el tener que andar de noche por aquellos andurriales.</p>
-
-<p>El Corbata y el Chilina la poseían cuando querían en los rincones
-apartados, cerca de las tapias del cementerio, y ella se entregaba como
-quien hace un favor. El Chilina, además, le sacaba el dinero.</p>
-
-<p>Otras dos personas se acogieron en las casuchas en aquel invierno: un
-mendigo viejo, sucio y repugnante, con una barba enmarañada y ojos
-purulentos, y su mujer, una arpía con la que estaba amontonado.<a name="page_292" id="page_292"></a></p>
-
-<p>Este mendigo se ponía en las bocacalles y golpeando la acera con la
-garrota, gritaba varias veces el santo del día.</p>
-
-<p>El Corbata, la primera vez que le vió, le oyó decir:</p>
-
-<p>&mdash;Hoy, hoy... Santa Tecla... Santa Tecla... hoy... hoy&mdash;y desde entonces
-le llamaba Santa Tecla.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué hermoso!&mdash;pensaba Juan&mdash;sería sacar á estos hombres de las
-tinieblas de la brutalidad en que se encuentran y llevarlos á una esfera
-más alta, más pura! Seguramente en el fondo de sus almas hay una bondad
-dormida; en medio del fango de sus maldades hay el oro escondido que
-nadie se ha tomado el trabajo de descubrir. Yo trataré de hacerlo...</p>
-
-<p>Todas las tardes, lloviera ó hiciera bueno, iba Juan á las casuchas del
-campo santo á hablarles á aquellos hombres. Acudían algunos mendigos de
-San Bernardino y escuchaban con atención. Formaban un corro. Enfrente
-los cipreses del cementerio de San Martín sobresalían por encima de las
-tapias. Oían todos las palabras de Juan como una música agradable y
-dulce y la Filipina, quizás la que menos entendía, era la que con más fe
-le escuchaba.</p>
-
-<p>Cuando se marchaba Juan á su casa, muchas veces se decía á sí mismo:<a name="page_293" id="page_293"></a></p>
-
-<p>&mdash;El oro está dentro; saldrá á la superficie.</p>
-
-<p>Un anochecer Juan presenció una apuesta entre Santa Tecla y la vieja
-arpía, con quien se hallaba amontonado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sabes tú, vieja zorra?&mdash;decía Santa Tecla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sé yo? Más que tú, asqueroso; mucho más que tú&mdash;replicaba la
-vieja haciendo gestos repugnantes.</p>
-
-<p>&mdash;Tú crees que toda la gente es tan mala como tú.</p>
-
-<p>&mdash;Si parece que tienes telarañas en los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Calla, calla, <i>arrastrá</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Si es que tú pareces tonto; ya te figuras tú que la gente te da dinero
-porque eres tú.</p>
-
-<p>&mdash;Calla... ¡leñe! ¡tanto moler y tanto amolar!... porque tú eres una
-cochina zorra, ya crees que todas lo han de ser.</p>
-
-<p>&mdash;Y lo son. ¡Me parece!&mdash;y la vieja hizo un gesto desvergonzado.</p>
-
-<p>Santa Tecla metió la mano por la abertura y se puso á rascarse el pecho
-con dignidad.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sí, pues sí&mdash;chilló la vieja&mdash;, mañana va otro ciego cualquiera
-al Buen Suceso y le dan limosna lo mismo que á ti.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállate, cerda! Si eres más venenosa que un sapo. ¿Tú qué sabes?<a name="page_294" id="page_294"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Que no sé? Haz una apuesta. A que mañana domingo, si voy yo de tu
-parte á las señoras del coche y les digo que tú estás malo, ¿á que no
-dan nada?</p>
-
-<p>&mdash;A que sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto apostamos?</p>
-
-<p>&mdash;Una botella.</p>
-
-<p>&mdash;Está.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que ver en qué termina la apuesta&mdash;dijo el Corbata.</p>
-
-<p>Al día siguiente fué Juan. Santa Tecla paseaba por la era dando muestras
-de impaciencia. El Corbata y el Chilina tomaban el sol tendidos en la
-hierba.</p>
-
-<p>Al medio día apareció la vieja en la vuelta del camino con una botella
-en la mano.</p>
-
-<p>Santa Tecla sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;dijo cuando se asomó la vieja&mdash;. ¿Han dado?</p>
-
-<p>&mdash;<i>Ná</i>, ni una perra. Les dije: «¡Señoritas, una limosna <i>pa</i> el
-cieguecito, que mi pobre <i>marío</i> está <i>mu</i> malo y no tenemos ni <i>pa
-melecinas</i>!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?</p>
-
-<p>&mdash;<i>Pus ná</i>, que entraron en la iglesia sin mirarme. Luego las seguí
-hasta su casa... y la señora ha <i>llamao</i> al portero y le ha dicho que me
-eche. ¡Ah, perras! Aquí traigo la botella. ¡Dame los dos reales!</p>
-
-<p>&mdash;¡Los dos reales! ¿Pero tú te has <i>figurao</i><a name="page_295" id="page_295"></a> que á mí me la das? Lo que
-te voy á dar es un estacazo por liosa.</p>
-
-<p>&mdash;No pagues si no quieres. Pero que me muera si no es verdad lo que
-digo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, trae la botella&mdash;y Santa Tecla cogió la botella, la destapó y
-comenzó á beber y á murmurar.</p>
-
-<p>&mdash;¡<i>Desagradecías</i>, más que <i>desagradecías</i>!</p>
-
-<p>&mdash;¿Ves?&mdash;gritaba la vieja atenta al odio más que á la golosina&mdash;. ¿Ves
-lo que son?</p>
-
-<p>&mdash;<i>¡Desagradecías!</i>&mdash;gruñía el viejo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero oiga usted, compadre&mdash;le preguntó el Corbata en tono de chunga&mdash;.
-¿Usted qué ha hecho por esa gente? ¿Rezar?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y te parece poco?&mdash;replicó el mendigo componiendo el semblante.</p>
-
-<p>&mdash;A mí muy poco.</p>
-
-<p>&mdash;Si tú eres un hereje, yo no tengo la culpa&mdash;refunfuñó el viejo con la
-barba llena de vino. El Corbata y el Chilina se echaron á reir á
-carcajadas, mientras Santa Tecla, con la botella ya vacía en la mano,
-murmuraba entre dientes cabeceando:</p>
-
-<p>&mdash;Son unas <i>desagradecías</i>. ¡Para que haga uno por ellas nada!</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Juan había contemplado entristecido la escena. Vino la Manila; el
-Chilina se acercó á ella á pedirle el dinero que había ganado. Era
-domingo y quería divertirse el mozo.<a name="page_296" id="page_296"></a></p>
-
-<p>&mdash;No tengo más que unos céntimos&mdash;dijo ella.</p>
-
-<p>&mdash;Te los habrás gastado.</p>
-
-<p>&mdash;No; es que no he ganado.</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me vienes tú con infundios. Venga el dinero.</p>
-
-<p>Ella no replicó. El le dió una bofetada, luego otra; después furioso la
-echó al suelo, la pateó y la tiró de los pelos. Ella no lanzaba ni un
-grito.</p>
-
-<p>Al fin ella sacó de la media unas monedas y el Chilina, satisfecho, se
-marchó.</p>
-
-<p>Juan y la Filipina encendieron una hoguera de ramas y los dos, muy
-tristes, se calentaron en ella.</p>
-
-<p>Juan se fué á su casa. El oro de las almas humanas no salía á la
-superficie.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_297" id="page_297"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_V-c" id="CAPITULO_V-c"></a>CAPÍTULO V</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Esnobismo sociológico.&mdash;Anarquistas intelectuales.&mdash;Humo.</p></div>
-
-<p>Un día Juan recibió una carta de un señor desconocido. Le decía este
-señor que había pensado hacer un periódico radical, casi anarquista, y
-quería saber si podía contar con él y con sus amigos. En el caso de que
-no tuvieran inconveniente, les invitaba á tomar café en su casa, en
-donde les presentaría unos compañeros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Iremos?&mdash;le preguntó el Libertario á Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Por qué no.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Fueron Juan, Manuel, el Libertario y Prats.</p>
-
-<p>Los pasaron á un gabinete amueblado con ese carácter deplorable, que es
-el encanto de los carpinteros y de los cursis, que se llama estilo
-modernista. Había desparramados por el cuarto sillones bajos, sillas
-blancas con las patas torcidas, y dos ó tres veladores repletos de
-baratijas. En las paredes había encuadrados con marcos blancos algunos
-grabados ingleses, en donde no se veían más que mujeres<a name="page_298" id="page_298"></a> delgadas con el
-talle largo, un lirio en la mano y una expresión de estupidez
-desagradable.</p>
-
-<p>Estaban sentados esperando cuando entró el amo de la casa, y saludó
-afectuosamente á todos. Era un joven alto, afeitado, con levita, gran
-corbata azul y un chaleco claro rameado.</p>
-
-<p>&mdash;Pasemos á mi despacho&mdash;dijo&mdash;. Les presentaré á mis amigos.</p>
-
-<p>Pasaron á un cuarto más grande; después de hacer una porción de
-ceremonias chinescas en la puerta, el anfitrión presentó á los
-anarquistas á unos cuantos jóvenes, entre ellos un militar.</p>
-
-<p>El despacho era grande, de techo alto; tenía varios retratos al óleo, y
-cerca de los balcones, había vitrinas llenas de miniaturas y sortijas.
-En el fondo había una chimenea encendida.</p>
-
-<p>&mdash;Sentémonos por aquí, al lado del fuego&mdash;dijo el anfitrión.</p>
-
-<p>Se sentaron todos y el dueño de la casa tocó un timbre. Vino un criado y
-acercó una mesita de te con tazas y pastas.</p>
-
-<p>Sirvió el criado á unos te á otros café.</p>
-
-<p>El Libertario y Prats sonreían burlonamente, sobre todo cuando el criado
-les preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué quiere la copa el señor? ¿de ron? ¿de Chartreuse?</p>
-
-<p>&mdash;Me es igual.</p>
-
-<p>Pasó luego el criado con una caja de puros<a name="page_299" id="page_299"></a> y mientras fumaban se habló
-de la compañía del Español, de los cómicos extranjeros, de Gabriel
-d&#8217;Annunzzio y de otra porción de cosas.</p>
-
-<p>Cuando ya la conversación languidecía, el dueño de la casa se arrellanó
-en la butaca y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á hablar de nuestro asunto. Yo quisiera hacer una revista de una
-gran independencia de criterio y que representara las tendencias más
-avanzadas en sociología, en política y en arte, y para eso me he
-permitido llamarles. Yo, digo la verdad, soy anarquista, en el sentido
-filosófico, por decirlo así. Yo creo que hay que renovar esta atmósfera
-en que vivimos. ¿No les parece á ustedes?</p>
-
-<p>El anfitrión sonrió amablemente. No estaba al parecer muy convencido de
-la necesidad de la renovación.</p>
-
-<p>&mdash;Yo quisiera saber&mdash;prosiguió&mdash;si ustedes podrían llegar á un acuerdo
-para poder trabajar en común, porque de la parte económica me encargaría
-yo.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros somos anarquistas&mdash;dijo el Libertario&mdash;, y cada uno de
-nosotros tiene sus opiniones particulares; pero nosotros cuatro y con
-nosotros todos nuestros amigos, ayudarán en lo que puedan con el trabajo
-y con la propaganda, á un periódico que sirva para atacar la actual
-sociedad.<a name="page_300" id="page_300"></a></p>
-
-<p>Juan, Prats y Manuel asintieron á lo dicho por su compañero.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso es muy vago&mdash;dijo con cierto aire displicente un joven
-acicalado y repeinado, hablando con ceceo de gomoso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vago? Yo no veo la vaguedad&mdash;replicó con rudeza el Libertario&mdash;.
-Ayudaremos con gusto á todo lo que sirva para desprestigiar el Estado,
-la Iglesia y el Ejército. Somos anarquistas.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hay que saber qué anarquismo es el de ustedes&mdash;indicó el gomoso,
-y añadió dirigiéndose al anfitrión&mdash;; porque hay el nihilismo
-filosófico, hay la anarquía, que es la fórmula lógica y científica del
-socialismo radical, y además de esto hay el sentimiento anarquista, que
-es un sentimiento bárbaro, salvaje, de hombres primitivos...</p>
-
-<p>&mdash;Ese sentimiento bárbaro y salvaje es el nuestro&mdash;dijo sonriendo el
-Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Un sentimiento puramente de destrucción?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es, puramente de destrucción.</p>
-
-<p>&mdash;Yo estoy con estos señores&mdash;saltó un joven de barba y anteojos, de
-aspecto ensimismado y hablar meloso&mdash;; creo que hay que destruir mucho,
-disolver las ideas hechas, atacar los dogmas en sus principios.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que construir&mdash;interrumpió el gomoso con un gesto de desdén.<a name="page_301" id="page_301"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Pero usted cree que la sociedad no tiene fuerza de cohesión para
-resistir todas las ideas, aun las más disolventes?</p>
-
-<p>&mdash;Había que discutir eso.</p>
-
-<p>&mdash;Discutir, ¿para qué?&mdash;repuso el de las barbas&mdash;. Es una convicción que
-yo tengo y de la que usted no participa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero usted qué quiere en último término? Una revolución filosófica.</p>
-
-<p>&mdash;Todas las revoluciones son filosóficas. Primeramente cambian las
-ideas; luego se modifican las costumbres, y por último, vienen las leyes
-á inmovilizarlas.</p>
-
-<p>&mdash;Las ideas están ya transformadas&mdash;replicó el gomoso.</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted. Yo creo todo lo contrario. Creo que no hay un liberal
-verdadero en toda España.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué exageración! Y entonces, ¿cómo se va á verificar el cambio que
-usted desea?</p>
-
-<p>&mdash;El cambio se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de
-abajo y por falta de convicciones en los de arriba. Esto se agrieta,
-porque se descompone. Nadie cree en su misión, ni el juez que condena,
-ni el cura que dice misa, ni el militar, perdone usted&mdash;dijo al
-oficial&mdash;que mata en la guerra.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;saltó el oficial&mdash;hago una diferencia entre el militar y el
-guerrero: el uno es el de las paradas, el otro el de las batallas.<a name="page_302" id="page_302"></a></p>
-
-<p>&mdash;Esta sociedad de los explotadores, de los curas, de los soldados y de
-los funcionarios, yo creo que se hunde&mdash;siguió diciendo el de las
-barbas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!</p>
-
-<p>&mdash;Es mi opinión&mdash;y el de las barbas se quedó mirando al fuego muy
-ensimismado.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;dijo el oficial á Juan&mdash;encuentro muy simpáticas las ideas de
-ustedes. No espero más que la sociedad me pise la cola para saltar y
-clavar las uñas. Ahora, encuentro una cosa que no me gusta, y es que
-ustedes tratan de suprimir en el hombre el instinto guerrero.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;repuso Juan&mdash;; lo que queremos es aplicarlo á algo más noble que á
-exterminarse unos á otros.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo que quisiera saber&mdash;dijo el joven sociólogo&mdash;, quiénes son los
-que van á hacer esa revolución.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes?&mdash;contestó el Libertario&mdash;, los desarrapados, los que viven
-mal. ¡Que hubiese diez hombres de talento y de iniciativa en España, y
-la revolución estaba hecha.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;Quizás les parezca absurdo lo que voy á decir&mdash;exclamó el oficial&mdash;;
-pero para mí la revolución social es una obra que debía realizarla el
-ejército.</p>
-
-<p>El oficial explicó su plan. Era un hombre<a name="page_303" id="page_303"></a> atezado, flaco, con un perfil
-de aguilucho, un temperamento vehemente. Por su cerebro pasaban las
-ideas y los proyectos más extraordinarios como una rueda de fuegos
-artificiales, sin dejar más rastro que un poco de humo. El quería que la
-revolución social la hiciera el ejército dando la batalla á los
-capitalistas; quería también que el ejército hiciese en el país las
-obras públicas de canalización, de construcción de caminos, de tendido
-de líneas férreas, de repoblación de árboles, y que luego de arreglado
-el terreno de España, se le licenciara si ya no era útil. Tenía una
-concepción napoleónica de una Europa federada entre cesarista y
-anarquista.</p>
-
-<p>El joven gomoso encontró muy mal las ideas del capitán. Este joven
-gomoso y sociólogo escribía en periódicos y revistas y se llamaba á sí
-mismo anarquista intelectual. No tenía simpatía por nada, ni por nadie.
-Para él, lo que había que debatirse antes de todo eran las posibilidades
-científicas de la doctrina. Su ideal era una sociedad por categorías:
-arriba los sociólogos, como modernos magos, definiendo y dictando planes
-y reformas sociales; abajo los trabajadores ejecutando los planes y
-cumpliendo las órdenes. La parte sentimental del socialismo y de la
-anarquía le parecía despreciable.<a name="page_304" id="page_304"></a></p>
-
-<p>&mdash;Yo estaría con ustedes&mdash;dijo el joven sociólogo&mdash;, siempre que ustedes
-se atuvieran á la parte científica de la doctrina. La idea anarquista,
-sí; el sentimiento anarquista, no; porque no produce más que crímenes y
-brutalidades.</p>
-
-<p>&mdash;Ustedes los sociólogos, los ateneístas&mdash;murmuró el de las barbas con
-sorna&mdash;, quieren catalogar las ideas y los hombres, como los
-naturalistas clasifican las piedras y las mariposas. Se han muerto
-doscientas personas de hambre. No hay que indignarse, la cuestión es ver
-si el año pasado se murieron más ó menos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nos vamos á poner á llorar?</p>
-
-<p>&mdash;No digo eso. Lo que quiero decir es que todos los números y todas las
-estadísticas no sirven para nada. Dice usted: la idea anarquista, sí; el
-sentimiento anarquista, no. Pero eso no puede ser, no ha sido nunca.
-Entre miles de anarquistas que habrá actualmente en el mundo, no
-llegarán á quinientos los que tengan una idea clara y completa de la
-doctrina. Los demás son anarquistas, como hace treinta años eran
-federales, como antes progresistas, y como en épocas pasadas monárquicos
-fervientes. Podrá ser un sociólogo anarquista por un espejismo
-científico; pero el obrero lo será porque actualmente es el partido de
-los desesperados y de los hambrientos. El obrero se contagia con el
-sentimiento anarquista que<a name="page_305" id="page_305"></a> hay en el ambiente; el sabio no; toma la
-idea, la estudia como una máquina, ve sus tornillos, observa su
-funcionamiento, señala sus imperfecciones y luego va á otra cosa; el
-obrero, por el contrario, no tiene términos de comparación, se agarra á
-la idea como á un clavo ardiendo; ve que el anarquismo es el coco de la
-burguesía, un partido execrado por los poderosos, y dice: «¡Ese es el
-mío!»</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; pero yo no soy anarquista de ese modo. Para mí la anarquía
-es un sistema científico.</p>
-
-<p>&mdash;Pues para el pueblo no es más que la protesta de los hambrientos y de
-los exaltados.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente no nos entendemos&mdash;dijo Juan&mdash;, ¡vámonos!</p>
-
-<p>&mdash;No; no nos podemos entender&mdash;replicó incomodado el sociólogo&mdash;.
-Primeramente debíamos saber cuál es el programa de ustedes.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que mi compañero ha dicho que somos anarquistas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también lo soy.</p>
-
-<p>&mdash;Pues entonces debemos estar conformes. Nosotros queremos aligerar esta
-atmósfera pesada, abrir los balcones, que entre la luz para todos;
-queremos una vida más intensa, más fuerte; queremos agitar, remover
-esto.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso no es un programa claro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Programa claro! ¿Para qué?&mdash;exclamó el<a name="page_306" id="page_306"></a> Libertario&mdash;. ¿Para no
-realizarlo nunca? ¿Es que vamos á tener la vanidad de suponer que los
-que vengan detrás de nosotros van á considerar como infalibles los
-planes que nosotros hemos forjado? No, ¡qué demonio! Lo que se siente es
-la necesidad del cambio, la necesidad de una vida nueva. Todos sentimos
-que esta organización social no responde á las necesidades de hoy. Está
-todo variando, evolucionando con una rapidez enorme; no sólo varía la
-ciencia, sino las ideas de moral; lo que ayer se tenía por monstruoso
-hoy se considera natural; lo que ayer pasaba por lógico hoy se tiene
-como injusto. Se está verificando un cambio completo en las ideas, en
-los valores morales, y en medio de esta transformación la ley sigue
-impertérrita, rígida. Y ustedes nos preguntan: ¿Qué programa tienen
-ustedes? Ese. Acabar con las leyes actuales... Hacer la revolución;
-luego ya veremos lo que sale.</p>
-
-<p>&mdash;No estamos conformes.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. ¡Vámonos!&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>Se levantaron los cuatro. El dueño de la casa les aseguró que les había
-oído con verdadero placer y que tendría una gran satisfacción en ser su
-amigo.</p>
-
-<p>El militar les saludó con efusión y también el de los anteojos.</p>
-
-<p>Salieron los cuatro á la calle.<a name="page_307" id="page_307"></a></p>
-
-<p>&mdash;Abrígate&mdash;le dijo Manuel á Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Quia, no hace frío.</p>
-
-<p>La noche estaba suave y tibia; la tierra abrillantada por una lluvia
-menuda. El cielo obscuro, gris, parecía pesar sobre la ciudad como un
-manto de plomo; las luces de los escaparates brillaban resplandecientes
-en la atmósfera húmeda y este aire limpió las aceras mojadas, las luces
-de los faroles y de las tiendas; todo esto daba una impresión de vida
-amplia y hermosa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué imbéciles son!&mdash;dijo Prats.</p>
-
-<p>&mdash;No; que no se quieren comprometer&mdash;replicó el Libertario&mdash;. Es
-natural. Cada uno defiende su posición. Quizás nosotros hiciéramos lo
-mismo. Lo que es interesante es el instinto anarquista que hay en todos
-los españoles.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; desgraciadamente es verdad&mdash;pensaba Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Estas tentativas de unión fracasan siempre&mdash;dijo Prats&mdash;. Sólo en
-Barcelona, cuando funcionaba el Centro de Carreteros, y había allí
-reuniones secretas, se vió á la juventud radical burguesa ayudar á los
-anarquistas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad&mdash;repuso el Libertario&mdash;; ese elemento radical burgués es
-el que mejor podría ayudarnos. Los ingenieros, los médicos, los
-químicos, todos esos van preparando la revolución<a name="page_308" id="page_308"></a> social, como los
-aristócratas prepararon la revolución política.</p>
-
-<p>Se despidieron.</p>
-
-<p>&mdash;Salud, amigos&mdash;dijo el Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;¡Salud!</p>
-
-<p>Manuel y Juan fueron á su casa.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_309" id="page_309"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VI-c" id="CAPITULO_VI-c"></a>CAPÍTULO VI</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Miedos pueriles.&mdash;Los hidalgos&mdash;El hombre de la Puerta del Sol.&mdash;El
-enigma Passalacqua.</p></div>
-
-<p>Hay entre las diversas formas y especies de miedos, pavores y terrores,
-algunos extraordinariamente cómicos y grotescos.</p>
-
-<p>A esta clase pertenecen el miedo de los católicos por los masones; el
-miedo de los republicanos por los jesuítas; el miedo de los anarquistas
-por los polizontes y el de los polizontes por los anarquistas.</p>
-
-<p>El miedo al coco de los niños es mucho más serio, mucho menos pueril que
-esa otra clase de miedos.</p>
-
-<p>Al católico no se le convence de que la masonería es algo así como una
-sociedad de baile, ni el republicano puede creer que los jesuítas son
-unos frailucos vanidosillos, ignorantuelos, que se las echan de poetas y
-escriben versos detestables y se las echan de sabios y confunden un
-microscopio con un barómetro.</p>
-
-<p>Para el católico, el masón es un hombre terrible; desde el fondo de sus
-logias dirige toda la albañilería antirreligiosa, tiene un papa<a name="page_310" id="page_310"></a> rojo, y
-un arsenal de espadas, triángulos y demás zarandajas.</p>
-
-<p>Para el republicano, el jesuíta es un diplomático maquiavélico, un
-sabio, un pozo de ciencia y de maldad.</p>
-
-<p>Para el anarquista, el polizonte es un individuo listo como un demonio,
-que se disfraza y no se le conoce, que se cuela en la taberna y en el
-club, y que está siempre en acecho.</p>
-
-<p>Para el polizonte, el que está siempre en acecho, el listo, el terrible,
-es el anarquista.</p>
-
-<p>Todos suponen en el enemigo un poder y una energía extraordinarios.</p>
-
-<p>¿Es por tontería, es por romanticismo ó solamente por darse un poco de
-importancia?</p>
-
-<p>Es muy posible que por todas estas cosas juntas. Lo cierto es que al
-católico no se le puede convencer de que si las ideas anti-religiosas
-cunden no es por influencia de los masones ni de las logias, sino porque
-la gente empieza á discurrir; á los republicanos tampoco habrá nadie que
-les convenza de que la influencia jesuítica depende, no de la listeza ni
-de la penetración de los hijos de San Ignacio, sino de que la sociedad
-española actual es una sociedad de botarates y de mequetrefes dominados
-por beatas.</p>
-
-<p>Los polizontes no pueden creer que los atentados anarquistas sean obras
-individuales, y buscan siempre el hilo del complot; y los<a name="page_311" id="page_311"></a> anarquistas
-no pueden perder la idea de que son perseguidos en todos los momentos de
-su vida.</p>
-
-<p>Los anarquistas padecen además la obsesión de la traición. En cualquier
-sitio donde se reúnan más de cinco anarquistas, hay casi siempre, según
-ellos, un confidente ó un traidor.</p>
-
-<p>Muchas veces este traidor no es tal traidor, sino un pobre diablo á
-quien algún truchimán de la policía, haciéndose pasar por un dinamitero
-feroz, le saca todos los datos necesarios para meter en la cárcel á unos
-cuantos.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Al acercarse el período de la coronación, los periódicos por hablar de
-algo, dijeron que se preparaban á venir á Madrid policías extranjeros
-por si llegaban anarquistas con fines siniestros.</p>
-
-<p>Al leer esto hubo un hombre que pensó que la tal noticia podía valer
-dinero. Este hombre no era un hombre vulgar, era Silvio Fernández
-Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol.</p>
-
-<p>Entre los muchos Fernández más ó menos ilustres del mundo, Fernández
-Trascanejo, el hombre de la Puerta del Sol, era indudablemente el más
-conocido. No había más que preguntar por él en la acera del café
-Oriental, en cualquiera de esos clubs al aire libre que en<a name="page_312" id="page_312"></a> la Puerta
-del Sol se forman junto á los urinarios; todo el mundo le conocía.</p>
-
-<p>Trascanejo era un hombre alto y barbudo, con un sombrero blando de ala
-ancha á lo mosquetero que le cubría media cara, una chaqueta de alpaca
-en verano, un abrigo seboso en invierno, y en las dos estaciones una
-sonrisa suntuosa y un bastón.</p>
-
-<p>Era un desarrapado que se las echaba de marqués.</p>
-
-<p>&mdash;No me gustan los términos medios, ¿está usted?&mdash;decía&mdash;, ó voy hecho
-un andrajoso, ó elegante hasta el paroxismo.</p>
-
-<p>El hombre de la Puerta del Sol vestía y calzaba indudablemente de
-prestado, y el que le prestaba las ropas debía ser más grueso que él
-porque siempre estaba holgado en ellas; pero en cambio el donador tenía
-el pie más pequeño, porque á Trascanejo los tacones le caían hacia la
-mitad de la planta del pie, con lo cual solía caminar á modo de
-bailarina.</p>
-
-<p>Trascanejo no trabajaba, no había trabajado nunca. ¿Por qué?</p>
-
-<p>Un sociólogo de estos que ahora se estilan me ha dicho en secreto que
-piensa escribir una memoria para demostrar casi científicamente, que el
-80 al 90 por 100 de la golfería en España, literatos, cómicos,
-periodistas, políticos, etc., proviene en línea directa de los
-hidalguillos de las aldeas españolas en el siglo<a name="page_313" id="page_313"></a> <small>XVII</small> y <small>XVIII</small>. La
-tendencia á la holganza, según el tal sociólogo, se ha transmitido pura
-é incólume de padres á hijos, y según él, la clase media española es una
-prolongación de esta caterva de hidalgos de gotera, hambrones y
-gangueros.</p>
-
-<p>Trascanejo era hidalgo á cuatro vientos y por eso no trabajaba; su
-familia había tenido casa solariega y un escudo, con más cuarteles que
-Prusia, entre los cuales había un jefe que representaba tres conejos en
-campo de azur.</p>
-
-<p>El hidalgo se pasaba el día en ese foro que tenemos en el centro de
-Madrid, al que llamamos la Puerta del Sol.</p>
-
-<p>Siempre tenía este hombre, que era un pozo de embustes y de malicias,
-alguna noticia estupenda para solazar á sus amigos íntimos.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana se subleva la guarnición de Madrid&mdash;decía con gran misterio&mdash;.
-Tenga usted cuidado. Están comprometidos la Montaña, San Gil y algunos
-sargentos de los Docks. ¿Tiene usted un pitillo? Yo iré á la estación
-del Mediodía con los de los barrios bajos.</p>
-
-<p>Este hombre, almacén de noticias falsas, que anunciaba revoluciones y
-pedía cigarros, tenía una vida interesante. Vivía con su novia, señorita
-ya vieja entre cuero y mojama, y la madre de ella, señora pensionista,
-viuda<a name="page_314" id="page_314"></a> de un militar. Con la pensión y con lo que trabajaban las dos
-damas pasaban con cierta holgura y hasta tenían bastante para convidar á
-comer á Silvio á diario.</p>
-
-<p>Cada día este hombre, de una imaginación volcánica, preparaba un nuevo
-embuste para explicar que no le hubiesen dado un cargo de gobernador ó
-de cosa parecida, y ellas le creían y tenían confianza en él. El hombre
-de la Puerta del Sol, que en la calle era el prototipo del hablar
-cínico, desvergonzado é insultante, en casa de su novia era un hombre
-delicado, tímido, que trataba á su prometida y á la madre de ella con un
-gran miramiento. Entre la señorita ya acartonada y el golfo callejero se
-había desarrollado desde hacía veinte años un amor platónico y puro.
-Algún beso en la mano, y una porción de cartas ya arrugadas, eran las
-únicas prendas cambiadas de su amor.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Silvio había cobrado algunas veces por servicios prestados á la policía,
-y la noticia de los posibles atentados anarquistas le puso en guardia.</p>
-
-<p>&mdash;Hay un complot que explotar&mdash;se dijo&mdash;. Este complot está incubándose,
-en cuyo caso no hay más que descubrirlo, ó no hay nada pensado, y en
-este caso la cuestión está en organizarlo.<a name="page_315" id="page_315"></a></p>
-
-<p>Trascanejo olfateó por dónde olía á anarquismo, y á los pocos días cayó
-en la taberna de Chaparro.</p>
-
-<p>Habló con Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Si ustedes están dispuestos á ayudar, nada más que ayudar, tengo gente
-para dar el golpe. Contamos con Pepe el Pollero, con Matías, el cortador
-de la Plaza de la Cebada. No necesitamos más que una señal.</p>
-
-<p>Se discutió por todos los socios, con gran misterio, si se tomaría parte
-en el complot.</p>
-
-<p>Una tarde, al salir Manuel de la imprenta, se encontró con el
-Libertario.</p>
-
-<p>&mdash;Te venía á buscar&mdash;le dijo éste.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;Vigila á Juan. Es muy cándido y lo van á meter en algún lío. Me da en
-la nariz que hay algún manejo de la policía. Ahí por la taberna se han
-descolgado tipos que me escaman. Ahora un descubrimiento de un complot
-vendría al gobierno de perillas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué dicen que van á hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Dicen que van á matar al rey. Es una añagaza burda. Figúrate tú, á los
-anarquistas qué nos importa que el rey viva ó que no viva, que mande
-Sagasta ó cualquier mamarracho de los republicanos.</p>
-
-<p>La Salvadora y Manuel, ya sobre aviso, vigilaron á Juan.<a name="page_316" id="page_316"></a></p>
-
-<p>Un día Juan recibió una carta que leyó con gran interés.</p>
-
-<p>&mdash;Es un amigo de París&mdash;dijo&mdash;que aprovechándose de los trenes baratos
-quiere ver Madrid.</p>
-
-<p>&mdash;Un amigo; ¿no será algún anarquista?&mdash;dijo la Salvadora alarmada.</p>
-
-<p>&mdash;No. ¡Quiá!</p>
-
-<p>Manuel no se hizo cargo de la cosa. Juan fué á su trabajo y Manuel á la
-imprenta.</p>
-
-<p>A los siete ú ocho días llego otra carta, y una noche, antes de cenar,
-Juan salió de casa y se presentó con un hombre joven, afeitado, mal
-vestido.</p>
-
-<p>&mdash;Es mi amigo Passalacqua&mdash;dijo Juan á Manuel cuando éste volvió de la
-imprenta&mdash;; le he conocido en París.</p>
-
-<p>Manuel contempló con atención al amigo.</p>
-
-<p>Era un muchacho afeitado, de tez pálida y aceitosa. Tenía la cabeza
-piriforme, la frente estrecha y unas greñas negras y ensortijadas que le
-caían en rizos, el cuello redondo, de mujer; los ojos azules claros, y
-los labios pálidos. Su aspecto era de un ser linfático y poltrón.
-Cenaron todos y como el italiano no sabía apenas español habló
-únicamentecon Juan en francés. De vez en cuando se echaba á reir y
-entonces su cara estúpida se transformaba y tomaba un aspecto de ironía
-y de ferocidad.<a name="page_317" id="page_317"></a></p>
-
-<p>Al terminar la cena, Juan quiso ceder el cuarto suyo á Passalacqua y
-dormir él en una butaca; pero el otro le contestó que no, que dormiría
-en el suelo, que estaba acostumbrado.</p>
-
-<p>&mdash;Haced la cama arriba en el cuarto de Jesús&mdash;dijo Juan á la Ignacia y á
-la Salvadora&mdash;. Llevaron las dos mujeres un colchón y mantas al sobrado.</p>
-
-<p>&mdash;Ya está la cama&mdash;dijo la Salvadora.</p>
-
-<p>El italiano al despedirse estrechó la mano de Juan y de Manuel, cogió su
-maleta y subió las escaleras hasta el cuarto de la guardilla. Luego tomó
-el candelero con un cabo de vela de manos de la Ignacia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene llave este cuarto?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Dejó su maleta con gran cuidado sobre la silla.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien&mdash;añadió&mdash;. Mañana al amanecer quisiera que se me llamara.</p>
-
-<p>&mdash;Se le llamará.</p>
-
-<p>&mdash;Buona sera.</p>
-
-<p>&mdash;Malas trazas tiene el pájaro&mdash;dijo Manuel á su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;Quia, es una excelente persona&mdash;replicó éste.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no vas á la cama?&mdash;preguntó la Salvadora á Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Todavía es temprano.<a name="page_318" id="page_318"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Qué ganas tiene de enviarte á la cama hoy la Salvadora!&mdash;dijo
-torpemente Manuel.</p>
-
-<p>Ella le lanzó una mirada y Manuel comprendió que se trataba de algo
-extraño y se calló. Juan estaba muy pensativo; por más esfuerzos que
-hacía se le notaba una honda preocupación. Entró en el cuarto y estuvo
-paseándose largo rato.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;preguntó Manuel cuando se quedaron solos.</p>
-
-<p>La Salvadora puso un dedo en los labios.</p>
-
-<p>&mdash;Aguarda&mdash;murmuró.</p>
-
-<p>Esperaron largo rato.</p>
-
-<p>Juan apagó la luz en su cuarto; entonces la Salvadora en voz baja dijo á
-Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;Ese hombre trae algo en la maleta; quizás una bomba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh!</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué supones eso?</p>
-
-<p>&mdash;Tengo indicios para creerlo. Es más, estoy segura.</p>
-
-<p>&mdash;Pero bueno, ¿qué has visto?</p>
-
-<p>&mdash;He visto que cuando ha dejado la maleta lo ha hecho con un gran
-cuidado; luego, al venir con Juan, he visto que por la calle, detrás de
-ellos, iban siguiéndoles dos hombres; además ya ves cómo está Juan...
-preocupado...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Ese hombre trae algo.<a name="page_319" id="page_319"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí, creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hacemos?</p>
-
-<p>&mdash;Hay que coger esa maleta&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Iré yo&mdash;exclamó la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si se despierta?</p>
-
-<p>&mdash;No se despertará. Viene muy cansado.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Pasada una hora salieron á la escalera, y subieron los dos despacio.
-Acercaron el oído á la puerta del desván. Se oía la respiración lenta
-del hombre que dormía.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sé dónde ha dejado la maleta&mdash;dijo la Salvadora&mdash;; á tientas estoy
-segura de cogerla; empujó la puerta, que rechinó suavemente, entró en el
-desván y salió al instante con la maleta en la mano.</p>
-
-<p>Bajaron los dos al comedor sin hacer el menor ruido y pusieron la maleta
-encima de la mesa. Estaba cerrada y bien cerrada. Manuel cogió un
-cuchillo y, forcejeando, la descerrajó.</p>
-
-<p>Sacaron un manojo de ropa; luego folletos, y de enmedio una cosa dura
-envuelta en periódicos. Por el peso comprendieron que era algo terrible.
-Se quedaron pálidos, horrorizados. Destaparon el bulto. Era una caja de
-metal, cuadrada, de un palmo de alta, reforzada con alambres y con una
-asa de cuerdas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacemos con esto?&mdash;se preguntó Manuel, perplejo. No se atrevían á
-tocarlo.<a name="page_320" id="page_320"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no llamas á Perico?&mdash;dijo la Salvadora.</p>
-
-<p>Bajó Manuel de puntillas la escalera. El electricista estaba todavía en
-el taller. Le llamó y le contó lo que pasaba.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver eso&mdash;dijo Perico al oir la relación de Manuel&mdash;. Subieron
-los dos despacio, sin hablarse y contemplaron el aparato.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, ya comprendo lo que es!&mdash;dijo Perico&mdash;. Esto&mdash;y señaló un tubito
-de cristal que salía por enmedio de la caja y que estaba lleno de un
-líquido amarillento&mdash;debe tener un ácido. Si se quiere que estalle la
-máquina, se le da vuelta, el ácido corroe este corcho, lo que da tiempo
-al que pone la bomba de escapar; luego entra el ácido dentro y provoca
-la explosión. Si llegáis á dar vuelta á la caja, creo que á estas fechas
-ya no lo podríais contar.</p>
-
-<p>La Salvadora y Manuel se estremecieron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hacemos?&mdash;preguntaron los dos.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que romper el tubo. ¡Animo! Y salga lo que saliere. Perico apretó
-el tubito con un alicate y lo hizo saltar.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora ya no hay cuidado. Vamos abajo.</p>
-
-<p>Cogió el electricista la caja, y seguido de Manuel bajó la escalera. En
-el taller cortaron los alambres que reforzaban el aparato, y con un
-destornillador Perico soltó una tapadera sujeta á tuerca. Hecho esto,
-volcó la lata y salió una gran cantidad de polvo rojizo,<a name="page_321" id="page_321"></a> que recogieron
-en un periódico. Había un par de kilos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Esto será dinamita?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Debe serlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hacemos con ella?</p>
-
-<p>&mdash;Echala en la pila de la fuente con cuidado, y abre el grifo. Se irá
-marchando poco á poco.</p>
-
-<p>Hizo esto Manuel, y dejó la llave de la fuente abierta.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí queda algo dentro&mdash;murmuró Perico&mdash;. Metió la punta de una tijera
-en la lata y la fué abriendo.</p>
-
-<p>Había pedazos de hierro retorcidos, y en el sitio de donde partía el
-tubo de cristal lleno de ácido había una cajita pequeña hecha con dos
-naipes y llena de polvos blancos, que olían á almendras amargas.</p>
-
-<p>Lavaron la caja y tiraron los trozos de hierro por el sumidero del
-patio.</p>
-
-<p>Terminada la operación, subieron de nuevo. La Salvadora había separado
-las ropas, los papeles encontrados en la maleta y un cuchillo largo, de
-cocina, con su vaina. Este cuchillo tenía un mango de madera pintado de
-rojo adornado con los nombres de todos los anarquistas célebres, y en
-medio de todos ellos se leía: <i>Germinal</i>. Fueron mirando uno á uno los
-papeles. Había proclamas impresas, recortes de periódicos, grabados y
-notas manuscritas.<a name="page_322" id="page_322"></a> En uno de los papeles estaba el dibujo de la bomba.
-Perico lo cogió para verlo. Por lo que señalaba el papel en el
-compartimiento pequeño, hecho con dos naipes, lleno de polvos con olor á
-almendras amargas, había una mezcla de bicromato, permanganato y clorato
-potásicos empapados en nitrobencina. En el tubito había ácido sulfúrico,
-y el resto estaba lleno de dinamita y de pólvora cloratada.</p>
-
-<p>&mdash;Yo voy á quemar todos estos papeles&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>Hicieron fuego en la cocina y echaron los periódicos, y sobre ellos el
-cuchillo. Cuando se carbonizó el mango, bajó Manuel el cuchillo al patio
-y lo metió en la tierra. Rebolledo, el jorobado, que había notado los
-pasos por la escalera, se levantó á ver lo que ocurría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;dijo en alta voz.</p>
-
-<p>Le hicieron enmudecer y le enteraron de lo ocurrido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;dijo Juan desde su cuarto, que al ruido se había alarmado.</p>
-
-<p>&mdash;Nada&mdash;le contestó la Salvadora&mdash;. Perico que ha perdido la llave.</p>
-
-<p>&mdash;Registradle á Juan por si acaso&mdash;dijo el jorobado&mdash;no tenga alguna
-carta que le comprometa.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;dijo Manuel&mdash;. ¡Qué torpes hemos estado! Precisamente hace
-unos días ha recibido dos cartas.<a name="page_323" id="page_323"></a></p>
-
-<p>Entró la Salvadora como á dar nuevas explicaciones al enfermo y volvió
-con la chaqueta y el gabán de Juan. Allí estaban las dos cartas, una de
-ellas horriblemente comprometedora, pues se hablaba claramente de un
-complot. Se registraron las ropas de Juan y se quemaron todos los
-papeles.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que ahora podéis estar tranquilos&mdash;dijo Rebolledo&mdash;. ¡Ah!, una
-cosa. Cuando venga la policía, que vendrá por lo que decís, si no traen
-los agentes auto del juez, preguntarán si les dejáis entrar, y les
-contestáis que sí, pero que vengan con dos testigos. En el mismo momento
-advertirle á Juan y decirle lo que habéis hecho, pero que no tenga
-tiempo de advertir nada al otro.</p>
-
-<p>Pasaron la noche la Salvadora y Manuel en el comedor con una gran
-inquietud. Como si aquella máquina infernal hubiese estallado en su
-cerebro, Manuel sentía que todas sus ideas anarquistas se desmoronaban y
-sus instintos de hombre normal volvían de nuevo. La idea de un aparato
-así calculado fríamente le sublevaba. Nada podía legitimar la mortandad
-que aquello podía producir. ¡Cómo Juan podía intervenir en un proyecto
-tan salvaje! ¡El, tan exageradamente bueno y humano! Es verdad, como
-había dicho Prats una vez, que en la guerra se bombardeaban pueblos
-enteros y se sembraba la muerte por todas partes; pero<a name="page_324" id="page_324"></a> en la guerra
-había una presión nacional sobre los ejércitos que combatían, había
-además una disgregación de la responsabilidad; cada uno hacía lo que le
-mandaban, y no podía hacer otra cosa, á riesgo de ser fusilado; pero en
-el caso de los anarquistas era distinto; no había fuerza que les
-impulsara á cometer el crimen; al contrario, todo conspiraba para que no
-lo cometiesen... y, sin embargo, ellos iban llevados por un bárbaro
-fanatismo, salvando todos los obstáculos, á sembrar la muerte entre
-infelices.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>A la hora de costumbre Manuel salió de casa; no había dado la vuelta á
-la calle de Magallanes cuando dos hombres le detuvieron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted Manuel Alcázar?</p>
-
-<p>&mdash;Servidor de usted.</p>
-
-<p>&mdash;Queda usted detenido.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á registrar su casa. ¿Quiere usted darnos permiso para hacerlo,
-ó quiere que vengamos con auto del juez?</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo me da.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, haga el favor de decírselo así á su familia.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Volvieron á la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Ah, yo exijo una cosa&mdash;dijo Manuel al entrar en el portal.<a name="page_325" id="page_325"></a></p>
-
-<p>-¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Que asistan dos vecinos al registro.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Manuel, con un agente, fué al Juzgado de guardia é inmediatamente le
-llevaron á presencia del juez.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo entendido&mdash;le dijo el juez&mdash;que es usted un anarquista
-peligroso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?, no señor, no soy anarquista.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, el agitador es un hermano de usted.</p>
-
-<p>&mdash;Mi hermano es anarquista, pero no de acción.</p>
-
-<p>&mdash;Su hermano es escultor, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Y un escultor notable. ¡Cómo no influye usted para que abandone esas
-ideas!</p>
-
-<p>&mdash;Si pudiera, crea usted que lo haría; pero no tengo influencia para
-eso. El ha estudiado y ha visto más que yo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues siento que su hermano se haya metido en un mal negocio. ¿Cuándo
-recibió su hermano las cartas de Passalacqua?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué cartas?&mdash;preguntó cándidamente Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿No ha recibido su hermano de usted unas cartas?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; no le puedo decir á usted, porque yo paso muy poco tiempo en
-casa.<a name="page_326" id="page_326"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Usted vió ayer al forastero que su hermano Juan ha hospedado en su
-casa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted cómo se llama?</p>
-
-<p>&mdash;Mi hermano dijo que era un italiano que iba á pasar la noche.</p>
-
-<p>&mdash;¿Llevaba ese italiano una maleta pesada?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; yo no lo vi. Cuando llegué de la imprenta estaba cenando. Las
-mujeres de casa le hicieron la cama en el desván y yo no me enteré de
-más.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Espere usted un instante.</p>
-
-<p>Al cabo de poco tiempo le dijeron que podía marcharse.</p>
-
-<p>Volvió de prisa á su casa. La Salvadora estaba sonriendo. Contó la
-escena entera. Juan había quedado asombrado al ver que en la maleta no
-había bombas ni cuchillo, ni folletos.</p>
-
-<p>Passalacqua, al ser registrado por los agentes, no había dicho esta boca
-es mía; los policías lo registraron todo y se llevaron unos libros de
-Juan.</p>
-
-<p>Después del registro habían detenido al italiano como indocumentado y á
-Juan le habían dejado libre.</p>
-
-<p>Por la noche los periódicos hablaron del registro llevado á cabo en casa
-de Manuel. Lo consideraban como una plancha de la policía.</p>
-
-<p>Passalacqua había declarado que efectivamente era anarquista, pero no
-anarquista de<a name="page_327" id="page_327"></a> acción y que venía á España á buscar trabajo.</p>
-
-<p>Había indicios para creer que no se llamaba Passalacqua, sino Butti, y
-que estaba reclamado por la policía italiana. Venía de América, en donde
-había estado preso por varios robos. El gobierno decretaría
-inmediatamente su expulsión.</p>
-
-<p>Por la noche, al volver Manuel de la imprenta, se encontró con Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero cómo es posible que hayas tomado parte en un proyecto tan
-estúpido?&mdash;le preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Es necesario; hay que hacer la revolución; hay que sacrificarse por
-ella.</p>
-
-<p>&mdash;Pero es imbécil; ¿qué íbais á adelantar con eso?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? Hacer saltar este armazón social, este conglomerado de
-iniquidades á fuerzas de bombas. Hay que barrer todo lo que queda de
-esta sociedad podrida.</p>
-
-<p>&mdash;En nombre del bienestar de todos, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Tú lo has dicho&mdash;contestó Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Y en nombre del derecho á la vida de los que han de vivir, vais á
-matar al niño y al viejo y á la mujer... que ya viven.</p>
-
-<p>&mdash;Es necesario&mdash;replicó Juan con voz sombría.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡es necesario!</p>
-
-<p>&mdash;Sí. El cirujano que amputa un miembro gangrenado tiene que cortar
-carne sana.</p>
-
-<p>&mdash;Y tú, libertario&mdash;repuso Manuel&mdash;tú que<a name="page_328" id="page_328"></a> crees que el derecho de vivir
-de un hombre está por encima de todo, tú que no aceptas que uno evite la
-fatiga y haga trabajar á otro, aceptas que un inocente tenga que
-sacrificar su vida para que los hombres de mañana vivan bien. Pues yo te
-digo que eso es imbécil y es monstruoso. Y si á mí me dijeran que la
-felicidad de la humanidad entera se podría conseguir con el lloro de un
-niño, y eso estuviera en mi mano, yo te digo que no le haría llorar á un
-niño, aunque todos los hombres del mundo se me pusieran de rodillas...</p>
-
-<p>&mdash;Y harías bien&mdash;murmuró Juan&mdash;. Por los niños, por las mujeres, por los
-débiles, nosotros trabajamos. Y por ellos hay que destruir la sociedad
-actual basada en la iniquidad, por ellos hay que cauterizar brutalmente
-la llaga social.</p>
-
-<p>Para Juan en su exaltación todos los caminos, todos los procedimientos
-eran buenos, con tal de que trajeran la revolución soñada. Esta sería la
-aurora de un nuevo día, la aurora de la justicia, el clamor del pueblo
-entero, durante tantos años vejado, martirizado, explotado, reducido á
-la miserable situación de bestia de carga. Sería una aurora sangrienta
-en donde á la luz de los incendios crujiría el viejo edificio social
-sustentado en la ignominia y en el privilegio, y no quedaría de él ni
-ruinas, ni cenizas, y sólo un recuerdo de desprecio por la vida abyecta
-de nuestros miserables días.<a name="page_329" id="page_329"></a></p>
-
-<p>Sería el barro negro de las Injurias y de las Cambroneras que ahogaría á
-los ricos; la venganza justa contra las clases directoras que hacían del
-Estado una policía para salvar sus intereses obtenidos por el robo y la
-explotación, que hacían del Estado un medio de calmar á tiros el hambre
-de los desamparados...</p>
-
-<p>Aquella mayor parte de la humanidad que agonizaba en el infierno de la
-miseria se rebelaría é impondría la piedad por la fuerza, é impediría
-que se siguieran cometiendo tantas infamias, tantas iniquidades. Y para
-esto, para excitar á la rebelión á las masas, todos los procedimientos
-eran buenos, la bomba, el incendio, el regicidio...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>¡Qué se podía contestar á un fanatismo así!</p>
-
-<p>No había argumentos posibles; pero Manuel, cuando vió á Juan ya más
-tranquilo, le atacó de soslayo.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos&mdash;dijo&mdash;ya que estás dispuesto á un sacrificio tan grande,
-entérate primero de si no te engañan. Este Passalacqua era de la
-policía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Crees tú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Estoy seguro. ¿Quién viaja con un montón de papeles
-comprometedores, con un cuchillo grande con el mango lleno de nombres de
-anarquistas?</p>
-
-<p>&mdash;Eso no tiene nada de particular.<a name="page_330" id="page_330"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, yo te digo que Passalacqua es de la policía, que sabía que
-iban á venir á registrar esta casa, y que si sigues fiándote así de
-cualquiera no te sacrificarás por la anarquía, sino que harás el caldo
-gordo al gobierno. Tú no le conocías antes á Passalacqua, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo te relacionaste con él?</p>
-
-<p>&mdash;Hace una semana recibí una carta de Passalacqua, de Barcelona; me
-decía que venía por un asunto urgente y si yo tenía un sitio seguro
-donde acogerle. Le contesté que sí, y entonces me escribió que el día
-<small>I</small>.º del mes llegaría, que tenía la intención de poner una bomba al paso
-de la comitiva en las fiestas de la Coronación, y que le reconocería por
-estas señas: joven, afeitado, con boína, con una maleta amarilla en la
-mano derecha y un paraguas negro en la izquierda. Al verle, debía
-preguntarle: ¿Este es el tren de Barcelona? Y el me contestaría: Yo no
-sé, señor; no entiendo bien el castellano. Efectivamente, así lo hice;
-bajé á la estación del Mediodía y me encontré con el italiano. Tomamos
-un coche. Passalacqua me indicó lo que trataba de hacer y que llevaba la
-bomba en la maleta. Iba yo á llevarle á mi antigua casa de huéspedes,
-cuando me dijo:&mdash;Soy indocumentado. Quizás no me quieran admitir aquí.<a name="page_331" id="page_331"></a></p>
-
-<p>&mdash;Ves&mdash;saltó Manuel&mdash;, tenía interés en venir á tu casa.</p>
-
-<p>&mdash;Yo le dije que sí, que le admitirían; pero él se empeñó en que estaría
-más seguro en mi casa. Yo no hubiera querido comprometeros á vosotros;
-pero lo traje aquí. Al irme á la cama pensaba: Si viene la policía, nos
-revienta. Cuando me han despertado, he dicho: Aquí está, y la verdad, al
-resultar que no había nada, ni bomba ni papeles, me he quedado
-asombrado. ¿Cómo habéis podido saber que iban á registrar la casa?</p>
-
-<p>&mdash;La Salvadora lo sospechó; después yo tengo indicios para creer que
-Passalacqua es de la policía.</p>
-
-<p>Manuel insistió en este punto para ver si llevaba la duda y la
-desconfianza al ánimo de su hermano.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_332" id="page_332"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VII-c" id="CAPITULO_VII-c"></a>CAPÍTULO VII</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">Otra vez Roberto.&mdash;La locha por la vida.&mdash;El regalo del inglés.&mdash;El
-amor.</p></div>
-
-<p>Una tarde, después de comer, estaba Manuel regando las plantas de su
-huertecillo, cuando se presentó Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Hola, chico, ¿qué tal? ¿Estás de jardinero?</p>
-
-<p>&mdash;Ya ve usted. ¿Y la señorita Kate?</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Allí en Amberes con su madre. Hemos hablado mucho de ti.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí? ¿De veras?</p>
-
-<p>&mdash;Te recuerdan con verdadero cariño.</p>
-
-<p>&mdash;Son muy buenas las dos.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo ya un chico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí? ¡Cuánto me alegro!</p>
-
-<p>&mdash;Es un pequeño salvaje. Su madre lo está criando. ¿Y tus negocios? ¿Qué
-tal van?</p>
-
-<p>&mdash;No tan bien como yo quisiera; no le voy á poder devolver el dinero tan
-pronto como creía.</p>
-
-<p>&mdash;No importa. Cuando puedas. ¿Qué te pasa? ¿No marcha el negocio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, va muy despacio; pero me matan los obreros socialistas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Los socialistas?<a name="page_333" id="page_333"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí. Está uno atado de pies y manos. Las sociedades hacen ya en todos
-los oficios lo que quieren, ¡con un despotismo! Uno no puede tener los
-obreros que se le antoje, sino los que ellos quieran. Y se ha de
-trabajar de esta manera, y se ha de despachar á éste, y se ha de tomar
-al otro... Es una tiranía horrible.</p>
-
-<p>&mdash;Y con esto, tu tendencia anarquista se habrá aumentado.</p>
-
-<p>&mdash;Claro que sí. Porque si hay que hacer la revolución social, que la
-hagan de una vez; pero que le dejen á uno vivir... ¿Quiere usted subir
-un rato, don Roberto?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Subieron los dos y pasaron al comedor. Roberto saludó á la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tomará usted café, don Roberto? ¿eh?&mdash;le preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Le trajeron una taza de café.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tu hermano es también anarquista?&mdash;preguntó Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho más que yo.</p>
-
-<p>&mdash;Usted debe curarles de ese anarquismo&mdash;dijo Roberto á la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?&mdash;preguntó ella ruborizándose.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, usted; que seguramente tiene más buen sentido que Manuel. Al
-artista no le conozco. A éste sí, desde hace tiempo, y sé cómo es: muy
-buen chico; pero sin voluntad, sin energía.<a name="page_334" id="page_334"></a> Y no comprende que la
-energía es lo más grande; es como la nieve del Guadarrama, que sólo
-brilla en lo alto. También la bondad y la ternura son hermosas; pero son
-condiciones inferiores, de almas humildes.</p>
-
-<p>&mdash;Y si yo soy humilde, ¿qué le voy á hacer?</p>
-
-<p>&mdash;¿Ve usted?&mdash;replicó Roberto dirigiéndose á la Salvadora&mdash;. Este chico
-no tiene soberbia. Luego es un romántico, se deja arrastrar por ideas
-generosas; quiere reformar la sociedad...</p>
-
-<p>&mdash;No me venga usted con bromas. Yo ya sé que no puedo reformar nada.</p>
-
-<p>&mdash;Eres un sentimental infecto.</p>
-
-<p>Luego añadió, dirigiéndose también á la Salvadora:</p>
-
-<p>&mdash;Yo cuando hablo con Manuel, tengo que discutir y que reñirle. Perdone
-usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿No le molesta á usted que le riña?</p>
-
-<p>&mdash;Si le riñe usted con razón, no.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y que discutamos tampoco le molesta?</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco. Antes me aburrían las discusiones, ahora ya no; me interesan
-muchas cosas y también soy algo avanzada.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; casi, casi libertaria, y no es por mí, precisamente; pero me
-indigna que el gobierno, el Estado ó quien sea, no sirva más que para
-proteger á los ricos contra los pobres, á<a name="page_335" id="page_335"></a> los hombres contra las
-mujeres, y á los hombres y á las mujeres contra los chicos.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, en eso tiene usted razón&mdash;dijo Roberto&mdash;. Es el aspecto más
-repugnante de nuestra sociedad ese, el que se encarnice con los débiles,
-con las mujeres, con los niños, y que, en cambio, respete todas las
-formas de la bravuconería y todas las formas del poder.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, cuando leo esos crímenes&mdash;siguió diciendo la Salvadora&mdash;en que los
-hombres matan á una mujer, y luego se les perdona, porque han llorado,
-me da una ira.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ¿qué quiere usted? Es el jurado, sentimental, que va á la
-Audiencia como quien va al teatro. Así le condenan á veinte años de
-presidio á un falsificador y dejan libre á un asesino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué las mujeres no habían de ser jurados?&mdash;preguntó la
-Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Sería peor; se mostrarían seguramente más crueles para ellas mismas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted?</p>
-
-<p>&mdash;Para mí es seguro.</p>
-
-<p>&mdash;La pena debía ser&mdash;dijo Manuel&mdash;menor para la mujer que para el
-hombre; menor para el que no sabe que para el que sabe.</p>
-
-<p>&mdash;A mí me parece lo mismo&mdash;añadió la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Y á mí también&mdash;repuso Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es lo que debía modificarse&mdash;siguió<a name="page_336" id="page_336"></a> diciendo Manuel&mdash;; las leyes,
-el Código. Porque eso de que haya república ó monarquía ó congreso,
-bastante nos importa á nosotros. ¿Por qué, por ejemplo, han de poner en
-el Registo civil si un niño es legítimo ó no? Que le apunten y nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Pues eso se va consiguiendo poco á poco&mdash;replicó Roberto&mdash;. Se van
-haciendo liquidaciones parciales, y las leyes cambian. En España todavía
-no; pero vendrán esas modificaciones y vendrán mejor ¡créelo! si hay una
-voluntad fuerte, un poder audaz encargado de dominar el desconcierto de
-los egoísmos y de los apetitos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso sería el despotismo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; el despotismo ilustrado. Para mí la autoridad es mejor que la ley.
-La ley es rígida, estable, sin matiz; la autoridad puede ser más
-oportuna, y en el fondo más justa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero obedecer á un hombre es horrible.</p>
-
-<p>&mdash;Yo prefiero obedecer á un tirano que á una muchedumbre; prefiero
-obedecer á la muchedumbre que á un dogma. La tiranía de las ideas y de
-las masas es para mí la más repulsiva.</p>
-
-<p>&mdash;¿No cree usted en la democracia?</p>
-
-<p>&mdash;No; la democracia es el principio de una sociedad, no el fin; es como
-un solar lleno de piedras de un edificio derruido. Pero este estado es
-transitorio. Lentamente se va edificando,<a name="page_337" id="page_337"></a> y cada cosa toma su lugar, no
-el antiguo, sino otro nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y siempre habrá piedras altas y piedras bajas?</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no cree que los hombres van á la igualdad?</p>
-
-<p>&mdash;Quia, al revés, vamos á la diversidad; vamos á la formación de nuevos
-valores, de otras categorías. Claro que es inútil actualmente y además
-perjudicial, que un duque por ser hijo de duque y nieto de otro y
-descendiente de un cobrador de gabelas del siglo <small>XVII</small>, ó de un lacayo de
-un rey, tenga más medios de vida que un cualquiera; pero en cambio es
-natural y justo que Edison tenga más medios de vida y de cultura que ese
-cualquiera.</p>
-
-<p>&mdash;Pero entonces se va á la formación de otra aristocracia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero de una aristocracia cambiante en consonancia con las
-aristocracias de la naturaleza. No vas á cruzar el Támesis con un puente
-de las mismas dimensiones con que cruzas el Manzanares.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece una desigualdad. Una cosa que había que evitarla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Evitarla! Es imposible. La humanidad lleva su marcha, que es la
-resultante de todas las fuerzas que actúan y que han actuado sobre ella.
-Modificar su trayectoria es una locura.<a name="page_338" id="page_338"></a> No hay hombre, por grande que
-sea, que pueda hacerlo. Ahora sí, hay un medio de influir en la
-humanidad y es influir en uno mismo; modificarse á sí mismo, crearse de
-nuevo. Para eso no se necesitan bombas, ni dinamita, ni pólvoras, ni
-decretos, ni nada. ¿Quieres destruirlo todo? Destrúyelo dentro de ti
-mismo. La sociedad no existe, el orden no existe, la autoridad no
-existe. Obedeces la ley al pie de la letra y te burlas de ella. ¿Quieres
-más nihilismo? El derecho de uno llega hasta donde llega la fuerza de su
-brazo. Después de esta poda, vives entre los hombres sin meterte con
-nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ¿pero usted no cree que fuera de uno mismo se puede hacer algo?</p>
-
-<p>&mdash;Algo, sí. En mecánica podrás encontrar una máquina nueva; lo que no
-podrás encontrar será el movimiento continuo, porque es imposible. Y la
-felicidad de todos los hombres es algo como el movimiento continuo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no es posible un cambio completo de las ideas y de las pasiones?</p>
-
-<p>&mdash;Durante muchos años, sí. El agua que cae en el Guadarrama tiene que ir
-al Tajo necesariamente. Las ideas, como el agua, buscan sus cauces
-naturales, y se necesitan muchos años para que varíe el curso de un río
-y la corriente interna de las ideas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero usted no cree que con una medida<a name="page_339" id="page_339"></a> enérgica podía cambiarse
-radicalmente la forma de la sociedad?</p>
-
-<p>&mdash;No. Es más, creo que no hay actualmente, ni aun pensada siquiera, una
-reforma tan radical que pueda cambiar las condiciones de la vida moderna
-en su esencia. Respecto al pensamiento, imposible. Se destruye un
-prejuicio; nace en seguida otro. No se puede vivir sin ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién va á vivir sin afirmar nada por el temor de engañarse esperando
-la síntesis última? No es posible. Se necesita alguna mentira para
-vivir. La República, la Anarquía, el Socialismo, la Religión, el Amor...
-cualquier cosa, la cuestión es engañarse. En el terreno de los hechos no
-hay tampoco solución. Que venga la anarquía, que no vendrá, porque no
-puede venir; pero bueno, supón que venga y tras ella una repartición
-pacífica y equitativa de la tierra y que esta repartición no traiga
-conflictos ni luchas... Al cabo de algún tiempo de cultivo intensivo, de
-fecundidad, ya está el problema de las subsistencias y la lucha por la
-vida en circunstancias más duras, más horrorosas que ahora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué remedio habrá entonces?</p>
-
-<p>&mdash;Remedio, ninguno. El remedio está en la misma lucha; el remedio está
-en hacer que la sociedad se rija por las leyes naturales de la<a name="page_340" id="page_340"></a>
-concurrencia. Lo que en castellano quiere decir: «Que á quien Dios se la
-dé, San Pedro se la bendiga». Y para esto, lo mejor sería echar todos
-los estorbos; quitar la herencia, quitar toda protección comercial, todo
-arancel; romper con las reglamentaciones del matrimonio y de la familia;
-quitar la reglamentación del trabajo; quitar la religión del Estado; que
-todo se rija por la libre concurrencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los débiles?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;A los débiles se les llevará á los asilos para que no molesten, y si
-no se puede, que se mueran.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso es cruel.</p>
-
-<p>&mdash;Es cruel, pero es natural. Para que pueda perpetuarse una raza es
-preciso que gran número de individuos mueran.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los criminales?</p>
-
-<p>&mdash;Exterminarlos.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es feroz. Es usted muy duro, muy pesimista.</p>
-
-<p>&mdash;No. Eso de pesimismo y optimismo no son más que fórmulas vacías,
-absolutamente artificiales. ¿Que el dolor está mezclado á nuestra vida
-en mayor cantidad que el placer ó al contrario? Eso no lo puede calcular
-nadie ni importa tampoco el calcularlo. ¡Créeme! En el fondo no hay más
-que un remedio y un remedio individual: la acción. Todos los animales, y
-el hombre no es más que uno de ellos, se encuentran<a name="page_341" id="page_341"></a> en un estado
-permanente de lucha; el alimento tuyo, tu mujer, tu gloria, tú se lo
-disputas á los demás; ellos te lo disputan á ti. Ya que nuestra ley es
-la lucha, aceptémosla, pero no con tristeza, con alegría. La acción es
-todo, la vida, el placer. Convertir la vida estática en vida dinámica;
-este es el problema. La lucha siempre, hasta el último momento, ¿por
-qué? Por cualquier cosa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no todos están á bastante altura para luchar&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;El motivo es lo de menos. El acontecimiento está dentro de uno mismo.
-La cuestión es poner en juego el fondo de la voluntad, el instinto
-guerrero que tiene todo hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no lo siento, la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, tus instintos se funden en un sentimiento de piedad para los
-demás; ¿no es verdad? No sientes el egoísmo fiero... Estás perdido.</p>
-
-<p>Manuel se echó á reir.</p>
-
-<p>Pasó Juan por el corredor.</p>
-
-<p>&mdash;Este muchacho está mal&mdash;dijo Roberto&mdash;. Debía marcharse de Madrid; al
-campo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no quiere.</p>
-
-<p>&mdash;¿Trabaja mucho ahora?</p>
-
-<p>&mdash;No; preocupado con esas cosas de anarquía, no hace nada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué lástima!</p>
-
-<p>Se levantó Roberto y se despidió de la Salvadora muy afectuosamente.<a name="page_342" id="page_342"></a></p>
-
-<p>&mdash;Crea usted que le envidio á Manuel&mdash;la dijo.</p>
-
-<p>La Salvadora sonrió.</p>
-
-<p>Manuel acompañó á Roberto á la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes quién me persigue todos los días?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién?</p>
-
-<p>&mdash;Un señor Bonifacio Mingote. Creo que tú le conoces.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Me habló pestes de la madre de Kate, sin saber quién era yo.
-¡Figúrate! Yo me las eché de incomodado y ahora no hace más que
-escribirme cartas que yo no leo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es de él? ¿cómo vive ahora?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que vive con una mujer que le pega y le hace barrer la casa.</p>
-
-<p>&mdash;El, que era tan conquistador.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ¿eh?... pues ya ves; ha sido conquistado... Oye, te tengo que
-decir una cosa&mdash;dijo Roberto en la puerta de la escalera.</p>
-
-<p>&mdash;Usted dirá.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, no sé cuándo volveré á España; es muy posible que tarde, ¿sabes?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;He hablado con mi mujer y con mi suegra de ti, las he enterado de cómo
-vivías; las he hecho un retrato de la Salvadora y se han alegrado mucho
-al saber que estabas bien y las dos me han dicho que en recuerdo de su
-amistad te quedes tú solo con la imprenta.</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso no puede ser.<a name="page_343" id="page_343"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡No ha de poder ser! Aquí tienes la escritura de venta. Guárdala.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero es mucho dinero!</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia, hombre; qué ha de ser mucho dinero! Oye ahora un consejo.
-Cásate cuanto antes con esa muchacha. ¡Adiós!</p>
-
-<p>Y Roberto cogió la mano de Manuel, se la estrechó afectuosamente y bajó
-las escaleras; luego, desde el portal, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Hay una advertencia; si al primer chico que tengas le llamas
-Roberto, vendré desde Inglaterra á ser su padrino.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Manuel, sin salir aún de su asombro, volvió al comedor, al lado de la
-Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Me ha regalado la imprenta&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh!</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Esta es la escritura. Ya no tienes necesidad de trabajar tanto, ni
-de ahorrar. ¿Es un barbián mi amigo, verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; es muy simpático.</p>
-
-<p>&mdash;Y generoso.</p>
-
-<p>&mdash;Debe serlo.</p>
-
-<p>&mdash;Y enérgico, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>De pronto Manuel, con aire cómicamente desolado, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes que estoy celoso?</p>
-
-<p>&mdash;¡Celoso! ¿De quién?</p>
-
-<p>&mdash;De Roberto.<a name="page_344" id="page_344"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque le has oído con admiración.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;replicó burlonamente la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á mí no me admiras?</p>
-
-<p>&mdash;Ni pizca. Tú no eres tan enérgico...</p>
-
-<p>&mdash;Ni tan guapo, ¡eh!...</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Ni tan listo...</p>
-
-<p>&mdash;Claro que no.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dices que me quieres?</p>
-
-<p>&mdash;Te quiero, porque tengo mal gusto; te quiero así, brutito, feo, poco
-enérgico.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces... déjame que te bese.</p>
-
-<p>&mdash;No; cuando estemos casados.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué necesidad hay de esa farsa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; por los hijos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Tú quieres que tengamos hijos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Muchos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no te da miedo tener muchos hijos?</p>
-
-<p>&mdash;No; para eso somos las mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces tengo que besarte; no hay más remedio. Te besaré con respeto;
-¿no quieres? Te besaré como á una santa. ¿No te convences tampoco? Te
-besaré como si besara la bandera roja, ¿sabes?</p>
-
-<p>La Salvadora vaciló y presentó la mejilla; pero Manuel la besó en los
-labios.<a name="page_345" id="page_345"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VIII-c" id="CAPITULO_VIII-c"></a>CAPÍTULO VIII</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">La Coronación.&mdash;Las que encarecen los garbanzos. El final del señor
-Canuto.</p></div>
-
-<p>No se varió nada en la casa con el matrimonio, que se celebró sin
-ceremonias de ninguna clase. Manuel estaba resplandeciente. El estado de
-Juan era lo que turbaba su felicidad; le veía siempre inquieto, febril.
-De noche, soñando, hablaba á gritos, y tosía continuamente hasta
-romperse el pecho. Ya no tomaba las medicinas ni hacía caso de las
-prescripciones del médico; salía á todas horas, bebía aguardiente para
-excitarse algo y se reunía con los amigos en la taberna de Chaparro.</p>
-
-<p>Mientas tanto, Silvio Fernández Trascanejo maniobraba á sus anchas. Se
-había ganado la confianza de todos los socios de la Aurora, y les había
-hecho creer que había una conjuración revolucionaria terrible para el
-día de la Coronación.</p>
-
-<p>&mdash;Con que uno dé la señal&mdash;decía Trascanejo&mdash;, yo me echo al centro con
-la gente de barrios bajos.</p>
-
-<p>El más convencido de todos era Juan.</p>
-
-<p>&mdash;La cosa está ya hecha&mdash;le dijo el Madrileño<a name="page_346" id="page_346"></a> á Manuel una vez&mdash;. Ahora
-se va á batir el cobre bien. Hay además setenta y dos compañeros que han
-venido á Madrid. Están perseguidos de cerca por la policía española y
-extranjera; pero no saben dónde se encuentran. Hemos recibido
-instrucciones de Londres; nos pondremos á lo largo de la carrera á
-esperar. Si podemos coger al rey vivo, mejor.</p>
-
-<p>Juan estaba febril, deseando que llegara el momento; sus nervios, en
-constante tensión, no le dejaban reposar un instante. Estaba dispuesto á
-sacrificarse por la causa. Además, y esto le perdía, veía el
-acontecimiento en artista. Veía la brillante comitiva de reyes, de
-príncipes, de embajadores, de grandes damas, pasando por en medio de las
-bayonetas, y se veía á él avanzando, deteniendo la comitiva con el grito
-estridente de ¡Viva la Anarquía!</p>
-
-<p>La noche antes del día de la fiesta, Juan no apareció por la casa.
-Manuel fué á la Aurora por ver si le encontraba.</p>
-
-<p>Estaban allá el Inglés, Prats, el Madrileño y Silvio, que peroraba. No
-le habían visto á Juan. En esto entró el Libertario, se acercó á Silvio,
-le agarró de la solapa, y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Usted es un soplón y un polizonte. ¡Hala! Fuera de aquí.</p>
-
-<p>Quedaron todos extrañados. Silvio, que estaba sentado, se levantó
-dignamente; recibió también dignamente un puntapié certero que<a name="page_347" id="page_347"></a> le arreó
-el Inglés, el del juego de bolos. Al llegar á la puerta de la taberna,
-el hombre de los tres conejos en campo de azur se sintió hidalgo,
-recordó su apellido, se volvió, hizo un corte de mangas á todos y echó á
-correr por el paseo de Areneros como un huracán, llevándose una mano á
-atrás y otra al sombrero, sin duda para que no se lo llevara el aire.</p>
-
-<p>&mdash;¿Era un polizonte?&mdash;dijeron Prats y el Madrileño asombrados.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y todo lo que nos ha contado es mentira?</p>
-
-<p>&mdash;Y tan mentira.</p>
-
-<p>Al día siguiente no había venido Juan, y Manuel salió de casa. La
-Salvadora quedo cosiendo, desazonada.</p>
-
-<p>Era un día de Mayo esplendoroso; un cielo azul; una tarde de oro. La luz
-intensa, cegadora, vibraba llameante en las colgaduras amarillas y
-rojas, en las banderas, en los gallardetes, en los farolillos de las
-iluminaciones.</p>
-
-<p>Hormigueaba la gente por las calles. En los balcones y en las ventanas,
-en las cornisas y los tejados, en las tiendas y en los portales, se
-amontonaban los curiosos. El sol reía en los trajes claros de las
-mujeres, en los sombreros vistosos, en las sombrillas rojas y blancas,
-en los abanicos que aleteaban como mariposas, y bajo el cielo azul de
-Prusia todo palpitaba y<a name="page_348" id="page_348"></a> refulgía y temblaba á la luz del sol con una
-vibración de llama.</p>
-
-<p>Manuel fué husmeando por entre la multitud; á veces el gentío lo llevaba
-á un lado y tenía que estarse en la esquina de una calle quieto durante
-algún tiempo.</p>
-
-<p>Un temblor le iba y otro le venía, pensando que á cada momento podía oir
-una explosión. Por fin se hizo la masa menos compacta y Manuel pudo
-avanzar; la gente iba hacia la Carrera de San Jerónimo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha pasado algo?&mdash;dijo Manuel á un municipal.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué va la gente hacia allá?</p>
-
-<p>&mdash;Para ver otra vez al rey.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene que volver á pasar por aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Manuel avanzó hasta ponerse en primera fila, cerca de los soldados, en
-la calle Mayor. Miró á todas partes por si veía á Juan ó alguno de los
-compañeros. No vió á nadie.</p>
-
-<p>No tardó mucho en estar la comitiva de vuelta. A la entrada de la
-Carrera de San Jerónimo se veía avanzar la tropa de jinetes que abría el
-paso.</p>
-
-<p>La muchedumbre, mal contenida por los guardias civiles, avanzaba en
-oleadas; pasaban por entre los caballos, hombres y mujeres
-congestionados, rojos, sudando. Los soldados que<a name="page_349" id="page_349"></a> formaban la carrera,
-hacían retroceder á la gente con la culata de sus fusiles.</p>
-
-<p>Comenzó á pasar la comitiva por entre las filas de soldados y los
-cuchillos del maüser, que refulgían al sol; aparecieron los palafreneros
-á caballo, abriendo la marcha, con sus trajes vistosos, de casaca, media
-blanca y sombrero de tres candiles; luego siguieron varios coches, de
-concha y de laca pintados y dorados, con sus postillones á la grupa y
-sus lacayos tiesos, empelucados, llenos de galones, y los caballos
-hermosos, de movimientos petulantes, con penachos blancos y amarillos.
-Después de estos coches de respeto, pasaron otros también dorados,
-ocupados por señoras ajadas, adornadas con diademas, con el traje
-cubierto por montones de perlas, acompañadas por hombres de aire
-insignificante, enfundados en uniformes vistosos, con el pecho lleno de
-cruces y de placas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Serán diputados ó senadores.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;repuso otro&mdash;; éstos son mayordomos de Palacio. Criados elegantes.</p>
-
-<p>Dos viejas gordas sudorosas, vociferando, peleándose con la gente,
-llegaron hasta ponerse en primera fila.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora veremos bien&mdash;dijo una de ellas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ve usted esas que pasan ahí?&mdash;las dijo un aprendiz con sorna
-señalando á las damas con<a name="page_350" id="page_350"></a> el dedo&mdash;. Pues esas son las que hacen subir
-los garbanzos.</p>
-
-<p>&mdash;Y que el pueblo no pueda vivir&mdash;añadió un hombre de malas trazas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué feas son!&mdash;murmuró una de las viejas gordas á su compañera.</p>
-
-<p>&mdash;No, que serán guapas&mdash;replicó el aprendiz&mdash;. Con esa señora se podría
-poner una carnicería&mdash;añadió señalando con el dedo una anciana y
-melancólica ballena que iba en un coche suspendido por muelles.</p>
-
-<p>&mdash;Y <i>tó</i> lo llevan al aire&mdash;siguió diciendo la vieja á su compañera sin
-hacer caso de las observaciones del muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Pa</i> que no las entre la polilla&mdash;replicó el aprendiz.</p>
-
-<p>&mdash;Y <i>tien</i> las tetas <i>arrugás</i>.</p>
-
-<p>&mdash;No, que las tendrán duras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esas señoras son las ricas?&mdash;preguntó la lugareña á Manuel muy
-preocupada.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que tienen cara de no haberse desayunado nunca. ¿Verdad,
-usted?&mdash;preguntó el aprendiz en serio.</p>
-
-<p>&mdash;Ya vienen, ya vienen.</p>
-
-<p>Se estrechó más la gente. Manuel tembló. Pasaron las infantas en sus
-coches con los caballerizos á los lados; luego los príncipes de
-Asturias.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahí va Caserta!&mdash;se oyó decir.<a name="page_351" id="page_351"></a></p>
-
-<p>Luego del coche de los príncipes, vino otro vacío, después unos cuantos
-soldados de la Escolta Real y el rey, la reina y una infanta.</p>
-
-<p>El rey saludaba militarmente, hundido en el coche, con el aire fatigado
-é inexpresivo.</p>
-
-<p>La regente, rígida, miraba á la multitud con indiferencia, y sólo en los
-ojos de la infanta, de tez morena, había un relámpago de vida y de
-alegría.</p>
-
-<p>&mdash;Qué delgado está.</p>
-
-<p>&mdash;Parece enfermo&mdash;se oía decir á un lado y á otro.</p>
-
-<p>Pasó todo el cortejo; la masa de gente se hizo más permeable. Manuel
-pudo acercarse á la esquina de la calle Mayor y en ella se encontró con
-el señor Canuto. Por el brillo de las mejillas le pareció que debía
-estar borracho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;le dijo Manuel&mdash;. ¿De donde viene usted?</p>
-
-<p>&mdash;De Barcelona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha visto usted á Juan?</p>
-
-<p>&mdash;Ahí está en la calle Mayor.</p>
-
-<p>&mdash;¿No ha pasado nada?</p>
-
-<p>&mdash;¿Te parece poco? Se ha acabado el reinado de María Cristina&mdash;dijo el
-señor Canuto en voz alta&mdash;. Esta buena señora tendrá muchas virtudes;
-pero lo que es suerte, no nos ha dado muy buena á los españoles. ¡Vaya
-un reinado! Miles de hombres muertos en Cuba, miles de hombres muertos
-en Filipinas, hombres atormentados<a name="page_352" id="page_352"></a> en Montjuich, inocentes como Rizal
-fusilados, el pueblo muriéndose de hambre. Por todas partes sangre...
-miseria... ¡Vaya un reinado!</p>
-
-<p>Manuel abandonó al señor Canuto en su peroración y se dirigió á la
-esquina de la calle Mayor.</p>
-
-<p>Juan estaba pálido y sin fuerzas, formando un grupo con Prats, Caruty y
-el Madrileño.</p>
-
-<p>Estos dos últimos borrachos gritaban y escandalizaban.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, tú&mdash;le dijo Manuel á Juan&mdash;. Esto se ha terminado.</p>
-
-<p>Volvieron todos por la Puerta del Sol y se encontraron con el Libertario
-y con el señor Canuto.</p>
-
-<p>&mdash;¿No decía yo que no pasaría nada?&mdash;dijo el Libertario sarcásticamente.
-Yo no sé qué ilusiones os habíais hecho vosotros. Nada. Los terribles
-revolucionarios que iban á pedir cuenta al gobierno de los miles de
-hombres sacrificados en Cuba y en Filipinas para sostener la Monarquía,
-modelos de corrección y de sensatez, se han marchado de Madrid á
-derrochar su oratoria fanfarrona por los rincones de provincias. Nada.
-Esto es la sociedad española; este desfile de cosas nuestras ante la
-indiferencia de un pueblo de eunucos.</p>
-
-<p>El Libertario tenía una exaltación fría.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí no hay nada&mdash;siguió diciendo burlonamente<a name="page_353" id="page_353"></a>&mdash;; esto es una raza
-podrida; esto no es pueblo; aquí no hay vicios ni virtudes, ni pasiones;
-aquí todo es m...&mdash;y repitió la palabra dos ó tres veces.&mdash;Política,
-religión, arte, anarquistas, m... Puede ese niño abatido y triste
-recorrer su ciudad. Lo puede hacer y puede andar si quiere á latigazos
-con esta morralla. Ese rebaño de imbéciles no se incomodará.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tienes razón!&mdash;exclamó el señor Canuto.</p>
-
-<p>En esto cruzó la Puerta del Sol, entre la gente, un batallón. Sonaban
-estrepitosamente los tambores, brillaban las bayonetas y los sables. Al
-llegar frente á la calle del Arenal la banda comenzó á tocar un paso
-doble.</p>
-
-<p>Se pararon.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí está la <i>mili</i>, como siempre, haciendo la pascua&mdash;dijo el señor
-Canuto.</p>
-
-<p>Al pasar la bandera los soldados se cuadraban; el teniente decía:
-¡Firmes! y saludaba con el sable.</p>
-
-<p>&mdash;El trapo glorioso&mdash;exclamó alto el señor Canuto&mdash;; el símbolo del
-despotismo y de la tiranía.</p>
-
-<p>Un teniente oyó la observación y se quedó mirando al viejo
-amenazadoramente.</p>
-
-<p>Caruty y el Madrileño intentaron cruzar por en medio de los soldados.</p>
-
-<p>&mdash;No se puede pasar&mdash;dijo un sargento.<a name="page_354" id="page_354"></a></p>
-
-<p>&mdash;Estos <i>sorchis</i>, porque visten con galones&mdash;dijo el Madrileño&mdash;, ya se
-figuran que son superiores á nosotros.</p>
-
-<p>Pasó una bandera y dió la coincidencia de que se parara delante de
-ellos.</p>
-
-<p>El teniente se acercó al señor Canuto:</p>
-
-<p>&mdash;Quítese usted el sombrero&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¡No me da la gana!</p>
-
-<p>&mdash;Quítese usted el sombrero.</p>
-
-<p>&mdash;He dicho que no me da la gana.</p>
-
-<p>El teniente levantó el sable.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, guardias!&mdash;gritó&mdash;. ¡Prendedle!</p>
-
-<p>Un hombre bajito, de la policía secreta, se echó sobre el señor Canuto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera el ejército! ¡Viva la Revolución social! ¡Viva la
-Anarquía!&mdash;gritó el viejo temblando de emoción y levantando el brazo en
-el aire.</p>
-
-<p>Luego ya no se le vió; desapareció entre la multitud; unos polizontes se
-arrojaron sobre él; los guardias civiles metieron sus caballos entre la
-gente... Juan intentó ir en socorro del viejo; pero le faltaron las
-fuerzas, y se hubiera caído si no le hubiera agarrado Manuel. Este fué
-sosteniéndole hasta sacarle de en medio del gentío. Pasaron entre los
-caballos y los coches amontonados en la Puerta del Sol. Juan iba
-poniéndose muy pálido.<a name="page_355" id="page_355"></a></p>
-
-<p>&mdash;Ten fuerza un momento, ya vamos á salir&mdash;le decía Manuel.</p>
-
-<p>Llegaron á la acera y tomaron un coche. Cuando pararon delante de casa
-en la calle de Magallanes, Juan estaba desmayado y tenía las ropas
-llenas de sangre.</p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/ilpend.png" width="152" height="49" alt="" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_356" id="page_356"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IX-c" id="CAPITULO_IX-c"></a>CAPÍTULO IX</h3>
-
-<div class="blockquot"><p class="cb">La noche.&mdash;Los cuervos.&mdash;Amanece.&mdash;Ya estaba bien.&mdash;Habla el
-Libertario.</p></div>
-
-<p>Al llegar, Manuel tomó en brazos á Juan y le subió á su casa.</p>
-
-<p>La Ignacia y la Salvadora, al verle en aquel estado, preguntaron
-desoladas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha sido? ¿Qué ha sido?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, qué le ha dado un vómito y no sé cómo no se ha muerto. Está
-desmayado.</p>
-
-<p>Le desnudaron entre los tres, le pusieron botellas de agua caliente y
-llamaron al médico. Le dió éste una poción de morfina, porque de cuando
-en cuando el enfermo seguía tosiendo y echando sangre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo está?&mdash;le preguntó la Salvadora al médico.</p>
-
-<p>&mdash;Mal, muy mal. Hay una depauperación grande y la enfermedad se
-encuentra muy avanzada. No puede resistir más que días.</p>
-
-<p>Se marchó el médico, se tranquilizó Juan, y pasó toda la noche
-durmiendo, con un sueño tranquilo. A veces su respiración se hacía
-bronca y sibilante; otras, de su pecho salía un gorgoteo, como el del
-agua al salir de una botella.<a name="page_357" id="page_357"></a> Pasaban minutos en que parecía que ya no
-alentaba, hasta que un suspiro profundo normalizaba de nuevo la
-respiración.</p>
-
-<p>La Salvadora y Manuel pasaron toda la noche en el cuarto, observando al
-enfermo.</p>
-
-<p>Por la mañana la Ignacia salió de casa á oir misa.</p>
-
-<p>&mdash;Vete tú también á la imprenta&mdash;dijo la Salvadora á Manuel&mdash;; si pasa
-algo, ya te avisaré.</p>
-
-<p>Al volver de la calle la Ignacia, dijo con cierto misterio á la
-Salvadora:</p>
-
-<p>&mdash;¿Se ha marchado Manuel?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Me alegro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque he avisado un cura para que confiese á Juan. El pobre lo está
-deseando. ¡Como ha sido seminarista! Pero no se atreve á pedirlo.</p>
-
-<p>Quedó la Salvadora azorada con la noticia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero sabes tú si él querrá confesarse?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya lo creo. Se lo diremos nosotras.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no, yo no se lo digo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues se lo diré yo. Y la Ignacia se acercó á la cama.</p>
-
-<p>&mdash;No, no le despiertes.</p>
-
-<p>&mdash;Déjame.<a name="page_358" id="page_358"></a></p>
-
-<p>En aquel momento sonó la campanilla de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí está&mdash;dijo la Ignacia.</p>
-
-<p>Al ruido de abrir y cerrar la puerta, Juan abrió los ojos, y al ver á la
-Salvadora sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;Siento una gran debilidad, pero estoy muy á gusto. ¿He dormido mucho
-rato?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, todo el día. Nos has dado un susto grande&mdash;balbuceó la
-Salvadora&mdash;, y la Ignacia, como es así, ha llamado á un cura, y está
-ahí.</p>
-
-<p>El rostro de Juan se demudó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Está ahí?&mdash;preguntó intranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;No le dejes entrar. Defíendeme, hermana mía. Quieren turbar mis
-últimos momentos. Defíendeme. Y Juan buscó la mano de la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;No tengas cuidado&mdash;dijo ella&mdash;. Si no quieres, no entrará.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Espera un momento, le voy á decir que se vaya.</p>
-
-<p>Salió la Salvadora al comedor. Un cura, alto, flaco, huesudo, con una
-sotana raida, paseaba de arriba á abajo.</p>
-
-<p>&mdash;Permítame usted, señor cura&mdash;le dijo la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quieres, hija mía?</p>
-
-<p>&mdash;Mire usted, señor cura, mi cuñado nos ha<a name="page_359" id="page_359"></a> dado un susto grande.
-Creíamos que se iba á morir; por eso su hermana le ha avisado á usted;
-pero ahora ya ha pasado el peligro y no queremos asustarle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Asustarle?&mdash;repuso el cura&mdash;no, al revés; se tranquilizará.</p>
-
-<p>&mdash;Es que ha tomado hace poco una medicina y está entontecido.</p>
-
-<p>&mdash;No importa, no importa; me han dicho que es un chico muy bueno, pero
-de ideas avanzadas, antirreligiosas; además, ha sido seminarista y es
-necesario que se retracte. Y el cura trató de pasar á la alcoba.</p>
-
-<p>&mdash;No entre usted, señor cura&mdash;murmuró la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Mi obligación es salvar su alma, hija mía.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces espere usted un momento; yo le hablaré de nuevo&mdash;replicó
-ella&mdash;. Y entrando en la alcoba cerró la puerta con llave.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se ha marchado?&mdash;la preguntó Juan débilmente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Defiéndeme, hermana mía&mdash;gimió el enfermo&mdash;, que no entre nadie más
-que mis amigos.</p>
-
-<p>&mdash;Nadie entrará&mdash;repuso ella.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias! ¡gracias!&mdash;murmuró él&mdash;y volviéndose de lado añadió&mdash;: Voy á
-seguir con mi sueño.</p>
-
-<p>De cuando en cuando la Ignacia, con voz<a name="page_360" id="page_360"></a> imperiosa, llamaba á la puerta
-de la alcoba, pero Juan apenas oía y la Salvadora no contestaba.</p>
-
-<p>&mdash;Si vieras&mdash;murmuró el enfermo&mdash;las cosas que he soñado esta noche. ¡Oh
-qué sueños tan hermosos!</p>
-
-<p>En esto se oyó un murmullo de voces; luego llamaron más fuerte á la
-puerta de la alcoba.</p>
-
-<p>&mdash;Abre, Salvadora&mdash;dijo la voz de Manuel.</p>
-
-<p>Abrió ella y Manuel entró de puntillas en el cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se ha marchado&mdash;advirtió en voz baja.</p>
-
-<p>&mdash;Tu mujer es una mujer valiente&mdash;murmuró sonriendo Juan&mdash;; le ha
-despedido al cura que venía á confesarme.</p>
-
-<p>Juan tendió una mano á la Salvadora y otra á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca he sido tan feliz&mdash;dijo&mdash;. Parece que la proximidad de la muerte
-ha de ser terrible, ¿verdad? Pues yo la veo venir como una cosa tan
-vaga, tan dulce...</p>
-
-<p>Durante todo el día Juan estuvo hablando con sus hermanos, de la
-infancia, de sus ideas, de sus sueños...</p>
-
-<p>Los Rebolledos estaban en el comedor por si se ofrecía algo.</p>
-
-<p>Al anochecer se oyó una aldabada discreta, se cerró recatadamente la
-puerta y alguien subió salvando de dos en dos los escalones. Era el
-Libertario que venía á enterarse de lo que<a name="page_361" id="page_361"></a> pasaba. Al saber el estado
-de Juan, hizo un ademán de desesperación.</p>
-
-<p>Contó que el señor Canuto estaba en el hospital gravísimo. Le habían
-dado sablazos en la cabeza y en la espalda. Tenía una conmoción cerebral
-y probablemente moriría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Va usted á entrar á ver á Juan?&mdash;le preguntó Perico Rebolledo.</p>
-
-<p>&mdash;No, voy á avisar á los amigos y luego volveré.</p>
-
-<p>Salió el Libertario corriendo y al poco rato volvió acompañado de Prats,
-del Bolo y del Madrileño.</p>
-
-<p>Pasaron los cuatro á la alcoba. Juan estaba cansado de hablar y sentía
-una gran debilidad. Alargó la mano á los amigos, y murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Ahora estoy soñando cosas hermosas, muy hermosas. Adiós, compañeros.
-Yo he cumplido mi misión, ¿verdad?... seguid trabajando. Ahí os dejo mis
-papeles... Si creéis que son útiles para la idea, publicadlos... ¡Adiós!</p>
-
-<p>Se quedaron los anarquistas en el comedor charlando. Dejaron el balcón
-abierto. De la taberna alguien había dado la noticia al Círculo de la
-gravedad de Juan, y de vez en cuando se acercaba alguno á la casa y
-desde la misma calle gritaba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Eh?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?&mdash;decía Prats ó el Libertario saliendo al balcón.<a name="page_362" id="page_362"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Salud, compañero!</p>
-
-<p>&mdash;Salud.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo está Juan?</p>
-
-<p>&mdash;Mal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué lástima! Vaya... salud.</p>
-
-<p>&mdash;Salud.</p>
-
-<p>Al cabo de un rato se repetía lo mismo.</p>
-
-<p>La Salvadora y Manuel estaban en el cuarto de Juan, que divagaba
-continuamente: Sentía el enfermo la preocupación de ver la mañana, y á
-cada paso preguntaba si no había amanecido.</p>
-
-<p>Tenían abiertas las contraventanas por orden de Juan. A las cuatro
-empezó á amanecer; la luz fría de la mañana comenzó á filtrarse por el
-cuarto. Juan durmió un rato y se despertó cuando ya era de día.</p>
-
-<p>En el cielo azul, con diafanidades de cristal, volaban las nubes rojas y
-llameantes del crepúsculo.</p>
-
-<p>&mdash;Abrid el balcón&mdash;dijo Juan.</p>
-
-<p>Manuel abrió el balcón.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora levantadme un poco la cabeza.</p>
-
-<p>Metió la Salvadora el brazo por debajo de la almohada y le irguió la
-cabeza. Luego le colocaron un almohadón debajo para que estuviera más
-cómodo.</p>
-
-<p>Ya el sol de una mañana de Mayo, brillante como el oro, iba iluminando
-el cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Ahora estoy bien&mdash;murmuró el enfermo.<a name="page_363" id="page_363"></a></p>
-
-<p>El reflejo rojo del día daba en el rostro pálido del enfermo. De pronto
-hubo una veladura en sus pupilas, y una contracción en la boca.</p>
-
-<p>Estaba muerto.</p>
-
-<p>La Salvadora y la Ignacia vistieron á Juan, que había quedado como un
-esqueleto. Quitaron la mesa del comedor y allí pusieron el cadáver.</p>
-
-<p>Su rostro después de la muerte, tomó una expresión de serenidad grande.</p>
-
-<p>Durante todo el día no pararon de ir y venir compañeros. Entraban,
-hablaban en voz baja y se marchaban entristecidos.</p>
-
-<p>Por la noche se reunieron más de doce personas á velar al muerto. Manuel
-entraba también á contemplarle.</p>
-
-<p>¡Quién le había de decir que aquel hermano á quien no había visto en
-tanto tiempo iba á dejar una huella tan profunda en su vida!</p>
-
-<p>Recordaba aquella noche de su infancia, pasada junto á su madre muerta.
-El mismo flujo tumultuoso de pensamientos le sobrecogían. ¿Qué hacer?
-pensaba. Se ha hundido todo. ¿Es que ya no quedaba en la vida cosa digna
-de ser deseada? ¿Es que ya no había más plan que hundirse para siempre
-en la muerte?</p>
-
-<p>&mdash;¡Te has ido al otro mundo con un hermoso sueño&mdash;y miraba el cadáver de
-Juan&mdash;, con una bella ilusión! Ni los miserables se levantarán, ni
-resplandecerá un día nuevo, sino que<a name="page_364" id="page_364"></a> persistirá la iniquidad por todas
-partes. Ni colectiva ni individualmente podrán libertarse los humildes
-de la miseria, ni de la fatiga, ni del trabajo constante y aniquilador.</p>
-
-<p>&mdash;¡Acuéstate!&mdash;dijo la Salvadora á Manuel viéndole tan excitado.</p>
-
-<p>Estaba rendido y se tendió en la cama.</p>
-
-<p>Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se
-celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de
-estatuas; en una ponía «La Verdad», en la otra «La Naturaleza», en la
-otra «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una
-bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un
-guardia le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Descúbrete, compañero!</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es esta?</p>
-
-<p>&mdash;Es la fiesta de la Anarquía.</p>
-
-<p>En esto pasaron unos andrajosos en los cuales Manuel reconoció al
-Madrileño, á Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!» y
-los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.</p>
-
-<p>Enredado en este sueño le despertó la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Está la policía&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>Efectivamente, á la puerta había un hombre bajito, de barba, elegante,
-acompañado de otros dos.<a name="page_365" id="page_365"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?&mdash;le dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo entendido que hay una reunión de anarquistas aquí y vengo á
-hacer un registro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Trae usted auto del Juez?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. Traigo también orden de prender á Juan Alcázar.</p>
-
-<p>&mdash;¡A mi hermano! Ha muerto.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; pasemos.</p>
-
-<p>Entraron los tres policías en el comedor sin quitarse el sombrero. Al
-ver la gente allí reunida uno de ellos preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacen ustedes aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Estamos velando á nuestro compañero&mdash;contestó el Libertario&mdash;. ¿Es que
-está prohibido?</p>
-
-<p>El principal de los polizontes, sin contestar, se acercó al cadáver y lo
-contempló un instante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo lo van á enterrar?&mdash;preguntó á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana á la tarde.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted su hermano, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;A usted le conviene que no haya atropellos, ni escándalos; ni ninguna
-manifestación en el entierro.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros haremos lo que nos parezca&mdash;dijo el Libertario.<a name="page_366" id="page_366"></a></p>
-
-<p>&mdash;Tenga usted cuidado de no ir á la cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;Eso lo veremos&mdash;y el Libertario metió la mano en el pantalón y agarró
-su revólver.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo el polizonte dirigiéndose á Manuel&mdash;; usted es hombre de
-buen sentido y atenderá mis indicaciones.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches&mdash;saludaron los policías.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches&mdash;contestaron los anarquistas.</p>
-
-<p>&mdash;Cochina <i>rasa</i>&mdash;gruñó Prats&mdash;. Este maldito pueblo había que quemarlo.</p>
-
-<p>Todos hablaron en el mismo sentido. Odio eterno, eterna execración
-contra la sociedad.</p>
-
-<p>Por la mañana algunos se fueron al trabajo y quedaron Prats, el
-Libertario y Manuel. Estaban hablando cuando se presentó en el cuarto la
-Filipina.</p>
-
-<p>La Salvadora la dejó pasar. Había estado en el hospital, enferma. Se le
-notaba la enorme palidez en los labios y en los ojos. Le habían operado
-á la pobre y olía de un modo insoportable á yodoformo. Entró, tocó la
-cara del cadáver con las manos y empezó á llorar. Manuel la contempló
-con melancolía. Aquella tristeza de animal en los ojos, el cuerpo débil,
-las entrañas quemadas por el cirujano...</p>
-
-<p>&mdash;¡Maldita vida!&mdash;murmuró&mdash;. Había que reducirlo todo á cenizas.</p>
-
-<p>Salió la Filipina y á la media hora volvió<a name="page_367" id="page_367"></a> con lirios blancos y rojos,
-y los echó en el suelo delante de la caja.</p>
-
-<p>A las dos era el entierro, y para antes de esta hora había ya un grupo
-grande en la calle de Magallanes. Al dar las dos Perico Rebolledo,
-Prats, el Libertario y el Bolo, sacaron la caja en hombros y la bajaron
-hasta el portal. Un amigo de Prats echó una bandera roja encima del
-ataud y se pusieron todos en marcha. Cruzaron por entre callejuelas,
-hasta salir al paseo del Cisne. Iban allá á dejar la caja en el coche,
-cuando cuatro mujeres, á quienes Manuel no conocía, les substituyeron, y
-siguió el cortejo. Las cuatro, con el mantón terciado, braceaban
-garbosamente. En la Castellana la gente se paraba á mirarles. En el
-barrio de Salamanca pusieron la caja en el coche y siguió todo el
-cortejo á pie. Al pasar de las Ventas, en el camino del Este, por detrás
-de cada loma, salía una pareja de municipales, y cerca del cementerio
-había un piquete de guardias á caballo.</p>
-
-<p>Entraron los obreros en el cementerio civil, colocaron la caja al borde
-de la fosa y la rodearon los acompañantes.</p>
-
-<p>Estaba anocheciendo; un rayo de sol se posó un instante sobre la lápida
-de un mausoleo. Se bajó con cuerdas la caja. El Libertario se acercó,
-cogió un puñado de tierra y lo echó á la hoya; los demás hicieron lo
-mismo.<a name="page_368" id="page_368"></a></p>
-
-<p>&mdash;Habla&mdash;le dijo Prats al Libertario.</p>
-
-<p>El Libertario se recogió en sí mismo pensativo. Luego, despacio, con voz
-apagada y temblorosa, dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Compañeros: Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que
-acabamos de enterrar. Era un hombre, un hombre fuerte con un alma de
-niño... Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y
-prefirió la gloria de ser humano. Pudo asombrar á los demás, y prefirió
-ayudarlos... Entre nosotros, llenos de odios, él sólo tuvo cariños;
-entre nosotros, desalentados, él sólo tuvo esperanzas. Tenía la
-serenidad de los que han nacido para afrontar las grandes tempestades.
-Fué un gran corazón, noble y leal... fué un rebelde, porque quiso ser un
-justo. Conservemos todos en la memoria el recuerdo del amigo que
-acabamos de enterrar... y nada más. Ahora, compañeros, volvamos á
-nuestras casas á seguir trabajando.</p>
-
-<p>Los sepultureros comenzaron á echar con presteza paletadas de tierra que
-sonaron lúgubremente. Los obreros se cubrieron y en silencio fueron
-saliendo del campo santo. Luego, por grupos, volvieron por la carretera
-hacia Madrid. Había obscurecido.</p>
-
-<p class="c">FIN</p>
-
-<p>Madrid, Diciembre 1904.<a name="page_369" id="page_369"></a></p>
-
-<h3><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h3>
-
-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="">
-
-<tr><td align="right" colspan="2"><small>Págs.</small></td></tr>
-
-<tr><td>Anteportada</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_001">1</a></td></tr>
-<tr><td>Obras del mismo autor</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_002">2</a></td></tr>
-<tr><td>Portada</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_003">3</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#PROLOGO"><span class="smcap">Prólogo.</span></a>&mdash;Cómo Juan dejó de ser seminarista</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_005">5</a></td></tr>
-
-<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#PRIMERA_PARTE">PRIMERA PARTE</a></th></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_I-a"><span class="smcap">Capítulo I.</span></a>&mdash;El barrio sepulcral.&mdash;Divagaciones<br />
-trascendentales.&mdash;Electricidad y peluquería.&mdash;Tipos<br />
-raros, buenas personas</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_029">29</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_II-a"><span class="smcap">Cap. II.</span></a>&mdash;La vida de Manuel.&mdash;Las tertulias del<br />
-enano.&mdash;El señor Canuto y su fraseología</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_044">44</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_III-a"><span class="smcap">Cap. III.</span></a>&mdash;Los dos hermanos.&mdash;Juan charla.&mdash;Recuerdos<br />
-de hambre y de bohemia</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_052">52</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IV-a"><span class="smcap">Cap. IV.</span></a>&mdash;El busto de la Salvadora.&mdash;Las impresiones<br />
-de Kis.&mdash;Malas noticias.&mdash;La violeta.<br />
-No todo es triste en la vida</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_065">65</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_V-a"><span class="smcap">Cap. V.</span></a>&mdash;A los placeres de Venus.&mdash;Un hostelero<br />
-poeta.&mdash;¡Mátala!&mdash;Las mujeres se odian.<br />
-Los hombres también</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_076">76</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VI-a"><span class="smcap">Cap. VI.</span></a>&mdash;Las vagas ambiciones de Manuel.&mdash;Las<br />
-mujeres mandan.&mdash;Roberto.&mdash;Se instala<br />
-la imprenta</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_089">89</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VII-a"><span class="smcap">Cap. VII.</span></a>&mdash;El amor y la debilidad.&mdash;Las intermitentes<br />
-y las golondrinas.&mdash;El bautizo de<br />
-S. M. Curda I en una imprenta</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_098">98</a></td></tr>
-
-<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#SEGUNDA_PARTE">SEGUNDA PARTE</a></th></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_I-b"><span class="smcap">Capítulo I.</span></a>&mdash;Juego de bolos, juego de ideas,<br />
-juego de hombres</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_109">109</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_II-b"><span class="smcap">Cap. II.</span></a>&mdash;El derecho.&mdash;La ley.&mdash;La esclavitud.<br />
-Las vacas.&mdash;Los negros.&mdash;Los blancos.&mdash;Otras<br />
-pequeñeces</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_128">128</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_III-b"><span class="smcap">Cap. III.</span></a>&mdash;No hay que confiar en los relojes ni<br />
-en la milicia.&mdash;Las mujeres son buenas, aun<br />
-las que dicen que son malas.&mdash;Los borrachos<br />
-y los perros</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_139">139</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IV-b"><span class="smcap">Cap. IV.</span></a>&mdash;El inglés quiere dominar.&mdash;Las razas.&mdash;Las<br />
-máquinas.&mdash;Buenas ideas, bellos<br />
-proyectes<a name="page_370" id="page_370"></a> </p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_152">152</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_V-b"><span class="smcap">Cap. V.</span></a>&mdash;El buen obrero socialista.&mdash;Los esparcimientos<br />
-de Jesús.&mdash;¿Para qué sirven los<br />
-muertos?</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_161">161</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VI-b"><span class="smcap">Cap. VI.</span></a>&mdash;El francés que canta.&mdash;El protylo.&mdash;Cómo<br />
-se llegan á tener las ideas.&mdash;Sinfonía<br />
-en rojo mayor</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_172">172</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VII-b"><span class="smcap">Cap. VII.</span></a>&mdash;Un paraíso en un campo santo.&mdash;Todo<br />
-es uno y lo mismo</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_188">188</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VIII-b"><span class="smcap">Cap. VIII.</span></a>&mdash;Cómo cogieron al Bizco y no vino<br />
-la buena.&mdash;Nunca viene la buena para los<br />
-desdichados</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_196">196</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IX-b"><span class="smcap">Cap. IX.</span></a>&mdash;La Dama de la Toga Negra.&mdash;Los<br />
-amigos de la Dama.&mdash;El pajecillo, el lindo<br />
-pajecillo</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_214">214</a></td></tr>
-
-<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#TERCERA_PARTE">TERCERA PARTE</a></th></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_I-c"><span class="smcap">Capítulo I.</span></a>&mdash;Las evoluciones del Bolo.&mdash;Danton,<br />
-Danton, ese era el hombre.&mdash;¿Anarquía ó<br />
-Socialismo?... lo que gustéis</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_227">227</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_II-c"><span class="smcap">Cap. II.</span></a>&mdash;Paseo de noche.&mdash;Los devotos de<br />
-Santa Dinamita.&mdash;El cerro del Pimiento</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_248">248</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_III-c"><span class="smcap">Cap. III.</span></a>&mdash;El mitin en Barbieri.&mdash;Un joven de<br />
-levita.&mdash;La carpintería del arca de Noé.&mdash;¡Viva<br />
-la literatura!</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_264">264</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IV-c"><span class="smcap">Cap. IV.</span></a>&mdash;Gente sin hogar.&mdash;El Mangue y el<br />
-Polaca.&mdash;Un vendedor de cerbatanas.&mdash;Un<br />
-gitano.&mdash;El Corbata.&mdash;Santa Tecla y su mujer.&mdash;La<br />
-Filipina.&mdash;El oro escondido</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_286">286</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_V-c"><span class="smcap">Cap. V.</span></a>&mdash;Esnobismo sociológico.&mdash;Anarquistas<br />
-intelectuales.&mdash;Humo</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_297">297</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VI-c"><span class="smcap">Cap. VI.</span></a>&mdash;Miedos pueriles.&mdash;Los hidalgos.&mdash;El<br />
-hombre de la Puerta del Sol.&mdash;El enigma Passalacqua</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_309">309</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VII-c"><span class="smcap">Cap. VII.</span></a>&mdash;Otra vez Roberto.&mdash;La lucha por la<br />
-vida.&mdash;El regalo del inglés.&mdash;El amor</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_332">332</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_VIII-c"><span class="smcap">Cap. VIII.</span></a>&mdash;La coronación.&mdash;Las que encarecen<br />
-los garbanzos.&mdash;El final del señor Canuto</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_345">345</a></td></tr>
-
-<tr><td><p class="hang"><a href="#CAPITULO_IX-c"><span class="smcap">Cap. IX.</span></a>&mdash;La noche.&mdash;Los cuervos.&mdash;Amanece.&mdash;Ya<br />
-estaba bien.&mdash;Habla el Libertario</p></td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_356">356</a></td></tr>
-</table>
-
-<p><a name="page_371" id="page_371"></a></p>
-
-<p class="c">
-Se imprimió<br />
-<b><big>A</big>URORA <big>R</big>OJA</b><br />
-EN EL<br />
-<span class="smcap">Establecimiento Tipográfico</span><br />
-DE<br />
-<span class="smcap">Antonio Marzo</span><br />
-DE<br />
-MADRID<br />
-en DICIEMBRE de<br />
-1904<br />
-<img src="images/colophon-b.png"
-width="15"
-height="14"
-alt="colophon"
-title="colophon"
-/>
-</p>
-
-<p><a name="page_372" id="page_372"></a></p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/fin.png" width="106" height="129" alt="" title="" />
-</p>
-
-<hr class="full" />
-
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-
-<pre>
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-End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Aurora roja, by Pío Baroja
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-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; AURORA ROJA ***
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
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-
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-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
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