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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..6833f05 --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,3 @@ +* text=auto +*.txt text +*.md text diff --git a/37637-8.txt b/37637-8.txt new file mode 100644 index 0000000..a4b283c --- /dev/null +++ b/37637-8.txt @@ -0,0 +1,8608 @@ +The Project Gutenberg EBook of Los majos de Cádiz, by Armando Palacio Valdés + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Los majos de Cádiz + +Author: Armando Palacio Valdés + +Release Date: October 5, 2011 [EBook #37637] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MAJOS DE CÁDIZ *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + + + + + + +En esta edición se han mantenido las convenciones + ortográficas del original, incluyendo + las variadas normas de acentuación + presentes en el texto. + (nota del transcriptor) + + + +LOS + +MAJOS DE CÁDIZ + +(NOVELA DE COSTUMBRES) + +POR + +ARMANDO PALACIO VALDÉS + +MADRID + +TIPOGRAFÍA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ + +Libertad, 16 duplicado. + +1896 + +ES PROPIEDAD + + + + +PRÓLOGO + +Observaciones acerca de la composición en la novela. + + +I + +Para el lector aficionado á razonar el arte y discutir su técnica +escribo estas breves líneas. Páselas por alto quien sólo aspire á +sentirlo, seguro de que nada perderá en ello: mi simpatía, como la de +todo artista, estará siempre con él. Porque sólo una imaginación fresca +exenta de conceptos retóricos puede gozar realmente las obras poéticas, +respirar con libertad en el mundo de la fantasía. Además, dígase lo que +se quiera, á ningún _maese Pedro_ le place mostrar por dentro el retablo +de las figuras con sus jarcias y resortes; y si alguna vez lo hace, +suele ser apretado por el deseo de defenderse de los pecados que le +atribuyen ó de prevenir al público contra los errores de una crítica +precipitada ó desleal. No es esto, sin embargo, lo que me impulsa á +escribir el presente prólogo, como tampoco me ha movido á escribir el +que años ha puse al frente de mi novela _La Hermana San Sulpicio_. En +España, afortunadamente, apenas si existe la crítica, y el autor de +novelas goza de aquella paz profunda, de aquella amable serenidad de que +gozaron en las primeras edades del mundo Valmiky y Homero para escribir +sus inmortales poemas. La única razón que hallo en mi espíritu (aparte +de cierta manía didáctica que me ha quedado de los años de adolescencia, +cuando con mi dedo infalible señalaba á los autores la ruta que debían +seguir) es la contradicción en que me reconozco con los gustos y +tendencias que dominan actualmente lo mismo en las artes plásticas que +en la poesía. Esta contradicción me atormenta sobremanera, porque me +hace dudar de mí mismo. Derramo la vista por Europa y no veo en la +pintura y en la poesía más que escenas lúgubres y prosaicas, no escucho +sino acentos de muerte. De las estepas de la Rusia llegan delirios +místicos que entusiasman al pueblo de Molière, de Rabelais y de +Voltaire. De aquí surgen análisis indigestos, obscenidades escandalosas +que seducen á los hijos de Cervantes; por último, el viento glacial de +la Noruega nos envía en forma dramática aéreos simbolismos que +estremecen de gozo á la Italia, ¡á la Italia, donde han nacido Virgilio +y Petrarca, Rafael y Tiziano! Naturalistas, místicos, decadentistas, +ibsenistas, simbolistas en la poesía; luministas, azulantes, metalistas +en la pintura. El arte se me representa como un inmenso ataque de +nervios, los artistas como locos unas veces, otras como charlatanes que +disfrazan su impotencia con afectaciones monstruosas y se aprovechan +hábilmente de la perversión general del gusto; el público estragado por +ellos y por el utilitarismo reinante, sin criterio para distinguir lo +bello y lo sano de lo feo y absurdo. + +Al observar mi naturaleza en contradicción tan radical con el espíritu +de la época me asalta el temor de padecer una aberración mental: hay +momentos en que me figuro ser uno de esos infelices degenerados +incapaces de «adaptarse al medio» que tan bien pintan los modernos +filósofos de la escuela positiva, y me estremezco y me abato, y me +propongo en término no lejano someterme á un tratamiento terapéutico +adecuado. Es posible que con las duchas, la nuez de Kola y el vino +ferruginoso, los dramas noruegos me parezcan tan interesantes como los +de Shakspeare, Calderón ó Schiller, los místicos rusos tan profundos +como Platón y Spinoza, las novelas de la escuela naturalista tan bellas +como las de Longo, Cervantes y Goethe, los cuadros de los decadentistas +franceses mejores que los de Rubens y Velázquez. Pero mientras llega la +hora feliz de regenerarme hasta donde sea posible, pido permiso para +exponer algunas observaciones críticas acerca del arte de escribir +novelas. Voy á aventurar ciertas hipótesis que constituyen el fondo +mismo de mi inspiración, lo que hasta ahora me ha sostenido y consolado +en la ya larga labor que he llevado á término. Absurdas ó verdaderas, yo +las amo. Sólo pido al lector que antes de condenarlas al desprecio las +medite un instante. + + +II + +Dirijamos una mirada á la historia del arte. Hay un hecho que desde +luego llama poderosamente la atención: la fecundidad prodigiosa de +ciertas épocas y la esterilidad de otras. En el período de poco más de +un siglo que media entre Fidias y Praxiteles nacen en el suelo reducido +de la Grecia centenares de escultores, la mayor parte desconocidos para +nosotros, pero cuyas obras, carcomidas y mutiladas como salen de entre +los escombros, nos llenan de admiración y alegría. En un período de +cincuenta ó sesenta años del siglo XV brilla en el país de Flandes +legión numerosa de grandes pintores, cuyos cuadros, si alguien ha +igualado, nadie ha sobrepujado jamás. Apágase momentáneamente la +inspiración de los artistas flamencos en el siglo XVI y se traslada á +Italia, donde viven y trabajan á un mismo tiempo algunas docenas de +genios portentosos, cada uno de los cuales bastaría para ilustrar un +siglo. Torna la mágica fuerza en el siglo XVII á los Países Bajos y +produce esa maravillosa explosión donde los pintores ya no se cuentan +por cientos, sino por millares. Nuestra patria se siente arrastrada por +Italia y por Flandes al cielo de la belleza, y hace brotar de su seno la +famosa escuela española con Zurbarán, Ribera, Velázquez y Murillo. ¿No +es verdad que parece un contagio? De pronto aquel sol esplendoroso se +eclipsa y quedamos dos siglos en oscuridad y tristeza. Sólo tal cual +artista, aproximándose, aunque sin igualar jamás á aquellos genios, +brilla como estrella solitaria y melancólica. + +Las explicaciones que los historiadores del arte suelen dar á este hecho +sorprendente nunca me han satisfecho. La aparición del arte como una +consecuencia natural del engrandecimiento material de los países, como +la flor de la civilización, que es la teoría hoy predominante, no hace +más que agregar un hecho á otro hecho sin explicar ninguno de los dos. +Supongamos cierto que el arte se produce necesariamente cuando los +países alcanzan cierto grado de prosperidad, cuando el hombre, después +de haber allanado los obstáculos que la naturaleza le oponía para su +subsistencia, queda desahogado y puede gozar en calma de la vida. Pero +la dificultad queda en pie. ¿Por qué en ciertas épocas de prosperidad +nacen muchos y grandes artistas, y en otras de tanta ó mayor opulencia +no nace ninguno? Nadie puede dudar que en la actualidad existen en el +mundo países ricos y prósperos donde la civilización ha subido á una +altura desconocida en la historia, donde la vida es fácil, segura, +cómoda. Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y los +Estados Unidos de América son testimonios innegables de esta afirmación. +Además, en ninguna época conocida de la historia los artistas han podido +trabajar con más seguridad ni han encontrado un público tan numeroso ni +tan solícito para recompensarlos. Compárese lo que hoy gana cualquier +pintor, por poco que se distinga, con lo que obtenían por sus obras +Velázquez ó Rembrandt. Compárese la consideración y el respeto de que +hoy gozan los artistas, hasta el punto de formar una aristocracia tan +elevada y orgullosa como la de la sangre, con la protección desdeñosa +que los próceres de otros siglos les dispensaban y el humillante jornal +que algunos reyes solían otorgarles. ¿Qué momento más favorable puede +ofrecerse para que la flor de la poesía abra sus pétalos á la luz y +ostente sus colores más brillantes? Gloria, dinero, seguridad, todo lo +posee hoy el artista que sepa distinguirse. ¡Y, sin embargo, nuestros +pintores y escultores no pueden compararse á los de otras épocas! La +música, que es el arte más moderno, se encuentra hace años ya en +absoluta decadencia; la literatura, como luego demostraré, igualmente. + +Existen, dicen los filósofos naturalistas, razones fisiológicas que +explican y determinan este fenómeno, como todos los demás de la vida. No +lo dudo. El hombre se halla enteramente sometido á las fuerzas que obran +en el seno de la naturaleza, las cuales, á par que engendran, limitan el +desarrollo de los individuos y las razas. Pero la acción de tales +fuerzas es tan misteriosa, se ejerce por caminos tan oscuros para +nosotros, que sólo vagamente podemos atribuirles cuanto sucede en el +mundo. Nuestro espíritu exige motivos más cercanos. Voy, pues, +humildemente á proponer una explicación racional del problema, con la +esperanza de que, si no satisface al lector, por lo menos le ayudará á +pensarlo y resolverlo por sí mismo. + +Como no hallo razón para que en los cincuenta primeros años de un siglo +nazcan cien artistas de gran mérito y en los cincuenta siguientes +ninguno, me atrevo á sostener que, dadas las mismas condiciones de raza, +de medio, de cultura, de seguridad y de estímulo, los hombres nacen +iguales, ó lo que es igual, en la segunda mitad de un siglo, como no +hayan variado notablemente las circunstancias apuntadas, ven la luz +tantos artistas como en la primera. La diferencia está solamente en que +en la primera mitad los hombres que han nacido con aptitudes para sentir +la belleza y representarla han podido sacar el fruto de ellas, las han +desenvuelto natural y lógicamente, mientras que los segundos, por causas +que ahora voy á indicar, no han podido mostrar al mundo su riqueza +interior. + +Atribuyo la decadencia de las bellas artes, cuando no hay razón externa +que la explique, á una perversión del gusto, esto es, á la _falta de una +dirección sana y adecuada para los artistas_. Creo que el gusto es lo +que determina la altura que el pintor, el escultor ó el poeta puede +alcanzar en sus obras. Los artistas de las épocas de decadencia han +nacido tan bien dotados por la naturaleza como los del florecimiento. + +Convirtamos los ojos á la época actual. Examinando los cuadros que hoy +se pintan, las estatuas que se esculpen, ó leyendo con atención las +obras poéticas que se publican, nadie puede echar menos con justicia el +ingenio, la invención y el estudio. Si no en la mayor parte, porque la +producción es excesiva, veo detrás de muchas de ellas la mano y la +inteligencia de un hombre superior, perfectamente dotado por la +naturaleza para producir obras bellas y duraderas. ¿Por qué no las +produce? Sólo por un error de su inteligencia, por una torcida +dirección que el momento y el medio en que nació han impreso á su +inspiración, en suma, por la falta de _gusto_. Esto es lo que se observa +hoy, principalmente en el cultivo de las artes; ausencia de gusto. _To +be honest, as this world goes is to be one man pick'd out of ten +thousand_, dice Hamlet. Parodiando estas palabras, bien podemos afirmar +que, tal como hoy van las artes bellas, tener buen gusto equivale á +señalarse, no entre diez mil hombres, sino entre cien mil. + +El origen de esta perversión del gusto no debe buscarse en +circunstancias del momento, en defectos de escuela trasmitidos de unos +individuos á otros, en extravíos fortuitos. Su fundamento es más alto á +mi juicio: se halla en el principio mismo que ha engendrado la gran +superioridad artística del Occidente sobre el arte asiático, en el mayor +desarrollo de la energía individual. Tan cierto es que no hay principio +verdadero y fecundo que exagerado no se convierta en error y en +manantial de ruina y que el _nada demasiado_ del oráculo griego es la +mayor verdad que se ha dicho hasta ahora en el mundo. + +La mayor energía individual, la afirmación de su independencia frente á +la naturaleza, produciendo la variedad de los caracteres, es lo que ha +elevado al griego sobre el indio y el arte occidental sobre el asiático. +En el mundo oriental sólo existen tipos; de aquí la monotonía, no +privada de belleza y sublimidad muchas veces, de sus monumentos +poéticos. Pero aquel principio fecundo para la civilización, y +singularmente para las artes, que ha engendrado la _Iliada_, el +_Prometeo encadenado_, la _Niobé_ y el _Partenon_, que más tarde creó +las obras portentosas del Renacimiento, exagerado en la Europa moderna, +sacado fuera de sus justos límites, ha traído consigo el desequilibrio y +como resultado la decadencia. La energía individual y la independencia +exageradas se han trasformado en _vanidad_. Este es el gusano que roe y +paraliza la fuerza de los artistas contemporáneos. + +Obsérvese el procedimiento de los antiguos y de los que los han imitado +en el período del Renacimiento. Un artista, que por sus obras excelentes +llegaba á merecer el título de maestro, reunía en torno suyo un grupo +más ó menos numeroso de jóvenes á quienes revelaba los secretos del arte +é infundía su propio espíritu, adiestrándolos lentamente para hacerlos +primero sus ayudantes, luego colaboradores de sus obras. El discípulo, +al cabo, se hacía maestro, concluía por separarse, pero seguía +trabajando en la misma dirección y con los mismos procedimientos, y sin +darse quizá cuenta de ello, ni menos proponerse _romper ningún molde_, +por la energía de su personalidad artística producía obras distintas, +tanto ó más bellas que las de su maestro, pero sin que se desatase el +lazo que los unía. Igual fenómeno en la literatura. Homero es el gran +maestro del mundo helénico. Todos los poetas dramáticos, épicos ó +líricos acuden á él para beber su inspiración. Esquilo, Sófocles, +Píndaro y Eurípides confiesan modestamente que viven de las migajas de +su mesa. Más tarde, cuando Roma empuña el cetro de la literatura, sus +poetas más insignes no se desdeñan de llamarse discípulos de los +griegos, los estudian con veneración y los imitan con complacencia. Nada +han desmerecido por eso á los ojos de la posteridad. La _Eneida_ es una +imitación de la _Odisea_, y sin embargo hace veinte siglos que embelesa +al mundo. + +Decía Sófocles en los últimos años de su vida que si había logrado +escribir algo bello en su vida, fué renunciando á _la pompa de Esquilo_ +y también á los refinamientos de arte á que se sentía demasiado +inclinado. Estas palabras deben dar que pensar á cualquier artista, +porque encierran la más profunda enseñanza. Cuando los ciclos +legendarios de la Grecia habían sido ya desenvueltos de un modo +maravilloso por el genio de Esquilo en trilogías dramáticas que +parecían insuperables, Sófocles logró, sin embargo, aventajarle. No +hubiera conseguido esto, si guiado por el amor propio tratase de +superarle buscando mayores y más vivos efectos, esforzando las galas del +lenguaje. Pero guiado sólo del amor á lo bello y permaneciendo fiel á su +naturaleza, no trató más que de producir obras bellas y perfectas, sin +curarse de competir en ingenio con su glorioso predecesor; y por esta +modestia y esta moderación llegó á ser el más grande de los dramaturgos +que la humanidad ha producido. + +¡Cuán distinto lo que hoy sucede! Apenas un joven sabe tener el pincel, +la pluma ó el cincel en la mano, ya se juzga en la necesidad de crear +algo original, cuando no extraño ó inaudito: se creería humillado +siguiendo la inspiración y los procedimientos de otro artista, por +grande que sea. El negocio capital para él no es trabajar bien, sino +trabajar de un modo distinto que los otros; la originalidad le preocupa +mucho más que la belleza. Este anhelo que hoy se ha apoderado de todas +las cabezas, hasta de las más vacías, hace recordar aquel gracioso +epigrama de Goethe á los originales: «Un quídam dice: Yo no pertenezco á +ninguna escuela; no existe maestro vivo de quien reciba lecciones; en +cuanto á los muertos, jamás he aprendido nada de ellos». Lo cual +significa, si no me equivoco: «Soy un majadero por mi propia cuenta». +Este afán desmedido de originalidad ¿qué otra cosa es sinó lo que hemos +dicho, una exageración de la energía individual, un desequilibrio, el +pecado, en fin, de la soberbia? Triste es confesarlo, pero en la torcida +dirección que hoy siguen las artes no debe echarse toda la culpa á los +que las cultivan. El público tiene también una gran parte; el público +que, en vez de pedirles obras bellas, bien meditadas y con destreza +concluídas, les exige solamente que no se parezcan á los demás, +fomentando de esta suerte la excentricidad y el mal gusto, que ha dado +vida en los últimos años á esa nube de obras extravagantes y ridículas, +donde la impotencia marcha unida á la vanidad. A la novela, como género +predominante hoy en la literatura, ha tocado la mayor parte de esta +viciosa corriente. + + +III + +La novela es un género comprensivo que participa de la naturaleza de la +epopeya, de la del drama y que no pocas veces también entra en los +dominios de la poesía lírica. Tal amplitud permite al escritor una +gozosa libertad, que no disfrutan los que cultivan otros géneros más +definidos. No sólo se le exime del lenguaje rítmico, sino de aquellas +otras trabas con que la retórica dogmática ha atormentado hasta ahora á +los poetas épicos y líricos. La novela, en su esencia, rechaza toda +definición: es lo que el novelista quiere que sea. Pero tanta +independencia trae, como es lógico, aparejada una mayor responsabilidad: +ya que tanto se le perdona al novelista, menester es que su invención no +desmaye jamás: de todo se le exime menos del ingenio. El novelista tiene +la obligación ineludible de no fatigar jamás al lector, de mantener su +atención despierta, sujeto su espíritu por lazos invisibles para hacerle +viajar sin sentirlo por el mundo imaginario. ¡Cuán poco nos acordamos +los que escribimos novelas de este primer requisito de toda composición +romancesca! La mayor parte de las veces parece que, en lugar de +interesar al lector y recrear su espíritu, nos proponemos acabar con su +paciencia. + +La composición es el escollo en que tropiezan la mayor parte de los +autores de novelas. Hay bastantes capaces de representarse la belleza y +el interés que ofrece la vida con sus contrastes, dotados de rica +fantasía, de penetración y de estilo; pero son á mi juicio muy pocos los +que en la actualidad saben _componer_ un libro. No acontece esto porqué +la cualidad de componer sea superior ó más rara que las otras, sino +porque los autores no fijan en ello la atención como debieran. +Preguntaban á Newton en cierta ocasión: ¿Cómo ha llegado usted á +descubrir la ley de la gravitación? A lo que el sabio respondió +modestamente: «Pensando en ello». Si los novelistas pensasen más en la +perfección de sus obras y menos en ostentar á todo trance las cualidades +de que se creen poseedores, ó en producir ruido, imagino que aquéllas +serían más bellas y duraderas. Para ello lo primero que debieran +representarse es que una novela es una obra de arte; por lo tanto, una +obra donde la armonía es lo esencial. Esta armonía la encuentra +naturalmente el artista que sabe limitar sus concepciones y concentrar +los tesoros de su fantasía exhibiendo de ellos lo que hace falta y nada +más. ¿Excluye tal limitación la riqueza del fondo, la pintura viva de +los pormenores, el sentimiento de los matices, la delicadeza para +apreciar las relaciones más sutiles de la vida? Estoy muy lejos de +pensarlo. Todo eso puede subsistir perfectamente dentro de unos +contornos precisos. Basta que el novelista sienta la necesidad de la +claridad y la medida. + +El hombre es un ser limitado y, por lo mismo, todo lo que de él proceda +ha de ser limitado también. Porque el fondo de la obra de arte, que es +la belleza ideal, carezca de límites no debe imaginarse que su expresión +plástica ó conceptiva pueda sustraerse á ellos. La belleza se expresa +eternamente en la naturaleza de un modo definido, claro, concreto. En el +arte debe acaecer lo mismo. Hay muchos artistas que ignoran esta gran +verdad; se figuran que dejando inciertos los contornos de su obra se +emancipan de la limitación que constituye su ser, se aproximan mejor á +la sublimidad y grandeza del ideal. Es un error de óptica por el cual se +engañan á sí mismos y engañan á los demás. Así sucede que cuando aparece +una de esas obras aparatosas, enormes, enfáticas, envueltas de vaguedad +y misterio, con aspiraciones simbólicas y místicas, como muchas de la +escuela romántica pasada y casi todas las de los naturalistas, +simbolistas y decadentistas modernos, el público se estremece, imagina +que detrás de aquellas nieblas hay un inefable misterio, que se va á +descubrir al fin y contemplar el eterno ideal, y corre afanoso á +presenciar el milagro; pero ¡ay! no tarda en volver mustio y +desengañado, porque detrás de tanto aparato no ha visto absolutamente +nada. La obra portentosa se hunde muy pronto en el olvido, mientras la +obra bien definida, clara y armónica, como la _Odisea_, las +_Siracusanas_ de Teócrito, el _Hermann y Dorotea_ de Goethe, sigue por +los siglos de los siglos fresca como una rosa, reflejando la inmortal +belleza del universo. + +Tampoco juzgo que esta armonía necesaria en la composición de la novela +sea equivalente de la simplicidad. La novela participa, como ya he +dicho, de la naturaleza del drama y de la de la epopeya, pero más, á mi +juicio, de la última. No es, pues, esencial para ella que la acción +avance rápidamente hacia su fin, sin distraerse jamás como en el drama, +sino que puede marchar con lentitud, deteniéndose á cada instante para +referir episodios ó describir países y costumbres, á semejanza de los +poemas épicos; porque, como expresa profundamente Schiller, la acción +para el poeta dramático es el verdadero fin, mientras para el épico +(digamos novelista en este caso) no es más que un medio para alcanzar un +objeto absoluto y estético. Ahora bien, ¿cuál es este objeto absoluto y +estético que el poeta épico y el novelista persiguen? El mismo Schiller +lo descubre con admirable claridad en otra de sus cartas: «La misión del +poeta épico es hacer que aparezca toda entera la íntima verdad del +asunto: no pinta más que la existencia tranquila de las cosas y el +efecto que naturalmente producen: hé aquí por qué, en vez de correr +impacientemente hacia el término de la narración, nos place detenernos á +cada instante con él». Dejemos, pues, al novelista la libertad de +pararse donde lo tenga á bien, como el poeta épico: si siente amor á la +claridad y á la medida, clara y armónica será su obra, aunque se +distraiga á menudo. Nadie osará negar estas cualidades á la _Odisea_ y +la _Eneida_, ni al _Quijote_ y el _Gil Blas de Santillana_, á pesar de +sus numerosos episodios. Guardémonos de confundir la armonía con la +simplicidad de la acción, ni siquiera con la regularidad de sus partes. +Es algo más profundo y espiritual que surge espontáneamente de la +belleza del asunto y del equilibrio en las facultades del novelista. + +No hay para qué advertir que esta libertad se halla subordinada á la +exigencia ineludible de toda obra de arte, que es la de interesar. Los +episodios han de tener, pues, en la novela, como en el poema épico, un +valor absoluto é independiente, ó lo que es igual, han de ejercer sobre +el espíritu la fascinación que produce la belleza. Si no deleitan, deben +suprimirse. Como regla empírica de la composición (pues me parece +impertinente dogmatizar en este punto), añadiré que á mi entender los +episodios deben apartarse lo menos posible de la acción principal y +guardar con ella una relación secreta, si no aparente. Son más +plausibles aquellos que á su belleza absoluta agregan un valor relativo, +como es el de dar mayor relieve al carácter principal de la obra ó +producir lo que hoy se llama _color local_, esto es, descubrir el +misterioso lazo que une al hombre con la naturaleza, á los caracteres +con los sitios en que se ejercita su actividad. Casi todos los del +_Quijote_ cumplen admirablemente con este requisito. Pero los de otros +novelistas españoles, como Mateo Alemán, Vicente Espinel, Vélez de +Guevara; Céspedes, etc., á menudo nos fatigan por lo deshilvanados, ya +que no por lo desabridos... Y lo mismo sucede, á pesar de su excelencia, +con las novelas de algunos escritores extranjeros, como Richardson, +Fielding, Dickens, Juan Pablo Richter, etc. + +Observaré que esta tendencia á la dispersión se ha atenuado mucho en los +tiempos presentes. Los actuales novelistas gustan más de recoger una +acción y seguirla sin vacilaciones ni tregua que de entretenerse con +otras narraciones secundarias más ó menos alejadas de la principal, como +hacían los del siglo pasado y los de la primera mitad del presente. En +este punto, no obstante, los escritores de raza latina se señalan más +por su amor á la unidad que los germanos y eslavos, inclinados siempre +con predilección á la variedad. Las obras de estos últimos se +caracterizan por una gran riqueza de ideas y sentimientos: en las de +algunos de ellos hay tal delicadeza de percepción para recoger las +relaciones más sutiles del mundo ideal que nos asombra; pero en general +están peor compuestas que las de los latinos. Voy á presentar un ejemplo +de dos escritores modernos que ya no existen. Dostoievsky, escritor +ruso, y Silvio Pellico, italiano, han narrado ambos la historia de sus +martirios en la prisión donde por causas análogas estuvieron encerrados. +El libro del primero titulado _Recuerdos de la Casa de los Muertos_ es +más original, su sentimiento quizá más profundo, su observación sin +disputa más delicada. En cambio se nota que el autor carece del talento +de la composición: el libro, á pesar de las brillantes cualidades que +posee, no puede leerse sin cierta fatiga. Por el contrario, la obra del +escritor italiano titulada _Mis prisiones_, no tan vigorosa, es más +pura, más fresca, más equilibrada y está tan admirablemente compuesta +que ha logrado ser un libro clásico leído en todos los países con +verdadero encanto. + +Relacionado estrechamente con la composición se halla el tamaño que á la +novela debe darse; porque es punto menos que imposible componer bien una +de exageradas dimensiones. Parece á primera vista insensato señalar +límites materiales á una obra poética y aprisionar los vuelos del +artista, pero es más insensato escribir obras descomunales y acusa +generalmente presunción en los autores y, lo que es más grave para +ellos, debilidad. El afán desmedido de escribir _largo_ significa en +muchos casos un deseo pueril de mostrarse fuerte, poderoso, sin +comprender que el verdadero modo de mostrar fuerza es apoderarse del +asunto y dominarlo y dominarse á sí mismo y poseerse enteramente. De +igual modo la exaltación, que da origen en algunas ocasiones á actos de +valor y heroísmo y á rasgos felices en el orden espiritual, no indica, +según los médicos, un sistema de nervios vigoroso, sino débil y enfermo. +El autor que escribe largo debe comprender que todo lo que gane en +extensión su obra lo perderá en intensidad, y que no hay asunto que no +pueda y deba desarrollarse con medida. El _Ramayana_, la _Iliada_ y la +_Odisea_, epopeyas que reflejan civilizaciones enteras, que llevan +dentro de sí un mundo de ideas y costumbres, de sucesos, de noticias +científicas é históricas, no tienen tantas páginas como ciertas novelas +modernas. Además, si desea ser leído no sólo en vida, sino después de su +muerte (y el autor que no aspire á ello debe soltar la pluma), no puede +ocultársele, á no cegarle la vanidad, que para salvarse del olvido no +sólo necesita producir una obra de belleza excepcional, sino procurar +que no sea muy larga. El mundo contiene ya tantas grandes y bellas, que +se necesita una prolongada vida para leerlas todas. Pedir al público, +así que pase la novedad, que lea una producción de exageradas +dimensiones, cuando tantas otras reclaman su atención y su tiempo, me +parece inútil y hasta ridículo. No doy esto como principio absoluto, +porque bien puede aparecer una obra de tan subido mérito que, larga ó +corta, se lea por los siglos de los siglos. Sólo me refiero á la +producción ordinaria. El ejemplo más notable de lo que afirmo se hallará +en el célebre novelista inglés Richardson. El autor de _Clarisa Harlowe_ +y de _Pamela_, que á su ingenio admirable, á su exquisita sensibilidad y +penetración añade la circunstancia de ser el padre de la novela moderna, +apenas es hoy leído, á lo menos en los países latinos. Dada la belleza +indisputable de sus obras, no puede achacarse á otra cosa que á su +exagerada amplitud. Y la prueba de ello es que en Francia y España, á +fin de que pudieran ser gustadas, se han publicado algunos epítomes ó +compendios extractando de ellas lo más interesante. Tal proceder me +parece una verdadera profanación; pero á ella se exponen los escritores +que no saben ó no pueden concentrar las grandes facultades con que la +naturaleza les ha favorecido. + +Y basta ahora acerca de la estructura ó esqueleto de la novela. + + +IV + +Todo es asunto adecuado para la novela, se dice actualmente; toda parte +de la realidad, toda fracción de la vida reproducida por un escritor +inspirado puede engendrar una novela. Esta afirmación, que considero +exacta en cierto sentido, sacada de sus justos límites y proclamada como +principio absoluto ha dado origen á la literatura trivial y prosaica +que hoy nos ahoga. Verdad que el espíritu humano puede embellecerse al +contacto de toda realidad cuando arroja sobre ella una mirada serena; +pero no es menos cierto que, á más de este elemento puramente subjetivo, +hay en la producción de la belleza otro elemento objetivo que determina +su valor y su fuerza. El placer de Velázquez pintando sus _Borrachos_, ó +el de Rembrandt cuando bosquejaba su célebre _Lección de anatomía_, +debía de ser grande: es siempre un goce contemplar la naturaleza de un +modo desinteresado: mayor aún poseer la facultad de reproducirla con la +exactitud asombrosa de estos maestros. Pero la alegría de Tiziano, de +Corregio y Rafael debía de ser infinitamente más viva, porque estos +grandes artistas no sólo se olvidaban de sí mismos como los otros, no +sólo la reproducían con admirable verdad, sino que vivían en íntima +relación con sus formas más puras y elevadas, aquellas en que ha podido +expresarse con mayor libertad. Y cuando esta naturaleza tropezaba en su +desenvolvimiento con algún obstáculo que la afeaba, estos pintores, +guiados por su instinto, la interpretaban, le arrancaban su secreto +deseo y la ayudaban á expresar claramente lo que sólo torpe y +confusamente balbucía. + +No es, pues, indiferente el asunto ó tema en que la pluma de un escritor +se ejercite. Todos son dignos, como los oficios en que el hombre cumple +con la ley del trabajo, pero unos son bajos y otros elevados. Quizá esta +afirmación parezca anticuada á los modernos estéticos, pero la encuentro +exacta. Después de todo, en la mayor parte de estos asuntos á mí me +basta la verdad antigua. El que pinta bien la naturaleza muerta, jamás +será tan gran artista como el que pinta bien la naturaleza viva: quien +reproduzca sólo las formas más groseras de la vida y los movimientos +rudimentarios del espíritu, no alcanzará la gloria del que sabe evocar y +poner en conflicto patético las grandes pasiones del alma humana. +Considero absurda la importancia que hoy se da á los que manejan bien +los accesorios, lo mismo en las artes plásticas que en la poesía. Pintar +bien el fondo de un cuadro, los muebles, los cortinajes no es ser un +pintor en la acepción más completa que nuestra imaginación da á la +palabra. Hacer hablar con propiedad á un rudo gañán, describir con +exactitud las costumbres de un país no basta para merecer el nombre de +insigne novelista. Los griegos se reían de los pintores de bodegones. + +Tanto creo en la virtud del tema elegido para la obra, que un asunto +digno y hermoso es el mejor hallazgo que un artista puede tener en su +vida; es un verdadero presente de los dioses. ¡Cuántos grandes poetas +yacen olvidados por no haber gozado de esta felicidad! ¿Qué sería hoy de +Cervantes si su incómoda permanencia en Argamasilla y la relación con +algún tipo original no le hubieran sugerido el carácter de Don Quijote y +el de Sancho Panza? Por el contrario, han existido escritores que, sin +poseer un talento soberano ni alcanzar el grado excelso de la +inspiración poética que se denomina _genio_, lograron inmortalizarse +merced á un hallazgo afortunado. El ejemplo más notable que conozco en +la edad moderna es el del abate Prevost, cuyas facultades creadoras, á +juzgar por las numerosas obras que ha escrito y yacen en el polvo, no +rebasaban mucho de la medianía. Un episodio interesante, tal vez de su +vida ó de la de algún amigo, le ha llevado á la altura de los dioses +mayores de la poesía. La _Manon Lescaut_ es una de las obras más bellas +y mejor sentidas que haya producido el espíritu humano. Acaba de morir +otro escritor cuyo ejemplo es tan decisivo ó más que este. El teatro de +Alejandro Dumas (hijo) se juzga generalmente por los hombres de gusto +como falso, amanerado, abstracto, destinado á perecer cuando el gusto +del público camine por otros derroteros. Sin embargo, en su célebre +drama _La Dama de las Camelias_ se ha elevado sobre sí mismo hasta tocar +en las cimas más altas de la poesía. Es tan bello este drama, tan +original, tan patético, se respira en él tal perfume de poesía mezclado +á un sentimiento tan profundamente cristiano, que dudo mucho que otra +producción dramática de este siglo pueda competir con ella en el aprecio +de los venideros. Semejante distancia entre las obras de un mismo autor +no puede achacarse racionalmente sino á la felicidad de la invención. No +se me oculta, sin embargo, que han existido escritores, como Shakspeare +y Molière, capaces de llegar, no en una, sino en muchas de sus obras, á +un grado supremo de perfección; pero obsérvese que Shakspeare y Molière +no inventaban sus argumentos, los tomaban donde bien les placía. Su +instinto poderoso les hacía comprender lo que acabamos de afirmar, esto +es, que los temas hermosos son raros en la poesía, y que á veces un +escritor mediocre y hasta un tonto puede tropezar con ellos, y que +entonces, por bien de la humanidad, es lícito arrebatárselos. + +El procedimiento de los escritores contemporáneos es distinto. +Cabalgando cómodamente sobre la teoría de que toda la vida es digno +argumento para novelar, aceptamos los hechos más insignificantes y +desabridos de la existencia ordinaria, y sobre ellos tejemos cualquier +fábula. Así las novelas ó las obras dramáticas resultan, en la mayor +parte de los casos, sin fuerza y sin interés, por más que los caracteres +estén vigorosamente pintados. Muchísimas veces me ha dolido ver +escritores de gran talento ejercitarlo en asuntos ingratos, y he +deplorado que les hubiese faltado el valor de Shakspeare y Molière para +«tomar su bien donde lo hallaren». Este miserable temor de tratar +asuntos ya tratados no lo conocieron los antiguos. Esquilo, Sófocles y +Eurípides no tuvieron inconveniente en escribir sobre un mismo tema: +sea ejemplo el _Filoctetes_. Pero nuestro amor propio vidrioso, el afán +desaforado de originalidad que nos devora nos hace pensar que +quedaríamos deshonrados aceptando el argumento hallado por cualquier +otro escritor, aunque sepamos sacar de él mejor partido. + +Para disimular esta falta de asuntos poéticos que es evidente, y +producir, no obstante, honda impresión, los autores más señalados en la +actualidad apelan á varios recursos que iré examinando, con lo cual daré +idea sucinta de los vicios de que en mi sentir adolece la novela +moderna, vicios casi todos que pudieran desaparecer fácilmente si en vez +de formar principal empeño en mostrar al público la viveza de nuestro +ingenio y la fuerza de nuestra imaginación, lo tuviésemos en escribir +obras sólidas y perfectas. Pienso como el escritor inglés Tomás Carlyle +que la sinceridad es la esencia del hombre superior (_héroe_ como él lo +llama), y que la ausencia de sinceridad, no la de ingenio, es la que ha +producido la decadencia del arte moderno. + +Uno de los recursos más socorridos entre los novelistas contemporáneos +es el que llamaré de _acumulación_. Como quiera que la vida ordinaria +ofrece pocas veces temas interesantes para la poesía y su exposición +sencilla precipita á menudo en la trivialidad, como se observa en gran +número de novelas inglesas y alemanas, los novelistas, en vez de esperar +pacientemente que el espectáculo de la vida les depare un asunto +adecuado, prefieren tomar una parte grande de ella y por el sistema de +condensación lograr interés para su obra. Ya no se trata, por regla +general, de narrar con verdad y arte un episodio bello de la historia de +un hombre ó la historia entera de este hombre cuando es interesante, +verbigracia, la de un soldado, un labrador ó un minero, y con este +motivo y como cosa secundaria pintar el medio ó los lugares en que esta +vida se desenvuelve. Los autores ahora se proponen en primer término +pintar la vida de los soldados, de los labradores ó de los mineros, y +como accesorio y pretexto para esta pintura la de cualquier individuo de +la clase. Este procedimiento abstracto no está conforme en mi sentir con +la naturaleza del arte. Y no basta apoyarse en el ejemplo de las +epopeyas que resumen á veces una civilización entera, porque además de +ser contadas las obras que merecen tal nombre, el poeta no ha perseguido +semejante fin general, sino uno limitado é individual. Homero ó los +rápsodas homéricos no se proponen en la _Iliada_ pintar el mundo +helénico antes de la irrupción de los dorios, sino tan sólo la cólera de +Aquiles, ni en la _Odisea_ la civilización occidental, sino los trabajos +de Ulises. + +Pero aun suponiendo legítimos estos propósitos, todavía es mas +censurable la manera con que se realizan. En vez de presentar la vida de +tal ó cual país ó clase de la sociedad con serenidad y como se nos +aparece realmente, oprimido el novelista por el deseo de producir fuerte +impresión, exagera, falsea, amontona todos los datos que la realidad le +ofrece dispersos. + +Basta arrojar una mirada imparcial sobre algunas recientes y famosas +producciones francesas, en que se describe la vida de los campos y de +las minas, para convencerse de que el escritor no las ha observado y +pintado con sinceridad, sino que ha acumulado con visible artificio en +una comarca todos los crímenes, suciedades y horrores que ha leído en la +prensa de varios años, acaecidos en los distintos departamentos de +Francia. Por el contrario, en otras novelas alemanas, inglesas y +españolas en que se describe la vida de los campesinos no se encuentra +más que honradez, pureza, felicidad. Esto es aún más falso, pues al cabo +los naturalistas se apoyan sobre un dato seguro, á saber, que el interés +y el egoísmo que á la mayoría de los hombres domina se expresa de un +modo más brutal y repugnante entre las clases incultas. Los novelistas +rusos siguen por regla general las huellas de los franceses y aun los +sobrepujan. He leído una producción dramática titulada _El poder de las +tinieblas_ que, en cuanto á horrores condensados, deja atrás á todas las +francesas. La famosa _Sonata de Kreutzer_, del mismo autor, se propone +nada menos que probar que en las relaciones conyugales, tan santas y +dulces en ocasiones, nada existe que no sea triste, venenoso é inmoral. +Con perdón de unos y otros, cuyo grande ingenio no desconozco, sigo +creyendo que no es todo sombra en la vida y que para pintarla como es +realmente precisa arrojar antes la cólera de nuestro corazón, despojarse +de toda inquietud y deseo y contemplarla sin prevenciones. + +No sólo por cómodo, pues emancipa al poeta de la dura ley de la +inspiración, sino por nuevo, el procedimiento francés es hoy seguido por +gran número de escritores en toda Europa. La novedad es una de las +necesidades más imperiosas que lo mismo el público que los artistas +sienten en este último tercio del siglo XIX. Pocas tendencias me han +parecido más absurdas y peligrosas para el arte. Aunque sea insensato +vivir en pugna constante con su tiempo, aún lo es más abrazarse á él con +todas las fuerzas del espíritu y no querer gustar ni sentir las obras de +los que nos han precedido. El momento actual es una etapa del largo y +variado desenvolvimiento de la razón humana: tiene importancia capital +para nosotros, aunque comparado con la historia total de ese +desenvolvimiento signifique poco. No debe, pues, el artista despreciar +la época en que ha nacido, sino amarla para poder extraer de ella el +jugo divino de la poesía, que existe en todos los tiempos y todos los +lugares. Pero el que no sepa á la vez unirse con amor á los tesoros de +belleza que nuestros antepasados nos han legado, ése no llegará á +sentarse en la cima sagrada del Olimpo. «Los mejores cantos--dice +Telémaco en la _Odisea_--son siempre los más nuevos.» Si se medita un +poco se comprenderá que las pasiones humanas, primera materia sobre la +cual trabaja el poeta, no cambian, en lo que tienen de fundamental, con +el trascurso de los siglos, y aun en la vida social, si el tiempo y el +espacio establecen diferencias, no son tan grandes como á primera vista +parece. Leemos á Longo, á Teócrito, á Apuleyo y nos asombra el observar +que la vida de aquellos tiempos fuese tan semejante á la nuestra. +Tomamos una novela ó un drama indios, y acaece lo mismo. Pasamos la +vista por la _Celestina_, primer monumento de importancia de nuestra +literatura novelesca, y advertimos que los burdeles que en ella tan +admirablemente se descubren son casi idénticos á los que hoy existen, +que sus personajes piensan, hablan, bromean como los que á todas horas +tropezamos en la calle. En cambio, otras obras más recientes españolas, +como la _Diana_ de Montemayor, _El Español Gerardo_ de Céspedes, las +novelas de Lope y de Montalbán y en general todas nuestras comedias de +capa y espada nos hacen pensar que estamos contemplando un mundo +diferente, que entre el modo de vivir, de pensar y de sentir de aquellos +hombres y el nuestro media un abismo. ¿Qué significa esto? Para mí no +otra cosa sino que los unos reflejan con fidelidad su época, mientras +los otros, no sabiendo extraer de la suya nada interesante, han +preferido fantasearla. + +Con esta última observación se enlaza un asunto de capital interés en la +composición de la novela: el de la verosimilitud. Los modernos +novelistas se preocupan mucho, y con razón, de dar verosimilitud á sus +invenciones. Opino, sin embargo, que en este punto hay también exceso, y +que hemos pasado, sin razón, de un extremo á otro, de las aventuras +estupendas, increíbles, con que los antiguos narradores sazonaban sus +creaciones, al insulso prosaísmo que hoy se advierte. La vida es bella; +los hechos tienen un valor absoluto. Son estas verdades á las que rindo +culto lo mismo en teoría que en la práctica. Pero debe tenerse presente +que los hechos sólo tienen valor estético cuando son _reveladores_, +cuando hacen vibrar nuestro espíritu con la emoción de lo bello. El +fenómeno por sí mismo no tiene valor alguno dentro del arte. Pero se me +preguntará: ¿cuál es la diferencia entre los hechos significativos ó +reveladores y los que no lo son? Confieso que no puedo responder á esta +pregunta. Para mí es un misterio. La mayor parte de los hechos de que se +compone la novela de Balzac titulada _Eugenia Grandet_ son corrientes, +vulgarísimos, prosaicos; no obstante, esta novela causa emoción profunda +y puede considerarse como una de las producciones más peregrinas del +ingenio de este siglo. Análogos hechos en otras novelas nos dejan fríos, +si es que no nos producen tedio. Tal misterio los mismos artistas no +pueden explicarlo; lo sienten, lo adivinan, y por eso sus obras son +bellas: con esto basta. Es insensato, pues, dictarles reglas sobre el +particular: tomarán los hechos que les haga falta, y en sus manos +tendrán siempre significación. Pero es necesario protestar contra esa +absurda suposición de que sólo los sucesos corrientes y ordinarios deben +entrar en la novela. Por el contrario, en la vida surgen en raras +ocasiones caracteres y fenómenos de tal valor estético que su +reproducción en el arte no sólo es conveniente, sino necesaria. En este +punto es curioso lo que me ha sucedido y lo que presumo sucederá á todos +los novelistas. Muchas veces he visto tildadas de inverosímiles escenas +ó sucesos que no he hecho más que trasladar de la realidad. En cambio +nadie ha encontrado inverosímiles aquellos que he inventado. Consiste +esto en que cuando he presenciado ú oído narrar cualquier suceso raro, +no he tenido escrúpulo en utilizarlo, fiando en su verdad, al paso que +cuando necesito inventarlos procuro alejarme de todo lo que parezca +extraño é inverosímil. + +Lo mismo el público que los críticos viven ahora constantemente alerta +contra la inverosimilitud, y apenas un pobre autor echa el pie fuera del +camino trillado, caen todos sobre él con el dictado de _falso_ en los +labios. Pero, por lo común, sólo contra la inverosimilitud material +dirigen sus tiros. La inverosimilitud moral se les escapa la mayor parte +de las veces. Y sin embargo, para el hombre que tiene buen sentido y +conoce la vida no es menos censurable. Las novelas de ciertos autores +franceses, dedicados á entretener á las clases elevadas, no suelen +contener grandes faltas de inverosimilitud material; en cambio contra la +moral pecan casi constantemente. Los mismos naturalistas son mucho más +severos para aquélla que para ésta. Hasta el mismo Balzac, que tan +profundamente conocía la vida y con tal arte la desmenuzaba, quebranta +no pocas veces la lógica moral. Siempre recordaré el triste efecto que +me causó, en obra tan bella como _Eugenia Grandet_, aquel pasaje en que +el abate Cruchot, momentos después de llegar el primo de París, propone +á boca de jarro á Mme. de Gramins que se deje cortejar por él con objeto +de inutilizarlo. Tan atroz falsedad me causó más repugnancia que las +hazañas de Artagnan en _Los Tres Mosqueteros_, de Alejandro Dumas +(padre). + +Vivir mecido en una suave idealidad es lo mejor que el artista puede +hacer. La imaginación es la maga que trasforma el mundo y lo embellece. +Pero debe cuidar al mismo tiempo de bañarse á menudo en la realidad, de +acercarse á cada instante á la tierra: cada vez que toque en ella +sacará, como el gigante Anteo, nuevas fuerzas. El hecho tiene un valor +inapreciable que en vano se buscará en las fuerzas de nuestro espíritu. +Todas las abstracciones desaparecen ante él: él es el verdadero +revelador de la esencia de las cosas, no los conceptos que nuestra razón +extrae de ellas: á él hay que acudir en última instancia para fundar +todos los juicios y recrearse con cualquier belleza. Aplaudo, pues, sin +reserva ese respeto que los buenos novelistas modernos sienten por la +verdad y el cuidado con que evitan el falsearla, aunque sea en los +ínfimos pormenores. Pero creo al mismo tiempo que se concede exagerada +importancia á la exactitud de lo que pudiéramos llamar, á ejemplo de los +pintores, accesorios. No hay que olvidarse de que la verdad moral, la +del sentimiento, la del carácter, es la que se halla plenamente en los +dominios del poeta, y su responsabilidad principal estriba en el uso que +haga de ella. Antiguamente los novelistas tenían licencia para lanzar +toda clase de disparates científicos ó históricos. Se exige hoy, con +razón, que sea instruído y se ajuste á las verdades descubiertas. Pero +hemos pasado á la exageración contraria: con el más insignificante +error, no sólo físico, histórico ó matemáticas, sino de indumentaria ó +arqueología, se nos da en rostro como si fuera un crimen. Se nos pide +que seamos una enciclopedia viva. Por eso muchos escritores que conocen +las manías de la crítica y se esfuerzan en darle gusto, no sólo se +guardan de estos errores, sino que cada vez que tocan algún punto de +política ó administración, de artes, oficios ó modas, endilgan +verdaderos y sapientísimos cursos acerca de ellos. El lector bosteza, +pero ¿qué importa, si el crítico se extasía y se encara con la plebe +ignorante que no sabe divertirse? Sin embargo, piensen estos señores lo +que quieran, la exactitud no es la primera obligación del artista, sino +la de hacer sentir la belleza. Homero no deja de ser el más grande poeta +porque pensase que el río Océano rodeaba á la tierra. + +Este deseo anhelante de escrupulosidad que apruebo en principio ha +engendrado la necesidad de buscar modelo para todo lo que se está +ejecutando. Los pintores no dan una pincelada ni los escultores ponen +los dedos sobre el barro sin tener el modelo delante. A su ejemplo, los +novelistas modernos llevan en el bolsillo una cartera para apuntar +cuanto ven y oyen. A todos les parece el colmo de lo absurdo trabajar de +memoria. Y, sin embargo, entre los grandes artistas de los pasados +siglos esto era lo corriente. Rubens no pudo haber tenido modelos para +los millares de figuras que ha pintado. La prueba de que pintaba de +memoria hasta los paisajes es que existe uno suyo en el cual la luz +procede de dos sitios contrarios, lo cual es absurdo. Y sin embargo, el +paisaje es bellísimo. Ni Shakspeare, ni Molière, ni Balzac han +presenciado las escenas que trazan ni conocido los caracteres que +estudian. Schiller confiesa que, dada su vida retirada y trabajosa, +tenía muy pocas ocasiones de observar á los hombres. El modelo será, +pues, necesario, pero confesemos que es signo de impotencia. El pintor, +cuando se llama Rubens, Vinci ó Tiziano, lleva impresa en su cerebro la +naturaleza; le basta haber visto un objeto para poder trazarlo con mano +segura, aunque el tiempo y la distancia se lo oculten. El poeta no +necesita siquiera esta visión. Lleva en sí mismo el alma entera de la +humanidad y un leve signo le basta para adivinar la de cualquier hombre. +En él y en el santo es donde mejor se expresa la profunda identidad de +los seres; por eso ambos conocen intuitiva, directamente, sin necesidad +de experiencia, el corazón de los hombres. «Me ocultáis faltas muy +graves--decía San Juan de la Cruz á sus oyentes.--¿Ignoráis que vuestras +almas forman parte de la mía? Vosotros y yo somos seres distintos en el +mundo: en Dios, nuestro origen común, somos un solo ser y vivimos de una +misma vida.» + +Para aquellos novelistas en quien la imaginación no ha llegado á tal +grado supremo de viveza que permita escribir sin la observación atenta +de todos los días, el modelo, el dato real es de absoluta necesidad: +pero como ayuda poderosa para su fantasía, me atrevo á aconsejar el +estudio no práctico, sino contemplativo de las artes plásticas. El +novelista debe frecuentar los museos de pintura y escultura para +acostumbrarse á escribir por medio de imágenes claras y precisas. Además +es una manera de contrarrestrar la funesta manía de los análisis +psicológicos, tan artificiosos como mentidos, que hoy nos domina. Ni +Cervantes, ni Shakspeare, ni Molière han necesitado tanta página larga y +nutrida para hacernos ver un carácter, para presentárnoslo vivo y +grabarlo profundamente en nuestra memoria. + +Es de justicia, sin embargo, manifestar que la novela moderna, si bien +ha tropezado en estos fastidiosos análisis que la afean, ha logrado +evitar un escollo en que á menudo se estrellaban los antiguos maestros, +y es el de las _reflexiones_. No hay nada más perjudicial á la belleza +de una novela que esa filosofía vulgar, cuando no pueril, con que muchos +novelistas sazonaban sus producciones. El interpretar á cada paso el +oculto sentido de los sucesos que se narran y desentrañar su +significación es insoportable y choca con los principios fundamentales +del arte. En la novela no es el autor quien debe hablar, sino los hechos +y los caracteres, y si alguna filosofía se desprende de ella, que el +lector la saque por sí mismo. No fiarse de su penetración y dársela +cocida y caliente, como hace Balzac, por ejemplo, es afear las novelas y +exponerse además á que un crítico haya dicho con razón que su filosofía +es la de un viajante de comercio. + +Otro mérito grande de la moderna escuela naturalista es, á mi ver, la +importancia que concede á la descripción de la naturaleza, anudando de +este modo el lazo entre el hombre y el mundo exterior, roto durante +tanto tiempo en la literatura. Desde los poemas indios y griegos no se +ha cantado con tanto entusiasmo la belleza objetiva, no se ha pintado el +paisaje con la palabra de un modo tan perfecto como lo hacen hoy los +naturalistas franceses. Han adquirido tal maestría en este género, su +idioma claro y flexible les ofrece tanto recurso, que parece ya +imposible alcanzar una visión más viva y penetrante del mundo que nos +rodea. No se pueden leer las novelas de Flaubert, sobre todo, sin +sentirse subyugado por aquella dicción pura y pintoresca que hace surgir +ante nuestra vista tanta imagen graciosa, tanto cuadro brillante. Sin +embargo, se ha abusado de esta cualidad feliz. Los discípulos de aquel +maestro han llevado su amor por la descripción á tal extremo que los +caracteres y las situaciones apenas pueden verse entre su espeso +follaje. Todas las artes tienen límites trazados por su misma +naturaleza. Cuando se pretende modificar ó ensanchar estos límites, +viene su ruina. El abuso de la descripción en las obras literarias +significa una intrusión de la pintura en los dominios de la poesía. +Nadie ignora lo nocivo que es para las artes estas intrusiones de unas +en otras. Por violentar la escultura y obligarla á expresar lo mismo que +la pintura, se la ha desnaturalizado en los tiempos modernos. Por +obligar á la música á expresar ideas concretas que sólo está reservado +para la poesía, presenciamos con dolor su decadencia. Hay que temer que +la preocupación de _los fondos_ no produzca al cabo también una +literatura débil y amanerada, como ha sucedido en la pintura. +Actualmente en ésta se representan de un modo maravilloso los +pormenores, ropajes, muebles, etc. En cambio, no hay quien pinte bien +las carnes. Los grandes maestros, como Rembrandt, Franz-Hals, Velázquez, +Tiziano, por el contrario, eran sobrios en las ropas y demás accesorios, +y con centraban su atención y sus facultades en aquéllas. Además, la +descripción exagerada significa un predominio de la sensualidad, ó sea +del elemento fisiológico en la poesía, lo mismo que el abuso de la +armonía en la música. Las descripciones brillantes de los naturalistas +lisonjean la imaginación, facilitándole el trabajo, pero sus novelas +rara vez dejan una impresión honda en el espíritu. De igual modo las +sonoridades exquisitas de Wagner y su escuela deleitan el oído, pero no +sacuden nuestra alma como la voz elocuente de Beethoven ni la hacen +pasar alternativamente de la tristeza á la alegría como la musa +encantadora de Haydn. + +Para hallar una armonía perfecta entre el fondo y las figuras y en +general entre todos los elementos de la composición es preciso acudir á +los griegos. Sólo ellos han poseído el secreto de producir todas las +bellezas sin dañarse unas á otras, de mostrar la mayor riqueza unida á +la mayor sobriedad, de representar en el arte las profundas armonías que +existen en el mundo real. Lo poco que nos ha llegado de ellos en el +género novelesco es de tan sólido valor como su arquitectura, su +escultura y su tragedia y comedia. Nada hay comparable á la célebre +novela de Longo _Dafnis y Cloe_. En ella pueden verse reunidas todas las +perfecciones del género. Una fábula sencilla, interesante; caracteres +observados con delicadeza y presentados sin artificio; pinturas +exquisitas de la naturaleza; descripciones vivas de las costumbres; un +estilo noble y trasparente. Todo forma en esta admirable creación un +conjunto armónico de encanto irresistible. Cada palabra es una +pincelada, cada oración una imagen, cada página un cuadro brillante que +no se borra jamás de la imaginación. ¡Qué vena, de fácil inspiración +corre por toda ella! ¡Qué frescura y sobriedad en las descripciones! +¡Que naturalidad en la dicción! ¡Cuán lejos nos hallamos del énfasis +moderno! Yo no aspiro á otra gloria en mi arte que á la de llamarme +humilde discípulo de esta obra inmortal. + +Quizá parezca ridícula esta aspiración á la crítica moderna ó la juzgue +como una extravagancia. Es posible que las reflexiones que anteceden se +consideren como la expresión de un espíritu incapaz de apreciar ni +comprender siquiera el primor, la pompa, el pensamiento profundo y la +fuerza de la novela contemporánea. Sé que mis humildes observaciones en +nada influirán para modificar el gusto dominante. Nada de esto me +mortifica; primero, porque nunca he aspirado á ejercer el menor influjo +sobre mi época, y segundo, porque para cambiar mis opiniones sería +preciso que se cambiase mi naturaleza, lo que es imposible. Pero nadie +debe extrañar que allá en mis horas de sueño imagine que dentro de +algunos años la Europa, fatigada de tanta exageración, tanta deformidad, +tanta mentida originalidad, volverá sedienta á beber el agua cristalina +del arte heleno. Entonces nuestros alardes de fuerza serán tenidos por +espasmos de un sistema nervioso debilitado, se dirá que nos placíamos en +las pinturas de las enfermedades físicas y morales porque estábamos +enfermos de alma y de cuerpo, que nos sentíamos atraídos hacia lo +deforme y monstruoso porque deforme era nuestro desenvolvimiento, y +amábamos la paradoja porque nuestro ser era paradójico. Y dejando los +sendas tortuosas por donde caminan y abandonando los altares de las +Furias donde ahora sacrifican, los artistas futuros marcharán al cabo +por la vía de la moderación, signo de la fuerza, á depositar los frutos +de su ingenio á los pies de las Gracias. ¡Feliz yo si el cielo me +concede larga vida para ver, aunque sea de lejos, la tierra prometida! +Si así no fuere, todavía me consuela la idea de que alguno habrá que al +leer estos pobres renglones aprobará su espíritu y me otorgará su +simpatía. A ese lector benévolo, después de saludarle cordialmente, le +diré como el sabio Yâjñavalkya á Artabhâga, en el _Brâhmana de los cien +senderos_: «Dame tu mano, amigo; este conocimiento no está hecho más que +para nosotros dos». + + + + +I + +El viajero. + + +Sucedía esto allá en Cádiz, en una taberna del Campo del Sur, no lejos +de Capuchinos, frente al mar Océano. + +Para entrar en la tienda era menester subir tres escalones. Cerca de la +entrada, á mano izquierda, estaba el mostrador: detrás de él la gran +estantería repleta de botellas. Á un lado toneles y barriles y terciados +sobre éstos varios zaques de vino. En el fondo tres aposentos separados +por sendos tableros pintados de amarillo que no llegaban al suelo. Había +gente bulliciosa en estos cuartos: escuchábase rumor de plática alegre y +chasquido de vasos. + +La tienda estaba sola, débilmente esclarecida por una lámpara de +petróleo colgada sobre el mostrador. Sentada detrás de éste y haciendo +calceta se hallaba la tabernera, cuyos ojos grandes, negros, +aterciopelados, no se apartaban de la puerta explorando tenazmente las +tinieblas de la calle. Era una espléndida andaluza de carnes opulentas, +blancas, sonrosadas, de negra y ondeada cabellera y expresión grave y +melancólica, como la de las mujeres árabes. Por la amplitud de sus +formas parecía mujer de treinta años; pero examinando su rostro de cerca +observábase en él la frescura y trasparencia de la infancia. Debía de +ser mucho más joven de lo que aparentaba. Vestía traje sencillo de +percal azul con pañuelo negro de seda anudado á la espalda, los cabellos +sencilla y graciosamente peinados, los brazos un poco más fuertes y +macizos de lo que exigiría un escultor, pero blancos é incitantes de +todos modos, remangados hasta más arriba del codo; la fresca, mantecosa +garganta al aire también. Las líneas suaves de su rostro ovalado, la +pureza de su perfil acusaban alma sencilla y bondadosa; pero en el mirar +fijo de sus ojos profundos había señales evidentes de un carácter +pertinaz. No eran duros aquellos ojos, pero les faltaba poco. + +Un caballero subió rápidamente las escaleras y entró en la tienda. Era +un mozo corpulento, de fisonomía dulce y simpática, sobre cuyo labio +superior apenas se distinguía leve bozo rubio. + +--¡Soleá!--exclamó al entrar, con visible y placentera emoción +extendiendo sus manos á la tabernera. + +Ésta se alzó de la silla y le miró un instante con más sorpresa que +alegría. Era casi tan alta como él y casi tan corpulenta. + +--¡Manolo!--dijo al fin bastante fríamente.--¿De dónde sales? + +--¿De dónde salgo?... Pues del tren, y antes de una fementida tartana +que me ha desparramao los huesos por el cuerpo... Pero choca, criatura. +¿Es que no quieres darme la mano?--añadió poniéndose serio +repentinamente. + +--¿Por qué no?--dijo ella extendiendo su mano regordeta por encima del +mostrador. + +Manolo la estrechó con fuerza entre las suyas y la retuvo, mirando á la +joven en silencio con intensa expresión de cariño. Ella apartó los ojos +con señales de malestar y dijo afectando indiferencia: + +--¿Y qué dejas por Medina, niño? + +Al mismo tiempo tiró suavemente de su mano. Manolo, sin soltarla, +profirió en voz baja con acento apasionado: + +--Déjamela siquiera un minuto. ¡Cinco meses hace ya que no la toco! + +--¡Un siglo!--exclamó la tabernera con sonrisa apenas perceptible, +echando al mismo tiempo una mirada recelosa á la puerta. + +Manolo advirtió esta mirada y, soltando bruscamente la mano, preguntó: + +--¿Y Velázquez? + +--Tan bueno--respondió poniéndose levemente colorada. + +--¿Está fuera? + +--Sí, después de almorzar ha salido y aún no ha vuelto. + +El joven se sentó en una silla que había delante del mostrador, apoyó el +codo sobre éste y con la mano en la mejilla quedó sombrío y silencioso. +Soledad, al cabo de un rato, le preguntó con amabilidad: + +--¿Hace mucho tiempo que no has visto á mi madre? + +--No la he visto hace un siglo... ¡ni ganas!--respondió con reprimido +acento de cólera, puestos los ojos en el techo. + +Soledad le contempló fija y severamente largo rato; luego, alzando los +hombros, hizo una leve mueca de desdén. Manolo adivinó esta mueca sin +verla y volviendo su rostro turbado: + +--Dispensa, hija; no puedo remediarlo... Tu madre me ha hecho mucho +daño. + +--¡Qué niño eres, Manolo! La pobrecita de mi madre no se ha metido en +nada. Si hay en lo que ha pasado alguna culpa, toda es mía; no se la +eches á nadie. + +--¡Está bien!--exclamó el joven con sonrisa triste.--¡Ni siquiera me +quieres dejar esa ilusión! + +La tabernera iba á contestar, movió los labios para hacerlo, pero se +contuvo; hizo un gesto de indiferencia y guardó silencio. Manolo volvió +á su actitud sombría. Al cabo de un rato profirió secamente: + +--Dame un _medio_. + +La tabernera dejó la media sobre el mostrador, se levantó en silencio y +después de sacar un vaso y fregarlo reposadamente en la pileta, lo llenó +de manzanilla. Manolo lo apuró casi de un tope. Soledad le clavó los +ojos con curiosidad un instante y volvió á sentarse. + +Aumentaba el bullicio en los cuartos. Escucháronse las notas dulces de +la guitarra y poco después llegó á sus oídos una _soleá_ entonada á +media voz por un hombre. + +--¿Quién está ahí?--preguntó Manolo. + +--Los de siempre. + +--¿Y quiénes son los de siempre? + +--Pues la reunión; ¿no los conoces? Pepe de Chiclana, María-Manuela, +Paca la de la Parra, Antonio, Frasquito y su tío el señor Rafael. + +--¿Y en el otro cuarto? + +--Marchantes que juegan al rentoy. + +Hubo una pausa y Manolo volvió á decir: + +--Dame otro _medio_. + +Con la misma calma y silencio, Soledad se levantó de nuevo y escanció +otro vaso, que el joven apuró instantáneamente. + +--La noche en que murió tu padre--profirió al cabo de largo silencio con +voz poco segura--fuí á despertar á mi pobre madre, que ya dormía; me +senté á su cabecera y llorando como un niño le pinté vuestra situación, +le puse delante el cuadro terrible que acababa de presenciar. ¡Qué +cosas le diría que al poco rato vi rasados sus ojos con lágrimas!... +Aprovechando aquel momento de blandura me puse de rodillas y le +dije:--¡Por Dios, mamá, por los dolores que has pasado para echarme al +mundo, no te opongas más tiempo á mi matrimonio!... Y aquella mujer tan +orgullosa me besó en la frente y me dijo al oído: «Tráela cuando quieras +á casa, hijo mío». Me fuí tambaleando á la cama como un beodo y no pude +dormir. Cuando tuve ocasión para comunicarte la noticia, vi tu semblante +alterado y huiste á ocultarte en tu cuarto. Pensé que la emoción te +ahogaba, cuando era el remordimiento... + +Soledad hizo un gesto de impaciencia. + +--¡Quién se acuerda ya de esas historias, Manolo! Tú y yo no habíamos +nacido el uno para el otro. + +--Cuando volvíamos del entierro--prosiguió el joven como si no hubiese +oído--me emparejé con Velázquez, hablamos de vuestra situación, le di +las gracias por lo que había hecho, considerándome ya de la familia, y +le dije mi proyecto, mejor dicho, mis proyectos, porque le abrí el +corazón por completo y le enteré de todos los pormenores de nuestro +noviazgo. Él aprobaba con la cabeza á todo lo que yo decía, elogiaba mi +conducta y hacía votos por mi felicidad, sonriendo... ¡Sí! le vi sonreir +dos ó tres veces... ¡Qué papel me has hecho representar, Soleá! + +Esta bajó la cabeza balbuciendo ruborizada: + +--No te acuerdes más de eso. + +--No lo traigo á la memoria para echártelo en cara. Lo hago únicamente +para que me perdones lo que he dicho al hablar de tu madre. Aunque me +jures lo contrario, seguiré creyendo que ha tenido la mayor parte de la +culpa. + +--Te engañas. Mi madre no ha hecho más que mostrarse agradecida á los +favores que ese hombre nos hizo... Lo demás lo hizo Dios ó el diablo... + +--El diablo seguramente, porque me han dicho que te hace muy +desgraciada. + +--¡Falso!--profirió la joven vivamente.--Me hace la mujer más feliz de +la tierra. + +Manolo cerró los ojos y ahogó un suspiro, ocultando un momento la cara +entre las manos. Luego dijo esforzándose por sonreir: + +--Me alegro, me alegro con toda mi alma. Sería un villano si otra cosa +hiciese. Porque yo, al fin, te ofrecía una posición honrosa en el mundo, +mientras él te ha colocado en una situación bien triste... + +--Pero si yo me alegro de esa situación--interrumpió Soledad con tonillo +colérico. + +--¡Lo sé! ¡lo sé!... No te esfuerces en convencerme--respondió él con +amargura.--Sólo hago constar un hecho. Eres terca, caprichosa y un poco +egoistilla; pero así y todo no mereces que te hagan desgraciada. Con +todos esos defectos te haces, sin embargo, querer. ¿Sabes por qué?... +Por la inocencia... Eres una niña. Tu terquedad, tus caprichos y hasta +tu egoísmo, en vez de inspirar repugnancia, hacen sonreir. Me has hecho +traición, me clavaste el puñal en el pecho y le has dado vueltas cuando +estaba dentro. Pues no te guardo rencor: me has martirizado como los +chicos martirizan á los pájaros, sin saber lo que hacen... Cuando llegó +á mis oídos que no te trataba bien, que te hacía desprecios delante de +la gente, me puse enfermo de rabia, como si fueses cosa propia, como si +jamás me hubieses hecho nada malo. Á pesar de mi resentimiento fuí á ver +á tu madre y por desgracia ésta me confirmó en lo que había oído... + +--¡Qué sabe mi madre lo que dice!--exclamó la joven con creciente +irritación. + +--Sí; he podido averiguar que no sólo te hacía desprecios, sino que ha +llegado á levantarte la mano... + +--¿Ha dicho mi madre eso?--preguntó ella vivamente con el semblante +demudado. + +--No, no--se apresuró á responder el joven.--No te dispares, niña. Tu +madre sólo me ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores los he sabido +por gente de Medina que ha estado aquí. + +--¡Bah!--exclamó ella con una mueca de desprecio.--¡Quién ataja las +malas lenguas!... ¿Sabes lo que es eso, querido?--añadió inclinándose +hacia él y dejando la calceta sobre el mostrador.--Pues es que hay +muchas en Medina á quienes la envidia les come las entrañas. + +Manolo la miró fijamente con sorpresa. Luego, sonriendo dijo: + +--¡Qué engreída estás, Soleá! + +Ésta se ruborizó y volvió á coger la calceta. + +--No es nuevo, en ti eso--siguió él.--Lo mismo con amigas que con +novios, siempre has sido propensa á los engreimientos repentinos... Á mí +también me ha tocado mi cachito, ¿verdad?... Pero el de ahora va durando +demasiado... + +Soledad guardó silencio. Él también calló. Largo rato escucharon +distraídos, melancólicos, los acordes de la guitarra. Cuanto se hablaba +en el cuarto de la reunión llegaba á sus oídos. Las bromas +desvergonzadas y los dichos agudos con que los alegres compadres +entreveraban las coplas, en vez de hacerles reir, les iba poniendo á +cada instante más serios y reflexivos. Soledad no apartaba los ojos de +los puntos de la calceta. Manolo, con la cabeza echada hacia atrás, los +tenía puestos en el techo. Al fin, haciendo un esfuerzo para sacudir el +letargo y cambiando de postura, dijo resueltamente: + +--Échame vino, que me voy. + +La tabernera cumplió la orden con igual silencio. Manolo apuró el vaso, +como lo había hecho antes, y puso una moneda sobre el mostrador. Soledad +abrió el cajón, sacó la vuelta y la colocó á su lado. + +--Está bien--dijo metiéndola en el bolsillo.--Me voy, hija mía, que me +esperan. + +Hizo ademán de levantarse; se inclinó hacia Soledad. + +--Hasta la vista, gitana. ¿No me das la mano? + +Y así que la tuvo cogida manifestó riendo: + +--Dispensa, querida, la matraca que te he dado. Alguna que otra vez me +suelen atacar estos arrechuchos y entonces me pongo insoportable, lo +conozco; pero en seguidita me pasan y entonces no soy mal chico, +¿verdad, tú? Lo único que te pido es que sueltes á escape esa cara de +regidor ofendido y no me la vuelvas á enseñar en la vida. Ríete, lucero, +que cuando tú te ríes me alumbra el sol á la medianoche. Y si otra vez +me pongo guasón, como hace poco, me dices: «Manolo, cierra el pico y +déjame el alma quieta», ó si tú quieres, hija de mi alma, me das un lapo +con esta mano rica que beso con tu permiso... y con el del dueño del +establecimiento. + +Y estampó en ella, efectivamente, tres ó cuatro besos. Soledad la retiró +riendo. + +--¡Siempre el mismo! + +--¡Eso es! ¡Siempre el mismo!--repuso él levantándose.--¡Siempre +queriéndote como un babieca! ¡Para mí, criatura, eres y serás la Virgen +del Carmen y la Santísima Trinidad y el copón y la hostia!... + +--¡Calla, Manolo, calla! Habrá que mandarte á la _miga_. + +--¡Si fueras tú la maestra!... Adiós, gachona. Soy tu amigo hasta la +muerte. ¿Verdad que soy tu amigo? ¿Verdad que lo soy?... Dí que sí, +manteca de oro... Hasta la vista, ¿eh? ¡Muchos, muchos, muchos besos! Y +á Velázquez... á Velázquez que se lo coman los lobos--añadió soltando +la carcajada y saliendo por la puerta como un huracán. + +Al poner el pie en la calle, aquel relámpago de alegría ficticia se +apagó repentinamente. El alma del viajero quedó negra como la noche. +Atravesó el paseo lentamente, apoyó ambos codos en el pretil de la +muralla y contempló con ojos extáticos la inmensidad del mar. La bóveda +del cielo alta y tachonada de estrellas se hundía en las tinieblas del +horizonte. Debajo de ella, las olas inmóviles se extendían como una masa +opaca donde sólo de vez en cuando brillaba la tenue luz fugitiva de un +astro. La brisa húmeda trajo á su nariz los acres olores marinos. +Permaneció así largo rato, abstraído, enteramente emboscado en las +memorias de otros días. Al cabo sacó el pañuelo para secar sus ojos que +la frescura de la brisa, sin duda, había mojado, y murmuró con su +habitual sonrisa bondadosa: + +--¡Pensé que estaba curado! ¡Buen chasco! + +Y se dispuso á retirarse. Pero cuando hubo avanzado un poco sintió los +pasos de un hombre que venía. Retrocedió nuevamente hasta el pretil para +ocultarse en la oscuridad. Al llegar cerca del farol, lo conoció. El +hombre se detuvo delante de la tienda, subió resueltamente los escalones +y entró en ella. El rostro del joven viajero se contrajo fuertemente. +Miró un instante con fijeza á la puerta iluminada y se alejó á paso +largo. + + + + +II + +Los majos. + + +Los grandes ojos negros de la tabernera brillaron. + +--¡Cuánto has tardado!--exclamó levantándose. + +Sin contestar despojóse el hombre de su capa y se la entregó diciendo: + +--Límpiala, que el señor de Roda me la ha llenado de vino. + +Tendría treinta y cuatro ó treinta y seis años; bajito, menudo, moreno, +con barba negra sedosa, las facciones correctas, los ojos negros de una +expresión resuelta y altiva. Había en su rostro atractivo. La figura, +aunque exigua, proporcionada, y denotaba agilidad y brío. Vestía +chaqueta corta, sombrero cordobés de alas rectas, pantalón ceñido, faja +de seda encarnada y camisa bordada con botones de diamantes: todo rico +y esmerado, y mostrando no sólo un hombre bien acomodado, sino cuidadoso +de su persona y quizá un poquito pagado de ella. + +--¿Y Joselillo?--preguntó. + +--Pues se fué hace ya bastante rato por unos frascos de ginebra y aún no +ha venido. + +--¡Valiente niño! Me parece que esta noche le voy á mandar calentito á +la cama... Ya van muchas. + +Soledad se había acercado á él y daba vueltas en torno suyo, +contemplándole con ojos amorosos, examinando minuciosamente el estado de +su traje, quitándole el polvo con leves palmaditas. + +--¿Has caminado mucho? + +--Por toas las vereas del universo mundo me ha llevao hoy ese guasón. ¿Y +too pa qué? Pa ver una huerta con algunos árboles tísicos allá donde +Cristo dió las tres voces... ¿Ha venido Espinosa? + +--No; ahí no están más que Antonio, Pepe, Frasquito y su tío... ¡Ah! +también acaba de salir Manolo, pero no ha estado en la reunión. + +--¿Qué Manolo? + +--Manolo Uceda--repuso ella ruborizándose. + +Velázquez frunció levemente el entrecejo, y la miró fijamente. Su rostro +adquirió luego una expresión de burla. + +--Supongo que te habrá cantado alguna trova nueva y divertida. + +--Ni nueva ni divertida. Me ha cantado lo de siempre... Pero me ha +prometido no darme más jaqueca. + +--¡Déjalo, hija mía!--exclamó haciendo un gesto desdeñoso.--Déjalo que +se desahogue... ¡Si á mí no me importa! + +--Es que, si no te importa á ti, me importa á mí--manifestó ella +secamente, herida por aquel gesto. + +--¡Allá tú!--repuso el guapo, disponiéndose á entrar en el cuarto de la +reunión. + +Soledad le dejó partir mirándole fijamente, pero antes de llegar á la +puerta le llamó: + +--¡Velázquez! + +--¿Qué hay?--preguntó él volviendo la cabeza. + +--Ven. + +El dueño se acercó. + +--¿Qué se ofrece? + +Soledad le cogió de la mano, le condujo suavemente hasta el ángulo más +oscuro de la tienda y, echándole los brazos al cuello, le dijo: + +--Se me ofrece esto.--Y al mismo tiempo cubrió de apasionados besos su +rostro. + +El guapo se dejó besar con condescendencia. + +--Basta, basta--dijo al cabo apartándola suavemente.--¡Que me vas á +gastar la figura, hija mía!... Ya ves, soy poco y me vas á dejar en +ná--añadió riendo. + +--Para mí lo eres todo, la ciudad de Cádiz, el Puerto, San Fernando y el +arsenal no valen lo que este bigotito negro tan suave como la seda. + +Y se lo atusaba con la punta de los dedos, clavándole al mismo tiempo +una mirada de adoración infinita. + +--¡Quita allá, zalamera!--repuso él dándole una palmadita afectuosa en +la cara y apartándose. + +--No entres todavía--respondió ella tirándole de la manga de la +chaqueta. + +--¿Va á ser todo ahora? ¡Deja algo para luego! + +Y con una leve sacudida se zafó, empujó la puerta y entró en el pequeño +compartimento. Ella, después de permanecer un instante inmóvil, fué á +sentarse detrás del mostrador, cogiendo de nuevo la calceta. + +--¡Ole por el patrón de la barca!--gritó uno dentro. + +--Á la paz de Dios, señores--dijo Velázquez sentándose en la silla que +le ofrecían. + +--¿Y de dónde viene el hombre á estas horas?--preguntó una joven morena, +de facciones abultadas, graciosa y ruda á la vez. + +--De la calle. + +--¿De veras, chiquillo? + +--De veras, María-Manuela. + +--Toma una caña por la gracia. + +--Venga la caña. + +Velázquez echó al aire el contenido, lo recogió con singular destreza y +lo vació después en la boca sin perder una gota. + +--¡Eso sabrás tú hacer, desaborío!--exclamó María-Manuela. + +--En mis buenos tiempos sabía algunas cosas más--manifestó el majo +limpiándose con calma los labios. + +--Pronto has venido á menos. + +--Qué quieres, hija; si hubiera llevado tan buena vida como Antonio, +estaría mejor conservado. + +Todos los rostros se volvieron sonriendo hacia el aludido. Éste era un +hombre joven aún, pero en el cual la vida crapulosa había dejado tales +huellas que se le tomara por viejo. El cuerpo flaco, el rostro manchado +con abundante cosecha de granos, el pelo ralo y las cejas lo mismo. Sin +turbarse poco ni mucho con las miradas de la reunión, dijo gravemente +tomando una caña: + +--Yo siempre fresco como una rosa. ¡Buena suerte tendrá la que goce de +la flor de mi juventud! + +--¿Qué dices á eso, María-Manuela?--preguntó riendo el señor Rafael. + +--Que tiene muchísima razón. Yo jamás he conocido su juventud. + +--María-Manuela y yo--manifestó con la misma gravedad Antonio--nos +hallamos en los primeros tiempos del amor en que se goza con una nada, +en que cualquier friolerilla le levanta á uno hasta el cielo y le hace +soñar toda la noche. Hasta hace dos meses no me atreví á decirle que la +quería sino con los ojos; ya lo habrán ustedes notado. El viernes +pasado me dió un rizo de pelo. Pensé que me volvía loco de alegría... +Fué la tarde en que les pagué á ustedes la merienda y unas cuantas +botellas de amontillado... + +--¡Mentira! ¡mentira!--gritaron todos á un tiempo.--¡No has pagado nada! + +--¿No?... Pues juraría... Pero, en fin, lo mismo da. De todos modos, yo +estaba muy alegre aquella tarde, y si hubiera tenido ganas de pagarlas y +dinero, seguramente las hubiera pagado. No hay momentos más felices que +estos en que el hombre todavía no ha perdido la timidez. No me da +vergüenza confesarlo. Ayer me concedió por primera vez María-Manuela un +beso. + +--¡Oooooh! ¡Uuuuh!--rugieron los alegres compadres. + +--¡No hay que asustarse, señores! Fué en la mano solamente. Pero, así y +todo, cuando se lo di, faltó poco para desmayarme. No sé qué influencia +misteriosa ejerce sobre mí esa mujer, que el contacto de un dedo suyo me +hace temblar. + +--Oye tú, guasón--interrumpió María-Manuela con acento +irritado,--¿quieres callarte ya ó te estrello este vaso en las narices? + +Antonio se detuvo, paseó una mirada en torno y dijo bajando la voz: + +--Ya lo ven ustedes, sólo la idea de que se sepa que le he besado la +mano pone fuera de sí á la pobrecilla. + +--¡Aguarda, arrastrao!--exclamó exasperada la morena abalanzándose á él. + +--¡Socorro!--gritó Antonio haciendo ademán de meterse debajo de la mesa. + +Entre Velázquez y Frasquito la sujetaron. No pudiendo echarle mano, +volvió á sentarse y desahogó su cólera en un torrente de palabras feas y +maldiciones que al cabo concluyeron por alterar los nervios de la otra +mujer que allí había. + +Era una muchacha de pocas carnes, morena también, de nariz un poco +larga, boca pequeña, ojos negros expresivos y hermosa cabellera, cuyos +rizos le caían por la frente en gracioso desgaire. Á esto contribuía el +que la joven, ó por coquetería ó por distracción, no quitaba la mano de +ellos atusándolos, retorciéndolos, martirizándolos sin tregua, lo mismo +cuando hablaba que cuando escuchaba. Ambas cosas hacía con rara +perfección. Cuando guardaba silencio parecía la estatua de la atención. +Con la cabeza echada hacia atrás, paseaba sus ojos vivos de uno á otro +interlocutor absorbiendo sus palabras, su actitud y sus gestos como si +se tratase de fijarlos en la memoria para siempre. Cuando hablaba, sus +palabras fluían de la boca raudas, interminables, con un dulce acento +persuasivo que cautivaba y adormecía. El gracioso dejo de su charla +andaluza realzado por una voz melodiosa como pocas obligaba á escuchar +con placer las mil sentencias y graves consideraciones en que abundaba +su discurso. Porque Paca la de la Parra (así llamada á causa de una muy +frondosa que había en la casa donde su madre dirigía un establecimiento +de bebidas) no sólo presumía de elevados sentimientos, de gustos +exquisitos, sino de una madurez de juicio superior á la de los sabios de +su tiempo. Por lo cual vivía en el fondo de su alma apartada del mundo +plebeyo que la rodeaba. Encastillada en su grandeza intelectual y +sentimental, contemplaba con benignidad de ordinario, la ruindad de sus +compañeras, y dejaba pasar sin correctivo sus palabras soeces. Pero en +ocasiones como ahora, en que por causas desconocidas se hallaba un poco +nerviosa, no podía menos de atajarlas. + +--Vamos, hija, cállate ya, que tienes una lengua más susia que la de lo +tío de la Caleta. + +María-Manuela quedó suspensa un instante, pero, revolviéndose colérica +en seguida, exclamó: + +--¡Adiós, infanta! Perdone usía que le haya lastimao las orejas. ¿Quiere +usía que hable por lo _finitico?_ ¿Quiere usía un poquito de agua para +quitarse el susto? + +Paca alzó los hombros con ademán de lástima. + +--¡Siempre has de tomar el rábano por las hojas, mujer! No te he mandado +callar por ofenderte, sino por evitar que piensen de ti lo que no +mereces. La mujer que se pasa la vida diciendo malas expresiones +demuestra que no ha tenido principios, y tú los tienes como los tengo +yo y los tiene toda persona regular que haya tenido crianza. Deja esas +palabras á los hombres, que para ellos se hicieron, y habla bien, que el +hablar bien no cuesta trabajo. + +--Mira, Paca, ¿sabes lo que te digo?--profirió María-Manuela afianzando +ambas manos sobre la mesa y encarándose con su amiga.--Que no rajes +tanto y me dejes el alma quieta, ¿estamos? + +--Te lo digo, querida, porque tienes principios... + +--Pues se me orviaron... ¡Ea ya!... ¿qué hay? + +--Eso importa na. Lo peor es que á Joseliyo se le orvió traernos unas +aceitunitas ó unas ruedas de chorizo--apuntó con calma Pepe de Chiclana. + +Los compadres rieron. + +--¡Ole por Pepe! + +--¡Lo mejor que se ha dicho en la tienda desde su fundación! + +Pepe de Chiclana, marido de Paca la de la Parra, era un hombre de seis +pies de alto, gordo en proporción, de cuarenta años de edad, cara +redonda, ojos pequeños carnosos, pesado y tardo en sus movimientos como +en sus palabras. Formaba vivo contraste con su exquisita esposa, toda +delicadeza y elocuencia, tan distinguida, tan razonable, tan afluente. +Mas, con existir entre ellos tal desigualdad de humores, vivían en +profunda paz. Pepe adoraba el talento de su mujer, se postraba ante él +rindiéndole homenaje en cuantas ocasiones se ofrecían. Cuando Paca +hablaba, Pepe la escuchaba con la boca abierta pendiente de sus labios +como de un oráculo, obligando á callar á los que pretendían +interrumpirla, dirigiéndoles á menudo guiños expresivos ó diciendo por +lo bajo: «¡Qué pico! ¿eh?... ¡Atiende al golpe!...» Paca no despreciaba +por eso á su marido, como pudiera inferirse; al contrario, estimábalo +como hombre de inteligencia penetrante, ya que había penetrado todo el +mérito que ella poseía y seguía fielmente sus enseñanzas filosóficas. +Hasta le caían en gracia sus chistes insulsos y era la primera en +celebrarlos. Disfrutaba el matrimonio de posición desahogada. Pepe era +chalán, y vestía como tal la chaqueta corta, la faja y el sombrero de +anchas alas que caracteriza á los hombres de su clase. Paca gastaba +ricos mantones de Manila, pendientes de perlas y sortijas de diamantes. +Aquel matrimonio honrado, rico y pacífico se placía, no obstante, en +acudir todas las noches á una reunión de gente demasiado alegre y de +posición equívoca. + +Porque Antonio Robledo, administrador de una empresa de diligencias, no +estaba casado con María-Manuela, aunque hacía tres años que vivía +maritalmente con ella, y Velázquez, dueño del establecimiento, tampoco +lo estaba con Soledad. Pero Paca era hija de una tabernera, se había +criado entre el ruido y la alegría, y por más que la altivez de su +temperamento aristocrático la había preservado de los hábitos y las +palabras groseras, sus ojos y sus oídos se habían acostumbrado á la +algazara de estos sitios. Si por cualquier causa pasaba algunos días sin +ir á la reunión, sentía la nostalgia de ella, se ponía de mal humor. Su +marido, que la conocía bien, le decía: «¿No te parece que vayamos hoy á +_cañear_ un poquito á casa de Velázquez?» Ella se resistía, se quejaba +de fatiga, hablaba de los muchos quehaceres de la casa. Si el bueno de +Pepe se dejaba persuadir, ¡desgraciado de él! El humor de su cónyuge se +ennegrecía de tal modo que al día siguiente era imposible sufrirla. Pero +Pepe, aunque no muy avisado, como ya se ha dicho, había descubierto el +secreto y no cejaba en sus ruegos hasta que lograba sacarla de casa. +Paca salía como si la arrastrasen. Una vez fuera, mudábase al instante; +se mostraba viva y jovial y charlaba por los codos. + +Además, Paca tenía el secreto deseo de mostrar el poder de su elocuencia +persuadiendo á Velázquez á que se casase con Soledad. En cuanto á +Antonio y María-Manuela, lo había intentado en vano. Ésta era tan +cerrada de entendimiento, tan loca y desbocada que comprendía bien la +repugnancia de su amante á contraer con ella vínculos indisolubles. Lo +mismo uno que otro proyecto eran plausibles y demostraban que Paca se +proponía hacer buen uso de las grandes luces naturales con que la +Providencia se había dignado favorecerla. + +Poseía también una voz fresca y suavísima y cantaba y tocaba la guitarra +con tal primor que pocos la aventajaban en el reino de Andalucía. En +Cádiz era conocida y estimada por esta habilidad, aunque pocas veces se +lograba oirla desde que se había casado. Sólo entre amigos y después de +hacerse rogar tomaba entre las manos el guitarrillo y echaba al aire una +copla. Pero, aunque despreciando en la apariencia este arte secundario, +por tener la ambición puesta en el de Cicerón y Bossuet, todavía le +gustaba oir las palmadas, los _oles_ y los requiebros de sus amigos +cuando se decidía á complacerlos. + +Velázquez se había levantado y salió á la tienda. A los pocos momentos +volvió á entrar seguido de Joselillo, su criadito, quien soportaba una +gran batea con cañas de manzanilla y algunos platos con rajas de queso, +peje-reyes y camarones. + +--Esta convidada va por mí, señores.--dijo con su gravedad habitual. + +--Á tu salud y á la de la flamenca que está ahí fuera--respondió +Antoñico en voz alta y apurando una caña. + +--Gracias, Antonio, y de salud te sirva--respondió la tabernera, que +había oído el brindis. + +--Vive mil años, chiquita, que si tú cierras los ojos se queda Cádiz á +oscuras. + +--¡El equinocio, hija!--exclamó María-Manuela sin poder reprimir un +movimiento de celos.--Soleá, no cierres los ojos para que este borracho +pueda llegar á casa. + +--¿Tienes celos, María?--preguntó la tabernera. + +--¿Yo celos de este tío que ya no puede con la fe de bautismo en +papeles? ¡Sería trabajo! Llévatelo, hija, y ponlo en un cuarto seco para +que no se pudra. + +--Soleá, llévame y ponme donde te parezca. Verás si engordo á tu +_vera_--le gritó Antonio. + +--¿Y á mí, dónde quieres que me ponga entonces?--preguntó Velázquez +riendo. + +Pero, aunque lo dijo en voz más baja, llegó á los oídos de la tabernera, +que exclamó: + +--¡Á ti!... ¿Qué te importa á ti que yo te ponga en un sitio ó en otro? +Ya te cuidarías de escapar adonde te viniese bien. + +--Con esa verdad te ayude Dios, querida, que nunca jamás la has dicho +mayor--repuso Velázquez con tono fanfarrón y displicente. + +Soledad sintió el resquemor de estas palabras y guardó silencio. + +--Niño, tráete la mía--gritó reciamente el señor Rafael al criadillo. + +No tardó éste en presentarse con otra batea de cañas. + +El señor Rafael era un viejo de fuerte complexión, seco, moreno, con los +cabellos blancos, pero sin faltarle uno solo, vivo de ojos y suelto de +ademanes, como un chico de veinte años. Mucho más suelto y mucho más +vivo que su sobrino Frasquito, con el cual se acompañaba aquí y en +todas partes. No sólo se hallaban asociados en un establecimiento de +harinas y salvados que tenían en la calle de Horno Quemado, sino que +habitaban el mismo cuarto; y después de pasar juntos las horas de +trabajo, gustaban también de pasar las que dedicaban al recreo. Ambos +solteros y sin ninguna gana de cambiar de estado, aficionados á las +cañas y al bureo, aunque en este particular y en la esplendidez +característica que el vino andaluz despierta en los naturales, el viejo +sacaba mucha ventaja al joven. De aquí sus eternas y graciosas disputas +así que al señor Rafael se le encaramaba un poco el manzanilla en la +cabeza. + +--¡Frasquito, hijo! ¿para qué quieres esas manos? Hace siete cuartos de +hora que no has sonao las parmas--dijo el señor Rafael á su sobrino, +haciendo antes un guiño expresivo á la reunión. + +--¿Cómo siete cuartos de hora?--exclamó éste sofocado.--¡Si he pagado la +convidada anterior! + +--¡La anterior!... ¡Y tan anterior!--replicó el viejo mirándole con ojos +risueños y provocativos. + +La reunión se preparó á gozar de la disputa, como siempre. + +--Vamos, tío, usté tiene gana de guasa. + +--No, hijo, lo que tengo gana es de vino. + +--Pues yo ya le he pagado á usté bastante esta noche. + +--¡Ay, qué gracia, que me ha pagado bastante!... ¡Pues yo á ti no!... +Niño, tráete más vino para este gallego... + +--¡Tío! No me insulte, que le falto á usté al respeto. + +--Pero si lo eres, ¿por qué has de negar la prosapia? Ni en el reino de +Galicia ni en el principado de las Asturias hay un gallego más gallego +que tú... + +--¡Tío, cállese usté, que le falto al respeto! + +Frasquito estaba encendido y colérico que daba miedo á todos menos á su +tío. Los circunstantes, temiendo algún paso desagradable, atajaron la +disputa rogando al señor Rafael que no le exasperase. Este, vuelto á las +buenas y revistiéndose de gravedad, manifestó que todo era una broma y +que nadie sabía mejor que él que su sobrino era gaditano por los cuatro +costados. Luego, dirigiéndose á éste, comenzó á darle satisfacciones. + +--Pero, hijo, ¡quién no ha de reconocer tus buenas cualidades! Eres +honrao y trabajador, y en too Cádiz no hay quien te ponga el pie delante +en sacar una cuenta por el aire. Y eres buen mozo y muy corriente cuando +se ofrece... Pero tienes una enfermedad... + +--¿Qué enfermedad?--preguntó Frasquito amoscado, mientras los demás se +disponían á reirse. + +--No sé; me parece que se llama reumatismo. + +--¿Y por qué dice usté eso?... vamos á ver... + +--Porque he notado que siempre que llevas la mano al bolsillo lo haces +con mucho trabajo y la mayor parte de las veces no lo consigues... Eso +no puede ser más que reúma... reúma en el brazo derecho. + +--¡Tío! ¡tío! + +--No te sofoques, que eso se cura con un poquito de aguardiente +alcanforado. + +--¡Qué ha de curarse con eso!--saltó María-Manuela que presumía de +curandera y ensalmadora--Si sientes dolor, Frasquito, se te quitará +untando el brazo con la sangre de una oreja cortada de un gato negro; le +das una friega apretándolo poco á poco, luego doblas _er deo gordo_, y +poniéndolo debajo de la barba abres la boca nueve veces seguidas... + +Las carcajadas que la inocencia de la pobre mujer produjo en la reunión +encresparon más y más á Frasquito. + +--¡Tío, no hay peor borracho que usté en el mundo! + +--Basta ya de medicina--manifestó Antonio--y que Paca nos cante una +_carbonerilla_. + +--¡Eso! + +Paca, como de costumbre, hizo remilgos. «Ya no estaba para tales bromas; +se le había acabado el humor; parecía mal que una mujer casada... +Además, no se hallaba bien de voz.» Pero, como de costumbre también, +terminó por coger la guitarra y echar al aire su voz dulce y potente de +contralto. + +La alegría se apoderó de todas las cabezas. Los ¡oles! y los ¡bravos! y +los requiebros de toda clase resonaron en la taberna. Á la embriaguez +del vino sucedía la del arte, más noble y delicada. + +--¡Venga otra, Paquilla! ¡Bendita sea la hora en que tu padre se dió un +coscorrón con la reja de tu madre! + +Paca, orgullosa, sonriendo levemente, dejó volar otra copla. + +Antonio, loco de entusiasmo, le arrojó el sombrero á los pies, gritando: + +--¿Dónde has nacido, Paca? + +--¡Qué ocurrencia!--respondió riendo--En la calle de la Verónica. + +--¡Falso! Tú has nacido en la alcoba en que durmió María Santísima +cuando pasó por Sanlúcar. + +Paca volvió á cantar respondiendo al requiebro: + + «¡Qué desgraciada nací, + que en la pila del bautismo + faltó la sal para mí!» + +Aquel rasgo gracioso de modestia levantó gran alborozo. + +--¡Ole por las mujeres simpáticas!--¡Todo el mundo á quererla!--¡La pura +arropía!... + +Y sonaban las palmas, y chocaban los vasos y gritaban como energúmenos +jaleando á la cantaora. Pero aquel entusiasmo se enfrió momentáneamente +porque, Antonio, con uno de sus descompasados ademanes, echó á rodar +una caña y la quebró. María-Manuela, asustada, hizo callar á todos y +declaró que el romperse un vaso es muy malo y anuncia disgustos. La +única manera de evitarlo era recoger todos los pedazos y tirarlos al +pozo. Así comenzó á ejecutarlo con gran solicitud mientras los demás se +reían de su credulidad. Algunos por burla la ayudaban. + +--Atiende, María, mira que pedazo grande te has olvidado debajo de +aquella silla. ¡Anda, anda! que si yo no hubiera reparado, ¡qué +cataclismo! ¿verdad tú? + +--Vamos, Antonio, déjate de guasa y hazme el favor de recoger esos +cristalillos que están á tu vera. + +--Desprécialos, mujer: ya te llevas en el delantal los trabajos +gordos... ¡Qué importa por esos disgustillos! + +María-Manuela salió con los cristales del cuarto y fué á arrojarlos al +pozo que había en el patio. Soledad, que seguía tranquilamente haciendo +calceta detrás del mostrador, sonrió. + +Siguió la zambra en el aposento. + +--Bueno, ahora no falta más que Soledad nos baile una mijita de +tango--manifestó el señor Pepe. + +Soledad ni cantaba ni tocaba la guitarra, pero tenía habilidad notoria +para bailar las danzas andaluzas. Mas, contra lo que acaece +generalmente, no gustaba de mostrar su gracia; y aun puede decirse que +desde hacía algún tiempo tenía el baile en aborrecimiento. Por lo cual +sus amigas se abstenían de solicitarla en este particular, sabiendo que +le causaban disgusto. + +--No seas pelmazo, hombre; ya sabes que Soledad no se divierte +bailando--dijo Paca á su consorte. + +--¿Y por qué no se ha de divertir, haciéndolo con tanto +primor?--insistió el señor Pepe. + +--Pues porque no se divierte. ¿Te figuras que va uno á gozar con lo que +á otro se le antoje? + +--Bien está; pero aunque no se divierta, Soledad es muy amable y le +gustará que sus amigos se diviertan. + +--Vamos, cállate ya. ¡Qué pesadísimo te pone el vino! + +Velázquez, que estaba hablando con Frasquito, oyó la disputa de los +esposos y dijo: + +--Tiene razón Pepe. Soledad está obligada á dar gusto á la reunión, y +aunque le cueste trabajo lo hará... + +Y añadió alzando la voz: + +--Soledad, hija mía, haz el favor de venir un momento. + +La tabernera apareció en seguida. + +--Estos señores desean que bailes un poquito. Á ver si los complaces. + +El rostro de Soledad se nubló de repente y respondió con sequedad: + +--Estos señores saben que hace ya mucho tiempo que no bailo y me harán +el favor de dispensarme. + +--¿Y por qué no has de bailar? + +--Pues porque no tengo gana. + +--Pues bailarás aunque no tengas gana--dijo él embraveciéndose. + +--Pues no bailaré--replicó con firmeza ella. + +--Vamos, Velázquez, déjala--interrumpió Pepe de Chiclana, avergonzado +por haber sido causa de aquella disputa. + +--¡Déjala! ¡déjala!--dijeron todos á un tiempo. + +--He dicho que baila, y bailará--profirió Velázquez alzándose de la +silla en actitud soberbia y provocativa. + +Soledad se puso pálida; quedó un instante suspensa y dijo al cabo +humildemente: + +--Está bien; no te incomodes. Haré lo que tu quieras. + +--Paca, puedes principiar--dijo el guapo sentándose de nuevo. + +--No quiero--replicó ésta.--¡Vaya una simpleza, hacer bailar á una mujer +á la fuerza! + +--Vamos, Velázquez, déjala. Otro día será--manifestó el señor Pepe. + +Y todos los demás unieron sus ruegos á éste. + +Pero el tabernero, cada vez más colérico, exclamó: + +--¡He dicho que bailará esta noche, y ha de bailar con los santos óleos +puestos!... ¿No quieres tocar?... Pues tocaré yo. + +Y arrebatando á Paca la guitarra, comenzó á rasguearla diciendo +imperiosamente: + +--Á empezar. + +Soledad avanzó hasta el medio del cuarto y dió comienzo al baile. Estaba +pálida. Los movimientos reprimidos, voluptuosos del tango ofrecían ahora +un carácter lúgubre; parecía el baile de la viuda india en torno de la +hoguera donde va á ser sepultada. + +Los tertulios se callaban; estaban inquietos y tristes y sacudían la +cabeza deplorando la escena. Al cabo dos lágrimas se desprendieron de +los hermosos ojos de la bailadora y resbalaron lentamente por sus +mejillas. Verlas Velázquez y colocar la guitarra sobre la mesa fué todo +uno. + +--¡Ea!--dijo levantándose con calma amenazadora.--Ya se ha concluído. + +Y cogiendo á la joven por un brazo: + +--Anda, anda, guasona... ¡Maldita sea tu estampa! + +Y la arrojó á empellones del cuarto, cerrando la puerta después. + +Los tertulios se lo recriminaron sin excepción. + +--No hay razón para eso, Velázquez. Para bailar se necesita el humor. No +todos los días nos pide el cuerpo juerga. + +--¡Dejarme; ya tengo esa niña sentada en la boca del estómago!--exclamó +el majo apurando una caña. + +--¿Lo ves, Joseliyo, lo ves cómo toda la vida has de meter la +pata?--dijo Paca con enojo á su consorte. + +--Pues bien claro estaba que habíamos de tener un disgusto, después que +Antonio rompió el vaso--manifestó María-Manuela con un acento de +seguridad que hizo volver la alegría á la reunión. + + + + +III + +Soledad. + + +El padre de Soledad era guarda de consumos en Medina Sidonia. Sus hijos, +dos, Soledad la primera y Miguel, que contaba tres años menos. El +sueldo, aunque corto, bastaba para subvenir á las necesidades de la +familia en un pueblo secundario. Miguel, en quien los padres tenían +cifradas sus esperanzas, mostró desde bien chico viciosas inclinaciones +y horror al trabajo. Ni los golpes del maestro del taller donde le +habían puesto, ni los castigos de su padre, que cierto no se los +escaseaba, bastaron á enderezar su torcida naturaleza. Verdad que estos +castigos se hallaban funestamente neutralizados por el mimo y regalo con +que su madre lo criaba. No sólo ocultaba con mil artificios sus faltas y +le amparaba cuando su padre iba á corregirle, sino que le daba cuanto +dinero había á mano, sin comprender la desgraciada el daño que hacía. +Con esto el chico á los catorce años era un pilluelo que, en vez de +ayudar á los gastos de la casa, sacaba de ella de un modo ó de otro +cuanto podía. Acompañado de otros pícaros de su misma edad, vagaba por +las tabernas, entregando todas sus horas al vino y al juego. + +Soledad empezó á coser en una sastrería; pero su jornal era tan exiguo +que apenas si con él podía comprarse un vestidito de percal y calzar +pasablemente. Aquí era donde le dolía á la mocita. Las andaluzas sufren +sin pena el ir vestidas con cualquier trapillo; pero viven infelices si +no llevan una media bien limpia y un zapato fino y ajustado. Tanto más, +cuanto que Soledad comenzaba á ser festejada y requebrada de cuantos á +su lado cruzaban, jóvenes ó viejos. Era el recreo de los ociosos que +acudían á la hora del crepúsculo á ver salir las costureras de sus +talleres, el orgullo de su familia y la envidia de las compañeras. Su +belleza espléndida estaba realzada por una grave y altiva serenidad que +desconcertaba á cuantos pretendían acercarse á ella burlando, al estilo +de la tierra. La hija de Pontes, el guarda del fielato, adquirió pronto +renombre de hermosa y al mismo tiempo de esquiva. + +Los señoritos de la ciudad acudieron en torno suyo como moscas al panal. +Pero ni sus rendimientos exagerados ni sus ofertas hicieron mella en el +corazón de la joven. Prevenida contra sus halagos por la triste suerte +de algunas amigas que habían tenido la flaqueza de darles oídos, los +rechazaba siempre con ferocidad. En cambio acogía con agrado los rudos +obsequios de los braceros; tuvo entre ellos varios novios, y juraba y +perjuraba que le gustaban más que los pisaverdes tísicos que la seguían +en el paseo. Éstos se vengaban de sus desdenes apodándola _la princesa +del Fielato_. + +Pero uno de ellos la sacó en cierta ocasión de un mal paso. La hija del +guarda, con otras dos amigas, se había ido un domingo á visitar la +ermita de una Virgen situada á alguna distancia de la población sobre un +cerrillo áspero y solitario. Llevaron merienda, entretuviéronse más de +lo que pensaban: al regresar á su casa empezaba á cerrar la noche. Y hé +aquí que, caminando las tres costureras cogidas del brazo, entonando +alegres canciones para ahuyentar el miedo, tropiezan con dos mozos +labradores que volvían de la ciudad. Las detienen, las requiebran +groseramente, se propasan á abrazarlas. Venían un poco ebrios; pero les +convino fingirse más de lo que estaban para el caso. Las jóvenes gritan +y se defienden valerosamente, pero en vano; el lugar era solitario y sus +fuerzas no bastaban á contrarrestar las de los gañanes. Éstos se +apoderan de dos de ellas; la otra huye pidiendo auxilio. En este momento +se oye el trote de un caballo, y poco después aparece montado en él un +joven bien conocido en la ciudad, el hijo de la viuda de Uceda. + +--¡Socorro, caballero!--gritan á un tiempo Soledad y su compañera asidas +por aquellos bárbaros. + +--¿Qué es eso?--preguntó el jinete.--¡Á ver si dejáis ahora mismo á esas +chicas! + +--Siga usted su camino, señorito, y no se meta donde no le llaman... ¡No +sea que se le apee del jaco por las orejas!--dijo uno de ellos. + +--¿Á mí, granuja?--exclamó el caballero apeándose de un salto. + +Y corriendo hacia el insolente alzó la mano y le tumbó de un puñetazo. +Pero el otro jayán sacó prontamente la navaja y acudió al socorro de su +compañero, el cual, no bien se hubo levantado, echó mano igualmente á la +suya. Mal lo hubiera pasado el valeroso caballero si no hubiera tenido +un buen revólver de seis tiros, con el cual les apuntó exclamando: + +--¡Ahora vais á ver, cobardes, de qué os sirven las navajas! + +Los gañanes, al ver el arma, diéronse á la fuga. El caballero les +persiguió largo trecho, obligándoles á echarse á un arroyo y pasarlo con +el agua hasta la rodilla. Juzgándose bien vengado por aquel baño +afrentoso, se volvió riendo hacia el sitio donde había dejado el +caballo. Las muchachas ya no estaban allí. Desde que se vieron libres +habían corrido desaladas hacia la población. Montó en su jaco y á trote +corto caminó la vuelta de ella. Hasta tocar casi en las primeras casas +no alcanzó á sus favorecidas, que sin volver la vista atrás caminaban +con toda la celeridad que les consentían sus fatigados pulmones. Al +verlas no pudo menos de sonreir exclamando en voz baja: «¡Vaya unas +piernas que os ha dado el miedo, hijas mías!» Pasó delante de ellas y +saludó cortésmente. + +--Buenas tardes. + +--Buenas tardes--respondieron las jóvenes. + +Pero avergonzada de haber huído sin despedirse, la compañera de Soledad +le gritó así que hubo pasado: + +--¡Y muchas gracias, caballero! + +--No las merece--respondió éste volviendo á medias la cabeza. + +Soledad examinó con curiosidad su figura recia y corpulenta, que se +perdió al instante en las sombras. ¡No era tísico, no, aquel señorito! +Al día siguiente, cuando le vió en la calle, le pareció aún mejor y le +saludó afectuosamente. Manolo Uceda respondió al saludo con agrado, y +algunos días después, con ocasión de cierta fiesta con música al aire +libre, se aventuró á dirigirle la palabra, á acompañarla y, lo que es +aún más, á sacarla á bailar. Este último obsequio puso corona +inmarcesible á la gratitud de Soledad. Porque los señoritos de la villa +poquísimas veces descendían á bailar con las menestralas en un paraje +abierto. Lo demás se encargó de hacerlo el niño alado de la venda. + +Manolo Uceda pertenecía á una familia distinguida de Medina, aunque sin +mucha hacienda. Poseía algunas buenas propiedades rústicas con cuyas +rentas vivía cómodamente gracias á la economía de su madre D.ª Carmen y +á su propia conducta, arreglada y formal. Entre estas propiedades la más +importante era un molino situado á dos leguas de la villa, el cual solía +visitar á menudo lo mismo que las otras fincas, porque su madre así se +lo encargaba. De él venía cuando tan á tiempo pudo ejecutar la proeza +que se acaba de relatar. + +Educado en el retiro de su casa solariega, que tenía aspecto claustral, +sin trato de mujeres, sin vicios, sin los recreos siquiera propios de su +edad, la primera mujer que le reveló el amor fué la hija del guarda de +consumos. La amó en seguida con la pasión tumultuosa de los diez y ocho +años y de una naturaleza exuberante. Sin temor á las hablillas, sin +vergüenza de confesar su amor, acudía á su reja todas las noches y se +pasaba pegado á ella largas horas pelando la pava. De quien únicamente +se guardaba era de su madre. Ésta, no obstante, muy presto llegó á +saberlo y tomó un disgusto gravísimo. Porque era altiva y linajuda, á +pesar de su corta hacienda, como una princesa de sangre real. Pero +Manolo logró convencerla de que aquella afección no era sino un pasajero +devaneo sin importancia, y la noble señora recobró á medias el sosiego. +Trascurrieron algunos meses. Los amores no terminaban; antes bien, el +joven daba cada día mayores y más ostensibles testimonios de su pasión +acompañando á la hija del guarda por los parajes más públicos. D.ª +Carmen se agitó de nuevo, interrogó á su hijo con severidad, hubo +gritos, llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no adoptó el continente +burlón y desdeñoso que antes: confesó su amor, hizo un elogio caluroso +del dueño de su albedrío, concluyendo que no había en todo el reino de +Andalucía mujer más pura, más ingeniosa y más digna de ser adorada de +rodillas que la hija de Pontes. Doña Carmen no quiso convenir en ello; +de lo cual le pesó tanto á nuestro joven, que llegó á dudar del talento +y de la sensatez de la que le había dado el ser. Desde esta memorable +conversación no hubo paz en casa de Uceda. El amartelado mancebo se veía +necesitado á escuchar á todas horas ruegos, injurias, suspiros y burlas. + +Todo fué inútil. Su pasión crecía á cada instante. Como fuego poderoso +iba devorando rápidamente sus facultades y sentidos, dejándole reducido +al papel de un autómata. Esto le perdió. Su excesivo rendimiento, las +manifestaciones, cada vez más vivas y públicas, de su amor, engendraron +al cabo un poco de hastío en el alma de la hija del guarda. Desapareció +el respeto que la diferencia de clases había despertado en ella al +comienzo de sus amores; se acostumbró á dominarle, á imponerle sus +gustos y caprichos, á escuchar con indiferencia sus palabras +apasionadas, candentes. De tal modo, que á los seis meses le trataba +como á un niño, le hablaba en tono protector, se reía de sus +puerilidades, le reprendía y le martirizaba. + +Por otra parte, la oposición tan natural de D.ª Carmen lastimaba su +orgullo. No faltaban comadres que llegaban presurosas á trasmitirle las +palabras amargas que la viuda de Uceda pronunciaba refiriéndose á ella. +Y en vez de comprender y perdonar estos desahogos de una madre, se +enfurecía con ellos, los devolvía con creces y hacía recaer su cólera +sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa tenía. + +Pero más que todo esto contribuyó á debilitar su cariño, ó, por mejor +decir, á que no prendiese jamás en su corazón, como había prendido en el +del joven, la disparidad de genio y educación. Soledad era inclinada por +naturaleza y nacimiento á las formas rudas, al lenguaje brutal y +desvergonzado, no desprovisto de gracia, de la plebe andaluza. Gustaba +de sus cantares, de sus chanzas groseras, de sus guisos y ensaladas; +aunque por la constante gravedad de su rostro parecía más bien nacida +entre las brumas de la Noruega que bajo el ardiente sol de la Bética. Ni +comprendía ni mucho menos podían ser de su agrado los modales de un +trato delicado y culto. Ahora bien, entre todos los señoritos de Medina, +el que había mostrado siempre menos afición á las fiestas y costumbres +populares era Manolo Uceda. Ó porque su madre le hubiese trasmitido sus +gustos aristocráticos, ó porque llevase dentro de su alma un cierto +sentimentalismo romántico, es lo cierto que jamás se le vió en +francachelas, ni corriendo novillos, ni en compañía de toreros y majos +como otros caballeros de su edad. Tampoco usaba el lenguaje suelto y +atrevido que muchos de ellos. Sin ser tímido ni beato, sentía profunda +repugnancia por esa libertad de modales que tanto suele agradar á los +mozalbetes. Por este lado, pues, no marchaban á la par las aficiones de +ambos amantes. + +Y acaeció lo que era de esperar. El padre de Soledad tenía un íntimo +amigo de alguna menos edad que él, llamado Perico Velázquez, hombre +famoso en la villa por su guapeza y su trato suelto y cortés. Soltero, +con alguna hacienda adquirida en los negocios de vinos, espléndido con +las mujeres, ostentoso en el vestir dentro de su clase, aficionado á la +broma y bureo, pero sosteniéndose siempre en los límites que marca la +prudencia, esto es, sin pasar á la categoría de borracho ó perdido. +Todos le conocían y en todas las clases se había granjeado simpatías por +su carácter abierto y servicial. Los caballeros no desdeñaban alternar +con él. Los artesanos, á cuya clase pertenecía, le respetaban como su +ideal: era la encarnación de sus gustos y deseos. Pontes, con quien +había trabado amistad hacía algunos años, le adoraba. La suprema +felicidad para el guarda, la única que le consentía su profesión, era +que Velázquez viniese á buscarle á la casilla un día que le quedase +libre y le llevase con otros tres ó cuatro amigos á una taberna de las +afueras para cañear y pasar la tarde de jarana. Además, le estaba +profundamente agradecido porque le había sacado de algunos apurillos de +dinero. Por todo lo cual, el nombre del majo sonaba en la casa del +guarda como el de un amigo y á la vez como un protector. + +Soledad olvidó á Manolo en cuanto Velázquez depuso con ella la actitud +paternal y principió á requebrarla de amores. El carácter de aquél, +resuelto y desdeñoso, sus famosos devaneos, la esplendidez que se le +atribuía, y más que todo las aficiones populares de la joven, hicieron +que presto diera oídos á los requiebros y á las palabras atrevidas que +el guapo dejó caer en su oído siempre que la ocasión se ofrecía. Pero +Velázquez, ó por temor á compromisos, ó por cálculo, ó por la situación +especial en que la amistad con Pontes le colocaba, no llegó á declararse +abiertamente. Se mantenía en actitud equívoca. Cuando se hallaban solos +la dejaba ver lo mucho que le gustaba, pero siempre con la salida +abierta para retirarse en cuanto le conviniese. En presencia de gente +seguía tratándola como antes. Esta actitud extraña, que en el espíritu +no muy penetrante de Soledad se prestaba á diversas interpretaciones, +concluyó por rendirla enteramente. Principió á impacientarse, á desear +con ansia que de una vez le confesase su amor, á buscar ocasiones para +que esto pudiera efectuarse. Y, en su inocencia verdaderamente infantil, +llegó á ciertos extremos ridículos. + +Un día Velázquez, al despedirse, le dijo en broma, adoptando un +continente grave: + +--Soledad, tengo que comunicarte un secreto. + +Se fué y no volvió á acordarse de tal frase. Pero á la hija del guarda, +á quien las congojas consumían, se le quedó clavada en el cerebro. No +pensó en otra cosa. Y cuando á los tres ó cuatro días le vió, buscó +pretexto para alejar á su madre y, aprovechando un momento, se acercó á +él rápidamente y le dijo con voz temblorosa y las mejillas encendidas: + +--Dígamelo usted ahora. + +--¿El qué?--preguntó Velázquez sorprendido. + +--Aquello. + +Tardó en comprenderlo el guapo; pero recordando al fin, salió del +atolladero lo mejor que pudo, aunque sin entregarse. + +Así se hallaban las cosas cuando un suceso inesperado y terrible vino á +cambiar su faz por completo. Pontes, viendo cruzar desde la casilla un +hombre que le pareció sospechoso aunque no llevase carga alguna, le +ordenó detenerse. El hombre, que ocultaba en los bolsillos algunas +barras de jabón, se dió á la fuga. Como eran las dos de la tarde, +Pontes no pensó en hacer uso del fusil y corrió detrás de él, seguro de +alcanzarle ó por lo menos de hacer que le detuviesen. Sucedió, en +efecto, lo primero. El guarda tenía admirables piernas; cerró la +distancia y pronto llegó á tocarle. + +--¡Date! ¡date ó te mato! + +Pero en aquel momento el matutero se volvió repentinamente y blandiendo +un cuchillo se lo clavó en el pecho hasta el mango. + +El guarda quedó muerto en el acto. El suceso puso en conmoción á la +villa, y aunque algunas personas caritativas quisieran impedirlo, la +noticia llegó pronto á la familia. Corrió la infeliz esposa al lugar del +crimen. Los agentes del ayuntamiento que allí estaban no la dejaron +abrazarse al cadáver de su esposo porque el juez aún no había llegado. +Los gritos de dolor de la pobre mujer partían el corazón de los +espectadores. Cuando vino al fin el juzgado, se procedió al +levantamiento del cadáver, se le colocó en un carro y emprendieron la +marcha hacia la villa. Detrás, pálida como la cera, agarrando con sus +manos crispadas la trasera del carro, seguía la viuda, á quien los +sollozos ahogaban. Después venían los agentes, algunos compañeros del +difunto y los curiosos. Tal fué el espectáculo que se ofreció á los ojos +de Soledad al salir por los arrabales en busca de su madre. + +Velázquez, en aquellos aciagos instantes, fué la Providencia de la +familia. Costeó un muy decoroso entierro á su amigo, le compró +sepultura en el cementerio, hizo cuanto le fué posible para lograr la +captura del asesino, que se había fugado, y procuró que á la viuda y á +sus hijos no les faltase nada. Tales testimonios de cariñosa amistad +concluyeron de subyugar á Soledad. La figura del guapo creció ante su +vista como la de un dios, y en la misma medida la de Manolo Uceda se fué +empequeñeciendo. En efecto, éste, aunque tomó parte en su dolor, no pudo +ó no supo ofrecerle la misma protección. Quedó reducido á un papel +pasivo y bastante desairado. Velázquez lo era todo en la casa. La +indiferencia de Soledad se fué acentuando y cuidó poco de disimularla. +De tal suerte que, cuando quince días después Velázquez se determinó á +explicarse claramente, no halló obstáculo alguno para ser aceptado. +Pero, como hombre corrido en lides amorosas, aprovechó su posición para +obtener de la madre y la hija que le siguieran á Cádiz, donde pensaba +establecerse. Desaparecieron un día de Medina, alquilaron casa en la +capital, cuyos gastos subvencionaba todos el majo á título de huésped ó +protector. La hija enloquecida de amor, la madre de gratitud, no echaron +de ver el peligro á que se exponían ni la desagradable impresión que +este paso causó en el pueblo. + +En efecto, muy poco después Soledad sucumbió á las instancias de su +adorador. Se engañó á la madre primero, se le pidió perdón después. La +pobre mujer experimentó un vivo disgusto, tanto más cuanto que Velázquez +no se apresuraba á borrar la afrenta con la bendición del cura. Sólo una +vez habló de matrimonio, pero de un modo tan vago, ponderando tanto las +dificultades que por el momento se ofrecían para su realización, que la +viuda entendió bien claramente lo que podía esperarse en este particular +de aquel hombre. Con esto vivió profundamente afligida, y no cesaba de +llorar, sin querer salir de su cuarto. Mas con el tiempo su dolor se fué +calmando: llegó á acostumbrarse y aceptó al cabo aquella triste y +degradante situación, ya que su hija parecía feliz y Velázquez no dejaba +de satisfacer ninguno de sus caprichos. + +Duró poco, no obstante, tal estado de satisfacción. Á Velázquez, +hastiado de la vida inactiva, aunque tuviese suficiente hacienda para +vivir, se le ocurrió comprar una tienda de montañés que se traspasaba en +el Campo del Sur. Comenzaron los disgustos. Aunque generoso siempre y +delicado en los asuntos de dinero, no tardó en mostrar su carácter +autoritario. Exigía una sumisión absoluta por parte de cuantos le +rodeaban. Le ofendía, mejor dicho, le ponía fuera de sí la menor +contradicción. Los primeros choques fueron con Miguel, el hermano de su +querida, el cual no se sometía al régimen de la casa. Hubo reprensiones, +disputas agrias; por último, Velázquez le levantó la mano y lo arrojó de +casa, aunque permitiendo que su madre le diese algún dinero para que se +mantuviese fuera. No quedó aún con esto satisfecho su instinto de +dominación. Soledad, enamorada de él ciegamente, se sometía sin replicar +á todos sus gustos y caprichos, sufría con paciencia sus reprensiones, +los malos humores y genialidades. Pero la madre, que no tenía tales +motivos para sufrirlo, solía hacerle observaciones y llamarle á la razón +cuando injustamente se querellaba con Soledad. Esto le molestaba +extremadamente, le producía una sorda cólera que cada día iba en +aumento, hasta que al fin estalló. Un día, después de acalorada disputa +entre ambos, el guapo se cruzó de brazos delante de Soledad y dijo +resueltamente: + +--¡Ea, ya se acabó! Aquí no queda otro medio... ¡Ó tu madre ó yo, hija +mía! + +Ni ruegos ni lágrimas lograron hacerle cambiar de resolución. Y como +Soledad hubiera muerto con gusto y hubiera dejado morir al género humano +antes que separarse del hombre que adoraba, fué su madre quien se vió +necesitada á salir de casa. Se la envió á Medina y se le pasó una +pensión suficiente para vivir. De esta suerte quedaron los amantes +solos, y Velázquez dueño y señor de aquella mujer que temblaba de amor y +miedo en su presencia. + + + + +IV + +Velázquez. + + +Velázquez pudo desde entonces dar rienda suelta á su fanfarronería. Este +era el vicio que le dominaba y servía de triste contrapeso á sus buenas +cualidades. Porque las tenía, sin disputa. Era servicial, generoso, +despierto de inteligencia y sensible de corazón. Pero así que se tocaba +directa ó indirectamente á su orgullo, todas estas bellas cualidades se +nublaban y se ofrecía á los ojos de quien no le conociese como un hombre +feroz é intratable. Era menester que en todas partes hiciese el primer +papel, y si no lo hacía, esto le causaba tristeza y le ponía sombrío. +Donde él estaba no había que molestarse en llevar la mano al bolsillo: +todos los agasajos estaban pagados. Por esto la tienda no le producía +beneficio alguno. Las ganancias del mes quedaban saldadas con sus +esplendideces. Pero le servía para hacer figura entre sus amigos. + +Se jactaba de bravo, y lo era; de rico, y, dada su clase, tampoco le +faltaba motivo. Pero, además, se empeñaba en que todas las mujeres se +enamorasen de él, en ser hombre chistoso ó «de buena sombra», como allí +se dice, en cantar, tocar la guitarra y bailar como nadie, en jugar á +los naipes y al billar mejor que ninguno, en quedar fresco después de +haber bebido algunas botellas de manzanilla, mientras los demás rodaban +por el suelo borrachos. Y en esto, como se comprenderá fácilmente, había +sus más y sus menos. Su figura, aunque agradable, era exigua. El mayor +dolor de su vida era no poseer cuatro ó cinco dedos más de estatura. +Pero sabía realzarla extremadamente vistiendo con particular esmero: la +pechera de la camisa adornada con botones de diamantes, la faja de seda, +las botas de charol. Y este alarde de lujo le servía grandemente para +fascinar á las hembras y rendirlas. Despojado de tales atavíos, quizá no +sería tanta su buena fortuna. Pero esto es lo que no se confesaría el +guapo aunque se hallase en el trance de morir. + +Soledad le amó con pasión frenética, mezcla de sensualidad, de +admiración y gratitud. El mundo entero desapareció á sus ojos, no +quedando de toda la creación sino la barba sedosa de Velázquez, sus +blancos dientes africanos y su irónica sonrisa y acento displicente. Por +mucho que se jactase de guapo, todavía pensaba la joven que se quedaba +corto. Creía de buena fe que no existía en Cádiz mujer de alta ó baja +calidad que no le envidiase su buena dicha, y las compadecía. Ocupando +aquella posición deshonrosa se creía honrada. Su cerebro estrecho no +comprendía otra gloria que la de ser preferida por tal hombre. Bebía sus +palabras y gestos y se embriagaba con ellos. Hallaba gracia y nobleza en +los más prosaicos actos de su vida y prestaba tal importancia á sus +gustos para vestir, comer ó dormir cual si fuesen preceptos de un código +divino. + +--Pues á Velázquez no le gusta el arroz tan cocido, sino bien +enterito--decía á alguno de los parroquianos que lo prefería blando. + +Y después de comunicarle esta nueva interesante, quedaba sorprendida si +el parroquiano aún se obstinaba en que se lo cociese más. + +Nunca acababa, si alguna comadre del barrio venía á beber una copa de +aguardiente y la conversación recaía sobre el guapo. Era menester que le +diera cuenta de sus costumbres é inclinaciones, las peripecias de su +vida, los negocios que había hecho, las reyertas que había tenido, hasta +de las palabras que había vertido aquel día al entrar y salir de casa. + +Si á un parroquiano le saltaba el botón de la camisa, mientras se lo +cosía, enterábale con orgullo de que Velázquez no gastaba camisas de +algodón como aquélla, sino de hilo puro que le costaban tres duros cada +una. Sus botas, sombrero, reloj, etc., eran para la hija de Pontes +objetos preciosos que no podía tocar sin amor y veneración. + +Velázquez se dejaba querer sin sorpresa. La idolatría de Soledad le +parecía tan puesta en razón que lo contrario sería una incomprensible +trasgresión de la lógica. Dentro de casa y á solas era con ella +cariñoso, protector, agradecido, ya que no apasionado. Pero en presencia +de sus amigos se mostraba altivo en demasía, satisfaciendo, á costa de +la pobre joven, su sed insaciable de jactancia. Era menester que todo el +mundo viese patente el rendimiento de aquella mujer. Para ello no le +escaseaba las palabras desdeñosas y las bromitas mortificantes en cuanto +se le ofrecía ocasión. Una de éstas había tomado pie de la afición +desatinada que Soledad tenía al confite más exquisito de la Andalucía, á +las famosas «yemas de San Leandro». Velázquez le había prometido traerle +un cartucho de ellas, pero se le olvidó: recordóselo la joven, volvió á +prometérselo y volvió á olvidársele. Desde entonces, haciendo de este +olvido un pretexto de risa, no cesaba de embromarla en presencia de la +reunión. + +--Soledad, no tengas cuidado... de hoy no pasa, hija mía. Ó te traigo +las yemas esta noche, ó me tiro por la muralla. + +Y al día siguiente, cuando nadie pensaba en ello, se daba el guapo una +palmada en la frente. + +--¡Caramba, qué cabeza la mía!... ¡Ya se me han olvidado otra vez las +yemas de Soledad!... ¡Vive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pueden +ustedes estar seguros. + +Y sacaba el pañuelo y le hacía un nudo. Los tertulios reían. Soledad, +avergonzada, reía también. + +--Lo que es conmigo no gastarías tanta guasa, arrastrao--dijo +María-Manuela.--¿No tienes á tu disposición el dinero de la +venta?--añadió encarándose con Soledad.--¿Pues por qué no mandas por +todas las yemas que se te antojen? + +--Eso pregunto yo. ¿Por qué no manda?--replicó Velázquez con retintín. + +Soledad hizo un gesto de impaciencia indicando á María-Manuela que +callase. Por nada en el mundo hubiera distraído un céntimo del dinero +que custodiaba. Velázquez tomaba diariamente las cuentas é +inmediatamente se llevaba el dinero al cajón de su mesa. + +No era esta broma, sin embargo, ni otras semejantes las que mortificaban +más á la joven. Lo que le llegaba al fondo del alma y le hería en lo más +vivo era el tono irónico y fatuo que Velázquez adoptaba cuando se sacaba +á cuento el tema de su matrimonio. Generalmente era Paca quien, en su +afán de legalizar la situación de los amantes, lo ponía directa ó +indirectamente sobre el tapete. + +--Mira, Paca, no te subas al púlpito. Demasiado sabes que estamos en +ello y que no tengo en el mundo otro deseo que ese. + +--¡Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hubieras hecho, ó por lo menos +hubieras puesto los medios para hacerlo. + +--¡Aguárdate un verano, hija mía! ¿Crees que es tan fácil inflar un +perro? ¿No sabes lo que cuesta en este pícaro pueblo el arreglo de los +papeles, las vueltas que hay que dar y lo mucho que le hacen sudar á uno +por esas oficinas de la iglesia? Te aseguro que hace tiempo que he +encargado á un amigo de andar los pasos... Sólo que es cojo el pobrecito +y camina poco--añadió bajando la voz con acento cómico. + +Los amigos celebraron la gracia. Soledad salió del cuarto llorando, como +siempre que se tocaba este punto. + +Con todo, era feliz. La presencia de su amante, sus cortas pero +sabrosísimas caricias bastaban para enajenarla y hacerle olvidar +aquellas y otras penas. Además, estaba orgullosa y solía jactarse con +las comadres que iban por el día á hacerle tertulia del respeto que +Velázquez la profesaba. Era muy conocida en el círculo de sus amigos la +violencia de éste y las formas brutales que solía emplear con las +mujeres. Se hablaba de lo ligera que tenía la mano para castigar la más +pequeña ofensa: ninguna de sus queridas había dejado de experimentarlo. +Pues bien, con ella jamás se había propasado á tales extremos +repugnantes. Soledad estaba orgullosa; pero tal vez en lo más íntimo del +alma, sin darse ella misma cuenta, sentía cierta curiosidad por +conocerlos. Cuando oía describir los rigores que Velázquez había usado +en otro tiempo con una de sus amantes llamada la Pitillera, y que esta +mujer, lejos de aborrecerle, le adoraba cada día con pasión más firme, +quedaba confusa sin comprenderlo; pero sentía cierto cosquilleo interno, +mezcla de temor, de curiosidad y apetito ¿Qué será eso? + +Lo supo más pronto de lo que imaginaba. Su hermano Miguel se había ido +con su madre á Medina cuando Velázquez tuvo á bien despedirla de casa. +El muchacho, gandul y vicioso, como ya sabemos, tomó gusto á la vida de +Cádiz en los meses que aquí permaneció: era un campo mucho más fértil y +ameno para sus calaveradas que Medina. Así que, no pudiendo sufrir la +existencia en este, que le parecía lugarón sombrío y desabrido, se +trasladó á la capital sin permiso de su madre ni dar cuenta siquiera á +su hermana. Vagó algunos días por las zahurdas y lupanares. Velázquez +supo que estaba allí y se lo previno á Soledad lleno de enojo. + +--El tunante de tu hermanito se ha escapado de Medina y anda por ahí con +otros perdidos. ¡Si pone los pies en esta casa cuenta conmigo! + +Soledad prometió no recibirle si lo intentaba. Pero esto era fácil de +prometer y no de cumplir. Un día, hallándose sola en la tienda, se +presentó de improviso Miguel, escuálido, andrajoso, muerto de hambre. +¿Qué iba á hacer la pobre sino socorrerle? Le dió de comer y una de sus +sortijas para que la empeñase, pues del dinero no se atrevía á disponer. +Velázquez no lo supo. Pero, á pesar del mucho encarecimiento con que +Soledad se lo rogó, Miguel no dejó de menudear las visitas, hallando +cómodo este puerto donde guarecerse en sus frecuentes naufragios. + +Y sucedió al cabo lo que era de esperar. No faltó quien diese soplo al +amo. Se puso éste en acecho; y un día en que los dos hermanos platicaban +alegremente, Soledad de la parte de dentro del mostrador, Miguel de la +parte de fuera, comiéndose una magra de jamón que la munificencia de +aquélla le había suministrado, bien ajenos de que pudieran ser +sorprendidos, pues Velázquez se había ido á Puerta de Tierra, presentóse +éste de improviso. Sin decir palabra, con cólera muda, cayó sobre el +infeliz muchacho, y á pescozones y puntapiés lo arrojó de la taberna. +Luego, jadeante y pálido, se acercó al mostrador. + +--Oye, niña, ¿no te he dicho que no me da la gana que ese granujilla +ponga los pies en esta casa? ¿Es que te quieres divertir conmigo? + +Y alzando al mismo tiempo la mano, le dió un golpe en el rostro. + +--¡Velázquez!--exclamó la joven en el colmo de la sorpresa, el dolor y +la vergüenza. + +Se alzó de la silla y volvió á dejarse caer sollozando. Después subió á +su cuarto, se echó sobre la cama y siguió suspirando largo rato. Los +sentimientos que la agitaban eran la ira y la vergüenza. ¡Poner la mano +sobre ella un hombre, cuando sus mismos padres no lo habían hecho +después que fué mujer! ¿Qué pensarían de ella las comadres ante las +cuales se había jactado tanto? ¿Qué diría Manolo Uceda, á quien había +desmentido tan orgullosamente hacía pocos días? + +Pero su cólera fué ablandando al influjo de las lágrimas, se trasformó +en suave melancolía, y de esta melancolía brotó al cabo una extraña +dulzura que la llenó de sorpresa. Se había disipado el misterio. Ya +sabía lo que era ser abofeteada por un hombre. Destruído aquel último +baluarte de su orgullo, permaneció tranquila á merced de su vencedor. +Quedaron remachados los clavos de su cadena. ¡Era suya, enteramente +suya! Este pensamiento barrió hasta las últimas nubes que oscurecían su +alma. Quedó en una dulce quietud, en un íntimo recogimiento de dicha; le +acometieron ansias locas de humildad. ¿Qué le importaba á ella por el +mundo? ¿Qué le daba á ella el mundo? Quien la hacía feliz era él. Á él +debía, pues, obedecer; él era su rey y señor. El calorcillo que aún +sentía en la mejilla atestiguaba de este señorío y de su vasallaje. +¡Toda la vida, toda la vida su esclava!... + +Velázquez, al cabo de un rato, se asomó á la puerta del cuarto, diciendo +con tono rudo: + +--Ea, niña, basta de lloriqueo, que la tienda está sola. + +Soledad se levantó encendida y sonriente de la cama, se limpió las +lágrimas con el pañuelo y le echó los brazos al cuello en un rapto de +amor y sumisión. + + + + +V + +Celos. + + +Dos meses después de esta escena entró Manolo Uceda una tarde en la +tienda, que á tal hora solía hallarse solitaria. Soledad se había +quedado dormida de bruces sobre el mostrador con la mejilla apoyada +sobre las manos. Entró sin hacer ruido y fué á sentarse cerca de ella. + +Hacía ya tiempo que debía estar en Medina, pues se había despedido de su +madre sólo por diez ó doce días; pero después de haber visto á su +antigua novia y haberla hablado se le hizo imposible la vuelta. De nuevo +quedó preso en aquel amor, el primero y el único de su vida. Al +principio buscando pretextos, luego no respondiendo á las apremiantes +invitaciones de D.ª Carmen para que tornase al pueblo, había ido +dejando trascurrir los días sin decidirse á subir al tren. Finalmente, +había escrito á su madre manifestándole que deseaba permanecer en Cádiz +una larga temporada y que si le contrariaba en este deseo estaba +resuelto á embarcarse para América. La pobre señora, asustada y +conociendo el carácter impetuoso de su hijo, por no perderle para +siempre, cedió á su capricho. + +¿Qué esperaba allí? ¿Qué pretendía? Ni él mismo sabría decirlo. Su viaje +le había servido para convencerle del absoluto olvido que su amor +generoso merecía á la hija del guarda, de la ciega pasión que ésta había +concebido por el majo de Medina. Y, sin embargo, aunque lo mereciese, le +era imposible despreciarla, ni aun dejar de amarla. Encontraba tan +inexplicable seducción en sus rasgados ojos aterciopelados, en su +gravedad majestuosa, en el contraste adorable de sus cabellos negros con +el alabastro de su rostro, que no concebía cómo pudiera aborrecerse á un +ser tan bello. El goce de verla, de escuchar su voz, de despertar tal +vez que otra una fugaz sonrisa de complacencia en su semblante le +retenía á su lado. Hallaba gracia en sus palabras, en sus gestos, en sus +manías y hasta en la terquedad que la caracterizaba. La misma limitación +de su inteligencia y su falta absoluta de instrucción, pues sólo sabía á +duras penas leer, servían de alicientes para su amor. «Es una niña» se +decía mirándola con ojos paternales, cuando salía algún gracioso +disparate de su boca. «Hace el bien y el mal sin darse cuenta. No es +capaz de sentir pasión alguna. Su amor no es más que un capricho como +todo lo demás. Quizá algún día...» Y esta vaga esperanza, dulce como la +miel, inundaba su corazón de alegría. + +No podía menos de felicitarse también de la facilidad venturosa que +tenía para verla y hablarla á cualquier hora del día. La circunstancia +de habérsele antojado á Velázquez tomar un establecimiento de bebidas, +y, mejor que esto aún, su arrogante tranquilidad, la ausencia completa +de celos que mostraba, dejábale expedito el camino para menudear las +visitas. Hay más, el tabernero le acogía con mayor afecto y cortesía que +nunca y le había presentado en la reunión que todas las noches se +formaba en uno de los cuartos. Era una de tantas señales de su orgullo. +La presencia de Manolo atestiguaba su victoria, que ya los amigos +conocían, y el amor que el pobre joven no lograba disimular le servía de +pretexto para mil bromas jactanciosas en que daba suelta á la arrogancia +que rebosaba de su corazón. No se le escapaba á Manolo esto, ni tampoco +que aquella reunión, compuesta de gente ruda, no correspondía á la +calidad de su persona ni á la educación que había recibido; pero todo lo +sufría con tal de hallarse cerca de Soledad. Quizá no habría mentira en +decir que era relativamente feliz. Cuando se hubo acostumbrado al puesto +secundario que su antigua novia le asignara y á la libertad de trato de +aquella sociedad ordinaria lo pasó bastante bien. Su temperamento sano y +alegre se imponía: era llano, cordial, bullicioso y en poco tiempo supo +granjearse el cariño de los tertulios de Velázquez. Tan sólo cuando +observaba algún rasgo del despotismo escandaloso que éste ejercía sobre +su ídolo, alguna frase despreciativa que hacía asomar las lágrimas á los +ojos de la bella, se oscurecía su semblante y quedaba silencioso y +sombrío largo rato. El majo lo notaba y hacía un guiño expresivo á sus +amigos; pero éstos poco á poco fueron dejando de celebrar sus +baladronadas y mirando con mayor respeto al enamorado mancebo. + +Soledad dormía, sin que la mirada de su adorador, posada sobre ella, +inquietase su sueño profundo. Larguísimo rato la estuvo contemplando en +suspensión deliciosa. ¡Qué hermosa estaba! Miraba su mejilla y nada +hallaba en la creación comparable á la suavidad de su piel sonrosada +trasparente. Fijaba la vista en sus labios: las cerezas no eran tan +rojas ni tan frescas: la llevaba más tarde á su cuello, y aquella línea +blanca ondulante donde su negra cabellera se deshacía gradualmente en +vello finísimo como una armonía fugitiva que se pierde en el espacio, le +parecía un sueño más que una verdad tangible. «¡Qué hermosa! ¡qué +hermosa!»--murmuraba con la unción de un místico que dice sus +preces.--¡Y eso que aún faltan los ojos, las dos lámparas maravillosas, +como yo los llamo!... De buena gana se hubiese prosternado y +permaneciera así velando su sueño. En aquel instante hallaba disculpa +para sus traiciones y legítimos todos sus caprichos y genialidades, por +extravagantes que fuesen. «Un ser tan soberanamente bello--se +decía--tiene derecho á ser voluble, ya que nadie en el mundo lo merece +por completo. Bastante felicidad produce con dejarse ver: ¿por qué le +hemos de exigir que se sacrifique?» + +Pero sus ojos zahoríes de enamorado creyeron percibir al cabo en torno +de los de la bella un leve círculo rojo que no era producido por la +incómoda postura en que dormía. «Soledad ha llorado hoy» se dijo con +emoción. Tenía conocimiento de lo mucho que sufría, aunque no de los +extremos vergonzosos á que Velázquez había llegado, y siempre que lo +comprobaba por algún signo sentía un estremecimiento de dolor y de ira. +Por su cruel proceder, más que por haberle arrebatado á su amante, +odiaba cordialmente al majo. + +Despertó al fin Soledad. Abrió los ojos repentinamente y, fijándolos en +Manolo, dijo: + +--¡Ah! ¿Eres tú? ¿Has entrado ahora? + +--No, hace ya cerca de una hora que estoy aquí. + +--¿Una hora?... ¿Y qué hacías? + +--Mirarte y remirarte... y aún no quedé satisfecho. + +--¡Pues, hijo, no sé cómo no te empalago!--replicó ruborizándose. Y +añadió para distraer la conversación:--Me he levantado temprano esta +mañana, he trajinado mucho por arriba: de modo que en cuanto me senté me +he quedado fritita sobre el mostrador. + +Manolo guardó silencio y reparó con inquietud que tenía los ojos muy +encendidos, señal de haber llorado recientemente y no poco. Soledad, á +quien no pasó inadvertida aquella mirada escrutadora, hizo lo posible +por disipar su sospecha. Se mostró alegre, jaranera. + +--Y díme, ¿cómo te ha ido el jueves por la _Palma de Londillo_? Ya sé +que has estado allí con unas mujeres... + +--¿Yo? + +--Sí, tú; no me lo niegues. Os habéis bebido un río de manzanilla, y tú +has dormido debajo de la mesa. + +--Hija, te contaré la verdad. Pasaba por allí casualmente de retirada, +cuando me llamaron unos amigos de Medina, Rafael Sánchez y Felipito el +de D. Paco, á quien tú conoces. Entré, charlé cinco minutos, bebí una +copa y me fuí á la cama. Ni yo conozco á las tales mujeres, ni jamás he +dormido ni pienso dormir debajo de las mesas. + +Pero Soledad no quiso creerle. Siguió embromándole con empeño, charlando +y riendo mucho más que de costumbre. Manolo se defendía suavemente, sin +dejar por eso de observar con atención aquellas aciagas señales que su +rostro ofrecía. Al fin no pudo contenerse y cambiando de tono exclamó: + +--¡Tú has tenido un fuerte disgusto hoy, Soledad! + +La joven soltó una carcajada. + +--¿Eso es lo que estabas reparando, desaborío? ¿Por qué no lo has +soltado antes y me has tenido asustada con esos ojos de alma del otro +mundo? + +--No me engañes, Soledad... Tú has tenido un disgusto--repitió Uceda +mirándola fijamente. + +Soledad siguió riendo con afectación sin responder. + +--¡Hace tanto tiempo que estudio en tu semblante! Por torpe que sea, ya +debo comprender los signos de bonanza y tempestad--manifestó +tristemente.--¿Por qué ocultarme tus penas? ¿Te da vergüenza que yo las +sepa? No debes tenerla... Ya ves, las mías las sabe todo el mundo, y por +eso no me abochorno. El amar no ha sido jamás delito... ¿Temes hacerme +sufrir demasiado mostrándome los estragos de tu pasión? Desecha ese +temor. Por mucho que tú me digas, mi imaginación de seguro ha ido +todavía más allá. Hace ya tiempo que vivo resignado. Sé que no puedo +esperar otra cosa que ser tu amigo; pero, al menos, eso quiero serlo de +verdad, quiero que no tengas otro mejor en el mundo... Cuéntame tus +pesares, hija mía, que aunque yo no pueda hacer nada por aliviarlos, el +pecho se desahoga y no roen tanto allá dentro. + +Soledad reía mientras su antiguo novio hablaba; pero aquella risa se +fué al cabo haciendo convulsiva, y algunas lágrimas concluyeron por +brotar de sus hermosos ojos. + +--Soledad, ¿qué tienes?--profirió asustado Uceda levantándose de la +silla. + +La joven le hizo un gesto con la mano para que se sentase, sin dejar de +reir. + +--¿Qué tienes, Soledad?... ¡No rías, por Dios, de ese modo! + +La tabernera dejó caer la cabeza sobre el mostrador, ocultándola entre +sus manos, y así permaneció algún tiempo sacudida por incesantes +carcajadas. Poco á poco estas sacudidas fueron siendo menos vivas, hasta +que cesaron por completo. Al cabo alzó su rostro enteramente bañado de +lágrimas, y dijo sonriendo: + +--¡Qué tonta soy! ¿verdad, Manolo? + +--¿Te has puesto mala?--preguntó él con ansiedad. + +--No, ya estoy bien. + +Y levantándose tomó de la estantería un frasco de azahar, vertió con +mano temblorosa una cucharada y la tragó. Después se enjugó el rostro +cuidadosamente con el pañuelo y volvió á sentarse. + +--Vamos á ver, ¿qué ha sido?--le preguntó cariñosamente el joven. + +Soledad guardó silencio. Él insistió con palabras cada vez más vivas y +cariñosas. Al fin la tabernera profirió en voz baja y concentrada: + +--Todo se lo he perdonado... ¡todo!... Pero lo que está haciendo ahora +ni yo se lo perdono ni se lo perdonará Dios. + +Y al pronunciar las últimas palabras se le anudó la garganta y estalló +en sollozos. Uceda la dejó llorar un rato en silencio. + +--Que haga de mí lo que quiera--prosiguió cuando se hubo calmado...--Que +me haga su criada... Después de todo, ya lo soy... Pero refregarme los +ojos con otras mujeres... eso no debía hacerlo, ¿no te parece?... Porque +yo no le he dado motivo hasta ahora para tratarme así, bien lo sabe +Dios... Desde que estoy con él no he mirado á ningún otro hombre... ¡que +se me quiebren las manos y se me salten los ojos si no digo la +verdad!... No he ido un día siquiera á Puerta de Tierra, ni á los toros, +ni he puesto los pies fuera de casa más que cuando él me ha llevado á la +plaza de Mina por la noche ó los domingos por la mañana á la del +Mercado. Miro por sus intereses como si fuesen míos... mucho más que si +fuesen míos... ¿Por qué se goza en hacerme padecer?... En cuanto hay +mujeres delante me trata con un despego y un despotismo como no se trata +á una negra... Y les dice requiebros, y retoza con ellas... y si me +presento en el cuarto me pregunta con desprecio: «¿Qué hace usted ahí? +¿A qué viene usted aquí?» Hasta que me echa, y esas perdidas se quedan +riendo de mí... Ahora le da por una que llaman Mercedes la _Cardenala_. +Se pasa las tardes en su casa, ahí en las Barquillas de Lope, y se +pasea con ella por el Perejil... De todo me han informado... + +--¡Eso, más que maldad, es una estupidez!--exclamó Manolo, á quien le +parecía monstruoso que Soledad pudiera ser pospuesta á otra mujer +cualquiera de este mundo. + +--Pues no se ha contentado con esto... Era necesario que me la pusiese +delante de los ojos... Hace un rato pasó por aquí con ella en coche. Y +para que yo no dudase que era él, el malvado, al cruzar por delante de +la puerta, sacó la cabeza. + +--¿Pero iban solos? + +--¡No! Iba una hermana de ella y otras tres personas!... ¡Si me han +dicho que se casan!... ¡Vaya si se casarán!... Como que es rica... Su +padre tiene no sé cuántas tiendas... ¡Y yo no soy más que una pobrecita +huérfana! + +Al llegar aquí rompió á sollozar de nuevo. Manolo hizo lo posible por +calmarla con reflexiones consoladoras. Velázquez tenía buen fondo y la +quería. No era posible que por un capricho momentáneo la abandonase, +deshiciese un lazo que era sagrado por las circunstancias en que se +había contraído. Le gustaba que nadie contrariara su voluntad; pero por +lo mismo no se casaría á un dos por tres con cualquier mujer, sino con +una que tuviera bien probada, que le estuviese enteramente sometida... +como ella. + +¡No lo sabía bien el pobre Manolo! Soledad le había dado cuenta de la +última etapa de sus agravios, que era, después de todo, la más dolorosa +para ella, pero no del proceder brutal que venía usando. Desde el día en +que la golpeó por causa de su hermano, Velázquez soltó las riendas á su +temperamento altivo y caprichoso. La pobre muchacha no sabía cómo darle +gusto. Por el asunto más baladí armaba una reyerta, se enfurecía y +concluía por maltratarla. Soledad se encerraba en su cuarto, lloraba un +rato y volvía al cabo á él más sumisa y más enamorada que antes. Fuerza +es declarar que el guapo no solía excederse en estos castigos, como +otros: ni la hería ni la dejaba casi nunca señales ó cicatrices. Más que +por hacerla daño, la pegaba para satisfacer su orgullo; quizá hallando +también cierta voluptuosidad en ello. De todos modos, no dejaba de ser +curioso y extraño ver á aquella mujer, alta, fornida y arrogante, sufrir +con resignación los golpes de un sujeto tan exiguo. Porque Velázquez era +valiente, y lo había demostrado en varias ocasiones; pero siempre con la +navaja. Luchando á brazo partido, con sus propias fuerzas, es casi +seguro que Soledad hubiera dado buena cuenta de él. + +--No; conmigo no se casará jamás, no habiéndolo hecho ya... Ya no me +quiere... + +--Son aprensiones tuyas. Velázquez te quiere, y tarde ó temprano se +casará contigo. + +Decía esto para consolarla, pero sin creerlo. Al pronunciar tales +palabras no pudo reprimir un movimiento de alegría que se le traslució +en la voz. Ó porque Soledad lo notase ó, lo que es más probable, porque +le saliese del alma en aquel momento, replicó limpiándose las lágrimas: + +--Es igual... De todos modos yo no seré de nadie más que de él en este +mundo. + +Y murió repentinamente la alegría en nuestro mancebo, como una chispa de +fuego cuando cae en el agua. Quedó silencioso y sombrío largo rato. +Soledad, rumiando con desesperación sus celos, tampoco hablaba. Al cabo +profirió en voz baja: + +--¡Daría la mitad de la vida por sorprenderlos, por decir á esa +sinvergüenza cuatro verdades! + +Manolo siguió silencioso. + +--Oye, querido--tornó á decir con resolución al cabo de un rato.--Me voy +en busca de ellos. ¿Quieres hacerme el favor de acompañarme? + +Una ola de vergüenza subió á las mejillas del caballero de Medina. + +--¿Yo?... ¿Qué dices?... + +--No te apures, hijo--manifestó la joven observando su turbación.--Te lo +he pedido porque, como dudo que Velázquez me defienda, es fácil que +entre todos ellos me maten. Pero si te parece mal, no he dicho nada... +Tan amigos como antes. + +Al mismo tiempo se levantó é hizo ademán de subir á su casa. Manolo la +detuvo, cogiéndola por la ropa. + +--Aguárdate un instante, criatura... + +Con palabras sensatas le hizo presente lo desatinado de aquel paso, le +expuso todos sus inconvenientes y peligros. Soledad no quiso escucharle. +Acudió luego á las súplicas, á los halagos, y obtuvo el mismo resultado. +Una vez más tuvo ocasión de convencerse de la terquedad nativa de +aquella mujer. Al fin la dejó marchar. + +Estaba cerrando la noche. La tienda se poblaba de sombras que luchaban +con la escasa claridad que aún entraba por la puerta. Uceda metió la +cabeza entre las manos y quedó meditando. Indudablemente, lo que había +dicho Soledad tenía muchos visos de verosimilitud. Velázquez, irritado +por la osadía de su querida, era muy capaz de dejar que la maltratasen, +si es que él mismo no se arrojaba á hacerlo. ¡Pobre Soledad! Aquel +funesto amor la había enloquecido y sería la causa de su ruina completa. +Cuando la vió aparecer de nuevo con un mantón sobre los hombros y +pañuelo de seda á la cabeza sintió tanta compasión que le dijo, +alzándose de la silla: + +--Vamos, niña... vamos donde tú quieras. + +--Gracias, Manolo--replicó la joven con voz temblorosa.--Salte fuera y +aguárdame en la esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no +tardará. + +Salió de la tienda Uceda y necesitó esperarla cerca de media hora +paseando por la muralla. Al fin llegó y echaron á andar emparejados. + +Era ya noche completa: los faroles de la ciudad estaban encendidos. El +mar rugía sordamente, batiendo su recinto amurallado. + +--Y cuando venga la gente de la reunión ¿qué les dirá el +chico?--preguntó Manolo. + +--Que me dolía la cabeza y estoy en mi cuarto durmiendo. + +Caminaron en silencio algunos minutos. + +--Pero ¿dónde vamos?--dijo al fin Uceda parándose. + +Soledad tardó en responder. Al cabo dijo con acento de vacilación: + +--Si han venido ya de Puerta de Tierra, deben de estar en la tienda de +Crisanto. Velázquez suele parar allí muy á menudo. + +La tienda de Crisanto estaba en la calle de Pedro Conde, muy cerca de +los muelles. Para ir á ella era necesario dar la vuelta á la ciudad, ó +atravesarla por el medio. Soledad optó por lo primero. Siguieron la +curva de la muralla ciñendo la ensenada de la Caleta y, dejando á un +lado las Barquillas de Lope, donde habitaba la aborrecida rival, +continuaron por el paseo del Perejil, y después de bastante andar +llegaron á los baños del Carmen. Ni uno ni otro habían despegado los +labios. Manolo iba avergonzado y pesaroso, temiendo las consecuencias +que de aquel paso precipitado podían resultar. Soledad, emboscada en sus +pensamientos sombríos, sin atender más que al egoísmo de su pasión, ni +miraba á su compañero ni se daba cuenta siquiera de que iba á su lado. + +Era una noche desapacible de invierno. El cielo estaba nublado. El +viento soplaba recio, haciendo rodar sobre la negra superficie del mar +enormes olas que venían á estrellarse con fragor sobre la muralla. +Cádiz, la más bella ciudad de la Bética, enclavada dentro del Océano, +apoyándose en la tierra solamente por un brazo estrechísimo, vivía feliz +y tranquila en las fauces del monstruo. El bullicio de sus calles +llegaba á los oídos de nuestros jóvenes. De todas las puertas y ventanas +salían rayos de luz y de algunas también las notas dulces de la +guitarra, el chasquido de los palillos y el canto vibrante, apasionado, +de alguna copla. Ya podían las olas batir como bestias feroces sus +murallas, rugiendo amenazas de muerte toda la noche. Nadie escuchaba sus +gritos; nadie se asomaba siquiera á ver sus esperezos titánicos. + +Uceda y Soledad huían instintivamente la luz. En vez de acercarse á las +casas, seguían el pretil de la muralla donde se amontonaban las sombras. +Desde los baños del Carmen no tomaron por una de las calles trasversales +para salir á los muelles, sino que continuaron distraídamente á la +orilla del mar hasta la punta de San Felipe. Los clamores del Océano +eran allí más sonoros y profundos. Las olas rompían en el baluarte con +estrépito y muchas veces saltaban por encima del muro y mojaban el +suelo. Los jóvenes se detuvieron fascinados por aquel imponente +espectáculo: quedaron inmóviles frente á la hirviente llanura, +olvidando en un punto sus penas. Al cabo Soledad profirió: + +--¡Qué tiempo tan duro!... Ayer tenía cerco la luna. + +Uceda guardó silencio. Largo rato permanecieron junto al pretil +contemplando la agitación tumultuosa de las aguas. Poco á poco sus ojos +se fueron acostumbrando á la oscuridad. La inmensa superficie del Océano +se desplegó ante ellos erizada de crestas amenazadoras. Soledad concluyó +por sentirse aterrada, como si estuviera en medio de ellas sin pisar +tierra firme. Sin darse cuenta de ello se fué colocando poco á poco +detrás de su amigo. + +--¿Qué es eso?--dijo éste volviéndose.--¿Tienes miedo? ¡Qué harán +entonces aquellos que van por allí! + +Y señaló con la mano un punto que apenas se divisaba en el horizonte. + +--¿Un barco?--preguntó la joven con ansiedad. + +--Sí. + +--¡Pobrecitos! + +Y añadió al cabo de un instante: + +--Pidamos á Dios, Manolo, que los saque de esta noche en paz... _Padre +nuestro que estás en los cielos..._ + +El caballero de Medina respondió á la oración quitándose el sombrero. +Mientras murmuraba el Padre nuestro, su pensamiento cantaba alabanzas á +Soledad, «¡Tiene un corazón excelente! El día que adquiera juicio será +una mujer adorable.» + +Apartáronse del pretil, doblaron la punta de la batería y entraron en +los muelles. + +--¿Sabes una cosa que estoy pensando, Soledad? + +--¿Qué? + +--Que si por casualidad tropezásemos en este momento con Velázquez ó con +algún amigo que se lo fuese á contar, podría imaginarse cualquier cosa y +tendrías un grave disgusto... + +--No lo creas. Velázquez nunca ha tenido celos de ti--se apresuró á +decir la joven con increíble aturdimiento. + +Uceda, en la oscuridad, se puso encarnado hasta las orejas. + +--Es decir, no tiene celos de ti, como no los tiene de nadie... Porque +él es así... ¿sabes?--añadió después de hacerse cargo de su +indiscreción. + +--¡Es natural!... Está muy por encina de todos los demás--manifestó el +joven con acento sarcástico. + +--No es eso, Manolo... Cada cual es como Dios le crió... Hay unos que se +celan de su sombra y dan mucha guerra á las mujeres... y otros que son +confiados y viven siempre tranquilos. + +Uceda estuvo á punto de decir: «Sólo siente celos el que ama»; pero su +alma generosa le hizo volverse atrás, y guardó silencio. + +En el gran puerto de Cádiz numerosos barcos de todos portes cabeceaban +furiosamente á impulso del oleaje. Sonaban las cadenas, crujían las +maromas y todo parecía á punto de estallar. Algunos farolillos sujetos á +las vergas lucían con vivos movimientos en la oscuridad como estrellas +filantes. + +Bajaron la escalerilla de la muralla, y entrando en la calle de Pedro +Conde se acercaron á la taberna de Crisanto, y Soledad suplicó á su +amigo que se quedara fuera y se ocultase mientras ella entraba á +preguntar. Penetró, en efecto, y la informaron de que Velázquez había +estado allí hacía poco rato, en compañía de algunos amigos y amigas. + +--Hemos llegado tarde--dijo, cuando salió.--Han estado aquí, pero ya se +han ido. + +--Me alegro infinito--replicó Manolo.--El paso que ibas á dar no podía +menos de acarrearte un grandísimo disgusto. Vuélvete á casa antes que +llegue Velázquez, sube á tu cuarto y duerme tranquila. Verás cómo +mañana, con la luz del día, se disipan esas nubes negras que ahora te +atormentan. + +--Sí, sí... me vuelvo--replicó la joven bajándose aún más el pañuelo de +la cabeza para taparse la frente y embozándose con el mantón.--Déjame +ahora, que me voy por las calles. + +--Echa á andar delante. Yo te seguiré nada más que hasta la esquina de +la calle de la Verónica, porque me voy á la cervecería. + +Emprendió la marcha la arrogante tabernera, y Manolo le dió escolta á +respetable distancia hasta la citada esquina. Allí se detuvo. Soledad, +sin volverse, levantó el brazo é hizo un gracioso saludo de despedida. +Uceda permaneció inmóvil hasta que la perdió de vista. Después, +lentamente, sofocado por mil pensamientos melancólicos, hizo rumbo hacia +la _Cervecería inglesa_. + + + + +VI + +Disputa. + + +Soledad siguió á paso vivo por la calle de la Carne, que estaba á tales +horas animadísima. Los faroles del municipio y las luces de los +escaparates la bañaban de claridad. Discurría la gente por ella +perezosamente, gozando de aquella primera hora de la noche antes de +retirarse á casa. Grupos de hombres cruzaban charlando en voz alta. Las +señoras iban de uno á otro escaparate paseando los ojos sobre las telas +colgadas en ellos. Algunos chiquillos andrajosos los recreaban con los +dulces expuestos detrás del cristal de las confiterías. + +Soledad avanzaba rebujada en su mantón, con el pañuelo sobre los ojos. + +--¡Vaya unos andares! ¡Qué gloria de cuerpo!--Mare bendita, ¿cuándo ha +caído este cacho de firmamento?--¡Bendígate Dios, salero, que me has +deshecho el alma con ese taconeo chiquito! + +Pocos transeuntes cruzaban sin verter en su oído algún requiebro. Los +grupos se abrían para dejarla paso. La gentil tabernera marchaba sin +fijar la atención en tales palabras, sin oirlas siquiera, totalmente +abstraída de lo que la rodeaba. Los celos seguían oprimiendo su corazón +y turbando sus ideas. + +Antes de alcanzar el fin de la calle comenzaron á caer algunas gotas y +se declaró al instante un fuerte aguacero. Siguió caminando impávida sin +guarecerse en los portales, como hizo la mayoría de la gente. Y en vez +de dirigirse á su casa, que ya no estaba lejos, se encaminó hacia las +Barquillas de Lope, donde esperaba sorprender al infiel. Antes de llegar +allá su cuerpo chorreaba. Atravesó á la intemperie la plaza del Balón, y +por una pequeña travesía entró en las Barquillas. Habita allí gente +pobre; las viviendas son pequeñas, sucias: hay algunas tiendas de vinos +y comestibles. Hacia una de éstas algo mejor que las otras avanzó +rápidamente; pero antes de llegar á ella escuchó un canto que la dejó +repentinamente clavada al suelo. Era Velázquez que entonaba una +seguidilla gitana. Quedó inmóvil y pálida. El canto de su querido le +producía siempre efecto extraño que jamás se pudo explicar: la +entristecía, le daba miedo; se ponía pálida, y siempre que era posible +se escurría para no oirlo. Y no porque el guapo cantase mal, al +contrario: sin poseer una gran voz, era extremado por su estilo para las +_seguidillas gitanas y soleares_. + +Nunca se había atrevido á confesar este misterioso efecto; pero +Velázquez llegó á notarlo, y como era hombre complaciente cuando no se +tocaba á su orgullo, procuraba evitarle el disgusto; tanto más, cuanto +que tampoco era muy inclinado á mostrar esta habilidad, que juzgaba poco +varonil. Cuando le instaban para que tomase la guitarra, miraba de reojo +á su querida, sonreía y siempre hallaba pretexto para excusarse. + +Á este inexplicable efecto uníase ahora otro que se explicaba +perfectamente. Soledad necesitó de todas sus fuerzas para no caer al +suelo. El coraje se las dió para seguir avanzando y llegar hasta la +puerta de la tienda, que se hallaba abierta. Dentro no estaba más que su +dueño, el padre de la Mercedes. Pero en un departamento contiguo, +cerrado por cristales al exterior y que comunicaba con la tienda, sonaba +el canto y la guitarra. Los cristales estaban embadurnados con jabón +para que no se pudiese registrar la habitación desde fuera. Se acercó á +ella, y á fuerza de buscar dió con un pequeño intersticio donde la +pringue no había caído, y por él logró ver quién había dentro. Estaban, +á más de Velázquez, la Mercedes á su lado, Frasquito al lado de Pepa, +prima de aquélla, con quien mantenía relaciones según se decía, y +Gregorio, hermano de Pepa, cerca de Isabel su prima, hermana de +Mercedes, con la que estaba próximo á casarse. La madre de las +_Cardenalas_ andaba de un lado para otro escanciándoles el vino y +sirviéndoles lo que les hacía falta. + +Soledad, por el momento, no tuvo ojos sino para esta madre complaciente. + +--¡Alcahueta! ¡asquerosa!--murmuró con ira reconcentrada.--Lo que tú +buscas es enredar á Velázquez para que se case con tu hija. ¡Claro, como +es rico, para él todo son mimos! ¿Qué te importa que una pobrecilla +quede deshonrada y á la clemencia de Dios? + +Dos lágrimas saltaron á sus ojos que se secaron al instante. Velázquez +había cesado de cantar y se inclinaba para hablar con Mercedes, quien +con el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la mano mostraba una +actitud marcadamente displicente. Era graciosa esta Mercedes con sus +ojillos chispeantes, los dientes blancos y menudos y la nariz remangada. +Soledad la devoró con la vista largo rato y dejó escapar un suspiro. +¡Sí, si cualquiera hallaría á su gusto esta chiquilla! Y ella, que +poseía los ojos más hermosos de Cádiz, envidió en aquel momento los +pequeñuelos y maliciosos de su rival; quisiera ser bajita y tener la +nariz remangada como ella. + +Isabel era rubia y desgarbada. La prima Pepa, pequeña y fea con un +costurón en el cuello; pero eso y mucho más sufriría el avaro de +Frasquito con tal de atrapar el gato de su padre, que lo tenía gordo y +lucido al decir de la gente. Hablaban en voz alta, pero nada de lo que +decían llegaba distintamente á los oídos de la celosa tabernera. +Espoleada por la curiosidad, tanto como por la cólera, entró en el +portal de la casa, donde había una puertecilla que comunicaba con el +cuarto de la tertulia. Por el agujero de la cerradura apenas lograba +verse nada; pero en cambio se oía claramente cuanto se hablaba. Pegó el +oído á él y escuchó. + +Velázquez embromaba á la graciosa _Cardenala_ sobre su tristeza. ¿Por +qué tenía aquella cara tan larga? ¿Por qué no hablaba? ¿Había visto al +lobo? ¿Dónde le había cogido aquel aire? Mercedes respondía con palabras +sueltas y breves, casi siempre agudas; porque tenía ingenio y sal la +muchacha. Los demás reían y tomaban parte en la broma. La voz del guapo +era dulce, insinuante; tenía unas inflexiones humildes que Soledad jamás +había percibido en ella. El corazón se le oprimió, sintió un frío que le +penetró hasta los huesos, y ella, que había venido á armar un escándalo, +á sacar los ojos á su rival, se encontró repentinamente sin fuerzas para +mover un dedo. Su felicidad había volado para siempre: Velázquez estaba +enamorado de aquella mujer. Iba á salir de aquel maldito portal donde le +faltaba la respiración, donde temía estallar en sollozos, cuando entre +el oleaje de la conversación creyó percibir su nombre. Aplicó mas el +oído: en efecto, se hablaba de ella. Velázquez invitaba á bailar á Pepa. +Esta se excusaba; había bailado ya mucho en Puerta de Tierra. El majo +insistía. Frasquito, que no deseaba verse privado de la compañía de su +novia, concluyó por decir: + +--Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? No sé cómo apeteces tanto el +bailoteo, cuando tienes en casa una real hembra que baila en la mano. + +--¡Echa realezas, hijo!--exclamó Pepa con mal humor.--¡No eres alguien +para dar títulos! + +--Déjalo, querida--replicó Isabel.--Ha querido decir que es una hembra +de á real. + +--Nada de eso--profirió con viveza Frasquito.--Soledad es una hermosa +mujer aquí y en todas partes, y á nadie se lo he oído negar hasta ahora. + +--¡A cualquier cosa llamas tú hermosa!... ¡Mala puñalá te den +rejoneá!... ¡Quitá allá desaborío! ¿No ves que se están riendo de ti?... +Que me perdone Velázquez, pero en esta ocasión no ha dado pruebas de +buen gusto. No sé cómo hay quien pueda decir que es hermosa una mujerota +grande, grande, como una ballena; sosa, sosa, más que las calabazas. + +--¡Pues si la hubieses visto, como yo, sin corsé!--exclamó +Isabel.--¡Para matarla, hija!... + +--El vientre le arrastra por el suelo. + +--Y la mitad del pelo que lleva es postizo: me lo ha dicho su +peinadora. + +--¡Vamos, callaros ya!--dijo Mercedes con enojo.--Que sea guapa ó fea, +ni á vosotras ni á mí nos debe tener con cuidado. + +--Yo no digo más que una cosa--replicó Isabel,--y es que si fuese hombre +me gustarían las mujeres, pero no los elefantes. + +--¡Anda con ella, hija!--exclamó Frasquito.--¡Cómete la cabeza y no +dejes siquiera las espinas! + +--Oye tú, empachoso, yo no me como carne tan dura. Tú la subes mucho, +porque está Velázquez presente. + +Este se hallaba molestísimo. Le indignaban aquellas injustas y malévolas +palabras, pero no se atrevía á salir á la defensa de su querida por +miedo de enojar á Mercedes. + +--Ni la subo ni la bajo--manifestó Frasquito en tono agrio.--Digo lo que +todo Cádiz sabe. Si tú no lo quieres confesar, será también porque está +tu hermana delante. + +La disputa iba tomando mal sesgo. La madre de las _Cardenalas_ se creyó +en el caso de atajarla. + +--Déjala, hija, déjala ser todo lo hermosa que dicen y algo más todavía. +Á ti no te toca más que compadecerla, porque le falta á la pobrecita la +hermosura mayor, que es la honra. + +Soledad levantó el pestillo de la puerta y penetró en la estancia. Se +acercó lentamente á la vieja, que retrocedió espantada, y plantándose +delante de ella con los brazos en jarras dijo roncamente: + +--¿Sabe usted, señora, por qué no tengo honra? Pues porque ese hombre +que está ahí me la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle que me +la vuelva, se humilla y le baila el agua para meterle en casa. Y no sólo +hace usted eso, sino que me afrenta y me clava el puñal por la espalda. +¿Quién es más honrada, señora, usted que le entrega su hija por dinero, +ó yo que me he entregado á él por amor? + +La sorpresa los había clavado á todos á la silla; pero repuestas las +_Cardenalas_, al instante se levantaron como fieras para arrojarse sobre +la intrusa. + +--¡Cómo! ¿Atreverse la tía pendanga á venir á insultarlas á su propia +casa? ¿Insultar á su madre? ¿Insultarlas á ellas? ¡Esa sin vergüenza! +¡Esa cualquier cosa! ¡Esa p...! + +Y salió el vocablo infamante, y se repitió infinitas veces á gritos por +las cuatro mujeres, trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y +hubieran dado buena cuenta de la infeliz Soledad, á pesar de su +corpulencia, si Velázquez, con arranque generoso, no se hubiese plantado +delante de ella. + +--¡Nadie la toque con un dedo siquiera! + +Las mujeres no osaron avanzar. La fiera actitud del majo les impuso +silencio por un instante. Volviéndose aquél después á su querida y +sacudiéndola por el brazo la miró cara á cara con ira concentrada. Los +dos estaban pálidos. + +--Dí, ¿á qué vienes aquí, loca? ¿á qué vienes aquí? + +--Pues á ver cómo te diviertes--respondió la joven, cada vez más pálida. + +--Esas tenemos, ¿eh? Pierde cuidado, que ya ajustaremos cuentas. + +--Á eso vengo también... á que me pegues--replicó ella con el rostro +contraído por una triste sonrisa. + +--¡Ya arreglaremos eso, ya! + +--Puedes arreglarlo ahora mismo... ¡Anda, hombre, pega, si con eso te +desahogas!... + +--Lo que vas á hacer es largarte al momento, ¿entiendes? + +--Como tú quieras... Yo no hubiera entrado si esa tía asquerosa no me +hubiera insultado. + +Las cuatro mujeres tornaron á enfurecerse y quisieron acometer á la +tabernera; pero Velázquez la echó fuera á empellones y cerró la puerta. +Entonces su negra cólera se deshizo en injurias candentes, +interminables. Velázquez las escuchó un rato con calma bebiendo á sorbos +el vaso de vino que tenía delante; pero al cabo se hicieron tan pesadas, +que no pudo sufrirlas más tiempo. + +--¡Ea, señoras! ¿Qué va aquí jugado?--profirió dando un fuerte puñetazo +sobre la mesa.--¿Quieren ustedes que dure esta guasa toda la noche? + +Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron su ira, porque el guapo +tenía malas pulgas. Además, Frasquito y Gregorio las instaron á hacerlo. +Se habló de cosas indiferentes como si nada hubiese pasado; se bebió y +se cantó otra vez. Pero como la ira seguía rugiendo en los corazones, +aunque los rostros se mostrasen alegres, cuando menos se pensaba estalló +la tempestad de nuevo. + +Velázquez había tomado la guitarra y preludiaba unas _soleares_. Todos +callaban. De pronto Isabel soltó una fuerte risotada, que al guapo le +produjo insoportable escozor. + +--¿De qué te ríes, hija mía?--le preguntó con aparente calma. + +--Pues me río de verte así, tan pacífico, con la guitarra sobre las +piernas... Dispensa, hijo, no lo puedo remediar. + +Y soltó otra risotada. + +--¿Y cómo quieres que esté, prenda? ¿con la navaja abierta?--replicó el +majo, la voz alterada ya, aunque fingiendo sosiego. + +--No, pero como decían que eras esto y lo otro... y que las mujeres se +desmayaban cuando tú las mirabas serio y que no se atrevían á mover un +dedo sin tu permisos, francamente, me río. + +--Pues mira, niña, hasta ahora ninguna me ha faltado al respeto, ¿sabes? +Pero si tú quieres empezar, puedes hacerlo... + +Isabel no contestó. Siguió riendo de un modo insolente. Al cabo dijo con +calma provocativa: + +--La verdad es, querido, que se te caen los calzones de hombre de bien. + +El rostro del guapo se enrojeció, alzóse airado de la silla y se +abalanzó á la insolente, diciendo: + +--Oye tú, niña guasona, ¿quieres probar cómo saben las bofetadas de este +hombre de bien? + +Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las mujeres, temerosas, procuraron +calmarle. Todo había sido broma. Parecía mentira que tomase en serio las +simplezas de Isabel. Ésta se apresuró igualmente á darle excusas. +Restablecióse el sosiego. Velázquez volvió á sentarse sin despegar los +labios, pero á los pocos momentos se despidió con trazas de marchar muy +desabrido. + +Cuando entró en casa, Soledad se hallaba aún en la taberna. En vez de +subir y mudarse la ropa mojada, había querido aguardarle. Al verle +avanzó á su encuentro y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz +temblorosa: + +--¡Perdóname! + +Pero el majo traía el alma resquemando por las palabras de Isabel. +Ningunas podían ser más pesadas y mortificantes para él. Se desprendió +vivamente de aquellos amorosos lazos y la rechazó, dándole un fuerte +empellón. Soledad retrocedió tambaleándose, tropezó con una silla y dió +con su pesado cuerpo en el suelo, hiriéndose con la esquina del +mostrador en la sien. Velázquez no acudió á prestarle socorro. La dejó +tendida en el suelo y subió á encerrarse en su cuarto. + + + + +VII + +El columpio. + + +La mojadura y el disgusto postraron en cama á la pobre Soledad. Se le +declaró una fiebre intensa y estuvo algunos días bastante grave. +Velázquez, como si le remordiese la conciencia de lo que había hecho, se +portó con ella mejor de lo que podía esperarse. Hizo venir al médico y +la prodigó todo género de cuidados y atenciones y, lo que aún es más +raro, apenas salió de casa. En la de las _Cardenalas_ no volvió á poner +los pies; pero tal proceder no debía achacarse al amor de su querida, +sino á su vidriosa susceptibilidad. Las palabras burlonas de Isabel eran +una espina que tenía clavada en el corazón. El orgullo le hizo, pues, +renunciar sin dificultad, no sólo á la mano, sino también al trato de +la Mercedes. No volvió á acordarse de ella. Soledad, que muy pronto lo +advirtió, sintió su alma bañada en alegría celeste, y pensando la +inocente que era debido á su cariño, se lo agradeció profundamente. Tal +conducta contribuyó infinitamente más á su curación que las recetas del +médico. + +Después que se levantó de la cama gozó todavía algunos días felices. +Velázquez, en la convalecencia, se mostró afectuoso y atento, la sacó de +paseo y le hizo algunos leves regalos, para ella de gran precio. No +tardó, sin embargo, en fatigarse. En cuanto la vió fuerte comenzó á +tratarla de nuevo con desdén; luego con crueldad. Pero ella todo lo +halló bueno, observando que no reanudaba sus amores con la _Cardenala_. + +Sus celos no estuvieron dormidos mucho tiempo, por desgracia. +Principiaron á atormentarla con ocasión de las frecuentes y largas +pláticas que el guapo mantenía con Paca la de la Parra. Ésta proseguía +infatigable su tarea de persuasión, ejerciéndola unas veces sobre +Velázquez, otras sobre Antonio. Tanto uno como otro la escuchaban sin +disgusto, porque era una graciosa predicadora y porque les servía para +hacer alarde de su ingenio con agudas respuestas. Resueltos á no seguir +sus consejos, los recibían con benevolencia, se mostraban amables, +jocosos, y embromaban cariñosamente á la célebre _cantaora_. La llamaban +el padre Francisco. Pero ella no se atufaba ni descomponía. Con la +gracia y afluencia que caracterizaban su discurso no cesaba de +sermonearles un día y otro, esperando que al cabo Dios les tocaría en el +corazón. + +--Compare, ¡cómo ha rajado hoy el padre Francisco!--se decían uno al +otro guiñando el ojo. + +Y Paca sonreía y cogía cualquiera ocasión por los pelos para volver á la +carga. + +La verdad es que no tenía mérito alguno sufrir con paciencia sus +sermones. Era Paca una de las más amables, ingeniosas y profundas +mujeres que pudieran hallarse en parte alguna del mundo. En sus ojos +brillaba la inteligencia; su voz insinuante, sus modales impregnados de +natural elegancia, sus palabras llenas de prudencia, como las de Nestor, +rey de Pylos arenosa, y sobre todo aquel incesante jugar con los rizos +de su negra cabellera mientras hablaba, seducían á cuantos tenían la +dicha de escuchar sus lecciones. Su fuerte era la teología moral. Ningún +problema, por arduo que fuese, referente á los deberes del hombre +consigo mismo y con los demás dejaba de tener solución adecuada en +aquella linda cabeza rizada. Pudiera escribir un tratado del matrimonio +más completo é interesante que el del padre Sánchez. ¡Con qué admirable +habilidad iba descomponiendo y repasando cada uno de los términos del +caso ético que cualquier amiga le presentaba! «Á tu marido, dices, no le +gusta la ensalada de patatas... bueno. Tú se la has puesto tres días +seguidos... y te pegó... pero ha sido porque no tenías dinero para +comprar longaniza ó carne, ¿no es eso?... Dices que se te había +concluído el dinero antes del fin de la quincena, porque te habías +comprado unos zapatos... Pero los compraste porque tu marido se enfadó +un día que saliste con él y los llevabas rotos... etc.» ¡Oh, cuán +profundamente examinaba los datos y con qué suave elocuencia emitía +luego su fallo inapelable! + +La esposa de Pepe de Chiclana no predicaba sólo con la boca, como tantos +moralistas, sino también con el ejemplo. Á pesar de haberse criado en +una taberna, con la libertad y los peligros que para las jóvenes +ofrecen, jamás tuvieron las malas lenguas sitio por donde atacarla. Era +virtuosa por temperamento, quizá también por el orgullo que le inspiraba +el convencimiento de su superioridad moral é intelectual. Los requiebros +no conseguían conmoverla. En cambio estimaba cualquier signo de respeto +y consideración á su talento, gozaba increíblemente cuando, gracias á su +elocuencia, se alcanzaba la avenencia de dos amigas enemistadas, el +perdón de un padre, la reconciliación de un matrimonio. Y sobre esto +ninguna rigidez antipática, ninguna hipocresía. No le importaba entrar +en una casa de mala fama ni acompañarse de cualquier mujer de dudosa +conducta. Cruzaba sin reparo por medio del lodo, segura de no mancharse. + +Pues tal sencilla altivez, tal indiferencia por los halagos de los +hombres, llamaron al cabo la atención del irresistible Velázquez y +concluyeron por preocuparle. Gustaba el guapo de prodigar galanterías, +de festejar á cuantas mujeres hablaba; pero hallaba justo que estas +mujeres se mostrasen lisonjeadas, quería verlas ruborizadas, adivinar +que le hallaban de su gusto: avezado estaba á ello. Con Paca no sucedió +lo mismo. Cuantos más requiebros la soltaba, cuanto más le hacía +comprender que le causaban impresión sus atractivos, más indiferente y +distraída se mostraba ella. Con su donaire peculiar cortaba en seco +cualquier lisonja, desviaba ingeniosamente la conversación y la +encauzaba hacia los temas filosóficos en que tanto se placía. Velázquez +se sintió humillado. Por más que tenía conocimiento de la virtud de la +esposa de su amigo Pepe, y nunca se le había pasado por la imaginación +ponerla á prueba, excitado su orgullo, principió por galantearla en +broma y concluyó por requerirla de amores en serio. + +Paca opuso la misma suave indiferencia á uno que á otro: ni se mostró +halagada ni ofendida. Su táctica consistió en hacerse incrédula y en +rehusar oirle. + +--¡Vaya, niño! ¡á callar!... Too eso es guasa viva. Déjala para las +pobrecitas que no te conozcan como yo. + +Y el majo con esto se mordía los labios y ocultaba con una sonrisa +forzada el despecho que le roía. + +No pasó inadvertido este galanteo para Soledad. Aunque su inteligencia +no era penetrante de ordinario, la tenía muy fina para adivinar cuanto +ocurría en el alma de su amante. Ningún pensamiento alegre ó triste, +ningún deseo más ó menos vago se le escapaba. Comprendió, pues, al +instante, al través de las bromas triviales de siempre, que Paca le +interesaba y que la estaba galanteando. Pero aquí se detuvo su +penetración. No vió que Paca rehusaba aquel galanteo, que le daba un +ardite por Velázquez, como por todos los demás hombres; no comprendió el +carácter altivo y original de su amiga. Por eso comenzó á ponerle mala +cara, á responderla con sequedad y aun á dirigirle algunas indirectas +ofensivas. Como no podía concebir que mujer alguna rechazase los +obsequios de su querido, estaba persuadida de que Paca los alentaba. +Esta, al principio, no dió importancia á su actitud: la vió triste y +seria, y pensó que su desgraciada situación y el desvío cada vez más +acentuado de Velázquez eran la causa. Pero llegó un momento en que +advirtió claramente que Soledad tenía celos de ella, y se propuso +provocar lo más pronto posible una explicación. + +Una tarde llegó sola á la tienda. Soledad la recibió con marcada +frialdad. Cambiaron algunas palabras indiferentes y, como siempre, la +esposa de Pepe de Chiclana concluyó por tocar el asunto del matrimonio +de su amiga, dándole cuenta de los trabajos diplomáticos que llevaba á +cabo para su realización y procurando infundirle esperanzas. Soledad +escuchó distraída y dijo al cabo con impaciencia: + +--Mira, Paca, no te molestes más. No tengo ya ninguna gana de casarme. +Estoy perfectamente así. + +--¿Y desde cuándo eso, niña?... porque hace pocos días bien fatigadita +andabas por llegar á la Vicaría--repuso Paca, picada por el acento +despreciativo que Soledad había dado á sus palabras. + +Ésta no respondió. Encolerizada á su vez por las de su amiga, hizo un +esfuerzo para no dispararse, y lo consiguió; pero no pudo reprimir un +gesto desdeñoso. Paca se mostró aún más herida por este gesto y volvió á +preguntar con sorna: + +--Vamo, hija, cuéntame eso... ¿Desde cuándo? + +Entonces Soledad, volviendo hacia ella su rostro contraído por la ira, +dijo con afectada calma: + +--Desde que tú y Velázquez os entendéis tan bien. Por si se muere Pepe, +no quiero serviros de impedimento. + +Paca soltó una carcajada. + +--¡Acabases de reventar, criatura!... ¿Conque Velázquez y yo nos +entendemos?... ¡Qué traición! ¿verdad tú? Engañar á una amiga que se +confía, que me abre su corazón y me pide ayuda... Por delante mucha +sonrisa, mucha compasión, mucha promesa, y por detrás clavándole el +cuchillo hasta las cachas... ¡Ya! ¡ya!... La verdad es que no sé cómo +te contienes y no me rompes la cabeza con una de esas botellas... + +Se echó hacia atrás en la silla y se puso á jugar con los rizos negros +de su frente. Pero su mano, á despecho del sosiego que afectaba, +temblaba levemente. Soledad, con la cara entre las manos, se mantenía en +actitud fiera y recelosa. Paca tuvo lástima de ella. + +--Escucha, Soledad: tú eres una criatura que no ha visto el mundo más +que por un agujero. Ni tienes experiencia ni Dios te ha dado cabeza para +saber lo que entra y lo que sale y lo que cada cual se trae... En una +palabra, Soledad, y dispénsame que te lo diga: tú no vas á ninguna +parte... Porque me ves alegre y guasona á ratos, y bebo y canto y no me +asustan las sandeces de los hombres, te has llegado á figurar que estoy +aquí para todo el que quiera alargar la mano, ¿verdad? Que se te quite, +hija. Tengo un alma de la cual he de dar cuenta á Dios, y no he de +faltar á mi Pepe por nada ni por nadie en este mundo. Porque ahí donde +le ves tan pesadote y tan pelmazo, y que parece que se le pasea el alma +por el cuerpo, es un hombre que sabe distinguir, ¿entiendes? Y hay otros +que parece que las cogen por el aire y, sin embargo, no distinguen, +¿estamos?... Y voy á decirte una cosa para que la sepas, sólo para que +la sepas: si el diablo me tentara algún día, ten por seguro que no +escogería á Velázquez para ello, porque sabe muy bien que en la vida me +han gustado los hombres fanfarrones... Bien puedes dispensarme, hija: ya +comprenderás que en este mundo los gustos no son iguales. En mi sentir, +los tuyos son de los que merecen palos; por eso te los dan. + +Soledad guardó silencio obstinado. + +--¡Qué! ¿no te convences?... Pues mira, fácilmente te lo voy á poner +clarito como el agua. Velázquez va á llegar dentro de un momento, ¿no me +has dicho eso?... Anda, hazme el favor de esconderte en ese cuarto y +verás qué chaladita estoy por él... Y mira bien por la cerradura, no sea +cosa que nos hagamos una seña para engañarte. + +La tabernera empezó por resistirse; pero vencida al cabo de las +instancias de su amiga, y aún más por los vivos deseos de arrojar los +celos que la mordían, consintió en ocultarse y asistir á la plática que +se preparaba. + +No tardó en llegar Velázquez, quien se sintió tan sorprendido como +alegre de encontrar sola á Paca, y más cuando se enteró de que Soledad +había ido á casa de una vecina que estaba de parto y tardaría en volver. +No la quiso ver mejor el irresistible jaquetón. Se sentó en la silla que +había de la parte de fuera del mostrador, relamiéndose interiormente, +aunque mostrando en lo exterior la misma actitud fría y soberbia que le +caracterizaba. Y comenzó muy pronto el tiroteo. Rara vez tenía ocasión +de hablar á solas con la esposa de Pepe. Ahora que se presentaba no +quiso desperdiciarla. + +--Vengo muy cansado, padre. + +--Pues descansa, hijo. + +--¿Me permite su paternidad besarle la mano? + +--Mi paternidad no da la mano á pillos. + +--Me alegro. Por eso debe dármela á mí, que soy hombre de bien. + +--¿Tú? Ni tienes vergüenza ni la has conocido en tu vida. + +--No lo crea su merced, padre. Si no tuviese vergüenza ya le hubiese +dicho hace tiempo algunas cositas que me hacen cosquillas en el alma. + +--Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque si las tienes hace tiempo +guardadas deben de oler á podrido. + +--Los sacerdotes tienen obligación de escuchar en confesión á los +penitentes... + +--Pero es á los que llegan arrepentidos. + +--Yo lo estoy, padre Francisco. + +--¿Sí? Pues no vivas más tiempo en pecado mortal. Cásate con Soledad. + +Velázquez soltó una risotada. + +--¡Ya pareció aquello! Me extrañaba que tardase tanto. + +--Sí, ya pareció aquello, arrastrao, y parecerá mientras me quede alguna +palabra en la boca. + +--¡Anda! pues tendré que esperar hasta el día del Juicio. Primero le +faltará agua al mar y al cielo estrellas que á ese piquito palabras. + +Paca se incomodó. Le picaba cualquier alusión dirigida á su increíble +afluencia. Así que, sin advertir que con ello dejaba firme la burla, +respondió con un sin fin de denuestos; de aquí pasó á las reprensiones, +á las censuras, después á las consideraciones y por último á los +consejos. En un cuarto de hora no cerró la boca. + +Velázquez la escuchó con la suya abierta, muy atento y admirado, porque +Paca hablaba tan bien ó mejor que cualquier folletín de los que había +leído. Pero no quiso confesárselo. Antes persistió en embromarla +desviando la conversación hacia los parajes donde le convenía. + +--Pero, en fin, ¿qué me importa que rajes hasta morir y me des tanta +jaqueca, si tienes unos ojos, chiquilla, que bailan como las estrellitas +sobre el agua, si cuando hablas y te mueves hasta el aire que te +envuelve queda empapado de sal?... + +--¿Quieres callarte, pelmazo?... ¿Vas á empezar con las simplezas de +siempre? + +--¡Que sí, niña, que sí!--profirió Velázquez bajando la voz y avanzando +el cuerpo hacia ella hasta meterle las alas del sombrero por los +ojos.--Que eres más rica que los doblones de á cuatro, más salada... + +--Vaya, niño, déjame el alma quieta y no me saques los ojos con el +sombrero, que aunque no son bonitos á mí me hacen avío. + +--¿Que no son bonitos, lucero? Anda, vé y dí eso delante de testigos y +te llevarán á la cárcel. Déjame besarlos, salero, ya que sin razón les +has faltado... + +Al pronunciar estas palabras se alzó de la silla y alargando las manos +cogió la cara de la joven para besarla; pero ésta se zafó de ellas con +prontitud; volvió á tomarla Velázquez y de nuevo se arrancó con fuerte +sacudida, levantándose y saliendo á la parte de afuera. Avanzó airada +hacia el majo, que se había sentado, y le dijo con voz alterada +apoyándose en el mostrador con una mano y poniendo la otra en la cadera. + +--Pero, hijo, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que no hay más que decir +«allá voy» para que te respondan «aquí estamos»? Me conoces hace años, +me estás hablando casi todos los días, ¿y todavía no te has enterao de +que no me gustas ni pizca? Porque traes pechera rizá y botones de +brillantes y botas de charol ¿no hay más remedio que derretirse por ti? +No, hijo, yo no me enamoro de la lencería ni de esos requiebros mohosos +que traes siempre en la boca. Anda, vé á emplear tanta gala con las +infelices que te han escuchado. En el mundo hay seda y hay percal, pero +quien no sabe distinguir la seda del percal no debe ir á la tienda, +¿comprendes? Aquí te has equivocado de medio á medio. Lo siento por ti, +que no has dado prueba de mucho pesqui, y lo siento también por esa +pobre muchacha, que merece un hombre más regular. + +Y salió de la tienda con ademán resuelto y airado. Velázquez quiso +echarlo á risa y la detuvo por el mantón. + +--Perdone su merced, padre... No he querido faltarle al respeto... + +Pero ella se zafó con un fuerte tirón, dejando en su mano algunos +flecos. + +Quedó bien humillado el guapo. La sonrisa que contraía sus labios se +apagó. Permaneció algunos instantes inmóvil y pensativo, haciendo +esfuerzos por tragar la amarga píldora que le habían propinado. Al cabo +logró consolarse á medias por la consideración de que nadie había +presenciado su derrota y Paca seguramente no daría cuenta de ella. Mas +cuando averiguó que Soledad estaba en casa y cuando ésta le confesó, +después de muchas instancias, que lo había oído todo, se le encendió el +alma de vergüenza y furor. Tuvo fuerzas, no obstante, para disimular. +Dió á su revés la apariencia de una broma mal interpretada. Ya sabía que +con la mayor parte de las mujeres acostumbraba á usarlas, que las hacía +disparatadas declaraciones de amor y le gustaba verlas enojadas. Con +Paca las había usado infinitas veces, sin que jamás se le hubiese puesto +seria; pero como ahora la estaban escuchando, quiso hacerse un poco la +persona y darse tono... + +Soledad fingió creer estas explicaciones, ó acaso las creyó de veras, +pues mirando desde su punto de vista le costaba trabajo suponer que +hubiera mujer capaz de desdeñar aquella octava maravilla de la tierra. + +Al día siguiente, víspera de Carnaval, fueron ambos á la tienda de la +Parra, por ser último día de columpio. Es costumbre en Cádiz, cuando +llega Navidad, fijar columpios en los patios de las casas, y aun dentro +de éstas cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes se reúnen mancebos +y zagalas en torno del aparato y pasan gozosamente el tiempo +columpiándose, en medio de alegres cánticos y algazara. Los columpios se +descuelgan cuando llega Carnaval. + +En casa de los padres de Paca todos los años se ponía y era uno de los +más famosos y concurridos de la ciudad, porque la tienda poseía un gran +patio (donde crecía la parra que le diera nombre), muy acomodado al +caso. La reunión de la casa de Velázquez se trasladaba allí en masa por +las tardes. Éste casi nunca faltaba tampoco, tanto por el empeño que +había formado de conquistar á Paca, cuanto por las muchas y lindas +jóvenes que allí acudían y ante las cuales gustaba de mostrar su ingenio +y gentileza. Á Soledad sólo la había llevado dos veces en la temporada, +y eso gracias á los ruegos de las amigas. Pero este sábado, por ser la +despedida, ó quizá con algún secreto designio, él mismo la invitó, y la +inocente Soledad aceptó con alegría. + +Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su esplendor. Una linda morena +de rostro picaresco ocupaba el columpio y unos cuantos jóvenes lo +impulsaban á porfía sin cesar de cambiarse entre ellos y ella con +gracioso tiroteo un sin fin de donaires, de bromas picantes, de frases, +insustanciales muchas veces, pero alegres siempre y con un delicado +sabor de galantería que sólo se halla en esta poética región del mundo. +Derramados acá y allá, sentados unos en bancos, otros de pie formando +pintorescos grupos, charlaban los mancebos con las mocitas ó escuchaban +embelesados el punteado melancólico de la guitarra. Las conversaciones +eran animadas, ingeniosas; en todas campeaba la imaginación inquieta, el +fácil ingenio, la incoherencia y la irreflexión que caracteriza al +amable pueblo andaluz. Era un burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos +dorados. ¡Cuánto donaire, cuánto disparate, cuánto embuste! + +Debajo de la clásica parra, nuestra pareja halló sentados á Antonio y +María-Manuela con otras personas, y fueron á colocarse cerca de ellos. +Paca predicaba allá en un grupo lejano; pero en cuanto los vió se vino +hacia ellos, saludó á Soledad con efusivo cariño y á Velázquez con la +franqueza de siempre, como si no hubiera pasado nada. La presencia de +Soledad causó, como de costumbre, grata impresión en el sexo masculino. +Se murmuraron requiebros hiperbólicos, se dijeron al oído unos á otros +frases de entusiasmo. Todos envidiaban á Velázquez aquella mujer elevada +y arrogante como una torre de marfil, de pies diminutos y lindos como +los de Hebe la inmortal copera de los dioses. Pero nadie osaba +requebrarla en voz alta, porque el majo tenía fama de puntilloso y +agresivo. Tan sólo Antonio, como amigo íntimo, tuvo fuero para exclamar: + +--Dios guarde á la rosa _hechizá_. Ven acá, salero, siéntate á mi vera, +á ver si vivo cien años más. + +Soledad sonrió con benevolencia. + +--¿Para qué tanto? ¿No vale más estar á mi vera que vivir cien años? + +--¡Mucho que sí! ¡Bendita sea tu boca, clavel de la Italia! Mejor quiero +estar á tus pies una hora que seis meses tomando monedas de cinco duros. + +--Es que no las has visto. + +--Todos los días, en cuanto amanece Dios, le doy tres ó cuatro á María +para que me compre buñuelos. + +--¡Sí darás!--murmuró María-Manuela con mal humor.--¡Disgustos! + +--¡Y bofetás!--añadió Velázquez riendo. + +--Sólo los jueves por la tarde. Tengo ese ramo bien organizado. + +--¡Vaya, no te las eches de plancheta, hijo--profirió la irascible +María,--que se va á creer la gente que te comes los niños crudos! + +Algunas personas se habían acercado y rodeaban el banco donde se +hallaban sentados. Las eternas disputas de Antonio y su querida causaban +gran placer á los amigos. Ésta, por desgracia, se cortó en flor merced á +la voz del guitarrista, que cantó: + + «_Á la que se columpia_ + echarle rosas, + que todo se lo merece + por buena moza.» + +--¡Ole!--¡Anda con ella!--gritaron de todas partes. + +Y la atención se convirtió á la linda morena que ocupaba el columpio. +Ésta sonrió complacida, cerró los ojos y á los pocos instantes cantó: + + «Al columpio he subido + porque no digan + que mi amante está ausente, + yo pensativa.» + +Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de entusiasmo, acogieron la +copla de la chavala. + +Tornó á cantar el guitarrista: respondió ella con la misma gracia. Las +conversaciones se habían suspendido. La gente se había acercado al +columpio y formaba círculo en torno para jalear á la simpática cantaora. + +En aquel instante Manolo Uceda, á quien el chico de la tienda de +Velázquez había dicho dónde estaban sus amos, apareció en la puerta del +patio y quedó inmóvil contemplando la escena. La cantaora, que le vió +desde el columpio, guiñó sus ojos maliciosos y le soltó esta copla: + + «Mocito que está á la puerta + mirando para el columpio: + entre usté y columpiará + la que sea de su gusto.» + +Todos los rostros se volvieron entonces risueños hacia él. Manolo avanzó +confuso y dijo galantemente: + +--De mi gusto, prenda, ninguna más que usté. + +--Pues colúmpie me usté, hijo, y de salud le sirva. + +Apartáronse los jóvenes que movían el aparato y Manolo lo impulsó unas +cuantas veces entre los aplausos del concurso. + +La casualidad había hecho que Paca y Velázquez estuviesen juntos en el +círculo formado alrededor del columpio. Cuando, por haberse bajado la +graciosa morenita, se distrajo la atención de los concurrentes y se +diseminaron otra vez, la esposa de Pepe de Chiclana llevó al majo á un +rincón y tuvo á bien darle una satisfacción de las injurias que le había +dicho el día anterior. + +--Ayer estaba un poco sofocá, ¿sabes? Te habré dicho las mil perrerías: +que eras esto y lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida chilla más +que una rata salida del caño... Luego que me dió el aire entendí que +había hecho mal en sofocarme, porque tú, aunque un poco sin vergüenza, +siempre te has portado como buen amigo y serías un sujeto á pedir de +boca... si te dieran las viruelas. Quiero decir que el día que no +presumas tanto no tendrás pero... á lo menos para mí... Porque hay +mujeres que les gustan los hombres así... ¡vamos!... que repiquen gordo +al andar... Á mí me hicieron de otro modo. Me gustan los hombres +formales, callados... y sobre todo que no se la den de nada, +¿comprendes? + +Las explicaciones de la joven fueron largas, interminables é impregnadas +de una profunda filosofía. Así era todo lo que salía de su espíritu, +fértil en pensamientos elevados. Pero en vez de calmar el rencor de +Velázquez dieron por resultado lo contrario. El guapo se sintió aún más +humillado. Tuvo el talento, sin embargo, de disimularlo. Las aceptó por +buenas, rió, lo echó á broma y pidió que no se hablase más del asunto. +Pero en su pecho ardía la cólera y no esperaba más que un pequeño +agujero para salir rugiente y abrasadora. + +Soledad y María-Manuela se habían sentado de nuevo bajo la parra, que +formaba en verano fresco y deleitoso túnel. Como ahora se hallaba +desprovista de pámpanos, habían echado por encima algunas sábanas para +guardarse del sol de Febrero que ya quemaba. Á las dos mujeres se habían +agregado algunas otras y les hacían compañía Antonio, Frasquito, Manolo +Uceda y algún otro joven. Hallábanse charlando tranquilamente cuando, +rompiendo por entre los grupos con señales de agitación en el rostro, +apareció el señor Rafael. + +--¿Dónde está mi sobrino? ¿Dónde está ése?--venía preguntando en voz +alta. + +Y así que llegó á la parra y le divisó, acercóse rápidamente á él y le +dió un estrecho abrazo. + +--¿Qué ocurre?--¿Qué ha sucedido?--¿Qué albricias son esas?--preguntaron +todos picados por la curiosidad. + +Pero el señor Rafael, sin hacer caso, seguía estrechando entre sus +brazos y dando afectuosas palmaditas en la espalda á su sobrino, quien +no correspondía en modo alguno á tales demostraciones de cariño, antes +procuraba zafarse, mostrando un semblante fruncido que daba miedo. Al +cabo el viejo le dejó libre y, echando atrás dos pasos y dirigiéndose á +los concurrentes con su voz ronca y su ceceo de andaluz cerrado, +exclamó: + +--¡Miren ustedes á ése! ¡mírenlo ustedes bien!... ¿Á que no saben +ustedes lo que ha hecho? Voy á contarlo mas que se ponga colorao... +porque sí... porque las cosas buenas deben decirse y las malas +callarse... Han de saber ustedes que ése y yo hemos estado anoche en la +_Palma de Londillo_ á comer un guiso de almejas y unas aceitunas... +¡Vaya una noticia de importancia! dirán ustedes... Ya lo sé que nada +tiene de particular; pero vamos al caso. El caso fué que nos marchamos +sin pagar. Tampoco esto vale la pena de que se fijen ustedes, porque +muchas veces nos ha pasao lo mismo. Pero ahora viene lo mejor. Acabo de +dar una vuelta por allá, y pregunto: «¿Cuánto es el gasto de anoche?--Ya +está pagado me contestaron.--¿Cómo? ¿Quién lo ha pagado?--Pues su +sobrino.--¡Vamos, niño, no gastes guasa!--Que sí, señor Rafael, que lo +ha pagado.--¿Cuándo?--Esta mañana ha pasado por aquí y ha hecho la +cuenta...» Y efectivamente, señores, me enseñaron el libro y estaba +borrada la partida. ¡Ese! ¡ese que está ahí la ha mandao borrar! + +Las últimas palabras del viejo apenas pudieron oirse. Tal fué la +algazara que había levantado su discurso. + +--¡Tío! ¡tío!--exclamó Frasquito rojo de cólera.--¡No tenga usted tanta +guasa!... + +--Pero, hijo, ¿quieres que diga que estuvo mal hecho?... Lo diré, si te +empeñas; pero nadie me creerá. + +--¡Tío, ya le he dicho más de cien veces que la hora menos pensada le +falto á usted al respeto! + +Con dificultad lograron calmarle; todavía más trabajo costó impedir que +se marchase. Afortunadamente intervino Paca, y con su labia sin pareja y +su trasteo logró pronto reconciliarlos. Llevada á feliz término esta +obra de caridad y de elocuencia se subió al columpio. + +Mientras Velázquez iba de grupo en grupo haciendo penar á mocitas y +casadas con sus palabras, humildes y desdeñosas á un tiempo, y el +atractivo de su elegancia, Manolo Uceda se había acercado al de Soledad +y María-Manuela. Quiso entablar conversación aparte con la primera, pero +no pudo conseguirlo. Soledad, engañada por la complacencia de su amante +y por el semblante alegre que mostraba, era feliz en aquel instante. Su +egoísmo infantil la hacía incapaz en tal ocasión de sentir ni apreciar +siquiera los sufrimientos y el afecto leal de su antiguo novio. +Recibióle con marcada frialdad, y apenas hizo caso de sus palabras. +Manolo sintió el corazón apretado. Comprendió que su ídolo se hallaba +bajo el influjo de uno de aquellos engreimientos en ella tan comunes, y +se levantó del banco resuelto á irse. Pero antes de llegar á la puerta +salióle al encuentro la morenita del columpio, que estaba agradecida de +su galantería. + +--¿Adónde tan solo, hijo? + +--Pues á la calle, niña--respondió Uceda haciendo esfuerzos por sonreir. + +--¿Cómo? ¿de marcha ya? No puede ser. ¿Ve uté aquel rinconsito tan +apañaito donde ya no da el sol? Pues allí nos vamo á sentá uté y yo... +pa que uté me diga algo... porque ésta es la hora en que no me ha dicho +todavía que tengo los ojos así y la boca andando y el talle de esta +manera y los cabellos de la otra... en fin, toas esas simplesas que +disen ustés los hombres cuando están ajumaos. + +--No se necesita estar ajumao para decir que es usted preciosa... pero +no puedo sentarme porque me aguardan. Otro día será... Hasta la vista, +prenda--manifestó Uceda con la misma sonrisa contraída, alejándose. + +La morenita quedó inmóvil mirándole, y cuando ya estaba lejos exclamó +con acento donde se traslucía el despecho: + +--¡Vaya usté con Dios! + +Los concurrentes jaleaban á Paca, que desde el columpio dejaba oir su +voz celebrada. Todas las conversaciones quedaron en suspenso. El grito +dulce y poderoso á la vez de la gentil cantaora los había reunido presto +á todos en torno del columpio. Mas apenas cesó el canto tornáronse á sus +respectivos sitios. + +No tardaron en agruparse de nuevo, pero no alrededor del columpio, sino +del banco que ocupaban debajo de la parra Antonio Robledo y su querida, +Soledad, el señor Rafael y su sobrino. La disputa había aparecido al +fin. Rara vez dejaba de haber guasa cuando Antonio y María-Manuela se +hallaban reunidos en público. Esta pobre mujer, después de tantas +experiencias, aún no había escarmentado y seguía cayendo inocentemente +en los lazos que para reirse de ella le tendía aquél. Ahora la querella +se había producido porque Antonio la había llamado en son de desprecio +_femenina_. + +--Oye, guasón, á mí no me digas eso--respondió María, preparada á +encolerizarse. + +--Que sí, que no eres más que femenina te digo... y todas tus hermanas +lo mismo. + +--¡Házmelo bueno arrastrao! ¡házmelo bueno! + +--Cuando quieras--replicaba él con firmeza, y añadía con énfasis:--Y tu +madre igual... + +--¡Á mi madre no la toques, sin vergüenza porque vamos á salir mal! + +--¡Todas! ¡todas lo mismo!--replicaba Antonio con el mayor desprecio, +volviéndose á los circunstantes que estallaban de risa. + +--¡Mira, Antonio, no me sofoques! Mira que tengo la sangre más negra ya +que mis zapatos y no respondo de mí--decía ella con los labios pálidos, +temblando de ira. + +--Lo digo y lo repito aquí y en todas partes. ¡Tu madre femenina!... ¡y +tu padre masculino! + +El furor de María-Manuela no tuvo límites al oir el nombre de su padre. + +--¿Á mi padre también, canalla? ¿Á mi padre también? + +Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los amigos se lo impidieron. +Cuando al cabo le explicaron el significado de los vocablos que creía +ultrajantes quedó repentinamente en calma, y echando una mirada torva á +su querido le dijo: + +--¡Anda tú, malaje, que tienes sombra de jiguera negra! + +Velázquez se había acercado á un grupo de muchachas y departía con ellas +regocijadamente. Soledad lo vió al principio con indiferencia; pero la +alegría de las chavalas al cabo fué tan ostentosa, sus carcajadas tan +repetidas y sonoras, que concluyeron por crisparla. Sintió la mordedura +de los celos, y sin prever las consecuencias se acercó al grupo y +mostrando semblante alegre quiso tomar parte también en la jarana. Este +paso fué la gota que hizo rebosar el coraje de Velázquez, demasiado +tiempo comprimido. Volvióse hacia ella y con gesto desabrido le +preguntó: + +--¿Qué se le ha perdido á usted aquí, niña? + +Era costumbre fatal del guapo tratarla de usted cuando estaba enojado, +para hacer más ostensible su desdén. El tratamiento, la burla que +envolvía la pregunta y la presencia de las jóvenes, sobre todo, hirieron +de tal modo á Soledad, que permaneció clavada al suelo sin acertar á +responder. Vencida al cabo, en parte, su confusión por un supremo +esfuerzo, dijo con voz apagada: + +--Vengo á preguntarte si quieres que nos vayamos... Pronto serán las +cinco... + +--Usted se puede ir cuando guste. Yo me encuentro muy retebién aquí. + +Guardó silencio la joven y bajó los ojos, dudando qué partido tomar. +Pero al levantarlos vió pintada en el rostro de las jóvenes presentes +una sonrisa de burla. Su orgullo se embraveció súbito con tan cruel +espuela. Alzó la cabeza de un modo arrogante y dijo con voz firme: + +--Está bien. Quede usted con Dios, y gracias por la galantería. + +Velázquez, enfurecido por la ironía de estas palabras, replicó riendo +sarcásticamente: + +--Anda tú con él, hija, y ten mucho cuidado de no caerte de simple. + +--Más vale caerse de simple que de fanfarria--dijo ella mirándole cara á +cara. + +El majo se puso encendido hasta las orejas. + +--¿Cuánto vamos á apostar, niña, á que no te vas á casa tan sana como +has venido? + +--No apuesto nada: para esa hazaña y otras menores sé yo que eres capaz. + +Pintóse un furor rabioso en el rostro de Velázquez al escuchar estas +palabras insolentes; alzó el bastón que llevaba en la mano y cruzó con +él las espaldas de su querida, que estaba ya medio vuelta para irse. Y +hubiera seguido golpeándola si los concurrentes no se hubieran +apresurado á interponerse. Todos le recriminaron aquel acto de barbarie. +Pero el majo no escuchaba sus amistosas reprensiones; poseído de una +cólera ciega, trataba de desasirse, y no pudiendo conseguirlo, la +saciaba con feroces insultos y amenazas. + +--Dejad, dejad que le pise la cara á esa tía deslenguada... Quiero que +se acuerde de mí toda la vida... ¿Os habéis figurao que voy á dejarme +insultar delante de personas regulares por una cualquier cosa á quien he +recogido en medio de la calle?... + +--Vamos, Velázquez, no sueltes cosas que te pueden pesar... Estás +acalorao y no sabes tú mismo lo que dices... Cálmate, que estos +arrechuchos entre dos que se quieren no tienen importancia--manifestó +sensatamente el señor Rafael. + +--¿Quién? ¿yo querer á esa mujer?... ¡Si me sofoca ya más que un día de +levante!... Si tengo más ganas de soltarla que del premio gordo de la +lotería... Porque me carga, ¡ea!... porque me revienta... y está +dicho... + +Y de esta suerte prosiguió todavía dejando caer otras pesadísimas +palabras. + +Soledad, al escucharlas, se puso más pálida que la cera, y sin responder +ninguna, sin hacer siquiera un gesto, se dirigió precipitadamente á la +puerta y salió. + + + + +VIII + +Crisis. + + +Salió y emprendió una rápida carrera al través de las calles, sin saber +dónde iba. El corazón le palpitaba con violencia, ardía su frente y +sentía un extraño frío interno que la violencia del paso no alcanzaba á +mitigar. Al cabo de un rato se encontró frente á su casa. Quedó un +instante inmóvil y se llevó la mano á la frente cual si tratase de +ordenar sus ideas diseminadas. Había allí dentro algo que le abrasaba +mucho más que el bárbaro golpe de la espalda, cuyo cardenal le quedó +impreso largo tiempo. Eran las infames palabras que Velázquez acababa de +pronunciar en presencia de la gente: «¡Me carga! ¡Me sofoca! ¡La he +recogido en medio de la calle!...» + +No quiso entrar en la tienda en tal estado de agitación, por si había +gente dentro: cruzó el paseo y se arrimó al pretil de la muralla. Allí, +de bruces, en el sitio mismo que había ocupado Manolo Uceda la noche que +había llegado, sollozó largo rato. Las lágrimas refrescaron su alma. Al +erguirse de nuevo había recobrado la calma; era otra mujer. Cuando en su +espíritu sencillo y limitado penetraba una idea, inmediatamente se +enseñoreaba de él y no dejaba espacio para ninguna otra. Ahora la idea +era ésta: «Puesto que él no me quiere, yo no debo quererle á él». Y de +tal manera se imprimió en su cerebro que ya no volvió á sentir +vacilaciones. Su amor hizo crisis. Desde aquel punto quedó +irrevocablemente tomada su resolución. Se enjugó cuidadosamente las +lágrimas, aguardó todavía algún tiempo para que la brisa del mar borrase +por entero sus huellas, y así que se halló bien serena se dirigió con +paso firme á la puerta de la tienda y entró. + +Las pocas personas que allí había saludáronla con agasajo. Joselillo le +preguntó si podría marcharse á evacuar algunos recados; no lo consintió: +tenía que hacer arriba. Subió, pues, á casa é inmediatamente se puso á +sacar de los armarios y á descolgar de las perchas la ropa que le +pertenecía y á guardarla en el baúl. Se iba: se iba inmediatamente. +Mientras colocaba con toda calma y cuidado la ropa, pensaba en el sitio +adonde debía dirigirse. Sin duda el único proyecto que le pareció +natural era el de irse á Medina con su madre y ponerse á trabajar de +nuevo y vivir del mejor modo que Dios les diera á entender; pero +necesitaba saber dónde dormiría aquella noche. Pensó en su amiga Paca: +era la más digna por su conducta y la que por su posición mejor podía +ofrecerle hospitalidad. Sin embargo, avergonzada aún de lo que había +pasado entre ambas y quizá también á causa de un cierto rencorcillo que +no había podido arrojar de sí, renunció á pedírsela. Resolvió ir á casa +de María-Manuela, y partir al día siguiente en el tren. + +Velázquez, luego que sació su cólera y orgullo con las afrentosas +palabras que se ha dicho, siguió departiendo y jaraneando con sus +amigos, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, no tardó en sentir una +vaga inquietud, algo que podía ser remordimiento y podía ser también +temor de las fatales consecuencias que la desesperación de su amante +pudiera acarrear. Una mujer despechada es capaz de todo. Tuvo miedo que +hubiese ido derecha á tirarse por la muralla ó se tragase una caja de +fósforos. Así que, no tardó mucho en despedirse de la buena compañía y +se vino hacia casa con el objeto de cerciorarse de que nada funesto +había ocurrido y también con el loable propósito de reconciliarse con su +querida, si ésta se allanaba á pedirle perdón. + +Al entrar preguntó con fingida indiferencia por ella, y como le +respondiesen que estaba arriba y la oyese andar con los muebles, quedó +tranquilo. Charló unos instantes con sus parroquianos y al cabo subió. +Al cruzar para su cuarto vió en uno del pasillo á Soledad limpiando un +vestido, y tuvo la magnanimidad de decir: «¡Hola!» Aquélla levantó los +ojos y respondió con la misma gravedad y concisión: «Hola». Siguió el +guapo hasta su habitación un poco sorprendido: esperaba hallarla bañada +en lágrimas ó presa de algún ataque de risa convulsiva de los que á +menudo la cogían. Aquella seriedad, y más que nada la indiferencia de la +mirada y el saludo, le molestaron fuertemente. Desvanecióse su buen +propósito de reconciliación. Sacó del armario los libros de comercio, +encendió la lámpara, porque ya estaba oscuro, se sentó delante de la +mesa y se puso á arreglar cuentas atrasadas. Poco tardó en advertir que +no tenía la cabeza para cuentas. La reyerta primero, la inquietud +después y ahora un poco de irritación y despecho, le habían agitado +demasiado para poder concentrar su atención. Además, hallándose +escribiendo creyó percibir en la habitación contigua cierto ruido +especial, como de un baúl que se arrastra. Sintió curiosidad y sorpresa, +se levantó y encaminó sus pasos hacia la salita donde tenían las camas, +y vió á Soledad inclinada sobre el baúl, apretando la ropa con las +manos. + +--¿Qué haces? + +--¿No lo ves? El baúl--replicó ella con voz firme sin volver la cabeza. + +El guapo quedó suspenso un instante. + +--¿Para marcharte? + +--Eso mismo. + +Nueva pausa. + +--Bien, hija. Vete bendita de Dios--replicó al cabo girando sobre los +talones y encaminándose de nuevo á su cuarto. Sentóse á la mesa y otra +vez comenzó á trasladar partidas y confrontar sumas. Pero si antes le +costaba trabajo concentrar su atención, ahora le fué del todo imposible; +de tal suerte, que á los pocos minutos dejó la pluma descansar, metió +las manos en los bolsillos y se recostó en la silla, quedando inmóvil +con los ojos en la pared. Llegaban á sus oídos los ruidos de la tienda, +pero no los percibía; en cambio notaba perfectamente las vueltas que +Soledad daba por la casa buscando sus enseres. Al cabo de rato largo +apareció ésta y le dijo desde la puerta: + +--¿Quiere usted venir á ver el baúl? + +--¿Para qué? + +--Para saber si me llevo algo que le pertenezca. + +--No, hija, no; ya sé que no te llevas nada... y si quieres llevártelo +puedes hacerlo: todo está á tu disposición. + +--Muchas gracias. Adiós--respondió volviéndose. + +Cuando ya había dado tres ó cuatro pasos, Velázquez la llamó. + +--Atiende un instante. + +--¿Qué se le ofrecía á usted?--preguntó ella quedándose á la puerta. + +--Acércate, hija, que no vamos á hablar á gritos. + +Soledad, de mala gana, dió algunos pasos hacia él. + +--¿Qué arrechucho es el que te ha cogido, niña?--preguntóle riendo. + +Soledad alzó los hombros con desdén y profirió gravemente: + +--Hágame usted el favor de decirme lo que se le ofrece, que tengo prisa. + +--Pues nada más sino que eres una tonta rematada, y que por esta +simpleza que estás haciendo merecías que me enfadase y te calentase la +cara--manifestó Velázquez sin dejar de sonreir. + +--Está bien. Adiós. + +Y de nuevo se volvió para irse. Pero Velázquez la retuvo tomándole una +mano. + +--Vamos, niña, no te pongas guasona; no vayamos á enredar el asunto más +de lo que está. Me has dicho una simpleza, te he pegado un palo... +Corriente... ya no hay que hablar del asunto... ¿Pasó?... Pasó. + +La joven se desprendió con un fuerte tirón y repitió con acento aún más +grave y displicente: + +--Está bien. Adiós. + +Los ojos del guapo relampaguearon. Se alzó de la silla y, acercando su +rostro al de la joven, le dijo con frase lenta y amenazadora: + +--¿Sabes, chiquilla, que ya me voy atufando, y que si llegas á sacarme +de mis casillas habrá que sentir? + +--Lo sentiré por última vez, te lo juro. Pégame, mátame... aprovéchate +ahora, porque en cuanto ponga el pie en la calle se concluyó todo. + +El guapo la miró fijamente y en silencio. Al cabo soltó una carcajada. + +--¡Pero niña! ¿qué mosca te ha picado hoy? + +--Ninguna. Lo único que te aseguro es que estamos hablando por última +vez. + +--Basta, basta--dijo poniéndose grave de nuevo.--No lo cacarees tanto, +que aquí nadie te agarra del vestido. Vete cuando gustes, hija. + +--Adiós. + +--Adiós... Oye una palabra... Aunque te repito que puedes hacer lo que +gustes, debo advertirte que el marcharte ahora no me parece muy +decente... Es ya noche, como ves, y cualquiera, viéndote salir de mi +casa de ese modo, podría suponer que te he echado de ella. + +--Pierde cuidado. Ya me encargaré de decir á todo el mundo que he salido +por mi gusto. + +--De todos modos, el irte ahora es dar una campanada inútilmente. Tienes +que buscar casa donde pasar la noche, y la hora no es á propósito para +eso... Quédate á dormir, y mañana será otro día. Y si sigues plantada te +puedes ir adonde mejor te parezca. + +--No puede ser--repuso con sosiego y firmeza la joven. + +--Vamos, Soledad, no seas chiquilla. Debes comprender que no hay razón +para esa terquedad. Lo que ha pasado hoy es lo mismo que ha pasado ya +muchas veces... Que tú has estado un poquillo insolente... que yo he +estado otro poquillo bruto... Eso no es motivo suficiente para que se +rompa nuestra unión. Nuestras relaciones no son de ayer, hija mía. Te he +visto nacer, como quien dice; he sido amigo de tu padre, y no puedo +dejarte en medio del arroyo expuesta á la miseria y á la perdición... Tú +no eres para mí una mujer cualquiera, una querida que se toma y se +suelta como un perro de caza... Á ti te he mirado siempre como cosa +propia, y si algunas veces te maltrato es por la misma confianza que +contigo tengo y por este genio polvorilla que Dios me ha dado... Pero +eso no tiene que ver con el aprecio... Yo te aprecio, Soleá, porque eres +buena y eres honrá... y eres decente, ¡vamos!... Y á fuerza de tiempo se +toma cariño á las sillas, cuanto más á las personas... Y para que más de +la verdad... á ti te he tomado más cariño que he tomado hasta ahora á +ninguna mujer... + +Soledad levantó los ojos y le miró á la cara con sorpresa y curiosidad. +El majo había pronunciado las últimas palabras con emoción. + +--Todo eso será verdad, Velázquez... pero estoy convencida de que ni yo +puedo hacerte feliz á ti ni tú puedes hacerme feliz á mí--repuso la +joven dulcemente, pero con firmeza. + +--Eso lo dices porque aún me tienes coraje; pero no es cierto... Ven +acá, guasona, ven acá que te dé un mordisco por esas palabrillas amargas +que has soltado... Ni tienes vergüenza ni mereces que te mire á la +cara... + +Al mismo tiempo le tomó una mano, y con el otro brazo le enlazó +cariñosamente la cintura para sentarla sobre sus rodillas. Pero la joven +se soltó bruscamente. + +--Hazme el favor de dejarme. He dicho que me iba y no me vuelvo +atrás--profirió en tono resuelto frunciendo el entrecejo. + +El guapo se enfureció otra vez, y olvidando toda galantería, la insultó +groseramente. + +--Pero, hija, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que tengo empeño en tenerte +en mi casa? ¡Vaya una alhaja que se me escapa!... ¿Pero tú de qué +presumes, criatura?... ¡Si no vales dos maravedís! ¡Si hace ya mucho +tiempo que no te despido por compasión!... ¡Pues estamos aviados! ¡No se +pone pocos moños el pendoncillo porque le dicen que se quede!... Anda, +hija, anda donde estás haciendo falta... + +Soledad recibió sin pestañear la rociada de injurias que le escupió á la +cara. Cuando hizo una pausa se volvió sin responder palabra y salió de +la estancia. Al trasponer la puerta dejó escapar un sollozo ahogado. +Velázquez siguió todavía largo rato vomitando cólera. Mil frases +desdeñosas, infamantes, salieron de su boca después de quedarse solo. + +Al cabo se calló. Los nervios, alterados, se fueron sosegando poco á +poco, y permaneció en la silla sin hacer movimiento alguno, con los ojos +muy abiertos, emboscado en vaga y sombría meditación. + +Las voces de la tienda le sacaron al fin de ella. Se levantó, encendió +un cigarro y guardó de nuevo los libros en el armario. Tomó la lámpara y +fué á la habitación contigua á buscar su capa para salir. Lo primero con +que tropezaron sus ojos fué con el baúl de Soledad cerrado en medio de +la sala. Dejó la lámpara sobre la mesa, comenzó á pasear por la estancia +chupando el cigarro y envolviéndose en nubes de humo. Concluyó el +cigarro y encendió otro, y después otro. Fumaba maquinalmente y daba +vueltas, hasta que concluyó por marearse. Al fin, enojado consigo mismo, +levantó los hombros con ademán desdeñoso, arrojó violentamente la punta +del cigarro y tomó la capa. Pero cuando se disponía á salir oyó abajo +las voces del señor Rafael y Pepe de Chiclana: «Ya están esos ahí» se +dijo. Y volvió á colgar la capa en la percha y bajó á la tienda. + +Mostróse á los amigos más alegre y jovial que de costumbre y estuvo +locuaz en demasía. + +--¿Cómo no baja Soledad?--preguntó al fin Paca. + +--¿Soledad?--respondió el guapo dando á su rostro una expresión +burlona.--Anda y pregunta por ella al sereno. + +--¿Qué quieres decir? + +--Que ya no vive aquí. Se ha mudado. + +--Pero ¿es de veras? + +--¡Y tan de veras! Hace más de una hora que ha salido disparada como un +cohete. Dios sabe dónde habrá caído. + +Fué grande la sorpresa de los tertulios y unánime su sentimiento, porque +Soledad, á pesar de su gravedad habitual y pocas palabras, era +generalmente estimada. Todos mostraron vivo interés por conocer los +pormenores del rompimiento y lo deploraron con amargura. + +--¡Vaya un lance feo!--exclamó Paca.--Por supuesto que las has de pagar +todas juntas, Velázquez. No hallarás en la vida una mujer que te quiera +tanto. + +--Ni tan guapa--apuntó Frasquito. + +--Ni tan hacendosa y limpia--manifestó Pepe de Chiclana. + +--¿Limpia?--exclamó Paca.--Como los chorros del oro. Daba gusto ver á +esa mujer revolverse por casa. Las cosas que ella tocaba con las manos +relucían como si les diesen cera. + +--Yo no creo que este rompimiento sea para siempre--articuló gravemente +el señor Rafael.--Será una desazón volandera de esas que acostumbráis +los que andáis metíos en el querer. Mañana os volveréis á juntar y ni tú +ni ella os acordaréis si hoy le has dado un palo ó dos besos... Pero si +es cierto que la has echado de tu casa y no la vuelves á llamar, digo, +Velázquez, que no te ayudará Dios, porque no has hecho una cosa +regular... Soleá es una mujer como pocas... + +--¡Ea, dejarme ya de Soleá!--exclamó el guapo riendo.--¿Me van á dar +ustedes jaqueca toda la noche? ¿No hay otra conversación más +entretenida? Me hartaba esa niña... Un día ú otro tenía que suceder... +Sucedió... ¿Qué le vamos á hacer?... Precisamente en este momento me +están apeteciendo unas lonjitas de jamón. ¿Echamos un solo y las +jugamos?... ¡Eh, niño! tráete una baraja... + + + + +IX + +El Carnaval. + + +El sol abandonaba la mar espumosa y ascendía por la bóveda del +firmamento cuando Velázquez despertó de su sueño. Iba á llamar á Soledad +para que le trajese una camisa, pero recordó súbito lo que había pasado +y sintió un leve vuelco en el corazón. Alzóse del lecho y se vistió +lentamente malhumorado y taciturno. Aproximóse al balcón, que señoreaba +una gran extensión de mar, y derramó por ella sus ojos distraídos. El +céfiro rizaba la inmensa superficie coronando de hermosos y fugaces +penachos blancos sus olas azules. El sol esparcía sobre ella su madeja +de oro haciéndola lúcida y trasparente como una esfera de cristal. + +Pero las sonrisas divinas de la naturaleza no fueron poderosas para +desarrugar el semblante ceñudo de nuestro guapo. Dió algunas vueltas por +la casa y, cosa que nunca había notado, le pareció grande y fría. Pensó +que era necesario buscar una mujer para que la arreglase y guisase la +comida, y tuvo intención de llamar á Joselillo para enviar por ella; mas +se contuvo: no había prisa: lo mismo sería al día siguiente. Bajó al +cabo á la tienda, se desayunó y se puso á fumar cigarrillos. Aunque tuvo +deseos de salir para esparcir su mal humor y refrescar la cabeza, no lo +hizo retenido por una vaga esperanza, que no tardó mucho en cuajarse. Á +eso de las doce apareció un hombre en la puerta preguntando por él, con +una carta en la mano. Por su semblante fruncido pasó una imperceptible +ráfaga de satisfacción. ¡Al fin! Esto era lo que había estado esperando +toda la mañana: ya sabía que más tarde ó más temprano había de llegar, y +por eso no se había separado de la tienda. Abrigaba la certidumbre de +que Soledad, á solas consigo misma y así que tropezase con las primeras +consecuencias de la miseria y desamparo en que había quedado, +reflexionaría sobre su falta, se arrepentiría de ella y, depuesto todo +orgullo, vendría humillada á pedir que la admitiese de nuevo en su casa. +Tomó con su habitual gravedad la carta que le presentaba el portador, le +gratificó con largueza y le despidió. Pero el mozo le respondió: + +--Aguardo contestación. + +Entonces el guapo echó una mirada al sobre y observó que estaba escrito +de mano de hombre. Lo rompió con presteza y leyó la carta. Era de +Antonio Robledo, su amigo: le decía en ella lacónicamente que Soledad +estaba en su casa y que hiciera el favor de entregarle al dador el baúl. +No fué menudo el desengaño al leer la tal esquelita. En sus breves y +sencillas palabras creyó notar un dejo de desdén, ó por lo menos +indiferencia, que le irritó la bilis. Disimuló, no obstante, lo mejor +que pudo, y levantándose de la silla subió á casa seguido del mozo y sin +decir palabra le llevó hasta la sala y le mostró el baúl, que estaba en +medio de ella. Pero cuando el hombre se fué comenzó á resoplar con furia +y á dejar salir de su boca palabras amargas. + +--¡Vaya con Antoñico!... Se ha dedicao á recoger en su zahurda las +palomas que se suertan... ¡Pa que se fíe uno de los amiguitos!... ¿Y +quién es el tío para pedir el baúl? ¿Le toca algo con Soledad?... ¿Por +qué no lo pide ella?... + +Y muy desabrido y amenazando cantar algunas claridades á Antoñico, se +salió de casa. + +Era domingo de Carnaval. Las calles rebosaban de gente. En los balcones +de las casas se apiñaban lindas muchachas de ojos negros para ver +desfilar los coches ocupados por jóvenes enmascarados que les arrojaban +puñados de almendras, anises y caramelos. Desde los coches á los +balcones entablábanse animados diálogos, cambiábanse requiebros por +donaires, confites por sonrisas; arrojábanse sonoros besos que, en alas +del viento, iban á posarse tímidamente sobre alguna tersa mejilla +ruborizada. Y la gente de á pie, desde la acera, hacía coro á aquellos +diálogos batiendo las palmas, celebrando con igual algazara los +requiebros picarescos de los mancebos que las respuestas saladas de las +niñas. Cruzaban numerosas comparsas ataviadas con trajes originales, +unas de majos, otras de trovadores, otras de frailes, etc., todas +tocando y cantando muy concertadamente. Pero la que excitaba la +admiración y el aplauso de la muchedumbre era la denominada _de las +viejas ricas_, compuesta de veinte ó treinta muchachos disfrazados de +viejas con espléndidos trajes de seda, peluca blanca, media negra y +zapato de raso, cuyos cantos deliciosos, impregnados de toda la sal de +la Bética, pronto iban á dar la vuelta á España. + +El sol nadaba sereno por el espacio haciendo brillar la seda de los +vestidos, el carmín de las mejillas, el azabache de los ojos. Por +doquier reinaba el júbilo. El ambiente, cargado de perfumes, de colores +y reflejos, vibraba con los dulces sones de las músicas, con los cantos, +con las risas, con las palabras de amor. En las estrechas calles, +distribuídas en todas direcciones, cortándose, retorciéndose de un modo +caprichoso, hervía la muchedumbre con inquieto oleaje, bañándose en un +gozo vivo y espontáneo. La hermosa ciudad del Occidente, ceñida, como la +diosa de Chipre, de su blanco cinturón de espuma, lanzaba una fresca y +alegre carcajada. ¡Oh, feliz el que la haya oído reir de este modo! ¡Más +feliz aún el que pueda vivir y morir en su seno amoroso, bañándose en su +aire tibio bajo un cielo trasparente, escuchando los besos incesantes de +su mar azul que riza la brisa! + +Velázquez recorrió las calles sin participar de esta alegría como otras +veces. Llevaba en su alma el peso de la cólera y el despecho. Estuvo en +la calle Ancha, donde la animación era más grande y las máscaras se +apiñaban con preferencia. Allí tropezó con Manolo Uceda, quien le invitó +á entrar en la cervecería á beber una copa de Jerez. Aunque muy contra +su gusto, aceptó la invitación para que no sospechase su mal humor, y se +esforzó en aparecer jocoso. + +Consiguiólo sólo á medias; tanto que Manolo, que ignoraba el rompimiento +con Soledad, notó, sin embargo, al poco rato que su alegría no era +espontánea y le preguntó: + +--¿Qué tienes? Parece que estás preocupado. + +--¿Yo?... Ni por pienso, hijo. Solamente que este ruido del Carnaval me +empacha un poquillo, ¿sabes? + +Manolo, como de costumbre, no le preguntó por Soledad. Sería delicadeza +ú orgullo, pero es lo cierto que jamás lo hacía. De este modo el guapo +pudo salvar del compromiso en que la pregunta le hubiera puesto, y al +poco rato se despidió pretextando que le aguardaban sus amigos. Recorrió +las calles más animadas sin que las contorsiones grotescas ó los gritos +desapacibles de las máscaras que tropezaba provocasen una débil sonrisa +en su rostro taciturno. Varias le saludaron llamándole por su nombre, +porque era hombre popular y conocido en todas las clases sociales. +«Adiós, Velázquez.--Adiós, guapo.--Adiós, elegante.» Respondía y +apretaba el paso, porque no le pedía el cuerpo conversación. Sin +embargo, en la calle de la Amargura, de un grupo de mujeres disfrazadas +de gitanas se destacó una que logró abordarle. Se le plantó delante y le +dijo de manos á boca: + +--¿Conque ya no está Soledad contigo? + +--Eso parece--respondió el majo con su habitual desenfado. + +--¿Y por qué la has echado, niño? Eso está muy feo. + +--Yo no la he echado. Se ha ido ella--replicó con orgullosa modestia, +seguro de no ser creído. + +--¡Vamos, hijo, no te diviertas! Ya sé que le has dao una paliza gitana +en la tienda de la Parra y luego la licencia absoluta. + +--Te engañas, máscara. Se ha marchado ella por su gusto. + +--¡Ay, Velázquez, qué malo eres y qué traidor con las pobres mujeres!... +Pero Dios te castigará algún día; no tiene remedio. Dame la mano, +falso; voy á decirte la buenaventura. + +--Tómala, niña, y hazlo vivito que se reúne mucha gente. + +En efecto, las compañeras de la gitana se habían aproximado y tras ellas +algunos transeuntes. + +--Una mujer te quiere, salao, pero tú no la quieres á ella--dijo la +máscara observando las rayas de la mano del guapo y remedando á las +gitanas.--En cambio, estás chalao por otra que huye de ti. Llegarás á +conquistarla, pero al fin te la pegará. Un amigo falso te hará traición. +Serás muy desgraciadito y nadie te compadecerá. La mujer que primero te +dé un beso, por esa te morirás y pasarás fatigas, y ella se reirá de +ti... + +Velázquez sospechó en aquel momento que la máscara era Paca, y dijo +riendo con fatuidad. + +--Consiento en pasarlas. Dame un beso, prenda. + +--No; no quiero tu desgracia sobre la conciencia... Suelta, niño. + +El la retuvo á pesar de sus esfuerzos. + +--Dámelo, aunque tus labios tengan veneno. Mira que muero de ganas de +pasar esas fatigas y de que me hagas desgraciado. + +--¡Suelta, traidor, suelta! + +La gente reía. Las gitanas tiraban de su compañera mientras los hombres, +que se habían parado, animaban al guapo gritándole: + +--¡Anda! ¡Oblígala!... ¡Que pague la guasita! + +Al cabo se desprendió la máscara y, unida al grupo, se alejó gritando, +mientras Velázquez prosiguió su camino con los labios contraídos por una +sonrisa de orgullosa satisfacción. Aquel ligero incidente le había +puesto de buen humor, pues apenas le cabía duda de que la gitana era +Paca: su misma estatura, su cuerpo y hasta su modo de andar. + +Disipada en parte la niebla que pesaba sobre su espíritu, pudo fijarse y +tomar interés en lo que á su alrededor pasaba. El regocijo y la bulla +crecían á medida que avanzaba la tarde. Una agitación tumultuosa reinaba +en las calles: de su recinto estrecho salía un clamor profundo como el +de un río que se despeña. La muchedumbre se estancaba en las calles +principales impidiendo el paso de los carruajes, que se veían obligados +á permanecer inmóviles largo rato. De pie sobre ellos, máscaras con +grotescas cabezas de cartón excitaban la risa de la gente, gritando y +manoteando de un modo frenético: estaban roncos ya casi todos. Las damas +de los balcones, excitadas por tanto vocerío, mareadas y nerviosas, +gritaban también con alegría loca, arrojaban puñados de papelillos de +colores, cubriendo la calle y la muchedumbre de un manto irisado. +Algunos jóvenes respondían á esta graciosa agresión lanzándoles, con +jeringas de goma, chorritos de agua perfumada. Cuando acertaban á darles +en la cara, la muchedumbre aplaudía con entusiasmo. Otros, de pie sobre +las banquetas de los coches con una botella en la mano y una copa en la +otra, servían manzanilla á los conocidos que divisaban. + +--¡Velázquez! ¡Eh, Velázquez! + +El majo vió un máscara que desde lo alto del coche le ofrecía una copa +de vino y se acercó. + +--Ven acá, valiente. Bebe esa copa á la salud de tu niña. + +Velázquez tomó la copa y dijo gravemente: + +--Y á la de la tuya, máscara. + +--¡Oh! La mía no vale un comino al lado de Soledad ¡Vaya una mujer +castiza!... En tu caso no envidiaría ni al arcángel San Rafael. + +¿Por qué les daba á todos ahora por elogiar á Soledad? Si era hermosa, +otras había como ella: no era para tanto. Prosiguió su camino, levemente +disgustado por tal ridículo empeño. Y de nuevo enderezó su pensamiento +hacia Paca, cuyas cualidades empezó á exaltar á toda prisa en su mente á +fin de borrar la imagen que, al parecer, todos se proponían ponerle +delante de los ojos. Había vuelto á quedarse taciturno y marchaba con +arrugado ceño por la calle. Tanta gritería, tanta bulla le iban poniendo +nervioso. + +Pero al revolver la esquina quedó estupefacto viendo frente á sí á Paca, +que marchaba tranquilamente al lado de su marido. Sintióse turbado y +molesto. ¿Quién era, pues, la máscara que le había dicho la +buenaventura? Sin embargo, los abordó con fingida calma y alegría. +Charlaron de las máscaras y de las ocurrencias más graciosas que aquella +tarde habían oído. Paca se mostraba alegre, satisfecha y no daba paz á +la lengua, narrando las aventuras de su paseo, haciendo observaciones +profundas unas veces, otras ligeras, siempre atinadas, sobre todo lo que +había visto y oído. Pero se detuvo de pronto y las cortó para decir á +Velázquez bruscamente: + +--Esta mañana he visto á Soledad, ¿sabes? Ya no se va hasta dentro de +unos días. María y Antonio se han empeñado en retenerla... + +Velázquez se encogió de hombros con afectada indiferencia. + +--¡Qué mal has hecho, niño!--prosiguió.--¡Algún día te pesará! No +hallarás mujer tan fiel ni tan cuidadosa de tus intereses. + +¡Y dale con Soledad! ¿No había otra cosa de que hablar en Cádiz? Abrevió +cuanto pudo la conversación y se despidió de los esposos. + +La tarde declinaba. Las calles iban quedando oscuras y el semblante del +guapo también. Decidióse á entrar en una cervecería y tomar algo, pues +no había comido, «¡Vaya con Antoñico! se decía mientras mascaba +distraídamente. ¡Ya lo creo que trabajará por que Soledad se quede en su +casa! ¡No se relamerá poco ese tío podrido teniéndola al alcance de la +mano!... ¡Valiente verde de restregones y achuchones se dará en estos +días!» Y en su corazón, que la tristeza oprimía, sintió de pronto la +quemadura de los celos. Aquel Antoñico no cesaba, con un pretexto ó con +otro, de florearla. Mil veces le había oído decir que ninguna mujer le +había gustado tanto en la vida. Luego, era un hombre audaz, no conocía +la vergüenza; lo mismo le importaba recibir una injuria ó una bofetada +que beberse una copa de vino... Ella, claro que no se iba á enamorar de +semejante asqueroso; ¡pero las mujeres son tan bestias! En cuanto las +adulan se vuelven jalea. Había observado que las payasadas de Antonio le +caían en gracia y aceptaba sus lisonjas con gratitud. Á fuerza de +machacar el hierro se dobla... + +Sintió calor en las mejillas. La atmósfera de la cervecería le sofocaba. +Se levantó, pagó y salió á la calle. Soplaba ya la brisa fresca de la +noche. Su pecho oprimido se dilató aspirando con felicidad el aire puro, +que refrescó al mismo tiempo sus sienes y serenó su espíritu. Á paso +lento y con la cabeza baja caminó la vuelta de su casa siguiendo la ruta +de la muralla al borde de la mar para evitar la gente. Una débil +esperanza lucía en la oscuridad melancólica de su pensamiento, la de +encontrar á su llegada carta de Soledad. Le parecía increíble que ésta +rompiese de un modo tan insulso los lazos estrechísimos que los unían, +olvidase en un punto su amor frenético, del cual tantas y tantas pruebas +había recibido. Animado por esta luz y viéndola brillar delante de sí, +cada vez con mayor intensidad, insensiblemente fué apretando el paso +hasta llegar casi jadeante á la tienda. Procuró dar á su rostro la misma +habitual expresión indiferente y altiva y, después de saludar á las tres +ó cuatro personas que allí había, preguntó á Joselillo: + +--¿Ha venido algún recado para mí? + +--No, señor--respondió el chico. + +Subió á su cuarto y se dejó caer en la cama fatigado del largo paseo que +había dado y más aún de tanto pensar en la misma cosa. Concluyó por +enfadarse consigo mismo. ¿Á qué tomarlo tan á pechos? ¡Vaya una jaqueca +tonta la que se estaba buscando! Si se marchó, buen viaje. Las +consecuencias del rompimiento serían peores para ella; porque él se +quedaba en su casa, y ella... ella Dios sabe adónde iría á parar. La +idea de ver á su amante padeciendo los rigores de la miseria ó quizá +hundida en un lupanar le conmovió. «¡Pobre chica! se dijo enternecido. +Es una niña caprichosa. Ni sabe lo que hace ni lo que quiere, ni calcula +lo que le puede suceder.» Y dilatándose su espíritu con estas +imaginaciones tiernas y sosegada la cólera, al cabo de un rato se quedó +traspuesto. + +Cuando despertó eran las nueve. Aplicó el oído á los ruidos de la +tienda, y no percibiendo la voz de sus amigos se dijo: «Esos ya no +vienen: se habrán ido al baile ó quedarían por ahí de juerga en +cualquier montañés». Y rápidamente se echó sobre los hombros su capa +torera, bajó al establecimiento, dió á toda prisa las órdenes +necesarias y salió á la calle. Sin vacilación de ningún género, con paso +vivo y firme se dirigió á casa de su amigo Antonio. Vivía éste en la +calle de _Enrique de las Marinas_, bastante lejos del _Campo del Sur_, +en el piso segundo de una casa vieja y de modesta apariencia. Estaba el +portón abierto. Subió por la estrecha y sucia escalera, y cuando llegó á +la puerta llamó con los nudillos. Nadie salió á abrirle. Llamó más +fuerte, y tampoco. Entonces se puso á dar fuertes porrazos con el puño, +hasta que se abrió una de las puertas de al lado y salió una mujer á +decirle que excusaba de llamar porque no había nadie en el cuarto. Los +vecinos habían salido hacía poco rato y debía de ser para el baile, +porque la señá María-Manuela y una amiga que estaba con ella iban +disfrazadas. + +Velázquez bajó la escalera con un nuevo desengaño en el corazón. ¿Cómo? +La niña, después de lo que había pasado y en situación tan angustiosa, +¿tenía humor para irse al baile? Su amor propio le sugirió la idea +consoladora de que había ido, no por su gusto, sino arrastrada por +Antonio, quien tenía interés en aturdirla y aun corromperla, por aquello +de que «á río revuelto ganancia de pescadores». Se detuvo un instante á +calcular adónde podrían haber ido, y después de pesar atentamente las +probabilidades resolvió encaminarse al teatro Principal. + +El salón estaba ya lleno. En el medio bailaban trabajosamente veinte ó +treinta parejas ceñidas por una muralla de espectadores que gritaban, +reían, y les daban ruidosa cantaleta avanzando insensiblemente y +sofocándolas cada vez más. Muchos de ellos estaban ebrios ó tocando en +las lindes de la embriaguez y sus chanzas eran descomedidas. Pero los +que bailaban con las máscaras hallábanse poco más ó menos en el mismo +grado de la escala alcohólica y no se quedaban cortos en las respuestas. +Solamente las mujeres estaban disfrazadas: hombres, uno que otro por +excepción, acaso para llevar á feliz término alguna aventura que +exigiese misterio. Las luces y el vaho de tanta gente habían formado ya +una atmósfera espesa y asfixiante. + +Velázquez se introdujo en el grupo de espectadores y á fuerza de codazos +logró pronto colocarse en primera fila. Se puso á examinar las parejas +que cruzaban. El disfraz ordinario de las mujeres era el dominó; las +había, sin embargo, graciosamente ataviadas con trajes de capricho. +Muchas, sofocadas por aquel ambiente, se habían quitado la máscara, +saltaban con las mejillas rojas y los ojos brillantes, dejándose +arrebatar en el torbellino del baile. Unas se desplomaban con lánguido +abandono en los brazos de sus galanes, abatidas, mareadas, reposando la +cabeza despeinada sobre sus hombros. Otras brincaban con frenesí, +enloquecidas por el ruido y el movimiento, respondiendo con viveza á +cuantos requiebros dejaban caer en sus oídos al pasar. Una linda rubia +de ojos negros daba puntapiés con sus zapatitos de raso blanco al galán +que la llevaba abrazada, en castigo quizá de algún desmán, mientras otra +muchacha se volvía á menudo para saludar con la mano á unos jóvenes que +miraban desde un palco, lo cual mortificaba mucho á su pareja. + +Velázquez observó cuidadosamente á cuantas mujeres bailaban esperando +descubrir á Soledad; pero no logró nada. Calló, al fin, la orquesta. Por +todo el ámbito del salón comenzó á hormiguear la muchedumbre con +algazara. Los gritos de las máscaras dando bromas á sus conocidos +levantaban horrible algarabía. Algunas, por su donaire, llamaban la +atención y lucían la viveza de su ingenio en medio de un grupo que las +aplaudía, mientras el pobre hombre víctima de sus burlas, con el rostro +encendido y desfigurado por una sonrisa forzada, hacía inútiles +esfuerzos por exprimir el ingenio y sacar de él alguna respuesta +graciosa. + +El guapo recorrió el salón en todas direcciones por ver si descubría +entre las máscaras á su querida. Tenía la seguridad de reconocerla. +Mientras se dedicaba á esta caza sabrosa sin resultado, alzóse súbito +gran tumulto. La gente se arremolinó hacia uno de los ángulos; las +mujeres chillaban; los hombres se precipitaban para introducirse en el +lugar de la gresca: por algunos momentos reinó espantosa confusión en el +baile. El motivo era que un hombre, sorprendiendo á su mujer allí, la +estaba dando de bofetadas. El galán que la acompañaba salió á su +defensa: se había trabado una lucha en la cual tomaron parte los amigos +de uno y otro: brillaron las navajas, y hubiera habido que sentir si los +muchos concurrentes no sujetasen á los gladiadores y la policía no +llegase al punto. Velázquez, que siempre se había mostrado indiferente á +estas bullas y se había reído de los burlados, dijo en voz alta y con +acento colérico que estaba bien hecho y que fué lástima que el hombre no +le hubiese sacado las tripas al galancete. + +Cuando los culpables fueron arrojados del salón y se restableció la +calma, vió entre las máscaras una más alta que le pareció su amante. La +pequeña y gorda que la acompañaba era sin duda María-Manuela. Corrió á +su encuentro, pero ellas, al verle, se separaron vivamente y, cada cual +por su lado, se introdujeron en la muchedumbre, desapareciendo al +instante de sus ojos. Por más que hizo no le fué posible dar con ellas. +Mareado de tanta vuelta, rendido y triste, se determinó al cabo á salir +del baile. Soledad y María-Manuela sin duda se habían vuelto á casa. +Pero antes de retirarse á la suya quiso dar un vistazo por el café +Suizo. Un vago presentimiento le animaba á ello. Sabía que Antonio era +parroquiano y solía llevar con él á María-Manuela. + +En cuanto abrió la puerta y puso el pie dentro la vió. Estaba sentada +cerca del mostrador con su amiga María y otra mujer, Antonio y otro +hombre. Llevaba dominó negro y se había quitado la careta. Sus ojos se +encontraron, pero ella apartó los suyos vivamente y por su hermoso +rostro sonriente se esparció una nube sombría. Velázquez vaciló unos +instantes, pero al fin se decidió á acercase á la mesa haciendo un gran +esfuerzo sobre sí mismo para aparecer sereno. + +--Á la paz de Dios, señores. + +Soledad no respondió. Los demás, que no le habían visto, levantaron la +cabeza sorprendidos y saludaron. + +--¿Tú por aquí á estas horas, gachó? ¿Qué milagro es éste?--dijo +Antoñico con intención burlona y malévola que hizo dar un vuelco á la +sangre del guapo. + +¡Con qué placer le hubiera estampado la botella en la cara! Se contuvo, +esperando que algún día se las pagaría aquel sinvergüenza, y adoptando +un tono desenfadado explicó su aparición. Salía del baile, donde se +había aburrido como un perro en misa y, sintiendo sed, se había metido +en el café á tomar una limonada. Y al decir esto batió las palmas y se +la pidió al mozo. + +--Sí, ya sé que has estado en el baile--replicó Antonio con la misma +sonrisilla guasona. + +Velázquez mintió; dijo que había recorrido antes otros dos, y que en +ellos había bailado; pero aunque tenía por cierto que la vecina se lo +diría, no tuvo valor para confesar que había estado antes en su casa, +esperando que de aquella conferencia saldría algo que evitase tal +humillación. Y estuvo arrogante y oportuno, como en sus horas más +felices, cuando se hallaba delante de mujeres que se proponía cautivar. +Antonio llegó á dudar, viéndole tan despreocupado, si serían ciertas sus +explicaciones y habría entrado allí por casualidad. Ni una sola vez +volvió los ojos hacia Soledad, cerca de la cual estaba sentado; pero, +sin mirarla, veía su semblante hosco y su entrecejo fruncido. La joven +permanecía rígida y silenciosa: los esfuerzos del guapo no lograban +desarrugarla. + +Al fin se decidieron á retirarse. Velázquez había prevenido al mozo con +una seña, y al pedir la cuenta se encontró con que ya estaba pagada. +Soledad hizo un movimiento de impaciencia y disgusto, que no pasó +desadvertido para el guapo. Pero Antonio halló el paso muy delicado y se +puso de mejor humor. Salieron á la calle. Las tres mujeres se habían +cogido del brazo; los hombres marchaban delante. Mas Velázquez maniobró +hábilmente para quedarse rezagado y se volvió al lado de Soledad, que +daba la acera á las otras dos. Al cabo de un rato de silencio dijo en +voz baja: + +--¿Te has divertido en el baile? + +--Sí--respondió la joven secamente sin volver la cabeza. + +Después de otra pausa volvió á preguntar tímidamente: + +--¿Has bailado mucho? + +--No--respondió con la misma sequedad. + +Nuevo silencio, durante el cual el majo estrujaba su inteligencia +buscando medio de pasar á la conversación que deseaba. + +--Te he visto y te he reconocido perfectamente hace un momento aunque +llevases careta--dijo al cabo disimulando inútilmente su emoción. + +Soledad no respondió. + +--¿Sabes por qué te he conocido? + +--No. + +--Pues por esos pies menuditos que Dios te ha dado y que no tienen +pareja. + +--¡Bah!--dejó escapar la joven con indiferencia. + +María-Manuela, que deseaba vivamente la reconciliación de los amantes, +oyéndoles hablar, dijo algunas palabras al oído á su amiga, y ambas se +separaron bruscamente de Soledad, dejándola sola. Velázquez lo agradeció +en el fondo del alma; pero un gran temor y embarazo le sobrecogieron +inmediatamente. + +--Hace un rato estuve en casa de Antonio... Quería darte la mano antes +de que te fueses... Me dijeron que estabas en el baile, y sin saber cuál +era fuí derecho á ese... ¡La querencia, hija mía!... Tenía la seguridad +de conocerte en cuanto te echase la vista encima. Ni tu cuerpo, ni tu +aire, ni tus pies se pueden equivocar con otros. Tardé mucho en dar +contigo; pero cuando al cabo te vi y traté de saludarte, desapareciste +de mis ojos entre la gente y ya no pude hallarte... ¿Me has visto tú? + +--Sí. + +--...Me guardas rencor todavía, ¿verdad?... Pues mira, Soledad, por +mucho que tú me tengas, más me tengo yo. Quisiera poder molerme las +costillas á palos. Te sobra razón para no mirarme á la cara en tu vida; +pero dicen que de los arrepentidos es el reino de los cielos, y tú para +mí eres el cielo, ¡el cielo de la mañana con campanillas de plata! Un +cachito de gloria, ¿sabes?... Nunca pensé estar tan chalado... Desde que +saliste de casa, ni cantan los pájaros en la jaula, ni huelen las flores +en el balcón, ni el perro hace otra cosa en todo el día que aullar... +Todos parecen decirme: «¡Anda por ella!» + +La joven permanecía silenciosa y grave. Entonces Velázquez, deponiendo +las últimas migajas de orgullo que le quedaban, profirió con voz +temblorosa: + +--He pasado una noche y un día muy amargos, Soledad. Me parecía +imposible que un cariño de toda la vida pudiera romperse en un minuto. +Te he querido de chiquita, cuando te hacía bailar sobre las rodillas y +gorjeabas á mi oído pidiéndome alguna golosina: te he visto crecer y +desarrollarte y volverte poco á poco una real hembra que hacía la boca +agua á toos los gachós de la villa. Y entonces comenzaron mis cuidaos, +¿sabes?... Después pasó lo que pasó y me fuí metiendo, metiendo en el +querer... y hoy eres para mis ojos, criatura, la misma Virgen del +Carmen, el principio y el fin de todas las cosas... ¿Por qué no me has +escrito, dí? Una palabra tuya me hubiera hecho volar á tu lado y pedirte +perdón... Pero hacer que me escribiese ese tío no te lo perdonaré +jamás... + +Soledad alzó los hombros con ademán displicente y dijo: + +--Allá tú. + +Velázquez se sintió cada vez más turbado. Una tristeza profunda iba +entrando poco á poco en su pecho. La que él imaginaba pequeña barrera +fácil de saltar se trasformaba en alta, inaccesible muralla. Entonces +halló en su alma palabras sumisas y fervorosas que ofreció en holocausto +á aquella diosa irritada. + +--Desde que te has ido de mi vera no sé lo que me pasa, gachona; ni +duermo, ni como, ni sosiego, ni un momento dejo de pensar en ti. ¡Y yo +que me figuraba que podía vivir tan ricamente sin verte! ¡Sin duda me +has echado algunos polvos en la comida antes de irte, gitana! Me parece +como si hubiera vivido hasta ahora con una venda sobre los ojos sin +saber que tenía cerca un pedazo de cielo, una palomita de oro, un talego +de perlas que á patadas hubiera esparcido por el suelo. Y ahora que me +ha caído la venda me bajo á recogerlas y las beso, ¿sabes?... Escucha: +todo el mundo dice que soy orgulloso y quizá tengan razón; pero contigo +no quiero serlo más. Si has estado en mi casa humillada, de hoy para +arriba no volverá á suceder, te lo juro por mi salud... Ocuparás en ella +el sitio que mereces, serás respetada como las santas que están en los +altares y nadie hará allí sino tu voluntad... Á mí me basta para ser +feliz oir tu voz y sentir tus pasos menudos. + +Soledad escuchó impasible este concierto de palabras dulces y protestas +de amor. Caminaron buen trecho en silencio. Al cabo Velázquez, con voz +más débil, prosiguió: + +--Borra de tu memoria cuanto malo te haya hecho hasta ahora. Quiero ser +otro hombre para ti, y si en la vida vuelvo á hacerte una perrada, mala +puñalada me den rejoneá. No pienses más en irte á Medina, ni en que esas +manos de cera trabajen para comer: casa tienes en Cádiz, y mientras yo +viva tan señora serás en ella como la reina en su palacio... + +El mismo silencio obstinado por parte de su compañera. + +--Dí, ¿no quieres venirte conmigo? ¿Serás tan rencorosa como todo +eso?--profirió ansioso y acongojado. + +Pero Soledad, en vez de responderle, se dirigió en voz alta y tono +jocoso á sus amigas, que marchaban delante. + +--Andad más vivito, hijas, que llevamos paso de procesión. ¿Queréis +pasar la noche al fresco? + +Cayéronsele al guapo las alas del corazón. En su vida se había sentido +tan triste. Aún tuvo fuerzas para exclamar: + +--Vamos, Soledad, olvida mis faltas. Eres muy buena y me perdonarás... +¿Te vienes conmigo? + +La joven guardó silencio cruel y siguió caminando con igual +tranquilidad, como si no hubiese oído. + +Velázquez perdió la esperanza de llevarla de nuevo á su casa. Sintió +frío y se pasó la mano por la frente con abatimiento. Pero no tuvo +aliento para continuar suplicando y caminaron algún tiempo, y llegaron +hasta la puerta de la casa de Antonio, sin que ninguno de los dos +despegase los labios. Antonio y su amigo se detuvieron; uniéronseles en +seguida María-Manuela con la otra mujer: Soledad y Velázquez iban á +hacer lo mismo, cuando éste dejó caer en los oídos de la joven, con voz +angustiosa, estas palabras: + +--¡Pero, Soledad! ¿de veras me vas á dejar marchar solo?... ¡Por lo que +tú más quieras... por la memoria de tu padre, que fué mi amigo, no me +hagas esa ofensa... no tengas tan mala sangre!... ¡Anda, hija mía, vente +conmigo! + +Soledad volvió la cabeza sorprendida de aquella voz extraña y +temblorosa, le miró un instante á la cara y al fin dijo gravemente: + +--Bueno; vamos. + +La alegría dejó suspenso al guapo por algunos minutos; pero reponiéndose +en seguida y tornando á su habitual arrogancia, tomó la mano de la +joven, la pasó por debajo del brazo y así enlazados se acercó al grupo +diciendo: + +--Camarás, ustedes se van á la cama: nosotros también. Conque á la paz +de Dios y dormir bien. + +María-Manuela prorrumpió en exclamaciones de gozo. Ya sabía ella que +todo aquello era mojama y conversación de Puerta de Tierra. + +--¡Pues no faltaba más que dos gachós tan serranos se juntasen y se +apartasen como dos perros callejeros! Andad, hijos, que las piedras de +la calle os irán echando bendiciones. Soledad, no consientas más en la +vida que ese desaborío te regale ligas. Ya te anuncié que habíais de +reñir... + +Los demás se mostraron igualmente alegres por la reconciliación y les +felicitaron; pero Antonio no dejó de verter su gotita de hiel en la +alegría de Velázquez. + +--¡Así me gustan los hombres!--exclamó dándole palmaditas en el +hombro.--Una mujer como Soleá merece que nos echemos la fachenda á la +espalda. + +El guapo sintió el escozor del alfilerazo, pero disimuló, esperando la +ocasión de tomar revancha; y temiendo no fuese más adelante en sus +bromas, se apresuró á alejarse arrastrando consigo á su querida. Los +despidieron con algazara. Cuando ya estaban lejos, Antonio les gritó +recordando la conclusión de los cuentos: + +--Y todo quedó en paz y gracia de Dios, y yo fuí y vine y no me dieron +nada. + +Soledad se volvió con la faz sonriente y replicó, aludiendo también al +final de los cuentos: + +--Te regalaré unos zapatitos de manteca, si los quieres. + +Quedaron al fin solos. Velázquez no halló palabras, acometido á un +tiempo mismo de turbación y gozo. Embargábale una emoción gratísima, una +ternura suave que refrescaba su corazón y lo bañaba de deleite. Jamás +había experimentado aquello. Mil veces había sentido el brazo de Soledad +sobre el suyo, sin que su dulce peso le hiciese estremecer de alegría, +sin pensar que llevaba sobre sí un tesoro. ¿Por qué era tan exquisita la +sensación que ahora percibía? El suave calor de aquel brazo, trasmitido +al suyo, se difundía por todo su cuerpo inundándole de felicidad. + +Al cabo su lengua se desligó para proponerle tímidamente que siguiesen +el camino de la muralla. Soledad no puso reparo alguno, y por una de las +bocacalles salieron al Perejil, totalmente desierto á aquellas horas. + +Era una noche tibia de las postrimerías de Febrero. La luna bañaba ya su +punta argentada en el mar preparándose á dormir en su seno. Por la +inmensa llanura líquida se esparcía una blanca claridad que hacía +temblar al monstruo de júbilo. La blanca diosa, al abandonar el +firmamento y hundirse en las olas, mostraba en silencio su faz radiante +y serena. Las estrellas palidecían ante su majestad. Ningún ruido se +escuchaba más que el leve batir de las olas. De los confines del +horizonte la noche venía desplegando su velo misterioso, que pronto iba +á envolver en la sombra la tierra, el cielo y el mar. + +Velázquez, que nunca había fijado su atención en los esplendores de la +naturaleza, sintió la poesía de aquella hora sublime. Un gozo, que +brotaba del fondo del alma, poblaba de encantos cuanto abrazaban sus +ojos, y desataba su lengua avara de palabras. Oprimiendo cada vez más el +brazo de la joven, narrábale al oído cuanto había acaecido en su +ausencia, la informaba de todos los pormenores de la casa, deslizando en +el relato conceptos halagadores, frases cariñosas que daban testimonio +de su ventura. Sentía en aquel instante irresistibles impulsos de +adoración, de poner al descubierto su alma y explicar los sufrimientos +que había experimentado en las últimas horas; los explicaba con el +placer de un náufrago que, al amor del fuego, en un sillón confortable, +cuenta los terribles peligros que ha corrido, seguro de no verse más +expuesto á ellos. + +Soledad escuchaba serena, complacida, dejándose arrullar por aquella +cascada de palabritas de miel que nunca habían llegado á sus oídos. +Llevaba los ojos puestos en el cielo y sonreía de vez en cuando á los +amorosos extremos de su amante. De repente vió correr una estrella, y +para que no fuese mensajera de algún mal exclamó: + +--¡Dios te guíe! ¡Dios te guíe! + +Velázquez la miró sorprendido. + +--¿Cómo que Dios me guíe? Ya me ha guiado hacia ti, serrana, y estoy +contento. + +--No: se lo decía á una estrella corrida. + +--¡Ah! ¿Cuentas las estrellas del cielo?--dijo el guapo.--Pues ten +cuidado, porque tantas como cuentes te saldrán de arrugas en la cara... +Pero no te importe, niña, que cuando eso suceda yo no podré ya con la fe +de bautismo en papeles y tendrás que sacarme en una espuerta al sol. + +Ambos rieron representándose aquel porvenir lejano. Y charlando de esta +suerte llegaron al fin á casa; y después que Soledad hubo echado una +mirada investigadora por el establecimiento, subieron para reposar. + + + + +X + +Rebelión. + + +Velázquez se sintió al día siguiente avergonzado en presencia de su +querida. Se levantó, no obstante, de buen humor y la prodigó muchas +delicadas atenciones que no acostumbraba á usar: bebió y comió con +apetito y estuvo locuacísimo todo el día. Por la noche agasajó á sus +amigos en celebridad de la reconciliación, y éstos pudieron notar que su +alegría era excesiva y que había depuesto aquella gravedad displicente +que rara vez le abandonaba. En los días sucesivos se alteraron un poco +sus hábitos. Estaba mucho menos tiempo fuera de casa: dentro no se +escuchaban aquellos juramentos y amenazas que por el más insignificante +descuido dejaba escapar de su boca: se levantaba tarde, se acostaba +temprano: jugaba largas horas al _rentoy_ con los parroquianos, y en las +disputas que el juego suele engendrar mostrábase tolerante y +conciliador. En suma, parecía un hombre feliz en paz con el mundo y +consigo mismo. + +Soledad también lo era, al parecer. Atenta á la dirección del +establecimiento, grave, activa, tranquila como una diosa, recibía las +finezas de su amante con suave sonrisa de complacencia, mirándole de vez +en cuando con el rabillo del ojo. Escuchaba mucho, hablaba poco y +observaba sin cesar. Las noches en que había música en la plaza de Mina, +salía con su amante á escucharla. Por las tardes también quería éste +sacarla á paseo, pero rara vez aceptaba. Los quehaceres la retenían. +Deseaba aquél tomar una criada para aliviarlos; pero ella se opuso +siempre con tenaz resolución. + +Sin embargo, el majo no podía vencer aquel sentimiento de vergüenza que +le acometiera después de la escena de la reconciliación. Aunque ponía +empeño en aparecer fresco y despreocupado y como si hubiese olvidado +enteramente lo acaecido, era inútil. El recuerdo de la noche memorable +en que por primera vez en su vida descendió á las súplicas delante de +una mujer le asaltaba, mal de su grado. Y aunque hubiera logrado +borrarlo de la memoria, ¿qué adelantaría? ¿Se le borraría á ella? Pues +esto era precisamente lo que le inquietaba, lo que, á pesar de la paz y +ventura en que vivía, le causaba sordo malestar. Creía estar viéndolo, +al través de sus grandes ojos negros, impreso con caracteres indelebles +en su imaginación. + +Pero Soledad no parecía preocupada con tal recuerdo, ni mucho menos +advertir la inquietud de su amante. Era la misma de siempre. Se mostraba +con él cariñosa y solícita, prevenida á darle gusto en todo: de tal +modo, que el guapo nada echaba menos de los regalos con que le tenía +acostumbrado. No había pretexto para reñir y enfurecerse; por eso no lo +hacía: esto, á lo menos, pensaba él, y se felicitaba de que en su casa +hubiera tanto orden y que Soledad hubiera progresado tanto en pocos +días. El demonio de la soberbia, no obstante, abatido y aletargado con +el golpe de la escapatoria, comenzaba á revolverse y hacerle cosquillas +en el alma. El resquemo de la humillación no se suavizaba, antes iba +siendo cada días más áspero é insufrible. Menester era arrojarlo pronto, +dar merecida satisfacción á su orgullo y recobrar la prístina grandeza y +majestad á los ojos de todo el mundo y á los de sí mismo. + +Comenzó á mostrarse más grave y á adoptar en la conversación aquel tono +de superioridad displicente que siempre le había caracterizado. +Mitigábalo, no obstante, al dirigirse á Soledad, por un resto de temor, +que al cabo también fué desapareciendo. Ésta ni se sobresaltó por el +cambio, ni se dió siquiera por entendida. Seguía tranquilamente la +marcha ordinaria de su vida: al hablarle lo hacía con absoluta libertad +de espíritu, con un aplomo que mortificaba al guapo, pues nunca hasta +entonces creía habérselo notado. + +Al fin, una noche, hallándose todos los amigos reunidos en la tienda, +Velázquez, que estaba de vena, se aventuró á soltar una pullita á su +querida, de aquellas con que antes la regalaba y que no pocas veces la +hacían derramar lágrimas en presencia de la reunión. Soledad alzó la +cabeza vivamente y le clavó una larga mirada luciente y colérica. El +guapo dirigió la suya hacia otro sitio, se puso un poco colorado y +procuró distraer la atención de los amigos. Aquel aviso tácito le +impresionó más de lo que contaba. Mas cuando hubo pasado el efecto y +pudo recapacitar nació en su alma un sordo despecho con mezcla de +desaliento. Ahora fué cuando entendió claramente que la situación había +cambiado. Aquella mujer, antes esclava sumisa, se atrevía á desafiar su +cólera; luego estaba bien convencida de que no podía vivir sin ella. +Devoró su enojo y se guardó en adelante de dirigirle ninguna burla +mortificante. Sólo con muchas precauciones y mirándola siempre á la cara +se autorizaba de vez en cuando algunas bromitas tímidas y cariñosas que +más parecían caricias. + +Pero como es difícil mantenerse siempre en un justo medio inofensivo, y +más poseyendo el carácter fanfarrón de nuestro majo, sucedió que otra +noche, sin darse cuenta, se le fué la lengua y soltó una impertinencia. +Soledad esta vez no se contentó con mirarle, sino que exclamó con +acento amenazador: + +--¡Cuidado! + +Volvió á echarlo á broma Velázquez, y le dijo algunas frases cariñosas +para desagraviarla. Ella permaneció seria. + +Cada día lo fué estando más, y cada día se mostró más silenciosa, +afirmándose en el puesto preminente que al fin había logrado adquirir en +la casa. Y mientras ella, á toda prisa, ganaba aplomo y libertad, con la +misma rapidez los perdía él. Perdió aquellos modales arrogantes que +jamás le abandonaban, su mirar altivo, su displicente sonrisa: cuando +hablaba con ella hacía esfuerzos increíbles para ocultar su rendimiento, +pero sin conseguirlo más que á medias. Temía ofenderla con cualquier +frase un poco atrevida. Y, en efecto, la bella fruncía su divino +entrecejo por la broma más inocente; iba adquiriendo una susceptibilidad +tan delicada que casi se la hería con la vista. + +Sin embargo, hasta entonces se habían guardado las apariencias, aunque +con trabajo. Velázquez seguía siendo la autoridad infalible é +indiscutible de la casa; ella la mujer fiel y sometida que le servía. +Pero tal situación no tenía fundamento alguno en la realidad. Velázquez +lo sentía allá en el fondo de su alma: sabía que todo era comedia, que +su poder era una sombra, que, aunque invisible, Soledad le tenía puesto +el pie en el cuello. Esta idea hacía botar su orgullo como un corcel +brioso á quien le clavan las espuelas. Á fuerza de habilidad había +logrado ocultarlo á todo el mundo, y aun pretendía con mil artificios +ocultárselo á sí mismo, pero en vano. La triste verdad, que á su +despecho se imponía, le roía el corazón y le quemaba la sangre. Comenzó +á vivir en un estado de zozobra que al cabo se le hizo insoportable. +Comprendió que era necesario salir de él á toda costa, si no quería +fenecer de un empacho de bilis. Y determinó volverlo todo patas arriba +con un golpe de audacia, súbito, inesperado. Espió con paciencia algunos +días la ocasión; se mostró más afable y condescendiente que nunca, y al +cabo, cuando aquélla se le ofreció oportuna, dió fuego á la mecha y +disparó el tremendo cañonazo con que esperaba amedrentar al enemigo y +alcanzar de nuevo la cumbre del poder. + +Era día de toros. Había prometido á su querida que la llevaría á la +corrida y, al efecto, tenía comprados dos asientos de delantera de +grada. Salió á dar una vuelta, quedando en venir á recogerla á la hora +conveniente. Mientras tanto Soledad sacó al sol y se atavió con los +mejores trapos que tenía, el vestido de fino merino negro, la media de +seda calada, los zapatos de tafilete, el rico pañolón de Manila, los +pendientes de diamantes: se rizó el pelo, lo adornó con flores al uso de +la tierra y se sentó detrás del mostrador á esperar la hora. Sonó ésta, +sin embargo, y trascurrieron algunos minutos después sin que el guapo +pareciese. Pasó media hora, pasó una, y nada. Entonces la gallarda +tabernera, abrasada el alma de despecho, subió á su cuarto y se quitó, +mejor dicho, se arrancó con mano trémula el vestido de gala. + +Velázquez entró en casa á la noche y se condujo con la misma soltura y +libertad que si no hubiera hecho nada reprensible. Tan sólo dijo con +afectada ligereza: + +--Dispensa, hija, que no haya venido á buscarte. Me encontré con un +antiguo conocido de Jerez, y no tuve más remedio que ofrecerle tu +asiento. + +Soledad le dirigió una torva mirada de través y guardó silencio. Al cabo +de un momento repitió maquinalmente, como si no diese importancia á lo +que decía: + +--Has perdido poco. El ganado regular, pero los chicos no sé por qué no +duermen esta noche en la cárcel... ¡Qué guasa, hija! ¡qué guasa! + +La tabernera tampoco despegó los labios. Su rostro estaba sombrío, +amenazador. Velázquez se levantó al cabo de la silla y se dirigió hacia +ella con sonrisa petulante. + +--¿Qué es eso, gitana? ¿Estamos enojados por el lance? Otra corrida +vendrá en que no tendré compromisos... + +Al mismo tiempo le tomó la barba con la punta de los dedos para +acariciarla. Pero ella se sacudió vivamente, exclamando con voz +alterada: + +--¡Quita allá, mala sangre! Debiera caérsete la cara de vergüenza, ¿y +vienes con arrumacos?... Me tienes tan harta, ¡tan harta! que milagro +será que sufra tus sandeces mucho tiempo... + +El guapo se irguió entonces con arrogancia y respondió fríamente: + +--¿Es de veras eso? + +--¡Y tan de veras!--exclamó ella mirándole con ojos de indignación. + +--Pues, hija mía, no te mortifiques más tiempo... Cuando las cosas no +convienen, ya sabes el remedio. + +Soledad le miró fijamente y con sorpresa. Resistió el guapo la mirada +sin pestañear. Hubo una corta pausa en que ambos trataron de +escudriñarse el alma. Al cabo dijo aquélla levantándose: + +--Está bien. Lo que ha de ser, cuanto más pronto, mejor. + +Y subió á su cuarto con paso firme. Velázquez permaneció en la tienda +inmóvil, silencioso, con la vista fija en la puerta por donde había +salido. No tardó en presentarse de nuevo con el mantón sobre los +hombros, y sin mirarle se dirigió resueltamente á la puerta de la calle. +Pero el majo, con rápido ademán, se puso delante, cortándole el paso. + +--¡Pero niña! ¿has tomado en serio la broma?--exclamó sonriendo con +afectada alegría.--¿Tú no sabes que estamos amarraditos y sentenciados á +cadena perpetua? + +--¡Quita! ¡quita!--exclamó la joven poniéndole la mano en el pecho para +rechazarlo.--Sólo sé que me duele el alma de aguantar tus necedades y +que no las aguanto más tiempo. + +--No necesitas irte para eso, porque no volveré á decirte ni hacerte +nada que te ofenda. Te doy mi palabra. La de esta tarde será la +última... + +Y siguió cerrándola el paso para que no pudiera alcanzar la puerta. + +--Te digo que me dejes Velázquez--repitió con calma y severidad.--Nada +adelantarás con retenerme á la fuerza. + +Entonces el majo se abatió á las súplicas, á los halagos, empleando los +recursos de su ingenio en persuadirla. Todo fué en vano. La irritada +joven le escuchaba inflexible y repetía con tenaz resolución: + +--Me voy, me voy: no quiero sufrir más. + +Cayó al fin el guapo de hinojos y la retuvo por el vestido, dirigiéndole +ruegos tan vehementes y haciéndole promesas tan disparatadas que Soledad +vaciló. Le miró todavía con ojos coléricos, le cubrió de dicterios, le +amenazó con marcharse á la primera ofensa que le hiciera; pero, +desahogada su cólera, consintió al cabo en quedarse. + + + + +XI + +Sumisión. + + +No volvió á rebelarse. Aquel hombre de corazón altivo, tan fiero con las +mujeres que habían tenido la desgracia de amarle, rindió al fin la +cerviz al yugo de la última. Fué una pasión súbita, ardorosa, que le +abrasaba las entrañas. Vivió desde entonces en dulce y á la vez +insoportable inquietud, como si hubiese bebido un filtro mágico que le +trastornara ó pesase al fin sobre él la venganza de la diosa del amor, +justamente irritada por sus ofensas. Perdió el gusto de las francachelas +en Puerta de Tierra, de la conversación, de la guitarra y las cañas y +hasta de salir á la calle. Se hizo melancólico, taciturno, indolente: en +sus miradas no brillaba aquella chispa de arrogancia que le daba +ascendiente entre los hombres; de su boca no fluían las palabras +chistosas y libres con que sometía á las mujeres. + +Delante de Soledad se mostraba amable y rendido, sin ocuparse ya en +disimular su vencimiento. Al contrario, parecía que sentía gozo y el +pecho se le dilataba cuando la daba un testimonio de adoración más vivo +que de costumbre. No se saciaba de estar á su lado, de prodigarla nuevas +y sabrosas caricias. Recibiólas ella con gratitud y alegría primero, +después con graciosa condescendencia y sin devolverlas sino tal vez que +otra; por último, á medida que el guapo las menudeaba, le fueron siendo +más indiferentes, terminando por hacérsele pesadas. + +Acostumbróse Velázquez á tomarle la mano siempre que hablaba con ella y +á retenerla entre las suyas largos ratos, cosa que llegó á molestar á la +bella. Suave, lentamente comenzó á desasirse siempre que podía. Él, +achacándolo á distracción, volvía á tomarla sin darse por advertido. +Pero estas retiradas se fueron haciendo poco á poco más francas, de tal +modo que, desengañado al fin, le preguntó con acento triste: + +--¿Qué? ¿no quieres ya darme la mano? + +Ella, grave y silenciosa, volvió á entregársela. Pero tanto llegó á +enfadarle aquella prueba de afecto, que se puso nerviosa y un día le +dijo bruscamente: + +--Mira, suéltame la mano. + +--¿Por qué?--preguntó él tímidamente. + +--Porque me dan calor las tuyas, ¿sabes? + +Velázquez, confuso, hizo lo posible por echarlo á broma, pero se abstuvo +en adelante de molestarla. + +Todavía era feliz, sin embargo. Porque, á medida que Soledad se hacía +más reservada, sus raros momentos de expansión adquirían mayor +atractivo, tenían un sabor exquisito que le resarcía de su creciente +frialdad. Lo único que le causaba grave desazón era la amenaza de +marcharse, que cada día más á menudo y por cualquier pretexto salía de +su boca. Cuando esto acaecía quedaba anonadado, como si fuese la mayor +desgracia que pudiera sobrevenirle, y se apresuraba á conjurarla por los +medios que estaban á su alcance. Para tenerla contenta apelaba al +recurso de los regalitos; apenas se pasaba un día que no viniese de la +calle con alguno: un alfiler imperdible, una peineta, un frasco de +perfume. Lo que más papel representaba eran las _yemas de San Leandro_, +aquellas famosas yemas que tanto agradaban á la tabernera y con las +cuales antes no cesaba de burlarla. Pues ahora fueron tantas las que le +trajo que consiguió empalagarla y que las aborreciese. + +De tal modo llegó á impresionarle la amenaza, no obstante, que pronto le +hizo vivir en un estado de agitación y anhelo insoportable. Entonces, +para arrancarse del corazón esta espina, pensó seriamente en casarse con +Soledad. Una vez dueño de ella por la ley, se imaginaba que volvería á +adquirir el perdido predominio y gozaría sin zozobra la dicha de +poseerla. No se le pasaba por la tela del juicio volver á tratarla del +modo cruel y desdeñoso que antes: la amaba ya demasiado para que esto +pudiera repetirse. Lo único que ambicionaba era estrechar el lazo que +los unía, hacerlo indisoluble y vivir en calma. + +Acarició por varios días la idea, gozando de antemano con el efecto que +iba á causar en Soledad. Sin duda lo que le hacía falta á ésta era +adquirir la dignidad de esposa. Su situación humillante era lo que la +tenía constantemente seria, malhumorada. En cuanto se viese colocada en +la jerarquía á que era merecedora, no temiendo ya ser herida en su +orgullo, perdería aquel humor melancólico é irascible que desde algún +tiempo la venía dominando. Y en cuanto se ofreció una ocasión para +hablar de ello, se lo propuso abiertamente en términos halagüeños y con +alegre semblante. Contra lo que esperaba, el de Soledad no se dilató al +oir la noticia. Estaba lavando vasos y esto siguió haciendo sin levantar +la cabeza ni dignarse responder una palabra. Velázquez aguardó en vano +alguna señal de aquiescencia: como no llegaba, trató de provocarla +hablando con animación de su proyecto, pintando un cuadro lisonjero de +su dicha futura. Pero la tabernera permaneció impasible y grave, como si +nada de lo que estaba escuchando fuese con ella. Calló al fin el majo +y, sin atreverse á exigir respuesta, se alzó de la silla donde estaba, y +salió de la estancia no poco triste y desengañado. + +Así anduvo varios días; pero la esperanza, que tarde ó nunca nos +abandona, le hizo pensar al fin que lo que había hecho callar á Soledad +fué la sorpresa en parte y en parte también el temor de ser burlada como +otras veces. Era absolutamente incomprensible que no prefiriese ser su +esposa á vivir con él sin decoro. Por esto se determinó á provocar una +explicación que concluyese con sus dudas. + +Viéndola un día más expansiva y serena que de ordinario, como hablasen +de Paca la de la Parra y su marido, celebrando lo bien avenidos que +vivían á pesar de la oposición de sus caracteres, Velázquez le tomó de +pronto una mano y le dijo cariñosamente: + +--Tú y yo viviremos al fin tan felices como ellos... Dí, flamenca, +¿cuándo quieres que nos casemos? + +El rostro de la joven se oscureció repentinamente y, retirando su mano, +profirió con acento desdeñoso y colérico á la vez: + +--Mira, déjame de casorios... Como he vivido hasta ahora seguiré +viviendo... sin honra, pero libre... muy libre, ¿sabes? + +Velázquez quedó confuso, anonadado. Conociendo el temple de su querida, +se abstuvo de insistir. Pero, disipada aquella última esperanza, pensó +con tristeza que los lazos que á ella le unían no podían ser más +frágiles y que el mejor día caerían al suelo rotos. + +Los amigos, de un modo inconsciente, contribuían á llevar el desconsuelo +á su corazón. Paca no abandonaba la idea de legalizar la situación de +los amantes: las atenciones extrañas que ahora observaba en Velázquez la +animaban á persistir, juzgándolo ya maduro para el caso; los compadres +de la reunión, solicitados por ella, le prestaban ayuda. Así que, +comenzaba á tocarse más á menudo que antes el punto del matrimonio en la +conversación. El efecto que esto causaba en el guapo era cruel. Quedaba +repentinamente sombrío, paralizado, y no pocas veces se le habían subido +los colores á la cara, lo mismo exactamente que le pasaba á Soledad en +otro tiempo. Ésta permanecía tranquila, sin ningún vano alarde que +dejase traslucir que el platillo de la balanza había subido para ella y +bajado para su querido; al contrario, hacía lo posible por distraer la +conversación y sacarle del aprieto. + +Pero aunque Velázquez se esforzase en ocultarlo y Soledad nada hiciese +para ponerlo de manifiesto, el cambio operado en sus relaciones no era +ya un secreto para nadie. Los amigos murmuraban, se hacían guiños cuando +observaban algún signo de sumisión, se comunicaban sonriendo los +descubrimientos que iban haciendo. Y no sólo los amigos, sino todas las +comadres del barrio que frecuentaban la tienda llegaron pronto á +sospechar lo que ocurría. Desde entonces cien ojos de zahorí los +espiaron incesantemente: muy pronto se supo con todos los pormenores la +caída del guapo y el estado de abatimiento á que su pasión le había +reducido. Las comadres celebraron con alborozo el triunfo de Soledad, no +sólo por ser de justicia, sino también por espíritu de cuerpo. Era la +apoteosis merecida del elemento femenino. Y la celebraban y la +festejaban con toda especie de palabrillas, homenajes y sonrisas +picarescas. + +--¡Al fin llegó tu hora, querida!... Así debe ser: la mujer siempre muy +alta... ¿Qué se creen esos tíos? ¿Que porque somos buenas y callamos la +mitad de las veces por evitar disgustos se nos ha de tratar como trapos +sucios?... ¡Que se limpien!... Ya que le tienes bajo el pie, aprieta, +hija, no temas; cuantos más sofocones le des más suavecito lo tendrás... +Esos malditos hombres son así... + +Soledad no se mostraba ni alegre ni lisonjeada por esta charla +arrulladora. Guardaba silencio, según su costumbre. Cuando le parecía +que se dilataba demasiado ó se excedían en ella, la cortaba bruscamente. + +Sin embargo, las comadres no podían explicarse aquella súbita mutación +de un modo natural. Para ellas fué indiscutible pronto que Soledad había +apelado á las artes mágicas para lograrla. Y aun alguna se atrevió á +insinuárselo sonriendo maliciosamente. + +--Vamos, querida, confiesa que le has dado jicarazo... + +Pero la tabernera se había puesto tan encrespada al oirlo, que no se +tocó más el asunto en su presencia. + +--¡Qué jícaras ni qué cuernos! ¿Soy yo quizá una bruja como usted? +Todavía no he llegado á necesitar polvos para atraer á los hombres... +¿sabe usted? + +Á espaldas suyas, no obstante, todas seguían sosteniendo que hubo +maleficio. La que menos afirmaba que Soledad llevaba constantemente +sobre el pecho una bolsita con pedacitos de oro, plata y coral, algunos +granos de trigo y una piedra imán con raspaduras de acero. + +Entre tanto Velázquez seguía exagerando sus rendimientos, no tanto para +suavizar la aspereza de su querida, como por el íntimo placer que esto +le causaba. El placer de antes dominándola, martirizándola, era menos +que nada comparado con el que ahora sentía satisfaciendo sus caprichos, +uncido, prosternado á sus pies. Y á pesar de su inveterada +fanfarronería, cada día le iba importando menos que los amigos se +enterasen de su humillación. Alguna vez, observando ya señales +vergonzosas de ella, los más autorizados, como el señor Rafael y Pepe de +Chiclana, le hicieron prudentes advertencias. «No era ése el camino para +ser feliz. Bueno que á las mujeres se las lleve con mano suave: está en +el orden de Dios, y para eso somos cristianos y no cafres; pero eso de +dejar las riendas sueltas ningún hombre debe hacerlo en su vida, porque +hasta los animales corren peligro de desbocarse, cuanto que más la +mujer...» Velázquez los oía y se callaba, no atreviéndose á +contradecirlos y no osando tampoco confesarles el miserable estado á que +su pasión le había conducido. Llegó un día, sin embargo, en que todos +pudieron cerciorarse y verlo claramente. + +Se hallaban reunidos, como de costumbre, en uno de los cuartos de la +tienda. Se había bebido y charlado en demasía. Velázquez estaba de +alegrísimo humor, quizá porque su querida no lo tenía tan melancólico +como otras veces y se había avenido á bailar unas seguidillas con +Frasquito, cosa que hacía mucho tiempo no se había podido recabar de +ella. En la corriente de la conversación se habló de fruta, y el majo +manifestó que había recibido aquel mismo día de Medina unos albérchigos +magníficos. + +--Vamos á probarlos--concluyó diciendo--y nos refrescaremos la boca... A +ver, Solita, hija, haz el favor de subir y traérnoslos. + +--No tengo gana--respondió secamente ésta. + +Velázquez quedó suspenso y acortado. + +--Vamos, querida--manifestó tímidamente,--es cuestión de un instante... +Los tienes á la puerta misma del comedor, en un cesto... + +--Es que no tengo ganas de subir escaleras ahora. Vé tú por ellos si +quieres--respondió con más sequedad aún. + +Entonces Velázquez, reparando que los amigos se habían callado y +observaban con asombro la escena, tuvo la debilidad de insistir. + +--Pero, hija, no seas así. Estos señores están aguardando, y por subir +cuatro escalones no te vas á morir. + +Los ojos aterciopelados de la tabernera brillaron con cólera y, dando á +sus palabras acento despreciativo, profirió: + +--Te he dicho ya dos veces que no me da la gana. ¿No te has enterado +aún? Si lo quieres por escrito, trae pluma y papel y te entregaré en +seguida el documento. + +Velázquez se puso rojo de vergüenza. Quiso responder, pero la palabra +expiró en sus labios. Reinó silencio embarazoso en la tertulia, +echándose bien de ver la triste impresión que en todos había causado la +breve pero significativa reyerta. Cuando, á los pocos instantes, llamada +por Joselito, salió Soledad del aposento, el señor Rafael, Pepe, +Frasquito y hasta la misma Paca y María-Manuela cayeron sobre él, +afeándole su conducta. «¡Aquello era un escándalo! ¡una vergüenza! ¿Cómo +toleraba semejante insolencia? Ningún hombre que tuviese dignidad se +dejaba sopapear de una mujer. Si ahora sufría aquel insulto, ¡Dios sabe +adónde llegarían los vuelos de la niña!» + +El majo los escuchaba, pintada la angustia en su semblante. Al fin +exclamó con desesperación, mesándose los cabellos: + +--¡Tenéis razón! Soy un calzonazos, un sinvergüenza. Pero no puedo... +¡no puedo! ¡Esa mujer me ha cogido la acción! + + + + +XII + +La maga. + + +Como si hubiese tenido una venda sobre los ojos y repentinamente se le +hubiese caído, todas las cualidades de Soledad se le aparecieron con +maravilloso relieve. Unas veces alababa su cuerpo garrido, otras su +destreza en el baile; ahora se fijaba en sus pies torneados, después en +su cabellera de ébano. Y con sus partes morales acaecía otro tanto. No +había en todo Cádiz mujer más hacendosa y limpia y discreta ni más amiga +de la verdad, y se empeñaba en que todos admirasen, como él, sus +palabras graves y medidas, su gesto severo y hasta las más leves +inflexiones de la voz. + +Un día María-Manuela le llamó aparte estando de reunión en la tienda y +le dijo en voz baja: + +--Mira, Velázquez, te veo ya demasiado chalao. Cuando la tortilla dió +vuelta confieso, hijo, que me alegré y le puse un cirio á San Rafael +bendito, porque tú eres un gitano falso, traidor, sin vergüenza, y me +tenías á la pobrecilla fatigaita, y porque, sin razón, delante de los +amigos, la corrías como una mona. ¡Ajá! San Rafael tuvo lástima de ella +y te dió lo que merecías. Ya sabes lo que son _ducas_. En la cara las +llevas señalás. Estás paliito y ojeroso como un chavaliyo de quince +años. Me da lástima de ti y no quiero que te ahoguen las fatigas. Si +deseas que Soleá te quiera como antes y se case contigo pásate mañana +por mi casa y te daré el remedio... ¡Pero cuidao que digas ná al +lechonaso de Antonio!... Ve á la hora en que está en la oficina... Ya +sabes, después de las diez. + +El guapo se había reído toda la vida de la ciencia mágica de la querida +de su amigo: fueron infinitas las bromas que había gastado con ella por +tal motivo. Pero ahora, á semejanza de los que maldicen de los médicos y +se apresuran á llamarlos en cuanto les duele algo, aceptó el +ofrecimiento con alegría y prometió no faltar á la cita. + +Y, en efecto, al día siguiente, entre diez y media y once, salió de su +casa y se fué por la orilla del mar á la de Antonio. Después de +cerciorarse que éste había salido, subió por la estrecha y sucia +escalera á las alturas en que habitaba. Y llamó á la puerta pálido y +jadeante tanto por el esfuerzo como por la emoción. María-Manuela abrió +instantáneamente y le llevó por la mano, sin decirle palabra, hasta una +salita donde había un sofá y cuatro sillas de paja, una consola con sus +correspondientes caracoles de mar encima, espejo resguardado de las +moscas por una gasa, algunos cuadros en litografía representando la +historia de Hernán Cortés y D.ª Marina y en el centro una mesilla +cubierta con tapete de hule. Le hizo sentar en el sofá y comenzó á +hablarle con voz baja y grave ademán autoritario que contrastaba con su +habitual desenfado: + +--Me alegro que hayas dado este paso. Dentro de un momentito sabrás tu +suerte, y, sea mala ó buena, debes quedar tranquilo, porque contra lo +que allá arriba está ordenado no hay más que bajar la cabeza. Pero yo +espero que saldrás de aquí satisfecho y llevarás medicina con que te +cures pronto y logres tus deseos... Díme antes de empezar qué es lo que +te pasa. + +Velázquez la miró con sorpresa. + +--Sí; es menester que me cuentes toíto lo que sientes, que yo sepa una +por una tus ducas desde que han comenzao... Se me ha metió en la cabeza, +hijo, que te han dado _bebía_, y si es así, hay que deshacerla con +alguna oración, ó de otro modo que ya te iré explicando. + +Velázquez, sonriendo, le dió cuenta del cambio que había sentido hacía +tres meses: cómo su indiferencia hacia su querida se había trocado +repentinamente en amor ardiente, cómo desde entonces vivía en constante +zozobra pendiente de sus menores gestos, con qué frenesí la adoraba y +qué mal pagaba ella esta adoración. Narró los más insignificantes +pormenores de su vida con Soledad desde hacía algún tiempo, +complaciéndose en enumerar los desaires que de ella recibía y en pintar +los humillantes testimonios de idolatría que él la prodigaba sin lograr +suavizarla. Cuanto más amoroso y humilde se mostraba, más se embravecía +ella y peor le trataba. Comenzó riendo y terminó llorando como una +criatura. + +María-Manuela le puso su mano protectora sobre el hombro. + +--No te apures, querido, que todo se arreglará. ¿Lo has desembuchao too? + +--Todo. + +--Pues, entonces no me cabe duda que te ha dao una bebía compuesta ó +bien has olío una rosa hechizá... Bien pudiera suceder también--añadió +cayendo en una meditación profunda--que te hubiera pasao la piedra imán +por la espalda; pero esto me parece poco para tanto maleficio... Ó bien +que haya hecho el muñeco... Mira, hijo, procura abrir el cofre ó el +armario donde guarda la ropa y regístrala bien, y si encuentras un +muñeco que tenga clavados unos alfileritos sobre el corazón, deshazlo +prontito; hallarás un hueso dentro, sácalo y corre al cementerio y +entiérralo. + +Velázquez se lo prometió, y ella, cada vez más inflada y poseída de su +papel maravilloso, le dijo: + +--Antes de pasar adelante, es menester que consultemos las cartas. Según +lo que te anuncien, así tendré yo que aconsejarte lo que debes hacer. Te +confías en mí, ¿verdá tú?... Para que las cartas digan la verdad hay que +creer en ellas y obedecer cuanto yo te mande. ¿Lo prometes? + +Velázquez, aunque fingiese despreocupación y se riese de agüeros, +guardaba, como buen andaluz, un fondo supersticioso. Trastornado ahora +por su pasión además, juró de buena fe que creía en la virtud de las +cartas y los ensalmos, y se manifestó dispuesto á seguir ciegamente +cuanto María-Manuela le ordenase. Esta, desvanecida por su humildad, le +obligó á declarar que se arrepentía de cuantas guasas había gastado +respecto á los oráculos y que sólo de ella esperaba su salvación. + +Hecho esto, fué á su cofre y sacó dos velas de cera verdes y un mantón +negro, con el cual tapó la mesa. Cerró luego la ventana y encendió las +velas. Abrió el cajón de la consola y sacó una baraja. + +--Aquí dentro está tu suerte--dijo en voz baja y misteriosa colocándola +sobre la mesa. + +Velázquez se sintió impresionado. La maga le hizo sentarse, quedando +ella en pie. Dió algunas vueltas en torno murmurando palabras de +conjuro, y al cabo, deteniéndose y pasándose las manos por la cara, con +aparato solemne tomó la baraja nuevamente, la barajó largo rato en +silencio y la entregó á Velázquez para que la cortase con la mano +izquierda. La puso otra vez encima de la mesa é, inclinándose hacia +aquél, le dijo al oído: + +--Da encima tres golpecitos y llámala. + +El guapo abrió los ojos sorprendido. + +--¿Á quién? + +--¿Á quién ha de ser, desaborío? Á ella, á la mujer por quien penas. + +Obedeció, dando con los nudillos sobre la baraja y diciendo al mismo +tiempo con voz apagada y temblorosa: «¡Soledad!» + +--Está bien--dijo la maga tomando la baraja y formando con ella varios +montoncitos. + +Contó de derecha á izquierda, y del quinto montón sacó una carta que +dejó separada. Barajó después, hizo que Velázquez cortase y llamase de +nuevo á su querida, y volvió á hacer montoncitos y á sacar del quinto +otra carta, repitiendo la operación hasta siete veces. + +La emoción del guapo crecía. Aquel aparato mágico iba influyendo poco á +poco en su imaginación y disponiéndole á creer en la cabalística +revelación que se preparaba. Pero aún más contribuía á turbarle la +repetición solemne del nombre de su querida, hecha en voz baja, como una +evocación misteriosa y dulce. Así que cuando la maga le dijo con +afectada majestad: «En esas siete cartas está escrito tu porvenir» +sintió un escalofrío y quedó inmóvil y pálido. + +María-Manuela volvió las siete cartas, colocándolas en fila, siempre de +derecha á izquierda. Las examinó largo rato con atención. Después, +pasándose la mano por la cara repetidas veces, respirando con agitación +como si se sintiese inspirada y hablando en voz de falsete para mayor +solemnidad y misterio, comenzó á decir: + +--Este cuatro de copas que aquí ves primeramente no es para ti de buen +agüero: significa que vas á regañar con tu amante, que será fuerte el +enojo, y este rey de oros que le sigue dice que será á causa de un +hombre moreno. El dos de espadas al revés, que viene luego, te anuncia +que debes librarte de amigos falsos y traidores; que te levantarán un +testimonio y te costará mucho trabajo poner en claro tu inocencia. El +siete de oros al revés dice que has de pasar muchas desazones que te +harán perder el sentío; pero si logras tener calma y no haces un +disparate, el siete de espadas que está á su lado te anuncia esperanza: +harás las paces con Soleá y disfrutarás de tranquilidad... No durará +mucho la paz, porque este as de bastos dice que pronto tropezarás y +caerás otra vez. Volverán los disgustos, los enojos, os pelearéis con +más fuerza aún que antes; pero este rey de copas, que es la última +carta, está diciendo que al cabo todo se arreglará con la bendición del +cura, que os casaréis y seréis muy felices... ¿Quieres saber más, +empachoso, traidor?--añadió volviendo hacia el guapo su faz radiante de +satisfacción y suficiencia. + +Velázquez, que tenía el pecho oprimido, lo desahogó con un largo suspiro +que hizo sonreir á la maga; pero su rostro se frunció de nuevo al oirle +decir: + +--¿Y todo eso será como lo cuentas? + +--¡Gachó! ¡las cartas no mienten! Cuanto has oído te sucederá. Lo que +importa ahora es deshacer el maleficio de la _bebía compuesta_, si es +que la has bebío, ó de la _rosa hechizá_, si la has olío... +Primeramente, un día de éstos que salga Soleá á la calle, tomarás un +puchero y echarás en él aceite y sal y tres clavitos de hierro atados +por la cabeza. Lo verterás todo cuando ella vaya á llegar á la puerta de +casa. Si pisa los clavos no tardarás en hallarla vuelta como una media: +te seguirá á todas partes y no verá ya sino por tus ojos... Si entrase +sin pisar los clavos, entonces hace falta que digas á las doce de la +noche una oración que voy á enseñarte... + +Y se puso á repetirle gravemente algunas palabras de ensalmo en que se +conjuraba á una cierta Elena, hija de rey, que escarbando la tierra del +monte Olivete se había hallado los tres clavos de Nuestro Señor, para +que clavase uno de ellos en el corazón de Soledad. + + _Para que no pueda vivir,_ + _ni sosegar,_ + _ni en silla sentar,_ + _ni en cama acostar,_ + _sino que muriendo de pena_ + _me venga á buscar._ + +Velázquez, aunque con menos fe que en las cartas, aprendió la oración. + +--La dirás al sonar la primera campanada de las doce, en camisa y +descalzo. Luego te meterás en la cama y escucharás con atención. Si oyes +un burro rebuznar ó ladrar á un perro es de mal agüero; pero si oyes el +ruido de una puerta ó el canto de un gallo, entonces, ¡alégrate, +corazón! tus _ducas_ se acabaron. Soledad se hará mansa como una gatita +mimosa y te querrá como á las niñas de sus ojos... + +El majo, que los recordó en aquel momento ¡tan negros, tan brillantes! +sintió un estremecimiento de dicha y en un rapto de entusiasmo abrazó á +la maga y quiso darle uno de los anillos que llevaba en los dedos; pero +no aceptó el regalo; estaba contenta con descubrirle su buenaventura. + +--No tomaré ningún regalo hasta el día en que os caséis, ¿sabes, niño? + +Luego, llena de magnanimidad, se dignó darle algunos preciosos consejos +para que su horóscopo feliz no se retrasase. + +--No regales ligas á Soleá si quieres casarte con ella, ni tampoco +tijeras... Evita las miradas de los tuertos... No des vueltas en la mesa +al cuchillo, como sueles hacer, que tiene mala pata, ya te lo he +dicho... Haz lo posible por no pisar carbón... + +Su rostro oscuro, expresivo, se dilataba con majestuosa expresión +profética. + +Velázquez salió de aquella casa feliz como un desahuciado á quien +prometen la vida. Y á paso corto de transeunte curioso y satisfecho +emprendió el camino de su casa al través de las calles buscando la +sombra. El verano se presentaba duro y fogoso, y aunque la singular +posición de Cádiz, flotando como un buque anclado en la mar, templaba +sus rigores gracias á la brisa que lo baña, todavía al atravesar algún +espacio abierto el ardiente latigazo del sol obligaba á apresurar el +paso. + +En la calle Ancha encontró algunos amigos y estuvo con ellos jovial y +locuaz como pocas veces se le había visto. Al despedirse de ellos +tropezó con Mercedes la _Cardenala_, á quien no había vuelto á hablar +desde la memorable noche en que Soledad fué á buscarle á su casa. Como +el buen humor le retozaba en el cuerpo, se aventuró á detenerla, +saludándola con afectuosa expansión. La muchacha, sorprendida de aquel +arranque, estuvo fría, circunspecta y no dejó de mortificarle con +algunas palabritas amargas. + +--¿Te han dado suelta hoy?... ¿Hasta qué hora tienes permiso?... Dicen +que ya no echas roncas como antes, que estás convertido en un palomo +buchón... + +Pero el majo no se dió por ofendido; procuró echarlo á risa, le dijo +algunas galanterías y se despidió al cabo de ella, diciendo para sí con +alegría: + +--¡Lástima de niña! ¡Qué salada es! Si yo tuviese dos corazones, le +daría uno. + +Justamente al acercarse á su casa vió salir de ella, bajando los +escalones, á Miguel, el hermano de Soledad. En cuanto el chico le +divisó, dióse á correr desesperadamente en dirección de la plaza de +toros. Velázquez lo siguió también á la carrera, logrando estrechar la +distancia. + +--¡Quieto, Miguel! + +El muchacho, sin hacer caso, presa de un terror pánico, redobló sus +esfuerzos, tratando de perderse en las callejuelas próximas á la +catedral. Pero Velázquez, más ágil, no tardó en darle alcance, +poniéndole una mano sobre el hombro. + +--¿Qué es eso, hijo, por qué corres tanto? + +El chico retrocedió asustado, arrojándose contra la pared de una casa. + +--¡No me pegue usted, señor Pedro, que yo no he tenido culpa! Fué ella +quien me mandó á llamar. + +El guapo sonrió y repuso cariñosamente: + +--No temas, querido, ninguna gana tengo de pegarte... Al contrario, +deseaba verte y charlar contigo un rato... + +Pero Miguel, juzgando aquello un sarcasmo precursor de los golpes, se +oprimía aún más contra la pared, dirigiendo una mirada ansiosa á los +lados para ver por dónde podría escapar mejor. + +--¡Te digo que no, hijo!... ¡Que no vengo á pegarte!... Quiero que +seamos amigos y no se hable más de lo pasado. + +Á duras penas logró tranquilizarlo. Tanto que, habiéndole invitado á +entrar en una taberna inmediata á tomar unas cañas, el chico se negó á +poner el pie dentro, temiendo una asechanza. + +--¡Qué escamón estás, hijo!--exclamó el guapo riendo.--Mira, si tienes +miedo, llévame adonde tú quieras con tal que haya vino. + +Confiado en estas palabras, Miguel le condujo á un tabernucho cerca de +los muelles, guarida cómoda de otros pícaros como él, donde solía comer +y beber cuando tenía dinero, y no pocas veces también dormir. Mientras +caminaban emparejados, Velázquez le preguntó: + +--¿Has estado mucho rato en casa? + +--No, señor; un momento nada más... y eso porque Soleá me había pasado +dos recaos, uno hace quince días y el otro ayer mismo, por un amigo que +la vió en la tienda de la Parra... + +Se disculpaba todavía con empeño, sin convencerse de que Velázquez no +estuviese enfadado. + +--No importa que entres y salgas en mi casa cuando bien te venga... Te +lo he preguntao por hablar algo. + +Llegaron á la tienda y Miguel se introdujo en ella con la familiaridad +de parroquiano, acomodándose en un rincón y batiendo las palmas para +pedir vino. Velázquez se sentó frente á él, despojóse del sombrero y le +miró sonriente y un poco acortado. Después se informó alegremente de su +vida y le agasajó, procurando inspirarle confianza. + +--Miguelillo, eres una bala perdida; has dado muchos disgustos á tu +familia, pero siempre he pensado que tienes buena entraña: así lo he +dicho á tu hermana cuando ha venido al caso. Lo que te está haciendo +falta es alguien que te abra los ojos. Se puede un hombre divertir, +correr guasas y gozar del mundo sin meter la pata, ¿sabes? ¿Qué gracia +tiene correr hoy una juerga y mañana que le corran á uno en pelo los +guardias? Es menester que dejes á esos andrajosos con quien andas, que +no pueden darte más que desazones. Reúnete con hombres regulares que +tengan un duro en el bolsillo y sepan gastarlo con los amigos... + +El chiquillo estaba encantado. Habiendo perdido todo temor, le confesó +que le dolía el alma ya de tanta fatiga, de no comer, de no dormir con +sosiego, de ser machucado por todo el mundo... «¡Si yo le contase las +crujías que he pasado!» + +Al compás de las cañas la conversación se fué animando, estableciéndose +pronto entre ambos una cariñosa familiaridad. Velázquez, lleno de +condescendencia, le prometía no abandonarlo, hacerle un hombre. Al fin +concluyó haciéndole un elogio caluroso de su hermana. En media hora no +se detuvo. Todo lo ensalzaba, todo lo hallaba admirable, los cabellos de +ébano y la franqueza y lealtad del carácter, su corazón tierno y sus +pies diminutos. + +--Cada día estoy más satisfecho de tenerla en mi casa--manifestó al cabo +con su antigua superioridad.--Y si continúa portándose tan bien como +hasta aquí, es casi seguro que al fin me casaré con ella... + +Avergonzado de su baladronada, pronunció las últimas palabras rápida y +confusamente. Luego tosió y se limpió repetidas veces la boca con el +pañuelo y añadió en voz baja, no sin que le subiese un poco de calor á +la cara: + +--Si por casualidad hablases con ella de mí, espero que te portarás como +amigo... Porque, ya sabes... es inocente y propensa á los engreimientos +y se cree todas las paparruchas que le cuentan... Y como no faltan +malintencionados... ¿tú entiendes?... No te digo más... Eres un hombre y +conoces el mundo... Me prestarás un favor grande, Miguelillo, si la +convences de que nadie puede hacerla más feliz que yo... Que no haga +caso de comadres ni de jaleadores que sólo buscan modo de que regañemos +para pescar á río revuelto... Bien sabes que nunca he sido tacaño para +ella. Á Dios gracias, me sobra dinero para llevarla vestida como la hija +del mayor caballero... Si no va mejor es porque no quiere... Siendo +buena para mí, tu hermana será una princesa, querido, y tú nada perderás +tampoco... + +El chico no comprendía bien, pero le hacían feliz las confidencias de un +hombre á quien estaba acostumbrado á admirar y temer. Prometió todo lo +que el otro quiso, bebió un número prodigioso de cañas y declaró +terminantemente que su hermana sería una sinvergüenza si algún día +olvidase lo que le debía. Velázquez, por su parte, se había puesto +también de excelente humor. + +--Atiende, Miguelillo, no quiero que andes ya más á salto de mata. Te +vas á mi casa, ¿entiendes? Allí tienes cama y mesa y todo lo que te haga +falta... Supongo que Soledad no se opondrá á que vivas con +nosotros--añadió bajando la voz y pronunciando con respeto el nombre de +su querida. + +--Miguel, que no estaba al tanto de ciertas interioridades, tomó +aquellas palabras á burla y alzó los hombros riendo. + +Al cabo de un rato, Velázquez llamó al _chicuco_ para pagar. Cuando lo +hubo efectuado, miró al gandul con sonrisa maliciosa y le preguntó: + +--¿No te ha dado hoy ningún dinero Soledad? + +Miguel negó rotundamente poniéndose colorado. + +--¡Vamos, Miguelillo, confiesa! + +--¡Que no, señor Pedro! No ha hecho más que darme de comer y este +pañuelo de seda que usted ve--repuso sacando uno del bolsillo. + +Pero Velázquez insistía bromeando. Por último declaró que le había dado +tres pesetas. El majo soltó una carcajada. + +--Y tú le habrás dicho: ¡Adiós, rumbosa! ¿verdá tú?... Las mujeres todas +son lo mismo. + +Al mismo tiempo echó mano generosamente á la cartera y le dió un billete +de diez duros. + + + + +XIII + +Antoñico. + + +Razón tenía para poner reparos al ofrecimiento de su casa. Por más que +hizo, nunca se pudo lograr de Soledad que admitiese en ella á su +hermano. Insistía la joven en que Miguel volviese á Medina para hacer +compañía á su madre, ya que en Cádiz llevaba una vida de perdido y se +estaba corrompiendo cada día más. El chico se negó resueltamente á +obedecerla, con lo cual quedaron las cosas en tal estado, salvo que +Velázquez proveía ahora á sus necesidades y no pocas veces también á sus +vicios. + +Cayó al fin sobre éste un cuidado más grave que los anteriores y mucho +más riguroso. Hasta entonces los desdenes de Soledad y las humillaciones +que le hacía experimentar podían achacarse á su carácter altanero y +quizá al deseo de vengarse de las que él le había infligido. Esto las +hacía más llevaderas; parecían un castigo justo. Á veces él mismo, +acometido de anhelos de adoración, las provocaba, hallando en ellas +dulzura exquisita, como los ascetas en sus penitencias. Pero el sabor se +hizo amarguísimo, insoportable, cuando vinieron acompañadas de celos. +Soledad, que siempre había mostrado buen semblante á las guasas de +Antonio Robledo, las iba encontrando cada día más sabrosas; de tal +suerte que cuando entraba en la tienda ya no tenía ojos y oídos sino +para él. Establecióse entre ambos una corriente de confianza y aun de +inteligencia que no pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto la +antipatía que Antoñico le inspiraba hacía tiempo creció hasta +convertirse en aborrecimiento, el cual apenas con gran trabajo podía +disimular. Notábalo aquél en la frialdad y reserva con que su antiguo +amigo le hablaba, en las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez +sorprendía en sus ojos; pero, sabedor de lo que entre los amantes +acaecía, no cejaba en sus proyectos de seducción, aunque guardándose +cuanto podía, porque siempre le había tenido miedo. Esforzábase en +mostrar en todos los momentos su ingenio gracioso y maleante. Animado +por las carcajadas de Soledad, llegaba á ejecutar farsas estupendas que +tenían en continuo alborozo á la reunión. + +Velázquez manifestaba su desabrimiento manteniéndose serio ó saliéndose +del aposento en lo más culminante del regocijo. Cuando hablaba de +Antoñico en presencia de Soledad lo hacía con afectado desdén: le +llamaba payaso, titiritero, y recordaba con fruición cualquier lance +ridículo de su vida. Pero, no bastando esto á desahogar su cólera sorda, +un día, con las debidas precauciones, llegó á recriminar á su querida +por la atención que le prestaba. + +--Mira, Soledad, no hay nada que más me ensanche el corazón que verte +alegre y contenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cielo se abren +de par en par para mí... Pero me hace daño que te pongan tan alborotada +las desvergüenzas de ese mono sabio... ¡Me revienta ese tío!... no lo +puedo remediar. Luego hazte cuenta que todas esas gracias mohosas las +suelta para tu regalo. Apenas dice una palabreja aguda, ya te mira á la +cara á ver qué gesto pones... Trae de casa los chistes almacenados para +ir largándolos poco á poco á modo de anzuelos... + +Soledad le escuchó en silencio y se contentó con hacer una mueca de +desdén. Y sin parar mientes en su disgusto, siguió riendo con más +alegría aún las bufonadas de Antoñico. Éste, halagado por ello y también +por el malestar y los celos que inspiraba á Velázquez, empezó á pensar +seriamente en la conquista de la bella tabernera. Acudía solícito todas +las noches á la reunión, y si siempre se mostraba alegre é ingenioso, +los días en que no le acompañaba María-Manuela subía de punto su +gallardía y se autorizaba, so capa de broma, el requebrar á Soledad +lindamente y departir con ella en un rincón siempre que la ocasión se +presentaba. + +El malestar y la tristeza de Velázquez iban creciendo. En cuanto +Antoñico ponía el pie en la tienda quedaba silencioso y sombrío que daba +grima mirarle. Al cabo volvió con la misma suavidad á amonestar á su +querida. «Aquellas confianzas con un hombre á quien detestaba le +causaban mucha pena. ¿Qué necesidad tenía de aparecer tan contenta +cuando él entraba? ¿Por qué consentía que la hablase aparte y en voz +baja?... Ya sabía que todo aquello era agua de cerrajas, que ella no iba +á enamorarse de sujeto tan ruin; pero con estas confianzas él se crecía +y pudiera pasarse á mayores si no se le atajaba. Además, los amigos lo +notaban... Estaba quedando en ridículo...» + +Soledad permaneció algún tiempo silenciosa. Luego, gravemente y +afectando indiferencia, respondió: + +--Antoñico tiene buena sombra y me hace reir... Y ¿qué hay con eso?... +Los demás también se ríen... Si tú no lo haces ahora es porque le has +tomado tema. ¿Quieres que habiendo jarana ponga la cara larga como si +fuese á hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... Cada cual es cada +cual, y porque tú no críes bilis no me voy á morir de empacho de risa. + +No pudo lograr de ella otra respuesta. + +--Pues si ese guasón sigue dándome jaqueca, el día menos pensado le +cojo por un brazo y le planto en la calle. + +Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó á decir sordamente: + +--Harías muy mal. + +Transcurrieron bastantes días después de esta corta explicación y las +cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no sólo no reprimía la +expresión de su simpatía, sino que afectaba demostrarla con testimonios +más visibles. Antonio, observando su frescura, dióse á entender que +Velázquez estaba por completo esclavizado y aguantaría todo lo que le +echasen encima. Por lo que no se guardó ya tanto de él: festejaba á la +tabernera con su habitual desembarazo y sostenía con ella, hasta en +presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y reían +como locos. + +La desazón de Velázquez era tan grande que para nadie pasó inadvertida. +Se hicieron comentarios en voz baja y no faltó quien reconviniese á +Antonio por su conducta. Pero éste alzó los hombros y respondió, como +siempre, con una desvergüenza. El majo se hallaba en una tensión de +espíritu insoportable. Tan pronto, acometido de cólera furiosa, +proyectaba arrojar á su amigo de la tienda á puntapiés y pescozones, +como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su +afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba jamás y, contra su +costumbre, bebía bastante vino. + +Al fin rompió la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y +la despreocupación de la otra llegaron á tal extremo que, hallándose +cierta noche en el aposento habitual de la reunión, Antoñico, con +pretexto de coger un cigarro que se le había caído, apretó los pies de +la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse rió la chanza. Velázquez, +que advirtió la maniobra, sintió que un flujo de sangre le invadía la +cabeza y le cegaba. Llevó la mano al bolsillo para sacar la navaja; +quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de +hierro le hubiese clavado á la silla. Bañó su frente un sudor frío y, en +vez de partir el corazón de su rival, sintió ganas atroces de llorar. +Los sollozos le ahogaban. Llenó, con mano trémula, el vaso de vino y lo +apuró con ansia. + +Cuando los tertulios se despidieron y quedó solo con su querida, inició +con voz alterada una explicación. + +--Soledad, hija mía, me estás dando muchos disgustos. Acabo de ver al +sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por +ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado á la pared como +un sapo... Vuelvo á suplicarte que si me aprecias en algo dejes de +hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar... +¡Vamos, que no puedo!... + +--Pues haz por soportarlo--respondió secamente la joven. + +Calló un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con +humildad, acercándose á ella: + +--Sabes que soporto todo cuanto tú quieras... hasta una bofetada en +medio de la calle... Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases tirarme +por la muralla, me tiraría... si se te antojase la cruz de la custodia, +iría á robarla para ti... Pero hay cosas que hieren más que una +bofetada, más que una puñalada en el corazón... Te ruego, por tu salud y +por la de tu madre, que no me des más celos... Mira que me estás +quitando la vida... + +Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla en que estaba y se puso á +arreglar las botellas de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo á +ella suplicante. + +--Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Déjame +echar á ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte más con +celos... + +Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insistió +con voz temblorosa: + +--Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pídeme en cambio lo que +quieras. + +--Lo único que te pido es que me dejes ya en paz--repuso ella alejándose +para limpiar una de las mesas. + +Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró acobardado algunos instantes +y al fin profirió con amargura: + +--¿No merezco siquiera ese pequeño sacrificio? Por ti me privaría yo de +hablar con todas las mujeres de este mundo... ¡y tú, en cambio, no +puedes pasarte sin las guasas de ese tío! + +Soledad, que reprimía á duras penas la impaciencia, exclamó: + +--¡Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. Ni tú estás amarrado á mí con +una cadena, ni yo á ti tampoco... Así, el día que se me ponga en el +moño, con ese ó con otro, con el que me dé la gana, me voy y te dejo +plantado. ¿Lo quieres más claro? + +Y sin aguardar contestación se dirigió á la puerta para subir á +acostarse. Una blasfemia de Velázquez la hizo volverse. + +--¡Ah!... ¡Ya se concluyó mi paciencia! Si no quieres ser mía, tampoco +serás de otro, porque antes te voy á partir el corazón. + +Rápidamente echó mano á un cuchillo que había sobre el mostrador y se +lanzó sobre su querida. Retrocedió ésta llena de terror, mas por súbita +inspiración exclamó sonriendo: + +--¡Anda! ¿Y lo has tomado en serio de verdad? + +Velázquez se detuvo y la miró estupefacto, inflamadas las mejillas, +llameantes los ojos. + +Entonces la joven se acercó á él con semblante pálido que desmentía su +forzada sonrisa. + +--Pero, guasón, ¿te has creído la simpleza que acabo de decir? ¿Es que +no se puede gastar una broma?... ¿Cómo has podido figurarte que yo me +había de chalar por ese titiritero? + +El majo se calmó, soltó el cuchillo y se dejó caer sobre una silla. +Soledad se sentó á su lado y charlaron un rato. Apretada por el miedo, +hizo un esfuerzo por mostrarse afectuosa y se disculpó de sus insolentes +palabras. Después subieron á casa. + +Cuando al cabo logró quedar sola en su cuarto, el rostro de la joven +cambió enteramente. Desvanecióse la sonrisa contrahecha que lo dilataba +y quedó temerosamente fruncido. La cólera y el miedo se enseñorearon de +su alma. ¿Por qué había de estar unida á un hombre á quien no quería? +¿Era su marido? No. Pues entonces, ¿qué obligación tenía de sufrirlo? +Además, corría grave riesgo de que con cualquier pretexto fundado ó +infundado de celos la diese una puñalada... Conocía bien su temperamento +brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disimulaba ó parecía dormido á +causa del capricho repentino que por ella le había entrado. El día menos +pensado se le subía la fachenda á la cabeza, lo echaba todo á rodar, +como otras veces, y perecía á sus manos. + +Bruscamente tomó la resolución de abandonar la casa. «Nada, yo no estoy +más tiempo con este tío.» + +Metió sin hacer ruido su ropa y enseres en el baúl y lo cerró. Después +se sentó sobre la cama y, con el oído atento, los ojos extáticos, +aguardó. Oyó las campanadas de las doce, y suponiendo que Velázquez +estaría ya bien dormido, se echó el mantón sobre los hombros, bajó +quedo la escalera, abrió la puerta con cautela, salió y la cerró sin +ninguna, echando la llave y dejándola puesta para que su querido no +pudiera salir á perseguirla, en el caso de que despertase. + +Justamente éste acababa de recitar el conjuro que le había enseñado +María-Manuela. Al oir el golpe de la puerta, no imaginando que fuese la +suya, sino la del vecino, tomólo por feliz agüero que venía á coronar la +escena amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de beatitud dilató su +rostro y quedó plácidamente dormido. + +Mientras tanto, Soledad corría por las calles de Cádiz y llegaba á casa +de su amiga Paca. No quiso ir á la de María-Manuela por razones de +delicadeza fáciles de apreciar. Además, aunque ruda de inteligencia, +ésta no había dejado de advertir que las bromas y chicoleos que su +amante usaba ahora con Soledad tenían sabor distinto que antes. Andaba +inquieta, celosa y, aunque amiga entrañable de aquélla, no podía +disimular su escozor. + +Paca la recibió con efusión, porque la quería de veras; la hizo +acostarse, y apenas había amanecido Dios, vino á sentarse en su cama y +la obligó á contar lo que había pasado. Soledad relató lo sucedido; cómo +Velázquez había estado á punto de matarla, los esfuerzos de disimulo que +había tenido que hacer para librarse de una puñalada, el miedo terrible +que había pasado y, por último, los pormenores de su fuga. Calló el +motivo de la reyerta. Paca no se lo preguntó porque de sobra lo conocía. +¿Qué podía ocultarse á aquella inteligencia superior y universal? Pero +sin aludir á él directamente, supo pronunciar una brillantísima oración +encaminada á persuadirla de que todo aquello «era conversación de Puerta +de Tierra», y que el único hombre que la convenía, á pesar de sus +defectos, era Velázquez, porque tenía buena entraña y la quería y porque +con él se había perdido, y porque la mujer de vergüenza no debe ser más +que de un hombre en su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pasó á +otra conversación, porque suponía que, dado el estado de ánimo de su +amiga, era difícil que aceptase sus enseñanzas. Se necesitaba que +trascurriesen algunos días para que se calmase y surtieran efecto. + +Soledad quería marcharse en seguida para su tierra. No lo consintió su +amiga, esperando que la nube se disiparía y vendría la reconciliación. +Pero la tabernera cada día se mostraba menos dispuesta á ella. Á cuantas +reflexiones la hacían contestaba resueltamente: + +--No se cansen ustedes: yo no vivo ya con ese hombre. + +Achacábanlo todos á terquedad, porque, en efecto, era apretada de sienes +como una aragonesa, casi imposible de convencer cuando se apoderaba de +ella una idea. Pero, además, poseía un fondo de rectitud, un alma +justiciera que mantenía viva la llama de la ofensa. Los desprecios con +que Velázquez había pagado su amor tierno y desinteresado le causaban +cada día mayor indignación. Había llegado á aborrecerle y lo confesaba +tranquilamente con la sinceridad que la caracterizaba. + +No era esto, sin embargo, lo que más preocupaba á Paca. Tenía absoluta +confianza en su elocuencia y sabía que más tarde ó más temprano llegaría +á convencerla. Lo peor era que Antoñico rondaba la costa. En cuanto +salían de casa ya lo tenían encima. En el Perejil, en la plaza de Mina, +en todas partes se pegaba á Soledad como una lapa. La joven, en vez de +huirlo, parecía buscarlo, le mostraba un semblante risueño y satisfecho. +Esto tenía inquieta á la esposa de Pepe de Chiclana, porque conocía las +pésimas condiciones del sujeto. Deploraba lo que podía suceder, no sólo +ya por Soledad, sino también por María-Manuela, á quien igualmente +estimaba. Tal inquietud subió de punto y se convirtió en miedo cuando +supo que Antonio y María, después de una escandalosa reyerta en que se +arañaron y apalearon, habían concluído por separarse: él se quedó en +casa y ella se fué á la de su hermana. + +Justamente acababa de recibir la noticia cuando tropezó en la calle con +Manolo Uceda. Andaba éste retraído hacía algún tiempo. Desde el +rompimiento de Soledad con Velázquez, en vez de acudir solícito á sitiar +la plaza vacante, se había despegado un poco. Saludaba á la joven +cuando la hallaba y hablaba con ella algunos ratos, pero no se le veía +asiduo como antes. Quizá notaba la predilección de aquélla por Antoñico +y esto le producía la natural repugnancia, ó bien trabajaba sobre sí +mismo para vencer un amor que tantos dolores le había causado. Paca le +contó lo que pasaba, hablaron largamente de Soledad, le expuso sus +temores y concluyó por rogarle que tratase de disuadirla también de +aquella relación que tanto podía perjudicarla. + +--Convendría que se fuese en seguidita á Medina; pero, hijo, yo no puedo +decírselo... Está en mi casa... Además, bastaría que notase por lo que +es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una +atrocidad... Ya la conoce usted. + +--Sí, sí; la conozco bien--respondió el joven con acento amargo. + +--¿Por qué no la habla usted? + +--¿Yo?--exclamó con sorpresa.--Yo no tengo ninguna influencia sobre +ella. + +--Está usted equivocado. Sé que le aprecia mucho... Cuando se habla de +usted.... ¡uf! le pone por las nubes... + +--¡Sí, para tenerme más lejos aún!--repuso con sonrisa melancólica. + +Paca insistió. Argumentó metódicamente desenvolviendo sus ideas en serie +interminable de sutiles demostraciones; estudió, examinó los pros y los +contras, se lanzó con pasmosa agilidad al campo del análisis +trascendental; en una palabra, rajó por los codos hasta quedar +fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada, +encontrándose, cuando menos pensaba, solo y citado para el día +siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chiclana. + +No le pesó mucho. Aunque harto de desengaños y dolorida el alma, aún +rebullía en su corazón la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudió, +pues, puntualmente á la cita con pretexto de hablar á Pepe de un caballo +que iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano á +mano con Soledad. La conversación fué mucho tiempo indiferente y penosa. +No se atrevía á comenzar; estaba distraído, no decía cosa ordenada. +Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave que de +ordinario y más parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los +frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevió á decir: + +--Te veo casi siempre acompañada de Antoñico. + +--Sí; alguna vez nos acompaña--repuso ella secamente. + +Hubo una larga pausa. + +--¿Y crees--dijo al cabo con tímida sonrisa--que te conviene ese +acompañamiento? + +--¿Pues?--replicó la joven con semblante serio mirándole á la cara. + +Manolo bajó los ojos. + +--Porque, á la verdad...., no ganarías nada en la opinión de la gente +siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras +relaciones... Además, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer, +y sobre todo... tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien reputado... + +--¡Bah!--exclamó la joven un poco pálida.--Esas son cosas de la tienda +de Velázquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de +vez en cuando les tome un poco el pelo. + +Uceda se sintió mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo +fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto: + +--Tendrá toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como +persona decente ni con María ni con su amigo Velázquez, á quien debe +favores y dinero. + +Soledad se puso aún más pálida. Y dejando escapar la cólera que hinchaba +su corazón desde el principio de la entrevista, profirió con voz +alterada: + +--¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en +paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para +darme consejos... Tú no puedes hablar de Antonio ni de ningún otro +hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensaría que lo +haces por envidia. + +Manolo se alzó de la silla como si le hubiesen pinchado. Toda su sangre +dió una vuelta y le acudió al rostro. Acercóse á ella y, sacudiéndola +por el brazo, profirió con ira concentrada: + +--¡Niña! ¡niña! ¡niña! ¿qué estás ahí diciendo? El cariño que te he +tenido no te autoriza para insultarme. No te pongas tantos moños. Si +eres hermosa, otras lo son también, y si te quiero no es por tu mérito, +sino por ser la primera mujer con que he tropezado... Después de todo, +quizá no esté enamorado de ti, sino de la imagen que de ti se ha formado +en mi corazón... Porque, á la verdad... voy viendo que interiormente +vales bien poquito. + +Soledad se puso á su vez roja como una amapola. Comprendió que le +sobraba razón para encolerizarse y por un impulso noble de su naturaleza +espontánea y justiciera le tendió la mano diciendo: + +--Perdona, Manolo. Tengo el genio demasiado vivo y cuando me enfado digo +cosas que nunca he pensado. + +El caballero de Medina te estrechó la mano, habló pocas más palabras y +se despidió al cabo de algunos minutos con bastante frialdad. + + + + +XIV + +La boda de Pepa. + + +Como puede inferirse, la fuga de Soledad impresionó hondamente el +corazón del guapo. Pero el exceso mismo del golpe trajo consigo el +abatimiento: en pos de éste vino una resignación desesperada que le +guardó de dar paso alguno para buscarla y atraérsela. Hizo de tripas +corazón y procuró distraer su dolor con el trato de los amigos más +bulliciosos. Frecuentó mucho más las tiendas de vinos y en la suya +procuraba que reinase la alegría hasta las altas horas de la noche. Con +lo cual, si no se consolaba, por lo menos se aturdía. + +Era esto poco, sin embargo. Comprendía que la mejor medicina para +aliviarse sería un nuevo amor y trató de buscarlo. Vacilaba en +dirigirse de nuevo á Mercedes la _Cardenala_, temiendo fundadamente que +le rechazase, cuando llegó á sus oídos la noticia del rompimiento de +Antonio y María-Manuela. De pronto nació en su mente la idea de +galantear á ésta, con lo cual, además de procurarse distracción, se +vengaba, hasta donde era posible, de su rival y molestaba á Soledad. De +tal modo le sonrió este deseo que aquella misma tarde comenzó á ponerlo +en obra, acompañando á la _maga_ en el Perejil y por la noche en la +plaza de Mina. Aunque imperfecta y abultada de facciones era María mujer +de mucho atractivo y poseía una gracia picante y sensual que á no pocos +había seducido. Á Velázquez nunca le había gustado, mas aguijoneado +ahora por el anhelo de la venganza, procuró doblegar á ella su gusto, +consiguiéndolo á medias. Animado por el éxito, llegó á esperar que al +cabo le hiciese olvidar su desdichado amor, cosa que deseaba con todas +las veras de su alma. Pocas entrevistas fueron necesarias para que los +dos se entendiesen. La una aceptó al instante los galanteos, por la +misma razón que el otro se los dispensaba. Y con afectada libertad +exhibieron sus relaciones por todas partes. Velázquez pensaba ya en +proponerla que se fuera á vivir con él. + +Estaba en toda su fuerza el verano. El África exhalaba su aliento cálido +sobre la coqueta ciudad enardeciéndola, sobresaltándola, como una +doncella que recibe el beso abrasador de su amante. Por las mañanas, la +gente acudía á los baños del Real á refrescarse, y los mancebos tenían +ocasión de acercarse á las zagalas para decirles mil requiebros +hiperbólicos, y lo que aún era mucho más grato, para ver sus blancos +pies desnudos y observar la graciosa curva de sus formas bajo el leve, +flotante, vestido de baño. Por la tarde volvían á hallarlas en el +Perejil, y allí, viendo al sol hundirse majestuosamente en el Océano +entre rojizos resplandores, su amor se hacía reservado y melancólico. El +horizonte se desplegaba como una visión de oro. El mar bebía la +irradiación del cielo. El crepúsculo, subiendo poco á poco de Levante +envolvía á la ciudad con su velo sombrío, apagaba después las luces +temblorosas del Océano, se esparcía sobre las olas dejándolas verdes, +inmóviles. Un soplo de tristeza estremecía súbito á los enamorados, +poniéndolos graves y mudos, mirando con ojos extáticos la huída de la +luz. Pero llegaba la noche sembrada de estrellas, y allá en la plaza de +Mina, escuchando los sones armoniosos de la música, favorecidos por la +sombra, de nuevo se acercaban para verterse en el oído los dulces +secretos de su corazón. Y su amor entonces adquiría un sentimiento de +tierna intimidad, venía envuelto en promesas halagadoras que los ponía +gozosos y locuaces. + +En una de estas noches sembradas de estrellas, y en un banco de la plaza +de Mina, fué cuando nuestro amigo Frasquito dejó señalado el día de su +matrimonio. Hubo dificultades para arreglarse antes. El padre de Pepa, +que era maestro carpintero y había adquirido en sus contratas un +razonable caudal, tenía demasiado apretados los cordones del bolsillo, +no se decidía á señalar dote á su hija, contentándose con responder á +las instancias de los novios que «los ayudaría en todo lo que pudiese». +Pero tal vaga promesa estaba lejos de satisfacer el espíritu +esencialmente práctico y ordenado de Frasquito. Enemigo irreconciliable +de las abstracciones tratándose de asuntos tan serios, iba aplazando la +boda mientras no viese algo más concreto. Finalmente, aquella mañana, el +maestro carpintero se había humanizado y le prometió diez mil pesetas +para comprar la participación que su tío tenía en el comercio y quedarse +él solo con el negocio de las harinas. + +Señalado el día por los novios, pedida la novia oficialmente por el +señor Rafael y arreglados los papeles á toda prisa, se tomaron los +dichos en la vicaría. Después de las correspondientes amonestaciones +celebróse la boda, al entrar la noche, en casa de la novia. Fueron +padrinos el señor Rafael y Mercedes la _Cardenala_, prima de Pepa. +Asistieron á ella los parientes y amigos de ésta y la reunión de la +tienda de Velázquez, por ser los más íntimos que el novio tenía. Manolo +Uceda se excusó por verse obligado á dormir aquella noche en la Isla; en +realidad, por no encontrarse con Antonio y Soledad. Ésta se había negado +en un principio á asistir á pesar de las vivas instancias de Frasquito, +pero habiendo venido la misma Pepa á suplicárselo no tuvo más remedio +que ceder. + +Se preparó la comida en una de las tiendas de Puerta de Tierra, y +después de la ceremonia todos se trasladaron allá en coche. Iba una +jardinera de diez asientos; pero no cabiendo todos en ella, los +sobrantes se acomodaron en berlinas de punto: Velázquez en una con +Frasquito, el señor Rafael en otra con el padre de Pepa, y así +sucesivamente. Las mujeres prefirieron casi todas ir en la jardinera +acompañando á la novia. Esta, después de haberse despojado de la +mantilla, se había echado encima del traje negro de seda con que se +casara un espléndido pañolón de Manila azul bordado en blanco. La +mayoría de las otras iban adornadas con prendas semejantes. El de +Soledad era negro bordado en rojo, el de Paca amarillo con flores +negras, el de María-Manuela rojo y blanco, el de la madrina blanco y +verde. + +Las calles hervían de gente cuando la comitiva se puso en marcha +atravesando al medio la ciudad por mayor gala. El estrépito de los +coches y su número desusado sorprendían á los transeuntes, que se +detenían, y al enterarse de que era boda gritaban riendo: + +--¡Vivan los novios! + +Y los de la comitiva respondían con vivas aún más sonoros, golpeando al +mismo tiempo con los bastones hasta romperlos. El padrino hacía parar +delante de todas las tiendas de montañeses conocidas; llamaba al +chicuco; aparecía éste con una batea de cañas; se bebían alegremente +entre el corro de la gente que se apiñaba instantáneamente para verlos, +y ¡arrea, niño! vuelta á escapar desempedrando las calles. + +En la de la Carne el aplauso y la algazara fueron indescriptibles. Los +transeuntes se arremolinaban impidiendo el paso de los carruajes. El +grupo de mujeres de la jardinera alcanzó una ruidosa ovación. + +--¡Viva la sal de la tierra! ¡Vivan las mujeres castizas! ¡Vivan los +novios! ¡Vivan los padrinos! + +El señor Rafael, entusiasmado, arrojaba puñados de almendras y monedas +de cinco céntimos á los chicos. Con lo cual éstos corrían detrás del +cortejo dando chillidos penetrantes y poniendo en conmoción al +vecindario. + +Salieron al fin de la ciudad por la famosa puerta, siguieron buen trecho +la angosta lengua que la une á la tierra y pararon delante de una de las +más nombradas tiendas de vinos en que la juventud gaditana acostumbra á +solazarse. Como el calor sofocaba, habíanles puesto la mesa en el +jardín, dentro de un aposento formado de tablas con dos grandes ventanas +al campo. Y sin ceremonia alguna, en medio del bullicio y la alegría, +sentóse cada cual donde bien le pareció. La novia entre el padrino y la +madrina, el novio al lado de su suegro, á quien empezaba á bailar el +agua mucho más que á su esposa; Soledad junto á Antoñico, Velázquez +junto á María-Manuela, Gregorio, hermano de la novia, pegadito á su +prima Isabel la _Cardenala_, Paca entre el _Cardenal_ y la _Cardenala_ +viejos, embelesándolos con su afluencia maravillosa. + +Velázquez había saludado á Soledad fríamente en casa de Pepa durante la +ceremonia. Aquélla le había contestado con mayor frialdad aún. Luego no +habían vuelto á dirigirse la palabra ni á mirarse siquiera. Mientras +duró la comida el majo afectó mucha alegría y prodigó á su pareja mil +delicadas atenciones procurando hacerlas bien ostensibles. Ella le +ayudaba siguiéndole el humor, no teniendo ojos ni oídos más que para él. +Soledad y Antoñico charlaban mucho más quedo, pero también con más +sabrosa intimidad, riendo á cada momento ella con no fingidas ganas los +chistes del pícaro. + +Cuando hubieron comido según sus deseos, empezaron á levantarse de las +sillas y á cambiar de asiento y postura, formando pequeños grupos, +retrayéndose las parejas enamoradas á los rincones para charlar más á su +gusto. Pero seguían cambiándose entre unos y otros, aunque á distancia, +las mismas guasas picantes. Se charlaba, se gritaba, se reía cada vez +con mayor ruido y regocijo. El guitarrista y la _cantaora_ que habían +traído consigo no daban paz á los cantos de la tierra, malagueñas, +seguidillas, polos, soleares, aunque sólo tres ó cuatro más +filarmónicos los escuchasen en silencio. + +Pepe de Chiclana tuvo una idea feliz. + +--¡Que bailen los novios!--gritó. + +Este grito halló eco en seguida entre los invitados. + +--Eso está bien dicho. ¡Que bailen! + +Pepa se prestó al instante á ello, pero á Frasquito no hubo poder humano +que le hiciese menear las piernas. Alegaba ignorancia; si supiese, con +mucho gusto echaría un baile. En realidad desdeñaba el arte de +Terpsícore: toda su devoción la consagraba á Mercurio. Sentado en un +rincón al lado de su suegro, departía con él amigablemente sobre asuntos +serios, remojando á menudo las fauces con sendas cañas de manzanilla. Ni +la misma Pepa con sus ruegos logró moverle de la silla. Entonces el +señor Rafael, enojado de aquella falta de galantería, se levantó +exclamando: + +--Ea, chiquilla, deja á ese gallego y humíllate á dar cuatro pataditas +con este pobre viejo. + +--¡Ole por el padrino!--gritaron los compadres con entusiasmo. + +Y entre el furioso palmoteo de todos la novia y el padrino chasquearon +los palillos y empezaron á moverse acompasadamente uno frente á otro. La +cantaora, con voz penetrante, cantó: + + «Á la señora novia + sacadla á bailar, + para que se despida + de su mocedad.» + +--¡Bueno va!--¡Oblíguela usted, padrino!--¡Vivan las novias saladas! + +Todos palmeteaban y chillaban jaleando á los bailadores. Algunos tomaron +puñados de almendras de la mesa y las arrojaron al aire, cayendo como +una nube sobre ellos. + +La novia se fatigó antes que el padrino. Esto causó gran regocijo. El +viejo fué felicitado con entusiasmo. + +Pepa, jadeante, dijo: + +--Que baile ahora Soledad para quitarles á ustedes el amargor de la +boca. + +--¡Que baile! ¡que baile!--gritó la reunión. + +Soledad hizo signos negativos con la cabeza. + +--Déjenla ustedes ahora: Soledad no está templada todavía--manifestó +Velázquez afectando desenfado. + +El rostro de la joven se contrajo con expresión sombría, y volviéndolo +hacia Antoñico dijo en voz baja: + +--No soy guitarra para templarme. + +Los convidados, que sabían bien lo que pasaba, temieron una escena +desagradable y no insistieron. + +Pero la alegría no se enfrió por eso. El señor Rafael tomó la guitarra +exclamando: + +--Ya me han conocío ustedes como bailarín. Ahora van á conocerme como +músico. + +Y después de rasguear y puntear el instrumento con no esperada +habilidad, cantó con bronca voz, dirigiéndose á Pepa: + + Porque te quiero te digo + que te registren el novio, + porque no está de recibo. + +La chuscada causó gracia á todos menos á Frasquito, quien sacudió la +cabeza malhumorado. Lo estaba también porque la conversación con su +suegro tomaba un sesgo bastante desagradable. El maestro carpintero, que +había embaulado un río de manzanilla, con la expansión que el vino +comunica, le estaba haciendo una porción de confidencias gravísimas. +Decíale con lengua estropajosa que no era tan rico como se decía, que si +es verdad que en algunas obras había ganado algunos cuartos, en otras +salió con las manos en la cabeza. Además, había gastado un caudal en la +enfermedad, bien larga, de su difunta esposa. Y para remate de fiesta, +tres meses hacía que un pícaro de la Isla á quien tenía dados quince mil +reales á réditos se había declarado insolvente. + +Frasquito escuchaba todo esto serio, fruncido, sin asomo de borrachera, +llevando las cañas á la boca con mano trémula. Después de larga pausa, +el maestro carpintero, con la mayor tranquilidad, como quien no dice +nada, soltó la siguiente bomba: + +--De modo, hijo, que por ahora y en mucho tiempo tampoco, no cuentes con +las diez mil pesetas de que hemos hablado. + +Frasquito se puso pálido como un muerto. Quedó paralizado un momento y +apenas pudo balbucir: + +--¡Cómo! ¿Ahora salimos con eso? + +--Pues ahora es la ocasión, porque empezáis á vivir--replicó con audacia +tranquila el carpintero.--Tú eres un hombre formal, sabes trabajar y +harás feliz á mi Pepa. Cuando yo me casé tenía solamente... + +Frasquito no le dejó concluir. Con ademanes descompuestos, echando casi +espumarajos por la boca, profirió: + +--Lo que ha hecho usted es engañarme como un charrán. Eso no lo hace +ningún hombre que tenga vergüenza, ¿sabe usted? + +El carpintero empalideció á su vez. + +--¡Voto á Dios! ¿Me estás insultando? + +--Sí, señor, lo repito--gritó aún más sofocado el novio.--¡Es usted un +sin vergüenza! ¡un canalla! + +El viejo alzó la mano y descargó una tremenda bofetada, una bofetada de +carpintero, en el rostro de su yerno. Éste le echó las manos al cuello. +Gritos, maldiciones, espantosa confusión. A duras penas lograron entre +todos separarlos. La novia exhalaba quejidos lastimeros, llorando +abundantes lágrimas y sin saber á quién dirigirse. El viejo, sujeto por +unas cuantas manos, juraba y perjuraba que había de espachurrar al +morral de su yerno. El yerno, estrechado por un grupo de convidados, les +demostraba palmariamente que su suegro era un pillo, un estafador, +acompañando la demostración de un áspero crujir de dientes que ponía +espanto á los circunstantes y en particular á las hembras. + +Pero su tío, el señor Rafael, tomándole por un brazo y llevándole +aparte, le dijo al oído: + +--Hijo, no te sofoques. ¿No ves que tu suegro está borracho perdido? + +Estas prudentísimas palabras gozaron el privilegio de calmar +instantáneamente la cólera de Frasquito. Renació la esperanza en su +corazón y otra vez tornó á ver las diez mil pesetas delante de los ojos. + +Lo mismo, poco más ó menos, le dijo el viejo _Cardenal_ al maestro +carpintero. Frasquito tenía una _mona_ que no se lamía el infeliz. Con +lo cual se le aplacó bastante á aquél su enojo, contentándose ya +solamente con manifestar su profundo desprecio hacia los muchachos del +día, que «en cuanto lo cataban perdían la cabeza». + +Finalmente, tranquilizáronse los ánimos y otra vez reinó la concordia y +la alegría. El señor Rafael volvió á tomar la guitarra y soltó una serie +de coplillas chuscas y picarescas que hicieron brincar de gozo á los +alegres compadres. + +Velázquez y María-Manuela, sofocados por el calor, se habían acercado á +la ventana y respiraban la brisa frente á la bóveda estrellada del +cielo. El majo mostraba una alegría miedosa, donde se percibía, no +obstante, alguna afectación, un dejo de inquietud y tristeza que por +momentos lo hacía enmudecer y le arrugaba la frente. Al salir de una de +estas breves pausas, dijo á su compañera con sonrisa melancólica: + +--María, ¿te acuerdas de aquel rey de copas que anunciaba mi matrimonio +con Soledad? + +La maga quedó turbada sin saber qué contestar. Al fin balbució: + +--Las cartas no mienten nunca, hijo... Habrá sido culpa mía el no +haberlas entendido. + +--¡Lo que anunciaba no era mi matrimonio, sino el de Frasquito!--exclamó +riendo. + +Y, observando que su burla oscurecía el rostro de la joven, añadió +tomándole una mano y acariciándola: + +--No hagas caso, serrana; anunciaba, sí, mi matrimonio, pero era +contigo... ¡contigo, morena, que tienes unas pestañas que se clavan en +el alma como alfileres! + +--¡Quita allá, falso! ¡No gastes guasa!--replicó ella dándole un leve +empujón. + +El guapo se mostró entonces exageradamente cariñoso y rendido, +cubriéndola de flores y requiebros. La ruda y graciosa morena concluyó +por decir sonriendo: + +--¡Calla, calla, Velázquez, que me empalaga la arropía! + +Pero á su espalda se había armado gran algazara. El señor Rafael, harto +de cantar y tocar, se entretenía, como de costumbre, en embromar á su +sobrino. + +--Has hecho una buena boda, Pepa. Te llevas un mozo de circunstancias; +te llevas mis pies y mis manos... Un hombre corriente y trabajador como +el que más... que te saca una cuenta de multiplicar ó dividir en menos +tiempo que se persigna un cura loco... Solamente tiene un vicio... que +se le cuela al pobrecillo el dinero por entre los dedos como si fuese +agua... + +--¡Qué bilis tiene usted, tío!--exclamaba Frasquito mientras los demás +reían á carcajadas. + +--¡Casi ná!... Átale corto, prenda, porque si te descuidas es capaz de +dejarte sin platos en la cocina... + +Y el viejo, á quien el vino ponía siempre provocativo, soltaba un chorro +de gracias mortificantes. Los invitados se retorcían de risa. El novio, +cada vez más sofocado, gritaba con acento colérico: + +--¡Dejarlo!... ¡dejarlo! Se le ha destapao el tarro, y hasta que eche +toda la bilis no callará. + +Velázquez se había aproximado para gozar de la guasa, dejando sola á +María-Manuela á la ventana. Antoñico, se levantó de la silla donde +estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta con disimulo al aposento, se +acercó á su antigua querida. + +--Presente, mi capitán--le dijo blandamente al oído. + +La joven se estremeció, volvió rápidamente la cabeza y, echándole una +mirada torva, siguió contemplando en silencio el firmamento. Antoñico se +apoyó á su lado en el marco de la ventana, y después de una larga pausa +dijo en voz baja: + +--Soy yo, el arrastrao, el sinvergüenza de Antoñico, que está dando las +boqueadas como un pez fuera del agua. + +--Pues tírate de la muralla y zambúllete en el mar--repuso ella en voz +baja también y sin cambiar de postura. + +--Eso haría de buena gana, si no fuese que me hace daño el agua fría. Ya +sabes que padezco de reúma. + +--Avisa que te lo calienten. + +--¡Soy muy desgraciado! La bañera se empeña en ponérmelo como hielo. + +--¿La bañera de ahora? + +--No, la bañera de antes. + +--¿Qué importa si el baño no es para ti?. + +--Pues me cuelo en él aunque me quede tieso. + +--La bañera te haría salir á palos. + +--Eso me conviene para entrar en calor más pronto. + +--¡Qué sin vergüenza! + +--¡Noticia fresca! Acabo de decírtelo. + +Velázquez al volverse y observar la maniobra de Antonio, sintió un +movimiento de cólera. Pero se calmó pronto al ver la silla cercana á +Soledad desocupada. Por impulso repentino se sentó atrevidamente en +ella. La joven no pudo reprimir un vivo estremecimiento y manifestó al +instante su disgusto con semblante oscuro y enojado como pocas veces se +le había visto. + +Después de su golpe de audacia, el majo quedó confuso sin saber qué +hacer ni decir. Al cabo, con alegre rostro, exclamó: + +--¡Quien fué á Sevilla perdió su silla! + +Soledad no respondió ni movió siquiera un pliegue de su fisonomía. +Entonces él, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo: + +--¿Me permite usted descansar un momento en esta silla? + +--No es mía--respondió secamente. + +--Supongamos que lo fuese. + +--Si lo fuese no estaría en un establecimiento de Puerta de Tierra. + +--Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué haría usted? + +--Dejarla donde está. + +--¿Conmigo encima? + +--Con usted ó con otro. Me es igual. + +--Si le es á usted igual, me quedaré yo. Quiero más sentarme aquí que á +la diestra de Dios Padre. + +Soledad se encogió de hombros con desdén y murmuró: + +--¡Tardaba ya mucho! + +Estaba inquieta desde que Antoñico se había acercado á María-Manuela. +Sus ojos se clavaban coléricos en ellos y querían pulverizarlos. Las +palabras temblorosas de Velázquez le parecían un ruido molesto, la +ponían aún más nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Antonio y +habiéndose encontrado sus miradas, el humor de la joven cambió +repentinamente. Empezó á responder con amabilidad á su antiguo amante, +á mirarle cara á cara y hasta á inclinarse hacia él, á mostrarse jovial +y locuaz, demasiado locuaz para que no se advirtiese el esfuerzo sobre +sí misma. + +Velázquez se hallaba en el séptimo cielo. Aceptaba aquella amabilidad +como moneda de buena ley. A los pocos minutos de conversación ya se +creía otra vez dueño del corazón de la hermosa y se mecía en un océano +de risueñas ilusiones. + +Seguía la zambra en el aposento. Mercedes la _Cardenala_ bailaba con +Gregorio, su futuro cuñado. Frasquito, que estaba agitadísimo después de +la reyerta con su suegro, experimentó la necesidad de bailar, quizá para +aturdirse, y bailaba con Isabel. El señor Rafael trincaba con el maestro +carpintero en un rincón, mientras en otro, una joven casada, cuyo marido +no estaba allí, contaba sus desazones domésticas y pedía consejo á Paca +la de la Parra. + +--Bien puedes creerme, Paca, no hay tío más desalmao ni más hereje. El +otro día, seis duros tristes que tenía apartados para hacer unos +vestiditos á los niños, me los quitó y se fué con ellos cantando á la +taberna y no vino en dos días á casa... + +--Pues no parece... + +--¡Anda! ¡Ya lo creo que no parece! ¡Como que el que lo ve le apetece +cogerlo y ponerlo en el altar de San José en lugar del santo! Para todos +es una mosquita muerta... pero en casa, yo te aseguro, hija, que está +demasiado viva y que pica mejor que un alacrán... Mira--añadió +remangándose los brazos,--nadie creerá que él es quien me ha hecho estos +cardenales... + +--Pero ¿te pega?--exclamó Paca con asombro. + +--Á lo señorito, ¿sabes? Sin gritos ni blasfemias como los demás, me da +unos pellizquitos de monja que me deja el cuerpo negro como el +cordobán... Y el angelito mientras tanto sonríe y me pregunta con mimo: +«¿Qué tienes, hija mía? ¿Te he hecho daño?» ¡Maldita sea su estampa!... +Como sé cuáles son los sagrarios que recorre, muchas veces mando á un +chico á buscarlo. ¿Crees que se viene para casa ó que se enfada? ¡Na! Se +queda con el chico y le emborracha. Le mando otro, y lo mismo. ¡Ha +habido veces en que se han reunido los cinco niños en la taberna! «¡No +falta ahora más que _la cocinera_!» dice el sinvergüenza... porque es +así como me llama. + +Paca no pudo reprimir una carcajada. + +--¡Sí, ríe, que yo también he reído cuando vi llegar á los hijos de mis +entrañas cayéndose contra las paredes!... ¿Y sabes la gracia que ha +sacao nuevamente? Pues ahora al tío roío le da por celarse de su +sombra... Ya ves tú--añadió con leve inflexión de vanidad,--¡á mis años +y después de haber parido siete veces!... No puedo salir á la calle sin +que se ponga en acecho; no puedo peinarme ni vestirme un poquito +decente... Á fuerza de trabajos había logrado comprar unos zapatos de +charol y hacerme un vestidito de merino fino. Pues un domingo que salí +con él al Perejil, por si había mirado á Fulano y por si Mengano había +dicho ¡ole!, llegamos á casa y, sin decir palabra, toma unas tijeras y +tiene las malas tripas de hacerme rajas el vestido y los zapatos... ¡Ea! +¡otra vez desnuda!... Yo le digo: «Pero, hijo, ¿es que te gusto más en +cueros?...» + +Iba á emitir Paca su autorizada opinión en este litigio, cuando se +interpuso Frasquito, que venía á consultarla sobre si sería ó no +oportuno enviar por amoniaco á la botica más próxima, para dárselo á su +suegro á ver si despejaba un poco. Aunque su tío Rafael le había +asegurado que en durmiendo la _mona_ recordaría la sagrada promesa que +le había hecho, su inquietud no le permitía esperar con calma al día +siguiente. Ansiaba que por cualquier medio recobrase la razón y con ella +la conciencia de sus obligaciones. + +Paca no juzgó prudente aquella medicación, tanto menos, cuanto que el +maestro carpintero departía muy tranquilamente con el señor Rafael, bien +ajeno de la necesidad de introducir en su cuerpo una dosis de álcali +volátil. Justamente en aquel momento estaba dirigiendo por vigésima vez +á su compadre una serie de preguntas que alejaban toda sospecha sobre +este punto. + +--Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales?... ¿He +faltado á alguno?... ¿Soy ó no un hombre regular?... ¿Me levantan á mí +la cabeza dos cañitas?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?... + +El señor Rafael apoyaba con todas sus fuerzas estas proposiciones, +aunque disimuladamente hacía guiños expresivos á su sobrino; pero éste +sacudía la cabeza con desesperación, hallando cada vez más inevitable el +socorro de la química. + +Mientras tanto seguía el bailoteo en aumento. Tomaban ya parte en él los +que antes hacían más remilgos. Hasta la vieja _Cardenala se arrancó por +panaderos_ con un comerciante vecino casi tan antiguo como ella. La +novia, rendida ya, jadeante, se empeñaba, no obstante, en bailar sola, +sin hacer caso de María-Manuela que le advertía con empeño de que no lo +hiciera, porque se bailaba con el diablo. + +Mercedes, la madrina, un poco excitada por el vino, quería que Velázquez +bailase con ella. Desde su rompimiento, la joven guardaba en el fondo de +su pecho hacia el majo un sentimiento indefinible, mezcla de rabia y +simpatía, de desprecio y amor. Velázquez, que siempre había sido poco +amigo de echar las piernas al alto, se negaba, haciendo, sin embargo á +su antigua novia mil cortesías, mostrándose con ella extremadamente +dulce. No era pura galantería ó gratitud lo que le impulsaba á ello. +Había también su parte de vanidad, porque Mercedes tenía novio, y éste, +que era un mancebo casi imberbe, no mal parecido, llamado Gabino, +andaba celoso, desesperado, desde que viera que su novia coqueteaba con +Velázquez. El guapo, á quien el amor y los pesares no habían podido +arrancar de cuajo su inveterada arrogancia, gozaba con las preferencias +de la bella y los celos del muchacho. + +--¿Dónde va tu novio tan encandilao?--díjole sonriendo con orgullo, +viendo salir al joven del aposento como un huracán. + +--Déjalo--respondió ella haciendo una mueca de desdén.--Es un tío lila, +¿sabes?... Se ahoga el infeliz en una tacita de agua. De seguro que ha +salido al campo para llorar más á gusto. + +--¡Para llorar!... ¿Por qué? + +--Porque está celoso de ti. + +--¡Válgame Dios!... Parece mentira que un buen mozo tenga celos de este +pobrecito viejo--repuso Velázquez con mal disimulada jactancia. + +--¡Ya, ya! Es que se fía poco de mi gusto. + +--¿Tan echao á perder lo tienes? + +--Estragaíto del todo, querido... Figúrate que hace ya un mes que no +puedo comer más que cosas frías. + +--¿Me quieres comer á mí? + +--Por lo frío podía pasar, pero eres demasiado duro. + +--Mírame un ratito con esos ojillos puñaleros y me verás derretío. + +--Te estoy mirando hace un año y no veo ninguna pringue en el suelo. + +--¿Á que no me esperas esta noche en la reja de tu casa? + +--¿Á que no echas conmigo un bailecito? + +--Vamos á verlo--replicó el guapo levantándose. + +Mientras tanto, el desgraciado Gabino, después de atravesar el jardín, +había salido al campo, como su novia adivinó burlando. No lloraba, pero +tenía el corazón tan henchido de tristeza que le tomaron deseos de +sentarse entre los railes de la vía férrea que por allí cruzaba y +esperar á que algún tren lo arrollase. Se arrimó á una empalizada y se +puso á rumiar sus desengaños, cuando oyó cerca rumor de conversación. +Las ventanas del salón de tablas donde la boda se celebraba abrían hacia +aquel sitio. Ocultóse en la sombra y acercóse cuanto pudo á ellas para +escuchar, no tanto por curiosidad como por la esperanza de percibir la +voz de su adorada. Á la escasa claridad de la luna, que comenzaba á +salir, vió que los dos que departían en la ventana eran Soledad y +Antoñico. Observó que la joven estaba agitada, convulsa, que acompañaba +sus palabras de vivos movimientos de cabeza, mientras Antonio, con la +suya inclinada hacia el suelo, hablaba poco y con humildad. + +--Si no la puedes ver más que al diablo--profería la joven haciendo +esfuerzos por reprimir la voz,--si la aborreces, ¿por qué te acercas á +ella públicamente? ¿Por qué le das ese gusto sabiendo que á mí puede +mortificarme? ¿No ves que la gente nos observa, que puede muy bien +suponer que de aquella candela queda algún rescoldo?... ¿Te has figurao, +hijo, que vas á ponerme en ridículo como has hecho más de mil veces con +ella? ¡Que te se quite, niño!... Nuestro compromiso es de ayer y está +sostenido por un hilito... Tomo las tijeras y ¡zas! lo corto... ¡Ya está +cortado!... Ya no tenemos ná... Conque tú por un lado y yo por otro... + +--¿Por qué lado voy? + +--Por el que te dé la gana. + +--Entonces voy por el de tu corazón y me quedo en él de huésped. + +--En mi corazón no caben tíos fanfarrias... Acabo de salir de un +fachendón y ¿quieres que dé en otro? + +--Te arrepentirás de haberme insultado sin motivo. Me acerqué á María +para preguntarle solamente por su sobrinito que está enfermo... Ya sabes +cuánto he querido yo siempre á ese niño... + +--¡Ay qué Dios! ¿Y para preguntar por la salud del sobrinito te estás +media hora de pitorreo con la tía?... Mira, Antonio, no quieras meterme +los dedos por los ojos... + +--¡Líbreme Dios de ese sacrilegio!... Lo que quiero es meter los labios +ahora mismo. + +--¡Ea! no me vengas con monerías de gata tripera... Confiesa que te +gusta aún María... Vete con ella bendito de Dios y déjame á mí el alma +quieta... + +--Confieso que te quiero de todo corazón... que paso las fatigas de +Dios en cuantito me miras soberbia; que eres la primera y la única mujer +que he querido de verdad... y que en prueba de amor eterno te regalo +este higo paso--añadió presentándole uno. + +--¡Anda que te zurzan!--exclamó la joven riendo y arrojando el higo al +suelo. + +Bajaron la voz. La plática comenzó á ser suave y cordial y entreverada +de risas. + +La reconciliación estaba hecha. + +Al cabo de un momento Gabino pudo observar, sin embargo, que Soledad +tornaba á ponerse seria. Antonio la instaba con dulzura: ella negaba +vivamente haciendo repetidos signos con la cabeza. Excitada su +curiosidad, el mancebo permaneció inmóvil á ver en qué paraba y lo que +aquello significaba. Antoñico no cejaba en sus demandas ni la joven en +sus negativas. Mas al fin éstas fueron desmayando y la bella concluyó +por quedarse inmóvil con los ojos extáticos, mientras el galán seguía +murmurándole al oído sus deseos. + +Soledad se pasó entrambas manos por el rostro y, con súbito ademán, sacó +una llave del bolsillo y se la entregó. Al mismo tiempo dió la vuelta y +se retiró de la ventana. + +Velázquez bailaba con Mercedes. Su antigua querida comenzó á palmotear y +á jalearlos de tal modo que el guapo volvió la cabeza sorprendido y los +presentes hicieron lo mismo. Al observar su faz pálida, demudada, se +guiñaron el ojo y no faltó quien exclamase: + +--¡Bueno va! Soledad al fin la ha pescao... Si te caes, yo me comprometo +á llevarte á casa en brazos, niña. + +--¡No me caigo, no, desaborío!... ¿Quieres ver cómo no se me doblan +todavía las piernas?... Venga un tango, Luisillo, que voy á bailar á la +salud de los novios y de toa la compañía. + +--¡Ole la niña graciosa!... ¡Viva tu boca, salero!--gritaron +entusiasmados los hombres. + +Y lo mismo ellos que ellas suspendieron sus pláticas para darse el gusto +de ver á la que pasaba por primorosa bailadora. + +El guitarrista preludió un tango. La cantaora iba á modular la copla +cuando Soledad exclamó con violencia: + +--¡Yo no bailo más que sobre la mesa! ¡Quitarme todo eso de encima! + +Veinte manos se apresuraron á cumplir la orden, separando la vajilla y +los manjares que aún quedaban. Pero como estuviese manchada de vino, +Pepa, excitada, descolgó de la percha con brioso ademán su espléndido +pañolón de Manila y se puso á limpiar con él. Frasquito, al ver aquella +monstruosidad, dió un brinco y cayó sobre ella, arrebatándole el pañolón +de las manos con gesto colérico. Este acto produjo gran indignación en +los presentes. + +--¡Cómo!... ¿No te da vergüenza mirar por un pañuelo el día de tu boda? +¿No vale más la alegría de tu mujer que un trapo? ¡Habrá gallego!... + +Y todos le increpaban con ira mientras el señor Rafael se retorcía de +risa en un rincón gritando: + +--¡Vivan los novios rumbosos! + +Las mujeres, más irritadas que los hombres de aquella falta de +galantería, echaron mano igualmente á sus mantones y se disputaron el +placer de limpiar también con ellos la mesa. Había llegado la hora del +vértigo. Soledad puso el pie en una silla y de un brinco se plantó sobre +la mesa, inaugurando el baile con un fuerte taconeo que electrizó á la +reunión. Luego se irguió haciendo resaltar su bella figura escultural. + +--¡Ole la palma gallarda! ¡Vaya un talle sandunguero!... ¡Suelta esa +mata de pelo, gachona!... ¡Vivan las mujeres flamencas! + +Y entre los gritos y los oles y el palmoteo infernal, Soledad bailó con +toda la elegancia y gentileza que ella sólo sabía. Los hombres ponían +bajo sus pies los sombreros para que los pisase; las mujeres arrancaban +las flores de su cabello para arrojárselas. Cuando bajó la cubrieron de +besos. + +Pero la bella se dejó caer jadeante en una silla y quedó silenciosa y +sombría sin participar del frenesí que allí reinaba. + +Los viejos dieron, al fin, la señal de retirarse. La partida fué +ruidosa. Antes de acomodarse en los coches se pasó cerca de media hora, +cambiándose entre unos y otros interminables bromas que hacían fluir las +carcajadas. Casi todos estaban roncos. Los hombres, perezosos para +meterse en los vehículos, hacían traer á ellos bateas con cañas y las +servían á las hembras, que las rechazaban riendo, cuando no les bañaban +el rostro con ellas. + +Los cocheros ya se preparaban á arrear á los caballos cuando el señor +Rafael, que chorreaba alegría por todos los poros, tuvo la ocurrencia de +obligar al viejo _Cardenal_ y á su esposa á que echasen un baile de +despedida. Y no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que al cabo los +_Cardenales_ bailaron sobre la carretera, á la luz de la luna, entre la +algazara del cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches. + +Pero aquel momento gozoso fué turbado por la mala intención de Antoñico, +que participó al maestro carpintero cómo Frasquito intentaba darle +amoniaco para limpiarle la mona. Encrespóse atrozmente aquél y nada +menos pretendía que bajarse del coche y echar los dientes fuera á su +yerno. Á duras penas podían sujetarlo. Pepe de Chiclana cortó en flor la +querella gritando á los cocheros: + +--Arread, muchachos, y que se quede el que quiera. + +Chasquearon los látigos y los caballos arrancaron al trote. Pero +todavía, por encima del ruido de las ruedas y las campanillas, se oía +vociferar al carpintero: + +--¿Álcali volátil á mí? ¡Granuja! Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? +¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?... ¿Sé alternar ó no sé +alternar? + + + + +XV + +Noche gaditana. + + +Cuando entraron en Cádiz sonaba la una. La hermosa ciudad dormía sobre +el mar, como una odalisca en brazos de su déspota. El cielo espléndido +de la Bética formaba sobre ella un pabellón poblado de luces. Una leve +brisa embalsamada refrescaba su frente ardorosa. + +El estrépito de los coches turbó un momento aquel sueño tranquilo. Más +de una tierna doncella dejó sobresaltada el lecho y se acercó á su +balcón con los pies desnudos para ver lo que pasaba. Y al oir el grito +de ¡vivan los novios! que repetía sin cesar el cortejo nupcial, sus +cándidas mejillas se coloreaban, sus labios de coral se dilataban con +sonrisa dulce murmurando: «¡Una boda!» y tornaba al lecho y se dormía +soñando escenas de felicidad que el cielo bendice. + +La comitiva recorrió las calles deteniéndose delante de algunas tiendas +de montañés y haciéndolas abrir para beber unas cañas. Los novios, que +habían regresado juntos en una berlina, dieron esquinazo á su cortejo y +se escabulleron bonitamente para casa. Los demás recalaron todos á la +tienda de Crisanto, en la calle de Pedro Conde, levantaron al montañés +que ya se había acostado, é introduciéndose por la puerta falsa del +portal, invadieron ruidosamente el establecimiento. Y ¡vengan cañas de +Sanlúcar! ¡venga _cante_ y guitarra y jaleo! + +Pero las mujeres estaban rendidas: no tardaron en hablar de su casa; se +inició la retirada por la vieja _Cardenala_ y poco á poco fueron +desfilando casi todos. No quedaron en la tienda más que los borrachos +empedernidos, el señor Rafael, el maestro carpintero, el _Cardenal_ y +otros cuatro ó cinco convidados. + +Velázquez se puso al lado de María-Manuela mientras marchaban en grupos +por las calles; pero cuando al llegar á una esquina se despidieron de la +familia de Mercedes, tuvo ocasión de acercarse á ésta y hablar con ella +algunas palabras. + +--Adiós, gitana--le dijo estrechándole la mano afectuosamente.--Adiós, +naranjita china. + +--Estoy deshecha, niño--respondió ella con languidez afectada.--He +bailado más que un trompo. + +--¿De modo que no sostienes la apuesta? + +--¡Anda! Ya lo creo que la sostengo. + +--Entonces, dentro de media hora me tienes arrimado á tu ventana. + +--Dentro de media hora te espero en ella. + +Y con las manos enlazadas se clavaron una larga mirada, entre burlona y +amorosa, tratando de registrarse el alma. Pero al volver la cabeza cesó +repentinamente la alegría del majo al observar que María-Manuela estaba +haciendo lo mismo con Antonio. Quedó repentinamente serio, no porque la +bravía morena le hubiese tocado en el corazón, sino por la insolencia de +Antoñico. Á pesar de los últimos reveses seguía tan puntilloso y +delicado. Murmuró un juramento y se acercó de nuevo á la maga. Antoñico, +que vió su rostro contraído, se apresuró á alejarse juntándose á +Soledad, que también había advertido la maniobra y estaba irritada y +seria. + +--¿Qué te decía Antonio, querida?--preguntó el majo. + +--¡Antonio!--exclamó la morena con sorpresa.--¿Qué me había de decir +Antonio?... Nada. + +--¿No estaba hablando contigo en este momento? + +--¡Ah, sí!... Ni me había fijado siquiera... Creo que me preguntaba por +mi sobrinito. + +--Está bien; pero otra vez, cuando te pregunte por tu sobrinito, procura +que yo no esté delante--manifestó el guapo con calma amenazadora. + +María quedó turbada y balbució con timidez: + +--¿Por qué?... No entiendo... Hijo, tú por cualquier cosilla te +remontas... + +--No hablemos más. Ya te he dicho lo que hace al caso. + +Hubo un largo silencio mientras caminaban lentamente la vuelta de casa +precedidos y seguidos de otros grupos. + +--No te vayas á figurar que á mí me importa ya nada de ese tío--profirió +ella al cabo. + +--No me figuro nada--respondió secamente Velázquez. + +--Que se me salten los ojos y no vuelva á ver la luz del sol, que me vea +pidiendo de puerta en puerta una limosna y vaya á morir al hospital, si +tengo más interés por él que por el carro de la basura... Anda, hijo, +pues ni que estuviera echada á los perros para acordarme ya de ese tío +sucio sin vergüenza. Primero me dejaba hacer tajaditas así que mirar más +en cara á ese arrastrao. No pienses en ello, niño, que si algún día me +dan ideas de faltarte, será con todos menos con él. ¿No vale más tu +personilla que ese mono? ¿Por qué te celas? ¡Pues el gachó es de oro +para que una mujer se chale por sus pedazos! ¡Con más botones en la cara +que un jardín en primavera! Deja que Soledad coma de esa fruta... ¡Para +mí ya está podría! + +Velázquez se fué calmando con la charla de su nueva querida. Y de esta +suerte llegaron hasta la puerta de casa. La hermana de María vivía en +una callecita estrecha del barrio de la Viña, cerca de la Catedral. Paca +la de la Parra vivía algo más lejos, en el mismo barrio. Despidiéronse, +pues, allí, ésta con su marido, Soledad, Antonio y otras dos mujeres, y +siguieron adelante. Velázquez se quedó un instante á la puerta con su +amante y al cabo también se despidió de ella hasta el día siguiente. +Estaba cansado y tenía ganas atroces de dormir. Esto dijo, al menos, al +separarse: la verdad era que deseaba acudir á la graciosa cita de su +antigua novia. + +Cuando quedó solo se fué paso entre paso á la tienda de Crisanto á +esperar la hora. Allí seguían los residuos más antiguos de la boda +rindiendo culto á puerta cerrada al hijo de Júpiter y Semele. + +No tardó en recalar también Antonio; Gregorio y algunos otros jóvenes de +los que habían acompañado á las mujeres llegaron poco después. La juerga +prosiguió más grosera y alborotada por la ausencia del elemento +femenino. + +Al entrar Antoñico, Velázquez le clavó una mirada cargada de odio y de +amenazas que no pasó inadvertida para aquél. Se abstuvo cuidadosamente +de acercarse al grupo donde el majo estaba, y al cabo de unos instantes +se escabulló sin ser notado. Sin dilación alguna se dirigió nuevamente +al barrio de la Viña y se detuvo delante de la casa de su antigua +querida: acercóse á una reja baja que tenía, llamó con los dedos á los +cristales y esperó. No tardaron en abrir. + +--¿Estás ahí, desaborío? + +--Aquí estoy, limoncito verde. + +--¿Por qué limoncito verde? + +--Porque eres agria para mí y veo mis esperanzas cada vez más verdes. + +--¡Vete, vete, canalla, no me des coba tan sucia! Después que has sido +para mí un perro te vienes con esa. + +--Un ladrón en la horca no está más arrepentío que yo, María. Díme que +me tire al agua y me verás hacerlo. + +--¡Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso... + +--¡Si supieses las penitas que estoy pasando! + +--¡Calla, calla, perro! + +--Eso es, las de un perro cuando le cortan el rabo. + +La ruda morena soltó una carcajada. La plática, aunque burlona, se fué +haciendo más y más cordial, no tardando mucho aquel perro en obtener su +perdón. El cuchicheo se hizo más íntimo y más suave. Hallaban los dos +grato enamorarse por la reja después de haber hecho vida matrimonial +cuatro años. + +Hacía ya largo rato que estaban charlando cuando se oyó el ruido de un +coche. + +--¿Un coche á estas horas?--exclamó María con sorpresa. + +Antonio no dijo nada, pero quedó repentinamente serio. El ruido se fué +aproximando. Á los pocos momentos vieron aparecer por el extremo de la +calle una berlina de punto que pronto cruzó por delante de ellos. +Antonio sufrió una fuerte sacudida y dijo con voz alterada: + +--¿Sabes quién va ahí? + +--¿Quién? + +--Velázquez. + +--¡Calla, lioso! Los dedos se te vuelven huéspedes. + +--Por mi salud te juro que es Velázquez. Lo he conocido perfectamente. + +--Pero, niño, ¿qué estás ahí diciendo?... Si fuese Velázquez se hubiera +apeado para armar pendencia contigo... Demasiado sabes cómo las gasta. + +--Pues es Velázquez, no tengas duda--repuso Antonio cada vez más +trémulo. + +Y tanto juró y perjuró que su querida concluyó por darle crédito. +También se puso seria. + +--¡Es bien extraño! + +Cuando hubieron comentado largamente el caso, María le propuso entrar. + +--Anda, niño, entra... Me arriesgo mucho, porque si mi hermana se entera +me pone de patitas en la calle... y ya ves, me quedaría á la clemencia +de Dios... Pero no importa: por todo paso con tal que tú no vayas á +tener un disgusto. Mira que ese tío tiene muy malas tripas... + +Antonio le dió gracias con efusión y estuvo muy tentado á aceptar la +oferta, porque sentía un miedo de primera calidad. Pero se acordó de la +cita con Soledad, la halló muy sabrosa y tuvo fuerzas para rehusar. Se +las echó de valiente. + +--Si no me quedo es precisamente porque no vayas á figurarte que le +tengo miedo. Cinco dedos tengo en cada mano como él y una buena +herramienta en el bolsillo... Que cuide de asegurarme, porque si no, +esas malas tripas que tiene se las echo todas fuera de una vez. + +Gozó todavía un rato del susto de su querida, que muy acongojada trataba +de persuadirle á que pasase allí la noche, y al cabo se despidió. + +El que le viese deslizarse solapadamente por las calles, oculto en la +sombra y volviendo á cada instante la cabeza, no pensaría ciertamente +que tuviese vivos deseos de andar con los intestinos á nadie. + +Bien había echado de ver su ausencia Velázquez allá en la tienda de +Crisanto. No quiso ir tras él, porque estaba seguro de que se había +marchado de miedo, y con esto quedaba en sosiego su amor propio. Cuando +juzgó llegado el momento de acudir á la cita de Mercedes se dispuso á +salir; pero aquellos borrachos le tenían secuestrado. El padre de Pepa, +tomándole de la solapa de la chaqueta, se desahogaba contra el gallego +de su yerno, anunciando con voz cavernosa las mil crueldades que iba á +ejercitar sobre él así que amaneciese Dios. Y cada uno de sus +pronósticos siniestros iba acompañado de las correspondientes preguntas: + +--¿Álcali volátil á mí? ¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He +faltado á alguno? etc. + +El viejo _Cardenal_, hombre pacífico si los había en Cádiz, iba +adquiriendo á la sazón un humor belicoso también que le hacía muy +molesto. Después de tomarlas con Gregorio, injuriándole y declarando á +gritos que nunca le dejaría casar con su hija Isabel, la emprendió con +Velázquez acusándole de traidor. + +--Permíteme que te lo diga, Velázquez... No eres un hombre regular ni +decente... Con mi hija te has portado peor que un gitano... Yo soy así, +¿me entiendes?... Digo las cosas á la cara... Al pan pan y al vino +vino... y al que es un falso traidor le digo que es un sinvergüenza... +¡Ea, ya está! ¿Qué hay?... + +Colocado en este terreno dramático, el viejo tendero concluyó por +desafiarle. + +--Tú y yo somos dos, ¿me entiendes? No pienses que te tengo miedo... +Aunque viejo, aún no se me cae una herramienta de la mano... ¡Sal +conmigo, cobarde! ¡Sal á la calle y verás cómo te corto el cuello! + +Velázquez sonriendo procuró calmarle; pero cuanto más pacífico se +mostraba, más se crecía el anciano, hasta el punto de que, temiendo que +se propasara á vías de hecho, el señor Rafael, que era el menos borracho +de todos, hizo seña al guapo de que se fuese. Así lo hizo con gusto, +porque los insultos repetidos iban ya alterando sus nervios y temía que +al fin se desbocasen y le impeliesen á poner la mano en el viejo. + +Cuando se vió en la calle respiró libremente y se dirigió sin vacilar á +casa de Mercedes. La cita amorosa con aquella muchacha iba adquiriendo +en su imaginación un atractivo que nunca hubiera pensado. Sin embargo, +la despedida de Antonio y María-Manuela y las palabras secretas que +entre sí cruzaron, habían despertado en su espíritu sospechas de que +estaban citados para aquella noche. Más por curiosidad que porque la +traición de la rústica morena le llegase al alma, en vez de tomar el +camino directo de las Barquillas, hizo un pequeño rodeo para pasar por +delante de la casa de aquélla. Y hallando casualmente al paso un coche +de los que habían ido á Puerta de Tierra, se metió en él. Al ver á +Antonio pegado á la reja de su querida, á pesar del escaso interés que +ésta le inspiraba, no pudo reprimir un movimiento de ira; se abalanzó +para ordenar al cochero que parase; pero, sosegándose repentinamente, se +encogió de hombros exclamando: + +--¡Ps! ¡Buen provecho!... Todos los cerdos saben el camino de sus +pocilgas. + +Antes de llegar á las Barquillas de Lope se apeó y despidió el coche, +encaminándose vivamente hacia la casa de su antigua novia. Pero cuando +ya estaba cerca, de uno de los portales próximos salió un hombre y se le +puso delante. + +--Buenas noches, señor Pedro. + +El majo, sorprendido y mirando con fruncido rostro al que se le +atravesaba, respondió: + +--Buenas noches, Gabino. ¿Qué se ofrece? + +--Pues nada... Estaba la noche tan hermosa que no tuve ganas de +acostarme... y andaba dando vueltas esperando el sueño. + +--Está bien--repuso mirándole de arriba abajo con ojos recelosos y +severos.--¿Y aún no te ha llegado el sueño? + +--No, señor. + +--Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer es irte á la cama, porque +te expones á quedar dormido en mitad del arroyo. + +--No tengo yo miedo á eso, porque al fin y al cabo, ¿qué importa la cama +dura si es blando el sueño? Lo único que me da pena es dejar despiertos +por ahí á algunos traidores. + +Sintió el guapo un fuerte estremecimiento, pero supo dominarse y exclamó +riendo: + +--¡Anda! ¿y eso te pone triste?... Pues hazte guardia civil y pasarás +las noches persiguiendo á los ladrones. + +--No son ladrones los que yo quisiera perseguir, sino á ciertos sujetos +que hacen el daño sin interés, sólo por capricho ó por fachenda. + +--Pues ve tras ellos y buenas noches, que yo no puedo detenerme--dijo +Velázquez con voz ya levemente alterada, tratando de alejarse. + +Pero el mozo se le interpuso nuevamente, diciendo con resolución: + +--Dejémonos de guasa, señor Pedro. ¿Va usted á ver á Mercedes? + +--Dejémonos de guasa, Gabino... ¿Te importa algo? + +--Sí que me importa, porque soy su novio. + +--Pues hazte cuenta que para mí no eres na--dijo Velázquez con acento +agresivo. + +--No basta que usted lo diga; á todo el mundo le consta y á usted +también. Por consiguiente, no es portarse como hombre regular ni decente +rondar á las mocitas que están comprometidas. + +--¡Ea, basta ya de rodeos!--exclamó el guapo.--Quieres reñir,¿verdad +tú?... Pues cuando gustes podemos comenzar. + +Y al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo y sacó el cuchillo. + +Gabino permaneció quieto y manifestó con calma: + +--Ya sé que no le importa reñir, que tiene usted corazón y no ha de +temer á un pobre muchacho como yo... Pero al ponerme delante de usted +bien puede figurarse qué desesperado estaré... Quiero á esa mujer más +que á las niñas de mis ojos, y por ella, no digo delante de usted, +delante de un cañón cargado de metralla me pondría. Lo que temo al reñir +no es la muerte, sino que de todos modos la pierdo para siempre... Si yo +le mato, ¿qué gano? Nada, porque me espera la cárcel... Se lo juro á +usted por la gloria de mi madre, lo mejor que podría sucederme es que +usted me matase... + +La voz se le anudó en la garganta al pobre mancebo al proferir las +últimas palabras. Velázquez quedó inmóvil y silencioso. Al cabo dijo en +tono resuelto, guardando la navaja: + +--Tienes razón... Me gusta esa niña, pero tú la mereces más que yo +porque la quieres mucho más... Sé, por desgracia--añadió con voz +temblorosa,--lo que es querer de ese modo, y que poco importa la vida ó +la muerte al que tiene ya el corazón hecho pedazos... + +Bajó la cabeza y permaneció callado unos instantes. + +--Choca, querido--dijo alzándola de nuevo y alargándole la mano.--Vete +en paz á hablar con tu novia y que Dios te proteja. + +Se estrecharon la mano y el majo se alejó precipitadamente. + +--Gracias, señor Pedro--murmuró Gabino conmovido. + +--¡Oiga!--le gritó cuando ya el otro estaba lejos. + +Velázquez volvió sobre sus pasos. + +--Quisiera pagarle de algún modo el favor que me hace. Si usted tiene +todavía algún interés por esa mujer que ha querido, le diré que la he +visto hace poco allá en Puerta de Tierra entregar una llave á Antoñico, +que debe ser la de su casa... Haga usted ahora lo que mejor le parezca. + +El majo se encogió de hombros con afectado desdén. + +--Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con ella hace tiempo. Puede abrir +la puerta á un toro de Veragua si gusta... De todos modos, gracias por +el aviso, Gabino, y buena suerte. + +No era sincero aquel desprecio. La noticia le llegó al alma, porque si +bien conocía las relaciones de su querida con Antonio, tenía por cierto +que no habían alcanzado tal grado de madurez. Así que vagamente nutría +en su alma la esperanza de poseer de nuevo á Soledad y hacerla su +esposa. Ahora sí que la sentía perdida enteramente. Sus ilusiones se +desvanecían como el humo. + +Á paso lento recorrió varias calles presa de un abatimiento que le +quitaba las fuerzas. Nadie cruzaba á la sazón y libremente podía +revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas del tropel de ellos surgió +repentinamente uno que le hizo estremecerse. Quedó inmóvil un instante +y, recobrando de súbito toda su energía, emprendió su camino de nuevo +con resolución y á paso vivo. Al pasar por la calle de _Horno Quemado_ +vió venir hacia él un hombre que no tardó en reconocer. Era el señor +Rafael que se retiraba á su casa. Trató de evitar el saludo pasando á la +acera contraria; pero el viejo, que no estaba tan borracho como suponía, +le conoció perfectamente y le chicheó. + +--¡Eh! ¡Chis! Velázquez... Atraca, hijo... ¿Dónde va el hombre? + +--Pues... á ninguna parte. Estoy tomando el fresco... y pensando en lo +divertido que estará ahora su sobrino. + +--¡No lo creas!... Mi sobrino es un gallego desorejado. No se ha +divertido jamás de la vida ni se divertirá. Ahora mismo está pensando en +el gasto. + +Velázquez sonrió y trató de alejarse, pero el viejo le retuvo. + +--Ahí dejó al _Cardenal_ y al suegro de mi sobrino con una _mona_ +superior... pero ¡superior!... El Cardenal quería salir con la navaja +abierta en tu busca... Luego la emprendió conmigo y me dijo las mil y +una injurias... pero yo me he reído, ¿sabes?... Éstos infelices que +viven en familia, en cuanto se apartan de las enaguas de su mujer y lo +prueban, se vuelven locos... + +Velázquez estaba impaciente. La charla gozosa del viejo le parecía +insufrible en aquel momento. Pero por más que hacía no lograba +despegarse. Al fin tuvo que decir con acento malhumorado: + +--Vaya, déjeme usted, señor Rafael, que tengo prisa. + +El viejo le miró á la cara sorprendido y, observando su palidez, soltó +la carcajada. + +--¡Anda, hijo, anda á la cama en seguida!... No pensé que te hacía daño +también el vino... Ya no queda en Cádiz más hombre que yo... + +Prosiguió el majo su camino mientras el tío de Frasquito, retorciéndose +de risa, intentaba en vano meter la llave en la cerradura de su casa. +Así estuvo largo rato hasta que pasó el sereno y le dijo sonriendo: + +--¡Pero señó Rafael, si está usted engañado! Su casa está tres puertas +más abajo. + +El viejo echó dos pasos atrás y exclamó: + +--¡Verdad, amante!... Estoy metiendo la llave en casa de D. Justo el +escribano... ¡Tendría gracia que fuera á sorprenderle en el cuarto de la +criada!... ¡Ji, ji!... Toda la culpa ha tenido ese perdío de +Velázquez... ¡Qué mona llevaba! ¡Superior! ¡pero superior!... Escucha, +Ramón... no digas á nadie que me he equivocado, porque se van á creer +que estaba borracho... ¡Ji, ji!... ¡Borracho el señor Rafael!... +¡Tendría que ver!... Adiós, Ramón... buenas noches... Chito ¿eh?... +Buenas noches... Hasta mañana, si Dios quiere... + +El sereno, sin dejar caer la sonrisa de los labios, le miró alejarse con +marcha vacilante, abrir la puerta de su casa y desaparecer. + +Velázquez, al separarse de él, había apretado el paso. Cuando llegó á +las inmediaciones de la casa de su amigo Pepe de Chiclana, se detuvo. +Habitaba éste un caserón viejo, enorme, del cual formaban parte las +cuadras donde tenía los caballos en que traficaba. La puerta exterior, +que cerraba un zaguán largo y sucio á modo de túnel, solía permanecer +abierta toda la noche. El majo se ocultó en la sombra y espió aquella +puerta. Una duda le agitaba: si Antoñico habría llegado ya. Habíale +dejado pelando la pava con María, pero temía que el tiempo que había +gastado con el novio de la Mercedes y el que le había hecho perder el +señor Rafael hubiese bastado para que el traidor dejase á su antigua +querida y viniese á buscar la nueva. + +Pronto se desvaneció esta duda al ver doblar la esquina de la calle á un +hombre. A la luz de la luna pudo reconocer á Antonio. Dejó que se +aproximara, y cuando ya estaba cerca de la puerta de Pepe, salió de +pronto de la oscuridad y se le plantó delante. + +--Buenas noches, Antoñico. + +El amante de la maga dió un salto atrás y echó una ansiosa mirada á los +lados, sin duda con intención de huir. Pero observando la actitud +pacífica de Velázquez y su sonrisa pudo dominarse y exclamar con fingida +cordialidad: + +--¡Adiós, gachó!... ¿Tú por aquí?... Lo que menos podía pensar era +tropezarte á estas horas. + +--Ni yo á ti. + +--Pues, hijo, como hemos bebió mucho más de lo que era menester y la +noche está para freírse María Santísima, andaba dando vueltas por las +calles como un papamoscas y se me ocurrió venir á ver si Pepe y Paca +habían salido á la calle á tomar el fresco. + +--Pues hazte cuenta que lo mismo me ha ocurrido á mí. + +Hubo una pausa embarazosa. Antonio no las tenía todas consigo y +escrutaba el semblante de su amigo, por ver si descubría en él señales +de guerra. Pero el rostro del guapo expresaba en aquel momento absoluta +tranquilidad, la misma indiferencia desdeñosa que lo caracterizaba. + +--Y como aquí no veía á nadie con quien rajar un poco, me iba en busca +de la cama. + +--Pues hazte cuenta que otro tanto me pasaba á mí--repitió Velázquez con +el mismo sosiego. + +--Pues vámonos ya. + +--Mira... Echaremos antes un cigarro, si te parece. + +--Como quieras. + +Sacó el majo un cigarro puro y luego la navaja para picarlo. El fino +cuchillo de Albacete brilló con resplandor siniestro á la luz de la +luna. Antoñico se inmutó visiblemente. + +--Toma--dijo alargándole cortésmente el cigarro.--Pica de él si quieres. + +--Muchas gracias--respondió Antonio, rechazándolo. + +Velázquez lo miró con sorpresa. + +--¿Es que no tienes cuchillo? + +--Sí tengo... pero no gasto ese tabaco... fumo de cajetilla...--balbució +torpemente. + +--¡Allá tú!--profirió el majo alzando los hombros. + +Y con toda calma se puso á picar, mientras el otro sacaba un pitillo +hecho y lo encendía. Hubo largo silencio. Velázquez parecía absorto en +su tarea. Antonio fumaba nerviosamente, echando grandes bocanadas de +humo. + +--¡Ah!--exclamó al fin aquél, llevándose la mano á la frente.--¡Qué +cabeza la mía! Tenía que dar un recado preciso á Soleá y ya se me +olvidaba... ¿Me haces el favor de la llave? + +--¿Qué llave?--profirió Antonio con la misma sorpresa que si viese +desplomarse todas las casas de la calle. + +--La que llevas en el bolsillo y que Soleá te ha dado hace un +rato--manifestó Velázquez con naturalidad. + +Se puso aún más pálido de lo que estaba. En un instante pasaron por su +cerebro veinte respuestas evasivas; pero los ojos del majo estaban +clavados sobre los suyos con una expresión tan resuelta y enconada que +claramente vió el dilema: ó soltar la llave ó matarse. Optó por lo +primero. Hizo un esfuerzo para reir y exclamó en tono jocoso: + +--¡Vaya un chasco!... Pensé que eso era ya agua pasada, niño... Si +supiese que esa mujer te tiraba algo no me hubiera acercado á ella... +Porque donde está un amigo verdadero como tú toas las mujeres están de +más para mí... Y si antes hubieras hablado, antes te hubiera dejado el +campo libre... Pero tú eres como Dios te crió, guasón y cazurro si los +hay, y no tienes confianza para decirle á un amigo: «Hijo, quítate del +medio que me estorbas...» Toma, toma la llave, que no tengo vergüenza si +vuelvo á hablarte en los jamases de la vida. + +Velázquez la tomó, se la echó en el bolsillo gravemente y guardó +silencio. El otro, viendo que no quería seguirle el humor é inquieto +por su actitud sombría, se apresuró á despedirse. + +--Vaya, hijo, que pases buena noche... y otra vez no seas tan desaborío +con los amigos que te aprecian. + +--Adiós--dijo Velázquez secamente. + +Permaneció inmóvil hasta que Antonio dió vuelta á la esquina y en +seguida avanzó hasta el portal de Pepe de Chiclana. Se detuvo un +instante escuchando, atravesó después cautelosamente el largo zaguán, +sembrado de carretas y coches deteriorados, y llegó á un espacioso +patio. Había numerosas puertas, la mayoría dando acceso á las cuadras. +La vivienda de Pepe ocupaba uno de los frentes. Hacia ella se dirigió, +pero en vez de acercarse á la puerta del centro, se corrió hacia uno de +los rincones donde había otra más chica. Por allí se entraba al cuarto +de la huéspeda: lo conocía perfectamente, como conocía toda la casa. +Paca había dado á su amiga aquella habitación independiente, única que +tenía bien amueblada. + +Puso el oído á la puertecita, permaneciendo en esta posición largo rato. +Luego sacó la llave, la metió con suavidad en la cerradura y abrió +lentamente procurando no hacer ruido. Avanzó después por una pequeña +antesala, buscando á tientas en la pared otra puerta, hasta que dió con +ella y se detuvo. Llamó quedo con los nudillos. Nadie contestó. Tornó á +llamar más fuerte. + +--¿Quién va?--dijo desde dentro una voz bien conocida. + +Velázquez puso los labios sobre la cerradura y respondió en voz de +falsete: + +--Abre. + +--¿Quién es?--preguntó Soledad. + +--Antonio. + +--Aguarda un momentito. + +Oyó el majo, con el corazón palpitante, el rechinar de una cama y el +ruido de unos pies que se ponen en el suelo. Al instante se abrió la +puerta. + +--Pasa--dijo Soledad con voz apagada. + +Velázquez obedeció. + +--¡Cómo has tardado tanto, hijo!--siguió con acento de mal humor, +mientras cerraba de nuevo la puerta.--Ya no contaba contigo. Te he +estado esperando un rato muy largo y, al fin, viendo que no venías me he +determinado á meterme en la cama... Espera, voy á encender un fósforo. + +--¡No!--dijo Velázquez con la misma voz de falsete. + +--¿Por qué no? + +Y sin aguardar respuesta tomó la caja de cerillas de su mesa de noche é +hizo brotar la luz. Al volver la cabeza dió un grito y se le cayó la +cerilla de la mano. + +--¡Tú! ¡tú! ¡tú!--repitió con espanto en las tinieblas. + +--¡Sí!... Yo soy, Soleá... ¡Perdóname que haya dado este paso!... El +cariño que te tengo me ha vuelto loco... + +Al mismo tiempo dió un paso hacia la joven; pero ella retrocedió y +sacando apresuradamente otro fósforo encendió la bujía. Luego se plantó +delante de él erguida, altanera, pálida, clavándole con furor sus ojos +llameantes. Hubo un momento de silencio. La cólera le apretaba la +garganta, no dejando salir las palabras. Al fin exclamó con voz +alterada, extendiendo la mano: + +--¡Sal de aquí, canalla! + +El majo se estremeció, se puso también densamente pálido. + +--¡Por tu vida, Soledad, no me repitas esa palabra!... ¡Mira que te +pierdes y me pierdes! + +--¡Sí! ¡sí! ¡canalla! ¡más que canalla!--profirió la joven trocando el +color blanco de su rostro por otro encendido como la grana.--¿Qué otro +nombre mereces, charrán, indecente?... ¿Quién comete una acción tan baja +como ésta sino tú?... Sí, canalla... Te llamo canalla porque lo eres. + +Velázquez se lanzó de un salto sobre ella, la agarró por los brazos y la +sacudió convulsivamente, mientras la joven, loca de furor, seguía +escupiéndole á la cara más que diciéndole: + +--¡Sí, te llamo canalla!... Mátame ahora, cobarde... mata á una mujer... +¡Eso debes hacer, granuja!... + +Velázquez quedó lívido, inmóvil; sus ojos se clavaron con extraña fijeza +sobre los de la joven, que sostuvo fieramente la mirada. Pero haciendo +un esfuerzo supremo sobre sí mismo soltó los brazos que tenía cogidos, +dió un paso atrás y quedó de repente tranquilo, profundamente +tranquilo. Hubo un instante de silencio en que ambos se contemplaron con +intensa atención. + +--¡Basta ya!--dijo al cabo con voz ronca y respiración anhelante, como +si acabara de hacer una carrera fatigosa.--Has llegado con esa espada +que tienes en la boca al sitio mismo donde te tenía guardada... Te +quería más que he querido á mi madre... Te respetaba más que á la Virgen +de Grasia... Todo ha terminado... El soplo que acabas de dar ha sido tan +fuerte que ni cenizas quedaron de ese fuego... Me alegro y te doy las +gracias... Escucha, niña, no te he partío el corazón ahora mismo porque +me acuerdo de lo mucho que te he querido... Conque Dios te guarde... Si +te debía algunas, ya te las has cobrado... + +Giró sobre los talones y salió con paso firme de la estancia. Al +encontrarse en la calle se detuvo; sacó la petaca, volvió á picar un +cigarro, lo encendió y prosiguió su camino sosegadamente como un vecino +que sale á respirar el fresco. Era la calma del hombre á quien acaban de +hacer una operación dolorosa y se encuentra de repente sin fuerzas y sin +dolores, en abatimiento feliz. Recorrió varias calles gozando este +sosiego extraño parecido á un letargo. Su pensamiento y su corazón +permanecían quietos. + +Reinaba un silencio profundo en aquella última hora de la noche. Ni un +transeunte se tropezaba por casualidad en las calles. Sólo sus pasos +sonaban sobre la acera y de vez en cuando el silbo agudo del pito de los +serenos. + +Como no tenía cuenta por dónde andaba, se encontró sin pensar en las +Barquillas de Lope. Al advertirlo se apresuró á volverse pensando en +Mercedes. «¡Vaya por Dios! murmuró internándose de nuevo en la ciudad. +Esa chiquilla es apañadita y salada y parecía que la iba cobrando +apego... ¡Pero está de Dios que todo me salga mal de algún tiempo á esta +parte! Tiene razón Paca... Será que me voy haciendo viejo.» + +De nuevo vagó por las calles á paso lento, bañando su frente en el +frescor de la noche. Hacía ya tiempo que no se sintiera tan tranquilo y +dueño de sí mismo. Antes de retirarse á casa quiso dar una vuelta por la +tienda de Crisanto. Al llegar á las inmediaciones, en la calle de San +Francisco, oyó voces desentonadas, ruido de disputa. Acercóse más y pudo +percibir el grito bronco del suegro de Frasquito. + +--¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?... + +El sereno pretendía arrestarlos, lo mismo á él que al viejo _Cardenal_, +por escandalosos. El maestro carpintero se defendía gritando como un +energúmeno, con lo cual dicho se está que empeoraba la situación. Dió la +vuelta por no mezclarse en disputas de borrachos con la autoridad, llegó +á la muralla y siguió por ella la vuelta de su casa. + +La noche tocaba á su fin. El firmamento estrellado se desplegaba diáfano +y puro anunciando la llegada de la aurora. Brillaban las estrellas +declinantes reflejando su luz en las aguas, que se rizaban al primer +soplo matinal. La luna acababa de hundirse en su seno, dejando todavía +en el horizonte una estela luminosa. Ninguna nube flotaba en aquel cielo +de cristal. La brisa agitaba ya sus alas sutiles para despertar á la +sultana. + +Velázquez, aunque de espíritu rudo, aspiró con delicia la gloria de +aquella noche esplendorosa. Siguió distraído por la muralla sin apartar +los ojos del mar, cuyas olas batían á sus pies con dulce, armónico, son. +Algunos minutos después se hallaba en el Campo del Sur frente á su casa. +Se apoyó en el pretil del muro, y quedó sumido en profunda meditación. +Pensó en los últimos reveses de amor que había experimentado, y un +sentimiento de abandono invadió su corazón. No había duda, le llegaba la +mala porque se iba haciendo viejo. Se encontró solo, sin padres, sin +hermanos, sin hijos, sin mujer que le quisiera habiendo tenido tantas. Y +por primera vez le acosaron los remordimientos, las lágrimas que había +hecho verter á algunas infelices. + +Cuando al cabo alzó la frente, su resolución estaba tomada. Las sombras +de la noche huían apresuradamente hacia el Oeste. Hermosas tintas +carmesíes anunciaban en Oriente que el sol no tardaría en alumbrar la +tierra. + + + + +XVI + +Despedida. + + +Pocos días después se supo que Velázquez traspasaba la tienda, y más +tarde que se embarcaba para América. Prefirió trasladarse en un buque de +vela mandado por cierto amigo suyo que partiría el 15 de Setiembre. La +víspera, los compadres de la reunión y algunos íntimos recibieron de él +afectuosa carta de despedida y adjunta una invitación del capitán del +barco para que, si tenían gusto en ello, viniesen á beber unas cañas á +la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibió la suya. +En la carta que Velázquez le escribía convidaba también expresamente y +con encarecimiento á Soledad, ó por hacerle ver que olvidaba sus +injurias, ó por mostrar que se hallaba enteramente curado de su pasión. + +Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta +para que accediera á aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba +ella, no tanto por el rencor que aún le guardaba, como por considerar +violenta y embarazosa la entrevista. Cuando, cruzando aquella tarde por +la calle de la Amargura, acertó á tropezar con Manolo Uceda, á quien +hacía días que no veía. Saludóla él cortés pero gravemente y trató de +seguir su camino, pero ella se le puso delante. + +--¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por +qué no vienes á casa?--le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole +afectuosamente la mano. + +Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su +imprudencia y se puso roja como una cereza. + +--Ando bastante ocupado con un asuntillo que me ha encomendado mi +madre... El jueves me voy á Medina. + +--¿Para volver? + +--No; probablemente no volveré. Desde allí nos vamos á Sevilla... He +conseguido que mi madre cediese á vivir allá, y me alegro bastante. + +Quedó seria repentinamente la joven; guardó silencio unos momentos y al +cabo dijo con tristeza: + +--¡Todo el mundo se va!... Yo también necesito pensar en liármelas... Ya +sabrás que Velázquez se embarca mañana... + +--Sí lo sé. Me ha escrito. + +--¡Ah! ¿Te ha convidado á la juerguecilla del barco?... También á mí me +convida; pero á la verdad... no sé qué hacer. Quisiera que me dieses tu +parecer, porque, hijo mío, te lo digo con todas las veras de mi alma, +eres el único hombre decente con que he tropezao en la vida y á nadie +pido un consejo con tanta satisfacción como á ti... + +--Muchas gracias--manifestó el caballero de Medina sonriendo.--Pero ¿qué +quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo... + +--Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no +hay nada hace tiempo... Ya sabes cómo se ha portado conmigo... + +--Pues bien--repuso Uceda, después de vacilar un poco.--Á mí me parece +que debes ir... Á pesar de todo le has querido: él te ha querido también +y probablemente te sigue queriendo... Sería crueldad, por tu parte, el +no decirle adiós. + +--Está bien, iré aunque me cueste trabajo. + +Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo con afectada ligereza: + +--¿Y Antoñico? + +Turbóse Soledad al escuchar la pregunta y exclamó con ímpetu: + +--¡No me hables de ese charrán! + +--Me han dicho que ha vuelto á juntarse con María--repuso el caballero +riendo. + +--¡No es por eso, no!... Al contrario... me parece lo único decente que +ha hecho en su vida, pero... + +Iba á contar la bajeza que con ella había cometido, pero se detuvo á +tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba más á ella. + +--Le llamo charrán porque lo es. Todo el mundo lo sabe--concluyó bajando +la voz. + +Quedó un momento silenciosa con el rostro fruncido. + +--Bueno, hasta mañana en el barco... Voy allá porque tu me lo +mandas--manifestó al fin dándole la mano. + +--No; yo probablemente no podré ir. + +--¡Ah! ¿No vas tú? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo. + +--¿Por qué? + +--Porque no quiero. + +--¡Siempre tan testarudilla!--dijo Uceda apretando cariñosamente la mano +que tenía cogida.--Iré por que no te enfades. Hasta mañana. + +--No faltes. + +--No faltaré. + +Al día siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al +muelle esperaban á los invitados para transportarlos al buque, que se +veía anclado allá en medio del puerto. Era una corbeta de regular +tamaño, negra, sólida, bien arbolada. El capitán, hombre de cuarenta +años, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra +cerdosa, pesado y macizo como su navío, los esperaba de bruces sobre la +cornisa de la obra muerta. Acompañábalo Velázquez. La _Esperanza_, que +así se nominaba la corbeta, iba á la América del Sur por carga de cacao, +llevándola heterogénea de algunos productos de la Península. + +Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el señor +Rafael. Inmediatamente la lancha trajo á la familia del _Cardenal_, los +viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, á los cuales se había +unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo +tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida María-Manuela con Antonio +y dos amigos más de Velázquez. Por último, al cabo de un rato acostaron +al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo +bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse á +la frágil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las +piernas á los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las +embromaban sobre esta despreocupación así que estaban arriba. + +--En el mar estamos como en el paraíso terrenal. No existe la +vergüenza--decía el capitán.--He conocido á una señora que al averiguar +que el barco hacía agua subió á cubierta desnuda y estuvo hablando con +nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos. + +Sobre cubierta, debajo de un toldo, veíase la mesa bien abastecida de +manjares y botellas. Velázquez fué saludando á sus amigos cordialmente +y les invitó á sentarse. Estaba tranquilo y á las frases de sentimiento +que dejaban escapar todos al darle la mano respondía con afectada +alegría. + +--Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. Este Cádiz se me venía ya +encima... Veréis cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando menos lo +penséis llegaré hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz... +soy capaz... ¡hombre, soy capaz de venir con levita! + +--¡No, por Dios!--gritaron los compadres riendo. + +Había saludado á Soledad con no fingida naturalidad y aun la había +piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven parecía más turbada +que él. Después, acercándose á Mercedes, la preguntó familiarmente por +lo bajo: + +--¿Y Gabino? ¿Cómo no viene? + +--¿Gabino?--respondió la salada muchacha haciendo un mohín +desdeñoso.--¡Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con él. + +Mostróse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada +más. Pero la niña insistió con ahinco y formalidad, dió pormenores, citó +testigos. Velázquez concluyó por llamar á Isabel, que estaba cerca. + +--¿Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regañado con Gabino? + +--¡Y tan verdad!--respondió aquélla con mal humor.--¿Tú sabes si mi +hermana ha tenido chabeta alguna vez? + +Y se alejó murmurando. Velázquez quedó serio y pensativo. + +Sentáronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de +salchichón. Destapáronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlúcar +chispeó alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol +derramaba sus rayos esplendentes sobre la bahía. Las aguas dormidas +rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en +el puerto cabeceaban blandamente, viéndose sobre sus cubiertas algunos +marineros entregados al sueño. Ni de la ciudad ni del mar llegaban más +que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lánguido +suspiro como si la tierra y el Océano gozasen tranquilos el placer de la +siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la +frente de los convidados. La naturaleza ofrecía el amable sosiego, la +armonía solemne que sólo se observa en los comienzos del otoño. + +Los de la fiesta no resultaron alegres. La gente se mostraba lacia, +desanimada, como si todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. Y en +realidad, no era grato ver alejarse, quizá para siempre, á un amigo de +toda la vida. El mismo señor Rafael, cuya alegría era inagotable, estaba +menos expansivo. Aprovechando un momento en que Velázquez vino á +ofrecerle una caña, le dijo por lo bajo: + +--Pero, vamos á ver, hijo, ¿por qué haces esta locura? ¿Qué te faltaba á +ti en Cádiz? ¿No tienes salud? ¿no tienes dinero?... ¿Qué demonio vas +buscando en esas tierras donde si no le meriendan á uno los salvajes se +lo comen crudo los mosquitos?... Que has tenido algunos disgustillos con +las mujeres, ¿y qué? ¿Es razón para que un mozo valiente y noble de too +su cuerpo se quite del medio? ¿Dónde hay palmito que se pueda comparar +con unas botellas de amontillado, bebidas en compañía de cuatro amigos, +y unas aceitunitas aliñás?... Me lo dijo hace tiempo un vista de la +aduana que había estado muchos años en Puerto-Rico, un tío muy +ilustrado, capaz de beberse el golfo de Méjico: «Desengáñate, Rafael, +las mujeres no sirven más que para enfriar el caldo cuando uno está +acatarrado y no puede sacar los brazos de la cama». + +Velázquez alzó los hombros y le respondió con el mismo desenfado. + +El vino hizo al cabo su tarea. Poco á poco los rostros se fueron +animando y las lenguas se desataron, produciendo un gracioso oleaje de +chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, como siempre, fué Antoñico. +Estaba más flaco que antes y descolorido; apenas comía. Sus amigos le +embromaban por esta falta de apetito. + +--¿Qué queréis, hijos míos?--respondía él.--He perdido el estómago. +¿Cómo no había de perderlo si esta mujer que aquí veis me ha estado +envenenando más de tres semanas con una _bebía compuesta?_ + +--Decid que es mentira--saltó María-Manuela.--No ha sido más que ocho +días, y lo que le he dado á nadie le hace daño: agua de siete pozos +distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas +de rata... + +--¡María Santísima del Carmen!--exclamó Antonio llevándose la mano al +estómago.--¿Y yo he bebido eso?... ¡Quitadme esos platos de delante! +¡Quitadme esas copas! ¡Dejadme reventar en cualquier rincón, como un +triquitraque! + +--¡Ya lo creo que lo has bebío?--exclamó la ruda morena con gesto de +triunfo.--Y gracias á ello te tengo ahora chalaíto y pringoso que no hay +por dónde cogerte, más humildito y manso que un cordero de Dios... +Porque ahí donde ustedes le ven--añadió volviéndose á los +circunstantes,--ahí donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio, +ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de +rodillas pidiéndome que no me enfade. Y too esto ¿á qué se debe? Pues á +la virtud de la bebía. + +--¡Sería milagro! ¿Cómo quieres que yo vocee si me has dejado en los +huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buñuelos por la +mañana. + +Los amigos reían y vertían de vez en cuando una palabrita para que la +disputa se alargase. + +Sin embargo, la hora de levar anclas se iba acercando y el capitán se +había apartado de la mesa y andaba de un lado á otro dando órdenes. Los +marineros comenzaban á moverse ejecutando las maniobras preventivas. + +Soledad y Manolo se habían aproximado y charlaban un poco retirados de +los demás. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba +triste y que hacía esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel +momento crítico el corazón hablaba. No en vano había estado enamorada +tanto tiempo. La joven se defendía con empeño, negando que estuviese +triste y casi casi que hubiera estado enamorada. + +--No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una +locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El +amor debe ser algo más dulce, más tranquilo... Era imposible que yo le +quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antipático... Detesto +á los hombres soberbios... + +--Es porque tú lo eres. + +--Quizá--dijo ella con franca resolución;--pero así es... Por lo demás, +no puedo negarte que me causa pena el verle marchar, sabiendo que es por +mi causa. Si le pasa algo en la travesía... ó se enferma... ó muere, me +ha de quedar un poco de escozor en el alma. Aunque ya no me inspira +interés, no quisiera hacerle daño... Porque en el fondo no es malo; +¿sabes? No tiene más que mucha fantasía en la cabeza. En cuanto se le +quite será un buen hombre... Francamente, sentiría mucho que le +sucediese algo malo... ¡Pobre Velázquez! + +--Sí, ¡pobre Velázquez! Ni supo querer ni supo ser querido--expresó +Uceda poniéndose serio y dirigiendo sus ojos al horizonte. + +Soledad le clavó una mirada de sorpresa y admiración. Y á su sabor, en +silencio, largo rato estuvo contemplando á aquel hombre tan noble, tan +firme, tan sufrido. Un remordimiento punzante le atravesaba el alma. +Sintió deseos de arrojarse de cabeza al mar. + +La tripulación terminaba los preparativos. El capitán prescindía ya +enteramente de los convidados y, diligente y afanoso, recorría el barco +de proa á popa fijando sus ojos escrutadores en el aparejo y cambiando +rápidas palabras con el piloto y contramaestre. Los amigos de Velázquez, +comprendiendo que era llegado el momento de partirse, quedaron otra vez +graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de tristeza oprimía sus +corazones. Sólo Antoñico se atrevió á decir alegremente á Paca: + +--Vamos á ver, niña, suéltanos una copliya de despedida. Hace un siglo +que no te oigo. + +La esposa de Pepe de Chiclana respondió mirándole con severidad: + +--Hijo mío, cuando un amigo tan apreciado como éste se marcha, nadie que +tenga corazón siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar. + +Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella +profunda mujer. + +Sonaron las cinco en el reloj de la cámara. El capitán se acercó á +ellos y les dijo cortésmente: + +--Señores, vamos á levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena +compañía, pero es preciso... Á no ser--añadió sonriendo--que quieran +ustedes venirse al Perú conmigo y con este buen mozo. + +Nadie respondió. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno á +Velázquez y le abrazaron con emoción. Él procuraba disimular la que +sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron después las mujeres y le +estrecharon la mano. «Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga +pronto!» Paca le entregó un escapulario de la Virgen del Carmen +rogándole que se lo pusiese. El majo le dió las gracias llevándolo á los +labios. + +Cuando llegó el turno a Mercedes, Velázquez la retuvo las manos entre +las suyas un momento y le dijo por lo bajo viéndola sonreir: + +--¡Qué contenta estás, Mercedes! Te alegras de que me vaya, ¿verdad? + +--Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga á marchar, +debe de ser un viaje de recreo el que haces--respondió ella sin dejar de +sonreir. + +--Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no +he servido más que para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te haga muy +feliz, como deseo. + +--¡Adiós!--repuso lacónicamente la joven. + +Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la +niña al hacerlo empalideció, dió unos pasos atrás como si estuviese +mareada y se dejó caer sobre un cable enrollado; tapóse los ojos con las +manos y comenzó á sollozar fuertemente. + +Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios +acudieron al fin solícitos preguntándole: + +--¿Qué te pasa, Mercedes? ¿Te has puesto mala? ¿Qué te pasa, hija, qué +te pasa? + +--¡Qué le ha de pasar!--exclamó su hermana Isabel roja de ira.--¡Que se +ha caído de tonta! + +Y su madre y su prima Pepa se lanzaron al mismo tiempo indignadas y +enfurecidas sobre ella. + +--¡Cómo!... ¿No te da vergüenza? ¡Llorar por un hombre que se burla de +ti! ¡Loca! ¡más que loca! ¡Vaya un paso chistoso! + +La joven, sin responder á tales invectivas, seguía llorando con el +rostro entre las manos. + +Entonces Velázquez avanzó hasta colocarse entre ella y las que la +injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa: + +--Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lágrimas de esa niña se +vierten por mí, sólo puedo demostrarles que no he querido burlarme +ofreciéndoles casarme mañana mismo con ella... Ya sé que no la merezco, +pero juro por mi salud que haré cuanto pueda por merecerla. + +Al oir estas palabras, un grito de júbilo estalló en la reunión. Todos +palmoteaban; todos chillaban dirigiéndose exclamaciones de asombro y de +gozo. + +--¡Tiene gracia! ¡Venir á un duelo y salir un casorio!...--Á mí me daba +el corazón que los dos se querían...--¡Y á mí!--¡Y á mí! + +El señor Rafael, loco de alegría, gritaba: + +--¡Vivan los novios! El día que os caséis prometo emborracharme... lo +que no hice en los días de la vida. + +Y empujando al mismo tiempo á Velázquez contra Mercedes, añadía: + +--¡Anda! ¡Abrázala, cobarde!... ¡Hazte cuenta que no somos nadie! + +Pepa y Paca alzaban á su vez á Mercedes y la empujaban hacia su novio. +Éste la abrazó con efusión. + +--Ya no hay viaje, capitán--dijo luego volviéndose al de la corbeta. + +--La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velázquez--repuso +éste estrechándole la mano. + +Acometidos de un vértigo, todos hablaban y nadie se entendía. Mas hé +aquí que el prudente Frasquito se acerca á Velázquez y le dice +misteriosamente: + +--Oye, chico, pero ¿vas á perder el dinero del pasaje? + +El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dándole afectuosas +palmadas en la espalda: + +--¡Sí que lo pierdo! ¿Quieres aprovecharlo tú? + +El señor Rafael había oído la carcajada y se acercó para saber lo que se +trataba. Velázquez le informó riendo. Dió el viejo un paso atrás y, +mirando fijamente á su sobrino, se santiguó diciendo con gravedad: + +--Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el único +sabio que hay en Cádiz. Déjame, por Dios, que cuente este golpe á todo +el mundo para honra de la familia. + +--¡Tío, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!--exclamó +Frasquito exasperado. + +--¿No quieres que lo cuente? Está bien: te guardaré el secreto. Pero de +aquí en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... ¡Quiero que seas +mi tío! + +Velázquez atajó la disputa llevándose á Frasquito. Todos se despidieron +del capitán afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodándose +como mejor pudieron en las dos lanchas que los habían traído. Una vez en +ellas, como el día continuase sereno y el mar sosegado, á uno de ellos +se le ocurrió acompañar á la corbeta algún trecho. Se aceptó con +regocijo la idea. El capitán hizo al instante levar anclas y el buque, +arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendió una marcha lenta +hasta llegar á paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las +lanchas le daban escolta. + +Reinaba el júbilo en éstas, cambiándose entre unos y otros mil bromas y +donaires. El blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la +brisa excitaban más su alegría. Velázquez no se había sentado al lado de +Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefirió colocarse entre sus +futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habló +en voz baja de este modo: + +--Un sueño me parece lo que está pasando. Me encuentro sentado entre +ustedes; veo allí á Mercedes, con la cual no tardaré en casarme, y +apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese á morir en tierras +extrañas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no +merezco. Después de Dios á ustedes se lo debo. Quisiera poder +demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo +que la mejor manera será haciendo á su hija feliz y á esto me +comprometo... Aquel Velázquez calavera, mujeriego y pendenciero se +marcha en ese barco para el Perú. El que aquí queda es un hombre decente +que sabrá mientras viva querer á su esposa y respetarles á ustedes. + +El viejo _Cardenal_ aprobó con la cabeza las palabras del majo; pero la +madre replicó con acento en que se traslucía aún la cólera: + +--No creas que te entrego á mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la +conozco y sé que si la contrariase se enfermaría. Á mí no se me olvidan +los desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar +seguro de que no volverías ahora tan satisfecho á Cádiz. + +--¡Silencio, mujer!--interrumpió el padre con energía, y volviéndose á +Velázquez añadió gravemente:--Las mujeres perdonan mejor los agravios +que las hacen que los que hacen á sus hijos. Eres hombre de juicio y +sabrás disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de +que haciendo feliz á Mercedes no tardará en desaparecer. + +Llegaron al fin á la mar libre. La _Esperanza_ izó algunas velas y su +tripulación dejó los botes para subir á bordo. Los remeros de las +lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con +mucha gritería del capitán é inmediatamente pusieron proa á la ciudad. + +El sol iba á ocultarse. El firmamento azul se teñía de púrpura en +Occidente con viva incandescencia que ascendía hasta el zenit, +fundiéndose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en +suave y maravilloso rosicler. El vasto Océano llameaba recibiendo en su +seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo, +resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectáculo. +La fresca brisa de la tarde baña su rostro. Vuelven los ojos á tierra y +su gozo aumenta viendo á Cádiz surgir de las aguas con su ceñidor de +espumas, con su crestería que los rayos del sol doran como la corona +gigantesca del dios de los mares. + +En aquel momento, Soledad preguntó á Uceda en voz baja: + +--¿Sigues en tu idea de marcharte á Sevilla? + +--Sí. + +--Yo también me voy. + +--¿A qué?--dijo el caballero fingiendo sorpresa. + +--No lo sé--replicó la joven pugnando por no llorar. + +Guardaron silencio unos instantes. Uceda la dijo al fin con sonrisa +benévola tomándole una mano: + +--Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol que va á desaparecer? Tú sabes +que mañana volverá á lucir en el cielo tan hermoso como hoy. Así sabía +yo que tu amor volvería. Porque en este mundo el amor engendra al amor, +pero el capricho sólo engendra al hastío. Á pesar de tus locuras te he +seguido queriendo porque adivinaba en ti un espíritu infantil á quien no +se puede exigir la responsabilidad de sus actos y también porque +respetaba en mí el primer amor que tú habías logrado inspirar. Aun hoy +te quiero con toda mi alma, pero... + +--Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré tu criada... tu +esclava--interrumpió Soledad con ímpetu. + +--¡Silencio! Para el hombre de corazón nada hay más imposible que la +maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para +salvarte de la infamia. Confíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el +tiempo para mí, pero puedes estar segura de que nada haré que pueda +rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, por +dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cariño me +ha dicho siempre que existe. + +Así habló el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con +alegría y sus bellos ojos se nublan de lágrimas. + +Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos +resplandores. La _Esperanza_ izaba á lo lejos todas sus velas que se +hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba +suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitán, desde lo +alto del puente, saludaba todavía con su gorra blanca. + + + + +ÍNDICE + + + + Páginas + +PRÓLOGO v + +I.--El viajero 1 + +II.--Los majos 13 + +III.--Soledad 35 + +IV.--Velázquez. 51 + +V.--Celos 61 + +VI.--Disputa 81 + +VII.--El columpio 93 + +VIII.--Crisis 121 + +IX.--El Carnaval 133 + +X.--Rebelión 161 + +XI.--Sumisión 171 + +XII.--La maga 181 + +XIII.--Antoñico 197 + +XIV.--La boda de Pepa 213 + +XV.--Noche gaditana 241 + +XVI.--Despedida 267 + + + + + +End of Project Gutenberg's Los majos de Cádiz, by Armando Palacio Valdés + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MAJOS DE CÁDIZ *** + +***** This file should be named 37637-8.txt or 37637-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/7/6/3/37637/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/37637-8.zip b/37637-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..132dba8 --- /dev/null +++ b/37637-8.zip diff --git a/37637-h.zip b/37637-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..39654ce --- /dev/null +++ b/37637-h.zip diff --git a/37637-h/37637-h.htm b/37637-h/37637-h.htm new file mode 100644 index 0000000..69a60be --- /dev/null +++ b/37637-h/37637-h.htm @@ -0,0 +1,8660 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" +"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> + <head> +<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> +<title> + The Project Gutenberg eBook of Los majos de Cádiz, por Armando Palacio Valdés. +</title> +<style type="text/css"> + p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:2%;} + +.c {text-align:center;text-indent:0%;} + +.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;} + +.r {text-align:right;margin-right: 5%;} + +small {font-size: 70%;} + + h1,h4 {text-align:center;clear:both;} + + h3 {margin:8% auto 2% auto;text-align:center;clear:both;} + + hr.full {width: 50%;margin:5% auto 5% auto;border:4px double gray;} + + table {margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;text-align:left;} + + body{margin-left:2%;margin-right:2%;background:#fdfdfd;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} + +.un {text-decoration:underline;} + +a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + + link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + +a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} + +a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} +</style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of Los majos de Cádiz, by Armando Palacio Valdés + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Los majos de Cádiz + +Author: Armando Palacio Valdés + +Release Date: October 5, 2011 [EBook #37637] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MAJOS DE CÁDIZ *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<table summary="note" border="4" cellpadding="10" style="background-color: #ffffff; +max-width:50%;margin-bottom:8%;"> + <tr> + <td valign="top" align="center">En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del +original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el +texto.<br /> +(nota del transcriptor)</td> + </tr> +</table> + +<h1><small>LOS</small><br /><br /> +MAJOS DE CÁDIZ<br /><br /> +<small><small>(NOVELA DE COSTUMBRES)</small></small></h1> + +<p class="cb">POR<br /><br /> +ARMANDO PALACIO VALDÉS</p> + +<p class="c"> +<br /> +<br /> +———— +<br /> +<br /> +</p> + +<p class="cb">MADRID<br /> +TIPOGRAFÍA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ<br /> +Libertad, 16 duplicado.<br /> +1896</p> + +<p> +<br /> +<br /> +</p> + +<p class="r">ES PROPIEDAD</p> + +<table border="2" cellpadding="5" cellspacing="0" summary=""> +<tr><td align="center"><a href="#INDICE"><b>ÍNDICE</b></a></td></tr> +</table> + +<p><a name="page_00v" id="page_00v"></a></p> + +<h3><a name="PROLOGO" id="PROLOGO"></a>PRÓLOGO<br /><br /> +Observaciones acerca de la composición en la novela.</h3> + +<h4>I</h4> + +<p>Para el lector aficionado á razonar el arte y discutir su técnica +escribo estas breves líneas. Páselas por alto quien sólo aspire á +sentirlo, seguro de que nada perderá en ello: mi simpatía, como la de +todo artista, estará siempre con él. Porque sólo una imaginación fresca +exenta de conceptos retóricos puede gozar realmente las obras poéticas, +respirar con libertad en el mundo de la fantasía. Además, dígase lo que +se quiera, á ningún <i>maese Pedro</i> le place mostrar por dentro el retablo +de las figuras con sus jarcias y resortes; y si alguna vez lo hace, +suele ser apretado por el deseo de defenderse de los pecados que le +atribuyen ó de prevenir al público contra los errores de una crítica +precipitada ó desleal. No es esto, sin embargo, lo que me impulsa á +escribir el presente prólogo, como tampoco me ha movido á escribir el +que años ha puse al frente de mi novela <i>La Hermana San Sulpicio</i>. En +España, afortunadamente, apenas si existe la crítica, y el autor de +novelas goza de aquella paz profunda, de aquella amable serenidad de que +gozaron en las primeras edades del mundo Valmiky y Homero para escribir +sus inmortales poemas. La única razón que hallo en mi espíritu (aparte +de cierta manía didáctica que me ha quedado de los años de adolescencia, +cuando con mi dedo infalible señalaba á los autores la ruta que debían +seguir) es la contradicción en que me reconozco con los gustos y +tendencias que dominan actualmente lo mismo en las artes plásticas que +en la poesía. Esta contradicción me atormenta sobremanera, porque me +hace dudar de mí mismo. Derramo la vista por Europa y no veo en la +pintura y en la poesía más que escenas lúgubres y prosaicas, no escucho +sino acentos de muerte. De las estepas de la Rusia llegan delirios +místicos que entusiasman al pueblo de Molière, de Rabelais y de +Voltaire. De aquí surgen análisis indigestos, obscenidades escandalosas +que seducen á los hijos de Cervantes; por último, el viento glacial de +la Noruega nos envía en forma dramática aéreos simbolismos que +estremecen de gozo á la Italia, ¡á la Italia, donde han nacido Virgilio +y Petrarca, Rafael y Tiziano! Naturalistas, místicos, decadentistas, +ibsenistas, simbolistas en la poesía; luministas, azulantes, metalistas +en la pintura. El arte se me representa como un inmenso ataque de +nervios, los artistas como locos unas veces, otras como charlatanes que +disfrazan su impotencia con afectaciones monstruosas y se aprovechan +hábilmente de la perversión general del gusto; el público estragado por +ellos y por el utilitarismo reinante, sin criterio para distinguir lo +bello y lo sano de lo feo y absurdo.</p> + +<p>Al observar mi naturaleza en contradicción tan radical con el espíritu +de la época me asalta el temor de padecer una aberración mental: hay +momentos en que me figuro ser uno de esos infelices degenerados +incapaces de «adaptarse al medio» que tan bien pintan los modernos +filósofos de la escuela positiva, y me estremezco y me abato, y me +propongo en término no lejano someterme á un tratamiento terapéutico +adecuado. Es posible que con las duchas, la nuez de Kola y el vino +ferruginoso, los dramas noruegos me parezcan tan interesantes como los +de Shakspeare, Calderón ó Schiller, los místicos rusos tan profundos +como Platón y Spinoza, las novelas de la escuela naturalista tan bellas +como las de Longo, Cervantes y Goethe, los cuadros de los decadentistas +franceses mejores que los de Rubens y Velázquez. Pero mientras llega la +hora feliz de regenerarme hasta donde sea posible, pido permiso para +exponer algunas observaciones críticas acerca del arte de escribir +novelas. Voy á aventurar ciertas hipótesis que constituyen el fondo +mismo de mi inspiración, lo que hasta ahora me ha sostenido y consolado +en la ya larga labor que he llevado á término. Absurdas ó verdaderas, yo +las amo. Sólo pido al lector que antes de condenarlas al desprecio las +medite un instante.</p> + +<h4>II</h4> + +<p>Dirijamos una mirada á la historia del arte. Hay un hecho que desde +luego llama poderosamente la atención: la fecundidad prodigiosa de +ciertas épocas y la esterilidad de otras. En el período de poco más de +un siglo que media entre Fidias y Praxiteles nacen en el suelo reducido +de la Grecia centenares de escultores, la mayor parte desconocidos para +nosotros, pero cuyas obras, carcomidas y mutiladas como salen de entre +los escombros, nos llenan de admiración y alegría. En un período de +cincuenta ó sesenta años del siglo XV brilla en el país de Flandes +legión numerosa de grandes pintores, cuyos cuadros, si alguien ha +igualado, nadie ha sobrepujado jamás. Apágase momentáneamente la +inspiración de los artistas flamencos en el siglo XVI y se traslada á +Italia, donde viven y trabajan á un mismo tiempo algunas docenas de +genios portentosos, cada uno de los cuales bastaría para ilustrar un +siglo. Torna la mágica fuerza en el siglo XVII á los Países Bajos y +produce esa maravillosa explosión donde los pintores ya no se cuentan +por cientos, sino por millares. Nuestra patria se siente arrastrada por +Italia y por Flandes al cielo de la belleza, y hace brotar de su seno la +famosa escuela española con Zurbarán, Ribera, Velázquez y Murillo. ¿No +es verdad que parece un contagio? De pronto aquel sol esplendoroso se +eclipsa y quedamos dos siglos en oscuridad y tristeza. Sólo tal cual +artista, aproximándose, aunque sin igualar jamás á aquellos genios, +brilla como estrella solitaria y melancólica.</p> + +<p>Las explicaciones que los historiadores del arte suelen dar á este hecho +sorprendente nunca me han satisfecho. La aparición del arte como una +consecuencia natural del engrandecimiento material de los países, como +la flor de la civilización, que es la teoría hoy predominante, no hace +más que agregar un hecho á otro hecho sin explicar ninguno de los dos. +Supongamos cierto que el arte se produce necesariamente cuando los +países alcanzan cierto grado de prosperidad, cuando el hombre, después +de haber allanado los obstáculos que la naturaleza le oponía para su +subsistencia, queda desahogado y puede gozar en calma de la vida. Pero +la dificultad queda en pie. ¿Por qué en ciertas épocas de prosperidad +nacen muchos y grandes artistas, y en otras de tanta ó mayor opulencia +no nace ninguno? Nadie puede dudar que en la actualidad existen en el +mundo países ricos y prósperos donde la civilización ha subido á una +altura desconocida en la historia, donde la vida es fácil, segura, +cómoda. Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y los +Estados Unidos de América son testimonios innegables de esta afirmación. +Además, en ninguna época conocida de la historia los artistas han podido +trabajar con más seguridad ni han encontrado un público tan numeroso ni +tan solícito para recompensarlos. Compárese lo que hoy gana cualquier +pintor, por poco que se distinga, con lo que obtenían por sus obras +Velázquez ó Rembrandt. Compárese la consideración y el respeto de que +hoy gozan los artistas, hasta el punto de formar una aristocracia tan +elevada y orgullosa como la de la sangre, con la protección desdeñosa +que los próceres de otros siglos les dispensaban y el humillante jornal +que algunos reyes solían otorgarles. ¿Qué momento más favorable puede +ofrecerse para que la flor de la poesía abra sus pétalos á la luz y +ostente sus colores más brillantes? Gloria, dinero, seguridad, todo lo +posee hoy el artista que sepa distinguirse. ¡Y, sin embargo, nuestros +pintores y escultores no pueden compararse á los de otras épocas! La +música, que es el arte más moderno, se encuentra hace años ya en +absoluta decadencia; la literatura, como luego demostraré, igualmente.</p> + +<p>Existen, dicen los filósofos naturalistas, razones fisiológicas que +explican y determinan este fenómeno, como todos los demás de la vida. No +lo dudo. El hombre se halla enteramente sometido á las fuerzas que obran +en el seno de la naturaleza, las cuales, á par que engendran, limitan el +desarrollo de los individuos y las razas. Pero la acción de tales +fuerzas es tan misteriosa, se ejerce por caminos tan oscuros para +nosotros, que sólo vagamente podemos atribuirles cuanto sucede en el +mundo. Nuestro espíritu exige motivos más cercanos. Voy, pues, +humildemente á proponer una explicación racional del problema, con la +esperanza de que, si no satisface al lector, por lo menos le ayudará á +pensarlo y resolverlo por sí mismo.</p> + +<p>Como no hallo razón para que en los cincuenta primeros años de un siglo +nazcan cien artistas de gran mérito y en los cincuenta siguientes +ninguno, me atrevo á sostener que, dadas las mismas condiciones de raza, +de medio, de cultura, de seguridad y de estímulo, los hombres nacen +iguales, ó lo que es igual, en la segunda mitad de un siglo, como no +hayan variado notablemente las circunstancias apuntadas, ven la luz +tantos artistas como en la primera. La diferencia está solamente en que +en la primera mitad los hombres que han nacido con aptitudes para sentir +la belleza y representarla han podido sacar el fruto de ellas, las han +desenvuelto natural y lógicamente, mientras que los segundos, por causas +que ahora voy á indicar, no han podido mostrar al mundo su riqueza +interior.</p> + +<p>Atribuyo la decadencia de las bellas artes, cuando no hay razón externa +que la explique, á una perversión del gusto, esto es, á la <i>falta de una +dirección sana y adecuada para los artistas</i>. Creo que el gusto es lo +que determina la altura que el pintor, el escultor ó el poeta puede +alcanzar en sus obras. Los artistas de las épocas de decadencia han +nacido tan bien dotados por la naturaleza como los del florecimiento.</p> + +<p>Convirtamos los ojos á la época actual. Examinando los cuadros que hoy +se pintan, las estatuas que se esculpen, ó leyendo con atención las +obras poéticas que se publican, nadie puede echar menos con justicia el +ingenio, la invención y el estudio. Si no en la mayor parte, porque la +producción es excesiva, veo detrás de muchas de ellas la mano y la +inteligencia de un hombre superior, perfectamente dotado por la +naturaleza para producir obras bellas y duraderas. ¿Por qué no las +produce? Sólo por un error de su inteligencia, por una torcida +dirección que el momento y el medio en que nació han impreso á su +inspiración, en suma, por la falta de <i>gusto</i>. Esto es lo que se observa +hoy, principalmente en el cultivo de las artes; ausencia de gusto. <i>To +be honest, as this world goes is to be one man pick'd out of ten +thousand</i>, dice Hamlet. Parodiando estas palabras, bien podemos afirmar +que, tal como hoy van las artes bellas, tener buen gusto equivale á +señalarse, no entre diez mil hombres, sino entre cien mil.</p> + +<p>El origen de esta perversión del gusto no debe buscarse en +circunstancias del momento, en defectos de escuela trasmitidos de unos +individuos á otros, en extravíos fortuitos. Su fundamento es más alto á +mi juicio: se halla en el principio mismo que ha engendrado la gran +superioridad artística del Occidente sobre el arte asiático, en el mayor +desarrollo de la energía individual. Tan cierto es que no hay principio +verdadero y fecundo que exagerado no se convierta en error y en +manantial de ruina y que el <i>nada demasiado</i> del oráculo griego es la +mayor verdad que se ha dicho hasta ahora en el mundo.</p> + +<p>La mayor energía individual, la afirmación de su independencia frente á +la naturaleza, produciendo la variedad de los caracteres, es lo que ha +elevado al griego sobre el indio y el arte occidental sobre el asiático. +En el mundo oriental sólo existen tipos; de aquí la monotonía, no +privada de belleza y sublimidad muchas veces, de sus monumentos +poéticos. Pero aquel principio fecundo para la civilización, y +singularmente para las artes, que ha engendrado la <i>Iliada</i>, el +<i>Prometeo encadenado</i>, la <i>Niobé</i> y el <i>Partenon</i>, que más tarde creó +las obras portentosas del Renacimiento, exagerado en la Europa moderna, +sacado fuera de sus justos límites, ha traído consigo el desequilibrio y +como resultado la decadencia. La energía individual y la independencia +exageradas se han trasformado en <i>vanidad</i>. Este es el gusano que roe y +paraliza la fuerza de los artistas contemporáneos.</p> + +<p>Obsérvese el procedimiento de los antiguos y de los que los han imitado +en el período del Renacimiento. Un artista, que por sus obras excelentes +llegaba á merecer el título de maestro, reunía en torno suyo un grupo +más ó menos numeroso de jóvenes á quienes revelaba los secretos del arte +é infundía su propio espíritu, adiestrándolos lentamente para hacerlos +primero sus ayudantes, luego colaboradores de sus obras. El discípulo, +al cabo, se hacía maestro, concluía por separarse, pero seguía +trabajando en la misma dirección y con los mismos procedimientos, y sin +darse quizá cuenta de ello, ni menos proponerse <i>romper ningún molde</i>, +por la energía de su personalidad artística producía obras distintas, +tanto ó más bellas que las de su maestro, pero sin que se desatase el +lazo que los unía. Igual fenómeno en la literatura. Homero es el gran +maestro del mundo helénico. Todos los poetas dramáticos, épicos ó +líricos acuden á él para beber su inspiración. Esquilo, Sófocles, +Píndaro y Eurípides confiesan modestamente que viven de las migajas de +su mesa. Más tarde, cuando Roma empuña el cetro de la literatura, sus +poetas más insignes no se desdeñan de llamarse discípulos de los +griegos, los estudian con veneración y los imitan con complacencia. Nada +han desmerecido por eso á los ojos de la posteridad. La <i>Eneida</i> es una +imitación de la <i>Odisea</i>, y sin embargo hace veinte siglos que embelesa +al mundo.</p> + +<p>Decía Sófocles en los últimos años de su vida que si había logrado +escribir algo bello en su vida, fué renunciando á <i>la pompa de Esquilo</i> +y también á los refinamientos de arte á que se sentía demasiado +inclinado. Estas palabras deben dar que pensar á cualquier artista, +porque encierran la más profunda enseñanza. Cuando los ciclos +legendarios de la Grecia habían sido ya desenvueltos de un modo +maravilloso por el genio de Esquilo en trilogías dramáticas que +parecían insuperables, Sófocles logró, sin embargo, aventajarle. No +hubiera conseguido esto, si guiado por el amor propio tratase de +superarle buscando mayores y más vivos efectos, esforzando las galas del +lenguaje. Pero guiado sólo del amor á lo bello y permaneciendo fiel á su +naturaleza, no trató más que de producir obras bellas y perfectas, sin +curarse de competir en ingenio con su glorioso predecesor; y por esta +modestia y esta moderación llegó á ser el más grande de los dramaturgos +que la humanidad ha producido.</p> + +<p>¡Cuán distinto lo que hoy sucede! Apenas un joven sabe tener el pincel, +la pluma ó el cincel en la mano, ya se juzga en la necesidad de crear +algo original, cuando no extraño ó inaudito: se creería humillado +siguiendo la inspiración y los procedimientos de otro artista, por +grande que sea. El negocio capital para él no es trabajar bien, sino +trabajar de un modo distinto que los otros; la originalidad le preocupa +mucho más que la belleza. Este anhelo que hoy se ha apoderado de todas +las cabezas, hasta de las más vacías, hace recordar aquel gracioso +epigrama de Goethe á los originales: «Un quídam dice: Yo no pertenezco á +ninguna escuela; no existe maestro vivo de quien reciba lecciones; en +cuanto á los muertos, jamás he aprendido nada de ellos». Lo cual +significa, si no me equivoco: «Soy un majadero por mi propia cuenta». +Este afán desmedido de originalidad ¿qué otra cosa es sinó lo que hemos +dicho, una exageración de la energía individual, un desequilibrio, el +pecado, en fin, de la soberbia? Triste es confesarlo, pero en la torcida +dirección que hoy siguen las artes no debe echarse toda la culpa á los +que las cultivan. El público tiene también una gran parte; el público +que, en vez de pedirles obras bellas, bien meditadas y con destreza +concluídas, les exige solamente que no se parezcan á los demás, +fomentando de esta suerte la excentricidad y el mal gusto, que ha dado +vida en los últimos años á esa nube de obras extravagantes y ridículas, +donde la impotencia marcha unida á la vanidad. A la novela, como género +predominante hoy en la literatura, ha tocado la mayor parte de esta +viciosa corriente.</p> + +<h4>III</h4> + +<p>La novela es un género comprensivo que participa de la naturaleza de la +epopeya, de la del drama y que no pocas veces también entra en los +dominios de la poesía lírica. Tal amplitud permite al escritor una +gozosa libertad, que no disfrutan los que cultivan otros géneros más +definidos. No sólo se le exime del lenguaje rítmico, sino de aquellas +otras trabas con que la retórica dogmática ha atormentado hasta ahora á +los poetas épicos y líricos. La novela, en su esencia, rechaza toda +definición: es lo que el novelista quiere que sea. Pero tanta +independencia trae, como es lógico, aparejada una mayor responsabilidad: +ya que tanto se le perdona al novelista, menester es que su invención no +desmaye jamás: de todo se le exime menos del ingenio. El novelista tiene +la obligación ineludible de no fatigar jamás al lector, de mantener su +atención despierta, sujeto su espíritu por lazos invisibles para hacerle +viajar sin sentirlo por el mundo imaginario. ¡Cuán poco nos acordamos +los que escribimos novelas de este primer requisito de toda composición +romancesca! La mayor parte de las veces parece que, en lugar de +interesar al lector y recrear su espíritu, nos proponemos acabar con su +paciencia.</p> + +<p>La composición es el escollo en que tropiezan la mayor parte de los +autores de novelas. Hay bastantes capaces de representarse la belleza y +el interés que ofrece la vida con sus contrastes, dotados de rica +fantasía, de penetración y de estilo; pero son á mi juicio muy pocos los +que en la actualidad saben <i>componer</i> un libro. No acontece esto porqué +la cualidad de componer sea superior ó más rara que las otras, sino +porque los autores no fijan en ello la atención como debieran. +Preguntaban á Newton en cierta ocasión: ¿Cómo ha llegado usted á +descubrir la ley de la gravitación? A lo que el sabio respondió +modestamente: «Pensando en ello». Si los novelistas pensasen más en la +perfección de sus obras y menos en ostentar á todo trance las cualidades +de que se creen poseedores, ó en producir ruido, imagino que aquéllas +serían más bellas y duraderas. Para ello lo primero que debieran +representarse es que una novela es una obra de arte; por lo tanto, una +obra donde la armonía es lo esencial. Esta armonía la encuentra +naturalmente el artista que sabe limitar sus concepciones y concentrar +los tesoros de su fantasía exhibiendo de ellos lo que hace falta y nada +más. ¿Excluye tal limitación la riqueza del fondo, la pintura viva de +los pormenores, el sentimiento de los matices, la delicadeza para +apreciar las relaciones más sutiles de la vida? Estoy muy lejos de +pensarlo. Todo eso puede subsistir perfectamente dentro de unos +contornos precisos. Basta que el novelista sienta la necesidad de la +claridad y la medida.</p> + +<p>El hombre es un ser limitado y, por lo mismo, todo lo que de él proceda +ha de ser limitado también. Porque el fondo de la obra de arte, que es +la belleza ideal, carezca de límites no debe imaginarse que su expresión +plástica ó conceptiva pueda sustraerse á ellos. La belleza se expresa +eternamente en la naturaleza de un modo definido, claro, concreto. En el +arte debe acaecer lo mismo. Hay muchos artistas que ignoran esta gran +verdad; se figuran que dejando inciertos los contornos de su obra se +emancipan de la limitación que constituye su ser, se aproximan mejor á +la sublimidad y grandeza del ideal. Es un error de óptica por el cual se +engañan á sí mismos y engañan á los demás. Así sucede que cuando aparece +una de esas obras aparatosas, enormes, enfáticas, envueltas de vaguedad +y misterio, con aspiraciones simbólicas y místicas, como muchas de la +escuela romántica pasada y casi todas las de los naturalistas, +simbolistas y decadentistas modernos, el público se estremece, imagina +que detrás de aquellas nieblas hay un inefable misterio, que se va á +descubrir al fin y contemplar el eterno ideal, y corre afanoso á +presenciar el milagro; pero ¡ay! no tarda en volver mustio y +desengañado, porque detrás de tanto aparato no ha visto absolutamente +nada. La obra portentosa se hunde muy pronto en el olvido, mientras la +obra bien definida, clara y armónica, como la <i>Odisea</i>, las +<i>Siracusanas</i> de Teócrito, el <i>Hermann y Dorotea</i> de Goethe, sigue por +los siglos de los siglos fresca como una rosa, reflejando la inmortal +belleza del universo.</p> + +<p>Tampoco juzgo que esta armonía necesaria en la composición de la novela +sea equivalente de la simplicidad. La novela participa, como ya he +dicho, de la naturaleza del drama y de la de la epopeya, pero más, á mi +juicio, de la última. No es, pues, esencial para ella que la acción +avance rápidamente hacia su fin, sin distraerse jamás como en el drama, +sino que puede marchar con lentitud, deteniéndose á cada instante para +referir episodios ó describir países y costumbres, á semejanza de los +poemas épicos; porque, como expresa profundamente Schiller, la acción +para el poeta dramático es el verdadero fin, mientras para el épico +(digamos novelista en este caso) no es más que un medio para alcanzar un +objeto absoluto y estético. Ahora bien, ¿cuál es este objeto absoluto y +estético que el poeta épico y el novelista persiguen? El mismo Schiller +lo descubre con admirable claridad en otra de sus cartas: «La misión del +poeta épico es hacer que aparezca toda entera la íntima verdad del +asunto: no pinta más que la existencia tranquila de las cosas y el +efecto que naturalmente producen: hé aquí por qué, en vez de correr +impacientemente hacia el término de la narración, nos place detenernos á +cada instante con él». Dejemos, pues, al novelista la libertad de +pararse donde lo tenga á bien, como el poeta épico: si siente amor á la +claridad y á la medida, clara y armónica será su obra, aunque se +distraiga á menudo. Nadie osará negar estas cualidades á la <i>Odisea</i> y +la <i>Eneida</i>, ni al <i>Quijote</i> y el <i>Gil Blas de Santillana</i>, á pesar de +sus numerosos episodios. Guardémonos de confundir la armonía con la +simplicidad de la acción, ni siquiera con la regularidad de sus partes. +Es algo más profundo y espiritual que surge espontáneamente de la +belleza del asunto y del equilibrio en las facultades del novelista.</p> + +<p>No hay para qué advertir que esta libertad se halla subordinada á la +exigencia ineludible de toda obra de arte, que es la de interesar. Los +episodios han de tener, pues, en la novela, como en el poema épico, un +valor absoluto é independiente, ó lo que es igual, han de ejercer sobre +el espíritu la fascinación que produce la belleza. Si no deleitan, deben +suprimirse. Como regla empírica de la composición (pues me parece +impertinente dogmatizar en este punto), añadiré que á mi entender los +episodios deben apartarse lo menos posible de la acción principal y +guardar con ella una relación secreta, si no aparente. Son más +plausibles aquellos que á su belleza absoluta agregan un valor relativo, +como es el de dar mayor relieve al carácter principal de la obra ó +producir lo que hoy se llama <i>color local</i>, esto es, descubrir el +misterioso lazo que une al hombre con la naturaleza, á los caracteres +con los sitios en que se ejercita su actividad. Casi todos los del +<i>Quijote</i> cumplen admirablemente con este requisito. Pero los de otros +novelistas españoles, como Mateo Alemán, Vicente Espinel, Vélez de +Guevara; Céspedes, etc., á menudo nos fatigan por lo deshilvanados, ya +que no por lo desabridos... Y lo mismo sucede, á pesar de su excelencia, +con las novelas de algunos escritores extranjeros, como Richardson, +Fielding, Dickens, Juan Pablo Richter, etc.</p> + +<p>Observaré que esta tendencia á la dispersión se ha atenuado mucho en los +tiempos presentes. Los actuales novelistas gustan más de recoger una +acción y seguirla sin vacilaciones ni tregua que de entretenerse con +otras narraciones secundarias más ó menos alejadas de la principal, como +hacían los del siglo pasado y los de la primera mitad del presente. En +este punto, no obstante, los escritores de raza latina se señalan más +por su amor á la unidad que los germanos y eslavos, inclinados siempre +con predilección á la variedad. Las obras de estos últimos se +caracterizan por una gran riqueza de ideas y sentimientos: en las de +algunos de ellos hay tal delicadeza de percepción para recoger las +relaciones más sutiles del mundo ideal que nos asombra; pero en general +están peor compuestas que las de los latinos. Voy á presentar un ejemplo +de dos escritores modernos que ya no existen. Dostoievsky, escritor +ruso, y Silvio Pellico, italiano, han narrado ambos la historia de sus +martirios en la prisión donde por causas análogas estuvieron encerrados. +El libro del primero titulado <i>Recuerdos de la Casa de los Muertos</i> es +más original, su sentimiento quizá más profundo, su observación sin +disputa más delicada. En cambio se nota que el autor carece del talento +de la composición: el libro, á pesar de las brillantes cualidades que +posee, no puede leerse sin cierta fatiga. Por el contrario, la obra del +escritor italiano titulada <i>Mis prisiones</i>, no tan vigorosa, es más +pura, más fresca, más equilibrada y está tan admirablemente compuesta +que ha logrado ser un libro clásico leído en todos los países con +verdadero encanto.</p> + +<p>Relacionado estrechamente con la composición se halla el tamaño que á la +novela debe darse; porque es punto menos que imposible componer bien una +de exageradas dimensiones. Parece á primera vista insensato señalar +límites materiales á una obra poética y aprisionar los vuelos del +artista, pero es más insensato escribir obras descomunales y acusa +generalmente presunción en los autores y, lo que es más grave para +ellos, debilidad. El afán desmedido de escribir <i>largo</i> significa en +muchos casos un deseo pueril de mostrarse fuerte, poderoso, sin +comprender que el verdadero modo de mostrar fuerza es apoderarse del +asunto y dominarlo y dominarse á sí mismo y poseerse enteramente. De +igual modo la exaltación, que da origen en algunas ocasiones á actos de +valor y heroísmo y á rasgos felices en el orden espiritual, no indica, +según los médicos, un sistema de nervios vigoroso, sino débil y enfermo. +El autor que escribe largo debe comprender que todo lo que gane en +extensión su obra lo perderá en intensidad, y que no hay asunto que no +pueda y deba desarrollarse con medida. El <i>Ramayana</i>, la <i>Iliada</i> y la +<i>Odisea</i>, epopeyas que reflejan civilizaciones enteras, que llevan +dentro de sí un mundo de ideas y costumbres, de sucesos, de noticias +científicas é históricas, no tienen tantas páginas como ciertas novelas +modernas. Además, si desea ser leído no sólo en vida, sino después de su +muerte (y el autor que no aspire á ello debe soltar la pluma), no puede +ocultársele, á no cegarle la vanidad, que para salvarse del olvido no +sólo necesita producir una obra de belleza excepcional, sino procurar +que no sea muy larga. El mundo contiene ya tantas grandes y bellas, que +se necesita una prolongada vida para leerlas todas. Pedir al público, +así que pase la novedad, que lea una producción de exageradas +dimensiones, cuando tantas otras reclaman su atención y su tiempo, me +parece inútil y hasta ridículo. No doy esto como principio absoluto, +porque bien puede aparecer una obra de tan subido mérito que, larga ó +corta, se lea por los siglos de los siglos. Sólo me refiero á la +producción ordinaria. El ejemplo más notable de lo que afirmo se hallará +en el célebre novelista inglés Richardson. El autor de <i>Clarisa Harlowe</i> +y de <i>Pamela</i>, que á su ingenio admirable, á su exquisita sensibilidad y +penetración añade la circunstancia de ser el padre de la novela moderna, +apenas es hoy leído, á lo menos en los países latinos. Dada la belleza +indisputable de sus obras, no puede achacarse á otra cosa que á su +exagerada amplitud. Y la prueba de ello es que en Francia y España, á +fin de que pudieran ser gustadas, se han publicado algunos epítomes ó +compendios extractando de ellas lo más interesante. Tal proceder me +parece una verdadera profanación; pero á ella se exponen los escritores +que no saben ó no pueden concentrar las grandes facultades con que la +naturaleza les ha favorecido.</p> + +<p>Y basta ahora acerca de la estructura ó esqueleto de la novela.</p> + +<h4>IV</h4> + +<p>Todo es asunto adecuado para la novela, se dice actualmente; toda parte +de la realidad, toda fracción de la vida reproducida por un escritor +inspirado puede engendrar una novela. Esta afirmación, que considero +exacta en cierto sentido, sacada de sus justos límites y proclamada como +principio absoluto ha dado origen á la literatura trivial y prosaica +que hoy nos ahoga. Verdad que el espíritu humano puede embellecerse al +contacto de toda realidad cuando arroja sobre ella una mirada serena; +pero no es menos cierto que, á más de este elemento puramente subjetivo, +hay en la producción de la belleza otro elemento objetivo que determina +su valor y su fuerza. El placer de Velázquez pintando sus <i>Borrachos</i>, ó +el de Rembrandt cuando bosquejaba su célebre <i>Lección de anatomía</i>, +debía de ser grande: es siempre un goce contemplar la naturaleza de un +modo desinteresado: mayor aún poseer la facultad de reproducirla con la +exactitud asombrosa de estos maestros. Pero la alegría de Tiziano, de +Corregio y Rafael debía de ser infinitamente más viva, porque estos +grandes artistas no sólo se olvidaban de sí mismos como los otros, no +sólo la reproducían con admirable verdad, sino que vivían en íntima +relación con sus formas más puras y elevadas, aquellas en que ha podido +expresarse con mayor libertad. Y cuando esta naturaleza tropezaba en su +desenvolvimiento con algún obstáculo que la afeaba, estos pintores, +guiados por su instinto, la interpretaban, le arrancaban su secreto +deseo y la ayudaban á expresar claramente lo que sólo torpe y +confusamente balbucía.</p> + +<p>No es, pues, indiferente el asunto ó tema en que la pluma de un escritor +se ejercite. Todos son dignos, como los oficios en que el hombre cumple +con la ley del trabajo, pero unos son bajos y otros elevados. Quizá esta +afirmación parezca anticuada á los modernos estéticos, pero la encuentro +exacta. Después de todo, en la mayor parte de estos asuntos á mí me +basta la verdad antigua. El que pinta bien la naturaleza muerta, jamás +será tan gran artista como el que pinta bien la naturaleza viva: quien +reproduzca sólo las formas más groseras de la vida y los movimientos +rudimentarios del espíritu, no alcanzará la gloria del que sabe evocar y +poner en conflicto patético las grandes pasiones del alma humana. +Considero absurda la importancia que hoy se da á los que manejan bien +los accesorios, lo mismo en las artes plásticas que en la poesía. Pintar +bien el fondo de un cuadro, los muebles, los cortinajes no es ser un +pintor en la acepción más completa que nuestra imaginación da á la +palabra. Hacer hablar con propiedad á un rudo gañán, describir con +exactitud las costumbres de un país no basta para merecer el nombre de +insigne novelista. Los griegos se reían de los pintores de bodegones.</p> + +<p>Tanto creo en la virtud del tema elegido para la obra, que un asunto +digno y hermoso es el mejor hallazgo que un artista puede tener en su +vida; es un verdadero presente de los dioses. ¡Cuántos grandes poetas +yacen olvidados por no haber gozado de esta felicidad! ¿Qué sería hoy de +Cervantes si su incómoda permanencia en Argamasilla y la relación con +algún tipo original no le hubieran sugerido el carácter de Don Quijote y +el de Sancho Panza? Por el contrario, han existido escritores que, sin +poseer un talento soberano ni alcanzar el grado excelso de la +inspiración poética que se denomina <i>genio</i>, lograron inmortalizarse +merced á un hallazgo afortunado. El ejemplo más notable que conozco en +la edad moderna es el del abate Prevost, cuyas facultades creadoras, á +juzgar por las numerosas obras que ha escrito y yacen en el polvo, no +rebasaban mucho de la medianía. Un episodio interesante, tal vez de su +vida ó de la de algún amigo, le ha llevado á la altura de los dioses +mayores de la poesía. La <i>Manon Lescaut</i> es una de las obras más bellas +y mejor sentidas que haya producido el espíritu humano. Acaba de morir +otro escritor cuyo ejemplo es tan decisivo ó más que este. El teatro de +Alejandro Dumas (hijo) se juzga generalmente por los hombres de gusto +como falso, amanerado, abstracto, destinado á perecer cuando el gusto +del público camine por otros derroteros. Sin embargo, en su célebre +drama <i>La Dama de las Camelias</i> se ha elevado sobre sí mismo hasta tocar +en las cimas más altas de la poesía. Es tan bello este drama, tan +original, tan patético, se respira en él tal perfume de poesía mezclado +á un sentimiento tan profundamente cristiano, que dudo mucho que otra +producción dramática de este siglo pueda competir con ella en el aprecio +de los venideros. Semejante distancia entre las obras de un mismo autor +no puede achacarse racionalmente sino á la felicidad de la invención. No +se me oculta, sin embargo, que han existido escritores, como Shakspeare +y Molière, capaces de llegar, no en una, sino en muchas de sus obras, á +un grado supremo de perfección; pero obsérvese que Shakspeare y Molière +no inventaban sus argumentos, los tomaban donde bien les placía. Su +instinto poderoso les hacía comprender lo que acabamos de afirmar, esto +es, que los temas hermosos son raros en la poesía, y que á veces un +escritor mediocre y hasta un tonto puede tropezar con ellos, y que +entonces, por bien de la humanidad, es lícito arrebatárselos.</p> + +<p>El procedimiento de los escritores contemporáneos es distinto. +Cabalgando cómodamente sobre la teoría de que toda la vida es digno +argumento para novelar, aceptamos los hechos más insignificantes y +desabridos de la existencia ordinaria, y sobre ellos tejemos cualquier +fábula. Así las novelas ó las obras dramáticas resultan, en la mayor +parte de los casos, sin fuerza y sin interés, por más que los caracteres +estén vigorosamente pintados. Muchísimas veces me ha dolido ver +escritores de gran talento ejercitarlo en asuntos ingratos, y he +deplorado que les hubiese faltado el valor de Shakspeare y Molière para +«tomar su bien donde lo hallaren». Este miserable temor de tratar +asuntos ya tratados no lo conocieron los antiguos. Esquilo, Sófocles y +Eurípides no tuvieron inconveniente en escribir sobre un mismo tema: +sea ejemplo el <i>Filoctetes</i>. Pero nuestro amor propio vidrioso, el afán +desaforado de originalidad que nos devora nos hace pensar que +quedaríamos deshonrados aceptando el argumento hallado por cualquier +otro escritor, aunque sepamos sacar de él mejor partido.</p> + +<p>Para disimular esta falta de asuntos poéticos que es evidente, y +producir, no obstante, honda impresión, los autores más señalados en la +actualidad apelan á varios recursos que iré examinando, con lo cual daré +idea sucinta de los vicios de que en mi sentir adolece la novela +moderna, vicios casi todos que pudieran desaparecer fácilmente si en vez +de formar principal empeño en mostrar al público la viveza de nuestro +ingenio y la fuerza de nuestra imaginación, lo tuviésemos en escribir +obras sólidas y perfectas. Pienso como el escritor inglés Tomás Carlyle +que la sinceridad es la esencia del hombre superior (<i>héroe</i> como él lo +llama), y que la ausencia de sinceridad, no la de ingenio, es la que ha +producido la decadencia del arte moderno.</p> + +<p>Uno de los recursos más socorridos entre los novelistas contemporáneos +es el que llamaré de <i>acumulación</i>. Como quiera que la vida ordinaria +ofrece pocas veces temas interesantes para la poesía y su exposición +sencilla precipita á menudo en la trivialidad, como se observa en gran +número de novelas inglesas y alemanas, los novelistas, en vez de esperar +pacientemente que el espectáculo de la vida les depare un asunto +adecuado, prefieren tomar una parte grande de ella y por el sistema de +condensación lograr interés para su obra. Ya no se trata, por regla +general, de narrar con verdad y arte un episodio bello de la historia de +un hombre ó la historia entera de este hombre cuando es interesante, +verbigracia, la de un soldado, un labrador ó un minero, y con este +motivo y como cosa secundaria pintar el medio ó los lugares en que esta +vida se desenvuelve. Los autores ahora se proponen en primer término +pintar la vida de los soldados, de los labradores ó de los mineros, y +como accesorio y pretexto para esta pintura la de cualquier individuo de +la clase. Este procedimiento abstracto no está conforme en mi sentir con +la naturaleza del arte. Y no basta apoyarse en el ejemplo de las +epopeyas que resumen á veces una civilización entera, porque además de +ser contadas las obras que merecen tal nombre, el poeta no ha perseguido +semejante fin general, sino uno limitado é individual. Homero ó los +rápsodas homéricos no se proponen en la <i>Iliada</i> pintar el mundo +helénico antes de la irrupción de los dorios, sino tan sólo la cólera de +Aquiles, ni en la <i>Odisea</i> la civilización occidental, sino los trabajos +de Ulises.</p> + +<p>Pero aun suponiendo legítimos estos propósitos, todavía es mas +censurable la manera con que se realizan. En vez de presentar la vida de +tal ó cual país ó clase de la sociedad con serenidad y como se nos +aparece realmente, oprimido el novelista por el deseo de producir fuerte +impresión, exagera, falsea, amontona todos los datos que la realidad le +ofrece dispersos.</p> + +<p>Basta arrojar una mirada imparcial sobre algunas recientes y famosas +producciones francesas, en que se describe la vida de los campos y de +las minas, para convencerse de que el escritor no las ha observado y +pintado con sinceridad, sino que ha acumulado con visible artificio en +una comarca todos los crímenes, suciedades y horrores que ha leído en la +prensa de varios años, acaecidos en los distintos departamentos de +Francia. Por el contrario, en otras novelas alemanas, inglesas y +españolas en que se describe la vida de los campesinos no se encuentra +más que honradez, pureza, felicidad. Esto es aún más falso, pues al cabo +los naturalistas se apoyan sobre un dato seguro, á saber, que el interés +y el egoísmo que á la mayoría de los hombres domina se expresa de un +modo más brutal y repugnante entre las clases incultas. Los novelistas +rusos siguen por regla general las huellas de los franceses y aun los +sobrepujan. He leído una producción dramática titulada <i>El poder de las +tinieblas</i> que, en cuanto á horrores condensados, deja atrás á todas las +francesas. La famosa <i>Sonata de Kreutzer</i>, del mismo autor, se propone +nada menos que probar que en las relaciones conyugales, tan santas y +dulces en ocasiones, nada existe que no sea triste, venenoso é inmoral. +Con perdón de unos y otros, cuyo grande ingenio no desconozco, sigo +creyendo que no es todo sombra en la vida y que para pintarla como es +realmente precisa arrojar antes la cólera de nuestro corazón, despojarse +de toda inquietud y deseo y contemplarla sin prevenciones.</p> + +<p>No sólo por cómodo, pues emancipa al poeta de la dura ley de la +inspiración, sino por nuevo, el procedimiento francés es hoy seguido por +gran número de escritores en toda Europa. La novedad es una de las +necesidades más imperiosas que lo mismo el público que los artistas +sienten en este último tercio del siglo XIX. Pocas tendencias me han +parecido más absurdas y peligrosas para el arte. Aunque sea insensato +vivir en pugna constante con su tiempo, aún lo es más abrazarse á él con +todas las fuerzas del espíritu y no querer gustar ni sentir las obras de +los que nos han precedido. El momento actual es una etapa del largo y +variado desenvolvimiento de la razón humana: tiene importancia capital +para nosotros, aunque comparado con la historia total de ese +desenvolvimiento signifique poco. No debe, pues, el artista despreciar +la época en que ha nacido, sino amarla para poder extraer de ella el +jugo divino de la poesía, que existe en todos los tiempos y todos los +lugares. Pero el que no sepa á la vez unirse con amor á los tesoros de +belleza que nuestros antepasados nos han legado, ése no llegará á +sentarse en la cima sagrada del Olimpo. «Los mejores cantos—dice +Telémaco en la <i>Odisea</i>—son siempre los más nuevos.» Si se medita un +poco se comprenderá que las pasiones humanas, primera materia sobre la +cual trabaja el poeta, no cambian, en lo que tienen de fundamental, con +el trascurso de los siglos, y aun en la vida social, si el tiempo y el +espacio establecen diferencias, no son tan grandes como á primera vista +parece. Leemos á Longo, á Teócrito, á Apuleyo y nos asombra el observar +que la vida de aquellos tiempos fuese tan semejante á la nuestra. +Tomamos una novela ó un drama indios, y acaece lo mismo. Pasamos la +vista por la <i>Celestina</i>, primer monumento de importancia de nuestra +literatura novelesca, y advertimos que los burdeles que en ella tan +admirablemente se descubren son casi idénticos á los que hoy existen, +que sus personajes piensan, hablan, bromean como los que á todas horas +tropezamos en la calle. En cambio, otras obras más recientes españolas, +como la <i>Diana</i> de Montemayor, <i>El Español Gerardo</i> de Céspedes, las +novelas de Lope y de Montalbán y en general todas nuestras comedias de +capa y espada nos hacen pensar que estamos contemplando un mundo +diferente, que entre el modo de vivir, de pensar y de sentir de aquellos +hombres y el nuestro media un abismo. ¿Qué significa esto? Para mí no +otra cosa sino que los unos reflejan con fidelidad su época, mientras +los otros, no sabiendo extraer de la suya nada interesante, han +preferido fantasearla.</p> + +<p>Con esta última observación se enlaza un asunto de capital interés en la +composición de la novela: el de la verosimilitud. Los modernos +novelistas se preocupan mucho, y con razón, de dar verosimilitud á sus +invenciones. Opino, sin embargo, que en este punto hay también exceso, y +que hemos pasado, sin razón, de un extremo á otro, de las aventuras +estupendas, increíbles, con que los antiguos narradores sazonaban sus +creaciones, al insulso prosaísmo que hoy se advierte. La vida es bella; +los hechos tienen un valor absoluto. Son estas verdades á las que rindo +culto lo mismo en teoría que en la práctica. Pero debe tenerse presente +que los hechos sólo tienen valor estético cuando son <i>reveladores</i>, +cuando hacen vibrar nuestro espíritu con la emoción de lo bello. El +fenómeno por sí mismo no tiene valor alguno dentro del arte. Pero se me +preguntará: ¿cuál es la diferencia entre los hechos significativos ó +reveladores y los que no lo son? Confieso que no puedo responder á esta +pregunta. Para mí es un misterio. La mayor parte de los hechos de que se +compone la novela de Balzac titulada <i>Eugenia Grandet</i> son corrientes, +vulgarísimos, prosaicos; no obstante, esta novela causa emoción profunda +y puede considerarse como una de las producciones más peregrinas del +ingenio de este siglo. Análogos hechos en otras novelas nos dejan fríos, +si es que no nos producen tedio. Tal misterio los mismos artistas no +pueden explicarlo; lo sienten, lo adivinan, y por eso sus obras son +bellas: con esto basta. Es insensato, pues, dictarles reglas sobre el +particular: tomarán los hechos que les haga falta, y en sus manos +tendrán siempre significación. Pero es necesario protestar contra esa +absurda suposición de que sólo los sucesos corrientes y ordinarios deben +entrar en la novela. Por el contrario, en la vida surgen en raras +ocasiones caracteres y fenómenos de tal valor estético que su +reproducción en el arte no sólo es conveniente, sino necesaria. En este +punto es curioso lo que me ha sucedido y lo que presumo sucederá á todos +los novelistas. Muchas veces he visto tildadas de inverosímiles escenas +ó sucesos que no he hecho más que trasladar de la realidad. En cambio +nadie ha encontrado inverosímiles aquellos que he inventado. Consiste +esto en que cuando he presenciado ú oído narrar cualquier suceso raro, +no he tenido escrúpulo en utilizarlo, fiando en su verdad, al paso que +cuando necesito inventarlos procuro alejarme de todo lo que parezca +extraño é inverosímil.</p> + +<p>Lo mismo el público que los críticos viven ahora constantemente alerta +contra la inverosimilitud, y apenas un pobre autor echa el pie fuera del +camino trillado, caen todos sobre él con el dictado de <i>falso</i> en los +labios. Pero, por lo común, sólo contra la inverosimilitud material +dirigen sus tiros. La inverosimilitud moral se les escapa la mayor parte +de las veces. Y sin embargo, para el hombre que tiene buen sentido y +conoce la vida no es menos censurable. Las novelas de ciertos autores +franceses, dedicados á entretener á las clases elevadas, no suelen +contener grandes faltas de inverosimilitud material; en cambio contra la +moral pecan casi constantemente. Los mismos naturalistas son mucho más +severos para aquélla que para ésta. Hasta el mismo Balzac, que tan +profundamente conocía la vida y con tal arte la desmenuzaba, quebranta +no pocas veces la lógica moral. Siempre recordaré el triste efecto que +me causó, en obra tan bella como <i>Eugenia Grandet</i>, aquel pasaje en que +el abate Cruchot, momentos después de llegar el primo de París, propone +á boca de jarro á Mme. de Gramins que se deje cortejar por él con objeto +de inutilizarlo. Tan atroz falsedad me causó más repugnancia que las +hazañas de Artagnan en <i>Los Tres Mosqueteros</i>, de Alejandro Dumas +(padre).</p> + +<p>Vivir mecido en una suave idealidad es lo mejor que el artista puede +hacer. La imaginación es la maga que trasforma el mundo y lo embellece. +Pero debe cuidar al mismo tiempo de bañarse á menudo en la realidad, de +acercarse á cada instante á la tierra: cada vez que toque en ella +sacará, como el gigante Anteo, nuevas fuerzas. El hecho tiene un valor +inapreciable que en vano se buscará en las fuerzas de nuestro espíritu. +Todas las abstracciones desaparecen ante él: él es el verdadero +revelador de la esencia de las cosas, no los conceptos que nuestra razón +extrae de ellas: á él hay que acudir en última instancia para fundar +todos los juicios y recrearse con cualquier belleza. Aplaudo, pues, sin +reserva ese respeto que los buenos novelistas modernos sienten por la +verdad y el cuidado con que evitan el falsearla, aunque sea en los +ínfimos pormenores. Pero creo al mismo tiempo que se concede exagerada +importancia á la exactitud de lo que pudiéramos llamar, á ejemplo de los +pintores, accesorios. No hay que olvidarse de que la verdad moral, la +del sentimiento, la del carácter, es la que se halla plenamente en los +dominios del poeta, y su responsabilidad principal estriba en el uso que +haga de ella. Antiguamente los novelistas tenían licencia para lanzar +toda clase de disparates científicos ó históricos. Se exige hoy, con +razón, que sea instruído y se ajuste á las verdades descubiertas. Pero +hemos pasado á la exageración contraria: con el más insignificante +error, no sólo físico, histórico ó matemáticas, sino de indumentaria ó +arqueología, se nos da en rostro como si fuera un crimen. Se nos pide +que seamos una enciclopedia viva. Por eso muchos escritores que conocen +las manías de la crítica y se esfuerzan en darle gusto, no sólo se +guardan de estos errores, sino que cada vez que tocan algún punto de +política ó administración, de artes, oficios ó modas, endilgan +verdaderos y sapientísimos cursos acerca de ellos. El lector bosteza, +pero ¿qué importa, si el crítico se extasía y se encara con la plebe +ignorante que no sabe divertirse? Sin embargo, piensen estos señores lo +que quieran, la exactitud no es la primera obligación del artista, sino +la de hacer sentir la belleza. Homero no deja de ser el más grande poeta +porque pensase que el río Océano rodeaba á la tierra.</p> + +<p>Este deseo anhelante de escrupulosidad que apruebo en principio ha +engendrado la necesidad de buscar modelo para todo lo que se está +ejecutando. Los pintores no dan una pincelada ni los escultores ponen +los dedos sobre el barro sin tener el modelo delante. A su ejemplo, los +novelistas modernos llevan en el bolsillo una cartera para apuntar +cuanto ven y oyen. A todos les parece el colmo de lo absurdo trabajar de +memoria. Y, sin embargo, entre los grandes artistas de los pasados +siglos esto era lo corriente. Rubens no pudo haber tenido modelos para +los millares de figuras que ha pintado. La prueba de que pintaba de +memoria hasta los paisajes es que existe uno suyo en el cual la luz +procede de dos sitios contrarios, lo cual es absurdo. Y sin embargo, el +paisaje es bellísimo. Ni Shakspeare, ni Molière, ni Balzac han +presenciado las escenas que trazan ni conocido los caracteres que +estudian. Schiller confiesa que, dada su vida retirada y trabajosa, +tenía muy pocas ocasiones de observar á los hombres. El modelo será, +pues, necesario, pero confesemos que es signo de impotencia. El pintor, +cuando se llama Rubens, Vinci ó Tiziano, lleva impresa en su cerebro la +naturaleza; le basta haber visto un objeto para poder trazarlo con mano +segura, aunque el tiempo y la distancia se lo oculten. El poeta no +necesita siquiera esta visión. Lleva en sí mismo el alma entera de la +humanidad y un leve signo le basta para adivinar la de cualquier hombre. +En él y en el santo es donde mejor se expresa la profunda identidad de +los seres; por eso ambos conocen intuitiva, directamente, sin necesidad +de experiencia, el corazón de los hombres. «Me ocultáis faltas muy +graves—decía San Juan de la Cruz á sus oyentes.—¿Ignoráis que vuestras +almas forman parte de la mía? Vosotros y yo somos seres distintos en el +mundo: en Dios, nuestro origen común, somos un solo ser y vivimos de una +misma vida.»</p> + +<p>Para aquellos novelistas en quien la imaginación no ha llegado á tal +grado supremo de viveza que permita escribir sin la observación atenta +de todos los días, el modelo, el dato real es de absoluta necesidad: +pero como ayuda poderosa para su fantasía, me atrevo á aconsejar el +estudio no práctico, sino contemplativo de las artes plásticas. El +novelista debe frecuentar los museos de pintura y escultura para +acostumbrarse á escribir por medio de imágenes claras y precisas. Además +es una manera de contrarrestrar la funesta manía de los análisis +psicológicos, tan artificiosos como mentidos, que hoy nos domina. Ni +Cervantes, ni Shakspeare, ni Molière han necesitado tanta página larga y +nutrida para hacernos ver un carácter, para presentárnoslo vivo y +grabarlo profundamente en nuestra memoria.</p> + +<p>Es de justicia, sin embargo, manifestar que la novela moderna, si bien +ha tropezado en estos fastidiosos análisis que la afean, ha logrado +evitar un escollo en que á menudo se estrellaban los antiguos maestros, +y es el de las <i>reflexiones</i>. No hay nada más perjudicial á la belleza +de una novela que esa filosofía vulgar, cuando no pueril, con que muchos +novelistas sazonaban sus producciones. El interpretar á cada paso el +oculto sentido de los sucesos que se narran y desentrañar su +significación es insoportable y choca con los principios fundamentales +del arte. En la novela no es el autor quien debe hablar, sino los hechos +y los caracteres, y si alguna filosofía se desprende de ella, que el +lector la saque por sí mismo. No fiarse de su penetración y dársela +cocida y caliente, como hace Balzac, por ejemplo, es afear las novelas y +exponerse además á que un crítico haya dicho con razón que su filosofía +es la de un viajante de comercio.</p> + +<p>Otro mérito grande de la moderna escuela naturalista es, á mi ver, la +importancia que concede á la descripción de la naturaleza, anudando de +este modo el lazo entre el hombre y el mundo exterior, roto durante +tanto tiempo en la literatura. Desde los poemas indios y griegos no se +ha cantado con tanto entusiasmo la belleza objetiva, no se ha pintado el +paisaje con la palabra de un modo tan perfecto como lo hacen hoy los +naturalistas franceses. Han adquirido tal maestría en este género, su +idioma claro y flexible les ofrece tanto recurso, que parece ya +imposible alcanzar una visión más viva y penetrante del mundo que nos +rodea. No se pueden leer las novelas de Flaubert, sobre todo, sin +sentirse subyugado por aquella dicción pura y pintoresca que hace surgir +ante nuestra vista tanta imagen graciosa, tanto cuadro brillante. Sin +embargo, se ha abusado de esta cualidad feliz. Los discípulos de aquel +maestro han llevado su amor por la descripción á tal extremo que los +caracteres y las situaciones apenas pueden verse entre su espeso +follaje. Todas las artes tienen límites trazados por su misma +naturaleza. Cuando se pretende modificar ó ensanchar estos límites, +viene su ruina. El abuso de la descripción en las obras literarias +significa una intrusión de la pintura en los dominios de la poesía. +Nadie ignora lo nocivo que es para las artes estas intrusiones de unas +en otras. Por violentar la escultura y obligarla á expresar lo mismo que +la pintura, se la ha desnaturalizado en los tiempos modernos. Por +obligar á la música á expresar ideas concretas que sólo está reservado +para la poesía, presenciamos con dolor su decadencia. Hay que temer que +la preocupación de <i>los fondos</i> no produzca al cabo también una +literatura débil y amanerada, como ha sucedido en la pintura. +Actualmente en ésta se representan de un modo maravilloso los +pormenores, ropajes, muebles, etc. En cambio, no hay quien pinte bien +las carnes. Los grandes maestros, como Rembrandt, Franz-Hals, Velázquez, +Tiziano, por el contrario, eran sobrios en las ropas y demás accesorios, +y con centraban su atención y sus facultades en aquéllas. Además, la +descripción exagerada significa un predominio de la sensualidad, ó sea +del elemento fisiológico en la poesía, lo mismo que el abuso de la +armonía en la música. Las descripciones brillantes de los naturalistas +lisonjean la imaginación, facilitándole el trabajo, pero sus novelas +rara vez dejan una impresión honda en el espíritu. De igual modo las +sonoridades exquisitas de Wagner y su escuela deleitan el oído, pero no +sacuden nuestra alma como la voz elocuente de Beethoven ni la hacen +pasar alternativamente de la tristeza á la alegría como la musa +encantadora de Haydn.</p> + +<p>Para hallar una armonía perfecta entre el fondo y las figuras y en +general entre todos los elementos de la composición es preciso acudir á +los griegos. Sólo ellos han poseído el secreto de producir todas las +bellezas sin dañarse unas á otras, de mostrar la mayor riqueza unida á +la mayor sobriedad, de representar en el arte las profundas armonías que +existen en el mundo real. Lo poco que nos ha llegado de ellos en el +género novelesco es de tan sólido valor como su arquitectura, su +escultura y su tragedia y comedia. Nada hay comparable á la célebre +novela de Longo <i>Dafnis y Cloe</i>. En ella pueden verse reunidas todas las +perfecciones del género. Una fábula sencilla, interesante; caracteres +observados con delicadeza y presentados sin artificio; pinturas +exquisitas de la naturaleza; descripciones vivas de las costumbres; un +estilo noble y trasparente. Todo forma en esta admirable creación un +conjunto armónico de encanto irresistible. Cada palabra es una +pincelada, cada oración una imagen, cada página un cuadro brillante que +no se borra jamás de la imaginación. ¡Qué vena, de fácil inspiración +corre por toda ella! ¡Qué frescura y sobriedad en las descripciones! +¡Que naturalidad en la dicción! ¡Cuán lejos nos hallamos del énfasis +moderno! Yo no aspiro á otra gloria en mi arte que á la de llamarme +humilde discípulo de esta obra inmortal.</p> + +<p>Quizá parezca ridícula esta aspiración á la crítica moderna ó la juzgue +como una extravagancia. Es posible que las reflexiones que anteceden se +consideren como la expresión de un espíritu incapaz de apreciar ni +comprender siquiera el primor, la pompa, el pensamiento profundo y la +fuerza de la novela contemporánea. Sé que mis humildes observaciones en +nada influirán para modificar el gusto dominante. Nada de esto me +mortifica; primero, porque nunca he aspirado á ejercer el menor influjo +sobre mi época, y segundo, porque para cambiar mis opiniones sería +preciso que se cambiase mi naturaleza, lo que es imposible. Pero nadie +debe extrañar que allá en mis horas de sueño imagine que dentro de +algunos años la Europa, fatigada de tanta exageración, tanta deformidad, +tanta mentida originalidad, volverá sedienta á beber el agua cristalina +del arte heleno. Entonces nuestros alardes de fuerza serán tenidos por +espasmos de un sistema nervioso debilitado, se dirá que nos placíamos en +las pinturas de las enfermedades físicas y morales porque estábamos +enfermos de alma y de cuerpo, que nos sentíamos atraídos hacia lo +deforme y monstruoso porque deforme era nuestro desenvolvimiento, y +amábamos la paradoja porque nuestro ser era paradójico. Y dejando los +sendas tortuosas por donde caminan y abandonando los altares de las +Furias donde ahora sacrifican, los artistas futuros marcharán al cabo +por la vía de la moderación, signo de la fuerza, á depositar los frutos +de su ingenio á los pies de las Gracias. ¡Feliz yo si el cielo me +concede larga vida para ver, aunque sea de lejos, la tierra prometida! +Si así no fuere, todavía me consuela la idea de que alguno habrá que al +leer estos pobres renglones aprobará su espíritu y me otorgará su +simpatía. A ese lector benévolo, después de saludarle cordialmente, le +diré como el sabio Yâjñavalkya á Artabhâga, en el <i>Brâhmana de los cien +senderos</i>: «Dame tu mano, amigo; este conocimiento no está hecho más que +para nosotros dos».<a name="page_001" id="page_001"></a></p> + +<h3><a name="I" id="I"></a>I<br /><br /> +El viajero.</h3> + +<p>Sucedía esto allá en Cádiz, en una taberna del Campo del Sur, no lejos +de Capuchinos, frente al mar Océano.</p> + +<p>Para entrar en la tienda era menester subir tres escalones. Cerca de la +entrada, á mano izquierda, estaba el mostrador: detrás de él la gran +estantería repleta de botellas. Á un lado toneles y barriles y terciados +sobre éstos varios zaques de vino. En el fondo tres aposentos separados +por sendos tableros pintados de amarillo que no llegaban al suelo. Había +gente bulliciosa en estos cuartos: escuchábase rumor de plática alegre y +chasquido de vasos.</p> + +<p>La tienda estaba sola, débilmente esclarecida por una lámpara de +petróleo colgada sobre<a name="page_002" id="page_002"></a> el mostrador. Sentada detrás de éste y haciendo +calceta se hallaba la tabernera, cuyos ojos grandes, negros, +aterciopelados, no se apartaban de la puerta explorando tenazmente las +tinieblas de la calle. Era una espléndida andaluza de carnes opulentas, +blancas, sonrosadas, de negra y ondeada cabellera y expresión grave y +melancólica, como la de las mujeres árabes. Por la amplitud de sus +formas parecía mujer de treinta años; pero examinando su rostro de cerca +observábase en él la frescura y trasparencia de la infancia. Debía de +ser mucho más joven de lo que aparentaba. Vestía traje sencillo de +percal azul con pañuelo negro de seda anudado á la espalda, los cabellos +sencilla y graciosamente peinados, los brazos un poco más fuertes y +macizos de lo que exigiría un escultor, pero blancos é incitantes de +todos modos, remangados hasta más arriba del codo; la fresca, mantecosa +garganta al aire también. Las líneas suaves de su rostro ovalado, la +pureza de su perfil acusaban alma sencilla y bondadosa; pero en el mirar +fijo de sus ojos profundos había señales evidentes de un carácter +pertinaz. No eran duros aquellos ojos, pero les faltaba poco.</p> + +<p>Un caballero subió rápidamente las escaleras y entró en la tienda. Era +un mozo corpulento, de fisonomía dulce y simpática, sobre cuyo labio +superior apenas se distinguía leve bozo rubio.</p> + +<p>—¡Soleá!—exclamó al entrar, con visible y<a name="page_003" id="page_003"></a> placentera emoción +extendiendo sus manos á la tabernera.</p> + +<p>Ésta se alzó de la silla y le miró un instante con más sorpresa que +alegría. Era casi tan alta como él y casi tan corpulenta.</p> + +<p>—¡Manolo!—dijo al fin bastante fríamente.—¿De dónde sales?</p> + +<p>—¿De dónde salgo?... Pues del tren, y antes de una fementida tartana +que me ha desparramao los huesos por el cuerpo... Pero choca, criatura. +¿Es que no quieres darme la mano?—añadió poniéndose serio +repentinamente.</p> + +<p>—¿Por qué no?—dijo ella extendiendo su mano regordeta por encima del +mostrador.</p> + +<p>Manolo la estrechó con fuerza entre las suyas y la retuvo, mirando á la +joven en silencio con intensa expresión de cariño. Ella apartó los ojos +con señales de malestar y dijo afectando indiferencia:</p> + +<p>—¿Y qué dejas por Medina, niño?</p> + +<p>Al mismo tiempo tiró suavemente de su mano. Manolo, sin soltarla, +profirió en voz baja con acento apasionado:</p> + +<p>—Déjamela siquiera un minuto. ¡Cinco meses hace ya que no la toco!</p> + +<p>—¡Un siglo!—exclamó la tabernera con sonrisa apenas perceptible, +echando al mismo tiempo una mirada recelosa á la puerta.</p> + +<p>Manolo advirtió esta mirada y, soltando bruscamente la mano, preguntó:</p> + +<p>—¿Y Velázquez?<a name="page_004" id="page_004"></a></p> + +<p>—Tan bueno—respondió poniéndose levemente colorada.</p> + +<p>—¿Está fuera?</p> + +<p>—Sí, después de almorzar ha salido y aún no ha vuelto.</p> + +<p>El joven se sentó en una silla que había delante del mostrador, apoyó el +codo sobre éste y con la mano en la mejilla quedó sombrío y silencioso. +Soledad, al cabo de un rato, le preguntó con amabilidad:</p> + +<p>—¿Hace mucho tiempo que no has visto á mi madre?</p> + +<p>—No la he visto hace un siglo... ¡ni ganas!—respondió con reprimido +acento de cólera, puestos los ojos en el techo.</p> + +<p>Soledad le contempló fija y severamente largo rato; luego, alzando los +hombros, hizo una leve mueca de desdén. Manolo adivinó esta mueca sin +verla y volviendo su rostro turbado:</p> + +<p>—Dispensa, hija; no puedo remediarlo... Tu madre me ha hecho mucho +daño.</p> + +<p>—¡Qué niño eres, Manolo! La pobrecita de mi madre no se ha metido en +nada. Si hay en lo que ha pasado alguna culpa, toda es mía; no se la +eches á nadie.</p> + +<p>—¡Está bien!—exclamó el joven con sonrisa triste.—¡Ni siquiera me +quieres dejar esa ilusión!</p> + +<p>La tabernera iba á contestar, movió los labios para hacerlo, pero se +contuvo; hizo un gesto de indiferencia y guardó silencio. Manolo<a name="page_005" id="page_005"></a> volvió +á su actitud sombría. Al cabo de un rato profirió secamente:</p> + +<p>—Dame un <i>medio</i>.</p> + +<p>La tabernera dejó la media sobre el mostrador, se levantó en silencio y +después de sacar un vaso y fregarlo reposadamente en la pileta, lo llenó +de manzanilla. Manolo lo apuró casi de un tope. Soledad le clavó los +ojos con curiosidad un instante y volvió á sentarse.</p> + +<p>Aumentaba el bullicio en los cuartos. Escucháronse las notas dulces de +la guitarra y poco después llegó á sus oídos una <i>soleá</i> entonada á +media voz por un hombre.</p> + +<p>—¿Quién está ahí?—preguntó Manolo.</p> + +<p>—Los de siempre.</p> + +<p>—¿Y quiénes son los de siempre?</p> + +<p>—Pues la reunión; ¿no los conoces? Pepe de Chiclana, María-Manuela, +Paca la de la Parra, Antonio, Frasquito y su tío el señor Rafael.</p> + +<p>—¿Y en el otro cuarto?</p> + +<p>—Marchantes que juegan al rentoy.</p> + +<p>Hubo una pausa y Manolo volvió á decir:</p> + +<p>—Dame otro <i>medio</i>.</p> + +<p>Con la misma calma y silencio, Soledad se levantó de nuevo y escanció +otro vaso, que el joven apuró instantáneamente.</p> + +<p>—La noche en que murió tu padre—profirió al cabo de largo silencio con +voz poco segura—fuí á despertar á mi pobre madre, que ya dormía; me +senté á su cabecera y llorando como un niño le pinté vuestra situación, +le puse delante el cuadro terrible que acababa de presenciar.<a name="page_006" id="page_006"></a> ¡Qué +cosas le diría que al poco rato vi rasados sus ojos con lágrimas!... +Aprovechando aquel momento de blandura me puse de rodillas y le +dije:—¡Por Dios, mamá, por los dolores que has pasado para echarme al +mundo, no te opongas más tiempo á mi matrimonio!... Y aquella mujer tan +orgullosa me besó en la frente y me dijo al oído: «Tráela cuando quieras +á casa, hijo mío». Me fuí tambaleando á la cama como un beodo y no pude +dormir. Cuando tuve ocasión para comunicarte la noticia, vi tu semblante +alterado y huiste á ocultarte en tu cuarto. Pensé que la emoción te +ahogaba, cuando era el remordimiento...</p> + +<p>Soledad hizo un gesto de impaciencia.</p> + +<p>—¡Quién se acuerda ya de esas historias, Manolo! Tú y yo no habíamos +nacido el uno para el otro.</p> + +<p>—Cuando volvíamos del entierro—prosiguió el joven como si no hubiese +oído—me emparejé con Velázquez, hablamos de vuestra situación, le di +las gracias por lo que había hecho, considerándome ya de la familia, y +le dije mi proyecto, mejor dicho, mis proyectos, porque le abrí el +corazón por completo y le enteré de todos los pormenores de nuestro +noviazgo. Él aprobaba con la cabeza á todo lo que yo decía, elogiaba mi +conducta y hacía votos por mi felicidad, sonriendo... ¡Sí! le vi sonreir +dos ó tres veces... ¡Qué papel me has hecho representar, Soleá!</p> + +<p>Esta bajó la cabeza balbuciendo ruborizada:<a name="page_007" id="page_007"></a></p> + +<p>—No te acuerdes más de eso.</p> + +<p>—No lo traigo á la memoria para echártelo en cara. Lo hago únicamente +para que me perdones lo que he dicho al hablar de tu madre. Aunque me +jures lo contrario, seguiré creyendo que ha tenido la mayor parte de la +culpa.</p> + +<p>—Te engañas. Mi madre no ha hecho más que mostrarse agradecida á los +favores que ese hombre nos hizo... Lo demás lo hizo Dios ó el diablo...</p> + +<p>—El diablo seguramente, porque me han dicho que te hace muy +desgraciada.</p> + +<p>—¡Falso!—profirió la joven vivamente.—Me hace la mujer más feliz de +la tierra.</p> + +<p>Manolo cerró los ojos y ahogó un suspiro, ocultando un momento la cara +entre las manos. Luego dijo esforzándose por sonreir:</p> + +<p>—Me alegro, me alegro con toda mi alma. Sería un villano si otra cosa +hiciese. Porque yo, al fin, te ofrecía una posición honrosa en el mundo, +mientras él te ha colocado en una situación bien triste...</p> + +<p>—Pero si yo me alegro de esa situación—interrumpió Soledad con tonillo +colérico.</p> + +<p>—¡Lo sé! ¡lo sé!... No te esfuerces en convencerme—respondió él con +amargura.—Sólo hago constar un hecho. Eres terca, caprichosa y un poco +egoistilla; pero así y todo no mereces que te hagan desgraciada. Con +todos esos defectos te haces, sin embargo, querer. ¿Sabes por qué?... +Por la inocencia... Eres una niña. Tu terquedad, tus caprichos y hasta +tu egoísmo,<a name="page_008" id="page_008"></a> en vez de inspirar repugnancia, hacen sonreir. Me has hecho +traición, me clavaste el puñal en el pecho y le has dado vueltas cuando +estaba dentro. Pues no te guardo rencor: me has martirizado como los +chicos martirizan á los pájaros, sin saber lo que hacen... Cuando llegó +á mis oídos que no te trataba bien, que te hacía desprecios delante de +la gente, me puse enfermo de rabia, como si fueses cosa propia, como si +jamás me hubieses hecho nada malo. Á pesar de mi resentimiento fuí á ver +á tu madre y por desgracia ésta me confirmó en lo que había oído...</p> + +<p>—¡Qué sabe mi madre lo que dice!—exclamó la joven con creciente +irritación.</p> + +<p>—Sí; he podido averiguar que no sólo te hacía desprecios, sino que ha +llegado á levantarte la mano...</p> + +<p>—¿Ha dicho mi madre eso?—preguntó ella vivamente con el semblante +demudado.</p> + +<p>—No, no—se apresuró á responder el joven.—No te dispares, niña. Tu +madre sólo me ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores los he sabido +por gente de Medina que ha estado aquí.</p> + +<p>—¡Bah!—exclamó ella con una mueca de desprecio.—¡Quién ataja las +malas lenguas!... ¿Sabes lo que es eso, querido?—añadió inclinándose +hacia él y dejando la calceta sobre el mostrador.—Pues es que hay +muchas en Medina á quienes la envidia les come las entrañas.<a name="page_009" id="page_009"></a></p> + +<p>Manolo la miró fijamente con sorpresa. Luego, sonriendo dijo:</p> + +<p>—¡Qué engreída estás, Soleá!</p> + +<p>Ésta se ruborizó y volvió á coger la calceta.</p> + +<p>—No es nuevo, en ti eso—siguió él.—Lo mismo con amigas que con +novios, siempre has sido propensa á los engreimientos repentinos... Á mí +también me ha tocado mi cachito, ¿verdad?... Pero el de ahora va durando +demasiado...</p> + +<p>Soledad guardó silencio. Él también calló. Largo rato escucharon +distraídos, melancólicos, los acordes de la guitarra. Cuanto se hablaba +en el cuarto de la reunión llegaba á sus oídos. Las bromas +desvergonzadas y los dichos agudos con que los alegres compadres +entreveraban las coplas, en vez de hacerles reir, les iba poniendo á +cada instante más serios y reflexivos. Soledad no apartaba los ojos de +los puntos de la calceta. Manolo, con la cabeza echada hacia atrás, los +tenía puestos en el techo. Al fin, haciendo un esfuerzo para sacudir el +letargo y cambiando de postura, dijo resueltamente:</p> + +<p>—Échame vino, que me voy.</p> + +<p>La tabernera cumplió la orden con igual silencio. Manolo apuró el vaso, +como lo había hecho antes, y puso una moneda sobre el mostrador. Soledad +abrió el cajón, sacó la vuelta y la colocó á su lado.</p> + +<p>—Está bien—dijo metiéndola en el bolsillo.—Me voy, hija mía, que me +esperan.</p> + +<p>Hizo ademán de levantarse; se inclinó hacia Soledad.<a name="page_010" id="page_010"></a></p> + +<p>—Hasta la vista, gitana. ¿No me das la mano?</p> + +<p>Y así que la tuvo cogida manifestó riendo:</p> + +<p>—Dispensa, querida, la matraca que te he dado. Alguna que otra vez me +suelen atacar estos arrechuchos y entonces me pongo insoportable, lo +conozco; pero en seguidita me pasan y entonces no soy mal chico, +¿verdad, tú? Lo único que te pido es que sueltes á escape esa cara de +regidor ofendido y no me la vuelvas á enseñar en la vida. Ríete, lucero, +que cuando tú te ríes me alumbra el sol á la medianoche. Y si otra vez +me pongo guasón, como hace poco, me dices: «Manolo, cierra el pico y +déjame el alma quieta», ó si tú quieres, hija de mi alma, me das un lapo +con esta mano rica que beso con tu permiso... y con el del dueño del +establecimiento.</p> + +<p>Y estampó en ella, efectivamente, tres ó cuatro besos. Soledad la retiró +riendo.</p> + +<p>—¡Siempre el mismo!</p> + +<p>—¡Eso es! ¡Siempre el mismo!—repuso él levantándose.—¡Siempre +queriéndote como un babieca! ¡Para mí, criatura, eres y serás la Virgen +del Carmen y la Santísima Trinidad y el copón y la hostia!...</p> + +<p>—¡Calla, Manolo, calla! Habrá que mandarte á la <i>miga</i>.</p> + +<p>—¡Si fueras tú la maestra!... Adiós, gachona. Soy tu amigo hasta la +muerte. ¿Verdad que soy tu amigo? ¿Verdad que lo soy?... Dí que sí, +manteca de oro... Hasta la vista, ¿eh? ¡Muchos, muchos, muchos besos! Y +á Velázquez... á Velázquez<a name="page_011" id="page_011"></a> que se lo coman los lobos—añadió soltando +la carcajada y saliendo por la puerta como un huracán.</p> + +<p>Al poner el pie en la calle, aquel relámpago de alegría ficticia se +apagó repentinamente. El alma del viajero quedó negra como la noche. +Atravesó el paseo lentamente, apoyó ambos codos en el pretil de la +muralla y contempló con ojos extáticos la inmensidad del mar. La bóveda +del cielo alta y tachonada de estrellas se hundía en las tinieblas del +horizonte. Debajo de ella, las olas inmóviles se extendían como una masa +opaca donde sólo de vez en cuando brillaba la tenue luz fugitiva de un +astro. La brisa húmeda trajo á su nariz los acres olores marinos. +Permaneció así largo rato, abstraído, enteramente emboscado en las +memorias de otros días. Al cabo sacó el pañuelo para secar sus ojos que +la frescura de la brisa, sin duda, había mojado, y murmuró con su +habitual sonrisa bondadosa:</p> + +<p>—¡Pensé que estaba curado! ¡Buen chasco!</p> + +<p>Y se dispuso á retirarse. Pero cuando hubo avanzado un poco sintió los +pasos de un hombre que venía. Retrocedió nuevamente hasta el pretil para +ocultarse en la oscuridad. Al llegar cerca del farol, lo conoció. El +hombre se detuvo delante de la tienda, subió resueltamente los escalones +y entró en ella. El rostro del joven viajero se contrajo fuertemente. +Miró un instante con fijeza á la puerta iluminada y se alejó á paso +largo.</p> + +<p><a name="page_012" id="page_012"></a></p> + +<p><a name="page_013" id="page_013"></a></p> + +<h3><a name="II" id="II"></a>II<br /><br /> +Los majos.</h3> + +<p>Los grandes ojos negros de la tabernera brillaron.</p> + +<p>—¡Cuánto has tardado!—exclamó levantándose.</p> + +<p>Sin contestar despojóse el hombre de su capa y se la entregó diciendo:</p> + +<p>—Límpiala, que el señor de Roda me la ha llenado de vino.</p> + +<p>Tendría treinta y cuatro ó treinta y seis años; bajito, menudo, moreno, +con barba negra sedosa, las facciones correctas, los ojos negros de una +expresión resuelta y altiva. Había en su rostro atractivo. La figura, +aunque exigua, proporcionada, y denotaba agilidad y brío. Vestía +chaqueta corta, sombrero cordobés de alas rectas, pantalón ceñido, faja +de seda encarnada<a name="page_014" id="page_014"></a> y camisa bordada con botones de diamantes: todo rico +y esmerado, y mostrando no sólo un hombre bien acomodado, sino cuidadoso +de su persona y quizá un poquito pagado de ella.</p> + +<p>—¿Y Joselillo?—preguntó.</p> + +<p>—Pues se fué hace ya bastante rato por unos frascos de ginebra y aún no +ha venido.</p> + +<p>—¡Valiente niño! Me parece que esta noche le voy á mandar calentito á +la cama... Ya van muchas.</p> + +<p>Soledad se había acercado á él y daba vueltas en torno suyo, +contemplándole con ojos amorosos, examinando minuciosamente el estado de +su traje, quitándole el polvo con leves palmaditas.</p> + +<p>—¿Has caminado mucho?</p> + +<p>—Por toas las vereas del universo mundo me ha llevao hoy ese guasón. ¿Y +too pa qué? Pa ver una huerta con algunos árboles tísicos allá donde +Cristo dió las tres voces... ¿Ha venido Espinosa?</p> + +<p>—No; ahí no están más que Antonio, Pepe, Frasquito y su tío... ¡Ah! +también acaba de salir Manolo, pero no ha estado en la reunión.</p> + +<p>—¿Qué Manolo?</p> + +<p>—Manolo Uceda—repuso ella ruborizándose.</p> + +<p>Velázquez frunció levemente el entrecejo, y la miró fijamente. Su rostro +adquirió luego una expresión de burla.</p> + +<p>—Supongo que te habrá cantado alguna trova nueva y divertida.<a name="page_015" id="page_015"></a></p> + +<p>—Ni nueva ni divertida. Me ha cantado lo de siempre... Pero me ha +prometido no darme más jaqueca.</p> + +<p>—¡Déjalo, hija mía!—exclamó haciendo un gesto desdeñoso.—Déjalo que +se desahogue... ¡Si á mí no me importa!</p> + +<p>—Es que, si no te importa á ti, me importa á mí—manifestó ella +secamente, herida por aquel gesto.</p> + +<p>—¡Allá tú!—repuso el guapo, disponiéndose á entrar en el cuarto de la +reunión.</p> + +<p>Soledad le dejó partir mirándole fijamente, pero antes de llegar á la +puerta le llamó:</p> + +<p>—¡Velázquez!</p> + +<p>—¿Qué hay?—preguntó él volviendo la cabeza.</p> + +<p>—Ven.</p> + +<p>El dueño se acercó.</p> + +<p>—¿Qué se ofrece?</p> + +<p>Soledad le cogió de la mano, le condujo suavemente hasta el ángulo más +oscuro de la tienda y, echándole los brazos al cuello, le dijo:</p> + +<p>—Se me ofrece esto.—Y al mismo tiempo cubrió de apasionados besos su +rostro.</p> + +<p>El guapo se dejó besar con condescendencia.</p> + +<p>—Basta, basta—dijo al cabo apartándola suavemente.—¡Que me vas á +gastar la figura, hija mía!... Ya ves, soy poco y me vas á dejar en +ná—añadió riendo.</p> + +<p>—Para mí lo eres todo, la ciudad de Cádiz, el Puerto, San Fernando y el +arsenal no valen<a name="page_016" id="page_016"></a> lo que este bigotito negro tan suave como la seda.</p> + +<p>Y se lo atusaba con la punta de los dedos, clavándole al mismo tiempo +una mirada de adoración infinita.</p> + +<p>—¡Quita allá, zalamera!—repuso él dándole una palmadita afectuosa en +la cara y apartándose.</p> + +<p>—No entres todavía—respondió ella tirándole de la manga de la +chaqueta.</p> + +<p>—¿Va á ser todo ahora? ¡Deja algo para luego!</p> + +<p>Y con una leve sacudida se zafó, empujó la puerta y entró en el pequeño +compartimento. Ella, después de permanecer un instante inmóvil, fué á +sentarse detrás del mostrador, cogiendo de nuevo la calceta.</p> + +<p>—¡Ole por el patrón de la barca!—gritó uno dentro.</p> + +<p>—Á la paz de Dios, señores—dijo Velázquez sentándose en la silla que +le ofrecían.</p> + +<p>—¿Y de dónde viene el hombre á estas horas?—preguntó una joven morena, +de facciones abultadas, graciosa y ruda á la vez.</p> + +<p>—De la calle.</p> + +<p>—¿De veras, chiquillo?</p> + +<p>—De veras, María-Manuela.</p> + +<p>—Toma una caña por la gracia.</p> + +<p>—Venga la caña.</p> + +<p>Velázquez echó al aire el contenido, lo recogió con singular destreza y +lo vació después en la boca sin perder una gota.<a name="page_017" id="page_017"></a></p> + +<p>—¡Eso sabrás tú hacer, desaborío!—exclamó María-Manuela.</p> + +<p>—En mis buenos tiempos sabía algunas cosas más—manifestó el majo +limpiándose con calma los labios.</p> + +<p>—Pronto has venido á menos.</p> + +<p>—Qué quieres, hija; si hubiera llevado tan buena vida como Antonio, +estaría mejor conservado.</p> + +<p>Todos los rostros se volvieron sonriendo hacia el aludido. Éste era un +hombre joven aún, pero en el cual la vida crapulosa había dejado tales +huellas que se le tomara por viejo. El cuerpo flaco, el rostro manchado +con abundante cosecha de granos, el pelo ralo y las cejas lo mismo. Sin +turbarse poco ni mucho con las miradas de la reunión, dijo gravemente +tomando una caña:</p> + +<p>—Yo siempre fresco como una rosa. ¡Buena suerte tendrá la que goce de +la flor de mi juventud!</p> + +<p>—¿Qué dices á eso, María-Manuela?—preguntó riendo el señor Rafael.</p> + +<p>—Que tiene muchísima razón. Yo jamás he conocido su juventud.</p> + +<p>—María-Manuela y yo—manifestó con la misma gravedad Antonio—nos +hallamos en los primeros tiempos del amor en que se goza con una nada, +en que cualquier friolerilla le levanta á uno hasta el cielo y le hace +soñar toda la noche. Hasta hace dos meses no me atreví á decirle que la +quería sino con los ojos;<a name="page_018" id="page_018"></a> ya lo habrán ustedes notado. El viernes +pasado me dió un rizo de pelo. Pensé que me volvía loco de alegría... +Fué la tarde en que les pagué á ustedes la merienda y unas cuantas +botellas de amontillado...</p> + +<p>—¡Mentira! ¡mentira!—gritaron todos á un tiempo.—¡No has pagado nada!</p> + +<p>—¿No?... Pues juraría... Pero, en fin, lo mismo da. De todos modos, yo +estaba muy alegre aquella tarde, y si hubiera tenido ganas de pagarlas y +dinero, seguramente las hubiera pagado. No hay momentos más felices que +estos en que el hombre todavía no ha perdido la timidez. No me da +vergüenza confesarlo. Ayer me concedió por primera vez María-Manuela un +beso.</p> + +<p>—¡Oooooh! ¡Uuuuh!—rugieron los alegres compadres.</p> + +<p>—¡No hay que asustarse, señores! Fué en la mano solamente. Pero, así y +todo, cuando se lo di, faltó poco para desmayarme. No sé qué influencia +misteriosa ejerce sobre mí esa mujer, que el contacto de un dedo suyo me +hace temblar.</p> + +<p>—Oye tú, guasón—interrumpió María-Manuela con acento +irritado,—¿quieres callarte ya ó te estrello este vaso en las narices?</p> + +<p>Antonio se detuvo, paseó una mirada en torno y dijo bajando la voz:</p> + +<p>—Ya lo ven ustedes, sólo la idea de que se sepa que le he besado la +mano pone fuera de sí á la pobrecilla.<a name="page_019" id="page_019"></a></p> + +<p>—¡Aguarda, arrastrao!—exclamó exasperada la morena abalanzándose á él.</p> + +<p>—¡Socorro!—gritó Antonio haciendo ademán de meterse debajo de la mesa.</p> + +<p>Entre Velázquez y Frasquito la sujetaron. No pudiendo echarle mano, +volvió á sentarse y desahogó su cólera en un torrente de palabras feas y +maldiciones que al cabo concluyeron por alterar los nervios de la otra +mujer que allí había.</p> + +<p>Era una muchacha de pocas carnes, morena también, de nariz un poco +larga, boca pequeña, ojos negros expresivos y hermosa cabellera, cuyos +rizos le caían por la frente en gracioso desgaire. Á esto contribuía el +que la joven, ó por coquetería ó por distracción, no quitaba la mano de +ellos atusándolos, retorciéndolos, martirizándolos sin tregua, lo mismo +cuando hablaba que cuando escuchaba. Ambas cosas hacía con rara +perfección. Cuando guardaba silencio parecía la estatua de la atención. +Con la cabeza echada hacia atrás, paseaba sus ojos vivos de uno á otro +interlocutor absorbiendo sus palabras, su actitud y sus gestos como si +se tratase de fijarlos en la memoria para siempre. Cuando hablaba, sus +palabras fluían de la boca raudas, interminables, con un dulce acento +persuasivo que cautivaba y adormecía. El gracioso dejo de su charla +andaluza realzado por una voz melodiosa como pocas obligaba á escuchar +con placer las mil sentencias y graves consideraciones en que abundaba +su discurso.<a name="page_020" id="page_020"></a> Porque Paca la de la Parra (así llamada á causa de una muy +frondosa que había en la casa donde su madre dirigía un establecimiento +de bebidas) no sólo presumía de elevados sentimientos, de gustos +exquisitos, sino de una madurez de juicio superior á la de los sabios de +su tiempo. Por lo cual vivía en el fondo de su alma apartada del mundo +plebeyo que la rodeaba. Encastillada en su grandeza intelectual y +sentimental, contemplaba con benignidad de ordinario, la ruindad de sus +compañeras, y dejaba pasar sin correctivo sus palabras soeces. Pero en +ocasiones como ahora, en que por causas desconocidas se hallaba un poco +nerviosa, no podía menos de atajarlas.</p> + +<p>—Vamos, hija, cállate ya, que tienes una lengua más susia que la de lo +tío de la Caleta.</p> + +<p>María-Manuela quedó suspensa un instante, pero, revolviéndose colérica +en seguida, exclamó:</p> + +<p>—¡Adiós, infanta! Perdone usía que le haya lastimao las orejas. ¿Quiere +usía que hable por lo <i>finitico?</i> ¿Quiere usía un poquito de agua para +quitarse el susto?</p> + +<p>Paca alzó los hombros con ademán de lástima.</p> + +<p>—¡Siempre has de tomar el rábano por las hojas, mujer! No te he mandado +callar por ofenderte, sino por evitar que piensen de ti lo que no +mereces. La mujer que se pasa la vida diciendo malas expresiones +demuestra que no ha tenido principios, y tú los tienes como los tengo<a name="page_021" id="page_021"></a> +yo y los tiene toda persona regular que haya tenido crianza. Deja esas +palabras á los hombres, que para ellos se hicieron, y habla bien, que el +hablar bien no cuesta trabajo.</p> + +<p>—Mira, Paca, ¿sabes lo que te digo?—profirió María-Manuela afianzando +ambas manos sobre la mesa y encarándose con su amiga.—Que no rajes +tanto y me dejes el alma quieta, ¿estamos?</p> + +<p>—Te lo digo, querida, porque tienes principios...</p> + +<p>—Pues se me orviaron... ¡Ea ya!... ¿qué hay?</p> + +<p>—Eso importa na. Lo peor es que á Joseliyo se le orvió traernos unas +aceitunitas ó unas ruedas de chorizo—apuntó con calma Pepe de Chiclana.</p> + +<p>Los compadres rieron.</p> + +<p>—¡Ole por Pepe!</p> + +<p>—¡Lo mejor que se ha dicho en la tienda desde su fundación!</p> + +<p>Pepe de Chiclana, marido de Paca la de la Parra, era un hombre de seis +pies de alto, gordo en proporción, de cuarenta años de edad, cara +redonda, ojos pequeños carnosos, pesado y tardo en sus movimientos como +en sus palabras. Formaba vivo contraste con su exquisita esposa, toda +delicadeza y elocuencia, tan distinguida, tan razonable, tan afluente. +Mas, con existir entre ellos tal desigualdad de humores, vivían en +profunda paz. Pepe adoraba el talento de su mujer, se postraba ante él +rindiéndole homenaje en cuantas ocasiones se ofrecían.<a name="page_022" id="page_022"></a> Cuando Paca +hablaba, Pepe la escuchaba con la boca abierta pendiente de sus labios +como de un oráculo, obligando á callar á los que pretendían +interrumpirla, dirigiéndoles á menudo guiños expresivos ó diciendo por +lo bajo: «¡Qué pico! ¿eh?... ¡Atiende al golpe!...» Paca no despreciaba +por eso á su marido, como pudiera inferirse; al contrario, estimábalo +como hombre de inteligencia penetrante, ya que había penetrado todo el +mérito que ella poseía y seguía fielmente sus enseñanzas filosóficas. +Hasta le caían en gracia sus chistes insulsos y era la primera en +celebrarlos. Disfrutaba el matrimonio de posición desahogada. Pepe era +chalán, y vestía como tal la chaqueta corta, la faja y el sombrero de +anchas alas que caracteriza á los hombres de su clase. Paca gastaba +ricos mantones de Manila, pendientes de perlas y sortijas de diamantes. +Aquel matrimonio honrado, rico y pacífico se placía, no obstante, en +acudir todas las noches á una reunión de gente demasiado alegre y de +posición equívoca.</p> + +<p>Porque Antonio Robledo, administrador de una empresa de diligencias, no +estaba casado con María-Manuela, aunque hacía tres años que vivía +maritalmente con ella, y Velázquez, dueño del establecimiento, tampoco +lo estaba con Soledad. Pero Paca era hija de una tabernera, se había +criado entre el ruido y la alegría, y por más que la altivez de su +temperamento aristocrático la había preservado de los hábitos<a name="page_023" id="page_023"></a> y las +palabras groseras, sus ojos y sus oídos se habían acostumbrado á la +algazara de estos sitios. Si por cualquier causa pasaba algunos días sin +ir á la reunión, sentía la nostalgia de ella, se ponía de mal humor. Su +marido, que la conocía bien, le decía: «¿No te parece que vayamos hoy á +<i>cañear</i> un poquito á casa de Velázquez?» Ella se resistía, se quejaba +de fatiga, hablaba de los muchos quehaceres de la casa. Si el bueno de +Pepe se dejaba persuadir, ¡desgraciado de él! El humor de su cónyuge se +ennegrecía de tal modo que al día siguiente era imposible sufrirla. Pero +Pepe, aunque no muy avisado, como ya se ha dicho, había descubierto el +secreto y no cejaba en sus ruegos hasta que lograba sacarla de casa. +Paca salía como si la arrastrasen. Una vez fuera, mudábase al instante; +se mostraba viva y jovial y charlaba por los codos.</p> + +<p>Además, Paca tenía el secreto deseo de mostrar el poder de su elocuencia +persuadiendo á Velázquez á que se casase con Soledad. En cuanto á +Antonio y María-Manuela, lo había intentado en vano. Ésta era tan +cerrada de entendimiento, tan loca y desbocada que comprendía bien la +repugnancia de su amante á contraer con ella vínculos indisolubles. Lo +mismo uno que otro proyecto eran plausibles y demostraban que Paca se +proponía hacer buen uso de las grandes luces naturales con que la +Providencia se había dignado favorecerla.<a name="page_024" id="page_024"></a></p> + +<p>Poseía también una voz fresca y suavísima y cantaba y tocaba la guitarra +con tal primor que pocos la aventajaban en el reino de Andalucía. En +Cádiz era conocida y estimada por esta habilidad, aunque pocas veces se +lograba oirla desde que se había casado. Sólo entre amigos y después de +hacerse rogar tomaba entre las manos el guitarrillo y echaba al aire una +copla. Pero, aunque despreciando en la apariencia este arte secundario, +por tener la ambición puesta en el de Cicerón y Bossuet, todavía le +gustaba oir las palmadas, los <i>oles</i> y los requiebros de sus amigos +cuando se decidía á complacerlos.</p> + +<p>Velázquez se había levantado y salió á la tienda. A los pocos momentos +volvió á entrar seguido de Joselillo, su criadito, quien soportaba una +gran batea con cañas de manzanilla y algunos platos con rajas de queso, +peje-reyes y camarones.</p> + +<p>—Esta convidada va por mí, señores.—dijo con su gravedad habitual.</p> + +<p>—Á tu salud y á la de la flamenca que está ahí fuera—respondió +Antoñico en voz alta y apurando una caña.</p> + +<p>—Gracias, Antonio, y de salud te sirva—respondió la tabernera, que +había oído el brindis.</p> + +<p>—Vive mil años, chiquita, que si tú cierras los ojos se queda Cádiz á +oscuras.</p> + +<p>—¡El equinocio, hija!—exclamó María-Manuela sin poder reprimir un +movimiento de<a name="page_025" id="page_025"></a> celos.—Soleá, no cierres los ojos para que este borracho +pueda llegar á casa.</p> + +<p>—¿Tienes celos, María?—preguntó la tabernera.</p> + +<p>—¿Yo celos de este tío que ya no puede con la fe de bautismo en +papeles? ¡Sería trabajo! Llévatelo, hija, y ponlo en un cuarto seco para +que no se pudra.</p> + +<p>—Soleá, llévame y ponme donde te parezca. Verás si engordo á tu +<i>vera</i>—le gritó Antonio.</p> + +<p>—¿Y á mí, dónde quieres que me ponga entonces?—preguntó Velázquez +riendo.</p> + +<p>Pero, aunque lo dijo en voz más baja, llegó á los oídos de la tabernera, +que exclamó:</p> + +<p>—¡Á ti!... ¿Qué te importa á ti que yo te ponga en un sitio ó en otro? +Ya te cuidarías de escapar adonde te viniese bien.</p> + +<p>—Con esa verdad te ayude Dios, querida, que nunca jamás la has dicho +mayor—repuso Velázquez con tono fanfarrón y displicente.</p> + +<p>Soledad sintió el resquemor de estas palabras y guardó silencio.</p> + +<p>—Niño, tráete la mía—gritó reciamente el señor Rafael al criadillo.</p> + +<p>No tardó éste en presentarse con otra batea de cañas.</p> + +<p>El señor Rafael era un viejo de fuerte complexión, seco, moreno, con los +cabellos blancos, pero sin faltarle uno solo, vivo de ojos y suelto de +ademanes, como un chico de veinte años. Mucho más suelto y mucho más +vivo que su<a name="page_026" id="page_026"></a> sobrino Frasquito, con el cual se acompañaba aquí y en +todas partes. No sólo se hallaban asociados en un establecimiento de +harinas y salvados que tenían en la calle de Horno Quemado, sino que +habitaban el mismo cuarto; y después de pasar juntos las horas de +trabajo, gustaban también de pasar las que dedicaban al recreo. Ambos +solteros y sin ninguna gana de cambiar de estado, aficionados á las +cañas y al bureo, aunque en este particular y en la esplendidez +característica que el vino andaluz despierta en los naturales, el viejo +sacaba mucha ventaja al joven. De aquí sus eternas y graciosas disputas +así que al señor Rafael se le encaramaba un poco el manzanilla en la +cabeza.</p> + +<p>—¡Frasquito, hijo! ¿para qué quieres esas manos? Hace siete cuartos de +hora que no has sonao las parmas—dijo el señor Rafael á su sobrino, +haciendo antes un guiño expresivo á la reunión.</p> + +<p>—¿Cómo siete cuartos de hora?—exclamó éste sofocado.—¡Si he pagado la +convidada anterior!</p> + +<p>—¡La anterior!... ¡Y tan anterior!—replicó el viejo mirándole con ojos +risueños y provocativos.</p> + +<p>La reunión se preparó á gozar de la disputa, como siempre.</p> + +<p>—Vamos, tío, usté tiene gana de guasa.</p> + +<p>—No, hijo, lo que tengo gana es de vino.</p> + +<p>—Pues yo ya le he pagado á usté bastante esta noche.<a name="page_027" id="page_027"></a></p> + +<p>—¡Ay, qué gracia, que me ha pagado bastante!... ¡Pues yo á ti no!... +Niño, tráete más vino para este gallego...</p> + +<p>—¡Tío! No me insulte, que le falto á usté al respeto.</p> + +<p>—Pero si lo eres, ¿por qué has de negar la prosapia? Ni en el reino de +Galicia ni en el principado de las Asturias hay un gallego más gallego +que tú...</p> + +<p>—¡Tío, cállese usté, que le falto al respeto!</p> + +<p>Frasquito estaba encendido y colérico que daba miedo á todos menos á su +tío. Los circunstantes, temiendo algún paso desagradable, atajaron la +disputa rogando al señor Rafael que no le exasperase. Este, vuelto á las +buenas y revistiéndose de gravedad, manifestó que todo era una broma y +que nadie sabía mejor que él que su sobrino era gaditano por los cuatro +costados. Luego, dirigiéndose á éste, comenzó á darle satisfacciones.</p> + +<p>—Pero, hijo, ¡quién no ha de reconocer tus buenas cualidades! Eres +honrao y trabajador, y en too Cádiz no hay quien te ponga el pie delante +en sacar una cuenta por el aire. Y eres buen mozo y muy corriente cuando +se ofrece... Pero tienes una enfermedad...</p> + +<p>—¿Qué enfermedad?—preguntó Frasquito amoscado, mientras los demás se +disponían á reirse.</p> + +<p>—No sé; me parece que se llama reumatismo.</p> + +<p>—¿Y por qué dice usté eso?... vamos á ver...<a name="page_028" id="page_028"></a></p> + +<p>—Porque he notado que siempre que llevas la mano al bolsillo lo haces +con mucho trabajo y la mayor parte de las veces no lo consigues... Eso +no puede ser más que reúma... reúma en el brazo derecho.</p> + +<p>—¡Tío! ¡tío!</p> + +<p>—No te sofoques, que eso se cura con un poquito de aguardiente +alcanforado.</p> + +<p>—¡Qué ha de curarse con eso!—saltó María-Manuela que presumía de +curandera y ensalmadora—Si sientes dolor, Frasquito, se te quitará +untando el brazo con la sangre de una oreja cortada de un gato negro; le +das una friega apretándolo poco á poco, luego doblas <i>er deo gordo</i>, y +poniéndolo debajo de la barba abres la boca nueve veces seguidas...</p> + +<p>Las carcajadas que la inocencia de la pobre mujer produjo en la reunión +encresparon más y más á Frasquito.</p> + +<p>—¡Tío, no hay peor borracho que usté en el mundo!</p> + +<p>—Basta ya de medicina—manifestó Antonio—y que Paca nos cante una +<i>carbonerilla</i>.</p> + +<p>—¡Eso!</p> + +<p>Paca, como de costumbre, hizo remilgos. «Ya no estaba para tales bromas; +se le había acabado el humor; parecía mal que una mujer casada... +Además, no se hallaba bien de voz.» Pero, como de costumbre también, +terminó por coger la guitarra y echar al aire su voz dulce y potente de +contralto.</p> + +<p>La alegría se apoderó de todas las cabezas.<a name="page_029" id="page_029"></a> Los ¡oles! y los ¡bravos! y +los requiebros de toda clase resonaron en la taberna. Á la embriaguez +del vino sucedía la del arte, más noble y delicada.</p> + +<p>—¡Venga otra, Paquilla! ¡Bendita sea la hora en que tu padre se dió un +coscorrón con la reja de tu madre!</p> + +<p>Paca, orgullosa, sonriendo levemente, dejó volar otra copla.</p> + +<p>Antonio, loco de entusiasmo, le arrojó el sombrero á los pies, gritando:</p> + +<p>—¿Dónde has nacido, Paca?</p> + +<p>—¡Qué ocurrencia!—respondió riendo—En la calle de la Verónica.</p> + +<p>—¡Falso! Tú has nacido en la alcoba en que durmió María Santísima +cuando pasó por Sanlúcar.</p> + +<p>Paca volvió á cantar respondiendo al requiebro:</p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="poesia"> +<tr><td align="left">«¡Qué desgraciada nací,</td></tr> +<tr><td align="left">que en la pila del bautismo</td></tr> +<tr><td align="left">faltó la sal para mí!»</td></tr> +</table> + +<p>Aquel rasgo gracioso de modestia levantó gran alborozo.</p> + +<p>—¡Ole por las mujeres simpáticas!—¡Todo el mundo á quererla!—¡La pura +arropía!...</p> + +<p>Y sonaban las palmas, y chocaban los vasos y gritaban como energúmenos +jaleando á la cantaora. Pero aquel entusiasmo se enfrió momentáneamente +porque, Antonio, con uno de sus descompasados ademanes, echó á rodar +una<a name="page_030" id="page_030"></a> caña y la quebró. María-Manuela, asustada, hizo callar á todos y +declaró que el romperse un vaso es muy malo y anuncia disgustos. La +única manera de evitarlo era recoger todos los pedazos y tirarlos al +pozo. Así comenzó á ejecutarlo con gran solicitud mientras los demás se +reían de su credulidad. Algunos por burla la ayudaban.</p> + +<p>—Atiende, María, mira que pedazo grande te has olvidado debajo de +aquella silla. ¡Anda, anda! que si yo no hubiera reparado, ¡qué +cataclismo! ¿verdad tú?</p> + +<p>—Vamos, Antonio, déjate de guasa y hazme el favor de recoger esos +cristalillos que están á tu vera.</p> + +<p>—Desprécialos, mujer: ya te llevas en el delantal los trabajos +gordos... ¡Qué importa por esos disgustillos!</p> + +<p>María-Manuela salió con los cristales del cuarto y fué á arrojarlos al +pozo que había en el patio. Soledad, que seguía tranquilamente haciendo +calceta detrás del mostrador, sonrió.</p> + +<p>Siguió la zambra en el aposento.</p> + +<p>—Bueno, ahora no falta más que Soledad nos baile una mijita de +tango—manifestó el señor Pepe.</p> + +<p>Soledad ni cantaba ni tocaba la guitarra, pero tenía habilidad notoria +para bailar las danzas andaluzas. Mas, contra lo que acaece +generalmente, no gustaba de mostrar su gracia; y aun puede decirse que +desde hacía algún tiempo tenía el baile en aborrecimiento. Por lo<a name="page_031" id="page_031"></a> cual +sus amigas se abstenían de solicitarla en este particular, sabiendo que +le causaban disgusto.</p> + +<p>—No seas pelmazo, hombre; ya sabes que Soledad no se divierte +bailando—dijo Paca á su consorte.</p> + +<p>—¿Y por qué no se ha de divertir, haciéndolo con tanto +primor?—insistió el señor Pepe.</p> + +<p>—Pues porque no se divierte. ¿Te figuras que va uno á gozar con lo que +á otro se le antoje?</p> + +<p>—Bien está; pero aunque no se divierta, Soledad es muy amable y le +gustará que sus amigos se diviertan.</p> + +<p>—Vamos, cállate ya. ¡Qué pesadísimo te pone el vino!</p> + +<p>Velázquez, que estaba hablando con Frasquito, oyó la disputa de los +esposos y dijo:</p> + +<p>—Tiene razón Pepe. Soledad está obligada á dar gusto á la reunión, y +aunque le cueste trabajo lo hará...</p> + +<p>Y añadió alzando la voz:</p> + +<p>—Soledad, hija mía, haz el favor de venir un momento.</p> + +<p>La tabernera apareció en seguida.</p> + +<p>—Estos señores desean que bailes un poquito. Á ver si los complaces.</p> + +<p>El rostro de Soledad se nubló de repente y respondió con sequedad:</p> + +<p>—Estos señores saben que hace ya mucho tiempo que no bailo y me harán +el favor de dispensarme.<a name="page_032" id="page_032"></a></p> + +<p>—¿Y por qué no has de bailar?</p> + +<p>—Pues porque no tengo gana.</p> + +<p>—Pues bailarás aunque no tengas gana—dijo él embraveciéndose.</p> + +<p>—Pues no bailaré—replicó con firmeza ella.</p> + +<p>—Vamos, Velázquez, déjala—interrumpió Pepe de Chiclana, avergonzado +por haber sido causa de aquella disputa.</p> + +<p>—¡Déjala! ¡déjala!—dijeron todos á un tiempo.</p> + +<p>—He dicho que baila, y bailará—profirió Velázquez alzándose de la +silla en actitud soberbia y provocativa.</p> + +<p>Soledad se puso pálida; quedó un instante suspensa y dijo al cabo +humildemente:</p> + +<p>—Está bien; no te incomodes. Haré lo que tu quieras.</p> + +<p>—Paca, puedes principiar—dijo el guapo sentándose de nuevo.</p> + +<p>—No quiero—replicó ésta.—¡Vaya una simpleza, hacer bailar á una mujer +á la fuerza!</p> + +<p>—Vamos, Velázquez, déjala. Otro día será—manifestó el señor Pepe.</p> + +<p>Y todos los demás unieron sus ruegos á éste.</p> + +<p>Pero el tabernero, cada vez más colérico, exclamó:</p> + +<p>—¡He dicho que bailará esta noche, y ha de bailar con los santos óleos +puestos!... ¿No quieres tocar?... Pues tocaré yo.</p> + +<p>Y arrebatando á Paca la guitarra, comenzó á rasguearla diciendo +imperiosamente:<a name="page_033" id="page_033"></a></p> + +<p>—Á empezar.</p> + +<p>Soledad avanzó hasta el medio del cuarto y dió comienzo al baile. Estaba +pálida. Los movimientos reprimidos, voluptuosos del tango ofrecían ahora +un carácter lúgubre; parecía el baile de la viuda india en torno de la +hoguera donde va á ser sepultada.</p> + +<p>Los tertulios se callaban; estaban inquietos y tristes y sacudían la +cabeza deplorando la escena. Al cabo dos lágrimas se desprendieron de +los hermosos ojos de la bailadora y resbalaron lentamente por sus +mejillas. Verlas Velázquez y colocar la guitarra sobre la mesa fué todo +uno.</p> + +<p>—¡Ea!—dijo levantándose con calma amenazadora.—Ya se ha concluído.</p> + +<p>Y cogiendo á la joven por un brazo:</p> + +<p>—Anda, anda, guasona... ¡Maldita sea tu estampa!</p> + +<p>Y la arrojó á empellones del cuarto, cerrando la puerta después.</p> + +<p>Los tertulios se lo recriminaron sin excepción.</p> + +<p>—No hay razón para eso, Velázquez. Para bailar se necesita el humor. No +todos los días nos pide el cuerpo juerga.</p> + +<p>—¡Dejarme; ya tengo esa niña sentada en la boca del estómago!—exclamó +el majo apurando una caña.</p> + +<p>—¿Lo ves, Joseliyo, lo ves cómo toda la vida has de meter la +pata?—dijo Paca con enojo á su consorte.<a name="page_034" id="page_034"></a></p> + +<p>—Pues bien claro estaba que habíamos de tener un disgusto, después que +Antonio rompió el vaso—manifestó María-Manuela con un acento de +seguridad que hizo volver la alegría á la reunión.<a name="page_035" id="page_035"></a></p> + +<h3><a name="III" id="III"></a>III<br /><br /> +Soledad.</h3> + +<p>El padre de Soledad era guarda de consumos en Medina Sidonia. Sus hijos, +dos, Soledad la primera y Miguel, que contaba tres años menos. El +sueldo, aunque corto, bastaba para subvenir á las necesidades de la +familia en un pueblo secundario. Miguel, en quien los padres tenían +cifradas sus esperanzas, mostró desde bien chico viciosas inclinaciones +y horror al trabajo. Ni los golpes del maestro del taller donde le +habían puesto, ni los castigos de su padre, que cierto no se los +escaseaba, bastaron á enderezar su torcida naturaleza. Verdad que estos +castigos se hallaban funestamente neutralizados por el mimo y regalo con +que su madre lo criaba. No sólo ocultaba con mil artificios sus faltas y +le<a name="page_036" id="page_036"></a> amparaba cuando su padre iba á corregirle, sino que le daba cuanto +dinero había á mano, sin comprender la desgraciada el daño que hacía. +Con esto el chico á los catorce años era un pilluelo que, en vez de +ayudar á los gastos de la casa, sacaba de ella de un modo ó de otro +cuanto podía. Acompañado de otros pícaros de su misma edad, vagaba por +las tabernas, entregando todas sus horas al vino y al juego.</p> + +<p>Soledad empezó á coser en una sastrería; pero su jornal era tan exiguo +que apenas si con él podía comprarse un vestidito de percal y calzar +pasablemente. Aquí era donde le dolía á la mocita. Las andaluzas sufren +sin pena el ir vestidas con cualquier trapillo; pero viven infelices si +no llevan una media bien limpia y un zapato fino y ajustado. Tanto más, +cuanto que Soledad comenzaba á ser festejada y requebrada de cuantos á +su lado cruzaban, jóvenes ó viejos. Era el recreo de los ociosos que +acudían á la hora del crepúsculo á ver salir las costureras de sus +talleres, el orgullo de su familia y la envidia de las compañeras. Su +belleza espléndida estaba realzada por una grave y altiva serenidad que +desconcertaba á cuantos pretendían acercarse á ella burlando, al estilo +de la tierra. La hija de Pontes, el guarda del fielato, adquirió pronto +renombre de hermosa y al mismo tiempo de esquiva.</p> + +<p>Los señoritos de la ciudad acudieron en torno suyo como moscas al panal. +Pero ni sus<a name="page_037" id="page_037"></a> rendimientos exagerados ni sus ofertas hicieron mella en el +corazón de la joven. Prevenida contra sus halagos por la triste suerte +de algunas amigas que habían tenido la flaqueza de darles oídos, los +rechazaba siempre con ferocidad. En cambio acogía con agrado los rudos +obsequios de los braceros; tuvo entre ellos varios novios, y juraba y +perjuraba que le gustaban más que los pisaverdes tísicos que la seguían +en el paseo. Éstos se vengaban de sus desdenes apodándola <i>la princesa +del Fielato</i>.</p> + +<p>Pero uno de ellos la sacó en cierta ocasión de un mal paso. La hija del +guarda, con otras dos amigas, se había ido un domingo á visitar la +ermita de una Virgen situada á alguna distancia de la población sobre un +cerrillo áspero y solitario. Llevaron merienda, entretuviéronse más de +lo que pensaban: al regresar á su casa empezaba á cerrar la noche. Y hé +aquí que, caminando las tres costureras cogidas del brazo, entonando +alegres canciones para ahuyentar el miedo, tropiezan con dos mozos +labradores que volvían de la ciudad. Las detienen, las requiebran +groseramente, se propasan á abrazarlas. Venían un poco ebrios; pero les +convino fingirse más de lo que estaban para el caso. Las jóvenes gritan +y se defienden valerosamente, pero en vano; el lugar era solitario y sus +fuerzas no bastaban á contrarrestar las de los gañanes. Éstos se +apoderan de dos de ellas; la otra huye pidiendo auxilio. En este momento +se oye el trote de un caballo, y<a name="page_038" id="page_038"></a> poco después aparece montado en él un +joven bien conocido en la ciudad, el hijo de la viuda de Uceda.</p> + +<p>—¡Socorro, caballero!—gritan á un tiempo Soledad y su compañera asidas +por aquellos bárbaros.</p> + +<p>—¿Qué es eso?—preguntó el jinete.—¡Á ver si dejáis ahora mismo á esas +chicas!</p> + +<p>—Siga usted su camino, señorito, y no se meta donde no le llaman... ¡No +sea que se le apee del jaco por las orejas!—dijo uno de ellos.</p> + +<p>—¿Á mí, granuja?—exclamó el caballero apeándose de un salto.</p> + +<p>Y corriendo hacia el insolente alzó la mano y le tumbó de un puñetazo. +Pero el otro jayán sacó prontamente la navaja y acudió al socorro de su +compañero, el cual, no bien se hubo levantado, echó mano igualmente á la +suya. Mal lo hubiera pasado el valeroso caballero si no hubiera tenido +un buen revólver de seis tiros, con el cual les apuntó exclamando:</p> + +<p>—¡Ahora vais á ver, cobardes, de qué os sirven las navajas!</p> + +<p>Los gañanes, al ver el arma, diéronse á la fuga. El caballero les +persiguió largo trecho, obligándoles á echarse á un arroyo y pasarlo con +el agua hasta la rodilla. Juzgándose bien vengado por aquel baño +afrentoso, se volvió riendo hacia el sitio donde había dejado el +caballo. Las muchachas ya no estaban allí. Desde que se vieron libres +habían corrido desaladas<a name="page_039" id="page_039"></a> hacia la población. Montó en su jaco y á trote +corto caminó la vuelta de ella. Hasta tocar casi en las primeras casas +no alcanzó á sus favorecidas, que sin volver la vista atrás caminaban +con toda la celeridad que les consentían sus fatigados pulmones. Al +verlas no pudo menos de sonreir exclamando en voz baja: «¡Vaya unas +piernas que os ha dado el miedo, hijas mías!» Pasó delante de ellas y +saludó cortésmente.</p> + +<p>—Buenas tardes.</p> + +<p>—Buenas tardes—respondieron las jóvenes.</p> + +<p>Pero avergonzada de haber huído sin despedirse, la compañera de Soledad +le gritó así que hubo pasado:</p> + +<p>—¡Y muchas gracias, caballero!</p> + +<p>—No las merece—respondió éste volviendo á medias la cabeza.</p> + +<p>Soledad examinó con curiosidad su figura recia y corpulenta, que se +perdió al instante en las sombras. ¡No era tísico, no, aquel señorito! +Al día siguiente, cuando le vió en la calle, le pareció aún mejor y le +saludó afectuosamente. Manolo Uceda respondió al saludo con agrado, y +algunos días después, con ocasión de cierta fiesta con música al aire +libre, se aventuró á dirigirle la palabra, á acompañarla y, lo que es +aún más, á sacarla á bailar. Este último obsequio puso corona +inmarcesible á la gratitud de Soledad. Porque los señoritos de la villa +poquísimas veces descendían á bailar con las menestralas en un paraje +abierto. Lo demás se<a name="page_040" id="page_040"></a> encargó de hacerlo el niño alado de la venda.</p> + +<p>Manolo Uceda pertenecía á una familia distinguida de Medina, aunque sin +mucha hacienda. Poseía algunas buenas propiedades rústicas con cuyas +rentas vivía cómodamente gracias á la economía de su madre D.ª Carmen y +á su propia conducta, arreglada y formal. Entre estas propiedades la más +importante era un molino situado á dos leguas de la villa, el cual solía +visitar á menudo lo mismo que las otras fincas, porque su madre así se +lo encargaba. De él venía cuando tan á tiempo pudo ejecutar la proeza +que se acaba de relatar.</p> + +<p>Educado en el retiro de su casa solariega, que tenía aspecto claustral, +sin trato de mujeres, sin vicios, sin los recreos siquiera propios de su +edad, la primera mujer que le reveló el amor fué la hija del guarda de +consumos. La amó en seguida con la pasión tumultuosa de los diez y ocho +años y de una naturaleza exuberante. Sin temor á las hablillas, sin +vergüenza de confesar su amor, acudía á su reja todas las noches y se +pasaba pegado á ella largas horas pelando la pava. De quien únicamente +se guardaba era de su madre. Ésta, no obstante, muy presto llegó á +saberlo y tomó un disgusto gravísimo. Porque era altiva y linajuda, á +pesar de su corta hacienda, como una princesa de sangre real. Pero +Manolo logró convencerla de que aquella afección no era sino un pasajero +devaneo sin importancia, y la noble señora recobró á medias el sosiego. +Trascurrieron algunos<a name="page_041" id="page_041"></a> meses. Los amores no terminaban; antes bien, el +joven daba cada día mayores y más ostensibles testimonios de su pasión +acompañando á la hija del guarda por los parajes más públicos. D.ª +Carmen se agitó de nuevo, interrogó á su hijo con severidad, hubo +gritos, llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no adoptó el continente +burlón y desdeñoso que antes: confesó su amor, hizo un elogio caluroso +del dueño de su albedrío, concluyendo que no había en todo el reino de +Andalucía mujer más pura, más ingeniosa y más digna de ser adorada de +rodillas que la hija de Pontes. Doña Carmen no quiso convenir en ello; +de lo cual le pesó tanto á nuestro joven, que llegó á dudar del talento +y de la sensatez de la que le había dado el ser. Desde esta memorable +conversación no hubo paz en casa de Uceda. El amartelado mancebo se veía +necesitado á escuchar á todas horas ruegos, injurias, suspiros y burlas.</p> + +<p>Todo fué inútil. Su pasión crecía á cada instante. Como fuego poderoso +iba devorando rápidamente sus facultades y sentidos, dejándole reducido +al papel de un autómata. Esto le perdió. Su excesivo rendimiento, las +manifestaciones, cada vez más vivas y públicas, de su amor, engendraron +al cabo un poco de hastío en el alma de la hija del guarda. Desapareció +el respeto que la diferencia de clases había despertado en ella al +comienzo de sus amores; se acostumbró á dominarle, á imponerle<a name="page_042" id="page_042"></a> sus +gustos y caprichos, á escuchar con indiferencia sus palabras +apasionadas, candentes. De tal modo, que á los seis meses le trataba +como á un niño, le hablaba en tono protector, se reía de sus +puerilidades, le reprendía y le martirizaba.</p> + +<p>Por otra parte, la oposición tan natural de D.ª Carmen lastimaba su +orgullo. No faltaban comadres que llegaban presurosas á trasmitirle las +palabras amargas que la viuda de Uceda pronunciaba refiriéndose á ella. +Y en vez de comprender y perdonar estos desahogos de una madre, se +enfurecía con ellos, los devolvía con creces y hacía recaer su cólera +sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa tenía.</p> + +<p>Pero más que todo esto contribuyó á debilitar su cariño, ó, por mejor +decir, á que no prendiese jamás en su corazón, como había prendido en el +del joven, la disparidad de genio y educación. Soledad era inclinada por +naturaleza y nacimiento á las formas rudas, al lenguaje brutal y +desvergonzado, no desprovisto de gracia, de la plebe andaluza. Gustaba +de sus cantares, de sus chanzas groseras, de sus guisos y ensaladas; +aunque por la constante gravedad de su rostro parecía más bien nacida +entre las brumas de la Noruega que bajo el ardiente sol de la Bética. Ni +comprendía ni mucho menos podían ser de su agrado los modales de un +trato delicado y culto. Ahora bien, entre todos los señoritos de Medina, +el que<a name="page_043" id="page_043"></a> había mostrado siempre menos afición á las fiestas y costumbres +populares era Manolo Uceda. Ó porque su madre le hubiese trasmitido sus +gustos aristocráticos, ó porque llevase dentro de su alma un cierto +sentimentalismo romántico, es lo cierto que jamás se le vió en +francachelas, ni corriendo novillos, ni en compañía de toreros y majos +como otros caballeros de su edad. Tampoco usaba el lenguaje suelto y +atrevido que muchos de ellos. Sin ser tímido ni beato, sentía profunda +repugnancia por esa libertad de modales que tanto suele agradar á los +mozalbetes. Por este lado, pues, no marchaban á la par las aficiones de +ambos amantes.</p> + +<p>Y acaeció lo que era de esperar. El padre de Soledad tenía un íntimo +amigo de alguna menos edad que él, llamado Perico Velázquez, hombre +famoso en la villa por su guapeza y su trato suelto y cortés. Soltero, +con alguna hacienda adquirida en los negocios de vinos, espléndido con +las mujeres, ostentoso en el vestir dentro de su clase, aficionado á la +broma y bureo, pero sosteniéndose siempre en los límites que marca la +prudencia, esto es, sin pasar á la categoría de borracho ó perdido. +Todos le conocían y en todas las clases se había granjeado simpatías por +su carácter abierto y servicial. Los caballeros no desdeñaban alternar +con él. Los artesanos, á cuya clase pertenecía, le respetaban como su +ideal: era la encarnación de sus gustos y deseos. Pontes, con quien +había<a name="page_044" id="page_044"></a> trabado amistad hacía algunos años, le adoraba. La suprema +felicidad para el guarda, la única que le consentía su profesión, era +que Velázquez viniese á buscarle á la casilla un día que le quedase +libre y le llevase con otros tres ó cuatro amigos á una taberna de las +afueras para cañear y pasar la tarde de jarana. Además, le estaba +profundamente agradecido porque le había sacado de algunos apurillos de +dinero. Por todo lo cual, el nombre del majo sonaba en la casa del +guarda como el de un amigo y á la vez como un protector.</p> + +<p>Soledad olvidó á Manolo en cuanto Velázquez depuso con ella la actitud +paternal y principió á requebrarla de amores. El carácter de aquél, +resuelto y desdeñoso, sus famosos devaneos, la esplendidez que se le +atribuía, y más que todo las aficiones populares de la joven, hicieron +que presto diera oídos á los requiebros y á las palabras atrevidas que +el guapo dejó caer en su oído siempre que la ocasión se ofrecía. Pero +Velázquez, ó por temor á compromisos, ó por cálculo, ó por la situación +especial en que la amistad con Pontes le colocaba, no llegó á declararse +abiertamente. Se mantenía en actitud equívoca. Cuando se hallaban solos +la dejaba ver lo mucho que le gustaba, pero siempre con la salida +abierta para retirarse en cuanto le conviniese. En presencia de gente +seguía tratándola como antes. Esta actitud extraña, que en el espíritu +no muy penetrante de Soledad se prestaba á diversas interpretaciones,<a name="page_045" id="page_045"></a> +concluyó por rendirla enteramente. Principió á impacientarse, á desear +con ansia que de una vez le confesase su amor, á buscar ocasiones para +que esto pudiera efectuarse. Y, en su inocencia verdaderamente infantil, +llegó á ciertos extremos ridículos.</p> + +<p>Un día Velázquez, al despedirse, le dijo en broma, adoptando un +continente grave:</p> + +<p>—Soledad, tengo que comunicarte un secreto.</p> + +<p>Se fué y no volvió á acordarse de tal frase. Pero á la hija del guarda, +á quien las congojas consumían, se le quedó clavada en el cerebro. No +pensó en otra cosa. Y cuando á los tres ó cuatro días le vió, buscó +pretexto para alejar á su madre y, aprovechando un momento, se acercó á +él rápidamente y le dijo con voz temblorosa y las mejillas encendidas:</p> + +<p>—Dígamelo usted ahora.</p> + +<p>—¿El qué?—preguntó Velázquez sorprendido.</p> + +<p>—Aquello.</p> + +<p>Tardó en comprenderlo el guapo; pero recordando al fin, salió del +atolladero lo mejor que pudo, aunque sin entregarse.</p> + +<p>Así se hallaban las cosas cuando un suceso inesperado y terrible vino á +cambiar su faz por completo. Pontes, viendo cruzar desde la casilla un +hombre que le pareció sospechoso aunque no llevase carga alguna, le +ordenó detenerse. El hombre, que ocultaba en los bolsillos algunas +barras de jabón, se dió á la fuga.<a name="page_046" id="page_046"></a> Como eran las dos de la tarde, +Pontes no pensó en hacer uso del fusil y corrió detrás de él, seguro de +alcanzarle ó por lo menos de hacer que le detuviesen. Sucedió, en +efecto, lo primero. El guarda tenía admirables piernas; cerró la +distancia y pronto llegó á tocarle.</p> + +<p>—¡Date! ¡date ó te mato!</p> + +<p>Pero en aquel momento el matutero se volvió repentinamente y blandiendo +un cuchillo se lo clavó en el pecho hasta el mango.</p> + +<p>El guarda quedó muerto en el acto. El suceso puso en conmoción á la +villa, y aunque algunas personas caritativas quisieran impedirlo, la +noticia llegó pronto á la familia. Corrió la infeliz esposa al lugar del +crimen. Los agentes del ayuntamiento que allí estaban no la dejaron +abrazarse al cadáver de su esposo porque el juez aún no había llegado. +Los gritos de dolor de la pobre mujer partían el corazón de los +espectadores. Cuando vino al fin el juzgado, se procedió al +levantamiento del cadáver, se le colocó en un carro y emprendieron la +marcha hacia la villa. Detrás, pálida como la cera, agarrando con sus +manos crispadas la trasera del carro, seguía la viuda, á quien los +sollozos ahogaban. Después venían los agentes, algunos compañeros del +difunto y los curiosos. Tal fué el espectáculo que se ofreció á los ojos +de Soledad al salir por los arrabales en busca de su madre.</p> + +<p>Velázquez, en aquellos aciagos instantes, fué la Providencia de la +familia. Costeó un<a name="page_047" id="page_047"></a> muy decoroso entierro á su amigo, le compró +sepultura en el cementerio, hizo cuanto le fué posible para lograr la +captura del asesino, que se había fugado, y procuró que á la viuda y á +sus hijos no les faltase nada. Tales testimonios de cariñosa amistad +concluyeron de subyugar á Soledad. La figura del guapo creció ante su +vista como la de un dios, y en la misma medida la de Manolo Uceda se fué +empequeñeciendo. En efecto, éste, aunque tomó parte en su dolor, no pudo +ó no supo ofrecerle la misma protección. Quedó reducido á un papel +pasivo y bastante desairado. Velázquez lo era todo en la casa. La +indiferencia de Soledad se fué acentuando y cuidó poco de disimularla. +De tal suerte que, cuando quince días después Velázquez se determinó á +explicarse claramente, no halló obstáculo alguno para ser aceptado. +Pero, como hombre corrido en lides amorosas, aprovechó su posición para +obtener de la madre y la hija que le siguieran á Cádiz, donde pensaba +establecerse. Desaparecieron un día de Medina, alquilaron casa en la +capital, cuyos gastos subvencionaba todos el majo á título de huésped ó +protector. La hija enloquecida de amor, la madre de gratitud, no echaron +de ver el peligro á que se exponían ni la desagradable impresión que +este paso causó en el pueblo.</p> + +<p>En efecto, muy poco después Soledad sucumbió á las instancias de su +adorador. Se engañó á la madre primero, se le pidió perdón<a name="page_048" id="page_048"></a> después. La +pobre mujer experimentó un vivo disgusto, tanto más cuanto que Velázquez +no se apresuraba á borrar la afrenta con la bendición del cura. Sólo una +vez habló de matrimonio, pero de un modo tan vago, ponderando tanto las +dificultades que por el momento se ofrecían para su realización, que la +viuda entendió bien claramente lo que podía esperarse en este particular +de aquel hombre. Con esto vivió profundamente afligida, y no cesaba de +llorar, sin querer salir de su cuarto. Mas con el tiempo su dolor se fué +calmando: llegó á acostumbrarse y aceptó al cabo aquella triste y +degradante situación, ya que su hija parecía feliz y Velázquez no dejaba +de satisfacer ninguno de sus caprichos.</p> + +<p>Duró poco, no obstante, tal estado de satisfacción. Á Velázquez, +hastiado de la vida inactiva, aunque tuviese suficiente hacienda para +vivir, se le ocurrió comprar una tienda de montañés que se traspasaba en +el Campo del Sur. Comenzaron los disgustos. Aunque generoso siempre y +delicado en los asuntos de dinero, no tardó en mostrar su carácter +autoritario. Exigía una sumisión absoluta por parte de cuantos le +rodeaban. Le ofendía, mejor dicho, le ponía fuera de sí la menor +contradicción. Los primeros choques fueron con Miguel, el hermano de su +querida, el cual no se sometía al régimen de la casa. Hubo reprensiones, +disputas agrias; por último, Velázquez le levantó la mano y lo arrojó de +casa, aunque<a name="page_049" id="page_049"></a> permitiendo que su madre le diese algún dinero para que se +mantuviese fuera. No quedó aún con esto satisfecho su instinto de +dominación. Soledad, enamorada de él ciegamente, se sometía sin replicar +á todos sus gustos y caprichos, sufría con paciencia sus reprensiones, +los malos humores y genialidades. Pero la madre, que no tenía tales +motivos para sufrirlo, solía hacerle observaciones y llamarle á la razón +cuando injustamente se querellaba con Soledad. Esto le molestaba +extremadamente, le producía una sorda cólera que cada día iba en +aumento, hasta que al fin estalló. Un día, después de acalorada disputa +entre ambos, el guapo se cruzó de brazos delante de Soledad y dijo +resueltamente:</p> + +<p>—¡Ea, ya se acabó! Aquí no queda otro medio... ¡Ó tu madre ó yo, hija +mía!</p> + +<p>Ni ruegos ni lágrimas lograron hacerle cambiar de resolución. Y como +Soledad hubiera muerto con gusto y hubiera dejado morir al género humano +antes que separarse del hombre que adoraba, fué su madre quien se vió +necesitada á salir de casa. Se la envió á Medina y se le pasó una +pensión suficiente para vivir. De esta suerte quedaron los amantes +solos, y Velázquez dueño y señor de aquella mujer que temblaba de amor y +miedo en su presencia.</p> + +<p><a name="page_050" id="page_050"></a></p> + +<p><a name="page_051" id="page_051"></a></p> + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV<br /><br /> +Velázquez.</h3> + +<p>Velázquez pudo desde entonces dar rienda suelta á su fanfarronería. Este +era el vicio que le dominaba y servía de triste contrapeso á sus buenas +cualidades. Porque las tenía, sin disputa. Era servicial, generoso, +despierto de inteligencia y sensible de corazón. Pero así que se tocaba +directa ó indirectamente á su orgullo, todas estas bellas cualidades se +nublaban y se ofrecía á los ojos de quien no le conociese como un hombre +feroz é intratable. Era menester que en todas partes hiciese el primer +papel, y si no lo hacía, esto le causaba tristeza y le ponía sombrío. +Donde él estaba no había que molestarse en llevar la mano al bolsillo: +todos los agasajos estaban pagados. Por esto la tienda no le producía<a name="page_052" id="page_052"></a> +beneficio alguno. Las ganancias del mes quedaban saldadas con sus +esplendideces. Pero le servía para hacer figura entre sus amigos.</p> + +<p>Se jactaba de bravo, y lo era; de rico, y, dada su clase, tampoco le +faltaba motivo. Pero, además, se empeñaba en que todas las mujeres se +enamorasen de él, en ser hombre chistoso ó «de buena sombra», como allí +se dice, en cantar, tocar la guitarra y bailar como nadie, en jugar á +los naipes y al billar mejor que ninguno, en quedar fresco después de +haber bebido algunas botellas de manzanilla, mientras los demás rodaban +por el suelo borrachos. Y en esto, como se comprenderá fácilmente, había +sus más y sus menos. Su figura, aunque agradable, era exigua. El mayor +dolor de su vida era no poseer cuatro ó cinco dedos más de estatura. +Pero sabía realzarla extremadamente vistiendo con particular esmero: la +pechera de la camisa adornada con botones de diamantes, la faja de seda, +las botas de charol. Y este alarde de lujo le servía grandemente para +fascinar á las hembras y rendirlas. Despojado de tales atavíos, quizá no +sería tanta su buena fortuna. Pero esto es lo que no se confesaría el +guapo aunque se hallase en el trance de morir.</p> + +<p>Soledad le amó con pasión frenética, mezcla de sensualidad, de +admiración y gratitud. El mundo entero desapareció á sus ojos, no +quedando de toda la creación sino la barba sedosa de Velázquez, sus +blancos dientes africanos y su irónica sonrisa y acento displicente. Por +mucho<a name="page_053" id="page_053"></a> que se jactase de guapo, todavía pensaba la joven que se quedaba +corto. Creía de buena fe que no existía en Cádiz mujer de alta ó baja +calidad que no le envidiase su buena dicha, y las compadecía. Ocupando +aquella posición deshonrosa se creía honrada. Su cerebro estrecho no +comprendía otra gloria que la de ser preferida por tal hombre. Bebía sus +palabras y gestos y se embriagaba con ellos. Hallaba gracia y nobleza en +los más prosaicos actos de su vida y prestaba tal importancia á sus +gustos para vestir, comer ó dormir cual si fuesen preceptos de un código +divino.</p> + +<p>—Pues á Velázquez no le gusta el arroz tan cocido, sino bien +enterito—decía á alguno de los parroquianos que lo prefería blando.</p> + +<p>Y después de comunicarle esta nueva interesante, quedaba sorprendida si +el parroquiano aún se obstinaba en que se lo cociese más.</p> + +<p>Nunca acababa, si alguna comadre del barrio venía á beber una copa de +aguardiente y la conversación recaía sobre el guapo. Era menester que le +diera cuenta de sus costumbres é inclinaciones, las peripecias de su +vida, los negocios que había hecho, las reyertas que había tenido, hasta +de las palabras que había vertido aquel día al entrar y salir de casa.</p> + +<p>Si á un parroquiano le saltaba el botón de la camisa, mientras se lo +cosía, enterábale con orgullo de que Velázquez no gastaba camisas de +algodón como aquélla, sino de hilo puro que le costaban tres duros cada +una. Sus botas,<a name="page_054" id="page_054"></a> sombrero, reloj, etc., eran para la hija de Pontes +objetos preciosos que no podía tocar sin amor y veneración.</p> + +<p>Velázquez se dejaba querer sin sorpresa. La idolatría de Soledad le +parecía tan puesta en razón que lo contrario sería una incomprensible +trasgresión de la lógica. Dentro de casa y á solas era con ella +cariñoso, protector, agradecido, ya que no apasionado. Pero en presencia +de sus amigos se mostraba altivo en demasía, satisfaciendo, á costa de +la pobre joven, su sed insaciable de jactancia. Era menester que todo el +mundo viese patente el rendimiento de aquella mujer. Para ello no le +escaseaba las palabras desdeñosas y las bromitas mortificantes en cuanto +se le ofrecía ocasión. Una de éstas había tomado pie de la afición +desatinada que Soledad tenía al confite más exquisito de la Andalucía, á +las famosas «yemas de San Leandro». Velázquez le había prometido traerle +un cartucho de ellas, pero se le olvidó: recordóselo la joven, volvió á +prometérselo y volvió á olvidársele. Desde entonces, haciendo de este +olvido un pretexto de risa, no cesaba de embromarla en presencia de la +reunión.</p> + +<p>—Soledad, no tengas cuidado... de hoy no pasa, hija mía. Ó te traigo +las yemas esta noche, ó me tiro por la muralla.</p> + +<p>Y al día siguiente, cuando nadie pensaba en ello, se daba el guapo una +palmada en la frente.</p> + +<p>—¡Caramba, qué cabeza la mía!... ¡Ya se me<a name="page_055" id="page_055"></a> han olvidado otra vez las +yemas de Soledad!... ¡Vive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pueden +ustedes estar seguros.</p> + +<p>Y sacaba el pañuelo y le hacía un nudo. Los tertulios reían. Soledad, +avergonzada, reía también.</p> + +<p>—Lo que es conmigo no gastarías tanta guasa, arrastrao—dijo +María-Manuela.—¿No tienes á tu disposición el dinero de la +venta?—añadió encarándose con Soledad.—¿Pues por qué no mandas por +todas las yemas que se te antojen?</p> + +<p>—Eso pregunto yo. ¿Por qué no manda?—replicó Velázquez con retintín.</p> + +<p>Soledad hizo un gesto de impaciencia indicando á María-Manuela que +callase. Por nada en el mundo hubiera distraído un céntimo del dinero +que custodiaba. Velázquez tomaba diariamente las cuentas é +inmediatamente se llevaba el dinero al cajón de su mesa.</p> + +<p>No era esta broma, sin embargo, ni otras semejantes las que mortificaban +más á la joven. Lo que le llegaba al fondo del alma y le hería en lo más +vivo era el tono irónico y fatuo que Velázquez adoptaba cuando se sacaba +á cuento el tema de su matrimonio. Generalmente era Paca quien, en su +afán de legalizar la situación de los amantes, lo ponía directa ó +indirectamente sobre el tapete.</p> + +<p>—Mira, Paca, no te subas al púlpito. Demasiado sabes que estamos en +ello y que no tengo en el mundo otro deseo que ese.<a name="page_056" id="page_056"></a></p> + +<p>—¡Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hubieras hecho, ó por lo menos +hubieras puesto los medios para hacerlo.</p> + +<p>—¡Aguárdate un verano, hija mía! ¿Crees que es tan fácil inflar un +perro? ¿No sabes lo que cuesta en este pícaro pueblo el arreglo de los +papeles, las vueltas que hay que dar y lo mucho que le hacen sudar á uno +por esas oficinas de la iglesia? Te aseguro que hace tiempo que he +encargado á un amigo de andar los pasos... Sólo que es cojo el pobrecito +y camina poco—añadió bajando la voz con acento cómico.</p> + +<p>Los amigos celebraron la gracia. Soledad salió del cuarto llorando, como +siempre que se tocaba este punto.</p> + +<p>Con todo, era feliz. La presencia de su amante, sus cortas pero +sabrosísimas caricias bastaban para enajenarla y hacerle olvidar +aquellas y otras penas. Además, estaba orgullosa y solía jactarse con +las comadres que iban por el día á hacerle tertulia del respeto que +Velázquez la profesaba. Era muy conocida en el círculo de sus amigos la +violencia de éste y las formas brutales que solía emplear con las +mujeres. Se hablaba de lo ligera que tenía la mano para castigar la más +pequeña ofensa: ninguna de sus queridas había dejado de experimentarlo. +Pues bien, con ella jamás se había propasado á tales extremos +repugnantes. Soledad estaba orgullosa; pero tal vez en lo más íntimo del +alma, sin darse ella misma cuenta,<a name="page_057" id="page_057"></a> sentía cierta curiosidad por +conocerlos. Cuando oía describir los rigores que Velázquez había usado +en otro tiempo con una de sus amantes llamada la Pitillera, y que esta +mujer, lejos de aborrecerle, le adoraba cada día con pasión más firme, +quedaba confusa sin comprenderlo; pero sentía cierto cosquilleo interno, +mezcla de temor, de curiosidad y apetito ¿Qué será eso?</p> + +<p>Lo supo más pronto de lo que imaginaba. Su hermano Miguel se había ido +con su madre á Medina cuando Velázquez tuvo á bien despedirla de casa. +El muchacho, gandul y vicioso, como ya sabemos, tomó gusto á la vida de +Cádiz en los meses que aquí permaneció: era un campo mucho más fértil y +ameno para sus calaveradas que Medina. Así que, no pudiendo sufrir la +existencia en este, que le parecía lugarón sombrío y desabrido, se +trasladó á la capital sin permiso de su madre ni dar cuenta siquiera á +su hermana. Vagó algunos días por las zahurdas y lupanares. Velázquez +supo que estaba allí y se lo previno á Soledad lleno de enojo.</p> + +<p>—El tunante de tu hermanito se ha escapado de Medina y anda por ahí con +otros perdidos. ¡Si pone los pies en esta casa cuenta conmigo!</p> + +<p>Soledad prometió no recibirle si lo intentaba. Pero esto era fácil de +prometer y no de cumplir. Un día, hallándose sola en la tienda, se +presentó de improviso Miguel, escuálido, andrajoso, muerto de hambre. +¿Qué iba á hacer<a name="page_058" id="page_058"></a> la pobre sino socorrerle? Le dió de comer y una de sus +sortijas para que la empeñase, pues del dinero no se atrevía á disponer. +Velázquez no lo supo. Pero, á pesar del mucho encarecimiento con que +Soledad se lo rogó, Miguel no dejó de menudear las visitas, hallando +cómodo este puerto donde guarecerse en sus frecuentes naufragios.</p> + +<p>Y sucedió al cabo lo que era de esperar. No faltó quien diese soplo al +amo. Se puso éste en acecho; y un día en que los dos hermanos platicaban +alegremente, Soledad de la parte de dentro del mostrador, Miguel de la +parte de fuera, comiéndose una magra de jamón que la munificencia de +aquélla le había suministrado, bien ajenos de que pudieran ser +sorprendidos, pues Velázquez se había ido á Puerta de Tierra, presentóse +éste de improviso. Sin decir palabra, con cólera muda, cayó sobre el +infeliz muchacho, y á pescozones y puntapiés lo arrojó de la taberna. +Luego, jadeante y pálido, se acercó al mostrador.</p> + +<p>—Oye, niña, ¿no te he dicho que no me da la gana que ese granujilla +ponga los pies en esta casa? ¿Es que te quieres divertir conmigo?</p> + +<p>Y alzando al mismo tiempo la mano, le dió un golpe en el rostro.</p> + +<p>—¡Velázquez!—exclamó la joven en el colmo de la sorpresa, el dolor y +la vergüenza.</p> + +<p>Se alzó de la silla y volvió á dejarse caer sollozando. Después subió á +su cuarto, se echó<a name="page_059" id="page_059"></a> sobre la cama y siguió suspirando largo rato. Los +sentimientos que la agitaban eran la ira y la vergüenza. ¡Poner la mano +sobre ella un hombre, cuando sus mismos padres no lo habían hecho +después que fué mujer! ¿Qué pensarían de ella las comadres ante las +cuales se había jactado tanto? ¿Qué diría Manolo Uceda, á quien había +desmentido tan orgullosamente hacía pocos días?</p> + +<p>Pero su cólera fué ablandando al influjo de las lágrimas, se trasformó +en suave melancolía, y de esta melancolía brotó al cabo una extraña +dulzura que la llenó de sorpresa. Se había disipado el misterio. Ya +sabía lo que era ser abofeteada por un hombre. Destruído aquel último +baluarte de su orgullo, permaneció tranquila á merced de su vencedor. +Quedaron remachados los clavos de su cadena. ¡Era suya, enteramente +suya! Este pensamiento barrió hasta las últimas nubes que oscurecían su +alma. Quedó en una dulce quietud, en un íntimo recogimiento de dicha; le +acometieron ansias locas de humildad. ¿Qué le importaba á ella por el +mundo? ¿Qué le daba á ella el mundo? Quien la hacía feliz era él. Á él +debía, pues, obedecer; él era su rey y señor. El calorcillo que aún +sentía en la mejilla atestiguaba de este señorío y de su vasallaje. +¡Toda la vida, toda la vida su esclava!...</p> + +<p>Velázquez, al cabo de un rato, se asomó á la puerta del cuarto, diciendo +con tono rudo:<a name="page_060" id="page_060"></a></p> + +<p>—Ea, niña, basta de lloriqueo, que la tienda está sola.</p> + +<p>Soledad se levantó encendida y sonriente de la cama, se limpió las +lágrimas con el pañuelo y le echó los brazos al cuello en un rapto de +amor y sumisión.<a name="page_061" id="page_061"></a></p> + +<h3><a name="V" id="V"></a>V<br /><br /> +Celos.</h3> + +<p>Dos meses después de esta escena entró Manolo Uceda una tarde en la +tienda, que á tal hora solía hallarse solitaria. Soledad se había +quedado dormida de bruces sobre el mostrador con la mejilla apoyada +sobre las manos. Entró sin hacer ruido y fué á sentarse cerca de ella.</p> + +<p>Hacía ya tiempo que debía estar en Medina, pues se había despedido de su +madre sólo por diez ó doce días; pero después de haber visto á su +antigua novia y haberla hablado se le hizo imposible la vuelta. De nuevo +quedó preso en aquel amor, el primero y el único de su vida. Al +principio buscando pretextos, luego no respondiendo á las apremiantes +invitaciones de D.ª Carmen para que tornase al pueblo, había<a name="page_062" id="page_062"></a> ido +dejando trascurrir los días sin decidirse á subir al tren. Finalmente, +había escrito á su madre manifestándole que deseaba permanecer en Cádiz +una larga temporada y que si le contrariaba en este deseo estaba +resuelto á embarcarse para América. La pobre señora, asustada y +conociendo el carácter impetuoso de su hijo, por no perderle para +siempre, cedió á su capricho.</p> + +<p>¿Qué esperaba allí? ¿Qué pretendía? Ni él mismo sabría decirlo. Su viaje +le había servido para convencerle del absoluto olvido que su amor +generoso merecía á la hija del guarda, de la ciega pasión que ésta había +concebido por el majo de Medina. Y, sin embargo, aunque lo mereciese, le +era imposible despreciarla, ni aun dejar de amarla. Encontraba tan +inexplicable seducción en sus rasgados ojos aterciopelados, en su +gravedad majestuosa, en el contraste adorable de sus cabellos negros con +el alabastro de su rostro, que no concebía cómo pudiera aborrecerse á un +ser tan bello. El goce de verla, de escuchar su voz, de despertar tal +vez que otra una fugaz sonrisa de complacencia en su semblante le +retenía á su lado. Hallaba gracia en sus palabras, en sus gestos, en sus +manías y hasta en la terquedad que la caracterizaba. La misma limitación +de su inteligencia y su falta absoluta de instrucción, pues sólo sabía á +duras penas leer, servían de alicientes para su amor. «Es una niña» se +decía mirándola con ojos paternales, cuando salía algún gracioso<a name="page_063" id="page_063"></a> +disparate de su boca. «Hace el bien y el mal sin darse cuenta. No es +capaz de sentir pasión alguna. Su amor no es más que un capricho como +todo lo demás. Quizá algún día...» Y esta vaga esperanza, dulce como la +miel, inundaba su corazón de alegría.</p> + +<p>No podía menos de felicitarse también de la facilidad venturosa que +tenía para verla y hablarla á cualquier hora del día. La circunstancia +de habérsele antojado á Velázquez tomar un establecimiento de bebidas, +y, mejor que esto aún, su arrogante tranquilidad, la ausencia completa +de celos que mostraba, dejábale expedito el camino para menudear las +visitas. Hay más, el tabernero le acogía con mayor afecto y cortesía que +nunca y le había presentado en la reunión que todas las noches se +formaba en uno de los cuartos. Era una de tantas señales de su orgullo. +La presencia de Manolo atestiguaba su victoria, que ya los amigos +conocían, y el amor que el pobre joven no lograba disimular le servía de +pretexto para mil bromas jactanciosas en que daba suelta á la arrogancia +que rebosaba de su corazón. No se le escapaba á Manolo esto, ni tampoco +que aquella reunión, compuesta de gente ruda, no correspondía á la +calidad de su persona ni á la educación que había recibido; pero todo lo +sufría con tal de hallarse cerca de Soledad. Quizá no habría mentira en +decir que era relativamente feliz. Cuando se hubo acostumbrado al puesto +secundario que su antigua novia le<a name="page_064" id="page_064"></a> asignara y á la libertad de trato de +aquella sociedad ordinaria lo pasó bastante bien. Su temperamento sano y +alegre se imponía: era llano, cordial, bullicioso y en poco tiempo supo +granjearse el cariño de los tertulios de Velázquez. Tan sólo cuando +observaba algún rasgo del despotismo escandaloso que éste ejercía sobre +su ídolo, alguna frase despreciativa que hacía asomar las lágrimas á los +ojos de la bella, se oscurecía su semblante y quedaba silencioso y +sombrío largo rato. El majo lo notaba y hacía un guiño expresivo á sus +amigos; pero éstos poco á poco fueron dejando de celebrar sus +baladronadas y mirando con mayor respeto al enamorado mancebo.</p> + +<p>Soledad dormía, sin que la mirada de su adorador, posada sobre ella, +inquietase su sueño profundo. Larguísimo rato la estuvo contemplando en +suspensión deliciosa. ¡Qué hermosa estaba! Miraba su mejilla y nada +hallaba en la creación comparable á la suavidad de su piel sonrosada +trasparente. Fijaba la vista en sus labios: las cerezas no eran tan +rojas ni tan frescas: la llevaba más tarde á su cuello, y aquella línea +blanca ondulante donde su negra cabellera se deshacía gradualmente en +vello finísimo como una armonía fugitiva que se pierde en el espacio, le +parecía un sueño más que una verdad tangible. «¡Qué hermosa! ¡qué +hermosa!»—murmuraba con la unción de un místico que dice sus +preces.—¡Y eso que aún faltan los ojos, las dos lámparas maravillosas, +como<a name="page_065" id="page_065"></a> yo los llamo!... De buena gana se hubiese prosternado y +permaneciera así velando su sueño. En aquel instante hallaba disculpa +para sus traiciones y legítimos todos sus caprichos y genialidades, por +extravagantes que fuesen. «Un ser tan soberanamente bello—se +decía—tiene derecho á ser voluble, ya que nadie en el mundo lo merece +por completo. Bastante felicidad produce con dejarse ver: ¿por qué le +hemos de exigir que se sacrifique?»</p> + +<p>Pero sus ojos zahoríes de enamorado creyeron percibir al cabo en torno +de los de la bella un leve círculo rojo que no era producido por la +incómoda postura en que dormía. «Soledad ha llorado hoy» se dijo con +emoción. Tenía conocimiento de lo mucho que sufría, aunque no de los +extremos vergonzosos á que Velázquez había llegado, y siempre que lo +comprobaba por algún signo sentía un estremecimiento de dolor y de ira. +Por su cruel proceder, más que por haberle arrebatado á su amante, +odiaba cordialmente al majo.</p> + +<p>Despertó al fin Soledad. Abrió los ojos repentinamente y, fijándolos en +Manolo, dijo:</p> + +<p>—¡Ah! ¿Eres tú? ¿Has entrado ahora?</p> + +<p>—No, hace ya cerca de una hora que estoy aquí.</p> + +<p>—¿Una hora?... ¿Y qué hacías?</p> + +<p>—Mirarte y remirarte... y aún no quedé satisfecho.</p> + +<p>—¡Pues, hijo, no sé cómo no te empalago!—replicó ruborizándose. Y +añadió para distraer<a name="page_066" id="page_066"></a> la conversación:—Me he levantado temprano esta +mañana, he trajinado mucho por arriba: de modo que en cuanto me senté me +he quedado fritita sobre el mostrador.</p> + +<p>Manolo guardó silencio y reparó con inquietud que tenía los ojos muy +encendidos, señal de haber llorado recientemente y no poco. Soledad, á +quien no pasó inadvertida aquella mirada escrutadora, hizo lo posible +por disipar su sospecha. Se mostró alegre, jaranera.</p> + +<p>—Y díme, ¿cómo te ha ido el jueves por la <i>Palma de Londillo</i>? Ya sé +que has estado allí con unas mujeres...</p> + +<p>—¿Yo?</p> + +<p>—Sí, tú; no me lo niegues. Os habéis bebido un río de manzanilla, y tú +has dormido debajo de la mesa.</p> + +<p>—Hija, te contaré la verdad. Pasaba por allí casualmente de retirada, +cuando me llamaron unos amigos de Medina, Rafael Sánchez y Felipito el +de D. Paco, á quien tú conoces. Entré, charlé cinco minutos, bebí una +copa y me fuí á la cama. Ni yo conozco á las tales mujeres, ni jamás he +dormido ni pienso dormir debajo de las mesas.</p> + +<p>Pero Soledad no quiso creerle. Siguió embromándole con empeño, charlando +y riendo mucho más que de costumbre. Manolo se defendía suavemente, sin +dejar por eso de observar con atención aquellas aciagas señales que su +rostro ofrecía. Al fin no pudo contenerse y cambiando de tono exclamó:<a name="page_067" id="page_067"></a></p> + +<p>—¡Tú has tenido un fuerte disgusto hoy, Soledad!</p> + +<p>La joven soltó una carcajada.</p> + +<p>—¿Eso es lo que estabas reparando, desaborío? ¿Por qué no lo has +soltado antes y me has tenido asustada con esos ojos de alma del otro +mundo?</p> + +<p>—No me engañes, Soledad... Tú has tenido un disgusto—repitió Uceda +mirándola fijamente.</p> + +<p>Soledad siguió riendo con afectación sin responder.</p> + +<p>—¡Hace tanto tiempo que estudio en tu semblante! Por torpe que sea, ya +debo comprender los signos de bonanza y tempestad—manifestó +tristemente.—¿Por qué ocultarme tus penas? ¿Te da vergüenza que yo las +sepa? No debes tenerla... Ya ves, las mías las sabe todo el mundo, y por +eso no me abochorno. El amar no ha sido jamás delito... ¿Temes hacerme +sufrir demasiado mostrándome los estragos de tu pasión? Desecha ese +temor. Por mucho que tú me digas, mi imaginación de seguro ha ido +todavía más allá. Hace ya tiempo que vivo resignado. Sé que no puedo +esperar otra cosa que ser tu amigo; pero, al menos, eso quiero serlo de +verdad, quiero que no tengas otro mejor en el mundo... Cuéntame tus +pesares, hija mía, que aunque yo no pueda hacer nada por aliviarlos, el +pecho se desahoga y no roen tanto allá dentro.</p> + +<p>Soledad reía mientras su antiguo novio hablaba;<a name="page_068" id="page_068"></a> pero aquella risa se +fué al cabo haciendo convulsiva, y algunas lágrimas concluyeron por +brotar de sus hermosos ojos.</p> + +<p>—Soledad, ¿qué tienes?—profirió asustado Uceda levantándose de la +silla.</p> + +<p>La joven le hizo un gesto con la mano para que se sentase, sin dejar de +reir.</p> + +<p>—¿Qué tienes, Soledad?... ¡No rías, por Dios, de ese modo!</p> + +<p>La tabernera dejó caer la cabeza sobre el mostrador, ocultándola entre +sus manos, y así permaneció algún tiempo sacudida por incesantes +carcajadas. Poco á poco estas sacudidas fueron siendo menos vivas, hasta +que cesaron por completo. Al cabo alzó su rostro enteramente bañado de +lágrimas, y dijo sonriendo:</p> + +<p>—¡Qué tonta soy! ¿verdad, Manolo?</p> + +<p>—¿Te has puesto mala?—preguntó él con ansiedad.</p> + +<p>—No, ya estoy bien.</p> + +<p>Y levantándose tomó de la estantería un frasco de azahar, vertió con +mano temblorosa una cucharada y la tragó. Después se enjugó el rostro +cuidadosamente con el pañuelo y volvió á sentarse.</p> + +<p>—Vamos á ver, ¿qué ha sido?—le preguntó cariñosamente el joven.</p> + +<p>Soledad guardó silencio. Él insistió con palabras cada vez más vivas y +cariñosas. Al fin la tabernera profirió en voz baja y concentrada:<a name="page_069" id="page_069"></a></p> + +<p>—Todo se lo he perdonado... ¡todo!... Pero lo que está haciendo ahora +ni yo se lo perdono ni se lo perdonará Dios.</p> + +<p>Y al pronunciar las últimas palabras se le anudó la garganta y estalló +en sollozos. Uceda la dejó llorar un rato en silencio.</p> + +<p>—Que haga de mí lo que quiera—prosiguió cuando se hubo calmado...—Que +me haga su criada... Después de todo, ya lo soy... Pero refregarme los +ojos con otras mujeres... eso no debía hacerlo, ¿no te parece?... Porque +yo no le he dado motivo hasta ahora para tratarme así, bien lo sabe +Dios... Desde que estoy con él no he mirado á ningún otro hombre... ¡que +se me quiebren las manos y se me salten los ojos si no digo la +verdad!... No he ido un día siquiera á Puerta de Tierra, ni á los toros, +ni he puesto los pies fuera de casa más que cuando él me ha llevado á la +plaza de Mina por la noche ó los domingos por la mañana á la del +Mercado. Miro por sus intereses como si fuesen míos... mucho más que si +fuesen míos... ¿Por qué se goza en hacerme padecer?... En cuanto hay +mujeres delante me trata con un despego y un despotismo como no se trata +á una negra... Y les dice requiebros, y retoza con ellas... y si me +presento en el cuarto me pregunta con desprecio: «¿Qué hace usted ahí? +¿A qué viene usted aquí?» Hasta que me echa, y esas perdidas se quedan +riendo de mí... Ahora le da por una que llaman Mercedes la <i>Cardenala</i>. +Se pasa las tardes en su casa, ahí en las<a name="page_070" id="page_070"></a> Barquillas de Lope, y se +pasea con ella por el Perejil... De todo me han informado...</p> + +<p>—¡Eso, más que maldad, es una estupidez!—exclamó Manolo, á quien le +parecía monstruoso que Soledad pudiera ser pospuesta á otra mujer +cualquiera de este mundo.</p> + +<p>—Pues no se ha contentado con esto... Era necesario que me la pusiese +delante de los ojos... Hace un rato pasó por aquí con ella en coche. Y +para que yo no dudase que era él, el malvado, al cruzar por delante de +la puerta, sacó la cabeza.</p> + +<p>—¿Pero iban solos?</p> + +<p>—¡No! Iba una hermana de ella y otras tres personas!... ¡Si me han +dicho que se casan!... ¡Vaya si se casarán!... Como que es rica... Su +padre tiene no sé cuántas tiendas... ¡Y yo no soy más que una pobrecita +huérfana!</p> + +<p>Al llegar aquí rompió á sollozar de nuevo. Manolo hizo lo posible por +calmarla con reflexiones consoladoras. Velázquez tenía buen fondo y la +quería. No era posible que por un capricho momentáneo la abandonase, +deshiciese un lazo que era sagrado por las circunstancias en que se +había contraído. Le gustaba que nadie contrariara su voluntad; pero por +lo mismo no se casaría á un dos por tres con cualquier mujer, sino con +una que tuviera bien probada, que le estuviese enteramente sometida... +como ella.</p> + +<p>¡No lo sabía bien el pobre Manolo! Soledad le había dado cuenta de la +última etapa de sus<a name="page_071" id="page_071"></a> agravios, que era, después de todo, la más dolorosa +para ella, pero no del proceder brutal que venía usando. Desde el día en +que la golpeó por causa de su hermano, Velázquez soltó las riendas á su +temperamento altivo y caprichoso. La pobre muchacha no sabía cómo darle +gusto. Por el asunto más baladí armaba una reyerta, se enfurecía y +concluía por maltratarla. Soledad se encerraba en su cuarto, lloraba un +rato y volvía al cabo á él más sumisa y más enamorada que antes. Fuerza +es declarar que el guapo no solía excederse en estos castigos, como +otros: ni la hería ni la dejaba casi nunca señales ó cicatrices. Más que +por hacerla daño, la pegaba para satisfacer su orgullo; quizá hallando +también cierta voluptuosidad en ello. De todos modos, no dejaba de ser +curioso y extraño ver á aquella mujer, alta, fornida y arrogante, sufrir +con resignación los golpes de un sujeto tan exiguo. Porque Velázquez era +valiente, y lo había demostrado en varias ocasiones; pero siempre con la +navaja. Luchando á brazo partido, con sus propias fuerzas, es casi +seguro que Soledad hubiera dado buena cuenta de él.</p> + +<p>—No; conmigo no se casará jamás, no habiéndolo hecho ya... Ya no me +quiere...</p> + +<p>—Son aprensiones tuyas. Velázquez te quiere, y tarde ó temprano se +casará contigo.</p> + +<p>Decía esto para consolarla, pero sin creerlo. Al pronunciar tales +palabras no pudo reprimir un movimiento de alegría que se le traslució<a name="page_072" id="page_072"></a> +en la voz. Ó porque Soledad lo notase ó, lo que es más probable, porque +le saliese del alma en aquel momento, replicó limpiándose las lágrimas:</p> + +<p>—Es igual... De todos modos yo no seré de nadie más que de él en este +mundo.</p> + +<p>Y murió repentinamente la alegría en nuestro mancebo, como una chispa de +fuego cuando cae en el agua. Quedó silencioso y sombrío largo rato. +Soledad, rumiando con desesperación sus celos, tampoco hablaba. Al cabo +profirió en voz baja:</p> + +<p>—¡Daría la mitad de la vida por sorprenderlos, por decir á esa +sinvergüenza cuatro verdades!</p> + +<p>Manolo siguió silencioso.</p> + +<p>—Oye, querido—tornó á decir con resolución al cabo de un rato.—Me voy +en busca de ellos. ¿Quieres hacerme el favor de acompañarme?</p> + +<p>Una ola de vergüenza subió á las mejillas del caballero de Medina.</p> + +<p>—¿Yo?... ¿Qué dices?...</p> + +<p>—No te apures, hijo—manifestó la joven observando su turbación.—Te lo +he pedido porque, como dudo que Velázquez me defienda, es fácil que +entre todos ellos me maten. Pero si te parece mal, no he dicho nada... +Tan amigos como antes.</p> + +<p>Al mismo tiempo se levantó é hizo ademán de subir á su casa. Manolo la +detuvo, cogiéndola por la ropa.<a name="page_073" id="page_073"></a></p> + +<p>—Aguárdate un instante, criatura...</p> + +<p>Con palabras sensatas le hizo presente lo desatinado de aquel paso, le +expuso todos sus inconvenientes y peligros. Soledad no quiso escucharle. +Acudió luego á las súplicas, á los halagos, y obtuvo el mismo resultado. +Una vez más tuvo ocasión de convencerse de la terquedad nativa de +aquella mujer. Al fin la dejó marchar.</p> + +<p>Estaba cerrando la noche. La tienda se poblaba de sombras que luchaban +con la escasa claridad que aún entraba por la puerta. Uceda metió la +cabeza entre las manos y quedó meditando. Indudablemente, lo que había +dicho Soledad tenía muchos visos de verosimilitud. Velázquez, irritado +por la osadía de su querida, era muy capaz de dejar que la maltratasen, +si es que él mismo no se arrojaba á hacerlo. ¡Pobre Soledad! Aquel +funesto amor la había enloquecido y sería la causa de su ruina completa. +Cuando la vió aparecer de nuevo con un mantón sobre los hombros y +pañuelo de seda á la cabeza sintió tanta compasión que le dijo, +alzándose de la silla:</p> + +<p>—Vamos, niña... vamos donde tú quieras.</p> + +<p>—Gracias, Manolo—replicó la joven con voz temblorosa.—Salte fuera y +aguárdame en la esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no +tardará.</p> + +<p>Salió de la tienda Uceda y necesitó esperarla cerca de media hora +paseando por la muralla. Al fin llegó y echaron á andar emparejados.<a name="page_074" id="page_074"></a></p> + +<p>Era ya noche completa: los faroles de la ciudad estaban encendidos. El +mar rugía sordamente, batiendo su recinto amurallado.</p> + +<p>—Y cuando venga la gente de la reunión ¿qué les dirá el +chico?—preguntó Manolo.</p> + +<p>—Que me dolía la cabeza y estoy en mi cuarto durmiendo.</p> + +<p>Caminaron en silencio algunos minutos.</p> + +<p>—Pero ¿dónde vamos?—dijo al fin Uceda parándose.</p> + +<p>Soledad tardó en responder. Al cabo dijo con acento de vacilación:</p> + +<p>—Si han venido ya de Puerta de Tierra, deben de estar en la tienda de +Crisanto. Velázquez suele parar allí muy á menudo.</p> + +<p>La tienda de Crisanto estaba en la calle de Pedro Conde, muy cerca de +los muelles. Para ir á ella era necesario dar la vuelta á la ciudad, ó +atravesarla por el medio. Soledad optó por lo primero. Siguieron la +curva de la muralla ciñendo la ensenada de la Caleta y, dejando á un +lado las Barquillas de Lope, donde habitaba la aborrecida rival, +continuaron por el paseo del Perejil, y después de bastante andar +llegaron á los baños del Carmen. Ni uno ni otro habían despegado los +labios. Manolo iba avergonzado y pesaroso, temiendo las consecuencias +que de aquel paso precipitado podían resultar. Soledad, emboscada en sus +pensamientos sombríos, sin atender más que al egoísmo de su pasión, ni +miraba á su compañero ni se daba cuenta siquiera de que iba á su lado.<a name="page_075" id="page_075"></a></p> + +<p>Era una noche desapacible de invierno. El cielo estaba nublado. El +viento soplaba recio, haciendo rodar sobre la negra superficie del mar +enormes olas que venían á estrellarse con fragor sobre la muralla. +Cádiz, la más bella ciudad de la Bética, enclavada dentro del Océano, +apoyándose en la tierra solamente por un brazo estrechísimo, vivía feliz +y tranquila en las fauces del monstruo. El bullicio de sus calles +llegaba á los oídos de nuestros jóvenes. De todas las puertas y ventanas +salían rayos de luz y de algunas también las notas dulces de la +guitarra, el chasquido de los palillos y el canto vibrante, apasionado, +de alguna copla. Ya podían las olas batir como bestias feroces sus +murallas, rugiendo amenazas de muerte toda la noche. Nadie escuchaba sus +gritos; nadie se asomaba siquiera á ver sus esperezos titánicos.</p> + +<p>Uceda y Soledad huían instintivamente la luz. En vez de acercarse á las +casas, seguían el pretil de la muralla donde se amontonaban las sombras. +Desde los baños del Carmen no tomaron por una de las calles trasversales +para salir á los muelles, sino que continuaron distraídamente á la +orilla del mar hasta la punta de San Felipe. Los clamores del Océano +eran allí más sonoros y profundos. Las olas rompían en el baluarte con +estrépito y muchas veces saltaban por encima del muro y mojaban el +suelo. Los jóvenes se detuvieron fascinados por aquel imponente +espectáculo: quedaron inmóviles<a name="page_076" id="page_076"></a> frente á la hirviente llanura, +olvidando en un punto sus penas. Al cabo Soledad profirió:</p> + +<p>—¡Qué tiempo tan duro!... Ayer tenía cerco la luna.</p> + +<p>Uceda guardó silencio. Largo rato permanecieron junto al pretil +contemplando la agitación tumultuosa de las aguas. Poco á poco sus ojos +se fueron acostumbrando á la oscuridad. La inmensa superficie del Océano +se desplegó ante ellos erizada de crestas amenazadoras. Soledad concluyó +por sentirse aterrada, como si estuviera en medio de ellas sin pisar +tierra firme. Sin darse cuenta de ello se fué colocando poco á poco +detrás de su amigo.</p> + +<p>—¿Qué es eso?—dijo éste volviéndose.—¿Tienes miedo? ¡Qué harán +entonces aquellos que van por allí!</p> + +<p>Y señaló con la mano un punto que apenas se divisaba en el horizonte.</p> + +<p>—¿Un barco?—preguntó la joven con ansiedad.</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—¡Pobrecitos!</p> + +<p>Y añadió al cabo de un instante:</p> + +<p>—Pidamos á Dios, Manolo, que los saque de esta noche en paz... <i>Padre +nuestro que estás en los cielos...</i></p> + +<p>El caballero de Medina respondió á la oración quitándose el sombrero. +Mientras murmuraba el Padre nuestro, su pensamiento cantaba alabanzas á +Soledad, «¡Tiene un corazón<a name="page_077" id="page_077"></a> excelente! El día que adquiera juicio será +una mujer adorable.»</p> + +<p>Apartáronse del pretil, doblaron la punta de la batería y entraron en +los muelles.</p> + +<p>—¿Sabes una cosa que estoy pensando, Soledad?</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—Que si por casualidad tropezásemos en este momento con Velázquez ó con +algún amigo que se lo fuese á contar, podría imaginarse cualquier cosa y +tendrías un grave disgusto...</p> + +<p>—No lo creas. Velázquez nunca ha tenido celos de ti—se apresuró á +decir la joven con increíble aturdimiento.</p> + +<p>Uceda, en la oscuridad, se puso encarnado hasta las orejas.</p> + +<p>—Es decir, no tiene celos de ti, como no los tiene de nadie... Porque +él es así... ¿sabes?—añadió después de hacerse cargo de su +indiscreción.</p> + +<p>—¡Es natural!... Está muy por encina de todos los demás—manifestó el +joven con acento sarcástico.</p> + +<p>—No es eso, Manolo... Cada cual es como Dios le crió... Hay unos que se +celan de su sombra y dan mucha guerra á las mujeres... y otros que son +confiados y viven siempre tranquilos.</p> + +<p>Uceda estuvo á punto de decir: «Sólo siente celos el que ama»; pero su +alma generosa le hizo volverse atrás, y guardó silencio.<a name="page_078" id="page_078"></a></p> + +<p>En el gran puerto de Cádiz numerosos barcos de todos portes cabeceaban +furiosamente á impulso del oleaje. Sonaban las cadenas, crujían las +maromas y todo parecía á punto de estallar. Algunos farolillos sujetos á +las vergas lucían con vivos movimientos en la oscuridad como estrellas +filantes.</p> + +<p>Bajaron la escalerilla de la muralla, y entrando en la calle de Pedro +Conde se acercaron á la taberna de Crisanto, y Soledad suplicó á su +amigo que se quedara fuera y se ocultase mientras ella entraba á +preguntar. Penetró, en efecto, y la informaron de que Velázquez había +estado allí hacía poco rato, en compañía de algunos amigos y amigas.</p> + +<p>—Hemos llegado tarde—dijo, cuando salió.—Han estado aquí, pero ya se +han ido.</p> + +<p>—Me alegro infinito—replicó Manolo.—El paso que ibas á dar no podía +menos de acarrearte un grandísimo disgusto. Vuélvete á casa antes que +llegue Velázquez, sube á tu cuarto y duerme tranquila. Verás cómo +mañana, con la luz del día, se disipan esas nubes negras que ahora te +atormentan.</p> + +<p>—Sí, sí... me vuelvo—replicó la joven bajándose aún más el pañuelo de +la cabeza para taparse la frente y embozándose con el mantón.—Déjame +ahora, que me voy por las calles.</p> + +<p>—Echa á andar delante. Yo te seguiré nada más que hasta la esquina de +la calle de la Verónica, porque me voy á la cervecería.<a name="page_079" id="page_079"></a></p> + +<p>Emprendió la marcha la arrogante tabernera, y Manolo le dió escolta á +respetable distancia hasta la citada esquina. Allí se detuvo. Soledad, +sin volverse, levantó el brazo é hizo un gracioso saludo de despedida. +Uceda permaneció inmóvil hasta que la perdió de vista. Después, +lentamente, sofocado por mil pensamientos melancólicos, hizo rumbo hacia +la <i>Cervecería inglesa</i>.</p> + +<p><a name="page_080" id="page_080"></a></p> + +<p><a name="page_081" id="page_081"></a></p> + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI<br /><br /> +Disputa.</h3> + +<p>Soledad siguió á paso vivo por la calle de la Carne, que estaba á tales +horas animadísima. Los faroles del municipio y las luces de los +escaparates la bañaban de claridad. Discurría la gente por ella +perezosamente, gozando de aquella primera hora de la noche antes de +retirarse á casa. Grupos de hombres cruzaban charlando en voz alta. Las +señoras iban de uno á otro escaparate paseando los ojos sobre las telas +colgadas en ellos. Algunos chiquillos andrajosos los recreaban con los +dulces expuestos detrás del cristal de las confiterías.</p> + +<p>Soledad avanzaba rebujada en su mantón, con el pañuelo sobre los ojos.</p> + +<p>—¡Vaya unos andares! ¡Qué gloria de cuerpo!<a name="page_082" id="page_082"></a>—Mare bendita, ¿cuándo ha +caído este cacho de firmamento?—¡Bendígate Dios, salero, que me has +deshecho el alma con ese taconeo chiquito!</p> + +<p>Pocos transeuntes cruzaban sin verter en su oído algún requiebro. Los +grupos se abrían para dejarla paso. La gentil tabernera marchaba sin +fijar la atención en tales palabras, sin oirlas siquiera, totalmente +abstraída de lo que la rodeaba. Los celos seguían oprimiendo su corazón +y turbando sus ideas.</p> + +<p>Antes de alcanzar el fin de la calle comenzaron á caer algunas gotas y +se declaró al instante un fuerte aguacero. Siguió caminando impávida sin +guarecerse en los portales, como hizo la mayoría de la gente. Y en vez +de dirigirse á su casa, que ya no estaba lejos, se encaminó hacia las +Barquillas de Lope, donde esperaba sorprender al infiel. Antes de llegar +allá su cuerpo chorreaba. Atravesó á la intemperie la plaza del Balón, y +por una pequeña travesía entró en las Barquillas. Habita allí gente +pobre; las viviendas son pequeñas, sucias: hay algunas tiendas de vinos +y comestibles. Hacia una de éstas algo mejor que las otras avanzó +rápidamente; pero antes de llegar á ella escuchó un canto que la dejó +repentinamente clavada al suelo. Era Velázquez que entonaba una +seguidilla gitana. Quedó inmóvil y pálida. El canto de su querido le +producía siempre efecto extraño que jamás se pudo explicar: la +entristecía, le daba miedo; se<a name="page_083" id="page_083"></a> ponía pálida, y siempre que era posible +se escurría para no oirlo. Y no porque el guapo cantase mal, al +contrario: sin poseer una gran voz, era extremado por su estilo para las +<i>seguidillas gitanas y soleares</i>.</p> + +<p>Nunca se había atrevido á confesar este misterioso efecto; pero +Velázquez llegó á notarlo, y como era hombre complaciente cuando no se +tocaba á su orgullo, procuraba evitarle el disgusto; tanto más, cuanto +que tampoco era muy inclinado á mostrar esta habilidad, que juzgaba poco +varonil. Cuando le instaban para que tomase la guitarra, miraba de reojo +á su querida, sonreía y siempre hallaba pretexto para excusarse.</p> + +<p>Á este inexplicable efecto uníase ahora otro que se explicaba +perfectamente. Soledad necesitó de todas sus fuerzas para no caer al +suelo. El coraje se las dió para seguir avanzando y llegar hasta la +puerta de la tienda, que se hallaba abierta. Dentro no estaba más que su +dueño, el padre de la Mercedes. Pero en un departamento contiguo, +cerrado por cristales al exterior y que comunicaba con la tienda, sonaba +el canto y la guitarra. Los cristales estaban embadurnados con jabón +para que no se pudiese registrar la habitación desde fuera. Se acercó á +ella, y á fuerza de buscar dió con un pequeño intersticio donde la +pringue no había caído, y por él logró ver quién había dentro. Estaban, +á más de Velázquez, la Mercedes á su lado, Frasquito al lado de Pepa, +prima de aquélla,<a name="page_084" id="page_084"></a> con quien mantenía relaciones según se decía, y +Gregorio, hermano de Pepa, cerca de Isabel su prima, hermana de +Mercedes, con la que estaba próximo á casarse. La madre de las +<i>Cardenalas</i> andaba de un lado para otro escanciándoles el vino y +sirviéndoles lo que les hacía falta.</p> + +<p>Soledad, por el momento, no tuvo ojos sino para esta madre complaciente.</p> + +<p>—¡Alcahueta! ¡asquerosa!—murmuró con ira reconcentrada.—Lo que tú +buscas es enredar á Velázquez para que se case con tu hija. ¡Claro, como +es rico, para él todo son mimos! ¿Qué te importa que una pobrecilla +quede deshonrada y á la clemencia de Dios?</p> + +<p>Dos lágrimas saltaron á sus ojos que se secaron al instante. Velázquez +había cesado de cantar y se inclinaba para hablar con Mercedes, quien +con el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la mano mostraba una +actitud marcadamente displicente. Era graciosa esta Mercedes con sus +ojillos chispeantes, los dientes blancos y menudos y la nariz remangada. +Soledad la devoró con la vista largo rato y dejó escapar un suspiro. +¡Sí, si cualquiera hallaría á su gusto esta chiquilla! Y ella, que +poseía los ojos más hermosos de Cádiz, envidió en aquel momento los +pequeñuelos y maliciosos de su rival; quisiera ser bajita y tener la +nariz remangada como ella.</p> + +<p>Isabel era rubia y desgarbada. La prima Pepa, pequeña y fea con un +costurón en el cuello;<a name="page_085" id="page_085"></a> pero eso y mucho más sufriría el avaro de +Frasquito con tal de atrapar el gato de su padre, que lo tenía gordo y +lucido al decir de la gente. Hablaban en voz alta, pero nada de lo que +decían llegaba distintamente á los oídos de la celosa tabernera. +Espoleada por la curiosidad, tanto como por la cólera, entró en el +portal de la casa, donde había una puertecilla que comunicaba con el +cuarto de la tertulia. Por el agujero de la cerradura apenas lograba +verse nada; pero en cambio se oía claramente cuanto se hablaba. Pegó el +oído á él y escuchó.</p> + +<p>Velázquez embromaba á la graciosa <i>Cardenala</i> sobre su tristeza. ¿Por +qué tenía aquella cara tan larga? ¿Por qué no hablaba? ¿Había visto al +lobo? ¿Dónde le había cogido aquel aire? Mercedes respondía con palabras +sueltas y breves, casi siempre agudas; porque tenía ingenio y sal la +muchacha. Los demás reían y tomaban parte en la broma. La voz del guapo +era dulce, insinuante; tenía unas inflexiones humildes que Soledad jamás +había percibido en ella. El corazón se le oprimió, sintió un frío que le +penetró hasta los huesos, y ella, que había venido á armar un escándalo, +á sacar los ojos á su rival, se encontró repentinamente sin fuerzas para +mover un dedo. Su felicidad había volado para siempre: Velázquez estaba +enamorado de aquella mujer. Iba á salir de aquel maldito portal donde le +faltaba la respiración, donde temía estallar en sollozos, cuando entre<a name="page_086" id="page_086"></a> +el oleaje de la conversación creyó percibir su nombre. Aplicó mas el +oído: en efecto, se hablaba de ella. Velázquez invitaba á bailar á Pepa. +Esta se excusaba; había bailado ya mucho en Puerta de Tierra. El majo +insistía. Frasquito, que no deseaba verse privado de la compañía de su +novia, concluyó por decir:</p> + +<p>—Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? No sé cómo apeteces tanto el +bailoteo, cuando tienes en casa una real hembra que baila en la mano.</p> + +<p>—¡Echa realezas, hijo!—exclamó Pepa con mal humor.—¡No eres alguien +para dar títulos!</p> + +<p>—Déjalo, querida—replicó Isabel.—Ha querido decir que es una hembra +de á real.</p> + +<p>—Nada de eso—profirió con viveza Frasquito.—Soledad es una hermosa +mujer aquí y en todas partes, y á nadie se lo he oído negar hasta ahora.</p> + +<p>—¡A cualquier cosa llamas tú hermosa!... ¡Mala puñalá te den +rejoneá!... ¡Quitá allá desaborío! ¿No ves que se están riendo de ti?... +Que me perdone Velázquez, pero en esta ocasión no ha dado pruebas de +buen gusto. No sé cómo hay quien pueda decir que es hermosa una mujerota +grande, grande, como una ballena; sosa, sosa, más que las calabazas.</p> + +<p>—¡Pues si la hubieses visto, como yo, sin corsé!—exclamó +Isabel.—¡Para matarla, hija!...</p> + +<p>—El vientre le arrastra por el suelo.</p> + +<p>—Y la mitad del pelo que lleva es postizo: me lo ha dicho su +peinadora.<a name="page_087" id="page_087"></a></p> + +<p>—¡Vamos, callaros ya!—dijo Mercedes con enojo.—Que sea guapa ó fea, +ni á vosotras ni á mí nos debe tener con cuidado.</p> + +<p>—Yo no digo más que una cosa—replicó Isabel,—y es que si fuese hombre +me gustarían las mujeres, pero no los elefantes.</p> + +<p>—¡Anda con ella, hija!—exclamó Frasquito.—¡Cómete la cabeza y no +dejes siquiera las espinas!</p> + +<p>—Oye tú, empachoso, yo no me como carne tan dura. Tú la subes mucho, +porque está Velázquez presente.</p> + +<p>Este se hallaba molestísimo. Le indignaban aquellas injustas y malévolas +palabras, pero no se atrevía á salir á la defensa de su querida por +miedo de enojar á Mercedes.</p> + +<p>—Ni la subo ni la bajo—manifestó Frasquito en tono agrio.—Digo lo que +todo Cádiz sabe. Si tú no lo quieres confesar, será también porque está +tu hermana delante.</p> + +<p>La disputa iba tomando mal sesgo. La madre de las <i>Cardenalas</i> se creyó +en el caso de atajarla.</p> + +<p>—Déjala, hija, déjala ser todo lo hermosa que dicen y algo más todavía. +Á ti no te toca más que compadecerla, porque le falta á la pobrecita la +hermosura mayor, que es la honra.</p> + +<p>Soledad levantó el pestillo de la puerta y penetró en la estancia. Se +acercó lentamente á la vieja, que retrocedió espantada, y plantándose +delante de ella con los brazos en jarras dijo roncamente:<a name="page_088" id="page_088"></a></p> + +<p>—¿Sabe usted, señora, por qué no tengo honra? Pues porque ese hombre +que está ahí me la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle que me +la vuelva, se humilla y le baila el agua para meterle en casa. Y no sólo +hace usted eso, sino que me afrenta y me clava el puñal por la espalda. +¿Quién es más honrada, señora, usted que le entrega su hija por dinero, +ó yo que me he entregado á él por amor?</p> + +<p>La sorpresa los había clavado á todos á la silla; pero repuestas las +<i>Cardenalas</i>, al instante se levantaron como fieras para arrojarse sobre +la intrusa.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Atreverse la tía pendanga á venir á insultarlas á su propia +casa? ¿Insultar á su madre? ¿Insultarlas á ellas? ¡Esa sin vergüenza! +¡Esa cualquier cosa! ¡Esa p...!</p> + +<p>Y salió el vocablo infamante, y se repitió infinitas veces á gritos por +las cuatro mujeres, trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y +hubieran dado buena cuenta de la infeliz Soledad, á pesar de su +corpulencia, si Velázquez, con arranque generoso, no se hubiese plantado +delante de ella.</p> + +<p>—¡Nadie la toque con un dedo siquiera!</p> + +<p>Las mujeres no osaron avanzar. La fiera actitud del majo les impuso +silencio por un instante. Volviéndose aquél después á su querida y +sacudiéndola por el brazo la miró cara á cara con ira concentrada. Los +dos estaban pálidos.</p> + +<p>—Dí, ¿á qué vienes aquí, loca? ¿á qué vienes aquí?<a name="page_089" id="page_089"></a></p> + +<p>—Pues á ver cómo te diviertes—respondió la joven, cada vez más pálida.</p> + +<p>—Esas tenemos, ¿eh? Pierde cuidado, que ya ajustaremos cuentas.</p> + +<p>—Á eso vengo también... á que me pegues—replicó ella con el rostro +contraído por una triste sonrisa.</p> + +<p>—¡Ya arreglaremos eso, ya!</p> + +<p>—Puedes arreglarlo ahora mismo... ¡Anda, hombre, pega, si con eso te +desahogas!...</p> + +<p>—Lo que vas á hacer es largarte al momento, ¿entiendes?</p> + +<p>—Como tú quieras... Yo no hubiera entrado si esa tía asquerosa no me +hubiera insultado.</p> + +<p>Las cuatro mujeres tornaron á enfurecerse y quisieron acometer á la +tabernera; pero Velázquez la echó fuera á empellones y cerró la puerta. +Entonces su negra cólera se deshizo en injurias candentes, +interminables. Velázquez las escuchó un rato con calma bebiendo á sorbos +el vaso de vino que tenía delante; pero al cabo se hicieron tan pesadas, +que no pudo sufrirlas más tiempo.</p> + +<p>—¡Ea, señoras! ¿Qué va aquí jugado?—profirió dando un fuerte puñetazo +sobre la mesa.—¿Quieren ustedes que dure esta guasa toda la noche?</p> + +<p>Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron su ira, porque el guapo +tenía malas pulgas. Además, Frasquito y Gregorio las instaron á hacerlo. +Se habló de cosas indiferentes como si<a name="page_090" id="page_090"></a> nada hubiese pasado; se bebió y +se cantó otra vez. Pero como la ira seguía rugiendo en los corazones, +aunque los rostros se mostrasen alegres, cuando menos se pensaba estalló +la tempestad de nuevo.</p> + +<p>Velázquez había tomado la guitarra y preludiaba unas <i>soleares</i>. Todos +callaban. De pronto Isabel soltó una fuerte risotada, que al guapo le +produjo insoportable escozor.</p> + +<p>—¿De qué te ríes, hija mía?—le preguntó con aparente calma.</p> + +<p>—Pues me río de verte así, tan pacífico, con la guitarra sobre las +piernas... Dispensa, hijo, no lo puedo remediar.</p> + +<p>Y soltó otra risotada.</p> + +<p>—¿Y cómo quieres que esté, prenda? ¿con la navaja abierta?—replicó el +majo, la voz alterada ya, aunque fingiendo sosiego.</p> + +<p>—No, pero como decían que eras esto y lo otro... y que las mujeres se +desmayaban cuando tú las mirabas serio y que no se atrevían á mover un +dedo sin tu permisos, francamente, me río.</p> + +<p>—Pues mira, niña, hasta ahora ninguna me ha faltado al respeto, ¿sabes? +Pero si tú quieres empezar, puedes hacerlo...</p> + +<p>Isabel no contestó. Siguió riendo de un modo insolente. Al cabo dijo con +calma provocativa:</p> + +<p>—La verdad es, querido, que se te caen los calzones de hombre de bien.</p> + +<p>El rostro del guapo se enrojeció, alzóse airado<a name="page_091" id="page_091"></a> de la silla y se +abalanzó á la insolente, diciendo:</p> + +<p>—Oye tú, niña guasona, ¿quieres probar cómo saben las bofetadas de este +hombre de bien?</p> + +<p>Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las mujeres, temerosas, procuraron +calmarle. Todo había sido broma. Parecía mentira que tomase en serio las +simplezas de Isabel. Ésta se apresuró igualmente á darle excusas. +Restablecióse el sosiego. Velázquez volvió á sentarse sin despegar los +labios, pero á los pocos momentos se despidió con trazas de marchar muy +desabrido.</p> + +<p>Cuando entró en casa, Soledad se hallaba aún en la taberna. En vez de +subir y mudarse la ropa mojada, había querido aguardarle. Al verle +avanzó á su encuentro y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz +temblorosa:</p> + +<p>—¡Perdóname!</p> + +<p>Pero el majo traía el alma resquemando por las palabras de Isabel. +Ningunas podían ser más pesadas y mortificantes para él. Se desprendió +vivamente de aquellos amorosos lazos y la rechazó, dándole un fuerte +empellón. Soledad retrocedió tambaleándose, tropezó con una silla y dió +con su pesado cuerpo en el suelo, hiriéndose con la esquina del +mostrador en la sien. Velázquez no acudió á prestarle socorro. La dejó +tendida en el suelo y subió á encerrarse en su cuarto.</p> + +<p><a name="page_092" id="page_092"></a></p> + +<p><a name="page_093" id="page_093"></a></p> + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII<br /><br /> +El columpio.</h3> + +<p>La mojadura y el disgusto postraron en cama á la pobre Soledad. Se le +declaró una fiebre intensa y estuvo algunos días bastante grave. +Velázquez, como si le remordiese la conciencia de lo que había hecho, se +portó con ella mejor de lo que podía esperarse. Hizo venir al médico y +la prodigó todo género de cuidados y atenciones y, lo que aún es más +raro, apenas salió de casa. En la de las <i>Cardenalas</i> no volvió á poner +los pies; pero tal proceder no debía achacarse al amor de su querida, +sino á su vidriosa susceptibilidad. Las palabras burlonas de Isabel eran +una espina que tenía clavada en el corazón. El orgullo le hizo, pues, +renunciar sin dificultad, no sólo á la mano, sino también al<a name="page_094" id="page_094"></a> trato de +la Mercedes. No volvió á acordarse de ella. Soledad, que muy pronto lo +advirtió, sintió su alma bañada en alegría celeste, y pensando la +inocente que era debido á su cariño, se lo agradeció profundamente. Tal +conducta contribuyó infinitamente más á su curación que las recetas del +médico.</p> + +<p>Después que se levantó de la cama gozó todavía algunos días felices. +Velázquez, en la convalecencia, se mostró afectuoso y atento, la sacó de +paseo y le hizo algunos leves regalos, para ella de gran precio. No +tardó, sin embargo, en fatigarse. En cuanto la vió fuerte comenzó á +tratarla de nuevo con desdén; luego con crueldad. Pero ella todo lo +halló bueno, observando que no reanudaba sus amores con la <i>Cardenala</i>.</p> + +<p>Sus celos no estuvieron dormidos mucho tiempo, por desgracia. +Principiaron á atormentarla con ocasión de las frecuentes y largas +pláticas que el guapo mantenía con Paca la de la Parra. Ésta proseguía +infatigable su tarea de persuasión, ejerciéndola unas veces sobre +Velázquez, otras sobre Antonio. Tanto uno como otro la escuchaban sin +disgusto, porque era una graciosa predicadora y porque les servía para +hacer alarde de su ingenio con agudas respuestas. Resueltos á no seguir +sus consejos, los recibían con benevolencia, se mostraban amables, +jocosos, y embromaban cariñosamente á la célebre <i>cantaora</i>. La llamaban +el padre Francisco. Pero ella no se atufaba ni descomponía.<a name="page_095" id="page_095"></a> Con la +gracia y afluencia que caracterizaban su discurso no cesaba de +sermonearles un día y otro, esperando que al cabo Dios les tocaría en el +corazón.</p> + +<p>—Compare, ¡cómo ha rajado hoy el padre Francisco!—se decían uno al +otro guiñando el ojo.</p> + +<p>Y Paca sonreía y cogía cualquiera ocasión por los pelos para volver á la +carga.</p> + +<p>La verdad es que no tenía mérito alguno sufrir con paciencia sus +sermones. Era Paca una de las más amables, ingeniosas y profundas +mujeres que pudieran hallarse en parte alguna del mundo. En sus ojos +brillaba la inteligencia; su voz insinuante, sus modales impregnados de +natural elegancia, sus palabras llenas de prudencia, como las de Nestor, +rey de Pylos arenosa, y sobre todo aquel incesante jugar con los rizos +de su negra cabellera mientras hablaba, seducían á cuantos tenían la +dicha de escuchar sus lecciones. Su fuerte era la teología moral. Ningún +problema, por arduo que fuese, referente á los deberes del hombre +consigo mismo y con los demás dejaba de tener solución adecuada en +aquella linda cabeza rizada. Pudiera escribir un tratado del matrimonio +más completo é interesante que el del padre Sánchez. ¡Con qué admirable +habilidad iba descomponiendo y repasando cada uno de los términos del +caso ético que cualquier amiga le presentaba! «Á tu marido, dices, no le +gusta la ensalada de patatas... bueno. Tú se la has puesto tres<a name="page_096" id="page_096"></a> días +seguidos... y te pegó... pero ha sido porque no tenías dinero para +comprar longaniza ó carne, ¿no es eso?... Dices que se te había +concluído el dinero antes del fin de la quincena, porque te habías +comprado unos zapatos... Pero los compraste porque tu marido se enfadó +un día que saliste con él y los llevabas rotos... etc.» ¡Oh, cuán +profundamente examinaba los datos y con qué suave elocuencia emitía +luego su fallo inapelable!</p> + +<p>La esposa de Pepe de Chiclana no predicaba sólo con la boca, como tantos +moralistas, sino también con el ejemplo. Á pesar de haberse criado en +una taberna, con la libertad y los peligros que para las jóvenes +ofrecen, jamás tuvieron las malas lenguas sitio por donde atacarla. Era +virtuosa por temperamento, quizá también por el orgullo que le inspiraba +el convencimiento de su superioridad moral é intelectual. Los requiebros +no conseguían conmoverla. En cambio estimaba cualquier signo de respeto +y consideración á su talento, gozaba increíblemente cuando, gracias á su +elocuencia, se alcanzaba la avenencia de dos amigas enemistadas, el +perdón de un padre, la reconciliación de un matrimonio. Y sobre esto +ninguna rigidez antipática, ninguna hipocresía. No le importaba entrar +en una casa de mala fama ni acompañarse de cualquier mujer de dudosa +conducta. Cruzaba sin reparo por medio del lodo, segura de no mancharse.</p> + +<p>Pues tal sencilla altivez, tal indiferencia por<a name="page_097" id="page_097"></a> los halagos de los +hombres, llamaron al cabo la atención del irresistible Velázquez y +concluyeron por preocuparle. Gustaba el guapo de prodigar galanterías, +de festejar á cuantas mujeres hablaba; pero hallaba justo que estas +mujeres se mostrasen lisonjeadas, quería verlas ruborizadas, adivinar +que le hallaban de su gusto: avezado estaba á ello. Con Paca no sucedió +lo mismo. Cuantos más requiebros la soltaba, cuanto más le hacía +comprender que le causaban impresión sus atractivos, más indiferente y +distraída se mostraba ella. Con su donaire peculiar cortaba en seco +cualquier lisonja, desviaba ingeniosamente la conversación y la +encauzaba hacia los temas filosóficos en que tanto se placía. Velázquez +se sintió humillado. Por más que tenía conocimiento de la virtud de la +esposa de su amigo Pepe, y nunca se le había pasado por la imaginación +ponerla á prueba, excitado su orgullo, principió por galantearla en +broma y concluyó por requerirla de amores en serio.</p> + +<p>Paca opuso la misma suave indiferencia á uno que á otro: ni se mostró +halagada ni ofendida. Su táctica consistió en hacerse incrédula y en +rehusar oirle.</p> + +<p>—¡Vaya, niño! ¡á callar!... Too eso es guasa viva. Déjala para las +pobrecitas que no te conozcan como yo.</p> + +<p>Y el majo con esto se mordía los labios y ocultaba con una sonrisa +forzada el despecho que le roía.<a name="page_098" id="page_098"></a></p> + +<p>No pasó inadvertido este galanteo para Soledad. Aunque su inteligencia +no era penetrante de ordinario, la tenía muy fina para adivinar cuanto +ocurría en el alma de su amante. Ningún pensamiento alegre ó triste, +ningún deseo más ó menos vago se le escapaba. Comprendió, pues, al +instante, al través de las bromas triviales de siempre, que Paca le +interesaba y que la estaba galanteando. Pero aquí se detuvo su +penetración. No vió que Paca rehusaba aquel galanteo, que le daba un +ardite por Velázquez, como por todos los demás hombres; no comprendió el +carácter altivo y original de su amiga. Por eso comenzó á ponerle mala +cara, á responderla con sequedad y aun á dirigirle algunas indirectas +ofensivas. Como no podía concebir que mujer alguna rechazase los +obsequios de su querido, estaba persuadida de que Paca los alentaba. +Esta, al principio, no dió importancia á su actitud: la vió triste y +seria, y pensó que su desgraciada situación y el desvío cada vez más +acentuado de Velázquez eran la causa. Pero llegó un momento en que +advirtió claramente que Soledad tenía celos de ella, y se propuso +provocar lo más pronto posible una explicación.</p> + +<p>Una tarde llegó sola á la tienda. Soledad la recibió con marcada +frialdad. Cambiaron algunas palabras indiferentes y, como siempre, la +esposa de Pepe de Chiclana concluyó por tocar el asunto del matrimonio +de su amiga, dándole cuenta de los trabajos diplomáticos que<a name="page_099" id="page_099"></a> llevaba á +cabo para su realización y procurando infundirle esperanzas. Soledad +escuchó distraída y dijo al cabo con impaciencia:</p> + +<p>—Mira, Paca, no te molestes más. No tengo ya ninguna gana de casarme. +Estoy perfectamente así.</p> + +<p>—¿Y desde cuándo eso, niña?... porque hace pocos días bien fatigadita +andabas por llegar á la Vicaría—repuso Paca, picada por el acento +despreciativo que Soledad había dado á sus palabras.</p> + +<p>Ésta no respondió. Encolerizada á su vez por las de su amiga, hizo un +esfuerzo para no dispararse, y lo consiguió; pero no pudo reprimir un +gesto desdeñoso. Paca se mostró aún más herida por este gesto y volvió á +preguntar con sorna:</p> + +<p>—Vamo, hija, cuéntame eso... ¿Desde cuándo?</p> + +<p>Entonces Soledad, volviendo hacia ella su rostro contraído por la ira, +dijo con afectada calma:</p> + +<p>—Desde que tú y Velázquez os entendéis tan bien. Por si se muere Pepe, +no quiero serviros de impedimento.</p> + +<p>Paca soltó una carcajada.</p> + +<p>—¡Acabases de reventar, criatura!... ¿Conque Velázquez y yo nos +entendemos?... ¡Qué traición! ¿verdad tú? Engañar á una amiga que se +confía, que me abre su corazón y me pide ayuda... Por delante mucha +sonrisa, mucha compasión, mucha promesa, y por detrás clavándole el +cuchillo hasta las cachas... ¡Ya! ¡ya!... La<a name="page_100" id="page_100"></a> verdad es que no sé cómo +te contienes y no me rompes la cabeza con una de esas botellas...</p> + +<p>Se echó hacia atrás en la silla y se puso á jugar con los rizos negros +de su frente. Pero su mano, á despecho del sosiego que afectaba, +temblaba levemente. Soledad, con la cara entre las manos, se mantenía en +actitud fiera y recelosa. Paca tuvo lástima de ella.</p> + +<p>—Escucha, Soledad: tú eres una criatura que no ha visto el mundo más +que por un agujero. Ni tienes experiencia ni Dios te ha dado cabeza para +saber lo que entra y lo que sale y lo que cada cual se trae... En una +palabra, Soledad, y dispénsame que te lo diga: tú no vas á ninguna +parte... Porque me ves alegre y guasona á ratos, y bebo y canto y no me +asustan las sandeces de los hombres, te has llegado á figurar que estoy +aquí para todo el que quiera alargar la mano, ¿verdad? Que se te quite, +hija. Tengo un alma de la cual he de dar cuenta á Dios, y no he de +faltar á mi Pepe por nada ni por nadie en este mundo. Porque ahí donde +le ves tan pesadote y tan pelmazo, y que parece que se le pasea el alma +por el cuerpo, es un hombre que sabe distinguir, ¿entiendes? Y hay otros +que parece que las cogen por el aire y, sin embargo, no distinguen, +¿estamos?... Y voy á decirte una cosa para que la sepas, sólo para que +la sepas: si el diablo me tentara algún día, ten por seguro que no +escogería á Velázquez para ello, porque sabe<a name="page_101" id="page_101"></a> muy bien que en la vida me +han gustado los hombres fanfarrones... Bien puedes dispensarme, hija: ya +comprenderás que en este mundo los gustos no son iguales. En mi sentir, +los tuyos son de los que merecen palos; por eso te los dan.</p> + +<p>Soledad guardó silencio obstinado.</p> + +<p>—¡Qué! ¿no te convences?... Pues mira, fácilmente te lo voy á poner +clarito como el agua. Velázquez va á llegar dentro de un momento, ¿no me +has dicho eso?... Anda, hazme el favor de esconderte en ese cuarto y +verás qué chaladita estoy por él... Y mira bien por la cerradura, no sea +cosa que nos hagamos una seña para engañarte.</p> + +<p>La tabernera empezó por resistirse; pero vencida al cabo de las +instancias de su amiga, y aún más por los vivos deseos de arrojar los +celos que la mordían, consintió en ocultarse y asistir á la plática que +se preparaba.</p> + +<p>No tardó en llegar Velázquez, quien se sintió tan sorprendido como +alegre de encontrar sola á Paca, y más cuando se enteró de que Soledad +había ido á casa de una vecina que estaba de parto y tardaría en volver. +No la quiso ver mejor el irresistible jaquetón. Se sentó en la silla que +había de la parte de fuera del mostrador, relamiéndose interiormente, +aunque mostrando en lo exterior la misma actitud fría y soberbia que le +caracterizaba. Y comenzó muy pronto el tiroteo. Rara vez tenía ocasión +de hablar á solas con la esposa de Pepe. Ahora<a name="page_102" id="page_102"></a> que se presentaba no +quiso desperdiciarla.</p> + +<p>—Vengo muy cansado, padre.</p> + +<p>—Pues descansa, hijo.</p> + +<p>—¿Me permite su paternidad besarle la mano?</p> + +<p>—Mi paternidad no da la mano á pillos.</p> + +<p>—Me alegro. Por eso debe dármela á mí, que soy hombre de bien.</p> + +<p>—¿Tú? Ni tienes vergüenza ni la has conocido en tu vida.</p> + +<p>—No lo crea su merced, padre. Si no tuviese vergüenza ya le hubiese +dicho hace tiempo algunas cositas que me hacen cosquillas en el alma.</p> + +<p>—Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque si las tienes hace tiempo +guardadas deben de oler á podrido.</p> + +<p>—Los sacerdotes tienen obligación de escuchar en confesión á los +penitentes...</p> + +<p>—Pero es á los que llegan arrepentidos.</p> + +<p>—Yo lo estoy, padre Francisco.</p> + +<p>—¿Sí? Pues no vivas más tiempo en pecado mortal. Cásate con Soledad.</p> + +<p>Velázquez soltó una risotada.</p> + +<p>—¡Ya pareció aquello! Me extrañaba que tardase tanto.</p> + +<p>—Sí, ya pareció aquello, arrastrao, y parecerá mientras me quede alguna +palabra en la boca.</p> + +<p>—¡Anda! pues tendré que esperar hasta el día del Juicio. Primero le +faltará agua al mar y al cielo estrellas que á ese piquito palabras.<a name="page_103" id="page_103"></a></p> + +<p>Paca se incomodó. Le picaba cualquier alusión dirigida á su increíble +afluencia. Así que, sin advertir que con ello dejaba firme la burla, +respondió con un sin fin de denuestos; de aquí pasó á las reprensiones, +á las censuras, después á las consideraciones y por último á los +consejos. En un cuarto de hora no cerró la boca.</p> + +<p>Velázquez la escuchó con la suya abierta, muy atento y admirado, porque +Paca hablaba tan bien ó mejor que cualquier folletín de los que había +leído. Pero no quiso confesárselo. Antes persistió en embromarla +desviando la conversación hacia los parajes donde le convenía.</p> + +<p>—Pero, en fin, ¿qué me importa que rajes hasta morir y me des tanta +jaqueca, si tienes unos ojos, chiquilla, que bailan como las estrellitas +sobre el agua, si cuando hablas y te mueves hasta el aire que te +envuelve queda empapado de sal?...</p> + +<p>—¿Quieres callarte, pelmazo?... ¿Vas á empezar con las simplezas de +siempre?</p> + +<p>—¡Que sí, niña, que sí!—profirió Velázquez bajando la voz y avanzando +el cuerpo hacia ella hasta meterle las alas del sombrero por los +ojos.—Que eres más rica que los doblones de á cuatro, más salada...</p> + +<p>—Vaya, niño, déjame el alma quieta y no me saques los ojos con el +sombrero, que aunque no son bonitos á mí me hacen avío.</p> + +<p>—¿Que no son bonitos, lucero? Anda, vé y dí eso delante de testigos y +te llevarán á la cárcel.<a name="page_104" id="page_104"></a> Déjame besarlos, salero, ya que sin razón les +has faltado...</p> + +<p>Al pronunciar estas palabras se alzó de la silla y alargando las manos +cogió la cara de la joven para besarla; pero ésta se zafó de ellas con +prontitud; volvió á tomarla Velázquez y de nuevo se arrancó con fuerte +sacudida, levantándose y saliendo á la parte de afuera. Avanzó airada +hacia el majo, que se había sentado, y le dijo con voz alterada +apoyándose en el mostrador con una mano y poniendo la otra en la cadera.</p> + +<p>—Pero, hijo, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que no hay más que decir +«allá voy» para que te respondan «aquí estamos»? Me conoces hace años, +me estás hablando casi todos los días, ¿y todavía no te has enterao de +que no me gustas ni pizca? Porque traes pechera rizá y botones de +brillantes y botas de charol ¿no hay más remedio que derretirse por ti? +No, hijo, yo no me enamoro de la lencería ni de esos requiebros mohosos +que traes siempre en la boca. Anda, vé á emplear tanta gala con las +infelices que te han escuchado. En el mundo hay seda y hay percal, pero +quien no sabe distinguir la seda del percal no debe ir á la tienda, +¿comprendes? Aquí te has equivocado de medio á medio. Lo siento por ti, +que no has dado prueba de mucho pesqui, y lo siento también por esa +pobre muchacha, que merece un hombre más regular.</p> + +<p>Y salió de la tienda con ademán resuelto<a name="page_105" id="page_105"></a> y airado. Velázquez quiso +echarlo á risa y la detuvo por el mantón.</p> + +<p>—Perdone su merced, padre... No he querido faltarle al respeto...</p> + +<p>Pero ella se zafó con un fuerte tirón, dejando en su mano algunos +flecos.</p> + +<p>Quedó bien humillado el guapo. La sonrisa que contraía sus labios se +apagó. Permaneció algunos instantes inmóvil y pensativo, haciendo +esfuerzos por tragar la amarga píldora que le habían propinado. Al cabo +logró consolarse á medias por la consideración de que nadie había +presenciado su derrota y Paca seguramente no daría cuenta de ella. Mas +cuando averiguó que Soledad estaba en casa y cuando ésta le confesó, +después de muchas instancias, que lo había oído todo, se le encendió el +alma de vergüenza y furor. Tuvo fuerzas, no obstante, para disimular. +Dió á su revés la apariencia de una broma mal interpretada. Ya sabía que +con la mayor parte de las mujeres acostumbraba á usarlas, que las hacía +disparatadas declaraciones de amor y le gustaba verlas enojadas. Con +Paca las había usado infinitas veces, sin que jamás se le hubiese puesto +seria; pero como ahora la estaban escuchando, quiso hacerse un poco la +persona y darse tono...</p> + +<p>Soledad fingió creer estas explicaciones, ó acaso las creyó de veras, +pues mirando desde su punto de vista le costaba trabajo suponer que +hubiera mujer capaz de desdeñar aquella octava maravilla de la tierra.<a name="page_106" id="page_106"></a></p> + +<p>Al día siguiente, víspera de Carnaval, fueron ambos á la tienda de la +Parra, por ser último día de columpio. Es costumbre en Cádiz, cuando +llega Navidad, fijar columpios en los patios de las casas, y aun dentro +de éstas cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes se reúnen mancebos +y zagalas en torno del aparato y pasan gozosamente el tiempo +columpiándose, en medio de alegres cánticos y algazara. Los columpios se +descuelgan cuando llega Carnaval.</p> + +<p>En casa de los padres de Paca todos los años se ponía y era uno de los +más famosos y concurridos de la ciudad, porque la tienda poseía un gran +patio (donde crecía la parra que le diera nombre), muy acomodado al +caso. La reunión de la casa de Velázquez se trasladaba allí en masa por +las tardes. Éste casi nunca faltaba tampoco, tanto por el empeño que +había formado de conquistar á Paca, cuanto por las muchas y lindas +jóvenes que allí acudían y ante las cuales gustaba de mostrar su ingenio +y gentileza. Á Soledad sólo la había llevado dos veces en la temporada, +y eso gracias á los ruegos de las amigas. Pero este sábado, por ser la +despedida, ó quizá con algún secreto designio, él mismo la invitó, y la +inocente Soledad aceptó con alegría.</p> + +<p>Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su esplendor. Una linda morena +de rostro picaresco ocupaba el columpio y unos cuantos jóvenes lo +impulsaban á porfía sin cesar de cambiarse<a name="page_107" id="page_107"></a> entre ellos y ella con +gracioso tiroteo un sin fin de donaires, de bromas picantes, de frases, +insustanciales muchas veces, pero alegres siempre y con un delicado +sabor de galantería que sólo se halla en esta poética región del mundo. +Derramados acá y allá, sentados unos en bancos, otros de pie formando +pintorescos grupos, charlaban los mancebos con las mocitas ó escuchaban +embelesados el punteado melancólico de la guitarra. Las conversaciones +eran animadas, ingeniosas; en todas campeaba la imaginación inquieta, el +fácil ingenio, la incoherencia y la irreflexión que caracteriza al +amable pueblo andaluz. Era un burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos +dorados. ¡Cuánto donaire, cuánto disparate, cuánto embuste!</p> + +<p>Debajo de la clásica parra, nuestra pareja halló sentados á Antonio y +María-Manuela con otras personas, y fueron á colocarse cerca de ellos. +Paca predicaba allá en un grupo lejano; pero en cuanto los vió se vino +hacia ellos, saludó á Soledad con efusivo cariño y á Velázquez con la +franqueza de siempre, como si no hubiera pasado nada. La presencia de +Soledad causó, como de costumbre, grata impresión en el sexo masculino. +Se murmuraron requiebros hiperbólicos, se dijeron al oído unos á otros +frases de entusiasmo. Todos envidiaban á Velázquez aquella mujer elevada +y arrogante como una torre de marfil, de pies diminutos y lindos como +los de Hebe la inmortal copera<a name="page_108" id="page_108"></a> de los dioses. Pero nadie osaba +requebrarla en voz alta, porque el majo tenía fama de puntilloso y +agresivo. Tan sólo Antonio, como amigo íntimo, tuvo fuero para exclamar:</p> + +<p>—Dios guarde á la rosa <i>hechizá</i>. Ven acá, salero, siéntate á mi vera, +á ver si vivo cien años más.</p> + +<p>Soledad sonrió con benevolencia.</p> + +<p>—¿Para qué tanto? ¿No vale más estar á mi vera que vivir cien años?</p> + +<p>—¡Mucho que sí! ¡Bendita sea tu boca, clavel de la Italia! Mejor quiero +estar á tus pies una hora que seis meses tomando monedas de cinco duros.</p> + +<p>—Es que no las has visto.</p> + +<p>—Todos los días, en cuanto amanece Dios, le doy tres ó cuatro á María +para que me compre buñuelos.</p> + +<p>—¡Sí darás!—murmuró María-Manuela con mal humor.—¡Disgustos!</p> + +<p>—¡Y bofetás!—añadió Velázquez riendo.</p> + +<p>—Sólo los jueves por la tarde. Tengo ese ramo bien organizado.</p> + +<p>—¡Vaya, no te las eches de plancheta, hijo—profirió la irascible +María,—que se va á creer la gente que te comes los niños crudos!</p> + +<p>Algunas personas se habían acercado y rodeaban el banco donde se +hallaban sentados. Las eternas disputas de Antonio y su querida causaban +gran placer á los amigos. Ésta, por desgracia, se cortó en flor merced á +la voz del guitarrista, que cantó:<a name="page_109" id="page_109"></a></p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="poesia"> +<tr><td align="left"> «<i>Á la que se columpia</i></td></tr> +<tr><td align="left"> echarle rosas,</td></tr> +<tr><td align="left">que todo se lo merece</td></tr> +<tr><td align="left"> por buena moza.»</td></tr> +</table> + +<p>—¡Ole!—¡Anda con ella!—gritaron de todas partes.</p> + +<p>Y la atención se convirtió á la linda morena que ocupaba el columpio. +Ésta sonrió complacida, cerró los ojos y á los pocos instantes cantó:</p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="poesia"> +<tr><td align="left"> «Al columpio he subido</td></tr> +<tr><td align="left"> porque no digan</td></tr> +<tr><td align="left">que mi amante está ausente,</td></tr> +<tr><td align="left"> yo pensativa.»</td></tr> +</table> + +<p>Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de entusiasmo, acogieron la +copla de la chavala.</p> + +<p>Tornó á cantar el guitarrista: respondió ella con la misma gracia. Las +conversaciones se habían suspendido. La gente se había acercado al +columpio y formaba círculo en torno para jalear á la simpática cantaora.</p> + +<p>En aquel instante Manolo Uceda, á quien el chico de la tienda de +Velázquez había dicho dónde estaban sus amos, apareció en la puerta del +patio y quedó inmóvil contemplando la escena. La cantaora, que le vió +desde el columpio, guiñó sus ojos maliciosos y le soltó esta copla:</p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="poesia"> +<tr><td align="left"> «Mocito que está á la puerta</td></tr> +<tr><td align="left">mirando para el columpio:</td></tr> +<tr><td align="left">entre usté y columpiará</td></tr> +<tr><td align="left">la que sea de su gusto.»</td></tr> +</table> + +<p><a name="page_110" id="page_110"></a></p> + +<p>Todos los rostros se volvieron entonces risueños hacia él. Manolo avanzó +confuso y dijo galantemente:</p> + +<p>—De mi gusto, prenda, ninguna más que usté.</p> + +<p>—Pues colúmpie me usté, hijo, y de salud le sirva.</p> + +<p>Apartáronse los jóvenes que movían el aparato y Manolo lo impulsó unas +cuantas veces entre los aplausos del concurso.</p> + +<p>La casualidad había hecho que Paca y Velázquez estuviesen juntos en el +círculo formado alrededor del columpio. Cuando, por haberse bajado la +graciosa morenita, se distrajo la atención de los concurrentes y se +diseminaron otra vez, la esposa de Pepe de Chiclana llevó al majo á un +rincón y tuvo á bien darle una satisfacción de las injurias que le había +dicho el día anterior.</p> + +<p>—Ayer estaba un poco sofocá, ¿sabes? Te habré dicho las mil perrerías: +que eras esto y lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida chilla más +que una rata salida del caño... Luego que me dió el aire entendí que +había hecho mal en sofocarme, porque tú, aunque un poco sin vergüenza, +siempre te has portado como buen amigo y serías un sujeto á pedir de +boca... si te dieran las viruelas. Quiero decir que el día que no +presumas tanto no tendrás pero... á lo menos para mí... Porque hay +mujeres que les gustan los hombres así... ¡vamos!... que repiquen gordo +al andar... Á mí me hicieron de<a name="page_111" id="page_111"></a> otro modo. Me gustan los hombres +formales, callados... y sobre todo que no se la den de nada, +¿comprendes?</p> + +<p>Las explicaciones de la joven fueron largas, interminables é impregnadas +de una profunda filosofía. Así era todo lo que salía de su espíritu, +fértil en pensamientos elevados. Pero en vez de calmar el rencor de +Velázquez dieron por resultado lo contrario. El guapo se sintió aún más +humillado. Tuvo el talento, sin embargo, de disimularlo. Las aceptó por +buenas, rió, lo echó á broma y pidió que no se hablase más del asunto. +Pero en su pecho ardía la cólera y no esperaba más que un pequeño +agujero para salir rugiente y abrasadora.</p> + +<p>Soledad y María-Manuela se habían sentado de nuevo bajo la parra, que +formaba en verano fresco y deleitoso túnel. Como ahora se hallaba +desprovista de pámpanos, habían echado por encima algunas sábanas para +guardarse del sol de Febrero que ya quemaba. Á las dos mujeres se habían +agregado algunas otras y les hacían compañía Antonio, Frasquito, Manolo +Uceda y algún otro joven. Hallábanse charlando tranquilamente cuando, +rompiendo por entre los grupos con señales de agitación en el rostro, +apareció el señor Rafael.</p> + +<p>—¿Dónde está mi sobrino? ¿Dónde está ése?—venía preguntando en voz +alta.</p> + +<p>Y así que llegó á la parra y le divisó, acercóse rápidamente á él y le +dió un estrecho abrazo.<a name="page_112" id="page_112"></a></p> + +<p>—¿Qué ocurre?—¿Qué ha sucedido?—¿Qué albricias son esas?—preguntaron +todos picados por la curiosidad.</p> + +<p>Pero el señor Rafael, sin hacer caso, seguía estrechando entre sus +brazos y dando afectuosas palmaditas en la espalda á su sobrino, quien +no correspondía en modo alguno á tales demostraciones de cariño, antes +procuraba zafarse, mostrando un semblante fruncido que daba miedo. Al +cabo el viejo le dejó libre y, echando atrás dos pasos y dirigiéndose á +los concurrentes con su voz ronca y su ceceo de andaluz cerrado, +exclamó:</p> + +<p>—¡Miren ustedes á ése! ¡mírenlo ustedes bien!... ¿Á que no saben +ustedes lo que ha hecho? Voy á contarlo mas que se ponga colorao... +porque sí... porque las cosas buenas deben decirse y las malas +callarse... Han de saber ustedes que ése y yo hemos estado anoche en la +<i>Palma de Londillo</i> á comer un guiso de almejas y unas aceitunas... +¡Vaya una noticia de importancia! dirán ustedes... Ya lo sé que nada +tiene de particular; pero vamos al caso. El caso fué que nos marchamos +sin pagar. Tampoco esto vale la pena de que se fijen ustedes, porque +muchas veces nos ha pasao lo mismo. Pero ahora viene lo mejor. Acabo de +dar una vuelta por allá, y pregunto: «¿Cuánto es el gasto de anoche?—Ya +está pagado me contestaron.—¿Cómo? ¿Quién lo ha pagado?—Pues su +sobrino.—¡Vamos, niño, no gastes guasa!—Que sí, señor Rafael, que lo +ha pagado.—<a name="page_113" id="page_113"></a>¿Cuándo?—Esta mañana ha pasado por aquí y ha hecho la +cuenta...» Y efectivamente, señores, me enseñaron el libro y estaba +borrada la partida. ¡Ese! ¡ese que está ahí la ha mandao borrar!</p> + +<p>Las últimas palabras del viejo apenas pudieron oirse. Tal fué la +algazara que había levantado su discurso.</p> + +<p>—¡Tío! ¡tío!—exclamó Frasquito rojo de cólera.—¡No tenga usted tanta +guasa!...</p> + +<p>—Pero, hijo, ¿quieres que diga que estuvo mal hecho?... Lo diré, si te +empeñas; pero nadie me creerá.</p> + +<p>—¡Tío, ya le he dicho más de cien veces que la hora menos pensada le +falto á usted al respeto!</p> + +<p>Con dificultad lograron calmarle; todavía más trabajo costó impedir que +se marchase. Afortunadamente intervino Paca, y con su labia sin pareja y +su trasteo logró pronto reconciliarlos. Llevada á feliz término esta +obra de caridad y de elocuencia se subió al columpio.</p> + +<p>Mientras Velázquez iba de grupo en grupo haciendo penar á mocitas y +casadas con sus palabras, humildes y desdeñosas á un tiempo, y el +atractivo de su elegancia, Manolo Uceda se había acercado al de Soledad +y María-Manuela. Quiso entablar conversación aparte con la primera, pero +no pudo conseguirlo. Soledad, engañada por la complacencia de su amante +y por el semblante alegre que mostraba, era feliz en aquel instante. Su +egoísmo infantil la hacía<a name="page_114" id="page_114"></a> incapaz en tal ocasión de sentir ni apreciar +siquiera los sufrimientos y el afecto leal de su antiguo novio. +Recibióle con marcada frialdad, y apenas hizo caso de sus palabras. +Manolo sintió el corazón apretado. Comprendió que su ídolo se hallaba +bajo el influjo de uno de aquellos engreimientos en ella tan comunes, y +se levantó del banco resuelto á irse. Pero antes de llegar á la puerta +salióle al encuentro la morenita del columpio, que estaba agradecida de +su galantería.</p> + +<p>—¿Adónde tan solo, hijo?</p> + +<p>—Pues á la calle, niña—respondió Uceda haciendo esfuerzos por sonreir.</p> + +<p>—¿Cómo? ¿de marcha ya? No puede ser. ¿Ve uté aquel rinconsito tan +apañaito donde ya no da el sol? Pues allí nos vamo á sentá uté y yo... +pa que uté me diga algo... porque ésta es la hora en que no me ha dicho +todavía que tengo los ojos así y la boca andando y el talle de esta +manera y los cabellos de la otra... en fin, toas esas simplesas que +disen ustés los hombres cuando están ajumaos.</p> + +<p>—No se necesita estar ajumao para decir que es usted preciosa... pero +no puedo sentarme porque me aguardan. Otro día será... Hasta la vista, +prenda—manifestó Uceda con la misma sonrisa contraída, alejándose.</p> + +<p>La morenita quedó inmóvil mirándole, y cuando ya estaba lejos exclamó +con acento donde se traslucía el despecho:</p> + +<p>—¡Vaya usté con Dios!<a name="page_115" id="page_115"></a></p> + +<p>Los concurrentes jaleaban á Paca, que desde el columpio dejaba oir su +voz celebrada. Todas las conversaciones quedaron en suspenso. El grito +dulce y poderoso á la vez de la gentil cantaora los había reunido presto +á todos en torno del columpio. Mas apenas cesó el canto tornáronse á sus +respectivos sitios.</p> + +<p>No tardaron en agruparse de nuevo, pero no alrededor del columpio, sino +del banco que ocupaban debajo de la parra Antonio Robledo y su querida, +Soledad, el señor Rafael y su sobrino. La disputa había aparecido al +fin. Rara vez dejaba de haber guasa cuando Antonio y María-Manuela se +hallaban reunidos en público. Esta pobre mujer, después de tantas +experiencias, aún no había escarmentado y seguía cayendo inocentemente +en los lazos que para reirse de ella le tendía aquél. Ahora la querella +se había producido porque Antonio la había llamado en son de desprecio +<i>femenina</i>.</p> + +<p>—Oye, guasón, á mí no me digas eso—respondió María, preparada á +encolerizarse.</p> + +<p>—Que sí, que no eres más que femenina te digo... y todas tus hermanas +lo mismo.</p> + +<p>—¡Házmelo bueno arrastrao! ¡házmelo bueno!</p> + +<p>—Cuando quieras—replicaba él con firmeza, y añadía con énfasis:—Y tu +madre igual...</p> + +<p>—¡Á mi madre no la toques, sin vergüenza porque vamos á salir mal!</p> + +<p>—¡Todas! ¡todas lo mismo!—replicaba Antonio con el mayor desprecio, +volviéndose á los circunstantes que estallaban de risa.<a name="page_116" id="page_116"></a></p> + +<p>—¡Mira, Antonio, no me sofoques! Mira que tengo la sangre más negra ya +que mis zapatos y no respondo de mí—decía ella con los labios pálidos, +temblando de ira.</p> + +<p>—Lo digo y lo repito aquí y en todas partes. ¡Tu madre femenina!... ¡y +tu padre masculino!</p> + +<p>El furor de María-Manuela no tuvo límites al oir el nombre de su padre.</p> + +<p>—¿Á mi padre también, canalla? ¿Á mi padre también?</p> + +<p>Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los amigos se lo impidieron. +Cuando al cabo le explicaron el significado de los vocablos que creía +ultrajantes quedó repentinamente en calma, y echando una mirada torva á +su querido le dijo:</p> + +<p>—¡Anda tú, malaje, que tienes sombra de jiguera negra!</p> + +<p>Velázquez se había acercado á un grupo de muchachas y departía con ellas +regocijadamente. Soledad lo vió al principio con indiferencia; pero la +alegría de las chavalas al cabo fué tan ostentosa, sus carcajadas tan +repetidas y sonoras, que concluyeron por crisparla. Sintió la mordedura +de los celos, y sin prever las consecuencias se acercó al grupo y +mostrando semblante alegre quiso tomar parte también en la jarana. Este +paso fué la gota que hizo rebosar el coraje de Velázquez, demasiado +tiempo comprimido. Volvióse hacia ella y con gesto desabrido le +preguntó:<a name="page_117" id="page_117"></a></p> + +<p>—¿Qué se le ha perdido á usted aquí, niña?</p> + +<p>Era costumbre fatal del guapo tratarla de usted cuando estaba enojado, +para hacer más ostensible su desdén. El tratamiento, la burla que +envolvía la pregunta y la presencia de las jóvenes, sobre todo, hirieron +de tal modo á Soledad, que permaneció clavada al suelo sin acertar á +responder. Vencida al cabo, en parte, su confusión por un supremo +esfuerzo, dijo con voz apagada:</p> + +<p>—Vengo á preguntarte si quieres que nos vayamos... Pronto serán las +cinco...</p> + +<p>—Usted se puede ir cuando guste. Yo me encuentro muy retebién aquí.</p> + +<p>Guardó silencio la joven y bajó los ojos, dudando qué partido tomar. +Pero al levantarlos vió pintada en el rostro de las jóvenes presentes +una sonrisa de burla. Su orgullo se embraveció súbito con tan cruel +espuela. Alzó la cabeza de un modo arrogante y dijo con voz firme:</p> + +<p>—Está bien. Quede usted con Dios, y gracias por la galantería.</p> + +<p>Velázquez, enfurecido por la ironía de estas palabras, replicó riendo +sarcásticamente:</p> + +<p>—Anda tú con él, hija, y ten mucho cuidado de no caerte de simple.</p> + +<p>—Más vale caerse de simple que de fanfarria—dijo ella mirándole cara á +cara.</p> + +<p>El majo se puso encendido hasta las orejas.</p> + +<p>—¿Cuánto vamos á apostar, niña, á que no te vas á casa tan sana como +has venido?<a name="page_118" id="page_118"></a></p> + +<p>—No apuesto nada: para esa hazaña y otras menores sé yo que eres capaz.</p> + +<p>Pintóse un furor rabioso en el rostro de Velázquez al escuchar estas +palabras insolentes; alzó el bastón que llevaba en la mano y cruzó con +él las espaldas de su querida, que estaba ya medio vuelta para irse. Y +hubiera seguido golpeándola si los concurrentes no se hubieran +apresurado á interponerse. Todos le recriminaron aquel acto de barbarie. +Pero el majo no escuchaba sus amistosas reprensiones; poseído de una +cólera ciega, trataba de desasirse, y no pudiendo conseguirlo, la +saciaba con feroces insultos y amenazas.</p> + +<p>—Dejad, dejad que le pise la cara á esa tía deslenguada... Quiero que +se acuerde de mí toda la vida... ¿Os habéis figurao que voy á dejarme +insultar delante de personas regulares por una cualquier cosa á quien he +recogido en medio de la calle?...</p> + +<p>—Vamos, Velázquez, no sueltes cosas que te pueden pesar... Estás +acalorao y no sabes tú mismo lo que dices... Cálmate, que estos +arrechuchos entre dos que se quieren no tienen importancia—manifestó +sensatamente el señor Rafael.</p> + +<p>—¿Quién? ¿yo querer á esa mujer?... ¡Si me sofoca ya más que un día de +levante!... Si tengo más ganas de soltarla que del premio gordo de la +lotería... Porque me carga, ¡ea!... porque me revienta... y está +dicho...<a name="page_119" id="page_119"></a></p> + +<p>Y de esta suerte prosiguió todavía dejando caer otras pesadísimas +palabras.</p> + +<p>Soledad, al escucharlas, se puso más pálida que la cera, y sin responder +ninguna, sin hacer siquiera un gesto, se dirigió precipitadamente á la +puerta y salió.</p> + +<p><a name="page_120" id="page_120"></a></p> + +<p><a name="page_121" id="page_121"></a></p> + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII<br /><br /> +Crisis.</h3> + +<p>Salió y emprendió una rápida carrera al través de las calles, sin saber +dónde iba. El corazón le palpitaba con violencia, ardía su frente y +sentía un extraño frío interno que la violencia del paso no alcanzaba á +mitigar. Al cabo de un rato se encontró frente á su casa. Quedó un +instante inmóvil y se llevó la mano á la frente cual si tratase de +ordenar sus ideas diseminadas. Había allí dentro algo que le abrasaba +mucho más que el bárbaro golpe de la espalda, cuyo cardenal le quedó +impreso largo tiempo. Eran las infames palabras que Velázquez acababa de +pronunciar en presencia de la gente: «¡Me carga! ¡Me sofoca! ¡La he +recogido en medio de la calle!...»<a name="page_122" id="page_122"></a></p> + +<p>No quiso entrar en la tienda en tal estado de agitación, por si había +gente dentro: cruzó el paseo y se arrimó al pretil de la muralla. Allí, +de bruces, en el sitio mismo que había ocupado Manolo Uceda la noche que +había llegado, sollozó largo rato. Las lágrimas refrescaron su alma. Al +erguirse de nuevo había recobrado la calma; era otra mujer. Cuando en su +espíritu sencillo y limitado penetraba una idea, inmediatamente se +enseñoreaba de él y no dejaba espacio para ninguna otra. Ahora la idea +era ésta: «Puesto que él no me quiere, yo no debo quererle á él». Y de +tal manera se imprimió en su cerebro que ya no volvió á sentir +vacilaciones. Su amor hizo crisis. Desde aquel punto quedó +irrevocablemente tomada su resolución. Se enjugó cuidadosamente las +lágrimas, aguardó todavía algún tiempo para que la brisa del mar borrase +por entero sus huellas, y así que se halló bien serena se dirigió con +paso firme á la puerta de la tienda y entró.</p> + +<p>Las pocas personas que allí había saludáronla con agasajo. Joselillo le +preguntó si podría marcharse á evacuar algunos recados; no lo consintió: +tenía que hacer arriba. Subió, pues, á casa é inmediatamente se puso á +sacar de los armarios y á descolgar de las perchas la ropa que le +pertenecía y á guardarla en el baúl. Se iba: se iba inmediatamente. +Mientras colocaba con toda calma y cuidado la ropa, pensaba en el sitio +adonde debía dirigirse. Sin duda el<a name="page_123" id="page_123"></a> único proyecto que le pareció +natural era el de irse á Medina con su madre y ponerse á trabajar de +nuevo y vivir del mejor modo que Dios les diera á entender; pero +necesitaba saber dónde dormiría aquella noche. Pensó en su amiga Paca: +era la más digna por su conducta y la que por su posición mejor podía +ofrecerle hospitalidad. Sin embargo, avergonzada aún de lo que había +pasado entre ambas y quizá también á causa de un cierto rencorcillo que +no había podido arrojar de sí, renunció á pedírsela. Resolvió ir á casa +de María-Manuela, y partir al día siguiente en el tren.</p> + +<p>Velázquez, luego que sació su cólera y orgullo con las afrentosas +palabras que se ha dicho, siguió departiendo y jaraneando con sus +amigos, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, no tardó en sentir una +vaga inquietud, algo que podía ser remordimiento y podía ser también +temor de las fatales consecuencias que la desesperación de su amante +pudiera acarrear. Una mujer despechada es capaz de todo. Tuvo miedo que +hubiese ido derecha á tirarse por la muralla ó se tragase una caja de +fósforos. Así que, no tardó mucho en despedirse de la buena compañía y +se vino hacia casa con el objeto de cerciorarse de que nada funesto +había ocurrido y también con el loable propósito de reconciliarse con su +querida, si ésta se allanaba á pedirle perdón.</p> + +<p>Al entrar preguntó con fingida indiferencia por ella, y como le +respondiesen que estaba<a name="page_124" id="page_124"></a> arriba y la oyese andar con los muebles, quedó +tranquilo. Charló unos instantes con sus parroquianos y al cabo subió. +Al cruzar para su cuarto vió en uno del pasillo á Soledad limpiando un +vestido, y tuvo la magnanimidad de decir: «¡Hola!» Aquélla levantó los +ojos y respondió con la misma gravedad y concisión: «Hola». Siguió el +guapo hasta su habitación un poco sorprendido: esperaba hallarla bañada +en lágrimas ó presa de algún ataque de risa convulsiva de los que á +menudo la cogían. Aquella seriedad, y más que nada la indiferencia de la +mirada y el saludo, le molestaron fuertemente. Desvanecióse su buen +propósito de reconciliación. Sacó del armario los libros de comercio, +encendió la lámpara, porque ya estaba oscuro, se sentó delante de la +mesa y se puso á arreglar cuentas atrasadas. Poco tardó en advertir que +no tenía la cabeza para cuentas. La reyerta primero, la inquietud +después y ahora un poco de irritación y despecho, le habían agitado +demasiado para poder concentrar su atención. Además, hallándose +escribiendo creyó percibir en la habitación contigua cierto ruido +especial, como de un baúl que se arrastra. Sintió curiosidad y sorpresa, +se levantó y encaminó sus pasos hacia la salita donde tenían las camas, +y vió á Soledad inclinada sobre el baúl, apretando la ropa con las +manos.</p> + +<p>—¿Qué haces?</p> + +<p>—¿No lo ves? El baúl—replicó ella con voz firme sin volver la cabeza.<a name="page_125" id="page_125"></a></p> + +<p>El guapo quedó suspenso un instante.</p> + +<p>—¿Para marcharte?</p> + +<p>—Eso mismo.</p> + +<p>Nueva pausa.</p> + +<p>—Bien, hija. Vete bendita de Dios—replicó al cabo girando sobre los +talones y encaminándose de nuevo á su cuarto. Sentóse á la mesa y otra +vez comenzó á trasladar partidas y confrontar sumas. Pero si antes le +costaba trabajo concentrar su atención, ahora le fué del todo imposible; +de tal suerte, que á los pocos minutos dejó la pluma descansar, metió +las manos en los bolsillos y se recostó en la silla, quedando inmóvil +con los ojos en la pared. Llegaban á sus oídos los ruidos de la tienda, +pero no los percibía; en cambio notaba perfectamente las vueltas que +Soledad daba por la casa buscando sus enseres. Al cabo de rato largo +apareció ésta y le dijo desde la puerta:</p> + +<p>—¿Quiere usted venir á ver el baúl?</p> + +<p>—¿Para qué?</p> + +<p>—Para saber si me llevo algo que le pertenezca.</p> + +<p>—No, hija, no; ya sé que no te llevas nada... y si quieres llevártelo +puedes hacerlo: todo está á tu disposición.</p> + +<p>—Muchas gracias. Adiós—respondió volviéndose.</p> + +<p>Cuando ya había dado tres ó cuatro pasos, Velázquez la llamó.</p> + +<p>—Atiende un instante.<a name="page_126" id="page_126"></a></p> + +<p>—¿Qué se le ofrecía á usted?—preguntó ella quedándose á la puerta.</p> + +<p>—Acércate, hija, que no vamos á hablar á gritos.</p> + +<p>Soledad, de mala gana, dió algunos pasos hacia él.</p> + +<p>—¿Qué arrechucho es el que te ha cogido, niña?—preguntóle riendo.</p> + +<p>Soledad alzó los hombros con desdén y profirió gravemente:</p> + +<p>—Hágame usted el favor de decirme lo que se le ofrece, que tengo prisa.</p> + +<p>—Pues nada más sino que eres una tonta rematada, y que por esta +simpleza que estás haciendo merecías que me enfadase y te calentase la +cara—manifestó Velázquez sin dejar de sonreir.</p> + +<p>—Está bien. Adiós.</p> + +<p>Y de nuevo se volvió para irse. Pero Velázquez la retuvo tomándole una +mano.</p> + +<p>—Vamos, niña, no te pongas guasona; no vayamos á enredar el asunto más +de lo que está. Me has dicho una simpleza, te he pegado un palo... +Corriente... ya no hay que hablar del asunto... ¿Pasó?... Pasó.</p> + +<p>La joven se desprendió con un fuerte tirón y repitió con acento aún más +grave y displicente:</p> + +<p>—Está bien. Adiós.</p> + +<p>Los ojos del guapo relampaguearon. Se alzó de la silla y, acercando su +rostro al de la joven, le dijo con frase lenta y amenazadora:<a name="page_127" id="page_127"></a></p> + +<p>—¿Sabes, chiquilla, que ya me voy atufando, y que si llegas á sacarme +de mis casillas habrá que sentir?</p> + +<p>—Lo sentiré por última vez, te lo juro. Pégame, mátame... aprovéchate +ahora, porque en cuanto ponga el pie en la calle se concluyó todo.</p> + +<p>El guapo la miró fijamente y en silencio. Al cabo soltó una carcajada.</p> + +<p>—¡Pero niña! ¿qué mosca te ha picado hoy?</p> + +<p>—Ninguna. Lo único que te aseguro es que estamos hablando por última +vez.</p> + +<p>—Basta, basta—dijo poniéndose grave de nuevo.—No lo cacarees tanto, +que aquí nadie te agarra del vestido. Vete cuando gustes, hija.</p> + +<p>—Adiós.</p> + +<p>—Adiós... Oye una palabra... Aunque te repito que puedes hacer lo que +gustes, debo advertirte que el marcharte ahora no me parece muy +decente... Es ya noche, como ves, y cualquiera, viéndote salir de mi +casa de ese modo, podría suponer que te he echado de ella.</p> + +<p>—Pierde cuidado. Ya me encargaré de decir á todo el mundo que he salido +por mi gusto.</p> + +<p>—De todos modos, el irte ahora es dar una campanada inútilmente. Tienes +que buscar casa donde pasar la noche, y la hora no es á propósito para +eso... Quédate á dormir, y mañana será otro día. Y si sigues plantada te +puedes ir adonde mejor te parezca.</p> + +<p>—No puede ser—repuso con sosiego y firmeza la joven.<a name="page_128" id="page_128"></a></p> + +<p>—Vamos, Soledad, no seas chiquilla. Debes comprender que no hay razón +para esa terquedad. Lo que ha pasado hoy es lo mismo que ha pasado ya +muchas veces... Que tú has estado un poquillo insolente... que yo he +estado otro poquillo bruto... Eso no es motivo suficiente para que se +rompa nuestra unión. Nuestras relaciones no son de ayer, hija mía. Te he +visto nacer, como quien dice; he sido amigo de tu padre, y no puedo +dejarte en medio del arroyo expuesta á la miseria y á la perdición... Tú +no eres para mí una mujer cualquiera, una querida que se toma y se +suelta como un perro de caza... Á ti te he mirado siempre como cosa +propia, y si algunas veces te maltrato es por la misma confianza que +contigo tengo y por este genio polvorilla que Dios me ha dado... Pero +eso no tiene que ver con el aprecio... Yo te aprecio, Soleá, porque eres +buena y eres honrá... y eres decente, ¡vamos!... Y á fuerza de tiempo se +toma cariño á las sillas, cuanto más á las personas... Y para que más de +la verdad... á ti te he tomado más cariño que he tomado hasta ahora á +ninguna mujer...</p> + +<p>Soledad levantó los ojos y le miró á la cara con sorpresa y curiosidad. +El majo había pronunciado las últimas palabras con emoción.</p> + +<p>—Todo eso será verdad, Velázquez... pero estoy convencida de que ni yo +puedo hacerte feliz á ti ni tú puedes hacerme feliz á mí—repuso la +joven dulcemente, pero con firmeza.<a name="page_129" id="page_129"></a></p> + +<p>—Eso lo dices porque aún me tienes coraje; pero no es cierto... Ven +acá, guasona, ven acá que te dé un mordisco por esas palabrillas amargas +que has soltado... Ni tienes vergüenza ni mereces que te mire á la +cara...</p> + +<p>Al mismo tiempo le tomó una mano, y con el otro brazo le enlazó +cariñosamente la cintura para sentarla sobre sus rodillas. Pero la joven +se soltó bruscamente.</p> + +<p>—Hazme el favor de dejarme. He dicho que me iba y no me vuelvo +atrás—profirió en tono resuelto frunciendo el entrecejo.</p> + +<p>El guapo se enfureció otra vez, y olvidando toda galantería, la insultó +groseramente.</p> + +<p>—Pero, hija, ¿qué te has figurao? ¿Piensas que tengo empeño en tenerte +en mi casa? ¡Vaya una alhaja que se me escapa!... ¿Pero tú de qué +presumes, criatura?... ¡Si no vales dos maravedís! ¡Si hace ya mucho +tiempo que no te despido por compasión!... ¡Pues estamos aviados! ¡No se +pone pocos moños el pendoncillo porque le dicen que se quede!... Anda, +hija, anda donde estás haciendo falta...</p> + +<p>Soledad recibió sin pestañear la rociada de injurias que le escupió á la +cara. Cuando hizo una pausa se volvió sin responder palabra y salió de +la estancia. Al trasponer la puerta dejó escapar un sollozo ahogado. +Velázquez siguió todavía largo rato vomitando cólera. Mil frases +desdeñosas, infamantes, salieron de su boca después de quedarse solo.</p> + +<p>Al cabo se calló. Los nervios, alterados, se<a name="page_130" id="page_130"></a> fueron sosegando poco á +poco, y permaneció en la silla sin hacer movimiento alguno, con los ojos +muy abiertos, emboscado en vaga y sombría meditación.</p> + +<p>Las voces de la tienda le sacaron al fin de ella. Se levantó, encendió +un cigarro y guardó de nuevo los libros en el armario. Tomó la lámpara y +fué á la habitación contigua á buscar su capa para salir. Lo primero con +que tropezaron sus ojos fué con el baúl de Soledad cerrado en medio de +la sala. Dejó la lámpara sobre la mesa, comenzó á pasear por la estancia +chupando el cigarro y envolviéndose en nubes de humo. Concluyó el +cigarro y encendió otro, y después otro. Fumaba maquinalmente y daba +vueltas, hasta que concluyó por marearse. Al fin, enojado consigo mismo, +levantó los hombros con ademán desdeñoso, arrojó violentamente la punta +del cigarro y tomó la capa. Pero cuando se disponía á salir oyó abajo +las voces del señor Rafael y Pepe de Chiclana: «Ya están esos ahí» se +dijo. Y volvió á colgar la capa en la percha y bajó á la tienda.</p> + +<p>Mostróse á los amigos más alegre y jovial que de costumbre y estuvo +locuaz en demasía.</p> + +<p>—¿Cómo no baja Soledad?—preguntó al fin Paca.</p> + +<p>—¿Soledad?—respondió el guapo dando á su rostro una expresión +burlona.—Anda y pregunta por ella al sereno.</p> + +<p>—¿Qué quieres decir?</p> + +<p>—Que ya no vive aquí. Se ha mudado.<a name="page_131" id="page_131"></a></p> + +<p>—Pero ¿es de veras?</p> + +<p>—¡Y tan de veras! Hace más de una hora que ha salido disparada como un +cohete. Dios sabe dónde habrá caído.</p> + +<p>Fué grande la sorpresa de los tertulios y unánime su sentimiento, porque +Soledad, á pesar de su gravedad habitual y pocas palabras, era +generalmente estimada. Todos mostraron vivo interés por conocer los +pormenores del rompimiento y lo deploraron con amargura.</p> + +<p>—¡Vaya un lance feo!—exclamó Paca.—Por supuesto que las has de pagar +todas juntas, Velázquez. No hallarás en la vida una mujer que te quiera +tanto.</p> + +<p>—Ni tan guapa—apuntó Frasquito.</p> + +<p>—Ni tan hacendosa y limpia—manifestó Pepe de Chiclana.</p> + +<p>—¿Limpia?—exclamó Paca.—Como los chorros del oro. Daba gusto ver á +esa mujer revolverse por casa. Las cosas que ella tocaba con las manos +relucían como si les diesen cera.</p> + +<p>—Yo no creo que este rompimiento sea para siempre—articuló gravemente +el señor Rafael.—Será una desazón volandera de esas que acostumbráis +los que andáis metíos en el querer. Mañana os volveréis á juntar y ni tú +ni ella os acordaréis si hoy le has dado un palo ó dos besos... Pero si +es cierto que la has echado de tu casa y no la vuelves á llamar, digo, +Velázquez, que no te ayudará Dios, porque no has hecho una cosa +regular... Soleá es una mujer como pocas...<a name="page_132" id="page_132"></a></p> + +<p>—¡Ea, dejarme ya de Soleá!—exclamó el guapo riendo.—¿Me van á dar +ustedes jaqueca toda la noche? ¿No hay otra conversación más +entretenida? Me hartaba esa niña... Un día ú otro tenía que suceder... +Sucedió... ¿Qué le vamos á hacer?... Precisamente en este momento me +están apeteciendo unas lonjitas de jamón. ¿Echamos un solo y las +jugamos?... ¡Eh, niño! tráete una baraja...<a name="page_133" id="page_133"></a></p> + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX<br /><br /> +El Carnaval.</h3> + +<p>El sol abandonaba la mar espumosa y ascendía por la bóveda del +firmamento cuando Velázquez despertó de su sueño. Iba á llamar á Soledad +para que le trajese una camisa, pero recordó súbito lo que había pasado +y sintió un leve vuelco en el corazón. Alzóse del lecho y se vistió +lentamente malhumorado y taciturno. Aproximóse al balcón, que señoreaba +una gran extensión de mar, y derramó por ella sus ojos distraídos. El +céfiro rizaba la inmensa superficie coronando de hermosos y fugaces +penachos blancos sus olas azules. El sol esparcía sobre ella su madeja +de oro haciéndola lúcida y trasparente como una esfera de cristal.</p> + +<p>Pero las sonrisas divinas de la naturaleza no<a name="page_134" id="page_134"></a> fueron poderosas para +desarrugar el semblante ceñudo de nuestro guapo. Dió algunas vueltas por +la casa y, cosa que nunca había notado, le pareció grande y fría. Pensó +que era necesario buscar una mujer para que la arreglase y guisase la +comida, y tuvo intención de llamar á Joselillo para enviar por ella; mas +se contuvo: no había prisa: lo mismo sería al día siguiente. Bajó al +cabo á la tienda, se desayunó y se puso á fumar cigarrillos. Aunque tuvo +deseos de salir para esparcir su mal humor y refrescar la cabeza, no lo +hizo retenido por una vaga esperanza, que no tardó mucho en cuajarse. Á +eso de las doce apareció un hombre en la puerta preguntando por él, con +una carta en la mano. Por su semblante fruncido pasó una imperceptible +ráfaga de satisfacción. ¡Al fin! Esto era lo que había estado esperando +toda la mañana: ya sabía que más tarde ó más temprano había de llegar, y +por eso no se había separado de la tienda. Abrigaba la certidumbre de +que Soledad, á solas consigo misma y así que tropezase con las primeras +consecuencias de la miseria y desamparo en que había quedado, +reflexionaría sobre su falta, se arrepentiría de ella y, depuesto todo +orgullo, vendría humillada á pedir que la admitiese de nuevo en su casa. +Tomó con su habitual gravedad la carta que le presentaba el portador, le +gratificó con largueza y le despidió. Pero el mozo le respondió:</p> + +<p>—Aguardo contestación.<a name="page_135" id="page_135"></a></p> + +<p>Entonces el guapo echó una mirada al sobre y observó que estaba escrito +de mano de hombre. Lo rompió con presteza y leyó la carta. Era de +Antonio Robledo, su amigo: le decía en ella lacónicamente que Soledad +estaba en su casa y que hiciera el favor de entregarle al dador el baúl. +No fué menudo el desengaño al leer la tal esquelita. En sus breves y +sencillas palabras creyó notar un dejo de desdén, ó por lo menos +indiferencia, que le irritó la bilis. Disimuló, no obstante, lo mejor +que pudo, y levantándose de la silla subió á casa seguido del mozo y sin +decir palabra le llevó hasta la sala y le mostró el baúl, que estaba en +medio de ella. Pero cuando el hombre se fué comenzó á resoplar con furia +y á dejar salir de su boca palabras amargas.</p> + +<p>—¡Vaya con Antoñico!... Se ha dedicao á recoger en su zahurda las +palomas que se suertan... ¡Pa que se fíe uno de los amiguitos!... ¿Y +quién es el tío para pedir el baúl? ¿Le toca algo con Soledad?... ¿Por +qué no lo pide ella?...</p> + +<p>Y muy desabrido y amenazando cantar algunas claridades á Antoñico, se +salió de casa.</p> + +<p>Era domingo de Carnaval. Las calles rebosaban de gente. En los balcones +de las casas se apiñaban lindas muchachas de ojos negros para ver +desfilar los coches ocupados por jóvenes enmascarados que les arrojaban +puñados de almendras, anises y caramelos. Desde los<a name="page_136" id="page_136"></a> coches á los +balcones entablábanse animados diálogos, cambiábanse requiebros por +donaires, confites por sonrisas; arrojábanse sonoros besos que, en alas +del viento, iban á posarse tímidamente sobre alguna tersa mejilla +ruborizada. Y la gente de á pie, desde la acera, hacía coro á aquellos +diálogos batiendo las palmas, celebrando con igual algazara los +requiebros picarescos de los mancebos que las respuestas saladas de las +niñas. Cruzaban numerosas comparsas ataviadas con trajes originales, +unas de majos, otras de trovadores, otras de frailes, etc., todas +tocando y cantando muy concertadamente. Pero la que excitaba la +admiración y el aplauso de la muchedumbre era la denominada <i>de las +viejas ricas</i>, compuesta de veinte ó treinta muchachos disfrazados de +viejas con espléndidos trajes de seda, peluca blanca, media negra y +zapato de raso, cuyos cantos deliciosos, impregnados de toda la sal de +la Bética, pronto iban á dar la vuelta á España.</p> + +<p>El sol nadaba sereno por el espacio haciendo brillar la seda de los +vestidos, el carmín de las mejillas, el azabache de los ojos. Por +doquier reinaba el júbilo. El ambiente, cargado de perfumes, de colores +y reflejos, vibraba con los dulces sones de las músicas, con los cantos, +con las risas, con las palabras de amor. En las estrechas calles, +distribuídas en todas direcciones, cortándose, retorciéndose de un modo +caprichoso, hervía la muchedumbre con inquieto<a name="page_137" id="page_137"></a> oleaje, bañándose en un +gozo vivo y espontáneo. La hermosa ciudad del Occidente, ceñida, como la +diosa de Chipre, de su blanco cinturón de espuma, lanzaba una fresca y +alegre carcajada. ¡Oh, feliz el que la haya oído reir de este modo! ¡Más +feliz aún el que pueda vivir y morir en su seno amoroso, bañándose en su +aire tibio bajo un cielo trasparente, escuchando los besos incesantes de +su mar azul que riza la brisa!</p> + +<p>Velázquez recorrió las calles sin participar de esta alegría como otras +veces. Llevaba en su alma el peso de la cólera y el despecho. Estuvo en +la calle Ancha, donde la animación era más grande y las máscaras se +apiñaban con preferencia. Allí tropezó con Manolo Uceda, quien le invitó +á entrar en la cervecería á beber una copa de Jerez. Aunque muy contra +su gusto, aceptó la invitación para que no sospechase su mal humor, y se +esforzó en aparecer jocoso.</p> + +<p>Consiguiólo sólo á medias; tanto que Manolo, que ignoraba el rompimiento +con Soledad, notó, sin embargo, al poco rato que su alegría no era +espontánea y le preguntó:</p> + +<p>—¿Qué tienes? Parece que estás preocupado.</p> + +<p>—¿Yo?... Ni por pienso, hijo. Solamente que este ruido del Carnaval me +empacha un poquillo, ¿sabes?</p> + +<p>Manolo, como de costumbre, no le preguntó por Soledad. Sería delicadeza +ú orgullo, pero es lo cierto que jamás lo hacía. De este modo<a name="page_138" id="page_138"></a> el guapo +pudo salvar del compromiso en que la pregunta le hubiera puesto, y al +poco rato se despidió pretextando que le aguardaban sus amigos. Recorrió +las calles más animadas sin que las contorsiones grotescas ó los gritos +desapacibles de las máscaras que tropezaba provocasen una débil sonrisa +en su rostro taciturno. Varias le saludaron llamándole por su nombre, +porque era hombre popular y conocido en todas las clases sociales. +«Adiós, Velázquez.—Adiós, guapo.—Adiós, elegante.» Respondía y +apretaba el paso, porque no le pedía el cuerpo conversación. Sin +embargo, en la calle de la Amargura, de un grupo de mujeres disfrazadas +de gitanas se destacó una que logró abordarle. Se le plantó delante y le +dijo de manos á boca:</p> + +<p>—¿Conque ya no está Soledad contigo?</p> + +<p>—Eso parece—respondió el majo con su habitual desenfado.</p> + +<p>—¿Y por qué la has echado, niño? Eso está muy feo.</p> + +<p>—Yo no la he echado. Se ha ido ella—replicó con orgullosa modestia, +seguro de no ser creído.</p> + +<p>—¡Vamos, hijo, no te diviertas! Ya sé que le has dao una paliza gitana +en la tienda de la Parra y luego la licencia absoluta.</p> + +<p>—Te engañas, máscara. Se ha marchado ella por su gusto.</p> + +<p>—¡Ay, Velázquez, qué malo eres y qué traidor con las pobres mujeres!... +Pero Dios te castigará<a name="page_139" id="page_139"></a> algún día; no tiene remedio. Dame la mano, +falso; voy á decirte la buenaventura.</p> + +<p>—Tómala, niña, y hazlo vivito que se reúne mucha gente.</p> + +<p>En efecto, las compañeras de la gitana se habían aproximado y tras ellas +algunos transeuntes.</p> + +<p>—Una mujer te quiere, salao, pero tú no la quieres á ella—dijo la +máscara observando las rayas de la mano del guapo y remedando á las +gitanas.—En cambio, estás chalao por otra que huye de ti. Llegarás á +conquistarla, pero al fin te la pegará. Un amigo falso te hará traición. +Serás muy desgraciadito y nadie te compadecerá. La mujer que primero te +dé un beso, por esa te morirás y pasarás fatigas, y ella se reirá de +ti...</p> + +<p>Velázquez sospechó en aquel momento que la máscara era Paca, y dijo +riendo con fatuidad.</p> + +<p>—Consiento en pasarlas. Dame un beso, prenda.</p> + +<p>—No; no quiero tu desgracia sobre la conciencia... Suelta, niño.</p> + +<p>El la retuvo á pesar de sus esfuerzos.</p> + +<p>—Dámelo, aunque tus labios tengan veneno. Mira que muero de ganas de +pasar esas fatigas y de que me hagas desgraciado.</p> + +<p>—¡Suelta, traidor, suelta!</p> + +<p>La gente reía. Las gitanas tiraban de su compañera mientras los hombres, +que se habían parado, animaban al guapo gritándole:<a name="page_140" id="page_140"></a></p> + +<p>—¡Anda! ¡Oblígala!... ¡Que pague la guasita!</p> + +<p>Al cabo se desprendió la máscara y, unida al grupo, se alejó gritando, +mientras Velázquez prosiguió su camino con los labios contraídos por una +sonrisa de orgullosa satisfacción. Aquel ligero incidente le había +puesto de buen humor, pues apenas le cabía duda de que la gitana era +Paca: su misma estatura, su cuerpo y hasta su modo de andar.</p> + +<p>Disipada en parte la niebla que pesaba sobre su espíritu, pudo fijarse y +tomar interés en lo que á su alrededor pasaba. El regocijo y la bulla +crecían á medida que avanzaba la tarde. Una agitación tumultuosa reinaba +en las calles: de su recinto estrecho salía un clamor profundo como el +de un río que se despeña. La muchedumbre se estancaba en las calles +principales impidiendo el paso de los carruajes, que se veían obligados +á permanecer inmóviles largo rato. De pie sobre ellos, máscaras con +grotescas cabezas de cartón excitaban la risa de la gente, gritando y +manoteando de un modo frenético: estaban roncos ya casi todos. Las damas +de los balcones, excitadas por tanto vocerío, mareadas y nerviosas, +gritaban también con alegría loca, arrojaban puñados de papelillos de +colores, cubriendo la calle y la muchedumbre de un manto irisado. +Algunos jóvenes respondían á esta graciosa agresión lanzándoles, con +jeringas de goma, chorritos de agua perfumada. Cuando acertaban á darles +en la<a name="page_141" id="page_141"></a> cara, la muchedumbre aplaudía con entusiasmo. Otros, de pie sobre +las banquetas de los coches con una botella en la mano y una copa en la +otra, servían manzanilla á los conocidos que divisaban.</p> + +<p>—¡Velázquez! ¡Eh, Velázquez!</p> + +<p>El majo vió un máscara que desde lo alto del coche le ofrecía una copa +de vino y se acercó.</p> + +<p>—Ven acá, valiente. Bebe esa copa á la salud de tu niña.</p> + +<p>Velázquez tomó la copa y dijo gravemente:</p> + +<p>—Y á la de la tuya, máscara.</p> + +<p>—¡Oh! La mía no vale un comino al lado de Soledad ¡Vaya una mujer +castiza!... En tu caso no envidiaría ni al arcángel San Rafael.</p> + +<p>¿Por qué les daba á todos ahora por elogiar á Soledad? Si era hermosa, +otras había como ella: no era para tanto. Prosiguió su camino, levemente +disgustado por tal ridículo empeño. Y de nuevo enderezó su pensamiento +hacia Paca, cuyas cualidades empezó á exaltar á toda prisa en su mente á +fin de borrar la imagen que, al parecer, todos se proponían ponerle +delante de los ojos. Había vuelto á quedarse taciturno y marchaba con +arrugado ceño por la calle. Tanta gritería, tanta bulla le iban poniendo +nervioso.</p> + +<p>Pero al revolver la esquina quedó estupefacto viendo frente á sí á Paca, +que marchaba tranquilamente al lado de su marido. Sintióse turbado y +molesto. ¿Quién era, pues, la máscara<a name="page_142" id="page_142"></a> que le había dicho la +buenaventura? Sin embargo, los abordó con fingida calma y alegría. +Charlaron de las máscaras y de las ocurrencias más graciosas que aquella +tarde habían oído. Paca se mostraba alegre, satisfecha y no daba paz á +la lengua, narrando las aventuras de su paseo, haciendo observaciones +profundas unas veces, otras ligeras, siempre atinadas, sobre todo lo que +había visto y oído. Pero se detuvo de pronto y las cortó para decir á +Velázquez bruscamente:</p> + +<p>—Esta mañana he visto á Soledad, ¿sabes? Ya no se va hasta dentro de +unos días. María y Antonio se han empeñado en retenerla...</p> + +<p>Velázquez se encogió de hombros con afectada indiferencia.</p> + +<p>—¡Qué mal has hecho, niño!—prosiguió.—¡Algún día te pesará! No +hallarás mujer tan fiel ni tan cuidadosa de tus intereses.</p> + +<p>¡Y dale con Soledad! ¿No había otra cosa de que hablar en Cádiz? Abrevió +cuanto pudo la conversación y se despidió de los esposos.</p> + +<p>La tarde declinaba. Las calles iban quedando oscuras y el semblante del +guapo también. Decidióse á entrar en una cervecería y tomar algo, pues +no había comido, «¡Vaya con Antoñico! se decía mientras mascaba +distraídamente. ¡Ya lo creo que trabajará por que Soledad se quede en su +casa! ¡No se relamerá poco ese tío podrido teniéndola al alcance de la +mano!... ¡Valiente verde de restregones y achuchones se dará en estos +días!» Y en su corazón, que la tristeza<a name="page_143" id="page_143"></a> oprimía, sintió de pronto la +quemadura de los celos. Aquel Antoñico no cesaba, con un pretexto ó con +otro, de florearla. Mil veces le había oído decir que ninguna mujer le +había gustado tanto en la vida. Luego, era un hombre audaz, no conocía +la vergüenza; lo mismo le importaba recibir una injuria ó una bofetada +que beberse una copa de vino... Ella, claro que no se iba á enamorar de +semejante asqueroso; ¡pero las mujeres son tan bestias! En cuanto las +adulan se vuelven jalea. Había observado que las payasadas de Antonio le +caían en gracia y aceptaba sus lisonjas con gratitud. Á fuerza de +machacar el hierro se dobla...</p> + +<p>Sintió calor en las mejillas. La atmósfera de la cervecería le sofocaba. +Se levantó, pagó y salió á la calle. Soplaba ya la brisa fresca de la +noche. Su pecho oprimido se dilató aspirando con felicidad el aire puro, +que refrescó al mismo tiempo sus sienes y serenó su espíritu. Á paso +lento y con la cabeza baja caminó la vuelta de su casa siguiendo la ruta +de la muralla al borde de la mar para evitar la gente. Una débil +esperanza lucía en la oscuridad melancólica de su pensamiento, la de +encontrar á su llegada carta de Soledad. Le parecía increíble que ésta +rompiese de un modo tan insulso los lazos estrechísimos que los unían, +olvidase en un punto su amor frenético, del cual tantas y tantas pruebas +había recibido. Animado por esta luz y viéndola brillar delante de sí, +cada vez con mayor intensidad, insensiblemente fué apretando el paso<a name="page_144" id="page_144"></a> +hasta llegar casi jadeante á la tienda. Procuró dar á su rostro la misma +habitual expresión indiferente y altiva y, después de saludar á las tres +ó cuatro personas que allí había, preguntó á Joselillo:</p> + +<p>—¿Ha venido algún recado para mí?</p> + +<p>—No, señor—respondió el chico.</p> + +<p>Subió á su cuarto y se dejó caer en la cama fatigado del largo paseo que +había dado y más aún de tanto pensar en la misma cosa. Concluyó por +enfadarse consigo mismo. ¿Á qué tomarlo tan á pechos? ¡Vaya una jaqueca +tonta la que se estaba buscando! Si se marchó, buen viaje. Las +consecuencias del rompimiento serían peores para ella; porque él se +quedaba en su casa, y ella... ella Dios sabe adónde iría á parar. La +idea de ver á su amante padeciendo los rigores de la miseria ó quizá +hundida en un lupanar le conmovió. «¡Pobre chica! se dijo enternecido. +Es una niña caprichosa. Ni sabe lo que hace ni lo que quiere, ni calcula +lo que le puede suceder.» Y dilatándose su espíritu con estas +imaginaciones tiernas y sosegada la cólera, al cabo de un rato se quedó +traspuesto.</p> + +<p>Cuando despertó eran las nueve. Aplicó el oído á los ruidos de la +tienda, y no percibiendo la voz de sus amigos se dijo: «Esos ya no +vienen: se habrán ido al baile ó quedarían por ahí de juerga en +cualquier montañés». Y rápidamente se echó sobre los hombros su capa +torera, bajó al establecimiento, dió á toda prisa las órdenes<a name="page_145" id="page_145"></a> +necesarias y salió á la calle. Sin vacilación de ningún género, con paso +vivo y firme se dirigió á casa de su amigo Antonio. Vivía éste en la +calle de <i>Enrique de las Marinas</i>, bastante lejos del <i>Campo del Sur</i>, +en el piso segundo de una casa vieja y de modesta apariencia. Estaba el +portón abierto. Subió por la estrecha y sucia escalera, y cuando llegó á +la puerta llamó con los nudillos. Nadie salió á abrirle. Llamó más +fuerte, y tampoco. Entonces se puso á dar fuertes porrazos con el puño, +hasta que se abrió una de las puertas de al lado y salió una mujer á +decirle que excusaba de llamar porque no había nadie en el cuarto. Los +vecinos habían salido hacía poco rato y debía de ser para el baile, +porque la señá María-Manuela y una amiga que estaba con ella iban +disfrazadas.</p> + +<p>Velázquez bajó la escalera con un nuevo desengaño en el corazón. ¿Cómo? +La niña, después de lo que había pasado y en situación tan angustiosa, +¿tenía humor para irse al baile? Su amor propio le sugirió la idea +consoladora de que había ido, no por su gusto, sino arrastrada por +Antonio, quien tenía interés en aturdirla y aun corromperla, por aquello +de que «á río revuelto ganancia de pescadores». Se detuvo un instante á +calcular adónde podrían haber ido, y después de pesar atentamente las +probabilidades resolvió encaminarse al teatro Principal.</p> + +<p>El salón estaba ya lleno. En el medio bailaban<a name="page_146" id="page_146"></a> trabajosamente veinte ó +treinta parejas ceñidas por una muralla de espectadores que gritaban, +reían, y les daban ruidosa cantaleta avanzando insensiblemente y +sofocándolas cada vez más. Muchos de ellos estaban ebrios ó tocando en +las lindes de la embriaguez y sus chanzas eran descomedidas. Pero los +que bailaban con las máscaras hallábanse poco más ó menos en el mismo +grado de la escala alcohólica y no se quedaban cortos en las respuestas. +Solamente las mujeres estaban disfrazadas: hombres, uno que otro por +excepción, acaso para llevar á feliz término alguna aventura que +exigiese misterio. Las luces y el vaho de tanta gente habían formado ya +una atmósfera espesa y asfixiante.</p> + +<p>Velázquez se introdujo en el grupo de espectadores y á fuerza de codazos +logró pronto colocarse en primera fila. Se puso á examinar las parejas +que cruzaban. El disfraz ordinario de las mujeres era el dominó; las +había, sin embargo, graciosamente ataviadas con trajes de capricho. +Muchas, sofocadas por aquel ambiente, se habían quitado la máscara, +saltaban con las mejillas rojas y los ojos brillantes, dejándose +arrebatar en el torbellino del baile. Unas se desplomaban con lánguido +abandono en los brazos de sus galanes, abatidas, mareadas, reposando la +cabeza despeinada sobre sus hombros. Otras brincaban con frenesí, +enloquecidas por el ruido y el movimiento, respondiendo con viveza á +cuantos requiebros dejaban caer en sus oídos<a name="page_147" id="page_147"></a> al pasar. Una linda rubia +de ojos negros daba puntapiés con sus zapatitos de raso blanco al galán +que la llevaba abrazada, en castigo quizá de algún desmán, mientras otra +muchacha se volvía á menudo para saludar con la mano á unos jóvenes que +miraban desde un palco, lo cual mortificaba mucho á su pareja.</p> + +<p>Velázquez observó cuidadosamente á cuantas mujeres bailaban esperando +descubrir á Soledad; pero no logró nada. Calló, al fin, la orquesta. Por +todo el ámbito del salón comenzó á hormiguear la muchedumbre con +algazara. Los gritos de las máscaras dando bromas á sus conocidos +levantaban horrible algarabía. Algunas, por su donaire, llamaban la +atención y lucían la viveza de su ingenio en medio de un grupo que las +aplaudía, mientras el pobre hombre víctima de sus burlas, con el rostro +encendido y desfigurado por una sonrisa forzada, hacía inútiles +esfuerzos por exprimir el ingenio y sacar de él alguna respuesta +graciosa.</p> + +<p>El guapo recorrió el salón en todas direcciones por ver si descubría +entre las máscaras á su querida. Tenía la seguridad de reconocerla. +Mientras se dedicaba á esta caza sabrosa sin resultado, alzóse súbito +gran tumulto. La gente se arremolinó hacia uno de los ángulos; las +mujeres chillaban; los hombres se precipitaban para introducirse en el +lugar de la gresca: por algunos momentos reinó espantosa confusión en el +baile. El motivo era que un hombre, sorprendiendo á su mujer allí,<a name="page_148" id="page_148"></a> la +estaba dando de bofetadas. El galán que la acompañaba salió á su +defensa: se había trabado una lucha en la cual tomaron parte los amigos +de uno y otro: brillaron las navajas, y hubiera habido que sentir si los +muchos concurrentes no sujetasen á los gladiadores y la policía no +llegase al punto. Velázquez, que siempre se había mostrado indiferente á +estas bullas y se había reído de los burlados, dijo en voz alta y con +acento colérico que estaba bien hecho y que fué lástima que el hombre no +le hubiese sacado las tripas al galancete.</p> + +<p>Cuando los culpables fueron arrojados del salón y se restableció la +calma, vió entre las máscaras una más alta que le pareció su amante. La +pequeña y gorda que la acompañaba era sin duda María-Manuela. Corrió á +su encuentro, pero ellas, al verle, se separaron vivamente y, cada cual +por su lado, se introdujeron en la muchedumbre, desapareciendo al +instante de sus ojos. Por más que hizo no le fué posible dar con ellas. +Mareado de tanta vuelta, rendido y triste, se determinó al cabo á salir +del baile. Soledad y María-Manuela sin duda se habían vuelto á casa. +Pero antes de retirarse á la suya quiso dar un vistazo por el café +Suizo. Un vago presentimiento le animaba á ello. Sabía que Antonio era +parroquiano y solía llevar con él á María-Manuela.</p> + +<p>En cuanto abrió la puerta y puso el pie dentro la vió. Estaba sentada +cerca del mostrador<a name="page_149" id="page_149"></a> con su amiga María y otra mujer, Antonio y otro +hombre. Llevaba dominó negro y se había quitado la careta. Sus ojos se +encontraron, pero ella apartó los suyos vivamente y por su hermoso +rostro sonriente se esparció una nube sombría. Velázquez vaciló unos +instantes, pero al fin se decidió á acercase á la mesa haciendo un gran +esfuerzo sobre sí mismo para aparecer sereno.</p> + +<p>—Á la paz de Dios, señores.</p> + +<p>Soledad no respondió. Los demás, que no le habían visto, levantaron la +cabeza sorprendidos y saludaron.</p> + +<p>—¿Tú por aquí á estas horas, gachó? ¿Qué milagro es éste?—dijo +Antoñico con intención burlona y malévola que hizo dar un vuelco á la +sangre del guapo.</p> + +<p>¡Con qué placer le hubiera estampado la botella en la cara! Se contuvo, +esperando que algún día se las pagaría aquel sinvergüenza, y adoptando +un tono desenfadado explicó su aparición. Salía del baile, donde se +había aburrido como un perro en misa y, sintiendo sed, se había metido +en el café á tomar una limonada. Y al decir esto batió las palmas y se +la pidió al mozo.</p> + +<p>—Sí, ya sé que has estado en el baile—replicó Antonio con la misma +sonrisilla guasona.</p> + +<p>Velázquez mintió; dijo que había recorrido antes otros dos, y que en +ellos había bailado; pero aunque tenía por cierto que la vecina se<a name="page_150" id="page_150"></a> lo +diría, no tuvo valor para confesar que había estado antes en su casa, +esperando que de aquella conferencia saldría algo que evitase tal +humillación. Y estuvo arrogante y oportuno, como en sus horas más +felices, cuando se hallaba delante de mujeres que se proponía cautivar. +Antonio llegó á dudar, viéndole tan despreocupado, si serían ciertas sus +explicaciones y habría entrado allí por casualidad. Ni una sola vez +volvió los ojos hacia Soledad, cerca de la cual estaba sentado; pero, +sin mirarla, veía su semblante hosco y su entrecejo fruncido. La joven +permanecía rígida y silenciosa: los esfuerzos del guapo no lograban +desarrugarla.</p> + +<p>Al fin se decidieron á retirarse. Velázquez había prevenido al mozo con +una seña, y al pedir la cuenta se encontró con que ya estaba pagada. +Soledad hizo un movimiento de impaciencia y disgusto, que no pasó +desadvertido para el guapo. Pero Antonio halló el paso muy delicado y se +puso de mejor humor. Salieron á la calle. Las tres mujeres se habían +cogido del brazo; los hombres marchaban delante. Mas Velázquez maniobró +hábilmente para quedarse rezagado y se volvió al lado de Soledad, que +daba la acera á las otras dos. Al cabo de un rato de silencio dijo en +voz baja:</p> + +<p>—¿Te has divertido en el baile?</p> + +<p>—Sí—respondió la joven secamente sin volver la cabeza.</p> + +<p>Después de otra pausa volvió á preguntar tímidamente:<a name="page_151" id="page_151"></a></p> + +<p>—¿Has bailado mucho?</p> + +<p>—No—respondió con la misma sequedad.</p> + +<p>Nuevo silencio, durante el cual el majo estrujaba su inteligencia +buscando medio de pasar á la conversación que deseaba.</p> + +<p>—Te he visto y te he reconocido perfectamente hace un momento aunque +llevases careta—dijo al cabo disimulando inútilmente su emoción.</p> + +<p>Soledad no respondió.</p> + +<p>—¿Sabes por qué te he conocido?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Pues por esos pies menuditos que Dios te ha dado y que no tienen +pareja.</p> + +<p>—¡Bah!—dejó escapar la joven con indiferencia.</p> + +<p>María-Manuela, que deseaba vivamente la reconciliación de los amantes, +oyéndoles hablar, dijo algunas palabras al oído á su amiga, y ambas se +separaron bruscamente de Soledad, dejándola sola. Velázquez lo agradeció +en el fondo del alma; pero un gran temor y embarazo le sobrecogieron +inmediatamente.</p> + +<p>—Hace un rato estuve en casa de Antonio... Quería darte la mano antes +de que te fueses... Me dijeron que estabas en el baile, y sin saber cuál +era fuí derecho á ese... ¡La querencia, hija mía!... Tenía la seguridad +de conocerte en cuanto te echase la vista encima. Ni tu cuerpo, ni tu +aire, ni tus pies se pueden equivocar con otros. Tardé mucho en dar +contigo; pero cuando al cabo te vi y traté de saludarte, desapareciste<a name="page_152" id="page_152"></a> +de mis ojos entre la gente y ya no pude hallarte... ¿Me has visto tú?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—...Me guardas rencor todavía, ¿verdad?... Pues mira, Soledad, por +mucho que tú me tengas, más me tengo yo. Quisiera poder molerme las +costillas á palos. Te sobra razón para no mirarme á la cara en tu vida; +pero dicen que de los arrepentidos es el reino de los cielos, y tú para +mí eres el cielo, ¡el cielo de la mañana con campanillas de plata! Un +cachito de gloria, ¿sabes?... Nunca pensé estar tan chalado... Desde que +saliste de casa, ni cantan los pájaros en la jaula, ni huelen las flores +en el balcón, ni el perro hace otra cosa en todo el día que aullar... +Todos parecen decirme: «¡Anda por ella!»</p> + +<p>La joven permanecía silenciosa y grave. Entonces Velázquez, deponiendo +las últimas migajas de orgullo que le quedaban, profirió con voz +temblorosa:</p> + +<p>—He pasado una noche y un día muy amargos, Soledad. Me parecía +imposible que un cariño de toda la vida pudiera romperse en un minuto. +Te he querido de chiquita, cuando te hacía bailar sobre las rodillas y +gorjeabas á mi oído pidiéndome alguna golosina: te he visto crecer y +desarrollarte y volverte poco á poco una real hembra que hacía la boca +agua á toos los gachós de la villa. Y entonces comenzaron mis cuidaos, +¿sabes?... Después pasó lo que pasó y me fuí metiendo, metiendo en<a name="page_153" id="page_153"></a> el +querer... y hoy eres para mis ojos, criatura, la misma Virgen del +Carmen, el principio y el fin de todas las cosas... ¿Por qué no me has +escrito, dí? Una palabra tuya me hubiera hecho volar á tu lado y pedirte +perdón... Pero hacer que me escribiese ese tío no te lo perdonaré +jamás...</p> + +<p>Soledad alzó los hombros con ademán displicente y dijo:</p> + +<p>—Allá tú.</p> + +<p>Velázquez se sintió cada vez más turbado. Una tristeza profunda iba +entrando poco á poco en su pecho. La que él imaginaba pequeña barrera +fácil de saltar se trasformaba en alta, inaccesible muralla. Entonces +halló en su alma palabras sumisas y fervorosas que ofreció en holocausto +á aquella diosa irritada.</p> + +<p>—Desde que te has ido de mi vera no sé lo que me pasa, gachona; ni +duermo, ni como, ni sosiego, ni un momento dejo de pensar en ti. ¡Y yo +que me figuraba que podía vivir tan ricamente sin verte! ¡Sin duda me +has echado algunos polvos en la comida antes de irte, gitana! Me parece +como si hubiera vivido hasta ahora con una venda sobre los ojos sin +saber que tenía cerca un pedazo de cielo, una palomita de oro, un talego +de perlas que á patadas hubiera esparcido por el suelo. Y ahora que me +ha caído la venda me bajo á recogerlas y las beso, ¿sabes?... Escucha: +todo el mundo dice que soy orgulloso y quizá tengan razón; pero contigo +no quiero serlo más. Si has estado en<a name="page_154" id="page_154"></a> mi casa humillada, de hoy para +arriba no volverá á suceder, te lo juro por mi salud... Ocuparás en ella +el sitio que mereces, serás respetada como las santas que están en los +altares y nadie hará allí sino tu voluntad... Á mí me basta para ser +feliz oir tu voz y sentir tus pasos menudos.</p> + +<p>Soledad escuchó impasible este concierto de palabras dulces y protestas +de amor. Caminaron buen trecho en silencio. Al cabo Velázquez, con voz +más débil, prosiguió:</p> + +<p>—Borra de tu memoria cuanto malo te haya hecho hasta ahora. Quiero ser +otro hombre para ti, y si en la vida vuelvo á hacerte una perrada, mala +puñalada me den rejoneá. No pienses más en irte á Medina, ni en que esas +manos de cera trabajen para comer: casa tienes en Cádiz, y mientras yo +viva tan señora serás en ella como la reina en su palacio...</p> + +<p>El mismo silencio obstinado por parte de su compañera.</p> + +<p>—Dí, ¿no quieres venirte conmigo? ¿Serás tan rencorosa como todo +eso?—profirió ansioso y acongojado.</p> + +<p>Pero Soledad, en vez de responderle, se dirigió en voz alta y tono +jocoso á sus amigas, que marchaban delante.</p> + +<p>—Andad más vivito, hijas, que llevamos paso de procesión. ¿Queréis +pasar la noche al fresco?</p> + +<p>Cayéronsele al guapo las alas del corazón. En su vida se había sentido +tan triste. Aún tuvo fuerzas para exclamar:<a name="page_155" id="page_155"></a></p> + +<p>—Vamos, Soledad, olvida mis faltas. Eres muy buena y me perdonarás... +¿Te vienes conmigo?</p> + +<p>La joven guardó silencio cruel y siguió caminando con igual +tranquilidad, como si no hubiese oído.</p> + +<p>Velázquez perdió la esperanza de llevarla de nuevo á su casa. Sintió +frío y se pasó la mano por la frente con abatimiento. Pero no tuvo +aliento para continuar suplicando y caminaron algún tiempo, y llegaron +hasta la puerta de la casa de Antonio, sin que ninguno de los dos +despegase los labios. Antonio y su amigo se detuvieron; uniéronseles en +seguida María-Manuela con la otra mujer: Soledad y Velázquez iban á +hacer lo mismo, cuando éste dejó caer en los oídos de la joven, con voz +angustiosa, estas palabras:</p> + +<p>—¡Pero, Soledad! ¿de veras me vas á dejar marchar solo?... ¡Por lo que +tú más quieras... por la memoria de tu padre, que fué mi amigo, no me +hagas esa ofensa... no tengas tan mala sangre!... ¡Anda, hija mía, vente +conmigo!</p> + +<p>Soledad volvió la cabeza sorprendida de aquella voz extraña y +temblorosa, le miró un instante á la cara y al fin dijo gravemente:</p> + +<p>—Bueno; vamos.</p> + +<p>La alegría dejó suspenso al guapo por algunos minutos; pero reponiéndose +en seguida y tornando á su habitual arrogancia, tomó la mano de la +joven, la pasó por debajo del brazo y así enlazados se acercó al grupo +diciendo:<a name="page_156" id="page_156"></a></p> + +<p>—Camarás, ustedes se van á la cama: nosotros también. Conque á la paz +de Dios y dormir bien.</p> + +<p>María-Manuela prorrumpió en exclamaciones de gozo. Ya sabía ella que +todo aquello era mojama y conversación de Puerta de Tierra.</p> + +<p>—¡Pues no faltaba más que dos gachós tan serranos se juntasen y se +apartasen como dos perros callejeros! Andad, hijos, que las piedras de +la calle os irán echando bendiciones. Soledad, no consientas más en la +vida que ese desaborío te regale ligas. Ya te anuncié que habíais de +reñir...</p> + +<p>Los demás se mostraron igualmente alegres por la reconciliación y les +felicitaron; pero Antonio no dejó de verter su gotita de hiel en la +alegría de Velázquez.</p> + +<p>—¡Así me gustan los hombres!—exclamó dándole palmaditas en el +hombro.—Una mujer como Soleá merece que nos echemos la fachenda á la +espalda.</p> + +<p>El guapo sintió el escozor del alfilerazo, pero disimuló, esperando la +ocasión de tomar revancha; y temiendo no fuese más adelante en sus +bromas, se apresuró á alejarse arrastrando consigo á su querida. Los +despidieron con algazara. Cuando ya estaban lejos, Antonio les gritó +recordando la conclusión de los cuentos:</p> + +<p>—Y todo quedó en paz y gracia de Dios, y yo fuí y vine y no me dieron +nada.</p> + +<p>Soledad se volvió con la faz sonriente y<a name="page_157" id="page_157"></a> replicó, aludiendo también al +final de los cuentos:</p> + +<p>—Te regalaré unos zapatitos de manteca, si los quieres.</p> + +<p>Quedaron al fin solos. Velázquez no halló palabras, acometido á un +tiempo mismo de turbación y gozo. Embargábale una emoción gratísima, una +ternura suave que refrescaba su corazón y lo bañaba de deleite. Jamás +había experimentado aquello. Mil veces había sentido el brazo de Soledad +sobre el suyo, sin que su dulce peso le hiciese estremecer de alegría, +sin pensar que llevaba sobre sí un tesoro. ¿Por qué era tan exquisita la +sensación que ahora percibía? El suave calor de aquel brazo, trasmitido +al suyo, se difundía por todo su cuerpo inundándole de felicidad.</p> + +<p>Al cabo su lengua se desligó para proponerle tímidamente que siguiesen +el camino de la muralla. Soledad no puso reparo alguno, y por una de las +bocacalles salieron al Perejil, totalmente desierto á aquellas horas.</p> + +<p>Era una noche tibia de las postrimerías de Febrero. La luna bañaba ya su +punta argentada en el mar preparándose á dormir en su seno. Por la +inmensa llanura líquida se esparcía una blanca claridad que hacía +temblar al monstruo de júbilo. La blanca diosa, al abandonar el +firmamento y hundirse en las olas, mostraba en silencio su faz radiante +y serena. Las estrellas palidecían ante su majestad. Ningún ruido se +escuchaba más que el leve batir<a name="page_158" id="page_158"></a> de las olas. De los confines del +horizonte la noche venía desplegando su velo misterioso, que pronto iba +á envolver en la sombra la tierra, el cielo y el mar.</p> + +<p>Velázquez, que nunca había fijado su atención en los esplendores de la +naturaleza, sintió la poesía de aquella hora sublime. Un gozo, que +brotaba del fondo del alma, poblaba de encantos cuanto abrazaban sus +ojos, y desataba su lengua avara de palabras. Oprimiendo cada vez más el +brazo de la joven, narrábale al oído cuanto había acaecido en su +ausencia, la informaba de todos los pormenores de la casa, deslizando en +el relato conceptos halagadores, frases cariñosas que daban testimonio +de su ventura. Sentía en aquel instante irresistibles impulsos de +adoración, de poner al descubierto su alma y explicar los sufrimientos +que había experimentado en las últimas horas; los explicaba con el +placer de un náufrago que, al amor del fuego, en un sillón confortable, +cuenta los terribles peligros que ha corrido, seguro de no verse más +expuesto á ellos.</p> + +<p>Soledad escuchaba serena, complacida, dejándose arrullar por aquella +cascada de palabritas de miel que nunca habían llegado á sus oídos. +Llevaba los ojos puestos en el cielo y sonreía de vez en cuando á los +amorosos extremos de su amante. De repente vió correr una estrella, y +para que no fuese mensajera de algún mal exclamó:</p> + +<p>—¡Dios te guíe! ¡Dios te guíe!<a name="page_159" id="page_159"></a></p> + +<p>Velázquez la miró sorprendido.</p> + +<p>—¿Cómo que Dios me guíe? Ya me ha guiado hacia ti, serrana, y estoy +contento.</p> + +<p>—No: se lo decía á una estrella corrida.</p> + +<p>—¡Ah! ¿Cuentas las estrellas del cielo?—dijo el guapo.—Pues ten +cuidado, porque tantas como cuentes te saldrán de arrugas en la cara... +Pero no te importe, niña, que cuando eso suceda yo no podré ya con la fe +de bautismo en papeles y tendrás que sacarme en una espuerta al sol.</p> + +<p>Ambos rieron representándose aquel porvenir lejano. Y charlando de esta +suerte llegaron al fin á casa; y después que Soledad hubo echado una +mirada investigadora por el establecimiento, subieron para reposar.</p> + +<p><a name="page_160" id="page_160"></a></p> + +<p><a name="page_161" id="page_161"></a></p> + +<h3><a name="X" id="X"></a>X<br /><br /> +Rebelión.</h3> + +<p>Velázquez se sintió al día siguiente avergonzado en presencia de su +querida. Se levantó, no obstante, de buen humor y la prodigó muchas +delicadas atenciones que no acostumbraba á usar: bebió y comió con +apetito y estuvo locuacísimo todo el día. Por la noche agasajó á sus +amigos en celebridad de la reconciliación, y éstos pudieron notar que su +alegría era excesiva y que había depuesto aquella gravedad displicente +que rara vez le abandonaba. En los días sucesivos se alteraron un poco +sus hábitos. Estaba mucho menos tiempo fuera de casa: dentro no se +escuchaban aquellos juramentos y amenazas que por el más insignificante +descuido dejaba escapar de su boca: se levantaba tarde, se acostaba<a name="page_162" id="page_162"></a> +temprano: jugaba largas horas al <i>rentoy</i> con los parroquianos, y en las +disputas que el juego suele engendrar mostrábase tolerante y +conciliador. En suma, parecía un hombre feliz en paz con el mundo y +consigo mismo.</p> + +<p>Soledad también lo era, al parecer. Atenta á la dirección del +establecimiento, grave, activa, tranquila como una diosa, recibía las +finezas de su amante con suave sonrisa de complacencia, mirándole de vez +en cuando con el rabillo del ojo. Escuchaba mucho, hablaba poco y +observaba sin cesar. Las noches en que había música en la plaza de Mina, +salía con su amante á escucharla. Por las tardes también quería éste +sacarla á paseo, pero rara vez aceptaba. Los quehaceres la retenían. +Deseaba aquél tomar una criada para aliviarlos; pero ella se opuso +siempre con tenaz resolución.</p> + +<p>Sin embargo, el majo no podía vencer aquel sentimiento de vergüenza que +le acometiera después de la escena de la reconciliación. Aunque ponía +empeño en aparecer fresco y despreocupado y como si hubiese olvidado +enteramente lo acaecido, era inútil. El recuerdo de la noche memorable +en que por primera vez en su vida descendió á las súplicas delante de +una mujer le asaltaba, mal de su grado. Y aunque hubiera logrado +borrarlo de la memoria, ¿qué adelantaría? ¿Se le borraría á ella? Pues +esto era precisamente lo que le inquietaba, lo que, á pesar de la paz y +ventura en que vivía, le causaba sordo malestar. Creía estar viéndolo, +al<a name="page_163" id="page_163"></a> través de sus grandes ojos negros, impreso con caracteres indelebles +en su imaginación.</p> + +<p>Pero Soledad no parecía preocupada con tal recuerdo, ni mucho menos +advertir la inquietud de su amante. Era la misma de siempre. Se mostraba +con él cariñosa y solícita, prevenida á darle gusto en todo: de tal +modo, que el guapo nada echaba menos de los regalos con que le tenía +acostumbrado. No había pretexto para reñir y enfurecerse; por eso no lo +hacía: esto, á lo menos, pensaba él, y se felicitaba de que en su casa +hubiera tanto orden y que Soledad hubiera progresado tanto en pocos +días. El demonio de la soberbia, no obstante, abatido y aletargado con +el golpe de la escapatoria, comenzaba á revolverse y hacerle cosquillas +en el alma. El resquemo de la humillación no se suavizaba, antes iba +siendo cada días más áspero é insufrible. Menester era arrojarlo pronto, +dar merecida satisfacción á su orgullo y recobrar la prístina grandeza y +majestad á los ojos de todo el mundo y á los de sí mismo.</p> + +<p>Comenzó á mostrarse más grave y á adoptar en la conversación aquel tono +de superioridad displicente que siempre le había caracterizado. +Mitigábalo, no obstante, al dirigirse á Soledad, por un resto de temor, +que al cabo también fué desapareciendo. Ésta ni se sobresaltó por el +cambio, ni se dió siquiera por entendida. Seguía tranquilamente la +marcha ordinaria de su vida: al hablarle lo hacía con absoluta libertad<a name="page_164" id="page_164"></a> +de espíritu, con un aplomo que mortificaba al guapo, pues nunca hasta +entonces creía habérselo notado.</p> + +<p>Al fin, una noche, hallándose todos los amigos reunidos en la tienda, +Velázquez, que estaba de vena, se aventuró á soltar una pullita á su +querida, de aquellas con que antes la regalaba y que no pocas veces la +hacían derramar lágrimas en presencia de la reunión. Soledad alzó la +cabeza vivamente y le clavó una larga mirada luciente y colérica. El +guapo dirigió la suya hacia otro sitio, se puso un poco colorado y +procuró distraer la atención de los amigos. Aquel aviso tácito le +impresionó más de lo que contaba. Mas cuando hubo pasado el efecto y +pudo recapacitar nació en su alma un sordo despecho con mezcla de +desaliento. Ahora fué cuando entendió claramente que la situación había +cambiado. Aquella mujer, antes esclava sumisa, se atrevía á desafiar su +cólera; luego estaba bien convencida de que no podía vivir sin ella. +Devoró su enojo y se guardó en adelante de dirigirle ninguna burla +mortificante. Sólo con muchas precauciones y mirándola siempre á la cara +se autorizaba de vez en cuando algunas bromitas tímidas y cariñosas que +más parecían caricias.</p> + +<p>Pero como es difícil mantenerse siempre en un justo medio inofensivo, y +más poseyendo el carácter fanfarrón de nuestro majo, sucedió que otra +noche, sin darse cuenta, se le fué la lengua y soltó una impertinencia. +Soledad esta vez<a name="page_165" id="page_165"></a> no se contentó con mirarle, sino que exclamó con +acento amenazador:</p> + +<p>—¡Cuidado!</p> + +<p>Volvió á echarlo á broma Velázquez, y le dijo algunas frases cariñosas +para desagraviarla. Ella permaneció seria.</p> + +<p>Cada día lo fué estando más, y cada día se mostró más silenciosa, +afirmándose en el puesto preminente que al fin había logrado adquirir en +la casa. Y mientras ella, á toda prisa, ganaba aplomo y libertad, con la +misma rapidez los perdía él. Perdió aquellos modales arrogantes que +jamás le abandonaban, su mirar altivo, su displicente sonrisa: cuando +hablaba con ella hacía esfuerzos increíbles para ocultar su rendimiento, +pero sin conseguirlo más que á medias. Temía ofenderla con cualquier +frase un poco atrevida. Y, en efecto, la bella fruncía su divino +entrecejo por la broma más inocente; iba adquiriendo una susceptibilidad +tan delicada que casi se la hería con la vista.</p> + +<p>Sin embargo, hasta entonces se habían guardado las apariencias, aunque +con trabajo. Velázquez seguía siendo la autoridad infalible é +indiscutible de la casa; ella la mujer fiel y sometida que le servía. +Pero tal situación no tenía fundamento alguno en la realidad. Velázquez +lo sentía allá en el fondo de su alma: sabía que todo era comedia, que +su poder era una sombra, que, aunque invisible, Soledad le tenía puesto +el pie en el cuello. Esta idea hacía botar su orgullo como un corcel +brioso á quien<a name="page_166" id="page_166"></a> le clavan las espuelas. Á fuerza de habilidad había +logrado ocultarlo á todo el mundo, y aun pretendía con mil artificios +ocultárselo á sí mismo, pero en vano. La triste verdad, que á su +despecho se imponía, le roía el corazón y le quemaba la sangre. Comenzó +á vivir en un estado de zozobra que al cabo se le hizo insoportable. +Comprendió que era necesario salir de él á toda costa, si no quería +fenecer de un empacho de bilis. Y determinó volverlo todo patas arriba +con un golpe de audacia, súbito, inesperado. Espió con paciencia algunos +días la ocasión; se mostró más afable y condescendiente que nunca, y al +cabo, cuando aquélla se le ofreció oportuna, dió fuego á la mecha y +disparó el tremendo cañonazo con que esperaba amedrentar al enemigo y +alcanzar de nuevo la cumbre del poder.</p> + +<p>Era día de toros. Había prometido á su querida que la llevaría á la +corrida y, al efecto, tenía comprados dos asientos de delantera de +grada. Salió á dar una vuelta, quedando en venir á recogerla á la hora +conveniente. Mientras tanto Soledad sacó al sol y se atavió con los +mejores trapos que tenía, el vestido de fino merino negro, la media de +seda calada, los zapatos de tafilete, el rico pañolón de Manila, los +pendientes de diamantes: se rizó el pelo, lo adornó con flores al uso de +la tierra y se sentó detrás del mostrador á esperar la hora. Sonó ésta, +sin embargo, y trascurrieron algunos minutos después sin que el guapo +pareciese. Pasó<a name="page_167" id="page_167"></a> media hora, pasó una, y nada. Entonces la gallarda +tabernera, abrasada el alma de despecho, subió á su cuarto y se quitó, +mejor dicho, se arrancó con mano trémula el vestido de gala.</p> + +<p>Velázquez entró en casa á la noche y se condujo con la misma soltura y +libertad que si no hubiera hecho nada reprensible. Tan sólo dijo con +afectada ligereza:</p> + +<p>—Dispensa, hija, que no haya venido á buscarte. Me encontré con un +antiguo conocido de Jerez, y no tuve más remedio que ofrecerle tu +asiento.</p> + +<p>Soledad le dirigió una torva mirada de través y guardó silencio. Al cabo +de un momento repitió maquinalmente, como si no diese importancia á lo +que decía:</p> + +<p>—Has perdido poco. El ganado regular, pero los chicos no sé por qué no +duermen esta noche en la cárcel... ¡Qué guasa, hija! ¡qué guasa!</p> + +<p>La tabernera tampoco despegó los labios. Su rostro estaba sombrío, +amenazador. Velázquez se levantó al cabo de la silla y se dirigió hacia +ella con sonrisa petulante.</p> + +<p>—¿Qué es eso, gitana? ¿Estamos enojados por el lance? Otra corrida +vendrá en que no tendré compromisos...</p> + +<p>Al mismo tiempo le tomó la barba con la punta de los dedos para +acariciarla. Pero ella se sacudió vivamente, exclamando con voz +alterada:<a name="page_168" id="page_168"></a></p> + +<p>—¡Quita allá, mala sangre! Debiera caérsete la cara de vergüenza, ¿y +vienes con arrumacos?... Me tienes tan harta, ¡tan harta! que milagro +será que sufra tus sandeces mucho tiempo...</p> + +<p>El guapo se irguió entonces con arrogancia y respondió fríamente:</p> + +<p>—¿Es de veras eso?</p> + +<p>—¡Y tan de veras!—exclamó ella mirándole con ojos de indignación.</p> + +<p>—Pues, hija mía, no te mortifiques más tiempo... Cuando las cosas no +convienen, ya sabes el remedio.</p> + +<p>Soledad le miró fijamente y con sorpresa. Resistió el guapo la mirada +sin pestañear. Hubo una corta pausa en que ambos trataron de +escudriñarse el alma. Al cabo dijo aquélla levantándose:</p> + +<p>—Está bien. Lo que ha de ser, cuanto más pronto, mejor.</p> + +<p>Y subió á su cuarto con paso firme. Velázquez permaneció en la tienda +inmóvil, silencioso, con la vista fija en la puerta por donde había +salido. No tardó en presentarse de nuevo con el mantón sobre los +hombros, y sin mirarle se dirigió resueltamente á la puerta de la calle. +Pero el majo, con rápido ademán, se puso delante, cortándole el paso.</p> + +<p>—¡Pero niña! ¿has tomado en serio la broma?—exclamó sonriendo con +afectada alegría.—¿Tú no sabes que estamos amarraditos y sentenciados á +cadena perpetua?<a name="page_169" id="page_169"></a></p> + +<p>—¡Quita! ¡quita!—exclamó la joven poniéndole la mano en el pecho para +rechazarlo.—Sólo sé que me duele el alma de aguantar tus necedades y +que no las aguanto más tiempo.</p> + +<p>—No necesitas irte para eso, porque no volveré á decirte ni hacerte +nada que te ofenda. Te doy mi palabra. La de esta tarde será la +última...</p> + +<p>Y siguió cerrándola el paso para que no pudiera alcanzar la puerta.</p> + +<p>—Te digo que me dejes Velázquez—repitió con calma y severidad.—Nada +adelantarás con retenerme á la fuerza.</p> + +<p>Entonces el majo se abatió á las súplicas, á los halagos, empleando los +recursos de su ingenio en persuadirla. Todo fué en vano. La irritada +joven le escuchaba inflexible y repetía con tenaz resolución:</p> + +<p>—Me voy, me voy: no quiero sufrir más.</p> + +<p>Cayó al fin el guapo de hinojos y la retuvo por el vestido, dirigiéndole +ruegos tan vehementes y haciéndole promesas tan disparatadas que Soledad +vaciló. Le miró todavía con ojos coléricos, le cubrió de dicterios, le +amenazó con marcharse á la primera ofensa que le hiciera; pero, +desahogada su cólera, consintió al cabo en quedarse.</p> + +<p><a name="page_170" id="page_170"></a></p> + +<p><a name="page_171" id="page_171"></a></p> + +<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI<br /><br /> +Sumisión.</h3> + +<p>No volvió á rebelarse. Aquel hombre de corazón altivo, tan fiero con las +mujeres que habían tenido la desgracia de amarle, rindió al fin la +cerviz al yugo de la última. Fué una pasión súbita, ardorosa, que le +abrasaba las entrañas. Vivió desde entonces en dulce y á la vez +insoportable inquietud, como si hubiese bebido un filtro mágico que le +trastornara ó pesase al fin sobre él la venganza de la diosa del amor, +justamente irritada por sus ofensas. Perdió el gusto de las francachelas +en Puerta de Tierra, de la conversación, de la guitarra y las cañas y +hasta de salir á la calle. Se hizo melancólico, taciturno, indolente: en +sus miradas no brillaba aquella chispa de arrogancia que le<a name="page_172" id="page_172"></a> daba +ascendiente entre los hombres; de su boca no fluían las palabras +chistosas y libres con que sometía á las mujeres.</p> + +<p>Delante de Soledad se mostraba amable y rendido, sin ocuparse ya en +disimular su vencimiento. Al contrario, parecía que sentía gozo y el +pecho se le dilataba cuando la daba un testimonio de adoración más vivo +que de costumbre. No se saciaba de estar á su lado, de prodigarla nuevas +y sabrosas caricias. Recibiólas ella con gratitud y alegría primero, +después con graciosa condescendencia y sin devolverlas sino tal vez que +otra; por último, á medida que el guapo las menudeaba, le fueron siendo +más indiferentes, terminando por hacérsele pesadas.</p> + +<p>Acostumbróse Velázquez á tomarle la mano siempre que hablaba con ella y +á retenerla entre las suyas largos ratos, cosa que llegó á molestar á la +bella. Suave, lentamente comenzó á desasirse siempre que podía. Él, +achacándolo á distracción, volvía á tomarla sin darse por advertido. +Pero estas retiradas se fueron haciendo poco á poco más francas, de tal +modo que, desengañado al fin, le preguntó con acento triste:</p> + +<p>—¿Qué? ¿no quieres ya darme la mano?</p> + +<p>Ella, grave y silenciosa, volvió á entregársela. Pero tanto llegó á +enfadarle aquella prueba de afecto, que se puso nerviosa y un día le +dijo bruscamente:</p> + +<p>—Mira, suéltame la mano.<a name="page_173" id="page_173"></a></p> + +<p>—¿Por qué?—preguntó él tímidamente.</p> + +<p>—Porque me dan calor las tuyas, ¿sabes?</p> + +<p>Velázquez, confuso, hizo lo posible por echarlo á broma, pero se abstuvo +en adelante de molestarla.</p> + +<p>Todavía era feliz, sin embargo. Porque, á medida que Soledad se hacía +más reservada, sus raros momentos de expansión adquirían mayor +atractivo, tenían un sabor exquisito que le resarcía de su creciente +frialdad. Lo único que le causaba grave desazón era la amenaza de +marcharse, que cada día más á menudo y por cualquier pretexto salía de +su boca. Cuando esto acaecía quedaba anonadado, como si fuese la mayor +desgracia que pudiera sobrevenirle, y se apresuraba á conjurarla por los +medios que estaban á su alcance. Para tenerla contenta apelaba al +recurso de los regalitos; apenas se pasaba un día que no viniese de la +calle con alguno: un alfiler imperdible, una peineta, un frasco de +perfume. Lo que más papel representaba eran las <i>yemas de San Leandro</i>, +aquellas famosas yemas que tanto agradaban á la tabernera y con las +cuales antes no cesaba de burlarla. Pues ahora fueron tantas las que le +trajo que consiguió empalagarla y que las aborreciese.</p> + +<p>De tal modo llegó á impresionarle la amenaza, no obstante, que pronto le +hizo vivir en un estado de agitación y anhelo insoportable. Entonces, +para arrancarse del corazón esta espina, pensó seriamente en casarse con +Soledad. Una<a name="page_174" id="page_174"></a> vez dueño de ella por la ley, se imaginaba que volvería á +adquirir el perdido predominio y gozaría sin zozobra la dicha de +poseerla. No se le pasaba por la tela del juicio volver á tratarla del +modo cruel y desdeñoso que antes: la amaba ya demasiado para que esto +pudiera repetirse. Lo único que ambicionaba era estrechar el lazo que +los unía, hacerlo indisoluble y vivir en calma.</p> + +<p>Acarició por varios días la idea, gozando de antemano con el efecto que +iba á causar en Soledad. Sin duda lo que le hacía falta á ésta era +adquirir la dignidad de esposa. Su situación humillante era lo que la +tenía constantemente seria, malhumorada. En cuanto se viese colocada en +la jerarquía á que era merecedora, no temiendo ya ser herida en su +orgullo, perdería aquel humor melancólico é irascible que desde algún +tiempo la venía dominando. Y en cuanto se ofreció una ocasión para +hablar de ello, se lo propuso abiertamente en términos halagüeños y con +alegre semblante. Contra lo que esperaba, el de Soledad no se dilató al +oir la noticia. Estaba lavando vasos y esto siguió haciendo sin levantar +la cabeza ni dignarse responder una palabra. Velázquez aguardó en vano +alguna señal de aquiescencia: como no llegaba, trató de provocarla +hablando con animación de su proyecto, pintando un cuadro lisonjero de +su dicha futura. Pero la tabernera permaneció impasible y grave, como si +nada de lo que estaba escuchando fuese con ella.<a name="page_175" id="page_175"></a> Calló al fin el majo +y, sin atreverse á exigir respuesta, se alzó de la silla donde estaba, y +salió de la estancia no poco triste y desengañado.</p> + +<p>Así anduvo varios días; pero la esperanza, que tarde ó nunca nos +abandona, le hizo pensar al fin que lo que había hecho callar á Soledad +fué la sorpresa en parte y en parte también el temor de ser burlada como +otras veces. Era absolutamente incomprensible que no prefiriese ser su +esposa á vivir con él sin decoro. Por esto se determinó á provocar una +explicación que concluyese con sus dudas.</p> + +<p>Viéndola un día más expansiva y serena que de ordinario, como hablasen +de Paca la de la Parra y su marido, celebrando lo bien avenidos que +vivían á pesar de la oposición de sus caracteres, Velázquez le tomó de +pronto una mano y le dijo cariñosamente:</p> + +<p>—Tú y yo viviremos al fin tan felices como ellos... Dí, flamenca, +¿cuándo quieres que nos casemos?</p> + +<p>El rostro de la joven se oscureció repentinamente y, retirando su mano, +profirió con acento desdeñoso y colérico á la vez:</p> + +<p>—Mira, déjame de casorios... Como he vivido hasta ahora seguiré +viviendo... sin honra, pero libre... muy libre, ¿sabes?</p> + +<p>Velázquez quedó confuso, anonadado. Conociendo el temple de su querida, +se abstuvo de insistir. Pero, disipada aquella última esperanza,<a name="page_176" id="page_176"></a> pensó +con tristeza que los lazos que á ella le unían no podían ser más +frágiles y que el mejor día caerían al suelo rotos.</p> + +<p>Los amigos, de un modo inconsciente, contribuían á llevar el desconsuelo +á su corazón. Paca no abandonaba la idea de legalizar la situación de +los amantes: las atenciones extrañas que ahora observaba en Velázquez la +animaban á persistir, juzgándolo ya maduro para el caso; los compadres +de la reunión, solicitados por ella, le prestaban ayuda. Así que, +comenzaba á tocarse más á menudo que antes el punto del matrimonio en la +conversación. El efecto que esto causaba en el guapo era cruel. Quedaba +repentinamente sombrío, paralizado, y no pocas veces se le habían subido +los colores á la cara, lo mismo exactamente que le pasaba á Soledad en +otro tiempo. Ésta permanecía tranquila, sin ningún vano alarde que +dejase traslucir que el platillo de la balanza había subido para ella y +bajado para su querido; al contrario, hacía lo posible por distraer la +conversación y sacarle del aprieto.</p> + +<p>Pero aunque Velázquez se esforzase en ocultarlo y Soledad nada hiciese +para ponerlo de manifiesto, el cambio operado en sus relaciones no era +ya un secreto para nadie. Los amigos murmuraban, se hacían guiños cuando +observaban algún signo de sumisión, se comunicaban sonriendo los +descubrimientos que iban haciendo. Y no sólo los amigos, sino todas las +comadres del barrio que frecuentaban la tienda<a name="page_177" id="page_177"></a> llegaron pronto á +sospechar lo que ocurría. Desde entonces cien ojos de zahorí los +espiaron incesantemente: muy pronto se supo con todos los pormenores la +caída del guapo y el estado de abatimiento á que su pasión le había +reducido. Las comadres celebraron con alborozo el triunfo de Soledad, no +sólo por ser de justicia, sino también por espíritu de cuerpo. Era la +apoteosis merecida del elemento femenino. Y la celebraban y la +festejaban con toda especie de palabrillas, homenajes y sonrisas +picarescas.</p> + +<p>—¡Al fin llegó tu hora, querida!... Así debe ser: la mujer siempre muy +alta... ¿Qué se creen esos tíos? ¿Que porque somos buenas y callamos la +mitad de las veces por evitar disgustos se nos ha de tratar como trapos +sucios?... ¡Que se limpien!... Ya que le tienes bajo el pie, aprieta, +hija, no temas; cuantos más sofocones le des más suavecito lo tendrás... +Esos malditos hombres son así...</p> + +<p>Soledad no se mostraba ni alegre ni lisonjeada por esta charla +arrulladora. Guardaba silencio, según su costumbre. Cuando le parecía +que se dilataba demasiado ó se excedían en ella, la cortaba bruscamente.</p> + +<p>Sin embargo, las comadres no podían explicarse aquella súbita mutación +de un modo natural. Para ellas fué indiscutible pronto que Soledad había +apelado á las artes mágicas para lograrla. Y aun alguna se atrevió á +insinuárselo sonriendo maliciosamente.<a name="page_178" id="page_178"></a></p> + +<p>—Vamos, querida, confiesa que le has dado jicarazo...</p> + +<p>Pero la tabernera se había puesto tan encrespada al oirlo, que no se +tocó más el asunto en su presencia.</p> + +<p>—¡Qué jícaras ni qué cuernos! ¿Soy yo quizá una bruja como usted? +Todavía no he llegado á necesitar polvos para atraer á los hombres... +¿sabe usted?</p> + +<p>Á espaldas suyas, no obstante, todas seguían sosteniendo que hubo +maleficio. La que menos afirmaba que Soledad llevaba constantemente +sobre el pecho una bolsita con pedacitos de oro, plata y coral, algunos +granos de trigo y una piedra imán con raspaduras de acero.</p> + +<p>Entre tanto Velázquez seguía exagerando sus rendimientos, no tanto para +suavizar la aspereza de su querida, como por el íntimo placer que esto +le causaba. El placer de antes dominándola, martirizándola, era menos +que nada comparado con el que ahora sentía satisfaciendo sus caprichos, +uncido, prosternado á sus pies. Y á pesar de su inveterada +fanfarronería, cada día le iba importando menos que los amigos se +enterasen de su humillación. Alguna vez, observando ya señales +vergonzosas de ella, los más autorizados, como el señor Rafael y Pepe de +Chiclana, le hicieron prudentes advertencias. «No era ése el camino para +ser feliz. Bueno que á las mujeres se las lleve con mano suave: está en +el orden de Dios, y para eso somos cristianos y no cafres; pero eso de +dejar las<a name="page_179" id="page_179"></a> riendas sueltas ningún hombre debe hacerlo en su vida, porque +hasta los animales corren peligro de desbocarse, cuanto que más la +mujer...» Velázquez los oía y se callaba, no atreviéndose á +contradecirlos y no osando tampoco confesarles el miserable estado á que +su pasión le había conducido. Llegó un día, sin embargo, en que todos +pudieron cerciorarse y verlo claramente.</p> + +<p>Se hallaban reunidos, como de costumbre, en uno de los cuartos de la +tienda. Se había bebido y charlado en demasía. Velázquez estaba de +alegrísimo humor, quizá porque su querida no lo tenía tan melancólico +como otras veces y se había avenido á bailar unas seguidillas con +Frasquito, cosa que hacía mucho tiempo no se había podido recabar de +ella. En la corriente de la conversación se habló de fruta, y el majo +manifestó que había recibido aquel mismo día de Medina unos albérchigos +magníficos.</p> + +<p>—Vamos á probarlos—concluyó diciendo—y nos refrescaremos la boca... A +ver, Solita, hija, haz el favor de subir y traérnoslos.</p> + +<p>—No tengo gana—respondió secamente ésta.</p> + +<p>Velázquez quedó suspenso y acortado.</p> + +<p>—Vamos, querida—manifestó tímidamente,—es cuestión de un instante... +Los tienes á la puerta misma del comedor, en un cesto...</p> + +<p>—Es que no tengo ganas de subir escaleras ahora. Vé tú por ellos si +quieres—respondió con más sequedad aún.</p> + +<p>Entonces Velázquez, reparando que los amigos se habían callado y +observaban con asombro<a name="page_180" id="page_180"></a> la escena, tuvo la debilidad de insistir.</p> + +<p>—Pero, hija, no seas así. Estos señores están aguardando, y por subir +cuatro escalones no te vas á morir.</p> + +<p>Los ojos aterciopelados de la tabernera brillaron con cólera y, dando á +sus palabras acento despreciativo, profirió:</p> + +<p>—Te he dicho ya dos veces que no me da la gana. ¿No te has enterado +aún? Si lo quieres por escrito, trae pluma y papel y te entregaré en +seguida el documento.</p> + +<p>Velázquez se puso rojo de vergüenza. Quiso responder, pero la palabra +expiró en sus labios. Reinó silencio embarazoso en la tertulia, +echándose bien de ver la triste impresión que en todos había causado la +breve pero significativa reyerta. Cuando, á los pocos instantes, llamada +por Joselito, salió Soledad del aposento, el señor Rafael, Pepe, +Frasquito y hasta la misma Paca y María-Manuela cayeron sobre él, +afeándole su conducta. «¡Aquello era un escándalo! ¡una vergüenza! ¿Cómo +toleraba semejante insolencia? Ningún hombre que tuviese dignidad se +dejaba sopapear de una mujer. Si ahora sufría aquel insulto, ¡Dios sabe +adónde llegarían los vuelos de la niña!»</p> + +<p>El majo los escuchaba, pintada la angustia en su semblante. Al fin +exclamó con desesperación, mesándose los cabellos:</p> + +<p>—¡Tenéis razón! Soy un calzonazos, un sinvergüenza. Pero no puedo... +¡no puedo! ¡Esa mujer me ha cogido la acción!<a name="page_181" id="page_181"></a></p> + +<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII<br /><br /> +La maga.</h3> + +<p>Como si hubiese tenido una venda sobre los ojos y repentinamente se le +hubiese caído, todas las cualidades de Soledad se le aparecieron con +maravilloso relieve. Unas veces alababa su cuerpo garrido, otras su +destreza en el baile; ahora se fijaba en sus pies torneados, después en +su cabellera de ébano. Y con sus partes morales acaecía otro tanto. No +había en todo Cádiz mujer más hacendosa y limpia y discreta ni más amiga +de la verdad, y se empeñaba en que todos admirasen, como él, sus +palabras graves y medidas, su gesto severo y hasta las más leves +inflexiones de la voz.</p> + +<p>Un día María-Manuela le llamó aparte estando de reunión en la tienda y +le dijo en voz baja:<a name="page_182" id="page_182"></a></p> + +<p>—Mira, Velázquez, te veo ya demasiado chalao. Cuando la tortilla dió +vuelta confieso, hijo, que me alegré y le puse un cirio á San Rafael +bendito, porque tú eres un gitano falso, traidor, sin vergüenza, y me +tenías á la pobrecilla fatigaita, y porque, sin razón, delante de los +amigos, la corrías como una mona. ¡Ajá! San Rafael tuvo lástima de ella +y te dió lo que merecías. Ya sabes lo que son <i>ducas</i>. En la cara las +llevas señalás. Estás paliito y ojeroso como un chavaliyo de quince +años. Me da lástima de ti y no quiero que te ahoguen las fatigas. Si +deseas que Soleá te quiera como antes y se case contigo pásate mañana +por mi casa y te daré el remedio... ¡Pero cuidao que digas ná al +lechonaso de Antonio!... Ve á la hora en que está en la oficina... Ya +sabes, después de las diez.</p> + +<p>El guapo se había reído toda la vida de la ciencia mágica de la querida +de su amigo: fueron infinitas las bromas que había gastado con ella por +tal motivo. Pero ahora, á semejanza de los que maldicen de los médicos y +se apresuran á llamarlos en cuanto les duele algo, aceptó el +ofrecimiento con alegría y prometió no faltar á la cita.</p> + +<p>Y, en efecto, al día siguiente, entre diez y media y once, salió de su +casa y se fué por la orilla del mar á la de Antonio. Después de +cerciorarse que éste había salido, subió por la estrecha y sucia +escalera á las alturas en que habitaba. Y llamó á la puerta pálido y +jadeante<a name="page_183" id="page_183"></a> tanto por el esfuerzo como por la emoción. María-Manuela abrió +instantáneamente y le llevó por la mano, sin decirle palabra, hasta una +salita donde había un sofá y cuatro sillas de paja, una consola con sus +correspondientes caracoles de mar encima, espejo resguardado de las +moscas por una gasa, algunos cuadros en litografía representando la +historia de Hernán Cortés y D.ª Marina y en el centro una mesilla +cubierta con tapete de hule. Le hizo sentar en el sofá y comenzó á +hablarle con voz baja y grave ademán autoritario que contrastaba con su +habitual desenfado:</p> + +<p>—Me alegro que hayas dado este paso. Dentro de un momentito sabrás tu +suerte, y, sea mala ó buena, debes quedar tranquilo, porque contra lo +que allá arriba está ordenado no hay más que bajar la cabeza. Pero yo +espero que saldrás de aquí satisfecho y llevarás medicina con que te +cures pronto y logres tus deseos... Díme antes de empezar qué es lo que +te pasa.</p> + +<p>Velázquez la miró con sorpresa.</p> + +<p>—Sí; es menester que me cuentes toíto lo que sientes, que yo sepa una +por una tus ducas desde que han comenzao... Se me ha metió en la cabeza, +hijo, que te han dado <i>bebía</i>, y si es así, hay que deshacerla con +alguna oración, ó de otro modo que ya te iré explicando.</p> + +<p>Velázquez, sonriendo, le dió cuenta del cambio que había sentido hacía +tres meses: cómo su<a name="page_184" id="page_184"></a> indiferencia hacia su querida se había trocado +repentinamente en amor ardiente, cómo desde entonces vivía en constante +zozobra pendiente de sus menores gestos, con qué frenesí la adoraba y +qué mal pagaba ella esta adoración. Narró los más insignificantes +pormenores de su vida con Soledad desde hacía algún tiempo, +complaciéndose en enumerar los desaires que de ella recibía y en pintar +los humillantes testimonios de idolatría que él la prodigaba sin lograr +suavizarla. Cuanto más amoroso y humilde se mostraba, más se embravecía +ella y peor le trataba. Comenzó riendo y terminó llorando como una +criatura.</p> + +<p>María-Manuela le puso su mano protectora sobre el hombro.</p> + +<p>—No te apures, querido, que todo se arreglará. ¿Lo has desembuchao too?</p> + +<p>—Todo.</p> + +<p>—Pues, entonces no me cabe duda que te ha dao una bebía compuesta ó +bien has olío una rosa hechizá... Bien pudiera suceder también—añadió +cayendo en una meditación profunda—que te hubiera pasao la piedra imán +por la espalda; pero esto me parece poco para tanto maleficio... Ó bien +que haya hecho el muñeco... Mira, hijo, procura abrir el cofre ó el +armario donde guarda la ropa y regístrala bien, y si encuentras un +muñeco que tenga clavados unos alfileritos sobre el corazón, deshazlo +prontito; hallarás un hueso dentro, sácalo y corre al cementerio y +entiérralo.<a name="page_185" id="page_185"></a></p> + +<p>Velázquez se lo prometió, y ella, cada vez más inflada y poseída de su +papel maravilloso, le dijo:</p> + +<p>—Antes de pasar adelante, es menester que consultemos las cartas. Según +lo que te anuncien, así tendré yo que aconsejarte lo que debes hacer. Te +confías en mí, ¿verdá tú?... Para que las cartas digan la verdad hay que +creer en ellas y obedecer cuanto yo te mande. ¿Lo prometes?</p> + +<p>Velázquez, aunque fingiese despreocupación y se riese de agüeros, +guardaba, como buen andaluz, un fondo supersticioso. Trastornado ahora +por su pasión además, juró de buena fe que creía en la virtud de las +cartas y los ensalmos, y se manifestó dispuesto á seguir ciegamente +cuanto María-Manuela le ordenase. Esta, desvanecida por su humildad, le +obligó á declarar que se arrepentía de cuantas guasas había gastado +respecto á los oráculos y que sólo de ella esperaba su salvación.</p> + +<p>Hecho esto, fué á su cofre y sacó dos velas de cera verdes y un mantón +negro, con el cual tapó la mesa. Cerró luego la ventana y encendió las +velas. Abrió el cajón de la consola y sacó una baraja.</p> + +<p>—Aquí dentro está tu suerte—dijo en voz baja y misteriosa colocándola +sobre la mesa.</p> + +<p>Velázquez se sintió impresionado. La maga le hizo sentarse, quedando +ella en pie. Dió algunas vueltas en torno murmurando palabras de +conjuro, y al cabo, deteniéndose y pasándose<a name="page_186" id="page_186"></a> las manos por la cara, con +aparato solemne tomó la baraja nuevamente, la barajó largo rato en +silencio y la entregó á Velázquez para que la cortase con la mano +izquierda. La puso otra vez encima de la mesa é, inclinándose hacia +aquél, le dijo al oído:</p> + +<p>—Da encima tres golpecitos y llámala.</p> + +<p>El guapo abrió los ojos sorprendido.</p> + +<p>—¿Á quién?</p> + +<p>—¿Á quién ha de ser, desaborío? Á ella, á la mujer por quien penas.</p> + +<p>Obedeció, dando con los nudillos sobre la baraja y diciendo al mismo +tiempo con voz apagada y temblorosa: «¡Soledad!»</p> + +<p>—Está bien—dijo la maga tomando la baraja y formando con ella varios +montoncitos.</p> + +<p>Contó de derecha á izquierda, y del quinto montón sacó una carta que +dejó separada. Barajó después, hizo que Velázquez cortase y llamase de +nuevo á su querida, y volvió á hacer montoncitos y á sacar del quinto +otra carta, repitiendo la operación hasta siete veces.</p> + +<p>La emoción del guapo crecía. Aquel aparato mágico iba influyendo poco á +poco en su imaginación y disponiéndole á creer en la cabalística +revelación que se preparaba. Pero aún más contribuía á turbarle la +repetición solemne del nombre de su querida, hecha en voz baja, como una +evocación misteriosa y dulce. Así que cuando la maga le dijo con +afectada majestad: «En esas siete cartas está escrito tu porvenir» +sintió un escalofrío y quedó inmóvil y pálido.<a name="page_187" id="page_187"></a></p> + +<p>María-Manuela volvió las siete cartas, colocándolas en fila, siempre de +derecha á izquierda. Las examinó largo rato con atención. Después, +pasándose la mano por la cara repetidas veces, respirando con agitación +como si se sintiese inspirada y hablando en voz de falsete para mayor +solemnidad y misterio, comenzó á decir:</p> + +<p>—Este cuatro de copas que aquí ves primeramente no es para ti de buen +agüero: significa que vas á regañar con tu amante, que será fuerte el +enojo, y este rey de oros que le sigue dice que será á causa de un +hombre moreno. El dos de espadas al revés, que viene luego, te anuncia +que debes librarte de amigos falsos y traidores; que te levantarán un +testimonio y te costará mucho trabajo poner en claro tu inocencia. El +siete de oros al revés dice que has de pasar muchas desazones que te +harán perder el sentío; pero si logras tener calma y no haces un +disparate, el siete de espadas que está á su lado te anuncia esperanza: +harás las paces con Soleá y disfrutarás de tranquilidad... No durará +mucho la paz, porque este as de bastos dice que pronto tropezarás y +caerás otra vez. Volverán los disgustos, los enojos, os pelearéis con +más fuerza aún que antes; pero este rey de copas, que es la última +carta, está diciendo que al cabo todo se arreglará con la bendición del +cura, que os casaréis y seréis muy felices... ¿Quieres saber más, +empachoso, traidor?—añadió volviendo hacia el guapo su faz radiante de +satisfacción y suficiencia.<a name="page_188" id="page_188"></a></p> + +<p>Velázquez, que tenía el pecho oprimido, lo desahogó con un largo suspiro +que hizo sonreir á la maga; pero su rostro se frunció de nuevo al oirle +decir:</p> + +<p>—¿Y todo eso será como lo cuentas?</p> + +<p>—¡Gachó! ¡las cartas no mienten! Cuanto has oído te sucederá. Lo que +importa ahora es deshacer el maleficio de la <i>bebía compuesta</i>, si es +que la has bebío, ó de la <i>rosa hechizá</i>, si la has olío... +Primeramente, un día de éstos que salga Soleá á la calle, tomarás un +puchero y echarás en él aceite y sal y tres clavitos de hierro atados +por la cabeza. Lo verterás todo cuando ella vaya á llegar á la puerta de +casa. Si pisa los clavos no tardarás en hallarla vuelta como una media: +te seguirá á todas partes y no verá ya sino por tus ojos... Si entrase +sin pisar los clavos, entonces hace falta que digas á las doce de la +noche una oración que voy á enseñarte...</p> + +<p>Y se puso á repetirle gravemente algunas palabras de ensalmo en que se +conjuraba á una cierta Elena, hija de rey, que escarbando la tierra del +monte Olivete se había hallado los tres clavos de Nuestro Señor, para +que clavase uno de ellos en el corazón de Soledad.</p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="poesia"> +<tr><td align="left"><i>Para que no pueda vivir,</i></td></tr> +<tr><td align="left"><i>ni sosegar,</i></td></tr> +<tr><td align="left"><i>ni en silla sentar,</i></td></tr> +<tr><td align="left"><i>ni en cama acostar,</i></td></tr> +<tr><td align="left"><i>sino que muriendo de pena</i></td></tr> +<tr><td align="left"><i>me venga á buscar.</i></td></tr> +</table> + +<p><a name="page_189" id="page_189"></a></p> + +<p>Velázquez, aunque con menos fe que en las cartas, aprendió la oración.</p> + +<p>—La dirás al sonar la primera campanada de las doce, en camisa y +descalzo. Luego te meterás en la cama y escucharás con atención. Si oyes +un burro rebuznar ó ladrar á un perro es de mal agüero; pero si oyes el +ruido de una puerta ó el canto de un gallo, entonces, ¡alégrate, +corazón! tus <i>ducas</i> se acabaron. Soledad se hará mansa como una gatita +mimosa y te querrá como á las niñas de sus ojos...</p> + +<p>El majo, que los recordó en aquel momento ¡tan negros, tan brillantes! +sintió un estremecimiento de dicha y en un rapto de entusiasmo abrazó á +la maga y quiso darle uno de los anillos que llevaba en los dedos; pero +no aceptó el regalo; estaba contenta con descubrirle su buenaventura.</p> + +<p>—No tomaré ningún regalo hasta el día en que os caséis, ¿sabes, niño?</p> + +<p>Luego, llena de magnanimidad, se dignó darle algunos preciosos consejos +para que su horóscopo feliz no se retrasase.</p> + +<p>—No regales ligas á Soleá si quieres casarte con ella, ni tampoco +tijeras... Evita las miradas de los tuertos... No des vueltas en la mesa +al cuchillo, como sueles hacer, que tiene mala pata, ya te lo he +dicho... Haz lo posible por no pisar carbón...</p> + +<p>Su rostro oscuro, expresivo, se dilataba con majestuosa expresión +profética.</p> + +<p>Velázquez salió de aquella casa feliz como un<a name="page_190" id="page_190"></a> desahuciado á quien +prometen la vida. Y á paso corto de transeunte curioso y satisfecho +emprendió el camino de su casa al través de las calles buscando la +sombra. El verano se presentaba duro y fogoso, y aunque la singular +posición de Cádiz, flotando como un buque anclado en la mar, templaba +sus rigores gracias á la brisa que lo baña, todavía al atravesar algún +espacio abierto el ardiente latigazo del sol obligaba á apresurar el +paso.</p> + +<p>En la calle Ancha encontró algunos amigos y estuvo con ellos jovial y +locuaz como pocas veces se le había visto. Al despedirse de ellos +tropezó con Mercedes la <i>Cardenala</i>, á quien no había vuelto á hablar +desde la memorable noche en que Soledad fué á buscarle á su casa. Como +el buen humor le retozaba en el cuerpo, se aventuró á detenerla, +saludándola con afectuosa expansión. La muchacha, sorprendida de aquel +arranque, estuvo fría, circunspecta y no dejó de mortificarle con +algunas palabritas amargas.</p> + +<p>—¿Te han dado suelta hoy?... ¿Hasta qué hora tienes permiso?... Dicen +que ya no echas roncas como antes, que estás convertido en un palomo +buchón...</p> + +<p>Pero el majo no se dió por ofendido; procuró echarlo á risa, le dijo +algunas galanterías y se despidió al cabo de ella, diciendo para sí con +alegría:</p> + +<p>—¡Lástima de niña! ¡Qué salada es! Si yo tuviese dos corazones, le +daría uno.<a name="page_191" id="page_191"></a></p> + +<p>Justamente al acercarse á su casa vió salir de ella, bajando los +escalones, á Miguel, el hermano de Soledad. En cuanto el chico le +divisó, dióse á correr desesperadamente en dirección de la plaza de +toros. Velázquez lo siguió también á la carrera, logrando estrechar la +distancia.</p> + +<p>—¡Quieto, Miguel!</p> + +<p>El muchacho, sin hacer caso, presa de un terror pánico, redobló sus +esfuerzos, tratando de perderse en las callejuelas próximas á la +catedral. Pero Velázquez, más ágil, no tardó en darle alcance, +poniéndole una mano sobre el hombro.</p> + +<p>—¿Qué es eso, hijo, por qué corres tanto?</p> + +<p>El chico retrocedió asustado, arrojándose contra la pared de una casa.</p> + +<p>—¡No me pegue usted, señor Pedro, que yo no he tenido culpa! Fué ella +quien me mandó á llamar.</p> + +<p>El guapo sonrió y repuso cariñosamente:</p> + +<p>—No temas, querido, ninguna gana tengo de pegarte... Al contrario, +deseaba verte y charlar contigo un rato...</p> + +<p>Pero Miguel, juzgando aquello un sarcasmo precursor de los golpes, se +oprimía aún más contra la pared, dirigiendo una mirada ansiosa á los +lados para ver por dónde podría escapar mejor.</p> + +<p>—¡Te digo que no, hijo!... ¡Que no vengo á pegarte!... Quiero que +seamos amigos y no se hable más de lo pasado.<a name="page_192" id="page_192"></a></p> + +<p>Á duras penas logró tranquilizarlo. Tanto que, habiéndole invitado á +entrar en una taberna inmediata á tomar unas cañas, el chico se negó á +poner el pie dentro, temiendo una asechanza.</p> + +<p>—¡Qué escamón estás, hijo!—exclamó el guapo riendo.—Mira, si tienes +miedo, llévame adonde tú quieras con tal que haya vino.</p> + +<p>Confiado en estas palabras, Miguel le condujo á un tabernucho cerca de +los muelles, guarida cómoda de otros pícaros como él, donde solía comer +y beber cuando tenía dinero, y no pocas veces también dormir. Mientras +caminaban emparejados, Velázquez le preguntó:</p> + +<p>—¿Has estado mucho rato en casa?</p> + +<p>—No, señor; un momento nada más... y eso porque Soleá me había pasado +dos recaos, uno hace quince días y el otro ayer mismo, por un amigo que +la vió en la tienda de la Parra...</p> + +<p>Se disculpaba todavía con empeño, sin convencerse de que Velázquez no +estuviese enfadado.</p> + +<p>—No importa que entres y salgas en mi casa cuando bien te venga... Te +lo he preguntao por hablar algo.</p> + +<p>Llegaron á la tienda y Miguel se introdujo en ella con la familiaridad +de parroquiano, acomodándose en un rincón y batiendo las palmas para +pedir vino. Velázquez se sentó frente á él, despojóse del sombrero y le +miró sonriente y un poco acortado. Después se informó alegremente de su +vida y le agasajó, procurando inspirarle confianza.<a name="page_193" id="page_193"></a></p> + +<p>—Miguelillo, eres una bala perdida; has dado muchos disgustos á tu +familia, pero siempre he pensado que tienes buena entraña: así lo he +dicho á tu hermana cuando ha venido al caso. Lo que te está haciendo +falta es alguien que te abra los ojos. Se puede un hombre divertir, +correr guasas y gozar del mundo sin meter la pata, ¿sabes? ¿Qué gracia +tiene correr hoy una juerga y mañana que le corran á uno en pelo los +guardias? Es menester que dejes á esos andrajosos con quien andas, que +no pueden darte más que desazones. Reúnete con hombres regulares que +tengan un duro en el bolsillo y sepan gastarlo con los amigos...</p> + +<p>El chiquillo estaba encantado. Habiendo perdido todo temor, le confesó +que le dolía el alma ya de tanta fatiga, de no comer, de no dormir con +sosiego, de ser machucado por todo el mundo... «¡Si yo le contase las +crujías que he pasado!»</p> + +<p>Al compás de las cañas la conversación se fué animando, estableciéndose +pronto entre ambos una cariñosa familiaridad. Velázquez, lleno de +condescendencia, le prometía no abandonarlo, hacerle un hombre. Al fin +concluyó haciéndole un elogio caluroso de su hermana. En media hora no +se detuvo. Todo lo ensalzaba, todo lo hallaba admirable, los cabellos de +ébano y la franqueza y lealtad del carácter, su corazón tierno y sus +pies diminutos.</p> + +<p>—Cada día estoy más satisfecho de tenerla en mi casa—manifestó al cabo +con su antigua<a name="page_194" id="page_194"></a> superioridad.—Y si continúa portándose tan bien como +hasta aquí, es casi seguro que al fin me casaré con ella...</p> + +<p>Avergonzado de su baladronada, pronunció las últimas palabras rápida y +confusamente. Luego tosió y se limpió repetidas veces la boca con el +pañuelo y añadió en voz baja, no sin que le subiese un poco de calor á +la cara:</p> + +<p>—Si por casualidad hablases con ella de mí, espero que te portarás como +amigo... Porque, ya sabes... es inocente y propensa á los engreimientos +y se cree todas las paparruchas que le cuentan... Y como no faltan +malintencionados... ¿tú entiendes?... No te digo más... Eres un hombre y +conoces el mundo... Me prestarás un favor grande, Miguelillo, si la +convences de que nadie puede hacerla más feliz que yo... Que no haga +caso de comadres ni de jaleadores que sólo buscan modo de que regañemos +para pescar á río revuelto... Bien sabes que nunca he sido tacaño para +ella. Á Dios gracias, me sobra dinero para llevarla vestida como la hija +del mayor caballero... Si no va mejor es porque no quiere... Siendo +buena para mí, tu hermana será una princesa, querido, y tú nada perderás +tampoco...</p> + +<p>El chico no comprendía bien, pero le hacían feliz las confidencias de un +hombre á quien estaba acostumbrado á admirar y temer. Prometió todo lo +que el otro quiso, bebió un número prodigioso de cañas y declaró +terminantemente que su hermana sería una sinvergüenza<a name="page_195" id="page_195"></a> si algún día +olvidase lo que le debía. Velázquez, por su parte, se había puesto +también de excelente humor.</p> + +<p>—Atiende, Miguelillo, no quiero que andes ya más á salto de mata. Te +vas á mi casa, ¿entiendes? Allí tienes cama y mesa y todo lo que te haga +falta... Supongo que Soledad no se opondrá á que vivas con +nosotros—añadió bajando la voz y pronunciando con respeto el nombre de +su querida.</p> + +<p>—Miguel, que no estaba al tanto de ciertas interioridades, tomó +aquellas palabras á burla y alzó los hombros riendo.</p> + +<p>Al cabo de un rato, Velázquez llamó al <i>chicuco</i> para pagar. Cuando lo +hubo efectuado, miró al gandul con sonrisa maliciosa y le preguntó:</p> + +<p>—¿No te ha dado hoy ningún dinero Soledad?</p> + +<p>Miguel negó rotundamente poniéndose colorado.</p> + +<p>—¡Vamos, Miguelillo, confiesa!</p> + +<p>—¡Que no, señor Pedro! No ha hecho más que darme de comer y este +pañuelo de seda que usted ve—repuso sacando uno del bolsillo.</p> + +<p>Pero Velázquez insistía bromeando. Por último declaró que le había dado +tres pesetas. El majo soltó una carcajada.</p> + +<p>—Y tú le habrás dicho: ¡Adiós, rumbosa! ¿verdá tú?... Las mujeres todas +son lo mismo.</p> + +<p>Al mismo tiempo echó mano generosamente á la cartera y le dió un billete +de diez duros.</p> + +<p><a name="page_196" id="page_196"></a></p> + +<p><a name="page_197" id="page_197"></a></p> + +<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII<br /><br /> +Antoñico.</h3> + +<p>Razón tenía para poner reparos al ofrecimiento de su casa. Por más que +hizo, nunca se pudo lograr de Soledad que admitiese en ella á su +hermano. Insistía la joven en que Miguel volviese á Medina para hacer +compañía á su madre, ya que en Cádiz llevaba una vida de perdido y se +estaba corrompiendo cada día más. El chico se negó resueltamente á +obedecerla, con lo cual quedaron las cosas en tal estado, salvo que +Velázquez proveía ahora á sus necesidades y no pocas veces también á sus +vicios.</p> + +<p>Cayó al fin sobre éste un cuidado más grave que los anteriores y mucho +más riguroso. Hasta entonces los desdenes de Soledad y las humillaciones +que le hacía experimentar podían<a name="page_198" id="page_198"></a> achacarse á su carácter altanero y +quizá al deseo de vengarse de las que él le había infligido. Esto las +hacía más llevaderas; parecían un castigo justo. Á veces él mismo, +acometido de anhelos de adoración, las provocaba, hallando en ellas +dulzura exquisita, como los ascetas en sus penitencias. Pero el sabor se +hizo amarguísimo, insoportable, cuando vinieron acompañadas de celos. +Soledad, que siempre había mostrado buen semblante á las guasas de +Antonio Robledo, las iba encontrando cada día más sabrosas; de tal +suerte que cuando entraba en la tienda ya no tenía ojos y oídos sino +para él. Establecióse entre ambos una corriente de confianza y aun de +inteligencia que no pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto la +antipatía que Antoñico le inspiraba hacía tiempo creció hasta +convertirse en aborrecimiento, el cual apenas con gran trabajo podía +disimular. Notábalo aquél en la frialdad y reserva con que su antiguo +amigo le hablaba, en las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez +sorprendía en sus ojos; pero, sabedor de lo que entre los amantes +acaecía, no cejaba en sus proyectos de seducción, aunque guardándose +cuanto podía, porque siempre le había tenido miedo. Esforzábase en +mostrar en todos los momentos su ingenio gracioso y maleante. Animado +por las carcajadas de Soledad, llegaba á ejecutar farsas estupendas que +tenían en continuo alborozo á la reunión.</p> + +<p>Velázquez manifestaba su desabrimiento<a name="page_199" id="page_199"></a> manteniéndose serio ó saliéndose +del aposento en lo más culminante del regocijo. Cuando hablaba de +Antoñico en presencia de Soledad lo hacía con afectado desdén: le +llamaba payaso, titiritero, y recordaba con fruición cualquier lance +ridículo de su vida. Pero, no bastando esto á desahogar su cólera sorda, +un día, con las debidas precauciones, llegó á recriminar á su querida +por la atención que le prestaba.</p> + +<p>—Mira, Soledad, no hay nada que más me ensanche el corazón que verte +alegre y contenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cielo se abren +de par en par para mí... Pero me hace daño que te pongan tan alborotada +las desvergüenzas de ese mono sabio... ¡Me revienta ese tío!... no lo +puedo remediar. Luego hazte cuenta que todas esas gracias mohosas las +suelta para tu regalo. Apenas dice una palabreja aguda, ya te mira á la +cara á ver qué gesto pones... Trae de casa los chistes almacenados para +ir largándolos poco á poco á modo de anzuelos...</p> + +<p>Soledad le escuchó en silencio y se contentó con hacer una mueca de +desdén. Y sin parar mientes en su disgusto, siguió riendo con más +alegría aún las bufonadas de Antoñico. Éste, halagado por ello y también +por el malestar y los celos que inspiraba á Velázquez, empezó á pensar +seriamente en la conquista de la bella tabernera. Acudía solícito todas +las noches á la reunión, y si siempre se mostraba alegre é ingenioso, +los días en que no le acompañaba<a name="page_200" id="page_200"></a> María-Manuela subía de punto su +gallardía y se autorizaba, so capa de broma, el requebrar á Soledad +lindamente y departir con ella en un rincón siempre que la ocasión se +presentaba.</p> + +<p>El malestar y la tristeza de Velázquez iban creciendo. En cuanto +Antoñico ponía el pie en la tienda quedaba silencioso y sombrío que daba +grima mirarle. Al cabo volvió con la misma suavidad á amonestar á su +querida. «Aquellas confianzas con un hombre á quien detestaba le +causaban mucha pena. ¿Qué necesidad tenía de aparecer tan contenta +cuando él entraba? ¿Por qué consentía que la hablase aparte y en voz +baja?... Ya sabía que todo aquello era agua de cerrajas, que ella no iba +á enamorarse de sujeto tan ruin; pero con estas confianzas él se crecía +y pudiera pasarse á mayores si no se le atajaba. Además, los amigos lo +notaban... Estaba quedando en ridículo...»</p> + +<p>Soledad permaneció algún tiempo silenciosa. Luego, gravemente y +afectando indiferencia, respondió:</p> + +<p>—Antoñico tiene buena sombra y me hace reir... Y ¿qué hay con eso?... +Los demás también se ríen... Si tú no lo haces ahora es porque le has +tomado tema. ¿Quieres que habiendo jarana ponga la cara larga como si +fuese á hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... Cada cual es cada +cual, y porque tú no críes bilis no me voy á morir de empacho de risa.</p> + +<p>No pudo lograr de ella otra respuesta.</p> + +<p>—Pues si ese guasón sigue dándome jaqueca,<a name="page_201" id="page_201"></a> el día menos pensado le +cojo por un brazo y le planto en la calle.</p> + +<p>Soledad se puso pálida de ira, pero se limitó á decir sordamente:</p> + +<p>—Harías muy mal.</p> + +<p>Transcurrieron bastantes días después de esta corta explicación y las +cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no sólo no reprimía la +expresión de su simpatía, sino que afectaba demostrarla con testimonios +más visibles. Antonio, observando su frescura, dióse á entender que +Velázquez estaba por completo esclavizado y aguantaría todo lo que le +echasen encima. Por lo que no se guardó ya tanto de él: festejaba á la +tabernera con su habitual desembarazo y sostenía con ella, hasta en +presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y reían +como locos.</p> + +<p>La desazón de Velázquez era tan grande que para nadie pasó inadvertida. +Se hicieron comentarios en voz baja y no faltó quien reconviniese á +Antonio por su conducta. Pero éste alzó los hombros y respondió, como +siempre, con una desvergüenza. El majo se hallaba en una tensión de +espíritu insoportable. Tan pronto, acometido de cólera furiosa, +proyectaba arrojar á su amigo de la tienda á puntapiés y pescozones, +como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su +afrenta en silencio; comía poco, no bromeaba jamás y, contra su +costumbre, bebía bastante vino.<a name="page_202" id="page_202"></a></p> + +<p>Al fin rompió la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y +la despreocupación de la otra llegaron á tal extremo que, hallándose +cierta noche en el aposento habitual de la reunión, Antoñico, con +pretexto de coger un cigarro que se le había caído, apretó los pies de +la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse rió la chanza. Velázquez, +que advirtió la maniobra, sintió que un flujo de sangre le invadía la +cabeza y le cegaba. Llevó la mano al bolsillo para sacar la navaja; +quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de +hierro le hubiese clavado á la silla. Bañó su frente un sudor frío y, en +vez de partir el corazón de su rival, sintió ganas atroces de llorar. +Los sollozos le ahogaban. Llenó, con mano trémula, el vaso de vino y lo +apuró con ansia.</p> + +<p>Cuando los tertulios se despidieron y quedó solo con su querida, inició +con voz alterada una explicación.</p> + +<p>—Soledad, hija mía, me estás dando muchos disgustos. Acabo de ver al +sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por +ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado á la pared como +un sapo... Vuelvo á suplicarte que si me aprecias en algo dejes de +hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar... +¡Vamos, que no puedo!...</p> + +<p>—Pues haz por soportarlo—respondió secamente la joven.<a name="page_203" id="page_203"></a></p> + +<p>Calló un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con +humildad, acercándose á ella:</p> + +<p>—Sabes que soporto todo cuanto tú quieras... hasta una bofetada en +medio de la calle... Te quiero tanto, ¡tanto! que si me mandases tirarme +por la muralla, me tiraría... si se te antojase la cruz de la custodia, +iría á robarla para ti... Pero hay cosas que hieren más que una +bofetada, más que una puñalada en el corazón... Te ruego, por tu salud y +por la de tu madre, que no me des más celos... Mira que me estás +quitando la vida...</p> + +<p>Soledad guardó silencio. Alzóse de la silla en que estaba y se puso á +arreglar las botellas de la estantería. Velázquez se acercó de nuevo á +ella suplicante.</p> + +<p>—Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Déjame +echar á ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte más con +celos...</p> + +<p>Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insistió +con voz temblorosa:</p> + +<p>—Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pídeme en cambio lo que +quieras.</p> + +<p>—Lo único que te pido es que me dejes ya en paz—repuso ella alejándose +para limpiar una de las mesas.</p> + +<p>Velázquez no se atrevió á seguirla. La miró acobardado algunos instantes +y al fin profirió con amargura:<a name="page_204" id="page_204"></a></p> + +<p>—¿No merezco siquiera ese pequeño sacrificio? Por ti me privaría yo de +hablar con todas las mujeres de este mundo... ¡y tú, en cambio, no +puedes pasarte sin las guasas de ese tío!</p> + +<p>Soledad, que reprimía á duras penas la impaciencia, exclamó:</p> + +<p>—¡Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. Ni tú estás amarrado á mí con +una cadena, ni yo á ti tampoco... Así, el día que se me ponga en el +moño, con ese ó con otro, con el que me dé la gana, me voy y te dejo +plantado. ¿Lo quieres más claro?</p> + +<p>Y sin aguardar contestación se dirigió á la puerta para subir á +acostarse. Una blasfemia de Velázquez la hizo volverse.</p> + +<p>—¡Ah!... ¡Ya se concluyó mi paciencia! Si no quieres ser mía, tampoco +serás de otro, porque antes te voy á partir el corazón.</p> + +<p>Rápidamente echó mano á un cuchillo que había sobre el mostrador y se +lanzó sobre su querida. Retrocedió ésta llena de terror, mas por súbita +inspiración exclamó sonriendo:</p> + +<p>—¡Anda! ¿Y lo has tomado en serio de verdad?</p> + +<p>Velázquez se detuvo y la miró estupefacto, inflamadas las mejillas, +llameantes los ojos.</p> + +<p>Entonces la joven se acercó á él con semblante pálido que desmentía su +forzada sonrisa.</p> + +<p>—Pero, guasón, ¿te has creído la simpleza que acabo de decir? ¿Es que +no se puede gastar una broma?... ¿Cómo has podido figurarte<a name="page_205" id="page_205"></a> que yo me +había de chalar por ese titiritero?</p> + +<p>El majo se calmó, soltó el cuchillo y se dejó caer sobre una silla. +Soledad se sentó á su lado y charlaron un rato. Apretada por el miedo, +hizo un esfuerzo por mostrarse afectuosa y se disculpó de sus insolentes +palabras. Después subieron á casa.</p> + +<p>Cuando al cabo logró quedar sola en su cuarto, el rostro de la joven +cambió enteramente. Desvanecióse la sonrisa contrahecha que lo dilataba +y quedó temerosamente fruncido. La cólera y el miedo se enseñorearon de +su alma. ¿Por qué había de estar unida á un hombre á quien no quería? +¿Era su marido? No. Pues entonces, ¿qué obligación tenía de sufrirlo? +Además, corría grave riesgo de que con cualquier pretexto fundado ó +infundado de celos la diese una puñalada... Conocía bien su temperamento +brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disimulaba ó parecía dormido á +causa del capricho repentino que por ella le había entrado. El día menos +pensado se le subía la fachenda á la cabeza, lo echaba todo á rodar, +como otras veces, y perecía á sus manos.</p> + +<p>Bruscamente tomó la resolución de abandonar la casa. «Nada, yo no estoy +más tiempo con este tío.»</p> + +<p>Metió sin hacer ruido su ropa y enseres en el baúl y lo cerró. Después +se sentó sobre la cama y, con el oído atento, los ojos extáticos, +aguardó. Oyó las campanadas de las doce, y suponiendo que Velázquez +estaría ya bien dormido,<a name="page_206" id="page_206"></a> se echó el mantón sobre los hombros, bajó +quedo la escalera, abrió la puerta con cautela, salió y la cerró sin +ninguna, echando la llave y dejándola puesta para que su querido no +pudiera salir á perseguirla, en el caso de que despertase.</p> + +<p>Justamente éste acababa de recitar el conjuro que le había enseñado +María-Manuela. Al oir el golpe de la puerta, no imaginando que fuese la +suya, sino la del vecino, tomólo por feliz agüero que venía á coronar la +escena amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de beatitud dilató su +rostro y quedó plácidamente dormido.</p> + +<p>Mientras tanto, Soledad corría por las calles de Cádiz y llegaba á casa +de su amiga Paca. No quiso ir á la de María-Manuela por razones de +delicadeza fáciles de apreciar. Además, aunque ruda de inteligencia, +ésta no había dejado de advertir que las bromas y chicoleos que su +amante usaba ahora con Soledad tenían sabor distinto que antes. Andaba +inquieta, celosa y, aunque amiga entrañable de aquélla, no podía +disimular su escozor.</p> + +<p>Paca la recibió con efusión, porque la quería de veras; la hizo +acostarse, y apenas había amanecido Dios, vino á sentarse en su cama y +la obligó á contar lo que había pasado. Soledad relató lo sucedido; cómo +Velázquez había estado á punto de matarla, los esfuerzos de disimulo que +había tenido que hacer para librarse de una puñalada, el miedo terrible +que había<a name="page_207" id="page_207"></a> pasado y, por último, los pormenores de su fuga. Calló el +motivo de la reyerta. Paca no se lo preguntó porque de sobra lo conocía. +¿Qué podía ocultarse á aquella inteligencia superior y universal? Pero +sin aludir á él directamente, supo pronunciar una brillantísima oración +encaminada á persuadirla de que todo aquello «era conversación de Puerta +de Tierra», y que el único hombre que la convenía, á pesar de sus +defectos, era Velázquez, porque tenía buena entraña y la quería y porque +con él se había perdido, y porque la mujer de vergüenza no debe ser más +que de un hombre en su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pasó á +otra conversación, porque suponía que, dado el estado de ánimo de su +amiga, era difícil que aceptase sus enseñanzas. Se necesitaba que +trascurriesen algunos días para que se calmase y surtieran efecto.</p> + +<p>Soledad quería marcharse en seguida para su tierra. No lo consintió su +amiga, esperando que la nube se disiparía y vendría la reconciliación. +Pero la tabernera cada día se mostraba menos dispuesta á ella. Á cuantas +reflexiones la hacían contestaba resueltamente:</p> + +<p>—No se cansen ustedes: yo no vivo ya con ese hombre.</p> + +<p>Achacábanlo todos á terquedad, porque, en efecto, era apretada de sienes +como una aragonesa, casi imposible de convencer cuando se apoderaba de +ella una idea. Pero, además, poseía un fondo de rectitud, un alma +justiciera<a name="page_208" id="page_208"></a> que mantenía viva la llama de la ofensa. Los desprecios con +que Velázquez había pagado su amor tierno y desinteresado le causaban +cada día mayor indignación. Había llegado á aborrecerle y lo confesaba +tranquilamente con la sinceridad que la caracterizaba.</p> + +<p>No era esto, sin embargo, lo que más preocupaba á Paca. Tenía absoluta +confianza en su elocuencia y sabía que más tarde ó más temprano llegaría +á convencerla. Lo peor era que Antoñico rondaba la costa. En cuanto +salían de casa ya lo tenían encima. En el Perejil, en la plaza de Mina, +en todas partes se pegaba á Soledad como una lapa. La joven, en vez de +huirlo, parecía buscarlo, le mostraba un semblante risueño y satisfecho. +Esto tenía inquieta á la esposa de Pepe de Chiclana, porque conocía las +pésimas condiciones del sujeto. Deploraba lo que podía suceder, no sólo +ya por Soledad, sino también por María-Manuela, á quien igualmente +estimaba. Tal inquietud subió de punto y se convirtió en miedo cuando +supo que Antonio y María, después de una escandalosa reyerta en que se +arañaron y apalearon, habían concluído por separarse: él se quedó en +casa y ella se fué á la de su hermana.</p> + +<p>Justamente acababa de recibir la noticia cuando tropezó en la calle con +Manolo Uceda. Andaba éste retraído hacía algún tiempo. Desde el +rompimiento de Soledad con Velázquez, en vez de acudir solícito á sitiar +la plaza vacante, se había despegado un poco. Saludaba á la<a name="page_209" id="page_209"></a> joven +cuando la hallaba y hablaba con ella algunos ratos, pero no se le veía +asiduo como antes. Quizá notaba la predilección de aquélla por Antoñico +y esto le producía la natural repugnancia, ó bien trabajaba sobre sí +mismo para vencer un amor que tantos dolores le había causado. Paca le +contó lo que pasaba, hablaron largamente de Soledad, le expuso sus +temores y concluyó por rogarle que tratase de disuadirla también de +aquella relación que tanto podía perjudicarla.</p> + +<p>—Convendría que se fuese en seguidita á Medina; pero, hijo, yo no puedo +decírselo... Está en mi casa... Además, bastaría que notase por lo que +es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una +atrocidad... Ya la conoce usted.</p> + +<p>—Sí, sí; la conozco bien—respondió el joven con acento amargo.</p> + +<p>—¿Por qué no la habla usted?</p> + +<p>—¿Yo?—exclamó con sorpresa.—Yo no tengo ninguna influencia sobre +ella.</p> + +<p>—Está usted equivocado. Sé que le aprecia mucho... Cuando se habla de +usted.... ¡uf! le pone por las nubes...</p> + +<p>—¡Sí, para tenerme más lejos aún!—repuso con sonrisa melancólica.</p> + +<p>Paca insistió. Argumentó metódicamente desenvolviendo sus ideas en serie +interminable de sutiles demostraciones; estudió, examinó los pros y los +contras, se lanzó con pasmosa agilidad al campo del análisis +trascendental; en<a name="page_210" id="page_210"></a> una palabra, rajó por los codos hasta quedar +fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada, +encontrándose, cuando menos pensaba, solo y citado para el día +siguiente, á las once, en casa de Pepe de Chiclana.</p> + +<p>No le pesó mucho. Aunque harto de desengaños y dolorida el alma, aún +rebullía en su corazón la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudió, +pues, puntualmente á la cita con pretexto de hablar á Pepe de un caballo +que iba á comprar. No tardó la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano á +mano con Soledad. La conversación fué mucho tiempo indiferente y penosa. +No se atrevía á comenzar; estaba distraído, no decía cosa ordenada. +Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba más grave que de +ordinario y más parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los +frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevió á decir:</p> + +<p>—Te veo casi siempre acompañada de Antoñico.</p> + +<p>—Sí; alguna vez nos acompaña—repuso ella secamente.</p> + +<p>Hubo una larga pausa.</p> + +<p>—¿Y crees—dijo al cabo con tímida sonrisa—que te conviene ese +acompañamiento?</p> + +<p>—¿Pues?—replicó la joven con semblante serio mirándole á la cara.</p> + +<p>Manolo bajó los ojos.</p> + +<p>—Porque, á la verdad...., no ganarías nada<a name="page_211" id="page_211"></a> en la opinión de la gente +siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras +relaciones... Además, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer, +y sobre todo... tú lo sabes lo mismo que yo... no está bien reputado...</p> + +<p>—¡Bah!—exclamó la joven un poco pálida.—Esas son cosas de la tienda +de Velázquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de +vez en cuando les tome un poco el pelo.</p> + +<p>Uceda se sintió mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo +fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto:</p> + +<p>—Tendrá toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como +persona decente ni con María ni con su amigo Velázquez, á quien debe +favores y dinero.</p> + +<p>Soledad se puso aún más pálida. Y dejando escapar la cólera que hinchaba +su corazón desde el principio de la entrevista, profirió con voz +alterada:</p> + +<p>—¿Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en +paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para +darme consejos... Tú no puedes hablar de Antonio ni de ningún otro +hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensaría que lo +haces por envidia.</p> + +<p>Manolo se alzó de la silla como si le hubiesen pinchado. Toda su sangre +dió una vuelta y le acudió al rostro. Acercóse á ella y, sacudiéndola<a name="page_212" id="page_212"></a> +por el brazo, profirió con ira concentrada:</p> + +<p>—¡Niña! ¡niña! ¡niña! ¿qué estás ahí diciendo? El cariño que te he +tenido no te autoriza para insultarme. No te pongas tantos moños. Si +eres hermosa, otras lo son también, y si te quiero no es por tu mérito, +sino por ser la primera mujer con que he tropezado... Después de todo, +quizá no esté enamorado de ti, sino de la imagen que de ti se ha formado +en mi corazón... Porque, á la verdad... voy viendo que interiormente +vales bien poquito.</p> + +<p>Soledad se puso á su vez roja como una amapola. Comprendió que le +sobraba razón para encolerizarse y por un impulso noble de su naturaleza +espontánea y justiciera le tendió la mano diciendo:</p> + +<p>—Perdona, Manolo. Tengo el genio demasiado vivo y cuando me enfado digo +cosas que nunca he pensado.</p> + +<p>El caballero de Medina te estrechó la mano, habló pocas más palabras y +se despidió al cabo de algunos minutos con bastante frialdad.<a name="page_213" id="page_213"></a></p> + +<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV<br /><br /> +La boda de Pepa.</h3> + +<p>Como puede inferirse, la fuga de Soledad impresionó hondamente el +corazón del guapo. Pero el exceso mismo del golpe trajo consigo el +abatimiento: en pos de éste vino una resignación desesperada que le +guardó de dar paso alguno para buscarla y atraérsela. Hizo de tripas +corazón y procuró distraer su dolor con el trato de los amigos más +bulliciosos. Frecuentó mucho más las tiendas de vinos y en la suya +procuraba que reinase la alegría hasta las altas horas de la noche. Con +lo cual, si no se consolaba, por lo menos se aturdía.</p> + +<p>Era esto poco, sin embargo. Comprendía que la mejor medicina para +aliviarse sería un nuevo amor y trató de buscarlo. Vacilaba en +dirigirse<a name="page_214" id="page_214"></a> de nuevo á Mercedes la <i>Cardenala</i>, temiendo fundadamente que +le rechazase, cuando llegó á sus oídos la noticia del rompimiento de +Antonio y María-Manuela. De pronto nació en su mente la idea de +galantear á ésta, con lo cual, además de procurarse distracción, se +vengaba, hasta donde era posible, de su rival y molestaba á Soledad. De +tal modo le sonrió este deseo que aquella misma tarde comenzó á ponerlo +en obra, acompañando á la <i>maga</i> en el Perejil y por la noche en la +plaza de Mina. Aunque imperfecta y abultada de facciones era María mujer +de mucho atractivo y poseía una gracia picante y sensual que á no pocos +había seducido. Á Velázquez nunca le había gustado, mas aguijoneado +ahora por el anhelo de la venganza, procuró doblegar á ella su gusto, +consiguiéndolo á medias. Animado por el éxito, llegó á esperar que al +cabo le hiciese olvidar su desdichado amor, cosa que deseaba con todas +las veras de su alma. Pocas entrevistas fueron necesarias para que los +dos se entendiesen. La una aceptó al instante los galanteos, por la +misma razón que el otro se los dispensaba. Y con afectada libertad +exhibieron sus relaciones por todas partes. Velázquez pensaba ya en +proponerla que se fuera á vivir con él.</p> + +<p>Estaba en toda su fuerza el verano. El África exhalaba su aliento cálido +sobre la coqueta ciudad enardeciéndola, sobresaltándola, como una +doncella que recibe el beso abrasador de su amante. Por las mañanas, la +gente acudía á<a name="page_215" id="page_215"></a> los baños del Real á refrescarse, y los mancebos tenían +ocasión de acercarse á las zagalas para decirles mil requiebros +hiperbólicos, y lo que aún era mucho más grato, para ver sus blancos +pies desnudos y observar la graciosa curva de sus formas bajo el leve, +flotante, vestido de baño. Por la tarde volvían á hallarlas en el +Perejil, y allí, viendo al sol hundirse majestuosamente en el Océano +entre rojizos resplandores, su amor se hacía reservado y melancólico. El +horizonte se desplegaba como una visión de oro. El mar bebía la +irradiación del cielo. El crepúsculo, subiendo poco á poco de Levante +envolvía á la ciudad con su velo sombrío, apagaba después las luces +temblorosas del Océano, se esparcía sobre las olas dejándolas verdes, +inmóviles. Un soplo de tristeza estremecía súbito á los enamorados, +poniéndolos graves y mudos, mirando con ojos extáticos la huída de la +luz. Pero llegaba la noche sembrada de estrellas, y allá en la plaza de +Mina, escuchando los sones armoniosos de la música, favorecidos por la +sombra, de nuevo se acercaban para verterse en el oído los dulces +secretos de su corazón. Y su amor entonces adquiría un sentimiento de +tierna intimidad, venía envuelto en promesas halagadoras que los ponía +gozosos y locuaces.</p> + +<p>En una de estas noches sembradas de estrellas, y en un banco de la plaza +de Mina, fué cuando nuestro amigo Frasquito dejó señalado el día de su +matrimonio. Hubo dificultades para<a name="page_216" id="page_216"></a> arreglarse antes. El padre de Pepa, +que era maestro carpintero y había adquirido en sus contratas un +razonable caudal, tenía demasiado apretados los cordones del bolsillo, +no se decidía á señalar dote á su hija, contentándose con responder á +las instancias de los novios que «los ayudaría en todo lo que pudiese». +Pero tal vaga promesa estaba lejos de satisfacer el espíritu +esencialmente práctico y ordenado de Frasquito. Enemigo irreconciliable +de las abstracciones tratándose de asuntos tan serios, iba aplazando la +boda mientras no viese algo más concreto. Finalmente, aquella mañana, el +maestro carpintero se había humanizado y le prometió diez mil pesetas +para comprar la participación que su tío tenía en el comercio y quedarse +él solo con el negocio de las harinas.</p> + +<p>Señalado el día por los novios, pedida la novia oficialmente por el +señor Rafael y arreglados los papeles á toda prisa, se tomaron los +dichos en la vicaría. Después de las correspondientes amonestaciones +celebróse la boda, al entrar la noche, en casa de la novia. Fueron +padrinos el señor Rafael y Mercedes la <i>Cardenala</i>, prima de Pepa. +Asistieron á ella los parientes y amigos de ésta y la reunión de la +tienda de Velázquez, por ser los más íntimos que el novio tenía. Manolo +Uceda se excusó por verse obligado á dormir aquella noche en la Isla; en +realidad, por no encontrarse con Antonio y Soledad. Ésta se había negado +en un principio á asistir á pesar de las vivas instancias<a name="page_217" id="page_217"></a> de Frasquito, +pero habiendo venido la misma Pepa á suplicárselo no tuvo más remedio +que ceder.</p> + +<p>Se preparó la comida en una de las tiendas de Puerta de Tierra, y +después de la ceremonia todos se trasladaron allá en coche. Iba una +jardinera de diez asientos; pero no cabiendo todos en ella, los +sobrantes se acomodaron en berlinas de punto: Velázquez en una con +Frasquito, el señor Rafael en otra con el padre de Pepa, y así +sucesivamente. Las mujeres prefirieron casi todas ir en la jardinera +acompañando á la novia. Esta, después de haberse despojado de la +mantilla, se había echado encima del traje negro de seda con que se +casara un espléndido pañolón de Manila azul bordado en blanco. La +mayoría de las otras iban adornadas con prendas semejantes. El de +Soledad era negro bordado en rojo, el de Paca amarillo con flores +negras, el de María-Manuela rojo y blanco, el de la madrina blanco y +verde.</p> + +<p>Las calles hervían de gente cuando la comitiva se puso en marcha +atravesando al medio la ciudad por mayor gala. El estrépito de los +coches y su número desusado sorprendían á los transeuntes, que se +detenían, y al enterarse de que era boda gritaban riendo:</p> + +<p>—¡Vivan los novios!</p> + +<p>Y los de la comitiva respondían con vivas aún más sonoros, golpeando al +mismo tiempo con los bastones hasta romperlos. El padrino<a name="page_218" id="page_218"></a> hacía parar +delante de todas las tiendas de montañeses conocidas; llamaba al +chicuco; aparecía éste con una batea de cañas; se bebían alegremente +entre el corro de la gente que se apiñaba instantáneamente para verlos, +y ¡arrea, niño! vuelta á escapar desempedrando las calles.</p> + +<p>En la de la Carne el aplauso y la algazara fueron indescriptibles. Los +transeuntes se arremolinaban impidiendo el paso de los carruajes. El +grupo de mujeres de la jardinera alcanzó una ruidosa ovación.</p> + +<p>—¡Viva la sal de la tierra! ¡Vivan las mujeres castizas! ¡Vivan los +novios! ¡Vivan los padrinos!</p> + +<p>El señor Rafael, entusiasmado, arrojaba puñados de almendras y monedas +de cinco céntimos á los chicos. Con lo cual éstos corrían detrás del +cortejo dando chillidos penetrantes y poniendo en conmoción al +vecindario.</p> + +<p>Salieron al fin de la ciudad por la famosa puerta, siguieron buen trecho +la angosta lengua que la une á la tierra y pararon delante de una de las +más nombradas tiendas de vinos en que la juventud gaditana acostumbra á +solazarse. Como el calor sofocaba, habíanles puesto la mesa en el +jardín, dentro de un aposento formado de tablas con dos grandes ventanas +al campo. Y sin ceremonia alguna, en medio del bullicio y la alegría, +sentóse cada cual donde bien le pareció. La novia entre el padrino y la +madrina, el novio al lado de su<a name="page_219" id="page_219"></a> suegro, á quien empezaba á bailar el +agua mucho más que á su esposa; Soledad junto á Antoñico, Velázquez +junto á María-Manuela, Gregorio, hermano de la novia, pegadito á su +prima Isabel la <i>Cardenala</i>, Paca entre el <i>Cardenal</i> y la <i>Cardenala</i> +viejos, embelesándolos con su afluencia maravillosa.</p> + +<p>Velázquez había saludado á Soledad fríamente en casa de Pepa durante la +ceremonia. Aquélla le había contestado con mayor frialdad aún. Luego no +habían vuelto á dirigirse la palabra ni á mirarse siquiera. Mientras +duró la comida el majo afectó mucha alegría y prodigó á su pareja mil +delicadas atenciones procurando hacerlas bien ostensibles. Ella le +ayudaba siguiéndole el humor, no teniendo ojos ni oídos más que para él. +Soledad y Antoñico charlaban mucho más quedo, pero también con más +sabrosa intimidad, riendo á cada momento ella con no fingidas ganas los +chistes del pícaro.</p> + +<p>Cuando hubieron comido según sus deseos, empezaron á levantarse de las +sillas y á cambiar de asiento y postura, formando pequeños grupos, +retrayéndose las parejas enamoradas á los rincones para charlar más á su +gusto. Pero seguían cambiándose entre unos y otros, aunque á distancia, +las mismas guasas picantes. Se charlaba, se gritaba, se reía cada vez +con mayor ruido y regocijo. El guitarrista y la <i>cantaora</i> que habían +traído consigo no daban paz á los cantos de la tierra, malagueñas, +seguidillas,<a name="page_220" id="page_220"></a> polos, soleares, aunque sólo tres ó cuatro más +filarmónicos los escuchasen en silencio.</p> + +<p>Pepe de Chiclana tuvo una idea feliz.</p> + +<p>—¡Que bailen los novios!—gritó.</p> + +<p>Este grito halló eco en seguida entre los invitados.</p> + +<p>—Eso está bien dicho. ¡Que bailen!</p> + +<p>Pepa se prestó al instante á ello, pero á Frasquito no hubo poder humano +que le hiciese menear las piernas. Alegaba ignorancia; si supiese, con +mucho gusto echaría un baile. En realidad desdeñaba el arte de +Terpsícore: toda su devoción la consagraba á Mercurio. Sentado en un +rincón al lado de su suegro, departía con él amigablemente sobre asuntos +serios, remojando á menudo las fauces con sendas cañas de manzanilla. Ni +la misma Pepa con sus ruegos logró moverle de la silla. Entonces el +señor Rafael, enojado de aquella falta de galantería, se levantó +exclamando:</p> + +<p>—Ea, chiquilla, deja á ese gallego y humíllate á dar cuatro pataditas +con este pobre viejo.</p> + +<p>—¡Ole por el padrino!—gritaron los compadres con entusiasmo.</p> + +<p>Y entre el furioso palmoteo de todos la novia y el padrino chasquearon +los palillos y empezaron á moverse acompasadamente uno frente á otro. La +cantaora, con voz penetrante, cantó:<a name="page_221" id="page_221"></a></p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="poesia"> +<tr><td align="left">«Á la señora novia</td></tr> +<tr><td align="left">sacadla á bailar,</td></tr> +<tr><td align="left">para que se despida</td></tr> +<tr><td align="left">de su mocedad.»</td></tr> +</table> + +<p>—¡Bueno va!—¡Oblíguela usted, padrino!—¡Vivan las novias saladas!</p> + +<p>Todos palmeteaban y chillaban jaleando á los bailadores. Algunos tomaron +puñados de almendras de la mesa y las arrojaron al aire, cayendo como +una nube sobre ellos.</p> + +<p>La novia se fatigó antes que el padrino. Esto causó gran regocijo. El +viejo fué felicitado con entusiasmo.</p> + +<p>Pepa, jadeante, dijo:</p> + +<p>—Que baile ahora Soledad para quitarles á ustedes el amargor de la +boca.</p> + +<p>—¡Que baile! ¡que baile!—gritó la reunión.</p> + +<p>Soledad hizo signos negativos con la cabeza.</p> + +<p>—Déjenla ustedes ahora: Soledad no está templada todavía—manifestó +Velázquez afectando desenfado.</p> + +<p>El rostro de la joven se contrajo con expresión sombría, y volviéndolo +hacia Antoñico dijo en voz baja:</p> + +<p>—No soy guitarra para templarme.</p> + +<p>Los convidados, que sabían bien lo que pasaba, temieron una escena +desagradable y no insistieron.</p> + +<p>Pero la alegría no se enfrió por eso. El señor Rafael tomó la guitarra +exclamando:</p> + +<p>—Ya me han conocío ustedes como bailarín. Ahora van á conocerme como +músico.<a name="page_222" id="page_222"></a></p> + +<p>Y después de rasguear y puntear el instrumento con no esperada +habilidad, cantó con bronca voz, dirigiéndose á Pepa:</p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="poesia"> +<tr><td align="left">Porque te quiero te digo</td></tr> +<tr><td align="left">que te registren el novio,</td></tr> +<tr><td align="left">porque no está de recibo.</td></tr> +</table> + +<p>La chuscada causó gracia á todos menos á Frasquito, quien sacudió la +cabeza malhumorado. Lo estaba también porque la conversación con su +suegro tomaba un sesgo bastante desagradable. El maestro carpintero, que +había embaulado un río de manzanilla, con la expansión que el vino +comunica, le estaba haciendo una porción de confidencias gravísimas. +Decíale con lengua estropajosa que no era tan rico como se decía, que si +es verdad que en algunas obras había ganado algunos cuartos, en otras +salió con las manos en la cabeza. Además, había gastado un caudal en la +enfermedad, bien larga, de su difunta esposa. Y para remate de fiesta, +tres meses hacía que un pícaro de la Isla á quien tenía dados quince mil +reales á réditos se había declarado insolvente.</p> + +<p>Frasquito escuchaba todo esto serio, fruncido, sin asomo de borrachera, +llevando las cañas á la boca con mano trémula. Después de larga pausa, +el maestro carpintero, con la mayor tranquilidad, como quien no dice +nada, soltó la siguiente bomba:</p> + +<p>—De modo, hijo, que por ahora y en mucho tiempo tampoco, no cuentes con +las diez mil pesetas de que hemos hablado.<a name="page_223" id="page_223"></a></p> + +<p>Frasquito se puso pálido como un muerto. Quedó paralizado un momento y +apenas pudo balbucir:</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Ahora salimos con eso?</p> + +<p>—Pues ahora es la ocasión, porque empezáis á vivir—replicó con audacia +tranquila el carpintero.—Tú eres un hombre formal, sabes trabajar y +harás feliz á mi Pepa. Cuando yo me casé tenía solamente...</p> + +<p>Frasquito no le dejó concluir. Con ademanes descompuestos, echando casi +espumarajos por la boca, profirió:</p> + +<p>—Lo que ha hecho usted es engañarme como un charrán. Eso no lo hace +ningún hombre que tenga vergüenza, ¿sabe usted?</p> + +<p>El carpintero empalideció á su vez.</p> + +<p>—¡Voto á Dios! ¿Me estás insultando?</p> + +<p>—Sí, señor, lo repito—gritó aún más sofocado el novio.—¡Es usted un +sin vergüenza! ¡un canalla!</p> + +<p>El viejo alzó la mano y descargó una tremenda bofetada, una bofetada de +carpintero, en el rostro de su yerno. Éste le echó las manos al cuello. +Gritos, maldiciones, espantosa confusión. A duras penas lograron entre +todos separarlos. La novia exhalaba quejidos lastimeros, llorando +abundantes lágrimas y sin saber á quién dirigirse. El viejo, sujeto por +unas cuantas manos, juraba y perjuraba que había de espachurrar al +morral de su yerno. El yerno, estrechado por un grupo de convidados, les +demostraba palmariamente que su suegro era un<a name="page_224" id="page_224"></a> pillo, un estafador, +acompañando la demostración de un áspero crujir de dientes que ponía +espanto á los circunstantes y en particular á las hembras.</p> + +<p>Pero su tío, el señor Rafael, tomándole por un brazo y llevándole +aparte, le dijo al oído:</p> + +<p>—Hijo, no te sofoques. ¿No ves que tu suegro está borracho perdido?</p> + +<p>Estas prudentísimas palabras gozaron el privilegio de calmar +instantáneamente la cólera de Frasquito. Renació la esperanza en su +corazón y otra vez tornó á ver las diez mil pesetas delante de los ojos.</p> + +<p>Lo mismo, poco más ó menos, le dijo el viejo <i>Cardenal</i> al maestro +carpintero. Frasquito tenía una <i>mona</i> que no se lamía el infeliz. Con +lo cual se le aplacó bastante á aquél su enojo, contentándose ya +solamente con manifestar su profundo desprecio hacia los muchachos del +día, que «en cuanto lo cataban perdían la cabeza».</p> + +<p>Finalmente, tranquilizáronse los ánimos y otra vez reinó la concordia y +la alegría. El señor Rafael volvió á tomar la guitarra y soltó una serie +de coplillas chuscas y picarescas que hicieron brincar de gozo á los +alegres compadres.</p> + +<p>Velázquez y María-Manuela, sofocados por el calor, se habían acercado á +la ventana y respiraban la brisa frente á la bóveda estrellada del +cielo. El majo mostraba una alegría miedosa, donde se percibía, no +obstante, alguna<a name="page_225" id="page_225"></a> afectación, un dejo de inquietud y tristeza que por +momentos lo hacía enmudecer y le arrugaba la frente. Al salir de una de +estas breves pausas, dijo á su compañera con sonrisa melancólica:</p> + +<p>—María, ¿te acuerdas de aquel rey de copas que anunciaba mi matrimonio +con Soledad?</p> + +<p>La maga quedó turbada sin saber qué contestar. Al fin balbució:</p> + +<p>—Las cartas no mienten nunca, hijo... Habrá sido culpa mía el no +haberlas entendido.</p> + +<p>—¡Lo que anunciaba no era mi matrimonio, sino el de Frasquito!—exclamó +riendo.</p> + +<p>Y, observando que su burla oscurecía el rostro de la joven, añadió +tomándole una mano y acariciándola:</p> + +<p>—No hagas caso, serrana; anunciaba, sí, mi matrimonio, pero era +contigo... ¡contigo, morena, que tienes unas pestañas que se clavan en +el alma como alfileres!</p> + +<p>—¡Quita allá, falso! ¡No gastes guasa!—replicó ella dándole un leve +empujón.</p> + +<p>El guapo se mostró entonces exageradamente cariñoso y rendido, +cubriéndola de flores y requiebros. La ruda y graciosa morena concluyó +por decir sonriendo:</p> + +<p>—¡Calla, calla, Velázquez, que me empalaga la arropía!</p> + +<p>Pero á su espalda se había armado gran algazara. El señor Rafael, harto +de cantar y tocar, se entretenía, como de costumbre, en embromar á su +sobrino.<a name="page_226" id="page_226"></a></p> + +<p>—Has hecho una buena boda, Pepa. Te llevas un mozo de circunstancias; +te llevas mis pies y mis manos... Un hombre corriente y trabajador como +el que más... que te saca una cuenta de multiplicar ó dividir en menos +tiempo que se persigna un cura loco... Solamente tiene un vicio... que +se le cuela al pobrecillo el dinero por entre los dedos como si fuese +agua...</p> + +<p>—¡Qué bilis tiene usted, tío!—exclamaba Frasquito mientras los demás +reían á carcajadas.</p> + +<p>—¡Casi ná!... Átale corto, prenda, porque si te descuidas es capaz de +dejarte sin platos en la cocina...</p> + +<p>Y el viejo, á quien el vino ponía siempre provocativo, soltaba un chorro +de gracias mortificantes. Los invitados se retorcían de risa. El novio, +cada vez más sofocado, gritaba con acento colérico:</p> + +<p>—¡Dejarlo!... ¡dejarlo! Se le ha destapao el tarro, y hasta que eche +toda la bilis no callará.</p> + +<p>Velázquez se había aproximado para gozar de la guasa, dejando sola á +María-Manuela á la ventana. Antoñico, se levantó de la silla donde +estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta con disimulo al aposento, se +acercó á su antigua querida.</p> + +<p>—Presente, mi capitán—le dijo blandamente al oído.</p> + +<p>La joven se estremeció, volvió rápidamente la cabeza y, echándole una +mirada torva, siguió contemplando en silencio el firmamento. Antoñico se +apoyó á su lado en el marco de la<a name="page_227" id="page_227"></a> ventana, y después de una larga pausa +dijo en voz baja:</p> + +<p>—Soy yo, el arrastrao, el sinvergüenza de Antoñico, que está dando las +boqueadas como un pez fuera del agua.</p> + +<p>—Pues tírate de la muralla y zambúllete en el mar—repuso ella en voz +baja también y sin cambiar de postura.</p> + +<p>—Eso haría de buena gana, si no fuese que me hace daño el agua fría. Ya +sabes que padezco de reúma.</p> + +<p>—Avisa que te lo calienten.</p> + +<p>—¡Soy muy desgraciado! La bañera se empeña en ponérmelo como hielo.</p> + +<p>—¿La bañera de ahora?</p> + +<p>—No, la bañera de antes.</p> + +<p>—¿Qué importa si el baño no es para ti?.</p> + +<p>—Pues me cuelo en él aunque me quede tieso.</p> + +<p>—La bañera te haría salir á palos.</p> + +<p>—Eso me conviene para entrar en calor más pronto.</p> + +<p>—¡Qué sin vergüenza!</p> + +<p>—¡Noticia fresca! Acabo de decírtelo.</p> + +<p>Velázquez al volverse y observar la maniobra de Antonio, sintió un +movimiento de cólera. Pero se calmó pronto al ver la silla cercana á +Soledad desocupada. Por impulso repentino se sentó atrevidamente en +ella. La joven no pudo reprimir un vivo estremecimiento y manifestó al +instante su disgusto con semblante oscuro y enojado como pocas veces se +le había visto.<a name="page_228" id="page_228"></a></p> + +<p>Después de su golpe de audacia, el majo quedó confuso sin saber qué +hacer ni decir. Al cabo, con alegre rostro, exclamó:</p> + +<p>—¡Quien fué á Sevilla perdió su silla!</p> + +<p>Soledad no respondió ni movió siquiera un pliegue de su fisonomía. +Entonces él, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo:</p> + +<p>—¿Me permite usted descansar un momento en esta silla?</p> + +<p>—No es mía—respondió secamente.</p> + +<p>—Supongamos que lo fuese.</p> + +<p>—Si lo fuese no estaría en un establecimiento de Puerta de Tierra.</p> + +<p>—Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué haría usted?</p> + +<p>—Dejarla donde está.</p> + +<p>—¿Conmigo encima?</p> + +<p>—Con usted ó con otro. Me es igual.</p> + +<p>—Si le es á usted igual, me quedaré yo. Quiero más sentarme aquí que á +la diestra de Dios Padre.</p> + +<p>Soledad se encogió de hombros con desdén y murmuró:</p> + +<p>—¡Tardaba ya mucho!</p> + +<p>Estaba inquieta desde que Antoñico se había acercado á María-Manuela. +Sus ojos se clavaban coléricos en ellos y querían pulverizarlos. Las +palabras temblorosas de Velázquez le parecían un ruido molesto, la +ponían aún más nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Antonio y +habiéndose encontrado sus miradas, el humor de la joven cambió +repentinamente.<a name="page_229" id="page_229"></a> Empezó á responder con amabilidad á su antiguo amante, +á mirarle cara á cara y hasta á inclinarse hacia él, á mostrarse jovial +y locuaz, demasiado locuaz para que no se advirtiese el esfuerzo sobre +sí misma.</p> + +<p>Velázquez se hallaba en el séptimo cielo. Aceptaba aquella amabilidad +como moneda de buena ley. A los pocos minutos de conversación ya se +creía otra vez dueño del corazón de la hermosa y se mecía en un océano +de risueñas ilusiones.</p> + +<p>Seguía la zambra en el aposento. Mercedes la <i>Cardenala</i> bailaba con +Gregorio, su futuro cuñado. Frasquito, que estaba agitadísimo después de +la reyerta con su suegro, experimentó la necesidad de bailar, quizá para +aturdirse, y bailaba con Isabel. El señor Rafael trincaba con el maestro +carpintero en un rincón, mientras en otro, una joven casada, cuyo marido +no estaba allí, contaba sus desazones domésticas y pedía consejo á Paca +la de la Parra.</p> + +<p>—Bien puedes creerme, Paca, no hay tío más desalmao ni más hereje. El +otro día, seis duros tristes que tenía apartados para hacer unos +vestiditos á los niños, me los quitó y se fué con ellos cantando á la +taberna y no vino en dos días á casa...</p> + +<p>—Pues no parece...</p> + +<p>—¡Anda! ¡Ya lo creo que no parece! ¡Como que el que lo ve le apetece +cogerlo y ponerlo en el altar de San José en lugar del santo! Para todos +es una mosquita muerta... pero en<a name="page_230" id="page_230"></a> casa, yo te aseguro, hija, que está +demasiado viva y que pica mejor que un alacrán... Mira—añadió +remangándose los brazos,—nadie creerá que él es quien me ha hecho estos +cardenales...</p> + +<p>—Pero ¿te pega?—exclamó Paca con asombro.</p> + +<p>—Á lo señorito, ¿sabes? Sin gritos ni blasfemias como los demás, me da +unos pellizquitos de monja que me deja el cuerpo negro como el +cordobán... Y el angelito mientras tanto sonríe y me pregunta con mimo: +«¿Qué tienes, hija mía? ¿Te he hecho daño?» ¡Maldita sea su estampa!... +Como sé cuáles son los sagrarios que recorre, muchas veces mando á un +chico á buscarlo. ¿Crees que se viene para casa ó que se enfada? ¡Na! Se +queda con el chico y le emborracha. Le mando otro, y lo mismo. ¡Ha +habido veces en que se han reunido los cinco niños en la taberna! «¡No +falta ahora más que <i>la cocinera</i>!» dice el sinvergüenza... porque es +así como me llama.</p> + +<p>Paca no pudo reprimir una carcajada.</p> + +<p>—¡Sí, ríe, que yo también he reído cuando vi llegar á los hijos de mis +entrañas cayéndose contra las paredes!... ¿Y sabes la gracia que ha +sacao nuevamente? Pues ahora al tío roío le da por celarse de su +sombra... Ya ves tú—añadió con leve inflexión de vanidad,—¡á mis años +y después de haber parido siete veces!... No puedo salir á la calle sin +que se ponga en acecho; no puedo peinarme ni vestirme un poquito +decente...<a name="page_231" id="page_231"></a> Á fuerza de trabajos había logrado comprar unos zapatos de +charol y hacerme un vestidito de merino fino. Pues un domingo que salí +con él al Perejil, por si había mirado á Fulano y por si Mengano había +dicho ¡ole!, llegamos á casa y, sin decir palabra, toma unas tijeras y +tiene las malas tripas de hacerme rajas el vestido y los zapatos... ¡Ea! +¡otra vez desnuda!... Yo le digo: «Pero, hijo, ¿es que te gusto más en +cueros?...»</p> + +<p>Iba á emitir Paca su autorizada opinión en este litigio, cuando se +interpuso Frasquito, que venía á consultarla sobre si sería ó no +oportuno enviar por amoniaco á la botica más próxima, para dárselo á su +suegro á ver si despejaba un poco. Aunque su tío Rafael le había +asegurado que en durmiendo la <i>mona</i> recordaría la sagrada promesa que +le había hecho, su inquietud no le permitía esperar con calma al día +siguiente. Ansiaba que por cualquier medio recobrase la razón y con ella +la conciencia de sus obligaciones.</p> + +<p>Paca no juzgó prudente aquella medicación, tanto menos, cuanto que el +maestro carpintero departía muy tranquilamente con el señor Rafael, bien +ajeno de la necesidad de introducir en su cuerpo una dosis de álcali +volátil. Justamente en aquel momento estaba dirigiendo por vigésima vez +á su compadre una serie de preguntas que alejaban toda sospecha sobre +este punto.</p> + +<p>—Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo<a name="page_232" id="page_232"></a> cosas formales?... ¿He +faltado á alguno?... ¿Soy ó no un hombre regular?... ¿Me levantan á mí +la cabeza dos cañitas?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?...</p> + +<p>El señor Rafael apoyaba con todas sus fuerzas estas proposiciones, +aunque disimuladamente hacía guiños expresivos á su sobrino; pero éste +sacudía la cabeza con desesperación, hallando cada vez más inevitable el +socorro de la química.</p> + +<p>Mientras tanto seguía el bailoteo en aumento. Tomaban ya parte en él los +que antes hacían más remilgos. Hasta la vieja <i>Cardenala se arrancó por +panaderos</i> con un comerciante vecino casi tan antiguo como ella. La +novia, rendida ya, jadeante, se empeñaba, no obstante, en bailar sola, +sin hacer caso de María-Manuela que le advertía con empeño de que no lo +hiciera, porque se bailaba con el diablo.</p> + +<p>Mercedes, la madrina, un poco excitada por el vino, quería que Velázquez +bailase con ella. Desde su rompimiento, la joven guardaba en el fondo de +su pecho hacia el majo un sentimiento indefinible, mezcla de rabia y +simpatía, de desprecio y amor. Velázquez, que siempre había sido poco +amigo de echar las piernas al alto, se negaba, haciendo, sin embargo á +su antigua novia mil cortesías, mostrándose con ella extremadamente +dulce. No era pura galantería ó gratitud lo que le impulsaba á ello. +Había también su parte de vanidad, porque Mercedes tenía novio, y éste, +que era un mancebo<a name="page_233" id="page_233"></a> casi imberbe, no mal parecido, llamado Gabino, +andaba celoso, desesperado, desde que viera que su novia coqueteaba con +Velázquez. El guapo, á quien el amor y los pesares no habían podido +arrancar de cuajo su inveterada arrogancia, gozaba con las preferencias +de la bella y los celos del muchacho.</p> + +<p>—¿Dónde va tu novio tan encandilao?—díjole sonriendo con orgullo, +viendo salir al joven del aposento como un huracán.</p> + +<p>—Déjalo—respondió ella haciendo una mueca de desdén.—Es un tío lila, +¿sabes?... Se ahoga el infeliz en una tacita de agua. De seguro que ha +salido al campo para llorar más á gusto.</p> + +<p>—¡Para llorar!... ¿Por qué?</p> + +<p>—Porque está celoso de ti.</p> + +<p>—¡Válgame Dios!... Parece mentira que un buen mozo tenga celos de este +pobrecito viejo—repuso Velázquez con mal disimulada jactancia.</p> + +<p>—¡Ya, ya! Es que se fía poco de mi gusto.</p> + +<p>—¿Tan echao á perder lo tienes?</p> + +<p>—Estragaíto del todo, querido... Figúrate que hace ya un mes que no +puedo comer más que cosas frías.</p> + +<p>—¿Me quieres comer á mí?</p> + +<p>—Por lo frío podía pasar, pero eres demasiado duro.</p> + +<p>—Mírame un ratito con esos ojillos puñaleros y me verás derretío.</p> + +<p>—Te estoy mirando hace un año y no veo ninguna pringue en el suelo.<a name="page_234" id="page_234"></a></p> + +<p>—¿Á que no me esperas esta noche en la reja de tu casa?</p> + +<p>—¿Á que no echas conmigo un bailecito?</p> + +<p>—Vamos á verlo—replicó el guapo levantándose.</p> + +<p>Mientras tanto, el desgraciado Gabino, después de atravesar el jardín, +había salido al campo, como su novia adivinó burlando. No lloraba, pero +tenía el corazón tan henchido de tristeza que le tomaron deseos de +sentarse entre los railes de la vía férrea que por allí cruzaba y +esperar á que algún tren lo arrollase. Se arrimó á una empalizada y se +puso á rumiar sus desengaños, cuando oyó cerca rumor de conversación. +Las ventanas del salón de tablas donde la boda se celebraba abrían hacia +aquel sitio. Ocultóse en la sombra y acercóse cuanto pudo á ellas para +escuchar, no tanto por curiosidad como por la esperanza de percibir la +voz de su adorada. Á la escasa claridad de la luna, que comenzaba á +salir, vió que los dos que departían en la ventana eran Soledad y +Antoñico. Observó que la joven estaba agitada, convulsa, que acompañaba +sus palabras de vivos movimientos de cabeza, mientras Antonio, con la +suya inclinada hacia el suelo, hablaba poco y con humildad.</p> + +<p>—Si no la puedes ver más que al diablo—profería la joven haciendo +esfuerzos por reprimir la voz,—si la aborreces, ¿por qué te acercas á +ella públicamente? ¿Por qué le das ese gusto sabiendo que á mí puede +mortificarme?<a name="page_235" id="page_235"></a> ¿No ves que la gente nos observa, que puede muy bien +suponer que de aquella candela queda algún rescoldo?... ¿Te has figurao, +hijo, que vas á ponerme en ridículo como has hecho más de mil veces con +ella? ¡Que te se quite, niño!... Nuestro compromiso es de ayer y está +sostenido por un hilito... Tomo las tijeras y ¡zas! lo corto... ¡Ya está +cortado!... Ya no tenemos ná... Conque tú por un lado y yo por otro...</p> + +<p>—¿Por qué lado voy?</p> + +<p>—Por el que te dé la gana.</p> + +<p>—Entonces voy por el de tu corazón y me quedo en él de huésped.</p> + +<p>—En mi corazón no caben tíos fanfarrias... Acabo de salir de un +fachendón y ¿quieres que dé en otro?</p> + +<p>—Te arrepentirás de haberme insultado sin motivo. Me acerqué á María +para preguntarle solamente por su sobrinito que está enfermo... Ya sabes +cuánto he querido yo siempre á ese niño...</p> + +<p>—¡Ay qué Dios! ¿Y para preguntar por la salud del sobrinito te estás +media hora de pitorreo con la tía?... Mira, Antonio, no quieras meterme +los dedos por los ojos...</p> + +<p>—¡Líbreme Dios de ese sacrilegio!... Lo que quiero es meter los labios +ahora mismo.</p> + +<p>—¡Ea! no me vengas con monerías de gata tripera... Confiesa que te +gusta aún María... Vete con ella bendito de Dios y déjame á mí el alma +quieta...</p> + +<p>—Confieso que te quiero de todo corazón...<a name="page_236" id="page_236"></a> que paso las fatigas de +Dios en cuantito me miras soberbia; que eres la primera y la única mujer +que he querido de verdad... y que en prueba de amor eterno te regalo +este higo paso—añadió presentándole uno.</p> + +<p>—¡Anda que te zurzan!—exclamó la joven riendo y arrojando el higo al +suelo.</p> + +<p>Bajaron la voz. La plática comenzó á ser suave y cordial y entreverada +de risas.</p> + +<p>La reconciliación estaba hecha.</p> + +<p>Al cabo de un momento Gabino pudo observar, sin embargo, que Soledad +tornaba á ponerse seria. Antonio la instaba con dulzura: ella negaba +vivamente haciendo repetidos signos con la cabeza. Excitada su +curiosidad, el mancebo permaneció inmóvil á ver en qué paraba y lo que +aquello significaba. Antoñico no cejaba en sus demandas ni la joven en +sus negativas. Mas al fin éstas fueron desmayando y la bella concluyó +por quedarse inmóvil con los ojos extáticos, mientras el galán seguía +murmurándole al oído sus deseos.</p> + +<p>Soledad se pasó entrambas manos por el rostro y, con súbito ademán, sacó +una llave del bolsillo y se la entregó. Al mismo tiempo dió la vuelta y +se retiró de la ventana.</p> + +<p>Velázquez bailaba con Mercedes. Su antigua querida comenzó á palmotear y +á jalearlos de tal modo que el guapo volvió la cabeza sorprendido y los +presentes hicieron lo mismo. Al observar su faz pálida, demudada, se +guiñaron el ojo y no faltó quien exclamase:<a name="page_237" id="page_237"></a></p> + +<p>—¡Bueno va! Soledad al fin la ha pescao... Si te caes, yo me comprometo +á llevarte á casa en brazos, niña.</p> + +<p>—¡No me caigo, no, desaborío!... ¿Quieres ver cómo no se me doblan +todavía las piernas?... Venga un tango, Luisillo, que voy á bailar á la +salud de los novios y de toa la compañía.</p> + +<p>—¡Ole la niña graciosa!... ¡Viva tu boca, salero!—gritaron +entusiasmados los hombres.</p> + +<p>Y lo mismo ellos que ellas suspendieron sus pláticas para darse el gusto +de ver á la que pasaba por primorosa bailadora.</p> + +<p>El guitarrista preludió un tango. La cantaora iba á modular la copla +cuando Soledad exclamó con violencia:</p> + +<p>—¡Yo no bailo más que sobre la mesa! ¡Quitarme todo eso de encima!</p> + +<p>Veinte manos se apresuraron á cumplir la orden, separando la vajilla y +los manjares que aún quedaban. Pero como estuviese manchada de vino, +Pepa, excitada, descolgó de la percha con brioso ademán su espléndido +pañolón de Manila y se puso á limpiar con él. Frasquito, al ver aquella +monstruosidad, dió un brinco y cayó sobre ella, arrebatándole el pañolón +de las manos con gesto colérico. Este acto produjo gran indignación en +los presentes.</p> + +<p>—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza mirar por un pañuelo el día de tu boda? +¿No vale más la alegría de tu mujer que un trapo? ¡Habrá gallego!...<a name="page_238" id="page_238"></a></p> + +<p>Y todos le increpaban con ira mientras el señor Rafael se retorcía de +risa en un rincón gritando:</p> + +<p>—¡Vivan los novios rumbosos!</p> + +<p>Las mujeres, más irritadas que los hombres de aquella falta de +galantería, echaron mano igualmente á sus mantones y se disputaron el +placer de limpiar también con ellos la mesa. Había llegado la hora del +vértigo. Soledad puso el pie en una silla y de un brinco se plantó sobre +la mesa, inaugurando el baile con un fuerte taconeo que electrizó á la +reunión. Luego se irguió haciendo resaltar su bella figura escultural.</p> + +<p>—¡Ole la palma gallarda! ¡Vaya un talle sandunguero!... ¡Suelta esa +mata de pelo, gachona!... ¡Vivan las mujeres flamencas!</p> + +<p>Y entre los gritos y los oles y el palmoteo infernal, Soledad bailó con +toda la elegancia y gentileza que ella sólo sabía. Los hombres ponían +bajo sus pies los sombreros para que los pisase; las mujeres arrancaban +las flores de su cabello para arrojárselas. Cuando bajó la cubrieron de +besos.</p> + +<p>Pero la bella se dejó caer jadeante en una silla y quedó silenciosa y +sombría sin participar del frenesí que allí reinaba.</p> + +<p>Los viejos dieron, al fin, la señal de retirarse. La partida fué +ruidosa. Antes de acomodarse en los coches se pasó cerca de media hora, +cambiándose entre unos y otros interminables bromas que hacían fluir las +carcajadas. Casi todos estaban roncos. Los hombres, perezosos<a name="page_239" id="page_239"></a> para +meterse en los vehículos, hacían traer á ellos bateas con cañas y las +servían á las hembras, que las rechazaban riendo, cuando no les bañaban +el rostro con ellas.</p> + +<p>Los cocheros ya se preparaban á arrear á los caballos cuando el señor +Rafael, que chorreaba alegría por todos los poros, tuvo la ocurrencia de +obligar al viejo <i>Cardenal</i> y á su esposa á que echasen un baile de +despedida. Y no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que al cabo los +<i>Cardenales</i> bailaron sobre la carretera, á la luz de la luna, entre la +algazara del cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches.</p> + +<p>Pero aquel momento gozoso fué turbado por la mala intención de Antoñico, +que participó al maestro carpintero cómo Frasquito intentaba darle +amoniaco para limpiarle la mona. Encrespóse atrozmente aquél y nada +menos pretendía que bajarse del coche y echar los dientes fuera á su +yerno. Á duras penas podían sujetarlo. Pepe de Chiclana cortó en flor la +querella gritando á los cocheros:</p> + +<p>—Arread, muchachos, y que se quede el que quiera.</p> + +<p>Chasquearon los látigos y los caballos arrancaron al trote. Pero +todavía, por encima del ruido de las ruedas y las campanillas, se oía +vociferar al carpintero:</p> + +<p>—¿Álcali volátil á mí? ¡Granuja! Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? +¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?... ¿Sé alternar ó no sé +alternar?</p> + +<p><a name="page_240" id="page_240"></a></p> + +<p><a name="page_241" id="page_241"></a></p> + +<h3><a name="XV" id="XV"></a>XV<br /><br /> +Noche gaditana.</h3> + +<p>Cuando entraron en Cádiz sonaba la una. La hermosa ciudad dormía sobre +el mar, como una odalisca en brazos de su déspota. El cielo espléndido +de la Bética formaba sobre ella un pabellón poblado de luces. Una leve +brisa embalsamada refrescaba su frente ardorosa.</p> + +<p>El estrépito de los coches turbó un momento aquel sueño tranquilo. Más +de una tierna doncella dejó sobresaltada el lecho y se acercó á su +balcón con los pies desnudos para ver lo que pasaba. Y al oir el grito +de ¡vivan los novios! que repetía sin cesar el cortejo nupcial, sus +cándidas mejillas se coloreaban, sus labios de coral se dilataban con +sonrisa dulce murmurando: «¡Una boda!» y tornaba al lecho y se dormía<a name="page_242" id="page_242"></a> +soñando escenas de felicidad que el cielo bendice.</p> + +<p>La comitiva recorrió las calles deteniéndose delante de algunas tiendas +de montañés y haciéndolas abrir para beber unas cañas. Los novios, que +habían regresado juntos en una berlina, dieron esquinazo á su cortejo y +se escabulleron bonitamente para casa. Los demás recalaron todos á la +tienda de Crisanto, en la calle de Pedro Conde, levantaron al montañés +que ya se había acostado, é introduciéndose por la puerta falsa del +portal, invadieron ruidosamente el establecimiento. Y ¡vengan cañas de +Sanlúcar! ¡venga <i>cante</i> y guitarra y jaleo!</p> + +<p>Pero las mujeres estaban rendidas: no tardaron en hablar de su casa; se +inició la retirada por la vieja <i>Cardenala</i> y poco á poco fueron +desfilando casi todos. No quedaron en la tienda más que los borrachos +empedernidos, el señor Rafael, el maestro carpintero, el <i>Cardenal</i> y +otros cuatro ó cinco convidados.</p> + +<p>Velázquez se puso al lado de María-Manuela mientras marchaban en grupos +por las calles; pero cuando al llegar á una esquina se despidieron de la +familia de Mercedes, tuvo ocasión de acercarse á ésta y hablar con ella +algunas palabras.</p> + +<p>—Adiós, gitana—le dijo estrechándole la mano afectuosamente.—Adiós, +naranjita china.</p> + +<p>—Estoy deshecha, niño—respondió ella con languidez afectada.—He +bailado más que un trompo.<a name="page_243" id="page_243"></a></p> + +<p>—¿De modo que no sostienes la apuesta?</p> + +<p>—¡Anda! Ya lo creo que la sostengo.</p> + +<p>—Entonces, dentro de media hora me tienes arrimado á tu ventana.</p> + +<p>—Dentro de media hora te espero en ella.</p> + +<p>Y con las manos enlazadas se clavaron una larga mirada, entre burlona y +amorosa, tratando de registrarse el alma. Pero al volver la cabeza cesó +repentinamente la alegría del majo al observar que María-Manuela estaba +haciendo lo mismo con Antonio. Quedó repentinamente serio, no porque la +bravía morena le hubiese tocado en el corazón, sino por la insolencia de +Antoñico. Á pesar de los últimos reveses seguía tan puntilloso y +delicado. Murmuró un juramento y se acercó de nuevo á la maga. Antoñico, +que vió su rostro contraído, se apresuró á alejarse juntándose á +Soledad, que también había advertido la maniobra y estaba irritada y +seria.</p> + +<p>—¿Qué te decía Antonio, querida?—preguntó el majo.</p> + +<p>—¡Antonio!—exclamó la morena con sorpresa.—¿Qué me había de decir +Antonio?... Nada.</p> + +<p>—¿No estaba hablando contigo en este momento?</p> + +<p>—¡Ah, sí!... Ni me había fijado siquiera... Creo que me preguntaba por +mi sobrinito.</p> + +<p>—Está bien; pero otra vez, cuando te pregunte por tu sobrinito, procura +que yo no esté<a name="page_244" id="page_244"></a> delante—manifestó el guapo con calma amenazadora.</p> + +<p>María quedó turbada y balbució con timidez:</p> + +<p>—¿Por qué?... No entiendo... Hijo, tú por cualquier cosilla te +remontas...</p> + +<p>—No hablemos más. Ya te he dicho lo que hace al caso.</p> + +<p>Hubo un largo silencio mientras caminaban lentamente la vuelta de casa +precedidos y seguidos de otros grupos.</p> + +<p>—No te vayas á figurar que á mí me importa ya nada de ese tío—profirió +ella al cabo.</p> + +<p>—No me figuro nada—respondió secamente Velázquez.</p> + +<p>—Que se me salten los ojos y no vuelva á ver la luz del sol, que me vea +pidiendo de puerta en puerta una limosna y vaya á morir al hospital, si +tengo más interés por él que por el carro de la basura... Anda, hijo, +pues ni que estuviera echada á los perros para acordarme ya de ese tío +sucio sin vergüenza. Primero me dejaba hacer tajaditas así que mirar más +en cara á ese arrastrao. No pienses en ello, niño, que si algún día me +dan ideas de faltarte, será con todos menos con él. ¿No vale más tu +personilla que ese mono? ¿Por qué te celas? ¡Pues el gachó es de oro +para que una mujer se chale por sus pedazos! ¡Con más botones en la cara +que un jardín en primavera! Deja que Soledad coma de esa fruta... ¡Para +mí ya está podría!</p> + +<p>Velázquez se fué calmando con la charla de su nueva querida. Y de esta +suerte llegaron<a name="page_245" id="page_245"></a> hasta la puerta de casa. La hermana de María vivía en +una callecita estrecha del barrio de la Viña, cerca de la Catedral. Paca +la de la Parra vivía algo más lejos, en el mismo barrio. Despidiéronse, +pues, allí, ésta con su marido, Soledad, Antonio y otras dos mujeres, y +siguieron adelante. Velázquez se quedó un instante á la puerta con su +amante y al cabo también se despidió de ella hasta el día siguiente. +Estaba cansado y tenía ganas atroces de dormir. Esto dijo, al menos, al +separarse: la verdad era que deseaba acudir á la graciosa cita de su +antigua novia.</p> + +<p>Cuando quedó solo se fué paso entre paso á la tienda de Crisanto á +esperar la hora. Allí seguían los residuos más antiguos de la boda +rindiendo culto á puerta cerrada al hijo de Júpiter y Semele.</p> + +<p>No tardó en recalar también Antonio; Gregorio y algunos otros jóvenes de +los que habían acompañado á las mujeres llegaron poco después. La juerga +prosiguió más grosera y alborotada por la ausencia del elemento +femenino.</p> + +<p>Al entrar Antoñico, Velázquez le clavó una mirada cargada de odio y de +amenazas que no pasó inadvertida para aquél. Se abstuvo cuidadosamente +de acercarse al grupo donde el majo estaba, y al cabo de unos instantes +se escabulló sin ser notado. Sin dilación alguna se dirigió nuevamente +al barrio de la Viña y se detuvo delante de la casa de su antigua +querida:<a name="page_246" id="page_246"></a> acercóse á una reja baja que tenía, llamó con los dedos á los +cristales y esperó. No tardaron en abrir.</p> + +<p>—¿Estás ahí, desaborío?</p> + +<p>—Aquí estoy, limoncito verde.</p> + +<p>—¿Por qué limoncito verde?</p> + +<p>—Porque eres agria para mí y veo mis esperanzas cada vez más verdes.</p> + +<p>—¡Vete, vete, canalla, no me des coba tan sucia! Después que has sido +para mí un perro te vienes con esa.</p> + +<p>—Un ladrón en la horca no está más arrepentío que yo, María. Díme que +me tire al agua y me verás hacerlo.</p> + +<p>—¡Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso...</p> + +<p>—¡Si supieses las penitas que estoy pasando!</p> + +<p>—¡Calla, calla, perro!</p> + +<p>—Eso es, las de un perro cuando le cortan el rabo.</p> + +<p>La ruda morena soltó una carcajada. La plática, aunque burlona, se fué +haciendo más y más cordial, no tardando mucho aquel perro en obtener su +perdón. El cuchicheo se hizo más íntimo y más suave. Hallaban los dos +grato enamorarse por la reja después de haber hecho vida matrimonial +cuatro años.</p> + +<p>Hacía ya largo rato que estaban charlando cuando se oyó el ruido de un +coche.</p> + +<p>—¿Un coche á estas horas?—exclamó María con sorpresa.</p> + +<p>Antonio no dijo nada, pero quedó repentinamente serio. El ruido se fué +aproximando.<a name="page_247" id="page_247"></a> Á los pocos momentos vieron aparecer por el extremo de la +calle una berlina de punto que pronto cruzó por delante de ellos. +Antonio sufrió una fuerte sacudida y dijo con voz alterada:</p> + +<p>—¿Sabes quién va ahí?</p> + +<p>—¿Quién?</p> + +<p>—Velázquez.</p> + +<p>—¡Calla, lioso! Los dedos se te vuelven huéspedes.</p> + +<p>—Por mi salud te juro que es Velázquez. Lo he conocido perfectamente.</p> + +<p>—Pero, niño, ¿qué estás ahí diciendo?... Si fuese Velázquez se hubiera +apeado para armar pendencia contigo... Demasiado sabes cómo las gasta.</p> + +<p>—Pues es Velázquez, no tengas duda—repuso Antonio cada vez más +trémulo.</p> + +<p>Y tanto juró y perjuró que su querida concluyó por darle crédito. +También se puso seria.</p> + +<p>—¡Es bien extraño!</p> + +<p>Cuando hubieron comentado largamente el caso, María le propuso entrar.</p> + +<p>—Anda, niño, entra... Me arriesgo mucho, porque si mi hermana se entera +me pone de patitas en la calle... y ya ves, me quedaría á la clemencia +de Dios... Pero no importa: por todo paso con tal que tú no vayas á +tener un disgusto. Mira que ese tío tiene muy malas tripas...</p> + +<p>Antonio le dió gracias con efusión y estuvo muy tentado á aceptar la +oferta, porque sentía<a name="page_248" id="page_248"></a> un miedo de primera calidad. Pero se acordó de la +cita con Soledad, la halló muy sabrosa y tuvo fuerzas para rehusar. Se +las echó de valiente.</p> + +<p>—Si no me quedo es precisamente porque no vayas á figurarte que le +tengo miedo. Cinco dedos tengo en cada mano como él y una buena +herramienta en el bolsillo... Que cuide de asegurarme, porque si no, +esas malas tripas que tiene se las echo todas fuera de una vez.</p> + +<p>Gozó todavía un rato del susto de su querida, que muy acongojada trataba +de persuadirle á que pasase allí la noche, y al cabo se despidió.</p> + +<p>El que le viese deslizarse solapadamente por las calles, oculto en la +sombra y volviendo á cada instante la cabeza, no pensaría ciertamente +que tuviese vivos deseos de andar con los intestinos á nadie.</p> + +<p>Bien había echado de ver su ausencia Velázquez allá en la tienda de +Crisanto. No quiso ir tras él, porque estaba seguro de que se había +marchado de miedo, y con esto quedaba en sosiego su amor propio. Cuando +juzgó llegado el momento de acudir á la cita de Mercedes se dispuso á +salir; pero aquellos borrachos le tenían secuestrado. El padre de Pepa, +tomándole de la solapa de la chaqueta, se desahogaba contra el gallego +de su yerno, anunciando con voz cavernosa las mil crueldades que iba á +ejercitar sobre él así que amaneciese Dios. Y cada uno<a name="page_249" id="page_249"></a> de sus +pronósticos siniestros iba acompañado de las correspondientes preguntas:</p> + +<p>—¿Álcali volátil á mí? ¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He +faltado á alguno? etc.</p> + +<p>El viejo <i>Cardenal</i>, hombre pacífico si los había en Cádiz, iba +adquiriendo á la sazón un humor belicoso también que le hacía muy +molesto. Después de tomarlas con Gregorio, injuriándole y declarando á +gritos que nunca le dejaría casar con su hija Isabel, la emprendió con +Velázquez acusándole de traidor.</p> + +<p>—Permíteme que te lo diga, Velázquez... No eres un hombre regular ni +decente... Con mi hija te has portado peor que un gitano... Yo soy así, +¿me entiendes?... Digo las cosas á la cara... Al pan pan y al vino +vino... y al que es un falso traidor le digo que es un sinvergüenza... +¡Ea, ya está! ¿Qué hay?...</p> + +<p>Colocado en este terreno dramático, el viejo tendero concluyó por +desafiarle.</p> + +<p>—Tú y yo somos dos, ¿me entiendes? No pienses que te tengo miedo... +Aunque viejo, aún no se me cae una herramienta de la mano... ¡Sal +conmigo, cobarde! ¡Sal á la calle y verás cómo te corto el cuello!</p> + +<p>Velázquez sonriendo procuró calmarle; pero cuanto más pacífico se +mostraba, más se crecía el anciano, hasta el punto de que, temiendo que +se propasara á vías de hecho, el señor Rafael, que era el menos borracho +de todos, hizo seña al guapo de que se fuese. Así lo hizo con gusto,<a name="page_250" id="page_250"></a> +porque los insultos repetidos iban ya alterando sus nervios y temía que +al fin se desbocasen y le impeliesen á poner la mano en el viejo.</p> + +<p>Cuando se vió en la calle respiró libremente y se dirigió sin vacilar á +casa de Mercedes. La cita amorosa con aquella muchacha iba adquiriendo +en su imaginación un atractivo que nunca hubiera pensado. Sin embargo, +la despedida de Antonio y María-Manuela y las palabras secretas que +entre sí cruzaron, habían despertado en su espíritu sospechas de que +estaban citados para aquella noche. Más por curiosidad que porque la +traición de la rústica morena le llegase al alma, en vez de tomar el +camino directo de las Barquillas, hizo un pequeño rodeo para pasar por +delante de la casa de aquélla. Y hallando casualmente al paso un coche +de los que habían ido á Puerta de Tierra, se metió en él. Al ver á +Antonio pegado á la reja de su querida, á pesar del escaso interés que +ésta le inspiraba, no pudo reprimir un movimiento de ira; se abalanzó +para ordenar al cochero que parase; pero, sosegándose repentinamente, se +encogió de hombros exclamando:</p> + +<p>—¡Ps! ¡Buen provecho!... Todos los cerdos saben el camino de sus +pocilgas.</p> + +<p>Antes de llegar á las Barquillas de Lope se apeó y despidió el coche, +encaminándose vivamente hacia la casa de su antigua novia. Pero cuando +ya estaba cerca, de uno de los portales próximos salió un hombre y se le +puso delante.<a name="page_251" id="page_251"></a></p> + +<p>—Buenas noches, señor Pedro.</p> + +<p>El majo, sorprendido y mirando con fruncido rostro al que se le +atravesaba, respondió:</p> + +<p>—Buenas noches, Gabino. ¿Qué se ofrece?</p> + +<p>—Pues nada... Estaba la noche tan hermosa que no tuve ganas de +acostarme... y andaba dando vueltas esperando el sueño.</p> + +<p>—Está bien—repuso mirándole de arriba abajo con ojos recelosos y +severos.—¿Y aún no te ha llegado el sueño?</p> + +<p>—No, señor.</p> + +<p>—Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer es irte á la cama, porque +te expones á quedar dormido en mitad del arroyo.</p> + +<p>—No tengo yo miedo á eso, porque al fin y al cabo, ¿qué importa la cama +dura si es blando el sueño? Lo único que me da pena es dejar despiertos +por ahí á algunos traidores.</p> + +<p>Sintió el guapo un fuerte estremecimiento, pero supo dominarse y exclamó +riendo:</p> + +<p>—¡Anda! ¿y eso te pone triste?... Pues hazte guardia civil y pasarás +las noches persiguiendo á los ladrones.</p> + +<p>—No son ladrones los que yo quisiera perseguir, sino á ciertos sujetos +que hacen el daño sin interés, sólo por capricho ó por fachenda.</p> + +<p>—Pues ve tras ellos y buenas noches, que yo no puedo detenerme—dijo +Velázquez con voz ya levemente alterada, tratando de alejarse.</p> + +<p>Pero el mozo se le interpuso nuevamente, diciendo con resolución:<a name="page_252" id="page_252"></a></p> + +<p>—Dejémonos de guasa, señor Pedro. ¿Va usted á ver á Mercedes?</p> + +<p>—Dejémonos de guasa, Gabino... ¿Te importa algo?</p> + +<p>—Sí que me importa, porque soy su novio.</p> + +<p>—Pues hazte cuenta que para mí no eres na—dijo Velázquez con acento +agresivo.</p> + +<p>—No basta que usted lo diga; á todo el mundo le consta y á usted +también. Por consiguiente, no es portarse como hombre regular ni decente +rondar á las mocitas que están comprometidas.</p> + +<p>—¡Ea, basta ya de rodeos!—exclamó el guapo.—Quieres reñir,¿verdad +tú?... Pues cuando gustes podemos comenzar.</p> + +<p>Y al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo y sacó el cuchillo.</p> + +<p>Gabino permaneció quieto y manifestó con calma:</p> + +<p>—Ya sé que no le importa reñir, que tiene usted corazón y no ha de +temer á un pobre muchacho como yo... Pero al ponerme delante de usted +bien puede figurarse qué desesperado estaré... Quiero á esa mujer más +que á las niñas de mis ojos, y por ella, no digo delante de usted, +delante de un cañón cargado de metralla me pondría. Lo que temo al reñir +no es la muerte, sino que de todos modos la pierdo para siempre... Si yo +le mato, ¿qué gano? Nada, porque me espera la cárcel... Se lo juro á +usted por la gloria de mi madre, lo mejor que podría sucederme es que +usted me matase...<a name="page_253" id="page_253"></a></p> + +<p>La voz se le anudó en la garganta al pobre mancebo al proferir las +últimas palabras. Velázquez quedó inmóvil y silencioso. Al cabo dijo en +tono resuelto, guardando la navaja:</p> + +<p>—Tienes razón... Me gusta esa niña, pero tú la mereces más que yo +porque la quieres mucho más... Sé, por desgracia—añadió con voz +temblorosa,—lo que es querer de ese modo, y que poco importa la vida ó +la muerte al que tiene ya el corazón hecho pedazos...</p> + +<p>Bajó la cabeza y permaneció callado unos instantes.</p> + +<p>—Choca, querido—dijo alzándola de nuevo y alargándole la mano.—Vete +en paz á hablar con tu novia y que Dios te proteja.</p> + +<p>Se estrecharon la mano y el majo se alejó precipitadamente.</p> + +<p>—Gracias, señor Pedro—murmuró Gabino conmovido.</p> + +<p>—¡Oiga!—le gritó cuando ya el otro estaba lejos.</p> + +<p>Velázquez volvió sobre sus pasos.</p> + +<p>—Quisiera pagarle de algún modo el favor que me hace. Si usted tiene +todavía algún interés por esa mujer que ha querido, le diré que la he +visto hace poco allá en Puerta de Tierra entregar una llave á Antoñico, +que debe ser la de su casa... Haga usted ahora lo que mejor le parezca.</p> + +<p>El majo se encogió de hombros con afectado desdén.</p> + +<p>—Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con<a name="page_254" id="page_254"></a> ella hace tiempo. Puede abrir +la puerta á un toro de Veragua si gusta... De todos modos, gracias por +el aviso, Gabino, y buena suerte.</p> + +<p>No era sincero aquel desprecio. La noticia le llegó al alma, porque si +bien conocía las relaciones de su querida con Antonio, tenía por cierto +que no habían alcanzado tal grado de madurez. Así que vagamente nutría +en su alma la esperanza de poseer de nuevo á Soledad y hacerla su +esposa. Ahora sí que la sentía perdida enteramente. Sus ilusiones se +desvanecían como el humo.</p> + +<p>Á paso lento recorrió varias calles presa de un abatimiento que le +quitaba las fuerzas. Nadie cruzaba á la sazón y libremente podía +revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas del tropel de ellos surgió +repentinamente uno que le hizo estremecerse. Quedó inmóvil un instante +y, recobrando de súbito toda su energía, emprendió su camino de nuevo +con resolución y á paso vivo. Al pasar por la calle de <i>Horno Quemado</i> +vió venir hacia él un hombre que no tardó en reconocer. Era el señor +Rafael que se retiraba á su casa. Trató de evitar el saludo pasando á la +acera contraria; pero el viejo, que no estaba tan borracho como suponía, +le conoció perfectamente y le chicheó.</p> + +<p>—¡Eh! ¡Chis! Velázquez... Atraca, hijo... ¿Dónde va el hombre?</p> + +<p>—Pues... á ninguna parte. Estoy tomando el fresco... y pensando en lo +divertido que estará ahora su sobrino.<a name="page_255" id="page_255"></a></p> + +<p>—¡No lo creas!... Mi sobrino es un gallego desorejado. No se ha +divertido jamás de la vida ni se divertirá. Ahora mismo está pensando en +el gasto.</p> + +<p>Velázquez sonrió y trató de alejarse, pero el viejo le retuvo.</p> + +<p>—Ahí dejó al <i>Cardenal</i> y al suegro de mi sobrino con una <i>mona</i> +superior... pero ¡superior!... El Cardenal quería salir con la navaja +abierta en tu busca... Luego la emprendió conmigo y me dijo las mil y +una injurias... pero yo me he reído, ¿sabes?... Éstos infelices que +viven en familia, en cuanto se apartan de las enaguas de su mujer y lo +prueban, se vuelven locos...</p> + +<p>Velázquez estaba impaciente. La charla gozosa del viejo le parecía +insufrible en aquel momento. Pero por más que hacía no lograba +despegarse. Al fin tuvo que decir con acento malhumorado:</p> + +<p>—Vaya, déjeme usted, señor Rafael, que tengo prisa.</p> + +<p>El viejo le miró á la cara sorprendido y, observando su palidez, soltó +la carcajada.</p> + +<p>—¡Anda, hijo, anda á la cama en seguida!... No pensé que te hacía daño +también el vino... Ya no queda en Cádiz más hombre que yo...</p> + +<p>Prosiguió el majo su camino mientras el tío de Frasquito, retorciéndose +de risa, intentaba en vano meter la llave en la cerradura de su casa. +Así estuvo largo rato hasta que pasó el sereno y le dijo sonriendo:<a name="page_256" id="page_256"></a></p> + +<p>—¡Pero señó Rafael, si está usted engañado! Su casa está tres puertas +más abajo.</p> + +<p>El viejo echó dos pasos atrás y exclamó:</p> + +<p>—¡Verdad, amante!... Estoy metiendo la llave en casa de D. Justo el +escribano... ¡Tendría gracia que fuera á sorprenderle en el cuarto de la +criada!... ¡Ji, ji!... Toda la culpa ha tenido ese perdío de +Velázquez... ¡Qué mona llevaba! ¡Superior! ¡pero superior!... Escucha, +Ramón... no digas á nadie que me he equivocado, porque se van á creer +que estaba borracho... ¡Ji, ji!... ¡Borracho el señor Rafael!... +¡Tendría que ver!... Adiós, Ramón... buenas noches... Chito ¿eh?... +Buenas noches... Hasta mañana, si Dios quiere...</p> + +<p>El sereno, sin dejar caer la sonrisa de los labios, le miró alejarse con +marcha vacilante, abrir la puerta de su casa y desaparecer.</p> + +<p>Velázquez, al separarse de él, había apretado el paso. Cuando llegó á +las inmediaciones de la casa de su amigo Pepe de Chiclana, se detuvo. +Habitaba éste un caserón viejo, enorme, del cual formaban parte las +cuadras donde tenía los caballos en que traficaba. La puerta exterior, +que cerraba un zaguán largo y sucio á modo de túnel, solía permanecer +abierta toda la noche. El majo se ocultó en la sombra y espió aquella +puerta. Una duda le agitaba: si Antoñico habría llegado ya. Habíale +dejado pelando la pava con María, pero temía que el tiempo que había +gastado con el novio de la Mercedes y el que le había hecho perder el<a name="page_257" id="page_257"></a> +señor Rafael hubiese bastado para que el traidor dejase á su antigua +querida y viniese á buscar la nueva.</p> + +<p>Pronto se desvaneció esta duda al ver doblar la esquina de la calle á un +hombre. A la luz de la luna pudo reconocer á Antonio. Dejó que se +aproximara, y cuando ya estaba cerca de la puerta de Pepe, salió de +pronto de la oscuridad y se le plantó delante.</p> + +<p>—Buenas noches, Antoñico.</p> + +<p>El amante de la maga dió un salto atrás y echó una ansiosa mirada á los +lados, sin duda con intención de huir. Pero observando la actitud +pacífica de Velázquez y su sonrisa pudo dominarse y exclamar con fingida +cordialidad:</p> + +<p>—¡Adiós, gachó!... ¿Tú por aquí?... Lo que menos podía pensar era +tropezarte á estas horas.</p> + +<p>—Ni yo á ti.</p> + +<p>—Pues, hijo, como hemos bebió mucho más de lo que era menester y la +noche está para freírse María Santísima, andaba dando vueltas por las +calles como un papamoscas y se me ocurrió venir á ver si Pepe y Paca +habían salido á la calle á tomar el fresco.</p> + +<p>—Pues hazte cuenta que lo mismo me ha ocurrido á mí.</p> + +<p>Hubo una pausa embarazosa. Antonio no las tenía todas consigo y +escrutaba el semblante de su amigo, por ver si descubría en él señales +de guerra. Pero el rostro del guapo expresaba<a name="page_258" id="page_258"></a> en aquel momento absoluta +tranquilidad, la misma indiferencia desdeñosa que lo caracterizaba.</p> + +<p>—Y como aquí no veía á nadie con quien rajar un poco, me iba en busca +de la cama.</p> + +<p>—Pues hazte cuenta que otro tanto me pasaba á mí—repitió Velázquez con +el mismo sosiego.</p> + +<p>—Pues vámonos ya.</p> + +<p>—Mira... Echaremos antes un cigarro, si te parece.</p> + +<p>—Como quieras.</p> + +<p>Sacó el majo un cigarro puro y luego la navaja para picarlo. El fino +cuchillo de Albacete brilló con resplandor siniestro á la luz de la +luna. Antoñico se inmutó visiblemente.</p> + +<p>—Toma—dijo alargándole cortésmente el cigarro.—Pica de él si quieres.</p> + +<p>—Muchas gracias—respondió Antonio, rechazándolo.</p> + +<p>Velázquez lo miró con sorpresa.</p> + +<p>—¿Es que no tienes cuchillo?</p> + +<p>—Sí tengo... pero no gasto ese tabaco... fumo de cajetilla...—balbució +torpemente.</p> + +<p>—¡Allá tú!—profirió el majo alzando los hombros.</p> + +<p>Y con toda calma se puso á picar, mientras el otro sacaba un pitillo +hecho y lo encendía. Hubo largo silencio. Velázquez parecía absorto en +su tarea. Antonio fumaba nerviosamente, echando grandes bocanadas de +humo.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó al fin aquél, llevándose la<a name="page_259" id="page_259"></a> mano á la frente.—¡Qué +cabeza la mía! Tenía que dar un recado preciso á Soleá y ya se me +olvidaba... ¿Me haces el favor de la llave?</p> + +<p>—¿Qué llave?—profirió Antonio con la misma sorpresa que si viese +desplomarse todas las casas de la calle.</p> + +<p>—La que llevas en el bolsillo y que Soleá te ha dado hace un +rato—manifestó Velázquez con naturalidad.</p> + +<p>Se puso aún más pálido de lo que estaba. En un instante pasaron por su +cerebro veinte respuestas evasivas; pero los ojos del majo estaban +clavados sobre los suyos con una expresión tan resuelta y enconada que +claramente vió el dilema: ó soltar la llave ó matarse. Optó por lo +primero. Hizo un esfuerzo para reir y exclamó en tono jocoso:</p> + +<p>—¡Vaya un chasco!... Pensé que eso era ya agua pasada, niño... Si +supiese que esa mujer te tiraba algo no me hubiera acercado á ella... +Porque donde está un amigo verdadero como tú toas las mujeres están de +más para mí... Y si antes hubieras hablado, antes te hubiera dejado el +campo libre... Pero tú eres como Dios te crió, guasón y cazurro si los +hay, y no tienes confianza para decirle á un amigo: «Hijo, quítate del +medio que me estorbas...» Toma, toma la llave, que no tengo vergüenza si +vuelvo á hablarte en los jamases de la vida.</p> + +<p>Velázquez la tomó, se la echó en el bolsillo gravemente y guardó +silencio. El otro, viendo que no quería seguirle el humor é inquieto +por<a name="page_260" id="page_260"></a> su actitud sombría, se apresuró á despedirse.</p> + +<p>—Vaya, hijo, que pases buena noche... y otra vez no seas tan desaborío +con los amigos que te aprecian.</p> + +<p>—Adiós—dijo Velázquez secamente.</p> + +<p>Permaneció inmóvil hasta que Antonio dió vuelta á la esquina y en +seguida avanzó hasta el portal de Pepe de Chiclana. Se detuvo un +instante escuchando, atravesó después cautelosamente el largo zaguán, +sembrado de carretas y coches deteriorados, y llegó á un espacioso +patio. Había numerosas puertas, la mayoría dando acceso á las cuadras. +La vivienda de Pepe ocupaba uno de los frentes. Hacia ella se dirigió, +pero en vez de acercarse á la puerta del centro, se corrió hacia uno de +los rincones donde había otra más chica. Por allí se entraba al cuarto +de la huéspeda: lo conocía perfectamente, como conocía toda la casa. +Paca había dado á su amiga aquella habitación independiente, única que +tenía bien amueblada.</p> + +<p>Puso el oído á la puertecita, permaneciendo en esta posición largo rato. +Luego sacó la llave, la metió con suavidad en la cerradura y abrió +lentamente procurando no hacer ruido. Avanzó después por una pequeña +antesala, buscando á tientas en la pared otra puerta, hasta que dió con +ella y se detuvo. Llamó quedo con los nudillos. Nadie contestó. Tornó á +llamar más fuerte.</p> + +<p>—¿Quién va?—dijo desde dentro una voz bien conocida.<a name="page_261" id="page_261"></a></p> + +<p>Velázquez puso los labios sobre la cerradura y respondió en voz de +falsete:</p> + +<p>—Abre.</p> + +<p>—¿Quién es?—preguntó Soledad.</p> + +<p>—Antonio.</p> + +<p>—Aguarda un momentito.</p> + +<p>Oyó el majo, con el corazón palpitante, el rechinar de una cama y el +ruido de unos pies que se ponen en el suelo. Al instante se abrió la +puerta.</p> + +<p>—Pasa—dijo Soledad con voz apagada.</p> + +<p>Velázquez obedeció.</p> + +<p>—¡Cómo has tardado tanto, hijo!—siguió con acento de mal humor, +mientras cerraba de nuevo la puerta.—Ya no contaba contigo. Te he +estado esperando un rato muy largo y, al fin, viendo que no venías me he +determinado á meterme en la cama... Espera, voy á encender un fósforo.</p> + +<p>—¡No!—dijo Velázquez con la misma voz de falsete.</p> + +<p>—¿Por qué no?</p> + +<p>Y sin aguardar respuesta tomó la caja de cerillas de su mesa de noche é +hizo brotar la luz. Al volver la cabeza dió un grito y se le cayó la +cerilla de la mano.</p> + +<p>—¡Tú! ¡tú! ¡tú!—repitió con espanto en las tinieblas.</p> + +<p>—¡Sí!... Yo soy, Soleá... ¡Perdóname que haya dado este paso!... El +cariño que te tengo me ha vuelto loco...</p> + +<p>Al mismo tiempo dió un paso hacia la joven;<a name="page_262" id="page_262"></a> pero ella retrocedió y +sacando apresuradamente otro fósforo encendió la bujía. Luego se plantó +delante de él erguida, altanera, pálida, clavándole con furor sus ojos +llameantes. Hubo un momento de silencio. La cólera le apretaba la +garganta, no dejando salir las palabras. Al fin exclamó con voz +alterada, extendiendo la mano:</p> + +<p>—¡Sal de aquí, canalla!</p> + +<p>El majo se estremeció, se puso también densamente pálido.</p> + +<p>—¡Por tu vida, Soledad, no me repitas esa palabra!... ¡Mira que te +pierdes y me pierdes!</p> + +<p>—¡Sí! ¡sí! ¡canalla! ¡más que canalla!—profirió la joven trocando el +color blanco de su rostro por otro encendido como la grana.—¿Qué otro +nombre mereces, charrán, indecente?... ¿Quién comete una acción tan baja +como ésta sino tú?... Sí, canalla... Te llamo canalla porque lo eres.</p> + +<p>Velázquez se lanzó de un salto sobre ella, la agarró por los brazos y la +sacudió convulsivamente, mientras la joven, loca de furor, seguía +escupiéndole á la cara más que diciéndole:</p> + +<p>—¡Sí, te llamo canalla!... Mátame ahora, cobarde... mata á una mujer... +¡Eso debes hacer, granuja!...</p> + +<p>Velázquez quedó lívido, inmóvil; sus ojos se clavaron con extraña fijeza +sobre los de la joven, que sostuvo fieramente la mirada. Pero haciendo +un esfuerzo supremo sobre sí mismo soltó los brazos que tenía cogidos, +dió un paso atrás y quedó de repente tranquilo, profundamente<a name="page_263" id="page_263"></a> +tranquilo. Hubo un instante de silencio en que ambos se contemplaron con +intensa atención.</p> + +<p>—¡Basta ya!—dijo al cabo con voz ronca y respiración anhelante, como +si acabara de hacer una carrera fatigosa.—Has llegado con esa espada +que tienes en la boca al sitio mismo donde te tenía guardada... Te +quería más que he querido á mi madre... Te respetaba más que á la Virgen +de Grasia... Todo ha terminado... El soplo que acabas de dar ha sido tan +fuerte que ni cenizas quedaron de ese fuego... Me alegro y te doy las +gracias... Escucha, niña, no te he partío el corazón ahora mismo porque +me acuerdo de lo mucho que te he querido... Conque Dios te guarde... Si +te debía algunas, ya te las has cobrado...</p> + +<p>Giró sobre los talones y salió con paso firme de la estancia. Al +encontrarse en la calle se detuvo; sacó la petaca, volvió á picar un +cigarro, lo encendió y prosiguió su camino sosegadamente como un vecino +que sale á respirar el fresco. Era la calma del hombre á quien acaban de +hacer una operación dolorosa y se encuentra de repente sin fuerzas y sin +dolores, en abatimiento feliz. Recorrió varias calles gozando este +sosiego extraño parecido á un letargo. Su pensamiento y su corazón +permanecían quietos.</p> + +<p>Reinaba un silencio profundo en aquella última hora de la noche. Ni un +transeunte se tropezaba por casualidad en las calles. Sólo sus<a name="page_264" id="page_264"></a> pasos +sonaban sobre la acera y de vez en cuando el silbo agudo del pito de los +serenos.</p> + +<p>Como no tenía cuenta por dónde andaba, se encontró sin pensar en las +Barquillas de Lope. Al advertirlo se apresuró á volverse pensando en +Mercedes. «¡Vaya por Dios! murmuró internándose de nuevo en la ciudad. +Esa chiquilla es apañadita y salada y parecía que la iba cobrando +apego... ¡Pero está de Dios que todo me salga mal de algún tiempo á esta +parte! Tiene razón Paca... Será que me voy haciendo viejo.»</p> + +<p>De nuevo vagó por las calles á paso lento, bañando su frente en el +frescor de la noche. Hacía ya tiempo que no se sintiera tan tranquilo y +dueño de sí mismo. Antes de retirarse á casa quiso dar una vuelta por la +tienda de Crisanto. Al llegar á las inmediaciones, en la calle de San +Francisco, oyó voces desentonadas, ruido de disputa. Acercóse más y pudo +percibir el grito bronco del suegro de Frasquito.</p> + +<p>—¿Estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?...</p> + +<p>El sereno pretendía arrestarlos, lo mismo á él que al viejo <i>Cardenal</i>, +por escandalosos. El maestro carpintero se defendía gritando como un +energúmeno, con lo cual dicho se está que empeoraba la situación. Dió la +vuelta por no mezclarse en disputas de borrachos con la autoridad, llegó +á la muralla y siguió por ella la vuelta de su casa.<a name="page_265" id="page_265"></a></p> + +<p>La noche tocaba á su fin. El firmamento estrellado se desplegaba diáfano +y puro anunciando la llegada de la aurora. Brillaban las estrellas +declinantes reflejando su luz en las aguas, que se rizaban al primer +soplo matinal. La luna acababa de hundirse en su seno, dejando todavía +en el horizonte una estela luminosa. Ninguna nube flotaba en aquel cielo +de cristal. La brisa agitaba ya sus alas sutiles para despertar á la +sultana.</p> + +<p>Velázquez, aunque de espíritu rudo, aspiró con delicia la gloria de +aquella noche esplendorosa. Siguió distraído por la muralla sin apartar +los ojos del mar, cuyas olas batían á sus pies con dulce, armónico, son. +Algunos minutos después se hallaba en el Campo del Sur frente á su casa. +Se apoyó en el pretil del muro, y quedó sumido en profunda meditación. +Pensó en los últimos reveses de amor que había experimentado, y un +sentimiento de abandono invadió su corazón. No había duda, le llegaba la +mala porque se iba haciendo viejo. Se encontró solo, sin padres, sin +hermanos, sin hijos, sin mujer que le quisiera habiendo tenido tantas. Y +por primera vez le acosaron los remordimientos, las lágrimas que había +hecho verter á algunas infelices.</p> + +<p>Cuando al cabo alzó la frente, su resolución estaba tomada. Las sombras +de la noche huían apresuradamente hacia el Oeste. Hermosas tintas +carmesíes anunciaban en Oriente que el sol no tardaría en alumbrar la +tierra.</p> + +<p><a name="page_266" id="page_266"></a></p> + +<p><a name="page_267" id="page_267"></a></p> + +<h3><a name="XVI" id="XVI"></a>XVI<br /><br /> +Despedida.</h3> + +<p>Pocos días después se supo que Velázquez traspasaba la tienda, y más +tarde que se embarcaba para América. Prefirió trasladarse en un buque de +vela mandado por cierto amigo suyo que partiría el 15 de Setiembre. La +víspera, los compadres de la reunión y algunos íntimos recibieron de él +afectuosa carta de despedida y adjunta una invitación del capitán del +barco para que, si tenían gusto en ello, viniesen á beber unas cañas á +la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibió la suya. +En la carta que Velázquez le escribía convidaba también expresamente y +con encarecimiento á Soledad, ó por hacerle ver que olvidaba sus +injurias, ó por mostrar que se hallaba enteramente curado de su pasión.<a name="page_268" id="page_268"></a></p> + +<p>Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta +para que accediera á aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba +ella, no tanto por el rencor que aún le guardaba, como por considerar +violenta y embarazosa la entrevista. Cuando, cruzando aquella tarde por +la calle de la Amargura, acertó á tropezar con Manolo Uceda, á quien +hacía días que no veía. Saludóla él cortés pero gravemente y trató de +seguir su camino, pero ella se le puso delante.</p> + +<p>—¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por +qué no vienes á casa?—le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole +afectuosamente la mano.</p> + +<p>Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su +imprudencia y se puso roja como una cereza.</p> + +<p>—Ando bastante ocupado con un asuntillo que me ha encomendado mi +madre... El jueves me voy á Medina.</p> + +<p>—¿Para volver?</p> + +<p>—No; probablemente no volveré. Desde allí nos vamos á Sevilla... He +conseguido que mi madre cediese á vivir allá, y me alegro bastante.</p> + +<p>Quedó seria repentinamente la joven; guardó silencio unos momentos y al +cabo dijo con tristeza:</p> + +<p>—¡Todo el mundo se va!... Yo también necesito pensar en liármelas... Ya +sabrás que Velázquez se embarca mañana...<a name="page_269" id="page_269"></a></p> + +<p>—Sí lo sé. Me ha escrito.</p> + +<p>—¡Ah! ¿Te ha convidado á la juerguecilla del barco?... También á mí me +convida; pero á la verdad... no sé qué hacer. Quisiera que me dieses tu +parecer, porque, hijo mío, te lo digo con todas las veras de mi alma, +eres el único hombre decente con que he tropezao en la vida y á nadie +pido un consejo con tanta satisfacción como á ti...</p> + +<p>—Muchas gracias—manifestó el caballero de Medina sonriendo.—Pero ¿qué +quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...</p> + +<p>—Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no +hay nada hace tiempo... Ya sabes cómo se ha portado conmigo...</p> + +<p>—Pues bien—repuso Uceda, después de vacilar un poco.—Á mí me parece +que debes ir... Á pesar de todo le has querido: él te ha querido también +y probablemente te sigue queriendo... Sería crueldad, por tu parte, el +no decirle adiós.</p> + +<p>—Está bien, iré aunque me cueste trabajo.</p> + +<p>Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo con afectada ligereza:</p> + +<p>—¿Y Antoñico?</p> + +<p>Turbóse Soledad al escuchar la pregunta y exclamó con ímpetu:</p> + +<p>—¡No me hables de ese charrán!</p> + +<p>—Me han dicho que ha vuelto á juntarse con María—repuso el caballero +riendo.<a name="page_270" id="page_270"></a></p> + +<p>—¡No es por eso, no!... Al contrario... me parece lo único decente que +ha hecho en su vida, pero...</p> + +<p>Iba á contar la bajeza que con ella había cometido, pero se detuvo á +tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba más á ella.</p> + +<p>—Le llamo charrán porque lo es. Todo el mundo lo sabe—concluyó bajando +la voz.</p> + +<p>Quedó un momento silenciosa con el rostro fruncido.</p> + +<p>—Bueno, hasta mañana en el barco... Voy allá porque tu me lo +mandas—manifestó al fin dándole la mano.</p> + +<p>—No; yo probablemente no podré ir.</p> + +<p>—¡Ah! ¿No vas tú? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Porque no quiero.</p> + +<p>—¡Siempre tan testarudilla!—dijo Uceda apretando cariñosamente la mano +que tenía cogida.—Iré por que no te enfades. Hasta mañana.</p> + +<p>—No faltes.</p> + +<p>—No faltaré.</p> + +<p>Al día siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al +muelle esperaban á los invitados para transportarlos al buque, que se +veía anclado allá en medio del puerto. Era una corbeta de regular +tamaño, negra, sólida, bien arbolada. El capitán, hombre de cuarenta +años, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra +cerdosa,<a name="page_271" id="page_271"></a> pesado y macizo como su navío, los esperaba de bruces sobre la +cornisa de la obra muerta. Acompañábalo Velázquez. La <i>Esperanza</i>, que +así se nominaba la corbeta, iba á la América del Sur por carga de cacao, +llevándola heterogénea de algunos productos de la Península.</p> + +<p>Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el señor +Rafael. Inmediatamente la lancha trajo á la familia del <i>Cardenal</i>, los +viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, á los cuales se había +unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo +tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida María-Manuela con Antonio +y dos amigos más de Velázquez. Por último, al cabo de un rato acostaron +al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo +bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse á +la frágil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las +piernas á los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las +embromaban sobre esta despreocupación así que estaban arriba.</p> + +<p>—En el mar estamos como en el paraíso terrenal. No existe la +vergüenza—decía el capitán.—He conocido á una señora que al averiguar +que el barco hacía agua subió á cubierta desnuda y estuvo hablando con +nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos.</p> + +<p>Sobre cubierta, debajo de un toldo, veíase la mesa bien abastecida de +manjares y botellas.<a name="page_272" id="page_272"></a> Velázquez fué saludando á sus amigos cordialmente +y les invitó á sentarse. Estaba tranquilo y á las frases de sentimiento +que dejaban escapar todos al darle la mano respondía con afectada +alegría.</p> + +<p>—Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. Este Cádiz se me venía ya +encima... Veréis cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando menos lo +penséis llegaré hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz... +soy capaz... ¡hombre, soy capaz de venir con levita!</p> + +<p>—¡No, por Dios!—gritaron los compadres riendo.</p> + +<p>Había saludado á Soledad con no fingida naturalidad y aun la había +piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven parecía más turbada +que él. Después, acercándose á Mercedes, la preguntó familiarmente por +lo bajo:</p> + +<p>—¿Y Gabino? ¿Cómo no viene?</p> + +<p>—¿Gabino?—respondió la salada muchacha haciendo un mohín +desdeñoso.—¡Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con él.</p> + +<p>Mostróse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada +más. Pero la niña insistió con ahinco y formalidad, dió pormenores, citó +testigos. Velázquez concluyó por llamar á Isabel, que estaba cerca.</p> + +<p>—¿Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regañado con Gabino?</p> + +<p>—¡Y tan verdad!—respondió aquélla con mal humor.—¿Tú sabes si mi +hermana ha tenido chabeta alguna vez?<a name="page_273" id="page_273"></a></p> + +<p>Y se alejó murmurando. Velázquez quedó serio y pensativo.</p> + +<p>Sentáronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de +salchichón. Destapáronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlúcar +chispeó alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol +derramaba sus rayos esplendentes sobre la bahía. Las aguas dormidas +rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en +el puerto cabeceaban blandamente, viéndose sobre sus cubiertas algunos +marineros entregados al sueño. Ni de la ciudad ni del mar llegaban más +que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lánguido +suspiro como si la tierra y el Océano gozasen tranquilos el placer de la +siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la +frente de los convidados. La naturaleza ofrecía el amable sosiego, la +armonía solemne que sólo se observa en los comienzos del otoño.</p> + +<p>Los de la fiesta no resultaron alegres. La gente se mostraba lacia, +desanimada, como si todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. Y en +realidad, no era grato ver alejarse, quizá para siempre, á un amigo de +toda la vida. El mismo señor Rafael, cuya alegría era inagotable, estaba +menos expansivo. Aprovechando un momento en que Velázquez vino á +ofrecerle una caña, le dijo por lo bajo:</p> + +<p>—Pero, vamos á ver, hijo, ¿por qué haces esta locura? ¿Qué te faltaba á +ti en Cádiz? ¿No<a name="page_274" id="page_274"></a> tienes salud? ¿no tienes dinero?... ¿Qué demonio vas +buscando en esas tierras donde si no le meriendan á uno los salvajes se +lo comen crudo los mosquitos?... Que has tenido algunos disgustillos con +las mujeres, ¿y qué? ¿Es razón para que un mozo valiente y noble de too +su cuerpo se quite del medio? ¿Dónde hay palmito que se pueda comparar +con unas botellas de amontillado, bebidas en compañía de cuatro amigos, +y unas aceitunitas aliñás?... Me lo dijo hace tiempo un vista de la +aduana que había estado muchos años en Puerto-Rico, un tío muy +ilustrado, capaz de beberse el golfo de Méjico: «Desengáñate, Rafael, +las mujeres no sirven más que para enfriar el caldo cuando uno está +acatarrado y no puede sacar los brazos de la cama».</p> + +<p>Velázquez alzó los hombros y le respondió con el mismo desenfado.</p> + +<p>El vino hizo al cabo su tarea. Poco á poco los rostros se fueron +animando y las lenguas se desataron, produciendo un gracioso oleaje de +chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, como siempre, fué Antoñico. +Estaba más flaco que antes y descolorido; apenas comía. Sus amigos le +embromaban por esta falta de apetito.</p> + +<p>—¿Qué queréis, hijos míos?—respondía él.—He perdido el estómago. +¿Cómo no había de perderlo si esta mujer que aquí veis me ha estado +envenenando más de tres semanas con una <i>bebía compuesta?</i></p> + +<p><a name="page_275" id="page_275"></a>—Decid que es mentira—saltó María-Manuela.—No ha sido más que ocho +días, y lo que le he dado á nadie le hace daño: agua de siete pozos +distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas +de rata...</p> + +<p>—¡María Santísima del Carmen!—exclamó Antonio llevándose la mano al +estómago.—¿Y yo he bebido eso?... ¡Quitadme esos platos de delante! +¡Quitadme esas copas! ¡Dejadme reventar en cualquier rincón, como un +triquitraque!</p> + +<p>—¡Ya lo creo que lo has bebío?—exclamó la ruda morena con gesto de +triunfo.—Y gracias á ello te tengo ahora chalaíto y pringoso que no hay +por dónde cogerte, más humildito y manso que un cordero de Dios... +Porque ahí donde ustedes le ven—añadió volviéndose á los +circunstantes,—ahí donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio, +ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de +rodillas pidiéndome que no me enfade. Y too esto ¿á qué se debe? Pues á +la virtud de la bebía.</p> + +<p>—¡Sería milagro! ¿Cómo quieres que yo vocee si me has dejado en los +huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buñuelos por la +mañana.</p> + +<p>Los amigos reían y vertían de vez en cuando una palabrita para que la +disputa se alargase.</p> + +<p>Sin embargo, la hora de levar anclas se iba acercando y el capitán se +había apartado de la mesa y andaba de un lado á otro dando órdenes.<a name="page_276" id="page_276"></a> Los +marineros comenzaban á moverse ejecutando las maniobras preventivas.</p> + +<p>Soledad y Manolo se habían aproximado y charlaban un poco retirados de +los demás. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba +triste y que hacía esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel +momento crítico el corazón hablaba. No en vano había estado enamorada +tanto tiempo. La joven se defendía con empeño, negando que estuviese +triste y casi casi que hubiera estado enamorada.</p> + +<p>—No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una +locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El +amor debe ser algo más dulce, más tranquilo... Era imposible que yo le +quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antipático... Detesto +á los hombres soberbios...</p> + +<p>—Es porque tú lo eres.</p> + +<p>—Quizá—dijo ella con franca resolución;—pero así es... Por lo demás, +no puedo negarte que me causa pena el verle marchar, sabiendo que es por +mi causa. Si le pasa algo en la travesía... ó se enferma... ó muere, me +ha de quedar un poco de escozor en el alma. Aunque ya no me inspira +interés, no quisiera hacerle daño... Porque en el fondo no es malo; +¿sabes? No tiene más que mucha fantasía en la cabeza. En cuanto se le +quite será un buen hombre... Francamente, sentiría mucho que le +sucediese algo malo... ¡Pobre Velázquez!<a name="page_277" id="page_277"></a></p> + +<p>—Sí, ¡pobre Velázquez! Ni supo querer ni supo ser querido—expresó +Uceda poniéndose serio y dirigiendo sus ojos al horizonte.</p> + +<p>Soledad le clavó una mirada de sorpresa y admiración. Y á su sabor, en +silencio, largo rato estuvo contemplando á aquel hombre tan noble, tan +firme, tan sufrido. Un remordimiento punzante le atravesaba el alma. +Sintió deseos de arrojarse de cabeza al mar.</p> + +<p>La tripulación terminaba los preparativos. El capitán prescindía ya +enteramente de los convidados y, diligente y afanoso, recorría el barco +de proa á popa fijando sus ojos escrutadores en el aparejo y cambiando +rápidas palabras con el piloto y contramaestre. Los amigos de Velázquez, +comprendiendo que era llegado el momento de partirse, quedaron otra vez +graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de tristeza oprimía sus +corazones. Sólo Antoñico se atrevió á decir alegremente á Paca:</p> + +<p>—Vamos á ver, niña, suéltanos una copliya de despedida. Hace un siglo +que no te oigo.</p> + +<p>La esposa de Pepe de Chiclana respondió mirándole con severidad:</p> + +<p>—Hijo mío, cuando un amigo tan apreciado como éste se marcha, nadie que +tenga corazón siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar.</p> + +<p>Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella +profunda mujer.</p> + +<p>Sonaron las cinco en el reloj de la cámara.<a name="page_278" id="page_278"></a> El capitán se acercó á +ellos y les dijo cortésmente:</p> + +<p>—Señores, vamos á levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena +compañía, pero es preciso... Á no ser—añadió sonriendo—que quieran +ustedes venirse al Perú conmigo y con este buen mozo.</p> + +<p>Nadie respondió. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno á +Velázquez y le abrazaron con emoción. Él procuraba disimular la que +sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron después las mujeres y le +estrecharon la mano. «Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga +pronto!» Paca le entregó un escapulario de la Virgen del Carmen +rogándole que se lo pusiese. El majo le dió las gracias llevándolo á los +labios.</p> + +<p>Cuando llegó el turno a Mercedes, Velázquez la retuvo las manos entre +las suyas un momento y le dijo por lo bajo viéndola sonreir:</p> + +<p>—¡Qué contenta estás, Mercedes! Te alegras de que me vaya, ¿verdad?</p> + +<p>—Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga á marchar, +debe de ser un viaje de recreo el que haces—respondió ella sin dejar de +sonreir.</p> + +<p>—Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no +he servido más que para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te haga muy +feliz, como deseo.</p> + +<p>—¡Adiós!—repuso lacónicamente la joven.<a name="page_279" id="page_279"></a></p> + +<p>Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la +niña al hacerlo empalideció, dió unos pasos atrás como si estuviese +mareada y se dejó caer sobre un cable enrollado; tapóse los ojos con las +manos y comenzó á sollozar fuertemente.</p> + +<p>Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios +acudieron al fin solícitos preguntándole:</p> + +<p>—¿Qué te pasa, Mercedes? ¿Te has puesto mala? ¿Qué te pasa, hija, qué +te pasa?</p> + +<p>—¡Qué le ha de pasar!—exclamó su hermana Isabel roja de ira.—¡Que se +ha caído de tonta!</p> + +<p>Y su madre y su prima Pepa se lanzaron al mismo tiempo indignadas y +enfurecidas sobre ella.</p> + +<p>—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza? ¡Llorar por un hombre que se burla de +ti! ¡Loca! ¡más que loca! ¡Vaya un paso chistoso!</p> + +<p>La joven, sin responder á tales invectivas, seguía llorando con el +rostro entre las manos.</p> + +<p>Entonces Velázquez avanzó hasta colocarse entre ella y las que la +injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa:</p> + +<p>—Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lágrimas de esa niña se +vierten por mí, sólo puedo demostrarles que no he querido burlarme +ofreciéndoles casarme mañana mismo con ella... Ya sé que no la merezco, +pero juro por mi salud que haré cuanto pueda por merecerla.</p> + +<p>Al oir estas palabras, un grito de júbilo estalló<a name="page_280" id="page_280"></a> en la reunión. Todos +palmoteaban; todos chillaban dirigiéndose exclamaciones de asombro y de +gozo.</p> + +<p>—¡Tiene gracia! ¡Venir á un duelo y salir un casorio!...—Á mí me daba +el corazón que los dos se querían...—¡Y á mí!—¡Y á mí!</p> + +<p>El señor Rafael, loco de alegría, gritaba:</p> + +<p>—¡Vivan los novios! El día que os caséis prometo emborracharme... lo +que no hice en los días de la vida.</p> + +<p>Y empujando al mismo tiempo á Velázquez contra Mercedes, añadía:</p> + +<p>—¡Anda! ¡Abrázala, cobarde!... ¡Hazte cuenta que no somos nadie!</p> + +<p>Pepa y Paca alzaban á su vez á Mercedes y la empujaban hacia su novio. +Éste la abrazó con efusión.</p> + +<p>—Ya no hay viaje, capitán—dijo luego volviéndose al de la corbeta.</p> + +<p>—La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velázquez—repuso +éste estrechándole la mano.</p> + +<p>Acometidos de un vértigo, todos hablaban y nadie se entendía. Mas hé +aquí que el prudente Frasquito se acerca á Velázquez y le dice +misteriosamente:</p> + +<p>—Oye, chico, pero ¿vas á perder el dinero del pasaje?</p> + +<p>El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dándole afectuosas +palmadas en la espalda:</p> + +<p>—¡Sí que lo pierdo! ¿Quieres aprovecharlo tú?<a name="page_281" id="page_281"></a></p> + +<p>El señor Rafael había oído la carcajada y se acercó para saber lo que se +trataba. Velázquez le informó riendo. Dió el viejo un paso atrás y, +mirando fijamente á su sobrino, se santiguó diciendo con gravedad:</p> + +<p>—Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el único +sabio que hay en Cádiz. Déjame, por Dios, que cuente este golpe á todo +el mundo para honra de la familia.</p> + +<p>—¡Tío, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!—exclamó +Frasquito exasperado.</p> + +<p>—¿No quieres que lo cuente? Está bien: te guardaré el secreto. Pero de +aquí en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... ¡Quiero que seas +mi tío!</p> + +<p>Velázquez atajó la disputa llevándose á Frasquito. Todos se despidieron +del capitán afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodándose +como mejor pudieron en las dos lanchas que los habían traído. Una vez en +ellas, como el día continuase sereno y el mar sosegado, á uno de ellos +se le ocurrió acompañar á la corbeta algún trecho. Se aceptó con +regocijo la idea. El capitán hizo al instante levar anclas y el buque, +arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendió una marcha lenta +hasta llegar á paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las +lanchas le daban escolta.</p> + +<p>Reinaba el júbilo en éstas, cambiándose entre unos y otros mil bromas y +donaires. El<a name="page_282" id="page_282"></a> blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la +brisa excitaban más su alegría. Velázquez no se había sentado al lado de +Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefirió colocarse entre sus +futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habló +en voz baja de este modo:</p> + +<p>—Un sueño me parece lo que está pasando. Me encuentro sentado entre +ustedes; veo allí á Mercedes, con la cual no tardaré en casarme, y +apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese á morir en tierras +extrañas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no +merezco. Después de Dios á ustedes se lo debo. Quisiera poder +demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo +que la mejor manera será haciendo á su hija feliz y á esto me +comprometo... Aquel Velázquez calavera, mujeriego y pendenciero se +marcha en ese barco para el Perú. El que aquí queda es un hombre decente +que sabrá mientras viva querer á su esposa y respetarles á ustedes.</p> + +<p>El viejo <i>Cardenal</i> aprobó con la cabeza las palabras del majo; pero la +madre replicó con acento en que se traslucía aún la cólera:</p> + +<p>—No creas que te entrego á mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la +conozco y sé que si la contrariase se enfermaría. Á mí no se me olvidan +los desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar +seguro de que no volverías ahora tan satisfecho á Cádiz.<a name="page_283" id="page_283"></a></p> + +<p>—¡Silencio, mujer!—interrumpió el padre con energía, y volviéndose á +Velázquez añadió gravemente:—Las mujeres perdonan mejor los agravios +que las hacen que los que hacen á sus hijos. Eres hombre de juicio y +sabrás disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de +que haciendo feliz á Mercedes no tardará en desaparecer.</p> + +<p>Llegaron al fin á la mar libre. La <i>Esperanza</i> izó algunas velas y su +tripulación dejó los botes para subir á bordo. Los remeros de las +lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con +mucha gritería del capitán é inmediatamente pusieron proa á la ciudad.</p> + +<p>El sol iba á ocultarse. El firmamento azul se teñía de púrpura en +Occidente con viva incandescencia que ascendía hasta el zenit, +fundiéndose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en +suave y maravilloso rosicler. El vasto Océano llameaba recibiendo en su +seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo, +resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectáculo. +La fresca brisa de la tarde baña su rostro. Vuelven los ojos á tierra y +su gozo aumenta viendo á Cádiz surgir de las aguas con su ceñidor de +espumas, con su crestería que los rayos del sol doran como la corona +gigantesca del dios de los mares.</p> + +<p>En aquel momento, Soledad preguntó á Uceda en voz baja:<a name="page_284" id="page_284"></a></p> + +<p>—¿Sigues en tu idea de marcharte á Sevilla?</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—Yo también me voy.</p> + +<p>—¿A qué?—dijo el caballero fingiendo sorpresa.</p> + +<p>—No lo sé—replicó la joven pugnando por no llorar.</p> + +<p>Guardaron silencio unos instantes. Uceda la dijo al fin con sonrisa +benévola tomándole una mano:</p> + +<p>—Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol que va á desaparecer? Tú sabes +que mañana volverá á lucir en el cielo tan hermoso como hoy. Así sabía +yo que tu amor volvería. Porque en este mundo el amor engendra al amor, +pero el capricho sólo engendra al hastío. Á pesar de tus locuras te he +seguido queriendo porque adivinaba en ti un espíritu infantil á quien no +se puede exigir la responsabilidad de sus actos y también porque +respetaba en mí el primer amor que tú habías logrado inspirar. Aun hoy +te quiero con toda mi alma, pero...</p> + +<p>—Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré tu criada... tu +esclava—interrumpió Soledad con ímpetu.</p> + +<p>—¡Silencio! Para el hombre de corazón nada hay más imposible que la +maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para +salvarte de la infamia. Confíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el +tiempo para mí, pero puedes estar segura de<a name="page_285" id="page_285"></a> que nada haré que pueda +rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, por +dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cariño me +ha dicho siempre que existe.</p> + +<p>Así habló el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con +alegría y sus bellos ojos se nublan de lágrimas.</p> + +<p>Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos +resplandores. La <i>Esperanza</i> izaba á lo lejos todas sus velas que se +hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba +suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitán, desde lo +alto del puente, saludaba todavía con su gorra blanca.<a name="page_286" id="page_286"></a></p> + +<p> +<br /> +<br /> +<br /> +<br /> +</p> + +<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary="INDICE"> +<tr><th colspan="3" align="center"><a name="INDICE" id="INDICE"></a>ÍNDICE</th></tr> +<tr><td colspan="3" align="right" class="un"> Páginas </td></tr> + +<tr><td colspan="2">P<small>RÓLOGO</small></td><td align="right"><a href="#page_00v"><small>V</small></a></td></tr> + <tr><td align="right"><a href="#I">I.</a></td><td>—El viajero </td><td align="right"><a href="#page_001">1</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#II">II.</a></td><td>—Los majos</td><td align="right"><a href="#page_013">13</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#III">III.</a></td><td>—Soledad</td><td align="right"><a href="#page_035">35</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#IV">IV.</a></td><td>—Velázquez.</td><td align="right"><a href="#page_051">51</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#V">V.</a></td><td>—Celos</td><td align="right"><a href="#page_061">61</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#VI">VI.</a></td><td>—Disputa</td><td align="right"><a href="#page_081">81</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#VII">VII.</a></td><td>—El columpio</td><td align="right"><a href="#page_093">93</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#VIII">VIII.</a></td><td>—Crisis</td><td align="right"><a href="#page_121">121</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#IX">IX.</a></td><td>—El Carnaval</td><td align="right"><a href="#page_133">133</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#X">X.</a></td><td>—Rebelión</td><td align="right"><a href="#page_161">161</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#XI">XI.</a></td><td>—Sumisión</td><td align="right"><a href="#page_171">171</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#XII">XII.</a></td><td>—La maga</td><td align="right"><a href="#page_181">181</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#XIII">XIII.</a></td><td>—Antoñico</td><td align="right"><a href="#page_197">197</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#XIV">XIV.</a></td><td>—La boda de Pepa </td><td align="right"><a href="#page_213">213</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#XV">XV.</a></td><td>—Noche gaditana</td><td align="right"><a href="#page_241">241</a></td></tr> + +<tr><td align="right"><a href="#XVI">XVI.</a></td><td>—Despedida</td><td align="right"><a href="#page_267">267</a></td></tr> +</table> + +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of Project Gutenberg's Los majos de Cádiz, by Armando Palacio Valdés + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MAJOS DE CÁDIZ *** + +***** This file should be named 37637-h.htm or 37637-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/7/6/3/37637/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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