The Project Gutenberg EBook of El cocinero de su majestad, by 
Manuel Fernndez Y Gonzlez

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Title: El cocinero de su majestad
       Memorias del tiempo de Felipe III

Author: Manuel Fernndez Y Gonzlez

Release Date: July 27, 2010 [EBook #33275]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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EL COCINERO

DE

SU MAJESTAD

(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)

POR

D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ

EDICIN ILUSTRADA CON GRABADOS

[imagen]

MADRID

LIBRERA DE F. FE

PUERTA DEL SOL, 15
1907

[La ortografa del original no fue corregida ni actualizada.
(Nota del transcriptor.)]

ES PROPIEDAD.

Imp. de A. Marzo, San Hermenegildo, 32 dupdo.--Telfono 1.977.

[imagen]




INDICE


TOMO PRIMERO


I De lo que aconteci  un sobrino por no encontrar  tiempo  su to

II Interioridades reales

III En que se demuestra lo perjudiciales que son los lugares obscuros en
los palacios reales

IV Enredo sobre maraa

V Sin dinero y sin camisas!

VI Por qu el to daba de comer de aquella manera al sobrino

VII Los negocios del cocinero del rey.--De cmo la condesa de Lemos
haba acertado hasta cierto punto al calumniar  la reina

VIII De cmo al seor Francisco le pareci su sobrino un gigante

IX Lo que hablaron Lerma y Quevedo

X De cmo don Francisco de Quevedo encontr en una nueva aventura, el
hilo de un enredo endiablado

XI En que se sabe quin era la dama misteriosa

XII Lo que hablaron la reina y su menina favorita

XIII El rey y la reina

VIX Del encuentro que tuvo en el alczar don Francisco de Quevedo, y de
lo que averigu por este encuentro acerca de las cosas de palacio, con
otros particulares

XV De lo que vieron y oyeron desde su acechadero Quevedo y el bufn del
rey

XVI El confesor del rey

XVII En que empieza el segundo acto de nuestro drama

XVIII De cmo entre unos y otros no dejaron parar en toda la maana al
cocinero de su majestad

XIX El to Manolillo

XX De cmo el to Manolillo hizo que doa Clara Soldevilla pensase mucho
y acabase por tener celos

XXI En que continan los trabajos del cocinero mayor

XXII De cmo en tiempo de Felipe III se conspiraba hasta en los
conventos de monjas

XXIII En la hostera del Ciervo Azul, y luego en la calle

XXIV De lo que quiso hacer el cocinero de su majestad, de lo que no hizo
y de lo que hizo al fin

XXV De cmo los sucesos se iban enredando hasta el punto de aturdir al
inquisidor general

XXVI De lo que oy el to Manolillo sin que pudiera evitarlo el confesor
del rey

XXVII En que se ve que el cocinero mayor no haba acabado an su faena
en aquel da

XXVIII De los conocimientos que hizo Juan Montio, acompaando  la
Dorotea

XXIX De cmo Juan Montio, con mucho susto de la Dorotea, se di 
conocer entre los cmicos

XXX De cmo hizo sus pruebas de valiente por ante la gente brava, Juan
Montio

XXXI De cmo enga  Dorotea para llevarla  palacio el to Manolillo

XXXII Continan los antecedentes

XXXIII El suplicio de Tntalo


TOMO SEGUNDO


XXXIV En que se explicar algo de lo obscuro del captulo anterior, y se
ver cmo doa Clara encontr un pretexto para favorecer el amor de Juan
Montio,  pesar de todos los pesares

XXXV De cmo Quevedo, sin decir nada al rey, le hizo creer que le haba
dicho mucho

XXXVI De cmo el padre Aliaga puso de nuevo su corazn y la virtud 
prueba

XXXVII De cmo el diablo iba enredando cada vez ms los sucesos

XXXVIII De lo que vi y de lo que no vi el to Manolillo siguiendo 
los que seguan al cocinero mayor

XXXIX De cmo Quevedo conoci prcticamente la verdad del refrn: el que
espera desespera

XL De cmo el noble bastardo se crey presa de un sueo

XLI De cmo Quevedo se qued  su vez sin entender al rey

XLII De cmo don Juan Tllez Girn se encontr ms vivo que nunca cuando
ms pensaba en morir

XLIII Continan los trabajos del cocinero mayor

XLIV Lo que se puede hacer en dos horas con mucho dinero

XLV En que el autor presenta, porque no ha podido presentarle antes, un
nuevo personaje

XLVI De cmo la Providencia empezaba  castigar  los bribones

XLVII De lo perjudicial que puede ser la etiqueta de palacio en algunas
ocasiones

XLVIII De cmo muchas veces los hombres no reparan en el crimen aunque
sus vestigios sean patentes

XLIX De cmo la duquesa de Ganda tuvo un susto mucho mayor del que le
haban dado Los miedos de San Antn

L De cmo don Francisco de Quevedo quiso dar punto  uno de sus asuntos

LI En que encontramos de nuevo al hroe de nuestro cuento

LII De cmo empez  ser otro el cocinero mayor

LIII En que se deja ver en claro el bufn del rey

LIV Cmo saben mentir las mujeres

LV Quevedo visto por uno de sus lados

LVI En que el autor retrocede para contar lo que no ha contado antes

LVII Amor de madre

LVIII Las audiencias particulares del duque de Lerma

LIX De cmo Dorotea era ms para con el duque, que el duque para con el
rey

LX Lo que hace por su amor una mujer

LXI De cmo le sali  Quevedo al revs de lo que pensaba

LXII De cmo el duque de Lerma se encontr ms desorientado que nunca

LXIII De cmo el duque de Lerma vi al bufn de su majestad extenderse,
crear, tocar las nubes, etc.

LXIV De cmo Quevedo busc en vano la causa de su prisin, y de cmo
cuando se lo dijeron se crey ms preso que nunca

LXV De cmo el to Manolillo no haba dado su obra por concluida

LXVI El padre y el hijo

LXVII De cmo el licenciado Sarmiento hizo bueno una vez ms el
proverbio que dice: no es tan fiero el len como la pintan, y de cmo
todas las pulgas se van al perro flaco,

LXVIII De cmo se agrav la demencia del cocinero mayor, y acab por
creerse asesino del sargento mayor

LXIX En que continan las desventuras del cocinero mayor, y se ve que la
fatalidad le haba tomado por su instrumento

LXX En que se ennegrece gravemente al carcter del to Manolillo

LXXI De cmo Quevedo dej de ser preso por la justicia para ser preso
por el amor

LXXII De cmo el duque de Lerma encontr  tiempo un amigo

LXXIII En que el duque de Lerma contina representando su papel de
esclavo

LXXIV Lo que hizo Dorotea por don Juan

LXXV El sol tras la tormenta

LXXVI De cmo el cocinero mayor conoci con despecho que no se haban
acabado para l las angustias

LXXVII En que se ennegrece  su vez el carcter de Dorotea

LXXVIII En que se siguen relatando los estupendos acontecimientos de
esta verdica historia

LXXIX Del medio extrao de que se vali Quevedo para soltarse de la
prisin en que la haba puesto el amor de la condesa de Lemos

LXXX De cmo el inters ajeno influy en la situacin de Quevedo

LXXXI De cmo Quevedo se asusta ms de saber que don Juan est en
libertad, que si hubiera sabido que estaba preso

LXXXII En que el to Manolillo sigue sirviendo de una negra manera 
Dorotea

LXXXIII En que se ve que el bufn y Dorotea haban acabado de perder el
juicio

LXXXIV En lo que vinieron  parar los amores de Dorotea y de don Juan

LXXXV El autor declara que ha concludo, y ata algunos cabos para que no
queden sueltos




CAPTULO PRIMERO

DE LO QUE ACONTECI  UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR  TIEMPO  SU TO


A punto que el sol transpona en una nublada y lluviosa tarde de
invierno, atravesaba la famosa puente Segoviana, en direccin al ya
prximo Madrid, un cuartago enorme que llevaba sobre su afilado lomo una
silla de monstruosas dimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo
bulto slo se vean un sombrero gacho de color gris, calado hasta las
cejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dos robustas piernas
cubiertas por unas botas de gamuza de su color, adems del extremo de
una larga espada, que asomaba al costado izquierdo bajo la plegadura de
la capa.

El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas cadas, y el jinete
encorvado el cuerpo, como replegado en s mismo, y la ancha ala del
sombrero doblegada y empapada por la lluvia que vena de travs
impulsada por un fuerte viento Norte.

Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadie haba en el puente
que pudiera reparar en la extraa catadura de su caballo, ni en su paso
lento y trabajoso, ni en su acompasado cojear de la mano derecha: la
lluvia y el fro haban alejado los vagos y los pillastres, concurrentes
asiduos en otras ocasiones  los juegos de bolos y  las palestrillas de
la Tela; las lavanderas haban abandonado el ro, que, dejando de ser
por un momento el humilde y lloroso Manzanares de ordinario, arrastraba
con estruendo las turbias olas de su crecida, y en razn  la soledad,
estaban cerradas las puertas de las tabernillas y figones situados  la
entrada y  la salida del puente.

Nuestro jinete, pues, atravesaba  salvo, protegido por el temporal, una
de las entradas ms concurridas de la corte en otras ocasiones, y
decimos  salvo, porque el aspecto de su caballo hubiera arrancado ms
de una y ms de tres desvergonzadas pullas  la gente _non sancta_,
concurrente cotidiana de aquellos lugares.

Era el tal bicho (no podemos resistir  la tentacin de describirle),
una especie de colosal armazn de huesos que se dejaban apreciar y
contar bajo una piel rada en partes, encallecida en otras, de color
indefinible entre negro y gris, desprovista de cola y de crines, peladas
las orejas, torcidas las patas, largo y estrecho el cuerpo, y largusimo
y rido el cuello,  cuyo extremo se balanceaba una cabeza afilada de
figura de martillo, y en la que se descubra  tiro de ballesta la
expresin dolorosa de la vejez resignada al infortunio.

Representaos seis caas viejas casi de igual longitud, componiendo un
pescuezo, un cuerpo y cuatro patas, y tendris una idea muy aproximada
de nuestro bucfalo que all en sus tiempos, veinte aos antes, debi
ser un excelente bicho, atendidas su descomunal alzada y otras
cualidades fisiolgicas que  duras penas podan deducirse por lo que
quedaba  aquella ruina viviente,  aquella especie de espectro, 
aquella vctima de la tirana humana que as explota la existencia y los
elementos productores de los seres  quienes domina.

[imagen: Desesperbase el jinete con la lenta marcha...]

Desesperbase el jinete con la lenta marcha de su cabalgadura, con su
cojear y con su abatimiento, y de vez en cuando pronunciaba una palabra
impaciente, y arrimaba un inhumano espolazo al jaco, que, al sentir la
punta, se paraba, se estremeca, lanzaba como protesta un gemido
lastimero, y luego, como sacando fuerzas de flaqueza, emprenda una
especie de trotecillo, verdadero atrevimiento de la vejez, que duraba
algunos pasos, viniendo  parar en la marcha lenta y difcil de antes, y
en el acompasado y marcadsimo cojeo.

No sabemos  quin deba tenerse ms lstima: si al caballo que llevaba
aquel jinete  al jinete que era llevado por tal caballo.

El aspecto que presentaba entonces Madrid desde el puente de Segovia,
poco ms  menos, semejante al que presenta hoy, no era lo ms 
propsito para dar una idea de la extensin y de la importancia de la
corte de las Espaas; veanse nicamente dos colinas orladas por unos
viejos muros, con algunas torres chatas, y sobre estas torres y estos
muros,  la derecha el convento y las Vistillas de San Francisco;  la
izquierda el alczar y el cubo de la Almudena, y entre estas dos colinas
el arrabal y la calle y puerta de Segovia, vindose adems hacia la
izquierda y debajo del alczar el portillo y la puerta de la Vega.

Adase  esta vista pobre y rida, lo escabroso y desigual del espacio
comprendido entre el puente de Segovia y los muros; los muladares, las
zanjas y las hondonadas de aquel terreno formado por escombros; la luz
triste que se desplomaba de un celaje de color de plomo sobre todo
aquello, y se tendr una idea de la impresin triste y desfavorable que
debi causar la vista de Madrid en el viajero, que  todas luces iba por
primera vez  la corte, en vista de la irresolucin de que di marcadas
muestras acerca de la direccin que deba seguir para entrar en la
villa, cuando ya fuera del puente, se encontr cerca de los muros.

Fijse, al fin, decididamente su vista en el alczar y luego en la
puerta de la Vega, revolvi su caballo hacia la izquierda, y acometi la
ardua empresa de salvar las escabrosidades y la pendiente de la agria
cuesta.

Al fin, aqu tropiezo, all me paro, acull vacilo, el anciano jaco
logr pasar la puerta de la Vega; enderezse un tanto, animado, sin
duda, por el olor de las cercanas caballerizas reales, y acaso por
resultado de ese amor propio de que continuamente dan claras muestras de
no estar desprovistos los animales, disimul cuanto pudo su cojera, y
sigui sosteniendo un laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantando
por la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hasta un arco que daba
entrada  las caballerizas del rey, y donde, mal de su grado, hubo de
detenerse el forastero,  la voz de un centinela tudesco que le ataj el
paso.

--Y dgame uc, seor soldado--dijo con impaciencia el jinete--, por
qu no puedo seguir adelante?

--Ser estas las capayerisas de su majestad--contest el centinela.

--Y dgame uc, no puedo ir por otra parte al alczar?

--Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar bor aqu ese
cabayo.

--Me impedirn de igual modo que este caballo pase por las otras
entradas del alczar?

--Mi non saperr eso.

Y el centinela se puso  pasear  lo largo del arco.

--Y  dnde diablos voy yo!--dijo hablando consigo mismo el jinete--:
mi to vive en el alczar, necesito verle al momento... y dnde dejo 
este pobre viejo? Indudablemente, lo que sobrar en Madrid sern
mesones; pero quin se atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el
pobre _Cascabel_, sera cosa de no concluir  las nimas y luego sin
dinero: eh! seor soldado! seor soldado!

Volvise flemticamente el tudesco mientras el jinete echaba pie 
tierra.

--Queris hacerme la merced de cuidar de que nadie quite este caballo
de esta reja  donde voy  atarle mientras yo vuelvo?

--Mi non entender de eso--contest el soldado--, volviendo  su paseo.

--Como no sea que le roben para hacer botones de los huesos--dijo una
voz chillona  espaldas del jinete, no s quin quiera exponerse  ir 
galeras por semejante cosa... ni la piel aprovecha: le trais para las
yeguas del rey, amigo?

Volvise el forastero con clera al sitio donde haban sido pronunciadas
estas palabras con una marcada insolencia, y vi ante s un hombrecillo,
con la librea de palafrenero del rey.

--Si lo que tenis de desvergonzado, lo tuvirais de cuerpo,
bergante--dijo todo hosco el forastero echando pie  tierra--, me
alegrara mucho.

--Y por qu os alegrarais, amigo?

--Por qu? Porque habra donde sentaros la mano.

--Parceme que servs vos tanto para zurrarme  m como vuestro caballo
para correr liebres--dijo el palafrenero con ese descaro peculiar de la
canalla palaciega.

--Si mi caballo no sirve para correr liebres, srvolo yo para haceros
dar una carrera en pelo--contest el incgnito, que an permaneca
embozado--, y sin decir una palabra ms se fu para el palafrenero con
tal talante, que ste retrocedi asustado hacia una puerta inmediata, 
tiempo que salan de ella dos hombres al parecer principales, contra uno
de los que tropez violentamente el que hua.

El tropezado empuj vigorosamente al palafrenero, que fu  dar en medio
del arroyo, y apenas se rehizo se quit el sombrero y se qued temblando
 inmvil, entre los caballeros que salan y el forastero.

Mir el caballero tropezado alternativamente al palafrenero, al
incgnito y  su caballo; comprendi por lo amenazador de la actitud del
jinete que se trataba de alguna pendencia cortada,  por mejor decir,
suspendida por su aparicin, y dijo con acento severo y lleno de
autoridad:

--Que significa esto?

--Seor, este mal hombre quera pegarme porque me he redo de su
caballo--contest el palafrenero.

--Yo no extrao que se ran de este animal--dijo el embozado--; lo que
extrao es que se atrevan  insultarme,  m, que ni soy manco ni viejo.

--En cuanto  lo de viejo, no puedo hablar porque no se os ve el
rostro--dijo el al parecer caballero--; en cuanto  si sois  no manco,
parceme que si tenis buenas las manos, tenis manca la cortesa.

--Eh! qu decs?

--Digo, que para tener de tal modo calado el sombrero y subido el embozo
cuando yo os hablo, debis ser mucha persona.

--De hidalgo  hidalgo, slo al rey cedo.

--Os habla el conde de Olivares, caballerizo mayor del rey--dijo el otro
caballero que hasta entonces no haba hablado.

--Ah! Perdone vuecencia, seor--dijo el incgnito desembozndose y
descubrindose--, es la primera vez que vengo  la corte.

Al descubrirse el jinete dej ver que era un joven como de veinticuatro
aos, blanco, rubio, buen mozo y de fisonoma franca y noble,  que
daban realce dos hermosos y expresivos ojos negros.

--Ah! Acabis de venir?--dijo el conde de Olivares prevenido en favor
del joven--. Y  qu diablos os vens  entrar con ese caballo por las
caballerizas del alczar? En sus tiempos debe de haber sido mucho...

--Cosas ha hecho este caballo y en peligros se ha visto que honraran 
cualquiera, y si porque es viejo lo desprecian los dems, yo, que le
aprecio porque le apreciaba mi padre...

--Y quin es vuestro padre?

--Mi padre era...

--Bien; pero su nombre...

--Jernimo Martnez Montio, capitn de los ejrcitos de su majestad.

--Yo conozco ese apellido y creo que le estoy oyendo nombrar todos los
das; no recordis vos, Uceda?

--Bah! Ese apellido es el del cocinero mayor de su majestad.

--El cocinero de su majestad es mi to.

--Ah! Pues entonces sois de la casa--dijo el conde--; cubros, mozo,
cubros, que corre un mal Norte, y seguid hacia el alczar; y t,
bergante--aadi dirigindose al palafrenero--, toma el caballo, llvale
 las caballerizas y cudale como si fuera un bicho de punta; y debe de
haberlo sido. Diablo, lo que son los aos!

Y el conde de Olivares y el duque de Uceda se alejaron hacia los
Consejos, mientras el joven pasaba el arco en direccin al alczar,
murmurando:

--El conde de Olivares y el duque de Uceda! Parceme de buen agero
este encuentro... Ello dir... Lo que nicamente me inquieta es el haber
dejado  _Cascabel_ entregado  aquel bergante... Pero mi to arreglar
esto y lo otro. Vamos en busca de mi to.

El joven atraves la plaza de Armas y se encamin en derechura al
prtico del alczar sin detenerse un punto  mirarle,  pesar de que
perteneca al gusto del renacimiento y era harto bello y rico para no
llamar la atencin  un forastero; pero fuese que nuestro joven no se
admirase por nada, fuese que le preocupase algn grave pensamiento,
fuese, en fin, que comprendiese que es ms fcil hacerse paso cuando se
camina de una manera desembarazada, altiva y como por terreno propio,
la verdad del caso fu que se entr por las puertas del alczar como si
en su casa entrara, alta la frente, la mano en la cadera y haciendo
resonar sus espuelas de una manera marcial sobre el mrmol del
pavimento.

Ni l mir  nadie ni nadie le mir; atraves un vestbulo sostenido por
arcadas, sigui una galera adelante y se encontr en el patio.

Al ver ante s la multitud de puertas que abran paso  otras tantas
comunicaciones del alczar, hubo forzosamente de detenerse y de buscar
entre los que entraban y salan  alguno de la servidumbre interior que
le guiase hasta las regiones de la cocina, y al fin se dirigi  un
enorme lacayo que le depar su buena suerte.

--Por dnde voy bien  la cocina, amigo?--pregunt nuestro joven.

Mirle de alto abajo el lacayo, extraando, sin duda, que por tal
dependencia le preguntase un mancebo, buen mozo, que transcenda  la
legua  hidalgo y  valiente, y que llevaba con suma gracia su traje de
camino.

--No os dejarn llegar  la cocina de su majestad--contest el lacayo
despus de un momento de importuna observacin--si no decs  quin
buscis.

--Busco--dijo el joven--al cocinero mayor.

--Ah! Pues si buscis al seor Francisco Montio, os aconsejo que le
esperis maana,  las ocho, en la puerta de las Meninas; todos los das
va  esa hora  or misa  Santo Domingo el Real.

Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes, se
marchaba.

--Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: por qu razn he de
esperar  maana y esperar fuera del alczar?

--Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alczar, no recibe en l 
persona viviente.

--Cmo!

--No recibe en su casa por dos muy buenas razones.

--Y cules son esas buenas razones?

--La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hija cumpli los
catorce aos nadie entra en su cuarto; y desde que se cas en segundas
nupcias ha clavado las ventanas que dan  las galeras.

--Bah! Pero recibir en la cocina.

--Menos que en su casa. All no recibira ni al mismo rey.

--No importa. Yo s que me recibir.

--Mucha persona debis ser para l.

--Soy su sobrino.

Cambi de aspecto el lacayo al or esta revelacin; dej su aspecto
altanero y un si es no es insolente; pintse en su semblante una
expresin servicial y cambi de tono; lo que demostraba que el cocinero
mayor tena en palacio una gran influencia, que se le respetaba, y que
este respeto se transmita  las personas enlazadas con l por cualquier
concepto.

--Ah! Conque vuesa merced es sobrino del seor Francisco
Montio?--dijo acompaando sus palabras con una sonrisa suntuosa--; eso
es distinto, vamos, y llevar  vuesa merced hasta donde sin tropezar y
en derechura pueda encaminarse  la cocina.

Y, volviendo atrs, se entr por una puertecilla situada en un ngulo,
subi por una escalera de caracol y sali  una larga galera.

El joven sigui tras l y as atravesaron algunas puertas, en todas las
cuales haba centinelas; pero muy pronto empezaron  recorrer enormes
salones desamueblados en la parte ntima, por decirlo as, del alczar.

Subieron otras escaleras, y en lo alto de ellas se detuvo el lacayo.

--Desde aqu--dijo--nadie atajar  vuesa merced, porque slo las gentes
de la casa andan por esta parte; siga vuesa merced adelante hasta el
cabo de la cruja, y el olor le guiar.

Y despus de un respetuoso saludo, dej solo al sobrino de su to.

En efecto, cuando el joven estuvo al fin de la cruja le di en las
narices un olor indefinible, suculento, emanacin de cien guisos, aroma
especial que slo analiza un cocinero; guiado por aquel rastro, el joven
sigui adelante, y muy pronto atraves una gran puerta y se encontr en
la cocina de su majestad.

Llenaba aquel espacio, pulcramente blanqueado, una atmsfera que
alimentaba; aspirbase all una temperatura sofocante; cantaban,
chirriaban, chillaban en coro una multitud de ollas y cacerolas; veanse
en medio de una niebla _sui generis_ una multitud de hombres y de
muchachos, oficiales los unos, pinches los otros, galopines los ms y
pcaros de cocina; aquel era un taller en forma, en que se iba, se
vena, se picaba, se espumaba, se soplaba, se vean ac y all limpios
utensilios, brillaba el fuego y, ltimamente, en una larga percha se
vean capas de todos colores y espadas y dagas de todas dimensiones.

Por el momento nadie repar en el joven; pero l se encarg de que
reparasen en l dirigindose  un oficial que traa asida por las dos
manos una descomunal cuajadera.

--Queris decirme--le pregunt--dnde est el cocinero mayor?

Dej el oficial la cuajadera sobre una mesa y se volvi al joven,
limpindose las manos en su mandil.

--Ta, ta! El cocinero mayor!--dijo con acento zumbn--. Si por ventura
vens  buscar trabajo, echadle un memorial.

--No busco trabajo, le busco  l.

--No est.

--Ya s que no recibe en la cocina; pero si est, decidle que le busca
su sobrino, que acaba de llegar de su pueblo y que le trae una carta de
su hermano el arcipreste.

Operse en la actitud, en el semblante y en las palabras del oficial la
misma transformacin que se haba operado en el lacayo, pero de una
manera tan marcada, que el joven no pudo menos de comprender que si su
to era una influencia poderosa en el alczar, en la cocina era una
omnipotencia.

--Conque vuesa merced es sobrino del seor Francisco Montio?-dijo el
oficial completamente transformado--. Qu diablo! Su merced no est.

Haban rodeado  la sazn al joven una turba de galopines que le miraban
con las manos  las espaldas, ojos que se rean y bocas que rebosaban
malicia.

Como que se trataba de un profano.

--Y dnde encontrar  mi to?.. Me urge... me urge de todo punto--dijo
el joven con acento impaciente.

--Yo dir  vuesa merced dnde est su to--dijo un galopn--: el seor
Francisco Montio est prestado.

--Cmo prestado!--dijo el oficial.

--Prestado al seor duque de Lerma--dijo otro pinche.

--Como que est malo de un atracn de setas el cocinero del duque.

--Y el duque tiene convidados.

--Por ltimo, mi to no volver probablemente?--dijo el joven.

--No volver, caballero--dijo otro de los oficiales--, porque me han
encargado que sirva la cena de su majestad.

--Y dnde vive el duque de Lerma?

--Toma!--exclam un pinche como escandalizado--. En su casa; es
menester venir de las Indias para no saber dnde vive el duque.

--Calle de San Pedro, caballero--dijo el oficial encargado
accidentalmente de la cocina--; cualquier mozo de cuerda  quien vuesa
merced pregunte le dar razn.

Tom el joven las seas que le dieron, las fij en la memoria, como que
tanto le importaban, y despidindose de aquella turba, sali y tom la
cruja adelante; pero fu el caso que, como el alczar era un laberinto
para l desconocido, en vez de volver por el mismo camino de antes, tom
la direccin opuesta, baj unas escaleras, y se encontr en habitaciones
amuebladas, entapizadas, alfombradas  iluminadas, porque ya era casi de
noche, y en las que haba algunos lacayos.

Pero marchaba el joven de una manera tan decidida, absorto en sus
pensamientos y sin reparar en nada, que, sin duda porque por aquella
parte haban quedado atrs las entradas difciles, y no circulaban ms
que los que estaban autorizados para ello, nadie le pregunt, ni le puso
obstculos, ni le dijo una palabra.

Y as continu hasta un estrecho pasadizo, medio alumbrado por un farol
clavado en la pared, y enteramente desierto, donde hubo de sacarle de su
distraccin una voz de mujer, grave, sonora, que hablaba sin duda con
otra detrs de una mampara prxima, y que le dej or involuntariamente
las siguientes palabras:

--Me va en ello ms que piensas... es preciso; preciso de todo punto...
oh, Dios mo!

Nuestro joven hizo entonces lo que en igual situacin hubiera hecho el
ms hidalgo: comprendi que una casualidad le haba llevado  un lugar
donde dos mujeres se crean solas, que las graves palabras que haba
odo pertenecan sin duda  un secreto que l no deba sorprender, y se
hizo atrs dirigindose  la puerta inmediata; pero aquella puerta
estaba cerrada.

Dirigise  la ventura  otra, pero al llegar  ella se abri y sali
una dama.

El joven di un paso atrs, y se quit el sombrero. La dama que sala
di un ligero grito de sorpresa, y qued inmvil.

--Qu hace este hombre aqu?--dijo con la voz notablemente alterada.

--Perdonad, seora, pero...

--Pero qu?--exclam con impaciencia la dama.

--Soy forastero: He venido al alczar  ver  mi to, y al salir me he
perdido.

--Y quin es vuestro to?

--El cocinero mayor del rey.

--Ah!sois sobrino del cocinero mayor?--repuso la dama, cuya voz estaba
alterada por una conmocin profunda--; comprendo: vens de las cocinas.

--As es, seora--contest el joven--, que contrariado y confuso por su
torpeza, tena la vista fija en el suelo.

--Habis bajado por las escaleras por donde se sirve la vianda  su
majestad; habis cruzado la galera de los Infantes, y os habis metido
en la portera de damas... y esos maestresalas!... estarn durmiendo!

--Yo siento, seora... yo quisiera...

--Cunto tiempo hace que estis en esta galera?

--Hace un momento, seora; como que al abrir esta puerta, buscaba una
salida.

--Y no habis odo hablar  nadie?

--No, seora.

Y entonces el joven alz los ojos, mir  la dama y se puso plido.

Lo que haba causado la palidez del joven, era la hermosura de la dama y
la expresin de sus grandes ojos, fijos en l, de una manera particular.

--La casualidad que os ha trado aqu--dijo la dama--, os pudiera costar
cara.

--Sucdame lo que quiera, me pasar indudablemente menos de ello que de
haberos disgustado.

--Venid--dijo la dama--, cuya voz tena todava el acento irritado,
trmulo, conmovido.

Y en paso rpido, fuerte, enrgico, tir la cruja adelante, lleg  una
puerta, abri su pestillo con un llavn dorado, la pas y repiti con
impaciencia:

--Seguid! Seguid!

Se encontr el joven en otra galera menos alumbrada; por ltimo, la
dama tom por una escalera obscura.

El joven la sigui  tientas; nada vea: slo perciba el ardiente
hlito de la dama, el crujir de su traje de seda, la fuerte huella de su
paso.

Al fin de la escalera sinti abrir una puerta, y la voz de la dama que
le dijo:

--Salid: id con Dios.

Fu tal el acento de la dama al despedirle, que el joven no se atrevi 
contestar: sali, sinti que cerraban la puerta, y se encontr en un
mbito tenebroso, del cual no poda apreciar otra cosa sino que estaba
embaldosado de mrmol, por el ruido que producan sobre el pavimento sus
pisadas.

Con las manos delante,  tientas, sigui  lo largo de una pared;
torci, revolvi, anduvo perdido un gran espacio, y al fin, guiado por
el resplandor de una luz que se vea tras una puerta, se dirigi  ella,
se encontr en una galera baja y luego en el patio.

Acontecile entonces lo que nos acontece cuando despertamos de una
molesta pesadilla: su corazn se espaci y aspir con placer el aire
fro que, zumbando en las cornisas, penetraba en remolino hasta el fondo
del patio.

Pero la impresin de toda pesadilla, contina aun despus de despertar;
el joven guardaba una fuerte impresin de su aventura, pero
indeterminada, vaga, como un sueo; aquella impresin parta de la dama
que haba visto un momento; recordaba, con no sabemos qu agitacin, que
era una mujer tan hermosa como no haba visto otra; pero no recordaba
los rasgos de su semblante, ni el color de sus ojos, ni el de sus
cabellos, ni su apostura, ni su traje; habale acontecido lo que al que
mira de frente al sol, que solo ve luz, una luz que le deslumbra, que
sigue lastimando sus ojos despus de haberlos cegado; estaba seguro de
no conocerla si por acaso la vea otra vez, y esto le desesperaba; no se
daba razn del sentimiento que aquella impresin le haca experimentar;
no pens en que poda estar enamorado, como al recibir una estocada
nadie por el momento se cree herido de muerte.

El amor es hijo de la imaginacin; la imaginacin del joven no haba
tenido tiempo ni aun para formar el embrin de ese fantasma ardiente 
quien damos la forma de la mujer que ha hablado fuertemente  nuestros
sentidos; estaba aturdido y nada ms.

As es que, profundamente preocupado, se dirigi por un instinto  una
salida, y por efecto de su preocupacin, ni vi dos hombres embozados,
que estaban parados en la puerta de las Meninas, ni oy este breve
dilogo, que pronunciaron al pasar el joven junto  ellos:

--Ha salido?

--S.

--Cundo?

--Hace algunos minutos.

--En litera?

--En litera.

El joven pas y maquinalmente tom por la embocadura de una calle
inmediata.

La noche cerraba  ms andar: el temporal segua; la lluvia lenta,
sorda, pesada, espesa, produca un arroyo en el centro de la calle, y
las gentes, rebujadas en sus capas  en sus mantos, pasaban de prisa.

Era esa hora melanclica del crepsculo vespertino, anticipada por el
estado de la atmsfera, y por la niebla que empezaba  tenderse sobre la
tierra. En aquel tiempo las calles de Madrid no estaban alumbradas, ni
empedradas, ni abundaban las tiendas, y las pocas que existan, se
cerraban al obscurecer; andaba poca gente por las calles, porque
entonces Madrid, teniendo una periferia casi tan extensa como ahora,
tena mucha menos poblacin; las casas, construdas en su mayor parte _
la malicia_, como se deca entonces,  para que lo entiendan nuestros
lectores, con un solo piso, para librarse de la carga de aposento con
que estaban gravadas las que se elevaban ms, eran bajas, de pobre
aspecto, y muchas de ellas de madera; las calles eran irregulares,
tortuosas, estrechas, con entrantes y salientes, y singularmente por la
parte contigua al alczar, por donde marchaba nuestro joven, eran un
verdadero laberinto, habiendo trozos en que no se vea una sola puerta,
 causa de formarlos las tapias de los huertos de los cuatro  cinco
conventos que haba en aquel barrio.

En uno de estos callejones escuetos y solitarios se detuvo de repente
nuestro joven, que haba llegado hasta all maquinalmente, para
orientarse del lugar en que se encontraba.

El fro y la lluvia le haban vuelto al mundo real; mir en torno suyo
en busca de una persona  quien preguntar, y se encontr solo; pero de
repente, sin que antes hubiese sentido pisadas, sinti que se asan  su
capa, y oy una voz de mujer que le deca con precipitacin:

--Dadme vuestro brazo, y seguid adelante, seguid!

Volvise el joven, y vi junto  l una mujer de buena estatura, de buen
talante, de buen olor, completamente envuelta en un manto negro.

--Seguid, seguid adelante!--dijo la dama con doble impaciencia--; y no
hagis extraeza ninguna, que me importa. Yo os explicar... pero
seguid!

Y la tapada levant por s misma la halda de la capa del joven, y se
asi  su brazo y tir de l.

--Yo os digo que sigis adelante!--exclam la incgnita con
irritacin--;  es que sois tan poco hidalgo, que no queris favorecer
 una dama!

No permitiendo la sorpresa contestar al joven, se limit  dejarse
conducir por la tapada.

--Pero, yo os arrastro! yo os llevo!--dijo sta con acento en que
brotaba un tanto de irritacin--; y lo notar quien nos vea! Cmo
llevarais  vuestra amante, caballero?

--Ah! segn!--dijo el joven--... si bamos huyendo de un marido, de un
padre,  un hermano...

--No, no tanto como eso: marchemos naturalmente, como dos enamorados 
quienes importan poco el fro, la lluvia y el viento.

--Sea como vos queris--dijo el joven--; y parceme que si yo os
conociera, sera muy posible, casi seguro, mi enamoramiento.

--De dnde sois, caballero?--dijo la tapada, marchando ni ms ni menos
que si no hubiera llovido, y se hubiese encontrado junto al hombre de su
eleccin.

--Soy... pero dispensad, seora; ni comprendo lo que me sucede, ni puedo
adivinar el objeto de vuestra pregunta.

--Os pregunto que de dnde sois, porque me parecis un tanto cortesano:
me estis enamorando  la ventura sin soltar prenda.

--Pues os engais, seora; no soy cortesano sino desde esta tarde.

--Cmo! no habis venido hasta ahora  la corte?

--No; y sin embargo, aunque no llega  una hora el tiempo que hace que
estoy en ella, me han sucedido tales aventuras...

--Aventuras y en una hora?

--S por cierto: he reido con un palafrenero del rey; he conocido  dos
grandes seores; me he perdido en el alczar...

--Ah! os habis perdido... en el alczar...! y qu aventura os ha
sucedido al perderos?

--Perderme!--exclam el joven, y suspir porque se acord de la
hermosura de la dama de la galera.

--En palacio es el perderse muy fcil--dijo la dama--, y os aconsejo que
si alguna vez entris en l, os andis con pies de plomo; y no os ha
acontecido ms aventura despus de haberos... perdido en el alczar?

--S, s por cierto: no os parece una muy singular aventura esta en que
me encuentro con vos,  quien no conozco, que se me os habis venido sin
saber de dnde y que...?

--Y qu...?

--Podis acabar de perderme.

--Yo!

--S, vos: debis ser muy hermosa, seora, y muy principal, y hallaros
metida en un gran empeo.

--Explicadme...

--Os siento apoyada en mi brazo, y Dios me perdone!, pero quien tiene
tan hermoso brazo, debe tenerlo todo hermoso.

--En la tierra de donde vens, se acostumbra  abusar de las mujeres,
caballero?

--Ah!, perdonad: yo no crea...

--Vos lo habis dicho: soy una dama principal: ms de lo que podis
creer, y, como habis supuesto, me encuentro en un gran conflicto.

--Vuestra voz, aunque quisistis disimularlo, era un tanto trmula
cuando me hablsteis: vuestro brazo, al asirse al mo, temblaba.

--Acortad el paso y bajad ms la voz--dijo la dama--; nos siguen.

--Y vos, cuando os siguen, os detenis?

--Cuando s que quien me sigue tiene dudas de si soy yo  no soy,
procuro no desvanecerlas huyendo: quien huye teme.

--Y vos no temis?

--S por cierto, y porque temo mucho, procuro que quien me sigue dude;
dude hasta tal punto, que siga su camino creyendo que pierde el tiempo
en seguirme.

--No es vuestro esposo quien os sigue?

--Yo no soy casada.

--Ni vuestro padre?

--Est sirviendo al rey fuera de Espaa.

--Ni vuestro hermano?

--No le tengo.

--Ni vuestro amante?

--Nunca le he tenido.

--Ah!

--Qu os sucede?

--Quisiera saber quin os sigue.

--No volvis la cara, que sin que la volvis os sobrar acaso tiempo de
saberlo.

--Pero si no es asunto vuestro...

--Sabis que sois muy curioso, caballero?

--Ah!, perdonad: me callar.

--No, hablad; hablad.

--Pero si mis palabras os ofenden...

--Habladme de lo que queris.

--Ah! de lo que yo quiera? Yo quisiera conoceros.

--Y para qu?

--Os repito que debis ser muy hermosa.

--Mirad no os engae vuestro deseo.

--Descubrid el rostro.

--Mostraros el rostro ahora sera comprometer acaso un secreto que no es
mo.

--Cmo!

--Si pudirais dar seas de la mujer  quien vais acompaando...

--Soy noble y honrado.

--No os conozco.

--Y sin embargo, os habis amparado de m.

--A la ventura,  la desesperada.

--Y no os inspira confianza la manera respetuosa con que os trato?

--Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habis dicho quines eran
los dos grandes seores que habis conocido.

--Y por qu no? Eran el conde de Olivares y el duque de Uceda.

--Y cmo? por qu habis conocido  esos caballeros?

--Terciaron en mi disputa con el palafrenero.

--Ah!, y decidme: de dnde salan?

--De las caballerizas del rey.

--Ah!, es extrao!--dijo la dama--; juntos y en pblico Olivares y
Uceda!

Y la dama guard silencio por algunos segundos.

Seguan andando lentamente; por fortuna la lluvia no arreciaba; y los
anchos y bajos aleros de las casas los protegan.

El forastero iba fuertemente impresionado. La tapada apoyaba con
indolencia su brazo, un brazo mrbido y magnfico,  juzgar por el
tacto; su andar era reposado, grave, indolente; el movimiento de su
cabeza lleno de gracia, de atractivo; su voz sonora, dulce,
extremadamente simptica, y se exhalaba de ella una leve atmsfera
perfumada. Adems, una preciosa mano cuajada de anillos y extremadamente
blanca y mrbida, sujetaba su manto cerrado sobre su rostro, sin dejar
abierto ms que un candil, una especie de pliegue demasiado saliente,
para que pudiera vrsela ni un ojo.

La noche empezaba  cerrar densamente obscura.

El joven empezaba  aturdirse con lo que le aconteca.

--Y qu aventura os sobrevino en el alczar cuando os perdsteis?

--Os lo repito: mi aventura en el alczar ha sido perderme.

--Pero esa es una palabra que puede entenderse de muchos modos.

--Ah, seora...! tengo una sospecha...!

--Qu?--dijo con cuidado mal encubierto la dama.

--Que acaso vos seis la causa de que yo me haya perdido.

--Yo! y no me conocis!

--Esa es mi desesperacin: que no os conozco, y os recuerdo.

--Sabis que ya es obra el entenderos? Si no me conocis, como podis
recordarme?

--Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, un momento nada ms, y
os he visto tan hermosa que me habis cegado...

--Que me habis visto? Y dnde?

--Cuando os assteis  m, tenais abierto el manto.

--Oh! no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, de qu color son
mis ojos?

--Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, seora, y cuando he vuelto
 abrir los ojos me he encontrado  obscuras.

--Nos siguen ms de cerca--dijo la dama--, y mucho ser de que quien nos
sigue,  pesar de todo, no me conozca.

--La noche est obscura, seora; hace tiempo que vamos por calles
desiertas: al que estorba se le mata.

--Ah!--exclam la dama y estrech el brazo del joven.

--Decidme: detened  ese hombre, y no da un paso ms.

--Y matarais por m  quien no conocis?  un hombre que ningn mal
os ha hecho?

--S.

--Y si no fuera yo quien creis?

--Quin otra pudiera ser?

--La dama de palacio.

--Es que yo no he visto en palacio ninguna dama.

--La habis prometido callar?

--Os juro que  ninguna dama he visto.

--Decidme... pero rodeemos por esta calle:  qu habis venido 
Madrid?

--A buscar  mi to, que es el cocinero mayor del rey.

--Ah! y al arrimo de vuestro to, vens  pretender algn oficio  la
corte?

--Yo, seora, no pretendo nada.

--Sois rico?

--Soy pobre. Pero para servir bajo las banderas del rey como soldado, no
son necesarios empeos.

--De modo que...?

--Vengo  traer  mi to el cocinero una carta de mi to el arcipreste.

--Ah! y de dnde vens...!

--De Navalcarnero.

--Y nunca habis salido de esa villa?

--S, por cierto, seora. He cursado en la Universidad de Alcal.

--Ah! ya deca yo!

--Y qu decais vos?

--Que no rais novicio. Estudiante! ya!

--Y estudiante de teologa.

--Y ordenado?

--No por cierto. Me gusta ms el coselete que la sotana, y luego el
amor... poder amar sin ofender  Dios ni al mundo!

--No sabis hablar ms que de amor.

--Pues mirad; hasta ahora no he amado.

--Amis  la dama del juramento?

--Os juro, seora...

--Si yo fuese la dama de la galera...

--Ah!

--Si yo fuese la que de tan mal talante os ech por una escalera
excusada...

--Vos me libertis de mi promesa?

--Y porque habis cumplido bien, espero que me contestis en verdad: es
cierto que os he causado tal impresin, que no recordis mi semblante?

--Os lo juro por mi honra.

--Pues bien; olvidad de todo punto vuestro amor que empieza; es tiempo
an: cuidad que no me volveris  ver, cuidad que es un sueo lo que os
sucede, y seguid callando como callbais.

--Oh! s! callar! pero amar... os amar... aunque no os conozca...
os amar siempre!... sin esperanza...!

--Olvidemos locuras y hablemos de lo que importa, porque vamos 
separarnos. Parmonos en esta esquina. Respondedme, si es verdad que he
causado en vos la impresin que decs. Osteis hablar  alguien en la
galera?

--S.

--Qu osteis...?

--Estas  semejantes palabras: me va en ello la vida  la honra...
ello era gravsimo. Y queris que sea franco con vos? He credo que
quien pronunciaba aquellas palabras era...

La tapada puso su pequea mano sobre la boca del joven, y ste,
aprovechando la ocasin, la retuvo, la bes; la dama di un ligero
grito, y desasi con fuerza su brazo de la mano del joven; en sta qued
un brazalete, que el joven guard rpidamente, y aprovechando el haberse
descompuesto el manto de la dama, la mir:

--Ah!--exclam con desesperacin.

--Est la noche muy obscura--dijo la dama cubrindose de nuevo.

--Y no tendris compasin de m...?

--Escuchadme y servidme.

--Os servir.

--Desde aqu voy  seguir sola.

--Sola!

--S. All, junto aquella puerta, hay un hombre parado. Es necesario que
ese hombre no pueda seguirme.

--No os seguir.

--Evitad matarle, si podis. Con que le entretengis un breve espacio
estar en salvo.

--Pero nada me decs? Ninguna seal vuestra me dais?

--Ah! queris una seal? Tomad.

--Y qu es esto...?

--Tomadlo.

--Una joya!

--No, una seal. Y od: seguid guardando un profundo secreto acerca de
vuestras dos aventuras conmigo. Vos no habis estado en la portera de
damas, vos no habis odo nada. Sobre todo no sospechis, no os atrevis
 adivinar que quien ha pronunciado aquellas graves palabras, ha sido...

--La reina!

--S--dijo la tapada inclinndose al odo del joven y con voz ardiente y
entrecortada--: era la infeliz Margarita de Austria. Ya veis si confo
en vos. Deteniendo  ese hombre que me sigue, servs  su majestad. Sed
caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volvis  verme
vuestra fortuna ha de dar envidia  muchos.

--Oh! esperad! esperad, seora!

--No os he dejado una prenda?

--Pero...

--No puedo detenerme ms. Adis; impedid que ese hombre me siga. Adis.

Y la tapada tir una calleja adelante.

El bulto que estaba parado  alguna distancia, adelant  buen paso.

--Eh! atrs! no se pasa!--dijo nuestro forastero, echando al aire la
daga y la espada.

El que vena hizo un movimiento igual, y sin decir una palabra, embisti
al joven.

--Os aconsejo que os vayis--dijo ste, acudiendo al reparo de los
golpes que le tiraba el embozado--, porque si no os vais, os va 
suceder algo desagradable. Hola! se me os vens con estocadas?
perfectamente! pero es el caso que yo no quiero mataros, amigo mo.

Ech fuera dos  tres estocadas bajas, y aprovechando un descuido del
contrario, le di un cintarazo encima del sombrero.

--Eso ha podido ser un tajo que se os hubiese entrado hasta los
dientes--dijo el joven pronunciando esta nota con una calma admirable.

El otro redobl su ataque.

--Es el caso que yo no quiero mataros--dijo el sobrino de su to--; no
por cierto: sera bautizar mi entrada en Madrid con sangre. Ah! os
empeis? pues... all voy, camarada...

Y se cerr en estocadas estrechas, obligando al contrario  repararse
con cuidado.

--Ah! ah!--murmur el joven--; en la corte no saben ms que _echar
plantas_; parceme que ya le tengo para el desarme de mi to el
arcipreste. Veamos! Pobre hombre! Bah! estis preso! Sois mo!

El forastero haba cogido  su contrario en el momento en que tena
puesta su daga sobre la espada, cerca de su empuadura; haba metido una
estocada baja y diagonal por el ngulo estrecho formado por la daga y
por la espada del incgnito y haba hecho una especie de trenza con los
tres hierros, sujetndolos contra el muslo izquierdo de su contrario.

Era un desarme completo; el enemigo no poda valerse de sus armas; entre
tanto, al forastero le quedaba franca la daga para herir, pero no hiri.

--Idos--dijo al otro--; puedo mataros, pero no quiero asustar  mi buena
suerte tindola de sangre la primera noche que entro en Madrid;
envainad vuestros hierros y volvos por donde habis venido.

Y diciendo esto sac su espada del desarme, se retir dos pasos del
otro, que haba quedado inmvil, y luego se emboz y tir la calle
adelante por donde haba desaparecido la tapada.

El vencido qued solo, inmvil; un momento despus de haberse alejado su
generoso vencedor, relumbraron luces en una calleja y adelant un
hombre,  quien seguan otros cuatro.

Aquellos hombres eran alguaciles y traan linternas.




CAPTULO II

INTERIORIDADES REALES


Doa Juana de Velasco, duquesa viuda de Ganda, era camarera mayor de la
reina.

La viudez  otras causas que no son de este lugar, haban empalidecido
su rostro y poblado, aunque ligeramente, de canas sus cabellos.

Pero,  pesar de esto, el rostro de doa Juana era bastante bello,
dulcemente melanclico, y sobre todo expresaba de una manera marcada la
conciencia que la buena seora tena de su nobleza, que, segn los
doctores del blasn, se remontaba nada menos que  los tiempos de la
dominacin romana.

Satisfecha con su cuna, con la posicin que ocupaba en la corte y con
sus rentas, que la bastaban y aun la sobraban para destinar parte de
ellas  la caridad, doa Juana de Velasco,  sea la duquesa de Ganda,
era feliz, salvo algunos importunos recuerdos de su juventud.

No se crea por esto que la camarera mayor de la reina gozaba de una
manera pasiva de su buena posicin, ni que de tiempo en tiempo no la
molestase algn grave disgusto.

Si la duquesa de Ganda no hubiese funcionado como una rueda, ms 
menos importante, en la mquina de intrigas obscuras que estaba
continuamente trabajando alrededor de Felipe III, no hubiera sido
camarera mayor de la reina.

La duquesa de Ganda era acrrima partidaria de don Francisco de
Sandoval y Rojas, duque de Lerma, marqus de Denia y secretario de
Estado y del despacho.

Tena para ello muy buenas razones, porque slo apoyndose en buenas
razones, poda ser amiga del duque la virtuosa duquesa.

Dotada de cierta penetracin, de cierta perspicacia, comprenda la
duquesa que Felipe III, si bien era rey por un derecho legtimo, que
nadie poda disputarle, era un rey que no era rey ms que en el nombre.

Saba perfectamente la duquesa, sin que la quedase la menor duda, que
Felipe III era miope de inteligencia; que slo haba heredado de su
abuelo Carlos V ciertos rasgos degradados de la fisonoma; que el cetro
se converta en sus manos en rosario; que era dbil  irresoluto,
accesible  cualquiera audacia,  cualquiera ambicin que quisiera
volverle en su provecho, y lo menos  propsito, en fin, para regir con
gloria los dilatadsimos dominios que haba heredado de su padre.

La duquesa para decirlo de una vez, estaba plenamente convencida de que
el rey necesitaba andadores.

La duquesa estaba tambin completamente convencida de que el duque de
Lerma vena  ser los andadores de Felipe III.

El carcter ttrico del rey; su indolencia; su repugnancia, mal
encubierta,  la gestin de los negocios pblicos; su falta de
instruccin y de ingenio, hacan de l un rey vulgarsimo, en el cual
ningn ministro poda apoyarse confiadamente, puesto que cualquiera
intriga mal urdida bastaba para dar al traste con el favorito y para
establecer esa sucesin ruinosa de gobernantes egostas  interesados
que, desprovistos de todo pensamiento noble y fecundo, alentados slo
por una ambicin repugnante, dan el miserable espectculo de una lucha
mezquina, que acaba por empequeecer, por degradar  la nacin que sufre
con paciencia esta vergonzosa guerra palaciega.

El duque de Lerma, que despus de una larga vida de cortesano, que le
haba hecho prctico en la intriga, lleg  ser rbitro de los destinos
de Espaa como ministro universal al advenimiento al trono de Felipe
III, se haba visto obligado, desde el principio de su privanza, 
rodear al rey de hechuras suyas,  intervenir hasta en las
interioridades domsticas de la familia real, y, lo que era ms fatigoso
y difcil,  contrabalancear la influencia de Margarita de Austria que,
menos nula que el rey, quera ser reina.

Esto era muy natural; pero por ms que lo fuese no convena al duque de
Lerma, que quera gobernar sin obstculos de ningn gnero.

La duquesa de Ganda, pues, con muy buena intencin, y creyendo servir 
Dios y al rey, era el centinela de vista puesto por el duque junto  la
reina.

Serva la duquesa  Lerma tan de buena voluntad, con tan buena
intencin, ya lo hemos dicho, como que crea que todo lo que faltaba 
Felipe III para ser un mediano rey, sobraba  Lerma para ser un buen
ministro.

Militaban adems en el nimo de la duquesa en pro del favorito, razones
particulares de agradecimiento.

La duquesa era madre.

Lerma favoreca abiertamente  su hijo, el joven duque de Ganda,
confirindole encargos altamente honorficos.

Por rico y por noble que sea un hombre, hay ciertos cargos que enaltecen
su posicin, que aumentan su brillo.

La duquesa de Ganda estaba con justa causa agradecida al duque de
Lerma.

Y como los bien nacidos no excusan nunca obligaciones  su
agradecimiento, la duquesa serva  Lerma por conviccin y por deber.

Pero era el caso que Lerma tena ms vanidad que perspicacia, y sola
suceder que construyese sus ms soberbios edificios sobre arena.

As es que con frecuencia se equivocaba en la eleccin de sus
instrumentos, tomando lastimosamente la adulacin por afecto y el
servilismo por solicitud.

El duque de Lerma se haba creado sus enemigos en sus mismos
instrumentos, y deba conservar el poder hasta el momento en que,
robustecidos por l sus adversarios, se encontrasen bastante fuertes
para derrocarle.

Respecto  la duquesa de Ganda, la equivocacin de Lerma haba sido de
distinto gnero: ella le serva de buena fe, pero la duquesa no serva
para el objeto  que la haba destinado el duque.

Porque la reina era ms perspicaz, y sin ser un prodigio, porque en los
tiempos de Felipe III, los prodigios personificados haban dejado
completamente de manifestarse en Espaa; sin ser un prodigio la reina,
tena un claro talento, y maravillosamente desarrollada esa cualidad que
se llama astucia femenil.

Desde el principio comprendi Margarita de Austria que su camarera mayor
era un instrumento de Lerma, y no le rompi porque prefera un enemigo
de quien poda burlarse,  arrostrar el peligro de que, ms precavido el
duque,  ms atinado en una segunda eleccin, la pusiese al lado una
influencia ms temible.

La reina, pues, procur neutralizar el poder de Lerma respecto al
insuficiente espa que la haba puesto al lado, colmando de favores y
distinciones  la duquesa y demostrndola un cario de amiga, ms que de
soberana.

La duquesa trag el anzuelo, y no vi de la reina ms que lo que la
reina quiso que viese.

Lerma no logr, pues, nunca saber  lo que deba atenerse  ciencia
cierta respecto  la reina.

La duquesa crea verlo todo, y halagada de una parte por los favores del
favorito, y de otra por el cario traidor de la reina, viva tranquila y
feliz, salvo algunos disgustos inherentes  su posicin, inevitables.

Como mujer de Estado, tena satisfecha su vanidad, creyndose uno de los
primeros y ms importantes resortes del gobierno.

Como mujer particular, haba pasado de la edad de las pasiones, gozaba
del respeto y de la consideracin de todo el mundo, y pasaba la parte de
vida que la dejaban libre los delicados deberes de su alto cargo,
rezando, leyendo vidas de santos  durmiendo.

De lo expuesto se deduce que la duquesa de Ganda viva soando.

Y como la vida es sueo, viva.

Para algo hemos presentado  nuestros lectores esta seora.

Ella va  servirnos de medio para empezar  conocer de una manera
grfica, por decirlo as,  uno de los ms importantes personajes de
nuestro drama.

Aquella misma noche en que acontecieron al sobrino de su to las
extraordinarias aventuras que dejamos relatadas en el captulo anterior,
y cabalmente en los momentos en que el joven sostena su extrao dilogo
con la dama encubierta, doa Juana de Velasco estaba sentada en un ancho
silln forrado de terciopelo, al lado de una mesa, leyendo  la luz de
los dobles mecheros de un enorme veln de plata, un no menos enorme
libro  dos columnas, mal impreso y cuyo papel era fuertemente moreno.

Aquel libro tena por ttulo: _Miedos y tentaciones de San Antonio
Abad_.

La habitacin en que la duquesa se encontraba era una extensa cmara del
alczar, cuyas paredes estaban cubiertas de damasco rojo, y adornadas
con enormes cuadros del Tiziano, de Rafael y de Pantoja de la Cruz.

El techo, obscuro, de pino, tallado profundamente, segn el gusto del
Renacimiento, estaba,  causa de su altura, casi perdido en la sombra,
que no alcanzaba  disipar la insuficiente luz del veln; aconteca lo
mismo respecto  las paredes que, veladas por una penumbra opaca, hacan
aparecer de una manera extraa y descompuesta las figuras de los
cuadros; y el fuego brillante de un brasero colocado  cierta distancia,
en la sombra, contribua  dar cierto aspecto fantstico y siniestro 
aquella silenciosa cmara, en la cual no se vea de una manera
determinada ms que el plano de la mesa en que estaba el veln, parte de
la pared, en que proyectaba una sombra fuerte la pantalla, y medio
cuerpo de la duquesa, con su toca blanca y su vestido negro, leyendo en
silencio y con una atencin gravsima.

No se oa ruido alguno,  excepcin del zumbar del viento, y el
chasquido de una ventana que el viento cerraba de tiempo en tiempo,
produciendo un golpe seco y desagradable.

La duquesa segua engolfada en su lectura.

De repente se estremeci y palideci.

Haba llegado  un pasaje en que el demonio estaba retratado tan de mano
maestra, que la duquesa tuvo miedo, y cerr el libro santigundose.

Un segundo estremecimiento ms profundo, ms persistente, se dej notar
en doa Juana, que exhal un grito y se puso de pie aterrada.

No poda ser el libro lo que haba causado este nuevo terror.

En efecto, haba sido distinta la causa.

La duquesa haba visto abrirse una de las paredes de la cmara, y salir
por la abertura una sombra negra.

Su sobresalto, pues, era muy natural.

Pero sobre los hombros de la figura negra, haba una cabeza blanca con
sus correspondientes cabellos rubios.

Era, pues, un hombre lo que la duquesa haba tomado por una aparicin
del otro mundo.

--Chists! no gritis, mi buena doa Juana!--dijo aquel hombre
ponindose un dedo sobre los labios--; no veis que vengo solo y de una
manera misteriosa?

--En efecto, seor, y me habis dado un buen susto--dijo la duquesa.

--Vos no sabais que en las habitaciones de la reina haba puertas
ocultas, eh? pues ni yo tampoco.

--Pero vuestra majestad... si saben...

--Os dir: nadie puede saber nada, porque he venido emparedado.

--Dejad, dejad que vuelva de mi susto, seor; conque es decir que si no
hubiera sido vuestra majestad...?

--Eso digo yo: en nuestro alczar tenemos entradas y salidas que no
conocemos; de modo que si algn miserable como Ravaillac conoce estos
pasadizos, estamos expuestos  morir de la muerte del rey de Francia.

--En Espaa no hay regicidas, seor: adems, vuestra majestad es un rey
justo y bueno y no tiene enemigos.

--Dicen que Enrique IV era un buen rey.

--Pero hereje...

--Ah! por la misericordia de Dios, somos buenos hijos de Roma. Sin
embargo, si supirais, doa Juana, de qu manera he sabido que se puede
venir de mi cmara  la de la reina sin que nadie lo sepa!

--Pues cmo? no conoce vuestra majestad  quien se lo ha revelado?

--Cerrad las puertas, doa Juana, cerradlas, que no quiero que nadie nos
vea, y venid  sentaros despus conmigo junto al brasero. Hace fro, s,
s por cierto, mucho fro. Tenemos que hablar largamente.

Mientras que la duquesa de Ganda cierra las puertas, toda admirada y
toda cuidadosa, examinemos al rey, que se haba sentado junto al
brasero y remova el fuego aspirando su calor con un placer marcado.

Felipe III slo tena entonces treinta y tres aos, pero su palidez
enfermiza y la casi demacracin de su semblante le hacan parecer de ms
edad; su frente era estrecha, sus ojos azules no tenan brillo, ni el
conjunto de sus facciones energa; el sello de la raza austriaca,
ennoblecido por el emperador Don Carlos, estaba como borrado, como
enlanguidecido, como degradado en Felipe III; aquella fisonoma no
expresaba ni inteligencia, ni audacia, sino cuando ms la tenacidad de
un ser dbil y caprichoso; el labio inferior, grueso, saliente, signo
caracterstico de su familia, no expresaba ya en l el orgullo y la
firmeza: haba quedado, s, pero un tanto colgante, expresando de una
manera marcada la debilidad y la cobarda del alma; aquel labio en
Carlos V haba representado la majestad altiva y orgullosa: en Felipe
II, el despotismo soberbio; en Felipe III, nada de esto representaba: ni
el dominador, ni el dspota se haba vulgarizado, se haba degradado; no
era un rasgo, sino un defecto.

Adase  esto un cuerpo delgado y pequeo, caracterizado con el aspecto
fatigoso de un cansancio habitual, y este cuerpo embutido dentro de un
traje de terciopelo negro; adase un cordn de seda del que cuelga
sobre el pecho el toisn de oro; un pequeo pual de corte, pendiente de
un cinturn tachonado de pequeos clavos de plata, y al otro lado un
largo rosario negro sujeto al mismo cinturn, y se tendr una idea de
Felipe III, tal cual se present  la duquesa de Ganda.

--Habis cerrado ya, doa Juana?--dijo el rey, despus que hubo
removido  su placer el brasero y colocdose en la posicin ms cmoda
que pudo.

--S, seor.

--Es decir, que no puede escucharnos nadie?

--Nadie, seor.

--Sentos.

Sentse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y  corta distancia
del rey.

--Acercos, acercos, doa Juana; hace fro... y sobre todo, tenemos que
hablar largamente y  corta distancia,  fin de que podamos hablar muy
bajo: vengo  buscaros como un amigo; como un amigo que se confiesa
necesitado de vos, no como rey.

--Vuestra majestad puede mandarme siempre.

--No tanto, no tanto, doa Juana; ya s yo que servs con el alma y la
vida...

--A vuestra majestad.

--Ciertamente; sirviendo  Lerma, me servs, porque el duque es mi ms
leal vasallo.

--Lo podis afirmar, seor... el duque de Lerma...

--El duque de Lerma me sirve bien; pero aqu, entre los dos, doa Juana,
me tiraniza un tanto;  pretexto de que la reina es enemiga suya, me
tiene casi divorciado; y la reina... est ofendida conmigo... ya lo
sabis.

La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la suceda era un verdadero
compromiso, porque, al fin, el rey era el rey.

La rgida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo  la cual raras
veces se encontraba el rey libre de una numerosa servidumbre, haba
impedido hasta entonces que Felipe III la abordase con libertad, en su
cualidad de cancerbera de la reina; pero aquella desconocida
comunicacin secreta, la haba entregado sin armas y, lo que era peor,
desprevenida,  una entrevista particular con el rey.

La duquesa se call, no encontrando por el pronto otra contestacin
mejor que el silencio.

Alentado con este silencio, el rey aadi:

--Vos misma conocis la razn con que me quejo. Lerma es demasiado
receloso, demasiado, y no s qu motivo pueda tener para desconfiar de
la reina, para impedirme mi libre trato con ella.

--Nunca, que yo sepa, se ha cerrado  vuestra majestad la puerta de la
cmara de su majestad, ni yo, como camarera mayor, lo hubiera permitido.

--S; pero yo creo que las paredes de la cmara de la reina oyen.

--Podr suceder--respondi la duquesa con intencin--, si las paredes de
la cmara de su majestad tienen pasadizos como ese.

Y la duquesa seal la puerta secreta que haba quedado abierta.

Sea como fuere--dijo el rey--, cuando Lerma sabe que yo voy  ver  la
reina, sabe todo lo que la reina y yo hablamos.

--Protesto  vuestra majestad que ninguna parte tengo...

--No, no digo yo eso, ni lo pienso, doa Juana; pero cuando la expulsin
de los moriscos... la reina crea que el edicto era demasiado
riguroso... pretenda que los reinos de Granada y Valencia iban  quedar
despoblados... me indic otros medios... estbamos solos la reina y
yo... al da siguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio y
me hizo comprender con buenas palabras que lo saba todo... es ms:
extrem los rigores, sin duda saludables, de la ejecucin del edicto, y
yo tuve despus con la reina un serio disgusto; ahora, con la expedicin
de Inglaterra, la reina pretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz...
Lerma ha enviado all  don Juan de Aguilar y la reina se ha negado 
recibirme de todo punto.

Detvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesa no contest.

--Pero no se os ocurre nada que decirme, doa Juana?--dijo el rey, en
el cual se iba haciendo cada vez ms visible la impaciencia--; estis
como asustada...

--En efecto, seor, vuestra majestad acaba de decirlo: estoy asustada, y
suplico  vuestra majestad que... seor... perdonadme, pero no se me
ocurre nada...

--Pues ello es necesario que se os ocurra, seora ma--insisti el rey
con un tanto de aspereza--; preciso... yo no contaba con encontrar 
nadie, porque el papel que me han dejado deca...

--Ah! el papel que han dejado  vuestra majestad...!

--Qu! no os he contado...?

--Vuestra majestad me ha dicho...

--Que no saba nada acerca de estos pasadizos, y eso es muy cierto.
Pero... os exijo el ms profundo secreto--exclam interrumpindose y con
una gravedad, verdaderamente regia, el rey.

--Seor! seor! mi lealtad!

--S! s! ya s que la lealtad  sus reyes, es una virtud muy antigua
en la noble familia de los Velascos. Y hace fro...

La duquesa removi de nuevo el brasero.

--Del mismo modo os exijo secreto, un secreto absoluto, acerca de lo que
est sucediendo.

--Pero qu est sucediendo, seor?

--Sucede que yo estoy hablando mano  mano y  solas con vos.

--Lo que me honra mucho.

--Pues bien; que nadie sepa, doa Juana, que habis sido honrada de este
modo... vos no me habis visto.

--Crea vuestra majestad, seor...

--S, s, creo que despus de lo que os he dicho, seris discreta. Pero
estamos pasando lastimosamente el tiempo.

Y el rey fij una mirada vaga en la puerta que corresponda  la
recmara de la reina.

Aquella mirada hizo sudar  la duquesa.

--Sabed--dijo el rey, acercndose ms  doa Juana y en voz sumamente
baja--que mi confesor ha estado encerrado gran parte de la tarde
conmigo.

Detvose el rey, y la duquesa slo contest abriendo mucho los ojos,
porque no saba  dnde iba el rey  parar.

--Fray Luis de Aliaga, me habl de muchas cosas graves que no vienen 
cuento... pero tened presente que mi buen confesor estaba solo conmigo.

Interrumpise el rey, y la duquesa, por toda contestacin, volvi 
abrir desmesuradamente los ojos.

--Estaba solo conmigo y encerrado--continu el rey--, entendis bien,
duquesa? solo conmigo y encerrado...

--S, s, seor, entiendo  vuestra majestad.

--Pues bien--dijo el rey soslayndose en el silln y buscando en uno de
los bolsillos de sus calzas--, cuando el padre Aliaga sali, me encontr
sobre mi mesa esta carta cerrada, puesta  la vista y que, como veis,
dice en su sobrescrito: A su majestad el rey de Espaa.

La duquesa mir el sobrescrito y continu callando.

--Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que por cierto no es muy
larga, pero que,  pesar de su brevedad, es grave, gravsima: s;
ciertamente, muy grave.

Fij el rey su mirada en la duquesa, que persisti en su silencio.

--Acercad la luz, doa Juana--dijo el rey.

Levantse la duquesa, tom el veln y continu de pie junto  Felipe
III, alumbrndole.

--Od, pues: od, y ved  cunto os obliga mi confianza.

--Vuestra majestad no puede obligar ms,  quien est tan obligada,
seor.

--No importa, od.

Y el rey se puso  leer:

Sacra catlica majestad: Los traidores que os rodean...

Dej el rey de leer, levant los ojos y mir  la duquesa, que estaba
verdaderamente asustada.

--Los traidores que me rodean!--dijo el rey--qu decs  esto?

--Digo, seor, que no lo entiendo--contest la duquesa.

--Ni yo tampoco--repuso el rey--; yo creo que estoy rodeado de vasallos
leales.

--Alguna miserable intriga...

--Od: los traidores que os rodean, os tienen separado de su majestad
la reina...

Interrumpise de nuevo el rey.

--En esto de tenerme separado de la reina, tienen mucha razn, y no
tenis en ello poca parte, doa Juana.

--Jess, seor!--exclam la duquesa, que  cada momento estaba ms
inquieta.

--Como que sois muy grande amiga de Lerma.

--Yo... seor...--contest con precipitacin la camarera mayor--cuando
se trata del servicio de mis reyes...

--Seguid oyendo... os tienen separado de la reina: es necesario que
este estado de cosas concluya...

Dej el rey de leer.

--Y yo tambin lo creo as--dijo--; en cuanto  lo de no ver libremente
 mi esposa... en esta parte piensa como yo el autor incgnito; pero
prosigamos.

Y el rey inclin de nuevo la vista sobre la carta:

--...es necesario que este estado concluya, pero ni lo conseguir
vuestra majestad de Lerma, ni tendr bastante valor... para hacerse
respetar!

--Eso es una insolencia, seor--dijo la duquesa--: quien escribe esto 
su rey, no puede ser ms que un traidor.

--Eso dije yo... pero ms abajo hay algo en que este traidor me sirve
mejor que me sirven mis ms leales vasallos, inclusa vos, doa Juana.

--Seor!--exclam toda turbada la duquesa.

--Vais  juzgar--dijo el rey continuando la lectura--: pero lo que no
conseguirais del duque de Lerma ni de _la camarera mayor_...

--Oh, Dios mo!--exclam la duquesa--: perdneme vuestra majestad si le
interrumpo, pero... me parece que el que ha escrito esta carta me cuenta
entre el nmero de los traidores.

--Quin dice eso? y aunque lo dijesen, creis que yo me dejara llevar
de carteles misteriosos? Si he dado importancia  ste es porque dice
algunas verdades, y, sobre todo, porque ha producido un hecho.

--Un hecho!

--Ciertamente: que yo conozca estos pasadizos. Pero continuemos, que se
pasa el tiempo y esta cmara es tan fra...

Inclinse un tanto la duquesa, y sin dejar de alumbrar al rey, removi
de nuevo el brasero.

El rey ley:

--...pero lo que no conseguirais del duque de Lerma ni de la camarera
mayor, esto es, hablar con su majestad la reina en su misma cmara, sin
temor de ser escuchados por nadie, va  procurroslo quien, no
sirvindoos por inters alguno, sino por su lealtad, os oculta su
nombre. Buscad debajo de las almohadas de vuestro lecho: encontraris un
llavn de punta cuadrada; id luego al armario donde tenis vuestros
libros de devocin, y junto  la pared, por la parte que mira  vuestro
lecho, encontraris un agujero cuadrado tambin; meted en l el llavn,
dad vuelta, y el armario se abrir, dejndoos franco un pasadizo;
seguidle en lnea recta:  su fin encontraris una puerta que abriris
con el mismo llavn, y os encontraris en las habitaciones de... vuestra
esposa.

El rey dobl la carta lentamente, se soslay de nuevo, y la guard en su
bolsillo.

--Qu decs  esto, doa Juana?--la pregunt el rey.

La duquesa se haba quedado con el veln en posicin de alumbrar al rey
y hecha una estatua.

--Dejad, dejad el veln, y venid  sentaros frente  mi. Dios me
perdone, pero jurara que estbais temblando.

--Ah, seor!--dijo la duquesa, que haba dejado el veln, volviendo y
juntando las manos--; cuando pienso que un traidor puede llegar hasta
aqu impunemente!

--Hasta ahora slo ha entrado el rey; pero sentos, sentos y escuchadme
bien: exceptuando lo mal que os trata  Lerma y  vos, yo no sabra con
qu pagar  quien me ha procurado los medios de llegar hasta aqu... de
poder entenderme buenamente con vos: yo hubiera preferido que esa puerta
hubiese dado inmediatamente al dormitorio de la reina.

--Cmo, seor! pesa  vuestra majestad haberme encontrado?

--No me pesara si no fuseis tan amiga de Lerma,  si Lerma no creyera
que la reina le quiere mal, aunque en ese caso, para nada necesitaba yo
de pasadizos.

--Pero, seor, para m, vuestra majestad, despus de Dios, es lo
primero.

--S, s, lo creo... pero... estoy seguro de que... me opondris
dificultades.

--Dificultades!  qu!

--Mirad, doa Juana, yo amo  la reina.

--Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosa y por
discreta.

--La amo ms de lo que podis creer, y vos y Lerma me separis de ella.

--Yo, seor!...

--Siempre que he pretendido atraeros  mi bando,  mi pacfico bando, os
habis disculpado con las obligaciones de vuestro cargo, con que
necesitbais llenar las frmulas, con que la etiqueta no permite al rey
ver  su consorte, como otro cualquier hombre... y yo quiero verla con
la libertad que cualquiera de mis vasallos ve  su mujer... lo
entendis?

--S; s, seor, pero...

--Os prometo que nadie lo sabr: que ese pasadizo permanecer
desconocido para todo el mundo; que aunque la reina quiera hablarme de
asuntos de Estado...

--Vuestra majestad me manda, seor, que le anuncie  su majestad la
reina?--dijo la duquesa levantndose.

--No, no es eso... no me habis entendido, doa Juana; yo no os mando,
os suplico...

--Seor--dijo la duquesa inclinndose profundamente.

--S, s, os suplico; quiero que reservada, que secretamente, me
procuris la felicidad que tiene el ltimo de mis vasallos: la de poder
amar sin obstculo  su familia; mirad, hablaremos muy bajo la reina y
yo... no os comprometeremos...

--Vuestra majestad no puede comprometer  nadie, porque vuestra majestad
en sus reinos es el nico seor, el nico rbitro  quien todos sus
vasallos tienen obligacin de obedecer y de respetar.

--Pero si no se trata de obediencias, ni de respeto, ni de que tomis
ese tono tan grave; lo veo: estis entregada en cuerpo y alma  Lerma,
le temis; le temis ms que  m; ser cierto lo que dicen acerca de
que don Francisco de Sandoval y Rojas, marqus de Denia, duque de Lerma,
por nuestra gracia, es ms rey que el rey en los reinos de Espaa?

Estremecise doa Juana, porque Felipe III se haba levantado de su
indolencia y de su nulidad habituales, en uno de sus rasgos en que, como
en lcidos intervalos, dejaba adivinar la raza de donde provena.

Tanto se turb la duquesa, de tal modo tartamude, que Felipe III se
vi obligado  apearse de su pasajera majestad.

--Os suplico, bella duquesa--la dijo asindola una mano y besndosela,
como hubiera podido hacerlo un caballero particular--que seis mi amiga.

--Vuestra majestad desea ver  la reina?--dijo toda azorada doa Juana.

--Deseo ms.

--Y qu ms desea vuestra majestad?

--Deseo... que... que esto se quede entre nosotros.

--Yo jams faltar  lo que debo  mi lealtad, seor.

--Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros, id y decid
 mi esposa...  la reina... que yo...

--Voy  anunciar  su majestad, la venida de vuestra majestad.

El rey se qued removiendo el brasero y murmurando:

--Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bien haya el que me ha
mostrado el camino; pero quin ser?El padre Aliaga?Bah! el padre
Aliaga no se anda conmigo con misterios... quin ser?Quin ser?

Abrise la puerta por donde haba entrado poco antes la duquesa, y el
rey se call.

Adelant doa Juana, pero plida y convulsa.

--Qu tenis, duquesa?--dijo el rey, que no pudo menos de notar la
turbacin de la camarera mayor.

--Tengo... seor... que vuestra majestad va  creer que no quiero
obedecerle.

--Cmo!

--Me es imposible anunciar  vuestra majestad.

--Imposible!

--S; s, seor, imposible de todo punto.

--Pero y por qu?...

--Porque... porque su majestad no est sola.

--Que no est sola la reina? Otra desgracia!... Pero quin est con
la reina?

--Est... esa doa Clara Soldevilla; esa menina  quien tanto quiere, 
quien tanto favorece, de la cual apenas se separa la reina mi seora...
esa mujer  quien no ha sido posible arrancar del lado de su majestad.

--Doa Clara Soldevilla!--dijo el rey palideciendo ms de lo que
estaba--; ser necesario...?

--S; s, seor; ser necesario expulsarla  todo trance de palacio...
es... perdone vuestra majestad... una intriganta... una enemiga 
muerte del duque de Lerma, de ese grande hombre, del mejor vasallo de
vuestra majestad.

--Pero en resumen... el estar la reina con esa mujer impide...? No es
ste un refugio vuestro, doa Juana?

--Juro  vuestra majestad por mi honor y por el honor de mis hijos, que
me es imposible, imposible de todo punto anunciar  vuestra majestad...
 no ser que vuestra majestad quiera que lo sepa doa Clara...

--Ciertamente que soy muy desgraciado!...

--Juro  vuestra majestad, que en el momento en que la reina mi seora
quede sola... yo misma... por ese pasadizo, ir  avisar  vuestra
majestad...

--Cuando haya vuelto Lerma...! Cuando...! no, no, doa Juana, yo
volver; yo volver... esta noche  la media noche... esperadme... y yo,
yo, Felipe de Austria, no el rey, os lo agradecer.

Y Felipe III, como quien escapa, se dirigi  la puerta secreta,
desapareci por ella y cerr.

La duquesa viuda de Ganda volvi  quedarse sola.

Durante algunos segundos permaneci de pie, inmvil, anonadada, trmula.

--Pero Dios mo! Qu es esto?--exclam con la voz temblorosa--. Dnde
est la reina? Dnde est su majestad?

Y saliendo de su inaccin, se precipit de nuevo en la recmara de la
reina.

Ni en sta, ni en el dormitorio, ni el oratorio haba nadie.

La reina,  juzgar por las apariencias, no estaba en el alczar; al
menos no estaba en las nicas habitaciones donde poda estar, porque
suponer que la reina hubiese salido por las puertas de servicio, era un
absurdo; pero no poda haber salido la reina por algn pasadizo
semejante  aquel por donde haba aparecido el rey?

--La reina estaba sola: me despidi  pretexto de sus devociones y se
encerr en el oratorio--dijo la duquesa--; nadie ha entrado, y la
reina... su majestad... no parece; oh! qu es esto, Dios mo?

Encontrbase entonces la camarera mayor en el dormitorio de la reina,
buscando con una buja que haba tomado del oratorio, por todas partes;
su vista estaba maquinalmente fija en el voluminoso lecho, y una idea
siniestra, una tradicin obscura, que reposaba como otras tantas en el
seno del alczar, vino  herir su imaginacin.

--Aqu, en esta misma cmara--murmur con miedo--, muri la reina doa
Isabel de Valois.

La duquesa se detuvo.

--Dicen--continu--que la envenen, por celos de su hijo, el rey Felipe
II.

La camarera mayor, que hemos dicho era supersticiosa, empez 
encontrarse mal,  tener miedo en el dormitorio.

--Serviran estos pasadizos--dijo--para que el rey observase  su
esposa?

Detvose de nuevo la duquesa.

--Dicen que de tiempo en tiempo suceden en esta cmara cosas
extraordinarias... que el alma de la reina doa Isabel...

En aquel momento la puerta que conduca al oratorio de la reina, di un
violento portazo. Sobresaltada, sobrecogida la duquesa, dej caer la
palmatoria que tena en la mano y se qued  obscuras.

Entonces sinti junto  s los pasos de alguien que andaba por el
dormitorio; sinti que aquellos pasos se acercaban  ella; sobrecogila
un pavor mortal; ni tuvo voz para gritar, ni para moverse; pero  pesar
de aquel terror, oy clara y distintamente una voz alterada, de
entonacin fingida, que dijo muy cerca de ella:

--Si queris que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad
vos un profundo secreto acerca de lo que habis visto y odo esta noche.

La voz call, los pasos se alejaron, rechin la puerta, y luego todo
volvi al silencio anterior.

Instantneamente la duquesa se lanz fuera del dormitorio y de la
recmara de la reina, entr en la cmara donde poco antes haba estado
hablando con el rey y corri  una campanilla y la agit con violencia.

Entr una de las doncellas de la servidumbre.

--No, vos no--dijo alentando apenas la duquesa--; decid  la seora
condesa de Lemos que entre.

Poco despus entr una joven como de veinticuatro aos, hermosa, viva,
morena, ricamente vestida, y sobremanera esbelta y gentil.

A la primera mirada comprendi que suceda algo terrible  la duquesa.

--Qu es esto, seora?--la dijo--; estis plida, mortal, temblis...
qu os ha sucedido?

--Una pesadilla... amiga ma: me haba dormido al amor del brasero, y...
hacedme la merced de mandar que me traigan agua y vinagre... pero no os
vayis... no... ser una mana--aadi sonriendo penosamente--, pero no
quiero estar sola.

La joven condesa de Lemos fu  pedir el agua, murmurando para s
mientras llegaba  la puerta de la cmara:

--Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! quin ser el duende
de esta pesadilla!

Al poco tiempo y despus de haber bebido un enorme vaso de agua con
vinagre, despus de haber logrado con grandes esfuerzos obtener una
serenidad aparente, la duquesa dijo  la joven dama de honor:

--Ya se ve! es tan ttrica esta cmara! luego, esas ventanas que
golpean... el ruido de la lluvia... y adems... antes de dormirme lea
_Los miedos y tentaciones de San Antonio Abad_.

--De tentaciones os ocupbais!--dijo la de Lemos--; pues mirad, seora,
la noche est de tentaciones.

--Vos tambin leais?

--No, seora, pensaba.

--Y pensando tenais... tentaciones?...

--Y muy fuertes, seora.

--Pero de qu? qu diablo os tentaba?

--El diablo de la venganza.

--Oiga!--exclam la duquesa afectando una risa ligera, como para
demostrar que haba pasado enteramente su terror--: conque queris
vengaros?

--Me han ofendido.

-Quin?

--Mucha gente...

--Pero explicos, si es que... podemos saber el motivo de vuestra
venganza.

--Ay, Dios mo! s, seora.

--Y quin os ha ofendido?

--Primero el conde de Lemos.

--Vuestro esposo!

--Mi esposo... y me ha ofendido gravemente.

--Pero y en qu?

--En dar motivo para que le destierren de esta corte; y qu motivo!, un
motivo por el cual se ha puesto  nivel de ese rufin, de ese mal
nacido, de ese Gil Blas de Santillana.

--Ah, ah!

--Descender hasta...

--Pero eso debe ser una calumnia.

--No, seora; el conde de Lemos ha cedido  una tentacin, y cediendo 
ella me ha ofendido  m... como que hay quien dice...

--Calumnias!

--Hay quien dice que hubiera sido capaz de llevarme de la mano y de
noche,  obscuras, al cuarto del prncipe don Felipe, solo por heredar 
mi padre en el favor del rey, como ha sido capaz de llevar al prncipe
don Felipe  los brazos de una aventurera.

El padre de la condesa de Lemos era el duque de Lerma.

--Pero quin se atreve  decir eso?

--Quien se atreve  todo; quien, arrastrndose delante de todo el que
puede darle algo, practica los ms bajos oficios; quien no se detiene ni
ante lo ms alto, ni ante lo ms grande; quien se atreve hasta  su
majestad la reina, no contndome  m, que soy su dama de honor, y
simplemente condesa de Lemos. En una palabra: don Rodrigo Caldern, 
quien tan torpemente concede mi padre toda su confianza.

--Pero estis loca, doa Catalina? Estis loca; qu clera y qu malas
tentaciones son esas?

--Acabo de recibir esta carta.

La joven sac de su seno un pequeo billete. La duquesa se estremeci
involuntariamente, porque record la carta del rey.

--Leed, leed, doa Juana, porque yo no me atrevo  leer esa carta dos
veces.

La duquesa tom la carta, se acerc  la luz, busc sus antiparras, se
las cal y ley lo siguiente:

Ayer fu  vuestra casa y estbais enferma; yo s que gozis de muy
buena salud: ayer tarde pas por debajo de vuestros miradores, y al
verme, os metsteis dentro con un ademn de desprecio; anoche hicsteis
arrojar agua sucia sobre los que taan los instrumentos de la msica
que os daba; esta maana no conteststeis  mi saludo en la portera de
damas y me volvsteis la espalda delante de todo el mundo; todo porque
no he podido ser indiferente  vuestra hermosura y os amo infinitamente
ms que un esposo que os ha ofendido, degradndose. Me habis declarado
la guerra y yo la acepto. Empiezo  bloquearos, procurando que el conde
de Lemos no vuelva en mucho tiempo  la corte. Tras esto irn otras
cosas. Vos lo queris. Sea. Por lo dems, contad siempre, seora, con el
amor de quien nicamente ha sabido apreciaros.

La duquesa, despus de leer esta carta, se qued muda de sorpresa.

--Esta carta--dijo al fin--merece...

--Merece una estocada--dijo la joven.

--No por cierto: esta carta merece una paliza.

--Pero de quin me valgo yo?  quin confo yo...?

--Mostrad esa carta  vuestro padre.

--Mi padre necesita  ese infame: adems, sta no es la letra de don
Rodrigo; se disculpar, dir que se le calumnia.

--Esperad!

--Que espere?... bah!, no seor; yo he de vengarme, y he aqu mis
tentaciones.

--Pero qu tentaciones han sido esas?

--Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad.

--Cmo!

--Decirle sin rodeos que estoy enamorada del prncipe.

--Doa Catalina!

--Que valgo infinitamente ms que otra cualquiera para querida de su
alteza.

--Y serais capaz?...

--De vengarme?... ya lo creo.

--De vengaros deshonrndoos?

--Un esposo como el mo, que se confunde con la plebe, merece que se le
iguale con la generalidad de los maridos.

--Vos meditaris.

--Ya lo creo... y porque medito me vengar del rey, que no ha sabido
tener personas dignas al lado de su hijo, mortificndole; del prncipe,
enamorndole y burlndole...

--Ah! burlndole... es decir...

--Pues qu! haba yo de sacrificarme hasta el punto de deshonrarme
ante mis propios ojos?... no... que el mundo me crea deshonrada, me
importa poco: ya lo estoy bastante slo con estar casada con el conde de
Lemos; un marido que de tal modo calumnia, solo merece el desprecio.

--Cmo se conoce, doa Catalina, que slo tenis veinticuatro aos y
que no habis sufrido contrariedades!

--Ah, s!--dijo suspirando la condesa.

--Pero supongo que no cederis  la tentacin?

--Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y de donde vengo, para no
echarlo todo  rodar: escribirme  m esta carta!

Y la condesa estruj entre sus pequeas manos la carta que la haba
devuelto la camarera mayor.

--Y si este hombre estuviese enamorado de m, sera disculpable! pero
lo hace por venganza.

--Por venganza!

--Contra mi marido, porque al procurar un entretenimiento al prncipe,
no ha tenido  mano otra cosa que la querida de don Rodrigo Caldern.

--Tal vez os ame... y aunque esto no es disculpa...

--Don Rodrigo no me ama... porque...

--Por qu?

--Porque no se ama ms que  una mujer, y don Rodrigo est enamorado
de...

--De quin?--exclam la duquesa, cuya curiosidad estaba sobreexcitada.

La de Lemos se acerc  la camarera mayor hasta casi tocar con los
labios sus odos, y la dijo en voz muy baja:

--Don Rodrigo est enamorado de su majestad.

--Explicos, explicos bien, doa Catalina!

--Ya s, ya s que un ambicioso puede estar enamorado de un rey, mirando
en su favor el logro de su ambicin; pero no he querido jugar del
vocablo; no: don Rodrigo est enamorado de su majestad... la reina.

--Ved lo que decs!... ved lo que decs, doa Carolina!--exclam la
camarera mayor anonadada por aquella imprudente revelacin, y creyendo
encontrar en la misma una causa hipottica de la desaparicin de la
reina de sus habitaciones.

--A nadie lo dira ms que  vos, seora--dijo con una profunda seriedad
la joven ni os lo dira  vos, si hasta cierto punto no tuviese pruebas.

--Pruebas!

--Od: hace dos aos, cuando estuvimos en Balsan, sola yo bajar de
noche, sola,  los jardines.

--Sola!

--En el palacio haca demasiado calor. Aconteca adems, para obligarme
 bajar al jardn, que... en las tapias haba una reja.

--Ah!

--Una reja bastante alta, para que pueda confesar sin temor que por
aquella reja hablaba con un caballero, ms discreto por cierto, ms
agudo, y ms valiente y honrado que el conde de Lemos.

--Sin embargo, creo que hace dos aos ya estbais casada.

--Y qu importa? yo no amaba  aquel caballero, ni aquel caballero me
amaba  m.

--Os creo, pero no comprendo...

--Pero comprenderis que cuando os confieso esto, os lo confesara todo.

--Pero cmo podas bajar  los jardines?

--Por un pasadizo que empezaba en la recmara de la reina, y terminaba
en una escalera que iba  dar en los jardines.

--Ah! tambin hay pasadizos en el palacio de Balsan!

--Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce.

--Ah! s! es verdad!

--Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en la recmara de la
reina, cuando su majestad se haba acostado; abra silenciosamente la
puerta de aquel pasadizo y me iba...  la reja.

--Hacais mal, muy mal.

--No se trata de si haca mal  bien, sino de que sepis de qu modo he
podido tener pruebas... de los amores  al menos de la intimidad de don
Rodrigo Caldern con la reina.

--Amores  intimidad!...--murmur la duquesa--Dios mo! pero estis
segura?

--Que s lo estoy? Una noche, cuando yo me volva de hablar con mi
amigo secreto, al pasar por detrs de unos rboles o dos voces que
hablaban, la de un hombre y la de una mujer.

--Y eran...

--Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqu cuanto pude de
puntillas, conoc... que la mujer era la reina, que el hombre era don
Rodrigo Caldern.

--Y hablaban de amores!

--Al principio... es decir, cuando yo llegu, no; conspiraban.

--Que conspiraban!

--Contra mi padre.

--Ah!--exclam la duquesa.

--Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, y que don Rodrigo
tena un bello jubn de brocado; el traje de la reina me extra, porque
record que cuando entramos  desnudarla tena un vestido negro.

--Pero... cmo...  propsito de qu conspiran... la reina y don
Rodrigo contra el duque Lerma?

--La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; y que no se
haca ms que lo que mi padre quera; que las rentas reales se iban
empeando ms de da en da; que la reina estaba humillada; que nuestras
armas sufran continuos reveses; que, en fin, era necesario hacer caer 
mi padre de la privanza del rey, para lo cual deban unir sus esfuerzos
la reina y don Rodrigo.

--Ah! ah! por el amor... hablaron de amor?...

--Don Rodrigo pidi una recompensa por sus sacrificios  la reina.

--Y la reina...

--La reina le dijo: esperad!

--Pero una esperanza!...

--Mi buena amiga: cuando una mujer pronuncia la palabra esperad! como
la pronunci la reina, es lo mismo que si dijese: hoy no, maana.

--Sin embargo, la reina, por odio al duque de Lerma, ha podido bajar
hasta decir  un hombre que pudiese servirla contra el duque: esperad!
pero bajar ms abajo!

--La reina tiene corazn.

--Es casada.

--Est ofendida.

--El rey la ama.

--El rey ama  cualquiera antes que  su mujer.

--Tengo pruebas del amor del rey hacia la reina; pruebas recientes.

--Lo que inspira la reina al rey no es amor, sino temor, y procura
engaarla sin conseguirlo. El rey quiere  todo trance que le dejen
rezar y cazar en paz, y la lucha entre la reina y mi padre le desespera.

Quedse profundamente pensativa la duquesa.

--Os repito--dijo recayendo de nuevo en su porfa--que no tengo la ms
pequea duda de que la reina inspira  su majestad un profundo amor.

--Ya os he dicho y os lo repito: no se ama  un tiempo  dos personas.

--Y el rey?...

--El rey ama  una mujer que... preciso es confesarlo, por hermosa, por
discreta, por honrada, merece el amor de un emperador. Pero vos estis
ciega, doa Juana! no habis comprendido que el rey est enamorado
hasta la locura de doa Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y
corte, y que vale tanto ms, cuanto ms desdea los amores del rey?

--Pero si doa Clara es la favorita de la reina! Queris que la reina
est ciega tambin?

--La reina sabe que si el rey ama  doa Clara, doa Clara jams
conceder ni una sombra de favor al rey, y la reina, con el desvo de
doa Clara  su majestad, se venga del desamor con que siempre su
majestad la ha mirado.

--Vamos: no, no puede ser; vos os equivocis... tenis la imaginacin
demasiado viva, doa Catalina.

--Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre.

A esta brusca salida de asunto,  como dira un msico, de tono, la
duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.

--Qu decs!-exclam.

--Mi padre, con la mana de rodearse de gentes que le ayuden, se fa
demasiado de las apariencias y comete... perdonadme, doa Juana, porque
yo s que sois muy amiga y muy antigua amiga de mi padre, pero su
excelencia comete torpezas imperdonables.

--Dudis tambin de la penetracin, de la sabidura y de la experiencia
de vuestro padre! Yo creo que si seguimos hablando mucho tiempo
acabaris por confesar que dudis de Dios.

--Creo en Dios y en mi padre.

--Se conoce--dijo la duquesa no pudiendo ya disimular su
impaciencia--que os galanteaba con una audacia infinita, antes de que os
casrais, don Francisco de Quevedo.

Coloreronse fugitivamente las mejillas de la joven.

--Y en qu se conoce eso?

--En que os habis hecho... muy sentenciosa.

--Achaques son del tiempo; hoy todo el mundo sentencia, hasta el bufn
del rey; y qu sentencias dice  veces el bueno del to Manolillo! El
otro da deca muy gravemente hablando con el cocinero mayor del rey:
Hoy en Espaa se come lo que no se debe guisar; y como el buen Montio
no le entendiese, replic sin detenerse un punto: por ejemplo, all va
un maestresala que lleva respetuosamente sobre las palmas de las manos
un platillo de cuernos de venado para la mesa de su majestad.[A]

     [A] El autor se ve obligado, para que sus lectores
     comprendan que los cuernos de venado pueden comerse,  transcribir
     la siguiente manera con que dice se tienen de condimentar:
     Francisco Martnez Montio, en la dcimosexta impresin de su _Arte
     de Cocina_,  la pg. 163, dice as: _Platillo de las puntas de los
     cuernos de venado_. Los cuernos del venado  gamo, cuando estn
     cubiertos de pelo, tienen las puntas muy tiernas. Estas se han de
     cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos
     en agua caliente, y quedarn muy blancos y hanse de aderezar con la
     tripa del venado, salvo que no se han de tostar, sino cocerlos con
     un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y chesele un
     poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una
     hora; y no se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar gnero de
     verdura. Es muy buen platillo; slo el nombre tiene malo.

     Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos  los
     que en realidad slo eran cuernos en leche; como si dijramos,
     cuernos _inferi_ por nacer  no acabados de nacer.

A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudo contener un
marcado movimiento de disgusto; reprimise, sin embargo, y dijo
procurando dar  su voz un acento conveniente:

--Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo os ha llegado al
alma, porque estis terrible, amiga ma; nada perdonis, ni aun 
vuestro padre, y voy convencindome de que por vengaros de ese hombre,
seris capaz de todo.

--Pues no? Os parece que una dama puede sufrir, sin desesperarse,
insultos tan groseros?

--Confieso que tenis razn y que en vuestro lugar...

--Vos en mi lugar, qu harais?

--Pedira consejo.

--Pues cabalmente yo no he hecho ms que pedroslo.

--Ah! yo crea que slo me habis dado  conocer vuestras tentaciones.

--Pues de ese modo os he pedido que me aconsejis.

Medit de nuevo profundamente la duquesa.

--Pues bien--dijo despus de algunos segundos--, voy  hacer ms que
aconsejaros: voy  vengaros.

--A vengarme, seora?

--Voy  hacer que por lo menos destierren de la corte  don Rodrigo
Caldern, y que levanten su destierro al conde de Lemos.

--Procurad lo primero y aun ms si podis--dijo con vivacidad la
condesa--; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por all: me
encuentro muy bien sin l.

--Sea como queris; y  propsito de ello, voy  escribir ahora mismo 
vuestro padre.

--Ah, seora! no sabr negaros nada si me desagraviis.

--Permitidme un momento, amiga ma; concluyo al instante.

La camarera mayor se acerc  la mesa, se sent delante de ella, abri
un cajn, sac papel, se cal las antiparras y se puso  escribir,
lenta, muy lentamente.

La lentitud de la duquesa consista, no en que la fuese difcil
escribir, sino en que pensaba ms que escriba.

Ni un slo momento durante la conversacin con la condesa de Lemos,
haba olvidado la posicin difcil en que se encontraba, esto es: su
posicin de camarera mayor de una reina que se haba perdido en su
recmara, mientras ella haca su servicio en la cmara.

La conversacin con la condesa de Lemos haba agravado,  su juicio,
aquella situacin; haba descubierto grandes cosas; esto es: que la
reina alentaba  don Rodrigo Caldern, confidente y secretario ntimo
del duque de Lerma,  quien lo deba todo, y que don Rodrigo, alentado
por la reina, haca una completa traicin al duque.

Entonces sospechaba si sera don Rodrigo el que haba procurado al rey
el conocimiento de aquellos pasadizos, y si sera tambin l quien, en
medio de las tinieblas, la haba amenazado con publicar sus secretos, si
no guardaba un profundo silencio acerca de los singulares sucesos de
aquella noche.

La duquesa, desde el momento, haba comprendido la necesidad de avisar
al duque de la aparicin inesperada del rey y de la no menos extraa
desaparicin de la reina; pero cuando hubo odo las terribles
revelaciones de la condesa de Lemos, vi que era de todo punto
imprescindible avisar  Lerma sin perder un segundo.

El duque tena en su casa un convite de Estado, y era de esperar que
aquella noche no viniese  palacio; la camarera mayor estaba retenida
por las obligaciones de su cargo en el alczar hasta la hora de
recogerse la reina, que era bastante avanzada; urga avisar al duque,
pero la dificultad estaba en procurarse un intermediario de confianza.

Porque es de advertir que tan enmaraada estaba la intriga alrededor de
Felipe III, que no haba de quin valerse con confianza para confiarle
una carta para el duque de Lerma.

La duquesa vi con alegra que la de Lemos, la hija querida del duque de
Lerma, interesada gravemente en que aquella carta llegase sin tropiezo 
su padre, era el intermediario que necesitaba.

Una vez tomada esta resolucin por la duquesa, su mano corri con ms
rapidez sobre el papel: llen las cuatro caras de la carta, que era de
gran tamao, con una letra gorda y desigual, en renglones corcovados;
cerr la carta, la sell y puso sobre su nema:

A su excelencia el seor duque de Lerma, de la duquesa viuda de
Ganda.--En mano propia.

--Tomad, doa Catalina--dijo la camarera mayor--; ser necesario que os
encarguis vos misma de llevar esta carta  vuestro padre.

--Yo... misma...!--contest con altivez la de Lemos.

--Menos arriesgado es esto que lo que querais hacer por vengaros de don
Rodrigo.

--Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme para nada en estos
negocios directamente...

--Pero hay un medio. Ponos un manto, tomad una litera, id por el
postigo de la casa del duque, que da  sus habitaciones.

--Peor an: qu dir quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa
de mi padre de una manera tan misteriosa?

--El que os reciba, nada os dir... no se meter en si vais encubierta 
no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que ser
al instante, entregad al criado que se os presentar, esa carta para que
lea su sobre. El criado os devolver la carta, y os llevar al despacho
de vuestro padre, que al punto ir  encontraros.

--Pero habr de darme  conocer  mi padre, me preguntar...

--De ningn modo; si vos no queris descubriros, vuestro padre no os
pedir que os descubris, y podis haceros desconocer de l y salir sin
hablar una palabra, tan encubierta como habis entrado. Pero en cambio,
vos,  quien nicamente interesa este negocio, estaris segura de que la
carta ha ido  dar en las manos de vuestro padre.

--Ir!--dijo con resolucin la de Lemos, despus de un momento de
silencio.

--Pues si habis de ir, que sea al punto.

--S, s; os agradezco en el alma lo que por m hacis, y voy  mandar
que pongan una litera.

--Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan
conoceros.

--Oh, por supuesto! Adis, doa Juana; adis, y hasta despus.

--Id con Dios, doa Catalina. Y... od: hacedme la merced de decir 
doa Beatriz de Ziga que entre.

--No quiere quedarse sola--murmur la joven saliendo--; qu misterio
ser ste?

Y llegando en la antecmara  una hermosa joven que, acompaada de otras
tres rea y charlaba, la dijo:

--Doa Beatriz, la seora camarera mayor, os llama.

La joven compuso su semblante dndole cierto aire de gravedad, y entr
en la cmara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abra la puerta
de la antecmara y desembocaba por la portera de damas.




CAPTULO III

EN QUE SE DEMUESTRA LO PERJUDICIALES QUE SON LOS LUGARES OBSCUROS EN LOS
PALACIOS REALES


La condesa de Lemos atraves en paso lento, recibiendo los respetuosos
saludos de ujieres y maestresalas, algunas galeras y habitaciones.

Lo lento del paso de la condesa, consista en que iba abismada en
profundas cavilaciones.

--Me he visto obligada--pensaba-- inventar lo de los jardines de
Balsan, y  calumniar  la reina para procurarme una venganza segura
contra el miserable don Rodrigo. La buena de doa Juana de Velasco, vale
de oro todo lo que pesa; en hablndola de mi padre, no sabe ser suya: es
mucho lo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirve la duquesa
 su excelencia, y ha tragado el anzuelo... hasta el cabo... lindezas
dir esta carta! El pensamiento ha sido diablico... pero yo necesitaba
vengarme...  conspirador, conspirador y medio, y salgan all por donde
puedan. Ah! Ah! estoy orgullosa de m misma, y creo que si yo me
dedicara  la intriga, sera... todo lo que quisiera ser.

Y la condesa, respondiendo  su pensamiento, satisfecha de su diablura,
solt una alegre carcajada.

Por fortuna, nadie haba en la galera por donde atravesaba.

--Ahora--dijo para s la condesa, continuando en su marcha y en su
pensamiento--es necesario que esta carta llegue  manos de mi padre, sin
que la lleve yo... bah! renuncio  mi venganza  trueque de que mi
padre y seor pudiera reconocerme; preferira irme  l con la cara
descubierta, y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre, que
deja estar en su destierro  su sobrino, mi seor esposo, por no
disgustar  su servicialsimo don Rodrigo, sera capaz de desairar  su
hija y de no creerla, porque su muy querido don Rodrigo no se
disgustase. Ahora, hacindole sospechar que don Rodrigo le engaa, que
le hace traicin, su excelencia, que es tan receloso, que en todas
partes ve peligros, perder de seguro  su muy amado confidente. Quin
os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo? Bien empleado os
estar todo lo que os suceda, y en vano os devaneris los sesos para
saber de dnde ha venido el golpe!

La joven sonri satisfecha de su pensamiento.

--Doa Clara Soldevilla estar en la sala de las Meninas; acaso ella,
que es valiente, que por nada se detiene, que aborrece de muerte  don
Rodrigo Caldern, llevar con placer esta carta  mi padre, en cuanto
sepa que esta carta puede hacer dao  don Rodrigo. Es necesario
inventar otra historia para engaar  doa Clara, aunque es necesario
que sea ms ingeniosa que la que he contado  la camarera mayor, porque
doa Clara tiene mucho ingenio. Y bien--dijo dndose un golpe en la
frente--: ya tengo la historia. Utilicemos el ruidoso asunto de los
amores del prncipe don Felipe con la querida de don Rodrigo; eso es,
adelante.

La condesa entr en una cmara solitaria y llam.

Presentsela inmediatamente una venerable duea.

--Qu me manda vuecencia?--dijo aquella ruina con tocas.

--Decid  doa Clara Soldevilla que venga.

--Doa Clara no est en el cuarto de las Meninas, seora--dijo la duea.

--No est acaso de servicio?

--No, seora; est en su cuarto enferma.

--Ah! est enferma?--exclam la condesa con un despecho, que la duea
tom por inters.

--Afortunadamente, seora, la indisposicin de doa Clara es un ligero
resfriado.

--Me alegro mucho: me habais dado un susto. Y dnde tiene su cuarto
doa Clara?

--Vive sola con una duea y una doncella, ms all de la galera de los
Infantes; si vuecencia quiere que la gue...

--No; no me es urgente ver  doa Clara; la ver maana. Conque decs
que vive...

--En la cruja obscura que est ms all de la galera de los Infantes,
en el nmero 10. Adems, la puerta est pintada de verde.

--Muy bien, gracias; retiros.

--La duea hizo una cumplidsima reverencia, y se retir, casi sin
volver la espalda  la condesa, que, en el momento en que se vi sola,
tom una buja de sobre una mesa, y abriendo una puerta de servicio, se
encontr en un estrecho corredor, pasado el cual, entr en una ancha
galera, medio alumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, 
excepcin de un centinela tudesco, que se paseaba gravemente en la
galera y que, al ver  la condesa, se detuvo y al pasar ella por
delante de l, di un golpe con el cuento de la alabarda en el suelo, 
cuyo saludo contest la joven con una ligera inclinacin de cabeza.

La condesa se perdi por una pequea puerta al fondo.

La galera que acababa de atravesar era la de los Infantes; el lugar en
que haba entrado, era una galera densamente lbrega, en la cual
resonaban los pasos de la condesa de una manera sonora.

La de Lemos iba ceida  la pared del lado izquierdo, con la buja
levantada, mirando los nmeros pintados sobre las puertas, y ya haba
recorrido un gran espacio sin encontrar el nmero 10, ni la puerta
verde, cuando oy al fondo de la galera ruido de pasos lentos y
marcados, como los de un hombre que anda pesadamente y con dificultad.

Mir la de Lemos al lugar de donde provena el ruido, y slo vi la rea
luminosa de la linterna.

El que la llevaba estaba envuelto en la sombra.

La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera querido que nadie la
viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta.

El de la linterna se detuvo tambin.

--Quin va?--dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente
sarcstico; esto es: con un acento que pareca estar acostumbrado de tal
modo  expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase ms
indiferente.

--Ah! Dios mo! si ser? pero no! no puede ser! si estaba preso!
Quin va?--aadi con inters la condesa.

--Ah!--dijo el hombre--; yo soy, Digenes trasegado, que anda en busca
de un hombre y no le hallo.

--Y yo soy una dama andante, que busca  una mujer y no la encuentra.

Acercbanse entretanto los dos interlocutores.

--Pero hallo una mujer--dijo el de la linterna--, lo que no es poco, y
me doy por bien hallado.

--Y yo--dijo la condesa con afecto--encuentro un hombre, y me doy por
satisfecha.

--Ah! doa Catalina!

--Ah! don Francisco!

A este punto, don Francisco y doa Catalina estaban  muy poca distancia
el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la buja y
de la linterna.

Era don Francisco un hombre como de treinta aos, de menos que mediana
estatura, y ms desaliadamente vestido que lo que convena  un
caballero del hbito de Santiago, cuya cruz roja mostraba sobre el
ferreruelo. Tena la actitud valiente del hombre que nada teme y se
atreve  todo; mostraba los cabellos un tanto ms largos que como se
llevaban en aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida;
la ceja negra y poblada, y al travs del vidrio verdoso de unas anchas
antiparras montadas en asta negra, dejaba ver dos grandes ojos negros,
de mirada fija, chispeante, burlona y grave  un tiempo, inteligente,
altiva, picaresca, desvergonzada, escudriadora: mirada que se rea,
mirada que suspiraba, mirada _pandmonium_, si se nos permite esta
frase,  cuyo contacto se encoga el alma de quien era mirado por ella,
temorosa de ser adivinada  de ser lastimada; aquellos dos ojos estaban
divididos por una nariz aguilea de no escaso volumen, y bajo aquella
nariz y un poblado bigote, y sobre una no menos poblada pera, sonrea
una boca en que pareca estereotipada una sonrisa burlona, pero con la
burla de un sarcasmo doloroso.

Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas, gran filsofo, gran
telogo, gran humanista, gran poeta, gran poltico, gran conspirador,
caballero del hbito de Santiago, seor de la torre de Juan Abad,
epigrama viviente, desvergenza ambulante, gran bufn de su siglo, que
acoga con carcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba  la
cara.

Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos con deleite,
perdonndole su cinismo, su escepticismo, su desvergenza; ese grande
ingenio  quien amamos, por lo que nos entretiene y por lo que nos
ensea; ese hombre,  quien acaso ennoblecemos,   quien no
comprendemos tal vez; esa colosal figura, colocada la mitad en luz y la
mitad en sombra.

--Vos por aqu, don Francisco?--dijo la condesa sin disimular su
alegra, alegra semejante  la de quien de una manera inesperada tiene
un buen encuentro.

[imagen:--Ah, doa Catalina!--Ah, don Francisco!]

--San Marcos llora; all le dejo entregado  su viudez, y  los
cannigos escandalizados de que Lerma se haya atrevido  tanto: all se
quedan llorando, porque ya no tienen quien les haga llorar... de risa, y
yo me vengo aturdido  la corte, porque ya no tengo al lado, en un
consorcio infame,  quien me haca reir de... rabia.

--Siempre tan desesperado!--dijo con acento conmovido la joven.

--Y siempre vos tan buena!--dijo Quevedo,  cuyos ojos asom una
lgrima-; tan buena!... tan hermosa y tan desgraciada!--pero cambiando
repentinamente de tono, dijo:--conque el rey que os cas mal, os ha
desmaridado bien?

--Cmo! sabis?...

--S que por meterse en oficios de duea, y por el pecado de torpe, anda
por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi seor.

--Pero vos lo sabis todo!acabis de llegar!...

--Spelo en San Marcos, y fu un da grande para m; el nico de
grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte
 vuestro marido, y  m me permita venir  enterrarme en ella,  mejor
dicho,  enojarme.

--A enojaros!

--S por cierto,  enojarme en vuestros ojos.

--Ah, don Francisco!, el amor deba tener un declogo.

--Torpe soy!

--Vos torpe?

--Si no os entiendo!,  no ser que el declogo del amor empezase de
esta manera: el primero, amar  la condesa de Lemos sobre todas las
cosas.

--Bien decs que sois torpe; el declogo del amor deba decir: el
segundo no galantear en vano.

--Porque s que en vansimo enamoro, digo que viniendo  la corte, me
entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie
pise mi alma en su sepultura.

--Acabaris por enfadarme, don Francisco--dijo con seriedad la condesa.

--Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? nublaros cuando yo amanezco?

--Es decir, que os alegris de mi abandono?

--Algrome de vuestra resurreccin!

--Es que yo no me he muerto.

--Os enterraron en el matrimonio, ponindoos por mortaja al conde de
Lemos. Cmo queris que no me alegre, cuando os desamortajan y os
desentierran? Cmo queris que no exclame?

      Conde que te has condenado,
    porque pecar no has sabido:
    bien casado, mal marido,
    gurdete Dios, desterrado!

--Sois terrible!--exclam riendo la condesa.

--Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San
Marcos, que an me duran las ansias; donde piso, dejo stiras; de donde
escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas.
Pero prometo,  fe de Quevedo, no volver  hablaros sino en lisa prosa
castellana.

--Sin jugar del vocablo?

--Lo otorgo.

--Ni del concepto?

--No me atrevo  jurarlo, porque me tenis tan presa el alma y os teme
tanto, que no sabe por dnde escaparse.

--Siempre que no me hablis de amor... ya sabis donde vivo.

--Me aprovechar de vuestra buena oferta, y me contentar con adoraros
en xtasis.

--Es que yo no quiero veros idlatra. Pero dejando esta conversacin,
que os lo aseguro, me disgusta,  dnde bais por aqu?

--Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, y voy  buscarle 
casa del duque de Lerma, vuestro padre, donde segn dicen le habr
hallado.

--Vais  casa de mi padre?

--No, por cierto, voy  buscar al cocinero de su majestad.

--Qu, se encuentra en casa de mi padre?

--All est prestado.

--Queris hacerme un favor, don Francisco?

--No sabis que podis mandarme?

--Pues bien: os mando que llevis esta carta  donde ese sobrescrito
dice.

--Al duque de Lerma, en propia mano--dijo Quevedo.

Y se qued profundamente pensativo.

--S que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio!
Pero...

--Me lo pagaris?...

--Os lo... agradecer en el alma.

--Ir!--dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolucin.

--Y no queris saber el contenido de esta carta?

--Me importa poco.

--Podr suceder...

--Me importa menos.

--Adis--dijo precipitadamente la condesa.

--Por qu?...

--Suenan pasos, y se ven luces--dijo la de Lemos--. Si nos encontraran
aqu juntos...

Quevedo apag la luz de la condesa de un soplo, y luego sopl su
linterna.

--Qu hacis?--dijo la condesa, que se sinti asida por la cintura y
levantada en alto.

--Desvanecerme con vos  fin de que no nos vean.

--Soltad,  grito.

--Pueden conoceros por la voz.

--Traen luces y nos vern!

--All hay unas escaleras.

Y luego se oy el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la
galera.

Luego no se oy nada, sino los pasos de algunos soldados que iban 
hacer el relevo de los centinelas.

Uno de ellos llevaba una linterna.

--Qu es esto?--dijo el sargento tropezando en un objeto--un candelero
de plata con una buja.

--Y una linterna de hierro.

--Las acaban de apagar.

--Cuando entramos haba aqu una dama y un caballero.

--Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. En palacio y en la
inquisicin, chitn.

Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamente la galera.

Poco despus se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo.

--Buscad mi candelero--dijo con la voz conmovida la de Lemos.

--Y mi linterna--contest con un acento singular Quevedo.

--Ved que sta es mi mano--dijo la condesa.

--No crea que estuviseis tan cerca de m.

--Ah! ya he dado con l.

--Ya he dado con ella.

--Adis, don Francisco! maana me encontraris todo el da en mi casa.

--Adis, doa Catalina! maana ir  veros... si no me encierran.

--Adis!

--Adis!

--Oh, Dios mo!--murmur la condesa alejndose entre las tinieblas--,
creo que no me pesa de haberle encontrado. Amar yo  Quevedo?

Entre tanto, Quevedo, adelantando en direccin opuesta, murmuraba:

--Captulo VI. De cmo no hay virtud estando obscuro.

Poco despus extinguise de una parte el crujir de la falda de la
condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo.




CAPTULO IV

ENREDO SOBRE MARAA


Quevedo sali del alczar, se puso en demanda de la casa del duque de
Lerma y se entr desenfadadamente en un destartalado zagun, cuya puerta
estaba abierta de par en par.

Aquel zagun, hijo genuino del siglo XVI,  pesar de su irregularidad,
de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamente pintadas de rojo y
blanco imitando fbrica, no dejaba de ser suntuoso y caracterstico,
como representante de la poca de transicin llamada del Renacimiento.

Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en sus vanos, sostenido
sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete, as como una escalera
de mrmol con rica balaustrada del gnero gtico florido, parecan
demandar otras paredes y otro pavimento, menos pobres, menos rudos; un
enorme farol colgado del centro del techo, otro farol ms pequeo
pendiente de un pescante de hierro y que comparta su luz entre un nicho
en que haba un Ecce-homo de madera, de no mala ejecucin, y un enorme
escudo de armas tallado y pintado en madera; seis hachas de cera,
sujetas  ambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farol
pendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eran las luces
que iluminaban el zagun, y dejaban ver las gentes que en l haba.

Eran stas dos lacayos aristocrticamente vestidos con una especie de
dalmtica  balandrn negro, con bandas diagonales amarillas, color y
emblema de la casa Sandoval; un hombre vestido de camino, rebozado en
una capilla parda, que estaba sentado en un largo poyo de piedra que
corra  lo largo de la pared en que se notaban la imagen y el escudo de
armas, y una especie de matn que echado de espaldas contra una de las
pilastras de la puerta, dejaba ver bajo el ala de su sombrero gacho, un
semblante nada simptico, y nada  propsito para inspirar confianza.

Los dos lacayos  porteros se paseaban  la ancho del zagun, apareados,
hablando de una manera tendida, y riendo con una insolencia lacayuna; el
joven embozado del poyo, miraba de una manera hosca  los porteros, y el
matn de la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilante en el
de la capilla parda, locutario del poyo.

Al entrar en el zagun, Quevedo, que cuando iba  ciertos lugares,
especialmente para entrar en ellos no desatenda ninguna circunstancia,
y todo lo abrazaba de una mirada rpida, oculta, hasta cierto punto, por
el verdoso vidrio de sus antiparras, se detuvo de repente junto al
hombre que estaba en la puerta, le di frente y le dijo encarndosele:

--Cmo tu aqu?

Afirmse sobre sus plantas aquel hombre, y clav sus ojos en Quevedo.

--Ah! es vuesa merced!

--Yo te daba ahorcado.

--Y yo  vuesa merced desterrado.

--Pues encuntrome en mi tierra.

--Y yo sobre mis canillas.

--Gran milagro!

--Sirvo  buen amo.

--A su excelencia?...

--Decs bien: porque sirvo  don Rodrigo Caldern...

--Criado del duque de Lerma!conque eres?...

--Medio lacayo...

--Medio requiem...

--Decs bien.

--Quin agoniza por aqu?

Lanz el matn una rpida mirada de soslayo al hombre que estaba en el
poyo.

--Ah!--dijo Quevedo siguiendo tambin de soslayo aquella mirada--. Y
quin es l?

--Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, tambin debo mucho 
don Rodrigo y...

Son Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matn cambi de tono.

--Pero qu importa  vuesa merced?... no ha perdido vuesa merced la
aficin  saberlo todo?

--Ven ac, Francisco; ven ac,  lo obscuro, hijo, que en ninguna parte
se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor
dinero quien, como t, gastas vergenza, que  obscuras. Ven ac, te
digo, y si quieres embuchar, desembucha.

Sigui aquel hombre  Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de
nadie pudieron ser vistos ni odos, dijo Quevedo:

--El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa ma.

--Ah!es cosa vuestra... ese mancebo?... pero cmo le ha conocido
vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos?

--Ver claro cuando est obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas
necesarias  todo buen hidalgo cortesano; y ms en estos tiempos en que
es tan fcil  medio rodeo dar con la torre de Segovia; hermano Juara,
vomita!

--No me atrevo: don Rodrigo...

--Ni acua mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que
yo llevo.

--Pero don Francisco!

--O al son de mi bolsa cantas,  si te empeas en callar, hablan de ti
maana en la villa. Conque hijo, qu quiere don Rodrigo con mi
pariente?

--Vuestro pariente es ese mozo?

--Archinieto de una archiabuela ma, que era tan noble persona que ms
arriba que el suyo no hay linaje que se conozca.

--Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco?

--Por mi hbito te prometo que nadie ha de saber el mal conocimiento que
tengo contigo. Desembucha, que ya es tarde y hace fro, y no es justo
que me hagas ayudarte tanto  ganar un dobln de  cuatro; y el tal
dobln es de los buenos del emperador, que anduvieron escondidos por no
tratar con herejes.

Y Quevedo son otra vez su bolsillo.

--El cuento es muy corto. Figuros que yo, por orden de don Rodrigo,
estoy desde el obscurecer acechando  los que salen del alczar por la
puerta de las Meninas.

--Palaciega historia tenemos.

--Figuros que poco despus baja una dama por las escalerillas de las
Meninas, y se mete en una litera.

--Dama y tapada?

--S, seor.

Ests seguro que no era duea?

--Andaba erguida y transcenda  hermosa.

--Buen olor tiene tu cuento. Y quin era ella?

--No lo s; don Rodrigo me haba dicho solamente: si sale de palacio una
dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto  los
ojos, y halda hasta el suelo, sigue  esa dama.

--He aqu unas seas capaces de volver el seso  Orlando Furioso.
Seguiste  la dama?

--Iba  hacerlo cuando lleg don Rodrigo.--Ha salido? me pregunt.--S,
seor.--En litera?--S, seor.--Por dnde va?--Por aquella calleja se
ha metido.--Don Rodrigo tira adelante y yo detrs de l; henos aqu
metidos en una aventura. Llova...

--Aventura completa.

--Estaba obscuro.

--Mejor aventura.

--Par la litera, y sali la dama.

--Entrse dnde?

--Sigui adelante.

--Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que
encanta.

--Pero de repente, al volver una esquina, htenos  la tapada asida de
un embozado.

--Lluvia y tinieblas? tapada y embozado?... buscona adobada y pollo
que miente gallo.

--Ms alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara, lance tenemos;
estocadas barrunto. Espada de gavilanes traigo y daga de ganchos. No se
trata de que me ayudes... para un hombre otro hombre!

--Aventura con milagro!

--Qu milagro hay hasta ahora?

--Que don Rodrigo Caldern no vea ms que un hombre, cuando tiene
delante un enemigo.

--Don Rodrigo es valiente...

--Pero ms valido. Y en cuanto  valor no niego que es mucho el
valimiento del tal, como que de todo se vale para valerse: vlame Dios
con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y ten presente de no mentir. Qu hubo
al cabo?

--Hubo que don Rodrigo me dijo--: No conozco  quien la acompaa;
persona debe ser cuando tan tirado platican y tan despacio caminan.
Podr suceder que cuando llegue el caso ese hombre me venza. Anda y
busca una ronda, Juara.

--Y hubo lance?

--Lance hubo.

--Hubo sangre?

--Hubo un desarme...

--Quin mand?

--El embozado del portal.

--Ah! Pues no saba yo que tena tan buen pariente.

--Llegu con la ronda, pero tarde: segu  ese embozado de orden de don
Rodrigo, metise aqu, pretendi pasar de las escaleras, sin
conseguirlo, y hace una hora que l est all sentado, y que yo le estoy
dando centinela.

--Por el cuento--dijo Quevedo, sacando una moneda del bolsillo--; porque
pierdas la memoria--y sac del bolsillo otra moneda.

--La memoria de qu?--dijo Juara.

--De que me has visto en tu vida.

Y sin decir ms, rebozse y se entr gentilmente por el zagun.

Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le mir fijamente.

--Mucho os tapis--le dijo.

--Hace fro--contest el otro con mal talante.

--Quien por damas se enzaguana--dijo don Francisco--,  es tonto 
merece serlo.

--Yo os conozco, vive Dios!--dijo el de la capilla ponindose de pie y
dejando caer el embozo.

--Mi buen Juan!--exclam con alegra Quevedo.

--Mi buen Quevedo!--exclam con no menos alegra Juan Montio, que l
era.

-Diez aos me dais de vida; apretad! apretad recio!

--Que me place! siempre el mismo!

--No tal; contempladme espectro.

--Vos espectro!

--Qued pobre.

--Pobre vos!

--Y... vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hay un mundo de
por medio. En prisiones me han tenido, y hoy  la corte me vuelvo  ser
pelota de tontos y pasadizo de enredos.

--Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al ms topo cuando
queris, sois el mismsimo Quevedo de hace tres aos; cinco minutos lo
menos hemos estado hablando en romance.

--Ah! s, tenis razn; sudo para hablar en prosa, ni ms ni menos que
le acontece  Montalvn cuando quiere hablar en verso,  como al duque
de Lerma cuando no encuentra cosa  qu echar el guante.

--Por la Virgen! ved que estamos en casa del duque, y que nos escuchan
sus criados!

--Pues mejor!

--Mejor? no entiendo.

--Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo, llegan verdades
sopladas, y ganan ciento por ciento. Pero volviendo  nosotros, mal
hayan, amn, los versos! se me escapan como el flato. Juro  Dios!...

--Guardad, Quevedo!

--Decs bien; no est en mi mano; es ya enfermedad de perro; comezn,
archimana. Qu buscis aqu?

--Pretendo...

--Lo vis? vos tenis la culpa.

--Yo la culpa?

--S por cierto; me buscis el asonante.

--Sois terrible!

--Soy... Quevedo. Habis acompaado  una dama?

--S; quin os lo ha dicho?

--Los enredos son mi sombra; en viniendo yo  la corte, se vienen  mi
los tales  bandadas, y lo que es peor, enrdanme, me sofocan, me traen
de ac para all, me sudan y me trasudan, y ni con reliquias de santo
que lleve encima, dejan de acometerme. Pero volviendo  vuestra
aventura, Erase una tapada...

--Tapada era.

--...alta y garrida...

--S!

--...ancha de hombros, alta de seno, manto  los ojos, y halda hasta el
suelo.

--Conocisla?

--No, y vos?

--Tampoco.

--Pero no habis reido por ella?

--S.

--No habis vencido?

--S.

--Y dnde la habis dejado?

--Se fu sola.

--Y no vens aqu por ella?

--Ah! no!

--Y no habis vislumbrado quin ella sea?

--La tengo por principal.

--Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de
una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un
quiero. Desconfiad de carta de duea como de pastel de hostera, y sobre
todo, recibidme por maestro. Dnde vivs?

--No lo s an; y vos?

--Yo... vivo aqu.

--Acabis de llegar?

--Ya os lo dije; torno  esta tierra, de un destierro.

--Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fu  buscar  mi to  palacio;
llovieron sobre m aventuras y desventuras, porque esos porteros, 
quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada  mi to.

--Y quin es ese vuestro to?

--El cocinero de su majestad.

--Francisco Martnez Montio! pues me alegro, hombre sois!

--Cmo!

--Ah es nada! con to en palacio, cocinero de su majestad y
enredador, avaro y celoso! cuando os digo que habis hecho suerte! ya
veris; ahora, si os importa ver vuestro to, seguid  mi lado, ni ms
ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza,
fruncido el ceo, y por no dar, que el dar daa, no les deis ni las
buenas noches.

Y Quevedo tir hacia las escaleras, desde en medio del portal donde
haba estado hablando con Juan Montio.

Al ver acercarse  un caballero del hbito de Santiago,  quien haban
odo hablar mal de su seor, porque Quevedo haba levantado la voz para
llamar ladrn al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan
amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinndose, y sin duda
tambin porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la
capilla parda, no se les ocurri ni una palabra que decirle.

Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras:

--Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para
salir de algunas, slo sirve cruz de acero.

--Qu decs?--le pregunt Juan Montio.

--Digo que al entrar aqu, no somos hombres.

--Pues qu somos?

--Ratones.

--Supongo que mi to no ser el gato?

--No, porque vuestro to es comadreja.

--Dnde vais, caballero?--dijo  Quevedo un criado de escalera arriba.

Quevedo no contest, y sigui andando.

--No os? dnde vais?--repiti el sirviente.

--No lo veis? voy adelante--contest sin volver siquiera la cabeza
Quevedo.

--Perdonad--dijo el lacayo, que alcanz  ver en aquel momento la cruz
de Santiago en el ferreruelo de don Francisco.

Entraron en una magnfica antecmara estrellada de luces y llena de
lacayos.

El lujo de aquella antecmara en la casa de un ministro, era
escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del
Giotto; tapiceras flamencas; lmparas admirables; puertas de las
maderas ms preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un
tesoro, en fin, invertido en objetos artsticos.

Una antecmara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prlogo que
haca presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales.

--He aqu, he aqu el sumidero de Espaa!--murmur entre su embozo
Quevedo--; ah don ladrn ministro! ah sanguijuela rabiosa! Tntalo de
oro! chupador eterno! para qu se han hecho los dogales!

Y adelant.

--Od--dijo Quevedo  uno que atravesaba la antecmara, llevando una
fuente vaca.

--Qu me mandis, seor?--contest detenindose el lacayo.

--Llevad  este hidalgo  donde est su to.

--Perdonad, seor; pero quin es el to de este hidalgo?

--El cocinero del rey.

--Seguidme--dijo el joven  Quevedo, estrechndole la mano.

--Nos veremos--contest Quevedo.

--Dnde?

--Adis.

--Pero dnde?

--Nos veremos.

Y volviendo la espalda al sobrino de su to, se emboz en su ferreruelo,
y se fu derecho  un maestresala que cruzaba por la antecmara.

Al ver el maestresala que se le vena encima una figura negra y
embozada, donde todos estaban descubiertos, di un paso atrs.

--No soy duea--dijo Quevedo.

--Qu queris?--dijo el maestresala con acento destemplado.

--Decid  su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Ganda.

Di otro paso atrs el maestresala.

--Mirad--dijo Quevedo ganando aquel paso.

Y mostr al maestresala el sobrescrito de la carta que le haba dado la
de Lemos.

--Acabramos--dijo el maestresala--; con haber dicho que tenais que
entregar  su excelencia en propia mano...

--Esta carta viene sola.

Mir con una creciente extraeza el maestresala al bulto que tena
delante, y se entr por una puerta inmediata.

Poco despus volvi y dijo  Quevedo:

--Podis seguirme.

--S puedo--dijo don Francisco; y tir adelante, siguiendo al
maestresala, que despus de haber atravesado algunas habitaciones ms
suntuosas y mejor alhajadas que las de palacio, abri con un llavn una
mampara, y dijo  Quevedo:

--Pasad y esperad; mi seor me manda rogaros le perdonis si tardare.

Y el maestresala cerr la mampara.

--Perdonar! ver si perdono--dijo Quevedo adelantando, meditabundo, en
la habitacin donde le haban dejado encerrado--; esperar! s... tal
vez... espero... espero... he entrado con buena suerte en Madrid... y
vamos... s... yo no crea... me ha puesto de buen humor esta pobre
condesa, y he encontrado  ese noble joven por quien nicamente vengo 
Madrid. Casualidades! una mujer que puede servirme, un joven  quien
tengo el deber de servir, y una carta que no s lo que contiene, pero
que ver leer; y ver leer, cuando se sabe ver, es lo mismo que leer 
mejor... pues bien, mejor! y la tapada que ha acompaado ese valiente
Juan... y las estocadas de ese caballero con don Rodrigo Caldern...
enredo! enredo! y del enredo dos cabos cogidos! esta misma espera me
ayuda; esperemos, pero esperemos pensando.

Y Quevedo se emboz perfectamente en su ferreruelo, se sent en un
silln, apoy las manos en sus brazos, reclin la cabeza en su respaldo
y extendi las piernas, despus de lo cual qued inmvil y en silencio.




CAPTULO V

SIN DINERO Y SIN CAMISAS!


El lacayo que guiaba  Juan Montio le llev por un corredor  una gran
habitacin donde, sobre mesas cubiertas de manteles, se vean platos de
vianda.

En aquella habitacin se vean adems lacayos que iban y venan, entre
los cuales, como un rey entre sus vasallos, se vea un hombrecillo
vestido de negro con un traje nuevo de pao fino de Segovia,
observndose que en las mangas ajustadas de su ropilla faltaban los
puos blancos.

Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, los entregaba  los
lacayos, decales la manera que haban de tener para llevarlos y
servirlos, y no paraba un momento, yendo de una mesa  la otra con una
actividad febril, con entusiasmo, casi con orgullo, como un general que
manda  sus soldados en un da de batalla.

Aproximndose ms  este hombre se notaba: primero, que tena cincuenta
y ms aos; segundo, que tena los cabellos mitad canos, mitad rubio
panocha; tercero, que su fisonoma marcaba  un tiempo el recelo, la
avaricia y la astucia; cuarto, que  pesar de todo esto, haba en aquel
semblante esa expresin indudable que revela al hombre de bien; quinto,
que era rgido, minucioso  intransigible con las faltas de sus
dependientes en el desempeo de su oficio; sexto y ltimo, que emanaba
de l cierta conciencia de potestad, de valimiento, de fuerza, que le
daba todo el aspecto de un personaje _sui generis_.

Por lo dems, este hombre tena la cabeza pequea, el cuerpo enjuto y
apenas de cuatro pies de altura; el semblante blanco, mate y surcado por
arrugas poco profundas, pero numerosas; la frente cuadrada, las cejas
casi rectas, los ojos pequeos, grises y sumamente mviles; la nariz
afilada; la boca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, el
pelo de la barba, cano, lo que poda notarse en su bigote y su perilla,
porque el resto estaba cuidadosamente afeitado.

A este hombre lleg el lacayo conductor del joven, que haba quedado 
poca distancia, y le dijo:

--Seor Francisco Montio!...

--En, dejadme en paz!, no os toca  vos--dijo el seor Francisco
tomando una fuente de plata con un capn asado y dndole  otro lacayo.

--Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino...

--Mi sobrino!...--dijo el cocinero del rey--; yo no tengo sobrinos;
llevad bien esa nade, Cristbal.

--Sois vos el seor Francisco Martnez Montio?--dijo Juan Montio
adelantando.

--S, por cierto, que as me nombro--contest el cocinero del rey dando
 otro lacayo otro plato, y sin volverse  mirar  quien le hablaba.

--Pues entonces--repuso el joven--sois mi to carnal, hermano de mi
padre Jernimo Martnez Montio.

--Eh? qu decs?--repuso el seor Francisco volvindose ya  mirar 
quien le hablaba.

Y apenas le vi su fisonoma tom una expresin profundamente reservada.

--Diablo!--murmur de una manera ininteligible--y es verdad! y cmo
se parece !... perdonad un momento... eh! Gonzalvillo! hijo, que
vertis la salsa de la alcaparra! animales! para esto se necesitan
manos mejores que vuestras manos gallegas. Conque qu decais?--aadi
volvindose al joven.

--Digo, que acabo de llegar--dijo Juan Montio con cierta tiesura,
excitado por el carcter repulsivo de su to.

--Pero de dnde acabis de llegar?...

--De Navalcarnero.

--Ah! y quin os enva?

[imagen: El cocinero de Su Majestad.]

--Pudiera suceder muy bien que hubiera venido slo por conocer al
hermano menor de mi difunto padre; pero no he venido por eso; vengo
porque me enva mi to Pedro Martnez Montio, el arcipreste.

--Ah! os enva mi hermano el arcipreste! perdonad, perdonad otra vez;
estos pajes... eh! dejad ah esas fuentes; son de la tercera vianda,
venid para ac! pero seor, qu hacen esos veedores? ahora tocan las
empanadas de liebre, los platillos  la tudesca y las truchas fritas.

Juan Montio empezaba  perder la paciencia; su to interrumpa  cada
paso su dilogo con l para acudir  cualquier nimiedad; se le iba, se
le escapaba de entre las manos, y no le prestaba la mayor atencin; pero
si Juan Montio hubiera podido penetrar en el pensamiento de su to,
hubiera visto que desde el momento en que haba reparado en su
semblante, el cocinero del rey haba necesitado de todo su aplomo, de
toda su experiencia cortesana para disimular su turbacin.

Consista esto en que tena delante de s un sobrino  quien no conoca,
y del cual en toda su vida slo haba tenido dos noticias dadas de una
manera tal que bastaba para meter en confusiones  otro menos receloso
que el cocinero del rey.

Veinticuatro aos antes, cuando el seor Francisco Montio slo era
oficial de la cocina de la infanta de Portugal doa Juana, es decir,
cuando se encontraba al principio de su carrera, haba recibido de su
hermano Jernimo la lacnica carta siguiente:

Hoy da del evangelista San Marcos, ha dado  luz mi mujer un hijo: te
lo aviso para que sepas que tienes un criado  quien mandar.

Francisco Montio se qued como quien ve visiones: saba que su cuada
Genoveva era una cincuentona que jams haba tenido hijos y que haba
perdido, hacia mucho tiempo, la esperanza de tenerlos; la noticia de
aquel alumbramiento inverosmil, haba venido de repente sin que le
hubiese precedido en tiempo oportuno la noticia del embarazo; por otra
parte, la carta en que Jernimo Montio se confesaba padre, no poda ser
ms seca ni ms descarnada.

Francisco Montio ley tres veces la carta cada vez ms reflexivo, se
encogi al fin de hombros, y dijo, guardando cuidadosamente la carta:

--Qu habr aqu encerrado?

Era necesario contestar, y Francisco Montio, en su contestacin, se
templ al tono de la carta de su hermano:

He recibido la noticia--le deca--de que tu mujer ha dado  luz una
criatura, y me alegro de ello cuanto t puedas alegrarte.

Despus, en ninguna de las cartas que se cruzaban peridicamente entre
los dos hermanos, volvi  nombrarse al tal vstago, ni en las potsdatas
que sola poner  las cartas de Jernimo, Pedro, que entonces era
simplemente beneficiado.

Pasaron as veintids aos: pero al cabo de ellos, Francisco Montio,
que ya haba llegado  la cspide de su carrera siendo, hacia tiempo,
cocinero de Felipe III, recibi una carta de su hermano Jernimo
concebida en estos trminos:

Estoy muy enfermo; el mdico dice que me muero. Si esto sucede, podr
suceder que Juan Montio, mi hijo, vaya  la corte. Algn da podr
convenirte el que hayas servido  ese muchacho.

--Qu habr aqu encerrado?--dijo Francisco Montio despus de haber
ledo tres veces esta carta, como la otra fechada haca veintids aos
en el da de San Marcos.

Jernimo muri al fin; haban pasado dos aos sin que el seor Francisco
recibiese noticias de su sobrino, cuando su sobrino se le present de
repente como llovido del cielo y portador de una carta de su hermano el
arcipreste; aquella carta poda ser la resolucin del misterio, y como
este misterio se haba agravado para Montio desde el momento en que
haba credo encontrar en el semblante del joven ciertos rasgos de
semejanza con una alta persona  quien conoca demasiado, sinti una
comezn aguda por apoderarse de aquella carta; pero siempre cauto y
prudente disimul aquella comezn, afect la mayor indiferencia hacia su
sobrino, y slo volvi  anudar el interrumpido dilogo con el joven,
despus de haber dado  los pajes dos docenas de platos y seis docenas
de rdenes y advertencias.

--Venid, venid ac, sobrino--dijo ya con menos tiesura, llevndole  un
aposentillo situado cerca de la repostera, en el que se encerraron. He
servido ya la segunda vianda, y hasta que sea necesario servir la
tercera pasar un buen espacio. No extrais el que yo os haya prestado
poca atencin; con seores como el duque de Lerma, que gozan del favor
de su majestad, hasta el punto de que su majestad se quede un da sin
cocinero, porque su cocinero les sirva, toda diligencia es poca. Me
alegro mucho de conoceros. Sois un gentil mozo, aunque no os parecis ni
 vuestro padre ni  vuestra madre; mi hermano era as poco ms  menos
como yo, lo que no impeda que fuese un valiente soldado del rey, y mi
cuada, vuestra madre, fu en sus mocedades un tanto cuanto oronda y
frescota, pero era fea y morena que no haba ms que pedir; vos sois muy
gentil hombre, blanco y rubio, como si dijramos, la honra de la
familia, porque ya me estis viendo y ya sabis lo que fu vuestro padre
y lo que es vuestro to Pedro.

--Ah!--dijo el joven,  quien desarm completamente la insidiosa charla
de su to Francisco--; vuestro pobre hermano, seor, acaso estar en
estos momentos en la presencia de Dios.

Psose notablemente plido el seor Francisco, lo que demostraba que
amaba  su hermano.

--Cmo!--dijo--. Pues tan enfermo se halla?

--Tan enfermo, que esta maana, despus de haber hecho testamento, me
llam y me dijo:--Juan, es necesario que te vayas  Madrid en busca de
tu to Francisco, yo me muero; es necesario que antes de que yo muera
reciba mi hermano esta carta, que he escrito con mucho trabajo esta
noche.--Y sac de debajo de la almohada esta carta cerrada y sellada que
me entreg.

El joven sac del bolsillo interior de su ropilla una gruesa carta
cuadrada, en la que fij una mirada ansiosa, pero rpida, imperceptible,
el cocinero del rey.

--A vos est dirigida esta carta por mi to moribundo--dijo el joven con
voz conmovida--, y  vos la entrego. Mi buen to Pedro,  pesar del
deplorable estado en que se encontraba, me encomend tanto que era
necesario que recibierais cuanto antes esta carta, que ensill 
Cascabel, creyendo que podra tirar todava de una jornada, y  duras
penas he podido llegar al obscurecer. El pobre jaco est tan viejo!

--Y cundo salsteis de Navalcarnero, sobrino?

--Antes del amanecer.

--Diez horas para cinco leguas!

--Todo lo que haba en casa muere; slo quedamos vos y yo.

--Bah! bah!--dijo Montio guardando en los bolsillos de sus gregescos
la carta de su hermano--, no nos aflijamos antes de tiempo; vuestro to
Pedro ha estado dos veces  la muerte, y una de ellas oleado y con el
rostro cubierto.

--Pero  la tercera va la vencida--dijo el joven.

--A la tercera...

Al pronunciar Francisco Montio estas palabras, tena el pensamiento en
la carta de su hermano.

--Quin sabe? quin sabe?--aadi Montio--; ya es viejo, como que
naci diez aos antes que yo, y he cumplido ya los cincuenta y cinco.
Pero qu le hemos de hacer? Y vos?... qu sois vos?... soldado, eh?

--No, seor; soy licenciado...

--Licenciado!... no entiendo!... de qu licencias hablis?...

--He estudiado teologa y derecho en la Universidad de Alcal.

--Ah!

--Muchas veces heme dicho: tengo un to en palacio... bien pudiera mi
to procurarme un oficio de alcalde  corregidor.

Fruncise un tanto el gesto del cocinero del rey.

--Pero no he querido incomodaros--aadi el joven.

--Habis pensado prudentemente, sobrino, porque me hubiera incomodado
mucho no haber podido serviros.

--Sea como Dios quiera--dijo Juan Montio.

La conversacin haba entrado en un terreno sumamente escabroso para el
cocinero mayor.

--Sobrino--le dijo--, me es forzoso dejaros; ya es tiempo de servir la
tercera vianda. Dnde tenis vuestra posada,  fin de que yo pueda
veros?

--En ninguna parte, seor.

--Cmo! pues dnde habis dejado vuestro caballo?

--En las caballerizas de su majestad.

--Diablo!

--Y contaba tambin con vivir en palacio, puesto que vos vivs en l.

--En mi cuarto!-exclam todo hosco el seor Francisco--; con una hija
de diez y seis aos, y una esposa de veinte, y vos joven!... exponerme
 las murmuraciones! no puede ser; buscad una posada.

--Es el caso, que no he trado dinero.

-Pero cmo os ha enviado as mi hermano? vamos! las gentes de los
pueblos se creen que Madrid es las Indias.

--Vuestro pobre hermano, seor, aunque nada os haya dicho, vive en la
miseria, atenido  la limosna de tal cual misa, y  lo poco que yo gano
enseando latn. Pero en la enfermedad de mi to se han ido nuestros
ltimos maravedises; ni aun maleta he podido traer... porque... toda mi
hacienda la llevo encima.

--Diablo! Diablo! pero vos os volveris al pueblo.

--Y qu he de hacer all despus de muerto mi to, por quien nicamente
permaneca en el pueblo?

--De modo, que...

--Aqu me estar.

--Y os vens as  la corte, sin dinero... y aun sin camisas!

--To, enseando latn se gana muy poco.

--Pero ese caballo... vendindolo...

--_Cascabel_! En primer lugar, que yo quiero mucho  _Cascabel_, porque
desde su juventud, que es ya remota, ha servido buena y lealmente  mi
padre; en segundo, que no habra nadie que diese un ducado por
_Cascabel_, porque ni el pellejo aprovecha.

--Diablo! diablo! diablo!--murmur Francisco Montio--; pues bien,
esperadme aqu, y despus... despus veremos cmo podemos salir de este
compromiso en que me habis metido vos y mi hermano Pedro.

Y diciendo esto escap, dejando solo al joven.

A los veinticuatro aos se piensa poco en las necesidades materiales ni
en el porvenir: el porvenir es de la juventud;  los veinticuatro anos
slo se tiene corazn; Juan Montio estaba profundamente preocupado con
el doble recuerdo de la dama de palacio y de la tapada, que le haba
metido en un lance de armas, que se le haba escapado, y que se haba
dejado dos prendas, una voluntariamente, otra, como quien dice, robada.

Juan no haba tenido ocasin de ver aquellas prendas, que pesaban en su
bolsillo, y que representaban para l todo un mundo de esperanzas; pero
cuando se encontr slo, arrastr la silla en que estaba sentado, se
volvi de espaldas  la puerta para cubrir con su cuerpo las alhajas de
la vista de alguno que pudiese entrar de repente, y sac aquellas joyas.

Por el momento le deslumbr el brillo del brazalete; estaba cuajado de
diamantes; su valor deba subir  muchos miles de reales; Juan Montio
se aterr.

--Oh! qu es esto, seor? qu es esto?--dijo--; qu dama es esa que
tan ricas, tan magnficas joyas usa? y dnde iba esa dama tan
engalanada? oh, Dios mo! y qu pensar de mi esa dama! si al echar
de menos esta prenda me tomase por un ladrn!...

La frente del joven se cubri de sudor fri y se sinti malo.

--Pero si estos diamantes fueran falsos... puede ser muy bien... si no
lo fueran esa dama deba ser... veamos; examinemos bien esta alhaja.

Y Juan Montio mir de nuevo y de una manera ansiosa el brazalete.

Entonces la sangre se hel en sus venas, pasando instantneamente del
fro  la fiebre, como si su sangre se hubiera convertido en la lava de
un volcn. Sinti un zumbido sordo en sus odos, y delante de sus ojos
una nube turbia que los empaaba. Haba visto en el centro del brazalete
una placa de oro, y sobre ella, esmaltadas y entrelazadas, las armas
reales de Espaa y las imperiales de Austria.

Aquella prenda era efectivamente de gran valor; perteneca,  no
dudarlo,  las alhajas de la corona.

Al reparar en aquellos dos blasones, una sospecha tremenda asalt la
imaginacin de Juan Montio:

--Sera la tapada que se ampar de m la reina?

Juan Montio haba odo hablar muchas veces  Quevedo, tres aos antes,
en ocasin en que andaba hudo en Navalcarnero, por cierta muerte que
haba causado en ria, muchas y picantes aventuras acontecidas en la
corte: saba que la corrupcin de las costumbres haba llegado en ella
al ltimo lmite, que las damas ms principales solan verse muchas
veces,  consecuencia de sus galanteos y de sus intrigas, en situaciones
extraordinariamente extraas y comprometidas; pero la reina!... la
lengua de Quevedo, que nada respetaba, haba respetado siempre  las
damas de la familia real; acaso el gran mordedor, el gran satrico,
haba guardado silencio por consideracin, por afecto, por un galante
respeto, acerca de la reina y de las infantas... pero...

Estos _peros_ haban hecho una devanadera de la cabeza de Juan Montio.

No poda tener duda de que aquel brazalete era una prenda real, que
haba quedado por un acaso en su mano, al desasir de ella violentamente
su brazo la tapada; por qu la tapada llevaba aquel brazalete si no era
la reina? y si era la reina, por qu le haba dejado voluntariamente
otra prenda, la sortija?

El joven examin la sortija.

Era de oro con una esmeralda, y muy bella, pero no poda ni remotamente
compararse su valor con el del brazalete. No importaba; la reina poda
llevar por capricho aquella sortija: la mano de la dama tapada, estaba
cuajada de ellas; Juan Montio lo recordaba; haba visto un momento
aquella hermosa mano arreglando el manto,  la ltima luz del
crepsculo. Haba elegido con intencin la dama, entre todas sus
sortijas, para dejarle una seal, la que tena una esmeralda como en
representacin de una esperanza?

Juan Montio se volva loco.

Sumido se hallaba en una confusin de pensamientos  cual ms
descabellados, cuando una voz que reson  sus espaldas le hizo guardar
apresuradamente el brazalete y la sortija.

--Seor Juan Montio!--haba dicho aquella voz.

Volvise el joven, y vi un paje que traa ropa de mesa, terciada en un
brazo, en la una mano algunos platos, y en la otra dos botellas asidas
por el cuello.

--Sois vos, seor, el sobrino del seor Francisco Montio?--dijo el
paje.

--Ciertamente, yo soy.

--Pues bien,  vos vengo.

--Y  qu vens?

--A serviros de cenar.

--Ah!

--S, por cierto; el seor Francisco Montio me ha dicho: Gonzalvillo,
hijo, ve  aquel aposento, y lleva,  un hidalgo que encontrars en l,
y que es mi sobrino, una empanada de olla podrida, un capn de leche, un
besugo fresco cocido, un pastel hojaldrado, frutas, confituras y dos
botellas del bueno, de Pinto. Srvele bien, y si quisiere otras cosas,
tngalas; como si se tratara de m mismo.

Y el paje sali y entr repetidas veces, y acab de cubrir la mesa en
silencio y con sumo respeto, quedando atrs dos pasos  inmvil despus
de llenar la copa, como si se hubiera tratado del mismo duque de Lerma,
su seor.

Es de advertir que la vajilla era de plata cincelada.

--Qu habr encontrado mi to Francisco en la carta de mi to Pedro que
as se ablanda de repente, y as me trata?--dijo el joven, que haba
comprendido lo bastante el carcter de su to para extraar aquel
brillante exabrupto--; por darme de comer, mi to me hubiera enviado un
pote cualquiera, en un plato de Alcorcn; pero esta vajilla! estas
velas de cera perfumada!... estos candeleros de plata!... Vamos, mi
to tiene sin duda sus razones para adularme, y me adula  costa del
duque de Lerma. En qu vendr  parar tanto misterio?

Y el joven sigui comiendo y bebiendo gentilmente, porque  los
veinticuatro aos los cuidados no quitan el apetito.




CAPTULO VI

POR QU EL TO DABA DE COMER DE AQUELLA MANERA AL SOBRINO


Ansioso de conocer el contenido de la voluminosa carta de su hermano,
apenas se separ de su sobrino, Francisco Montio, cuando contra su
costumbre, su vocacin y su conciencia, dej encargado el servicio de la
tercera vianda, de los postres y de los licores y vinos generosos  uno
de sus oficiales de la cocina del rey, que le haba acompaado, y se
encerr en un aposentillo semejante  aquel en que haba dejado
esperando  su sobrino.

Una vez all, solo y seguro de toda sorpresa y de toda impertinencia,
sac de su bolsillo una caja de tafilete, de ella unas antiparras
montadas en plata, se las acomod en las narices, acerc  s las dos
bujas, sac la carta, rompi su nema, desdobl los tres grandes pliegos
de que la carta constaba y los extendi delante de s.

--Mucho ha escrito mi hermano en una sola noche, para tan enfermo como
dice mi sobrino que se halla--murmur limpindose cuidadosamente las
narices--; leamos ahora--aadi despus de haber doblado y guardado su
enorme pauelo blanco.

He aqu la carta,  cuya cabeza haba una cruz, y debajo las tres
iniciales de Jess, Mara y Jos.

Navalcarnero,  30 de Noviembre del ao del Seor de 1610.

--Ah!--dijo Montio--; ahora comprendo; estamos  15 de Diciembre; esta
carta ha empezado  escribirse hace quince das, y lo que sin duda hizo
anoche mi pobre hermano, fu concluirla; veamos, veamos.

Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturas malignas;
hace algn tiempo que tomaron muy mal aspecto, pero no he querido
decrtelo; hoy tengo ya la certidumbre de que estas calenturas acabarn
conmigo en un plazo brevsimo, y por una parte, una solemne promesa que
hice  nuestro hermano Jernimo cuando muri, y mi conciencia por otra,
me obligan  traspasar  ti un gran secreto de familia.

El joven que lleva el nombre de Juan Montio, no es hijo de nuestro
hermano Jernimo.

--Ah!--exclam interrumpiendo su lectura el cocinero mayor--; bien dije
yo cuando dije, que haba algo encerrado tras la secatura y la brevedad
con que mi hermano me anunci el nacimiento de ese hijo que no es su
hijo. Veamos, veamos, porque yo no s cmo mi hermano Jernimo, siendo
quien era, pudo cargar con hijos de otro.

Y volvi  la lectura.

No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarte que tampoco
lo es de nuestra cuada Genoveva, porque te consta que si como era
virtuosa y honrada, hubiera sido hermosa, habra sido un prodigio.

--Pero seor!--dijo Montio detenindose de nuevo--de quin es hijo
este muchacho?

Y sigui leyendo:

Figrate, Francisco, que eres sacerdote, y que cuando lees esta carta,
ests escuchando en confesin  un moribundo; porque yo voy  traspasar
 ti, y con autorizacin suya, la confesin que me hizo nuestro hermano
Jernimo hace veinticuatro aos.

Tom cierta gravedad, despus de la lectura del anterior perodo, el
semblante del cocinero del rey; que el hombre, aun estando solo, toma el
color que le dan los sucesos y las circunstancias.

Hace diez aos, me dijo Jernimo arrodillado delante de m, por una
disputa impertinente mat al capitn de la compaa de que era alfrez.
No s si las leyes de Dios me disculparn de aquel homicidio, pero las
del honor me absuelven. Sin embargo, las pragmticas me condenaban 
muerte y hu. Antes de seis meses, volva  llevar en otro tercio, como
alfrez, la bandera del rey.

Consisti esto en que cierto seor poderossimo haba interpuesto para
con el rey sus buenos oficios, para con la familia del muerto, sus
doblones, y en que, perdonado por la viuda y por los hijos,  indultado
por su majestad, volva al goce de mi empleo, como si nada hubiera
acontecido.

El mismo poderoso seor, que ya haba hecho tanto por mi, cuid de mis
adelantos, y en muy poco tiempo llegu  teniente,  capitn despus.
Una bala me haba dejado cojo  intil, y me vine al pueblo, ya con los
invlidos, y seguro de que cuando yo faltase quedara viudedad  mi
buena Genoveva.

Yo no poda olvidar, ni dejar de ser agradecido,  quien tantos
beneficios me haba hecho.

Pero ha llegado el momento en que se me pida, si bien de la mejor
manera del mundo, el precio de esos beneficios.

El magnate  quien tanto debo, ha tenido una aventura amorosa con una
dama muy principal; esta dama es casada, su marido est ausente y ella
se encuentra encinta. Ha venido ocultamente al pueblo, y mi favorecedor
me ha buscado tambin de una manera oculta. Por amor  lo que naciera,
quiere que no sea un hombre  una mujer que tenga que avergonzarse de su
origen, y me ha suplicado que puesto que Genoveva y yo no tenemos hijos,
hagamos un fingimiento de embarazo de Genoveva, y demos nuestro nombre
legtimo al hijo de esa dama.

Despus de esta confesin, Jernimo me pidi consejo como hermano mayor
y como sacerdote.

Yo, teniendo en cuenta que cuanto Jernimo era, hasta su vida, lo deba
 aquel personaje, cuyo nombre, deca, no poder revelarme; viendo que no
se le peda aquel sacrificio, por dinero; que no era posible, atendida
la edad de Genoveva, que pudiera tener hijos  quienes perjudicase acaso
el postizo; siendo adems una grandsima obra de caridad el mejorar la
suerte de la criatura que naciera, le aconsej, es ms, le reduje  que
se prestase  aquel engao, con el cual  nadie perjudicaba ni ofenda;
antes bien, haca un beneficio inmenso  un desventurado.

En efecto, cuatro meses despus se traslad de noche, muy tarde y muy
recatadamente,  casa de nuestro hermano, en una litera, una dama
tapada, acompaada de un caballero cuidadosamente encubierto, y algunas
horas despus,  obscuras, asistida por una partera, que crea asistir 
Genoveva, di  luz aquella dama  nuestro pobre Juan.

A pesar del peligro inminente en que pona su vida, la dama sali de la
misma manera misteriosa de casa de Jernimo y desapareci.

Al tercer da yo mismo bautic  Juan como hijo legtimo de nuestro
hermano, y aunque todos en el pueblo extraaban que Genoveva  sus aos
hubiese dado  luz un hijo, tuvironlo  milagro, pero no desconfiaron.

Pasaron algunos aos; Juan creca hermoso y robusto.

A los diez aos ya saba gramtica, que yo le haba enseado;
trasladaba al romance  Horacio y  Virgilio, y adems mostraba gran
aficin  las armas.

Querale Jernimo como si hubiese sido realmente su hijo; Genoveva al
morir nos encarg con las lgrimas en los ojos que no le desamparsemos,
y yo feneca de placer cuando mi rapazuelo correga,  los padres graves
que solan pasar por el pueblo, el latn corrupto que vomitaban con
tanto exceso cuanta era su ignorancia.

--De modo que--dijo interrumpiendo de nuevo su lectura Montio--,
tenemos en nuestro sobrino pegadizo todo un sabio; pues mejor: al duque
de Lerma le gustan los mozos de provecho. Quin sabe?

Y despus de meditar un momento sobre esta pregunta que se haba hecho
el cocinero del rey, torn  la lectura:

El mismo da en que Juan cumpla los doce aos, par delante de la
puerta de nuestra casa un dmine vestido de negro, montado en una mula y
acompaado de un mozo. Pregunt por nuestro hermano, y cuando le hubo
visto le dijo: que era un eclesistico que se dedicaba  ser ayo de
jvenes, que un caballero  quien no conoca le haba dicho que nuestro
hermano le haba encargado de buscar una persona docta y de buenas
costumbres, que acompaase  un hijo suyo, cuidase de l y le asistiese
mientras haca sus estudios en la Universidad de Alcal, para cuyo
efecto le mandaba con una carta de recomendacin. Guard silencio
nuestro hermano mientras dur el mensaje, y tomando la carta vi que el
verdadero padre de Juan, aunque con un sentido doble, por el cual aunque
se hubiera perdido aquella carta no se hubiera perdido el secreto, le
suplicaba enviase  Alcal  hacer los estudios que ms le agradasen 
Juan, bajo la vigilancia del bachiller Gil Ponce, hombre de virtud y
conciencia, en quien poda confiarse enteramente. Aada la carta que no
haba que pensar en los gastos, y conclua suplicando encarecidamente 
Jernimo no se negase  aquella demanda. A aquella carta acompaaba una
maleta, y dentro de la maleta se encontraron ropas para Juan y
doscientos ducados en oro.

Nuestro hermano no tena derecho alguno  oponerse, pero sinti
grandemente que su pobreza no le permitiese sufragar los gastos de los
estudios de Juan;  los tres das abraz llorando  nuestro rapazuelo,
que parti acompaado de su ayo y llevando en el bolsillo algunos
ducados de que nos desprendimos sin dolor Jernimo y yo, aunque no nos
quedaban otros tantos.

En cuanto  los doscientos que contena la maleta, se entregaron
ntegros al seor Gil Ponce.

Juan volvi por vacaciones.

Por lo que haba aprendido, comprenda que los maestros de Alcal eran
dignos por su ciencia de la famosa Universidad complutense. En cuanto al
estado de educacin y de buenas costumbres en que Juan volva, comprend
tambin que se haba tenido un gran acierto en elegir para ayo de un
joven al seor Gil Ponce.

Este permaneci con nosotros durante las vacaciones, y se volvi con
Juan cuando lleg el tiempo de abrirse de nuevo las aulas.

Todos los aos Jernimo reciba una maleta llena de ropa y doscientos
ducados. Cuando Juan cumpli los diez y ocho aos, acompaaron  la
maleta y al dinero una espada y una daga magnficas, aunque muy
sencillas, como convena al hijo de un hidalgo pobre.

Juan curs en Alcal letras humanas, teologa, derecho civil y
cannico;  los diez y ocho aos era bachiller,  los veintiuno
licenciado; montaba  caballo como si  caballo hubiera nacido, y en
cuanto  esgrimir los hierros, venca  su padre; y aun  m mismo, que
ya sabes que meto una estocada por el ojo de una aguja, me haca sudar y
andar listo. Yo le ense todo lo que saba en esgrima, que no es poco,
y estoy seguro de que no hay dos en la corte que le metan un tajo  que
le alcancen con una estocada.

--Ah! ah!--murmur Montio--; tambin le gustan  su excelencia los
mozos diestros y valientes.

Y sigui leyendo:

Hace tres aos que Juan volvi definitivamente, terminados sus
estudios. Ya haca dos que, por muerte del seor Gil Ponce, iba solo 
Alcal. Sin embargo, en esos dos aos no se pervirti,  pesar de andar
entre estudiantes. Ni bebe, ni juega, ni rie; slo tiene una aficin, y
sta es muy natural  sus aos: es enamorado y audaz con las mujeres.

Di un salto sobre su silln al leer esto Montio.

--Ah! ah! bueno es saberlo--exclam.

Y sigui la carta adelante:

Pero ni las mujeres le engaan, ni l procura engaar  la que por
inocente pudiera ser engaada.

--Hum!--interrumpi el cocinero, sin dejar de leer.

Es un mozo completo, lo que se debe en gran manera  su padre, porque
nosotros, por nuestra pobreza, no hubiramos podido darle los estudios
que se le han dado, el ttulo que posee y que podr servirle de mucho.

Pero la conducta de su padre es hasta cierto punto extraa: slo ha
atendido  la subsistencia de su hijo mientras ha sido estudiante; pero
despus le ha abandonado  si mismo y  nuestra pobreza.

La circunstancia que hay tambin extraa es que, siendo lo natural que
para ir  Alcal desde Navalcarnero se pase por Madrid, siempre, por
expresa prohibicin de su padre, ha pasado junto  Madrid, dejndole 
alguna distancia  la izquierda, cuando ha ido  Alcal.

El pobre ha vivido ayudando al escaso sueldo de su padre, y  lo poco
que yo gano como sacerdote, dando lecciones de latn, algunas fuera del
pueblo, costndole todos los das un viaje.

Hace dos aos, antes de morir, me dijo nuestro hermano--: No te he
dicho todo lo que s respecto  Juan; Dios no quiere que yo viva hasta
que cumpla los veinticinco aos: para entonces le espera una gran
fortuna.

--Una gran fortuna cuando cumpla los veinticinco aos, y naci el da
de San Marcos del ao de...! veamos: le quedan pocos meses para
cumplirlos; ah! ah! diablo! una gran fortuna! no hay como ser hijo
secreto de gran seor. Y qu fortuna ser sta? oidor en Indias!
quin sabe? secretario del rey!  lo que es mejor, secretario del
secretario de Estado. Ah! diablo! ser necesario estar bien con el
muchacho; eh! eh! veamos, veamos.

Esta gran fortuna, continu nuestro hermano Jernimo, est encerrada en
un cofre que est guardado en aquel armario que no se ha abierto hace
veinticuatro aos--. Pero qu contiene ese cofre?--pregunt 
Jernimo--. No lo s, contest; slo s que pesa mucho, y que cuando me
le entregaron vi meter en l, como si se hubiesen olvidado, algunos
papeles: aquellos papeles parecan como escrituras.

Abri enormemente los ojos Montio y le pareci que las letras que de
all en adelante contena la carta eran de oro.

Delante de m el escribano Gabriel Prez sell el cofre, y peg sobre
l, de modo que para abrirle es necesario romperle, un testimonio en
que constaba que yo haba recibido aquel cofre cerrado el da de San
Marcos de 1586.

Yo firm un recibo en que me obligaba  entregar aquel cofre cerrado,
tal cual le haba recibido,  la persona cuyo nombre constase en el
recibo,   Juan, con facultades de abrirlo, si al devolverme el recibo
se expresaba en l esta circunstancia; yo transmito  ti ese cofre, por
una clusula de mi testamento que te obliga  cumplir lo que yo no puedo
por m muerte.

Despus me revel el nombre del padre de Juan, nombre ilustre, nombre
de uno de los espaoles ms grandes y ms nobles que han honrado 
nuestra patria, nombre que no me atrevo  escribir, porque aunque Juan
me inspira mucha confianza, una carta puede perderse.

Es necesario, pues, que te pongas inmediatamente en camino. Deja en la
corte  Juan, porque al pobre muchacho le sera muy doloroso verme
morir. No te digas que t vienes, para que no se empee en acompaarte.

Ven, porque es necesario que ese ilustre nombre que ha guardado
Jernimo durante veintids aos como un depsito sagrado, que he
guardado yo despus de la muerte de nuestro hermano, pase  ti despus
de mi muerte.

Ven, porque slo  ti dir yo ese nombre, y eso muy bajo por temor de
que lo escuchen las paredes: si cuando vengas he muerto, ese nombre
bajar conmigo  la tumba.

Como podr suceder que llegues tarde, porque mi mal se agrava
extraordinariamente de momento en momento, permteme que respecto  Juan
te d algunos consejos que podrn aprovecharte.

No seas miserable ni spero con Juan: te digo esto, porque te conozco;
has amado  tus hermanos, pero has amado ms al dinero; tus hermanos han
sufrido resignadamente su pobreza, porque tus hermanos saban bien que
si te pedan socorros se los hubieras enviado, pero causndote una
dolorosa herida cada dobln de que te hubieras desprendido; tus hermanos
no han querido hacerte sufrir; perdona  uno de ellos, moribundo, el que
te diga estas palabras y no veas en ellas una queja; s nicamente
justificar el consejo que voy  darte: s generoso con Juan; s franco:
l es sumamente agradecido y leal, y tal persona puede llegar  ser, que
si t te haces amar de l, sea para ti su amor un tesoro; tienes adems,
hermano, un excelente corazn, pero eres receloso, desconfas de todo...
y luego... tu avaricia... Juan es muy generoso y muy delicado. No
desconfes de l, porque esto le resentira, y te lo repito, el cario
de Juan, dentro de muy poco tiempo, puede valerte mucho.

All te le envo pobre de ropa y de bolsillo, pero muy hermoso, muy
valiente, muy noble, casi sabio.

Ah! te advierto, para lo que te pueda convenir, que hace tres aos
vino aqu huyendo de ciertas malas aventuras, el docto y regocijado don
Francisco de Quevedo. Conoci  Juan, y se hicieron los ms grandes
amigos del mundo. Don Francisco es un hombre que vale mucho, y que podr
servir de mucho  Juan. Y cuando Quevedo, que es un hombre que estrecha
muy pocas manos de buena fe, distingue y ama y no muerde con su
sangrienta burla  nuestro hijo, mucho debe ste de valer.

All te lo envo: sale de aqu sin un maraved y sin una camisa. Cuando
llegue  esa, llegar hambriento, cansado, mojado: prstale mesa  que
sentarse, ropa con que mudarse, lecho en que descansar; no le niegues
nada de esto, Francisco; recuerda que tu hermano y yo le hemos amado
como si fuera un hijo de nuestra sangre, y que yo, que nunca te he
pedido nada, te lo suplico desde el borde de mi sepultura.

Sobre todo ven al instante, porque me siento morir.--Tu hermano que
desea verte un solo momento y expirar en tus brazos,

    PEDRO MARTNEZ MONTIO.

Enjugse el cocinero del rey dos lgrimas enormes que le haba arrancado
el final de la carta de su hermano, la guard cuidadosamente en un
bolsillo y se puso  pasear por la pequea estancia, profundamente
pensativo.

--S, s, es preciso--dijo al fin--; me le ha endosado; prescindiendo de
que llegue  ser  no ser, yo no puedo... vamos, de ningn modo; un mozo
hermoso, y esto es verdad, que ha sido estudiante, que le gustan
desordenadamente las mujeres, y que puede dar un chirlo al lucero del
alba... no, no... es imposible que yo tenga  este mancebo en mi casa...
mi mujer, mi hija... gracias  que las tengo seguras guardndolas y
cerrando mi puerta  piedra y lodo; y luego no tenindole en mi casa,
chese vuesa merced el cargo de pagarle un da y otro la posada durante
quince meses; no, seor; ser preciso que el duque de Lerma le d un
oficio... es verdad que cualquier oficio, por pequeo que sea el que me
d el duque, podra valerme algo, y en estos tiempos... pero del mal el
menos. Ah! me olvidaba de que ha salido sin almorzar de Navalcarnero.
Hola! eh!--dijo abriendo la puerta y entrando en la repostera--Gonzalvillo,
hijo, ven ac.

Acercse un paje.

--Ve  aquel aposento--le dijo--y lleva un servicio de mesa, un pastel
de olla podrida, un capn de leche asado, un besugo cocido, un pastel
hojaldrado, frutas y confituras, y dos botellas de vino de Pinto,  un
hidalgo que se llama Juan Montio, que es mi sobrino, hijo de mi
hermano: srvele bien, hijo, srvele, y gurdate por el servicio las
sobras, que bien podrs sacar de ellas dos reales.

Gonzalvillo se separ de la puerta, y cuando Montio iba  cerrarla, se
le present de repente un hombre.

--Eh! esperad, seor Francisco, esperad! pues  fe que me ha costado
poco trabajo llegar aqu para que yo os suelte!

--Ah! seor Gabriel! y qu me queris?--dijo el cocinero del rey, con
mal talante--Entrad, entrad, y decidme lo que me hayis de decir.

Entr aquel hombre, y Montio se encerr con l.




CAPTULO VII

LOS NEGOCIOS DEL COCINERO DEL REY.--DE CMO LA CONDESA DE LEMOS HABA
ACERTADO HASTA CIERTO PUNTO AL CALUMNIAR  LA REINA.


El hombre que acababa de entrar era un hombre caracterstico.

Si la persona que tiene alguna semejanza tpica con la fisonoma de
algn animal, tiene las propensiones del animal  quien se parece, aquel
hombre deba tener alma de lobo, pero de lobo viejo y cobarde, que en
sus ltimos tiempos hace por la astucia, lo que en su juventud ha hecho
por la fuerza.

Habiendo dicho que la fisonoma de aquel hombre se pareca  la de un
lobo viejo, nos creemos dispensados de una descripcin ms minuciosa.

Bstanos aadir que aquel hombre en su juventud, debi ser alto y
robusto, que  causa de sus aos, que casi rayaban en los sesenta,
estaba encorvado, y que  la expresin feroz que debi brillar en sus
ojos y en su boca, cuando ganaba la vida matando  obscuras y sin dar la
cara, haba sustituido una mirada hipcrita y una sonrisa fra y
asquerosa que pareca haberse estereotipado en su boca rasgada.

Aquel hombre, que en otros tiempos haba sido rufin y asesino (nosotros
sabemos que lo fu, y basta que lo digamos  nuestros lectores sin que
nos entremetamos  contarles una historia que nada nos interesa), era
haca ya algunos aos ropavejero en la calle de Toledo, y corredor de no
sabemos cuntas honradas industrias.

Conocale Montio, y aun le trataba ntimamente, porque el cocinero del
rey era hombre de negocios, y un hombre de negocios suele necesitar de
toda clase de gentes. Pero como el buen Montio saba demasiado que el
seor Gabriel Cornejo haba sido perseguido por la justicia,
salpimentado ms de tres veces por ella, puesto por sus mritos en
exposicin pblica ms de ciento, para ejemplo de la buena gente, y
compaero ntimo de un banco y de un remo durante diez aos, guardbase
muy bien, sin duda por modestia, de decir  nadie que conoca  tan
recomendable persona, y mucho ms de que le viesen en conversacin con
ella.

Por esta razn, Montio, que tena suficiente causa para estar
entristecido con la muerte prxima  acaso consumada de su hermano, y
con la venida de un sobrino puttico que se le entraba por las puertas,
sin dinero y sin camisas, acab de ennegrecerse al ver que el seor
Gabriel Cornejo se arrojaba  buscarle nada menos que en casa del duque
de Lerma, y en medio de una legin de pajes y lacayos, gentes que  todo
el mundo conocen, y que hablan mal de todo el mundo.

--Qu cosa puede haber que os disculpe de haberme venido  buscar de
una manera tan pblica?--dijo severamente Montio.

--Bah! seor Francisco: nadie tiene nada que decir de m--contest
sonriendo de una manera sesgada Cornejo--; si en mis tiempos fu un
tanto casquivano, y no supe guardar el bulto, ahora todo el mundo me
conoce por hombre de bien y buen cristiano. Y luego, sobre todo, cuando
las cosas son urgentes y apremiantes, es menester aprovechar los
momentos...

--Pero qu sucede?

--Suceden muchas cosas: por ejemplo, esta tarde ha estado en mi casa el
to Manolillo.

--Y qu me importa el bufn del rey?

--Despacio y paciencia. Quien escucha oye, y cosas pueden orse que
valgan mucho dinero.

--Sepamos al fin de qu se trata.

--Ya que de dinero he hablado, se trata de dinero, y de un buen negocio;
de una ganancia de ciento por ciento.

--Ah! Y qu tiene que ver con eso el bufn del rey?

--El to Manolillo ha ido esta tarde  mi casa, se ha encerrado conmigo
 yo me he encerrado con l, y de buenas  primeras, como hombre de
ingenio y de experiencia, que sabe que todas las palabras que sobran en
una conversacin deben callarse, me ha dicho--: Conocis  un hombre
que quiera matar  otro?

--Oh, oh!--exclam Montio, abriendo desmesuradamente los ojos.

--Yo, que tambin s ahorrar de palabras cuando conozco  la persona con
quien hablo, le contest--: Quin es el hombre que queris despachar al
otro mundo?--Un caballero muy rico y muy principal--. Como quin? por
ejemplo, le pregunt--. As como el duque de Lerma  el de Uceda,  el
conde de Olivares--. Pero no es ninguno de los tres?--No: pero aunque
no lo parece, vale ms que todos ellos--. Pues entonces, si vale ms...
por el duque de Lerma, pedira mil doblones; por el otro mil
quinientos--. Trato hecho--dijo el bufn--. Cundo ha de ser?--Cuando
est depositado en buenas manos el dinero--. Qu! No le tenis?--Nada
os importa eso--. Es verdad--. Adis--. Dios os guarde.

--Conque el to Manolillo!...--exclam seriamente admirado Montio--;
esto es grave, gravsimo. Y no os dijo, seor Gabriel, quin era su
enemigo?

--No me lo ha dicho, pero yo lo s.

--Ah! Y cmo lo sabis vos?

--Quin es en la corte un hombre que vale tanto como el duque de Lerma
el de Uceda,  el conde de Olivares?

--Bah! hay muchos: el duque de Osuna.

--Est de virrey en Npoles.

--El conde de Lemos.

--Est desterrado.

--Don Baltasar de Ziga.

--Ese es un caballero que suele estar bien con todo el mundo.

--Pues no acierto.

--Es verdad: lo que generalmente no vemos, cuando se trata de estos
negocios, es lo que ms tenemos delante de los ojos. Os habis olvidado
del secretario del duque de Lerma?

--Don Rodrigo Caldern!

--Ese, ese es el enemigo del to Manolillo.

--Pero no entiendo por qu pueda ser enemigo de don Rodrigo el bufn de
su majestad.

--Bah! ya veo, seor Francisco, que vos sabis muy poco.

--No me es fcil dar con el motivo de la ojeriza que decs tiene el to
Manolillo  don Rodrigo.

--Conocis  una comedianta que se llama Dorotea, que baila como una
ninfa en el corral de la Pacheca?

--Ah! una valenciana hermosota, deshonesta, que ha estado dos veces
presa por no bailar como era conveniente?

--La misma. Pues bien; esa mujer es hermana,  querida,  hija, no se
sabe cul de las tres cosas, del to Manolillo.

--Me estis maravillando, seor Gabriel. Conque la Dorotea?...

--S, seor, la Dorotea es mucha cosa del bufn del rey. Pero no es esto
todo. El duque de Lerma...

--S, s, ya s que el duque visita  la Dorotea.

--Pero no sabis quin ha andado de por medio para concertar esas
visitas.

--S, s, ya s que el medianero, el que ha llevado los primeros
regalos, el que acompaa de noche al duque y le guarda las espaldas, es
don Rodrigo Caldern.

--Vamos, pues de seguro no sabis que el duque de Lerma es quien paga, y
don Rodrigo Caldern quien goza.

--Pero quin os dice tanto?--exclam admirado Montio.

--Ya sabis que yo tengo muchos oficios.

--Demasiados quiz.

--Estn los tiempos tan malos, seor Francisco, que para ganar algo es
necesario saber mucho. Saben que s muchas princesas, y una de ellas,
conocida de la Dorotea, la encamin  m para que la sirviese. Dorotea
quera un bebedizo.

--Ah! ah! las mujeres! las mujeres!

--Son serpientes, vos no lo sabis bien, seor Montio: como se les
ponga en la cabeza doctorar  un hombre en la universidad de Cabra,
aunque el amante  el marido las encierren en un arca y se lleven la
llave en el bolsillo, le gradan.

Movise impaciente en su silla el cocinero del rey, porque se le puso
delante su mujer, que era joven y bonita.

--Pero  serpiente, serpiente y media. Cuando ella me pidi el bebedizo,
me dije: podr convenirme saber quin es el hombre  quien quiere esta
muchacha entre tantos como la enamoran. Porque yo soy muy prudente, y s
que el saber, por mucho que sea, no pesa. Djela que el bebedizo no
poda producir buenos efectos si no se conoca  la persona  quien
haba de darse. Entonces la Dorotea, ponindose muy colorada, me dijo--:
El hombre que yo quiero que no quiera  ninguna mujer ms que  m es
don Rodrigo Caldern--. Necesito saber cmo habis conocido  don
Rodrigo Caldern, la dije.--Necesario de todo punto?--Ya lo creo; y si
fuera posible hasta el da y la hora en que le vsteis por primera
vez.--Y si no lo digo no me daris el bebedizo?--Os lo dar, pero si no
s de cabo  rabo cuanto os ha acontecido y os acontece con don Rodrigo
Caldern, no os quejis si el bebedizo no es eficaz.--Entonces la moza
se sent, y me confes que haba conocido  don Rodrigo cuando don
Rodrigo fu  hablarla de parte del duque de Lerma; que se haba
enamorado de l, y don Rodrigo de ella. Que, en una palabra, el duque de
Lerma paga y se cree amado, y don Rodrigo Caldern, que no la paga y 
quien ella ama, la engaa amando  otra.

--Ah!

--Y si supirais quin es esa otra, seor Francisco!

--Alguna cortesana que tiene tan poca vergenza como don Rodrigo
Caldern.

--Pues os engais, es la primera dama de Espaa.

--Por hermosa?

--No tanto por hermosa, aunque lo es, como por noble.

--La dama ms noble de Espaa! ved lo que decs: cualquiera pudiera
creer...

--Que esa tan noble dama es la reina? No es verdad?--dijo con una
malicia horrible Cornejo.

--La reina! Su majestad!--exclam dando un salto de sobre su silla
Montio.

--La misma, Su majestad la reina de Espaa es la querida de don Rodrigo
Caldern.

--Imposible! imposible de todo punto! yo conozco  su majestad! no
puede ser! creera primero que mi hija!...

--Vuestra hija podr ser lo que quiera, sin que por eso deje de ser lo
que quiera tambin la reina.

--Pero la prueba! la prueba de esa acusacin, seor Gabriel!--dijo el
cocinero del rey,  quien se haba puesto la boca ms amarga que si
hubiera mascado acbar--. La prueba!

--He ah, he ah cabalmente lo que yo dije  la Dorotea: la prueba!

--Y esa mujerzuela tena la prueba de la deshonra de su majestad?

--La tena.

--Pero qu tiene que ver esa perdida con la reina? quin ha podido
darla esa prueba?

--El duque de Lerma.

--Me vais  volver loco, seor Gabriel; no atino...

--No es muy fcil atinar. Pero dejadme que os cuente, sin interrumpirme,
sin asombraros, oigis lo que oigis, y concluiremos ms pronto.

--Y me alegrar, porque no me acuerdo de haber estado en circunstancias
tan apremiantes en toda mi vida.

--Pues al asunto. Yo, que haba hecho confesar  la Dorotea quin era la
dama que la causaba celos, asegurndola que si no me contaba todas las
circunstancias, sin dejar una, de su asunto, podra suceder que no fuese
eficaz el bebedizo, me dijo en substancia lo siguiente--: Una noche don
Rodrigo fu muy tarde  verme: al quitarse la ropilla, se le cay de un
bolsillo interior una cartera, que don Rodrigo recogi precipitadamente.
Yo me call, pero cenando le hice beber ms de lo justo, acaricindole,
mostrndome con l ms enamorada que nunca. Don Rodrigo se puso borracho
y se durmi como un tronco. Entonces me levant quedito, fu  la
ropilla, tom la cartera, la abr, y encontr en ella cartas de una
mujer; de una mujer que firmaba _Margarita_.

--Pero eso es muy vago... muy dudoso--dijo con anhelo Montio--; si la
reina ha de responder de todas las cartas que lleven por firma
Margarita...

--Od, seor Montio, od, y observad que la Dorotea no es lerda.

--Cuando le el nombre de Margarita, solo, sin apellido... sospech,
porque tratndose de don Rodrigo es necesario sospechar de todas las
mujeres... sospech que aquella Margarita que se dejaba en el tintero su
apellido era... Margarita de Austria.

--Pero, seor, seor--exclam todo escandalizado y mohno el cocinero de
su majestad--; esa mujer tan vil, de cuna tan baja... esa perdida, sabe
leer?

--Como que es comedianta y necesita estudiar los papeles.

--Ah!--dijo dolorosamente Montio, cayendo desplomado de lo alto del
que crea un poderoso argumento.

--Oigamos  la Dorotea, que an no ha concludo--: Sospech que aquella
Margarita, que citaba misteriosamente  don Rodrigo, era la reina, y
como no me atreva  quedarme con una sola de las cartas, las mir, las
remir, hasta que fij en mi memoria la forma de las letras de aquellas
cartas, de modo que estaba segura de no engaarme si vea otro escrito
indudable de la reina. El duque de Lerma me dar ese escrito--dije--, 
he de poder poco. Y volv  meter las cartas en la cartera, y la cartera
en el bolsillo de donde la haba tomado. Cuando se fu don Rodrigo,
observ que de una manera disimulada, pero curiosa, se informaba de si
la cartera estaba en su sitio, y cuando aquella noche vino el duque de
Lerma, le recib con despego, le atorment, me ofreci como siempre
alhajas, y yo... yo le ped que me trajese un escrito indudable de la
reina. Asombrse el duque, me pregunt el objeto de mi deseo, insist
yo, diciendo que era un capricho, y  la noche siguiente el duque me
trajo un memorial en que se peda una limosna  la reina, y  cuyo
margen se lea: Dense  esta viuda veinte ducados por una vez, y
debajo de estas palabras una rbrica. Era la misma letra, la misma
rbrica de las cartas! no poda tener duda: la reina era amante de don
Rodrigo Caldern.

--Pues seor--dijo Montio--,  pesar de todo, os digo, seor Cornejo,
que antes de creer en eso soy capaz de no creer en Dios.

--Sea lo que quiera; pero od y atad cabos: ya os he dicho que el to
Manolillo me pregunt cunto dinero se necesitaba para despachar una
persona principal, y que yo le dije que mil quinientos doblones, que el
to Manolillo no los tena; que la Dorotea cree que don Rodrigo Caldern
tiene cartas de amores de la reina... que est celosa... recordad bien
esto.

--S, s, lo recuerdo.

--Pues bien; esta noche una dama muy principal,  lo que parece, ha
estado casa de mi comadre la seora Mara; la que tan honradamente vive
con el escudero su marido el seor Melchor, que tan hermosa era hace
veinte aos, que sigue aumentando sus doblones, empeando y prestando
con una usura que da gozo: ya sabis que cuando la seora Mara
necesita para sus negocios un dinero, viene  m, como yo vengo  vos.

--Bien, bien, pero qu?

--Esa dama que os he dicho ha ido encubierta esta noche  casa de la
seora Mara, ha ido encubierta tambin algunas otras veces  pedir
dinero. Pero siempre, excepto esta noche, ha llevado una alhaja de mucho
precio, ha vuelto con otras pero no ha desempeado ninguna. Esta noche
ha ido, toda azorada, asustada, trmula, ha pedido  la seora Mara mil
y quinientos doblones (nunca haba pedido tanto), ofreciendo dar por
ellos tres mil en el trmino de un mes. Ya veis si es negocio.

--Pues hacerlo! hacerlo!--dijo Montio.

--Lo haremos  medias,  mejor dicho  tercias, entre vos, la seora
Mara y yo: quinientos doblones cada uno.

--Y para eso me habis buscado, me habis entretenido y me habis
mentido tanto?--dijo levantndose Montio con visibles muestras de
despedir  Cornejo.

--Esperad... esperad, que el negocio lo merece--repuso el seor Gabriel
con gran calma--. Recordad; yo pido al to Manolillo esta tarde mil y
quinientos doblones por la vida de un hombre principal, que s de seguro
que es don Rodrigo Caldern; don Rodrigo Caldern tiene unas cartas de
la reina que la comprometen, y esta noche va  casa de la seora Mara 
pedir mil y quinientos doblones una dama, que aunque no la conocemos,
debe ser principalsima. No creis que debe meditarse esto, seor
Francisco? No creis que en esto danzan las cartas, la reina y el to
Manolillo, y tal vez la reina en persona...?

--La reina en persona...? Creis que la reina haya podido ir  casa de
la seora Mara de noche y sola?

--Yo ya no me admiro de nada, seor Francisco, de nada; adems que la
dama tapada ofreci como seguridad de los mil y quinientos doblones,
mejor, de los tres mil doblones, un recibo en forma de puo y mano de la
reina, firmado por ella misma.

--Pues qu mejor seguridad queris? haced el negocio, y dejadme en paz
 m; no quiero mezclarme en l, y siento mucho que me hayis dicho
tanto, porque cuando se trata de enredos lo mejor es no saberlos.

--Pero venid ac; no veis que nosotros solos no podemos hacer ese
negocio?

--Y por qu? Acaso me vendris  decir,  quererme hacer creer que la
seora Mara y vos no tenis mil y quinientos doblones?

--La dificultad no es el dinero, sino la seguridad de l; nosotros no
conocemos la letra de la reina, y vos...

--Yo no la conozco tampoco.

--Seor Francisco, vos sois ms en palacio que cocinero del rey.

--Y bien! Qu? no quiero meterme en este negocio.

--O queris hacerlo vos solo--dijo irritado por la codicia el to
Cornejo.

--Hablemos en paz, seor Gabriel--dijo el cocinero mayor--, y
concluyamos, concluyamos de todo punto. No digis  nadie lo que  m me
habis dicho, porque podrais ir  la horca.

Echse  temblar aquel viejo lobo, porque le constaba que el cocinero
mayor era uno de esos poderes ocultos que, bajo una humilde librea, han
existido, existen y existirn en todas las cortes.

--En cuanto al negocio--aadi Montio--, no me meto en l; haced lo que
queris, y lo mejor que podis hacer ahora es... iros.

Vacil todava el seor Gabriel Cornejo, pero una mirada decisiva y un
ademn enrgico de Montio, le decidieron; se despidi hipcritamente
deshacindose en disculpas, y cuando ya estaba cerca de la puerta, el
cocinero del rey, como obedeciendo  una idea sbita, le dijo:

--Esperad.

Cornejo se volvi lleno de esperanza.

--Vais  ver  la seora Mara?

--Ciertamente necesito decirla vuestra resolucin.

--Pues decidla, adems, que prepare esta misma noche un aposento con
lecho en su casa, y que cuando llame  su puerta uno que se nombrar
sobrino mo, que le reciba, que yo respondo de los gastos.

Vol la esperanza causando una dolorosa impresin en el seor Gabriel
Cornejo, que se despidi de nuevo murmurando:

--He sido un imprudente, no deba haber hablado tanto; yo confiaba en su
codicia, pero est visto: su avaricia es mayor de lo que yo crea.
Quiere hacer el negocio por s solo.

Entre tanto el cocinero del rey murmuraba abstrado y pensativo:

--Es muy posible que sea verdad cuanto ese bribn me ha dicho; yo no me
fo de ninguno; un negocio redondo por otra parte, mil quinientos
doblones de ganancia, como quien dice, de una mano  otra; pero el
asunto es demasiado grave, y la prudencia aconseja no meterse de frente
en l... mi sobrino postizo es hombre, segn dice mi hermano, capaz de
meter un palmo de acero al ms pintado, y don Rodrigo Caldern, est en
el banquete del duque... despus se encerrar en su despacho, y saldr
all muy tarde por el postigo... Ah, seor sobrino! os voy  procurar
una buena ocasin... una ocasin que os har hombre.

En aquel momento se abri la puerta y apareci una duea.

--Ah, seor Francisco! Y cunto trabajo me ha costado
encontraros!--dijo la duea--. He tenido que decir que vena de palacio,
con orden de su majestad para vos.

--Y es cierto...? Trais orden?

--Casi, casi. Os traigo una carta.

--Dadme ac, doa Vernica, dadme ac.

La duea entreg una carta al cocinero mayor, que ste abri con
impaciencia.

Tenis un sobrino--deca--que acaba de llegar  Madrid; enviadle al
momento  palacio. Tened en cuenta, que se trata de un negocio de
Estado; que espere junto  la puerta de las Meninas, por la parte de
adentro. Pero luego, luego.

Esta carta no tena firma.

--Quin os ha dado esta carta, doa Vernica? No conozco la letra, no
tiene firma. Estis de servicio?

--Ay! s, seor! Y yo no s qu hay esta noche en palacio: las damas
andan de ac para all. La camarera mayor est insufrible, y la seora
condesa de Lemos tan triste y pensativa... algo debe de haber sucedido
grave  la seora condesa.

--Pero quin os ha dado esta carta?

--La seora condesa de Lemos.

--La condesa de Lemos no es alta, ni blanca, ni... no, seor--murmur
Montio.

--Ea, pues, quedad con Dios, seor Francisco--dijo la duea--. No me
hallo bien fuera de palacio; es ya tarde y est la noche tan obscura...

--Os han dicho que llevis contestacin?

--No, seor.

--Pues id con Dios, doa Vernica, id con Dios. Voy  mandar que os
acompaen.

--No, no por cierto: vengo de tapadillo; adis.

--Dios os guarde.

La duea se envolvi completamente en su manto, y sali.

--Que me confundan si entiendo una palabra de esto--dijo Montio--. Si
ser verdad?... si ser la reina la que necesite en palacio  mi
sobrino?... pero seor!... cmo conocen ya  mi sobrino en palacio?

Montio tom el partido de no devanarse ms los sesos; para tomar este
partido tom tambin una resolucin.

--Es preciso--dijo--que mi sobrino vaya  palacio con las cartas de la
reina.

Y saliendo del aposento en que se encontraba, atraves la repostera y
se entr en el otro aposento donde estaba su sobrino.




CAPTULO VIII

DE CMO AL SEOR FRANCISCO LE PARECI SU SOBRINO UN GIGANTE


Haca ya tiempo que el joven haba acabado de comer y haca su digestin
recostada la silla contra la pared, puestos los pies en el ltimo
travesao del mueble, y entregado  un pensamiento profundo.

Al sentir los pasos del cocinero mayor, dej la actitud en que se
encontraba para tomar otra ms decente.

--Habis comido bien, sobrino?--dijo el cocinero.

--Es la primera vez que he comido, to--contest el joven.

--Os encontris fuerte?

--S por cierto.

--De modo que embestirais con cualquiera aventura?

Al or la palabra aventura, Juan Montio, que se haba distrado por un
momento de su idea fija, volvi  ella.

--Conocis  la reina, to?--le pregunt.

--Pues poda no conocerla!--dijo con sorpresa el seor Francisco.

--Es la reina alta?

--S.

--Es la reina gruesa?... es decir... buena moza?

--S.

--Pues to, yo quiero conocer  la reina.

--Yo creo que ests loco, sobrino... qu preguntas son esas y qu
empeo?

--Empeo... no por cierto... pero me ha hablado tanto de lo buena que es
su majestad mi amigo don Francisco de Quevedo...

El cocinero mayor estaba alarmado.

--Conoces t  la reina por ventura?--dijo.

--Yo! no, seor! ni me importa conocerla; es muy natural que el que
viene por primera vez  Madrid, despus de comer y beber, pregunte si el
rey es alto  bajo, hermoso  feo; lo mismo me ha acontecido  m; slo
que en vez de preguntaros por el rey, os he preguntado por la reina.
Nada ms natural.

--Pues es muy extrao; t me preguntas por su majestad, y yo acabo de
recibir esta carta de manos de una duea de palacio.

Tom la carta Juan Montio, la ley, se puso plido y se ech  temblar.

--Y de quin creis que pueda ser esta carta?

--Carta que viene por la condesa de Lemos, debe haber pasado por las
manos de la camarera mayor, que debe de haberla recibido de la reina.

--Aqu dice secreto de Estado!--dijo sin intencin el joven.

Pero en aquellas palabras el suspicaz Montio vi una intencin marcada,
ms que una intencin: una explicacin completa; su sobrino creci para
l de una manera enorme, creyse relegado al silencio, dominado,
convertido en un ser inferior  su sobrino.

--Y no, no creas--dijo--que yo pretendo saber tu secreto. No comprendo
bien lo que sucede... pero... te llaman  palacio; la reina es demasiado
imprudente...

--To!

--Despus de lo de las cartas!

--Pero, to, no os comprendo.

--Escucha, Juan, escucha--dijo Montio, que estaba atortolado y que
haba perdido el tino--: don Rodrigo Caldern est aqu; luego saldr
por el postigo de la casa del duque; yo te llevar  ese postigo; debes
esperarle; lleva en el bolsillo de su ropilla las cartas que
comprometen  la reina.

--Las cartas que comprometen  la reina!

--S--dijo sudando el cocinero mayor--, las cartas de la reina. Es
necesario que antes de ir  palacio esperes  don Rodrigo, que le
acometas, que le mates si es preciso; pero esas cartas, Juan... y mira,
hijo mo--aadi el cocinero mayor asiendo las manos del joven, y
mirndole desencajado y plido, porque cada vez se hacia para l un
personaje ms respetable su sobrino--: aprovecha tu buena, tu inesperada
fortuna; no te pregunto cmo has podido llegar hasta donde has llegado
en tan poco tiempo; eres ciertamente muy hermoso, y las mujeres... pero
s prudente, muy prudente... no te ensorberbezcas, aprovecha las horas
de buen sol, hijo; pero mira que las intrigas de palacio son muy
peligrosas...

--Pero, to...--replic el joven, que no comprenda una sola palabra.

--Nada, nada; no hablemos ms de esto; lo quiere ella... en buen hora.

Juan Montio no se atrevi  aventurar ni una sola palabra ms, por
temor de cometer  ciegas una torpeza, y se encerr en una reserva
absoluta, en una reserva de expectativa.

--No quiero que, andando en tales y tan altos negocios, no lleves ms
armas que la daga y la espada; el oro es un arma preciosa. Toma, hijo--y
sac una bolsa verde y la puso con misterio en las manos del joven--. No
es grande la cantidad, pero bien habr diez doblones de  ocho. T me
devolvers esa cantidad cuando puedas. Ahora no hablemos ms, ni por la
casa, ni por la calle. Voy  llevarte  esconderte frente al postigo del
palacio del duque.

Y se volvi hacia la puerta.

Pero de repente se detuvo.

--Ah! se me olvidaba--dijo limpindose con el pauelo el sudor que
corra hilo  hilo por su frente--: por muy afortunado que seas, no
puedes pasar toda la noche en palacio; all slo estars un breve
espacio... luego... en mi casa no quiero que ests... no sera
prudente... Cuando un hombre ocupa con una alta seora el lugar que t
maravillosamente ocupas, debe evitar que esta seora sepa que vive en
una casa donde hay mujeres jvenes y bonitas. Cuando ests libre, sube 
las cocinas; pregunta por el galopn Aldaba, y dile de mi parte que te
lleve  casa de la seora Mara, la mujer del escudero Melchor... no te
olvides.

--No me olvidar.

--All tienes preparado y pagado el hospedaje. Es lo ltimo que tengo
que decirte. Conque vamos, hijo, vamos.

Juan sigui  su to; al pasar por la repostera, ste dijo arrojando
una mirada  las mesas y  los aparadores:

--Me voy  tiempo; ya se han servido los postres y los vinos. Buenas
noches, seores.

Despidieron todos servilmente, pajes, lacayos y galopines, al cocinero
de su majestad, y recibiendo iguales saludos de la servidumbre que
ocupaba las habitaciones por donde pasaron, sali  la calle, sigui,
torci una esquina, recorri una tortuosa calleja, dobl otra esquina, y
al comedio de otra calleja obscura se detuvo.

--Ese es el postigo de la casa del duque--dijo el cocinero mayor.

--Y por ah ha de salir el hombre que lleva consigo esas cartas que
comprometen  su majestad?

--S, don Rodrigo Caldern; pero saldr tarde; aunque te llaman luego 
palacio, esto importa ms, creme; espera aqu, porque podr suceder que
don Rodrigo salga temprano, dentro de un momento; podr suceder tambin
que salga acompaado; en ese caso... djale, y vuelve maana  este
mismo sitio hasta que le veas solo. Pero ests seguro de tu valor y de
tu destreza?

--Cuando se trata de la reina, to, no hay que pensar ms que en
servirla.

--Pues bien; ocltate, que no puedan verte; aqu en este soportal. Y
adis; voy  ver ahora mismo  mi hermano Pedro.

--Quiera Dios, to--dijo tristemente el joven--, que le encontris vivo.

--Adis, sobrino, adis; nunca he sufrido tanto; quisiera irme y
quedarme.

--Id tranquilo, to, que como Dios me ha sacado de otros lances, me
sacar de ste.

--Dios lo quiera.

--Id, id con Dios.

El seor Francisco Montio tir la calleja adelante y tom  buen paso
el camino del alczar.

Para l,  quien haban fascinado las coincidencias casuales del relato
de Gabriel Cornejo, con la carta de palalacio y con las impacientes
preguntas de su sobrino postizo acerca de la reina, era indudable que
Juan haba tenido un buen tropiezo; que, en fin, la reina le amaba  le
deseaba... pero todo esto se haca duramente inverosmil al cocinero
mayor, porque, en efecto, lo era; y sin embargo, crea tener pruebas
indudables: aquella carta que haba venido  sus manos por conducto de
una duea de palacio y con todas las seales de provenir de la reina;
las medias palabras de su sobrino; el aspecto extrao, la
sobreexcitacin que en l haba notado, todo contribua  hacerle creer
lo que no quera creer, porque lo que repugna fuertemente  la razn, lo
rechaza enrgicamente la voluntad.

Francisco Montio no encontraba otra salida al pasmo que le causaba todo
aquello, mas que encogerse de hombros y decir:

--Y yo que hubiera jurado que la reina era una santa!

Y luego aada, en una reaccin de la razn y de la voluntad:

--No, no, seor, es imposible, imposible de todo punto; yo estoy soando
 me he vuelto loco. Ni creo esto ni lo de don Rodrigo Caldern.
Bah!blasfemia! es cierto que la reina no ama al rey, pero de esto ...
 olvidarse de quien es... Vamos, no puede ser!

Y recordando luego cuanto haba visto y odo, exclamaba:

--Pero las mujeres, con corona  sin ella, son siempre mujeres, capaces
de hacer lo que ni aun se podra pensar.

Al cabo terminaba su lucha con la siguiente conclusin:

--Ello, al fin, no me importa tanto que me exponga  volverme loco
devanndome los sesos: si mi sobrino, es decir, si ese joven que me cree
su to hace suerte... mejor, algo me alcanzar; si todo eso de la reina
no es ms que una equivocacin, un enredo... mejor, mucho mejor, porque
la reina ser lo que yo creo que es y lo que debe ser. De todos modos,
no pasar mucho tiempo sin que yo sepa la verdad. Entre tanto vamos 
pasar una mala noche por ver  mi hermano, y no nos detengamos, ya que
hay que saber otro secreto importante, porque la muerte no se espera 
que uno despache sus negocios.

Pensando esto entraba por la puerta de las caballerizas reales.

--Hola, eh!--dijo desde la puerta de una cuadra--los palafraneros de
guardia!

Acudieron dos  tres mocetones.

--Al momento, al momento, para el servicio de su majestad, dos machos de
paso que puedan andar cinco leguas en dos horas, y un mozo de espuela,
que no se duerma y que no me extrave.

--Muy bien, seor Francisco Montio--dijo uno de los palafreneros--;
cuando vuesa merced vuelva ya estarn las bestias y el mozo dispuestos
para echar  andar.

El cocinero mayor atraves el arco de las caballerizas, la plaza de
Armas, el vestbulo y el patio del alczar, se meti por un ngulo, por
una pequea puerta, empez  trepar por unas escaleras de caracol, y 
los cien peldaos desemboc en una galera, apenas alumbrada por algunos
faroles; apenas entr, lleg  sus odos la voz de dos mujeres que
cantaban de una manera acompasada y lenta, como quien se fastidia, un
villancico.

--Qu feliz sera yo--dijo--si no me cercasen y me rodeasen y me
amargasen la vida, tantos negocios y tantos enredos! y si no, cun
felices y cun contentas estn mi mujer y mi hija!... es necesario dar
un corte  esto; soy rico,  Dios gracias, y debo retirarme y descansar.
Abre, Inesita, hija ma--dijo llegando  una puerta.

Ces el canto, oyronse unas leves pisadas, se abri la puerta, y con
una palmatoria en la mano apareci una preciosa nia de diez y seis 
diez y siete aos.

--Cunto ha tardado vuesa merced, seor padre!--dijo sonriendo al
cocinero mayor--mi seora madre y yo estbamos con mucho cuidado.

--Y cantbais!

--Por entretener la espera.

--Pues ms voy  tardar--dijo Montio entrando en una pequea habitacin
y sacudiendo su capa, que estaba empapada por la lluvia.

--Cmo que vas  tardar, Francisco?--dijo una joven hermosa tambin, y
como de veinte aos, que al levantarse para tomar la capa del cocinero
mayor, dej ver que estaba abultadamente encinta.

--S, Luisa, s; me obliga el hacer un pequeo viaje ahora mismo, un
asunto bien desagradable.

--Y con esta noche!...--dijo Luisa.

--Mi hermano el arcipreste--dijo tristemente el cocinero mayor--se
muere, y acaso no llegue  tiempo ni aun de cerrarle los ojos.

--Oh! qu desgracia!--dijo Luisa.

--Est de Dios que yo no conozca  ningn pariente mo!--aadi Ins.

--No hay que afligirse demasiado--dijo Montio--, nacemos para morir y
mi hermano era viejo.

--Y durar mucho tu ausencia, Francisco?--dijo Luisa.

--Maana,  ms tardar, estar de vuelta. Saca mi loba de camino,
Inesita; y mis botas, yo voy por mis pedreales, siempre es bueno ir
bien preparado.

Y Montio abri una puerta con una llave que sac de su bolsillo, y
entr y cerr.

La mujer lanz una mirada ansiosa  aquella puerta.

Montio atraves otra habitacin, abri otra puerta y se encerr en un
pequesimo aposento, en el cual haba un fuerte arcn, una mesa y
algunas sillas. Pero todo tan empolvado, que  primera vista se notaba
que no se haba limpiado all en mucho tiempo.

El cocinero mayor abri el arcn, que apareci lleno de talegos; busc
uno de ellos con la vista y con las manos, con cierto respeto de
adoracin; desat lentamente su boca, y procurando que las monedas no
chocasen, sac como hasta una veintena de doblones de oro.

--Hago un sacrificio, un inmenso sacrificio--exclam suspirando--, el
mayor de todos: dejar mi casa sola. No s por qu el to Manolillo tiene
conmigo de algunos meses  esta parte chanzas que me inquietan. Bah!
bah! yo recelo de todo... no hay motivo... estn contentas... ella cada
da ms cariosa... mi hija cada vez ms empeada en ser monja...
Afuera, afuera sospechas infundadas... una sola noche... qu ha de
suceder en pocas horas?

Y tomando un par de pedreales  pistoletes que estaban colgados de la
pared, los carg, les renov los pedernales, y cerrando cuidadosamente
el arca y las dos puertas que antes haba abierto, sali  la habitacin
donde estaban su mujer y su hija, se visti un traje de camino, se ci
una espada, se colg de la cintura los pedreales, y despus de
despedirse de su mujer y de su hija, sali de la habitacin, luego del
alczar, y lleg  las caballerizas, donde mont en un mulo, y sali de
Madrid acompaado de un mozo de espuela de la casa real, que iba montado
en otro mulo.

No habra llegado an Francisco Montio al puente de Segovia, cuando su
mujer, que haba despedido  su hijastra para irse  dormir, se encerr
en su dormitorio, se dirigi  una ventana, que pareca clavada, sac
con suma facilidad dos de los clavos, que slo servan de una manera
aparente, abri, y tomando un papel, al que hizo tres agujeros, envolvi
en l un pedazo de pan, sin duda para dar al papel peso, y se puso 
cantar, teniendo fijos los ojos en una ventana cercana de una torre que
por aquella parte del alczar estaba contigua  las habitaciones del
cocinero mayor.

Poco despus se abri aquella ventana y dej ver nicamente su fondo
obscuro.

Luisa arroj  aquel fondo el papel que envolva el pan y que entr por
el vano obscuro de la ventana que acababa de abrirse.

Inmediatamente cerr Luisa la ventana, y dijo suspirando, como suspira
una mujer impaciente y enamorada:

--Si  las tres no ha vuelto Francisco, no vuelve de seguro hasta
maana; tienen tiempo de avisarle y vendr: oh! qu suerte tan infeliz
la ma!

--Por qu cantar as mi madre, siempre que mi padre pasa alguna noche
fuera de la casa?--deca Ins rebujndose en sus sbanas--. Ay, si yo
pudiera avisarle! pero le ha tocado hoy de servicio, y no se puede mover
de la portera de pajes.

La nia se durmi sonriendo, como sonre una virgen  su primer amor, 
su nico amor puro. No sabemos si Luisa durmi tambin; pero lo que s
sabemos es que entre tanto el cocinero mayor caminaba rpidamente al
paso de andadura de los dos poderosos mulos, y que el camino hasta
Navalcarnero se acab antes de que se acabasen sus encontrados
pensamientos.

Cuando lleg al pueblo eran las doce de la noche.

Apese en la puerta de la casa donde haba nacido, y no tuvo necesidad
de llamar, porque encontr su puerta franca de par en par.

Algunas mujeres pasaban de la cocina  una sala baja muy atareadas, y
entre ellas apareci una anciana.

--Vive mi hermano?--dijo Montio, adelantando hacia aquella mujer.

--Ah! seor! sois vos?-dijo llorando la pobre anciana--yo no os
conozco, no os he visto nunca; pero debis ser el seor Francisco
Montio.

--El mismo soy; pero vive an mi hermano?

--Est acabando; pero entrad, entrad: desde que esta maana fu Juan 
Madrid, os espera con tanta impaciencia, que no parece sino que vos
habis de traerle la salvacin de su alma.

Y la buena mujer introdujo al cocinero mayor en una sala baja, y de ella
en una alcoba, donde, asistido por un fraile francisco, haba un anciano
expirante.

--Seor arcipreste!seor arcipreste!--dijo la anciana--; he aqu
vuestro hermano que ha llegado.

Abri penosamente los ojos el moribundo.

--No veo--dijo con voz apenas perceptible.

Y call, como si aquel no veo le hubiese costado un inmenso esfuerzo.

--Padre--dijo la anciana, dirigiendo la palabra al religioso--, el seor
arcipreste me tena encargado que cuando viniese su hermano, le
dejsemos solo con l.

--Oh!pues cumplamos su voluntad!--dijo el fraile y sali.

El moribundo y el cocinero mayor quedaron solos.

--Soy yo, hermano mo!soy yo!--dijo Montio, estrechando las manos al
arcipreste.

--All! all!--dijo el moribundo, extendiendo el brazo hacia el fondo
de la alcoba de una manera vaga y penosa.

--S, s; no te fatigues, hermano mo: all est el cofre que encierra
la fortuna de Juan.

--S--dijo el moribundo.

--Pedro! un esfuerzo--dijo Montio acercando su semblante al de su
hermano, que empezaba ya  descomponer la muerte--: Pedro, el nombre de
su padre!

--Su padre es... el gran... el gran... duque de Osuna.

--Ah!--exclam Montio--. No deliras, hermano?

--El duque... de Osuna!--repiti el arcipreste, haciendo un violento
esfuerzo, que acab de postrarle.

--Y su madre...? su madre...?

--La duquesa... de...

--Pedro! Pedro! un solo esfuerzo.

El moribundo hizo un esfuerzo desesperado para hablar y no pudo; levant
la cabeza, dej or un gemido gutural, y luego su cabeza cay inerte
sobre la almohada.

Haba muerto.




CAPTULO IX

LO QUE HABLARON LERMA Y QUEVEDO


Desde que don Francisco de Quevedo se resign  esperar, pensando, al
duque de Lerma, hasta que apareci el duque, pasaron muy bien dos horas.

Era el duque uno de esos personajes que se llaman _serios_; su edad
rayara entre los cuarenta y los cincuenta aos; respiraba prosopopeya;
vesta con una sencillez afectada, y en sus movimientos, en sus miradas,
en su actitud, haba ms de ridculo que de sublime, ms hinchazn que
majestad; era un hombre envanecido con su cuna, con sus riquezas y con
su privanza, que haba formado de s mismo un alto concepto, y que se
crea, por lo tanto, un grande hombre.

Quevedo permaneci algn tiempo sentado, despus que apareci el duque.

Esto hizo fruncir un tanto el ceo  su excelencia.

--Me han avisado--dijo con secatura--de que me esperaba aqu una persona
para darme en propia mano una carta de la seora duquesa de Ganda.

Quevedo se levant lentamente, y sin desembozarse, sin descubrirse, sac
de debajo de su ferreruelo una mano y en ella la carta de la duquesa de
Ganda; cuando la hubo tomado Lerma, Quevedo se volvi hacia una puerta
que el duque haba dejado franca.

--Parceme que hus, caballero--dijo el duque.

Quevedo se detuvo, pero permaneci de espaldas.

--Y no creo que haya motivo--aadi el duque, mirndole de alto abajo y
sonriendo de una manera que nos atreveremos  llamar triunfante--; no
creo que haya motivo para que tan embozado, tan en silencio, y con un
encubrimiento y un silencio tan intil, vengis  mi casa y pretendis
salir de ella; como os habis tapado la cruz y el rostro con el
ferreruelo, debirais haberos puesto en cada pie un talego,  fin de
tapar vuestros juanetes y disimular lo torcido de vuestras piernas; no
digo esto por mortificaros, sino porque comprendis que os he conocido,
don Francisco.

Volvise Quevedo, se desemboz, se descubri echando atrs con gentil
donaire la mano que tena su sombrero, y levantando su ancha frente,
dijo fijando el vidrio de sus antiparras en los ojos del duque:

--Romance!

--Romance y vuestro! Soltadle, don Francisco, soltadle, que ya me
tenis impaciente.

Guard un momento silencio Quevedo, y luego dijo con voz sonante y
hueca, cortando los versos de una manera acompasada, y dndoles cierta
cantura:

      --Dime Dios, por darme mucho,
    con una suerte perversa,
    cabeza dos veces grande,
    y pies para sostenerla.
      Vine al mundo como soy,
    aunque venir no quisiera;
    la culpa fu de mi madre,
    que no se muri doncella.
      Por los pies me ha conocido
    el ingenio de vuecencia;
    es difcil que conozcan
     algunos por la cabeza.
      Hay quien puede en pies de cabra
    enderezar su soberbia,
    porque lo que todo es aire,
    cualquier cosa lo sustenta.

Y acabado el romance, se dej caer el sombrero sobre la cabeza, se
emboz de nuevo, y se volvi  la puerta franca.

El duque se adelant y cerr aquella puerta.

--Sois mi prisionero--dijo.

--Mandadme dar cena y lecho--repuso Quevedo, sentndose otra vez en el
silln que habla dejado, como si se encontrara en su casa.

--No os he soltado de San Marcos para encerraros otra vez--dijo Lerma--.
Quiero que seamos amigos.

--Ah, condesa de Lemos!--exclam Quevedo.

--Por qu nombris  mi hija, cuando os hablo de otros asuntos?--dijo
con el acento de quien se siente contrariado, el duque.

--Dgolo, porque vuestra hija ha sido antes y ahora la causa.

--No os entiendo.

--Basta con que Dios me entienda.

--Si vos galantesteis  mi hija hace dos aos...

[imagen: El Duque de Lerma.]

--Don Francisco de Sandoval y Rojas, vos sois uno de aquellos hombres de
quienes dice la criatura: tienen ojos y no ven.

--Veo que os equivocis; vos creis que la causa de vuestra prisin en
San Marcos, fueron vuestras solicitudes  doa Catalina.

--Me afirmo en lo dicho: sois ciego; yo cuando se trata de mujeres...

--Estis por las que valen... y pretendis por ellas ser valido.

--Valiera yo poco si tal valimiento buscara--y continu--; yo, cuando se
trata de mujeres, no solicito, tomo...

--De modo que...?

--No he solicitado  vuestra hija.

--Y qu habis tomado de ella?--aadi con precipitacin el duque.

--Un ejemplo de lo que sois.

--Ah! vos para conocerme...

--Os miro.

--Pero me miris con antiparras.

--Para veros no es necesario tener muy buena vista.

--Quiero saber qu pensis de m.

--Mucho malo.

--Al menos no se os puede culpar de reservado.

--Reservme poco, cuando habis podido encerrarme.

--Os he guardado porque os estimo.

--Tan acertado andis en mostrar vuestra estimacin, como en gobernar el
reino.

--Pues no decs que en vez de gobernar soy gobernado? no me habis
fulminado uno y otro romance, una y otra stira, tan poco embozadas, que
todo el mundo al leerlas ha pronunciado mi nombre? no os habis
declarado mi enemigo, sin que yo haya dado ocasin  ello, como no sea
en estorbar vuestros galanteos con mi hija?

--Ah! es verdad! nos habamos olvidado de doa Catalina; hablado
habemos de memoria; nos perdemos y acabaremos por no decir dos palabras
de provecho, desde ahora hasta la fin del mundo, si hasta la fin del
mundo hablramos. Vuestra hija! pobre mujer! y sabis que yo no
escribira por nada del mundo contra vuestra hija?

--Tan bien la queris?

--Se me abren las entraas por todos los poros.

--Ay! y mi hija?...

--Es la mujer ms pobre de corazn que conozco.

--Pues yo crea...

--Pues! vos creis en todo lo que no es, y de todo lo que es renegis.

--Quisiera entenderos.

--Pues entendedme: vos creis  vuestra hija una mujer, y vuestra hija
es una nia; vos la creis contenta, y vuestra hija llora; vos la creis
feliz, y vuestra hija es desdichada; vos al casarla con vuestro sobrino,
cresteis hacer un buen negocio... bah! don Francisco; vos que lo
primero que veis en m son las antiparras, no sents las antiparras que
tenis montadas sobre las narices, y sin las cuales no veis nada;
antiparras que vienen  ser para vos las antiparras del diablo, que todo
os lo desfiguran, que todo os lo mienten, que os abultan las pulgas y os
disminuyen los camellos; para vos,  causa de esas endiabladas
antiparras, lo falso es oro, todo lo que es aire cuerpo, todo lo que es
cuerpo aire. Yo os dara un consejo;

--Cul?

--Hacos sacar del cuerpo los malos, y cuando os los hayan sacado
entonces hablaremos; entonces veremos si yo os sirvo  vos,  si vos me
servs  m.

Y Quevedo se levant en ademn de irse.

--Esperad, esperad, don Francisco; os necesito an.

--Ah! con que an no me suelta?

--Nunca habis estado ms libre que ahora.

--Pues mirad, nunca me he sentido ms preso.

--Veo que vuestra enemistad hacia m es cruel.

--Bah! desengaos; yo no tengo un enemigo en quien no temo.

--Preso os he tenido dos aos.

--No, ms bien me he estado yo dos aos preso.

--Mucho confiis en vuestro ingenio.

--Yo ms en el vuestro.

--Pero si yo no le tengo.

--S por cierto, tenislo... para hacer lo que nos conviene.

--Ponderan mi lisura y mi paciencia...

--Pues se engaan. Ni sois liso ni agudo, y en cuanto  lo de
paciencia...

--Tngola, puesto que me estis desesperando, y...

--Os estoy leyendo.

--Concluyamos de una vez, don Francisco: yo os tengo en mucho, y si os
he tenido preso no ha sido porque no me servais  m, sino porque no
sirviseis  otros.

--Yo slo sirvo  Dios.

--Y al duque de Osuna.

--Es lo que nos queda de grande y noble, porque algo de noble y grande
quede en Espaa. Sirviendo al duque sirvo  Dios, porque sirvo  la
justicia y al honor.

--O porque sirvindole, os servs  vos mismo. Qu habis visto en
Girn, que os haga creer que es ms grande que Lerma?

--Que Girn es grande sin decirlo, y vos, llamndoos grande, sois
pequeo.

--Qu queris, don Francisco, qu deseis? con qu noble premio se os
puede comprar?

--Queris que sea vuestro amigo?

--Oh don Francisco! me llamis ciego, y sin embargo, no reparis en que
os veo levantaros delante de m como un gigante, y os respeto; no
comprendis que os aprecio en cuanto valis, y que s que con vuestra
ayuda nada temera: lo emprendera todo, continuara los tiempos de
esplendor de Espaa...

--Me estis ofreciendo moneda falsa.

--Y vos me estis desesperando.

--Ya os he dicho que puedo ser vuestro amigo.

--Hablad.

El duque de Lerma se sent y Quevedo volvi  sentarse tambin.

--Voy  desembozar algunas palabras que os estn haciendo sombra, y 
empezar por m desembozndome. Nac contrahecho; vos me desembozsteis
por los pies, ya os lo dije; ni ech memorial para venir al mundo, ni
venido quejme de los malos pies con que en l entraba; pero si Dios me
di piernas torcidas, dime alma recta; si pies torpes, ingenio gil; si
cabeza grande, llenla de grandes pensamientos; os estoy hablando
completamente desembozado, y pienso desembozaros para con vos mismo,
porque lleguis  ver claro, que, vos como sois, y yo como Dios ha
querido que sea, hemos nacido para ir por camino diferente; yo bien me
s  dnde vais  parar; yo parar donde Dios sabe.

--Continuar sacrificando mi vida  la grandeza de mi patria.

--Y como habis nacido para que todo os salga al revs de como pensis,
acabaris hundindoos con Espaa en un abismo.

--Creis, pues, que estoy engaado?...

--Si volvemos  las rplicas no acabaremos nunca.

--Continuad.

--Pretendieron mis padres que fuese docto. Alcal me di su ciencia,
pero ms la Universidad que se llama mundo. Cada mujer fu para m un
romance, cada hombre una stira, cada da un maestro, cada ao un libro.
Djome la historia que siempre ha habido tiranos y esclavos, y que la
vanidad, y la codicia, y la soberbia han escrito con sangre sus anales;
quise quitar la cartula  la verdad y se la quit  medias, porque lo
que vi, me di miedo de ver lo que ver no quise. Encerrme conmigo, y
all en mi encierro me sigui el mundo, y me siguieron mis pasiones.
Am: nunca hubiera amado! porqu am  vuestra hija.

Hizo un movimiento de impaciencia Lerma.

--Y vuestra hija me am.

Movise con doble impaciencia el duque.

--Y no fu ma porque no quise que lo fuese.

--Oh! exclam con disgusto Lerma.

--No poda serlo; para querida me daba lstima, para mujer ojeriza.

--Cmo!

--Hubiseis dicho qu me daba  trueque;  falta de riquezas y de
ttulos, servidumbre judaizante, adoracin del oro; yo, que me precio de
sangre limpia y de ser buen cristiano, djeme todo espeluzno y todo
escndalo de m mismo cuando pas por m el vergonzante pensamiento de
ser vuestro yerno: honra dejronte tus padres, don Francisco; brlaste
de las busconas; no mates tu honra ni tu musa y buscn no seas; que
cuando oro anda en medio de una mujer y un hombre, el mundo no ve el
corazn, sino el talego; no el amor, sino la codicia; trageme, pues, mi
amor, como me he tragado otras tantas cosas, y no queriendo deshonrar 
vuestra hija hacindola ma, no me cas con ella por no deshonrarme.

El duque de Lerma no contest una sola palabra; nicamente hiri una y
otra vez con un movimiento nervioso la alfombra, con el tacn de su
zapato.

--Cassteisla entonces con vuestro sobrino; vendsteis  vuestra hija...

--Era una alianza conveniente...

--Pudo conveniros  vos, no  ella. Convinirala como mujer honrada y
honesta, y discreta, y bien nacida, no porque de vos viniera, sino
porque naci buena, otro hombre, ms amor, ms alma, ms valor y dicha
la verdad sea, ms vergenza. Que si el conde de Lemos tuviera todas
estas cosas y con ellas alguna discrecin y buen ingenio, bien casada
estuviera vuestra hija, y no escribiera yo despechado al verla tan mal
casada, tan enterrada en vida, aquello de:

      Oro es ingenio en el mundo,
    oro en el mundo es nobleza
    y el que en vanidades trata
    de vanidad se sustenta.
    Con un leproso del alma,
    su padre cas  Teresa...

Con lo dems que deca el romance, que si no hizo reir  nadie por el
chiste, os hizo  vos llorar de rabia por lo claro, y dar conmigo en San
Marcos, con tan poco disimulo de la causa, que todo el mundo tuvo por
culpa de ella al romance, y por doa Catalina  la doa Teresa que el
romance cantaba.

--Y creis que aunque anduvsteis extremadamente injusto, apasionado y
mordaz en el tal romance, fu esta sola la causa de vuestra prisin?

--S que anduvieron tambin en ella vuestras antiparras.

--Ms claro.

--Por turbias que sean esas antiparras para el duque de Lerma, todos ven
que son ellas don Rodrigo Caldern.

--Ah! el bueno de mi secretario!

--Vuestro amo.

--Mi amo!

--Y del rey.

--Ah!

--Y de Espaa, porque como vos sois amo del rey, y el rey amo de Espaa
y es vuestro dueo don Rodrigo, resulta que don Rodrigo viene  ser amo
de Espaa.

--Seguid, don Francisco,  fin de que sepamos hasta qu punto estis
engaado.

--Era una simple cuestin de secretarios: don Rodrigo lo era vuestro, y
yo lo era del duque de Osuna; el duque de Osuna era enemigo vuestro, y
por consecuencia, vuestro secretario deba serlo tambin del secretario
del duque de Osuna. Temise, no lo que haca, sino lo que pudiera hacer
de la corte el ilustre descendiente de los Girones, y como es muy
principal caballero, y muy poderoso, y muy bravo, se le desterr 
Npoles dorando el destierro con lo de virrey, y como se crea que yo
era mucha cosa con el duque y que hara ms conmigo que sin m, se me
envi  San Marcos  hacer penitencia; y como el duque de Osuna no ha
cesado de reclamar en estos dos aos  su pobre secretario, y como, por
otra parte, vos os encontris con que  pesar de los buenos oficios de
don Rodrigo no veis claro en qu consisten tantos reveses y tantas
desdichas como sufre Espaa, os habis dicho: saquemos del encierro 
aquel espritu rebelde, veamos si podemos mudarle  nuestro provecho, y
si sus antiparras son ms claras que los ojos de don Rodrigo.

--Y creis que yo no pudiera pasarme sin vos?

--Creo que necesitis de todo el mundo.

--El rey me concede ms que nunca su cario, su confianza.

--Sin embargo, no ha gustado mucho al rey que vuestro sobrino haya
llevado  picos pardos al prncipe de Asturias. Y como el rey, aunque no
es muy perspicaz, sabe que vos y el conde de Lemos sois una misma cosa;
y como vuestro hijo el duque de Uceda se impacienta por ocupar vuestro
puesto; y como la reina trabaja contra vos todo lo que puede; y como
Olivares atiza, pensando en su provecho; y como Caldern, creyndose ya
poderoso, no disimula su soberbia; y como Espnola desde Flandes pide
hombres y dineros; y como suceden tantas y tantas cosas que no debieran
suceder, si no mandrais vos, que no debais mandar; y como vos creis
que el duque de Osuna me ha nombrado su secretario por algo, y que por
algo tambin me pide en una y otra carta, nada de extrao tiene que yo
piense que si quisiera poda vengarme de don Rodrigo envindole 
galeras y de vos hacindoos mi secretario.

--Concese--dijo el duque sonriendo  duras penas--que an os dura la
rabia del encierro.

--Os hablo desembozado y nada ms.

--Y si fuese cierto que yo necesitase de vuestra ayuda?...

--Os la negara, porque ayudaros  vos, sera desayudar  la patria y
hacer traicin al rey.

--Supongo que no os habris atrevido  llamarme traidor.

--No; pero sois ciego, soberbio y codicioso.

--Os habis propuesto decididamente enojarme, cuando yo hago todo lo que
puedo por haceros mi amigo.

--No debe enojaros la verdad; no puedo ser yo amigo vuestro.

--Sin embargo, si no recuerdo mal, me habis ofrecido vuestra amistad.

--_Sub conditione._

--Pero vuestras condiciones...

--En el estado en que se encuentra la gobernacin del reino, las
condiciones seran muy duras para vos.

--Creis que el mal, si le hay...?

--Si le hay? Desde que muri el rey don Felipe, que aun antes de que le
royesen el cuerpo los gusanos, se sinti roido por el dolor de dejar la
monarqua ms poderosa del mundo  un prncipe incapaz, no han pasado
por Espaa ms que desdichas; la hacienda real, desde que vos substeis
 secretario de Estado, empez  dar tales traspis, que dej muy pronto
de ser hacienda; exhausta por los gastos ms exorbitantes, escandalizado
el reino de tanto desbarajuste, de tal despilfarro, empez  murmurar,
como quien conoca que de su cuero haban de salir las correas; vos,
para acallar al reino, os ayudsteis de clrigos para que volviesen 
vuestro provecho el plpito y el confesonario; no era bastante la
mentira en nombre del rey: se minti en nombre de Dios, se pas de la
deslealtad al sacrilegio. Don Rodrigo Caldern, trocado de vuestro paje
en vuestro secretario, y engordado con vuestros secretos, y con los
empleos que vende, y con la justicia que rompe, se hace fuerte y os
domina; la guerra de los Pases Bajos, funesta guerra de religin que
ningn provecho ha podido nunca traer  Espaa, se encrudece, se hace
desastrosa, es ms, injusta, deshonrosa, porque nuestros soldados sin
pagas, se convierten en una plaga de Egipto, rompen la disciplina, y
nuestros valientes tercios son vencidos en las Dunas, en Ostende, en el
Brabante, en todas partes,  pesar de la pericia y del valor de
Espnola. Somos el juguete de Inglaterra, que satisface el odio que
siempre ha sentido hacia la casa de Austria, y de otra parte la Francia
ayuda  los Pases Bajos, para que entretenida Espaa con una guerra
desastrosa no pueda influir en sus negocios. Intil la tentativa de
ceder la soberana de los Pases Bajos al archiduque Alberto y  su
esposa la infanta doa Isabel; continan los desastres. Holanda y
Flandes han resistido, resisten y resistirn, como quien pugna por
arrojar de su casa un dominio extrao y tirnico. Para satisfacerse de
algn modo de los reveses de los Pases Bajos, se piensa en ganar gloria
perjudicando al comercio ingls, y se enva all una escuadra que
aniquilan los elementos como aniquilaron  la _Invencible_; todo
fracasa, todo muere. Perdido el tino, se firma una tregua vergonzosa de
doce aos con Holanda y Flandes, acogiendo por medianeras  Francia y 
Inglaterra, y se cree tener algn respiro. Pero aqueja la pobreza
pblica, al par que crecen los dispendios de la corte, y se piensa en
leyes suntuarias; leyes inoportunas, ineficaces, contra las que
representan los mercaderes y quedan sin efecto; es necesario encontrar
dinero  todo trance, y se aumenta el valor de la moneda de velln;
expone los inconvenientes de esta medida el docto Mariana en su libro
_De Mutatione monet_, y el bueno, el sabio Mariana es perseguido;  la
torpeza sigue la tirana. Pero no se halla todava dinero y la tirana
crece, la tirana no respeta ya nada: ni la fe de los tratados humanos,
ni la fe de este eterno pacto de justicia que el hombre tiene hecho con
Dios. El edicto de la expulsin de los moriscos, llena de horror  todos
los pechos generosos...

--Antes que Felipe III han sido sus abuelos rigorossimos con los
moriscos--exclam el duque de Lerma, aturdido por la filpica de
Quevedo.

--Los clrigos y los frailes! siempre esa plaga que ha logrado dominar
al trono y que acabar con la gloria y con el poder de Espaa. Y, sin
embargo, un excesivo celo por la religin, un celo imprudente y ciego,
pudo nublar con hechos indignos de su grandeza la gloria de los Reyes
Catlicos, del emperador don Carlos, de su hijo don Felipe; pero no la
mancill la codicia mortal, la sed infame del dinero; los moriscos
fueron perseguidos, pero no fueron robados!

--Robados!

--S, Felipe III ha robado  los moriscos, y quien dice Felipe III, dice
el duque de Lerma.

--Esto es ya demasiado, demasiado--dijo enteramente aturdido Lerma, que
no haba credo que existiese un hombre capaz de decirle de frente tan
agrias verdades. A tal punto le haban llevado su envanecimiento, su
privanza y la nulidad del rey.

--Pues ya se ve que es demasiado! Cuatro millones de espaoles ricos,
industriosos, han sido expulsados, pobres, desnudos, miserables,
desesperados, del suelo que los vi nacer. Y el rey, su majestad, como
si hubirais hecho grandes merecimientos, como si en vez de disminuir en
una cuarta parte la poblacin del reino la hubirais aumentado y
enriquecido, os da trescientos mil ducados para vos y para vuestro hijo
el duque de Uceda, y ciento cincuenta mil  vuestra hija y  su noble
esposo el conde de Lemos.

--Concluyamos, concluyamos, don Francisco!--dijo el duque procurando
rehacerse--; est visto que no podemos entendernos.

--Ya quera yo irme...!--dijo Quevedo levantndose de nuevo--; quera
irme sin hablar una sola palabra, porque no podra deciros ms que
verdades lisas... pero vos... bah! vos habis nacido para
equivocaros...

--He llegado  vos y os he tendido la mano...

--Yo no puedo estrechar vuestra mano, yo no puedo serviros; yo no quiero
hacerme cmplice de la ruina de Espaa;  mi duque de Osuna me atengo...
y si me desayudare el duque... me atender  m mismo, que me basto y
aun me sobro. Quede vuecencia con Dios.

--Esperad: no es por ah, don Francisco--dijo el duque tomando una buja
de sobre la mesa y yendo  una puertecilla.

--Cmo!--dijo Quevedo--; vuecencia sirvindome de paje?

--Honroso es servir al ingenio,  la grandeza y al valor.

--Muy cristiano andis.

--Cristiano!

--S, por cierto; dais favores por agravios.

--No hablemos de eso; no sois vos quien me agraviis, sino la fortuna
que se me os roba.

--Ah os queda don Rodrigo Caldern. Call el duque, y bajando unas
escaleras, lleg  un postigo y puso la mano en un cerrojo.

--Perdonad, un momento, don Francisco--dijo Lerma--: quin os ha dado
la carta que me habis trado? puede saberse?

--Y por qu no? Me la ha dado vuestra hija!

--Y... dnde?

--En palacio.

--Oh! con que ya habis estado en palacio apenas venido?

--De palacio vengo y  palacio voy. Como me cri en l, soy palaciego, y
tanto, que atribuyo al haberme criado en palacio mi cortedad de vista.

--Pues cuidad, don Francisco, en dnde ponis los pies, porque palacio
est muy resbaladizo.

--Como ando despacio, seor duque, nunca resbalo; como tengo los pies
grandes me afirmo; cuando caigo no es que caigo, sino que me caen.
Guarde Dios  vuecencia y le prospere--aadi, viendo que el duque
haba abierto la puerta.

--Id, id con Dios, don Francisco--dijo el duque--, y no os olvidis
nunca que os he buscado.

--Lo que no olvidar jams es la causa por que he venido--dijo Quevedo,
y sali.

El duque, que al abrir se haba cubierto con la puerta, cerr
murmurando:

--Que no olvidar la causa por que ha venido! y quien le ha dado la
carta de la duquesa de Ganda ha sido mi hija! ese hombre! A dnde
tender el vuelo don Francisco?

Detvose de repente el duque; haba sonado en la calleja ruido de
espadas que dur un momento.

--Qu ser?--dijo Lerma--; donde va Quevedo van las aventuras. Don
Rodrigo me lo dir... s, s... don Rodrigo!; y es el caso que empiezo
 desconfiar de l, pero yo desconfo de todo el mundo... de todos,
hasta de m mismo.

El duque acab de subir en silencio las escaleras, entr en su despacho,
y abri con una ansiedad marcada la carta de la duquesa de Ganda.

Hizo bien el duque en esperar  quedarse solo para leer aquella carta;
nuestros lectores adivinarn su contenido. En ella,  vueltas de pesadas
reflexiones, participaba la duquesa  Lerma lo que la haba acontecido
con el rey y la desaparicin de la reina de su cuarto.

El duque, leyendo esta carta, se puso sucesivamente plido, lvido,
verde. No comprenda bien aquello. Crea tener comprimida  la familia
real, y, sin embargo, el rey y la reina se le escapaban, como quien
dice, por los poros. Crea saberlo todo, y, sin embargo, ignoraba que
existiesen aquellas comunicaciones secretas de que hablaba la carta. Se
crea seguro del afecto, de la fidelidad de don Rodrigo Caldern, y la
duquesa le daba respecto  l una voz de alerta. Daba vueltas el duque 
la carta y la lea y volva  releer una y otra vez, como si dudara de
sus ojos, y siempre lea la misma cosa:

Su majestad el rey ha venido  m por un pasadizo secreto, y me he
visto en un grande apuro.

Y ms abajo:

Cuando obligada fu  anunciar  su majestad la reina que el rey
deseaba verla, no encontr  la reina ni en su cmara, ni en su
dormitorio, ni en su oratorio, y  la hora en que os escribo no s dnde
est su majestad.

Y ms abajo an:

Personas extraas, que no puedo deciros quines son, porque no las
conozco, aunque las he sentido y casi las he tocado, entran  mansalva
en la cmara de su majestad la reina. Adems, he descubierto lo que
nunca hubiera credo... desconfiad de don Rodrigo Caldern: est en
inteligencias con la reina y os vende.

El duque acab de aturdirse, y como siempre que esto le aconteca, mand
llamar  su secretario.

Pero antes de que ste llegase, tuvo gran cuidado de guardar en su
ropilla la carta de la duquesa de Ganda.

A poco entr en el despacho del duque un hombre como de treinta 
treinta y cuatro aos.

Era buen mozo; moreno, esbelto, de mirada profunda, semblante serio,
maneras graves, movimientos pausados, como quien pretende aumentar la
dignidad de su persona; vesta rica pero sencillamente, y todo en l
rebosaba orgullo, mejor dicho, soberbia, y una extremada satisfaccin de
s mismo; era, en fin, uno de estos seres que jams descuidan su papel,
y que con su aspecto van diciendo por todas partes: soy un grande
hombre.

Como sucede siempre  estos personajes, su afectacin tena algo de
ridculo; pero era la del que nos ocupa una de esas ridiculeces que slo
notan los hombres de verdadero talento, los hombres superiores.

A los dems, don Rodrigo Caldern, que l era, deba imponer respeto, y
lo impona.

Pero delante del duque de Lerma, el ms hinchado de los hombres
hinchados, don Rodrigo se apeaba de su soberbia para transformarse en un
ser humilde, casi vulgar, en un criado, en un instrumento.

Pero esto slo en la apariencia.

Lo que demuestra que era superior al duque, puesto que le comprenda, y
comprendindole usaba de l, humillndose.

Cuando entr se inclin respetuosamente, y su semblante tom la
expresin ms humilde y servicial del mundo.

Sin embargo, todos sus esfuerzos y toda su servil experiencia de
cortesano no bastaron para borrar de su semblante cierta expresin de
profundo disgusto, de ansiedad, de molestia y de un malestar doloroso.

El duque lo not, recel, pero sin embargo disimul y ocult
profundamente su recelo.

--Qu os sucede?--le dijo--no estis satisfecho de las ventajas que
acabamos de alcanzar?

--Ventajas! ventajas! tengo la desgracia de no verlas, seor--contest
con voz apagada don Rodrigo--; si llamis ventajas el haber logrado que
se sienten  vuestra mesa y hablen como amigos el seor duque de Uceda
vuestro hijo, el conde de Olivares y don Baltasar de Ziga...

--Por el momento parecen desalentados, vienen  nosotros, olvidan sus
diferencias y se estrechan las manos.

--Para engaarse mejor, engaando juntos  vuecencia.

--Y bien, si no podemos unirlos los separaremos; no nos ha de faltar
pretexto para conferir una embajada al conde de Olivares; enviaremos de
virrey  Mjico  al Per  mi hijo, y alejaremos con otra honrosa
comisin  don Baltasar.

--Pero el conde de Olivares preferir su empleo de caballerizo mayor,
que le tiene en la corte, y cerca del rey, y vuestro hijo y Ziga no
dejarn por nada del mundo el cuarto del prncipe don Felipe.
Desengese vuecencia: todos quieren ser, todos; aunque todo os lo
deben, conspiran contra vos, los primeros vuestro hijo y vuestro
sobrino... el conde de Lemos...

--El conde de Lemos seguir en su destierro; ha sido ms audaz que los
otros... ha pretendido ganar la confianza de su alteza, despertando sus
pasiones y halagndolas... ha sido, pues, necesario ser severo con l, y
como lo he sido con l, lo ser con los dems; lo ser, no lo
dudis--aadi el duque contestando  un movimiento de duda de don
Rodrigo.

--Slo hay un medio... ya os lo he dicho... acabar de una vez... cuando
un enemigo se hace demasiado terrible, como, por ejemplo, la reina...

--No, no--dijo con repugnancia el duque--; no es necesario llegar 
tanto... la reina... la tenemos sujeta... esas cartas... esas preciosas
cartas... oh! guardadlas bien... guardadlas.

--Las llevo siempre conmigo; la reina por ahora no se atreve... pero si
vuestros enemigos... si fray Luis de Aliaga...

--Ya os he dicho que Olivares, Uceda y Ziga, se sienten sin fuerzas,
se rinden y vienen  buscarla en m; vuestro celo, don Rodrigo, os hace
muy desconfiado. Qu, creis que yo no tengo poder?

--Y de dnde sacar nuevos tesoros? dnde encontrar otros moriscos?
cmo agravar los tributos? Qu hacer para acabar esas guerras eternas
que nos desangran? y cmo acabarlas sin exponerse  caer de lo alto
ante el orgullo de Espaa ofendida? cmo quitar  un ambicioso de un
puesto que satisface su ambicin para poner  otro? Os lo repito: cuando
se ha llegado  este extremo, cuando falta oro para tanta boca sedienta,
siempre queda el remedio de...

--No, no, el remedio es peor, cien veces peor. Todo se sabe...

--Y bien, qu medio creis que os queda para con la reina?

--Las cartas que poseis.

--Pero esas cartas no pueden usarse sin que yo me pierda.

--Creis que vos estaris perdido, cuando yo est salvado?

--Hace algn tiempo que, con mucho sentimiento mo--dijo con gran
humildad don Rodrigo--vemos las cosas de distinto modo. Yo veo...

--Vos veis menos de lo que creis ver.

--Yo veo todo lo que pasa en la corte y fuera de ella, seor. S que
vuecencia no puede anunciarme una cosa grave que yo no sepa.

--Voy  deciros una gravsima: sabis dnde est la reina?

Mir con asombro Caldern  Lerma.

--No comprendo  vuecencia--dijo.

--Me explicar: sabis por qu la reina no parece?

--Qu no parece su majestad?

--S, por cierto; la reina se ha perdido esta noche,  ha estado
perdida. En una palabra: su majestad la reina,  cierta hora de la
noche, no estaba en su cuarto.

--Cmo,  qu hora?

--A principios de la noche.

--Pues puedo deciros--exclam Caldern ponindose plido--que si la
reina ha desaparecido de su aposento, ha salido del alczar.

--Que ha salido?

--S, seor, sola y en litera.

--Eso no puede ser; imposible!--exclam el duque ponindose de pie--.
Margarita de Austria, sola como una dama de comedias!...

--Es ms, seor, acompaada de un hombre.

--Pero no habis dicho que sali sola del alczar?

--S, s por cierto; yo la haba dado una cita.

--Y esperbais?...

--No esperaba; pero  todo trance, y por no esperar yo mismo  las
puertas del alczar, para no dar que pensar, puse un hombre de mi
confianza, y esper ms lejos. Impaciente, fu  informarme de mi
centinela, y ste me dijo que haba salido del alczar, bajando por la
escalera de las Meninas, una dama que tena todo el aspecto que yo le
haba indicado, que haba entrado en una litera y acababa de alejarse.
Seguimos la direccin que la litera haba tomado. La hallamos al fin, la
seguimos. De repente para la litera y sale...

La reina!

--Una dama tapada que tena el mismo aspecto, el mismo andar reposado,
grave, gallardo de su majestad. Ms an; de repente, aquella dama se
detiene junto  un hombre que estaba parado en una encrucijada y se ase
 su brazo y sigue.

--Oh! no poda ser la reina, no;  qu haba de asirse  otro hombre?

--Ah! aquel hombre, cuando le dej la dama tapada en una callejuela
solitaria, me detuvo hierro en mano.

--Oh!--exclam el duque de Lerma--se trataba de mataros?

--Y la reina se haba puesto por cebo; no tengo duda de ello. Adems,
aquel hombre haba sido buscado  propsito; yo me jacto de ser buena
espada; pues bien, aquel hombre me desarm y me hizo gracia de la vida.

--No queran, pues, mataros: no era la reina.

--Al contrario, la generosidad de ese hombre me confirma ms en mis
sospechas; la reina se horroriza de la sangre... como vuecencia; la
reina, sin duda, ha querido decirme: aunque soy mujer, y me tenis
obligada al silencio, puedo en silencio mataros; tengo una valiente
espada que me sirve.

--Pero no se os ocurre que vuestro vencedor pudo quitaros las cartas?

--La reina no sabe que por guardarlas mejor llevo siempre las cartas
conmigo.

--Y no se sabe quin es ese hombre que ha defendido  la reina?

--No lo s an, pero lo sabr; le he hecho seguir por un hombre que no
le perder de vista.

--Pues bien; lo que ms urge ahora es desenredar este misterio de la
reina, ver claro: saber cmo, por dnde puedan entrar personas extraas
en la cmara de la reina, y cmo la misma reina puede salir sin ser
vista de nadie. Hay ciertos pasadizos en el alczar que han estado 
punto de causarnos graves disgustos. Haced que las gentes que estn al
lado del rey, cuenten sus pasos, oigan sus palabras...

--Tal las oyen, que aconsejo  vuecencia haga dar una mitra al confesor
del rey.

--Cmo!

--Fray Luis de Aliaga ha pasado toda la tarde al lado de su majestad,
mientras vuecencia reconciliaba  sus enemigos y se crea por su
reconciliacin libre de cuidados.

El duque qued profundamente pensativo.

--El confesor del rey! La reina apela al hierro! Oh! oh! la lucha es
encarnizada... y bien, ser preciso obrar de una manera decidida...

--No digis es necesario obrar... decidme obrad, y obro. Estas cartas
son ya insuficientes... vuecencia no puede pedirme que me pierda al
perder  la reina... la reina lo arrostra todo... imitmosla.

--Procurad saber quin es ese hombre de que la reina se ha valido;
averiguado que sea, hacedle prender, y esto al momento. Despus, id 
avisarme al alczar.

Don Rodrigo conoci que la orden era perentoria, y fu  salir.

--No, por ah no; tomad mi linterna; vais  salir por el postigo; de
paso mirad si hay algn muerto en la calle,  al menos seales de
sangre.

--Ah!

--S, antes que vinirais sonaron cuchilladas en la callejuela.

--Ah! ah!--dijo para s Caldern bajando las escaleras detrs del
duque--. Cuchilladas junto al postigo de su excelencia, y su excelencia
interesado en saber el fin de estas cuchilladas! ah! qu ser esto?
Creo que este hombre, cuando me guarda secretos, desconfa de m! Pues
bien, obrar como me conviene, seor duque; y ya es tiempo; no quiero
sumergirme con vos.

Cuando llegaba  este punto de su pensamiento, Lerma abra el postigo y
se cubra con l para no ser visto por un acaso desde la calle.

Caldern sali.

Apenas haba salido y cerrado el duque, cuando resonaron en la calle,
como por ensalmo, delante del postigo, cuchilladas, y poco despus, unas
segundas cuchilladas ms abajo, unieron su estridor al de las primeras.

El duque de Lerma subi cuanto de prisa le fu posible las escaleras,
llam  algunos criados, y los envi  saber qu haba sido aquello.




CAPTULO X

DE CMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO ENCONTR EN UNA NUEVA AVENTURA EL HILO
DE UN ENREDO ENDIABLADO


Cuando Quevedo sali de la casa del duque de Lerma por el postigo,
apenas haba puesto los pies en la calle, se le vino encima Juan
Montio, que, como sabemos, estaba esperando en un soportal  que
saliese por aquel postigo don Rodrigo Caldern.

Al verse Quevedo con un bulto encima, y espada en mano, ech al aire la
suya, y embistiendo  Juan Montio, exclam con su admirable serenidad,
que no le faltaba un punto:

--Muy obscuro hace para pedir limosna; perdone por Dios, hermano.

Y  pie firme contest  tres tajos de Juan Montio, con otras tantas
estocadas bajas y tales, que el joven se vi prieto para pararlas.

Y no sabemos lo que hubiera sucedido, si Juan Montio no hubiera
conocido en la voz  su amigo.

--Por mi nima--dijo hacindose un paso atrs y bajando la espada--,
que aunque muchas veces hemos jugado los hierros, no cre que pudiramos
llegar  reir de veras!

--Ah! sois vos, seor Juan? que me place; y ya que no nos hemos
sangrado, algrome de que hayamos acariciado nuestras espadas para daros
un consejo: lo de tajos y reveses  la cabeza, dejadlo  los
colchoneros, que sirven bien para la lana, y aficionos  las estocadas;
de m slo s deciros que de los instrumentos de filo, slo uso la
lengua. Pero qu hacis aqu?

--Espero.

--Ya, ya lo veo. Pero  quin esperis?

--A un hombre.

--Decid ms bien  un muerto; y dgolo, porque  pesar del demasiado
aire que dais  la hoja de la espada, si yo no fuera quien soy, me
hubirais hecho vos lo que no quiero ser en muchos aos. Pero el nombre
del muerto; digo, si no hay secreto  dama de por medio, que no siendo
as...

--Dama y secreto hay; pero me vens como llovido; conozco vuestra
nobleza, quiero confiarme de vos, y os pido que me ayudis.

--Y os ayudar, y ms que ayudaros; tomar sobre m la empresa y el
encargo. Pero de qu se trata?

--Conocis  don Rodrigo Caldern?

--Conzcole tanto, como que de puro conocerle le desconozco. Es mucho
hombre.

--Pues  ese hombre espero.

--Para...

Quevedo hizo con el brazo la seal de una estocada  fondo.

--Cabalmente.

--Perdonad; pero vos no sois cristiano, amigo Juan.

--Por qu me decs eso? no os he dejado tiempo para poneros en
defensa?

--Dgolo, porque vuestro rencor no cede. No os habis satisfecho con
haber desarmado hace dos horas  don Rodrigo Caldern, sino que
pretendis matarle?

--Cmo! era don Rodrigo Caldern el hombre con quien re cuando?...

--S, cuando acompabais  una dama muy tapada, muy hermosa y muy noble
que haba salido del alczar.

--Cmo! conocis  esa dama?

--Puede ser.

--Y es hermosa?

--Puede que lo sea.

--Y sabis su nombre?

--Puede llamarse... se puede llamar con el nombre que mejor queris; os
aconsejo que no tomis jams el nombre de una tapada, sino como un medio
de entenderos con ella.

--Pero no decs que la conocis?

--Lo que prueba, pues tanto me preguntis, que no la conocis vos.

--Ay! no!

--Os habis ya enamorado?

--Lo confieso.

--Sin conocerla...

--Ah veris.

--Por la voz,  por el olor,  por el bulto? Ved que esas tres cosas
engaan.

--Estoy seguro de que es una divinidad.

--Se me os perdis, Juan, se me os perdis, y lo siento. Idos de la
corte, amigo mo, porque si apenas habis entrado habis cado,  poco
ms sois hombre enterrado. Creedme, Juan, venos conmigo  una hostera
y dejos de tapadas, que no contentas con haberos matado os piden
hombres muertos.

--Idos si queris--dijo Juan Montio--, que yo estoy resuelto  quedarme
y  cumplir lo que he prometido.

--No, no me ir, puesto que me necesitis: aqu me estoy con vos y venga
lo que viniere.

--He reparado en un bulto que me sigue desde despus de mi primera ria
con don Rodrigo.

--Ah! s? un bulto? razn ms para que yo me quede.

--Y ese bulto est all abajo, junto  la esquina.

--Y no le habis ahuyentado por no espantar la caza? bien hecho; por lo
mismo dejarle yo all: pero entrmonos en este zagun.

--Entrmonos.

--Y estis seguro de que don Rodrigo Caldern est ah dentro, y si
est de que saldr por ah?

--No lo estoy, pero espero.

--Vais hacindoos  las costumbres de los enamorados tontos, que se
pasan la vida en esperar  bulto.

--Por ms que hagis...

--No os curo.

--No.

--Pero tanto vale esta dama?

--Oh!

--Oh! Decir oh! vale tanto como si dijseis: esa dama es para m un
acertijo.

--Creis que estoy enamorado?

--Aydeos Dios, si vuestro mal no tiene cura! Y sabis que tarda don
Rodrigo?

--Qu tenis que hacer?

--Mucho: por ejemplo, me urge ver  vuestro to el cocinero de su
majestad.

--Pues no podis verlo esta noche.

--Cmo?

--Va de viaje. Se muere mi to el arcipreste y va  cerrarle los ojos.

--Ah! pues si no puedo ver  vuestro to, me importa poco que tarde
nuestro hombre; entre tanto  dormir me echo.

--A dormir!

--S; he encontrado aqu un poyo bienhechor, y estoy cansado. Y luego,
de qu hemos de hablar? No conocis  esta dama... no puedo aconsejaros
 ciencia cierta... me callo, pues, y duermo. Avisadme cuando sea hora.

Al sentarse Quevedo se desemboz y dej ver una lnea de luz por un
resquicio de su linterna.

--Oh! trais linterna!--dijo el joven.

--Nunca voy sin ella.

--Me prometis decirme el nombre de la dama, si os doy algo por lo que
podis venir en conocimiento?

--Os lo prometo--dijo Quevedo.

--Pues bien, abrid la linterna y mirad.

Quevedo abri la linterna, y Juan Montio, doblando la carta que su to
haba recibido de palacio, y dejando slo ver el primer rengln que
deca: Tenis un sobrino que acaba de llegar de Madrid... mostr aquel
rengln  Quevedo.

--Y es letra de mujer!--dijo ste.

--Pero no la conocis?

--No--repuso Quevedo guardando la linterna.

--Voy  ayudaros--aadi el joven--: esta carta ha venido de palacio 
mi to, de mano de una duea de la servidumbre.

--Si no me dais ms seas no puedo alumbrar vuestras dudas. Y me
duermo, vive Dios, me duermo!--dijo Quevedo bostezando.

--Decidme: hay en palacio alguna dama cuya hermosura deslumbre como el
sol?

--Hilas muy hermosas: la vuestra es esbelta, ligera, buena
conversacin, morena?...

--No, no; es blanca.

--Cmo, pues, sabis su color si iba tapada?

--Una mano...

--Ah! es verdad, las tapadas que tienen buenas manos no las tapan. Pues
no es la condesa de Lemos--dijo para s Quevedo.

--Era alta, gallarda, muy dama, muy discreta, joven, andar majestuoso...

--No conozco dama que tenga ms majestad en palacio que la reina.

--La reina!... pero creis que la reina podra salir sola de noche y
ampararse de un desconocido?

--Eh, seor Juan Montio! hablis con demasiado calor, para que yo no
sospeche que os ha pasado por el pensamiento que poda ser la reina la
dama de vuestra aventura. Creedme, Juan; eso, que si fuera posible,
sera para vos una desgracia, es imposible de todo punto. Su majestad la
reina... vamos, no pensemos en ello. Es la nica mujer que conozco buena
y mrtir, y la ilustre sangre que corre por vuestras venas os debe
decir...

--Mi sangre no es ilustre, don Francisco, sino honrada, y por lo mismo,
porque dudo, porque me parece imposible, os pregunto, quiero aclarar una
duda que me vuelve loco... tenis razn; si fuese la reina la dama 
quien amo...

--Pero qu amor es ese?... un amor de dos horas.

--Ay, don Francisco! en dos horas... menos an, en el punto en que la
vi...

--Luego la habis visto?

--S.

--Dnde?

--Perdonad, no me pertenece el secreto.

--Guardadle, pues; pero entendmonos: decs que habis visto  esa
dama? Dadme sus seas.

--No puedo daros sea alguna, porque fu tal el efecto que me caus su
hermosura, que cegu.

--Vehemente y apasionado como su padre!--murmur Quevedo.

--Qu! habis conocido  mi padre, don Francisco? Cuando fusteis 
Navalcarnero ya haba muerto.

--He odo hablar de l--dijo Quevedo.

--Pues os han engaado.

--Bien puede ser.

--Mi padre era lo ms pacfico del mundo.

--Pobre amigo mo!--dijo Quevedo.

--Por quin hablis, por mi padre  por m?

--Hablo por vos. En cuanto  vuestro padre, bien se est all donde se
est; y en verdad y en mi nima, que si no fuera por vos, ya estara yo
con l.

--En la eternidad?

--Decs bien; pero yo me entiendo y Dios me entiende.

--Estaris tambin enamorado y desesperado?

--Enamorado! no lo s, pudiera ser. Desesperado! no, porque  m no me
desesperan las mujeres.

--Soy muy afortunado.

--O muy pobre. Pero volviendo  la dama...

--Os repito que puedo hablaros de su hermosura, pero no daros seas de
ella; os digo que la amo tanto, que si por desdicha fuese esta mujer la
reina...

--Pero estis loco, Juan? Acabis de llegar  Madrid, y ya pretendis
haber tenido una aventura con... su majestad?

--Y no pudiera ser?

--Poder! Todo puede ser si Dios quiere, puesto que es todopoderoso;
pero lo que creo que ha sucedido ya es que habis perdido el juicio.

--Si esa mujer es la reina, lo pierdo de seguro.

--Y... por qu?

--Por qu? La reina es casada.

--Ah! y amis tanto  vuestra dama, que pretendis encontrar en ella
lo que creo que no se encuentra en ninguna mujer? pretendis que no
haya amado una dama que se sale de palacio de noche y sola, que se
agarra al primero que encuentra y le embauca hasta hacerle perder el
seso?

--Yo no os he dicho que esa dama ha salido de palacio.

--Pero yo lo s.

--Y quin os lo ha dicho?

--Bah! quien os ha visto.

--Me estis desesperando: vos conocis  esa dama.

--Vos me estis guardando un secreto.

--No es mo.

--De la reina.

--Ah! no! no!

--Escuchad, Juan: yo tengo una obligacin mayor de la que creis de
mirar por vos, de guardaros...

--Vos!

--S, yo; es ms: por vos he venido  Madrid; por vos necesito ver 
vuestro to.

--No os entiendo.

--Pues bien podis entenderme. No somos amigos?

--S, ciertamente.

--No soy yo ms experimentado que vos?

--Experimentado y sabio.

--Pues respetadme por mayor en edad y en saber. Contestadme, joven, y
creed, suponed que os habla y os pregunta vuestro padre. Sois nuevo en
la corte, y la corte es muy peligrosa. Habis dado de bruces con palacio
y para vos se ha centuplicado el peligro. Para qu esperis  don
Rodrigo Caldern?

--Para matarle.

--Y por qu?

--Porque ha ofendido  esa dama que me enamora.

--Me engais.

--No os engao.

--La ofensa de ese hombre  la dama?...

--Suponerla amante suya.

--Y  vos qu os da?

--Es intil que pretendis disuadirme: estoy resuelto.

--Pues sea; me embarco con vos; agito con vos el cascabel de la locura:
cometo la primera tontera de que tengo memoria: Cervantes,  quien Dios
perdone sus pecados, crey haber muerto con su _Ingenioso Hidalgo don
Quijote_  los caballeros andantes; pero se enga, porque aqu estamos
dos. Vos porque tenis ojos, y yo porque tengo corazn y agradecimiento.

--Agradecimiento!

--Dios me entiende y yo me entiendo.

--Pero no os entiendo yo.

--Cuando fu hudo  Navalcarnero... y fu por una mujer... siempre
ellas... encontr en vos...

--Un joven que se volvi  vos asombrado, deslumbrado por vuestro
ingenio.

--Muchas mercedes. Pues encontr en vos un hermano, y tan agradecido
qued de ello, que en la primera carta que escrib al duque de Osuna, le
habl de vos.

--Ah! don Francisco! habis hecho que llegue mi pobre nombre al gran
duque de Osuna?

--Y tanto bien vuestro le he dicho, que el duque, que no ha dejado de
escribirme  San Marcos, me escribi por ltimo en trminos breves pero
precisos: Mi buen secretario: el duque de Lerma os suelta, no s si
porque me teme,  porque os teme  vos, aunque preso y encerrado. Venos
al punto, pero traeros con vos  ese vuestro amigo Juan Montio, de
cuyos adelantos me encargo.

--Eso os ha escrito el duque y os llamis agradecido de m?

--Sea como quiera, vengo, os encuentro cuando menos lo esperaba y metido
en una aventura, y por fin y postre, me metsteis tambin en ella. Pues
adelante: no siento otra cosa sino lo que tarda el difunto.

No haba acabado Quevedo de pronunciar estas palabras, cuando rechin
una llave en la cerradura del postigo del duque, se abri ste, se vi
luz y sali un bulto.

El postigo volvi  cerrarse.

--Ah le tenis--dijo don Francisco en voz baja  Juan--. Dejadle que
adelante algunos pasos ms, y  l.

Juan Montio sali del zagun y se fu tras aquel bulto. Quevedo se puso
en medio de la calleja, y desnud la daga y la espada.

Hemos dicho que la noche era muy obscura.

--Defendos  os mato--dijo Juan Montio  dos pasos del que haba
salido por el postigo.

Volvise ste y desnud los hierros.

--Y por qu queris matarme?--dijo.

Juan le contest con una estocada.

--Ah! vos sois el mismo de antes--dijo don Rodrigo, que l era.

--Entonces os desarm, pero ahora que s que sois don Rodrigo Caldern,
os mato.

Al decir el joven estas palabras, don Rodrigo Caldern di un grito.

La daga de Juan Montio se le haba entrado por el costado derecho.

Y entre tanto Quevedo daba una soberana vuelta de cintarazos, sin
chistar,  un bulto que haba venido en defensa de don Rodrigo.

Don Rodrigo quiso sostenerse sobre sus pies, pero no pudo; le brotaba la
sangre  borbotones de la herida, se desvaneci, vacil un momento y
cay.

Juan Montio se arroj sobre l, le desabroch la ropilla y busc con
ansia en ella: en un bolsillo interior encontr una cartera que guard
cuidadosamente.

Don Rodrigo no le opuso la menor resistencia. Estaba desmayado.

Entretanto el hombre  quien zurraba Quevedo, no pudo resistir ms y
huy dando voces.

--Habis acabado ya por lo que veo,  ms bien por lo que no
escucho--dijo Quevedo  Juan Montio.

--S, por cierto--contest Juan.

--Ya saba yo que tenamos difunto; pero ese rufin de Juara va dando
voces, y por sus voces pueden dar con nosotros, y con nosotros en la
crcel. Dadme vuestro brazo  fin de que yo pueda andar de prisa, y
tiremos adelante.

--Adelante, don Francisco, pero tiremos hacia palacio.

--Hacia palacio, eh! pues que palacio sea con nosotros.

Y marchando con cuanta rapidez les fu posible, que no era mucha  causa
de la deformidad de las piernas de Quevedo, salieron de la calleja.

Poco despus entraban en ella muchos hombres con luces.

Aquellos hombres eran los criados que el duque de Lerma haba enviado 
informarse del suceso.




CAPTULO XI

EN QUE SE SABE QUIN ERA LA DAMA MISTERIOSA


Quevedo y Juan Montio tardaron un largo espacio en llegar  palacio, no
porque palacio estuviese lejos de la casa del duque de Lerma, sino
porque para Quevedo eran largas todas las distancias.

Entrambos iban embebecidos en hondos pensamientos y no hablaron una sola
palabra durante el camino.

Cuando vieron delante de s la negra masa del alczar, Quevedo dijo 
Montio:

--He aqu que hemos llegado, y que estamos en salvo. Procurad vos no
poneros en peligro; ved que palacio es un laberinto en que se pierde el
ms listo.

--Aunque fuese el infierno entrara en l. Me lo manda mi honra.

--Pues si tan principal seora os manda, no insisto, amigo Juan, y os
dejo, porque supongo que necesitaris ir solo.

--De todo punto.

--Pues vime  dormir; esproos maana en el _Mentidero_.

--Cmo en el Mentidero?

--Olvidbame de que sois nuevo en la corte. Llaman aqu el Mentidero 
las gradas de San Felipe el Real.

--Y por qu no esperarme en vuestra casa?

--Porque no s an si ser pblica  privada, mesn de transeuntes 
trnsito de infierno. Quedad con Dios, y sobre todo, prudencia, Juan,
prudencia, y no os envanezcis con los favores de la fortuna.

--No s lo que ser de m--dijo el joven, que estaba aturdido 
impaciente.

--Pues procurad saber lo que hacis, y adis, que no quiero deteneros.

--Adis, don Francisco, hasta maana.

Quevedo se alej un tanto, y luego al doblar una esquina se detuvo.

--Ser sino de la sangre de los Girones--dijo--el encontrarse siempre
metida en grandes empresas? quin sabe? pero aqu hay algo grave! que
no haya ledo Lerma delante de m la carta de la duquesa? que no haya
yo podido ver lo que ha hecho ese noble joven, en el breve espacio que
ha estado inclinado sobre don Rodrigo Caldern, entretenido en detener 
ese bergante de Juara? pero puedo ver algo... y algo tal, que sea una
chispa que me alumbre. Pues procuremos ver.

Y se encamin recatada y silenciosamente  la puerta de las Meninas, y
con el mismo recato mir al interior.

Bajo un farol turbio estaba parado Juan Montio.

--Conque le esperan? conque le han citado? quin ser ella?--dijo
Quevedo.

Pas algn tiempo; Juan Montio esperando, y don Francisco observndole.

Oyronse al fin leves pasos que parecan provenir de unas estrechas
escaleras, situadas cerca del joven; luego los pasos cesaron y se oy un
siseo de mujer.

--Ah! ya pareci ella!--dijo Quevedo--; pero quin ser?

Entre tanto Juan Montio se haba dirigido sin vacilar  las escaleras,
y desaparecido por su entrada.

Sigmosle.

A los pocos peldaos una dulce voz de mujer, aunque anhelante y
conmovida, le dijo:

--Ah! gracias  Dios que habis venido!

Era la misma voz de la dama tapada  quien Montio haba acompaado
aquella noche.

La escalera estaba  obscuras.

--Seora!--dijo Montio.

--Silencio!--replic la dama--; no hablis, seguidme y andad paso.

--Pero si no veo!

--Ah! es verdad.

--Si no me guiis...

--Dadme, pues, la mano--dijo la dama con un acento singular en que se
notaba la violencia con que apelaba  aquel recurso.

--Dnde estis?

--Acercad ms.

--Ya que me dais la mano, seora...

--Os la presto...

--Pues bien, prestadme la derecha.

--Seguid y callad--dijo la dama, poniendo en la mano de Juan Montio una
mano que hablaba por s sola en pro de lo magnfico de las formas de la
dama.

--La que tiene una mano tal...!--dijo para s Montio.

Y acarici con deleite en su imaginacin el resto de un pensamiento.

Asido por la dama, segua subiendo.

Terminada la escalera, atravesaron un espacio que deba ser estrecho,
porque el traje de la dama, ancho y largo, chocaba con las paredes.

La dama se detuvo y abri con llave una puerta.

Pasaron y la dama torn  cerrar.

Y siguieron adelante.

--Oh! vuestras espuelas!--exclam--nos hemos olvidado de que os las
quitseis!

--Pues me las quitar--dijo Montio.

--No, no, seguid adelante; en esta galera no podemos detenernos; oh
Dios mo!

Y la dama sigui andando de prisa.

Al cabo de un buen espacio de marcha por habitaciones obscuras y
sonoras, la dama se detuvo y solt la mano de Montio.

--Ah!--dijo el joven.

--Hemos llegado--contest ella.

Y son una llave en una cerradura, se abri una puerta.

Al fondo de una habitacin, al travs de la puerta de otra, vi Montio
el reflejo de una luz.

Vi tambin que la dama que hasta all le haba conducido, estaba tan
envuelta en su manto como cuando la encontr en la calle.

--Entrad--dijo la dama.

Montio entr.

--Esperad aqu--repiti la dama.

Montio se detuvo junto  la puerta.

La tapada adelant rpidamente, atraves la puerta por donde penetraba
el reflejo de la luz, y luego Montio oy el ruido de dos llaves en dos
puertas distintas.

Luego la dama se asom  la segunda puerta, y dijo:

--Pasad, caballero.

Montio pas.

Y entonces, por la parte de afuera de la puerta, se oy una voz ronca
que dijo:

--Quin ser ese hombre con quien ella se encierra? Yo no lo creyera 
no verlo. Las mujeres! las mujeres!

Y luego se oyeron unos tardos pasos que se alejaban.

Entre tanto Montio, siguiendo  la dama tapada siempre, haba
atravesado dos hermosas cmaras alfombradas, amuebladas con riqueza, en
muchos de cuyos muebles, reparados al paso por el joven, se vean las
armas reales de Espaa y Austria.

Al fin la dama se detuvo en una cmara ms pequea.

Sobre una mesa haba un candelero de plata con una buja, nica luz que
iluminaba la cmara, y junto  la mesa un silln de terciopelo.

--Sin duda que comprendis por qu os he llamado--dijo con severidad la
dama.

Juan Montio, que se haba descubierto respetuosamente dejando ver por
completo su simptico y bello semblante y su hermosa cabellera rubia,
sac en silencio de un bolsillo de su jubn el brazalete real de que se
haba apoderado y que en tantas confusiones le haba metido, y le
entreg  la dama.

--Ah!--exclam sta tomndole con ansia.

--Habais dudado de m, seora--dijo Montio con acento de dulce
reconvencin.

--Habis hecho mal, prevalindoos de la casualidad que puso entre mis
manos esta joya.

--Perdone vuestra majestad...--dijo el joven, y la dama no le dej
tiempo de concluir.

--Mi majestad!--exclam con asombro, volviendo con terror el rostro 
una puerta cubierta con un tapiz.

--Creed, seora--dijo Juan Montio, que vi una afirmacin en la
sorpresa, en el cuidado, casi en el terror de la tapada--, creed,
seora, que nada exponis, nada, con quien es hijo de un hombre que ha
vertido su sangre por sus reyes... y mi lealtad y mi respeto hacia
vuestra majestad...

--Pero esto es horrible! me creis la reina!

--Llevbais en el brazo esa joya que tiene las armas reales de Espaa.

--Conocis ... la reina?

--Ya dije  vuestra majestad...

--Dejos de importunas majestades--exclam la dama con un acento en que
haba angustia, mirando de nuevo  la puerta cubierta por el tapiz--;
tratadme lisa y llanamente como  una dama honrada, y concluid. Ha
visto alguien esta joya?

--Seora!--exclam con el acento de un hombre profundamente ofendido
Montio.

--Perdonad, pero fusteis atrevido  imprudente...

--Yo crea que rais otra mujer... una dama principal y nada ms, y
quise que me quedase algo vuestro por donde pudiera encontraros. Cuando
vi esa joya, ya no tena remedio... ya habais desaparecido... entonces
me pes haberos hecho escuchar...

--Palabras de amor?...--dijo riendo la dama, que se tranquiliz porque
en la turbacin, en las miradas del joven haba comprendido su alma.

--Os ruego otra vez que me perdonis.

--Pero, caballero, si no me habis ofendido! nicamente me habis dado
un susto horrible, porque haba quedado en vuestro poder esta joya y yo
no os conoca. Ni vos ni yo hemos tenido la culpa de lo que ha
sucedido--aadi la dama volvindose de nuevo  la puerta de los
tapices--; yo me vi obligada  ampararme de vos, y vos, que por una
circunstancia casual me habais visto, y habais dado en el capricho de
enamoraros de m...

--Seora!

--Os hablo as porque no soy la reina.

--Y entonces, por qu no os descubrs?

--Ni puedo, ni debo.

--Pues permitidme que dude.

--Venid ac, testarudo y nio: creis que la reina os hubiese dado como
prenda la sortija que os d?

--Por deshaceros de mis importunidades.

Hizo un movimiento de impaciencia la tapada.

--Pero cabe en quien tenga razn que su majestad salga de palacio, de
noche y sola, y se ampare de cualquiera, y charle con l, y tenga, casi
casi, una aventura?

--Cuando la causa es grave... cuando una reina est  punto de ser
horriblemente calumniada...

--Qu decs?...

--No temblis seora--dijo Montio desnudando su daga sangrienta y
mostrndola  la dama.

--Y qu es eso?

--Sangre de don Rodrigo Caldern.

--Ah!--exclam con alegra la dama.

--S; la reina estaba amenazada.

--Amenazada? insists en que yo soy... la reina?

--Creis acaso que he herido  muerto  don Rodrigo cuando le detuve
para que no os siguiese? Entonces le desarm.

--Pues cundo le habis herido?

--Hace media hora; cuando sala don Rodrigo de casa del duque de Lerma;
era preciso quitarle unas cartas...

--Unas cartas?

--Tomad, seora--dijo Montio, sacando una cartera de terciopelo blanco
bordado de oro, sobre la cual se vean manchas de sangre fresca.

La tapada abri la cartera, sac de ella un paquete de cartas y las
cont.

Cont seis.

--Eran cuatro--dijo--, y stas... del conde de Olivares... del duque de
Uceda.

Juan Montio no pudo entender estas palabras que la dama haba
murmurado.

Luego reuni aquellas cartas, las guard en la cartera y dej sta sobre
la mesa.

--Habis visto estas cartas?

--No, seora.

--Habis hablado  alguien de ellas?

--No, seora.

--Quin os dijo que don Rodrigo tena estas cartas?

--Mi to.

--El cocinero de su majestad!--exclam con un acento singular la
dama--; y qu os dijo vuestro to?

--Me llev  un lugar donde me ocult y me dijo: ese es el postigo del
duque de Lerma; por ah saldr probablemente don Rodrigo Caldern;
esprale, mtale, y qutale las cartas que comprometen  su majestad.

--Pero cmo ha sabido vuestro to?...

--Lo ignoro.

Quedse por un momento profundamente pensativa la dama.

--Yo crea no volveros  ver--dijo--, y si os d como prenda ma una
sortija, por la cual no podais reconocerme, fu por concluir con
vuestras importunidades. Yo esperaba que no me volvieris  ver, porque
vivo muy retirada. Pero cuando de tal modo os habis equivocado...

--Oh! dichoso yo, si no sois su majestad!

--Por qu?

--Porque si furais su majestad... oh! Dios mo! morira de una manera
doble... y perdonadme, seora... pero necesito hablaros de mi amor por
la ltima vez: si sois la reina, mi lealtad, mi deber, me obligan 
sufrir,  callar,  guardar para m solo este amor que yo no he
buscado... y luego, al veros de otro hombre!... casada!... oh, Dios
mo!...

--Pero es posible que me amis de tal modo?...

--Vuestra hermosura... la ocasin en que os vi... la aventura que
sobrevino... yo no s, seora, no s por qu os amo; pero s y os lo
digo por la ltima vez, que este amor, que ha sido el primero para m,
ser tambin el ltimo.

Hizo un movimiento de impaciencia la dama.

--De modo que--dijo--si no me descubro, dudaris acerca de m? es
decir, dudaris acerca de si yo soy la reina  una dama particular?

--Y si no sois su majestad; si, como me habis dicho al principio de la
noche, no tenis esposo ni amante, por qu os obstinis en no
descubriros?

--Porque quisiera que se os pasase esa mala impresin, que por mi
desdicha os he causado en slo un momento que me habis visto; porque no
quiero que alentis ninguna esperanza.

--Ah! pues entonces, permitidme dudar...

--No dudis, pues--dijo la dama echando atrs el manto, y dejndose ver
 Juan Montio.

--Ah!--exclam el joven--; s, vos sois el hermoso sol que me
deslumbr!

Y cay de rodillas, como quien adora,  los pies de la dama.

--Dejos, dejos de nieras--dijo ella--; tal vez nos observan; alzos,
y hablemos an algunas palabras... pero no de amor. Estis ya seguro de
que no soy la reina?

--S, s; estoy seguro de ello--exclam con entusiasmo el joven--;
aunque no conozco  su majestad; porque estoy segursimo que la reina no
es tan joven ni tan hermosa. Oh! Dios mo! Dios mo! y no me
amaris?

--Ya os he dicho que no me hablis de amor. Vuestro amor sera una
locura... es imposible.

--Porque vuestro corazn me rechaza...

--No, no precisamente por eso... mi corazn ni os acoge ni os rechaza...
pero... os lo repito... nuestros amores son imposibles.

[imagen: S; vos sois el hermoso sol que me deslumbr.]

--Habis dicho nuestros amores.

--He querido decir--contest con impaciencia la dama--que el logro de
vuestros amores es imposible.

--Os disgusto y lo siento.

--Pues bien, no me hablis ms de amor.

--Callar; pero una palabra, una sola palabra: no podr veros?

--Siendo como sois sobrino del cocinero mayor del rey, y viniendo como
vendris por esta razn, con frecuencia,  palacio, me veris de seguro.

--Pero vos no haris nada porque yo os vea?

--No--respondi framente la dama.

--Ah! perdonad, seora.

--Estis perdonado; ahora sepamos: habis muerto  don Rodrigo
Caldern?

--No lo s, seora; slo s que le he tirado  muerte.

--Os ha conocido don Rodrigo?

--No lo s, porque un hombre me segua.

--Os acompaaba alguien?

--S... s... seora--dijo vacilando Montio.

--Quin os acompaaba?

--Don Francisco de Quevedo.

--Ah! est don Francisco en la corte?--exclam con precipitacin la
dama.

--Creo que, como yo, ha llegado  ella esta noche.

--Y... sois amigo de don Francisco?...

--Oh! s! y dbole tanto, como que me ha dicho que me ha recomendado
al duque de Osuna, y que el duque de Osuna le ha encargado que me busque
y me lleve consigo  Npoles.

--Ah! el duque de Osuna!

Y la dama mir con una profunda atencin  Juan Montio, y se puso
plida; pero sobreponindose aadi:

--Y decidme, estaba con vos don Francisco cuando resteis con
Caldern?

--Tan conmigo estaba, que rea al mismo tiempo con otro hombre que sin
duda serva  don Rodrigo.

--Sabe don Francisco lo de las cartas?

--Ah! no, seora; por mi boca no lo sabe nadie ms que vos.

--Permitidme que os lo pregunte otra vez. No habis ledo esas cartas?

--Por mi honra de hidalgo y por mi fe de cristiano, seora, bastaba con
que yo supiese que esas cartas eran de su majestad, para que yo no
pusiese en ellas los ojos.

--Esperad, esperad un momento, caballero--dijo la dama.

--Esperar cuanto queris.

--Vuelvo al punto.

La dama tom la cartera y el brazalete de sobre la mesa, desapareci por
la puerta de los tapices, y estuvo gran rato fuera dando tiempo con su
tardanza  que Juan Montio, yendo y viniendo en su imaginacin con todo
lo que le aconteca, con todo lo que senta y con la noble, dulce y
resplandeciente hermosura de la incgnita, acabase de volverse loco.

Al fin la dama apareci de nuevo.

Traa una carta en la mano, y en el semblante la expresin de una
satisfaccin vivsima.

--Su majestad--dijo--os agradece, no como reina, sino como dama, lo que
habis hecho en su servicio; su majestad quiere premiaros.

--Ah, seora! no es bastante premio para m la satisfaccin de haber
servido  su majestad?

--No, no basta. Sois pobre, no necesitis decirlo...

--S, pero...

--Dejmonos de altiveces... recuerdo que me dijsteis que rais 
habais sido estudiante en teologa... pero que os agradaba ms el
coleto que el roquete.

--Ah! s, seora, es verdad; soy bachiller en letras humanas, y
licenciado en sagrada teologa y leyes.

--Y bien, queris ser cannigo?--dijo la dama mirando  Juan Montio de
una manera singular.

--Si soy cannigo no puedo alentar la esperanza de que por un milagro
seis ma.

--Dejemos, dejemos ese asunto... ya que no queris ser cannigo... os
convendra ser alcalde?

--Oh! tampoco; soldado de la guardia espaola al servicio inmediato de
su majestad; as os ver cuando haga las centinelas; os ver pasar
alguna vez  mi lado.

--Y veris pasar otras muchas hermosas damas.

--Para m no hay ms que una mujer en el mundo.

--Contadme por vuestra amiga, por vuestra hermana--dijo la joven
tendindole la mano--; otra cosa es imposible. Pero abreviemos, que ya
es tarde. Tomad esta carta y llevadla  quien dice en la nema.

--Al confesor del rey, fray Luis de Aliaga.--De palacio.--En propia
mano--ley el joven.

--Y en qu convento mora el confesor de su majestad?

--En el de Nuestra Seora de Atocha... extramuros... ah! y no me
acordaba... esperad, esperad un momento.

Y la dama sali y volvi al poco espacio con otro papel.

--Tomad: es una orden para que os abran el portillo de la Campanilla,
que da al convento de Atocha; bajad  la guardia, buscad al capitn
Vadillo y mostradle esta orden; l os acompaar y har que os abran el
postigo, y seguir acompandoos hasta Atocha; una vez en el convento,
preguntad por el confesor del rey y mostrad el pliego que os he dado;
seris introducido. Ahora bien; como en vez de ser cannigo  alcalde,
queris ser soldado, decid al padre Aliaga que deseis ser capitn de la
guardia espaola del rey.

--Capitn  mi edad, cuando mi padre pas toda su vida sirviendo al rey
para serlo!

--Ah! vuestro padre no ha sido ms que capitn!--dijo con un acento
singular la dama, fijando una mirada insistente en Montio--. Yo crea
que fuese ms. Pero no importa; si vuestro padre tard en ser capitn,
en cambio vuestro padre no hizo, de seguro, al rey un servicio tal como
el que vos le habis hecho esta noche, porque sirviendo  la reina
habis servido al rey y  Espaa. Decid, pues,  fray Luis de Aliaga que
deseis ser capitn de la guardia espaola del rey.

--Pero... yo no peda tanto.

--Se os manda... se necesita que seis capitn--dijo severamente la
dama.

--Ah! de ese modo!

--Id, pues.

--Una palabra.

--Qu!

--Sois dama de la reina?

--No, soy su menina.

--Ah! su menina... y vuestro nombre, vuestro adorado nombre.

--Doa Clara Soldevilla, hija de Ignacio Soldevilla, coronel de los
ejrcitos del rey--contest la dama.

--Ah! no en vano os llamis Sol...

--Pero concluyamos, caballero. Vos tenis que ir  Atocha. Yo me he
detenido ya demasiado.

--Adis, pues--dijo Juan Montio, tomando una mano  doa Clara y
besndola.

Y se dirigi  la salida.

--Esperad, estn cerradas las puertas--dijo doa Clara, tomando una
buja y precedindole.

Abri en silencio dos puertas, y al abrir la exterior, Juan se volvi y
quiso hablar, como si le costase un violento sacrificio separarse de
doa Clara.

--Es tarde... adis, seor capitn, adis. Hasta otro da--dijo doa
Clara, y cerr la puerta.

--Hasta otro da!--exclam el joven--. Noche ser para m y noche
obscura el tiempo que tarde en volveros  ver, doa Clara. Oh! Dios
mo! Dios mo! no s si alegrarme  entristecerme con lo que me sucede.

Y Juan Montio tir la galera adelante, baj unas escaleras y se
encontr en el patio, y poco despus, dirigido por un centinela, en el
cuerpo de guardia, donde, habiendo hecho llamar al capitn Vadillo, le
mostr la orden.

--Aqu me mandan que os acompae al monasterio de Atocha--dijo el
capitn, que era un soldado viejo--. En buen hora; dejadme tomar la capa
y vamos all, amigo.

Poco despus, el joven y el capitn cruzaban las obscursimas calles de
Madrid.




CAPTULO XII

LO QUE HABLARON LA REINA Y SU MENINA FAVORITA


Doa Clara entr en una pequea recmara magnficamente amueblada. En
ella, una dama joven y hermosa, como de veintisiete aos, examinaba con
ansiedad, pero con una ansiedad alegre, unas cartas.

Aquella dama era la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III.

--Oh, valiente y noble joven!--dijo la reina--: Dios nos lo ha enviado.
Clara, sin l, qu hubiera sido de m?

--Dios, seora, jams abandona  los que obran la virtud, creen en l y
le adoran.

--Oh, mandar hacer en cuanto tenga dinero para ello, una fiesta
solemne  Nuestra Seora de Atocha y la regalar un manto de oro! Oh,
bendita madre ma, si yo no tuviera estas cartas en mi poder!

Y los hermosos ojos de la reina se llenaron de lgrimas.

--Por estas cartas hubiera yo dado mi vida--aadi--. Y dime, Clara, al
saber que yo ansiaba tanto tener esas cartas, no has sospechado de m?

--He sospechado--dijo Clara sonriendo y fijando una mirada de afecto en
la reina--, he sospechado que vuestra majestad, arrastrada por su buen
corazn, por su virtud, por el deber que tiene de velar por los reinos
de vuestro esposo, no haba meditado bien, no haba estudiado al hombre
en quien haba depositado su confianza, y se haba comprometido por
imprevisin.

--Explcate, explcate, por Dios, Clara.

--Qu explicacin se necesita? esas cartas... estoy segura de ello, son
citas  don Rodrigo Caldern; citas, no ciertamente de amor, pero que
tal vez puedan parecerlo.

--Yo no te haba hablado nada de estas cartas; hasta hoy no te haba
dicho nada de mis secretos hasta que he necesitado recobrar estas
cartas, pero han venido  tus manos... las has ledo?

--Seora!--exclam con el acento de la dignidad ofendida doa Clara.

--Pues bien, lelas.

--Ah, no; no, seora!--dijo la joven rechazando con respeto las cartas
que le mostraba la reina.

--Te mando que las leas--dijo con acento de dulce autoridad Margarita de
Austria.

Doa Clara tom cuatro cartas que le entregaba la reina, abri una y se
puso  leerla en silencio.

--Lee alto--dijo la reina.

Doa Clara ley:

Venid esta noche  las dos; yo os esperar y os abrir. No faltis, que
importa mucho.--_Margarita._

--Otra--dijo la reina.

Os he estado esperando y no habis venido; en qu consiste esto? ya
sabis cunto me importa que vengis. Os ruego, pues, que no me
obliguis  escribiros otra vez. Venid por el jardn  las doce y
encubierto.--_Margarita._

--Otra--repiti la reina con acento grave.

--Es urgente, urgentsimo, que vengis esta noche; os espero con
impaciencia. Nada temis contando conmigo; atrevos  todo. Esta noche,
 la una, hablaremos ms despacio. Venid.--_Margarita._

--La ltima--dijo la reina con acento opaco.

Lo que me peds es imprudente. Decs que nuestras entrevistas son
peligrosas en palacio. Desde el momento conoc el peligro. Pero me
interesaba demasiado veros, oros, hacerme or de vos, tratar con vos de
lo que tanto importa  mi dignidad como mujer,  mis deberes como reina
y como esposa, y no he vacilado un punto, confiada de vuestra lealtad.
Pero me exigs que salga fuera de palacio, y esto no lo har jams. Yo
podra justificar, en un caso desgraciado, vuestra presencia en mi
recmara; pero cmo podra justificar mi ausencia de palacio, si por
desgracia se notaba,  mi presencia en un lugar extrao si un accidente
cualquiera me descubra? Renunciad  ese peligrossimo medio, y venid;
seguid confiando en m.--_Margarita._

--Quema esas cartas--dijo la reina.

Doa Clara las quem una  una  la luz de una buja.

--Ahora bien--dijo la reina cuando la joven hubo concludo su auto de
fe--; despus de haber ledo esas cartas, qu piensas de m?

--Pienso lo mismo que he pensado siempre: que vuestra majestad se ha
comprometido por el bien de sus reinos y por recobrar su dignidad.

--Ms claro, ms claro--dijo con impaciencia Margarita de Austria.

--En esas cartas no veo lo que tal vez podran haber visto otros: una
prueba contra la virtud de vuestra majestad; no, yo no veo eso; conozco
demasiado  vuestra majestad para que pueda dudar ni un solo momento de
su virtud. Veo una conspiracin.

--Ah! ves una conspiracin!

--S, por cierto, y una conspiracin justa, y ms que justa necesaria
contra el duque de Lerma. Slo que vuestra majestad ha elegido un
instrumento que le ha hecho traicin.

--Un da--dijo la reina reclinndose en su silln y apoyando su bello
semblante en una de sus bellsimas manos--cazaba el rey en El Pardo;
entre los caballeros que acompaaban al rey iba don Rodrigo Caldern,
que acababa de ser creado conde de la Oliva y estaba al pie de mi
carroza, desempeando accidentalmente el oficio de caballerizo. La
carroza se haba detenido en una encrucijada, por donde decan los
monteros que deba pasar el jabal. Me rodeaba mi servidumbre, 
caballo, y cuatro damas que me seguan estaban detrs en otra carroza.
Haca mucho calor, y yo sudaba. Ped agua, y don Rodrigo parti y volvi
al punto, trayndomela en un vaso de oro. El vaso era bellsimo, y yo
not que no era de las vajillas de palacio--.Este vaso es vuestro?--le
pregunt--. Ese vaso no puede ser mo--me contest--despus de haber
bebido en l vuesta majestad.--No importa, guardadlo--le contest--. Don
Rodrigo lo tom, y dijo:--Lo guardar como un testimonio de honra
mientras viva, y despus de muerto, si para entonces tengo hijos, se lo
legar como una reliquia--. Todo esto fu dicho con respeto, en estilo
cortesano, con dignidad y con un grave acento de lealtad; poco despus
sonaron bocinas y ladridos de perros, y voces que gritaban:--El jabal!
el jabal!--Yo asom la cabeza por la ventanilla de la carroza, y al
ver un animal monstruoso que adelantaba con una rapidez horrible por el
sendero junto al cual estaba mi servidumbre, grit:--Apartos,
caballeros, apartos, yo os lo permito--. Unos por miedo, otros por
aficin  la caza, se apartaron lejos  siguieron al jabal; don Rodrigo
no se movi de junto  la portezuela,  pesar de que el jabal pas tan
cerca de l que le hiri, aunque dbilmente, el caballo, y qued solo al
lado de la carroza; toda mi servidumbre: picadores, monteros, guardias,
se haban alejado. En aquel momento, don Rodrigo me dijo:--Puedo
alcanzar de vuestra majestad un momento de audiencia?--Y para qu,
caballero?--le contest.--Para que yo pueda mostrar  vuestra majestad
mi respeto y el inters que me inspira como reina y como
dama.--Explicos--le dije con severidad.--El duque de Lerma es enemigo
de vuestra majestad--. Qu queris decir?--Que vuestra majestad tiene
un gran inters de dar en tierra con el duque de Lerma, lo que ser muy
fcil  vuestra majestad si se vale de m.--Vos sois secretario del
duque de Lerma!--Por lo mismo, seora, porque s sus secretos, s que se
atreve  todo, y que obra como traidor y villano respecto  vuestra
majestad.--Basta; lo que me tengis que decir me lo diris en un
memorial.--Y cmo podr dar  vuestra majestad ese memorial, rodeada
como est vuestra majestad siempre de enemigos pagados por el
duque?--Dejad esta tarde vuestro memorial en uno de los mirtos que estn
bajo los balcones de mi recmara, en el palacio de El Pardo--. Y me
retir al interior de la carroza. Don Rodrigo no me habl ni una palabra
ms. Poco despus volvi la servidumbre, acab la cacera y nos
volvimos  palacio.

Aquel da, como otros muchos, com separada del rey, en mi cmara, y su
majestad no vino  pasar la velada conmigo. En cambio, el duque de Lerma
me haca notar, en cuantas ocasiones estaba delante de m, el peso de su
superioridad. Esta era insoportable, lo era y lo es... insoportable de
todo punto.

T lo sabes, Clara--aadi la reina...--yo no tengo esposo... t, nadie
mejor que t, sabe que el rey no me ama.

--Ah! seora!--exclam doa Clara--; vuestra majestad duda tambin?

--No, no; yo no tengo celos de t, ni puedo tenerlos: primero, porque
conozco tu corazn y tu altivez... tu virtud, ms bien; segundo, porque
si me importa mucho mi dignidad como esposa y como reina, no me importa
tanto el poseer el corazn del rey. Te hablo ahora como te he hablado
siempre, desde poco tiempo despus de conocerte: como  una hermana.
Entre nosotras, Clara, no hay secretos. T sabes cul es mi vida. T
sabes cul es mi lucha. No amo al rey, pero le respeto... No le ruego,
pero me ofende que vasallos se atrevan  mandar en mi casa, y nieta, y
hermana, y esposa de rey, no puedo sufrir con paciencia que el trono
donde yo me siento est hollado por traidores; que el rey,  quien estoy
unida por la religin y por las leyes, autorice el robo, la tirana, los
cohechos, las infamias de esa especie de gran bandido, que se llama don
Francisco de Sandoval y Rojas, marqus de Denia, duque de Lerma, y ms
que secretario del despacho, verdadero rey de Espaa. No puedo sufrir
esto sin olvidarme de quin soy yo, y de quin es l; de que tengo
esposo, de que tengo vasallos, y de que ese esposo est dominado y esos
vasallos oprimidos; yo no puedo olvidar y no lo olvido, que Espaa ha
sido grande, poderosa, temida, ni puedo ver sin rubor y sin clera, que
hoy est pobre, vendida por todas partes, insultada,  punto de ser
deshecha. No, yo no puedo olvidar lo uno, ni sufrir pacientemente lo
otro. Odio  Lerma, y he conspirado, conspiro y conspirar contra l. Mi
conspiracin ha estado  punto de costarme la honra, y todava puede
costarme la vida.

--Ah, seora! Se atrevera ese hombre?

--A todo,  todo por sostener su soberbia; pero el misterio consiste en
si me matar l  m,  en si yo le matar  l.

--Matarle!

--S, su cabeza, nada menos que su cabeza; su cabeza en un cadalso
pblico; una vez por tierra esa cabeza...

--Se levantar otra ms soberbia.

--Haya yo puesto el pie sobre uno de esos ambiciosos y rapaces
aventureros, y nada temo; como haya cado el uno caern los otros; pero
sigo la relacin de mi conocimiento con don Rodrigo. Aquella noche,
apenas me qued sola, llam  mi buena camarera mayor, la duquesa de
Ganda, y  pretexto del calor baj con ella  los jardines. Cuando me
retir, cerca ya de la puerta, mand  la duquesa que fuese al banco
donde haba estado sentada por mi pauelo, que haba dejado olvidado de
intento. La duquesa se alej; el lugar  donde la haba enviado estaba
algo lejos. Entonces fu al mirto donde al principio de la noche haba
visto desde detrs de las celosas de mi balcn poner un papel  don
Rodrigo. En efecto, encontr un papel doblado entre el ramaje del mirto,
y tuve tiempo de ocultarle antes de que volviese la duquesa. Cuando me
qued sola, retirada en mi dormitorio, le aquel memorial; en l don
Rodrigo manifestaba de la manera ms clara, y con la indignacin ms
profunda, el estado en que se encontraban el rey y Espaa, dominado el
uno por el favorito, mancillada, desangrada, robada por el favorito la
otra; el golpe que pensaba darse  los moriscos, las descabelladas
empresas contra Inglaterra, el descuido con que se vea venir  la Liga
contra Espaa sin conjurarla; los cohechos, el robo, la malversacin de
las rentas reales, la depreciacin de la moneda, la corrupcin de la
justicia, los ms altos oficios del reino en la familia de Lerma; su
to, inquisidor general; su hijo, gentil hombre del prncipe... sus
hechuras puestas como espas alrededor del trono; cerrado al vasallo el
camino hasta el rey, todo dominado, todo usado en provecho propio,
convertido el clero por su inters al inters del favorito; alejados de
Espaa los buenos espaoles; todo vendido, todo profanado, todo
enlodado; cuantas miserias, en fin, cuantas infamias, cuantas traiciones
puedan suponerse de un hombre; y todo esto robustecido con pruebas,
aunque yo no las necesitaba porque harto bien conozco por m misma 
Lerma; todas estas pruebas expuestas con claridad, con nobleza, con
desinters, con lealtad, como conviene  un buen vasallo; don Rodrigo
logr interesarme con su memorial, no slo porque cre ver en l al
hombre de honor interesado por su rey y por su patria, sino porque en
l tambin vi al profundo hombre de Estado. Pero  qu cansarme
intilmente?--dijo la reina levantndose, yendo  un secreter, tomando
de l un papel y dndosele  doa Clara--: he aqu el memorial de don
Rodrigo.

Doa Clara mir aquel papel.

--Ah, infame!--dijo--; ni un slo momento ha pensado en ser leal 
vuestra majestad.

--Cmo!, yo creo que cuando don Rodrigo escribi su memorial obraba de
buena fe.

--Esta no es su letra, seora.

Que no es su letra! Y cmo lo sabes t?

--Como que me ha escrito ms de una y ms de tres cartas de amor. Pero
yo he sido ms cauta. He tomado las cartas, pero ni las he contestado,
ni las he credo.

--Y ests segura de que esa no es la letra de don Rodrigo?

--Segursima; como que la primera carta que me di, se la vi escribir en
la sala de las Meninas un da que estaba de guardia.

--Bien, no importa--dijo la reina.

--S; s, por cierto--dijo doa Clara--; importa demasiado, y cuando se
est en una lucha tan peligrosa como la que vuestra majestad sostiene
con ese miserable, es necesario no dejar pasar nada desapercibido. No,
no est escrito este memorial de su mano, y siendo tan importante lo que
en este memorial se contiene, indica que hay otro traidor desconocido
que sabe los secretos de vuestra majestad.

La reina se puso levemente plida.

--Dios nos ayudar, sin embargo--dijo--, como ya ha empezado  ayudarnos
procurndonos  ese joven, que indudablemente es leal.

--Y amigo de don Francisco de Quevedo... que est en la corte.

--Pues bien; nos valdremos de don Francisco por medio de ese joven, que
pronto ser tambin de palacio y adems est enamorado como un loco de
ti y con razn...

Doa Clara se puso encendida.

--Adems--dijo la reina, que haba quedado pensativa--; podemos contar
con otra persona ms importante de lo que parece...

--Una persona importante!

--Importantsima.

--Y quin es esa persona?

--Ven, ven--dijo la reina--, trae una buja.

Y marchando delante de doa Clara, fu  su dormitorio.

--Aqu hay una puerta--dijo la reina sealando un lugar de la tapicera.

--Muy oculta debe de ser--dijo doa Clara--, porque no se conoce.

--Sin embargo la hay, y explica cmo han podido entrar hasta aqu las
misteriosas cartas que me avisaban secretos graves, que me ponan al
corriente de lo que pasaba en el cuarto del rey; en que me proponan,
por ltimo, el castigo de Caldern.

--Y cmo ha descubierto vuestra majestad esa puerta?

--Cuando esta maana encontr sobre la mesa la carta que viste en que se
me avisaba que don Rodrigo llevaba siempre sobre s mis cartas, y se me
ofreca darme esas cartas por mil y quinientos doblones, me propuse
averiguar quin era el que de tal modo, burlando el particular inters
de la duquesa de Ganda y la presencia de la servidumbre, lograba
penetrar hasta mi dormitorio. Cuando t saliste esta noche en busca de
los mil y quinientos doblones, con pretexto de recogerme en el oratorio,
mand  la duquesa que me dejase sola: entonces apagu las luces del
dormitorio, y con una linterna preparada me escond detrs de las
colgaduras del lecho. Pas bien media hora, y ya empezaba 
impacientarme cuando sent pasos. Prepar la linterna. Pero la persona
que se acercaba traa luz: entr precipitadamente en el dormitorio, y
mir con avidez: era la duquesa de Ganda, que sigui adelante y entr
en el oratorio. Poco despus sali plida, aterrada, murmurando: Dios
mo! dnde est la reina?

--Ah! seora! ha estado perdida vuestra majestad para la camarera
mayor!

--Oh, s! y me alegro, me alegro, porque se ha llevado un buen susto.

--Susto del que ha salido, porque al fin ha parecido su majestad...
acostada!

--S, s, lo que no ha contrariado poco  la buena doa Juana por su
torpeza en no mirar el lecho. Pero no hablo yo de ese susto, sino de
otro mayor.

--De otro mayor!

--S por cierto:  poco de haber salido la duquesa, volvi  entrar ms
plida y ms conmovida, fij una mirada cobarde en el lecho y volvi 
repetir, Dnde est la reina? no parece su majestad! qu es esto,
Dios mo? Si yo hubiera estado en una situacin menos ambigua que
escondida tras el cortinaje, hubiera salido, dejando para otra ocasin
mi acechadero, me hubiera dado  luz y me hubiera redo del terror de la
duquesa; pero un no s qu me retuvo inmvil. O  la duquesa murmurar
algunas frases acerca de lo que se cuenta en las apariciones en el
alczar de la desgraciada Isabel de Valois, y de repente son un
portazo; cayse el candelero de las manos de la duquesa, qued el
dormitorio  obscuras, y o una voz de hombre que amenazaba  la duquesa
con revelar no s qu secretos suyos si no callaba acerca de lo que
suceda. La duquesa di un grito y huy. Luego o pasos recatados sobre
la alfombra en direccin  la mesa. Entonces, encomendndome  Dios,
sal de mi escondite y abr la linterna. Vi un hombre, y en la tapicera
una puerta abierta, una puerta que yo no conoca: aquel hombre cay de
rodillas  mis pies. Aquel hombre era... el hombre ms despreciado de
palacio, el to Manolillo: el loco del rey.

--Ah! el loco de su majestad!--exclam doa Clara--; y ese hombre era
el autor de las cartas que aparecan tan misteriosamente?

--S.

--Y al verse cogido...

--Se repuso, y me dijo con su acostumbrada insolencia de bufn:

--He aqu un loco cogido por una loca; porque t, mi buena seora, hace
mucho tiempo que ests haciendo locuras. Qu te va  ti en que Espaa
se pierda  se gane, y en que el rey no haga de ti tanto caso como de su
rosario? En cuanto  lo uno, all se las compongan ellos, que quien
sufre los palos, merecidos los tiene; y en cuanto  lo otro, algrate:
as el rey mi amigo no se hubiera acordado de ti.

--Son tuyas las cartas que he encontrado sobre esa mesa?

--Mas han sido hasta que han sido tuyas.

--Y cmo sabes t que don Rodrigo?...

--Bah! don Rodrigo es muy hablador; no quiere que se le entorpezca la
lengua, y la usa de punta y de filo: por lo mismo, te he aconsejado ya,
reina ma, que le tratemos de filo y de punta.

--Cmo sabes t que existen esas puertas?

--Bah! es un cuento muy largo; dejmoslo para cuando el rey se ocupe de
las cuentas de su rosario.

--T quieres escapar!

--Y vaya si quiero! como que yo y t, mientras yo est aqu, estamos en
una ratonera.

--Pero no me explicars?...

--S, otro da, ms despacio: por ahora lo que importa es que busques
los mil y quinientos doblones que vale Calderoncillo, y que salgamos de
l... creme, mi buena seora: Dios es justo, y como se vali de un
muchacho para matar  un gigante, se vale de dos locos para matar  un
gran pcaro. Nada temas. Si el rey no es torpe, vendr esta noche por
esta misma puerta  visitarte.

--El rey!--le dije.

--S, seora, el rey; y por cierto que te le hemos puesto blando como un
guante; el padre Aliaga, que es muy amigo tuyo y muy bendito hombre, y
yo, que soy un loco muy hombre de bien: conque hermana reina, qudese en
paz y crame, y djeme ir, y sobre todo, los mil y quinientos... y
cuenta que no los das por la vida de don Rodrigo, sino por la tuya.

Y se me escap, huyendo por la puerta que se cerr tras l.

--As anda todo!--dijo doa Clara--: cuando un reino est sin cabeza...

La reina frunci un tanto el bello entrecejo.

--El rey es al fin el rey--dijo Margarita con un tanto de severidad.

--Pero cuando sirve de escudo  traidores...

--Dar cuenta  Dios.

--Y al mundo, cuando hace infeliz  una reina tal como vuestra majestad.

Margarita haba vuelto  su recmara.

--Afortunadamente--dijo la reina, sentndose de nuevo en el silln que
haba ocupado antes--, la lucha podr ser peligrosa, pero hemos apartado
de ella la deshonra, gracias  ese noble joven.

--Noble, y muy noble--dijo doa Clara--: le ha visto bien vuestra
majestad cuando estaba hablando conmigo?

--Me ha parecido bien criado, generoso, franco, con el alma abierta  la
vida... y enamorado, sobre todo, Clara, enamorado.

--Y no ha visto ms vuestra majestad en ese joven?

--No--contest con una ingenua afirmacin la reina.

--La frente, el nacimiento de los cabellos, la mirada de ese joven, no
han recordado  vuestra majestad uno de sus ms grandes, de sus ms
leales vasallos, que por serlo tanto est alejado de Espaa?

--No--repiti con la misma ingenuidad la reina.

--Pues yo he credo, durante algunos momentos, estar hablando con el
noble, con el valiente duque de Osuna, no ya en lo maduro de su edad,
sino  sus veinticuatro aos.

--Parecido ese joven al duque de Osuna!

--Es un parecido vago, en el que es muy difcil reparar cuando el
semblante de ese joven est tranquilo; pero cuando se exalta, cuando su
mirada arde... entonces el parecido es maravilloso: yo creo que se
parece ms ese joven al duque en el alma que en el semblante, y como en
ciertas situaciones el alma sale  los ojos...

--S, cuando se ama por primera vez...

--Oh, seora! juro  vuestra majestad que me contrara el amor de ese
joven.

--Hablemos un poco de ti, ya que tanto hemos hablado de m: la verdad
del caso es que ese joven ha hecho por ti lo que difcilmente hubiera
hecho otro hombre.

--Lo que ha hecho lo ha hecho por vuestra majestad.

--Es que l crea, y no sin fundamento, que mi majestad eras t.

--Psose vivamente encendida doa Clara.

--Una casualidad inconcebible: yo cre llevar ms seguro el brazalete en
el brazo, y una audacia de ese joven...

--Una audacia!...

--Ms bien una galantera.

--No es lo mismo, pero me agrada tu declaracin; ya le disculpas, y eso
significa mucho: eso significa, Clara, si yo no me equivoco...

--Que le hago justicia.

--No, que le amas.

--Que le amo! En una hora!...

--En una hora has recibido una impresin de tal gnero, que no le
olvidars, yo te lo afirmo; que recordndole le amars... le amars de
seguro, y contando con esa seguridad, y hablando por adelantado, puede
decirse que ya le amas.

--No s, no s... pero... he causado por mi desdicha una impresin tan
profunda en su alma...

--Impresin de que ests orgullosa, Clara, y que por primera vez te ha
hecho bendecir  Dios por la hermosura que te ha concedido.

--No, no--contest doa Clara con la misma turbacin que si la reina
hubiera ledo en su alma.

--Y por qu no amarle? Un joven que por ti lo ha arrostrado todo; que
por ti est en peligro... porque al fin y al cabo ha herido  muerto 
don Rodrigo, ha deshecho con su espada, como noble, una traicin infame
que traer contra l poderosos enemigos, de los cuales acaso no podamos
libertarle. No merece tanto sacrificio que t le ames?

--Mi amor, seora, sera un tormento para m, y una desesperacin para
l.

--El da en que caiga el duque de Lerma, ese joven ser tu esposo: te
prometo ser tu madrina.

--Ms fcil es que el duque de Lerma muera en un patbulo, lo que por
desgracia no deja de ser dificilsimo, que el que yo sea esposa de ese
joven.

--Y por qu?

--Olvida vuestra majestad que mi padre, tratndose de mi enlace, no
prescindir jams de su nobleza.

--Ese joven es hidalgo, segn he entendido.

--S; s, seora, hidalgo es, pero...

--No importa que sea pobre; es valiente y alentado.

--S, es cierto; pero...

--Como valiente y alentado har fortuna.

--Por mucha que haga...

--Tu padre no es codicioso.

--Pero siempre ver que ese joven es sobrino de Francisco Martnez
Montio, _cocinero mayor_ del rey.

Y doa Clara pronunci la palabra cocinero mayor de una manera
singular, en que haba mucho de repugnancia propia.

--Pero se parece al gran duque de Osuna--insisti sonriendo la reina--,
sobre todo cuando se entusiasma.

--Pues peor, seora, peor.

--Oh! Peor!

--S, por cierto.

--Supongamos, porque estamos rodeadas de misterios, y los misterios no
deben sorprendernos, que ese joven es hijo del duque de Osuna, que bien
pudiera ser; dicen que el duque en sus mocedades ha sido muy
galanteador.

--Pues por eso digo que peor: un bastardo! Ni mi padre ni yo querramos
semejante enlace.

--Ni aun interesndome yo por l?

--Respetar debe el rey la honra del vasallo, como el vasallo honra y
reverencia la excelsitud del rey.

--Conque no hay esperanza ninguna para ese pobre mancebo enamorado?

--Yo le desenamorar.

--Ah! Difcil lo veo.

--Le tratar...

--Como tu corazn te deje tratarle...

--He resistido los amores de unos por muy altos y de otros por muy
bajos; resistir este tambin. Cree vuestra majestad que  los
veinticuatro aos y criada en la corte, no habr tenido ocasin de
resistir tentaciones?

--S, s; ya s que eres una mujer fuerte... una maravilla, y esto es
una de las razones del amor que te tengo, Clara. Pero en el asunto de
que se trata debo demasiado  ese joven para no ayudarle... Aunque creo
necesite poca ayuda, creo que l es bastante para hacerse amar de ti.

--Lo veremos--dijo sonriendo tristemente doa Clara.

--Lo veremos. Pero qu hora es sta?

--Las doce--dijo doa Clara contando las campanadas de un magnfico
reloj de pared.

--Oh, las doce!... Ya es hora de que t descanses y de que yo me
recoja; hasta maana, Clara. Di  la camarera mayor que me recojo.

--Adis, seora--dijo doa Clara doblando una rodilla y besando la mano
 la reina.

Margarita de Austria la alz y la bes en la frente.

Doa Clara sali, y la reina se qued murmurando:

--Ve, ve  soar con tu primer amor. Dichosa t que amas! Dichosa t
que puedes amar!

Y dos lgrimas asomaron  los ojos de Margarita de Austria, que tuvo
buen cuidado de enjugarlas porque se sentan pasos en la cmara.

Se abri la puerta y apareci la camarera mayor; con ella venan la
condesa de Lemos y la joven doa Beatriz de Ziga.

La duquesa de Ganda se inclin profundamente.

--Qu os ha sucedido esta noche, mi buena doa Juana?--dijo sonriendo
la reina--; creo que me habis credo perdida y que habis estado 
punto de ofrecer un hallazgo por mi persona.

--Ah, seora! Nunca me consolar de mi torpeza. No pensar que poda
vuestra majestad estar recogida en el lecho! Y en qu circunstancias!
Cuando su majestad el rey estaba en la cmara!...

--Ah! Su majestad!... Y qu mandaba su majestad?

--Me mandaba que le anunciara  vuestra majestad.

--Ah! Y ese mandato os caus tanto miedo, que os obscureci la vista y
no reparsteis en m?

--Seora!

--Y sin duda dijsteis  vuestra majestad que me haba perdido?

Nunca la reina haba hablado de tal manera  la duquesa de Ganda; y era
que la buena aventura de aquella noche le haba dado valor, que se crea
de una manera tangible protegida por Dios y se senta fuerte.

La duquesa de Ganda, que haba anunciado con mala intencin  la reina
que el rey haba querido verla, al verse tratada de aquel modo seco y
fro por Margarita de Austria, se turb.

No estaba acostumbrada  tanto...

--Yo, seora--dijo--, d al rey la excusa de que vuestra majestad estaba
acompaada.

--Retiros, seoras--dijo la reina  la de Lemos y  doa Beatriz de
Ziga--; vuestro servicio ha concludo, no me recojo.

Las dos jvenes se inclinaron.

La duquesa de Ganda qued temblando ante Margarita de Austria.

--Debsteis registrarlo todo antes de suponer que yo no estaba en mi
cuarto; dnde haba de estar, duquesa de Ganda, la reina, sino en
palacio y en el lugar que la corresponde...?

--Seora!

--Y sin duda, como servs en cuerpo y alma al duque de Lerma, le habris
avisado de que yo me habra perdido, y si no se ha revuelto mi cuarto es
porque, menos ciega en vuestra segunda entrada, dsteis conmigo
durmiendo. El duque de Lerma, sin embargo, puede haber tomado tales
medidas que comprometan mi decoro, y todo por vuestra torpeza.

--Vuestra majestad me despide de su servicio?--dijo, sobreponiendo su
orgullo  su turbacin, la camarera mayor.

--Creo, Dios me perdone, que os atrevis  reconvenirme porque os
reprendo.

--Yo... seora...

--Me he cansado ya de sufrir, y empiezo  mandar. Continuaris en mi
servicio, pero para obedecerme, lo entendis?

--Seora... mi lealtad...

--Probadla; id y anunciad  su majestad... vos... vos misma en persona,
que le espero.

--Perdneme vuestra majestad; el duque de Lerma acaba de llegar 
palacio y est en estos momentos despachando con el rey.

--Os engais, mi buena duquesa--dijo Felipe III abriendo la puerta
secreta del dormitorio y asomando la cabeza--; vuestro amigo el duque de
Lerma despacha solo en mi despacho, porque yo me he perdido.

Y franqueando enteramente la puerta, adelant en el dormitorio.

La duquesa hubiera querido que en aquel punto se la hubiera tragado la
tierra. Era orgullosa, se vea burlada en su cualidad de cancerbera de
la reina, y se vea obligada  tragarse su orgullo.

--Retiros, doa Juana, y decid al duque que yo estoy en el cuarto de su
majestad. Que vuelva maana  la hora del despacho...  si no... dejadle
que espere... acaso tenga que darme cuenta de algo grave... Retiros...
habis concludo vuestro servicio; la reina se recoge.

La duquesa de Ganda se inclin profundamente y sali.

Apenas se retir, la reina sali del dormitorio, y cerr la puerta de su
recmara, volviendo otra vez junto al rey.

Felipe III y Margarita de Austria estaban solos mirndose frente 
frente.




CAPTULO XIII

EL REY Y LA REINA


--Qu os he hecho yo para que me miris de ese modo?--dijo el rey, que
pretenda en vano sostener su mirada delante de la mirada fija y glacial
de su esposa.

--Hace cinco meses y once das que no pisis mi cuarto--dijo la reina.

--Dichoso yo, por quien llevis tan minuciosa cuenta Margarita--dijo con
marcada intencin el rey.

--Esa cuenta la lleva mi dignidad, y la lleva por minutos.

[imagen: La reina doa Margarita de Austria.]

--Ah! exclam el rey... vuestra dignidad... no vuestro amor...

--Mi amor! No lo merecis.

--Seora!

--Hablo  mi esposo, al hombre, no al rey... vos no habis penetrado
como rey en medio de vuestra servidumbre, con la frente alta, mandando;
habis entrado como quien burla, por una puerta oculta que yo no
conoca. Quin os obliga  ocultaros en vuestra casa?

--Creo, seora, que la camarera mayor y el duque de Lerma, saben que
paso la noche con vos.

--Pero saben que la pasis por sorpresa.

--No tanto, no tanto.

--Os habis venido huyendo del duque de Lerma.

--Qu hacis?--dijo Felipe III.

--Ya lo veis, me siento.

--No creo que sea hora de velar, ni yo ciertamente he venido aqu para
trasnochar sentado junto  vos.

La reina no contest.

--Vos no me amis--dijo el rey.

--Haced que os ame.

--Pues qu! no debis amarme?

--Debo respetaros como  mi marido; y una prueba de mi respeto son el
prncipe don Felipe, y las infantas nuestras hijas.

--Ah! ah! me respetis! y os quejis de que yo tema pasar de esa
puerta, cuando en vez de amor que vengo buscando slo encuentro respeto!

--Habis procurado que yo os ame...?

--Enamorado de vos me habis visto...

--Pero ms de vuestro favorito.

--Oh, oh! el duque de Lerma podra quejarse de vos, seora; le acusis.

--De traicin.

--Oh! oh!

--Y le estoy acusando desde poco despus de mi llegada  Espaa.

--Pero yo, Margarita, no haba venido ciertamente...

--Y yo, don Felipe, que no os esperaba, que hace mucho tiempo que no
puedo hablaros sin testigos, aprovecho la ocasin para querellarme  vos
de vos y por vos.

--Pues no os entiendo.

--Es muy claro: tengo que querellarme  vos de vos y por vos, porque
don Felipe de Austria ofende al rey de Espaa.

--Qu ofendo yo al rey de Espaa? Es decir, que yo,  m mismo?...
pues lo entiendo menos.

--Ofendis al rey de Espaa, porque abdicis dbilmente el poder que os
han conferido, primero, la raza ilustre de donde vens, y despus Dios,
que ha permitido que descendis de esa raza, entregando el poder real,
sin condiciones,  un favorito miserable y traidor.

--Habis hablado hoy con el padre Aliaga, seora?

--No, ciertamente: yo no hablo con nadie ms que con las personas cuya
lista da el duque de Lerma  la duquesa de Ganda.

--Os engais, porque hablis todos los das y  todas horas con una
persona  quien no pueden ver ni la duquesa ni el duque.

--Y quin es esa persona?

--Esa persona es vuestra favorita... la hermosa menina doa Clara
Soldevilla.

--Sera la ltima degradacin  que poda sentenciarme vuestra
debilidad, el que yo no pudiese retener una de mis meninas en mi
servidumbre. A propsito; es ya demasiado mujer para menina, y voy 
nombrarla mi dama de honor.

--Y quin lo impide!

--Nadie... pero os lo aviso.

--Enhorabuena: decid  doa Clara que yo la regalo el traje y el velo y
aun las joyas, para cuando tome la almohada.

--Lo acepto, porque ella es pobre y yo no soy rica.

--Ni yo tampoco; pero para un deseo vuestro...

--Os doy las gracias, seor.

--Oh! no me deis las gracias; ved que os amo, y amadme...

--Qu me amis?--dijo la reina inclinndose hacia el rey, dejndole ver
un relmpago de sus hermosos ojos azules, y su serena frente plida como
las azucenas y coronada de rizos de color de oro.

--Oh, qu hermosa eres, Margarita!--dijo el rey, en cuyas mejillas
apareci la palidez del deseo.

Y la atrajo  s.

Margarita de Austria, se sent en un movimiento lleno de coquetera en
las rodillas del rey, y se dej besar en la boca.

--Depn al duque de Lerma--dijo la reina entre aquel beso.

El rey se retir bruscamente como si le hubiesen quemado los labios de
Margarita.

--Ya saba yo que no me ambais--dijo la reina levantndose y mirando al
rey con clera.

--Pero seor, cundo descansar yo?--exclam el rey dejndose caer en
el respaldo del silln.

--Cuando arrojes de ti esa indolencia que te domina--dijo con dulzura la
reina--; cuando pienses que un rey no sirve  Dios solo rezando, sino
mirando por la prosperidad, por el bienestar y por el honor de sus
vasallos.

--Ya velan por todo eso mis secretarios.

--Tus secretarios! s, es verdad! velan por los espaoles, y cuentan
sus cabezas como el ganadero cuenta sus reses para llevarlas al mercado.

--Eres injusta, yo no escucho ninguna queja.

--Las quejas no llegan  ti. Se pierden en el camino.

--Te pregunt si habas hablado hoy con mi confesor, porque el bueno del
padre Aliaga, aunque ms embozada y respetuosamente, aprovechndose de
que el duque tena un banquete de Estado, me ha tenido toda la tarde el
mismo sermn. Y suponiendo que no os engais, ni t que eres la reina
de las reinas, por virtud, por discrecin y por hermosura, ni el padre
Aliaga, que es casi un santo, qu queris que haga?--Reduzca vuestra
majestad los gastos de su casa, que Espaa anda descalza--me dice el
padre Aliaga--. Y cuando esto dice el bueno de mi confesor, cuento las
ropillas que tengo y los doblones que poseo, y hallo que cualquier
pelgar anda mejor cubierto y mejor provisto que yo.

--Eso demuestra, que siendo exorbitantes las rentas reales, siendo parca
nuestra mesa y pocos nuestros trenes y nuestros vestidos, las rentas
reales son robadas.

--Robadas, robadas! esto es demasiado grave. Yo no creo que un
caballero tal como el duque...

--Si te doy una prueba de que el duque vende los oficios
miserablemente?...

--Siempre se han vendido... me acuerdo de una provisin de corregidor
que se ha dado esta maana  Diego Soto, para que la venda en lo que
pudiere... y todo est firmado por m.

--S, pero es que el duque vende por su cuenta... te roba...

--Oh! no puede ser.

--Mira.

Y la reina sac las dos cartas que haban encontrado en la cartera de
don Rodrigo Caldern, con las suyas, y di una de ellas al rey.

Felipe III ley la cabeza y la firma:

--A don Rodrigo Caldern!--El duque de Uceda!

--Lee, lee... y juzga.

Mi buen amigo: Es necesario que se den las alcabalas de Sevilla  Juan
de Villalpando. Ya le conocis. Es un hombre muy  propsito para
nuestros proyectos. No os olvidis que para acabar con el duque de
Lerma...

--Ah! ah!--dijo el rey--; no lo creyera si no lo viera; y es letra y
firma del duque de Uceda, con sus renglones torcidos... el hijo contra
el padre... ya saba yo que no andaban muy acordes entrambos duques...
pero que llegasen  tanto!... Ah! ah!

--Sigue, sigue--dijo con impaciencia la reina.

--No olvidis que para acabar con el duque de Lerma, y hacer comprender
al rey cun ruinoso y perjudicial es su gobierno, se necesita hacerse
partidarios en las ciudades, y ninguno mejor para Sevilla que Juan de
Villalpando: all tiene hacienda, mujer y parientes, le conoce todo el
mundo, y es audaz cuanto se necesita para que todos le respeten y le
teman. Pero como el duque no proveer en nadie las alcabalas de Sevilla
en menos de diez mil maraveds, es necesario que vos interpongis para
con l lo mucho que podis,  fin de que de los diez mil rebaje la
mitad. Ya llevamos gastado demasiado para que pensemos algo en los
gastos. Hacedlo, que conviene. El interesado lleva esta carta y yo os
ver  la tarde en la comedia...

El rey dobl lentamente la carta y pleg su entrecejo: una expresin de
majestad y de dominio, aunque indecisa, se marc en su semblante y luego
volvi  desdoblar la carta y la ley lentamente.

Aquella carta era para Felipe III uno de esos rayos de luz que de tiempo
en tiempo rompen la impura atmsfera que rodea  los reyes.

Margarita de Austria, que miraba con profunda alegra el cambio que se
haba operado en Felipe III, puso otra nueva carta abierta sobre la que
el rey lea por segunda vez.

--Del conde de Olivares--dijo el rey leyendo la firma de aquella segunda
carta.

--Lee, lee y vers que el duque de Lerma,  ms de ser ladrn, es torpe,
que le manejan como quieren los que quieren ocupar su puesto, y que el
tal don Rodrigo es ms traidor, ms ambicioso, ms miserable que todos
ellos.

El rey ley:

Os escribo, porque, interesndoos  vos tanto como  m el negocio de
que trata esta carta, tengo una entera confianza en vos, y no quiero
exponerme  que se sepa, por muchas precauciones que tomemos, que nos
hemos visto. Importa que todo el mundo nos crea desavenidos. Sostened
vos por vuestra parte el papel de enemigo mo, que por la ma yo
sostendr el de enemigo vuestro. Seguid hablando mal de m y mirndome
de reojo, que yo seguir hablando mal de vos sin miraros  derechas. Lo
de la expulsin de los moriscos es necesario que se lleve cuanto antes 
cabo, porque es necesario que cuanto antes, teniendo como tenemos guerra
con Inglaterra, con Francia y en el Milanesado, la tengamos tambin en
Espaa, y esta guerra la provocarn los moriscos, que no se rendirn sin
combatir. Por otra parte, rebelados los moriscos dentro, se resentir el
comercio que ellos alimentan en gran manera, faltar ms de lo que falta
el dinero, y reunidos y alentados Enrique IV y el ingls, apretar la
guerra por fuera. Insistid en lo de la confiscacin de los bienes de los
moriscos. El duque, en su sed de oro, se dejar deslumbrar por este
negocio en grande, y aun el mismo rey no encontrar de ms algunos
millones de maravedises para remendar su ropilla. Dicen que Lerma tiene
hechizado al rey. Hechizad vos al duque. El mejor hechizo para su
excelencia es el oro. Conque apretad, apretad, que urge: que si hemos de
esperar  que el prncipe sea rey, larga fecha tenemos. Lo del prncipe
lo dejaremos al conde de Lemos y  don Baltasar de Ziga, y puesto que
el rey es quien puede hacer reyes, vmonos derechos al rey. Sitiemos por
hambre al duque hacindole cometer algunos disparates, y el duque, que
si fuera tan buen hombre de Estado como es codicioso, sera invencible,
caer, no lo dudis, aunque para ello nos veremos obligados  empobrecer
el reino,  debilitarle. Nosotros le alzaremos. No os digo ms, porque
ni tanto era necesario deciros. Gurdeos Dios.--_El conde de Olivares._

--Pero esto nada prueba contra el duque, y si mucho contra los condes de
la Oliva y de Olivares.

Prueba que los dos condes son ms perspicaces que t, y que saben cunto
es torpe y ciego el duque de Lerma.

--Pero no le vencieron.

--Por una casualidad.

--El duque lo tena previsto todo.

--Ni el duque ni nadie poda prever que don Juan de Aguilar tuviese la
fortuna de aterrar  los infelices moriscos en la primera batalla; ni el
duque ni nadie poda prever que los enemigos exteriores de Espaa no se
aprovecharan de aquellas circunstancias. Pero el duque fu traidor y
torpe.

--Traidor!

--S, traidor, y de la manera ms criminal que puede ser traidor un
vasallo: manchando ante la historia el nombre de su seor... porque tu
nombre aparecer manchado en la historia por esa tirana feroz
inmotivada contra los pobres moriscos; por esa codicia innoble que les
rob.

La mirada del rey se hizo vaga.

--Y torpe, torpe... porque no previ las funestsimas consecuencias que
pudo traer sobre Espaa, y que en la parte de su riqueza y de su
poblacin la ha trado, el cumplimiento de aquel infame edicto.

--Margarita!--exclam el rey, cuya conciencia se retorca.

--Yo te ped de rodillas, aqu, en este mismo sitio, que revocaras aquel
edicto; y te lo ped por ti mismo, por la gloria de tu nombre, por tu
dignidad de rey, ms que por el bien de tus reinos. Te lo ped, Felipe,
porque te amo, y porque te amo, te pido la deposicin del duque de
Lerma.

--Que me amas, Margarita! que me amas!--exclam el rey--y no me lo
has dicho hasta ahora!

--Qu mujer honrada, y que nunca ha amado, no ama al padre de sus
hijos?--exclam en un sublime arranque Margarita, arrojndose  los
brazos del rey.

Y levantndose de repente, aadi:

--Y no te lo he dicho; no se lo he dicho  nadie, no, y me he mostrado
siempre contigo reservada y fra porque... mi orgullo de mujer ha estado
continuamente ofendido al verme pospuesta  un favorito.

--Y  quin,  quin buscar...

--A quin? al duque de Osuna...

--Es demasiado soberbio.

--Pero es justo, y valiente, y buen vasallo. Y si no, Ambrosio Espnola,
y si no... si no... Quevedo.

--Osuna, Espnola, Quevedo! dos soldados y un poeta!

--Tres espaoles que no han renegado de su patria, y que por lo mismo,
estn alejados de ella por el temor de los traidores.

--Lo pensar, lo pensar--; dijo el rey.

--No, no; pensarlo, no; ya lo he pensado yo bastante; no tienes
confianza en tu esposa, Felipe?... no me amas? no crees en mi amor?

--Lo pensar... me duermo... necesito rezar antes mis oraciones.

Y el rey se dirigi al oratorio de la reina.

--Oh! Dios mo! Dios mo!--dijo Margarita viendo desaparecer al rey
por la puerta del oratorio--Ten piedad de Espaa! Ten piedad de m!




CAPTULO XIV

DEL ENCUENTRO QUE TUVO EN EL ALCZAR DON FRANCISCO DE QUEVEDO, Y DE LO
QUE AVERIGU POR ESTE ENCUENTRO ACERCA DE LAS COSAS DE PALACIO, CON
OTROS PARTICULARES.


Apenas Juan Montio haba desaparecido por la escalerilla de las
Meninas, cuando Quevedo, que como sabemos observaba desde la puerta, se
emboc por aquellas escaleras en seguimiento del joven.

--En peligrosos pasos anda el mancebo--dijo don Francisco--; sobre
resbaladiza senda camina; sigmosle, y procuremos avizorar y prevenir,
no sea que su padre nos diga maana: con todo vuestro ingenio, no habis
alcanzado  desatollar  mi hijo.

Y Quevedo segua cuanto veloz y silenciosamente le era posible,  la
joven pareja que le preceda en las tinieblas.

--Y quin ser ella?--quin ser ella? deca el receloso satrico.

Y segua, sudando,  pesar del fro,  los dos jvenes, que andaban
harto de prisa.

--Pues  he perdido la memoria y el tiento,  todo junto--deca
Quevedo--,  se encaminan  la portera de Damas; parceme que se paran:
adelante y chito! suena una llave, se abre una puerta, entran... ah!
esa momentnea luz... el cuarto de la reina... ser posible? me habr
yo engaado pensando bien de una mujer? Merecido lo tendra. Pero quin
va?

Haba odo pasos Quevedo.

--No va, viene--dijo una voz ronca.

--Por el alma de mi abuela! y de dnde vens vos, hermano?

--Ni s si del cielo  si del infierno. Vos, hermano, ya s que del
infierno sois venido, porque San Marcos no debe de haber sido para vos
la gloria.

--Ha venido  ser el purgatorio, Manolillo, hijo.

--Veo que no habis olvidado  los amigos.

--Y cmo olvidaros, si creo que por haberos tratado en mi niez se me
han pegado vuestras picardas?

--Yo no soy pcaro, y si lo soy, soy pcaro  sueldo.

--Tanto monta, que nadie hace picardas al aire. Pero dnde vivs?
Parceme de que me llevis por las escaleras de las cocinas.

--As es la verdad, hermano Quevedo; he visto cuanto poda ver, y  mi
mechinal me vuelvo.

--Pues sgoos.

--En buen hora sea.

--Decidme, por qu me dijsteis all abajo que no sabais si venais
del cielo  del infierno?

--Decalo por un mancebo que acaba de entrar...

--En el cuarto de la reina?...

--Habisle visto?

--Le segua.

--Y no os parece que ese mancebo puede muy bien encontrar en ese cuarto
una gloria  un infierno?

--Alegrarame que le glorificasen.

--Y yo; aunque no fuese ms que por verme vengado...

--Del rey?...

--Qu rey! qu rey!--dijo el bufn.

--Parceme ser bien que callemos hasta que nos veamos en seguro.

--Decs bien... nunca palacio ha sido tan orejas todo como ahora. Pero
ya llegamos.

Acababan de subir las escaleras, y el to Manolillo haba tomado por un
callejn estrecho.

Detvose  cierta distancia del desemboque de las escaleras, y son una
llave en una cerradura.

--Pasad, pasad, don Francisco--dijo el bufn.

Quevedo entr  tientas en un espacio densamente obscuro.

El bufn cerr.

Poco despus se oy el chocar de un eslabn sobre un pedernal, saltaron
algunas chispas, y brill la luz azul de una pajuela de azufre, que el
bufn aplic al pbilo de una vela de sebo.

Quevedo mir en torno suyo.

Era un pequeo espacio abovedado, deprimido, denegrido, desnudo de
muebles,  cuyo fondo haba una puerta,  la que se encamin el bufn.

Siguile Quevedo.

El to Manolillo cerr aquella puerta.

Era el bufn del rey un hombre como de cincuenta aos, pequeo,
rechoncho, de semblante picaresco, pero en el cual, particularmente
entonces que estaba encerrado con Quevedo, y no necesitaba encubrir el
estado de su alma, estaba impresa la expresin de un malestar roedor, de
un sentimiento profundo, que daba un tanto de amargura infinita  su
ancha boca, cuyos labios sutiles haban contrado la expresin de una
sonrisa habitual, burlona y acerada cuando estaba delante del mundo,
sombra y dolorosa entonces que el mundo no le vea. El color de su piel
era fuertemente moreno, sus cabellos entrecanos, la frente pronunciada,
audaz, inteligente, marcada por un no s qu solemne; las cejas y los
ojos negros; pero estos ltimos pequeos, redondos, mviles,
penetrantes, en que se notaba un marcadsimo estrabismo; la nariz larga
y aguilea; la boca ancha, la barba saliente, el cuello largo. Sus
miembros, contrastando desapaciblemente con su estatura, eran de
gigante, cortos, musculosos, fuertes; vesta un sayo y una caperuza 
dos colores, rojo y azul; llevaba calzas amarillas, zapatos de ante y un
cinturn negro que slo serva para sujetar un ancho y largo pual.

El bufn se sent en un taburete de pino, y dijo  Quevedo:

--Ahora podemos hablar de todo cuanto queramos: mi aposento es sordo y
mudo. Sentos en ese viejo silln, que era el que serva al padre Chaves
para confesar al rey don Felipe II.

--Sintome aunque me exponga  que se me peguen las picardas del buen
fraile dominico--dijo Quevedo sentndose.

--Oh! y si te hablara ese silln!--dijo el to Manolillo.

--Si el silln calla, Espaa acusa con la boca cerrada los resultados de
los secretos que junto  este silln se han cruzado entre un rey
demasiado rey, y un fraile demasiado fraile.

--Pero al fin, don Felipe II...

--No era don Felipe III.

--En cambio, el padre Chaves, no era el padre Aliaga.

--El padre Aliaga no tiene ms defecto que ser tonto--dijo Quevedo
mirando de cierto modo al bufn.

--Vaya, hermano don Francisco, hablemos con lisura y como dos buenos
amigos; ya sabis vos que tanto tiene de simple el confesor del rey,
como de santo el duque de Lerma. Si queris saber lo que ha pasado en la
corte en los dos aos que habis estado guardado, preguntadme
derechamente, y yo contestar en derechura. Sobre todo, sirvmonos el
uno al otro.

--Consiento. Y empiezo. En qu consiste que esa gentecilla no haya
hecho sombra del padre Aliaga?

--En que el rey, es ms rosario que cetro.

--Y cree un santo  fray Luis?

--Y creo que no se engaa, como yo creo que si fray Luis es ya santo,
acabar por ser mrtir, tanto ms, cuanto no hay fuerzas humanas que le
despeguen del rey; y como el padre Aliaga es tan espaol y tan puesto en
lo justo, y tan tenaz, y tan firme, con su mirada siempre humilde, y con
su cabeza baja, y con sus manos metidas siempre en las mangas de su
hbito... motiln ms completo!... Si yo no tuviere tantas penas, sera
cosa de fenecer de risa con lo que se ve y con lo que se huele; ms
bandos hay en palacio que bandas, y ms encomendados que comendadores, y
ms escuchas que secretos, aunque bandos, encomiendas y enredos, parece
que llueven. En fin, don Francisco, si esto dura mucho tiempo, el
alczar se convierte en Sierra Morena: lo mismo se bandidea en l que si
fuera despoblado, y en cuanto  montera, piezas mayores pueden correrse
en l, sin necesidad de ojeo, que no lo creyrais si no lo virais.

--Me declaro por lo de las piezas mayores; veamos. Primera pieza.

--Su majestad el rey de las Espaas y de las Indias,  quien Dios
guarde.

--Te engaaste, hermano bufn; tu lengua se ha contaminado y anda torpe.
El rey no puede ser pieza mayor... por ningn concepto. Y lo siento,
porque el tal rey es digno de esa, y aun de mayor pena aflictiva. La
reina es demasiado austriaca.

--Y demasiado mujer,  lo que juntndose que hay en la corte gentes
demasiado atrevidas...

--De las cuales vos no sois una de las menores.

--Tengo pruebas...

--Pues mostrad, to Manolillo... dadme capote, que por ms que lo sienta
os aplaudir... pero engaarme yo tratndose de mujeres!... creer yo 
la buena Margarita de Austria!... si de esta vez me engao, ni en la
honra de mi madre creo... con que desembuchad, hermano, desembuchad, que
me tenis impaciente, y tanto ms, cuanto tengo que haceros preguntas de
dos aos. Quin es el rey secreto?

--Para que lo fuera por entero, slo poda ser don Rodrigo Caldern.

--T! t! os engaisteis, hermano.

--Don Rodrigo tiene cartas de la reina.

--Tngolas yo.

--Bien puede ser, porque donde entra el sol entra Quevedo.

--Y aun donde no entra; pero de la reina no tengo ms que cartas.

--Sois leal y bueno.

--Tinenme por rebelde.

--Los pcaros.

--Y aun los que no lo son.

--Sois una cosa y parecis otra.

--Ah! si no fuera porque estamos perdiendo el tiempo, querra que me
explicseis...

--Os he visto tamao como una mano de mortero, cuando andbais poniendo
mazas  las damas de palacio, y cuando ms tarde ellas os ayudaban 
poner mazas  sus maridos. Yo os he soltado la lengua, y mecindoos
sobre mis rodillas, he sido vuestro primer maestro. Nos parecemos mucho,
don Francisco; yo soy deforme y vos lo sois tambin, aunque menos; vos
lloris riendo, y yo ro rabiando; vos os mostris contento con lo que
sois, y queris ser lo que ninguno se ha atrevido  pensar; yo llevo con
la risa en los labios mi botarga y siempre alegre sacudo mis cascabeles,
y si pudiera convertirme en basilisco, matara con los ojos  ms de uno
de los que me llaman por mucho favor loco... Ah! ah! ah! yo,
estruendo y chacota del alczar, llevo conmigo un veneno mortal, como
vos en vuestras stiras regocijadas ocultis el veneno de un milln de
vboras; sois licenciado y poeta y esgrimidor, y aun muchas cosas ms.
Yo no tengo ms licencias que las que  disculpa de loco me tomo; yo no
escribo stiras, pero las hago; yo no empuo hierros, pero mato desde lo
obscuro. Vos sonis ms que yo; vos sois el bufn de todos por estafeta,
y yo soy el bufn del rey por oficio parlante; cuando vos pasis por
una calle, todos dicen: all va Quevedo! y se ren. Cuando yo paso por
las crujas de palacio con mi caperuza y mi sayo de colores, todos
dicen, y no reparan en que al decirlo hablan con el rey ms que conmigo:
all va el simple del rey! y... se ren tambin; y vos os aprovechis
de las risas de todos que son vuestra mejor espada, y yo me aprovecho de
las risas de los cortesanos que son mi nico pual. Vos sois enemigo de
los que mandan, y abusan del rey, y servs al duque de Osuna, y os
declaris por la reina, por ambicin, y yo aborrezco  los que vos
aborrecis y amo  los que vos amis por venganza. Sabe acaso alguien 
dnde vos vais? sabe alguien  dnde yo voy? oh! y si alguna vez
llegamos al fin de nuestro camino, juro  Dios que no han de reirse ms
de cuatro con los desenfados del poeta y con las desvergenzas del
bufn.

Quedse profundamente pensativo Quevedo como si hubiese sentido la
mirada del bufn en lo ms recndito de su alma, y luego levant la
cabeza, y fij en Manolillo una mirada profundamente grave y dominadora.

--Dios sabe  dnde vais vos,  dnde voy yo--dijo--; pero si me
conocis tanto como decs, saber debis que, como me cuesta el andar
mucha fatiga, nunca doy pasos en vano. A propsito de las piezas mayores
de palacio, habisme dicho que la primera es el rey. Os engais; pero
como sois hombre de ingenio y de experiencia, quisiera saber el motivo
de vuestro engao. En esto debe de danzar la Dorotea... vuestra
ahijada...  vuestra hija,  vuestra querida...

Psose plido como un difunto el to Manolillo.

--Pobre Dorotea!--exclam el bufn.

--Pobre de vos, que sois un insensato... All en San Marcos supe, por
cartas de algunos amigos que se venan sin que nadie las viese  mi
bolsillo, y que yo lea cuando de nadie era visto, supe, repito, que la
Dorotea se haba escapado del convento donde la guardbais y se haba
metido  cmica; supe adems que el duque de Lerma la mantena, y
alegrme, porque dije: el to Manolillo ser enemigo  muerte de su
excelencia. Ahora medito, y despus de meditar, saco en claro: que
siendo la Dorotea amante vendida del duque de Lerma, debe de haber
andado en la venta don Rodrigo Caldern; que siendo don Rodrigo Caldern
lo que es, puede haber habido algo que no gustara al duque de Lerma si
lo supiese, porque el buen seor es muy vanidoso, muy credo de que lo
merece todo,  pesar de sus aos y de sus afeites; que habiendo habido
algo entre vuestra hija y don Rodrigo, vuestra hija habr tenido celos,
y no habr encontrado otra mejor que la reina para justificarlo; de modo
que un ministro tonto, un rufin dorado, una mujerzuela semi-pblica y
un padre  amante,  pariente tal como vos, que tratndose de Dorotea no
sois ya un loco  sueldo, sino un loco de veras, son  pueden ser la
causa de la deshonra de una noble y digna y casi santa mujer que ha
tenido la desgracia de ser reina de Espaa, cuando el rey de Espaa es
Felipe III.

--No habis visto entrar en el cuarto de la reina un hombre, don
Francisco?

--S por cierto; y os confieso que tal entrada me pone en confusiones;
como que el hombre que ha entrado en el cuarto de la reina es un mozo
que me interesa mucho y que... os voy  dar un alegrn, to Manolillo;
pero habis de pagrmelo dicindome todo lo que sepis.

--Si me alegro, os pago.

--Pues bien, es muy posible que  estas horas don Rodrigo Caldern est
en la eternidad.

--Dios mo!--exclam el bufn--. Pero estis seguro, don Francisco!

--Lo que s deciros es que ese mancebo, que sabe lo que se hace cuando
da un golpe, acaba de reir con l y de tenderle cuando entr en
palacio.

--Ah! ah! han encontrado quien les haga el negocio de balde!

--Acaso ese pobre muchacho pague muy caro el haber dado al traste con
don Rodrigo Caldern.

--Muy caro?

--S por cierto; como que est enamorado como un loco de la dama por
quien se ha metido en ese lance.

--Esperad! esperad! yo he visto, al entrar ese mancebo en el cuarto de
la reina, su semblante, y no le conozco, aunque me ha parecido encontrar
en l un no s qu... conocis  ese mancebo?

--Mucho!

--Y cmo se llama?

--Juan Martnez Montio.

--Ah! es pariente del cocinero del rey?

--Su sobrino carnal, hijo de su hermano.

--Don Francisco, no merecis que yo os hable con lisura.

--Por qu?

--Porque vos no sois conmigo liso y llano.

--Cogedme en un renuncio.

--Estis cogido.

--Por dnde?

--Por ese mancebo.

--Y por qu?

--Por qu? no decs que es sobrino del cocinero mayor?

--As resulta de su partida de bautismo.

--Las partidas de bautismo se compran.

Mir Quevedo profundamente al bufn.

--Pero lo que no se compra es el semblante.

--Qu queris decir?

--Digo que s algo de ese secreto.

--De qu secreto?

--Estamos jugando al acertijo, hermano Quevedo,  pesar de que nadie nos
escucha.

--Tenis pruebas?

--De que ese mancebo...? vaya! al verle me acometi una sospecha; pero
cuando me habis dicho que es hijo de un Montio... no pude dudar...
como que... ya se ve, estoy en el enredo...

--Acabaremos, hermano bufn?

--Si, por ejemplo, ese mozo en vez de llamarse Juan Montio se llamase
don Juan Girn...

--Diablo!--exclam Quevedo.

--Cmo! no lo sabais, don Francisco?

--Algo se me alcanzaba.

--Y sabis cmo se llamaba su madre?

--No me lo han dicho.

--Pues yo voy  decroslo.

--Sepamos.

--La madre se llamaba... y se llama, doa Juana de Velasco, duquesa
viuda de Ganda, camarera mayor de su majestad.

Abri enormemente los ojos Quevedo.

--Y qu hermosa, qu hermosa estaba entonces la duquesa.

--Pero estis seguro de ello, amigo Manolillo?

--Que si estoy seguro! como lo estara si, por ejemplo, dentro de
algunos meses la seora condesa de Lemos, despus de haber estado mucho
tiempo en la cama  pretexto de enfermedad y en ausencia de su marido,
saliese una noche de Madrid en una litera.

--Ah! ah! y no habis encontrado para vuestra comparacin otra dama
que doa Catalina de Sandoval?

--Es tan hermosa como lo era en otro tiempo la duquesa de Ganda, tan
viva como ella, y tuvo la fortuna  la desgracia de encontrarse una
noche  obscuras en El Escorial con el duque de Osuna, como doa
Catalina en el alczar con...

--Pero to Manolillo, vamos  cuentas: vos sois el bufn del rey,  el
mochuelo del alczar?

--De todo tengo. Siempre me han salido al paso los enredos.

--Como  m.

--Si ya os lo dije: nos parecemos mucho. Pero contino con mi
suposicin: supongamos que con tales antecedentes sale una noche la
seora condesa de Lemos en una litera por un postigo de su casa muy
encubierta, y que yo, por casualidad, paso por la calle y veo aquello;
que al ver aquello me acuerdo de lo otro que o por casualidad, ajusto
la cuenta por los dedos, entro en curiosidad de saber en lo que quedar
la aventura, y me voy detrs de la litera y de los hombres que la
acompaan; que as andando, andando, y recatndome, amparado de una
noche obscura, sigo  la litera por espacio de cinco leguas, y entro
tras ella, recatndome siempre en un lugar... supongamos que aquel lugar
es Navalcarnero; que la litera se para delante de una casa y sale la
condesa de Lemos muy tapada y se obscurece en la casa, cuya puerta se
cierra en silencio; que yo me quedo  la mira, y  las dos noches
despus, vacilante y trmula, veo salir de nuevo  la seora condesa muy
tapada, que se mete en la litera, y que la litera sale del pueblo y toma
el camino de Madrid. Que yo me quedo an en el pueblo, y que  los tres
das se bautiza solemnemente un nio. Aunque me digan frailes franciscos
que aquel nio es hijo de matrimonio, y que es hijo de Juan Lanas y de
su mujer, yo dir siempre, aun cuando pasen muchos aos: ese tal no se
llama Juan Lanas,  no debe llamarse, sino Juan de Quevedo y Sandoval.

--Ah! bribn redomado--exclam Quevedo--, gato sin sueo, hurn de
secretos; guardad por caridad el que habis pescado esta noche, que
ridculo fuera negroslo, y decidme por caridad tambin: era ya pieza
mayor del alczar cuando en l andaba mi seor, el conde de Lemos?

--No abundan los Quevedos, hermano, y necesario era uno para que la
buena doa Catalina dejase de ser coto cerrado, como fu necesario todo
un duque de Osuna, con toda su audacia, para que la buena doa Juana de
Velasco aadiese  su descendencia un bastardo. Pero lo gracioso es que
doa Juana de Velasco no sabe quin es el padre de su hijo incgnito; ni
el nombre del dueo de la casa en donde tapada y rebujada la metieron en
Navalcarnero; que, en una palabra, le parece un sueo su encuentro con
un hombre audaz en una galera del palacio del Escorial,  punto que por
un celo exagerado iba  avisar  la infanta doa Catalina, de que
acababa de llegar un jinete con la nueva de que el mar y los vientos
haban vencido  la armada _Invencible_; un soplo malhadado mat la
buja de que iba armada la duquesa, y el duque de Osuna, que acuda al
lado del rey, que estaba en el coro, se di un tropezn con ella. De
modo que, si el viento no destruye  la _Invencible_, y si otro soplo de
viento no mata la luz de doa Juana de Velasco, Juan... Montio no
existira.

--Y si vos no estuvirais en todas partes, no sabrais ese secreto
endiablado de hace veintids aos, ni este otro secreto reciente... Os
pido por caridad, hermano bufn, que callis, que callis como habis
callado acerca del secreto de la duquesa... y como nos embrollamos y nos
revolvemos, bueno ser que volvamos  buscar el hilo. Decamos...

--Justo, decamos  propsito de si el rey era pieza mayor  menor...

--A propsito de eso habamos ido  dar en don Rodrigo, y  propsito de
don Rodrigo, en ese mancebo que ha entrado secretamente en el cuarto de
la reina. Decamos,  deca yo, que est enamorado como un loco de la
dama que le ha metido en el lance; pero l no conoce  esa dama...

--Que no la conoce y est enamorado?

--Cosas de mozos; se ha enamorado  bulto.

--Pues mirad: ha acertado en enamorarse, porque eso tiene ahorrado para
cuando la vea el semblante.

--Pero quin es ella? habremos tropezado con otra pieza mayor?

--No por cierto; se trata de una doncella que,  pesar de su hermosura,
nunca ha tenido novio.

--El nombre, to Manolillo, el nombre.

--Doa Clara Soldevilla.

--La hermosa, la hermossima hija, digo, si en los dos aos que no la
veo no la han dado viruelas, la matadora de corazones, engendrada por el
buen Ignacio Soldevilla. Y dnde est su padre?

--En Npoles con el duque de Osuna.

-Ah! diablo! diablo! parceme que si los muchachos se quieren,
podremos tener boda; pero maravllame que doa Clara, que no le ha
conocido hasta esta noche...

--Aqu debe de haber algo... y algo grave--dijo el to Manolillo--, en
lo que acaso yo no tenga poca parte.

--Explicos por Dios, hermano.

--Explcome, y para explicarme pregunto: dnde ha visto  don Juan
Girn?...

--Juan Montio, hermano, Juan Montio.

--Bien, dnde ha visto Juan Montio  doa Clara?

--En la calle.

--En la calle!

--Amparse de l al verse perseguida por don Rodrigo Caldern.

--Ah, me parece que voy trasluciendo! Y dnde llev doa Clara 
Montio?

--Callejele de lo lindo, largse, y le meti en un lance de estocadas
con don Rodrigo.

--De cuyo lance...

--No por cierto... contentse con desarmarle y se fu  buscar  su to
postizo  casa del duque de Lerma.

--Y cundo hiri  mat ese joven  don Rodrigo?

--Eso es despus.

--Y cmo sabis vos...?

--Encontrle en casa del duque de Lerma,  donde yo iba en busca del
cocinero mayor, y le met en la casa. Pero en la puerta me encontr
antes de hablar con Montio...  quin diris que me encontr?...

--No adivino.

--A Francisco de Juara.

--Lacayo y pual de don Rodrigo Caldern... ah! ah! hermano Quevedo,
y qu conocimientos tenis!

--El conocer no pesa. Francisco de Juara me cont lo que haba
acontecido  su seor con Juan Montio, y Juan Montio se alegr mucho
en hallarme y yo de hallarle y... pero vamos al secreto. Yo iba  casa
del duque de Lerma con una carta de la duquesa de Ganda para el duque,
que me haba dado la condesa de Lemos, con quien tropec cuando iba al
alczar en busca del cocinero mayor... de modo que, vlame Dios y qu
rastra suelen traer las cosas; ahora se me ocurre que el buen rey don
Felipe el II tiene la culpa de mi encontrn con la condesa de Lemos.

--Pardiez, no atino!

--Ciertamente; si al rey don Felipe no se le hubiera ocurrido armar la
_Invencible_ y enviarla  saludar  la reina de Inglaterra, la tempestad
no hubiera deshecho la armada; no hubiera ido un jinete al Escorial 
dar al rey la nueva del fracaso; la duquesa de Ganda no hubiera ido al
cuarto de la infanta doa Catalina, ni el duque de Osuna al coro en
busca del rey; no se hubieran encontrado, pues,  obscuras duquesa y
duque; no hubiera nacido Juan, y no existiendo Juan, al soltarme de San
Marcos me hubiera yo ido  Npoles en vez de venirme  Madrid, y no me
hubiera encontrado con la buena, buensima hija del duque de Lerma: ni
ella me hubiera dado la carta de la camarera mayor para su padre, ni por
consecuencia, hubiera yo encontrado en el zagun del duque  Juan
Montio, ni hubiera salido por el postigo de la casa del duque despus
de haber hablado con su excelencia, ni hubiera encontrado  Juan
Montio, que me acometi equivocndome con don Rodrigo,  quien esperaba
para matarle, y si yo no hubiera estado all cuando don Rodrigo sali,
Juan Montio muere; porque Francisco de Juara, que guardaba las espaldas
 don Rodrigo, no se hubiera encontrado con mi espada, hubiera dado un
mal golpe por detrs  nuestro mancebo, mientras don Rodrigo le
entretena por delante. De modo que puede decirse que si el rey don
Felipe no enva  la _Invencible_ contra Inglaterra, no sucede nada de
lo gravsimo que ha sucedido esta noche.

--Desenmaraemos este enredo, y pongmosle claro para dominarle, hermano
Quevedo. Decs vos que ese mancebo entr en casa del duque de Lerma
amparado de vos, y pudo ver  su to.

--Eso es.

--Que despus encontrsteis  ese mozo al salir por el postigo del duque
esperando  don Rodrigo para matarle.

--Verdad.

--Ahora bien; por qu quera matar ese mozo  don Rodrigo?--repuso el
bufn.

--Porque deca haba comprometido el honor de una dama.

Quedse profundamente pensativo el bufn, como quien reconcentra todas
sus facultades para obtener la resolucin de un misterio.

--El cocinero mayor de su majestad--dijo el bufn--, es usurero!

--Qu tiene que ver ese pecado mortal de Francisco Montio para nuestro
secreto?

--Esperad, esperad. El seor Francisco Montio se vale para sus usuras,
de cierto bribn que se llama Gabriel Cornejo.

--Veamos, veamos  dnde vais  parar.

--Me parece que voy viendo claro. Ese Gabriel Cornejo, que  ms de
usurero y corredor de amores, es brujo y asesino, sabe por torpeza ma
un secreto.

--Un secreto!

--Sabe que yo quiero  quera matar  don Rodrigo Caldern. Sabe adems
otro secreto por otra torpeza de Dorotea, esto es, que don Rodrigo
Caldern tiene  tena cartas de amor de la reina.

--Tena! Tena!--dijo con arranque Quevedo--. Decs bien, to
Manolillo, decs bien, vamos viendo claro; ya s, ya s lo que Juan
Montio buscaba sobre don Rodrigo Caldern cuando le tena herido 
muerto  sus pies. Lo que buscaba ese joven eran las cartas de la reina;
para entregar esas cartas era su venida  palacio, para eso, y no ms
que para eso, ha entrado en el cuarto de su majestad.

--Pues si ese caballero ha entregado  la reina esas cartas, y don
Rodrigo Caldern no muere... qu importa que muera don Rodrigo...?
siempre quedarn el duque de Lerma, el conde de Olivares, el duque de
Uceda, enemigos todos de su majestad; si esas terribles cartas han dado
en manos de su majestad, sta se creer libre y salvada, y apretar sin
miedo, porque es valiente y la ayuda el padre Aliaga...

--Y la ayudo yo...

--Y yo... y yo tambin... pero... son infames y miserables, y la reina
est perdida... est muerta..

--Muerta! Se atrevern! y aunque se atrevan... podrn...?

--S, s por cierto; y para probaros que pueden, os voy  nombrar otras
de las piezas mayores que se abrigan en el alczar.

--Ah! Otra pieza mayor!

--Francisco Martnez Montio, cocinero mayor del rey.

--Ah! Tambin el buen Montio!

--Lo merece por haber inventado el extrao guiso de cuernos de venado
que sirve con mucha frecuencia al rey.

--Contadme, contadme eso, hermano. Enredo ms enmaraado! Y no s, no
s cmo se ha atrevido, porque su difunta esposa...!

--La maestra de los pajes...

--Y qu oronda y qu fresca que era! Y qu aficionada  los buenos
bocados!

--Y creo que el bueno del cocinero hubo de notar que haba ratones en la
despensa; pero no di con el ratn.

--Y ya debe estar crecida y hermosa Inesita.

--Pobre Montio...!

--Hereje impenitente... pero sepamos quin es ahora el ratn de su
despensa.

--No es ratn, sino rata y tremenda... el sargento mayor, don Juan de
Guzmn.

--El que mat al marido de cierta bribona  quien galanteaba, y parti
con ella los doblones que el difunto haba ahorrado, por cuyo delito le
ahorcan si no anda por medio don Rodrigo...?

--El mismo.

--Ha mandado don Rodrigo  ese hurtado  la horca que enamore  la mujer
de Francisco Montio...

--Como que la hermosa Luisa entra cuando quiere en las cocinas de su
majestad, y nadie la impide de que levante coberteras y descubra
cacerolas.

--No cre, no cre que llegase  tanto el malvado ingenio de don
Rodrigo. Pero bueno es sospechar mal para prevenirse bien. Algrome de
haberos encontrado, amigo bufn, porque Dios nos descubre maraas que
deshacer... y las desharemos  podremos poco. Pero contadme, contadme:
en qu estado se encuentran los amores del sargento mayor y de la mayor
cocinera?

El to Manolillo no contest; haba levando la cabeza, y pustose en la
actitud de la mayor atencin.

--Qu escuchis?--dijo Quevedo.

--Eh! Silencio!--dijo el bufn levantndose de repente y apagando la
luz.

--Qu hacis?

--Me prevengo. Procuro, que si miran por el ojo de la cerradura de la
otra puerta no vean luz bajo sta. Es necesario que me crean dormido;
necesitan pasar por delante de mi aposento y me temen. Pero se acercan.
Callad y od.

--Quevedo concentr toda su vida, toda su actividad, toda su atencin en
sus odos, y en efecto, oy unas levsimas pisadas como de persona
descalza, que se detuvieron junto  la puerta del bufn.

Durante algn espacio nada se oy. Luego se escucharon sordas y
contenidas las mismas leves pisadas, se alejaron, se perdieron.

--Es l?--dijo Quevedo.

--El debe ser; pero el cocinero mayor... cmo se atreve ese hombre?...

--Francisco Montio no est en Madrid esta noche.

--Ah! pues qu cosa grave ha sucedido para que deje sola su casa?

--Segn me ha dicho su sobrino postizo, ha ido  Navalcarnero, donde
queda agonizando un hermano suyo.

--Oh! entonces el que ha pasado es el sargento mayor Juan de Guzmn.

Y el bufn se levant y abri la ventana de su mechinal.

--Qu hacis, hermano? cerrad, que corre ese vientecillo que afeita.

--Obscuro como boca de lobo--dijo el bufn.

--Y qu nos da de eso?

--Y lloviendo.

--Pero explicos.

--Queris ver al ratn en la ratonera junto al queso?

--Diablo!--dijo Quevedo--. Y para qu?

Y despus de un momento de meditacin, aadi:

--Si quiero.

--Pues quitos los zapatos.

--Para salir al tejado?

--No tanto. Por aqu se sale  las almenas viejas, y por las almenas se
entra en los desvanes, y por los desvanes se va  muchas partes. Por
ejemplo, al almenar  donde cae la ventana del dormitorio del cocinero
de su majestad.

--Pues no hay que preguntarme otra vez si quiero--dijo Quevedo
quitndose los zapatos.

--No dejis aqu vuestro calzado, porque saldremos por otra parte.

--Ya saba yo que rais el hurn del alczar.

--Como me fastidio y sufro y nada tengo que hacer, husmeo y encuentro, y
averiguo maravillas. Estis listo ya, don Francisco?

--Zapatos en cinta me tenis, y preparado  todo.

--No os dejis la linterna.

--Qu es dejar? Nunca de ella me desamparo; cerrada encendida la
llevo, y haciendo compaa  mis zapatos. Estis vos ya fuera?

--Fuera estoy.

--Pues all voy y esperadme. Eso es. Y sabis que aunque viejo no
habis perdido las fuerzas? Me habis sacado al terrado como si fuera
una pluma. Estas piernas mas... parece providencia de Dios para muchas
cosas el que yo no pueda andar de prisa ni valerme.

--Dadme la mano.

--Tomad.

--Estamos en los desvanes.

--Mi linterna me valga.

--Nos viene de molde, porque estos desvanes son endiablados.

--_Fiat lux_--dijo Quevedo abriendo la linterna.

Encontrbanse en un desvn espacioso, pero interrumpido  cada paso por
maderos desiguales. El bufn empez  andar encorvado y cojeando por
aquel laberinto.

De repente se detuvo y ense un boquern  Quevedo.

--Y qu es eso?--dijo don Francisco.

--Esto es una providencia de Dios.

--Ms claro.

--Eso era antes un tabique.

--Y ocultaba algo bueno?

--Una escalera de caracol.

--Y  dnde va  parar esa escalera?

--A muchas partes, entre ellas  la cmara del rey y de la reina, y 
las cuevas del alczar.

--Y cmo dsteis con ese tesoro, hermano?

--Buscando un gato que se me haba hudo.

--Sois el diablo familiar del alczar.

--Sigamos adelante, que luego volveremos por aqu.

--Sigamos, pues.

Anduvieron algn espacio.

--Dadme la mano y cerrad la linterna.

--Hemos llegado?

--Estamos cerca.

--_Fiant tenebr_--dijo Quevedo cerrando la linterna.

--Ahora venid; venid tras de m en silencio y veris y oiris.

Zumbaba el viento, llova, y el viento y la lluvia y la obscuridad de la
noche protegan  los dos singulares expedicionarios.

[imagen: Y qu es eso?]

Marchaban entre un tejado y un almenar.

De repente el bufn asi  Quevedo, y le volvi sobre su derecha.

Entonces Quevedo vi frente  l una ventana, y por algunos agujeros de
sta el reflejo de una luz en el interior.

Quevedo acerc su semblante y peg sus antiparras  uno de aquellos
agujeros, y el bufn  su lado, se puso asimismo en acecho.

En aquel mismo punto di el reloj del alczar las tres de la maana.




CAPTULO XV

DE LO QUE VIERON Y OYERON DESDE SU ACECHADERO QUEVEDO Y EL BUFN DEL REY


Un hombre se paseaba en una habitacin muy pequea y harto humildemente
alhajada.

Una estera de esparto, algunas sillas, una mesa sobre la que arda una
lamparilla delante de una Virgen de los Dolores, pintada al leo, y
algunas estampas en marcos negros sobre las paredes blancas, componan
todo el menaje de aquella habitacin.

Al fondo haba una puerta cubierta con una cortina blanca.

Sentada en una silla, junto  una mesa, apoyado en ella un brazo, y en
la mano la cabeza, haba una mujer joven y hermosa, pero triste,
pensativa y  todas luces contrariada.

Esta mujer era Luisa, la esposa del cocinero mayor de su majestad.

Blanca, blanqusima, pelinegra y ojinegra, gruesecita, de mediana
estatura, si no se descubra en ella esa distincin, esa delicadeza que
tanto realza  la hermosura, no poda negarse que era hermosa, muy
hermosa, pero con una hermosura plebeya, permtasenos esta frase.

Haba en ella sobra de vida, sobra de voluntad, violencia de pasiones,
disgusto profundo de su suerte, todo esto representado y como
estereotipado en su semblante. Estaba, como dijimos anteriormente,
encinta de una manera abultada, y vesta sencilla, ms que sencilla,
miserablemente.

El hombre que se paseaba en la habitacin y hablaba casi por monoslabos
y lentamente con Luisa, era un hombre alto, fornido, soldadote en el
ademn, en el traje y en la expresin, con cabellera revuelta, frente
cobriza, ojos negros, mviles y penetrantes, mejillas rubicundas y
grandes mostachos retorcidos. Vesta una gorra de velludo con presilla
de acero, un coleto de ante, cruzado por una banda roja, una loba
abierta de pao burdo que dejaba ver el coleto, la banda y un ancho
talabarte de que penda una enorme espada, unas calzas rojas imitadas 
grana, y unos zapatos altos.

Este hombre, en el conjunto, poda llamarse buen mozo, uno de esos
Rolandos lo ms  propsito para volver el seso  ciertas mujeres que
pertenecan  cierta clase media, despreciadoras de gente menuda, que no
podan aspirar  los amores de los caballeros de alto estado, y que se
contentaban y aun se daban por dichosas con los amores de hidalgos del
porte y talante del sargento mayor don Juan de Guzmn, que era el hombre
que hemos descrito, que se paseaba en el profanado dormitorio de
Francisco Montio y que hablaba por monoslabos con su mujer.

--Es preciso... pues... s... de otro modo...--deca este hombre cuando
el bufn y Quevedo se pusieron en acecho.

Tembl toda Luisa.

--Ha sido herido, casi muerto--aadi el soldadote.

--Pero yo...

--S; t no tienes la culpa de que don Rodrigo Caldern haya tenido un
mal encuentro, pero esto me impide pasar la noche  tu lado.

--Tienes miedo?--dijo Luisa.

--Miedo! Y de qu?--dijo Guzmn--; es cierto que todo marido, aunque
sea tan ruin y tan cobarde como el tuyo, es respetable; no s qu tienen
los maridos; pero cuando l llama por all yo escapo por ah.

Y el sargento mayor seal la ventana.

--Bueno es saberlo--dijo para s Quevedo, probando si su daga sala con
facilidad de la vaina.

--Me alegro por otra parte de que el bueno de Montio haya tenido que ir
 ver  su hermano. Tena que hablarte.

--Yo tambin. Desde el da en que te vi estoy sufriendo, Juan. Primero,
porque te am, luego... porque cuando te am conoc lo horrible que era
estar unida para toda la vida con un marido como el mo. Hace seis meses
que te escuch, y poco menos tiempo que te recib en esta habitacin por
primera vez. La vida se me hace insoportable, Juan. Yo no puedo vivir
as. Se pasan semanas y aun meses sin que podamos hablar... me veo
obligada  contentarme con verte cruzar all abajo por lo hondo del
patio paseando con ese eterno amigo tuyo de quien tengo celos... me
parece que le quieres ms que  m, que  m me tomas por
entretenimiento.

--Dios de Dios!--exclam el sargento mayor, atusndose el mostacho y
parndose delante de Luisa, el un pie adelante, afirmando el cuerpo en
el otro y la mano en la cadera; pues por qu, buena moza, no estoy yo
ahora en Npoles?

--Qu diablos tendr que hacer este tunante en Npoles?--pens
Quevedo--; oigamos, y palabras al saco.

--Es que si t te fueras y no me llevaras, yo morira de pesar.

--Descuida, descuida, paloma ma--dijo volviendo  su paseo el
soldado--, que en concluyendo cierta empresa que tenemos ac entre
manos, iremos  Npoles  concluir otra. T no sabes bien con qu hombre
tratas y qu hombres tratan con l.

--Lo que es el que pasa contigo por los corredores bajos de palacio no
me gusta nada--dijo Luisa--, tiene el mirar de traidor.

--Ah! Agustn de Avila, el honrado alguacil de casa y corte! Pues
mira, l no dice de ti lo mismo. Slo se le ocurre un defecto que
ponerte.

--Me importa poco.

--Maravllase mi amigo de que teniendo por amante un hombre tal como yo,
puedas vivir al lado de un marido tal como el tuyo.

--Y qu le he de hacer?

--Ya te lo he dicho...

--Oh! nunca!... nunca!... qu horror!--exclam Luisa.

--Pues ser necesario que renuncies  verme.

--Juan!--exclam Luisa, cuyos ojos se llenaron de lgrimas.

--Preciso de todo punto: las cosas se ponen de manera que no se puede
pasar ms adelante. No oyes que esta noche la reina ha salido  la
calle?

--Oh! no, eso no puede ser.

--Que la amparaba un hombre desconocido?...

--Dios mo! pero qu tengo yo que ver con todo eso?

--Que ese hombre ha herido malamente  don Rodrigo Caldern.

--Y  ti qu te importa?

--Luisa, todo lo que soy, lo debo  don Rodrigo.

--Bueno es ser agradecidos, pero cuando no nos piden imposibles.

--Nada hay imposible cuando se ama.

--Don Rodrigo no puede pedirte tanto.

--Debo  don Rodrigo el no haber dado en la horca.

--En la horca t! y por qu?

--Por una calumnia. Pero tal, que si no hubiera mediado don Rodrigo...

--Y qu te cargaron?

--Bah! poca cosa! Haber envenenado al marido de una querida ma.

--Y eso es verdad?--dijo estremecindose Luisa.

--Ni por asomo; pero como yo era amigo del marido y entraba en la casa
aun cuando l no estaba, y la mujer era una moza garrida, y un da
amaneci muerto el marido, y dieron en decir los que le vieron que tena
manchas en el rostro...

--Y eso era verdad?

--Pudo serlo, pero no lo era. Pues tanto dijeron y murmuraron y hubo
tantos que supusieron que yo era el causante de aquella muerte, que
dieron con los dos, con ella y conmigo, en la crcel.

--Dios mo!

--Ella muri.

--La ajusticiaron?

--Tanto da, porque la pusieron al tormento y no pudo resistir.

--Dios mo! Y  ti no te atormentaron?

--S, pero el alcalde y el escribano eran amigos; mejor: les haba
hablado don Rodrigo, y aun ms que hablado, y lo del tormento qued en
ceremonia. Dos meses despus estuve libre y salvo y declarada mi
inocencia, y para satisfacerme, de capitn que era de la guardia
encarnada, hzome su majestad, por los buenos oficios del duque de
Lerma,  quien don Rodrigo haba dicho mucho bien mo, sargento mayor de
la guardia espaola: mira, pues, si estoy obligado  servir  don
Rodrigo.

--Juan! Juan! por Dios! no me obligues  lo que yo no quiero hacer.

--Pero  ti qu te importa? Toda la culpa caer sobre tu marido.

--Y si le ahorcaran inocente!... no y no!

--Pues bien, no me volvers  ver.

--No, tampoco.

--En qu quedamos, pues? no te digo que estoy haciendo falta en
Npoles?

--Echad abajo la ventana con vuestras fuerzas de toro, hermano--dijo
rpidamente Quevedo al odo del bufn.

--Paciencia y calma, y dejemos que corra el ovillo--dijo el bufn.

Una rfaga de viento arrastr las palabras de Quevedo y del to
Manolillo.

Habase distrado Quevedo, y cuando volvi  mirar, vi que don Juan de
Guzmn mostraba  Luisa un objeto envuelto en un papel, sobre el cual
arroj una mirada medrosa Luisa.

--No, no--repiti la joven--. Qu horror!

--Pues bien--dijo el sargento mayor guardando el papel con una horrible
sangre fra--, no hablemos ms de eso. Adis.

Y se dirigi  la puerta.

--No, no--dijo Luisa arrojndose  su cuello--, lo pensar.

--Pues bien, pinsalo y... si te resuelves, pon por fuera de la ventana
un pauelo encarnado.

--Bien, s, pero te vas?

--Es preciso, preciso de todo punto; no puedo detenerme ni un momento.
No sabes, no sabes lo que sucede.

--Oh, Dios mo! y sabe Dios cundo podremos volvernos  ver!

--Cuando volvamos  vernos ser para no separarnos. Pero adis, adis,
que estoy haciendo falta en otra parte.

-Dnde har falta este pcaro?--dijo Quevedo.

Oyse entonce un beso dentro de la habitacin. Cuando mir Quevedo de
nuevo por los agujeros, ni Luisa ni don Juan de Guzmn estaban en la
estancia.

--Nada tenemos que hacer ya aqu--dijo el to Manolillo. Yo lo
sospechaba, pero no haba credo que se diesen tanta prisa. Y no haber
muerto ese infame de don Rodrigo? tena acaso las manos de lana el
bastardo de Osuna? Pues no, cuando su padre daba un golpe no le daba en
vano.

--Desengaos, desengaos, hermano Manolillo--dijo Quevedo--: hay
hombres que tienen siete vidas como los gatos.

Y volvise bruscamente hacia el almenar, y poniendo en l las manos,
exclam con ronca voz entre las tinieblas:

--Ah! infame alczar, cueva de la tirana, almacn de pecados, arca de
inmundicias, maldgate Dios, maldgate como yo te maldigo!

--Oh!, s, maldiga Dios estos alczares de la soberbia, donde slo se
respira un aire de infamia--exclam el bufn.

--Un da soplar viento de venganza, y estos alczares sern barridos
como las hojas secas--murmur con acento proftico Quevedo--. Pero hasta
entonces, cunto crimen, cunta sangre, cuntas lgrimas!

--Habis visto lo alto del alczar, hermano don Francisco, y voy 
llevaros  que veis lo bajo. Seguidme.

--En buen hora sea, vamos  sorprender al alczar en otra hora mala.

--Llegamos  los desvanes; bajad la cabeza, hay cinco escalones.

Poco despus aadi el bufn:

--Abrid la linterna. Voy  llevaros  la cmara de la reina.

--Vamos, hermano, vamos, y que Dios nos tome en cuenta esta aventura
gatuna, y el no haberla dado buena de esa infame adltera y de ese
rufin asesino.

--No hubiera sido prudente matar  don Juan de Guzmn; hubiera sido
romper una de las cien manos de que se valen los traidores, y nada ms;
les sobraran medios de llevar  cabo sus proyectos, de modo que acaso
no podramos conocerlos y estar  punto para destruirlos. Confiad en m,
que ni duermo ni reposo, que estoy siempre alerta, y que como decs muy
bien, soy el mochuelo del alczar, y que contando con vos, don
Francisco, nada temo. Don Rodrigo se nos escapa; pero juro  Dios, que
como el diablo no le ayude...

--Diablo y aun diablos debe tener al lado, cuando esta noche no ha dado
con l al traste el bravo Juan Montio. Pero dejad, dejad, yo tengo una
espada tal y tan maestra que ella sola se va  donde conviene y no toca
 un hombre que no le mate. Pero si no me engao, estamos en el negro
boquern que vos encontrsteis tapiado cuando buscbais  vuestro gato.

--Y providencia de Dios fu que se me ocurriera destapiarle, porque yo
me dije: detrs de ese tabique debe haber algo, algo que yo no conozco,
y eso que me son familiares todos los escondrijos del alczar: como que
he nacido en l, y en l he pasado los cincuenta aos de mi vida.
Destap y hall con alegra lo que nadie conoce ms que yo, y lo que
vos vais  conocer. Entremos.

Dirigironse al negro boquern, y Quevedo se encontr en lo alto de unas
polvorientas escaleras de piedra, y tan estrecho el caracol, que apenas
caba por l una persona; aquella escalera estaba abierta, sin duda, en
el grueso muro.

Empezaron  descender.

Quevedo contaba los escalones.

A los ochenta, el bufn tom por una estrecha abertura abovedada.

La escalera continuaba.

--Por aqu--dijo el bufn.

Y sigui por el pasadizo.

A los cien pasos abri una puerta, y sigui por el mismo pasadizo, que
se ensanchaba algo ms.

A los pocos pasos se detuvo junto  una puerta situada  la izquierda.

--Mirad--dijo  Quevedo--: esta puerta secreta corresponde al dormitorio
de su majestad.

--Ah!, y para qu os detenis? qu vamos  hacer en el dormitorio de
la reina?

--Mirad, mirad, y veris algo que os asombrar.

--Y cmo miro? creis acaso que yo tengo la virtud de ver  travs de
las paredes, como al travs del vidrio de mis antiparras?

--Yo, para observar, he abierto dos agujeros pequeos. Helos aqu.

--Ah! famosa catalineta real!--dijo Quevedo arrimando sus espejuelos 
las dos pequeas perforaciones que le haba mostrado el bufn.

--Jesucristo!--exclam Quevedo en voz muy baja--: sera verdad lo que
me habis dicho acerca de ser pieza mayor el rey? En el lecho de la
reina, ms all de ella,  quien da la luz de la lmpara sobre el bello
semblante dormido, hay un bulto. Y en un silln junto al lecho, vestidos
de hombre.

--Y un rosario de perlas.

--Ah! es el rey!

--Pues quin otro pudiera ser, ah, en ese dormitorio y en ese lecho?

--Maravilla! milagro! y la reina parece feliz y satisfecha, sonre 
sus sueos!

--Gurdela Dios  la infeliz--dijo el bufn--; pero sigamos.

--Duerman en paz sus majestades--dijo Quevedo siguiendo al bufn.

Este se detuvo un poco ms all.

--Aqu hay otra puerta--dijo--, y en ella otros dos agujeros. Mirad.

--Ah!--dijo Quevedo mirando--, ah corazn mo! guarda, guarda y no
latas tan fuerte, que te pueden or!

--Qu veis, que murmuris, don Francisco?

--Veo  la condesa de Lemos que vela... y que llora.

--Ah! y no se os abre el corazn?

--Abriera yo mejor esta puerta.

--No quedar por eso si queris; pero luego: seguidme y veris ms.

--Y qu ms ver?

--Habis visto  la hija llorando; y es muy posible que veis al padre
rabiando.

--Y qu hace en el alczar su excelencia?

--Ha venido  ver al rey y no le ha encontrado en su cmara: le han
dicho que el rey est en la cmara de la reina, y si se le ha puesto
saber hasta qu hora estn juntos sus majestades, se habr quedado sin
duda en la cmara real; pero hablemos bajo no sea que nos oigan.

--Para no ser odos, lo mejor es ser callados.

--Aqu--dijo con acento imperceptible el bufn, sealando otra puerta y
en ella otros dos agujeros.

El bufn no se haba engaado: el duque de Lerma velaba en la cmara
real; pero no estaba solo.

En el momento en que se puso en acecho Quevedo, un ujier acababa de
introducir en la cmara  un hombre vestido de negro  la usanza de los
alguaciles de entonces: era alto y seco, de rostro afilado, grandes
narices, expresin redomada y astuta, y pareca tener un doble miedo por
el lugar en que haba entrado, y por la persona ante quien se
encontraba.

--T eres Agustn de Avila, alguacil de casa y corte?--dijo el duque.

--Humildsimo siervo de vuecencia--dijo el corchete mientras Quevedo
apuntaba en el libro de su memoria el nombre y la catadura del
preguntado.

--Has visto  don Rodrigo Caldern que est herido en mi casa?

--S, seor.

--Te habr dado instrucciones.

--Y las he cumplido, seor; s quin es el delincuente,  por mejor
decir, los delincuentes.

--Yo deb de haber matado  Francisco de Juara--pens Quevedo--;  veces
la caridad es tonta, estpida. Acsome de necio: encerrado me doy.

El alguacil entre tanto sacaba un mamotreto de entre su ropilla.

--He aqu las diligencias de la averiguacin de ese delito,
excelentsimo seor--dijo el corchete.

--Diligencias que habris hecho vos solo, sin intervencin de otra
persona alguna.

--S, seor.

--Leed.

--Yo, Agustn de Avila...

--Adelante.

...llamado por su seora el seor conde de la Oliva...

--Adelante, adelante.

...encontr  su seora herido malamente...

--Al asunto.

...Preguntado Francisco de Juara, lacayo del seor conde de La Oliva
dnde haba estado esta noche desde su principio y con qu personas
haba hablado, dijo: que al principio de la noche, su seor le mand
seguir  un embozado; que habindole seguido, el embozado se entr en el
zagun de las casas que en esta corte tiene el excelentsimo seor duque
de...

--Adelante.

...Que los porteros no dejaron entrar al embozado, que se sent en el
poyo del zagun. Que el declarante se puso  esperarle; que  poco entr
en el zagun don Francisco de Quevedo y Villegas...

--Ah!--dijo el duque.

--Pecador de m!--murmur Quevedo.

...Que el embozado  quien el declarante vigilaba, habl con don
Francisco, y que amparado por ste, dejronle subir los porteros; que el
que declara, se qued esperando; que bien pasadas dos horas, el mismo
embozado que haba entrado en casa del seor duque, sali acompaado del
seor Francisco Martnez Montio, cocinero mayor de su majestad, y que
entrambos rodearon la manzana, y se detuvieron junto al postigo de la
casa de su excelencia, donde estuvieron hablando algn espacio, despus
de lo cual, el cocinero mayor partise, y el embozado se qued escondido
en un zagun frente al postigo de la citada casa de su excelencia. Que
el declarante se qued observndole  lo lejos. Que algn rato despus
se abri el postigo de la casa del duque y sali un hombre sobre el cual
se arroj  cuchilladas el embozado que estaba escondido; que  poco las
cuchilladas cesaron y el embozado y el otro se dieron las manos,
hablaron al parecer como dos grandes amigos, y se escondieron en el
zagun. Que transcurrida bien una hora, se abri otra vez el postigo y
sali un hombre, en quien el declarante conoci,  pesar de lo obscuro
de la noche, por el andar,  su seor don Rodrigo Caldern; que apenas
don Rodrigo haba andado algunos pasos cuando fu acometido, y que
queriendo ir el declarante  socorrerle, como era de su obligacin, se
encontr con el otro hombre, que le esperaba daga y espada en mano, y en
quien  poco tiempo conoci  don Francisco de Quevedo. Que siendo el
don Francisco, como es notorio, muy diestro, y muy bravo, y muy
valiente, y viendo el declarante que no poda socorrer  su seor, tom
el partido de ir  buscar una ronda, y huy dando voces. Que  las pocas
calles encontr un alcalde rondando, y que por de prisa que llegaron al
lugar de la ria, encontraron  los delincuentes huidos y al seor don
Rodrigo mal herido y desmayado y abierta la ropilla como si hubiese sido
robado, rodeado de los criados del seor duque de Lerma, que haban
acudido con antorchas; que trasladaron al seor don Rodrigo  la casa
del seor duque, y puesto en un lecho y llamado un cirujano, el alcalde
tom declaracin indagatoria bajo juramento apostlico al declarante; y
 los criados del duque. Esta, excelentsimo seor, es la declaracin
de Francisco de Juara tomada por m, y  cuyo pie el declarante ha
puesto una cruz por no saber firmar.

El duque de Lerma se levant y se puso  pasear hosco y contrariado  lo
largo de la cmara.

--Y no hay ms que eso?--dijo despus de algunos segundos de silencio.

--Sigue la diligencia de haber buscado al cocinero mayor del rey y de no
haberle encontrado.

--Pues dnde est Montio?

--Segn declaracin de su mujer, Luisa de Robles, ha partido 
Navalcarnero,  donde deca haber ido su esposo  causa de estar
muriendo un hermano suyo. Preguntada adems si saba que acompaase
alguien  su marido, contest que no: pero que podran saberlo los de
las caballerizas, porque siempre que Montio hace un viaje, lo hace
sobre cabalgaduras de su majestad. Luisa Robles puso una cruz por no
saber firmar al pie de su declaracin.

--Irais  las caballerizas.

--Ciertamente, seor, y tomando indagaciones, supe que el seor Montio
haba partido solo con un mozo de espuela. Y como saba las seas del
embozado, esto es, sombrero gris, capa parda y botas de gamuza, supe que
aquel hombre haba llegado aquella tarde en un cuartago viejo que me
ensearon en las caballerizas, donde le haba mandado cuidar el seor
conde de Olivares, caballerizo mayor del rey.

--Cmo! conoce don Gaspar de Guzmn al que ha dado de estocadas  don
Rodrigo?--dijo Lerma hablando ms bien consigo mismo que con el
alguacil.

--No; no, seor; pero el incgnito haba tenido una disputa con un
palafranero  propsito de su viejo caballo, haba querido zurrarle,
sobrevinieron el seor conde de Olivares y el seor duque de Uceda, y el
desconocido se descarg diciendo que era sobrino del cocinero mayor de
su majestad.

--Sobrino de Montio!...--exclam el duque--. Y no habis afirmado ms
la prueba del parentesco del reo con el cocinero mayor?

--S; s, seor; como el reo haba ido  las cocinas en busca del que
llamaba su to, fu  las cocinas yo. Era ya tarde y solo encontr  un
galopn que se llama Cosme Aldaba. Djome que, en efecto,  principios
de la noche haba estado en las cocinas un hidalgo preguntando por su
to, y que le haban encaminado  casa de vuecencia, donde se encontraba
el cocinero mayor.

--Volverais  mi casa?

--Volv.

--Preguntarais  la servidumbre?

--Pregunt.

--Y qu averigusteis?

--Aqu est la declaracin de un paje de vuecencia llamado Gonzalo
Pereda, por la que consta, que el cocinero mayor del rey le mand servir
de cenar en la misma casa de vuecencia  un su sobrino,  quien llam
Juan Montio.

--De modo que ese Juan Montio y don Francisco de Quevedo y Villegas
son amigos?--dijo el duque.

El alguacil se call.

--Dadme esas diligencias--dijo el duque.

Entreglas el alguacil.

--Idos, y que  persona viviente revelis lo que habis averiguado.

--Descuidad, seor--dijo el corchete, y sali de la cmara andando para
atrs para no volver la espalda al duque.

Cogi ste y examin minuciosamente los papeles que le haba dejado el
alguacil, y despus los guard en su ropilla y llam.

--Ha venido el seor Gil del Pramo?--dijo  un maestresala que se
present  su llamamiento.

--En la antecmara espera, seor--dijo el maestresala.

--Hacedle entrar.

Entr un hombre de semblante agrio y ceudo, vestido con el traje de los
alcaldes de casa y corte, y se inclin profundamente ante el duque.

--Sois vos el que rondaba cuando encontrsteis herido al seor conde de
la Oliva?

--S, excelentsimo seor.

--Trais con vos las diligencias que habis practicado?

--S, excelentsimo seor.

--Ddmelas.

--Tomad, excelentsimo seor.

--Guardad un profundo silencio acerca de lo que sabis y no procedis en
justicia.

--Muy bien, excelentsimo seor.

--Podis retiraros.

--Gurdeos Dios, excelentsimo seor. El alcalde sali.

El duque se sent en un silln y qued profundamente pensativo.

--Te alegras  te pesa de lo acontecido?--dijo Quevedo, procurando ver
al travs de la inmvil expresin de aquel semblante--. All veremos. En
cuanto  m, no me escondo. No por cierto. Cmo he tener yo miedo de un
hombre que no sabe lo que le sucede? Ahora bien, amigo bufn, queris
guiarme  la puerta de la cmara donde est la condesa de Lemos?

--Que no os haga doa Catalina hacer una locura; yo que vos me esconda.

--Pues ved ah, yo voy ahora ms que nunca  darme  luz. Pero guiad,
hermano, guiad.

El bufn desand lo andado, lleg frente  una puerta y dijo:

--Aqu es.

--Esperad, esperad y no hablis; reconozcamos antes el campo. En palacio
es necesario andar con pies de plomo.

--Parceme que hablan en la cmara.

--Pues escuchemos.

Quevedo observ.

Un gentilhombre estaba respetuosamente descubierto delante de doa
Catalina.

--Conque es decir que la seora camarera mayor--dijo la de Lemos--se ha
puesto tan enferma que se ha retirado?

--Y os suplica que la reemplacis, noble y hermosa condesa.

--Muy bien; retiros.

--De todo punto?

--De todo punto; que cierren bien las puertas exteriores y que las
damas, las meninas y las dueas se retiren tambin.

--Y se va vuecencia  quedar sola?

--Que esperen dos de mis doncellas en la saleta de afuera.

--Muy bien, seora; Dios d buenas noches  vuecencia.

--Gracias.

El gentilhombre sali.

Quevedo oy cerrar las puertas.

La condesa se destrenz los cabellos, se abri el justillo, lleg  la
luz, la apag, y luego oy Quevedo como el crujir de un silln al
sentarse una persona.

Quevedo cerr su linterna y dijo al bufn:

--Abrid y hasta otro da.

--Pero, hermano don Francisco, os vais  encerrar sin escape en la
cueva del len?

--La condesa de Lemos cuidar de darme salida.

--Dios quede con vos, hermano.

--Hermano, l os acompae.

Cruji levemente la puerta, y en silencio Quevedo adelant sobre la
alfombra.

La puerta volvi  cerrarse sin ruido.

Pero la condesa no dorma y percibi los pasos de Quevedo.

--Quin va?--dijo  media voz levantndose.

--No gritis, por Dios, seora de mis ojos--dijo Quevedo--, que el amor
me trae.

--Os trae Dios--contest doa Catalina--, porque tenemos mucho que
hablar.

--Pues hablemos.

--Pero no  obscuras.

Quevedo abri su linterna.

--Gracias, mi buen caballero--dijo la de Lemos--; ahora sentos y
escuchadme.

--Sintome y escucho.

--Od.

Doa Catalina y Quevedo, inclinados el uno hacia el otro, empezaron 
hablar en voz baja.




CAPTULO XVI

EL CONFESOR DEL REY


El capitn Vadillo llev  Juan Montio al postigo de la Campanilla, que
abrieron los guardas de orden del rey, y luego le acompa hasta el
convento de Atocha.

Por el camino fueron hablando de la mala noche que haca, de lo obscuras
que estaban las calles y de las guerras de Flandes.

Cuando llegaron al convento, el mismo Vadillo tir de la cuerda de la
campana de la portera.

Pas algn tiempo antes de que de adentro diesen seales de vida.

Al fin se abri el ventanillo enrejado de la puerta, y una voz
soolienta dijo:

--Qu queris  estas horas?

--Decid al confesor del rey--dijo Vadillo--que un hidalgo que viene en
este momento de palacio, le trae una carta de su majestad.

El capitn no saba si aquella majestad era el rey  la reina.

--Una carta de su majestad...!--dijo con gran respeto el portero--;
pero es el caso, que su paternidad estar durmiendo.

--Despertadle--dijo Vadillo--, y entre tanto, como hace muy mala noche,
abrid.

--Voy, voy  abrirles, hermanos--dijo el portero, retirndose del
ventanillo y dejando notar  poco su vuelta por el ruido de sus llaves.

Abrise la portera.

--Esperen aqu  en el claustro, como me mejor quisieren--dijo--; yo voy
 avisar  fray Luis de Aliaga.

Montio y Vadillo se pusieron  pasear  lo largo de la portera.

--Sabis que estos benditos padres tienen unas casas que da gozo?--dijo
el capitn, por decir algo.

--S, s, ciertamente; en este claustro se pueden correr
caballos--contest Montio.

--Dan, sin embargo, cierto pavor esos cuadros negros, alumbrados por
esas lmparas  medio morir.

--La falta de costumbre.

--Indudablemente. Los benditos padres no se encontraran muy bien en un
campo de batalla, como yo me encuentro aqu muy mal; corre un viento que
afeita, y se hace sentir aqu mucho ms que en el campo. Esas crujas...
con vuestra licencia, mejor estaramos en el aposento del portero.

--Quin es el hidalgo portador de la carta de su majestad?--dijo el
frailuco desde la subida de las escaleras--; adelante, hermano, y
sgame.

--Entros, entros vos en el aposento del portero, amigo, y hasta luego.

--Hasta luego.

Y Juan Montio tir hacia las escaleras, y siguiendo al lego portero
recorri el claustro alto hasta el fondo de una obscura cruja, donde el
lego abri una puerta.

--Nuestro padre--dijo el lego--, aqu est el hidalgo que viene de
palacio.

--Adelante--dijo desde dentro una voz dulce, pero firme y sonora.

Montio entr.

El lego se alej despus de haber cerrado cuidadosamente la puerta.

Encontrse Montio en una celda extensa, esterada, modestamente
amueblada, y cuya suave temperatura estaba sostenida por el fuego
moderado de una chimenea.

En las paredes haba numerosas imgenes de santos pintados al leo y
guarnecidos por marcos negros.

En frente de la puerta de entrada haba dos puertas como de balcones, y
entre estas dos puertas la chimenea;  la derecha otra puerta cubierta
por una cortina blanca lisa;  la izquierda dos enormes estantes
cargados de libros, entre los estantes un crucifijo de tamao natural
pintado en un enorme lienzo y con marco tambin negro;  los pies del
Cristo un silln de baqueta, sentado en el silln un religioso, apoyados
los brazos en una mesa de nogal cargada de papeles, entre los cuales se
vea un enorme tintero de piedra, y alumbrada por un veln de cobre de
cuatro mecheros, dos de los cuales estaban encendidos.

El religioso era un hombre como de treinta y cinco  cuarenta aos, de
semblante plido, grandes ojos negros, nariz aguilea y afilada, y
bigote y pera negrsimos.

Su espeso cerquillo era castao obscuro, y las dems partes de su
cabello y de su barba estaban cuidadosamente afeitadas.

Su mirada se posaba serena y fija en Juan Montio, y su mano derecha
tena suspendida una pluma sobre un papel, como quien interrumpe un
trabajo importante  la llegada de un extrao.

La primera impresin que Juan Montio sinti  la vista del religioso,
fu la de un profundo respeto. Haba algo de grande en el reposo, en la
palidez, en lo sereno y fijo de la mirada de aquel religioso.

Y al mismo tiempo el joven se sinti arrastrado por una simpata
misteriosa hacia el fraile.

Adelant sin encogimiento, salud, y dijo con respeto:

--Es vuestra paternidad fray Luis de Aliaga, confesor del rey?

--Yo soy, caballero--dijo el fraile bajando levemente la cabeza.

--Traigo para vos una carta de su majestad.

--De qu majestad?

--De su majestad la reina.

Y entreg la carta al padre Aliaga.

--Sentos, caballero--dijo el fraile.

Montio se sent.

Entre tanto el padre Aliaga abri sin impaciencia la carta, y  despecho
de Juan Montio, que haba esperado deducir algo del contenido de
aquella carta por la expresin del semblante del religioso, aquel
semblante conserv durante la lectura su aspecto inalterable, grave,
reposado, dulce, indiferente.

Slo una vez durante la lectura levant la vista de la carta y la fij
un momento en el joven.

Cuando hubo concludo de leer la carta, la dobl y la dej sobre la
mesa.

--Su majestad la reina, nuestra seora--dijo el padre Aliaga
reposadamente  Juan Montio--, al honrarme escribindome de su puo y
letra, me manda que interponga por vos mi influjo, y me dice que la
habis hecho un eminente servicio.

--He cumplido nicamente con mi deber.

--Deber es de todo buen vasallo sacrificarlo todo, hasta la vida, por
sus reyes.

--S, seor, padre--replic Montio--, todo menos el honor.

--Rey que pide  su vasallo el sacrificio de su honra  de su conciencia
es tirano, y no debe servirse  la tirana.

--Decs bien, padre.

--Sois nuevo en la corte?

--S, seor.

--Os llamis Juan Montio?

--S, seor..

--Sois acaso pariente del cocinero mayor del rey?

--Soy su sobrino, hijo de su hermano.

--Qu servicio habis prestado  su majestad?--dijo de repente el padre
Aliaga.

--Lo ignoro, padre.

--Pero...

--Si esa carta de su majestad no os informa, perdonad; pero guardar
silencio.

--Qu edad tenis?

--Veinticuatro aos.

Quedse un momento pensativo el padre Aliaga.

--Habis matado  herido  don Rodrigo Caldern.

--Han sido cuentas mas.

--Algo ms que asuntos vuestros han sido. Os pregunto  nombre de su
majestad la reina. Conoce vuestro to el secreto?

--Qu secreto?

--El de vuestras estocadas con don Rodrigo.

--Mi to est fuera de Madrid.

Guard otra vez silencio el padre Aliaga.

--Cundo habis llegado  Madrid?

--He venido  asuntos propios.

--Guardaris con todos la misma reserva que conmigo?

--Padre!

--Ved lo que hacis; la vanidad es tentadora; hoy podis ser hidalgo
reservado, ser leal, de buena fe... maana acaso...

--Ningn secreto tengo que reservar.

--Cmo, no es un secreto el haber venido  m en altas horas de la
noche,  m, confesor del rey,  quien todo el mundo conoce como enemigo
de los que hoy  nombre del rey mandan y abusan, trayendo con vos una
carta de la reina? cmo ha venido esa carta  vuestras manos?

--Si lo sabis, por qu me lo preguntis? si no lo sabis, por qu
pretendis que yo haga traicin  la honrada memoria de mi padre,  mi
propia honra? Me han enviado con esa carta; la he trado; no me han
autorizado para que hable, y callo.

--Serais buen soldado... sobre todo para guardar una consigna; en esta
carta me encargan que procure se os d un entretenimiento honroso para
que podis sustentaros. Qu queris ser? sobre todo veamos: en qu
habis invertido vuestros primeros aos?

--En estudiar.

--Y qu habis estudiado?

--Letras humanas, cronologa, dialctica, derecho civil y cannico y
sagrada teologa.

--Ah!--dijo fray Luis--y cul de las dos carreras queris seguir, la
civil  la eclesistica?

--Ninguna de las dos.

--Cmo! Entonces para qu habis estudiado?

--Por estudiar.

--Y bien, qu queris ser?

--Soldado.

--Soldado!

--S; s, seor, soldado de la guardia espaola, junto  la persona del
rey.

--He aqu, he aqu lo que son en general los espaoles: quieren ser
aquello para que no sirven.

--Perdonad, padre; al mismo tiempo que estudiaba letras, aprenda
estocadas.

--Es verdad, me haba olvidado; el que mata  hiere  don Rodrigo
Caldern... y bien; se har lo posible porque seis muy pronto capitn
de la guardia espaola, al servicio inmediato de su majestad.

--Es que no quiero tanto.

--Es que no puede darse menos  un hombre como vos; contos casi
seguramente por capitn, y para que pueda enviaros la real cdula,
dejadme noticia de vuestra posada.

--No s todava cual sta sea.

--Ah! pues entonces, volved por ac dentro de tres das. Para que
podis verme  cualquier hora, decid cuando vengis que os enva el rey.

--Muy bien, padre. Contad con mi agradecimiento--dijo Montio
levantndose.

--Esperad, esperad; tengo que deciros an: guardad un profundo secreto
acerca de todo lo que habis sabido y hecho esta noche.

--Ya me lo haba propuesto yo.

--No os ocultis por temor  los resultados de vuestra aventura con don
Rodrigo.

--An no s lo que es miedo.

--Y preparos  mayores aventuras.

--Venga lo que quisiere.

--Buenas noches, y... contadme por vuestro amigo.

--Gracias, padre--dijo Montio tomando la mano que el padre Aliaga le
tenda y besndosela.

--Que Dios os bendiga!--dijo el padre Aliaga.

Y aquellas fueron las nicas palabras en que Montio not algo de
conmocin en el acento del fraile.

Salud y se dirigi  la puerta.

--Esperad: vos sois nuevo en el convento y necesitis gua.

Y el padre Aliaga se levant, abri la puerta de la celda y llam.

--Hermano Pedro!

Abrise una puerta en el pasillo y sali un lego con una luz.

--Gue  la portera  este caballero--dijo el padre Aliaga al lego.

Juan Montio salud de nuevo al confesor del rey y se alej.

El padre Aliaga cerr la puerta y adelant en su celda, pensativo y
murmurando:

--Me parece que en este joven hemos encontrado un tesoro.

Pero en vez de volverse  su silla, se encamin al balcn de la derecha
y le abri.

--Venid, venid, amigo mo, y calentos--dijo--; la noche est cruda, y
habris pasado un mal rato.

--Burr!--hizo tiritando un hombre envuelto en una capa y calado un
ancho sombrero, que haba salido del balcn--; hace una noche de mil y
ms diablos.

El padre Aliaga cerr el balcn, acerc un silln  la chimenea, y dijo
 aquel hombre:

--Sentos, sentos, seor Alonso, y recobros; afortunadamente el
visitante no ha sido molesto ni hablador; estos balcones dan al Norte y
hubirais pasado un mal rato.

--Es que no le he pasado bueno. Pero estoy en brasas, fray Luis; si
alguien viniera de improviso... tenis una celda tan reducida... os
tratis con tanta humildad... pueden sorprendernos.

--El hermano Pedro est alerta; ya habis visto que no ha podido veros
el portero,  pesar de que yo tengo siempre mi puerta franca.

--Y quin ha venido  visitaros  estas horas?--pregunt el seor
Alonso.

La providencia de Dios, en la forma de un joven.

--Ah! Diablo! Nos ha sacado ese joven  nos saca de alguno de
nuestros atolladeros?

--Como que ha herido  muerto  don Rodrigo Caldern...

--Mirad lo que decs, amigo mo; cuenta no sois.

--Qu es soar? he aqu la prueba.

Y el padre Aliaga fu  la mesa en busca de la carta de la reina...

Entre tanto aprovechemos la ocasin, y describamos al nuevo personaje
que hemos presentado en escena, que se haba desenvuelto de la capa y
despojado de su ancho sombrero.

Llambase Alonso del Camino.

Era un hombre sobre poco ms  menos de la misma edad que el padre
Aliaga, pero tena el semblante ms franco, menos impenetrable, ms
rudo.

Haba en l algo de primitivo.

Era no menos que montero de Espinosa del rey.

A pesar de la ruda franqueza de su semblante, de formas pronunciadas y
de grandes ojos negros, se comprenda en aquellos ojos que era astuto,
perspicaz, y sobre todo arrojado y valiente, sin dejarse de notar por
eso en ellos ciertas chispas de prudencia; vesta una especie de coleto
verde galoneado de oro; en vez de daga llevaba  la cintura un largo
pual, al costado una formidable espada de gavilanes, calzas de grana,
zapatos de gamuza, y sobre todo esto, una especie de loba  sobretodo,
ancho, con honores de capa.

En la situacin en que le presentamos  nuestros lectores, mientras
extenda hacia el fuego sus manos y sus piernas, miraba con una gran
impaciencia al padre Aliaga que, siempre inalterable, desdoblaba la
carta de la reina.

--Acercos, acercos y od, porque esta carta debe leerse en voz muy
baja, no sea que las paredes tengan odos.

Estirse preliminarmente el seor Alonso del Camino, se levant, se
acerc  la mesa, se apoy en ella y mir con el aspecto de la mayor
atencin al confesor del rey, que ley lo siguiente:

Nuestro muy respetable padre fray Luis de Aliaga: Os enviamos con la
presente  un hidalgo que se llama Juan Martnez Montio. Este joven nos
ha prestado un eminente servicio, un servicio de aquellos que slo puede
recompensar Dios,  ruego de quien le ha recibido.

--Pero qu servicio tal y tan grande es ese?--dijo Alonso del Camino.

--Creo que jams os corregiris de vuestra impaciencia. Escuchad.

Y fray Luis sigui leyendo:

Ese mancebo nos ha entregado, por mano de doa Clara Soldevilla,
aquellos papeles, aquellos terribles papeles.

--Y qu papeles son esos?

--A ms de impaciente, curioso; son... unos papeles.

--Y no puedo yo saber?...

--No: od, y por Dios no me interrumpis.

--Oigo y prometo no interrumpiros.

A ms ha herido  muerto, para apoderarse de esos papeles,  don
Rodrigo Caldern.

--Pues cuento por mi amigo  ese hidalgo, por eso slo--exclam,
olvidndose de su promesa Camino.

El padre Aliaga, como si se tratase de un pecador impenitente, sigui
leyendo sin hacer ninguna nueva observacin:

Pero ignoramos cmo ese hidalgo haya podido saber que los tales papeles
estaban en poder de don Rodrigo Caldern, como no sea por su to el
cocinero del rey. Os lo enviamos con dos objetos: primero, para que con
vuestra gran prudencia veis si podemos fiarnos de ese joven, y despus
para que os encarguis de su recompensa. A l, por ciertos asuntos de
amores, segn hemos podido traslucir, le conviene servir en palacio; nos
conviene tambin, ya deba fiarse  desconfiarse de l, tenerle  la
vista. Haced como pudireis que se le d una provisin de capitn de la
guardia espaola al servicio del rey en palacio, y si no pudireis
procurrsela sin dinero, compradla: buscaremos como pudiremos lo que
costare. No somos ms largos porque el tiempo urge. Haced lo que os
hemos encargado, y bendecidnos.--_La Reina._

--Cunto costar una provisin de capitn de la guardia espaola?--dijo
fray Luis quemando impasiblemente la carta de la reina  la luz del
veln.

--Cabalmente est vacante la tercera compaa. Pero, bah! hay tantos
pretendientes!

--Cunto! cunto!

--Lo menos, lo menos quinientos ducados.

Tom el padre Aliaga un papel y escribi en l lo siguiente:

--Seor Pedro Caballero: Por la presente pagaris ochocientos ducados
al seor Alonso del Camino, los que quedan  mi cargo.--_Fray Luis de
Aliaga._

Y di la libranza  Camino.

--He dicho quinientos ducados, y esto tirando por largo, y aqu dice
ochocientos.

--Olvidis que el nuevo capitn necesitar caballo y armas y
preseas?--aadi el fraile.

--Ah! en todo estis.

--Podemos tener la provisin del rey dentro de tres das?

--S, s por cierto, sobradamente: el duque de Lerma es un carro que en
untndole plata vuela.

--No os olvidis de comprarla para poder venderla.

--Ah! Y por qu?

--No conocis que tratndose de estos negocios puede el duque conocer 
ese joven?

--Bien, muy bien; se comprar la provisin  nombre de cualquiera, como
merced para que la venda, y ste tal la vender en el mismo da  ese
hidalgo. Creo que ste sea un asunto concludo.

--Que sin embargo altera notablemente nuestros proyectos, los vara.

--No importa, no importa; no luchamos slo contra don Rodrigo Caldern.

--Os engais; el alma de Lerma es Caldern. Puesto Caldern fuera de
combate, cae Lerma.

--Pero quedan Olivares, Uceda, y todos los dems que se agitan en
palacio, que se muerden por lo bajo, y que delante de todo el mundo se
dan las manos. Creo que en vez de aflojar en nuestro trabajo, debemos,
por el contrario, apretar, aprovechando la ocasin de encontrarse Lerma
desprovisto de uno de sus ms fuertes auxiliares. Debemos insistir en
apoderarnos de las pruebas de los tratos torcidos y traidores que Lerma
sostiene en desdoro del rey y en dao del reino con la Liga. Debemos
probar que las guerras de Italia y de Flandes se miran, no slo con
descuido, sino con traicin...

--Esperad... esperad un poco... ese es un medio extremo; el rey es muy
dbil...

--Demasiado, por desgracia.

--El rey nuestro seor, que no ve ms all de las paredes de palacio...

--Pero si en palacio tiene los escndalos! no le tiene Lerma hecho su
esclavo, cercado por los suyos? puede moverse su majestad, sin que el
duque sepa cuntas baldosas de su cmara ha pisado? No le separa de la
reina? No aleja de la corte  las personas que pueden hacerle sombra?
Vos mismo no estis amenazado?

--Creedme, el duque de Lerma no es tan terrible como parece; el duque de
Lerma nada puede hacer por s solo; no tiene de grande ms que lo
soberbio...

--Y lo ladrn...

--Su soberbia, que le impele  competir con el rey, le hace arrostrar
gastos exorbitantes; en nada repara con tal de sostener su ostentacin y
el favor del rey, que es una parte, acaso la mayor, de su ostentacin.
Pero en medio de todo, el duque de Lerma es dbil; se asusta de una
sombra, de todo tiene miedo, procura rodear al rey de criados suyos  de
personas que le inspiran poco temor. Un da estaba yo en mi obscuro
convento. Oraba por el alma del difunto rey don Felipe; se abri la
puerta de mi celda, y entr el superior; traa un papel en la mano, y en
su rostro haba no s qu de particular, una alegra marcada. Vena 
darme una noticia que  otro hubiera llenado de alegra y que  m me
aterr.

--Y qu noticia era esa?

--Apenas subido al trono el rey nuestro seor, me haba nombrado su
confesor; el papel que traa el superior en la mano, era una carta en
que el mismo duque de Lerma me daba la noticia. Yo resist...

--Que resiststeis! bah! de un confesor del rey sale un obispo, y de
un obispo un arzobispo, y de un arzobispo un papa.

--Yo no soy ambicioso; un da, una familia honrada me encontr llorando
sobre el cadver de mi madre; mi padre haba muerto poco antes; tuvieron
piedad del pobre hurfano, y me llevaron  su casa. Yo he crecido en el
dolor, y el dolor continuo, lento, que no proviene de los hombres, sino
de la voluntad de Dios, labra la humildad y la fortaleza del alma que
siente, que ha nacido para sentir. Mis bienhechores eran pobres; me
miraban como hijo suyo... partan su pan conmigo... Yo oraba  Dios por
el descanso de mis padres muertos, y por la paz, por la felicidad de mis
padres de adopcin; murieron tambin el uno tras el otro; mis hermanas
adoptivas se haban casado; mis hermanos haban ido por el mundo 
buscar fortuna; qued otra vez solo; pero con el corazn completamente
lleno por el dolor, por el dolor completo que ningn lugar ha dejado por
herir, desde el amor propio hasta el amor de la familia, hasta ese otro
amor que emana de la mujer.

--Ah! habis amado, fray Luis!

--Y qu hombre no ha amado?--exclam profundamente el confesor del
rey--. Y yo he amado como han amado muy pocos hombres, como ms dao
hace el amor; callndole, dominndole, encerrndole dentro del alma, sin
esperanzas, sin deseos, con una ansiedad desconocida, infinita,
insufrible, con el vaco del alma que necesita llenarse y no puede ser
llenado.

--Tan alta era la mujer de quien os enamorsteis?

--Ni me enamor, ni era alta la mujer  quien mi pensamiento consagr mi
amor. Era tan pobre y tan humilde como yo... Margarita!

Fray Luis inclin la cabeza sobre una de sus manos, y repiti con voz
opaca y concentrada:

--Margarita!

Entre la entonacin con que haba pronunciado el padre Aliaga la primera
vez aquel nombre de mujer, y la entonacin con que le haba pronunciado
la segunda, haba la misma diferencia que puede existir entre un
recuerdo dulce y tranquilo y una aspiracin desesperada.

Cuando el confesor del rey levant la cabeza de su mano, Alonso del
Camino, que le contemplaba con una atencin y una curiosidad intensas,
vi relucir por un momento un fuego sombro en el fondo de los ojos del
fraile.

Pero aquello pas; dilatronse los msculos del semblante del fraile, un
momento contrados, se dulcific la expresin de su boca, que durante
un momento haba reflejado una amargura infinita, y su mirada se hel;
dej de ser la mirada mundana de un hombre combatido por fuertes
pasiones, para convertirse en la mirada reposada, tranquila de un
religioso asctico.

--Margarita--continu con la entonacin propia de un relato
sencillo--era una de mis hermanas adoptivas: cuando yo entr en su casa
para partir con ella el pan de su familia, para vivir como un nuevo hijo
bajo el techo comn, Margarita tena cuatro aos; era rubia, blanca,
plida, con los ojos azules, y la sonrisa benvola, sonrisa en que se
exhalaba un alma de ngel. Margarita creci, creci en hermosura y en
pureza, creci  mi lado; yo la ense  leer, yo la expliqu los
misterios de la religin, que el prroco nos explicaba en la iglesia...
Margarita creci en aos y en hermosura, y se hizo mujer. Yo segua
tratndola como hermana; la amaba con toda mi alma, pero creyendo amarla
con un amor de hermano. Un da conoc que la amaba de otro modo, y la
revelacin de mi amor fu para m una prueba dolorosa, infinita, cruel.
Un da lleg  la casa un soldado con una cdula de aposento; fu
aposentado, y vivi con nosotros algunos das: Margarita cambi; se puso
triste, esquivaba mi compaa, y no slo mi compaa, sino la de todo el
mundo... Yo no saba  qu atribuir aquella tristeza; la preguntaba y me
responda sonriendo:

--No estoy triste.

Su sonrisa desmenta sus palabras.

Una noche, estaba yo desvelado pensando en la tristeza de Margarita,
pensando cmo hara para volverla  su tranquilo estado anterior.
Nuestros hermanos dorman. De improviso y en medio del silencio de la
noche o unas leves pisadas... las reconoc: eran las de Margarita que
pas por delante de la puerta de nuestro aposento; yo me levant y la
segu descalzo. Margarita marchaba delante de m como un fantasma
blanco. No s por qu no la llam. Haba dentro de m un poder
desconocido que me impeda hablar. Margarita baj al corral, le
atraves... Lleg al postigo, son una llave en la cerradura. Entonces
grit:

--Margarita!  dnde vas?

Pero la puerta se haba abierto, un hombre haba aparecido en ella, y
haba asido  Margarita, sacndola fuera.

O entonces un ruido que hizo arder mi sangre, que aneg mi alma en un
mar de amargura.

El ruido de un beso, de un doble beso, y luego el llanto de Margarita,
triste, apenado, como el de quien se separa de seres  quienes ama.

Yo me precipit al postigo. No s  qu. Pero un sueo de sangre haba
cruzado por mi pensamiento.

Yo vea  un hombre que se llevaba  Margarita, y necesitaba matar 
aquel hombre.

Era muy joven y la amaba; la amaba como... como  ella sola, porque...
no he vuelto  amar.

Cuando llegu al postigo, aquel hombre,  quien reconoc  la luz de la
luna y que era el mismo soldado que durante algunos das haba estado de
aposento en nuestra casa, haba puesto  Margarita sobre el arzn de su
caballo, haba montado y haba partido.

Y entre el sordo galope del caballo, o la voz de dolor de Margarita,
que me gritaba:

--Adis! Luis! adis! hermano mo! ruega  mi padre que no me
maldiga! pide  mi madre que me d su bendicin!...

Y Margarita segua hablndome, pero el caballo se haba alejado, y el
sonido seco, retumbante, de su carrera, envolva las palabras de
Margarita.

Al fin el ruido del galope se perdi  lo lejos, y slo quedaron la
noche, el silencio y mi desesperacin.

No s cunto tiempo estuve en el postigo, inmvil con el rostro vuelto 
la parte por donde haba desaparecido Margarita, con el llanto agolpado
 los ojos y sin derramar una sola lgrima.

Al fin, volv en m: medit... y cerr el postigo con la misma llave con
que le haba abierto Margarita, que haba quedado puesta en la
cerradura; atraves lentamente el huerto, entr en la casa y puse la
llave del postigo en la espetera de la cocina, de donde sin duda la
haba tomado Margarita.

Y todo esto lo hice estremecido, procurando, como un ladrn, que no me
sintiesen.

Y volv en silencio al aposento en que estaba mi lecho junto al de mis
hermanos, y me recog silenciosamente.

Todos dorman.

Ninguno me haba sentido entrar, como ninguno haba sentido salir 
Margarita.

Sufr... oh! Dios lo sabe, porque yo ya lo he olvidado; slo recuerdo
que sufr mucho; pero tuve valor para ahogar dentro de m mismo mi
sufrimiento; le ahogu para que nadie me preguntase, para que nadie
supiese por una debilidad ma el secreto de Margarita, que slo sabamos
la noche y yo... y Dios que lo ve todo.

Al da siguiente...

Figuros, seor Alonso, una madre que busca  su hija, y no la
encuentra; un padre que no se atreve  pensar en su hija para
maldecirla, ni puede pensar en su desaparicin sin suponerlo todo...
suponedme  m ocultando, disimulando mi dolor, hasta que el dolor de
los dems protegi al mo... yo call... call... porque su padre no la
maldijese, y su padre no la maldijo.

Poco tiempo despus, su padre muri... luego su madre, despus de cuatro
aos de viudez: sus hermanas se haban casado, sus hermanos se haban
alejado del pueblo... me haban propuesto que los siguiese... pero yo
tena otros proyectos.

--Buscar  Margarita!--dijo Alonso del Camino.

--No--dijo con acento severo el padre Aliaga--; buscar  Dios.

Os hicsteis entonces fraile?

--S. Os he referido esa sencilla historia, para que sepis cules
fueron los motivos que determinaron mi vocacin, y cules las desgracias
que labraron en m esta fuerza para los sufrimientos, este desdn con
que miro las grandezas humanas. Hurfano desde mis primeros aos,
malogrado mi primer amor, sin que nadie lo hubiera comprendido, ni aun
yo mismo hasta que le vi malogrado, pasando seis aos de rudas fatigas
para obtener mi alimento; combatiendo durante estos seis aos de la
ausencia de Margarita, mis celos... s, mis celos... mi amor sin
esperanza... mi ansiedad por la ignorada suerte de Margarita... fu un
fruto lentamente madurado para la vida triste y silenciosa del claustro;
en el fondo de mi corazn vaco slo haba quedado el nombre de Dios...
y tend mis brazos  Dios... le ofrec mi vida...

--Y no volvsteis  ver  Margarita?

--Oh! basta! basta!... os he referido lo antecedente para que
comprendis que mi nombramiento de confesor del rey me caus pena; yo
estaba acostumbrado  una vida obscura y silenciosa en el fondo de mi
celda;  la contemplacin de las cosas divinas, que levantaba mi
espritu de las miserias humanas dndole la paz de los cielos; yo no
poda ver sin dolor, que se pretenda arrojarme  un mundo nuevo para
m, y ms peligroso cuanto ms grande, cuanto ms elevado era ese
mundo; yo no poda pensar sin estremecerme, en que se me quera confiar
la conciencia de un rey, hacerme partcipe de su inmensa responsabilidad
ante Dios... y me negu.

--Os negsteis!

--S por cierto; pero de nada me sirvi mi negativa. Una nueva orden del
rey me mand presentarme en la corte, y me fu preciso obedecer.

--Pero no comprendo cmo, aislado, obscurecido...

--Cabalmente se quera un fraile obscuro, de pocos alcances, devoto, que
estuviese en armona con la pequeez, con la devocin exagerada del rey.
Don Baltasar de Ziga me haba conocido por casualidad, haba hablado
de m  su sobrino el conde de Olivares y ste al duque de Lerma.
Creyse que en toda la cristiandad no haba un fraile ms  propsito
que yo para dirigir la conciencia del rey, y se me trajo, como quien
dice, preso  la corte.

Cuando llegu me espant.

Vi,  la primera ojeada, que se me haba trado para ser cmplice de un
crimen.

Del crimen de la suplantacin de un rey.

Engaado por mi aspecto el duque de Lerma, crey habrselas con un
frailuco, que por casualidad perteneca  la orden de Predicadores...
crey que yo sera en sus manos un instrumento ciego... hoy acaso le
pesa... hoy tal vez piensa en desasirse de m  cualquier precio... pero
esto importa poco... ellos no haban comprendido cunta firmeza ha dado
el sufrimiento  mi alma; ellos no crean que haba en m tal fuerza de
voluntad; al conocerme... porque la debilidad del rey me ha descubierto
ante ellos... han probado todos los medios: la ambicin... los
honores... me han encontrado humilde siempre: han venido  m con una
mitra en la mano, y yo la he rechazado; me han enviado  mi celda ricos
dones, y los dones se han ido por donde haban venido: han tentado con
todas las tentaciones al frailuco, y el frailuco las ha resistido como
San Antonio resisti las del diablo en el yermo. Y sabis por qu,
cansado de esta lucha sorda, no he ido  buscar la obscuridad de mi
antigua celda? Porque he contrado el deber de guardar, de proteger una
vida preciosa. La vida de la reina.

--La vida de la reina!

--Pero don Rodrigo Caldern, est herido  muerto... s herido,
ganaremos tiempo... si muerto, nos hemos salvado.

--Pero creis...

--Don Rodrigo es capaz de todo...

--Regicida!

--Pues no dicen que ha dado hechizos al rey?--replic el confesor del
rey.

--Os he odo decir mil veces que eso de los hechizos es una
supersticin.

--Lo he dicho y lo repito; pero no he dicho nunca que don Rodrigo
Caldern,  pesar de su buen, su demasiado ingenio, no sea
supersticioso. Quien se ha atrevido  dar al rey cosas que han alterado
su salud, ser capaz de envenenar  la reina.

--Pero si don Rodrigo Caldern no pasa de ser el humilde secretario del
duque de Lerma!...

--Don Rodrigo lo es todo. Slo tiene un rival... rival que con el tiempo
le matar, si don Rodrigo no le mata antes  l.

--Y quin es ese rival?

--Don Gaspar de Guzmn, conde de Olivares, caballerizo mayor del rey y
sobrino de don Baltasar de Ziga, ayo del prncipe don Felipe.

--Bah! bah! creo que daremos con todos al traste; con los medios que
tenemos...

--Podremos, si nos anticipamos, dar un golpe; pero aunque lo demos,
siempre quedar un mal en pie.

--Y qu mal es ese?

--El rey.

--Ah!

--S, su debilidad: la facilidad con que se plega al dictamen del ms
audaz que tiene al lado;  falta de Lerma, y de Caldern, y de Olivares,
vendrn otros, y otros, y otros.

--Que no sern malos como ellos.

--Quin sabe? pero vengamos  lo que conviene. Suspendamos por ahora
nuestros trabajos...

--Ahora que nos dan un respiro, Dios  el diablo!

--No seis impo, seor Alonso; no sucede nada que no proceda de Dios.
Por ahora, dejmoslos  ellos solos. Lerma sin don Rodrigo Caldern es
hombre al agua. Uceda y Olivares le atacarn. Lerma, entregado  s
mismo, cometer de seguro algn grave desacierto: dejadlos, dejadlos
hacer. Informos de lo que hay de seguro acerca de don Rodrigo Caldern.
No olvidis de comprar la compaa para ese mancebo, y con lo que
hubiere venid  verme maana. Conque, que Dios os d muy buenas noches.

Y el padre Aliaga se levant y abri un balcn.

Aquella era la puerta por donde deba salir Alonso del Camino, y por la
que sali descolgndose por el balcn  la huerta del convento.

Apenas haba cerrado el balcn el padre Aliaga, cuando se abri la
puerta de la celda, y apareci la cabeza del hermano Pedro.

--Un gentilhombre que viene de palacio--dijo--, quiere hablar con
vuestra paternidad.

--Un gentilhombre del rey!--dijo el padre Aliaga con sorpresa--; que
entre, que entre al momento.

Poco despus un joven gentilhombre saludaba al padre Aliaga y le deca
entregndole un grueso pliego:

--Del rey.

--Y esto es urgente?--dijo el padre Aliaga.

--Urgentsimo.

--Y os han encargado algo adems?

--S por cierto: que vuesa merced se venga conmigo  palacio, para lo
cual he trado una litera y algunos tudescos--aadi el gentilhombre.

--Cmo! que vaya yo ahora mismo  palacio! pues que, est enfermo su
majestad?

--No, seor.

--Ah! y quin os enva?

--El mayordomo mayor; pero ese pliego dir  vuestra paternidad, sin
duda, lo que yo no le puedo decir.

--Veamos.

El confesor del rey rompi el sobre: dentro vena una carta del duque de
Lerma para el padre Aliaga sumamente afectuosa.

Mi buen amigo--le deca--, vuestras virtudes merecen que se os honre
ms que con el empleo de confesor del rey; por lo mismo he aconsejado 
su majestad que os nombre inquisidor general. Temo que vuestra humildad
se resista  aceptar esta alta dignidad; pero cuando meditis que as
conviene al servicio de Dios y del rey, estoy seguro que consentiris;
para asegurarme de ello, y porque urge, seguid al portador  palacio,
donde os espera, vuestro amigo--, _El duque de Lerma._

--Inquisidor general!--murmur el padre Aliaga--; pues bien, acepto: no
supieron lo que hacan cuando me nombraron confesor del rey, y no saben
ahora lo que hacen nombrndome inquisidor general. Oh! Margarita!
Margarita!

Coloreronse febrilmente las mejillas del fraile, que tom su manto, se
cal la capucha y sali de la celda, siguiendo al gentilhombre.

--Esperad, esperad un momento--dijo pasando junto  una puerta de un
corredor.

El gentilhombre esper.

El padre Aliaga entr en aquella celda.

En ella velaba un religioso.

--Amigo Bentez--le dijo el padre Aliaga: salgo del convento de orden
del rey, y acaso no vuelva tan pronto.

--Cmo? os prenden?--dijo el padre Bentez, que era un religioso
anciano.

--No por cierto; pero me hacen inquisidor general.

--Inquisidor general! No s si debo alegrarme  entristecerme.

--All veremos. Entre tanto, y mientras yo estoy fuera del convento,
quedos  la mira.

--Descuidad.

--En vos confo.

--Id, id con Dios y nada temis.

Sali de nuevo el padre Aliaga, atraves el claustro seguido del
gentilhombre, sali del convento, entr en una litera, y aquella litera
rodeada de soldados, tom el camino de palacio.




CAPTULO XVII

EN QUE EMPIEZA EL SEGUNDO ACTO DE NUESTRO DRAMA


Francisco Martnez Montio, esto es, _el cocinero de su majestad_,
nuestro protagonista, en una palabra, haba vuelto de Navalcarnero al
anochecer del da siguiente  la noche en que haba ido  recibir un
secreto de la boca de su hermano moribundo.

Montio se haba trado consigo un cofre fuertemente cerrado y sellado,
sobre cuya cerradura haba un papel.

El receloso cocinero haba tenido buen cuidado de envolver aquel cofre
en un lienzo para que nadie pudiese reparar en sus seas particulares;
le haba hecho subir  su alto aposento del alczar, y sin decir  su
mujer y  su hija ms palabras que las necesarias para darlas los buenos
das, se haba encerrado con el cofre en el aposento cerrado y
polvoroso que ya conocemos, y en el cual tena secuestrada, apartada de
la vista de todo extrao, el arca de sus talegos.

Una vez all Montio, despus de haber descubierto con respeto el cofre
que haba trado de Navalcarnero, le estuvo contemplando en xtasis.

No cesaba de leer y releer lo siguiente, que apareca escrito en el
papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura del cofre:

Yo, Gabriel Prez, escribano pblico de la villa de Navalcarnero, doy
fe y testimonio de cmo el seor Jernimo Martnez Montio, recibi
cerrado y sellado, como se encuentra, este cofre. Segua la fecha y el
signo.

--Y qu habr aqu? qu habr aqu?--deca el cocinero levantando con
trabajo pesado el cofre--. Dinero? no, no, ms bien alhajas. El seor
duque de Osuna es muy rico, muy poderoso, y tratndose de un hijo
suyo... quin haba de pensar que aquel muchacho que se me presentaba
bajo un traje tan humilde, como el humilde nombre de sobrino mo, haba
de ser no menos que un Girn, aunque bastardo...?...y pensar que yo,
por ignorancia, he estado  punto de malquistarme con l?...

Y Montio segua abismndose en su pensamiento y contemplando el cofre,
y probando su peso, y queriendo deducir por l el valor de su contenido.

El cocinero mayor sufra el tormento de los avaros.

Pero era necesario salir de su reservado aposento.

Puso cuidadosamente el cofre en un rincn, lo cubri con un tapiz viejo,
y no contento an, con una estera, y se di al fin completamente  luz 
su mujer y  su hija.

Despus se present, como de costumbre, en la cocina, y di sus rdenes
para la vianda del da.

Despus, y libre ya por algunas horas, tom su capa y su espada y se fu
 Santo Domingo el Real, y oy misa, y procur orla, porque el cocinero
mayor no tena pensamiento ms que para el cofre y para el sobrino
postizo.

Apenas hubo concludo la misa, cuando tom  buen paso el camino de la
calle de Amaniel.

En aquella calle, en una casa chata y vieja, viva la seora Mara
Surez, honrada esposa del escudero Melchor Argote, y honrada amiga del
prendero Gabriel Cornejo.

Cuando Montio lleg, encontr  la seora Mara fregoteando, como la
mujer ms hacendosa del mundo, en la cocina.

--Buenos das, buenos das, seora--dijo el cocinero--; y cmo va por
ac?

--Ah! sois vos, seor Francisco?--dijo la vieja.

Pero describmosla.

Era una mujer como de sesenta aos,  por mejor decir, una pelota con
pies, cabeza y brazos: morena, encendida y basta, con la nariz gruesa,
los labios gruesos, los ojos pequeos y colorados, el izquierdo bizco, y
los escasos cabellos, rubios entrecanos. Vesta un hbito de jerga
corto, sobre los hombros un pauelo de lana azul, y por bajo del vestido
que tena levantado, como acostumbran las mujeres durante ciertas
haciendas caseras, se vean dos piernas rechonchas con medias azules, y
dos pies redondos y abotargados, metidos dentro de dos zapatos gruesos y
de un color indefinible.

El ojo bizco de esta mujer era su nico, pero completo rasgo
fisonmico-caracterstico; era un verdadero ojo de demonio que luca
como un ascua medio apagada, y que en continua movilidad dejaba ver
sucesivamente todas las expresiones de los siete pecados capitales.

Esto en ciertas situaciones especiales, que cuando aquel ojo dorma
cubierto por una expresin hipcrita, la seora Mara tena el aspecto
de la mujer mejor del mundo.

Pero cuando asom  la puerta de la cocina el cocinero del rey, en
cuanto la seora Mara le vi, el ojo se puso en movimiento y expres la
clera ms concentrada y ms vengantiva que darse puede.

--Buena la habis hecho!--dijo la seora Mara bajndose de una silla,
 la que se haba encaramado para fregar una vidriera, y viniendo hacia
el cocinero mayor con un estropajo en la mano--: buena la habis hecho,
seor Francisco!

--Pero qu he hecho yo?--exclam asustado el cocinero, porque le
constaba que la seora Mara no hablaba nunca en balde.

--Que qu habis hecho? nada! absolutamente nada!... pero ello dir!

--Sepamos.

--Tenis un sobrino?

--S, seora, tengo un sobrino.

--Y os habis valido de este sobrino?

--Para qu?... vamos  ver... para qu me he valido yo de ese
sobrino?...

--Pues! para malherir  don Rodrigo Caldern.

--Ah! diablo!

--Y ya se ve!... os habis apropiado los tres mil ducados de la reina.

--Yo...

--S, seor... y si no, por qu ha dado de estocadas vuestro sobrino 
don Rodrigo Caldern?

--Han sido asuntos suyos...

--Pues mirad, tiene muy malos asuntos vuestro sobrino.

--Bah! no tan malos como creis! Pero en fin, ya que habis hablado de
mi sobrino, por l vena, porque supongo que habr pasado aqu la noche.

--Aqu la ha pasado, quiero decir, aqu ha pasado la madrugada, porque
el galopn Aldaba le trajo  las tres.

--Ah! conque ha salido  las tres de palacio mi sobrino?

--De palacio!

--He dicho de palacio?... eso es... habr estado en m casa?... s,
cierto...

--En vuestra casa mientras vos habis estado fuera, no ha estado nadie
ms que la justicia...

--S, s; ya me ha dicho mi mujer...

--Y no os ha dicho vuestra mujer que haya estado nadie ms?

--No por cierto.

--Seor Francisco, los hombres viejos no deban casarse... sobre todo
con mujeres jvenes y bonitas.

--Seora Mara--exclam todo bilis y enojo Montio: sois una bribona...

--Bien, muy bien; ahora los insultos.

--Queris vengaros de m porque os he echado  perder un buen
negocio?...

--Yo no me vengo, no os he dicho nada que merezca la pena de que me
tratis as.

--Habis querido hacerme sospechar de mi esposa.

--Jess Mara! vea vuestra merced lo que es ser los hombres
maliciosos!

--No es necesario ser malicioso.

--Pues yo qu os he dicho?

--Pues eso es lo malo, que no habis dicho nada.

--He dicho que los hombres viejos no deban casarse teniendo hijas
jvenes y bonitas.

--Habis dicho mujer.

--He dicho hija.

--Y bien, qu tenis vos que decir de mi hija?...

--Hum! nada! pero haberse estado vuestro sobrino hasta las tres en
vuestra casa, y no haber parecido cuando le buscaba la justicia!

--Mi hija no conoce  su primo.

--Pero como tal primo es tan hermoso y tan atrevido... replic la seora
Mara.

--Dejemos esta conversacin, seora Mara, que estis equivocada de
medio  medio; mi sobrino no ha estado en mi casa...

--Pues si ha estado en palacio y no en vuestra casa...

--Ha estado en la casa del rey--dijo una voz  la puerta.

Volvise todo hosco  incmodo el cocinero y vi al bufn del rey.

El to Manolillo entr con las manos puestas en las caderas, mir frente
 frente al cocinero de su majestad, se le ri en las barbas y se sent
en un taburete de pino.

--Y bien, por qu os res?--dijo Montio amostazado, porque haca mucho
tiempo que le causaban ojeriza las bromas del bufn.

--Rome porque siempre que os veo me da gozo, seor Francisco--dijo el
to Manolillo.

--Es que os estis gozando conmigo hace muchos das.

--Qu queris? cuando yo veo la felicidad de los dems, me perezco de
alegra.

--Y qu felicidad veis en m, amigo bufn?

--Bah! vuestra mujer!...

--Mi mujer!--exclam, sintiendo un sacudimiento nervioso el cocinero.

--Ciertamente, vuestra mujer... os ama mucho... mucho... muchsimo... Os
ayuda en todo lo que puede.

--Sabis que ya me incomoda el que me hablis tanto de mi mujer?

--Como que estoy enamorado de ella...

--Vos no amis ms que  esa comedianta que os tiene vuelto el juicio...

--Puede ser, porque tratndose del juicio de los hombres, no conozco
cosa que tanto se lo vuelva como las mujeres. Pero dejndonos de bromas
y ya que hablbamos de vuestro sobrino, cmo ha pasado la noche ese
valiente joven, seora Mara?

--Qu! conocis  mi sobrino, to Manolillo?

--Bah si le conozco! pero no habis odo, seora Mara,  es que
tanto os interesa tener limpias las sartenes, ya que no podis tener
limpia la conciencia?

--No s para qu los reyes han de tener gordos y ensoberbecidos  estos
avechuchos--dijo la vieja.

--Pero el sobrino del seor Francisco... os he preguntado por l tres
veces y nada me habis respondido... y s que ha pasado aqu la noche...

--La madrugada, diris.

--En buen hora... y duerme todava?

--El que se acuesta tarde, no se levanta temprano.

--Y decs que conocis  mi sobrino?--dijo el cocinero.

--Ya se ve que le conozco.

--Dnde le habis visto?

--Anoche en palacio.

--Pero en dnde?

--Donde no entran todos.

--Estis seguro de lo que decs?

--Vaya si lo estoy.

--Y habis hablado con l?

--No, pero no importa; s que anda enamorado y en aventuras.

--Y le corresponden?

--Tal creo.

--Tenemos que hablar  solas... no os ofendis, seora Mara.

--La seora Mara no se ofende de otra cosa que de no ganar dineros.

--Yo no puedo ofenderme de lo que me da risa.

--Y qu os da risa en esto?

--El secreto que gastis... como si no supiramos que en palacio es muy
fcil tener amores altos.

--Como es muy difcil que vos dejis de ser una deslenguada.

--Os advierto, hermano bufn, que si mi esposo os oye, que pudiera ser,
os cortar una oreja.

--Bah! el escuderote! Pero dejando esto... dnde tiene su aposento el
seor Juan Montio?

--Ved que sale en persona--dijo la vieja sealando una puerta que se
abra, y tras la cual apareci el joven.

--Ah! mi buen sobrino!--exclam Montio corriendo hacia l.

--Cunto pensar ganar con su sobrino el cocinero del rey, cuando tan
bien le trata?--dijo para si el bufn.

--Y mi to Pedro?--dijo el joven con solicitud.

--Tu to!... tu pobre to, ha muerto!--contest apagando su sonrisa y
con acento triste Francisco Montio.

El joven se puso plido, sus ojos se llenaron de lgrimas, y exclam
bajando tristemente la cabeza:

--Cmplase la voluntad de Dios!

Y luego aadi dominndose:

--Y nada os ha dicho para m?

--Nada; cuando llegu ya haba perdido el habla.

--Ah! mi buen to! la carta que me di para vos era un pretexto para
alejarme de s; para que no lo viese morir.

--No te has engaado, sobrino; no te has engaado... y qu he hecho yo
de esa carta? creo que la llev al pueblo, y que la he dejado olvidada
all. Pero, cmo has pasado la noche?

--Muy bien, to, muy bien.

--Pues me alegro, me alegro mucho--dijo el to Manolillo--, porque creo
que tenis demasiado que hacer para no necesitar estar descansado.

--No os conozco, amigo--dijo Montio.

--Nada tiene de extrao. Yo soy el bufn del rey; pero si no me conocis
 m, conocis mucho  un grande amigo mo.

--Qu amigo?

--Don Francisco de Quevedo.

--Cmo! don Francisco de Quevedo!--dijo el cocinero mayor--y est don
Francisco en la corte?

--Y algo ms que en la corte dijo el to Manolillo.

--Ah, ah! Y conoces t  don Francisco de Quevedo, sobrino?--aadi el
cocinero.

--Estuvo hace dos aos en el lugar; iba hudo...

--Ah!--dijo Francisco Montio, recordando el pasaje de la carta de su
difunto hermano, en que se refera al conocimiento de Juan con
Quevedo--. Ah, s! Es verdad!

--Y qu es verdad?--dijo Juan.

--Qu ha de ser verdad, sino que hace dos aos anduvo hudo por unas
estocadas don Francisco?

--Pues amigo mo--dijo el bufn--, don Francisco os espera.

--Que me espera? Y dnde? Habamos quedado en vernos en San Felipe.

--Pero urge, urge. As, pues, os vendris conmigo.

--Sin almorzar!--dijo el cocinero--. Yo que vena con l para que
almorzase!

--Donde yo le llevo almorzar mejor.

--Mejor que en mi casa?

--S, seor; vuestro sobrino, seor Francisco, almorzar hoy mejor que
el rey.

--Algunas empanadas de hostera de esas que no se digieren!--exclam
Montio con desprecio y picado en su calidad de cocinero.

--Yo dar de almorzar  vuestro sobrino pechugas de ngeles!

--Ah, ah!... vos tenis  vuestra disposicin pechugas de ngeles!...
Pero es el caso que yo necesito  mi sobrino, aunque slo puedo darle
pechugas de nade.

--No son malas, seor Francisco, no son malas; guardadme una para ms
tarde; pero yo ahora me llevo conmigo al seor Juan Montio. Como que le
espera nada menos que don Francisco de Quevedo, y para asuntos muy
importantes.

--Oh! pues si don Francisco de Quevedo me espera, to, necesario ser
que vaya.

--Iremos todos--dijo el cocinero.

--No puede ser--replic el bufn--: quedos en buen hora siguiendo
vuestra disputa con la seora Mara. En cuanto  m, vuestro sobrino me
llevo.

--Y dnde para don Francisco?

--En una casa y en una cama.

--Pues quedo enterado--dijo el seor Francisco.

--Cmo! Ha pasado algn mal accidente  don Francisco?--dijo con
cuidado Montio.

--Cosa mala nunca muere--dijo desapaciblemente la vieja.

--Por eso no habis muerto vos, aunque sois vieja del alma y del
cuerpo--dijo el to Manolillo--; pero vamos, seor Juan, y que no se
diga que cuesta ms trabajo sacaros de aqu que si se tratase de sacar
una monja de un convento.

--No; no ciertamente--dijo el joven--; perdonad, to, pero cuando don
Francisco me llama con tanta urgencia, asunto debe ser importante; en
cuanto concluya ir  buscaros  palacio.

--Ve, sobrino, ve--dijo el cocinero--; ya sabes que yo no me meto en tus
asuntos; pero mira dnde pones los pies, hijo mo, porque la corte se ha
puesto para ti un poco resbaladiza.

--Nos veremos en la calle?--dijo el bufn--. Venid, que el tiempo
urge, y vos, compadre, dejadnos por Jess Nazareno, y vamos, y no se
hable ms, que en decir y replicar llevamos una hora. Conque hasta
despus; muchas expresiones al seor Cornejo, seora Mara, y al seor
escudero que se compre un peine fuerte; hasta ms ver... Gracias  Dios
que estamos en la calle!

Y el to Manolillo, sin detenerse  escuchar la agria rplica de la
seora Mara, sac  remolque  Juan.

--Conque tan hombre sois?--le dijo el bufn.

--Segn--dijo Juan--; no s por qu me hacis esa pregunta.

--Afortunado y reservadillo! haris fortuna en la corte, joven.

--Me alegrar.

--Ah, ah!--conozco  muy pocos que hayan entrado en palacio con tan
buen pie.

Mir profundamente Montio al to Manolillo.

--Vuestro amigo don Francisco--dijo el bufn contestando  aquella
mirada--me llama el mochuelo del alczar.

--Os juro que no os entiendo.

--Bah! Y cmo os va de vuestros amores?

--De mis amores?

--Qu! No estis enamorado?

--Yo!

--Mirad que doa Clara Soldevilla es demasiado persona para que se la
engae.

--Doa Clara! Oh, doa Clara! La conocis?

--Vaya! Pues medrados estaramos si el to Manolillo, el loco del rey,
no conociese hasta las araas del alczar! Conozco  mi seora doa
Clara desde que era as, tamaita.

--Y qu se dice de esa dama en el alczar?

--Qu se ha de decir? La llaman la menina de nieve.

--Por lo blanca?

--Bien pudieran; pero es por lo fra.

--Fra, y tiene dos ojos que abrasan!

--Pues ah veris. Nadie ha podido hacer que esos ojos le miren
enamorados. Como no seis vos!...

--Yo!

--Y qu tendra eso de extrao?

--Os aseguro que...

--Lo creo; doa Clara es dura como una roca.

--Pero yo no pienso...

--Vos!... bah!... Vos sois capaz de saltar por esa dama por cima de
la torre de Santa Cruz; y si yo fuera otro, lo sera tambin... y sois
vos solo...

--Cmo!

--El primero que salta por doa Clara es...

--Quin?

--Un personaje muy alto...

--Acabad.

--Don Felipe.

--Don Felipe de qu?

--Don Felipe de Austria, mi buen amigo, mi entretenimiento, mi loco.

--Ah! El rey!

--No os pongis plido, amigo mo, no os pongis plido; doa Clara hace
tanto caso del rey como de m.

--Pero decs que hay otros!...

--No hay ninguno; es decir, ninguno ha logrado hacerse amar de doa
Clara...  no ser que vos...

--Yo?

--Seamos francos; cunto darais vos por encontrar una persona que os
sirviese de puente para con esa dama? Por dos ojos que viesen ms que
los vuestros?

--Me hacis una proposicin?

--Me intereso por vos.

--Y qu clase de inters es el vuestro?

--Yo... os servir... pero me habis de pagar.

--Contad con mi bolsillo.

--Os perdono, porque los enamorados estn locos... Vos me pagaris, pero
no me pagaris en dinero... Llegar un da en que yo os diga: os he
servido; servidme.

--Os servir como me hayis servido  m.

--No hablemos ms; estamos cerca de la casa donde para nuestro amigo don
Francisco.

Entraban  la sazn en la calle Ancha de San Bernardo. Al poco trecho,
el bufn lleg  una puerta, tir de un cordel y la puerta se abrio;
siguile Juan Montio, el bufn cerr la puerta y subi por unas
escaleras, seguido del joven,  un hermoso recibimiento, y de all  una
sala ricamente alhajada.

Sobre los sillones haba algunos trajes relumbrantes,  todas luces
trajes de teatro, y sobre una mesa joyas en desorden y botes de
perfumes.

En la sala no haba nadie; pero saliendo de una alcoba se escuchaba una
voz vibrante y acentuada que al parecer lea, y de tiempo en tiempo una
voz juvenil y fresca, incitante voz de mujer, que se rea de la mejor
gana del mundo.

El bufn adelant y levant una de las cortinas bordadas que cubran la
puerta de la alcoba.

En un magnfico lecho, que por muchas seales demostraba ser un lecho de
mujer, y de mujer galante, hundido en los colchones, medio sepultado en
las almohadas, revuelta la cabellera, caladas las antiparras,
sosteniendo un libro en folio, lea Quevedo.

A los pies del lecho, indolentemente envuelta en una especie de bata de
color de rosa con encajes, mal cogidas las anchas trenzas negras,
extendidos los pies, que calzaban unos chapines de tafilete blanco,
apoyado un brazo en otro brazo del silln, y sobre la mano uno de esos
semblantes en que no se sabe qu admirar ms, si la fuerza de la
juventud, la fuerza de la hermosura  la fuerza de la expresin, haba
una mujer como de veinticuatro aos, sonriente, alegre, escuchando con
delicia  Quevedo, que lea uno de los mejores captulos del _Ingenioso
Hidalgo Don Quijote de la Mancha_.

Quevedo al leer no se rea; su acento al leer era el de un profundo
crtico, que aprecia cada uno de los detalles, cada uno de los
pensamientos, cada una de las bellezas, y las determina, las anota, por
decirlo as, con la inflexin del acento, con la acentuacin particular
de la palabra; que admira y que acaso envidia, y que toma la lectura por
lo serio.

Cervantes, ledo por Quevedo, ganaba; el chiste se haca irresistible;
la joven se rea con toda su alma.

Se nos olvidaba decir que la joven tena en la mano derecha, abandonada
sobre la falda, un cuaderno de papel en que se vean escritos versos.

A la cabeza de aquellos versos se lea:

Doa Estrella en la Estrella de Sevilla.--Dorotea.

Aquel era un papel de una de las mejores comedias de Lope de Vega.

La que le tena en la mano, era sin disputa una comedianta.

El papel revela su nombre.

Era Dorotea.

La querida pblica del duque de Lerma.

La amante particular de don Rodrigo Caldern.

La mujer que tena con el to Manolillo unas relaciones, un punto de
contacto que nadie poda calificar.

Quevedo, Cervantes y Lope de Vega, estaban all; los dos en
representacin, el uno en persona, haciendo brillar el uno de los
representados  Cervantes y cautivando en favor de ste la atencin de
Dorotea en dao del otro representado, de Lope de Vega.

--Yo os daba durmiendo dijo--el to Manolillo--y  ti estudiando,
holgazana--aadi dirigindose  la joven.

--Gracias  mi buen Miguel que me he encontrado por ah, no duermo, ni
Dorotea estudia. Cuando habla Cervantes es necesario no vivir sino para
escucharle. Qu ingenio! se entiende, cuando no se trata del Prsiles.
Parece mentira que el tan discreto... pero vamos al asunto, y perdone mi
buen amigo--aadi Quevedo cerrando el libro y dejndolo sobre la
cama--, trais con vos  ese sujeto?

--Trigole por los cabezones.

--Cmo tal? por los cabezones vens cuando yo os llamo, amigo Juan?
Entrad, entrad, amigo mo, la duea de la casa es una moza demasiado
valiente para asustarse, porque vos entris en su alcoba.

--Decs bien, y tanto ms, cuanto me habis curado de espanto
apoderndoos de mi lecho; qu pensaran de m, si las gentes os vieran?

--Que estoy cansado. Pero qu hacis que no entris, amigo Juan?

--Entrad, entrad, caballero--dijo Dorotea levantndose--; esta casa es
muy vuestra.

Y levant la otra cortina que el bufn no haba levantado.

Al ver  Dorotea Juan Montio, y al ver  ste Dorotea, sucedi una cosa
singular: los dos retrocedieron, los dos cambiaron de expresin. La
sonrisa que vagaba en los labios de Dorotea se borr; en el semblante de
Juan Montio apareci una expresin de sorpresa, pero no ms que de
sorpresa.

No esperaba ver una mujer tan hermosa.

Le haba dado de repente en los ojos un relmpago de hermosura.

El bufn y Quevedo haban reparado esta circunstancia: la repentina y
significativa seriedad de Dorotea y el asombro de Juan Montio.

--Ah!--dijo el bufn.

--Oh!--dijo Quevedo.

--Pasad, caballero, pasad--dijo Dorotea ya perfectamente serena.

Juan Montio entr en la alcoba, enteramente repuesto ya de su sorpresa.

--En qu nido le habis encontrado, amigo Manolillo?--dijo Quevedo.

En el nido de una corneja.

--Y dnde tiene esa corneja su nido?

--Es la manceba vieja de un tal Cornejo, galeote hudo que anda haciendo
milagros en la corte.

--Ah! Un ensalmador de condenados, reparador de injurias y
falsificador de doncellas! Conozco al tal.

--Pero vos conocis  todo el mundo, don Francisco!--dijo Dorotea.

--Concenme  m todos; no es ma la culpa; el que en enredos anda,
enrdase.

--Yo creo haber odo hablar de ese Cornejo--dijo Dorotea.

--Ha graznado  vuestra oreja? pues mal agero, hija; si supiera esto
su excelencia, juntamente con que yo...

--Vos os tomis licencia para todo; en cuanto  ese Cornejo, conzcole
por haberme hablado de l mis compaeras.

--Seor Juan Montio--dijo Quevedo con voz campanuda--: necesito hablar
con vos  solas.

--Muchas gracias por la manera de echarnos, don Francisco--dijo Dorotea.

--Lope de Vega os espera; esta tarde  las dos debis aparecer estrella;
procurad que no os nublen los del patio... debis, pues, agradecerme que
no os distraiga. Parceme que estaris aqu mejor que en palacio, to
Manolillo.

--Buenas noches, don Francisco, buenas noches y hasta que despertis.

--Os engais, hermano; an no me duermo, ni llamo al amigo Juan para
que me traiga el sueo... heme echado por descansar un poco, pero ya
empiezan mis tareas cortesanas: el no dormir y el no parar. Y vos
habis descansado?--dijo Quevedo dirigindose  Montio, y prescindiendo
enteramente del bufn, que sali y se sent en la sala frente  Dorotea,
que se haba puesto  estudiar su papel junto  una ventana.

--No he podido dormir, Quevedo--dijo el joven.

--Dichosa edad en que el amor desvela; y no ha tenido parte en vuestro
desvelo el lance de anoche?

--Cul de ellos?

Quevedo marc con el brazo una estocada.

--Ah! no!

--Pues sabed que Lerma lo sabe.

--Me importa poco.

--Que os pueden encerrar.

--Me importa menos.

--Que os puede suceder algo que negro sea.

--Sucdame en buena hora.

--No negis la pinta.

--Qu pinta?

--La de vuestro padre.

--Creo que mi padre hubiera tenido en estas circunstancias tan poco
cuidado como yo.

--Crelo sin dificultad y me alegro de que os parezcis  vuestro padre.
Slo por eso os haba llamado: estaba cuidadoso por vos. Y decidme, si
no habis dormido, tendr la culpa doa Clara Soldevilla?

--Cmo! pues qu! Sabis...?

--Yo lo s todo.

--Tenis sin duda un diablo familiar.

--Puede ser. Y los amores os han quitado el apetito?

--No por cierto.

--No? pues me alegro; ni yo tampoco. Dorotea! amiga Dorotea!

--Decid  vuestra negra que nos d de almorzar.

Almorzaremos todos juntos--dijo Dorotea.

--Que me place: almorzarn juntos el amor y las musas, una ninfa y un
stiro. Y tenis buena despensa? supngolo.

--Ah! me cuidan como una reina.

--Crolo; como creo que agradecis como una reina los cuidados.
Perdonad, amigo Juan, si me dejo ver de vos desencuadernado--dijo
Quevedo saltando del lecho en paos menores--; hacedme la merced de
echar esas cortinas, no se escandalize Dorotea.

--Os levantis?--dijo la comedianta--: me alegro, voy  mandar sahumar
la alcoba.

--Pues dudo mucho...

--Que?...

--Que haya sahumerio que la quite su olor: si yo no tuviera la cabeza
tan fuerte, trastornado saldra y entontecido. Huele aqu...

--A hermosura...

--Bien, lo creo.

--Y de hoy en adelante oler  ingenio...

--Por qu, pues, sahumais?...

--Pudiera pegrsele  don Francisco...

--Ah! su excelencia! Crolo libre de tal contagio...

--Dios le ayude.

--Ya le ayudis vos...

--Pues yo crea que le desayudaba...

--Sois un oro...

--Os habis vestido ya?

--Atcome las calzas...

--Voy  preparar el almuerzo.

--Quin es esta mujer? dijo Montio.

--No lo s--dijo Quevedo encajndose los gregescos.

--Qu, no lo sabis, y os metis en su casa como en una posada, y la
tratis con una lisura que mete miedo?

--Tratndose de esta mujer, cuanto ms miro menos veo. No se lo digis 
nadie, porque no me gusta pasar por torpe: pero no la leo... no la
adivino. Hacedla el amor.

--Yo?...

--Es hermosa.

--Pero descarada.

--Por las descaradas se conoce  las enmascaradas; un amante ve lo que
no ven los dems, y nos conviene ver  esta mujer.

--Enamoradla.

--Ya lo he hecho.

--Y no habis podido leerla?

--No, porque no se ha enamorado de mi.

--Y queris que yo embista con una mujer que os ha rechazado?--replic
Montio.

--Habis sorprendido  esta mujer.

--Yo!

--Se ha puesto plida al veros.

--Perdonad,  m tambin me sorprendi...

--Mejor: ella ha reparado en vuestra sorpresa y espera.

--Perdonad, pero la sorpresa pas.

--Crolo: pero os repito que los amores de esta mujer interesan...

--A quin?

--A la reina.

--Ah!

--Adems, no sabe an lo de don Rodrigo. Procurad que cuando lo sepa le
importe poco.

--No comprendo lo que me queris decir con lo de don Rodrigo...

--La Dorotea cobra del duque de Lerma, y da  don Rodrigo Caldern.

--Ah!

--Os aseguro que si en el almuerzo ganis terreno, cuando le llegue la
noticia, que no deber tardar, la importar poco lo sucedido...

--Pero... un triunfo tan rpido...

--As se triunfa de estas mujeres...   primera vista  nunca.

--Me repugna...

--Sois mal galn de capa y espada... no servs para una comedia.

--Lo confieso.

--No me habis recibido por maestro?

--S.

--Pues obedecedme.

--Bien quisiera, pero tengo el corazn lleno.

--Alma de nio! majadero incorregible! doa Clara Soldevilla es el
corazn, esta mujer la cabeza.

--Ah!

--Me habis comprendido?

--Pero tan importante es esta mujer?

--No lo s, pero pudiera serlo.

--La enamorar.

--Callad!  ms bien... y qu tal, qu tal os fu el ltimo ao en
Alcal?

Dorotea acababa de entrar en la sala.

--Cmo! este caballero es estudiante?--dijo dejando sobre una mesa dos
botellas.

--Y de teologa--dijo Quevedo.

--Estudiis para clrigo!--dijo haciendo un mohn de repugnancia la
comedianta,  tiempo que sala Montio de la alcoba.

--Ha ahorcado los hbitos--dijo Quevedo saliendo tras Montio.

--Ah! he ah una justicia que me agrada; y eso que no puedo ver  un
ahorcado sin tener malos sueos.

--Y qu diablos hacis ah, hijo Manolillo, doblado y redoblado?--dijo
Quevedo.

--Ah!--exclam el bufn, como un hombre que despierta--; pensaba.

[imagen: Quevedo]

--Y qu pensbais?

--Qu s yo! era uno de esos pensamientos, que piensan en nosotros.

--Metafsico estis.

--Y que nosotros no pensamos en ellos.

--Continuad.

--Que se vienen... y que se van...

--Una idea eterna...

--Eso es...

--Un combate...

--No, un tirano...

--Tngoos lstima...

--Ah!

--El to Manolillo tiene unas cosas muy singulares--dijo Dorotea.

--Me voy!--exclam el to Manolillo.

--Y no almorzaris con nosotros?

--El loco llama al loco; es la hora de levantarse el rey. Adis.

Y el to Manolillo sali sombro y cabizbajo; se le oy bajar
violentamente las escaleras y sali.

--No entiendo vuestro conocimiento con mi buen amigo--dijo Quevedo.

--Ni yo--exclam Dorotea.

--Y os ama!

--Pero cmo me ama?...

--Sabrislo vos.

--Pues no lo s; pero aqu viene el almuerzo, seores: sentir trataros
mal; vosotros tendris la culpa; doy lo que tengo.

--Y como tenis un cielo!...

--Bah, don Francisco! cuando me requebris, no s si debo ofenderme,
...

--Es esta negra vuestra cocinera?

--S por cierto...--dijo un tanto resentida Dorotea del cambio de
conversacin de Quevedo.

--Y bien, carbn viviente, qu nos das de almorzar?

La negra, que traa una mesa ayudada por un lacayuelo, contest sobre la
pregunta de Quevedo:

--Vuesamercedes almozarn salmn fresco, pollas asadas, pastelones
negros, pichones ensopados, tortas de dama...

--Basta, basta, y aun dir que sobra, aunque tengo un apetito de gigante
encantado.

--Pues sentmonos--dijo Dorotea--; y vos, tenis tambin apetito?...

--Est enamorado...

--Ah!--dijo con cierto disgusto la Dorotea.

--Enamorado de vos.

--De m!--exclam riendo la comedianta.

--Cosas de Quevedo!--dijo Montio terriblemente contrariado.

--No, no por cierto... cosas de Dorotea.

--Cosas mas!

--Ciertamente, porque vuestras cosas son las que han quitado el apetito
de todas las cosas al seor Juan Montio.

--Ah! os llamis Montio?

--Es sobrino del cocinero mayor del rey.

--Oh! Dios mo! os va  parecer detestable mi almuerzo!

--El rey no almuerza tan bien como vos, ni con tan buen servicio...
apuesto  que esta plata ha venido en derechura para vos del Potos...

--Ved ah que me importa poco el lugar de donde haya venido.

--Debe importaros mucho ms el lugar en donde ha parado.

--Sabe Dios si para.

--Mejor, porque ser ro si corre.

--Me voy cansando...

--Decs bien, debis descansar... aunque no sois vieja.

--Trabajo siempre para el pblico...

--Decs bien... debis trabajar para menos gente... ya quise que
trabajseis para mi... con el corazn; pero vuestro corazn anduvo
reacio.

--Punzis, don Francisco.

--Ortiga me hacis? desgraciado ando.

--No lo andis mucho, cuando os veis en la corte.

--Pues mirad: no quisiera ser cortesano.

--Sislo muy poco... y en prueba de ello cuando no estis preso...

--Me buscan... decs bien... y ahora me acuerdo... sois mi olvido de
todo... y de qu me haba olvidado?... figuros que anoche anduve
cmplice en unas estocadas.

--Apenas llegado!

--Es mi sino. Pero como estoy ya cansado de que me echen el guante,
trato de echar un guante de oro al escribano para que se le entorpezcan
los dedos... y me urge... y me duele dejar  medio roer este pichn...
pero os dejo...

--Os vais?--dijo Montio ponindose de pie.

--Oh! no! vos no tenis nada que ver con la justicia--dijo Dorotea--:
almorzad al menos, caballero... si no es ya que os sepa mi almuerzo mal.

--Creo que jams ha almorzado tan  gusto el seor Montio, y se
quedar, debe quedarse--aadi Quevedo cargando su acentuacin de una
manera perfectamente inteligible para Montio.

--Temera abusar...

--Oh! qu es abusar?... por el contrario, no sabra  qu atribuir...

--Pues me quedo--dijo Montio con voz insegura.

--Pues quedos--exclam Quevedo--. Os suplico que no os vayis...

--Pero si tardareis...

--En ninguna parte pudirais sentir menos la espera. Ah! las diez...
conque hasta las doce. Quede con vosotros Dios.

Y Quevedo sali.

Toda esta escena,  pesar de que haba sido un poco picante, haba
pasado delante de la negra y del lacayuelo.

--Servidnos los postres y marchos  almorzar--dijo Dorotea apenas sali
Quevedo.

Montio y la comedianta quedaron al fin solos.

--Tenis un amigo muy regocijado--dijo Dorotea...

--Oh! s!--contest el joven, que aunque no era novicio, senta
remordimientos por aquella especie de infidelidad que haca  su dama, y
estaba contrariado.

--Si no fuese por su lengua...--aadi Dorotea.

--Oh! s!--respondi Montio.

--Pero no comis?--dijo la joven, que empezaba  sentirse preocupada.

--Perdonad, seora, pero...

--Pero qu?...

Montio alz los ojos, y su mirada se encontr con la mirada negra y
resplandeciente de la Dorotea.

Por culpa de la situacin, aquellas dos miradas fueron terriblemente
criminales, y la Dorotea se puso encarnada, no de rubor, sino de
despecho, porque haba conocido todo el valor aparente de su mirada.

Lo mismo y por la misma razn aconteci  Montio.

--Vamos, esto es una tontera--dijo la Dorotea, sin pretender cubrir lo
que no poda cubrirse.--Quevedo tiene la culpa.

--Yo creo, seora, que nadie tiene la culpa de nada.

--Bebed--dijo la joven llenando una copa de vino.

--Bebed primero vos...

--La Dorotea llen su copa.

--No: bebed en sta,  bebamos la mitad de la nuestra cada uno;
cambiamos.

--Sabis lo que estis haciendo?--dijo con seriedad la Dorotea.

--Os ofende?

--Me estis enamorando.

--Y hago mal suponiendo que eso sea?

--Eso lo sabris vos.

--Cmo! que yo sabr si hago mal en enamoraros?

--S, porque vos sabris con cunta lealtad, con cunta razn podis
enamorar  una mujer  quien hace media hora que conocis.

--La soledad tiene la culpa...

--Llamar compaa...

--No; ms bien si os desagrada mi atrevimiento, me ir yo.

--Don Francisco vendr  buscaros...

--Pues no encuentro medio...

--S; dejar esta conversacin.

--Dejmosla.

--Hablemos de otra cosa.

Pero ninguno de los dos habl.

Bebieron en silencio sus copas.

Pasaron algn tiempo callando.

Dorotea mir involuntariamente  Montio.

En aquel momento Montio mir  la comedianta.

Esta doble mirada fu ms elocuente, ms intensa que la anterior.

Dorotea y Montio se turbaron mucho ms.

Pero por aquella vez, Dorotea no se irrit.

Por el contrario, solt una alegre carcajada, y dijo:

--Quin diablos os ha trado aqu?

Y llen la copa, bebi la mitad, y ofreci la copa  Montio.

Montio la tom y busc el sitio donde haba puesto sus labios la joven.

--Habladme con franqueza--dijo la Dorotea--; qu habis visto en
m...?

Y se detuvo.

--He visto en vos, seora... la verdad es que no he visto nada fuera de
vuestra hermosura, que es divina!

--Pero... mi hermosura sola no hubiera causado en vos... en fin, no
hablemos ms de esto... os recibo por mi amigo.. conozco que os
apreciar... os apreci ya, no s por qu... sobre todo, no me gusta una
guerra fatigosa, un galanteo que  nada conducira, porque es una
locura.

--Seamos, pues, amigos; prefiero vuestra amistad  vuestro amor.

-Mi amor! sabis si yo he amado alguna vez? sabis si puedo amar?

--Todos hemos nacido...

--He aqu una cosa indudable.

--Para amar...

--Eso no es tan claro.

--Si no habis amado, amaris.

--Habis amado vos?

--S, y mucho--dijo Montio suspirando por doa Clara de Soldevilla.

-Y amis...?

--Si amo! si amo! con toda mi alma!--exclam el joven refirindose
siempre  doa Clara.

La Dorotea, sin darse  s misma la razn, se inmut profundamente y
dej ver claro su disgusto en su semblante.

Acaso aquello era amor propio.

Acaso una sensacin involuntaria.

Montio not aquella conmocin, la tradujo por amor propio  su favor, y
acordndose de que Quevedo le haba dicho:--Importa  la reina acaso, el
que volvis loca  esa mujer--y comprendiendo que el servir  la reina,
el sacrificarse por ella, era la mejor seduccin que poda emplear para
con doa Clara, se decidi  tomar  la comedianta por instrumento, y 
destruir el mal efecto que le haban causado sus ltimas palabras.

--S--repiti con acento apasionado--, amo  una diosa humana, con toda
mi alma, con todo mi corazn... y esa divinidad... sois vos!

--Yo! imposible!

--Recordad que me turb al veros.

--Eso nada prueba.

--Prueba que me habis matado.

--Pero... caballero...--dijo plida y grave la Dorotea--, creo que me
tomis por entretenimiento.

--Me ofendis...?

--Porque temo ser ofendida.

--Qu encontris de extrao...?

--No s... porque, como, lo repito, no he amado nunca, no s si es
posible que se ame as como vos decs, tan pronto.

--Cunto tiempo tarda en arder la lea seca?

--Ah!

--El tiempo que tarda en acercarse  ella el fuego.

--Pero la llama dura poco...

--Pero cuando acaba ha consumido la lea.

--Y vos sois... lea seca...? yo os crea lea verde.

--Os engais. En las universidades se empieza  vivir muy pronto, y se
vive muy de prisa.

--Ah! los estudiantes! dicen que los estudiantes son muy embusteros!

--No s qu puedan diferenciarse en esto de los otros hombres.

--Tenis razn; pero tienen tambin una fama tal los estudiantes...

--Injusticias, envidias... adems, si fu estudiante, ya no lo soy.

--Pues qu sois ahora?

--Pretendiente.

--Y qu pretendis?

--Una compaa.

--Compaa de qu?...

--De qu ha de ser?...

--Hay muchas compaas... la de Jess, las de comediantes, las de los
mercaderes...

--La que yo quiero es una compaa de soldados.

--Y habis hablado  alguien?

--La tengo casi ciertamente...

--Ah! es verdad! sois sobrino del cocinero de su majestad!

--Y creis que mi to puede?...

--Si Francisco Martnez Montio se empea, seris... no digo yo
capitn... sino cuartel-maestre, general... vuestro to, adems de tener
muchos doblones, tiene mucho influjo.

--Me alegro de saberlo--dijo para s el joven.

--Capitn--dijo la Dorotea...--y os iris  Italia   Flandes?...

--Me quedar en Madrid;  ms de capitn, quiero serlo de la guardia
espaola.

--Lo seris, porque  ms de vuestro to os ayudar yo.

--Vos!

--S, yo... pues no sabe todo el mundo que soy la querida del duque de
Lerma, y que su excelencia me quiere tanto, que hace todo lo que yo
quiero?

--Temera abusar de vos.

--Bah! yo debo agradeceros el que me hayis mirado tan bien.

--Mejor os agradecera el que no me mirseis mal.

--Y por qu? no tengo motivo... os aprecio...

--Ms quiero...

--Ms que apreciaros?

--Amadme!

--Echad un memorial  Cupido...

--Vos sois Venus, y le mandis.

--Ya sabis que Cupido es un bribonzuelo, que no respeta ni aun  su
madre.

--Casi creo que tenis razn.

--Por qu?...

--Porque creo que el rapazuelo me ayuda.

--Son muy presumidos estos estudiantes...

--Capitn, seora, capitn.

--Pues peor; la gente de guerra cree que las mujeres se toman como las
murallas, al asalto... mudemos de conversacin...

--Mudemos...

--Hace mucho tiempo que habis venido  Madrid?--dijo la Dorotea,
procurando mostrarse completamente olvidada de la conversacin anterior.

--Vine ayer.

--Ayer!

--S, seora, ayer por la tarde.

--Y no habis estado otra vez en Madrid?

--Nunca, seora.

--Es decir...

-Qu?...

--No recuerdo lo que os iba  decir.

--Queris que os diga una cosa?...

--Decidla.

--Creo que tenis ms memoria cuando hablis de amor.

--Volvemos?

--Ah, seora! no recuerdo haber visto en mi vida unos ojos que de tal
modo me acaricien el alma.

--Cmo! pues qu!... mis ojos!...

--Me estn diciendo...

--Mienten... mienten mis ojos... vamos... ser necesario que nos
separemos.

--Sabis que es muy dichoso don Rodrigo Caldern?

La comedianta hizo un gesto indefinible, mezcla de disgusto y de desdn
 un tiempo.

--No me nombris ese hombre--dijo.

--Bah! pues no le amis?

La Dorotea fij una mirada dilatada, inocente, dolorosa, enamorada  un
tiempo en Juan Montio; extendi hacia l un magnfico y mrbido brazo,
y estrechando una mano del joven, le dijo:

--Os suplico que me dejis sola; yo os disculpar con don Francisco.

--Qu! tanto os enoja que yo contine  vuestro lado?

--No, no me enoja; pero... me siento mal; estoy turbada, no lo vis?
estoy avergonzada.

--Avergonzada! y por qu?

--Porque soy una mujer perdida!--dijo la Dorotea--, y se cubri el
rostro con las manos.

--Pero quin ha dicho eso?--replic Montio acercndose  ella y
apartndole suavemente las manos de sobre el rostro.

--Lo digo yo.

--Pues decs mal, seora; yo os creo una mujer virgen.

--Ah, explicadme... explicadme eso!

--La explicacin es muy sencilla: vos misma, recuerdo que hace poco lo
decais, vos misma habis confesado que no habis amado nunca.

--Y lo creis?

--Lo creo.

--Y no temis engaaros?

--No.

--Pero qu razones, qu pruebas tenis?...

--Voy  hablaros con el alma, sin embozar mis palabras: cuando yo os vi,
me mirsteis como miran las cortesanas...

--Ah!

--Pero apenas me vsteis, bajsteis los ojos como una nia que recibe la
primera revelacin de amor en la mirada de un hombre; os pusisteis seria
y grave.

--Ah, ah! y creis--dijo con acento ardiente Dorotea--, creis que os
habis entrado en mi alma en el momento en que os he visto?

A aquella pregunta de Dorotea, pregunta hecha con sinceridad, con
candor, con anhelo, Montio sinti una especie de vrtigo. Dorotea se
haba transfigurado; su alma, un alma entusiasta, enamorada, noble, se
exhalaba de su mirada, de la expresin de su semblante, de su boca
trmula, de su acento cobarde, ardiente, opaco.

Pero Montio estaba prevenido; el involuntario poder de fascinacin de
la comedianta, luchaba con el amor intenso, voluntarioso, tenaz, que
Montio senta por doa Clara, y el joven vacil un momento, pero se
rehizo y se mantuvo firme, como un buen justador despus de un tremendo
bote de lanza recibido en el escudo.

--Yo no me atrevera  decir--contest Montio--si yo me he entrado en
vuestra alma  no, seora; pero os puedo asegurar que vos os habis
entrado en la ma.

--Pero esto es una locura--dijo la Dorotea como quien pretende despertar
de un sueo--; una locura  que no debemos dar vuelo: vamos, esto no
puede ser.

--Que no puede ser? y por qu? tanto amis  don Rodrigo? tanto os
importa Lerma?

--Mirad--dijo Dorotea inclinndose hacia Montio y fijando en l sus
grandes ojos--; el duque me importa lo mismo que esto--y tom un pedazo
de pan y le desmigaj de una manera nerviosa--. Cuando tena hambre...
dese brillar por mi aparato, por mis trajes, por mis alhajas, le acept
con hambre... hoy... hoy me importa muy poco el duque.

--No le necesitis ya!

--No necesito alhajas ni brocados.

--Los tenis?

--Jams se tienen, porque hoy se lleva uno y maana otro. No es eso...

--Pues qu es?...

--Dejadme hablar; me habis nombrado  don Rodrigo... don Rodrigo me da
hasto, como eso.

Y seal una copa que estaba llena de vino.

--Y sin embargo, si digo que esta desdichada conversacin de amores en
que sin saber cmo nos hemos metido es una locura, no es por el duque ni
por don Rodrigo, sino por vos.

--Por m?...

--He dicho mal; he debido decir por mi suerte.

--Explicos, porque no os entiendo bien.

--Yo no puedo ya amar.

--El amor viene sin que le llamen, y no se va aunque le echen.

--Oh! no me digis eso... porque sera muy desdichada... dejemos,
dejemos ms bien este asunto... soy franca con vos; estoy aturdida;
queris que os cante la cancin que he estudiado para esta tarde?
seris el primero que la oiga... lo que no es poco favor--aadi
sonrindose--; as nos distraeremos los dos... vaya... si esto parece
una brujera!

Y Dorotea se levant, tom un arquilad que estaba sobre un silln, se
sent junto  la ventana, templ el instrumento, preludi con maestra
algunos instantes, y luego cant con una voz fresqusima y de un timbre
admirable, la siguiente seguidilla:

      Como el amor es ciego
    por tener ojos,
    en los tuyos se esconde
    dulces y hermosos:
    y al esconderse,
    el traidor con tus ojos
    me da la muerte.

--Cantis... no s cmo deciros...--exclam Montio--como un ruiseor es
poco, y como un ngel... lo ha dicho todo el mundo.

--Gracias! Creis que gustar esta tarde?

--Si los del patio sienten lo que yo he sentido...

-Ah!

--Habis cantado como el amor... y esos ojos que cantis, son vuestros
ojos.

--Sabis que tarda demasiado don Francisco?

--Mejor; de ese modo no estorba.

--Haris que me enoje... Sois muy poco generoso.

--Seora!

--Pero no comprendis que os estoy pidiendo treguas?

--Pues bien, seora ma; yo slo puedo concederos una cosa.

--Ah, ya me dictis condiciones!

--No por cierto!... Pero quiero que me tranquilicis el alma.

--Temis?

--Caer del cielo.

--Pero, seor, esto es terrible! Es la primera vez que me sucede... No
me conozco...

--Porque me amis, no es verdad, y no comprendis que se pueda amar tan
pronto?

--Yo creo que tenis ms experiencia que yo.

--Os engais; no he amado hasta ahora, pero por lo que siento, no
extrao que vos amis lo mismo que yo.

--Pero, qu deseis de m?

--Qu deseo? Vuestro cuerpo y vuestra alma; vuestro recuerdo
continuo... Quiero ser para vos el aire que respiris.

--Me estis engaando!

--Yo!

--Os ha trado don Francisco!...

--No cre yo que alguna vez fuese para m una desgracia mi amistad con
Quevedo.

--Ah! Quevedo es tal que no slo no puede confiarse en l, sino que
tampoco de una persona con quien l haya hablado tan slo dos veces.

Montio estuvo  punto de decir  la comedianta que Quevedo tampoco se
fiaba de ella.

Pero se contuvo  tiempo, y sigui aquel papel de enamorado que no le
era difcil representar, porque adems de ser hermosa Dorotea, estaba
embellecida por una sobreexcitacin profunda, dominada por el no s qu
misterioso que emanaba para ella de Juan Montio.

Poda decirse que Dorotea estaba enamorada, sorprendida en eso que se
llama _cuarto de hora de la mujer_, por el joven, dominada por l.

Montio tena fijas en la memoria las palabras de Quevedo: De estas
mujeres se triunfa  primera vista  nunca. Y aquellas otras: Interesa
 la reina que enamoris  esta mujer.

Juan Montio desempeaba con gusto su farsa, porque, aunque estaba
locamente enamorado de doa Clara, la comedianta tena para l, en la
situacin en que se encontraba, un encanto irresistible.

Montio la vea luchar con una fascinacin amorosa.

La vea sufrir.

Los ojos de Dorotea se bajaban y volvan  levantarse para mirar  Juan
Montio con ms insistencia de una manera ms elocuente.

La despechaba el no poder encubrir la impresin que la causaba el joven,
y su semblante se encenda en rubor.

Acaso hasta entonces no se haba ruborizado Dorotea.

Acaso hasta que haba sentido la primera impresin de ese amor del alma
que tan superior es al deseo de los sentidos,  esa otra sensacin que
generalmente se llama amor, no la haba pesado en su vida anterior.

Acaso nunca hasta entonces se haba avergonzado de ella.

Juan Montio comprenda la lucha que agitaba el alma de Dorotea, y no la
dejaba tiempo para descansar, para reponerse.

Se haba levantado de junto  la mesa.

Haba permanecido algn tiempo de pie.

Luego se haba sentado en el taburete donde apoyaba sus pies Dorotea.

Por ltimo, haba abrazado la cintura de la joven.

Al sentir el brazo de Juan Montio, se alz como se hubiera alzado la
mujer ms pura.

--Me estis tratando mal--dijo,--me estis haciendo dao... dao en el
alma. Tratarais de este modo  la mujer  quien quisirais para
vuestra esposa?

--Ah!--exclam Juan Montio sorprendido.

--No, no he querido decir que yo os ponga por condicin para amaros que
seis mi esposo: s demasiado que yo no puedo aspirar  ser la esposa de
un hombre honrado... pero os quisiera ver tmido, respetuoso, dominado
por m como yo lo estoy por vos... Os quisiera ver sorprendido por un
afecto nuevo como yo lo estoy... quisiera... yo no s lo que quisiera...
que os bastara con amarme. Oh, Dios mo; pero yo estoy diciendo
locuras!

Y se volvi  sentar, y el joven volvi  rodear su cintura.

Por aquella vez Dorotea se puso plida, se estremeci, pero no se
atrevi  desasirse de los brazos de Montio.

--Tengo sed--dijo el joven.

--Sed!--dijo la Dorotea bajando hacia l sus grandes ojos medio velados
por la sombra de sus largas pestaas y dejando caer una larga mirada en
los ojos de Montio.

--S, sed de vuestra boca!

--Oh! exclam Dorotea.

Y de repente rechaz al joven.

--Alguien se acerca--dijo--; alzos, alzos.

En efecto, Juan Montio oy abrir una puerta inmediata y se levant y
fu  tomar su sombrero.

--No os vayis--dijo Dorotea--, quedos; sea quien fuere, qu importa?

Abrise la puerta y apareci un hombre con traje de soldado.

Llevaba calado el sombrero, y su mirada era insolente y provocadora.

Al ver  Juan Montio le mir de alto abajo, y su mirada se apag en la
mirada fija del joven.

Entonces se quit el sombrero y salud de una manera tiesa.

Montio no se levant de la silla donde se haba sentado antes de que
llegara aquel hombre.

Dorotea le mir con una de esas miradas que quieren decir:

--Habis llegado  mal tiempo: Qu queris?

Y como si el recin llegado hubiese comprendido aquella pregunta en
aquella mirada, dijo:

--Don Rodrigo est gravemente herido, casa del duque de Lerma.

Montio se puso levemente plido, y fij con ansiedad los ojos en
Dorotea.

--Y bien?--dijo sta--porqu me dais esa noticia como si se tratase de
una persona muy allegada  m?

--Cmo!--dijo con insolencia aquel hombre--yo crea que os importaba
algo.

--Pues os habis equivocado, Guzmn.

En efecto, aquel hombre era el sargento mayor don Juan de Guzmn, el
mismo  quien la noche antes hemos visto al lado de la mujer del
cocinero mayor.

--Es singular lo que est sucediendo  don Rodrigo--dijo Guzmn--. Todos
le abandonan. El duque de Lerma, sabe quines son los agresores, y no
manda proceder contra ellos. Vos recibs la noticia como si...

--Nada me interesase, no es verdad?

--Lo que no deja de ser muy extrao.

--Extraad todo lo que queris; podis decir  don Rodrigo cmo he
recibido esta noticia. Y podis decir ms: me retiro del teatro: y tal
vez me vuelva al convento.

--Ah! yo cre que fuese otra la causa--dijo Guzmn mirando con
insolencia al joven.

--Sea cual fuese la causa, nada os importa. Adems, que cuando tal le ha
acontecido  don Rodrigo, l lo habr buscado.

--Acaso tengis vos la culpa.

--Yo? le ha sucedido por m esa desdicha?

--Si por cierto; mediaban ciertas cartas.

--Cartas?...

--De una noble dama... Vos habis sido imprudente... El cocinero mayor
ha llegado  saber lo de las cartas... y un sobrino del cocinero
mayor...

--Qu decs!

--Que un tal Juan Montio, que acababa de llegar  la corte, ha sido el
que ayudado de don Francisco de Quevedo...

--Os engais, seor mo--dijo el joven--; Juan Montio, no ha
necesitado de nadie para castigar  don Rodrigo Caldern, como de nadie
necesitara para castigaros  vos  la menor palabra ofensiva que os
atreviseis  pronunciar contra esta seora,  contra su to,  contra
l.

--Ah! sois vos, acaso?...

--S, seor, yo soy.

--Ah! pues comprendo, y como nada tengo que hacer aqu, me voy.
Gurdeos Dios, seora. Hidalgo, hasta la vista.

Ni Dorotea ni Juan Montio contestaron al sargento mayor, que sali.

Durante algn tiempo, Dorotea mir frente  frente y ceuda  Juan
Montio.

--Yo cre que me engabais--dijo con acento concentrado.

--Que os engaaba!

--Y don Francisco! ah! don Francisco!

--Pero explicos por Dios, Dorotea!

--Quevedo no os ha llamado  mi casa para veros, sino para que yo os
viese.

--No os entiendo.

--Quevedo, Quevedo! Ah! Maldito sea!

--Pero explicos, Dorotea, explicos por Dios, que no os entiendo!

--Ese hombre, ese Quevedo... parece que lee en mi alma, lo que en el
alma est oculto; parece que adivina.

--Os suplico que os expliquis.

--Que me explique! Quevedo es amigo de la reina, de esa mujer  quien
todos creen una santa, que  todos engaa.

--Por Dios, Dorotea, ved lo que decs; no comprendo por qu os irritis.

--Por qu? me habis sorprendido entre los dos... me habis
engaado... Ya se ve... es hermoso, parece tan noble, tan bueno... ella
est sedienta de amor... ella no ha amado... el duque de Lerma es su
esclavo... utilicemos esta mujer... y el seor estudiante...! Ah, don
Francisco...! don Francisco!

--Decid que os ha llenado de dolor la desgracia de ese hombre--dijo con
impaciencia Montio.

--Y qu me importa ese hombre? ayer acaso... hoy... hoy quien me
importa sois vos... no s por qu... pero me habis empeado... y nos
veremos, caballero, nos veremos.

Y tras estas palabras se dirigi  la puerta de sala.

--Casilda!--grit--Casilda! mi manto de terciopelo; que ponga Pedro la
litera al momento.

La negra trajo  Dorotea un magnfico manto de terciopelo; la joven se
puso algunas joyas, se arregl un tanto los cabellos, y sali.

Montio se qued solo en la sala sin saber lo que le aconteca.

Poco despus asom Quevedo  la puerta.

--De seguro--dijo--habis cometido alguna torpeza, amigo Juan.

--No por cierto; creo que la torpeza, aunque parezca extrao, viene de
vos.

--Eh! acertdolo habis; tenis razn... he sido torpe, porque no he
podido prever que la tal ninfa se enamorase de tal modo de vos.
Milagro! apuesto  que hacis de ella una Magdalena; aunque os lo
repito, estoy seguro de que habis cometido una torpeza... seris capaz
de haberla dicho que hersteis  don Rodrigo.

--Pues os habis equivocado de medio  medio.

--Pues quin ha sido?

--Una especie de Rolando de comedia,  quien creo que ella ha llamado
Guzmn.

--Ah! Don Juan de Guzmn ha estado por aqu...! pues bien, no
importa... la verdad del caso es que la Dorotea est loca por vos...
qu habis hecho en tan poco tiempo? Debe existir en el espritu humano
algo terrible, algo misterioso... estas influencias rpidas...! este
unirse un alma  otra...! oh! quin sabe, quin sabe lo que somos?

Quevedo pronunci estas palabras como hablando consigo mismo.

--Queris hacer lo que yo os diga?--exclam de repente Quevedo.

--Y qu hemos de hacer?

--Qu! buscar postas y marcharnos  Barcelona; embarcarnos all y
plantarnos en Npoles.

--Tenis miedo?

--Os confieso que estoy asustado.

--Por lo de don Rodrigo...?

--No, por lo de la corte... cosas se estn preparando... cosas
inevitables... sera necesario ser un Dios.

--Pues yo no me voy,  no ser que se viniera conmigo doa Clara.

--Ah! maldiga Dios las mujeres... pero como estoy seguro que ni frailes
capuchinos son capaces de convencer  un enamorado como vos...

--Y la reina...?

--Dios guarde  su majestad.

--Seamos nosotros la mano de Dios.

--Decs bien... quedmonos... pero como yo ahora no puedo acompaaros,
ni vos tenis  dnde ir, quedos aqu... tomad posesin de la casa que,
os lo aseguro, es vuestra, y empezad  ser el dspota de Dorotea. Os
digo que est enamorada de vos, que resiste y que la resistencia acabar
por hacerla vuestra esclava. No olvidis que es nuestro instrumento... y
adis.

--Pero qu he de hacer yo aqu?

--Primero quitaros la capa, la daga y la espada como si estuvirais en
vuestra casa, mandar, hacer y deshacer, y que cuando venga Dorotea os
encuentre apoderado de vuestro lugar de dueo.

--Pero esto me repugna...

--Seguid mi consejo... por veinticuatro horas.

--Pero si lo sabe doa Clara.

--Yo me encargo de eso. Pero adis. Me estn esperando en las Descalzas
Reales.

Y Quevedo sali.

Juan Montio permaneci algn tiempo perplejo, y despus sigui el
consejo de Quevedo.

Se quit la capa y el talabarte, acerc un silln al brasero de plata
que templaba la sala y poco despus dijo:

--Casilda!

Presentse la negra y mir con asombro  Juan, apoderado de la casa de
su ama.

--Qu me manda vuesa merced, seor?--dijo.

--Treme un vaso de sangra.

La esclava sali y poco despus entr con un vaso lleno de un lquido
rojo en que flotaba una rueda de limn y puesto sobre una salvilla de
plata.

Montio se qued solo, pensando alternativamente en las cosas
siguientes:

Primero en doa Clara.

Despus en la reina.

Luego en su banda de capitn.

Por ltimo, en Dorotea.

Al fin, pensando en ella y bajo la influencia de la sangra, del calor
del brasero y de la soledad, se qued dormido.




CAPTULO XVIII

DE CMO ENTRE UNOS Y OTROS NO DEJARON PARAR EN TODA LA MAANA AL
COCINERO DE SU MAJESTAD


Dejamos  Francisco Martnez Montio en casa de la seora Mara.

Cuando la vieja se encontr sola con l, volvi toda su clera contra la
nica vctima que le quedaba.

--Os habis perdido y perderis  vuestro sobrino--le dijo--; y todo por
vuestra avaricia.

--Tengamos la fiesta en paz, seora Mara; ni yo me he perdido ni trato
de perder  nadie, y con esto quedad con Dios, que yo slo vena por mi
sobrino, y no habindomelo llevado me voy  la cocina.

--Bien haris en estar en ella, y en no perder de vista las cacerolas, y
en ver quin anda con ellas.

--Qu queris decir?

--Nada, seor Francisco, nada... yo me entiendo, y s lo que me digo...

--Pues maldito si os entiendo, ni quiero entenderos. Quedos con Dios, y
si vuelve mi sobrino, tratadle bien, y no seis con l parlanchina ni
imprudente... ved que mi sobrino es mucho hombre y os pudiera pesar.

--Porqu no casis  vuestro sobrino con vuestra hija?... aunque os lo
estn acostumbrando mal: habrsele llevado el to Manolillo  casa de
la Dorotea!...

--Quedad, quedad con Dios, que vos por hablar os olvidis de todo, y yo
no puedo olvidarme de nada. Conque hasta ms ver: muchas cosas al seor
Melchor.

--Id con Dios y abrid los ojos.

--Oh! maldiga Dios las malas lenguas!--murmur Montio saliendo de la
casa de la seora Mara Surez.

Y se alej la calle adelante.

--Que le case con mi hija!--pensaba el cocinero mayor--; indudablemente
que ste sera un buen negocio. Pero lo tomara  bien su padre?... el
duque de Osuna es un seor terrible... y aquel cofre!.., qu habr en
aquel cofre?... para qu se habr llevado el to Manolillo  Juan 
casa de la Dorotea?... y cmo, seor? cmo se anda Juan por esas
calles de Dios al descubierto, despus de haber dado de estocadas  don
Rodrigo?

Todos estos pensamientos incoherentes, revueltos, se agitaban de tal
modo en la cabeza del cocinero mayor, que andaba maquinalmente sin ver
por dnde iba.

Cuando entr en palacio por la puerta de las Meninas, sinti que le
tocaban en un hombro.

Volvise y se encontr delante de un viejo apergaminado.

--Ah! el rodrign de doa Clara Soldevilla!--exclam.

--Vuestro humilde criado, seor Francisco--dijo el vejete.

--Sois vos el que me ha tocado?

--S, seor, yo, que buscaba  vuesa merced. He estado en las cocinas, y
no hallndole all, fu  Santo Domingo el Real por ver si all le
encontraba.

--Y qu me queris?

--Mi seora os llama.

--Ahora mismo?

--Ahora mismo.

--Decid  vuestra seora que me es imposible; que falt ayer de la
cocina, por asistir, de orden del rey,  la de su excelencia el duque de
Lerma, y que de seguro tendr mucho que arreglar; si yo faltara hoy
tambin, sabe Dios lo que sucedera.

--Mi seora me ha dicho, que si os negbais  acudir, os dijese que lo
mandaba la reina.

--Pero seor--exclam Montio--, quieren matarme?...

--Seor Francisco, yo digo lo que me dicen.

--Pues vamos all--exclam Montio con una resolucin heroica.

Subieron por la escalerilla de las Meninas, atravesaron parte del
alczar, y al fin el rodrign abri una puerta, hizo atravesar 
Francisco Montio una antesala y le introdujo en una sala.

En ella, sentada junto  la vidriera de un balcn, estaba la hermosa
doa Clara.

Su semblante apareca plido y triste; pero se anim cuando vi al
cocinero mayor.

--Bsoos los pies, seora--dijo ste inclinndose delante de la joven.

--Dios os guarde, Montio--dijo doa Clara--; con cunta impaciencia os
he esperado! Sentos.

--Y  causa de qu ha sido esa impaciencia, seora?--dijo Montio
sentndose.

--Anoche han pasado cosas muy graves.

--No s... ignoro...--contest Montio--; indudablemente en mi familia
han pasado graves cosas: como que ha muerto mi hermano mayor...

--Qu desgracia! Vaya por Dios!

--Ya era anciano... Pero tuve que ir all...  Navalcarnero.

--S, s; ya s que habis estado anoche fuera de vuestra casa... No
debis dejar vuestra casa sola, especialmente de noche, seor Montio...
dos mujeres solas!

--Esta tambin?--dijo para s Montio--. Pero, seor, qu pasar en mi
casa?

--Os esperaba con impaciencia para haceros algunas graves preguntas.

--Puedo yo contestar  ellas?

--Indudablemente.

--Pues bien, escucho.

--Tenis un sobrino?

--S, seora.

--Se llama Juan Martnez Montio?

--S, seora.

--A qu ha venido ese joven  la corte?

--Ha venido... pues... ha venido  avisarme de que mi hermano se mora.

--Nada ms?...

--Nada ms.

--Y decidme: quin os dijo que don Rodrigo Caldern tena ciertas
cartas?

--Qu cartas?...

--Cartas que comprometan...

--No os entiendo, seora.

--Montio, estis comiendo el pan de su majestad!...

--Eso es muy cierto, seora... pero... suceden tales cosas, que no s
qu hacer... no s qu decir...

--Pues es necesario que sepamos  qu atenernos...

--Mi sobrino es muy afortunado, no es verdad?

A aquella pregunta imprevista, doa Clara se puso encendida como una
guinda.

Montio se equivoc al interpretar aquel rubor.

--En palacio, seora--dijo--, nos vemos obligados  hacer cosas que nos
repugnan.

--Qu queris decir?

--Seamos francos y no nos ocultemos nada.

--Que no nos ocultemos!...

--Yo s que Juan tiene amores en palacio.

--Que sabis...? Os ha dicho ese joven...?

--No, por cierto; es callado y firme como una piedra; pero yo he
adivinado... es ms, tengo pruebas... es un secreto terrible... y si
para ello me llamis... entendmonos completamente.

--Explicos con claridad--dijo doa Clara con la mayor reserva.

--Su majestad tiene disculpa... Nos puede escuchar alguien?

--Nadie, Montio, nadie--dijo doa Clara, que estaba cada vez ms
encendida.

--Pues el rey es el rey... siempre rezando y siempre cazando... Pero
sacadme de una duda: dnde ha visto su majestad  mi sobrino? Digo  mi
sobrino por costumbre.

--Cmo! No es vuestro sobrino?

--Doa Clara, os voy  confesar un gran secreto... Juan no es Montio,
sino Girn.

--Dios mio!--exclam doa Clara.

Y de encendida que estaba, se puso plida como una difunta.

--S, s, seora; es hijo natural del gran duque de Osuna.

--Ah! Ahora comprendo...

--Qu, doa Clara?...

--Nada, nada; pero haba encontrado algo de singular en la mirada de ese
joven.

--Ya lo creo!... Cuando se entusiasma, cuando se embravece, se asemeja
 su padre.

--Pero estis seguro, Montio? no os engais?

--Mirad, seora, y juzgad--dijo Montio sacando de su ropilla la carta
que le haba trado la noche antes Juan--: os revelo un secreto de
familia; pero vos le guardaris.

--S, s, pero dadme.

Montio entreg la carta  doa Clara, que la ley con un profundo
inters.

--Aqu consta--dijo--, que ese joven es hijo de un gran seor y de una
noble dama; pero el nombre... el nombre de su padre no est...

--Ya veis que mi hermano no se atrevi  confiarlo  un papel que puede
perderse, pero cuando llegu me lo revel.

--Y era... el duque de Osuna?

--S; s, seora...

--Y su madre?...

--Falt el habla  mi hermano para revelrmelo... muri poco despus de
haber llegado yo.

--Qu desgracia! un secreto  medias... y sabe l ese secreto?

--No; no, seora: y si os lo revelo  vos, es porque su majestad la
reina...

--La reina!...

--Ya que se ha dignado favorecer  mi sobrino...  don Juan Girn,
quiero decir... debe satisfacerla que alienta en sus venas la generosa
sangre de los Girones.

--Pero qu la importa  su majestad?...--dijo severamente doa Clara--:
don Juan la ha hecho un eminente servicio... la reina se lo agradece...
y nada ms... qu enredos son stos?... qu fatalidad puede haber para
que se tome el nombre de su majestad de una manera ambigua?

--Perdonad, seora; pero yo no he querido decir...

--Cuando se habla de la reina, las palabras deben ser muy claras.

--Vamos--dijo para s Montio--, he cometido una torpeza: doa Clara
quiere todo el secreto y todo el provecho para s.

--Os he llamado--dijo doa Clara--, para saber cuntas personas conocen
ese funesto secreto de haber tenido don Rodrigo Caldern cartas de la
reina... cartas inocentes... cartas que nada tienen de vergonzosas, pero
que deban ser destrudas, y que lo han sido por el valor de ese
caballero... pero no basta... es necesario que no quede ni la ms leve
nube delante del nombre de su majestad. Quin os dijo que don Rodrigo
tena esas cartas?

--Un tal Gabriel Cornejo--dijo Montio dominado por doa Clara.

--Y quin es ese hombre?--dijo doa Clara poseda de un terror
instintivo.

Montio se arrepinti de haber pronunciado aquel nombre, y no se atrevi
 contestar.

--Quin es ese hombre?--repiti con energa doa Clara.

--Es... un pobre diablo... un prendero del Rastro...--contest
tartamudeando Montio.

--Un prendero del Rastro!... y  tales gentes ha ido  parar un
secreto de su majestad?

--Qu queris, seora? don Rodrigo...

--Es un miserable, ya lo s... y ha sido don Rodrigo?...

--Don Rodrigo trata con una comedianta...

--Ah!

--Y esta comedianta, que le ama...

--Le ha arrancado el secreto...

--Ha visto las cartas de su majestad?

--Ah! pues no comprendo bien...

--La comedianta fu  ver al Cornejo para pedirle un bebedizo, y le
revel el secreto de las cartas.

--Ms claro... ms adelante... concluid... cmo ha llegado  vos ese
secreto?

Montio sudaba.

Doa Clara, inflexible, con una fuerza de voluntad incontrastable,
dominaba al cocinero mayor.

--Quin me habr metido  m en estos enredos?--deca para s el
cocinero.

--Cmo sabis vos lo de las cartas?--repiti doa Clara.

--Yo, seora... como tengo mujer... como tengo una hija...

--Pero qu tienen que ver en esto vuestra mujer y vuestra hija?

--Tienen... porque me obligan  pensar en ser rico...

--Pero no me comprendis? no os pregunto eso! nada me importa eso!

--Es que, seora, como quiero ser rico, trato con ese Gabriel Cornejo.

--Me estis haciendo perder la paciencia.

--Estoy turbado, seora... no s lo que me sucede... no s lo que pasa 
mi alrededor.

--Pues bien, procurad tranquilizaros, y vamos en derechura al asunto.

--Prometedme, seora, que alma viviente no sabr lo que voy  deciros.

--Estad seguro de ello.

Llevo toda mi vida trabajando, primero en la cocina de la seora
infanta de Portugal, doa Juana; despus en la del seor rey don Felipe
II, luego...

--Pero por Dios, Montio!

--All voy, all voy... pues bien;  pesar de todo, he llegado casi 
ser viejo sin ser rico... tena, en verdad, algunos ahorrillos... pero
esto no era bastante... propseme aumentar mis ahorros poniendo dinero 
ganancia... pero esto no es decente en un hidalgo... y si no hubiera
tenido mujer  hija...

--Adelante, adelante.

--Pues como no era decente que yo me mezclase en cierta clase de
asuntos, porque vengo de buen linaje... me val de ese Gabriel
Cornejo...

--Y por causa de esas relaciones--dijo con impaciencia doa
Clara--habis llegado  saber...?

--S; s, seora... anoche se me present el tal Gabriel y me dijo que
una dama encubierta, con trazas de muy principal, haba ido  casa de
una tal Mara Surez, mujer de un escudero llamado Melchor, y sin
descubrirse pidi mil y quinientos doblones, por los cuales se daran
tres mil pasando un mes, mediando un recibo de la reina.

--Ah!

--Aquella misma tarde el to Manolillo, el bufn, haba ido  preguntar
al to Cornejo cunto quera por matar  un hombre principal; y como el
to Manolillo es pariente,  amante,  no se sabe qu de la comedianta,
y como la comedianta tiene celos de la reina, y como don Rodrigo
Caldern es un hombre principal...

--He aqu que ese Cornejo, que ese miserable, ha deducido!... y bien,
no importa... eso nada importa, afortunadamente... el nombre de esa
comedianta?--dijo doa Clara yendo  una mesa, buscando un papel, y
tomando una pluma.

--Dorotea--dijo Montio enteramente atortolado.

--Dorotea, de qu?

--No tiene apellido.

--Es amante de don Rodrigo Caldern?

--S, seora... pero ocultamente...

--Esas mujeres--dijo con repugnancia doa Clara--tienen muy mala vida;
si es secretamente... querida de don Rodrigo Caldern... tendr de
seguro otro amante pblico.

--S; s, seora: el duque de Lerma.

Doa Clara escribi.

--Bien, muy bien; dnde vive esa mujer?

--En la calle Ancha de San Bernardo.

--Pasemos  la otra persona. Qu antecedentes son los de este to
Cornejo?

--No s, no s--dijo verdaderamente asustado Montio.

--Tratndose de la honra de su majestad--dijo severamente doa Clara--,
ya comprendis, Montio, que es necesario obrar de una manera enrgica;
creo que os ser preferible confesar ante m que ante otra persona...

--Por ltimo, seora--dijo Montio sobreponindose  la situacin--,
este es un asunto que no puede llevarse ante la justicia, porque su
majestad media; yo me he encontrado metido en l sin saber cmo, de
buena fe...

--Pero si yo no os acuso! slo quiero saber...

--Pues bien, seora, acerca del tal Cornejo no s nada.

--Os advierto una cosa. Es cierto que este asunto no puede llevarse 
una audiencia; pero en Espaa hay un tribunal que, con el mayor secreto,
por medio de sacerdotes, averigua todo cuanto necesita averiguar.

--La Inquisicin!--exclam con terror Montio.

--Hay un hombre, un santo, que defiende en esta corte tan corrompida,
tan odiosa, la inocencia y la justicia; ese hombre es el confesor del
rey; ya sabis que fray Luis de Aliaga es del partido de la reina,
porque de parte de la reina estn la razn y la justicia. Fray Luis de
Aliaga ha sido recientemente nombrado inquisidor general.

--Os juro, seora, que yo no he tenido la menor parte... que cuando
Cornejo se atrevi  indicarme que su majestad haba escrito cartas de
amores  don Rodrigo... le desment... le desment con toda mi alma,
porque yo s que su majestad es una santa...

--Y, sin embargo, engaado por las apariencias, habis credo que su
majestad amaba ... ese don Juan...  ese vuestro sobrino postizo...

--Yo no tengo la culpa de que se me haya mandado le enviase  palacio...
hice lo que deba hacer; reprend  Cornejo... le aterr... y sabiendo
que don Rodrigo Caldern llevaba sobre s las cartas que comprometan 
su majestad... llev  mi sobrino, quiero decir,  don Juan Girn,  un
lugar donde podra encontrar  don Rodrigo, y le dije:--Mtale, hijo,
qutale las cartas de su majestad y llvalas  palacio, donde te llaman.
Mi sobrino... perdonad, la costumbre hace equivocarme.

--Equivocos siempre; llamad siempre  ese joven vuestro sobrino.

--Pues bien, mi sobrino ha obrado como un valiente, y yo como bueno y
leal.

--No lo dudo... y por lo mismo debis manteneros en vuestra honrosa
lealtad, dicindome cuanto sepis de ese Cornejo.

--Por el amor de Dios, seora, que no pronunciis despus de esto mi
nombre para nada. Ya sabis que yo soy inocente.

--Podis estar seguro de ello; pero hablad.

--Gabriel Cornejo, ha estado en galeras por robos y homicidios.

--Ah!

--Es galeote hudo.

--Ms, ms que eso; con eso slo tiene que ver la justicia ordinaria, y
de la justicia ordinaria no podemos valernos. No decs que esa
comedianta pidi un bebedizo  ese hombre?

--S, seora.

--Ese hombre tendr, pues, algo de ensalmador, y otro tanto de brujo...

--S; s, seora; no tiene por donde el diablo le deseche.

--Bien; y creis que puedan encontrarse pruebas en su casa?

--Es probable... dientes de ahorcado, vasijas, untos... yo no lo he
visto, pero lo supongo...

--Y vos, tan cristiano, vos, criado del rey Catlico, os tratis con
esa clase de gentes!...

--Ah, seora! si yo no tuviera mujer... si yo no tuviera hija!... si
no estuviese  punto de tener otro hijo!...

--Por la familia debe un hombre arriesgar la vida; pero debe conservar
la honra... y sobre todo... el alma!--exclam con repugnancia, y aun
podremos decir con horror, doa Clara.

--Estoy arrepentido...

--Bien, bien--dijo doa Clara, consultando el papel en que haba
escrito--: Dorotea vive en la calle Ancha de San Bernardo; est
enlazada, no se sabe cmo, con el bufn del rey; es manceba secreta de
don Rodrigo Caldern, y pblica del duque de Lerma. Gabriel Cornejo es
usurero, galeote hudo y brujo; dnde vive ese hombre?

--Tiene una ropavejera en el Rastro.

--Adems se trata con una Mara Surez... dnde vive esa mujer?...

--Creo, seora, que sabis demasiado dnde vive, y quin es la seora
Mara.

--Yo!

--Creo que vos sois la dama principal que estuvo anoche en casa de la
seora Mara.

--Yo! tenis la mala cualidad de suponer absurdos. Qu tena yo que
hacer en casa de tales gentes?

--Esa mujer--dijo desalentado Montio--vive en la calle de la Priora.

--Bien, muy bien. Y vuestro sobrino... dnde para?

--Preguntdselo al to Manolillo.

--Al to Manolillo!... pues qu, el to Manolillo le conoce?

--El to Manolillo conoce  don Francisco de Quevedo, y don Francisco de
Quevedo es amigo... de mi sobrino.

--Habis cumplido como yo esperaba de vuestra lealtad, Montio--dijo
doa Clara ya con semblante ms benvolo--, y nada tenis que temer:
seguid ayudndonos y nada temis.

--Que os ayude yo, seora?... yo, intil, enteramente intil!

--Ya sabemos lo que sois, y lo que podis, y contamos con vos. Pero
estis inquieto, impaciente...

--Como que no he ido todava  las cocinas, y ya debe de estar
almorzando el rey. Si se han descuidado... si ha ido algn plato mal
servido...

--Id, id, Montio; tranquilizos, nada temis. Id, que os guarde Dios.

Al llegar  la puerta exterior de las habitaciones de doa Clara, oy la
fresca y sonora voz de la joven, que dijo:

--Que me vayan  buscar al bufn del rey.

--Para qu querr doa Clara al bufn del rey?--dijo Montio alejndose
rpidamente  lo largo de una galera, en direccin  unas escaleras que
conducan  las cocinas--. Sera chistoso que fuese doa Clara la dama
de quien est enamorado mi... sobrino (es necesario que yo crea que es
mi sobrino,  fin de que ni por descuido pueda rseme una palabra en
contrario). Si ser, repito, esta doa Clara la mujer de quien mi
sobrino est enamorado? si ser doa Clara la confidenta de sus amores
con?... pero seor, por dnde ha venido este enredo? y ese afn de
todos de hablarme de mi casa y de mi mujer?... vamos, es necesario no
pensar en esto: pero, y lo otro? las cartas, don Rodrigo herido, la
Dorotea, Cornejo, y la Inquisicin  punto de tomar cartas en el
negocio. Con esto y con que me hayan echado  perder la vianda de su
majestad, no nos falta ms. Oh, Dios mo! Dios mo! y quin me ha
metido  mi en estas cosas. Para qu diablos ha venido mi sobrino 
Madrid?

Y Montio suba de dos en dos los peldaos de la estrecha escalera de
caracol.

Cuando lleg jadeando  lo alto, atraves,  la carrera casi, una
cruja, se entr en la cocina, y sin hablar una palabra se precipit 
las hornillas, y levant la tapa de una cacerola de una manera nerviosa.

Los ojos de Montio brillaron de una manera particular.

--Quin ha rellenado este capn?--dijo con voz estentrea y
amenazadora.

A aquella pregunta, todos detuvieron sus faenas, y todos callaron; pero
las miradas de todos se fijaron en un mozangn que miraba entre turbado
 insolente  Montio.

--Has sido t, Aldaba del infierno, has sido t?--exclam Montio
arrojando con clera la tapadera, y echando mano  la espada que
desenvain.

Cosme Aldaba, que era el delincuente, cay de rodillas en la situacin
ms cmicamente melodramtica que puede verse.

--Quin te ha dicho, infame--exclam todo irritado el cocinero--que 
un capn relleno se le dejan el pescuezo y las patas? No te he dicho
cien veces que estos capones se rellenan entre cuero y carne, que no se
les echa en el relleno carne cruda, sino cocida, y que cuando se les
pone  cocerse les echan yemas de huevo picadas? Ven ac, hereje y mal
nacido; ven ac y huele, y dime si esto huele  capn relleno.

Y asi  Cosme Aldaba del cogote, le llev  la hornilla y le hizo meter
casi las narices en la cacerola.

Despus le arroj de s y le plant cuatro  cinco cintarazos.

Aldaba huy dando gritos.

--Y quin ha sido--aadi Montio, cuyos ojos parecan prximos 
saltar de sus rbitas--, quin ha sido el que ha dejado que un galopn
haga un plato que es difcil para ms de un oficial?

Todos se callaron.

--Es que el seor Gil Prez tena que ir  ver  su coima, y me dijo
que hiciera ese capn--exclam desde la puerta con voz quejumbrosa el
galopn Aldaba.

--Ah! conque es decir que las coimas son aqu primero que las viandas
de su majestad? A la calle, Cosme,  la calle, y no me vuelvas  parecer
por la cocina, ni en seis leguas  la redonda, y el seor Gil Prez, que
busque otro acomodo; as escarmentarn los otros oficiales y no dejarn
sus cuidados  los galopines. Pero qu es esto? aquella empanada de
pollos ensapados se abrasa... ya se ve! si os estis todos parados,
ah mirndome como  una cosa del otro mundo!... Apostamos  que hoy no
tendremos un solo plato  punto que poner en la mesa de su majestad?

--Del seor duque de Lerma--dijo una voz detrs de Montio.

Volvise el cocinero mayor, y vi  un lacayo que le entregaba una
carta.

Tomla con la mano temblorosa an por clera, la abri y vi que deca:

Seor Francisco: Venid al momento, necesito hablaros.--_El duque de
Lerma_.

--Decid  su excelencia que no puedo separarme en este momento de la
cocina--dijo al lacayo.

--Tengo orden de no irme sin vos.

--Pues no quiero ir.

--Tengo orden de presentaros, si os negis, esta otra carta.

El cocinero la tom y la abri.

De orden del rey--deca--y bajo vuestro cargo y riesgo, y pena de
traicin, seguiris al portador.--_El duque de Lerma_.

--Vamos--dijo el cocinero de su majestad, envainando su espada,
arreglndose de una manera iracunda el cuello de la capa y arrojando una
mirada desesperada  la hornilla.

Poco despus segua por las calles al lacayo del duque de Lerma.




CAPTULO XIX

EL TO MANOLILLO


Llena estaba la antecmara de audiencias de palacio de pretendientes,
cuando el to Manolillo lleg al alczar.

Su semblante, que hasta all haba ido sombro, plido, contrado, se
dilat; su boca estereotip su maliciosa  insolente sonrisa de bufn,
sus ojos bizcos empezaron  moverse y  lanzar miradas picarescas, y su
andar, sus ademans, todo se troc.

Sac del bolsillo un cinturn de cascabeles y se le ci.

Luego atraves dando cabriolas las galeras de palacio.

El pobre cmico haba relegado su corazn  lo profundo de su pecho, y
haba empezado  desempear su eterno papel de loco  sueldo.

Cuando lleg  la antecmara de audiencias, ces en sus cabriolas, se
detuvo un momento en la puerta sonando sus cascabeles, como para llamar
la atencin de todo el mundo, y luego, con la mano en la cadera, la
cabeza alta y la mirada desdeosa, que pareca no querer ver  nadie,
atraves con paso lento, marcado y pretencioso, la antecmara.

Todos los que le conocan en la corte se echaron  reir.

El to Manolillo remedaba perfectamente la prosopopeya del duque de
Lerma, que poco antes acababa de salir con el mismo continente y la
misma altivez de la cmara del rey.

Al llegar  la cortina, un sumiller le detuvo.

--No se puede pasar--le dijo.

--Eh! Qu sabis vos?--dijo el to Manolillo--; yo no paso, me quedo.

--El rey...

--Y quin hace caso del rey?... El rey sabe menos que nadie lo que se
dice... djame entrar  te entro.

Y como el sumiller se opusiese, el to Manolillo le asi por la pretina
y se entr con l en la cmara real.

--Hermano Felipe--dijo al rey--, aqu te traigo  ste para que le
castigues... Se ha atrevido  faltarme al respeto... pretender que la
locura no entre en la cmara del rey!

--Idos, Bustamente--dijo el rey al sumiller--. Ven ac, Manolillo. El
seor Inquisidor general tiene que hacerte algunas preguntas.

Y el rey seal al padre Aliaga, que estaba sentado en un silln frente
 la mesa donde almorzaba el rey.

--Dame primero de almorzar, porque as como t, por haber pasado una
buena noche, tienes apetito, yo por haberla pasado en vela por ti, me
perezco de hambre.

l rey empuj un plato hacia el bufn.

Este le tom, se sent sobre la alfombra y se puso, sin cumplimiento, 
comer.

--Estn buenas estas lampreas--dijo--, se conoce que no ha estado hoy en
la cocina tu buen cocinero mayor.

--Calumnias al pobre Montio. Es el cocinero ms famoso de estos
tiempos.

--Lo era antes de tener mujer, pero su mujer le ha cambiado.

--Y vos, no sois casado, amigo Manolillo?--dijo el padre Aliaga.

--No, seor; la mujer con quien pude casarme no tena alma, y yo quiero
las cosas completas. Por eso no me gusta la corona de Espaa.

--Oh! oh!--dijo el rey.

--S, s por cierto, porque la corona de Espaa no tiene cabeza.

--Parece que os ha escuchado la conversacin, padre--dijo el rey.

--Todo consiste en que el padre Aliaga es tan loco como yo.

--Me queris explicar eso, to Manolillo?--dijo el fraile.

--Con mil amores, pero dame otro plato, Felipe; nunca hablo mejor que
cuando tengo la boca llena.

El rey empuj otro plato hacia el bufn.

Este le tom y dijo:

--Pues es necesario agradecerte el sacrificio que haces por m, hermano,
porque los embuchados te gustan mucho, razn porque te los sirven todos
los das tus dos cocineros Montio y Lerma.

--Ah!ah!--acometedor vienes hoy!--dijo el rey riendo--algo sucede, de
seguro.

--Sucede, que no sucede nada.

--Pero decidme, ya que tenis la boca llena, to--dijo el padre
Aliaga--: por qu soy yo tan loco como vos?

--Porque vos, como yo, os habis empeado en que un loco tenga juicio.

Y mir de una manera sesgada y maliciosa al rey.

--Como veis--dijo el padre Aliaga--, su majestad almuerza sin
gentileshombres y sin maestresalas; est solo conmigo.

--Lo que demuestra que estis haciendo el oficio de loquero.

--Os ruego, seor--dijo el padre Aliaga--, que mandis al to Manolillo
avise al sumiller que no deje pasar  nadie, absolutamente  nadie, ni
aun al mismo duque de Lerma.

--Ya lo oyes, obedece--dijo el rey.

--Qu ser esto?--dijo el to Manolillo yendo hacia la
puerta--apoderado de ese imbcil el padre Aliaga, y en consejo
conmigo!--qu querrn? sabrn algo? veremos!

Y di las rdenes al sumiller, cerr adems la puerta de la cmara, y
volvi  sentarse sobre la alfombra y  comer sus embuchados.

--Os ruego--dijo el padre Aliaga--que por estos momentos dejis vuestro
oficio de bufn y me respondis bien, lisa y llanamente.

--Entonces reclamo mi sueldo de consejero.

El rey sac de su portabolsa una bolsa, y la arroj al bufn.

--Escudos de plata! el rey no se conoce por su moneda de oro!...
pobre Felipe!...--exclam el bufn.

--Os pregunt--dijo el padre Aliaga--si habais sido casado, y me
respondsteis:

--Que la mujer con quien yo pudiera haberme casado no tena alma, por lo
que no quise casarme con ella.

--Ms claro, to Manolillo: vos no sois padre legtimo de Dorotea?

Ah!--exclam el bufn como sorprendido, y dejando de comer--Dorotea!
qu tenis vos que ver con Dorotea, padre?

Y los hoscos ojos del bufn dejaron ver un relmpago de amenaza.

--Deseo saber, ya que no podis ser su padre legtimo, lo que sois de
esa mujer.

--Soy su perro.

--Os he suplicado que me contestis con lisura.

--Os he respondido la verdad: me tiendo  sus pies, lamo su mano, y velo
por ella, siempre dispuesto  defenderla.

--Pero no es vuestra hija?

--No--contest con voz ronca el bufn--. Oh! si fuera mi hija!

--Ni vuestra... querida?

--Oh! si fuera mi querida!

--Pero la amis?

--Ya os he dicho que soy su perro.

--Ms claro.

--Soy su protector. Ella dice: amo  este hombre, y yo la digo: male;
ella me pregunta: me vengaris si me ultrajaren? yo contesto: el que te
ultraje, muere.

--Habis querido matar por tanto  don Rodrigo Caldern?

--S.

El rey miraba con espanto al to Manolillo.

--No te conozco--le dijo.

--Tienes razn, hermano Felipe--dijo el bufn--, porque ahora estoy
loco.

--Decidme--dijo el padre Aliaga--, de quin es hija esa desgraciada?

--Un da--dijo el to Manolillo--, por mejor decir, una noche... estaba
yo en una casa de vecindad... tena en ella un entretenimiento: una
doncella asturiana que me ayudaba  comer mi racin; era ya tarde; de
repente, en el cuarto de al lado, o gritos, gritos desesperados,
arrancados por un dolor agudo; gritos de mujer acompaados de
invocaciones  la Madre de Dios.

El rey haba dejado de comer y escuchaba con atencin.

El padre Aliaga, con la cabeza apoyada en su mano, miraba profundamente
al to Manolillo.

El bufn estaba plido y conmovido.

--Aquellos gritos--continu el bufn--cesaron, y tras ellos o el llanto
de una criatura recin nacida.

--Era ella? Era esa Dorotea, Manolillo?--dijo el rey.

--S, era ella, seor--dijo el bufn tratando por la primera vez al rey
con respeto, como si no hubiese querido unir nada trivial  lo solemne
de aquel recuerdo--; era ella, que naci, la desventurada, en las
primeras horas del da de santa Dorotea.

El bufn inclin la cabeza y se detuvo un momento.

Luego la alz y continu:

--A poco de haber nacido esa infeliz, o dos voces: una dbil dolorida,
llorosa; otra, spera, imperativa, brutal.

--Es una nia--dijo el hombre.

--Oh!--exclam la mujer llorando--, y no tener quien me ayude? no
tener un mal trapo en que envolver  este ngel!

--Y para qu?--dijo el hombre--; voy  envolverla en mi capa y 
llevarla  la puerta de un convento.

--Oh! no! es mi hija! no me robes mi hija, ya que me has robado mis
padres!--dijo la mujer sollozando.

Tras estas palabras o una lucha corta pero breve, acompaada del llanto
de una criatura; la lucha de un fuerte y de un dbil; luego la voz de la
mujer que gritaba:

--Mi hija, la hija de mis entraas! dame mi hija!

Y sent pasos que se alejaban y una puerta que se abra y se cerraba de
golpe, y la voz de la mujer que gritaba:

--Maldito! maldito! maldito seas!

Despus un golpe, sordo como de un cuerpo que caa en tierra, y luego
nada.

Yo as  mi manceba por la mano (ella lo haba odo todo como yo; era
una buena muchacha y estaba horrorizada), la saqu de la habitacin al
corredor, abr la puerta de la habitacin vecina.--Socorre  esa
infeliz--la dije, empujndola dentro, y yo me lanc  la calle, y segu
 un bulto que se alejaba.

Una criatura recin nacida que lloraba bajo su capa, me indic que era
l.

De tres saltos me puse junto  su lado.

--Una madre te ha maldecido, y yo soy la mano de Dios--exclam.

Y le di de pualadas.

--De pualadas!--dijo el rey.

--S, s por cierto, de pualadas; el hombre que roba  una madre su
hija, el hombre  quien una madre desventurada maldice, debe morir.

--Y confiesas el delito delante del rey?--dijo severamente Felipe III.

--En primer lugar no fu delito; en segundo lugar ya lo confes, y he
cumplido la penitencia. Y luego no velo yo por Dorotea? no me
sacrifico por ella? no sufro un infierno por ella?

--Pero aquel hombre muri?--dijo profundamente el padre Aliaga.

--No lo s--contest el bufn--; yo no me detuve ms que  recoger la
criatura, la envolvi en mi capa y me volv  la casa de vecindad.

Cuando entr en el cuarto (no lo olvidar jams) no haba ms muebles
que un banco de madera, una mesa y un jergn casi deshecho; vi que la
infeliz, que estaba an desmayada, ensangrentada entre los brazos de
Josefa, mi manceba, era una joven como de veinte aos, rubia, muy flaca,
pero muy hermosa. Conocis  Dorotea, padre?

--No.

--Pues por qu me preguntis por ella?

--Continuad.

--Cuando conozcis  Dorotea, sabris cun hermosa era Margarita.

--Margarita!--exclam el padre Aliaga, ponindose letalmente plido.

--Se llamaba Margarita!--observ maquinalmente el rey.

--S, se llamaba Margarita; segn me dijo despus en algunos intervalos
de razn aquella desgraciada, porque se haba vuelto loca, haba salido
de su casa con un soldado, haba corrido con l algunas tierras, y al
fin haban venido  parar  Madrid, donde el amante viva de las
estocadas  obscuras que daba por la villa, la maltrataba y, por ltimo,
la haba exigido que se prostituyese para ayudarle  vivir.

El padre Aliaga temblaba de una manera poderosa y concentrada.

--Algunas veces--continu el bufn--, cuando yo la preguntaba el nombre
de sus padres, me deca:

--No, no; yo he deshonrado su nombre; yo no tengo padres; Luis, que me
vi huir, se lo habr dicho  mis padres y me habrn maldecido.

--Y quin es Luis?--le preguntaba yo.

--Luis! Luis era mi hermano--me contestaba la infeliz con dulzura--; l
me amaba y yo... yo am  otro; pobre Luis!

--Y qu ha sido de esa desdichada?--dijo el padre Aliaga, cubrindose
los ojos con la mano para ocultar sus lgrimas y procurando contener la
revelacin de aquel llanto que apareca en su voz.

--Muri: muri entre mis brazos loca, desgarrndome el alma al morir,
porque yo la amaba, la amaba con toda mi alma y contino amndola en su
hija. Ahora bien; creis que yo pequ? qu comet un delito matando al
infame asesino de Margarita?

--No! no!--dijeron al mismo tiempo el rey y el padre Aliaga.

--Yo te indulto de esa muerte, Manuel--dijo el rey--; yo Felipe de
Austria, rey de las Espaas.

--Y yo--dijo el padre Aliaga, levantndose y extendiendo sus manos
sobre el bufn, que al levantarse, al ver la accin del fraile, haba
quedado de rodillas--: yo, ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espritu-Santo!

--Amn!--dijo con una profunda uncin religiosa Felipe III.

[imagen:...yo ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte.]

--Ah!--dijo el bufn cambiando de aspecto de una manera singular--:
vos, padre Aliaga, sois un santo y llegaris  mrtir, y t, hermano
Felipe, aunque eres tonto, no eres malo. Dios os lo pague  los dos: 
ti, por tu indulto, hermano rey, y  vos, por vuestra absolucin, padre
Aliaga.

Hubo un momento de silencio.

El to Manolillo se haba levantado y llenaba lentamente de vino una
copa.

El padre Aliaga estaba profundamente pensativo.

El rey oraba.

El bufn se bebi de un trago la copa.

--Ahora bien--dijo--, y ya que sabis que Dorotea no es ni mi hija, ni
mi amante, qu queris de ella? por qu me habis preguntado por ella?

--Basta, basta--dijo el padre Aliaga--; me siento malo, y con la venia
de vuestra majestad me retiro.

--Id con Dios, padre Aliaga, id con Dios--dijo el rey.

--Os espero esta tarde en el convento de Atocha--dijo el padre Aliaga al
bufn.

--Ir--dijo el to Manolillo.

El padre Aliaga hinc una rodilla en tierra y bes la mano al rey.

Despus sali.

--Es muy singular la historia que nos has contado, Manolillo!--dijo el
rey.

--Tan singular, que me ha hecho dao el contarla y me ahogo en la
cmara; es demasiado fuerte ese brasero y hace aqu calor. No s cmo
puedes resistir esto, Felipe; tus gentes te cuidan muy mal; yo en lugar
tuyo ya tendra consumida la sangre. T no quieres creerme. Echa de tu
lado  Lerma, y  Olivares, y  Uceda, que son otros tantos braseros en
que se abrasa la sangre de Espaa, y que acabarn por sofocarte.

--Sabes, Manolillo, que despus de lo que me has contado, me pareces
otro hombre?--dijo el rey.

--Bah! t que has nacido para ser vctima, no conoces la venganza.
Peor para ti!

--Un cristiano no puede, no suele ser vengativo.

--Pobre rey! maana te herirn en el corazn... digo, si es que t
tienes corazn.

--Que me herirn en el corazn!

--Si maana te matasen  tu buena esposa!...

--Oh! si un traidor se atreviese  la reina, morira!--exclam el rey
con una llamarada de firmeza.

--No, no querr Dios!-dijo de una manera profunda el to Manolillo--;
no pensemos en eso. Me voy y te dejo solo, Felipe; pero cuidado con que
te metas con mi Dorotea, porque...

--Por qu?

--Porque me volver loco, tendrs que hacer de Lerma tu bufn, y su
excelencia te divertira muy poco: adis.

Y el to Manolillo sali, dejando slo en su cmara  Felipe III.




CAPTULO XX

DE CMO EL TO MANOLILLO HIZO QUE DOA CLARA SOLDEVILLA PENSASE MUCHO Y
ACABASE POR TENER CELOS


Al salir por una puerta de servicio, el to Manolillo se vi detenido
por el rodrign de doa Clara Soldevilla.

--Os buscaba, maese--le dijo--, y me habis tenido cerca de una hora
esperndoos en la antecmara de audiencia. Conque daos prisa y venid,
que os espera la dama ms hermosa que se tapa con guardainfante.

--Ah, mal engendro! injerto de duea en cuerpo de sapo!... qu me
querrs t que bueno sea?... Mas ahora recuerdo... en efecto... doa
Clara Soldevilla tiene el malsimo gusto de hacerse servir por ti: si es
ella quien me llama, hulgome, porque si ella no me llamara ira yo 
buscarla.

--Pues ved ah, que mi seora es quien os ruega que vayis  su
aposento.

--Pues tirad adelante, don rodrign, consuelo de contrahechos.

--Bah! tengamos la fiesta en paz, to, que no sois vos ciertamente
quien puede hablar de corcovas; y vamos adelante, que mi seora espera.

--Pues adelantemos.

Y el rodrign tir delante del to Manolillo y le introdujo al fin en la
misma habitacin donde haba introducido antes al cocinero mayor.

El bufn qued solo con doa Clara, que le sali al encuentro.

--Conque al fin?--dijo el bufn, mirando de una manera fija y burlona 
doa Clara.

--Qu queris decir?--contest la joven.

--Digo que viene el sol, y derrite la nieve que ha estado hecha una
piedra dursima todo el invierno.

--Vens tan hablador como siempre, Manuel, y os agradecera que me
hablseis con formalidad.

--Tan formal vengo, que vengo  hablaros de lo ms formal del mundo.

-Cmo! yo crea que venais porque os llamaba.

--En efecto; pero como yo he pensado buscaros  vos, antes que vos
pensrais en buscarme  mi, me corresponde de derecho empezar primero. Y
empiezo... pidindoos la mano, que el corazn no, para un amigo mo.

--Si volvis con ese enojoso asunto...--dijo severamente doa Clara.

--Es verdad--repuso el bufn interrumpindola--que, olvidndome de quien
soy y lo que  mi mismo me debo, vine un da  traeros de parte del rey
mi seor, una gargantilla y un billete.

--Por lo mal parado que entonces salsteis...

--Entonces rais nieve, y como el rey no es sol ni mucho menos...

--Vens decidido  no dejarme hablar del asunto para que os he llamado?

--Me corresponde de derecho el hablar antes del asunto que me trae 
buscaros. Ya os he dicho que se trata de vuestra mano.

--Acabaris por impacientarme, Manuel.

--Yo creo que estis ya bastante impacientada.

--Ser al fin necesario oros, para que acabis pronto.

--Os aseguro que por interesante que sea para vos, seora, la ms
hermosa y ms dura que conozco, lo que tenis que decirme, os interesa
ms lo que yo voy  deciros. Como que se trata de vuestros amores.

Psose la joven vivamente encarnada y excesivamente seria.

--Antes, si rais fra como la nieve, tenais el alma blanca y pura como
cuando rais piedra. No hay, pues, por qu avergonzarnos, porque yo amo,
t amas, aqul ama y todos, en fin, amamos.

--Pero qu estis diciendo, Manuel?

--Digo que sois la mujer ms dichosa y ms desdichada que conozco.

--No os entiendo.

--Dichosa, porque os ama un hombre que... perdonad... no os enojis, no
voy  hablaros de mi hermano Felipe, sino de mi amigo Juan Girn y
Velasco, que os adora... con toda su alma, como un loco.

--Juan Girn y Velasco, habis dicho!--exclam doa Clara,  quien
haba hecho conmoverse de una manera profunda aquel segundo apellido,
aadido al nombre del joven.

--Ya se ve; vos creis que vuestro amante, el hombre con quien anoche
anduvsteis de aventuras por esas calles de Dios, y  quien metsteis
despus en vuestro aposento...

--To Manolillo!--exclam con indignacin doa Clara.

--S, lo vi yo... como he visto otras muchas cosas, y porque he visto
mucho, s que el tal enamorado no es ni por pienso sobrino del cocinero
mayor, sino hijo de duques.

--Nada me importa.

--Y os est el corazn reventando por saber...

--Si no dejamos esta conversacin...

--Si la dejramos, cmo habais de saber que ese mancebo, tan hermoso,
tan honrado, tan franco, tan bueno, tan valiente, es hijo del duque de
Osuna y de la duquesa de Ganda?

Doa Clara se puso muy plida, pero se domin. Manolillo la vea sufrir
con cierta feroz complacencia.

--Pero si yo no os pregunto nada de eso; si no quiero saber nada de
eso--dijo doa Clara.

--Sabis que os he visto as, doa Clara, tamaita, cuando rais de la
cmara de la infanta doa Catalina. Que os he seguido paso  paso,
cuando os hicsteis mozuela, y despus cuando fusteis moza, hasta ahora
que sois la dama de las damas. A propsito, se murmura que os nombran
dama de honor.

--Pero por Dios, Manuel: yo os he llamado para un asunto importante.

--Lo s todo; s que lo ms importante para vos es mi amigo Juan Girn y
Velasco.

--Si os enva ese caballero--y os digo esto para concluir--, decidle que
le he dicho ya cuanto tena que decirle, y que ms all de lo que le he
dicho no dar un paso.

-Sin embargo, le dir tambin que vos, que sois la dama de alma ms
tranquila que conozco, que dorms bien, que comis bien, estis un tanto
ojerosa y plida, y aun me parece que no tan gorda como ayer: habis
adelgazado algo, y si segus as tragndoos vuestro amor...

--Qu pesadez y qu insolencia!--exclam irritada doa Clara--. Ser
cosa de que os mande echar?

--Si continuis as, seora, os vais  poner flaca y fea.

--Os he hecho yo algn dao, Manuel?--dijo la joven,  quien no se
ocultaba lo que haba de agresivo  intencionado en las palabras del
bufn.

--Dao!  m! yo no me enamoro, y vos no sois mala: si alguna vez me
hicirais dao me vengara.

--Y  qu ese empeo de hacerme or lo que no me agrada?

--Cumplo con un encargo.

--Con un encargo de don Juan...?

--S, ciertamente.

--Y un encargo para m?

--Como que sois para l toda una ambicin.

--Yo cre ms noble y ms reservado  ese hombre.

--Qu queris, seora? es joven, recin venido  la corte: conoce que
vos le amis...

--Qu lo conoce...?

--Y como os ha hecho un gran servicio...

--A m?

--Lo mismo da, puesto que lo ha hecho  la reina...

--A la reina...?

--Por supuesto... las cartas de don Rodrigo...

--Ese hombre es un miserable, un calumniador...

--Es joven,  inexperto.

--Pues decidle... decdselo, que si me ha podido interesar... algo...
por circunstancias especiales, ahora por circunstancias especiales le
desprecio.

--Pero le vais  matar...

--Quien es hablador, embustero, mal nacido, no puede amar.

--Pero ved que lloris.

--De rabia.

--Ah! ah! y ello al cabo,  nadie lo ha dicho ms que  m.

--Que sois el escndalo del alczar.

--Estimo vuestro favor: no crea yo ciertamente que cuando vena 
hablaros del nico hombre que ha podido conmoveros...

--No hablemos ms de ese hombre.

--Como gustis, porque os veo muy irritada.

--Vengamos al asunto que me ha obligado  llamaros.

--Vengamos en buen hora.

--Qu sois de esa comedianta que se llama Dorotea: padre, amigo,
amante, marido?...

--Esa misma pregunta me han hecho hace poco, y he contestado: soy su
perro, su perro valiente, que por lo mismo que Dorotea es desgraciada,
la guarda; capaz de despedazar la mano del rey si toca  esa mujer.

--Sois, pues, su padre!

--No, pero es lo mismo.

--Esa mujer es amante del duque de Lerma!

--S; s, seora.

--Y de don Rodrigo Caldern?...

--Lo fu; ahora creo que lo sea de otro.

--Y quin es esa mujer?

--Una hurfana.

--Esa mujer se ha atrevido  sospechar de su majestad.

--Ha tenido celos, como vos podis tenerlos.

--Resulta, pues--dijo doa Clara terriblemente contrariada--, que os he
llamado en balde.

--Creo que no.

--Os veo tan decidido por esa mujer...

--Yo os veo ms por un hombre.

--Debis tener mucha confianza en que vuestro oficio de bufn os saque 
salvo de todo--dijo con una clera mal reprimida doa Clara.

--Me habis tomado ojeriza sin razn.

--No tengo ms que una cosa que deciros: mirad cmo tomis mi nombre en
vuestros labios.

--No puedo tomarlo mal; sois honrada, y muy noble, y muy dama; si estis
enamorada, enfermedad es esa con que nacemos, y enfermedad incurable, de
que no debis avergonzaros; conque qu dir  don Juan Girn y Velasco?

--Qu le habis de decir de mi parte? Nada. Id con Dios.

--Quedad con Dios, seora.

Y el bufn sali despus de pronunciar con un retintn insolente sus
ltimas palabras.

--Por qu me trata as ese miserable?--se qued murmurando doa Clara.

Entre tanto deca el bufn saliendo de la sala:

--Dorotea ama al seor Juan Montio; no tengo duda de ello; la conozco
demasiado, le ama con la virginidad de su amor. Qu dichosos son
algunos hombres! Pero ella le ama, y bien; yo he hecho cuanto he podido
por emponzoar los amores de doa Clara con l; sabr doa Clara que
ese don Juan ha ido casa de Dorotea,  indican un peligro mayor las
preguntas de doa Clara acerca de ella? Las cartas de la reina.. oh,
oh! pues que se anden despacio, porque yo no tengo ms amor ni ms vida
que Dorotea.

La intencin del to Manolillo, sin embargo, no haba producido el
efecto que se haba propuesto. Doa Clara era una joven de razn fra.

Lo primero que la aconteci, fu sentirse herida en el corazn.

Porque amaba  Juan.

Las circunstancias en que le haba conocido y las cualidades del joven,
justificaban aquel amor, naciente, es cierto, pero arraigado ya en el
alma.

Todo la haba agradado en el joven.

Su figura, su entusiasmo, su franqueza, su valor, su discrecin, el
mismo efecto violento que su hermosura haba causado en l...

Doa Clara, dentro de su pensamiento haba acariciado  aquel amor.

Se haba encariado con l, es decir, se haba sentido halagada,
enlanguidecida, llena por su influencia, y amaba  su amor.

Era uno de esos amores que pocas mujeres consiguen.

Un amor completo.

Un amor hermoso.

Una sola cosa poda haber contrariado  doa Clara, y entonces no la
contrariaba an.

La dificultad de su enlace con Juan Montio.

Pero el amor de doa Clara era su primer amor.

Ese amor casto, tranquilo, que no lleva consigo, que no se funda en el
deseo de la posesin material del ser amado.

Doa Clara no haba pensado todava que poda pertenecer  un hombre.

Su alma dorma envuelta en un velo de pureza.

Por lo mismo, no la haba contrariado en gran manera la dificultad de su
enlace con Juan Montio.

Y sin embargo,  pesar de la pureza de su amor, no haba dormido aquella
noche, haba sentido un malestar amargo, una inquietud ardorosa.

Su alma, concentrada en el recuerdo del joven, haba bebido en sus ojos,
en su semblante, en su expresin, en su alma, no sabemos qu lascivia
interna, misteriosa, incomprensible para doa Clara, pero ardiente,
profunda, llena de voluptuosidad.

Y es que no se pasa en la naturaleza bruscamente de un estado  otro, de
una forma  otra; es que todas las modificaciones, todas las
transformaciones necesitan nacer, desarrollarse, hacerse, en una
palabra.

Doa Clara, mujer en la razn, nia en el alma, para ser una mujer
completa, necesitaba pasar por una gradacin necesaria, ms  menos
rpida, ms  menos violenta, segn fuese la fuerza de impulsin que
presidiese  aquella gradacin.

En una palabra, doa Clara estaba enamorada de Juan Montio, todo lo que
poda y de la manera que deba estarlo.

Porque nada sucede ni deja de suceder, que no pueda y no deba ser  no
ser.

Doa Clara haba considerado  Juan Montio  primera vista y casi por
intuicin tal cual deba considerarle.

Le hall profundamente simptico, y su alma se extendi hacia l.

Renunciar  su juicio, lastimarse el corazn renunciando  l, era cosa
que doa Clara no poda hacer sin discutir su resolucin consigo misma.

As es que si al principio se irrit con las confidencias del bufn, que
supona  Montio un mozalbete lenguaraz y villano, como muchos de los
que abundan en la corte, despus, ms serena, se dijo:

--Cuando una persona se refiere  otra debemos, antes de decidir, ver si
hay en la persona que refiere algn inters en favor  en contra de
quien se ocupa. Ahora bien; que el to Manolillo ama  esa comedianta es
indudable. Que su amor sea capaz de todos los sacrificios, hasta el
punto de amar los caprichos y las faltas de esa mujer, es posible. Ahora
bien; esa miserable tena celos de la reina... celos de Caldern... el
to Manolillo quiso matar  don Rodrigo, y para ello pidi  la reina
los mil y quinientos doblones; cierto es que prometi rescatar las
cartas, pero acaso si hubiera muerto  herido  don Rodrigo, hubiera ido
 llevar esas cartas  la Dorotea en vez de llevarlas  la reina. Se
cruz ese joven de una manera providencial, rescat las cartas... esto
puede ser un motivo de odio que determine una calumnia del bufn.
Adems, lo que me ha dicho poda saberlo, y lo saba sin duda, sin
necesidad de que ese joven se lo dijese. Es necesario no obrar de
ligero... Pero y si ese empeo de que yo desprecie  don Juan, fuese
porque le haya visto la Dorotea y le ame?

Esta era la verdad, y al suponerla doa Clara, sintio lo que nunca haba
sentido: la dolorosa  insoportable sensacin de los celos.

Y como los celos nunca son hidalgos, ni se detienen ante nada, tom una
pluma y escribi una larga carta en que acusaba ante el inquisidor
general  Dorotea y  Gabriel Cornejo.

Poco despus aquella carta entraba en la celda del padre Aliaga.




CAPTULO XXI

EN QUE CONTINAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR


--Me da vuecencia venia para entrar?--deca una voz poco firme y
contrariada  la puerta de la cmara del duque de Lerma.

--Dejad ese despacho, Santos--dijo el duque de Lerma  un secretario que
trabajaba con l--y enviad  buscar  mi sobrino el conde de Olivares.

Levantse el secretario, arregl los papeles, los puso en una carpeta y
luego aquella carpeta en un armario.

Despus sali.

Entonces el ministro-duque se volvi con afectacin  la puerta por
donde haba entrado la voz que pidi permiso, y dijo con cierta hueca
benevolencia:

--Entrad, Montio, entrad.

Entr el cocinero mayor del rey, se inclin profundamente tres veces, y
luego, haciendo una mueca que pareca una sonrisa, dijo:

--Qued vuecencia contento del banquete de ayer, seor?

--Por el dinero que os dar mi mayordomo, podris sacar la consecuencia,
buen Montio.

--Ah seor, excelentsimo seor!--dijo Montio ponindose en arco y
haciendo otra mueca--no lo deca por tanto.

--S, s; ya s que mil ducados ms  menos son para vos muy poco.

--No tanto, no tanto como eso, seor.

--Sin embargo, hacis muy buenos negocios; debis estar rico, Montio;
adems de que la vianda de su majestad debe dejaros buenas ganancias,
siempre me estis pidiendo oficios.

--Y yo os agradezco  vuecencia...

--No hago ms que pagaros vuestros servicios; sois inteligente y activo;
y luego... vos me servs bien... es decir, servs bien  su majestad.

Volvi  inclinarse Montio.

--Cmo anda el cuarto del prncipe?

--Don Baltasar de Ziga no perdona medio de captarse la voluntad de su
alteza; como que dicen que hace versos con l.

--Y aun poesas erticas...

--No comprendo bien, seor.

--Composiciones amorosas.

--No; no, seor; eso se queda para el duque de...

Montio se detuvo afectando la confusin de quien ha pronunciado una
palabra inconveniente y peligrosa.

--El duque de qu?--dijo Lerma--; vamos, concluyamos: queris sin duda
decir mi hijo el duque de Uceda?

--Efectivamente, seor; yo crea haber sido indiscreto...

--No, no, de ningn modo; cuando se trata del servicio de su majestad,
yo no tengo hijo; y  propsito de hijos... recordadme ms adelante que
tengo que encargaros algo acerca de la condesa de Lemos.

--Muy bien, seor.

--Decamos, que de las composiciones amorosas del prncipe est
encargado el duque de Uceda.

--S, seor; eso dicen los de la cmara de su alteza.

--Y quin es la persona destinada  juzgar del mrito de esas
composiciones?

--Una dama muy matronaza, muy hermosaza,  quien suele ver su alteza en
la comedia y en el Buen Retiro; que recoge  su alteza entero en la
mirada de sus grandes ojazos negros.

--Y quin es esa mujer?

--No se sabe. Ha aparecido de repente en la corte; vive en la calle de
Amaniel con una duea y un escudero, y la visita mucho el duque de
Uceda.

--Y no la visita nadie ms?

--Dicen que tarde, de noche, suele entrar en la casa un hombre.

--Y quin es ese hombre? Me hacis preguntar demasiado, Montio; si no
bastan los maravedises que os doy para que estis bien servido, pedidme
ms. No importa lo que se gaste; necesito, para servir bien  su
majestad, saber todo lo que sucede en palacio, y lo que sucediendo fuera
de palacio pueda tambin convenir.

--Ese hombre es el sargento mayor don Juan de Guzmn.

--Don Juan de Guzmn! Don Rodrigo Caldern me habl por l; me ponder
lo tiles que podan ser servicios, y en dos aos le hemos hecho
capitn, y despus sargento mayor. Don Rodrigo me le ha mostrado varias
veces, y... veamos si le reconozco: es un hombre soldadote, buen mozo,
ya maduro...

--S; s, seor; es un hombre de cuarenta y cuatro  cuarenta y seis
aos, aunque demuestra diez menos; ya en otra ocasin me mand vuecencia
que me informara, y yo acud  mi compadre Diego de Aun, que es un
escribano real, que corta un cabello en el aire. A las veinticuatro
horas me dijo:

--El tal por quien me preguntis, ha vivido honradamente matando 
obscuras por poco precio. Hanle puesto  la sombra ms de tres veces;
pero se da  se daba tal maa para su oficio, que nada se le ha podido
probar, y por no mantenerle y por hacer falta muchas veces desocupar la
crcel un tanto para que cupiesen otros presos, se le ha soltado. Ahora
vive honradamente de su sueldo, y nada hay que decir de l.

--De modo que si esa dama con quien entretienen al prncipe don Felipe
tiene tales conocimientos secretos, debe ser una bribona!

--No s, no s, excelentsimo seor; porque tambin hay damas y muy
damas que se pierden por estos tunos.

--Tomad--dijo el duque abriendo un cajn y sacando de l un estuche.

--Y qu es esto, seor?

--Una gargantilla.

--Ah! Debo visitar  esa dama?

--S.

--Y qu la he de decir?

--Que un personaje, un altsimo personaje, la conoce y la ama.

--Puede creer que ese personaje es su majestad.

--No importa: si ella lo supusiese...

--Niego...

--No, no negis... Ser bien que vayis vos en persona: en vez de negar,
afectaris como que la hacis una gran confianza, y la diris: su
majestad es muy grave, muy cuidadoso de su decoro; su majestad no quiere
que nadie, ni vos misma, sepis que os ama... que os visita... Su
majestad vendr  veros, y le recibiris sin luz: debis ser muy
prudente, y en las visitas que su majestad os haga, no indicar ni por
asomo que le conocis.

--Pero y si esa dama se negase  recibirme?

--No decs que tiene duea?

--S, seor.

--Pues bien; tomad para la duea.

El duque abri otro cajn, sac de l algunas monedas de oro, y las puso
formando una columna bastante respetable en el borde de la mesa del lado
de Montio.

El cocinero mir con codicia el oro; pero no le toc.

--Guardad eso--le dijo el duque--, y adems... me olvidaba... tomad.

Y el duque sac una cajita de terciopelo, la abri, y dej ver dentro
una cruz de Santiago, esmaltada en una placa de oro.

--Ah, seor!--exclam trmulo de alegra el cocinero--; me da
vuecencia el hbito de Santiago?

--Y para qu le queris vos? para que no os atrevis  entrar en la
cocina, por temor de que se os manche la cruz?

Cay dolorosamente despeado de lo alto de su vanidad Montio.

--Pues para quin, seor, es ese hbito?--dijo con un sarcasmo mal
encubierto--; acaso para la aventurera con quien entretiene al prncipe
el duque de Uceda?

--Para esa el collar de perlas, y ms que fuere menester; esta cruz es
para otra persona. No conocis  alguien que se haya hecho
recientemente merecedor del hbito?

--Confieso  vuecencia que no.

--Si el servicio que pienso recompensar pudiera hacerse pblico, no le
pagara tan barato; sera cosa de titular  quien le ha hecho: ha
salvado  su majestad.

--Pues qu, su majestad ha estado en peligro?

--Su majestad la reina ha estado  punto de ser deshonrada--contest el
duque.

Montio supo contenerse en el momento en que vi claro que se trataba de
su sobrino postizo.

--Pues confieso  vuecencia, que no saba yo que su majestad la reina...

--Vamos, seor Francisco. A dnde llevsteis anoche  un vuestro
sobrino?

--Yo?...  ninguna parte--dijo Montio temiendo que lo de la cruz fuera
un lazo.

--Ser necesario probaros que obro de buena fe--dijo el duque--y por lo
tanto insisto; tomad esta cruz, llevdsela  vuestro sobrino Juan
Montio, y decidle que venga maana  recibir la real cdula de mi mano.

--Muchas mercedes, seor--dijo Montio tomando la cruz.

--Pero esto no basta; vuestro sobrino ser pobre.

--Lo es en efecto, seor.

--Y qu puede hacrsele?

--Es valiente...

--No ms que valiente?...

--Es licenciado.

--En qu?

--En teologa y en derecho.

--Est ordenado?

--No, seor.

--No conviene que sea clrigo; un mozo que da tan buenas estocadas, no
debe llevar un roquete; le est mejor un oficio de alcalde; los alcaldes
bravos, que tienen letras y puos, valen ms que los que slo tienen
letras; le haremos alcalde de casa y corte.

Montio estaba espantado con lo que vea, y sobre todo de la buena
suerte de su sobrino.

--Conque--dijo Lerma--, sabis todo lo que debis hacer?

--S, seor. Seguir averiguando cuanto pudiere.

--Eso es.

--Procurar introducirme en la casa de esa dama.

--Eso es.

--Dar  mi sobrino esta cruz, y mandarle que venga  dar  vuecencia las
gracias.

--Eso es.

--Adems, vuecencia me dijo le recordase que tena que decirme algo
acerca de la seora condesa de Lemos.

--En efecto, me importa saber uno por uno los pasos que da doa
Catalina.

--Puedo deciros, seor, que cuando yo vena para ac, entraba vuestra
hija en las Descalzas Reales.

--Nada tiene eso de extrao.

--Y ya que vuecencia quiere que se le diga todo, bueno ser tambin que
vuecencia sepa, que poco despus entraba en el convento don Francisco de
Quevedo.

--Ah! ah! y en el convento, no en la iglesia?

--La seora condesa entr por la puerta de los locutorios, y por aquella
misma puerta poco despus don Francisco.

El duque de Lerma escribi rpidamente una carta, la cerr, y escribi
sobre la nema.

A la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas reales--. Del duque
de Lerma--. En propia mano.

--Id, id, Montio--dijo el duque--; id, llevad esa carta al momento  su
destino, y traedme la contestacin.

Montio sali casi sin despedirse del duque por obedecerle mejor, y su
excelencia se qued murmurando:

--Qu habrn ido  hacer mi hija y Quevedo  las Descalzas reales?




CAPTULO XXII

DE CMO EN TIEMPO DE FELIPE III SE CONSPIRABA HASTA EN LOS CONVENTOS DE
MONJAS


La madre Misericordia,  pesar de ser abadesa de las Descalzas Reales,
no era una vieja.

Esto no tena nada de extrao, porque  falta de edad tena caudal.

Gastaba generosamente gran parte de l en regalos  las monjas.

Y hemos dicho mal al decir que generosamente, porque aquellos regalos
haban tenido su objeto antes de ser abadesa la madre Misericordia.

Serlo.

Despus de ser abadesa, los regalos servan para que todas las monjas la
llevasen  su celda y misteriosamente los chismes del convento.

En el convento de las Descalzas Reales se conspiraba.

Estas conspiraciones eran hijas de la rivalidad de las monjas.

La comunidad, como toda sociedad, estaba dividida en bandos.

Cada uno de estos bandos quera influir en el nimo de la abadesa, en
aquella especie de presidenta de repblica.

Porque un convento de monjas es una repblica en que todos los cargos se
obtienen por eleccin.

Y una repblica ms difcil de gobernar que lo que  primera vista
parece.

A ms de la lucha de influencia, haba otras luchas secundarias que
acababan de envenenar  la comunidad.

Llegaba un da clsico.

Era necesario un sermn.

Seis meses antes empezaba una lucha sorda en el convento.

Cada madre quera que su confesor fuese el encargado de la oracin
sagrada.

Y como haba muchas madres y muchos confesores, de aqu la lucha.

Cada confesor influa sobre su monja.

Y decimos sobre su monja, porque cada confesor no tena ni poda tener
ms que una hija de confesin en el convento, y aun en los conventos de
la poblacin en que se encontraba.

Saben nuestros lectores lo que hubiera sucedido si un fraile  un
clrigo se hubiese atrevido  tener  su cargo ms de una conciencia en
la comunidad?

Esto hubiera sido una especie de adulterio _sui generis_.

No ha existido, ni existe, ni existir, monja que pueda tolerar tal
cosa.

Lo ms, lo ms que sucede es lo siguiente:

Se pone malo un confesor, y en un da de confesin se encuentra hurfana
una monja.

Entonces otra, por gran favor, por una gracia especial, especialsima,
cede su confesor  la monja hurfana.

Y la rivalidad llega hasta  los regalos que las buenas madres hacen 
sus confesores.

Que sor Fulana envi el da de su santo una bizcochada magnfica  su
director espiritual.

Que sor Fulana pretende sobreponerse, y enva al jefe de su conciencia
otra bizcochada mejor.

Las dos madres se pican: la una, porque la otra ha hecho ms: la otra,
porque la primera ha murmurado de ella.

Entonces tercian chismes ms peligrosos.

Si sor Fulana estuvo asomada  la celosa y dej caer un billete, y si
recogi el billete un estudiante.

Si sor Fulana solt por su celosa un rosario bendito, que fu  caer en
la halda de la capa de un soldado.

Porque en aquellos tiempos haba enamorados y galanes de monjas.

Quevedo lo dice, y hace su asercin verdadera el que la Inquisicin
revis los libros de Quevedo, como los revisaba todos, y no se opuso 
lo que deca respecto  los enamorados de las monjas, ni lo tach ni lo
encontr inmoral.

Esto estaba en las costumbres de entonces; lo saba todo el mundo, y no
haba por qu prohibir un libro que no deca ms que lo que todo el
mundo saba.

Adems, que estos eran unos amores simples.

Hoy es otra cosa.

De modo que la que en aquellos tiempos se meta en un convento para huir
del mundo y de las tentaciones del demonio, se meta en otro mundo ms
agitado, en donde encontraba otras peores tentaciones.

Y no era solo esto lo que constitua el carcter, el modo de ver y de
obrar de los conventos de monjas del siglo XVII.

El clero los utilizaba para otros negocios.

Las monjas venan  ser los intermediarios de otras conspiraciones de
carcter ms trascendental, puesto que tenan relacin con el Estado.

Quin haba de creer que en una carta dirigida  la abadesa de un
convento, iba otra que deba entregarse por la abadesa  tal  cual alta
persona?

Quin poda sospechar que en aquellas cartas se agitasen las
parcialidades de la corte?

En aquellos tiempos y aun en otros, los conventos de monjas venan  ser
para los conspiradores lo que un arroyo  un ro para el que quiere
hacer perder las huellas de su paso  quien le sigue.

De modo que una abadesa de monjas en el siglo XVII, solia ser un
personaje importantsimo.

Eralo la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa
y corte de Madrid.

Primero, porque su convento era el ms aristocrtico.

Haba sido fundado en 1550 por la seora infanta de Portugal, doa
Juana.

Le protegan directamente sus majestades.

Le visitaban mucho  iban con suma frecuencia  comer en l conservas.

Las monjas eran todas seoras pertenecientes  la alta nobleza.

Por lo importante de su categora, que haca importante su influencia,
llovan sobre el convento magnficos donativos.

En el siglo XVII hubo un verdadero furor por las fundaciones religiosas
y piadosas.

Solamente en Madrid, durante aquel siglo, se fundaron diez y seis
conventos de frailes, diez y siete de monjas, nueve iglesias, seis
hospitales y seis colegios; es decir, que se fundaron cincuenta y cuatro
establecimientos piadosos, de los cuales slo eran de beneficencia doce.

Esto sin contar un nmero igual de fundaciones anteriores.

De modo que en Madrid no poda darse un paso sin tropezar con una
iglesia  un oratorio.

Un nmero inmenso de los habitantes de la poblacin perteneca  la
clase monstica.

Solamente el duque de Lerma fund dos conventos de frailes y uno de
monjas.

Esta mana de las fundaciones religiosas,  ms de la piedad, tena un
objeto ms egosta: el de hacerse una ostentosa sepultura para s y para
su familia en una fundacin.

Todo el que era bastante rico para ello fundaba un convento; el que no
poda tanto, una iglesia; el que poda menos, una ermita; por ltimo, el
que no poda fundar nada, haca donaciones  los conventos y  las
iglesias,  fin de asegurar  su alma sufragios perpetuos.

De ah la gran masa de bienes muertos en poder de las comunidades.

De ah esa costra de frailes y de monjas que se extendi sobre Espaa,
cuya influencia fu incontrastable, que hizo decir  los extranjeros que
Espaa era un monasterio, y que no hemos podido quitarnos an
completamente de encima.

En la Edad Media Espaa era un castillo.

Cuando los nobles no pudieron construir fortalezas, construyeron
conventos.

No pudiendo tener bandera ni hombres de armas, tuvieron frailes y monjas
con su guin y su cruz.

Con los hombres de armas se rebelaban contra el rey, y opriman al
pueblo en la Edad Media.

En el siglo XVII sofocaban al trono rodendole de frailes, y con esos
mismos frailes embrutecan al pueblo.

Duraba el privilegio, creca, se desbordaba.

La clase monstica, pues, pesaba en la balanza de los negocios pblicos
de una manera incontrastable.

Tena tambin una espada, una terrible espada cuyo poder aterraba.

Esta espada era el Santo Oficio de la general Inquisicin.

El Santo Oficio tuvo poder bastante para traer  Espaa los vergonzosos
tiempos de Carlos II.

En una poca tal, el convento de las Descalzas Reales tena una gran
influencia.

La abadesa era un gran personaje.

Era sobrina, aunque lejana, del duque de Lerma, noble y rica.

Haba aportado un rico patrimonio procedente del dote y de las
gananciales de su madre, y del tercio y quinto de su padre al convento.

En el mundo se haba llamado doa Angela de Rojas.

Era rica.

Pudo haberse casado, porque todas las mujeres ricas se casan.

Pero se haba enamorado de un hombre que estaba enamorado de otra tan
rica como ella y adems hermosa y seora de ttulo, con la que se cas
al cabo.

Doa Angela, no encontrando otro medio mejor para desahogar su clera,
se meti en las Descalzas Reales.

Durle la rabia un ao, y tuvo tiempo de profesar.

No sabemos si despus de haber profesado se la pas el despecho, y se
arrepinti de haberse apartado de un mundo, para encerrarse en otro.

Ella no lo dijo  nadie.

Al profesar, por una anttesis violenta con su carcter, tom el nombre
de Mara de la Misericordia.

Desde que fu monja, empez  conspirar por su cuenta y  sostener sus
conspiraciones con su dinero.

A los seis aos de su profesin, sor Misericordia se llamaba la madre
abadesa.

Su competidora vencida enferm de rabia, y muri desesperada bajo la
presin de su vencedora.

Hay entre las armas antiguas una que se llama pual de misericordia.

Con este pual remataban los vencedores  los vencidos.

A esta madre, en fin, fu  visitar la joven y hermosa doa Catalina de
Sandoval, condesa de Lemos.

A ms de ser abadesa de las Descalzas Reales, en cuya comunidad tena la
condesa mucha familia, era parienta suya.

Cuando la condesa lleg al locutorio, la dijo la tornera:

--Ser necesario que vuecencia espere; la madre abadesa est confesando
en estos momentos.

La condesa se mordi los labios, porque aquella detencin la
contrariaba.

--Quin es el confesor de mi prima, madre Ignacia?--dijo  la tornera.

--Oh! es un justo varn, un padre grave y docto de la orden del
serfico San Francisco: fray Jos de la Visitacin.

--Ah! Fray Jos de la Visitacin! le conozco mucho y ha sido mi
confesor algn tiempo; tom otro porque nunca acababa de confesarme; era
eternizarse aquello.

--Es confesor muy celoso.

--Demasiado; y hace mucho tiempo que mi prima est confesando?

--Ya hace ms de una hora.

--Ah! pues tenemos para otra hora larga.

--Tal vez--dijo la tornera.

--Decidme, madre Ignacia--pregunt la condesa--, est vaca la celda
aquella tan hermosa que est sobre el huerto?

--S, s, seora condesa; est vaca porque las tapias son bajas, y una
educanda que vivi en ella se escap descolgndose por el balcn y
saltando las tapias. Esto fu un escndalo que nadie sabe, que hemos
guardado todas... pero yo lo digo  vuecencia en confianza.

--Gracias, amiga ma. Conque las tapias son bajas y el balcn bajo?

--S, seora; era necesario tener una gran confianza en la persona que
viviese en aquella celda.

--Y... no hay otra desocupada?

--No; no, seora: apenas tenemos convento: ser necesario ensancharlo:
no cabemos.

--Bendito sea Dios!

--Piensa vuecencia traernos alguna novicia  alguna educanda?

--No, no por cierto.

La condesa, que estaba profundamente preocupada, call.

La tornera call tambin por respeto.

--Madre Ignacia--dijo doa Catalina--, no me hagis visita; de seguro
estis haciendo falta fuera.

--En verdad, seora, que ese torno no para en todo el da; pero no
importa: all he dejado  sor Asuncin.

--Id, id, y por m no faltis  vuestra obligacin, ni molestis 
nadie. Tengo adems mucho en qu pensar, y no me pesara estar sola.

La tornera se inclin profundamente y sali.

Doa Catalina qued sola.

Su bello semblante moreno estaba plido; por bajo de sus ojos se vea
una seal levemente morada como de quien no ha dormido; su mirada estaba
fija, impregnada de no sabemos qu expresin vaga, incomprensible.

Haba en su semblante un tinte de tristeza, una expresin de malestar
interior.

Golpeaba impaciente con su lindo pie el pavimento.

Pareca, en fin, contrariada, por la tardanza de su prima la noble
abadesa.

De repente la distrajo el rechinar de la puerta del locutorio.

Se volvi y vi  Quevedo.

Doa Catalina se puso de pie.

--Conque hasta aqu?--dijo.

--Hasta donde vos vayis, mi cielo. No quiero quedarme  obscuras, y
como sois mi sol, os sigo.

--Ah, don Francisco... don Francisco!..., no me prometsteis anoche
que me dejarais venir  encastillarme contra vos?

--S, es cierto; pero no lo promet yo.

--Pues quin fu?

--Mi amor impaciente.

--Pero en tan poco me estimis, que viendo que huyo de vos queris an
comprometerme?

--Recuerdo que en la galera obscura me ofrecsteis vuestra casa.

--Tena  obscuras la razn; no saba lo que me aconteca.

--Pero no me amis?

--Ay!... s!...--exclam doa Catalina tendiendo lnguidamente su mano
y de una manera instintiva  Quevedo.

--Ah!--exclam Quevedo, apoderndose de aquella mano--; y cmo me da
la vida vuestro amor!

--Soltad, que estas monjas son muy curiosas, y siempre estn en acecho.

--Decs bien; siempre andan alrededor de los del mundo, que se les
acercan como el gato alrededor de las sardinas.

--Por lo mismo, mirando el lugar en que nos encontramos, y sobre todo mi
decoro, sed respetuoso conmigo.

--Y cuando, seora, no os he respetado?

--Dadme una prueba saliendo de aqu.

--Prometedme que vos no pasaris ms adelante.

--Aseguradme que seris dcil  lo que yo quiera.

--Os lo juro, siempre que no me pidis lo que no puedo concederos.

--Pues bien, no entrar.

--Y podr yo entrar hasta vos?

--Qu adelantis, don Francisco, con sacrificar una mujer ms!

--Serais vos la primera.

--Ved por qu no puedo fiarme de vos; negis lo que todo el mundo sabe:
vuestros ruidosos galanteos.

--Helos tenido con muchas hembras, pero tratndose de mujeres vos sois
mi primera mujer.

--Tal vez os engais... tal vez yo no sea ms que... como vos decs,
una hembra, y harto dbil y desdichada.

--Pues yo os creo demasiado fuerte, y en cuanto  lo desdichada, estando
ausente de vos mi seor el duque de Lemos, no os podis quejar.

--Qujome de que siempre no haya estado lejos.

--Oh! si no hubirais sido hija de Lerma!

--Ni aun delante de m, perdonis  mi padre.

--Eso os probar que para vos, mi lengua es lengua de Dios.

--No os entiendo.

--Quiero decir, que para con vos mi lengua es lengua de verdad: para
mejor probroslo, no slo aborrezco, sino que desprecio  vuestro padre.

--Ah! qu desgraciada soy!

--Sislo en efecto; pero vuestra desgracia no os trae vergenza: no se
eligen padres.

--Si yo fuese una cualquiera no me hubirais amado.

--Soy hombre que visto negro y liso.

--Cmo!

--Quiero decir, que no me paro en bordaduras, ni en apariencias, ni en
riqueza; siendo vos lo que sois, adems de ser hija de un duque y mujer
de un conde, para que yo no os hubiese amado, era necesario que no os
hubiera conocido.

--De modo que si yo hubiese sido la hija de un mendigo...

--Hubiera quitado las conchas y hubiera tomado las perlas.

--Desconfo todava de vos.

--Todava?...

--Sois un abismo. Acaso no me enamoris sino porque soy hija del
favorito del rey.

--Mal haya la fama, que ms que bienes da males.

--Sois gran conspirador.

--Conspirador habis dicho? pues conspiremos.

--Y contra quin?

--Contra la abadesa vuestra prima.

--Conspirar, y para qu?

--Para salir del atolladero.

--De qu atolladero?

--De haberos metido vos aqu, y de haberme metido yo tras vos.

--Con que vos os vayis hemos salido del paso.

--Os engais, porque ya me han visto.

--Y por qu habis dado lugar  que os vean?

--Se me os escapbais.

--No creo que puedan suponer...

--Las monjas no suponen nada bueno...

--Pero mi prima sabe...

--Que sois hermosa; lo que basta para que os mire mal.

--Es virtuosa...

--Con la virtud de las feas.

--Pero Dios mo, vos no perdonis  nadie!

--A nadie sentencio que l mismo no se haya ya sentenciado.

--Y ya que decs que estamos en un atolladero, cmo os parece que
podamos salir de l?

--Conspirando.

--Pero contra quin?

--Contra quin?... contra cualquiera... la abadesa,  trueque de
conspirar, creer todo lo que queramos que crea. Quin es el confesor
de nuestra noble prima?...

--De nuestra prima?...

--He dicho de nuestra prima, porque hasta cierto punto vuestros
parientes son mis parientes.

--Os habis propuesto mortificarme?

--No quisiera. Pero volvamos  nuestra conspiracin. Quin es el
confesor de nuestra prima?

--Esperad; no s por qu se me ocurri preguntar eso mismo  la
tornera, y me dijo que un fraile grave de San Francisco... fray Jos de
la Visitacin.

--Aquel que se atrevi  decirnos un da que el infierno era negro como
vuestros ojos, y que vuestros ojos quemaban sin llama como el infierno?
Pues si es ese santo varn, ya s contra quin tenemos que conspirar.

--Contra quin?

--Contra el conde de Olivares.

--Ah! el pobre conde nos va  servir de mucho.

--Pienso valerme de l para otras muchas cosas.

--Ah! ya no tenemos tiempo de prevenirnos. Me parece que oigo la voz de
mi prima.

--Oh! pues dejadme hacer, fingos muy turbada.

Quevedo no pudo decir ms.

Acababa de entrar en el locutorio una monja como de veintiseis 
veintiocho aos muy morena, con un moreno impuro; casi sin cejas, con
los ojos pequeos, redondos y grises, desmesuradamente larga la boca,
los pmulos salientes y todas estas partes componiendo un semblante
cuadrado, un conjunto desapacible, hostil, antiptico; adase  esto el
hbito, la toca cerrada, el velo y la expresin monjuna, bajo la cual se
encubra mal la soberbia, y se comprender que la madre Misericordia
tena un nombre enteramente contrario  su aspecto, eminentemente
antittico con ella misma.

Sin embargo, se comprenda lo elevado de su cuna en la distincin de sus
maneras.

Adelant gravemente hasta el centro de la parte del locutorio, situado
del lado all de la doble reja, y comprendi en una reverencia su saludo
para doa Catalina y Quevedo.

--Ya nos une esa vbora--dijo para s don Francisco--, yo har que nos
desuna.

Y contestando con otra no menor reverencia  la abadesa, mientras la de
Lemos callaba verdaderamente turbada por la situacin, dijo:

--Mi seora doa Angela!...

--Hace mucho tiempo que slo me llamo sor Misericordia, caballero--,
dijo la religiosa con acento severo y agresivo.

--Perdonad, pero yo busco en vos la dama, cuando voy  hablaros del
mundo, cuando voy  sacar vuestro pensamiento del claustro.

--En primer lugar, caballero, yo no os conozco; en segundo lugar, no
comprendo cmo acompais  mi parienta doa Catalina.

--Sentmonos--dijo Quevedo con gran calma.

Doa Catalina se sent ms turbada que nunca, y la abadesa
extraordinariamente admirada, dominada por la sangre fra y la audacia
de Quevedo.

--Vos no me conocis--dijo--, no lo extrao; vos habis vivido siempre
muy retirada del mundo, mientras que yo he vivido siempre muy metido en
l, aun cuando he estado preso.

Al or la palabra preso, la abadesa dej ver una altiva expresin de
disgusto y de contrariedad.

--Y digo preso--continu Quevedo como contestando  aquella expresin--,
porque los que en Espaa nos encontramos entre cierta gente, cuando no
somos prendedores somos prendidos. En fin, seora, yo me llamo, despus
de criado vuestro, don Francisco de Quevedo y Villegas, seor de no s
qu torre, y autor de no s qu libros.

--Ah!--exclam cambiando enteramente de expresin la abadesa--: y para
qu me buscis, caballero?

--Primero he buscado  vuestra noble prima.

--Y para qu?

--Para asuntos que me tocan al alma... porque  m me toca al alma todo
lo que directa  indirectamente atae al servicio de su majestad.

-Ah!

--Pues he buscado  doa Catalina, cuya bondad conozco,  fin de que me
sirviese para con vos de recomendacin y ayuda.

--Bastaba vuestro nombre.

--No haba necesidad de que nadie supiese que yo os buscaba; concese mi
nombre ms que mi persona... y cuando se trata de conspiraciones...

--De conspiraciones!

--Se conspira!

--Pero contra quin, caballero?

--Contra quin se ha de conspirar, sino contra quien manda? Por todas
partes hay conspiradores: salen de debajo de las piedras, duermen con
uno debajo de la almohada. Es imposible gobernar.

--Contra quien manda! Pero quien manda es el rey, y no s que haya
nadie que conspire en Espaa contra su majestad.

--S; s, seora; conspiran contra su majestad, los que conspiran contra
el duque de Lerma.

--Dicen que el duque de Lerma, de quien tan justa y honrosamente
hablis, os ha tenido preso.

--Me tuvo, y cabalmente porque no me tiene, me intereso por su
excelencia. Me ha vencido su generosidad... y no s... no s cmo
agradecrselo. Eso mismo lo he dicho  su hija,  la seora condesa de
Lemos.

--Es verdad--dijo doa Catalina ya ms repuesta.

--Y se lo he dicho en la misma antecmara de su majestad la reina, donde
estaba de servicio, donde nadie nos oa, donde no nos vea nadie, donde
doa Catalina ha podido juzgar, por pruebas indudables, de la sinceridad
de mis palabras. No es verdad, seora?

--S, s, don Francisco, es verdad--dijo la de Lemos, ponindose
ligeramente encarnada.

--No es verdad, seora, que  pesar de las malas ideas que tenais
respecto de mi, me habis credo enteramente, habis confiado, y que
despus, en razn de vuestra confianza, habis variado vuestro propsito
hacia m y habis consentido en que hablemos juntos  vuestra noble
prima?

--No, no lo puedo negar; todo esto es cierto, certsimo.

--Ya veis, seora, que cuando doa Catalina, hija de quien es, confa en
m, vos tambin debis confiar.

--Pero por qu no habis ido directamente  mi to, caballero?--dijo la
abadesa.

--El duque de Lerma acaba de darme la libertad; poda creer que yo... yo
no puedo, no debo cambiar as, delante de las gentes, delante del mismo
duque. Anoche doa Catalina me di una carta de la duquesa de Ganda
para su padre, y su excelencia quiso atraerme  su partido creyndome su
enemigo.

--Se os present, pues, una buena ocasin de ceder.

--Si hubiera cedido, el duque hubiera desconfiado de m.

--Vuestros hechos le hubieran convencido.

--Pues ved ah, seora: de tal modo habl con el duque, que hoy me cree
ms enemigo suyo que ayer.

--Y para qu eso?

--Crame el duque su enemigo en buen hora. Yo nunca he cedido... me
equivoco porque soy hombre, pero jams lo confieso... al menos  la
persona respecto  la cual he cado en error. Pero tratndose de vos,
seora, de la seora condesa de Lemos, seguro como estoy de vuestra
discrecin, es distinto;  vosotras vengo para ayudar  ese grande
hombre en cuyas manos est la gobernacin del reino. Vosotras seris el
medio por donde llegarn  l los beneficios de mi leal y oculta
amistad.

--Ah! caballero... cunto os agradezco... y sabis? habis
descubierto...?

--Una conspiracin horrible.

--Pero cmo...?

--Anoche un amigo mo, un noble joven que acababa de llegar  la corte,
tuvo un desagradable encuentro  causa de una dama, con don Rodrigo
Caldern.

--Don Rodrigo, segn me ha dicho mi confesor, est herido, y esto es una
desgracia.

--No, no seora, esto es una fortuna; don Rodrigo es un traidor.

--Don Rodrigo es un miserable--dijo doa Catalina, que se acordaba de la
insolente carta que don Rodrigo la haba enviado el da anterior y de la
que hablamos al principio de este libro.

--Mi to confiaba ciegamente en l.

--El duque de Lerma es muy confiado.

--Es, sin embargo, muy prudente.

--Pero don Rodrigo ms falso.

--Qu decs?

--Don Rodrigo quera alzarse con el santo y la limosna.

--Pero de quin se ayudaba ese hombre?

--De quin? del conde de Olivares.

--Ah! verdaderamente que don Gaspar de Guzmn no tiene perdn de Dios;
todo lo debe  mi to, y, sin embargo, pretende apoderarse del nimo del
rey.

--Es peor que eso: pretende apoderarse del nimo del prncipe.

--Qu queris decir con eso?

--Nadie pretende la privanza de un prncipe, sino cuando cree que est
prximo  ser rey.

Palideci la abadesa.

--Y seran capaces...?--dijo.

--Yo no he dicho tanto.

--Pero tendris algunas pruebas...

--No las tengo, pero las he visto.

--Seguid, don Francisco; pero explicadme.

--Ya os he dicho que mi amigo es enemigo,  causa de una dama, de don
Rodrigo Caldern. Pues bien, anoche mi amigo tuvo ocasin de dar de
estocadas  don Rodrigo... luego, deseando saber mi amigo si el herido
tena sobre s alguna prueba de amores, le encontr...

--Y qu encontr?

--Unas cartas... la prueba de la conspiracin ms prfida...

--Cartas de quin?

--De varias personas...

--Haba alguna del conde de Olivares?

--S... ciertamente--contest Quevedo  bulto.

--Pero qu se han hecho esas cartas?

--Llevlas  palacio mi amigo.

--A palacio... y para qu?

--Para qu? para entregarlas al rey.

--No habr podido... esas cartas estarn en poder de vuestro amigo: es
necesario rescatarlas...

--Las tiene...

--Quin?

--La reina.

--La reina!

--Que durmi anoche con el rey.

--Qu decs, caballero?

--El duque lo sabe... el duque, que estuvo anoche en palacio gran parte
de la noche.

--Pero cmo pudo vuestro amigo entregar... anoche esas cartas  la
reina?

--Es sobrino del cocinero del rey, y tiene amores en la servidumbre de
la reina.

--Me habis maravillado, don Francisco... yo crea que lo sabamos
todo...

--Pues ya habris visto que hay muchas cosas que ignoris.

--Madre abadesa--dijo en aquellos momentos  la puerta del locutorio una
monja--, aqu han trado una carta para vos.

--Dadme, dadme.

La monja adelant y di una carta  la madre Misericordia.

Luego sali.

--Permitidme, prima ma; permitidme, caballero--dijo la abadesa.

Doa Catalina y Quevedo se inclinaron.

La abadesa abri con precipitacin la carta.

--De quin ser?--dijo para s Quevedo.

La abadesa ley la carta, la dobl, la guard y, dirigindose 
Quevedo, le dijo con acento reservado y glacial:

--Os agradezco las revelaciones que me habis hecho, don Francisco, y
estoy segura de que mi to el duque de Lerma os las agradecer.

--Oh! Pero os habis olvidado, seora--dijo con suma precipitacin
Quevedo--. Yo deseo, quiero, os suplico, que el duque de Lerma no sepa,
no pueda sospechar siquiera la situacin en que me encuentro respecto 
l.

--Ah! S, es verdad, caballero! Y puesto que as lo deseis, respetar
vuestro deseo.

--Me haris en ello gran merced; y como supongo que necesitaris de
vuestro tiempo, me pongo  vuestros pies y os pido licencia para
retirarme.

--Supongo que nos volveremos  ver.

--Nos volveremos  ver... de seguro!

--Pues adis, don Francisco.

--Que os guarde Dios, seora.

Y tomando una mano  la de Lemos y besndola cortsmente, y lanzndola
rpidamente una mirada en que haba todo un discurso, sali.

--Qu significa este conocimiento que tenis con don Francisco de
Quevedo, prima?--dijo severamente la abadesa.

--Le conozco desde que era muy joven--contest con desdn doa Catalina.

--Pero no creo que le conozcis lo bastante para acompaaros con l.

--Si don Francisco y yo tuviramos un inters cualquiera en vernos, en
andar juntos, no elegiramos por cierto el locutorio de las Descalzas
Reales para lugar de nuestras citas, ni  vos por testigo.

--En lo cual harais muy bien.

--Y mucho ms por la parte que me concierne, porque me excusara de que
pensrais mal de m.

--Yo no pienso mal de vos; pero quisiera saber para qu habis venido al
convento.

--Unicamente para presentaros  ese caballero; pero la culpa la tengo
yo, que me intereso por mi padre y por mis parientes, que tan poco se
interesan por m.

--Si yo no me interesase por vos, no me importara que diseis pasos
peligrosos.

--Pasos peligrosos!...

--Quien os haya visto acompaada por Quevedo... por ese hombre de tan
mala fama!

--Pero es que nadie me ha visto ni ha podido verme.

--Tanto os han visto, que ya lo sabe vuestro padre.

--Y qu es lo que sabe?

--Leed, prima.

Y la abadesa puso en el torno que tienen todos los locutorios la carta
que acababa de recibir, y di la vuelta al torno.

La de Lemos tom la carta y ley.

Era de su padre.

En ella deca  la abadesa que haban visto meterse en el convento y en
uno de los locutorios  su hija, y tras ella  Quevedo. Que procurase
comprender lo que pudiese haber en aquello, y que le avisase.

--Es necesario confesar--dijo la de Lemos, poniendo otra vez la carta en
el torno y dndole vuelta--que  veces mi padre est bien servido.

--Seris franca conmigo, prima?--dijo la abadesa despus de haber
tomado la carta y de haberla guardado.

--Y por qu no he de serlo? Creis acaso que yo tenga algn secreto?

--Creo que amis  don Francisco!

--Y qu!--dijo framente la de Lemos, que era violenta.

--Lo confesis!

--Ahorro una disputa vergonzosa.

--De modo que el amor...?

--Y qu entendis vos de amor?--dijo con desprecio la de Lemos.

La abadesa se mordi los labios.

--Yo crea que os justificarais.

--Yo no me justificar jams de acusaciones tan absurdas--dijo
levantndose con indignacin la de Lemos y volviendo la espalda  la
abadesa.

--Pero escuchad, mi querida Catalina--dijo la abadesa.

--Adis!--exclam la de Lemos, y sali dando un portazo.

--Creo que he obrado de ligero, y que mi to recela ms de lo
justo...--murmur la abadesa--. Y dice bien ella... si se amaran,  qu
haban de haber venido aqu? Lo ms que puede suceder es que Quevedo ame
 mi prima y quiera obligarla mostrndose amigo de mi to; pero el padre
Jos me ha revelado cosas que estn muy en relacin con lo que me ha
revelado Quevedo. Un sargento mayor, que es mucha cosa de don Rodrigo,
tiene amores con la mujer del cocinero mayor de su majestad; el
cocinero mayor de su majestad tiene un sobrino, que por una mujer da de
estocadas  don Rodrigo Caldern, busca en l algunas pruebas, y
encuentra cartas de Olivares  Caldern... cartas en que se hace
traicin  mi to... Hay aqu algo que se toca... Alonso del Camino,
montero de Espinosa del rey, estuvo anoche secretamente en el convento
de Atocha, segn me ha dicho el padre Jos, y el confesor del rey, 
pesar de que es enemigo declarado de mi to, ha sido nombrado inquisidor
general. En la revelacin de Quevedo hay algo de cierto. Las cosas han
variado... pues bien... nuestra obligacin es ayudar  Lerma... si
Quevedo le sirviese de buena fe!... oh! don Francisco vale mucho!
pues bien! avisemos  mi to, y l en su prudencia, en su sabidura,
sabr lo que debe hacer.

La abadesa sali del locutorio.

--Quin ha trado esta carta?--dijo  la tornera.

--El seor Francisco Martnez Montio.

--Ah! el cocinero del rey! y espera?

--S, seora, espera la contestacin.

--Hacedle entrar, madre Ignacia.

Y la abadesa se volvi al locutorio, se sent junto  una mesa que haba
en l y se puso  escribir.

Entre tanto Quevedo, que haba bajado  la portera, not que un bulto
se meta rpidamente tras la puerta, sin duda por temor de ser visto.

Quevedo se fu derecho  la puerta y mir detrs de ella.

Encontrse en un ngulo con el cocinero mayor, encogido y contrariado.

--Quien huye, teme--dijo Quevedo.

--Pues no, no s--dijo saliendo Montio--por qu deba yo temeros.

--Vos debis haber venido aqu para algo malo.

--Yo?

--S por cierto, y ya s  lo malo que habis venido. A traer una carta
del duque de Lerma  la abadesa.

--Cmo! qu!

--Una carta en que se habla mal de m!

--Pero don Francisco!

--Me la ha ledo la abadesa y s que andis en cuentas con ese bribn de
Lerma.

--Os juro que... yo... no s ciertamente... el duque me ha llamado...

--Vos acabaris muy mal, seor Montio.

--Mi sobrino tiene la culpa.

--Vuestro sobrino?...

--Por l me estn aconteciendo desde ayer desgracias. Para l es todo lo
bueno, para m todo lo malo.

--Y ser peor si no os confiis completamente  m.

--Pero don Francisco...

--Se conspira!

--Que se conspira?

--Y vuestro sobrino es uno de los primeros conspiradores.

--Mi sobrino...

--Escondos!

--Cmo!

Quevedo empuj  Montio detrs de la puerta.

Haba odo en las escaleras unos pasos de mujer y el crujir de una falta
de seda; poco despus la condesa de Lemos atraves la portera.

--Habis mentido en vano--dijo la condesa--; mi prima lo ha adivinado
todo.

--Todo! pues mejor.

--Mejor, s... porque he acabado de resolverme... y qu me importa?
cuando se ama  un hombre que se llama Quevedo, no hay por qu
avergonzarse de amarle.

--Dios bendiga vuestra boca.

--Os espero.

--Cundo?

--Esta noche.

--Por dnde?

--Por el huerto.

--Largusimo va  ser para m el da.

--Y para m insoportable; tenemos que hablar mucho.

--Ahora las noches son largas.

--Pues hasta la noche;  qu hora?

--A las nimas.

--Pues hasta las nimas.

--Hola!--dijo la condesa  uno de sus lacayos que estaba  la puerta--;
que acerquen la litera.

La condesa de Lemos entr en ella, y la litera se puso en marcha.

Quevedo estaba incmodo.

No se haba atrevido  cortar la palabra  la condesa, y tema que
Montio lo hubiese escuchado todo,  pesar de que doa Catalina haba
hablado bajo.

--Salid--dijo  Montio.

Montio sali.

--Venid conmigo.

Y Quevedo asi del brazo al cocinero mayor.

--Lo siento, don Francisco, pero no puedo; tengo que hacer.

--Seor Francisco Montio--dijo la madre Ignacia desde detrs del torno.

--Lo veis, don Francisco? Lo veis? me llaman. All voy, all voy,
seora ma.

Y se acerc al torno.

--La seora abadesa os ruega que subis al locutorio.

--All voy, all voy, madre tornera; ya lo os, don Francisco.

Y Montio tom por las escaleras como quien escapa.

--Andad, que aqu os ospero--dijo Quevedo.

Detvose un momento Montio como acometido por un accidente nervioso, y
despus sigui subiendo, aunque no tan deprisa.

Quevedo esper con suma paciencia durante una hora.

Al fin de ella, sinti unos pasos precipitados en la escalera.

Poco despus, Montio, con la gorra an en la mano, espeluznados los
escasos cabellos, la boca entreabierta, plido, desencajados los ojos,
crispado todo, pas por delante de Quevedo exclamando:

--Como la otra!

Y se lanz en la calle.

Quevedo parti tras l y le asi por la capa.

--Ea, dejadme!--exclam el cocinero mayor.

--Os olvidis de que yo os esperaba?

--Como la otra!--repiti en acento ronco y cada vez ms desencajado
Montio.

--Pero estis loco, seor Francisco? cubros, que el aire hiela;
embozos y componos, y venid conmigo.

Montio se encasquet la gorra de una manera maquinal, y repiti su
extrao estribillo:

--Como la otra!

--Pero qu otra ni qu diablo es ese? Ea, venid conmigo, que recuerdo
que aqu, en la calle del Arenal, hay una hostera!

Montio se dej conducir.

_Hostera del Ciervo Azul_, ley Quevedo en una muestra sobre una
puerta.

--Pues seor, aqu es; yo no he almorzado ms que un tantico de pichn,
y no me vendr mal una empanada de perdiz.

Y empuj adentro  Montio.

Entraron en un gran saln irregular, pintado de amarillo, color con el
que se haba combinado el humo de las candilejas de hoja de lata
clavadas de trecho en trecho en la pared.

Pero nos olvidamos de que nos hemos puesto fuera del epgrafe de este
captulo, hacemos una pausa y pasamos al siguiente.




CAPTULO XXIII

EN LA HOSTERA DEL CIERVO AZUL Y LUEGO EN LA CALLE


Aquellas candilejas de hoja de lata, aunque era medio da, estaban
encendidas.

Tan lbrego era el saln donde haban entrado Quevedo y Montio.

Quevedo haba pedido un almuerzo frugal; esto es, una empanada y vino.

Montio haba guardado un profundo silencio.

Quevedo se haba ocupado en estudiar la fisonoma de Montio.

Haba acabado por comprender que en aquellos momentos el cocinero mayor
no estaba en el completo uso de sus facultades.

--Haba de haber sido una monja!--dijo Quevedo cuando se certific del
estado mental de Francisco Montio.

Un mozo entretanto trajo la empanada.

Quevedo sirvi la mitad de ella  Montio.

Este cort maquinalmente un pedazo de masa, y lo llev  la boca.

Bast esto para que volviese de su fascinacin.

--Qu es esto?--dijo--. Quin es el hereje que ha hecho este pastel?

Y escupi el bocado.

--Ah, ah!--dijo Quevedo--, me haba olvidado de que sois el rey de los
cocineros y de los reposteros. Efectivamente, es necesario todo el
apetito que yo tengo para tragar este engrudo.

--Dnde me habis trado?

--A la Hostera del Ciervo Azul.

--A la hostera del Ciervo!--exclam con espanto Montio--. Qu habis
querido darme  entender con eso?

--Yo!

--S, seor, vos... vos me habis dicho no s qu acerca de mi mujer...

-Yo!

--S, seor. El to Manolillo me ha dicho tambin algo de eso.

--Tambin el to Manolillo!

--Y el duque de Lerma.

--Cmo!

--Y doa Clara Soldevilla.

--Ah!

--Y, por ltimo, esa mujer  quien Dios confunda... Oh! Dios mo!
como la otra! como la otra!

--Como qu otra?

--Como Vernica: no os acordis de mi primera mujer?

--Ah!

--Entonces rais paje del rey, y no haba paje que no conociese 
Vernica.

--Pero estis loco, Montio?

--Ahora no se trata de pajes: es ms... algo... ms gordo.

--Ved all por donde asoma el sargento mayor don Juan de Guzmn--dijo
Quevedo.

--Oh! pues vmonos de aqu, porque si no no respondo de m mismo.

Y el cocinero se levant.

--Sentos--dijo Quevedo con voz vibrante--; sentos y no espantis la
caza: yo os vengar.

--Pero es cierto?--dijo con angustia Montio, que se sent.

--Certsimo; pero no hablis con ese tono compungido. Vos no sabis
nada; estis almorzando alegremente. Comed.

--Imposible! aunque no me ahogase la pena, me ahogara ese pastel...

--Mozo! un real de olla podrida!--dijo una voz estentrea al fondo del
saln.

--Ya veis, ese hombre se ha ido all muy lejos, y sin duda no os ha
visto, estis de espaldas  l;  m s me ve de frente, pero nada
importa; si se atreve  mirarme un tanto tieso, mejor para vos, porque
aqu mismo os vengo.

--Pero estis seguro de que es verdad, don Francisco?

--Verdad; vuestra esposa Luisa de Robles es querida del sargento mayor
don Juan de Guzmn, y aun sospecho que lo que lleva en s la Luisa, sea
cosa de ese mayor sargento, como no me cabe duda de que Inesita,  la
que llamis vuestra hija, es cosa, cosa indudable, de un paje talludo.
Os aconsejo que dotis bien  la Inesita, porque es hija de buen padre.

--Pues mirad, ya lo haba yo sospechado. Haba olvidado con desprecio 
aquella detestable Vernica... pero Luisa!... una muchacha que era
moza de retrete, y  la que he hecho casi una dama!

--Pero no la habis dado marido, y ella se ha provisto de galn.

--Pero qu galn!

--Cosas de las mujeres.

--Y qu debo hacer?

Quevedo, que haba aprovechado aquella ocasin y haba sido cruel con
Montio solamente por apartar un peligro de la reina, contest:

--Qu debis hacer? separaros de Luisa.

--Decs bien.

--No os faltarn mujeres.

--Decs bien.

Pero de repente, en una reaccin del sentimiento, exclam:

--Y lo que nazca!

--Podis contar que no es vuestro.

--La separar de m.

--Haris bien.

--La enviar  Navalcarnero.

--Haris mal; es demasiado cerca, enviadla  su pas.

--A Asturias?

--Eso es.

--No hablemos ms de esto.

--Hablemos de lo otro. Qu os ha dicho la madre abadesa?

--Oh! oh! me ha preguntado quin es la dama  quien ama en palacio mi
sobrino.

--Y vos qu le habis dicho?

--Yo... nada.

--Y qu ha replicado la abadesa?

--Me ha llamado ciego.

--Y qu ms?

--Para probrmelo me ha dicho que anoche estuvo en mi casa, encerrado
con mi mujer, el sargento mayor don Juan de Guzmn. Como si uno pudiera
saber lo que pasa en su casa estando  cinco leguas de distancia!

--Pero supongo que habris tenido prudencia.

--Prudencia acerca de qu?...

--Acerca de lo que sabis relativamente  vuestro sobrino.

--Para prudencia estaba yo.

--Pero qu habis hecho?

--Cuando vi que la abadesa trataba con desprecio  mi mujer, la dije:
pues dama hay en palacio mucho ms alta...

--Diablo!

--S, seor, mucho ms alta, que no es mejor que mi mujer...

--La abadesa os preguntara quin era esa dama.

--Cierto que s.

--Y vos?

--Yo... dije la verdad... la verdad pura, porque ha llegado la hora de
decir las verdades.

--Dirais que doa Clara Soldevilla...

--Qu tengo yo que ver con doa Clara Soldevilla? dije que la reina...

--Desdichado!

--Era querida de mi sobrino.

--Pues habis mentido como un bellaco--exclam Quevedo--; y ya que no
tiene remedio lo que habis dicho  la abadesa, guardos, guardos de
volver  pronunciar esa calumnia.

--Ah, don Francisco!--exclam Montio, cuya alma se encogi de miedo,
bajo la mirada terrible, incontrastable de Quevedo.

--De seguro la abadesa os ha dado una carta.

--Es verdad.

--Una carta para el duque de Lerma.

--Es verdad.

--Dadme esa carta.

--Pero tengo que llevarla  su excelencia.

--Dadme esa carta.

Montio la sac del bolsillo interior de su ropilla, y la di 
Quevedo.

Quevedo rompi la nema.

--Pero qu hacis?--dijo Montio.

--Esta carta, puesto que est en mi mano, es para m.

Y la ley.

--Ya lo saba yo--dijo.

Y llam  grandes golpes sobre la mesa.

Cuando acudi el mozo arroj un ducado, y sali dejando solo  Montio.

Apenas haba salido de la hostera Quevedo, cuando vi venir por la
parte de palacio una tapada ancha y magnfica, que se levantaba el manto
para no coger lodos, y dejaba ver una magnfica pierna y un pequeo pie,
calzado con un chapn dorado.

--Confndame Dios--dijo Quevedo--si yo no conozco  esa. Detengmonos,
que de seguro al pasar junto  m la saco por el olor.

Detvose, y al emparejar con l la tapada, se detuvo delante de l, y se
asi  su brazo.

--Tendremos buscona?--dijo para s Quevedo.

--Vamos, seguid, y no os hagis de rogar, don Francisco--dijo una voz
irritada y breve,  pesar de lo cual Quevedo conoci por aquella voz 
la Dorotea.

--Ah, reina ma! y  dnde bueno por aqu?

--No lo s.

--Que no lo sabis?

--No. Llevo la cabeza hecha un horno.

--Ms bien creo la llevis hecha una olla de grillos.

--He tenido que dejar la litera; me mareaba dentro, me mora.

--Pero qu os ha sucedido?

--Se me ha subido el almuerzo  la cabeza.

--Ah! diablos; y os habis salido  tomar por estas calles un bao de
pies?

--No; no, seor: me he ido al alczar.

--Y qu tenais vos que hacer en el alczar?

--Qu! qu se yo? buscaba al cocinero de su majestad.

--Y le habis habido?

--Slo he habido  su mujer. El cocinero se ha perdido.

--Pobre Montio: le ha salido un sobrino que le trae de cabeza.

--El sobrino del cocinero mayor! el seor estudiante! el seor
capitn! el embustero! el mal nacido!

--Pero qu granizada es esa, amiga ma?

--Debis saberlo vos. Vos, que habis formado la tormenta. Pero yo me
tengo la culpa! Yo no deb recibiros! yo deb conoceros! el que se
atrevi  enamorarme en el convento cuando yo pensaba ser monja...

--No me recordis eso... No me abris la llaga,.. Qu hermosa estbais,
Dorotea!

--Qu, ahora lo estoy menos?--dijo con acento singular la comedianta.

--No, no por cierto. Ahora estis ms hermosa, pero sois tambin ms
mujer.

--Entrmonos aqu--dijo la Dorotea--; empieza  llover.

Y se detuvo delante de una puerta, tras la cual se vea un fondo largo y
negro.

--Pero ved, hija ma, que esto es una taberna.

--Y qu se me da?

--Ah! pues si  vos no os da,  m menos. Entremos. Se van  maravillar
cuando vean en esa caverna un manto de terciopelo y una encomienda de
Santiago. Nos echamos  rodar.

--Hace mucho tiempo que entrambos rodamos.

--Pues rodemos. Y el sitio es tal, que ni hecho de encargo. Se puede
entrar en este aposento?--aadi Quevedo, parndose en el fondo de la
taberna delante de una puerta cerrada, y dirigindose  un hombre que
desde el primer recinto de la taberna les haba seguido admirado.

--S; s, seor, con mil amores--dijo aquel hombre--. Nicolasa! la
llave del cuarto obscuro! trete una luz! Esperen un momento vuesas
mercedes.

--Qu hora es?--dijo Dorotea.

--Acaban de dar las doce en Santo Toms. Pronto, Nicolasa, pronto, que
estos seores esperan.

Acudi una manchegota casi cuadrada, con una llave y una vela de sebo
puesta en una palmatoria de barro cocido.

Abri la puerta, entr y puso la palmatoria sobre una mesa.

--Dos sillas, Nicolasa--dijo aquel hombre.

La Maritornes entr toda apresurada y solcita con dos sillas de pino.

--Qu quieren vuesas mercedes?--dijo el hombre, que se haba quitado la
gorra.

--Vino, mucho vino--dijo la Dorotea.

--Slo tengo blanquillo de Yepes.

--Sea el que quiera.

El hombre sali.

--No os conozco, Dorotea--dijo Quevedo.

--Tampoco yo me conozco  m misma.

--Mirad que el blanquillo de Yepes es muy predicador.

--No importa.

--Que tenis que ser esta tarde estrella.

--Me nublo.

--El autor de la compaa os obligar.

--No puede.

--Estis anunciada, y el corregidor os meter en la crcel.

--Si me encuentra.

--Ah! os perdis!

--Me he perdido ya.

--Mirad no perdis  alguien!

--Una vez perdida yo, que se pierda el universo.

--Traigo un azumbre--dijo el tabernero poniendo sobre la mesa un enorme
jarro vidriado y dos vasos.

--Fuego de Dios!--exclam Quevedo.

--Idos--dijo con impaciencia Dorotea.

El tabernero se encamin  la puerta.

--Volved lo de afuera adentro--dijo Quevedo.

El tabernero le comprendi, puesto que quit la llave del lado de afuera
y la puso por el lado de adentro.

Quevedo se levant y ech la llave.

Luego colg de ella su ferreruelo,  fin de que no pudiera verse nada
desde afuera, y mir si haba alguna rendija.

La puerta era nueva y encajaba bien.

--Henos aqu metidos en un parntesis--dijo don Francisco.

--Lo que es yo, me encuentro en un parntesis de mi vida.

--Que me parece muy significativo, en un tan hermoso discurso como vos;
pero dadme el manto, que es muy rico y ser gran lstima que se manche.

Dorotea se desprendi la joya que sujetaba el manto sobre su cabeza, se
le quit con un hechicero descuido y le entreg  Quevedo.

Qued admirablemente vestida, un tanto escotada, y dejando ver en su
incomparable garganta una ancha gargantilla de perlas, con un pequeo
relicario cubierto de brillantes.

--Deslumbris, Dorotea--dijo Quevedo, doblando cuidadosamente el manto y
ponindole sobre su ferreruelo en la llave--. Se me os vais subiendo 
la cabeza.

--Sentos y ponedme vino.

--No seis loca. No os parezcis  los tontos, que cuando les viene mal
un negocio se emborrachan.

--Ponedme vino.

--Beberis vos sola.

--Queris tener sobre m ventaja!

--Ando delicadillo y no me atrevo con Yepes; bastante tengo con vos.

--Decs bien... pero yo necesito hacer algo.

--Y os embriagis?

--Dicen que un clavo saca  otro clavo; quiero ver si una embriaguez me
quita otra.

Y levant el vaso.

Quevedo se lo arranc y tir su contenido.

Luego tom el jarro y lo arroj:

--Soy vuestra madre--dijo--; dejmonos de locuras, y ya que os tengo
aqu sola y encerrada, ya que me tenis  mi, hablemos juiciosamente,
hija ma. Creis que yo soy malo?

--Quin sabe lo que vos sois?

--Yo soy un hombre que busca aire que respirar y no le encuentra.

--Vos vens  buscar aire de vida  la corte!

--No vengo por mi gusto.

--Decid, don Francisco, no sois secretario del duque de Osuna?

--Por secretos del duque, mi amigo, ando en la corte.

--Malhayan los tales secretos!

--Por qu decs eso?

--Porque creo que me habis sacrificado  ellos.

--Pues mirad, ignoraba que pudirais ser vctima. Y  qu dios creis
que os sacrifico?

--No es dios, es diosa.

--Diosa?

--S, la diosa ambicin.

--Concese que tratis con el duque de Lerma.

--Porque me pesa de haberle tratado y porque quiero olvidarme de ello,
de este ao y medio que he pasado en el mundo, os he preguntado si sois
secretario del duque de Osuna.

--Confisome torpe; no os entiendo.

--Llevadme con vos  Npoles; recomenddme al duque y que su excelencia
me abra las puertas de un convento.

--Magdalena os tenemos?

--Si me dais medios de que lo sea, os perdono.

--Rechazo vuestro perdn, y me asombro de que me lo ofrezcis; pues en
qu os he ofendido yo?

--Ay, triste de m! Qu desgraciada soy!

Inclin la comedianta la hermosa cabeza, y luego la levant en un
movimiento sublime.

Su mirada resplandeca.

Quevedo la miraba con asombro.

--No, no soy desgraciada--dijo la Dorotea--, sino muy feliz, felicsima.
Y tenis razn, don Francisco; no merecis mi perdn, sino mi
agradecimiento.

--Qu lstima!--dijo Quevedo.

--Y de qu?

--Pues no queris que me lastime, si os veo loca?

--Loca! creis en los hechizos? es verdad que se puede hacer mal de
ojo?

--Desembozos, hija,  fin de que yo pueda veros. Porque me estis
maravillando, vais creciendo, creciendo delante de m, y ya no encuentro
en vos  la educanda de las Descalzas Reales, ni  la comedianta de esta
maana.

--Seguid, seguid; veamos cmo me vsteis en el convento, cmo me habis
visto esta maana y cmo me vis ahora.

--Son las doce--dijo Quevedo--;  las dos empieza la comedia y
necesitis media hora para vestiros. Tenis la ropa en el coliseo?

--S; pero eso qu importa?

--Tenemos tiempo. He conseguido que no os emborrachis, y conseguir del
mismo modo que no hagis una locura. Diablo! y debis valer mucho,
porque yo, que por nadie me intereso, empiezo  interesarme por vos.

--Creo que empezis  engaarme.

--Suponed que no me llamo Quevedo.

--Eso no es posible.

--Suponed que soy un hombre de bien, que me encuentro con una pobre loca
y que deseo curarla.

--Dudo que lo consigis. Pero vamos al asunto; contestadme  lo que os
he preguntado: decid lo que habis pensado de m en las tres distintas
situaciones en que os he visto.

--Empecemos por lo del convento. Yo he sido palaciego  palacismo, 
hijo de palacio, como mejor queris.

--Bien, bien, pero qu tiene que ver eso?

--Las cosas deben tomarse en su origen. Vime, pues, al punto, desde
donde llegu  conoceros. Os conoc por medio del to Manolillo.

--Ah! el misterioso to Manolillo!

--Tenis razn. No s si es pcaro  tonto, si cuerdo  loco. Lo que s
es que os ama con toda su alma, pero no s cmo. Lo sabis vos?

--No por cierto:  veces me mira como un amante,  veces como un padre;
 veces hay clera en sus ojos,  veces odio.

--Misterios siempre! Un da, hace tres aos, me encontr al to
Manolillo acurrucado como un gato que se encuentra hudo y receloso, y
hambriento en desvn ajeno, en una galera obscura de palacio. El to
Manolillo y yo somos muy antiguos conocidos y tenemos declarada una
guerra de chistes. No s lo que le dije ni recuerdo qu me contest;
pero es el caso que nuestra conversacin se hizo formal.

--Yo no gasto, como vos, antiparras--me dijo--; pero es el caso, hermano
don Francisco, que veis ms claro que yo. Queris mirar una cosa que yo
os muestre, y decirme qu habis visto en ella?

--Y de qu cosa se trata, to?--le pregunt.

--De una mujer.

--Pues si vos, tratndose de mujeres, no veis, estoy seguro de que yo me
quedo  obscuras.

--No tanto, hermano Quevedo, no tanto; yo amo  esa mujer y tengo,
naturalmente, una venda sobre los ojos.

--Os dijo... que me amaba el to Manolillo!--exclam Dorotea.

--Pero no me dijo de qu modo; no me lo ha dicho nunca! ni yo he podido
adivinarlo; pero continuemos. El to me llev al convento de las
Descalzas Reales, toc al torno, y dijo:

--Madre tornera, tened la bondad de decir  Dorotea que aqu estoy yo
con otro caballero.

Entramos en el locutorio.

Vos tardsteis.

Entonces me dije, yo no s si con fundamento:

--Esa mujer se est componiendo para parecer mejor.

--Ah, y qu mal pensador sois!--dijo la Dorotea.

--En efecto, cuando os presentsteis venais tan compuesta, como podais
estarlo en el convento.

--Haba en aquel sencillo hbito, en aquella toquilla, en aquel
escapulario azul, en aquella cruz de oro que penda de vuestro cuello,
una cosa que deca: Ved que con lana y lino puede parecer una mujer
mejor ataviada que otra con ropas, encajes y brocados.

Era, adems, vuestra mirada ardiente, grave, fija; vuestra palabra,
sonora; vuestro discurso, apasionado.

Yo me enamor de vos.

Cuando sal del convento, dije al to Manolillo:

--Esa paloma volar en cuanto halle una mano que la abra la jaula, y no
me pesar que esa mano sea la ma.

--Si ella os ama--dijo el to Manolillo--, por mi parte nada tengo que
oponer. Me he propuesto darla gusto en todo.

--Pero, qu es vuestra Dorotea?--le pregunt.

--Es una historia--me dijo.

Comprend que el bufn del rey no me dira una palabra ms acerca de
vos, y no volv  preguntarle.

Pero me habais llenado, el alma no, ni el corazn, sino los sentidos;
arda por vos, Dorotea.

--Por lo mismo que saba que yo no poda contar con vos, que vos no
podais ser para m ms que el primer amante...

--Oh!--exclam Quevedo.

--Me re de vos.

--Y  m, que no me gusta divertir de balde, me bast con que vos os
rirais.

--Ya s que sois altivo.

--No es eso; es que no me gusta malgastar el tiempo.

Aconteci, adems, que un da en que por costumbre, no curado an bien
de la locura que me habais pegado, estaba yo en la iglesia de las
Descalzas Reales... slo por or vuestra voz, que la tenais excelente y
me enamoraba, un mal nacido ofendi  una dama. Volv por ella, mediaron
palabras y aun ms; salimos  la calle, y mat  aquel hombre. Como las
pragmticas en esto de duelo son rigurosas, y como  m me queran mal
en la corte, cre prudente huir, y me ampar en Navalcarnero. All
conoc  Juan Montio... excelente muchacho... corazn de perlas, alma
de ngel en cuerpo de hombre.

--Pero tan burlador como vos.

--Bah! Despus hablaremos de eso. Estuve algn tiempo en Navalcarnero,
se arregl lo de la muerte, volv  la corte. Poco despus se le
indigest un romance mo con algunas otras cosas al duque de Lerma, y me
cogi, y me enjaul en San Marcos. All he estado dos aos; all os he
recordado ms de una vez...

--En resumen, lo que vos penssteis de m en aquel tiempo...

--Fu que rais una mujer ansiosa del mundo, de las disipaciones, de los
placeres, de los amores galantes; una hermossima criatura, poca alma y
muchos sentidos; poco corazn, poca cabeza, y mucha vanidad; desde mi
encierro escrib por vos... dijronme que habais hudo del convento.

--Vime un comediante en ocasin de ensayar una farsa  las monjas.

--Comediante fu?

--Galn.

--Se llama?

--Gutirrez.

--Ah! La presuncin con ropilla; la vanidad ambulante...

--Me mir, le mir. Elogi mi ingenio y mi voz, y me engre. Me escribi
proponindome cambiar la vida del claustro por la del teatro... y... mi
celda daba  un huerto que tena las tapias muy bajas, los balcones eran
muy bajos... me escap... ca loca en los brazos de aquel hombre...
perd la virginidad de mi cuerpo, pero conserv la virginidad de mi
alma. Gutirrez no haba sabido despertarla... Gutirrez no me haba
dado la ardiente vida que yo necesitaba... El pblico entretanto me
aplauda... los poetas me dedicaban madrigales... yo era Filis, Venus...
sol... luna... lucero ya era la incomparable Dorotea... la diosa del
teatro. Esto halagaba mi vanidad, pero no llenaba mi corazn. A! no!
en l resonaban huecos los aplausos; le aturdan, pero no le conmovan.
Y me faltaba algo; yo era pobre; trabajando  partido ganaba poco; me
vea obligada  alquilar trajes, en que todo era falso y muchas veces
viejo; otras llevaban sedas y brocados, y perlas y diamantes... eran
queridas de algn gran seor. Gutirrez no poda darme nada de esto. Los
galanes que me enamoraban no podan drmelo tampoco. Yo sufra, yo
estaba humillada: yo soaba en el gran seor que deba cubrirme de oro.
Me importaba poco que fuese viejo y feo, con tal de que fuese rico y
generoso. Yo necesitaba humillar  mis compaeras. Una tarde vi en un
aposento  un seor muy grave y muy tieso, y al parecer muy rico. Detrs
de l haba un hidalgo, altivo tambin, joven y buen mozo. Los dos me
miraban, los dos me aplaudan... yo me enamor de los dos. Del uno por
vanidad, del otro... por amor, no... yo crea que era por amor... pero
hoy me he desengaado.

--Eran Lerma y Caldern! El amo y el perro!

--Ellos eran. Despus de la funcin, encontr en mi casa, esperndome, 
uno de ellos. Se haba entrado por fuero propio, pagando  mi doncella.
Era don Rodrigo Caldern. Me traa un mensaje y un regalo del duque de
Lerma. Yo acept. Despus de haberme hablado por el duque, don Rodrigo
me habl por s mismo.

--Eso sucede casi siempre: el corredor de un gran seor goza antes que
l, y es muy justo--dijo Quevedo--; el agua moja antes el cauce que el
piln. Vuestra historia es muy conocida.

--He sido la sanguijuela de Lerma, y la loca de don Rodrigo.

--Os le, pues, en el convento.

--Y qu habis ledo hoy en m?

--Vamos  vuestra segunda poca. Sala yo esta maana de palacio y
andaba por esas calles de Dios, pensando en dnde encontrara posada,
cuando al buscar en un balcn una cdula, os vi  vos tras de la
vidriera. He aqu mi posada, me dije, y me entr.

--Y como ramos antiguos conocidos...

--Tom posesin de vuestra casa, y os le en una mirada. Erais la
buscona ms perfecta en su poca peligrosa.

--La buscona!

--Ese es el nombre.

--Es decir, la mujer...

--Que ahorra sangrador, y deja  un prjimo de tal modo, que no puede
valerse contra el aire. Gastadora de bolsillos, destructora de saludes,
envenenadora de almas y perdimientos de cuerpos. Acostumbrada  la vida
alegre, desvergonzada y serena, haciendo gala del sambenito y
pregonndose  voces.

--Oh! es verdad! qu vergenza!

--Pasando  vuestro tercer estado, al en que os encontris en este
momento, os confieso que no os conozco: que os habis transformado; que
os ha sido vergenza, y habis criado pudor; cuando rais virgen os vi
cortesana, y ahora que sois cortesana os veo virgen.

Dorotea baj la cabeza avergonzada por nica contestacin.

--Vos amis! amis por la primera vez!--dijo Quevedo con acento
sonoro, seco, vibrante, solemne.

--Oh! s! yo creo que s! yo estoy loca!--exclam Dorotea.

--Misterios del espritu!--murmur Quevedo--; no nos comprendemos! la
ciencia escrita! mentira! la ciencia permanece oculta! yo adivino, yo
presiento... porque veo... observo... y me asombro!

--De qu os asombris?

--De m mismo.

--Sois un pozo obscuro.

--Porque me hundo en mi alma.

--Ah! no es verdad, don Francisco, que esto es terrible?

--Y qu es lo terrible?

--Yo no lo he visto nunca: cuando le vi  l... ya sabis quin es l...

--S, s; mi amigo Juan.

--Cuando lo vi... cuando me mir, parecime que mi alma descorra un
velo misterioso, que se entraba en ella aquella mirada, que la llenaba,
que la besaba, que la acariciaba, que la encenda... sent... un placer
doloroso... deb ponerme plida.

--Y seria como una difunta.

--Yo creo que l tambin vacil.

--Pues ya lo creo.

--Ah! don Francisco! por qu habis llevado  ese hombre  mi casa?
yo creo que iba provisto de un hechizo.

--Su hechizo consiste en haber nacido para vos. Yo lo ignoraba... le
llam porque estaba cuidadoso por l... como que haba dado de estocadas
 Caldern y le haba quitado unas cartas de la reina.

--De la reina! las cartas de la reina! que le habr pagado ponindole
en el lugar de Caldern!

--Qu estis diciendo?

--He tenido celos de una mujer cuando cre amar  don Rodrigo...
ahora... ahora le aborrezco!

--Hacis mal.

--Que hago mal?

--Sabis para qu llamaba la reina  Caldern en aquellas cartas?

Quevedo hablaba  bulto, porque como saben nuestros lectores, no las
conoca.

--Para qu llama una mujer  un hombre?

--Margarita de Austria, ms que mujer es reina.

--Las reinas tienen corazn y caprichos.

--La reina llamaba  don Rodrigo para conspirar.

--Para conspirar!

--S, contra el duque de Lerma.

--Ah!--exclam Dorotea como quien recibe una revelacin--. Acaso...
aquellas cartas no contenan ni una sola palabra de amor... es verdad?

--Eran, sin embargo, ambiguas--dijo Quevedo, que segua hablando 
bulto.

--S, s... bien puede ser... pero si eso es verdad, don Rodrigo es un
miserable.

--Y qu otra cosa puede ser un hombre que parte su querida con otro?
Vos rais un instrumento de don Rodrigo Caldern. Estis, pues, en el
caso de volver en vos.

--Me juris, don Francisco, que no me habis tomado por instrumento?

--No, no os lo juro, porque quiero que me sirvis.

--Y por eso me habis presentado  ese joven para que me enamore?

--No he tenido esa intencin; pero ya que mi amigo Juan os ha enamorado,
me alegro.

--No os alegris mucho, porque me ha empeado.

--Mi amigo Juan os ama.

--Jurdmelo!

--Os lo juro por mi encomienda, y por mi honra y por mi alma. Si cuando
me qued solo con l no hablamos de otra cosa que de vos!

--Pues mirad, yo me haba irritado con vos y con l... en el momento que
supe que habais herido  don Rodrigo.

--Por amor  don Rodrigo?

--No, porque vi... porque adivin la verdad. Que don Rodrigo haba cado
 causa de la reina... y me dije: me han tomado por juguete. Entonces
quise vengarme, y para vengarme sal, y me fu  casa del cocinero del
rey, cargada de joyas; Montio es avaro, y estaba segura de averiguar...

--Bueno es saberlo--dijo para s Quevedo.

--Pero no le encontr y me abrasaba en el tabuco donde vive... me
ahogaba all, al lado de aquella carne con ojos de mujer. Entonces sal,
baj, y segu  pie.

--Y  dnde bais cuando os encontr?

--A la ventura,  tomar el aire.

--Habis, pues, tenido un buen encuentro, porque os he curado--dijo
Quevedo.

--An no del todo.

--Mi amigo os espera en vuestra casa.

--Ah! pero vuestro amigo me da miedo...! no os digo que estoy
asombrada!... yo, que me he burlado del amor!

--El amor se venga.

--Ya se ve; es tan hermoso...! ms que hermoso...! tiene para m tal
paz, tal dulzura su mirada...! su voz resuena en mi corazn de un modo
tal... he hecho una promesa  la virgen de la Almudena... como maana me
despierte curada de esta locura, la doy mis joyas, que son muchas y muy
buenas.

--Si vos no amrais maana  mi amigo, le matarais.

--Oh! no lo creo--dijo Dorotea con una anhelante candidez.

--Si habis causado en l una impresin terrible! Qu hermosa es esa
joven, me deca mientras vos estbais fuera; no puedo mirarla sin
enternecerme... sus miradas me vuelven loco... necesito que esa mujer...
esa diosa, no viva ms que para m.

--Os lo repito, don Francisco. Vmonos  Naples...  si no queris
venir, dadme una carta para el duque de Osuna; entrar en un convento...
vuestro amigo me ha hecho mucho dao... me ha hecho insoportable el
duque de Lerma, odioso Caldern.

--Tal vez la vida de mi amigo consiste en que os apoderis ms que nunca
del nimo de Lerma.

--Cmo!

--Creis que Lerma dejar sin castigo  quien le ha estropeado  su
favorito? no os hablo de m, que importa poco... pero l... l, que ha
alcanzado gracia  vuestros ojos.

--Me peds un martirio.

--Sed mrtir, si queris la gloria.

--Me peds que, amando  un hombre, sea querida de otro!--exclam
profundamente la Dorotea.

--Necesitis reparar el dao que habis hecho.

--Yo!

--S, vos; habis calumniado  una santa...

--Creis que la reina?...

--Es digna de que una mujer de corazn como vos, la ame en vez de
odiarla.

--Y qu puedo yo hacer?

--Sed ms que la querida pagada de Lerma.

--Ah!

--Enloquecedle; hacedle creer que le amis.

--Eso no es fcil; don Juan de Guzmn ha visto en mi casa  vuestro
amigo.

--Y qu importa?

--Lo sabr Caldern... lo sabr Lerma.

--Bien: decid  Lerma que mi amigo quiere casarse con vos...

--Deshonrarle yo!...

--Cuando median altos intereses, por todo se atropella.

--Puedo fiarme de vos, don Francisco?

--Fuego de Dios! y para qu haba yo de engaaros?

--A vos me entrego.

--Veis como he hecho muy bien en que no trabseis conocimiento con el
blanquillo de Yepes? Ea, vamos, que ya es hora. Os habis enlodado; id 
mudaros  vuestra casa. All encontraris  Juan Montio... id con l
acompaada  la comedia.

--A la comedia! Trabajar, fingir, con el corazn lleno de lgrimas! y
mostrarme serena y reir!

--Esa es la vida: sed una vez cmica... aprended  serlo, qu os
importa. Este es vuestro manto... cubros bien, hija. Este mi
ferreruelo. Os habis cubierto?

--S.

--Ah de casa!--dijo Quevedo abriendo la puerta.

Cuando acudi el tabernero, le di un ducado.

--Cobrad y guardos lo que os sobre--dijo.

Y sali con Dorotea.

--Ahora--aadi cuando estuvieron en la calle--idos sola. Todo el mundo
me conoce;  vos podran conoceros, y no conviene que nos vean juntos.
Conque adis; voy  dormir, que ya es hora.

--Y hasta cundo?

--Yo parecer.

--Adis, don Francisco; estaba irritada contra vos y dolorida en el
alma, y me separo contenta de vos y consolada. Adis.

Dorotea se separ de Quevedo y se alej  buen paso.

Llova, y ms de un transeunte se detuvo  mirar con asombro  aquella
dama que pareca tan principal, y que en tal da andaba sin litera,
pisando lodos.

Dorotea lleg al fin  su casa y se detuvo  la puerta, dominada por un
vago temor.

Saba que en su casa estaba Juan Montio.

Su irresolucin dur un momento.

Llam, la abrieron y entr.

--Seora!--la dijo Casilda--; ah, seora! no sabis lo que sucede!

--Qu?

--Aquel caballero que almorz con vos...

--Qu ha sucedido  ese caballero...--dijo con cuidado Dorotea.

--Nada! nada! se qued aqu...

--Y bien...

--Me pidi sangra...

--Y qu?

--Se la serv... y luego... como no le conoca, como nada s... por ver
lo que haca, volv quedito... estaba dormido al lado de la chimenea en
vuestro silln.

--Y qu hay de malo en eso?...

--Nada, pero... cuando volv otra vez... ya no estaba en la sala.

--Que no estaba?

--No, sino en la alcoba, acostado en vuestro lecho y durmiendo.

--Ah! Dios mo!--dijo para s Dorotea, entrando precipitadamente en la
sala, y llegando  la alcoba--; conoce que le amo... y se apodera de
m!

Montio dorma  pierna suelta.

Dorotea levantaba el pabelln del lecho.

--Qu hermoso es! y qu alma tan noble asoma  su semblante dormido!
Oh Dios mo! y es ya la una y media!--dijo oyendo  lo lejos un reloj.

Dej caer la cortina y sali  la sala.

--Vsteme--dijo  Casilda--: treme ropa blanca; me he puesto perdida.

--Y le dejis as?--dijo Casilda sealando  la alcoba.

--Habla bajo, que no despierte; se conoce que ha pasado mala noche.

--Pero seora...

--Mira, Casilda, ese caballero es tu amo y el mo--dijo Dorotea.

La negra se call y visti  su seora.

Esta eligi un magnfico traje de brocado, alto, cerrado como los de las
damas de la corte y cubierto sobre el pecho de joyas, se llen las manos
de anillos y derram sobre s agua de olor.

--Vete, y que Pedro ponga la litera--dijo cuando estuvo vestida.

Casilda sali, y Dorotea entr de nuevo en la alcoba, y levant la
cortina.

--Siento despertarle--dijo--; duerme tan bien, y est tan hermoso
durmiendo! oh! si no me esperara el pblico! esta es una esclavitud
insoportable!

Estuvo un momento contemplando al joven.

Al fin se resolvi.

--Caballero!--dijo dulcemente--caballero!

Montio abri los ojos.

--Ah! dichoso el que despierta y se encuentra con un ngel!--dijo
despus de haber lanzado de s la ltima influencia del sueo.

--Y no se os ocurre disculparos?

--De qu?... ah! me ha trado aqu mi corazn!... soy digno de
lstima!... no os enojis, pues.

--Estis muy cansado?

--Ah! no! es cierto que esta noche, por las estocadas, anduve hudo y
no dorm; pero... he descansado ya... os fusteis irritada, y yo no me
resignaba  no volveros  ver si no me volvais  vuestra gracia. Me di
sueo; en el silln dorma mal... como ya Quevedo haba dormido aqu, me
dije--: Qu importa que yo duerma tambin? pero he sido ms respetuoso
que Quevedo, yo al menos no me he desnudado; con ponerme las botas estoy
corriente.

--Y os vais?

--S, pero contando con que vos...

--Qu?...

--Me volveris  recibir?

--Pero no estis ya recibido?--dijo la Dorotea.

--Cmo, seora!

--S; no estis en vuestra casa?

--En mi casa!

--Vais  juzgar. Casilda!

Apareci la negra.

--Qu te he dicho hace un momento acerca de este caballero?

--Que era vuestro...

--D lo que yo te dije.

--Que era vuestro amo y el mo.

--Vete.

--Ah, seora!--dijo Montio, turbado  su pesar por la expresin y el
acento de Dorotea.

--Yo no os conozco--dijo la joven--, pero me siento unida  vos por un
poder invencible; conozco que al separarme de vos, mi alma se rompera;
no he amado nunca; vos sois el primer hombre  quien amo: queris mi
amor?

--Vuestro amor!--exclam asustado Montio.

--Qu! le desprecias?

--Ah! seora! vuestro amor es la gloria.

Dorotea se arroj en los brazos de Montio.

--Oh! qu delirio! qu sueo!--exclam despus de algn tiempo--.
Que no despierte yo nunca, amor mo! porque si no me amases... me
vengara... y mi venganza... oh! no hablemos de esto... las dos! ya
es tarde, Dios mo! y el coliseo!... malditas sean las comedias! pero
es preciso! vamos, acompame!

--As, con este traje de viaje, pobre y enlodado, y t tan
resplandeciente, reina de mi vida?

--Y qu importa! me basta con tu hermosura. Estoy segura de que me van
 tener envidia... mi litera es grande, cabemos los dos, ven.

Y Dorotea se llev de su casa  Juan Montio como robado.




CAPTULO XXIV

DE LO QUE QUISO HACER EL COCINERO DE SU MAJESTAD, DE LO QUE NO HIZO Y DE
LO QUE HIZO AL FIN


Montio se haba quedado aturdido en la hostera de Ciervo Azul, despus
de la salida de Quevedo.

Tena tanto en que pensar el triste del cocinero mayor, que su cabeza
estaba hecha una devanadera.

Iba y vena con sus cavilaciones, y de todas ellas no sacaba ms que una
cosa en claro: lo referente  los amores de su mujer con el sargento
mayor don Juan de Guzmn.

Este pensamiento se formulaba en la frase que Francisco Montio
pronunciaba con los nervios crispados:

--Como la otra!

Montio era, pues, un hombre predestinado.

Pero como todos los predestinados, dudaba de su predestinacin.

Y luego deca--: aunque todos lo dicen, es muy posible que todos se
hayan engaado. Mi mujer puede haber cometido inocentemente alguna
imprudencia... y ese sargento mayor  ese demonio, est all detrs de
m, en el fondo de la sala! le oigo coscurrear entre sus mandbulas de
lobo las cortezas de pan, si yo me atreviera!... si yo me presentara 
l de improviso... si le preguntara!...

Pero acordbase Montio del semblante de bandido del sargento mayor, de
su mirada sesgada, de sus largos mostachos y de su inconmensurable
tizona, se desplomaba y renunciaba  su resolucin.

Y era el caso que tampoco se atreva  levantarse y  salir, por temor
de ser visto por don Juan de Guzmn.

Permaneca, pues, acurrucado en su silla, vuelto de espaldas al sargento
mayor, y haciendo como que coma; pero en realidad, aterrado, reducido 
la menor expresin, anonadado.

Pero de repente, sacle de su anonadamiento una voz que conoca
demasiado.

Aquella voz haba saludado al sargento mayor.

Aquella voz era la del galopn Cosme Aldaba.

--Maldgate Dios, racimo de horca!--dijo el sargento mayor  Aldaba--;
hace una hora que me tienes esperando.

--Vuesa merced sabe que hay cosas que no se hacen por el aire; despus
que vi  vuesa merced y me di el recado, he tenido que comprar el
pauelo. Por cierto que he tenido que poner algunos maravedises.

--No hay que hablar de ello. Y le has hallado como convena?

--Ya lo creo: encarnado, encarnado, sin pinta de otro color.

--Y lo has llevado  la seora Luisa?

Volvise todo odos el cocinero.

--He tenido que esperar  que saliera el seor Montio, porque si
despus de haberme despedido me hubiera encontrado, no s lo que hubiera
sido de m.

--Buen temor el tuyo! si no fuera porque Luisa no quiere escndalos, ya
le hubiera yo acostumbrado  que se saliese humildemente de su casa
cuando yo entrase, slo con haberle hecho huir  puntapis la primera
vez. Pero qu te ha dicho la seora Luisa?

--Nada; ha tomado el pauelo, se ha puesto muy plida y ha exclamado:
me quiere perder!

--Si fuera viuda, no temblara as.

Estremecise Montio.

--Viuda!--dijo Aldaba--; el cocinero mayor est tan apergaminado y
enjuto, que me parece que tiene vida para muchos aos.

--El da menos pensado... es rico, no es verdad?

--Vaya!... si dicen que revende empleos!

--Luisa dice que en un cuarto obscuro tiene un arcn que debe estar
lleno de talegos.

--Es muy avaro.

--Y muy ciego: dicen que su primera mujer era peor que sta.

--Ya se ve; y que le gustaban los pajes.

--Y que Ins no es su hija.

--No, pues la Ins, que es un pimpollo, ha sacado las mismas aficiones
que la madre; ya ha tenido tres novios pajes de su majestad.

--Y cul es el paje de ahora?

--Un muchachote rubio, paje de la reina; un chico rubicundo, que la echa
de valiente, y  quien tengo ojeriza.

--Y cmo se llama ese paje?

--Valentn Pedraja.

--Ah, ah, el hijo del palafrenero mayor!

--Eso es.

--Pues mira, Aldaba, no te metas con ese paje, le protejo yo.

--Si la Ins me quisiera, sera bastante; pero no querindome,  qu
buscar ruidos.

--Haces bien; toma un ducado por lo que has hecho, y puesto que el
cocinero mayor te ha despedido, te tomo por mi criado; t me guisars, y
me excusar de venir  este fign del infierno. Conque, vmonos, hijo, y
te ensear mi casa, que tengo mucho que hacer.

El sargento mayor pag y sali con Aldaba sin reparar en Montio.

--Conque es decir--exclam Montio levantndose con la fuerza de un
muelle--, que mi honra anda ya por los figones, y no solamente por un
lado sino por los dos? mi mujer y mi hija! y que no sepa yo lo que
pasa en mi casa! y que temiera yo llevar  ella  mi sobrino! mi
sobrino! ser necesario decrselo todo! mi sobrino que es tan
valiente! pero cmo decirle: tu ta y tu prima son dos mujeres
perdidas? y yo que haba pensado en ver el medio de casarle con mi
hija!

El cocinero mayor estaba tan desencajado que daba miedo verle.

[imagen: Permaneca, pues, acurrucado en su silla.]

Y pngase cualquiera en su situacin, en aquella situacin anormal,
aflictiva, deshonrosa, interesados el corazn y la vanidad, todo herido,
todo magullado en su alma; encontrbase de repente solo en el mundo,
porque todo lo que constitua su familia era ficticio: su mujer no era
su mujer, su hija no era su hija, su sobrino no era su sobrino.

Haca casi veinticuatro horas que estaba sonando para l la trompeta del
juicio final.

Su hermano muerto, su corazn amargado; su cocina, que constitua para
l la mitad de su alma, abandonada.

Y adems de esto, metido en enredos trascendentales, de los cuales no
saba cmo salir; amenazado casi con la Inquisicin...

La cabeza de Francisco Martnez Montio era un hervidero.

Y en este hervidero se le olvid una cosa importantsima: esto es, la
carta que la madre Misericordia le haba dado para el duque de Lerma, y
que se haba llevado Quevedo.

Pero necesariamente,  permaneca de una manera indefinida en la
hostera del Ciervo Azul,  tomaba un partido.

Montio tom el de acudir  donde le llamaba su pensamiento dominante.

A su casa.

Por el camino fu pensando que lo que deba hacer era encerrarse con su
mujer, hablarla decididamente como hombre que lo saba todo, presentarla
como prueba lo del pauelo encarnado, y despus hacerla abrir los
cofres, apoderarse del pauelo, apoyarse en l como en una prueba
concluyente, y despus de esto, confesado el crimen, como no poda menos
de suceder, por su mujer, montarla en un macho de los de palacio, y con
un mozo de mulas enviarla  su pas natal.

Luego metera  su hija en un convento.

Una vez libre, hara dejacin de la cocina del rey, se retirara de
intrigas y de enredos, y se ira pacficamente  comerse sus doblones 
Navalcarnero, llevndose consigo la misteriosa arca, donde se encerraba
indudablemente el destino del bastardo de Osuna.

Hay proyectos que se piensan, se redondean, se concluyen, que parecen ya
conseguidos, pero que al quererlos poner en prctica se desvanecen como
humo.

Habase atravesado adems una circunstancia puramente casual, un suceso
que deba embrollar ms al cocinero mayor.

Poco despus de la desaparicin de Montio, una litera llevada por dos
ganapanes, y seguida  paso lento por un criado, se detuvo  poca
distancia del alczar, se abri la portezuela y sali de una manera
violenta una mujer.

Era Dorotea.

Hemos retrocedido algn tiempo.

Al punto en que Dorotea, antes de encontrar  Quevedo, haba ido al
alczar en busca del cocinero mayor.

Cuando estuvo fuera de la litera, dijo al criado:

--Vete.

--Con la litera, seora?

--S, con la litera.

--Pero llueve y hace lodos.

--No importa; me mareo, me muero dentro de ese armatoste. Vulvete con
la litera  casa.

Y se entr violentamente en el alczar.

--Llevadme al cuarto del cocinero mayor--dijo  un lacayo de palacio
dndole un ducado.

El lacayo tir el patio adelante y llev  la comedianta  las altas
regiones donde viva el cocinero mayor.

--All es, seora--dijo sealando una puerta  Dorotea.

--Bien, idos; gracias.

El lacayo se fu.

Dorotea se qued sola en una galera estrecha, larga y tortuosa y
delante de una puerta.

Llam  ella con impaciencia.

Abrila una mujer joven y bella.

Era Luisa.

--Sois la hija del cocinero mayor?--dijo Dorotea.

--Soy su mujer--contest con cierta mortificacin Luisa--. Para qu
queris  mi marido?

--Para hablarle.

--Acaba de salir.

--No importa--dijo Dorotea entrndose en el cuarto--. Le esperar.

--Pero yo, seora, no os conozco.

--No le hace; vengo  preguntarle una cosa importante.

--Pero es muy natural que una mujer honrada, cuando ve que otra busca en
su misma casa  su marido... piense...

--Pensad lo que queris.

Y Dorotea se sent sin ceremonia.

--Y bien, mejor...--dijo Luisa sentndose  coser--ya s lo que debo
decir  mi marido cuando tenga un nuevo disgusto con l.

Ninguna de las dos mujeres habl ms.

Al cabo de cierto tiempo Dorotea hizo un movimiento de impaciencia.

--Dnde estar ese hombre?--exclam.

--Si lo deseis--dijo Luisa--le enviar  buscar.

--Para largas esperas estoy yo!...--dijo la Dorotea--. Me ahogo aqu en
este chiribitil... y me voy... decid cuando venga  vuestro marido que
le espera en su casa la querida del duque de Lerma.

--Ah!

--S, del duque de Lerma,  quien sirve de correo vuestro buen marido,
como le sirve de otras muchas cosas. Conque adis.

Y la Dorotea sali primero del cuarto de Montio y luego del alczar,
tom por la calle del Arenal, y en ella fu donde encontr  Quevedo.

Cuando lleg Montio  su casa, se encontr  su mujer y su hija
cantando y cosiendo.

--Estn juntas--se dijo--, y esto me contrara.

Montio deba haber supuesto que las encontrara de aquel modo, porque
siempre las haba encontrado as.

Di dos  tres vueltas por la sala.

Vi dos  tres veces  su mujer.

Cada vez le pareci ms hermosa y ms inocente.

--Pero, seor, y lo que yo mismo he odo?--se dijo.

Y volvi  dar otras dos  tres vueltas.

--Luisa!--dijo al fin.

--Qu queris?--respondi tranquilamente su mujer.

--Ha estado alguien aqu?

--Ha estado Cosme Aldaba.

--Ah! ha estado ese bribn de Aldaba. Y qu quera?

--Quera hablarme  solas.

--Y le hablaste?

--S.

--Y qu te dijo?

--Que le habas despedido.

--Me ha echado  perder un capn relleno. Es un infame.

--En tratndose de la cocina, ciegas.

--No ciego mucho cuando no he hecho ya una atrocidad.

--La muerte de tu hermano te tiene de muy mal humor.

--S, s, la muerte de mi hermano, eso es. Y no te dijo ms Aldaba?

--S, que me empease por l contigo.

--Pues hombre, no faltaba ms! habr insolencia!

--Yo le he dicho...

--Qu!

--Que ya se te pasar; que t al principio, tomas las cosas muy  lo
vivo y por donde queman; pero que eres muy buen hombre, y todo al fin se
te pasa.

--Conque soy yo muy buen hombre!

--Ya lo creo.

--Pues no seor! soy un hombre muy malo!

--Como quieras, Francisco; cuando ests as, es necesario dejarte en paz
y luego tienes razn.

--Que si la tengo! que si tengo razn! tanta tengo, que se me sale
por la tapa de los sesos!

--Pues mira, primero eres t.

--Ya lo creo que primero soy yo.

--Ello pasar; los primeros momentos son crueles; pero cuando te
acostumbres...

--Y  qu me he de acostumbrar?

--A pasarte sin tu hermano...

--Pues qu, no me pasaba sin l?

--S, pero no es lo mismo decir tena un hermano,  decir ya no le
tengo.

--Tienes razn, es muy doloroso perder una cosa que se ama.

Montio se call, y Luisa, por no irritarle ms, se call tambin.

--Est delante Inesita--dijo para s Montio--, y no me atrevo... ser
necesario quedarme solo con ella.

Y sigui pasendose en silencio durante ocho  diez minutos.

Su mujer y su hija no cantaban, pero cosan.

--Pues seor--dijo para s el cocinero mayor, detenindose de repente--,
ello es preciso.

Y luego dijo alto:

--Luisa!

--Qu quieres?--contest la joven.

--Tengo que hablarte  solas de un asunto muy importante.

Psose levemente plida Luisa.

--Vete Ins, hija ma--dijo  la nia.

Inesita se levant, mir con cuidado  su padre, y dijo para s
saliendo:

--Me quedar tras de la puerta, y escuchar lo que hablen.

Montio fu  sentarse en la silla que haba dejado desocupada su hija.

--Vamos, Francisco--dijo Luisa, viendo que su marido guardaba
silencio--, ya estamos solos.

--Es que!... s!... yo!... t!--tartamude Montio,  quien falt de
todo punto el valor.

Estaba viendo por completo sin gorguera el cuello blanco y redondito de
su mujer.

--Pero qu es ello?--dijo Luisa.

--Me encuentro en un gran compromiso--dijo Montio renunciando de todo
punto  hacer cargos  su mujer, y rompiendo para salir de la situacin
por donde primero se le ocurri.

--Un compromiso!

--S, por cierto, tengo un sobrino.

--Pues no comprendo...

--Ese sobrino ha venido  Madrid.

--Y bien?

--Necesito traerle  vivir aqu.

--Aqu, como quieras!

--Pero hay un obstculo.

--Cul?

--Inesita.

--Ah!

--S, Inesita est ya alta y hermosa, y mi sobrino...

--Es su primo.

--No, no; no estara bien. Es necesario que Ins salga de casa--replic
Montio.

--Y  dnde ha de ir esa pobre nia?

--Dnde? A un convento.

--A un convento! Pero si ella no tiene vocacin de monja!

--A un convento mientras est aqu su primo.

--De modo que si lo haces porque Ins es joven, yo soy tambin joven,
pocos aos mayor que ella.

--Tambin he pensado en eso.

--Cmo! Quieres echarme de casa por causa de tu sobrino?

--Escucha, Luisa, hija ma; tu embarazo est muy adelantado, las
montaas de Asturias son muy sanas...

--Declaro que no me muevo de aqu--dijo Luisa levantndose y arrojando
su costura--. Yo no te dejo solo. T quieres echarnos de la casa, no
para meter  tu sobrino, sino  una perdida.

--Cmo  una perdida!--exclam Montio, que se estremeci, porque vea
una nueva complicacin.

--S... yo no haba querido decirte nada, pero adems del galopn Cosme
Aldaba ha estado aqu una mujer.

--Una mujer!

--Buscndote!

--Eso es mentira!

--La querida del duque de Lerma!

Montio puso asustado su mano sobre la boca de su mujer.

--Yo me he callado--dijo Luisa...--y t te alborotas, yo tengo
evidencias y sufro... y me resigno... Qu desgraciada soy!

--Yo no quiero ir  un convento, padre--exclam Inesita entrndose de
repente y colgndose al cuello de Montio.

--Yo me morir si me encuentro en este trance cruel lejos de mi esposo y
seor...

--Yo no puedo vivir sino al lado de mi buen padre.

Y las dos jvenes lloraban desconsoladas, y se coman  besos al pobre
hombre.

A Montio se le parta el corazn.

--Pues seor!--exclam--no puedo! yo me acostumbrar!

--Yo no me voy sino hecha pedazos--dijo Luisa.

--Ni yo saldr si no me llevan atada--exclam Ins.

--Bien, bien--dijo el cocinero mayor rindindose  discrecin--; mi
sobrino no vendr aqu, le buscar una posada... esto me costar el
dinero...

--Dinero os hubiera costado, padre, el tenerme en el convento--dijo
Ins.

--Dinero te hubiera costado, Francisco mo, el enviarme  Asturias y el
mantenerme all--dijo Luisa.

A estas palabras, dictadas por una lgica rigurosa, no haba nada que
contestar.

Adems, las dos jvenes lloraban que era un desconsuelo.

Sucedile  Montio lo que  muchos que se creen invencibles antes del
combate: huy  la vista del enemigo.

Y huy, literalmente hablando.

Luisa, al verle huir, sinti una especie de perverso consuelo.

Haba adivinado algo aterrador en Montio.

Se haba visto descubierta.

Haba temblado.

Pero al huir Montio se tranquiliz.

Haba comprendido, con la perspicacia peculiar  todas las mujeres, que
su marido estaba domesticado.

Pero si Luisa hubiera podido leer por completo en el alma de su marido,
no se hubiera tranquilizado tan completamente.

Montio era uno de esos hombres cobardes para obrar por s mismos, pero
capaces de todo de una manera indirecta.

No poda tener duda de que su mujer le engaaba.

De que amaba  otro.

No tena duda tampoco, puesto que acababa de experimentarlo, de que
jams se atrevera  hacer nada contra su mujer.

Pero no se encontraba en las mismas disposiciones de debilidad respecto
al amante de su mujer.

Esto ya era distinto.

Montio necesitaba vengarse de aquel hombre.

Cierto es que el cocinero mayor careca de todo punto del valor
suficiente para ponerse delante de Guzmn y decirle:

--Os voy  matar porque me habis herido el alma.

Montio se estremeca de miedo al pensar solamente que poda verse en un
lance singular con el sargento mayor.

Pero Montio tena medios indirectos.

El primer medio que se le ocurri, fu el seor Gabriel Cornejo.

Esto es, una pualada dada por detrs.

Pero aquella pualada deba costarle dinero.

Adems, poda envolverle en un proceso.

Montio desech aquella idea, dos veces peligrosa.

Ocurrisele valerse de su sobrino.

Valiente, audaz, generoso, no vacilara ni un punto en ponerse delante
del sargento mayor, tirar de la espada y despacharle en regla.

--Pero cmo decir  su sobrino que su ta?...

Montio desech este pensamiento como haba desechado el anterior.

Pero se puso en busca de otro medio de vengarse.

Quevedo se present  su imaginacin; Quevedo, capaz de plantar una
estocada al mismo diablo; Quevedo, enemigo de Lerma, y de Caldern no
muy amigo, segn las palabras que el mismo Montio recordaba haberle
odo en la hostera del Ciervo Azul, del sargento mayor, don Juan de
Guzmn.

Pero al acordarse de Quevedo, se acord del duque de Lerma; al acordarse
del duque de Lerma, record que para l le haba dado una carta la
abadesa de las Descalzas Reales, y que se la haba dado de una manera
urgente.

Entonces hizo un parntesis en sus imaginaciones, y dijo suspirando:

--Puesto que necesitamos vengarnos, es necesario servir  quien
vengarnos puede. Vamos  llevar esta carta  su excelencia.

Y la busc en el bolsillo interior de su ropilla.

Slo encontr dos estuches.

Aquellos dos estuches le recordaron que deba entregar  su sobrino, de
parte del duque de Lerma, una cruz de Santiago, y que para servir al
duque, deba entregar una gargantilla  la dama con quien pretenda
entretener al prncipe de Asturias el duque de Uceda, y que se
entretena particularmente con don Juan de Guzmn.

El amante de su mujer se le pona otra vez delante.

--Dios mo!--exclam el desdichado--me van  matar! Pero seor! la
carta que me di la abadesa de las Descalzas Reales! qu he hecho yo de
esa carta?... tengo la cabeza hecha una grillera! todo me anda
alrededor! todo me zumba, todo me chilla, todo me ruge! pero esta
carta!... esta carta!

Y se registraba de una manera temblorosa los bolsillos, los gregescos,
hasta la gorra.

Y la carta no pareca.

Empez  sentir ese escalofro, ese entorpecimiento que acompaa al
pnico.

Aquello era muy grave.

Porque sin duda la madre Misericordia deca cosas gravsimas en su carta
al duque de Lerma.

Y cmo decir al duque que he perdido esa carta? Cmo atreverse ni
siquiera  presentarse sin ella ante l?

Y volvi  la rebusca; se palp, y volvi  buscar.

Y la carta no pareca, y su terror creca.

Por la primera vez de su vida blasfem.

Por la primera vez de su vida se crey el ms desgraciado de los
hombres.

Y por la primera vez se olvid de su cocina.

Esto era lo ms grave que poda acontecer  un hombre como el cocinero
mayor.

Volvi de nuevo  su intil pesquisa.

Y todo esto le aconteca parado, siendo objeto de la curiosidad de los
que pasaban y cruzaban, que no podan menos de decirse:

--Qu acontecer al cocinero mayor?

Y Montio no se acordaba de que haba dado  Quevedo la carta y de que
Quevedo no se la haba devuelto.

Entonces, aturdido enteramente, vacilante, asustado, semimuerto, sali
del patio del alczar, en donde se encontraba, y escapando por la puerta
de las Meninas, tir hacia el laberinto de callejas del cuartel situado
frente al alczar, y se perdi en l.




CAPTULO XXV

DE CMO LOS SUCESOS SE IBAN ENREDANDO, HASTA EL PUNTO DE ATURDIR AL
INQUISIDOR GENERAL


Por aquel mismo tiempo el padre Aliaga se paseaba en su celda.

A juzgar por el semblante sombro, plido, inmvil del confesor del rey,
deba suponerse que gravsimos pensamientos le ocupaban.

De tiempo en tiempo se detena, lea una carta arrugada que tena en la
mano, creca su palidez al leerla, temblaba, y volva  arrugar la carta
en un movimiento de despecho.

Aquella carta era la que le haba escrito doa Clara Soldevilla,
acusando ante la Inquisicin  Dorotea y  Gabriel Cornejo.

Aquella acusacin era gravsima.

La carta contena lo siguiente:

Respetable padre y seor fray Luis de Aliaga: El celo por la religin
de Jesucristo, y mi amor  la reina nuestra seora, me obligan 
revelaros lo que por fortuna he podido averiguar y que interesa al
servicio de Dios y al de su majestad. Se trata de dos miserables, de un
hombre y una mujer: el hombre es un galeote hudo, un hereje hechicero
que vende untos, y hace ensalmos y presta  usura. Se llama Gabriel
Cornejo y tiene una ropavejera en el Rastro. La mujer es comedianta,
hermosa y joven, y se llama Dorotea. Vive en la calle Ancha de San
Bernardo. Es mujer de mala vida, y de malas costumbres, y de malos
hechos, y tiene entretenidos  un tiempo al duque de Lerma y  don
Rodrigo Caldern. Es hija de padres desconocidos, segn he podido
averiguar, y para asegurarse del amor de esos dos hombres, se vale de
bebedizos y otras artes reprobadas. He sabido esto procurando aclarar un
misterio que interesa sobre manera  la honra y acaso  la vida de su
majestad la reina. Yo s cunto os interesis por su majestad, fray
Luis; lo s tanto, que no dudo que siendo vos inquisidor general, y aun
cuando no lo furais, harais cuanto fuese necesario hacer para sellar
los labios de esos dos miserables, que, os lo repito, pueden comprometer
gravemente  su majestad. Si queris informaros mejor, decidme dnde
podremos vernos, pero entre tanto asegurad, os lo ruego,  esas dos
personas, y haced de modo que no puedan hablar con nadie. Es cuanto
tengo que deciros. Vuestra humilde servidora, _doa Clara Soldevilla_.

Esta carta haba sido dictada  doa Clara, por su lealtad, por su amor
 Margarita de Austria, que ms que su seora era su amiga; pero adems
de esto, haba en doa Clara otro empeo ntimo de que no poda darse
cuenta, pero que la impulsaba  hablar de una manera hostil contra
Dorotea: su sospecha de que la comedianta hubiese visto al joven, de que
le amase, de que el bufn tuviese empeo de favorecer los amores de
Dorotea.

Doa Clara, en fin, no haba escrito aquella carta sin un secreto
placer, el placer de la venganza; porque una intuicin misteriosa, una
conciencia ntima, la deca que Dorotea amaba  aquel joven que era tan
hermoso, tan leal, tan noble, tan valiente.

La carta de doa Clara haba aturdido al padre Aliaga.

Aquella carta era para l gravsima.

En el momento que la ley, la arrug con clera entre sus manos.

Porque cuando el padre Aliaga estaba solo, era un hombre distinto del
que conocan las gentes.

Entonces no era humilde, ni su semblante conservaba la inmovilidad
glacial que el mundo vea en l.

Por el contrario, su frente se levantaba con altivez, ceuda, plida,
como cargada de tempestades.

Sus negros ojos brillaban, relucan, chispeaban, pareca que llevaban en
s una expresin de reto continua, persistente, indomable.

Su paso no era lento, grave y acompasado, sino vago, indecisivo,
maquinal, nervioso, por decirlo as.

Estaba abandonado  s mismo, y se reflejaban en su semblante, en su
ademn, en sus movimientos, pasiones enrgicas, tanto ms violentas
cuanto estaban de continuo ms dominadas, ms subordinadas  la
conveniencia delante del mundo.

--Conque comprenden--deca con voz ronca, consultando un pasaje de la
carta--, _cunto me intereso por su majestad la reina_? Conque es
decir, que en vano he pasado das y noches de afn y de delirio,
luchando conmigo mismo? veinticuatro aos de esfuerzos intiles, puesto
que esa mujer comprende?... s, s; lo dice con seguridad, lo afirma:
con esas palabras se dirige  mi conciencia. Lo habr notado tambin la
reina? No; su orgullo la defiende, la ciega. La habr dicho doa
Clara?... La habr avisado? No, no; esa mujer no se habr atrevido...
Yo lo sabr, yo lo comprender, y doa Clara no volver  leer en mi
alma, porque me ha avisado. Y Dorotea!... Dorotea! la hija de aquella
otra Margarita, infeliz!... la acusan aqu!... en esta carta! ella y
ese Gabriel Cornejo pueden comprometer  la reina!... Dios mo! Dios
mo!

Y esta ltima exclamacin del inquisidor general, ms que una humilde
invocacin  Dios, era la impaciente queja de un alma exasperada por el
sufrimiento, saturada de dolor, violentada, enferma, desesperada.

Los ojos del padre Aliaga resplandecan con un fuego febril.

Su cuerpo temblaba de una manera poderosa.

--El mundo! la tentacin! siempre combatindome, siempre ponindome 
punto de ser vencido!--exclam con acento desesperado--; siempre fijo
en m el recuerdo doloroso de la una, la aspiracin desesperada, oculta,
comprimida, hacia la otra! Dos imposibles, porque slo Dios podra
levantar de la tumba  la Margarita humilde; slo Dios podra llenar el
abismo que me separa de la Margarita altiva; y esa coincidencia en el
nombre!... y luego... la hija de la una, enemiga,  yo no s qu de la
otra! Dios mo! Dios mo!

Y esta segunda invocacin del padre Aliaga fu ms rugiente, ms
desesperada, en una palabra, ms blasfema que la primera.

Y volvi  leer la carta palabra por palabra, slaba por slaba, letra
por letra; la devor con una mirada hambrienta, como pretendiendo
traslucir el misterio que bajo aquellas letras se revolva, grave,
misterioso, aterrador, y volvi  arrugar con clera la carta entre sus
manos.

De tiempo en tiempo consultaba con impaciencia la muestra de un enorme
reloj de pared.

--Ya es la tarde--dijo--; el bufn vendr... vendr... de seguro... no
puede tardar... el to Manolillo tiene un gran inters por Dorotea;
acaso la ama... acaso es por ella tan desgraciado como yo... por l...
l puede mostrar al mundo su desesperacin; l no est adherido al
claustro; l no est ligado por ningn voto, por ningn juramento; l
puede decir sin temor al mundo: yo soy hombre; yo!... yo me veo
obligado  hacer creer que soy un cadver vivo, un cuerpo sin corazn,
un alma sin pasiones... Mentira! mentira repugnante!... Hay momentos
en que lo intenso de nuestra desesperacin, que se concentra en un ser
que no pertenece al mundo, nos hace mirar con desprecio todo lo que al
mundo pertenece; hay momentos en que creemos que nuestro corazn ha
muerto, que no existe nada que pueda hacerle latir; necesitamos la
soledad y el silencio y las tinieblas, todo aquello en que hay menos
vida, todo aquello que habla ms al alma, entonces nos arrojamos al pie
de un altar, pronunciamos un voto; despus... oh! despus, cuando el
tiempo, que si todo no lo cura, lo gasta todo, ha cubierto con una capa
ms  menos densa de olvido, de ese polvo que cae sobre el alma,
nuestros dolores... oh! entonces... entonces... podemos ver otro ser...
una mujer, por ejemplo... y entonces volvemos con desesperacin los ojos
en derredor de la prisin que encierra, no nuestro cuerpo, sino nuestra
alma... de ese claustro que nos dice con su silencio: soy tu sepulcro 
tu infierno.

El padre Aliaga call y sigui pasendose lento y solemne por la celda
con la carta de doa Clara arrugada entre las manos...

Pas algn tiempo.

Oyronse al fin pasos en el corredor.

Pasos tardos y acompasados.

Se abri la puerta de la celda y apareci el hermano Pedro.

Aquel lego en quien el padre Aliaga tena tanta confianza.

Sin embargo, al sentir sus pasos, el padre Aliaga se haba dirigido 
uno de los balcones y permanecido de espaldas  la puerta como si se
ocupase en mirar algo en la huerta del convento.

El lego no poda ver su semblante.

--Nuestro padre--dijo--, un hombre pide hablaros con urgencia.

--Que entre, que entre!--dijo el padre Aliaga suponiendo que aquel
hombre era el to Manolillo.

Poco despus el padre Aliaga sinti pasos en la celda.

An estaba de espaldas; an no estaba seguro de que hubiesen
desaparecido de su semblante las huellas de la lucha anterior, y quera
evitar que nadie lo adivinase.

El hombre que haba entrado se haba detenido y no hablaba.

El confesor del rey se volvi. Su semblante estaba completamente sereno.
Al volverse vi que quien haba entrado en su celda no era el bufn,
sino el cocinero del rey.

Francisco Martnez Montio vena mojado completamente.

Su capa goteaba,  por mejor decir, chorreaba la lluvia que haba
empapado sobre la estera de la celda.

Era una de esas tardes lbregas, en que parece que la Naturaleza,
sobrecogida por un dolor silencioso, se cubre con un velo y llora.

Una tarde de luz fra y dbil, melanclica y opaca, en que al gotear
continuo y mltiple de la lluvia se una de tiempo en tiempo el silbido
seco y sonoro del viento del Norte.

Nada, pues, tena de extrao el estado en que se encontraban la gorra,
la capa y los zapatos de Francisco Martnez Montio.

Pero lo que era verdaderamente alarmante era el estado moral en que, 
juzgar por el estado de su fisonoma, se encontraba el cocinero mayor.

Haba algo de insensatez en su mirada, en la contraccin de su boca, en
la actitud de su cabeza, y la chispa de razn que en aquel semblante se
revelaba an era una razn desesperada.

Temblaba adems el msero, y de una manera tal, que se comprenda harto
claro que no era el fro lo que le haca temblar.

--Para qu me querr este hombre y en este estado?--dijo para s el
padre Aliaga al ver  Montio.

A pesar de ser el dominico un padre muy respetado en Atocha, confesor
del rey, y adems recientemente inquisidor general, era un hombre de
costumbres sencillas, humildes, hasta el cual todo el mundo tena
acceso.

En cuanto se comunic  la Inquisicin su nombramiento, el Consejo de la
Suprema le invit  que ocupase la casa, casi palacio, que el inquisidor
general tena en Madrid.

El padre Aliaga lo agradeci mucho; pero  pretexto de que tena amor 
su celda, declar que permanecera en ella.

Environle pajes, familiares y servidores, y como el padre Aliaga no
quera ser espiado, y tema que para slo eso se le hubiese nombrado
inquisidor general, despidi aquella servidumbre.

Enviaron algunos alguaciles, para que sin pasar de la portera del
convento estuvieran  la disposicin de su seora el seor inquisidor
general, y se deshizo tambin de los alguaciles.

Mandronle una magnfica carroza, y el padre Aliaga lo agradeci mucho,
y dijo que le bastaba con su silla de manos de baqueta negra.

Pusironle por delante el decoro inquisitorial, y contest que cuando
con la Inquisicin fuese  alguna ceremonia, ira como al decoro de la
Inquisicin conviniera.

Todas estas contestaciones pasaron en dos horas despus de que el padre
Aliaga volvi aquella maana de palacio.

El Consejo de la Suprema le dej en paz esperando  ver por dnde
saldra el fraile dominico,  quien todos, exceptundose muy pocos,
crean un pobre hombre.

As es que  Montio no le cost el ver  aquel personaje, terrible por
su posicin, ms trabajo que el de ir al convento de Atocha.

El padre Aliaga le conoca personalmente y le habl con suma afabilidad.

--Sentos, sentos, seor Francisco Montio--le dijo--y sobre todo
quitos esa capa que debe helaros.

--Ah, seor! no es la capa la que me hiela--dijo el cocinero mayor.

--Pues hace fro--repuso con su impasibilidad delante de las gentes el
padre Aliaga--; el invierno es muy crudo...

Y avivaba los tizones de la chimenea.

--Pero ms cruda mi fortuna--dijo Montio.

--Pues qu desgracia os ha sucedido?--dijo el confesor del rey, dejando
de ocuparse de los tizones y mirando de hito en hito  Montio.

--Oh! si slo fuese una desgracia!

--Qu! es ms que una desgracia?

--S; s, seor, porque son muchas desgracias.

--Vlgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; la vida es una prueba...

--S; s, seor, una prueba muy amarga.

--Pedid fuerzas  Dios, y Dios os las dar.

--Dios me castiga!--exclam Montio en una tremenda salida de tono,
chillona, desesperada y rompiendo al mismo tiempo  llorar.

--Vamos!--dijo el padre Aliaga--; confiad en que Dios es infinitamente
misericordioso, y que si os castiga hoy os perdonar maana.

--Soy muy pecador... y lo que  m me sucede...

--Me parecis muy desesperado...

--S; s, seor! terriblemente desesperado!

Montio se call esperando  que el padre Aliaga le preguntase, pero el
padre Aliaga se redujo  dejarle or una de esas frases generales de
consuelo, que toda persona buena dirige  un semejante suyo  quien ve
atribulado.

Despus el padre Aliaga se call tambin.

Hubo algunos momentos de silencio.

--Perdonadme, seor!--dijo tartamudeando Montio.

--Y de qu os he de perdonar?--contest con dulzura el padre Aliaga.

--Vos, seor, sois un gran personaje.

--No lo creis; yo soy un siervo de Dios, aunque indigno, y vuestro
hermano.

--Sois confesor del rey.

--Lo que no me hace ni ms ni menos sacerdote que otro.

--Sois inquisidor general...

--El rey me lo manda.

--Y yo soy un cocinero, no ms que un cocinero, que aunque lo es del
rey...

--No dejis por eso de ser cristiano y hermano mo.

--Ah, seor! qu bondadoso sois!

--No tal; pero dejos de seoras y llamadme padre.

--Pues bien, padre Aliaga, ya que me dais valor, voy  deciros... me
atrevo  deciros...

Montio se detuvo.

Fray Luis sigui arreglando sus tizones.

--Pues... me atrevo  deciros, aunque os parezca impertinencia, que
vengo  confesarme con vos.

--Vos no sois impertinente por eso; todos los das abro el tribunal de
la penitencia  desdichados que son tan pobres que me veo obligado 
recomendarlos al limosnero de su majestad.

--Nadie hay tan pobre como yo...--dijo Montio salindose de nuevo de
tono.

--Vens preparado?--dijo el padre Aliaga.

--Preparado para qu...?--dijo el cocinero, que se alarmaba por todo.

--Para hacer una buena confesin--repuso el padre Aliaga--; he querido
preguntaros si habis hecho examen de conciencia.

--Os dir, padre Aliaga: yo no haba pensado hasta hace algunos momentos
en hacer confesin general.

--Resulta, pues, que no vens preparado y no puedo confesaros hoy.

El padre Aliaga esperaba con impaciencia al to Manolillo, y quera
quitarse de encima de la mejor manera posible al cocinero mayor.

--Tenis razn, seor--dijo Montio--, pero como se trata de hacer una
confesin general, yo me atrevera  suplicaros...

Montio se detuvo; fray Luis no dijo una sola palabra.

--Pues... yo me atrevera  suplicaros... que... me dirigiseis... me
ayudseis en mi examen de conciencia... y como se trata de una confesin
general... y como yo he sido muy malo!

Y para pronunciar esta ltima frase, sali de nuevo de tono y ms
ruidosamente que las veces anteriores, el cocinero mayor.

El padre Aliaga sinti un poderoso impulso de impaciencia, casi de
despecho.

Su pensamiento estaba fijo en el bufn del rey, que segn l, deba
llegar de un momento  otro.

Montio haba llegado  ponerse en la situacin de uno de esos grandes
estorbos que contraran al ms paciente.

Sin embargo, el impenetrable semblante del padre Aliaga no se alter.

Montio se le haba venido encima con una peticin  que no poda
negarse como sacerdote.

Adems, no quiso alegar ninguna ocupacin.

Y, por ltimo,  pesar de la contrariedad que le causaba aquel
incidente, tena un inters vago en conocer la conciencia del cocinero
mayor, que por su estado febril, por lo exagerado de su expresin, por
otros mil indicios patentes, daba  conocer claro que se hallaba en una
situacin grave.

Y todo el mundo saba, y en particular el padre Aliaga, que Francisco
Martnez Montio era en la corte algo ms que cocinero del rey.

--Tratis de hacer una confesin general!--dijo el padre Aliaga--; esto
es grave.

--Oh! s; lo que me sucede es muy grave--dijo Montio--; desde ayer han
pasado por m tantas desdichas que con ellas se puede llenar un libro, y
por grande que fuese no sobrara mucho. Ayer era yo tan feliz!

--Erais feliz y os confesis malo!

--Ah, padre! todo me vena bien y tena dormida la conciencia.

--El que aduerme su conciencia puede despertar condenado.

--Cuando la desgracia me ha herido, he dicho para m: esto es que Dios
me avisa. Haba salido del alczar loco y desesperado sin saber qu
hacer, sin saber dnde ir, y me acord de vos, padre.

--Hicsteis bien, pero nos vamos olvidando del asunto principal.

--S, ciertamente; de mi examen de conciencia.

--Veamos: recorramos el declogo. Habis amado  Dios sobre todas las
cosas?

Quedse Montio mirando de una manera perpleja  fray Luis.

Luego suspir profundamente y dijo:

--Lo que yo he amado ms sobre todas las cosas ha sido...

Y se detuvo.

--Ved que estis hablando con vuestra conciencia--observ el padre
Aliaga.

Montio hizo un poderoso esfuerzo y contest:

--Lo que yo he amado sobre todas las cosas ha sido... el dinero.

--Me dais cuidado por vuestra alma, Montio--dijo fray Luis--; el amor
al dinero trae consigo muchos y grandes pecados.

--En efecto, he pecado mucho.

--Y os habis hecho rico...?

Vacil Montio entre su codicia, que le impulsaba  ocultar su riqueza,
y su temor  un terrible castigo de Dios, que crea ya empezado en las
desgracias que una tras otra se le haban venido encima y seguan
vinindosele desde la noche anterior.

Al fin triunf el miedo.

--S; s, seor--dijo--soy... muy rico.

--Qu medios habis empleado para adquirir esa riqueza?

Psose notablemente encarnado Francisco Montio y guard silencio.

--A qu queris, pues, que yo os auxilie para prepararos dignamente 
una confesin general?--dijo con dulzura el padre Aliaga.

--A los quince aos me hu de la casa de mis padres, robndolos.

--Considerablemente?

--Les hurt veinticinco ducados y una mula, que vend en llegando 
Madrid en otros diez ducados. Con aquel dinero viv ocioso algn tiempo.
Cuando se me acab el dinero, cuando sent el hambre, quise buscarme la
vida, y logr entrar de galopn en la cocina de la seora infanta doa
Juana. All me apliqu al oficio...

--En el que habis adelantado. Sois un cocinero famoso... segn dicen.

--Cuando me tranquilice, yo mismo, por mi misma mano, os har una
merienda que os convencer de que s cumplir con mi obligacin.

--Gracias, seguid; hablbamos de vuestros pecados por el desordenado
amor que tenis al dinero.

--Padre fray Luis, yo crea que con el dinero se consegua todo.

--S, en la tierra; pero no en el cielo.

--Ni en el cielo ni en la tierra. Por rico que sea un hombre no puede
librarse de que se la pegue su mujer... y  m me han engaado dos. Soy
muy desgraciado.

--Acaso seis, ms que desgraciado, mal pensador.

--Tan buena la una como la otra!

--Ya llegaremos  eso, ya llegaremos. Estamos en que entrsteis de
galopn en la cocina de la infanta doa Juana.

--S; s, seor; y como el salario era corto, hurt.

--Hurtsteis!

--Cuanto pude; hasta las especias.

--Hicsteis muy mal.

--El amor al dinero!...

El padre Aliaga iba ya fastidindose.

--Reduzcmonos, reduzcmonos, porque no es necesario que me contis
vuestra vida. De cuntas maneras habis pecado por el dinero?

--Hurtando sagazmente, y procurando que la culpa de mis hurtos no cayese
sobre m.

--Eso es ya un grave delito. Y de qu otro modo ms?

--Cuando fu cocinero mayor del rey, poniendo en las cuentas otro tanto
del gasto.

--Y de qu otro modo?

--Ah, sirviendo  todo el que me ha pagado bien!

--Entendmonos; ms claro: qu clases de servicios han sido esos?

--Siendo espa de los unos y de los otros.

--De qu unos y de qu otros?

--Del padre y del hijo, del to y del sobrino.

--Ms claro.

--Se comprende fcilmente: el padre es el duque de Lerma; el hijo, el de
Uceda; el otro, don Baltasar de Ziga, y el sobrino, el conde de
Olivares, esto sin contar el de Lemos y otros...

--De modo que habis vivido engaando  todo el mundo?

--El amor al dinero... Porque sin el dinero...

--Habis llegado al punto de matar por el dinero?

--Ah, no, seor; no, seor!--exclam todo horrorizado Montio.

--Y si os pagaran por envenenar  una persona que hubiese de comer de
vuestros manjares?

--He sido y soy codicioso--exclam, levantndose el cocinero mayor--, lo
confieso; pero matar... eso no, no, no!

Y haba verdadero horror, verdadera repugnancia en el aspecto, en la
mirada, en el acento de Montio.

El padre Aliaga se tranquiliz.

No poda dudarse de aquella situacin del cocinero mayor.

Sin embargo, dijo:

--Es pblica voz y fama que se han dado bebedizos al rey.

--Mientras se hace la comida de su majestad, nadie levanta una cobertera
que yo no lo vea, nadie echa una especia que yo no examine; tengo hasta
la sal guardada bajo llave. Pero su majestad come y bebe con mucha
frecuencia en las Descalzas Reales.

--Religiosas!

--Religiosas, s; pero la madre Misericordia es sobrina del duque de
Lerma.

--Y bien?...

--Si yo tuviera una carta que me di para el duque la madre
Misericordia! Es verdad que si yo no hubiera perdido esa carta, no me
hubiera desesperado hasta el punto de pensar en hacer confesin general.

--Pero tan importante creis que era esa carta?

--Y qu s yo?

--Y no recordis cmo la habis perdido?

--Que si lo recuerdo!... Cuando la ech de menos no lo recordaba...
pero cuando sal de palacio... el fro, la lluvia me refrescaron de tal
modo, que me acord de que se me ha quedado con esa carta don Francisco
de Quevedo.

--Veo con disgusto que andis en muy malos pasos, seor Francisco.

--S; s, seor; el amor al dinero.

--Veo, adems, que habis pecado tanto por el dinero, que desde ahora,
sin que os confesis, puedo deciros...

--Qu! seor!

--Que si no reparis el mal que habis hecho, os condenis.

Estremecise todo Montio.

--Que me condeno!--exclam.

--Irremisiblemente.

--Y qu he de hacer, qu he de hacer, padre?

Fray Luis mir profundamente al cocinero mayor.

Haba credo que le echaban aquel hombre para explorarle, y le haba
tratado con la mayor reserva. Pero muy pronto se convenci de que el
cocinero obraba de buena fe, que estaba desesperado, que tena miedo.

Comprendi, adems, que siendo como era avaro y de una manera exagerada
Montio, no haba que pensar en imponerle reparaciones respecto  su
dinero.

Consider tambin que por esa misma avaricia, adems de darle buenos
consejos, se le deba dar dinero para que sirviese mejor.

En una palabra, el padre Aliaga determin utilizar al cocinero mayor.

--La manera de reparar en cierto modo el mal que habis hecho--le
dijo--, es decidiros  servir fielmente  una sola persona.

--A quin, seor?

--Al rey.

--Al rey! pues qu, acaso no le sirvo?

--No por cierto: servs  sus enemigos.

--Yo crea que esos caballeros podan muy bien ser enemigos entre s,
pero al mismo tiempo leales servidores del rey.

--Os engais; todos los que hoy se agitan alrededor del rey, piensan
antes en su provecho que en lo que conviene  su majestad. Y ciertamente
que no podis decir vos que no sabis las traiciones de esos hombres,
cuando anoche un vuestro sobrino tuvo ocasin de prestar un eminente
servicio  la reina.

--He ah un muchacho que tiene muy buena suerte--dijo Montio con
envidia--; todos me hablan bien de l, todos le protejen: hasta el duque
de Lerma.

--El duque de Lerma!

--Qu creis que me ha dado para l el duque de Lerma?

--Oro!

--No por cierto: una encomienda. Mirad, padre.

Y Montio sac un estuche y le abri.

--Pero eso es un collar de perlas--dijo el padre Aliaga.

Montio, que no se haba repuesto de su turbacin, haba tomado un
estuche por otro, y haba mostrado al fraile la alhaja que el duque de
Lerma le haba dado para seducir  la aventurera con quien se pensaba
entretener al prncipe don Felipe.

--Esto es otra cosa--dijo precipitadamente Montio.

El padre Aliaga no contest.

Montio se encontraba terriblemente predispuesto  la confesin y
continu:

--Esta alhaja me la ha dado el duque para una dama.

Hizo un gesto de repugnancia el padre Aliaga.

--Se trata de una dama  quien conoce el duque de Uceda.

--Qu vergenza! qu corrupcin! qu escndalos!--exclam el padre
Aliaga.

--Es una dama muy hermosa, de quien pretenden se aficion el prncipe de
Asturias.

--Ah!

--Una perdida, aunque no lo parece.

--Importa al servicio del rey que averigis quin es esa mujer.

--Esa mujer se ha presentado en la corte hace un ao.

--De dnde ha venido?

--No s ms.

--Cmo se llama?

--Doa Ana.

--Doa Ana de qu?

--Doa Ana de Acua.

--El apellido es noble.

--Ciertamente: se llama viuda de un caballero de la montaa.

--Ah! todas estas son viudas  tienen su marido ausente.

--Y presente el amante.

--Y quin es el amante de esa mujer?

--El amante de esa dama es el amante de mi mujer.

--El amante... de vuestra mujer!...

--S, seor; he sido muy desgraciado en el matrimonio; me he casado dos
veces: mi primera mujer era muy aficionada  los pajes; llevsela Dios y
quedme en la gloria; pero como me haba quedado una hija, necesit
casarme de nuevo; mi segunda mujer ha salido muy aficionada  los
soldados, y como es soldado el amante de doa Ana de Acua...

--Mirad, no levantis un falso testimonio  vuestra esposa.

--Un falso testimonio! si yo no supiera de seguro que mi mujer es
amante del sargento mayor don Juan de Guzmn por qu haba de estar
desesperado?

--Don Juan de Guzmn!--exclam el padre Aliaga, ponindose plido--; yo
conoc  un Juan de Guzmn, soldado de  caballo; qu edad tiene ese
hombre?

--Ms de cuarenta aos, pero aparenta menos.

Quedse profundamente abismado en su pensamiento el padre Aliaga.

Guard por un largo espacio silencio.

--Juan de Guzmn--dijo al fin--, es amante de una aventurera de quien
se valen ellos! y adems es amante de vuestra mujer!

--S, seor.

--Habis dado algn escndalo en vuestra casa?

--No; no, seor! intenciones de ms que eso he tenido... pero quiero
tanto  mi mujer!...  la pobre han debido darla algn bebedizo.

--Ha podido sospechar vuestra mujer que conocis su falta?

--No; no, seor.

--Pues bien, seguid obrando en vuestra casa como si nada supirais.

--S; s, seor.

--Qu pretende el duque de Lerma de esa doa Ana?

Montio cont al padre Aliaga lo que respecto  aquella mujer le haba
encargado el duque de Lerma.

--Es hasta donde puede llegar la degradacin--dijo el inquisidor
general--; de todo se echa mano. Od, Montio: estis hablando al mismo
tiempo que con el sacerdote, con el confesor del rey y con el inquisidor
general.

Estremecise Montio.

El padre Aliaga haba cambiado de expresin y de acento.

--Yo, seor--dijo balbuceando--, he venido  buscar en vos amparo y
consuelo.

--Y yo no os lo niego; pero habis pecado mucho, y es necesario que
reparis el mal que habis hecho sirviendo de medio para que el crimen
no triunfe de la virtud.

--Os servir, seor.

--Hablbamos de vuestro sobrino. Quin es ese joven?

--Ese joven, seor, no es mi sobrino--dijo Montio, que temblaba como un
azogado.

--Que no es vuestro sobrino?

--No, seor.

--Pues por qu se nombra vuestro sobrino?

--El cree que lo es.

--Decidme lo que sabis acerca de ese joven.

--Os voy  confesar un terrible secreto de familia--dijo Montio sacando
con miedo la carta de su hermano Pedro, que haba trado para l la
noche anterior el joven.

--Yo guardar ese secreto bajo confesin--dijo el fraile.

Montio entreg la carta al padre Aliaga, que se levant y fu  leerla
junto  la vidriera de un balcn.

El padre Aliaga ley y reley aquella carta.

Luego volvi junto al cocinero mayor.

--Sabe esto alguien?--dijo guardando la carta del difunto Pedro
Montio, con gran cuidado el cocinero.

--S, seor--exclam Montio--; lo sabe una mujer.

--Qu mujer es esa?

--Doa Clara Soldevilla.

--Ha estado alguna otra vez ese joven en la corte?

--No, seor.

--Y entonces cmo conoce  doa Clara?

--Yo no lo s, pero en palacio le conocen y mucho.

--Hablad, hablad.

--Yo creo, seor, y casi tengo pruebas, que doa Clara slo es la
cortina de ciertos amores.

--Explicos.

--La reina...

--Qu decs de la reina!...

--La reina ama  mi sobrino.

Pas algo siniestro por el semblante del fraile.

--Decs--exclam--que su majestad ama  ese joven?

--Estoy casi cierto de ello.

--La prueba! la prueba!

--No puedo drosla ahora, pero os la dar.

--Si me la dais, os hago doblemente rico.

Montio mir de una manera extraviada al fraile. Su corazn se embroll
ms y ms, los grandes ojos negros del padre Aliaga le devoraban; no era
ya la mirada indiferente y tranquila de antes la suya; haba en ella
inquietud, ansiedad, clera... un mundo entero de pasiones.

--Habis dicho--exclam roncamente--que la reina ama  ese caballero!

--S; s, seor, y creo... creo tener pruebas... en fin... yo...
averiguar...

--S... s... averiguad... pero esto es imposible, imposible de todo
punto--aadi como hablando consigo mismo el confesor del rey--; y sin
embargo, las mujeres...

--Son muy caprichosas, seor; ya veis, mi mujer...

--Vuestra mujer!... vuestra mujer!... decs que es querida del
sargento mayor don Juan de Guzmn?

--S, seor!

--Cmo ha llegado ese hombre al empleo que tiene?

--Le favorece don Rodrigo Caldern.

--Y favorecindole don Rodrigo Caldern, ese hombre ha enamorado 
vuestra mujer?...

--Qu pensis de eso?

--Vigilad  vuestra mujer.

--Y no sera mejor que vos, seor, que sois inquisidor general,
encerrseis  ese hombre?...

--Haced lo que os mando.

--Lo har, seor.

--Adems, en esta carta de vuestro difunto hermano que me habis dado,
se dice que existe un cofre sellado.

--S; s, seor.

--Dnde est ese cofre?

--Le tengo yo.

--Traedme ese cofre esta misma noche.

--Ese cofre, seor! pero no sabis que es un secreto?

--Para la Inquisicin no hay secretos.

--La Inquisicin!--exclam aterrado Montio.

--Lo que me habis revelado es muy grave, para que la Inquisicin deje
de ocuparse de ello.

--Pero yo os lo he revelado en confesin.

--No importa. Si no queris exponeros vos mismo, obedeced.

--Obedecer, seor.

--Esta noche, tarde...  las doce, por ejemplo...

--El cofre es muy pesado, seor.

--Emplead para traerle cuantos hombres fuesen necesarios.

--Ah!

--Ahora od. No escandalicis en vuestra casa.

--Si no me atrevo  ello, seor!

--Habis dado ocasin para que vuestra mujer vea en vos desconfianza?

--No; no, seor.

--Pues bien, no la deis. Seguid tratando  vuestra mujer como de
costumbre.

--Es, seor... que... no s en lo que consiste, pero ahora la quiero ms
que antes.

--Seguid, seguid sin novedad alguna.

--Muy bien, seor.

--Respecto al duque de Lerma, seguid sirvindole de la misma manera que
le habis servido hasta aqu.

--Pero no me habis dicho que peco sirvindole de ese modo?

--Si antes pecsteis obrando as, ahora que persistiendo en esas obras
serviris al rey, hacis una obra meritoria.

--Ah!

--Para que lo entendis ms claro: antes obrbais por codicia, por
inters vuestro; ahora sois en cuerpo y en alma un hombre que sirve al
Santo Oficio, para servir al rey.

--Ah! es decir, yo!...

--Vos me daris parte de cuanto sepis, de cuanto veis, de cuanto
oigis...

--Pero yo acaso no sirva para eso.

--Servs demasiado para servir al duque de Lerma.

--Y es preciso absolutamente que yo?...

--Si os negis  ello, ser prudente prenderos: sabis secretos
demasiado graves.

--Contad enteramente conmigo, seor.

--No, no soy yo quien cuento con vos, sino la Inquisicin, siempre
justa, siempre previsora. Por ejemplo: habis descubierto que su
majestad la reina ama ... vuestro sobrino postizo... observad...
observad... vos por vuestro empleo en palacio, podis...

--No s si puedo mucho.

--Procuradlo... y no dejis de avisarme... de lo ms mnimo que
descubris acerca de esos amores.

--Oh, Dios mio!

--Quin pudiera creerlo!... quin pudiera siquiera sospecharlo!... la
reina!...

--Es en verdad muy extrao... pero ello en fin... y yo he podido
equivocarme.

--Oh! si os hubirais equivocado!

Montio no pudo comprender el verdadero sentido de la exclamacin del
padre Aliaga: si era una amenaza para l,  un deseo ntimo del fraile.

--Conque decs--dijo al fin--que yo debo seguir en mi oficio de espa y
de corredor para ciertos asuntos del duque de Lerma?

--S.

--Debo, pues, llevar este collar  doa Ana de Acua?

--Indudablemente.

--Y despus debo deciros lo que me haya dicho esa dama?

--S.

--Una cosa hay, sin embargo, que yo no puedo hacer.

--Cul?

--Llevar al duque de Lerma la carta que me ha dado para su excelencia la
abadesa de las Descalzas Reales... porque... como don Francisco de
Quevedo me ha quitado esa carta!

--No se la llevis.

--Es que todo est entonces echado  perder... porque... de seguro... al
no recibir contestacin de su excelencia la madre abadesa... le
escribir de nuevo... se descubrir...  se creer descubrir que yo he
hecho mal uso de su carta... desconfiar de m el duque...

--Esperad--dijo el padre Aliaga.

Y se fu  la mesa, se sent y escribi lentamente una carta que cerr y
sell, con el sello del uso privado del inquisidor general, sobre una
especie de lacre verde.

--Tomad--dijo--: llevad esta carta  la madre Misericordia y os dar
otra, que llevaris al duque de Lerma.

--Ah! Dios os lo pague, seor; porque la prdida de esa carta era una
de las cosas que me tenan desesperado--exclam con alegra el cocinero
mayor.

--Ahora, idos--dijo el padre Aliaga--, y no os olvidis de volver esta
noche  la hora que os he dicho, con ese cofre y con las noticias que
hayis podido adquirir.

Francisco Martnez Montio salud profundamente al inquisidor general,
sali de la celda, y se alej aturdido, con el pensamiento embrollado y
en paso vacilante como el de un ebrio.

En tanto el padre Aliaga haba quedado inmvil, plido, sombro, con los
brazos fuertemente apoyados en la mesa.

--Dios me castiga!--exclam--; no he sabido dominar mis pasiones: mi
cuerpo est en el claustro, pero mi alma en el mundo; soy un miserable
hipcrita. Amo...  una mujer casada...  la esposa de mi rey... de mi
hijo... porque yo soy su confesor... Yo que le reprendo sus malos
deseos, sus debilidades, no s acallar el grito de los mos, no s ser
fuerte... y al saber... al or que ella ama  otro, por ms que esto
pueda ser una equivocacin, una calumnia, me estremezco de celos, y
siento odio... un odio terrible  ese hombre... que dicen ama ella... y
le hara pedazos entre mis manos...

El padre Aliaga ech violentamente hacia atrs su pesado silln, se
levant y se puso  pasear irritado  lo largo de su celda.

--Y si no es una calumnia?--dijo con voz cavernosa, despus de algunos
minutos de meditacin--si en efecto ella... olvidada de todo, le
amase?... ella me escribi anoche... l trajo su carta... anduvo muy
reservado en sus contestaciones... y es joven y hermoso... tiene esa
figura, esa expresin... ese conjunto... esa alma... ese todo que tanto
agrada  las mujeres... y la carta de la reina... me le recomendaba
eficazmente... veamos otra vez esa carta...

Y se fu  su mesa, abri los cajones y los revolvi intilmente.

La carta no pareca.

--Oh!--exclam recordando--; la quem!... pero... yo la recordar
entera... la recordar porque quiero recordarla... la memoria obedece 
la voluntad.

Y con toda su voluntad, con todo su deseo, el padre Aliaga procur
recordar el contenido de la carta de la reina.

Y le record, pero de una manera truncada,  trozos.

--Oh!--dijo--; la reina me deca que importaba mucho que ese joven
estuviese en palacio... en la guardia espaola... me mandaba comprarle
una provisin de capitn... y me hablaba con calor de l...

El alma del padre Aliaga se ennegreci ms.

--Oh!--exclam--; la gratitud de las mujeres! las mujeres no saben
tener por un hombre un afecto profundo, sin que aquel afecto las lleve
al amor... si al verse salvada de un peligro por ese joven!... pero en
todo caso... si nunca ha estado ese joven en Madrid... si anoche le vi
ella por primera vez, no puedo suponerla tan liviana que... an hay
tiempo... indudablemente... obrando con sagacidad y energa podr
evitarse... pero si todo esto no fuese ms que una locura de Montio...
una exageracin de mi recelo...

El padre Aliaga detuvo su paseo y mir  las vidrieras.

--Ya obscurece--dijo--y el bufn no ha venido... el to Manolillo!
acaso el to Manolillo pudiera darme alguna luz.

--Se puede hablar con vuestra seora?--dijo  la puerta el bufn, como
si le hubiera evocado el pensamiento del padre Aliaga.

--Entrad, entrad--dijo con mal encubierta ansiedad el padre Aliaga--;
cunto habis tardado!

--Decid ms bien, que habis estado muy entretenido. Pero cerrad bien la
puerta, padre Aliaga, cerradla bien, que tenemos que hablar cosas que no
conviene que las oiga nadie.

--Dejad, antes es necesario que nos traigan luz; ya ha obscurecido.

--Y decidme, hay por aqu algn lugar donde yo me obscurezca, de modo
que no me vea el que traiga la luz?

--Y qu os importa que os vean  no?

--Tanto me importa, como que esperando  que concluyseis vuestra larga
audiencia con el cocinero mayor, me he estado en el claustro bajo
mirando los cuadros uno detrs de otro, y volvindolos  mirar esperando
 que saliese el bueno de Montio, y luego me he paseado otro gran rato
en el claustro alto,  fin de encontrar un momento en que nadie me viese
para colarme en vuestra celda.

--No comprendo la razn de este recelo; pero puesto que no queris ser
visto, escondos aqu, en mi alcoba.

Escondise el bufn, y el padre Aliaga pidi luz.

Cuando se la hubieron trado y se qued de nuevo solo, cerr la puerta.

Entonces el bufn sali de la alcoba, y puso en la puerta, colgado de la
llave, su capotillo.

--A qu es eso?--dijo el padre Aliaga.

--A fin de que no puedan verme; y hablo muy bajo,  fin de que no puedan
reconocerme por la voz.

--Nadie escucha ni observa lo que se dice ni lo que se hace en mi celda.

--Olvidis que la Inquisicin quiere teneros tan cerca que os tiene 
su cabeza?

--La Inquisicin! la Inquisicin es ma!

--Y no temis que sea ms bien del duque de Lerma?

--To Manolillo--dijo con reserva el padre Aliaga--, nada tengo que
temer; sirvo  Dios y al rey...

--Pero no servs, sino que ms bien estorbis  algunos hombres.

--Muy quieto me estaba yo en mi convento de Zaragoza, sin salir de l
sino para mi ctedra en la Universidad, cuando el duque de Lerma me sac
de mi celda para traerme  la corte; muy alejado de toda codicia, cuando
me hicieron provincial de la Tierra Santa y visitador de mi Orden en
Portugal, y muy ajeno de que ms adelante me nombrasen archimandrita del
reino de Sicilia.

--Y consejero de Estado... y  ms,  ms inquisidor general.

--No s por qu se han empeado en engrandecerme.

--Porque  un mismo tiempo os temen y os necesitan.

--Vano temor: yo me limito  dirigir la conciencia del rey.

--Vos conspiris, padre.

--Cmo!

--Como conspiro yo y como conspiramos todos: acaso no conspira tambin
el cocinero de su majestad?

Movise impaciente en su silla el padre Aliaga.

--Henos aqu juntos--dijo el bufn--: vos fuerte en la apariencia, y yo
en la apariencia dbil; sabe Dios cul de entrambos es el fuerte!

--To Manolillo, no os entiendo--dijo con gran indiferencia el padre
Aliaga--. Qu hablis de fuertes ni de dbiles? Si no recuerdo mal, yo
os he llamado.

--Es verdad; esta maana en la recmara del rey, me dijsteis: os espero
esta tarde en el convento de Atocha.

--Necesitaba preguntaros...

--S, por una mujer... y por esa mujer he venido yo. Y  propsito de
esa mujer, tendris que hablarme tambin de algn hombre?

--Y de algunos.

--Esa mujer... la madre... se llamaba Margarita como la reina.

Colorse levemente el semblante del padre Aliaga.

--En efecto--dijo--; Margarita...

--Ha sido siempre vuestra desesperacin. Debe de ser para vos fatal ese
nombre.

--Para m!

--Esto de que hayan de llamarse Margaritas todas las mujeres que
amis!...

--Que yo amo!

--Bah! ya lo creo! un hombre, al hacerse fraile, no se arranca el
corazn.

--Creo que os atrevis  hacer suposiciones muy arriesgadas.

--Pero las hago en voz muy baja. Estamos solos. Vos tenis el corazn
hecho pedazos, yo tambin; vos amis, yo tambin amo; pero amo con ms
herosmo que vos, y lo sacrifico todo  mi amor... todo... hasta los
celos.

--Vens muy donosamente loco, to; yo cre que os habrais dejado  la
puerta de mi celda vuestros cascabeles de bufn.

--En efecto, ni aun en los bolsillos los traigo. Soy ni ms ni menos un
pobre enfermo del corazn que viene  buscar  otro enfermo y  decirle:
busquemos juntos nuestro remedio. En este momento, ni vos sois el padre
grave de la Orden de Predicadores, maestro, provincial, visitador,
confesor del rey, inquisidor general, y qu s yo qu ms, ni yo soy el
loco, el simple, el cura fastidios del rey. Somos dos hombres. Si vos os
empeis en manteneros puesta la cartula, nada tengo que hacer aqu...
me habis llamado en vano. Adis.

Y el to Manolillo se levant y se dirigi  la puerta.

--Esperad--dijo el padre Aliaga.

El bufn volvi atrs, se sent de nuevo y mir audazmente al padre
Aliaga.

--Nos quitamos al fin el antifaz?--dijo.

El padre Aliaga no contest directamente  esta pregunta.

--Esta maana--dijo--me contsteis una historia muy triste.

--Margarita, cuando estaba ms loca, llamaba  su hermano Luis... vos os
llamis Luis, padre Aliaga; hace muchos aos que pas esto, y entonces
debais ser muy joven; sois vos, acaso, el Luis que recordaba
Margarita?

--Me habis dicho que la hija de esa desdichada se parece mucho  su
madre; cuando la vea podr deciros...

--Queris verla?

--Y cmo puede ser eso?

--De una manera muy sencilla; id ahora mismo  palacio.

--A palacio!

--S por cierto. Nadie extraar que el confesor del rey entre  estas
horas en palacio. Yo estar esperndoos en la escalerilla por donde se
sube al cuarto del rey.

--Lo que no alcanzo es cmo pueda ir  palacio esa comedianta.

--La llevar yo.

--En verdad, en verdad, tengo una obligacin grave de averiguar quin es
esa mujer. No se llama Dorotea?

--Quin os ha dicho que la hija de Margarita se llama Dorotea?--exclam
con acento amenazador el bufn.

--Cuando se trata de esa mujer--dijo sonriendo tristemente el padre
Aliaga--, todo os espanta.

--Como os espanta  vos todo, cuando se trata de la otra.

El padre Aliaga pareci no haber odo la contestacin del to Manolillo.

--Slo quiero ver  esa joven--dijo--para salir de una duda; y puesto
que vos podis mostrrmela en palacio,  palacio voy.

Y el padre Aliaga se levant.

En aquel momento sonaron pasos en el corredor.

Al orlos el bufn se levant, y escuch con atencin.

Luego se escondi precipitadamente y sin ruido en la alcoba del padre
Aliaga.




CAPTULO XXVI

DE LO QUE OY EL TO MANOLILLO, SIN QUE PUDIERA EVITARLO EL CONFESOR DEL
REY


Abrise la puerta y asom el hermano Pedro.

--Nuestro padre--dijo--; tras m viene el seor Alonso del Camino.

--A qu hora!--murmur para s el padre Aliaga.

Y fu  la puerta con la visible intencin de salir de la celda, pero
Alonso del Camino no le di tiempo.

Se entr de rondn en la celda.

--Aqu tenis--dijo como quien se apresura  dar una noticia
agradable--la provisin de capitn para el seor Juan Montio.

No era ya tiempo de tapar la boca al montero de Espinosa, y por otra
parte, el padre Aliaga no se atreva  dar ninguna seal de desconfianza
al bufn del rey, que estaba en posicin de verlo y or todo desde
detrs de la cortina de la alcoba.

Tom la provisin y la mir.

Aquella provisin haba sido vendida  un soldado viejo llamado Juan
Fernndez, y ste la haba revendido al seor Juan Montio.

--Ya veis si he sido eficaz; esta maana cobr los ochocientos ducados
de la casa del seor Pedro Caballero, y en seguida me fu  buscar  un
tal Santiago Santos, secretario de Lerma, en su misma casa. Le habl,
tratamos el precio, dile trescientos ducados, fuse l  casa del duque,
y al medio da me di la provisin firmada por su majestad. He invertido
lo que me ha quedado de tiempo hasta ahora en comprar armas y caballo
para el dicho capitn, y la reina queda completamente servida.

--La reina!--murmur profundamente el padre Aliaga, lanzando una mirada
recelosa  la cortina, tras la cual se ocultaba el bufn.

--La reina!--dijo con extraeza el to Manolillo, detrs de aquella
cortina.

--Adems, no he perdido el tiempo; como he estado esperando en la
antecmara del rey  que saliese el duque de Lerma,  quien esperaba
tambin el secretario Santos para recoger la provisin firmada por el
rey, he visto algo bueno.

El padre Aliaga no pregunt qu era lo bueno que haba visto,  pesar de
que Alonso del Camino se detuvo esperando esta pregunta.

El padre Aliaga estaba inclinado hacia la chimenea, arreglando los
tizones y pidiendo  Dios que el montero de Espinosa callase, porque no
se atreva  imponerle silencio ni con una sea.

Sin saber por qu, no quera dar una muestra de desconfianza al bufn.

Esperaba mucho de aquel hombre, y lo esperaba de una manera instintiva.

Alonso del Camino continu:

--Se murmuraban en la antecmara muchas cosas.

--All siempre se murmura.

--Decan que don Francisco de Quevedo haba venido  la corte y que
haba dado de estocadas  don Rodrigo Caldern.

--Bah! siempre persiguen al bueno de don Francisco las acusaciones...
ya sabis que no ha sido Quevedo... pero est en efecto en Madrid?

--Todos lo aseguran; y como todos le desean por su ingenio festivo,
todos se preguntan: quin le ha visto? quin le ha hablado?

--Y hay alguien que le haya hablado  visto?

--No; no, seor; es uno de esos rumores que suenan, y cunden y se saben
en un momento en toda una ciudad.

--Estaba preso.

--Pues porque estaba preso, y por saber que le han soltado y que al
verse suelto se ha venido  la corte, son hablillas y la admiracin de
todos.

--Bah!--dijo el padre Aliaga.

--Se asegura que va  haber variacin en el consejo y en la alta
servidumbre.

--Porque ha venido don Francisco?

--Dicen que anoche estuvo don Francisco en palacio.

--Bien, y qu?

--Aaden que la duquesa de Ganda se fu  su casa mala, porque el rey
pas la noche en el cuarto de la reina.

--Que pas el rey la noche en el cuarto de la reina!--dijo con la voz
ligeramente afectada el padre Aliaga--. No me ha dicho nada su majestad.

--Pues preguntdselo al duque de Lerma, que dicen pas la noche rabiando
en el despacho del rey--dijo alegremente Alonso del Camino.

--Tened en cuenta, amigo mo, que en palacio se miente mucho.

--Don Baltasar de Ziga va de embajador  Inglaterra.

--Nada tiene de extrao; don Baltasar ha nacido para embajador.

--Y entra en su lugar en el cuarto del prncipe el obispo de Osma.

--As aprender su alteza mucho latn.

--No parece sino que nos escuchan--dijo bruscamente Alonso del Camino--,
segn andis de reservado.

--Pues no nos escucha nadie. Yo acostumbro  escuchar siempre con
indiferencia las hablillas de antecmara.

--Podrn ser hablillas, pero  la verdad, lo que yo he visto...

--Ah! vos habis visto...

--S por cierto, y algo que significa mucho; en primer lugar, he visto
que el mayordomo mayor, duque del Infantado, ha tenido que volverse
desde la puerta de la cmara del rey, porque el ujier no le ha dejado
pasar.

--Pero eso no prueba nada.

--Tenis razn; eso no probara nada si, despus de no haber podido
entrar tampoco el duque de Pastrana, ni el de Uceda,  pesar de su
oficio de gentileshombres de la cmara del rey, no hubiese salido el
duque de Lerma tan risueo y alegre que pareca decir  todo el mundo:
ya no tengo enemigos... Dime lstima, porque en s mismo tiene el mayor
enemigo Lerma.

--Nada de lo que habis dicho prueba nada.

--Se dice...

--Se dice ms?

--S por cierto, que se arma un ejrcito contra la Liga.

--Ejrcito que ser vencido.

--Pero todo eso prueba que el duque de Lerma tiene miedo y quiere
contentar de algn modo  Espaa; para eso... ya s lo que vais 
decirme, lo mejor era que empezase por irse  una de sus villas y dejar
el gobierno.

--Perdonadme, seor Alonso, si no os he escuchado como debiera--dijo el
padre Aliaga que se impacientaba--, pero estoy enfermo.

--Enfermo!

--S; s por cierto, tengo vaguedad en la cabeza, fro en los pies... la
celda me anda alrededor.

--Ah! perdonad... yo no saba... llamar...

--No, no... me voy  acostar... con vuestra licencia...

--Oh! lo siento mucho, no os descuidis...

--Esto pasar.

--Ah se quedan los cien ducados que han sobrado.

--Bien.

--Perdonad... pero... maana vendr  informarme...

--Muchas gracias... esto pasar...

--Quiera Dios aliviaros, y quedad con El.

--Id con Dios, y que l os pague vuestra buena voluntad, seor Alonso.

El montero de Espinosa sali, y al atravesar el corredor que conduca al
claustro, dijo:

--Es extrao! ponerse malo de repente! y  m me parece que est muy
bueno! qu habr aqu?

Apenas haba salido Alonso del Camino de la celda, cuando sali de la
alcoba el to Manolillo.

--Por qu os tratis con gente tan habladora?--dijo--; pero nada
importa que yo lo haya odo, porque ya saba yo que conspirbais:
ignoraba, en verdad, que tuviseis vuestros espas tan cerca del rey. Y
es un buen hombre ese Alonso del Camino.

--Me habis dicho--contest el padre Aliaga, como si nada le hubiese
hablado el bufn--que si voy  palacio me mostrarais  esa Dorotea.

--Indudablemente; pero es necesario que os detengis en ir lo menos una
hora.

--Y por qu?

--Porque necesito ese tiempo para llevar  la Dorotea  palacio. Ya debe
de haber salido de la funcin del corral del Prncipe; pero como ha ido
acompaada muy  su gusto, podr suceder que despus de la funcin se
haya metido con su compaa en alguna hostera apartada. Ya veis, el
hablar mucho, el cantar y el bailar abren el apetito, y cuando se han
hablado y cantado amores y se est enamorado...

--Y de quin est enamorada Dorotea?--dijo con inters el padre Aliaga.

--De una persona  quien vos conocis.

--Que yo conozco?

--S, ciertamente, y de la cual tenis celos.

--Celos!

--S por cierto; unos celos concentrados, crueles, que queris ocultaros
 vos mismo.

--Os equivocis!--exclam con precipitacin el padre Aliaga--, yo no
puedo tener celos de nadie; yo estoy retirado del mundo, muerto para el
mundo.

--Bah! all lo veremos.

--Os he preguntado de quin est enamorada esa comedianta.

--No lo adivinis por lo que os he dicho?

--No ciertamente.

--Llegar un da en que me hablis con lisura: la Dorotea est enamorada
con locura...

El bufn se detuvo como devorando con cierto placer maligno la ansiedad
del padre Aliaga.

--De quin?--dijo el fraile con impaciencia.

--De cierto mancebo  quien ha hecho capitn la reina con vuestro
dinero.

El padre Aliaga sinti el golpe en medio del corazn; se estremeci.

--Y ama el seor Juan Montio  Dorotea?

--Debe amarla, porque le ama ella: pero si no la ama, y la engaa, peor
para l.

Repsose el padre Aliaga.

--Conque... vais  buscar  esos dos amantes?--dijo.

--No por cierto, voy  esperarlos  su casa... y como pueden tardar...

--Esperad, cuando la hayis encontrado, en la galera de los Infantes.

--Esperar...

--Cuando yo llegue, os avisarn.

--Muy bien.

--Y para que los encontris ms pronto, id al momento.

--Quedad con Dios, padre Aliaga; quedad con Dios y hasta luego.

El bufn sali.

Cuando se hubo perdido el ruido de sus pisadas, el padre Aliaga llam y
se present el lego Pedro.

--Que pongan al instante la silla de manos.

Algunos minutos despus, dos asturianos conducan  palacio al padre
Aliaga.

Haba cerrado la noche y segua lloviendo.




CAPTULO XXVII

EN QUE SE VE QUE EL COCINERO MAYOR NO HABA ACABADO AN SU FAENA AQUEL
DA


En el mismo punto en que el confesor del rey sala del monasterio de
Atocha, sala del de las Descalzas el cocinero mayor.

[imagen: El padre Aliaga.]

Todo aquel tiempo, es decir, el que haba transcurrido desde la ida de
Francisco Montio de un convento  otro, lo haba pasado Montio bajo la
presin desptica de la madre Misericordia.

El haberse quedado Quevedo con la carta de la abadesa para Lerma, haba
procurado al cocinero mayor aquel nuevo martirio.

Porque cada minuto que transcurra para l fuera de su casa, era un
tormento para el cocinero mayor.

Aturdido, no haba meditado que necesitaba dar una disculpa  la madre
abadesa, por aquella carta que la llevaba del padre Aliaga. Montio no
saba lo que aquella carta deca; iba  obscuras.

Esto le confunda, le asustaba, le haca sudar.

Si deca que Quevedo le haba quitado la carta, se comprometa.

Si deca que la haba perdido... la carta poda parecer y era un nuevo
compromiso.

Si rompa por todo y no llevaba aquella carta  la abadesa, ni volva 
ver al duque de Lerma, y se iba de Madrid...

Esto no poda ser.

Estaba comprometido con el duque.

Estaba comprometido con la Inquisicin.

Montio se encontraba en el mismo estado que un reptil encerrado en un
crculo de fuego.

Por cualquier lado que pretenda salir de su apuro, se quemaba.

Decidise al fin por el poder ms terrible de los que le tenan cogido:
por la Inquisicin.

Y una vez decidido, se entr de rondn en la portera de las Descalzas
Reales,  cuya puerta se haba parado, toc al torno y, en nombre de la
Inquisicin, pidi hablar con la abadesa.

Inmediatamente le dieron la llave de un locutorio.

Al entrar en l, Montio se encontr  obscuras; declinaba la tarde y el
locutorio era muy lbrego.

Detrs de la reja no se vean ms que tinieblas.

Poco despus de entrar en el locutorio, Montio sinti abrirse una
puerta y los pasos de una mujer.

No traa luz.

Luego oy la voz de la madre Misericordia.

El triste del cocinero mayor se estremeci.

--Quin sois, y qu me queris de parte del Santo Oficio?--haba dicho
la abadesa con la voz mal segura, entre irritada y cobarde.

--Yo, seora, soy vuestro humildsimo servidor que besa vuestros pies,
Francisco Martnez Montio.

--Ah! sois el cocinero mayor de su majestad?

--S; s, seora.

--Pero explicadme... explicadme... porque no comprendo por qu os enva
el Santo Oficio de la general Inquisicin.

--Ni yo lo entiendo tampoco, seora.

--Pero  qu os envan?

--Perdonad... pero quiero antes deciros cmo he trabado conocimiento con
el inquisidor general.

--Es el inquisidor general quien os enva?

--S, seora.

--Pero sois  rais de la Inquisicin?

--No s si lo soy, seora, como ayer no saba otras cosas; pero hoy como
s esas otras cosas, s tambin que soy en cuerpo y alma de la
Inquisicin; pero  la fuerza, seora,  la fuerza, porque todo lo que
me est sucediendo de anoche ac me sucede  la fuerza.

--Pero explicos.

--Voy  explicarme: sala yo de aqu esta maana con la carta que me
habais dado para su excelencia el duque de Lerma, mi seor, cuando he
aqu que me tropiezo...

--Con quin?

--Con un espritu rebelde, que me coge, me lleva consigo, y me mete en
la hostera del... Ciervo Azul; y una vez all me quita la carta que vos
me habais dado para don Francisco de Quevedo.

--Yo no os he dado carta alguna para don Francisco.

--Tenis razn; es que sueo con ese hombre. Quise decir la carta que me
habais dado para el seor duque de Lerma.

--Qu, os la quit?...

--Me la sac... s, seora... no s cmo... pero me la sac... y se
qued con ella.

--Que se qued con ella!... y por qu os dejastis quitar esa
carta?--exclam con clera la abadesa.

--Ya os he dicho que me la ha quitado...

--Pero quin era ese hombre que os la quit?

Sud Montio, se le puso la boca amarga, se estremeci todo, porque
haba llegado el momento de pronunciar una mentira peligrosa.

--El hombre que... me quit vuestra carta, seora--dijo con acento
misterioso--, era... era... un alguacil del Santo Oficio.

--Un alguacil!

--S, seora. Un alguacil que me haba esperado  la salida de la
portera.

--Os vigilaba el Santo Oficio?... es decir, que el Santo Oficio vigila
la casa de mi to?

--Yo no lo s, seora--dijo Montio asustado por las proporciones que
iba tomando su mentira--. Yo slo s que el alguacil me
dijo:--Seguidme.--Y le segu.

--Y  dnde os llev?

--Al convento de Atocha,  la celda del inquisidor general.

--Y qu os dijo fray Luis de Aliaga?

--Nada.

--Nada?

--S; s, seora, me dijo algo:--Desde ahora servs al Santo Oficio.
Volved esta tarde.--Como con el Santo Oficio no hay ms que callar y
obedecer, me fu y volv esta tarde. El inquisidor general me di una
carta y me dijo:--Llevadla al momento  la abadesa de las Descalzas
Reales.

--Ah! trais una carta para m... del inquisidor general? Dnde est?

--Aqu, seora.

--Ddmela.

--No veo... no veo dnde est, seora.

La abadesa se levant y pidi una luz, que fu trada al momento.

Entre el fondo iluminado de la parte interior del locutorio y la reja,
haba quedado de pie, escueta, inmvil, la negra figura de la abadesa,
semejante  un fantasma siniestro.

No se la vea el rostro  causa de su posicin, que la envolva por
delante en una sombra densa.

Tampoco se poda ver el del cocinero mayor, que estaba de pie en la
parte interior del locutorio.

El reflejo de la luz atravesando la reja, era muy dbil.

Esto convena  Montio, porque si la abadesa hubiera podido verle el
semblante, hubiera sospechado del cocinero mayor, que estaba plido,
desencajado, trmulo.

--Dadme esa carta--repiti la abadesa.

Montio meti la mano con dificultad por uno de los vanos de la reja, y
di  la madre Misericordia la carta.

La abadesa se fu  leerla  la luz.

Para comprender esta carta, es necesario insertemos primero la que el
duque de Lerma escribi aquella maana para la abadesa, y despus la
contestacin de ste.

La carta del duque deca:

Mi buena y respetable sobrina: Personas que me sirven, acaban de
decirme que han visto entrar  mi hija doa Catalina en vuestro convento
y en uno de sus locutorios, y tras ella, en el mismo locutorio,  don
Francisco de Quevedo. Esto no tendra nada de particular, si no hubiese
ciertos antecedentes. Antes de casarse mi hija con el conde de Lemos, la
haba galanteado don Francisco, y ella,  la verdad, no se haba
mostrado muy esquiva con sus galanteos. Apenas casada, por razones de
sumo inters, me vi obligado  prender  don Francisco de Quevedo y
enviarle  San Marcos de Len. Psele al cabo de dos aos en libertad, y
anoche se me present trayndome una carta de la duquesa de Ganda, que
le haba entregado doa Catalina, que estaba de servicio en el cuarto de
la reina. Esto prueba tres cosas, que no deben mirarse con indiferencia:
primero, que Quevedo no ha escarmentado; segundo, que est en
inteligencias con mi hija; y tercero, que estuvo anoche en el cuarto de
la reina. Por lo mismo, y ya que en estos momentos tenis  mi hija y 
Quevedo en uno de los locutorios de ese convento, observad, ved lo que
descubrs en cuanto  la amistad ms  menos estrecha en que puedan
estar mi hija y Quevedo, porque lo temo todo, tanto ms, cuanto peor
marido para doa Catalina, y peor hombre para m, se ha mostrado el
conde de Lemos. Avisadme con lo que averigureis  conocireis, dando la
contestacin al cocinero del rey, que os lleva sta. Que os guarde
Dios.--_El duque de Lerma._

La carta que en contestacin  sta escribi la abadesa, y que entreg 
Montio y que quit al cocinero mayor Quevedo, contena lo siguiente:

Mi respetable to y seor: He recibido la carta de vuecencia tan 
tiempo, como que, cuando la recib, estaba en visita con mi buena prima
y con don Francisco de Quevedo. Doa Catalina me haba dicho que su
nico objeto al verme, era hacerme trabar conocimiento con Quevedo, y
ste me haba hablado tan en favor de vuecencia, que me tena encantada,
y me haba hecho perder todo recelo. La carta de vuecencia, sin embargo,
me puso de nuevo sobre aviso, y tengo para m que doa Catalina y don
Francisco se aman, no dentro de los lmites de un galanteo, que siempre
fuera malo, sino de una manera ms estrecha. He comprendido que don
Francisco quera engaarme para inspirarme confianza, y que no ha sido
el amor el que le ha llevado  hacer faltar  sus deberes  doa
Catalina, sino sus proyectos: porque poseyendo  doa Catalina, posee en
la corte, cerca de la reina, una persona que puede servirle de mucho, y
por medio de la cual puede dar  vuecencia mucha guerra, y tanto ms,
cuanto ms vuecencia confe en l. Mi humilde opinin, respetando
siempre la que estime por mejor la sabidura de vuecencia, es que debe
desterrarse de la corte  don Francisco, ya que no se le ponga otra vez
preso; lo que sera ms acertado, en lo cual ganara mucho la honra de
nuestra familia, impidiendo  doa Catalina que continuase en sus
locuras, y en tranquilidad y tiempo vuecencia; porque don Francisco es
un enemigo muy peligroso. Sin tener otra cosa que decir  vuecencia,
quedo rogando  Dios guarde su preciosa vida.--_Misericordia, abadesa de
las Descalzas Reales._

Ahora comprendern nuestros lectores que, al leer esta carta Quevedo en
la hostera del Ciervo Azul, la retuviese, saliese bruscamente y dejase
atnito y trastornado al cocinero mayor.

Veamos ahora la carta que el padre Aliaga haba escrito  la abadesa, y
que sta lea  la sazn:

Mi buena y querida hija en Dios, sor Misericordia, abadesa del convento
de las Descalzas Reales de la villa de Madrid: He sabido con disgusto
que, olvidndoos de que habis muerto para el mundo el da que
entrsteis en el claustro, segus en el mundo con vuestro pensamiento y
vuestras obras. Velar por el rebao que Dios os ha confiado debis, y no
entremeteros en asuntos terrenales, y mucho menos en conspiraciones y
luchas polticas, que eso, que nunca est bien en una mujer, no puede
verse sin escndalo en una monja, y en monja que tiene el ms alto cargo
 que puede llegar, y por l obligaciones que por nada debe desatender.
Escrito habis una carta  vuestro to el duque de Lerma, y entregdola
 Francisco Martnez Montio, cocinero mayor del rey,  fin de que al
duque la lleve. El seor Francisco, contra su voluntad, y bien inocente
por cierto, no puede llevar esa carta al duque,  importa que el duque
no eche de ver la falta de esa carta. Escribid otra, mi amada hija, pero
que sea tal, que ni en asuntos mundanos se entremeta, ni haga dao 
nadie. Recibid mi bendicin--_El inquisidor general._

Sinti la madre Misericordia al leer esta carta primero un acceso de
clera, luego un escalofro de miedo. Porque si bien su to, como
ministro universal del rey, era un poder casi omnipotente en Espaa, la
Inquisicin no lo era menos, y cuando Lerma haba nombrado inquisidor
general al padre Aliaga,  le necesitaba  le tema.

La madre Misericordia, pues, tuvo miedo.

Y no solamente tuvo miedo al padre Aliaga, sino tambin al cocinero
mayor, que estaba temblando al otro lado de la reja.

Era aquella una de esas situaciones cmicas que tienen lugar con
frecuencia cuando el poder hace uso del misterio, cuando explota el
recelo de los unos y de los otros, y cuando sus agentes no saben ni
pueden saber  qu atenerse.

Por esto estaban en una situacin casi idntica la abadesa de las
Descalzas Reales y el cocinero del rey.

Pero era necesario tomar una determinacin, y la madre Misericordia
abri el cajn de la mesa en que se apoyaba, y sac un papel, le
extendi, le pas la mano por encima, permaneci durante algunos
segundos irresoluta, y luego tom una pluma.

Pas un nuevo intervalo de vacilacin.

--Y qu digo yo  mi to--exclam con despecho--que le satisfaga y no
le obligue  recelar de m? Cmo contestar  su carta sin incurrir en
el enojo del Inquisidor general?

La abadesa empez  dar vueltas  su imaginacin buscando una manera, un
recurso.

Montio vea con una profunda ansiedad  la abadesa, pluma en mano,
meditando sobre el papel.

--Qu ira  decir la abadesa al duque?--murmuraba el asendereado
Montio--. Dios mo! Dios mo! y quin me hubiera dicho ayer que esto
iba  pasar por m!

Al fin se oy rechinar la pluma sobre el papel bajo la mano de la madre
Misericordia.

He aqu lo que la abadesa escribi debajo de una cruz, y de las tres
iniciales de Jess, Mara y Jos:

Mi venerado y respetado to y seor: He recibido vuestra carta en el
momento en que estaba en el locutorio en una doble visita con mi prima y
con don Francisco de Quevedo. Y digo una doble visita, porque cada cual
de ellos haba venido por su intencin, primero doa Catalina, y
despus don Francisco. Doa Catalina, muy al contrario de lo que
vuecencia ha sospechado, vena con la pretensin de apartarse de la
corte y del mundo, y encerrarse en este convento durante la ausencia de
su marido. Yo procur disuadirla, y tanto la dije, que al fin ha
renunciado  su propsito. En cuanto  don Francisco, ya sabe vuecencia,
porque lo sabe todo el mundo, que mat  un hombre que en la iglesia de
este mismo convento se haba atrevido  insultar  una dama. Don
Francisco, que es muy buen cristiano, y muy caballero, vena  darme una
cantidad de ducados,  fin de que mandase decir misa por el alma del
difunto, y celebrar una solemne funcin de desagravios  su Divina
Majestad por haber sacado de su templo un hombre para darle muerte. Esto
es cuanto ha acontecido. De lo dems que vuecencia dice en su carta, no
s nada, ni me parece que haya nada, porque aunque despus de leer la
carta de vuecencia observ cuidadosamente  entrambos, slo vi que se
trataban como conocidos, sin inters alguno. Doy  vuecencia las gracias
por la prueba de confianza que me ha dado en su carta, y quedo rogando 
Dios por su vida.--_Misericordia_, abadesa de las Descalzas Reales de la
villa de Madrid.

--Perdneme Dios, por lo que en esta carta miento!--dijo la monja
cerrndola--; la Inquisicin tiene la culpa; para que no me cojan el
embuste ser necesario avisar  mi prima y  don Francisco, y gastar
algunos doblones en la funcin de desagravios. Quin haba de pensar
que el cocinero del rey era alguacil,  familiar,  espa de la
Inquisicin?

Despus que la cerr, se levant, pero se detuvo y volvi  sentarse y
sac otro papel y escribi otra carta.

Aquella carta era para el padre Aliaga.

Deca as, despus de la indispensable cruz y de las iniciales de la
sacra familia:

Ilustrsimo y excelentsimo seor inquisidor general: He recibido la
carta en que vuestra excelencia ilustrsima tiene la bondad de
reprenderme. Yo, desde que abomin del mundo y busqu la paz de Dios en
el claustro, no he incurrido en el pecado de dejar la contemplacin de
las cosas divinas por las terrenales. Si en la carta que vuecencia
ilustrsima conoce, escrita por m  mi to el seor duque de Lerma, hay
mucho de mundano, consiste en que mi to me ha pedido informes acerca
de lo que media entre don Francisco de Quevedo y la condesa de Lemos.
Faltara yo  lo que debo  Dios y mi conciencia, si en lo que digo en
la tal carta mintiera. Doa Catalina y don Francisco,  no dudarlo,
cometen el crimen de mancillar la honra de dos familias ilustres. Por lo
que toca  los consejos que daba  mi to, los creo lcitos y buenos,
porque he visto que don Francisco es su enemigo. Si he pecado
escribiendo ms, sin intencin ha sido, pero sin embargo, espero la
penitencia, para cumplirla, que vuecencia ilustrsima se digne imponerme
como padre espiritual y sacerdote, y por otra parte he escrito la carta
para mi to que vuecencia ilustrsima me manda escribir en la suya, y en
la cual carta desvanezco completamente las dudas de mi to acerca de los
deslices de su hija y de la enemistad de Quevedo. Adems, para que
vuecencia ilustrsima vea cun sin culpa estoy, inclusa va la que me
escribi el seor duque de Lerma.

Detvose al llegar aqu la abadesa.

--Para que el padre Aliaga desconfie menos de m--murmur--debo enviarle
copia de la carta que escribo  mi to... Es necesario andar con pies de
plomo... Hago, es verdad, traicin al duque... pero la Inquisicin!...

La madre Misericordia se acord con horror de que el Santo Oficio haba
quemado viva  ms de una monja.

Este recuerdo la decidi; copi la carta que haba escrito para Lerma y
continu la que estaba escribiendo para el inquisidor general, de esta
manera:

Adems, incluyo la que  mi to escribo, y creo que vuecencia
ilustrsima quedar completamente satisfecho de m. Recibo de rodillas
su bendicin y se la pido de nuevo. Dios guarde la vida de vuecencia
ilustrsima como yo deseo. Humilde hija y criada da vuecencia
ilustrsima.--_Misericordia_, abadesa de la comunidad de las Descalzas
Reales de la villa y corte de Madrid.

Puso la abadesa bajo un sobre la carta para el padre Aliaga y las dos
copias adjuntas  ella, y con la dirigida al duque de Lerma, la entreg
 Montio.

--Dadle un pliego--le dijo--al seor duque de Lerma, y el otro al seor
inquisidor general.

--Al inquisidor general! Y cundo?

--Al momento.

--Y si me detuviere el duque de Lerma?

--En cuanto os veis libre.

--Tenis algo que mandarme, seora?

--Nada ms. Id, buen Montio, id, que urge, y que os guarde Dios.

--Que Dios os guarde, seora.

El cocinero mayor sali murmurando:

--Dios mo! Dios mo! Dios quiera que estas cartas no me metan en un
nuevo atolladero!

Entre tanto, la madre Misericordia, que se haba quedado abstrada 
inmvil en medio del locutorio, se dirigi de repente  la salida en un
exabrupto nervioso, y dijo, saliendo  un espacio cuadrado donde estaba
el torno,  una monja que dormitaba junto  l:

--Sor Ignacia, que vayan  buscar al momento  mi confesor.




CAPTULO XXVIII

DE LOS CONOCIMIENTOS QUE HIZO JUAN MONTIO, ACOMPAANDO  LA DOROTEA


Debemos retroceder hasta el final del captulo XXII.

Esto es, al punto en que Dorotea sali de su casa con Juan Montio.

La litera era, en efecto, grande; la conducan dos mulas, una detrs y
otra delante, y un criado vestido decorosamente de negro; ya que la
comedianta, en razn de su oficio, que estaba declarado infame por una
ley de partida, no poda llevar  sus criados con librea, llevaba del
diestro la parte delantera.

Arrellanse el joven en un blandsimo cojn, y sinti  sus espaldas y 
su costado derecho otro no menos blando y rehenchido.

Aunque Juan Montio no se admiraba de nada, causle impresin aquel
lujo, no por s mismo, sino porque le usase Dorotea.

La litera estaba forrada de raso blanco, con pasamanera de galn de
oro, cristales de Venecia en las portezuelas, ricas cortinillas tras los
cristales y una rica piel de oso en el fondo.

Poda asegurarse que muchas damas principales y ricas no posean un tan
lujoso vehculo.

Es verdad que antes y ahora muchas seoras de ttulo no podan ni pueden
tener los trenes que usaban las comediantas.

Con decir que aquella litera era un regalo del duque de Lerma, est
explicado todo.

Del mismo modo, despertado el joven por ella, sorprendido por el breve y
extrao dilogo anterior  su salida de la casa, no haba podido hacerse
cargo de lo exquisitamente engalanada que iba la joven.

Al entrar en la litera, Dorotea se haba echado atrs el manto, dejando
descubierto su maravilloso traje de brocado de tres altos plata y oro
sobre azul de cielo, con bordaduras en el cuerpo y en las cuchilladas de
las mangas de oro  martillo, que no parecan sino verdaderas bordaduras
hechas al pasado; una rica gola de Cambray que realzaba lo blanco, lo
terso, lo dulce, por decirlo as, de su cutis; un largo collar de
gruesas perlas prendido en el centro del pecho por un joyel de
diamantes; herretes de lo mismo en la cerradura del cuerpo, guarnicin
de perlas en las pegaduras de las mangas sobre los hombros, y un grueso
cordn de oro con rubes y esmeraldas ciendo su cintura y cayendo doble
y trenzado en una especie de greca, por cima de la ancha y magnfica
falda, hasta los pies.

Uno de estos pies, pequeo, deliciosamente encorvado, asomaba como al
descuido bajo la falda, calzado con un zapatito blanco de terciopelo de
Utrech y con un lazo de oro y diamantes en la escotadura.

Con decir que bajo los puos rizados de encaje, sobre las manos
preciosas por s mismas y riqusimas por sus sortijas, se vean dos
pulseras asimismo de perlas y diamantes, y que tambin diamantes y
perlas salpicaban las anchas trenzas negras de la Dorotea, est hecha la
descripcin de su atavo.

Todo aquello, y otra infinidad de trajes y de alhajas, era regalo
tambin del duque de Lerma.

Esto no quera decir que Lerma amase demasiado  la comedianta, sino que
era la mujer de moda en el teatro, y la envidiada fuera del teatro, lo
que bastaba para que la ostentacin de Lerma la hubiese deseado para
querida pblica; y sindolo, no poda buenamente presentarse al pblico
de otro modo sin desdoro del duque.

Adems, este lujo escandaloso de la Dorotea, serva al duque de
prospecto para con otras mujeres. Slo que la mayor parte de las que se
suscriban  las obras del duque, se encontraban con que las obras no
correspondan, ni con mucho, al lujo del prospecto.

Pero  Juan Montio que,  pesar de todo, conservaba un fondo de candor
y virginidad en el alma, le maravill todo aquello.

No se di razn de la razn de aquel lujo, aturdido por l.

Dorotea, como mujer y como atavo, se le haba subido  la cabeza; le
haba embriagado.

Y era muy difcil defenderse de la embriaguez causada por aquella
portentosa armona de formas, por aquella riqueza de cabellos, de color,
de atractivos; por aquella mirada dulcsima y ardiente que le sonrea,
le enamoraba, le acariciaba, le chupaba, por decirlo as; por aquella
nobleza de lo bello, por aquella magia de lo maravilloso.

Encanta una mujer hermosa vestida de blanco  de negro.

Pero una mujer hermosa, matizada, abrillantada por brocados y pedreras,
y saturada de blandos y exquisitos perfumes, embriaga.

Por eso estaba embriagado don Juan Montio.

Y como cuando estamos dominados por la embriaguez no somos dueos de
nuestra razn y lo olvidamos todo, el joven, dentro de aquella litera y
en aquella situacin, se haba olvidado completamente de doa Clara
Soldevilla.

En verdad que la embriaguez pasa, y que despus de haber pasado, quien
tiene dignidad en el alma, se avergenza de su pasada embriaguez.

Brillaba, reluca la mirada del joven, fija en Dorotea; su semblante
tena esa dulce seriedad del sentimiento que slo modifica  veces una
indicacin de sonrisa, sensual, caracterstica, que parece decir  una
mujer   un hombre: no vivo, no siento ms que para ti.

A ms que por la expresin de su semblante, el estado fsico y moral del
joven se revelaba para Dorotea en el ardor febril de sus manos, que
estrechaba una de las suyas, y en el temblor leve y sostenido de su
cuerpo.

Dorotea era entonces feliz.

Durante algn tiempo, slo se hablaron con la mirada lcida y fija, y
con la involuntaria y expresiva presin de las manos.

Hubo un momento en que Juan Montio acerc demasiado su semblante al de
Dorotea.

Dorotea retir el suyo, y dej ver en l una dolorosa seriedad.

--Perdonad--dijo Juan Montio--, estoy loco.

--Perdonad vos ms bien--dijo Dorotea--, pero por vos y para vos soy una
mujer nueva.

No hablaron ms durante algunos segundos.

La seriedad de la joven pas, como pasa un nubladillo por delante del
sol.

--Estoy pensando una cosa, Juan. No os llamis Juan?

--S; s, seora, Juan me llamo; en qu pensbais?

--En que me expongo llevndoos al teatro.

--Que os exponis!

--S por cierto; all veris  mis compaeras.

--Bah!--dijo con desprecio el joven.

--No seis fanfarrn; no despreciis al enemigo antes de conocerle.

--Me habis puesto fuera de combate; me habis hechizado.

--Quiralo Dios--dijo suspirando la Dorotea, y oprimiendo dulcemente las
manos de Juan Montio.

--Pues mirad--repuso el joven--, yo pensaba en otra cosa.

--En qu?

--En que antes de salir de vuestra casa...

--De nuestra casa, caballero...

--Bien; pensaba en que antes de salir de casa nos hablamos de t.

--Es verdad; hay momentos en que... pero eso no debe ser... figuros que
yo soy la mujer ms honrada y ms respetable del mundo.

--Y qu, no lo sois para m?

--Y tanto como lo soy; ya veris.

--Os habis propuesto desesperarme?

--Me he propuesto que me amis.

--Qu! no os amo ya?

--No, ni yo os amo tampoco.

--Cmo!--exclam con acento severo el joven, creyndose objeto de la
burla de una cortesana.

Dorotea comprendi su intencin por su acento, y se apresur  decir:

--Antes de pensar mal de m, escuchadme.

--Habis dicho una hereja.

--No por cierto. Suponed... que por un accidente cualquiera nos
separsemos... hoy; que no nos volvisemos  ver...

--Pero eso no puede ser.

--Todo puede ser... por ejemplo: si os prendiesen y os sacasen de Madrid
y no pudiseis escribirme...  bien, si  m me prendiese... la
Inquisicin, por ejemplo, y me empozase y no volviseis  saber de m;
ni siquiera que estaba presa.

--Ah, no digis eso!

--Es una suposicin. Pues bien, sabis lo que sucedera, caballero? Me
buscarais y yo os buscara,  medida que pasara el tiempo nos
buscaramos el uno al otro con menos inters; al fin slo nos quedara
el uno al otro,  tal vez  los dos, esa impresin vagamente dolorosa de
una esperanza desvanecida; s, de una esperanza; porque lo que somos el
uno respecto al otro...  para hablar con ms seguridad: lo que vos sois
para m, no es ms que una bella esperanza, una esperanza que yo no
haba alentado, porque no haba comprendido que el amor es la vida de la
mujer; que el amor es lo nico que puede hacerla buena, casi santa... el
amor como yo le comprendo... desde que os vi... porque antes yo no haba
amado sino deseado... y del amor al deseo, hay la misma diferencia que
creo existe entre vuestra alma y la ma.

--Ah! seora! creis que mi alma?...

--No, yo no pienso mal de vuestra alma... entonces no deseara vuestro
amor... pero me parece que slo os inspiro deseo.

--Yo no s lo que me inspiris, seora.

--Puede ser que algn da sintis amor por m... pero eso slo puede
hacerlo el tiempo... espero... espero con ansia... y esperando os amar
ms cada da.

--Pero es cierto que no me amis an, seora?

--No quiero engaaros; he meditado mucho en el breve tiempo que ha
mediado desde que nos conocimos hasta ahora, y me he convencido de que
soy otra mujer... cuando os vi, sent... voy  probar si puedo haceros
conocer lo que sent... sent que un no s qu desconocido, dulce,
inefable, se entraba en mi alma, se mezclaba con ella, la fecundaba, la
iluminaba; y eso... eso lo siento ahora... pero de una manera tranquila,
sin deseos... como no he sentido por ningn otro hombre.

--Y sin embargo, no queris ser ma por completo?--dijo con acento de
queja Juan Montio.

--No... no... mi amor no es eso... y por eso tiemblo, por eso temo
llevaros al teatro. Vos sois como todos; ms materia que alma... al
menos para m... en el teatro veris  la Angela,  la Andrea,  la Mari
Daz, que es muy hermosa, alta, gallarda, con un cuello de cisne, unas
manos de diosa, un talle de clavel, y sus grandes ojos azules... los
ojos ms graciosamente desvergonzados del mundo; cuando os vea tan
hermoso... sobre todo, cuando os vea conmigo, de seguro se pone en
campaa, y empieza  disparar contra vos... mejor dicho, contra m, toda
su batera de miradas y de suspiros enamorados. Oh! tengo miedo... y
sin embargo, os llevo porque quiero probaros... si me hacis traicin,
mejor... os olvido... os perdono... y me quedo libre de un galanteo que
puede acabar por romperme el corazn; si os mantenis firme... oh! eso
sera una felicidad... porque me probara que vos sois para m lo mismo
que yo soy para vos.

--Y podis dudarlo?

--Pero si no dudo... tengo... por el momento al menos... una certeza;
puede haberos enamorado mi cuerpo, pero mi alma... bah! cuando yo vea
en una comedia de Lope unos amores repentinos, me deca siempre rindome
del autor: eso es escribir como querer, y nada ms. El amor no es obra
de un momento... el amor es hijo del tiempo, del trato continuo y
apasionado... lo dems... si yo no sintiese por vos ms que una
impresin causada  primera vista, si me hubiese enamorado, hubiera
cado en vuestros brazos como en los de tantos otros, y os hubiera dicho
que os amaba. Pero me hubiera engaado, como me he engaado respecto 
otros... hubiera mentido de buena fe y luego... os hubiese abandonado.

--Confieso que no os comprendo, seora.

--No importa, ya me comprenderis. Pero ya estamos cerca del teatro,
od: delante de las gentes, en presencia de los comediantes, os tratar
de tal modo, como si fuese vuestra querida. Que eso no os aliente para
exigirme igual conducta cuando estemos solos.

--Y eso por qu?

--Si yo no os tratase delante de esas gentes como  un amante
favorecido, creeran que me burlaba de vos. Yo no quiero que nadie pueda
creer tal cosa. Os aprecio y os respeto demasiado para que yo os ponga
en ridculo delante de nadie. Pero cuando estamos solos... oh! dejadme
que sea  vuestros ojos una mujer digna y pura... dejadme que yo, mujer
perdida, realice para vos ese hermoso sueo de la mujer virgen y
honrada... dejadme soar, ya que soy tan infeliz que la realidad me
mata... dejadme buscar un cielo aunque sea fingido.

En aquel momento la litera se par en la calle del Lobo, delante de un
portaln feo que se vea en una fachada irregular.

Llova, y el criado que hasta all haba conducido la litera, abri un
enorme paraguas, y luego la portezuela; Dorotea sali, y cubierta con el
paraguas, salv de un salto, sobre las puntas de los pies, y la ancha
falda recogida con suma coquetera, el espacio enlodado de la entrada, y
gan la parte seca del interior.

--Oh, reina de las reinas!--dijo al verla un joven de aspecto
aristocrtico por sus maneras y por su traje--; dignos tomar mi brazo
para subir esas endiabladas escaleras del vestuario.

--Gracias, don Bernardino--dijo la Dorotea sonriendo--; pero viene
conmigo persona tal, que no cambiara su brazo por el del rey.

Al mismo tiempo Juan Montio sala de la litera, y Dorotea se asi  su
brazo.

--Ah, perdonad, seora!...--dijo don Bernardino siguiendo  los
jvenes, que se encaminaban  unas estrechas, negras y horribles
escaleras--; yo ignoraba que... como dicen que don Rodrigo Caldern...

--Est herido y medio murindose, no es verdad?--dijo Dorotea.

Suban por las escaleras.

--Me espanta la serenidad con que hablis y las galas que vests.

--Como que estoy de boda.

--Os casis?

--Con Sancho Ortiz de Rodas.

Todos los que conocen las comedias de Lope de Vega, saben que Sancho
Ortiz era el amante  novio de la Estrella de Sevilla, comedia que se
representaba aquella tarde, y en la que desempeaba la parte de
protagonista Dorotea.

--Ah, s, es verdad! vens vestida desde vuestra casa!

--S, por cierto.

--Habis hecho bien, porque la funcin se ha empezado; la loa est casi
 la mitad, y han empezado  correr por el patio unas noticias que
tienen disgustado al pblico.

Seguan  la sazn por un corredor estrecho alumbrado por candilejas, 
cuyos dos costados haba puertas.

--Y qu noticias eran esas?--dijo la Dorotea avanzando por el corredor
delante de Juan Montio.

Detrs de los dos iba Don Bernardino.

--Esas noticias eran que vos,  consecuencia de la herida de don
Rodrigo, estbais desesperada y no representbais.

--Ya veis que no.

--Ya lo veo. Y os anuncio que al salir os van  vitorear con frenes. El
pblico est enamorado de vos.

--Pues no se conoce, porque me paga poco.

--Eso consiste en que Gutirrez es un judo. Tiene en vos una mina de
oro.

--No queris entrar?--dijo Dorotea empujando una puerta al fondo del
corredor, y entrando en un pequeo aposento.

A pesar de que como haba sido pronunciado aquel _no queris entrar?_
supona lo mismo que esta otra frase: _haris bien en iros, porque
estorbis_, don Bernardino se hizo el desentendido y entr.

El aposento, aunque reducido, era muy bello; estaba ricamente tapizado y
alfombrado, tena un ancho canap  sof con almohadones de damasco y
sillones de gran lujo, y al fondo haba una puerta con cortinaje de
seda.

En medio se vea un brasero de plata con fuego.

--Petra--dijo Dorotea  una doncella que estaba esperndola en su
cuarto--, ve y di al autor que por m no tiene necesidad de detener la
funcin.

La doncella, despus de tomar el manto de su seora, sali  cumplir su
encargo.

Juan Montio,  una indicacin de Dorotea, que se haba sentado en el
canap, se sent en un silln y se descubri.

Don Bernardino se descubri tambin, aunque con suma impertinencia; se
sent en otro silln con el mayor desenfado del mundo, puso un brazo
sobre el respaldo del silln y cruz una pierna sobre la otra.

Juan Montio, que no haba hablado una sola palabra, empezaba 
amostazarse.

Era don Bernardino uno de estos jvenes fatuos, que han frecuentado
siempre los vestuarios de los teatros en busca del desinteresado amor de
una bailarina, sin encontrarlo jams, y que acaban por creerse adorados
de una especie de desecho del mundo, que les hace pagar el vidrio como
si fuera diamante; galanes que se creen hermosos y discretos y
valientes, y junto  los cuales no se puede estar un minuto sin sentir
desprecio  clera.

Don Bernardino de Cceres era un segundn de una familia principal de
Crdoba; gastaba ms vanidad que doblones, y por razn de su vanidad
andaba siempre perdonando vidas.

Hacalo con tal aplomo y se crea tan de buena fe valiente, que los
dems acabaron por creerlo y por respetarle.

Esto haba acabado de hacer insoportable  don Bernardino.

--Es pariente vuestro este hidalgo, Dorotea?--dijo cuando se hubo
sentado, y con cierto espritu de proteccin.

--Algo ms que pariente--dijo con descaro la Dorotea--; es... mi amigo,
y el amigo  quien ms quiero.

Mir de alto  bajo don Bernardino  Juan Montio, como buscando la
razn, el por qu del cario de Dorotea hacia aquel hombre.

--Debis ser forastero--dijo don Bernardino.

Juan Montio hizo una seal afirmativa con la cabeza.

--Es paisano vuestro, Dorotea?

--No lo s, porque yo no s de dnde soy.

--Ah! vos sois del cielo.

--Pues entonces no somos paisanos--dijo Juan Montio con mal talante--,
porque yo soy de la tierra.

--Habis estado alguna vez en la corte?

--Ayer vine por vez primera.

--Y como en la corte no conoce  nadie, ha venido  parar  mi casa.

--Os doy la enhorabuena por haber hallado tal posada--dijo don
Bernardino--, y estimando yo como estimo  vuestra... amiga, no puedo
menos de ofreceros mi amistad.

Y tendi la mano  Juan Montio, que se la estrech framente.

En aquel momento se oy una voz de hombre que deca en el corredor:

--Dorotea!

--La escena me llama, seores--dijo la joven--; venid, venid conmigo,
Juan, y me veris trabajar desde adentro.

Montio sigui  Dorotea; don Bernardino sigui  Montio.

Siguieron un trozo de corredor, bajaron unas pendientes escaleras y se
encontraron en la parte interior del escenario.

En los tiempos de Felipe III empezaban  usarse ya los bastidores, en
vez de las tres cortinas que antes cerraban la escena.

El lugar comprendido fuera de los bastidores, estaba lleno de gente,
toda alegre y toda _non sancta_: comediantes y comediantas, poetas,
galanes de bastidores y criadas; se hablaba, se murmuraba, se menta; y
al pasar Dorotea junto  un grupo de hombres, en medio del cual haba
una joven sumamente hermosa, dijo  uno de los del corro, hacindole
reparar con una indicacin en Juan Montio:

--Dejad estar entre bastidores  este caballero, que es cosa ma.

Despus se dirigi  un bastidor, para esperar su salida.

El escndalo estaba dado.

Y decimos el escndalo, porque en la manera de presentar Dorotea  Juan
Montio, haba dicho  todos:

--Ese joven es mi amante.

Y presentarse con un nuevo amante, en un momento en que corra por la
corte la nueva de que don Rodrigo Caldern estaba herido, era un
verdadero escndalo.

--Qu decs  esto, Mari Daz?--dijo un comediante rechoncho  la
joven, que hemos dicho estaba en medio del grupo.

--Digo que debe ser muy grave el estado en que se halla don Rodrigo,
cuando la Dorotea se atreve  tanto.

--Qu es eso?--dijo otro de los del corro--. A quin aplauden de ese
modo?

--A quin ha de ser sino  Dorotea?--dijo encubriendo mal su despecho
la Mari Daz--; pues no sabis que en los locos gastos del duque de
Lerma por ella, entra una compaa de mosqueteros que hacen salva en
cuanto abre los labios  se mueve la _seora duquesa_? La Dorotea tiene
mucha suerte.

Los aplausos se repitieron fuera, nutridos, espontneos, persistentes.

--No, pues esos no son los mosqueteros--dijo un poeta--;  si lo son, es
mosquetero todo el pblico.

--Qu sabis vos?--repuso Mari Daz--; hay tardes en que estn de
humor, y en sonando una palmada, all se van todos detrs, como
borregos.

--Pues yo voy  ver qu maravillas est haciendo Dorotea--dijo don
Bernardino de Cceres.

--Soberbio modrego--dijo la Mari Daz apenas haba vuelto la espalda el
presuntuoso hidalgo--; si tuviera tantos doblones como vanidad, no
andara la Dorotea tan desdeosa con l.

--Pues no tiene trazas de ser muy rico el nuevo amante--dijo otro.

--Pero es muy hermoso--replic la Mari Daz.

--Os habis ya enamorado de l?

--Yo!...

--Dicen que sois muy enamoradiza.

--Por eso los llevo detrs haciendo cola.

--Es que dicen que los llevis delante.

--Pues mienten. Slo he tenido uno, y ese ha sido bastante para que no
quiera tener ms. Pero volvamos al asunto del da: conocis  ese nuevo
amante de la Dorotea?

--Yo no le he visto nunca, y eso que voy  todas partes--dijo un
comediante.

--Ni yo--repuso otro.

--Tiene cierto aire de buen muchacho, que me indica que hace poco tiempo
que est en la corte--dijo la Mari Daz.

--Bah! pues si es altivo como un rey, y lleva su capilla parda como si
arrastrase un manto ducal! como vos cuando hacis de reina, reina
ma!--dijo un poeta.

--Eso quiere decir que no es un cualquiera--recarg la comedianta.

--De qu se trata?--dijo un alfrez de la guardia espaola que se haba
acercado al grupo.

--De qu se ha de tratar, seor Gins Saltillo, sino de un
acontecimiento extraordinario?--contest un comediante.

--De un escndalo!--aadi un poeta.

--De una enormidad!--recarg un tercero.

--Pero qu milagro, qu escndalo y qu enormidad son esas?

--Ya sabris, porque lo sabe todo el mundo--dijo la Mari Daz--que don
Rodrigo Caldern tuvo anoche una mala aventura no se sabe con quin.

--Pero eso no es un milagro.

--Escuchad: sabris adems que est muy mal herido.

--Pero eso no tiene nada de escandaloso; donde las dan las toman; don
Rodrigo la echa de guapo, y si se ha encontrado con la horma de su
zapato... conque vamos al negocio y veamos en qu consisten el milagro,
el escndalo y la enormidad.

--El milagro consiste en que la Dorotea se ha enamorado de un
pobre--dijo la Mari Daz.

--Ah! eso ya es distinto; comprendo que estis asombrados: vamos al
escndalo.

--El escndalo consiste en que se haya presentado al pblico con sus
mejores galas, cuando no es un misterio su trato con don Rodrigo.

--En efecto, esto tiene algo de escandaloso--dijo el alfrez--. Pero la
enormidad... veamos la enormidad.

--La enormidad! no os parece una enormidad el que nos haya presentado
 todos su nuevo amante?

--Efectivamente; esa muchacha se va echando  perder ms de lo justo. Y
es lstima, cuando se trata de la mujer ms hermosa del ejercicio...
perdonad, Mari Daz, la ms hermosa despus de vos.

--Afortunadamente estoy aqu para daros las gracias, seor Gins
Saltillo--dijo la comedianta sin poder dominar completamente su
mortificacin.

--Y quin es l?

--No le conoce nadie.

--Es forastero?

--Y altivo.

--Aunque pobre!

--Pobre soy yo--dijo el alfrez--, y en punto  orgullo no me trueco por
un portugus. Y qu tal? es buen mozo?

--No tanto como vos--dijo la Mari Daz--, pero aun as puede presentarse
sin miedo donde haya galanes... se entiende siempre, despus de vos.

--Muchas gracias por la fineza, prenda ma; aunque no me satisface mucho
vuestra opinin.

--Y por qu no?

--Jams os he visto acompaada de un hombre que valga seis maravedises.
Y esto que, sin contar conmigo, que hace un siglo me estoy muriendo por
vos, os siguen y os persiguen ms de cuatro gentileshombres. Por eso,
porque en vuestro gusto particular no confo, y porgue no es cosa de
preguntar  estos seores, que por envidia podrn informarme mal,
quisiera conocer  ese portento.

--Pues all est, en el primer bastidor... con don Bernardino de Cceres
que, como sabis, es el perro de la Dorotea.

--Voy, voy  verle; pero antes tengo que pagaros vuestras noticias con
otras no menores.

--Qu! Qu sucede?--exclamaron todos.

El alfrez se meti ms al centro y dijo en voz baja y con sumo
misterio:

--Hay novedades!

--Novedades, y en dnde?

--Novedades en palacio.

-Ah!

-Oh!

--Eh!--exclamaron todos.

--Pero hablemos muy bajo, porque como por todas partes hay espiones, no
se puede uno fiar de su camisa.

--Dicen que lo de las estocadas que tal han puesto  don Rodrigo, tiene
su intrngulis.

--Su qu?...

--Su misterio, seores, su misterio. Dicen que esas estocadas han venido
de lo alto.

--De que alto?

--De palacio.

-Ah!

--Parece que Don Rodrigo quera alzarse con el santo y la limosna.

--Siempre ha sido Don Rodrigo muy alentado.

--Y que tal zancadilla tena armada al duque, que ste ha echado por el
camino ms corto para no perder tiempo.

--Conque acusan  su excelencia...?

--S; pero hablad ms bajo, vida ma, si no queris dormir esta noche
sin ms compaa que las ratas.

--Seguid, seor Gins, seguid; vos, Mari Daz, no interrumpis--dijo
uno.

Todos los cuellos estaban estirados, todas las cabezas extendidas hacia
el noticiero, todos los odos atentos, porque han de saber nuestros
lectores, que en todos los tiempos los comediantes, como gente libre, se
han tomado gran inters por los negocios pblicos.

--Se dice--aadi el narrador--, que el duque... pues... su
excelencia... no hay que citar nombres, tiene en su casa como preso al
herido.

--En su casa!

--Como que le hirieron junto al postigo de su casa.

--Y no se sabe quin le hiri?

--Todava no. Pero nadie hay preso ni mandado prender... De modo que...
qu ms prueba queris de que estas estocadas han venido de lo alto?

--Esto es grave--dijo uno.

--Gravsimo--aadi otro.

--Y  m me parece lo ms fastidioso del mundo--dijo Mari Daz--; qu
nos importa todo eso? Por mi parte me voy.

--Id con Dios, princesa, id con Dios--dijo el alfrez--; si no fuera por
dejar con su curiosidad  estos seores, os acompaara.

--Muchas gracias--dijo la Mari Daz alejndose.

--All va al primer bastidor--dijo uno.

--A ponerse en guerra con la Dorotea.

--Esas chicas acabarn por araarse.

--No, porque la Dorotea es magnnima; como siempre vence!

--Dejmonos de mujeres, seores, y vamos  lo que importa--dijo el
alfrez, que reventaba por soltar sus noticias.

--S, s; seguid.

--Decamos que las tales estocadas haban venido de lo alto, segn todos
los indicios. Pues bien, hay ms. Ha entrado el rasero, seores.

--El rasero!...

--Como que acabo de llegar de haber dado escolta de honor  don Baltasar
de Ziga, que va de embajador  Inglaterra.

--Pero si don Baltasar no se mete en nada!

--Cmo que no se mete y estaba metido de hoz y de coz en el cuarto del
prncipe? Don Baltasar es muy suave, pero eso no quita, no, seor; don
Baltasar conspiraba... Y si no, por qu andaban hoy en palacio tan
graves y tan cariacontecidos el conde de Olivares y el duque de Uceda
sin poder entrar en la cmara del rey? Y por qu estaba tan alegre el
duque?

--Verdaderamente todo esto es grave--dijo uno de los del grupo, que
tena el vicio de verlo todo desde el punto de vista de la gravedad.

--Gravsimo!--dijo el alfrez--. Pues ya lo creo! Pero hay una cosa
ms grave an.

-Qu?

-Qu?

--No se ha dejado salir de su cuarto al prncipe don Felipe de orden del
rey.

--Ah! Pues esto es tres veces grave.

--Se cree--dijo el alfrez--que Lerma se haya puesto del lado de la
reina.

--Bah! eso no puede ser--dijo uno.

--La reina odia al duque--aadi otro.

--Creo ms fcil que la Mari Daz deje de ser envidiosa--dijo un
tercero.

--Prueba al canto--contest el alfrez.

--Veamos.

--El confesor del rey, fray Luis de Aliaga, es  todas luces del partido
de la reina.

--Indudablemente.

--Pues bien, el padre Aliaga ha sido nombrado inquisidor general.

--Inquisidor general! Pues y cmo ha quitado esta dignidad  su to
don Bernardo de Sandoval y Rojas, el duque de Lerma?

--Don Bernardo de Sandoval, se ha quedado con el arzobispado de Toledo y
tiene bastante. Cuando el duque de Lerma se ha expuesto  enojar  su
to, dando al confesor del rey la dignidad de inquisidor general, le
importar mucho tener de su parte al padre Aliaga. Es indudable...
indudable; el duque se ha puesto del lado de la reina.

--Pero cundo han nombrado inquisidor general al padre Aliaga?

--El nombramiento ha sido cosa de hoy, y no es extrao que no lo sepis;
lo saben muy pocos. Cuando os exageraba que haba novedades...!

--Pero qu inters tiene el duque...?

--Oh! la zancadilla que se le haba preparado era feroz. Se le iba 
acusar de traicin, de estar vendido  la Liga.

--Oh!

--Y uno de los que ms han trabajado en esto, ha sido el duque de Uceda.

--Su hijo!

--Los grandes no tienen hijos ni padres. Al duque de Uceda le tarda
llegar  la privanza y no perdona medio.

--Todo esto es grave, gravsimo--dijo el que todo lo vea por el lado
serio.

--Pues hay adems algo que aumenta la gravedad de estos sucesos.

--Qu!

--Qu!

--Se cree...--dijo el alfrez, bajando ms la voz y con doble misterio.

--Pero trais un saco de noticias, alfrez!

--Que doy de balde. Pero od lo que se dice en palacio, por los
rincones, por supuesto, y en voz muy baja: en estas cosas anda el duque
de Osuna.

--Se tiene la mana de atribuirlo todo al duque de Osuna, que, sin
duda, para huir de estos enredos, se ha ido  ser virrey de
Naples--dijo un autor de entremeses.

--Aunque el duque de Osuna est en Npoles, vieron anoche en Madrid  su
secretario don Francisco de Quevedo y Villegas.

--Que est don Francisco en Madrid!--exclam el autor de la compaa, 
como diramos en nuestros tiempos, el representante de la compaa--;
bah! eso es mentira. Hubiera venido por aqu y yo le hubiera encargado
un entrems.

--En cuanto  lo de venir, quiz no pueda porque est escondido--dijo el
alfrez.

--Pues si est escondido, quin le ha visto?

--Le vieron anoche en palacio.

--Creeran verle.

--All lo veremos; pero qu esto?

Lo que haba motivado la pregunta del alfrez, era un ruido particular,
un alboroto que provena del primer bastidor de la derecha del
escenario.

Todos corrieron all.

Lo que haba sucedido, lo vern nuestros lectores en el captulo
siguiente.




CAPTULO XXIX

DE CMO JUAN MONTIO, CON MUCHO SUSTO DE LA DOROTEA, SE DI  CONOCER
ENTRE LOS CMICOS.


La Mari Daz, dejando en su chismografa poltica al alfrez,  los
comediantes,  los poetas _ tutti cuanti_, se fu decididamente, pero
como al descuido, al hueco del primer bastidor de la derecha del
escenario.

En l estaban solas dos personas: Juan Montio y el finchado hidalgo don
Bernardino de Cceres.

--Me permits, caballero?--dijo la Mari Daz tocando Suavemente en un
hombro  Juan Montio, y con la voz ms dulce del mundo.

El joven se volvi y vi  la comedianta que le salud Con una graciosa
inclinacin de cabeza y una sonrisa.

--Esta debe ser una de las que me ha hablado Dorotea--dijo el joven para
s--. Y es hermosa esta muchacha... si no fuera tan desenfadada...

Y se volvi  mirar hacia el escenario, donde trabajaba Dorotea.

Don Bernardino se encontraba relegado  un ltimo lugar: la comedianta
delante, detrs Juan Montio, y l  sus espaldas.

--Permitidme, caballero--dijo don Bernardino.

Juan Montio no se movi.

Don Bernardino guard silencio.

Pas as algn tiempo.

Mari Daz segua arrojando sobre Juan Montio mirada tras de mirada,
sonrisa tras de sonrisa,  vuelta de algunas frases de elogio  la
Dorotea.

Juan Montio contestaba con otra frase, pero era tan econmico y tan
liso en sus contestaciones, que Mari Daz se impacientaba.

--Hace mucho tiempo que conocis  mi amiga?--dijo la comedianta
entablando ya decididamente una conversacin.

--Es un conocimiento nuevo--dijo don Bernardino, que tena el vicio de
introducirse en todas las conversaciones, por ms que nada le
importasen.

--Este caballero--dijo secamente Juan Montio--, se ha tomado el trabajo
de responder por m.

--Pero es que yo os he preguntado  vos.

--Lo que ha dicho este hidalgo es la verdad.

--Oh! yo s siempre lo que me digo--contest con fatuidad don
Bernardino, atusndose el bigote izquierdo.

--Menos cuando no--dijo la comedianta.

--Mejor ser que callemos, prenda, que os estar bien.

En mal hora se meti don Bernardino con la comedianta.

Esta, que quera tener un motivo slido de entablar conocimiento con
Juan Montio, forz la situacin.

--Y por qu hemos de callar? veamos: qu tenis vos que echarme en
cara, como no sea el no hacer caso de vos, por impertinente?

--Si como sois de desvergonzada, furais de hermosa y discreta, serais
un prodigio.

--Como vos, si no furais grosero y mal nacido.

--Vive Dios, doa perdida--exclam don Bernardino todo fuera de s--,
que me la habis de pagar!

--Me hacis el favor de iros  cien leguas de aqu?--dijo Juan Montio
volvindose y encarndose en don Bernardino,  tiempo que levantando
ste la mano sobre la Mari Daz, la hacia ampararse de Juan Montio, y
decirle:

--Defendedme de este hombre, caballero! es un infame!

--Idos--repiti Juan Montio con una calma inalterable.

--Que me vaya!--exclam todo clera don Bernardino.

--Me estis cargando la paciencia hace una hora, y no quiero ya ms
peso. Idos,  vive Dios!

--Mirad no os tire yo en medio de la escena, don bravatas--exclam el
hidalgo, que echaba fuego por los ojos.

--A m! echarme vos  m!...--exclam Montio ponindose plido.

Y en seguida son una bofetada, y luego un hombre cay, como lanzado por
una mquina, del lado de adentro de los bastidores.

Juan Montio haba dado aquella bofetada.

Don Bernardino la haba recibido.

Juan Montio era el que haba arrojado.

Don Bernardino el que haba cado.

Este era el estruendo que haba distrado de su chismografa poltica al
alfrez de la guardia espaola Gins Saltillo y  sus oyentes.

Montio se haba vuelto con suma tranquilidad  su bastidor.

Mari Daz estaba temblando  haciendo que temblaba junto  l.

Don Bernardino, empolvado por el tablado, que no estaba muy limpio, se
haba levantado trmulo de clera, haba desenvainado la espada, y se
haba ido hacia Juan Montio.

El alfrez y sus acompaantes se interpusieron.

--Dejad que mate  ese hombre que me ha afrentado--dijo don Bernardino.

Y como no le dejasen acercarse  Juan Montio, empez  llenarle de
improperios.

--Si no queris que os tengamos por mujer, callos--dijo Juan Montio
acercndose al grupo--; y si queris tomar satisfaccin de esa afrenta,
decidme dnde y cundo podremos vernos,  fin de que yo os pruebe que no
estn fcil desagraviarse de m.

--Ahora mismo... fuera...

--No puede ser ahora; tened un poco de paciencia, que tiempo sobra.

[imagen:...cay, como lanzado por una mquina.]

--Dice bien ese caballero--dijo el alfrez, que se pereca por este
gnero de lances--; adems, que las pragmticas son rigurosas, y en esto
de duelos es necesario irse con pies de plomo. Cerca de San Martn hay
unas casas echadas por tierra: el sitio es medroso y apartado... y
all... hasta se puede enterrar un muerto entre los escombros...  las
doce de la noche...

--Acepto por mi parte--dijo Juan Montio--, y como soy nuevo en Madrid y
no conozco sus calles, deseara que uno de vosotros me acompaara,
seores.

--Yo--dijo el alfrez.

--Y yo acompaar  don Bernardino--dijo un poeta.

--En hora buena. A las doce estar en las casas derribadas de San
Martn--dijo don Bernardino, y sali.

--Y dnde nos veremos nosotros, seor alfrez?--dijo Juan Montio 
Gins Saltillo.

--Sabis  las gradas de San Felipe?

-S.

--Pues  las once y media, en las gradas de San Felipe.

Montio salud y se volvi al bastidor.

Todava estaba all la seora Mari Daz.

--Gracias, caballero, gracias--le dijo--; os estoy tan agradecida, que
no sabr cmo demostraros...

--No hay por qu, seora--contest brevemente Montio.

--Vivo en la calle Mayor.

--Muchas gracias.

--Nmero sesenta...

--Gracias, seora.

--Me encontraris all todo el da...

En aquel momento la Dorotea sala de la escena, y oy las ltimas
palabras de la Mari Daz.

La Dorotea era una verdadera reina, una leona de la escena, y aunque la
estremecieron aquellas palabras que haba cogido al paso, no di el ms
leve indicio de haberlas escuchado.

Devor sus celos, se mantuvo serena y mir  Juan Montio.

Entonces se aterr.

El semblante del joven estaba demudado an de clera.

--Qu ha sucedido?--exclam--; qu tenis, Juan? Os habis visto
obligado acaso?...

--Se ha quitado una mosca de encima--dijo el alfrez Saltillo... y de
una manera brava... estos seores pueden testificar.

--Ha sido una bofetada digna de que la cante un Homero--dijo un poeta.

--Eneas haciendo rodar  Aquiles--aadi otro.

--Un lance por una... hermosa--dijo otro.

--De cuyo lance resultarn estocadas.

--Queris hacerme un favor, seores?--dijo Juan Montio.

Miraron todos con atencin al joven.

--No hablemos ms de esto--dijo.

--Pero!...--exclam Dorotea...

--En resumidas cuentas...--dijo un comediante--como don Bernardino de
Cceres es vuestra sombra, y se ha encontrado con otra sombra mayor...

--Ah!

--Pues... nada... estas son cosas que suceden en el mundo--dijo el
alfrez--, y que una vez sucedidas, no tienen ms que un remedio... este
caballero lo sabe, y yo lo s, y todos lo sabemos... conque no hay que
hablar ms de ello.

Dorotea se asi del brazo de Juan Montio, y se lo llev entre los
telones, en donde estuvo paseando con l, dando lugar  las
murmuraciones del corro, que crecieron.

--Por quin habis pegado  don Bernardino?--dijo Dorotea--; por m 
por Mari Daz?... estamos solos, Juan, y quiero que me digis la
verdad... cuando yo sala, la Mari Daz os citaba.

--He pegado  ese hombre, por l mismo; y en cuanto  esa mujer, no
tenis motivos para enojaros conmigo.

--Y qu pensis hacer?

--Que he de hacer ms que matar  ese hombre, y dejar ir por su camino
 esa mujer?

--Ah! Dios mo! pero sabis quin es don Bernardino?

--Un impertinente.

--Todos le temen.

--Hacen muy mal.

--Os matar  os estropear.

--Creo que ese hombre tiene la espada ms virgen del mundo--dijo con
desprecio Montio.

--Ah! no lo creis! cuando l habla todos callan.

--Razn ms para dudar de su valenta. Cuando todos temen  un hombre es
cuando menos debe temrsele.

--Vos no iris.

--Cmo! me peds vos que me deshonre? Consentirais vos  vuestro
lado  un hombre que hubiese perdido la vergenza?

--Os quiero vivo.

--Y vivo me tendris.

--Pero suponiendo que... lo que es suponer mucho... venciseis  don
Bernardino...

--Anoche venc dos veces  Caldern.

--Ah! es verdad! y don Rodrigo es muy valiente y muy diestro... me
haba olvidado... pero Dios mo! aunque eso sea, de todos modos os
pierdo: si le matis tendris que huir.

--No le matar.

--Oh! gracias... no iris, no es verdad? esperaris  que se acabe la
funcin y os vendris conmigo... yo har... yo dir al duque de Lerma
que destierren  ese hombre.

--Qu estis diciendo?... Ir  encontrar  don Bernardino al lugar
donde me ha citado... y no le matar, pero le escarmentar...
Miserable! Vive Dios que ningn hombre se ha atrevido como l 
probarme la paciencia!

--Malhaya la hora en que os traje al teatro!

--Y por qu? Nada temis; yo har de modo que me conozcan esos seores,
y cuando me conozcan, me respetarn, os lo juro.

--Dorotea! Dorotea!--dijo una voz cerca de ellos.

--Otra vez  la escena!--exclam la joven--; oh, malditas sean las
comedias y mi suerte!... Esperadme, no os vayis.

--Y desasindose del brazo de Juan Montio, atraves rpidamente el
espacio comprendido entre los telones, y sali  la escena.

Poco despus se oyeron fuera estrepitosos aplausos.

--Es mucha, mucha mujer esa--dijo una voz junto  Juan Montio--, y no
me extraa que la amis.

Volvise el joven, y vi junto  s  Gins Saltillo.

--Quin os ha dicho que yo amo  dejo de amar  esa seora? Y, sobre
todo, os importa  vos?--dijo el joven, que estaba resuelto  sostener
la cuerda tirante hasta que saltase.

--Tenis una manera de contestar...--dijo contrariado el alfrez.

--Cada cual tiene sus costumbres, como vos las tenis en meteros en lo
que no os va ni os viene.

--Perdonad, yo cre que un hombre que se ha ofrecido  serviros de
testigo...

--Y qu falta me hacen  m testigos para mis asuntos?

--Ah! Pues os digo que si lo tomis as, vais  tener mil camorras
todos los das, si no es que  la primera os escarmientan.

--Os suplico que me dejis en paz.

--Seor mo--dijo el alfrez, retorcindose su mostacho--, yo soy un
hombre que lo tomo todo con mucha calma, que antes de tirar de la
espada, miro si hay motivo para ello, y que antes de ofenderme de las
palabras de otro hombre, procuro conocer en qu estado se halla al
decirlas. Vos estis irritado, no s si con razn  sin ella. Habis
abofeteado  un hombre, ignoro con qu motivo: ese hombre os ha pedido
que le desagraviis riendo con l, y vos habis aceptado; yo era el
nico hombre de espada que estaba presente, y me ofrec...

--Y yo he aceptado... gracias--dijo seca y brevemente Juan Montio.

--Cuando un hombre acepta de otro esta clase de servicios, es ya casi un
amigo, y cuando un hombre es amigo de otro, puede decirle... lo que os
he dicho acerca de Dorotea, y tanto ms cuanto me haba quedado solo,
porque los otros se han ido, para serviros. Ahora...--y el alfrez se
retorci el otro mostacho y di una entonacin singular  su voz--si
encontris en m impertinencia... es distinto, caballero... decdmelo
para que yo sepa  lo que debo atenerme, y obrar como obrar deba.

--Perdonad--dijo Juan Montio--; estaba, y lo estoy, fastidiado; os he
confundido con esa turba que me miraba sonriendo, y acaso por
equivocacin os he ofendido... Perdonad, yo no os conoca, no os haba
visto hasta hoy.

Y tendi su mano al alfrez.

--Hubiera sentido reir con vos--dijo ste apretando con fuerza la mano
del joven--; tenis para m un no s qu... algo que me habla en vuestro
favor. Sois soldado?

--Puede ser que  estas horas lo sea de la guardia espaola.

--Ah, vive Dios! Pues si sois de la guardia espaola, y de la tercera
compaa, de la que soy alfrez, seremos camaradas! Y ya que eso puede
ser, me alegro de vuestro lance con don Bernardino.

--Por qu?

--A todo el que entra en la guardia espaola, se le piden pruebas de
valiente: conque hayis reido bien con don Bernardino de Cceres, las
llevis hechas.

--Me parece poco hombre para prueba ese hidalgo--dijo con desprecio Juan
Montio.

--Bah! Don Bernardino es una espada valiente, y muy bravo y sereno.
Con que salgis de un lance con l sin que os mate, no hay ms; habis
quedado recibido en todas partes y por todo el mundo por valiente y
buena espada.

--Sabis  cuntos ha matado don Bernardino?

--Saber por m mismo... no... pero se dice de l...

--Eh! Del dicho al hecho...

--Pues bien; algrome de que estis tan bien alentado... Pero por all
pasa la Dorotea, y os hace seas... id... que aqu os espero.

--Mas bien; cuando se acabe la funcin, y yo haya dejado  Dorotea en su
casa, esperadme en las gradas de San Felipe.

--Pues hasta la noche.

--Hasta la noche.

Montio sigui  la Dorotea, y el alfrez, harto pensativo por lo que
haba mostrado de s Juan Montio, sali del vestuario.




CAPTULO XXX

DE CMO HIZO SUS PRUEBAS DE VALIENTE ENTRE LA GENTE BRAVA, JUAN MONTIO


Eran las doce de la noche.

Dos hombres adelantaban por la calle del Arenal, hacia la subida de San
Martn.

Era la noche obscura, continuaba lloviendo, y no poda conocerse 
aquellos bultos.

Encaminronse  San Martn, llegaron, tomaron  la izquierda por la
estrecha calleja del postigo, revolvieron  la derecha, y se entraron
por unos tapiales derribados, en un ancho hundimiento.

Treparon aquellos dos hombres sobre los escombros, y  poco les detuvo
una voz que les dijo:

--Quin va?

--El alfrez Saltillo--dijo uno de los que llegaban.

--Viene con vos el difunto?--dijo otro.

--No s por qu decs eso, amigo Velludo, si no es porque aqu hay un
olor  muerto que vuelca.

--Yo creo que trais ese olor metido en las narices, amigo Saltillo.

--Pronto hemos de ver si est ese olor aqu,  si le traemos nosotros.
Est don Bernardino?

--Impaciente.

--Pues an no han dado las doce.

--Es que el reloj de la honra adelanta siempre.

--Pues adelante.

--Adelante.

--Me habis prometido no desenvainar la espada, seor alfrez--dijo Juan
Montio.

--Es verdad que os lo he prometido, aunque no es la costumbre: los
padrinos siempre rien.

--Lugar tendris de reir si me matan; pero entremos bajo techado,
porque llueve muy bien.

--Eso es: en estas casas hundidas han quedado algunas habitaciones en
pie. Estis ah, amigo Velludo?

--Aqu estoy.

--Habis trado linterna?

--S. Y vos?

--Tambin.

--Pues hagamos luz.

En aquel momento salieron dos linternas de debajo de las capas de los
padrinos.

A su luz turbia y escasa, se vi una habitacin destartalada,
ennegrecida, polvorienta, en estado de inminente ruina, y sin maderas en
los vanos de las puertas y ventanas, que se haban convertido en
boquerones.

Al fondo de la habitacin haba dos hombres.

Don Bernardino de Cceres y su padrino.

--Creo que podemos empezar cuanto antes--dijo don Bernardino desnudando
la espada y tomando la linterna de mano de su padrino.

--Por nosotros no hay inconveniente--dijo el alfrez, dando su linterna
 Juan Montio--. Pero antes de empezar debo advertiros una cosa, amigo
Velludo.

--Qu?

--Nosotros no reiremos.

--La costumbre es que los padrinos rian.

--Cierto; pero yo no soy padrino del seor Juan Montio, sino su amigo,
que viene  ver lo que va  pasar aqu para contarlo despus  todo el
mundo, si es que este hidalgo lleva  cabo lo que se ha propuesto.

--Y qu se ha propuesto este hidalgo?--dijo con desprecio don
Bernardino.

--Se ha propuesto--dijo el alfrez--daros  los dos una vuelta.

--Una vuelta! vive Dios--exclam don Bernardino--, que este hidalgo
debe de ser de Andaluca!

--Una vuelta de cintarazos--aadi el alfrez.

--Pues  verlo--exclam don Bernardino avanzando ciego de furor hacia
Juan Montio.

Al primer testarazo de ste--y decimos testarazo, porque no encontramos
otra frase mejor--, la linterna de don Bernardino cay al suelo, se
rompi y se apag.

Montio y Saltillo se echaron  reir.

--No deca yo que os bais  divertir, alfrez?--dijo Montio, parando
un tajo de don Bernardino--; pues ya os habis redo, y ahora veris.
Qu hacis ah, don murcilago, puesto  la sombra?--aadi,
dirigindose al que el alfrez haba llamado Velludo.

Y tras estas palabras le meti un cintarazo.

Velludo di un rugido, desnud su espada, y se fu  Montio.

El joven tena delante dos enemigos que le acometan ciegos de furor;
pero alcanzaba con su espada  uno y otro lado de la habitacin, y no
les dejaba avanzar.

El alfrez, con la espada envainada, estaba detrs del joven.

Juan Montio volva la luz de su linterna, tan pronto sobre el uno como
sobre el otro de sus enemigos.

De tiempo en tiempo les meta un furioso cintarazo.

El alfrez soltaba una carcajada.

Otra carcajada de Juan Montio contestaba  la del alfrez.

Los aporreados blasfemaban y apretaban los puos.

Pero Juan Montio los haba acorralado en un rincn, y dominados ya, les
sacuda que era una compasin.

Aquello haba pasado  ser una burla feroz.

Era el desprecio mayor que poda hacerse de dos hombres.

Juan Montio demostraba, no slo que era valiente y bravo, sino que su
destreza era maravillosa.

El alfrez se tenda de risa, y cuando Montio, tras una doble parada
difcil, sacuda dos cintarazos, aplauda.

De repente vi un resplandor vivo, y son una detonacin.

Don Bernardino, aturdido ya por los golpes, irritado, mortificado,
fuera de s de clera, haba desenganchado un pistolete de su cinturn y
haba hecho fuego.

Pero, por fortuna para Juan Montio, ste vi el pistolete, y toc con
el nico tajo que haba tirado al brazo de don Bernardino; el tiro fu
al suelo; don Bernardino, que haba cambiado la espada  la mano
izquierda para apelar  aquel recurso villano, estaba fuera de combate;
no poda valerse del brazo derecho.

Velludo estaba acobardado, y haba bajado la espada.

--Basta de leccin--dijo Juan Montio--; idos, don Bernardino,  curar,
y vos, estiros, don encogido, y largos ms que  paso. Y en adelante,
mirad con quin os metis, que no todos los caminos son andaderos.

--Lo que habis hecho es una iniquidad--dijo don Bernardino.

--Cmo! he reido contra dos y llamis esto inicuo!--exclam Juan
Montio--; vos, que habis tenido la cobarda de disparar contra un
hombre con quien reais con ventaja!

--Mirad, don Bernardino--dijo Saltillo--; os aconsejo que os vayis de
Madrid.

--Me vengar!...

--Dejos de simplezas... lo mejor es que os vayis, porque cuando se
sepa lo que aqu ha pasado, os van  tirar tomates los muchachos por la
calle.

--Os prevalis de que tengo herido un brazo.

--Yo no crea que rais tan cobarde y tan torpe--dijo el alfrez--. Ea,
idos, si no queris que os eche  puntapis...

--Nos veremos, seor alfrez--dijo don Bernardino, y sali.

Velludo se iba  escurrir tras l, pero le detuvo el alfrez.

--Eh!  dnde vais vos, seor Diego?

--Me voy avergonzado.

--No lo extrao, porque sois valiente.

--Yo no soy nada... lo que me ha sucedido esta noche...

--Si sois valiente y honrado, siento lo que os ha acontecido,
amigo--dijo Juan Montio--; yo lo he hecho sin intencin.

--Pero esto es un milagro... Quin os ha enseado  esgrimir?

--Bah! ya lo creo--dijo el alfrez cruzando con su palabra la
contestacin de Juan Montio--, es verdaderamente maravilloso; ya sabis
que yo meneo bien los hierros.

--S por cierto.

--Pues bien, antes de venir aqu, supliqu  ese caballero tuviese la
bondad de manifestarme su destreza, porque ya sabis que don Bernardino
es diestro. Yo no quera ser testigo de un asesinato. Nos fuimos casa
del maestro Tirante, y este caballero ha tirado con l. Le ha plantado
en un santiamn cinco botonazos y tres tajos; entonces me dijo el
maestro Tirante:

--Aunque ria solo contra dos, dejadle, seor Saltillo, que no se le
acercarn.

--Gracias  mi pobre to--dijo Juan Montio.

--Gracias  vuestra ligereza,  vuestros puos,  vuestra vista, 
vuestra serenidad... pero vamos  otra cosa: vos, seor Velludo,
sentirais mucho que esto se supiera?

--Yo me voy de Madrid.

--No por cierto; nosotros callaremos, pero vos habis de contar la
villana obrada por don Bernardino, y la paliza que este caballero le ha
dado.

--Pero don Bernardino se ir.

--Don Bernardino dir que hemos venido dos contra l.

--Pues no, eso no--dijo Velludo--; lo que ha pasado lo sabr todo el
mundo.

--No hay necesidad de hablar de esto una palabra--dijo Juan Montio--;
si ese hombre sigue hacindose molesto, yo le dar una nueva leccin
delante de todo el mundo,  vosotros, seores, si se os viene rodado.
Por ahora me parece mejor otra cosa.

--Qu?

--Que nos vayamos  una hostera.

--Y Dorotea, que estar con cuidado?

--Se la avisar.

--Pues  la hostera.

--Y  dnde que no nos molesten?--dijo Juan Montio.

--A la Cava Baja de San Miguel. All hay truchas y perdices frescas.

--Pues  la Cava Baja.

Los tres jvenes se pusieron en marcha.

El aporreado pareca haber olvidado su aporreo, y charlaba como los
otros dos.

Los tres se burlaban de don Bernardino.

Y entre burlas y risas se encontraron en la Cava Baja de San Miguel,
delante de una puerta.

--Ante todo, seores, nadie paga ms que yo--dijo Montio.

--Concedido--dijo el alfrez.

--Muy bien--aadi Velludo--, pero  condicin que yo he de pagar otra
vez.

--Bueno; pero esta noche, esta noche es ma.

--Enhorabuena.

Y acercndose el alfrez  la puerta, llam.

Nadie contest de adentro.

--No nos abrirn--dijo Velludo--; ha pasado hace mucho tiempo la hora
fijada de las ordenanzas.

--Va veris--dijo el alfrez tocando de nuevo  la puerta--: abrid al
alfrez Saltillo!

Como si aquel nombre hubiera sido un conjuro, la puerta se abri.

--Entrad--dijo una voz recatada--y no armis ruido, no os oigan los
vecinos y den parte  una ronda.

--Vaya unos vecinos!

--Como que de la multa de diez ducados que nos sacan, dan dos al
acusador; y estn los tiempos tan malos... las gentes dan en la
tentacin... si se llevaran quince millones de demonios al duque de
Lerma!...

Cuando el hostelero se atrevi  decir estas palabras, haba ya cerrado
la puerta y estaba bien adentro de su casa.

--Mira--le dijo el alfrez--, llvanos arriba,  aquella sala azul
pequea que tienes tan cuca, y que nos sirva aquella muchacha de los
ojos verdes; aquella Ins...

--Est durmiendo...

--Que despierte.

--Y si para que nos sirva mejor se necesita muestra, hela aqu--dijo
Juan Montio poniendo en las manos del hostelero un dobln de  ocho.

Sonaron otros muchos en el bolsillo del joven.

El alfrez y Velludo se miraron con asombro.

Juan Montio haba crecido para ellos dos palmos.

En cuanto al hostelero, se haba avanzado  un corredor exclamando:

--Inesilla, hija, despierta y vstete y ponte maja, que tres
gentileshombres te favorecen queriendo que t los sirvas. Al momento
viene, seores. Vamos  la sala azul. Luego yo bajar  disponer los
manjares y  sacar las botellas de la bodega. Eh, ya estamos en la sala
azul. Es muy buena, en ella slo comen personas principales; he comprado
esta docena de sillones y estos espejos  un indiano que se volva  las
Indias. Vais  estar como prncipes; os traern brasero, que hace
fro... y... necesito dejaros para serviros mejor... conque... ya
veris, caballeros, ya veris.

El hostelero sali, y los jvenes acababan de sentarse cuando se oy en
la calle una voz angustiosa y desesperada que gritaba:

Ladrones! Ladrones!

La voz se apag instantneamente, pero los tres jvenes estaban ya de
pie y se haban dirigido instintivamente  la salida con las manos
puestas en las espadas.

--Jurara--dijo Juan Montio saliendo y precipitndose por las
escaleras--que esa era la voz de mi to.

--De vuestro to!

--S; abrid, abrid la puerta--grit Montio al hostelero.

--Y quin es vuestro to?--dijo el alfrez, que le segua.

--Francisco Montio, cocinero mayor del rey.

--Os aconsejo que no salgis dijo el hostelero--; nadie se mueve de
noche aunque oiga lo que oiga.

--Abrid, vive Dios!--exclam Juan Montio--,  os abro la cabeza.

El hostelero abri sin replicar.

Los tres jvenes se lanzaron en la calle.

Un hombre estaba rodeado de otros cuatro.

Otros dos hombres se llevaban un bulto.

--Seguid  aquellos y detenedlos--dijo Juan Montio--, yo me quedo con
stos.

Pero antes de proseguir, necesitamos ocuparnos de ciertos antecedentes,
que empezarn en el captulo que sigue.




CAPTULO XXXI

DE CMO ENGA  DOROTEA PARA LLEVARLA  PALACIO EL TO MANOLILLO


Dorotea se haba quedado sola en su casa, hasta la cual la haba
acompaado Juan Montio, despus de la salida del teatro.

Eran ya bien las ocho de la noche.

La joven estaba triste, porque Juan Montio se haba separado de ella
para acudir  un lance desagradable y acaso peligroso.

--Qu necesidad tena yo--dijo--de haberle llevado al teatro?

Ninguna.

Ha visto  Mari Daz y ha tropezado con don Bernardino.

Bien empleado me est.

He querido lucirle.

Vamos: si sucede algo malo  Juan, no sabr de qu manera castigarme.

--Casilda!

--Seora.

--Si viene el duque de Lerma, que estoy mala.

--Muy bien.

--Si se empea en entrar, que el mdico ha dicho que no puede
hablrseme.

--Muy bien; y si viene el seor Juan Montio?

--Viene  su casa. Ah! me olvidaba: pon una cama en el gabinete de
tapicera.

--Muy bien.

--Y cuanto se necesite; un aposento bien servido.

--Muy bien. No os desnudis?

--No... mira... si viene el to Manolillo...

--Le digo que no puede entrar?

--De ningn modo... si viene...

--Ha venido ya, y dijo que volvera.

--Pues cuando vuelva, que entre.

--Me parece que es ese que llama  la puerta.

--Pues brele... brele.

Casilda sali.

Dorotea se qued esperando con impaciencia.

Poco despus entr el to Manolillo, que arroj al suelo la capa y la
gorra, que venan empapadas de agua.

Luego adelant, se sent junto al brasero, y se puso  mirar de hito en
hito  Dorotea.

--Qu hermosa y qu engalanada ests, hija ma!--la dijo--; de seguro
no esperas al duque de Lerma. Para l no te atavas tanto.

--Este es el traje que he sacado en la comedia, y por cansancio no me lo
he quitado todava.

--No, no es eso; el duque te ha puesto hermosa para otro.

--Ah! puede ser.

--Ests enamorada, Dorotea?

--No lo s.

--Esa contestacin me asusta.

--Y por qu?

--Cuando una mujer no ve claro en su corazn...

--Prueba que est ni dentro ni fuera.

--Te creo demasiado dentro.

--Puede ser.

--Me hablars la verdad si te pregunto?

--Nunca os he engaado, me servs de padre.

--Padre que ahora hace bien poco por ti.

--Vos habis hecho cuanto podais por m. Habis pasado miserias y
trabajos durante muchos aos, para poder pagar mis alimentos en las
Descalzas Reales. Yo he sido una ingrata...

--No hablemos, no hablemos de eso; ya no tiene remedio.

--S que le tiene, y en eso estaba pensando.

--En eso?

--S, en el remedio. Pienso despedirme del teatro.

--Ah!

--Y dar ocasin al duque para que se despida de m...

--Ah! Y con quin piensas quedarte?

--Con l, si me ama.

--Con el seor Juan Montio?

--S.

--Yo te dara un consejo.

--Cul?

--Que olvidaras  ese joven.

--No puedo.

--Tan enamorada ests da l?

--Si no estoy enamorada, estoy empeada.

--Puede ser que maana sea demasiado alto para ti.

--Pero si yo no quiero que se case conmigo!

--Puede suceder que l se case con otra mujer.

--Qu habis dicho?--exclam levantndose Dorotea.

--Oh! le ama!--exclam el bufn.

--Que se case con otra!... s, s, todo puede suceder... pero por
ahora...

--Puede ser que ame  otra.

--Que ame! es que me avisis!--dijo Dorotea contenindose pero
temblando--; es verdad que ama  otra mujer? ser verdad lo de la
reina?

--No; lo de la reina, no; pero el seor Juan Montio tiene amores en
palacio.

--Y con quin?

--Con doa Clara Soldevilla.

--Doa Clara! pero si esa mujer... si la llaman... la desesperacin de
los hombres...

--S... s... es cierto, la llaman la menina de nieve.

--Y aunque l la ame...

--Le ha amado ella antes. La nieve se ha derretido.

--Pero cundo ha visto doa Clara  Juan?

--Anoche... en la calle.

--Oh! y se ha enamorado de l?

--Como t.

--Pero l... l no la ama.

--Doa Clara es muy hermosa.

Pleg el bellsimo entrecejo Dorotea, y adelant el labio inferior en un
mohn desdeoso.

--Aunque t seas tan hermosa  ms hermosa que doa Clara, hija, te
falta una cosa que  ella le sobra.

--Y qu es lo que me falta?

--Ser fruto prohibido.

Conmovise profundamente la Dorotea, y sus ojos se arrasaron de
lgrimas; al to Manolillo se le desgarr el corazn.

--Oh! s, es verdad!--dijo dolorosamente la Dorotea--ella es una noble
dama; su padre es un valiente soldado... yo... yo no tengo padres... yo
soy una mujer perdida; ella es menina de la reina... yo soy
comedianta... pero ella no le ama como yo... no, no le ama como yo... de
seguro ella no es capaz de hacer por l lo que yo har... ella... ah!
ella es altiva! est enorgullecida por su nombre, por su nobleza, y l
es sobrino de un cocinero... esa mujer... aunque le ame... estoy seguro
de ello, no le confesar su amor... mientras que yo le he abierto mi
alma entera.

--Ah! ests loca por l, hija ma!

--Yo no s... yo no s... pero me parece que le he conocido toda mi
vida; que Dios me ha criado para l... me parece el ms hermoso del
mundo... no se aparta de mi memoria... y mirad: hoy he representado
mejor que nunca... y es que... hasta hoy no haba comprendido el amor...
hoy he pronunciado los amores de la comedia con el alma... y el pblico
me ha aplaudido con frenes... y escuchad: nunca los aplausos me han
satisfecho tanto... nunca me han causado tanta alegra... nunca me han
enorgullecido de tal modo... porque estaba l all... me vea... me
oa... escuchaba aquellos aplausos... oh! si ese hombre no es de piedra
me amar... me amar... porque yo quiero que me ame... lo quiero y
ser.

--Ests loca!--repiti tristemente el to Manolillo.

--Pero decidme... decidme... cmo sabis vos que esa mujer... doa
Clara... ama  Juan?

--Quieres t saberlo tambin?

--Que si quiero? S!

--Pues bien, ven conmigo.

--A dnde?

--A palacio.

--A palacio! y qu tengo yo que hacer en palacio?--dijo con desdn la
Dorotea.

--Vers lo que yo he visto, vers entrar  Juan en el aposento de doa
Clara.

--Esta noche no ir Juan  palacio--dijo con acento profundamente triste
la joven.

--Y por qu?

--Porque tiene que hacer en otra parte.

--A qu hora?

--Es verdad; yo no s... no s si antes tendr tiempo... y si la ama...
ir antes... antes de un peligro que puede morir, todo hombre que ama va
 ver  la mujer de su amor.

--Morir!--exclam el bufn.

--S; le he llevado por mi desdicha al teatro; all ha tropezado con ese
impertinente de don Bernardino de Cceres, que le ha provocado; que le
ha metido en un lance.

--Bah! pues don Bernardino no le matar--exclam con gran confianza el
to Manolillo.

--Y decs que ir al alczar Juan?

--De seguro.

--Oh! y podis ponerme en sitio desde donde le vea?...--aadi con
ansiedad la joven.

--Desde donde veas y oigas.

--Casilda, mi manto y mi litera!--grit la Dorotea ponindose
violentamente de pie.

--Oh Dios mo! Dios mo!--murmur para s el bufn--si al menos ella
no fuera tan desgraciada! Si ya que de tal modo ama  ese hombre, l la
amase!...

Entre tanto, Dorotea se pona apresuradamente el manto; cuando le tuvo
prendido, se volvi impaciente al bufn, y le dijo con la voz
temblorosa:

--Vamos, llevadme al alczar.

--Una palabra no ms: sers prudente?

--S.

--Me obedecers?

--S.

--Vieres lo que vieres?

--S.

--Pues bien, hija ma, vamos.

El bufn y Dorotea salieron de la sala; poco despus, una litera cerrada
se encaminaba  palacio.




CAPTULO XXXII

CONTINAN LOS ANTECEDENTES


El padre Aliaga haba entrado en el alczar por la puerta de las
meninas.

No haba ido  l con el solo objeto de conocer  Dorotea.

Nuestros lectores recordarn que en la carta que haba escrito al padre
Aliaga doa Clara Soldevilla, acusando  Dorotea y  Gabriel Cornejo, le
haba expresado el deseo de hablar con l para explicarle enteramente el
contenido de la carta.

Este era otro de los objetos que llevaban  palacio al padre Aliaga:
hablar con doa Clara.

Senta, adems, un deseo punzante de hablar  la reina; y doa Clara,
que era la favorita de la reina, poda satisfacer este deseo.

Le importaba tambin no poco sentir por s mismo qu aire corra en
palacio.

De modo que eran muchos los objetos que llevaban  palacio al confesor
del rey, objetos todos enlazados, que reconocan una misma causa: su
amor  la reina.

Porque nuestros lectores lo habrn comprendido: el padre Aliaga amaba 
Margarita de Austria.

Alma vaca de felicidad, llena de dolor; pensamiento enrgico, corazn
ardiente, fray Luis de Aliaga haba abrazado por desesperacin la vida
del claustro. El, como nos lo ha dicho en los primeros momentos de dolor
por la prdida de la primera mujer que haba amado, crey que todo lo
que poda ligarle en el mundo haba concludo.

El padre Aliaga, joven entonces  inexperto, no haba comprendido que el
hombre vive para s mismo, por ms que se haga la hermosa, la noble
ilusin de que vive para los dems, que el corazn tiene una tendencia
invencible hacia el sentimiento dulce, y que rechaza el dolor, que es un
sentimiento amargo; le rechaza como rechaza todo lo que existe, lo que
le es contrario, mientras busca ansioso ese otro sentimiento de dulzura
que es su alimento, por decirlo as, de vida; no haba comprendido que
el tiempo mata el dolor y concentra el deseo, y se encontr demasiado
vivo, cuando se crea muerto; vigoroso, cuando se crea gastado;
necesitado de un mundo de impresiones, de afectos, de contrastes, de
vida, en una palabra, cuando huyendo del mundo, se haba refugiado en el
claustro.

Pero fray Luis de Aliaga tena el sentimiento de la virtud, la amaba y
la practicaba.

Comprendi que su suerte estaba decidida y la acept.

No di el escndalo de rebelarse contra ella.

Tuvo bastante fuerza de voluntad para encerrar, para contener dentro de
su alma sus pasiones, y que no se demostrasen en sus actos, ni saliesen
siquiera  su semblante, ni  sus palabras.

Se mortific, or, luch, pero si consigui la paz en su aspecto, no
consigui la paz de su espritu.

Se dedic al estudio, arroj sobre s los penosos trabajos del plpito y
del confesonario, y lleg  ser catedrtico de la Universidad de
Zaragoza, y logr que le mirase todo el mundo con afecto.

Al verle con su cabeza baja y meditabunda, con los brazos cruzados sobre
su cintura y las manos perdidas en las anchas mangas de su hbito,
atravesar tristemente las calles de Zaragoza en direccin  la
Universidad, acompaado de un lego, todos decan:

--Oh, qu buen sacerdote y qu santo varn es el padre Aliaga!

Y sus compaeros, los padres graves del convento, al ver su leve y
triste y siempre dulce sonrisa, su palabra siempre tmida y escasa, y lo
dulce de sus sermones, y la paciencia con que asista un da y otro al
confesonario, haban acabado por creerle pobre de espritu, le trataban
con cierta superioridad impertinente, y decan de l que era un _buen
hombre_.

Su fama de buen hombre trajo sobre l, no sin envidia de sus compaeros,
el nombramiento del confesor del rey.

Todos los padres doctos de la Orden de Predicadores, hubieran querido
ser en aquellas circunstancias tan buenos hombres como el padre Aliaga.

Este sigui en la corte su inalterable lnea de conducta. El rey, que
era sumamente devoto, estaba encantado con su confesor, que pasaba con
l largas horas hablando de cosas msticas, y con un misticismo tal, que
aventajaba al del rey.

Porque el alma del padre Aliaga estaba hurfana, sola y desterrada, y
buscaba consuelos en la dulzura de la religin de Jess.

Encantaba adems al rey, el que el padre Aliaga no se entremetiese jams
en los asuntos de Estado, porque Felipe III, en abierta contraposicin
con su padre Felipe II, que pasaba su vida sobre los negocios, senta
hacia ellos una repugnancia invencible.

A poco tiempo de llegar fray Luis  la corte, conoci  la reina.

Al verla el religioso se inclin y permaneci con los ojos bajos.

Si los hubiera alzado, la reina hubiera visto algo extrao en ellos.

Al ver  Margarita de Austria, el padre Aliaga haba experimentado esa
violenta expresin que produce sobre ciertos hombres la vista repentina
de una mujer que por sus formas influye poderosamente sobre los
sentidos, y por ese misterioso poder que se llama simpata, en el alma.

Fray Luis, acostumbrado  la lucha consigo mismo, tuvo suficiente poder
para dominarse, para apagar su mirada, para contener el estremecimiento
de sus msculos; se haba puesto la careta, y al travs de ella mir ya,
sin temor de que su alma fuese sorprendida,  la reina.

Y al verla con ms reflexin, dominado, sereno, fray Luis se estremeci.
Vi que la reina era una vctima que luchaba, que estaba sola en la
lucha, que era infeliz; comprendi que la reina era valiente, que haba
luchado, luchaba y luchara, y que la lucha deba haberla procurado
enemigos; vi en los ojos, en el semblante de la reina, la altiva
tristeza de la dignidad hollada; comprendi cunto deba sufrir aquella
mrtir coronada, unida  un rey casi nulo, sobre el que tenan una
decidida, una incontrastable influencia palaciegos codiciosos, vanos,
miserables, capaces de todo por sostenerse en el favor del rey, que era
el medio para ellos de sostener su vanidad y sus rapias; fray Luis, por
amor  la reina, fu enemigo de aquellos hombres, contrajo consigo mismo
el grave compromiso de defender  la reina, de ayudarla, combatiendo 
sus enemigos; y sin embargo, nada dijo  la reina, jams una mirada
suya torpe  descuidada, pudo revelarla lo que por ella senta el padre
Aliaga.

Y eso que el desdichado estaba cada da ms enfermo del alma, ms
desesperado, ms reido con su terrible posicin.

Uno solo, el bufn, el to Manolillo, haba adivinado el secreto del
confesor del rey, y esto en vagas y fugitivas seales, cuando los celos
devoraban al religioso, al or decir al rey:

--Fray Luis, rogad  Dios por la vida de mi muy amada esposa; anoche su
majestad me ha revelado que est encinta.

Dos veces que el rey dijo esto al padre Aliaga, fu en presencia del to
Manolillo.

Este, que era observador por temperamento, y astuto y sagaz, y de
imaginacin vivsima, haba reparado en lo que el rey no haba podido
reparar por su descuido: esto es, que al recibir esta noticia
imprevista, haba pasado por la mirada del fraile algo extrao; que se
haba revuelto algo misterioso en el obscuro foco de sus negros ojos;
que se haba puesto plido, y que una ligera, pero violenta contraccin,
haba pasado con la rapidez de un relmpago por su semblante.

El to Manolillo,  la luz de aquel relmpago, haba visto hasta el
fondo tenebroso del alma del padre Aliaga.

Importbale mucho al bufn poseer un secreto del padre Aliaga, y un
secreto importante.

Le importaba por Dorotea.

Debemos tener en cuenta que la Dorotea era para el bufn lo que la reina
para el padre Aliaga: el alma entera. Disimulaba el bufn su amor, le
comprima, le devoraba, le contena, aunque por distinta causa.

El padre Aliaga obedeca  sus deberes.

Sacerdote, deba combatir aquella tentacin impura.

Cristiano, deba huir del solo pensamiento de unos amores adlteros.

El to Manolillo deba respetar, respecto  Dorotea, otra razn
gravsima para todo corazn de sentimientos elevados.

Dorotea no poda amarle.

Por su edad, por su figura, por la costumbre de Dorotea de verle todos
los das desde su infancia, por la proteccin especial que la
dispensaba, Dorotea no poda ver otra cosa en l, que un padre
providencial, que haba reemplazado  su padre natural. Otros amores en
Dorotea respecto al bufn, hubieran sido repugnantes.

Ms que repugnantes, monstruosos.

El to Manolillo lo comprendi, y domin su amor.

El padre Aliaga y el bufn, aunque por causas enteramente distintas,
estaban, por los resultados, en el mismo caso respecto  las dos mujeres
que amaban.

Entrambos tenan el alma noble y grande; rechazaron de ella todo lo
impuro.

Idealizaron su amor.

Pero al idealizarle le hicieron ms grande.

Por amor  la reina, el padre Aliaga, que no era ambicioso, procur
hacerse influyente en la corte, pero de una manera indirecta, sorda, sin
dar la cara en cuanto le fuese posible. Procur atraerse, y se los
atrajo,  los enemigos de los enemigos de la reina, y slo se descubri
en la parte que le fu imposible cubrirse: esto es, respecto al rey.

Ya hemos visto que el padre Aliaga conspiraba de una manera sorda.

Hemos indicado tambin que haba sabido hacerse necesario  Felipe III
de tal modo, que Lerma, desesperado de poderle alejar de la corte, en
vista de repetidas  intiles tentativas, haba acabado por procurar
atrarselo  fuerza de honores y distinciones.

El padre Aliaga reciba las distinciones y los cargos que por s mismos
le daban ms fuerzas, ms influencia, y respecto  Lerma, se mantena
firme como una roca.

El padre Aliaga se haba constitudo en escudo de la reina. El to
Manolillo haba presentido que,  causa del carcter casquivano de
Dorotea, poda suceder que alguna vez tuviese necesidad de una poderosa
influencia para sacarla de un terrible compromiso.

Dorotea era violenta; tena, como la mayor parte de las gentes poco
instrudas de aquel tiempo, ideas sumamente supersticiosas; ya, por
alguno de sus amantes, la haba visto el bufn recurrir  los medios
reprobados de bebedizo, de los conjuros, de las hechiceras; si la
supersticin de Dorotea llegaba hasta el punto, como no era difcil, de
querer adquirir la mentida ciencia de la adivinacin y de los
sortilegios, poda suceder que la Inquisicin, implacable con todo lo
que tenda  empaar la fe de la religin, se apoderase de ella.

El to Manolillo, al sorprender el secreto del alma del padre Aliaga, se
alegr: porque tener en sus manos  un religioso de la orden de
Predicadores, tal como el padre Aliaga, era tener un tesoro para el
caso, no imposible, de que Dorotea se viese sujeta  un juicio por la
Inquisicin.

Ya hemos visto en la carta de doa Clara Soldevilla al padre Aliaga, que
los presentimientos del bufn no haban sido exagerados.

Le hemos visto tambin conmoverse al or en los labios del padre Aliaga
el nombre de Dorotea.

El bufn quera acercar  la joven al padre Aliaga, y explotar en su
provecho el amor que el padre Aliaga haba sentido en su juventud hacia
su madre.

Por eso haba sacado de su casa  Dorotea para llevarla  palacio.

El padre Aliaga, por su parte, gravemente interesado en conocer  la
Dorotea, y por las dems razones que hemos indicado, haba ido  palacio
tambin.

El confesor del rey entr, llevado en su silla de manos, por la puerta
de las Meninas, y se hizo conducir  un rincn del patio, bajo las
galeras. Una vez all, sali, despidi la silla de manos, y llam  una
puerta.

Al primer llamamiento nadie contest.

Al segundo se sinti cerrar silenciosamente una ventana, luego pasos
dentro, y al fin se oy una voz tras la puerta, que dijo:

--Quin llama por aqu  estas horas?

--Muy temprano os recogis, seor Ruy Soto--dijo el padre Aliaga.

--Ah!--contest el de dentro con el acento de quien reconoce  una
persona respetable--; voy, voy  abrir al instante.

En efecto, la puerta se abri.

--Perdneme vuestra seora--dijo la misma voz dentro--si no tengo luz:
estaba en acecho.

Y se cerr la puerta.

--En acecho!--dijo el padre Aliaga--; en acecho de qu?

--De ciertos prjimos que andan rondando desde el obscurecer por las
galeras bajas del patio: yo no s por qu en siendo de noche dejan
pasar gentes por el patio de palacio como si fuera una calle; pero voy 
cerrar la ventana, y luego  traer luz.

Oyse, en efecto, el leve crujir de una ventana que se cerraba, y luego
los pasos de un hombre que poco despus volvi con un veln encendido.

Tena la librea de palacio, y por su edad, que era ya madura, y por su
aspecto y por un no s qu caracterstico, se conoca que era uno de los
jefes de la baja servidumbre.

En efecto, Ruy Soto era portero de una de las subidas de servicio del
alczar, que se comunicaban de una parte con el cuarto del rey, y de
otra con las galeras superiores ocupadas por la servidumbre.

--Quiere vuestra seora que avise al ujier de cmara de su
majestad?--dijo Ruy Soto.

--Esperad un momento; decais que estbais acechando...

--S; s, seor,  dos hombres sospechosos que no han cesado de pasearse
desde el obscurecer y en silencio, por la galera de la derecha.

--Y qu trazas tienen esos hombres?

--Malas, seor; pero aunque las tuvieran muy buenas, la tenacidad con
que se pasean...

--Habis hecho bien en acechar; dadme un papel y tintero.

Ruy Soto sirvi al momento los objetos pedidos al padre Aliaga, que
escribi rpidamente una carta y la cerr.

En el sobre se lea:

Al tribunal de la Santa inquisicin.

--Que lleven al momento esta carta donde dice el sobre--dijo el padre
Aliaga--; vos, seguid acechando; si esos hombres salen antes de que
lleguen dos ministros del Santo Oficio, les haris seguir por el lacayo
de palacio que creis ms  propsito.

--Muy bien, seor.

--Ahora, enviad recado  la seora doa Clara de Soldevilla, menina de
su majestad, de que yo la pido licencia para verla.

--Venga vuestra seora conmigo; cabalmente doa Clara, segn me ha
dicho su duea, no est de servicio.

--Vamos, pues--dijo el padre Aliaga.

Ruy Soto encendi una lmpara de mano, abri una puertecilla y subi por
una escalera de caracol.

El padre Aliaga le sigui.

Poco despus Ruy Soto llamaba  la puerta del cuarto de doa Clara, y
daba el recado del padre Aliaga.

El confesor del rey fu introducido en el elegante gabinete de doa
Clara.

La joven estaba plida, cansada, y la palidez y el cansancio aumentaban
su hermosura.

--Oh! bendito sea Dios, que os veo!--dijo levantndose y poniendo un
silln junto al brasero al padre Aliaga.

--Me habis escrito una carta que me ha puesto muy en cuidado--dijo fray
Luis.

--En efecto; me he visto obligada  escribiros, y no me he atrevido 
confiarlo todo al papel; si no hubirais vivido en un convento, yo misma
hubiera ido  veros.

--Tan importante es el asunto?

--Oh! s; importantsimo.

--Ya he visto por el contenido de vuestra carta...

--Que su majestad est amenazada.

--Ah! ah! esto es muy grave!

--La traicin nos rodea por todas partes.

--Habis acusado  dos personas.

--Y no las habis preso?

--No; no tena bastantes razones.

--Sois otro misterio para m, fray Luis.

--Otro misterio?...

--S por cierto; no os comprendo bien; se os acaba de dar un poder
formidable; ha llegado nuestra hora... y sin embargo, vacilis.

--Creo que estamos en los momentos de mayor peligro, doa Clara--dijo el
padre Aliaga--; y os engais, no vacilo; soy prudente y nada ms;
creis que nuestros peligros puedan estar en un ropavejero y en una
comedianta?

--Ellos pueden difamar  su majestad.

--Si esos miserables pueden, de seguro hay personas ms altas que pueden
ms que ellos, y con prender  esos ruines, no haremos ms que dar un
aviso  gentes  quienes debemos tener hasta cierto punto confiadas.

--No soy de la misma opinin que vos; cuando hay un incendio, antes de
todo, se corta para que no se propague.

--Y sabis, doa Clara, si tenemos fuerzas bastantes?

--Dios, de seguro, nos ayudar.

--Dios, en sus altos juicios, permite el martirio de los inocentes--dijo
profundamente el padre Aliaga--; somos muy pocos los leales; muy pocos
los que servimos como Dios manda  nuestros reyes... luchamos y
lucharemos... si caemos en la lucha, habremos cado cumpliendo con
nuestro deber. Pero aprovechemos el tiempo, seora; qu pasa en
palacio? Cuando yo vine esta maana, encontr grandes novedades; el rey
y la reina se haban reconciliado; su majestad estaba contenta...

--Y el to Manolillo ms provocativo que nunca.

--Oh! no comprendo  ese hombre!

--Oh! juro  Dios--dijo doa Clara, que no haba olvidado la
entrevista de aquella maana con el bufn--que yo conocer  ese hombre!

--Parceme, sin embargo, que tiene un buen fondo.

--Y quin sabe lo que hay en el fondo del alma de ese hombre?

--Pues creo que le debemos mucho; el rey me ha hablado de ciertas
comunicaciones secretas...

--En efecto; el to Manolillo conoca el secreto de esas comunicaciones.

--Se le debe, pues, el que se hayan visto sus majestades y el que la
reina haya infludo sobre el rey.

--En esto han andado otras dos personas.

--S; un hidalgo que ha llegado  Madrid,  quien conoce su majestad la
reina--dijo el padre Aliaga con el acento ms reposado del mundo, aunque
senta una ansiedad cruel por or la contestacin de doa Clara.

--La reina no conoce  ese caballero--dijo la joven.

--Que no le conoce?...

--No; ni siquiera le ha visto.

--Me ha escrito, sin embargo, su majestad, en su favor.

--Es lo ms natural del mundo; ha hecho un gran servicio  su majestad,
rescatando ciertas cartas, que escritas por su majestad  don Rodrigo
Caldern, con sobrada confianza en su lealtad, la comprometan. Es muy
natural, que cuando se ha encontrado, como quien dice, en medio de la
calle un corazn y una espada tales, se les aproveche; no sobran hoy los
amigos...  propsito, habis conseguido ya la compaa para ese
caballero?

--S, s por cierto--dijo el padre Aliaga, metiendo una de sus manos en
el interior de su hbito, y sacando un papel doblado--: he aqu su
provisin de capitn de la tercera compaa de la guardia espaola, al
servicio de su majestad... tomad.

--Y para qu quiero yo eso?

--Me han dicho que ese joven os ama.

Psose vivamente encarnada doa Clara.

--Y quin dice eso?--exclam con precipitacin.

--El to Manolillo, y an aade ms: dice que vos le amis...

--Yo!  un hombre que he visto dos veces!

--Pero es un hombre hasta cierto punto extraordinario... qu digo?
hasta cierto punto grandemente extraordinario.

--Lo extraordinario de ese joven...--dijo tartamudeando doa Clara.

--Consiste en todo: en su nacimiento, en su hermosura, en su corazn, en
su vida, en su suerte, que le ha procurado una ocasin envidiable de
darse  conocer apenas llegado  Madrid.

--No hay ninguna intencin debajo de vuestras palabras, padre
Aliaga?--dijo la joven mirando de hito en hito al confesor del rey.

--Y qu intencin puede haber?

--No habis temido que no fuera yo, sino otra persona quien amase  ese
joven?

A su despecho, el padre Aliaga se conmovi ligeramente.

--Qu motivos tengo yo--dijo--para sospechar nada de ese caballero?

--Habis hablado con el to Manolillo, que os ha dicho sin duda lo mismo
que  m.

--El to Manolillo slo me ha hablado de vuestros mutuos amores...

--Y del nacimiento de ese joven?

--No por cierto; lo que s acerca de ese joven, lo he encontrado en esta
carta que me ha dado el cocinero mayor del rey--dijo el padre Aliaga,
sacando de debajo de su hbito la carta de Pedro Martnez Montio.

--Tambin el cocinero mayor me ha dado  leer esa carta--dijo doa
Clara.

--Sabis, pues, entonces--dijo el padre Aliaga guardndola de nuevo--que
ese caballero...

--Es hijo bastardo del duque de Osuna, y de la duquesa de Ganda.

--Cmo!--exclam el padre Aliaga--; el duque de Osuna y la duquesa!...
esta carta no dice nada de eso... cuenta slo, que ese joven es hijo
ilegtimo de padres nobles...

--Ah! no sabais los nombres de los padres de ese caballero!

--No... pero vos, cmo lo sabis?

--El del padre me le ha revelado el cocinero mayor; el de la madre el
bufn del rey.

--Y no tenis ms pruebas que el dicho de esos dos hombres?

--No. Las circunstancias especiales en que me hallo respecto  ese
joven, me impidieron preguntar, informarme acerca de l.

--Las circunstancias especiales en que os hallis, os han impedido?

--De todo punto... hubiera sido inconveniente.

--Yo lo sabr, y creo que con pruebas indudables; cuando conozca ese
secreto, os lo revelar.

--Y para qu revelrmelo?--dijo con un acento singular doa Clara.

--Decs que os encontris en circunstancias especiales respecto  ese
joven; mostris repugnancia en entregarle vos misma esa provisin de
capitn de infantera... qu media entre vos y ese caballero?...
creis que yo puedo tener derecho para haceros esta pregunta?

--Ms que derecho, tenis un gran inters en saber  qu ateneros
respecto  ese caballero.

--Conozco  vuestro padre, le aprecio mucho, os aprecio mucho  vos, y
me intereso como me interesara por mi hermano y por mi hija.

--No lo dudo; pero creo que hay en vos otro mvil. Francisco Montio,
pero no s qu singular error, ha credo que la reina ama  ese joven...
me lo ha dicho  m... Francisco Montio es un ente muy singular, y
puede haberos dicho lo mismo; esto es, que su majestad y ese caballero
se aman; esto es absurdo, esto es monstruoso, esto no puede ser,
tratndose de una seora tal como la reina doa Margarita de Austria,
que por su nacimiento, por su virtud, y digmoslo todo, por su orgullo,
est muy lejos hasta del pensamiento de una accin vergonzosa. El que se
haya atrevido  levantar sus miradas hasta su majestad,  es muy loco 
tiene formando de la dignidad y de la virtud de la mujer, una idea muy
desfavorable; su majestad no podra apercibirse de los deseos de un
insensato tal, porque no los comprende, porque mira desde muy alto;
sera necesario que, olvidado de todo, el que amara  la reina, se
atreviese  declararlo, para que su majestad lo comprendiera, y aun as
creera que estaba soando: solamente el cocinero del rey poda concebir
tal sospecha... y vos... por vuestro exagerado celo por la dignidad de
la reina.

--Yo!...--dijo confundido y descompuesto  pesar de su serenidad el
padre Aliaga.

--Vuestro celo os ha engaado, fray Luis--repiti la joven con su acento
siempre igual, siempre reposado; pero siempre fro y hasta cierto punto
severo.

--Yo no he dudado jams de su majestad--dijo el padre Aliaga, puesto
por doa Clara hasta cierto punto en el banquillo de los acusados--,
pero he temido que ese caballero...

--S, ese hombre--dijo doa Clara--ha tenido la avilantez de decir, de
indicar, aunque de la manera ms envuelta, que su majestad ha sentido
por l lo que es imposible que sienta, imposible de todo punto, por
l... ni por ninguno... ha mentido como un villano.

--No... no... ese joven, al darme anoche la carta de su majestad, de que
era portador, ha estado lo ms prudente...

--Que ha estado prudente!

--Reservado... mudo... hasta el punto de no permitir decir qu clase de
servicio haba prestado  su majestad,  pesar de que yo lo saba,
porque la reina me haba hablado acerca de las cartas que tena suyas
don Rodrigo Caldern y peddome consejo... no... ese caballero, valiente
para librar  su majestad de un compromiso, ha sido discreto, reservado,
noble; ha dado harto claro  conocer en su conducta la influencia de la
generosa sangre que corre por sus venas.

--Entonces, si ese caballero no ha dado motivo para que sospechis...
para que temis en la reina un escndalo, un increble olvido de s
misma, el hablador, el menguado cocinero del rey ha sido sin duda
quien...

--S, l ha sido... dice que... su sobrino... l llama su sobrino  ese
joven... entr anoche en el cuarto de su majestad.

--Es cierto, entr; pero no pas de la saleta que corresponde  la
galera; all estaba yo, su majestad le vi, pero desde detrs del tapiz
de la puerta de la cmara; ese caballero no conoce  su majestad; yo
misma le d la carta que os llev, yo misma le ech fuera de palacio;
ese caballero no ha vuelto  pisar  palacio desde anoche; dicen que
anda mal entretenido... lo que importa poco...--aadi disimulando mal
su despecho doa Clara.

--Confieso que me he engaado torpemente--dijo el padre Aliaga--; es
cierto que no haba credo llegasen  un extremo criminal los favores de
su majestad  ese joven; pero tema que l hubiese interpretado mal
algn favor de la reina.

--Para que acabis de tranquilizaros, fray Luis, sabed que  quien ese
caballero enamor fu  m. Y me enamor de un modo que... lleg 
engaarme, cre que no menta.

--Valis mucho, doa Clara; la hermosura y la virtud resplandecen en
vuestro semblante, y nada tiene de extrao...

--No hablemos ms de esto.

--Quisiera veros ms propicia  un casamiento con ese mancebo.

--No puede ser.

--Por su bastarda? Ignoris que el nombre de Girn es tal que hace
ilustres hasta los bastardos? Vuestro padre no tendr reparo...

--Es que yo no quiero, y mi padre no me violentar.

--Queris ser franca conmigo, hija ma?

--No pretendo ocultaros nada, padre Aliaga.

--Merezco yo vuestra confianza?

--Oh, s!--dijo doa Clara cambiando de tono y hacindole sumamente
dulce y afectuoso.

--Pues bien; no me ocultis nada. Vos amis  ese caballero...

--Yo! no lo quiera Dios!--exclam con un verdadero terror doa Clara.

--No os habis sentido interesada por l?...

--S...

--No lo recordis?

--S...

--No sufrs por l?...

--Sufro, s... sufro una humillacin que no he buscado,  la que no le
he dado lugar, porque no le he dado esperanzas de ningn gnero.

--Os sents humillada... luego amis.

--Y bien... s, le amo... le he visto galn, apasionado, respetuoso,
valiente; me ha acompaado anoche por calles obscuras, lloviendo,
tenindome en su poder, y ha sido un modelo de caballeros... me ha
obedecido... despus, cuando ha venido  palacio  traer esas cartas que
haba arrancado  don Rodrigo... cuando le vi... cuando en su semblante
conmovido adivin un parecido vago con una ilustre persona... de que no
poda darme cuenta... en fin, padre Aliaga... no s... yo me he visto
asediada, acaso ms que por otra cosa, por mi fama de esquiva, por lo
ms ilustre, por lo ms noble, por lo ms hermoso de la corte... el
mismo rey... os lo digo, porque lo sabis... me ha solicitado... ni 
los grandes que me han querido para esposa, ni al rey que me ha ofendido
pretendiendo hacerme su entretenimiento, he dado ni el ms ligero motivo
de esperanza; y no me ha costado trabajo, no: porque yo no he amado...
hasta ahora... porque yo, para disponer de m, no mirar jams mi
conveniencia, sino mi voluntad, mi corazn. Pero l... Dios mo! lo
digo al sacerdote y al desgraciado... l, fray Luis, me ha hecho
espantarme de m misma... porque... anoche... no dorm... su recuerdo
tenaz, continuo, embriagador... acompaado de no s qu esperanzas, de
no s qu temores, me desvelaba... todava no he dormido... me pesa la
cabeza, me duelen los ojos... no s, no s por qu le amo tanto...
porque le amo, no os lo quiero negar.

--Pues bien, seris su esposa, doa Clara.

--No... imposible... de ningn modo... no os digo que me ha humillado?

--No os comprendo.

--No creis que es una humillacin para mi, que yo tan altiva, tan
severa, tan desdeosa con todos, hasta el punto de que creyndome
incapaz de amar, me hayan llamado la menina de nieve, caiga de repente
de mi indiferencia, de mi frialdad, en el extremo opuesto, y que el
hombre por quien tanto he variado en pocas horas, apenas separado de m
se enamore de una mujer perdida, y se vaya  vivir con ella y la
acompae al teatro?

--Pero quin os ha dicho eso?

--El bufn del rey, padre  amante,  qu s yo, segn dicen, de esa
Dorotea, de esa dama de comedias, que es amante pblica del duque de
Lerma; esa miserable!

--Tal vez desgraciada.

--Nunca he credo desgraciada, sino infame,  una mujer tal; una
perdida que se ha atrevido  poner la lengua impura en la honra de la
reina?

--Estis irritada... irritada acaso sin razn. El to Manolillo puede
ser que, por un inters que an no podemos conocer, haya querido haceros
creer que ese caballero ama  esa comedianta. No es posible habindoos
visto  vos. A no ser que de tal modo le hayis descorazonado...

--Yo no poda obrar de otro modo... y no me pesa, porque yo dominar
este amor que se me ha metido por el alma; le dominar, os lo juro.

--Si tuvirais necesidad de dominarle, le dominarais. Pero no ser
necesario. Yo desenredar todo esto; yo pondr  cada uno en su lugar.
Conque queris encargaros de dar vos misma esta provisin de capitn al
seor Juan Montio, sobrino del cocinero mayor del rey, y vuestro
enamorado?

--Se la dar y aprovechar la ocasin para darle un desengao--dijo doa
Clara, como obedeciendo  un pensamiento repentino.

--Pues bien, tomad; guardadlo y hablemos de otra cosa. Del cambio que me
han dicho se ha efectuado en palacio.

--Ha pasado tanto en mis asuntos propios--dijo doa Clara--, he estado
tan poco desocupada en todo el da, que no he tenido tiempo para pensar
en nada...

--En nada ms que en escribirme que prendiese  esa comedianta?

--Os juro por la sangre de nuestro Divino Redentor--dijo doa Clara con
vehemencia--, que al aconsejaros que prendiseis  esa mujer, no he
pensado en m misma, sino en lo que convena  su majestad.

--Os creo, pero muchas veces causamos el mal sin darnos cuenta de ello;
hay veces en que nuestra alma obra por s misma, sin participacin de la
razn. Afortunadamente yo soy hombre acostumbrado  mirar las cosas 
sangre fra, y no me he apresurado. Y no dejar por eso de hacerse todo
cuanto se deba y se pueda hacer. Conque no me podis dar noticias
acerca de lo que sucede en palacio? A m slo me han llegado noticias
vagas... y vena ansioso.

--Os repito que me he ocupado hoy muy poco de los asuntos ajenos,
asustada de los mos propios. Pero seguidme, padre Aliaga; os voy 
llevar donde os informen de una manera completa:  la cmara de su
majestad la reina.

--Creis que su majestad no se enojar...?

--La reina sabe con cunto celo la servs, cunto os interesis por
ella, os tiene en opinin de santo y se alegra siempre de veros. Podr
suceder que tambin veis  su majestad el rey, porque lo nico que
puedo deciros es que ya el rey no encuentra dificultad alguna en pasar
al cuarto de la reina; como que de cierto sobresalto recibido anoche
anda enferma la duquesa de Ganda. Conque seguidme, padre Aliaga.

Doa Clara se levant y tom una buja.

El padre Aliaga se levant tambin y sigui  doa Clara, que se dirigi
 una puerta, la abri y atraves algunas habitaciones.

Al fin abri una puerta de servicio y dijo al padre Aliaga:--Esperad.

Y entr.

Poco despus volvi, y dijo al fraile:

--Su majestad os espera.

El padre Aliaga hizo una poderosa reaccin sobre s mismo, se prepar,
como siempre que la reina le reciba en audiencia, y entr.

Doa Clara cerr la puerta y desand el mismo camino que haba trado,
murmurando:

--Infeliz! Cunto debe sufrir! Yo no saba lo que hacen padecer los
celos!




CAPTULO XXXIII

EL SUPLICIO DE TNTALO


Entr el padre Aliaga en una extensa y magnfica cmara, en la misma en
que presentamos al principio de este libro  la duquesa de Ganda.

Llevaba el confesor del rey la cabeza inclinada, las manos cruzadas y el
corazn de tal modo agitado, que quien hubiera estado cerca de l
hubiera podido escuchar sus latidos.

Margarita de Austria estaba sentada junto  la misma mesa donde su
camarera mayor lea la noche anterior los _Miedos y tentaciones de San
Antn_.

Un candelabro de plata, cargado de bujas perfumadas, iluminaba de lleno
el bello y plido semblante de Margarita de Austria.

Vesta la reina un magnfico traje de brocado de oro sobre azul, tena
cubierto el pecho de joyas, y en los cabellos, rubios como el oro, un
prendido de plumas y diamantes.

--Espera al rey--dijo para s el padre Aliaga.

Y adelant hacia la reina.

Margarita de Austria dej sobre la mesa un devocionario ricamente
encuadernado que tena en la mano  la llegada del padre Aliaga.

Este, cuando estuvo cerca de la reina, se arrodill.

--Qu hacis, padre mo?--dijo dulcemente Margarita--. Un sacerdote,
tal como vos, arrodillarse ante una pecadora tal como yo!

--Oh! si todos pecasen en este mundo como vuestra majestad...--dijo el
padre Aliaga levantndose.

--Pues mirad, padre, lo que peco me espanta. Tengo muy poca paciencia...

--Vuestra majestad es una mrtir.

--No, porque no acepto mi martirio. Adems, hay momentos en que me
baara en sangre.

--En sangre de traidores.

--Indudablemente... pero soy tan desgraciada!...

--Demasiado, seora.

--Hoy no... hoy soy casi feliz.

--Quiera Dios, seora, completar esa felicidad y aumentarla.

--Sentos, fray Luis, sentos, quiero hablaros mucho y no quiero
fatigaros.

--Las bondades de vuestra majestad no tienen lmite para conmigo--dijo
el padre Aliaga, tomando un silln y sentndose  una respetuosa
distancia.

--Mis bondades! No ciertamente, padre Aliaga--dijo con acento dulce
reina--, os debo mucho; despus de Dios, sois la proteccin que tengo
sobre la tierra.

--La proteccin ma, seora, es muy dbil.

--Y vuestros consejos? A quin debo la resignacin con que sufro mis
desventuras de mujer y de reina, ms que  vos?

--Lo debe principalmente vuestra majestad  su gran corazn.

--Ha habido momentos en que me he desalentado, en que he credo intil
la resistencia, en que he estado  punto de abandonarlo todo, de
rendirme  mi desdicha. Y entonces vos me habis aconsejado valor y
fortaleza; habis robustecido mi alma con vuestra palabra; me habis
salvado. Y  esa lucha sostenida por vos, debo el haber llegado  un
gran da,  un da de triunfo.

--Un da de triunfo!--dijo tristemente el padre Aliaga.

-Creo que no habis reparado en m, padre mo; miradme bien.

El padre Aliaga levant la vista de sobre la alfombra y la fij en la
reina.

Margarita de Austria sonrea; su sonrisa era la expresin de un contento
ntimo, y aumentaba su dulce belleza.

La mirada que el padre Aliaga fij en la reina, era la perpetua mirada
que el mundo conoca en l: reposada, tranquila, y aun nos atrevemos 
decirlo: asctica.

Pero las manos, que fray Luis tena escondidas en las mangas de su
hbito, estaban crispadas, y sus uas se ensangrentaban en sus brazos.

Y no contest  la reina, porque estaba retando con su espritu; porque
estaba pidiendo  Dios alejase de l la tentacin.

--Ya podis ver--dijo la reina despus de que el inquisidor general la
estuvo mirando frente  frente algunos segundos, que ni por mi traje, ni
por mi semblante, soy la pobre esposa medio viuda, la reina reclusa y
humillada; soy la desposada que se viste de fiesta para esperar  su
esposo... porque espero  su majestad; ya no hay traidores que impidan
al rey llegar hasta la reina... las puertas de mi cmara estn francas
para su majestad; anoche empez ese milagro; anoche el rey fu mi
esposo.

Fray Luis contuvo una violenta conmocin y se puso de nuevo  rezar
apresuradamente.

La reina continu:

--Y he descubierto una cosa que me ha llenado de alegra, que ha abierto
mi alma  la esperanza y  la felicidad: el rey me ama. Oh, s, me ama
con toda su alma! y yo... oh, Dios mo! para vos, padre Aliaga, que
tenis las virtudes y la pureza de un santo, he tenido abierta por
completo mi conciencia, mi alma de mi mujer; vos no sois mi confesor,
pero sois ms que mi confesor, mi padre; yo os haba dicho que no amaba
al rey,  mi Felipe, al padre de mis hijos... oh! y os lo deca como lo
senta... yo estaba irritada, humillada, abandonada; haban pasado das
y semanas y meses sin que yo viera  su majestad ms que en los das de
ceremonia, delante de la corte, rodeada de personas pagadas para
escuchar mis palabras; yo no era all ms que la mitad de la monarqua;
la reina cubierta de brocados, con el manto real prendido  los hombros,
con la corona en la cabeza; una mujer vestida de mscara presentada  la
burla de la corte; despus de la ceremonia, el rey se iba por un lado
con su servidumbre, y la ma me traa como presa  mi cuarto... esto me
irritaba.. me indispona con todo... hasta conmigo misma...; pero
anoche... cuando vi al rey delante de m... oh Dios mo! comprend que
le amaba ms que nunca, que mi amor no se haba borrado, sino que haba
dormido, que haba estado cubierto por mi despecho. Y sin embargo de que
el rey no quiso orme una sola palabra de poltica,  pesar de que esto
me entristeci, porque ya sabis cunta falta nos hace el que su
majestad tome sobre s el peso del gobierno, fu feliz, conceb
esperanzas; el rey se mostr transformado...

--Su majestad medita demasiado las cosas...

--Por el contrario--dijo con arranque la reina--, el rey no medita nada.

--Quiero decir--dijo el padre Aliaga--que el rey en ciertos negocios
anda con pies de plomo.

--Decid ms bien que cuando se trata del duque de Lerma no se mueve.

--Su majestad cree que no encontrar otro mejor que el duque; le fatiga
la lucha, ama la paz, su alma es excesivamente piadosa...

--Pero si el rey contina as, la monarqua queda reducida  una sombra
que slo sirve para autorizar  magnates miserables capaces de
todo!--dijo la reina con violencia.

--Vuestra majestad dice que las cosas han variado?

--S, fray Luis, s--dijo la reina inclinndose hacia el padre Aliaga,
con las muestras de la mayor confianza--; escuchad: yo no s cmo, pero
la variacin es completa; ya sabis... aquellas cartas tan
imprudentemente escritas por m  ese vil Caldern, cartas que me tenan
reducida  mi,  Margarita de Austria,  una posicin de esclava, que
han estado  punto de hacerme cometer un crimen, porque un asesinato,
aunque la causa sea justa, siempre es un crimen...

--Slo Dios puede juzgar las acciones de los reyes.

--Y algo que est ms bajo que Dios, fray Luis; su conciencia, la
conciencia de sus vasallos, y despus la historia... pero Dios,  quien
adoro y bendigo, me ha librado de cometer un crimen; me ha procurado una
buena y valiente espada y un corazn de oro...  propsito... cmo
estamos, en cuanto  la recompensa de ese valiente joven?

--Ya he dado la provisin de capitn de la tercera compaa de la guarda
espaola  doa Clara de Soldevilla para que se la entregue.

--Oh! y habis hecho muy bien, porque... se aman: l  ella como un
loco: ella  l... no s cunto, pero esta maana tena seales en los
ojos de no haber dormido...

--Pero segn creo, no se haban visto hasta anoche.

--No importa; se aman, yo os lo aseguro, padre Aliaga; l la hablaba con
el corazn... ella le escuchaba con el alma, aunque no lo demostraba,
porque doa Clara es muy reservada y muy firme... tan firme como
hermosa, noble y honrada; ese joven es un tesoro... si no hubiese sido
por ella... ella me procur  ese valiente defensor,  quien yo
ennoblecer de tal modo,  quien levantar tan alto, que el orgulloso
Ignacio Soldevilla no se atrever  negar  la reina la mano de su hija
para ese hidalgo.

Hablaba con tal entusiasmo la reina de Juan Montio, que el padre Aliaga
volvi  sentir en su alma la amarga desesperacin que le haba causado
la sola sospecha de que Margarita de Austria amase al joven.

Y la reina hablaba de tal modo por agradecimiento, porque Juan Montio
la haba salvado de un compromiso horrible.

--Y no es extrao--continu la reina--que doa Clara le ame de ese modo;
se ampar de l en la calle,  bulto, como se hubiera amparado de otro
cualquiera hidalgo, porque la segua de cerca don Rodrigo; estuvieron
largo rato juntos; nuestro joven la enamor, la salv, en fin, de don
Rodrigo; fu una aventura completa; despus, cuando le present las
cartas que yo buscaba  costa de cualquier sacrificio, manchadas con la
sangre de don Rodrigo... doa Clara me ama... como la amo yo, y ama  mi
salvador... y si  esto se aade que ese joven, considerado como hombre,
es casi tan hermoso como doa Clara, que es la mujer ms hermosa que
conozco, hay que convenir en que es necesario casarlos. Yo los casar.
Por lo pronto, le tenemos ya dentro de palacio?

Fray Luis ahog en su garganta un rugido que se revolvi sordo, poderoso
en su pecho.

La ltima pregunta de la reina le haba aterrado.

Sin embargo, conserv su aspecto sereno, su semblante impasible 
inalterable su acento, cuando respondi  la reina:

--Slo falta que doa Clara le entregue su provisin de capitn de la
guardia espaola.

--Se le entregar... maana... Ahora bien: cunto ha costado esa
provisin, porque supongo que Lerma la habr vendido?

--Vuestra majestad no tiene que ocuparse de esa pequeez--dijo fray
Luis--. Vuestra majestad ha querido que ese caballero tenga un medio
honroso de vivir y ya le tiene. Lo dems importa muy poco.

--No, no; cuando os escrib no era reina, y necesitaba de vuestros
buenos oficios por completo; hoy ya es distinto; he vuelto  ser reina;
Lerma ha dispuesto que se me pague lo que se me debe, y... soy rica; os
mando, pues, que me digis cunto ha costado esa provisin. Os lo
mando, lo entendis?

--Ha costado trescientos ducados.

--Y los dems gastos?...

--No lo s  punto fijo, seora.

--Pues haced la cuenta, y decidme la cantidad redonda. Casi casi voy
hacindome partidaria de Lerma. Si habr tocado Dios el corazn de ese
hombre?

--El duque ha tenido miedo.

--Y le ha tenido con razn--dijo con acento lleno y majestuoso la
reina--; le ha tenido y debe tenerlo; se ha atrevido  sus reyes y se
atreve; Lerma caer... caer... y yo pisar su soberbia, yo que me he
visto indignamente pisada por l. Y sabis, sabis  quin se debe todo
este cambio?...

--A Dios!--dijo con una profunda fe el padre Aliaga.

--S, indudablemente  Dios; pero Dios, para obrar respecto  nosotros,
se vale de medios naturales. El medio de que Dios se ha valido, ha sido
de ese joven... del sobrino del cocinero del rey.

--Creo que vuestra majestad, en su bondad, abulta los mritos de ese
mancebo--dijo el padre Aliaga, cuya alma haba acabado de ennegrecerse.

--Hiriendo  don Rodrigo Caldern, ese joven ha producido todo ese
cambio.

--Lo dudo.

--El duque, al verse solo, privado de la ayuda de Caldern, que es su
pensamiento, no se ha atrevido  seguir en una senda en que Caldern le
ha sostenido... esto lo sospecho yo... puede ser que Caldern, al verse
herido de sumo peligro, haya sentido remordimientos, y haya revelado al
duque lo que se tramaba contra l... y esto es lo ms probable, por la
conducta del duque. Sabis lo que ha dicho su hijo el duque de Uceda al
verse arrojado del cuarto de mi hijo don Felipe  todo el que ha querido
orle?--Mi seor padre teme que haya quien tire de la cortina, y deje
ver sus tratos con la Liga y sus inteligencias con Inglaterra.--El duque
de Uceda no ha debido decir esto de una manera muy secreta, porque lo ha
sabido su padre, y sin perder tiempo ha propuesto al rey la guerra
contra la Liga, y ha enviado de embajador  Inglaterra  don Baltasar de
Ziga. Y no es esto solo; ha desterrado y preso y asustado  los mismos
 quienes ayer llamaba sus amigos, y ha honrado y favorecido  otros 
quienes miraba como enemigos. Sin ir ms lejos no os ha nombrado  vos
inquisidor general?

--Lo que me ha hecho tener ms cuidado ahora que nunca, seora; cuando
el lobo lame la mano que odia...

--Oh! yo os aseguro que el duque de Lerma no tendr tiempo de revolver
sobre nosotros. El duque de Lerma es hombre muerto.

--Ah! hablbais de mi buen don Francisco de Rojas y Sandoval, mi muy
amada esposa, mi respetable confesor?--dijo Felipe III, que haba
entrado poco antes en la cmara, y adelantado en silencio.

La reina y el padre Aliaga se levantaron  un tiempo.

--Sentos, sentos--dijo el rey--; vos sois mi buena, mi hermosa, mi
amada Margarita--dijo el rey tomando  la reina una mano, y
besndosela--; y vos, padre, sois mi amigo y mi confesor. Ya sabis
cunto he defendido yo el que os aparten de mi lado,  pesar de que
Lerma me ha hablado mal de vos. Yo os aprecio mucho, fray Luis; ms que
apreciaros, os reverencio. He tenido un placer y una sorpresa cuando
esta maana el duque de Lerma me ha dado  firmar vuestro nombramiento
de inquisidor general. Como he firmado con sumo gusto el nombramiento de
embajador para don Baltasar de Ziga, y el de gentilhombre de mi cmara
para el duque de Uceda; estaban demasiado apoderados del prncipe don
Felipe. Sentos, sentos, pues, seora; y vos tambin, padre Aliaga;
nadie nos ve; yo entro y salgo, merced  ciertos pasadizos, sin que
nadie me vea, y estamos completamente libres de la etiqueta.

Todos se sentaron.

El rey, que era muy sensible al fro, removi el brasero.

--Qu invierno tan crudo!--dijo--; aseguran que hay miseria en los
pueblos; pobres gentes!

Y volvi  revolver con delicia el brasero.

--Cuando llegu conspirbais--dijo el rey.

--Es verdad--contest la reina--; conspirbamos contra Lerma, y es
necesario que vuestra majestad conspire tambin.

--Yo no necesito conspirar--dijo el rey--; el da que quiera, Lerma
caer; pero Lerma me sirve bien. Os tena quejosa, seora, pero el duque
me ha hablado largamente. Le tena engaado don Rodrigo Caldern.

--Y cmo ha sabido el duque que don Rodrigo Caldern le engaaba?

--Le han avisado... no sabe quin... pero tiene pruebas; al conocer su
engao, Lerma se ha apresurado  repararlo. Debis, pues, perdonarle;
seora, perdn merece quien confiesa su error, y perdonar tambin  la
buena duquesa de Ganda, que es una pobre mujer, cuyo nico delito es
ser excesivamente afecta al duque... me lisonjeo en creer que empezamos
una nueva era... enviaremos un respetable ejrcito  Flandes contra la
Liga, arreglaremos nuestros negocios con Inglaterra, y nos haremos
respetar.

El rey repeta palabra por palabra lo que le haba dicho Lerma.

La reina y el padre Aliaga callaron, porque saban que en ciertas
ocasiones era de todo punto intil, y sobre intil, perjudicial, el
contrariar  Felipe III.

En aquellos momentos, ste se estaba haciendo la ilusin de que era un
gran rey.

--No s, no s qu os he odo hablar de cierto hidalgo  quien decais
vos, seora, que debamos mucho: lo o al abrir la puerta, pero me
pareci sentir pasos en el corredor secreto y me volv... debi ser
ilusin ma, porque los pasos no se repitieron; pero cuando me volv de
nuevo hacia vosotros, ya no hablbais del tal hidalgo.

--Hablbamos de un sobrino del cocinero mayor de vuestra majestad.

--Ah! del buen Montio? y ese mozo, es tan buen cocinero como su to?

--Sabe  lo menos manejar la espada tan bien como su to las
cacerolas--, contest la reina procurando serenarse, porque la haba
turbado la imprevista pregunta del rey.

--Ah! ah! es buen espada?

--Tan bueno, como que es quien ha herido  don Rodrigo Caldern.

--El que ha herido  don Rodrigo?

--S por cierto.

--Y por qu le ha herido?

--Defendiendo la honra de una mujer.

--Ah! ah! y... quin es ella?

--Una dama  quien vuestra majestad y yo apreciamos mucho.

--Pues no... no acierto.

--Doa Clara...

--Ah! s! vuestra menina! quiero decir, vuestra dama de honor...
porque ya recordaris que hemos convenido en que es ya muy crecida para
menina... la bella y honradsima doa Clara Soldevilla.

--Y adems, est ya en buena edad para casarse--dijo la reina.

--Casarse... si bien... es una mujer envidiable... yo s de muchos que
la han solicitado, que han querido casarse con ella... pero ella no ha
querido  ninguno.

--Yo aseguro  vuestra majestad, que con quien yo querra casarla es muy
del agrado de doa Clara.

--Y quin? quin es l?

--El vencedor de don Rodrigo Caldern.

--El sobrino de mi cocinero!--exclam con desprecio el rey--. Esa es
una alianza indigna de doa Clara; mi valiente coronel Ignacio
Soldevilla, tendra mucha razn de enojarse conmigo, si yo introdujera
en sus cuarteles un mandil y un gorro blanco: eso no puede ser... no
ser...

--Los reyes ennoblecen--dijo contrariada la reina.

El padre Aliaga acudi en socorro de Margarita de Austria.

--Ese joven--dijo--, no es sobrino del cocinero mayor.

--Pero en qu quedamos? qu es ese mancebo?

--El se cree hijo de Jernimo Martnez Montio, hermano de Francisco
Martnez Montio, cocinero de vuestra majestad; pero no es as... es...
hijo de padres muy nobles, como lo reza esta carta--dijo el padre
Aliaga, presentando al rey la tan trada y llevada carta de Pedro
Martnez Montio  su hermano.

--Leedme, leedme esa carta, padre Aliaga, y veamos esa historia.

El padre Aliaga ley la carta de la cruz  la fecha.

--Esa carta es una buena historia--dijo el rey--; pero en esa historia
faltan los nombres de los padres; nada hacemos con eso.

--Los padres, seor, son, segn dice Francisco Montio, el duque de
Osuna.

--Oh! mi altivo Girn! y ella?

--Ella, segn dice el to Manolillo, es la duquesa de Ganda.

--Ah! la duquesa de Ganda! ah! ah! el duque de Osuna... y la
duquesa de Ganda!... por San Lorenzo nuestro patrn! eso es ya
distinto... y lo sabe eso doa Clara?

--Lo ignoro, seor.

--Si no recuerdo mal--dijo el rey--en esta carta que acabis de leerme,
padre Aliaga, dice que ese mancebo no ha estado nunca en la corte; si
lleg anoche, cmo conoci  doa Clara? y aun dada la ocasin de
conocerla, cmo se enamor ella de l? Esto es extraordinario; esto no
puede creerse; por otra dama debi reir con don Rodrigo ese Joven...
precisamente,  yo no lo entiendo.

Afortunadamente el rey se haba extendido en sus consideraciones, y
haba dado tiempo  la reina de improvisar una respuesta.

--Fu una casualidad--dijo Margarita de Austria--; al venir nuestro
joven  Madrid con esa triste carta de su to, que acaba de leernos el
padre Aliaga, vino naturalmente al alczar  buscar  su otro to; por
un descuido de los maestresalas, perdido en el alczar, se encontr en
la galera obscura  donde corresponde la puerta del cuarto de doa
Clara, y oy voces de dos personas.

-- Ah! una aventura como las de las comedias de Lope de Vega!--dijo el
rey--. Y esas dos voces eran de una dama y de un galn?

--Eran las de don Rodrigo Caldern y doa Clara Soldevilla.

--Ah! conque al fin la rigurossima doa Clara...?

--Nada de eso; como don Rodrigo es tan audaz, tan miserable, tan
malvado, haba corrompido  una criada de doa Clara, y sta haba
robado  su seora una prenda muy conocida y la haba entregado 
Caldern. Este, prevalido de la prenda con que haba querido obligar 
doa Clara, se haba introducido en su aposento.

--Ah! ah! esto es grave, gravsimo...--dijo el rey--ese don Rodrigo es
demasiado voluntarioso y bien poco mirado... atreverse  una dama tal
como doa Clara,  quien sabe que tienen sus reyes en gran estimacin y
poco menos que como  una hija! Una dama  quien ha dejado en nuestra
servidumbre un buen caballero, que derrama su sangre en nuestro
servicio, seguro de que la reina ser para ella una madre... seguro de
que bajo el amparo de la reina estar  cubierto de asechanzas!

La voz del rey, al decir esto, temblaba de un modo particular.

--A pesar de mi proteccin, seor--dijo sonriendo la reina--, se han
puesto grandes tentaciones delante de doa Clara, y  no ser ella tan
honrada, tales han sido algunas, que todo mi poder no habra podido
salvarla...

--S, s dijo el rey,  quien parecan atragantrsele las palabras,
segn se le enredaban las letras y aun las slabas--; doa Clara, en
efecto, vale mucho... ha podido suceder que personas ilustres hayan
tenido... puede ser que... hayan cado en una tentacin disculpable...
porque... puede... s... pero en fin... y qu prenda era la que don
Rodrigo supona haber recibido de doa Clara?--aadi el rey, saliendo
bruscamente del discurso en que se haba embrollado, porque le acusaba
la conciencia.

--Un hermoso rizo de cabellos negros, sujeto... con... no
recuerdo...--dijo la reina ponindose un rosado dedo en los labios, como
quien medita...--ah! s!... con un pequeo lazo de diamantes... en el
cual estaban esmaltadas nuestras armas.

--Nuestras armas!

--S por cierto; era uno de los seis lazos que para que me sirviera de
sobreherretes, me haba regalado vuestra majestad.

--Ah! s! recuerdo ese regalo.

--Yo haba dado uno de esos lazos  doa Clara.

--Pues se conoce que estima en poco vuestros regalos doa Clara--dijo el
rey--, cuando as los da  sus enamorados.

--Pues si doa Clara no le ha dado  don Rodrigo!

--Pero cmo le tena don Rodrigo?

La criada,  quien haba sobornado don Rodrigo, haba robado, por
insinuacin de ste,  su seora.

--Pero, cmo saba don Rodrigo que doa Clara tena el tal lazo?...

El padre Aliaga, que escuchaba en silencio y con la cabeza baja este
dilogo, oraba en el fondo de su alma porque la reina saliese bien del
atolladero en que se haba metido; la reina, sin embargo, no demostraba
la menor turbacin.

--Don Rodrigo--dijo--saba que doa Clara posea aquel lazo, porque le
ha llevado muchas veces sobre el pecho delante de la corte; porque han
hablado mucho del tal regalo las damas; porque es una prenda muy
conocida de doa Clara; si no hubiese sido conocida aquella prenda,
para qu la quera don Rodrigo?

--Me parece, seora--dijo el rey--, que creis demasiado  doa Clara,
que doa Clara no es tan esquiva como cuenta la fama, y que acaso don
Rodrigo...

--Oh, no; estoy segura de ella!

--Pero creis fcil que se corten cabellos  una mujer sin que lo
sienta? Os habis olvidado de ese hermoso rizo, sujeto por hermoso
lazo?

--Siempre que se peina una mujer que tiene tan largos, tan hermosos, tan
abundantes cabellos como doa Clara, queda una maraa; con pocas maraas
como las que produce cada peinado de doa Clara, basta para hacer un
hermoso rizo.

--Ah! efectivamente, no haba pensado en ello...--dijo el rey--pero me
agradara ver ese rizo... si fuera posible.....

--No s si doa Clara le habr destrudo--dijo con la mayor serenidad la
reina, mientras el padre Aliaga se estremeca, porque vea llegado de
una manera fatal el momento de las pruebas.

--Cmo recobr doa Clara ese rizo?--dijo el rey.

--Casualmente ese es el gran servicio que ha prestado el joven de quien
hablamos  doa Clara.

--Pero cmo supo ese mancebo?...

--De una manera muy sencilla: deca, seor, que por descuido de los
maestresalas, sin duda, ese joven, habindose perdido en el alczar,
como quien nunca haba por l andado, haba venido  parar, entrando por
la portera de Damas,  la galera obscura  donde corresponde la puerta
del aposento de doa Clara. Al entrar en la galera, segn dijo despus
 doa Clara ese hidalgo, oy las voces de un hombre y de una mujer. El
hombre, sin pasar de la puerta, se negaba  devolver una prenda  la
mujer, y la mujer deca: No faltar quien os arranque esa prenda que me
habis robado con el corazn.

--Desengaos, doa Clara--contest el hombre--; vuestro padre, el buen
Ignacio Soldevilla, est muy lejos, y aunque le llamis, y aun cuando
venga, vendr tarde; toda la corte sabr ya que la ingrata hermosura 
quien llaman la menina de nieve no ha sido esquiva para m.

--Ah!--dijo el rey, dndose una palmada en la frente--; pues ya lo
comprendo todo; el tal afortunado hidalgo quit  estocadas  don
Rodrigo la prenda, y como saba, por haberlo odo, el nombre y el empleo
en palacio de la dama, vino  presentarla la prenda... se vieron y se
enamoraron el uno del otro ah, ah, vase lo que son los acasos!... y
si... si... por mi nima que quisiera ver!... Habr algn
inconveniente en pedir  doa Clara esa prenda?

[imagen: Felipe III.]

La reina se estremeci.

El padre Aliaga se cubri de sudor fro.

Pero la reina no se detuvo; di dos palmadas, y se abri la puerta de la
cmara.

Apareci la condesa de Lemos, que, por enfermedad de la duquesa de
Ganda, desempeaba accidentalmente las funciones de camarera mayor,
como primera dama de honor.

--Id y decid  doa Clara Soldevilla, mi menina, que venga--dijo la
reina, haciendo un supremo esfuerzo para que no se trasluciese en su
semblante la agona de su alma.

El padre Aliaga se puso literalmente malo.

La condesa de Lemos dej caer el tapiz de la puerta de la cmara.

Slo una casualidad poda salvar  la reina de ser cogida de una grave
mentira por el rey. La reina, por instinto, se conservaba serena.

--Es extrao... es extrao todo esto--dijo el rey--; y, sin embargo,
siendo as, no extrao que doa Clara, agradecida... ella tiene unas
ideas talmente de dama de comedia... Bien, muy bien... si se aman... los
casaremos... ennobleceremos  ese hidalgo cuanto sea necesario,
pretextaremos un gran servicio... mentiremos un poco,  fin de que
Ignacio Soldevilla no se ofenda... Dios nos perdonar esta mentira.

--Yo creo--dijo la reina con intencin--que cuando se miente para salvar
grandes intereses, no se peca; el padre Aliaga, que est presente, y que
es muy telogo, puede decirnos...

--Seora--se apresur  decir el padre Aliaga--, hay ocasiones en que el
no mentir sera un crimen.

--De suerte que--dijo el rey, que en asuntos de conciencia era muy
escrupuloso--la mentira puede, y aun debe usarse, segn las
circunstancias?

--Indudablemente--dijo el padre Aliaga--; veamos el caso actual; hay que
engaar  un hombre...  Ignacio Soldevilla, para evitar grandes males.
Debe engarsele, el fin es bueno; el tsigo se emplea comnmente como
medicina.

--Pero, qu grandes males amenazan?

--Supongamos que doa Clara ame... como suelen amar al cabo las que han
llegado  cierta edad sin conocer el amor... que se obstine... que no
pudiendo lograr su amor por buenos medios...

--Basta, basta; ahora comprendo que debe mentirse, que es una obligacin
mentir en ciertas ocasiones.

--Adems--dijo la reina--de que para honrar  ese joven no es necesario
mentir.

--Nos ha prestado algn servicio?--dijo el rey.

--Oh, importantsimo! recordis, seor, las dos cartas escritas por el
conde de Olivares y el duque de Uceda  don Rodrigo Caldern, que os di
 leer anoche?

--Oh, s! cartas que yo he dado  leer al duque de Lerma.

--Y que han causado la variacin que se nota en el duque.

--Indudablemente.

--Y que han hecho que el duque se deje de favoritos y venga  buscar la
fuerza en el rey.

--S; s, todo eso es cierto.

--Y creis, seor, que quien ha hecho este servicio, es decir, quien ha
sido causa de que esto suceda, no merece una gran recompensa?

--Si por cierto; merece un ttulo y una renta.

--Pues bien, ese caballero, ese noble bastardo de Osuna, ha prestado 
vuestra majestad ese servicio.

--Cmo!

--Al quitar  don Rodrigo Caldern, despus de haberle vencido, el rizo
y el lazo que haba robado Caldern  doa Clara, le quit tambin esas
dos cartas que Caldern, por ser tan importantes, llevaba sobre s, y
entreg con la prenda las cartas  doa Clara.

--Pues ya no extrao que doa Clara ame  un tal hombre; doa Clara
aborrece  Lerma... Tengo pruebas de ello; porque doa Clara es vuestro
consejo, y al ver  Lerma comprometido... en efecto, esas cartas han
producido un resultado saludable... los casaremos; se har cuanto haya
que hacer con el coronel Soldevilla... pero siento pasos en la
antecmara, acaso sea doa Clara.

La reina se estremeci; el padre Aliaga se hel; se levant el tapiz, y
la condesa de Lemos dijo desde l:

--Seora: doa Clara est enferma, pero me ha dicho que si vuestra
majestad lo desea, se har conducir.

La reina respir; al padre Aliaga se le quit de sobre el corazn una
montaa.

--No... no...--se apresur  decir el rey--de ningn modo. Y est... en
mucho peligro nuestra buena doa Clara?

--Est recogida al lecho, seor--contest la de Lemos--. Adems,
permtame vuestra majestad que le d un mensaje importante.

--Pero pasad, pasad, doa Catalina--dijo el rey--; vos sois algo ms que
un ujier.

--Gracias, seor--dijo la de Lemos entrando, detenindose  una
respetuosa distancia y haciendo una reverencia  los reyes.

--Y qu mensaje... tan importante es ese?--dijo el rey.

--Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hbito de Santiago, seor de
la torre de Juan Abad, y secretario del virrey de Npoles, solicita
urgentemente y para asuntos graves, una audiencia de vuestra majestad.

--No me dejarn parar--dijo el rey con disgusto--. Y quin ha dicho 
don Francisco que yo estoy aqu?

--Le he visto tan afanado buscando medio de hablar  vuestra majestad;
me ha encarecido de tal modo la importancia del asunto que le mueve 
pedir una audiencia inmediata  vuestra majestad, que siendo quien es
don Francisco, he credo de mi obligacin...

--Pues bien, doa Catalina, decid  don Francisco que se presente  los
de mi cmara; yo dar orden... le recibir...

La condesa de Lemos se inclin y sali.

--Ya lo veis, mi muy amada Margarita: el rey se lleva al esposo--dijo
don Felipe--; pero os dejo en buena compaa; adis, tengo cierta
impaciencia para saber lo urgente que me trae don Francisco... estn
pasando por cierto cosas extraordinarias... Adis... adis...

Y el rey se levant y salt por la puerta secreta.

--Oh, qu Angel de la Guarda nos ha salvado!--exclam la reina.

--Un milagro de Dios, seora--dijo el padre Aliaga.

--S; s, Dios se vale de los hombres... pero dejadme sola, fray Luis,
tengo sospechas... quiero averiguar... al salir, decid  la condesa de
Lemos que entre.

El padre Aliaga se levant, bes la mano que le tendi Margarita, sin
atreverse  posar demasiado los labios sobre ella, y sali.

El infeliz haba sufrido toda una eternidad de tormentos durante el
tiempo que haba pasado en la cmara de la reina.


FIN DEL TOMO PRIMERO


[imagen]

       *       *       *       *       *




EL COCINERO
DE
SU MAJESTAD

(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)

POR
D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ

TOMO SEGUNDO




CAPTULO XXXIV

EN QUE SE EXPLICAR ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPTULO ANTERIOR, Y SE VER
CMO DOA CLARA ENCONTR UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN
MONTIO,  PESAR DE TODOS LOS PESARES


Apenas haba salido el padre Aliaga de la cmara de la reina, cuando
entr la condesa de Lemos.

--Qu enfermedad padece doa Clara?--dijo la reina.

--Ninguna, seora--contest doa Catalina--; doa Clara est sana y
buena esperando en la saleta.

--Qu significa, pues, vuestra mentira?

--He credo que deba mentir.

--Por qu?

--Contar  vuestra majestad lo que me ha sucedido: sala yo de la
antecmara  llevar en persona la orden de vuestra majestad  doa
Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me haba dicho
terminantemente: id y decid  doa Clara Soldevilla... deba yo ir... y
fu.

--Es cierto... una distraccin ma, doa Catalina.

--Vuestra majestad puede disponer de m como quiera, y siempre
honrndome--contest inclinndose la de Lemos.

Y luego continu:

--Sala yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontr de
repente junto  mi  don Francisco de Quevedo.--Decid  doa Clara
Soldevilla, me dijo, si queris sacar de un negro compromiso  su
majestad la reina, que diga que no puede venir porque est enferma; que
os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el
rey haya salido de la cmara de su majestad la reina, entre  verla;
para que el rey salga, decid  su majestad de mi parte que yo le pido
audiencia para un asunto gravsimo, que no he podido encontrar quien me
anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid adems  su
majestad la reina que yo hallar medio de entretener al rey largo
tiempo, y adis,  id, que urge, y que Dios nos saque en paz.--Tengo yo
tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho  la letra lo que l me
ha dicho.

--Habis hecho bien--dijo Margarita de Austria--, y pues lo que est ah
doa Clara, que entre al momento.

Sali doa Catalina y doa Clara entr.

La hermosa joven se acerc anhelante  la reina.

--Qu sucede, seora--dijo--, que la condesa de Lemos me trae consigo 
pesar de decir al rey que estoy enferma?

--Ah, Dios mo! Djame respirar, Clara; todava aquellas cartas, Dios
mo!

--Pero si las quem vuestra majestad! Se haba olvidado alguna?... Ha
aparecido alguna ms?

--No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve  mi joyero, busca
uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tremelo...
trete tambin unas tijeras.

Doa Clara sali de la cmara por una puerta opuesta  la por donde
haba entrado y volvi  poco; traa un lacito de oro y diamantes, cuyo
nudo poda contener en la parte interior un grueso como de un dedo.

--Dame!--dijo la reina con ansia--; dame las tijeras y sintate  mis
pies.

La joven, admirada y confusa, se sent  los pies de la reina sobre un
taburete de terciopelo.

--Oh, y qu hermosos cabellos tienes!--dijo Margarita de Austria--; tus
cabellos me van  salvar, Clara.

Y la reina deshaca con mano trmula las gruesas trenzas negras de doa
Clara.

--Oh! Afortunadamente--dijo--, por mucho que te corte no se te conocer
la falta; no te asustes, Clara, no voy  cortarte ms que como el grueso
de un dedo del centro.

--Crtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo...

--Ya te explicar... Perdname, Clara, si te robo... pero es
necesario... necesario de todo punto! Ya est.

Y se oy el leve, pero caracterstico ruido de las tijeras, que cortaron
con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doa Clara.

--Oh, Dios mo! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal
de maraas; el pelo de maraa es ms corto.

--Pero qu maraa es esa, seora?

--Una verdadera maraa que t sola puedes desenredar.

--Yo!

--T, s, y de una manera muy dulce.

--No comprendo  vuestra majestad.

--Casndote con tu caballero de anoche.

--Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle.

--Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, cmo haras t para
hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado?

--Un rizo, seora?

--S, un rizo para regalarlo  un hombre amado.

--Dios mo! Es que  m nunca se me ha ocurrido ni poda ocurrrseme...
de ningn modo... regalar cabellos mos, como no fuese  mi marido.

--Es que t te casars, y ser tu marido el hombre  quien vas  regalar
este rizo.

--Permtame vuestra majestad--dijo con seriedad doa Clara--; vuestra
majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo
no har eso.

--Hagamos, hagamos primero ese rizo--dijo la reina--; t le guardars y
no se usar de l si t no quieres. Pero hagmosle.

Doa Clara at aquel magnfico ramal de cabellos, haciendo con l una
ancha sortija, y la present  la reina.

--Bien--dijo Margarita de Austria--; ahora sujtale con este lazo.

Doa Clara obedeci.

He aqu una verdadera joya--dijo la reina--. Ahora, sintate y escucha,
y recgete el cabello entre tanto.

Doa Clara se sent.

La reina, con voz trmula, la cont punto por punto lo que la haba
acontecido con el rey.

Cuando la reina concluy guard silencio, y no pronunci ni una disculpa
ni una splica.

Doa Clara, que se haba trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos,
permaneci largo tiempo en silencio.

La reina estaba llena de ansiedad.

--Me casar con ese hombre--dijo al fin doa Clara.

--Ah! hermana ma!--exclam la reina arrojndose al cuello de doa
Clara y besndola en la boca.

--Yo le amo...--dijo doa Clara con voz conmovida--, pero no s si es
digno de mi amor, no s si l me ama como le amo yo.

--El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecer el rey,
procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... t sers feliz.

--Dios mo! feliz!... y se ha ido  vivir  casa de una comedianta!
y la ha acompaado al teatro y... no me ama... si me amara... no
afrentara mi amor enamorando  una mujer perdida!

--Pero quin te ha dicho eso?

--El bufn del rey.

--Qu mujer ms hermosa y ms pura que t puede l encontrar?... le
has desesperado acaso, Clara?

--S, seora.

--Pues ve ah la explicacin de esos amores indignos con la
comedianta... cuando sepa que t... quieres ser su esposa...

--Su esposa... lo ser y pronto.

--Ah, Clara ma!

--En el estado en que  vuestra majestad para salir de un compromiso
imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicrselo todo; es
necesario que est prevenido por si el rey ha sospechado  insiste. Es
necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy 
escribirle.

--Pero Clara, tienes t seguridad de ese hombre?--dijo la reina
asustada por la violenta salida de doa Clara.

--El no abusar ni de mi carta ni de mi cita. Y adis, seora, adis,
necesito prepararme.

Y doa Clara sali sin esperar la respuesta de la reina.

--Seora condesa--dijo la joven al pasar por la antecmara, detenindose
delante de la de Lemos--, hacedme la merced de que sepa don Francisco de
Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alczar y en mi
aposento. Me lo prometis?

--Os lo prometo, amiga ma, y os aseguro que don Francisco os ver.

--Gracias, doa Catalina, gracias y adis.

--Para qu querr doa Clara  Quevedo?--dijo para s sumamente
pensativa y contrariada doa Catalina--; pero bah!--aadi--; l me
ama, me ama, y es leal. Esto debe ser parte de ese enredo que no
comprendo. Cuando salga de la audiencia con el rey, pasar precisamente
por la galera. Voy  esperarle; Dios quiera que no se entretenga mucho
con su majestad.

Y doa Catalina sali de la antecmara de la reina, y se meti por una
galera obscura.




CAPTULO XXXV

DE CMO QUEVEDO, SIN DECIR NADA AL REY, LE HIZO CREER QUE LE HABA DICHO
MUCHO


Felipe III atraves con impaciencia el pasadizo secreto que pona en
comunicacin su cuarto con el de la reina.

Halagaba al rey el hacer alguna cosa por s propio; tan acostumbrado
estaba  la tutela de Lerma desde muy joven.

El recibir en audiencia reservada, sin conocimiento de su
ministro-duque,  un hombre tan _peligroso_ como Quevedo, parecale un
acto de verdadera soberana, una emancipacin monstruosa.

Y todo esto lo pensaba la conciencia ntima del rey; esa voz misteriosa
que parece pertenecer al instinto, que nunca nos engaa, y que sera
nuestro mejor gua si oysemos su voz, en vez de or la de nuestra
conciencia artificial, producto de nuestra posicin, de nuestras
costumbres y de nuestras inclinaciones.

Con arreglo  esto que nosotros llamamos, no sabemos si con demasiado
atrevimiento, conciencia artificial, el rey don Felipe III se haba
credo siempre rey, rey en el uso expedito de su soberana, por ms que
su conciencia ntima le dijese: t eres un instrumento de tu favorito;
t eres un pretexto; eres un esclavo de tu debilidad, de tu nulidad.

Y esta conciencia ntima era la que hablaba al rey cuando se diriga del
cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto.

Cuando entr en su dormitorio cerr cuidadosamente la puerta secreta, y
se encamin con paso majestuoso  su cmara.

Llam, y mand que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del
hbito de Santiago, etc., le introdujeran.

En seguida se sent junto  la mesa, y abri su libro de devociones.

No tard mucho un gentilhombre en decir  la puerta de la cmara:

--Seor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hbito de Santiago,
seor de la Torre de Juan Abad.

--Y pobre--dijo entrando en la real cmara Quevedo.

Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelant.

El rey segua leyendo, como si no hubiera visto  Quevedo.

Este lleg junto al rey, y se arrodill.

--Sacra, catlica, majestad--dijo con voz hueca y vibrante.

Volvi el rey la cabeza, mir con suma majestad  Quevedo, y le present
la mano.

Quevedo la bes respetuosamente.

--Alzad, don Francisco--dijo el rey.

Quevedo se puso de pie.

El rey esperaba  que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo 
inmvil como una estatua, pero con la mirada fra y fija en el rey.

El rey se senta mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras.

--En qu pensis, don Francisco?--dijo el rey por decir algo.

--Estoy contemplando  la monarqua, seor--contest Quevedo--;
contemplando en vuestra majestad  la gran monarqua espaola en
ropilla.

Frunci el rey el entrecejo.

--Y era todo eso lo que tenais que decirme con tanto empeo?

--S, seor.

--Pues si ya me lo habis dicho, idos--dijo un tanto contrariado el rey.

--Si vuestra majestad me lo permite, le dir ms.

--Decid.

--Digo, que me espanta el que pueda decir  vuestra majestad algo.

--Ah!--dijo el rey--y por qu os espanta eso?

--Porque  la verdad, hablo con vuestra majestad por compromiso.

--Oh!--repiti el rey.

--Y espntame que yo me vea comprometido  hablar con vuestra
majestad...

--Explicos...

--He estado preso en San Marcos.

--Ah! habis estado preso?

--S, seor.

--Qu delito cometsteis?

--El ser ciego y no andar con palo; me d con una esquina en las
narices.

--Dicen que sois hombre de ingenio.

--Eso he odo decir; pero acontceme, seor, que ahora que estoy
hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve
ingenio me lo han robado.

--Dijronme que os era urgentsimo hablarme.

--Y tan urgente, seor, que solamente con veros se me ha pasado la
urgencia.

--Pues os digo que no os entiendo.

--No es fcil, porque yo no me entiendo tampoco.

--Parceme que habis venido para algo.

--Indudablemente, seor, he venido para irme.

--Pero... por qu habis venido?

--Por venirme  cuento.

--Pero qu cuento es el vuestro?

--Es, seor, un cuento de cuentos.

--Pues empezad.

--Ya he concludo.

--Pero si no me habis contado nada!

--Si vuestra majestad quiere contar las palabras.

--Don Francisco!--exclam con irritacin el rey.

--Seor!--contest Quevedo inclinndose profundamente.

--No tenis nada de qu quejaros?

--Qujome de mi fortuna.

--Ni nada tenis que pedir?

--S, por cierto, seor; todos los das pido  Dios paciencia.

El rey se call y abri de nuevo su devocionario.

Quevedo permaneci inmvil con el sombrero echado al costado derecho y
la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada.

Esta situacin dur algn tiempo.

--Permita Dios que se duerma--dijo Quevedo para s--, no s ya qu decir
 su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni
en muerte, espero verme en tanto apuro. Gran rey el nuestro! por menos
de lo que yo estoy haciendo azotan  otros.

--An estis ah!--dijo el rey levantando del libro los ojos.

--Esperaba, seor, que me mandrais irme.

--Pues idos enhoramala--dijo el rey, y volvi  su lectura.

--An es pronto--dijo Quevedo--; todo se reduce  que este imbcil se
acuerde de que es rey y me encierre. Esprome.

Pas otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmvil
delante de l.

Haba bien pasado una hora desde que el rey recibi  Quevedo.

Levant otra vez los ojos del libro, y exclam:

--Por San Lorenzo! no os dije que os furais?

--Ocurriseme, seor, pediros que me perdonseis por haber malgastado el
precioso tiempo de vuestra majestad, y como vuestra majestad haba
vuelto  sus devociones...

--Pues antes de que vuelva otra vez, idos... idos... y perdonado y
vuelto  perdonar, con tal de que no se os ocurra en vuestra vida el
volver  pedirme audiencia.

--Beso las reales manos de vuestra majestad--contest Quevedo, y sali.

--Qu habr querido decirme don Francisco?--dijo el rey cuando se qued
solo--; indudablemente me ha dicho algo, y algo grave; pero es el caso
que yo no lo he entendido. Estos hombres de ingenio son crueles. Pero
qu habr querido decirme? quitando lo de la monarqua en ropilla, que
creo que quiere decir que el reino anda medio desnudo, no le he
entendido ms. Y de seguro... me ha dicho algo... pero ese algo!...
ese algo!...

El rey se qued hecho un laberinto de confusiones, y creyendo de buena
fe que Quevedo le haba dicho grandes cosas, que l no haba podido
entender.

Entre tanto Quevedo iba soplndose los dedos por las crujas del
alczar.

--Bendito mi amor sea--exclamaba--, que me oblig  pedir al to
Manolillo que me abriese la gatera. Mi deseo por ver descuidada y sola
conmigo mismo  mi doa Catalina, me ha trado  saber el grande apuro
en que se halla la pobre mrtir, la infeliz Margarita de Austria.
Enredo, enredo y siempre enredo.

Y el buen _ingenio_ segua adelante.

--Y vive Dios, que ya sudaba!... no saba cmo seguir diciendo al rey
palabras y no ms que palabras. Si se hubiera tratado de otro marido,
bah! la caridad es ms difcil  veces de lo que parece. Pero qu
rey... seor! qu rey!

De repente Quevedo se detuvo y escuch con atencin.

Haba odo un _siseo_.

El _siseo_ volvi  repetirse.

--De aquella reja sale, y nadie hay presente ms que yo. Llmanme, pues:
acudo. Es  m?

--S por cierto--contest la condesa de Lemos, entreabriendo la reja.

--Ah, lucero de mi obscura noche!--exclam Quevedo--; creo que mi
pensamiento me ha trado por tan buen camino, como que en l haba de
encontraros.

--No podais pasar por otra parte.

--Me esperbais?

--Con ansias del corazn.

--No digis eso, si no queris verme loco.

--Aunque mucho os amo, que bien lo sabis, no por vuestro amor son mis
ansias, que de l estoy segura, sino por ella.

--Por la ella del enredo?

--S; cmo os ha ido con el rey? Me dejsteis temblando.

--Y all se queda l confuso.

--Tanto le habis dicho?

--Al contrario, no le he dicho nada. Pero decidme, por qu ansiais?

--Porque vayis  ver al momento  doa Clara de Soldevilla.

--A tan hermosa dama me enviis?

--Vos podis ir  ella sin que yo os enve.

--Me estoy bien donde me quedo... Llmame doa Clara?

--S.

--Correo soy de seguro.

--Para correo habis nacido.

--Por mi mala estrella; que los portes pueden ser tales, que de buena
voluntad se perdonen.

--Sois hombre afortunado.

--Decidme, dnde est mi fortuna, ya que habis dado con ella?

--Pues qu, no os amo yo?

--Si se muriera uno!

--Dadle por muerto. Pero id, id, don Francisco, que creo que importa ms
de lo que pensamos.

--Adis, pues, seora ma. Con que me digis dnde vive doa Clara, me
dejo con vos el alma y all me emboco.

--Ms all de la galera de los Infantes, en aquella galera obscura.

--En la de anoche?...

--S, frente  aquellas escaleras.

--Ah! frente  las escaleras aquellas! no he de perderme con tales
seas. Quedad con dios, seora ma, y tratadme bien el alma, que con vos
se queda.

--Ay, que os llevis la ma! Adis.

La condesa sac una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la
bes suspirando.

--Adis--dijo, y se alej.

La reja se cerr silenciosamente.

Poco despus Quevedo llamaba  la puerta del aposento de doa Clara.

Aquella puerta se abri al momento.

Encontr  doa Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada
vaga, con todas las seales de una inquietud cruel.

--Vos lo sabis todo, don Francisco--dijo la joven con anhelo.

--Lo s, seora, y lo s tanto, como que an estoy dudando de ello.

--No os pregunto cmo lo sabis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza;
me estoy muriendo; sobre m vienen...

--Las culpas ajenas os premian.

--Qu decs?

--Si le amis!

--Dios mo! pero... yo hubiera vencido esta aficin...

--Y  qu vencerla?

--Podis ver esta noche  vuestro amigo?

--A Juan?

--S--contest con esfuerzo doa Clara.

--Lo ver, si vos queris.

--Sabis dnde est?

--Est donde le han arrojado vuestros desdenes.

--Y le sacarn de all mis favores?

--Oh! vos, seora, podis sacar un alma en pena del purgatorio.

--Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad.

--O no os conocis,  no me conocis, seora--dijo gravemente Quevedo.

--No os entiendo, don Francisco.

--Estis desconfiando de vos misma, y desconfiis de m; vos, seora,
sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda
caridad; os sacrificis por una mrtir; doblis vuestro orgullo de
mujer, exponis vuestro corazn, arrostris la clera de vuestro padre;
Dios os premiar, yo os reverencio y os admiro.

--Me veo obligada  casarme con vuestro amigo por salvar  su majestad
de unas apariencias que podan perderla; cierto es que vuestro amigo me
ha interesado el corazn, no os lo niego, pero le conozco poco; el paso
que voy  dar es decisivo; le conocis vos, don Francisco? estis
seguro de que su galanteo con esa comedianta pasar en el momento en que
le abra mi corazn? decidme, por Dios, cunto pierdo  cunto gano en
mi sacrificio!

--Juan es un rey sin corona, doa Clara: para Juan sois sola; Juan es
slo para vos.

--Explicadme mejor...

--Quiero decir que Juan, tal como Dios ha querido que sea, necesita una
mujer tal como vos. Que vos, tal como Dios os ha formado, necesitis un
hombre como Juan. Que, en fin, habis nacido el uno para el otro. Por
eso os habis amado en el punto en que os habis visto; por eso Dios ha
querido que sea inevitable vuestro casamiento.

--Pero mi padre...

--Vuestro padre vive Dios! se dar por muy contento con que os casis
de tal modo, y tales andan las cosas, que ms servs para envidiada que
para envidiosa.

--Ah, os creo! os creo, porque sois caballero y cristiano, y no me
engais! os creo, y creyndoos soy feliz. Tomad, don Francisco, tomad;
esta carta es para vuestro amigo.

--Ya saba yo que haba de ser correo; pero no importa. Slo siento una
cosa.

--Qu!

--Que acaso no podris ver  mi amigo tan pronto como quisirais.

--Y por qu?

--Acaso no podis verle hasta despus de la media noche.

--En ese caso se dar orden para que le abran el postigo de los Infantes
 cualquier hora que llegue.

--La seal.

--El capitn Juan Montio.

--El capitn!

--Tengo para l una provisin de capitn de la guardia espaola.

--Ah! pues me pesa! se necesita para que os casis con l, de la
licencia del rey!

--No pasis pena por eso.

--El rey os ama.

--El rey est ya bien curado.

--Y... cundo pensis casaros con mi amigo?

--Si l consiente... pronto... muy pronto.

--Ser cosa de prepararlo para que no le haga mal el susto?

--Oh! no, no tanto. Y os agradecera que me hiciseis un favor.

--Cul?

--Me dais vuestra palabra de que me lo concederis?

--Diosla y ciento, mil.

--No digis una sola palabra de lo que hemos hablado de l  vuestro
amigo.

--Otorgo.

--Y quisiera que...

--S; que vaya  cumplir mi oficio cuanto antes.

--No, no es eso; que vinirais con vuestro amigo.

--Vendr; y adis, seora.

--Adis.

Quevedo sali pensativo y cabizbajo murmurando:

--Pobre Dorotea! ella tambin le ama con todo su corazn!

Apenas sali Quevedo cuando doa Clara se dirigi al cuarto de la reina
y dijo  la condesa de Lemos:

--Hacedme la merced, seora, de decir  su majestad que quiero hablarla
al momento.




CAPTULO XXXVI

DE CMO EL PADRE ALIAGA PUSO DE NUEVO SU CORAZN Y SU VIRTUD  PRUEBA


Cuando el confesor del rey sali de la cmara de la reina, al verse en
las galeras del alczar medio alumbradas, y por consecuencia medio 
obscuras, solo, sin otro testigo que Dios, la entereza del desgraciado
se deshizo; vacil, y se apoy en una pared.

Y all, anonadado, trmulo, llor... llor como un nio que se encuentra
hurfano y desesperado en el mundo.

Y llor en silencio, con ese amargo y desconsolado llanto de la
resignacin sin esperanza, muda la lengua y mudo el pensamiento, cadver
animado que en aquel punto slo tena vida para llorar.

Pero esto pas; pas rpidamente, y se rehizo, busc fuerzas en el fondo
de su flaqueza, y las encontr.

--Sigamos hacia nuestro calvario--dijo--, sigamos con valor; apuremos la
copa que Dios nos ofrece, y dominemos este corazn rebelde... que
obedezca  su deber  muera: que Dios no pueda acusarnos de haber dejado
de combatir un solo momento.

Se irgui, seren su semblante, y se encamin al lugar donde le esperaba
el to Manolillo.

El bufn le sali al encuentro.

--Ha venido?--dijo el padre Aliaga.

--He tenido que engaarla; ahora mismo la estoy engaando.

--Engaando!

--S, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de
lechuzas, que me sirve de habitacin hace treinta aos.

--Y por qu la engais?

--Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de
que vera entrar  su amante en el aposento de doa Clara Soldevilla.

--Su amante! y quin es su amante?

--El seor capitn don Juan Girn y Velasco.

--Ah, ese joven!--exclam con un acento singular el religioso.

--Aqu hay una escalera--dijo el bufn--, y no hubiera querido traeros
por estos polvorientos escondrijos, pero vos habis deseado conocerla...
asos  las faldas de mi ropilla.

Empezaron  subir.

--Sabis--dijo el bufn--que hay esta noche gente sospechosa en
palacio?

--Lo s, y la Inquisicin vigila.

--Dnde creis que estn esas gentes?

--En el patio.

--Algo ms adentro; mucho me engao, si por los altos corredores de mi
vivienda no anda el sargento mayor don Juan de Guzmn...

--Ese miserable!

--Y si no le acompaa el galopn Cosme Aldaba. Hame parecido haberlos
odo hablar en voz baja  lo ltimo del corredor.

-Y qu pensis de eso?

--Temo mucho malo.

--Contra quin?

--Contra la reina.

--Ah!

--No os asustis, yo estoy alerta.

--Ser preciso prender  esos miserables.

--Dejmoslos obrar, no sea que prendindolos perdamos el hilo. Por lo
mismo, y porque no puedan veros y conoceros, y alarmarse, os traigo 
obscuras; por la misma razn, ya que estamos cerca de lo alto de las
escaleras, callemos.

Sigui  la advertencia del bufn un profundo silencio.

Slo se oan sobre los peldaos de piedra los recatados pasos del
religioso y del to Manolillo.

En lo alto ya de las escaleras, atravesaron silenciosamente un trozo de
corredor, y el bufn se detuvo y llam quedito  una puerta.

Oyronse dentro precipitados pasos de mujer, y se descorri un cerrojo.

La puerta se abri.

El padre Aliaga slo pudo ver el bulto confuso de la persona que haba
abierto, porque el aposento estaba obscuro; pero oy una anhelante y
dulce voz de mujer que dijo:

--Ha venido ya?

--No, hija ma--dijo el bufn--, y segn noticias mas, no vendr esta
noche. Pero, pasa, pasa al otro aposento, que no es justo que hagamos
estar  obscuras  la grave persona que viene conmigo.

--Quin viene con vos, to?

--El confesor de su majestad el rey.

--Ah! El buen padre Aliaga!

--Me conocis?--dijo fray Luis entrando en el mismo aposento en que en
otra ocasin entr Quevedo con el to Manolillo.

--Os conozco de odas; delante de m han hablado mucho de vos el duque
de Lerma y don Rodrigo Caldern.

Al entrar en un espacio iluminado, el padre Aliaga mir con ansia  la
comedianta; al verla, di un grito.

--Ah!--exclam--; es ella! Margarita!

--Os habis engaado, seor--dijo la Dorotea--; yo no me llamo
Margarita.

--Es verdad--dijo el padre Aliaga--; vos no os llamis Margarita, pero
ese mismo nombre tena una infeliz  quien os parecis como vos misma
cuando os miris al espejo. Oh Dios mo, qu semejanza tan
extraordinaria!

--Miren qu casualidad--dijo el bufn--, que t, hija ma, hayas querido
venir al alczar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido
venir  mi aposento, y que este santo varn encuentre en ti una absoluta
semejanza con otra persona.

La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga.

--No me conocais! No me habis visto antes de ahora!--dijo la
Dorotea, que comprenda en la mirada del fraile, fija en ella, algo de
espanto, mucho de anhelo y muchsimo de afecto.

El bufn se anticip al padre Aliaga.

--No, hija ma, no; este respetable religioso no te conoca ni de
nombre.

--Me estis engaando--dijo de una manera sumamente seria la Dorotea.

--No, hija ma, no--dijo el padre Aliaga--; pero me extraa ver en el
aposento del to Manolillo, y  estas horas, una mujer tal como vos.

La Dorotea sac su labio inferior en un gracioso mohn, que tanto
expresaba fastidio como desdn, por la observacin de fray Luis.

--Os une algn parentesco con esta joven, Manuel?

--Os dir, fray Luis: s y no; soy su padre y no lo soy; no lo soy,
porque ni siquiera he conocido  su madre, y lo soy, porque no tiene en
la tierra quien haga para ella oficio de padre ms que yo.

--Y vos habis conocido  vuestros padres, hija ma?

--No, seor--dijo la Dorotea--; me he criado en el convento de las
Descalzas Reales; recuerdo que, desde muy nia, iba todos los das 
visitarme el to Manolillo; yo lo crea mi padre; pero cuando estuve en
estado de conocer mi desdicha, me dijo el to Manolillo: Yo no soy tu
padre; te encontr pequeuela y abandonada...

--Y no te he mentido, vive Dios! En la calle te encontr--dijo el
bufn.

--Vlgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; pero en qu os ejercitis,
que baste  costear honradamente esas galas y esas joyas?

--Quin habla aqu de honra?--dijo la Dorotea, cuyo semblante se haba
nublado completamente--. A qu este engao? A qu ha subido  este
desvn? Demasiado sabis, padre, que soy comedianta, y menos que
comedianta... una mujer perdida. Bien, no hablemos ms de ello... Pero
sepamos... sepamos  qu he venido yo aqu y  qu habis venido vos.

--Oh, Dios mo!--exclam el padre Aliaga, levantando las manos y el
rostro al cielo, dejando caer instantneamente el rostro sobre sus
manos.

Pero esto dur un solo momento.

El religioso volvi  levantar su semblante plido, melanclico y
sereno.

--Vos me conocis!...--exclam la Dorotea--ms que eso... Vos conocis
 mis padres...  los habis conocido... Mi madre se llamaba Margarita.

--Es verdad.

--Y dnde est mi madre?--pregunt juntando sus manos y con voz
anhelante Dorotea.

--En el cielo!--contest con voz ronca el bufn.

--Ah!--exclam la Dorotea.

Y dej caer la cabeza, y guard por algunos segundos silencio.

Luego dijo con doble anhelo:

--Pero mi padre!...

--Tu padre!...--dijo el bufn--quin sabe lo que ha sido de tu padre?

--Sentos, hija ma, sentos y escuchadme--dijo el padre Aliaga.

Dorotea se sent, y esper en silencio y con ansiedad  que hablase el
padre Aliaga, que se sent  su vez en el silln aquel que en otros
tiempos haba servido al padre Chaves para confesar  Felipe II.

--No os habis equivocado, hija ma--dijo el confesor de Felipe III--;
se os ha trado aqu con engao... mi carcter de religioso me vedaba
entrar en vuestra casa.

--El engao, sin embargo, ha sido cruel. Sin l hubiera yo venido...
pero ya est hecho; continuad, seor, continuad; os escucho.

--Os encontris en unas circunstancias gravsimas. Lo que voy  deciros,
debis olvidarlo; debis olvidar que os habla el inquisidor general.

--Dios mo!--exclam la joven ponindose de pie, plida y aterrada.

--Nada temis; el inquisidor general, tratndose de vos, y por ahora, ni
ve, ni oye, ni siente; ms claro: en estos momentos no soy para vos ms
que el hermano adoptivo de vuestra madre.

--Dios mo!--repiti Dorotea juntando las manos.

--Yo am mucho  vuestra madre... no he podido olvidarla an... la rob
un infame de la casa de sus padres... yo fu el ltimo de la familia que
escuch su voz... Despus... no la he vuelto  ver... pero la estoy
viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta.

--Creo que me parezco tanto  mi madre en la figura como en la suerte.

--De vuestra suerte nos importa hablar. Estis acusada  la Inquisicin.

--Acusada  la Inquisicin!--exclam el to Manolillo ponindose
delante de la joven como para defenderla--; acusada  la Inquisicin!
y por qu?

El padre Aliaga no quiso comprometer  doa Clara Soldevilla, arrojar
sobre su cabeza el odio del bufn, y contest:

--Por las inteligencias con un hombre, en el cual, segn me he
informado, est puesto y siempre vigilante el ojo del Santo Oficio: con
un tal Gabriel Cornejo...

--Con ese miserable!--exclam el bufn--; tienes t conocimiento con
ese miserable, Dorotea?

--S--contest la joven--; le he buscado... porque crea amar  un
hombre... desconfiaba de l... necesitaba un bebedizo... pero yo soy
cristiana, seor, yo creo en Dios, yo le adoro--exclam llorando la
Dorotea.

--Os he asegurado que nada tenis que temer--dijo el padre Aliaga--;
pero es necesario que cambiis de vida; que dejis el teatro, y no slo
el teatro, sino el mundo.

--El teatro, s--dijo la Dorotea--; sin que vos me lo aconsejrais
estaba resuelta  ello... pero el mundo... el mundo no; en el mundo...
fuera del claustro est mi felicidad; est l, y l me ama...

--Ese caballero no puede ser vuestro esposo; ese caballero no puede
amaros.

--Ah! le conocis...! os ha enviado l...! ama  la otra...! ama 
doa Clara...! y se casar con ella...! oh! no! no se casar! ser
necesario para ello que me haga pedazos la Inquisicin!

--Oh, Dios mo!--exclam  su vez el padre Aliaga.

--Pero qu te ha dado ese hombre?--exclam con irritacin el to
Manolillo--; qu te ha dado que te ha vuelto loca?

--Me ha dado la vida y el alma, porque yo no saba lo que era vivir, lo
que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le
he odo.

--Y con esa vehemencia tuya le habrs hecho tu amante!--dijo el bufn.

--No... no... y mil veces no; para l no soy una mujer perdida.

--Pero qu felicidad podis encontrar, hija ma, en unos amores
ilcitos?--dijo el padre Aliaga--; por qu ligar  vos  un joven noble
y digno...? por qu dar ocasin  que maana se avergence...?

--Me estis desgarrando el corazn--exclam con una angustia infinita la
Dorotea--; me estis repitiendo lo que me dice mi conciencia.

El rostro del bufn, mientras dijo la joven estas palabras, se haba ido
poniendo sucesivamente y con suma rapidez, plido, verde, lvido.

--Es verdad--dijo con la voz opaca y convulsiva--; decid  una pobre
nia abandonada de todo el mundo: s fuerte, renuncia al amor, que es tu
vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre
honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega,
cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas 
vivir; no, Dorotea, no; t vivirs; porque Dios quiere que vivas; t
amas  ese hombre; ese hombre ser para ti...  para nadie... y cuenta
con que el Santo Oficio se ponga frente  frente del bufn.

--Manuel! estis loco!--exclam el padre Aliaga.

--No, no estoy loco; pero todos los que tienen algn poder abusan de l;
no en balde he pasado cincuenta aos en este alczar; nac en un desvn
de l, y el alczar me conoce y me confa sus secretos; yo soy tambin
poderoso, yo puedo decir al rey... s... s por cierto... yo puedo
decirle: hay un hombre... un seor grave... que parece un santo... y
oye, Felipe: ese hombre tiene el corazn como yo... y como el otro... y
como el de ms all... es un embustero con mscara... es una virtud de
comedia... es mentira... ese hombre ama  tu Margarita... observa,
observa  ese hombre cuando est delante de tu esposa... ese hombre no
vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un
amor dos veces adltero, por un amor sacrlego.

--Ese hombre que dice el to Manolillo, sois vos!--dijo la Dorotea,
plida, sombra, sealando con un dedo inflexible la frente del
religioso.

--Yo... Dios mo! yo, que amo  su majestad!

--Y si ocultis vuestro amor, si le devoris... porque al fin ella es
una mujer casada, y vos sois un fraile; si tenis la virtud de sufrir en
silencio vuestro infierno; si sabis cunto ofendis  Dios, porque os
est prohibido amar  otro que  Dios y amis  vuestra reina... si
sabis que puede llegar un da en que blasfemis, y en que la blasfemia
os condene... por qu queris que una mujer libre engae  Dios y se
encierre en un claustro, y dentro de l sufra un infierno de amor, y
blasfeme, y se condene tambin? Yo... puedo servirle, amarle con toda mi
alma sin ofender al mundo, porque no soy casada; sin ofender  Dios,
porque no soy esposa de Dios. Y haced de m lo que queris: prendedme,
matadme, llevadme  la hoguera... Dios sabe que no le he ofendido, que
le adoro, que creo en l. Dios dar su gloria  quien ha sufrido tres
veces el martirio.

--La Inquisicin no te tocar, no te acusar  ti. No es verdad, padre,
que la Inquisicin no se atrever  ella?

Las ltimas palabras del to Manolillo eran un rugido amenazador.

--Dejadme!--exclam el padre Aliaga--dejadme, y que Dios tenga piedad
de los tres!

Y sali desalentado.

--Esperad, voy  alumbraros y  guiaros, fray Luis; bah! eso pasar,
nos entenderemos y seremos los ms grandes amigos del mundo. Ah, ah! t
te quedas aqu, hija ma. No llores, que no hay para qu. Vamos, padre
Aliaga.

El bufn sali y cerr la puerta exterior.

Despus de cerrarla se detuvo.

--Jurara--dijo--que al llegar  la puerta por la parte de adentro, he
sentido pasos silenciosos, pero precipitados, que se alejaban. No
importa, yo volver y veremos lo que esto significa. Dadme la mano para
que os gue, fray Luis.

El padre Aliaga di  tientas la mano al bufn.

--Estis muriendo, padre; vuestra mano est fra como la de un
muerto--dijo el bufn al sentir el contacto de aquella mano.

El padre Aliaga no contest.

El bufn le llev por donde le haba trado.

Al llegar  la galera de los Infantes, le solt.

--Desde aqu--dijo--sabis salir del alczar. Pero una palabra antes de
que nos separemos: tened compasin de ella, tened compasin de vos
mismo, tenedla, por Dios, de m.

El padre Aliaga se alej en silencio y con la cabeza baja.

--Acaso he sido imprudente--dijo el bufn estremecindose--, acaso he
sido injusto; Dios mo! cuando se trata de ella me vuelvo loco.

El to Manolillo volvi  tomar en silencio el camino de su mechinal.

Antes de llegar  su puerta se detuvo.

--Es necesario que yo vea--dijo--qu gentes andan por aqu esta noche.

Y abri la puerta, entr, encendi una lmpara y sali  los corredores
sin hablar con Dorotea, que estaba replegada y llorando en un rincn.

El to Manolillo recorri y examin minuciosamente la parte alta de
aquel departamento.

A nadie encontr por ms que registr todos los escondrijos.

--Vamos--dijo--, sera el viento.

Y sigui adelante hacia su vivienda.

Al pasar por delante de la puerta del cuarto del cocinero mayor, se
detuvo; haba odo la voz de Francisco Martnez Montio, que deca:

--Aseguradle bien, que pesa mucho, hijos, y tapadle de modo que no se
conozca que es un cofre; vosotros dos no os separis de m; las manos en
las espadas, y que se conozca, si llega el caso, que sois un par de
buenos mozos de la guardia espaola.

--Descuide vuesa merced, seor Francisco--dijo una voz franca y
ligera--, que aunque vengan muchos y buenos, vive Dios que no nos han de
robar.

A seguida el bufn oy el ruido de una llave en la cerradura, y apag la
luz y se retir precipitadamente al hueco de una puerta inmediata y se
embebi en l cuanto pudo y escuch con profunda atencin.

Se abri la puerta y sali el cocinero; tras l, dos hombres que
conducan, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego
dos soldados de la guardia espaola,  juzgar por sus armas y por sus
coletos rojos.

El cocinero mayor volvi  cerrar la puerta.

l y los cuatro hombres se alejaron.

Iba  seguirlos el bufn, cuando sinti pasos tras s  muy poca
distancia.

Embebise ms en la puerta, y desenvain su pual.

--Cosme, hijo, sguelos--dijo una voz muy conocida del to Manolillo--;
yo me quedo aqu; abajo en la plaza estn los otros; quitadle lo que
lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los
coletos encarnados.

Alejronse los pasos, y se perdi la voz  lo largo de los estrechos
corredores.

--El sargento mayor don Juan de Guzmn!--dijo el to Manolillo--. Van
por la cruja larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera;
para algo estaban aqu estos bribones; no me haba yo engaado; pues
bien: veamos qu es esto... pero y Dorotea?... no importa... yo
volver.

Y luego se oyeron los rpidos pasos del bufn.

Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado 
pasar por la puerta de su aposento.

Y entonces hubiera tropezado con un bulto que estaba colocado delante de
l.

Aquel bulto era el sargento mayor.

Escuchaba.

--Est sola y llora--dijo--; dnde estar el bufn?

Y volvi  escuchar.

--Tengo conmigo una llave maestra: puedo abrir; cierto es tambin que el
to Manolillo puede volver; no s por qu me causa miedo ese hombre;
pero bien, necesariamente ha de hacer ruido en la cerradura... y puedo
muy bien escapar por la ventana, ganarle tiempo y perderme. Me importaba
ver  Luisa; pero despus de lo que he odo, me interesa ms verla 
ella. Ea, adelante.

Son un hierro en la cerradura, que resisti un momento; luego se sinti
correrse el fiador.

La puerta se abri.

Cerrla de nuevo el sargento mayor, y entr en el aposento donde se
encontraba Dorotea.




CAPTULO XXXVII

DE CMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MS LOS SUCESOS


La joven permaneca an inmvil en el lugar donde la haba dejado el to
Manolillo, y continuaba llorando.

--Quin haba de decirme--murmur roncamente el sargento mayor--, la
noche en que no s quin me quit esta muchacha recin nacida, que haba
de llegar un momento en que nos sirviese de mucho?

Sigui Guzmn contemplando por algn tiempo y de una manera profunda 
la joven, y al cabo dijo:

--Bien empleado os est lo que sufrs; quin os manda fiaros del
primero que llega?

Levant la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con
desprecio:

--Quin os ha llamado? Idos.

--No necesita que le llamis quien os sigue ansioso todo el da,
deseando encontraros sola. Pero ya se ve! no slo no habis estado
sola, sino que habis servido de estorbo.

Una vaga sospecha pas por el pensamiento de la Dorotea.

--Y para qu he podido yo serviros de estorbo?

--Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan
hacerla.

--Y cmo he podido yo estorbar?...

--Desde esta maana hasta que vinsteis  palacio, no os habis
descosido del ajusticiado.

--Ah! se trata?...

--Del seor Juan Montio; y en matarle, no slo se venga  don Rodrigo
Caldern, sino tambin  vos.

--Explicadme cmo se me venga matando  ese caballero.

--Ese caballero se ha burlado de vos.

--De mi?

--S por cierto: cuando os enamor estaba ya enamorado.

--De quin?--exclam todo afn Dorotea.

--De una dama muy hermosa, con quien anduvo anoche vuestro burlador por
las calles de Madrid y  quien prometi entregarle las cartas que tena
de la reina don Rodrigo.

--El nombre de esa dama?

--No hace mucho que se pronunci en este mismo aposento: os escuchaba...
desde esa ventana; os oa  vos, al padre Aliaga, al to Manolillo.

--Doa Clara?

--Eso es... doa Clara Soldevilla.

--Pero es cierto que l la ama?

--Podris juzgar de ello dentro de poco.

--Cmo! vos podis procurarme?...

--Para que no os extrae lo que voy  deciros, es bueno que sepis que
yo conozco mucha gente en palacio; que parte por este conocimiento y
parte por mi dinero, me sirven bien. Entro, pues, en palacio, cuando
quiero, y ando  caza de secretos... por las galeras... que algunos se
cogen en ellas de noche. Fu  ver esta maana  don Rodrigo, y bueno
ser que lo sepis... le encontr muy malo con un dagazo en los pechos,
lo que debis sentir mucho; porque, en fin, aunque vos le hayis dejado
por otro, cuando tan mal parado le veis, don Rodrigo os quiere bien.
Djome el nombre de quien le haba herido, que le haba quitado las
cartas de la reina, y que era menester seguirle, y estar al cuidado de
si entraba  sala en palacio. Pero como don Rodrigo no le conoca, no
pudo darme las seas, sin las cuales me hubiera costado maa y trabajo
averiguar. Pero afortunadamente le encontr en vuestra casa y vos me le
dsteis  conocer. Se os ha seguido, se sabe dnde ha ido ese hidalgo...
lo que ha hecho...

--Tena un duelo concertado...

--Hace como una hora ha salido bien del duelo. En cuanto  m, tengo
seguridad de que esta noche vendr  palacio, y  la salida... cuando
salga solo...

--Y qu seguridad tenis de que ese caballero vendr  palacio?

--Desde el obscurecer estbamos en palacio cuatro de los mos y yo; dos
fuera en acecho; dos en el patio hasta que se cerraron las puertas, y
yo en el interior. Vagaba yo por las galeras, y sin saber cmo no poda
separarme de la habitacin de doa Clara Soldevilla, cuando he aqu que
un hombre llama y le abren. A la luz de quien le haba abierto, reconoc
 don Francisco de Quevedo, y como don Francisco de Quevedo es muy amigo
del seor Juan Montio, me dije: esperemos; por algo viene aqu don
Francisco, que no acostumbra  perder el tiempo. Sali don Francisco y
yo le segu. Don Francisco se fu derecho  vuestra casa y llam.
Abrironle y pregunt por vos. Dijronle que habais salido. Cerrse la
puerta, y don Francisco se sent en el dintel. Indudablemente, don
Francisco haba salido del cuarto de doa Clara Soldevilla en busca de
Juan Montio.

--Y decs que l vendr?

--Ha concludo ya su lance con don Bernardino, segn me han dicho, y no
debe tardar en ir  vuestra casa... porque tambin s que vive en
vuestra casa; tropezar con don Francisco, que le est esperando, y
vendr. Entrar, s, pero Dios le asista  la salida...

--Y si no sale?

--Esperaremos  otro da para vengaros  vos, para vengar  don Rodrigo.

--Si veo entrar en el aposento de doa Clara esta noche  ese caballero,
contad conmigo.

--Le veris, os lo aseguro... pero es necesario que me sigis.

--Al fin del mundo os seguir.

--Pues venid.

--Juradme que esto no es un lazo que me tendis.

--No os tengo aqu sola?

--Es verdad.

--Adems, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habis abierto la
herida y vos la cerraris. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre
sin que le veamos.

--Y le podr ver sin ser vista?

--En esta parte, decuidad.

Dorotea se levant, se arregl el manto y sigui  Guzmn.

Este abri de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de
cerrarla, llev  obscuras  la Dorotea  la galera,  donde daba la
puerta del aposento de doa Clara.

--Aqu es--dijo el sargento mayor.

--Y la puerta por donde ha de entrar?

--Esta.

--No se oye nada.

--Esperan, sin duda.

--Oh! y por qu no llamar? por qu no entrar?

--Pero estis loca?

--Tenis razn... no s lo que pienso ni lo que digo.

--Venid; frente  esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos
bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea.

Guzmn y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras
donde la noche antes haba ocultado Quevedo  la condesa de Lemos, para
que no la vieran los tudescos.




CAPTULO XXXVIII

DE LO QUE VI Y DE LO QUE NO VI EL TO MANOLILLO, SIGUIENDO  LOS QUE
SEGUAN AL COCINERO MAYOR


Muy pronto el bufn del rey se convenci de que su papel estaba
reducido, en la aventura que corra, al de un simple testigo.

Seis hombres,  la larga separados y con gran recato, seguan al
cocinero mayor,  los dos hombres que conducan el pesado bulto, y  los
dos soldados de la guardia espaola que le escoltaban.

El to Manolillo, de todos aquellos hombres que segua, slo vea al
ltimo, y aun  larga distancia, para no ser reconocido.

Favorecale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la
lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles.

Porque entonces no haba serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que
los reemplazase,  excepcin de las rondas de los alcaldes, que en
atencin  lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo
Madrid para un remedio.

El hombre  quien, como al extremo de una cola, segua el bufn,
recorri parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atraves la
Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torci hacia
Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo:  la luz del farol de una
imagen puesta en una esquina, le vi el bufn desnudar la espada y
partir luego  la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un
momento antes haban sonado voces de ladrones! y poco despus ruido de
espadas.

El bufn desnud su pual y corri tambin, pero cuando llegaba  la
Cava Baja se encontr con que el ruido de las cuchilladas haba cesado,
y en su lugar se escuchaban  un tiempo grandes carcajadas y la voz
trmula, turbada, del cocinero mayor, que deca:

--Ah, seor! seor! me habis salvado y os habis salvado  vos
mismo!

--Qu dice ese imbcil?--exclam el bufn--; indudablemente los buenos
mozos del seor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero
escuchemos.

--Qu hablis de seor, mi querido to?--dijo Juan Montio riendo--; el
miedo os ha turbado la vista, y no me conocis.

--S; s, seor, os conozco, os conozco demasiado--, dijo Francisco
Montio--; pero veamos de ir  cualquier parte, donde yo pueda
recobrarme y revelaros un secreto.

--Ta! ta! ta!--dijo el bufn, mientras Juan Montio, el alfrez
Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducan el bulto
y los dos soldados de la guardia espaola, entraban en la hostera de
donde haban salido los tres jvenes--; mucho ser que el misterio de
ese nacimiento no se aclare esta noche para el seor don Juan Girn y
Velasco. Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quin
es, puede suceder que la desprecie. Oh, Dios mo! Dios mo! hay
criaturas que nacen maldecidas!

Y el bufn guard silencio, adelant  lo largo de la obscura y desierta
calle, se detuvo delante de la hostera, se acurruc en el vano de una
puerta y frente  ella esper.

Dentro de la hostera, en el primer aposento, en la sala comn, sentados
 una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos
lacayos de la casa real,  juzgar por su librea, y los dos soldados de
la guardia espaola.

--Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendicin, y que
tengo los brazos dormidos?--dijo un lacayo al otro.

--Debe estar lleno de oro para pesar tanto--contest el otro lacayo.

--Indudablemente--dijo un soldado--, mucho deba valer cuando queran
aliviaros del peso.

--Y  no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostera--dijo el
otro soldado--, no s lo que hubiera sucedido; yo creo que eran ms de
veinte los que nos acometan.

--No eran sino seis--dijo el otro soldado--; el miedo te ha hecho la
vista de aumento, Dieguillo.

--Qu miedo ni qu berenjenas!--dijo el otro picado--; consistir en
que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver
estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo di, me raja
como una zanahoria, y me ha levantado un chichn--, dijo el soldado
quitndose el sombrero y tentndose la parte superior de la cabeza.

--Pues no--repuso el otro soldado--; el hidalgo  quien despus del
lance llamaba seor el seor Francisco Montio, es un hombre de
provecho; no tiraba ms que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba
delante que era una alegra verlo. Y l llam su to al seor Francisco;
qu ser eso?

--Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene,  cenar y 
beber,  ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del
cintarazo--dijo el otro soldado.

--Vamos, buenos mozos--dijo uno de la hostera que traa sobre las dos
manos una enorme cazuela--; aqu tenis tres conejos en vinagrillo con
sus correspondientes cabezas, y voy  traeros, segn orden superior,
ocho botellas de vino que hace seis aos que est  obscuras.

--Con vinagre son los conejos?--dijo un soldado--, pues gracias  que
nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del
vinagre no entre en parte con el vino.

Tinto de Valdepeas voy  traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno
el papa.

--Tienes razn, porque el papa lo bebe de otra parte.

Pero pasemos adelante.

En una habitacin del piso alto estaban el alfrez Saltillo y Velludo.

Inesilla les serva.

El alfrez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los
ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que
otro guio y una que otra frase que la joven reciba sonrindose.

--Y qu decs de esto?--dijo entre un bocado, un guio y una galantera
soldadesca  la muchacha el alfrez.

--De qu queris que diga?--contest Velludo--; de esta buena moza, de
estas perdices,  de vos?

--No por cierto; de lo que acaba de suceder.

--Ello dir.

--Por lo pronto--exclam el alfrez--, ha acabado de maravillarme
nuestro nuevo amigo, sabis que hace cosas que no las creyera si no las
viese? Ira de Dios y qu modo de tener la punta de la espada en todas
partes, y de tener siempre las paradas donde haca falta! y cortas,
vive Dios! paradas de valiente!

--Es mucho mozo.

--Pero esta chica es mejor moza.

--Ah! os gusta  vos tambin, seor Velludo! Muchacha, trae dados.

La joven sali y volvi con un cajoncillo en que haba dos dados y un
cubilete, los puso sobre la mesa y esper con una inquietud de cierto
gnero.

Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos.

--Jugarme! y quin os ha dicho que yo quiero que me juguis?

--Vamos, pues t puedes evitar que lo echemos  la suerte--dijo el
alfrez--; cul de nosotros dos te gusta ms?

--Ninguno--dijo la muchacha.

--Ah! pues entonces jugaremos.

--Y qu vamos  jugar?

--El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se
ablande.

--Vaya, vuesas mercedes estn muy divertidos--dijo la muchacha
ponindose encendida como una amapola.

--Ah!--dijo el alfrez--, todava tienes vergenza? cosa rara estando
sirviendo en esta casa y siendo tan bonita.

--Quieren vuesas mercedes algo ms que les sirva?

--Nada ms.

--Pues que Dios guarde  vuesas mercedes.

Y la muchacha sali.

--Amigo Velludo, no juguemos--dijo el alfrez.

--Por qu?

--Esta muchacha es honrada y quera bendiciones.

--Bendgala Dios, y paso.

--Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos.

Y se pusieron  charlar y  aventurar deducciones.

En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado tambin, en un
lugar en donde de nadie podan ser odos, estaban mano  mano, sentados
en una mesa, Juan Montio y su supuesto to.

--Sobre aquella mesa, en vez de manjares, haba un cofre de hierro, como
de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho.

A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo
 hilo.

Estaba jadeante, plido, desencajados los ojos, tembloroso.

Juan le miraba con sumo inters; ms que con inters, con cuidado.

Tema que Montio se hubiese vuelto loco.

--Pero qu os sucede, to?

--En primer lugar--dijo el cocinero mayor--, no me llamis to: yo no lo
puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la
resistencia  fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco ms. Yo no
soy vuestro to.

--Qu estis diciendo?

--La verdad.

--Pues si no sois mi to, no sois hermano de mi padre.

--Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: oh! si lo fuese!

--Pero entonces vos no sois Montio.

--Al contrario, vos sois el que no lo sois.

--Yo?

--Vos; vuestro padre es algo ms ilustre: qu digo? vuestro padre es,
despus del rey, el ms grande de Espaa.

Mir profundamente el joven al cocinero, temeroso de si ste tena  no
cabal el juicio, y dijo:

--Y quin es esa noble persona?

--Aqu en este cofre debe decirlo.

--Pero vos no lo sabis?

--El cofre lo dir; abrmosle: as como as iban  abrirle  la fuerza:
vos sois  quien lo que este cofre contiene interesa ms, y aunque
todava no habis cumplido los veinte y cinco aos, no importa: no callo
ms, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mo... pero es el
caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos.

Entonces Juan vi el papel que estaba pegado y sellado sobre la
cerradura, y ley en l en letras gordas lo siguiente:

Yo, Gabriel Prez, escribano pblico de la villa de Navalcarnero, doy
fe y testimonio de cmo el seor Jernimo Martnez Montio recibi
cerrado y sellado como se encuentra este cofre.

Y por bajo de estas palabras se vea la fecha y el signo y la firma del
escribano.

--Pero no podemos abrir este cofre--dijo el joven.

--Si no le abrs vos, le abrir la Inquisicin.

--Ah!

Francisco Montio desnud su daga, despeg de un solo corte y de una
manera nerviosa el papel.

Debajo de l, en un rebajo del arca, encontr una llave.

--Ah! todo estaba previsto--dijo el cocinero del rey--. Abramos.

--A vos dejo la responsabilidad de este hecho--dijo Juan.

El cocinero abri con mano trmula el cofre.

Apareci primero un pao de seda azul.

Levantado aquel pao aparecieron algunos papeles.

Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados.

Sacado un rollo y abierto, se vi que le formaban relucientes doblones
de  ocho.

Contados los doblones result que el rollo contena cincuenta.

Contados los rollos, eran cuarenta.

Es decir, que la caja contena dos mil doblones.

Sacados los rollos, se encontr un nuevo pao de seda azul.

Levantado el pao, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo.

Abiertas stas, se hall un riqusimo y completo aderezo de dama, de
perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el
sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las
cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa
de Santiago, una empuadura de espada de corte, desarmada, y conteras
para la misma; todo de oro y pedrera, y de pedrera de gran valor.

A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le
acometi un vrtigo, y se asi  la mesa con ambas manos para no caer.

--Oh! si todo esto fuera mo!--exclam olvidado de que le escuchaba el
joven.

Este por su parte no le oy, porque su inters estaba vivamente
excitado.

Pero en la expresin de su semblante se comprenda que no era la codicia
la causa de aquel inters.

--Veamos esos papeles--dijo Juan--ya que habis abierto ese cofre,  fin
de que sepamos  quin pertenece esto.

--S, vemoslo, seor, vemoslo--dijo maquinalmente el cocinero mayor.

Cort Montio las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la
mesa.

Tom uno  la ventura y ley:

Era una partida de bautismo librada por Pedro Martnez Montio y
testimoniada por el escribano Gabriel Prez.

La partida de bautismo de don Juan Tllez Girn, hijo natural del
excelentsimo seor duque de Osuna, y de una principalsima dama, cuyo
nombre, segn deca la partida, se ocultaba por la honra de la misma
dama.

Juan apart aquel papel y tom otro.

En l el duque de Osuna, de su propio puo y letra, declaraba ser hijo
suyo natural, el conocido por hijo del capitn invlido de infantera
espaola Jernimo Martnez Montio, conocido bajo el nombre de Juan
Montio; le reconoca pblicamente, le daba su apellido y los derechos
que como  tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como
testigos Jernimo Martnez Montio y un Diego Salgado, ayuda de cmara
del duque. El escribano Gabriel Prez, testimoniaba la legitimidad de
estas firmas.

Haba otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras pblicas de
bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con
una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio  su
hijo don Juan Girn.

Otro papel, era una cdula de gracia del hbito de Santiago desde su
nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del
duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girn, de cuya gracia
poda gozar desde su nacimiento.

El ltimo papel era una carta del duque para su hijo.

El contexto de aquella carta era solemne.

Deca as:

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espritu-Santo. Don Pedro Tllez
Girn, duque de Osuna, marqus de Peafiel, conde de Urea,  su hijo
natural, don Juan Girn.

Hijo mo:

Cuando esta carta leyreis,  habr yo muerto,  habris cumplido vos
los veinticinco aos, y estar satisfecho de vos y seguro de que podis
llevar sin mancharle mi apellido.

Un amor incontrastable, y una ocasin desgraciada para vuestra noble
madre, y aprovechada por m, no s si con harta locura, son la causa de
vuestro nacimiento.

No dudis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quin es vuestro
padre, ni el lugar en donde os ha dado  luz. Sin embargo, por un aviso
secreto, sabiendo que exists, vuestra buena madre os ha legado un
magnfico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra
esposa cuando os casis. De la misma manera secreta, y sin darme yo 
conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar  nadie,
ni  vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto.
Pero como viviris en la corte, si os casis, vuestra madre podr
reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasin
en que presentis en la corte  vuestra esposa prendida con ese aderezo,
si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os casis.

Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en
la corte de sus reyes como conviene  su nombre, he cumplido con Dios,
con mi corazn y con mi honra. Un Girn, por ms que sea bastardo, no
puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido
ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lgrimas en los
ojos; acabis de nacer y lloris junto  mi. No os recojo, no os tengo 
mi lado, porque quiero qu el orgullo de ser mi hijo no os haga mal
criado. Quiero que vivis en una esfera humilde, que os criis, si no en
la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y
leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el
hijo de la mujer que ha amado como yo amo  vuestra madre. Espero en
Dios que mis propsitos se cumplirn, y que Dios me dar vida para
abrazaros.

Como podr suceder que por una infidelidad de las gentes que se han
encargado de vos, aunque no lo espero,  por otro acaso cualquiera,
sepis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entris
desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin
perder tiempo  buscarme,  de no poderlo hacer, escribidme.

Creo que baste con lo que os digo.

Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y
leal y recibid la bendicin de vuestro padre,

    EL DUQUE DE OSUNA, CONDE DE UREA.

--Comprendis ahora por qu os llamaba seor?--dijo todo trmulo
Francisco Martnez Montio.

Don Juan Girn (y le llamaremos as en adelante), no contest.

En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se vea temblar la
clera bajo su semblante.

Recogi los papeles, los guard cuidadosamente en lo interior de su
ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre.

Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor:

--Seor Francisco Montio, me pesa mucho el no poder seguir llamndoos
to; pero no lo sois y me veo obligado  tener paciencia.

--Obligado  tener paciencia, Dios de bondad, y os encontris casi un
prncipe!

--Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de
llevroslo.

--Y si me lo roban, seor?

--Eh! Si os lo roban, qu importa! Adis!

--Pero...

--Adis, ya os ver.

Y don Juan sali.

--Pero est loco, Dios mo!--dijo el cocinero mayor guardando todo
aquello con precipitacin, como si hubiera temido que se lo robasen las
paredes--. Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que
me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles
apuros! Vive Dios que se conoce en l la sangre de los Girones!... Y al
fin me servir de mucho... me vengar ahora mucho mejor que antes,
porque al fin l me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamndome
su to. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor
general.

Entre tanto el cocinero mayor haba metido en el cofre su contenido, le
haba cerrado y metise cuidadosamente la llave en el bolsillo.

--Eh, hostelero!--dijo llamando; y cuando apareci ste aadi--: decid
 los dos lacayos y  los dos soldados que estn abajo que suban.

Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo  los lacayos
con el cofre y sali.

Al llegar  la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano:

--Y el gasto, seor?

--Cmo! No han pagado?--dijo el cocinero detenindose con sobresalto.

--Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba
quedbais vos...

--Y cunto es la cuenta?--dijo todo turbado el seor Francisco.

--Quince ducados, seor.

--Quince ducados!--exclam Francisco Montio, metindose en un regateo
que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del
miserabilsimo carcter del cocinero--; pues cuntas gentes han comido
y bebido?

--Dos hidalgos, seor, cuatro criados...

--Basta... basta--dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un
bolsillo de los gregescos--; tomad y adis. Con muchas cuentas como
sta os ponis rico.

--Vaya en paz vuesa merced--dijo socarronamente al cocinero mayor.

--A palacio!--dijo Montio  los suyos.

Y se puso en marcha delante de ellos.




CAPTULO XXXIX

DE CMO QUEVEDO CONOCI PRCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRN: EL QUE
ESPERA DESESPERA


Cuando don Juan Girn se encontr en la calle con sus dos nuevos amigos,
se apresur  despedirse de ellos, citndoles para el da siguiente, y
alegando un pretexto tom  la ventura por la primera calle que encontr
 mano.

El joven estaba aturdido.

No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento.

El hubiera preferido una condicin humilde, afanosa, con padres
legtimos,  la riqueza y  la consideracin que le daba la
circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate,
 quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Urea.

Le pesaban en los bolsillos las joyas que haba encontrado en el cofre;
senta sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y
aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban.

Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una poca
en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel
tiempo eran otras las costumbres.

Estaban en tal predicamento, en tal vala la nobleza de algunos
apellidos, que honraban  todos los que los llevaban, aunque fuesen
judos convertidos, apadrinados por algn grande.

Pero don Juan se haba criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de
virtud y de dignidad de los que haba credo sus parientes, y pensaba de
otro modo.

No le afliga el ser bastardo por s, sino por su madre.

Por su madre, que por ms que abonase por su inculpabilidad el duque,
estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento pblico de su
hijo.

Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no
era la menor, la de que,  su juicio, su condicin social haca
dificilsimo su casamiento con doa Clara Soldevilla.

Porque  pesar de que la Dorotea le haba fascinado, y empedole como
una dificultad, la Dorotea slo llenaba el deseo del joven, mientras
doa Clara interesaba sus sentidos, su razn, su corazn, su vida; en
una palabra, su cuerpo y su alma.

Don Juan sufra de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres:
 la una le arrastraba todo,  la otra su deseo y su caridad.

Su caridad, porque haba comprendido que Dorotea le amaba,  pesar del
poco tiempo que haba pasado desde su conocimiento, de una manera que no
poda explicarse sino por otro hecho tambin excepcional: por el amor
violento que el joven haba concebido por doa Clara.

Es verdad que don Juan haba supuesto de la hermosa menina menos de lo
que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo,  de hermosura de
alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por
ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se
haba enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones
haban sido mezquinas, deba enamorarse todo cuanto su alma era capaz de
amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, mora pensando en
doa Clara, sufra recordando  la Dorotea.

Poema tranquilo y dulce la una; poema sombro y desgarrador la otra; dos
grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazn, pero puestas en
condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de
mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en
silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos
hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con
lenguaje tentador, elocuente, al joven.

Don Juan, pues, tena fiebre.

Pero enrgico, valiente, acostumbrado  acometer de frente las
contrariedades vulgares que hasta entonces haba experimentado, acometi
de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo
para s:

--El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto  doa Clara,
ser mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea ser mi hermana.

Otro hombre hubiera dicho, frotndose las manos de alegra:

--Bastardo  no, soy hijo de un gran seor, y tengo una gran renta; las
dos clebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una ser mi
mujer, la otra ser mi querida.

Por el contrario, don Juan, con arreglo  su corazn, sin meditar,
porque no tena experiencia, que con las mujeres no hay trminos medios
posibles, haba credo salir del atolladero con una hiptesis que, 
realizarse, satisfaca  su corazn y  su conciencia.

Y ms tranquilo ya, se orient, tom por punto de partida la calle
Mayor, y sin vacilar ya, se dirigi  la calle Ancha de San Bernardo, y
 la casa de la Dorotea.

Al llegar  la puerta retrocedi.

Un bulto se haba enderezado y permanecido inmvil delante de l.

--Quin va!--dijo don Juan poniendo mano  su espada.

--Decid ms bien: quin espera, quin se desespera, quin tirita, quin
se remoja, quin est en batalla descomunal con el sueo, esperando  un
trasnochador insufrible? Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos
de la maana!

--Don Francisco!--exclam admirado el joven--; qu hacis aqu?

--Esperar para deshacer.

--Para deshacer qu?

--Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribi que
viniese  la corte en busca vuestra, no saba yo el trabajo que habais
de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos
estoy, sin corazn y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma.

--Vos!

--Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin
alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares
y no sabiendo dnde pararse.

--Ah, esperbais!

--S, seor, y haba perdido la esperanza, amigo Montio.

--No volvis  llamarme Montio, os lo ruego, don Francisco; ese
apellido me hace dao.

--Ah! Ha reventado del secreto vuestro to?--dijo Quevedo con
intencin.

--El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido  parar  mis manos
con un cofre, y en ese cofre...

--Pues me alegro vive Dios! Algrome de que sepis... pero, en fin,
qu es lo que sabis?

--Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el
duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre.

--Pero, quin es vuestro padre?

--El excelentsimo seor don Pedro Tllez Girn, duque de Osuna, marqus
de Peafiel, conde de Urea, virrey de Npoles, y capitn general de los
ejrcitos de su majestad--dijo con amargura el joven.

--Y os pesa de ello, don Juan?--dijo Quevedo cambiando de tono.

--Psame por mi madre.

--Sabis quin es vuestra madre?

--No; y vos?

--Tampoco--contest prudentemente Quevedo.

--Pero, sabais que el seor duque?...

--S, por cierto; su excelencia se ha levantado para m la mitad de la
cartula.

--Y qu hacer?

--Decir  voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Tllez
Girn, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra
cosa: recibir esta carta que vos no esperbais.

--Acaso una carta de mi padre?

--De persona es esta carta que os alegrar, cuando el duque, por ser
vuestro padre y por pensar como pensis, os entristece.

--Pero, de quin es?

--Oledlo, y ver si trasciende  hermosura, y  amor, y  gloria para
vos, que, como sois joven, buscis la gloria en una mujer.

--De doa Clara!--exclam alentando apenas el joven.

--Ah, pobre Dorotea!--dijo Quevedo--; su hermosura y su amor,  pesar
de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar  la hermosa menina.
Quisiera que doa Clara oyese, tiene celos.

--Celos!

--Como que ama.

--Y os ha dado esta carta para m?

--Mirad  lo que por vos me reduzco.

--Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero
agonizo de impaciencia.

--Por leer? Pues leamos.

--A obscuras? Maldiga Dios la noche!

--Y bendiga los farolillos de las imgenes callejeras;  la vuelta de la
esquina hay uno,  cuya luz, si le han alimentado bien, podris salir de
ansias.

Don Juan tom adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que
Quevedo, que no poda ir ligero, se qued atrs.

--De todas las necesidades que hacen andar ms de prisa  un hijo de
Eva--dijo--no conozco otra como la mujer.

Y sigui  paso lento.

Entretanto don Juan haba doblado la esquina.

Efectivamente, alumbrando, aunque  media luz,  una virgen de los
Dolores embutida en su nicho, haba un farol.

Don Juan tena una vista excelente, y, gracias  ella, pudo leer lo que
sigue en la carta de doa Clara:

Os espero, os espero, no podr deciros con cunta impaciencia; nunca he
ansiado tanto, estoy resuelta  esperaros toda la noche. Venid en cuanto
recibis sta  palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco
de Quevedo no pudiera acompaaros como se lo he rogado, llamad al
postigo, dad por sea: el capitn Juan Montio, y el postigo se abrir y
una doncella ma os traer  mi aposento; romped  quemad esta carta y
venid, venid que os espero ansiosa.--_Doa Clara Soldevilla._

El joven sinti lo que nosotros no nos atrevemos  describir por temor
de que nuestra descripcin sea insuficiente; era aquella una de esas
agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo as, causan una
revolucin poderosa en quien las experimenta.

Don Juan vacil, y para sostenerse apoy sus manos y su frente en la
repisa de piedra del nicho de la imagen.

Lleg Quevedo, se detuvo y contempl profundamente al joven.

--Si las tormentas no se calmarn al fin...!--dijo--. Como su padre!
son mucho, mucho hombres estos Girones!  muy poco! quin sabe? Y
hace fro y llueve. Don Juan!

El joven se levant de sobre la repisa aturdido.

--Parceme que os esperan, y que os espera alguna persona  quien no
debis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas.

--Vamos--dijo el joven.

Y tir adelante.

--No es por ah--dijo Quevedo.

--Pues guiadme vos.

--Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa.

Y Quevedo se asi al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque
el joven estaba ms para pensar que para hablar, y Quevedo ms que para
andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alczar.

Don Francisco se fu derecho, como quien tanto conoca el alczar, al
postigo de los Infantes y llam.

Al primer llamamiento nadie contest.

--Qu es esto?--dijo don Juan--, nos habremos equivocado de puerta 
se habr arrepentido doa Clara?

--No; sino que aqu tambin hace sueo, ya se ve! es tan tarde!

Y Quevedo bostez y llam por segunda vez.

--Quin llama?--dijo tras el postigo una soolienta voz de mujer.

--No os lo dije? dorman--contest Quevedo--; pero qu hacis que no
contestis?

--Quin es?--dijo la voz de adentro ms despierta.

--El capitn Juan Montio--contest don Juan.

Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abri  medias.

--Entrad--dijo la mujer.

Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvi  cerrarse.

--Esperad--dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo--; an queda
uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegrara.

--Sois don Francisco de Quevedo y Villegas?

--Crolo as.

--Entrad, pues, y en entrando od lo que habis de hacer--dijo la joven,
que joven era  juzgar por la voz la que hablaba, y cerr la puerta
quedando los tres en un espacio obscuro.

--Os han dado algn mandato para m?--dijo Quevedo.

--Mi seora me ha dicho que su majestad os est esperando, que vayis 
su cuarto y os hagis anunciar por la servidumbre.

--De las dos majestades, cul me espera?

--Su majestad el rey.

--Ah! pues corro--dijo Quevedo permitindose una licenciosa suposicin
de ligereza.

--Sabis el camino?

--Aprendle ha rato.

--Pues id con Dios.

--Gurdeos l y  vos, amigo don Juan.

--Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar.

--No digis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra
gua y equivocar el camino. Tengo para m que os deben llevar por la
derecha.

--Y vos debis iros por la izquierda--dijo la mujer.

--Bien me lo s.

--Adis.

--Adis.

Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba.

--Dnde estis, caballero?--dijo la joven que haba abierto el postigo.

--Junto  vos,  lo que parece--contest don Juan.

--Dadme la mano que os gue.

Disela el joven, y por su tacto, ni spero ni suave, comprendi que se
trataba de una medio criada, medio doncella.

Llevle sta por unas escaleras, luego por una galera, y al fin se
detuvo, son una llave en una cerradura, se abri una puerta, se vi al
fondo de su habitacin el reflejo de la luz que alumbraba  otra, y la
sirviente dijo al joven:

--Pasad, en su cmara encontraris  mi seora.

Adelant temblando el mancebo, combatido por la duda y por la
impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos prximos  tocar un
objeto ansiado, y entr en la habitacin de donde sala el reflejo de la
luz.




CAPTULO XL.

DE CMO EL NOBLE BASTARDO SE CREY PRESA DE UN SUEO


De pie, inmvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trmula, con
la mirada vaga, estaba doa Clara, alumbrada de lleno por la luz de un
veln de cuatro mecheros.

Don Juan no pas de la puerta.

Al verla se qued tan inmvil como ella.

Durante algn tiempo ninguno de los jvenes pronunci una sola palabra.

Doa Clara miraba de una manera singular  don Juan.

Don Juan estaba mudo de admiracin, dominado por la magia que se
desprenda de doa Clara y con la vista fija en ella.

Estaba maravillosamente vestida.

Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y
cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las
formas, lo arrogante de la actitud, que constituan el ser de doa
Clara, en un indefinible conjunto de distincin y de hermosura.

Estaba hechiceramente peinada, cea su cabeza una corona de flores de
oro esmaltadas de blanco, y de esta corona penda un velo de gasa de
plata y seda.

Intil es decir que  este bello traje, servan de complemento bellas y
ricas alhajas. No poda darse nada ms hermoso, ms completamente
hermoso.

--Acercos--dijo con acento dulce doa Clara.

--Para qu me habis llamado?--exclam el joven con afn acercndose.

--Decidme primero lo que habis pensado de m al leer la carta que os he
enviado con don Francisco.

--He credo... no he credo nada, porque vuestra carta me ha aturdido.
No le veis, seora? No conocis que estoy muriendo?

--Dominos, reflexionad y decdmelo: qu pensis de esta extraa cita?

--Pienso, seora, que sabis bien que mi vida es vuestra, y no slo mi
vida, sino mi alma, y que si me habis llamado, es  causa sin duda de
hallaros en un grande compromiso.

--Tenis razn: en un compromiso harto grave. Me caso.

--Que os casis!

--S por cierto, y voy  mostraros la causa por qu me caso.

Don Juan no contest, porque se le haba echado un nudo  la garganta.

Doa Clara, entre tanto, haba tomado de sobre la mesa un objeto
envuelto por un papel y le desenvolvi lentamente.

El joven vi un magnfico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos
magnfico lazo de brillantes.

--He aqu lo que me casa con vos--dijo doa Clara con la voz firme y
lenta, aunque grave.

--Conmigo! os casaris conmigo!--exclam el joven con una explosin de
alegra--; yo!... yo vuestro esposo!... yo poseedor de vuestra alma,
de vuestra hermosura!... esto... esto es un sueo!

Y don Juan retrocedi, y por fortuna encontr un silln en el que se
dej caer.

Estaba plido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa 
doa Clara.

De repente se levant, asi una mano  doa Clara, la estrech contra su
corazn y exclam:

--Explicadme, seora, explicadme este misterio que me vuelve loco.

--Cuando seis mi esposo.

--Pero eso ser pronto...

--No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas
que llev en una ocasin semejante, me adornan:  falta de traje 
propsito la reina me ha regalado ste. Yo quera casarme lisa y
llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso
obedecer: todo se ha reducido  aceptar este traje de su majestad, 
abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y  ponerme en manos
de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre
prisa: el padre Aliaga aleg no s qu del concilio de Trento, pero la
reina dijo que eso se arreglara despus... de modo, seor, que sus
majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace
tres horas. Slo falta que vos me digis si queris casaros conmigo.

--Vuestra duda es impa, doa Clara: ignoro por qu habis cambiado
vuestros desdenes de anoche.

--Los ha cambiado este rizo.

--Pero ese rizo...

--Es mo.

--Y no me diris ms?

--Luego; despus de las bendiciones,  solas con vos.

--Doa Clara, yo os amo; sois lo nico  que aspiro; ser vuestro y que
vos seis ma, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no s
qu de terrible, de violento. Os obligan  que os casis conmigo?

--S por cierto, me obliga mi corazn.

--Vuestro corazn! habis pronunciado de tal manera esas palabras, que
me espantan; no, vos no me amis...

--Quin sabe?

--Si me amrais pronunciarais ese quin sabe? con menos amargura...
qu digo con menos?... lo pronunciarais con el alma, que asomara 
vuestro acento y  vuestro rostro por ms que lo quisirais ocultar.

--Y qu no asoma?

--Despechada y amarga, que enamorada y contenta no.

--Pero  qu esta disputa? no queris casaros conmigo?

--He querido y quiero... pero segn os veo... me niego...

--Ah, os negis!

--No quiero ayudar  que os sacrifiquen.

--Don Juan!...

--Por qu me llamis don Juan?

--Por... por qu s yo! pero esto qu importa?

--Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey...

--Eso no importa nada...

--Y si fuera peor? si yo fuera un bastardo?...

--Cmo! sabis?...

--Y qu he de saber? que soy hijo del duque?...

--Del gran duque de Osuna, y...

--Y de quin? sabis acaso, seora, el nombre de mi madre como sabis
el de mi padre?

--Cmo! no sabis quin es vuestra madre?...

--No, y vos?

--Tampoco...

--Ayer ni aun el de vuestro padre conocais.

--Lo he sabido por una casualidad esta noche...

--Yo lo supe ayer...

--Quin os lo dijo?...

--Vuestro supuesto to...

--Ah! mi to... Francisco Montio os lo dijo!... y  qu
propsito?...

--Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar  sus
majestades.

--Un solo momento; leed, y despus decidme si os queris casar conmigo.

Y sac de su ropilla los papeles; busc la carta del duque y la di 
doa Clara.

Esta la ley.

--Me caso con vos--dijo, devolvindosela.

--Pero esto es cruel... vuestra decisin me espanta.

--No me amis?...--dijo con impaciencia doa Clara...--pues si me amis
 qu esa obstinacin?... dudis acaso de m?... amis acaso  otra,
 causa de esa facilidad que tenis de enamoraros en dos minutos?

--Me estis desgarrando el alma, seora... y... no os comprendo...
arrostris un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y
cuando quiero salvaros, si es posible,  costa ma de ese sacrificio...
me preguntis no slo si os amo, sino si amo otra?

--Son las tres de la maana--dijo doa Clara--y sus majestades esperan;
concluyamos  volvos libre,  seguidme.

--Esperad; puesto que vais  ser mi esposa...

--Qu?...

--En la carta que habis ledo, se habla de las alhajas de mi madre;
aceptadlas como vuestro dote, seora...

Y el joven se meti la mano en el bolsillo.

--Despus, muy despus--dijo doa Clara--; ahora, puesto que entrambos
queremos unirnos, venid.

Y se dirigi  una puerta en paso rpido, poderoso, en que se revelaba
la excitacin de que estaba poseda.

Don Juan la sigui.

Y dominado por lo extrao, por lo maravilloso, y aun podemos decir por
lo terrible de la situacin, ni aun se acord de que iba pobremente
vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino
enlodadas hasta las corvas.

Porque todo haba variado en el joven; menos el traje, todo.

[imagen: Doa Clara Soldevilla.]




CAPTULO XLI

DE CMO QUEVEDO SE QUED  SU VEZ SIN ENTENDER AL REY


--Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don
Francisco--deca Quevedo, dirigindose  obscuras desde la parte baja
del palacio al cuarto de Felipe III--. Y eso--aada--que tenis una
perspicacia que os mata. Que doa Clara se haya enamorado de nuestro
hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estilo de
l; que doa Clara se haya valido de m como de un anzuelo para pescar 
su enamorado, cosa es que no espanta  nadie, porque las mujeres se
agarran  todo... que se encierre con l... cosa es que de comn
apesta... pero que me digan: acompele vuesa merced; y acompaado que
ha sido: vaya vuesa merced  ver al rey, que le espera,  las tres de la
maana, cuando nuestro seor, que Dios guarde, es ms dado  dormir que
un gusano de seda, dgome que no me entiendo, dime capote y sigo y
prosigo hacia el cuarto de su majestad.

Y segua don Francisco, pero dando vueltas  su poderosa imaginacin.

--Qu ser, qu no ser?... lo que fuere sonar--dijo al fin, cansado
de cavilar y entrando en una galera alumbrada,  donde daba la puerta
de la primera antecmara del cuarto del rey.

Lleg, habl  un ayuda de cmara y fu introducido hasta el rey, 
quien haban despertado para anunciar  Quevedo, y que haba vuelto 
dormirse.

Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente
rebujado.

El ayuda de cmara despert  su majestad.

--Pronto amanece hoy--dijo el rey.

--Son las tres de la maana, seor--dijo el ayuda de cmara.

--Ah! son las tres de la maana!--dijo el rey bostezando y ponindose
la mano  manera de pantalla, para mirar  Quevedo, sin que le ofendiese
la luz de la lmpara--; quin es ese?--aadi despus de haber
bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos 
Quevedo, que estaba tieso  inmvil delante del lecho real.

--Es don Francisco de Quevedo y Villegas, seor--dijo el ayuda de
cmara.

--Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don
Francisco.

--Perdneme vuestra majestad, seor--dijo Quevedo con voz campanuda y
vibrante--; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo
en todos los aos de mi vida por vuestra cmara.

--Ah! es verdad... ahora recuerdo; slo que no recuerdo para lo que os
he llamado... os necesitaba para algo.

Quevedo no contest.

--Sabis que tengo fro, don Francisco?--dijo el rey.

--Andan los tiempos muy crudos, seor--contest Quevedo.

--Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos,
que si son cocidos. Sabis si se guisa algo bueno por el alczar?

--No, seor; no me he dado  lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho
tiempo que el alczar no es cacerola ma.

--Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y
hace fro, s, seor, hace fro. Hacedme la merced, don Francisco, de
llamar.

Quevedo fu  una puerta y dijo:

--Su majestad llama.

--Oye, Sarmiento--dijo el rey--; ponme detrs dos almohadones,  fin de
que pueda recostarme, y el gabn de pieles.

Sirvi el ayuda de cmara al rey y ste le despidi.

Felipe III se qued sentado en la cama, recostado sobre los almohadones
y envuelto en el gabn.

--Os aseguro, don Francisco--dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo
la seal de la cruz sobre el bostezo--, que estoy pasando una mala
noche.

--No la paso yo mejor--dijo Quevedo.

--Vos os diverts; yo me fastidio.

--Pues os doy la diversin por dos blancas.

--Os juro que no puedo dormir.

--Y yo os afirmo, seor, que no puedo acostarme.

--Yo os haba llamado para algo.

--Yo crea que para algo era venido.

--Y es que no me acuerdo... podis vos adivinar?...

--Cmo! seor! yo no me atrevo  penetrar en la alta voluntad de un
rey tan grande como vuestra majestad--dijo Quevedo inclinndose
profundamente.

--Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme
mi voluntad.

--Y yo con mucha frecuencia las palabras.

--Y no se os ocurre para qu os podra necesitar yo?

--Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad
necesidad de m.

--Ah! ya recuerdo... recuerdo que tena que preguntaros algo. No
tenis nada que decirme?

--Que Dios prospere  vuestra majestad, y le d centuplicados reinos.

--Parceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco.

--Y  qu, seor?...

--A que saquemos en claro para qu os he llamado yo.

--Apostamos--dijo para s Quevedo-- que el rey se est vengando de m
por lo de esta maana? pues aguarda. Yo creo, seor--dijo en voz alta--,
que me habis llamado para entretener la vela; es decir, que me usis
como  libro malo que slo se busca para llamar al sueo: si quiere
vuestra majestad, convertirme en libro, y contar  vuestra majestad un
cuento.

--No tal, ni por pienso--dijo el rey--, porque vuestros cuentos no los
entiendo yo. Hablemos de otra cosa. Qu me decs de vuestro duque de
Osuna?

--Que no es mo.

--Ah! pues por vuestro os le dan.

--Agradezco la intencin, porque indudablemente quieren hacerme un buen
regalo.

--Est contento con su virreinato de Npoles?

--Nada debe de dolerle, porque no se queja.

--Y vos, estis contento aqu?

--Segn: rabio  ratos,  ratos ro, como olla podrida; y si no engordo,
no enflaquezco.

--Decamos que el duque... pues... decamos que el duque... qu
decamos, don Francisco?

--Yo no deca nada.

--Yo he querido decir algo... pues... quera haberos dicho algo de
cierto hijo.

--No entiendo  vuestra majestad.

--Pues hablemos de un sobrino.

--Lo entiendo menos.

--De un rizo...

--Contino  obscuras...

--De unas estocadas...

--Ni aun con la lengua las doy hace un siglo.

--Pues seor--dijo el rey--, ahora veo que no os he llamado para nada.

--Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga.

--Y siendo venido para que os vayis.

Y el rey bostez ms profundamente, se escurri  lo largo de las
almohadas y se rebuj.

--Dios d  vuestra majestad muy buenas noches--dijo Quevedo.

El rey no le contest: se haba dormido.

Quevedo di media vuelta y sali vivamente contrariado.

--Y qu debo yo hacer ahora?--dijo cuando se vi en la galera--. Irme
 quedarme? y si me quedo, dnde me quedo? Y qu habr querido decirme
el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, quin los
entiende? Si su majestad querr dar al traste con Lerma y servirse de
Osuna? Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para
catas, ni para ser trado y llevado? debe de andar la reina... Si yo
pudiese ver  la reina... Vamos! lo mejor ser no pensar en ello: lo
que fuere, sonar.

Y sigui adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe  dnde va.

--Eh, caballero!--le dijo una voz de mujer al pasar junto  la puerta.

--Hbito llevo--dijo don Francisco--; conque bien puedo responder aunque
 pie me hallo. Qu se os ocurre, seora?

--Mi seora os llama.

--Y quin es vuestra seora?

--La seora condesa de Lemos.

--Ah! pues sed mi estrella.

--Qu!

--Que me guiis.

--Seguidme.

La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llev  la
antecmara de la reina, donde le sali al encuentro doa Catalina de
Sandoval.

--Gracias  Dios que el rey os ha soltado--dijo.

--Y por qu esas gracias?

--Os esperan.

--Dnde?

--En el oratorio de la reina.

--Pues no adivino.

--No os ha dicho el rey que vos debis representarle como padrino de
una boda?...

--Ah! s! Se trata de boda? ya lo haba yo olido. Pero de nada menos
que de eso me ha hablado el rey.

--No importa, yo represento como madrina  la reina.

--Ved ah qu casualidad, que nos hayan buscado  los dos para
representar un matrimonio! Y los testigos?

--Son de la casa.

--Se trata de un casamiento secreto?

--No, seor; sino de un matrimonio de conciencia.

--Pues entonces no es la boda que yo crea.

--S, s por cierto: el capitn de la guardia espaola del rey, Juan
Montio, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doa
Clara Soldevilla.

--Y hay conciencias ya entre esos?... pues si se conocieron ayer!...
aunque cuando se vieron en la calle, tarde y  obscuras, y ya sabis que
la soledad y las tinieblas... pero seor, si l estaba desesperado!...

--No os cansis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto
para engaar al rey,  fin de que d al momento la licencia; todo
proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doa Clara.

--Ah! el rizo de doa Clara! pues ya entiendo lo que no entenda!

--Cmo! el rey puede haber sospechado?...

--El rey no ve ms que  dos dedos de sus narices...

--Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven
sepa todo el enredo. Pero anoche doa Clara declar solemnemente  la
reina, que no llamaba al seor Juan Montio, que no le pona en
antecedentes, que no permita que tuviese el rizo... sino siendo su
marido.

--Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrn  un
pretexto.

--Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiracin
la reina y el padre Aliaga, y despus de conspirar se determin que el
padre Aliaga fuese al momento  ver al rey, y le dijese que enamorada,
loca, en una ocasin desgraciada, doa Clara haba dado un mal paso con
Juan Montio. Que  ms de ser urgentsimo casarlos, la reina no quera
que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta  quedarse como
se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es
tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia,  pesar de
que por doa Clara ha hecho ms de dos simplezas,  pesar de que est
enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha
dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir.

--Ah! la mala noche del rey! ya pareci ella!

--La reina tampoco quiere asistir  la ceremonia, porque... piensa que
doa Clara se sacrifica por ella.

--Mentira, mentira y ms mentira!

--Y all estn ambos novios con el padre Aliaga y los testigos,
esperando nicamente por vos.

--Y quines son los testigos?

--Pedro Sarmiento, ayuda de cmara del rey, y Juan de Urdiales, maestro
de ceremonias, los que se han encontrado ms  mano.

--Vamos, pues; all, y no retardemos la felicidad de los enamorados. Y
llevar yo cuarenta y ocho horas sin dormir por descanso de viaje!

--Ya dormiris bien esta noche...

Y la condesa asi  Quevedo de una mano, y guindole desapareci con l
por una puerta.




CAPTULO XLII

DE CMO DON JUAN TLLEZ GIRN SE ENCONTR MS VIVO QUE NUNCA CUANDO
PENSABA EN MORIR


Una hora despus de haber salido de la estancia de doa Clara con el
joven, volvieron.

Pero volvieron casados.

Don Juan miraba de una manera avara  la joven.

La alegra, la felicidad, la pasin brillaban en su semblante.

Doa Clara estaba vivamente excitada, y  duras penas poda disimular
que era feliz.

Y sin embargo, no miraba al joven.

Y sin embargo, se mantena duramente reservada.

Atraves el aposento rpidamente, y al llegar  una puerta, como
pretendiese pasar don Juan, le dijo:

--Esperad un momento, seor.

El joven respet la voluntad de doa Clara, y se detuvo.

La puerta se cerr.

Don Juan se quit la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arroj
sobre un silln y se sent en otro descuidadamente junto al brasero,
como pudiera haberlo hecho en su casa.

Y esto era lgico.

El cuarto de su mujer, era su cuarto.

Su mujer doa Clara! aquella dama cuyo semblante apenas visto le haba
deslumbrado! aquella divina y magnfica hermosura, que encubierta haba
asido  su brazo! aquella dama tan gentil, tan joven, tan pura, que le
haba llamado para recoger una prenda de la reina y que haba acabado de
enamorarle! aquel dulce imposible estaba vencido!

Don Juan gozaba de un bienestar completo; se adorma en las ardientes
ilusiones de su pensamiento; abrasaba con deleite su alma en aquel amor
afortunado.

Suya doa Clara!

Su mujer doa Clara!

Doa Clara la madre de sus hijos, el dorado rayo del sol de su casa, su
compaera de por vida!

Don Juan se crea soando, y cuando se convenca de que no soaba, mora
de impaciencia.

Al fin apareci doa Clara, sencillamente vestida de casa, pero
elegante; con un ancho traje de seda negra y una toquita blanca en los
cabellos.

--Oh! felicidad ma!--exclam el joven levantndose con tal rapidez,
que no pudo evitar doa Clara que la abrazase y la besase en la boca.

La joven di un grito y quiso desasirse, pero no pudo.

Don Juan la retena en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza,
y lloraba.

--Apartad, seor, apartad--dijo doa Clara con voz dulce--; vuestra
esposa os lo suplica.

Don Juan solt  doa Clara, que estaba ruborosa y trmula.

--Es verdad que me amis tanto?...--exclam la joven, mirando con toda
la fuerza de sus ojos negros  don Juan.

--Si no os amara, si no furais para m antes que todo, me hubiera
casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el
misterio de tal casamiento?

--Sentos, don Juan, sentos y escuchadme: escuchadme como si jams me
hubirais hablado de amores, como si no furamos marido y mujer.

--Pero...

--Hacedme la gracia de escuchadme: bien s que casada con vos, vuestra
voluntad es para m una ley; pero yo apelo  vuestra hidalgua; yo os
pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miris en m ms
que  doa Clara Soldevilla, no  vuestra esposa. Me lo concedis?

--Ser siempre, seora, todo lo que vos queris, menos no amaros.

--No os pedir eso jams, porque vuestro amor para m lo es todo siendo
como soy vuestra mujer.

--Me decs al fin que me amis?

--Os amo como debe amar una mujer casada  su marido... ms claro: por
el momento os respeto... os quiero... tengo en vos esperanzas...

--Pero no sois para m la mujer enamorada?

--No quitis al tiempo lo que es suyo. Yo no os conozco!

--Y sin embargo, os habis casado conmigo.

--Os confieso que en la situacin en que me he casado con vos, y por la
razn que lo he hecho, me hubiera casado con cualquiera de quien hubiera
podido buenamente ser esposa.

--Sin amor?

--Sin amor.

--Pero qu misterio, qu razones son esas?

--Las vais  or: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo.

--Este rizo vuestro!--exclam el joven besndole con locura--. Pero
esta joya...

--Es necesario que la dejis en el rizo.

--La dejar... pero tomad vos las de mi madre...

--Despus, don Juan, despus. Queris orme?

--Seguid, seora.

--Cuando os pregunte alguien que por qu hersteis  don Rodrigo
Caldern, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase
por un acaso...

--No pienso que tenga ocasin de hablarme.

--Os engais; el rey tendr ocasin de veros con mucha frecuencia.

--Como esposo vuestro?

--Por eso no tiene el rey que veros. Pero s como capitn de la guardia
espaola.

--Ah! conque yo soy capitn!

--Tal vez despus de saber quin sois, no queris ser soldado:

--Por el contrario, seora, tengo obligacin de servir al rey.

--Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvid de
daros una provisin de capitn que tengo para vos. Esperad. Voy 
drosla.

Y la joven se levant, sac del cajn de un mueble un papel, y le di 
don Juan.

--Esta provisin ha sido vendida y revendida--dijo el joven.

--Se ha comprado para vos.

--Y quin la ha comprado?

--La reina.

--Me paga el servicio casual que la he hecho!

--No, no por cierto: el servicio que habis hecho  su majestad no hay
con qu pagarlo.

--Demasiado recompensado estoy si por conoceros he servido  su
majestad, y por servirla sois ma. Nada hay en el mundo que valga lo que
este premio. Por lo tanto, esta provisin est dems... si la acepto, la
pagar.

--No llevis vuestra altivez, muy digna sin duda, hasta el punto de
ofender  su majestad: aceptad tal como se os da esa compaa, y estad
seguro de que ya tendris ms de una grave ocasin de servir  la reina.

--Sea lo que vos queris--dijo el joven guardando la provisin.

--Sea lo que debe ser--dijo doa Clara--; continuemos: como capitn de
la guardia del rey, cuando estis de servicio, recibiris en muchas
ocasiones las rdenes directamente de su majestad, en particular en las
partidas de caza, donde por vuestro oficio estaris junto al rey. En una
palabra: estis al servicio inmediato de su majestad. Si un da, maana
acaso, el rey os preguntase acerca de m... decidle... hacedle entender
que entre nosotros mediaban amores... que... que en una palabra, por
deber y por conciencia estbais obligado  casaros conmigo.

--Pero eso no es verdad... yo no puedo ofenderos... el rubor que tie
vuestro semblante, dice bien claro que os ofendera.

--Don Juan, la reina es mi hermana--dijo profundamente doa Clara--:
ella en su alta posicin y yo en la ma, al conoceros... od desde el
principio, don Juan. Yo tena una madre buena, amante, hermosa...
venid... vais  conocer  mi madre.

Doa Clara se levant, tom una buja y precedi al joven.

Pasaron por un aposento de vestir, y entraron en un dormitorio.

En l haba un pequeo lecho blanco que respiraba pureza, algunos ricos
muebles, y en una de las paredes, un cuadro cubierto con un velo negro.

Doa Clara corri aquel velo, y qued  la vista de don Juan una dama de
cuarenta aos, plida, excesivamente hermosa, y  juzgar por su traje y
por su expresin, muy principal dama.

--Esa era mi madre--dijo doa Clara con acento vivamente conmovido.

--Ah! digna madre de tal hija!--dijo el joven no menos conmovido.

--No es verdad, don Juan, que yo debo de estar orgullosa de mi madre?

--Como debis estarlo de vos misma.

--No hablemos de m--dijo doa Clara corriendo de nuevo el velo--. Yo os
he dado  conocer  mi madre de la nica manera que me ha sido posible.
Volvmonos  donde estbamos.

Don Juan sali suspirando de aquel dormitorio tan blanco y tan puro,
pero enorgullecido por su mujer, porque la atmsfera de aquel dormitorio
haba venido  ser para don Juan un testimonio de la vala de doa
Clara.

Sentronse entrambos jvenes de nuevo, el uno en un extremo, y en otro
extremo el otro, de la ancha tarima del brasero.

--Nuestra familia, y la vuestra, porque en ella acabis de entrar, se
compona hace cuatro aos: de mi padre Ignacio Soldevilla, coronel de
infantera espaola, encanecido en los combates, de mi madre doa
Violante de Saavedra, hija de un mayorazgo de la montaa, y de m.
Cuando conozcis  mi padre, que espero sea pronto, l os relatar
nuestro abolengo, l os dir muchas de esas cosas que una mujer no debe
decir  su marido. Yo slo os hablar de mis padres. Mi madre, criada
con el recogimiento de una casa de solar de la montaa, no tuvo ms
amores que los de mi padre; le am como yo os amar: despus de casada.

--Ah! ni vuestra madre am  su esposo, sino despus de casada, ni vos
me amis an!

--Continuemos. Pasaba mi padre, hace ms de diez y ocho aos, con su
compaa hacia Navarra,  hizo noche en casa de mi abuelo materno, donde
fu aposentado. Vi  mi madre... durante la cena... y no pudo dormir.

--Como yo...

--Mi padre lo ha recordado muchas veces  mi madre delante de m, y mi
buena madre le contestaba sonriendo: yo, seor, no dorm tampoco.

--Pero creo que vos habis dormido esta noche pasada?--dijo don Juan.

Doa clara continu, sin contestar  la pregunta del joven:

--Al da siguiente, mi padre,  pesar de que deba marchar, detuvo con
un pretexto su marcha, y como es excesivamente franco, busc  mi
abuelo, y le suplic que para hablarle de cierto negocio, quisiese dar
un paseo con l por el campo. Accedi mi abuelo, y apenas se vieron
fuera de la poblacin, mi padre le dijo quin era, cunto posea, que
estaba perdidamente enamorado de su hija, y que quera casarse sobre la
marcha con ella. Mi abuelo le contest que partiese con su compaa, por
lo pronto, que l se informara acerca de mi padre, y que con lo que
hubiese resuelto le contestara. Mi padre parti sin ver  mi madre, y
al mes recibi en Navarra una carta de mi abuelo, en que le deca que,
habindose informado lo que bastaba para saber que mi padre era noble,
honrado y valiente, y no oponindose  ello su hija, poda, si persista
en su pensamiento, volver  recibir las bendiciones. Mi padre no vi por
segunda vez  mi madre, sino  los pies del altar.

--Pero de seguro, y  pesar de no conocer bastantemente  vuestro padre,
vuestra madre no le desesper--dijo el joven, que no desaprovechaba
ocasin.

Doa Clara no contest tampoco  esta indirecta.

--Fueron felices; ricos, amantes, honrado mi padre por el rey, respetado
por todos, respetada mi madre como merecan su virtud y su nobleza. Yo
nac en el trmino preciso despus de su matrimonio. Yo he sido su hija
nica. Crec al lado de mi madre; lo que s lo aprend de ella: durante
las largas ausencias de mi padre en la guerra, nuestra casa estaba
cerrada, algunos criados antiguos eran nuestra nica compaa. Yo era
feliz. Mi madre lo pareca tambin. Hace cuatro aos, mi madre muri.

Doa Clara se detuvo, inclin la cabeza durante un momento, y luego la
alz.

En sus hermosos ojos brillaba una lgrima.

Don Juan la contemplaba extasiado: crea  cada momento que su amor no
poda crecer, y sin embargo,  medida que se iba revelando el alma de
doa Clara, su amor creca.

La joven continu:

--La muerte de mi madre fu mi primer dolor. Hasta entonces no haba
comprendido que poda yo quedarme sola en el mundo; pero cuando mi madre
muri, cuando no la vi  mi lado durante el da, al acostarme, llamando
sobre m los buenos sueos con un dulce beso, al levantarme abrindome
con otro nuevo beso otro hermoso da, ay! hasta que todo esto me falt,
no comprend el horrible vaco  que puede verse condenada una mujer,
porque para una mujer, su madre lo es todo. La mujer para su madre es
siempre una nia. Mi pobre madre muri de tristeza, muri de amor.

--De tristeza! de amor!--exclam don Juan.

--Del ao, los nueve meses los pasaba mi padre en campaa, y aun haba
aos en que no vena.

--Ah!--exclam el joven, arrastrado por el profundo sentimiento de la
voz de doa Clara al pronunciar aquellas palabras.

--Mi madre no se quejaba  mi padre: si se hubiera quejado, mi padre
hubiera dejado el servicio, pero hubiera enfermado de tristeza. Entre su
propio sacrificio y el de su esposo, mi madre se decidi por
sacrificarse. Y se sacrific por completo. Cuando mi padre volva, y
contaba  mi madre los peligros que haba arrostrado, mi madre le
escuchaba sonriendo; cuando mi padre se despeda para una nueva campaa,
le abrazaba sonriendo tambin; cuando nos quedbamos solas, mi madre se
me mostraba alegre, tranquila. No quera ennegrecer mi alma de nia con
su tristeza. Pero lleg un da... ya haca tiempo que mi madre estaba
enferma... un da de muerte me lo revel todo, pero me hizo jurar que
nada sabra mi padre. Entonces me hizo comprender cun terrible es amar
y saber que el hombre amado est en un continuo peligro. Recibir cada
da noticias de batallas sangrientas, en que se quedaba tendida la flor
de la nobleza espaola, y decir  cada noticia, recibida en carta de mi
padre: De esta ha salido salvo!... pero y de la siguiente! Esto es
horrible, es una carcoma lenta que mata,  la mujer que no muera en tal
situacin, no merece ser amada.

--Oh! no ser soldado!--exclam don Juan--. Mi rey, mi orgullo, sois
vos.

--S, s, seris soldado mientras sea necesario que lo seais; pero
despus no: no quiero morir como mi madre!

--Oh, Clara de mi alma!--exclam el joven, recibiendo el puro, el
glorioso relmpago de amor que destell de los ojos de doa Clara al
pronunciar sus ltimas palabras--; vos me amis!

--Os amar si merecis que os ame--dijo doa Clara volviendo  apagarse,
por decirlo as.

Y luego, con acento reposado, mientras don Juan suspiraba dominado por
la firmeza de carcter de su mujer, sta continu:

--Lleg por acaso mi padre  tiempo de recibir la ltima mirada, la
ltima sonrisa de mi madre. Cuando la vi muerta, su dolor me espant,
me hizo olvidarme de mi propio dolor para acudir aterrada al socorro de
mi padre. Cre que se haba vuelto loco! Y cuando pas el primer
acceso, me dijo:

--Yo no puedo permanecer por ms tiempo en esta casa! est maldecida
para m! no tengo parientes con los cuales llevarte, y no permanecers
aqu tampoco: la reina! yo he derramado mi sangre por el rey! mi
lealtad ha costado la vida  ese ngel! Mi padre haba adivinado la
causa de la muerte de mi madre. El rey no me negar la gracia de que
entre en la servidumbre y bajo el amparo de la reina...  no hay Dios en
los cielos!

Y me trajo consigo  palacio; habl al rey, que le oy benvolamente; y
le envi  la reina, y la buena Margarita de Austria se conmovi de tal
modo al ver tanto dolor, que me abraz, me bes en la frente, y me
recibi como menina en su servidumbre. Mi padre levant la casa; me
entreg las alhajas y las ropas de mi madre, y yo me traje  nuestros
antiguos y leales criados que an me sirven, y que os recomiendo, seor,
porque desde hoy lo son vuestros.

--Amarlos yo porque vos los apreciis--dijo don Juan.

--Muy pronto no fu ya amistad lo que me dispens la reina, sino cario;
cario que creci de da en da y que hoy--vos lo debis saber, seor,
porque debis saber todo lo que tiene relacin conmigo--ha llegado  ser
amor de hermanas. Y este amor ha crecido por las mutuas confianzas. Este
amor ha hecho que, por servir noble y dignamente siempre  su majestad,
que de otro modo no le sirviera yo, haya salido muchas veces sola de
noche, yo que no he estado nunca sola, ni aun en mi casa.

--Bendito Dios sea, que tal lo ha dispuesto!--exclam el joven--,
porque anoche os vi durante un momento en el alczar; si no hubirais
salido no me hubirais encontrado, no os hubirais amparado de m, no
hubieran empezado estos amores que para m tan glorioso fin han tenido.

--Decid ms bien que os han casado y me han casado  m. Os acordis de
las dudas que anoche tenais acerca de si yo era  no la reina?

--Y no me he engaado, porque sois la reina de mi alma.

--Recordad las cartas que me trajsteis; anoche os pregunt doa Clara
Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: habis ledo aquellas
cartas, seor?

--Os afirmo por mi honor, que no; saba que contenan un secreto de la
reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque
yo crea que la mujer  quien amaba... Mi supuesto to tuvo la culpa de
que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer  quien yo
tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que senta celos, no le
aquellas cartas.

--Y qu habis pensado de la reina?

--Dejndome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don
Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su
majestad bien.

--Si os guiis por las apariencias, debis haber pensado de m muy mal.

--Yo... squese mi pensamiento, si llego  pensar de vos...

--Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...--dijo doa
Clara con amargura.

--Hacais un sacrificio por su majestad.

--Es verdad; mi padre me dijo hace un ao, al ver cmo me trataba la
reina: Clara, hija ma, eres fuerte y valiente; vela por su majestad, y
si es necesario, sacrifcaselo todo... todo menos el honor. Pero,
volviendo  esas malhadadas cartas, es necesario que conozcis ese
secreto.

A seguida, doa Clara cont punto por punto  don Juan el estado en que
la reina se encontraba, las traiciones de don Rodrigo, la historia, en
fin, de aquellas cartas, su contenido, el incidente que en el principio
de aquella noche haba obligado  mentir  la reina; la historia del
rizo, por ltimo.

--En tal situacin--prosigui doa Clara--, habiendo tomado la reina en
su apuro vuestro nombre, siendo muy posible que el rey desconfiase y os
llamase y os preguntase, la reina, con las lgrimas en los ojos, me
suplic que la salvase; era preciso que yo os llamase; que os hablase 
solas en las altas horas de la noche en mi aposento, que os revelase
toda una sucesin de misterios... yo crea que todo aquello era
necesario para salvar  su majestad, y... me sacrifiqu; me dije: l se
me ha mostrado ciegamente enamorado... le propondr que se case
conmigo... Si acepta, al momento, al momento..., y se prepar todo...
Me vest de boda y os esper anhelante... anhelante por consumar el
sacrificio.

--Hay un medio, seora, de que ese sacrificio no caiga sobre vos.

--El medio de vivir como dos amigos, como dos hermanos!

--Si no sois ms que mi amiga  mi hermana, podais ver maana  un
hombre... amarle...

--No he amado cuando era libre!... y me han importunado!

--Sufrirais vuestro amor, le callarais, porque adems de vuestra
honra, tenis que guardar la ma... lo s bien, seora; s que mi honor
est seguro en vos: pero os sacrificarais, morirais. Yo os librar de
ese sacrificio.

El acento de don Juan era lgubre.

Cuando acab de pronunciar estas palabras se levant.

--Sentos!--dijo con acento lleno y grave doa Clara.

El joven se sent.

--De qu manera pretendis libertarme de ste que yo llamo mi
sacrificio?--dijo con acento singular doa Clara.

--De qu manera? De qu manera decs?--exclam el joven, con la mirada
extraviada y la voz sombra--. Muriendo! Dejndoos viuda!

--Dios mo!--exclam doa Clara, levantndose de una manera violenta y
asiendo una mano de don Juan--. Qu hablis de morir?

--Tengo enemigos, enemigos que me he hecho por vos; los buscar, los
provocar y me dejar matar.

--No!--contest con la voz opaca doa Clara, fijando en don Juan una
mirada ardiente, fija, aterrada, mientras la mano con que le asa
temblaba de una manera violenta.

--Si no encontrare enemigos mos, buscar los del rey, los de Espaa y
me matarn.

--No!--repiti de una manera profunda doa Clara.

--Y para qu quiero yo vivir--dijo el joven con profundsima
amargura--, si vos no me amis? si al casaros conmigo habis hecho un
doloroso sacrificio por su majestad?

--Y esa comedianta!--exclam doa Clara con acento seco y rpido,
acercndose ms al joven.

--Dorotea!

--S, esa hermossima Dorotea, con quien habis pasado el da.

--Si yo os pruebo que no amo  esa mujer...?

--Si me lo probis... pero no me lo podis probar, no; por qu me
habis dicho que os mataris...? por qu me habis aterrado...?

--Dios mo!

--Tengo no s por qu, de una manera que me espanta, el alma desgarrada,
ensangrentada, por lo que nunca haba sentido: por los celos.

--Celos vos de m!

--Venid conmigo--dijo doa Clara tomando una buja y encaminndose de
nuevo  su dormitorio.

Y cuando estuvieron en l, descorri de una manera nerviosa el velo que
cubra el retrato de su madre.

--Juradme delante de ese cuadro, por vuestra alma y por la de vuestra
madre, por vuestra honra y por la ma, que  nadie amis ms que  m.

--Lo juro, lo juro, por mi madre, por la vuestra, por Jesucristo
Sacramentado.

--Yo os amo con toda mi alma--exclam doa Clara--, os amo desde que
anoche salsteis de mi aposento; os amo no s cmo; como... al recuerdo
de mi madre... no s por qu... pero yo os amo, seor; si la casualidad
no lo hubiera hecho, si el honor de la reina no lo hubiera exigido, yo
no me hubiera casado con vos... sino me hubirais aterrado... Oh Dios
mo...! he visto que la palabra morir no era en vos una amenaza
cobarde... os he credo ver muerto... Por la sangre de Jesucristo,
seor! yo no s lo que me habis dado que me habis vuelto loca... y soy
vuestra, vuestra esposa, vuestra amante, vuestra esclava... vuestra y
solamente vuestra, sin que tengis que temer que yo haya amado  otro
hombre, ni autorizado galanteos, ni dado esperanzas... soy vuestra con
toda la alegra de mi alma... no s con cunto amor... pero no moriris,
no es verdad, que no moriris ya...? porque mi amor es vuestra vida y
yo os lo entrego entero y puro y resplandeciente como el sol.

El joven mir  doa Clara plido, temblando, extendi hacia ella los
brazos, cay de rodillas y llor.




CAPTULO XLIII

CONTINAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR


Al amanecer se abri la puerta del aposento de doa Clara.

En el mes de Noviembre amanece muy tarde y los amaneceres son nublados y
fros.

Y decimos esto para que nuestros lectores aprecien cunto sufrira la
Dorotea agazapada cinco horas mortales, debajo de una escalera, frente 
la puerta del aposento de doa Clara, al lado del sargento mayor don
Juan de Guzmn, que renegaba y blasfemaba por lo bajo, para que la
Dorotea no le oyese.

Cuando se abri la puerta del aposento de doa Clara, Dorotea, al
reflejo de una luz que tena en la mano una mujer, vi que aquella mujer
era doa Clara y que la acompaaba un hombre.

Vi que aquel hombre era don Juan Tllez Girn.

Vi que doa Clara estaba negligentemente vestida, plida, y con la
palidez ms hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresin
de felicidad.

Vi que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con
delicia una de las hermosas manos de doa Clara, que antes de despedirse
se miraron con una expresin de amor infinito y satisfecho, y oy el
siguiente dilogo:

--A las once volver y me presentar al rey contigo--dijo don Juan.

--Y el rey nos recibir con la reina y con su servidumbre, y yo llevar
las joyas de tu madre.

--Adis, mi cielo!

--Adis, mi seor.

Aquellas dos cabezas se unieron, y son un doble y tierno beso.

Don Juan se rebuj en su capilla, porque haca fro, y doa Clara cerr
la puerta.

Don Juan tom la salida de la galera, guiado por la dbil luz del alba
que penetraba por una claraboya.

Apenas desapareci don Juan, se lanz en medio de la galera la Dorotea.

Siguila don Juan de Guzmn.

El semblante de la Dorotea espantaba.

Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la
sorpresa.

--Que se presentarn juntos al rey y  la reina!--exclam con voz
ronca--; luego se han casado!

--Una dama tal como doa Clara Soldevilla--dijo el sargento mayor--, no
poda recibir de noche en su aposento  nadie ms que  su marido. Ya
saba yo que ese buen mozo os engaaba.

--Que me engaaba!... y se ha casado con esta mujer?... pues bien...
acepto lo que me habis propuesto y os sigo.

--Ya saba yo que habamos de ser amigos.

--Pero salgamos pronto de aqu.

--Cubros antes con vuestro manto; de seguro el bufn del rey ha vuelto
 su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre;
procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que
an no se ve bien claro.

--Vamos, s, vamos; tengo impaciencia por vengarme.

Y rebozndose completamente en su manto, se asi del brazo del sargento
mayor, atravesaron las galeras, bajaron una escalera y salieron por una
de las puertas del alczar recientemente abierta, dando ocasin  que
dijese el portero:

--Muy temprano van de aventuras las damas de la reina.

Cuando salieron  la calle, vieron que ya era entrado el da, esto es,
que se haba retardado el amanecer  causa de una densa niebla, al
travs de la cual pasaba la lluvia.

--La niebla nos favorece--dijo el sargento mayor--; pero andemos de
prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del
alczar.

Y sigui andando  gran paso, arrastrando consigo  la Dorotea.

Pero se haba engaado el sargento mayor al decir que la niebla les
favoreca.

Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta
por la que haban salido, se destac un bulto informe y se puso en su
seguimiento.

Era el bufn.

Al seguir  don Juan de Guzmn y  la Dorotea, se encontr con el
cocinero mayor del rey, que, plido, lacio, mojado,  pesar del fro y
de la lluvia, se diriga en paso lento al palacio.

Tras l venan dos hombres que traan harto mohnos un pesado bulto
sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrs, dos soldados
de la guardia espaola.

Hizo el acaso que, distrados bufn y cocinero, pensativos ambos y no
habiendo podido verse  distancia  causa de la niebla, se dieran un
encontrn formidable.

--Por mis desdichas!--exclam al sentir el choque el cocinero mayor.

--Cien legiones de demonios!--exclam el bufn.

--To Manolillo!--exclam el cocinero acercndose  l con ansia--;
Dios os enva.

--Y  vos el diablo, para que me detengis.

--Soy el hombre ms desdichado del mundo--aadi el cocinero.

--Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mo; y basta de bromas y
soltad, y adis.

Y escap.

--Hijo Marchante--dijo el cocinero mayor precipitadamente  uno de los
soldados--, mtete con eso en la portera del seor Machuca, y gurdalo
como guardaras  su majestad, mientras yo vuelvo.

--Muy bien, seor Francisco--dijo el soldado.

Y el cocinero mayor apret  correr tras l bufn, que apretaba tras la
Dorotea y el sargento mayor.

Asise al fin  su brazo.

--Qu me queris? por mi vida!--exclam el bufn sin cesar de correr.

--Pediros consejo.

--Ddmelo y lo agradecer.

--Me estn sucediendo cosas crueles.

--A m me pasan cruelsimas.

--Nos aconsejaremos mutuamente.

--No necesito consejos.

--Yo s, los vuestros.

--Pues ya que no os despego de m, callad, que no puede ser hablar y
correr.

Y el bufn sigui  gran paso, porque  gran paso iban el sargento mayor
y la Dorotea.

El sargento mayor haba tomado por las callejuelas de la parte de arriba
del convento de San Gil; habla entrado con la Dorotea en la calle de
Amaniel, se haba parado delante de una casa que estaba hermticamente
cerrada, y haba dado sobre su puerta tres golpes fuertes.

--Quin vivir en esa casa?--dijo el to Manolillo parndose, cuando
vi que en aquella casa haban entrado el sargento mayor y la Dorotea, y
haba vuelto  cerrarse la puerta.

--Os interesa mucho el saber quin vive en esa casa?--dijo el cocinero
mayor.

--Lo averiguar--dijo el bufn como contestndose  s mismo  la
pregunta que  s mismo se haba hecho poco antes.

--Pero en averiguarlo tardaris algn tiempo; hay ciertos negocios que
se pierden si el tiempo se pasa, y yo os puedo decir ahora mismo...

--Qu me podis decir vos?...

--S; s, seor, os puedo decir que en esa casa vive la querida del
sargento mayor don Juan de Guzmn.

--Y nadie ms?

--Nadie ms que una duea y un escudero.

--Y quin es esa mujer?

--To Manolillo, hace mucho fro, llueve, y yo no he dormido en tres
noches, y si queris que os oiga, metmonos  cubierto.

--Y dnde, que no perdamos de vista esa casa?

--Cabalmente frente  ella hay una taberna.

--Una taberna! yo tengo hambre y sed.

--Y yo tambin; vamos, que yo pago.

--Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca.

--Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos das mis manos estn
hechas un ro; qu suerte, seor, qu suerte!

Y se encaminaron  la taberna.

Cuando entraron en ella se sentaron junto  una mesa, en un rincn
obscuro, desde el cual podan ver la puerta de la casa donde haban
entrado el sargento mayor y la Dorotea.

Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron  comer y  beber vorazmente,
sin dejar por ello de hablar.

--Segn lo que yo he entendido--dijo el bufn--, vos tenis la culpa de
todo, seor Francisco Montio.

--De qu tengo yo la culpa?

--De lo que  entrambos nos est sucediendo.

--A m me suceden muchas cosas malas.

--A m no me suceden menos cosas peores que las vuestras.

--Peores! yo no tengo mujer.

--No la habis tenido nunca.

--Yo no tengo hija.

--Vuestra difunta fu muy dada  criar pajes.

--Ah! y por ltimo, yo no tengo sobrino.

--Vuestro sobrino... he ah, he ah la causa de todo; malhaya amn
vuestro sobrino... Si vos no tuvirais ese sobrino...

--Es que no le tengo.

--Le habis tenido; y vos... vos tenis la culpa... si hubirais estado
en el alczar antes de anoche.

--Entonces no tengo yo la culpa, sino un maldito cuadrpedo, un jaco
endiablado que invirti todo el da en traer desde Navalcarnero aqu 
mi sobrino postizo; caballo infernal! haber echado para cinco leguas
desde el amanecer hasta el anochecer! si ese jaco hubiera andado ms de
prisa!... si hubiera llegado al medio da!...

--Lo de vuestra mujer haba sucedido antes.

--Pero probablemente yo no lo hubiera sabido.

--Seor Francisco, no hablemos de cosas pasadas.

--Es que las cosas pasadas traen las presentes... qu suerte la ma! yo
me voy  morir, to Manolillo.

--Calla! quin es ese que llama  la puerta de esta casa y que viene
cargado con un cestn?

--No veis que tiene librea?

--S por cierto.

--Amarilla y encarnada?

--S... ya s, del duque de Uceda. Pero cmo el duque de Uceda...?

--El duque, viste, calza, da joyas y dinero;  ms enva todas las
maanas  uno de sus criados con un cestn lleno de lo mejor que se
vende en los mercados, para doa Ana de Acua.

--Ta! ta! ta! Doa Ana de Acua se llama la que vive en esa casa?

--S por cierto.

--Y es querida del duque de Uceda?

--No por cierto; pero est haciendo al prncipe de Asturias aficionarse
 las mujeres.

--Ah! s! hasta de los nios se echa mano--dijo el bufn.

--Y de las mujeres y de los viejos--aadi el cocinero.

--Pero no tiene algn otro amante rico esa mujer?

--Anda en vsperas de gastar de las rentas reales--dijo el cocinero
mayor.

--Explicos...

--Puede ser que una de estas noches reciba  su majestad.

--Habis andado vos en ello?

--S por cierto; anoche traje una gargantilla de parte del rey, aunque
sin nombrar la persona,  esa mujer.

--Pero quin es el que, contrario al duque de Uceda, que pone  quiere
poner al prncipe en manos de esa mujer, pretende hacerle tiro,
enredndola con el rey?... no puede ser otro que el duque de Lerma.

--Acertdolo habis.

--Pero eso me importa muy poco. Que el duque de Uceda venza  su padre,
 que el duque de Lerma se sostenga sobre su hijo... all se las
hayan... necesitaba nicamente saber en qu casa haba entrado Dorotea,
y ya lo s; con que pagad y vmonos.

--Hace cuarenta y ocho horas que estoy pagando y yendo y viniendo--dijo
Montio sacando la bolsa con ese trabajo peculiar  los miserables, y
escurriendo de ella un escudo. Hola, tabernero, cobros!

--Falta aqu; se han comido vuestras mercedes tres libras de carne--dijo
el tabernero.

--Y aunque eso sea,  cmo va la carne en el mercado?

--Falta, seor, falta...

--Conciencia  vos y  m paciencia para tanto robo; qu falta de ms
de eso?

--Un real.

--Tomadle.

--Dios guarde  vuestra merced muchos aos.

--De pcaros como vos. Pero qu es eso?--dijo el cocinero mayor viendo
que el bufn se pona de pie.

--Que nos vamos.

--Y no me dais los consejos que os he pedido?

--Voy  droslos: montad  vuestra mujer en un macho y enviadla 
Asturias; meted  vuestra hija en un convento, y luego idos de palacio.

--No puedo!

--Pues entonces, adis, porque no tengo ms que deciros.

Y el bufn sali de la taberna y se fu derecho  la puerta de enfrente,
 la que llam.

El cocinero mayor, desesperado, sali de la taberna y se fu paso  paso
hacia el alczar; pero al llegar  l se encontr con un alguacil del
Santo Oficio, que le dijo:

--Es vuesa merced el seor Francisco Martnez Montio?...

--Yo soy--contest todo trmulo el cocinero al ver que se las haba con
un alguacil del Santo Oficio.

--Venos conmigo.

--Os lo agradezco--dijo Montio hacindose el sueco--, pero es la hora
de preparar la vianda para su majestad; porque yo, si no lo sabis,
amigo, soy cocinero mayor del rey.

--Ya lo saba, y, por lo tanto, aunque faltis  vuestra cocina, conmigo
os vendris mal que os pese.

--Y si no quiero ir?

--Pedir favor  la Inquisicin y os llevar atado.

--Atado! un hidalgo! vos os habis equivocado.

--Mirad esta orden de su seora ilustrsima el inquisidor general.

--Ah! el inquisidor general!

--S, por cierto.

--Y no hay remedio!

--No, seor.

--Y si yo os diera diez doblones?

--No puedo.

--Y si os diera veinte?

--Ya veis que yo los tomara de buena gana, y que si no los tomo es
porque no puedo.

--Decid que no me habis encontrado.

--Eso sera muy bueno para que no me estuvieran viendo hablar con vos.

--Y qu saben?

--Saben que vengo  prenderos.

--Que lo sabe todo el mundo?

--Mirad  aquella esquina--. Montio mir de una manera nerviosa.

--No veis all una silla de mano?

--S; s, seor.

--Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que estn alrededor
ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que
vos me darais, ni vos libraros con vuestro dinero.

--Pero... un momento... un momento...

--Ni un instante.

--Os dar lo que queris, si me dejis dar una vuelta por la cocina y
entrar en mi casa.

Medit un momento el alguacil.

--Se entiende que yo ir con vos.

--Venid--dijo Montio, disimulando su alegra porque se vi suelto.

--Vamos, pues--dijo el corchete.

Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no poda
ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero:

--De aqu no pasis si no me dais lo que me habis de dar.

--Asesino!--murmur Montio, y sacando cuatro doblones de oro los di
al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su
corazn.

--Esto es poco--dijo el tremendo alguacil.

--No tengo ms.

--Tendris en vuestra casa.

--Puede ser.

--Pues vamos.

Montio se dirigi  la portera del seor Machuca y encontr en ella al
soldado  quien haba mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y
con la cabeza sobre el cofre.

--Eh! holgazn! despierta!--dijo el cocinero mayor dndole con el
pie--; seor Machuca, hacedme la merced de llamar dos mozos y que lleven
eso  mi aposento.

--Pero dnde vais con ese ministro?--dijo el portero.

Montio crey que deba ser prudente y contest sin vacilar:

--Es un amigo  quien convido.

--Ah!--dijo el portero--crea...

--Venid, seor ministro, venid; vamos  las cocinas...

Y subieron por unas escaleras.

--No hay como ser cocinero de su majestad para convidar  los amigos sin
disminuir los ahorros--se qued murmurando el portero.

Entre tanto, Montio y el alguacil subieron  las cocinas.

Lo primero que encontr Francisco Montio, y lo encontr con espanto,
fu al galopn Cosme Aldaba, caceroleando en las hornillas.

Aldaba vi al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni
asustarse se fu para l, le hizo una profunda reverencia y exclam:

--Muchas gracias, seor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos
de vuestra caridad.

--De qu me da las gracias este tunante?--dijo el cocinero mayor todo
hosco y espeluznado de indignacin--; quin ha permitido  este
lobezno,  este hereje,  ese malhechor que entre en la cocina?

--La seora Luisa ha venido con l esta maana, y nos haba dicho que
vuesa merced le perdonaba.

--Ah! mi mujer ha venido... con ste!

El cocinero se detuvo; temi que los misterios de su familia entrasen en
la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pcaros; la gente
ms maleante del mundo.

--Mi mujer tiene las entraas muy blandas--dijo tragando la saliva ms
amarga que la hiel--; mi mujer se deja engaar de cualquiera... pero en
fin, ello est hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea,
quitos de mi vista... y  vuestro trabajo.

--Muchas gracias, seor Francisco--dijo Cosme Aldaba, porque las ltimas
palabras del cocinero haban sido para l un favor y un disfavor.

A seguida Montio revis una por una las cacerolas puestas al fuego, se
enter de todos los pormenores, y viendo que todo estaba  punto para el
almuerzo y la comida de sus majestades, se escurri hacia la puerta de
la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no
vindole tampoco el corchete le vea.

Este no dijo una palabra, pero se fu en silencio tras Montio.

Al llegar  la puerta de su aposento, el corchete adelant y le asi por
un brazo.

--Pero seor--dijo Montio--, creais que me iba  escapar?

--No; no, seor--dijo el alguacil--, pero podrais olvidaros de m,
entraros, cerrar la puerta y dejarme fuera. Luego se os poda ocurrir
que lo mismo puede salirse del alczar por los tejados y escondrijos que
por las escaleras, y estarme yo esperando sabe Dios cunto tiempo  que
volvirais de vuestro paseo.

--Asesino! asesino!--murmur Francisco Montio, viendo frustrado su
proyecto de escapatoria.

Y llam  la puerta.

Le abri su mujer en persona.

Estaba plida y ojerosa.

Montio sinti un estremecimiento cruel; pero parecile Luisa ms bonita
que nunca por su palidez y sus ojeras, y no se atrevi  ponerla mala
cara.

--Buena hora es de venir  su casa un hombre casado--dijo con mal
talante Luisa--; donde habis pasado la noche pasad el da; y vens
acompaado para volveros  ir sin duda? aqu han trado no s qu, y os
esperan.

--Eso es, reme.--Entrad, amigo, entrad; vos sabis si altas personas
me tienen ocupado.

--Ya lo creo; espera  su merced el inquisidor general.

Palideci levemente Luisa.

--Y has estado tambin esta noche con el seor inquisidor general?

--S, hija ma, s, y con otros seores, en gravsimos asuntos que no
son para comunicados  mujeres.

--No, no; ni yo pretendo saberlos--dijo Luisa--; yo haba credo...

--Has credo mal.

--Has pasado dos noches fuera de casa.

--La una yendo  cerrar los ojos  mi difunto hermano; la otra sirviendo
 su majestad.

--No hablemos ms de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de
bien.

Montio tuvo impulsos de echarlo todo  rodar; pero era por una parte su
mujer tan bonita... y, adems, no quera dar al pblico sus asuntos
domsticos, y estaba delante del alguacil.

--Y  qu has llevado  la cocina  ese tunante de Aldaba?--dijo el
cocinero, que ante todo quera conservar delante de aquel extrao su
autoridad domstica.

--Como t tienes tan buen corazn, y el pobre vino llorando...

--Bien, bien--dijo Montio--; todo est muy bien: t haces lo que
quieres, porque yo te quiero. Dnde estn esos?

--En el cuarto de adentro.

Pas Montio y el inflexible alguacil tras l.

El cocinero mayor ruga ya por lo bajo; encontr  dos mozos de la casa
real y al soldado.

Entonces, con una sonrisa nerviosa, abri la puerta de aquel aposento
empolvado, donde haca tantos aos no entraba nadie ms que l.

--Meted eso aqu--dijo con voz ronca.

Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro
de la puerta.

--Idos--dijo Montio  los mozos y al soldado.

--Y no nos dais para beber?--dijo este ltimo--; mis camaradas se han
ido rendidos.

Di un escalofro al cocinero mayor, que di, con un violento esfuerzo,
cuatro escudos al soldado y un ducado  los mozos.

Al fin se encontr solo con el alguacil, que haba penetrado en aquella
especie de _sancta sanctorum_ del cocinero mayor.

Este cerr la puerta.

--Ya estamos solos--dijo al corchete--; ahora bien, cunto queris y me
dejis libre?

--Nada.

--Pero ello es preciso... ya veis, yo tengo que perder... mi presencia
hace ms falta, ms de lo que pensis, en mi casa...

--Seor Francisco, guardad todo eso para el seor inquisidor general.

Montio tuvo en los labios la palabra _os har rico_; pero medit que
acaso no era tan grave el motivo de su prisin, que fuese necesario
herirse mortalmente para librarse de ella, y se call, di otro dobln
al corchete y las gracias por haberle dejado subir hasta all; sali,
cerr cuidadosamente y, despidindose de su mujer, asegurndola que no
tardara, sali del alczar con el corchete.

Apenas haba dejado el cocinero mayor las escaleras, cuando el galopn
Cosme Aldaba se quit el mandil y el gorro, y baj  las galeras del
alczar, dirigindose  la antecmara de pajes del cuarto de la reina, 
cuya puerta se par.

A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, sali.

Alejronse por la galera, y Aldaba dijo al paje:

--Ya est el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo:
hay seis perdices; pero una sola est asada con aceite; ya conoces t
las perdices asadas con aceite.

--S, hombre, s.

--No basta decir s; qu color tienen las perdices asadas con aceite?

--Un color as, dorado blanquizco.

--Eso es; adems, y para que no te equivoques, ten presente que la
perdiz estar adornada con berros, y que tendr todas las patas y el
pico.

--No se me escapar.

--Veremos si eres hombre de ingenio.

--Descuida.

--Procura que sea de los primeros platos.

--Ya...

--Despus... Inesilla te quiero mucho, y la seora Luisa quiere mucho
tambin  don Juan de Guzmn... el viejo es rico y puede morir...

--Descuida, hombre, descuida.

--Y avsame, para que yo avise  la seora Luisa.

--Te avisar.

--Adis.

--Adis.

Y el paje se volvi  la antecmara, y el galopn  las cocinas.




CAPTULO XLIV

LO QUE SE PUEDE HACER EN DOS HORAS CON MUCHO DINERO


Don Juan Tllez Girn haba salido feliz, enloquecido de amor del
alczar, transformado, gozando de una nueva vida.

Pero despus de haber asegurado su amor, de haber saciado su sed delante
del sol de su felicidad, de aquella felicidad suprema, que el da
anterior no se haba atrevido  soar, cruzaba una nubecilla negra.

Aquella nube era Dorotea.

Don Juan no la poda apartar de su memoria. Senta hacia ella  crea
sentir un impulso de ardiente caridad.

Y adems de la caridad, no s qu ms ntimo, ms humano, ms sensual.

Comprenda que quedaba algn licor en la copa de su deseo.

Era joven, haba crecido entre privaciones, tena el corazn virgen, y
le haba consagrado sin saberlo  dos mujeres.

Don Juan haba salido  la ventura.

No saba dnde ir.

No tena en Madrid casa propia, aunque haba tomado posesin de dos: de
la de Dorotea primero; despus y de una manera ms completa, de la de su
mujer.

Don Juan haba salido para procurarse un traje conveniente.

Pero dnde buscar aquel traje?

Y luego, con qu dinero?

No tena en el bolsillo ms que algunos de los doblones que le haba
dado su supuesto to.

Y esto no bastaba para un equipo de caballero.

Pesle entonces de no haber tomado una buena cantidad del cofre de
hierro; pero al acordarse del cofre, se acord de que llevaba un tesoro
de pedrera en los bolsillos.

--Empear una de estas alhajas--se dijo--y punto concludo... pero y
dnde?... no s como hacer para hallar  Quevedo, y no conozco  nadie
en Madrid ms que  mi to postizo; y no me vuelvo atrs ni le pido mi
dinero; es menester obrar de cierto modo con cierta clase de gentes.

Y cuando daba vueltas  su imaginacin, se acord de la seora Mara
Surez, la insigne esposa del bravo escudero Melchor Argote.

--Ah!--dijo el joven--la casa donde dorm anteanoche... parceme
aquella mujer  propsito para cualquier cosa. Pero podr yo dar con la
casa?...

Y se puso en busca, y al fin, como la suerte le protega, pudo reconocer
la calle y la casa  las pocas vueltas.

Antes de entrar en ella, sac  bulto de uno de los anchos bolsillos de
sus gregescos uno de los estuches ms pequeos, y le abri.

Contena una gruesa sortija de oro con un grueso diamante.

--Puede que valga esta joya... pedir mil doblones, y ya veremos.

Entrse, y encontr  la seora Mara entregada  sus faenas domsticas,
y al seor Melchor Argote sentado junto  un fuego mezquino almorzando
pan y queso.

--Dios os guarde, seora--dijo don Juan entrando.

Mirle la vieja con su vista cruzada durante un segundo, y luego dijo:

--Jess, buen mozo! yo os daba por perdido! y de dnde vens, hijo?

--Vengo  veros para que me saquis de un apuro--dijo don Juan.

Tom el rostro de la vieja la expresin de una innoble reserva, y
contest con voz compungida:

--Jess, seor! apuros tenis apenas entrado en Madrid! y vens  que
yo os saque de ellos! si yo supiera quin quera sacarme de los mos!

--Mi apuro consiste en que, como soy nuevo en la corte, no s dnde
podr empear una rica alhaja.

--Ah!--dijo tranquilizndose la vieja--; alegrme de que ese sea
vuestro apuro! conque ya os regalan! preciso! hidalgos como vos!...

--Gastan de lo que han heredado de su padre--contest severamente don
Juan.

--Ah! perdonad, perdonad, seor: y es de mucho valor la alhaja?

--No entiendo de eso... pero yo pido por ella mil doblones.

--Rica debe ser, pero mostrad.

Sac el joven el estuche, y del estuche la sortija.

Entonces pas por la vieja una cosa extraa.

Se estremeci, tembl, y su pequeo ojo bizco y colorado, se puso 
bailar mirando la sortija.

--Rica es, en efecto; pero me parece que peds mucho: en fin, lo que yo
puedo hacer es enviaros... mejor... mi marido os acompaar. Melchor,
lleva  ese caballero  casa del seor Gabriel Cornejo.

Levantse renegando Melchor, acab de tragarse los dos ltimos bocados
de pan y queso, bebi agua, se limpi la boca con el revs de la mano,
tom su capa y su sombrero, y dijo  su mujer.

--Conque  casa del seor Gabriel Cornejo?

--S; l os dir, seor, cunto puede drseos por esta alhaja.

--Muchas gracias, seora, y adis, y quedad en paz, que estoy de prisa.

Melchor y don Juan salieron.

Cuando estuvieron algo apartados de la casa, el escudero dijo:

--Os advierto que ese Gabriel Cornejo es un bribn, y que si queris que
os d lo que vale la joya, ser bueno que la tase un platero.

--Os agradezco el aviso. Y conocis  alguno?

--Hilos aqu  montones, en Santa Cruz.

--Pues llevadme  uno.

--Veis aquella tienda obscura de los portales?

--S que la veo.

--All vive el seor Longinos, platero viejo, que desde que era mozo
anda surtiendo de alhajas  la grandeza de Espaa. Pasa por ser un
hombre muy honrado.

--Pues vamos all.

Encaminronse  aquella especie de stano y entraron.

Un hombre como de setenta aos, tembloroso y excesivamente flaco y
encogido, se levant con cuidado de detrs de un mugriento mostrador.

Nada haba en la tienda que demostrase riqueza.

Las paredes blancas estaban desprovistas de muebles, y slo se vea  un
lado un fuerte armario de hierro.

--Qu se les ofrece  vuesas mercedes?--dijo el platero mirando con
recelo  don Juan y  su gua, porque sus trajes no le inspiraban la
mayor confianza.

--Se trata de que tasis esta alhaja--dijo don Juan dndole el estuche.

Abrile el seor Longinos, y mir y remir la sortija.

--Muy rico es quien ha mandado montar este diamante--dijo con una
entonacin particular el platero.

--En efecto, es grandemente rico; pero no se trata de eso. El valor de
esa joya,  cunto ascender?

--Queris venderla?

--Os pregunto que cunto vale esa joya.

--Valer! este diamante vale, sin el aro, que es muy rico y que est muy
bien esmaltado y cincelado, tres mil y quinientos doblones.

--No harais mal negocio.

--No lo crea vuesa merced, porque como esta joya es de tanto valor,
tardara mucho tiempo en venderla: acaso aos.

--En fin, yo no la quiero vender; quiero solamente empearla, y
empearla por horas.

--Pues bien; yo os dar por su empeo tres mil doblones...

--Es que no se va  quedar empeada aqu--dijo el seor Melchor, que
tema las iras de su mujer si el negocio se haca con otro que con el
seor Gabriel Cornejo.

--Dios de misericordia!--exclam el platero--. Y dnde ir este seor
que pueda dejar con seguridad esta alhaja?--dijo con acento insinuante
Longinos--. Os advierto, caballero, que os vayis con tiento. En primer
lugar, que un usurero no os dara lo que yo... en segundo lugar, que yo
os dar un recibo en regla de esta joya, y yo tengo responsabilidad...
todos los vecinos de alrededor, de casa abierta, me fiarn...

--La verdad del caso es que me ahorro de andar ms--dijo don Juan--;
acepto vuestros tres mil doblones; dadme un recibo de esta alhaja, y yo
os dar un recibo de vuestro dinero.

--Un recibo de tres mil y doscientos doblones, por los tres mil.

--En buen hora.

--Pero...--dijo el seor Melchor, que temblaba presintiendo las iras de
su cnyuge.

--Qu tenis vos que ver en esto?--dijo don Juan--; asunto concludo:
extendamos los recibos.

El seor Melchor se call.

El seor Longinos puso sobre el mostrador papel y tintero, y los
respectivos recibos se extendieron dictndolos el platero.

Poco despus hizo entrar en la trastienda  don Juan, guard
cuidadosamente el estuche con la sortija en un armario, y del mismo
armario sac un talego, le puso sobre una mesa, cont, y un montn de
oro, representando los tres mil doblones, apareci sobre la mesa.

El seor Melchor, que se haba quedado fuera del mostrador como una cosa
olvidada, oa, estremecindose, el sonido excitador del oro que contaba
maese Longinos.

--Me he perdido!--exclamaba--; mi hombra de bien me ha puesto en el
caso de no poder aguantar  mi mujer lo menos en tres meses; esta
aventura me va  costar una enfermedad.

En aquel momento apareci don Juan, y di diez doblones al seor
Melchor.

--Y qu es esto?-dijo todo turbado el pobre diablo, que en su vida
haba visto tanto oro junto, por ms que fuese poco.

--Eso es vuestro trabajo.

--Mi trabajo, seor!

--Debo agradeceros el que no me hayan engaado.

--Muchas gracias, seor.

--Y como ya no os necesito, podis iros.

--Que Dios os guarde, seor.

Y el escudero sali de la tienda, riendo con un ojo y llorando con otro.

Don Juan entr de nuevo en la trastienda.

El seor Longinos se ocupaba en alinear de una manera simtrica las
columnas de oro, con esa sensualidad caracterstica de los avaros.

--Me parecis bastante hombre de bien--dijo don Juan--y quiero valerme
de vos. Yo soy capitn de la guardia espaola del rey.

--Por muchos aos, seor.

--Me cas anoche con una dama principal.

--Dios os haga muy felices, mis seores.

--Pero como veis, este vestidillo de viaje no es  propsito para que yo
me presente al rey en medio de la corte con mi esposa.

--De ningn modo, seor.

--Ahora bien: qu ropas, qu galas, en una palabra, dignas de un
caballero del hbito de Santiago, puedo yo procurarme con ese dinero?

--Piensa vuesa merced gastar esos tres mil doblones?

--Y ms que sea necesario.

--Y para cundo necesita vuesa merced presentarse  su majestad con su
seora esposa?

--Hoy  las once.

Rascse una oreja con su trmula mano maese Longinos.

--Y son cerca de las nueve de la maana. Es decir, que solo tenemos dos
horas.

--Aprovechmoslas.

En primer lugar, necesita vuesa merced ropas blancas de Cambray: esto es
lo menos, hailas hechas dos puertas ms abajo. Antonio!

Apareci un joven con un mandil de cuero,  todas luces oficial de
platera.

--Vete al momento  casa del seor Justo--le dijo Longinos--, y que
enve ropas de Cambray para un hidalgo y una gola rica rizada, que no
haya ms que ponrsela; luego psate por casa del seor Diego Soto, y
que enve unas calzas de grana de lo ms rico, pero al punto, al punto.

El mancebo, con mandil y todo, se lanz en la calle.

Faltan jubn, gregescos, ferreruelo y sombrero; el ferreruelo debe ser
de terciopelo, el jubn de brocado, los gregescos de lo mismo que el
ferreruelo, y el sombrero igual. Pero es el caso que estas ropas, que yo
s quin las tiene sin estrenar, ricas y buenas, y que es persona as de
vuestras carnes, que os vendr pintada su ropa, y que si se le paga
bien y secretamente, no tendr reparo, y que  ms se halla
necesitadillo de dinero...

--Pues al momento.

--Poco  poco: el sombrero necesita una toca rica; una toca por lo menos
de oro  martillo; el jubn necesita herretes; las cuchilladas piedras 
perlas, y luego espada.

--Todo eso lo tengo--dijo don Juan, descubriendo el resto de su tesoro y
abriendo los estuches.

--Misericordia de Dios! sabis lo que tenis aqu, seor?

--Pienso que es mucho.

--Esta pedrera vale lo menos dos millones de ducados.

--Pues bien; puesto que soy tan rico, veamos si me puedo presentar en la
corte como conviene.

--Indudablemente, seor, indudablemente; el dinero hace milagros. Voy 
escribir  algunos caballeros conocidos, que andan necesitados; porque
la corte traga mucho: voy  procuraros hasta carroza; en cuanto 
lacayos y cochero, yo har que vengan buenos; las libreas se comprarn
hechas... y la espada, la espada es lo primero: yo tengo aqu una buena
espada de corte, pero no vale ni la centsima parte que esa empuadura y
esas conteras; se montar al momento...

--No, montad esta buena hoja--dijo don Juan desnudando su espada.

--Sabis, seor, que tenis un arma de las buenas?... Andresillo, hijo,
ven ac...

Apareci otro oficial.

--Djalo todo; monta esta hoja en esta empuadura, y esta contera en una
vaina blanca, rica... anda, hijo, anda; dentro de una hora ha de estar
corriente: entretanto, seor, mis nietas cosern los herretes, la toca y
las perlas y las chapas del talabarte...

--Y entretanto yo... me daris de almorzar... me lavar despus...

--S; s, seor; entrad... y ya veris... ya veris.

Y precedi al joven por unas obscuras escaleras murmurando:

--Y que por estos quehaceres no pueda yo or como todos los das la
misa del licenciado Barquillos! Vlgame Dios!




CAPTULO XLV

EN QUE EL AUTOR PRESENTA, PORQUE NO HA PODIDO PRESENTARLE ANTES, UN
NUEVO PERSONAJE


En una habitacin magnficamente amueblada, extensa, iluminada
blandamente por una lmpara de noche, al travs de un cortinaje de
damasco, en una ancha alcoba y en un no menos extenso lecho, dorma una
mujer sumamente bella.

Deba ser sombro su sueo, porque su entrecejo estaba fruncido, corra
abundante sudor por su frente morena, y su boca sonrosada y de formas
voluptuosas, levemente entreabierta, dejaba salir un sobrealiento
poderoso y ronco.

Las anchas trenzas de sus cabellos caan abundantes y desordenados sobre
su garganta y sobre sus hombros, y fuera del abrigo que la cubra se
dejaba ver un brazo de formas admirables, cerca de cuya mano se vela una
pulsera de pelo, cerrada por un broche de diamantes.

Haba algo de terrible en el aspecto de aquella hermosa mujer dormida.

Y dorma profundamente.

Abrise de improviso una puerta en el fondo de la cmara y apareci una
mujer joven.

Abri un balcn y penetr en la alcoba la luz fra de aquella maana
nublada y lluviosa.

La mujer despert.

Se incorpor en el lecho y mir con disgusto  la puerta de la alcoba 
donde haba llegado la joven.

--Est amaneciendo!--exclam con acento duro--. Qu sucede, Casilda?
anoche me acost demasiado tarde y me despiertas al amanecer. Estoy
servida detestablemente.

--Son las ocho y media, seora--dijo temblando la doncella.

--Te dije que no me llamaras hasta las doce.

--Es que est ah don Juan.

--Don Juan! y de da! y acaso por la puerta principal!

--S; s, seora.

--Qu imprudencia!

--Nadie ha podido verle. El lacayo de su excelencia no ha venido
todava.

Este excelencia era el duque de Uceda.

--El duque se fu anoche muy tarde; cuando yo te avis an no se haba
ido; t te acostaste, yo misma le hice salir por el postigo... poda
estar el duque todava aqu. Te tengo dicho que cuando don Juan venga 
una hora imprevista, le contestes como si no le conocieras y le
despidas. Esto est convenido entre don Juan y yo. Eres, pues, una
torpe.

--Perdonad, seora.

--Pero en fin, don Juan est ah?

--S, seora; ha venido con una mujer.

--Con una mujer! y qu trazas tiene esa mujer?

--Es joven, hermosa, viene ricamente vestida, y parece, segn est de
plida y ojerosa, que ha pasado muy mala noche.

--Dnde estn?

--En el camarn.

--Vsteme.

Y la dama salt del lecho, y se visti apresuradamente ayudada de la
doncella, se arregl ligeramente los cabellos, se puso sobre ellos una
toquilla, y se dirigi rpidamente  una puerta de escape.

Pero al llegar  ella se detuvo, y dijo  la joven:

--Dile  don Juan que entre solo.

Y se sent en un silln, se arrop en un abrigo de pieles que se haba
puesto y esper que la doncella cumpliese sus rdenes.

Poco despus se abri aquella misma puerta, y entr el sargento mayor
don Juan de Guzmn, que, sin quitarse el sombrero, adelant hasta cerca
de la dama, y detenindose  poca distancia de ella y permaneciendo de
pie, la dijo:

--Nos sucede mejor de lo que queramos, Ana.

--Ah! estamos de plcemes?

--S por cierto; el asunto de la reina est  punto de concluirse; una
vez quitado de en medio ese estorbo, es distinto, nos quedamos solos con
el padre y con el hijo.

--Pero y don Rodrigo...?

--Don Rodrigo... afortunadamente la herida, segn dicen los mdicos, es
limpia y no ha tocado  ninguna parte peligrosa; un dedo ms ac  ms
all y no tenemos hombre; pero ha faltado un dedo... y don Rodrigo
vivir. Ayer estuvo hablando conmigo largamente, preguntndome y dndome
rdenes y consejos. Dentro de algunos das don Rodrigo dejar el lecho,
y todo ir bien.

--Y el duque de Lerma?

--Carioso y solcito con don Rodrigo... por el duque no hay que temer;
es ciego.

--Sin embargo, ha enviado  don Baltasar de Ziga de embajador 
Inglaterra, ha sacado del cuarto del prncipe al duque de Uceda, y su
excelencia est dado  los diablos con su padre. Creo que hay un diablo
familiar que le aconseja. Anoche estuvo aqu hasta las tantas y me
dijo:--Por ahora es necesario echar la red por otra parte; el seor
duque de Lerma, mi augusto padre, nos ha conocido la intencin;
paciencia: en cuanto  vos (se refera  m), ya que no podis ser la
maestra del seor prncipe, sed mi consuelo.

--Eso te dijo el duque?

--Vaya, y que haca mucho tiempo que no poda olvidar mis ojos.

--Y t qu le dijiste?

--Que procurase hacer que mis ojos le pareciesen feos.

--Es decir...

--Que no quiero galanteos con el duque de Uceda.

--Has hecho mal, muy mal. Tus amores con el duque valen ms que tus
lecciones al prncipe don Felipe. Nos conviene saber lo que hace, lo que
no hace, lo que piense  deje de pensar esa gente. Has hecho mal, muy
mal.

--Bah!--dijo doa Ana--; yo s que he hecho muy bien, como s que har
muy bien en decirte que por algn tiempo no vengas  verme hasta que yo
te avise.

Pronunci de tal manera, con tal frialdad, con tal descaro doa Ana
estas palabras, que el rostro del sargento mayor se cubri de una
palidez colrica.

--Qu viene  ser eso?--dijo con acento amenazador.

--Ya te irritas, querido mo--dijo doa Ana--. Dudas acaso de que te
amo?

--Me parece que quieres engaarme.

--Y para qu te haba de engaar? adems de que te amo me sirves de
mucho, hijo, para que yo piense no enajenarme de ti. Pero...

--Pero qu?

--Espera.

Doa Ana se levant, entr en el dormitorio, abri un cofre, y del cofre
sac una cajita, volvi, se sent y abriendo la caja mostr su contenido
al sargento mayor.

--Mira el por qu de no haber querido yo por galn al duque de Uceda y
de pensar en que por algn tiempo no nos veamos.

--Quin te ha dado esta gargantilla?--dijo con acento ronco Guzmn.

--Francisco Martnez Montio, cocinero mayor del rey.

--Ah! en verdad que ese hombre es muy rico--dijo el sargento mayor--;
pero segn pienso y por los informes que tengo, dentro de poco no podr
hacerte tales regalos.

--Es mucho lo que los celos entorpecen los sentidos--dijo doa Ana--; el
cocinero mayor, me ha dado, en verdad, esta joya, pero ha sido en nombre
de ms alta persona.

--Del duque de Lerma!

--Ms alto!

--Del rey!

--Del rey!

--Imposible! de todo punto imposible! el rey no piensa ms que en
cazar, en dormir y en rezar. Con presentarse muy hinchado y grave al
lado de Lerma en las audiencias, piensa que ya tiene hecho todo lo que
tiene que hacer para ser rey... pero  don Felipe III no se le conocen
galanteos... tan devoto... tan asustadizo... buena fortuna sera, y
estarame yo sin venir  verte  tu casa, que ya nos veramos fuera de
ella, aunque fuese de ao  ao... pero vamos! es imposible!

--Estos hombres creen que las gentes no son ms que lo que parecen--dijo
con desdn doa Ana.

--No tal, no; yo no creo eso, porque s muy bien que t y yo somos una
cosa y parecemos otra. Pero tratndose del rey... cuando te digo que no
puede ser!

--Y de dnde ha sacado el cocinero mayor esa alhaja?

--Cuenta con que las perlas no sean cera, el oro cobre y los diamantes
vidrio blanco.

--Ya est visto esto, y apreciada la alhaja: vale mil doblones.

--Mil doblones!

--No poda ser menos un regalo de rey.

--Pero dnde te ha visto su majestad?

--Eso mismo pregunt yo  Montio: dnde me ha visto su majestad?

--Y qu te respondi?

--Que no lo saba.

--Que no lo saba! pero cuntame desde el principio.

--Anoche, ya tarde, llamaron  la puerta. Yo cre que sera el duque de
Uceda, y mand  Casilda que abriese. Poco despus o abajo un
altercado: era Casilda que disputaba con un hombre que  todo trance
quera entrar, que deca tenerme que decir cosas graves, y que al fin
dijo era el cocinero mayor del rey. Como nuestros asuntos estn ahora
por las cocinas, sent yo no s qu terror, yo no s qu cuidado, y
mand  Casilda que dejase subir al cocinero del rey. Cuando le vi (yo
no le conoca) me espant. Vena plido, desencajado, desgreados los
escasos cabellos, y la primera palabra que me dijo, fu:

--Desde hace veinticuatro horas, no me suceden ms que desgracias.

Estas palabras no eran las ms  propsito para tranquilizarme, y le
rogu que se sentara y se explicase.

--Tras las desgracias que me suceden--me dijo--, hubiera sido la ltima
la de no poder veros.

--Tranquilizos, y decidme despus por qu hubiera sido una desgracia
para vos el no haberme visto.

--Porque una persona muy principal  quien temo mucho, me ha encargado
que os vea.

--A m? para qu?

--Para que os d de su parte, en prenda de la mucha estima en que os
tiene, esta alhaja.

Y me di esa gargantilla.

--Yo no puedo aceptar un regalo--le dije--de una persona  quien no
conozco.

--Podis estar segura de que es muy principal.

--Pues siendo tan principal, y teniendo por m tanto inters que me
regala--le dije--, qu inters puede tener en que yo no sepa su nombre?

--Tanto inters tiene--me replic--en que vos no sepis quin es, que
desea veros misteriosamente.

--Explicos.

--La alta persona que me enva--dijo el cocinero dando vueltas  su
gorra, porque sin duda hallaba gran dificultad en cumplir con su
mensaje--, quiere... pues... quiere que le recibis sin luz.

--Por quin me tenis?--dije al cocinero mayor fingindome gravemente
ofendida,  pesar de que tena una viva curiosidad por saber quin era
aquella persona--; ea! aad: idos de mi casa, si no queris que os
haga echar  palos.

--Perdonad, seora--me dijo--; pero temo ms las consecuencias de no
llevar una contestacin vuestra  la persona... qu digo? al ilustre
personaje que me enva, que la ria que pudiera tener con vuestros
criados.

--Ya llevis contestacin  esa persona.

--A la persona que me enva, no se la puede contestar de ese modo--me
dijo--, porque esta persona...

--Me ultraja!

--Ser necesario deciros quin es, para que veis que no hay ultraje.

--Slo una persona pudiera no ultrajarme... una persona tal, que ni aun
para m pudiera pasar por galanteador.

--Habis adivinado?

--No, no he adivinado; he dicho nicamente que slo hay una persona que
pudiera pretender ser mi amante sin que yo le conociera.

--Pues bien; decidme el nombre de esa persona...

--Esa persona no poda ser otra que el rey.

Mirme fijamente el cocinero mayor, con la boca abierta y los ojos
espantados.

--No me comprometeris--me dijo--, si os declaro la verdad?

--Os lo prometo.

--Seris prudente?

--S.

--Pues bien, seora; la persona que os solicita, que est ciegamente
enamorado de vos, es... el rey!

--El rey!--dije sin poder contener mi asombro--; su majestad enamorado
de m!

--Esa rica gargantilla es una seal de ello--me contesto.

--Y dnde me ha visto su majestad?--le dije.

--No lo s. El rey me ha llamado y con gran secreto me ha dicho:
Montio, mi buen cocinero, yo, aunque soy rey, tambin soy hombre, y
como hombre tengo debilidades; amo  una dama, y no puedo contener mi
amor; toma, llvala esa joya y dila que te indique cundo puedo yo ir 
visitarla; pero ha de ser de modo que las luces estn muertas cuando yo
entre y no pueda conocerme. Ofrcela cuanto quiera y ms que quiera, y
toma las seas de la casa donde vive y su nombre.

Yo--aadi el cocinero--, no me atrev  negarme; he venido, y temeroso
de llevar  su majestad vuestra contestacin, he preferido, confiado en
vos, deciros lo que os he dicho; pero, por Dios, no pronunciis ni una
sola palabra imprudente, porque su majestad es muy mirado y nos
perderamos los dos.

Yo le jur guardar el ms profundo secreto, acept la gargantilla, y el
cocinero se fu prometindome volver para decirme qu noche y  qu hora
debe venir su majestad.

--En esto debe de haber andado el duque de Lerma... estoy casi
seguro--dijo el sargento mayor--; porque  quin interesa ms que al
duque el tener bien cogido al rey? Adems de eso, no han desterrado al
conde de Lemos porque haba llevado una noche al prncipe de Asturias 
casa de una de las queridas de don Rodrigo Caldern? No han apartado de
la crianza del prncipe  don Baltasar de Ziga, porque daba demasiado
gusto  su alteza, y no han sacado tambin al duque de Uceda del cuarto
del prncipe, sin duda porque han sabido que le traa aqu para que
desde bien temprano se acostumbrase  las favoritas? Acaso ha sabido el
duque de Lerma que su hijo se vala de ti para educar al nio prncipe,
como, siendo an ms pequeo, se vali para ello de la Anglica el conde
de Lemos, su sobrino, y habr dicho: puesto que esa hermosa doa Ana
serva para hacer adquirir al joven prncipe malas costumbres, puede
servir tambin para corromper las del rey y extraviarle.

--Acaso, acaso--dijo doa Ana.

--Pues estamos de doble enhorabuena: confo en que sabrs manejar al
rey.

--Oh, ya lo veremos!

--No me ocultes nada.

--Y cmo? Qu soy yo sin ti?

--Don Rodrigo es lo que ms nos conviene.

--Servir  don Rodrigo. Creo que este asunto est concludo; y ahora
recuerdo que me han dicho que contigo vena una mujer joven, hermosa,
ricamente vestida.

--S, muy hermosa y muy joven--dijo el sargento mayor apretando el gesto
y retorcindose los mostachos.

--Y  qu traes t esa mujer  mi casa?

--Qu? tendrs celos?

--Pudiera tenerlos.

--Pues bien, no los tengas, porque esa muchacha es mi hija.

--Tu hija!

--S; la hija de aquella Margarita que yo rob de su casa; la hija que
me quit un hombre una noche cuando iba  dejarla en la puerta de un
convento, dejndome tres pualadas, de las cuales estuve  la muerte; la
hija de quien no volv  saber, hasta que la conoc siendo  la vez
querida secreta de don Rodrigo Caldern y pblica del duque de Lerma.
En una palabra: la comedianta Dorotea.

--Pero ests seguro de que no te has engaado?

--Si t hubieras conocido  su madre!

--S; s, ya me has dicho...

--Verla  ella, es ver  Margarita; adems, yo le haba hecho una
seal...

--Una seal!

--S; antes de salir de la casa, para, llevarla  exponer en el cajn de
San Martn, sin saber por qu, pensando no s en qu, la seal.

--Que la sealaste!

--Le arranqu un pequeo bocado de un brazo.

--Ah!--exclam con disgusto doa Ana.

--Fu la manera ms pronta que se me ocurri de sealarla.

--Pero has visto t esa seal?

--No; pero un da, don Rodrigo, que quiere ms de lo que parece  la
Dorotea, me dijo:

--Juan, yo te he hecho hombre.

--Indudablemente, seor--le contest.

--Eres listo y astuto y parece que hueles las cosas.

--Qu hay que averiguar?

--T sabes cunto quiero  la Dorotea.

--S, seor.

--Hace mucho tiempo que estoy viendo en su hombro derecho una seal;
pero nunca hasta ahora la he preguntado; es una cicatriz como la de una
mordedura; ella ha dicho que recuerda haber tenido siempre esa seal; he
preguntado al to Manolillo, y me ha dicho que la encontr abandonada en
la calle, y que efectivamente, cuando la llev  su estancia en el
alczar, not que las pobres ropas en que iba envuelta estaban manchadas
de sangre; que la descubri y vi una mordedura reciente, de la que
cost trabajo curar  la nia. Ahora bien, la Dorotea sufre porque no
conoce  sus padres; yo la quiero bien, y te recompensara grandemente
si encontrases esos padres perdidos.

Pude en el momento decirle:

--Su padre soy yo; su madre era una muchacha tan hermosa como ella,  la
que conoc en su casa, donde estuve aposentado algunos das, y  la que
me llev conmigo. No s si su madre vive  ha muerto...

--Conque esa hermosa mujer, esa famosa Dorotea, la querida de Lerma y
de Caldern, es tu hija! y ella no lo sabe!

--No.

--Y para qu la traes aqu?

--Es como su madre, apasionada y violenta; de la misma manera que su
madre se enamor de m  primera vista, ella se ha enamorado de un
hombre; ese hombre es el que ha herido  don Rodrigo; ese hombre, que es
sobrino del cocinero mayor de su majestad, ha hecho suerte en
veinticuatro horas; anteayer por la noche entr en Madrid, y hoy se
encuentra metido en palacio, protegido y casado con la dama ms hermosa
y ms difcil de la corte: con doa Clara Soldevilla.

--Y esa mujer, que es querida del duque de Lerma, est celosa de una
dama que es la favorita de la reina!

--La reina importa ya poco... tal vez  estas horas... pero conviene, 
pesar de esto, que esa muchacha siga enloqueciendo  Lerma; ella quera
hacer un disparate, pero yo la he prometido que la vengara si ella me
ayudaba, y ha consentido en seguirme. Te la he trado y te la entrego...
t sabes envenenar el alma, Ana; envenena la de esa muchacha y haz de
modo que nos sirva bien. Voy por ella.

Y se dirigi  la puerta por donde haba entrado.

Pero al abrirla, se vi tras ella un hombre y se oy una ronca voz que
dijo temblorosa, colrica, rugiente, amenazadora:

--Atrs! atrs, sargento mayor! t no saldrs de aqu!

El hombre que haba pronunciado estas palabras, que haba adelantado
sombro y letal y que haba cerrado por dentro la puerta, era el bufn
del rey.

El sargento mayor retrocedi sorprendido.

En su semblante apareci la expresin del espanto.

Doa Ana mir con terror al bufn.

Y el bufn adelant plido hacia el sargento mayor, que retroceda.




CAPTULO XLVI

DE CMO LA PROVIDENCIA EMPEZABA  CASTIGAR  LOS BRIBONES


Necesitamos decir cmo el to Manolillo haba podido aparecer tan
dramticamente en medio de aquel bandido y de aquella ramera.

Sabemos que al salir de la taberna donde haba estado con el cocinero
del rey, se haba ido derecho  llamar  la puerta de doa Ana.

Abrironle, porque hay maneras de llamar que mandan, que se hacen
obedecer, y el to Manolillo haba llamado de una de aquellas maneras.

Es decir, de una manera rotunda, decidida, nerviosa, fuerte, retumbante.

Quien llama as en una casa debe tener derecho para entrar  fuerza, lo
que no es lo mismo,  las dos cosas  la vez.

Hemos dicho que le abrieron; ahora debemos decir que, apenas encontr
franca la puerta, el bufn se lanz sobre el criado que le haba
abierto, que era un escudero viejo.

Se arroj sobre l como un tigre; le derrib, le sofoc y le tap la
boca con un pauelo, al que hizo un nudo, que introdujo en la boca de la
vctima.

Esta manera de enmudecer, que se conserva an hoy y se usa por los
ladrones, se llama la _tragantona_.

Hasta el crimen tiene sus tradiciones.

Despus quit al escudero la correa que sujetaba sus gregescos  la
cintura y le at atrs las muecas, y con el extremo sobrante at un pie
de la vctima y le dej tendido en el portal; el escudero no poda
gritar, ni aun rugir, ni moverse.

El to Manolillo se acurruc en un rincn del zagun y esper.

Poco despus baj una duea,  quien haba llamado la atencin el que el
escudero hubiese bajado  abrir y no hubiese subido.

El bufn la acometi por detrs, la hizo otra tragantona con la toca y
la at de igual modo que al escudero, valindose de la correa del hbito
de la duea.

--An me faltan la cocinera y la doncella--dijo--; doa Ana, esa
bribona, no tiene ms criados; el olor de la cocina me llevar.

El to Manolillo adelant.

No era entonces un hombre, sino una fiera astuta que adelantaba
recelosamente sin producir ruido hacia su presa.

Un momento despus la cocinera y la doncella estaban enmudecidas y
atadas.

El to Manolillo haba arrostrado por todo y haba tenido la suerte de
que no surgiese ninguno de esos incidentes que frustran las sorpresas
mejor meditadas.

Ya seguro de los criados, el to Manolillo adelant por las habitaciones
principales.

Al ir  levantar un tapiz vi de repente  la Dorotea.

La pobre joven estaba sentada en una silla, replegada, sombra, inmvil,
con la mirada fija, sufriendo de una manera visible, aterradora.

Hubiera podido ver al bufn  no estar tan abstrada, pero no le vi.

El bufn se retir sin ruido, la mir un momento al travs de la
abertura del tapiz con una mirada profunda, en que haba tanta ternura
hacia ella, como amenaza, como clera hacia los que causaban el doloroso
estado de la joven.

--Est sola--dijo--y entr con l; l debe estar con la otra; busquemos
otro camino; es necesario saber de lo que tratan esos miserables.

Y tom por una puerta y se encontr en un corredor obscuro.

Y adelant sin hacer ruido como una sombra.

A medida que se acercaba  una puerta oa dos voces.

La de un hombre y la de una mujer.

Adelant hasta la puerta, lleg y se puso  escuchar.

Por esta razn, cuando el sargento mayor fu  entrar por aquella
puerta, se encontr con el bufn.

--Ah! Ya saba yo que habas de buscar  la Dorotea--dijo el sargento
mayor--; peor para ti.

Doa Ana miraba aquella escena imprevista con asombro; ms que con
asombro, con un terror instintivo.

--Conque t eres su padre?--dijo el to Manolillo--. Conque eres el
padre de Dorotea? Conque an no contento con haber asesinado  la
madre, quieres asesinar  la hija?

Y la voz del to Manolillo era ronca, amenazadora, sombra; sus ojos
bizcos se revolvan de una manera espantosa, estaban inyectados de
sangre y su barba temblaba.

Don Juan de Guzmn se senta dominado; doa Ana estaba coartada por el
miedo.

La actitud del bufn, de aquel hombre pequeo, cuadrado, robusto,
encogido como para arrojarse sobre una presa, y en el cual se adivinaban
el valor, la fuerza y la agilidad del tigre, parecan indicar que iba 
suceder all algo terrible.

--Si queris llevaros  esa muchacha, llevosla--dijo el sargento mayor,
que tena miedo--; preguntadla si yo la he violentado.

--La habis dicho que sois su padre?--dijo el bufn.

--No.

--Pues mejor.

--No he tenido necesidad de decrselo.

--Y has hecho bien: porque t no eres su padre, sino una especie de
animal monstruoso, que has sido la causa de su existencia. Pero no tengo
tiempo que gastar contigo... estoy de prisa...--aadi el bufn con una
sonrisa horrible, con la sonrisa de un loco--; te acuerdas de que una
noche llevabas  esa nia recin nacida en los brazos?... Oh! era una
noche muy obscura: de repente un hombre se arroj  ti y te di tres
pualadas.

Y al decir esto el bufn salt, se aferr al sargento mayor y le di una
pualada en el pecho.

Don Juan de Guzmn di un grito, vacil y cay.

Luego el bufn vi que doa Ana corra  una puerta, y la asi de una
mano.

Doa Ana cay de rodillas creyendo llegada su ltima hora.

El to Manolillo, sin soltar  doa Ana, dirigi su terrible palabra 
don Juan de Guzmn, empuando an la daga con que le haba herido:

--Entonces fueron tres, y ahora ha bastado una... es que ahora tengo la
mano ms segura... asesino de mi hermana Margarita! envenenador de la
reina Margarita! verdugo de tu hija! ya no cometers ms crmenes.

En efecto, don Juan de Guzmn estaba muerto.

--Y t, Aniquilla, que te llamas doa Ana; t, que hace veinte aos
andabas por las playas de Gijn descalza, cogiendo ostras y buscando 
los marineros; t, aventurera ennoblecida por tu hermosura; t,
miserable, ase de los pies de ese cadver y pronto, porque no tengo
tiempo que perder.

--Pero qu va  ser de m?--exclam desesperada la hermosa doa Ana.

--Sea lo que el diablo quiera. T tendrs en tu casa algn escondrijo...

--Los stanos!--exclam doa Ana.

--Pues  los stanos; agarra pronto, si no quieres perderte...
concluyamos por el momento, que yo volver.

--Esperad... esperad... voy  abrir las puertas--dijo con angustia doa
Ana--para que nada nos entretenga--y sali y volvi poco despus.

Entonces la ramera y el bufn asieron del bandido, y le llevaron.

Por donde quiera que pasaba, quedaba un rastro de sangre.

Al fin bajaron al piso bajo, y el bufn seal un rincn oscuro en una
sala lbrega.

--Dejmosle aqu--dijo.

--Por el amor de Dios--dijo doa Ana--; que no s cmo vos me conocis;
vos, que cuando no me habis muerto tambin, no me aborrecis, ayudadme
 borrar las seales de esta muerte... yo dir  los mos que ese hombre
ha salido por el postigo...

--En lo que hars muy bien--dijo el to Manolillo--ser en soltarlos de
las ligaduras con que yo los he sujetado, y despedirlos  pretexto de
que se han dejado sorprender: qudate sola, que yo volver y le
enterraremos!... por ahora, adis! Adis, que mi conciencia me llama 
otra parte!

Y subi de dos en dos los peldaos de una escalera, atraves algunas
habitaciones, y entr en la que Dorotea se encontraba todava inmvil y
dominada por su mudo dolor.

--Ven conmigo--la dijo el bufn asindola de una mano.

--Ah! sois vos?

--Ven conmigo... yo te salvar... yo te consolar... pero ven, ven... no
perdamos un momento.

Y arrastr consigo  la Dorotea, que se dej conducir maquinalmente,
baj por la escalera principal, pas por junto al escudero y la duea
que permanecan atados, abri la puerta, sali y la torn  cerrar.

Cuando estuvieron en la calle, el bufn dijo  la Dorotea:

--Vulvete  tu casa, y esprame: yo no te puedo acompaar.

--Pero...

--Ve, ve... hija ma... acabo de salvarte de un peligro... yo te salvar
de todos; adis.

Y parti hacia el alczar.

La Dorotea, atnita, asombrada, sin comprender lo que la suceda, le vi
desaparecer, se envolvi en el manto, y  paso lento, con la cabeza
inclinada, pisando lodo, se encamin  la calle Ancha de San Bernardo.




CAPTULO XLVII

DE LO PERJUDICIAL QUE PUEDE SER LA ETIQUETA DE PALACIO EN ALGUNAS
OCASIONES


El to Manolillo corra como alma que lleva el diablo.

Tropezaba ac y all con las gentes, como un caballo desbocado, las
lanzaba un gran trecho  las dejaba caer y segua corriendo.

En pocos momentos lleg al alczar.

Antes de llegar  l vi  Luisa y  Ins que iban envueltas en sus
mantos.

Pararon un momento.

--A dnde vais?--las dijo con acento amenazador.

--A misa...!--contest temblando Luisa.

--A misa! en da de trabajo?...

Pero el bufn record que tena mucha prisa, y tom de repente el camino
de la puerta de las Meninas del alczar.

Al entrar, salan algunos hombres, y el to Manolillo tropez rudamente
con uno de ellos.

--Qu brutalidad!--dijo el tropezado recogiendo un pesado talego que
haba cado al suelo, produciendo un sonido sonoro.

--Ah! el alguacil Agustn de Avila!--exclam el bufn, y pas por sus
ojos un relmpago de muerte.

Pero de repente apret de nuevo  correr, exclamando:

--Lo otro es primero... la reina... Dios mo!

Y entr en el patio del alczar.

All, de una manera involuntaria, superior  su resistencia, se detuvo
de nuevo, y mir  una torre almenada que se vea por cima de las
galeras en un ngulo del patio.

Sobre aquellas almenas haba un cuerpo de edificio coronado por una
montera de pizarras; en aquel cuerpo de edificio, haba una ventana: en
aquella ventana el viento ondeaba un pauelo encarnado.

--Oh! la seal de muerte!--exclam el bufn.

Y sigui corriendo, subi, no como un hombre sino como una araa que
huye, unas escaleras, atraves como un frentico la galera, y
atropellando casi la guardia de corps que daba la centinela de la puerta
exterior del cuarto de la reina, se lanz dentro.

Dise un tremendo pechugn con una persona  la que no arroj.

Por el contrario le asi, y le detuvo.

--Cuerpo de Baco!--exclam aquel hombre--, vens  os disparan, to?

Aquel hombre era don Francisco de Quevedo.

El bufn no le contest: por cima del hombro de Quevedo haba visto un
paje talludo, rubicundo, que llevaba sobre las palmas de las manos una
vianda adornada con yerbas verdes.

--All tal vez!... en aquel plato!...--dijo el bufn--soltad, vive
Dios,  os mato!...

--Pero estis loco?... tengo que deciros graves cosas... no me
conocis, to?

--La reina!... la reina!... dejadme, don Francisco!... aquel
paje!... es el amante de la Ins!... el pauelo encarnado est en la
ventana!...

--Ah!--exclam Quevedo con una expresin terrible por su horror--un
paje!... un plato!... el pauelo!...

Y solt al bufn, que se lanz  la puerta de la antecmara.

Los tudescos le cerraron el paso cruzando sus alabardas.

--Ah! no me dejis pasar!...--exclam el bufn, y asi las alabardas
con la fuerza de la zarpa de un len.

Se entabl una lucha.

Quevedo no poda llegar pronto, pero desde donde estaba grit con la
autoridad que saba dar  su voz en las ocasiones solemnes:

--Dejadle pasar! dejadle pasar, de orden del rey!

Al sonido de aquella voz poderosa,  la vista del hbito de Santiago,
del que la pronunciaba, los tudescos dominados dejaron pasar al bufn.

Quevedo,  pesar de la deformidad de sus pies, que le impeda andar de
prisa, corri.

En la puerta de la cmara de la reina, se entabl otra lucha con los
ujieres.

La autoridad de Quevedo fu all intil.

El bufn apel  la fuerza.

Tir  un ujier  un lado, y  otro  otro, y entr tambin.

Pero entre la inocente detencin causada por Quevedo, la de los tudescos
y la de los ujieres, haba pasado mucho tiempo.

El paje haba desaparecido.

Cuando el bufn entr, se precipit  la mesa y se arroj sobre ella.

La reina di un grito.

El padre Aliaga, que almorzaba con la reina, se puso de pie.

El to Manolillo busc con ansia un plato entre los que cubran la mesa
de la reina, y vi uno solo puesto delante del plato de Margarita de
Austria.

Aquel plato estaba adornado con berros.

Era una perdiz que tena todas las patas.

El bufn le agarr, y al apoderarse de l dijo con una admirable fuerza
de espritu, soltando su hueca carcajada de bufn:

--Ah! ah! ah! he ganado! he ganado! para m! para m!

Y haciendo como que devoraba al paso la perdiz, di  correr exclamando:

--Para la reina no! para m!

Y solt una larga y estridente carcajada que hizo temblar  todos los
que la oyeron, y escap.

--Oh! esto es ya demasiado!--dijo la reina.

--Perdonad, seora...--dijo Quevedo--yo no le he podido contener; el
to Manolillo est loco!

Y Quevedo, saludando profundamente  la reina y antes de que sta,
reponindose de su sorpresa, le pudiera contestar, sali.

Quevedo busc intilmente en la parte baja del alczar al to Manolillo,
y subi  su aposento,  cuya puerta llam intilmente repetidas veces.

Al fin Quevedo grit:

--Si estis ah, to Manolillo, abrid, hermano, abrid  Quevedo.

Oyronse violentos pasos y se abri la puerta.

Apareci el bufn plido y desencajado.

--Entrad! entrad!--exclam--; entrad y pensemos en la venganza... hoy
ha amanecido un da de muerte...

--Tenis sangre en las manos!--exclam Quevedo...

--Es poca!--exclam el bufn--es poca! venid!

Y tir de Quevedo, le llev  lo ltimo de su aposento, y le mostr una
fuente de plata puesta sobre una mesa.

--Mirad sto; faltan las pechugas... mirad aqullo, y seal en un
rincn un pedazo de perdiz, junto  la cual estaba echado, impasible, un
gatazo rodado.

[imagen:...para m! para m!]

--El _Chato_ devora cuanto halla, porque es un gato pobre, y no ha
querido ese pedazo de perdiz. Los animales conocen la muerte. Que Dios
tenga piedad de la reina!

--Y qu hacer?

--Qu hacer?... yo no s... quin dice?... quin declara?... Oh!
no! sentenciarnos  ser tenidos por cmplices,  morir deshonrados!...
hemos hecho cuanto podamos hacer... y acaso... acaso nos hayamos
engaado!... pero no... no... el _Chato_ no ha comido... Dios mo!...

--Sois cobarde...--exclam Quevedo--; suceda lo que quiera, yo voy 
buscar al mdico de su majestad... guardad esa perdiz, guardadla; sobre
todo, quitadla de esa fuente, que es de plata...

El bufn quit los restos de la perdiz de la fuente, los ech en una
escudilla, y con ellos el pedazo que haba arrojado al gato.

Entre tanto, Quevedo haba desaparecido.

Un paje de la reina se present poco despus.

--To Manolillo--dijo--, os aconsejo que os escondis por algn tiempo.

--Pues qu pasa, hijo?--contest dominndose el bufn.

--Que habis dado un susto  su majestad, y no ha acabado de almorzar;
se ha dejado casi todo lo que tena en el plato cuando entrsteis vos.

--Pechugas de perdiz?...

--Eso es... una perdiz que ola tan bien!... me la he comido, to.

--Cmo te llamas, hijo?

--Gonzalo.

--Y te has comido la perdiz que quedaba en el plato de la reina?

--S... al salir... no me vean...

--Y quedaba mucho?...

--Casi una pechuga... y me ha hecho mal... ya se ve... com tan de
prisa, porque no me vieran!

El paje, en efecto, empezaba  ponerse plido.

--Y por qu vienes, hijo?--exclam el to Manolillo, haciendo un
violento esfuerzo para dominar su horror.

--Por la fuente de plata que os habis trado.

--Y comi mucho la reina?

--Quia! no... ni el padre Aliaga...

--Y te has comido las dos?...

--S.

--Ven, hijo mo, ven... ven  las cocinas... voy  darte aceite, que es
bueno para que arrojes... Oh! Dios mo!...

--Tengo ansias, to...

El bufn asi al mozo y le arrastr consigo.

Pero al llegar  las escaleras, el paje di un grito, avanz, cay
rodando por las escaleras, y con l la fuente de plata.

El bufn se retir precipitadamente, fu  su aposento y se puso  rezar
por el alma del paje.




CAPTULO XLVIII

DE CMO MUCHAS VECES LOS HOMBRES NO REPARAN EN EL CRIMEN AUNQUE SUS
VESTIGIOS SEAN PATENTES


Pas mucho tiempo sin que nadie subiese por las escaleras por donde el
paje haba cado.

Al fin subi una moza de retrete.

La escalera era obscura.

La moza tropez en la bandeja, que son.

Recogila la moza.

--Calla!--dijo--una bandeja de plata! y sucia!... llena de grasa!
cmo est aqu? La llevar  la repostera.

Y sigui subiendo, y tropez de nuevo.

Pero tropez en un cuerpo humano.

Aquel cuerpo estaba fro.

La moza empez  dar gritos.

A los gritos de la moza acudieron algunos de la servidumbre.

Muy pronto corri la voz de que se haba encontrado muerto un paje de la
reina en las escaleras de las cocinas.

Y junto  sta, corri otra voz no menos escandalosa.

El aposento del cocinero mayor estaba abierto y abandonado, rotas
algunas puertas, roto un gran cofre y vaco.

La mujer y la hija del cocinero mayor haban desaparecido.

El alcaide de palacio, el guarda mayor y el mayordomo mayor del rey, se
haban presentado en los lugares de estas dos catstrofes.

A nadie se le ocurri que entre la muerte del paje y la desaparicin de
la familia y el robo del cocinero mayor, poda haber una relacin
ntima.

A nadie se le ocurri tomar acta de haberse encontrado junto al paje
muerto una fuente de plata del servicio de mesa de la reina.

Los mdicos declararon que, segn los vestigios que quedaban en el
cadver, el paje haba muerto de repente  consecuencia de un ataque
cerebral.

Y tenan razn: porque el veneno que Guzmn haba dado  Luisa, y Luisa
al galopn Aldaba, y el galopn Aldaba al paje rubio, y ste  la mesa
de la reina, y la mesa al paje Gonzalo, haba obrado sobre el cerebro de
este ltimo producindole una violenta congestin.

El paje fu conducido al depsito de muertos de la parroquia de Santa
Mara.

La fuente de plata entregada en la repostera y lavada.

Los nicos vestigios del crimen quedaban en una escudilla de madera en
el cuarto del bufn.

Y el bufn, vuelto al fin en s de tan violentas impresiones, se lavaba
las manos borrando un vestigio de otro crimen, mientras la fuente se
lavaba en la repostera.

Entre tanto el alcaide de palacio y el mayordomo mayor del rey,  quien
se haba dado parte de lo acontecido en el aposento del cocinero mayor,
hacan extender testimonio  un escribano de cmo:

El da 17 de Diciembre de 1610, llamado, etc. (aqu el largo frrago
curial), yo el infrascrito, entr con su excelencia el seor mayordomo
mayor del rey y con su seora el seor alcaide de palacio y con los
seores Lope Ros y Diego Luque, camareros del rey, en el aposento que
en palacio habita el seor Francisco Martnez Montio, cocinero mayor de
su majestad el rey nuestro seor, que Dios guarde, y los expresados y el
infrascrito escribano hallamos que la puerta del dicho aposento no
estaba cerrada, sino abierta y franca; y en la primera habitacin
hallamos,  ms de los muebles conocidos del uso de dicho Montio y su
familia, un cofre de hierro muy pesado, cerrado, sobre el cual se vean
seales de haberle querido forzar, el cual cofre fu entregado en
depsito al excelentsimo seor mayordomo mayor. Y entrados en el
siguiente aposento hallamos los muebles revueltos, y algunas prendas de
ropas esparcidas, con ms un ejemplar impreso del arte de cocina,
pastelera, bizcochera y conservera que ha compuesto el dicho cocinero
mayor; y pasando  las otras habitaciones, las hallamos en el mismo
desorden, y  la ventana de una de ellas, atado un pauelo encarnado de
algodn; y en otra habitacin ms interior hallamos un gran cofre
descerrajado  viva fuerza de sus tres cerraduras, y el cofre vaco y
sobre la mesa algunos papeles y libros de dinero puesto  ganancia; y
otros: hallronse dos espadas y un arcabuz, y examinadas aqullas y
ste, hallse ser de la marca que mandan las pragmticas; y otros: ac
y all esparcidos hallronse seis doblones de  ocho y cuatro escudos de
cruz, y veinte maravedises de plata, de todo lo cual y de los muebles y
efectos se hizo el inventario adjunto y qued entregado de todo el dicho
excelentsimo seor mayordomo mayor, por cuyo mandato libro la relacin
presente de que doy fe. En testimonio de verdad.--_Pero Ponce Lucas._

Librse asimismo testimonio de haber desaparecido:

Del cuarto del cocinero, su mujer, Luisa Robles, y su hija Ins
Martnez.

De las cocinas, el galopn Cosme Aldaba.

De la servidumbre de la reina, el paje Cristbal Cuero.

Y se tomaron declaraciones, y por estas declaraciones se averigu que la
cocinera tena un amante, que se llamaba Juan de Guzmn.

Que el paje Cristbal Cuero era el amante de la Ins Martnez.

Que el galopn Cosme Aldaba andaba en inteligencias con los unos y con
los otros, que haba sido despedido por el cocinero mayor y que su mujer
le haba enviado  las cocinas.

En vista de lo cual, sumariamente averiguado, y teniendo de ello
conocimiento el rey, mand su majestad que esta sumaria pasase  un
alcalde, el cual alcalde mand que fuesen presos donde fuesen habidos
los expresados don Juan de Guzmn, Luisa Robles, Ins Martnez, Cosme
Aldaba y Cristbal Cuero, por delito de robo y otros, cometidos contra
la hacienda y en la honra y en otros extremos y particulares del
cocinero mayor de su majestad.

Pero en cuanto  la entrada exabrupta del to Manolillo en la cmara de
la reina, tomse  gracia y la misma Margarita de Austria cambi su
enojo en risa.

Y en cuanto  lo del paje, creyse en lo de la muerte casual y violenta
y se le enterr; dironse  su madre de orden del rey ciertos
maravedises para lutos; dironse otros  un capelln para que dijera
misas por el alma del difunto y no se habl ms de ello, ni  nadie se
le ocurri pensar en venenos ni asesinatos.

Saban el crimen y los asesinos, don Francisco de Quevedo, el bufn y
Dios, que lo sabe todo.




CAPTULO XLIX

DE CMO LA DUQUESA DE GANDA TUVO UN SUSTO MUCHO MAYOR DEL QUE LE HABAN
DADO LOS MIEDOS DE SAN ANTN


Doa Clara Soldevilla era feliz.

Feliz de una manera suprema.

Estaba consagrada enteramente al recuerdo de su felicidad.

Apenas si haba hecho, desde que haba salido aquella maana de su
aposento su marido, ms que pensar en l, sentada en un silln junto al
brasero.

Ya bien entrado el da crey que era un deber suyo dar parte  su padre
de lo que le aconteca, y tom la pluma para escribir una larga carta.

Pero una vez puesta  ello slo pudo escribir lo siguiente:

Padre de mi alma: Mi lealtad y la reina me han obligado  casarme; pero
al casarme no he hecho un sacrificio. Soy feliz. Mi marido se llama don
Juan Tllez Girn. No puedo escribiros ms, mi buen padre. Estoy
aturdida con lo que me sucede; enviad vuestra bendicin, seor, 
vuestra hija que os ama y queda rogando  Dios por vuestra
vida.--_Clara_.

Cerr esta carta y llam.

--Que venga al momento Anselmo--dijo.

Presentse poco despus un escudero como de cincuenta aos.

--Monta al momento  caballo, mi buen Anselmo--dijo Clara--, y ve 
llevar  mi padre esta carta.

--Pues qu sucede, seora?--dijo Anselmo cuidadoso, porque era un
antiguo criado de la casa.

--Sucede que doy  mi padre la noticia de mi casamiento.

--Cmo! La seora se casa?

--Me he casado ya.

--De secreto?

--No, por cierto; me cas anoche delante de testigos en la capilla real.

El escudero se puso plido y no se atrevi  preguntar ms.

--Pero... me olvidaba... esta carta no puede ir sin otra suya, y l no
ha venido.

En aquel momento entr en el cuarto una dama de la reina que vena de
ceremonia.

--Ah, doa Mara!--exclam la joven.

--Vengo, doa Clara, primero  daros la enhorabuena... una triple
enhorabuena... qu s yo cuntas enhorabuenas...

--Oh! Muchas gracias, seora! Anselmo, vete fuera. Sentos, doa
Mara.

--No, por cierto; estoy en el tocador de la reina y la reina me enva.
Di  doa Clara Soldevilla, me dijo, que no nos haga esperar; que se
vista como conviene  una recin casada que va  ser presentada con su
marido  la corte y  tomar la almohada de dama de honor, mientras que
su marido toma el mando de la tercera compaa de guardias espaolas. He
venido, pues, doa Clara, contenta porque vos debais estarlo mucho.

--Oh, s! gracias  Dios!

--Conque casada?

--Anoche...

--Y no haber conocido al novio!... Reservada siempre!

--En cambio, seora, conoceris al marido.

--Pues vestos, vestos, doa Clara; dentro de poco vendrn por vos y
por vuestro esposo, el conde de Olivares representando al rey, la
duquesa de Ganda representando  la reina, como que son vuestros
padrinos. Adems, permitidme un momento--y doa Mara sali y volvi 
entrar trayendo un cofrecillo en las manos--, la reina me encarga que os
prendis estas joyas que os regala. Y es un bello aderezo... muy
bello... su majestad os ama mucho.

--No s cmo pagar  su majestad... y siento, siento mucho no poder
complacerla... pero mi marido me ha regalado otro aderezo.

--Ah! Conque es rico?... Os doy otra nueva enhorabuena. Y seris tan
reservada respecto  vuestras galas de novia, como respecto  vuestros
amores?

--Ay, Dios mo, no! Si queris ver antes que nadie esas joyas, os dar
gusto. Isabel.

Apareci una doncella.

--Trae un cofrecillo que hay en mi retrete, aquel cofre de sndalo donde
yo guardo mis alhajas. Y decs--continu doa Clara--que la duquesa de
Ganda vendr por nosotros como madrina en nombre de la reina?

--As me lo ha dicho su majestad.

--Ved el aderezo de que os he hablado--dijo doa Clara, abriendo el
cofre.

Doa Mara, que haba sabido con envidia el casamiento de doa Clara con
un joven capitn de la guardia espaola, y con disgusto su nombramiento
de dama de honor, que las igualaba  entrambas, vi con despecho las
ricas alhajas que la mostr doa Clara con la mayor lisura, sin alegra
y sin orgullo.

--Sois completamente afortunada--dijo--, y os repito mis enhorabuenas.
Pero me voy; ya os he dado el mensaje que os traa, y me espera su
majestad--y sali.

Apenas haba salido doa Mara, cuando entr una doncella.

--Seora--dijo--, un caballero pregunta por vos; yo le he dicho que no
acostumbrbais  recibir visitas, pero me ha contestado riendo, que
estaba seguro que vos le recibirais.

--Cmo se llama ese caballero?

--Se llama don Juan... don Juan...

--Tllez Girn?

--Eso es.

--Pues que entre al momento.

--Llamo  vuestra duea?

--No.

La doncella sali escandalizada; doa Clara jams haba recibido visitas
de hombre.

Introdujo, sin embargo,  don Juan, y sali.

Pero se qued mirando por el quicio de la puerta y su escndalo creci
cuando vi que su seora y el joven caballero se asan tiernamente de
las manos, y que el caballero se atreva  dar un beso  su seora.

--Oh, qu hermoso y qu gentil vienes, mi don Juan!--dijo doa Clara,
mirando arrobada al joven--. Y cmo se conoce la ilustre sangre que te
alienta. Yo tambin voy  engalanarme,  prenderme las hermosas joyas
que me has regalado.

La doncella, escandalizada, se fu  decir  los dems criados, al
rodrign,  la duea y al escudero, que su dama haba recibido  solas 
un caballero que la besaba, y lo que era peor, que la regalaba joyas.

Pero cuando estaba en lo ms ardiente de su acusacin fiscal, entr la
duea cojitranqueando, y dijo:

--Todo el mundo al cuarto de la seora.

El mundo todo aquel  que se refera la duea, eran un rodrign que ya
conocemos, dos doncellas, dos escuderos, dos criados y un paje.

Todo el mundo entr con cuatro palmos de curiosidad en el aposento de la
joven.

Don Juan estaba lisa y llanamente sentado junto al brasero y con el
sombrero puesto.

Como el seor en su casa.

Los criados miraban  don Juan con asombro.

--Amigos mos--dijo doa Clara--, anoche, mientras vosotros dormais,
apadrinada por sus majestades, me cas con este caballero... con don
Juan Tllez Girn, que siendo mi esposo y mi seor, es vuestro amo.

--Sea por muchos aos--exclam el rodrign, que era el ms viejo y el
ms autorizado--; que Dios haga muy felices  sus mercedes... este es el
segundo casamiento que veo en la casa... cuando la seora madre de vuesa
merced se cas...

--Os di muestras del aprecio en que os tena; yo os las dar tambin;
ahora idos; quedos vosotras--aadi, dirigindose  las doncellas--;
necesito vestirme.

Los criados salieron por una puerta, y doa Clara y las doncellas por
otra.

Quedse solo el joven.

Una gravedad que hasta ahora no hemos conocido en l, haba acabado por
ser la expresin de su semblante.

La fortuna le sonrea; se encontraba poseedor de una mujer hermosa entre
las hermosas, noble entre las nobles, dificultad viviente que haba
desesperado  los ms peligrosos galanes de la corte; la posea por
completo; doa Clara le haba dejado ver todo el tesoro de ternura y de
amor de su alma, y le haba dicho embriagada de no sabemos qu deleite:

--Vos habis sido la mano que ha descorrido el velo de mi alma: os
habis presentado en tan poco tiempo delante de m, tan hermoso primero,
tan valiente, tan generoso, tan enamorado, tan noble despus, que yo
tengo para m que habis ganado bien en veinticuatro horas lo que otro
no hubiera ganado tal vez en aos.

Y cuando don Juan la replicaba:

--Y si la suerte nos hubiese separado?

--No os hubiera olvidado nunca; nunca hubiera dejado de sufrir al
recordaros.

Y don Juan asa la hermosa cabeza de su mujer entre sus dos manos, la
besaba y exclamaba entre aquel beso:

--Oh, bendita seas!

No poda ser ms feliz don Juan.

Y esta felicidad le haba hecho grave.

Contribuan, adems,  esta gravedad, un remordimiento y una aspiracin.

Aquella aspiracin y aquel remordimiento estaban representadas por dos
mujeres.

La aspiracin era por su madre.

Don Juan saba que era una dama ilustre. Pero su nombre... el joven
hubiera hecho un doloroso sacrificio por saber el nombre de su madre.

El remordimiento estaba representado por Dorotea.

Doa Clara, despus de haber asegurado, jurado el joven, que  nadie
amaba ms que  ella, no le haba vuelto  hablar de la Dorotea.

La Dorotea era una cosa pasada, olvidada.

Su deber le prohiba volver  los amores de la comedianta.

Y, sin embargo, don Juan saba que la Dorotea le amaba; que le amaba con
toda su alma, que l haba sido para ella una especie de regeneracin;
que, en una palabra, en la Dorotea se haba abierto para l un alma tan
virgen como la de doa Clara.

La comedianta, no era, es cierto, la mujer digna, pura, magnfica, el
tesoro, en una palabra; pero la Dorotea era un ser desgraciado; tena en
su favor su infortunio... abandonarla era herirla... y luego...
digmoslo de una vez, era tan hermosa la Dorotea!... amaba de una
manera tan profunda, ten delicada, tan ardiente!...

Don Juan luchaba en vano con el recuerdo de la Dorotea, no poda
dominarle, no poda recusarle... y del recuerdo doloroso de la Dorotea
pasaba al misterio de su madre...

Don Juan estaba muy de mal humor.

Y cuando se hallaba en uno de sus momentos ms ttricos se abri la
puerta, y uno de los pajes dijo:

--Seor, la duquesa de Ganda.

Don Juan se quit el sombrero, lo arroj precipitadamente sobre la mesa,
y sali al encuentro de la duquesa.

Doa Juana de Velasco entr vestida, por decirlo as, de pontifical, y
contrariada, sumamente contrariada.

Su orgullo estaba lastimado.

Un mandato expreso de la reina, la obligaba  presentarse como madrina
en el cuarto de una joven dama de honor,  quien, como sabemos, tena
ojeriza,  quien llamaba intriganta y enemiga del duque de Lerma.

Pero lo mandaba su majestad y era necesario obedecer.

Lo que por otra parte contrariaba grandemente  la duquesa, era que el
encargado de representar al rey como padrino, fuese el conde de
Olivares, otro intrigante, otro enemigo del duque de Lerma.

As es que la duquesa no se cuidaba de disimular su disgusto.

Don Juan la salud profundamente.

--Sois vos el novio, no es esto?--dijo sentndose en un silln y
mirando al joven con el mismo aire impertinente con que hubiera mirado 
un ayuda de cmara.

--S, seora; yo soy--dijo don Juan, templando su acento al tono del de
la duquesa, porque en orgullo no ceda  nadie--; yo soy el marido de
doa Clara.

--No os conozco--dijo la duquesa--y, sin embargo, vests como noble y
llevis hbito, lo que nada prueba, porque hoy se da  todo el mundo una
encomienda.

--Me llamo don Juan Tllez Girn, seora.

--Sois pariente de don Pedro?

--Soy su hijo...

--Su hijo!... No conozco ningn hijo del duque que se llame Juan.

--Soy su hijo bastardo...

--Ah! ya deca yo...

--Pero es un bravo mozo, est reconocido por su padre--, digo, segn me
han dicho--, y ha hecho grandes servicios  su majestad--dijo un
caballero que acababa de entrar.

--Ah! sois vos, don Gaspar?--dijo la duquesa con sobreceo.

--Psame mucho, mi seora doa Juana--dijo el llamado don Gaspar--, de
que su majestad se haya acordado de m para representarle en este
padrinazgo, cuando su majestad la reina se ha acordado de vos para el
mismo objeto. Ya s que no me queris bien, y lo siento, porque yo os
estimo.

La duquesa se mordi los labios y no contest.

--Y esa hermosa seora?--dijo el conde de Olivares dirigindose al
joven, y le di la mano.

[imagen: El Conde de Olivares.]

--Se viste en este momento, seor conde--dijo don Juan.

--Ah! de modo que dentro de poco se nos aparecer un cielo. Os doy la
enhorabuena, amigo, y veo que no me habis olvidado. Hace tres das
ignorbais... creo que ignorbais...

--Ciertamente, seor conde.

--Pero no os habis olvidado de m... me alegro... soy vuestro amigo...
nos iguala la nobleza y el celo con que entrambos servimos  su
majestad. Y... vuestro to?--aadi sonriendo el conde--. Pobre
Francisco Montio! creo que le suceden grandes desgracias. Pero debis
olvidar eso y tender las alas, que las tenis poderosas. Aprovecho esta
ocasin para ofrecerme todo entero  vos; despus que con vuestra esposa
hayis sido presentado  la corte, el capitn general de la guardia
espaola y yo os presentaremos  vuestra brava compaa de arcabuceros.

--Gracias, seor conde.

--Pero me parece que vuestra esposa se acerca.

En efecto; se levant un tapiz y apareci doa Clara, radiante de galas
y hermosura: llevaba un traje de brocado de oro sobre verde, con doble
falda y con segunda falda de brocado de plata sobre blanco; en los
cabellos, en la garganta, sobre el seno, en las brazos, en la cintura,
llevaba un magnfico aderezo completo.

--Seora duquesa! seor conde!--exclam la joven dirigindose 
ellos--cunto siento haberos hecho esperar!

Pero de repente doa Clara se detuvo.

Los ojos de la duquesa de Ganda estaban fijos con espanto en ella.

Doa Juana de Velasco estaba plida y temblaba.

--Qu joyas tan hermosas!--dijo--; sobre todo... ese collar de
perlas... y ese relicario... perdonadme... pero quiero ver ese
relicario...

La joven se acerc  la duquesa.

Doa Juana volvi el relicario.

Su mano temblaba.

--Quin os dado esas joyas?--dijo en voz baja y rpida  doa Clara.

--Mi marido, seora--contest en voz muy baja y profundamente conmovida
doa Clara.

--Y sabe vuestro marido?... sabis vos?...

--S; sabemos que por estas joyas puede conocer  su madre.

--Ah!--exclam la duquesa dando un grito, y retirndose bruscamente de
doa Clara.

--Qu es eso, mi buena duquesa?--dijo con gran inters el conde de
Olivares.

--Nada, no es nada; es un accidente que padezco... caballero--aadi
dirigindose  Juan--, queris darme vuestro brazo?... apenas puedo
sostenerme... y sus majestades esperan.

--Ah! seora--contest don Juan turbado y conmovido, porque el acento
de la duquesa haba cambiado enteramente para l.

Y la di el brazo.

Temblaba tanto don Juan, como la duquesa de Ganda.

Doa Clara tena los ojos llenos de lgrimas.

--Qu sucede aqu?--murmur don Gaspar de Guzmn dando el brazo  doa
Clara.

Y sigui hacia una puerta por donde se haba llevado la duquesa de
Ganda  don Juan.

Se dirigan por el interior de las habitaciones  la cmara pblica de
audiencia.

La duquesa iba de prisa.

Al pasar por una galera obscura, la duquesa, que iba muy delante del
conde de Olivares y de doa Clara, dijo con acento cortado:

--Por piedad, caballero, no me engais; por qu habis querido que
vuestra esposa se ponga esas joyas hoy?

--Porque... va  ser presentada  la corte, y en la corte puede estar mi
madre--dijo balbuceando el joven.

--Y amis mucho  vuestra madre?--dijo llorando la duquesa.

--Por Dios, seora! por vuestro honor!... vamos  salir  los salones.

--Ah!--exclam la duquesa.

Y detenindose de repente, asi la cabeza de don Juan y le bes en la
boca.

Despus apresur el paso.

Cuando sali  los salones, se mostraba serena; pero severa, sombra.

Poco despus los novios y los que representaban como padrinos  los
reyes, fueron presentados  stos.

Despus doa Clara tom la almohada de dama de honor.

Cuando el conde de Olivares se llevaba  don Juan para presentarle  su
compaa de arcabuceros de la guardia espaola, la duquesa le dijo:

--Espero que iris, en cuanto estis libre, con vuestra esposa  mi
casa.

--Ir, seora, ir.

Y el joven sali.




CAPTULO L

DE CMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO QUISO DAR PUNTO  UNO DE SUS ASUNTOS


Cumpliendo lo que haba prometido  la duquesa, don Juan y doa Clara
salieron una hora despus del alczar en una litera.

Era la litera enorme.

Los esposos iban sentados en el testero; los asientos delanteros iban
vacos.

Entrambos iban silenciosos y pensativos.

De repente una voz muy conocida, dijo al lacayo que guiaba  la mula
delantera:

--Eh, conductor de venturas! para, para, que la desdicha te lo manda!

El lacayo par.

Una cabeza asom  la portezuela, y una mano toc  los cristales.

Don Juan abri la portezuela.

--Es decir, que quepo?--dijo don Francisco de Quevedo.

--Donde quiera que estemos nosotros, cabis vos; pero entrad, que
llueve.

--Desde que llegu  Madrid, que fu el mismo da que llegsteis
vos--dijo Quevedo entrando--, no ha cesado ni un punto de llover; hambre
tengo de cielo, y hambre de que no me lluevan desdichas; lastimado ando,
y espantado y sin sueo aunque no duermo. A dnde vais?

--Casa de la duquesa de Ganda.

--Vais casa... de la duquesa?...--dijo Quevedo con acento hueco  doa
Clara.

--Yo no he tenido la culpa--dijo la joven.

--Cmo! de qu no has tenido t la culpa, Clara ma?--dijo don Juan.

--Don Francisco lo sabe todo.

--Cmo! sabis!...

--S por cierto, s...

Y Quevedo se detuvo.

--S, sabe que la duquesa de Ganda es... tu madre...

--Os ha dicho acaso mi padre?...

--S, s... vuestro padre... eso es...--dijo Quevedo, que no quera que
don Juan supiese que el to Manolillo conoca aquel secreto.

--Mi padre ha hecho mal...--dijo don Juan.

--Joven!--exclam severamente Quevedo--; secretos hay entre vuestro
padre y yo que importan tanto, como que l es el duque de Osuna, el
grande Osuna, y yo soy don Francisco de Quevedo, su secretario; y si yo
no fuera secretario de secretos, no secreteara, y si el duque no
tuviera secretos, no me tendra por secretario, y, por ltimo, tan duque
soy yo, como el duque es Quevedo, y Dios dir y ya veremos, y pasemos 
otra cosa. Cmo est su majestad la reina?

--Buena y contenta--contest doa Clara.

--Y no est plida?

--Nunca ha tenido ms hermosos colores.

--Pues que paren la litera.

--Pero yo no os entiendo--dijo don Juan.

--Entindome yo; vime donde iba, y adis.

Y abri la portezuela.

--Para--dijo al lacayo.

La litera par, sali Quevedo, se emboz en su capa y ech  andar.

Cerr don Juan la portezuela, y la litera sigui.

Quevedo, pisando lodos, atraves con pena algunas calles, se detuvo en
una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entr.

Poco despus, una doncella deca  la condesa de Lemos:

--Don Francisco de Quevedo!

--Haced, seora, que me den tintero y papel--dijo Quevedo entrando.

--Os lo dar yo--dijo la condesa--. Pero qu es esto, amigo mo?--dijo
cuando quedaron solos.

--Esto es, que como no tengo ms casa que la vuestra, ni ms alma que
vuestra alma, aqu me vengo  hacer mis cosas; por delante, es decir,
por el zagun, cuando es de da; por detrs, cuando es de noche. Vos me
fortificis y me consolis... y yo me convierto en nio para vos; pero
dejadme que sea por algn tiempo hombre y cumpla con mi obligacin; que
escribir tengo al duque... y largo... y de tal modo que le digo que me
espere.

--Cmo! os vais, don Francisco?

--Y me alegro.

--No digis eso, porque creer...

--Debis creer que os amo mucho.

--Tenisme vuestra....

--Por lo mismo; porque vos no sois vuestra siendo ma, os lo digo: que
si yo no os amara... Od: el alma... lo que se llama alma, tiene ms de
una corcova.

--No os entiendo.

--Quiero decir... que lo mejor que puede hacer una criatura, es
enderezar su alma.

--Ah!

--Si vos no furais quien sois...

--Don Francisco--dijo la condesa--, mirarlo debsteis antes; vos me
casteis como llovido.

--En esta aventura de aventuras, ha llovido de todo. As estoy yo de
calado; el agua me llega ya  las narices, y  poco ms me ahogo. Pero
dadme licencia para que escriba, que os lo afirmo, importa. No tiene
trazas de dejar de llover, y como no quiero morir ahogado de este
diluvio, dejadme que fabrique mi barca.

--Y esa barca...

--Ha de serlo una carta. Y en ella heme de salvar yo huyendo de vos: y
habos de salvar por mi huda, y  ms han de salvarse ciertos recin
casados, que no andan muy seguros...

--Conque es cosa decidida?...--dijo de mal talante la condesa.

--Bien veo que os enojo; pero en este pueblo de orates algn loco ha de
haber con barruntos de juicio. Si slo se tratara del conde mi seor...
merecido lo tiene, pero vos... vos sois distinta cosa... y creedme, doa
Catalina... cuando dos almas se casan no hay nada que las divorcie;
bscanse, se juntan, se acarician, por ms que los cuerpos que las
aprisionan anden lejos... y la memoria... bendiga Dios la memoria,
consuelo de desterrados!...

--Tormento de mal nacidos...

--Por mal nacida os tenis?

--Mal nace quien nace para penar.

--Penrais ms  mi lado; escorpin nac... hortiga crezco... hiel
lloro... ponzoa respiro. Maldicin debo de tener encima, que si
escribo muelo, si obro rajo... donde piso no nace hierba. Pidiera  Dios
razones, si Dios con su lengua muda no me las diera, y paciencia si ya
no tuviera callos en el alma. Cansado estoy de vivir, y tengo para m
que de cansado, sin haberme muerto, hiedo, y que se me puede sacar por
el olor  poco que se me trate. Tomad  sueo lo que ha pasado, seora,
como yo lo tomo  locura y maldicin ma, y entendedme y no me digis
que no os amo, que al revs de otros, mi amor os pruebo cuando de vos me
aparto, y con esto, dejadme que mi barca fabrique, que la tormenta
arreca y el puerto est lejos, y no por m, sino por otros,  piloto me
meto. Dadme, pues, papel, no lloris, que tragos de hiel son para m
vuestras lgrimas, y si me provocis  beberlas, matranme, porque
olvidar mi propsito y todo se llevar el diablo y no hay para qu
tanto.

--Pluguiera  Dios que nunca hubirais venido!--dijo la de Lemos
levantndose y sacando papel de un cajn.

--Pecados ajenos me trajeron, y pecados ajenos me llevan, como si no
bastaran y aun sobraran para llevarme y traerme mis pecados propios. Y
Dios os lo pague por el papel, y dadme licencia para que escriba.

La condesa no contest; fuse al hueco del un balcn y se puso  llorar
de espaldas  Quevedo.

Quevedo escriba entre tanto al duque de Osuna lo siguiente:

Seor:

Con ansias os escribo, y bien podis creerlo cuando yo lo afirmo, que
ya sabis que en lo de _garlar_ soy duro, y no se me pone tan fcilmente
en el _ansia_. Pero tal se ensaa conmigo mi suerte pecadora, que tengo
para m que tendr que irme  un desierto, y aun all, ya que no haga
dao  las gentes, se lo har  las piedras. Vneme  Madrid desde San
Marcos, no sin algn escrpulo  inapetencia, porque no ha habido vez en
que yo haya vuelto  Madrid desde que sal de l  aventuras, que no me
haya sucedido una desventura. Apenas llegado, topme con vuestro hijo, y
hallle ya tan enredado y tan en palacio metido y  tanto puesto, que me
entr miedo de si podra desatollarlo, y esta es la hora, en que no slo
desatollarlo no he podido, sino que con l atollado me veo, y eso que
an no hace tres das cabales que entrambos estamos en la corte; tal
turbin de enredos ha cado sobre nosotros, que estoy enredado y aun con
telaraas en los ojos, y tan pegajosas y tales, que por ms que
restrego no aprovecha. Punz el mozo, y de tal manera, que de la
punzadura anda Caldern en un grito, boca arriba en el lecho, con un
ojal en el costado que por poco es de pasin, lo que dudo mucho que
llegue  ser de escarmiento. Salvse por la caa la reina, que no menos
que la reina anda en el lance, pero fu salvacin de comedia de sustos,
que no se sale de un peligro sino para caer en otro. El malaventurado
cocinero del rey, hermano del fingido padre de nuestro mozo, se ha
encontrado cogido por los enredos, y como es de pasta quebradiza y
cicatera, ha cantado de plano, y vuestro hijo sabe quin es su padre y
sbelo la corte, y sbelo todo el mundo, y lo nico que ha sucedido 
derechas y de lo que me alegro, porque el mancebo parece nacido con
buena ventura, anoche le cas la reina con la hija del coronel Ignacio
Soldevilla, que por ah anda  las rdenes de vuecencia en los tercios
de Npoles. Y lo que ms de espantar es, que siendo ella una dama de
acero, donde se han mellado hasta ahora los dardos de Cupido (quiero
decir, el diablo), es cera para su esposo, y le ama como si de encargo
hubiera nacido para amarle, y est loca y encariada con l, y l no
acertando  mirar ni  ver ms que  su doa Clara. Vive Dios que los
chicos me dan envidia, y que ser gran lstima que tanta miel se
acibare! Gran parte para evitar esta desdicha, ser el apartar de la
corte al recin casado, y que vuecencia le ponga bajo su mano, y nos
marchemos de aqu todos; que vos, seor, lo conseguiris con escribirle,
y l se apresurar  obedeceros, que en cuanto  m, he hecho cuanto he
podido, metindome por sacarle de donde yo por mi voluntad no me hubiera
metido. Pero me descuaderno y me voy de un lado para otro, y no puedo
ms, y  vuecencia recurro. Venga la orden por la posta, y cuanto antes
logre yo poder decir  vuecencia lo que no es para escrito, sino para
relatado, y aun as en voz baja y  puerta cerrada. Rstame por deciros,
que el mozo es un oro, que si su sangre pudiese honrarse, la honrara, y
que es gran pena, que en vez de ser hijo  trasmano, no lo fuese de mi
seora la duquesa doa Catalina. Y como me tarda que sta llegue  manos
de vuecencia, abrevio el tiempo poniendo punto final.--Guarde Dios 
vuecencia.

    DON FRANCISCO DE QUEVEDO.

Pleg esta carta, la cerr, y se fu hacia doa Catalina.

--Lloris?--la dijo.

--No os basta que os esconda mis lgrimas--dijo la condesa--, sino que
vens  buscarlas?

--Ellas me ahogan y ellas me dan vida. Llorado me vea por vos, yo, 
quien no llorar nadie, y quiera Dios que por vuestro recuerdo, salgan
de mi pecho las lgrimas que me hinchan.

--Pero no volveris?

--No.

--Pues... adis...

--Adis...

La condesa se qued llorando; Quevedo sali atusndose el bigote
distrado.

--Si me ama--dijo--es feliz y no hay por qu dolerse... si no me ama,
otro vendr y le enjugar los ojos.

Y haciendo un nuevo ademn que poda traducirse por la frase:
_adelante_, enrgicamente pronunciada, sali  paso lento de la casa.

Quevedo haba tomado su resolucin, y dejaba abandonado  tiempo un
instrumento que ya no le serva.




CAPTULO LI

EN QUE ENCONTRAMOS DE NUEVO AL HROE DE NUESTRO CUENTO


El padre Aliaga sali del alczar inmediatamente despus de haberse
turbado de una manera tan extraa, por el to Manolillo, el almuerzo de
la reina.

El confesor del rey estaba aturdido con lo que le aconteca.

El bufn haba llegado  hacerse para l un gigante.

Aquel hombre haba ledo en su alma.

Aquel hombre haba visto su fondo tenebroso.

Adems, el hombre que se haba credo amado por la reina, don Juan
Tllez Girn, el hombre por quien acaso la reina se interesaba, el que
se haba casado con doa Clara Soldevilla para cubrir acaso  Margarita
de Austria; el recuerdo de aquel hombre, roa el alma del padre Aliaga.

Porque el padre Aliaga, desesperado y loco, estaba celoso.

Y los celosos desconfan de todo, y aun en el mismo sol ven sombras.

El padre Aliaga hizo por lo mismo prender al cocinero mayor.

Porque tena celos.

De modo que, el msero de Francisco Martnez Montio, estaba
constantemente pagando pecados de otros.

El alguacil del Santo Oficio le haba llevado en derechura al convento
de Atocha, le haba metido en la celda, y se haba quedado guardndole
por fuera.

Cuando se vi all Montio, respir un tanto.

--Vamos--dijo--, estos son asuntos del inquisidor general. Pero y mis
asuntos? aquel Cosme Aldaba metido en las cocinas... y haba en mi casa
un no s qu... yo estoy en ascuas... y cunto tarda el padre Aliaga!
Dios mo!

Y el pobre Montio tuvo que esperar ms de tres horas, esto es, desde
las ocho hasta las once, sin atreverse  moverse del rincn de una de
las vidrieras de los balcones de la celda donde se haba pegado, viendo
cmo caa el agua continua sobre la tierra de la huerta.

El ver llover da tristeza.

El cocinero mayor, que tena ms de un motivo para estar triste, se puso
ms triste an.

Sus monlogos fueron tomando un no s qu de insensato.

Sus ojos miraban de una manera singular la compacta cerrazn del cielo,
como si ella hubiera tenido una relacin directa con el nublado que
envolva su alma.

Acab por adormilarse, que no eran para menos la inaccin en que se
encontraba, la insistencia de un mismo pensamiento, esto es, su casa y
su cocina, y el lento, contnuo, incesante rumor de la lluvia.

De repente le hizo volverse despavorido una mano que se apoy
fuertemente en su hombro.

Encontr delante de s al padre Aliaga.

Pero no al padre Aliaga humilde, impenetrable, sencillo, sino  un varn
plido, ceudo, cuyos ojos brillaban de una manera terrible, y tenan
all en su fondo algo que hizo temblar  Montio.

--Por qu no me trajsteis anoche el cofre de que hablamos?--le dijo.

--Porque me lo robaron!--exclam todo lagrimoso, asustado y
empequeecido el cocinero mayor.

--Que os lo robaron!

--S, seor... en la Cava Baja de San Miguel. Pero miento; no me lo
robaron... es decir, s me lo robaron...

--Tranquilizos, Montio, porque estis diciendo disparates.

--Es que vuestra seora me est mirando con unos ojos...

El padre Aliaga comprendi que el cocinero mayor estaba bastante
asustado para que fuese necesario asustarle ms, y que seguir
asustndole sera dar motivo  que no dijese una palabra con concierto.

--Vamos, vamos; no os he hecho venir...

--Perdone vuestra seora; me han trado preso.

--Pues bien, no os he mandado prender para manteneros preso, sino para
que vinirais. No pretendo haceros mal alguno.

--As fueran todos como vos, padre, porque desde hace tres das todos me
estn haciendo dao.

--Tranquilizos, que yo os proteger contra todos.

--Y mi mujer y mi hija? Y el galopn Cosme Aldaba? Y don Juan de
Guzmn?--dijo el cocinero recayendo en su pensamiento fijo.

--Ya hablaremos de eso. Sentos aqu, junto al fuego, que hace fro, y
si tenis apetito pedir de almorzar.

--No; no, seor, he almorzado ya, y por cierto con buen apetito... y si
no me encuentro al to Manolillo que me anim...

--Ah! habis almorzado con el to Manolillo?

--S; s, seor... el to Manolillo iba que centelleaba tras la
comedianta, tras la Dorotea... que iba con el sargento mayor don Juan de
Guzmn y se meti con ella en casa de doa Ana de Acua.

El cocinero mayor, fuese por temperamento, fuese por debilidad, fuese
por clculo, vomitaba todo lo que saba.

--Ah!--dijo el padre Aliaga, cuya fisonoma haba vuelto  ser
impenetrable y benvola--conque esa comedianta entr con el sargento
mayor en casa de doa Ana?

--S, seor.

-Y el to Manolillo?

--Se entr conmigo en una taberna de enfrente, donde almorzamos.

--Y luego?

--Luego, el to Manolillo se fu  la casa de doa Ana, llam...

--Luego conoce?...

--Debe conocer, porque le abrieron.

--Y vos?...

--Yo me fu al alczar: llegaba  l, cuando me prendieron.

--Os trajeron... Montio.

--Yo digo que me prendieron, y aunque alegu que tena que estar  la
mira del almuerzo de sus majestades, y evacuar otros negocios, el
alguacil que me prendi, slo me dej dar una vuelta por las cocinas, y
llevar  mi casa el cofre, el famoso cofre, que haba dejado en una
portera por irme con el to Manolillo.

--Pues no decais que os haban robado el tal cofre?

--S; s, seor; me lo robaron.

--Y cmo le recobrsteis?

--No le recobr yo.

--Pues quin fu?

--Ese caballero, que no s por qu razn acert  venir con dos amigos
por la Cava Baja, cuando ya se llevaban el cofre.

--Don Juan Tllez Girn!

--Ah! sabis ya cmo se llama?

--Anoche le cas.

--Que le cassteis!

--S, con doa Clara Soldevilla.

--Pero, seor, ese mancebo ha cado de pies en la corte, todas le aman.

--Sigamos, sigamos--dijo el confesor del rey con voz ronca--. Le cas, y
al pedirle su nombre, me dijo: don Juan Tllez Girn.

--Como que lo saba... como que abri el cofre y dentro encontr
papeles, y una carta del duque de Osuna, en la que le llamaba su hijo, y
un tesoro en joyas y en buenos doblones de oro, que es lo que queda
nicamente en el cofre, porque los papeles y las joyas se las llev.

--Y por qu no vinsteis?

--Tena miedo.

--Qu hicsteis, pues?

--Me volv  palacio, pero estaban las puertas cerradas, y me vi
obligado  meterme con el cofre y con mis gentes en donde mis gentes me
entraron, en una muy mala casa, seor, donde me dieron un jergn muy
malo, y pas una muy mala noche y luego me hicieron pagar un muy buen
precio... desdichas y ms desdichas... y cuando crea que iba 
descansar, he aqu que me prenden en nombre del Santo Oficio, y me
asust, seor, porque sin que os ofendis, el nombre del Santo Oficio
mete miedo, y me entran y me encierran en vuestra celda.

--De aqu saldris libre y favorecido: pero me habis de hablar con
verdad.

--Os dir cuanto sepa y ms que supiere  trueque de que me amparis,
que bien he menester de amparo.

--Antes de ir por el cofre consabido para traerle, dnde estuvsteis?

--En el convento, por la carta de la madre Misericordia.

--Y luego?

--Fu  casa del duque de Lerma, pero su excelencia no estaba en casa.

--De modo, que?...

--Tengo todava en el bolsillo la carta de la madre Misericordia para el
duque, y otra carta de la misma madre para vos.

--Dadme, dadme.

--Tomad, seor.

El padre Aliaga abri la carta dirigida  l, y encontr todo el frrago
que nuestros lectores conocen.

--Ah! ah!--dijo el padre Aliaga para s--; conque la de Lemos y
Quevedo mancillan los nombres de dos familias ilustres? se aman!
Quevedo es amigo de ese don Juan, y la condesa de Lemos es camarera de
la reina!

El padre Aliaga se qued profundamente pensativo y guard la carta de la
abadesa.

--Llevaris esta otra al duque de Lerma--dijo el padre Aliaga
devolviendo  Montio la carta que la noche antes haba escrito la madre
Misericordia para su to, bajo la presin del temor causado en ella por
el Santo Oficio.

El cocinero se levant sbitamente, porque le tardaba en verse en
libertad.

--Esperad, esperad todava.

Montio volvi  sentarse con pena.

--Cualquier cosa que os suceda, la remediar yo, y si no puedo
remediarla, procurar satisfaceros lo mejor posible.

--Ah! seor! Dios se lo pague  vuestra seora!

--Para cundo ha citado doa Ana de Acua al duque de Lerma?

--Al duque de Lerma, no--dijo en una suave advertencia el cocinero.

--Al rey... eso es... es lo mismo... cundo debe ir el duque de Lerma 
hacer el papel del rey en casa de esa mujer?

--Tengo que avisarla.

--Id  llevar esta carta al duque.

Montio se levant de nuevo.

--Si el duque os enva  casa de doa Ana, avisadme.

--Avisar  vuestra seora de todo.

--Y como vivs en palacio, procurad no perder nada en cuanto os fuese
posible de cuanto haga ese don Juan.

--Servir fielmente  vuestra seora.

--Y como os quejis de haber hecho gastos...

--Yo no me he quejado, aunque los he hecho...

--Tomad.

El padre Aliaga abri un cajn y sac un centenar de escudos que di al
cocinero.

--Ah! seor!--dijo Montio--; yo no tomara esto, si no fuera porque
estoy pobre.

Y en aquellos momentos el cocinero mayor deca la verdad sin saberlo.

--Id, id, que el da avanza, y tal vez os busquen.

--No lo quiera Dios: y puesto que vuestra seora no me necesita, voy...
voy  dar una vuelta por mi casa...

--Id con Dios.

Montio sali desolado.

A pesar de que estaba asendereado y molido, de que llova, de que el
terreno estaba resbaladizo, de que hay una gran distancia desde el
convento de Atocha  palacio, Montio recorri aquella distancia en
pocos minutos.

Cuando estuvo en la puerta de las Meninas, se abalanz por las escaleras
ms prximas y subi  saltos los peldaos.

Cuando lleg  su puerta, llam.

Nadie le contest.

Volvi  llamar y sucedi el mismo silencio.

Entonces vi lo que en su apresuramiento, en la turbacin, no haba
visto.

Un papel pegado sobre la cerradura, en que se lea en letras gordas, lo
siguiente:

      NADIE ABRA ESTA PUERTA, DE ORDEN DEL REY NUESTRO SEOR

Si hubiera visto la cabeza de Medusa, no hubiera causado en l tan
terrible efecto como le caus la vista de aquel papel.

Pero de repente se seren y solt una carcajada insensata.

--Vamos, seor!--dijo--he perdido el tino; en vez de venirme  mi casa,
me he venido  otra puerta.

Y sigui el corredor adelante.

Pero  medida que adelantaba se convenca de que estaba en el corredor
de su vivienda.

Entonces volvi  sobrecogerle el terror, y se volvi atrs, y volvi 
llamar, pero de una manera desesperada.

--S, s!--exclam--; esta es la puerta de mi aposento, y no hay nadie
en l, y luego este papel sellado; Dios mo!

El cocinero mayor se agarr con entrambas manos la cabeza, como
pretendiendo que no se le escapara, y de repente di  correr y se entr
en la cocina.

Oficiales, galopines y pcaros, hablaban en corros.

De repente, una voz desesperada, horrible, llam la atencin de todos.

Aquella voz haba gritado con una entonacin que parta el alma:

--Dnde est mi mujer? dnde est mi hija?

Por el momento nadie le contest.

Al fin, uno de los oficiales de ms edad adelant y le dijo:

--Seor Francisco, es menester que vuesa merced tenga mucho valor.

--Pero qu ha pasado?--grit con ms desesperacin, con ms miedo, con
ms horror Montio.

--Hace una hora se ha encontrado abierto el cuarto de vuesa merced y
robado.

--Robado!

Y aquel robado, no fu un grito, sino un aullido, ni un aullido tampoco,
porque no hay en ninguno de los sonidos que representan el dolor, el
terror, la muerte, el fin de todo, la agona, cuanto puede sentir y
sufrir un ser humano, nada comparable al grito del cocinero mayor.

Luego dej caer los brazos y la cabeza, y repiti aquel _robado!_, pero
de una manera ronca, grave, semejante  la preparacin del rugido del
len.

Y luego, llorando como un muchacho  quien han roto su botijo, y teme la
clera de su madre, repiti la frase robado! y di  correr sin saber 
dnde, como un gato espantado, tropezando en todo, dndose en las
paredes.

De repente se sinti asido como por unas tenazas de hierro, y lanzado
dentro de un aposento.

Luego se oy la llave de una puerta, y le arrastraron  otro aposento.

Y al fin Montio se vi delante del to Manolillo, que con los ojos como
brasas, amenazador, terrible, le mostraba una escudilla de madera en la
cual haba algunos berros, y los muslos, las patas, los alones y el
caparazn de una perdiz, todo verde, como los berros sobre que estaba.

--Rezad  Dios por el alma de un difunto!--exclam con voz concentrada
el bufn--rogad  Dios! cocinero de su majestad.

--Cosme Aldaba!--exclam Montio, y cay de rodillas y con las manos
juntas  los pies del bufn.




CAPTULO LII

DE CMO EMPEZ  SER OTRO EL COCINERO MAYOR


Un clavo saca otro clavo, se dice vulgarmente.

Un nuevo terror disip el anterior terror de Montio.

Aquella perdiz verde que le presentaba la inflexible mano del to
Manolillo, le devoraba, le morda, le magullaba el alma, por decirlo
as.

Plido, contrado, yerto, con la boca dilatada, los ojos fijos,
desencajados, espantosos, los brazos extendidos, crispados los dedos,
erizados los cabellos, temblando todo, estaba horrible por el terror que
senta; detrs de aquella perdiz verde vea un cadver... el cadver de
la reina, y detrs del cadver de la reina, los dos palos escuetos y
rojos de la horca.

--Infame Cosme Aldaba!--exclamaba con un acento indefinible--. Infame
Cosme Aldaba!... l ha sido!... yo no!... yo no!... no he parecido
por las cocinas en dos das!

--Pero habis sido ciego... miserablemente ciego!...--exclam con
acento de desprecio y de clera el bufn--habis sido ciego, y por
vuestra ceguera ese infame Guzmn ha podido volver loca  vuestra
esposa... ha podido hacerla un instrumento de muerte... y todo por
vos... por haber sido tonto.

--Oh Dios mo! pero su majestad...

--Esa perdiz se ha servido en el almuerzo de la reina--dijo el bufn.

--Pero ese difunto... ese difunto de que hablbais?...--dijo Montio
levantndose.

--Ha sido un paje.

--Ah!--exclam el cocinero--un paje!...

--S, un paje que se ha comido las pechugas que haban quedado en los
platos de la reina y del padre Aliaga.

--El padre Aliaga est perfectamente bueno--exclam con alegra el
cocinero mayor.

--Que est bueno el padre Aliaga?...

--S, acabo de hablar con l!

--Y la reina?... yo no me he atrevido  preguntar... no me he atrevido
 hablar... pero el alczar est tranquilo... oh! si hubiese querido
Dios que el golpe se hubiese frustrado!...

--S, s, Dios lo habr querido!...--exclam el cocinero--porque Dios
no querr que nos ahorquen inocentes!

La horca era el pensamiento fijo de Montio.

--Que nos ahorquen! No, no puede ser! se ha perdido el rastro.

--Que se ha perdido el rastro, y tenis ah en esa escudilla los restos
envenenados de la perdiz!

--Tenis razn, tenis razn, Montio--dijo el bufn-; pero esto
desaparecer, desaparecer, yo os lo juro.

Y yendo  un negro fogn que le serva para condimentar su pobre comida,
el to Manolillo hizo fuego, y puso sobre l la escudilla de madera con
los restos de la perdiz.

--Y no queda ms seal que esa?--dijo el cocinero viendo arder con
ansiedad la escudilla.

--No... el veneno slo queda ah... y en las entraas del paje muerto...
Pero, segn he odo, se han llevado el paje  la parroquia sin que nadie
sospeche; cuando le hayan enterrado....

--Oh Dios mo! Dios mo! Pero mi mujer! Mi hija!

--An amis  vuestra mujer?...

--No la amo... no... pero siento una horrible sed de venganza... La
miserable... la desagradecida... yo que la haba sacado de la miseria...
y luego el hijo que lleva en el seno...

--Vos nunca habis tenido hijos.

--Cmo! No es hija ma Ins?

--Vuestra primera mujer os enga, como os ha engaado la segunda.

--Dios mo! Dios mo!

--De modo que debis alegraros de que se os haya escapado.

--Pero se ha escapado robndome!...--exclam en una de sus
acostumbradas salidas de tono el cocinero mayor.

--Bah! consolos; ya tendris algn dinero empleado por ah.

--No tengo ni un slo maraved... haba pensado retirarme.

--Segn me han dicho, ha quedado un cofre muy pesado, que se encontr en
vuestro aposento, que los ladrones no pudieron abrir porque es de
hierro, y que no se atrevieron  llevarse por su tamao, en poder del
mayordomo mayor.

--En todo tiene suerte ese mancebo... mi sobrino postizo!--exclam con
una rabia angustiosa el cocinero mayor--; me roban  m, encuentran su
dinero en mi aposento cuando me roban y no pueden robarle  l. Dios
mo, Dios mo! me quedo solo en el mundo, y pobre y viejo.

--En primer lugar, don Juan Tllez Girn, vuestro sobrino postizo, os
debe todo lo que es. Vos habis sido la causa de las casualidades que le
han hecho esposo de doa Clara Soldevilla y favorito de la reina, y qu
s yo qu ms cosas... pero ya se ha quemado la escudilla con lo que
contena, ya no queda rastro por aqu del veneno... el alczar se me cae
encima; salgamos... salgamos de aqu, Montio.

--Llueve que es una maldicin. Llova cuando lleg  Madrid mi
sobrino... quiero decir, don Juan Girn; y yo tengo para m que mientras
llueva no cesarn las desdichas.

--Ya veremos dnde nos metemos. Arreglos los cabellos y el vestido, que
los tenis desordenados, ponos la capa y el sombrero, y vamos.

Psose el bufn una caperuza, envolvise en una capilla, sali de su
aposento con Montio y cerr la puerta con llave, murmurando:

--Ah te quedas, terrible secreto; t, aposento miserable del bufn, no
hablars, como tampoco hablar la tumba del paje. Vamos, Montio, vamos;
pero  dnde vais?

--A las cocinas. Queris que cuando me veo arruinado, abandone el nico
recurso que me queda?

--Dios ayude al bolsillo de su majestad!

--Otros diez aos de cocinero, solo, triste, viejo!... Otros diez aos
para reunir la dcima parte de lo que me han robado!--exclam Montio
con desesperacin.

Y no habl una palabra ms hasta llegar  las cocinas.

Ni all habl otras palabras, que las referentes al servicio.

Lo mir todo, lo inspeccion todo, di rdenes, y todos le escucharon
con un silencio terrible, con un silencio de espanto, porque  pesar de
que el desdichado no deca una sola palabra de su desgracia, ni nadie
se atreva  recordrsela, su rostro estaba espantoso.

Se pintaba en l no slo una desesperacin profunda, sino el principio
de una insensatez horrible.

Sus miradas vagaban inciertas sobre los objetos, sus mejillas haban
como enflaquecido, sus cabellos como blanqueado, habase afilado su
nariz, temblaba de tiempo en tiempo el mezquino, y repeta una misma
orden,  iba de ac para all, volviendo siempre  un mismo punto.

Hasta su voz se haba alterado.

Cuando sali, el oficial mayor dijo en medio del silencio general:

--Pobre seor Francisco! est loco!

Y aquella palabra _loco_ retumb fatdicamente en las cocinas, repetida
por todos.

Entre tanto, Montio deca, asindose al brazo del bufn:

--Vamos  donde vos queris--le dijo--; afortunadamente entre tanta
desgracia la vianda del rey est lista, no falta nada y... no me
despedirn... tendrn lstima de m...

--Infeliz!--murmur enteramente desarmado el to Manolillo.

Y entrambos, en silencio, se encaminaron  la salida del alczar.




CAPTULO LIII

EN QUE SE DEJA VER CLARO EL BUFN DEL REY


El to Manolillo haba aceptado la situacin.

Haba comprendido que para dominar los sucesos necesitaba dominarse  s
mismo, y se haba dominado.

Para dominarse haba hecho el siguiente raciocinio:

--Segn todas las apariencias, el plan de los asesinos ha fracasado; la
reina ha comido muy poco, y es ya viejo aquello de que: poco veneno ni
mata ni daa... podr suceder que  la reina... pero en fin... y qu me
importa  m la reina? qu favores la debo? he cumplido con lo que Dios
me manda, procurando evitar el crimen. Si no lo he denunciado con tiempo
ha sido por excusarme de un proceso... de una prisin... de un tiempo
perdido durante el cual no podra velar por Dorotea... por ella, que es
todo lo que me interesa en el mundo... por ella, que es... mi vida, mi
pensamiento nico...  la que me he sacrificado, que es desgraciada...
no, no; yo he debido conservar mi libertad  todo trance... he hecho
bien en callar... el crimen ha pasado sin que nadie le conozca...
Guzmn, el incitador de este crimen, est muerto... no puede
traslucirse... puedo, pues, consagrarme entero  Dorotea. Francisco
Montio podr darme luz acerca de ciertas cosas que yo no comprendo...
es necesario que yo utilice  este nombre... que le ayude... para todo
esto debo estar muy sobre m... pues sobrepongmonos  todo.

Despus de este razonamiento consigo mismo, el semblante del bufn tom
su aspecto vulgar, su aspecto de todos los das, como podramos decir.

Pero no aconteci lo mismo  Montio.

Continuaba desencajado, contrado, fuera de s.

Bastaba ver su semblante para comprender su situacin.

--Mi dinero! mi mujer!

Esta era la exclamacin que de tiempo en tiempo se escapaba de sus
labios.

Hcuba, la desventurada esposa de Pramo, la madre sin hijos, la reina
esclava, no tuvo nunca el corazn tan desgarrado como lo tena en
aquellos momentos el infeliz cocinero de su majestad el rey don Felipe
III.

Cuando salieron del alczar, continuaba lloviendo ni ms ni menos que
como tres das antes de entrar don Juan Girn en Madrid.

Montio no sinti la lluvia.

Pero el bufn, que tena sobre s un dominio inmenso, apresur el paso
para ponerse cuanto antes  cubierto de ella.

El cocinero mayor se qued atrs.

--Eh! seor Francisco!--dijo el bufn--; en qu pensis? andad de
prisa, amigo mo, andad de prisa, que necesitamos aprovechar el
tiempo... y sobre todo... si queris que se os haga justicia...

--Que si quiero que se me haga justicia! pues ya lo creo;  Dios la
pido!  Dios clamo por ella!... y estar clamando hasta que la
consiga...

--Pues aligerad.

--A dnde me llevis?

--A casa de otra alma desconsolada.

--No hay alma ms desconsolada que la ma.

--Quin sabe, Montio! quin sabe! pero andad, andad.

--Y quin es esa otra alma desconsolada?

--Una mujer que est enamorada de vuestro sobrino.

--Ah! y quin es?

--La Dorotea.

--La querida del duque de Lerma!

--Eso es.

--Y esa mujer...!

--Est loca por don Juan.

--Y esa mujer puede...?

--Ya lo creo... pero si os ayuda, ser necesario que vos la ayudis.

Y el rostro del bufn, al decir estas palabras, tena algo de terrible.

--Vamos, pues, vamos--dijo Montio alentando una esperanza--; y est
muy lejos la casa de esa comedianta?

--No, no por cierto; en la calle Ancha de San Bernardo.

--Pues he aqu que estamos en la plazuela de Santo Domingo.

--Y dentro de poco estaremos  su puerta.

En efecto, poco despus el bufn llamaba  la puerta de la Dorotea.

Sali  abrir Casilda.

--Oh! bien venido seis, to Manolillo!--dijo la joven--; no sabamos
qu hacer con la seora; est terrible. Entrad, entrad. Pero quin es
ese que viene con vos?

--Es un amigo.

--No creo que est la seora en disposicin de que nadie extrao la vea.

--No importa! no importa! entrad, seor Francisco, entrad--dijo el
bufn viendo que Montio se haba detenido al escuchar la observacin de
la criada.

--Vamos  juntarnos dos locos, por lo que veo--dijo entrando Montio.

Cuando entraron en la sala la encontraron revuelta; estaba llena de
cofres abiertos, de trajes sobre los sillones, de objetos sobre las
mesas.

Todo aquello era rico, relumbraba, punzaba la vista con los vivos
colores y lo brillante de las telas; era, en fin, un magnfico equipaje
de comedianta pagado por un gran seor.

--Ah!--dijo Montio--, bien se conoce que aqu no ha habido ladrones.

La Dorotea, destrenzados los cabellos, desarreglado el traje, iba de ac
para all plida, sombra, llorosa, sin acuerdo de lo que haca, obrando
maquinalmente, irritada, poseda por una pasin tremenda.

No vi ni al to Manolillo ni  Montio.

El bufn adelant, y en un momento en que la Dorotea estaba de pie,
inmvil, con la cabeza inclinada, sostenida sobre una de sus manos, con
el otro brazo abandonado  lo largo del cuerpo, era un vivo trasunto de
una estatua pagana, representando  una mujer maldecida por los dioses y
meditando de una manera terrible, blasfema  impa, sobre la causa de su
desgracia.

El bufn se acerc  ella.

--En qu piensas, hija ma?--la dijo.

--Yo no s!--contest con acento de desesperacin Dorotea.

--Pero estos cofres, estas ropas!

--Es necesario huir de aqu...

--Huir! y  dnde?...

--A dnde? No lo s! no he pensado en ello!

Guard un momento silencio, y luego dijo con un arranque de resolucin
terrible:

--S; s, s  dnde!  un lugar donde pueda ocultarme!... donde
nadie sepa que estoy!... pero cerca de l! cerca de ella!  un lugar
desconocido para todos, del cual pueda salir de noche, silenciosa,
envuelta en mi manto... sola con mi venganza! No s dnde! pero no
importa! cuando haya vendido todo esto!... lo estoy sacando de los
cofres para venderlo!... cuando mis ricos trajes, mis perlas, mis
diamantes, estn reducidos  dinero!... porque para vengarme es
menester dinero!... entonces!... entonces!... saldr de esta casa...
y encontrar donde ocultarme! oh! s! villano! infame! hacerme
conocer el amor y abandonarme!

--Pero no os ha robado!--dijo el cocinero mayor, que tena el amor
propio de creer que era la suya la desgracia mayor que poda acontecer 
un mortal.

--Que no me ha robado?--grit Dorotea clavando en Montio una mirada
resplandeciente de fiereza, que hizo temblar al cocinero mayor--, que
no me ha robado? y mi alma? y mi corazn?

--Os queda  lo menos dinero para vengaros.

--Vamos, vamos--dijo el bufn--; esto es una locura, Dorotea... t no
has pensado, t no has meditado.

--Yo no puedo meditar, yo no quiero meditar; me basta saber que se ha
casado con otra...

--Debes, pues, despreciarle.

--No se desprecia lo que se ama.

--Lo mismo digo yo--exclam Montio.

--Vos estis sentenciado  no decir nunca ms que necedades. Qu tiene
que ver lo que  vos os sucede?...

--Pues poda sucederme ms!... mi mujer, mi hija...

--Cmo!--exclam Dorotea--; vos tambin, pobre seor, habis sido
ultrajado... abandonado... insultado?...

--Oh! s; s, seora--dijo plaideramente Montio--; abandonado...
ultrajado y robado.

--Vengos!--exclam roncamente Dorotea, saliendo de su inercia y
continuando en su exhibicin de trajes de los cofres  las sillas.

--No, yo no quiero vengarme... si yo recuperara mi dinero...

--Quin es ese?--dijo la Dorotea escandalizndose de que un hombre en
tales circunstancias se acordase de otra cosa que de vengarse, y
perdiendo de todo punto el miramiento al cocinero mayor.

--Es Francisco Martnez Montio--dijo el bufn.

--Cmo! su to!

--To de quin?--exclam el cocinero...

--De Juan Montio.

--De don Juan Tllez Girn, querris decir, seora--dijo el cocinero
mayor.

--De Juan Montio digo--repiti con impaciencia la Dorotea.

--Juan Montio, hija ma--dijo dolorosamente el to Manolillo--, es don
Juan Tllez Girn.

Una palidez biliosa, lvida, terrible, cubri las mejillas de la
comedianta; sus ojos irradiaron una mirada desesperada, tembl toda, y
exclam con acento opaco:

--Conque me ha engaado!... conque me ha mentido!... ya lo sospech
yo!... Quevedo le trajo ayer  mi casa... s, s, veo claro... muy
claro... ya se ve!... como yo soy...  era la querida del duque de
Lerma!... oh! han querido tener en m un instrumento!... ese maldito
don Francisco, que lee en el alma... que adivin que yo me enamorara de
l... que me volvera loca por l!... oh! quin haba de creer que
Quevedo fuese tan villano? oh! quin haba de pensar que un joven de
mirada tan franca y tan noble, sucumbira  tal bajeza...  tal
crimen?... enamorar  una pobre mujer que vive tranquila, resignada con
su fortuna... hacerla odioso su pasado y desesperado su presente...
matarla el alma!... oh! qu crimen, qu crimen... y qu infamia! Es
necesario que aunque yo me pierda se acuerde de m! Es necesario que yo
me vengue!...

--S, es necesario que te vengues--dijo el bufn, que enloqueca por
Dorotea--; si no es necesario que me vengue yo...

--Vos!--exclam la joven--; os ha hecho tambin desgraciado ese
hombre!

--Oh! s, muy desgraciado!

--Vuestra desgracia, sea cual fuere, no puede compararse con la
ma--dijo Dorotea, que tena el doloroso egosmo de creer que su
desgracia era la mayor de las desgracias posibles.

--Oye!--exclam el bufn, asiendo de una mano  Dorotea--; oye... y oye
t sola--aadi llevndosela al hueco de un balcn, mientras Montio,
desvanecido por lo que suceda, se dejaba caer sin fuerzas sobre un
cofre cerrado an--: oye, Dorotea, y sabe que tus desgracias son humo,
viento, nada, comparadas con las mas.

Y la mano del bufn estrechaba ardiente y calenturienta la mano de
Dorotea, y sus ojos cruzados, encendidos, extraviados, se fijaban en
ella con una ansia dolorosa, y en su boca entreabierta, por la que sala
una respiracin ronca, asomaba ligera espuma blanca.

La joven se aterr al ver el aspecto del bufn, y quiso desasirse.

--No, no; escucha--dijo el bufn--; es necesario que escuches: es
necesario que conozcas el infierno que arde en mi alma... es necesario
que lo conozcas para que comprendas que,  pesar de lo que acontece, de
lo que te desespera, de lo que te hace creerte la ms desventurada de
las criaturas, tu infierno, comparado con el mo, es la gloria; tu
amargura, comparada con la ma, es miel; tu desgracia, comparada con la
ma, es una ventura envidiable.

Y la voz del bufn al pronunciar estas palabras, era ronca, opaca, casi
imperceptible, y  pesar de esto, era poderosa y marcaba todas las
entonaciones, todas las gradaciones de la pasin.

Dorotea le escuchaba muda, aterrada, dominada por aquella pasin viva.

--Oye, la dijo el bufn--: yo amo.

Y pronunci de tal manera estas palabras, mir de tal manera al
pronunciar estas palabras  la joven, que sta no pudo dudar que era
ella  quien de una manera tan terrible amaba el bufn.

Y ahog un grito de espanto, y quiso desasirse.

Pero el to Manolillo la detuvo.

--Yo amo--repiti con acento ms concentrado--; amo con toda la
desesperacin de Satans; mi amor es ms ardiente, ms terrible, ms
atormentador que el fuego del infierno: me consume, me abrasa las
entraas, es un tsigo de muerte que llevo consigo; un dardo envenenado
que no puedo arrancarme.

El bufn se detuvo para tomar aliento, porque de todo punto haba
enronquecido.

--Oye, oye: yo he visto crecer una mujer, crecer desde la cuna; la
arrebat de los brazos de su infame padre.

--Mi padre!--exclam Dorotea.

--El padre de aquella nia era un monstruo: la llevaba consigo para
abandonarla; aquella nia sin m hubiera ido al hospicio...

--Ah!

--Yo fu para la desdichada madre de aquella nia un hermano: com pan
seco y duro, dorm sobre el suelo, anduve sin capa en el invierno, viv
en una calurosa buharda en el verano, llev mi racin entera, y mi
soldada entera de bufn,  aquella pobre madre abandonada, y cuando poco
despus muri, empe mi soldada por muchos meses para comprarla un
nicho en el panten de la parroquia, donde durmiese tranquila.

--Ah!--exclam Dorotea.

--La misma noche en que enterraron  Margarita... oye... oye bien,
Dorotea, oye con toda tu alma porque... vas  or una cosa horrible--y
el rostro del bufn tom toda la terrible expresin de un condenado--:
cuando tu madre...

--Oh! no me haba engaado!--exclam la joven.

--S... s... tu madre... pero ms bajo, ms bajo... no ves que yo
devoro mi voz, cuando si estuviese solo rugira?... cuando tu madre
estuvo sepultada... es el nicho de la segunda hilera, junto al rincn,
en la pared derecha de la puerta, conforme se entra... nunca olvido
aquel nicho... cuando estuvo sepultada... parecime que me quedaba solo
en el mundo... no haba amado nunca...

--Amsteis  mi madre!

--La am... oh! s, como yo poda amar  una mujer que haba conocido
amando  otro, con toda mi caridad, y cuando digo con toda mi caridad,
digo con todo mi corazn; la am... oh! s, mucho, mucho... pero era un
amor que no me inquietaba... porque nada quera... ms que proteger  tu
madre... consolarla, y protegindola y consolndola, y vindola vuelta
hacia m como su nico consuelo... mi amor reciba toda la recompensa
que poda recibir... y al mismo tiempo... aquel amor puro, tranquilo...
aquel cuidado de una pobre enferma, me alentaba... me reconciliaba con
la vida... cuando perd  tu madre, me encontr solo... sal del panten
con el corazn oprimido... por el momento no pens en nada... pero
luego... el fro de las noches de invierno, la lluvia, refrescan la
sangre, y cuando la sangre que arde se refresca, el pensamiento se calma
y la razn sobreviene... pens y vi que no estaba solo en el mundo...
que vivas t... que te habas quedado sola en tu cuna... tena una
hija... una hija de quien Dios me encargaba... y yo no tena dinero...
no esperaba tenerlo en mucho tiempo, porque haba empeado mi soldada
por mucho tiempo... para enterrar  tu madre.

--Oh, Dios mo!--exclam Dorotea.

--Qu deba yo hacer!--exclam con acento ronc el bufn--ampararte,
criarte, velar por ti... y no tena dinero... el diablo  veces acude
al auxilio de los desesperados y acudi al mo!

Y el bufn solt una carcajada opaca, silenciosa, horrible.

Dorotea se senta estremecida por un terror inexplicable.

--S, s--aadi el bufn--; el diablo acudi en mi socorro; al pasar
por delante de una tienda cerrada... en Santa Cruz... sent contar
dinero... mucho dinero...

--Ah!--exclam Dorotea, que empez  adivinar la horrible verdad.

--Escucha, escucha--prosigui el bufn--; no es eso slo... no es
solamente lo que t has sospechado... es ms horrible... y todo por
ti... por ti...

--Oh! ms horrible an!--exclam Dorotea.

--Oye... Oye... el ruido tentador del oro me detuvo, me trastorn, me
atrajo... y... me qued inmvil, pegado  la pared... cerca de aquella
puerta... yo no senta, no oa otra cosa que el ruido del dinero... y
tras l me pareca escuchar tu llanto desconsolado... me pareca verte
extendiendo tus bracitos... llamando  tu madre... oh! Dios mo!... yo
no s cunto tiempo pas de aquel modo... al fin aquella puerta... la
puerta de la tienda se abri y sali un hombre... la puerta se cerr y
el hombre que haba salido se alej solo; yo le segu... le segu
recatadamente... eran mis pasos tan silenciosos, que no poda orme...
era la noche tan obscura, que aunque hubiera vuelto la cabeza no hubiera
podido verme... y una fascinacin terrible, involuntaria, me acercaba
ms  aquel hombre... de repente aquel hombre di un grito y cay de
boca contra el suelo... al caer se oy un ruido metlico... el de un
saco de dinero... luego se oy crujir de nuevo aquel saco, y otro hombre
di  correr... el que haba cado no volvi  levantarse... el otro no
volvi  pasar jams por aquella calle... tres das despus estabas t
en las Descalzas Reales... porque yo... yo tena oro... mucho oro... yo
era rico... y poda criar bien  mi hija.

--Matsteis por m un hombre!...--exclam Dorotea--algn desdichado
padre de familia!

--No s quin era... ni aun o hablar  nadie de aquella muerte... el
tiempo ha pasado... pero aquella sangre... aquella sangre est cada da
ms negra  indeleble en mi conciencia. Dicen que estoy loco! es
verdad... loco! y es muy razonable que yo est loco... porque he
sufrido mucho... mucho...

El bufn se detuvo fatigado.

Dorotea temblaba.

--Oye... oye an...--continu el bufn--. Durante los primeros aos de
tu vida, te am como  m propio... ms que como  m propio... yo lo
empleaba todo en ti... el oro que haba robado... mi soldada... t eras
una pequea dama... estabas mejor vestida, tenas ms juguetes y ms
ricos que las hijas de gente noble y poderosa que se criaban en el
convento... yo enloqueca por ti... porque t eras para m ms que mi
amor: eras el recuerdo de un horrible crimen... yo vea sobre tu pura y
hermosa frente de ngel una mancha roja...

--Dios mo!--exclam Dorotea, exhalando un grito de espanto, mirando
con terror al bufn--vos me habis criado  precio de sangre humana, y
vuestra maldicin ha cado sobre m!

Y como Dorotea quisiese huir, el bufn la retuvo.

--Espera, espera--la dijo--; an no he concludo; lleg un da en que ya
no fuiste una nia, sino una mujer, y una mujer hermossima... entonces,
sin poderlo evitar te am...

La Dorotea mir con espanto al bufn.

--Te am--continu el to Manolillo--como nunca he amado; ninguna mujer
me pareca ni me parece tan hermosa como t... y te he amado con ese
terrible amor que no espera satisfacerse; con ese amor resignado al
silencio, resignado al martirio; te am y te amo de ese modo; he
transmitido mi vida  ti y gozo cuando gozas, sufro cuando sufres. T
sufres ahora y yo sufro tambin. T ests celosa de esa mujer, de esa
doa Clara Soldevilla; yo tambin estoy celoso; t amas  ese don Juan y
ese don Juan no te ama... es necesario que ese don Juan sufra las mismas
penas que nosotros sufrimos; es necesario que ese don Juan se desespere.

--Ah!--exclam Dorotea estremecindose--, y qu terrible situacin la
nuestra!

--S! terrible, muy terrible! pero del mismo modo que nosotros la
sufrimos, es necesario que otros la sufran. Es necesario que nos
venguemos.

--Y cmo! cmo!--exclam Dorotea.

--Primero, oye... don Juan vendr  verte.

--A verme!--exclam la joven ponindose densamente plida.

--Ha obtenido algo de ti?

--No.

--Don Juan vendr  verte; eres demasiado hermosa para que no vuelva;
don Juan sabe que le amas... y querr hacerte su querida.

--Oh!--exclam Dorotea.

--A nadie le desagrada el que le amen dos hermossimas mujeres. Don Juan
vendr, pretender engaarte...

--Le despreciar.

--No, no le desprecies; desesprale.

--Desesperarle! y cmo?

--De qu te servir ser cmica, si no sabes ser cmica ms que en el
teatro? Cuando venga recbele bien.

--Recibir yo bien  ese traidor?...

--La sonrisa en los labios y el odio en el corazn; porque t debes
odiarle, como odiaras  un ladrn,  un asesino, porque l te ha robado
tu paz, l te ha matado el alma.

--Yo no puedo aborrecerle; yo le amo, yo le amar siempre!--exclam
llorando Dorotea.

--Ms bajo, ms bajo, que no nos oigan.

--Oh! Dios mo! y qu me importa todo?

--Ese nombre que est ah doblegado bajo su rabia, bajo su desconsuelo,
como lo estamos nosotros, ese hombre, Dorotea, puede ser tu pual.

--Mi pual!

--No aborreces  doa Clara?

--Oh! s!

--No deseas que don Juan sufra como t?

--S, s.

--Pues bien, ese hombre que est ah reducido  la nada, aniquilado, ese
hombre es el cocinero de su majestad.

--No os comprendo.

--Doa Clara vive en palacio.

--Y qu?...

--Un plato de las cocinas del rey, puede bajar al aposento de doa
Clara.

--Oh! s! es verdad! yo me vengar del desamor de don Juan!

Y en los ojos de la Dorotea, apareci una mirada valiente, enrgica, en
la cual, cosa extraa en aquella situacin, haba mucho de generoso y de
sublime.

--Oh! y qu grato ser hacerle llorar!--dijo el bufn.

--Oh! s, s, es el ltimo recurso, el ltimo consuelo que queda  mi
alma; hacer llorar  don Juan.

--Pero para eso es necesario que le engaes.

--Le engaar.

--Que le desesperes.

--Le desesperar.

--Y para ello, que recojas esas ropas, que vuelva el color  tus
mejillas, la risa  tus labios; que contines siendo la querida de Lerma
y la amante de Caldern; que representes como siempre... que vuelvas 
ser la cmica.

--Lo har, lo har; descuidad.

--Empieza, pues, por secarte las lgrimas, como yo, mira; yo me las
trago... yo me ro... ah! ah! qu buen chasco les vamos  dar!--dijo
el to Manolillo, saliendo del hueco del balcn y dirigindose al
cocinero mayor:

--Chasco! chasco! qu ms chasco que lo que  m me sucede?--exclam
Montio llorando.

--Pues de eso hemos estado tratando la Dorotea y yo; del chasco que
vamos  dar  vuestra mujer,  vuestra hija...  los que os han robado.

--De veras!

--Dorotea... ya lo sabis... es mucha cosa del duque de Lerma.

--Y tanto--dijo la Dorotea que empezaba  representar su papel, que el
duque hace cuanto yo quiero.

--Y vos os interesaris por m?

--Ya me intereso.

--Y lograris que mi mujer y mi hija sean castigadas, y que yo recobre
mi dinero?

--Har cuanto pueda; tened por cierto que antes de mucho, una nube de
ministros de justicia estarn buscando  los criminales.

--Ah! seora!

--Debes escribir al duque--dijo el bufn.

--En efecto, hace tres das que no le veo--dijo la Dorotea--; esperad,
esperad un momento, voy  escribirle.

Y se sent junto  una mesa, tom papel y pluma y escribi lo siguiente:

Seor mo: Hace tres das que no me honris; habr cado en vuestra
desgracia? No lo creo; al menos no he dado motivo para ello. No me quejo
como me quejara en otra ocasin, porque s que andis muy seriamente
ocupado y ms de un tanto cuidadoso por la vida de nuestro buen amigo
don Rodrigo Caldern. Pero, segn entiendo, habis salido bien de
vuestros negocios y la vida de nuestro amigo no corre peligro. Debis,
pues, venir, dedicar algn tiempo  la que os ama tanto, seor, que no
es dichosa sin veros.--Vuestra _Dorotea_.

Pleg y cerr esta carta la joven y la di  Montio.

--Llevadla ahora mismo--le dijo--al duque de Lerma; le digo en ella que
quiero verle, y cuanto ms pronto le vea ms pronto podr hablarle de
vuestros negocios.

--Oh, seora! Cunto os deber si consigo recobrar mi dinero!--exclam
Francisco Montio.

--Pues id, id, amigo mo.

--De todos modos, yo tena tambin que ir  ver  su excelencia.

--Pues adis.

--Adis. Adis vos tambin, to Manolillo.

--Ah! Id, id con Dios, seor Francisco, id con Dios, y hasta ms ver.

El cocinero mayor sali tambalendose como un ebrio.

Dorotea empez  recoger en silencio sus joyas y sus trajes y 
guardarlos en los cofres.

Durante esta operacin no habl una sola palabra.

El to Manolillo, sentado en un silln, la miraba con ansiedad.

Dorotea estaba serena; sus lgrimas se haban secado; slo quedaba en su
semblante, como vestigio de la pasada tormenta, una profunda gravedad.

El bufn guardaba tambin silencio.

Casilda y Pedro llevaron los cofres  su lugar y pusieron en orden el
mueblaje.

Dorotea entre tanto haba cambiado de vestido y se haba puesto en el
hueco de un balcn  estudiar su papel de la comedia antigua, titulada
_Reina Moraima_.

--Oh! Tu calma me espanta, hija ma--dijo el bufn.

--No me habis dicho que debo ocultar el estado de mi alma para
vengarme mejor?--dijo la Dorotea--; yo he credo bueno vuestro consejo y
empiezo  representar mi papel; estoy tranquila, ya lo veis, y estoy
tranquila porque estoy resuelta. Ya s lo que puedo esperar, y para
representar mi papel es necesario que contine en mi vida de costumbre.
Esta tarde tenemos un primer ensayo y es necesario que la dama sepa su
papel. Estudio, ya lo veis; no podis pedirme ms.

El bufn mir dolorosamente  la joven.

En aquel momento entr Casilda.

--Seora--dijo--, aquel caballero joven que estuvo aqu ayer acaba de
bajar de una carroza y pide veros.

--Ah! Ya saba yo que vendra--dijo el bufn--; adis, Dorotea, adis,
y mira lo que haces.

--Id sin cuidado; ya os lo he dicho, estoy resuelta.

--Adis!--repiti el to Manolillo, y sali por la puerta de la alcoba.

--Que entre ese caballero--dijo Dorotea.

Y puso de nuevo los ojos en su papel, tranquila, serena, como si nada la
hubiera acontecido.

Slo la quedaban como vestigio de la tormenta dos crculos ligeramente
morados alrededor de los ojos.

Toda su fuerza de voluntad no haba podido borrar aquellas dos seales
de las lgrimas y del insomnio.

Pero Dorotea saba que tena aquellas seales y estaba tranquila.




CAPTULO LIV

CMO SABEN MENTIR LAS MUJERES


Don Juan entr con recelo; esperaba un recibimiento terrible.

Pero se sorprendi al ver que Dorotea se levantaba solcita, sala  su
encuentro y le abrazaba.

--Oh y cunto me habis hecho padecer! Cunto me habis hecho llorar,
seor mo!--le dijo con toda la ardiente expresin de su alma--; venid,
venid que os vea; ya s, ya s que no os han herido... pero vuestro
lance con don Bernardino... No haber vos venido anoche! Y luego como
yo no s dnde vivs!...

--Vivo en palacio--dijo con turbacin don Juan.

--Ah! Vivs en palacio... con vuestro to?... Me alegro... Y por lo
visto vuestro to es un buen to; me ha dicho Casilda que habis venido
en carroza... y vuestro traje, vuestras alhajas, oh, y qu hermoso y
qu gentil y qu galn vens!... Cada da os amo ms... y me alegro, me
alegro de que vuestro riqusimo to emplee sus doblones en vos con tanta
magnificencia... prefiero que no me debis nada... porque as sabr que
me amis por m misma... no podr ofenderos en nada ni aun desconfiar de
vos.

Mir don Juan de una manera franca y valiente  Dorotea.

Aquella mirada estuvo  punto de hacer llorar  la joven.

--Ah, no; vos no podis engaarme!--dijo sta--, ya lo s, y por eso
confo en vos.

--Escuchadme, seora, y suceda lo que quiera; sabed todo lo que debis
saber: yo no soy sobrino de Francisco Martnez Montio.

--Ah! No sois sobrino... del cocinero mayor de su majestad?

--No; soy hijo bastardo del duque de Osuna.

--Oh, me alegro, me alegro!--exclam fingiendo la alegra ms verdadera
la Dorotea; vos no debais ser hijo ms que de un gran seor.

--Pues me pesa, seora, de no ser verdaderamente hijo del honrado
hidalgo  quien he tenido por padre hasta anoche.

--Ah!--exclam la comedianta--; conque es decir que cuando me
dijsteis que rais sobrino del cocinero mayor del rey me dijsteis la
verdad?

--Nunca he pretendido engaaros; anoche, por un acaso, el mismo
Francisco Montio me di ocasin de conocer mi nacimiento.

--Y dnde passteis la noche, seor mo? Yo os estaba esperando.

--Es necesario que yo os lo diga todo.

--Tenis ms que decirme?

--Ciertamente; vuestra hermosura, y un no s qu inexplicable que existe
en vos, que me oblig  amaros desde el momento en que os vi, tuvo la
culpa de que yo, no conocindoos bien, os haya engaado.

--Ah, me habis engaado!...

--Y de una manera grave.

--Pero en qu? Cmo?

--Soy casado.

--Y eso qu importa?--dijo la Dorotea, cuyo semblante no se alter.

--Cmo! No os importa nada que yo sea casado?--dijo don Juan, que
sinti un vivo impulso de despecho.

--No, porque no haba de haberme casado con vos.

--Sin embargo...

--Porque nunca hubiera sido vuestra querida.

--Ah! Es eso cierto?

--Certsimo.

--Es decir, que os soy indiferente?

Y el joven pronunci estas palabras con un acento tal y tan doloroso,
que Dorotea sinti que su amor creca; se sinti amada; sin embargo,
conserv su severidad.

--No; vos no me sois indiferente; no, Dios mo! Por el contrario, sois
el nico hombre  quien he amado, el que ha encontrado mi corazn
virgen... pero por lo mismo, porque slo mi corazn estaba puro, os amo
con pureza... por eso yo, querida del duque de Lerma, querida de don
Rodrigo Caldern, mujer perdida, no quiero arrastraros hasta el fango
donde est mi cuerpo; os doy mi alma, mi alma entera y nada ms; qu me
importa que seis casado? Qu me importa que no me amis si yo os amo?

--Dorotea!

--Os ama tanto como yo vuestra mujer?

--Oh, qu pregunta!

[imagen: Don Juan Girn.]

--Es que yo quiero, es que yo deseo que os ame, no ms que yo, porque
eso es imposible, sino tanto; yo s bien que siendo vuestra esposa, ser
digna de serlo...

--Oh, s!

--Y quin es? La conozco yo? Decidme su nombre.

Fu la primera situacin difcil en que se encontr despus de casado
don Juan; crea profanar el nombre de su esposa y tartamude algunas
palabras en una torpe excusa; Dorotea vi lo que pasaba en el alma de
don Juan.

--Pronunciad, pronunciad sin temor el nombre de esa seora--dijo
Dorotea--; no es la comedianta, no es la mujer perdida quien os lo
pregunta, no es tampoco la mujer celosa; es vuestra hermana, vuestra
buena hermana, que porque os ama, ama  la mujer que os ama y es tambin
hermana suya; decidme su nombre.

--Doa Clara Soldevilla--contest don Juan con acento opaco.

--Ah, la famosa menina de la reina! Famosa por su virtud y por su
hermosura... pero no se deca que esa seora fuese casada... no os
extrae que yo la conozca; yo trato  la gente ms principal de Espaa;
mi retrete en el teatro y mi casa, estn frecuentados por lo ms rico,
por lo ms noble; como delante de m se habla sin empacho, he odo
hablar mucho de doa Clara, ponderan su hermosura, y al mismo tiempo su
desdn para con todo el mundo. Dicen que el rey--Dorotea baj la
voz--dicen que el rey ha amado  doa Clara; que ha tenido empeo; que
ha enviado  Npoles al coronel Ignacio Soldevilla, para dejarla ms
aislada; pero que,  pesar de esto, el rey se ha llevado chasco. A tal
altura ha llegado la virtud de vuestra esposa, que la llamaron la
_menina de nieve_; oh, me alegro mucho!... Cuando esa seora se ha
casado con vos debe amaros mucho, muchsimo, con toda su alma, con todo
su corazn, con todo su deseo. Debis haberla vuelto loca, don Juan; es
la nica mujer que conozco digna de vos, y me alegro... oh, s, me
alegro!... Y la amo porque os ama y me alegrar de tener una ocasin en
que demostrarla dignamente mi amor.

--Oh! No os comprendo Dorotea... yo crea...

--Habis credo mal... yo no poda casarme con vos; yo no poda daros
esa suma de encantos, de nobleza, de dignidad que os ha dado vuestra
esposa; yo era, yo soy una mujer perdida para el amor; lo he conocido al
conoceros... al amaros he comprendido que no deba ser para vos lo que
he sido para otros... quera ser ms... quera ser... vuestra hermana...
vuestra hermana del corazn... od... no vendris  mi casa... no... eso
se sabra... creeran que yo era vuestra querida... lo sabra vuestra
esposa, porque conoce  muchas gentes, y entre esas gentes, que son como
todas, las hay sin duda que se gozan en la desgracia ajena... esto es
odioso, pero es verdad; por recatadamente que vinirais  verme, alguien
os vera... ya lo creo... os sentiran mis criados... y mis criados...
lo diran, porque los criados lo dicen todo... no, no debis, no podis
venir  mi casa, porque no podis, no debis herir el corazn de vuestra
esposa.

--Qu hay en vuestras palabras, Dorotea, que las hace para m agudas y
afiladas como un pual?

--Hay, que no me conocis bien: hay vuestro recelo... creis que yo
estoy ofendida de vos!

--Debis estarlo.

--Lo estara si os hubiseis casado con otra mujer.

--Una mujer que ama no cede  ninguna su amor.

--No, su amor no; pero si ama de veras, si ella no puede hacer la
felicidad del hombre amado, se alegra de que otra mujer la haga; la ama
porque ella es la paz del corazn del hombre  quien ama.

--Tenis mucho ingenio.

--Si le tengo est en mi corazn.

--Entre tanto me prohibs que venga  vuestra casa.

--Y para qu queris venir?

--Dorotea! yo no s lo que pasa por m; yo estoy loco.

--Loco! s... debis estarlo... loco de felicidad.

--No, no; loco de desesperacin.

--Y por qu? no sois afortunado? la mujer ms pura y ms hermosa y ms
codiciada de la corte os ama. La comedianta que  todos enamora, que 
todos desespera, y que tiene buen corazn, es... vuestra hermana. Ella
os da en su hermosura, ms de lo que puede soar el enamorado ms loco;
en su amor un cielo; yo os doy mi alma dolorida y triste, mi pobre alma
desterrada y sedienta; os amo con toda esa alma desventurada, y slo
tengo ojos y corazn y odos para vos. Qu ms queris?

--Yo no os conoca! vos habis amargado mi felicidad.

--Que he amargado yo...! que puedo yo amargar vuestra vida! oh! no
me lo digis, no! eso me desesperara! eso no puede ser! eso no es!

--Yo no poda comprender... no, no poda comprender que de repente, 
primera vista, pudiese el corazn interesarse de tal modo...

--Ah! decidme... me interesa conocer vuestro corazn. Vais  ser
franco y leal conmigo?

--Os lo prometo.

--Decidme: qu efecto os caus doa Clara Soldevilla la primera vez que
la vsteis?

--No lo s.

--Pero experimentarais algo al verla!

--Un deslumbramiento, una ofuscacin, un no s qu... luego... luego la
casualidad me puso junto  ella... y mi alma entera fu suya... no, mi
alma entera, no... ha quedado en ella un lugar para vos...

--No, no sois franco... os inspir deseo doa Clara?

--No.

--Ah! no os inspir deseo; y desesteis volver  verla?

--Dese... dese tenerla siempre  mi lado, vivir en su vida.

--Y no sobrevino el deseo...

--No.

--Y os habis casado...?

--Con el alma llena de felicidad.

--Y la habis hecho vuestra, con transporte, enloquecido?

--No, con miedo...

--Con miedo!

--S, con miedo por vos.

--Ah! yo! siempre yo!

--La posesin de doa Clara no poda hacer que yo olvidara, que yo
arrojara de m esta fascinacin poderosa que me causis...

--Ya que hemos llegado  m, decidme, decidme, qu impresin caus en
vos?

--La impresin ardiente de una hermosura divina; yo no haba visto unos
ojos que tuviesen la hermosura, el poder, el dulce fuego que hay en
vuestros ojos... y luego vuestros ojos, al arrojar sobre m su primera
mirada, exhalaron instantneamente una mirada de sorpresa, y luego una
mirada de atencin, y luego una mirada que me dijo claro, claro, como me
lo podran decir vuestros labios: soy tuya, tuya, cuando quieras, tuya
toda, cuerpo y alma, corazn y vida... pude engaarme; pero yo le eso
sin quererlo en vuestros ojos, lo ley mi alma, y mis ojos debieron
deciros lo mismo...

--S, s; y no os han dicho lo mismo los ojos de doa Clara?

--Ah, s, s!, pero al decirme sus ojos soy tuya, haba en ellos
alegra, confianza.

--Pureza! decidlo de una vez! y en los mos debi de haber dolor,
vergenza!

--Dorotea! por qu os he visto?

--Por qu! porque Dios es bondadoso y justo, porque Dios saba que mi
alma estaba sedienta de amor y en vos me lo ha dado.

--Y  m me ha dado en vos un remordimiento.

--No, no lo creis; escuchad: doa Clara me hace un gran bien; doa
Clara hace imposible el que yo me arroje en vuestros brazos; de la nica
manera que puedo ser feliz es sufriendo por vos, teniendo celos...
viendo que vos los tenis.

--Qu decs?..

--Od... mi primera mirada de amor para vos, fu una mirada impura,
sabis por qu?... por que vi en vuestros ojos el alma que yo anhelaba
encontrar; porque vi en vos una hermosura que me enlanguideca, que
absorba mis sentidos, que llenaba mi corazn; sent un dolor agudo,
porque, como doa Clara, no poda deciros: eres mi primero y ltimo
amante... ya lo sabis.. yo, que hubiera sido vuestra cuando vos
hubirais querido, no lo ser nunca...

--Y si no me hubiese casado?...

--Si no os hubirais casado... s, vuestra... vuestra; por lo mismo me
alegro de vuestro casamiento... me alegro de ese imposible puesto entre
los dos.

--Pero sois desgraciada...  no me amis como decs...

--Os amo ms... mucho ms... no notis que cuando estoy  vuestro lado
soy feliz?

--Asoman las lgrimas  vuestros ojos!

--Puede ser... puede ser... s, es verdad; que queris... soy tan
infeliz!--Y la pobre Dorotea se desplom, llor y se cubri el rostro
con las manos.

--Y queris que no tenga remordimientos?

--No los tengis.

--Os he hecho desgraciada, sin poderlo evitar!...

--La ambais?...

--Debis aborrecerla... y ella...

--Ella! sabis lo que ella hara conmigo? si os ama como yo creo, como
indudablemente os ama, me matara...

--Como vos la matarais  ella...

--Yo... yo... Dios mo! yo no... no... porque sera mataros  vos...
s, mataros... estis loco por ella... y yo no quiero mataros... no...
de ningn modo... no quiero que sufris...

--Nos encontramos en una situacin muy difcil... muy grave.

--No... suframos cada cual... pero no sufris ms de lo que
inevitablemente debis sufrir, porque ya no tiene remedio... no agravis
el mal, llevndole  vuestra casa... no vengis  la ma.

--No habis podido sostener vuestra serenidad; habis llorado; el
castillo de vuestra firmeza se ha venido  tierra... el verme unido 
otra os mata... y eso... eso me rompe el corazn.

--Eso ya no tiene remedio; doa Clara os ha inspirado ese amor puro,
noble, intenso, ese amor del alma del que yo hubiera querido ser digna;
doa Clara es para vos vuestra hermana, ms que vuestra hermana, porque
es vuestra amante. Yo soy para vos ese demonio tentador que embriaga,
que no se puede apartar de la memoria, que no merece ser amado y que no
se ama, pero que se desea, que se desea con una sed insoportable, que
hace arder nuestra cabeza en una fiebre dolorosa, y gemir nuestro pecho
que respira mal, que est dolorido... y al mismo tiempo soy para vos la
pobre mujer que ningn mal os ha hecho,  quien veis sufrir de una
manera desesperada, cuyas lgrimas no podis secar, cuyo corazn no
podis dilatar, cuya agona no podis curar; un deseo vehemente... una
compasin profunda... eso es lo que yo inspiro... amo! amor! oh!

--Me estis desgarrando el alma, Dorotea!--exclam dolorosamente don
Juan.

--Lo siento, y esto me hace ms desgraciada; dara yo porque me
olvidrais mi eternidad.

--Escuchadme--dijo don Juan tomando  Dorotea una mano que arda y que
al sentir la mano del joven tembl.

--Decid.

--Cerremos los ojos  todo. Lo sucedido no tiene remedio. Olvidos de
que me he unido  doa Clara.

--No puedo olvidarme... por ella misma... por vos.

--No os entiendo.

--No debis venir  mi casa, os lo repito.

--Ah! vos os vengis!

--Justo sera; pero no me vengo, no me puedo vengar. Me dominis, no me
pertenezco, porque os pertenezco entera, porque soy lo que vos queris
que sea.

--Dorotea! conque pretendais engaarme?

--Menta al hablaros de... de qu s yo... porque no me acuerdo de lo
que os he dicho que no sea mi amor, y mi humildad  vos, que sois dueo
de mi alma y de mi voluntad... pero esto no impide el que comprenda que
vos olvidis, arrastrado por m... lo que no debis olvidar... yo no
puedo olvidarme de vuestra felicidad... yo que os amo, no puedo
exponerla... por eso os digo que no vengis  mi casa... es necesario
que vuestra esposa no lo sepa... no por m... sino por ella misma... por
vos... si vinirais... lo sabra... si lo supiera... Oh, si se viese
engaada!... Si los celos la extraviaran... si en un momento de
despecho quiere vengarse dndoos celos por celos... infamia por
infamia!...

Don Juan se levant como herido por una punta envenenada.

--Es necesario evitar que eso suceda; pero nos volveremos  ver... s,
nos volveremos  ver... siempre que podamos, sin causar sospechas; en
lugar retirado, donde nadie nos vea, donde nadie nos conozca; yo...
guardar vuestro secreto... no os hablar jams de ella... no me
hablaris de ella vos... nos veremos mientras vos queris que nos
veamos... despus... despus... si me abandonis... yo os ver... ir
cubierta con mi manto  la iglesia donde vos vayis... cuando
represente, si estis en el teatro, yo os har conocer sin que nadie lo
conozca, que represento para vos; mi pensamiento ser siempre vuestro...
os lo juro... pero ahora idos. Habis estado demasiado tiempo. Una
recin casada encuentra siempre largas las horas que est separada de su
marido.

--Ah!

--Queris que sea menos desgraciada, don Juan?

--Que si quiero! y me lo preguntis?

--Pues bien; sed feliz...

--No os comprendo.

--En doa Clara tenis el alma, tenis esa dulce y casta compaera, el
ngel del hogar; no llevis  vuestra casa la tristeza; en m tenis la
mujer que enloquece, la mujer que embriaga; no traigis  mis brazos el
remordimiento; resignmonos  nuestra suerte. No sufris por m, porque
cuando yo conozca que no sufrs, que sois completamente feliz, yo ser
menos desgraciada.

--No s qu contestaros; no s qu deciros...

--Yo s, yo s lo que os tengo que decir... os amo! os amo! ms que
ayer, ms  cada momento; os amo! muero por vos! pero idos! volved
tranquilo  vuestra casa... yo os avisar... y nos veremos.

Don Juan hizo un esfuerzo y sali.

Dorotea se qued mirando de una manera imposible de hacer apreciar  la
puerta por donde haba salido el joven, y no repar en que apenas aqul
haba desaparecido, el bufn haba abierto las vidrieras de la alcoba,
haba adelantado en silencio, y se haba sentado en la alfombra  los
pies de Dorotea.

No haba querido salir por la puerta de escape, y lo haba odo todo.

--Eres mujer perdida!--dijo con voz ronca.

Al sonido de la voz del to Manolillo, Dorotea dej de mirar  la
puerta, y mir al bufn.

La ansiosa, la profunda mirada de ste, la estremeci.

--S, soy una mujer despreciable--dijo contestando  las palabras del
bufn.

--No; no he querido decir eso--dijo el to Manolillo--. Quiero decir que
te has perdido. No has sabido empezar  vengarte...  vengarte de una
manera horrible.

--Qu hubierais hecho vos en mi lugar?

--Qu hubiera yo hecho?--exclam el bufn sonriendo de una manera
espantosa, y dejando ver su blanca dentadura que se entrechocaba.

Qu hubiera hecho yo?

Y se encogi, se dilat su pecho, y lanz un aliento que ruga,
poderoso, ardiente, indicio de la horrible lucha que conmova su alma
destrozada.

--S, s--dijo impaciente Dorotea.

--Yo? qu hubiera hecho yo? dar mal por mal y con creces, con
horribles creces! primero... en el primer momento se me ocurri matar...
cuando me hieren, lo primero que se me ocurre es matar; pero despus...
la reflexin, la calma,.. matar! hacer morir! es decir, exterminar!
no, no! es poco! yo crea que tenas ms alma... y tienes el alma
dbil... no has sabido sacrificarte para sacrificarle... para
sacrificarla  ella...

--Oh! ella! ella! pensar que ella le posee por completo, delante del
mundo, con la frente alta, siendo su orgullo...

--Tienes que contentarte con matarla... y esto es poco, muy poco.

--Pero qu hubirais vos hecho?

--Le he estado observando desde all, temblaba, temblaba estremecido de
deseo... sus ojos devoraban tus ojos, se fijaban en tu cuello, en tu
seno... sufra... est loco por ti... no te ama... tiene hambre de ti y
nada ms.

--Eso es mentira!

--Pobre loca! porque ella le ama, porque le ama con toda su alma, cree
que l... l! lo ms puro que l siente por ti, es lstima... y eso es
humillante...

--Pero qu querais que hubiera hecho?

--Qu! mantenerme firme, hacerle comprender, aunque fuera mentira, que
te importaba poco que se hubiera casado... empezaste muy bien... yo
estaba diciendo all, detrs de los cristales... qu buena cmica es mi
hija!... qu pobre hombre es ese don Juan! pero luego lo has echado
todo  perder, le has dejado ver tu desesperacin, y se gozaba en ella
sin saberlo! oh! qu felicidad tan incomprendida es para algunos
hombres, magullar  una pobre mujer como el gato que magulla  un ratn!
Oh! cun felices, cun felices son algunos hombres, y qu poco merecen
su felicidad!

La excitacin febril del to Manolillo asust  Dorotea, la asust por
don Juan; comprendi que deba engaar al bufn.

--Veamos qu hubirais vos hecho mejor, qu he debido yo hacer.

--Oye: el hambre pasa cuando se satisface, pero cuando no, se irrita; el
que muere de hambre... el que muere de hambre, no niega nada al que le
ofrece un pedazo de pan.

--Seguid, seguid, me parece adivinaros; veamos si me he engaado.

--T irs misteriosamente  ver  ese hombre. Debes ir. Yo te buscar el
lugar.

--Ah! no, no--dijo Dorotea.

--Bien, no insisto... no quieres ser expiada... no quieres sermones...
bien, mejor... buscars un lugar retirado: lo embellecers, lo
perfumars, enloquecers en l con tu don Juan; te resignars  todo, lo
olvidars todo, porque le amas con el amor ms humilde del mundo; tu don
Juan, esperar impaciente los primeros das la hora de verte; le ser
muy cmodo lograr tus amores sin que lo sienta la tierra, sin que pueda
tener celos su doa Clara; despus,  medida que vaya pasando el tiempo,
le parecers menos hermosa, y esperar con menos impaciencia la hora de
verte; luego ir por ir, por lstima, te har esperar, despus le
esperars en vano algunos das, y te volvers  tu casa, humillada,
desesperada, celosa, al fin y al cabo te abandonar, hastiado de ti...

--Oh!

--Matars  doa Clara; puedes matarla... pero esa no es la venganza que
t necesitas...

--Seguid--dijo Dorotea, con el alma helada, por decirlo as--. Decidme,
de qu otro modo ms horrible me puedo vengar?

--De qu otro modo? Oye: procura buscar un retiro  propsito; el lujo,
las pinturas, los perfumes, todo esto favorece  una mujer y la hace ms
hermosa, cuando es tan hermosa como t; vstete, adems, como te vistes
cuando quieres que el pblico te aplauda slo al verte: los hombros
desnudos, los brazos desnudos; perlas en el cuello; diamantes en los
brazos, y en la cabeza flores; una corona de flores es lo mejor que
puede llevar una mujer hermosa; all, en aquel hermoso gabinete, ms
hermosa t por tu atavo, una cena exquisita; vinos... pero t no
bebas... no bebas... contntate con arrojar sobre l la doble embriaguez
de tu hermosura y de licores... y en medio de todo esto... desesprale,
irrtale, hblale continuamente de su mujer... llmale tu hermano...
llegar un da en que no podr sufrir ms, un da en que, loco, no podr
negarte nada... en que podrs dictarle condiciones.

--Y esas condiciones!

--Esas condiciones! ser suya cuando sea tuyo.

--Y cmo?

--Cmo! abandonando  su mujer... siendo tu amante delante de todo el
mundo... llevndote  todas partes...

--Oh!

--Entonces habrs matado su felicidad; doa Clara Soldevilla, la conozco
bien... te obligar  huir... pero l... l... te seguir... ella...
ella... puede ser que no sea tan honrada... si llegas  herirlos en el
alma... porque se aman... se aman! no necesitas ms venganza... te
habrs vengado horriblemente.

--Pero si l quera seguir viniendo  mi casa!--exclam la Dorotea.

--Y t has cometido la imprudencia de decirle que el venir  tu casa
poda robarle la paz de la suya... t no quieres vengarte.

--Os juro que me vengar; que me vengar de una manera cruel.

El bufn movi la cabeza en un ademn de duda, de incredulidad.

--S, me vengar--insisti ella.

--Y cmo?

--Ya lo veris.

--No... adivino.

--Yo har de modo que en su vida me olvidar.

--Don Francisco de Quevedo!--dijo  la puerta anunciando Casilda.

--Ah! ese hombre! ese hombre!--exclam el bufn.

--Dejadme sola con l--dijo Dorotea.

El bufn sali por la alcoba.

Dorotea le sigui.

--Ah! no quieres que te escuche--dijo dolorosamente el bufn--; pues
bien, adis.

Y sali por la puerta de escape de la alcoba.

Despus volvi  la sala.

Ya estaba en ella Quevedo.




CAPTULO LV

QUEVEDO, VISTO POR UNO DE SUS LADOS


El buen _ingenio_ llevaba sobre s las seales de la ruda actividad 
que se haba visto sentenciado desde su llegada  Madrid.

Sus ojos estaban un tanto hundidos, su nariz pareca ms afilada; la
blanca golilla de su cuello estaba ms de un tanto ajada, su traje
descuidado y todo l descuadernado y lnguido que no haba ms que
pedir.

Haba movido el brasero y se calentaba y se restregaba las manos.

Cuando apareci Dorotea, don Francisco la mir con suma gravedad.

La comedianta adelant, se detuvo junto  Quevedo y le mir
intensamente.

--_Mea culpa_--dijo don Francisco.

--Lo que quiere decir en castellano, que vos tenis la culpa de todo lo
que me sucede.

--Trasladis el latn al romance con grande licencia. Yo no tengo la
culpa de lo que os pasa.

--Pues quin trajo aqu  ese hombre?

--Y tengo yo la culpa de que os hayis derretido como cera? All os las
compongis.

--Os acordis de lo que me dijsteis ayer en aquella taberna?

--Os confieso que estoy tan manoseado, tan trado, tan cansado, tan sin
sueo y tan con hambre, tan calado y tan fro, tan asendereado y
lastimoso, que no tengo memoria, ni siento ms que los huesos que me
duelen, las ropas que me mojan, los ojos que se me cierran, el estmago
que pide ms que cien frailes, y los pies que me chillan. Esto sin
contar la cabeza, que se me anda. Si mi amigo Miguel de Cervantes
viviese, juro  Dios, que al ver lo que me pasa, haba de escribir un
libro intitulado Trabajos de don Francisco, que le haba de dar ms
fama que el _Ingenioso Hidalgo_.

--Sin embargo, noto que no se os ha cansado la lengua.

--Ah, lengua ma! quemarla yo, si no me doliera, para que no tuviese
que hacerme arrepentir.

--Ah! conocis que habis hablado mal--dijo la Dorotea sentndose--, y
que vuestras malas palabras han hecho mucho dao.

--Y quin haba de creer que ese don Juan era un milagro y una fortuna
insolente? Quin haba de esperar lo que ha sucedido? Cuando os digo
que estoy atnito, y espantado y medroso, y que de m mismo recelo, y
que ya no s qu decir, ni qu pensar, ni por dnde salir...

--Menos lo s yo.

--Sabis las novedades que han ocurrido?

--S que es hijo del duque de Osuna y que se ha casado.

--Quin os lo ha dicho?

--El mismo!

--Ha estado aqu! No me espanta, esperado me lo haba... horror!
recin casado y...

--No es verdad que eso es terrible...?

--Lo peor ser que vos seis tan loca como l.

--No puedo remediarlo. La ltima desgracia que podra sucederme sera no
verle.

--Pobre Dorotea! debis haber pecado mucho.

--Yo! bah! yo no he hecho tanto como debera haber hecho; yo no he
hecho mal  nadie.

--Amis mucho  don Juan?

--No deba amarle.

--No acabaremos nunca. Os pregunto...

--Y bien, le amo.

--Y pensis disputrsele  su mujer?

--No.

--Hacis bien; lo dems sera indigno de vos.

--Vos habis venido para algo, don Francisco.

--Ciertamente, he venido  que me deis de almorzar.

--Casilda! un almuerzo abundante--dijo Dorotea en el momento en que se
present la doncella.

--Sois un ngel,  quien es lstima hayan cortado las alas, pero me
tenis cuidadoso.

--Cuidadoso!

--Estis demasiado tranquila despus de lo que os ha sucedido.

--Y qu queris que haga?

--Que no hagis nada.

--Y qu hago con esta afliccin que se me ha metido en el alma?

--Gozarla.

--Gozarla! decs--gozar los celos, la desesperacin, la rabia!

--Ah! todava no sois bastante desdichada!

--No?

--No, porque no gozis en la desdicha.

--Decs unas cosas, don Francisco!

--La desgracia es no sentir, tener el corazn de corcho, y la cabeza de
hielo; vivir por necesidad, por aquello de que por cien mil y ms
razones es necesario vivir. Ah! cuando nada os interese en el mundo,
cuando nada hostigue vuestro pensamiento, cuando todo os importe nada,
cuando no pensis en nada, cuando comis por no morir y durmis por que
se cierren vuestros ojos; cuando os hayis convertido en un pedazo de
carne insensible  todo, que obra como una mquina; cuando el amor y las
locuras de los otros os den hasto, cuando no os encontris bien en
ninguna parte, cuando vuestra alma haya muerto, entonces, entonces si
que podis llamaros desgraciada. No sentir es no ver, no ver es no
vivir, no vivir es el sufrimiento mayor. Pero ahora que os abrasa la
vida, ahora que sois, que luchis, que esperis, que lloris, que os
agitis, ahora ms que nunca vivs; hay algo en el mundo que os
deslumbra, que os atrae, que os hace gozar el gran placer del
sufrimiento. Vos sois muy feliz!

--Oh! y qu felicidad tan horrible!

--Pero siempre es una felicidad. Yo quisiera padecer.

--Cmo, no padecis?

--Padezco, el que no padezco; pero dadme licencia, veo  vuestros
criados que adelantan con la mesa. Y traen dos servicios. No habis
almorzado vos?

--No por cierto.

--Habis hecho mal; con el estmago fro, la cabeza est dbil y vaga y
se pierde. Almorzad, almorzad conmigo, y despus de almorzar ya veris
cmo pensis de otro modo.

--S, s, es preciso--dijo Dorotea--y aunque slo fuera por probar...

--Observo que en el estado en que nos vemos necesitamos ms vino, una
botella es poco.

--Traed, traed ms vino; cuatro botellas...--dijo Dorotea.

--De qu?--repuso Casilda.

--Puesto que tenis bodega, que venga, si hay, Jerez--dijo Quevedo.

--Hilo y muy rico--dijo Casilda.

--Pues cuatro botellas, virtud sirviente; bscalas de las que estn ms
empolvadas, y si tienen telaraas, mejor. Y qu haces t ah?--aadi
don Francisco dirigindose  Pedro, que estaba detrs de la mesa con una
servilleta en el brazo.--La seora y yo necesitamos estar solos.

Pedro sali.

--Os voy  hacer el plato--dijo Quevedo dirigindose  Dorotea--; este
jamn de Granada es sumamente confortante; se ceba con vboras, es un
plato que yo, que slo gozo cuando como, le prefiero  todos; voy 
haceros la copa; este tintillo de Pinto es un gran vino de pasto;
refrigera y no predica. Vamos; arriba con esa copa y no lloris vive
Dios! que me lastimis.

--Os hago feliz puesto que os hago sentir--dijo Dorotea enjugndose los
ojos y apurando de un trago la copa, despus de lo cual tom un pedazo
de jamn y se lo llev  la boca.

Quevedo la miraba profundamente.

Dorotea arroj el bocado sobre el plato.

--Oh! no puedo, no puedo; me matara como si fuera un veneno.

--Tan llena est de despecho que no la cabe ni un bocado; es necesario
andar con cuidado con esta loca. Bebed ms--aadi alto--, el beber os
dar apetito.

Y la llen de nuevo la copa.

Dorotea apur la mitad y luego puso los codos sobre la mesa, apoy la
cabeza entre sus manos y qued profundamente pensativa.

Quevedo entre tanto devoraba la enorme cantidad de jamn que se haba
servido, y mientras coma pensaba.

Casilda trajo cuatro botellas, las puso sobre la mesa y se retir.

--Sabis, Dorotea--dijo de repente Quevedo--, que es necesario que
tomis una determinacin? Estis muy enferma, hija.

--Tengo ya mi determinacin tomada--dijo Dorotea.

--Veamos si en medio de vuestra locura tenis juicio!

--Pienso.. sufrir y callar y no vengarme de nadie... ni aun de vos.

--De m! y qu culpa tengo yo?

--Porque lo trajsteis  mi casa...

--Quin haba de pensar?...

--Vos adivinsteis que me haba yo de enamorar de l... y no os
engasteis, porque no os engais nunca.

--Eso no es verdad, porque me he engaado con vos.

--Me creais ms perdida de lo que estoy?

--No os crea tan corazn y tan alma y tan voluntad...

--De modo que vos cresteis que mis amoros con don Juan!...

--Seran sol que sale y sol que se pone... yo os necesitaba por un solo
da y cre que con teneros asida de cualquier modo de sol  sol...

--Ah! hicsteis venir  propsito, con mala intencin,  don Juan  mi
casa?

--Vamos claro: os pesa de amar  don Juan?

--Por muy desgraciada que su amor me haga, no quiero verme curada de l.

--Bien, muy bien; respondis  mis preguntas como un instrumento
perfectamente templado  la mano que sabe tocarle. Sigamos hablando, y
acabaremos por ser los dos ms grandes amigos del mundo. Pero bebed,
hija, bebed; vuestro Jerez es un verdadero nctar de los dioses, se
conoce que se lo han regalado al duque de Lerma.

--A qu pronunciar ahora su nombre?

--Es que como todo tiene una causa en este mundo, el estado en que os
encontris la tiene, y esta causa es el duque de Lerma.

--El duque de Lerma tiene la culpa de que yo me haya enamorado de l?

--S por cierto, porque yo... que he tenido gran parte en el estado en
que se encuentra don Rodrigo Caldern; yo, que he venido  la corte para
mucho, necesitaba tener asido  su excelencia; ningn asidero mejor que
vos...

--Muchas gracias--dijo dolorosamente Dorotea.

--Perdonad, que si yo hubiera sabido lo que iba  resultar... hubiera
hecho ms para que os hubirais empeado por mi amigo.

--Gracias otra vez, don Francisco.

--Ya me habis dicho que por nada del mundo os pesar el haberle
conocido; cuando no os pesa es que os alegra; cuando os alegra es que os
hace bien; cuando os hace bien... debis estar agradecida  quien ese
bien os ha hecho: he sido yo... recibo vuestras gracias y me saboreo con
ellas... y tengo razn.

--Indudablemente--dijo la Dorotea mirando con una expresin de doloroso
candor  Quevedo--, creo que en parte tenis razn cuando decs que vale
ms sufrir que hastiarse.

--Ah! Y quin duda acerca de eso? Para dudar de ello es necesario ser
tonto, y vos no lo sois; todo, hasta la salud, cansa; vos vivais sin
rivales en la escena, sin rivales en la hermosura; poseais una hermosa
casa, una buena mesa; os galanteaba en vano toda la corte; el duque de
Lerma es un amante muy cmodo, que se contenta con que todo el mundo
sepa que paga  la mujer codiciada por todos, que os visita poco, y
cuando os visita os habla de la ltima comedia de Lope,  del tiempo, y
se va saludndoos gravemente, sin haber mortificado ms que al silln
donde su hinchada vanidad se ha sentado. Don Francisco de Rojas y
Sandoval, no os desea, ni os ha deseado nunca, ni nunca ha pasado de
vuestro recibimiento, ni se ha acercado  vos, ni conmovdose delante de
vos; os tiene como  su papagayo y  su negro y otras muchas cosas que
el buen seor tiene slo por tener lo que cuesta caro.

--Pero quin os ha dicho eso?

--Conozco demasiado  su excelencia.

--Aunque no hayis acertado por completo, aunque siempre no haya sido
tan feliz como suponis con la indiferencia del duque, es cierto que
para m es ms bien un gran seor que compra el derecho de entrar en mi
casa cuando quiere, que un amante. Vuestros ojos penetran en lo ms
escondido.

--Y mis narices, que por algo son largas, huelen donde no huele.
Resulta, pues, que vos para don Francisco sois ms la vanidad que el
deseo.

--Es verdad.

--Si vos dijrais al duque de Lerma: no volvis ms  poner los pies en
mi casa, el duque, herido en su vanidad, sera capaz de hacer cualquier
desatino.

--Oh! el duque hara cuanto yo quisiera, slo porque no pudiera nadie
decir: la Dorotea le ha despedido.

--Pues bien; ved ah por qu he venido yo  veros.

--Para utilizarme?

--Para valerme de vos.

--Ah! Me necesitis?

--Dios me perdone si no me han seguido hasta vuestra casa cuatro
corchetes!

--Ah! os quieren prender!

--Mucho me lo temo, y aunque estoy ya muy acostumbrado  encierros, os
afirmo que ahora sentarame muy mal el ser guardado.

--Pues yo me alegrara... me alegro... os tendr preso algn tiempo slo
por haceros rabiar, en cambio de lo que vos me hacis sufrir.

--Ingratitud inaudita! os saco de vuestra cansada vida, os hago mujer,
os desentierro, os hago probar el divino fuego del amor y me aborrecis.
No os crea yo mala.

--No os aborrezco--dijo seriamente la joven--, porque yo no he nacido
para aborrecer; no os estremecis vos del dao que me habis causado por
vuestro inters propio, porque... no veis mi alma, porque no sabis qu
horribles pensamientos pasan por ella,  porque, si lo comprendis, no
tenis corazn. Qu os importa  vos, poeta que de lo ms santo se
burla, que  lo ms respetable zahiere, que arroja su chiste mordaz
sobre todo y todo lo calumnia; cortesano enredador que sobre todo pasa,
cuando encuentra un obstculo en el tenebroso camino que sigue; sabio
que no ha sabido conservar la ternura, la caridad de su alma si alguna
vez la ha tenido; qu os importa, digo, que una pobre mujer, que si no
era feliz, no era desgraciada, se retuerza como una sabandija en el
fuego por vuestra causa, porque la habis necesitado para vuestros
proyectos, y que caiga ante vos ensangrentada, palpitante, aniquilada?
qu importa? qu importa? Adelante, don Francisco, adelante; vuestros
semejantes son para vos figuras que se mueven, que andan; despreciables
criaturas sobre las cuales, porque os humilla el estar confundido con
ellas, necesitis levantar la frente maldita, pisarlas, destrozarlas
bajo el lento y pesado paso de vuestros pies; qu os importa  vos,
alma fra, que yo sufra, que yo grite, que yo blasfeme, si os he servido
para algo? Yo no os aborrezco, no, porque os desprecio, porque lo que
habis hecho conmigo os hace despreciable; yo no os temo, porque no
podis hacerme ms dao que el que ya me habis hecho; yo no me vengar
de vos, porque quiero ser ms grande que vos; quiero heriros en vuestro
orgullo; quiero que tengis el recuerdo de una vctima que ha cado
mirndoos frente  frente  vos, hombre funesto, mientras sus ojos han
podido mirar.

--Pobre loca!--exclam profundamente Quevedo, separando de sus labios
una copa que llevaba  ellos--; pobre nia, digna de cuanto una mujer
puede alcanzar de menos malo en este mundo, donde todo es locura  lodo!
pobre ciega, que deslumbrada por su desgracia no ve, no sabe distinguir
el oro del barro!

Y Quevedo se levant y cerr las puertas.

Luego vino, se sent frente  Dorotea que estaba doblegada.

--He cerrado las puertas, porque vais  or lo que nadie ha odo; porque
vais  ver lo que nadie ha visto; vais  or al hombre; vais  ver al
hombre en este pobre Quevedo, en quien todos ven lo que l quiere que
vean. Os confieso que slo conozco cuatro personas dignas de que yo les
tienda la mano, de que yo las hable palabras de verdad, de que yo las
ame, de que yo me sacrifique por ellas. Tenis razn; yo no veo en el
mundo, alrededor mo, aturdindome siempre con su charla insoportable,
dndome nuseas con su vanidad estpida, repugnndome con sus
vergonzosos vicios, ms que miserables divididos en dos mitades: los
comidos y los que comen; tenis razn, yo no tengo alma ni corazn ni
ms que indiferencia,  hasto  mala intencin, para el mundo; pero yo,
en medio de ese mundo, tengo un pequeo mundo mo, que me consuela del
otro, por el que lucho, por el que vivo, para el que tengo alma,
corazn, amor, lgrimas; el uno, el primero de esos cuatro seres, es el
duque de Osuna, alma grande, noble y generosa, cuyo pensamiento
comprende el mo, cuyo corazn no late sino por lo grande, por lo
verdaderamente grande, y que tan grande es, que los que no le comprenden
le llaman extravagante; el duque y yo nos fuimos aproximando el uno al
otro insensiblemente, porque debamos estrechar la distancia que nos
separaba; nos unimos al fin, porque era necesario que nos uniramos, y
al cabo nos confundimos de tal modo, que el duque se reflej en m, y yo
me reflejo en el duque; que yo sin Osuna sera un filsofo arrinconado,
y Osuna sin m un guila sin alas. No somos dos, sino uno; la desgracia
que suceda al duque debe necesariamente hacerse sentir en m, como en el
duque la desgracia que  m me suceda. Sabe Dios  dnde iremos  parar
don Pedro Tllez Girn y yo, pero nuestra suerte ser igual: l me
comprende y yo le comprendo, l me ama como amara  su cabeza, y yo le
amo  l como  mi brazo. Dile Dios riqueza y poder, y cuna ilustre, y
 m me di ingenio y dominio sobre los dems, y ojos que saben mirar, y
odos que sin escuchar oyen; somos, pues, uno solo.

--Y qu me importa  m de todo eso?--dijo la Dorotea.

--Od, od, y esperad al fin. Como el duque no tiene para m secretos,
saba yo que tena un hijo bastardo: lleg el tiempo de que su hijo
cumpliese sus veinticuatro aos, y como quiera que por uno y otro
informe se saba que era digno de su padre, cuando sal de mi ltima
prisin, recientemente, me encarg don Pedro que buscase  su hijo, que
le revelase el secreto de su nacimiento, y que me lo llevase  Npoles.
Sin el seor Juan Montio, que as se llamaba falsamente el hijo de don
Pedro, yo no hubiera venido  Madrid. Hubiera tomado postas para
Barcelona, y all un barco para Npoles. Pero vine, y encontrme 
nuestro hombre metido en enredos que me dieron susto. Estos enredos
produjeron las heridas de don Rodrigo Caldern, y los amores de don Juan
con su esposa.

--Ah!--exclam Dorotea.

--De todo ello han tenido la culpa dos animales.

--Dos animales!

--S por cierto: un caballo viejo y cojo,  quien juro Dios se ha de
cuidar como  un rey hasta que se muera de viejo, y el cocinero de su
majestad.

--No os comprendo.

--El caballo que deba haber llegado  Madrid con su jinete, es decir,
con el venturoso que de tal modo os hace desventurada, antes del medio
da, lleg  la noche; Francisco Martnez Montio, que debi haber
estado en su casa, y recibido  su sobrino postizo  la hora de la cena
del rey, estaba dando un banquete de Estado al duque de Lerma. Las
circunstancias eran adems gravsimas. La reina se encontraba
grandemente comprometida por una endiablada intriga de don Rodrigo, y
doa Clara Soldevilla haba salido sola  la calle por el compromiso de
la reina, y seguida por don Rodrigo Caldern, al primero  quien
encontr, de quien se ampar, como se hubiera amparado de otro
cualquiera, fu de don Juan. Solos de noche, por esas calles de Dios;
generoso y valiente l, generosa y ansiosa de amor ella, protegida por
don Juan, puesta en contacto ntimo con l, que es impetuoso, y noble, y
valiente como su padre, apasionado como vos, y como vos hermoso,
aconteci lo que no poda menos de suceder: se enamor ella de l con
tanta ms fuerza y ms pronto, cuanto ella estaba ansiosa de un amor que
no haba podido encontrar en la corte, de un amor digno de ella. El
enredo se haba hecho terrible cuando yo encontr en el zagun de la
casa del duque de Lerma  don Juan, que como yo haba ido all en busca
del cocinero de su majestad, y se agrav hasta hacerse negro, lgubre,
al caer don Rodrigo bajo la espada de don Juan. Entonces lo tem todo,
todo: empec  buscar una ayuda para salir del atolladero, y en cierta
casa donde me refugi por el momento, supe que vos rais la mujer
codiciada, la mujer envidiada por todos al duque de Lerma,  quien
engais siendo amante de Caldern. Entonces dije: de seguro la Dorotea,
aquella hermosa nia  quien yo conoc en el convento de las Descalzas,
tiene gran poder  puede tenerle para con don Francisco de Rojas; y en
cuanto  Caldern, yo que le conozco, mucho me engao si no es para
Dorotea uno de esos hombres  quienes una mujer ama mientras no se le
presenta otro mejor. Nuestro don Juan est terriblemente atollado; pues
bien, procuremos que l mismo se desatolle enamorando  la Dorotea, y
entonces me vine aqu y llam  don Juan, y sucedi ms de lo que yo
crea: que vos os enamorsteis de l, y l se deslumbr al veros. Los
sucesos han hecho que don Juan sea esposo de doa Clara, y que vos os
encontris con el alma negra, deshecha, desesperada. Yo no cre que
ninguno de los tres valiseis lo que valis: mi mundo, el mundo de mi
corazn y de mi amor, que se reduca  una persona, se ha aumentado con
otras tres: y la que ms amo, porque es la ms dbil, sois vos, hija
ma, vos que me habis sorprendido, que me habis enamorado con el
corazn que me habis dejado ver. De modo que no me pesa de lo que ha
sucedido, no; pero estoy aterrado, aterrado por vos.

--Aterrado por m!

--Ah! si vos creis que yo tengo el alma helada, os engais; que la
tengo muerta, que slo ha sobrevivido en m lo malo, os engais,
Dorotea, os engais; mi vida es una vida poderosa, insoportable,
insaciable, una calentura continua; mi vida necesita espacio donde
extenderse, y no le halla; mi vida est comprimida, encerrada como en
una caja de hierro: cada corazn digno de m que encuentro, es un poco
de espacio que se dilata en esa caja terrible, en esa prisin que no
puedo romper por ms que hago; y al mismo tiempo es una amargura ms,
una amargura infinita; habis dicho que yo os sacrifico  sangre fra, y
al veros sufrir, al veros de tal modo desesperada, tengo el corazn
apretado, siento ansias, y me pregunto qu razn desconocida hay para
que el hombre se alimente del hombre el alma del alma, la alegra del
dolor, la vida de la muerte, me digo y me espanto al decirlo: por qu
Dios no nos ha dado otros sentimientos ms fciles de satisfacer? por
qu esta continua carnicera? por qu esta dursima  interminable
batalla? Os habis engaado respecto  m; insensible, duro, cruel, si
se quiere, para todos, pero no para vos, no para vos que, como os he
dicho, sois mi aire de vida. Yo har con vos todo lo que pueda hacer: os
har menos infeliz.

--Menos infeliz y cmo!

--Procurar prestaros parte de mi fortaleza; emplear con vos todo el
tesoro de consuelos de que mi alma est llena; os ensear  encontrar
la alegra en la tristeza, el placer en el dolor; har que,
reconcentrada vuestra alma, busquis la vida en vos misma; os dar el
filtro que hace soar, levantando vuestra alma; seris mi hija, y yo
ser vuestro padre; os retiraris del teatro, y no entraris en un
convento, viviris en el mundo, dominndole, desprecindole,
engrandecindoos  vuestros propios ojos, con la comparacin interna de
lo que vos valis, y lo que el mundo vale. Llegar un da en que vos no
seris la amante de don Juan, sino su hermana, en que pondris  sus
hijos sobre vuestras rodillas, y los amaris como si fueran vuestros; en
que purificada por el martirio, levantaris  Dios la frente lavada,
blanca y resplandeciente por el Jordn del sufrimiento. Oh! Dorotea!
Dorotea! hija ma! si virais mi corazn, si aprecirais su amargura y
su despecho, si supirais cunto esta insoportable amargura y este
despecho fro estn dominados, puestos en silencio... si virais cuntas
terribles ambiciones, cuntos proyectos inconcebibles se agitan, rugen
en mi cabeza, y al mismo tiempo me virais estudiar, buscar ansioso la
ciencia, que siempre me parece poca, reir, y hacer reir  los dems,
convertir las lgrimas en burlas... oh! yo os aseguro que os
compadecerais de m, que encontrarais injusta la maldicin que sobre
m pesa, y poco todo el aire de la creacin para dar  mi pecho el
aliento que necesita.

--Conque, slo me hicsteis conocer  don Juan para salvarle?--dijo
Dorotea, que no poda apartarse de su pensamiento dominante, de su
pensamiento desesperado.

--S, por Dios vivo!--contest Quevedo.

--Pues habis hecho bien, muy bien, y os pido perdn por el odio que os
he tenido, por las injurias que me habis escuchado.

--Bah! no podis injuriarme.

--Y decidme: habis venido tambin  que yo siga salvando  don Juan?

--S.

--Y de qu modo puede ser eso?

--Impidiendo que me prendan. Porque preso yo, don Juan queda sin
consejo, sin ayuda.

--No os prendern  he de poder poco.

--Se necesita adems...

--Qu!...

--Que engais  vuestro... qu s yo lo que es vuestro el to
Manolillo?

--Ah! infeliz!

--Es necesario que le digis, que le hagis creer que nada os importa ya
don Juan.

--Os comprendo, os comprendo, descuidad.

En aquel momento son el ruido de una carroza y Casilda entr azorada.

--El duque de Lerma!--exclam.

--El duque... llevos al momento esta mesa... y vos... vos don
Francisco, escondos aqu.

--Cmo! en vuestro dormitorio?

--S, s, desde ah podris or y ver. Desde ah podris juzgar si soy
digna de que me apreciis.

Don Francisco entr.

Poco despus, quitada ya de en medio la mesa, sentada en el hueco de un
balcn, Dorotea estudiando su papel de reina Moraima, entr el duque de
Lerma.




CAPTULO LVI

EN QUE EL AUTOR RETROCEDE PARA CONTAR LO QUE NO HA CONTADO ANTES


Cuando entr en su casa doa Juana de Velasco, duquesa de Ganda, de
vuelta de palacio, se encerr diciendo  su dama de confianza:

--Cuando vengan don Juan Tllez Girn y su esposa doa Clara Soldevilla,
introducidlos y avisadme.

A seguida se sent en un silln, y qued inmvil, plida, aterrada, muda
como una estatua.

Nada tena esto de extrao; la caa de repente encima el hijo
involuntario que le haba procurado una fatal casualidad, una fatal
sorpresa, un sobrecogimiento funesto, una inaudita audacia de las
mocedades del duque de Osuna.

Nunca una mujer se haba visto en tales y tan originalsimas
circunstancias.

Es el caso que la duquesa, si tena mucho por qu desesperarse, no tena
nada por qu acusarse, por qu avergonzarse.

Ella no tena la culpa absolutamente de aquello; ella no la haba
autorizado; es ms, ella, hasta que vi el aderezo funesto sobre doa
Clara y supo que el esposo de doa Clara era un Girn, no saba, no
poda imaginarse quin era el padre de aquel hijo completamente
fortuito.

Entonces comprendi doa Juana la razn de ciertas sonrisas
intencionadas que el duque de Osuna se haba permitido hablando en la
corte con ella, despus de la aventura de que haba sido oculto testigo
en El Escorial el to Manolillo. Ella, irritada por el recuerdo de
aquella enormidad, sin atreverse  mirar  nadie frente  frente,
temerosa de que el hombre  quien mirase fuese el autor de su vergenza,
con el duque de Osuna haba sido con el nico que haba hablado sin
empacho.

En verdad que el duque de Osuna se haba permitido enamorarla aun antes
de ser viuda del duque de Ganda; pero el noble don Pedro,  pesar de
que era joven  impetuoso, saba enamorar  doa Juana sin que sta se
ofendiese, de la manera ms delicada, ms discreta, ms respetuosa, ms
peligrosa, sin embargo, para la mujer objeto de aquellos amores que
nadie conoca, ms que el duque que los alentaba, y doa Juana causa de
ellos.

Y luego estos amores tenan disculpa.

El duque de Osuna no haba conocido  doa Juana hasta que despus de
casado la present en la corte su marido, y parte de esto, doa Juana
era una mujer sumamente peligrosa.

A una hermosura delicada, espiritual, resultado de una maravillosa
combinacin de encantos, una un candor y una pureza de ngel; se haba
casado crecida, ms que crecida,  los treinta aos, veinticuatro de los
cuales los haba pasado en un convento, y era, sin embargo, una nia, y
tena en su mirada, en su sonrisa, en su expresin una fuerza
imponderable de sentimiento; dorma bajo su inexperiencia, bajo su
timidez, una alma vivamente impresionable, ardiente, apasionada, por lo
dulce y por lo bello, pero sin aspiraciones, sin comprender su deseo,
sin irritarle.

El duque de Ganda, su esposo, era un seor antiguo, provecto, que se
acordaba del emperador continuamente, que no saba hablar ms que del
emperador, y que miraba con desprecio  los que no haban nacido en
aquella generacin de gigantes, en aquella poca de gloria, en aquel
perodo de embriaguez de las Espaas.

Soltero siempre, porque no haba sentido nunca el amor, porque su alma
de plomo, por decirlo as, no poda sentirle, se cas cuando era viejo
con el nico objeto de tener un hijo  quien transmitir su nombre, un
hijo que impidiese que sus Estados pasaran  sus parientes bilaterales,
 quienes aborreca lo ms cordialmente posible; entonces se encamin 
la casa del conde de Haro, condestable de Castilla, hombre viejo, tan
duro y tan excntrico como l, y que por una casualidad se haba casado
joven, y le dijo:

--Amigo don Iigo: los mdicos me dicen que cuando ms, cuando ms,
puedo prometerme cuatro aos de vida.

--Los mdicos quieren robaros, amigo don Francisco--contest el conde.

--Podr ser; pero sucede endiabladamente que yo pienso lo mismo que
ellos; me siento mal, muy mal; me pesa cada pie un quintal, y cuando
quiero andar derecho como _in illo tempore_, me da un crujido el
espinazo, y el dolor me hace volver  encorvarme un tanto; el peso del
arns y del yelmo son malos, muy malos, amigo mo, bien lo sabis,
porque vos, como yo, los habis llevado mucho tiempo; adems, este
respirar dificultoso, este hervor en el pecho; yo estoy muy malo y voy 
hacer cuanto antes el testamento.

--Y vens  preguntarme sin duda,  cul de vuestros parientes?...

--Qu? Ni por pienso; si me heredan ser porque yo no puedo hacer otra
cosa.

--Pues no veo el medio de evitar... Tenis algn hijo incgnito?...

--Quia! no; yo no he amado nunca; no comprendo para qu se quiere una
mujer, como no sea para hacerla mujer madre; como una cosa; para un
objeto de utilidad; por eso nunca me he acercado  una mujer, como no
haya sido  las reinas que he conocido, y eso en los das de corte para
besarlas la mano.

--Pues por ms que hago, no adivino la razn de que hayis venido 
hablarme de vuestro testamento.

--Para hacer testamento  mi gusto, necesito tener un hijo, y vengo 
que vos me deis ese hijo.

Psose en pie de un salto el conde de Haro.

El duque de Ganda no se movi del silln en que estaba sentado.

--S, s seor, vengo  que me deis un hijo por medio de una de vuestras
hijas.

--Ah!--exclam sentndose de nuevo el conde de Haro--; eso es distinto;
ahora lo comprendo; pero decidme, amigo don Francisco, estis seguro,
es decir, tenis probabilidades de obtener hijos?

--Al menos los mdicos me lo han asegurado.

--Bien; y cul de mis hijas queris?

--La ms hermosa.

--La destino para monja, y si no ha profesado ya es porque todava no ha
salido de ella; no quiero violentarla.

--Pero tiene hecho algn voto?

--No.

--Sabe ella vuestra voluntad?

--No, porque yo quiero que haga la suya.

--Habis hecho alguna promesa  Dios?

--Tampoco, porque no puedo prometer lo que otro ha de cumplir, y mucho
ms cuando ese otro es hija ma.

--De suerte, que slo tenis un ligero deseo de que sea monja?

--Es tan candorosa, tan sencilla mi hija doa Juana...

--Pues mejor, mucho mejor; yo slo saba, porque lo haba odo  muchas
personas, tratndose de vuestra familia, que tenais una hija que era un
portento... Como para m la mujer es completamente intil, sino para
madrear, ni repar en ello, ni sent absolutamente deseo por conocer 
ese portento de vuestra hija; pero cuando empec  pensar en que yo
deba tener un heredero, y para ello me era forzoso casarme, sin saber
cmo, se me vinieron  la memoria los elogios que acerca de una de
vuestras hijas haba odo.

--Pero si la mujer es para vos completamente indiferente, si slo os
casis mecnicamente--dijo el conde de Haro, que era un tanto
socarrn--, casos con la menor de mis hijas; tiene veinte aos, es fea,
fuertemente fea de cara, pero robusta, llena de vida, y  propsito,
decididamente  propsito para la maternidad. Me quitarais de encima un
cuidado, porque aunque la he dotado mejorndola, para contrapesar con
dinero lo que la falta de hermosura, no hay un cristiano que cargue con
ella; vos es distinto;  vos, para quien no existen los encantos de la
mujer, qu ms os da?

--Amigo don Iigo, yo he sido muy buen mozo.

--Ya lo s.

--Y quiero que mi hijo  mi hija lo sean.

--Es muy justo.

--Porque  ms de la nobleza de la sangre, es conveniente tener la
nobleza natural de la hermosura.

--Sin duda.

--Ahora bien; un chiquillo se parece  su padre   su madre,   los
dos; si se parece el que yo tenga de una hija vuestra  m cuando tena
treinta aos, estoy satisfecho; pero si le da la gana de parecerse  su
madre... Es necesario que sea hermosa.

--Esto se parece  la manera cmo se hacen los caballos de la cartuja de
Jerez--dijo el conde de Haro,  quien convena una alianza con el duque
de Ganda, y  quien la tiesa extravagancia de ste haca feliz.

--En efecto, quiero un heredero robusto y hermoso; por lo mismo os pido
esa hermossima hija que tenis... que se quedar viuda pronto con un
ttulo ilustre y con cien mil ducados de renta.

--No hablemos de eso--dijo ponindose serio el conde de Haro--; mi hija
llevar  vuestra casa en dote, las buenas tierras de un mayorazgo de
hembra que posee, cuya renta sube  trescientos mil ducados.

--No hablemos de eso--dijo el duque de Ganda--; yo no necesito ms que
la hermosura y la nobleza de vuestra hija.

--Tiene treinta aos.

--Mejor.

--Pues entonces... Sanjurjo! Sanjurjo!

El llamado era el secretario del conde de Haro.

--Poned una carta para la abadesa de las Descalzas Reales, en que la
diris que entregue mi hija la seora doa Juana, al aya doa Guiomar;
al momento, al momento, y que me perdone si no voy yo en persona porque
el catarro no me deja.

Escribi Sanjurjo, firm el conde y parti la carta, y los dos grandes
quedaron departiendo y arreglando aquella alianza improvisada.

Porque es de advertir que los dos eran hombres de fibra y aficionados 
ver realizados cuanto antes sus deseos.

Dos horas despus, entr de repente en la cmara una joven, una
divinidad, vestida con un hbito, un velo y una toquilla de educanda y
se detuvo al ir  arrojarse en los brazos del conde de Haro, al ver que
haba con l otro respetable seor, que la miraba ni ms ni menos que
como hubiese podido mirar  una yegua de raza, sin mover una pestaa.

Doa Juana se puso encarnada, hizo una profunda reverencia al duque de
Ganda, y adelant con menos apresuramiento hasta su padre, y se
arrodill y le bes la mano.

--Te han dicho que no volvers al convento, hija?--la pregunt el
conde.

--S, seor.

--Y te pesa?

--No, seor.

--Dilo sin reserva, sin temor.

--Yo no tengo ms voluntad que la de mi buen padre.

--Se trata de que cambies de estado.

--Muy bien, seor.

El conde bes  su hija en la frente, la levant y la sent junto  s.

Doa Juana permaneci con los ojos bajos.

--Este caballero es mi antiguo amigo, mi hermano de armas don Francisco
de Borja, duque de Ganda, de quien me has odo hablar tantas veces con
nuestra parienta la abadesa de las Descalzas.

Doa Juana levant la cabeza, mir de una manera serena  don Francisco,
que no haba cesado de examinarla, y le salud de nuevo.

--Este caballero--aadi el conde--, te pide por esposa.

Pas por los ojos de doa Juana algo doloroso, pero tan recatado, tan
fugitivo, que ni su padre ni el duque lo notaron.

Pero no pudieron dejar de notar el vivsimo color que cubri las
hermosas mejillas de la joven.

--Qu respondis  eso?--dijo el conde.

--Que vuestra voluntad es la ma, padre y seor--contest doa Juana.

No se habl ms del asunto, porque no era necesario hablar ms.

Dise parte  deudos y amigos de estas bodas, encargronse galas 
Venecia, se renovaron muebles y se aument la servidumbre de la casa del
duque de Ganda, con lo que haca muchsimos aos, desde la muerte de su
madre, no haba tenido, esto es: con dueas y doncellas, y dos meses
despus de la peticin, doa Juana de Velasco fu duquesa de Ganda.

Entonces, y slo entonces, la conoci don Pedro Girn.

Conocerla y codiciarla, fu cosa de un momento.

Codiciarla y poner los medios para obtenerla, fu subsiguiente.

Pero el terrible duque de Osuna encontr una barrera insuperable  sus
deseos, en las costumbres, en el candor, en la pureza de doa Juana.

Cuando el duque, aprovechando una ocasin, la deca amores, doa Juana
se callaba, se pona encendida y buscaba en la conversacin general una
defensa contra las solicitudes del duque.

Si ste la encontraba sola en su casa, doa Juana llamaba inmediatamente
 sus doncellas.

Si el duque la segua  la iglesia, la duquesa no levantaba la vista de
su libro de devociones.

Lleg  contraer un empeo formidable el duque de Osuna.

Y lo que era peor, un amor intenso.

Porque doa Juana de Velasco lo mereca todo.

Irritbale aquella resistencia, porque l estaba acostumbrado  llegar,
ver y vencer, como Csar.

La conducta fra, tiesa, sostenida de doa Juana, le sacaba de quicio.

Y, sin embargo, doa Juana le amaba con toda su alma; desde el momento
en que le vi guard su recuerdo, repos en l, acab en fin, por
enamorarse; pero pura, y digna, y acostumbrada  las rgidas prcticas
del convento, guard su amor dentro de su alma, le combati, le domin
si no le venci, y ni el mismo hombre amado pudo apercibirse de l, ni
aun el confesor tuvo noticia alguna.

Porque deca doa Juana:

--La honra de un esposo es un depsito tan sagrado, que no debe
menoscabarse ni aun delante del confesor.

La duquesa se confesaba directamente con Dios, y le peda fuerzas para
resistir al duque, que no cesaba en su porfa.

Y Dios se las daba.

Y cuenta que junto  doa Juana no haba nada extrao que concurriese 
defenderla.

El duque de Ganda, rara vez, y aun as por pocos momentos y tratndola
ceremoniosamente, entraba en sus habitaciones.

No era un marido, ni mucho menos un amante, ni siquiera un amigo.

Doa Juana para el duque de Ganda, no era ms que un medio.

Y como aquel medio haba respondido admirablemente  su intento, puesto
que al poco tiempo de casada, los mdicos declararon que la duquesa se
encontraba encinta, el duque, logrado su deseo, se fu  sus posesiones
de Andaluca  pasar el invierno, y dej en completa libertad y en
absoluta posesin de su casa  su esposa.

Esto tena sus peligros, que no se ocultaban  la duquesa.

Don Pedro Tllez Girn no era un amante vulgar.

Irritado como se encontraba por la resistencia de doa Juana, deba
poner en juego todos sus recursos.

Doa Juana, que era sencilla, pero no simple; modesta y dulce, pero no
cobarde; callada y circunspecta, pero no torpe, se entr un da sola en
el aposento del duque su esposo, tom un pistolete y lo llev  su
aposento, despus de cerciorarse de que estaba cargado.

Doa Juana se haba puesto en lo peor.

Y como todo el que se pone en lo peor, haba acertado.

El duque, no encontrando ya persuasin ni insistencia que bastasen para
ablandar  aquella roca, apel al oro, y corrompi, enriquecindola, 
la servidumbre particular de la duquesa.

Esta oy una noche rechinar levemente una puerta.

Cuando el duque, que era el que haba hecho rechinar aquella puerta,
entr en el aposento de doa Juana, se encontr  esta vestida de blanco
de los pies  la cabeza, ms hermosa que nunca, pero terrible.

Doa Juana tena un pistolete amartillado en la mano, y apuntaba con l
al pecho del duque,  dos pasos de distancia.

--Bravo recibimiento me hacis!--dijo el duque,  quien de antiguo no
impona espanto el peligro--; contaba con resistencia, porque os conozco
bien; pero no crea que me presentseis batalla.

--Si no os vais, os mato--dijo la duquesa con la voz ms serena y ms
sonora del mundo.

--Habis de ser ma--dijo el duque, y se fu.

La duquesa desarm el pistolete, y se acost como si tal cosa.

Al da siguiente, las dueas y las doncellas del cuarto de la duquesa
fueron despedidas por el mayordomo.

--Pero, por qu se nos despide?--dijo una doncella que haba sido
envuelta sin culpa en el naufragio universal.

--No lo s, seoras mas--dijo el mayordomo--; no s ms, sino que su
excelencia acaba de decirme que despida  sus dueas y  sus doncellas.

Y el mayordomo deca la verdad.

No saba absolutamente nada.

El duque se di  los diablos, y tom el prudente partido de esperar.

Mientras esperaba, la duquesa di  luz un hijo varn.

El duque de Ganda no pudo saber si su heredero, para el cual haba
escogido con tanto cuidado una hermosa madre, era feo  hermoso.

Con tanta precipitacin quiso hacer su viaje el duque de Ganda, que le
di un causn en el camino, y se muri en una venta sin otro consuelo
sino que tambin en un mesn se muri el gran rey don Fernando el
Catlico.

Trajronle difunto  su panten de Madrid, y doa Juana se puso el luto
sin alegra, pero sin sentimiento.

El que se alegr poco cristianamente, fu el duque de Osuna.

Muerto el obstculo ms grave, el duque crey que los dems obstculos
seran fciles de vencer.

Dej pasar algn tiempo, y un da, al fin, completamente vestido de
negro, y de la manera ms sencilla, se hizo anunciar  la duquesa.

Doa Juana le recibi en audiencia particular; slo que tena vestido de
negro tambin, sobre sus rodillas,  su hijo.

Con el luto estaba la duquesa encantadora.

Don Pedro Girn, que era violento, se sent temblando de pasin y de
deseo junto  ella.

--Os amo--dijo el duque de Osuna--, y os declaro que soy tan vuestro,
que no soy mo. Acoged propicia mi amor, que os juro que es tal, que si
se ve despreciado, dar lugar  alguna desgracia.

--Seor duque--dijo tranquilamente doa Juana--, mirad que os oye el
duque de Ganda.

Y seal  su pequeo hijo.

--Pero sois libre...

--No por cierto, porque an vive mi honor.

--No confiis en el mo?

--El vuestro est tan enfermo, que dudo mucho que no muera si no le
curis  tiempo.

--Qu decs, seora?

--Que si yo soy libre, vos no lo sois.

--Ah!

--S; doa Catalina, vuestra esposa, tiene en m una buena guardadora
por lo que toca  sus derechos.

--De modo que si yo fuera libre?...

--Me esclavizara con vos.

--Me amis?...

--Me cas sin amor, y con vos, si pudiera ser, me casara por tener un
noble apoyo. Pero como esto no puede ser, adis, seor duque, y
perdonadme si no estoy ms tiempo aqu.

Y la duquesa se levant, salud profundamente  don Pedro, y sali con
su hijo en los brazos.

El duque estuvo  punto de hacer un desacierto; pero como un desacierto
hubiera producido un escndalo, y el duque de Osuna era demasiado
principal caballero para atreverse  un escndalo, se contuvo, sali de
la casa, y despus de haber dado vueltas  cien proyectos, y de haberlos
abandonado por inaceptables, se redujo al ltimo recurso de todo el que
desea un casi imposible:  esperar.

Y no sabemos cunto tiempo hubiera esperado, si el mar, los vientos y
los ingleses, no hubieran vencido  la _Invencible_; si por esto, doa
Juana, que era del cuarto de la infanta doa Catalina, no hubiera ido 
dar  su seora la nueva del fracaso, y no se hubiera encontrado sola en
una galera obscura, con un hombre que tuvo buen cuidado de matar la luz
antes de que pudiera reconocerle.

[imagen:--Bravo recibimiento me hacis!--dijo el duque.]

Puede fcilmente suponerse el terrible efecto, la honda impresin, la
desesperacin que causara en la duquesa aquel lance tan serio, tan
grave, de tan terrible trascendencia.

Y luego no saber el autor de aquel desacato!

Doa Juana estuvo, como ya hemos dicho, muchos das avergonzada, sin
atreverse  mirar frente  frente  ningn hombre de los de la
servidumbre interior que haban estado de servicio la noche de su mala
ventura; doa Juana se haba informado de quines eran aquellos nombres,
con gran reserva, se entiende; pero el duque de Osuna no haba estado
aquella noche de servicio, ni en El Escorial por aquel tiempo.

Esto consista en que el duque acababa de llegar  la ligera desde
Madrid al Escorial, cuando se tropez en la galera obscura con la
duquesa, y despus de su crimen, para no dar sospechas, se haba vuelto
 Madrid sin ver al rey.

De modo que la duquesa no poda sospechar siquiera que el duque de Osuna
hubiese sido el reo de aquella enormidad.

Por lo tanto, era el nico delante el cual se presentaba serena, y el
duque era el nico que se sonrea dolorosamente delante de la duquesa.

Pas algn tiempo y la duquesa se hel de espanto; conoci que era
madre. Madre de un bastardo, sin culpa, sin ms culpa que la de un
aturdimiento hijo de su misma pureza! madre y viuda!

Y sin conocer al padre de su hijo!

Confesamos que la situacin de doa Juana era excntrica, excepcional,
terrible.

Lleg un momento en que la duquesa tuvo miedo de que conociesen su
estado, y se retir de la corte, se encerr en su casa.

El duque de Osuna, al no ver en la corte  la luz de los ojos, quiso
verla en el hogar domstico.

Pero encontr cerrada la puerta del hogar de doa Juana.

Esper, pero pas algn tiempo, y doa Juana no se di  luz.

Entonces el duque tuvo una sospecha: la de si el retiro de doa Juana
tendra por objeto ocultar un estado embarazoso.

Bajo la influencia de este pensamiento, don Pedro se encerr en su
camarn ms reservado, tom unas tijeras y en un libro, y provisto de
una escudilla de plata con engrudo, se puso  cortar,  aislar, 
descomponer una por una las letras de imprenta, y luego pegndolas con
el engrudo sobre un papel, compuso la siguiente carta:

Juana de mi alma, corazn mo: Yo soy el dichoso y el desdichado que te
encontr en una galera de El Escorial una noche de que es imposible que
te olvides. Como has desaparecido de la corte, como te has encerrado,
temo que sea una verdad dolorosa lo que sospecho. Si la deshonra te
amenaza confa en m: yo te salvar. Pero contstame. Maana  la noche
estar, despus de las doce,  los pies de tus ventanas que dan  la
calle excusada.

Tanto tard el duque en componer esta carta, que ya era de noche cuando
concluy.

Vistise de negro, envolvise en una capa parda, cubrise con un ancho
sombrero, y se fu en derechura con su carta cerrada  casa de la
duquesa de Ganda,  ms bien  la calle donde la casa estaba situada.

Esper en un zagun, y cuando sali un lacayo le sigui y le dijo,
fingiendo la voz de tal modo que no poda ser reconocido:

--Yo soy tal persona, que puedo hacerte mucho dao si te niegas 
servirme, y rico si me sirves bien.

Y diciendo esto, puso en las manos del lacayo algunos doblones de 
ocho.

--Y qu puedo hacer, seor?--dijo el lacayo vencido completamente.

--Dime: Esperanza, la doncella de la duquesa, tiene amante?

--S, seor--dijo el lacayo--, y est para casarse.

--Malo!--dijo para s el duque--; y con quin se casa Esperanza?

--Con quin ha de ser, sino con el seor Cosme Prieto?...

--Quin es ese Prieto?

--El ayuda de cmara del duque difunto.

--Ah! un vejete?...

--S, seor.

--Y con ese se casa doa Esperanza?

--Qu queris? tanto rob  su excelencia, que es muy rico.

--Ya! pues mira: vas  buscar ahora mismo  Esperanza.

--Muy bien.

--La dars esta sortija y la dirs: el caballero que os enva como
seal esta sortija, espera hablaros un momento por una de las ventanas
que dan  la callejuela excusada.

--Muy bien, seor.

--Pero al instante, al instante.

--En el momento en que vuelva de avisar al mdico de la seora duquesa.

Dile un vuelco el corazn al duque, pero temeroso de comprometer  doa
Juana, no pregunt ni una sola palabra ms al lacayo, y recomendndole
que concluyera pronto, se fu  esperar  la calleja.

Pas ms de una hora.

Al fin el duque sinti abrir una de las maderas de una reja y luego un
ligero _siseo_ de mujer.

El duque se acerc  la reja, y con la voz siempre fingida dijo:

--Sois vos Esperanza?

--Yo soy, caballero--contest de adentro una voz de mujer que, aunque
fresca y sonora, no tena nada de tmida--; y vos sois quien me ha
enviado un recado con el lacayo Rodrguez?

--S; s, seora.

--Y qu me habis enviado?

--Un diamante que vale cien doblones.

--Eso habr sido por algo?

--Indudablemente.

--Me conocis?

--S, s que sois muy hermosa. La hembra mejor que ha venido de
Asturias.

--Muchas gracias, caballero: y vos quin sois?

--Yo!... qu os importa?

--Vaya!

--Soy joven; no tengo ninguna enfermedad contagiosa, ni me huele el
aliento.

--Y por qu fings la voz?

--Porque no quiero que me conozcis.

--Os conozco yo?

--No; pero no quiero que me podis conocer maana.

--Pero?...

--Os amo.

--Que me amis? Si sois un caballero principal, no querris ms que
burlaros de m.

--Vamos claros. T te casas con repugnancia con el viejo Cosme Prieto.

--Ah! s, seor; con mucha repugnancia.

--T eres muy joven y puedes esperar.

--Como que no tengo ms que diez y ocho aos.

--Pero apuesto cualquier cosa  que si Prieto se casa contigo, es porque
no ha podido ser tu amante.

--Bah! bien lo ha querido y me ha ofrecido dinero.

--Pero poco; no es verdad?

--Es muy msero.

--Vamos, yo soy muy rico y muy generoso: quieres ser mi querida?

--Seor!

--No tendrs que casarte contra tu voluntad, y mucho menos con ese
escuerzo de Cosme Prieto.

--Pero qu dirn mis padres?

--Vamos, toma esta buena bolsa de doblones de oro.

--Seor!

--No la quieres?

--S; s, seor.

--Pues entonces tmala.

Sali una mano por la reja, y tom la bolsa.

--Ahora, breme--dijo don Pedro.

--Ah, no! no, seor!--exclam vivamente Esperanza.

--Ya, ya te entiendo! Te parece poco el diamante y el bolso,  temes
que pueden ser falsos?

--No; no, seor, es que soy una doncella honrada.

--Oye, acaban de dar las nimas; desde aqu  las doce de la noche van
cuatro horas; puedes t bajar  las doce  esta reja?

--Por esta reja! ahora su excelencia est en el oratorio, y he podido
bajar; pero  las doce su excelencia estar en su dormitorio, y el
dormitorio de su excelencia da  un corredor, y este corredor  unas
escaleras que estn aqu orilla.

--Ah! conque tu seora se ha venido  lo ltimo de su casa?

--Vive muy retirada.

--Y no te atreves  venir por esta reja?

--No, seor.

--Pues por cul?

--Por la ltima, seis rejas ms all.

--Pues vendr  las doce.

--Venid; pero no os abrir el postigo; bajar  hablar.

--Bien, muy bien; me basta.

--Pues quedos con Dios, que temo que mi seora me llame.

--Ve con Dios, y no te olvides de mi cita.

--No lo olvidar;  las doce, por la ltima reja del lado de all; sta
es la primera.

--Hasta luego.

--Hasta luego.

La reja se cerr.

--Conque junto  esta reja hay una escalera que da  un corredor al que
sale una puerta del aposento de mi ingrata amante! es necesario pensar
en ello... es necesario que ya que por una locura, por una pasin
violenta la he comprometido, la salve; y que la salve sin que nadie
medie, con mi ingenio, con mi dinero y con la ayuda de Dios... s, s;
la honra de doa Juana ha de quedar intacta. Pero observemos bien esta
reja, que no se me despinte; encima hay otra con celosas. Otra reja
volada; no se me confundir. Adems es la primera.

Y el duque se separ de la reja, tom el camino de su casa y se entr en
ella por un postigo sin ser sentido de nadie.

Abri un pequeo guardajoyas que tena en su aposento para su uso
diario, y tom una rica cadena de diamantes y la guard en su escarcela.

Entonces se puso  trabajar de nuevo, esto es,  componer con letras
pegadas, bajo lo que haba compuesto antes en la carta que haba llevado
consigo lo siguiente:

Me he procurado un medio de penetrar hasta la puerta de vuestro
dormitorio, sin que nadie sepa que por vos he entrado en la casa; maana
habr desaparecido de vuestra servidumbre la doncella Esperanza; no la
busquis porque no la encontraris; no temis nada por vuestra honra,
porque esa Esperanza cree que estoy enamorado de ella y que slo por
ella voy. Sed prudente por vos misma, que ya podremos comunicarnos sin
que os comprometis.

Eran cerca de las doce cuando el duque de Osuna acab de componer las
anteriores lneas. Volvi  salir secretamente por el postigo, lleg 
la calle  donde daban las rejas posteriores de la casa de la duquesa,
reconoci aqulla por donde haba hablado Esperanza cuatro horas antes,
la dej atrs y se detuvo junto  la ltima y esper.

Al dar las doce el duque sinti pasos indecisos de una mujer en el
interior; acercarse aquella mujer  la reja, detenerse un momento como
irresoluta, y abrir por fin las maderas.

--Sois vos?--dijo con voz trmula Esperanza.

--Yo soy--contest con la voz siempre desfigurada el duque.

--Pero por qu si me queris os ocultis?

--Ya me conocers. Entre tanto toma esta cadena.

--Una cadena!

--Que vale trescientos doblones.

--Ah! trescientos doblones!--dijo Esperanza tomando con ansia la
cadena.

--Ya conocers que quien tanto te da debe amarte mucho.

--Oh! y qu buena suerte la ma, seor!

--No es la ma tan buena.

--Por qu? yo... os quiero ya... os quiero bien.

--No lo dudo. Pero me parece que no me querrs tanto que me recibas esta
noche.

--Ah, seor! no he tenido tiempo de buscar la llave del postigo.

--Pero la tendrs maana?

--S; s, seor.

--Y dime, nos podrn sorprender por esta parte?

--No; no, seor; por aqu no viene nadie; ese postigo no se abre nunca;
por lo mismo, es necesario buscar la llave.

--Cuento con que maana...

--Oh! s; s, seor.

--Pues entonces, hasta maana despus de las doce.

--Hasta maana.

El duque se fu, y la doncella se subi  su aposento con el corazn
latindole con impaciencia por el regalo que la haba dado su extrao
amante.

Cuando tuvo luz; cuando estuvo sola, mir estremecida la cadena y ahog
un grito de asombro.

--Dice que vale trescientos doblones!--exclam--y bien lo creo; esto es
muy bueno, muy hermoso, pero por qu me da tanto ese caballero? si
sern falsas estas piedras? Yo soy bonita, es verdad (y la muchacha no
menta), pero nadie me ha ofrecido tanto; cuando  una le dan para vivir
toda su vida, cuando puede ser rica... y luego... debe ser hermoso... yo
le vea los ojos en la sombra y me abrasaban... como que creo que le
quiero... pero si fueran falsas estas piedras...

Esperanza no durmi en toda la noche; al da siguiente se levant muy
temprano, y se fu  una platera.

--Un caballero que me solicita--dijo al platero--me ha dado estas joyas:
yo he temido que sean falsas.

--Falsas? eh, seora! si queris ahora mismo por ellas doscientos
doblones...

--De veras?

--Tan de veras como que os los doy.

--No, no las vendo; quedos con Dios.

Y Esperanza volvi loca de alegra  su casa.

Entretanto, el duque de Osuna deca  su mayordomo:

--Oye: no tengo yo ninguna casa en Madrid desalquilada?

--S; s, seor: en la calle de la Palma Alta tiene vuecencia una.

--Hazla amueblar, y luego treme la llave y las seas de la casa.

--Muy bien, seor.

A la noche,  las doce en punto, el duque de Osuna lleg  la calleja 
donde daba la parte posterior de la casa de la duquesa de Ganda.

Reconoci la primera reja por donde haba hablado la noche anterior con
Esperanza; vi sobre ella el mirador con celosas, y arrancndose una
cinta del traje, la at en un hierro; despus, lleg  la ltima reja, y
esper.

Pero tuvo que esperar muy poco, porque Esperanza, que ya le esperaba,
abri al momento el postigo de la reja.

--Ah! buenas noches!--dijo la joven--; os esperaba con impaciencia.

--Y me esperabas decidida  todo, luz de mi vida?--dijo el duque
fingiendo siempre la voz y haciendo una violencia para enamorar  la
doncella.

--S; s, seor; pero vos no pensaris mal de m--dijo con cierto
embarazo Esperanza.

--No, de ningn modo--dijo con impaciencia el duque--; tienes la llave?

--S, seor, trabajo me ha costado quitarla del manojo del conserje...
pero ya est aqu.

--Concluyamos entonces...

--Ah, seor!... si os sintiese...

--Decididamente consientes  no en abrirme?

--Ah, s, seor!... pero si me engaseis...

--Mejor suerte has de tener que la que esperas...

--Pues bien... s... s, seor; id por el postigo. Dios mo!

El duque de Osuna se acerc al postigo, latindole el corazn.

Esperanza abri.

Cuando hubo abierto, el duque la asi una mano y tir de ella.

--Qu hacis?--dijo asustada Esperanza.

--Yo no me atrevo  entrar--dijo el duque.

--Y entonces, para qu querais que abriese?

--Para que salieras t...

--Pero Dios mo!... yo no os conozco.

--Y qu te importa?...

--S, s--dijo con energa Esperanza--; vens encubierto, podis ser un
ladrn, haberme dado esas joyas y ese dinero para engaarme.

--Y tiene razn la muchacha--dijo para s el duque de Osuna, pero sin
soltarla.

Esperanza estaba fuertemente asida al marco de la puerta y pugnaba por
desasirse del duque.

--Si no me soltis, grito.

El duque se decidi  darse  conocer.

--Y si gritas y vienen y yo no te suelto, te encontrarn con el duque de
Osuna.

--El duque de Osuna! Dios mo! pero esto no puede ser! no, no,
seor, vos me engais! el duque de Osuna, cmo haba de reparar en m!

--Conoces t al duque de Osuna?

--Le he visto entrar muchas veces en casa.

--Y yo te he visto  ti muchas veces, y me he enamorado de ti.

--Oh Dios mo!

--Entra un tanto, que me voy  dar  conocer de ti.

Entr Esperanza, el duque con ella, cerr el postigo, hizo luz con la
linterna que llevaba bajo la capa, se quit el antifaz y dej ver su
semblante  Esperanza.

La muchacha se estremeci y cay de rodillas.

--Ah, seor! perdonadme, perdonadme por haber dudado de
vuecencia!--exclam.

--No me conocas--dijo el duque--, y nada tiene de extrao. Pero
abreviemos, estoy en ascuas... quiero verme fuera de aqu cuanto antes.
Te negars ahora  seguirme?

--No, no, seor... pero no tengo manto... me he dejado arriba en mi
aposento, en mi cofre las joyas que vuecencia me di...

--Nos espera una silla de manos muy cerca... en cuanto  las joyas no
importa... vamos.

--Ah, seor...! voy  seguiros...! no s lo que me sucede! pero no
me perdis...!

El duque tir de ella, lleg al postigo, tom la llave de la parte de
adentro, la puso por la parte de afuera, cerr, guard la llave y se
alej con Esperanza.

A la revuelta de la primera calle, el duque di una palmada.

Acercaron una ancha silla de manos, y Esperanza y el duque entraron en
ella.

La silla se puso inmediatamente en movimiento.

Esperanza guardaba silencio; el duque meditaba.

--Es necesario, necesario de todo punto--pensaba el duque--, que yo sea
por algn tiempo amante de esta muchacha, para que no pueda sospechar
nada, para que crea que todo esto lo hago por ella.

Y acercndose  Esperanza la abraz.

Esperanza, en el primer movimiento instintivo, luch por desasirse del
duque; pero luego se estuvo quieta.

--Diablo!--dijo don Pedro--, del mal el menos; es buena moza cuanto
puede pedirse, y parece honrada y buena... qu diablos de
complicaciones...? una querida ms... y una pensin ms... porque si no
es mi querida, sospechar... podr presumir, y es necesario que no
presuma.

Y tras este pensamiento, el duque enamor de tal modo  Esperanza, que
sta dijo al fin para sus adentros:

--Le parezco hermosa, y como estos seores son tan ricos y tan
orgullosos, ha querido tenerme sin que nadie lo sepa... pero esto durar
poco... y me dejar enamorada. Dios mo! y qu hermoso, y qu galn
es!

Y la muchacha suspir.

--Por qu suspiras?--la dijo el duque.

--Porque os amo--dijo Esperanza dejando caer la cabeza sobre el hombro
del duque.

--Ya no me llamas excelencia, ni seor--dijo don Pedro--, y esto me
agrada.

--Por lo mismo lo hago, porque creo que estis enamorado de m.

--Pero an queda ese enojoso vos.

--Hablaros yo de t, como  Cosme Prieto! Es verdad que yo no soy como
otras que vienen  servir de mi tierra. Yo soy noble.

--Hola!

--Mi padre tiene una torre con almenas en la Montaa, nuestro solar es
muy antiguo; me llamo Esperanza de Figueroa.

--Ah! Eso es cierto?

--Ya lo sabris...

--Y servas...?

--Como doncella,  una grande de Espaa; hay muchas damas sirviendo en
la corte, hijas de nobles pobres; no se nos trata como se deba... la
necesidad...! somos siete hermanos... mi padre enfermo... mi madre
anciana...

--Ah! ah! pues mejor, mejor... yo enriquecer  tus padres... yo no te
abandonar.

--Una sola palabra!

--Qu!

--Me amis de veras!

--S!--dijo el duque.

--Pues bien; el amor iguala... yo no s por qu te amo tambin, duque
mo.

--Diablo!--exclam para s el duque--; esta muchacha es ms hechicera y
tiene ms talento de lo que yo crea. Me va interesando ya... como puede
interesarme una mujer que no es la duquesa de Ganda.

Abrise en aquel momento la puerta de una casa, y entr la silla de
manos.

Se detuvo, y los hombres que la conducan se alejaron, y volvi 
cerrarse la puerta.

El duque abri entonces la portezuela, sali, hizo luz con la linterna,
y di la mano  Esperanza.

--Estamos enteramente solos--dijo el duque--: los que nos han trado no
saben quin eres, ni de dnde sales.

Y esta era la verdad.

--Oh Dios mo, y qu locura!--dijo Esperanza asindose encendida y
trmula, al brazo que el duque la ofreca.

Subieron unas escaleras.

Dos horas despus el duque baj por aquellas mismas escaleras, plido y
pensativo.

--Una mujer da otra mujer: el corazn, por lleno que est, siempre tiene
un hueco para la hermosura y para el corazn de otra mujer... diablo!
diablo! me parece que me hace pensar demasiado seriamente esta
muchacha... ser necesario enviarla cuanto antes y bien dotada  sus
nobles padres, antes de que tengamos una historia, y acaso un
remordimiento.

Y el noble don Pedro abri la puerta y sali.

Eran las tres de la maana.

Dirigise rpidamente  la callejuela  donde le llamaba su amor, su
verdadero amor, la pasin de su alma, que no podan apagar las pasajeras
lluvias de amorcillos que caan  cada paso,  causa de su carcter y de
sus riquezas, sobre el duque.

Lleg, y antes de poner aquella llave que tan cara, y al mismo tiempo
tan dulcemente haba comprado, se estremeci, dud, retrocedi: tema
que un accidente cualquiera denunciase, descubriese aquella su entrada
subrepticia casa de la duquesa: pero el duque de Osuna, don Pedro, no
retroceda tan fcilmente; antes que dejar abandonada  s misma  la
duquesa, arrostr por todo: confiaba en su nombre, en su fama; ya en su
juventud, don Pedro Tllez Girn era un magnfico grande,  quien se
respetaba poco menos que al rey.

Una vez dentro, recorri algunas habitaciones desamuebladas, hmedas, 
lo largo del muro de la calle, y fu reconociendo las rejas, ocultando
la luz de la linterna cada vez que abra una.

Al fin di con aquella, en uno de cuyos hierros haba puesto como sea
una cinta: quitla, cerr, di luz de nuevo, y busc la subida de la
escalera; por la cual, segn le haba dicho Esperanza, se suba al
corredor donde corresponda una puerta de escape del dormitorio de la
duquesa.

Aquel corredor tena dos puertas: una  cada extremo.

El duque en esta perplejidad se dirigi  la de la derecha, con paso
silencioso como el de un ladrn, oculta la luz de la linterna, con las
manos por delante.

       *       *       *       *       *

En un ancho y magnfico dormitorio, en un no menos ancho y magnfico
lecho, dorma, mejor dicho, estaba acostada la hermosa duquesa de
Ganda.

Desvelbala el cuidado.

La espantaba el da en que, no pudiendo ocultar ms su estado, la fuese
de todo punto indispensable confiar  alguien su secreto.

Y cmo hacer creer  nadie la singular manera como haba acontecido
aquel terrible compromiso?

Doa Juana, que era virtuosa y honrada, no poda menos de afligirse
amargamente, y de llorar al verse sometida  aquella inaudita desgracia.

Pidi  Dios que hiciese un milagro para librarla de la deshonra, de una
deshonra  que ella no haba dado lugar, sino siendo mujer, cuando oy
dos golpes recatados en la puerta de escape de la habitacin inmediata.

Doa Juana detuvo el aliento y escuch de nuevo.

Pas algn tiempo y los dos golpes se repitieron.

Por aquella puerta, condenada haca mucho tiempo, y demasiado fuerte y
bien cerrada para que pudiese libertarla de tener miedo, no poda llegar
nadie como no fuese alguno de su servidumbre ntima, que tuviese inters
en decirla algo secretamente, sin pasar por las habitaciones donde
dorman la duea y las doncellas de servicio.

Doa Juana se levant, se ech por s misma un traje y se acerc  la
puerta,  la que llamaban por tercera vez.

--Quin llama?--dijo en voz baja.

--Tomad lo que os doy por bajo de la puerta, y con ello mi corazn y mi
alma, hermosa seora--dijo una voz tan desfigurada, que la duquesa no
pudo reconocer.

Al mismo tiempo sinti el roce de un papel por debajo de la puerta.

Bajse la duquesa y tom el papel.

Era la carta que haba compuesto para ella el duque de Osuna.

Se fu, latindola el corazn,  la luz, y ley el doble contenido que
ya conocen nuestros lectores.

Apenas la ley rpidamente, cuando corri  la puerta.

Necesitaba conocer al hombre audaz, causa del compromiso horrible en que
se encontraba.

Pero aquella puerta estaba condenada, no tena la llave, y la duquesa se
vi reducida  tocar  ella,  llamar levemente la atencin de la
persona que supona al otro lado.

Pero nadie la contest.

Volvi  llamar, y obtuvo por repuesta el mismo silencio.

Poco despus oy all, desde el fondo de la calle, una voz intensa,
dolorosa, que exclam:

--Adis!

Doa Juana se precipit  la reja, la abri, mir  la calle, y vi  lo
lejos, en uno de sus extremos, entre lo obscuro, un bulto que
desapareca.

Doa Juana permaneci un momento en la reja mirando de una manera
ansiosa al lugar por donde el bulto haba desaparecido, como si hubiera
querido atraerle, y luego se retir, cerr lentamente las maderas, y se
fu  la mesa, tom su libro de devociones, cort algunas hojas, y luego
busc unas tijeras y se puso  cortar letra por letra.

Cuando tuvo una gran cantidad, las fu clasificando en montoncitos por
orden alfabtico: como podra decir un cajista, distribuyndolas, y
cuando las tuvo distribudas, repar en que no tena con qu pegarlas
sobre el papel.

--No importa--dijo--, aprovechar el tiempo: escribir lo que he de
copiar con esas letras.

La duquesa de Ganda se puso  escribir su original, es decir lo que
deba despus componer.

Y al escribirlo la infeliz lloraba.

Cuando estuvo concluida la carta, que no fu sino mucho despus del
amanecer, porque la duquesa haba pensado mucho, haba rayado muchas
palabras, que por la delicadsima ndole del asunto, la haban parecido
inconvenientes, result lo que sigue:

Seor, que no puedo llamar de otro modo al que tiene por una casualidad
desdichada mi honra y mi vida, que todo es uno, en sus manos: Yo quiero
creer que sois noble y generoso, y que ser verdad que no me habris
comprometido valindoos, para hacer llegar  mis manos la carta vuestra
que contesto, de la liviandad de una de mis doncellas,  quien yo crea
por cierto ms honrada. Quiero creer, que ni me culpis por lo sucedido,
ni habris revelado ni revelaris  nadie, ni aun  vuestro confesor, lo
que sin conocernos ha pasado entre nosotros. En efecto, seor: lo que
temis es una horrible realidad, soy madre: por el amor de Dios, seor,
ya que lo sucedido no tiene remedio,  vuestro honor me entrego; de vos,
que sois la causa de mis desdichas, espero la salvacin, y si me
salvis, si nadie en el mundo ms que vos puede saber lo que me sucede,
si queda secreto, yo os perdonar. Entre tanto, seor, seis quien
fureis, noble  plebeyo, necesito saber vuestro nombre; necesito
conoceros, para no dudar, para no creer que todos los que me hablan
conocen mi desdicha. Cuando recibis esta noche  las doce mi carta,
entrad, entrad como habis entrado hace poco, y hablaremos con la puerta
de por medio, hablaremos y convendremos en lo que hayamos de convenir.
Adis, seor, la desdichada  quien conocis y que no os maldice, porque
no sabe maldecir; que no os odia, porque no sabe odiar.

Despus de escrita esta carta, la duquesa la guard cuidadosamente,
envolvi cada suerte de letras de las que haba cortado en su papel
correspondiente y las guard, cerr asimismo el libro de devociones, y
se acost.

Algunas horas despus, ya muy entrado el da, cuando la despertaron, la
duea ms antigua la dijo toda azorada:

--Seora! Esperanza de Figueroa ha desaparecido!

--Que ha desaparecido Esperanza!--exclam la duquesa con tal asombro,
tan ingenuo y tan natural, como si aquella hubiera sido la primera
noticia.

--S; s, seora: desaparecido completamente.

--Habr salido...

--S, seora: pero es el caso que se ha dejado su manto.

--Esperad, que ya volver: cuando vuelva la decs que la despido, y que
Bustillos corra con lo necesario para envirsela  su padre, con una
carta en que se diga por qu la vuelvo.

--Muy bien, seora.

--Haced que me traigan algo que sirva para pegar papel.

Trajeron  la duquesa almidn cocido.

--Retiros--dijo la duquesa--; cerrad la puerta, y que nadie entre bajo
ningn pretexto sin que yo le llame.

--No almuerza la seora?

--No.

La duea sali admirada.

La pobre duquesa emple todo el da en componer su carta con las letras
cortadas, pegndolas como haba hecho el duque de Osuna sobre un papel.

--Guard cuidadosamente lo que poda indicar su trabajo, quem la carta
del duque de Osuna y el original de la suya, llam y comi algo.

--Ha venido Esperanza? doa Agueda--dijo mientras coma la duquesa  la
duea que la haba dado la primera noticia de la desaparicin de la
joven.

--No; no, seora--dijo la duea--; ni parece  pesar de que se han
enviado algunos lacayos  buscarla. Parece que se la ha tragado la
tierra. Ser necesario dar parte  la justicia.

--No, no: respetemos  su pobre padre... ocultmosle su desgracia--dijo
la duquesa--; que nadie hable de ello... ya veremos lo que tenemos que
hacer.

--Muy bien, seora.

--Ha dejado su cofre?

--Lo ha dejado todo.

--Pues bien: sacad ese cofre, que lo descerrajen delante de vos, y que
me lo traigan. Yo sola he de verlo.

--Muy bien, seora.

Poco despus la duquesa tena en su habitacin el pequeo cofre de
Esperanza, descerrajado.

Quedse sola, y fu sacando la pequea hacienda de la joven.

Consista en escasa ropa blanca, algunos abanicos, y otras joyuelas.

Pero en un rincn del cofre, la duquesa encontr un pequeo envoltorio;
un envoltorio pesado.

Le abri, y encontr quince doblones de oro de la cruz, una rica sortija
y una cadena de diamantes.

La duquesa lo adivin todo.

--Oh!--dijo profundamente--; la ha deslumbrado, la ha engaado, se la
ha llevado consigo para que no hable: quin ser este hombre que tan
villanamente obr conmigo aquella noche funesta, y que con tanta
hidalgua cuida de que nadie, ni el aire pueda sospechar de m? Oh,
Dios mo! Dios mo! si fuera el rey!... dicen que el rey es muy dado 
las mujeres, muy enamoradizo... pero el rey no se recatara tanto... no,
no... quin ser, Dios mo? quin ser?

Y ni por sueos pas por la imaginacin de la duquesa, que aquel hombre
pudiera ser don Pedro Tllez Girn.

Tan imprudente le crea doa Juana, que  habrsela ocurrido aquel
pensamiento, le hubiera desechado como absurdo.

Y eso que siempre tena en la memoria al duque de Osuna, porque le
amaba.

Pero para ella sola, con un amor encerrado en el fondo de su alma.

La duquesa guard el dinero y las dos alhajas, puso de nuevo en el cofre
lo que de l haba sacado, y mand que lo pusiesen entre sus cofres de
uso diario.

Luego esper con impaciencia  que diesen las doce de la noche.

Poco antes ocult la luz, se asom  la reja y esper.

Al dar las doce, se oyeron pasos en la calleja, apareci un bulto, y se
detuvo debajo de la reja donde estaba asomada la duquesa.

Esta, temblando, dej caer la carta.

El bulto la recogi, y la dijo con voz desfigurada:

--Maana te contestar, adorada ma;  las doce echa un cordn donde yo
pueda poner mi carta.

Y cuando la duquesa, atropellando por todo, iba  contestar, el bulto
desapareci.

Doa Juana se entr despechada en su dormitorio, se acost, pero no
durmi.

A la noche siguiente, en punto de las doce, al entrar el duque de Osuna
en la calle, al pararse bajo la reja, sinti abrir la del piso bajo.

--Caballero, quien quiera que seis--exclam la duquesa de Ganda, que
ella era--, escuchadme en nombre de vuestro honor.

El duque, sobresaltado, guard silencio por algunos segundos.

Luego, desfigurando completamente la voz, contest:

--Oh! y qu imprudente eres, y  qu terrible prueba me sujetas!

--Habladme como queris--dijo la duquesa--; yo no puedo evitarlo; soy
vuestra esclava.

--Perdonad, ah! perdonad, seora--dijo el duque--, pero os amo tanto...

--Y por qu siendo yo viuda, antes de llegar al punto  que habis
llegado...?

--No os he dicho mi amor... no es verdad? sois tan virtuosa, seora,
tan insensible...

--Soy lo que debo de ser, pero no se trata de eso: quin sois vos?

--Un hombre que os ama.

--Os conozco yo?

--No.

--Ni acuds  lugares donde yo pueda hablaros?

--No.

--Sois sin embargo, rico?...

--Y noble: pero el ser rico y noble no supone que haya uno de entrar en
los salones del rey.

--Ah! si sois rico y noble, por qu no os casis conmigo?

--Porque no puedo.

--Sois casado?

--No.

--Pues si no sois casado?...

--Mi cabeza est sentenciada...

--Sentenciada! Por qu delito?...

--Por haber puesto mano  la espada contra el rey.

--Ah! y sois noble?

--Porque soy noble; la misma noche en que fusteis ma...

--Callad!... pero si es cierto... yo preguntar...

--Nada sabris, porque el rey y yo estbamos solos.

--Y no puede el rey perdonaros?...

--El rey me har ahorcar el da que me coja...

--Sois cruel; sois miserable... habis cometido conmigo un crimen
inaudito y no lo queris reparar.

--No puedo... pero nadie conocer...

--Eso es imposible.

--Os juro que el secreto quedar nicamente entre los dos.

--Por qu no me hablis con vuestro acento natural?

--Si os hablo sin desfigurar la voz, soy perdido.

--No cederis?

--No.

--Que os castigue Dios!

--Bastante castigado estoy, seora.

--Oh! qu situacin tan horrible la ma!--exclam la duquesa.

--Horrible, s, muy horrible--exclam el duque--; horrible para los dos.

--Porque... porque vos habis sido un infame--dijo la duquesa, que no
pudo contenerse ms, llorando.

--Culpad  Dios, que os ha hecho tan hermosa.

--Concluyamos, caballero, concluyamos--dijo la duquesa--; os habis
burlado de m... ya no tiene remedio; yo no me vengar, yo no os
maldecir... pero Dios os castigar.

--Ya os he dicho que estoy harto castigado.

--Pero no os dais  conocer? Os juro que no me quejar, que me
resignar... pero vuestro nombre...

--No puedo... no debo... no lo dir...

--Yo debo conoceros, puesto que con tal cuidado fings la voz.

--No, no me conocis. Pero veamos, seora, lo que hemos de hacer; lo que
importa es salvar vuestro honor.

--Ah, Dios mo! y cmo?

--Nadie sabe por mi parte que yo os he escrito; para que mi carta llegue
 vuestras manos ha sido preciso que yo engae  una de vuestras
doncellas.

--Esperanza! la habis seducido, la habis comprado...

--Cmo sabis!..

--S, s por cierto... y os entrego el dinero y las alhajas que la
dsteis.

--Yo guardar como preciossimas estas alhajas y estas monedas que han
estado en vuestro seno y que guardan su dulce calor--dijo don Pedro,
tomando aquellos objetos que le daba la duquesa, y estrechando de paso
una de sus manos, que la duquesa retir vivamente.

--Ah!--exclam con indignacin--no os basta el haberme perdido, sino
que an me segus insultando!

--Perdonad, seora, pero os amo tanto!

--Y desde cundo me amis?...

--Desde la noche en que...

--De modo que cuando me encontrsteis, por mi mala ventura...

--Me deslumbrsteis, seora; yo no os conoca... os vi... y...

--Fusteis un infame.

--Tenis razn; pero no fu yo... fu un impulso superior  mis
fuerzas... no hablemos ms de eso...

--Pero en la situacin en que me encuentro...

--Os salvar de ella...

--Alguien habr de saber...

--Dios, que lo sabe todo, vos y yo.

--Y qu pensis hacer? decidme.

--Por el momento, alejar  Esperanza de Madrid. Para eso necesito irme
con ella, estar  su lado algn tiempo.

--Ah!

--Un mes  lo menos. Hoy estamos  primeros de Abril; el primero de Mayo
 las doce de la noche en punto, estar en esta reja. Adis.

--Os vais?

--S...

--Y si os dijese que... que os amo...--dijo con gran dificultad la
duquesa.

--Yo s que no me amis; yo s que ments... perdonadme, pero esta es la
verdad; que ments para arrancarme mi nombre; vos no me amis.

--No... no miento--exclam toda turbada la duquesa.

--Pues bien, seora, yo tengo la llave de ese postigo; si es cierto que
me amis, permitidme que llegue hasta vos.

--Ah! no! no! imposible! si queris que yo sea vuestra, hablad,
descubros el rostro, que yo os juro ser vuestra esposa.

--Ah! si eso pudiera ser! Pero adis, seora, adis.

--Volveris?

--Volver... dentro de un mes; el primero de Mayo  esta misma hora, por
esta misma reja. Adis.

--Adis.

El duque de Osuna not que doa Juana se quedaba en la reja.

Tuvo intenciones de volver.

De decirla: soy yo; yo el hombre que os ama; el hombre  quien amis.

Porque el duque de Osuna haba llegado  comprender que doa Juana le
amaba.

Pero haba comprendido tambin que doa Juana tena fuerza sobrada para
contener su amor.

Que era capaz de morir antes que deshonrarse.

El duque, pues, no se haba atrevido  darse  conocer.

El amor tranquilo de la duquesa, expresado por una tierna amistad, se
hubiera convertido en odio al saber sta que l era el causador de su
situacin horrible; doa Juana se hubiera negado  verle, y don Pedro no
se atrevi  romper el incgnito.

Trasladse  la calle de la Palma Alta,  la casa donde tena 
Esperanza.

La joven dorma profundamente, y en su boca, entreabierta por el sueo,
lucia una sonrisa de deleite.

--Dejmosla dormir--dijo el duque de Osuna--, y entretanto dispongmoslo
todo para apartarla de aqu.

Y baj, abri una reja y di una palmada.

Acudi un hombre.

--Eres t, Daz?--dijo el duque.

--S, excelentsimo seor.

--Sabe alguien quin es la dama que est conmigo en esta casa?

--Yo mismo no lo s; vuecencia tena la silla de manos dispuesta en una
encrucijada; la noche en que vine era tan obscura, que aunque hubiera
querido...

--Muy bien; ahora mismo buscars un coche de camino.

--Muy bien, seor.

--Que el mayoral y los mozos sean extraos, que no me conozcan.

--Muy bien, seor.

--Necesito ese coche dentro de una hora.

--Y el equipaje del seor?

--No necesito equipaje. Toma esta llave, entra en mi recmara, y abre el
armario; en uno de sus tableros hay un cofre pequeo muy pesado,
tretelo.

--Oh, y sin perder un minuto, traer tambin  vuecencia equipaje!

--Bien, escucha: pon algunos trajes de corte; es posible que sin
descansar me plante en Pars.

--Y va  ir vuecencia solo?

--Enteramente solo; pero ve, mi buen Daz, ve que estamos perdiendo el
tiempo.

El criado del duque parti  la carrera.

Don Pedro volvi  subir al aposento donde dorma Esperanza, se acerc 
la luz y mir la muestra de un enorme reloj de oro.

--Las tres y media--dijo--;  las cuatro y media est aqu el coche; an
no es de da ni con mucho. Hay el tiempo preciso para que esa muchacha
se vista.

Y entrando en la alcoba la despert.

--Ah, sois vos, seor!--dijo Esperanza--; apenas puedo ver claro.

--S, yo soy; levntate y vstete; nos marchamos.

--Que nos marchamos? Y  dnde?

--Donde pueda vivir libremente  tu lado, Esperanza ma--contest con
ternura el duque.

--Oh, cunto te amo--dijo Esperanza, colgndose del cuello del duque.

--S, s; pero aprovechemos el tiempo.

--Y  dnde vamos, seor?--dijo Esperanza, saltando casi vestida de la
cama.

--A Pars.

--A Pars!

--S,  una hermosa ciudad... muy noble y muy populosa... que vale algo
ms que Madrid.

--Y all no os conocen?

--S, por cierto; pero en Pars es difcil encontrarse con los
conocidos.

--Pero vos no podis estar siempre en Pars?

--No; pero ir  verte largas temporadas. T puedes llevar  tu familia,
vivir en un palacio.

--Oh, Dios mo!

--Quiero que pases por una dama principal.

--Oh, descuidad!... no os avergonzar, no dir  nadie que he estado
sirviendo.

--Lo quiero... no por m, que eres t harto hermosa para que pueda
disculparme, sino por ti.

--S, por ti y por m. Oh, Dios mo y qu feliz soy! Cuando pienso que
he estado  punto de casarme con Cosme Prieto!

--Eso hubiera sido una atrocidad.

--Bendita sea lo hora en que el gran duque de Osuna me vi!

--El amor iguala  los bajos con los altos, y si no fuera yo casado...

--Te casaras conmigo?

--No; pero no me casara con otra.

--Yo os quiero as, mi seor... yo me muero por vos, y aunque no fuseis
rico ni duque, os amara del mismo modo.

--Oye: es el ruido de un coche. Mientras concluyes de vestirte voy  ver
si falta an algo.

El duque baj  obscuras y abri la puerta.

Entre la sombra vi un enorme coche de camino, y detrs un carro.

La zaga del coche era un promontorio.

--Qu es esto, Daz?--dijo.

--He concludo en menos de una hora. Como las ventas de Espaa son tan
malas, he cargado un carro de comestibles y vino; adems he buscado un
cocinero, y cuatro lacayos.

--Y todo eso en media hora?

--Como que hemos sido diez trabajando  un tiempo.

--Y sabe esa gente que me acompaar quin soy yo?

--No, seor.

--Y qu es eso que abulta en la zaga?

--Es un equipaje completo; el cofre pesado que estaba en el armario est
en el cajn del coche, y sta es la llave; he puesto adems un talego
lleno de ducados y otro de doblones de  ocho en el mismo cajn.

--Bien, bien, Daz; que est todo dispuesto para marchar. Cuando salga
yo con esa dama, cierra esta casa y vete; si pregunta alguien dnde
estoy, responded que me he ido  caza.

--Muy bien, seor; y si la seora duquesa?...

--D  Alvarado, mi secretario, que la diga que no he podido despedirme
de ella porque he partido en posta con un encargo secreto del rey para
la corte de Francia. Adis.

--Que vuecencia lleve buen viaje.

Poco despus sali Esperanza cubierta con la capa del duque, y asida 
su brazo entr en el coche.

Las mulas se pusieron en movimiento, sonaron las campanillas, rechinaron
las ruedas y el pequeo convoy, compuesto del coche y del carro, sali
de Madrid.

Quince das despus entraba en Pars.

El duque tom una hermosa casa en la calle de San Dionisio.

Es decir, la compr.

La hizo amueblar magnficamente en dos horas.

Llam modistas y visti  Esperanza de un manera regia.

Despus la mostr un cofre lleno de alhajas y de doblones de oro.

--Esto--la dijo--es para ti; llama  tus padres y vive con ellos; no
digas  nadie que el duque de Osuna te ha trado, ni que has sido
doncella de servir; no te conviene. Yo adems te enviar  har que te
enven todos los meses, mientras vivas, trescientos ducados.

--Cmo, seor, os vais?

--Necesito estar en Madrid  fin de mes.

--Y no volveris?

--No lo s.

El duque se puso aquel mismo da en camino.

Como no hemos de volver  encontrar  Esperanza, diremos cul fu su
suerte.

Esper durante algn tiempo al duque de Osuna sindole fiel.

Pero como el duque no fu, acogi los amores de un par de Francia, no
tan rico, ni tan joven, ni tan hermoso como su primer amante grande de
Espaa.

Arruin al par, y despus  un consejero del Parlamento, y luego  un
caballero de San Luis, y despus  un tendero de la calle de San
Honorato, explot cuanto pudo su hermosura hasta los veinticinco aos,
en que rica y clebre, se cas con un hermoso oficial de mosqueteros que
encontr inoportuno pedir honra  una dama tan hermosa, tan rica y tan
pretendida.

El duque haba logrado su objeto.

Esperanza se guard muy bien de decir  nadie que haba servido  la
duquesa de Ganda ni que haba salido de su casa con el duque de Osuna.

El guardar el decoro de la duquesa haba costado  don Pedro un tesoro.

Este volvi  Madrid de su expedicin  Pars el mismo da en que lo
haba prometido  la duquesa.

A las doce de la noche estaba en la reja.

Al llegar, la madera de la reja se abri.

La duquesa de Ganda estaba esperando al duque.

--Oh vos, quien quiera que seais...!--exclam la duquesa--es necesario
que me salvis... vos que me habis perdido... temo la mirada de
todos... mi mejillas empalidecen; oh Dios mio! creo que todos conocen
mi deshonra.

--Oh! descuidad, seora--exclam conmovido el duque, aunque siempre
desfigurando la voz... pero es necesario que pongis de vuestra parte.

--Y cmo?

--He encontrado un medio...

--Cul?

--Decid  vuestro confesor que habis tenido una revelacin.

--No os comprendo.

--S; he pensado mucho en vos... en vuestro compromiso.

--Oh! Dios mo!

--Decid, pues,  vuestro confesor, que el santo de vuestra devocin se
os ha aparecido...

--Una mentira sacrlega!

--Para salvar el honor de una ilustre familia! para salvar vuestro
perdido honor!

--Seguid, seguid.

--Diris que el santo os ha revelado que vuestro esposo est en el
purgatorio.

--Ah!

--Que para salir de l, necesita que vos hagis un ao de penitencia...

--No os comprendo an.

--Un ao privada de la vista de todo el mundo.

--Dios mo!

--Os juro, seora, que no me perdonar nunca el sacrificio  que os
obliga mi locura...

--No, no; merezco bien esa penitencia.

--Vos!

--S, yo; yo, al sentirme deshonrada, deb darme la muerte... y si no
fuera por el hijo que siento en mis entraas...

--Pues bien, seora; yo os juro hacer tan grande y tan poderoso  ese
hijo...

--Ah, seor! seris acaso el rey?

--El rey! guardos muy bien, seora, de indicar nada  su majestad; os
juro por la salvacin de mi alma, que no soy el rey, ni mucho menos; que
el rey ninguna parte tiene en vuestra desdicha, que yo soy... yo solo...
el causador de ella.

--Sin embargo, podis hacer grande al desdichado fruto de vuestro
delito!

--S; s, seora; grande entre los grandes.

--Pero continuad, continuad; cmo he de hacer yo para que nadie me vea?

--Od: tendris dos habitaciones enteramente provistas de cuanto
necesitis; cuando queris algo, lo pediris por escrito; llamaris y os
ocultaris antes que puedan llegar.

--Y... os comprendo... no sospecharn...

--Vos sois piadosa, os habis criado en un convento de monjas...

--Y si sobreviene alguna enfermedad?

--Dios no querr, y si eso sucede, ya encontrar otro medio.

El duque y la duquesa acabaron de madurar su plan.

Al da siguiente doa Juana llam  su confesor, y le di parte de que
haba tenido una revelacin, que para salvar del purgatorio  su esposo,
se la haba mandado recluirse durante un ao, de tal manera, que no la
viese persona viviente; que haba prometido hacerlo y que estaba
resuelta  cumplir su promesa.

El confesor, que era un reverendo fraile franciscano, bueno y crdulo,
aprob la conducta de la duquesa, y no slo la aprob, sino que la
excit  que la cumpliese cuanto antes.

Preparronse dos habitaciones y empez el encierro.

Cuando la duquesa se levantaba, llamaba.

Entonces la preparaban el almuerzo y la ropa blanca y lo que haba
menester en otra habitacin y cuando todo el mundo haba desaparecido,
hacan seal con una campanilla.

La duquesa pasaba  la otra habitacin, que estaba completamente 
obscuras, para evitar cualquier curiosidad reprensible; la duquesa
cerraba por una parte y otra dos puertas, y slo cuando era imposible
que nadie la viese, abra las ventanas que estaban cubiertas por
cortinas.

El paso de una  otra habitacin se haca siempre as.

Era imposible que nadie comprendiese su estado.

Todo estaba previsto; hasta los menores detalles se llenaban.

Spolo el rey y no lo extra, porque conoca la piedad de la duquesa;
celebrlo ms bien.

Spolo la corte y nadie sospech, porque no poda sospecharse nada de
doa Juana.

Todos, en aquellos tiempos en que la religin estaba sostenida por una
fe ardiente, encontraron muy natural el sacrificio de la duquesa, y la
tuvieron por una santa.

Y cunto luch la desgraciada en aquel largo encierro! cunto sufri!
cunto goz en su sufrimiento!

Haba perdonado al causador de sus males, porque al fin se mostraba
generoso, y senta una viva ansia por conocerle.

Pero el duque de Osuna, que iba recatadsimamente  verla por la reja
algunas veces en la semana y en las altas horas de la noche, conservaba
rigurossimamente su incgnito.

En vano doa Juana pretenda desvanecer la sombra de aquel bulto negro
que se acercaba  la reja.

En vano pretenda recordar una voz conocida en aquella voz afectada.

El causador de su desdicha segua siendo para ella un misterio, un
imposible, un pensamiento fijo.

Y por intuicin, como por instinto, al sentir  su hijo en su seno, la
pobre madre pensaba involuntariamente con el corazn abrasado de amor en
el duque de Osuna, en aquel hombre  quien no poda pertenecer, que no
deba conocer jams su amor.

Y nunca sospech que aquel encubierto de la reja fuese el duque de
Osuna.

Pasronse al fin seis meses desde el encierro de la duquesa.

Haca ya algunos das que el duque ocupaba una casa frente por frente de
las rejas de la duquesa, desde donde  una seal deba acudir  todo
trance.

El duque conservaba an la llave del postigo.

Desde haca algunos das, el duque lo tena preparado todo; la casa de
don Jernimo Martnez Montio, en Navalcarnero, una litera y mozos en la
casa vecina  la de la duquesa; cuanto era necesario.

Una noche del mes de Septiembre, que Dios quiso fuese obscura y lbrega,
el duque acudi  la reja.

Abrise sta al momento, y la dolorida voz de la duquesa exclam:

--Salvadme, caballero, salvadme; abrid el postigo; entrad; yo muero.

El duque entr, y encontr  doa Juana desmayada.

Entonces hizo salir la litera de la casa de enfrente, sac  doa Juana
en sus brazos, la meti en la litera, cerr el postigo, y parti hacia
Navalcarnero.

Hizo el diablo, que en aquellos momentos pasase por la calle el to
Manolillo, y lo viese todo, y siguiese  la litera.

Antes del amanecer, doa Juana volvi  su casa.

Haba dejado  su hijo en Navalcarnero.

Doa Juana, exponindose  morir, no alter la costumbre que desde el
primer da de su encierro haba establecido.

Nadie pudo saber nada.

El to Manolillo, que haba cogido el secreto dos veces, su principio en
el Escorial, su fin en Navalcarnero, call, porque el to Manolillo
saba que ciertos secretos valen tanto, que no deben malgastarse.

Durante algunas noches, el duque de Osuna entr por el postigo.

Cuando la duquesa estuvo restablecida, cuando pudo bajar las escaleras,
le habl por la reja.

--Os doy las gracias--le dijo--, por lo honrado que habis sido; me
habis salvado, despus de haberme perdido, y os perdono enteramente.
Existiendo lo que entre los dos existe, no podr saber quin sois?

--No--contest con voz ronca el duque.

--No insisto; pero juradme que nada tengo que temer por mi hijo.

--El ser grande y noble.

--Od; yo quiero alguna vez conocerle.

--No es prudente.

--Cuando ya sea hombre  lo menos.

--Hablad, seora.

--Cuando sea hombre ocupar un lugar distinguido en la corte?

--S, seora.

--Se casar, le casaris con una dama.

--S; s, seora.

--Pues bien, esperad.

La duquesa subi, y baj  poco.

--Tomad.

--Y qu es esto, seora?

--La herencia que doy  mi hijo; el aderezo que llev puesto el da en
que me velaron con el duque de Ganda.

--Y bien?...

--Si se casa mi hijo... nuestro hijo, con una dama, y esa dama concurre
 la corte, que lleve algunos das puesto este aderezo, y un medalln en
que hay un rizo de mis cabellos.

--Bien, muy bien, seora.

--Ahora, caballero, ahora que todo ha concludo entre nosotros, no
volvis  verme, sino para algo demasiado grave, para decirme, por
ejemplo, si soy tan desgraciada... nuestro hijo ha muerto.

--Ah! no quiera Dios, seora, que muera el hijo de nuestro amor!

Despus de algunos momentos de conversacin, duque y duquesa se
separaron.

Y no volvieron  verse por la reja.

Pero cuando doa Juana acab de cumplir su voto aparente, y se present
en la corte, el duque de Osuna se present  ella, galn y hermoso.

La duquesa palideci.

--Oh! cunto os amo!--dijo el duque con un acento salido del
corazn--; yo saba que rais hermosa y pura; pero no saba que rais
una santa... y un ao mortal sin veros!... y  fe  fe que me parecis
ms hermosa.

La duquesa se vi obligada  imponer silencio al duque, pero no sospech
que l fuese el encubierto de la reja; nunca lo sospech.

El duque crey, por su parte, que nadie saba el secreto de la duquesa.

Ignoraba que el bufn del rey lo saba por completo, por dos extraas
casualidades.

Ignoraba tambin que cuando dej de socorrer  su hijo, con la intencin
de que se acostumbrase  la lucha y  la pobreza, Jernimo Martnez
Montio, que amaba al bastardo como si fuera su propio hijo, fu traidor
al secreto por amor  don Juan.

Un da llam al escribano Gabriel Prez, que ya estaba viejo, y le
sedujo para abrir el cofre que le haba dejado en depsito el duque.

El escribano, como que poda poner un nuevo testimonio, cedi por
curiosidad y por algunos ducados.

Abrise el cofre, y encontraron la carta en que don Pedro revelaba  su
hijo que conociera  su madre por medio del aderezo de brillantes.

Pero como no constaba el nombre de la madre y slo el amor que deca
haberla tenido el duque, Jernimo Martnez Montio, empeado en saber
quin era la madre de don Juan, se traslad  Madrid, y tanto pregunt 
amigos,  conocidos, acerca de una dama  quien hubiese amado mucho el
duque de Osuna en cierta poca, que hubo de saber que el duque haba
andado enamorado de la duquesa viuda de Ganda, pero sin obtener nada.

Entonces Jernimo quiso conocer  la duquesa, y la conoci.

Vi que los cabellos de la duquesa eran rubios, del mismo color que el
rizo que estaba encerrado en el medalln.

Despus pregunt quin era  haba sido el joyero del duque de Ganda.

Dijronselo, y le busc, y en secreto le pregunt, presentndole un
brazalete, si lo haba l fabricado.

--En efecto--dijo el platero--, este brazalete es una de las alhajas del
aderezo completo que hice para el casamiento de la seora duquesa de
Ganda.

--Pues devolved estos dos brazaletes  la duquesa--dijo Jernimo, que
comprendi que era el mejor medio de escapar, y dejando las dos joyas,
sali de la tienda y se perdi.

El platero llev al momento las joyas  la duquesa.

Al verlas doa Juana, tembl, palideci.

--Quin os ha dado esto?--le dijo.

--Un hombre  quien no conozco, que me ha encargado de hacer devolucin
de ello  vuecencia.

--Pero su nombre...

--No le conozco, seora.

--Os har prender.

--Ah, seora! eso sera muy injusto.

--Id, id con Dios--dijo la duquesa meditando que si se empeaba en
averiguar por dnde haban venido aquellas joyas, poda descubrir su
secreto.

Pero doa Juana quedo en una ansiedad mortal.

Habra muerto su hijo, aquel hijo  quien amaba tanto?

Doa Juana, pues, no era feliz.

Y de repente se le haban revelado dos grandes misterios, por medio del
aderezo usado por doa Clara Soldevilla.

Haba conocido  su hijo.

Era un mancebo hermossimo, capaz de enloquecer  una madre; noble,
generoso, honrado por el rey, casado con una dama sin tacha, por ms que
no fuese muy de la devocin de la duquesa, por ser amiga doa Clara de
la reina y conspirar contra el duque de Lerma.

Y aquel mancebo era hijo del duque de Osuna?

Nada tiene de extrao, pues, que doa Juana de Velasco se sintiese mala
al ver su aderezo sobre doa Clara; nada, pues, que esperase con tanta
impaciencia  los dos jvenes.

Tena,  pesar de su prevencin haca ella como conspiradora, gran
confianza en doa Clara; saba cunto era noble y pura, y en cuanto 
hermosa...

Como madre, tena lleno el corazn doa Juana con la esposa de su hijo.

Pero... se vea obligada  defenderse delante de ellos; haba llegado el
momento de la defensa y temblaba.

Al fin se abri una puerta, y un maestresala dijo:

--El seor don Juan Tllez Girn y su seora esposa estn en la cmara
de vuecencia.




CAPTULO LVII

AMOR DE MADRE


Doa Juana fu all desolada.

Sin embargo, se detuvo cobarde antes de levantar el tapiz de la puerta
exterior.

Vi  don Juan que miraba los retratos de familia de sus abuelos, y 
doa Clara que los miraba tambin hechiceramente apoyada en el hombro de
su marido con el ms delicioso abandono.

--Oh Dios mo!--dijo la duquesa--y es preciso, preciso de todo punto!

Y adelant.

Los dos jvenes se volvieron.

La duquesa mir  don Juan, hizo un ademn de arrojarse en sus brazos;
pero se arroj de repente en los de doa Clara.

La joven la estrech entre ellos, la bes en la frente con ternura y la
dijo exhalando su alma en su acento y en su voz, que slo la duquesa
pudo or:

--Oh! madre ma!

La duquesa se levant de entre los brazos de doa Clara, y la mir al
travs de sus lgrimas.

La joven haba tenido la delicadeza de no llevar el aderezo de bodas,
aquel terrible aderezo.

Pero en cambio llevaba uno no menos rico de su madre.

--S, s; mis hijos!--exclam la duquesa--; pero hablad bajo... muy
bajo... vos...--aadi dirigindose  don Juan--hacedme el favor de
cerrar por dentro aquella puerta. Ahora venid, venid conmigo  mi
recmara, donde nadie pueda escucharnos.

Los dos jvenes siguieron  la duquesa.

Esta llevaba asida de la mano  doa Clara.

Cuando estuvieron solos, en un reducido y bellsimo gabinete, la duquesa
no pudo contenerse; se arroj entre los brazos de don Juan, le bes,
llor, ri y por ltimo cay desvanecida sobre el estrado.

--Agua! agua! Clara ma!--exclam don Juan--mi pobre madre!...

Doa Clara busc agua, y no encontrndola, sac de su seno un pomito de
agua de olor y la esparci sobre el rostro de la duquesa.

Al poco tiempo, como el desvanecimiento haba sido ligero, doa Juana
volvi en s.

Vi  los jvenes y se ruboriz.

Ellos conocan su secreto.

La duquesa se haba visto obligada  llamarlos.

Su honor exiga una explicacin, una revelacin.

Y en medio de la situacin difcil en que se encontraba, gozaba un
placer infinito, una alegra inmensa, inefable, como nunca haba
experimentado.

Al fin era madre y tena delante  su hijo.

Y su hijo era hermoso.

En su ancha y noble frente se reflejaba la grandeza de su raza: en sus
ojos brillaban la generosidad, el valor, cien nobles pasiones.

Y aquellos ojos, fijos dulcemente en ella, inundaban de un placer
desconocido el alma de la duquesa, la inflamaban en un amor infinito.

Era el pursimo amor de una buena madre, que haba llorado veinticuatro
aos por su hijo  quien no conoca, y que le era tanto ms querido,
cuantos ms sacrificios de todo gnero le haba costado.

Junto  s, y esposa de su hijo, tena  aquella admirable mujer,
modelo de la dama espaola, tipo por desgracia perdido, con su belleza
espiritual, con su noble aspecto, con la delicada atmsfera de
distincin que vemos an en los retratos contemporneos de Pantoja, de
Velzquez y de otros tantos.

Doa Juana, pues, sufra y gozaba; lloraba y sonrea, se avergonzaba, y
sin embargo su alma se dilataba, reposaba en una dulce confianza.

Doa Juana entonces estaba en el cielo, sin haber desaparecido de la
tierra.

Asi las manos de los dos jvenes, los atrajo  s, los estrech  un
tiempo contra su pecho, y parti con los dos sus besos y sus lgrimas.

Despus, separndolos dulcemente de s, les dijo:

--Necesito justificarme ante vosotros.

--Madre y seora!--exclam don Juan.

--Justificaros vos! y de qu?--dijo doa Clara.

--Vos, don Juan, sois noble y  ms de noble, hombre de honor; no
desments la ilustre sangre que por vuestro padre y por m corre en
vuestras venas. Estoy segura, no tengo duda de ello, que os pesa de ser
mi hijo.

--Ah! no! no!--exclam don Juan.

--Y vos, doa Clara; vos, cuya fama brilla pura y resplandeciente como
el sol; vos, hija ma, vos tan hermosa, que no hay hermosura que os
iguale en la corte; vos tan noble como yo y como su padre; vos
pretendida por tantos ilustres caballeros, y tan insensible con todos,
vos casada con don Juan, enamorada... porque no tenis que decrmelo...
la felicidad brilla en vuestros ojos... enamorada con toda vuestra alma
de vuestro esposo, sin duda serais ms feliz si vuestro esposo no fuera
mi hijo.

--Os juro, mi buena, mi amada madre, que no.

--Y sin embargo, hemos sido enemigas.

--Enemigas!--dijo don Juan.

--Si no enemigas, yo no la he querido bien, y ella me ha querido mal.

--No; no, seora: todo consiste en que vos sois amiga de Lerma, y yo
amiga de la reina... pero eso nada importa; vos habis querido separarme
de la reina... esto era natural. La reina tena y tiene en m un apoyo
muy fuerte; porque es fuerte todo aquel que lleva su amistad, su amor
hasta el punto de sacrificarlo todo por la persona  quien ama, y una
prueba de ello ha sido mi casamiento.

--Ah!--exclam la duquesa.

Don Juan se sonri, y mir de una manera elocuentsima  su mujer.

--Digo, seora, que una prueba de mi amor  su majestad, ha sido la
causa de mi casamiento con mi don Juan; yo me hubiera casado con
cualquiera en las circunstancias en que su majestad se encontraba...

--No os comprendo...

--Tiempo tendr de explicarme. Digo que en las circunstancias en que se
encontraba la reina, con cualquiera me hubiera casado; pero al casarme
por obligacin con don Juan...

--Por obligacin...!

--Antes he sido su esposa ante Dios y los hombres, que su mujer.

--Ah! perdonad; pero suceden, aun  la mujer ms pura, cosas tan
extraordinarias... y l, un Girn... audaz y apasionado como su padre...
os repito que no os comprendo.

--Sin tener comprometido mi honor, me he visto obligada, por salvar  su
majestad,  casarme con vuestro hijo. Pero he sido tan afortunada, que
ansiaba ese casamiento, que arda en amores por l... que al darle mi
voluntad, mi libertad, mi vida, delante de Dios, no era yo quien daba,
sino quien tomaba; no era yo quien haca feliz, sino quien se haca  si
misma dichosa.

--Cmo!--exclam don Juan.

--Hace ya algunas horas que somos uno en dos: marido y mujer; don Juan,
estoy delante de vuestra madre, que sindolo vuestra lo es ma; nadie
nos oye ms que nuestros corazones. Ya os lo puedo decir, os lo debo
decir: cuando os vi por primera vez... cuando vuestra torpeza os hizo
perderos hace tres noches en palacio...

--Cmo! no os conocais hasta hace tres noches...?--exclam la
duquesa.

--No, madre ma, no--dijo don Juan.

--Si no hubiera sido torpe... no nos hubiramos visto.

--Si mi to fingido hubiera estado en palacio, no nos hubiramos
conocido.

--Y si no nos hubiramos conocido, no seramos tan dichosos, tan
completa, tan inmensamente dichosos. Perdonad, seora--aadi doa
Clara--, pero yo no le debo ocultar nada; me parece ahora, ahora que le
veo delante de m, que es mo... mirad, madre, me parece que estoy
entregada  un sueo dulce, y mi vida se llena de no s qu delicia,
que me embriaga, y soy tan feliz! Dios mo! tan feliz! tan feliz!

Doa Clara se puso vivamente encendida, y ocult su rostro embellecido
por la felicidad y por el pudor, en el seno de la duquesa.

--Sois un tesoro, doa Clara--dijo la duquesa, levantando entre sus
manos la hermosa cabeza de doa Clara y besndola en la boca.

Don Juan, dominado por su amor, por sus sentidos, apoy un brazo en el
silln, y en su mano la cabeza.

--Como debo decrselo todo, es necesario que sepa, delante de vos que
sois su madre, como quisiera que viera mi alma entera... por qu no he
de decirlo...? que al abrir la mampara de la cmara de la reina, al
verle delante de m, me sent herida, no s cmo, de una manera
dolorosa, y al mismo tiempo dulce; que le am... que le am cuanto se
puede amar... y despus... despus... cuando amparada de l corr 
obscuras las calles de Madrid apoyada en su brazo... yo... le amo desde
que le vi... y si no hubiera sido su esposa, me hubiera metido monja...
cmo queris que me pese que sea hijo de vos, de la madre que le ha
dado el ser para que haga mi ventura?

--Y aunque no os pese, hijos mos... qu pensaris de vuestra madre?

Los jvenes bajaron la cabeza..

--Vuestra madre, don Juan, es digna de vuestro respeto; la madre de
vuestro esposo, doa Clara, es tan pura como vos... una violencia....
una locura... un mal pensamiento de vuestro padre, tiene la culpa de
todo. Yo no saba, yo no he sabido hasta que he visto el aderezo con que
os presentsteis  la corte, hija ma, que era el duque de Osuna el que
tan cruelmente abus del terror, de la debilidad, del aturdimiento de
una mujer en una ocasin funesta. Yo no he sido amante de vuestro padre,
don Juan, yo no tengo de comn con l nada ms que vos, que sois nuestro
hijo y os he reconocido... porque mi corazn de madre no ha podido
contenerse... os he llamado despus para abrazaros, para veros junto 
mi  solas; para deciros: yo os amo, os amo con mis entraas, con mi
alma, con mi vida... os amo desde el momento en que os sent alentar en
mi seno; os amo ms que  mi hijo don Carlos, ms, mucho ms, porque me
habis sido ms costoso, y al conoceros, don Juan, estoy orgullosa de
ser vuestra madre... y yo os ver, os ver todos los das... no es
verdad que os ver?

--Oh! s!

--Y od... cuando vos os apartis de vuestra esposa...

--Apartarse...!--exclam con profunda energa doa Clara.

Todos sus abuelos han servido al rey.

--Ah, no, no! bastantes aventureros tiene Espaa que vayan  matarse en
la guerra, en Flandes, en Italia y en Francia; don Juan es valiente...
don Juan es capitn de la guardia espaola junto al rey, y no saldr de
Madrid, no saldr de la corte; vos sois camarera mayor de la reina y yo
dama de honor; los tres unidos, viviremos muy felices, y luego... lo
dominaremos todo... ganar la reina y perder Lerma.

Frunci el bello y plido entrecejo doa Juana.

--Lerma abusa de vos, madre ma, de vuestra buena fe--dijo don Juan--.
Lerma es un ladrn duque, un miserable. Yo os convencer, vos no debis
servir  Lerma... y, adems, si no os conociesen tanto en la corte, como
an sois hermosa y joven...

--Cincuenta y seis aos--dijo la duquesa.

--Sin embargo, podran creer...

--Qu!

--Podran creer que ambais.

--No... no pueden creer eso... eso no es verdad... yo no he amado 
nadie... ms que  vuestro padre... y nunca lo ha sabido... no lo sabr
jams... porque vosotros,  quines debe interesar el honor mo, no se
lo diris... no es verdad?

--No; no, seora.

--No le digis nunca... os lo pido con el corazn abierto, por Jess
sacramentado, no le digis nunca que doa Clara se ha puesto aquel
aderezo, que yo os he reconocido, don Juan... no le digis nunca lo que
est sucediendo entre nosotros... lo que suceder... jurdmelo, hijos
mos, jurdmelo.

--Seora--exclam don Juan--: os lo juro por el nombre de mi padre, que
conservar sin mancha; por vuestro amor, que guardar en lo ms profundo
de mi alma.

--Y yo os lo juro por mi honra y por la suya, madre ma.

--Oh! pues entonces, soy la mujer ms feliz del mundo!--exclam, dando
un grito ahogado por las lgrimas, la duquesa.

Pero de repente palideci y tembl.

--Qu tenis, madre ma?--exclam don Juan.

--Oh! hay alguien que conoce no s cmo este secreto--dijo la duquesa.

--Alguien! y quin es?--dijo don Juan.

--No lo s... no lo s... antes de anoche... antes de anoche no
encontraba yo  su majestad en su cmara... la buscaba... de repente me
dejan caer el candelero de la mano, y o una voz ronca, una voz que no
pude reconocer, y que me dijo, no he olvidado una de sus palabras, no he
podido olvidarlas: _si queris que nadie sepa vuestros secretos, noble
duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habis visto y
odo esta noche_.

--Y no habis podido averiguar quin era ese hombre?

--No.

--Sin duda se referan  vuestras inteligencias con el duque de
Lerma--dijo doa Clara.

--Creis vos que fuese eso?

--Y cmo podra ser otra cosa?--dijo don Juan--. Mi padre ha guardado
un profundo secreto: solamente yo he sabido por esta carta...

Y di  la duquesa la carta del duque de Osuna que haba encontrado en
el cofre.

--Pero aqu vuestro padre no me nombra; os dice slo, que por medio de
un aderezo podris reconocerme si yo quiero darme  conocer de vos.

--Ya veis, madre ma, que mi padre no ha podido ser ms hidalgo.

--S, pero...

--No es posible que ese secreto...

--Sin embargo... quin os ha dado esa carta?

--El cocinero mayor del rey.

--El cocinero mayor!

--S, Francisco Martnez Montio.

--De modo que ese hombre--dijo doa Clara--os ha dado padres y esposa!

--Sin quererlo y sin saberlo.

--Cmo!--dijo la duquesa--. Montio no conoce esta carta?

--No, seora.

--Pues no os la di?

--S; s, seora, pero dentro de un cofre cerrado.

--Y no pudo haber abierto ese cofre?

--No, madre ma, porque la cerradura estaba cubierta con un papel
sellado, y en aquel papel haba un testimonio de escribano con la fecha
de veinticuatro aos ha.

--Es necesario, necesario que me expliquis todo eso... pero otro da...
hoy estoy muy conmovida.

--Y yo... yo necesito ir  palacio, mi buena madre--dijo doa Clara.

--Esperad! esperad un momento!

La duquesa se levant y sali.

--Juan! Juan de mi alma! el secreto de tu madre est vendido...--dijo
doa Clara.

--Vendido!...

--S... vendido... el hombre que dijo aquellas palabras  tu madre 
obscuras, en la cmara de la reina, era... el to Manolillo! el bufn
del rey!

--Y qu inters tiene el to Manolillo?...

--El to Manolillo... perdname, Juan de mi alma, perdname... no creas
que tengo celos al decirte... al nombrarte  esa comedianta.

--Dorotea!--dijo don Juan, y se puso plido.

Helse el alma  doa Clara al notar la palidez de don Juan, pero no di
indicio alguno de ello.

--S, Dorotea; esa mujer te ama.

--Oh! y qu importa?--dijo don Juan ya completamente rehecho de su
turbacin.

--Importa mucho, muchsimo--dijo gravemente doa Clara.

--Crees que yo?...

--Oh! no! no! yo s que tu corazn, tu alma, tu pensamiento, todo t
eres mo; pero el bufn del rey es padre  pariente  amante de esa
perdida... el to Manolillo es terrible... ella te ama... t te has
casado conmigo... si por vengarse ese hombre...

--Oh! te juro... te juro que el bufn no hablar; pero para eso es
necesario...

--Qu!

--Que don Francisco de Quevedo, mi amigo... mi buen amigo, pueda estar
seguro en la corte.

--Cmo!

--El duque de Lerma...

--Oh! descuida... pero tu madre se acerca.

En efecto, la duquesa vena cargada con una multitud de estuches.

--Qu es eso, seora?--dijo don Juan.

--Este es el dote de tu esposa que yo la doy.

--Ah! no! no! seora; yo estoy convenientemente dotada por mi padre.

--Tu padre... es rico... lo que se llama rico entre simples caballeros,
que no se ven obligados  sostener gran casa, gran servidumbre; pero t
eres esposa de mi hijo...

--Me basta con eso.

--Y mi hijo maana ser muy alto, muy grande...

--Mi padre, madre ma, me ha dado ya una renta--dijo don Juan.

--Si has recibido de tu padre, por qu no recibes de tu madre?

--Ah!

--Mira: son mis mejores joyas; valen cientos de miles de ducados... yo
no las necesito ya... tengo las bastantes para presentarme de una manera
riqusima en los das de corte... toma, toma, llvatelas, hijo mo...
redcelas  dinero... compra haciendas y dalas en dote  mi buena,  mi
hermosa hija...  mi pequea enemiga.

--Meditad...

--Oh! no me amas!... me engaas!...

--Ya tenemos el magnfico aderezo...--dijo doa Clara.

--Y aqu van otros diez... ms ricos que aquel...

--No creeris que nuestro amor es interesado si aceptamos?

--Creer que no me amis si no recibs lo que os doy... lo que es tuyo
porque eres mi hijo... lo que te doy secretamente porque no puedo
drtelo de otro modo.

--Acepto, pues, madre ma.

--Adems--dijo doa Juana acercndose  la joven, tomndola una mano, y
poniendo en uno de sus dedos una sortija--, quiero que tengas esto mo.

--Ah! una sortija?

--Mi anillo nupcial.

--Y este blasn?

--El blasn de los Velasco, condes de Haro.

--Pero por este blasn?...

--Sabrn que la duquesa de Ganda ha hecho un regalo  su buena amiga
doa Clara Soldevilla: slo vosotros sabris que ese anillo dado por mi,
mi anillo nupcial, representa la bendicin de vuestra madre. Ahora,
hijos mos... idos... estoy muy conmovida, necesito llorar  solas...
llorar de alegra.

--Una palabra, una sola palabra, madre ma--dijo don Juan.

-Cul?

--Tengo que haceros un encargo muy importante.

--Un encargo importante...

--Don Francisco de Quevedo...

--Don Francisco!... ese hombre!... enemigo del rey!...

--Os engais, madre ma.

--Secretario del duque de Osuna...

--Secretario de mi padre.

--Ah! an me parece un sueo que el duque de Osuna... pero y bien, qu
hay que hacer por don Francisco?

--Antes de anoche... madre ma... her malamente  don Rodrigo Caldern.

--T!

--Y me ayud don Francisco.

--Cmo! dos hombres contra uno!

--No; no, seora; dos contra dos.

--Ah!

--No poda ser de otro modo... la verdad del caso es que don Francisco y
yo estamos amenazados.

--Amenazado t!

--Sabe Dios de qu, porque sabe Dios si morir don Rodrigo.

--Pero, por qu le heriste?

--Por miserable.

--Por miserable!

--Haba comprometido la honra de...

--Mi honra--dijo doa Clara.

--No, tu honra no--exclam con extremada energa don Juan--; la honra de
la reina.

--Cmo!

--Siendo traidor  Lerma, fu traidor  la reina... tena en su poder
unas cartas de su majestad...

--Hiciste bien en matarle...

--No lo he conseguido por desgracia.

--T no tienes nada que temer.

--Para salvarme  m, es necesario salvar  don Francisco.

--Le salvar. Hola, doa Violante! Doa Violante!

Acudi una doncella.

--Mi manto, al momento; que pongan una carroza.

La doncella sali.

--Cmo, madre ma, vos!... Vais  ir?...

--S; s, yo en persona casa del duque de Lerma.

--Pero no sera mejor que l viniese?...

--No; no... quiero verle al momento... ir. Pero, toma esas joyas... y
la carroza tarda...

--La nuestra...

--Ah! tenis carroza?...

--Y muy bella.

--Oh! bien, muy bien... haz poner en esa carroza el escudo de los
Girones, hijo mo; es un noble escudo, ay! si pudiera ser unir  sus
cuarteles los del escudo de Velasco!

La ltima exclamacin de la duquesa representaba para los jvenes el
corazn de una madre.

Para nosotros y para nuestros lectores y para la duquesa, aquella
exclamacin sala del corazn de la madre y de la amante.

Porque doa Juana, enemiga poltica del duque de Osuna, le amaba;
continuaba amndole en secreto; el duque de Osuna era la pasin de toda
su vida.

Los recin casados dejaron  la duquesa de Ganda casa del duque de
Lerma; despus don Juan dej en palacio  doa Clara, y con el pretexto
de ir  esperar  su madre para llevarla  su casa, fu  casa de
Dorotea y march la carroza  las rdenes de la duquesa de Ganda  la
puerta del duque de Lerma.




CAPTULO LVIII

LAS AUDIENCIAS PARTICULARES DEL DUQUE DE LERMA


Acababa el duque de Lerma de apurar un almuerzo suculento, y se ocupaba
de hacer la digestin cmodamente arrellanado en su ancha y magnfica
poltrona, cuando entr su secretario Santos.

--Qu ocurre, amigo Pelern--le dijo el duque--, que vienes tan serio y
cuando acabo de almorzar? Tendremos algo extraordinario?

--Lo ignoro, seor; pero su excelencia la seora condesa de Lemos,
vuestra hija, pregunta por vuecencia y viene tras de m y vestida de
casa.

--Vestida de casa!

--S, seor, y siento ya las fuertes pisadas que bastan para adivinar
que se acerca su excelencia.

--Oh! s; mi hija es muy buena moza, no es verdad?

--Seor, yo no he querido decir!...

--Demasiado buena moza, demasiado hermosa, por desgracia... pero ya est
ah... vete... por ah...

Y le seal  Santos una puerta de escape.

La condesa entr en el despacho del duque, cerr la puerta, y asiendo un
silln, le acerc al del duque y se ech el manto atrs.

--Qu es esto, Catalina? qu es esto? Plida, llorosa, con los ojos
encendidos! Qu tienes, condesa?...

--No me llamis condesa, padre: malhaya la hora en que me cassteis con
el conde de Lemos.

--Ah!...

--Soy la mujer ms desdichada de la tierra.

--Y por qu?

--Porque amo  un hombre.

--Catalina!

--Ser todo lo escandaloso que queris el que yo os diga esto... pero
vos, padre y seor, me habis sacrificado.

--El hombre  quien amas, me dijo anteanoche, con la mayor desvergenza,
que no se hubiera casado contigo por nada del mundo.

--Pero quin es el hombre  quien yo amo?

--Yo no extrao que le ames, porque yo tambin le amo; es decir, le amo
porque para el rey, para Espaa, y por consecuencia para m, sera
precioso si fuese mi amigo, en vez de serlo del duque de Osuna.

--Ah! creis que!...

--S... me consta que le amas, mancillando mi nombre, ultrajando  tu
esposo, confundindote con esas despreciables mujeres...

--El nombre, el nombre de quien amo!

--Don Francisco de Quevedo.

--Pues bien, s, es verdad; le amo... ms que eso; soy su amante.

--Irs de aqu  un convento--exclam irritado el duque.

--No ir.

--Que no irs...?

--No, porque me necesitis... no... porque sin m no sabrais muchas
cosas que pasan en palacio... no... porque vos no tenis derecho para
reprenderme... me habis perdido.

--Ests loca!--exclam el duque levantndose irritado.

--Loca, s; fuera de m... desesperada... qu me importa todo...? se
va... me deja... me abandona... y no ha de irse.

Volvise  sentar el duque.

--Afortunadamente estn cerradas todas las puertas... pero eres
demasiado violenta, Catalina, y gritas... no grites... ya que te has
atrevido, ya que te atreves  presentarte sin pudor  tu padre...

--Sin pudor! creis que porque yo amo  Quevedo he perdido el pudor?
y me decs eso cuando me habis casado con don Fernando de Castro?

--Es un igual tuyo...

--Ni igual mo ni igual vuestro, padre; el conde de Lemos ha llegado 
ser mi esposo sirvindoos de una manera harto miserable; os convenan
sus servicios y me cassteis... cuando yo era una inocente... cuando no
saba quin era el marido que me dbais... despus, l mismo se ha
encargado de que yo conozca el mundo al conocerle  l; me encontr
viuda, viuda del corazn, y Quevedo... el gran Quevedo...

--Nadie niega su grandeza; tu pasin es disculpable; pero no lo es el
que me la vengas  arrojar  la cara.

--Y qu os importa  vos que se deshonre vuestra hija, cuando vos mismo
habis deshonrado  su esposo?

--Yo!

--Por qu llev el conde, desempeando un ruin oficio, al nio prncipe
de Asturias  donde no deba llevarle?...

--Vamos, vamos, Catalina, t ests loca.

--Pues bien, en mi locura ser capaz de todo. Vos no me habis de matar,
y si me matis, ya tendr medios para haceros entender que os conviene
el que yo sea vuestra amiga.

--Indudablemente... indudablemente deben de haberte dado algn bebedizo.

--Qu ms bebedizo que el amor?

--Pero... prescindiendo de todo: ese amor debe humillarte.

--Lo que me humilla es que don Francisco no me ame.

--Hum!--exclam el duque de Lerma--; nunca hubiera credo posible que
este caso llegase para m.

--Vos tenis la culpa.

--Yo!

--Vos me habis dejado conocer tales cosas, que me habis curado de
espanto.

--Y qu cosas son esas?

--No se ponen en prctica los medios ms repugnantes por todos, para
conservar el favor del rey?... Vos mismo, no habis ennoblecido  ese
don Rodrigo Caldern, que al cabo se ha vuelto contra vos... como que
no puede obrar sino miserablemente el que por miserables medios se ha
engrandecido? no lo he visto yo aprovechando todo? qu hay que
extraar en que yo, cansada de sufrir, haya querido ser feliz de la
nica manera que poda serlo, y haya abierto mi alma  Quevedo?

--Es necesario que olvides eso, Catalina; don Francisco es un hombre
funesto; lleva consigo la desgracia.

--Ah! harto lo s; pero no lo puedo olvidar; figuros, padre, que le
amaba sin saberlo, antes de casarme, y que me hubiera casado con l con
toda mi voluntad, con todo mi afecto. Pero estamos perdiendo el tiempo;
decid de m lo que queris... pero es necesario que don Francisco no
salga de Madrid.

--Cmo! quiere irse?

--A Npoles.

--A Npoles!

--En Npoles, al lado del duque de Osuna, puede haceros mucho dao.

--Pues no s...

--Prendedle.

--Que le prenda!

--S por cierto.

--Para que t... esto es... para que t tengas ocasin de obligarle 
ser agradecido?

--Sea para lo que fuere... creis que yo puedo serviros de mucho, padre
y seor?

--Indudablemente.

--Sabis, padre y seor, que vuestra privanza est muy en peligro?

--Bah! eso dicen siempre; hace mucho tiempo que lo dicen, y sin
embargo...

--Si os vais privando de la ayuda de todos los que os sirven, acabreis
por no ver nada... yo os he servido bien.

--Esto en resumen es dictarme condiciones, y de una manera indigna.

--Estoy desesperada.

--Y si prendo  don Francisco?

--Sabris todo lo que suceda en el cuarto de la reina.

Medit un momento el duque.

--Le prender--dijo al fin.

--Al momento?

--Al momento.

--Y yo, seor, os servir con el alma. Empiezo  serviros: guardos de
mi hermano.

--Ah! esto es terrible!

--El duque de Uceda tiene el pecado de la soberbia y de la ambicin.

--Y vos, hija, manchando as un nombre...

--No lo sabe nadie.

--Lo sabe el que lo mancha.

--No lo puedo remediar... y vos, padre, debis comprender cun resuelta
 todo estar cuando me he atrevido  dar este paso.

--Y adems mi hijo... pero con qu pretexto?...

--Las ciudades se quejan de los tributos, del abuso de los empleos;
piensan acusarnos de inteligencias con los ingleses... y la reina...

--La reina!

--Se ha propuesto dar con vos en tierra.

--Sin embargo, yo... he cedido.

--Habis cedido tarde... despus de haberla insultado.

--Yo volver  reducir  su majestad al estado  que estaba reducida.

--Y yo os ayudar... yo dir al rey...

--Qu puedes t decir al rey?...

--Mucho.

--Y... qu le puedes decir?...

--Despacio... quiero tener armas reservadas...

--T tambin te vuelves contra m?

--Porque procuro ser fuerte? No; no, seor. Yo os he dicho... como si
no fuera vuestra hija: amo  un hombre, tengo empeo por l, ese hombre
huye... detenedle, servidme... en cambio yo os servir.

--Pues bien; detendr  ese hombre... detened vos, evitad, avisadme de
lo que pueda hacerme dao.

--Cundo prendis  Quevedo?

--Al momento.

--Pues desde el momento empiezo yo  serviros. Adis, seor.

--Id, id en paz, doa Catalina, y que Dios os perdone.

La condesa sali.

La escena que acaba de tener lugar entre el padre y la hija no poda ser
ms repugnante.

El duque de Lerma lo pospona todo  su ambicin, hasta su dignidad de
padre.

Llam  su secretario Santos, y le mand extender y llevar para su
cumplimiento  un alcalde, una orden de prisin  Quevedo.

No se saba por qu se prenda  Quevedo.

Pero era necesario prenderle y se le mandaba prender.

El duque qued profundamente agitado.

Haba pasado poco tiempo desde que doa Catalina haba salido de la casa
de su padre, hasta que un criado anunci  su excelencia la duquesa de
Ganda.

Maravill esto al duque, porque doa Juana jams haba ido  su casa.

Cambi precipitadamente de traje y fu  su cmara  recibir  la
duquesa.

Doa Juana estaba conmovida, plida, ojerosa.

--Qu sucede, mi buena amiga--la dijo el duque despus de los
saludos--, que as me alegris y asustis al mismo tiempo, viniendo  mi
casa?

--Sucede... sucede mucho...--dijo la duquesa--muchsimo.

--Adverso debe ser, porque tenis seales de haber sufrido.

--Me he reconciliado con doa Clara Soldevilla.

--Cmo! con nuestra eterna enemiga?

--Desde hoy, duque, doa Clara es mi mejor amiga: es mi hija.

--Duquesa!

--No os quiero engaar... desde hoy...

--Qu...?

--Dejo de ser camarera mayor.

--Meditad lo que hacis--dijo el duque alarmado...--fuera vos de
palacio, no podis ayudarme  hacer el bien del reino.

--Estoy cansada, don Francisco... sufro mucho... lo que pas anoche en
palacio...

--Pero qu pas anoche?

--Anoche... pasaron tantas cosas...! el padre Aliaga estuvo en
audiencia particular con sus majestades... don Francisco de Quevedo
anduvo enredando por el alczar...

--Ah! no enredar ms. He dado orden de prenderle y en cuanto me avisen
de haberle preso, le envo bien asegurado al alczar de Segovia.

--Harais muy mal--dijo alarmada la duquesa, que no se olvidaba un
momento de que importaba  su hijo la libertad de Quevedo.

--Que har mal en prender  un tan encarnizado enemigo mo? Ignoris
lo que ha hecho don Francisco?

--De ningn modo.

--Nos ha hecho mucho dao.

--No importa, es preciso que don Francisco est seguro en Madrid.

--Para que nos haga libremente la guerra...!

--Os lo pido yo.

--Pues os digo que no os entiendo.

--Ni yo me entiendo tampoco.

--Os quejis de lo que ha pasado anoche en palacio, y entre las cosas de
que os quejis, es una de ellas el que Quevedo ha andado enredando.

--Es que ha sucedido mucho ms.

--Mucho ms?

--Don Juan Tllez Girn, se ha casado con doa Clara Soldevilla.

--Don Juan Tllez Girn? pariente del duque de Osuna?

--Su hijo...

--Hijo suyo...?

--Bastardo, pero reconocido...

--Y qu tiene que ver con nosotros...?

--Y tanto como tiene que ver. Ignoris que ese don Juan Tllez Girn es
el que ha herido  vuestro secretario don Rodrigo?

--Cmo! si quien hiri  don Rodrigo, ayudado por Quevedo, fu un tal
Juan Montio, sobrino del cocinero mayor de su majestad!

--Es que ese Juan Montio es don Juan Girn.

--Me estis maravillando.

--Lo que debe maravillaros, es que siendo vos secretario de Estado
universal, no sepis cosas que han pasado en palacio delante de todo el
mundo. No tenis un slo amigo junto al rey; entre tanto yo me he visto
obligada  ser madrina en nombre de su majestad la reina de los recin
casados, cuando era padrino  nombre de su majestad el rey, el conde de
Olivares.

--Y este matrimonio lo ha hecho don Francisco de Quevedo?

--Sin l no se hubiera efectuado.

--Y queris que  un hombre que as me sorprende y que as de m se
burla, no le prenda y le sujete? Preso he de tenerle todos los das de
su vida.

--Aunque yo os ruegue que no le prendis?

--Vos no debis rogrmelo.

--Os lo suplico.

--Pero yo no entiendo ni una palabra de esto. Creo que todo se vuelve en
contra ma: mis hijos, mis amigos... vos... en quien yo confiaba
ciegamente.

--Yo...!

--S, vos; me habis dicho que os retiris de la servidumbre de la
reina... y vos me hacis mucha falta al lado de la reina... no contenta
an, os hacis amiga de nuestra enemiga doa Clara, y amparis  mi
enemigo don Francisco.

--Queris que yo contine desempeando el cargo de camarera mayor?

--Que si quiero? os lo suplicara de rodillas.

--Pues bien, continuar sindolo.

--Ah! ya saba yo que no me abandonarais.

--Pero con una condicin.

--Hablad.

--Don Juan Tllez Girn no ser molestado por la estocada que tiene en
el lecho  don Rodrigo.

--Os lo juro.

--Don Francisco de Quevedo no ser preso.

--Pero qu causa hay que os obligue  proteger  esas gentes?

--No me preguntis la causa, porque no os la dir.

--Y estis empeada?

--Empeada de todo punto.

--Y si prenden  don Francisco?...

--No slo dejo de ser camarera mayor, sino que ofendida de vos...

--Ofendida de m?...

--S por cierto; porque habris desatendido mi recomendacin... ofendida
por vos, dejar de ser vuestra amiga.

--No se prender  don Francisco--dijo trasudando Lerma, porque al
decirlo, record el irritado empeo con que su hija pretenda que se le
prendiese.

--Gracias, muchas gracias--dijo la duquesa levantndose--; no esperaba
menos de vos. Y ya que me habis complacido, me vuelvo  mi casa.

--Pero seguiris en palacio?

--S.

--Y me ayudaris?

--Os ayudar... y en prueba de ello, desconfiad del duque de Uceda y de
la condesa de Lemos. Vuestros hijos son vuestros mayores enemigos.

--Ser necesario destruirlos.

--Obrad con energa.

--Obrar, pero decidme: qu os ha dado don Francisco de Quevedo que as
os ha vuelto en su favor?

--Nada, no me preguntis nada. Pero tened en cuenta que amo mucho  doa
Clara Soldevilla, y que llevo vuestra palabra de que Quevedo no ser
preso.

Y saludando al duque sali.

El duque sali acompandola y murmurando:

--Ese Quevedo debe de ser brujo.

Apenas el duque se volvi de haber acompaado  la duquesa hasta las
escaleras, cuando un criado le dijo:

--Seor, Francisco Martnez Montio, cocinero mayor de su majestad,
solicita hablar  vuecencia.

Lerma mand que le introdujesen, y le recibi en su despacho.

Volvemos  tener en escena al msero cocinero mayor.

Pareca haber enflaquecido desde la vspera, y sus cabellos, antes
entrecanos, estaban completamente blancos.

Alrededor de sus ojos hundidos y excitados por una fiebre ardiente,
haba un crculo rojo.

Francisco Martnez Montio haba llorado mucho.

Primero por su dinero: despus por su mujer y por su hija.

--Os he esperado con impaciencia, Montio--le dijo con severidad el
duque.

--Seor, excelentsimo seor, poderoso seor...--dijo todo compungido y
trmulo el cocinero mayor.

--Qu os mand ayer? qu me prometsteis ayer?

--Qu me mand vuecencia?--dijo espantado Montio--qu promet 
vuecencia?

Se detuvo asustado, como quien no encuentra una contestacin
satisfactoria  una pregunta importante.

Y luego rompi  llorar, y dijo en una de sus tremendas salidas de tono:

--Haga vuecencia de m lo que quiera; pero yo no me acuerdo de nada.

--Que no os acordis? habis perdido la memoria?

--Lo he perdido todo, seor: mi dinero... mi mujer... mi hija...

Y entre otra nueva y ms violenta salida de tono, aadi:

--Me han robado! Me han perdido!

--Que os han perdido!

--Qu, seor! quin ha dicho que me han perdido?... mienten!
mienten! bah! la reina est sana y buena!

--Montio! qu decs de la reina!

--Yo! bah! yo no digo nada de la reina!

--S, s... hay algo en vos que me aterra, no s por qu... vuestros
ojos... vuestra voz...

Y el duque se levant, sali, cerr todas las puertas de modo que de
nadie pudiesen ser odos, y se volvi al lado del cocinero mayor, 
quien asi violentamente de un brazo.

Haba recordado aquellas palabras que le haba dicho poco antes la
duquesa de Ganda: _sucede... sucede mucho... lo que pas anoche en
palacio..._ y una relacin misteriosa, terrible, se haba establecido
en la imaginacin del duque, entre aquellas palabras de la duquesa, y
las que acababa de or, vagas, reticentes, respecto  la reina, al
cocinero de su majestad.

--Oye...--le dijo el duque--, estamos solos: yo soy omnipotente en
Espaa.

--Lo s, seor, lo s...--dijo Montio.

--Puedo... qu s yo lo que puedo hacer contigo?... puedo, por un lado
destruirte... por otro, enriquecerte.

--Seor!... seor!... que me lastimis!

--Y si no me respondes  lo que te pregunto, claro, muy claro... mira:
mando que traigan aqu mismo una silla de manos, que te metan en ella, y
que te lleven  la Inquisicin...

--A la Inquisicin!...--exclam trmulo, acongojado, el cocinero mayor.

--Y all, encerrado yo contigo,  quien mandar poner en el potro, te
har pedazos si no me contestas...

--Ah, seor, seor!--exclam Montio, cayendo de rodillas  los pies
del duque--. Esto slo me faltaba!

--Y oye--aadi el duque soltando  Montio y yendo  la mesa y
escribiendo y trayendo despus el papel escrito  Montio--, si me
respondes con verdad y lo que me dices vale la pena, te doy este vale
para que al presentrselo te pague mi tesorero mil ducados.

--Mil ducados,  la Inquisicin y el tormento!

--Elige.

--S... s... seor... pues... elijo... los mil ducados!

Y tendi las manos al vale.

--Despacio, despacio, seor Francisco Montio--dijo el duque sentndose
en el silln--; antes es necesario que me respondis  lo que voy 
preguntaros.

--Si puedo responderos, seor, lo har con toda mi alma.

--Decidme: por qu habis dicho con terror que la reina, que su
majestad, est sana y buena?

--Yo!... he dicho yo eso?... S, seor... la reina est muy buena...
su majestad goza de muy excelente salud.

--Montio, estis plido, aterrado cuando me decs eso; hablad, hablad,
por Dios; os lo mando, os lo suplico. Tengo antecedentes...

--Cmo! sabis, seor!...

--S... s... s que en palacio han mediado cosas graves.

--Pero sabris tambin, seor, y si no lo sabe vuecencia yo lo puedo
probar, que en tres das no he parecido por las cocinas, y que soy
inocente.

--Inocente! Luego era verdad? Luego se ha cometido un crimen?

--Seor... yo no he dicho eso!

--Ser preciso para que hablis que yo me encierre con vos en la
inquisicin.

Y el duque se levant.

--Ah, no! no, seor!--exclam el cocinero agonizando de terror,
sudando, estremecindose--; yo lo dir todo.

--Hablad, pues.

--Habis de saber, seor, que mi mujer...

--Pero si no se trata de vuestra mujer--exclam con impaciencia el
duque.

--S, s; ya s, seor, que no se trata de mi mujer; pero es necesario
empezar por mi mujer.

--Veamos, veamos; seguid.

--Pues... mi mujer ha sido seducida por el sargento mayor don Juan de
Guzmn.

--Oh! Don Juan de Guzmn enamora  vuestra mujer!... Seguid, seguid.

--Y mi mujer se ha dejado enamorar de don Juan de Guzmn.

--Y qu tiene que ver eso...?

--Tiene que ver mucho. Don Juan de Guzmn es  era servidor de don
Rodrigo Caldern.

--Ah!

--Y como don Rodrigo Caldern ayudaba  los unos y  los otros, 
vuecencia contra la reina...

--Montio!

--Vuecencia me ha mandado decir la verdad.

--Seguid.

--Pues... ayudaba  vuecencia contra la reina, y al conde de Olivares
contra el duque de Uceda y contra vos, y al duque de Uceda contra vos y
contra el conde de Olivares, y traa enredado  todo el mundo, de cuyo
enredo ha resultado el lance que le tiene en el lecho mal herido, y un
delito horrible.

--Un delito!...

--Oigame vuecencia y llegaremos  ese delito.

--Seguid, seguid.

--Seducida mi mujer por don Juan de Guzmn, ella sedujo  uno de los
galopines de cocina... estoy seguro de ello...  Cosme Aldaba... y  un
paje de la reina... amante de mi hija, como don Juan de Guzmn era
amante de mi mujer.

--Acabad de una vez.

--Llegamos al crimen. Hoy por la maana, apenas me vi libre de negocios,
me fu  las cocinas...  cumplir con mi obligacin... y me encontr en
ellas  ese infame Cosme Aldaba...

--No os entiendo bien... Al resultado... al resultado.

--El resultado ha sido que se ha servido en el almuerzo de su majestad
la reina una perdiz envenenada.

El to Manolillo, revelando aquel crimen al cocinero mayor, haba
cometido una imprudencia gravsima; Francisco Montio, que en otra
ocasin, por inters propio, hubiera guardado la ms profunda reserva,
enloquecido, aterrado, fuera de s, haba roto el secreto.

El duque de Lerma, plido y desencajado, estuvo algunos momentos sin
hablar despus de haber odo la frase una perdiz envenenada.

Se levant y se puso  pasear  lo largo del despacho.

Temblaba; estaba aterrado.

--Pero no, no es esto lo que me indic la duquesa de Ganda; no, no
puede ser--deca pasendose--; y luego... no me han llamado  palacio...
este hombre est fuera de s... se engaa sin duda... veamos...
dominmonos.

Y se detuvo delante de Montio.

El cocinero mayor le mir de una manera que quera decir:

--Yo no he tenido parte en ese crimen.

--Y decs... que su majestad est buena?--pregunt al cocinero mayor.

--S; s, seor--contest Montio--; y el padre Aliaga tambin... acabo
de hablar con l... y est bueno, y tiene buen color... y eso que el
padre Aliaga almorzaba con su majestad la reina.

--Es decir, que no han comido de la perdiz?...

--No; no, seor... yo creo que no... pero quien puede deciros eso...
es... el to Manolillo... el bufn del rey, que fu quien me lo dijo 
m.

--Pero cmo se sabe que esa perdiz estaba envenenada?

--Porque ha muerto un paje que se comi lo que haba quedado en los
platos de la reina y del padre Aliaga.

--Pero si qued en los platos, debieron comer...

--No, porque el to Manolillo asust  la reina...

--Yo creo que estis loco, Montio; que lo que os sucede os ha
trastornado el seso.

--Puede ser, puede ser, seor.

--No hablis de eso  nadie, porque si de eso hablis con otras
personas, podis dar en la horca... yo me informar... aunque de seguro
estis equivocado.

--Y por qu ha hudo mi mujer con mi hija y con el sargento mayor don
Juan de Guzmn, y con Cosme Aldaba, pinche de la cocina, y con
Cristbal, paje de la reina... robndome?...

--Yo me informar, me informar... y veremos. Si se ha intentado el
crimen, por lo que sucede... es decir... por lo que no sucede, es casi
seguro que ese crimen se ha frustrado... si ha habido crimen, estoy
seguro que estis inocente de l... se os conoce... y  ms... yo os
conozco hace mucho tiempo; por dinero sois capaz de engaarme y de
engaar  todos los que os paguen; de servir  personas enemigas, las
unas contra las otras,  un mismo tiempo... pero no cometerais un
asesinato por dinero... estoy seguro de ello... callad, pues, acerca de
este atentado; yo lo averiguar todo, sabr lo que hay de cierto y
castigar  quien deba castigar.

--Y no correr yo ningn riesgo?

--No, si sois inocente como creo.

--Y mandaris buscar, seor,  mi mujer y  mi hija, y al dinero que me
han robado?

--S; s... pero volvamos al principio. Recordis lo que os
mand?--dijo el duque cambiando la conversacin.

--Me han sucedido tantas desdichas, seor... que estoy aturdido.

--Pues yo recuerdo perfectamente lo que os mand. En primer lugar, os
dije que fuseis  visitar  cierta dama de quien se vale el duque Uceda
para pervertir,  pesar de sus pocos aos, al prncipe don Felipe.

--S; s, seor, doa Ana de Acua.

--Os d una gargantilla de perlas para ella.

--S, seor, y la gargantilla est en poder de esa dama.

--Ah! la habis visto?

--S, seor.

--Y cundo la vsteis?

--Con gran trabajo, porque se negaba  recibirme, anoche, ya tarde.

--Y qu pas en vuestra visita?

--Djela que un altsimo personaje me enviaba  ella, y en prueba de su
estimacin me mandaba entregarla una alhaja de gran precio. Entonces la
d la gargantilla. Alegrronsela los ojos; pero puso dificultades... me
dijo que no conociendo  quien aqul regalo la haca, no deba
recibirle...

--Pero al fin...

--Djela yo que quien la deseaba era tan alto personaje, que sera
necesario, para que no le conociese, que le recibiese sin luz.

--Y qu dijo  eso?

--Quiso echarme rudamente de su casa... hizo como que se irritaba...
pero no me ech... al fin de muchas rplicas me dijo: no hay persona que
no pudiera ofenderme con una solicitud tan extraa sino el rey.

--Eso dijo?--exclam el duque.

--Eso dijo.

--Y vos?...

--La dej en su creencia.

--Habis hecho bien; y en qu habis quedado?

--Doa Ana acept... y cuando vuecencia quiera, yo la avisar que... el
rey... ir  verla, y la hora en que ir.

--Pues bien; avisadla que ir  verla esta noche. Despus vendris y me
diris  qu hora y qu sea... y me acompaaris...

--Muy bien, seor.

--Estoy satisfecho de vos por lo tocante  esa dama: pero os mand
adems que diseis una encomienda de Santiago  vuestro sobrino...

--Es que mi sobrino, no es mi sobrino...

--S, s; ya s que es hijo bastardo del duque de Osuna; pero esto no
impide que le hayis dado de mi parte la encomienda que os d para l.

--Os dir, seor; estaba tan turbado con lo que me suceda, que se me
olvid; aqu est la encomienda (y sac del bolsillo el estuche que le
haba dado el duque de Lerma, conteniendo una placa con la cruz de
Santiago), y adems, seor, hubiera sido intil.

--Intil! por qu? hubiera despreciado don Juan un favor del rey
hecho por mi medio?

--No digo yo eso... pero don Juan es caballero del hbito de Santiago
desde que naci por merced del seor don Felipe II.

--Ah!--dijo el duque con asombro--; sin embargo, no hubiera estado de
ms que don Juan hubiera sabido que tena en m un amigo.

--Perdonad mi olvido, seor; pero me sucedan cosas tan terribles!...

--Guardad... guardad de nuevo esa cruz; llevadla de mi parte  don Juan,
y decidle que venga  verme para recibir la cdula real. En este negocio
habis andado torpe...

--Seor! me sucedan tales cosas!

--Veamos si habis hecho otro encargo mo. Os d una carta para la madre
Misericordia...

--Y la contestacin est aqu...--dijo con suma viveza Montio--, la
tengo en el bolsillo desde ayer.

El duque ley aquella carta.

En ella, por instigacin del padre Aliaga, como dijimos en su lugar, la
madre Misericordia desvaneca todas las sospechas del duque acerca del
gnero del conocimiento que poda existir entre su hija y Quevedo.

Pero como el duque saba ya por su misma hija que era amante del
tremendo poeta, no pudo menos de fruncir el gesto.

--Conque es decir que tambin mi sobrina la abadesa de las Descalzas
Reales me engaa!--dijo para s--; conque es decir que todos me
abandonan, y que ahora s menos que nunca en dnde estoy! Es necesario
atraernos decididamente  Quevedo, y si nos pone por condicin perder 
don Rodrigo, hacer una de _ppulo brbaro_, la haremos... aprovecharemos
despus la primera ocasin para dar al traste con Quevedo...  cuando
menos... sirvindole, conservaremos nuestra dignidad exterior... Esto es
preciso, preciso de todo punto.

Y luego aadi alto, tomando el vale de los mil ducados, y dndoselo al
cocinero:

--Hasta cierto punto me habis servido bien; seguidme sirviendo y os
har rico.

--Ah! bastante falta me hace, seor, porque la infame de mi mujer me ha
dejado arruinado--exclam Montio volviendo de una manera tremenda  su
pensamiento dominante.

--Yo har que prendan  vuestra mujer. Dejadme su nombre, sus seas, las
de vuestra hija y las de esos otros.

El cocinero escribi con cierto sabroso placer, y entreg el papel que
haba escrito al duque.

--En cuanto  lo que sospechis respecto  ese crimen que decs
intentado contra su majestad, guardad por vos mismo el ms profundo
secreto.

--Oh! no temis, seor; yo no s cmo lo he dicho  vuecencia; estaba
loco!.., pero ahora, con el amparo de vuecencia, es distinto... distinto
de todo punto... empiezo  vivir de nuevo.

--Id, pues,  ver  doa Ana, y convenid con ella  qu hora podr verla
esta noche.

--Ir, seor.

--Y volved  avisarme.

--Volver.

--Buscad  don Juan Tllez Girn, y dadle de mi parte esa cruz.

--Le buscar.

--Podis iros, Montio, confiando en m.

--Perdonad, seor; pero antes tengo que deciros algo.

--Qu!

--La Dorotea!...

--Dorotea!

--S; s, seor: Dorotea la comedianta me ha dado para vuecencia esta
carta.

El duque la ley.

--Dorotea!--exclam para s el duque--; Dorotea es... yo no s lo que
Dorotea es del bufn del rey... esta muchacha me ama... la deslumbro...
pues bien... me conviene ir  verla... Tranquilizos  id en paz--dijo
en voz alta dirigindose  Montio.

--Beso las manos  vuecencia, y le doy las gracias por tanto bien como
me hace.

--Id, id con Dios, buen Montio--dijo el duque abriendo una puerta para
que el cocinero saliera--, y confiad en m.

Montio sali haciendo reverencias al duque.

Cuando el duque qued solo, mand poner una litera, y cuando sta estuvo
corriente, sali de su casa, sin acordarse de revocar la orden de
prisin que  instancias de su hija haba dado contra Quevedo.

Lerma estaba tan trastornado con lo que le aconteca, como con sus
asuntos el cocinero mayor.

La duquesa de Ganda, por el momento haba interpuesto en balde,
respecto  Quevedo, su influencia para con el duque.

Este se hizo conducir en derechura  casa de la Dorotea.




CAPTULO LIX

DE CMO DOROTEA ERA MS PARA CON EL DUQUE, QUE EL DUQUE PARA CON EL REY


Dijimos al final del captulo LV, que cuando Casilda, la doncella de
Dorotea, anunci  su seora la llegada del duque de Lerma, la Dorotea
escondi  Quevedo en su dormitorio,  fin de que pudiese or su
conversacin con el duque de Lerma, y que luego, quitado de en medio
cuanto poda parecer extrao al duque, se sent en el hueco de un
balcn, y se puso  estudiar su papel de reina Moraima.

El duque entr al fin, grave, espetado y con el sombrero puesto como
tena de costumbre.

Al verle la Dorotea se levant, arroj el papel sobre una silla y se
inclin ceremoniosamente en una cumplida reverencia ante su hinchado
amante.

--Mil gracias, seor--le dijo--, pues al fin os dejis ver de esta pobre
mrtir.

Y puso un silln al duque.

--Cmo os va, Dorotea?--dijo ste sentndose y extendiendo hacia la
joven una mano, que sta estrech con respeto.

--Me va muy mal--dijo la Dorotea sentndose bruscamente en un taburete 
los pies del duque--, y esto no puede continuar as.

--Qu decs, seora?

--No me llamis seora--dijo la Dorotea--; yo no soy seora, soy una
comedianta; una mujer que ha nacido para vivir libre como los pjaros,
cantando siempre de rama en rama... para estar alegre, para gozar...
para tener un amante... un verdadero amante que la ame, y no la trate
con esos insoportables miramientos con que vos me tratis... que no se
pase los das sin verla... que no la olvide por nada... que no se vea
obligada  llamarle seor, ms que de su alma... y esto dulcemente... en
fin, que no la aburra, que no la entristezca, que no la fastidie.

--Indudablemente estis de muy mal humor, Dorotea.

--Tenis razn, estoy de un humor endiablado.

--Y qu queris?...

--Que acabemos de una vez; yo no s an lo que soy para vos.

--Que no lo sabis?

--Quiero no saberlo, aunque vos me lo decs claramente con vuestra
conducta.

--Pero en fin... qu creis vos?

--Creo que yo para... vuecencia... soy... as, como una cosa que se
tiene por vanidad... porque cuesta muy cara.

--Oh! oh!

--Ni ms ni menos; vos supsteis que haba en la corte una mujer que
haba despreciado las ofertas, los regalos, las splicas de los seores
ms principales, y os dijsteis... por vanidad, por pura vanidad: es
necesario que esa mujer sea ma, cueste lo que cueste, valga lo que
valga; es necesario que, como soy el dueo de la primera persona del
reino, lo sea tambin de esa dificultad viviente. Es necesario que yo
humille la vanidad de los dems.

--Y me habis llamado para esto?

--Cierto que s; para deciros que de vanidad  vanidad, la ma es mayor
que la vuestra.

--Ah! vuestra vanidad!

--Ciertamente; habais credo que yo os amaba?

A esta inesperada pregunta de la Dorotea, el duque puso un gesto
imposible de describir, en que lo que ms se determinaba era una
contrariedad terrible.

La Dorotea solt una larga carcajada.

--Pues no os amo, ni os he amado nunca, ni os puedo amar--dijo
inmediatamente despus de la carcajada.

--Seora!--dijo el duque plido de clera.

--No me llamis seora, ya os lo he dicho; llamadme Dorotea; no os
irritis tampoco; debis apreciar el que yo os diga la verdad. Y
adems, si no os amo, no es porque no quiero amaros, sino porque no lo
merecis.

--Que no lo merezco!

--No, porque no me amis. El corazn se rinde al amor, y el amor es tan
libre, que todos los tesoros del mundo no bastan para comprarle; cmo
he de amaros yo, si desde que os conoc estoy quejosa de vos?

--Quejosa! Qu habis querido que no lo hayis tenido?

--Bah! si yo he aceptado vuestros regalos, no ha sido porque me hagan
falta, sino porque mi vanidad se halaga con los sacrificios que vuestra
vanidad hace por m.

--Sacrificios! creis que me he visto obligado  hacer sacrificios
para complaceros?

--S.

--Os equivocis.

--Cuando se me ocurri tener una casa ma, amueblada  mi gusto,
ostentosamente, como la de un grande de Espaa, con bodega y despensa
provistas de los mejores vinos y de los mejores manjares del mundo, os
vsteis apurado.

--Os juro que no.

--No me dijsteis ni una palabra en contra, ni hicsteis nada, ni
siquiera un gesto que pudiera indicar que mi peticin os disgustaba; por
nada del mundo hubirais pronunciado la palabra _no quiero_. Yo lo
saba, pero quera que la vanidad de decir, de que supiese todo el mundo
que yo era vuestra querida, os costara muy caro; y no me content con la
casa, y con los muebles, y con la cocina, y con los criados, y con la
carroza, y con el camarn forrado de raso en el coliseo; no, no, seor:
os ped diamantes, y perlas, y brocados, y sedas, y plumas, y encajes...
habis gastado conmigo un tesoro, slo por hacer rabiar  los otros
grandes y decirles: yo soy ms que vosotros, mucho ms que vosotros; yo
tengo todo lo que vosotros no podis tener, desde el rey hasta la
cmica... y ellos rabian... y como lo que me habis dado es el precio de
la rabia que hacis tener por m  ms de tres, no os agradezco lo que
me habis dado, y lo doy  mi vez  quien quiero.

--Si s para lo que me llambais, no vengo.

--Y yo creo que vos no habis venido porque os he llamado; que os he
llamado otras veces, y no os ha faltado pretexto para no venir: creo que
habis venido para algo que os conviene... sobre todo de da y vindoos
las gentes...

--Dejemos esta conversacin, Dorotea.

--Por el contrario, sigmosla para que lleguemos  donde debemos llegar.

--Pues qu, tenemos que llegar an  alguna parte?

--Vaya...! pero continuemos. A mi no me haca falta, absolutamente
falta nada de lo que me habis dado; me trataba muy bien antes de
conoceros, y tan cierto es esto, que os he llamado para devolveros todo
eso, y salir antes que vos de esta casa, si no quedamos en lo que hemos
de quedar.

--Qu decs!

--Digo... que... si no sois enteramente mo como el rey lo es vuestro,
tomo ahora mismo por amante...  quin dir yo...?  un aposentador muy
rico que anda enamorado de m, y  quien puedo arruinar en tres das.

--Pero estis loca?

--Y todo el mundo dir, conocindoos, al ver que os dejo: mal debe de
andar el duque de Lerma; su querida, que es una cmica interesada donde
las hay, le ha dejado por un aposentador... luego el duque puede menos;
ved de qu modo una cmica puede poner  vuecencia, secretario de Estado
universal del rey, por debajo de un cualquiera, de un hombre burdo, de
un aposentador.

--Y serais capaz...? hablis seriamente?

--Tan seriamente, que voy  empezar  deciros lo que quiero.

--Veamos, veamos lo que queris.

--Quiero, en primer lugar, ocupar el lugar que me corresponde.

--Pues qu, no le ocupis?

--No por cierto. Las queridas de los grandes hombres, son  deben ser
ms que sus queridas. Deben partir con ellos el poder, la autoridad,
deben ser omnipotentes. Qu importa que la querida sea una cmica? al
elegirla, el grande hombre la ha igualado  s; esto no admite rplica,
porque la querida de un grande hombre debe ser una gran mujer, y si no
lo es, algo hay de vano en el hombre  quien todos tienen por grande.

--Esa mujer puede tener, como vos, una gran hermosura...

--No me extraviis, no me respondis. No ser muy grande su hermosura,
si no enloquece al grande hombre.

--Los negocios no son para las mujeres: para las mujeres las delicadezas
de la vida, la buena casa, la buena mesa, las joyas, las galas, las
sedas, las pieles... y el amor. Los cuidados graves, deben quedar para
los hombres.

--Decs bien, cuando los hombres no son torpes.

--Cuando los hombres no son torpes! explicos mejor; me tenis por
torpe, Dorotea?

--Por torpsimo; y como yo soy orgullosa, sumamente orgullosa, me
mortifica que mi poderoso amante sea burlado.

--Burlado!

--Como que no sabis dnde estis de pie.

--Vos tambin! vos tambin os habis convertido en esa voz que por
todas partes me avisa!

--S... s por cierto: yo os aviso con ms inters que nadie!

--Pero de qu me avisis?

--Os aviso de que... debis mudar de amigos.

--De amigos!

--Porque los que os fingen amistad, os venden.

--Hablad ms claro.

--Don Rodrigo...

--Herido!... medio muerto!...

--A causa de sus traidores enredos.

--Creo que rais muy amiga suya, Dorotea, y aun algo ms que amiga.

--Pues ah veris: cuando yo de repente me vuelvo en contra de don
Rodrigo, algo debe de haber. Don Rodrigo, como pretendi robaros la
querida, ha pretendido y pretende robaros de una manera villana el favor
de su majestad.

--Hablad, hablad, Dorotea; decidme todo lo que sepis.

--Para abreviar, slo os dir que desconfiis de todos los que hasta
ahora se han llamado vuestros amigos, y que busquis para ayudaros,
porque no hay hombre sin hombre,  alguno que os haya dicho frente 
frente que es vuestro enemigo.

--Habis querido que os pregunte quin es ese hombre?

--Puede ser.

--Pues bien, decidme cmo se llama.

--No conocis entre vuestros enemigos alguno tan noble y tan grande que
no pueda confundirse con ninguno otro?

--El duque de Osuna?

--S, pero no os hablo de l; aunque el que yo digo anda cerca de l.

--Quevedo! Pero si Quevedo no quiere ser mi amigo!

--Mereced su amistad.

--Merecer su amistad!--dijo con orgullo el duque.

--S por cierto; bien merece Quevedo, por sabio y por ingenioso, que se
merezca su ayuda.

--Conocis tambin  ese hombre?

--S por cierto, y porque le debo muy buenos consejos, creo que vos
podris debrselos tambin, si consegus que os trate con la buena
amistad que  m me trata.

--Ese hombre es tenebroso.

--Para los que no tienen ojos para mirarle.

--Le temo.

--Hacis mal en temerle, porque es el nico hombre que os puede salvar.

--Pero, seor, qu ha dado don Francisco  todo el mundo, que as todo
el mundo me habla de l, y las personas que ms estimo, que ms quiero,
se ponen de su parte?

--Eso consiste en que tenis personas que os aman, que saben que vuestro
favor con el rey est amenazado, que quieren salvaros y que no
encuentran otro mejor medio de salvacin que don Francisco de Quevedo.

--Dnde vive don Francisco?--dijo Lerma profundamente pensativo.

--En mi casa.

--En vuestra casa!

--S por cierto; aqu le doy mesa y lecho; pero no para un momento; anda
en ciertas diligencias del duque de Osuna, y concluidas que sean, marcha
 Npoles. Por lo mismo, es necesario que os apresuris  atrarosle.

--Y est por acaso en casa?

--No por cierto.

--Pero vendr?

--Vendr indudablemente  la tarde.

--A la tarde vendr yo. Entre tanto, y ya que en tal asunto nos hemos
entremetido, Dorotea, voy  deciros francamente la razn de haber yo
venido  veros.

--Ah! ya saba yo que no venais porque yo os haba llamado!

--Hubiera venido ms tarde,  la noche.

--Veamos  qu habis venido.

--Qu es vuestro el bufn del rey?

--El to Manolillo? Es mi padre.

--Vuestro padre!

--Es decir, padre en toda la extensin de la palabra, no; pero qu
nombre queris que d al que me ha criado  costa de privaciones de todo
gnero, al que vela por mi, al que me ama como ninguno es capaz de
amarme?

--Tenis razn; y decidme: cmo har yo para atraerme ese hombre?

--Siendo desde ahora todo mo; hacindole creer que me hacis feliz.

--Lo creer. Decidle que vaya esta noche  verme encubierto  mi casa,
al obscurecer.

--No le dejarn entrar.

--Que presente esta sortija en mi casa--dijo el duque, quitndose una
del dedo y entregndola  Dorotea.

La joven conoci  primera vista que aquella sortija era de gran valor.

--Procurar dejaros tan satisfecho de m--dijo el duque levantndose--,
que no queris poner en mi lugar  ese aposentador.

--Lo veremos...Pero os vais?

--S, es ya tarde y voy  palacio.

--No quiero deteneros, seor; pero volveris?

--S, esta tarde; si para cuando yo llegue ha venido don Francisco,
cuento con que me le tendris entretenido.

--Se me ocurre una idea: comed hoy conmigo; os tratar bien, y sobre
todo, Quevedo comer con nosotros.

--Convengo en ello; comeremos juntos los tres, pero por ahora, adis.

--Id con Dios, seor duque.

Lerma sali, y Dorotea le acompa hasta la puerta. Cuando oy el ruido
del carruaje del duque, volvi  la sala.

En ella estaba ya Quevedo.

--Confieso que merecis mucho, hija Dorotea--exclam--; habis evitado
que me prendan, del modo que ms me convena  m, y que menos os
compromete  vos. En cambio, yo prometo curaros de ese amor homicida que
se os ha metido por el alma, que es lo que ms necesitis y lo mejor que
se puede hacer por vos.

--Ay, don Francisco, que creo que este amor me va  costar la vida!

--El amor no mata ms que en las comedias de autor tonto; no se despega
 tres tirones el alma de la carne, y el tiempo... vamos, vamos, no hay
que pensar mucho en ello; y como tengo harto que andar y estoy seguro de
que no me han de prender, quedad con Dios, hasta la tarde, en que hemos
de comer juntos, el duque, vos y yo.

Y Quevedo sali.

--Casilda--dijo Dorotea cuando se qued sola--, que vaya Pedro al
coliseo, y que avise de que esta tarde no puedo representar. Estoy muy
enferma.




CAPTULO LX

LO QUE HACE POR SU AMOR UNA MUJER


Con tanto accidente habasele olvidado al duque de Lerma revocar la
orden que haba dado  Santos, su secretario, para que prendiesen 
Quevedo.

Y esto no tena nada de extrao.

El pobre duque estaba tan acosado por todas partes de recelos, tan
asustado por avisos; y era tan grave lo que acerca de la reina le haba
dicho Francisco Martnez Montio, que su cabeza se haba convertido,
como decimos los espaoles, en una olla de grillos.

El nico, el exclusivo pensamiento de Lerma cuando sali de casa de la
Dorotea, fu encaminarse  palacio en busca de algo exacto, de algo que
ver por s mismo.

El duque de Lerma no haba visto nunca nada, por ms que haba procurado
ver, y sin embargo, reincida en poner  prueba su mala vista.

Pero si el duque de Lerma se haba embrollado, no aconteci lo mismo 
su hija doa Catalina.

Ella tena muy buena vista, y adems, tena concentrada toda su
atencin, todo su cuidado en un objeto: en que no se le escapara
Quevedo.

Y como no confiaba demasiado en su padre, no dej abandonado  su padre
el negocio, ni se fi de otra persona que de s misma.

Doa Catalina estaba enamorada, y  ms de enamorada, irritada.

Tema haber sido burlada por Quevedo, y esto la haca temblar de
indignacin.

Le haba abierto su alma y sus brazos, y la condesa de Lemos era
demasiado altiva, demasiado honrada, demasiado pura, para permitir que
el nico hombre por quien se haba olvidado de todo, se desprendiese de
sus brazos riendo.

As, pues, cuando sali de casa de su padre y se meti en su silla de
manos, se hizo llevar  una tienda inmediata, donde tom una silla y se
ocult tras de la puerta.

--Rivera--dijo  un hombre embozado que acompaaba  la silla de mano--;
id, entrad casa del duque, buscad  su secretario Santos, y decidle de
mi parte que venga.

Rivera, criado de confianza de la condesa, fu  cumplir las rdenes de
su seora; poco despus entr en la tienda con Santos.

La condesa se dirigi entonces  la tendera, que estaba admirada y aun
enorgullecida por tener  una tan gran seora y tan hermosa en su casa:

--Necesito--la dijo--un lugar donde hablar  solas con este hidalgo.

La tendera abri la compuerta del mostrador, y manifestando
servicialmente  la condesa que su casa, ella y su familia estaban  su
disposicin, la llev  la trastienda.

Sigui Santos  la condesa, y cuando quedaron solos entre sacos de
garbanzos, castaas y judas, la condesa dijo al secretario del duque:

--Os ha dado mi padre alguna orden?

--Su excelencia me da muchas todos los das, seora--contest
respetuosamente Santos.

--Una orden de... prisin.

--Efectivamente, seora: su excelencia me ha dado orden de que mande en
su nombre  un alcalde de casa y corte, que prenda ...

--Don Francisco de Quevedo?

--S, seora.

--Don Francisco es caballero del hbito de Santiago y no puede ir  la
crcel--dijo doa Catalina.

--Se le prender en su casa.

--Don Francisco no tiene casa en Madrid... por ahora.

--Se le llevar  una torre del alczar.

--Estara demasiado cerca del rey.

--La torre de los Lujanes...

--Es demasiado honor para un simple caballero que le encierren donde ha
estado encerrado un rey de Francia.

--Le llevaremos  un convento.

--Quevedo se servira de los frailes.

--Consultar, pues,  su excelencia.

--El duque no os ha indicado el lugar de la prisin de Quevedo?

--No, seora.

--Ha sido un olvido. Mandad al alcalde que le enve resguardado por una
guardia de cuatro hombres al alczar de Segovia.

--Su excelencia no me ha dicho eso.

--Mejor... mucho mejor.

--No comprendo  vuecencia.

--Creis que merece la pena el servirme  m?

--Oh, seora! vuecencia puede disponer de m como de un esclavo.

--Gracias, Santos, gracias: de mi cuenta corren vuestros
adelantamientos: por lo pronto guardad esto en memoria ma.

La condesa se sac del seno un relicario de oro guarnecido de perlas y
diamantes y del hermoso cuello la cadena de que penda.

Haba algo de tentacin en dar  un hombre una prenda tan ntima, cuando
poda haberle dado una de las ricas sortijas que llevaba en las manos.

Aquello poda tomarse por un favor.

Santos era joven, buen mozo  hidalgo, y las mujeres, aun las de ms
alto coturno, han dado en todos tiempos tales ejemplos...

Santos,  quien doa Catalina pareca deliciosa como lo pareca  todo
el mundo, porque en efecto lo era, y mucho ms cuando ella tena inters
en parecerlo de una manera enrgica, se turb, se puso plido, guard el
relicario en lo interior de su justillo por la parte del corazn, y
tartamude algunas palabras.

Doa Catalina le haba dado un golpe rudo.

Y para hacer ms terrible aquel golpe, los ojos poderosos de doa
Catalina, medio velados por sus sedosas pestaas negras, arrojaban sobre
l fuego; le miraban de una manera tal que... Santos hubiera dado su
alma al diablo porque aquellos ojos le hubiesen mirado de una manera ms
clara, porque le hubiesen prometido, aunque remotsimamente, algo.

Pero la intensa y ardiente mirada de la condesa era incomprensible.

--Estis enterado de lo que debis hacer? dijo doa Catalina cuando vi
que tena  Santos rendido  discrecin.

--S; s, seora--contest Santos reponindose--; pero suplicara 
vuecencia me dijese claramente punto por punto...

--Od: iris  buscar al alcalde de casa y corte ms duro, ms valiente,
ms  propsito para no dejarse engaar por Quevedo.

--Ruy Prez Sarmiento, es que ni pintado.

--Bien: diris  ese seor... le mandaris que sin perder un momento,
suelte por Madrid cuantas rondas de alguaciles pueda en busca de don
Francisco. Todos le conocen. Encargadle que los alguaciles sean bravos
por si Quevedo arrastra de espadas.

--Es decir, que le prendan muerto  vivo.

--Quin ha dicho eso?--exclam la condesa con impaciencia y clera--que
le prendan vivo y sin tocarle con las espadas: seis hombres bien pueden
apoderarse de uno solo, por valiente que sea, sin herirle.

--Ah! muy bien, seora.

--En seguida... si es de da, que le metan en una litera y le lleven 
una de mis casas desalquiladas... mi criado Rivera os llevar  ella...

--Muy bien, seora.

--Luego... cuando sea de noche y en la misma litera, que le saquen
resguardado por cuatro alguaciles  caballo, para Segovia.

--Cuatro alguaciles no ms? y si se escapa?

--Que sean buenos los cuatro.

--Ahora bien; vuecencia comprender que sobre m carga la
responsabilidad del envo  Segovia de don Francisco.

--No importa: si el duque de Lerma os hace cargo, decidle que habais
entendido la orden de llevarle  Segovia.

--Su excelencia tiene muy buena memoria.

--Y bien: todo puede reducirse  que os despida, y  que si ahora sois
secretario de mi padre, lo seis despus mo.

--Oh, noble condesa!

--Conque habis comprendido bien lo que os he dicho?

--S; s, seora; prender  don Francisco sin herirle ni maltratarle,
aunque resista; llevarle  donde Rivera me diga, y  la noche enviarle
en una litera, cerrada, con una guarda de cuatro alguaciles  caballo,
al alczar de Segovia.

--Al punto de obscurecer.

--Muy bien, seora.

--Recordad que esto es lo primero que os mando.

--Soy enteramente vuestro, seora.

--Pues no perdis tiempo.

--Guarde Dios  vuecencia.

--Adis.

Santos sali embriagado, fascinado, loco, porque la condesa, sin
concederle nada, sin dar lugar  ninguna suposicin de parte de Santos,
haba sido con l una gran coqueta.

Despus sali de la trastienda doa Catalina, di algunas monedas de
plata  la tendera, se meti en la silla de manos y mand que la
llevasen  su casa.

Cuando entr en ella, se encerr en su recmara con Rivera.

--Voy  encargaros--le dijo--de una comisin muy reservada, y tanto, que
si cumpls bien, os saco una bandera para Flandes, y antes de dos aos
os hago capitn de infantera.

--Sin eso, seora, podis mandar.

--Qu casa tengo yo desalquilada en un lugar retirado de Madrid?

--Vuecencia tiene una  la malicia en la calle de la Redondilla.

--Pedid las llaves de esa casa y con ellas idos  acompaar, encubierto,
 Pelegrn Santos, secretario del duque de Lerma, y haced lo que l os
mande.

--Muy bien, seora.

--En seguida, buscad un hombre bravo y de puos, que tenga conocimiento
con algunos como l, y avisadme cuando le tuvireis.

--Muy bien, seora.

--Idos, pedid las llaves de esa casa y buscad en seguida, con ellas, 
Pelegrn Santos.

Rivera se inclin y sali.

La condesa de Lemos, sobreexcitada, trmula, enamorada, se qued
profundamente pensativa y devorada por la impaciencia, pasendose  lo
largo de su recmara.




CAPTULO LXI

DE CMO LE SALI  QUEVEDO AL REVS DE LO QUE PENSABA


Entre tanto, el buen ingenio haba salido de la casa de la Dorotea,
pensando para sus adentros, mientras atravesaba las calles en derechura
del alczar, bajo la tenaz lluvia que no haba cesado hacia tres das:

--Esa pobre chica me da compasin y me siento adems agradecido;
confisola una gran mujer; debermosla, por los buenos oficios que nos
hace, el salir de este atolladero, sin sacar de l ms que el lodo; pero
con arrojar en Npoles las botas, hemos concludo; parceme que
resurrezco, que por envuelto me he dado y  pique de desconfiar de m
mismo: el mdico de su majestad dice que no hay que tener cuidado
alguno; que Margarita se encuentra en muy cabal salud... por aqu la
divina Providencia ha evitado un crimen... un crimen horrible; Lerma
est confiado y sigue durmiendo; Dorotea, aleccionada por m le engaar
de tal modo, que tendr tiempo para llevarme  los recin casados;
despus... si mi doa Catalina me ama... vamos, no hay que pensar en
ello... llevrmela sera tocar  badajo perdido la campana del
escndalo... ser necesario que se cure, y yo tambin necesito
curarme... el tiempo y la paciencia y la conformidad... bendito sea
Dios, que nos ha criado para pelota, en manos de chicos... vamos
adelante, vamos... yo har que la Dorotea se cure... y olvide... doa
Catalina olvidar... y yo... yo... bah! qu importo yo? Seguir
vengndome de lo que el mundo me hace sufrir, obligando al mundo  que
se ra, como un necio, de s mismo.

Llegaba entonces al alczar y entrse resueltamente en l, con la frente
descubierta y alta, como quien no tiene por qu temer.

Sin embargo, repar en que en el zagun de la puerta de las Meninas, por
donde se haba metido en el alczar, haba dos alguaciles de corte.

--Cuervos tenemos?--exclam--; cerca anda carne muerta... tormenta est
aparejada para alguno. Dios le ayude.

Y se encamin con su forzada lentitud  la primera escalerilla.

No saba Quevedo, no poda pensarlo, despus de lo que haba odo en la
casa de la comedianta, entre sta y el duque de Lerma, que la tormenta
se preparaba para l; que l era la carne muerta; esto es, el hombre
preso  cuyo olor iban aquellas aves de rapia.

Apenas se perdi Quevedo por las escalerillas, cuando uno de los
alguaciles se ech fuera del alczar ms ligero que un rehilete.

Entre tanto Quevedo, atravesando callejones y galeras, se entr en el
aposento de doa Clara Soldevilla.

Don Juan se calentaba al brasero y doa Clara escriba.

--Consuela este olor--dijo Quevedo entrando.

--Ah, mi buen amigo!--dijo don Juan.

--Ah, don Francisco!--exclam doa Clara--: de qu olor hablis?

--Huele aqu  contento,  paz,  alegra,  amor... Dios os bendiga,
mis amigos, que tenis sol claro en da de lluvia, y que vivs mientras
otros se aperrean. Y qu bueno hacis, diosa?

--Escribo  mi padre largamente: antes habale escrito una brevsima
carta, pero no me basta. Estoy impaciente porque mi padre sepa punto por
punto...

--Es decir que os habis metido  letrado?

--No os entiendo.

--Explicarme: la historia de vuestro casamiento, mis buenos amigos, es
un proceso. Largo habris de escribir si de todo habis de dar cuenta, y
es grande lstima que la tinta ponga negros unos dedos tan rosados.
Dejadlo eso para m, seora, que todo lo tengo negro, hasta la
esperanza, y venos aqu al amor de la lumbre y escuchadme, que tenemos
harto que hablar.

Dej doa Clara la pluma y luego la mesa, y fu  sentarse junto al
brasero entre su marido y Quevedo.

--Vive Dios!--exclam Quevedo--, que estoy viendo en vos una
experiencia, doa Clara.

--Una experiencia!

--S pardiez! los ojos y la razn engaan.

--Explicos.

--Si sois ms doncella hoy que ayer!--dijo Quevedo mirando de una
manera profunda  doa Clara.

Psose la joven vivsimamente encendida.

--Con las mujeres me reconciliis, seora; yo las tendra  todas por
partculas del diablo, y confiseme engaado: si queris ser ms feliz,
don Juan, sois usurero, y no merecis respeto, que en vuestra mujer
tenis un cielo.

--Sabis que vens muy adulador, don Francisco?

--Adulado me vea yo, que es el mayor desabrimiento que puede probar el
que no ha nacido tonto, si no son borbotones del corazn mis palabras, y
flteme aire si no es verdad que el corazn no me cabe en el pecho. Ah,
manos de marfl vivo!--exclam tomando entre las dos suyas una de las
hermosas manos de doa Clara--; y qu corona de gloria habis puesto
sobre la frente de mi amigo!

--Pues no soy completamente feliz--dijo don Juan.

--Alumbradme ese concepto  fin de que yo le vea, que tenebroso es y
encrucijado y capaz de hacer perderse en un laberinto al ms diestro.
Mayor felicidad peds que una mujer toda alma, tan delicada como el
alma el cuerpo, y tan hermosa como el cuerpo el alma? qu ms blancura
que la de la nieve que nadie ha pisado? qu calor ms dulce que el de
este sol de primavera al que no empaan nubes?...

--Muy poeta andis, don Francisco, amigo mo--dijo doa Clara--: me
hacis la merced de que hablemos de otra cosa?

--Poeta de verdades soy cuando os admiro, hija ma, y dgoos hija,
porque aunque casi soy mozo en aos y negros tengo los cabellos, pinome
hace mucho tiempo canas en el alma, y desengaos padezco y experiencias
lloro. Ni he tenido yo como don Juan la fortuna de encontrarme dentro de
un jardn tal como vos, que si encontrdome hubiera, echado me habra 
su sombra sin que cosa en el mundo fuera bastante  despertarme del
sueo. Espntame, pues, y razn tengo, de que don Juan pida ms
felicidad tenindoos  vos, y conjrole  que su concepto me explique,
porque tanto le quiero que me dolera haberle de tener de aqu en
adelante por tonto  por malo.

--No soy completamente feliz--dijo don Juan--, porque me creo de poco
valor comparado con mi doa Clara.

--Ah!--dijo la joven.

Y aquella exclamacin era protesta dolorosa.

--Perdonarse deben las necedades  los que aman, porque el amor ciega;
escrupuloso andis ms que monja, y os metis  apreciar lo que  vos no
toca. Bien me s yo que doa Clara no piensa otro tanto.

--Oh! no!... pero os ruego, don Francisco...

S, s por cierto... vamos  lo que importa: es el caso que yo tengo
mucho sueo.

--Oh! tenis sueo, amigo mo!... pues bien, en vuestra casa estis;
voy...

--Estos queda... tengo mucho, muchsimo sueo: necesito urgentemente
dormir, y en Madrid no duermo... es decir, no paso en Madrid esta noche,
 lo menos por voluntad ma.

--Cmo? nos dejis?

--Dejaros! dejrame yo primero las antiparras, sin las cuales soy
hombre muerto! buena cuenta dara yo al duque de Osuna! llvoos
conmigo, y por lo tanto, os dije que cartas eran vanas; que la mejor
carta para el duque, lo sern sus hijos: asunto es no ms que de algunos
cientos de ducados y de camisas limpias. Dejemos  Madrid  obscuras,
amanezcamos muy lejos, y veamos  Neptuno dentro de ocho das,
embarcados con rumbo  Npoles: que os afirmo que mientras aqu estemos,
ni duermo, ni descanso, ni vivo: cerrado est el cielo, de llover no
cesa, y temo que esto pare en diluvio que nos ahogue. Conque sus, y en
vez de hacer procesos, seora, haced cofres, y mientras se pide licencia
 sus majestades, el coche se apareje y huyamos, antes de que llegue el
caso de que cuando queramos huir, no sea tiempo, y creedme y no
disputemos, que all tenis entrambos los padres, y si vos dejis de ser
dama de la reina, doa Clara, seris seora en vuestra casa; y  falta
de la tercera compaa de la guardia espaola, tendris vos all, don
Juan, los no menos bravos alabarderos de la guarda del virrey.

Quedronse atnitos los dos jvenes  estas palabras de Quevedo, y
guardaron por algn tiempo silencio.

--Tan pronto! tan de repente!--dijo al fin doa Clara--. Qu motivo
puede haber?...

--Motivo y aun motivos. Es el primero, que yo no estoy muy seguro, y
tanto, que si no estoy preso, en engaos consiste que no pueden durar
mucho tiempo.

--Pero esos motivos?

--Olvidis que don Rodrigo Caldern est malamente herido, y que es
vuestro esposo quien as le ha maltratado?--dijo Quevedo de una manera
profunda.

--Pero hasta ahora...--dijo don Juan.

--S, hasta ahora... y gracias  que el duque de Lerma est mareado,
nadie nos ha dicho una palabra; pero en la corte, los mareos salen por
donde entran; se amaa en minutos lo que pareca imposible, y el viento
cambia de tal modo, que el que era cfiro blando para alguno, se le
convierte de repente en huracn que le echa por tierra; particularmente
yo, si paro algunas horas ms en Madrid, dime por embargado, y por
algn tiempo, porque yo no he de hacer ni puedo hacer lo que sera
necesario hacer para no ser encerrado. Y si me encierran, yo no respondo
de nada; porque enemigos crueles tenis vos, doa Clara; y vos, don
Juan, aunque slo hace tres das que estis en la corte, no los tenis
menos. Creedme, que yo nunca hablo en balde, y pienso mucho en lo que
digo antes de decirlo, y cuando pienso mucho, no me engao. No
disputemos, por Dios uno y trino; improvisemos nuestro viaje salvador, y
no nos chanceemos con la fortuna, que como mujer es mudable, y suele
dar sinsabores tales como ha dado dulzuras.

--Pero dejar abandonada  su majestad!...--dijo doa Clara.

--Dios vela por los reyes... creis vos que la reina tiene en vos un
escudo?

--Tengo valor, y mi vida es de su majestad.

--Pues bien; mientras vos estbais entregada  vuestra felicidad, Dios
ha salvado de una manera extraordinaria  Margarita de Austria.

--Salvado!

--Sin la misericordia de Dios, su majestad hubiera sido villanamente
asesinada.

--Asesinada!

Quevedo cont punto por punto  los dos esposos la tentativa de
asesinato contra la reina, y el modo extrao y providencial de su
salvacin.

--Oh!--exclam doa Clara--, ahora menos que nunca me separo de su
majestad.

--Dejad, dejad  Dios que la proteja; tened fe en la misericordia
divina, y adems, por salvar  la reina, no expongis  perecer 
vuestro esposo, al padre del hijo que acaso empieza ya  ser de vuestras
entraas; que sin duda vive ya, porque os amis demasiado, y sois harto
buenos para que Dios no haya bendecido vuestro amor.

--Ah! me hacis temblar, don Francisco!--dijo doa Clara.

--Procurad que vuestro hijo, si vive, no sea hurfano.

--Dios mo!

--Hombres como don Juan, que son caballeros desde el seno de su madre,
estn siempre expuestos  morir sin gloria y sin combate, asesinados
entre el cieno de esta infame corte. Creedme, y no vacilis ms.

--Partiremos--dijo doa Clara.

--Pues bien; mandad preparar lo necesario; pedid, entre tanto, la
licencia  sus majestades, y adis, que yo voy  otro lugar que me
interesa.

Y Quevedo, seguro de que haba asustado lo bastante  doa Clara, para
que no se dilatase por su parte el viaje, sali.

Iba contento atravesando las calles.

--Qu puede suceder--deca--en tan poco tiempo? Ir  comer esta tarde
 casa de la Dorotea, y de tal manera me mostrar amigo del duque, que
acabar de creerme y me dar tiempo suficiente para dejarle burlado.
Ahora volvamos junto  la pobre loca Dorotea, y concluyamos por aquel
lado con lo que debemos  nuestro corazn.

Pero al entrar en la calle Ancha de San Bernardo, Quevedo vi venir
hacia l un alcalde de casa y corte con sus alguaciles.

--Otra bandada de cangrejos!--exclam--; est de Dios que nunca hayan
de dejarme los tales. Y es el bueno Ruy Prez Sarmiento, asno injerto en
lobo, y alcalde de casa y corte por la gracia de Lerma; y qu me querr
ste? parceme que se arroja  hablarme.

En efecto, un alcalde de casa y corte avanzaba, vara enhiesta, hacia
Quevedo. A poca distancia le seguan sus alguaciles, y vena detrs una
silla de manos.

--Gurdeos Dios--dijo el alcalde  Quevedo parndose delante de l--,
me conocis?

--Hace mucho tiempo, por el servidor ms ciego de la justicia.

--Creis que un alcalde de casa y corte puede prender  toda persona
viviente en los reinos de su majestad y por su real mandato?

--Artculo de fe es ese de que no he dudado nunca--dijo Quevedo, al que
pas por los ojos tal cosa, que di ocasin  que le rodeasen y asiesen
de l de improviso los alguaciles.

--Eh! qu es esto? habrme convertido en dobln cuando con tal ansia
me echis mano?--dijo Quevedo.

--Os habis convertido en hombre preso por el rey.

--Su majestad viva, y pues su majestad lo quiere, preso me reconozco.

--Metedle en la silla de manos.

--Meterme yo, que an no estoy impedido; que si yo rey no respetara...

--Qu decs?...

--Digo que nada digo, y concluyan y vamos y demos todos gusto al rey,
que no hay para qu menos.

Y Quevedo se entr en la silla de manos.

Inmediatamente cerraron la portezuela, y como no tena celosas ni
vidrieras, Quevedo se qued  obscuras.

--Al menos es blanda--dijo sintiendo el almohadn mullido de la silla--,
y puesto que no podemos hacer otra cosa, y la alcoba nos cierran y 
obscuras nos dejan, durmamos.

La litera ech  andar en aquellos momentos.

Poco despus Quevedo, consecuente  su propsito y cansado y
trasnochado, roncaba.




CAPTULO LXII

DE CMO EL DUQUE DE LERMA SE ENCONTR MS DESORIENTADO QUE NUNCA


Don Francisco de Sandoval y Rojas atraves las antecmaras de palacio en
medio de los ms profundos saludos y de las reverencias ms profundas de
los cortesanos.

Hasta all todo iba bien: se le consideraba por los pretendientes, que
son un barmetro, como seor omnipotente, en el pleno goce del favor del
rey.

Los ujieres se mostraron con l, y del mismo modo, profundamente
respetuosos.

Los gentileshombres le saludaron con sumo respeto.

Pero cuando entr en la cmara real, la encontr desierta.

El rey acostumbraba  estar siempre en la cmara cuando llegaba Lerma.

Lerma se alarm al no encontrar al rey en su cmara.

Porque en las raras ocasiones en que se haba entibiado para l el favor
de su majestad, si bien es cierto que nunca el rey le haba hecho hacer
antesala  antecmara, le haba hecho hacer cmara.

Tomlo primero su orgullo  casualidad: pero pas un cuarto de hora, y
esto era ya mucho; pas media hora, y esto era ya demasiado.

Lerma,  quien la clera haca audaz, se acerc  la mesa real, tom la
campanilla de oro, y la agit como si hubiera estado en su casa.

Se present un gentilhombre.

--Qu manda vuestra majestad?--dijo sin reparar, en su servil
apresuramiento, que el rey no estaba en la cmara.

--No, no es su majestad quien llama--dijo Lerma mordindose los
labios--. Soy yo.

--Ah! perdone vuecencia! qu desea vuecencia?

--Habis avisado al rey de mi llegada?

--S; s, seor: en el momento en que lleg vuecencia.

--Dnde est el rey?

--En su recmara.

--Con quin?

--Con el duque de Uceda.

--Con mi hijo!

--S, seor.

--Gracias, caballero, gracias.

El gentilhombre sali.

--Conque se me hace esperar en la cmara por Uceda, que est en la
recmara?--dijo el duque--; con que el rey se olvida al fin de lo mucho
que me debe? y... mi hijo... qu hubiera sido de mi hijo sin m? Esto
es infame! Vendido  abandonado por todos... y qu hacer? qu hacer?
Esto de que me lancen del favor del rey, que me reduzcan  una vida
obscura... esto no puede ser, y no ser... Quevedo... Quevedo tiene
ingenio bastante para dar al traste con toda esta falange de cortesanos
hambrientos y miserables... Quevedo me impondr duras, dursimas
condiciones... pero no importa... ms vale ceder en secreto ante un solo
hombre, que no caer en pblico combatido por tantos. Oh! creo que debo
dar una leccin al rey, que debo retirarme... mostrarme enojado; si yo
hubiera hablado ya con Quevedo, vera si poda atreverme  presentar al
rey mi renuncia del empleo de secretario de Estado universal; pero sin
contar con don Francisco, sera una locura. Lo que debo hacer
indudablemente es irme de aqu. Esto ser decir sin palabras al rey que
no debe hacer esperar hasta tal punto al duque de Lerma.

Iba Lerma  poner en prctica su propsito, esto es,  irse, cuando se
levant un tapiz, asom tras l una persona, y son una voz que dijo:

--A dnde vais, mi buen duque?

Lerma se volvi, adelant rpidamente, dobl una rodilla ante el hombre
que le haba hablado, y le bes una mano.

Aquel hombre era su majestad catlica, don Felipe III de Austria.

Haba cierta quijotesca tiesura en el semblante del rey.

--A dnde bais, pues, duque?--repuso Felipe III.

--Iba... como vuestra majestad estaba tan ocupado...

--Y tardaba, eh?

--Seor!

--Hace un siglo que yo estoy esperando--dijo el rey--y no me impaciento;
y vos, porque graves negocios me impiden venir cuando me avisan que
estis aqu, os impacientis?

--Y por qu tenis vos que impacientaros, seor?--dijo Lerma
levantndose y permaneciendo de pie junto al rey, que se haba sentado
en su silln--; no es ley vuestra voluntad? No os obedecen todos
vuestros vasallos?

--No, duque, no, y esa es mi impaciencia; en vano pido  mis vasallos
que se avengan, que no luchen, que no se despedacen, porque yo deseo la
paz, la concordia; en vano los odios crecen, las enemistades se
aumentan, las quejas zumban alrededor mo, y me trastornan. Sabis que
he estado hablando con vuestro hijo el duque de Uceda ms de una hora?

--Me lo haban dicho, seor.

--Es verdad, vos lo sabis todo.

--Seor...

--Pero  que no acertis cul era la extraa pretensin del duque?

Tembl interiormente Lerma, porque el rey usaba cierto tonillo acre que
no acostumbraba mucho  usar.

--Lo ignoro, seor.

--Ya saba yo que lo ignorarais. Vuestro hijo se me quejaba de
injusticias.

--Y por qu el seor duque de Uceda no ha venido  m, secretario
universal del despacho?--dijo ya con alguna irritacin Lerma.

--Vuestro hijo sabe que yo no hago nada sin consultarlo con vos, y
encaminarse  m, es punto menos que si  vos se hubiera encaminado.

--Pero de qu se queja el duque de Uceda?

--De que se le haya separado del cuarto del prncipe don Felipe.

--Ya! su excelencia quiere sin duda privar desde temprano con su
alteza, y esto es ya un principio de rebelda.

--Pues ved ah lo que dice el duque de Uceda: que al separarle del
prncipe se ha dudado de sus intenciones, que se ha supuesto lo que l
en su lealtad, no ha pensado; que las gentes creen ver en su separacin
motivos ocultos y por lo tanto pretende... lo ms extrao que puede
decirse, duque, es casi una rebelda lo que vuestro hijo pretende.

--Y qu pretende, seor?--dijo Lerma,  quien pinchaban las palabras
del rey.

--Pretende que se le haga proceso, que en el tal proceso se demuestren
las causas por que se le ha quitado su oficio de ayuda de cmara del
prncipe... en fin, el duque dice que se va  presentar preso y  pedir
el proceso, si no se lo concedemos, al consejo de Castilla.

--El duque est loco, seor--dijo Lerma--, y como  tal no podis
tenerle al lado del prncipe. Su peticin demuestra su locura. Pues
qu, vuestra majestad tiene necesidad de decir  un vasallo, por muy
alto que ste sea, ni debe decirle las razones que ha tenido para
quitarle un oficio que le haba dado? Este es un crimen de lesa
majestad, seor, que debis castigar con energa.

--Es que el duque de Uceda protesta hacia m el ms profundo respeto, y
dice... dice que sois vos su enemigo.

--Es decir, que el que comete un delito de lesa majestad contra su rey,
suponindole injusto, comete y debe necesariamente cometer otro no menor
delito: el de lesa naturaleza rebelndose contra su padre.

--Pues ved ah: Uceda dice que no le miris como hijo.

--Desgracia y grande ha sido para m, que tal hombre sea hijo mo.

--Y aade, que quiere ese proceso para demostrar las razones que vos
habis tenido para proponerme su separacin del cuarto del prncipe.

--Razones contra m!

--S; habla de pruebas...

--De pruebas de qu?

--Lo mismo pregunt  Uceda; pero pidindome perdn por no revelarme lo
que yo quera saber, me dijo que slo presentara las tales pruebas al
juez   los jueces que hiciesen el proceso.

--Es decir, que el duque de Uceda supone?...

--Que no me servs bien.

--Que presente, pues, las pruebas; que las presente--dijo conteniendo
mal su clera por respeto al rey, Lerma--; entre tanto, seor, yo me
retiro  mi hogar, y dejo el honroso puesto que vuestra majestad me ha
dado.

--Ved, ved ah por qu digo yo que hace un siglo estoy teniendo
paciencia; en vano me esfuerzo porque haya paz entre los mos; yo bien
s que vos y vuestro hijo y todos los que me rodean, me quieren, son
leales, capaces de perder por m la vida; pero todos res, todos os
mordis, todos procuris parecer los ms leales,  costa de los otros; y
esto es un zumbar eterno que ya me atolondra, que me cansa, que me hace
infeliz.

--Por lo mismo, seor, admita vuestra majestad mi renuncia.

--No hay necesidad; yo no he desconfiado de vos.

--Sin embargo, seor... esas graves acusaciones exigen:  que yo sea
juzgado,  que lo sea mi hijo.

--Qu estis diciendo, duque? qu estis diciendo?... meterme queris
en esos cuidados? yo os mando que sigis ayudndome en el gobierno de
mis reinos.

--Y yo, seor, obedezco  vuestra majestad. Pero...

--Pero qu?

--Es necesario, para que tengamos paz, apartar de la corte  muchas
personas.

--La primera  don Francisco de Quevedo.

--Cmo, seor!

--Es muy aficionado  contar cuentos que nadie entiende.

--Don Francisco de Quevedo es uno de los vasallos ms leales de vuestra
majestad.

--Parceme, sin embargo, que le hemos tenido preso.

--Dos aos. Es un tanto turbulento...

--Por lo mismo, dejmosle que se vaya con su duque de Osuna.

--Por el contrario, yo le guardara...

--Pues prendedle otra vez, que no ha de faltar motivo. No s qu he odo
de unas estocadas... ah! s! don Rodrigo Caldern...

--En efecto, mi secretario Caldern, hace tres noches fu muy mal herido
y est en mi casa.

--Hirile... ese bastardo de Osuna, ese don Juan,  quien yo no s quin
ha hecho capitn de la tercera compaa de mi guardia espaola.

--Lo ha hecho, seor, la reina, por amor  su favorita doa Clara
Soldevilla.

--Esposa recientemente de ese don Juan... y  quien creo que ama
mucho... pues bien, prendamos  ese don Juan para poder prender 
Quevedo.

--Cmo!

--Como que dicen que Quevedo ayud  don Juan  herir  don Rodrigo.

--Es necesario andar muy despacio en eso, seor; tales negocios pueden
salir al aire si se prende  don Francisco...

--Cmo! tambin por ah?

--S; s, seor; don Juan, hiriendo  don Rodrigo, ha obrado como bueno
y leal, y como buen amigo suyo Quevedo, ayudndole... esto es...
midindose con otro hombre que favoreca  don Rodrigo.

--Pues mirad: podr engaarme, pero ese don Juan no me gusta.

--Y yo que traa  vuestra majestad para que la firmase una real cdula
de merced, para ese don Juan, del hbito de Santiago!

--Pues no; no hay que pensar en ello; con que es decir que se nos lleva
la dama ms hermosa de palacio, que se nos pone  la cabeza de la
compaa ms brava de nuestros ejrcitos, que nos hacemos los ciegos
ante un homicidio intentado por l y todava queris que le demos el
hbito de Santiago?

--No harais ms que doblrselo, seor, pues lo tiene ya.

--Cmo! pues quin se lo ha dado?

--El gran don Felipe II, padre de vuestra majestad, lo concedi al duque
de Osuna para su hijo bastardo cuando an no le haba dado su madre 
luz.

--Y para qu dos mantos  un mismo hombre? eso es decirle que tiene
mucho fro y que queremos abrigarle.

--Eso quiere decir que vuestra majestad le cree digno del hbito por sus
hechos, como el gran don Felipe II le crey digno de l por ser hijo de
quien era.

--Pero esto no estorba para que le prendamos.

--No; pero vuestra majestad no le debe prender.

--Dad, dad ac esa cdula--dijo el rey.

Lerma sac un papel arrollado y le extendi delante del rey.

--Ahora--dijo Felipe III--necesito firmar otros dos papeles.

--Cules, seor?

--Dos rdenes de prisin.

--Creo que sean necesarias ms.

--Pues bien, Lerma; decidme vos los que queris que sean presos, y yo os
dir los que quiero tener encerrados y no disputemos ms.

--Seor, yo no disputo con vuestra majestad.

--Pues qu estamos haciendo hace ya ms de media hora? Disputar y no
ms que disputar. Con que sepamos:  quines queris vos prender?

--Al duque de Uceda.

--Bien, prendmosle en el cuarto del prncipe.

--Seor!--exclam completamente desconcertado por aquella salida del
rey, Lerma.

--S, s, volvmosle su oficio al ayuda de cmara del prncipe don
Felipe.

--Pues cabalmente eso es lo que el duque desea.

--Pues porque lo desea, y para que nos deje en paz, concedmoselo;
mandad extender la provisin y tradmela al momento al despacho.

Lerma desconoca al rey.

El rey mandaba.

Lerma no estaba acostumbrado  aquello.

--Seor--dijo--, yo no puedo seguir siendo secretario de vuestra
majestad.

--Os lo mando yo--dijo el rey.

--Obedezco, seor.

--A fray Luis de Aliaga, le nombramos confesor de la reina--dijo el rey.

Estremecise Lerma.

--Traednos el nombramiento. Al conde de Olivares le reponemos en su
oficio de caballerizo mayor.

--Ah, seor! Dios quiera que no os pese!

--Al conde de Lemos, vuestro sobrino, levantamos su destierro.

--Todos son enemigos mos, seor.

--Y qu os importa, si es vuestro amigo el rey?

--Sea lo que vuestra majestad quiera.

--Envense correos  don Baltasar de Ziga para que se vuelva  su
oficio de ayo del prncipe don Felipe.

Lerma, aterrado, se resign.

Aquel era un golpe mortal.

Sus enemigos triunfaban.

Pero de qu medios se haban valido?

Ignorbalo el duque, y esta ignorancia le aterraba.

--Adems--dijo el rey--, orden de prisin contra don Francisco de
Quevedo y don Juan Tllez Girn. Los enviaris  Segovia.

Lerma no se atrevi  replicar.

--Id, id; extended todas esas rdenes y trarmelas al momento para que
las firme.

Y el rey se levant y escap por una puerta de servicio.

El duque qued aterrado en medio de la cmara.

--Qu tal, eh?--dijo una voz detrs de un tapiz.

Mir Lerma al lugar de donde sala la voz, y vi que el tapiz se
levantaba y que de detrs de l sala un hombrecillo.

Aquel hombrecillo era el bufn del rey.




CAPTULO LXIII

DE CMO EL DUQUE DE LERMA VI AL BUFN DE SU MAJESTAD EXTENDERSE, CREAR,
TOCAR LAS NUBES... ETC.


Estuvieron mirndose durante algunos segundos el ministro y el bufn.

Los ojos del to Manolillo relumbraban como brasas.

Sus mejillas no estaban plidas, sino verdinegras.

Miraba al duque con una fijeza y una insolencia tales, que el duque se
irrit.

--Qu me queris?--dijo Lerma con acento duro.

--Eh! Qu os quiero yo? nada; vos sois quien me queris  m.

--Yo!

--S, vos me necesitis.

--Que os necesito yo?

--S por cierto. No es verdad que nuestro buen rey tiene de vez en
cuando ocurrencias insufribles?

--Cmo! Sabis...?

--Vaya si lo s; como que estaba all, detrs de aquel tapiz, y no he
perdido uno de los gestos, una sola de las convulsiones que os ha
causado el ver al rey hecho por un momento rey. Y el bueno de Felipe,
traa su leccin bien aprendida; no ha olvidado nada; y es que los
tontos tienen muy buena memoria.

--Ah! Han hecho aprender  su majestad una relacin de memoria?

--S, excelentsimo seor.

--Y quin le ha enseado esa leccin?

--Excelentsimo seor, yo.

--Vos! Pero  quin servs?

--Me sirvo  m mismo.

--Pero si el rey dice que ha hablado con el duque de Uceda...

--Y tiene razn; como que yo le he metido al duque de Uceda en su
recmara.

--Venid, venid conmigo, bufn, y hablemos donde de nadie podamos ser
escuchados.

--Eso quiero yo.

--Seguidme.

--No por cierto. No nos deben ver salir juntos de la cmara del rey.
Sois muy torpe, excelentsimo seor. Nos veremos, sin que nadie lo sepa
ni lo entienda, en vuestro camarn de la secretara de Estado. Hasta
dentro de un momento. Adis.

Y el bufn levant el mismo tapiz por el que haba aparecido, y
desapareci tras l.

--Qu sucede en palacio, seor? Qu hay aqu--exclam el duque--, que
me veo obligado  tratar con ese miserable?

El duque hizo un violento esfuerzo, sali de la cmara real, baj  la
planta baja del alczar, y se entr en la secretara de Estado.

--Ledesma!--dijo  uno de los oficiales que trabajaba en la primera
sala--; cuidad de que nadie vaya  interrumpirme, y estad dispuesto para
cuando yo os llame.

Ledesma, que se haba levantado como todos  presencia del duque, se
inclin profundamente.

Lerma atraves otras dos salas, en las cuales los oficiales se
levantaron con el mismo respeto que los de la primera, lleg  una
puertecilla, sac una llave, abri la puerta, entr y cerr.

Atraves despus un largo corredor, abri otras dos puertas, y se
encontr al fin en un pequeo aposento, en el cual haba nicamente una
gran mesa cubierta de papeles y legajos en el testero de la mesa, un
silln de terciopelo carmes, con las armas del duque bordadas; detrs,
en la pared, un retrato de cuerpo entero del rey;  los dos lados,
contra la pared, dos secreteres de bano incrustados de plata, ncar y
concha, y delante de la mesa, un silln ms modesto, destinado sin duda
 un secretario; una magnfica alfombra y algunos excelentes cuadros,
completaban el aspecto de aquel aposento, que era el camarn reservado
de despacho del secretario universal del rey.

Al abrir el duque la puerta del camarn, retrocedi y tembl.

Sinti pavor  impulsos de una impresin supersticiosa.

Sentado en el silln del duque, arreglando unos papeles, estaba el to
Manolillo.

El camarn no tena ms entrada que aquella por donde haba ido el
duque: una reja le daba luz, y aquella reja tena vidrieras de colores.

Los hierros de la reja eran demasiado espesos para que pudiese haber
entrado por ella el bufn, y las vidrieras estaban cerradas.

--Cierra y sintate--dijo el to Manolillo al duque de Lerma--. Aqu no
puede ornos ni vernos nadie. Eres mi secretario, duque.

--Qu significa esto?--exclam Lerma--; en qu poder confiis para
atreveros  tanto?

--Es singular, singularsimo tu orgullo, duque. Cualquiera al
escucharte, no vindote, creera que no tenas miedo. Y ests temblando,
Lerma. Temblando como un ratn delante del gato. Sin duda me crees
brujo, no es verdad? porque t guardas como un tesoro las llaves de
este camarn, donde escondes todos tus secretos en los secretos de esos
secreteres, y sabes que nadie puede entrar aqu si no le das t las
llaves de esas tres puertas; y esas tres llaves no se separan de ti
desde hace trece aos: desde que eres favorito del rey ms desfavorecido
de ingenio que ha criado Dios para ejemplo de reyes imbciles y torpes.

--No comprendo... no comprendo cmo...

--Cmo estoy aqu? Yo soy brujo, duque.

Desconcertse de una manera tal Lerma, que el to Manolillo solt una
carcajada hueca, larga, pero de un sonido, de una expresin tal, que se
le crisparon los nervios al duque.

--Estoy aqu--dijo el bufn--, porque estoy: te tengo en mis manos,
porque eres un traidor, un villano.

El duque se crea delante de un poder sobrenatural y no pudo irritarse;
le faltaba completamente el valor.

Adelant vacilante, y se apoy en el silln destinado al secretario.

--Sintate, sintate y no tiembles--dijo el bufn dulcificando su voz--;
nada te suceder si t no quieres que te suceda.

El duque se sent maquinalmente.

--Yo s todos los secretos de palacio--dijo el bufn--; como que no hago
otra cosa que ver y escuchar. Del mismo modo que he hecho que el rey
vuelva  llamar  su alrededor  tus enemigos, puedo hacer que el rey
los mande encerrar; y del mismo modo, duque, si quiero, puedo llevarte
al patbulo.

--Al patbulo!

--S, por traidor al rey y por ladrn.

--Ah! ah! y qu pruebas...?

--Oye, tengo preparadas las pruebas; estn aqu. Primera: carta de
milord, duque de Bukingam, al excelentsimo seor duque de Lerma.

--Ah! esa carta...

--La Espaa vendida  los ingleses, duque!

--Pero esa no es una carta.

--Es una copia de la carta.

--Pero la carta...

--Est con otras tres de Bukingam y cuatro de milord conde de Seymur y
otras varias, que prueban cumplidamente que t, ms que secretario del
rey de Espaa, eres secretario del de Inglaterra; estas cartas estn tan
bien guardadas que no las encontrars  tres tirones. Se trata, en esta
que he trado de muestra, del casamiento de la infanta doa Ana, de
ciertos tratos vergonzosos entre Bukingam y t, de condiciones
recprocas, de infamias... quieres que te la lea, don Francisco de
Sandoval y Rojas?

--No, no; pero eso es imposible--dijo el duque abalanzndose al secreter
de la derecha y abrindole.

--S, busca, busca; encontrars ah alhajas que yo no he querido tomar,
 pesar de que soy muy pobre, porque no soy ladrn, pero las cartas de
que te hablo y otros importantsimos papeles, no estn ah; los tengo
yo: autnticos, con tu firma, porque en todos ellos,  en todas ellas,
porque son cartas, has cometido la torpeza de escribir: _Contestada en
tal fecha.--Lerma._ El rey podr encontrar en esos papeles el secreto
de la expulsin de los moriscos, las causas de su desavenencia con
Francia, el por qu de los reveses que sufre en todas partes donde hace
la guerra Espaa; el rey sabr que de los tributos que saca  sus
vasallos la tercera parte es para el rey, otra tercera parte para los
corregidores, alcaldes mayores y dems exactores, y la otra tercera
parte para el nobilsimo, el excelente seor don Francisco de Sandoval y
Rojas, marqus de Denia, duque de Lerma, del consejo de Estado, su
protonotario en Indias, su secretario universal, su favorito, su todo;
sabr el rey... aunque me mates, porque los papeles se presentarn solos
al rey, que ha criado en ti un cuervo, que ha levantado  su enemigo, y
como el rey, aunque es dbil, no es malo y no le gustan los bribones, y
como el rey, aunque no es rey, tiene grandes humos de rey y de rey
poderoso; y como el rey es del ltimo que llega, nada tendr de extrao
que su majestad retire de ti su proteccin y te arroje al verdugo;
porque t has hecho lo bastante, mi buen duque, para ser primero
degradado y despus ahorcado.

--Sin duda tienes algo muy grande que pedirme; sin duda me necesitas
para mucho, cuando as me hablas; qu quieres?

--Creo que nos entendemos. Ahora voy  decirte lo que quiero.

--Si puedo, si est en mi mano...

--Oye; t conoces  una mujer  quien yo conozco tambin. Yo quiero que
esa mujer sea feliz.

--La reina!

--Qu me importa la reina? ya la he salvado hoy.

--Conque era verdad?

--Verdad, verdad; quisieron envenenarla.

--Envenenarla! Pero quin ha querido cometer ese atentado?

--Tu buen secretario don Rodrigo Caldern.

--Pero si ese atentado se ha intentado hoy y don Rodrigo est en el
lecho mal herido!

--Pero no estaba mal herido el sargento mayor don Juan de Guzmn, que ha
estado yendo y viniendo al lecho de don Rodrigo, y como don Juan de
Guzmn era amante de Luisa, la mujer del imbcil cocinero de su
majestad, y como de las cocinas baja la vianda para la reina, Luisa pudo
hacer que ciertos polvos entrasen en uno de los platos del almuerzo de
su majestad. Quevedo y yo, que ramos muy amigos, nos hemos visto negros
para salvar  Margarita de Austria; pero tales eran los polvos, que un
pobre paje  quien se le apeteci lo que haba quedado sobrante en los
platos de la reina y del padre Aliaga, ha muerto en momentos.

--Horrible! horrible!--exclam el duque.

--Yo no s si t has tenido parte en esa infame tentativa de asesinato,
 si ha sido nicamente cosa de don Rodrigo Caldern.

--Yo! me creis capaz de esa infamia?

--Te creo, por tu vanidad y por tu ambicin, capaz de todo.

--Oh! oh! esto es demasiado, demasiado faltarme al respeto.

--La reina te estorba tanto como  don Rodrigo; la reina conspira contra
ti, y la temes.

--Pero jams llegara  ese punto, jams; me calumniis.

--Quiero creerte, porque hasta ahora, si has sido traidor y ladrn, no
has sido asesino.

--En muestra de ello, quiero las pruebas, las pruebas del crimen de
Caldern; las pruebas para enviarle al cadalso.

--No hay pruebas.

--Vive la mujer del cocinero mayor, y aunque prfuga, se la buscar, se
la encontrar, se la sujetar  la prueba del tormento.

--Y declarar que don Juan de Guzmn era su amante, que la di unos
polvos, que ella los di al galopn Cosme Aldaba, que, en ausencia de su
marido, le introdujo en la cocina. Siguiendo el hilo, prendiendo  Cosme
Aldaba, atormentndole, se sabr que el tal Cosme envenen en las
cocinas una perdiz destinada al almuerzo de la reina, que la entreg
para que la sirviera el paje Cristbal Cuero, y el paje, preso y sujeto
al tormento, declarar que puso en la mesa de su majestad la perdiz
envenenada; pero todas las pruebas recaern en el sargento mayor don
Juan de Guzmn.

--Se le prender, se le har pedazos para que declare.

--Eso es imposible.

--Imposible!

--S; no has reparado en que cuando me he referido al sargento mayor,
he dicho: _era_, no _es_? El sargento mayor ha muerto.

--Muerto!

--A mis manos,  pualadas.

El bufn, que haba crecido de una manera imponderable  los ojos del
duque, aument otro tanto en tamao.

Se haba convertido para Lerma en un gigante.

--Por lo que toca  la reina--continu el bufn--, el negocio est
perfectamente concludo; un paje ha muerto y se le ha enterrado... nadie
ha sospechado... no asustemos  su majestad; srvate esto para conocer 
don Rodrigo Caldern y guardarte de l. La mujer, pues,  quien ambos
conocemos y por la que he procurado tenerte en mis manos, por la que he
penetrado aqu, en este lugar que t creas tan seguro, y he abierto
valindome de mis artes, artes acaso del diablo, esos secreteres, y me
he apoderado de esas cartas, obteniendo con ellas armas bastante fuertes
para rendirte, para hacerte mi esclavo; la mujer, pues, que  tal punto
nos ha trado  los dos, no es la reina, aunque muchas veces represente
reinas.

--Dorotea!

--Cabalmente, Dorotea; esa pobre nia que es tu querida pblicamente, y
mi corazn, mi alma en secreto.

--Qu sois vos de esa mujer?

--Qu soy yo! su padre! su hermano! su mrtir!

--Ah!

--La amo... ms que  m mismo: la deseo con todo mi deseo, con toda mi
sed de gozar, y sin embargo, devoro y comprimo mi deseo. Vivo de su
felicidad, y sus lgrimas me despedazan el alma. Dorotea sufre; Dorotea
es infeliz. Se han valido de ella como de un instrumento, la han
despedazado el alma... ama  un hombre y le roban ese hombre.

--Y qu hombre es ese?

--Don Juan Tllez Girn.

--Siempre ese hombre!--exclam con desesperacin el duque.

--Sin embargo--dijo el to Manolillo--,  ese hombre debes el empezar 
ser algo.

--Cmo!

--S, s ciertamente. Si ese hombre no hubiera venido  Madrid, no
hubiera conocido  doa Clara Soldevilla, y no hubiera podido ayudarla,
cuando esa mujer serva  la reina con su vida, con su honra; no hubiera
encontrado  Quevedo, y sin Quevedo, no hubiera herido  tu buen
secretario don Rodrigo Caldern; si no hubiera herido  don Rodrigo, si
no le hubiera arrebatado las cartas que tena de la reina...

--Cmo! ese caballero ha quitado  Caldern las cartas?...

--S, las cartas que yo acaso no hubiera podido arrancarle. Y don
Rodrigo, armado con aquellas cartas, obrando por cuenta propia, era
omnipotente: hubiera dictado condiciones  Margarita de Austria, te
hubiera vencido, hubiera ocupado acaso ya tu lugar, un lugar que, si no
le pones fuera de combate, ocupar algn da; comprendes ahora todo lo
que debes  ese afortunado joven?

--Oh! oh! y yo ciego!...

--T, torpe y confiado, creyndote en tu vanidad asegurado en el favor
del rey y superior  todo... pero continuemos y te convencers de cunto
es lo que debes al bastardo de Osuna, sin que l, que porque es amigo de
Quevedo te aborrece, sepa, ni por pienso, que te ha hecho el ms leve
servicio. Por otra parte, don Juan Tllez Girn, hiriendo  don Rodrigo,
te ha hecho otro inmenso servicio: don Francisco de Quevedo, que conoce
la corte, tuvo miedo al ver herido, sin saber si era muerto  vivo, 
don Rodrigo, y como slo haba venido  Madrid por encargo del duque de
Osuna para buscar  ese don Juan, y con el slo objeto de llevrsele
consigo  Npoles, quiso ponerle  cubierto de toda eventualidad, y
acordndose de Dorotea concibi un terrible pensamiento.

--Dorotea!

--S por cierto. Como don Juan es joven y hermoso, con esa hermosura que
deslumbra  las mujeres...

--No le conozco.

--Oh! pues es un mancebo hermossimo; ya ves: cuando en tres das ha
llegado  ser marido de doa Clara Soldevilla,  quien todos, menos yo,
crean de nieve, y ha enamorado  Dorotea, que no haba amado nunca...

--Pero Dorotea le ama!--exclam con cierta celosa impaciencia Lerma.

--Con toda su alma, con toda su vida, de tal modo, que si le pierde
muere.

--Pero qu se propona Quevedo al hacer conocer  Dorotea ese hombre?

--Que se enamorase de l, y lo consigui.

--Pero no entiendo el objeto de Quevedo al pretender que Dorotea se
enamorase de ese hombre.

--Ests cada da ms torpe, duque.

--No tenis razn para llamarme torpe, porque es incomprensible el
objeto de Quevedo.

--Lo que  ti te falta de ingenio, le sobra  Quevedo, Lerma.

--Pero en esta ocasin...

--Dime: no es tu querida Dorotea?

--S.

--An no me comprendes. Ser necesario llegar al fin. Dime: no hars t
cualquier locura por evitar que Dorotea te humillase despidindote?

--Segn, segn.

--No hay segn. T eres todo soberbia. T hubieras hecho lo que hubiera
querido Dorotea, y como Dorotea, una vez enamorada de don Juan, deba
procurar que no le prendiesen por sus heridas  don Rodrigo...

--Ah!

--Has comprendido al fin, gracias  Dios y  mi paciencia. Pues bien,
Quevedo ha tenido suerte: Dorotea ama como una loca  don Juan, le ama
ms que  s misma, y es capaz de cometer cualquier terrible desacierto,
porque tiene celos.

--Celos!

--Oh! si Dorotea no tuviese celos! si la amase don Juan, el primer
hombre  quien ha amado, como ella le ama! Entonces yo le amara
tambin, porque hara feliz  mi Dorotea, y amara  Quevedo que los
haba puesto en el caso de amarse, y procurara que, como don Juan te ha
robado el corazn de Dorotea, te robase el corazn del rey. Pero ya se
ve! don Juan haba visto antes que  Dorotea  doa Clara: haban andado
de aventura por esas calles de Dios... y doa Clara es tan hermosa... no
es ms hermosa que Dorotea, no; pero no es cmica, ni tu querida, ni lo
ha sido de nadie: doa Clara... yo he visto  todos, altos y bajos,
mirarla con codicia... y el mismo rey...

--El rey!

--S, el rey ama  doa Clara: tibiamente, eso s; pero la ama cuanto
puede amar, como no ha amado  ninguna mujer... ya ves: cuando siendo
tan devoto y tan temeroso de Dios se ha atrevido  arrojarse 
pretensiones... la mujer que ha sido capaz de sacar de quicio  su
majestad, tiene no s qu poder, que Dorotea no tiene... Dorotea, pues,
amando al marido de doa Clara es una mrtir, y ya que no puedo evitar
su martirio, quiero vengarla, y la vengar.

--Que la vengars? y cmo?

--Valindome de ti.

--Ah! creo que tambin te vales de otra persona.

--Del rey? cierto que s. Su majestad no puede ver  don Juan desde que
sabe que le ama doa Clara. Y anoche, que fueron las bodas, no durmi.
Sabe adems su majestad que Quevedo ha tenido gran parte en ese
casamiento, y no puede ver  Quevedo.

--Por eso me ha mandado prenderlos!

--Ya lo creo, como que se lo he aconsejado yo.

--Y si tenais interesado al rey,  qu imponerme condiciones  m?

--Esa es una pregunta de simple. El rey nuestro seor, no es ms firme
que una caa; le mueve hacia un lado el ms ligero vientecillo, y otro
vientecillo no mayor, le inclina al lado contrario. Hoy manda prender 
don Juan y  Quevedo porque yo he sabido irritarle. Presos sern, porque
el rey, aunque no sea rey, se llama al fin rey, y es necesario
obedecerle cuando manda. Pero hubiera sobrevenido doa Clara,
sobrevendr, se arrojar  los pies del rey, llorar, le besar las
manos... y el rey se derretir y revocar la orden de prisin, y ser
capaz de honrar  don Juan y  Quevedo por aadidura. Es necesario que
el rey no pueda hacer nada.

--Y cmo?

--Cmo? poniendo entre la gracia del rey y don Juan, la justicia
ofendida.

--Es decir, formando proceso  don Juan por la herida de Caldern?

--Y por aadidura,  don Francisco de Quevedo.

--Y si todo eso sucede, me devolveris esas cartas que me habis
robado?

--Cuando Dorotea posea completamente  don Juan,  cuando yo la haya
vengado de l.

--Pero no consideris que si la Dorotea sabe que su amante est preso,
interpondr todo su influjo para salvarle?

--Eso quiero yo. Que Dorotea tenga ocasin de demostrar  don Juan hasta
qu punto le ama.

--De modo que me veo reducido  coaligarme con vos!

--S, s por cierto, noble y poderoso seor duque de Lerma; conmigo el
bufn, el loco, el miserable, el despreciable. Conmigo, que he sabido
levantarme  vuestros ojos fuerte como un len. Conmigo, comadreja del
alczar, que puedo perderos.

--El duque no estaba en estado de regatear, ni aun poda defenderse; lo
que le suceda, le tena aterrado; y lo que ms le humillaba era verse
obligado  ayudar los amores de su querida.

--Har, har lo que pueda--dijo al fin.

--T hars lo que yo quiera; prenders  don Francisco de Quevedo.

--En verdad, en verdad que ya he dado la orden de prisin, y  pesar de
que una persona,  quien no puedo negar nada, me haba comprometido 
que no le prendiese, me he olvidado de revocar la orden.

--Adivino cules son las dos mujeres que te han pedido la una la prisin
y la otra la seguridad de don Francisco.

--Si sabis eso, es necesario concederos mucho poder.

--Con saber  quien interesa que sea preso y que no sea preso don
Francisco, se sabe quin es quien ha obrado en su favor y quin en su
contra. Voy  decirte los nombres: La condesa de Lemos, tu hija, te ha
obligado sin duda  que prendas  Quevedo, y la duquesa de Ganda, la
buena, la inocente doa Juana de Velasco, ha sido, sin duda, quien te ha
exigido la promesa formal de no meterte en prenderle.

En vano el duque quiso ocultar su turbacin, producida por la sagacidad
del to Manolillo; sin embargo, se domin y dijo riendo:

--Bah! y qu les importa ni  la condesa de Lemos, ni  la duquesa de
Ganda que Quevedo sea preso  no?

--Qu si les importa? Voy  revelarte dos secretos.

--Dos secretos ms?

--No te he dicho que soy la comadreja del alczar, que velo mientras
los otros duermen, que todo lo veo y lo oigo? Pues bien; por esa razn
s que tu hija es querida...

--Querida!--exclam el duque afectando una explosin de dignidad
ofendida.

--Querida, manceba, moza, entretenimiento, como quieras, de don
Francisco de Quevedo.

--Mentira!

--Vamos: lo sabas--dijo el bufn--; debe de habrtelo dicho tu misma
hija.

--Que yo s esa deshonra!

--Si en ti todo es deshonra y fango y podre, cubierto por un manto
ducal! La manera que tienes de negar esa deshonra que, lo confieso, es
grande, me prueba que la conocas.

--Oh! oh! yo te juro que esa es una calumnia!

--No disputemos. Debe herirte demasiado lo que hago contigo, y yo, que
adoro la venganza, reconozco el derecho y la necesidad que tienes de
vengarte de m. Cuando puedas, mtame, hazme pedazos; pero entre tanto,
srveme.

El duque no contest; estaba lvido de clera, se le saltaban los ojos
de las rbitas.

El bufn continu:

--Como doa Catalina es una dama muy discreta y tiene mucho ingenio, y
es intrigante y enredadora y sagaz donde los hay, nada tiene de extrao
que haya averiguado que Quevedo slo ha venido  Madrid  buscar al hijo
del duque de Osuna para llevrselo  Naples. Y como doa Catalina ama
mucho  Quevedo, con toda su alma ardiente,  la que tan mal dueo has
dado en tu sobrino el conde de Lemos, naturalmente, para no perder sus
amores, te ha obligado, Lerma, porque tu hija puede obligarte,  que
prendas  Quevedo.

El duque se movi violentamente en el silln.

--Por lo que sufres, conozco que he acertado en todo; voy ahora 
decirte las razones que tengo para creer que la duquesa de Ganda te ha
obligado  que no prendas  Quevedo. La duquesa de Ganda es madre
natural de don Juan Tllez Girn.

Di un salto sobre el silln Lerma y volvi  caer desplomado.

Aquella noticia le espant.

Tal concepto tena formado de la duquesa de Ganda, que le pareci un
sacrilegio la revelacin del to Manolillo.

--Eso es imposible; imposible de todo punto; tu lengua ponzoosa nada
respeta; es una calumnia infame. La duquesa de Ganda es una santa.

--Pero cuando una santa se encuentra  obscuras en una galera apartada
con un hombre, tal como el duque de Osuna, por lo mismo que es una
santa, se encuentra sin saber cmo en la situacin en que se halla la
duquesa de Ganda. Pregunta  tu hija, que sin ser una santa, es y lo
ser siempre una mujer honrada,  pesar de ser querida de Quevedo, lo
que son tales encuentros: bah!, Lerma, t te estremeces porque ests en
la misma situacin que un hombre atado por cada uno de sus remos 
cuatro caballos. No te asustes; al pedirte yo lo que te pido, he
pensado, primero, en procurarte los medios de hacerlo, porque yo no soy
tan insensato que pida imposibles. Por eso he abierto camino al duque de
Uceda hasta el rey. Por eso he procurado que tus enemigos, sin vencerte,
se crean de nuevo en posicin de hacerte la guerra. Para que volviese 
la corte el conde de Lemos, era necesario hacer todo eso. Y yo necesito
que el conde de Lemos vuelva. Entonces doa Catalina estar ms
contenida, porque un marido al fin es un marido, y, si pretende hacer
algo, yo la har callar. Del mismo modo har que la duquesa de Ganda te
sirva de cabeza. Conque ayudmonos resueltamente, duque, y no disputemos
ms. A cambio de tu favor con el rey, la prisin de don Francisco de
Quevedo y don Juan Tllez Girn ante la justicia, como homicidas de don
Rodrigo Caldern.

--Lo har...--dijo el duque--pero esas cartas, esos secretos?...

--Las unas y los otros los guardo yo como armas preciosas.

--Escucha--dijo el duque--; yo puedo enriquecer  Dorotea, enriquecerte
 ti...

--Y el oro da la felicidad? la da  los imbciles, que creen verdades
las adulaciones de los miserables; pero la sed del corazn no la calma
el oro. Ni un maraved quiero tuyo. Y escucha: como dentro de un
momento no est preso don Juan Tllez Girn, que est en el alczar y en
el cuarto de su esposa, y ese Quevedo no duerma preso esta noche, obro,
duque, obro y ay de ti en el momento que yo obre!

--Y no hay medio en lo humano!

--Ninguno.

--Bien; ser lo que quieras.

--Presos don Francisco y don Juan!

--Presos!

--Al momento!

--Al momento!

--Pues vete y manda extender las rdenes.

--Y te quedas aqu?

--S, no quiero asustarte desapareciendo delante de ti.

--Debe haber aqu alguna puerta secreta.

--Pues bien; qu importa? bastante seguro te tengo. Mira.

El bufn se levant, lleg al secreter de la derecha, oprimi un resorte
y el secreter gir dejando descubierta una obscura entrada.

--Adis, duque, adis--dijo el bufn desapareciendo por ella--, y no te
atrevas  desobedecerme.

El secreter volvi  girar.

El duque qued aterrado.

Parecale,  mejor dicho, quera que le pareciese aquello un sueo.

Passe la mano por la frente, hizo un violento esfuerzo, se resign y
sali y abri la primera puerta.

--Que entre Ledesma--dijo  uno de los oficiales.

Y se volvi al camarn y se puso  papelear para disimular su turbacin.

Entr Ledesma.

--Sentos--le dijo el duque--y tomad nota.

Ledesma se sent.

--Levantamiento del destierro del conde de Lemos--dict el duque;
reposicin en su oficio de ayo del prncipe de Asturias  don Baltasar
de Ziga; reposicin en su oficio de caballerizo mayor al conde de
Olivares; nombramiento de confesor de su majestad la reina al reverendo
padre fray Luis de Aliaga, y por ltimo, reposicin en su oficio de
ayuda de cmara de su alteza el prncipe don Felipe, al duque de Uceda.

--Ya est, seor--dijo Ledesma.

--Ahora aparte: comunquese urgentemente orden al alcalde mayor, para
que luego haga prender, donde los halle,  don Francisco de Quevedo y
Villegas y  don Juan Tllez Girn, como causantes de la herida de don
Rodrigo Caldern, y pase de oficio para que sin levantar mano se empiece
 formar el proceso; que cada oficial extienda una de esas minutas y
tradmelas para el despacho de su majestad.

Ledesma sali asombrado, comprendiendo la razn de la malsima cara que
tena el duque.

Poco despus, en vista de las minutas que se estaban extendiendo, se
daba por segura en las secretaras de Estado la cada del ministro
universal duque de Lerma.

Lerma entre tanto, encerrado de nuevo, buscaba en vano el resorte del
secreter que cubra el pasadizo por donde haba desaparecido el bufn.




CAPTULO LXIV

DE CMO QUEVEDO BUSC EN VANO LA CAUSA DE SU PRISIN, Y DE CMO CUANDO
SE LO DIJERON SE CREY MS PRESO QUE NUNCA


Antes de entrar en la materia de este captulo, debemos dar algunas
noticias  nuestros lectores  la manera de sueltos de peridico:

--Don Juan Tllez Girn fu preso aquel mismo da, en el aposento de su
esposa doa Clara de Soldevilla, como acusado del estado en que se
encontraba don Rodrigo Caldern, y en el momento en que preparaba un
viaje, circunstancia agravante que el alcalde encargado de su prisin
hizo constase en la diligencia del escribano que le acompaaba.

--Doa Clara Soldevilla solicit una audiencia del rey y no pudo
conseguirla.

--Dorotea esper en vano toda la tarde al duque de Lerma y  don
Francisco de Quevedo, con la mesa puesta, y ya cerca de la noche se puso
verdaderamente mala y se meti en el lecho.

--El cocinero de su majestad fu  avisar al excelentsimo seor duque
de Lerma, que doa Ana de Acua recibira  obscuras al rey  las doce
de aquella noche.

Al salir Francisco Martnez Montio, cocinero mayor de su majestad, de
casa del excelentsimo seor duque de Lerma, se encontr manos  boca
con el to Manolillo, bufn del rey, que le asi por un brazo y le meti
en una taberna, donde se encerr con l en un aposento.

El to Manolillo hizo vomitar al cocinero de su majestad cuanto saba
acerca de la cita que el duque tena aquella noche con doa Ana de
Acua.

Al salir de la taberna, separronse el cocinero mayor y el bufn, y este
ltimo se fu en busca de un alcalde de casa y corte.

Conocidas de nuestros lectores estas noticias, entraremos de lleno en el
asunto del presente captulo.

La silla de manos en que haba sido metido Quevedo, y en que Quevedo se
haba dormido, anduvo hasta parar en un lugar de que no poda darse
cuenta Quevedo; primero, porque con su cansancio, su largo desvelo y su
admirable fuerza de nimo, dorma profundamente; y segundo, porque
aunque hubiera estado despierto, la silla de manos estaba hermticamente
cerrada y  obscuras.

Pero de repente Quevedo hubo de despertar al contacto de una mano que le
mova.

Abri los ojos, se los restreg, se desperez, y... se encontr todava
 obscuras.

--Salid, don Francisco--dijo la voz del alcalde Sarmiento.

--Ah! conque hemos llegado! pues me alegro! quitos de delante no
tropiece con vos, licenciado Sarmiento, que lo sentira por lo que de m
se os pudiese pegar, y dgame vuesa merced, si no le enoja: se han
acordado de poner cama?

--Aqu os quedaris--dijo el alcalde.

--Sea por minutos, amigo. Y como no me contestis y os despeds, id con
Dios.

--Que Dios os guarde.

Sinti Quevedo el ruido de las pisadas de algunos hombres, y luego
cerrarse una puerta.

--De donde vendr ese chubasco?--dijo para s, palpando en torno
suyo--; no lo s... no adivino; una silla... pues seor, estoy en mi
casa... una cama mullida... afrmome en lo dicho... y  obscuras... me
afirmo ms; calabozo tenemos, guardados estamos, y... sueo tengo;
dejmonos de suposiciones intiles, y acostmonos, y continuemos el
sueo interrumpido.

Y Quevedo se acost, no as como quiera, sino desnudndose como si
hubiera estado en su casa.

Pero por esta vez no se durmi.

Haba descabezado, como suele decirse, el sueo en la silla de manos; la
situacin en que se encontraba era grave por ms de un concepto, y su
poderosa imaginacin empez  dar vueltas.

Pero las vueltas de su imaginacin se agitaban en un laberinto obscuro,
en el que se perda ms y ms cuanto ms pugnaba por encontrar la
salida.

Y como la imaginacin es tan libre que se agita ms cuanto ms
pretendemos sujetarla, la cabeza de Quevedo lleg  convertirse en una
devanadera.

Pasronsele muy bien dos horas sin que pudiese atinar con la causa de su
prisin, porque para l era indudable que el prenderle no convena al
duque de Lerma, y que siendo el duque tan apegado  su conveniencia, no
era ni aun razonable creer que su prisin proviniera de l.

Ocurrisele, y acert, que doa Catalina poda ser la causante, pero
Quevedo tena, como todos los hombres, dentro del cuerpo, el enemigo
mayor del gnero humano: el amor propio.

Y su amor propio deca  Quevedo que doa Catalina estaba rendida  su
voluntad, que llorara mucho, que buscara todos los medios imaginables
para retenerle  su lado, pero que jams obrara en contra suya.

Su amor propio, como ven nuestros lectores, engaaba  Quevedo,
sobreponindose  su sagacidad y  su prudencia, que de una manera
instintiva le deca, y le haba dicho, que todo deba temerlo de la
rabia y el despecho de la condesa de Lemos.

Ni asalt el pensamiento  don Francisco que el bufn podra tener
inters alguno en que le hiciesen preso, ni pudo, por consiguiente,
encontrar una solucin satisfactoria que justificase su prendimiento.

--Hanme preso--deca--por recelos muchas veces; hnme trado de ac para
all; pero en esas ocasiones, si no he mordido, he conspirado, y si no
he conspirado he pensado en conspirar. Ahora no tengo contra m nada,
absolutamente nada, porque, segn el viento que corre, lo de la herida
de Caldern no hay que tomarlo en cuenta. Tem por don Juan, pero puse
en planta lo que sobra para tener descuido, y  yo me he vuelto tonto, 
mi prisin no entiendo,  anda por la corte algo que yo no veo. Por
fortuna, no hay bien ni mal que cien aos dure; alguno ha de hablar
conmigo, que no han de tenerme emparedado, y entonces ya sabr yo lo que
me pasa, ms por lo que no me digan que por lo que me quieran decir.

Interrumpi  Quevedo el ruido de una llave en una cerradura, sinti
pasos y una voz desconocida que le dijo:

--Sgame vuesa merced, seor don Francisco de Quevedo y Villegas.

--Del hbito de Santiago, seor de Juan Abad y poeta--contest Quevedo.

--Espera  vuesa merced quien le ha de llevar  otra parte.

--Pues esprese el que ha de llevarme  que me vista, que yo me crea en
casa y habame desnudado; y si quieren que despache pronto, triganme
luz, que no se ponen bien las agujetas  obscuras.

--A obscuras habis de vestiros como  obscuras os habis desnudado, y 
obscuras habis de ir como habis entrado  obscuras.

--Obscuridad cerrada tenemos, en el caos andamos; alguna creacin anda
cerca; y  dnde habisme de llevar, seor mo?

--No lo s yo eso; que no traigo orden ms que de sacaros de aqu, y
hgame vuesa merced la gracia de no preguntarme ms, porque tendr el
dolor de no poderle responder.

--Adolecedor sois? Pues con alguacil no trato; hombre de bien tengo al
canto; hidalgo barrunto; hulgome de ello, que siempre es bueno, aun en
lo ms malo, al dar con gente bien criada.

--Pero vuesa merced se vale de eso para vestirse con gran espacio, y yo
rogara  vuesa merced que abreviara, que la jornada es larga, la noche
mala, y los caminos con tanto llover de los diablos.

--Es decir que Madrid se me escapa?

--Fuera de Madrid va vuesa merced.

--Pues quien de Madrid me saca debe ser persona que puede.

--Gran secreto se tiene con vuestra prisin--dijo el hombre misterioso,
acercndose ms  Quevedo--; inters hay en que vuesa merced se
pierda...

--Pues no es eso fcil, que no nac yo para perdido.

--Traspapelar quieren  vuesa merced; pero yo, que soy algo dado 
papeles, y por algo letrado me tengo, y me he regocijado mucho con los
versos de vuesa merced, y aprendido muy mucho ms con los discursos de
vuesa merced, no soy mo por ms que me hayan mandado que calle, y
quiero advertir  vuesa merced.

Psose en guardia Quevedo,  quien pareca un tanto sospechosa aquella
facilidad en soltarse de lengua, en quien tan severo haba empezado, y
dijo:

--Pguele Dios, hermano, la buena voluntad que me tiene, si es que yo no
puedo pagrsela, que s podr, que estas son tormentas que pasan, y
dgame lo que quiera, que aprovechar.

--Breve tiene que ser, porque esperan y pudieran sospechar.

--Con media palabra entiendo yo. Por quin soy preso?

--Por el rey.

--Eso ya me lo saba, que  nadie se prende sino  nombre de su
majestad; que el nombre de su majestad hace ya mucho tiempo que sirve
para embozar cosas malas.

--Os han preso con justicia.

--Cierto es que con alguaciles me prendieron.

--Con razn.

--Tenis razn, que razn es que los tales prendan, que si no
prendieran, no seran corchetes.

--Quiero decir, que vos tenis la culpa de haber sido preso.

--Tambin decs verdad, que por dejar yo la espada presa, he dado en
prisiones.

--No es eso, don Francisco; habis cometido un delito.

--Estis echando un ro de verdades. Gran delito es, en efecto, el venir
en estos tiempos  la corte.

--Habis malherido  don Rodrigo Caldern.

--No fu yo... pero quiero tomar mi parte en esa buena accin, porque al
fin ayud  ella. Y por haber sangrado  un pcaro me prenden? Y 
esto llaman delito?

--Las cosas han variado.

--Priva de nuevo Caldern?

--El alczar se ha vuelto de arriba abajo.

--Gran suceso y grande espectculo. Echdose ha el alczar 
volatinero?

--Ms de lo que pensis. En fin, y para abreviar, que ya nos detenemos
demasiado, habis sido acusado por el duque de Lerma, juntamente con
don Juan Tllez Girn, de homicidio contra don Rodrigo; y como don
Rodrigo se va por la posta...

Pues si se va me alegro, que nosotros por aqu nos quedamos, y  fe ma,
que no ha de faltar quien pague las costas. Gran servicio habremos hecho
con la ida de tal, al rey y  la patria.

--Pues piden vuestra cabeza.

--Menores cosas he pedido yo, y heme quedado sin ellas; que si  todo el
que pide le dieran, pronto se echaran todos  pedir y no quedara quien
pudiera dar. Y  dnde me llevan?

--A Segovia.

--Honrosa crcel me dan. Y con esto y no tener ya nada que ponerme salvo
la daga y la espada que me han quitado, recibid mi agradecimiento,
alguacil desalguacilado, y vamos, que el moverme me har provecho.

--Acercad y asos de mi capa.

--Tngoos ya.

--Pues marchemos, y silencio.

--Silencio y marchemos.

Tir para adelante el hombre,  cuya capa iba asido Quevedo, y siguile
ste pensando para sus adentros:

--Pneme ms en cuidado que nunca la amistad de ste; parceme que se
han propuesto asustarme... y vive Dios! que lo han conseguido... por
m, acostumbrado estoy  estas aventuras... pero don Juan... preso
tambin... pueden salir de aqu tantas cosas!...

--Seor alcalde--dijo en aquel punto el hombre que guiaba  Quevedo--:
aqu tiene vuestra merced al preso.

--Sois vos don Francisco?--dijo la voz ronca y tiesa, por decirlo as,
del licenciado Sarmiento.

--Yo soy,  menos que no me equivoque, amigo.

--Entrad en esa litera.

--Pnganme junto  ella; pero ya la topo; adentro voy; buenas noches y
buen viaje.

--Si sois vos el que os vais!

--No, licenciado Sarmiento; vos sois el que os vais de m... y me
alegro. Guardos Dios.

Estaba ya dentro Quevedo y se cerr la puerta de la litera.

Esta se puso en movimiento.

Durante algn espacio, Quevedo oy el ruido de las gentes que pasaban,
y el viento que zumbaba en los aleros de las calles.

Despus, aquel ruido ces: oase el zumbar del viento, largo, extendido,
como en el campo, y slo se oyeron los pasos de las mulas de la litera y
los de algunas cabalgaduras que marchaban constantemente junto  ella.




CAPTULO LXV

DE CMO EL TO MANOLILLO NO HABA DADO SU OBRA POR CONCLUDA


A penas el licenciado Sarmiento haba entregado  cuatro alguaciles de 
caballo la guarda de Quevedo, con la orden verbal de que le recibiese
preso el alcaide del alczar de Segovia, y se haba alejado de la casa
con su ronda de alguaciles, cuando se le plant delante de la luz de la
linterna (porque era ya de noche) un hombre pequeo, cubierto con un
sombrero gacho, y envuelto en una capa negra.

--Qu me queris?--dijo secamente el licenciado.

--Es vuesa merced, como lo parece, alcalde de casa y corte?--dijo aquel
hombre, cuyo acento era indudablemente afectado.

--Tal soy--dijo el licenciado.

--Pues tomad este pliego y enteros de l en servicio del rey y de la
justicia.

Tom el alcalde el pliego, y apenas le hubo tomado, cuando el
desconocido, volvindole rpidamente la espalda, di  correr con una
velocidad maravillosa.

--Sganle y agrrenle!--grit el alcalde.

Siguironle algunos alguaciles, pero volvieron  poco dicindole que
aquel hombre se les haba perdido.

Puso preso el alcalde  aquellos alguaciles, por el delito de no haber
tenido tan buenas piernas como el hudo, y despus de esto fuese  su
casa, encerrse en su despacho, sentse delante de una mesa cargada de
procesos, y sacando el pliego que el hombre misterioso le haba dado,
ley en l lo siguiente:

--Seor alcalde: Un hombre ha sido asesinado...

Al leer esto el licenciado Sarmiento, le bailaron los ojos de alegra.

Porque el licenciado Sarmiento era alcalde en cuerpo y en alma, y se
alegraba de los delitos, como los mdicos se alegran de las
enfermedades, los clrigos de los entierros, y los sepultureros de los
muertos.

La alegra le hizo detenerse un momento, y luego prosigui:

Un hombre ha sido asesinado  traicin. Este hombre es el sargento
mayor don Juan de Guzmn. El causante de este asesinato,  los
causantes, han sido don Francisco de Quevedo y Villegas...

La alegra nubl de nuevo los ojos del licenciado, porque, como todos
los tontos  los hombres de ingenio, tena suma ojeriza  Quevedo.

Despus, prosigui:

Los causantes han sido, don Francisco de Quevedo y Villegas, del hbito
de Santiago, y don Juan Tllez Girn, homicidas, al menos por intento,
de don Rodrigo Caldern. El medio del asesinato ha sido Francisco
Martnez Montio, cocinero mayor de su majestad, por instigacin de los
tales don Francisco y don Juan, y el lugar del asesinato donde, si se
busca bien, se encontrar el cadver del dicho sargento mayor, la casa
de doa Ana de Acua, aventurera y manceba  un tiempo del duque de
Uceda y del difunto, en la calle de Amaniel. Est vuesa merced atento, y
ver cmo  la media noche entran algunos en su casa por el postigo.
Guarde Dios  vuesa merced.

--Oh! oh! oh!--exclam el alcalde--; asesinato de hombre casa de la
querida del duque de Uceda, y  manos del cocinero mayor de su majestad!
Este tal cocinero es muy rico, y el duque podr ser que se interese
harto por su manceba. Oh! oh! oh!

Y el licenciado se qued gratamente abismado en la contemplacin del
resultado futuro de un negocio en que podran cruzarse sendos doblones.

Pero como todo lo que tena de salvaje en la acepcin completa de la
frase el licenciado, lo tena de activo, hizo llamar  aquella hora, que
ya era bien entrada la noche,  un escribano, empez por encabezar el
proceso con la declaracin testimoniada de lo que le haba acontecido
con el hombre de la capa, sin olvidarse de unir la denuncia original, 
_incontinenti_ con el mismo escribano y diez alguaciles, fuese  la
calle de Amaniel, y con las linternas cerradas y la mayor cautela,
escondironse l y sus gentes, de tal modo, que nadie, como no hubiera
tenido la cualidad de oler  la justicia, hubirala credo en aquellos
lugares.

Entre tanto, la hermosa doa Ana, sola, porque siguiendo los consejos
del bufn, haba despedido  sus criados; aterrada, porque la situacin
en que se encontraba, teniendo en las habitaciones inferiores el
cadver, cosido  pualadas, del sargento mayor, no era para menos;
halagando la sola esperanza de que el rey,  quien esperaba por anuncio
de Montio, enamorada de l, la salvara, ocupbase en acabar de
ataviarse de una manera magnfica, porque, aunque segn lo convenido,
deba recibir al rey  obscuras, por el tacto, lo mismo que por la
vista, se aprecian las buenas telas y las ricas alhajas, y en echar
esencias en sus cabellos y en procurarse por todos los medios parecer
hermosa sin luz.

La situacin de aquella desdichada no poda ser ms espantosa, ms
dramtica; basta anunciarla para que se comprenda. Un terror profundo y
una ansiedad mortal... y sin haber comido, privada de sus criados; y sin
haber visto un slo resquicio de salvacin, entre las tinieblas de
horrores que la rodeaban.

Cada vez que resonaba un reloj  lo lejos, el corazn de doa Ana cesaba
de latir; cada vez que resonaban pasos en la calleja  donde daba el
postigo de su casa, una ansiedad mortal la devoraba. Los pasos se
acercaban, llegaban, se alejaban. No era el rey.

Al fin, dieron  lo lejos las doce de la noche.

La sangre de doa Ana circul con fuerza, ardi, la dieron fuertes
latidos las sienes y el corazn; se nublaron sus ojos... Era la hora de
la cita; resonaron inmediatamente pasos en la calleja; doa Ana escuch
con toda su vida apoyada en el alfizar de la ventana que daba sobre el
postigo; luego reson una llave en aquel postigo; la alegra di fuerzas
 doa Ana; la esperanza valor; se retir precipitadamente de la
ventana; tom la luz que haba en la habitacin, y entr en otra que era
su dormitorio; de all pas  otra que era su cmara; all encendi una
linterna de resorte que tena preparada, la cerr, la puso sobre una
mesa, apag la buja y se qued  obscuras esperando impaciente en medio
de la cmara.

Resonaron al fin pasos en el dormitorio, crujieron las vidrieras al
tropezar en ellas una persona, y la voz cobarde, trmula del cocinero
mayor, dijo desde en medio de la obscuridad:

--Estis ah, seora?

Doa Ana hizo un violento esfuerzo sobre s misma para que su voz no
temblase y contest con acento dulce:

--S, s, seor Francisco Montio. Viene con vos ese caballero?

--Tenisme aqu impaciente, hermosa seora--dijo el duque de Lerma.

Debemos advertir que doa Ana no haba odo nunca hablar ni al rey ni al
duque de Lerma; y que la voz del duque, por la soberbia de ste, y su
gran aprecio de si mismo, tena un timbre particular, hueco, campanudo,
grave, que daba  conocer al gran seor que habla siempre mandando,
imponiendo, obteniendo inmediatamente una respetuosa obediencia.

--Retiros abajo, Montio--aadi el duque.

Y luego dijo:

--Dnde estis, seora?

--Aqu, mi seor; venid, adelantad, tomad mi mano; yo os guiar.

El duque, guiado por el sonido, busc entre la obscuridad y tropez
primero con un traje de brocado; luego con un hombro redondo que se
retir de una manera nerviosa, y al fin, con un brazo desnudo de una
morbidez y una suavidad exquisitas, yendo  parar, por ltimo,  una
mano incomparable por su forma, pequea, gruesecita, cuajada en los
dedos de gruesos cintillos, que temblaba y estaba fra.

--Qu os espanta, seora?--dijo el duque mientras doa Ana le conduca
 tientas hacia un lado de la cmara.

--Me espanta--dijo doa Ana con su sonora y dulce voz de mujer
hermosa--, me espanta la situacin en que me encuentro, que es horrible.

--Horrible! No alcanzo  comprenderos; horrible porque yo estoy aqu?

--S; s, seor, porque si mi situacin no fuese horrible, no estarais
vos aqu.

--Explicadme, explicadme, seora!--dijo el duque con cierta magnfica
majestad, porque supona que todo aquello no era ms que un prefacio de
costumbre.

--Si yo no hubiera necesitado de la proteccin de una alta persona,
cuando Montio me trajo de vuestra parte el regalo que tengo al
cuello...

--Ah, seora!

--Podis creer que el haber yo consentido ha sido por ese regalo; pero
os engais si creis eso, seor; lo he aceptado porque me encontris
humilde, porque queris mejor ampararme.

--Pero qu os sucede?

--Estoy sola en el mundo; sola y amenazada de mil peligros. Cuando
Montio me dijo que una altsima persona me amaba...

--Otros hay ms altos que yo, seora.

--Oh, no, slo Dios!

--Quin os ha dicho eso?--dijo con una gravedad eminentemente cmica el
duque, que quera pasar por rey...

--Nadie... pero... mi corazn...

--Vuestro corazn!

--Yo haba ido muchas veces  la corte, seor; las mujeres somos locas,
insensatas; nos gusta, nos enamora lo grande, lo que deslumbra...

--Y os he deslumbrado yo!

--Ah, seor!, vos sois el sol de las Espaas.

--El sol yo! pero no veis que estamos  obscuras!

--Yo os veo claro, como si fuera de da... como si... estuvirais...

--Como si estuviera dnde?

--No me atrevo, seor, habis mostrado tal empeo en no ser
conocido!...

--Sin embargo, vos lo mostris tambin en hacerme entender que me
conocis.

--Porque en ello me va mi honra.

--Vuestra honra!

--S, s por cierto; yo no poda ser esclava de otro que de vos.

--Ah! pero quin creis que soy yo?

--No me atrevo  decroslo.

--Hablad, hablad sin temor, seora.

--Me dais vuestra noble palabra de no enojaros?

--Os la doy.

--Pues bien--dijo doa Ana arrodillndose de repente  los pies del
duque de Lerma--; yo soy vuestra, seor, en cuerpo y en alma.., porque
hace mucho tiempo que, loca, fuera de m, amo  vuestra majestad.

--Mi majestad!--dijo el duque fingiendo el ms profundo asombro--;
cmo, seora! habis credo que yo soy el rey?

--Ah, seor, seor!--exclam doa Ana cubriendo de trmulos besos las
manos del duque; vuestra majestad me ha dado su real palabra de no
ofenderse.

--Y no me ofende ms que el dolor de no ser rey, puesto que al rey amis
vos; pero levantos, seora, no sois vos la que debis estar  mis pies.

--Es decir que tenis empeo formal en que yo no os reconozca?

--Creed que hay en m grandes razones para no querer ser conocido de
vos.

--Respeto esas razones, seor, las respeto, y me someto  vuestra
voluntad.

--Quedamos, pues, en que yo no soy el rey?

--S; s, seor.

--Gracias, seora, gracias. Ahora decidme: cul es la situacin
horrible en que os encontris? Hablad, que aunque yo no sea el rey,
tengo poder bastante para salvaros.

--Juradme por vuestra alma que me salvaris y que no desconfiaris de
m.

--Os lo juro.

--Voy  ser muy franca con vos.

--Os lo agradecer.

--Yo, seor, no soy noble.

--Tenis la nobleza de la hermosura.

--Nac en las playas de Galicia, seor, y Dios, sin duda para probarme,
me di esta funesta hermosura.

--Vuestros padres fueron pobres!

--Pescadores, sin ms bienes que una barca y una cabaa en la playa; yo
crec all libre, al sol y al aire, delante del mar, tan ancho, tan
azul, tan hermoso, guardada por las espaldas por las verdes montaas de
mi hermosa Galicia. No es verdad, seor, que nadie al verme, al
escucharme, puede creer que yo he sido una pobre muchacha que se llamaba
Aniquilla, que corra descalza por las rocas buscando mariscos cuando
era nia, y que ms tarde?... oh, Dios mo!

--No, no, nadie lo creera, porque Dios os ha dado la nobleza, como ya
os lo he dicho, de una grande hermosura, y con esa maravillosa hermosura
una discrecin adorable y un claro ingenio. Vos sois una dama completa.

--Pluguiera  Dios que no lo fuese!

--Pero qu misterio hay en vuestra vida?

--Sera un crimen el engaaros, seor.

--Os escucho con afn.

--Apenas dej de ser nia, cuando dej de ser pura.

--Ah, la inocencia!

--La libertad... y luego mi anhelo de salir de aquella cabaa... las
solicitudes de los marineros... todos me prometan sacarme de all... yo
ansiaba ser ms... los crea... y todos me dejaban.

--Oh!

--Un da, seor, fonde en la caleta, que estaba delante de la choza de
mis padres, un barco de rey. Yo estaba sentada en la punta de una roca,
triste y desesperada, porque mi ltimo amante acababa de hacerse  la
mar. La blanca vela de su bergantn se vea all  lo lejos, como una
motita prxima  desaparecer en la inmensidad de los mares. Sacme de mi
distraccin el ruido acompasado de muchos remos; mir y vi que era una
barca que entraba en la caleta llena de hombres que llevaban plumas y
corazas relucientes, y bandas sobre las corazas los unos, y los otros
largas lanzas en las manos. Eran gente de guerra que haba venido en el
barco del rey. Yo era la persona primera que vieron. Todos aquellos
hombres, al saltar en tierra, me miraron. Particularmente uno, joven y
buen mozo, que llevaba banda de seda sobre la coraza, me mir con ms
fijeza que los otros, y se detuvo. Los restantes se encaminaron  la
aldea, y los marineros se pusieron  llenar de agua unos barriles que
traan en la lancha, en una fuente que haba en la playa.

--Rapaza--me dijo el hombre que se haba detenido junto  m--, cmo
tan sola, siendo tan hermosa? Esperas  tu amante?

Yo no le contest; pero mis ojos se llenaron de lgrimas.

--Por qu lloras?--me pregunt.

--Porque mi amante se ido para no volver--le contest arrojando una
mirada al mar, en cuyo horizonte se vea ya imperceptiblemente como un
punto blanco prximo  desaparecer, el bergantn que conduca  mi
ltimo amante, que acaso no se acordaba ya de m.

--Bah, muchacha!--me dijo el soldado--;  rey muerto, otro al puesto;
por mucho que le quieras, pronto le olvidars, si pones otro en su
lugar.

--El, como todos, me haba dicho que me llevara consigo... y como los
otros me ha dejado aqu.

Mirme profundamente el capitn, y dijo como hablando consigo mismo:

--Pedirla ms hermosa sera avaricia, y parece inocente
Muchacha--aadi dirigindose  m--, quieres ser la prenda de un mozo
de rumbo?

--No os entiendo--le contest.

--Quieres ser mi moza, digo? Yo te pondr en el cuello corales y
encajes, y te meter la cintura en sedas, y te calzar los pies con
chapines, y si ahora pareces un lucero, despus parecers un sol.

--Es de veras?--le pregunt olvidada ya del otro que iba en el
bergantn, que haba desaparecido por completo en alta mar.

--Tan de veras, que si ests aqu en este mismo sitio  la noche, vendr
por ti.

--Estar.

--Palabra de buena muchacha?

--Os lo prometo.

--Pues veremos quin falta  lo prometido--dijo el capitn.

Y me estrech la mano, y se fu  la aldea donde haban entrado los
soldados.

--Y fusteis?--dijo el duque de Lerma.

--S; s, seor; fu, puesto que estoy hablando con vos; fu por mi
desgracia;  mejor dicho, no me mov de la roca... no me desped de mis
padres, ni entr siquiera en la cabaa.

Cuando me habl el capitn se pona el sol.

La noche, por lo tanto, no tard en llegar.

Pas algn tiempo desde que cerr la noche, y por cierto bien obscura.

Yo esperaba con impaciencia.

Toda mi ambicin era salir de aquel estrecho valle, encerrado entre el
mar y las montaas.

El mar sin lmites, que recibi mis primeras miradas! las verdes
montaas de mi hermosa Galicia, de entre las cuales pluguiera  Dios no
hubiera salido nunca!

Como os deca, la impaciencia me devoraba.

Slo vea delante de m, porque la noche era muy obscura, una lnea algo
ms clara, una lnea movible.

Era el mar que vena  romper sus olas en las rocas.

Slo escuchaba su quejido incesante, y el ligero zumbar del viento.

--Bah!--dije llorando--; el hermoso soldado se ha olvidado como los
otros de sus promesas; pero ste, al fin, no ha sido infame, porque no
ha sido mi amante.

Y me levant de la roca, y con el corazn amargo me volv para
encaminarme  la choza de mis padres, por cuya puerta se vea relucir 
lo lejos la llama, la alegre y dichosa llama del hogar.

Pero de repente, un ruido que sent  mis espaldas me detuvo.

Era ruido de remos.

Mi corazn se ensanch y me volv de nuevo  la roca.

Abord una barca y de ella salt un hombre.

--Ests ah, muchacha?--dijo.

En aquella voz reconoc la del capitn.

--S, aqu estoy esperndoos--le dije.

--Pues ven conmigo y no te detengas, que el viento es favorable y vamos
 zarpar.

Acerqume  l, y l me asi de una mano y me llev hasta la barca.

Su mano temblaba.

Luego me asi de la cintura para meterme en la barca.

Sus brazos temblaban tambin, y su corazn lata con fuerza.

Me di un silencioso beso en el cuello, y sus labios abrasaban.

Yo empec  sentir no s qu por aquel hombre.

Me pareca hermoso, y luego... me trataba como no me haba tratado
ninguno.

Los otros me haban tratado con desprecio.

El me trataba como  una seora; se estremeca  mi lado, se pona
plido.

Me retuvo en sus brazos en la barca; y luego, siempre en sus brazos, me
subi  la galera.

Not que nadie se rea de m; que nadie me miraba, que todos, cuando
pasaba junto  ellos el capitn, que me llevaba de la mano, se
descubran.

Era l el capitn de la galera, y adems muy rico y muy principal.

Por eso me respetaban todos.

Y yo iba mal vestida, despeinada, descalza.

Y, sin embargo, don Hugo de Alvarado, que as se llamaba mi esposo...

--Vuestro esposo!...--exclam con asombro el duque de Lerma.

--S; yo soy viuda de un capitn de mar de su majestad, seor.

--Contadme, contadme cmo fu eso.

--Cuando llegamos al puerto del Ferrol, don Hugo, que no se haba tomado
conmigo la menor libertad,  pesar de que yo estaba enteramente sometida
 l, hizo venir de tierra unas sastras..

Aquellas mujeres me tomaron medidas, y tres das despus me llevaron
ricos vestidos y muchos trajes de dama, y de dama principal; por otra
parte, don Hugo me llev joyas.

Cuando me vistieron, cuando me engalanaron, don Hugo exclam enamorado:

--Es un sol!

Yo estaba aturdida, me miraba en un espejo, y no me conoca; me pareca
que mi hermosura haba crecido.

La felicidad me haca sufrir.

Haba visto otras playas; vea otras montaas; tena  mis pies un
amante joven, hermoso, que me trataba con el mayor respeto.

Mis vestidos eran ricos; senta perlas en mi cuello, y cuando me miraba
en el espejo, vea que mi cuello era ms nacarado que las perlas.

Y no me acordaba de mis padres.

Amaba la vida en que entraba, y me morira por don Hugo.

--Le ambais!--dijo el duque de Lerma.

--Como no haba amado nunca; como no he vuelto  amar hasta que os he
conocido  vos, seor.

El duque de Lerma iba olvidndose rpidamente del objeto que le haba
llevado  aquella casa, esto es: el hacer la guerra por uno de sus
flancos  su hijo el duque de Uceda, que se vala de aquella mujer para
excitar las precoces pasiones del prncipe, que se llam despus Felipe
IV, y de cuyas escandalosas aventuras amorosas estn llenas la historia
y la tradicin.

El duque de Lerma, aunque circunspecto, porque la gravedad era su vicio,
hombre al fin, empezaba  sentirse excitado por la galante historia de
doa Ana.

Y luego hay que convenir en que doa Ana tena una gran prctica de
cortesana, que conoca el secreto de inspirar la voluptuosidad, y en
que, tales eran las manos que tena abandonadas dulcemente entre las del
duque, que por su forma y su tersura, venan  ser el prlogo de
bellezas incomparables.

Si el duque no hubiera llevado all, segn su sentido poltico, un alto
objeto, hubiera roto por todo y hubiera pedido  doa Ana luz. Pero
aquella mujer le pareca muy importante, y necesario y conveniente de
todo punto seguir representando  obscuras un papel de rey enamorado y
celoso de su dignidad.

El duque de Lerma incurra en su millonsima equivocacin.

Estaba all representando por la millonsima vez su papel de simple.

--Ah! con que amis  su majestad, cuanto habis amado al que habis
amado ms?--dijo el duque.

--Os ruego, seor, que no volvamos  la pasada disputa; yo no me atrevo
 disputar con vos. Respeto vuestros deseos y callo.

--Continuad; seora, continuad--dijo el duque halagado por las palabras
de doa Ana, porque tal era su vanidad, que se hinchaba con el placer de
representar al rey de una manera indirecta, aunque esto no fuese sino
como poda ser,  obscuras y ante una persona que nunca hubiese odo la
voz del rey.

Doa Ana continu:

--Amaba yo  don Hugo por cuantas razones puede amar  un hombre una
mujer; me enamoraba y me enorgulleca. Pero fu muy desgraciada en mis
amores. No los logr.

--Cmo! Pues no sois su viuda?

--Od, seor, od: cuando estuve ataviada como una dama, don Hugo zarp
de nuevo y tom rumbo para Barcelona; durante la travesa me trat con
el mayor respeto. Yo no comprenda por qu don Hugo me respetaba;
despus lo he comprendido; don Hugo respetaba en m su amor, un amor tan
extraamente concebido por una pobre muchacha deshonrada. Pero contra el
amor no hay razones; se ama porque se ama, y nada ms.

En Barcelona saltamos en tierra, y don Hugo me llev  casa de una
anciana ta suya. Habamos convenido, para que nada pudiese decir la
ta, en decirla que don Hugo me haba rescatado de unos piratas
berberiscos que me haban apresado algunos aos antes, matando  mis
padres.

La buena vieja era muy crdula, y crey todo lo que su sobrino quiso que
creyese.

Don Hugo estuvo algunos das en Barcelona y parti al fin, dejando
encomendado  su ta que hiciese de m una dama.

Yo qued con un agudo dolor.

Don Hugo me escribi al poco tiempo una carta muy tierna que aument mi
amor hacia l. Con el afn de poder leer sus cartas, de poder
escribirle, aprend en muy poco tiempo  leer y  escribir.

Al ao pude contestar, aunque mal, por m misma  aquel amante que se me
haba entrado en el alma, y  quien deba el verme cambiada en otra.

Porque ya no era yo la pobre muchacha ignorante que andaba descalza por
la playa, entregada al primero que encontraba al paso, abandonada  s
misma; haba formado otra concepto del mundo; estaba en una casa rica;
provean mis deseos numerosos criados; vesta ostentosamente; iba 
todas partes y  todas partes en litera  carroza; la buena doa Mara
me amaba y no haba sospechado nunca de la verdad de la historia que la
habamos contado su sobrino y yo. Por otra parte, yo, que en realidad me
llamaba Ana Pereira, me llam doa Ana de Acua, como ahora.

--Y cmo pudo ser eso?--dijo admirado el duque de Lerma.

--No lo s, porque don Hugo no me lo dijo por escrito ni pudo decrmelo
de presente.

--Cmo!

--Don Hugo y yo no nos volvimos  ver!

--Y sois su viuda!

--Seguid escuchando. Un da recib una ejecutoria, que an conservo, y
unos papeles que acreditaban que yo era, en efecto, doa Ana de Acua,
nica descendiente de una familia ilustre, pero pobre.

--Era rico don Hugo?--pregunt el duque de Lerma.

--Riqusimo.

--Pues entonces comprendo perfectamente cmo os ennobleci... Comprara
su apellido y su ejecutoria  una familia pobre...

--Eso debi ser.

--Continuad, seora.

--Pasaron dos aos, y al cabo de ellos, cuando yo estaba completamente
transformada, cuando acababa de cumplir los diez y nueve aos, doa
Mara adoleci de su ltima enfermedad. Escrib  don Hugo que me vea
expuesta  quedarme sola en el mundo, y don Hugo me contest, envindome
los papeles necesarios por medio de un amigo suyo para que pudiera
casarme con l por poder, que para este efecto haba dado  su amigo.

En efecto, una noche en que la dolencia de doa Mara se haba agravado
de una manera tal que los mdicos no la daban ms que algunas horas de
vida, me cas, junto  su lecho, con don Hugo, representndole el amigo
que para ello haba enviado.

Acabada la ceremonia, el amigo de don Hugo y los testigos se retiraron,
y yo, triste y temerosa por aquellas bodas que se haban hecho junto 
una moribunda, me qued velando su agona.

Al amanecer muri.

Aquel da un escribano vino  abrir el testamento.

La buena doa Mara haba dejado todos sus bienes, que eran muchos,  la
esposa de su sobrino.

Yo era ya rica.

No s si por esto, yo que haba olvidado completamente  mis pobres
padres, llor por aquella mujer.

Quedme en la casa como duea.

Escrib  mi esposo participndole la muerte de su ta, y al poco tiempo
recib una carta enlutada.

La abr con el corazn helado y recib un golpe cruel.

Don Hugo haba muerto en Flandes como bravo, peleando por el rey, pero
haba tenido tiempo para darme la ltima prueba de aquel extrao amor
que haba sentido por m.

En su testamento apareca yo su heredera universal.

Encontrme viuda, joven, hermosa y dos veces rica.

Llor mucho por don Hugo, pero todo pasa, todo muere y muere tambin y
pasa el dolor.

Oh! si yo entonces me hubiera acordado de mis pobres padres y hubiera
ido  sacarlos de su miserable cabaa!

Dios acaso, entonces, me hubiera amparado!

Pero me olvid de todo y acab por olvidarme de don Hugo, del nico
hombre  quien haba amado.

Rica, joven y hermosa, me propuse apagar mi sed de placeres, mi sed de
vanidad.

Y aunque muchos quisieron casarse conmigo, yo no quise.

Quera volar libre, suelta, poderosa; devorar cuanto el mundo tiene de
incitante y bello.

Y lo goc.

Pero lentamente mi caudal disminua.

Viva en la corte, y gastaba, gastaba sin reflexin el caudal que me
haban dejado una santa y un hombre de corazn.

Gast su caudal y su nombre, porque fu una mujer galante, una
aventurera; porque en mi sed de gozar me olvidaba de mi honra, como me
haba olvidado de mis padres, como me haba olvidado de mi esposo.

--Oh! oh! vos sin duda exageris, seora.

--Os digo la verdad; no he querido engaaros. Soy una mujer perdida, y
no comprendo cmo vos, seor, podis haberos enamorado de m, como no he
podido comprender nunca por qu de m se enamor don Hugo.

--Tenis una hermosura maravillosa, doa Ana.

--Gracias, muchas gracias, seor, pero escuchadme todava, que an no he
concludo.

--Os escucho.

--Muy pronto estuvo enteramente perdido lo que haba heredado; empec 
contraer deudas, y no s lo que hubiera sido de m, si un da no me
hubiese visto en el coliseo del Prncipe, el prncipe don Felipe.

--Ah!

--Aunque es muy nio, clav en mi sus ojos y no los apart en toda la
funcin. El duque de Uceda estaba en el aposento del prncipe.

--Oh! oh!--exclam el duque de Lerma con un acento que enga  doa
Ana.

--Yo no debera deciros esto, seor--dijo ella--; pero no debo
engaaros; no debo excusaros ni la parte ms leve de la verdad. Adems
que su alteza es muy nio...

--Y sin embargo, quiere pervertirle el buen duque de Uceda!...

--El duque de Uceda es muy ambicioso, y hace la guerra  su padre el
duque de Lerma de la manera que puede. El duque de Uceda es tan mal hijo
como lo he sido yo. Dios le castigar como me ha castigado  m. En
cuanto al prncipe...

--Decid, decid...

--El duque le trae algunas noches. Su alteza se alegra cuando me ve y me
abraza y me besa, y me dice que cuando sea rey yo ser lo que quiera
ser.

--Pero el prncipe est ya pervertido?

--No; no, seor, pero si... su majestad el rey no pone remedio, el
prncipe ser un rey dbil capaz de todo, si para lograr sus intentos le
pone un ambicioso delante una mujer hermosa.

--Gracias, seora, gracias en nombre del rey.

--Oh! el rey pude contar con mi corazn, con mi alma. Pero el rey
tendr compasin de m y me salvar; no es verdad, seor?

--Pero de qu tiene que salvaros el rey?

--Ah, seor! yo no os lo he dicho todo! Pero antes de que concluya la
triste confesin de mis desdichas, dadme, seor, vuestra palabra de que
me protegeris.

--Os proteger, no lo dudis. Pero alzad, alzad, seora, y no temblis
de ese modo.

Doa Ana se haba arrojado de nuevo  los pies del duque de Lerma, y
besaba llorando sus manos.

El duque crey que quien causaba el miedo de doa Ana, era el duque de
Uceda.

Doa Ana se levant.

--Continuad, seora--dijo el duque.

--Yo tena un amante, ms por miedo que por amor.

--Un amante!

--S, seor; el sargento mayor...

--Don Juan de Guzmn?

--Cmo! lo sabais, seor?

--S, me lo haban dicho.

--Y  pesar de eso, seor, me habis solicitado!

--S que ese hombre ha muerto.

--Lo sabis?

--A pualadas!

--Pero sabis quien le ha matado?

--S!

--Lo sabis?

--Permitidme que no lo diga; su nombre...

--Os lo dir yo, porque ninguna parte tengo en su muerte.

--Qu decs?

--Que le ha matado el to Manolillo, el bufn de... el rey.

--Lo sabais?

--Pero yo crea que le haba matado por distinta causa.

--Cmo! seora, creis que yo he mandado la muerte de ese hombre?

Y en el acento de temor y de sorpresa del duque, que era siempre
hinchado, doa Ana crey or el acento de un rey ofendido.

--Ah! perdn! perdn, seor!--exclam--no crea vuestra majestad...

Era tan grave lo que suceda, que el duque de Lerma perdi la serenidad
y exclam:

--Cmo os he de decir que yo no soy el rey?

--Pues quin sois entonces?--exclam con espanto doa Ana,  quien
parecieron enrgicamente verdaderas las palabras del duque.

--Yo--dijo Lerma reponindose, pero torpemente--soy... un caballero que
os ama.

--Ah!--exclam con acento rugiente doa Ana--me ha engaado ese
miserable Montio! Pero yo sabr quin sois.

Y corri al rincn donde, como dijimos, haba dejado la linterna sorda,
vino hacia donde estaba el duque, y abriendo la linterna, inund de luz
su semblante.

--El duque de Lerma!--exclam.

--El duque de Lerma!--exclam un hombre que abra al mismo tiempo una
puerta.

Lerma arranc la linterna de las manos de doa Ana, y mir  aquel
hombre y retrocedi.

--Mi hijo!--exclam con espanto.

--S; s, seor, vuestro hijo--contest el duque de Uceda.

Y el padre y el hijo delante de doa Ana, aterrada, quedaron mirndose
frente  frente.




CAPTULO LXVI

EL PADRE Y EL HIJO


Entrambos se encontraban contrariados.

Ni el padre ni el hijo haban esperado verse all de una manera tan
ambigua.

El duque de Lerma, que haba tenido aquella maana una entrevista
escandalosa con su hija la condesa de Lemos, deba tener aquella noche
otra con su hijo el duque de Uceda.

Condiciones eran de su posicin.

Haba asaltado el poder por medio de intrigas y de bajezas, y la bajeza
y la intriga deban acometerle  su vez.

Y como su hijo era bajo  intrigante, he aqu que en la maraa en que
ambos estaban enredados, deban encontrarse y se encontraron en aquella
situacin absurda, casa de una cortesana, y rivales en todo hasta
respecto  la mujer que los miraba aterrada sin saber qu la suceda.

Doa Ana, con el terrible acontecimiento de aquella maana, lo haba
olvidado todo, y cuando di la cita al cocinero mayor para el duque de
Lerma, creyendo que se la daba para el rey, se olvid de que el duque de
Uceda tena una llave de la puerta principal de la casa, por medio de la
cual poda entrar  cualquier hora.

Si doa Ana se hubiera acordado, con haber corrido los cerrojos de la
puerta, punto concludo.

Pero se haba olvidado de ello, y como un descuido basta  veces para
producir consecuencias inmensas, he aqu que el duque de Uceda,  quien
enamoraba doa Ana de una manera doble, como mujer y como instrumento,
lleg, abri, subi y entr en la cmara de la cortesana  tiempo que
sta reconoca al duque de Lerma.

Ya hemos dicho que doa Ana estaba aturdida.

Ni aun se la ocurri desmayarse.

Un silencio de estupor enmudeca  los tres personajes.

El primero que le rompi fu el duque de Uceda.

--Encended las bujas, doa Ana--dijo--, venid despus ac, y decidnos:
por qu razn, de una manera tan imprevista y tan enojosa nos
encontramos aqu mi seor padre y yo?

--Yo he venido  deshacer vuestras rebeldas, seor duque de Uceda--dijo
el duque de Lerma, mientras doa Ana, aturdida, encenda las bujas.

--Mis rebeldas, excelentsimo seor?--dijo el duque con calma--pues
acaso hago yo otra cosa que defenderme?

--Defenderos, de qu?

--De los agravios que vuecencia me ha estado continuamente haciendo por
celos. S; vuecencia cree que nadie puede acercarse al rey sino para
hablarle mal de vos.

--Vos habis conspirado constantemente contra m.

--Es cierto: por vuestro nombre y por el mo.

--Por vuestro nombre?

--Cierto; soy vuestro hijo y no puedo tolerar  sangre fra que, cegado
por viles favoritos, aconsejis constantemente al rey lo que deslustra
vuestro nombre.

--Sabis que  ms de ser vuestro superior por mi estado, lo soy
tambin por ser vuestro padre?

--Padre y seor, hace mucho tiempo que no somos padre  hijo.

--Tan seguro tenis, porque os ha repuesto el rey en vuestro oficio de
ayuda de cmara del prncipe, que soy hombre al agua, que ya se me os
atrevis.

--Os encuentro casa de mi querida.

--Casa de vuestra querida! yo crea que esa mujer era la primera
querida de su alteza, querida que vos le habais procurado!

--Venid ac, perdida--dijo el duque de Uceda asiendo violentamente de
una mano  doa Ana--; as se juega con gentes principales? para esto
te doy yo los brocados que vistes y las joyas que gastas?

Doa Ana se ech  llorar, y para que llegase hasta lo ltimo lo
escandaloso de aquella escena, el duque de Uceda di una bofetada  doa
Ana, como poda haberlo hecho el ltimo de los rufianes.

--No os conozco!--exclam el duque de Lerma escandalizado, avergonzado,
porque nunca el duque de Lerma haba prescindido de las formas--; vos no
debis ser mi hijo, no; si furais mi hijo no hubirais hecho, y delante
de vuestro padre, lo que acabis de hacer.

Doa Ana lloraba; el duque de Lerma se dirigi  la puerta.

--Esperad, esperad, seor--dijo el duque de Uceda interceptando  su
padre la puerta.

--En nombre de la ley divina y de la humana, apartos, duque de
Uceda--exclam Lerma con la dignidad que siempre tiene un padre respecto
 su hijo.

--Esperad, os lo suplico, seor, no somos, os lo repito, el padre y el
hijo, somos dos enemigos; vuestra es la culpa de esta enemistad; me
habis provocado.

El duque, ciego de clera, puso la mano en la empuadura de su espada:
el duque de Uceda permaneci inmvil.

--Ved de escucharme  sangre fra--dijo--; reparad en que causara gran
escndalo que vos me maltratseis aqu en las altas horas de la noche,
casa de esa mujer.

Y seal  doa Ana, que continuaba llorando arrojada en un silln.

--Diran las gentes, si dejndoos llevar de vuestra violencia pusiseis
en m las manos, que no bastando los odios polticos que nos separan,
habamos reido por una querida.

--Yo dira  las gentes, si os castigase, como debo castigaros, que vos
os habis olvidado de todo; que para corregir vuestros excesos, me he
visto obligado  recurrir  este caso,  sorprender  esta mujer, de
quien os valis para pervertir  su alteza el prncipe de Asturias.

--Ah! vuecencia dira eso! pues bien; yo puedo decir, yo puedo probar
para acreditar de falsa vuestra acusacin, que vos vendis al rey y al
reino.

--Yo!

--S, vos. Y lo declararan sin saberlo los duques de Bukingam y de
Seimur; lo declararan sin saberlo vuestros satlites, delegados por vos
para sangrar al reino, por medio de cartas que puedan presentarse al
rey.

--Ments!--exclam el duque, que delante de doa Ana no quera
rendirse, por decirlo as,  lo tremendo de su situacin; no quera
confesarla.

Su hijo lo adivin.

--Qu haces t ah?--dijo  doa Ana--; no ves que su excelencia y yo
tenemos que entendernos? Vete.

Doa Ana se levant y sali doblegada, cabizbaja, llorando.

El duque de Uceda cerr las puertas.

--Ya estamos solos, padre y seor--dijo--; s  qu habis venido aqu;
s que por el afn de guardar para vos solo el favor de su majestad,
habis llegado hasta el caso de traicin, de tomar el nombre de su
majestad, de querer pasar ante esa mujer por su majestad, para deshacer
uno de los medios que suponis de mi privanza con el prncipe.

--Pero quin os ha dicho eso?

--El bufn del rey.

--Ese hombre lo sabe todo!

--Ese hombre trabaja por su cuenta, es astuto, tenaz, y sabe
aprovecharse de las debilidades, de los vicios, y aun de los crmenes de
las personas que necesita.

--Pero cmo sabe el bufn del rey?...

--Que doa Ana os esperaba creyendo esperar al rey? Se lo ha dicho el
cocinero de su majestad.

--Es necesario cerrar las bocas de esos dos hombres.

--S, es necesario que la lucha quede entre nosotros dos, es necesario
destruir esas bajas personas intermedias, y ya que de nuestros rostros
han cado los antifaces, entendmonos directamente, padre; solapemos esa
lucha, que por vuestra imprudencia va hacindose escandalosa, y
convengmonos.

--Pero qu es lo que vos queris?

--Padre y seor, yo quiero heredaros cuando sea tiempo.

--Y cundo creis que ser tiempo?

--Cuando muera el rey.

--Su majestad es joven, y goza de muy buena salud.

--Podr ser larga la espera, ya lo veo; pero vos me ayudaris  esperar.

--Explicos.

--Vos, antes de que muriese Felipe II, mucho tiempo antes, rais el
favorito, los andadores del prncipe de Asturias; cuando Felipe II
muri, vos fusteis lo que sois ahora, secretario de Estado universal de
Felipe III. Vuestra privanza con el rey cuando era prncipe, os cost
poco; era, como lo es, vanidoso y grave, y vos adulsteis su vanidad y
su tiesura; era, como lo es, devoto, y vos supsteis haceros ms devoto
que l.

--Felipe III tena un padre muy prudente... y cuando me dej al lado de
su hijo...

--Demostr que no era tan prudente ni tan sagaz como dicen, cuando no
conociendo que vos representbais vuestro papel de Estado, os hacais
seor del prncipe su hijo, os lo repito; vos tuvsteis la fortuna de
dar con un prncipe imbcil, y yo... el actual prncipe de Asturias,
est viciado precozmente por la pasin  la mujer, que har de l un rey
 quien ser imposible servir, contentar sin humillarse, sin manchar la
dignidad. Creis que yo he trado al nio prncipe al regazo de esa
mujer? Os engais: l me ha obligado  traerle; si no le hubiera
trado... es un nio muy adelantado  su edad. Lope de Vega escribi su
primera comedia  los doce aos; el prncipe don Felipe, ha tenido su
primera querida  los siete.... Vi  doa Ana en un coliseo, y concibi
por ella una verdadera pasin; pasin de nio, pero que tiene ya la
impureza del hombre.--Quiero mucho  aquella dama--me dijo--; quiero ir
 casa de aquella dama... y yo resist, porque aunque yo no era
asustadizo, me asust... me asust porque vi  dnde me llevara la
necesidad de halagar  su alteza para no perder su favor... y me vi
obligado  ceder... hizo el diablo que el prncipe viese otras dos veces
en el mismo coliseo  doa Ana, y ya fu imposible resistir  su
voluntad... me hubiera arrojado de s, si me hubiese negado. Busqu 
esa mujer... afortunadamente es una cortesana, y la compr... el
prncipe vino, y desde entonces soy para l la vida, el alma... porque
yo soy quien le puede traer junto  esa mujer. Me cuesta, pues, mucho
ms el afecto del prncipe, que lo que os cost  vos el de su padre.
Dejadme, pues, seguir libremente mi camino, no me pongis embarazos,
porque como vos sois el privado de Felipe III, quiero yo serlo de Felipe
IV.

--Yo no puedo tomar parte en esa indignidad, yo no puedo permitirla; por
el contrario, he venido aqu para cerciorarme en ella y evitarla.

--Vos podis perderme, seor duque de Lerma, mi buen padre; vos podis
hacer con una sola palabra, que el rey me encierre en un castillo; pero
desde el fondo de mi calabozo, yo puedo hacer que caigis desde tan
alto, que no podis sobrevivir  vuestra cada.

--Horrorizaros deba lo que estis haciendo--dijo el duque  falta de
otra contestacin mejor.

--Y por qu? Acaso vos, seor, no habis querido perderme?

--Deb separaros de la servidumbre del prncipe y os separ; pero no os
prend como pudiera haberlo hecho; ni os desterr, ni aun siquiera os
envi  nuestro ejrcito de Italia.

--Y habis hecho muy bien, porque os conviene tenerme por amigo.

--Que me conviene?

--Solo vos, no podrais defenderos de la multitud de hombres de vala
que acechan el favor de su majestad; con vos yo, falta  esos hombres un
aliado, y vos tenis en m unos ojos que todo lo ven, unos odos que
todo lo oyen. Puesto que os tengo cogido...

--Cogido!...

--Preso, y de tal modo, que no os podis mover; voy  deciros las
condiciones...

--Vos, condiciones  m!

--Aqu no hay padre ni hijo; slo hay el duque de Lerma, favorito del
rey, y el duque de Uceda, favorito del prncipe de Asturias. Od, pues,
las condiciones de avenimiento entre el duque de Lerma y el duque de
Uceda.

--Oigamos!--dijo con sarcasmo Lerma.

--Me daris una parte de lo que os produce el favor del rey.

--Disgustos, compromisos.

--Una parte del oro que os dan los ingleses y del que os procura tanta y
tanta cosa como tenis en las manos, secretario de Estado universal de
su majestad. Quiero, adems, un puesto en el Consejo real. Quiero
participacin, aunque secreta, en el gobierno con vos. Quiero una parte
en los empleos y en las encomiendas que se dan para venderse...

--Pues no queris poco, seor duque.

--Mi privanza con el prncipe, en vez de producirme ganancias, me
produce gastos exorbitantes. Bien es verdad, que es dinero que se
siembra para cogerlo dentro de diez, dentro acaso de veinte aos, y esto
de una manera dudosa. Estoy empeado; los acreedores me asedian, y para
pagarles me veo obligado  conspirar.

--A conspirar contra mi?

--Contra todo el mundo.

--Conque es decir, que me proponis una alianza?--dijo el duque, cuya
voz temblaba de clera.

--S, seor.

--Ah! peds por esa alianza la mitad de mi poder!

--No, seor; os pido... que vos callis respecto  mi lo del prncipe, 
cambio de mi silencio respecto  vos por lo de Inglaterra.

--Ah! son mutuas concesiones!

--Por supuesto.

--Pero  cambio del tesoro que queris que yo os d, qu me daris vos?

--Os dar... la traicin que har por vos  mis amigos.

--Es decir?...

--Que sabris cuanto piensan Olivares, Ziga, Sstago, Mendoza, cuantos
estn contra vos, y de los cuales seguir fingindome amigo.

--Aceptado--dijo Lerma, tendiendo la mano crispada  su hijo--;
aceptado, seor duque de Uceda. Pero se me ocurre una cosa.

--Qu?

--Conocen nuestros secretos dos hombres.

--Se da de travs con ellos. Quines son?

--El to Manolillo y Francisco Martnez Montio.

--Esperad: no es vuestra amante la Dorotea, la hermosa comedianta?

--S.

--Pues por ah tenis cogido al bufn del rey.

--An queda el cocinero mayor, y ste es el tal, por lo que veo, que un
secreto se le va con la misma facilidad que se escapa el agua de una
cesta.

--Francisco Martnez Montio es harto dbil para que no le rompamos
cuando sea menester.

--An todava quedan otros enemigos, enemigos terribles que no son
vuestros enemigos...

--Quines?

--El primero, la reina.

--Ah! la reina! la tenemos segura... hay ciertas cartas que Caldern
nos vender...

--Os engais, esas cartas han desaparecido.

--Cmo!

--No sabis que don Rodrigo ha sido gravemente herido?

--S, pardiez: por ese bravo bastardo de Osuna que se nos present hace
tres das, sobre un cuartago viejo,  Olivares y  m.

--Pues el jinete de ese viejo cuartago, don Juan Tllez Girn, el marido
de doa Clara Soldevilla, el maltratador de don Rodrigo, el salvador de
la reina, ha estado  punto de dar con vosotros al traste, seores
conspiradores de palacio:  l debis el haber estado dos das separados
de vuestros oficios, aturdidos sin saber de dnde vena el golpe.

--A l!

--Mejor dicho, me lo debis  m.

--Explicos.

--Si yo no hubiera tenido ocupado  Francisco Martnez Montio en el
banquete de Estado que os d hace tres das, el cocinero mayor hubiera
estado en palacio, le hubiera encontrado su sobrino, y habindole
encontrado no se hubiera perdido en palacio, no hubiera visto  doa
Clara...

--El sobrino del cocinero del rey ha tenido tambin aventuras con esa
castsima seora?

--Como que es su marido.

--Pues cuntos maridos tiene doa Clara?

--Uno: el sobrino del cocinero del rey, que es lo mismo que don Juan
Tllez Girn.

--Ah! es cierto! me haba olvidado. Pero estamos perdiendo el tiempo.
Debemos concluir por el momento. Tenemos prendas recprocas... es decir,
estamos unidos por la necesidad. Sepamos cmo quedamos.

--Pues cmo hemos de quedar? Unidos como hemos debido estarlo siempre.

--Lo estaremos desde hoy en adelante. Para concluir, os voy  decir lo
ltimo en que debemos quedar convenidos, y eso porque es urgentsimo.

--Sepamos.

--Destierro del padre Aliaga.

--Hum! eso es algo difcil!

--Destierro del padre Aliaga!--dijo Uceda, como quien repite una orden
que no admite rplica.

--Har cuanto me sea posible.

--Separacin del lado del rey y de la reina.

--Bien.

--Destierro de doa Clara Soldevilla.

--Otra dificultad! la ama el rey!

--Destierro de doa Clara Soldevilla!

--Se procurar.

--Prisin y proceso  don Juan Tllez Girn y don Francisco de Quevedo.

--Eso ya est hecho. Don Francisco de Quevedo va camino de Segovia, y
don Juan est preso en la torre de los Lujanes.

--En cuanto al bufn y al cocinero, dejadme obrar.

--Bien, muy bien. Pero an tenemos algo que decir. Y esa mujer?

--Doa Ana de Acua?

--S, os interesa esa mujer?

--Yo no he dicho eso.

--Esa mujer, tenedlo entendido, no es mi querida; pensaba que lo fuese
por clculo; pero os la cedo.

--Yo no he dicho...

--Pues bien, padre y seor, no disputemos acerca de esto. Vine 
interrumpiros, y os dejo de nuevo libre. Estaba aqu con vos esa hermosa
seora, y justo es que con vos la deje.

El duque de Uceda sali por la puerta por donde antes haba salido doa
Ana, y volvi con ella de la mano.

--Maana nos veremos en palacio, padre y seor--dijo el duque de
Uceda--. Hasta maana.

Y sali por la misma puerta por donde haba aparecido.

Quedaron de nuevo solos el secretario de Estado universal del rey y la
cortesana.

El escndalo haba crecido. La escena tenida por el duque con su hija la
condesa de Lemos aquella maana, era nada, una cosa inocente y casi
digna, comparada con la que acababa de tener con su hijo el duque de
Uceda.

Lerma no saba ya dnde se encontraba.

Era un buque sin timn, sin velas, sin jarcias, entregado  merced del
mar  impulsado por todos los vientos.

El duque no vea.

Sin embargo, vea delante de s  doa Ana, plida, llorosa, aterrada.

El duque necesitaba decirla algo.

Vacil algn tiempo, y al fin la dijo:

--No soy el rey, pero soy sobre poco ms  menos lo mismo que el rey;
queris servirme?

--S--dijo doa Ana--; vuestra soy en cuerpo y en alma si me salvis y
me vengis.

--Vengaros! y de quin?

--Del duque de Uceda. An siento su mano sobre mi rostro; an abrasa mi
mejilla. El que ha sido villano con una mujer, deba ser infame con su
padre. De ese hombre quiero que me venguis.

--Pues bien, ayudadme.

--Os ayudar; pero para que os ayude es necesario que me salvis.

--S, s, os salvar.

--Pero de un peligro inmediato.

--Cul?

--No os dije que el to Manolillo haba matado  pualadas al sargento
mayor...?

--S.

--Pues bien; el cadver de ese hombre est aqu: est en mi casa.

--En vuestra casa!--exclam aterrado el duque.

En aquel momento se oyeron grandes golpes en la puerta de la casa y una
voz terrible, la voz del licenciado Sarmiento, que dijo desde la calle:

--Abrid  la justicia del rey!

Quedse el duque perplejo por un instante, pero luego dijo:

--Mandad  vuestros criados que abran, seora.

--Criados! no los tengo! si los he despedido para que no se
enterasen!

--Abrid  la justicia del rey!--repiti el alcalde golpeando con furia
la puerta.

--Id, id  abrir, seora--dijo el duque.

--Yo! sola!

--S; s, decs bien: iremos los dos.

Y doa Ana y el duque bajaron  abrir  la justicia.




CAPTULO LXVII

DE CMO EL LICENCIADO SARMIENTO HIZO BUENO UNA VEZ MS AL PROVERBIO QUE
DICE: QUE NO ES TAN FIERO EL LEN COMO LE PINTAN, Y DE CMO TODAS LAS
PULGAS SE VAN AL PERRO FLACO.


Apenas el duque de Uceda haba salido de casa de doa Ana y aventurdose
en la calle de Amaniel, que estaba obscura como boca de lobo,
sirvindole de gua entre las tinieblas su linterna, cuando se sinti
fuertemente sujeto por detrs y oy una voz spera que le dijo:

--Sois preso por el rey!

--Preso yo! y por quin?

--Por quien puede y debe.

--Sabis que soy grande de Espaa?

--Ah! vuecencia es grande de Espaa?

--El duque de Uceda!

--Ah! ah! una linterna! una linterna pronto!--exclam la misma voz,
que no era otra que la del licenciado Sarmiento.

Hizo luz uno de los alguaciles, es decir, abri su linterna que entreg
al alcalde, y ste vi con la luz de la linterna el rostro al duque de
Uceda.

--Ah! perdonad! perdonad! excelentsimo seor; ha sido una
equivocacin--dijo Sarmiento todo trmulo, porque su vara se rompa al
tocar  personas tan encumbradas, como una caa, fuerte para matar un
ratn, pero extremadamente intil para un len--. Perdone vuecencia, nos
hemos equivocado; cremos que vuecencia sala de una casa donde
perseguimos un delito; vuecencia perdone otra vez y no se enoje, que la
noche y las tinieblas me disculpan.

--Venid, venid ac  un lado, alcalde--dijo el duque de Uceda.

El alcalde se apart con l todo cuidadoso.

--Es necesario--dijo el duque--que nadie sepa que me habis encontrado
por estos sitios.

--Descuide vuecencia, que nadie lo sabr--dijo todo humilde y
reverencioso el alcalde.

--Y para que esto no se os vaya de la memoria, tomad.

Y di al alcalde una sortija.

--Ah, excelentsimo seor!--exclam el alcalde inclinndose hasta el
suelo y apreciando al mismo tiempo, por el tacto, que la sortija tena
una gruesa piedra.

--Si alguien tiene noticia de que me habis encontrado, os pesar.

--Descuide, descuide vuecencia, que no lo sabr nadie.

--Quedad, alcalde, con Dios.

--Dios vaya con vuecencia.

El duque se alej y el alcalde permaneci por algunos segundos inmvil.

Despus dijo con la voz no tan tonante como otras veces:

--Hola!  m!

Roderonle inmediatamente todos los alguaciles.

--El que no quiera ir  galeras--dijo el alcalde--que calle mucho.

--Y qu hemos de callar, seor alcalde?--dijo el ms audaz de los
alguaciles.

--Que hemos encontrado  ese caballero.

--Callaremos--dijeron todos.

--Ahora, hijos, yo creo que nos hemos equivocado; que ese caballero no
ha salido de la casa que cremos.

--S; s, seor; nos hemos equivocado.

--Pues bien: como ya hemos esperado harto, y tenemos que evacuar ms
diligencias en esa casa, venid conmigo.

Entonces fu cuando el alcalde se acerc  la puerta y llam.

Al tercer llamamiento se abri la puerta.

Lo primero que vi el alcalde fu delante de s un hombre embozado; pero
con tal capa y tal pluma y tal cintillo en la gorra, que le entr miedo.

--Tendremos otro grande de Espaa?--dijo.

--Entrad solo, seor alcalde--dijo gravemente el duque de Lerma.

El licenciado Sarmiento entr.

--Sois alcalde de casa y corte, segn creo?--dijo el duque.

--S; s, seor.

--Os vendra bien ir de oidor  las Indias?

--Oh! excelentsimo seor!

--No os equivocis; soy... el duque de Lerma.

--Ah!--exclam el alcalde--; perdonad, seor, pero me haban dicho que
en esta casa se haba cometido un asesinato  instigacin de...

--De quin?

--Me exige vuecencia que rompa el sigilo del proceso?

--Os lo mando.

--Pues bien: el acusado es Francisco Martnez Montio, cocinero mayor
del rey, por instigacin de don Francisco de Quevedo y Villegas y de don
Juan Tllez Girn.

--Pero eso no es verdad--dijo doa Ana que estaba detrs del duque.

--Callad, seora, callad--dijo Lerma--. Conque el acusado de ese
asesinato es el cocinero de su majestad?

--S, seor.

--Y sus cmplices Quevedo y Girn?

--S, seor.

--Venid--dijo el duque de Lerma despus de haber meditado un tanto.

El alcalde sigui al duque.

--Decid, seora--dijo Lerma  doa Ana--, dnde est el difunto?

Doa Ana se estremeci.

--Nada temis--dijo el duque--; voy  salvaros.

--El sargento mayor--dijo doa Ana--est en un patinillo, junto al
postigo que da  la calle de San Bernardino.

--Guiad, pues, seora; alcalde, venid.

Siguieron los tres adelante, atravesaron algunas habitaciones, y al fin
doa Ana se detuvo en un patinillo lbrego.

Llova con abundancia, y empapado por la lluvia, estaba en el centro del
patinillo el cadver del sargento mayor.

Doa Ana le seal con terror.

--Venais en busca de ese cadver?--dijo el duque.

--S; s, seor--contest el alcalde.

--Pues es necesario que le encontris, pero que no sea aqu.

--Cmo, seor!

--Vais  sacar este cadver por el postigo  la calle.

--Seor!

--S que os pido mucho; pero sabis lo que yo puedo hacer por vos?

--Oh, excelentsimo seor! Pero cmo he de hacerlo?

--Quitad esas luces de en medio--dijo el duque.

Doa Ana tom la linterna del alcalde, y con la suya las puso en una
habitacin inmediata.

El patinillo qued  obscuras.

Cuando volvi doa Ana, el duque la dijo:

--Abrid el postigo, seora.

--Pero abridle silenciosamente--dijo el alcalde.

Doa Ana abri en silencio el postigo.

--Ahora, alcalde, sacad ese cadver  la calle.

El alcalde, con la esperanza de merecer por el favor del duque de Lerma,
hizo, como vulgarmente se dice, de tripas corazn, asi  tientas el
cadver por los pies, le arrastr hacia el postigo y le sac fuera.

Luego entr.

--Habis concludo ya?--dijo el duque.

--S, excelentsimo seor.

[imagen: ...le arrastr hacia el postigo y le sac fuera.]

--Cerrad el postigo, seora, y despus traed las luces.

Poco despus volva con las linternas, y el duque y el alcalde
examinaban el patinillo.

--No queda rastro de sangre--dijo el duque--; la lluvia la ha lavado.

--Pero queda la mancha en la alfombra de la habitacin, donde sin culpa
ma, y sin poderlo yo evitar, ese hombre fu herido, y los rastros en
los lugares por donde ha pasado hasta aqu.

--Pues bien; quemad esa alfombra y lavad esos rastros, seora; algo
habis de hacer por vuestra parte. Ahora bien, alcalde; vais  salir de
esta casa. En ella no habis encontrado nada. En premio de vuestros
servicios, miros ya presidente de los oidores de la real audiencia de
Mjico, con tres mil ducados para costas de viaje.

--Ah! seor! excelentsimo seor!

--No es esto todo lo que tenis que hacer.

--Mande vuecencia.

--Cuando salgis de aqu, iris con vuestra ronda  la calle de San
Bernardino,  donde da ese postigo. Dentro de poco, el cocinero mayor de
su majestad saldr por ese postigo. Prendedle junto al muerto, y hacedle
cargo del delito.

--Muy bien, seor.

--Vamos, seora, guiad  la puerta principal.

Cuando estuvieron en el zagun, el duque se emboz, se cubri, y abri
la puerta.

El alcalde sali.

La puerta volvi  cerrarse.

Los alguaciles no haban visto ms que el hombre encubierto que haba
franqueado por dos veces la puerta; una para que el alcalde entrase,
otra para que saliese.

--He registrado toda la casa, hijos--deca el alcalde  los
alguaciles--y no he encontrado nada de lo que buscaba; es una nobilsima
familia,  quien conozco, y que me merece la mayor confianza. Vmonos,
pues, pero ya que estamos de faena, rondemos un poco por estos barrios,
que no son muy seguros.

Y tir adelante  la cabeza de la ronda, diciendo para su embozo:

--Si esa dama no fuera tan maravillosamente hermosa, nadie la hubiera
librado de la horca; es verdad que sin la hermosura de esa dama, no
sera yo presidente de la real audiencia de Mjico. Adelante, adelante,
pues, y acabemos con lo que nos ha dado que hacer esta noche, para m
tan venturosa.

Y diciendo esto, dobl con ansia la esquina de la calle de San
Bernardino, donde l mismo haba puesto el cadver del sargento mayor.




CAPTULO LXVIII

DE CMO SE AGRAV LA DEMENCIA DEL COCINERO MAYOR, Y ACAB POR CREERSE
ASESINO DEL SARGENTO MAYOR.


Apenas sali el duque de Lerma por la puerta principal, cuando doa Ana,
aterrada an, se fu  buscar al cocinero mayor, que se haba quedado
dentro de la casa.

Encontrle ms all de su dormitorio, en un pasadizo, rebujado en el
capotillo, temblando de miedo y de fro, y murmurando entre dientes
palabras ininteligibles.

--Oh! oh! quin es?--dijo retirndose de una manera nerviosa al ver 
doa Ana.

--Nada temis, seor Montio--dijo doa Ana--; soy yo, que de orden del
duque de Lerma, voy  echaros fuera para que os vayis  descansar.

--A descansar!  descansar! Conque sabis al fin que es el duque de
Lerma? Conque os habis arreglado? Todos se arreglan menos yo.

--Vamos, amigo mo, que es ya tarde.

--Que es ya tarde!--dijo Montio siguiendo  doa Ana que se encaminaba
 unas escaleras--; decdmelo  mi, que he estado dos horas arrinconado
en el pasadizo, y temblando, ms encogido que un orejn.

--Por lo mismo, es conveniente y justo que os volvis  vuestra casa.

--A mi casa!  mi casa! Y dnde est mi casa?

Haban bajado las escaleras y se encontraban en el patinillo.

Doa Ana lleg al postigo y le abri.

--Id con Dios, seor Montio--dijo.

--Quedad con Dios, seora--dijo el cocinero rebujndose--; pero esperad
un momento... Como veris  su excelencia... cuando nada importante
tengis que hablar, recordadle la situacin en que me hallo; ya lo sabe
su excelencia; decidle que estoy muy necesitado de amparo.

--S, s, se lo dir--contest doa Ana con suma impaciencia.

--Perdonad, perdonad, seora--dijo Montio, notando el disgusto de doa
Ana--; los desventurados creemos que nadie tiene que hacer ms que
pensar en ellos. Adis, seora, adis... y recibid mil plcemes por
vuestra buena fortuna.

--Adis, seor Francisco, adis.

El cocinero sali y doa Ana cerr con precipitacin el postigo.

--Pues seor--dijo el cocinero mayor, rebujndose de nuevo en su
capotillo--, sigue lloviendo, y la noche no es ms clara que un tizn;
y  donde voy yo ahora? El alczar estar cerrado  piedra y lodo; y
aunque no lo estuviera... por nada del mundo voy yo  mi casa 
despedazarme el alma con aquel doloroso espectculo; mi dinero!, mi
mujer!, mi hija! Vamos, me voy  casa del seor Gabriel Cornejo; no es
muy buena casa, pero mejor estar all que en la calle, y sin
linterna... y con esta noche... pues seor, por lo que pueda suceder
desnudemos la daga y vamos de prisa para llegar cuanto antes.

Y el cocinero arranc.

Pero  los pocos pasos tropez y cay.

Al caer sinti bajo de si un cuerpo humano.

Una de sus manos se apoyaba en su semblante.

Aquel semblante estaba fro y rgido.

--Dios mo! Poderoso seor! un difunto!--exclam todo erizado el
cocinero mayor.

Y para acabar de probar un terror, como despus de l no ha probado
ninguno, se oyeron algunas voces cercanas que dijeron:

--Tngase  la justicia!

--La justicia! y sobre un muerto yo!--exclam el mismo Montio--; el
infierno llueve sobre m desventuras!

A este tiempo le haban asido dos alguaciles, y el licenciado Sarmiento
inundaba con la luz de su linterna el semblante de Montio, que estaba
lvido, descompuesto, desencajado; el triste temblaba, gema, no poda
tenerse de pie, y si no se caa era por los dos alguaciles.

--Me van  matar!--dijo con el acento de angustia ms pico, ms
terrible que ha odo nunca un alcalde de casa y corte.

--Pues qu queris que hagamos con vos, seor asesino,  quien
encontramos cebndoos en vuestra vctima y con el homicida arma an en
la mano?

--La daga que haba desnudado para defenderme y que me pierde!--exclam
el desdichado.

--Amarradle y con l  la crcel--dijo el bribn del licenciado
Sarmiento.

Los alguaciles sacaron cuerdas de sus gregescos y ataron codo con codo
 Montio.

--Pero qu vais  hacer conmigo?--exclamaba el infeliz llorando.

--Brinco ms  menos, bailars, hijo, y bailars en el aire--dijo un
alguacil.

--Que bailar! Para bailar estoy yo! Yo no quiero bailar--dijo
Montio.

--Que quieras que no quieras,  la fuerza ahorcan--repuso otro de los
alguaciles.

--Ahorcan! Que me ahorcarn! Conque despus de haber sido robado en
cuerpo y alma, he de ser ahorcado!

--Si probis que el hombre que habis muerto era un ladrn...--dijo el
alcalde.

--Pero si yo, seor, no he muerto  ningn hombre--dijo Montio--; si
yo no he matado jams otra cosa que pavos, capones y conejos!

--Si probis que el hombre  quien habis muerto era un ladrn, y que le
habis muerto en defensa propia, seris absuelto... no lo dudis... pero
si no, seris ahorcado como asesino. Veamos, pues, qu tales trazas
tiene el difunto.

--Es un sargento mayor--dijo un alguacil.

--Un sargento mayor!...--exclam Montio.

Y de una manera instintiva arroj una mirada cobarde al cadver, cuyo
semblante estaba alumbrado por la luz de la linterna de un alguacil.

--Don Juan de Guzmn!--exclam Montio reconocindole--el infame que
me ha robado mi dinero, mi mujer y mi hija!

--Ah, ah! Le conocis?--dijo el licenciado Sarmiento--y adems decs
que ese hombre os ha causado perjuicios?

--Perjuicios! Dios slo sabe lo que ese infame ha hecho conmigo!

--Aunque yo no os hubiera encontrado sobre el cadver y con la daga en
la mano, y  tales horas y en tal noche, las palabras que acabis de
decir y que demuestran que sois enemigo del muerto, bastan para
llevaros  la horca. Pero no perdamos tiempo. Adelante con l,  la
crcel, hijos; uno de vosotros avisad  la parroquia y que vengan por el
muerto.

El licenciado Sarmiento ech  andar hacia la crcel de corte, y los
alguaciles empujaron  Montio, que se resista instintivamente  ir
preso.

Al fin, inflexible el alcalde de casa y corte  las splicas y  las
declamaciones, Montio fu,  mejor dicho, fu llevado por los
alguaciles  la crcel, donde le arrojaron en un calabozo en que haba
otros presos.

Cuando Montio oy crujir las cadenas y rechinar los cerrojos de la
puerta, se desmay.




CAPTULO LXIX

EN QUE CONTINAN LAS DESVENTURAS DEL COCINERO MAYOR, Y SE VE QUE LA
FATALIDAD LE HABA TOMADO POR SU INSTRUMENTO


Un farol de hierro con un vidrio empaado, clavado  grande altura en la
pared, arrojaba una luz turbia sobre el calabozo destartalado, negro,
hmedo, un verdadero antro, alrededor del cual haba un poyo de piedra.

Francisco Martnez Montio no pudo ver nada de esto, porque tal iba
cuando entr,  cuando le entraron en el calabozo, que no vea: ni los
que estaban all pudieron verle el rostro, porque los alguaciles le
dejaron en la sombra negra proyectada por el farol.

Eran los que all estaban dos hombres y dos mujeres.

No poda verse el semblante de ninguno de ellos, porque estaban
replegados en s mismos, en un ngulo los dos hombres, silenciosos y
sombros, y en otro, las dos mujeres abrazadas, una de las cuales
lloraba silenciosamente.

Pas como media hora, y con el fro del calabozo, que era mayor que el
que haca al aire libre, y con la inmovilidad, pas el vrtigo que
dominaba al cocinero mayor. Levant primero la cabeza, y mir con la
expresin ms miserable del mundo en torno suyo; luego desenvolvi unos
tras otros las piernas y los brazos, y al fin se puso de pie.

Entonces not que le faltaban la espada y la daga.

Esto era natural, porque  un preso no se le dejan armas.

Pero lo que no era natural y lo que le asust, fu el reparar que su
bolsillo no pesaba. Se registr y hall que no hallaba el dinero que en
los bolsillos haba tenido.

Busc la placa de oro con la cruz de Santiago esmaltada, que le haba
dado para su ex sobrino don Juan Tllez Girn, el duque de Lerma, y
hall que no pareca; vivamente asustado, busc con ansia el vale que le
haba dado el duque de Lerma por valor de mil ducados, y hall que
tampoco pareca; un enorme reloj de plata, que Montio usaba para acudir
con regularidad  las funciones de su oficio, haba tambin
desaparecido; y, por ltimo, hasta le haban despojado del lienzo de
narices.

Entonces la amargura de Montio no conoci lmites.

Job en padecimientos y Jeremas en lamentaciones, se quedaban muy por
bajo de l.

Tena sino de ser robado y hasta la justicia le robaba.

Los alguaciles le haban despojado completamente.

Al primer grito herido de Montio, una de las dos mujeres levant la
cabeza, y la otra se estrech ms contra su compaera; en el momento en
que una de las mujeres le mir, la luz del farol hera de lleno la calva
frente de Montio, levantada al cielo en una actitud ms pica y ms
impa que la que puede suponerse en Ayax amenazando  los dioses; verle
aquella mujer, y esconder otra vez, temblando, su cabeza, entre el seno
y el hombro de su compaera, fu todo cosa de un momento, y uno de los
dos hombres que estaban en un ngulo, y que no le vean el rostro por la
razn capital de que le vean las espaldas, le dijo con acento spero 
insolente:

--Hganos el menguado la merced de callar, que aqu, al que ms y al que
menos le huele el pescuezo  camo, y no alborote de ese modo.

Desde la primera palabra que aquel hombre dijo, tom el semblante del
cocinero una expresin espantosa de sorpresa y de rabia, que fu
aumentando  medida que el otro pronunciaba su poco corts, aunque breve
razonamiento, y haban ya acabado, y an duraba el mutismo colrico de
Montio y su temblor horrible.

Al fin dijo con voz cavernosa:

--Ah! ests t ah, miserable, engendro del diablo, infame Cosme
Aldaba, galopn maldito, envenenador protervo? pues espera, espera, que
al fin te tengo en mis manos y frailes franciscos que vengan no te han
de valer.

Y se arroj furioso sobre los dos hombres.

Pero uno de ellos se levant y adelant hasta Montio, sujetndole por
los brazos con unas fuerzas hercleas.

--Eh! qu vais  hacer con este pobre muchacho, seor Francisco
Montio?--dijo con acento socarrn--es de personas hidalgas querer
maltratar  los amigos que se encuentran cuando se crean perdidos?

--Amigos eh? amigos que me roban mi caudal, y juntamente con l mi
mujer y mi hija.

--Quin os las quita? ah las tenis en aquel lado, que no se atreven 
hablaros las pobres porque temen que las maltratis.

--Mi Luisa! mi Ins!--dijo el imbcil Montio olvidndolo todo por su
amor de padre y de marido.

--S, s; t Ins y t Luisa--dijo alentada por aquel reblandecimiento
del cocinero mayor, su mujer, que ella era en efecto.

En vano quiso Montio recobrarse; Luisa se haba abalanzado  su cuello
por una parte y por otra Ins, alentada por el ejemplo de su madrastra;
vea por un lado los negros ojos de Luisa, que le miraban de una manera
tentadora, y por otro la dulce  infantil cabeza de Ins que le miraba
suplicante.

Fuera  no criminal su familia, Montio la haba llorado, y al
encontrarla de nuevo junto  s, de una manera orgnica, por razn de
temperamento, sin poderlo evitar, sin pensar en evitarlo, se alegraba.

Aquella era una nueva desgracia que suceda al cocinero mayor.

No puede concebirse la audacia de Luisa, sino por la esperanza de que la
debilidad de su marido la salvara del apuradsimo trance en que se
encontraba.

Porque no se les haba dicho por qu se les haba preso, y la prisin no
poda ser resultado sino del envenenamiento de la reina  del robo hecho
 Montio.

Si se les hubiera preso por lo primero, les hubieran cargado de cadenas,
les hubieran maltratado, les hubieran tomado inmediatamente alguna
declaracin; por alguna palabra al menos, hubieran comprendido la causa
de su prisin; nada de esto haba sucedido; luego no estaban presos por
el envenenamiento de la reina, sino por su fuga y por el robo.

Esto, sin embargo, no estaba claro, y Luisa quera ponerlo como la luz
del sol; porque tratndose de asuntos de su marido, Luisa estaba segura
de domesticarle.

--Y os atrevis  abrazarme despus de lo que habis hecho,
miserables?--dijo al fin el cocinero mayor, que quera conservar su
entereza.

--Y qu hemos hecho, seor, ms que lo que debamos?--dijo con la mayor
audacia Cristbal Cuero, el paje rubio amante de la Inesilla.

--Cmo que lo que debais? Pues no habis intentado envenenar  su
majestad?

--Quin os ha dicho eso, seor Montio?--dijo Cristbal.

--Quin ha de habrmelo dicho? Los funestos, los terribles resultados!

--Cmo! pues qu ha sucedido?--dijo Luisa,  quien se la puso un nudo
en la garganta.

--El paje Gonzalo ha muerto de repente.

--Y qu tenemos que ver con la muerte de Gonzalo?

--Cmo! infames! qu tenis que ver? Sabis por qu ha muerto el
paje?

--Por lo que se muere todo el que entierran--dijo Cosme Aldaba--, porque
se le ha acabado la mecha.

--Vil ratn de cocina! asesino! infame!--exclam el cocinero mayor--;
ha muerto por haber comido una perdiz que se sirvi en la mesa de su
majestad.

Todos se pusieron plidos; pero Cristbal Cuero conserv toda su
serenidad.

--Y ha comido la reina?--dijo.

--La providencia de Dios ha salvado por fortuna  su majestad.

--Pues yo digo--contest con una serenidad irritante Cristbal Cuero--,
que es lstima que su majestad no haya comido.

--Cmo! monstruo! cuando debas dar gracias  Dios de que tu crimen
no haya producido todo el terrible resultado que esperabas, infame,
deploras que ese gran crimen se haya frustrado!

--Seor Francisco--dijo con una gran serenidad el paje--, os han
informado mal.

--Que me han informado mal?

--S por cierto: sabis lo que eran los polvos con que se avi la
perdiz que se puso en la mesa de su majestad?

--Un veneno tal, que el paje Gonzalo que comi las pechugas de la
perdiz, revent  los cuatro minutos, y que hizo que el gato del to
Manolillo, que siempre est hambriento, no quisiera comer los pocos
restos que quedaron de la perdiz.

--Pues, bien, seor Francisco Martnez Montio: los polvos de que
hablamos (aqu tengo todava parte en este papel), no son un veneno,
sino un hechizo.

--Un hechizo!--dijo el cocinero tomando el papel.

--S; s, seor; un hechizo que no puede matar  la persona que se la da
porque est hecho para ella, y se tiene en cuenta si es mujer  hombre y
el da de su nacimiento, y su estado, y otras muchas cosas. Ahora, si le
toma una persona distinta de aquella para quien se ha hecho, aquella
persona muere.

Dijo con tal soltura y con tal aplomo estas palabras Cristbal Cuero,
que Montio se desconcert, dud, vacil y empez  ver las cosas de
distinto color.

--Pero para qu se daban esos hechizos  su majestad?

--Od, seor Francisco: la mujer que tales hechizos toma, se vuelve lo
ms obediente del mundo para su marido.

--Oh, oh!--exclam Montio--,  quien empezaban  parecer bien aquellos
polvos; y para qu queran que la reina fuese obediente al rey? y
quin lo quera?

--Os dir, seor Francisco: la reina, en la apariencia, obedece al rey;
pero en realidad conspira.

--Ah, ah! eso es cierto.

--Pues bien; con las conspiraciones de la reina no se puede gobernar.

--Ah, ya!

--Y como su excelencia el duque de Lerma, quiere labrar la prosperidad
en los reinos de su majestad...

--Ah, ya!

--He aqu que un da encarg  don Rodrigo Caldern que buscara un medio
para que la reina no conspirara; y don Rodrigo busc al sargento mayor
don Juan de Guzmn para que viese de qu modo poda hacer el que la
reina no conspirase.

--No se lo volver  encargar ms--dijo con acento lgubre Montio.

--Y por qu, esposo y seor?--dijo suavemente Luisa.

--Porque nadie encarga nada  los muertos--contest con acento
doblemente lgubre el cocinero.

--Que ha muerto!--pregunt con la misma suavidad y la misma
indiferencia Luisa.

--Pues por qu estoy yo aqu?--exclam en una de sus chillonas salidas
de tono Montio.

--Cmo, marido mo! vos que sois tan humano y tan compasivo, habis
matado  un hombre?--dijo Luisa.

--Y si le hubiera matado, razones me hubieran sobrado para ello,
seora--exclam con acento amenazador Montio.

--Razones!

--S; s, seora! pues no rais vos amante de ese hombre?

--Yo?... que yo era amante de!... de ese hombre!... Dios mo!... y
sois vos!... vos, mi marido!... quien me dice!... esa calumnia
horrible!... yo, la mujer ms honrada que ha nacido de madre!

--Conque vos sois honrada!... y habis salido de mi casa!... y me
habis pervertido mi hija!... y me habis robado!...

--Ta, ta, ta!--dijo con el aplomo ms admirable Cristbal Cuero; que
vuestra mujer, que esta santa os ha robado! lo que ha hecho es lo que
no hubiera hecho ninguna mujer!

--Crolo bien, porque ninguna mujer hubiera cometido contra m tan negra
infamia.

--Llamis infamia poner  salvo vuestro dinero?

--Cmo! que mi dinero est en salvo! y dnde?

--Casa del seor Gabriel Cornejo.

--Que estn all mis sesenta mil ducados?

--S; s, seor.

--Dios mo!--exclam Montio--. Pero eso no puede ser... sera
demasiada fortuna... ese dinero que yo he ganado con tantos afanes...
perderlo... llorarlo... volverlo  encontrar.

--S; s... encontrado lo tenis y no lo tenis...

--Cmo, pues qu! hay alguna duda?--exclam alentando apenas el
cocinero mayor.

--Yo he entregado ese dinero al seor Gabriel Cornejo--dijo Cristbal--,
 mi es  quien el seor Gabriel lo entregar nicamente.

--Pues le llamaremos, le llamaremos, hijo; por eso no quede... no veo
duda alguna.

--Es que yo, seor Francisco, no pedir al seor Gabriel Cornejo ese
dinero, sino yendo  su casa  pedrselo; es decir, estando en libertad.

--Y cmo puede ser eso? pecador de m!--dijo lleno de angustia
Montio.

--En vos consiste.

--En m!

--S, seor Francisco; en vos y slo en vos, porque slo por vos estamos
presos.

--Por m?

--S por cierto; no decs que la reina no ha comido de la perdiz?

--Si hubiera comido... hubiera muerto como el paje.

--S, s, tenis razn... hubiera muerto--dijo Cosme Aldaba.

--Cmo! pues no deca Cristbal que los polvos con que estaba
aderezada la perdiz eran un hechizo?

--Bah! Cristbal y vuestra mujer creen eso, pero yo no lo cre nunca.

--Ah, Judas traidor! conque t sabas que era veneno?

--Como vos sabis que os llamis Francisco; me lo haba dicho don Juan
de Guzmn, y... me haba ofrecido tanto dinero...

--Oh! infame!

--Para ganarlo necesitaba yo estar en las cocinas... vos me habais
despedido... era urgente el negocio... entonces fu  ver  vuestra
mujer, y la rogu, la supliqu... si vos hubirais estado... os hubiera
rogado tambin.

--Infame!

--Ello es que ya no tiene remedio lo hecho... busquemos la salida.
Vuestra esposa me llev inocentemente  las cocinas... yo aderec la
perdiz... pero en el momento que estuvo servida, me fu  vuestro
aposento y dije  vuestra mujer... salvos...; la dije que podais ser
preso... y en esto fu hombre de bien, porque pudiendo salvarme solo,
quise salvaros tambin.

--Despus de haberme perdido... Dios mo! yo no s cmo puedo mirarte 
la cara, miserable! conque es decir que si su majestad come de la
perdiz...!

--Os ahorcan! y por eso yo avis  vuestra mujer; como no estbais en
la casa, vuestra mujer procur salvarse, y salvar vuestro caudal...
dejamos encargado  cierta persona que os avisara, pero sin duda no ha
dado con vos.

--Bueno he andado yo todo el da!

--No culpis, pues, ni  vuestra esposa, ni  vuestra hija, ni  su
novio. Yo tengo la culpa de todo, seor Francisco, y yo os prometo que
en saliendo de aqu no me veris ms, porque ir  meterme fraile.

--Y crees t que yo dejar que tu crimen quede impune por mi parte?

--Ah! queris dar parte  la justicia!

--Es mi obligacin; me lo manda mi conciencia.

--Pues bueno; iremos juntos  la horca... todos  la horca... sin
escapar siquiera ni vuestra mujer ni vuestra hija.

Montio lanz un rugido de rabia, de dolor, de miedo.

--Conque, qu os parece?

--Qu ha de parecerme--dijo Montio despus de algunos momentos de un
silencio enrgicamente expresivo--, qu ha de parecerme sino que estoy
en poder de Satans?

--Pues bien; s, es verdad--dijo Cristbal Cuero--, pero Satans os
tiene tan bien agarrado, que no os soltar  tres tirones. En vos
consiste recoger vuestro caudal, tener  vuestra mujer y  vuestra hija,
 que nos ahorquen  todos. Escoged.

--Pero cmo puedo yo hacer...?--dijo Montio en el colmo de la
desesperacin.

--Decid que no tenis queja alguna de vuestra esposa, de vuestra hija ni
de nosotros.

--Eso no puede ser.

--Tened toda la queja que queris, pero no lo digis  nadie--dijo Cosme
Aldaba.

--Y os soltarn...?--dijo Montio.

--Indudablemente.

--Pero yo me quedar aqu.

--Vos, marido mo!

--S, s por cierto; como que me acusan de haber dado muerte  vuestro
amante.

--Decid al sargento mayor don Juan de Guzmn, pero no digis  mi
amante--exclam con altanera Luisa--; sobre todo, no deis mal ejemplo 
vuestra hija diciendo delante de ella tales cosas.

--Mi hija...! tan perdida como vos!

--Padre!--exclam con su dulce voz la Inesilla--; es verdad que quiero
 Cristbal, pero le quiero para mi marido... y mirad, seor, que mi
madre es una mujer honrada.

--Hum!--dijo el cocinero mayor--. Pero eso no quita el que yo tenga
encima un proceso.

--Y sois vos en efecto quien ha matado al sargento mayor?--dijo Luisa,
cuya voz estaba perfectamente serena.

--Os dir... no lo puedo asegurar... no s de fijo si le he matado 
no.

--Que no lo sabis? pues entonces quin lo sabe?

--Dios!

--Pero explicos.

--Sala yo de una casa, pero como la hora era alta y la noche lbrega y
el barrio apartado, desnud la daga... me previne...  los pocos pasos
tropiezo, caigo, y me encuentro sobre un cuerpo humano, y con la
justicia encima, que vindome con la daga desnuda y sobre un difunto, me
toma por un homicida, y me prende.

--Decidme, seor Francisco--pregunt Cosme Aldaba--, llevbais vos la
daga de punta?

--No me acuerdo--contest con angustia Montio.

--Pero es muy posible que la llevseis con la punta al frente.

--S, que es muy posible.

--Pudo ser muy bien, que entre lo obscuro tropezseis con don Juan de
Guzmn.

--No me acuerdo, pero pudo ser.

--Cay don Juan, y vos sobre l... eso ha sido... un homicidio
involuntario...

--Dios que le llevaba  aquellas horas para su castigo, al infame; pero
Dios mo! haberlo yo matado sin saberlo!...

--Si os quejis de vuestra mujer--dijo gravemente Cristbal
Cuero--tenis que fundar la razn de vuestra queja; si la acusis de
amores con don Juan de Guzmn, os acusis del homicidio.

--Y es verdad!--exclam en una nueva salida de tono Montio.

--Cuando por el contrario, si decs que vuestra mujer es honrada y
buena, y que os satisfacen las razones por qu se sali de vuestra casa
con vuestra hija y con vuestro dinero, nos salvamos todos.

--Yo?... cmo me salvo yo?

--Recobrando vuestro dinero, que de otra manera no recobrarais, y
entorpeciendo con l las ruedas del carro de la justicia,  fin de que
eche por otro camino.

--Pero... sepamos, sepmoslo todo: cmo y dnde os han preso?

--En el camino de las Pozas, cuando bamos sobre cuatro jumentos en
busca de un casero donde pasar la noche.

--Ibamos  Navalcarnero, esposo--dijo Luisa.

--Y no os han dicho nada?

--Nada ms, sino que la justicia nos prenda.

--Pues bien; el duque de Lerma os prendi, porque yo se lo ped al duque
de Lerma, y el duque os soltar, porque yo le pedir que os suelte. A
seguida, t, Cristbal, irs  casa del seor Gabriel y me devolvers mi
dinero.

--En seguida.

--Oh! qu alegra, madre!--exclam la Inesilla--; ya no os harn
nada?

--Nada, hija ma.

--Ni nos ahorcarn!

--Quin piensa en la horca?

--Eh! callad! callad por Dios!--dijo el cocinero--, que parece que se
acerca gente.

--En efecto, se oan pasos fuera del calabozo y en direccin  l.

Todos se callaron y se acurrucaron cada cual en su sitio.

Despus de haber crujido tres llaves y tres cerrojos la puerta del
calabozo se abri, y un carcelero dijo desde ella:

--Seor Francisco Martnez Montio: salid.

Confuso, sin atreverse  alegrarse, temeroso de una nueva desdicha, el
cocinero mayor sali y sigui al carcelero.

Se cerr de nuevo la puerta y se oyeron los tres cerrojos y las tres
llaves.




CAPTULO LXX

EN QUE SE ENNEGRECE GRAVEMENTE EL CARCTER DEL TO MANOLILLO


Cuando el duque de Lerma, de vuelta de la casa de doa Ana, lleg al
postigo de la suya, se le atraves un bulto embozado.

--Hola!--le dijo aquel bulto--; detente y escucha.

--Ah! eres t, bufn!--dijo el duque contrariado.

--Soy tu amo--contest el to Manolillo.

--Qu quieres?

--Muy poca cosa: una orden tuya al alcaide de la crcel de Villa, para
que me deje hablar  solas, cuando yo quiera, con el cocinero mayor del
rey.

--Cmo? Montio est preso? y por qu?

--Por un homicidio.

--Pero  quin ha muerto?

--Al amante de su mujer.

--Cmo! no lo habas matado t?

--Ah! es verdad que sabes que yo he matado  ese infame. Pues bien,
tengo suerte; la justicia, no s por qu ni cmo, ha encontrado daga en
mano y sobre el cadver de Guzmn  Montio; me quito un muerto de
encima. Pero tengo mis proyectos; necesito hablar al cocinero de su
majestad. Conque la orden.

--Entra--dijo el duque,  quien como sabemos tena sujeto el bufn.

--No, te espero aqu; no quiero subir escaleras: bjame t mismo la
orden.

Como ven nuestros lectores, para lo que haban sacado  Montio del
calabozo era para que hablase con el bufn.

Pasebase ste en una de las habitaciones de la alcaida.

Haba dejado la capa y el sombrero que estaban empapados en agua, y as,
con los brazos cruzados, encorvado, meditabundo, con la cabeza sobre el
pecho, tena algo de terrible.

El carcelero introdujo en la habitacin  Montio, y con arreglo  las
rdenes que tena, sali y cerr la puerta.

--Venid ac, to Francisco, venid ac--le dijo el bufn--; tenemos que
hablar mucho y grave.

--Ah, to Manolillo! mucho y grave es lo que  m me sucede--dijo
compungido el cocinero mayor.

--Sois el rigor de las desdichas, Montio, y por vuestra torpeza y
vuestra cobarda hacis esas desdichas mayores; y esa horrible
codicia...

--Yo crea que venais  otra cosa, to Manolillo--dijo el cocinero--, y
no  reirme por desgracias que yo no he podido evitar.

--En efecto--contest el bufn--, vengo  sacaros de aqu.

--A sacarme! Ah! Dios os bendiga, to Manolillo! no esperaba tanto...
pero vos sabis que yo soy un hombre de bien, muy desgraciado, eso s,
pero que no he hecho mal  nadie.

--Que no habis hecho mal  nadie? Vos tenis la culpa de lo que est
sucediendo desde hace cuatro das: vos, torpe y miserable, vendido 
todos, volvindose  todos los vientos... vos, por quien ha venido 
Madrid ese hombre fatal.

--Qu hombre?

--Don Juan Tllez Girn.

--Pero yo no tengo la culpa; me le envi mi hermano Pedro...

--Y por qu no le admitsteis en vuestra casa?...

--En mi casa?...

--S; si vuestro sobrino, es decir, si don Juan cuando os busc os
hubiera encontrado...

--Pero tengo yo la culpa de no haber estado en mi casa cuando lleg 
Madrid ese caballero?

--Pero cuando os encontr, por qu le dejsteis?...

--Cmo llevarle, joven y buen mozo en compaa de mi mujer y de mi
hija?

--Que os han robado, y os han abandonado, y os han deshonrado...

--No; no, seor; eso crea yo... pero mi mujer me ama, mi mujer es
honrada, y mi hija...

--Y si vuestra mujer es honrada, por qu habis matado al sargento
mayor?

--Yo! que he matado yo  don Juan de Guzmn!

--Pues si no le habis matado, por qu estis preso?

--Si le he matado--dijo el cocinero en una de sus frecuentes salidas de
tono--, ha sido sin querer... os lo juro... llevaba yo la daga por
delante... la noche era muy obscura...

--Ments!--dijo el bufn mirando profundamente al cocinero, cuyo
semblante estaba desencajado--; ments tan descaradamente, como
villanamente habis muerto al sargento mayor!

--Os lo juro que yo, ni aun siquiera saba que poda encontrrmele.

--Ments! vos sabais demasiado que don Juan de Guzmn,  ms de ser
amante de vuestra mujer...

--Ah! no, no, to Manolillo; eso ha sido una equivocacin.

--Sabais--insisti el bufn--, que  ms de ser amante de vuestra
mujer, lo era tambin de cierta dama buscona: de doa Ana de Acua...

--Ah! no! no!

--Se os puede probar.

--Que se me puede probar?

--S, con el testimonio del duque de Lerma, y con el mo.

--Y bien, aunque se me pruebe que yo saba eso...

--Habis matado  don Juan de Guzmn junto al postigo de la casa de
doa Ana; all, junto al cadver, hierro en mano, os ha encontrado la
justicia. A qu bais por all, seor Francisco Martnez Montio?

Pronunci de una manera tan fatdica estas palabras, que Montio se
aterr; aturdido, embrollado su pensamiento, lleg  creer lo que no
haba visto claro; esto es: que en efecto y por una terrible casualidad,
hermana de las inauditas que le estaban abrumando desde que lleg 
Madrid su sobrino postizo, haba matado sin quererlo, sin sospecharlo
siquiera, al amante de su mujer. Vi que todas las apariencias estaban
en contra suya, y se ech  llorar.

--Ha sido un asesinato meditado, llevado  cabo con una frialdad
horrible--dijo el bufn--:  un asesino tal, se le ahorca...

--Que me ahorcarn!... Dios mo! y no hay remedio!

--La ley es rigurosa y expresa... y no era necesario que vuestro proceso
estuviese en manos del terrible alcalde de casa y corte, Ruy Prez
Sarmiento, que se perece por ahorcar gente; cualquier otro alcalde, por
bueno y por compasivo que fuese, os entregara al verdugo.

--Y habis venido  decirme eso, cuando yo, triste de m! crea que
venais  salvarme?

--Sois mezquino y cobarde, que si no lo furais, yo os salvara.

--Vos!

--Yo!

--Y podis?

--Puedo.

--Os dar mi caudal.

--Yo no quiero vuestro oro.

--Pues qu queris? Vos queris algo.

--Quiero vuestra conciencia.

--Mi conciencia!

--S, quiero que matis  la persona que una persona que yo os dir, os
nombre.

--Matar! yo no tengo valor para matar... yo no he matado  nadie.

--Habis matado hace dos horas...

--Sin saberlo, sin quererlo, Dios mo!

--Lo que no impedir que vayis al patbulo.

--Dios mo! Dios mo!

--Ya que habis matado un hombre, matad una mujer, y nada os
acontecer.

--Pero ya os he dicho que no me atrever nunca... oh! no! no tengo
valor.

--No ser necesario que la hiris.

--No os entiendo.

--Un cocinero puede matar...

--Ah!

--Con un guiso hecho por su propia mano...

--Ah! pero... el veneno... yo no he pensado jams en eso...

--Buscad el veneno.

Montio se acord entonces de que tena en el bolsillo los polvos que le
haba dado envueltos en un papel el paje Cristbal Cuero.

--El veneno!--exclam--un veneno que mata en cinco minutos! como
muri ayer el paje Gonzalo!...

--Eso es...

--No... y cien veces no...

--Pues  la horca por asesino.

--Dios mo! pero dejadme pensarlo.

--Ni un momento.

--Pues bien--dijo Montio--, sobre vuestra conciencia caer ese
asesinato... no ser yo quien mate, sino vos... que me dis  elegir
entre mi muerte... una muerte horrible, y la muerte de otro.

--En buen hora; yo cargo sobre mi conciencia con ese crimen.

--Y si sabis que es un crimen, por qu le cometis?

--Seor Francisco, no hablemos ms de esto; dentro de dos horas estaris
en libertad.

--Absuelto de la acusacin?... es muy justo.

--No, absuelto no; se os pondr en libertad bajo fianza, pero tendris 
Madrid por crcel, y os guardar yo; os juro que en el momento que
queris huir, os prendo.

--Es decir, que me tenis sujeto?...

--Cuando me hayis servido, el proceso se rasgar.

--Oh! Dios mo! Dios mo!--exclam trmulo, anonadado, el cocinero
mayor--. Tened compasin de m!

--Hasta maana, que ir  veros  vuestra casa--dijo el bufn llamando 
la puerta de la habitacin en que se encontraban.

Abri el que hasta all haba llevado al cocinero mayor, y el bufn le
dijo:

--Dejad aqu  ese hombre; no le bajis al encierro; dentro de poco
saldr de la crcel con fianza. Adis.

El bufn desapareci.

El carcelero cerr la puerta.

Montio, inmvil, con los escasos cabellos erizados de horror, se qued
en el sitio donde le haba dejado el bufn, murmurando:

--Desdichado de m! para librarme del castigo de ese crimen que no he
cometido, me veo obligado  cometer un crimen horroroso. Y quin ser
esa persona que quieren que mate yo?




CAPTULO LXXI

DE CMO QUEVEDO DEJ DE SER PRESO POR LA JUSTICIA PARA SER PRESO POR EL
AMOR


Iba Quevedo en la litera y  obscuras, aunque sin ir en la litera 
obscuras hubiera tambin ido por lo tenebroso de la noche, y luchando
con un milln de conjeturas,  ninguna de las cuales encontraba una
explicacin razonable.

Esto suceda al principio de la noche.

La litera, segn poda juzgar Quevedo por el silencio que le rodeaba,
slo interrumpido de tiempo en tiempo por lejanos ladridos de perros
campestres y por lo sordo de los pasos de las cabalgaduras de sus
guardianes, adelantaba por un camino.

Oase adems el lento, montono y acompasado rumor de aquella lluvia
tenaz que no haba cesado durante cuatro das.

La soledad y el silencio, turbado slo por estos ruidos melanclicos,
influyen de una manera poderosa sobre el pensamiento, le concentran, le
entristecen, le dan un giro especial en armona con las impresiones
externas.

Quevedo meditaba lentamente.

Senta en su cerebro el embrin de algo cuyas formas no poda
determinar, embrin que con su misterio le traa cuidadoso, y ms que
cuidadoso, cobarde.

Pas muy bien una hora sin que sobreviniese ningn incidente, pero de
improviso son muy cerca un arcabuzazo, y tras ste un grito de dolor, y
tras el grito un golpe sordo como el de un cuerpo humano que hubiese
cado desplomado desde un caballo  tierra.

La litera se detuvo.

Sonaron otros dos tiros, y otros dos gritos, y otras dos cadas y
algunas voces confusas.

--Pues esto es peor, mucho peor--dijo Quevedo--; parceme que en esto
andan mis enemigos y que perderme quieren; achacarnme resistencia  la
justicia, embrollarnme el proceso y bien podr ser que algo ms que
negro me sobrevenga. Espaa est en manos de bandidos; en nada se
repara; artes del diablo se ponen en uso y lo mismo se derrama la sangre
de los hombres para cualquier enredo villano, que agua de lavadero.
Malhayan de Dios los reyes tontos, que dan ocasin  la soberbia y  la
codicia de los pcaros. Pero quines sern stos? Parceme que andan en
litera.

En efecto, sonaba una llave en la portezuela.

Esta se abri.

La luz de una linterna penetr en el interior.

Quevedo mir profundamente al bulto que estaba pegado al brazo que tena
la linterna.

Pero nada vi ms que el bulto.

--Ah! vive Dios!--exclam una voz ronca--. Por bien empleado doy el
trabajo que me ha costado encontrar la llave en la ropilla de uno de
esos alguaciles,  quien el diablo hospeda sin duda en estos momentos en
la mejor cmara del infierno.

--Ah! voto !... eres t, Juan de Francisco?--dijo Quevedo
reconocindole por la voz.

--Humilde criado de vuesa merced--contest el matn.

--Pues si mi criado te confiesas, mndote que te entres, que lugar hay
en este calabozo andante, y que me expliques...

--Con mil amores, don Francisco; pero esperad, voy  dar  mis bravos
muchachos la orden de que nos volvamos  Madrid.

--Conque  Madrid nos volvemos?

--De orden superior.

--Como quien dice, de orden de su majestad el dinero.

--Pues  quien otro obedezco yo?

--Despacha, hijo, y ven y entendmonos.

Francisco de Juara se separ de la litera y di algunas rdenes en voz
baja y rpida.

Luego,  obscuras, entr en la litera, se sent  tientas al lado de
Quevedo, cerr la portezuela  inmediatamente sta se puso en marcha.

--Quin ha armado todo esto?--dijo Quevedo.

--Una mujer que os ama.

--Ah! por mis pecados, condesa de Lemos--dijo Quevedo--, que no saba
yo que tan valiente rais.

--Las mujeres son diablos, don Francisco--repuso Juara.

--Y aun archidiablos; una perdi al mundo y sus nietas siguen
perdindole; aconsejadas siguen por el diablo. Audacia como ella! Pero
cuenta, hijo, cuenta; as entretendremos el tiempo. Cmo te me he
venido yo  las manos? Lance ms donoso!

--Esta maana--dijo Juara--, en la hora en que fu  comer mi olla,
encontrme con un criado de la condesa de Lemos, antiguo amigo y
compaero mo. Este tal me dijo sin rodeos: traigo para ti treinta
doblones.

--Pues quiera Dios que yo los pueda tomar, que harto bien me
vienen--repliqu--, y los doblones no llueven as como se quiera; de
qu se trata?

--De un empeo bravo--me contest mi amigo--; esta noche al obscurecer,
irs  ponerte en el lugar que mejor te parezca del camino de Segovia;
no tardar mucho en pasar una litera resguardada por cuatro alguaciles 
caballo: quitas  esos alguaciles el preso que ir en la litera, y vente
con l por el portillo de la Campanilla.

Como vuesa merced conoce, don Francisco, todo era negocio de ir 
galeras; yo las conozco ya y ellas me conocen, y no era cosa, por temor
de volver  _gurapas_, de despreciar treinta buenos de los de  ocho, de
presente, y otros treinta de aadidura, una vez cumplido el empeo.

--Por supuesto, que tu compadre te dara alguna luz?--dijo Quevedo.

--Dimela sin quererlo, hacindome l el encargo; porque habis de
saber, don Francisco, que como os he dicho, yo saba que es criado de la
condesa de Lemos.

--Ta! ta! y qu sabas t?...

--Ola de una legua el encargo  faldas... yo soy muy prctico en estos
negocios... lo que no pude adivinar, fu que vos fuseis el galn que
haba de robar  la justicia. Suerte tenis!...

--Como ma!

--Os quejis an? preso os llevan, y una mujer os salva, tan hermosa
como la condesa. Otro en vuestro lugar, vera el cielo abierto.

--Verale yo, si la litera abrieses, y en Madrid pudiese encerrarme y
perderme; que si tal hicieras, doble habas de ganar de lo que has
ganado.

--No hablemos de eso una palabra, porque no me conviene serviros de ese
modo... temo  la condesa ms que  una daga huda, y por nada del mundo
me atrevera  ponerme en su desgracia. Pero otros medios hay, don
Francisco, y en dejndoos yo en poder de quien me paga, os servir de
balde.

--Y de qu modo?

--Haciendo que la condesa os suelte.

--Antes soltar un ala de las entraas; empeada y resentida anda
conmigo, y mucho ser que no tengamos encierro, duende y comedia para
rato... y cada minuto me parece ahora una eternidad; anmate, hijo, y
cuenta por tuya una razonable cantidad de los de  ocho y una bandera en
los tercios de Italia.

--Os cojo la palabra.

--Entonces, si quieres cogerme, sultame.

--Os soltar, vive Dios!

--Pues avisa que paren en llegando  las tapias de la villa.

--No me habis entendido... yo por m no puedo soltaros; pero har que
otros os suelten.

--El siglo que viene.

--Quiz dentro de pocas horas.

--Explcate.

--Suceden en la corte cosas, que el diablo que las entienda; entre
ellas, me lo ha dicho el criado de la condesa, sucede que el duque de
Lerma ha hecho al rey que levante el destierro al conde de Lemos.

--Es decir, que tendremos aqu  don Fernando de Castro dentro de un
mes?

--Quia! el conde de Lemos estaba en Alcal; por la maana, antes del
alba, sala de all, y por trochas y sendas llegaba hasta mediar el
camino de Madrid; yo he ido  llevarle muchas veces cartas de don
Baltasar de Ziga y del secretario Cspedes, y de otros varios; el
conde esperaba que de un momento  otro le levantasen el destierro; por
la tarde se volva, y ya de noche entraba otra vez en Alcal. Hace un
mes que est sucediendo esto. Por lo mismo, apostara cualquier hacienda
 que el conde est en Madrid y en su casa  estas horas.

--Pues eso es peor, mucho peor. Guardarme ms profundo la condesa.

--Ya encontraremos hurn que llegue hasta lo ltimo de la madriguera.

--Parceme que me engaas, Juara.

--No por cierto, don Francisco, porque os temo; an tengo sobre m los
cardenales de los cintarazos que me apretsteis la noche pasada, y s
que conviene estar bien con vos, porque yo tengo para m que aunque os
metieran en una botella y taparan con pez encima, habais de escaparos.
Os servir, pues, de miedo; pero como me parece que marchamos ya sobre
el puente de Segovia, que empedrado suena bajo el peso de las
cabalgaduras, dejadme salir, don Francisco, y confiad en m, y haced lo
que podis, que yo no he de dejar de ayudaros.

El matn hizo parar la litera, sali de ella, y cerr de nuevo con
llave.

--Parceme--dijo Quevedo--, que este tunante quiere vengarse de la
paliza que le apliqu hace cuatro noches; pues das pasan y das vienen,
y los tiempos andan, y alguna vez nos encontraremos, racimo de horca. Y
pensar que don Juan est abandonado  s mismo y acaso preso! Vlgame
Dios! y con qu cara me presento yo, si acontece al muchacho una
desgracia,  don Pedro Girn?

--Alto all!--dijo de repente una voz robusta en el camino.

Dej Quevedo de pensar para poner su atencin en lo que pasaba fuera, y
oy que algunos hombres hablaban amigablemente.

--Ha llegado, por lo que veo--dijo Quevedo--, la hora de la entrega, y
pronto llegar la de la presentacin. Si ese Juara no me engaase... si
ese Juara me sirviese... y estoy ms indefenso que un ratn cogido en
trampa.

Abrise la litera.

Un bulto se acerc  ella.

--Salid, caballero--dijo  Quevedo.

Este no conoci la voz del que le haba hablado, pero sali.

--Asos de mi brazo, que la noche est lbrega--dijo aquel hombre--y
sois torpe de pies.

--Y de cabeza, lo que no crea, y me ha hecho creer el verme perdido en
estos enredos--dijo don Francisco asindose al brazo de quien le haba
hablado--; y  dnde vamos, amigo? Alegrarame que fuese cerca, porque
llueve que cala y ciegos andamos.

--No os?

--Campanillas.

--De mulas de coche.

--Muy ruidoso me hacis.

--No hay por qu taparse.

--Algrome.

--Pero ya llegamos. Eh, Andresillo, la meseta  este caballero para que
suba!

--No veo--dijo Quevedo.

--Guiaros yo; delante tenis la meseta.

Quevedo levant el pie y le puso sobre una pequea mesa, que entonces y
mucho despus serva de estribo  los empinadsimos coches de nuestros
abuelos.

Al ir  entrar Quevedo por la portezuela se sinti asido, y escuch un
suspiro, y al mismo tiempo aspir un delicado olor  dama (porque en
todos los tiempos las damas se han dejado conocer  obscuras), lo que
hizo pensar  Quevedo lo siguiente:

--La tragicomedia empieza... ella es... por el olor la saco; veamos de
qu modo puedo engaarla, aunque no me parece fcil; ello dir.

Y se entr en el coche.

--Pues no, este coche no es suyo--dijo Quevedo palpando la badana usada
de los asientos--. Cllome y veamos.

Pero la mujer que en el coche estaba no habl.

El coche se puso en movimiento; sonaron las campanillas de las mulas,
rechinaron los ejes y empez  crujir toda aquella vieja armazn.

Quevedo adelant las manos y tropez con la mujer.

Esta le rechaz.

--Tormenta se prepara--dijo Quevedo para s--, pues retirmonos y
estmonos quedos para que ms pronto descargue.

La dama continu callando.

Slo de tiempo en tiempo dejaba or un suspiro mal contenido.

--Esos son los relmpagos--continu diciendo para s Quevedo.

Al cabo de algn tiempo la mujer hizo un movimiento de impaciencia.

--Encima lo tenemos--murmur Quevedo.

--Sabis, caballero--dijo al fin la dama--, que sois el traidor peor
nacido que conozco?

--Ya lo saba yo--dijo Quevedo.

--Pues yo quisiera haberlo sabido antes de... antes de haberme olvidado
por vos de lo que soy--dijo la condesa de Lemos.

--He dicho que ya saba yo que no habais de estaros callada mucho
tiempo, doa Catalina.

--Y es posible que yo guarde silencio cuando tengo tanto que echaros en
cara?

--Ms valiera que  la cara no me hubirais echado vuestra hermosura y
al alma vuestro amor, que tan caros me han salido.

--Qu mentir tan villano! Hermosa llamis  quien habis despreciado?
Llamis amor  una burla infame? Y despus de haberme ofendido de una
manera tan odiosa, os burlis an! He hecho bien en castigaros!

--Ved que castigndome os castigis.

--Yo!

--Si no me amrais, hubirais hecho lo que hacis?

--Qu necios y qu vanos son los hombres! Porque han tenido  una mujer
rendida creen que esta mujer no puede recobrar su dignidad al
conocerlos, aborrecerlos, procurar vengarse de ellos...

--Ay, Catalina de mis ojos! Suspiras muy profundo para que yo te crea!

--Respetadme, caballero--dijo la condesa--, y no veis en m ms que una
mujer que todo lo ha perdido por vos en un momento de locura y os
castiga.

--Si culpa hay entre nosotros, no s quin est ms castigado: si t,
Catalina ma, vindote obligada  prenderme por amor,  yo, por amor,
vindome obligado  huir de ti.

--Os aseguro que no huiris.

--Entonces seremos los dos felices.

--No os entiendo.

--Si me prendes sers mi carcelera, porque no te fiars de nadie; y si
eres mi carcelera, tenindote al lado tengo contigo un cielo. Que no se
muriera el conde de Lemos!

--Me estis destrozando el corazn.

--Ya saba yo que la tormenta acabara en lluvia--dijo para s
Quevedo--. Lloras, alma ma?

--Lloro mi desdicha, mi desesperacin! Me pesa de haber nacido!

--Catalina de mi alma!

--Oh, cunto, cunto os amo aunque no lo merecis!--dijo la condesa.

--No os amo yo menos.

--Eso es mentira.

--Sabe Dios que si alguna mujer me ha lastimado el corazn, has sido t;
que si en algn vaso puro he calmado la sed de mis labios, ha sido en tu
boca; que si alguna luz ha iluminado mi alma, ha sido la luz de tus
ojos; que si en alguna parte ha descansado mi cabeza quemada por el
desprecio y el cansancio de todo, ha sido en tu seno. No miento,
Catalina, no miento; yo te amo, yo te adoro, yo te venero... Dios lo
sabe!

Y Quevedo no menta.

Amaba con toda su alma  la condesa.

--Pero amaba ms  su ambicin.

Su ambicin estaba personificada en el duque de Osuna, y Quevedo serva
al duque en cuerpo y alma.

Importaba, por lo tanto, demasiado  Quevedo, salvar de los peligros que
le amenazaban  aquel hijo natural del duque, por el que nicamente
haba ido  la corte.

Pensando en esto, y para tener una ayuda, un medio, haba sido audaz con
la condesa de Lemos, y cuando la condesa de Lemos se convirti para l
en un inconveniente, la abandon, abandonando su amor; la lastim
lastimndose  s mismo.

Se vea cogido por una mujer justamente ofendida y enamorada, y no saba
cmo escapar de sus manos.

Apel, pues,  la fascinacin del amor.

Pero la condesa estaba ya escarmentada; no le crea, y el asunto iba
hacindose negro para Quevedo.

Todo su ingenio se estrellaba contra el recelo de la condesa.

--S, s, mentid cuanto queris--le dijo doa Catalina--; pero esta vez
me convierto para vos en un tirano. Necesito vengarme, satisfacerme,
haceros sufrir tanto como vos me habis hecho sufrir  m; al menos
tendr el consuelo de que no me hayis burlado de balde, vos que estis
acostumbrado  burlaros  mansalva de todo el mundo.

--Porque zaher  vuestro padre en un romance, escrito por mi
desesperacin y por mis celos, cuando os vi casada con don Fernando de
Castro, hanme tenido dos aos preso entre frailes; porque recobro la
razn y tengo valor bastante para apartarme de vuestros brazos, dejando
en ellos mi vida y mi ventura, me prendis vos. No de balde me burlo,
sino que bien de veras pago el no tener el corazn de corcho, que si yo
no os amara tanto, no me acontecera esto.

--Pues bien... suframos los dos: yo, el teneros contra vuestra voluntad;
vos, en verme, cuando no quisirais,  vuestro lado. Y como hemos
hablado todo lo que tenamos que hablar, y como yo estoy contenta todo
cuanto puedo porque os castigo, no hablemos ms, que si ms hablamos no
haremos ms que ofendernos.

--Os voy  dar un consejo.

--Cul?

--Que dejis para ms tarde vuestra venganza,  que os venguis de otro.

--No os comprendo.

--Han levantado el destierro  vuestro marido.

Guard la condesa un silencio de espanto.

--Cmo!--dijo--; el conde de Lemos vuelve  la corte? pues bien, me
alegro, vuelve  tiempo, como que slo hace cuatro das que vos habis
venido!

--Oidme, por Dios, que importa; vuestro marido, si os obstinis en
retenerme, acabar por saber que yo... y que vos... que estoy en
vuestras manos. Aunque el conde de Lemos no os ama, porque los necios no
aman  nadie ms que  s mismos, tiene orgullo; y como el que seis vos
mi amante slo le da deshonra  secas, es natural que la tome por alto;
por embargarme os habis valido de gentes en las cuales un secreto no
est ms seguro que un dobln en medio de la calle... Sabrn...

--Que se sepa.

--Pero estis loca?

--Si lo estoy, mi locura no tiene remedio.

--Od, prenda de mi alma. Ya que os decids  todo, unmonos. Me importa
poco si  vos os importa menos; podr ser cuando ms asunto de
estocadas, y yo no soy miserable de ellas. En vez de tapujos y
encierros, entrarme yo  la luz del sol en vuestra casa... y as os
habris vengado de don Fernando de Castro, que os ofendi casndose con
vos.

--Eso quera yo hacer, y vos no quissteis.

--Tem por vos.

--Y hoy por vos tenis miedo.

--Os ruego que lo pensis.

--Lo tengo pensado.

--Conque soy vuestro prisionero?

--Prisionero por amor.

--Sois, pues, mi Carlos V.

--Y vos, mi Francisco I; por lo mismo temo firmar con vos las paces, no
sea que vos me engais, como Francisco I enga  Carlos V.

--Entendida sois en historia!

--Por mi desdicha; quisiera ignorarlo todo.

--Me dais miedo.

--Ah! por fin!

--Mientras una mujer injuria  llora  se desespera, an hay esperanzas
de dominarla; pero cuando, como vos, acaba por hablar  sangre fra, y
casi re...

--Entonces est resuelta... decs bien: y mi resolucin es invariable.

--Pues bien, doa Catalina, os juro que os salvar de vuestra propia
locura, antes de algunas horas.

--Y cmo?

--Escapndome.

--Os juro que no os escaparis.

--Lo veremos.

--Y cmo haris para escaparos? yo os guardar por m misma; vivir con
vos, comer con vos... ni de da ni de noche me separar de vos.

--Me escapar.

--Queris asustarme, pero no lo consegus. Si vos sois valiente y
resuelto, yo no lo soy menos.

--Ello dir.

--Pues va  decirlo pronto. El coche se para. Hemos llegado.

--Y  dnde hemos llegado?

--No quiero ocultroslo. A mi casa de campo del ro.

--Creo que esta casa es del conde mi seor, y que la pint y la amuebl
para vuestras bodas.

--As es.

--Y aqu queris tenerme?

--Y por qu no?

--Ocurrencia del diablo es.

--Dejadme bajar, que abren la portezuela.

--En galn os tornis, y en dama me converts?--dijo Quevedo.

--S por cierto; dadme la mano para bajar.

--Os la diera mejor para subir.

--Ya subiremos.

--Y an llueve--dijo Quevedo.

--Y hace obscuro; por lo mismo os guo.

--Y las gentes que os acompaan?

--Se han ido.

--Misteriosa aventura.

--Y ms misteriosa la felicidad que ms all de esta puerta me aguarda.

--Y la condesa abri con llave el postigo de una cerca.

--Entrad--dijo.

Quevedo entr.

La condesa sinti que otra persona cerraba el postigo.

--Pero doa Catalina, corazn mo, estis en vos? Enterado habis de
este lance  medio mundo.

--Y qu se me da? No soy yo mujer  quien mate su marido, ni el conde
de Lemos, un marido que mate  una mujer tal como yo; ni aun se
divorciar, porque divorcindose perder la administracin de mis
bienes. Por lo dems, me importa todo un bledo. Dirn: la condesa de
Lemos es querida de Quevedo; y bien, vos me habis enseado  despreciar
al mundo.

--Ya no llueve--dijo Quevedo.

--Como que estamos bajo techado--contest doa Catalina--; ahora vamos 
subir... y yo os doy la mano.

--No hablaba yo de esta subida.

--Pues mirad, yo estoy muy contenta.

--No veo el motivo.

--Os tengo.

--Pero si decs que no os amo!

--No me amis todo lo que yo quisiera... pero me amis... s; me
amis... y yo os har tanto... yo ser para vos tanto...

--Qu seris para m?

--El camino de los honores, del mando, del trono.

--Eh! qu decs del trono, seora?--dijo Quevedo con un acento tan
singular como nadie hasta entonces haba odo en l.

--Digo, que sin haceros rey, os pondr sobre el rey, y como el rey est
en el trono...

--Sabis que esta escalera se parece  la subida de la montaa aquella
 cuya cumbre llev el diablo  Cristo?--dijo con un doloroso sarcasmo
Quevedo.

--Muchas gracias, seor mo, por la galantera. Pero estis irritado, y
con razn, y es menester perdonroslo todo. Entrad.

Y tir de Quevedo, que se encontr de repente en un magnfico saln
completamente iluminado, y con una mesa servida.

Doa Catalina cerr la puerta por donde haban entrado, se asegur por
s misma de que las otras puertas estaban cerradas tambin, y luego
arroj el manto, y apareci deslumbrantemente vestida.

--He aqu--dijo Quevedo--, que el sol sale  la media noche.

--Os he trado  mi cmara de bodas, y para ello me he vestido el mismo
traje de mis bodas.

Y luego, sentndose en un silln y sealando otro  Quevedo, le dijo con
la mirada llena de amor, de embriaguez, de encantos:

--Cenemos!

--Oh! qu feliz poda yo ser!--murmur Quevedo.

Y luego, sentndose resueltamente, dijo con una voz que espantaba por su
sarcasmo, por su desesperacin, por su amargura, y con la mirada
ardiente y fija en los ojos de doa Catalina:

--Cenemos.




CAPTULO LXXII

DE CMO EL DUQUE DE LERMA ENCONTR  TIEMPO UN AMIGO


Amaneci el da siguiente.

Y segua lloviendo, y nublado y sin seales de mejor tiempo. Estaba en
su despacho el duque de Lerma, y su secretario Santos escriba  ms y
mejor lo que el duque le dictaba.

Se notaban en el semblante del duque seales de insomnio.

Lo que demostraba que haba pasado muy mala noche.

Como que volvan  la corte todos sus enemigos, y podan hacerle la
guerra y derrocarle, sin que l pudiera defenderse, atado como estaba
por los terribles secretos suyos que posea el bufn.

En lo que se ocupaba el duque, era en escribir  sus parciales de las
provincias,  fin de que le hiciesen un partido entre la gente que
alborota y que ha existido en todos tiempos bajo todas las formas de
gobierno,  fin de que escribieran cartas honrosas para l, esto es, una
especie de opinin pblica ficticia, que deba figurar ante los ojos
del rey como la opinin pblica del reino.

Para esto se ofreca  comunidades de frailes, cosas que el duque haba
resistido;  los ayuntamientos, arbitrios;  los labradores, tolerancia
en el pago de los tributos;  las corporaciones de todo gnero, nuevos
privilegios;  ste y al otro seor, amenazado por desafueros, hacer la
vista gorda, como suele decirse, y  las audiencias, desestimar las
numerosas quejas de injusticias, cohechos y violencias que pendan por
ante el rey.

Claro es que todo esto vena  gravar en ltimo punto sobre la gran masa
del reino, sobre el pobre, sobre el dbil, sobre el querelloso; pero
importaba poco: era necesario que el rey recibiese de todas partes
plcemes por el buen gobierno del duque de Lerma.

Desde el amanecer estaban trabajando en esto el duque y su secretario.

Santos,  pesar de que haca fro, sudaba la gota gorda.

El duque estaba fatigado.

--No puedo ms, seor--dijo Santos--; de tanto escribir, se me ha puesto
el brazo tan fro y tan pesado como si fuera de plomo.

--Urge, urge, Pelegrn; ya sabes que mi sobrino no ha perdido el tiempo,
y que ya est en Madrid; viene irritado contra m y no perdonar medio;
adems, se encontrar al duque de Uceda apoderado del prncipe de
Asturias, y empezar de nuevo entre ellos la guerra, que vendr 
herirme de rechazo.

--Yo aconsejara  vuecencia que tomase un partido mucho ms prudente,
que el de lograr por medio de estas cartas que se corten las quejas que
vienen de todas partes--dijo Santos estirndose el brazo derecho y
frotndoselo con la mano izquierda.

--Y qu partido es ese, Pelegrn?

--Hum! vuecencia est muy comprometido.

--S, es cierto; pero todo lo que puede suceder ser perder la gracia
del rey.

--Perdonad, seor, de antemano, lo que voy  decir  vuecencia, porque
mi lealtad no me permite guardar por ms tiempo silencio.

--Crees t!...

--Creo que puede sucederos peor que perder la gracia del rey.

--Peor?

--Podis ser procesado.

--Procesado!--exclam con orgullo el duque.

--Porque podis ser calumniado; esta gente enemiga vuestra, os teme,
sabe que el rey est acostumbrado  vos, y como en el rey no hay nada
ms poderoso que la costumbre, como es indolente y enemigo de luchas y
de mudanzas y sobre todo irresoluto y dbil, usarn contra vuecencia de
armas infames; se han cometido en la corte grandes desaciertos; vuestro
secretario don Rodrigo Caldern ha usado y abusado de vuestro nombre y
no se ha detenido en nada; se ha pretendido primero deshonrar  la
reina, despus envenenarla...

--Cmo!

--Hay quien lo sabe, y quien lo murmura... lo que hoy es un rumor sordo,
ser maana un estruendo, y un estruendo tal, que no podr menos de
orlo el rey... si para entonces estis desprevenido!...

--Pero yo no he pensado... yo no he hecho...

--En la corte es muy fcil hacer caer sobre una persona los delitos de
otra; Caldern ha sido vuestro favorito y an lo es, al menos para todo
el mundo, que ve que en vuestra casa le tenis, que en vuestra casa le
curis. Caldern es presuntuoso, soberbio, tiene mucho ingenio, vale
mucho, conoce la corte, y en cuanto pueda se abrir paso, obligndoos 
que vos le facilitis el camino, porque os tiene sujeto...

--Pelegrn!

--Enojos cuanto queris conmigo, seor; pero no oiga vuecencia 
Pelegrn Santos, pobre hidalgo que os debe cuanto es, sino  la voz
severa de la verdad; sucdame cuanto quiera, aunque vuecencia irritado
conmigo me haga pagar cara mi lealtad, no puedo callar por ms tiempo.
Porque se hace necesario prevenir el mal, necesario de todo punto; no se
puede perder un minuto.

--Sigue, sigue, Pelegrn.

--Como os deca, aunque sabis que don Rodrigo os ha hecho traicin, no
podis deshaceros de l; como no podis deshaceros ahora de Uceda, de
Lemos, de Olivares, de Sstago, de tantos y tantos  quien vuecencia
estorba; os veris obligado  servir de escala  Caldern, que partir
con vos la ganancia, porque os necesitar siempre, pero que os
comprometer; porque Caldern, soberbio y ciego y codicioso, har tales
cosas, que l mismo se hundir... y al hundirse, os hundir con l.

--Pero qu puede suceder?...

--Yo veo  Caldern marchar de frente hacia el cadalso, sin verle,
confundindole con el trono.

--Ah!

--Dejad que suba solo al cadalso... cubros...

--Cmo! Pelegrn! crees...!

--Lo creo posible todo. Si fuera tiempo, os dira: retiros de la
corte... pero ya no es tiempo, seor; estis en el mismo caso que aquel
que, subiendo unas escaleras, va dejando caer los escalones; no tiene
ms remedio que seguir subiendo,  caer desde una inmensa altura  una
muerte cierta; no podis retroceder.

--Y entonces... qu hago?

--Roma insiste sobre el asunto de las preces...

--Pero no puedo complacer  Roma sin rebajar la dignidad del rey.

--Es un recurso desesperado. Complaced al papa,  cambio de otra
complacencia del papa.

--Explcate mejor.

--Pedid  Roma el capelo.

--Ah!--exclam el duque de Lerma, abandonando su silln y yendo 
abrazar  Santos--; s, s, t eres mi amigo; t eres la nica persona
leal con que cuento; el capelo! y no se me haba ocurrido! y sin
embargo, tengo el alma llena de una inquietud vaga, del temor de verme
envuelto en las traiciones infames, en los delitos de los que me rodean!
el capelo! gracias, Pelegrn, gracias! El duque de Lerma puede ser
juzgado y condenado por el rey. El cardenal, duque de Lerma, slo puede
ser juzgado y sentenciado por Roma! Roma! yo har que Roma est tan
contenta de m, que me crea ser su mejor hijo. Escribe, escribe,
Santos...

--A Roma?

--A Roma!

--No es asunto para escrito... es necesario que vaya una persona de toda
la confianza de vuecencia.

--Y quin mejor que t! t que acabas de darme una prueba inapreciable
de tu amor y de tu lealtad hacia m!

--Partir!

--Al momento.

--Esperemos...

--Que esperemos, y dices que es de todo punto necesario?...

--Esperemos  maana.

--Preconceme Roma y nada temo.

--Nada de preconizaciones: basta con que en un momento dado, autorizado
por el papa, podis vestiros la prpura; sed en buen hora cardenal, pero
no lo digis  nadie... no mostris miedo...

--Ah! Pelegrn! yo no te conoca!

--Como no habis conocido  los traidores hasta que ha sido de todo
punto imposible que no los conozcis, no habis conocido  los leales
hasta que los leales se han visto obligados por amor vuestro  darse 
conocer.

--El capelo! el capelo!--exclamaba el duque de Lerma pasendose 
largos pasos por su despacho--. Y que no se me haya ocurrido! el
capelo! hijo de Roma! la Iglesia puesta entre el poder temporal y yo!
qu quieres, Pelegrn!

--Seguir siendo vuestro secretario.

--Y nada ms?

--Nada ms. Pero para que siga siendo vuestro secretario, es necesario
que no me deis muchos das como hoy.

--Vete, vete  descansar, y... est dispuesto.

Santos se inclin y sali.

El duque de Lerma estaba contento; haba encontrado al fin la difcil
solucin de un problema obscuro que le tena vivamente inquieto. Cubrir
su responsabilidad como ministro, cuando tan duros eran los tiempos, con
el manto de la Iglesia, era cosa que jams se hubiera ocurrido al duque
de Lerma.

Saboreando estaba su contento, cuando un ayuda de cmara abri la puerta
y dijo respetuosamente:

--Seor, el cocinero mayor de su majestad, solicita hablar  vuecencia.

Lerma mand entrar  Montio.

Presentse ste, plido, desencajado, estropeado completamente en cuerpo
y traje; mir al entrar con recelo en torno suyo, y dijo con grande
misterio:

--Podr escuchar alguien lo que voy  decir  vuecencia?

--Nadie, Montio, nadie--contest el duque--. Pero qu sucede?

--Sucede, seor... En primer lugar, la Dorotea me enva.

--Y qu quiere la Dorotea?--pregunt el duque estremecindose, porque
vea de nuevo asomar la fatdica figura del bufn, que haba llegado 
convertirse para l en un espectro.

--La Dorotea... quiere ver  vuecencia... al momento; me ha mandado
llamar para eso solo... est enferma... muy enferma...

--Ir, ir... Id  decrselo.

--Un momento, seor; tengo que hablar  vuecencia de asuntos mos.

--De asuntos vuestros?

--Creo, seor--dijo Montio,  quien la desesperacin daba
atrevimiento--, que en m tiene vuecencia un esclavo, que ha hecho por
vuecencia...

--Lo bastante para que os ampare; lo s.

--Ah, seor! necesitado y muy necesitado estoy de amparo. Por servir
anoche  vuecencia al salir de aquella casa, me aconteci una negra
aventura.

--Y qu fu ello?

--El diablo me ech delante al sargento mayor don Juan de Guzmn.

--Que os encontrsteis anoche  don Juan de Guzmn!--dijo con asombro
el duque--. Bah! imposible! no puede ser! vsteis visiones!

--No vi, tropec; y como llevaba la daga de punta, porque eran malos
sitios, mala hora y mala noche, sin quererlo, sin pensarlo, le mat.

--Ah!, matsteis... al sargento mayor!...

--Y me encontr sobre l la justicia.

--Ah!--dijo el duque de Lerma comprendindolo todo, porque como saben
nuestros lectores estaba en el secreto--; y os prendi el alcalde de
casa y corte Ruy Prez Sarmiento?

--Cmo, seor, sabis!...

--S, el licenciado Sarmiento me ha hablado de una prisin. Pero si os
prendieron, cmo estis en libertad?

--Bajo fianza de un tal Gabriel Cornejo...

--Y qu queris?

--Seor! seor!--exclam Montio arrojndose  los pies del duque y
con los brazos abiertos--; puesto que lo sois todo en Espaa, y que yo
soy inocente, porque quien mata sin querer no mata, salvadme, seor,
salvadme.

--Levantos, levantos, Montio, y nada temis; se le echar tierra al
muerto, se romper el proceso...

--Ah seor! piadoso seor! Mi vida!...

--Merecis que se os ampare.

--Despus de lo que vuecencia acaba de hacer, no me atrevo  pedirle
otra gracia.

--Hablad, hablad.

--Muchas gracias, seor, muchas gracias, no s cmo pagar  vuecencia.

--Acabando pronto, Montio.

--Es el caso, que mi mujer y mi hija y el galopn Cosme Aldaba, y el
paje Cristbal Cuero estn presos.

--Ya veis que no me he olvidado de lo que me pedsteis.

--Muchas gracias, seor; pero ahora pido  vuecencia que se deshaga lo
hecho.

--Cmo!

--Que sin ruido, y sin que nadie pueda saber que han estado presos,
suelten  mi mujer,  mi hija, al galopn y al paje.

--Pero estis loco, Montio? No os ha deshonrado vuestra mujer?

--No seor!

--No os ha robado?

--No, seor! y ruego encarecidamente  vuecencia...

--Sentos y escribid vos mismo.

El cocinero se sent.

El duque le dict una orden de soltura para el alcaide de la crcel de
villa, y otra para el alcalde de casa y corte, para que diese por nulo y
destruyese todo lo que se haba escrito  intentado contra los presos.

Despus de esto y de haber saludado humilde y profundamente al duque, el
cocinero sali.

Poco despus, Montio entraba triunfante en palacio con su mujer y su
hija.

Al mismo tiempo, el duque de Lerma entraba en casa de Dorotea.




CAPTULO LXXIII

EN QUE EL DUQUE DE LERMA CONTINA REPRESENTANDO SU PAPEL DE ESCLAVO


Encontr el duque  la joven en el lecho.

Pero no la encontr sola.

A su lado estaba el to Manolillo.

El duque se estremeci como si en el bufn hubiese visto personificada
su conciencia.

--Gracias, muchas gracias, seor, porque habis venido--dijo la joven
sacando un magnfico brazo de debajo de las ropas y estrechando una mano
del duque--. Tengo que hablaros gravemente. Manuel, amigo mo; hacedme
el favor del dejarme sola con su excelencia.

El bufn se levant y sali en silencio, pero no sin haber dicho antes
con una profunda mirada al duque:

--Os mando hacer todo lo que ella quiera.

El duque se sent en un silln junto al lecho, y por la primera vez se
descubri delante de Dorotea.

--Cubros, cubros, don Francisco--dijo la joven--; yo os lo ruego. Os
habla una pobre mujer, y esa mujer os suplica. Cubros, si no queris
lastimarme.

El duque se puso la gorra.

--Qu queris, pues?

--Don Juan Tllez Girn ha sido preso; preso como causante de la herida
de don Rodrigo.

--Es cierto; todas las pruebas estn contra l.

--Pues bien: yo quiero que se destruyan esas pruebas.

--No es eso fcil.

--Ya lo s: s que doa Clara Soldevilla, su esposa, se ha arrojado 
los pies de su majestad el rey; s que su majestad la reina ha
intercedido por la peticin de su amiga, porque doa Clara, ms que
dama, es amiga de la reina, y s que el rey se ha mantenido severo; que
ha respondido  la reina y  doa Clara, que no puede hacer nada estando
de por medio la justicia.

--Ya veis, Dorotea, que cuando el rey...

--Pero vos podis ms que el rey.

--Yo!

--S, vos; basta una palabra vuestra para que la justicia calle, para
que la puerta de la prisin se abra, y yo quiero que don Juan salga
libre y seguro... porque le amo, lo entendis?... porque es mi vida, y
el mal que le sucede me vuelve loca, me asesina. Quiero ir yo... yo
misma  abrirle su prisin; quiero ser para l la libertad, la vida;
quiero ser su recuerdo continuo... quiero que no pueda olvidarme
nunca... y tanto har, que no me olvidar... Oh, no! y con eso slo
ser feliz.

--Pardiez, y lo que amis  ese mozo!--dijo contrariado el duque.

--No os enfadis seor, vos me tenis por lujo... ya os lo he dicho...
pues bien: vuestra querida pblica ser, ya que esto os halaga, hasta la
muerte, hasta la muerte, seor; pero... tened compasin de m;
concededme lo que os pido.

El duque mir  la cortina de la puerta tras la cual haba desaparecido
el bufn.

Aquella cortina estaba inmvil.

Aquella cortina era en aquellos momentos para el duque el velo
impenetrable de la fatalidad.

--No puedo...--dijo al fin.

--S, s podis--dijo Dorotea--, vos lo podis todo.

--No me atrevo--dijo el duque, que no quitaba ojo de la cortina.

--Necesito la libertad y la seguridad de don Juan--dijo con acento
voluntarioso Dorotea.

--Yo no puedo sobreponerme  las leyes.

--Sobreponos--dijo la voz ronca del bufn detrs de la cortina.

Tembl el duque al sonido terrible, fatdico de aquella voz.

--Es el caso que... yo... mi poder... no alcanza  veces...

--No os he dicho ya, duque de Lerma, que hagis cuanto ella quiera? 
es que sois tan torpe que no comprendis lo que se os manda?--dijo el
bufn abriendo la cortina y apareciendo.

Sonrojse vivamente el duque al verse tratado de tal modo por el bufn
en presencia de una tercera persona, y balbuce algunas palabras.

El bufn adelant lento y sombro.

--No te agites, Dorotea--dijo--; no llores; no supliques: el seor duque
har lo que sea necesario hacer; el seor duque no puede negarte nada:
excelentsimo seor, afuera, en la sala, hay recado de escribir; yo s
dnde vive el licenciado Sarmiento; escribidle una carta y concluyamos,
que Dorotea est impaciente.

--Esto es ya demasiado--dijo el duque colrico.

--Ya lo creo que es demasiada obstinacin la vuestra.

--No os irritis, seor--dijo Dorotea--; yo os lo ruego, yo os lo
suplico.

--No hay que suplicar; t no tienes que suplicar  nadie, hija ma; yo
soy tu esclavo, y el duque de Lerma es esclavo mo. Ayer quisiste la
prisin de don Juan, y fu preso; hoy quieres su libertad y hoy se ver
libre, porque su excelencia y yo... nos entendemos.

--No temis que llegue un da en que os pese de lo que hacis?

--Algunas cosas horribles tengo hechas por ella, y todava no me ha
pesado; servidnos ahora, y despus, cuando podis, no tengis compasin
de m... pero ahora... haced lo que ella quiere.

Y seal  Lerma con toda la autoridad y la arrogancia de un seor
desptico, la puerta que conduca  la sala.

El duque se levant maquinalmente y sali de la alcoba.

Maquinalmente se encamin  una mesa donde haba recado de escribir y
escribi.

Luego cerr la carta y la entreg al bufn.

Aquella carta estaba concebida en estos trminos:

Mi buen Ruy Prez Sarmiento: En el punto en que recibis sta, rasgad
todas las diligencias que hayis practicado en averiguacin del delito
cometido en la persona de don Rodrigo Caldern; proveed auto de libertad
en favor de don Juan Tllez Girn y de don Francisco de Quevedo
Villegas, y guardad esta carta para cambiarla por una provisin de oidor
en la Real Audiencia de Mxico. A cualquier hora, maana, me
encontraris en la secretara de Estado  en mi casa. Gurdeos
Dios.--_El duque de Lerma._

Apenas entregada esta carta, el duque sali de casa de Dorotea, sin
despedirse de ella, trmulo, irritado.

El bufn sali tambin, llevando consigo la carta del duque de Lerma.

Dorotea qued en un estado horrible de ansiedad.

Una hora despus, el to Manolillo volvi con unos pliegos en la mano.

--Tenis ya la orden de libertad?--dijo la joven con anhelo.

--S--respondi con voz ronca el bufn--. Este pliego es el auto de
libertad de tu amadsimo don Juan; este otro, el auto de libertad de don
Francisco de Quevedo, que yo me guardo, porque importa que est preso; y
este otro pliego, es una orden para que t puedas entrar en la torre de
los Lujanes, donde est encerrado don Juan.

Dorotea,  pesar de la fiebre que la devoraba, llam  Casilda, salt de
la cama, se hizo vestir, pidi una litera, y sali de su casa.




CAPTULO LXXIV

LO QUE HIZO DOROTEA POR DON JUAN


Irritado, contrariado, impaciente, cuidadoso, se encontraba don Juan
encerrado en un aposento alto de la torre de los Lujanes.

La opaca luz de aquel da nublado y lluvioso, penetrando en el encierro
por dos estrechsimas saeteras, apenas bastaba para determinar los
objetos que en el aposento haba.

Poda juzgarse, sin embargo, que no se haba tratado mal  don Juan;
algunos muebles, aunque no de lujo, decentes; una cama limpia, una
alfombra usada, pero aceptable an, y un brasero con fuego, hacan
cmodo aquella especie de calabozo, si es que un calabozo puede ser
cmodo para un preso.

Comprendase claro que aquel encierro estaba destinado  personas 
quienes, por su clase, era necesario tratar bien.

Don Juan no saba por qu estaba preso, pero se lo figuraba; no poda
ser por otra cosa que por el asunto de don Rodrigo Caldern.

Lo que ms inquietaba al joven era que supona que Quevedo habra sido
tambin preso, porque cmo explicarse que estando libre Quevedo no
hubiese hecho en su favor maravillas?

Y dolale, adems, el estado aflictivo que supona en doa Clara
Soldevilla.

Cuando le prendieron en su aposento, la joven se puso plida y se
desmay.

Don Juan no viva, agonizaba en aquel calabozo, haba pasado una noche
horrible, de cavilaciones, de temores; se haba acordado de todo, haba
dado vueltas  todo, y sin embargo, no se haba acordado de Dorotea.

Cuando el carcelero la noche antes le entr la luz, don Juan le di
dinero y le pregunt por la causa de su prisin.

El carcelero le respondi con sumo respeto, pero encogindose de
hombros, que nada saba.

Encargle don Juan que procurara informarse, que avisase  su esposa
del lugar donde se encontraba, y que procurase ver  don Francisco de
Quevedo  saber de l.

El carcelero volvi  la hora de la cena, trayendo una escogida y
abundante.

Pero lo que le dijo el carcelero le puso en mayor ansiedad.

Empez por asegurarle que, por ms que haba hecho, no haba podido
averiguar la causa de su prisin; pero que l crea que cuando lo haban
trado  la torre de los Lujanes, y con tal misterio, deba tratarse de
un grave asunto de Estado.

Aadi que haba ido al alczar y que no haba podido hablar  Doa
Clara, porque estaba en audiencia con el rey, y que en cuanto  don
Francisco de Quevedo, ninguna de las personas  quienes por l haba
preguntado le haban dado razn de tal persona.

Se empeoraba el negocio  la vista de don Juan, y como hemos dicho, no
pudo dormir en toda la noche.

Al da siguiente, cuando volvi el carcelero con el almuerzo, cuando don
Juan le habl, el carcelero le respondi con gran respeto:

--Se me ha prohibido terminantemente hablar con vuesa merced una sola
palabra; estas que le digo son imprudentes, porque las paredes escuchan.
No me pregunte vuesa merced ms, porque no le contestar.

Despus de esto el carcelero sali, y don Juan qued ms cuidadoso que
antes.

Adelant el da y con l la desesperacin y la impaciencia de don Juan.

Nadie pareca  tomarle declaracin ni darle noticia alguna.

Al fin, al medio da se oyeron pasos en las escaleras y luego el ruido
de los candados y cerrojos de la puerta.

Entr el carcelero.

No traa la comida.

Esto di alguna esperanza  don Juan.

--A qu vens?--dijo al carcelero.

--Vengo  pediros licencia, en nombre de una dama que quiere
hablaros--contest aqul.

--De una dama? qu seas tiene?

--Est completamente encubierta por un manto; pero parece principal y
hermosa.

--Ah, es ella!--dijo don Juan pensando en doa Clara y sin acordarse,
ni remotamente, como hasta entonces no se haba acordado, de Dorotea.

--Trae una orden terminante para que se la permita hablaros  solas, del
seor alcalde de casa corte, Ruy Prez Sarmiento, de quien pende vuestro
proceso.

--Oh, pues que entre! que entre!--exclam con afn el joven.

--Entrad, seora--dijo el carcelero llegando  la puerta.

Entr una mujer completamente envuelta en un manto, y mand con un
ademn enrgico al carcelero que saliese.

La puerta se cerr.

Entonces la mujer se ech atrs el manto, adelant hacia don Juan, le
asi de las manos y le mir exhalando toda su alma, y su alma enamorada
por sus ojos.

--Ah! Dorotea!--exclam con una sorpresa dolorosa don Juan.

--La esperbais  ella?--dijo Dorotea con la voz apagada de quien sufre
un dolor agudo.

--Os confieso que... seora... me sorprende...--dijo trastornado don
Juan.

--Os sorprende que yo sea la primera mujer que penetra por vos en este
horrible encierro? No sabais, no habais podido saber cunto yo os
amaba! cunto era capaz de hacer por vos! pues sabedlo, os traigo
vuestra libertad!

--Mi libertad! vos!--exclam dejando ver la expresin de una profunda
sorpresa don Juan.

--S, yo... aqu est--dijo Dorotea mostrando al joven un pliego
cerrado.

--De modo que ya puedo salir de aqu?

--An no--contest dolorosamente Dorotea.

Esta respuesta de la joven irrit  don Juan.

--Ah! vens  imponerme condiciones!

--Condiciones! condiciones yo  vos! qu condiciones puede dictar el
esclavo  su seor! cun poco me conocis, por mi desdicha!

--Entonces, por qu no me dais esa orden?

--Hay en el mundo otra mujer que os ama, que puede y debe confesar el
amor que os tiene ante Dios y los hombres! una mujer que por vos sufre,
que por vos est enferma, que por vos muere! una mujer que por vos se
ha arrojado  las plantas del rey, y que no ha podido conseguir nada, ni
aun saber el lugar donde estis preso! Vuestra esposa! Doa Clara
Soldevilla, que es vuestra vida!

--Ah!--exclam don Juan.

--Y esa mujer venturosa, porque tiene vuestro amor; esa mujer  quien
nicamente debis amar, esa ser la que reciba, sin saber de quin lo
recibe, este pliego cerrado; esa mujer ser la que venga  abriros la
puerta de vuestra prisin; esa mujer ser, porque debe serlo, quien goce
toda la alegra de recobraros, cuando os crea perdido, cuando se crea
casi viuda.

--Viuda!

--Pues no sabis de lo que os acusan?

--No.

--De homicidio premeditado y con ventaja, intentado contra don Rodrigo
Caldern.

--Mentira: como hidalgo y frente  frente, re con l por un grave
asunto, y sirviendo  la reina: vos lo sabis.

--Pero vos no podis, por lo mismo que sois hidalgo y leal, sacar 
juicio lo de las cartas de la reina, y os sentenciaran cometiendo una
injusticia, es cierto; pero las injusticias no sorprenden  nadie en
Espaa. Me debis, pues, la vida, y os lo digo para que lo sepis; para
que no podis olvidarme.

--Me estis desgarrando el alma, Dorotea.

--Y qu importo yo... pobre cmica... querida miserable del duque de
Lerma? pero dad gracias  Dios de que yo sea querida del duque, y de que
el duque, por una casualidad que Dios ha permitido, sea esclavo de un
hombre terrible, que es  su vez esclavo mo.

--Y quin es ese hombre?

--El to Manolillo, el bufn del rey. l, porque sabe que os amo, y que
vos bais  salir de la corte, hizo que Lerma os prendiera. l, porque
yo se lo he pedido, ha hecho que Lerma mande rasgar vuestro proceso y
poneros en libertad. Si yo le hubiese dicho: ese hombre me desprecia,
ese hombre me insulta, quiero vengarme de l y de ella, mtale;
hubirais subido al cadalso, y con vos Francisco de Quevedo,  quien
Dios maldiga. Sabedlo, quiero que lo sepis para que no podis olvidarme
jams; os lo repito. Qu me importa que os apartis de m, que no os
vuelva  ver ms, si estoy segura de que vos no olvidaris nunca mi
memoria?

Don Juan inclin la cabeza y no supo qu responder.

Estaba seguro de que no poda engaar  Dorotea, porque sta saba
demasiado que l amaba, que l no poda dejar de amar  doa Clara.

Y sin embargo, la hermosura y el amor inmenso, excepcional de la
comedianta, excitaban su deseo; halagaban su orgullo; don Juan, si
hubiera podido, sin dejar de amar  doa Clara y de ser feliz con ella,
hubiera sido amante de Dorotea.

Pero esto era imposible: Dorotea tena demasiado corazn.

Dorotea no poda partir el amor de su alma con otra, por ms que aquella
otra fuese la esposa del hombre de su amor.

La situacin de don Juan, ante quien Dorotea se presentaba de una manera
enloquecedora, dndole la libertad y con la libertad la vida,
sacrificndoselo todo, con la abnegacin sublime de que slo es capaz
una mujer que ama, la situacin de don Juan era horrible.

--Cmo podr yo hacer--dijo al fin--, que vos me perdonis la desgracia
de no haberos conocido antes?

--No blasfemis de vuestra fortuna--dijo gravemente Dorotea--; Dios os
ha dado en doa Clara una mujer digna de vos. Amadla, reverenciadla,
alegros como de una felicidad inmensa de que sea vuestra esposa. En
cuanto  m, con que vos me apreciis, con que me recordis, con que os
cause compasin mi desdicha, estoy satisfecha, ser feliz.

Y Dorotea,  quien hasta entonces haba sostenido la excitacin febril
de la alegra que la causaba el llevar la libertad  don Juan, se sent
y se puso sumamente plida.

--Estis mala, Dorotea--dijo el joven acercndose rpidamente  ella--.
Qu tenis?

--Me muero!

--Disponed de m: yo soy vuestro... yo os amo--dijo don Juan embriagado.

Y en aquel momento, olvidndolo todo, asi con sus dos manos la hermosa
cabeza de Dorotea y la bes en la boca.

--Oh! qu horror!--exclam la joven ponindose en pie de un salto--;
qu crueldad! qu dao me habis hecho tan terrible!

Y arreglndose el manto, se dirigi  la puerta y llam.

--A dnde vais, Dorotea?--dijo don Juan.

--Es necesario que venga cuanto antes vuestra esposa.

Sonaron entonces las llaves del carcelero.

--Esperad un momento--dijo don Juan asiendo por el manto  Dorotea, que
estaba vuelta hacia la puerta.

--Qu ms queris de m?--contest la joven.

--Quiero... quiero volveros  ver.

--Que queris volverme  ver!... s, yo tambin quiero! pues bien:
estad esta noche,  las ocho, al pie de la Cruz de Puerta de Moros.

--Estar.

En aquel momento se abri la puerta.

--Adis--dijo Dorotea, y sali precipitadamente.

--Adis--dijo don Juan, y se dej caer aniquilado sobre una silla.

El carcelero cerr la puerta.

--No merece este amor asesino que me ha entrado en el alma--murmuraba la
comedianta bajando precipitadamente las escaleras--. Yo estoy loca! yo
me muero! Dios mo! ir! ir! le parezco hermosa! le embriago!...
s, ir! pues bien... me vengar de l y de ella! l me obliga!
aquel horrible beso!... Oh, Dios mo!

Y acabando de bajar las escaleras, atravesando la alcaida sin reparar
en nadie, sali.

En la puerta de la torre haba una litera.

Al aparecer Dorotea, un criado abri la portezuela.

Dentro de la litera haba un hombre.

Era el to Manolillo.

Estaba ms plido, ms cadavrico que Dorotea.

Al ver el aspecto de aniquilamiento y de desesperacin de la joven, una
chispa de alegra involuntaria pas por los ojos del bufn.

--Ese miserable no te comprende--dijo.

--Os engais, Manuel; le enamoro, hara de l cuanto quisiera, menos
que me amara como yo quiero ser amada. Estoy irritada: la clera y la
desesperacin me matan. Quiero vengarme, y empiezo. Pedro! al alczar!

La litera se puso en movimiento.

--A qu vas al alczar, hija ma?

--No voy yo, sino vos. Tomad.

--Ah! la orden de libertad de don Juan! no se la has dado! quieres
que la devuelva al duque de Lerma y que el proceso siga! haces bien!
ese no es digno de nuestra proteccin! no amarte  ti que tanto le
amas! que tanto haces por l! vngate! ya que no sea tuyo, que no sea
de la otra!

--Vais  entrar en el alczar y  hacer de modo que doa Clara
Soldevilla reciba esta orden sin que pueda saber de dnde viene.

--Cmo!

--Lo quiero!

--Haces mal.

--Lo quiero. Y cuenta con que doa Clara pueda ni aun por indicios
sospechar!

--Haces mal!--repiti el bufn, y tom la orden y la guard suspirando.

Ni Dorotea ni el bufn hablaron una palabra hasta que la litera lleg 
las puertas del alczar.

--Entrad--dijo Dorotea al bufn--; haced que esa orden llegue, como os
he dicho,  las manos de doa Clara, y luego buscad al cocinero mayor, y
hacedle que vaya  verme.

El bufn sali de la litera.

--A casa!--dijo la Dorotea.

La litera se puso de nuevo en marcha.

--El bufn, despus de meditar un momento en el vestbulo, se entr
resueltamente en la secretara de Estado.

--Decid  su excelencia--dijo--que yo, mi majestad el bufn, le mando
que me reciba y me oiga.

Rironse todos de la manera cmica con que el to Manolillo dijo estas
palabras, y uno de los oficiales contest:

--No est su excelencia de humor para recibiros, to.

--Quin le mete al menguado en lo que no le importa!--repuso gravemente
el bufn--; diga al duque que Felipito mi amigo me enva.

--Ah! si trais orden del rey!...

--Qu pesado! Te pagan para que repliques,  para que hagas lo que se
te mande?

--Vamos, no os incomodis, to--dijo el oficial--; decid  su
excelencia, Lasala, que el bufn de su majestad quiere verle.

El enviado entr.

--Ya veris cmo Lerma no me hace esperar tanto--dijo el bufn
pasendose con gran prosopopeya por la secretara.

En efecto, un momento despus de haber entrado, Lasala abri una mampara
y dijo:

--Su excelencia espera al bufn de su majestad.

Cinco minutos despus de haber entrado el to Manolillo en el despacho
del duque, ste suba por una escalera de servicio  la cmara del rey.

Felipe III estaba ocupado en examinar con su montero mayor una magnfica
escopeta de dos caones que acababa de regalarle respetuosamente la muy
noble y leal villa de Eibar.

--Eh! vienes  tiempo--dijo el rey al ver al duque--; t que eres
aficionado, qu te parece este arcabuz de caza? Mira qu llaves, Lerma:
una invencin, una verdadera invencin.

--En efecto, seor--dijo el duque--, los vizcanos son muy hbiles y muy
industriosos. A primera vista se conoce la bondad de esa arma. Pero con
licencia de vuestra majestad, vengo  hablarle de un negocio muy
importante.

--Tan importante que no admite demora?

--De ningn modo, seor.

--No me dejarn reposar; ni aun cuando rezo estoy seguro: vamos, Lerma,
vamos: y t espera aqu--dijo el rey al montero mayor.

Felipe III y su secretario universal se encerraron.

--Veamos de qu se trata--dijo el rey con el empacho que le causaban
todos los negocios.

--Del asunto de doa Clara Soldevilla.

--Ah! pues mira, ese asunto me trae disgustado; la buena doa Clara me
pidi ayer una audiencia, se la d, me rog por su esposo, se arroj 
los pies, llor... y como t me habas dicho que se trataba de un
negocio grave, me mantuve inflexible, hasta tal punto, que se me desmay
doa Clara, y la llevaron  su cuarto sin sentido. Despus he tenido una
verdadera batalla con la reina. Me ha amenazado... me ha dicho que no la
obligase  hablar... y yo no s qu tenga que hablar la reina en este
asunto. En fin... me ha dicho la reina que yo y ella debemos grandes,
eminentes servicios  ese don Juan, que ha hecho muy bien hiriendo  don
Rodrigo, y que mejor hubiese sido que le hubiera matado. Qu dices t 
eso?

--Digo, seor, que su majestad la reina tiene mucha razn.

--Pues no me dijiste ayer que era necesario castigar con mano fuerte 
ese don Juan y  don Francisco de Quevedo, su cmplice?

--Ayer estaba mal informado, seor; por las primeras diligencias del
proceso resulta que no fueron dos contra uno, sino que por el contrario,
don Rodrigo llevaba otro hombre contra don Juan. Que Quevedo no hizo ms
que ayudar como hidalgo  su amigo, y que don Juan se vi en la
necesidad de defenderse. Ni siquiera ha sido un duelo.

--Pues entonces es necesario formar proceso  Caldern.

--Aconsejo  vuestra majestad que me permita echar tierra  este
negocio.

--Pues bien, chasela; pon en libertad  don Juan y  Quevedo y que se
vayan benditos de Dios  Naples.

--Ya, contando con el beneplcito de vuestra majestad, he mandado al
alcalde Ruy Prez Sarmiento que destruya la causa y libre auto de
libertad para Quevedo y Girn; el auto de libertad de don Juan est
aqu, seor.

--Ah! Conque est todo hecho?

--An falta algo que hacer.

--Y qu hace falta?

--Tan activo ha andado el alcalde Ruy Prez en este proceso y tan leal,
que merece un premio.

--Ah, merece un premio! Pues dsele.

--Aqu est extendida ya la provisin para l, de oidor de la real
audiencia de Mjico, con las costas del viaje, y slo falta la firma de
vuestra majestad.

El rey firm la provisin, y la recogi el duque.

--Por aqu--dijo para s Lerma, guardando la provisin del licenciado
Sarmiento--, hemos salido de un testigo enojoso.

--Queda algo ms que hacer?--dijo el rey, que en su marcada antipata
por los negocios deseaba verse libre.

--S, seor; yo creo que vuestra majestad debe aprovechar esta ocasin
de complacer  su majestad la reina.

--Y cmo?

--Dndola este auto, que pone  cubierto de todo proceso al marido de su
dama favorita.

--Tienes razn, Lerma, tienes razn; y ahora ms que nunca conozco el
grande afecto que me tienes; no me gusta estar reido con la reina.
Voy... voy... adis, Lerma, adis.

Y el rey abri una puerta, atraves un largo corredor, abri otra puerta
y se encontr en la recmara de Margarita de Austria.

La reina lea.

Al ruido de los pasos del rey volvi la cabeza.

Al verle, dej el libro, se puso ceremoniosamente de pie, y mir al rey
con severidad.

--Veo que an ests enojada, Margarita--dijo el rey.

--En efecto, seor--contest la reina--; tengo un profundo disgusto.

--Por tu queridsima doa Clara!

--Me he propuesto no volver  hablar ms  vuestra majestad de este
asunto.

--Mi majestad!... Pero si estamos solos, Margarita, si estamos solos!
Sintate aqu al lado mo! Vengo  que hagamos las paces.

La reina se sent al lado del rey, pero con tiesura, con el semblante
nublado y sin mirar  Felipe III.

--Lo que yo digo! eso, eso es!--exclam con impaciencia el rey--; yo
soy lo ltimo de todo!

--Seor!--dijo la reina con dignidad.

--Se me respeta, pero no se me ama; basta el ms ligero motivo para que
no se me oculte el desvo que causo. Como ha de ser! Y yo,  pesar de
todo, me afano por complacerte, Margarita!

La reina comprendi que deba bajar del empinado lugar  que se haba
subido; que deba ser mujer, y combatir al hombre, no al rey.

--S--dijo, hiriendo con su pequeo pie la alfombra y mordindose
impaciente su grueso labio austriaco--; s se conoce que mi esposo... me
ama locamente, que adivina mis deseos, que se anticipa  ellos;
ciertamente que soy una insensata, cuando me quejo; qu puedo yo
desear? Qu reina ha tenido ms influencia sobre su esposo?

--Puedo hacerte que llores de alegra, y que me abraces como una loca,
Margarita--dijo el rey.

--De veras?--pregunt disimulando mal su ansiedad la reina, porque en
las palabras y el aspecto del rey conoci que poda prometerse algo
satisfactorio.

--Tan de veras, como que te traigo una medicina que pondr buena de
repente  tu amiga doa Clara, que creo que anda enferma.

--Cmo queris que est una recin casada que adora  su marido, y que
ni aun sabe dnde para?

--Es verdad! es verdad! pues bien; toma, Margarita, toma; he mandado
romper el proceso de don Juan Tllez Girn, y aqu est la orden de
libertad.

El rey di  Margarita de Austria el pliego cerrado que contena el
auto.

Pas una alegra infinita por los ojos de la reina.

Rompi el sobre y ley vidamente la orden de soltura.

--En la torre de los Lujanes! y all est mi libertador preso,
dudando, temiendo...!

--Tu libertador!--dijo el rey con asombro.

--S, mi generoso y valiente libertador!

--No te comprendo.

--Por qu he de callar ms? Yo estaba resuelta  revelroslo todo,
cuando no me quedase otro medio de salvar  ese caballero. Por qu no
he de ser franca y leal con vos, cuando est salvado?

--Qu! t me ocultabas algo, Margarita?

--Oh! s, seor! no s por qu he tenido miedo! vos no podis dudar
de m, no es verdad?

--Dudar yo de la reina! de mi esposa!--dijo el rey en uno de los
arranques de verdadera dignidad que  veces dejaba conocer--. Cmo!
por qu haba yo de dudar de vos, seora?

--Oidme, don Felipe, oidme, perdonadme, porque por una sola vez en mi
vida he obrado con ligereza.

--Yo estoy seguro de que no tengo que perdonarte nada--dijo el rey
volviendo  su debilidad habitual, y procurando excusarse de entrar en
explicaciones que le asustaban, porque  primera vista parecan graves.

--No, no; me habis de or: os lo suplico--dijo la reina--, necesito
librar mi conciencia de este peso.

Al or la palabra conciencia, el rey, que tena algo de lo asustadizo de
su padre, aunque no su firmeza ni su sombro recelo, se alarm.

--T conciencia, dices!

--S, porque siendo vos mi rey y mi esposo, os he callado lo que no
deba haberos callado.

--Tendremos alguna otra conspiracin?--dijo todo asustado el rey.

--S; s, seor; de conspiraciones se trata; pero de conspiraciones que
ya no deben daros cuidado, porque ya pasaron.

--Conspiraciones vuestras?

--Por recobrar vuestra dignidad y la ma.

--Pues lo de siempre. Y quin os ayudaba  conspirar? porque nadie
conspira solo.

--Don Rodrigo Caldern.

--Ah! ah!

--Se me mostr leal... cuando era traidor; le conced algunas audiencias
secretas.

--Contra el duque de Lerma?

--Contra el duque de Lerma.

--Ah! don Rodrigo conspiraba contra su bienhechor, contra el hombre 
quien todo lo debe! No saba yo que ese tal era tan malvado!

--Lo es ms an: ese hombre se ha atrevido  dictarme condiciones.

--Condiciones  la reina! un vasallo! pero cmo poda ese miserable
atreverse  dictarte condiciones?

--Fu imprudente; creyndole un vasallo leal, le escrib algunas cartas
de mi puo y letra, avisndole de la hora que poda entrar en palacio y
verme.

--Y esas cartas! esas cartas!

--Las he quemado yo por mi propia mano, gracias  don Juan Tllez Girn,
que se las arranc  estocadas.

--Ah!--dijo respirando el rey--; y de resultas de esas estocadas est
herido don Rodrigo?

--S, seor.

--Pero don Juan sabr...?

--Don Juan entreg aquellas cartas sin leerlas  doa Clara.

--Ah! ya; s... esas cartas acompaaban sin duda al rizo de cabellos
aquel de doa Clara, y don Juan habr credo que de doa Clara eran las
cartas...

--S; s, seor--dijo la reina, que no se atrevi  ser ms explcita.

--Pues es necesario premiar  ese caballero.

--Harto premiado est ya con ser esposo de doa Clara; slo os pido una
cosa, seor.

--Qu!

--Que me perdonis si por amor  vos, por la dignidad de la monarqua,
pude ser una vez imprudente.

Y la reina se arroj  los pies del rey.

--Oh! no! no! en mis brazos, que tan ansiosos estn de ti! en mis
brazos, Margarita ma! oh, qu hermosa eres!

Y bes  la reina en la frente.

--Oh! cunto te amo, Felipe mo!--dijo la reina llorando de placer y
estrechando al rey entre sus brazos.

--No me dices eso siempre--contest el rey con el acento y la expresin
de un nio voluntarioso.

--Es que no siempre me tienes contenta; pero hoy has hecho mucho bueno,
Felipe; has vuelto su esposo  mi buena doa Clara, y  pesar de lo que
te he revelado, no has dudado de m. Te amo! te amo!

--Oh, Dios mo!--dijo el rey--si esto durara mucho!...

--Durar... todo lo que t quieras que dure, Felipe... oh! y qu feliz
soy! pero hay alguien  quien debemos mucho, que llora por nosotros, y
cuyas lgrimas es necesario enjugar.

--Doa Clara!

--Doa Clara... y voy... sin perder un momento.

--Ir t!... la reina!...--dijo Felipe III, que no olvidaba nunca la
ceremoniosa etiqueta de la casa de Austria.

--Ir... por las comunicaciones interiores... nadie me ver... enviar
delante  la duquesa de Ganda, para que doa Clara, cuando llegue yo,
est sola. Y adis, adis; es necesario no olvidarnos de que para el que
sufre, cada momento es un siglo. Te amo. Adis.

Y la reina escap.

--Ah!--dijo el rey--; cuando se hace una buena accin se le queda  uno
el alma tan llena de no s qu... Vamos, Dios quiera que por estos
momentos de felicidad que me ha dado, no nos pida Lerma algo que vuelva
 ponernos tristes.

Y el rey, por el mismo sitio por donde haba ido  la recmara de la
reina, se volvi  la suya y al examen de la escopeta vizcana que tena
an entre las manos su montero mayor.




CAPTULO LXXV

EL SOL TRAS LA TORMENTA


Vestida, arrojada sobre un lecho, con el rostro vuelto contra la
almohada, en una bellsima alcoba, haba una mujer.

Aquella mujer lloraba silenciosamente; de tiempo en tiempo un sollozo
desesperado haca desgarrador su llanto.

En la alcoba, sobre un reclinatorio delante de una virgen de los
Dolores, haba una lamparilla encendida.

Fuera de la alcoba, junto  la puerta, estaban sentadas dos dueas
silenciosas  inmviles.

Pas algn tiempo as.

Abrise al cabo una puerta, y asom por ella la cabeza de una doncella.

--La camarera mayor de la reina quiere ver  la seora--dijo la joven en
voz baja.

--Qu hacemos, doa Ins?--dijo tambin en voz baja la una duea  la
otra.

--Qu os parece que hagamos, doa Mara?--pregunt la preguntada.

--La seora no duerme, que solloza--dijo doa Mara.

--Y acaso su excelencia la traiga una buena noticia, dijo doa Ins.

--Pues, avismosla.

--Avismosla.

--Id vos.

--No, vos.

--Cualquiera.

Y doa Ins se levant, abri las vidrieras, y de puntillas se acerc al
lecho, y dijo casi al odo de su seora:

--La escelentsima seora camarera mayor de su majestad, quiere veros,
seora.

--Oh! que entre! que entre al momento!--dijo doa Clara, apartndose
de sobre la frente las pesadas bandas de sus negros cabellos; por qu
la habis detenido?

La duea sali como un relmpago.

Cuando doa Clara abri las vidrieras y sali  la cmara, ya estaba en
ella la duquesa de Ganda.

--Qu noticias me trais, seora? exclam anhelante la joven
arrojndose al cuello de doa Juana de Velasco.

La duquesa mir en torno suyo, y al ver que haban quedado solas,
exclam llorando:

--Ah! no s nada; desdichado hijo mo!

--Me habais hecho concebir una esperanza,--dijo con desaliento doa
Clara.

--Su majestad est en la saleta azul,--dijo la duquesa enjugndose las
lgrimas--; me ha enviado delante, para que apartis de aqu las
personas que pudieran verla. Su majestad os crea muy enferma.

--Ah! s, del corazn, del alma... me estoy muriendo. Pero no estoy tan
dbil que no pueda ir  ver  su majestad. Vendr  consolarme.

La reina viene alegre, impaciente.

--Oh! Dios mo! exclam doa Clara.

Y apartndose de la duquesa di  correr, loca, anhelante, atraves
algunas habitaciones, y en una cay entre los brazos de la reina que la
haba salido al encuentro.

--Oye, Clara,--la dijo Margarita--; consulate, enjuga tus lgrimas; te
traigo buenas noticias.

--Dnde est, seora?

--En la torre de los Lujanes.

--Y puedo verle?

--S.

--Ah! seora, perdonad... pero... permtame vuestra majestad que vaya
al momento... le he credo perdido... son esos hombres tan infames...
y... le amo tanto!

--Espera, espera... sernate, tranquilzate, Clara, amiga ma: no ves
que yo me sonro, que estoy contenta. Cmo poda estarlo si te
amenazase una desgracia?

--No corre peligro su vida!

--No, ni mucho menos...

--Y entonces, qu hay que temer?

--Nada.

--Nada! pues si no hay nada que temer, por qu contina preso?

--T eres valiente, Clara. Domnate, preprate...

--Para qu?

--Tanto valor se necesita para soportar la desgracia, como para resistir
la noticia inesperada de una dicha.

--Ah! seora! tendr valor, le tengo.

--Pues bien: toma, Clara ma, toma, y ve t misma  sacarle de su
prisin.

Y la reina di  doa Clara el auto de libertad.

La joven le ley, se domin, se puso plida, y mir con una elocuente
ansiedad  la reina.

--S, s; ve amiga ma--dijo la reina--; pero no te olvides de decir 
doa Juana que la espero para volverme  mi cmara.

Doa Clara se arroj  los pies de la reina, y la cubri las manos de
besos y lgrimas.

Luego se levant y di  correr, como una loca, hacia sus habitaciones.

--Libre! libre, madre ma!--exclam arrojndose en los brazos de la
duquesa y riendo y llorando  un tiempo--libre! y libre de todo cargo!

--Ah! gracias  Dios!

--Y no poda eso ser de otro modo, porque Dios no poda querer mi
desesperacin; pero la reina os espera. Y voy por l. Un manto! una
litera!--aadi dirigindose  una puerta--. Despus, venid, madre ma;
l estar ya aqu. No os! dueas! lacayos!

--Adis, hija ma, adis--dijo la duquesa viendo que se acercaba gente,
y sali.

--Pronto, doa Ins, mi manto; que pongan una litera al momento--repiti
con impaciencia doa Clara.

Y cinco minutos despus, dentro de una litera sala del alczar la
joven.

Como la torre de los Lujanes no estaba lejos, y los lacayos que llevaban
la litera iban de prisa, muy pronto la litera par  la puerta de la
torre, sali de ella doa Clara, y present la orden de soltura al
alcaide.

--Y van dos, las dos principales y hermosas--dijo entre dientes el
alcaide leyendo la orden.

Afortunadamente no le oy doa Clara.

--No hay que oponer nada  esto--dijo el alcaide dando vueltas  la
orden--; en pagando ese caballero ciertos derechos y el alquiler de los
muebles...

--Bien, bien, pero llevadme  donde est--dijo doa Clara.

--Y quin le dir que le busca?

--Su esposa.

--Ah! perdonad, seora--dijo el carcelero quitndose su caperuza, que
hasta entonces haba tenido encasquetada--; como vuestro esposo es joven
y gentilhombre,  estos tales seores suelen buscarlos...

--Pero hay algn inconveniente para que yo vea al momento  mi marido?

--Ninguno, seora. Qu ha de haber? yo mismo voy  llevaros. Molinete,
dame las llaves del encierro alto. Vamos, seora, vamos.

El alcaide se meti por una estrecha puerta y por una escalera obscura.

Doa Clara le segua sin pensar en donde pona los pies, acertando con
los escalones y con las revueltas por instinto.

Al fin se vi alguna luz en las escaleras, y al acabar de subirlas se
encontraron en un corredor estrecho alumbrado por claraboyas,  cuyo fin
haba una puerta de hierro con tres cerrojos y tres candados.

Doa Clara no tuvo paciencia para que el alcaide acabase de abrir.

Golpe con su pequea mano la puerta, y dijo con toda la fuerza de sus
pulmones y toda la alegra de su alma:

--Juan! Juan!

--Clara de mi alma!--grit desde adentro el joven.

--Sin duda ninguna son marido y mujer, cuando se tratan as delante de
gentes--dijo el alcaide acabando de abrir.

Y cuando la puerta estuvo franca, como nada haba ya que guardar all,
se volvi dejando la puerta abierta y murmurando por las escaleras:

--Ya lo creo! con una mujer como esa ya puede uno hacer lo que le d
la gana. Dios de Dios! en mi vida he visto otra tan hermosa.

Entre tanto doa Clara y don Juan estaban estrechamente abrazados,
mudos, en el primer momento de alegra. Parecales  entrambos que
haban resucitado el uno para el otro.

Al fin se separaron, se miraron, y don Juan vi en los ojos de su mujer
lo que jams haba visto, lo que ni aun haba sospechado, lo que no
saba que existiese: un amor sobrenatural, una vida que viva en su
vida; una alegra que era su alegra; un alma que absorba la suya, la
envolva, la acariciaba y la defenda; una fuerza infinita de absorcin
que no le dejaba vida, ni deseo, ni voluntad como no fuesen para doa
Clara.

Habale parecido su mujer hermosa: pero entonces le pareci que la
hermosura de su mujer no perteneca  la vida, que tena algo de
fantstico, de divino.

--Juan de mi alma!--le dijo doa Clara--; vmonos de aqu: me parece
que me van  arrancar de tus brazos, que se va  cerrar de nuevo esa
puerta, que no te voy  volver  ver. Vmonos, vmonos; ests libre; he
trado la orden yo misma, y nadie puede impedirte que salgas; nadie,
como no sea Dios, me volver  separar de ti.

--Quin te ha dado esa orden, Clara ma?--dijo don Juan acordndose 
pesar de todo de la pobre Dorotea.

--La reina!--contest doa Clara--; no s por qu medio: anoche yo me
arroj en balde  los pies de su majestad: en balde la reina suplic al
rey. Ni aun pudimos saber dnde estabas preso.

--La reina te ha dado esa orden!--dijo profundamente pensativo don
Juan, que no acertaba  comprender cmo aquella orden haba pasado de
las manos de Dorotea  las de la reina.

--S, s--repuso impaciente doa Clara--; pero qu importa eso? Lo que
importa es salir de aqu.

Y tir de su marido, que se dej conducir.

Al pasar por la alcaida, el alcaide les sali al encuentro
respetuosamente y gorra en mano.

En la otra mano tena una daga y una espada, sencillas pero hermosas y
fuertemente bruidas las empuaduras de acero.

--El seor alcalde de casa y corte, Ruy Prez Sarmiento, acaba de
enviarme para vuesa merced, estas armas, que le ocup cuando le
prendi--dijo el alcaide.

El joven se puso la daga y la espada en el talabarte, y di las gracias
al alcaide.

--Perdonad, caballero--dijo el alcaide al ver que los dos esposos
seguan hacia la puerta--; pero quisiera que antes de salir mirseis
esta cuentecita.

Y present un papel  don Juan.

Aquel papel deca:

Cuenta de lo que ha adeudado don Juan Tllez Girn, en las veinte y
cuatro horas que ha estado preso en la torre de los Lujanes.

Por alquiler de la habitacin alta donde estuvo preso en otro tiempo el
rey Francisco, y donde slo se encierran personas principales, diez
ducados.

Por el alquiler de una cama con colchones de pluma, sbanas de holanda
y repostero de damasco, mantas y dems, cinco ducados.

Por dem de doce sillas, un silln, una mesa, un candelero de plata y
una alfombra, seis ducados.

Por una comida trada de la hostera de los Tudescos, ocho ducados.

Por una cena de dem, cuatro ducados.

Por un almuerzo de dem, cuatro ducados.

Por una vela de cera, cuatro reales de velln.

Por asistencia, dos ducados.

Por derechos de carcelaje, ocho ducados.

Todo lo cual monta la suma de cuarenta y siete ducados y cuatro reales
de velln.--_Gins Piedrahita._

Debemos advertir, que de esta cuenta slo ley don Juan la suma total.

--Traes contigo dinero, Clara?--dijo don Juan.

--S, por acaso; qu se necesita?

--Da  este hombre, dos doblones de  ocho.

Doa Clara sac un precioso bolsillo, y de l dos doblones.

--Aqu sobra dinero, seor--dijo con un acento particular el alcaide, al
recibir las dos monedas de oro.

--Guardadlo--dijo don Juan.

--Vivis mil aos, seor--dijo el alcaide apresurndose  abrir la
puerta.

Doa Clara, llevando  don Juan de la mano, sali de la torre con la
precipitacin y alegra con que sale un pjaro  quien abren la jaula, y
se meti con su marido en la litera.

--Ah!--dijo, cuando se vi caminando hacia el alczar--, gracias 
Dios que ha pasado esta horrible pesadilla!

Y estrech de una manera ardiente las manos de su marido que tena entre
las suyas.

Don Juan, sin embargo, se mostraba sombro, pensativo y cabizbajo.

Le preocupaban el recuerdo de Dorotea y la cita que tena aquella noche
con ella en Puerta de Moros.




CAPTULO LXXVI

DE CMO EL COCINERO MAYOR CONOCI CON DESPECHO QUE NO HABAN ACABADO
PARA L LAS ANGUSTIAS


Encerrado en aquel aposento reservado que, como sabemos, tena en su
casa Francisco Martnez Montio, se ocupaba en contar una gran cantidad
de dinero que tena sobre la mesa.

Con un placer sin igual, apilaba los relucientes doblones de oro, y 
otro lado los escudos y los ducados de plata.

--Cabal, cabal--deca--, nada he perdido; ni un maraved; mi mujer no me
ha engaado; haba puesto  cubierto mi dinero, y el seor Gabriel
Cornejo es un hombre de bien. Mis treinta mil ducados estn aqu...
completos, justos. Slo he perdido el dinero que llevaba en el bolsillo
y que me quitaron los alguaciles. Pero lo doy por bien empleado y ms
que hubiera sido. El arca de hierro donde est el dinero de don Juan la
tiene el mayordomo mayor del rey, y me ser entregada, segn me han
dicho, para que yo responda de ella  su dueo. Adems, ese bribn de
sargento mayor que haba llegado  inquietarme, ha muerto. Casar  mi
hija con ese Cristbal Cuero, y all se arreglen; har lo posible para
que el duque de Lerma d un empleo al galopn Cosme Aldaba, y cuando
todo est hecho, me ir con Luisa y con lo que haya nacido  Asturias,
comprar una tierra y vivir en paz.

El cocinero empez  poner en sacos su dinero, y  colocar aquellos
sacos en una arca.

--Slo me inquieta una cosa--deca entre dientes y compungido...--la
muerte de ese pobre paje Gonzalo... esa muerte cuyo autor conozco, y 
quien no me atrevo  delatar porque sera necesario delatar  mi
mujer... Vamos, es necesario olvidar esto, olvidarlo de todo punto... yo
no he tenido la culpa; y luego, quin sabe si aquellos polvos que me
di en la crcel Cristbal son un hechizo  un veneno? los tengo aqu;
me los met sin reparar en ello en el bolsillo. Yo los llevar al seor
Gabriel Cornejo que entiende de esto y l me lo dir. Vamos... por
ltimo... yo soy inocente; yo no tengo la culpa de nada de lo que ha
sucedido.

Acab de colocar su dinero en el arca, y saliendo del cuarto y
cerrndole cuidadosamente, se fu  una habitacin donde su mujer y su
hija estaban ocupadas en ponerlo todo en orden.

--Eh! qu tal? se te ha pasado ya el susto, mujercita ma?--dijo
Montio, en quien la debilidad era un defecto incurable.

--No ha sido tan pequeo que pase tan pronto, marido mo; si vos
hubirais sido mejor de lo que sois y no hubirais pensado mal de
vuestra mujer, y no la hubirais hecho meter en la crcel, estaramos
mejor; yo no puedo olvidarme tan pronto de lo mucho malo que habis
hecho contra m; yo no puedo perdonaros tan fcilmente.

Esto lo deca Luisa, subida en una silla, de espaldas  Montio,
clavando clavos en la pared y dejndole ver el pie ms pequeo y el
principio de unas piernas lo ms bonito que poda darse.

--Vamos, no hablemos ms de esto, mujercita ma; yo he estado loco y 
los locos se les perdona todo; yo te comprar un justillo y una saya de
terciopelo tomados de oro y collar y arracadas de corales, y te dar
aquellos cintillos de diamantes que te gustan tanto.

--Ya sois bueno--dijo Luisa--, conocis que habis sido malvado, y
queris contentarme con regalos, como si con los regalos pudiera curarse
el alma.

Y Luisa se ech  llorar desconsoladamente; aquel llanto era por la
muerte del sargento mayor  quien amaba, y con quien haba pensado gozar
fuera de Espaa el dinero robado  su marido.

Pero Montio era de esos ciegos que no ven  no quieren ver, y exclam:

--Vlgame Dios y qu llanto tan intil! ya no tienes nada que temer, y
yo te amo ms que nunca.

--No queris que llore, y me habis llamado adltera y miserable!--dijo
Luisa buscando un pretexto  su llanto.

--Vamos, mujer, por Dios, olvidemos eso; ya te he dicho que yo estaba
loco. No ests bastante vengada de m?

--No, no y no; necesito vengarme ms.

--Pues bien, haz de m lo que quieras, pero no me atormentes ms con tus
lgrimas. Tendrs todo lo que quieras: ricos trajes, hermosas alhajas...

--Ah!--exclam desconsoladamente Luisa.

--Y  m, padre, qu me daris  m?--dijo la Inesilla.

--A ti, hija ma, te dar un hermoso ajuar, un buen dote y te casar con
Cristbal.

--Ay, padre! y qu bueno es vuesa merced!

--No lo cree as tu madre, que dice que se ha de vengar de m.

--Bah! madre Luisa est irritadilla... pero eso se le pasar: no es
verdad, madre?

--Eh! no!--dijo Luisa.

--Todo sea por Dios!--dijo Montio--; voy  las cocinas, que ya es
tiempo de que yo vuelva de nuevo  mi obligacin; quiera Dios que cuando
vuelva te encuentre de mejor humor, mujer.

Y Montio sali y se traslad  las cocinas.

--Seor Gmez Puente--dijo al oficial mayor, que adelant cuchilla y
tenedor en mano--, qu hacis?

--Salpimento unos lechones, seor Francisco--contest el oficial mayor.

--Muchas gracias, seor Gmez--dijo Montio.

--De qu, seor Francisco?--dijo el oficial mayor.

--Todo est en orden, todo limpio, todo  punto; parece que no he
faltado yo de las cocinas.

--Vos nos tenis acostumbrados  trabajar bien.

--Veamos qu vianda habis preparado  su majestad.

--Aqu est la lista--dijo el oficial mayor dejando la cuchilla sobre un
mantel, sacando un papel doblado del bolsillo de su mandil.

Montio desdobl con gran inters aquel papel y le recorri.

--Bien, muy bien--dijo--; diez principios con perniles, diez platos de
volatera, otros tantos de pescados, ocho de caza mayor, surtido
completo de entremeses, variedad de empanadas, de asados y de fritos,
seis ensaladas, todas las frutas secas y frescas de la estacin y
abundancia de conservas y dulces de repostera; bien, muy bien, seor
Gmez; ya veo que no hago aqu gran falta. Y la cena, seor Gmez?

--Hela aqu--dijo el oficial sacando otra lista.

Recorrila con suma avidez Montio y con cierto disgusto, porque no
hall nada que reprender, y esto, hasta cierto punto, ofenda su amor
propio.

--Est visto que yo aqu no hago absolutamente falta--repiti--. Todo
esto est muy bien.

--Vuesa merced hace siempre falta en las cocinas--dijo Gmez--; hemos
podido salir adelante dos das; pero si vuesa merced faltara un da ms,
no sabramos cmo componernos. As como as, faltan en estas dos listas
algunos platos de que gusta sobremanera su majestad, y que son tan
delicados, que slo vuesa merced los sabe preparar.

--En efecto, y quiero hacer dos platillos de los mos reservados, para
que el rey conozca que no me he muerto todava. Hola! Lamprea, hijo:
preprame unos filetes de ternera.

--Buenos das,  ms bien, buenos medios das, seor Francisco--dijo una
voz spera, en aquel punto,  las espaldas del cocinero, al mismo tiempo
que una mano pesada se apoyaba en su hombro.

Volvise de una manera nerviosa Montio, y vi detrs al to Manolillo
que le presentaba una escudilla de madera.

Estremecise el triste del cocinero.

El bufn le miraba de una manera terriblemente fija y con una expresin
que era un misterio para el cocinero mayor.

--Qu queris?--dijo Montio con la voz temblorosa de miedo.

--Quiero que me deis algo bueno que almorzar, tengo mucha hambre y no
puede esperar mi estmago  la mesa de mi hermano don Felipe; parceme
que esas empanadas que acaban de salir del horno, por lo que huelen, son
de guilas; apropiadme una.

Montio puso por s mismo una hermosa empanada en la escudilla del
bufn.

--Ah veo formadas en batalla algunas botellas con telaraas; la masa,
seor Francisco, no pasa bien sin vino; dadme una botella.

El cocinero di al bufn una botella, que ste se puso debajo del brazo.

--Ahora, echadme aqu--dijo quitndose la caperuza--algunos pastelillos
y confituras con que acabar mi almuerzo.

Montio le llen la caperuza.

--Muchas gracias, hermano--dijo el bufn.

--Y qu ms queris?--dijo con voz chillona, con impaciencia Montio,
viendo que el bufn con la botella bajo un brazo, la escudilla en una
mano y la caperuza en otra, no se mova.

--Quiero que me acompais.

--Yo he almorzado ya.

--Que me acompais mientras almuerzo yo.

--No puedo; tengo que hacer un platillo de filetes de ternera
sobreasados por mi propia mano...

--Y yo tengo que hablaros urgentemente de un platillo que he inventado
yo y que quiero que hagis--dijo con voz ronca el bufn.

--Ah! habis inventado un manjar!...--dijo el cocinero, que tena
graves motivos para no atreverse  desobedecer al bufn--. Pues esto es
distinto. Vamos, to Manolillo, y veamos vuestra invencin.

Y sali con el to Manolillo.

--Pobre seor Francisco!--dijo el oficial mayor--. Cada da me convenzo
ms de que est loco.

--Tiene los ojos que le echan fuego--dijo otro de los oficiales.

--Y se sonre de una manera que mete miedo--observ otro.

--Pobre seor Francisco!--dijeron todos.

Entretanto el bufn haba llevado al cocinero  su aposento y se haba
encerrado con l.

Puso los manjares que llevaba sobre una grasienta mesa y empez  comer
con ansia.

--Es necesario alimentarse para tener fuerzas--dijo--, y sobre todo
cuando hay que obrar.

--Decidme, to Manolillo, para qu me habis trado aqu?

--Para deciros que Dorotea tiene que haceros un encargo y os espera al
momento.

--Yo no puedo ir... y no ir...--dijo el cocinero.

--Cmo que no iris? Ignoris que sobre vuestra cabeza pende un
proceso de asesinato?

--El duque de Lerma ha mandado romper ese proceso.

--Ah, el duque de Lerma!... Pues bien, el duque de Lerma os mandar
prender de nuevo cuando se lo mande yo.

--En cuanto vos se lo mandis! Bah! vos sois algo fanfarrn, to
Manolillo.

--Oye, Montio: si te vuelves  permitir burlas conmigo, te doy una
paliza, me entiendes?

El cocinero mayor se acobard.

--Y si te niegas  servir  Dorotea te llevo  la horca.

Entrle pavor  Montio.

--Pero en qu hay que servir  Dorotea?

--Puede suceder que Dorotea quiera matar  alguien.

--Y se valdr de m?

--Ya lo creo; en tu casa no es ya nuevo el veneno.

--Os digo que no, que no y que no--exclam Montio ponindose lvido de
miedo--; si vos sois un infame, yo no quiero serlo y no lo ser.

--Urge aprovechar el tiempo, el asunto es importante y te voy  revelar
lo que slo sabemos Lerma y yo; voy  convencerte de que Lerma es mi
esclavo. Mira.

El bufn sac de su pecho un legajo de papeles, le desat y, desdoblando
uno de aquellos papeles, le dijo:

--Lee.

--Dios mo!--exclam el cocinero despus de haber ledo aquella carta.

--Es una prueba de traicin  favor de la Inglaterra contra el duque.
No es verdad? Pues lee estotra.

--Seor, seor!--exclam el cocinero despus de haber ledo aquella
segunda carta.

--Aqu se prueba que Lerma roba al rey, no es verdad?

--S, s.

--Y crees t que quien tiene stas y otras terribles pruebas contra
Lerma no te tiene en sus manos?

--Dios mo!--exclam medio muerto de terror el cocinero.

--Y crees t que si yo digo  Lerma: la vida de Francisco Martnez
Montio por estas cartas, no te llevar Lerma al cadalso?

--Tened compasin de m, Manuel; tened lstima de un hombre de bien que
ningn mal os ha hecho.

--Dorotea necesita vengarse, y para vengarse te llama. T eres mo y yo
uso de ti. Qu importa una muerte ms? No mataste anoche al amante de
tu mujer?

--Le mat Dios, le mat Dios! Yo solo fu la mano de Dios!

--Pues bien, seguirs siendo la mano de Dios, porque haciendo lo que
Dorotea te mandar, habrs matado  ese infame.

--Pensadlo bien, Manuel, pensadlo bien.

--Lo tengo pensado.

--Y decs que...?

--Que si no obedeces  Dorotea vas  la horca.

--Dejadme tiempo para pensar.

--Si no te decides te dejo encerrado aqu, voy  ver  Lerma, le arranco
la orden de prenderte como asesino y vengo con la justicia.

--Bien--dijo el cocinero sudando de angustia--, ir  casa de Dorotea.

--Vendrs conmigo; ya he acabado mi almuerzo y me siento con ms fuerzas
que nunca. Vamos.

Y llevndose tras s  Montio, que estaba adherido  l por el terror,
sali de su aposento y poco despus del alczar.

Encaminronse  casa de la Dorotea.

Cuando llegaron  la puerta, el bufn dijo al cocinero:

--Llamad y entrad, aqu os aguardo.

Montio llam temblando.

Abrise la puerta y apareci Pedro.

--Decid  vuestra seora--dijo Montio con voz apenas inteligible--que
aqu est el cocinero mayor del rey.

--No es necesario avisarla--dijo Pedro--; os espera y me ha dicho que en
cuanto vengis, entris.

El cocinero entr, y poco despus estaba  solas con Dorotea.




CAPTULO LXXVII

EN QUE SE ENNEGRECE  SU VEZ EL CARCTER DE DOROTEA


La joven cerr las puertas en cuanto entr en la sala Montio.

A pesar de su turbacin, Montio not que Dorotea estaba llorosa, muy
plida, y visiblemente enferma. Sobre una mesa haba mucho dinero en
oro.

--Tomad de aqu lo que necesitis para una buena merienda para dos
personas--dijo Dorotea.

Montio, que iba resignado, contest:

--Cmo queris que sea esa merienda, seora?

--Como pudiera serlo para el rey.

--Con vinos y licores?

--S... s... con vinos y licores.

--Pues bien, tomo diez doblones.

--Tomad lo que queris.

--Y para cuando ha de estar dispuesta esa merienda?

--Para esta noche  las ocho.

--Es muy pronto.

--Tomad por vuestro trabajo lo que queris.

--No, no es eso. Lo que importa es tener cocina y utensilios.

--Cocina tendris; utensilios, compradlos.

--Entonces se necesitan otros cuatro doblones.

--Gastad, gastad, y si no basta con el dinero que ah est, os dar ms.

--Dios mio! con ese dinero basta para dar un convite de Estado en
palacio.

--Pues bien, el oro hace milagros. Gastad sin miedo, y que la merienda
est dispuesta para las ocho de la noche.

--Lo estar.

--El to Manolillo os llevar  la casa donde habis de guisar y servir
esa merienda.

--Ser necesario buscar vajilla?

--No, se llevar de casa. Pero es indispensable buscar otra cosa, para
lo cual no dudo que necesitreis mucho dinero.

--Qu cosa, seora?

--Un veneno que mate como un rayo.

Y al decir estas palabras Dorotea, se cubri el rostro con las manos y
rompio  llorar.

--Un veneno, seora!--exclam aterrado el cocinero--; un veneno! y
para qu le queris?

--Buscad un veneno; cuando habis venido aqu, no habis venido
resuelto  obedecerme?

--S.

--Pues bien, tomad todo ese dinero, tomad ms si es necesario. Ah deben
quedar sesenta doblones. Habr bastante?

--S; s, seora.

--Pues tomadlos.

El cocinero tomo maquinalmente el dinero y le guard.

--Od: el veneno le pondris en una sola confitura, pero en gran
cantidad; por ejemplo, en una pera; cuidaris que no haya otra;  esa
pera la pondris un lazo rojo y negro.

--Seora! seora!

--Estis demasiado turbado; voy  escribiros lo que debis envenenar,
con la seal que debis ponerle, para que no podis equivocaros.

Y la joven se puso  escribir con mano segura, pero llorando sobre el
papel.

Cuando hubo acabado de escribir, entreg el papel  Montio.

--Tomad, idos--le dijo--;  las ocho todo ha de estar dispuesto. Lo
entendis?

--Adis, seora, adis!--dijo Montio, y sali apresurado, porque le
pareca que saliendo de all, se libertaba del horrible compromiso en
que se vea metido.

Pero al abrir la puerta se encontr delante al to Manolillo.

Entre l y el bufn crey el cocinero ver levantarse los dos palos rojos
de la horca, y se decidi  hacer todo lo que quisiese con tal de no
verse colgado de aquel patbulo horrible.

La fatalidad arrastraba  Montio.

--Estis dispuesto?--le dijo el bufn.

--S; s, seor; estoy dispuesto  todo.

--Pues vamos  donde sea necesario ir.

--Es necesario comprar cacerolas, vasijas, todo lo indispensable para
preparar la vianda que quiere Dorotea.

--Vamos, pues.

No haba pasado una hora, cuando Montio, ayudado por el bufn, guisaba
sin mandil y sin gorro, sin ms oficial ni galopn que el to Manolillo,
en la cocina de una casa deshabitada.

Eran las dos de la tarde.

A cada momento llegaban mozos cargados de muebles, de alfombras, de
cuadros, y un tapicero se ocupaba en adornar  toda prisa un inmenso
saln en aquella misma casa.




CAPTULO LXXVIII

EN QUE SE SIGUEN RELATANDO LOS ESTUPENDOS ACONTECIMIENTOS DE ESTA
VERDICA HISTORIA


Era ya cerca del obscurecer.

En dos bufetes (as se llamaban en aquellos tiempos una especie de mesas
aparadoras) se vean puestos en tres filas como hasta dos docenas de
platos, conteniendo una riqusima variedad de manjares.

Sentado  un lado de la cocina, limpindose el sudor que corra en
abundancia por su frente, y mirando con cierta vanidad inevitable 
pesar de la situacin, su magnfica merienda, perfectamente arreglada,
estaba el cocinero mayor.

Al otro lado, arreglando sobre otros dos bufetes una magnfica vajilla
de plata, y un no menos rico y bello juego de cristal, estaba el to
Manolillo, ceudo y taciturno.

Ninguno de los dos hablaba una palabra.

Pero como obscureci hasta el punto de que ya no se vea en la cocina,
el bufn dijo al cocinero como pudiera haberlo dicho  un criado:

--Encended una luz.

--Dejad, dejad que descanse un tanto, to Manolillo--contest
humildemente el cocinero--; acabo de sentarme y estoy rendido; nunca he
trabajado tanto; es cierto que las confituras y los hojaldres y las
empanadas se han trado de fuera, pero as y todo, he hecho ms de doce
platillos en tres horas, y buenos todos, y sin oficiales, ni aun
siquiera galopines. Slo yo podra hacer otro tanto; qu da! qu da,
Seor!

--Despus descansaris--dijo el bufn--; pero antes, concluyamos;
encended, encended la luz.

--Pues qu? no hemos concludo?--dijo el cocinero levantndose.

--Yo creo que no.

--Pues yo creo que s--dijo el cocinero mientras encenda una tras otra
seis bujas que puso sobre los bufetes.

--No os ha hablado Dorotea de cierta confitura que ha de ir  la mesa,
sealada con un lazo de seda negro y rojo?

Montio se estremeci todo; sus ojos erraron vagos, atnitos,
espantados, sin fijarse en ningn objeto.

--El lazo est aqu--dijo tomando un papel ahuecado de un aparador el
to Manolillo--, y muy bello por cierto; como que me ha costado tres
reales,  pesar de ser una quisicosa; mirad, mirad, Montio; no es
verdad que es muy bello?

Y desenvolvi el papel y mostr al cocinero un precioso lazo de seda.

Montio mir y apart instintivamente los ojos del terrible lazo.

--Adems--dijo el to Manolillo tomando otro papel ms abultado--, aqu
hay una porcin de lazos: blancos, verdes, azules, dorados; adornad ese
plato de confituras, Montio, que est vistoso; vamos, que se pasa el
tiempo.

Montio se acerc  uno de los bufetes, tom un plato de frutas
confitadas, y lentamente, plido, convulso, fu poniendo  cada dulce un
lazo, un adorno, una flor, que tambin las haba.

Quedaba nicamente por poner el lazo negro y rojo.

Montio le tom con la extremidad de los dedos, con el mismo horror que
si hubiera sido un reptil ponzooso.

--Esperad, esperad--dijo el to Manolillo--; voy  daros la confitura
que debis adornar con ese lazo; es una pera bergamota, una hermosa
pera; tomad.

Y desenvolvi de un papel que tom de sobre una mesa una magnfica pera
confitada.

Montio tom la pera con la misma repugnancia que haba tomado el lazo,
y fu  adornarla con l.

--Esperad, esperad, Montio--dijo el to Manolillo--; an falta algo 
esa pera.

--Por Dios! Por su Santsima Madre! Por todos los santos y santas del
cielo! No me obliguis  ser asesino!--exclam el cocinero juntando las
manos y llorando.

--Bien, no lo hagis; todo se reduce  que desde aqu mismo os lleve yo
 la crcel.

--Pues bien--dijo Montio desesperado--, no soy yo el asesino, sino vos,
vos que me obligis  elegir entre mi vida y la de otro; yo juro 
Dios...

--Acabad, que lugar tendris de jurar despus.

--Pues bien, sea--dijo el cocinero metiendo su mano derecha de una
manera violenta y nerviosa en el bolsillo derecho de sus gregescos--:
que Dios tenga piedad de la criatura que va  morir.

Y sac un papel ajado y le desenvolvi.

--Cuidado! cuidado con lo que hacis! no vaya  caer el tsigo en
algn otro plato--dijo el bufn dando la confitura al cocinero y
apartndole del bufete donde los otros platos estaban servidos--.
Hacedlo aqu.

--Ni veo, ni s lo que me hago--dijo el cocinero mirando con terror los
polvos rojizos que contena el papel.

--Pues ved de ver--dijo el bufn.

--Y cmo pongo yo esto en la pera?--dijo Montio, cuya voz aterrada por
el miedo, apenas se oa.

--Introducid el veneno con la punta de un cuchillo.

Montio se domin, tom la pera, y con un cuchillo la hizo una
hendedura. Luego, con una agona infinita, llorando, rezando,
estremecindose todo, tom de aquellos polvos con la punta del
cuchillo,  introdujo otra vez la punta en la hendedura. El bufn le
hizo repetir esta operacin tres veces consecutivas.

Una gran cantidad de los polvos haba sido introducida en la pera.

--Ahora podis ponerla ese lazo--dijo el to Manolillo.

Montio puso en la pera el lazo rojo y negro.

Tom la pera el bufn, y colocndola sobre una hoja de parra
contrahecha, para aislarla, la puso sobre las otras confituras.

--Ahora podis descansar cuanto queris--dijo el bufn.

--No; no, seor--dijo el cocinero mayor--; lo que yo quiero es irme de
aqu; irme muy lejos de aqu, porque aqu tengo mucho miedo, porque me
muero aqu; porque creo que se me va  caer encima esta maldita casa.
Dios mo! Dios mo! Dios mo!

Y se ech estrepitosamente  llorar.

El to Manolillo cantaba entretanto entre dientes, y mientras acababa de
arreglar la vajilla, una cancin picaresca.

Pero haba algo de horrible en el acento y en el canto del bufn.

--Dnde estn mi capa, mi sombrero, mi espada y mi daga?--dijo Montio,
que buscaba por todos los rincones.

--Cmo, os empeis en iros?

--Os juro que no me quedo aqu si no me matis.

--Es que yo tengo que salir y quisiera que no se quedara la casa
abandonada.

--Es que si he de quedarme solo, no me quedo.

--Y bien mirado--dijo el to Manolillo, como hablando consigo mismo--,
para qu quiero yo  ste aqu? para que cometa alguna imprudencia?
Vamos, vamos, Montio, saldremos juntos. Afuera estn vuestras prendas.

Y tomando una buja sali de la cocina.

En la pieza inmediata encontr el cocinero mayor su capa, su sombrero y
sus armas.

Psoselos como pudo, y sigui al to Manolillo, que no se haba
detenido.

Cuando estuvieron en el piso bajo, el bufn dej la buja en el patio,
entr en el obscuro zagun y abri la puerta.

Montio escap con la misma rapidez y el mismo sobresalto con que escapa
un pjaro  quien abren la jaula.

Y sin detenerse, sin volver la cara atrs, temeroso de ser cogido de
nuevo, no par de correr hasta que dobl tres esquinas.

Entonces se detuvo y escuch con atencin.

Nada se oa ms que el rumor montono y sostenido de la lluvia, porque
segua lloviendo, y el zumbar del viento pesado y fuerte  lo largo de
las estrechas calles.

Mir y tampoco vi nada, porque la noche era obscura.

Montio no poda apreciar en dnde estaba precisamente, porque haba
salido de la casa tan azorado, que no saba si haba tomado hacia la
derecha  hacia la izquierda.

Y tal era el miedo, tal la preocupacin del menguado cocinero, que no se
le ocurri orientarse, ni otra cosa ms que seguir adelante, y aun esto
no se le ocurri, sino que lo hizo maquinalmente.

Y sigui, sigui torciendo esquinas  la ventura, empapndose en agua,
tropezando aqu, resbalando all, sin encontrar ningn transeunte, sino
de tiempo en tiempo y aun as sin reparar en l.

No se haba atrevido  desenvainar la daga, porque tema no le
aconteciese otra negra aventura como la que crea haberle acontecido la
noche anterior; esto es: matar  un hombre entre lo obscuro, sin
voluntad alguna de matarle.

Y sigui, sigui andando con paso tan rpido, que se cans al fin y se
sent en el escaln de una puerta.

Y all, encogido, temblando  un mismo tiempo de fro y de miedo, se
puso  llorar sin saber por qu lloraba, porque el pobre cocinero mayor
en aquellos momentos haba perdido la conciencia de todo.

Pero pas algn tiempo, y con el fro de la noche, con la lluvia, con el
viento, afectado de una manera externa, fu volviendo al uso de sus
facultades, recordando, apreciando su situacin.

Entonces, no estando sujeto  la influencia prxima del to Manolillo,
la conciencia del cocinero se rebel contra lo que haba hecho, operse
en su alma una reaccin poderosa, y se levant como al impulso de un
sacudimiento galvnico.

--Ah, Dios mo, Dios mo!--exclam--; no ha sido un sueo, no! no ha
sido una pesadilla, ha sido una verdad horrible! yo he cedido de miedo;
de miedo por aquellos terribles secretos del duque de Lerma, que posee
ese miserable, ese infame Manolillo! y por mi miedo va  morir una
criatura humana y yo me condenar! No, no; es necesario evitar... es
necesario correr... avisar... y  quin?  la justicia... porqu...
qu s yo  quin quieren matar?...

El cocinero adelant algunos pasos.

--Pero Dios mo--dijo al fin--, dnde estoy yo? he venido hasta aqu
sin saber por dnde he venido, y no pasa nadie, y la noche est obscura
como boca de lobo.

En aquel momento y como contestando  la pregunta del cocinero, trado
por el viento, lleg hasta l el sonido de un reloj cercano.

--Dios mo!--exclam Montio--; es el reloj de Nuestra Seora de
Atocha. Me he perdido; estoy de extremo  extremo de palacio y son las
nueve de la noche. Cuando yo sal de aquella maldita casa deban ser,
cuando ms, las siete. En dos horas ha habido tiempo para que se cometa
el crimen. Pero ah! Dios sin duda me ha trado aqu cerca del padre
Aliaga, que puede impedir el crimen, que yo le revelar bajo secreto de
confesin, y que tiene mucho ingenio y sabr sacarme del paso sin
comprometerme; y no hay que perder tiempo: no, Dios mo, no!

Y sigui adelante, guiado ya por la pendiente de la calle de Atocha y
casi  la carrera.

Cinco minutos despus tiraba de la cuerda de la campana de la puerta del
convento y peda al portero ver al padre Aliaga de orden del rey.

Inmediatamente fu introducido.

El padre Aliaga, sentado delante de su mesa, ceudo y sombro, pensaba
ms que lea sobre un libro.

Al ruido de los pasos del cocinero mayor, levant la cabeza.

Al ver el aspecto de Montio, su palidez singular, su temblor, y sobre
todo, la extraa  insensata mirada de sus ojos, se estremeci
instintivamente, porque al ver el aspecto del cocinero, haba credo ver
el presagio de una desgracia.

--Qu sucede?--dijo cerrando el libro y levantndose.

--Sucede, que va  suceder un horrible crimen, si no ha sucedido ya.

--Un crimen? Y por qu no habis ido  la justicia en vez de venir 
mi?

--Porque... porque... yo no revelar ese crimen sino bajo sigilo de
confesin.

--Pero no decs que va  cometerse si no se ha cometido? Urge, pues, el
impedirlo.

--Por lo mismo, seguidme, seor, seguidme, y por el camino os har mi
confesin.

--Vamos--dijo el padre Aliaga tomando su manteo y su sombrero y saliendo
sin avisar  nadie, de su celda con Montio.

Cuando el portero vi salir no menos que  su seora ilustrsima el
inquisidor general fray Luis de Aliaga, de noche,  tal hora y con tal
prisa, y  pie con un hombre que haba entrado en el convento trayendo
rdenes del rey, no pudo menos de maravillarse y santiguarse porque
aquello era verdaderamente extraordinario.

--Empezad, empezad, pues--dijo el padre Aliaga--, y sobre todo, sepamos
 dnde me llevis.

--A la calle de Don Pedro.

--Nos perderemos; est la noche muy obscura y nos hemos olvidado de
tomar una linterna: esta calle est lejos. Volvamos al convento, y
provemonos de luz.

--No podemos perder un instante, seor; acaso ya no sea tiempo de
impedir el crimen; es necesario ir de prisa. Asos  mi brazo, que
seguro estoy de no perderme; toda la calle de Atocha arriba,  la calle
de la Magdalena, la de la Merced, la del Duque de Alba, la de Toledo, la
plaza de la Cebada y la calle de Don Pedro; ira con los ojos vendados.

--Pues bien, vamos y apresurmonos--dijo el padre Aliaga recogindose
con una mano los hbitos y asindose con otra del brazo de Montio--;
empezad, pues, os escucho--aadi el religioso.

--Advierto  vueseora que no le revelo nada sino bajo sigilo de
confesin.

--Os prometo el sigilo por lo que respecta  vuestra persona, _in verbo
sacerdotis_.

--Cmo!

--Bajo palabra de sacerdote.

Entonces, y con esta seguridad, Montio se persign y rez
apresuradamente la confesin general.

Despus dijo:

--Hace dos horas envenen una confitura que ha de servir en una
merienda.

Y apenas pronunciadas estas palabras, Montio rompi  llorar.

El padre Aliaga se detuvo de repente, y oprimiendo el brazo de Montio,
hasta el punto de hacerle gritar de dolor y de miedo, y convirtindose
de fraile en hombre, y en hombre enrgico y terrible, exclam
sacudiendo con furia al cocinero y con voz concentrada, espantosa:

--Miserable! habis envenenado un manjar que debe comer una criatura
de Dios!

Montio tembl de los pies  la cabeza, vacil y cay de rodillas sobre
el suelo encharcado, murmurando:

--Ah! Perdn! perdn, seor!--exclam--; me aterraron... el to
Manolillo...

--El to Manolillo!... el bufn del rey!--exclam aumentando en
severidad el padre Aliaga--. Pero levantos y seguid! Sigamos,
corriendo, volando, si pudiramos! Llevadme al lugar donde esa criatura
va  morir, donde est muriendo acaso!

El cocinero, que haca ya mucho tiempo no era otra cosa que una mquina
que se mova  voluntad de la potencia que tena al lado, se levant y
di  correr, temblando, llorando y rezando, todo  un tiempo.

El padre Aliaga, levantndose los hbitos, asido del brazo de Montio,
corra tambin.

--Y quin es la persona  quien mata el to Manolillo?--dijo el padre
Aliaga.

--No lo s, no lo s!--contest todo gemibundo y miedoso Montio.

--Cmo! No os ha dicho el to Manolillo?...

--No, ni la Dorotea tampoco.

--Qu decs de la Dorotea?

--La Dorotea ha sido la que me ha mandado envenenar un dulce... guisar
una merienda.

--La Dorotea!... Dios mo! Corred, corred, que la Dorotea quiere
envenenar  una persona!... Y no os ha dicho el nombre de esa
persona!...

--No; no, seor.

--Si fuera por acaso don Juan Tllez Girn...

--Mi supuesto sobrino?

--S, s; l ha pasado hasta ahora por sobrino vuestro... la Dorotea le
ama... le ama con toda su alma...

--S; s, seor.

--Y pudiera suceder tambin que no sea  don Juan  quien se quiera
matar... sino  su mujer... doa Clara de Soldevilla...

--Dios mo!

--Corramos! Corramos y callemos!, que las palabras nos fatigan y
retrasan nuestra marcha.

Y siguieron corriendo sin hablar ya, sin escucharse ms que de tiempo en
tiempo alguna exclamacin angustiosa del cocinero.

Y as, sin encontrar  nadie, bajo la lluvia, azotados por el viento,
llegaron en muy poco tiempo  la calle de Don Pedro.

Pero al entrar en ella, oyeron dos voces irritadas, ruido de aceros que
se chocaban, y  poco un grito de agona, tras el cual no se volvi 
or el choque del acero.

Montio se detuvo, pero el padre Aliaga tir violentamente de l y le
arrastr hacia un lugar donde resonaban grandes golpes  la puerta de
una casa.




CAPTULO LXXIX

DEL MEDIO EXTRAO DE QUE SE VALI QUEVEDO PARA SOLTARSE DE LA PRISIN EN
QUE LE HABA PUESTO EL AMOR DE LA CONDESA DE LEMOS


Dejamos al final del captulo LXXI  Quevedo y  la condesa de Lemos en
un magnfico saln de una quinta, y sentados  una mesa admirablemente
servida.

El moreno y hermossimo semblante de la condesa estaba embellecido por
el color febril de una excitacin extraa; el amor, pero un amor
lastimado, ofendido, receloso, entumeca sus ojos fijos en Quevedo.

Su mrbida garganta se hinchaba hasta el punto de que pareca no poderla
contener la gargantilla de gruesas perlas, con broche de diamantes, qu
la cea, y la magnfica cruz que penda de esta gargantilla, se
levantaba y descenda  impulsos de la continua dilatacin y compresin
del casi desnudo seno de doa Catalina; sus hermosas manos cuajadas de
cintillos, y sus brazos que dejaban descubiertos hasta la mitad, entre
encajes de Flandes, las anchas mangas de su rico traje de brocado
blanco, temblaban al hacer el plato  Quevedo.

Este, por su parte, tena fija una mirada atnita, ardiente, asombrada
en la condesa.

Nunca la haba visto, ni aun la haba soado tan hermosa.

Y era porque todo se combinaba aquella noche en la condesa para aumentar
su hermosura.

El estado de su alma; su voluntarioso amor por Quevedo; la manera cmo
pensando en seducirle, en deslumbrarle, se haba ataviado, todo lo cual
la haca resplandeciente, y luego el carcter particular de aquella
aventura, en que una mujer enamorada lo arrostraba todo, la deshonra, y
acaso la muerte, por el amor de un hombre, daban  la condesa un podero
terrible, tratndose de un hombre tan sensual y tan espiritual  un
tiempo como Quevedo, que se senta halagado por completo en los
sentidos, en el alma y en el orgullo por aquella mujer, toda hermosura,
toda alma, toda voluptuosidad, toda deseo, para l y slo por l.

Y adems, hasta la vanidad de Quevedo, que tambin tena vanidad, estaba
halagada, y su buen gusto, que le tena exquisito, estaba satisfecho.

Todo lo que le rodeaba era magnfico, rico y bello; desde el techo, de
madera ensamblada, pintada y dorada, hasta el pavimento, cubierto de una
alfombra de terciopelo, las tapiceras, los cuadros, los cortinajes, los
muebles, las araas de cristal de Venecia, los espejos con marcos de
plata cincelada, las mesas cargadas de bujeras preciosas, aquella otra
mesa con riqusimos manjares servidos en vajilla de oro, y lo que
alegraba la malicia de Quevedo, con el escudo de arma cincelado de la
casa de Lemos, las viandas exquisitas, los transparentes y lmpidos
vinos generosos en costosas y raras cristaleras; el fausto, el brillo,
la nobleza por todas partes, y en medio de esto, viviendo para l solo,
hermosa para l solo, enamorada para l solo, una mujer engalanada con
un tesoro de joyas y del alhajas, semejante  un sueo, noble por su
cuna, distinguida por su talento, envidiada por hermosa y esquiva,
sensible, potica, valiente, obstinada, en lucha con l, todo esto
mareaba  Quevedo, le aturda, le adormeca, le fascinaba.

Y la mirada de la condesa, que continuamente pasaba de los ojos de
Quevedo  un bello prtico dorado y misterioso,  cuyo interior serva
de teln una cortina de encajes... Quevedo tuvo necesidad de afirmarse,
por decirlo as, en los estribos y acordarse de su porvenir;
sobreponerlo en grandeza, en goces, en belleza,  aquel su bellsimo
presente, para poder luchar con alguna esperanza de triunfo con la
condesa.

Se encontraba en el alczar mgico de una encantadora.

--Cuando hayamos dado un enorme escndalo--dijo la condesa sirviendo un
plato  Quevedo y hacindole la copa--; cuando sin temor  nadie ni 
nada, seamos yo tuya y t mo; cuando nuestro nido de amor sea ms
hermoso y ms rico que ste; cuando nos rodee una familia tuya y ma...

--Dios me libre de bastardos..--dijo Quevedo mascando  dos carrillos y
tomando una copa de oro rebosando de vino--. Un bastardo tiene la culpa
de que nos suceda lo que no deba sucedernos.

--Qu! te pesa... don Francisco?...

--Pesarame por ti... pero qu digo, pesarme?... bebe, Catalina, luz de
mis ojos, bebe... embriagumonos... olvidmonos de todo... pidamos 
Dios que disponga como nos conviene de mi seor el conde de Lemos.

--Qu! seras t capaz?...

--Yo... eh! de qu he de ser yo capaz!... abrira yo de buena gana,
que bien lo merece, el alma torcida del conde, puerta bastante para que
se escapase del cuerpo, si no hubiera de perderte...

--Ah! s... s... yo estoy loca... tan desesperada estoy, que si t
fueras otro hombre, no s  dnde me llevara mi locura; pero si t
fueras capaz de una infamia... yo no te amara...

--Dios nos libre de espectros como de bastardos... los unos y los otros
acaban por pesar mucho... no pensemos en echar peso sobre nuestra
conciencia. Pero... no bebes, luz de mis ojos!

--No... me basta con la embriaguez de mi amor, ya que he perdido el
corazn no quiero perder la cabeza. Resgnate  ser mo, y no esperes
escapar por ningn medio; te tengo, y no te he de soltar tan pronto.

--Hablemos con juicio, Catalina ma.

--Juicio! no s si lo he tenido alguna vez; pero ahora slo tengo amor
y miedo de que te me vayas.

--No puedo irme; aunque estuvisemos separados, aunque t, lo que Dios
no permita, murieses, yo no me vera libre; tu memoria... la memoria de
mi felicidad perdida, de mi corazn muerto...

--Ah! don Francisco! por qu antes no nos comprendimos!

--El hombre es necio  insensato; necesita ver lo suyo en manos de otro
para conocer que era suyo lo que le han robado... oh! si yo hubiera
sido menos necio! si no hubiera mirado en ti  tu padre!... porque en
fin, qu tiene que ver tu padre contigo? ni tu hermosura, ni tu alma,
la has heredado de l; te las ha dado Dios... yo... desde mis primeros
aos he vivido soando, y an sueo... an sueo...

Las dos ltimas palabras de Quevedo fueron sombras.

Despus de pronunciarlas, inclin la cabeza sobre el pecho, 
instantneamente la levant, dejando ver en sus enormes y poderosos ojos
negros una expresin de soberbia y de blasfemia tales que aterraron 
doa Catalina.

--Oh! qu soy yo para ti!--dijo la joven comprendiendo la mirada de
Quevedo.

--T... qu puedes ser t, Catalina? T puedes ser y eres mi diablo
amor.

--Oh! y qu palabras!

--Creo que he nacido maldito, Catalina--continu Quevedo.

--T quieres asustarme.

--No...--respondi Quevedo con voz vibrante--; las palabras que te digo,
se me salen  borbotones del corazn. Escchame, Catalina: t eres la
nica mujer nacida para m; t... t tienes todo lo que yo he soado en
la mujer... ya lo ves, te estoy hablando fro y desnudo como si hablara
conmigo mismo. Oye, Catalina, yo necesito dominar, dominarlo todo,
porque desprecio todo lo que me rodea, todo menos  ti, que eres mi
mujer como yo tu hombre... entiendes?... hay en mi algo rebelde, algo
de Satans... yo marcho, marcho y sigo marchando sin detenerme, la vista
fija en un punto, la cabeza firme en un propsito... por qu te me
pones delante de ese propsito? por qu me has obligado  huir, 
ofenderte?

Quevedo miraba de hito en hito  doa Catalina, que de hito en hito le
miraba tambin.

Entrambos estaban transfigurados, fuera de sus condiciones ordinarias.

El rostro, la mirada, la actitud de Quevedo eran terribles; no era el
mismo hombre que doa Catalina conoca; hasta su lenguaje, aquel
lenguaje artificial, tan usado por l, haba desaparecido.

Y era que doa Catalina, verdad para l, le arrastraba con su
influencia, le llevaba por el camino de la verdad.

--Creo que yo te puedo servir de algo, don Francisco--dijo la condesa
dejando su asiento, dando vuelta  la mesa, rodeando con un brazo el
cuello de Quevedo y asiendo una de sus manos.

--Ahora de mucho, de todo, Catalina ma--dijo Quevedo, rodeando la
cintura de la condesa, que se estremeci.

--Cuenta conmigo.

--Cuidado con lo que ofreces--dijo Quevedo.

--Todo cuanto yo pueda es tuyo.

--La ambicin de tu padre?...

--S...

--La vida de tu esposo?...

--S, y cien veces s.

Pas algo terrible, inmenso, doloroso, por el alma de Quevedo, esto es,
por sus ojos.

La condesa no vi aquella mirada breve y rpida, pero sombra, que pas
como un relmpago.

Si la hubiera visto se hubiera asustado.

Quevedo empezaba  cobrar miedo  la condesa.

Era demasiado enrgica, demasiado terrible.

Quevedo vi de un golpe que doa Catalina poda ser el obstculo perenne
de su vida.

Tanto amor y tan ciego, y en una mujer tan ardiente y con tanto ingenio
como doa Catalina, era respetable; ms que respetable, terrible.

Quevedo lleg  temer si haba ms que amor en doa Catalina hacia l.

Si la ambicin la impulsaba  recurrir  l por una poderosa simpata.

Seren su semblante, y atrayendo  s con ambas manos la cabeza de la
joven, la dijo:

--Oh, y cuan bien que brillara sobre esta serena y noble frente una
corona!

--S, una corona de mirto y rosas purpreas--dijo doa Catalina
sonriendo--; una corona de amor.

Desconcertse Quevedo; doa Catalina no tena ms ambicin que su amor.

Si la ambicin de doa Catalina hubiera sido otra, Quevedo hubiera
tenido esperanzas de dominarla.

Para con doa Catalina no haba otro dominio que el amor, y estaba
escarmentada, recelosa.

--Dime, don Francisco--dijo doa Catalina sentndose sobre sus
rodillas--: es cierto que t sueas grandezas?...

--Yo?...

--Que, porque las sueas, te sirves de la soberbia y de la locura del
duque Osuna?

--El duque de Osuna es mi amigo.

--No; es tu criado.

--Catalina!

--No has pensado nunca en el reino de Npoles?

Quevedo mir profundamente  la joven.

La joven sonrea de una manera singular.

--Rey!--dijo con acento hueco Quevedo--. Y qu es ser rey?

--Ser esclavo de un favorito--dijo la condesa--; de modo que si el duque
de Osuna, en vez de llamarse virrey, se llamase rey de Npoles, lo que
no sera otra cosa que un reino ms perdido para el rey de Espaa, el
secretario del virrey sera secretario del rey... y quin sabe?...

--El duque de Lerma ha nacido para equivocarse, y nada ms que para
equivocarse.

--Y qu tiene que ver mi padre?...

--T... no has sido t quien ha pensado ese desvaro que me supones...
lo has odo al duque de Lerma.

--Es que te he adivinado, don Francisco.

--Y bien, qu! Si eso fuera cierto?...

--Entonces una mujer que ocupase un alto lugar en la corte de Espaa,
que supiese conspirar, que lo viese todo, que lo oyese todo y que te
amase... sera tus pies y tu cabeza; podras obrar aqu y all...
aprovechar las ocasiones propicias... Crees t que yo puedo ser esa
mujer?

--S.

--Crees t que yo soy capaz de sacrificarlo todo por ti?

--Lo creo.

-Crees t que sera capaz de doblar mi orgullo hasta el punto de ser
dama de la duquesa de Osuna, si la duquesa llegase  ser reina?

--S.

--Y entonces, por qu quieres destrozarme el corazn, abandonndome?

--Es que yo no te abandono, me ausento.

--Tu ausencia es la muerte de mi esperanza. Dicen que son tan hermosas
las napolitanas! No has dejado all ningn amor, don Francisco?

--No he amado  nadie ms que  ti; virgen del alma, me has tenido y no
me has dejado alma para otra mujer.

--Pues bien; no nos separaremos.

--Es urgente, necesario, que yo salga de aqu esta noche. No s lo que
ha sido del hijo bastardo del duque de Osuna.

--Yo lo sabr.

--Lo que yo puedo hacer por l no puede hacerlo nadie.

--Es decir, que tienes empeo en salir de aqu?

--Lo necesito, lo arriesgo todo si paso algunas horas sin correr al
auxilio de don Juan.

--Pues bien, primero soy yo que nadie; no saldrs.

--Te aborrecer.

--Aunque me aborrezcas; qu me importa, si insistiendo en huir de aqu
me pruebas que no me amas? para el hombre que ama, lo primero es la
mujer de su amor.

Y doa Catalina se levant irritada de sobre las rodillas de Quevedo.

--Conque somos decididamente enemigos?--dijo don Francisco.

--An hay un medio de entendernos.

--Cul?

--Entre mis bienes dotales, tengo yo hacienda cerca de Npoles.

--Oh! pues entonces...

--Si me pruebas que me amas, abandono  Espaa, y con el pretexto de la
salud, de mudar de aires, del deseo de ver aquellas posesiones mas, me
voy contigo.

--No puedes dudar de mi amor.

--Necesito una prueba.

--Cul?

--Permanece aqu, deja  mi cuidado el salvar  ese don Juan, y cuando
est en salvo, partiremos juntos.

--A don Juan no puede salvarle nadie ms que yo.

La condesa se irrit.

--Y bien--dijo--, t me desprecias;  nada te avienes; quieres verte
libre de m... quieres burlarme; que se pierda, pues, don Juan; pirdete
t y pirdame yo en buen hora... todo me importa nada.

--Malhaya, amn, la primera mujer que vino al mundo para producir
mujeres--exclam perdida ya la paciencia Quevedo.

--Malditas sean--dijo la condesa--, si han nacido para ser tan
desventuradas.

--Ello es necesario, seora, que yo salga de aqu--dijo Quevedo,
acabando de perder completamente la paciencia.

--Por lo mismo que t quieres salir, yo no quiero que salgas, y no
saldrs.

--No me obliguis  cometer una villana.

--Ser necesario que me mates, y nada me importa morir; no te he dicho
que estoy desesperada?

--Hasta en amor me persigue la desventura--dijo Quevedo.

--Bien merece ser desventurado, quien no es capaz de amar.

Quevedo se puso  pasear  lo largo de la cmara; la condesa se sent en
un silln silenciosa y sombra, y qued profundamente pensativa.

Pas algn tiempo, durante el que ni ella ni l hablaron una sola
palabra.

De improviso se detuvo Quevedo.

--Parceme que se acerca alguien--dijo.

La condesa se puso sobresaltada de pie.

--Y bien, qu me importa?--dijo dominndose y sentndose de nuevo--;
sea quien quiera, nada me importa.

--Pues no--dijo Quevedo--; oye, se acercan... llaman.

La condesa volvi  ponerse de pie.

Llamaron por segunda y tercera vez con insistencia, y se oy una voz de
mujer que dijo recatadamente detrs de la puerta:

--Seora! seora! por amor de Dios! od, si no queris que suceda
una desdicha!

La condesa se acerc  la puerta.

--Qu sucede, Josefina?--dijo.

--El seor conde de Lemos acaba de llegar  la quinta y pregunta por
vuecencia.

--Ah! mi marido!--dijo la condesa.

--Tu marido! ve, Catalina, evtame un desastre; el conde es orgulloso y
yo estoy desarmado.

--Desarmado! desarmado no! en aquel retrete hay armas de todas clases,
blancas, de fuego... Oh! Dios mo! Dios mo! Espera, Josefina,
espera... y t espera tambin... Yo te juro que,  pesar de todos los
condes y de todos los maridos del mundo, no te me escapars, no huirs
de mi.

Doa Catalina abri violentamente la puerta y sali.

Quevedo la oy cruzar por fuera una barra y echar llaves.

--Pues no--dijo Quevedo--, ella es muy capaz de engaar  ese imbcil de
don Fernando de Castro,  lo que es peor, de hacerle consentir en un
convenio vergonzoso, como si lo viera; despus de una hora de
conversacin con su marido, volver para tenerme al lado y no separarse
de m en una eternidad; si no aprovecho esta coyuntura, largo cautiverio
me espera, y don Juan... y mi proyecto... perder por una mujer... ah!
no! Quevedo! muy poco valdrs y merecers todo cuanto te suceda si no
logras escaparte! Lo primero es prevenirse; me ha dicho que en aquel
retrete hay armas, armmonos.

Quevedo tom una buja de sobre la mesa y se dirigi  una puerta
situada  un extremo de la cmara, la abri y entr.

En los ngulos haba algunos hermosos arcabuces; en las paredes, en una
especie de espeteras de madera rica y tallada, gran nmero de espadas y
dagas; algunos preciosos pistoletes se vean ac y all.

Quevedo tom una espada, una daga y dos pistoletes, despus de
cerciorarse que estaban cargados, y se los puso en el talabarte; 
seguida sali de la cmara y abri una de las puertas que supona de
balcn; pero se haba engaado, aquella puerta tena detrs una fuerte
reja.

Quevedo era un hombre de imaginacin pronta; record que en el estante,
entre las armas de caza, haba algunos frascos de plvora, y entr, se
apoder de aquellos frascos y los puso junto  la reja; luego, con la
daga, abri algunos huecos entre el marco de la reja y la pared, rellen
de plvora aquellos huecos, puso en comunicacin con ellos un reguero
que llev hasta un lugar desde donde poda ponerle fuego  cubierto de
la explosin de las cargas de plvora de la reja, y  continuacin se
puso  apilar las mesas, las sillas y los muebles junto  la puerta de
entrada.

Luego se dirigi  aquel misterioso apartamiento, cubierto por una
cortina, en el que tantas veces se haba fijado la vista de la condesa,
y se encontr en un precioso dormitorio. Quevedo suspir, pero
suspirando carg con un colchn y le llev  la cmara; volvi y carg
con otro, y as sucesivamente, colchones, ropas, muebles aumentaron el
montn que cubra la puerta de entrada de la cmara; y cortinas,
tapices, cuadros, ropas, todo fu  parar all, y todo esto en pocos
momentos.

Entonces Quevedo aplic la luz de una buja  aquella especie de pira
que casi tocaba al techo, y luego otra buja y luego otra; una llama
viva y brillante apareci  los pocos momentos, y un humo denso y
blanco inund la cmara.

Era inevitable un incendio.

La cmara deba convertirse en pocos minutos en una hoguera.

Quevedo aprovecho el tiempo, se fu al ngulo donde empezaba el reguero
de plvora que iba  terminar en los depsitos de plvora de la reja y
le puso fuego; instantneamente retumb una detonacin y  seguida un
golpe, como de un objeto desprendido y que haba parado  poca
profundidad.

Quevedo, cuanto de prisa se lo permitieron sus mal configurados pies,
corri al vano cubierto antes por la reja, y la encontr franca.

Como haba previsto Quevedo, la plvora haba hecho volar la reja.

Y sin pararse  meditar si la altura era  no tal que pudiese arrojarse
 tierra un hombre sin peligro, Quevedo se dej caer.

Pero Quevedo no haba contado con el reblandecimiento de la tierra por
una lluvia que haba sido constante durante cuatro das, y sucedi lo
que no poda menos de suceder: que al llegar al suelo se clav hasta las
rodillas en una tierra gredosa, quedando preso y en la completa
imposibilidad de salir por s solo.

Dejmosle all para concluir este captulo y sigamos  la condesa de
Lemos.

Su primer cuidado fu cambiar absolutamente de traje y tomar uno que no
se hiciese sospechoso  su marido.

Por poco que quiso tardar, tard lo bastante para que, cuando fu 
encontrar al conde de Lemos, que estaba en la cmara principal de la
quinta, ste la recibiese de una manera duramente excepcional.

Ni uno ni otro dieron seales de alegra al verse, como convena 
esposos que haban estado separados largo tiempo.

La condesa hizo una reverencia  su marido, y don Fernando de Castro
baj levemente la cabeza en contestacin al saludo de doa Catalina.

--Parceme, seora--dijo el conde--, que habais tomado la resolucin de
haceros ermitaa.

--Si lo sabais no debais haber dado ocasin  disgustarme, respetando
mi voluntad.

--Siempre nos hemos llevado mal, seora, desde el momento en que nos
casamos, y en que tuvsteis la franqueza de decirme que, casada conmigo
contra vuestra voluntad, nada poda esperar de vos, sino vuestra
sumisin  vuestra suerte; yo no he abusado de vuestra sumisin; yo no
he intervenido en vuestra vida, pero ha sido mientras habis respetado
mi honor.

--Bien; concluid.

--Tenis un amante!

--Fuerza era que yo amara  alguien.

--Lo confesis!

--Haba pretendido que no lo supirais; haba tomado mis medidas para
ocultroslo; pero como vuestro acento me amenaza, y ningn derecho
tenis sobre m, sino delante del mundo, y aqu estamos solos, os lo
confieso: amo  un hombre y soy suya... es ms... lo ser.

--Y quin es ese hombre?

--Don Francisco de Quevedo.

--Y est aqu?

--Aqu est.

--Bien: esto me da ocasin para encerraros en un convento y matar  ese
hombre.

--Al separaros de m... ruidosamente, perderis la administracin de mis
bienes.

Psose plido el conde.

--Si me servs--continu la condesa--os pagar bien.

--Meditis bien lo que decs?--dijo aturdido el conde, porque la
amenaza de perder la administracin de los bienes de su mujer le haba
aterrado.

--Estamos solos, don Fernando, y podemos hablar libremente: yo haba
querido retardar estas explicaciones porque me repugnan; yo hubiera
querido ms bien que hubirais meditado mejor lo que os convena y que
nos hubiramos entendido tcitamente. Pero ya que me habis amenazado,
yo, que si estoy obligada  ser vuestra ante los hombres, no lo he
estado ni lo estoy ante Dios ni ante vuestra conciencia, os declaro que
tengo un esposo del corazn; que digna y honrada he sido de ese esposo,
por ms que yo no se lo haya confesado; que suya ser nicamente, y no
vuestra ni de ningn otro. En cambio de vuestro silencio y de vuestro
nombre, que podr suceder se necesite, tomad de m lo que queris y
contad con mi apoyo en la corte.

--Lo que me decs--dijo balbuceando el conde--es horrible.

--Haced lo que mejor os plazca; en ocasin estis de consentir  de
rehusar.

--Pero el escndalo...

--Evitarle yo por m misma.

--Lo pensar.

--Pensadlo en buen hora.

En aquel momento son una detonacin, y poco despus se oyeron las voces
de los criados que gritaban:

--Fuego! fuego en la cmara de su excelencia la seora condesa!

--Eso es que Quevedo se me escapa!--exclam doa Catalina.

Y corri desolada al lugar del incendio.

Entre tanto el conde sac del bolsillo una carta, la retorci y la puso
 la luz.

Aquella carta ardi.

Aquella carta antes de quemarse deca:

Excelentsimo seor conde de Lemos: Vuestra esposa, ignorando que
habis sido perdonado de vuestro destierro con el rey, pone en vuestro
lugar un amante, y se solaza con l en vuestra hacienda del ro.

Esta carta no tena fecha y era annima.




CAPTULO LXXX

DE CMO EL INTERS AJENO INFLUY EN LA SITUACIN DE QUEVEDO


No sabemos cunto tiempo hubiera estado nuestro buen ingenio preso por
los pies en el lodo pegajoso, y maldiciendo de su suerte, y del amor, y
de las mujeres, y de los hijos bastardos y del mundo entero, y si acaso
hubiera perecido,  no ser por un incidente imprevisto para l.

Y decimos _si acaso hubiera perecido_, porque el incendio haba
progresado con una voracidad tal, que las llamas salan en turbiones
rugidores por las rejas de la cmara de la condesa de Lemos, al poco
tiempo de estar enclavado Quevedo en el fango y los escombros, que no
deban tardar en caer, deban caer sobre l inflamados.

Al resplandor de estas llamas, Quevedo vi un hombre embozado que se
deslizaba junto al muro del edificio, sobre un terreno que no haban
podido reblandecer las lluvias por estar cubierto por los anchos aleros.

--Quin ser ste--dijo Quevedo--que adelanta y me mira? estara
cercada la casa? pues si es as,  lo menos con ste me quedo.

Y sacando de su cinto uno de los pistoletes, le arm y apunt.

--Eh! vive Dios! don Francisco!--dijo detenindose de repente el
embozado que adelantaba--; as queris tratar  quien viene  salvaros?

--Ah! por mis pecados! conque eres t, Francisco de Juara?--dijo todo
admirado Quevedo--. Milagro patente que t hagas una buena accin!

--Me conviene. Os tengo cogida una palabra.

--Cgeme primero  m, y scame de este atollo.

--A eso vengo, y por vos esperaba. All va la punta de mi capa, que si
yo me meto me atollo tambin y somos dos pjaros en vez de uno.

--Parceme bien la idea y agrrome  ella--dijo Quevedo agarrndose  la
punta de la capa que le haba echado el matn.

Tir ste, y crujiendo costuras, abrindose telas, y con gran trabajo,
logr verse al fin en firme Quevedo, pero con una arroba de tierra en
cada pierna y perdidos los zapatos.

--Descalzdome has, condesa--dijo Quevedo--, pero fuego te dejo;
agarrado por los pies me has tenido, pero no por la cabeza; libre me veo
y de ti me escapo; no crea tanto; pero das pasan y das vienen, y tal
vez llegue alguno en que vuelva  pedirte lo que de m contigo se queda.
Y  dnde vamos en esta guisa?--aadi Quevedo.

--Al camino, donde en un ventorrillo tengo preparado para vos un
caballo.

--Est muy lejos ese ventorrillo?

--Como un tiro de arcabuz.

--Sabes que, sin ofensa, no me fo de ti, Juara?

--Hacis bien en no fiaros, porque no soy hombre de fiar; pero hoy me
confieso vuestro.

--Pues echa delante, que mejor quiero ver si eres gallardo, que no que
t me veas las espaldas.

--No me quejo, y delante echo.

--Vime fiando de ti, porque te tengo fiado.

--Dentro de poco fiaris ms.

--Parceme que suena gritera en la quinta.

--Sin duda vienen  apagar el fuego.

--Pues andemos de prisa, si es que yo puedo.

--Ya no dan con nosotros; est muy lejos y por aqu hace obscuro.

--Pues silencio, no nos sientan.

Siguieron caminando en silencio.

Poco despus estaban sobre el camino, y al cabo entraron en un
ventorrillo.

--Ahora--dijo Juan--, lo que importa es que vuesa merced se mude de
medias y se ponga zapatos.

--Y con qu, voto  Baco?--dijo Quevedo.

--Con mis zapatos y con mis medias.

--Parceme bien--dijo Quevedo echndose fuera las calzas enlodadas--,
pues digo que el enclavamiento fu donoso.

--A l debis la vida, que si la tierra no est blanda, os estrellis.

--Y t qu vas  ponerte?

--Las medias y los zapatos del ventero.

--Ah! pues... s... bien... y  Madrid  escape.

--Como gustis.

--Pues en marcha--dijo Quevedo--, ya estoy listo.

--Esperad, esperad un momento  que yo est listo tambin. Quiero daros
resguardo, la noche es obscura y mala y no sabemos lo que os puede
acontecer de aqu  Madrid, que hay media legua larga.

Y Juara entre tanto se pona apresuradamente unas medias y unos zapatos
que le haba dado el ventero.

--Saca los caballos--dijo  este ltimo Juara--, y toma un ducado.

El ventero tom la moneda y sac dos caballos.

Quevedo y Juara montaron y se encaminaron  Madrid.

--Oh! y cmo arde la quinta!--dijo Juara--no entris en parte donde no
hagis dao.

En efecto, la quinta del conde de Lemos era una hoguera.

--Oblganme--dijo Quevedo--, malo me hacen culpas ajenas; la maldicin
me sigue; pero pica, Juara, pica, que me importa llegar  Madrid cuanto
antes. Pero calla, que oigo los cuartos de un reloj da la villa que nos
trae el viento.

--Las nueve!--dijo Juara.

--Pues pica largo, y gracias que an estn abiertas las puertas;
enderecemos  la de Segovia.

--Me place; que as podremos dejar en el mesn del Bizco los caballos.

--A caballo ir yo hasta el alczar, que as llegar ms pronto.

--Como queris.

--Recuerdo que me has dicho al sacarme de mi atolladero que me tenas
cogida una palabra.

--S por cierto:  prima noche, cuando os libr de los alguaciles que os
llevaban  Segovia, para entregaros  cierta dama, me ofrecsteis si os
soltaba dinero y una compaa en los tercios de Npoles. Yo dije para
m: ahora no puedo soltar  don Francisco, porque la condesa de Lemos no
me lo perdonara nunca, y es demasiado persona la condesa para que yo no
la tema; pero despus que yo haya entregado  don Francisco, es
distinto. En efecto, apenas entrsteis en el coche, dije  aquel criado
de la condesa, amigo mo, si saba  dnde os llevaban y aun tuve que
darle algn dinero para que cantase; entonces me dijo: yo no s  dnde
ir la condesa con ese caballero; nadie sabe una palabra; pero he odo
all en la casa que se haba mandado arreglar la cmara de la seora en
la quinta que tiene el seor junto al ro.

--Bueno--dije para m--; ya sabemos algo; y despidindome de mi
compadre, me met en Madrid y me fu en derechura  casa del conde de
Lemos. Yo esperaba que habindole sido levantado el destierro  su
excelencia, y estando cerca, hubiese llegado  Madrid, y no me enga.
El conde de Lemos haba llegado al obscurecer, y no encontrando  la
condesa en su casa, se haba ido  la del duque de Lerma; entonces, me
met en la primera taberna que encontr, escrib una carta al conde
avisndole de que su esposa se solazaba en aquellos momentos con un
galn en la quinta del ro, llev la carta  casa del duque de Lerma, la
entregu con un dobln  un criado para tener seguridad de que la carta
haba llegado  manos del conde, y sin esperar la respuesta, que no era
para esperada, fume de all al mesn del Bizco, alquil dos caballos, y
por lo que pudiera tronar me fu  rondar la quinta.--Ya veis que si no
es por m no escapis, y que he ganado bien todo el dinero que queris
darme, y  ms mi compaa de los tercios de Npoles.

--Rico sers y capitn, Juara, y perdnenme los soldados  quienes en ti
tal capitn he de darles.

--Tendrn en m una cabeza valiente.

--No lo dudo; ni tampoco de que les dars buen ejemplo; pero llegamos 
la puerta de Segovia: adentro, y torzamos hacia el alczar.

Arremetieron los dos jinetes por la puerta, y poco despus Quevedo,
echando pie  tierra en la puerta de las Meninas, dijo  Juara dndole
las bridas:

--Desde ahora ests  mi servicio.

--Muy bien, don Francisco, y me alegro.

--Despdete de las gentes de que tengas que despedirte, porque esta
misma noche marchamos  Npoles.

--Todos los cuidados los llevo conmigo.

--Bien; busca un buen coche de camino, ajstalo para Barcelona y llvalo
al mesn del Bizco.

--Muy bien.

--Despus busca diez hombres bravos, con sus caballos, armados  la
jineta y con arcabuces, que no estn los caminos muy buenos para ir
desprevenidos.

--Y dinero para todo eso?

--Ya se te dar.

--Y para cundo ha de estar todo preparado?

--Para las doce de la noche.

--Estar.

--Pues adis, que me importa no perder tiempo.

--Quede vuesa merced con Dios.

Juara se alej, y Quevedo se meti en el alczar y se encamin en
derechura  la habitacin de doa Clara Soldevilla.




CAPTULO LXXXI

DE CMO QUEVEDO SE ASUSTA MS DE SABER QUE DON JUAN EST EN LIBERTAD,
QUE SI HUBIERA SABIDO QUE ESTABA PRESO


Doa Clara se ocupaba en arreglar su equipaje, cuando entr en su cuarto
Quevedo.

La joven le recibi con alegra.

--Plceme--la dijo Quevedo--, encontraros tan bien entretenida...

--S; he llegado  cobrar miedo  la corte.

--Y habis hecho bien en asustaros, porque Madrid es un almacn de
peligros; conque nos vamos?

--S por cierto; slo necesitbamos saber de vos para marchar, pero
esperbamos saberlo pronto, aunque no se os ha encontrado cuando se os
ha buscado.

--Tened  milagro el verme, porque  punto he estado de perdido.

--Qu os ha pasado?

--Cosas que solo por m pasan; preso me han tenido, pero suelto me veo.

--Don Juan tambin ha estado preso.

--Lo esperaba, lo tema; pero vos le habris soltado.

--No por cierto; el rey no quiso orme, ni la reina ha conseguido nada;
pero al fin, cuando menos lo esperbamos, el rey ha llamado  su
majestad y le ha dado el auto de libertad de mi esposo.

--El rey, que se haba negado  oros, y que haba desodo  la reina,
os ha dado por fin el auto de libertad de don Juan!

--S; l y vos habis sido declarados libres.

--El y yo! y no adivinis quin ha podido alcanzar esa gracia del rey?

--Indudablemente ha sido el duque de Lerma.

--El duque de Lerma!--dijo Quevedo frunciendo el entrecejo y ponindose
plido--; el duque de Lerma no hace nada de balde.

Pero recobrando su expresin impenetrable, aadi:

--Sin duda el duque de Lerma, despus de haber meditado, ha conocido que
le conviene estar bien con don Juan y conmigo. Dios se lo pague  su
excelencia, aunque por su conveniencia lo haya hecho. Y... don Juan,
dnde anda que junto  vos no le veo?

--Ha salido--dijo doa Clara fijando su mirada tranquila y profunda en
Quevedo--; ha salido  las ocho sin decirme  dnde iba...

--Y no le habis preguntado?

--Yo jams pedir cuentas de nada  mi marido.

--Sois la perla de las mujeres. Pero no ha indicado al menos?...

--Nada, y estoy con sumo cuidado: sali  las ocho, son las nueve y
media, l no conoce  nadie en Madrid... como no sea  esa comedianta
con quien tuvo amores... pero no hay que pensar en que... yo no quiero
pensar en ello.

--Ni hay para qu--dijo Quevedo--; amores de un da han sido,  por
mejor decir, conocimiento de un da, y aun as conocimiento simple.

--Sin embargo... pudiera suceder... la comedianta no est en su casa.

--Cmo! os habis metido en averiguar?...

--S, don Francisco, s... he tenido celos... los tengo... no hace ni
ms ni menos tiempo que me conoce  m don Juan, que el que hace que
conoce  esa mujer, y sin embargo, yo soy su esposa y le amo; tendr
algo de extrao que esa mujer, que le ama tambin, sea su amante?

--Blasfemia! suposicin negra que slo puede engendrar los celos, que
con llamarse celos est dicho que son locos! vos no debais haber
llegado hasta el punto de informaros de lo que pasa en la casa de esa
mujer.

--Tengo el presentimiento de que mi marido est con ella.

--Pero no sabis nada de cierto?

--No; Juana, mi doncella, fu  buscar  la comedianta con un pretexto:
con el de venderla muy baratas unas ricas alhajas. Sin embargo, esa
mujer no estaba en casa... es decir, no reciba  nadie.

--Seguid, seguid haciendo vuestro equipaje, seora, que hemos de marchar
esta misma noche; entre tanto descuidad, que yo he de traeros antes de
media hora  don Juan.

Y Quevedo, saludando  doa Clara y evitando prolongar la conversacin,
sali, porque le tardaba saber lo que hubiese de cierto en el negocio.

--Y es muy posible--deca encaminndose hacia la casa de la Dorotea,
bajo la tenaz lluvia que no cesaba un momento--; es muy posible que los
celos de doa Clara sean verdades; se prende  don Juan, no bastan las
lgrimas de una mujer como doa Clara para que le suelten, ni aprovechan
para nada las splicas de la reina. Despus y de _motu proprio_, el rey
nos pone en libertad. Veo detrs del rey  Lerma, detrs de Lerma al
bufn, y detrs del bufn  la Dorotea. Quin haba de haber credo que
esa muchacha era capaz de un amor tal? pecador de m! de modo que si le
sucede una desgracia por su conocimiento con Dorotea, yo, que le hice
trabar conocimiento con ella, soy la causa de esa desgracia. Y como doa
Clara, yo tengo tambin un presentimiento. Dios quiera que quede en
imaginacin y en miedo, que tal podra suceder, que no lo olvidsemos en
mucho tiempo!

Y don Francisco apret cuanto pudo el paso, y lleg al fin casa de la
Dorotea.

Llam con la misma desenvoltura que si  la puerta de su casa hubiera
llamado.

Pedro contest desde arriba.

Quevedo intim que le abriesen.

Pedro replic que su seora no estaba en casa.

Hubo de terciar Casilda, que conocedora de la confianza que su ama
dispensaba  Quevedo, no tuvo inconveniente en abrir.

--Entrad y os convenceris--le dijo--: si queris esperar  la seora,
esperadla.

--Dejadme, sin embargo, subir, hija.

--Subid enhorabuena.

Quevedo subi, y con su audacia acostumbrada, lo registr todo, hasta la
alcoba.

--Pues es verdad--dijo.

--Qu! haba credo vuesa merced que le engabamos?--dijo Casilda.

--Todo pudiera ser. Pero veamos si me decs tambin ahora la verdad.

--Veamos--dijo Casilda.

--Dnde est tu seora?

--No lo s.

--Cmo que no lo sabes?

--Ha venido por ella el bufn del rey y se la ha llevado en una silla de
manos.

--T sabes dnde est tu seora--dijo Quevedo encarndose de repente 
Pedro.

--Yo!

--S, t: te ests rascando una oreja.

--Porque me pica.

--No, sino como diciendo para ti: si yo quisiera podra decir dnde est
mi seora.

--No; no, seor, yo no lo s.

--A dnde has ido con un recado de tu seora?--dijo  bulto Quevedo,
pero con un acento tal de seguridad y una mirada tan profunda, tan
dominadora, que Pedro se turb.

--Pero don Francisco!...--dijo Casilda.

Quevedo no la dej continuar.

--Vendr la justicia, y se sabr todo--dijo--, y os llevarn  la crcel
y... lo pasaris mal... porque no sabis de lo que se trata.

--Pues de qu se trata?

--Por qu nos han de llevar  la crcel?--dijeron  un mismo tiempo los
dos domsticos.

--Por encubridores.

--Nosotros no encubrimos nada--dijo Casilda.

--Yo no s nada--aadi Pedro.

--Sabis demasiado: peor para vosotros si no queris declarar, porque
todava sera tiempo de impedir un gran crimen.

Quevedo, sin saberlo, deca la verdad.

Los criados de Dorotea se aterraron.

--Yo slo s que la seora estaba llorosa, que no ha comido, y que antes
de obscurecer se ha vestido como una diosa--dijo Casilda.

--Yo slo he ido  llevar vajilla de plata y copas y botellas de cristal
 una casa de la calle de Don Pedro.

--Vajilla! copas! botellas! y dnde?... hacia dnde de la calle de
Don Pedro est esa casa?

--Hace esquina  la calle de la Flor.

Quevedo no esper  saber ms.

Una intuicin poderosa le deca que habiendo salido Dorotea en silla de
manos, vestida como una diosa, segn el dicho de Casilda, no poda haber
ido  otra parte que  aquella casa  donde Pedro haba llevado vajillas
de plata y de cristal.

All donde estuviese Dorotea, all deba estar don Juan.

Y aquella cita fuera de la casa de la comedianta, entre sta y el
bastardo de Osuna, en que intervena el to Manolillo, asustaba 
Quevedo.

Por la primera vez de su vida procur correr.

No pudo; pero por la primera vez de su vida,  pesar de la defectuosa
configuracin de sus pies y de sus piernas, anduvo de prisa.

La calle  donde se encaminaba estaba cerca de un extremo de Madrid.




CAPTULO LXXXII

EN QUE EL TO MANOLILLO SIGUE SIRVIENDO DE UNA NEGRA MANERA  DOROTEA


Apenas haba salido Quevedo del cuarto de doa Clara Soldevilla, cuando
uno de sus criados la anunci que el bufn del rey quera hablarla.

En otras circunstancias doa Clara se hubiera negado  recibir al to
Manolillo; pero el to Manolillo era una persona allegada  la
comedianta Dorotea,  aquella mujer que la haca probar la amargura
mayor que puede probar una mujer: sentirse herida en su amor, en su
orgullo, en su dignidad; doa Clara, pues, mand que introdujesen al to
Manolillo.

Entr lentamente el bufn, abarcando en una mirada sombra el aposento.

Sus ojos estaban encarnados, parecan arrojar el fuego de una calentura
horrible, y su pecho de gigante se alzaba y se deprima  impulsos de
una respiracin poderosa, que se exhalaba por su boca entreabierta y
seca, produciendo un silbido ronco y dbil,  veces un ruido semejante
al de un hervor fatigoso; de tiempo en tiempo,  lo largo de los cortos
miembros del to Manolillo, corra una convulsin rpida, fuerte,
instantnea.

Detvose en medio de la estancia, y dijo con una voz sepulcral,
terrible, que estremeci  doa Clara:

--Estis preparando vuestra marcha! quedos! pensis iros!...
iros... y con l! para qu queris partir ya, si l se quedar aqu?

Doa Clara no palideci ni tembl; pero sus ojos inmviles,
incontrastables, absorbieron toda entera la mirada calenturienta del
bufn, con toda la expresin funesta de odio, de desesperacin, de
horrible alegra.

--Qu decs?--dijo marcando fuertemente su pregunta doa Clara.

--Digo que sois viuda.

--Viuda!--grit doa Clara, salvando de un salto la distancia que le
separaba del bufn y asindole con violencia: viuda habis dicho!

--S, viuda--contest el bufn desasindose de doa Clara con un ligero
sacudimiento--; pero no quiero atormentaros antes de tiempo; podis
daros por viuda porque os lo roban.

--Que me le roban!

--S, no volver!

--Explicos,  por mi alma, llamo...

--Y si me prenden, quin llevar  la hermosa doa Clara  que vea por
ltima vez  su hermoso don Juan?

--Est con ella!

--S, con Dorotea.

--Mentira!

--An tendris un manto fuera de esos bales; an os quedar valor; ese
valor que hace pocas noches demostrsteis para salvar  la reina, para
venir  salvaros  vos misma; yo os guiar.

--Dnde estn ellos?

--S; donde se enamoran, donde enloquecen, como si no hubiera en el
mundo ms hombre que l, ni ms mujer que ella; oh! temblis de clera
y de celos; yo tambin tiemblo de celos y de desesperacin; mirad, mis
ojos arrojan fuego, mi aliento silba, mi cabeza se pierde... porque la
amo... la amo... y quiero... quiero venganza.

Doa Clara no le escuchaba.

Buscaba apresuradamente un objeto.

Al fin levant de entre sus ropas un manto y se envolvi rpidamente en
l.

--Decs, Manuel--exclam con voz concentrada y breve--, que sabis
dnde estn juntos ese hombre y esa mujer?

--S--dijo el bufn.

--Venid.

Doa Clara abri con un llavn una puerta de servicio, y seguida por el
to Manolillo, atraves un espacio obscuro, sin detenerse, sin dudar,
como quien conoca perfectamente el sitio, y  obscuras siempre se
oyeron sus fuertes pisadas, descendiendo rpidamente por una escalera de
caracol.

El bufn, sin vacilar, sin dudar, como ella, la segua.

Escuchbase sobre el pavimento de mrmol el fuerte ruido de sus zapatos
guarnecidos de clavos.

Al fin de la escalera se oy el ruido de una llave en una cerradura;
salieron doa Clara y el to Manolillo, y volvi  cerrarse la puerta.

A la luz de un turbio farol que arda en aquel lugar, que era el zagun
de la puerta de las Meninas, se vi  doa Clara envolverse
completamente en su manto, y al bufn rebujarse en su capilla.

El suizo, que alabarda al brazo paseaba en el zagun, se detuvo un
momento, y al desaparecer, lanzndose en la calle, doa Clara y el bufn
volvi  su paseo.

--Llevadme donde estn--dijo doa Clara.

--Seguidme--contest el bufn.

Y tir adelante.

Doa Clara le segua con esa rapidez incomprensible de las mujeres
cuando andan de prisa.

Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua
lluvia, detena  doa Clara, el bufn la asa por la cintura, y
levantndola como una pluma,  pesar del enorme peso de buena moza de la
joven, la pona al otro lado del arroyo.

Luego l y ella seguan su rpida marcha.

En pocos minutos haban atravesado el barranco de Segovia, y subiendo
las pendientes callejas que estn al otro lado, llegaron  las vistillas
de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro.

De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de
amenaza, viniendo de la direccin opuesta  la que llevaban el to
Manolillo y doa Clara:

--Alto all! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos.

El bufn se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedi.

--Quevedo!--exclam doa Clara.

Y por instinto, en vez de retroceder, avanz hasta el bulto informe, del
cual al parecer haba salido la voz.

--Doa Clara!--exclam Quevedo--, con quin vens?

--Con el to Manolillo.

--A mis espaldas,  mis espaldas, seora--exclam Quevedo ponindose
rpidamente delante de doa Clara, tercindose la capa y echando al
mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada.

--Ah! ah!--dijo soltando una horrible carcajada el bufn--; conque
habr de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habis puesto por
medio?

Y acometi hierro en mano  Quevedo.

--Hacos, hacos  la pared, doa Clara--dijo Quevedo parando los
primeros golpes del to Manolillo--; las habemos con un gato garduo,
tan gil de pies como yo quisiera serlo; as, contra esa puerta, ahora
no hay miedo. To Manolillo, idos, y no me obliguis  despacharos; ya
veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le
sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero ms yo... no me
fatiguis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate.

El bufn no hablaba una sola palabra; acometa en silencio, y de tiempo
en tiempo salan de su pecho rugidos poderosos, sordos; hlitos
abrasadores, con los que pareca querer comunicar  su acero la fuerza
de su rabia.

--Ved que me canso, to--repiti Quevedo.

El to Manolillo redobl su ataque.

--Ah!--dijo Quevedo--; conque os empeis, hermano? pues seor,
descansemos.

Y dej caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufn, que apenas
recibido cay el to Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de
debajo de los pies.

Lo primero que hizo Quevedo fu volver la punta de su espada al suelo,
apoyarse en su pomo y descansar; el combate haba sido corto, pero
reidsimo, duro, formidable; Quevedo se haba visto obligado  resistir
los golpes tirados por el puo de hierro del bufn, y sudaba, estaba
jadeante.

Pero en el mismo punto en que se haba apoyado en su espada se irgui y
se prepar.

Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban 
la carrera.

--Quin va?--dijo Quevedo.

--El cocinero de su majestad--contest una voz angustiosa.

--Y quin ms?--repiti Quevedo.

--Fray Luis de Aliaga--contest otra voz.

--Ah, bien venido seis! He aqu, doa Clara, que Dios nos enva
amigos.

Pero doa Clara no contest.

Helsele la sangre  Quevedo.

Temi que, replegado  la pared contra la puerta de una casa, teniendo
inmediatamente pegada  s  las espaldas para protegerla de todo ataque
de costado  doa Clara, no la hubiese alcanzado algn golpe del bufn.

--Una luz, una luz! exclam Quevedo--. No trais con vosotros una luz
para ver lo que ha acontecido  doa Clara?

--Cmo! Est doa Clara con vos?--dijo el padre Aliaga.

--La trajo, no s para qu, el to Manolillo; he reido con l, le he
tendido; pero no s si habr alcanzado algn golpe  doa Clara.

--Oh, qu de crmenes, qu de desgracias!--exclam el padre Aliaga--.
Pero socorrmosla; dnde est?

--Vamos--dijo Quevedo, que entre tanto haba corrido al socorro de doa
Clara--; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene  las mil
maravillas; quedos vos aqu, padre Aliaga, y esperadnos.

--A dnde vais?

--A llevar  doa Clara  una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos,
Montio.

--Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie.

--Os ayudaremos los dos y es ms breve--dijo el padre Aliaga.

Y entre los tres cargaron con doa Clara, que estaba sin sentido.

Despus de algunos minutos doa Clara estaba recibida en una casa que se
abri al nombre del tribunal del Santo Oficio, pronunciado por el padre
Aliaga.

A aquel nombre no haba puerta que no se abriera en aquellos tiempos en
Espaa.

Y ninguna persona ms competente para usar de l que el inquisidor
general.

Nadie vi  doa Clara, que fu introducida envuelta en su manto.

En efecto, slo estaba desmayada.

Aquel rudo combate la haba aterrado, porque si bien doa Clara era
valiente, su valor era el valor de la mujer.

El cocinero mayor se qued encerrado con ella.

Pero antes dijo  Quevedo:

--Si habis matado al to Manolillo, importa que le quitis unos papeles
que lleva encima y que son muy importantes; pero apresuros y entrad
cuanto antes en la casa  cuya puerta os hemos encontrado, porque en esa
casa estn de cena la Dorotea y don Juan, y en esa cena hay un plato
envenenado.

--Ah!--exclam Quevedo, y escap.

Y lleg al lugar donde estaba el bufn y le registr.

Quitle unos papeles que encontr bajo su ropilla y una llave.

El bufn no se mova.

Quevedo guard los papeles, se alz, se volvi  la puerta que estaba
tras l, puso la llave en la cerradura y dijo al padre Aliaga que le
haba seguido:

--Entremos, fray Luis, entremos.

Poco despus el fraile y el poeta estaban dentro de la casa, cuya puerta
volvi  cerrarse.




CAPTULO LXXXIII

EN QUE SE VE QUE EL BUFN Y DOROTEA HABAN ACABADO DE PERDER EL JUICIO


Hora y media antes de los ltimos sucesos poda verse en la casa donde
acababan de entrar Quevedo y el padre Aliaga, un extenso saln
magnficamente engalanado.

Tapices de Flandes cubran las paredes, una gruesa alfombra el
pavimento; del techo, renegrido ya, pero majestuoso, uno de esos techos
de madera del gusto del Renacimiento, de enorme relieve, con profundos
casetones magistralmente tallados con florones, grecas, hojas, frutas y
caprichos admirables, penda una araa de cristal cargada de bujas de
cera encendidas.

Debajo de esta araa haba una gran mesa cubierta con un mantel, y sobre
el mantel una numerosa variedad de manjares servidos en vajilla de
plata; en el centro estaban los postres de dulces, conservas y frutas de
la estacin, y en medio de estos postres un plato de confituras coronado
por una enorme pera, puesta sobre una hoja de parra artificial, y
adornada con un lazo rojo y negro.

A los dos extremos de la mesa haba un bosque, por decirlo as, de
botellas de riqusimo cristal, sobre salvillas rodeadas de copas.

A la derecha y  la izquierda de esta mesa haba otras dos cubiertas de
otros platos y de otras botellas y alumbradas cada una por un candelabro
en forma de ramillete, de entre cuyas flores, admirablemente
contrahechas, salan las bujas.

Dos sillones, puestos el uno junto al otro, estaban delante de la mesa;
una hilera de sillones dorados alrededor del saln junto  los tapices,
y espejos y cuadros cubrindolos  stos.

Ultimamente, delante de la mesa haba un brasero de plata con fuego.

Gran parte de aquellos efectos haban sido llevados de la casa de la
Dorotea; el resto comprado ac y all, donde se haba encontrado y por
lo que haban pedido.

Aquel era un capricho de la Dorotea que la costaba algunos miles de
ducados.

Pero qu importaba esto? quera presentarse hermosa y grande ante su
amante en una habitacin rica y bella.

Como  las ocho de la noche se levant un tapiz y entr una mujer
envuelta en un manto.

Tras ella entr un hombre pequeo y ancho, embozado en una capa.

La mujer se desprendi el manto y le arroj al hombre, que haba echado
abajo su embozo.

Eran Dorotea y el bufn.

Ya sabemos que Dorotea era la hermosa de moda; es decir, la comedianta
que por orgullo enriqueca el duque de Lerma, la nia de los grandes
ojos azules y del seno de ncar, que enloqueca  los galanes de Madrid;
la reina de las entretenidas, como dira un francs de nuestros das; la
tentacin viviente y continua del corral de la Pacheca, aquella  quien
si por comedianta excelente hubiera aplaudido siempre el pblico,
aplauda con frenes, por inimitable comedianta y por incomparable en
hermosura.

La hemos descrito ya. Pero necesitamos describirla de nuevo.

Dorotea estaba transfigurada por el amor, por el sufrimiento, por la
horrible decisin que  aquella casa la llevaba; su palidez mortal, la
lucidez de su mirada, un no s qu portentoso que emanaba de la dolorosa
contraccin de su boca, de lo grave, profundo y ardiente de su mirada
febril; de aquellos hombros redondos, tersos, mrbidos, en que la vista
pareca tocar una suavidad dulcsima; de aquel seno cuya parte superior
no cubra el escote, agitado por una respiracin poderosa, por un
aliento de fuego; de aquellos brazos desnudos, modelados por Dios, de
una manera tan bella, tan dulce, tan pura, que el cincel griego se
hubiera detenido impotente al querer copiarlos; de todo su ser, en fin,
emanaba tal magia, que la hermosura de Dorotea pareca divinizada,
sobrenatural, hija de la imaginacin, no real y efectiva; una de esas
bellezas que se ven raras veces, que la mayor parte de los hombres no
ven nunca, y que hacen creer al que las ve que han de desvanecerse como
una sombra al ser tocadas.

Sus densos, brillantes y sedosos cabellos estaban peinados en largos
rizos, en una manera de teatro, contra la moda de aquellos tiempos;
estos rizos, de un tono obscuro, ceidos en la frente por una corona de
rosas de brillantes, formaban un marco hechicero al rostro de Dorotea,
contrastando con su blancura, que la palidez haba llevado hasta el
ltimo punto del blanco en la tez de la mujer. Su pecho estaba rodeado
por las mltiples vueltas de un collar de gruesas perlas (las perlas son
el adorno inmejorable de un cuello hermoso) que se anudaba en un rosetn
de brillantes y encendidos rubes.

Los brazaletes eran del mismo gnero: perlas y rubes, y del mismo
gnero tambin los herretes y el ceidor de su magnfico traje de raso
blanco bordado de oro, traje de teatro, traje de reina, que dejaba
desnudos los hombros, el seno y los brazos, con doble falda, ancho,
flotante, maravilloso, que an no haba estrenado Dorotea, que an no
haba visto nadie.

Jams se haba presentado de tal modo al pblico, por ms que fuesen
famosos por su lujo sus trajes y sus joyas  hiciesen que muchos
tuviesen lstima del duque de Lerma y la mayor parte envidia.

Aquello lo pagaba Espaa, como ha pagado tantas otras cosas.

Plida, lenta, dominada por un pensamiento fijo, Dorotea adelant hasta
la mesa; la examin y luego mir en torno suyo.

--Gracias, Manuel--dijo dirigiendo la palabra de una manera fra al
bufn--; habis hecho ms de lo que yo quera; esto es magnfico.

--Ha costado mucho y se ha trabajado bien--dijo el to Manolillo con la
voz conmovida y sin apartar su mirada ansiosa de Dorotea.

--Qu hora es?--dijo la joven.

--Ya es hora de ir en su busca.

--Pues id; tengo grandes deseos de acabar.

--De acabar! de acabar! y qu ha de acabar?

--Esta agona que me devora, esta muerte en vida.

--Dorotea, yo necesito saber lo que piensas hacer.

--Qu?--dijo Dorotea sonriendo tristemente--vengarme!

--No, t no le matars!--dijo el bufn--; le amas demasiado! no te
atrevers!

--Dnde est el dulce envenenado, Manuel?--dijo Dorotea sin contestar 
la observacin del to Manolillo.

--Aqu, en este plato del centro--dijo el bufn estremecindose--; esa
pera que tiene un lazo negro y rojo. Pero para qu quieres ese veneno?

--Para un ltimo caso.

--Pero qu ltimo caso es ese?

--Que don Juan no quiera seguirme.

--Mientes; no hay nada preparado para una marcha.

--Pues yo os aseguro, Manuel, que el viaje se har.

--Me espantas, Dorotea, yo no s por qu tiemblo, yo, que no tiemblo por
nada; yo que no me aterro; t no eres franca conmigo, Dorotea; y debas
serlo... porque yo soy... tu padre...  m me debes la vida.

--Os lo agradezco, Manuel, os lo agradezco; nada temis; no suceder
nada; don Juan me debe la vida tambin.

--Don Juan no te ama.

--Peor para l.

--Doa Clara le tiene loco.

--Oh! doa Clara! aborrezco  mi pesar  esa mujer; porque ella, ella
no tiene la culpa de que l la haya amado; hay momentos en que matara 
esa mujer.

--Y eso, eso es lo que deba hacerse; pero no t... t no debas
matarla; las cuentas con la justicia son malas de ajustar... oye,
Dorotea: voy  quitar de ah esa pera...

Y el bufn tendi su mano hacia el plato.

--Dejadla, dejadla ah--dijo Dorotea--; en cuanto  doa Clara, mirad,
Manuel: yo quisiera que doa Clara me viera junto  l aqu...

--Oh!--dijo con alegra el bufn--, la traer.

--S; que vea cmo su marido cae  mis pies... porque caer, Manuel,
caer; no me ama, pero me desea... cuando est  mi lado algn tiempo,
se embriagar en mis ojos, en mi sonrisa, en mis palabras. Quiero...
quiero que doa Clara vea que desprecio  ese hombre  quien ama ella...
quiero...

--Oh! t no sabes lo que quieres, y el estado en que te encuentras me
espanta... para qu te has engalanado de ese modo? para qu te has
puesto tan hermosa como un ngel?... pobre nia! tu alma, tu corazn,
tu vida, es ese hombre, ese hombre que no puede hacerte feliz; el solo
hombre  quien has amado; terrible Dios, que has dado al hombre amor y
caridad, sangre y lgrimas, y no le has dado poder!... maana me
pedirs cuenta de lo que yo haya destrudo, arrastrado por mi
desesperacin, y no tendrs en cuenta mi amor hacia esta infeliz, mi
rabia al ver que nada puede servirla, mi dolor al mirarla anonadada,
muerta, apurando la hiel ms amarga que t has destinado para probar 
las criaturas! oh! yo estoy loco! mi cabeza se rompe! mi corazn
revienta! Maldito sea ese hombre! maldito! maldito!

Y el to Manolillo se paseaba iracundo, terrible,  lo largo de la
estancia, con ese paso igual, sostenido, terrible del len enjaulado.

Dorotea tena una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la
barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tena el lazo
rojo y negro.

Hubo un momento en que se estremeci de pies  cabeza y cerr los ojos.

Luego se pas la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse
un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separ de la
mesa  la que pareca retenida por una influencia fatal.

--Don Juan estar esperando--dijo al bufn.

--Oh! no piensas ms que en l!--dijo el to Manolillo sin detenerse
en su paseo.

--S, s, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por
l.

--Y luego?... porque supongo que querrs que l entre solo.

--S, s, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aqu  obscuras; que no
pueda ver la desnudez de esta casa; adems, esa obscuridad tendr para
l algo de misterioso, y esta habitacin le parecer mejor. Luego,
Manuel, necesito que nadie me escuche; lo entendis?

--Nadie te escuchar, hija ma--dijo dolorosamente el bufn.

--Luego, as que haya entrado don Juan, vos saldris de la casa,
dejaris la llave debajo de la puerta y os retiraris.

--Y quin ha de acompaarte cuando hayas concludo?

--El.

--El!

--S, l.

--Pero entonces ese veneno!

--No me preguntis, por Dios, ms. Prometedme hacer lo que os he dicho.

--Lo har; pero no te comprendo.

--Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentis ms.

--Una sola palabra. Quieres que traiga aqu  doa Clara?

--No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad
 doa Clara en paz.

--Pero no habas pensado vengarte?...

--Me vengar, Manuel, pero noblemente. Aborrezco  esa mujer, pero slo
como  una cosa que me hace dao... no quiero ser infame... que nada
sepa doa Clara... no hay necesidad, basta con que lo sepa l.

--Pero qu es lo que ha de saber l?--exclam el tenaz bufn.

Dorotea hizo un movimiento de colrica impaciencia.

--Sois mi seor  mi amigo?--exclam--pretenderis que os diga lo que
cuando no os he dicho ya, debais comprender que no quiero,  que no
puedo deciros?

--Ests loca y es necesario perdonrtelo todo, Dorotea. Pero tienes
razn; no soy tu seor ni aun tu amigo; soy menos que eso, soy tu
esclavo; pero un esclavo que vive para ti y por ti.

Dorotea hizo otro nuevo movimiento de impaciencia.

--S, s, voy... perdname, porque no s ni lo que digo ni lo que hago.
Voy por don Juan.

Y el bufn sali.

Aquel hombre singular, que slo viva por Dorotea, que por Dorotea era
capaz de todos los crmenes y de todas las grandezas; de matar y de
morir, llor cuando estuvo fuera de la casa, atravesando entre la
obscuridad de la noche las estrechas calles de la villa hacia Puerta de
Moros.

Cuando lleg vi pasendose delante de la cruz  un hombre.

Se acerc  l y le dijo:

--Esperis  una persona?

--S.

--Os llamis don Juan?

--S.

--Seguidme, os esperan.

--Guiad.

El bufn tir adelante; no quera hablar ni una sola palabra ms con
aquel hombre que haca tan infeliz  Dorotea, con aquel hombre  quien
aborreca, porque no amaba  la comedianta.

Y as, el to Manolillo delante y don Juan detrs, llegaron en muy poco
espacio  la calle de Don Pedro.

Abri el bufn la puerta de la casa y se dej ver un fondo tenebroso.

--No recelis en entrar--dijo el to Manolillo procurando dar  su
acento el tono ms amistoso posible--; venturas os esperan, que no
desgracias; el amor os llama, no la traicin.

--Adelante--dijo don Juan.

--Seguid mis pasos--dijo el bufn entrando y cerrando la puerta--;
cuidad de que subimos, seguid en derechura, ahora  la izquierda, ahora
 la derecha: hemos subido; seguid recto; ahora bien--dijo el bufn
detenindose--, tras ese tapiz, por cuya abertura se ve luz, os esperan.
Adis.

El bufn se volvi.

Don Juan entr.

Cuando don Juan hubo entrado, el bufn se detuvo.

--No, yo no puedo dejarla sola con ese hombre--dijo--; ella est fuera
de s; yo no s lo que intenta; es necesario que yo observe; observar,
comprimir mis celos... ser capaz de ser testigo de su alegra si se
comprenden... y ser capaz de alegrarme. Oh, Dios mo! por qu no soy
yo tan hermoso, tan joven y tan gentil como don Juan?  por qu don
Juan no tiene para mi pobre Dorotea el amor que tengo yo?

Y quitndose los zapatos, se acerc silenciosamente al tapiz y se puso
en acecho.




CAPTULO LXXXIV

EN LO QUE VINIERON  PARAR LOS AMORES DE DOROTEA Y DON JUAN


Don Juan se asombr al ver el lugar donde le esperaba Dorotea.

Porque aquel saln, dispuesto como se encontraba, era completamente
bello y fuertemente voluptuoso.

Dorotea estaba indolentemente reclinada en un silln junto  la copa, en
la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume.

Don Juan haba ido all vivamente excitado por el recuerdo de lo que
haba pasado entre Dorotea y l aquella maana en la prisin.

A pesar de su amor  doa Clara, Dorotea era un astro bellsimo, que
ponindose entre los dos esposos, produca un eclipse de amor.

Don Juan no vea entonces ms que  Dorotea.

Se acerc  ella, y al verla de cerca, sinti una conmocin poderosa,
tembl, se deslumbr.

Dorotea le miraba, le sonrea, y le mostraba una hermossima mano.

De una manera irreflexiva, dominado por la situacin, por la magia
poderosa que se desprenda de Dorotea, por aquella voluptuosidad
concentrada, por decirlo as, don Juan cay de rodillas, y asi la mano
de Dorotea y quiso llevarla  sus labios.

Pero Dorotea la retir.

--Perdonad, seor mo--le dijo sonriendo--; pero me hacis mucho dao, y
no tengo valor para que me lastimis de nuevo; an siento el dolor
horrible del cruel beso que me dsteis esta maana. Tratadme, pues, con
caridad; sentos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para
no volverse  ver.

--Ah, Dorotea! estis irritada conmigo?

--Irritada no; estoy lastimada y nada ms. Pero sentos.

Don Juan puso el otro silln que estaba junto  la mesa muy cerca de
Dorotea, y se sent.

Dorotea retir su silln.

Don Juan dijo para s:

--Dejmosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara.

Entrambos guardaron por un momento silencio.

Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce,  don Juan; le
transmita su alma entera, y con su alma todos los embriagadores
sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le
transmitiera tambin su vida, Dorotea se pona ms plida, se
espiritualizaba ms y ms, se haca irresistible.

-Cundo os vais?--le dijo Dorotea.

--Nunca--respondi el joven--; me quedo con vos.

--Conmigo! sabis si yo quiero que os quedis?

--Oh, vos me amis!

--Es cierto que os amo, que mi alma toda entera es vuestra.

--No ms que el alma?

--No ms.

--Es decir, que pretenderis que apuremos una vida desesperada?

--Desesperada! y por qu?

--Un deseo voraz que crecer con el tiempo; un deseo contrariado; un
volcn comprimido...

--Y qu queris? no somos libres: no nos pertenecemos.

--Tratndose de vos, yo soy enteramente libre.

--Pertenecis  doa Clara.

--Decidme... apartos de ella... no es necesario que me lo digis...

--Yo no os dir eso jams.

--Harlo yo... os seguir.

--No me seguiris... os lo juro.

--Y por qu?

--Porque no debis seguirme.

--No me hablis de deber, cuando se trata de amaros... no os debo la
vida?

--Me debis la voluntad... si yo he podido salvaros, ese poder no aade
ni un quilate ms  la voluntad; esa misma voluntad de salvaros la ha
tenido doa Clara.

--Vos sois ms hermosa... vuestro amor ms ardiente.

--Ya que os amo, don Juan, no procuris perder mi aprecio.

--Vuestro aprecio!

--S por cierto. No me demostris que el amor en vos es un devaneo; que
al verme joven, hermosa, engalanada, enamorada, os olvidis de otra
mujer que es ms hermosa que yo, y que si no os ama ms que yo, os da 
lo menos un amor ms puro; hablemos como dos amigos, don Juan, y
desengaos; si yo aceptase esa promesa que me habis hecho en un
momento de embriaguez, serais mo durante ocho das; pero  los ocho
das verais  doa Clara, porque doa Clara os buscara, os
embriagara, con su dolor y con su amor, como ahora os embriago yo, y os
irais con ella; pero habindola lastimado, habiendo turbado su alma con
un recuerdo que no perdera nunca. No hagamos infeliz  esa seora, ya
que nosotros no podamos ser felices.

--Ser esta una lucha que durar mientras vivamos; hay en vos, Dorotea,
una fuerza tal para conmigo, que me siento arrastrado; vuestro amor es
un amor tal que me enloquece; os miro, y parceme que no sois una
criatura mortal; para una fra despedida yo no hubiera venido, os lo
aseguro, y os aseguro tambin, que si no alcanzo completamente vuestro
amor, vuestra confianza, vuestra alegra, vuestra posesin... mirad,
Dorotea, estoy embriagado, loco; no me desesperis hasta el punto de que
ponga  prueba vuestro amor.

--Y cmo le pondrais  prueba?

--Perdonad; pero al slo pensamiento de perderos, pasan por m horribles
tentaciones.

--No... no moriris...--dijo Dorotea extendiendo hacia don Juan una mano
y dejndosela besar.

Dorotea sufri sin alterarse, sin estremecerse, los apasionados besos de
que don Juan cubri su mano.

--Basta de locuras, don Juan--dijo Dorotea--; os he llamado para cenar
con vos antes de separarnos para siempre.

--Separarnos! pero eso no puede ser.

--No veis que estoy vestida de una manera particular?

--Eso es, Dorotea, que os habis propuesto demostrarme que sois ms
blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan ms que los diamantes,
que vuestra hermosura domina  todas las riquezas.

--No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda.

--Ah! para casaros conmigo!

--No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, ser enteramente
mo, y yo ser enteramente suya; nada alterar la paz de nuestra unin;
nadie podr separarnos; fiel yo para l, l ser fiel para m, y ningn
pensamiento, ningn recuerdo ajeno empaar nuestra unin.

--Es decir, que me olvidaris?

--S.

--No os creo.

--Cuando sepis con quien me caso, lo creeris.

--Hablis formalmente, Dorotea?

--Oh! s!

--Y quin es ese afortunado esposo? Me estis atormentando, Dorotea.

--Os juro que no tendris celos del esposo que he elegido.

--Vais  meteros  monja?

--Llevar yo  Dios un corazn lleno del amor impuro de un hombre! No,
don Juan! no soy tan impa. Podr faltarme valor para el martirio, podr
ser criminal, podr llamar, arrastrada por mi desdicha, la justicia de
Dios sobre mi cabeza; pero no cometer un sacrilegio, no, no tomar 
Dios por esposo, amando  un hombre! otro es el esposo que he elegido,
don Juan!

--No os comprendo, y quisiera comprenderos; hay algo en vuestros ojos,
en vuestro semblante, en vuestra sonrisa, en vuestras palabras, que me
espanta. Encuentro en vos no s qu calma fra, horrible.

--S, el resultado de una decisin irrevocable.

--Pero explicos. No os inspiro yo confianza?

--S, mucha, muchsima; Dios mo! vos lo sois todo para m; sin vos no
quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para m una carga
insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos.

--Si vos cenis--dijo sonriendo don Juan--, cenar yo.

--Tenis razn; ms fcil sera que una gota de agua horadase una roca,
que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma,
el corazn y los sentidos, llenos de vos; nada veo ms que vos, nada
respiro ms que el amor que siento por vos.

--Y  qu entonces esa extraa mentira?

--Qu mentira?

--La de vuestro casamiento.

--Quisiera que no fuese una horrible verdad.

--Os repito que no os comprendo.

--Dentro de poco me comprenderis.

--Y me amis?

--Como no creo que haya amado nadie; con un amor voluntarioso, ciego.
Suponed, don Juan, un pobre nufrago que flota sobre una dbil barca,
sobre un mar siempre irritado, que ve al fin, cuando ya ha perdido la
esperanza, una ribera fresca, hermosa, odorfera, que le llama, que le
convida; suponed que el nufrago ha tocado  esa ribera, que se ha
credo salvado, y que una nueva ola le ha arrastrado de nuevo, le ha
apartado de aquella ribera amada, hasta que la ha perdido de vista. El
nufrago, acostumbrado antes  la tempestad, sostenido por su dbil
esquife, se adorma al bramar de las olas, le era indiferente que stas
le llevasen ac  all, estaba seguro de que un da le tragara el mar,
y estaba resignado. Yo, antes de veros, era ese nufrago; el mundo, el
mar tempestuoso en que flotaba  la ventura el esquife, que me sostena,
mi ingenio como cmica, mi belleza como mujer; el da en que una
enfermedad me imposibilitase para la escena,  los aos destruyesen mi
hermosura, estaba previsto por m; un hospital era mi destino, sin
parientes que me amparasen, sin hijos que cuidasen mi ancianidad; no
haba amado nunca; no crea en el amor: pero os vi; vos habis sido para
m la ribera encantada donde pude encontrar la felicidad, el porvenir,
acaso la familia, y el mundo, el mundo irritado me ha apartado de vos...
bebamos al menos, don Juan, bebamos. La embriaguez es hermana de la
locura, y yo estoy loca.

Dorotea se levant y llen dos copas.

Luego vino con una salvilla, y sirvi una copa  don Juan.

--Por mi amor--dijo don Juan bebiendo.

--Por mi vida--dijo bebiendo tambin Dorotea.

Y dej la salvilla con las dos copas vacas sobre la mesa, y volvi 
sentarse en el silln.

Don Juan acerc el suyo.

Por aquella vez Dorotea no se retir.

Don Juan rode la cintura de Dorotea.

Dorotea se alz radiante de dignidad.

--La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que
venda sus favores--dijo--; respetadme, don Juan, respetad en m lo ms
noble que Dios ha dado  sus criaturas: el amor y la pureza del alma.

Don Juan se retir, no confundido, sino enojado.

Dorotea, pensativa y triste, guard silencio.

--Dorotea--dijo al fin don Juan--, queris que hablemos seriamente?

--Pues qu, don Juan, creis que yo me chanceo?

--Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo  la situacin en
que estamos colocados.

--Hablemos.

--No hay un medio de unirnos?

--Ninguno.

--Ni aun de que vivamos como dos hermanos?

--Ya habis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que
puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo.

--Vivamos como amantes.

--Como amantes! pues qu, no os vais de Madrid?

--S por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podis ir vos.

--Y bien; suponiendo que yo consienta...

Y Dorotea miraba de una manera ansiosa  don Juan.

--Escucha, alma de mi alma--la dijo don Juan--; una casita bella,
apartada, donde yo vaya  verte de noche; un jardn solitario, donde
slo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor
eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en
quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos...

--Sin celos!...

--Qu amante puede tenerlos de una esposa!

--Ay de m!--exclam Dorotea oprimindose el pecho.

--Bebamos, luz de mi alma!--dijo don Juan, y se levant y llen las
copas y las trajo en la salvilla, y se arrodill sonriendo para que
Dorotea tomase la suya.

Dorotea se inclin para levantar  don Juan.

Los rizos perfumados de la joven tocaron las mejillas de don Juan y sus
ojos se sintieron atrados por la mirada dulce, apasionada, saturada de
amor y de deseo del joven.

Aquellos dos semblantes se unieron y reson el estallido de un doble
beso.

Y entonces el bufn se separ del tapiz, se alej y dijo bajando las
escaleras:

--Oh! gracias  Dios! el veneno es intil: el veneno no matar 
nadie. Pero es preciso... s... s... es preciso que doa Clara se
separe de don Juan; es preciso que don Juan sea de Dorotea y slo de
Dorotea; es preciso que doa Clara los vea aqu juntos, enamorndose,
acaricindose, embriagados de amor.

Y el bufn baj silenciosamente las escaleras, se puso los zapatos,
abri la puerta, sali, cerr y se encamin al alczar en busca de doa
Clara.

Don Juan y Dorotea, sin embargo, no haban cambiado de situacin: tras
aquel beso irreflexivo, fatal, por decirlo as, Dorotea se haba rehecho
de nuevo.

--Sentos, don Juan--le dijo--, y hablemos por ltimo con seriedad;
hemos vuelto  caer en las locuras. Tenis sobre m un poder
maravilloso: ya lo saba yo, y me he prevenido; lo que me habis
propuesto es imposible.

--Imposible!

--S; yo no puedo partir mi amor con otra mujer; yo no puedo deciros
tampoco, y no os dir: abandonad  vuestra esposa; os debis al gran
nombre que llevis, y no podis deshonrarle; aunque queris yo no
permitir que le deshonris por m. Vemonos por la ltima vez.. y tened
mucho valor si me amis.

--Qu queris decirme con esas palabras?

--Que cuando salgis de aqu llevaris de m tal recuerdo, que no me
olvidaris jams.

--Qu misterio tan incomprensible es este que os arranca de mis brazos,
que os defiende de m, que me desespera, que me mata?...

--Mi amor.

--Extrao amor que se complace en despedazarme.

--Amor desdichado, muerto apenas nacido.

--Dorotea, no me obliguis  ser villano.

--Conmigo no podis ser ms que lo que sois.

--Un hombre burlado, por no s qu intencin que no comprendo.

--Ah! no hay ningn hombre que merezca el amor de una mujer; no hay
ninguno que comprenda el alma de una mujer.

Don Juan call confundido.

--Oye, don Juan--dijo Dorotea asindole las manos con acento triste y
con los ojos arrasados de lgrimas--: yo no comprendo el amor como t le
comprendes; para m el amor no es el deleite impuro, ni la vanidad, ni
la embriaguez, ni el entretenimiento; para m el amor es ms, mucho ms;
tiene algo de divino; para m el amor es ser el pensamiento entero de un
hombre, el espritu poderoso que le engrandezca, que le impulse  las
grandes acciones; grandezas buscadas para engrandecer la mujer amada,
cuando se trata de un hombre como t, que se llama Girn, que es hijo
del gran duque de Osuna, que debe su espada  sus abuelos y  su patria,
y el corazn  una mujer; yo no te pido eso que puede y debe pedirte tu
esposa; yo quiero tu grandeza para que refleje sobre mi frente; yo no
puedo ser para ti ms que la amante oculta y misteriosa, que te sonra
apartada de la vista del mundo; mis hijos no pueden llevar tu nombre,
porque... tu nombre pertenece entero  los hijos de la mujer con quien
te has unido: yo slo puedo ser para ti un sueo embriagador durante
algn tiempo; despus... despus, cuando hasta el misterio hubiera
perdido para ti su encanto, yo sera una carga para ti..

--Una carga!

--S, una carga enojosa.

--Crees t que yo repar jams en...?

Don Juan se detuvo, porque lo que iba  decir era inconveniente.

Pero Dorotea oy con el alma las palabras que don Juan no haba
pronunciado; las oy dentro de su corazn.

--No; no hablo yo de esa carga material que consiste en atender  las
necesidades materiales de una mujer; entre nosotros no puede haber eso;
el dinero hace dao al amor; yo cmica, yo cortesana, no he pertenecido
 un amante sino  trueque de un tesoro; yo, mujer, no doy mi corazn
sino por otro corazn; de otra carga ms pesada he querido hablarte: de
la carga que consiste en tener que sacrificar algn tiempo todos los
das  una mujer  quien no se ama,  quien nunca se ha amado, por quien
slo se ha sentido deseo y por la cual al fin ni deseo se siente, y  la
que se sigue fingiendo amor por compasin; carga que acaba por hacerse
insoportable, porque el sacrificio ms pequeo se hace insoportable
cuando es continuo; yo sera dentro de poco una carga para ti y despus
un remordimiento, porque me abandonarais...

--Te he dejado seguir porque quera saber  dnde ibas  parar. Que yo
no te amo!

--Ahora... ahora, don Juan, te crees enamorado de mi, y lo ests; ests
loco...

--No vivo ms que para ti.

--Es necesario que vivas para los dems; no eres dueo de ti mismo.

--De modo, que yo que ansiaba que llegase el momento de ver  mi
libertadora, me encuentro con una especie de hermossimo fraile que me
predica un sermn de cuaresma? Esto no puede ser. Yo... te amaba como
dices, con el deseo antes de hoy: te am de ese modo desde el punto en
que te vi... Pero desde hoy, Dorotea, te amo con un amor que no puede
confundirse con nada, porque tu amor me ha obligado  amarte; t me has
procurado la libertad, y con la libertad la vida, no s  precio de qu
sacrificio; has podido satisfacer tus celos, vengarlos, diciendo  mi
mujer: t, su esposa; t, la dama hermossima, noble, rica, favorita de
la reina, no has podido salvarle; y yo, la cmica, yo, su querida, le he
salvado; y t no has hecho eso, Dorotea; t has sufrido tu despecho, tu
desesperacin, y has hecho llegar por las manos del rey  mi mujer la
orden que me pona en libertad; t sabas que yo libre haba de partir
de Madrid y, sin embargo, la libertad me has dado; cmo quieres que no
te ame,  no ser que creas que soy un miserable? Y si soy un miserable,
por qu me amas?

--Don Juan!--exclam Dorotea con la voz trmula, ardiente, opaca, y la
mirada ansiosa, fija, concentrada en los ojos del joven--; don Juan!
mira no mientas involuntariamente!

--No, no; te amo--dijo don Juan estrechndola contra su seno.

Dorotea pugn por desasirse.

--Slo  ti amo--murmur el joven en su odo.

Dorotea rompi  llorar.

--Por ti y para ti vivir--continu el joven--, y escucha: mi vida es
tuya; para qu quiero yo un nombre que me aparta de ti? Renuncio  ese
nombre, me separo de la mujer que nos impide unirnos, saldr de Madrid,
pero saldr contigo, todo por ti y para ti.

--Separarte de doa Clara!--dijo Dorotea levantando de sobre el hombro
de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se
haban desordenado sobre su frente, plida y tersa--. Ser mo,
nicamente mo! Salir de esta casa en que haba entrado muerta,
contigo, llena de una vida hermosa! Oh! reptemelo, reptemelo! creo
que me he engaado! que t no has dicho eso!

--Oh, s! tuyo y no ms que tuyo!

--Y partiremos?

--S.

--Desde esta casa?

--S.

--Y no volvers  ver  doa Clara?

--No amo  nadie ms que  ti.

Y don Juan la atrajo  sus brazos.

Dorotea le sonri de una manera tal, le dej ver de tal modo su alma,
que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borr, como una nube
al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea.

En la sonrisa de don Juan haba visto, no amor, sino voluptuosidad,
alegra, y aun podemos decir vanidad, por la posesin segura de una
mujer vivamente deseada.

Entonces, Dorotea se levant de los brazos de don Juan, haciendo un
violento esfuerzo para desasirse de ellos.

Su palidez haba crecido.

Durante algunos segundos, una seriedad sombra, y tal que lleg 
imponer respeto  don Juan, apareci en su semblante.

Luego volvi  sonreir.

Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa haba pasado una agona
completa.

--La hora de la partida se acerca--dijo apoyndose dulcemente en el
hombro de don Juan.

--Partamos--dijo don Juan levantndose.

--Espera, espera un momento--dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre
los hombros de don Juan y mirndole frente  frente.

Don Juan exhal una exclamacin de asombro.

Nunca haba visto  Dorotea tan hermosa.

Tembl bajo la impresin de la mirada de la comedianta.

--Siempre, siempre tu sed--dijo Dorotea--; nunca tu amor.

--Cmo! an dudas?

--No, no dudo ya--dijo la joven.

Y dej los hombros de don Juan y se acerc  la mesa.

--Qu haces?--dijo don Juan.

--Tengo sed! una sed que me devora!--contest Dorotea fijando una
mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se
vea en medio de la mesa.

Y tom una botella y llen de vino una copa.

--Yo tambin tengo sed--dijo don Juan, que tena la boca amarga, como
cuando experimentamos una fuerte conmocin en nuestro organismo.

Dorotea llen otra copa.

Luego se apoy sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro
y rojo.

Su semblante estaba contrado; gruesas gotas de sudor corran por sus
mejillas.

Hubo un momento en que tembl toda, como  la sensacin imprevista de un
fro agudo.

--Estos confites son muy buenos--dijo--; probmoslos antes de beber.

Y tom la pera envenenada.

Al tomarla mir  don Juan y pas por sus ojos algo horrible.

--Toma--le dijo, y le mostr la confitura.

Don Juan extendi la mano.

Dorotea se estremeci de nuevo, retir vivamente la pera y la mordi
exclamando:

--No, no; esta es para m, para m sola.

Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequea parte de
aquel confite mortal, le devor.

A seguida cay de rodillas.

--Qu haces, Dorotea?--dijo don Juan.

--Dejadme! dejadme orar!--exclam la joven.

--Orar!--exclam asombrado don Juan.

--S; orar por mi alma--respondi Dorotea.

Y junt las manos, las cruz y dobl la cabeza sobre el pecho.

En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de
espadas.

Don Juan sinti un terror vago y se abalanz  Dorotea y la levant en
sus brazos.

La joven se abandon en los brazos de don Juan y le sonri de una manera
embriagadora.

--Oh! no me olvidars!--exclam.

--Olvidarte, olvidarte yo, vida ma!

Y don Juan, embriagado, la bes en la boca.

--Adis!--exclam Dorotea entre un beso ardiente.

--Por qu me dices adis, alma ma?

--Me llama mi esposo--dijo sonriendo siempre Dorotea.

--Tu esposo!

--S; acabo de desposarme... con quien estar eternamente conmigo y yo
eternamente con l.

--S, s--exclam don Juan engaado por las palabras de Dorotea--; no
nos separaremos jams.

--S--dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan--;
vamos  separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he
desposado con la muerte. Ahora djame orar; no acabes de perderme.

--Con la muerte!--grit don Juan.

--S, el dulce que acabo de comer estaba envenenado.

--Envenenado!.. Dios mo! Hola! aqu! aqu!--grit don Juan,
llamando.

--No hay nadie! estamos solos!--exclam Dorotea.

Y una leve contraccin de dolor resistido, pas por su semblante.

--Oh! esto es horrible! esto no puede ser verdad!--exclam don Juan
reteniendo entre sus brazos  Dorotea.

Otra contraccin ms violenta, indic  don Juan que Dorotea senta un
dolor ms agudo.

Al mismo tiempo su cuerpo se hizo ms pesado.

Don Juan se vi en la necesidad de doblar una rodilla para sostener 
Dorotea.

--No me abandones! no me dejes!--exclam--; quiero morir en tus
brazos! toma... porque apenas puedo hablar... haba escrito este
papel... que es mi ltima palabra para ti... y mi ltima voluntad... Oh
Dios mo!

Y sac del seno un papel doblado, que se desprendi de sus manos y cay
sobre la alfombra.

Don Juan estaba inmvil, mudo, dominado por el terror.

Dorotea hizo an un nuevo esfuerzo, an tuvo una sonrisa para don Juan;
luego lanz algunos gritos agudos, horribles; se retorci de una manera
violenta, hasta el punto de desasirse de los brazos de don Juan; di dos
pasos desatentados, y cay desplomada.

Don Juan corri  ella, la volvi, mir su semblante y di un grito de
horror.

Dorotea estaba muerta, y aquel semblante, poco antes tan hermoso, tan
lleno de vida, estaba afeado por una contraccin horrible.

Hay en la vida algunos momentos comparables  la muerte.

Momentos de atona en que los msculos se petrifican y el corazn se
hiela.

Momentos  los cuales sucede una reaccin horrible.

Don Juan prob unos momentos semejantes, y luego, como si despertase de
una pesadilla horrorosa, grit con un acento imposible de hacer
comprender:

--Muerta! muerta! y muerta por m!

Y seguidamente se arroj sobre el cadver y uni su boca  la boca
helada de Dorotea.

Y en otra nueva y ms terrible reaccin, se alz, y desnudando
violentamente su daga, exclam:

--Muerta por m!... y yo, miserable, vivo!

Y volvi la punta de su daga al pecho.

Pero en aquel momento, se sinti sujeto por detrs, asidos los brazos,
retenidos por otros brazos que le apretaban con la fuerza de una cadena
de hierro.

--Oh! no! no! mientras yo est  vuestro lado!--dijo una voz.

Aquellos brazos que le sujetaban y aquella voz que le hablaba, mojada en
lgrimas, eran los brazos y la voz de Quevedo.

Este y el padre Aliaga, haban entrado sin que  causa de lo horrible de
la situacin los sintiera don Juan.

--Desarmadle, fray Luis! vive Dios! que tiene las fuerzas de un toro
y se me escapa!--grit Quevedo luchando con don Juan.

El inquisidor general, arranc la daga al joven, y le quit la espada.

--Mirad, fray Luis, mirad si tiene pistoletes  la cintura--dijo
Quevedo.

El padre Aliaga, en silencio como hasta all, registr la cintura de don
Juan y le quit dos pistoletes.

--Ah, ya era tiempo! ya no poda resistir ms!--dijo Quevedo soltando
al joven.

Este se levant, di tres pasos vacilantes, y luego se dej caer sobre
un silln, y se cubri el rostro con las manos.

--Vamos--dijo Quevedo--, nos hemos salvado; veamos ahora si podemos
salvar  esta infeliz.

--Muerta!--dijo el padre Aliaga roncamente.

Y se arrodill junto al cadver y or.

Entre tanto Quevedo haba levantado el papel que se haba cado de la
mano de Dorotea y que sta haba sacado de su seno.

Quevedo, que tena siempre valor para dominar las situaciones ms
difciles, que no desatenda jams ninguna circunstancia por ligera que
fuese, se acerc  la mesa, desdobl el papel y le ley:

Don Juan--deca--: He tenido la desgracia de conoceros y de que no me
amis: mi vida es demasiado horrible para que yo la conserve, y me
habis hecho demasiado dao para que yo quiera vengarme de vos; me he
vestido de boda para acudir  vuestra cita; de esa cita saldr envuelta
en una mortaja; sois noble y generoso, y el nico medio que tengo para
que no me olvidis jams, es morir en vuestros brazos; cuando leis este
papel, habr muerto ya; os amo, os amo tanto, que todo por vos lo
pierdo; hasta mi alma; s que no me olvidaris nunca, mientras vivis, y
quiero mejor vivir muerta en vuestro pensamiento, que vivir muriendo
lejos de vos, abandonada, despreciada por vos; que mi recuerdo no os
haga infeliz; amad... amad mucho  vuestra esposa, porque si os ama como
yo os amo, y un da se ve desdeada por vos como yo me he visto, morir
como yo muero. Adis, recibid mi alma.--_Dorotea._

Y por bajo se lea:

Decid  don Francisco de Quevedo, que en mi casa, en un cajn de la
mesa de la sala, est mi testamento; que lo haga cumplir.

Dos lgrimas, gordas, enormes, de Quevedo, cayeron sobre este papel.

[imagen:...arranc la daga al joven y le quit la espada.]

Luego le dobl en silencio, y le guard.

--Padre Aliaga--dijo dirigindose al religioso que oraba en silencio--,
vos os quedaris, no es verdad?

--Debo orar junto  esta desgraciada, y tanto ms, cuanto que es hija de
otra infeliz,  quien he amado mucho, antes de dejar el mundo.

--Y yo necesito apartar de aqu  don Juan.

--S, s; llevoslo.

--Esperad, esperad--dijo don Juan levantndose y dando algunos pasos
hacia Dorotea.

--Que hacis!--dijo dulcemente el padre Aliaga.

--Dejadme, por Dios, que la vea la ltima vez!

--Apartad, caballero, apartad, y no profneis ese cadver--dijo el padre
Aliaga, ponindose delante de Dorotea.

--Oh! para qu quiero vivir!

--Para doa Clara de Soldevilla, para vuestra esposa!--dijo severamente
Quevedo--; ya que esa desgracia es irremediable, no causis otra
desgracia mayor!

--Clara! mi esposa!--exclam don Juan.

Y se dulcific la rigidez de su semblante, sus ojos se humedecieron y
llor.

--Oh! Dios mo! Dios mo!--dijo--; la vida es un sueo de Satans!

--S, s, un sueo horrible! pero, seguidme! tomad vuestras armas, que
ya no hay peligro en que las tomis, y vamos.

Don Juan tom sus armas, su sombrero, su capa, y sigui  Quevedo; pero
antes de salir se volvi hacia Dorotea.

--Doa Clara os espera!--dijo Quevedo.

Don Juan sigui  su amigo, y entrambos salieron de la casa.

El padre Aliaga se qued orando al lado del cadver de Dorotea.




CAPTULO LXXXV

EL AUTOR DECLARA QUE HA CONCLUDO, Y ATA ALGUNOS CABOS PARA QUE NO
QUEDEN SUELTOS


El cocinero de su majestad supo al da siguiente, al ir  or misa 
Santo Domingo el Real, una noticia horrible.

Al pasar junto  dos comadres que charlaban en una esquina, oy las
siguientes palabras:

--Os digo que la he visto; yo misma con estos ojos que se ha de comer la
tierra: es la comedianta Dorotea; pero se ha quedado que espanta; est
que da compasin verla: los ojos hundidos, que le cabe un puo en cada
uno; la boca torcida... ella, que era tan hermosa!... dicen que ha
muerto de repente.

Helsele de repente en las venas la sangre al cocinero mayor.

Y tal comezn le di en saber lo que le hubiera sido mejor ignorar, de
tal modo le impulsaron su terror y su conciencia, que sin encomendarse 
Dios ni al diablo, se acerc  las dos viejas y las dijo:

--Perdonen voacedes, pero he odo no s qu de una muerte que me ha
trastornado.

--Qu! si todo Madrid est que lo ahogan con un cabello, y aquella
casa parece un jubileo!--dijo una de las viejas--; yo he sudado y me he
estropeado para poder entrar donde est la difunta, y me han roto la
saya; si aquello es mucho! y qu lujo! y all estn todos los cmicos
del corral de la Pacheca, y los del coliseo del Prncipe, y los del
coliseo de la Cruz, y muchos seores, y muchos grandes, y cuatro
lacayotes con hachas, que diz que son del seor duque de Lerma, que diz
era querido de la comedianta; y all est tambin el inquisidor general
y otros religiosos, todos rezando, y la sala hecha un ascua de oro de
luces, y la calle que no cabe un alfiler de gente, y todos tristes, y
todos llorosos; y estn dando limosna  ms y mejor en la puerta  todos
los pobres que llegan. Si parece que se ha muerto una persona real!
Cuando nosotras doblemos la cabeza y nos quedemos como un pollo con
moquillo, nos agarrarn de un zancajo y nos echarn  un estercolero.
Pues ya se ve! como era tan hermosa!... y como era querida de un
seor... he ah! Quede vuesa merced con Dios. Vamos, ta Brgida,
vamos, que ya es tarde.

El cocinero mayor no oy ni la mitad de la relacin de la vieja; la
noticia de que la Dorotea haba muerto de repente, le haba encogido, le
haba helado, le haba dejado inmvil, presa de uno de esos pavores que
no se comprenden, si alguna vez no han pasado por nosotros.

l, aunque se haba quedado con doa Clara Soldevilla en la casa, donde
haba entrado con aquella seora al nombre de la Inquisicin,
pronunciado por el padre Aliaga; como don Juan y Quevedo haban ido 
buscar  doa Clara, Montio no saba nada acerca de la muerte de
Dorotea, porque Quevedo le haba echado con cajas destempladas, sin
darle explicacin alguna, para quedarse solo cuanto antes con doa Clara
y don Juan.

En el mismo punto se fu al alczar, evitando pasar por el sitio donde
se supona muerto al bufn; se haba metido entre sbanas, y haba
pasado la noche con la cabeza tapada y con fiebre.

Por la maana se durmi y despert  las diez.

Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio...

(Entre parntesis: al meter Quevedo aquella noche, cuatro horas despus
de la muerte de Dorotea,  doa Clara y  don Juan, en un coche, que
tena prevenido Francisco de Juara en el mesn del Bizco, ces de
repente la lluvia; lentamente se despej el cielo; luego amaneci claro,
y un sol brillante inund de una luz dorada el espacio; pareca que al
despejarse completamente la situacin de nuestros personajes, se haba
credo el cielo obligado  despejarse tambin; esto pudo ser una
casualidad, pero una casualidad reparable.)

Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio,
decamos, el cocinero mayor salt del lecho, se visti apresuradamente,
y afligido por su lastimada conciencia, su primer impulso fu ir 
arrojarse de rodillas delante de Dios, en un templo; en el camino le
haba sorprendido, pues, de una manera terriblemente providencial, la
noticia de la muerte de su vctima.

Porque Montio no tena duda, no se atreva  tenerla; Dorotea le haba
mandado hacer una cena y poner en ella un veneno: Dorotea haba muerto
de repente, luego Dorotea se haba envenenado.

Nada tiene, pues, de extrao, la parlisis total que acometi al
cocinero mayor al saber la muerte de Dorotea.

Haca un rato que los dos horribles conductores de aquella noticia, las
dos viejas queremos decir, hablan desaparecido, y todava estaba Montio
hecho un garabito en el mismo lugar donde se haba parado para
informarse.

Pero de repente se enderez, se volvi y di  correr como un insensato
en direccin  la calle Ancha de San Bernardo, atrado por ese
magnetismo horrible que existe entre el asesinado y el asesino.

Cuando lleg hubo de detenerse; la afluencia de gentes le haba cortado
el paso.

La calle estaba llena.

Y nada tena esto de extrao.

La Dorotea era muy conocida, y  ms de esto, se daba una abundante
limosna  la puerta de su casa.

Montio codeaba  derecha  izquierda, pero no poda pasar.

Entonces, y como la atraccin que le impulsaba hacia el cadver era ms
poderosa  medida que se acercaba  l viendo que por codos no poda
abrirse paso, di  gritar de una manera desentonada:

--Dejadme, dejadme pasar, por Dios! quiero verla! no os que quiero
verla antes de que se la lleven? Dejadme pasar!

Y redoblaba sus gritos.

Todos le creyeron, por lo menos, pariente de la difunta, y le abrieron
paso.

Y as gritando y codeando, logr llegar  la puerta de la casa.

En ella estaba Pedro, el antiguo criado de Dorotea, con un talego en la
mano, del que sacaba sucesivamente reales de plata que iba entregando 
los pobres que se presentaban.

Dos alguaciles, delante de l, impedan que fuese atropellado por los
mendigos, y que entrase gente en la casa,  pesar de lo cual, ms de uno
se colaba.

Colbase tambin Montio.

--Eh!  dnde vais?--le dijo uno de los alguaciles cogindole del
brazo.

--Que  dnde voy?--dijo Montio volviendo su mirada escandencida 
insensata al alguacil--. A dnde he de ir sino  verla antes de que se
la lleven?

A estas palabras lacrimosas, chillonas, del cocinero mayor, Pedro volvi
la cabeza y le reconoci.

--Ah! sois vos, seor Montio?--dijo tambin lloroso Pedro--. Oh, qu
desgracia! qu desgracia tan grande y tan impensada! No la olvidaremos
jams!

--Ni yo! ni yo! yo no puedo olvidarla nunca!--exclam Montio--;
pero, cmo ha sucedido eso? cundo?

--Casilda, que est adentro, en la cocina, os dar razn, seor Montio.
Yo no puedo marcharme de aqu. Como veis, estoy dando limosna por su
alma. Dejad pasar  ese hidalgo, seor Casimiro Trompeta; es de la
casa--dijo Pedro al alguacil que an tena asido  Montio.

El corchete solt al cocinero, que se despidi, subi las escaleras,
atraves un pasillo, y se entr de rondn en la cocina, donde, envuelta
en un paoln negro, estaba Casilda gimoteando, asistida por algunas
comadres de la vecindad y algunas doncellas de cmicas que estaban en la
casa, y componan aquella especie de duelo criaderil.

--Pero qu es lo que aqu ha sucedido?--dijo Montio dirigiendo
bruscamente la palabra  la doncella de Dorotea.

--Qu ha de haber sucedido? desdichada que yo soy, sino que mi seora
se ha muerto! Y tan hermosa! tan joven! tan buena!

Y siguieron las lgrimas y los sollozos.

--Pero cmo se ha muerto la seora?--dijo Montio, cuya voz tena 
cada momento una acentuacin ms extraa y ms punzante.

--Y qu se yo?--dijo Casilda--; yo no la he visto morir.

--Pero no ha muerto en la casa?

--S; s, seor, segn dicen don Francisco de Quevedo y el padre fray
Luis de Aliaga, que la trajeron all muy tarde.

--Que la trajeron?

--S, seor; la trajeron al obscurecer; la seora haba salido muy
engalanada con el to Manolillo; dicen que esta noche pasada han matado
al to Manolillo.

--Eso dicen, eso dicen--exclam el cocinero mayor--; pero seguid,
seguid; decais que don Francisco de Quevedo y el padre Aliaga trajeron
 la seora.

--S; s, seor; la metieron envuelta en su manto, y como arrastrando;
luego se encerraron con ella, y despus sali don Francisco de Quevedo;
 poco vinieron el duque de Lerma, y un alcalde de casa y corte y un
escribano; entonces supe que mi seora haba muerto; pero haba tenido
tiempo de hacer testamento; nada la ha faltado, nada, ni sacerdote que
la auxiliara, y calificado, como que era nada menos que el inquisidor
general, ni escribano que autorizase su ltima voluntad.

--Y no vino ningn mdico?

--S; s, seor, el doctor Campillos, que era el mdico del coliseo;
all dentro estuvo encerrado mucho tiempo, con la difunta, y con el
duque de Lerma, y con el inquisidor general, y con don Francisco de
Quevedo.

--Y no dijo de qu haba muerto?

--S; s, seor: de repente, de enfermedad natural.

--Eso dijo!

--S; s, seor, eso dijo.

--Y eso ha escrito la justicia?

--S, seor; eso ha escrito.

Al travs de su locura un rayo de razn penetr en el pensamiento de
Montio,  ms bien un instinto de conservacin.

Aguantse, dej las cosas como los hombres y la justicia de los hombres
las haban puesto; pero en medio de su locura, su conciencia, ms
poderosa que ella, le acusaba de aquella muerte.

Y la fascinacin que le haba llevado hasta all, poderosa, terrible, le
arrastr todava.

Se despidi de Casilda, y se entr en la sala.

Los balcones estaban completamente cerrados; las paredes y el techo
cubiertos con paos de terciopelo negro franjeados de oro, el suelo
cubierto con un pao negro.

En medio de la sala, sobre un magnfico lecho rodeado de gigantescos
candelabros de bronce dorado con blandones, estaba el cadver,
humildemente amortajado con un sayal ceniciento de la orden de San
Francisco y la cabeza rodeada de una toca blanca.

A los cuatro ngulos del lecho haba cuatro lacayos de gran librea,
inmviles como estatuas, y con blandones amarillos en las manos.

Las libreas de aquellos hombres eran del duque de Lerma.

Detrs del lecho se vea la manguilla negra de terciopelo bordado de
oro, y con la cruz dorada de la parroquia de San Martn.

El cura y los clrigos de la parroquia, y en medio de ellos el
inquisidor general con sus hbitos negros y blancos de dominico,
rezaban.

Detrs de los sacerdotes, arrodillados, rezando tambin, haba una
multitud de hombres y de mujeres vestidos de luto.

Aquellas mujeres y aquellos hombres eran los cmicos de los coliseos de
Madrid.

Al fondo de la sala, junto  la puerta de entrada, silenciosos y graves,
haba algunos hidalgos.

Al verse all, el cocinero mayor sinti un vrtigo horrible, parecile
que las luces se agrandaban, que se iban hacia l, que le rodeaban, que
giraban, que suban, que bajaban, que se revolvan en un torbellino de
fuego.

Parecile ver en medio de aquel torbellino, de aquel resplandor, impuro
y flameante, levantarse el cadver de Dorotea, adelantar, asirle,
estrecharle entre sus brazos y arrastrarle consigo.

Y presa de este vrtigo infernal, Montio adelant con paso nervioso,
lento, marcado, con los cabellos erizados, con los ojos horriblemente
dilatados, con la boca contrada, temblorosa, con el semblante lvido,
estremecindose todo, hacia el cadver, junto al cual lleg y le
contempl de una manera horrorosa en el momento que la clereca empezaba
 entonar el terrible salmo: _Dies ir, dies ill_.

Montio no pudo resistir ms; su cabeza se parta, su pecho se abrasaba,
y antes de que pudiese separarse de all, su locura estall, y grit con
un acento espantoso:

--Perdn! perdn! yo pasar todos los das de mi vida en la
penitencia! pero! sultame! sultame! no me arrastres contigo! yo
pasar mi vida orando y haciendo que la Iglesia ore por ti!

Y tras esto, en medio del escndalo de los que en la sala estaban, di
con su cuerpo en tierra.

--Este hombre est loco--dijo el padre Aliaga, mandando sacar de all al
cocinero mayor, y llevarle  un cuarto, en donde se encerr con l.

Pero haba causado tal impresin la muerte de la Dorotea, haban dicho
tales cosas acerca de entradas y salidas de su ama Pedro y Casilda, se
haba murmurado tanto, que se sospech por todos, y aun se di por
seguro, que all haba _gato encerrado_.

El tremendo alcalde de casa y corte Ruy Prez Sarmiento,  quien ya
conocemos, haba sido llamado entre doce y una de la noche anterior por
el duque de Lerma.

El duque de Lerma haba llamado al alcalde de casa y corte, porque entre
diez y once de la noche haba estado encerrado un largo espacio con l
don Francisco de Quevedo.

Quevedo haba hecho llegar, valindose de frases hinchadas y misteriosas
para obligar  los ciados, una carta al duque de Lerma, una carta que
slo contena estos tres renglones:

Excelentsimo seor: Tengo en mis manos el cuchillo que puede cortaros
la cabeza; pero yo os dar este cuchillo si me dais licencia para
hablaros.--_Francisco de Quevedo._

Leer esta carta, y hacer entrar inmediatamente  Quevedo, fu todo uno.

Quevedo entr con unos papeles en la mano.

Y por cierto que aquellos papeles estaban teidos de sangre.

Pero digamos antes de dnde vena Quevedo.

Cuando sali con el corazn desgarrado de la casa donde haba visto
muerta  Dorotea, llevando consigo  don Juan, hizo dar  ste algunas
vueltas por las tenebrosas calles.

An no haba dejado de llover, y Quevedo, que como tena de todo, era
algo mdico, esper que la humedad reblandeciese el cerebro de don Juan.

Lo que demuestra que Quevedo, ya en aquellos tiempos, buscaba el alma en
los nervios.

No se enga don Francisco.

La excitacin nerviosa del joven se modific.

Anduvo por algn tiempo en silencio asido al brazo de Quevedo.

Luego exclam:

--Qu sueo tan horrible!

--Ya que de sueos hablis--dijo Quevedo--, tomad lo pasado como sueo y
escarmiento. No juguis ms con el alma de la mujer, porque las mujeres
son terribles. Olvidad.

--No puedo.

--Dominos.

--Tengo el corazn despedazado.

--Por lo mismo, y porque estis experimentando lo que es tener el
corazn amargo y sangriento, no queris que le tenga tambin vuestra
esposa.

--Clara!

--Si supirais de lo que ha sido capaz esa mujer que lloris!

--Dorotea!

--S; vos veis en ella un ngel perdido, y era un demonio.

Quevedo era un mdico terrible; pona  sangre fra los dedos sobre la
llaga y la estrujaba.

La muerta nada tena ya que perder ni que esperar en la vida, y Quevedo
quera salvar  los que, vivos an, tenan que perder y que esperar.

Calumniaba  Dorotea.

--Qu decs, don Francisco?--exclam el joven.

--Digo que Dorotea era una aventurera que quera perderos.

--Perderme y ha muerto por m?

--Vos no comprendis  ese animal que se llama hombre,  quien aventaja
en ferocidad ese otro animal que se llama mujer. Hubirais vos credo
que hubiese persona que para vengarse de otro se diese la muerte?

--No... eso es inconcebible.

--Pues todo el que se mata por amor, no se mata por otra cosa que por
amargar con el recuerdo de su muerte la conciencia del hombre  de la
mujer que le ha desdeado.

--Oh, no! no puede ser!

--Y sin embargo, es.

--Yo... me haba entregado enteramente  Dorotea.

--Dorotea saba que mientras existiese doa Clara, ella no poda ser
para vos ms que un entretenimiento.

Quevedo estaba en la situacin, y sus ltimas palabras influyeron
terriblemente en el nimo del joven, porque haba odo aquellas mismas
palabras  Dorotea.

--Y ha podido llegar la locura de esa infeliz hasta tal punto?--dijo.

--No era locura, sino rabia, y rabia femenil, la ms terrible de las
rabias de que puede adolecer una criatura. El amor de Dorotea era
impuro; si no hubiese tenido celos, y celos de vanidad, hubiera
satisfecho su deseo por vos, y  los quince das os hubiera burlado.

Don Juan no contest.

Cada una de las palabras de Quevedo, le hacan experimentar el fro de
la hoja de un pual.

El implacable Quevedo continu:

--Y dad gracias  Dios de que su sabia y misericordiosa providencia me
haya trado  tiempo de impedir el gran crimen que haba meditado
Dorotea, y su contrahecho amante el bufn del rey.

--Cmo! aquel hombre era...?

--S; era ese amante feroz y bajo que tienen todas las aventureras: era
su pual.

--Me estis revelando cosas horribles.

--Es que cuando la verdad vale algo es siempre horrorosa en el punto en
que se la quita la camisa.

--Y qu era lo que haban meditado ese hombre y esa mujer?

Quevedo not con alegra, con una alegra _sui generis_, que don Juan
llamaba _esa mujer_  la desdichada Dorotea.

--Haban querido matar  un ngel.

--A Clara?

--S por cierto; en el momento en que vos estuvsteis encerrado con
Dorotea, el to Manolillo fu al alczar, dijo  doa Clara que vos os
olvidbais de ella con otra, y doa Clara le sigui loca de celos,
porque los celos y la prudencia nunca van juntos. Si yo no encuentro 
la puerta misma de la casa donde Dorotea con vos estaba al to Manolillo
que con doa Clara vena, vuestra esposa, vuestra noble y digna esposa,
os hubiera visto en los brazos de esa mujer, y esa mujer se hubiera
matado segura de que os dejaba  entrambos muertos.

--Oh! ved no os engais, don Francisco!

--El bufn, que est all en la calle de Don Pedro sin la vida que yo le
he sacado por la cabeza del tajo ms lleno y ms derecho que he dado en
toda mi vida, es un testimonio, y doa Clara, que est en una casa de la
misma calle, entre la muerte y la vida, que de muerte es el ansia que la
aflige, es otro.

--Cmo! Clara, mi adorada Clara me espera!

--Y sufre y llora.

--Pues vamos, vamos al momento; qu tardamos?

--Estis seguro de dominaros hasta el punto de parecer sereno despus
de lo que habis sufrido?

--Ha sido un sueo, un horrible sueo que ha pasado.

--Cuenta con que el sueo no se conozca en los ojos.

--Descuidad, estoy tranquilo; lo que me habis revelado me ha
cerciorado.

--Ved que doa Clara es muy aguda de entendimiento y que no es cosa
fcil hacerla ver lo negro blanco.

--No necesito engaarla; verla ser para m la vida, la entrada en el
cielo despus de haber salido del infierno.

--Es necesario que la mintis.

--La dir que he ido  ver  mi madre.

--No; decidla ms bien que habis ido  ver al duque de Lerma.

--Y para qu?

--No habis sido puesto en libertad? No necesitis licencia del rey
para partiros esta misma noche de Madrid?

--Ah, s! Es cierto!

--Pues vamos.

--Vamos.

--Esperad, esperad; all, en aquella esquina, medio agoniza un farol
delante de una imagen; vamos all, don Juan, quiero veros el rostro.

Esta fu una intimacin indirecta al joven para que se dominase, para
que compusiese su semblante.

Llegaron  la esquina y Quevedo le quit el sombrero para verle mejor el
rostro.

--No importa que os mojis la cabeza--dijo--; cuanto ms agua cae sobre
el fuego, mejor.

--Vedlo; estoy tranquilo, estoy como siempre--dijo don Juan sonriendo de
una manera tan amarga, tan horrible, que Quevedo retrocedi espantado.

--Esperad; os he enseado mi corazn, ahora voy  mostraros mi valor.

Y don Juan se sonri de una manera franca, abierta, natural, tranquila.

--Oh! S, s, hijo mo!--dijo Quevedo conmovido--; tenis un hermoso
corazn y un valor como hay pocos; ello pasar, ello pasar; vuestro
corazn es todo entero de doa Clara, y ella ser el ngel glorioso que
os cure de ese otro ngel condenado. Vamos, hijo mo, vamos; seguid
siendo valiente y acordos para serlo de que vuestra serenidad, vuestra
paz exterior en estos momentos es la paz del alma, es la vida de la
inapreciable compaera que os ha dado Dios; recoged todas vuestras
fuerzas, preparos y no hablemos ms.

Y tir de don Juan. Algunas calles ms all se encontraron en la de Don
Pedro. Quevedo llam  la puerta de la casa donde estaba doa Clara
Soldevilla.

Cuando entr en el aposento donde estaba sta con don Juan, la joven se
levant de una silla y corri  su marido, le asi las manos temblorosa
y le mir con ansiedad.

Quevedo despidi al cocinero mayor, que todava estaba all. Don Juan
sonri enamorado, transportado de alegra,  doa Clara. Y esta alegra
no era fingida.

Quevedo haba operado con su cruel tratamiento una reaccin en el nimo
del joven; le haba ennegrecido el recuerdo de Dorotea, le haba hecho
temblar por doa Clara. Don Juan se encontraba al fin delante de ella,
estaba bajo la influencia de su hermosura aumentada por el temor, por la
agona del alma, bajo el magnetismo de sus hermosos ojos ansiosos y
enamorados, en contacto con aquella vigorosa organizacin que se
estremeca aterrada.

Don Juan lo olvid todo; no vi ms que  doa Clara.

Su vista fu para l lo que la sombra para el peregrino cansado, lo que
la fuente para el sediento, lo que la luz para el ciego. Y ebrio de
placer, y de amor, y de alegra, y de esperanza, abraz  doa Clara y
la bes en la boca.

Quevedo miraba aquello con una triste gravedad.

--El alma de los jvenes!--dijo--; humo que agita el viento en el
cielo de la esperanza! Helos curados  los dos.

--Dnde has estado?--dijo doa Clara.

--Casa del duque de Lerma.

--Oh! s--dijo doa Clara con toda la fe de su alma--, no poda ser
otra cosa; me haban engaado horriblemente.

Quevedo dej  los dos esposos en libertad de explicarse, y con uno de
los vecinos de la casa envi  pedir dos sillas de manos.

Cuando llegaron hizo acercar la una, en la cual doa Clara y don Juan
entraron y se dirigieron al alczar.

Luego, con la otra silla de manos se fu  la casa donde estaba el padre
Aliaga, con lo que haba sido Dorotea, abri, hizo que los ganapanes que
conducan la silla le metiesen dentro y se quedasen fuera.

Poco despus Quevedo abri  hizo que los conductores llevasen la silla,
cerr la puerta, y  pie y lentamente escolt la silla de manos.

Dentro de la silla iban el cadver y el padre Aliaga.

Ms all de la casa, entre la obscuridad, bajo la lluvia, quedaba el
cadver del to Manolillo.

Cuando el padre Aliaga y Quevedo, con gran trabajo, disimulando cuanto
pudieron el estado de muerte de Dorotea, la pusieron en su lecho y se
encerraron con ella, Quevedo se fu sin vacilar al cajn de la mesa
donde, segn la postdata de la carta pstuma de Dorotea  don Juan,
estaba el testamento de la comedianta.

Abrile, y le encontr fechado y autorizado con muchos das de
anterioridad,  pesar de que con arreglo  todos los indicios, haba
sido otorgado aquel mismo da.

Dorotea dejaba su hacienda al bufn, al cocinero mayor,  sus dos
criados Pedro y Casilda,  los pobres y  su alma.

Al bufn, por lo mucho que le estimaba, dejaba seis mil doblones; al
cocinero mayor, _por un gran beneficio que le haba hecho_, mil
doblones;  Pedro y Casilda, mil ducados  cada uno; cuatro mil ducados
para los pobres, que deban darse de limosna para su alma, y diez mil
ducados  la parroquia de San Martn por una sepultura en tierra, sin
losa ni letrero, y para sufragios por su alma.

Esta cantidad deba encontrarse parte en dinero, en su casa, y el resto
deba completarse con la venta de sus trajes, sus alhajas y sus muebles.

Quevedo ley conmovido este testamento, y sobre todo una clusula en que
Dorotea le constitua su albacea nico y le suplicaba tomase en amor
suyo, en memoria suya, la prenda que ms quisiese de lo que dejaba.

Quevedo se enjug las lgrimas con el envs de la mano, y luego escribi
con mano firme al fin del testamento:

No pudiendo permanecer en Madrid, del que salgo esta noche, delego las
facultades que en este testamento se me otorgan, en el ilustrsimo seor
Fray Luis de Aliaga, inquisidor general, archimandrita del reino de
Npoles, del consejo de Estado, confesor de su majestad el rey nuestro
seor, que conmigo firma aceptando.--_Don Francisco de Quevedo y
Villegas_, del hbito de Santiago.

Esto escrito, Quevedo apart del cdaver al padre Aliaga, y le ley el
testamento.

Oylo en silencio el confesor del rey.

Pero cuando Quevedo ley la nota adicional escrita por l, exclam:

--Qu! Os vais dejando esta pesada carga sobre mis hombros?

--Antes de irme yo os abrir camino fray Luis.

--Y por qu no os quedis? por qu no nos ayudis con vuestras grandes
fuerzas  soportar el enorme peso de aconsejar  su majestad en la
gobernacin del reino?

--Lbreme Dios de meterme en embrollos y en obscuridades; que no soy yo
cortesano de los que hoy se usan, ni mis consejos seran para seguidos;
y pues mejor es no aconsejar que aconsejar al aire, dejadme ir  donde
mis consejos se oyen y aprovechan, y no me queris aqu; que en cuatro
das que hace que en esta ltima vez en la corte ando, han sucedido
cuatro mil desgracias. Que tal es mi suerte pecadora, que  donde yo voy
va la desdicha, y el bien que hago sangre y lgrimas me cuesta.

--Os debemos, sin embargo, demasiado.

--Qudanse las cosas como se estaban, y no poda suceder de otro modo;
que tal anda ello, que el gobierno es como capa vieja  quien se la va
el remiendo que se la ha puesto, por las puntadas. Ved, pues, lo que me
mandis para Npoles, que tengo que hacer bastante, y verme quiero fuera
de Madrid antes de que acabe la noche.

--Sacadme antes de iros, si podis, de este pantano en que me encuentro.

--A ver voy  Lerma y os le enviar, y l har lo que sea menester, que
l lo puede todo.

--Y no volveremos  veros por aqu?

--Acaso.

--Id con Dios, id con Dios, don Francisco, y al menos escribindonos, no
nos olvidaris.

--As har, porque como escribiendo me divierto, en escribir soy
diligente. Y adis, fray Luis, y no me detengis ms, que estoy decidido
y an me queda que hacer, y ansia tengo por acabar.

--Y no os despeds de esa desdichada?

Quevedo se volvi en un movimiento nervioso hacia la alcoba, entr en
ella, se acerc al lecho, asi una helada mano del cadver y se
descubri.

Su ancha frente, nublada, sombra, transparentando un pensamiento
desesperado, pareca absorber el amarillo reflejo de una lmpara que
estaba encendida sobre una palometa de plata junto al lecho, delante de
una virgen de los Dolores.

La mirada de Quevedo, abarcando aquel cadver afeado por la muerte, de
que quedaban an los hombros desnudos, redondos y mrbidos, y las
maravillosas galas y las joyas deslumbrantes, tena algo de espantoso.

--Te he calumniado--dijo--en el corazn del hombre por quien has muerto;
pero t ya ests donde la verdad resplandece, pobre nia; t vers que
de los que aqu quedan, slo queda en uno la amarga memoria tuya; yo
har que en los templos de Npoles se eleven preces por tu alma y por tu
descanso; yo rogar  Dios por ti lo que me quede de vida; y puesto que
una prenda tuya me legas, este rizo y mi recuerdo sern lo nico que de
ti quede algn tiempo sobre la tierra.

Y Quevedo desnud su daga, cogi uno de los sedosos y pesados rizos de
Dorotea, le cort, le anud, le guard en el seno y sali de la alcoba.

--Adis, fray Luis, adis--dijo abrazndole--. Hasta que la desdicha nos
vuelva  juntar.

--Adis, don Francisco, adis, y que l os de fuerzas para sufrir
vuestras amarguras.

Quevedo sali y se encamin  casa del duque de Lerma, en cuya portera
escribi la carta en tres renglones que le abri paso hasta el despacho
del duque.

Recibile Lerma afablemente y le mostr la carta que acababa de leer.

--Explicadme esto, don Francisco--le dijo.

--La explicacin est en estos sangrientos papeles--dijo Quevedo
entregando al duque los que llevaba en la mano.

El duque los examin rpidamente.

Eran los papeles que le haba robado el to Manolillo, y que le tenan
sujeto.

--Qu precio queris por estos papeles, don Francisco?

--Yo no vendo seguridades ni en ser sopln he pensado nunca. Lo que
quera ya lo tengo, una audiencia vuestra.

El duque se acerc  una buja y quem uno por uno aquellos papeles.

--Nada habis hecho--dijo Quevedo--, si no quemis tambin vuestra
ambicin y vuestra soberbia.

--Siempre cruelsimo conmigo! por qu no me ayudis?

--Porque no quiero.

--Breve estis!

--Tengo prisa.

--Y  qu habis venido?

--A atar unos cabos que si se quedasen sueltos podran enmaraarnos.

--Veamos.

--Recordad que sangre tenan los papeles que habis quemado.

--Habis muerto  herido?...

--He sacado de penas al bufn del rey. Desdichado era y por m descansa.
All est en la calle de Don Pedro.

--Bien; no se harn informaciones acerca de esa muerte.

--Necesaria ha sido, y con decir que ha sido necesaria, digo que ha sido
justa.

--Bien, bien; el secreto se enterrar con el muerto.

--Hay adems en la calle de Don Pedro, esquina  la de la Flor, una casa
deshabitada, de cuya puerta es esta llave.

Y Quevedo di al duque una llave que el duque puso sobre la mesa.

--En esa casa hay una sala ricamente entapizada y con una cena ricamente
servida; la vajilla es de plata; los manjares apetitosos; pero cuando
mandis recoger la vajilla y los tapices y los cuadros, advertid que
nadie por golosina coma de aquellos manjares. Podra acontecerle lo que
 Dorotea.

--Cmo! pues qu ha sido de Dorotea!

--Debis alegraros por lo que toca  vuestra hacienda, aunque la lloris
como cristiano; la Dorotea os tena apurado; dndose muerte desesperada,
os ha librado de apuros y de gastos.

Psose densamente plido el duque de Lerma.

--Pero quin ha asesinado ... Dorotea?

--Su despecho.

--Su muerte va  causar un alboroto, un escndalo; era muy querida del
pblico.

--Pues ved ah lo que son las mujeres: ella no ha pensado ni un momento
en el escndalo que iba  dar matndose.

--Pero explicadme...

--Ya os he dicho que estoy de prisa; por lo mismo quiero concluir
pronto. Que la causa de su muerte se oculte; que su secreto se entierre
con la infeliz, como el otro con el bufn.

--Se enterrar, se enterrar. Pero dnde est Dorotea?

--En su casa, en su cama, y orando junto  su cama el bueno del
inquisidor general.

--Y qu ms queris, don Francisco?

--Quiero real licencia para que partan cuando quieran  Naples don Juan
Tllez Girn, capitn de la guardia espaola del rey, con su esposa doa
Clara Soldevilla, dama de honor de su majestad la reina.

--Pedir la licencia  su majestad.

--Ddmela vos por traslado, que otras ms graves reales rdenes se han
dado sin que lo sepa su majestad.

El duque, dominado por Quevedo y por la situacin, se sent en la mesa,
escribi, firm, ley lo que haba escrito  Quevedo y luego dobl el
papel, le puso un sobre y le sell y le sobrescribi.

--Beso  vuecencia las manos y le doy las gracias--dijo Quevedo tomando
el pliego.

Y se encamin  la puerta.

--No me atrevo  deciros ms--dijo el duque--, porque estoy seguro de no
reteneros.

--Adis, don Francisco de Sandoval y Rojas--dijo con un acento singular
Quevedo--; plegue  Dios que no paguis, como me temo, el favor de su
majestad.

Y Quevedo sali.

Poco despus fu cuando el duque llam al alcalde de casa y corte, Ruy
Prez Sarmiento.

--Tomad--dijo el duque dndole una orden firmada por el rey--;
presidente sois desde ahora de la real audiencia de Mjico.

--Oh! seor! seor excelentsimo!--dijo doblegndose todo el alcalde.

--Anteanoche me servsteis bien; pero an os queda que hacerme un ltimo
servicio.

--Mandad, seor.

--En la calle de Don Pedro encontraris un hombre muerto  hierro.

--Y quiere vuecencia que se descubra?...

--Por el contrario, quiero que hagis el proceso de manera que no pueda,
ni aun por barruntos, sospecharse quin es el homicida.

--Lo har, seor.

--Pues id al momento, no d con el difunto una ronda.

--A tal hora y lloviendo, jurara que no hay un alcalde fuera de su
lecho, ni ms alguaciles de pie que los que yo traigo.

--Pues id, alcalde, despachos, depositad el difunto y volved, porque os
necesitar an.

Cuando el duque se encontr solo, una expresin de contento anim su
semblante.

Esto consista en que se le haba quitado una montaa de sobre el
corazn, en el momento en que destruy las pruebas de traicin que en
poder del to Manolillo eran su inquietud mortal.

En cuanto  Dorotea, no diremos que el duque se alegrase de su muerte.

Pero el corazn humano es un abismo.

Dorotea era un cocodrilo alimentado con oro.

Le sacrificaba.

Viva Dorotea, no era posible dejarla. Qu se hubiera dicho de la
magnificencia del duque de Lerma?

No dejndola, era preciso satisfacer sus gastos.

Por la muerte de Dorotea heredaba Lerma un tesoro.

Esto es, el tesoro que hubiera absorbido Dorotea, si no hubiera muerto.

Y como todo el que hereda cuantiosamente se consuela con facilidad de la
prdida del difunto (en general sea dicho), y como el duque de Lerma
sala bien heredado, estaba en unas magnficas disposiciones de
consuelo.

Todo se arregl  las mil maravillas, porque el licenciado Sarmiento era
hombre que lo entenda.

El to Manolillo pas por asesinado por una mano oculta, y con su
entierro se termin el proceso.

Dorotea pas por muerta de repente en su casa, en su cama; se la
hicieron, costendolos el duque de Lerma, que no poda dispensarse de
aquel ltimo gasto, unos ostentosos funerales, y se la enterr segn su
voluntad, en la iglesia de San Martn, en una sepultura en el suelo, sin
piedra ni letrero.

Haba cesado de llover y haca sol.

Un mes despus, la duquesa de Ganda recibi por un correo expreso una
larga carta del duque de Osuna.

El poderoso grande estaba completamente satisfecho de su hijo y de su
esposa, que se amaban con toda su alma y eran felices.

A la carta de Osuna acompaaban una de don Juan y otra de doa Clara.

Aquellas cartas respiraban felicidad.

El autor debe decir, que tal maa se di Quevedo, que cur  los dos
esposos completamente,  l del recuerdo de Dorotea,  ella de sus
celos.

Atemos los ltimos cabos.

Don Rodrigo Caldern san al fin de su herida, y como era necesario al
duque de Lerma, ste se guard muy bien de mostrarse enojado con don
Rodrigo.

El incendio de la quinta del conde de Lemos se apag, pero no se apag
del mismo modo el incendio del corazn de la condesa.

En la primavera siguiente, la condesa de Lemos fu  visitar sus
posesiones de Npoles.

En resumen, cul de nuestros personajes era la vctima de los sucesos
que acabamos de relatar?

La situacin de la corte haba quedado en el mismo estado que antes; las
intrigas seguan, los que antes eran enemigos, seguan profesndose un
razonable odio.

Doa Clara tena  su don Juan.

La condesa de Lemos  su don Francisco.

Dorotea y el bufn haban dejado de sufrir, porque los muertos no
sufren.

Doa Ana segua siendo la maestra de amor del prncipe de Asturias.

El padre Aliaga quedse ms desesperado que lo estaba cuatro das antes.

Unos personajes haban ganado.

Otros se haban quedado como estaban.

Pobre Francisco Martnez Montio! T solo, parte paciente de esta
historia; t, pagador constante de pecados ajenos, t solo fuiste la
vctima superviviente  estas aventuras de cuatro das lluviosos.

Su locura se haba determinado.

Perdi, por lo tanto, la cocina de su majestad, cuya prdida no se le
indemniz sino con dejarle un mechinal donde viva en palacio y una
mezquina pensin nominal, porque no se le pagaba.

No le encerraron porque su locura era tranquila.

Consista sta en la mana de querer hacer creer  todo el mundo, que
detrs de l, siguindole, persiguindole, engalanada con sedas y joyas,
iba constantemente la comediante Dorotea; que cuando se acostaba,
Dorotea se sentaba  la cabecera de su cama.

Y esto, que era asunto de risa para la canalla de escalera abajo de
palacio, era una verdad para el infeliz.

Vea por todas partes  Dorotea, engalanada, pero lvida, horrible. Hua
de s mismo, pretendiendo huir de ella, en vano; porque la llevaba
consigo, porque su locura haba dado una forma real  sus
remordimientos.

El infeliz se haba quedado solo.

Su mujer se haba fugado con un nuevo amante, robndole su dinero
ahorrado en tantos aos, los dos mil doblones que haba contenido el
cofre de hierro que haba trado de Navalcarnero Francisco Martnez
Montio, donde haba hallado las pruebas de su nacimiento don Juan
Tllez Girn, que ste le haba cedido generosamente, y los dos mil
ducados que le haba legado Dorotea, como precio horrible de su
envenenamiento.

Flaco, desnudo, hambriento, acurrucado en la puerta de las cocinas,
comiendo de la caridad de los que en otro tiempo haban sido sus
oficiales, fu necesario que, informado el duque de Osuna de su miseria,
le sealase una pensin decente, le diese aposento cmodo en uno de sus
palacios de Madrid, y destinase una persona  su servicio que slo tena
esta obligacin, y la no muy pesada de cuidar de otro personaje de quien
no hemos vuelto  ocuparnos desde el primer captulo de este libro, de
_Cascabel_, del pobre caballo viejo y cojo, sobre el cual haba entrado
el seor Juan Montio en Madrid.

As pasaron algunos aos.

El excocinero hablando siempre de Dorotea y vindola siempre, pero sin
nombrar jams la palabra envenenamiento.

_Cascabel_, rumiando su pienso cernido en un rincn de las caballerizas
del duque de Osuna.

Un da encontraron  _Cascabel_ muerto.

Pocos das despus, al entrar por la maana en el aposento de Francisco
Montio el hombre que le asista, le encontr sentado sobre la cama,
mirando con extraeza cuanto le rodeaba.

--Dnde estoy!--dijo--; y mi mujer! dnde est mi mujer! dnde est
mi hija! y tan tarde, y sin haber acudido  las cocinas!

El asistente le crey ms loco que nunca.

Y sin embargo, Montio haba recobrado la razn, pero para morir.

Cuando le dijeron cmo haba vivido seis aos; que su mujer le haba
robado y abandonado; que su hija haba desaparecido con el paje
Cristbal Cuero; que viva de la caridad del duque de Osuna, Montio fu
lentamente desplomndose; cuando, por ltimo, le contaron que nombraba
continuamente  Dorotea, un grito horroroso, un rugido terrible sali
del pecho del desdichado, y cay sobre el lecho acometido de un vrtigo
mortal.

Llamse al padre Aliaga, que no se separ de l, y tanto se esforzaron
que le creyeron salvado.

Haba dejado el lecho.

Pero el mismo da en que le dej, en que sali  la calle, le esperaron
en vano.

Lleg la noche y tampoco vino.

Al da siguiente se supo que le haban hallado muerto sobre la sepultura
de Dorotea.

Aquella sepultura no tena losa ni nombre.

Montio no haba preguntado  nadie por el lugar de la sepultura de
Dorotea.

Quin le haba llevado  morir sobre la tumba de su vctima?

--Quin sabe? una casualidad tal vez.

Tal vez la mano de Dios.

Madrid, 1. de Mayo de 1858.


FIN DEL COCINERO DE SU MAJESTAD

[imagen]







End of the Project Gutenberg EBook of El cocinero de su majestad, by 
Manuel Fernndez Y Gonzlez

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