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authorRoger Frank <rfrank@pglaf.org>2025-10-14 19:56:16 -0700
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+The Project Gutenberg EBook of Carlos Broschi, by Eugène Scribe
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: Carlos Broschi
+
+Author: Eugène Scribe
+
+Translator: G. Núñez de Prado
+
+Release Date: March 20, 2010 [EBook #31707]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARLOS BROSCHI ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net
+
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+
+
+
+
+BIBLIOTECA de LA NACIÓN
+
+EUGENIO SCRIBE
+
+CARLOS BROSCHI
+
+TRADUCCIÓN DE
+
+G. NÚÑEZ DE PRADO
+
+BUENOS AIRES
+
+1912
+
+Derechos reservados.
+
+Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
+
+
+
+
+CARLOS BROSCHI
+
+
+
+
+I
+
+
+Entró en el salón una joven y detúvose ante el sofá, donde dormía
+Juanita con un sueño penoso y agitado. Hacía un calor asfixiante, y la
+joven abrió con precaución las ventanas del aposento. Desde éstas
+divisábase la ciudad de Granada y su incomparable vega. A la derecha, y
+sobre las ruinas de una mezquita, se elevaba la iglesia de santa Elena,
+frente a la cual un parque a la francesa extendía sus simétricas calles;
+magníficas fuentes octógonas dejaban oír el murmullo de sus aguas en los
+sitios donde se ostentaban en otros tiempos los bellos jardines del
+Generalife, y en cuyos alminares había flotado el estandarte de los
+Abencerrajes. A la sazón, el viejo palacio de los reyes moros servía de
+morada de retiro, y bien pronto, quizá, de tumba a una joven que dormía,
+pálida y fatigada, sobre su lecho de dolor.
+
+Juanita, condesa de Pópoli, apenas contaba veinticinco años, y su
+belleza, célebre en las cortes de Nápoles y de España, hizo que los
+pintores de aquel tiempo le dieran el sobrenombre de _la Venus
+napolitana_. Nunca título alguno había sido tan merecido; porque, a una
+fisonomía encantadora, reunía una sonrisa tan graciosa, que nada podía
+resistir a ese encanto indefinible que procede del alma: celestial
+belleza que los sufrimientos no habían podido alterar ni el tiempo
+destruir.
+
+En la época en que el pueblo de Nápoles hizo esfuerzos inútiles para
+sacudir el yugo de España, el conde y la condesa de Pópoli viéronse muy
+comprometidos, y esta joven, tan débil en apariencia, hízose admirar por
+su energía y su valor. Poco después quedó viuda, dueña de su mano y de
+una inmensa fortuna; rodeábanla los más solícitos homenajes, y sólo ella
+parecía ignorar las riquezas que poseía y la belleza que tanto la hacía
+brillar. Nadie, en efecto, habría podido pasar sin estos dones tan bien
+como ella, pues no los necesitaba para hacerse amar.
+
+En el momento en que la conocemos, un ligero sudor cubría su frente
+tersa y pura como la de un ángel; su pecho oprimido se elevaba con pena;
+su boca murmuraba un nombre ininteligible, y de sus ojos, cerrados por
+el sueño, se escapaba una lágrima que rodaba por sus mejillas, pálidas y
+nacaradas.
+
+La joven que hemos visto entrar en el salón dio un grito y se precipitó
+de rodillas junto al canapé donde reposaba Juanita. Esta despertó, y
+echando a su derredor una mirada llena de bondad, tendió la mano a su
+joven hermana diciéndole:
+
+--¿Qué deseas?
+
+--¡Ah!--exclamó Isabel.--¡Sufres, Juanita!
+
+--Sí, siempre; pero, ¡qué importa! se trata de ti... ¿Qué quieres?
+
+--No lo sé... quisiera hablarte... Después, cuando te he visto así...
+todo lo he olvidado... hasta a mi futuro, a Fernando; es por él por
+quién vengo... está aquí y quiere despedirse de ti.
+
+--¡Se marcha!...--dijo Juanita incorporándose sobre su
+asiento.--Precisamente debía hoy mismo hablar con el duque de Carvajal,
+sobre el matrimonio de ustedes. ¿Por qué se va?
+
+--¡Ah!--exclamó Isabel con un suspiro;--no se le puede vituperar su
+marcha, porque era el mejor partido que podía tomar.
+
+--¡Cómo! ¿Le amas por ventura?
+
+--Sí... es decir, poco hasta aquí, porque mi sola pasión eres tú,
+¡hermana mía! bien lo sabes. Pero conozco, a pesar de todo, que Fernando
+es un noble joven, tiene un excelente corazón... y creo que le amo.
+
+--¿Desde cuándo?
+
+--Desde esta mañana... ¡después que ha rehusado mi mano!
+
+Isabel dijo esto con un aire de satisfacción que asombró a Juanita, la
+cual no se podía dar cuenta de lo que pasaba.
+
+Un momento después entró Fernando. Era un joven y hermoso caballero en
+la flor de su edad; sus cabellos estaban naturalmente rizados, y llevaba
+con mucha gracia una capa de paño azul y una espada con empuñadura de
+oro ricamente cincelada. En sus expresivos ojos reflejábase el valor
+español, templado por la gracia y el abandono de la juventud. El duque
+de Carvajal, su padre, era uno de los primeros señores de la provincia
+de Granada. Las intrigas de la corte y la privanza de Ensenada, ministro
+de Fernando VI, teníanle, hacía mucho tiempo, ausente de Madrid y
+postergado en su carrera política. No pudiendo ser hombre político,
+anhelaba ser rico, y la avaricia había sucedido a la ambición. Una
+pasión consuela a otra. El duque soñaba para su hijo único un matrimonio
+opulento, e Isabel parecía el mejor partido de Granada: a él, porque la
+joven era rica, y a Fernando, porque la amaba.
+
+Isabel distaba mucho de ser tan bella como su hermana; las mujeres no
+querían concederle el que fuese linda, pero a una gracia encantadora,
+reunía una viva y ardiente imaginación, impresionable y fácil de
+exaltar; cualidades o defectos que su educación había desarrollado de
+una manera notable, porque casi toda su vida había transcurrido en un
+convento. Y en el silencio de la soledad nacen las ilusiones y las ideas
+fantásticas, que el mundo y la experiencia destruyen y disipan.
+
+Como todas las jóvenes de aquel tiempo, pertenecientes a familias
+ilustres, Isabel salió del claustro para casarse, y había acogido con
+alegría los homenajes de Fernando, porque, habiéndole dicho éste que
+descendía por su madre del Cid, pensaba que con tal origen, la historia
+de su vida debía encerrar, forzosamente, algunas aventuras interesantes.
+Pero cuando vio que el descendiente del Cid se limitaba a adorarla con
+todo su corazón y a decírselo en alta voz, y a pedir su mano a su
+hermana con el consentimiento de su padre, sus pensamientos románticos
+disminuyeron considerablemente. Cuando el matrimonio estuvo convenido
+por ambas partes sin obstáculos, la joven se imaginó que todo esto no
+había pasado regularmente y que la historia de su vida no estaba
+completa, que le habían cercenado el primero y más interesante de sus
+volúmenes; y haciendo justicia a las buenas cualidades de Fernando, veía
+aproximarse tranquilamente una dicha que nada le había costado.
+
+Pero no sucedía lo mismo por parte de Fernando. Parecíale que el día de
+su felicidad no llegaría tan pronto como deseaba, y la idea de una
+dilación le ponía fuera de sí; sin la enfermedad de Juanita y su estado
+casi desesperado, ya se hubiera verificado el matrimonio. Este mismo
+hombre, tan apasionado e impaciente, renunciaba a todas sus esperanzas y
+venía a despedirse de su prometida. En vano Juanita quiso conocer la
+causa de tan brusca marcha.
+
+--Te ruego que calles--lo dijo Isabel;--te conservaré mi amor a este
+precio. Te amo, no amaré más que a ti; te seré fiel, te esperaré toda mi
+vida si es necesario, pero nada digas a mi hermana; éste es mi deseo.
+
+--Y yo deseo que hable--dijo Juanita con dulce voz, reteniendo por la
+mano a su futuro hermano, que sufría al verse detenido.
+
+Pálido y turbado, Fernando fijó en la enferma una mirada suplicante,
+oprimido como estaba por un tiránico amor a quien no quería ofender. Se
+disponía a marchar con su secreto, cuando este misterio fatal e
+impenetrable fue descifrado y descubierto, contrariando a Isabel, de la
+manera más natural.
+
+De pronto, presentose en la puerta del salón, como no atreviéndose a
+entrar, un hombre vestido con una ropilla negra. Este hombre era el
+señor Manuel Perico, notario real de la ciudad de Granada, y apoderado
+del duque de Carvajal. Llevaba a la condesa de Pópoli el contrato de
+matrimonio.
+
+Isabel se estremeció. Fernando se aproximó al notario y quiso
+arrebatarle los papeles que presentaba a la Condesa; pero ésta se había
+apoderado de ellos y se apresuró a ojearlos.
+
+--¡Está bien!--dijo después de leerlos;--éstos son los artículos en que
+habíamos convenido con el señor Duque... El dote que yo aseguro a mi
+hermana... ¡Ah!--dijo la Condesa sorprendida, y un ligero carmín cubrió
+sus mejillas, ordinariamente tan pálidas.--¡He aquí unas condiciones que
+nunca se me habían impuesto! ¿Las conoce usted, Fernando?
+
+--¡Sí, señora!--repuso el noble joven con voz balbuciente;--mi padre me
+había rogado que hablase a usted de ellas. He rehusado; y como ésta es
+la condición que pone a su consentimiento, he renunciado al matrimonio.
+Vengo, pues, a pedirle que dispense a mi padre, y a despedirme de usted.
+
+Al acabar de decir estas palabras, extinguiose su voz; Isabel le tendió
+la mano con ternura, y Fernando se apresuró a enjugar las lágrimas que
+no había podido contener.
+
+Entretanto, el señor Perico permanecía de pie con una pluma en la mano y
+sin atreverse a hablar. Juanita concluyó tranquilamente la lectura del
+contrato.
+
+Era generalmente admitido en la ciudad el rumor de que la condesa de
+Pópoli estaba enferma del pecho desde hacía mucho tiempo. Sólo ella sin
+duda lo ignoraba, porque miraba con indiferencia todo lo que pudiese
+prolongar su existencia. Sin su consentimiento, y casi a pesar suyo, su
+joven hermana le prestaba los más asiduos cuidados sin que la Condesa
+sospechase la causa, queriendo aquélla al menos, si no podía salvarla,
+ocultarle hasta el último momento el golpe fatal que la amenazaba;
+porque los médicos de Granada, que pretendían no engañarse, habían
+anunciado que la Condesa no sobreviviría al otoño, y corría a la sazón
+el mes de septiembre. El duque de Carvajal, que era un hombre práctico,
+había añadido al contrato las dos cláusulas siguientes: primera, que la
+Condesa se obligaba a no volver a casarse; y segunda, que, en caso de
+muerte, todos sus bienes, tanto de España como del reino de Napóles,
+pasarían a ser propiedad de su hermana.
+
+--No admitimos semejantes condiciones--dijeron a la vez los prometidos
+esposos.
+
+--¡Tales condiciones son absurdas e imposibles!--continuó Isabel.--¿Por
+qué coartar tu libertad de ese modo? Eres joven; debes volver a casarte
+y dar al hombre que elijas largos años de ventura. En cuanto a tu
+sucesión--continuó haciendo un esfuerzo por sonreír,--tú eres la
+primogénita, y por poco que vivamos, espero que moriremos juntas.
+
+Dicho esto, arrancó el contrato de las manos de su hermana, lo alargó a
+Fernando, el que lo hizo pedazos y los arrojó sobre el tapiz.
+
+Juanita contempló a los jóvenes con una dulce sonrisa, tendió hacia
+ellos sus manos, y dijo al notario con acento melodioso:
+
+--Señor Perico, tenga usted la bondad de rehacer el contrato como
+estaba, y tráigamelo mañana... Ahora, déjenos: quiero estar sola con
+ellos.
+
+El notario salió, y los prometidos esposos cayeron de rodillas a los
+pies de Juanita.
+
+--Escúchenme--les dijo, después de hacerles levantar;--el matrimonio de
+ustedes se llevará a cabo, y no me den las gracias--agregó
+vivamente.--Las condiciones que se me imponen, nada me cuestan. Hace
+mucho tiempo que me he prometido a mí misma y he jurado a Dios no volver
+a casarme; cumpliré este juramento. En cuanto a mis bienes, todos
+aquellos de que yo puedo disponer, los cedo como dote a mi hermana; pero
+los demás, que son los más considerables, no estoy segura de que me
+pertenezcan.
+
+Los jóvenes hicieron un gesto de sorpresa, y Juanita continuó lentamente
+y con voz temblorosa, a causa de la emoción:
+
+--Si se presentase una persona que busco y que no he podido volver a
+ver, y a quien pertenece toda esta fortuna, aun después de mi muerte,
+Fernando, será preciso devolverla... ¿Me lo jura? Fío en su honor. Pero
+si esa persona no apareciese, todos esos bienes serán suyos y de mi
+hermana.
+
+--Háganos el favor de explicarnos eso--dijo Fernando.
+
+--¡Ah! Es un grande y terrible secreto, que sólo ustedes conocerán...
+Pero sí, es necesario... es necesario que sea antes de mi muerte, ¡y
+ésta está muy próxima!... No me interrumpan, pues--dijo la Condesa
+notando la emoción de su hermana.--Es muy largo de contar, e ignoro si
+mis fuerzas bastarán. Pero cuando tenga necesidad de descanso, lo
+diré... e interrumpiré mi relato.
+
+Y haciendo que los dos jóvenes se sentaran junto a ella, la Condesa
+comenzó en esta forma:
+
+
+
+
+II
+
+
+«Mi hermana y yo nacimos en el reino de Nápoles, que en aquel tiempo era
+una provincia de España. Siendo muy jóvenes aún, perdimos a nuestros
+padres y quedamos bajo la tutela de nuestro tío, el duque de Arcos, del
+que no pretendo hacer el retrato, porque fue muy conocido. En su
+juventud, había sido virrey de Nápoles, y su dureza e inflexible rigor
+causaron la desgracia del pueblo, a quien trataba como esclavo,
+conduciéndole de este modo a la desesperación, a la rebeldía. Bajo su
+gobierno ocurrió aquella famosa revolución de una semana, durante la
+cual el pescador Masaniello fue aclamado rey por el pueblo y asesinado
+después por el mismo pueblo que le había aclamado. El duque de Arcos, al
+volver al poder, no fue ni más hábil ni más clemente; redobló sus
+rigores, a los que él denominaba _rigores saludables_. Este era todo su
+sistema político; no conocía otro. El clamor público obligó, por último,
+al rey de España a darle un sucesor, retirándose el Duque murmurando de
+la debilidad de un soberano que no le dejaba concluir la gloriosa obra
+a que había dado principio. Y aunque le seguían las maldiciones del
+pueblo, no obstante conservaba en su tranquila conciencia la
+satisfacción interior y el convencimiento íntimo del bien que había
+realizado.
+
+»En la época en que nos llevó consigo, nuestro tío tenía cerca de
+ochenta años, y era siempre el mismo. Sus opiniones y su carácter no
+habían cambiado en nada. No había perdonado aún a mi padre, que se había
+casado sin su consentimiento, y mi madre murió sin que consintiese en
+verla. En aquellos momentos estaba solo y sin familia, y lo que era más
+sensible, sin nadie en quien ejercer su tiranía; y no teniendo a quien
+dominar, por puro egoísmo se propuso educarnos. Al vernos, se obstinó en
+que Isabel, que contaba a la sazón tres o cuatro años, debía tener
+vocación religiosa, y la puso en el convento _della Pietá_. Yo tenía
+algunos años más que mi hermana, y me dejó en su casa con el propósito
+de establecerme un día a su capricho.
+
+»Relataré brevemente cuanto sucedió durante mis primeros años. Separada
+de mi hermana, a quien no veía nunca, y encerrada en un lúgubre pero
+magnífico castillo cuyo circuito no podía traspasar, fui criada en el
+temor de Dios y de mi tío, cuyo aspecto y cuya voz me hacían temblar. El
+Duque veía siempre con una especie de satisfacción íntima el respeto que
+me inspiraba. El miedo era la única lisonja que le agradaba. Era el
+mejor medio de hacerle la corte, y sin quererlo, yo satisfacía su gusto.
+
+»No tenía, por mi parte, otra satisfacción que la de ver a mi maestro de
+música, un hábil organista, un napolitano de unos cincuenta años de
+edad, cuyo entusiasmo, cuyos gestos, y sobre todo, cuya peluca me hacían
+reír; éstos eran los únicos momentos que tenía de distracción en tan
+sombría morada.
+
+»Gerardo Broschi, que así se llamaba, era un verdadero artista que no
+carecía de talento, ni tampoco de amor propio. Pero el amor a su arte le
+había trastornado; nunca hablaba más que de música; siempre llegaba
+cantando, y a veces contestaba a mi tío con un recitado. Hablador
+incansable, tenía siempre en sus labios historias inverosímiles que
+contarnos sobre sus aventuras en las cortes de Europa, en las que
+figuraban grandes señoras a quienes enseñó su arte. Había descuidado su
+fortuna por dedicarse a sus galanteos, y después de una larga carrera,
+el pobre anciano no tenía otros bienes que su buen humor, sus cavatinas,
+su vestido negro y aquella prodigiosa peluca que me divertía
+extraordinariamente.
+
+»Cierto día entró en su habitación, contra su costumbre, sin cantar. Yo
+le miré con inquietud.
+
+--»¿Está usted malo, Gerardo?--le dije.
+
+--»No, señora; pero me sucede una gran desgracia: me ofrecen un puesto
+distinguido, dignidades, honores... no podré sobrevivir a semejante
+suceso... y me es imposible rehusar.
+
+--»¿Qué le acontece, pues? ¿Alguna gran señora que le protege?
+
+--»¡Más que eso, un rey, un emperador!
+
+»Entonces Gerardo me contó que el czar Pedro el Grande reclutaba
+artesanos en todos los países de Europa y artistas en Italia, con el
+propósito de formar una banda de música para sus regimientos y una
+orquesta para su capilla, y se le habían hecho a Gerardo, antes que a
+nadie, proposiciones ventajosas para ir a Rusia.
+
+»Yo no podía calcular entonces de dónde procedían su tristeza y mal
+humor. Pensé que sería, sin duda, el disgusto de abandonarme; pero
+Gerardo era demasiado franco para dejarme en un error. Tenía un hijo que
+constituía su única pasión... después de la música... Un joven
+encantador que, luego de haber oído la relación de Gerardo, creí que
+sería el hijo de alguna gran señora o alguna princesa a quien él había
+dado sus lecciones de música.
+
+»Lo único que en todas mis hipótesis había de cierto, es que Gerardo era
+un buen padre, que adoraba a su pequeño Carlos, a su hijo, y que se
+privaría de todo, hasta de su guitarra, por proporcionarle un juguete o
+un vestido nuevo. El pobre niño estaba enfermo, sufría mucho, y el sol
+de Nápoles era casi su existencia; a esto debíase la inquietud de
+Gerardo. Poner a Carlos bajo la influencia del helado cielo de la Rusia
+era matarle, y sin separarse de él, era imposible evitar lo que temía...
+¿A quién había de confiarlo? ¿quién tendría cuidado de él? ¿qué sería de
+este niño?... Lloraba Gerardo, y yo también lloraba al ver las lágrimas
+en aquella fisonomía que ordinariamente causaba tanto regocijo.
+
+»Ese día, por fortuna, era el santo del duque de Arcos; y aquella tarde,
+todavía me acuerdo, aunque apenas tenía doce años, mi tío me dijo con
+aquella voz terrible que me llenaba de espanto:
+
+--»¡Vamos, Juanita! ¡diviérteme! ¡Canta una barcarola!
+
+--»¡Sí, señora!--exclamó vivamente Gerardo, a quien la música le hacía
+olvidarlo todo.--Cante usted el aire de Pórpora: _O pescator felice._
+
+»Mi tío frunció su entrecejo; porque después de la revolución de
+Masaniello, no podía oír tranquilamente la palabra _pescador_. No
+obstante, como en la cavatina de Pórpora el _pescator felice_ concluye
+por naufragar, este desenlace, más sin duda que el modo con que yo
+canté, causaron tanto placer a mi tío, que exclamó:
+
+--»¡Bravo! ¡bravo! ¡Pide lo que quieras, te lo concedo por el día que
+celebramos!
+
+»Yo me arrojé a sus pies y le supliqué que hiciese traer y educar en el
+castillo al pequeño Carlos, que era de mi edad, próximamente. Esperando
+su contestación, Gerardo no respiraba; y yo, pálida y conmovida,
+temblaba de pies a cabeza.
+
+»Agradablemente sorprendido, sin duda, mi tío contestó con una dulzura
+poco acostumbrada en él:
+
+--»Un noble español no tiene más que una palabra; sostendré la que te he
+dado. En lo sucesivo, Carlos será de la casa; será un paje que estará a
+tu servicio.
+
+»Me es imposible pintar a ustedes la alegría y el reconocimiento del
+pobre Gerardo. Partió dichoso y tranquilo, y durante tres años nos dio
+noticias suyas con bastante frecuencia. Tuvo su viaje un resultado feliz
+y alcanzó gran éxito en la corte de Rusia. La esposa de Pedro el Grande,
+la emperatriz Catalina, le nombró su maestro de capilla. Al cuarto año
+cesó de escribirnos. ¿Había sucumbido al rigor del clima? ¿El amor que
+por todas partes seguía su fortuna le había hecho robar alguna princesa
+rusa? No lo pudimos averiguar, y hasta mucho tiempo después no tuvimos
+noticias suyas, ni oímos hablar más del pobre Gerardo, de mi maestro de
+música.
+
+«Durante este tiempo, Carlos, su hijo, se criaba y educaba en la casa de
+mi tío; yo estaba encantada de mi joven paje. Su salud delicada se había
+robustecido, su cuerpo habíase desarrollado; y aunque demasiado joven
+todavía, sus facciones ofrecían tanta nobleza y regularidad, que mi
+maestro de dibujo, el señor Lasca, pintor de talento, le tomaba por
+modelo de todas las figuras de ángeles y querubines con que decoraba el
+salón de mi tío; y el pobre joven se veía obligado a pasar horas enteras
+delante del artista, en vez de ir a jugar o correr por el parque.
+
+»Por lo demás, desde el duque de Arcos hasta el último criado del
+castillo, todos, excepto yo, lo hacían rudamente sentir la posición en
+que se encontraba. Modesto y resignado, guardaba silencio, no se quejaba
+nunca... ni aun a mí, y no derramaba una lágrima; pero con frecuencia
+había en sus negros ojos, cuando los levantaba hacia el cielo, una
+expresión de dolor y de dulzura indefinibles.
+
+»Habitaba otra persona en el castillo, de la que necesito hablar a
+ustedes. Esta era el secretario de mi tío, Teobaldo Cuchi, un joven de
+corazón y de mérito, digno desde entonces del elevado puesto que llegó a
+ocupar más tarde. Hijo de un paisano calabrés, las escasas lecciones de
+teología que había recibido del cura de su aldea despertaron en él el
+deseo de instruirse. Dotado de una voluntad firme e inalterable,
+religioso por carácter, y confiando en la Providencia, dejó la cabaña de
+su madre, yéndose a pie a Nápoles, donde se hizo _lazzaroni_ y bracero;
+y el dinero que ganaba durante el día en esta ocupación, lo empleaba por
+la noche en pagar a los maestros que le educaban. Pasaba la noche
+inclinado sobre sus libros, abusando así de sus fuerzas y de su salud.
+
+»Pálido, delgado, la tez morena, la frente arrugada, Teobaldo, que
+apenas contaba veinte años, parecía rayar ya en los cuarenta; pero en
+cambio era de los hombres más instruidos de Italia en historia y en
+teología, y conocía a la perfección muchas lenguas. A pesar de su grande
+instrucción, era desconocido en Nápoles, donde apenas ganaba lo
+suficiente para sus más precisas necesidades, y se vio obligado a
+aceptar la plaza de secretario del duque de Arcos, que un amigo le había
+proporcionado. Envió entonces a su madre todos sus ahorros, que
+ascendían a doscientos ducados, y se sepultó en el viejo castillo, donde
+no tenía otras ocupaciones que escribir lo que mi tío le dictaba y darme
+lecciones de francés y alemán: el resto del día lo pasaba estudiando en
+la biblioteca del castillo.
+
+»Sombrío y severo, pero dotado de una sólida y verdadera piedad, poseía
+un gran fondo de inteligencia: sólo él hablaba con interés y bondad a
+Carlos, a quien todos trataban como a un sirviente y cuyas funciones, no
+obstante, eran las de paje de una gran casa. En la mesa permanecía cerca
+de mí, me servía de beber, y una vez terminada la comida, me presentaba
+el aguamanil y el jarro de cristal.
+
+»Por la mañana ordenaba mis libros y mis papeles, y mientras que
+Teobaldo me daba lección, manteníase a mis espaldas, atento y
+silencioso, esperando mis órdenes.
+
+»Dulce y tímido, no se atrevía a exponerme su reconocimiento, pero sus
+acciones me lo manifestaban. Apresurábase a satisfacer mis caprichos,
+llevaba mis labores, mis libros, mis guantes, mi abanico, y en los
+grandes días, la cola de mi manto. Gracias a sus cuidados, las más
+bellas flores del parque adornaban mi chimenea o pendían de mi cintura.
+
+»Mi tío, con sus veinte criados, no estaba tan bien servido como yo por
+mi lindo y joven paje.
+
+»Sentíame satisfecha y orgullosa; acostumbrada a obedecer, me complacía
+en ejercer mi poder absoluto sobre Carlos, cuya dureza templaba mi edad,
+porque frecuentemente le tomaba como compañero en mis juegos; y en las
+horas de recreo, la señora y el paje olvidaban la distancia que los
+separaba.
+
+»Un día, me acuerdo perfectamente, en el gran salón del castillo le
+había mandado que jugase conmigo una partida de volante, y avanzando
+unas veces y retrocediendo otras, nos encontramos, sin advertirlo, cerca
+de un gran jarrón de Bohemia de un trabajo admirable, en el que estaban
+pintadas las armas de la casa de Arcos. Mi tío lo tenía en tal estima,
+que no nos estaba permitido tocarlo, ni mirarlo siquiera. Pero un golpe
+del volante, torpemente dado por mí, hizo saltar en menudos pedazos
+aquella admirable obra, cuyos fragmentos cayeron a nuestros pies.
+
+»Un rayo no me hubiera sobrecogido de tal modo. Dejé caer mi volante y
+me apoyé en un sillón, mientras Carlos recogía los pedazos del jarrón,
+como si hubiese tenido el poder de volverlo a su primitivo estado. De
+pronto, oímos en la pieza inmediata la terrible voz de mi tío, que
+llegaba a mis oídos como la trompeta del juicio final... No obstante,
+tuve el valor suficiente para precipitarme hacia una puerta lateral.
+
+--»¡Vete! ¡vete!--grité a Carlos.
+
+»Por mi parte, tuve buen cuidado al entrar en mi estancia de cerrar por
+dentro y correr cuantos cerrojos tenía la puerta, persuadiéndome que de
+este modo evitaría el que la cólera de mi tío llegase hasta mí.
+
+»Carlos, menos ágil que yo, no pudo seguirme, y permanecía en el salón
+cuando, abriendo la puerta, entró el duque de Arcos, de gran uniforme,
+con el sombrero convenientemente colocado y su bastón de puño de oro en
+la mano.
+
+»Su vista se fijó en seguida a las pruebas del crimen, que estaban
+diseminadas por el pavimento. Carlos palideció, pero permaneció inmóvil
+viendo al Duque dirigirse hacia él.
+
+--»¿Quién ha roto este jarrón?
+
+»Carlos permaneció silencioso.
+
+--»¿Quién ha roto este jarrón?--repitió el Duque con voz imperiosa,
+levantando el bastón.
+
+--»¡He sido yo!--repuso tímidamente el generoso Carlos.
+
+»Disponíase el Duque a golpearle, cuando apareció Teobaldo. Este corrió
+a mi tío, queriendo apaciguarle, y, a riesgo de que volviese contra él
+su cólera, le hizo presente que no debía descargar su rabia contra un
+niño, y sin razón, probablemente.
+
+»A esta palabra, el furor de mi tío no tuvo ya límites.
+
+--»¿Si te despidiese de mi casa, si te arrojase de ella ahora
+mismo?--gritó el Duque amenazando a Teobaldo.
+
+--»Entonces sería usted doblemente injusto--replicó éste fríamente.
+
+»Y diciendo estas palabras, tomó respetuosamente el bastón de la
+temblorosa mano del anciano, y lo arrojó por la ventana.
+
+»La cólera de mí tío había llegado a su colmo. Sobrecogido por aquella
+sangre fría, cayó sobre un sillón sin poder pronunciar una palabra; pero
+llamó a su mayordomo y le hizo seña de que se llevase a Carlos. Este, al
+salir, dirigió a Teobaldo una mirada de gratitud.
+
+»Yo no me atrevía a salir de la habitación; no obstante, fue necesario
+hacerlo cuando llegó la hora de comer. Mi tío estaba solo en el comedor,
+sombrío y silencioso. A algunos pasos de él y a su espalda encontrábase
+Carlos, pálido y sin poder apenas sostenerse; al verme, su fisonomía
+expresó una gran satisfacción. Creí entonces que todo había pasado del
+mejor modo posible, y que mi tío nada sabía. ¡Cómo podía yo adivinar que
+el pobre joven había sido maltratado por el mayordomo, despojado de sus
+vestidos y azotado hasta hacerle saltar la sangre, sin que el dolor le
+hubiese arrancado ni una queja, ni una palabra! Cuando lo supe lancé un
+grito de indignación, y corrí en busca suya queriendo oírlo todo de sus
+labios.
+
+--»¿Quiere usted excitar de nuevo la cólera del señor Duque, que,
+gracias al Cielo, ha pasado ya?--dijo Carlos, sonriendo con tristeza.
+
+--» Carlos--le dije:--¿qué podré hacer para recompensarle el servicio
+que acaba de hacerme?
+
+--»¡Usted, señora! ¡No estoy suficientemente recompensado!...
+
+»A partir de este día, Carlos fue mi protegido, mi favorito, mi más fiel
+servidor. Nunca afecto alguno fue tan ampliamente recompensado. Su única
+ocupación era adivinar mis pensamientos para adelantarse a mis órdenes,
+para satisfacer mis caprichos.
+
+»El día en que ocurrió aquella escena, Teobaldo quiso retirarse de
+nuestro servicio; pero mi tío, que tenía necesidad de él (porque a la
+sazón sostenía correspondencia con algunos príncipes alemanes), le mandó
+imperiosamente que se quedase; y Teobaldo, despreciando sus órdenes,
+preparábase a dejarnos: afligida por su pérdida, le supliqué que
+permaneciera con nosotros.
+
+--»¡Ah!--le dije llorando;--¡ya no me queda ningún amigo!
+
+»Teobaldo se quedó.
+
+»Severo y brusco para todo el mundo, Teobaldo tenía para mí una dulzura
+y bondad infinitas. Aunque las funciones de preceptor tienen algo de
+enfadosas, nada podía agotar su paciencia, ni aun las rudas pruebas a
+que le sujetaba mi estudio de las lenguas extranjeras.
+
+»Yo aprendía el francés con alguna facilidad; pero el alemán, aunque era
+el especial cuidado de mi tío, me disgustaba sobremanera y tenía que
+violentarme, y ni aun así lograba retener en mi memoria una sola palabra
+de aquel idioma, que yo calificaba de bárbaro. Por último, rogué a
+Teobaldo que cesasen las lecciones, consintiendo él en ello, pero a
+condición de que se lo advertiría a mi tío. Lo prometí, pues, pero no me
+atreví a cumplir mi promesa.
+
+»Una o dos veces me encontré a solas con el Duque, que me preguntaba:
+
+--»¿Vas comprendiendo la lengua alemana?
+
+»Acordábame entonces que mi tío no comprendía una palabra de ella; esta
+convicción me daba un gran valor, y contestaba brevemente y en tono
+resuelto:
+
+--»Sí, mi querido tío; la comprendo perfectamente.
+
+»Pero he aquí que durante una pequeña temporada que Teobaldo estuvo
+ausente del castillo (había ido a ver a su madre que estaba bastante
+enferma), recibió mi tío una carta del margrave de Anspach, carta
+confidencial, tres grandes páginas del alemán más difícil.
+
+--»Veamos lo que contiene--me dijo;--léemela.
+
+»Fácilmente se imaginarán ustedes cuál sería mi situación... No encontré
+otra excusa que darle, sino que era demasiado larga.
+
+--»Eso no importa; te doy de plazo hasta la tarde.
+
+»La dificultad no estaba en el tiempo. Subí a mi aposento, y pasé
+algunas horas en llorar y maldecir al margrave. La hora llegó, pues;
+dejé la carta sobre la mesa y bajé más muerta que viva.
+
+--»¿Has terminado?--me preguntó el Duque.
+
+»Bajé la vista sin contestar, silencio que interpretó como una respuesta
+afirmativa; después de comer me preguntó:
+
+--»¿Dónde está esa carta?
+
+--»Sobre mi mesa--repuse, encomendando mi alma a Dios.
+
+»Tan grande era el terror que experimentaba al ver acercarse la
+tempestad, que no acertaba a pronunciar una palabra. Para colmo de
+humillación, Teobaldo, que acababa de llegar, entró en el salón. Mi tío
+le informó de lo que se trataba.
+
+--»Hela aquí--dijo, tomando la carta, que Carlos tenía en la mano;--he
+aquí la discípula de usted, que nos va a leer su traducción. Sígala con
+el original, y vea si está bien.
+
+»Había dos papeles; me entregó uno y dio el otro a mi profesor, cuya
+inquietud igualaba a la mía. Teobaldo estaba turbado, pálido. Pero su
+admiración fue tan grande como la que yo experimenté, cuando fijó su
+vista en el papel que se me había entregado; la carta del margrave
+estaba delante de mí legible, la entendía perfectamente.
+
+»Leí en voz alta; y Teobaldo, que atendía, entretanto, al original, no
+pudo detener más de una vez sus exclamaciones, que mi tío tomaba por
+muestras de aprobación. Por mi parte, viéndome salvada, y no
+explicándome este suceso sino por un milagro que mi razón no acertaba a
+comprender, me preguntaba interiormente:
+
+--»¿Qué ser caritativo, qué hada ha venido en mi auxilio y cuida de mí
+de esta manera?»
+
+--Pero perdónenme, amigos míos, perdónenme--dijo la Condesa con voz
+débil.--Estos acontecimientos de mi infancia me han entretenido más de
+lo que deseaba... y no tengo fuerzas para continuar...
+
+Su hermana, que ya había estado a punto de interrumpirla, le impuso
+silencio, y alargando su mano a Fernando, le dijo, despidiéndole:
+
+--Hasta mañana.
+
+
+
+
+III
+
+
+La Condesa continuó su relato, al día siguiente, en estos términos:
+
+»Mi tío había salido del aposento; Teobaldo y yo nos mirábamos aún
+asombrados del suceso, sin que pudiéramos darnos cuenta de una aventura
+que creíamos sobrenatural; porque excepto mi preceptor, que acababa de
+llegar, nadie entendía el alemán en el castillo, incluyéndome a mí, que
+hacía un año lo estaba aprendiendo.
+
+»Carlos permanecía de pie en un rincón del salón y nos miraba sonriendo;
+de pronto, dirigiéndose a Teobaldo, dijo:
+
+--»Y bien, querido maestro: ¿no adivina usted que pueda haber aquí otro
+discípulo, que le debe la dicha de haber sido útil a su bienhechora?
+
+»Teobaldo quedó estupefacto, porque esta frase acababa de ser
+pronunciada en el más puro alemán. Yo no pude menos de exclamar:
+
+--»¿Cómo, Carlos, esa traducción es de usted? ¿Dónde, pues, ha
+aprendido?
+
+--»Lo que usted no ha querido estudiar, lo he estudiado yo--nos dijo.
+
+»En efecto, hacía tres años que Carlos asistía asidua y silenciosamente
+a todas mis lecciones, y las había aprovechado mucho más que yo. Cuando
+estaba solo y entregado a sí mismo; cuando habían pasado las dos
+terceras partes del día, empleaba en estudiar los momentos que yo
+consideraba perdidos en la ociosidad.
+
+»Teniendo entrada a todas horas en mi gabinete de estudio, del que
+estaba encargado, servíase de mis libros y de mis cuadernos; su
+aplicación y su constancia le habían hecho un joven mucho más instruido
+de lo que podía pedirse a sus años.
+
+»El joven, el paje, a quien todos despreciaban en la casa, poseía
+perfectamente nuestra lengua y varios idiomas extranjeros; conocía la
+historia y la geografía. No había olvidado la música; y apenas había yo
+salido, se sentaba al clavicordio; algunas veces, me acuerdo
+perfectamente, creí, oyendo los sonidos lejanos, que mi maestro se había
+quedado tocando y que ensayaba todavía.
+
+»Fácilmente comprenderán ustedes, queridos amigos, que después de este
+descubrimiento, Carlos no tuvo necesidad de ocultarse. Estudiaba con
+nosotros, en mi compañía. Este acontecimiento había excitado mi
+emulación, y encontré desde entonces en el estudio un placer que había
+ignorado hasta entonces.
+
+»Teobaldo sentíase orgulloso de nuestros progresos, de los de Carlos
+sobre todo, porque su precoz inteligencia concebía con una facilidad
+asombrosa las cuestiones más difíciles y abstractas. Reunía a una
+memoria feliz, una concepción rápida, una imaginación ardiente y unos
+sentimientos nobles y elevados que no nacían en la imaginación, sino en
+el corazón. Tales eran las cualidades que brillaban en él de una manera
+notable.
+
+»Teobaldo mirábale con frecuencia sorprendido y me decía en voz baja y
+con acento profético:
+
+»Créame usted, no será un hombre vulgar; cualquiera que sea el estado o
+carrera que abrace, llegará a un puesto elevado.
+
+--»Si fuese así--respondía Carlos,--a ustedes lo deberé, amigos míos; y
+el pobre huérfano no lo olvidará jamás.
+
+»Muy en breve el maestro no tuvo nada que enseñar a su discípulo, que
+era ya su compañero de estudio. Por mi parte, no podía seguirlos ni
+llegar a su altura; pero sentíame orgullosa de saber apreciar lo que
+valían.
+
+»Sus conversaciones eran dulces y amenas: en ellas dejaban ver sus
+nobles y puros sentimientos; tenían elocuencia fácil, sencilla y
+persuasiva. En la soledad del viejo castillo, cerca de aquel anciano
+achacoso y colérico, las horas nos parecían demasiado breves cuando nos
+encontrábamos en aquel santuario del estudio y de la amistad. A los días
+indiferentes y tranquilos de la infancia, debía suceder la edad de oro
+de la juventud, con sus quiméricos encantos, sus grandes ilusiones y su
+inmenso porvenir. Más sabio que nosotros y ya menos dichoso, Teobaldo
+era más grave, más reflexivo. Conocía el mundo; es decir, los pesares;
+nosotros no conocíamos más que nuestro mutuo afecto, la amistad y la
+dicha.
+
+»Una mañana, brillaba el bello sol de otoño, estábamos los tres en un
+extremo del parque, hablábamos familiarmente, y Carlos nunca habíase
+mostrado más gracioso y amable.
+
+--»He soñado esta noche--nos dijo--que yo era gran señor y primer
+ministro.
+
+--»¿En qué reino?--le interrogué yo.
+
+--»Mi sueño no me lo ha dicho.
+
+--»¿Y qué puesto me daba usted en ese sueño?
+
+--»Usted, señora... era reina.
+
+--»¿Y Teobaldo?
+
+--»¡Confesor del rey!
+
+»A esta broma imprevista lancé una carcajada, y mi alegría excitó la de
+Carlos. Sólo Teobaldo guardó su compostura, y nos dijo moviendo la
+cabeza:
+
+--»¡Eso sí que es extraño!
+
+»A estas palabras, nuestra alegría creció de pronto.
+
+--»No se rían ustedes...--nos dijo con gran seriedad y sangre
+fría.--Debo ser el más razonable de los tres... y soy el más débil y
+supersticioso... Lo que acaban de decirme me ha impresionado, y a mi
+pesar no puedo dejar de creerlo.
+
+--»¿Por qué?--le interrogué.
+
+--»Porque he soñado exactamente lo mismo.
+
+»Todos lanzamos un grito de sorpresa.
+
+--»Sí--dijo a Carlos;--yo sacerdote y tú gran señor.
+
+--»¿Y yo?--pregunté a mi vez.
+
+--»Usted, señora, es diferente--me dijo con tristeza;--no estaba con
+nosotros, nos había dejado, nos había abandonado.
+
+--»¡Ah! Entonces ese sueño no es verdad, no tiene sentido
+común--exclamé.--Ignoro qué destino nos estará reservado; pero sea el
+que quiera el mío, juro que nada en el mundo me hará olvidar los amigos
+de mi infancia.
+
+--»Y nosotros juramos lo mismo--exclamaron los dos a la vez, extendiendo
+hacia mí sus manos, que tenían estrechamente unidas.
+
+»Hubo un instante de silencio, y Teobaldo volvió lentamente a su
+tristeza habitual, diciendo:
+
+--»Sí, señora; nuestros presentimientos se cumplirán. Tendrá usted
+inmensas riquezas, será una gran señora... respetada y adorada de todos.
+Tú, Carlos, si atiendo a tu mérito más que a tu sueño, debes, a despecho
+de los obstáculos, a pesar de tu nacimiento, hacer tu camino en el
+mundo, y llegar a los puestos más elevados.
+
+--»Tanto mejor para ti--dijo en tono de broma Carlos, dando en la
+espalda de Teobaldo con aire de protección.
+
+--»¡Oh! ¡Yo--prosiguió Teobaldo--tengo el presentimiento de que seré
+siempre miserable! No seré útil a nadie... Los amaré, velaré por
+ustedes y les daré mi vida... Vean ahí--continuó sonriendo y dándonos la
+mano,--que mi parte es la mejor, y que de los tres seré el más dichoso.
+
+»La campana del castillo sonó en aquel momento, y nos separamos
+renovando el juramento de eterna amistad, que el Cielo oyó, y que
+nuestros corazones ha mantenido.
+
+»Contra la costumbre, y turbando la tranquilidad de nuestra pacífica
+morada, una numerosa y brillante sociedad acababa de llegar a ella. Era
+un número bastante crecido de jóvenes señores de las cercanías que,
+reunidos desde por la mañana para una partida de caza, habían querido
+descansar de su fatiga en el castillo del duque de Arcos, su vecino.
+
+»Como castellano, mi tío sentíase lisonjeado con esta visita y recibió
+alegremente a sus nuevos huéspedes; parecía inquieto, y en su orgullo
+español se apresuraba para ejercer dignamente los deberes de la
+hospitalidad. Díjome que bajase al salón para recibir a aquellos señores
+y hacer los honores de la casa. Obedecí, y, al verme, hubo entre aquella
+multitud, cuyas miradas todas se dirigieron hacia mí, una especie de
+rumor, el cual no podía explicarme, y que me turbó extraordinariamente.
+Recibíamos muy pocas veces, y los nobles señores que nos honraban con su
+visita eran, por lo general, viejos duques y ancianos señores, amigos y
+contemporáneos de mi tío. Semejante sociedad fijaba poco la atención en
+mí, y tenían la costumbre de mirarme como a una niña. Durante este
+tiempo yo había crecido; contaba quince años; era bien parecida, y por
+el incidente de tan inesperada visita, me convencí de que llamaba la
+atención mi persona; mis amigos nada me habían dicho, y el efecto rápido
+y maravilloso que produje en la concurrencia me sorprendió en extremo...
+Todo, en aquel día, me decía que era linda; y si hubiese podido dudarlo
+todavía, las exclamaciones que oía a mi alrededor bastaban para disipar
+mis dudas.
+
+--»Por San... ¡Qué linda es! ¡qué talle de reina! ¡qué hermosos ojos
+negros! No hay nada mejor en la corte.
+
+--»Yo lo daría todo por ella--dijo un hombre de pequeña estatura y de
+bigotes negros.
+
+--»Y yo también--agregó una voz ronca que me causó miedo;--todo, excepto
+mi jauría y mi caballo árabe.
+
+»Estas y otras exclamaciones semejantes se repetían en el salón por
+veinte personas a la vez, sin que yo perdiera una sola palabra.
+
+»Poco después llegó mi tío; acababa de vestirse con su gran uniforme y
+el gran cordón de la Orden de Calatrava, e invitó a sus convidados a
+pasar al comedor.
+
+»Al oír estas palabras, aquellos señores se olvidaron de mí, pues el
+apetito que tenían, como buenos cazadores, no les permitía pensar más
+que en comer; en verdad no tenían otra cosa que hacer.
+
+»A los primeros instantes de silencio, sucedió una conversación animada
+y ruidosa como en el final de una asamblea. Cada cual refería sus
+proezas en la caza, y después que el vino circuló en abundancia, no hubo
+medio de entenderse. ¡Qué discursos, Dios mío! ¡Cuánta ignorancia!
+¡cuánta fatuidad! Menos mal, cuando estos nobles señores no son más que
+tontos o fatuos; pero muchos de ellos se distinguían por su grosería y
+malos modales.
+
+»Aturdida y disgustada de aquella sociedad, parecíame oír una lengua
+desconocida, que estaba en un mundo nuevo y extravagante, lejos de mi
+país, de mis amigos a quienes ansiaba volver a ver; antes de que
+terminase la comida, las frecuentes libaciones habían acalorado los
+cerebros de nuestros convidados.
+
+--»¡Por esta hermosa joven!--exclamó uno de ellos apurando un vaso de
+vino.
+
+--»¡Por nuestro huésped el duque de Arcos!--agregó otro.
+
+--»¡Por los jabalíes de estos dominios!--dijo la voz ronca que había
+oído antes en el salón.
+
+»Este intrépido cazador, el Nemrod de la partida, era un joven de
+veinticuatro a veinticinco años, de cabellos y bigotes rojos, cuyas
+facciones, de expresión dura y altanera, hubieran sido regulares si no
+hubieran estado surcadas por una enorme herida que se había hecho con la
+rama de un árbol.
+
+--»¡Por los jabalíes de estos dominios--repitió,--y por el que he muerto
+esta mañana!
+
+--»Te equivocas, Eduardo--respondió uno de los convidados;--ese jabalí
+ha sido muerto por mi mano.
+
+--»¡No! Lo mató mi bala; yo lo he visto.
+
+--»¡Sí, cuando lo has tocado estaba ya muerto!
+
+--»¡Mientes!
+
+»Su adversario quiso lanzarse sobre él, pero el duque de Arcos se
+levantó para separarlos, lo que consiguió después de algunos esfuerzos,
+logrando que la disputa no pasase de allí. Como medida de precaución,
+acordose la partida, y mientras los convidados se despedían, llamaron a
+sus domésticos e hicieron ensillar sus caballos.
+
+»Entonces me encontré sola un momento con el terrible Eduardo, el eterno
+cazador, y me fue fácil conocer que brillaba menos en el salón que en la
+mesa. El vino de España, que mi tío les había prodigado, debilitó su
+cerebro, y costole gran trabajo balbucear algunas excusas sobre la
+escena que acababa de desarrollarse; poco a poco fuese animando, sus
+ojos se enrojecieron, su andar era menos vacilante, y me dirigió algunas
+frases galantes y tan expresivas, que consideré prudente retirarme.
+
+--»No tema usted nada--me dijo;--yo parto; pero, noble castellana,
+espero que tendrá usted a bien conceder a un animoso caballero el beso
+de despedida.
+
+«Rehusé... pero en vano; y como él insistiese, quise arrojarme a la
+puerta; pero adivinando mi pensamiento, se interpuso en mi camino y me
+rechazó bruscamente.
+
+»Fuese a causa del choque brusco que recibí, o por el terror que aquel
+hombre me inspiraba, vacilé y caí dando un grito de terror.
+
+»En aquel momento apareció Carlos en la puerta del salón, y lanzándose a
+Eduardo, le golpeó en la mejilla. Este, furioso, echó mano a un cuchillo
+de monte que llevaba en la cintura, e hirió a Carlos. Yo vi el acero
+brillar; vi la sangre correr; después no percibí nada, no sentí nada;
+había perdido el conocimiento.
+
+»Cuando volví en mí, cuando principié a recordar mis ideas, estaba
+acostada; me encontraba en un gran aposento apenas iluminado, y a la
+débil luz de una lámpara distinguí dos hombres: uno de ellos, de pie,
+levantaba mi cabeza y procuraba hacerme beber un líquido que no sabía lo
+que era; el otro estaba arrodillado al pie de mi cama y oraba.
+
+--»Dios nos ha oído--murmuró en tono bajo una voz que me era conocida,
+la de Carlos.--Por fin vuelve en su conocimiento, ya abre los ojos.
+
+»Y los dos amigos se abrazaron. Los veía, y no podía explicarme cómo
+estaba en aquella estancia, en aquel lecho, sin criados, sin ninguna de
+mis doncellas y no teniendo otros acompañantes que Teobaldo y Carlos.
+
+»Llamé, y nadie acudió; traté de hablar, y se me impuso silencio; pedí
+que al menos se me permitiese ver la luz del día: pero esto no se me
+concedió sino al día siguiente, y sólo entonces supe la verdad.
+
+»Carlos fue herido en el brazo, pero su herida no era grave. Una fiebre
+ardiente se había apoderado de mí; estuve algunos días delirando y me vi
+atacada de una enfermedad contagiosa, enfermedad que hacía tiempo
+azotaba el país, y que hería de muerte a todo el que alcanzaba. Al
+primer síntoma de la aparición de la viruela, el espanto en el castillo
+fue grande. Mi tío, egoísta y miedoso como todos los ancianos a quienes
+lo avanzado de su edad les hace amable la vida y que temen perder los
+bienes que poseen, no quiso verme, y mandó cerrar todas las puertas que
+daban a mis habitaciones; me hubiese hecho salir del castillo, pero no
+se atrevió, temiendo no encontrar quien ejecutase sus órdenes. El
+ejemplo del amo se comunicó a la servidumbre: un terror pánico se había
+apoderado de todos los habitantes de la casa. Nadie hubiera osado
+tocarme ni acercarse a mi habitación: todos se apartaban de mí con
+horror, y durante doce días, mis dos amigos no me abandonaron un
+momento, prodigábanme día y noche los más asiduos cuidados, viviendo en
+aquella atmósphera de muerte; y por premio de todos sus cuidados, de
+tanta solicitud, no pedían al Cielo más que mi vida. En el instante en
+que me recobré, sus ojos estaban fijos en los míos con celestial
+expresión, con la alegría de una madre que acaba de encontrar a su
+hijo.
+
+»Me pareció que de repente había conmovido sus corazones alguna viva
+inquietud, pues interrogaban con angustia mis facciones, espiando mis
+más pequeños movimientos; pero pronto se tranquilizaron y sus miradas
+brillaron de satisfacción y de contento; los transportes de alegría de
+aquellos dos seres, consagrados únicamente a mi cuidado, me
+recompensaron ampliamente de mi aislamiento y de todas las defecciones
+que había sufrido.
+
+»Ambos estaban arrodillados junto a mi lecho y besaban mis manos, que yo
+retiré bruscamente y como asustada. ¡Ay de mí! Recobraba la razón, y con
+ella el conocimiento y una especie de terror. Temía que mis generosos
+amigos fuesen víctimas de su abnegación, y mis presentimientos se vieron
+realizados, al menos para Teobaldo, pues algunos días después, enfermo
+de bastante gravedad, padecía la misma dolencia que me aquejaba; Carlos
+entonces se alejó de mí, me abandonó; Teobaldo estaba peligrosamente
+enfermo, y era el amigo a quien amaba más en el mundo. Encontrando
+nuevas fuerzas en su juventud, a medida que eran necesarios sus
+cuidados, su cuerpo hízose infatigable como su alma, y Carlos pasaba los
+días y las noches al lado de su amigo; teníalo en sus brazos, y cuando,
+por mi parte, le hablaba del riesgo a que se exponía, me contestaba:
+
+--»No, no corro peligro alguno; el Cielo me protege, y Dios no me
+abandonará.
+
+»Pensando y obrando de este modo, no perdió la confianza y el valor que
+le animaban ni por un solo instante; sólo él daba alientos a nuestro
+abatido espíritu, y hacíanos concebir las más halagüeñas esperanzas.
+
+»Algunas veces le veía ceder, a su pesar, a la inquietud, al dolor; pero
+estos momentos eran pasajeros, y en breve recobraba su serenidad y
+sonreía ocultando su pena.
+
+--»Los días de peligro han pasado--decía;--Teobaldo se encuentra mejor,
+la Providencia nos protege.
+
+»Tenía razón. Dios se había compadecido de nosotros.
+
+»Carlos se libró del contagio, y Teobaldo convalecía; pero el mal había
+dejado impresa en él su terrible huella, y, menos afortunado que yo,
+quedó desfigurado.
+
+--»No estaré hermoso--me decía sonriendo;--pero por feo que esté, espero
+que usted no me desconocerá.
+
+»Nuestra amistad no sólo se conservaba, sino que se hizo más íntima y
+firme, y las pruebas que mutuamente nos habíamos dado nos probaron que
+siempre sería la misma.
+
+»Volvimos a nuestra existencia tranquila, a nuestros estudios, a
+nuestras acostumbradas conversaciones; y más felices y dichosos que
+antes de la tempestad, nos parecíamos a los marineros salvados
+milagrosamente de un naufragio.
+
+»Carlos estaba cada día más contento, más satisfecho, más decidor; su
+gracia y su ingenio animaban todas nuestras reuniones, y cuando nos
+encontraba juntas a las dos personas a quien su solicitud y cuidado
+había salvado, su rostro tomaba una expresión de alegría y de contento
+difícil de explicar.
+
+»Sólo pensaba en nosotros, y se ocupaba asiduamente en procurar
+distracciones al pobre Teobaldo, que desde su enfermedad y durante su
+convalecencia estaba demasiado triste y abatido.
+
+»En más de una ocasión me hizo notar su estado; cuando le sorprendía en
+sus paseos por el parque, le encontraba solo, la cabeza baja, y sus ojos
+contenían con dificultad sus lágrimas; inquietos al verle de este modo,
+le preguntamos el motivo que tanto le afligía.
+
+--»Mi pobre madre--nos dijo--está en peligro de muerte.
+
+»Compartimos su dolor y procuramos consolarle; pero, ¡ay de mí! bien
+pronto la perdió, y lloramos con él sin poder calmar su tristeza, que
+aumentaba cada día. Obligado por nuestras continuas preguntas, nos
+declaró, por último, que hacía tiempo meditaba un proyecto que nos
+participaría al día siguiente.
+
+»En efecto: la mañana de dicho día encontrábame en el salón de música,
+sentada cerca de Carlos, cuyos dedos corrían sobre el clavicordio, sin
+ocuparnos de la obra que teníamos delante. Yo le hablaba de la herida
+que había recibido defendiéndome, que sólo él había olvidado, y de que
+nunca le oí quejarse; le recordaba su entrada en el salón en el momento
+que Eduardo me rechazaba brutalmente cuando intentaba huir de su lado.
+
+--»¡Ah!--me dijo.--Fue el día más horrible de mi vida; no había
+experimentado nunca un dolor semejante.
+
+--»¿Cuándo hirió a usted con su cuchillo?
+
+--»No, cuando creí que iba a abrazar a usted.
+
+»Al pronunciar estas palabras, que parecían escapadas de sus labios,
+había en su voz, en su mirada, una expresión que no había notado nunca
+en él, y que me causó profundo asombro.
+
+--»¡Carlos!--exclamé inclinándome hacia él.
+
+»Lanzó un grito de dolor y su rostro se cubrió de una palidez intensa.
+Acababa, sin saberlo, de oprimir con fuerza el brazo en que su herida
+estaba abierta todavía, y fuera de mí, caí a sus pies para pedirle
+perdón por el daño que sin querer le había causado; quiso levantarme, y
+su cabeza tocó la mía, sus labios rozaron ligeramente los míos, y, en
+aquel momento, apareció Teobaldo. Nos vio, y una palidez mortal invadió
+su rostro, mientras que Carlos y yo nos sonrojamos al darnos cuenta de
+su presencia.
+
+»Teobaldo se repuso, y nos sonrió con la tristeza que acostumbraba.
+
+--»Amigos míos--nos dijo, sentándose cerca de nosotros.--Se acordarán
+ustedes de la sorpresa que me causó, hace algunos meses, el sueño que
+Carlos nos contó había tenido. Y esa sorpresa fue tanto mayor, cuanto
+que hacía muchísimo tiempo que esas mismas ideas eran las mías; fueron
+las primeras que yo concebí, y que el tiempo y mi enfermedad han
+fortificado. Cuando estaba usted, señora, en peligro de muerte, prometí
+a Dios que si la salvaba, me consagraría a él, abrazaría el estado
+eclesiástico.
+
+--»¿Hacerse religioso?--exclamé.
+
+--»¿Y por qué no? ¿Qué destino me espera en el mundo? ¿puedo aspirar
+acaso a la dicha de tener una familia? ¿qué mujer me aceptaría por
+esposo? ¿de quién puedo esperar ser amado? La vida religiosa me brinda
+el reposo y la calma; conviene a mi carácter tranquilo y dado al
+estudio; ella no nos separará. Dios no prohíbe amar a sus amigos; al
+contrario, nos manda rogar por ellos, y yo no me ocuparé de otra cosa
+sino de la felicidad de ustedes.
+
+»Carlos, con toda la efusión y el calor de una verdadera amistad,
+combatió semejante proyecto; pero Teobaldo rechazaba todas sus
+objeciones con la calma y sangre fría de un hombre cuya resolución es
+inquebrantable; pero como nosotros insistiésemos, exclamó:
+
+--»¿Dirán ustedes, acaso, que no tomo ese partido por ambición? Carlos,
+¿no soñaste que yo llegaría a las primeras dignidades de la Iglesia?
+Déjenme que haga mi fortuna, y entonces se manifestarán celosos más
+bien que opuestos a mi proyecto.
+
+--»¡No lo consentiremos, de ningún modo!
+
+--»Preciso será que consientan ustedes, pues ya está hecho.
+
+»Ambos lanzamos un grito de dolor y de sorpresa.
+
+--»Sí--prosiguió él;--he pronunciado mis votos.
+
+--»¿Cuándo?
+
+--»Hace pocos días. Había previsto lo difícil que me sería resistir a
+sus instancias, y he querido evitar esta debilidad anteponiéndome a
+ella. No me compadezcan ustedes, amigos míos: estoy contento, soy
+dichoso.
+
+»En efecto, a partir de este día la calma sucedió a las inquietudes que
+agitaban su alma. La serenidad apareció en su frente, la sonrisa en sus
+labios; su amistad parecía más intensa, más pura. Aislado del mundo,
+parecía no tener sobre la tierra más objeto que nosotros, y consagraba
+al Cielo y al estudio todos los instantes en que no lo necesitábamos.
+Tuve el atrevimiento de pedir para él a mi tío el título de capellán del
+castillo, que poseía rentas considerables, y el Duque me concedió este
+favor.
+
+»Logrado este primer deseo, solicité para Carlos la plaza de secretario,
+que Teobaldo no podía desempeñar, a lo cual accedió también mi tío sin
+repugnancia y sin objeción alguna. Semejante conducta de su parte dejome
+profundamente admirada, y mi alegría rayaba en locura, pensando que la
+edad había cambiado el carácter del Duque.
+
+»En la entrevista que tuve con él, para pedirle ambos favores, me dijo:
+
+--»A mi vez, tengo también alguna cosa que pedirte.
+
+--»Todo lo que quiera usted, querido tío--le contesté,--se lo concedo
+por anticipado.
+
+--»Está bien--me dijo abrazándome, favor que nunca me había hecho;--no
+olvides esta palabra, te la recordaré pasadas algunas semanas.
+
+»Una mañana, en efecto, me hizo llamar a su habitación; me puse a sus
+órdenes, sin saber de lo que se trataba; mi corazón latía con violencia,
+mis piernas temblaban y tuve necesidad de detenerme algunos instantes
+antes de entrar en su gabinete, para disimular mi emoción. Mi tío estaba
+sentado cerca de una mesa y leía; al verme, dejó sus anteojos y su
+libro.
+
+--»Querida sobrina--comenzó diciéndome;--eres demasiado bella y bien
+educada; tienes talento, más sin duda de lo que convendría a la familia
+de los Arcos; pero el mal, si lo es, no tiene remedio. Además, cuentas
+diez y ocho años, y todos los señores de las cercanías solicitan tu
+mano.
+
+--»¡Ah!--exclamé;--no he pensado en casarme...
+
+»Mi tío me miró con sorpresa y prosiguió fríamente:
+
+--»Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte que
+he ofrecido tu mano a uno de mis vecinos.
+
+»Me turbé de tal modo, que creí que iba a perder el conocimiento. Mi tío
+me mostró con el dedo un sillón, y, sin interrumpirse, continuó
+diciendo:
+
+--»He elegido el más rico y más noble, el hijo del conde de Pópoli.
+Vendrá mañana; prepárate a recibirle.
+
+»Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi tío tomó
+sus anteojos y su libro y me hizo seña con la mano para que me retirase.
+
+»Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extendía hacia mí...
+obedecí, sin despegar mis labios; salí y me encaminé a mi aposento,
+donde derramé un mar de lágrimas. ¿Por qué? ¿de dónde provenía mi
+desesperación? Lo ignoraba, nunca me había dado cuenta de lo que podía
+suceder en mi corazón. Sólo mis amigos eran capaces de consolarme, y fui
+en su busca.
+
+--»Amigos míos--les dije llorando;--aconséjenme, sálvenme, me quieren
+casar.
+
+»Teobaldo se estremeció; luego le vi levantar los ojos al cielo y
+brillar en ellos una lágrima.
+
+»Carlos púsose pálido como la muerte, y nada me contestó. Creí que no
+me había comprendido.
+
+--»¡Me quieren casar!--repetí;--¡díganme algo! ¡contéstenme!... ¿Qué me
+aconsejan?
+
+--»No consienta usted--exclamó Carlos con alegría.
+
+--»¡Prefiera usted la muerte!--dijo Teobaldo.
+
+»Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra...
+Permaneció algunos instantes con la cabeza entre las manos, como
+buscando alguna idea.
+
+--»Si tal es la voluntad del señor Duque--dijo luego,--ni la razón, ni
+las lágrimas, ni los ruegos conseguirán vencerlo.
+
+»Teobaldo y yo comprendimos que tenía razón, y guardamos silencio.
+Carlos continuó:
+
+--»Por mi parte, ni aun ensayaría el hacerle cambiar de modo de pensar;
+sería inútil.
+
+--»¿Qué haría usted?
+
+--»Me dirigiría a un poder superior al suyo. Abandonaría el castillo, e
+iría a refugiarme en un convento, el _della Pietá_, donde se encuentra
+la hermana menor de usted, la señora Isabel.
+
+--»¡Tiene razón!--exclamé;--¡partamos!
+
+--»¡Insensata!--exclamó Teobaldo deteniéndome;--¿Cree usted que la
+abadesa _della Pietá_ consentiría en recibirla y retenerla contra la
+voluntad del señor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; ni
+uno sólo querría excitar su cólera, ni resistiría a sus justas
+reclamaciones... Porque, sobre todo, él tiene dos derechos sobre usted.
+Es usted su sobrina... y la ha educado.
+
+»Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justos
+razonamientos. Teobaldo inclinó la cabeza y prosiguió, al cabo de un
+momento:
+
+--»Un solo medio queda, que yo le diré.
+
+--»¿Y cuál es?
+
+--»Lo sabrá usted pasados unos días.
+
+»A pesar de nuestras instancias, no quiso satisfacer la ansiedad que
+experimentábamos.
+
+
+
+
+IV
+
+
+»La mañana siguiente, el látigo de un postillón resonó en el patio del
+castillo, y a poco se vio entrar un magnífico coche precedido y seguido
+de escuderos y picadores. Mi tío, de pie y rodeado de todos sus criados,
+recibió en la escalera a un joven a quien abrazó, conduciéndole luego al
+salón principal. En seguida me envió a decir que me esperaba. Creí que
+no acabaría nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposento
+conducía al salón de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme...
+En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entré con los ojos bajos y sin
+poder apenas sostenerme.
+
+»Mi tío se me acercó, y tomándome la mano me presentó al conde de
+Pópoli, que hacía un año había heredado de su padre las más ricas
+propiedades de la comarca. ¡Imagínense lo que pasó por mí, gran Dios, al
+reconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos años antes
+y en aquella misma habitación me había groseramente insultado, el que
+tan baja y cobardemente había herido a un hombre desarmado e indefenso!
+
+»El conde de Pópoli me saludó con respeto, y después se volvió a mi tío,
+el cual, continuando la conversación comenzada, le dijo fríamente:
+
+--»Dentro de quince días y en la capilla del castillo, mi capellán
+celebrará el matrimonio.
+
+»A lo que el Conde contestó inclinándose:
+
+--»Como guste, monseñor.
+
+»Indignada de tanta tiranía; convencida que ante tan firme resolución mi
+dicha no sería tomada en cuenta para nada, encontré en la convicción de
+mi inevitable desgracia una energía desconocida hasta entonces, y juré
+que nunca sería la esposa del conde de Pópoli.
+
+»Carlos, por su parte, mostrábase tranquilo y lleno de esperanza en los
+medios que había imaginado y sobre los cuales guardaba el más profundo
+silencio.
+
+»Pero, transcurridos algunos días, toda la confianza de que había hecho
+alarde le había abandonado; taciturno y silencioso, era presa de una
+sombría desesperación.
+
+--»No hay salvación para usted--me dijo;--no puedo hacer otra cosa que
+morir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Pópoli, y sin
+nombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que le
+había dirigido hace dos años; le he ofrecido y pedido una reparación más
+completa que la que había obtenido. Contaba con que aceptaría, porque
+dicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida en
+sus manos. Quería por ese medio impedir la desgracia de usted, o no ser
+testigo de ella. Esto es, señora, todo lo que podía hacer por usted el
+pobre Carlos. Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntándome quién
+era... ¡Quién era, señora!... ¡cuando se trataba de morir!... ¡Huérfano,
+bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un señor!...
+el conde de Pópoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porque
+el señor Duque me hizo azotar.
+
+--»¡A usted, Carlos!
+
+--»Sí, azotado...
+
+»En aquel momento llegó Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos...
+
+--»Sí, son ustedes muy desgraciados--nos dijo, procurando darnos una
+esperanza que él mismo no tenía, mezclando a los consuelos de la amistad
+los de la religión.
+
+»Durante dos días le vi ocupado solamente en calmar la desesperación de
+Carlos, que, en el colmo de su desventura, nada quería escuchar. Su
+exasperación cesó de repente; pero sombrío y pensativo, guardaba el más
+profundo silencio con Teobaldo y conmigo. Parecía enteramente ocupado de
+un siniestro proyecto que absorbía toda su atención y le hacía olvidar
+a sus amigos.
+
+»Entretanto pasaban los días, y ya estábamos en la víspera del fijado
+para la realización del funesto enlace.
+
+»Teobaldo se presentó delante de mí, pálido y con el semblante demudado.
+
+--»¡Juanita!--me dijo;--es necesario salvar a Carlos, es preciso salvar
+su alma. Esta mañana ha venido a mí, no como a un amigo, sino como al
+ministro del altar; me ha pedido la absolución, que yo le he rehusado,
+porque está firmemente decidido a cometer un crimen.
+
+--»¡El!--exclamé.
+
+--»Sí... un crimen que lleva consigo la condenación eterna. No le
+maldiga usted, señora; no le abrume con su cólera... ¡Hoy mismo quiere
+matarse!
+
+»Yo lancé un grito agudo, y sentí que un frío mortal se apoderaba de mí.
+
+--»¡Matarse!--exclamé;--¿y por qué?
+
+--»¿Por qué?--repitió Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas,
+frías como el mármol...--No sé cómo decírselo... y no obstante es
+preciso... es necesario...
+
+»Y al hablar así el sudor corría por su pálida frente.
+
+--»¡Acabe! ¡Acabe!
+
+--»¡Pues bien!--dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre sí
+mismo:--sólo a mí me ha confiado su secreto, y usted no debería saberlo
+nunca... ¡Ama a usted como un insensato! ¡Vea por lo que se quiere
+matar! ¡Vea por qué la maldición del Cielo caerá sobre él!
+
+--»¡Ah!--exclamé:--también deberá caer sobre mí, porque sus pensamientos
+son los míos.
+
+--»¡Usted, Juanita! ¡quiere morir!
+
+»Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continuó con voz
+temblorosa:
+
+--»¿Le ama usted del modo que él la ama?
+
+»Yo nada contesté; pero caí a sus pies. Teobaldo lanzó un grito y guardó
+el más profundo silencio; después, fijando sobre mí una mirada llena de
+bondad, me dijo:
+
+--»Hija mía (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado por
+las santas funciones de su ministerio), hija mía, ¡ojalá pueda alejar de
+usted y que caiga sobre mí la desgracia que ambos se han preparado!
+Prométame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpable
+que le cerraría las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volver
+a encontrarla.
+
+--»Pero entonces, ¿qué partido tomaremos?
+
+--»Uno hay--contestó con emoción;--si ama usted a Carlos, si se siente
+capaz de arrostrar por él la cólera del señor Duque, el desprecio del
+mundo, las desgracias, la miseria quizás.
+
+--»Estoy pronta.
+
+--»¡Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dándole semejante consejo... Pero,
+piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma...
+
+»Teobaldo calló por algunos momentos como si le espantase el partido que
+acababa de tomar.
+
+--»¡Ah! Dios perdonará una falta mejor que un crimen. Cásese con Carlos
+en secreto y ante el altar.
+
+--»¿Y quién se atreverá a arrostrar la venganza de mi tío, de mi
+familia? ¿Quién nos desposará?
+
+--»¡Yo!--repuso Teobaldo.
+
+»No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arrojé
+en sus brazos.
+
+--»¿De dónde proviene esa sorpresa?--continuó:--¿no le tengo dicho hace
+algunos años que no sería en balde la protección que me dispensaba?
+
+»No teníamos tiempo que perder. A la mañana siguiente debía celebrarse
+mi matrimonio con el conde de Pópoli, y decidimos que aquella misma
+noche Carlos y yo iríamos a la capilla del castillo por caminos
+diferentes; que Teobaldo bendeciría nuestra unión, y una vez efectuado
+nuestro enlace, nos resignaríamos a sufrir la cólera del duque de Arcos,
+que podría sumirnos en una prisión, arrojarnos del castillo y
+desheredarnos, pero no romper nuestra unión!
+
+»Después de la comida nos trasladamos al salón, cuyas puertas vidrieras
+daban al parque; el conde de Pópoli, sentado cerca de mí, mostrábase tan
+galante como se lo permitían sus costumbres de cazador.
+
+»Carlos entró, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conocí que
+Teobaldo le había prevenido. Acababa de despedirse de mi tío, pues debía
+marchar a una granja a la mañana siguiente. Pasó por delante del Conde,
+a quien saludó fríamente, y aproximándose a mí para despedirse, tomó mi
+mano, que llevó respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja:
+
+--»Esta noche a las doce.
+
+--»¡A las doce!--repitió estrechando mi mano y dirigiéndome una mirada
+llena de reconocimiento y de ternura.
+
+»En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseaba
+hablarle y le esperaba en el parque.
+
+»Algunos momentos después, desde las ventanas del salón los vi pasar por
+una calle de árboles de las más lejanas. No pude distinguir el rostro
+del extranjero, cuyo porte no me pareció completamente desconocido,
+agolpándose a mi imaginación ideas y recuerdos confusos.
+
+»Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, en
+su paso incierto y vacilante, notaba una agitación y una inquietud que
+no podía explicarme, y de la que participé cuando pasó una gran parte de
+la noche sin verle aparecer en el salón; pero bien pronto, me decía yo
+mirando el reloj, bien pronto sabré lo que significa esa visita
+imprevista.
+
+»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación y
+púseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, me
+encaminé hacia la capilla. Teobaldo me había precedido.
+
+--»¿Eres tú, Carlos?--pregunté.
+
+--»No, hija mía--me contestó una voz temblorosa.
+
+»Era Teobaldo.
+
+»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, y
+cuando los primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de la
+capilla, Carlos no había aparecido.
+
+»Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarse
+en el castillo.
+
+
+
+
+V
+
+
+»La ausencia de Carlos--prosiguió la Condesa,--su desaparición
+misteriosa e imprevista nos habían anonadado. ¿Habría sido víctima de
+alguna traición? ¿Nuestros proyectos habían sido descubiertos? ¿Su
+rival, celoso, había pagado asesinos que le matasen? ¿La venganza y el
+poder del duque de Arcos, le habían privado de su libertad y le habían
+recluido en alguna prisión de Estado?
+
+»Nos perdíamos en conjeturas, y en vano buscábamos la causa de aquel
+misterio; toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimos
+saber. Por otra parte, lo mismo el conde de Pópoli que el duque de Arcos
+parecían ignorar el suceso; no tenían la menor reserva para con
+Teobaldo; no nos impedían vernos, y aunque irritados por mi resistencia,
+atribuían mi obstinación a la repugnancia que sentía al matrimonio más
+bien que a otra causa extraña. A fuerza de lágrimas y súplicas, había
+obtenido tres meses de tregua, jurando que cumpliría mi palabra llegado
+el plazo.
+
+»Cuando transcurrieron los tres meses, pedí de nuevo otra prórroga; pero
+era necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fe
+jurada... ¡Ay de mí! ¡no hay poder divino ni humano que pueda cambiar el
+destino! ¡Mi cabeza estaba trastornada, mi corazón herido; sólo quedaba
+mi mano, y el duque de Arcos dispuso de ella!
+
+»¡Era ya condesa de Pópoli!
+
+»Como satisfecho de este postrer acto de tiranía que labraba mi eterna
+desdicha, y como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi tío
+murió al año de efectuarse mi matrimonio, dejándonos todos sus bienes.
+Ningún cambio hubo en mi suerte, ninguna nueva de Carlos. Si, como
+creíamos, había sido encerrado en alguna prisión a ruegos del duque de
+Arcos, la muerte de éste debía ponerle en libertad. Pero no pareció, y
+Teobaldo me dijo, desesperado:
+
+--»Está visto; nuestro amigo no existe.
+
+»Ambos le lloramos, y en las calles de árboles del parque donde solíamos
+sentarnos los tres en tiempos más felices, colocamos unas piedras en
+forma de monumento fúnebre, misterioso como su suerte; no inscribimos
+nombre alguno, ninguna inscripción; y junto a esta tumba sin despojos,
+pero animada por nuestros recuerdos, nos reuníamos todas las tardes para
+hablar de él, para rogar por él y pedir a la Providencia que pusiese fin
+a nuestro dolor y a su ausencia.
+
+»Viví de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y coléricas,
+pero cuyo corazón era menos malo de lo que yo creí en un principio.
+Todos sus defectos provenían de una educación descuidada. Un amor propio
+excesivo y un orgullo sin límites eran la consecuencia de su absoluta
+ignorancia; y cuando, con una habilidad y una paciencia infinitas,
+Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que ignoraba, empezó
+por confiar menos en sí mismo y más en nosotros. Por mi parte me dediqué
+a moderar su carácter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura no
+lograba desarmarle.
+
+»A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecían
+nuestros vecinos. Admiraban mi resignación, que no se debía,
+seguramente, a la indiferencia. Era demasiado desgraciada para ocuparme
+de ciertas pequeñeces.
+
+»La tristeza de Teobaldo aumentaba de día en día. La vista del castillo
+le apenaba profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, a
+no verme sufrir tanto, se hubiese retirado de nuestra morada desde hacía
+mucho tiempo. Sombrío y taciturno, huía de toda distracción y aun del
+estudio; entregado a la religión, pasaba día y noche al pie del altar.
+En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido respetaba
+su virtud.
+
+»Hacía algunos meses que el conde de Pópoli visitaba con frecuencia a
+los señores de las cercanías, o los recibía en nuestra casa, donde
+tenían conferencias secretas. En fin, con gran sorpresa mía, llegué a
+observar que ya no se dedicaba solamente a la caza. Con frecuencia me
+daba a traducir o escribir cartas para algunos señores de Alemania;
+estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenían un sentido
+diferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tardé en adivinar.
+
+»El conde de Pópoli parecía satisfecho de sus proyectos; pero, a pesar
+de esto, en algunos momentos violentábase para aparecer con un aspecto
+tranquilo, y, en ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas.
+Contra su costumbre, parecía preocupado por una idea y semejábase a un
+hombre sumido en profundas meditaciones. Hice notar mis observaciones a
+Teobaldo, que me trató de visionaria y no quiso darme crédito.
+
+»No obstante, cierto día entró en mi habitación con aire agitado.
+
+--»Juanita--me dijo:--aquí sucede algo extraordinario. Hay una porción
+de armas en los subterráneos del castillo.
+
+--»¿Armas de caza?--le pregunté.
+
+--»No, deben de ser destinadas para otro fin: esta tarde, cuando volvía
+del pueblo de suministrar los Sacramentos a una enferma, se me ha
+aproximado, enmedio del bosque, un hombre envuelto en una capa y me ha
+dicho en voz baja:
+
+--»Señor capellán; abandone esta misma noche el castillo en compañía de
+la Condesa; peligra su libertad y su vida; mañana será demasiado tarde.
+
+»En seguida se alejó precipitadamente.
+
+--»Es alguno--le dije,--que ha querido burlarse de usted.
+
+--»No, no--me contestó haciendo la señal de la cruz;--porque me ha
+parecido oír la voz de Carlos que venía a salvarla.
+
+--»¡Carlos!--exclamé;--es imposible.
+
+--»Sí, eso mismo he pensado yo; pero mi corazón me ha dicho que era él.
+Cuando se alejaba, después de estrechar mi mano, grité:
+
+--»¡Carlos! ¡Carlos!
+
+»Entonces se detuvo, y creí que se iba a arrojar en mis brazos; pero me
+equivoqué, pues lanzando un grito de dolor, volvió la cabeza y
+desapareció velozmente.
+
+»No podré explicar la turbación que me causó esta sencilla relación.
+¿Por qué abandonar el castillo donde estábamos seguros, y en el que
+nuestra numerosa servidumbre podía defendernos? Semejante aviso me
+pareció absurdo y me hizo dudar de todo.
+
+»Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envié a buscar a mi
+esposo. A pesar de ser ya más de media noche, el Conde estaba fuera
+todavía. Ordené que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regresó al
+castillo en toda la noche.
+
+»La inquietud se apoderó de mí, y apenas amaneció hice que fueran en su
+busca. Pero las puertas del castillo estaban bien guardadas por soldados
+españoles, y no dejaron pasar a mis emisarios. Poco después,
+presentóseme el oficial que los mandaba, y me dijo respetuosamente:
+
+--»Vengo a cumplir una orden bien sensible para mí. Estoy encargado de
+prender a usted.
+
+--»A mí, señor oficial?
+
+--»Sí, a la condesa de Pópoli.
+
+--»¿De orden de quién?
+
+--»Del Rey.
+
+»Me vi obligada a obedecer y, un momento después, subía al coche que se
+me tenía preparado. Llegamos al Castillo-Nuevo, donde fui encerrada. El
+conde de Pópoli había sido igualmente arrestado aquella misma noche en
+casa de un caballero vecino nuestro, que estaba complicado con él en la
+conspiración que se tramaba.
+
+
+
+
+VI
+
+
+»El conde de Pópoli, dueño de una inmensa fortuna, que aumentó
+considerablemente al agregársele la del duque de Arcos, mi tío, creía
+que su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabeza
+del gobierno. No había pensado nunca que el talento debe tenerse en
+cuenta, y habíase indignado de la poca importancia que siempre le
+concedió la corte de España. Soñando con el virreinato de Nápoles, y no
+escuchando más que la voz de su orgullo y su amor propio herido,
+concibió el proyecto de hacerse temer de los que le habían despreciado.
+Quiso librar a los napolitanos del yugo de los españoles e hizo entrar
+en el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se creía
+jefe, y de los que no era más que el instrumento; porque, en caso de
+triunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevación en la que el
+conde de Pópoli corría todos los peligros.
+
+»¡La conspiración era evidente, las pruebas numerosas y el parecer de
+los jueces era unánime!... Pero la opinión pública estaba tan
+pronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento y
+capacidad del conde de Pópoli, que nadie dudaba de que tal proyecto no
+había sido concebido por él; a causa de esto, se me creyó el alma de
+aquel complot. Decíase que mis consejos y mi influencia le habían hecho
+entrar en esta conspiración, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra,
+se me concedían los honores de la invención. Debo confesar que las
+cartas escritas por mí y que obraban en poder de los jueces, constituían
+una prueba más que suficiente en contra mía.
+
+»Supongo que conocerán ustedes los detalles de ese proceso, que tanto
+ruido hizo en España y en Italia. Sabrán también que fuimos condenados a
+muerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran.
+
+»Mis jueces, compadecidos de mi juventud, habían solicitado gracia de la
+corte de Madrid, la que parecía imposible alcanzar porque la población
+de Nápoles nos miraba como a héroes, como a mártires de la libertad;
+había querido derribar las puertas de nuestra prisión, y hasta llegó a
+intentar una sublevación con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otro
+resultado que asegurar nuestra pérdida.
+
+»La ejecución de la sentencia se había fijado para el día de San Javier,
+y la víspera solicité que se me concediesen dos favores, los que me
+fueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, a
+la que había sacado del convento un año antes y a quien nuestra prisión
+obligó a entrar de nuevo en él; y la segunda, elegir yo misma mi
+confesor. Se me dijo que un capellán estaba a las puertas de la prisión
+y que quería hablarme. Debía de ser Teobaldo; no me había engañado, en
+efecto.
+
+»Entró con la frente erguida, la mirada llena de expresión; y
+comprendiendo el santo gozo que le animaba, corrí a él diciéndole:
+
+--»¡Amigo mío! ¡Padre mío! He aquí el día de la libertad: la mirada de
+usted me lo hace concebir.
+
+--»Aun no--me contestó con una sonrisa triste y expresiva.
+
+»Luego, volviéndose al gobernador de la prisión, que entraba en aquel
+instante, le entregó una carta, que leyó vivamente, y, sorprendido en
+extremo por su contenido, la dejó caer sobre la mesa junto a la cual
+estaba yo sentada. Fijé en ella una mirada investigadora y me estremecí
+al ver unos caracteres que no me eran desconocidos. Sólo contenía estas
+palabras:
+
+«Vuestra Majestad me prometió ayer concederme todo lo que le pidiese;
+pido gracia para la condesa de Pópoli y su esposo.
+
+ * * * * *
+
+»CARLOS BROSCHI.»
+
+»Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se leía: «Concedido.
+
+»FERNANDO.»
+
+ * * * * *
+
+»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, pero
+desterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonar
+el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros
+bienes. El Conde se ocupó de nuestro viaje, y yo con el corazón lleno
+de gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo.
+
+--»¡Carlos existe!--exclamé:--¡existe!
+
+--»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le
+he entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo lo
+ha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.
+
+--»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué ese
+silencio, ese misterio en su destino?
+
+--»Juanita--respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:--no
+me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer.
+
+--»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto?
+
+--»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro
+del Señor... y bajo el secreto de la confesión.
+
+--»Una sola palabra--le dije:--¿sigue amándome aún?
+
+--»Más que nunca.
+
+--»¿Está libre?
+
+--»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto es
+lo que tal vez no debería decirle--continuó con voz trémula...--Pero,
+comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he
+impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá su
+palabra.
+
+--»¡Tiene razón!
+
+»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbre
+angustiosa agitaba y oprimía mi corazón.
+
+--»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión--le dije,--se alejó
+de nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos?
+
+--»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por el
+deber.
+
+--»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lo
+mismo?
+
+--»Sí, señora.
+
+--»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora?
+¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?
+
+--»Sí--repuso con voz firme.
+
+--»¡Ya estoy tranquila!--exclamé tendiéndolo la mano;--como él,
+Teobaldo, seré digna de usted; como él, permaneceré fiel al deber,
+aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas.
+
+»En aquel momento se presentó el conde de Pópoli. El buque estaba pronto
+y era necesario partir; los días del destierro comenzaban para nosotros.
+
+--»¡Adiós, pues, patria mía!--decía llorando.--¡Adiós, hermoso cielo de
+Nápoles! ¡Adiós todo lo que he amado en el mundo!
+
+»Y, entretanto, el navío nos alejaba para siempre de aquellas queridas
+playas, pobres, desterrados, sí, ¡desterrados para siempre!... Esta
+palabra vibraba en mis oídos con una violencia que ni el ruido de las
+olas, ni los gritos de los marineros podían ahogar; mientras que a lo
+lejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal de
+despedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en la
+obscuridad. Largo tiempo permanecí sobre cubierta obstinada en
+distinguirlo, y cuando ya no le vi...
+
+--»Todo ha terminado para mí--dije.
+
+»Y me creí sola en el mundo.
+
+»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemos
+junto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio se
+hace aún más amargo si nos vemos rodeados tan sólo de seres
+indiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres con
+quienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más cruel
+comparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el mal
+humor y hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo me
+acusaba, hasta de la miseria que no había conocido, y que en breve llegó
+a aumentar mis dolores.
+
+»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendación
+alguna, no teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos;
+nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguen
+ustedes, pues, de mi situación, cuando nos pidieron el precio de nuestro
+alojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban para
+pagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estábamos próximos a
+encontrarnos sin pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de Pópoli
+un paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor del
+duque de Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinas
+que le debía hacía mucho tiempo.
+
+»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no tenía
+más que un amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos en
+que estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al que
+ocultaba una buena acción disfrazándola con el reconocimiento.
+
+»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña,
+cuyo modo de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastante
+quebrantada. El Conde encargó a un individuo que nos proporcionase una
+residencia modesta y conveniente, y se presentó, por fortuna nuestra,
+una buena ocasión; estaba en venta una encantadora posesión en los
+alrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto y
+elegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimos
+por un precio módico.
+
+»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modesta
+habitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo
+de extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado y
+dispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allí
+tenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los
+libros que más me complacía en leer, y que una mano generosa había
+recogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierro
+encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.
+
+--»Gracias, Carlos, gracias--murmuré interiormente.
+
+
+
+
+VII
+
+
+»Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestro
+aislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacían mucho
+bien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos su
+país y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado para
+siempre del suelo que le vio nacer, decidió, pues, entrar al servicio de
+Inglaterra, y presentó al efecto una solicitud a los ministros de Jorge
+II, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina,
+la que me recibió con dulzura, pero me manifestó que sentía mucha pena
+por no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid.
+
+--»Sería arriesgarse--me dijo,--a recibir las justas reclamaciones del
+embajador de España.
+
+»En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareció apoyado en el
+brazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesité
+hacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconocer
+en aquel joven a Carlos, el cual palideció visiblemente y se vio
+obligado a apoyarse en un sillón. La Reina le tendió la mano y le dijo
+con bondad:
+
+--»Siéntese, Carlos.
+
+»Se inclinó cortésmente y permaneció de pie, continuando mirándome, con
+el más profundo silencio. Yo me despedí de SS. MM. y me retiré de su
+presencia; poco después llegué a mi casa en un estado difícil de
+explicar. El conde de Pópoli me aguardaba con impaciencia, y le conté el
+mal éxito de mis gestiones y la poca esperanza que debía tener; mientras
+hablaba, entró en el patio un carruaje.
+
+»Las puertas del salón se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual se
+presentó en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad.
+
+--»Señor--dijo al conde de Pópoli,--debo mi fortuna y mi posición al
+duque de Arcos y a su sobrina, y mi único deseo es poder recompensarles
+un día el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables me
+han hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quienes
+he hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda un
+empleo de cierta categoría en el ejército inglés, cuyos valientes
+soldados pertenecen a todos los países, como ha dicho el Rey al firmar
+el despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, y
+suplico a usted olvide lo pasado y disponga de mí incondicionalmente.
+
+»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendo
+contener su emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole:
+
+--»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme su
+mano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía.
+
+»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa.
+
+--»He jurado a Teobaldo--me dijo,--no hablar a usted de mi amor y
+sostendré este juramento. Pero había ofrecido también velar por usted,
+protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy un
+amigo... un hermano... que nada pide para sí, sólo desea ver a usted...
+porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo el
+suficiente valor para privarme de ello; preferiría morir.
+
+»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa,
+elegía las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo,
+podía adivinar lo que sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra,
+una mirada de amor; pero la intensa emoción que le devoraba poníase de
+manifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía con frecuencia que
+comprendía sus sufrimientos y su abnegación.
+
+»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después de
+algunas palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de lo
+que Teobaldo me había dicho, comprendí que en el instante en que
+debíamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un deber
+que yo no podía explicarme, le había separado de mí... ¡Volvía a mí, me
+amaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estaba
+encadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, y
+entonces todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tan
+grande, que apenas podía hablar; y yo, más conmovida que él, procuraba
+llevar la conversación a la época de nuestra niñez, a los tiempos de
+nuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por una secreta
+curiosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación.
+
+--»¿Aquel hombre--decíale,--aquel extranjero que llegó la misma tarde
+del día en que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fue
+la causa de su partida?
+
+--»Sí--contestábame en tono sombrío:--él fue la causa de que mi
+felicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Mi
+dolor, mi desesperación... no han encontrado consuelo, ni olvido mis
+males sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo a
+usted... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cual
+hasta entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna...
+¡fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y no
+ha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estaría en presencia
+de usted... no se atrevería a fijar los ojos en el ángel que ama, que
+adora... No, no--repitió bajando la voz:--¡que reverencia, que respeta,
+y que le han arrebatado para siempre!
+
+»Cuando acabó de pronunciar estas palabras, ocultó el rostro entre sus
+manos para ocultar su llanto. Pero comprendí su acción.
+
+--»Carlos--le dijo con dulzura:--hay un secreto que pesa sobre la vida
+de usted.
+
+--»Sí, un secreto que me matará.
+
+--»¿Ese secreto--proseguí,--que ha revelado usted a Teobaldo, no puedo
+conocerlo?
+
+»Se estremeció y me miró como espantado.
+
+--»¡Ignora usted, pues--continué,--que le estimo tanto como Teobaldo,
+que le amo tanto como él!... ¡ah! ¡mil veces más!... La proximidad de la
+muerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; ¡y cree usted que
+un secreto del que depende su suerte no me podrá ser confiado! ¡Teobaldo
+lo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardaré por el amor que profeso a
+usted, y el hierro del verdugo no lograría arrancármelo.
+
+»Carlos me miró algunos instantes con amor y reconocimiento; una
+radiante mirada brilló en sus ojos y creí que iba a ceder; pero me
+contestó con tristeza:
+
+--»¡Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignórelo siempre si me
+ama; porque no podré decírselo sin morir: ¡el día que lo conozca habré
+dejado de existir!
+
+»En aquel instante entró mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobre
+sí mismo, cambió su tristeza en la conversación viva y mordaz que le
+caracterizaba.
+
+»Había en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras un
+atractivo que le hacía simpatizar con todo el que le trataba. El Conde
+cedía con frecuencia a su ascendiente y dejábase arrastrar por él,
+seducido por lo agradable de la conversación; asombrábase de encontrar
+un placer que no fuese la caza. Habíase acostumbrado de tal modo a las
+visitas de Carlos, que el día que éste no iba estaba de mal humor y
+regañaba con todo el mundo, sin exceptuarme a mí.
+
+»Por esta época, deseó pasar a un regimiento que iba a Hannover, y su
+instancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una mano
+invisible. Pero lo que más me admiraba era que yo había hablado a muchas
+personas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conocía este nombre ni
+habían oído hablar de la persona así llamada.
+
+»Cierto día presentose un hombre en mi casa y preguntó a mis criados si
+el señor Broschi debería ir allá, porque no le había encontrado en su
+alojamiento, según decía, y le era absolutamente necesario verle. Se me
+dio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como éste
+probablemente esperaba.
+
+»El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancos
+dábanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animada
+por unos ojos vivos y que aun tenían algo de brillo de la juventud.
+
+»Le hablé de Carlos, y repentinamente levantó la cabeza con una alegría
+y un orgullo difíciles de explicar. Carlos, según pude deducir, era su
+dios, su ídolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona a
+quien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo le
+llevase demasiado lejos, cesó de prodigarle sus elogios.
+
+--»No puedo hablar más--decía:--si le conociese usted como yo; si
+supiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... ¡Es
+un hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto y
+tan dulce! Es la bondad misma... no causará daño a nadie... exceptuando,
+tal vez, a una persona.
+
+»El anciano enjugó una lágrima que resbalaba por sus mejillas. En cuanto
+a mí, escuchábale con atención, porque me parecía que una voz conocida
+llegaba a mis oídos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios de
+Carlos, cuando éste entró en el salón. Apenas vio al desconocido, Carlos
+se enrojeció; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradas
+ardientes, y un temblor nervioso agitó todo su cuerpo.
+
+--»¿Usted aquí?--exclamó:--¿Quién le ha permitido venir? ¿quién le ha
+dado permiso para presentarse delante de mí?
+
+--»Sólo he querido verte un instante, Carlos--contestó el anciano
+temblando.--¡Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!...
+
+--»¿Qué desea usted?--continuó Carlos procurando disimular su enojo en
+mi presencia.--Le he señalado diez mil libras de pensión: ¿quiere
+quince, quiere más todavía?
+
+--»No, bien lo sabes tú... no es esto lo que yo quiero.
+
+--»¿Quiere veinte? Pero con la condición de que partirá al instante, y
+de que no le volveré a ver.
+
+--»Todo lo rehúso, si no me permites que te vea al menos una vez al año.
+
+--»¡Sea!--repuso Carlos, dominado por un acceso de cólera.--¡Pero
+parta... aléjese!
+
+--»Te obedezco, Carlos--dijo el anciano llorando.--¡No eres cruel y malo
+sino para mí!... ¡No me quejo! ¡tienes razón!... Pero llegará un día en
+que me hagas justicia... Adiós, pues, hasta el año próximo... ¿no es
+cierto? Adiós, Carlos, yo pediré a Dios por ti.
+
+»El extranjero salió, y Carlos dejose caer en un sofá conmovido y lleno
+de ira.
+
+--»¡Ah! ¡Dios mío!--le dije acercándome a él:--¿quién es ese anciano?
+
+--»¡Qué! señora, ¿no le ha conocido usted?--me dijo en tono brusco.
+
+--»¡Ah! No, se lo aseguro.
+
+--»¡Es mi padre!
+
+--»¿Su padre?--exclamé:--¡Mi antiguo maestro de música!... El buen
+Gerardo Broschi... ¡Ah! ¿De dónde viene, qué ha sido de él? ¡sería muy
+dichosa en abrazarle!...
+
+»Corrí a la ventana para llamarle, pero Carlos me detuvo: veía atravesar
+una de las calles de árboles al anciano, que se alejaba en el parque, y
+reconociéndole en aquel instante, exclamé:
+
+--»¿Es el extranjero que, en el castillo de Arcos, fue preguntando por
+usted en la tarde del funesto día en que nos separamos?
+
+--»El mismo. Hacía diez años que había partido para San Petersburgo,
+donde era el maestro de música, o, mejor dicho, el confidente de la
+emperatriz Catalina; ésta le empleó en intrigas de la corte, lo cual,
+descubierto por el Czar, a quien no gustaba que se burlasen de él, envió
+a Gerardo a la Siberia. Allí ha permanecido siete años, sin poder dar
+noticia alguna de su existencia, y regresó a Nápoles el mismo día en que
+debía efectuarse nuestro matrimonio.
+
+--»¿Y por qué, Carlos, usted, que es tan bueno para todo el mundo, trata
+con tanta dureza a su padre?
+
+»Carlos no me contestó.
+
+--»¿Por qué rehúsa verle?
+
+--»¿Por qué?--me dijo con aire sombrío y temblando
+convulsivamente:--porque cuando le veo me dan ganas de matarle. Esto es
+horrible, ¿no es verdad? Y como no quiero ser parricida, le he prohibido
+que se ponga en mi presencia. Hago mal, sin duda, y me acuso de ello;
+pero quiero evitar una desgracia.
+
+»Carlos inclinó la cabeza sobre el pecho y quedó silencioso.
+
+»Algunos días después recibimos una visita que estábamos muy lejos de
+esperar. Carlos iba frecuentemente a desayunarse y a pasar el día con
+nosotros. Un criado entró y dijo en voz baja a Carlos que monseñor el
+obispo de Nola deseaba verle. Carlos exclamó sorprendido:
+
+--»¡El! ¡en Inglaterra!... ¿Qué le ha traído?... ¿Por qué no entra?
+¿Teme volver a ver a sus amigos y encontrarse entre ellos?
+
+»En aquel instante abriose la puerta y apareció Teobaldo. Mi esposo
+lanzó un grito de sorpresa:
+
+--»¡Es posible! ¡el antiguo capellán del duque de Arcos! ¡El que el año
+pasado todavía era nuestro capellán! ¡verle en los altos puestos de la
+Iglesia!
+
+»En seguida, el Conde se acercó a él, y saludándole con respeto le dijo:
+
+--»¿Parece, señor Teobaldo, que ha hecho usted una brillante carrera?
+
+--»Pero, no por mi talento ni por mis méritos--repuso fríamente
+Teobaldo,--sino por la protección de algunos amigos.
+
+--»¡Han cumplido su promesa!--exclamé vivamente.
+
+--»No por completo...--dijo en tono de reconvención y dirigiendo una
+severa mirada a Carlos, que estaba sentado a mi lado.
+
+»Luego, aproximándose a él, le dijo:
+
+--»He venido hasta aquí porque es necesario que te hable.
+
+--»Más tarde, monseñor--le contestó Carlos con voz dulce y sonrisa
+graciosa, que parecía querer desarmar el rigor que demostraba
+Teobaldo.--Tenemos tiempo.
+
+--»No--repuso Teobaldo con dureza.--Vengo a buscarte, a llevarte;
+necesitamos partir hoy mismo.
+
+--»¿Y por qué razón?
+
+--»Por una muy importante, que ya te explicaré.
+
+--»No demoren ustedes por nosotros su conferencia, grave sin duda--dijo
+el conde de Pópoli.--Pasen a mi gabinete, que pongo a su disposición; yo
+voy a salir, y les ruego obren con toda libertad, pues están en su casa.
+
+»Abrió la puerta del aposento, y los dos amigos entraron en él; en
+seguida partió el Conde, y yo quedé sola.
+
+»No sé cómo decir a ustedes lo que sentí entonces, y la horrible
+tentación que se apoderó de mí. Teobaldo y Carlos estaban allí... a dos
+pasos de mí... hablando sin duda de aquel misterio de que dependía su
+suerte y por consecuencia la mía.
+
+»Arrastrada por una mano de hierro y tentada por la curiosidad de saber
+el secreto que me negaban, me acerqué a la puerta, y pálida y anhelante,
+sin poder respirar apenas, bajé la cabeza y me puse a escuchar lo que
+decían.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+»Me puse a escuchar--repitió la Condesa;--pero sus palabras no llegaban
+hasta mí sino a intervalos, y había perdido el principio de la
+conversación.
+
+--»Sí--decía Teobaldo:--por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya,
+me habías jurado que no volverías a verla.
+
+--»Me es imposible cumplir ese juramento... ¡La amo más que nunca!
+
+--»Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su
+reposo; pero te importa que ella pierda el único bien que aun le resta
+en el mundo, su reputación, que siendo sus deudos, siendo sus amigos,
+debemos conservar y que sin la menor consideración comprometes a los
+ojos de todos.
+
+--»Tienes razón... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el
+corazón helado, la rabia y la desesperación que en mi pecho se encierran
+y que mis labios callan.
+
+--»Así, pues--exclamó Teobaldo levantando la voz a impulsos de la
+cólera,--es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el
+reconocimiento y el deber.
+
+--»¡El deber!
+
+--»Sí, el Rey está enfermo, y te llama... tiene necesidad de tu
+ciencia. Su vida, que habías salvado, está nuevamente en peligro, y
+olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores.
+
+--»¡Pero esta mujer lo es todo para mí: es mi alma, es mi vida!
+
+--»Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a
+buscarte y tendrás que seguirme.
+
+--»No puedo abandonar a Juanita.
+
+--»Me seguirás, te digo.
+
+--»Pero al menos, ahora no.
+
+--»Hoy mismo, en seguida.
+
+--»¡Nunca!
+
+--»Yo sabré contenerte.
+
+--»¡Te desafío a que lo hagas!
+
+--»¡Pues bien! Por salvar al menos a uno de vosotros, voy a decírselo
+todo a Juanita...
+
+»Y observé que Teobaldo se acercaba a la puerta.
+
+»Carlos dio un grito.
+
+--»Te obedezco... marcho... dejo la Inglaterra. Déjame siquiera una hora
+a su lado.
+
+--»¡Una hora! Sea--contestó Teobaldo.
+
+--»Yo iré a buscarte--dijo Carlos.
+
+--»No, voy a hacer que dispongan el coche, y vendré yo mismo por ti...
+Esto es más seguro.
+
+»Ambos salieron del gabinete; Teobaldo se ausentó acto continuo, y yo
+quedé sola con Carlos.
+
+»La conversación que acababa de oír, aunque demasiado vaga para mí, me
+había hecho conocer, no el amor de Carlos, pues ya lo conocía con
+exceso, pero sí el origen de su fortuna. Había oído que la vida del Rey
+estuvo en peligro, y que Carlos, por medio de su ciencia, la había
+salvado. Carlos no me había dicho que el estudio y el trabajo le habían
+abierto una carrera, y aunque conocía su aptitud para todas las
+ciencias, ignoraba que la medicina le hubiese conducido a la fortuna y
+al merecido renombre de que gozaba. Por este medio llegué a explicarme
+el crédito y el favor de que gozaba cerca de algunas testas coronadas.
+¿Pero por qué ocultarme esos pormenores? ¿Por qué ese cuidado extremoso
+que ponía en que ignorase acontecimientos que tanto me interesaban y que
+de tal modo anhelaba conocer? He aquí lo que no podía explicarme y lo
+que procuré averiguar.
+
+«Estaba frente a mí, y su mirada era triste e incierta, no sabiendo sin
+duda cómo darme cuenta de su próxima partida. Fui en su auxilio, y
+tendiéndole la mano le dije:
+
+--«Perdóneme usted, Carlos; perdone una culpable indiscreción de que me
+acuso. Quería, sin preguntárselo, saber su secreto; lo he escuchado.
+
+»A estas palabras, la palidez de la muerte cubrió su rostro; sus
+mejillas pusiéronse lívidas y cayó a mis pies inmóvil y como aterrado.
+
+»¡Ah! en aquel espantoso momento lo olvidé todo... Pasmada, fuera de mí,
+caí de rodillas ante él, sintiéndome dispuesta a seguirle.
+
+--»¡Carlos!--exclamé:--Carlos, ¿me oyes? ¡Vuelve en ti para escuchar que
+te amo!
+
+»Sentí entonces escaparse de sus labios un tenue suspiro; su corazón no
+había cesado de latir... Vivía todavía. Abrí las ventanas, y un aire
+puro refrescó la habitación y logró reanimarle. Le hice respirar un
+pomo, y por fin abrió los ojos; mi nombre fue la primera palabra que
+pronunciaron sus labios, y levantó la cabeza, que tenía apoyada sobre mi
+pecho.
+
+--»¿Dónde estoy?--preguntó.
+
+--»Junto a mí, cerca de tu amiga, que te pide que la perdones.
+
+»En pocas palabras le conté mi falta, mi imprudencia, y le referí todo
+lo que había escuchado.
+
+»A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desaparecía
+lentamente. Un ligero carmín lo coloreó; la sangre y la vida circulaban
+por sus venas... Y, entretanto, sentíase bañado por mis lágrimas, y
+percibía los latidos de mi corazón, que, a mi pesar, le ponían de
+manifiesto mi alarma y mi amor.
+
+--»¡Angel del cielo!--exclamó.--¡Eres tú quien me llama y quien busca mi
+alma!
+
+--»No, no--le dije:--esa alma tan noble y pura debe permanecer aún sobre
+la tierra; es nuestra, nos pertenece.
+
+--»Sí, tienes razón--me contestó, entusiasmado;--esa alma es tuya,
+tuya... Porque sólo tú puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los
+abismos; sólo tú puedes hacerme dichoso o quitarme la vida. ¡Oh,
+Juanita! Nunca sabrás lo que sufro... ¡Vivir junto a ti, enervarse con
+tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder
+manifestarlo... éste es el tormento que me acibara todos los instantes
+del día... bien lo ves, no puedo renunciar a él, no puedo separarme de
+ti sin morir!
+
+»Carlos estaba a mis pies, y cubría mis manos con sus besos... En mi
+turbación, en la enajenación de mis sentidos, percibí el ruido que hacía
+una puerta al abrirse. Un momento después, el conde de Pópoli estaba
+detrás de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento
+de su carácter, comprenderían el furor que se apoderó de él. Se arrojó
+sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo
+caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo:
+
+--»Escúcheme usted, escúcheme: su esposa es inocente, lo juro delante de
+Dios.
+
+--»¡Y bien! ¡pronto vas a justificarte delante de él!--dijo el Conde,
+que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una
+rabia que había de serle fatal.
+
+»Al arrojarse sobre Carlos, que no hacía más que defenderse, cayó
+mortalmente herido. En aquel instante entró una persona en el salón. Era
+un amigo, un salvador; era Teobaldo.
+
+--»¡Desdichado!--gritó dirigiéndose a Carlos:--¡Vete, vete! ¡Mi coche
+está a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita!
+
+--»¡Y este honor!--exclamé,--¿quién podrá salvarlo ya?
+
+--»Yo--repuso Teobaldo;--yo, por el deber que tengo de velar sobre
+usted.
+
+»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logrado
+llegar hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Al
+oír este modo de llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaron
+en la habitación. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde
+tendido y bañado en su propia sangre. Teobaldo le sostenía en sus
+brazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi desvanecida.
+
+»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aun
+ellos mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida.
+
+--»Vayan ustedes--dijo con voz desfallecida a los criados;--hagan venir
+al aldermán[*], a los magistrados, porque quiero hablar delante de
+ellos...
+
+[*] Oficial municipal de Londres.
+
+--»Sí--dijo Teobaldo:--ejecuten las órdenes del señor; pero--agregó en
+seguida,--déjennos solos con él.
+
+»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho donde
+había sido acostado el moribundo.
+
+--»¿Cuál es su propósito, señor Conde?--le preguntó con voz grave y
+solemne.
+
+--»El de encargar a la ley mi venganza, entregar a los magistrados la
+adúltera y sus cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de
+todo el mundo, los que me han engañado y deshonrado sean a la vez
+deshonrados con un castigo público y deshonroso...
+
+--»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?--replicó
+Teobaldo con voz solemne.--¿Si ha acusado usted y herido al inocente; si
+ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?
+
+--»En vano espera usted engañarme--dijo el moribundo.
+
+--»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho
+de muerte y delante de Dios que me escucha.
+
+--»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignos
+magistrados... Sí, hablaré.
+
+«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores se
+presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de
+éstos y llegaban hasta la escalera.
+
+--»¡Ah!--dije a Teobaldo:--¡Estoy perdida!
+
+--»¡No, mientras yo viva!
+
+»Y se arrojó de rodillas al pie del lecho.
+
+--»¡Escúcheme--dijo a mi esposo;--escúcheme en nombre de la salvación de
+su alma!
+
+»E inclinando su cabeza al oído del Conde, le dijo algunas palabras que
+no pudimos entender.
+
+»Durante este tiempo el magistrado se acercó lentamente, aunque
+guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigiéndose a
+los que le rodeaban, dijo:
+
+--«Señores: declaro que he sido herido legalmente por el señor Carlos
+Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos
+míos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos
+sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. ¡Y
+usted, padre mío, bendígame!»
+
+--»¡Que Dios le reciba en su seno!--dijo el prelado al moribundo.
+
+»Comenzó a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes
+contestaban, y después echó sobre su frente el óleo santo.
+
+»Un rayo de alegría brilló en los ojos del Conde, estrechó la mano de
+Teobaldo, me tendió la otra, y díjome con dulzura:
+
+--»¡Perdóname!...
+
+»Y el cielo abriose para él.
+
+»¡Me sería imposible describir a ustedes todo lo que yo experimenté
+durante aquel corto período de tiempo, tan largo para mí, tan horrible y
+extraño! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de
+sorpresa, me habían asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me
+faltaban, debilitábase mi razón, y algún tiempo después de tan penosos
+acontecimientos no podía creer todavía en la calma que me rodeaba.
+
+»Fiel al silencio y a la discreción que se me había impuesto, y sin
+darme explicación alguna acerca de los tristes sucesos de que habíamos
+sido testigos y actores, Teobaldo separose de mí algunos días después
+de la muerte del conde de Pópoli.
+
+--»Usted no me necesita--díjome.--La dejo rodeada de la estimación
+pública y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volveré
+también. Otro reclama mis cuidados; otro amigo más desdichado que
+usted... ¡porque él es culpable!
+
+»Y se ausentó Teobaldo.
+
+
+
+
+IX
+
+
+»Me quedé sola, pues, en aquella casa que tan bella me había parecido
+siempre y cuya soledad me causaba, a la sazón, una profunda tristeza;
+los primeros meses de mi viudez los pasé sin recibir noticia alguna de
+mis amigos; ¿a que se debía este silencio de su parte? Lo ignoraba.
+
+»Me vi atacada entonces de una enfermedad cuyos primeros síntomas había
+sentido hacía largo tiempo, y que daba entonces bastante cuidado a las
+personas que me rodeaban; en cuanto a mí, no fijaba mi atención en ella,
+porque mi pensamiento estaba muy distante de mi persona.
+
+»Por último, cierto día recibí una carta cuya letra me hizo estremecer:
+¡era de Carlos!
+
+»Decíame en ella que Teobaldo le había aconsejado que no me escribiese;
+pero que, al saber que yo estaba enferma, no había podido resistir al
+deseo de comunicarme sus sentimientos.
+
+»El clima de Inglaterra, decía, no le conviene, aumenta sus
+padecimientos, necesita usted un clima más templado, más dulce, el bello
+sol de Nápoles, el aire de nuestra querida patria. Váyase, no al
+castillo del duque de Arcos, donde encontraría recuerdos demasiado
+tristes; pero sí a Sorrento, a la orilla del mar, a esa risueña villa
+que le pertenece y donde la amistad le aguarda.
+
+--»¡Ah!--exclamé.--Has olvidado que todo lo he perdido, que nada me
+pertenece ya, ni aun el aire de mi país, donde fui reducida a prisión, y
+del que me vi desterrada...
+
+»Pero, ¡cuál fue mi sorpresa cuando encontré unido a esta carta un
+decreto del Rey en que me devolvía la facultad de regresar a mi patria y
+los bienes de mi familia!
+
+»No estaba ya desterrada, era rica y dichosa, y más dichosa aun por
+deber toda mi felicidad al amigo de mi infancia! ¡Ah! ¡cuán grande es la
+gratitud, y cuán dulce hace las personas que amamos, y con qué
+satisfacción recibimos el beneficio que nos obliga a amar más todavía!
+
+»Pocos días después abandoné Inglaterra y me embarqué sufriendo mucho, a
+causa de mi soledad. ¡Sola! no; llevaba conmigo mis pensamientos, y
+otros más halagüeños y más dulces me esperaban; iba a ver de nuevo la
+bella Italia que había creído dejar para siempre! Había salido esclava
+de aquel país, y volvía libre... ¡libre! ¡Ah! en la situación en que me
+encontraba, ¡qué de recuerdos se agolpaban a mi imaginación al
+pronunciar aquella sola palabra! ¡Vanas ilusiones acaso, pero que la
+imaginación no podía desterrar! ¡Esperanzas insensatas nacidas en el
+corazón, y que constantemente nos hacen volver la vista hacia nuestra
+querida patria!
+
+»Pisé, al fin, las playas de Sorrento; veía aquella deliciosa campiña
+que había pertenecido al duque de Arcos y que nunca había habitado.
+Carlos me aguardaba; yo corría a él llena de alegría y de satisfacción;
+sintiéndome dichosa al presente y esperándolo ser en el porvenir; pero
+quedé sorprendida al ver la tristeza que revelaba su semblante. ¿Qué
+podía él en aquella ocasión temer o esperar? ¡Yo estaba libre! Pero creí
+que mi salud era la causa de su pena y de sus inquietudes, y el interés
+que manifestaba hizo que se aumentase el amor que por él sentía,
+admirando los cuidados de que me rodeaba.
+
+»Causábame indecible satisfacción deber la salud solamente a él y a su
+talento!
+
+--»¡Ah!--me dijo:--se equivoca usted al creerme sabio; no lo soy.
+
+--»Así, pues, ¿no es usted un célebre médico?
+
+--»¡Ah! De todas las ciencias, ésa es la sola que yo desearía tener hoy.
+Pero, ¡ay de mí! no la poseo, y la prueba es que, a pesar de mis
+anhelos, no la puedo curar y es necesario ceder a otro esa gloria.
+
+»En efecto, hizo ir de Nápoles a un sabio médico y Carlos me suplicó que
+le obedeciese, atribuyendo a sus conocimientos el cambio favorable que
+entonces experimenté.
+
+--»Se equivoca usted--le dije:--la mejoría que siento la debo a usted, a
+su presencia.
+
+»En efecto, no me había sentido tan feliz en ninguna época de mi vida.
+Segura de mí y de mi corazón, Carlos temía hablarme de sus esperanzas, y
+mi reserva igualaba a la suya. Yo necesitaba decirle: ¡Este corazón te
+pertenece! Pero, con un poco de paciencia y de silencio, el período del
+luto habría pasado; y el amor, que hubiera sido hasta entonces un
+crimen, sería después un deber.
+
+»Nos comprendíamos sin hablar, y nuestros días pasaban en una dulce
+tranquilidad, en una dicha sin nombre; mis temores, mis inquietudes, mis
+antiguas desconfianzas, todo había desaparecido. El porvenir me había
+hecho olvidar el pasado: no obstante, Carlos nada me había dicho, nada
+me había confesado; pero parecíame que entre nosotros existía un
+secreto, un misterio... ¿Qué podía pedirle? ¡El me amaba! ¿Qué me
+importaba lo demás?
+
+»Como en el tiempo de nuestra niñez, pasábamos el tiempo agradablemente
+entretenidos y dábamos largos paseos. Su conversación, siempre tan
+seductora, era entonces más grave y más instructiva. Crecida y educada
+fuera de la sociedad, apenas la conocía, y Carlos me iniciaba en las
+grandes cuestiones que entonces agitaban nuestra patria y el mundo
+entero. Hablábame de los principales soberanos; me describía sus
+caracteres, su política, como si él hubiese vivido en su intimidad. Me
+mostraba a la España arrastrada en alianzas y en nuevos lutos, gloriosos
+tal vez, pero menos útiles para aquella nación que la paz de que tanto
+necesitaba para cicatrizar sus hondas heridas; y me explicaba que esa
+nación podía ser más poderosa y respetada sin combatir, que por medio de
+la guerra.
+
+--»¡Dios mío! Carlos--le dije:--¿de dónde ha sacado usted todos esos
+conocimientos? ¿Sabe usted que sería un grande y hábil ministro?
+
+»Limitábase a sonreír, y permanecía con aire preocupado.
+
+»Luego, me contestaba:
+
+--»¡El Cielo me preserve de eso! ¡El poder está bien lejos de la dicha!
+Y la dicha está para mí aquí, cerca de usted.
+
+»Después, oprimiendo mi brazo, que apoyaba en el suyo, y dirigiendo su
+vista al golfo de Nápoles, en aquel mar cuyas olas espumosas iban a
+extinguirse a nuestros pies, bajo aquel sol encantador que se ostentaba
+radiante:
+
+--»¡Aquí--exclamaba,--en estas mismas playas de Sorrento, donde el Tasso
+vio la luz del día, donde él amó y donde sufrió!...
+
+»Y, dejándose llevar de su entusiasmo, con voz conmovida y tierna me
+hablaba del Tasso, de su gloria y de sus desdichas; aquellas palabras
+elocuentes vibraban en mi oído como una dulce armonía, como los versos
+del poeta que admiraba. Escuchábale... admirábale, satisfecha y
+orgullosa de él y del amor que por mí sentía.
+
+
+
+
+X
+
+
+»Pasábamos las veladas en un pabellón elegante situado junto a la orilla
+del mar, el que hacía para nosotros las veces de biblioteca y de salón
+de música... Poníame al clavicordio y Carlos me acompañaba. Había
+adquirido tanta destreza en la música, que me causaba placer el oírle;
+tocaba el arpa con tal perfección, que, con frecuencia, cuando estaba
+triste, dejaba yo de tocar y de acompañarle, para no perder una sola de
+las notas que producía; y con frecuencia también, en aquellos días en
+que su corazón estaba poseído de pena, hacíanme derramar lágrimas los
+sonidos que arrancaba a su lira; él mismo, maestro por la inspiración y
+el sentimiento, experimentaba la emoción que causaba. Veíale, de pronto,
+inclinar su cabeza sobre el pecho, el arpa escaparse de sus manos, y su
+rostro inundarse de lágrimas, que procuraba ocultar con una sonrisa;
+luego, para desechar su melancolía, ejecutaba algún bolero o alguna
+graciosa barcarola.
+
+»Nada igualaba a la bondad de su corazón, pero encontraba en su carácter
+contradicciones que me sorprendían y que no podía explicarme. Una mujer
+del pueblo, de aquellos alrededores, llamada Fiamma, fue cierto día a
+verme y a darme las gracias de no sé qué favor que le había yo hecho, y
+me contó que algunos años antes, pobre y miserable, se encontraba
+rezando en el camino, frente a una Virgen, pidiendo pan para ella y su
+familia, cuando, de pronto, pesada bolsa cayó a sus pies; levantó los
+ojos y vio a un joven caballero; era Carlos que le decía:
+
+--»¿No eres tú Fiamma, jardinera en otro tiempo en el castillo del duque
+de Arcos?
+
+--»Sí, señor--repuso ella;--y me encuentro sin pan y sin asilo desde que
+nuestra ama fue desterrada y confiscados sus bienes.
+
+--»Ese dinero viene de su parte; tómalo, sé dichosa y ruega a Dios por
+ella.
+
+--»Y por usted, señor.
+
+»Fiamma, admirada, llevó la felicidad a su familia, y después, gracias a
+la generosidad de Carlos, se había casado con Bautista, su prometido,
+cuya fortuna había hecho y que era entonces uno de los hortelanos de
+Sorrento más diestros y trabajadores.
+
+»A mi vez, quise dar una sorpresa a Carlos, y cedí a Bautista la plaza
+de jardinero en jefe de mi casa, donde fue a establecerse con su mujer y
+sus dos hijos. Al día siguiente de su llegada, orienté nuestro paseo
+hacia la habitación de aquellas buenas gentes, y entré en ella con
+Carlos, que me daba el brazo. Creía que el aspecto de aquella dichosa
+casa, de aquel matrimonio que tanto se amaba, le causaría una agradable
+satisfacción; ¡pero vi, con sorpresa, retratarse en su semblante un
+profundo dolor que procuraba ocultar!
+
+»Cuando los niños en sus juegos llegaron, dando vueltas, a sus pies,
+Carlos retrocedió un paso para alejarse de ellos; luego, disgustado de
+aquel movimiento, se detuvo; pero durante el tiempo que yo los tuve en
+mi regazo acariciándolos y besándolos, apenas si él les hizo una
+caricia.
+
+»Siempre que Carlos encontraba a Fiamma o a su marido en el parque
+separadamente, les hablaba con cariño y amistad alentándolos en sus
+tareas y no separándose de ellos nunca sin darles una prueba de su
+generosidad. Cuando los encontraba reunidos, volvía la cabeza y no les
+dirigía la palabra.
+
+--»Creo que ama usted a Fiamma--le dije un día riendo,--y que tiene
+celos de Bautista.
+
+»Me miró asombrado, y como si no comprendiese que semejante idea pudiese
+ocurrírseme; yo me apresuré a explicarle mis palabras.
+
+»Respecto a los niños, cuando los veía en alguna de las calles de
+árboles echaba por otra. Es cierto que los chicos eran inquietos como
+todos los de su edad, y Carlos buscaba en sus paseos la soledad y el
+retiro.
+
+»Al cabo de algún tiempo, su melancolía pareció aumentarse;
+sorprendíale con frecuencia triste y de mal humor, a pesar de que cada
+momento que transcurría nos acercaba al término de nuestros votos. ¡Dos
+meses más, y el tiempo de mi luto habría pasado! ¿Qué podría impedir
+nuestra dicha? ¿Qué nube podría obscurecer ese hermoso día? Carlos había
+recibido varias cartas y parecía vivamente preocupado; a pesar de la
+reserva que me había impuesto, me atreví a interrogarle.
+
+--»¡Ay!--me dijo:--¡tiene usted razón, ha adivinado lo que pasa en mi
+alma; experimento un gran sentimiento! ¡Es necesario que la deje,
+Juanita! Que me ausente por un mes. Todo un mes sin verla, ¿comprende
+ahora mi dolor?
+
+--»¡Sí--le contesté;--yo experimento lo mismo! ¿Y por qué se aleja
+usted? ¿Qué le obliga a partir?...
+
+»Observé que mi pregunta le había causado una viva impresión, de la que
+no podía darme cuenta.
+
+--»No quiero saber nada--continué:--nada le pregunto; su amiga no le
+pide sus secretos... hasta el día en que esos secretos sean los suyos...
+
+»Carlos palideció; yo me apresuré a decirle:
+
+--»Y aun entonces, a usted le tocará preguntar y a mí obedecer. Parta
+usted, pues que es necesario, y si me ama, vuélvame pronto la dicha que
+se lleva privándome de su presencia.
+
+»Me juró que volvería antes de un mes... ¡Cuando, al fin, se alejó, lo
+difícil para mí fue el ocupar mis días, crearme ocupaciones y una nueva
+existencia; en una palabra, vivir sin él! Aquellos lugares, tan
+agradables y risueños cuando él los habitaba, no cesaban de recordarme
+su ausencia, y mi corazón se oprimía a la vista de tantos recuerdos.
+
+»Había debido, hacía mucho tiempo, dar las gracias al Rey por las
+mercedes que me había concedido, pero la Corte viajaba en aquella época,
+y debía detenerse algunas semanas en Sevilla. Decidí emprender la
+marcha; era un viaje poco fatigoso y sobre todo una distracción para mí.
+Pero antes de mi partida quise, como un propietario cuidadoso de sus
+intereses, conocer al detalle los bienes que la bondad del Rey me había
+devuelto. Pasé dos o tres días en un trabajo nuevo para mí, y examinando
+y poniendo en orden los contratos y títulos que había en el departamento
+que habitaba Carlos. Entre aquella multitud de papeles encontré uno que
+hirió mi vista; era el fragmento de una carta desgarrada. Sólo pude ver
+en él palabras sueltas, frases cortadas; pero la letra era de Teobaldo,
+y dirigida a Carlos. He aquí su contenido:
+
+--»¿Qué buscas, pues?... ¿Qué esperas?... insensato... Seis meses de
+dicha... dices, ¡y luego morir!... ¡Morir, ingrato!... ¿Y ella?...
+porque no te hablo de mí...»
+
+»Cuando acabé de leer aquellas palabras, que no comprendía, temblé
+porque parecía que me anunciaban algún terrible acontecimiento; y mi
+alma, propensa a prever las desgracias, daba sin duda una interpretación
+torcida a frases cuyo sentido ignoraba. Pero, aunque en mi imaginación
+buscaba las mejores razones para tranquilizarme, me asustaba de mí misma
+y partí con el secreto presentimiento de que me amenazaba una nueva
+desdicha. Tuve una travesía feliz, y llegué a Cartagena con un tiempo
+hermoso.
+
+»El viaje de la Corte había dado a las poblaciones una animación
+extraordinaria. El rey Fernando estaba en Sevilla, aguardando a la Reina
+que se le debía reunir, después de haber visitado las provincias
+vecinas.
+
+»Detúveme en Cartagena, donde había desembarcado, y allí descansé de mi
+viaje. Mi posada estaba cerca de la iglesia, y mis ventanas, como todas
+las de la calle, estaban colgadas de tapicerías y adornadas de flores.
+Iba a pasar suntuosa procesión; era el cardenal Bibbiena, que se
+trasladaba a la iglesia donde debía celebrar.
+
+--»Véale, véale--me dijeron, mostrándome su dedo adornado magníficamente
+de oro y pedrería.
+
+»Fijé mi vista sobre el santo ministro que echaba su bendición al pueblo
+arrodillado ante él.
+
+--»¡Teobaldo!--exclamé.
+
+--»Sí--me contestaron,--Teobaldo Cecci, obispo de Nola, el más joven de
+los cardenales y el último nombrado por el Papa Benito. La influencia
+de la Reina le ha hecho alcanzar tan alta dignidad, que merece por su
+piedad y su talento.
+
+»Yo quedé asombrada. Todo lo que veía, todo lo que oía, teníalo por cosa
+de magia.
+
+»En la mañana siguiente partí para Sevilla: el camino estaba lleno de
+viajeros de a pie, de a caballo y en litera. En la última casa de postas
+no me pudieron proporcionar mulas para mi carruaje; solamente había
+cuatro y estaban tomadas por un gran personaje que viajaba de incógnito.
+Fue necesario detenerme.
+
+»Hacía un calor asfixiante, un sol que abrasaba, y, para preservarme del
+polvo, llevaba corridas las persianas de mi berlina, donde permanecí
+aguardando que llegasen a la posada las mulas para poder continuar mi
+camino. Oí el látigo del postillón, anunciándome que un coche acababa de
+llegar; entreabrí las cortinas, y cuando el polvo se hubo disipado, vi
+una silla de postas inglesa del gusto más exquisito. ¡Pero cómo se harán
+ustedes cargo de mi sorpresa y del temblor que se apoderó de mí, cuando
+reconocí a Carlos al lado de una señora joven y extremadamente bella! Su
+tocado era sencillo y sus maneras distinguidas. En cuanto a su
+fisonomía, se grabó en mi memoria para no borrarse de ella nunca. Y,
+¡todavía la veo en este momento! Sólo algunos minutos tardaron los
+viajeros en cambiar de tiro; después siguieron rápidamente su camino.
+Pocos momentos después llegaron las mulas para mi coche, y pregunté a
+los mozos de postas si conocían a los viajeros que me precedían.
+
+--»No, señora--repuso uno de ellos;--pero son ricos y me pagan bien:
+deben de ser marido y mujer.
+
+--»O alguna cosa de otro género--agregó con una maligna sonrisa otro
+mozo de mulas.
+
+--»¿Por qué cree usted tal cosa?
+
+--»¡Por Nuestra Señora de Atocha! ¡Cuando se viaja así frente a frente!
+Y además, como la señora tuteó al caballero...
+
+--»¡Es verdad!--le dije, sintiendo que mi corazón desfallecía.
+
+--»Sí--le decía ella:--Carlos, ¿qué piensas de este polvo? ¿Verdad que
+viajamos como los dioses envueltos en una nube?
+
+--»Basta--les dije,--partamos.
+
+»Llegué a Sevilla sin fuerzas casi para sostenerme. Los mozos me habían
+conducido a la mejor fonda, a la de _Las Armas de España_; y al entrar
+en el lujoso aposento que se me destinó, el primer objeto con que
+tropezó mi vista fue un retrato ricamente adornado. Juzguen ustedes de
+mi sorpresa: el retrato era de la desconocida viajera, de la compañera
+de Carlos, cuyo recuerdo y cuyas facciones parecían seguirme por todas
+partes.
+
+--»¿Quién es esta señora?--pregunté a mi huésped.
+
+»Me hizo una reverencia y repuso:
+
+--»¿Es posible que la señora no haya reconocido a Su Majestad la Reina?
+
+--»¡La Reina!--exclamé, dominada por el espanto.
+
+--»¡Ah! ¡La fortuna y el crédito de Carlos, el misterio que le rodeaba,
+su secreto terrible del que dependía su libertad y su vida, todo estaba
+explicado, hasta su tristeza y sus remordimientos!... Afligida,
+aniquilada, y sin sentirme con valor ni aun para pensar ni para llorar
+siquiera, ignoré cuánto tiempo permanecí en aquel estado. Cuando recobré
+la razón, mi huésped díjome que había estado enferma toda una semana,
+pero que sus cuidados me habían vuelto la salud; me dijo también que
+hacía dos días que la Corte había marchado a Madrid. Sin quererlo yo
+misma, hablé a todo el mundo de la Reina, y todos me decían, con gran
+sorpresa de mi parte, que la Reina era la piedad y la virtud
+personificadas; que adoraba a su marido, al que ayudaba a llevar el peso
+de la corona, y que no se ocupaba, imitándole a él, más que de la
+prosperidad de sus pueblos. Temiendo descubrir el secreto que sólo yo
+poseía, arriesgaba temblando y con reserva algunas preguntas sobre
+Carlos. Su nombre era desconocido; nadie había oído hablar de él; y en
+España, como en Londres, todo el mundo ignoraba que existiese Carlos
+Broschi.
+
+
+
+
+XI
+
+
+»Partí, al fin, cuando me sentí con fuerzas para soportar las fatigas
+del viaje. Me embarqué para Nápoles, pero no volví a Sorrento, cuyo
+risueño aspecto y el dichoso porvenir que en él había concebido me lo
+hacían aborrecible. Corrí a ocultar mi dolor bajo los sombríos muros del
+castillo de Arcos. Sus antiguas torres, sus murallas ennegrecidas y
+deterioradas por el tiempo, exhalaban una melancolía que estaba en
+consonancia con mi tristeza. Una parte del castillo había sido edificada
+sobre una roca, y al pie de ella corría un torrente con violencia
+inaudita. ¡En el fondo de aquel abismo estaba la muerte!... ¡Una muerte
+segura, y con ella el reposo!... Más de una vez me detuve al borde del
+abismo, que medía con mi vista, y dábanme intenciones de arrojarme a
+él... Pero, ¡Dios me contuvo! Me parecía oír, mezclado con el ruido de
+las espumosas aguas, la voz de Teobaldo que me anunciaba el castigo y mi
+eterna condenación... y, sobrecogida de espanto, me resignaba a sufrir
+un suplicio más largo y más cruel...
+
+»Hacía un mes que Carlos había partido, y, fiel a su promesa esta vez,
+regresó a Sorrento para el día indicado; no encontrándome allí, corrió
+al castillo de Arcos, y si yo hubiese ignorado su traición, su turbación
+y su tristeza me la habrían hecho conocer. Demasiado franca para
+ocultarle mi dolor, y excesivamente orgullosa para descender hasta el
+reproche, le conté fríamente lo que había visto y oído, prometiéndole,
+no obstante, guardar un secreto del que dependía su vida.
+
+»Dejome hablar sin interrumpirme, y cuando hube terminado, sacó de su
+bolsillo una carta que me entregó, diciéndome:
+
+--»No hable usted de este escrito a nadie en el mundo... ni aun a mí.
+
+»La letra era de la mano de la Reina, y he aquí el contenido de la
+carta:
+
+ * * * * *
+
+«Nadie más que usted, Carlos, ama al Rey mi esposo: no hay servidor más
+fiel, ni consejero más inteligente. Por la vida que a usted debe, por el
+tierno amor que le profeso, por el interés que me tomo en su dicha y en
+el bienestar de su reino, deseche vanos temores y arrostre los peligros
+que nosotros desafiamos. ¿Qué importa su nacimiento? ¿Qué importa su
+estado? Desprecie, en obsequio nuestro, las exclamaciones e insultos de
+la Corte, y sea nuestro ministro, como es nuestro amigo.
+
+»Le espero el 20 de este mes en Aranjuez.»
+
+ * * * * *
+
+--»Hoy es ese día--exclamó Carlos con acento apasionado,--¡y no estoy en
+Aranjuez!... Estoy aquí... en el castillo de Arcos... cerca de una
+amiga... que sospecha, que me acusa, y a quien no quiero abandonar.
+
+--»¡Qué! Carlos, ¿se queda usted?
+
+--»Mientras viva--me contestó con aire sombrío;--mientras usted no me
+diga: «márchese»... porque, ¡mi soberana es usted!
+
+--»¿Y ese elevado puesto que se le ofrece; y ese favor inaudito,
+inconcebible?...
+
+--»Le he rogado--contestó, entristecido,--y me ha prometido usted no
+hablar a nadie... ni aun a mí, de ese secreto... Los servicios que he
+prestado a mi soberano, el secreto favor con que me honra, tienen su
+origen en sucesos que no le puedo revelar. Es el solo y único secreto
+que tendré para usted, y que no conocerá, tal vez, sino demasiado
+tarde... ¿Qué importa esto, si los temores de usted se han disipado?...
+y espero que así habrá sucedido.
+
+»Tomó la pluma y escribió:
+
+ * * * * *
+
+«Señora:
+
+»Las bondades con que mi Señor y Rey, y, a la vez Vuestra Majestad, han
+concedido al humilde y desconocido Carlos, no han dejado ya de excitar
+la envidia, aun cuando la alta confianza que me hayan acordado sea un
+secreto que apenas pueden adivinar. ¿Qué sucedería si me viesen llegar a
+ministro? Los ultrajes que recibiría no se detendrían en mí, y puede ser
+que se elevaran más alto. Por el interés y respeto que le profeso,
+señora, lo mismo que al Rey; por el interés de su gloria y de su reino,
+le ruego me retire el alto puesto que me quiere confiar: no tengo a él
+otro derecho que mi celo, y solamente rehusando me haré digno de él;
+porque rehusándolo creo servir a Su Majestad. Y ahora solicitaré otra
+gracia: permítanme vivir y morir en el retiro, en la obscuridad, que es
+lo único que conviene al pobre y modesto Carlos. Escribo la presente
+desde Arcos: desde el día en que Su Majestad se dignó conceder _gracia_
+a la condesa de Pópoli, conoce mis sentimientos para con ella: afección
+insensata, probablemente, pero que no acabará sino con mi vida, así como
+mi gratitud y mi respeto para Vuestra Majestad.»
+
+ * * * * *
+
+»Cuando me hubo dado a leer esta carta, la cerró, selló y envió por un
+correo.
+
+--»Y ahora, ¿conservará usted todavía sus dudas?--me dijo.
+
+--»No tengo más que remordimientos--le contesté, tendiéndole la mano;--y
+confío en que desaparecerán, pasados algunos días.
+
+»En efecto, no tardé en abandonar mis indignas sospechas; no tardé en
+reconocer los sacrificios que Carlos se había impuesto, impulsado por su
+amor hacia mí.
+
+»Fiel a un plan que me había propuesto, me decidí a escribirle
+secretamente a Teobaldo, al obispo de Nola, al cardenal de Bibbiena; y
+comprendí que debía todos esos títulos a la amistad y protección de
+Carlos. Sin prevenirle ni darle conocimiento de lo que quería de él, le
+rogaba que fuese lo más pronto posible, porque tenía que pedirle un
+servicio de mucha importancia. Estaba segura de verle llegar; en efecto,
+transcurridos pocos días, el coche de Su Eminencia entraba en el patio
+del castillo, con gran sorpresa de Carlos, que ignoraba su venida.
+
+»Al cabo de siete años de ausencia, nos volvíamos a encontrar reunidos
+en el castillo donde habíamos pasado nuestra juventud; en aquellos
+parajes, mudos testigos de nuestros placeres y de nuestra amistad, de
+nuestro juramento y de nuestros sueños: juramento que habíamos
+sostenido, sueños que se habían realizado de un modo que tenía algo de
+milagroso.
+
+»Cuando los tres entramos en el salón del duque de Arcos, en aquel salón
+gótico que tantos recuerdos tenía para nosotros, la misma idea sin duda
+se apoderó de nuestras imaginaciones; porque nos estrechamos las manos y
+cruzamos nuestras miradas... ¡Qué cambio, Dios mío! En otra ocasión, en
+aquellos mismos sitios, pobres, desgraciados e inseguros del porvenir,
+la alegría y la salud brillaba en nuestros semblantes. A la sazón, ricos
+y poderosos, la inquietud y los sufrimientos marcaban en nosotros sus
+huellas.
+
+»El mal que me consumía empañaba el color de mi rostro; la frente de
+Teobaldo estaba surcada de prematuras arrugas, y Carlos, sin que por mi
+parte pudiera explicarme la causa, aparecía el más triste de todos. Con
+lágrimas en los ojos, nos abrazamos exclamando:
+
+--»Todo ha cambiado, excepto nuestros corazones.
+
+--»Amigos míos--les dije, luego que tomaron asiento;--recordarán que
+hace siete años, en igual época, éramos muy desgraciados; era el día que
+Carlos se separó de nosotros.
+
+--»Sí, sí--exclamó Carlos;--día espantoso, día horrible.
+
+--»Del que la suerte nos debe indemnizar--proseguí diciendo;--porque
+hasta el presente ha sido muy cruel para conmigo, y yo, Carlos, muy
+injusta para ti. No tengo más que un medio de reparar mis sospechas y de
+tranquilizarme: dentro de ocho días termina el plazo de mi luto, y
+pasado este tiempo, deseo que aquí mismo Teobaldo bendiga nuestro
+enlace.
+
+»Carlos, fuera de sí, se lanzó a mí para darme las gracias, cuando
+encontró la mirada imperiosa de Teobaldo.
+
+--»No bendeciré nunca ese matrimonio--dijo en tono colérico.
+
+--»¿Y por qué?--exclamé estupefacta.
+
+--»¡Insensatos! No saben ustedes que esa unión, en otro tiempo
+permitida, es hoy imposible; que la dama más noble de Nápoles, la
+sobrina del duque de Arcos, la condesa de Pópoli, no puede contraer
+matrimonio...
+
+--»¿Con un hombre sin nobleza y sin nacimiento?--exclamé sonriendo.
+
+--»No--replicó Teobaldo, sin apartar la mirada de su amigo, que, con la
+vista fija en tierra, parecía aterrado.--No, ella no puede casarse ante
+los ojos de toda la Italia, con el matador de su marido.
+
+»Carlos lanzó un grito de sorpresa y de indignación.
+
+--»Sí--continuó Teobaldo con energía;--esa mano, que ha herido al conde
+de Pópoli, no puede unirse a la de su viuda sin causar su vergüenza, sin
+que caiga sobre ella la infamia... Sería proclamar en alta voz su
+adulterio y la deshonra... Y si tú la amas, Carlos, la debes querer
+respetada y no infamada.
+
+--»Pero el conde de Pópoli--repliqué,--declaró, al morir, que había
+sucumbido lealmente, y en un combate donde su honor no había sido
+empañado.
+
+--»Sí, accediendo a mis súplicas--contestó Teobaldo,--hizo esta
+declaración para que usted se conservase casta y pura en la estimación
+pública; y yo separé de su frente el escándalo y el oprobio... ¿sabe
+usted con qué condición? ¿Sabe si prometí, en su nombre, que la mano de
+usted jamás se uniría a la de su cómplice?
+
+--»¿Exigió usted eso?--pregunté, con voz temblorosa.
+
+--»No puedo, como ministro del Señor, revelar las palabras de un
+moribundo, ni el secreto de la confesión; ¡pero le aseguro, y esta
+palabra debe bastarle, que creería ofender al Cielo si bendijese el
+matrimonio de ustedes!
+
+»Teobaldo salió, dejándonos consternados.
+
+--»Sí--díjeme interiormente;--no niego que semejante matrimonio puede
+perderme para siempre en el mundo; ¡pero no puedo explicarme cómo
+encuentro en Teobaldo tanto rigor y tanta dureza!
+
+»La voz de la amistad pudo haber endulzado lo que el deber de la
+religión tiene de inflexible y severo; debía habernos aconsejado al
+menos, ¡y partió... sin consolarnos! ¡Veía que éramos desgraciados, y
+por la primera vez se alejaba de nosotros sin unir sus lágrimas a las
+nuestras!
+
+»Carlos, por el contrario, aunque herido por golpe tan terrible, había
+redoblado sus cuidados y su amor para hacerme olvidar. Ocultábame su
+dolor, por no aumentar el mío, y nunca me había mostrado tanta pasión ni
+tan profunda ternura. ¡Demasiado generoso para quejarse y acusarme;
+demasiado pundonoroso para desear mi posesión a costa de mi honor y del
+deber, yo notaba con sorpresa los tormentos que resistía en vano!
+
+»En ocasiones, pronto a ceder, huía de mí; o bien enajenado de amor,
+caía a mis pies exclamando: Yo seré tu esclavo; pasaré mi vida
+adorándote; ¡hermana mía, amiga mía... no quiero de ti más que tu alma,
+tu amor!... ¡No exijo nada del destino; soy el más dichoso de los
+hombres!... ¡La dicha fuera de aquí no equivale a la desgracia a tu
+lado!...
+
+»Transcurrieron tres meses en el suplicio y en la embriaguez de nuestra
+pasión, cuyos combates agotaban nuestras fuerzas y nuestro valor.
+Parecíame que las amenazas de Teobaldo alejaban de mí cada día la
+felicidad; la voz de la opinión pública y las murmuraciones del mundo
+resonaban en mi oído haciéndome estremecer; sólo la presencia de Carlos
+tenía la virtud de impedir que llegasen hasta mí. Pasados algunos días,
+noté en él una grande exaltación, casi un delirio, y esto me causaba una
+inquietud profunda; tres meses de lucha continua, presa de una fiebre
+ardiente, y que agravaba de día en día el clima y los ardores del sol
+abrasador de Nápoles, eran más que suficientes para abrasar su sangre e
+inflamar su cerebro.
+
+»Frecuentemente, sus miradas, ardientes y llenas de pasión, expresaban
+el extravío y una sombría desesperación que me ponía en cuidado.
+
+--»Carlos--le decía,--no me mires de ese modo...
+
+--»Tranquilícese--me contestaba.--¡Mis sufrimientos son de tal
+naturaleza, que en breve dejaré de existir!... ¡Yo quería acelerar este
+momento... esto es muy fácil... no temo la muerte... pero temo no volver
+a verla!
+
+»Mientras hablaba de este modo, las lágrimas y los suspiros ahogaban su
+voz. ¡Ah! Tenía razón, era sufrir demasiado; y yo, débil mujer, no
+tenía la fuerza suficiente para luchar con su amor.
+
+»Cierto día, el aire era pesado y cálido, el calor sofocante; formábase
+en el mar una tempestad; estábamos sentados en el parque, y hacía
+algunos instantes que hablaba a Carlos, y que éste nada contestaba...
+Tomé su mano y sentí que abrasaba...
+
+--»¡Tiene usted fiebre--le dije;--una fiebre ardiente!
+
+--»Sí--me contestó;--hace algunas noches que no he dormido, y esto me
+desconsuela... Este insomnio hace más largos los días... ¡cuánto deseo
+con toda mi alma acortarlos!
+
+»Había en estas frases tanto dolor y tanta resignación, que todo mi
+valor me abandonó: no veía en aquel instante más que a Carlos, a quien
+iba a perder; ¡a Carlos próximo a la muerte!... Y todo mi corazón cedía
+a esta idea espantosa.
+
+--»Escúcheme--le dije;--¡basta de combate y de tormentos! ¿Quién puede
+obligarnos a sufrir por más tiempo?... El mundo, la opinión pública que
+nos herirá--dirá usted acaso.--Si yo le presento a los ojos de todo el
+mundo diciendo: ¡Ved a mi salvador, a mi amante, a mi esposo!... ¡Y
+bien! Estas palabras que me será tan grato pronunciar... ¿por qué no
+decirlas? ¿por qué detenerlas? Si Teobaldo, si nuestro amigo nos
+abandona, ¿no habrá ningún otro eclesiástico, algún indiferente que a
+precio de oro se preste a unirnos en secreto?
+
+»Carlos hizo un gesto de sorpresa.
+
+--«Ignoro--proseguí vivamente,--si nuestras leyes condenan o permiten
+semejante unión... Pero a mis ojos es valedera; porque delante de Dios,
+que me está escuchando, se celebre, o no, nuestro enlace, yo te miro ya
+como a mi esposo, como aquel a quien pertenecía... Sí, Carlos; mi
+honor... es mi vida... y te amo más que a mi vida... porque, ya lo ves,
+te amo... ¡te pertenezco!
+
+»A esta dicha inesperada para él, Carlos lanzó un grito de alegría,
+levantó las manos al cielo y cayó a mis pies, presa de un delirio que me
+hizo temblar por su razón y por su vida. Habituado, hacía mucho tiempo,
+a luchar con el dolor, su corazón no estaba dispuesto para recibir tan
+agradable impresión, y, demasiado débil para soportarla, sucumbió al
+exceso de su felicidad.
+
+»Apoderose de él una intensa fiebre cerebral, y durante ocho días estuvo
+su vida en inminente peligro; no veía, no reconocía a nadie... ¡ni aun a
+mí! Al cabo de este período, la fiebre cedió algún tanto.
+
+--»No tardará mucho tiempo en recobrar la razón--díjome, entonces, el
+doctor;--mucho cuidado, nada de ruido ni de emociones fuertes: he aquí
+el régimen que le prescribo.
+
+--»Entretanto, el delirio de Carlos no tenía nada de extravagante, no
+hablaba más que de su próximo matrimonio.
+
+--»Ella me ama--decía;--¡me ama más que a su honor!... ¡Consiente en ser
+mía!... ¿Pero cuándo se efectuará nuestro enlace?
+
+--»Cuando estés restablecido--le contestaba yo.
+
+--»¡Ah! Esto será bien pronto, porque entonces seré feliz.
+
+»Entonces, dejándose llevar de su brillante imaginación, que dominaba a
+su razón, me trazaba un bello cuadro de un matrimonio unido por el amor
+y embellecido por las dulzuras de la familia. Los encantos con que
+adornaba aquel retrato sobrepujaban casi a lo que hubiera sido la
+realidad, y semejante locura parecía causar su dicha.
+
+»Apoyado en mi brazo, quiso dar un paseo en el parque, paseo que le hizo
+mucho bien, y volvimos al castillo; en el vestíbulo se presentó a
+nosotros un hombre que nos aguardaba... ¡Era Gerardo Broschi... era su
+padre!
+
+--»Ha pasado un año--le dijo el anciano con voz dulce,--y me autorizaste
+para verte transcurrido este tiempo.
+
+»Mientras hablaba el anciano, Carlos tenía fija en él la mirada, y
+escuchaba con atención sus palabras, como buscando un recuerdo en su
+memoria. Una repentina revolución efectuábase en él; al recobrar su
+razón, me tendió la mano con ternura.
+
+--»Juanita--me dijo;--amada mía...
+
+»Luego, dándose cuenta de la presencia de Gerardo, exclamó con acento
+desgarrador, golpeándose la frente, con un movimiento de ira:
+
+--»¡Mi padre!
+
+»Divisó en el vestíbulo una escopeta de caza que habían dejado allí, y
+apoderándose de ella apuntó a su desgraciado padre. Me puse delante de
+él diciéndole:
+
+--»¡Márchese, aléjese de aquí!
+
+»Y el anciano desapareció en el parque. Pero el arma fatal había caído
+de las manos de Carlos.
+
+--»Ya lo ve usted--me dijo;--es más fuerte que yo. Sin usted, ¿qué sería
+yo en este momento? ¡Un parricida!...--murmuró en voz baja, y temblando
+con todo su cuerpo, permaneció con la cabeza apoyada entre sus manos.
+
+»Con objeto de que volviesen a su imaginación ideas menos tristes, me
+aproximé a él y le hablé del proyecto de nuestro matrimonio.
+
+--»¿Cuándo se celebrará?--me preguntó.
+
+--»Mañana, si quiere.
+
+»Estrechó mi mano con una expresión de ternura y de reconocimiento
+difíciles de explicar.
+
+--»Hasta mañana--me dijo, y separose de mí para entrar en su habitación.
+
+»La mañana siguiente, poco antes de la hora en que debíamos vernos, se
+presentó Gerardo, pidiendo ver a su hijo.
+
+--»Me matará si quiere--dijo el anciano;--pero debo verle, pues no
+olvido su promesa.
+
+»No sin grandes trabajos, logré que desistiera de su resolución, y me
+fue necesario hacerle presente que en el estado de la salud de Carlos,
+su vista podía hacer que recayese en sus funestos accidentes.
+
+--»Ya que es necesario--dijo suspirando,--su salud antes que todo; que
+él viva aunque yo muera... Es demasiado cruel para conmigo... No es que
+yo le acuse; pero le amo tanto, que debiera perdonarme... Me marcho.
+
+»El anciano necesitó mucho tiempo aún para salir del castillo.
+
+»El aposento de Carlos daba sobre el torrente, y los criados habían
+encontrado por la tarde a Gerardo al otro lado del precipicio, asido a
+las rocas que daban frente a las ventanas de su hijo, esforzándose para
+distinguirlo.
+
+»¡Ay de mí! ¡Ni el infeliz anciano ni yo debíamos volver a ver a Carlos!
+La mañana siguiente Carlos no bajó a la hora del desayuno. Envié en
+busca suya, y encontraron que su puerta estaba cerrada; llamamos, y
+nadie contestó. Forzada la cerradura, viose que su estancia estaba
+desierta. No se había acostado, pero las bujías, casi consumidas y
+colocadas sobre su escritorio, ponían de manifiesto que había velado la
+mayor parte de la noche... La ventana que daba sobre el abismo estaba
+abierta... Sobre el alféizar veíase todavía la huella de un pie... Bajo
+la ventana, las rocas que formaban el precipicio estaban teñidas de
+sangre, lo que nos hizo a todos sospechar que las aguas impetuosas del
+torrente habían arrastrado su cuerpo. Nada quedaba de él... nada más que
+sus papeles abandonados sobre su escritorio... Había también una cartera
+que contenía sumas considerables; y su testamento, escrito de su mano...
+manifestaba en pocas palabras que se daba la muerte por el temor de ser
+parricida... y dejábame heredera de toda su fortuna.
+
+»Así fue cómo perdí el compañero de mi infancia, el amigo de mi
+juventud. De esta manera, la suerte, que se burló de nuestros proyectos
+y de nuestras esperanzas... no quiso que nos uniésemos sobre la tierra.
+¡No me compadezcan ustedes, amigos míos, felicítenme, por el contrario!
+Dios ha convertido mi dolor en piedad; él abrevia el tiempo del
+destierro, y muy en breve me habré reunido con mi adorado Carlos.»
+
+
+
+
+XII
+
+
+La condesa de Pópoli habíase interrumpido más de una vez durante su
+largo relato, y más de una vez abundantes lágrimas corrieron por sus
+pálidas mejillas, manifestando a sus jóvenes amigos el dolor que
+experimentaba con tan penosos recuerdos. Carlos, tan singular y generoso
+a la vez; dotado de un corazón tan elevado y de un origen tan humilde;
+este personaje misterioso, que había muerto llevándose su secreto, llegó
+a excitar vivamente la curiosidad de Fernando y más todavía el interés
+de Isabel. El alma de la joven, fácil de exaltar, concibió sin el menor
+trabajo el amor y la pena de Juanita; porque, para ella, Carlos había
+sido su ídolo, su dios. Si ella le hubiese conocido, le hubiera amado
+con toda la fuerza de su alma; porque las pasiones románticas, las
+pasiones violentas eran las que su corazón anhelaba, y a cada momento
+Isabel interrumpía a su hermana, haciéndole repetir los menores detalles
+de su narración.
+
+--Ya conocen, mis queridos amigos, mi suerte, y pueden explicarse la
+situación en que me encuentro. Todos los bienes que poseo en el reino de
+Nápoles pertenecen a mi hermana, yo se los doy anticipadamente; pero los
+que he adquirido en España constituyen la fortuna de Carlos... no los
+poseo más que como un depósito. Ignoro lo que ha sido del desgraciado
+Gerardo Broschi... no le he vuelto a ver después de la muerte de su
+hijo; pero si entretanto pareciese... aun cuando yo no exista... toda
+esta fortuna es suya... ¡El sólo es el heredero de su hijo! Fernando, y
+tú, hermana mía, no lo olvidarán... Me lo han jurado, y gracias a esta
+promesa, puedo aceptar sin temor todas las condiciones del duque de
+Carvajal.
+
+Juanita debía, efectivamente, firmar la semana próxima el contrato, tal
+como el duque lo había dictado, y el mismo día sería colmada la dicha de
+los dos amantes.
+
+Isabel, al ver el estado de su hermana, opúsose a que hubiera ninguna
+clase de fiesta ni regocijo; dijo que no firmaría el contrato de su
+matrimonio hasta que Juanita pudiese asistir; y a pesar de las
+instancias de Fernando, aplazose el día de la boda.
+
+El único consuelo de Fernando era ver a su prometida, que no abandonaba
+a su hermana; de este modo ambos jóvenes pasaban los días junto al lecho
+de la enferma. Isabel había notado que el solo medio de hacer asomar la
+sonrisa a los labios de Juanita, era hablarle de Carlos, y
+frecuentemente le hacía preguntas sobre los acontecimientos que más
+impresión habían hecho en ella.
+
+--No le volveré a ver--decía Juanita.--¡Pero si al menos viera al pobre
+Gerardo!... moriría contenta, y llevaría a mi amado Carlos la bendición
+de su anciano padre.
+
+--Ten paciencia--decíale Isabel;--él volverá, estoy convencida de ello;
+sobre todo, si ignora la muerte de su hijo. ¿No debe verle todos los
+años? Por lograr este anhelo, vendrá donde tú estás... ¡seguro de
+encontrarle!...
+
+--¡Vanas ilusiones!--dijo Juanita.--¡Es imposible que vuelva!
+
+--¿Por qué ha de ser imposible? ¿Por qué el Cielo, la Providencia, no ha
+de hacer un milagro por ti, por ti, mi querida hermana, que eres tan
+buena?
+
+--¡Ah!--exclamó Juanita.--¡Cállate!
+
+Y mostrando con el dedo la ventana que daba frente a su lecho:
+
+--Mi razón, debilitada, me hace ver fantasmas; porque mientras
+hablabas... me pareció ver una sombra al través de esta ventana... la
+sombra de Gerardo. Ha sido él, o su sombra, la que me ha mirado
+llorando.
+
+Al oír estas palabras, lanzose Isabel a la ventana que daba al jardín y
+oyó los pasos de un hombre que se alejaba. Hizo seña a Fernando de que
+se acercase, y éste se apresuró a seguir la dirección que indicole
+Isabel, logrando alcanzar en un instante al anciano, a quien hizo entrar
+en el aposento de Juanita, aunque a pesar suyo.
+
+--¡Es usted, Gerardo!--exclamó Juanita;--¡y huía!
+
+--¡El lo quería así--dijo el anciano temblando;--él lo quería! De otro
+modo, ¡cómo había yo de renunciar a verla! ¡Renunciar a verla, cuando la
+he educado, cuando usted ha sido la protectora, la amiga de mi pobre
+Carlos!
+
+--¿Sabe usted, pues, que no existe?
+
+--Sí... sí... lo sé--dijo Gerardo con voz trémula.
+
+--¡Y bien!--exclamaron Fernando e Isabel;--tenemos en nuestro poder
+fuertes sumas para entregarlas a usted, puesto que le pertenecen.
+
+--Sí--dijo Juanita;--Carlos ha depositado en mis manos su fortuna.
+
+--¡Qué le resta, pues!--replicó el anciano;--lo que ha hecho Carlos está
+bien hecho. No quiero nada. Nada pido, sólo ruego al Cielo que devuelva
+a usted la salud.
+
+--Eso es imposible--dijo tristemente Juanita;--se acerca el último
+instante de mi vida, y de usted depende endulzarlo; quédese conmigo, no
+me abandone... ¿Me lo promete, no es cierto?
+
+El anciano no se atrevió a contestar.
+
+--¿Rehúsa usted, por ventura?--exclamó la enferma.
+
+--No puedo, señora, no puedo.
+
+--¿Por qué motivo?
+
+--Se me espera en otra parte.
+
+--¿Hoy?
+
+--Esta misma tarde.
+
+--Se lo pido en nombre de su hijo, en nombre de Carlos, que nos espera,
+que nos escucha tal vez. ¡Dios mío!--exclamó Juanita juntando las
+manos;--¡por qué no está él aquí para cerrar mis párpados, para recoger
+mi último suspiro!
+
+Y, arrebatada por su amor y por la intensa amargura que sentía,
+dirigíale la más tierna despedida, hasta el punto de que Isabel y
+Fernando prorrumpieron en amargo llanto.
+
+Gerardo parecía presa de un violento combate; lloraba, retorcíase las
+manos, y en fin, cayendo de rodillas a los pies del lecho de Juanita,
+exclamó:
+
+--Me ha vencido usted... no le puedo negar nada... ¡Aunque él deba
+maldecirme todavía; aunque deba matarme esta vez, volverá usted a verle,
+señora... sí, volverá usted a verle!
+
+--¿Qué dice usted?--preguntó Juanita, que al oír las palabras del
+anciano, parecía volver a la vida, y cuyos ojos animados y brillantes no
+se apartaban un momento de los de Gerardo.
+
+--¡Escúcheme usted, escúcheme!--dijo el anciano, cuya emoción no le
+permitía guardar orden en su relación.--Yo estaba sentado sobre las
+rocas al borde del agua. La noche era fría; pero yo nada sentía... Yo
+estaba frente a sus ventanas... él tenía luz en su aposento; y le vi
+escribir y pasearse con suma agitación, como un hombre dominado por la
+cólera... ¡Tal vez sea contra mí, decía yo, pero me es igual; le veo,
+esto me satisface, permaneceré aquí toda la noche. De pronto le vi abrir
+la ventana que daba sobre el precipicio... treinta pies de altura. ¡Se
+arrojó! Yo también me había arrojado, sin saber lo que hacía, pues mi
+único deseo era morir con él. Pero, reflexionando, preferí salvarle, y
+aunque demasiado débil, esta idea redobló mis fuerzas. Le así, le
+arrastré sin conocimiento, sobre las rocas; le creía muerto. Se había
+fracturado un brazo en su caída; su cabeza, que había chocado contra un
+pico de la roca, sangraba horriblemente. ¿Qué hacer en tan terrible
+posición? Comenzaba a amanecer y me dirigía apresuradamente al castillo
+en demanda de auxilio para él, cuando encontré en el camino una berlina,
+y en ella un gran señor que volvía de casa de usted; era el cardenal
+Bibbiena. Ayudome a conducir al pobre Carlos a su coche, y entonces
+recobró el uso de sus sentidos. Cuando supo lo que acababa de hacer,
+dijo:
+
+--Te debo dos veces la vida; olvidemos la primera, y no pensemos más que
+en el porvenir.
+
+Tendiome su mano enflaquecida, me perdonaba, no me maldecía ya, me
+amaba; me amaba, sí; amaba al pobre Gerardo, que ha olvidado todos sus
+sufrimientos... Pero no es esto, señora, de lo que quiero hablarle, sino
+de usted... de usted, de quien él se acuerda sin cesar.
+
+--Pues que ella me cree muerto--dijo,--que no salga nunca de su error.
+
+--¡Sí--le contestó el cardenal;--para su tranquilidad y la tuya, que sea
+siempre así! Dios lo quiere.
+
+Entonces el cardenal le hizo jurar que no turbaría la tranquilidad de
+usted y que no le haría saber que vive. Me lo hizo jurar a mí también; y
+Carlos, cuando estuvo restablecido, partió para un país extranjero, para
+Inglaterra; pero antes de partir me encargó que velara por usted, y,
+fiel a este encargo, no la he abandonado, me he ocultado para verla, y
+para escribirle de usted: «La he visto». Pero hace algunas semanas que
+le escribí: «Está muy enferma»... Entonces lo ha dejado todo y ha
+vuelto.
+
+--¡El está aquí!--exclamó Juanita.
+
+--Sí, a despecho del cardenal, que ha llegado esta mañana para
+llevárselo; está en Granada, oculto durante el día; viene todas las
+noches al jardín de este palacio, se acerca a las ventanas, enviándome
+antes para ver si alguien nos observa... Por esto he sido sorprendido, y
+he faltado por usted a mi juramento...
+
+--¡Dios le perdonará esta falta!--exclamó Juanita,--¡y Carlos también!
+¡Que venga si quiere verme viva!
+
+Y mientras el anciano apresuraba su marcha vacilante, Juanita, que se
+creía haber recobrado su alma y su energía, trazó algunas palabras,
+rápidamente, en un papel que entregó a Fernando, diciéndole:
+
+--Esta carta para el cardenal Bibbiena.
+
+En seguida, púsose lívido el rostro de Juanita... la puerta acababa de
+abrirse y Carlos apareció. Juanita, sin dirigirle un reproche, tendió
+hacia él sus manos, como en señal de perdón.
+
+Carlos se precipitó a estrechar aquellas manos, que cubrió de lágrimas y
+besos.
+
+--¿Por qué lloras, Carlos?--le dijo;--soy muy dichosa... ¡Te vuelvo a
+ver! Pero tú, que me amas tanto--continuó ella con dulzura,--¿por qué
+has querido morir? ¿por qué me has abandonado?
+
+--¡Era necesario!--exclamó Carlos, con los ojos arrasados en lágrimas.
+
+--Sí, ya sé que nos separa un secreto terrible; un secreto, me has
+dicho, que da la muerte... pero ahora me lo debes decir; gracias al
+Cielo, ya puedo escucharlo... ¡Que todos tus pesares sean los míos, que
+tu alma me pertenezca por entero, y los últimos instantes de mi vida
+serán dichosos!
+
+Carlos se aproximó vivamente a Juanita; pero viendo luego a su hermana
+que permanecía de pie e inmóvil junto al lecho, se acercó al oído de su
+querida amiga y pronunció algunas palabras en voz baja. Un rayo de
+alegría brilló en los ojos de Juanita.
+
+--¡Ingrato--le dijo;--sólo en este instante has tenido confianza en tu
+amiga! ¿Dudabas de su amor y has olvidado los días dichosos que pasamos
+juntos en las playas de Sorrento?...
+
+Juanita se detuvo al ver aproximarse a Fernando seguido del cardenal
+Bibbiena.
+
+--Teobaldo--le dijo;--lo sé todo; acusaba a usted de injusto y de
+riguroso, cuando no hacía otra cosa que cumplir dignamente los severos
+deberes de una santa amistad. Perdóneme, amigo mío...
+
+Y Juanita le tendió la mano. Hubo entonces un momento en que aquel
+prelado, de fisonomía impasible, de facciones duras y severas, no pudo
+contener su emoción, y asomaron a sus ojos abundantes lágrimas.
+
+--Usted vivirá--exclamó;--vivirá, Juanita, para la dicha de sus amigos.
+
+--¡No, siento aproximarse el instante fatal! Por esto le he hecho venir.
+
+Y le miró con la misma ternura que había mirado a Carlos.
+
+--Compañeros de mis primeros días, he querido que también lo fuesen
+ustedes de mis últimos momentos, para que mi vida se extinga tan
+dulcemente como empezó; y ahora que lo sé todo, no se opondrá usted a
+bendecir nuestro enlace... ¡Qué muera siendo suya! ¡Qué en mi hora
+suprema deba a usted esa dicha, la esperanza y la dicha de toda mi vida!
+
+Teobaldo, enternecido, cruzó sus manos sobre el pecho, y, elevando sus
+ojos al cielo, dejó ver tal emoción en su rostro, que inspiraba la más
+profunda piedad. Veíasele tierno y desesperado a la vez.
+
+Asió, temblando, la mano de Carlos, la unió a la pálida y desfallecida
+de Juanita; y luego, con voz firme pronunció las palabras sagradas y
+llamó sobre ellos la bendición de Dios. La pálida y moribunda desposada
+volvió hacia el prelado sus ojos, en los que se reflejaba la gratitud
+más sincera; después estrechó a Carlos contra su pecho... y como si
+hubiese esperado su último beso, con la mano le mostró el cielo,
+diciéndole:
+
+--¡Amado mío... mi esposo! ¡voy a esperarte!...
+
+Al concluir de pronunciar estas palabras, dejó de existir.
+
+Los dos amigos se abrazaron llorando; ambos cayeron de rodillas al pie
+del lecho, y allí permanecieron toda la noche, rogando a Dios por la que
+había abandonado la morada de los vivos.
+
+Transcurrieron tres meses. Al cabo de este tiempo, cuando Fernando se
+atrevió a hablar de matrimonio a su prometida, ésta le contestó:
+
+--No quiero casarme... Deseo entrar en un convento.
+
+Y a todas las instancias que Fernando le hacía, replicaba ella:
+
+--Conozco las brillantes cualidades que te adornan... Conozco tus
+virtudes... Pero no deseo el matrimonio; sólo puedo encontrar mi dicha
+en la soledad del claustro.
+
+Buscando el modo de triunfar de la obstinación de Isabel, Fernando quiso
+ir a Madrid en busca de Carlos y del cardenal Bibbiena, en la seguridad
+de que sólo ellos podrían vencerla.
+
+
+
+
+XIII
+
+
+Tenía ya Fernando decidida su marcha, cuando tropezó con un nuevo
+obstáculo que hacía inútil su viaje. El duque de Carvajal, su padre,
+hízole saber su resolución de no consentir su matrimonio con Isabel.
+
+--¿Y por qué razón, padre mío?--exclamó afligido Fernando.
+
+--Conoces, tan bien como yo, los motivos que tengo para ello. Un hombre
+de Estado sólo abriga un pensamiento, sólo persigue un objeto; un noble
+español no tiene más que su palabra. Mi objeto es que, en defecto de los
+altos puestos y dignidades de que injustamente nos han despojado,
+nuestra casa sea notable, al menos, por sus grandes riquezas, y yo
+consentía en tu unión con la sobrina del duque de Arcos con la condición
+de que su hermana Juanita no se casaría y le dejaría toda su fortuna.
+
+--Juanita ha legado, al morir, a su hermana todos los bienes de que ella
+podía disponer; todos los que poseía en el reino de Nápoles, que son de
+mucha consideración.
+
+--Es probable que así sea, pues no los conozco; sólo sé lo que valen el
+palacio y los jardines de la Alhambra que había comprado en la ciudad;
+los inmensos dominios y las ricas granjas que había adquirido en la
+provincia de Granada, y en la de Valencia.
+
+--Todo eso, padre mío, pertenecía y pertenece aún a su esposo.
+
+--¡Casarse un cuarto de hora antes de morir!... ¡No podía esperar yo
+semejante cosa!
+
+--¡Un hombre a quien amaba! ¡una unión que la hacía dichosa!
+
+--No se trata de eso; cuando se ha dado una palabra; cuando se tiene una
+hermana a quien casar... Además, enlazarse con un hombre obscuro... un
+Carlos Broschi, a quien nadie conoce...
+
+--Tenía, al menos, un mérito, ¡era rico!
+
+--Sí, un mérito que ha conservado para sí. Te juro que Fernando de
+Carvajal no será nunca el hermano político de Carlos Broschi. No te
+casarás, pues, con Isabel; te niego mi consentimiento.
+
+--¡Ah! padre mío; ella también me niega su mano.
+
+--Tanto mejor: estamos, pues, de acuerdo.
+
+Y, en efecto, ¿qué esperanza podía conservar el desgraciado joven,
+colocado entre su padre que se oponía a su enlace, y su prometida que
+rechazaba esta unión?
+
+Con gran desesperación de Fernando, Isabel redoblaba sus instancias por
+abrazar la vida religiosa. Había entrado como novicia en el convento de
+Santa Cruz, y deseaba ardientemente que llegase el momento de pronunciar
+sus votos.
+
+Una ceremonia de este género, una toma de velo debía celebrarse con gran
+pompa, dentro de poco, en la ciudad de Granada; e Isabel, que no había
+cumplido todavía el tiempo de noviciado, deseaba obtener una dispensa en
+favor suyo. Pero la abadesa de Santa Cruz no tenía facultades para
+dispensarle esta gracia, y la joven experimentó un gran pesar; pero
+concibió alguna esperanza cuando supo que el cardenal Bibbiena debía
+honrar la ceremonia con su presencia y que oficiaría en la misa.
+
+A su llegada, el prelado recibió la visita del desconsolado Fernando,
+que demandaba su poderosa protección cerca de su padre y de su
+prometida.
+
+--Tal vez consiga que el Duque ceda en su obstinación--contestó Teobaldo
+sonriendo,--pues no será la primera vez que ha cambiado de parecer...
+¡Pero esa joven!... Es difícil y poco conveniente a mi carácter
+desviarla de la vida religiosa, mucho más si tiene una verdadera
+vocación.
+
+--No lo creo: Isabel ha sido educada en un convento y detesta la vida
+del claustro; hace sólo tres meses que desea tomar el velo.
+
+--¿Por qué causa?
+
+--Lo ignoro.
+
+--¿Ama a usted, a pesar de todo?
+
+--Sí, me ama, así me lo ha dicho; pero no quiere ser mi esposa.
+
+--¿Y la razón?
+
+--¡Sólo Dios la sabe!... ¿Y usted, padre mío, podrá averiguarla?
+
+--¡Ah!--dijo Teobaldo moviendo la cabeza;--Dios no nos revela esos
+secretos.
+
+El prelado se equivocaba. El Cielo le ayudaría a descubrir aquel
+secreto, y su instinto y su conocimiento del corazón humano completarían
+la =obra=.
+
+La abadesa de Santa Cruz presentole a la mañana siguiente la petición de
+una de sus novicias para que acelerase la época de profesar, la cual, al
+mismo tiempo, rogaba al prelado le concediese oír su confesión. El
+memorial estaba firmado por Isabel de Arcos.
+
+La pobre niña arrodillose a los pies del prelado y le manifestó los
+sentimientos de su corazón. La novicia deseaba refugiarse en el seno del
+Señor para salvar su alma, para huir de un amor irresistible y súbito
+que la obsesionaba.
+
+¡Amaba a Carlos! Sólo con él se hubiera desposado; y como no quería
+causar tan profunda pena a Fernando, cuyo amor no merecía, veíase
+obligada a hacerse religiosa. Amaba a Fernando, su prometido, pero con
+un amor más apacible, más dulce. Con él, sus días habrían sido
+tranquilos y serenos, y seguramente hubiera sido feliz... Pero a aquella
+dicha uniforme, a aquella calma de los sentidos, prefería las emociones
+fuertes, la vida del alma.
+
+Había llegado hasta a envidiar, casi, los sufrimientos de su hermana; y
+en sus ideas novelescas miraba el claustro como un asilo seguro donde
+podría ser desgraciada a su gusto.
+
+El cardenal comprendió bien pronto cuán vivas y perjudiciales, pero poco
+duraderas, debían de ser las resoluciones en aquel carácter vehemente y
+exaltado, y concibió el remedio para curar aquella imaginación enferma.
+
+--Hija mía--le dijo;--a mí me corresponde salvarla, y lo haré, aunque a
+pesar suyo, si necesario fuese. No será usted, pues, religiosa, y se
+casará con Fernando Carvajal, amable y encantador caballero que la hará
+completamente dichosa.
+
+--¡Nunca!... Es inútil tratar de contrariar mis deseos.
+
+--Será usted quien lo elija y le entregue su mano...
+
+--Imposible; pensaré siempre en Carlos.
+
+--¡Carlos mismo le obligará a que le olvide!
+
+--¡Oh, Dios mío!--exclamó la joven llorando;--pero le desafío a que lo
+haga, y, ¡a usted también, padre mío!
+
+Teobaldo marchó sin conceder a Isabel la gracia que pedía.
+
+Pero la indignación de ésta llegó al colmo cuando tuvo conocimiento de
+un acto mucho más injusto y arbitrario.
+
+La camarera mayor de la Reina remitió a la abadesa de Santa Cruz la
+prohibición de conservar en su convento a Isabel de Arcos, y la orden de
+partir al instante con ella para Madrid. Ambos mandatos fueron
+obedecidos al pie de la letra.
+
+El mismo día, el duque de Carvajal recibía del ministro una orden en que
+se le mandaba presentarse en la corte para dar explicaciones de su
+conducta.
+
+Esta orden no tenía nada de agradable, porque el Duque, nada
+circunspecto en sus expresiones, no había guardado la menor reserva
+acerca del resentimiento que abrigaba contra el primer ministro Ensenada
+y los principales miembros del Consejo de Castilla, que le habían
+depuesto de su destino.
+
+No obstante, el Duque partió para la corte acompañado de su hijo, que
+veía en esta desgracia un feliz acontecimiento que le permitiría vivir
+en la población donde Isabel se encontraba.
+
+
+
+
+XIV
+
+
+En aquella época, era España uno de los Estados más florecientes de
+Europa. Bajo el hábil reinado de Fernando VI, que mereció ser llamado el
+Prudente, el comercio y la agricultura comenzaban a florecer. Los
+españoles, tributarios hasta entonces de las otras naciones
+industriales, veían abundar en su suelo las primeras materias y los
+productos de las artes. Las ciencias y las letras tomaron nuevo impulso,
+y, como sucede en todos los reinos ricos y dichosos, la capital era una
+población llena de placeres, donde se ostentaba el lujo. Las fiestas y
+diversiones de todas clases se sucedían en la corte sin interrupción, y
+acababa de fundarse en el palacio del Buen Retiro un teatro italiano, al
+cual fueron llamados los primeros artistas y los cantores más afamados
+del mundo.
+
+Desgraciadamente, la débil salud del Rey y las enfermedades cerebrales
+que continuamente padecía, hacían temer por su vida y por su razón;
+dominábale una melancolía que no lograban disipar los cuidados y la
+ternura de su joven esposa la princesa María Teresa de Portugal, de
+quien era sinceramente amado.
+
+Con objeto de distraer al Monarca, se multiplicaban a su alrededor los
+bailes y los espectáculos; e inútil es decir que los extranjeros afluían
+a la capital, en la que aumentaba cada día el esplendor y la riqueza.
+
+A nuestros viajeros les fue difícil encontrar alojamiento proporcionado
+a su categoría. Al fin, el duque de Carvajal y su hijo lograron un buen
+aposento en la Puerta del Sol, en una magnífica fonda que sólo era
+frecuentada por los grandes señores. El mismo día de su llegada, el
+Duque se presentó en palacio, pero no pudo ver al Rey.
+
+A la mañana siguiente, solicitó una audiencia, y se le contestó que el
+Rey no recibiría en toda la semana.
+
+Profundamente irritado por esta dilación, que hería vivamente su orgullo
+español, el Duque, al salir del palacio real, entró para desayunarse en
+un café, donde se reunían gran número de señores a tomar chocolate y
+leer los papeles públicos.
+
+De pie, junto al brasero, había colocado un hombre que se quejaba en
+alta voz del ministro y de los cortesanos. El Duque no se atrevió a
+iniciar el ataque, pero daba su aprobación con un silencio bastante
+significativo, y escuchaba la conversación con gran regocijo, sintiendo
+aliviado su mal humor.
+
+--Sí, señores--decía un hombre de reducida estatura cubierto con una
+peluca empolvada, y cuyo vestido estaba adornado de cordones;--¡por mi
+parte, nada temo, y, en consecuencia, hablo muy alto!... ¿Creerán
+ustedes que yo, grande de España, conde de Fonseca, marqués de Priego,
+he hecho una antesala de dos horas en el palacio de nuestro Rey?
+
+--Como yo--murmuró en voz baja Carvajal.
+
+--He ido a pedir a Su Majestad la orden de Calatrava, que me ha
+rehusado, y es la sola que me falta... Esto es una injusticia. El
+oficial de guardias me dijo que el Rey no recibía a nadie, pues Su
+Majestad está enfermo. Y grandes y pequeños quedamos asombrados. En
+aquel instante apareció un hombre de buena presencia, sencillamente
+vestido y adornado con la orden de Calatrava... En el momento de
+presentarse todas las puertas se abrieron para él, y entró en los
+aposentos del Rey sin pronunciar su nombre.
+
+--¿Este será, sin duda, el infante, hermano de Su Majestad?--pregunté
+yo.
+
+--Es Farinelli--respondiome el oficial de guardias, que tenía todavía el
+sombrero en la mano.
+
+--¡Quién!--exclamé;--¡Farinelli!... ¡ese músico!... ese cantor
+italiano... ostenta la orden de Calatrava, que se me ha rehusado... y es
+recibido en las habitaciones de Su Majestad mientras yo hago antesala,
+¡yo, grande de España! ¡conde de Fonseca, marqués de Priego!... ¡Háganse
+cargo, señores, de los tiempos en que vivimos!
+
+--En un tiempo en que se honra al mérito y al talento--dijo un hombre
+que vestía una ropilla de terciopelo encarnado, el cual tomaba
+lentamente y con placer su chocolate.
+
+--Que se le recompense como cantante, concedo--replicó un joven hidalgo,
+que estaba arreglándose ante un espejo del café los bucles de su
+cabellera y su chorrera de encaje.--Que se cubra de oro, hay razón para
+ello, porque posee la voz más melodiosa, la entonación más segura que he
+oído en mi vida; y cuando canta, lo que sucede pocas veces, no cedería
+por mil escudos mi asiento en la capilla del Rey; pero que sea el
+favorito de Sus Majestades; que disponga a su capricho de honores,
+puestos y pensiones; que tenga, según afirman, voz en el Consejo, ¡eso
+es inmoral, es absurdo!... ¡Sólo falta ya que se le nombre primer
+ministro!
+
+--Se le ha propuesto--dijo gravemente el hombre de la ropilla
+encarnada,--pero ha rehusado... ¡Mozo: otra taza de chocolate!
+
+--¡El, ministro!--exclamó el marqués de Priego en un acceso de ira, al
+cual el Duque de Carvajal se asoció fríamente por un movimiento de
+cabeza casi imperceptible;--¡él, ministro!
+
+--Y, ¿por qué no?
+
+--_¿E perché no?_--repitió, en italiano, dirigiéndose a la mesa, un
+señor ricamente vestido, que llevaba en todos los dedos sortijas de
+diamantes.--¡El, ministro! Eso es justo, y, ¡es poco aún!... Con una voz
+semejante debería ser príncipe... ¡o rey! ¡Hay tantos que no lo merecen!
+He llegado de Brandeburgo, señores, por otro nombre reino de Prusia, en
+cuyo trono se sienta un hombre que no da dos notas seguras... ¡un hombre
+que toca la flauta como un principiante!... y le llaman ¡Federico el
+Grande! ¡Y serán ustedes capaces de indignarse porque el _mio amico_
+Farinelli sea ministro!... ¡él! ¡El maestro, el dios de la música sobre
+la tierra!... ¡él! ¡que debería ser maestro de capilla en el Cielo, que
+debería cantar con los ángeles si éstos pudiesen comparársele!... ¡El,
+que ha dicho presentándome a Sus Majestades: Aquí tienen el primer
+cantante de Europa! A lo que contesté: te has equivocado, el primero
+eres tú.
+
+Al ver aquel entusiasmo y aquella originalidad, todos los asistentes
+habían reconocido al famoso Caffarelli, que, a propuesta de Farinelli,
+había sido llamado a Madrid para cantar en el teatro italiano, con una
+pensión de cincuenta mil ducados de renta.
+
+--Señor Caffarelli--le dijo el caballero joven;--concibo que un hombre
+tal como usted sea admirado por los aficionados a la música... Pero ese
+cantante que no es más que... que un cantante... ese hermoso y
+encantador caballero por quien todas las señoras enloquecen, sin duda
+porque es de su sexo más que del nuestro...
+
+--¡Eh! ¡por Nuestra Señora del Pilar!--exclamó indignado el hombre de la
+ropilla encarnada;--¿mirará usted como un crimen su desgracia? ¿Es culpa
+suya si, cuando vino al mundo, un padre odioso y criminal le hizo
+mutilar por mano mercenaria, cimentando su fortuna y su porvenir sobre
+el oprobio y la vergüenza de su hijo?
+
+--Perdone usted--dijo Caffarelli, interrumpiendo;--perdone, señor, si
+tomo por mi cuenta la defensa de su padre, que siendo un gran músico, es
+apasionado por el arte que tan admirablemente profesa; y adorando como
+adora a su hijo, no existiendo como no existe sino para él, si ha sido
+odioso y cruel, fue por exceso de amor paternal, creyendo labrar no su
+fortuna, sino la de su hijo. Lo más extraordinario es que se vio
+obligado por la miseria a dejar su hijo en manos ajenas; y que ese
+pobre Farinelli ha ignorado por completo, hasta los diez y ocho años de
+edad, el gran talento y la magnífica voz que poseía.
+
+Su padre, al regresar de la Siberia donde creyó perecer, se apresuró
+gozoso a decirle: «_Mio caro figlio_, debes a mi ternura una inmensa
+fortuna». ¡Y a pesar de tan dichoso porvenir, su hijo ha querido
+matarle!... Felizmente no lo ha hecho... En su desesperación se desterró
+voluntariamente; huyó de Nápoles, su patria, y se marchó a país
+extranjero, sin dinero, sin ningún medio de subsistencia, y tomando el
+nombre de Farinelli, que debía hacer célebre para siempre, dedicose al
+canto para poder vivir...
+
+No tardó en llegar a ser rico y obsequiado, porque todas las cortes,
+todos los soberanos de Europa se disputaban el honor de darle asilo, de
+escucharle. Nunca la voz humana había operado maravillas semejantes a
+las suyas; y renovó e hizo posibles los prodigios del cantor Linus y del
+tenor Orfeo, que, según dicen, encantaban y amansaban con sus melodías
+las bestias feroces de las selvas. Farinelli ha hecho más... ha
+encantado, ha seducido caracteres más feroces aún: a los individuos que
+tenía en la corte, a sus enemigos, a sus rivales... ¡a mí mismo,
+señores!... ¡a mí! el famoso Caffarelli... Oigan ustedes lo que con él
+me sucedió, y del modo que le conocí.
+
+La atención de los circunstantes redobló con las palabras de
+Caffarelli, y todos se aproximaron para no perder una palabra.
+
+El italiano prosiguió de este modo:
+
+--Me encontraba en Londres, donde Su Majestad el rey Jorge y todos los
+grandes señores de Inglaterra me fatigaban, si así puede decirse, con
+honores y guineas; porque hasta entonces no había conocido rival.
+Hablábase mucho entonces de un joven llamado Farinelli, que gozaba de
+alguna reputación; el Rey y la Reina deseaban oírnos juntos... Era
+lógico querer comparar al maestro con el discípulo. Cantamos, reunidos
+en la corte, en la pieza _Arturo de Bretaña_, una grandiosa escena
+musical donde yo representaba un tirano furioso y Farinelli a un joven
+príncipe que aquél tenía preso y cuya muerte decreta el tirano.
+
+Empecé cantando un aria del tirano... Era magnífica... era un tirano
+como nunca se había visto. Durante un cuarto de hora fui ensordecido por
+los aplausos, y decía para mí con alegría:--¡Pobre joven! ¡te veo
+perdido!...
+
+Comenzó Farinelli... y bien pronto no se aplaudió más... ¡se lloraba!
+Cuando oí aquella voz tan suave y encantadora, aquellos acentos
+deliciosos que llegaban al alma... no veía en él más que a un pobre
+joven que con las manos extendidas hacia mí me suplicaba le dejase ver
+aún la luz del sol, que era tan brillante y tan bella...
+
+ _Lasciami ancora verder il sole..._
+
+decía él, y yo, imprudente, le escuchaba olvidando mi papel. Corrí hacia
+él, deshice sus ligaduras... ¡y le abracé llorando!
+
+A partir de aquel momento, y gracias a mí, conquistó una brillante
+posición. Caffarelli proclamole su vencedor. Pero este vencedor llegó a
+ser un amigo de corazón y su casa ha estado abierta siempre para mí. Su
+fortuna no le ha cambiado. Que sea hombre de Estado o embajador, llego
+hasta su gabinete sin hacerme anunciar, y ese grande hombre interrumpe a
+menudo su trabajo para cantar un dúo con su antiguo amigo... Digo un
+dúo... ¡un solo! Porque siempre olvido mi parte, para escucharle.
+
+--¡Bravo, bravo!--exclamó el marqués de Priego con ironía y aplaudiendo
+como si se encontrase en el teatro;--¡bravo! señor. ¿Pero usted, que
+todo lo sabe, podrá decirnos cómo Su Alteza el príncipe _Arturo de
+Bretaña_, a quien dio usted la vida, se ha encontrado de repente hombre
+influyente y consejero íntimo del rey de España? ¿Cómo su amigo el
+cantante ha llegado a ser hombre de Estado y empleado en misiones
+secretas e importantes cerca de varios soberanos de Europa?
+
+--Tal vez--contestó Caffarelli con aire burlón,--para entretener a los
+soberanos con sus cantos. Pero ignoro en absoluto la causa de su fortuna
+política.
+
+--Será, sin duda, debido a algún gran misterio--dijo el marqués de
+Priego.
+
+--Opino como usted--asintió el duque de Carvajal a media voz y con
+acento malicioso.
+
+--No, señores--replicó el hombre de la ropilla encarnada, que acababa de
+apurar su segunda taza de chocolate, y que saboreaba en aquel momento el
+indispensable vaso de agua;--no, señores; y si quieren conocer la causa
+de su elevación, yo la puedo decir, porque he sido testigo de ella.
+
+--Es algún gran señor--murmuraron en voz baja.
+
+--Es el presidente del Consejo de Castilla--dijo el joven caballero al
+Duque y a sus vecinos, dándose aires de importancia;--le conozco bien.
+
+--No, caballerito; no me conoce usted: ¡soy Rodrigo Moncénigo, barbero
+de Su Majestad!
+
+Al oír estas palabras, el duque de Carvajal púsose el sombrero, que
+acababa de quitarse.
+
+--Desde el comienzo de su reinado, el Rey, nuestro augusto amo, veíase
+atormentado de una enfermedad de que nadie había logrado aliviarle; el
+señor Zúñiga, médico de la corte, llegó a perder la esperanza; y todo lo
+que había podido descubrir era que esta enfermedad tenía mucha semejanza
+con una inventada por los ingleses y que ellos llaman _spleen_. Ya el
+Rey, en dos ocasiones, y sin motivo alguno, había querido atentar contra
+su vida, y a pesar de la desesperación de la Reina y de las
+exhortaciones del padre Anastasio, confesor de Su Majestad, todo hacía
+temer que nuestro augusto señor no había abandonado la funesta manía que
+había de consumar su perdición en este mundo y en el otro.
+
+Hacía ya un mes que permanecía encerrado en su gabinete, sin querer ver
+a nadie, excepto a la Reina; y a pesar de los ruegos y de las lágrimas
+de ésta, rehusaba los cuidados y hasta los alimentos que se le daban;
+¡en tal estado negábase constantemente a mudarse de ropa y afeitarse! No
+podía verme; me había despedido: ¡a mí, que era su barbero; a mí, padre
+de cinco hijos y que no tenía otra fortuna que mi destino!
+
+Todos nos sentíamos consternados, y la Reina más que todos: adoraba a su
+esposo, de quien veía amenazadas la razón y la vida con aquella negra
+enfermedad, y no sabía de qué medio valerse para librarle de la muerte,
+cuando pensó en Farinelli, cuya voz, se decía, obraba milagros. La Reina
+rogó al cantante que viniese a Madrid, y le colocó en una habitación
+contigua a la del Rey.
+
+A los primeros acentos que hirieron los oídos de Su Majestad, éste se
+estremeció.
+
+--¡Es la voz de los ángeles!--dijo; y escuchaba atentamente, cayendo de
+rodillas y llorando, lo que no le había sucedido en toda su enfermedad.
+
+--¡Que siga--decía,--que siga! ¡Que continúe yo oyendo esa voz que me ha
+aliviado y vuelto la vida!
+
+Cantó de nuevo Farinelli, y el Rey, volviendo en sí, se arrojó en brazos
+de la Reina; después salió a la estancia vecina y abrazó a Farinelli,
+diciéndole:
+
+--¡Mi ángel salvador! ¿qué deseas? ¡Pídeme lo que quieras; te lo
+concederé, sea lo que fuere!
+
+A lo que Farinelli repuso:
+
+--Pido, señor, que Vuestra Majestad cambie de vestido y se haga
+afeitar...
+
+Desde aquel instante, yo, Rodrigo Moncénigo, barbero del Rey, fui
+restablecido en mis funciones, así como en los derechos y honores de mi
+cargo.
+
+Habiéndose hecho llevar la Reina una cruz de Calatrava, con el permiso
+de su augusto esposo, la puso, con su propia mano, en el pecho de
+Farinelli. Ahí tiene usted--continuó el barbero mirando al marqués de
+Priego--cómo fue condecorado el músico.
+
+A partir de aquel momento, Farinelli no abandona al Rey ni a la Reina...
+Cuando se presentan los primeros síntomas de melancolía, el italiano
+canta y la indisposición desaparece. Vean ustedes cómo nuestro amo
+encontró un amigo...
+
+Cuando descubrió que el admirable cantante era uno de los hombres más
+instruidos de Europa, que conocía casi todas las lenguas, que la riqueza
+y vivacidad de su imaginación igualaban a la profundidad y solidez de su
+juicio; que la rapidez de su golpe de vista le hacía abrazar,
+desarrollar y resolver en un momento las cuestiones más difíciles, se
+preguntó por qué había de serle prohibido a un artista tener en los
+negocios talento, habilidad y genio; se preguntó por qué no había de
+hacer su consejero y su ministro al que ya era su salvador y su amigo...
+
+Al decir su ministro, hablo de las funciones y no del título; porque,
+modesto y desinteresado, Farinelli sólo deseaba servir a su Rey...
+Hombre de suerte y a quien la fortuna no le ha vuelto la cara, no echa
+en olvido quién es y tiene presente su origen.
+
+No hablaré a ustedes de los nobles y grandes señores de la corte de
+España que se arrastran a sus pies; y de alguno, que no les nombraré,
+que le ha pedido delante de mí su protección y su favor con tanta
+bajeza, que yo estaba avergonzado y Farinelli también; pero sí haré
+mención de que, para colocar a cada uno a su altura, el artista
+contestaba con dulzura y modestia:
+
+--¡Dios mío! Señor Duque, ¿qué puede hacer por un gran señor como usted
+un pobre cantante como yo?...
+
+¿Necesitaré también, señores, decirles el poder que tiene en sus manos
+cómo lo ejerce? El protege las artes, reaviva el comercio y la
+agricultura, construye fábricas, hace que nuestra patria progrese en el
+interior y que sea respetada por los extranjeros. Ha colocado al frente
+del ejército a hombres de mérito y de señalados servicios sin dejar
+plaza al favor... Yo tenía un hijo, señores, que recibió tres heridas
+batiéndose con los imperiales; un hijo que en la batalla de Bitondo
+arrebató de las manos del enemigo una bandera y la entregó al marqués de
+Montmar, que era nuestro general; y este hijo era capitán hacía diez
+años, y hubiera continuado siéndolo toda su vida, porque descendía del
+pueblo, porque su abuelo, Sancho Moncénigo, mi padre, era barbero de una
+aldea.--Eso no es justo, me dijo Farinelli.--Y aquella tarde, en la
+habitación del Rey, leía versos franceses de un poeta que principiaba a
+hacerse célebre, de Voltaire, y que Farinelli recitaba con calor y
+entusiasmo, sobre todo, cuando llegó a este pasaje:
+
+ _Qui sert bien son pays n'a pas besoin d'aieux_
+
+--Bella máxima--exclamó el Rey.
+
+--Sí, señor--repuso Farinelli;--y es más bella todavía puesta en
+práctica.
+
+Entonces habló de mi hijo, haciendo presente al Rey que había a la sazón
+dos regimientos vacantes: el de la Reina y el de Astorga.
+
+--Sea--dijo el Rey;--concedo el mando del último a Rafael Moncénigo.
+
+--Anteayer--prosiguió el barbero con orgullo y satisfacción
+paternales,--mi hijo recibió su despacho; ¡mi hijo es coronel!...
+
+--¡Por una horrible injusticia y un juego de cubiletes infame!--exclamó
+un anciano militar que en aquel momento entraba en el café.--Yo, conde
+de Fuentes, que soy el teniente coronel más antiguo, tenía más derecho
+que nadie a mandar un regimiento por mi cuna y por los servicios que
+presté al difunto rey Felipe V, porque me arruiné durante la guerra de
+sucesión. Pero se me rechaza, se me tiene postergado, y, ¿por qué?...
+Porque detesto a los favoritos y a los eunucos; porque soy enemigo de
+Farinelli, y lo proclamo en voz alta; y así lo hice ayer mismo, en su
+presencia, cuando pasaba por la sala de guardias. Sí, me ha hecho una
+injusticia, una afrenta; es un infame... Y lo diré a la faz de todo el
+mundo...
+
+--No delante de mí, al menos--replicó un joven, que había oído las
+palabras del conde de Fuentes.
+
+Era Rafael Moncénigo, el cual ostentaba con orgullo las insignias de su
+nuevo empleo.
+
+El barbero trató de contener a su hijo.
+
+--Déjeme usted, padre mío; mientras mi mano pueda sostener una espada,
+no se ultrajará impunemente a Farinelli en mi presencia, y el señor me
+dará una satisfacción.
+
+--¡Cuando usted quiera!--exclamó el conde de Fuentes; y ambos
+adversarios se disponían a salir, entre las aclamaciones de todos los
+circunstantes, cuando el criado del Conde, que llegaba en aquel momento,
+le entregó una carta que habían llevado para él, diciéndole que era
+urgente.
+
+--¡Lea usted, caballero!--dijo Rafael con altivez;--tiempo tenemos.
+
+A medida que el teniente coronel leía el billete, cambiaba de color su
+rostro; temblaba, presa de una agitación violenta; pero, tomando una
+doble resolución, se aproximó al joven, que le contemplaba
+desdeñosamente.
+
+--Caballero--dijo;--¡cuánto deben costar estas palabras a un español!...
+¡no tenía razón! Sería un infame si tirase de la espada en semejante
+combate: lea usted.
+
+El joven leyó en voz alta:
+
+ * * * * *
+
+«Señor Conde:
+
+»Es usted mi enemigo, lo sé, y, bajo este título, le debo hacer más
+cumplida justicia que a ningún otro. He examinado su hoja de servicios,
+y se lo he hecho presente al Rey, el cual ha tenido a bien conceder a
+usted el mando del primer regimiento del ejército, del de la Reina... Y
+como tengo entendido que no es usted rico, le ruego acepte la presente
+libranza para montar su equipaje con el decoro que corresponde a su
+nuevo destino. Esto no le quita en nada su independencia, y le deja, en
+cambio, toda la libertad... ¡hasta la de aborrecerme!
+
+»FARINELLI.»
+
+ * * * * *
+
+Las acciones nobles y generosas encierran un atractivo simpático, del
+cual no se libra nadie; cada uno de los circunstantes aplaudía a la vez;
+ambos adversarios se estrecharon las manos, y el conde de Fuentes
+salió, acto continuo, para ir a visitar a su generoso enemigo
+seguramente.
+
+--Ahí tienen ustedes los hombres de carácter--dijo el marqués de
+Priego;--el menor favor los hace cambiar, y, en lo sucesivo, éste será
+ahora uno de los más adictos del favorito.
+
+--Esto es enojoso--agregó el duque de Carvajal;--no obtienen más que
+para ellos.
+
+--No importa; de todos modos, resulta humillante para un hombre de
+sangre y del nacimiento del conde de Fuentes.
+
+--Tiene usted razón, me sonrojo por la nobleza española.
+
+Y ambos, en testimonio de estimación, se dieron las manos al tiempo de
+separarse.
+
+Al salir, el marqués de Priego se encontró por casualidad al lado de
+Rodrigo Moncénigo.
+
+--¿No podría usted, señor barbero--le dijo en voz baja,--hablar por mí a
+Farinelli?
+
+Entretanto, el duque de Carvajal había asido del brazo a Caffarelli,
+rogándole a media voz que tratase de obtener, por su mediación, una
+audiencia del favorito.
+
+--Lo prometo a usted--repuso el artista, con aire protector.
+
+Y aquella misma tarde, el Duque leía en su morada, esta breve epístola:
+
+ * * * * *
+
+«Farinelli tendrá el honor de recibir mañana, antes de comer, al señor
+duque de Carvajal y a don Fernando, su hijo, en el gabinete particular
+de la Reina.
+
+»FARINELLI.»
+
+ * * * * *
+
+Huelga añadir que ambos no se hicieron esperar. Fueron introducidos en
+una habitación elegantemente amueblada que servía de salón de música a
+la Reina, y experimentaron una profunda sorpresa cuando, un instante
+después, vieron entrar a la abadesa de Santa Cruz y a Isabel de Arcos.
+
+Fernando no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquel extraño
+acontecimiento, porque, en aquel instante, abriose una puerta dorada, y
+la camarera mayor de la Reina anuncio a Su Majestad María Teresa, que
+apareció apoyándose en el brazo del cardenal Bibbiena, confesor del Rey.
+
+--Duque de Carvajal--dijo la Reina;--he querido anunciarle por mí misma
+que es la ocasión de casar a su hijo con Isabel de Arcos: el Rey
+devuelve a usted todos los empleos de que le habían privado, y
+juntamente el gobierno de Granada.
+
+Todos los actores de esta escena quedaron inmóviles y sorprendidos,
+excepto Fernando, que lanzó un grito de alegría.
+
+El Duque se inclinó en señal de asentimiento, e Isabel, haciendo un
+esfuerzo para sobreponerse a su turbación, tomó la palabra y dijo con
+voz trémula:
+
+--Vuestra Majestad ignora... y Su Eminencia el cardenal ha debido de
+decirlo...
+
+--Que ese matrimonio merece la aprobación de Farinelli--le interrumpió
+la Reina; e Isabel quedó estupefacta.
+
+Con frecuencia, sobre todo después de su llegada a Madrid, había oído
+hablar del favorito, de su crédito y de sus aventuras; pero nunca le
+había visto, y habló ingenuamente a la Reina, cuando le contestó que no
+le conocía.
+
+--Parece imposible--replicó Su Majestad,--pues Farinelli pretende tener
+sobre usted el derecho de casarla y entregarle una buena dote, siendo,
+como es, en la actualidad, su único pariente... Vea usted, y convénzase
+de lo que le digo--continuó mostrándole un pergamino que había sobre una
+mesa;--ahí tiene ese contrato por el que le cede una parte de su
+fortuna.
+
+--Estamos aquí para firmar los contratos matrimoniales, y sólo se espera
+a Farinelli--dijo el cardenal.
+
+--Ahí está--contestó la Reina, indicando con la mano a una persona que
+aparecía en aquel momento a la puerta de entrada.
+
+--¡Carlos!--exclamaron simultáneamente Fernando e Isabel.
+
+--Sí, amigos míos, Carlos Broschi... o Farinelli... Y ahora que me
+conocen ustedes--dijo con emoción y cambiando con Teobaldo una mirada de
+inteligencia,--mi querida Isabel... hermana mía... ¿rehusará usted la
+mano de Fernando que la ama... y que tan digno es de usted?
+
+La joven bajó los ojos con una turbación inexplicable... Luego levantó
+la vista y fijola confusamente sobre Farinelli, a quien tendió su mano.
+
+El matrimonio se verificó la mañana siguiente, en la capilla de los
+Reyes; una numerosa multitud compacta había acudido a la ceremonia,
+porque se dijo que Sus Majestades honrarían con su presencia el acto
+nupcial que debía celebrarse por el cardenal confesor del Rey; pero lo
+que excitaba más la curiosidad pública era que se daba por seguro que
+cantaría Farinelli.
+
+Y, en efecto; de una de las tribunas cercanas al órgano, salió de
+repente una voz pura y melodiosa que parecía bajar del cielo, y la
+concurrencia guardó un profundo silencio.
+
+Nunca se había expresado aquella prodigiosa voz con más sentimiento ni
+ternura, ni sus acentos habían sido tan penetrantes. Los melodiosos ecos
+llenaban el alma del dolor más profundo y hacían verter lágrimas;
+parecían elevarse a las regiones celestes y dirigirse a seres invisibles
+que habitaban las mansiones eternas.
+
+«¡Ved--decía Carlos,--ved sobre las nubes el ángel que nos contempla y
+nos bendice! ¡Angel adorado que habitas en el cielo!... ¡Virgen pura,
+vuelve a tu patria y dirígenos desde ella tu divina voz, diciendo:
+¡Ven!... ¡ven!... ¡ven!...»
+
+En medio del silencio que reinaba en la iglesia, los sublimes ecos de
+aquella voz vibraban, repitiéndose en las bóvedas del templo, y
+murmurando a lo lejos: ¡Ven!... ¡ven!... Farinelli sucumbía a la
+profunda emoción que experimentaba, y, tendiendo sus brazos, cayó
+desvanecido.
+
+Interrumpiose la ceremonia. Teobaldo corrió en socorro de su amigo, le
+hizo colocar en su coche, cuyas cortinas bajó, y se alejó lentamente por
+enmedio de la multitud, mientras que Carlos, volviendo hacia su amigo
+los ojos bañados en lágrimas, le decía:
+
+--¿Habrá en el mundo nadie más desdichado que yo?
+
+--¡Sí--le contestó Teobaldo oprimiendo su mano;--sí, lo hay! Que esta
+idea te consuele y te impida acusar a la Providencia.
+
+--¡Cómo! ¡Más que perder lo que se ama, sentirse amado y no poder
+pertenecer al objeto que se idolatra!
+
+--¡Tú has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario,
+que la mujer a quien adorabas amaba a otro; si, más fuerte que la ley de
+la Naturaleza, los deberes de la religión hubiesen levantado entre
+ustedes una barrera insuperable; si confidente de su ternura para con tu
+rival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos; si, en
+fin, ¡oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos, ¿te
+creerías aún el más desdichado de los hombres?
+
+--¡Cómo!--exclamó Carlos espantado,--esos tormentos de que hablas...
+
+--Los he experimentado yo.
+
+--¡Y los has podido soportar y ocultarlos! ¿Quién te ha dado el
+sobrehumano valor que necesitabas para ello?
+
+--¡Dios y la amistad!
+
+Y ambos amigos confundiéronse en un cariñoso abrazo, mientras el pueblo
+repetía, aludiendo a los recién casados:
+
+--«¡Qué felices son!»
+
+
+
+
+EL REY DE OROS
+
+
+Sin preocuparse para nada de las parejas, ni de la magnificencia del
+salón en que se efectuaba el baile, las dos hablaban cerca de la
+chimenea. ¡Hablar en vez de bailar, a los quince o diez y seis años!...
+Forzosamente, la conversación tenía que ser interesantísima, y esta sola
+idea avivaba en mí el deseo de escucharla. Mal hecho; pero, ¿a quién se
+ha de permitir ser curioso, si no se le permite a un autor dramático? La
+curiosidad, que en los demás es un defecto, en él constituye un deber.
+Debe escuchar, aunque sólo sea por oficio. Por otra parte, ¡aquellas dos
+jóvenes eran tan lindas, tan elegantes!... En su porte y en sus miradas
+había tanta gracia y tanta ingenuidad; estaban tan risueñas, y se
+cuidaban tan poco del porvenir, que hacíase imposible no pensar en el de
+ellas. Una de las dos, rubia, hablaba con vehemencia y en voz baja; la
+otra, de hermosos cabellos negros, escuchaba con los ojos bajos y
+deshojando el ramillete de níveas camelias que tenía en la mano.
+Indudablemente le preguntaban y no quería responder. Transcurrido un
+instante, dirigió a su compañera sus ojos azules con una expresión
+angelical, de los que exhalábase una mirada que decía, sin duda alguna:
+
+--Te juro que no te comprendo.
+
+La contestación fue una carcajada, que traduje de esta manera:
+
+--¿Sí? pues no te creo.
+
+Tenía la seguridad, por mi parte, de que me estaba enterando de la
+conversación; pero así y todo, hubiera querido, por muchas razones,
+escucharla desde más cerca. La dueña de la casa me facilitó un medio,
+ofreciéndome un asiento para jugar al whist. No soy muy fuerte en el
+whist; lo juego bastante mal, y pierdo casi siempre, siendo causa esto
+último de que cada día le tenga más afición. Es una pasión desgraciada,
+o, lo que es lo mismo, es una de las pasiones que duran. Esta vez, sin
+embargo, tuve suerte; habían colocado la mesa del whist próxima a la
+chimenea, e hizo la fortuna que mi butaca estuviese a espaldas de las de
+mis lindas habladoras, que no fijaron su atención en nosotros. Para
+ellas, y a sus años, un baile se compone de muchachas, aderezos,
+adornos, polquistas y galanes: los jugadores de whist no son tenidos en
+cuenta... no existen; son cuatro asientos vacíos en un salón.
+
+--Pero, chica, ¿no has pensado nunca en ello?
+
+--Jamás.
+
+--¿Ni aun en sueños?
+
+--¿En sueños? no tengo tiempo: duermo perfectamente.
+
+--¿Y no te ha indicado nada tu madre?
+
+--Nada.
+
+--Pues yo he dado ya calabazas a dos.
+
+--¿Por qué motivos?
+
+--Porque no eran millonarios. Quiero tener un marido rico. ¿Y tú?
+
+--Yo desearía que el mío fuese joven y tuviera talento.
+
+--¡Bah! Todo el mundo tiene talento. En cuanto a mí, me gustaría que
+fuese ministro... para que me llevara a palacio.
+
+--¿Y con eso te contentas?
+
+--Ya lo creo. Cada día estrenaría un nuevo traje, a cual más precioso.
+
+--Así, pues, ¿te preocuparás de trajes después de casada?
+
+--Siempre.
+
+--¿Y de tu esposo?
+
+--Señor--exclamó de pronto mi compañero,--¿no tiene usted bastos?
+
+--¡Vaya si tengo!
+
+--¿Por qué, pues, no los ha echado usted?
+
+--Dispénseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contaba
+las cartas ya jugadas.
+
+Este incidente fue causa de que perdiera algunos párrafos de la
+conversación que tenía lugar a mis espaldas, y que no había concluido
+todavía.
+
+--¡Amarle!... ¿por qué no?... si es posible... si una se enamora...
+
+--¡Oh! eso es lo primero.
+
+--¿Lo crees así?
+
+--Por eso deseo que tengamos casi la misma edad, casi los mismos gustos,
+casi iguales defectos... Esto le hará indulgente con los míos, y,
+respecto a los suyos, todos se los perdono desde ahora con tal de que me
+quiera mucho y de que no ame a nadie más que a mí.
+
+--Mi tía dice que eso no es posible.
+
+--¿Por qué no lo ha de ser? ¡Le amaré yo tanto!
+
+--¿Pero estás loca?
+
+--Es mi deber... y me parece que será un deber muy dulce.
+
+--¿Y si él deja de amarte?
+
+--No importa: seguiré amándole yo. Es mi deber.
+
+--¿Y si te engaña?
+
+--¡Ah! me moriré. Pero, a pesar de todo, no dejaré de amarle.
+
+--Hemos perdido tres bazas--gritó mi compañero.--Estoy fallo a copas; lo
+indico claramente, y ni una sola vez lo ha tenido usted en cuenta.
+
+--¿Y qué importa?
+
+--¡Ahí es nada!... Yo tenía una porción de triunfillos que usted ha
+inutilizado jugando otros mayores.
+
+--No hemos perdido gran cosa.
+
+--Hemos perdido diez tantos, que han ganado estos señores.
+
+--Dispénseme usted si pierde por mi culpa: soy un mal aficionado.
+
+Al pronunciar estas palabras, me decía a mi mismo que él me había hecho
+perder mucho más, impidiéndome oír el resto de la conversación, porque
+las dos jóvenes acababan de levantar el campo. Seguí con la mirada a una
+de ellas, que ya me tenía cautivado. Sentía grandes, deseos de saber su
+nombre, y no me atrevía a preguntarlo.
+
+--Cecilia--dijo una señora de edad madura, mirada altiva y de formas
+enjutas y angulosas;--Cecilia, ponte el abrigo, y vámonos.
+
+--En seguida, mamá. Pero acabo de comprometerme para una contradanza, y
+voy antes a disculparme.
+
+--De ninguna manera--exclamó la dueña de la casa.--La señora D'Ortlies
+nos concederá un cuarto de hora...
+
+Y, como en aquel momento se diese cuenta de mi presencia, me dijo
+estrechándome la mano:
+
+--La Vizcondesa deseaba conocer a usted y me había pedido que se la
+presentase.
+
+Nada hay para mí tan empalagoso como una presentación; pero comprendía
+que ésta daba a Cecilia tiempo para bailar su contradanza, y me
+regocijó la idea de empezar mis relaciones con ella por un sacrificio.
+Lo era y no flojo. Mujer de antiguo abolengo, la señora vizcondesa
+D'Ortlies valía por sus pretensiones tanto, cuando menos, como por su
+ilustre prosapia. Escribía libros que encontraban más admiradores que
+lectores. Era moneda tan corriente entre éstos que sus obras debían
+estar impregnadas de religión, monarquismo y sublimidad, que cada cual,
+sin conocerlas, las aplaudía de antemano, con admirable aplomo desde que
+el editor anunciaba que estaban en prensa.
+
+El que ha tenido más éxito de sus libros, y, según dicen, ha contribuido
+más a extender y cimentar su reputación, es su novela de*** que nadie ha
+leído todavía.
+
+Sería inútil redundancia alegar que, dados sus principios, su devoción y
+su ilustre apellido, la señora Vizcondesa firma sus obras con un
+seudónimo: es un buen recurso para asegurar aplausos.
+
+Hizo el gasto de la conversación hablando casi sola, y no pudo hacer
+nada más de mi gusto, porque me agradan las mujeres de talento cuando no
+hay que tenerlo con ellas y cuando al placer de oírlas puedo unir el de
+permanecer silencioso. En esto me parezco a un sujeto que decía:
+
+--Voy a darme prisa a escribir un libro que rebose ingenio, para tener
+después el derecho de ser un bruto el resto de mi vida.--¿He escrito
+ese libro? Lo ignoro: supongamos que sí, y adelante.
+
+La Vizcondesa me habló de mis obras: yo de las suyas... de su hija.
+Evidentemente era ésta la mejor, y, sin embargo, me pareció que a
+ninguna daba menos importancia. Siembre sucede lo mismo: por regla
+general, los autores son los peores jueces de sus engendros.
+
+Prolongose tanto la conversación, que Cecilia tuvo tiempo de bailar dos
+contradanzas. La pobre no sabía cómo agradecérmelo, y sin que ella lo
+sospechara, ya estábamos en paz, porque me había pagado con la sonrisa
+más amable y graciosa del mundo. Recordando las palabras que le había
+oído, exclamé, viéndola alejarse:
+
+--¡Feliz el hombre que logre agradarle! ¡Feliz el esposo que ella
+elija!...
+
+Pasó aquel año y el invierno siguiente sin que volviera a ver a Cecilia,
+pues no voy casi nunca a las reuniones.
+
+Al comenzar la primavera de 1833 me aburría soberanamente. ¿Por qué?
+Esto no le importa al lector, y, con su permiso, paso por alto los
+motivos. Recurrí a lo que yo considero como el remedio de todos los
+males: tomé la diligencia, y en busca de un argumento para una comedia,
+con la cual podría regocijarme y distraerme, visité la Auvernia y los
+Pirineos.
+
+Estos dos países son muy poco conocidos.
+
+No hay negociante retirado, no hay jubilado, ni procurador o abogado en
+vacaciones que no se considere en el deber de viajar por Suiza para
+poder decir a su mujer y a sus hijos:
+
+--«He visto el valle de Lauterbrunnen, el lago de Brienz y el
+Grindelwald», camino trillado y recorrido por todo el mundo, itinerario
+tan común en la actualidad, como el de París a Saint-Cloud.
+
+¡Y, entretanto, nadie piensa en visitar la Auvernia y los Pirineos! ¡Oh,
+viajeros parisienses, viajeros de imitación; ignoran ustedes que sin
+salir de Francia encontrarán cascadas, aludes y picos escarpados;
+ignoran que esos Pirineos, que les pertenecen, que son algo así como la
+propia casa de ustedes, ofrecen vistas tan graciosas, escenas tan
+sublimes, espectáculos tan grandiosos como los mismos Alpes! Sí: apelo a
+todos los que han viajado verdaderamente, y no por los libros: el circo
+de Gavarni, las Torres de Marboré, el boquete de Roland, ¿no son, en su
+género, tan admirables, tan incomprensibles, tan grandiosos como el
+manoseado Mont-Blanc, la caída del Rin o la del Aar? ¿En qué país
+lograrán ustedes encontrar, en la cima de una montaña, un lago en el
+cráter de un volcán? Sí, señores, sí, abonados del café Tortoni y de la
+Opera... sí, un verdadero lago y un verdadero volcán: ahí tienen ustedes
+todavía el cráter con su forma dilatada y una abertura circular de media
+legua; vean ustedes las capas de lava, y en el sitio donde hervían el
+azufre y el salitre, contemplen ahora un lago límpido que se eleva
+hasta la mitad de ese gran embudo, mientras la otra mitad, cubierta de
+árboles y musgo, forma una verde muralla de ciento cincuenta pies de
+altura que baja casi a pico hasta los bordes del lago misterioso, cuyo
+fondo no se ha encontrado, y sobre el cual nadie se atrevería a
+lanzarse, porque el remolino de las aguas haría zozobrar en seguida la
+barca, y el atrevido navegante, precipitado al fondo del abismo, en los
+fuegos subterráneos, hubiera comenzado como La Pérouse y concluido como
+Empédocles.
+
+Y todas estas maravillas, que semejan un cuento de _Las mil y una
+noches_... ese lago que se extiende sobre un volcán, y ese volcán que
+amenaza recobrar su plaza, ¿dónde piensan ustedes que se encuentra? ¿En
+los Alpes? ¿En las cordilleras de los Andes?... No, ciertamente. En la
+Auvernia, a dos o tres leguas de Mont-Doré, y este lago es el lago de
+Pavin, adonde llegarán ustedes en dos o tres horas de camino, llevando
+de conductor al señor Miguel Garnier, mi guía, que sólo exige dos
+francos de jornal, y que les confundirá con un príncipe extranjero si
+llegan a darle tres.
+
+Encontrábame yo, con mi guía, cerca del lago Pavin, recostado en la
+hierba al borde del cráter y contemplando a mis pies las aguas puras y
+transparentes que a cada instante creía ver en ebullición, lo que me
+hubiera divertido y espantado, cuando sentí pasos a mi espalda: eran
+otros viajeros. Un anciano, apoyado en el brazo de una joven, gritaba
+con tono de mal humor:--No andes tan de prisa... no puedo
+seguirte.--Levanté los ojos y me pareció reconocer en la joven el porte
+elegante y gracioso, la fisonomía encantadora de mi linda bailarina, de
+la señorita Cecilia D'Ortlies: mis dudas se convirtieron en certeza
+cuando divisé, algunos pasos detrás de ella, a una mujer que, provista
+de un álbum y del indispensable lápiz, escribía al mismo tiempo que
+andaba. Era la señora Vizcondesa, engolfada en hacer una descripción del
+lago Pavin, que yo debí imitar, porque indudablemente valía más que la
+mía. Grandes exclamaciones de sorpresa por una y otra parte: las
+obligadas frases de admiración sobre el magnífico cuadro que se
+desarrollaba ante nuestros ojos... y luego, cumplidas las reglas de
+urbanidad, pensé en mi conveniencia, e hice conocer mis deseos de ser
+presentado a la señorita Cecilia.
+
+--¡Señorita!...--repitió la Vizcondesa con asombro:--Cecilia está
+casada.
+
+--¿Cómo así?--repuse.
+
+Y miré en torno mío, buscando al joven esposo, extrañándome de que no
+acompañase a su mujer.
+
+--Mi yerno--dijo la D'Ortlies presentándome al anciano, cuyo nombre, que
+no viene a cuento, pronunció con gravedad olímpica.
+
+Era un vástago de rancia nobleza, general en tiempo del Imperio, y duque
+y Par durante la Restauración. Conservaba todavía un mando militar
+importante, una fortuna colosal y una porción de buenas cualidades.
+Pero, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que le adornaban estas
+buenas cualidades... porque tenía 67 años, con un aditamento de varias
+heridas y reumatismo, a lo que había que agregar la gota con todas sus
+prerrogativas, es decir, la impaciencia, la acritud y un humor
+endiablado: fuera de esto, era extremadamente amable siempre que no
+estaba enfermo... y solía estarlo diez meses al año.
+
+¡Este era el marido de Cecilia!
+
+Rememoré entonces la conversación del baile, el gentil compañero que
+ella había soñado, sus proyectos de dicha para el porvenir. Si no
+adivinó la pobre niña el interés y la piedad con que yo la miraba, me lo
+agradeció sin saberlo, porque, apenas transcurrieron algunos minutos,
+éramos los mejores amigos del mundo.
+
+Mientras nosotros conversábamos, su rancio esposo reposaba sentado; su
+madre escribía a destajo. Todo lo que Cecilia decía era sencillo y
+natural; pero estaba impregnado de una dulzura y una melancolía
+realmente exquisitas. La hablé de su marido, y le tributó los mayores
+elogios, recordando con gratitud los títulos, la posición y la fortuna
+de que le era deudora. De su felicidad, que le había robado, no dijo una
+palabra. ¡Alma noble y virtuosa, en que todo era resignación, abnegación
+y fidelidad a sus deberes! Pero ¿quién hubiera reconocido en su lenguaje
+grave y melancólico a la joven que yo había visto, dos años antes, tan
+soñadora, tan candorosa y tan alegre?
+
+¡Qué juicio al presente! ¡qué tacto! ¡qué criterio! Se me ocurrió que,
+para haberlos adquirido en tan breve plazo, debía de haber sido muy
+desgraciada.
+
+Nos encontrábamos al borde del lago, puro, límpido y transparente...
+imagen de su alma. Así se lo dije; me miró, sonriendo con esa sonrisa
+triste que hace llorar, y repuso:
+
+--Sí; la calma en la superficie...
+
+--Y tal vez en el fondo...--agregué, mostrándole el lago.
+
+No terminé la frase, pero la adivinó, porque dijo en seguida:
+
+--No, señor, no: ¡jamás!...
+
+Y dirigió al cielo su mirada, ignoro si para tomarlo por testigo o para
+implorar su protección.
+
+En aquel instante se oyó una voz avinagrada: era la de la Vizcondesa. El
+general tenía frío: las emanaciones del lago le sentaban mal y era
+necesario partir. De buena gana hubiera dado el brazo a Cecilia; pero
+ella ofreció el suyo a su esposo, y sólo quedaba la Vizcondesa.
+¡Valiente compensación!... Me vi obligado a hablar de literatura y a
+enterarme de que la señora componía una nueva novela que deseaba leerme
+tan pronto como estuviese terminada. ¡A mí, que viajaba para divertirme!
+
+--Creo, Vizcondesa, que no podré gozar tanta ventura, porque me voy a
+los Pirineos--le dije.
+
+--Allí vamos todos: han recomendado al general las aguas de Barèges, que
+son milagrosas para las heridas.
+
+--Parecíame que el general se quedaba en Mont-Doré.
+
+--Estamos aquí por casualidad; pues, de paso, ha querido experimentar
+estos manantiales que el año pasado dieron resultados excelentes al
+mariscal Soult; pero después de algunos baños, que no le han servido de
+nada, ha renunciado a ellos y saldremos dentro de pocos días para los
+Pirineos. Confío que usted se vendrá con nosotros.
+
+Me incliné respetuosamente.
+
+--¿Dónde se hospeda usted en Mont-Doré?
+
+--En el hotel Chabaury, señora.
+
+--Nosotros también. ¿Nos dispensará usted esta noche el honor de que
+cenemos juntos?
+
+Saludé de nuevo. Decididamente era el comensal, el compañero de viaje y
+el amigo de la familia.
+
+Viajando, y particularmente en los baños, la amistad se entabla con una
+rapidez asombrosa; me aproveché de mi nuevo título, y de los derechos
+que me daba, para hablar de Cecilia. Indiqué a la Vizcondesa que aquel
+matrimonio, tan ventajoso por otra parte, me inspiraba serios temores
+respecto a la dicha futura de su hija.
+
+--No conoce usted a Cecilia, caballero, ni sabe usted qué clase de
+educación ha recibido. Ha estado en el Sagrado Corazón, como todas las
+señoritas de la nobleza a quienes conozco. Ha leído todas mis obras: las
+lee diariamente, y los principios que en ellas se sostiene...
+
+--Son inmejorables, señora; pero su hija de usted es muy joven, y si su
+corazón llega a despertarse...
+
+--No se despertará nunca. En mi familia no se despiertan los corazones.
+
+--No lo dudo--dije mirándola,--en cuanto al pasado; pero en el futuro...
+
+--¡Caballero!...--repuso, examinándome de pies a cabeza:--no hay
+circunstancias que obliguen a olvidar sus deberes a las personas
+religiosas y bien educadas. Con religión y principios, no existen
+matrimonios desproporcionados ni peligros de ninguna clase; esté usted
+seguro de ello.
+
+--Opino como usted, señora.
+
+Llegamos al hotel.
+
+El general sentíase de mal temple, y su mal humor se acrecentó al
+encontrarse con varias cartas, que tenía forzosamente que contestar:
+también había que expedir algunas órdenes.
+
+--Si estuviera aquí Enrique--dijo a su esposa,--me ayudaría y se
+encargaría de eso; pero tú te opusiste a que viniese con nosotros.
+
+--Ya sabes que éramos tres en el coche, y que no podía prescindir de mi
+doncella.
+
+--Haces honor a tu sexo... ¡la doncella! ¡Vaya un motivo para que me
+prives de un sobrino a quien quiero, y de un ayudante de campo que es
+mis pies y mis manos!
+
+--Echas en olvido que mi mamá y yo estamos aquí para cuidarte, y que,
+además, tu sobrino Enrique de Castelnau hace falta en París, pues lo
+exigen tus intereses.
+
+--Di mejor tus caprichos... porque tienes ojeriza a ese pobre Enrique...
+a quien no puedes tragar.
+
+--¡Yo!
+
+--¡Tú! como lo oyes. Apenas le hablas... apenas le haces caso. Te
+aseguro que necesita valor para pisar mi casa, después del recibimiento
+que le haces cuando entra en ella.
+
+--Me acusas sin motivo; el sobrino de mi esposo tendrá siempre derecho a
+mis deferencias.
+
+--¡Sí, ya sé a qué atenerme al respecto!... Y ¡vive Dios! que tengo
+ganas de ver que se le trata con desprecio. Claro es que, si alguno de
+los dos debía aborrecer al otro, indudablemente ese alguno es él... él,
+que era mi único heredero, y a quien mi matrimonio ha despojado de la
+fortuna que le correspondía.
+
+--Confío en que no sucederá lo que dices--se apresuró a decir Cecilia.
+
+--Cuando menos, perderá una parte de ella. Y, ¿qué ocurre, en cambio?
+Que en vez de quejarse de su tía, no tiene boca para alabarla. Es la
+delicadeza personificada, contigo y con tu madre. Correría todo París
+por darte gusto, y reventaría sus caballos por proporcionarte un
+billete de baile o un palco en la Opera.
+
+--Verdad--dijo la Vizcondesa;--y aunque sólo fuera por complacer a tu
+esposo, tú, Cecilia, debías ser más amable con Enrique.
+
+--Cumplo mi deber, mamá--respondió Cecilia en tono frío y resuelto.
+
+--¡Por vida de!...--gritó colérico el general.--¿Habrá cabeza más dura?
+Dulce en ocasiones, como un ángel, cuando se rebela parece de granito.
+¡A los diez y siete años! La cosa promete. Ignoro, señora Vizcondesa,
+cómo la ha educado usted, pero afirmo que lo que sucede no tiene sentido
+común.
+
+--¡Señor!... Cecilia ha leído mis obras.
+
+--Eso quería yo decir.
+
+--¡General!... Olvida usted...
+
+--Dice usted bien. Olvido que la cena nos aguarda. Dispense usted,
+caballero--dijo dirigiéndose a mí,--que le hagamos testigo de estas
+pequeñeces: confío en que nos guardará el secreto y no nos sacará a
+relucir en alguna comedia.
+
+Tomó mi brazo, hizo que me sentara en la mesa a su lado y durante la
+comida estuvo grosero con todos menos conmigo. No obstante, debo
+advertir que sus inconveniencias tenían por principal blanco a su
+suegra.
+
+A los postres llegó una nueva carta, y el general exclamó, dando en la
+mesa un puñetazo que lo echó a rodar todo:
+
+--¡Sólo esto faltaba!... Enrique está herido.
+
+Cecilia palideció, y observé que temblaban sus labios.
+
+--Sí, herido; le han dado una estocada...--prosiguió el
+general.--¡Torpe! Tranquilícese usted--dijo a su suegra, que saboreaba
+impasible una taza de café.--No corre peligro; han transcurrido ocho
+días y va bien la cura. Pero el módico le ha recetado las aguas de
+Barèges, y llegará aquí mañana.
+
+--¡Mañana!--dijo la Vizcondesa alegremente.
+
+--¡Mañana!--dijo con frialdad Cecilia, cuyo semblante había vuelto a
+recobrar su acostumbrada calma.
+
+En cuanto a mí, aguardé el día siguiente con impaciencia.
+
+La llegada de una silla de posta es siempre un acontecimiento en todas
+las poblaciones de poca importancia, y con más motivo en Mont-Doré,
+donde el único placer de los vecinos es ver llegar o partir los
+viajeros. Cuando a las diez de la mañana se oyó el ruido de un carruaje,
+todo el mundo se asomó a las ventanas.
+
+Pocos minutos después, el señor de Castelnau entró en el salón, abrazó
+afectuosamente a su tío y saludó a las dos señoras con respeto.
+
+Aparentaba unos veinticinco años. Era alto, bien formado, de porte
+distinguido; en una palabra, un gallardo mozo; y, lo que vale más,
+parecía ignorarlo, porque se ocupaba siempre de los demás y nunca de sí
+mismo. Su rostro, franco y expresivo, tenía impresas las huellas del
+sufrimiento. La fatiga del viaje, o tal vez otras causas, habían
+empeorado su herida.
+
+Yo, entretanto, observaba a Cecilia: no vi en sus facciones ni sombra de
+emoción; recibió a Enrique con afectuosa cortesía, y le interrogó acerca
+de su salud con un marcado interés... pero no tanto como el que yo
+esperaba.
+
+Enrique estaba visiblemente conmovido. Casi no acertaba a expresarse, y
+creo que le hice un gran servicio hablándole del camino y del tiempo,
+que eran pésimos. La displicencia de la conversación le fue serenando
+poco a poco, y acabó por respirar más a su gusto. Hay momentos en que
+los extraños y los importunos no son del todo inútiles.
+
+Aquel día visitamos la cascada de Queureiels y la de Vernière. Enrique
+se aproximó con frecuencia a Cecilia, que daba siempre el brazo a su
+esposo o a su madre, y cuando hablaba se dirigía a mí.
+
+Por la noche leyó al general los periódicos, le despachó el correo
+oficial y estuvo escuchando, con una atención digna de mejor suerte, dos
+largas disertaciones de la Vizcondesa. Sólo alguna que otra vez, y a
+hurtadillas, sus grandes ojos negros se volvían, como a pesar suyo,
+hacia el lado de Cecilia, que trabajaba sin mirarle y sin hacer de él
+más caso que de los demás concurrentes.
+
+Me convencí de que me había equivocado, y mis conjeturas eran falsas.
+El pobre joven podía amar a Cecilia, pero Cecilia no pensaba en él.
+
+La mañana del siguiente día, víspera de nuestra partida, la Vizcondesa
+encontrábase escribiendo junto a Cecilia, que tocaba el piano: y era
+aquella música tan alegre y juguetona, que acabó de disipar mis últimas
+dudas.
+
+--No es posible--pensaba yo entretanto,--estar bajo el peso de una
+pasión cuando se ejecutan semejantes variaciones, y, sobre todo, cuando
+se ejecutan con tanta perfección.
+
+En aquel instante entró en el salón un médico joven, conocido mío, que
+venía de París asistiendo a un personaje a quien acompañaba a las aguas
+de Mont-Doré. Los militares hablan de sus campañas, los escritores de
+sus obras, y los médicos de sus enfermos: es inevitable. Mi joven
+doctor, a riesgo de molestar a aquellas damas, empezó a relatarnos las
+curas maravillosas y singulares que había hecho, sazonando la relación
+con anécdotas más o menos picantes, a las que sólo yo prestaba atención,
+porque, como he dicho anteriormente, yo escucho siempre por oficio.
+
+Entre otras cosas, nos contó que recientemente había asistido a un joven
+que tenía una estocada, cuya herida, de bastante gravedad, no se parecía
+a ninguna otra. No era recta ni hecha de abajo arriba; todo lo
+contrario: daba también la circunstancia de que el enfermo tenía gran
+estatura y hacíase preciso, en consecuencia, que para herirle así en el
+pecho de arriba abajo, su adversario fuese mucho más alto que él, es
+decir, un hombre de ocho a diez pies de estatura. Contó asimismo que,
+obligado por sus preguntas y argumentos, el herido acabó por confesarle
+que la estocada se la había dado él mismo.
+
+--¿Qué móvil dirá usted que le impulsó?--continuó diciendo.--Nunca
+adivinaría usted semejante extravagancia. Quería tener un pretexto para
+ir a las aguas de Barèges, y me rogó que se las recetara... lo que hice
+en el acto. ¡Pobre chico!... Me pagó espléndidamente la receta...
+recomendándome su secreto.
+
+--Y, según veo, cumple usted su recomendación al pie de la
+letra--exclamé sonriendo.
+
+--Puedo franquearme con usted, sin peligro de que lo cuente.
+
+En aquel momento abriose la puerta, y se presentó el general, apoyado en
+el brazo de su ayudante de campo. Enrique, al ver al médico, corrió
+hacia él y tendiéndole la mano, dijo:
+
+--Doctor, ¿usted por aquí?...
+
+En seguida, agregó, presentándonosle:
+
+--Señoras y señores, es mi Esculapio... el que me ha curado la herida,
+el que me ha recetado las aguas de Barèges. ¿No es cierto?
+
+El médico balbuceó algunas palabras y se despidió, porque le aguardaba
+su enfermo. El general se sentó tranquilamente en su cómodo sillón;
+Enrique, con la sonrisa en los labios, permaneció de pie junto a la
+chimenea; la Vizcondesa, entre sorprendida e indignada, quería hablar y
+no se atrevía a hacerlo. Cecilia, pálida, con la frente apoyada en una
+mano, reflexionaba en silencio, y yo, mirándolos a todos, calculaba que
+la situación era admirable, y esperaba con inquietud el rumbo que
+tomaría, y, sobre todo, el desenlace que llegaría a tener.
+
+El general fue el primero que rompió el silencio, tarareando una canción
+que le había entusiasmado. Era una música que estaba de moda y que su
+autor no habría conocido, seguramente: de tal manera se la había
+asimilado y la había hecho propia el general, por la manera de
+interpretarla.
+
+--Y digan ustedes, señoras--exclamó después de esta especie de
+ritornelo, ¿nos vamos, por último, mañana a los Pirineos para pasar un
+mes en Barèges?
+
+Nadie respondió: todos guardaron silencio, y en los ojos de Enrique
+brilló un relámpago de alegría.
+
+--¿Han pensado ya en los equipajes mi mujer y mi suegra? ¿Han guardado
+en las cajas sus gorros y sombreros? ¿Está todo dispuesto para la
+marcha?
+
+--Para la tuya, sí--dijo Cecilia, esforzándose por demostrar un valor
+que no sentía.
+
+--¿Cómo para la mía? ¿Pues no partiremos juntos?
+
+--No.
+
+--¿Por qué motivo? ¿Puedo saberse?
+
+--Mi madre y yo queremos acompañarte hasta Pau, donde tienes una
+posesión con un magnífico castillo que no conocemos, y habíamos
+proyectado permanecer en él hasta tu regreso.
+
+--¿Y dejarme ir solo a Barèges? Está bien.
+
+--No; si eso fuera así, estaría mal. La prueba es que nosotras estábamos
+decididas a acompañarte, a no separarnos de ti; pero ahora, que irá
+contigo tu sobrino Enrique, no tienes necesidad de nuestros cuidados.
+
+--¿Qué pretendes darme a entender con esas palabras?
+
+--Te confieso que, para mí, pasar todo un mes en esas horribles
+montañas, sería lo más triste, lo más penoso, lo más fastidioso del
+mundo, si he de juzgar por los tres días que llevamos aquí.
+
+Mientras tenía lugar este diálogo, el general saltaba en el sillón;
+oprimía la tabaquera entre sus dedos, y yo preveía la tempestad que iba
+a estallar. Pero lo que no pude observar sin compadecerme fue el rostro
+de Enrique, que, pálido y sin poder apenas sostenerse, se apoyaba en la
+chimenea. La desesperación reflejábase en todas sus facciones, dejándome
+adivinar lo que pasaba en el alma de aquel desventurado joven. ¡Haberse
+herido por ella, por pasar un mes cerca de ella, y perder tanta ventura
+por un capricho!
+
+--¡Vive Dios!--exclamó el general levantándose colérico y rechazando con
+el pie el sillón, que fue rodando al centro de la sala;--¿me has tomado
+por un recluta? ¿Crees que voy a dejarme manejar por una mujer, por una
+muñeca? Usted vendrá, señora; usted vendrá, porque yo se lo ordeno.
+
+--He dicho que no.
+
+--¿Y por qué? ¡voto a!... ¿por qué?
+
+Cecilia no temblaba ya: había tomado su resolución, y, resignada a todo,
+sin tener en cuenta otra cosa que su deber, contestó a media voz, pero
+con firmeza:
+
+--Porque no quiero.
+
+El general, lleno de ira, dio un paso hacia ella y se oyó al mismo
+tiempo un gemido sordo: era que Enrique, sintiéndose peor de su herida,
+se desmayaba, y hubiera caído sobre el pavimento si no lo hubiese yo
+sostenido en mis brazos. La cólera del general, cambiando súbitamente de
+dirección, descargó sobre su sobrino.
+
+--¡Imprudente! ¡imbécil!... hace una hora que está de pie, y es lo peor
+que puede hacer... La herida se abrirá de nuevo: siempre se lo estoy
+diciendo; pero aquí nadie me hace caso, nadie me obedece... ¡Que el
+diablo se los lleve a todos!... ¡oh!... ¿no vuelve en sí?
+
+--Va recobrando el conocimiento--respondió Cecilia, que, habiéndose
+lanzado hacia Enrique, le hacía respirar un pomo de sales y le prodigaba
+los más tiernos cuidados.
+
+--¡Ah!--exclamó el general;--ya abre los ojos.
+
+Cecilia se retiró apresuradamente; entró en su aposento seguida de su
+madre, y algunos momentos después el general fue a buscarlas. Sus
+súplicas y sus amenazas debieron de ser inútiles, porque aquella noche
+nos dijo:
+
+--Ese angelito tiene muy dura la cabeza.
+
+--¿Se niega a ir a Barèges?--preguntó Enrique.
+
+--Así parece. Iremos tú y yo, y nos esperará en mi castillo de Lescar,
+en los alrededores de Pau.
+
+--¡Cómo!... tío, ¿ha cedido usted?--exclamó Enrique en tono de reproche.
+
+--¿Qué quieres que hiciera?... a no matarla... No quedaba otro remedio:
+así se lo he dicho ¡voto a!...
+
+--¿Y qué ha respondido?
+
+--Esto: «Si me matas, tanto mejor. No iré a Barèges.» El razonamiento no
+puede ser más lógico. Es una testaruda, lo repito; una cabeza de hierro.
+Hay que confesar, sin embargo, que sin ese defecto sería la mejor de las
+mujeres.
+
+En la madrugada del siguiente día había dos coches preparados para la
+marcha.
+
+--Todo el equipaje lo ha arreglado la señorita--díjome su doncella.--No
+se ha acostado en toda la noche.
+
+Apenas estuvieron enganchados los caballos, Cecilia montó
+precipitadamente en la berlina. Cuando ofrecía la mano a la Vizcondesa
+para ayudarla a subir, me dijo ésta:
+
+--¿Ve usted, señor, cómo con la religión y los buenos principios no hay
+matrimonios desproporcionados y rodeados de peligros?
+
+--Por lo menos, hay luchas y amarguras--me dije a mí mismo, al ver el
+pálido rostro de Cecilia y sus ojos preñados de lágrimas, que sin duda
+quería ocultar a todos; porque, al divisar de lejos a su marido que se
+dirigía a la berlina, apoyado en el brazo de Enrique, exclamó
+repentinamente:
+
+--Cochero, a escape, a escape.
+
+Restalló la fusta, los caballos salieron al galope y el coche
+desapareció de nuestra vista, mientras gritaba el anciano:
+
+--¡Bien! ¡perfectamente!... ¡Loca! Se va sin despedirse, sin abrazarnos.
+A fe mía, caballero, que aquí tiene usted el asunto que busca para una
+comedia.
+
+--¿No será drama?--murmuré entre dientes, contemplando la cara de
+Enrique, que, incapaz de ver, de oír y de responder, dejose colocar por
+mí en el otro coche al lado de su tío.--No pensó siquiera en darme las
+gracias ni en decirme «adiós». ¡Pobre hombre! Esto le matará--dije para
+mí.
+
+Pocas horas después salí yo también para los Pirineos. No temas, lector,
+pues no pienso llevarte a los picos del Mont-Perdu, tan curioso y acaso
+más accesible que el Mont-Blanc; no te conduciré a Luz ni a
+Saint-Sauveur, que tienen fisonomía alegre y pintoresca; cruzaremos a
+escape el _Chaos_, esa lluvia de enormes rocas caídas del cielo o
+vomitadas por el infierno; no penetraremos en el recinto del circo de
+Gavarnie: aturdido ante tanta magnificencia, deslumbrado por tanta
+maravilla, no querrías salir de él. Te mostraré solamente las torres de
+Marboré, rocas inmensas coronadas de almenas, ciudadela encantada donde
+nieves perpetuas, heridas por el sol, parecen antemuros de diamante. Te
+indicaré de lejos el portillo de Roland, esa muralla de granito que
+separa a Francia de España, y que Roland abrió con un golpe de su
+tajante espada... Ven, acércate. El hizo para ti ese boquete de
+doscientos o trescientos pies, desde donde puedes divisar Aragón y
+recorrerlo en toda su extensión. Aquí es, al pie de estas grandiosas
+torres, donde antiguamente pelearon Agramante y Ferragus contra los
+parciales de Carlomagno. No estás solo en este desierto: te rodean todos
+los héroes de Ariosto, y podrías elevarte a las nubes con el poeta, si
+es que el frío, que penetra hasta los tuétanos, no te obliga a bajar a
+la tierra. Si sucede tal cosa, ven a calentarte al fuego de algún
+habitante de la montaña, y volvamos a la aldea de Gèdres, mitad
+francesa, mitad española, donde seguramente almorzaremos con algún
+contrabandista. Luego, cruzando el Baztan y salvando el Tourmalet,
+bajaremos al delicioso valle de Campan, paraíso terrenal que nos
+conducirá a Bagnères de Bigorre, donde, si estás fatigado y deseas
+encontrar la tranquilidad y la dicha, es preciso que te detengas y te
+entregues al descanso.
+
+Esto es lo que yo hice.
+
+Caminando por las ásperas montañas, encontré en una de las fábulas de La
+Fontaine el asunto para una comedia en cinco actos, que nuestros últimos
+acontecimientos políticos podían hacer bastante intencionada. Detúveme
+en Bagnères para escribirla. En un lugar verdaderamente delicioso, al
+lado de la hermosa casa de M. Lugo, alquilé una casita que daba a las
+alamedas de Maintenon.
+
+Allí pasé los quince días más tranquilos y más felices de mi vida,
+trabajando por la mañana, muy temprano, y a primera hora de la noche, y
+recorriendo durante el día el mágico país que me rodeaba, los valles de
+Campan y de Lesponne, el convento de Medous y el Elysée Saint Paul. Un
+día efectué una ascensión al Camp de César o a la Penne de l'Héris; otro
+día proyectaba excursiones al Pic du Midi, desde donde se dominan las
+llanuras del Bigorre y del Béarn. ¡Cuánto regocijo y cuánta salud dan el
+aire puro de las montañas, esos valles risueños y ese hermoso sol!
+Devuelven la juventud y la dicha; porque aquí, en estas cimas, se
+olvidan lo mismo los padecimientos del cuerpo que las amarguras del
+alma. Desgraciadamente, al bajar volvemos a encontrarlos en la llanura y
+en la ciudad, donde nos esperan.
+
+Cuando terminé mis cinco actos, hízose necesario marchar y alejarse de
+tan hermoso país. Atravesé el alegro valle de Argelés y la ciudad de
+Lourdes; admiré la deliciosa capilla de Nuestra Señora de Bétharram, y
+me dirigí a Pau, que me atraía por más de un concepto. Tenía, en primer
+lugar, un amigo, un amable y excelente joven, antiguo capitán de la
+guardia, que habitaba con su familia en el Real Palacio de Pau, y no
+quise dejar el Mediodía sin abrazarle; por otra parte, en los
+alrededores de esta ciudad estaba el señorío de Lescar, donde la
+vizcondesa D'Ortlies y el general me habían comprometido para que me
+detuviese algunos días. Sentía vivos deseos de volver a ver a Cecilia, y
+llegué al castillo. Era un edificio hermosísimo, admirablemente situado:
+el parque extendíase hasta las orillas del Gave; desde las ventanas del
+salón se descubrían los ribazos del Jurançon, y en el horizonte, a una
+distancia de quince leguas, las montañas azuladas y las cimas blancas de
+los Pirineos.
+
+Al apearme del coche, fui recibido por la Vizcondesa y su hija, que me
+dispensaron la más amable acogida. Esperaban al general, que continuaba
+en Bigorre; pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en el salón, vi
+a Enrique de Castelnau reclinado en un canapé y leyendo un periódico!...
+
+--Le ha enviado el general--díjome a media voz la Vizcondesa--para traer
+unos despachos al gobernador de Pau y adquirir noticias de la salud de
+Cecilia, que ha estado muy enferma.
+
+--¿De veras?--exclamé consternado.
+
+--Ya pasó. Está mucho mejor; y, mientras viene el general, nos acompaña
+Enrique. ¿Dónde ha de vivir sino en el castillo de su tío? Así lo ha
+ordenado mi yerno, que, desde hace una semana, nos anuncia su llegada
+diariamente.
+
+--Así, pues, ¿hace una semana que vive aquí el señor de
+Castelnau?--pregunté a la Vizcondesa, la cual, adivinando la idea que me
+preocupaba, se apresuró a contestarme:
+
+--Tranquilícese usted. Ya conoce usted a mi hija. Por otra parte, puedo
+asegurar que en todo este tiempo no se ha separado ni un momento de mí
+durante el día.
+
+Y no mentía. Cecilia trabajaba en el gabinete de costura al lado de su
+madre, y hasta en los paseos que solía dar por el parque jamás Enrique
+se encontraba a solas con ella. Conste, además, que él no buscaba
+ocasión para acercarse.
+
+Tenía elegancia y sus modales eran en extremo distinguidos. Todo en él
+respiraba la delicadeza más escogida, los cuidados más solícitos; pero
+ni una palabra, ni una mirada que pusiera de manifiesto a los ojos de un
+extraño el secreto de su alma. Hasta había recobrado la alegría y la
+jovialidad; estaba menos distraído, y tomaba parte en las
+conversaciones. Sólo entonces pude observar que estaba dotado de una
+amabilidad exquisita y de una vasta instrucción, y que, a una excesiva
+modestia, se unían en él un ingenio fino y sumamente delicado, un
+carácter noble, pensamientos elevados y generosos... en una palabra, una
+multitud de buenas cualidades, que habían permanecido ocultas, y que
+ahora brillaban en todo su esplendor.
+
+La Vizcondesa nos leyó en un periódico un artículo que trataba de un
+suicidio.
+
+--¡Desventurado!...--exclamó Cecilia, de un modo que casi parecía una
+aprobación.
+
+--¡Insensato!--dijo Enrique, casi despreciativamente.
+
+--¿No se explica usted el suicidio?--le pregunté con viveza.
+
+--¡Nunca! Suicidarse es privarse de una dicha inmensa.
+
+--¿Cuál?
+
+--La de morir por los que se ama.
+
+--¡Vaya!--pensé,--la quiere siempre, pero ha tomado su partido, y se ha
+resignado valerosamente. Habrá tenido fuerzas para combatir y vencer.
+
+La Vizcondesa me ofreció leerme su última novela. Acepté, y entré con
+ella en su gabinete de trabajo, pensando que en aquel momento su amor
+propio de autor la hacía olvidar su vigilancia de madre, e iba a dejar a
+Enrique algunos momentos de libertad.
+
+Me equivoqué, pues él no los aprovechó. Me siento orgulloso de haber
+soportado con un valor heroico la lectura, que fue bastante larga.
+Entretanto, Cecilia tocaba al piano unas melodías tristes y
+melancólicas; pero estaba sola, pues yo había visto a lo lejos a Enrique
+paseando por una de las alamedas del parque, y, cuando volví al salón,
+continuaba sola, sentada en un gran sillón, con la frente apoyada en una
+mano y en los ojos una mirada febril. Se levantó vivamente y se acercó a
+mí con la sonrisa en los labios. Al ponerse de pie dejó caer su pañuelo.
+Me apresuré a recogerlo, y noté que estaba mojado. La joven se dio
+cuenta de ello, y me dijo, mostrándome un libro que había sobre la
+chimenea:
+
+--Soy en extremo ridícula, ¿no es cierto? Esa novela me ha hecho llorar.
+
+Miré el libro, y vi que era una novela de su madre. No necesitaba esta
+prueba para convencerme de que me engañaba.
+
+Por la tarde hubo mucha gente en el castillo: toda la buena sociedad de
+Pau y sus alrededores. Cecilia hacía los honores de la casa con una
+gracia y una naturalidad admirables; se ocupaba de todos, excepto de
+Enrique, a quien sólo de vez en cuando daba algunas órdenes para que
+arreglara las mesas de juego.
+
+Hiciéronme jugar al whist con tres personajes de la comarca. Los viejos
+jugaban al piqué; las viejas al boston, presididas por la Vizcondesa. El
+recaudador de contribuciones jugaba al billar con el alcalde, y Cecilia,
+agrupando en torno suyo a los jóvenes, propuso pasar el tiempo en juegos
+de prendas, lo que se aceptó con entusiasmo. Los juegos de prendas están
+aún de moda en las provincias, sobre todo en la de los Bajos Pirineos.
+
+Entretanto, hacía yo tales chambonadas, que mí compañero debió de
+formar pésima idea de los jugadores de la capital; pero estaba escrito
+que Cecilia me había de hacer perder siempre al whist, porque también
+esta vez, como cuando la conocí, pensaba en ella más que en el juego, y
+mis ojos se dirigían constantemente hacia el alegre círculo que dirigía.
+
+Enrique se había alejado, y distraíase viendo jugar al billar; varios
+jóvenes llamaron al gentil ayudante de campo, y, de grado o por fuerza,
+no tuvo más remedio que acudir al llamamiento. Sentose lejos de Cecilia,
+y en las prendas que él sentenció evitaba toda ocasión de aproximarse a
+ella. En una ocasión, sin embargo, cumpliendo las leyes rigurosas del
+juego, sentenciaron a Cecilia a dar un beso al joven Castelnau. La joven
+se puso de pie... ¡En aquel instante, yo fallaba a mi compañero un ocho
+de copas que era rey!... Hizo un ademán de impaciencia; ¿qué me
+importaba? Mi atención estaba por completo fija en Cecilia, que se
+acercó tranquilamente a Enrique presentándole sus frescas y sonrosadas
+mejillas.
+
+El joven apenas las rozó con sus labios. No se ruborizó, no palideció,
+no perdió el conocimiento, como yo esperaba: estuvo tranquilo y sereno.
+Decididamente, me dije, es un héroe. Le admiraba y le compadecía, y, sin
+quererlo, me sorprendí haciendo votos por él y por su amor sin
+esperanza.
+
+Todas las prendas estaban sentenciadas: las señoritas y algunos jóvenes
+sentáronse alrededor de una gran mesa redonda que había en el centro
+del salón, y se pusieron a hojear álbums, revistas y grabados. Unos
+tomaban un lápiz y dibujaban; otros pintaban a la sepia algunos paisajes
+de los alrededores, y Enrique, por complacer a una niña que tenía al
+lado, esculpía, valiéndose para ello de un cortaplumas inglés, un pedazo
+de madera, al cual iba dando la forma de una ermita, labor que ejecutan
+con éxito los pastores de los Alpes o de los Pirineos. La madera era
+dura, el cortaplumas estaba muy afilado, y, en un movimiento un poco
+brusco, la hoja resbaló sobre la materia que cortaba y produjo a Enrique
+una cortadura bastante grande en un dedo de la mano izquierda. Cecilia
+lanzó un grito y se puso intensamente pálida. Un momento después se echó
+a reír. La herida era insignificante, aunque sangraba en abundancia.
+Todos los pañuelos de mano de las señoras se pusieron a disposición del
+herido; todos los neceseres se abrieron. Buscose tafetán inglés, que fue
+cortado acto continuo, y veinte manecitas tan blancas como bien formadas
+se ofrecieron a aplicarlo sobre la herida. Todos reían, y la cura
+adelantaba poco: la operación era difícil. La cortadura estaba en la
+segunda falange del dedo, y el tafetán no podía sujetarse. Se le
+colocaba de nuevo, tratando de darle consistencia, y al menor movimiento
+se desprendía otra vez.
+
+--Pero, caballero, estése usted quieto, y sobre todo no doble usted el
+dedo.
+
+--Pero, señoras, eso es fácil de decir... hacerlo ya es diferente.
+
+--Tiene razón este señor--intervine yo,--y para que su dedo permanezca
+inmóvil, habrá que hacer lo que en cirugía se llama... se llama...
+
+--¿Entablillar?--interrumpió Enrique,--¿como si se tratara, de un brazo
+o una pierna?
+
+--Justamente.
+
+--¿Y dónde encontrar el aparato?--gritaron todos riendo.
+
+--Helo aquí.
+
+Y tomé una carta de la mesa donde acababa de jugar al whist; creo que
+era un rey de oros. Lo enrollé alrededor del dedo herido; las señoras
+sujetáronlo con una hebra de seda, y sostenido de este modo por la
+cartulina, ya no era de temer que el dedo se doblara y la herida
+volviera a abrirse. Terminó, al fin, la cura, entre los gritos
+alborozados y los aplausos de todos los circunstantes, que me
+felicitaron por mis conocimientos quirúrgicos. Enrique me rogó que le
+presentara la cuenta de mis honorarios, y Cecilia me prometió acudir a
+mí para que le curase todos los pinchazos de agujas y alfileres.
+
+Poco después dieron las once, y cada uno tomó su palmatoria.
+
+Yo entré en mi alcoba, desde donde oía aún las carcajadas y las alegres
+carreras que daba en los comedores aquella juventud bulliciosa.
+
+La mañana siguiente, a eso de las diez, bajé al salón y estaba hablando
+con la Vizcondesa, cuando, con gran sorpresa nuestra, vimos entrar al
+general, que nos dijo con la mayor alegría:
+
+--Buenos días, queridos amigos.
+
+--¡Cómo!... ¡Dios mío!... ¿De dónde sale mi yerno? ¿Por dónde ha
+llegado?... No hemos oído entrar el carruaje en el patio.
+
+--Es que llegué esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedes
+estaban entregados al sueño.
+
+--¿De veras?
+
+--No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujer
+que, por cierto, al pronto, no quería abrirme. Tanto miedo sentía.
+
+--¡Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado...
+
+--Imaginábase que los españoles o los contrabandistas se apoderaban del
+castillo. ¡Pobrecilla!... Por fortuna no tardé en tranquilizarla... ¿Y
+qué tal va su salud, y la de usted?
+
+--Envidiables.
+
+--¿Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... ¿qué han hecho aquí,
+entretanto?
+
+--Ayer tuvimos reunión, y jugamos al whist y al boston.
+
+--¡Perfectamente! Y, a propósito, tengo que reprender a usted. Ha hecho
+usted jugadora a su hija.
+
+--¡Yo!
+
+--Usted; jugadora como las mismas cartas. A lo que parece, no piensa en
+otra cosa ni de día ni de noche. He aquí una prueba--continuó riendo a
+carcajadas:--aquí tiene usted un naipe, un rey de oros, que he
+encontrado enrollado debajo de su almohada. Esto es una picardía,
+¿verdad?
+
+Traté de reír, para que el general no reparase en la turbación de la
+Vizcondesa, que parecía herida por un rayo.
+
+--Mire usted, mire usted--prosiguió el general dando nuevamente libre
+acceso a su risa.--La Vizcondesa no ríe... está desconcertada... y es
+que se reconoce culpable.
+
+--¡Oh! muy culpable--murmuré interiormente.
+
+En aquel instante bajó Enrique, y poco después Cecilia.
+
+En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia.
+
+Nos encontrábamos solos y, como la víspera, los vi reservados e
+indiferentes; pero, mejor enterado ahora, ¡cuánto amor sorprendí en
+aquellos ojos que se evitaban constantemente, en aquella fingida
+frialdad, en aquella silenciosa unión de voluntades, fiel regulador de
+todos sus pensamientos!
+
+Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Me
+quedé algo atrás con la Vizcondesa y le dije:
+
+--Dígame, señora: ¿sigue usted creyendo que con la religión y los buenos
+principios no existen peligros para un matrimonio desproporcionado?
+
+--Calle usted--replicó,--que se acerca el general.
+
+Se aproximó, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo:
+
+--¿Encontró usted, por último, en los Pirineos el argumento que buscaba?
+
+--Sí, encontré varios... y por cierto uno de ellos es picante como una
+guindilla.
+
+--¿Le servirá a usted de asunto para una comedia?--me preguntó.
+
+--No, general: para una novela--repuse.
+
+
+
+
+EL PRECIO DE LA VIDA
+
+
+Abriose la puerta del salón, y nuestro criado José presentose para
+anunciarnos que estaba dispuesta la silla de posta.
+
+Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos.
+
+--Todavía tienes tiempo para arrepentirte--dijéronme,--renuncia a tu
+viaje... quédate con nosotras.
+
+--Madre mía--repuse,--soy noble, tengo veinte años, y deseo que se hable
+de mí y hacer carrera, sea en el ejército o en la corte.
+
+--Pero, ¿no piensas en el dolor que me causas con tu partida?
+
+--Estará usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo.
+
+--¿Y si mueres en alguna batalla?
+
+--No importa. ¿Para qué es la vida? Además, ¿quién piensa en semejante
+cosa? Cuando se tienen veinte años, el que es noble sólo debe pensar en
+la gloria. Ya me verá usted, madre mía, volver a su lado dentro de
+algunos años, hecho todo un coronel, mariscal de campo o con un
+brillante empleo en Versalles.
+
+--¿Y qué tendremos con eso?
+
+--Que seré aquí respetado y considerado.
+
+--¿Nada más?
+
+--Y que todo el mundo me saludará, quitándose el sombrero al pasar por
+mi lado.
+
+--¿Y luego?
+
+--Que me casaré con mi prima Enriqueta, que conseguiré un matrimonio
+ventajoso para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felices
+en mis tierras de Bretaña.
+
+--¿Y quién te impide comenzar desde ahora? ¿No nos ha dejado tu padre la
+mayor fortuna del país? ¿Existe en diez leguas a la redonda un dominio
+más rico ni más hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? ¿No eres
+considerado y querido de nuestros vasallos? ¿Deja alguno de saludarte,
+quitándose el sombrero, como dices, cuando atraviesas el pueblo? No te
+separes de nosotros, hijo mío; quédate al lado de tus amigos, de tus
+hermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrarás a tu
+regreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviar
+con sinsabores y sufrimientos de todo género los días de existencia que
+con tanta rapidez se deslizan. La vida, hijo mío, es una gran cosa, y el
+sol de Bretaña es muy hermoso.
+
+Al decir esto, me señalaba por las ventanas del salón las hermosas
+alamedas de nuestro parque, los viejos castaños en flor, las lilas y
+las madreselvas cuyo aroma embalsamaba el ambiente.
+
+En la antesala encontré al jardinero y su familia, todos tristes y
+silenciosos, y mirándome como si quisieran decirme:
+
+--No se marche usted, señorito; no nos abandone.
+
+Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos.
+
+Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la sala
+entretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose a
+mí con el libro en la mano.
+
+--Lee, hermano mío, lee--me dijo, con lágrimas en los ojos.
+
+Era la fábula de _Las dos palomas_.
+
+Al fin, me levanté bruscamente, y respondí a todos:
+
+--Tengo veinte años, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores.
+Déjenme, pues, que parta.
+
+Y acto seguido me lancé al patio.
+
+Iba a montar en la silla de posta cuando apareció en el descanso de la
+escalera una joven.
+
+Era Enriqueta.
+
+No lloraba, no pronunciaba una palabra. Pero estaba pálida y temblorosa,
+y apenas podía sostenerse.
+
+Con el pañuelo blanco que tenía en la mano me hizo una señal de
+despedida, y cayó sin conocimiento.
+
+Corrí a ella, la levanté en mis brazos, la estreché contra mi corazón
+jurándole amor eterno, y antes que recobrara el sentido, la confié al
+cuidado de mi madre y mis hermanas y me dirigí a donde estaba el
+carruaje sin detenerme ni volver la cabeza.
+
+Si la miraba otra vez, estaba seguro de que no tendría valor para
+marcharme.
+
+Pocos minutos después, la silla de posta rodaba por la carretera.
+
+En los primeros momentos, sólo pensé en mis hermanas, en Enriqueta, en
+mi madre y en la dicha que acababa de abandonar.
+
+Pero estas ideas se fueron disipando a medida que desaparecían de mi
+vista las torres de la Roche-Bernard.
+
+Los sueños de ambición y gloria no tardaron en apoderarse completamente
+de mi cerebro.
+
+¡Cuántos proyectos y castillos en el aire formé recostado en los
+almohadones de mi carruaje!
+
+Riquezas, honores, dignidades, brillantes éxitos de todas clases... Todo
+lo ambicionaba. A mi juicio, lo merecía todo, y todo me lo concedía,
+elevándome más y más, conforme avanzaba en el camino.
+
+Veíame ya gobernador de provincia, duque, par... Y, al detenerme por la
+noche en una posada había llegado a mariscal de Francia.
+
+La voz de un criado, que me llamó sencillamente _caballero_, me obligó a
+salir de mi éxtasis y volver a la realidad.
+
+Al día siguiente y en los sucesivos, tuve los mismos sueños, la misma
+embriaguez.
+
+Mi viaje era largo. Dirigíame a las inmediaciones de Sedán, a casa del
+duque de C..., antiguo amigo de mi padre y protector de mi familia, el
+cual habíase ofrecido a acompañarme a París y presentarme en Versalles,
+con objeto de obtener para mí el mando de una compañía de dragones por
+influencia de una hermana suya, la marquesa de F..., hermosa joven
+designada por la opinión pública como sucesora de Mad. Pompadour, a cuyo
+título aspiraba con tanta mayor justicia, cuanto que hacía mucho tiempo
+que venía desempeñando sus honrosas funciones.
+
+Llegué a Sedán de noche, y no pudiendo a semejante hora dirigirme al
+castillo de mi protector, aplacé mi visita para el día siguiente, y
+busqué hospedaje en el hotel de _Las armas de Francia_, el mejor de la
+ciudad, que era el punto de reunión de los oficiales, porque Sedán es
+plaza fuerte y hay en ella mucha guarnición. Las calles de la ciudad
+presentan un aspecto guerrero, y hasta los paisanos caminan con aire
+marcial, como si dijesen a los forasteros: «Somos compatriotas del gran
+Turena».
+
+Cené en mesa redonda y procuré informarme acerca del camino que debía
+emprender al día siguiente para llegar al castillo del duque de C...,
+que distaba tres leguas de la población.
+
+--Cualquiera se lo podrá indicar--me contestaron.--Es muy conocido en el
+país. En ese castillo ha muerto un militar ilustre, un hombre célebre,
+el mariscal Fabert.
+
+Y, en seguida, recayó la conversación en este personaje. Esto era
+natural entre oficiales jóvenes.
+
+Se habló de sus batallas, de sus proezas, de su modestia, que le hizo
+rehusar los títulos y el collar con que quiso agraciarle Luis XIV, y
+sobre todo de su extraordinaria suerte. Porque salido de la nada, pues
+era hijo de un pobre impresor, de simple soldado llegó a la elevada
+categoría de mariscal.
+
+Este era el único ejemplo que en aquella época podía citarse de
+semejante fortuna, que, viviendo todavía Fabert, había parecido tan
+extraordinaria, que el vulgo atribuyó a su elevación causas
+sobrenaturales.
+
+Decíase que en su juventud se había ocupado de magia, y que había hecho
+un pacto con el diablo.
+
+El hostelero, con la credulidad propia de nuestros aldeanos bretones,
+nos aseguró que en el castillo del duque de C..., donde murió Fabert,
+habían visto entrar a un hombre negro, que nadie conocía, y que este
+hombre se llevó el alma del mariscal, a quien anteriormente se la había
+comprado; añadiendo que, todavía, por el mes de mayo, época de la muerte
+de aquél, se veía aparecer por la noche al negro, con una luz en la
+mano.
+
+Este relato contribuyó a amenizar el término de nuestra cena, y bebimos
+una botella de champagne en obsequio al demonio familiar de Fabert,
+pidiéndole que se dignara tomarnos también bajo su protección y hacernos
+ganar algunas batallas semejantes a las de Collioure y La Marfée.
+
+Me levanté muy temprano al siguiente día, y acto continuo emprendí el
+camino que llevaba al castillo del duque de C..., inmensa y gótica
+mansión en la que no hubiera reparado siquiera, a encontrarme todavía
+impresionado por la narración de la víspera.
+
+Excitada con ella mi curiosidad, no pude menos de contemplar el edificio
+atentamente; y confieso que no terminé mi examen sin experimentar cierta
+emoción.
+
+El criado a quien pregunté me respondió que ignoraba si su amo estaba
+visible, y sobre todo si me recibiría.
+
+Díjele mi nombre, para que me anunciara, y salió dejándome solo en una
+especie de sala de armas, cuyas paredes estaban cubiertas de atributos
+de caza y retratos de familia.
+
+Aguardé un gran rato, sin ver aparecer a nadie.
+
+¡La carrera de gloria y honores, con que yo había soñado, comenzaba por
+hacer antesala!
+
+Devorábame la impaciencia.
+
+Ya había contado dos o tres veces todos los retratos que adornaban la
+sala y hasta las vigas del techo, cuando percibí junto a mí un ligero
+ruido.
+
+Producíalo una puerta mal cerrada que el viento acababa de abrir.
+
+Me acerqué a ella y vi un lindo gabinete, iluminado claramente por dos
+grandes ventanas y una puerta de cristales, que daban a un jardín
+espléndido.
+
+Penetré algunos pasos en el interior de aquel alegre aposento y me
+detuve ante un espectáculo que no descubrí a primera vista.
+
+Dando la espalda a la puerta por donde yo acababa de entrar, vi a un
+hombre recostado en un canapé.
+
+Levantose, sin darse cuenta de mi presencia, y se dirigió bruscamente a
+una de las ventanas.
+
+Lloraba silenciosamente, y en sus facciones parecía dibujarse una
+profunda desesperación.
+
+Por espacio de algunos minutos permaneció inmóvil, con la cabeza oculta
+entre las manos.
+
+Luego empezó a pasearse precipitadamente por la estancia.
+
+En una de las ocasiones que pasó junto a mí, me vio y se detuvo,
+estremeciéndose.
+
+Yo, entonces, cortado y pesaroso de mi indiscreción, intenté retirarme,
+balbuceando algunas frases de disculpa.
+
+Pero él me detuvo por un brazo, diciendo en voz alta:
+
+--¿Quién es usted? ¿Qué desea?
+
+--Soy el caballero de la Roche-Bernard--contesté;--y vengo de
+Bretaña...
+
+--Ya sé, ya sé--repuso.
+
+Y me abrazó, obligándome luego a que me sentara junto a él.
+
+Hablome de mi padre, de toda mi familia, y demostró conocerla tan bien,
+que no dudé de que fuese el dueño del castillo.
+
+--¿Es usted el señor de C...?--le dije.
+
+Pero él se levantó, mirándome exaltado, y repuso:
+
+--Lo era, pero ya no lo soy; ya no soy nada.
+
+Y al ver el asombro con que yo le oía, agregó:
+
+--Ni una palabra más, joven; no me interrogue usted...
+
+--A pesar de todo, ya que sin querer he sido testigo de la pena de
+usted, si mi amistad y mi interés pueden proporcionarle algún
+consuelo...
+
+--Tiene usted razón. Le es imposible cambiar en nada mi suerte, pero
+será depositario de mi última voluntad... Este es el único servicio que
+puede prestarme.
+
+Se levantó a cerrar la puerta y volvió a sentarse a mi lado.
+
+Yo, entretanto, lleno de singular emoción, esperaba sus confidencias.
+
+Su voz tenía algo de grave y solemne.
+
+En su rostro, particularmente, reflejábase una expresión que en nadie
+había yo observado hasta entonces.
+
+Su frente parecía marcada por el sello de la fatalidad.
+
+Tenía la tez pálida, y sus ojos, negros, despedían un fulgor extraño.
+
+A intervalos, sus facciones, aunque alteradas por el sufrimiento, se
+contraían por una sonrisa irónica e infernal.
+
+--Lo que voy a revelar a usted--dijo--tal vez ofusque su razón.
+Dudará... no podrá usted creer... yo mismo dudo muchas veces; es decir,
+quisiera dudar; pero las pruebas están demasiado claras en todo lo que
+me rodea...
+
+Interrumpiose un instante, como para coordinar sus ideas. Después,
+pasándose una mano por la frente, continuó:
+
+--«He nacido en este castillo, teniendo ya dos hermanos, a los cuales
+debían ir a parar los bienes y los títulos de nuestra familia. No podía
+esperar, por consiguiente, más que la sotana y el manteo. Y no obstante,
+en mi cabeza fermentaban las ideas de ambición y de gloria. Descontento
+de mi obscuridad, ávido de nombradía, sólo pensaba en los medios de
+adquirirla. Y esta idea me hizo insensible a todos los placeres y
+dulzuras de la existencia. El presente no era nada para mí: sólo existía
+para el porvenir; y el porvenir ofrecíase a mis ojos bajo el aspecto más
+sombrío.
+
+»Contaba treinta años, próximamente, y todavía no era nada.
+
+»Por aquella época se formaban en la capital grandes reputaciones
+literarias, cuya fama llegaba hasta nuestra provincia.
+
+»¡Ah!--decíame con frecuencia,--¡si yo pudiese al menos alcanzar un
+nombre en la carrera de las letras! ¡Eso siempre me daría alguna gloria,
+y tan sólo en la gloria estriba la dicha del hombre!
+
+»Tenía por confidente de mis penas a un antiguo criado, un negro que
+habitaba en el castillo desde antes de mi nacimiento, y que era, a no
+dudar, el más anciano de la casa, porque nadie se acordaba de haberle
+visto entrar en ella; los hombres más viejos del país aseguraban que
+había conocido al mariscal Fabert y le había asistido en sus últimos
+momentos...»
+
+Al decir estas palabras, mi interlocutor me vio hacer un gesto de
+sorpresa, y se detuvo para preguntarme la causa.
+
+--No es nada--respondí.
+
+Pero en aquel momento, recordé, a pesar mío, el hombre negro de que
+había hablado el hostelero la noche anterior.
+
+El señor de C... prosiguió en esta forma:
+
+«Un día, delante de Yago (tal era el nombre de mi negro) me dejé llevar
+de la desesperación por la obscuridad en que vivía y la inutilidad de mi
+existencia, y exclamé:
+
+--»_Daría diez años de vida_ por figurar entre los primeros literatos.
+
+--»¡Diez años--repuso Yago fríamente--es mucho! Es pagar muy cara una
+cosa tan pequeña. Pero no importa, acepto los diez años. Acuérdese de lo
+que ha ofrecido, que yo cumpliré mi promesa.
+
+»Inútilmente trataría de pintar a usted mi asombro al oír su
+contestación. Creí que los años habían debilitado su cerebro, y me
+encogí de hombros sonriéndome.
+
+»Pocos días después abandoné el castillo para emprender un viaje a
+París.
+
+»Allí, sin poder explicarme cómo me arreglé para ello, me vi al poco
+tiempo introducido en los círculos literarios.
+
+»Me animó el ejemplo de muchos escritores y publiqué algunas obras, de
+cuyo éxito no debo hablar a usted... París entero las aplaudió y los
+periódicos rivalizaron en elogios hacia mí. El nuevo nombre que yo había
+adoptado como seudónimo se hizo célebre, y aun ayer, usted mismo lo
+admiraba, joven...»
+
+Al llegar aquí, un nuevo gesto de sorpresa interrumpió el relato.
+
+--¿No es usted, pues, el duque de C...?
+
+--No--repuso fríamente.
+
+Por mi parte, pensé:
+
+--¡Un hombre de letras célebre!... ¿Será Marmontel? ¿Será Alembert?
+¿Será Voltaire?
+
+El desconocido suspiró, plegó sus labios con una sonrisa amarga y
+desdeñosa, y continuó su narración:
+
+--«Aquel nombre, aquella gloria literaria que tanto había envidiado, en
+breve llegó a ser insuficiente para mi alma. Aspiraba ya a una fama de
+mayor prestigio aún, y dije a Yago, el cual me había seguido a París:
+
+--»No existe otro verdadero renombre que el que se adquiere en la
+carrera de las armas. ¿Qué es un literato, un poeta? Nada. Pero un gran
+capitán, un general... Este es el destino que ambiciono. Por una gran
+reputación militar daría diez años de los que me quedan de vida.
+
+--»Aceptado--replicó Yago.--No se olvide usted de que me pertenecen.»
+
+Al pronunciar estas palabras, el desconocido se detuvo otra vez, y
+viendo la turbación y la duda que se retrataban en mi rostro, dijo:
+
+--«Ya le había anunciado a usted, joven; le cuesta trabajo creerme; todo
+esto le parece un sueño, una quimera... ¡A mí también!... Y, sin
+embargo, los grados, los honores que obtuve no eran una ilusión; los
+soldados que llevé al combate, los reductos tomados, las banderas
+conquistadas al enemigo, las victorias que tanto asombro causaron a
+Francia... todo esto fue obra mía, toda esta gloria me pertenece.»
+
+Interin él se expresaba en estos términos, accionando con calor, con
+entusiasmo, yo, pasmado de sorpresa, me decía:
+
+--¿Quién es, pues, el hombre que tengo delante? ¿Será Coligny,
+Richelieu, el mariscal Saxe?...
+
+Del estado de exaltación en que se encontraba, cayó el desconocido en un
+profundo abatimiento, y acercándose a mí, exclamó en tono sombrío:
+
+--«Yago estuvo en lo cierto. Y cuando poco después, disgustado de
+aquella vana humareda de gloria militar, aspiraba yo a lo único que hay
+real y positivo en este mundo; cuando a costa de cinco o seis años de
+vida anhelé poseer grandes riquezas, también me las otorgó. La fortuna
+colmó mis deseos, y me vi dueño de inmensas tierras, bosques,
+castillos... Esta mañana conservaba aún todo esto... Si duda usted de lo
+que le digo, si duda de Yago, aguarde, aguarde un poco... no tardará en
+venir, y podrá usted convencerse por sí mismo de que, lo que ofusca o
+confunde su razón y la mía, es, por desgracia, demasiado cierto.»
+
+Al pronunciar estas palabras, se acercó a la chimenea, consultó el
+reloj, y, haciendo un gesto de espanto, me dijo en voz baja:
+
+--«Esta mañana, al despuntar el día, me sentí tan débil y abatido, que
+casi no podía levantarme. Llamé a mi ayuda de cámara, y acudió Yago, en
+lugar de aquél.--¿Qué tengo?--le pregunté.
+
+--»Señor, nada que no sea natural--respondiome,--que la hora se
+aproxima, que llega el instante...
+
+--»¿Cuál?
+
+--»¿No lo adivina usted? El Cielo le había concedido sesenta años de
+vida, y tenía usted ya treinta cuando empecé a cumplir sus deseos.
+
+--»¡Yago!--exclamé con terror,--¿hablas formalmente?
+
+--»Sí, señor. En cinco años ha consumido usted en gloria veinticinco de
+existencia. Me los ofreció usted, y me pertenecen. Este tiempo de que
+usted será privado se agregará al mío.
+
+--¡Cómo! ¿Era éste el precio de tus servicios?
+
+--»Otros los han pagado más caros. Ejemplo de ello es Fabert, a quien
+también concedí mi protección.
+
+--»Calla, calla--le dije.--Eso es imposible... mientes... me estás
+engañando.
+
+--»Crea usted lo que le plazca; pero prepárese, porque no le queda más
+que media hora de vida.
+
+--»¿Te burlas de mí?
+
+--»De ningún modo. Calcule usted mismo: treinta y cinco años que ha
+vivido realmente y veinticinco que ha disipado, suman sesenta.
+
+»Y al decir esto se disponía a salir de la estancia.
+
+»Yo sentía disminuirse mis fuerzas, que la vida se extinguía en mí, y
+exclamé:
+
+--»¡Yago, Yago! concédeme algunas horas, unas cuántas horas aún.
+
+--»No puede ser--me contestó;--sería perjudicarme yo en mi tiempo, y yo
+conozco mejor que usted el valor de la vida; no hay tesoro con que poder
+pagar dos horas de existencia.
+
+»Yo apenas me sentía con fuerzas para hablar; mis ojos se cerraban; el
+frío de la muerte helaba la sangre de mis venas.
+
+--»Pues bien--repliqué trabajosamente;--recupera esos bienes por los que
+lo he sacrificado todo. Cuatro horas más, y renuncio al oro, a las
+riquezas que tanto ambicioné.
+
+--»Conforme--dijo entonces Yago.--Has sido un buen amo para mí, y debo
+hacer algo en tu obsequio. Consiento en lo que pides.
+
+»En aquel momento sentí que recobraba mis fuerzas, y agregué:
+
+--»Cuatro horas es muy poco, Yago; concédeme cuatro más, y renuncio
+también a la gloria literaria, a mis obras, a lo que me hizo alcanzar un
+puesto tan elevado en la estimación del mundo.
+
+--»¡Cuatro horas por eso!--murmuró el negro desdeñosamente.--Es mucho;
+pero no importa, no debo negarte la última gracia.
+
+--»¡Oh! no, la última no--dije, cruzando las manos.--Concédeme hasta la
+noche, doce horas siquiera, un día entero, y que mis hazañas, mis
+triunfos, mi reputación militar, se borren para siempre de la memoria de
+los hombres; que no quede nada de mí sobre la tierra... Un día, Yago, te
+lo ruego.
+
+--»Abusas de mi bondad--respondiome, haciendo un gesto de
+burla...--Pero, en fin, te concedo hasta la puesta del sol. Después no
+me pidas más. Hasta el ocaso, pues. Vendré por ti.»
+
+--Hoy--continuó el desconocido con desesperación,--es el último día de
+mi vida, el único que me queda!...
+
+Luego, asomándose a una de las ventanas que daban al parque, prosiguió:
+
+--Ya no volveré a ver ese hermoso cielo, esos verdes céspedes, esas
+bulliciosas aguas; ya no respiraré más este aire embalsamado... ¡Qué
+insensato he sido! Esos bienes que Dios da a todos, a los que siempre me
+he mostrado insensible, y cuya dulzura sólo puedo apreciar ahora, los
+habría disfrutado aún durante veinticinco años. ¡Ah! ¡Y he sacrificado
+mis días a una quimera; los he perdido por una gloria estéril que no me
+ha proporcionado la dicha, y que ha muerto antes que yo!... Mire,
+mire--añadió señalando a unos aldeanos que atravesaban el parque y
+regresaban, cantando, a sus faenas,--¡qué no daría yo ahora por
+participar de sus trabajos y de su miseria! Pero ya nada tengo que dar
+ni que esperar en este mundo, nada... ni la desgracia siquiera.
+
+En aquel instante, un rayo de sol vino a iluminar sus pálidas y
+descompuestas facciones.
+
+--Vea usted--exclamó asiéndome de un brazo con una especie de
+delirio,--¡vea qué hermoso es el sol!... ¡Y he de perder todo esto! ¡Ah!
+deje que aun disfrute de ello, que saboree por completo este alegre y
+sereno día que para mí no ha de tener un mañana.
+
+Y antes que yo pudiera detenerle, lanzose corriendo al parque, y
+desapareció por una de las alamedas.
+
+Si he de ser franco, diré que me hubiera sido imposible evitarlo; no
+tenía fuerzas; me encontraba aturdido, asombrado de cuanto acababa de
+ver y oír. Apenas si me encontraba aún con energías para levantarme de
+mi asiento y dar algunos pasos, a fin de convencerme de que no soñaba.
+
+Antes de que lograse darme cuenta exacta de mi situación, se abrió la
+puerta y apareció un criado, el mismo a quien había interrogado al
+entrar, diciendo:
+
+--El señor duque de C...
+
+Y un hombre de unos sesenta años y de aspecto distinguido, avanzó a mi
+encuentro, tendiéndome la mano y excusándose por haberme hecho esperar
+tanto.
+
+--Cuando llegó usted me encontraba ausente del castillo--me dijo.--Vengo
+ahora de la ciudad, adonde he ido con objeto de celebrar una consulta
+sobre el lamentable estado del conde de C..., mi hermano menor.
+
+--¿Está en peligro su vida?--exclamé algo confuso.
+
+--No, por fortuna--replicó el Duque;--pero en su juventud, ciertas ideas
+de gloria y ambición trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad que
+ha sufrido últimamente, de la que llegamos a creer todos que moriría, ha
+dejado en su cerebro una especie de delirio por el cual se figura
+continuamente que sólo le queda un día de vida. En esto consiste su
+locura.
+
+Entonces, todo se aclaró para mí.
+
+--Pero hablemos de usted--continuó el Duque.--Veamos qué puedo hacer en
+su favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentaré en
+la corte, y...
+
+--Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo,
+señor Duque, y he venido a darle las gracias por ellas.
+
+--Pues qué, ¿ha renunciado usted al porvenir que podía alcanzar en la
+corte?
+
+--Sí, señor.
+
+--Recapacite usted en que, por mi influencia, hará rápidamente carrera y
+podrá llegar en menos de diez años...
+
+--¡Diez años!--exclamé con una especie de terror.
+
+--¡Cómo!--repuso el Duque asombrado.--¿Considera usted que es pagar
+demasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decídase, y pronto
+iremos a Versalles.
+
+--No, señor Duque; regresaré en seguida a la Bretaña, y le suplico
+nuevamente que acepte la expresión de mi reconocimiento y el de toda mi
+familia.
+
+--¡Eso es una locura!--murmuró el Duque.
+
+Pero yo, reflexionando en lo que acababa de ver y escuchar, salí
+diciendo para mí:
+
+--Esto es ser razonable.
+
+Y al día siguiente emprendí el viaje de vuelta a mi casa. ¡Con cuánta
+alegría contemplé mi hermoso castillo de la Roche-Bernard, los seculares
+árboles de mi parque y el hermoso sol de mi país! En él me esperaban mis
+vasallos, mis hermanas, mi madre... y la felicidad, porque ocho días
+después celebrábase mi matrimonio con mi prima Enriqueta.
+
+
+
+
+JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA
+
+
+
+
+I
+
+
+Nos encontramos en un gran teatro, el de la Opera de París.
+
+Y conste que no aludo a las maravillas que presenta a nuestra vista, a
+la gracia aérea de la Taglioni, al encanto delicioso de las Elssler, ni
+al poderoso talento de Nourrit, Talma de la tragedia lírica; no hablo de
+los magníficos acordes de Meyerbeer, orgullo de Alemania, ni de los
+ingeniosos e inagotables cantos de Auber, el primero de nuestros
+compositores, si no tuviera la desgracia de ser nuestro compatriota.
+Tampoco me refiero a la magnificencia de las decoraciones, los trajes y
+los bailes; no se trata del teatro, sino de la sala. En ella tiene lugar
+un espectáculo muy curioso en otro sentido, pero tan seductor y
+brillante como el de la escena.
+
+Dirijan ustedes una mirada a su alrededor; y si esta noche tienen tiempo
+de observar, si se encuentran de buen humor, si no han perdido el
+dinero en la Bolsa o escuchado un mal discurso en la Cámara, si su
+amante no les ha hecho traición o su esposa no les ha armado querella,
+si han comido bien, en compañía de personas de ingenio o, lo que es aún
+mejor, de verdaderos amigos, tomen asiento en la orquesta de la Opera;
+dirijan sus gemelos no hacia el escenario sino hacia las galerías, al
+anfiteatro y sobre todo a los palcos principales. ¡Qué cuadros tan
+variados, cuántas escenas de comedia y, con frecuencia, hasta de drama!
+Y adviertan ustedes que no quiero que salgan del observatorio en que
+acabo de colocarlos; porque, ¿qué sucedería si abandonando su silla de
+orquesta y tomando el brazo de un amigo se aventurasen en el _foyer_ de
+la Opera? No podrían dar un paso en él sin tropezar con una ambición o
+con un ridículo, sin chocar al paso con un diputado, un hombre de Estado
+del momento, un ministro de ayer, una reputación de la semana, un
+orgullo de todos los días. Allí, en torno de aquella gran chimenea, hay
+un caballero de guantes amarillos que refiere sus aventuras de la mañana
+y sus apuestas en el bosque de Bolonia; un periodista orador que relata
+en la conversación su folletín del día siguiente; un _dandy_ que vive a
+expensas de una actriz y la paga con elogios; otro que se arruina por
+ella y se ve obligado a enumerar sus perfecciones como para justificar
+ante sus amigos el empleo de su dinero; todo esto, formando una extraña
+confusión, una amalgama de amor propio y pretensiones, suministraría
+material suficiente para escribir cien volúmenes, y mi único propósito
+es referir una historieta.
+
+Una noche--era, si mal no recuerdo, a fines del año 1831,--bailaba la
+señorita Taglioni. Asistía una inmensa concurrencia. Yo había ido a
+reunirme a unos amigos que me habían citado, pero que, encontrándose ya
+demasiado estrechos, no podían proporcionarme asiento. No obstante,
+levantose un joven y me ofreció el suyo. Como ustedes supondrán, lo
+rehusé, no queriendo privarle del placer de presenciar cómodamente el
+espectáculo.
+
+--No me priva usted de nada--dijo,--pues voy a salir.
+
+En vista de ello, acepté, dándole las gracias, y observé que el joven,
+antes de retirarse, dirigió una última mirada al salón, y apoyándose un
+instante contra el palco inmediato, pareció buscar a alguien con la
+vista; luego, cayendo, súbitamente, en una profunda meditación, ya no
+pensó en marcharse. Tenía razón al decirme que no le privaría del
+espectáculo, porque, dando la espalda a la escena, sin ver ni oír nada,
+parecía haberse olvidado por completo del lugar en que se encontraba.
+
+Entonces me puse a examinarle atentamente.
+
+Era imposible encontrar una figura más expresiva, más bella y de más
+distinción. Vestido con elegante sencillez, todo en sus modales y en
+sus más insignificantes gestos era noble, de buen gusto y _comme il
+faut_. Aparentaba de veinticinco a veintiocho años; sus grandes ojos,
+negros, estaban constantemente fijos en un palco segundo, situado frente
+a él, al que miraba con una expresión de tristeza y desesperación
+indefinible. A pesar mío, volví la cabeza en la misma dirección, y vi
+que aquel palco estaba vacío.
+
+--Sin duda, pensé, esperaba a alguien que no ha venido; una _ella_ que
+ha faltado a su palabra... o está enferma, o a quien un marido celoso ha
+impedido venir... Y él la ama... y la espera... ¡Pobre joven!
+
+Y como él, esperé y le compadecí, y habría dado cualquier cosa por ver
+abrirse la puerta de aquel palco que seguía obstinadamente cerrado.
+
+El espectáculo iba a terminar, y durante dos o tres escenas en las que
+ya no bailaban las primeras partes y durante las cuales el público
+conversaba casi en voz alta, hablose de la ópera _Roberto el Diablo_,
+que se estaba ensayando entonces y que debía representarse a los pocos
+días. Mis amigos hiciéronme algunas preguntas respecto a la música y los
+bailables, demostrando deseos de asistir a los últimos ensayos. ¡Es una
+cosa tan curiosa y tan interesante para ciertas gentes un ensayo de la
+Opera! Les prometí llevarlos, y nos levantamos para salir, porque el
+telón acababa de caer. Al pasar junto a mi desconocido, que continuaba
+inmóvil en el mismo lugar, le manifesté mi sentimiento por haber
+aceptado su oferta y el deseo de poder corresponder a su atención.
+
+--Nada más fácil--me dijo;--acabo de saber que es usted Meyerbeer.
+
+--No tengo ese honor.
+
+--O que es usted uno de los autores del _Roberto el Diablo_.
+
+--Del libreto nada más.
+
+--Pues bien, caballero, permítame usted asistir al ensayo de mañana.
+
+--Ofrece aún tan poco atractivo, que sólo me atrevo a invitar a mis
+amigos.
+
+--Razón de más para que yo insista, caballero.
+
+--Y yo me considero muy honrado con que se digne usted hacerme tal
+petición.
+
+Me estrechó la mano y quedamos citados para el día siguiente. Fue exacto
+a la cita, y mientras comenzaba el ensayo, nos paseamos algunos momentos
+por el teatro. Hablaba en un tono grave, y sin embargo, amable y
+espiritual; pero notábase fácilmente que se esforzaba en sostener la
+conversación, y que alguna otra idea le preocupaba. Nuestras más lindas
+cantantes y bailarinas iban llegando sucesivamente. Le vi estremecerse
+con frecuencia, y llegó un momento en que fue tal su emoción, que tuvo
+que apoyarse contra un bastidor. Creí entonces adivinar que sentía una
+pasión desgraciada por alguna de aquellas diosas, pero su edad y su
+figura hacían poco verosímil semejante suposición. Y en efecto, no tardé
+en convencerme de que me engañaba; no habló a nadie, a nadie se acercó,
+y tampoco dio muestras nadie de conocerle.
+
+Cuando comenzó el ensayo, traté de descubrirle en la orquesta, entre los
+aficionados, y no le encontré allí. Aunque la sala estaba poco
+alumbrada, me pareció verle en el palco que la víspera había contemplado
+con tan profunda emoción. Quise asegurarme de ello, y al terminar el
+ensayo, después del admirable trío del quinto acto, subí al piso
+segundo. Meyerbeer, que deseaba hablar conmigo, me acompañaba. Llegamos
+al palco, cuya puerta estaba entreabierta, y vimos al desconocido con la
+cabeza oculta entre las manos. Al vernos entrar, volviose bruscamente,
+abandonó su asiento, y pude ver entonces que su rostro estaba cubierto
+de lágrimas. Meyerbeer se estremeció de alegría, y, sin decirle una
+palabra, le estrechó la mano con ademán afectuoso, como para darle
+gracias. El desconocido, procurando reponerse de su turbación, balbuceó
+algunas frases de elogio de un modo tan vago, que fue evidente para
+nosotros que no había escuchado la ópera y que, desde hacía dos horas,
+estaba pensando en otra cosa que en la música. Meyerbeer me dijo en voz
+baja, desesperado:
+
+--¡El infeliz no ha oído ni una nota!
+
+Los tres bajamos juntos la escalera, y al pasar por el hermoso y
+espacioso patio que conduce a la calle de la Grange-Bateliere, el
+desconocido saludó al empleado en aquella portería. Aguijoneado,
+entonces, por la curiosidad, acerqueme a aquel hombre y le interrogué:
+
+--¿Conoce usted a ese joven que acaba de marcharse?
+
+--Sólo sé que se llama Arturo, que vive en la calle de Helder, núm. 7, y
+que este invierno se ha abonado a un palco segundo que da frente a la
+escena.
+
+--¿Y, según parece, está en el palco a todas horas?
+
+--Viene a él solamente por la mañana; pero por la noche no lo ocupa
+nunca y está siempre cerrado.
+
+Efectivamente, en toda la semana no se abrió la puerta del palco, que
+permaneció vacío y sin que nadie se presentase en él.
+
+El estreno de _Roberto el Diablo_ estaba muy próximo, y en esos últimos
+días el pobre autor se ve agobiado con peticiones de localidades y
+billetes. ¿Se imaginan ustedes que éste tiene tiempo de pensar en su
+obra, en los cortes y cambios que serían necesarios? De ninguna manera.
+Necesita contestar a las cartas y reclamaciones que recibe por todas
+partes; y las señoras, sobre todo, son las más exigentes en ese
+día.--Debía usted haberme reservado dos palcos, y no he podido obtener
+más que uno.--Me había usted ofrecido una delantera, y sólo he recibido
+un asiento de primera fila.--Me dijo usted que podía contar con el
+número 10, inmediato al palco del general, y me ha enviado usted el
+número 15, que está junto al de la señora D***, a quien no puedo sufrir,
+y que está sumamente infatuada con sus diamantes.
+
+En un día de estreno se enfrían muchas veces las relaciones con los
+mejores amigos, que acceden a perdonarle a uno algunos días después, si
+se ha obtenido un éxito brillante, pero que continúan enojados durante
+mucho tiempo cuando es víctima de un fracaso; de modo que queda uno mal
+con ellos como con el público. Bien dicen que «un mal no viene nunca
+solo».
+
+La mañana del día fijado para el estreno de _Roberto el Diablo_, debía
+yo entregar a unas señoras un palco que les había ofrecido; palco de que
+el director me había despojado para dárselo a un periodista. Al quejarme
+de ello, me contestó:
+
+--¡Es para un periodista!... Ya ve usted, un periodista... que la
+detesta... pero que, gracias a esta atención, consentirá en hablar
+bien... de la música.
+
+El argumento no admitía réplica, y, por otra parte, el palco estaba ya
+dado. Pero, ¿dónde colocar a mis lindas señoras, cuyo enojo era para mí,
+en otro orden, tan temible como el del periodista? Recordé entonces a
+mi desconocido, y me encaminé a su casa.
+
+Era ésta muy sencilla y modesta, sobre todo tratándose de un hombre que
+estaba abonado a un palco en la Opera durante todo el año.
+
+--Señor--le dije,--vengo a pedirle un gran favor.
+
+--Usted dirá.
+
+--¿Piensa usted asistir a la representación del _Roberto_... en su
+palco?
+
+Pareció turbarse, y me respondió con cierta vacilación:
+
+--Desearía asistir, pero no podré hacerlo.
+
+--¿Ha dispuesto usted de él?
+
+--No, señor.
+
+--Si tuviera usted a bien cedérmelo, me sacaría de un gran apuro.
+
+El suyo era cada vez mayor... no se atrevía a negármelo... Por último,
+haciendo un visible esfuerzo sobre sí mismo, exclamó:
+
+--Accedo a ello, pero con la condición de que no llevará usted a ese
+palco más que hombres.
+
+--Precisamente--repuse,--se lo pido para unas señoras...
+
+Quedó silencioso durante un momento, y luego dijo:
+
+--Entre esas señoras, ¿hay alguna a quien usted ama?
+
+--Sin duda--contesté ligeramente.
+
+--Entonces, disponga del palco. De todos modos, hoy mismo salgo de
+París.
+
+Aguijoneado por el interés y la curiosidad, al oír estas últimas
+palabras, hice un movimiento, cuyo significado debió de adivinar él sin
+duda alguna, porque me apretó la mano entre las suyas, diciéndome:
+
+--Ya supondrá usted que ese palco tiene para mí recuerdos muy queridos y
+crueles... que a nadie puedo confiar... ¿A qué conduce quejarse cuando
+uno es desdichado sin esperanza... y lo es por su culpa?
+
+Aquella noche tuvo lugar el estreno de _Roberto_, y mi amigo Meyerbeer
+alcanzó un éxito inmenso, que se extendió por toda Europa. Más tarde,
+sucediéronse muchos otros acontecimientos literarios o políticos y otros
+muchos fracasos. No volví a ver a Arturo, ni a pensar en él: le había
+olvidado.
+
+Hace pocas noches, me encontraba también en la Opera. Esta vez no se
+representaba _Roberto_, sino _Los Hugonotes_. Habían transcurrido cinco
+años.
+
+--Llega usted muy tarde--me dijo uno de mis amigos, un profesor de
+Derecho, abonado de la Opera, que se muestre tan alegre por la noche
+como erudito por la mañana.
+
+--Y hace usted mal--agregó, dándome un golpecito en la espalda, un
+hombrecillo vestido de negro, de voz acre y cabeza empolvada.
+
+Volví la cabeza para ver quién me hablaba, y me encontré con el señor
+Baraton, notario de mi familia.
+
+--¿Usted aquí?--exclamé;--¿y su estudio?
+
+--Lo vendí hace tres meses. Soy rico, viudo, tengo sesenta años, he
+estado casado por espacio de veinte, y durante treinta he sido
+notario... Creo que ya es tiempo de que piense en divertirme.
+
+--Y hace ocho días--añadió el profesor de Derecho--que se ha abonado a
+la orquesta.
+
+--Sí, me gusta reírme, y a eso vengo aquí, donde se ven y se oyen las
+cosas más extrañas del mundo. Estos señores lo saben todo, todo lo
+conocen... No hay una sola localidad de la que no me hayan referido una
+anécdota interesante.
+
+Y al decir esto, miraba al profesor de Derecho, el cual se sonreía con
+ese aire modesto y reservado que se considera como discreto, y que
+quiere decir: otras muchas podría contar si quisiera.
+
+--¿De veras?--exclamé.
+
+Y, sin darme cuenta de ello, dirigí mis ojos al palco que algunos años
+antes había excitado vivamente mi curiosidad. ¡Cuál fue mi sorpresa!
+también estaba desocupado aquella noche; de cuantos había en el teatro,
+era el único que se encontraba vacío.
+
+Encantado entonces por tener, a mi vez, una historia que contar, hice
+saber en pocas palabras a mis oyentes la que acabo de referir a ustedes,
+acaso con demasiada extensión.
+
+Todos me escucharon atentamente y empezaron a formar conjeturas. El
+profesor rememoraba sus antiguos recuerdos; el notario se sonreía con
+malicia.
+
+--Veamos--les dije;--¿quién de estos señores, que todo lo saben, nos
+dará la clave de este enigma? ¿Quién nos podrá contar la historia de ese
+palco misterioso?
+
+Todos permanecieron silenciosos, hasta el profesor, el cual, pasándose
+una mano por la frente como procurando recordar la anécdota, hubiera
+concluido probablemente por inventar una; pero el notario no le dio
+tiempo para ello.
+
+--¿Que quién le contará a usted esa historia?--exclamó con aire de
+triunfo;--yo, que la conozco, sin omitir detalle.
+
+--¿Usted, señor Baraton?
+
+--Yo mismo.
+
+--Hable usted, hable.
+
+Y todas las cabezas fijáronse en el narrador.
+
+--Pues bien--repuso el notario con aire importante y tomando un polvo de
+rapé.--¿Quién de ustedes ha conocido...?
+
+En aquel instante se dejaron oír los primeros acordes de la orquesta.
+
+Y el señor Baraton, que no quería perder una sola nota de la sinfonía,
+se detuvo repentinamente, diciendo:
+
+--Comenzaré en el próximo entreacto.
+
+
+
+
+II
+
+
+Apenas terminó el primer acto de _Los Hugonotes_, el notario empezó
+diciendo:
+
+--Tienen que vestirse la reina y todas sus damas de honor; hay que
+construir también el castillo y los jardines de Chenonceaux, y, de
+consiguiente, el entreacto será bastante largo para que yo pueda
+referirles la historia que desean conocer.
+
+Y cuando hubo saboreado lentamente un polvo de rapé, como para tomarse
+tiempo de reunir sus recuerdos, el señor Baraton prosiguió en esta
+forma:
+
+--¿Quién de ustedes ha conocido aquí a la pequeña Judit?
+
+Miráronse, y ni los abonados más antiguos de la orquesta pudieron
+responder.
+
+--La pequeña Judit--agregó el notario,--una jovencita que hace siete u
+ocho años fue admitida como figuranta en el cuerpo de baile.
+
+--Aguarde usted...--dijo el profesor de Derecho con un tono algo
+pedante.--¿Una rubita que en _La Muda_ hacía el papel de uno de los
+pajes del virrey?
+
+--No, era morena--repuso el notario;--en cuanto al empleo que la
+atribuye, no tengo datos para asegurarlo, y prefiero atenerme a la
+inmensa erudición de usted.
+
+El profesor de Derecho hizo una cortesía.
+
+--Lo que nadie podría negar es que la pequeña Judit era encantadora.
+Otro punto que también parece comprobado, es que la señora Bonnivet, su
+tía, era portera en la calle de Richelieu, de la casa de un solterón,
+del cual había sido en otra época ama de gobierno, o según decían
+algunos, cocinera; pero la señora Bonnivet no convenía en esto. Por lo
+demás, ella tiraba del cordón y hacía recados, mientras su sobrina hacía
+conquistas; porque no se podía, en modo alguno, pasar frente a la
+habitación de la portera sin admirar a la pequeña Judit, que entonces
+tendría apenas doce años. Sus ojos eran ya los más bellos del mundo, sus
+dientes parecían perlas, tenía un talle delicioso, y con su vestido de
+indiana ofrecía el aire más distinguido que imaginar se puede. Además,
+tenía una fisonomía de expresión inocente, cándida, y, en su misma
+inocencia, expresiva y coqueta; una de esas fisonomías, en fin, a
+propósito para hacer enloquecer a cualquiera y cambiar, como suele
+decirse, la faz de los imperios.
+
+Tantos y tan frecuentes parabienes recibía la señora Bonnivet por la
+belleza de su sobrina, que se decidió a hacer algunos sacrificios, con
+objeto de educarla: la hizo entrar en una escuela gratuita, donde
+aprendió a leer y escribir; brillante progreso cuyas ventajas no tardó
+en apreciar la señora Bonnivet, que en sus funciones de portera
+difícilmente descifraba los sobres de las cartas y equivocaba
+constantemente los periódicos que debía entregar a los inquilinos.
+
+Así, pues, todo el mundo se alegró cuando Judit se encargó de este
+cuidado; y su tía, convencida de que con una figura y una educación tan
+distinguida debía hacer fortuna sin mucho trabajo, no esperaba más que
+una ocasión para ello, la cual no tardó en presentarse. El señor
+Rosambeau, maestro de baile, que vivía en el quinto piso, ofreciose a
+dar algunas lecciones a la pequeña Judit, y pocos días después la señora
+Bonnivet participaba a todas las porteras de su conocimiento, que su
+sobrina acababa de ser admitida en los coros de la Opera; esta noticia
+difundiose rápidamente de puerta en puerta por toda la calle de
+Richelieu.
+
+Ya tenemos, pues, a Judit instalada en la Opera, tomando lecciones por
+la mañana y presentándose por la noche confundida entre los grupos de
+jóvenes, de ninfas o de pajes, como hace un instante decía nuestro amigo
+el profesor.
+
+Judit era la inocencia personificada, aunque entonces había cumplido ya
+catorce años; habíase criado en una casa honrada, cuyos inquilinos eran
+todos casados; su tía, que era de un rigorismo exagerado, no la perdía
+de vista casi nunca; la llevaba al teatro por la mañana, la acompañaba
+al salir por la noche, y hasta tenía la paciencia de permanecer en el
+saloncillo del baile, haciendo calceta, mientras su sobrina estudiaba y
+aprendía los bailables.
+
+Tal vez deseen saber ustedes lo que sucedía, entretanto, en la casa de
+la calle de Richelieu, pero no puedo decírselo. No faltaba quien
+asegurase que una amiga de la señora Bonnivet se había encargado de
+substituirla interinamente, hasta el día en que la pequeña Judit hiciera
+_suerte_.
+
+Porque ustedes saben, tan bien como yo, que las jóvenes sólo suelen
+entrar en la Opera para hacer suerte y alcanzar una posición brillante;
+realizado esto, y cuando llegan a ser ricas, se retiran, se hacen
+juiciosas y casan a su hija con un agente de Bolsa.
+
+--O con un notario--rectificó el profesor.
+
+--Es cierto--repuso el señor Baraton, haciendo una mueca;--se han dado
+casos... Pero comprenderán ustedes que ni la señora Bonnivet ni su
+sobrina pensaban entonces en tales grandezas. Es preciso avanzar en todo
+de una manera progresiva, y paso a paso.
+
+--¿Y Judit?--pregunté yo, porque veía transcurrir el entreacto.
+
+--De ella me ocupo. La señora Bonnivet, a despecho de su previsora
+vigilancia, no podía impedir que su sobrina hablase con sus jóvenes
+compañeras. Por la mañana en el saloncillo del baile, y particularmente
+por la noche, cuando salían a la escena... formidable límite que la tía
+no podía franquear y en el que se detenía su vigilante inspección...
+Judit oía entonces cosas singulares. Una de las ninfas o de las
+sílfides que con ella bailaba decíala en voz baja:
+
+--Oye, querida: fíjate en la orquesta, a la derecha; ¡observa cómo me
+mira!
+
+--¿Quién?
+
+--Ese guapo joven que viste chaleco de cachemir.
+
+--¿Y qué significa eso?
+
+--Que está enamorado de mí.
+
+--¡Enamorado!--exclamaba Judit.
+
+--Está claro; ¿de qué te asombras? ¿Acaso tú no tienes algún amorcillo?
+
+--¡Dios mío! yo no.
+
+--¡Tiene gracia! Oigan ustedes, chicas, Judit no tiene ningún
+pretendiente.
+
+--¡Ya lo creo! como que su tía se opone a ello.
+
+--¡Me gusta! ¡Pues si yo tuviera una tía como esa!...
+
+--Querida, haces mal en censurar a una mujer que tiene miras formales y
+útiles, como a nosotras nos hubiera convenido, y que, para apartar a su
+sobrina del peligro de las pasiones, le busca un protector.
+
+--¡Ella! ¡Un protector!... Es demasiado tonta para eso, y no lo
+encontrará nunca.
+
+Estas conversaciones efectuábanse durante los coros de la _Vestal_.
+Judit no había perdido una palabra; pero no se atrevía a pedir a nadie
+la explicación de lo que era todavía un enigma para ella. No obstante,
+sentíase humillada, inconscientemente, por el concepto en que la
+tenían; hubiera querido vengarse, abatir a sus buenas amigas,
+humillarlas a su vez. En consecuencia, cuando, en cierta ocasión, al
+retirarse por la noche, la señora Bonnivet tomó un aire grave y solemne
+para anunciar a su sobrina que se le había presentado un protector muy
+distinguido, su primer movimiento fue de júbilo... y su tía, que no
+esperaba tal cosa, pareció encantada de ello y continuó muy satisfecha:
+
+--Sí, mi querida sobrina; una persona muy recomendable por todos
+conceptos, una persona que asegurará tu fortuna y la suerte de tu tía,
+cosa muy justa después de los sacrificios que le ha ocasionado tu
+educación y los cuidados que ha tenido para ti.
+
+Mientras hablaba de este modo, la tía se enjugó algunas lágrimas; Judit,
+conmovida por aquel enternecimiento, se atrevió entonces a preguntar
+solamente quién era aquel protector y por qué había merecido ella una
+distinción tan elevada.
+
+--Ya lo sabrás, hija mía, ya lo sabrás... Por el momento, todas tus
+compañeras se van a morir de envidia.
+
+Esto era lo único que anhelaba Judit; y, efectivamente, produjo honda
+impresión esta noticia al día siguiente en el saloncillo del baile.
+
+--¿Pero es de veras?
+
+--Te lo aseguro.
+
+--Parece imposible...
+
+--¡Esa remilgada! ¡Qué suerte tiene!...
+
+--¡Una figuranta, una corista!
+
+--En tanto que yo... ¡una primera parte!
+
+--¡Es irritante!
+
+--Pero es natural--decían otras;--hay que confesar que es muy guapa...
+
+--¡Y muy honrada!... ¡Bien lo merece!...
+
+En resumen, nunca una boda de príncipes, ni aun de reyes, dio lugar a
+tantas conjeturas; pero aquella misma noche quedaron resueltas todas las
+dudas al aparecer en el teatro la señora Bonnivet con un chal magnífico.
+
+--¿Quién era aquel protector desconocido? Seguramente se trataría de
+algún banquero entrado en años o algún respetable gran señor. Esto fue
+lo primero que preguntaron a Judit, con el propósito de hacerla hablar;
+pero todo fue en vano: Judit observó una discreción impenetrable, por la
+sencilla razón de que ella misma lo ignoraba.
+
+Tres o cuatro días después abandonó con su tía el pequeño cuarto de la
+portería para ir a habitar un piso delicioso de la calle de Provenza,
+donde tenía una alcoba del gusto más moderno y un gabinete exquisito,
+tan elegante y tan bien decorado y alfombrado, que la tía no se atrevía
+a entrar en él, y pasaba el tiempo en el comedor o en la cocina... allí
+se encontraba ella más a su gusto.
+
+Pero transcurrieron algunos días sin que Judit viera presentarse a
+nadie, lo cual le parecía muy extraño, porque la joven carecía de
+instrucción, pero no de talento. Su candor y su sencillez reconocían por
+causa la ignorancia, no la inocencia; y rememorando lo que había podido
+comprender, y adivinando una parte de lo que no comprendía, empezó a
+inquietarse, a estremecerse. Hubiera dado cualquier cosa por tener una
+amiga a quien pedirle consejo... Pero ella sola, ¿qué protección podría
+buscar contra un protector que no conocía y que ya le inspiraba miedo?
+Cierto es que, cuantas ideas ella se forjaba de antemano, estaban
+relacionadas con las de la fealdad y la vejez, a fuerza de oír decir a
+sus compañeras que su protector no podía ser más que un viejo gotoso,
+extravagante y contrahecho. Júzguese, pues, de su sorpresa, cuando al
+quinto día vio entrar a su tía corriendo y desatalentada, la cual,
+precediendo a un caballero, abrió la puerta del tocador, diciendo:
+
+--¡Aquí está!
+
+Judit intentó levantarse por cortesía, pero sus piernas flaquearon; y
+conociendo que iba a desmayarse, se dejó caer sobre el sofá en que
+estaba sentada.
+
+Cuando, al cabo de un rato, se atrevió a levantar los ojos, vio de pie,
+frente a ella, a un joven guapo, de unos veinticuatro años próximamente,
+y de porte noble y distinguido, que la contemplaba con una expresión tan
+dulce y cariñosa, que fue suficiente para disipar su miedo; imaginose
+que quien la miraba así debía defenderla, y que nada tenía que temer,
+por lo tanto.
+
+--Señorita...--le dijo el desconocido en tono grave, pero respetuoso.
+
+Y al ver que la tía aún permanecía allí, le hizo seña de que saliera.
+Esta obedeció acto continuo, porque precisamente tenía que dar órdenes
+para la comida.
+
+--Señorita--continuó el joven,--está usted en su casa, y mi deseo es que
+se encuentre bien en ella y sea dichosa. Perdóneme si tengo pocas veces
+el honor de ofrecerle mis respetos; mis muchas ocupaciones me privarán
+de este placer. Por lo cual no reclamo más que un título... el de ser
+amigo de usted. Y un solo derecho... el de satisfacer sus menores
+caprichos.
+
+Judit no contestó; pero su corazón latía con tal violencia, que hacía
+mover el ligero percal de su bata.
+
+--Respecto a su tía...--y pronunció esta palabra en tono
+despreciativo,--estará, en adelante, a las órdenes de usted, porque
+usted es aquí el ama, y todos la han de obedecer... empezando por mí.
+
+Luego se acercó a ella, le tomó una mano, que llevó a sus labios, y
+viendo que aun estaba temblorosa, dijo:
+
+--¿Le da miedo, acaso, mi presencia? Tranquilícese, sólo volveré cuando
+me necesite... cuando me llame... Adiós, Judit... adiós, hija mía.
+
+Y salió acto seguido, dejando a la pobre joven confusa y presa de una
+emoción que ella no conocía y que en vano hubiera intentado explicarse.
+
+Durante todo aquel día, tuvo Judit en la imaginación la figura del
+hermoso desconocido, con sus grandes y expresivos ojos negros, pues
+aunque, aparentemente, no le había mirado, no por eso dejó de examinar
+su apostura, sus maneras y hasta su traje. Creía estar oyendo aún
+aquella voz tan dulce, cuyas palabras habíanse grabado en su memoria. La
+pobre Judit que, hasta entonces, había dormido perfectamente, aquella
+noche no pudo conciliar el sueño. ¡Era la primera vez! A la mañana
+siguiente, levantose con el rostro pálido, los ojos hinchados...
+
+La tía, entretanto, no dejaba de sonreír.
+
+Era imposible hablar del desconocido sin que el lindo rostro de Judit se
+cubriese de súbito rubor...
+
+Y la tía continuaba sonriendo.
+
+Pero él no parecía, no iba... y Judit no podía decirle que fuese... En
+efecto, ¿qué podía pedirle?... Casa elegante, mesa bien servida, criados
+y un coche a su disposición... Nada le faltaba... ¡nada más que él!
+
+Por otra parte, sus compañeras de teatro, al verla en posición tan
+brillante, rodeada de tanto lujo, vestida de ricas galas, no cesaban de
+interrogarla... Y sus preguntas enseñaban a Judit más de lo que ella
+quería saber... De aquí que, sin que acertara a explicarse el motivo,
+obstinárase en guardar el más profundo silencio con su tía y sus
+compañeras respecto a lo que había sucedido entre ella y él. Juzgando
+por lo que oía en torno suyo, parecíale que en la conducta del
+desconocido había algo extraordinario... algo de humillante para ella, y
+que por su propia dignidad no debía decir. Hubiera muerto antes que
+hablar o quejarse...
+
+Al octavo día, que era de gran representación, distinguió en el palco
+del Rey a su desconocido, que la estaba contemplando. Lanzó un grito de
+alegría y de sorpresa, que hizo perder el compás a un bailarín que, en
+aquel instante, comenzaba una pirueta.
+
+--¿Qué es eso?--le preguntó Natalia, una de sus compañeras, que la
+ayudaba a sostener una guirnalda de flores.
+
+--¡Es él; está allí!...
+
+--¡Cómo! ¡el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte de
+Carlos X, y que además es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte...
+Pero, ¿qué tienes? ¿Te vas a poner mala por un hombre a quien ves todos
+los días?
+
+Judit no oía estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa de
+inclinarse hacia ella y le dirigía un saludo, con grande escándalo del
+dorado palco en que se encontraba. Al terminar el baile, cuando se
+disponía a subir a su cuarto, tropezó entre bastidores con Arturo, el
+cual, en presencia del gentilhombre que entonces presidía las funciones
+de la Opera, le dijo:
+
+--¿Me permite usted, señorita, que la acompañe a su casa?
+
+--Será un honor para mí--balbuceó la joven temblando, sin notar que su
+respuesta excitaba la hilaridad de sus compañeras.
+
+--En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo.
+
+Aseguro a ustedes que Judit no tardó mucho en desnudarse; en la
+precipitación rompió su vestido de gasa y su pantalón de seda, y la
+señora Bonnivet, que, como todas las madres y tías de teatro, servíala
+de doncella, apenas si pudo seguirla por la escalera, llevando el abrigo
+que su sobrina había olvidado. Arturo aguardaba en el escenario,
+hablando con varios jóvenes y con Lubert, el director, a quien, en aquel
+instante, estaba recomendando a Judit. Cuando ésta apareció, avanzó él a
+su encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escalera
+particular de los artistas. Un elegante carruaje los esperaba a la
+puerta; y sería inútil tratar de describir a ustedes la turbación y el
+arrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a él, en aquel
+reducido espacio, que hacía la entrevista más íntima y más dulce. El,
+temiendo que la joven se constipase, levantó los cristales; luego tomó
+el chal de cachemir que ella tenía en la mano, y se lo echó sobre los
+hombros. ¡Ah! ¡qué hermosa estaba Judit, qué seductora, embellecida por
+la felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duración. ¡Hay tan poca
+distancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza, y
+además aquellos magníficos caballos marchaban con tanta rapidez!... El
+carruaje se detuvo por último; apeose Arturo, ofreció la mano a su
+compañera, subió con ella hasta el primer piso, llamó a la puerta de su
+habitación, la saludó respetuosamente y desapareció en seguida.
+
+Judit pasó también aquella vez una mala noche. ¡Le parecía tan extraña
+la conducta del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado,
+sentarse y hacerle una visita. Verdad que ella no estaba muy al
+corriente de las conveniencias sociales; pero se imaginaba que esto
+hubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca.
+
+Trató de dormir inútilmente; levantose, se paseó por el aposento, y al
+despuntar el día, deseando refrescarse durante un momento con el aire de
+la mañana, abrió el balcón... Cuál no sería su sorpresa al ver a la
+puerta el carruaje del Conde, que, por lo visto, había pasado allí toda
+la noche... Los caballos piafaban en las piedras, aguijoneados por la
+impaciencia y el frío, mientras que el cochero dormía en el pescante...
+
+--Ustedes dispensarán, señores--dijo el notario interrumpiendo su
+narración;--pero el acto va a empezar y no quiero perder un solo pasaje
+de la ópera, pues para eso me he abonado...
+
+Continuaré en el otro entreacto.
+
+
+
+
+III
+
+
+Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y vio
+también a la puerta el carruaje del Conde.
+
+No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con qué
+propósito? Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubiese
+atrevido a preguntárselo. Por otra parte, no le veía casi nunca, a no
+ser por la noche, los días de ópera, en un palco segundo de frente a la
+escena, al que estaba abonado durante todo el año. No había vuelto a
+entrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaría
+para verle?... ¿Qué hacer?...
+
+Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una
+postergación.
+
+Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el
+contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó un
+motivo para escribir al Conde, diciéndole que necesitaba pedirle un
+favor y rogábale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era
+fácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un día: la
+empezó muchas veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de
+ellos los bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, que
+no faltó quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oyó a
+algunos jóvenes autores y abonados de la orquesta bromear y reírse de
+una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano.
+Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios
+satíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo
+autor no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en un
+periódico, como modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro de
+baile.
+
+¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en
+ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al
+leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no
+haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día
+siguiente cuando entró Arturo en su gabinete.
+
+--Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he
+recibido la carta de usted.
+
+Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.
+
+--¿Qué desea usted de mí?--acabó diciendo el Conde.
+
+--Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese
+billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido
+leerle...
+
+--Perfectamente, hija mía--contestó el Conde con una ligera sonrisa.
+
+--¡Ah!--exclamó Judit, desesperada;--esa desgraciada carta le prueba que
+soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de
+su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo
+he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus
+consejos y su apoyo?
+
+--¿Qué quiere usted decir?
+
+--Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus
+lecciones... trabajaré tanto de día como de noche.
+
+--¿También de noche?
+
+--Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.
+
+--¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?
+
+--¿Por qué?--dijo Judit ruborizándose;--porque hay una idea que me
+atormenta constantemente.
+
+--¿Qué idea es esa?
+
+--La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera
+indigna de usted... Y tiene razón--prosiguió vivamente;--yo me veo tal
+como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a
+tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos.
+
+El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:
+
+--La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.
+
+Al día siguiente, Judit tenía un maestro de ortografía, de historia y
+de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su
+inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser
+cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.
+
+Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma.
+Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de
+todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba
+lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y
+sus compañeras decían:
+
+--Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su
+carrera... hace muy mal.
+
+Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos:
+
+--Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de
+comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos.
+
+¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven,
+cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le
+dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder
+desacertadamente y el Conde murmuraba para sí:
+
+--La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio,
+había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula
+debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la
+efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla.
+
+El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde. En ocasiones, pasaba media
+hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse,
+apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se
+limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:
+
+--¿Cuándo volveré a verle?
+
+--Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera.
+
+Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era
+posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit,
+apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual
+quería decir: Iré a la calle de Provenza.
+
+Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no
+recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo
+al placer de verle.
+
+A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven
+había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este
+pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido
+tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar
+tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun
+ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía
+Arturo:
+
+--¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares?
+
+Si ella se hubiera atrevido, habría contestado:
+
+--Los de usted.
+
+Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror:
+
+--¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera?
+¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado
+sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué?
+
+Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan
+linda!... Quedó abismada en sus reflexiones.
+
+De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció
+Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él.
+
+--Señorita--le dijo con viveza,--tenga usted la bondad de vestirse;
+vengo a buscarla para ir a las Tullerías.
+
+--¿Es posible?
+
+--Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí.
+
+--¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?--exclamó Judit sorprendida,
+porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el
+brazo en público.
+
+--Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea--repuso Arturo
+paseándose agitado.--Vamos, señora Bonnivet--dijo bruscamente a la tía,
+que entraba en aquel momento en el gabinete;--ayude usted a vestir a su
+sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico.
+
+--Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos.
+
+--Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa.
+
+--Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa--dijo la señora
+Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata.
+
+Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo.
+
+--¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor
+Conde?
+
+Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el
+corsé.
+
+La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a
+las miradas de Arturo.
+
+Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde
+no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su
+despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por
+tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos.
+
+--¡Ah, qué desgracia!--exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente,
+el desorden de su traje.
+
+--¡Del Japón!--dijo la tía con acento desesperado.--¡Y que valía lo
+menos quinientos francos.
+
+--No tanto--repuso la joven,--pero era realmente japonés.
+
+--Vamos, ¿está usted dispuesta?--dijo Arturo, que ni siquiera había
+escuchado la observación de Judit.
+
+--En seguida. Tía, mi chal... los guantes...
+
+--Y la capa--observó el Conde;--la olvida usted, y hará frío.
+
+--No lo creo.
+
+--En efecto--rectificó la tía, tocando la mano de Judit,--está
+abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras.
+
+--No, tía--se apresuró a contestar la joven;--nunca me he sentido mejor.
+
+El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los
+bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera
+deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la
+calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con
+toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel
+día iban a pie.
+
+Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit
+se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la
+Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París
+parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia.
+
+Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general.
+Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se
+volvía al pasar por su lado, y exclamaba:
+
+--¡Qué linda pareja!
+
+--Es el joven conde Arturo de V***.
+
+--¿Se ha casado, por ventura?
+
+Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso
+placer, de que no pudo darse cuenta.
+
+--No, por cierto--repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que
+llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos
+lacayos de lujosa librea;--el conde Arturo no se ha casado: monseñor su
+tío no lo consentiría.
+
+--¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso?
+
+--Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo.
+
+Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante
+el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano:
+
+--Ahí va Judit.
+
+--¿La amante de Arturo?
+
+--Está loco por ella, y en camino de arruinarse...
+
+--No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima!
+
+--¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora!
+
+--¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?
+
+--¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...
+
+--Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca.
+
+--Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.
+
+Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo
+oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban
+que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo,
+se decían:
+
+--¡Feliz él!
+
+El Conde, entonces, miró detenidamente por primera vez a Judit, como
+ella merecía ser mirada, y se asombró de encontrarla tan hermosa. El
+paseo, el aire, y, particularmente, la satisfacción de verse tan
+celebrada, habían dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una
+expresión y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tenía diez y
+seis años; ¡amaba, y creía que era amada!... ¿Qué otras razones
+necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extraño que obtuviera un
+éxito completo y que la siguiese un inmenso gentío hasta que regresó al
+carruaje. Ya en él, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al
+olvido todos sus triunfos; no volvió a pensar en los elogios que la
+multitud le había prodigado, y entró en su casa diciendo:
+
+--¡Qué dichosa soy!
+
+El día siguiente, al levantarse, recibió dos cartas. La primera procedía
+del barón de Blangy, que, mucho más rico que Arturo, ofrecíale su amor y
+su fortuna. Pero ni aun se le ocurrió la idea de enseñarla a su tía o al
+Conde; no creía hacer, quemándola, el sacrificio más insignificante.
+
+La segunda carta contenía una firma que Judit leyó repetidas veces, sin
+atreverse a dar crédito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el
+billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos
+términos:
+
+ * * * * *
+
+«Señorita:
+
+»Ayer se presentó usted en público, en las Tullerías, con mi sobrino el
+conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escándalo cuyas
+consecuencias son incalculables.
+
+»Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que
+todo esté trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de
+usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escándalo, tengo
+bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir
+que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona
+inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los
+medios, le ofrezco dos mil luises y la absolución de sus faltas, etc.,
+etc.»
+
+ * * * * *
+
+En un principio, Judit quedó anonadada por la lectura de esta carta.
+Pero luego, cobrando ánimo, consultó a su corazón, apeló a todas las
+energías, y contestó lo siguiente:
+
+ * * * * *
+
+«Monseñor:
+
+»Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podría asegurar ante
+Dios que nada tengo de qué acusarme. Así es, se lo juro; pero no me
+atribuiré un mérito que no es mío, y que sólo pertenece a quien me ha
+respetado.
+
+»Sí, monseñor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le
+acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de
+que me acuso, pero del cual él no es cómplice.
+
+»He aquí la resolución que acabo de tomar.
+
+»Le diré lo que por mí no me hubiera atrevido a decirle; lo haré por
+monseñor, y el Cielo me dará fuerzas... Le diré:--Arturo, ¿me ama
+usted?--Y si, como creo, como temo, me contesta:--No, Judit,--obedeceré
+a usted; me alejaré de él, no volveré a verle jamás; y entonces, así lo
+espero, me estimará usted lo bastante para no ofrecerme nada y no añadir
+la humillación al sufrimiento. Lo segundo... bastará para ocasionar mi
+muerte.
+
+»Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida,
+hicieran que él me contestase:--¡Sí, amo a usted!...--¡Ah! está mal lo
+que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y
+maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me
+impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la
+cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí?
+¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte si había sido amada?
+
+»Perdone, monseñor, si esta carta le ha podido ofender... es de una
+pobre muchacha que no conoce el mundo ni los deberes que éste impone;
+pero que tal vez encontrará ante usted alguna gracia en la escasez de su
+inteligencia, en la franqueza de su corazón, y, particularmente, en el
+profundo respeto con que tiene el honor, etc.»
+
+ * * * * *
+
+Cuando terminó de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envió a su
+destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su
+suerte, aguardó con impaciencia la próxima visita del Conde.
+
+Aquella noche había función en la Opera y fue al teatro con la esperanza
+de verle en su palco y de que le hiciera la seña convenida. Arturo fue
+tarde y parecía estar triste y preocupado. No miró hacia el escenario ni
+hizo seña alguna a Judit. La pobre niña, presa de la desesperación, tuvo
+que resignarse a esperar dos días más. Era lunes, y al miércoles
+siguiente fue más afortunada. El Conde le hizo la seña que tenían
+convenida para anunciarle su visita, y Judit pensó:
+
+--Mañana le veré, y mañana sabré lo que para mí guarda el destino.
+
+Pero al día siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del
+Conde, anunciando que su amo no podía disponer de un solo minuto en todo
+el día, y que sólo iría por la noche, ya tarde, a cenar con la señorita
+Judit.
+
+Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien
+siempre la dejaba antes de media noche. ¿Qué quería decir aquello? La
+tía creía encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo.
+
+Cuando dieron las once de la noche, encontrábase ya dispuesta la cena
+más exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la señora
+Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni veía; limitábase a
+esperar.
+
+¡Esperar! ¡Todas las facultades de su alma se concentraban o resumían en
+esta idea!...
+
+Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no parecía.
+
+Por último, transcurrió toda la noche sin que él llegara; pero ella
+seguía esperando.
+
+Tampoco se presentó el Conde al otro día... ni en los siguientes.
+
+Judit no recibió ninguna carta; no volvió a verle.
+
+¿Qué significaba aquello? ¿Qué había sucedido?
+
+En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo:
+
+--Señores, vuelve a levantarse el telón; continuaré mi relato en el
+entreacto próximo.
+
+
+
+
+IV
+
+
+Cuando hubo terminado el tercer acto de _Los Hugonotes_, el notario
+prosiguió en esta forma:
+
+--Señores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que había
+sucedido a nuestro amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia
+cierta de qué clase de sujeto se trataba.
+
+--¿Por qué no ha empezado usted por ahí?--le dije.
+
+--Me parece--repuso--que soy dueño de colocar la exposición donde me
+plazca, puesto que soy el narrador.
+
+--Por otra parte, no es aquí, en la Opera, donde hay que mostrarse
+severo respecto a las exposiciones--agregó el profesor en Derecho,--las
+cuales no se entienden jamás.
+
+--Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los
+libretos--añadió el notario mirándome.
+
+Y, sintiéndose satisfecho de su epigrama, continuó en estos términos:
+
+--El conde Arturo de V*** descendía de una antigua e ilustre familia del
+Mediodía. Su madre, que se quedó viuda muy joven, no tuvo más hijo que
+él y carecía de bienes; pero tenía un hermano que era inmensamente rico.
+Este hermano, monseñor el abate de V***, había sido sucesivamente en la
+corte de Luis XVIII, y más tarde en la de Carlos X, uno de los prelados
+que gozaban de más influencia; y sabido es hasta dónde llegaba en
+aquella época el poder del clero. El abate de V*** tenía un carácter
+frío y egoísta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducíase
+como buen pariente, porque sentía ambición para él y para los suyos. Se
+encargó de la educación de su sobrino, hizo devolver a su hermana una
+parte de los bienes que le fueron confiscados durante la emigración, y
+la pobre condesa de V*** murió bendiciéndole y encargando a su hijo que
+le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en
+su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto más fácil de
+cumplir, cuanto que, desde su infancia, experimentó un miedo horrible
+hacia su tío y había sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer
+la menor resistencia, a sus menores indicaciones.
+
+De carácter serio, tímido y dulce, pero dotado de un corazón noble y
+generoso, Arturo mostró, desde muy niño, profunda inclinación por la
+carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debíase
+esto a que, en el palacio de su tío, no veía más que trajes negros y
+sobrepellices. Un día, con gran reserva, se atrevió a poner de
+manifiesto sus intenciones a monseñor, el cual frunció el ceño al oírle
+y le anunció con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto
+a él.
+
+El abate de V*** había sido nombrado obispo, y esperaba algo más;
+confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan
+brillante posición, quería conservar a Arturo a su lado, elevarle a las
+más altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la
+única carrera que en aquel tiempo conducía rápidamente al poder y los
+honores.
+
+Arturo no se atrevía a resistir de una manera resuelta al terrible
+ascendiente de su tío, pero, en su fuero interno, decidió no ser jamás
+obispo.
+
+El Rey, a quien se había hablado con tal objeto, acogió la idea con gran
+benevolencia, y, en su efecto, Arturo debía entrar poco después en el
+Seminario, únicamente por fórmula, recibir después las órdenes y pasar
+con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo
+estado.
+
+El joven no había dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra
+parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud
+romper abiertamente con su tío, su único pariente y bienhechor. No
+osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse
+directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algún
+medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su tío en el caso de
+que fuese él mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era
+dar un gran escándalo que le hiciera indigno de las santas y respetables
+funciones que a despecho suyo querían conferirle. Esto no era fácil,
+porque Arturo, tanto por carácter como por educación, no podía prestarse
+a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es
+libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los demás, hace
+falta vocación, y a nuestro joven costábale tanto trabajo ser calavera
+como ser obispo. Tenía, no obstante, amigos muy alegres y con las más
+felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a
+sus orgías. Arturo iba a ellas por cálculo; pero el desorden le
+disgustaba tanto como divertía a sus compañeros; su juiciosa frialdad
+contenía la locura de éstos, y acababa frecuentemente por hacerlos
+razonables: se le había llegado a considerar como un _agua-fiestas_, y,
+por último, había renunciado a tales diversiones.
+
+Desesperado entonces de conseguir lo que se había propuesto, volvió los
+ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella época las
+damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escándalo. Esto no
+quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que
+se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las
+secretas pasiones de su sobrino, había fingido ignorarlo todo, pensando,
+acaso, como Molière,
+
+ _Que pecar en silencio no es pecar._
+
+¿Qué camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corría en pos del
+escándalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar?
+Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, díjole:
+
+--Busca una amante en la Opera; ese teatro está de moda, todo el mundo
+va a él; se sabrá, hará ruido, y eso es todo lo que te hace falta.
+
+--¡Yo!--murmuró Arturo enrojeciendo de indignación.--¡Mezclarme en una
+intriga de ese género!
+
+--No necesitarás hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la
+familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca;
+no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y dé
+que hablar.
+
+--Siendo así...
+
+--Todo se reduce a tener el título; demasiado sabes que en la actualidad
+hay muchos titulados que no ejercen... Tú podrás ser uno de ellos.
+
+--Bien, me agrada tu idea.
+
+Ya he referido a ustedes los detalles de la presentación y de la primera
+entrevista de Judit, Arturo y la tía.
+
+Hízose que monseñor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseñor se
+hizo el desentendido.
+
+Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su
+sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un
+momento a otro una seria explicación y una escena en la que estaba
+resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasión que le hacía
+indigno, en adelante, de las bondades de su tío; pero éste no le dirigió
+el más leve reproche, y nuestro joven no sabía cómo explicarse tanta
+calma y una resignación tan evangélica.
+
+Pero esta calma era precursora de la tempestad.
+
+Una mañana, díjole monseñor:
+
+--El Rey está muy enojado contra ti; ignoro por qué causa.
+
+--Creo adivinarla--repuso el joven.
+
+--Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero
+exige que dentro de dos días ingreses en el Seminario.
+
+--¿Yo, tío?...
+
+--El Rey lo ordena, y contra él, en todo caso, tendrías que protestar.
+
+Y le volvió la espalda, sin decir una palabra más. Arturo, furioso,
+fuera de sí, sin saber qué hacerse, corrió a casa de Judit, la acompañó
+a las Tullerías, la presentó como su amante a los ojos de todo París, en
+vísperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el
+resultado que esperaba. Después de semejante escándalo, era imposible
+pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de
+la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su tío escribió a Judit la
+amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunicó al Conde la
+orden de abandonar a París en el término de veinticuatro horas. Era
+forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba íntimamente relacionado con
+uno de los hijos del señor de Bourmont, que partía a la siguiente noche
+para Argel, donde se preparaba una importante expedición, y le rogó que
+le admitiese en su compañía como voluntario, pero sin comunicar a nadie
+su proyecto, ni a su tío ni al Rey.
+
+--Puesto que dejan a mi elección el lugar del destierro--se dijo,--lo
+elegiré donde pueda encontrar alguna gloria. Iré donde hay peligro que
+correr y honor que alcanzar. Me haré matar o lograré distinguirme en la
+campaña. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien
+todavía insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los
+fieles.
+
+Y abandonó París, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos
+eran espiados y temía que si adivinaban el objeto de su viaje le
+impidieran la marcha. Momentos antes escribió una carta a Judit
+diciéndole tan sólo que la dejaba por algunos días; pero esta carta, a
+pesar de ser insignificante, fue interceptada y no llegó a su destino.
+El prefecto de policía estaba a las órdenes de monseñor.
+
+Cuando llegó la semana siguiente, encontrábase Arturo en alta mar, y a
+los veinte días desembarcó en Africa. Figuró entre los primeros en el
+asalto del fuerte del Emperador, y cayó herido junto a su intrépido
+amigo el señor de Bourmont, a quien aquella victoria costó la vida. La
+de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos
+meses se desesperó de salvarle, y cuando recobró la salud, su fortuna,
+sus esperanzas, las de su tío, todo se hundió en tres días, al hundirse
+la monarquía de Carlos X.
+
+El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso
+seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la
+cólera que constantemente experimentaba, habían exaltado su cerebro e
+inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado de
+irritación en que se encontraba, no sabiendo en quién descargar su
+enojo, eligió a su sobrino como víctima y se vengó en él de la
+revolución de julio.
+
+Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regresó a París; y aquí
+es, señores--dijo el notario alzando la voz,--donde comienzo yo a entrar
+en escena. El señor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la
+herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por sí
+mismos. Yo era, desde hacía mucho tiempo, su notario y el de su familia;
+así, pues, su encargo me correspondía de derecho. En seguida procedimos
+a levantar los sellos judiciales. No les hablaré de los detalles del
+inventario, aunque no deje de haber mérito en un inventario bien hecho y
+bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que
+encerraba el secreter de monseñor, encontré un billete cuidadosamente
+doblado, el cual contenía esta firma: _Judit, bailarina de la Opera_.
+¡Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena
+reputación del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya
+Arturo se había apoderado del billete, y al ver yo su turbación, creí un
+instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseñor y su sobrino
+habían sido rivales, ignorándolo ambos.
+
+--¡Pobre niña!... ¡Pobre niña!--exclamó Arturo.--¡Qué nobleza, qué
+generosidad, qué tesoro poseía en ella! Lea usted, señor--añadió
+presentándome el billete.
+
+Y cuando llegué a esta frase:
+
+_Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me
+acuso pero del cual él no es cómplice._
+
+--¡Es cierto!--dijo Arturo con lágrimas en los ojos:--me amaba con todo
+su corazón y yo no me di cuenta de ello, no pensé en corresponderle...
+¡Y tenía diez y seis años! ¡Y era encantadora!... No puede usted
+imaginarse qué linda es... Es la mujer más bella de París.
+
+--No lo dudo, señor Conde... pero si quiere usted que acabemos el
+inventario...
+
+--Como usted guste...
+
+Y, no obstante, continuó leyendo en voz alta los siguientes párrafos del
+billete:
+
+«Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida
+hicieran que me contestase: Sí, amo a usted... ¡Ah! está mal lo que voy
+a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero
+entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y
+sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted...
+Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y
+qué me importaría la muerte, si había sido amada?»
+
+--¡Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!--exclamó
+Arturo.--Yo; yo sólo he sido culpable... pero repararé mis faltas, le
+consagraré mi vida entera... ¡se lo prometo, se lo juro! ¿Quién podría
+hoy vituperarme por ello?... ¡Estaré orgulloso de tener una amante como
+ella! Sí, la amo; lo confesaré a todo el mundo, y todo el mundo me
+envidiará... empezando por usted, señor notario, que no me escucha... y
+que tan atentamente examina esos fárragos de papeles.
+
+Los papeles a que se refería eran el testamento de su tío, que yo
+acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba,
+disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios
+y para fundaciones piadosas. Así se lo hice saber a Arturo, el cual
+recibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de
+nuevo la carta de Judit.
+
+--La verá usted--me dijo;--quiero que coma usted hoy con ella.
+
+--Pero estos papeles... este testamento...
+
+--¿Y qué?--replicó, sonriendo;--eso ya no me concierne. Felizmente para
+mí, Judit me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy a
+encontrar a su lado mucho más de lo que he perdido.
+
+Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza.
+
+--¡He aquí un joven verdaderamente singular--me dije,--a quien una
+amante consuela la pérdida de una herencia!
+
+Y terminé mi inventario.
+
+Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como
+un loco, fuera de sí.
+
+--¡Ya no está allí!--exclamaba,--¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La he
+perdido por culpa mía!...
+
+--¡Alguna infidelidad!...
+
+--¿Quién se lo ha dicho a usted?--repuso vivamente, asiéndome por el
+cuello.
+
+--¡Oh! no sé nada.
+
+--Prefiero esto, porque no sobreviviría a semejante golpe. Desde mi
+partida, desde hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tiene
+noticias de ella.
+
+--¿Qué le han dicho sus compañeras?
+
+--¡Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me aseguraba
+con la mayor tranquilidad que ella le había manifestado intención de
+suicidarse.
+
+--¡No sería extraño! Desde la revolución de julio, el suicidio se ha
+puesto de moda.
+
+--¡No hable usted así... perdería la razón! He corrido a su casa de la
+calle de Provenza; pero se marchó de allí sin decir a dónde iba.
+
+--¿No ha encontrado algún indicio que pueda servirle para seguir su
+pista?
+
+--El piso está desalquilado: nadie lo ha habitado después de ella.
+
+--¿Y no ha encontrado usted nada?
+
+--Sólo encontré, en el cuarto de su tía, esto papel que estaba en el
+suelo, y que es una etiqueta de equipaje en la que hay escrito:
+
+ _A la señora Bonnivet, en Burdeos._
+
+Tengo entendido que ella era de ese país.
+
+--¿Y qué?
+
+--Que vengo a rogar a usted se encargue aquí de mis asuntos y lo arregle
+todo en la forma que mejor le plazca.
+
+--¿Qué piensa usted hacer, pues?
+
+--Seguir sus huellas, o las de su tía... buscarla... descubrir su
+paradero...
+
+--¿Enfermo, como se encuentra, quiere partir mañana para Burdeos?
+
+--¡Mañana! ¡Sería demorarme demasiado!
+
+En efecto, salió de París aquella misma noche.
+
+Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de _Los Hugonotes_,
+y el notario interrumpió su relato.
+
+Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que el
+narrador continuara su historia.
+
+
+
+
+V
+
+
+La Falcón acababa de caer desmayada, después de haber saltado Nourrit
+por la ventana; el cuarto acto de _Los Hugonotes_ concluía en medio de
+ruidosos aplausos, y el notario prosiguió su relato en esta forma:
+
+--Arturo permaneció seis meses en Burdeos haciendo pesquisas,
+preguntando a todo el mundo por la señora Bonnivet, de la que nadie supo
+darle noticia alguna. Hasta hizo poner anuncios en los periódicos. La
+pobre mujer se hubiera muerto de alegría al encontrar en ellos su
+nombre; pero esto no era ya posible. Por último, el propietario de una
+casita, en la que ella había vivido, proporcionó al Conde los datos que
+había solicitado. La señora Bonnivet había muerto hacía ya dos meses.
+
+--¿Y qué fue de su sobrina?
+
+--No estaba con ella; pero la tía gozaba cierto bienestar, pues
+disfrutaba de una renta vitalicia que alcanzaba a cien luises.
+
+--¿De dónde procedía esa renta?
+
+--No se sabe.
+
+--¿Hablaba de su sobrina?
+
+--Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedaba
+silenciosa, como si temiese hacer traición a algún secreto.
+
+A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logró obtener un
+dato más, y vivía desesperado. Porque desde que había perdido a Judit,
+desde que se consideraba separado de ella para siempre, su afecto hacia
+la linda joven se había convertido en amor, en una verdadera pasión.
+Esto era entonces el solo pensamiento, la única ocupación de su vida.
+Recordaba con amargura los breves instantes que había pasado junto a
+ella; creía verla ante sus ojos, llena de encantos y de cariño hacia
+él... ¡Y este bien, que le había pertenecido, habíalo él despreciado! No
+conoció el valor que tenía hasta que lo perdió para siempre. Recorría
+sin cesar todos los lugares en que la había visto. No abandonaba un
+momento la Opera.
+
+Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran
+sentimiento supo que había sido alquilado, durante su ausencia, por un
+señor extranjero que no lo ocupaba. Intentó volver a verlo, al menos, y
+el portero no tenía las llaves; las puertas y las persianas de la
+habitación estaban constantemente cerradas.
+
+Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su
+amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me
+interesaba por él y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso.
+Desheredado por su tío, no contaba con más fortuna que la de su madre,
+que ascendía, próximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto
+había consumido más de la mitad, primero en las locuras que había hecho
+por Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado para
+descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indicio
+más insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el
+oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia,
+decíame constantemente:
+
+--¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia!
+
+Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella;
+y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude
+decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su
+madre, pero se imponía aquella venta. Debía cerca de doscientos mil
+francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el
+resto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaron
+anuncios en los periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarse
+la subasta en mi estudio, recibí de uno de mis colegas, una comunicación
+que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se había cansado,
+seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un señor de Courval, hombre
+de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una
+considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses
+ascendían a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega
+guardábame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar
+de semejante dicha. Corrí a anunciársela a Arturo, el cual recibió la
+noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de
+Judit, todo le era indiferente.
+
+Por mi parte, me apresuré a liquidar sus deudas y a desempeñar sus
+bienes, y, desde entonces, todo marchó admirablemente, hasta que tuvo
+lugar un caso de difícil explicación.
+
+Arturo se encontró un día con el señor de Courval, el que tan
+notablemente se había portado con nosotros. Vivía de ordinario en
+provincias, y se encontraba por casualidad en París. El Conde le
+estrechó la mano, dándole gracias por su honrado proceder, precisamente
+en el momento en que aquél se disculpaba, confesándose en extremo
+apurado, para cumplir los compromisos que tenía pendientes.
+
+--¡Cómo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil
+escudos!--repuso el Conde.
+
+--¿Yo?
+
+--Evidentemente; ya no tengo ningún pagaré de usted, pues todos han sido
+satisfechos, y nada me debe.
+
+--Eso es imposible.
+
+--Vea usted a mi notario y él se lo probará.
+
+El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no podía salir de
+su asombro.
+
+--Es una gran suerte para usted--le dije.
+
+--Y más todavía para el señor Conde--repuso él con aire triste y
+disgustado;--porque yo ya había tomado mi partido... Como no podía
+pagar, habíame echado la cuenta de que nada debía; y esa extraña
+circunstancia no me hace ser más rico... ¡Pero él... ya es diferente!...
+¡puede alabarse de ser mimado por la fortuna!...
+
+--¿Pero, de veras no sabe usted de dónde procede esa devolución?
+
+--Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis
+deudas...
+
+--¿Debe usted algo más?
+
+--Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han
+pagado por mí. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente
+para continuar la liquidación, le ruego que me avise.
+
+--Lo haré con mucho gusto.
+
+Nuestra sorpresa creció de punto, y Arturo se desesperaba por no poder
+dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado,
+muy instruido, que no sabía más que yo... en aquel asunto, se
+entiende... Le habían remitido los fondos, encargándole que recogiese y
+anulase los pagarés. Me confió la carta que recibió al efecto, y se la
+llevé a Arturo. Este la examinó atentamente y nada sacó en limpio. Dicha
+carta estaba fechada en el Havre, donde residía el señor de Courval; la
+letra, que no era suya, la desconocíamos por completo... pero Arturo
+lanzó de pronto un grito de sorpresa, y se puso pálido como un muerto,
+al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit.
+
+En la época en que pasaba por su amante, él le había regalado una piedra
+antigua de gran valor, que tenía grabado un fénix. Lejos de encontrar en
+aquel regalo una alusión o una alabanza, Judit lo consideró siempre como
+un emblema de tristeza y había hecho grabar a su alrededor estas
+palabras: _¡Siempre solo!_ No se desprendía de este sello ni por un solo
+momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella
+tan expresiva, no podía pertenecer más que a ella misma.
+
+--¡De Judit procede esta carta!--exclamó Arturo.
+
+Y la dejó escapar de sus temblorosas manos.
+
+--Pues bien, eso implica la seguridad de que existe aún y piensa en
+usted... Debe, pues, estar satisfecho.
+
+Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que
+había muerto. Porque, ¿a qué ocultarse? decía. ¿Por qué, puesto que sabe
+dónde vivo, teme venir a verme? ¿Es, acaso, que se ha hecho indigna de
+presentarse ante mí? ¿No me ama ya? ¿Me ha olvidado quizás?
+
+--Esta carta--le dije,--prueba lo contrario.
+
+--¿Y con qué derecho--repuso Arturo fuera de sí,--trata de imponerme sus
+beneficios? ¿De dónde proceden esas riquezas? ¿Quién la ha autorizado
+para ofrecérmelas, y desde cuándo me considera capaz de aceptarlas? No
+las quiero, devuélvalas usted.
+
+--Lo haría de buena gana. Pero, ¿a quién y cómo?
+
+--Poco me importa... No las quiero.
+
+--¿Y cómo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted
+y se han liberado sus propiedades?
+
+--Venderá usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos
+recibidos, a los que nunca tocaré, y quedarán depositados en su casa
+hasta que puedan devolverse.
+
+--Tenga usted en cuenta el estado a que se verá entonces reducida su
+fortuna.
+
+--No me importa. Por más infiel que sea Judit, no me arrepiento de
+haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada
+humillación para mí.
+
+Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue
+posible disuadirle de su propósito; enajenáronse los bienes, y muy bien
+por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron
+depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun
+quedó a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del
+Estado; a esto quedó reducida su fortuna. Atenido a ella vivió dos años,
+esforzándose por desechar el recuerdo que le perseguía incesantemente.
+Sombrío y melancólico, esquivando los placeres y las distracciones de
+todo género, había llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el
+estudio; en cuanto a mí, lamentábame interiormente del dominio que
+ejercía una pasión tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones.
+Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar
+me hablaba de ella.
+
+Asegurábame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se iría al fin
+del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigíase casi
+siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traían a la
+memoria su recuerdo.
+
+Un día, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de máscaras a esta sala
+de la Opera, en la que jamás entraba sin que le latiera el corazón, como
+si quisiera reventársele en el pecho. Solo, a pesar del gentío...
+_Siempre solo_... (porque él, entonces, había adoptado, a su vez, la
+divisa de Judit), paseábase silencioso en medio del bullicio... en
+aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le había visto
+aparecer... Luego, internándose por los corredores, se dirigió,
+lentamente a aquel palco segundo que en tiempos más dichosos ocupaba
+casi todas las noches, y desde el cual le hacía la seña que tenían
+concertada para avisarla cuando podían celebrar sus inocentes
+entrevistas.
+
+La puerta del palco estaba abierta, y en él, envuelta en un elegante
+dominó, veíase a una mujer; estaba sola, y parecía abismada en profundas
+reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeció e hizo un movimiento
+como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se
+apoyó en el antepecho del palco y cayó de nuevo sobre su asiento. Esta
+turbación hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para
+ofrecerle sus servicios.
+
+La dama, sin contestarle, le rechazó con un gesto.
+
+--El calor le habrá hecho a usted daño--le dijo el joven con una emoción
+que en vano trató de dominar;--y si se quitase un momento el antifaz...
+
+La desconocida rehusó de nuevo, limitándose, para respirar con más
+desahogo, a echar hacia atrás la capucha de su dominó, que le cubría la
+frente.
+
+Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caía en rizados
+bucles sobre la espalda. Así era como se peinaba Judit... aquella
+graciosa postura, aquel talle fino y delicado eran los suyos... allí
+encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que
+se adivina y que no puede definirse!...
+
+Por último, se levantó la desconocida.
+
+Arturo lanzó un grito.
+
+El era entonces quien se sintió morir... pero haciendo un esfuerzo, le
+dijo a media voz:
+
+--¡Judit!... ¡Es usted, Judit!...
+
+Ella trató de ausentarse.
+
+--¡Quédese, por favor! Déjeme decirle que soy el más desdichado de los
+hombres por no haber sabido apreciar hasta qué punto merecía usted todo
+mi amor.
+
+La desconocida se estremeció de nuevo.
+
+--Sí, entonces los merecía usted... entonces era digna de los homenajes
+y la adoración de todo el mundo... y sin embargo, tan insensato soy que
+la amo aún, no amo a nadie más que a usted, y la amaré siempre... a
+pesar de que me ha sido infiel... ¡de que me ha traicionado!
+
+Ella quiso responder, y la palabra expiró en sus labios... pero se llevó
+una mano al corazón como si tratara de justificarse.
+
+--¿Cómo explicar, si no, su ausencia, y sobre todo sus beneficios...
+esos beneficios de que me avergüenzo por usted y que he rechazado? Sí,
+Judit, no los quiero, no quiero más que su amor; y si es verdad que no
+me ha olvidado, que me ama todavía... ¡venga... sígame!... para seguirme
+es preciso amarme... porque ahora ya no tengo fortuna que ofrecerle...
+¡Qué! duda... no me responde... ¡ah! ¡comprendo su silencio! Adiós,
+adiós para siempre.
+
+Y se dispuso a abandonarla; pero Judit le detuvo, asiéndole de una mano.
+
+--Hable, Judit; hable por favor--exclamó el pobre joven.
+
+Pero la desgraciada no podía: los sollozos ahogaban su voz.
+
+Arturo cayó de rodillas. Ella no pronunció una palabra, pero lloraba, y
+el joven creyó que aquellas lágrimas eran su mejor justificación.
+
+--¿Me ama usted, pues, aún?... ¿No ama a nadie más que a mí?...
+
+--Sí--repuso ella, tendiéndole una mano.
+
+--¿Y cómo creerla?... ¿Dónde están las pruebas?... ¿Quién me las
+dará?...
+
+--El tiempo.
+
+--¿Qué haré, pues?...
+
+--Esperar.
+
+--¿Y no me dará usted alguna prenda de su amor?...
+
+Judit dejó caer el ramo de flores que tenía en la mano, y mientras
+Arturo se inclinó para tomarlo, ella se lanzó al corredor y desapareció.
+
+El Conde intentó seguirla, la vio de lejos entre la multitud; pero
+detenido por el oleaje de las máscaras, no tardó en perderla de vista.
+Después creyó volver a verla... Sí, sí, era ella... y en el momento en
+que, siguiendo sus pasos, llegó hasta el vestíbulo y creía poder
+alcanzarla, la vio precipitarse en un carruaje magnífico que dos
+soberbios caballos arrastraron a todo galope.
+
+--Señores--dijo el notario interrumpiéndose,--ya es muy tarde y yo tengo
+la costumbre de madrugar; si me lo permiten ustedes, dejaremos para
+pasado mañana la conclusión de mi relato.
+
+
+
+
+VI
+
+
+El miércoles siguiente, era día de función en la Opera, y nos
+encontrábamos todos en la orquesta, exactos a la cita, y el notario no
+llegaba. Poníase en escena _Roberto_, y esta obra me recordaba mi
+primera entrevista con Arturo. Me expliqué entonces su tristeza, su
+preocupación, y pensé en que el mismo Meyerbeer no podría menos de
+concederle su perdón por no haber escuchado el sublime trío de
+_Roberto_.
+
+Pero, ¿se encontraba, acaso, en aquel momento, mejor dispuesto a
+apreciar la bella música? ¿Era más dichoso? ¿Había recuperado al fin a
+su Judit, o la había perdido?
+
+Todavía ignorábamos los obstáculos que los separaban, y nuestra
+impaciencia por conocer el desenlace de la historia se aumentaba con la
+ausencia del narrador. Al fin, llegó éste, después del segundo acto, y
+jamás ningún actor querido del público obtuvo un recibimiento más
+entusiasta que el que hicimos al notario.
+
+--¡Ya está aquí!
+
+--¡Gracias a Dios!
+
+--¡Vamos, querido, ya era tiempo de que llegase!
+
+--¡Qué tarde viene usted!
+
+--He sido invitado a una comida y he tenido que asistir a un contrato...
+Digo asistir, porque ya no ejerzo; he vendido mi notaría y, gracias a
+Dios, no debo nada a nadie.
+
+--Excepto a nosotros.
+
+--Nos debe usted un desenlace.
+
+--El de la historia de Judit...
+
+--Le hemos reservado su puesto... Vaya, siéntese.
+
+Nos estrechamos cuanto fue posible, y el notario terminó su relato en
+esta forma:
+
+--Judit había dicho: _¡Esperar!_... y durante algunos días Arturo tuvo
+paciencia, confiando en recibir alguna carta, algún aviso...--Volveré a
+verla, pensaba; ella vendrá, me lo ha ofrecido...--Pero pasaban los
+días, las semanas, y Judit no iba. Seis meses transcurrieron de este
+modo, luego un año, después hasta dos. El pobre Arturo me inspiraba
+lástima, y más de una vez temí que enloqueciera. La escena del baile de
+máscaras le había impresionado profundamente... Había momentos en que,
+al acordarse de aquella Judit que había vuelto a encontrar sin verla,
+que se le había aparecido sin descubrirle sus facciones, se creía
+víctima de una alucinación. Su imaginación, debilitada por el
+sufrimiento, hacíale creer que había sido un sueño, una quimera; llegó a
+dudar de lo que había visto y oído. Enfermó gravemente, y en el delirio
+de la fiebre se imaginaba ver a Judit apareciéndosele por última vez y
+dirigiéndole su última despedida; en vano, trataría de repetir a ustedes
+las tiernas y conmovedoras frases que con tal motivo le dirigió... Judit
+era su único pensamiento, su idea fija... En esto consistía el mal que
+le mataba.
+
+Los cuidados que le prodigamos le volvieron a la vida; pero se tornó
+sombrío y melancólico. No quería ver a nadie, exceptuándome a mí. Se
+había negado siempre a disponer de la suma de Judit, que tenía en mi
+poder; y su fortuna, como ya les he dicho, sólo consistía en seis mil
+libras de renta. Empleó cuatro mil en abonarse por todo el año a un
+palco segundo de la Opera... aquel palco segundo de frente a la escena,
+donde había encontrado a Judit la noche del baile de máscaras. Asistía a
+él todos los días, mientras confió en que la volvería a ver... pero
+cuando perdió esta esperanza, ya no tuvo valor ni energías para seguir
+ocupándolo. Se veía allí solo, _siempre solo_ (su constante divisa), y
+esta idea le hacía padecer mucho. Solamente de vez en cuando, venía a la
+orquesta, dirigía una mirada dolorosa hacia el palco de Judit y se
+ausentaba luego murmurando:
+
+--No está.
+
+Esta era su vida; y a excepción de algunas cortas temporadas en que se
+dedicaba a viajar, siempre con la esperanza de saber algo de Judit, o
+de obtener algún indicio respecto a su suerte, estaba constantemente en
+París. Todas las noches, como inconscientemente, sin que en ello
+interviniese su voluntad, se encaminaba a la Opera. Y para verle más a
+menudo, fue por lo que me aboné a esta localidad. Ultimamente ya no
+venía sino de tarde en tarde. Pero la semana pasada estuvo un día.
+Encontrábase sentado al otro lado de la orquesta. Desanimado ya por
+completo, sin conservar esperanza alguna, volvía la espalda al salón, y,
+por completo abismado en sus reflexiones, nada veía ni escuchaba. No
+obstante, algunas ruidosas exclamaciones le sacaron de su éxtasis.
+Acababa de entrar en un palco una señora joven, cuya notable hermosura y
+espléndida _toilette_ excitaron vivamente la admiración de todo el
+público. Toda la artillería de los gemelos se dirigió hacia aquella
+parte del teatro.
+
+De todos lados salían estas palabras:
+
+--¡Qué bella es!
+
+--¡Qué frescura!
+
+--¡Qué aire tan gracioso y tan distinguido!
+
+--¿Qué edad calcula usted que debe de tener?
+
+--De veinte a veintidós años.
+
+--¡Ca! Apenas tiene diez y ocho.
+
+--¿La conoce usted?
+
+--No, señor; es la primera vez que viene a la Opera... Soy antiguo
+abonado y no la he visto hasta hoy.
+
+Los espectadores inmediatos tampoco la conocían. Pero no lejos de ellos,
+un extranjero, de aspecto distinguido, se inclinó respetuosamente
+saludando a la hermosa dama. En seguida todos apresuráronse a
+preguntarle su nombre.
+
+--Es lady Inggerton, la esposa de un opulento par de Inglaterra.
+
+--¡Tan hermosa y tan rica!...
+
+--Pues se asegura que no tenía nada... que era una pobre muchacha que,
+en un momento de desesperación amorosa, intentó suicidarse, arrojándose
+al agua, y que fue recogida por el anciano Duque...
+
+--Eso es una verdadera novela.
+
+--No todas tienen tan feliz desenlace, porque el Duque, que se había
+interesado por la joven y no podía pasar sin ella, decidió, según dicen,
+hacerla su esposa para dejarle su fortuna... como, en efecto, ha
+sucedido.
+
+--¡Diablo! Pues siendo viuda... es un partido soberbio.
+
+--Ha transcurrido ya el tiempo del luto, y tanto en Inglaterra como en
+Francia no faltará quien le haga la corte.
+
+--¡Ya lo creo!--repuso el joven que había interrogado, arreglándose con
+una mano la corbata y dirigiendo con la otra el lente a lady
+Inggerton.--¡Eh! me parece, caballero, que mira hacia este lado.
+
+--Se equivoca usted--contestó el extranjero.
+
+--No, por cierto... estoy seguro... me refiero a este joven...
+
+Y, al pronunciar esto, señalaba a Arturo, que nada había oído, y a
+quien fue preciso explicar lo que sucedía.
+
+El Conde levantó los ojos, y en el palco segundo de frente a la
+escena... en aquel palco, que era el suyo en otro tiempo, vio... ¡Ah! no
+se muere de placer ni de sorpresa, puesto que Arturo vive todavía...
+puesto que tuvo fuerzas y conservó bastante razón para exclamar:
+
+--¡Es ella! ¡Es Judit!...
+
+Pero al mismo tiempo permaneció inmóvil... sin atreverse a respirar...
+pues temía despertar de un sueño.
+
+--Caballero--le dijo su vecino,--¿la conoce usted, por ventura?
+
+Arturo no respondió, porque en aquel instante la mirada de Judit se
+había cruzado con la suya... Había visto fulgurar en los ojos de la
+joven un relámpago de indescriptible satisfacción. ¡Es imposible
+explicar lo que pasó por él, ni por qué no enloqueció al ver que Judit,
+levantando una de sus blancas y exquisitas manos, le hacía la seña con
+que él en otro tiempo le anunciaba sus visitas!
+
+¡Ah! ¡le pareció que iba a volverse loco! Dejó caer la cabeza y
+permaneció algunos instantes con ella apoyada entre las manos, como para
+persuadirse a sí mismo de que no era una ilusión, de que Judit vivía
+aún, y de que ella era la que acababa de ver. Cuando logró convencerse,
+volvió a levantar la vista hacia el palco... ¡la celestial visión había
+desaparecido!... ¡Judit ya no estaba allí... se había ausentado!...
+
+Un frío mortal heló la sangre en sus venas... una mano de hierro le
+oprimió el corazón... Luego, acordándose de lo que acababa de ver... y
+de oír... porque ella le había hablado... sí, le había hablado por
+señas, abandonó su asiento de la orquesta y se lanzó a la calle,
+murmurando:
+
+--Si esta vez también me engaño... si es una nueva alucinación... o me
+volveré loco... o me mato.
+
+Y, decidido a morir, se encaminó directamente a la calle de Provenza.
+Llamó a la puerta, que se abrió en seguida... y, preguntó temblando:
+
+--¿La señorita Judit?...
+
+--Está en casa--dijo tranquilamente el portero.
+
+Arturo lanzó un grito y se apoyó en la barandilla de la escalera para no
+caer.
+
+Subió al piso principal, atravesó todas las habitaciones y abrió la
+puerta del gabinete, el cual estaba amueblado como en otro tiempo;
+exactamente igual que hacía seis años.
+
+Hasta la cena que había encargado antes de su repentina marcha, apareció
+dispuesta ante sus ojos. Vio que en la mesa había dos cubiertos.
+
+Y Judit, reclinada en un diván, le dijo al verle entrar:
+
+--Viene usted muy tarde, amigo mío.
+
+Y le tendió una mano. Arturo se arrodilló ante ella.
+
+Al llegar aquí, se interrumpió el notario.
+
+--¿Y qué?--exclamaron todos;--concluya.
+
+El notario contestó, sonriéndose:
+
+--Arturo no me ha contado más... Por otra parte, va a dar principio el
+tercer acto de _Roberto_...
+
+--¿Qué importa? termine.
+
+--¿Qué más he de decir a ustedes? Vengo de comer con ellos y de firmar
+el contrato.
+
+--Así, pues, ¿se casan?
+
+--Judit lo ha querido.
+
+--Como última sorpresa, sin duda.
+
+--¡Tal vez le tenga reservada alguna otra!
+
+--¿Cuál?--preguntó vivamente el profesor en Derecho.
+
+--Lo ignoro--respondió el notario con una sonrisa;--pero se asegura que
+el anciano Duque, su difunto esposo, no la llamaba nunca más que: _mi
+hija_.
+
+En aquel instante se abrió el consabido palco segundo, y apareció Judit,
+envuelta en su manto de armiño y apoyada en el brazo de su amante, que
+ya era su esposo.
+
+Una misma exclamación salió simultáneamente de las butacas de la
+orquesta:
+
+--¡Qué hermosa es ella! ¡Qué dichoso es él!
+
+
+FIN
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of Carlos Broschi, by Eugène Scribe
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARLOS BROSCHI ***
+
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
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+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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+ The Project Gutenberg eBook of Carlos Broschi, por Eugenio Scribe.
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+The Project Gutenberg EBook of Carlos Broschi, by Eugène Scribe
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+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: Carlos Broschi
+
+Author: Eugène Scribe
+
+Translator: G. Núñez de Prado
+
+Release Date: March 20, 2010 [EBook #31707]
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+Language: Spanish
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+Character set encoding: ISO-8859-1
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+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARLOS BROSCHI ***
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net
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+<hr />
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+<p class="c un"><b>&nbsp; &nbsp; &nbsp;BIBLIOTECA de LA NACIÓN &nbsp; &nbsp; &nbsp;</b></p>
+
+<h3 class="top5">EUGENIO SCRIBE</h3>
+
+<h1>CARLOS BROSCHI</h1>
+
+<p class="c"><b><span class="sml">TRADUCCIÓN DE</span><br />&nbsp;<br />
+G. NÚÑEZ <span class="sml">DE</span> PRADO</b></p>
+
+<p class="logo"><img src="images/ill_logo.png"
+alt="logo"
+width="70"
+height="73"
+/></p>
+
+<p class="c"><b>BUENOS AIRES<br />
+1912</b></p>
+
+<p class="c">Derechos reservados.</p>
+
+<p class="c">Imp. de <span class="smcap">La Nación</span>.&mdash;Buenos Aires
+<a name="page_005" id="page_005"></a></p>
+
+<table summary="toc"
+cellspacing="0" cellpadding="4">
+<tr><td><a href="#I"><b>Carlos Broschi: I, </b></a>
+<a href="#II"><b>II, </b></a>
+<a href="#III"><b>III, </b></a>
+<a href="#IV"><b>IV, </b></a>
+<a href="#V"><b>V, </b></a>
+<a href="#VI"><b>VI, </b></a>
+<a href="#VII"><b>VII, </b></a>
+<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a>
+<a href="#IX"><b>IX, </b></a>
+<a href="#X"><b>X, </b></a>
+<a href="#XI"><b>XI, </b></a>
+<a href="#XII"><b>XII, </b></a>
+<a href="#XIII"><b>XIII, </b></a>
+<a href="#XIV"><b>XIV</b></a><br /></td></tr>
+<tr><td><a href="#EL_REY_DE_OROS"><b>El rey de oros</b></a></td></tr>
+<tr><td><a href="#EL_PRECIO_DE_LA_VIDA"><b>El precio de la vida</b></a></td></tr>
+<tr><td><a href="#Ij"><b>Judit o el palco de la ópera: I, </b></a>
+<a href="#IIj"><b>II, </b></a>
+<a href="#IIIj"><b>III, </b></a>
+<a href="#IVj"><b>IV, </b></a>
+<a href="#Vj"><b>V, </b></a>
+<a href="#VIj"><b>VI</b></a></td></tr>
+</table>
+
+<p class="carlos">CARLOS BROSCHI</p>
+
+<p class="c">&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</p>
+
+<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+<p>Entró en el salón una joven y detúvose ante el sofá, donde dormía
+Juanita con un sueño penoso y agitado. Hacía un calor asfixiante, y la
+joven abrió con precaución las ventanas del aposento. Desde éstas
+divisábase la ciudad de Granada y su incomparable vega. A la derecha, y
+sobre las ruinas de una mezquita, se elevaba la iglesia de santa Elena,
+frente a la cual un parque a la francesa extendía sus simétricas calles;
+magníficas fuentes octógonas dejaban oír el murmullo de sus aguas en los
+sitios donde se ostentaban en otros tiempos los bellos jardines del
+Generalife, y en cuyos alminares había flotado el estandarte de los
+Abencerrajes. A la sazón, el viejo palacio de los reyes moros servía de
+morada de retiro, y bien pronto, quizá, de tumba a una joven que dormía,
+pálida y fatigada, sobre su lecho de dolor.</p>
+
+<p>Juanita, condesa de Pópoli, apenas contaba<a name="page_006" id="page_006"></a> veinticinco años, y su
+belleza, célebre en las cortes de Nápoles y de España, hizo que los
+pintores de aquel tiempo le dieran el sobrenombre de <i>la Venus
+napolitana</i>. Nunca título alguno había sido tan merecido; porque, a una
+fisonomía encantadora, reunía una sonrisa tan graciosa, que nada podía
+resistir a ese encanto indefinible que procede del alma: celestial
+belleza que los sufrimientos no habían podido alterar ni el tiempo
+destruir.</p>
+
+<p>En la época en que el pueblo de Nápoles hizo esfuerzos inútiles para
+sacudir el yugo de España, el conde y la condesa de Pópoli viéronse muy
+comprometidos, y esta joven, tan débil en apariencia, hízose admirar por
+su energía y su valor. Poco después quedó viuda, dueña de su mano y de
+una inmensa fortuna; rodeábanla los más solícitos homenajes, y sólo ella
+parecía ignorar las riquezas que poseía y la belleza que tanto la hacía
+brillar. Nadie, en efecto, habría podido pasar sin estos dones tan bien
+como ella, pues no los necesitaba para hacerse amar.</p>
+
+<p>En el momento en que la conocemos, un ligero sudor cubría su frente
+tersa y pura como la de un ángel; su pecho oprimido se elevaba con pena;
+su boca murmuraba un nombre ininteligible, y de sus ojos, cerrados por
+el sueño, se escapaba una lágrima que rodaba por sus mejillas, pálidas y
+nacaradas.</p>
+
+<p>La joven que hemos visto entrar en el salón dio un grito y se precipitó
+de rodillas junto<a name="page_007" id="page_007"></a> al canapé donde reposaba Juanita. Esta despertó, y
+echando a su derredor una mirada llena de bondad, tendió la mano a su
+joven hermana diciéndole:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué deseas?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó Isabel.&mdash;¡Sufres, Juanita!</p>
+
+<p>&mdash;Sí, siempre; pero, ¡qué importa! se trata de ti... ¿Qué quieres?</p>
+
+<p>&mdash;No lo sé... quisiera hablarte... Después, cuando te he visto así...
+todo lo he olvidado... hasta a mi futuro, a Fernando; es por él por
+quién vengo... está aquí y quiere despedirse de ti.</p>
+
+<p>&mdash;¡Se marcha!...&mdash;dijo Juanita incorporándose sobre su
+asiento.&mdash;Precisamente debía hoy mismo hablar con el duque de Carvajal,
+sobre el matrimonio de ustedes. ¿Por qué se va?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó Isabel con un suspiro;&mdash;no se le puede vituperar su
+marcha, porque era el mejor partido que podía tomar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿Le amas por ventura?</p>
+
+<p>&mdash;Sí... es decir, poco hasta aquí, porque mi sola pasión eres tú,
+¡hermana mía! bien lo sabes. Pero conozco, a pesar de todo, que Fernando
+es un noble joven, tiene un excelente corazón... y creo que le amo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Desde cuándo?</p>
+
+<p>&mdash;Desde esta mañana... ¡después que ha rehusado mi mano!</p>
+
+<p>Isabel dijo esto con un aire de satisfacción que asombró a Juanita, la
+cual no se podía dar cuenta de lo que pasaba.<a name="page_008" id="page_008"></a></p>
+
+<p>Un momento después entró Fernando. Era un joven y hermoso caballero en
+la flor de su edad; sus cabellos estaban naturalmente rizados, y llevaba
+con mucha gracia una capa de paño azul y una espada con empuñadura de
+oro ricamente cincelada. En sus expresivos ojos reflejábase el valor
+español, templado por la gracia y el abandono de la juventud. El duque
+de Carvajal, su padre, era uno de los primeros señores de la provincia
+de Granada. Las intrigas de la corte y la privanza de Ensenada, ministro
+de Fernando VI, teníanle, hacía mucho tiempo, ausente de Madrid y
+postergado en su carrera política. No pudiendo ser hombre político,
+anhelaba ser rico, y la avaricia había sucedido a la ambición. Una
+pasión consuela a otra. El duque soñaba para su hijo único un matrimonio
+opulento, e Isabel parecía el mejor partido de Granada: a él, porque la
+joven era rica, y a Fernando, porque la amaba.</p>
+
+<p>Isabel distaba mucho de ser tan bella como su hermana; las mujeres no
+querían concederle el que fuese linda, pero a una gracia encantadora,
+reunía una viva y ardiente imaginación, impresionable y fácil de
+exaltar; cualidades o defectos que su educación había desarrollado de
+una manera notable, porque casi toda su vida había transcurrido en un
+convento. Y en el silencio de la soledad nacen las ilusiones y las ideas
+fantásticas, que el mundo y la experiencia destruyen y disipan.<a name="page_009" id="page_009"></a></p>
+
+<p>Como todas las jóvenes de aquel tiempo, pertenecientes a familias
+ilustres, Isabel salió del claustro para casarse, y había acogido con
+alegría los homenajes de Fernando, porque, habiéndole dicho éste que
+descendía por su madre del Cid, pensaba que con tal origen, la historia
+de su vida debía encerrar, forzosamente, algunas aventuras interesantes.
+Pero cuando vio que el descendiente del Cid se limitaba a adorarla con
+todo su corazón y a decírselo en alta voz, y a pedir su mano a su
+hermana con el consentimiento de su padre, sus pensamientos románticos
+disminuyeron considerablemente. Cuando el matrimonio estuvo convenido
+por ambas partes sin obstáculos, la joven se imaginó que todo esto no
+había pasado regularmente y que la historia de su vida no estaba
+completa, que le habían cercenado el primero y más interesante de sus
+volúmenes; y haciendo justicia a las buenas cualidades de Fernando, veía
+aproximarse tranquilamente una dicha que nada le había costado.</p>
+
+<p>Pero no sucedía lo mismo por parte de Fernando. Parecíale que el día de
+su felicidad no llegaría tan pronto como deseaba, y la idea de una
+dilación le ponía fuera de sí; sin la enfermedad de Juanita y su estado
+casi desesperado, ya se hubiera verificado el matrimonio. Este mismo
+hombre, tan apasionado e impaciente, renunciaba a todas sus esperanzas y
+venía a despedirse de su prometida. En vano<a name="page_010" id="page_010"></a> Juanita quiso conocer la
+causa de tan brusca marcha.</p>
+
+<p>&mdash;Te ruego que calles&mdash;lo dijo Isabel;&mdash;te conservaré mi amor a este
+precio. Te amo, no amaré más que a ti; te seré fiel, te esperaré toda mi
+vida si es necesario, pero nada digas a mi hermana; éste es mi deseo.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo deseo que hable&mdash;dijo Juanita con dulce voz, reteniendo por la
+mano a su futuro hermano, que sufría al verse detenido.</p>
+
+<p>Pálido y turbado, Fernando fijó en la enferma una mirada suplicante,
+oprimido como estaba por un tiránico amor a quien no quería ofender. Se
+disponía a marchar con su secreto, cuando este misterio fatal e
+impenetrable fue descifrado y descubierto, contrariando a Isabel, de la
+manera más natural.</p>
+
+<p>De pronto, presentose en la puerta del salón, como no atreviéndose a
+entrar, un hombre vestido con una ropilla negra. Este hombre era el
+señor Manuel Perico, notario real de la ciudad de Granada, y apoderado
+del duque de Carvajal. Llevaba a la condesa de Pópoli el contrato de
+matrimonio.</p>
+
+<p>Isabel se estremeció. Fernando se aproximó al notario y quiso
+arrebatarle los papeles que presentaba a la Condesa; pero ésta se había
+apoderado de ellos y se apresuró a ojearlos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Está bien!&mdash;dijo después de leerlos;&mdash;éstos son los artículos en que
+habíamos convenido con el señor Duque... El dote que yo aseguro a mi
+hermana... ¡Ah!&mdash;dijo la Condesa<a name="page_011" id="page_011"></a> sorprendida, y un ligero carmín cubrió
+sus mejillas, ordinariamente tan pálidas.&mdash;¡He aquí unas condiciones que
+nunca se me habían impuesto! ¿Las conoce usted, Fernando?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, señora!&mdash;repuso el noble joven con voz balbuciente;&mdash;mi padre me
+había rogado que hablase a usted de ellas. He rehusado; y como ésta es
+la condición que pone a su consentimiento, he renunciado al matrimonio.
+Vengo, pues, a pedirle que dispense a mi padre, y a despedirme de usted.</p>
+
+<p>Al acabar de decir estas palabras, extinguiose su voz; Isabel le tendió
+la mano con ternura, y Fernando se apresuró a enjugar las lágrimas que
+no había podido contener.</p>
+
+<p>Entretanto, el señor Perico permanecía de pie con una pluma en la mano y
+sin atreverse a hablar. Juanita concluyó tranquilamente la lectura del
+contrato.</p>
+
+<p>Era generalmente admitido en la ciudad el rumor de que la condesa de
+Pópoli estaba enferma del pecho desde hacía mucho tiempo. Sólo ella sin
+duda lo ignoraba, porque miraba con indiferencia todo lo que pudiese
+prolongar su existencia. Sin su consentimiento, y casi a pesar suyo, su
+joven hermana le prestaba los más asiduos cuidados sin que la Condesa
+sospechase la causa, queriendo aquélla al menos, si no podía salvarla,
+ocultarle hasta el último momento el golpe fatal que la amenazaba;
+porque los médicos de Granada, que pretendían no engañarse, habían
+anunciado que la Condesa<a name="page_012" id="page_012"></a> no sobreviviría al otoño, y corría a la sazón
+el mes de septiembre. El duque de Carvajal, que era un hombre práctico,
+había añadido al contrato las dos cláusulas siguientes: primera, que la
+Condesa se obligaba a no volver a casarse; y segunda, que, en caso de
+muerte, todos sus bienes, tanto de España como del reino de Napóles,
+pasarían a ser propiedad de su hermana.</p>
+
+<p>&mdash;No admitimos semejantes condiciones&mdash;dijeron a la vez los prometidos
+esposos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tales condiciones son absurdas e imposibles!&mdash;continuó Isabel.&mdash;¿Por
+qué coartar tu libertad de ese modo? Eres joven; debes volver a casarte
+y dar al hombre que elijas largos años de ventura. En cuanto a tu
+sucesión&mdash;continuó haciendo un esfuerzo por sonreír,&mdash;tú eres la
+primogénita, y por poco que vivamos, espero que moriremos juntas.</p>
+
+<p>Dicho esto, arrancó el contrato de las manos de su hermana, lo alargó a
+Fernando, el que lo hizo pedazos y los arrojó sobre el tapiz.</p>
+
+<p>Juanita contempló a los jóvenes con una dulce sonrisa, tendió hacia
+ellos sus manos, y dijo al notario con acento melodioso:</p>
+
+<p>&mdash;Señor Perico, tenga usted la bondad de rehacer el contrato como
+estaba, y tráigamelo mañana... Ahora, déjenos: quiero estar sola con
+ellos.</p>
+
+<p>El notario salió, y los prometidos esposos cayeron de rodillas a los
+pies de Juanita.</p>
+
+<p>&mdash;Escúchenme&mdash;les dijo, después de hacerles<a name="page_013" id="page_013"></a> levantar;&mdash;el matrimonio de
+ustedes se llevará a cabo, y no me den las gracias&mdash;agregó
+vivamente.&mdash;Las condiciones que se me imponen, nada me cuestan. Hace
+mucho tiempo que me he prometido a mí misma y he jurado a Dios no volver
+a casarme; cumpliré este juramento. En cuanto a mis bienes, todos
+aquellos de que yo puedo disponer, los cedo como dote a mi hermana; pero
+los demás, que son los más considerables, no estoy segura de que me
+pertenezcan.</p>
+
+<p>Los jóvenes hicieron un gesto de sorpresa, y Juanita continuó lentamente
+y con voz temblorosa, a causa de la emoción:</p>
+
+<p>&mdash;Si se presentase una persona que busco y que no he podido volver a
+ver, y a quien pertenece toda esta fortuna, aun después de mi muerte,
+Fernando, será preciso devolverla... ¿Me lo jura? Fío en su honor. Pero
+si esa persona no apareciese, todos esos bienes serán suyos y de mi
+hermana.</p>
+
+<p>&mdash;Háganos el favor de explicarnos eso&mdash;dijo Fernando.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! Es un grande y terrible secreto, que sólo ustedes conocerán...
+Pero sí, es necesario... es necesario que sea antes de mi muerte, ¡y
+ésta está muy próxima!... No me interrumpan, pues&mdash;dijo la Condesa
+notando la emoción de su hermana.&mdash;Es muy largo de contar, e ignoro si
+mis fuerzas bastarán. Pero cuando tenga necesidad de descanso, lo
+diré... e interrumpiré mi relato.<a name="page_014" id="page_014"></a></p>
+
+<p>Y haciendo que los dos jóvenes se sentaran junto a ella, la Condesa
+comenzó en esta forma:</p>
+
+<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+<p>«Mi hermana y yo nacimos en el reino de Nápoles, que en aquel tiempo era
+una provincia de España. Siendo muy jóvenes aún, perdimos a nuestros
+padres y quedamos bajo la tutela de nuestro tío, el duque de Arcos, del
+que no pretendo hacer el retrato, porque fue muy conocido. En su
+juventud, había sido virrey de Nápoles, y su dureza e inflexible rigor
+causaron la desgracia del pueblo, a quien trataba como esclavo,
+conduciéndole de este modo a la desesperación, a la rebeldía. Bajo su
+gobierno ocurrió aquella famosa revolución de una semana, durante la
+cual el pescador Masaniello fue aclamado rey por el pueblo y asesinado
+después por el mismo pueblo que le había aclamado. El duque de Arcos, al
+volver al poder, no fue ni más hábil ni más clemente; redobló sus
+rigores, a los que él denominaba <i>rigores saludables</i>. Este era todo su
+sistema político; no conocía otro. El clamor público obligó, por último,
+al rey de España a darle un sucesor, retirándose el Duque murmurando de
+la debilidad de un soberano que<a name="page_015" id="page_015"></a> no le dejaba concluir la gloriosa obra
+a que había dado principio. Y aunque le seguían las maldiciones del
+pueblo, no obstante conservaba en su tranquila conciencia la
+satisfacción interior y el convencimiento íntimo del bien que había
+realizado.</p>
+
+<p>»En la época en que nos llevó consigo, nuestro tío tenía cerca de
+ochenta años, y era siempre el mismo. Sus opiniones y su carácter no
+habían cambiado en nada. No había perdonado aún a mi padre, que se había
+casado sin su consentimiento, y mi madre murió sin que consintiese en
+verla. En aquellos momentos estaba solo y sin familia, y lo que era más
+sensible, sin nadie en quien ejercer su tiranía; y no teniendo a quien
+dominar, por puro egoísmo se propuso educarnos. Al vernos, se obstinó en
+que Isabel, que contaba a la sazón tres o cuatro años, debía tener
+vocación religiosa, y la puso en el convento <i>della Pietá</i>. Yo tenía
+algunos años más que mi hermana, y me dejó en su casa con el propósito
+de establecerme un día a su capricho.</p>
+
+<p>»Relataré brevemente cuanto sucedió durante mis primeros años. Separada
+de mi hermana, a quien no veía nunca, y encerrada en un lúgubre pero
+magnífico castillo cuyo circuito no podía traspasar, fui criada en el
+temor de Dios y de mi tío, cuyo aspecto y cuya voz me hacían temblar. El
+Duque veía siempre con una especie de satisfacción íntima el respeto que
+me inspiraba. El miedo era la única lisonja<a name="page_016" id="page_016"></a> que le agradaba. Era el
+mejor medio de hacerle la corte, y sin quererlo, yo satisfacía su gusto.</p>
+
+<p>»No tenía, por mi parte, otra satisfacción que la de ver a mi maestro de
+música, un hábil organista, un napolitano de unos cincuenta años de
+edad, cuyo entusiasmo, cuyos gestos, y sobre todo, cuya peluca me hacían
+reír; éstos eran los únicos momentos que tenía de distracción en tan
+sombría morada.</p>
+
+<p>»Gerardo Broschi, que así se llamaba, era un verdadero artista que no
+carecía de talento, ni tampoco de amor propio. Pero el amor a su arte le
+había trastornado; nunca hablaba más que de música; siempre llegaba
+cantando, y a veces contestaba a mi tío con un recitado. Hablador
+incansable, tenía siempre en sus labios historias inverosímiles que
+contarnos sobre sus aventuras en las cortes de Europa, en las que
+figuraban grandes señoras a quienes enseñó su arte. Había descuidado su
+fortuna por dedicarse a sus galanteos, y después de una larga carrera,
+el pobre anciano no tenía otros bienes que su buen humor, sus cavatinas,
+su vestido negro y aquella prodigiosa peluca que me divertía
+extraordinariamente.</p>
+
+<p>»Cierto día entró en su habitación, contra su costumbre, sin cantar. Yo
+le miré con inquietud.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Está usted malo, Gerardo?&mdash;le dije.</p>
+
+<p>&mdash;»No, señora; pero me sucede una gran desgracia: me ofrecen un puesto
+distinguido,<a name="page_017" id="page_017"></a> dignidades, honores... no podré sobrevivir a semejante
+suceso... y me es imposible rehusar.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Qué le acontece, pues? ¿Alguna gran señora que le protege?</p>
+
+<p>&mdash;»¡Más que eso, un rey, un emperador!</p>
+
+<p>»Entonces Gerardo me contó que el czar Pedro el Grande reclutaba
+artesanos en todos los países de Europa y artistas en Italia, con el
+propósito de formar una banda de música para sus regimientos y una
+orquesta para su capilla, y se le habían hecho a Gerardo, antes que a
+nadie, proposiciones ventajosas para ir a Rusia.</p>
+
+<p>»Yo no podía calcular entonces de dónde procedían su tristeza y mal
+humor. Pensé que sería, sin duda, el disgusto de abandonarme; pero
+Gerardo era demasiado franco para dejarme en un error. Tenía un hijo que
+constituía su única pasión... después de la música... Un joven
+encantador que, luego de haber oído la relación de Gerardo, creí que
+sería el hijo de alguna gran señora o alguna princesa a quien él había
+dado sus lecciones de música.</p>
+
+<p>»Lo único que en todas mis hipótesis había de cierto, es que Gerardo era
+un buen padre, que adoraba a su pequeño Carlos, a su hijo, y que se
+privaría de todo, hasta de su guitarra, por proporcionarle un juguete o
+un vestido nuevo. El pobre niño estaba enfermo, sufría mucho, y el sol
+de Nápoles era casi su existencia; a esto debíase la inquietud de
+Gerardo. Poner a Carlos bajo la influencia del<a name="page_018" id="page_018"></a> helado cielo de la Rusia
+era matarle, y sin separarse de él, era imposible evitar lo que temía...
+¿A quién había de confiarlo? ¿quién tendría cuidado de él? ¿qué sería de
+este niño?... Lloraba Gerardo, y yo también lloraba al ver las lágrimas
+en aquella fisonomía que ordinariamente causaba tanto regocijo.</p>
+
+<p>»Ese día, por fortuna, era el santo del duque de Arcos; y aquella tarde,
+todavía me acuerdo, aunque apenas tenía doce años, mi tío me dijo con
+aquella voz terrible que me llenaba de espanto:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Vamos, Juanita! ¡diviérteme! ¡Canta una barcarola!</p>
+
+<p>&mdash;»¡Sí, señora!&mdash;exclamó vivamente Gerardo, a quien la música le hacía
+olvidarlo todo.&mdash;Cante usted el aire de Pórpora: <i>O pescator felice.</i></p>
+
+<p>»Mi tío frunció su entrecejo; porque después de la revolución de
+Masaniello, no podía oír tranquilamente la palabra <i>pescador</i>. No
+obstante, como en la cavatina de Pórpora el <i>pescator felice</i> concluye
+por naufragar, este desenlace, más sin duda que el modo con que yo
+canté, causaron tanto placer a mi tío, que exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Bravo! ¡bravo! ¡Pide lo que quieras, te lo concedo por el día que
+celebramos!</p>
+
+<p>»Yo me arrojé a sus pies y le supliqué que hiciese traer y educar en el
+castillo al pequeño Carlos, que era de mi edad, próximamente. Esperando
+su contestación, Gerardo no respiraba;<a name="page_019" id="page_019"></a> y yo, pálida y conmovida,
+temblaba de pies a cabeza.</p>
+
+<p>»Agradablemente sorprendido, sin duda, mi tío contestó con una dulzura
+poco acostumbrada en él:</p>
+
+<p>&mdash;»Un noble español no tiene más que una palabra; sostendré la que te he
+dado. En lo sucesivo, Carlos será de la casa; será un paje que estará a
+tu servicio.</p>
+
+<p>»Me es imposible pintar a ustedes la alegría y el reconocimiento del
+pobre Gerardo. Partió dichoso y tranquilo, y durante tres años nos dio
+noticias suyas con bastante frecuencia. Tuvo su viaje un resultado feliz
+y alcanzó gran éxito en la corte de Rusia. La esposa de Pedro el Grande,
+la emperatriz Catalina, le nombró su maestro de capilla. Al cuarto año
+cesó de escribirnos. ¿Había sucumbido al rigor del clima? ¿El amor que
+por todas partes seguía su fortuna le había hecho robar alguna princesa
+rusa? No lo pudimos averiguar, y hasta mucho tiempo después no tuvimos
+noticias suyas, ni oímos hablar más del pobre Gerardo, de mi maestro de
+música.</p>
+
+<p>«Durante este tiempo, Carlos, su hijo, se criaba y educaba en la casa de
+mi tío; yo estaba encantada de mi joven paje. Su salud delicada se había
+robustecido, su cuerpo habíase desarrollado; y aunque demasiado joven
+todavía, sus facciones ofrecían tanta nobleza y regularidad, que mi
+maestro de dibujo, el señor Lasca, pintor de talento, le tomaba por
+modelo<a name="page_020" id="page_020"></a> de todas las figuras de ángeles y querubines con que decoraba el
+salón de mi tío; y el pobre joven se veía obligado a pasar horas enteras
+delante del artista, en vez de ir a jugar o correr por el parque.</p>
+
+<p>»Por lo demás, desde el duque de Arcos hasta el último criado del
+castillo, todos, excepto yo, lo hacían rudamente sentir la posición en
+que se encontraba. Modesto y resignado, guardaba silencio, no se quejaba
+nunca... ni aun a mí, y no derramaba una lágrima; pero con frecuencia
+había en sus negros ojos, cuando los levantaba hacia el cielo, una
+expresión de dolor y de dulzura indefinibles.</p>
+
+<p>»Habitaba otra persona en el castillo, de la que necesito hablar a
+ustedes. Esta era el secretario de mi tío, Teobaldo Cuchi, un joven de
+corazón y de mérito, digno desde entonces del elevado puesto que llegó a
+ocupar más tarde. Hijo de un paisano calabrés, las escasas lecciones de
+teología que había recibido del cura de su aldea despertaron en él el
+deseo de instruirse. Dotado de una voluntad firme e inalterable,
+religioso por carácter, y confiando en la Providencia, dejó la cabaña de
+su madre, yéndose a pie a Nápoles, donde se hizo <i>lazzaroni</i> y bracero;
+y el dinero que ganaba durante el día en esta ocupación, lo empleaba por
+la noche en pagar a los maestros que le educaban. Pasaba la noche
+inclinado sobre sus libros, abusando así de sus fuerzas y de su salud.<a name="page_021" id="page_021"></a></p>
+
+<p>»Pálido, delgado, la tez morena, la frente arrugada, Teobaldo, que
+apenas contaba veinte años, parecía rayar ya en los cuarenta; pero en
+cambio era de los hombres más instruidos de Italia en historia y en
+teología, y conocía a la perfección muchas lenguas. A pesar de su grande
+instrucción, era desconocido en Nápoles, donde apenas ganaba lo
+suficiente para sus más precisas necesidades, y se vio obligado a
+aceptar la plaza de secretario del duque de Arcos, que un amigo le había
+proporcionado. Envió entonces a su madre todos sus ahorros, que
+ascendían a doscientos ducados, y se sepultó en el viejo castillo, donde
+no tenía otras ocupaciones que escribir lo que mi tío le dictaba y darme
+lecciones de francés y alemán: el resto del día lo pasaba estudiando en
+la biblioteca del castillo.</p>
+
+<p>»Sombrío y severo, pero dotado de una sólida y verdadera piedad, poseía
+un gran fondo de inteligencia: sólo él hablaba con interés y bondad a
+Carlos, a quien todos trataban como a un sirviente y cuyas funciones, no
+obstante, eran las de paje de una gran casa. En la mesa permanecía cerca
+de mí, me servía de beber, y una vez terminada la comida, me presentaba
+el aguamanil y el jarro de cristal.</p>
+
+<p>»Por la mañana ordenaba mis libros y mis papeles, y mientras que
+Teobaldo me daba lección, manteníase a mis espaldas, atento y
+silencioso, esperando mis órdenes.</p>
+
+<p>»Dulce y tímido, no se atrevía a exponerme<a name="page_022" id="page_022"></a> su reconocimiento, pero sus
+acciones me lo manifestaban. Apresurábase a satisfacer mis caprichos,
+llevaba mis labores, mis libros, mis guantes, mi abanico, y en los
+grandes días, la cola de mi manto. Gracias a sus cuidados, las más
+bellas flores del parque adornaban mi chimenea o pendían de mi cintura.</p>
+
+<p>»Mi tío, con sus veinte criados, no estaba tan bien servido como yo por
+mi lindo y joven paje.</p>
+
+<p>»Sentíame satisfecha y orgullosa; acostumbrada a obedecer, me complacía
+en ejercer mi poder absoluto sobre Carlos, cuya dureza templaba mi edad,
+porque frecuentemente le tomaba como compañero en mis juegos; y en las
+horas de recreo, la señora y el paje olvidaban la distancia que los
+separaba.</p>
+
+<p>»Un día, me acuerdo perfectamente, en el gran salón del castillo le
+había mandado que jugase conmigo una partida de volante, y avanzando
+unas veces y retrocediendo otras, nos encontramos, sin advertirlo, cerca
+de un gran jarrón de Bohemia de un trabajo admirable, en el que estaban
+pintadas las armas de la casa de Arcos. Mi tío lo tenía en tal estima,
+que no nos estaba permitido tocarlo, ni mirarlo siquiera. Pero un golpe
+del volante, torpemente dado por mí, hizo saltar en menudos pedazos
+aquella admirable obra, cuyos fragmentos cayeron a nuestros pies.</p>
+
+<p>»Un rayo no me hubiera sobrecogido de tal modo. Dejé caer mi volante y
+me apoyé en un<a name="page_023" id="page_023"></a> sillón, mientras Carlos recogía los pedazos del jarrón,
+como si hubiese tenido el poder de volverlo a su primitivo estado. De
+pronto, oímos en la pieza inmediata la terrible voz de mi tío, que
+llegaba a mis oídos como la trompeta del juicio final... No obstante,
+tuve el valor suficiente para precipitarme hacia una puerta lateral.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Vete! ¡vete!&mdash;grité a Carlos.</p>
+
+<p>»Por mi parte, tuve buen cuidado al entrar en mi estancia de cerrar por
+dentro y correr cuantos cerrojos tenía la puerta, persuadiéndome que de
+este modo evitaría el que la cólera de mi tío llegase hasta mí.</p>
+
+<p>»Carlos, menos ágil que yo, no pudo seguirme, y permanecía en el salón
+cuando, abriendo la puerta, entró el duque de Arcos, de gran uniforme,
+con el sombrero convenientemente colocado y su bastón de puño de oro en
+la mano.</p>
+
+<p>»Su vista se fijó en seguida a las pruebas del crimen, que estaban
+diseminadas por el pavimento. Carlos palideció, pero permaneció inmóvil
+viendo al Duque dirigirse hacia él.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Quién ha roto este jarrón?</p>
+
+<p>»Carlos permaneció silencioso.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Quién ha roto este jarrón?&mdash;repitió el Duque con voz imperiosa,
+levantando el bastón.</p>
+
+<p>&mdash;»¡He sido yo!&mdash;repuso tímidamente el generoso Carlos.</p>
+
+<p>»Disponíase el Duque a golpearle, cuando apareció Teobaldo. Este corrió
+a mi tío, queriendo<a name="page_024" id="page_024"></a> apaciguarle, y, a riesgo de que volviese contra él
+su cólera, le hizo presente que no debía descargar su rabia contra un
+niño, y sin razón, probablemente.</p>
+
+<p>»A esta palabra, el furor de mi tío no tuvo ya límites.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Si te despidiese de mi casa, si te arrojase de ella ahora
+mismo?&mdash;gritó el Duque amenazando a Teobaldo.</p>
+
+<p>&mdash;»Entonces sería usted doblemente injusto&mdash;replicó éste fríamente.</p>
+
+<p>»Y diciendo estas palabras, tomó respetuosamente el bastón de la
+temblorosa mano del anciano, y lo arrojó por la ventana.</p>
+
+<p>»La cólera de mí tío había llegado a su colmo. Sobrecogido por aquella
+sangre fría, cayó sobre un sillón sin poder pronunciar una palabra; pero
+llamó a su mayordomo y le hizo seña de que se llevase a Carlos. Este, al
+salir, dirigió a Teobaldo una mirada de gratitud.</p>
+
+<p>»Yo no me atrevía a salir de la habitación; no obstante, fue necesario
+hacerlo cuando llegó la hora de comer. Mi tío estaba solo en el comedor,
+sombrío y silencioso. A algunos pasos de él y a su espalda encontrábase
+Carlos, pálido y sin poder apenas sostenerse; al verme, su fisonomía
+expresó una gran satisfacción. Creí entonces que todo había pasado del
+mejor modo posible, y que mi tío nada sabía. ¡Cómo podía yo adivinar que
+el pobre joven había sido maltratado por el mayordomo, despojado de sus
+vestidos y azotado hasta hacerle<a name="page_025" id="page_025"></a> saltar la sangre, sin que el dolor le
+hubiese arrancado ni una queja, ni una palabra! Cuando lo supe lancé un
+grito de indignación, y corrí en busca suya queriendo oírlo todo de sus
+labios.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Quiere usted excitar de nuevo la cólera del señor Duque, que,
+gracias al Cielo, ha pasado ya?&mdash;dijo Carlos, sonriendo con tristeza.</p>
+
+<p>&mdash;» Carlos&mdash;le dije:&mdash;¿qué podré hacer para recompensarle el servicio
+que acaba de hacerme?</p>
+
+<p>&mdash;»¡Usted, señora! ¡No estoy suficientemente recompensado!...</p>
+
+<p>»A partir de este día, Carlos fue mi protegido, mi favorito, mi más fiel
+servidor. Nunca afecto alguno fue tan ampliamente recompensado. Su única
+ocupación era adivinar mis pensamientos para adelantarse a mis órdenes,
+para satisfacer mis caprichos.</p>
+
+<p>»El día en que ocurrió aquella escena, Teobaldo quiso retirarse de
+nuestro servicio; pero mi tío, que tenía necesidad de él (porque a la
+sazón sostenía correspondencia con algunos príncipes alemanes), le mandó
+imperiosamente que se quedase; y Teobaldo, despreciando sus órdenes,
+preparábase a dejarnos: afligida por su pérdida, le supliqué que
+permaneciera con nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah!&mdash;le dije llorando;&mdash;¡ya no me queda ningún amigo!</p>
+
+<p>»Teobaldo se quedó.<a name="page_026" id="page_026"></a></p>
+
+<p>»Severo y brusco para todo el mundo, Teobaldo tenía para mí una dulzura
+y bondad infinitas. Aunque las funciones de preceptor tienen algo de
+enfadosas, nada podía agotar su paciencia, ni aun las rudas pruebas a
+que le sujetaba mi estudio de las lenguas extranjeras.</p>
+
+<p>»Yo aprendía el francés con alguna facilidad; pero el alemán, aunque era
+el especial cuidado de mi tío, me disgustaba sobremanera y tenía que
+violentarme, y ni aun así lograba retener en mi memoria una sola palabra
+de aquel idioma, que yo calificaba de bárbaro. Por último, rogué a
+Teobaldo que cesasen las lecciones, consintiendo él en ello, pero a
+condición de que se lo advertiría a mi tío. Lo prometí, pues, pero no me
+atreví a cumplir mi promesa.</p>
+
+<p>»Una o dos veces me encontré a solas con el Duque, que me preguntaba:</p>
+
+<p>&mdash;»¿Vas comprendiendo la lengua alemana?</p>
+
+<p>»Acordábame entonces que mi tío no comprendía una palabra de ella; esta
+convicción me daba un gran valor, y contestaba brevemente y en tono
+resuelto:</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, mi querido tío; la comprendo perfectamente.</p>
+
+<p>»Pero he aquí que durante una pequeña temporada que Teobaldo estuvo
+ausente del castillo (había ido a ver a su madre que estaba bastante
+enferma), recibió mi tío una carta<a name="page_027" id="page_027"></a> del margrave de Anspach, carta
+confidencial, tres grandes páginas del alemán más difícil.</p>
+
+<p>&mdash;»Veamos lo que contiene&mdash;me dijo;&mdash;léemela.</p>
+
+<p>»Fácilmente se imaginarán ustedes cuál sería mi situación... No encontré
+otra excusa que darle, sino que era demasiado larga.</p>
+
+<p>&mdash;»Eso no importa; te doy de plazo hasta la tarde.</p>
+
+<p>»La dificultad no estaba en el tiempo. Subí a mi aposento, y pasé
+algunas horas en llorar y maldecir al margrave. La hora llegó, pues;
+dejé la carta sobre la mesa y bajé más muerta que viva.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Has terminado?&mdash;me preguntó el Duque.</p>
+
+<p>»Bajé la vista sin contestar, silencio que interpretó como una respuesta
+afirmativa; después de comer me preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;»¿Dónde está esa carta?</p>
+
+<p>&mdash;»Sobre mi mesa&mdash;repuse, encomendando mi alma a Dios.</p>
+
+<p>»Tan grande era el terror que experimentaba al ver acercarse la
+tempestad, que no acertaba a pronunciar una palabra. Para colmo de
+humillación, Teobaldo, que acababa de llegar, entró en el salón. Mi tío
+le informó de lo que se trataba.</p>
+
+<p>&mdash;»Hela aquí&mdash;dijo, tomando la carta, que Carlos tenía en la mano;&mdash;he
+aquí la discípula de usted, que nos va a leer su traducción. Sígala con
+el original, y vea si está bien.<a name="page_028" id="page_028"></a></p>
+
+<p>»Había dos papeles; me entregó uno y dio el otro a mi profesor, cuya
+inquietud igualaba a la mía. Teobaldo estaba turbado, pálido. Pero su
+admiración fue tan grande como la que yo experimenté, cuando fijó su
+vista en el papel que se me había entregado; la carta del margrave
+estaba delante de mí legible, la entendía perfectamente.</p>
+
+<p>»Leí en voz alta; y Teobaldo, que atendía, entretanto, al original, no
+pudo detener más de una vez sus exclamaciones, que mi tío tomaba por
+muestras de aprobación. Por mi parte, viéndome salvada, y no
+explicándome este suceso sino por un milagro que mi razón no acertaba a
+comprender, me preguntaba interiormente:</p>
+
+<p>&mdash;»¿Qué ser caritativo, qué hada ha venido en mi auxilio y cuida de mí
+de esta manera?»</p>
+
+<p>&mdash;Pero perdónenme, amigos míos, perdónenme&mdash;dijo la Condesa con voz
+débil.&mdash;Estos acontecimientos de mi infancia me han entretenido más de
+lo que deseaba... y no tengo fuerzas para continuar...</p>
+
+<p>Su hermana, que ya había estado a punto de interrumpirla, le impuso
+silencio, y alargando su mano a Fernando, le dijo, despidiéndole:</p>
+
+<p>&mdash;Hasta mañana.<a name="page_029" id="page_029"></a></p>
+
+<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+<p>La Condesa continuó su relato, al día siguiente, en estos términos:</p>
+
+<p>»Mi tío había salido del aposento; Teobaldo y yo nos mirábamos aún
+asombrados del suceso, sin que pudiéramos darnos cuenta de una aventura
+que creíamos sobrenatural; porque excepto mi preceptor, que acababa de
+llegar, nadie entendía el alemán en el castillo, incluyéndome a mí, que
+hacía un año lo estaba aprendiendo.</p>
+
+<p>»Carlos permanecía de pie en un rincón del salón y nos miraba sonriendo;
+de pronto, dirigiéndose a Teobaldo, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;»Y bien, querido maestro: ¿no adivina usted que pueda haber aquí otro
+discípulo, que le debe la dicha de haber sido útil a su bienhechora?</p>
+
+<p>»Teobaldo quedó estupefacto, porque esta frase acababa de ser
+pronunciada en el más puro alemán. Yo no pude menos de exclamar:</p>
+
+<p>&mdash;»¿Cómo, Carlos, esa traducción es de usted? ¿Dónde, pues, ha
+aprendido?</p>
+
+<p>&mdash;»Lo que usted no ha querido estudiar, lo he estudiado yo&mdash;nos dijo.</p>
+
+<p>»En efecto, hacía tres años que Carlos asistía asidua y silenciosamente
+a todas mis lecciones,<a name="page_030" id="page_030"></a> y las había aprovechado mucho más que yo. Cuando
+estaba solo y entregado a sí mismo; cuando habían pasado las dos
+terceras partes del día, empleaba en estudiar los momentos que yo
+consideraba perdidos en la ociosidad.</p>
+
+<p>»Teniendo entrada a todas horas en mi gabinete de estudio, del que
+estaba encargado, servíase de mis libros y de mis cuadernos; su
+aplicación y su constancia le habían hecho un joven mucho más instruido
+de lo que podía pedirse a sus años.</p>
+
+<p>»El joven, el paje, a quien todos despreciaban en la casa, poseía
+perfectamente nuestra lengua y varios idiomas extranjeros; conocía la
+historia y la geografía. No había olvidado la música; y apenas había yo
+salido, se sentaba al clavicordio; algunas veces, me acuerdo
+perfectamente, creí, oyendo los sonidos lejanos, que mi maestro se había
+quedado tocando y que ensayaba todavía.</p>
+
+<p>»Fácilmente comprenderán ustedes, queridos amigos, que después de este
+descubrimiento, Carlos no tuvo necesidad de ocultarse. Estudiaba con
+nosotros, en mi compañía. Este acontecimiento había excitado mi
+emulación, y encontré desde entonces en el estudio un placer que había
+ignorado hasta entonces.</p>
+
+<p>»Teobaldo sentíase orgulloso de nuestros progresos, de los de Carlos
+sobre todo, porque su precoz inteligencia concebía con una facilidad
+asombrosa las cuestiones más difíciles y<a name="page_031" id="page_031"></a> abstractas. Reunía a una
+memoria feliz, una concepción rápida, una imaginación ardiente y unos
+sentimientos nobles y elevados que no nacían en la imaginación, sino en
+el corazón. Tales eran las cualidades que brillaban en él de una manera
+notable.</p>
+
+<p>»Teobaldo mirábale con frecuencia sorprendido y me decía en voz baja y
+con acento profético:</p>
+
+<p>»Créame usted, no será un hombre vulgar; cualquiera que sea el estado o
+carrera que abrace, llegará a un puesto elevado.</p>
+
+<p>&mdash;»Si fuese así&mdash;respondía Carlos,&mdash;a ustedes lo deberé, amigos míos; y
+el pobre huérfano no lo olvidará jamás.</p>
+
+<p>»Muy en breve el maestro no tuvo nada que enseñar a su discípulo, que
+era ya su compañero de estudio. Por mi parte, no podía seguirlos ni
+llegar a su altura; pero sentíame orgullosa de saber apreciar lo que
+valían.</p>
+
+<p>»Sus conversaciones eran dulces y amenas: en ellas dejaban ver sus
+nobles y puros sentimientos; tenían elocuencia fácil, sencilla y
+persuasiva. En la soledad del viejo castillo, cerca de aquel anciano
+achacoso y colérico, las horas nos parecían demasiado breves cuando nos
+encontrábamos en aquel santuario del estudio y de la amistad. A los días
+indiferentes y tranquilos de la infancia, debía suceder la edad de oro
+de la juventud, con sus quiméricos encantos, sus grandes ilusiones y su
+inmenso porvenir. Más sabio que nosotros y ya menos<a name="page_032" id="page_032"></a> dichoso, Teobaldo
+era más grave, más reflexivo. Conocía el mundo; es decir, los pesares;
+nosotros no conocíamos más que nuestro mutuo afecto, la amistad y la
+dicha.</p>
+
+<p>»Una mañana, brillaba el bello sol de otoño, estábamos los tres en un
+extremo del parque, hablábamos familiarmente, y Carlos nunca habíase
+mostrado más gracioso y amable.</p>
+
+<p>&mdash;»He soñado esta noche&mdash;nos dijo&mdash;que yo era gran señor y primer
+ministro.</p>
+
+<p>&mdash;»¿En qué reino?&mdash;le interrogué yo.</p>
+
+<p>&mdash;»Mi sueño no me lo ha dicho.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y qué puesto me daba usted en ese sueño?</p>
+
+<p>&mdash;»Usted, señora... era reina.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y Teobaldo?</p>
+
+<p>&mdash;»¡Confesor del rey!</p>
+
+<p>»A esta broma imprevista lancé una carcajada, y mi alegría excitó la de
+Carlos. Sólo Teobaldo guardó su compostura, y nos dijo moviendo la
+cabeza:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Eso sí que es extraño!</p>
+
+<p>»A estas palabras, nuestra alegría creció de pronto.</p>
+
+<p>&mdash;»No se rían ustedes...&mdash;nos dijo con gran seriedad y sangre
+fría.&mdash;Debo ser el más razonable de los tres... y soy el más débil y
+supersticioso... Lo que acaban de decirme me ha impresionado, y a mi
+pesar no puedo dejar de creerlo.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Por qué?&mdash;le interrogué.</p>
+
+<p>&mdash;»Porque he soñado exactamente lo mismo.<a name="page_033" id="page_033"></a></p>
+
+<p>»Todos lanzamos un grito de sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;dijo a Carlos;&mdash;yo sacerdote y tú gran señor.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y yo?&mdash;pregunté a mi vez.</p>
+
+<p>&mdash;»Usted, señora, es diferente&mdash;me dijo con tristeza;&mdash;no estaba con
+nosotros, nos había dejado, nos había abandonado.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah! Entonces ese sueño no es verdad, no tiene sentido
+común&mdash;exclamé.&mdash;Ignoro qué destino nos estará reservado; pero sea el
+que quiera el mío, juro que nada en el mundo me hará olvidar los amigos
+de mi infancia.</p>
+
+<p>&mdash;»Y nosotros juramos lo mismo&mdash;exclamaron los dos a la vez, extendiendo
+hacia mí sus manos, que tenían estrechamente unidas.</p>
+
+<p>»Hubo un instante de silencio, y Teobaldo volvió lentamente a su
+tristeza habitual, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, señora; nuestros presentimientos se cumplirán. Tendrá usted
+inmensas riquezas, será una gran señora... respetada y adorada de todos.
+Tú, Carlos, si atiendo a tu mérito más que a tu sueño, debes, a despecho
+de los obstáculos, a pesar de tu nacimiento, hacer tu camino en el
+mundo, y llegar a los puestos más elevados.</p>
+
+<p>&mdash;»Tanto mejor para ti&mdash;dijo en tono de broma Carlos, dando en la
+espalda de Teobaldo con aire de protección.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Oh! ¡Yo&mdash;prosiguió Teobaldo&mdash;tengo el presentimiento de que seré
+siempre miserable! No seré útil a nadie... Los amaré, velaré<a name="page_034" id="page_034"></a> por
+ustedes y les daré mi vida... Vean ahí&mdash;continuó sonriendo y dándonos la
+mano,&mdash;que mi parte es la mejor, y que de los tres seré el más dichoso.</p>
+
+<p>»La campana del castillo sonó en aquel momento, y nos separamos
+renovando el juramento de eterna amistad, que el Cielo oyó, y que
+nuestros corazones ha mantenido.</p>
+
+<p>»Contra la costumbre, y turbando la tranquilidad de nuestra pacífica
+morada, una numerosa y brillante sociedad acababa de llegar a ella. Era
+un número bastante crecido de jóvenes señores de las cercanías que,
+reunidos desde por la mañana para una partida de caza, habían querido
+descansar de su fatiga en el castillo del duque de Arcos, su vecino.</p>
+
+<p>»Como castellano, mi tío sentíase lisonjeado con esta visita y recibió
+alegremente a sus nuevos huéspedes; parecía inquieto, y en su orgullo
+español se apresuraba para ejercer dignamente los deberes de la
+hospitalidad. Díjome que bajase al salón para recibir a aquellos señores
+y hacer los honores de la casa. Obedecí, y, al verme, hubo entre aquella
+multitud, cuyas miradas todas se dirigieron hacia mí, una especie de
+rumor, el cual no podía explicarme, y que me turbó extraordinariamente.
+Recibíamos muy pocas veces, y los nobles señores que nos honraban con su
+visita eran, por lo general, viejos duques y ancianos señores, amigos y
+contemporáneos de mi tío. Semejante sociedad fijaba poco la atención en<a name="page_035" id="page_035"></a>
+mí, y tenían la costumbre de mirarme como a una niña. Durante este
+tiempo yo había crecido; contaba quince años; era bien parecida, y por
+el incidente de tan inesperada visita, me convencí de que llamaba la
+atención mi persona; mis amigos nada me habían dicho, y el efecto rápido
+y maravilloso que produje en la concurrencia me sorprendió en extremo...
+Todo, en aquel día, me decía que era linda; y si hubiese podido dudarlo
+todavía, las exclamaciones que oía a mi alrededor bastaban para disipar
+mis dudas.</p>
+
+<p>&mdash;»Por San... ¡Qué linda es! ¡qué talle de reina! ¡qué hermosos ojos
+negros! No hay nada mejor en la corte.</p>
+
+<p>&mdash;»Yo lo daría todo por ella&mdash;dijo un hombre de pequeña estatura y de
+bigotes negros.</p>
+
+<p>&mdash;»Y yo también&mdash;agregó una voz ronca que me causó miedo;&mdash;todo, excepto
+mi jauría y mi caballo árabe.</p>
+
+<p>»Estas y otras exclamaciones semejantes se repetían en el salón por
+veinte personas a la vez, sin que yo perdiera una sola palabra.</p>
+
+<p>»Poco después llegó mi tío; acababa de vestirse con su gran uniforme y
+el gran cordón de la Orden de Calatrava, e invitó a sus convidados a
+pasar al comedor.</p>
+
+<p>»Al oír estas palabras, aquellos señores se olvidaron de mí, pues el
+apetito que tenían, como buenos cazadores, no les permitía pensar más
+que en comer; en verdad no tenían otra cosa que hacer.<a name="page_036" id="page_036"></a></p>
+
+<p>»A los primeros instantes de silencio, sucedió una conversación animada
+y ruidosa como en el final de una asamblea. Cada cual refería sus
+proezas en la caza, y después que el vino circuló en abundancia, no hubo
+medio de entenderse. ¡Qué discursos, Dios mío! ¡Cuánta ignorancia!
+¡cuánta fatuidad! Menos mal, cuando estos nobles señores no son más que
+tontos o fatuos; pero muchos de ellos se distinguían por su grosería y
+malos modales.</p>
+
+<p>»Aturdida y disgustada de aquella sociedad, parecíame oír una lengua
+desconocida, que estaba en un mundo nuevo y extravagante, lejos de mi
+país, de mis amigos a quienes ansiaba volver a ver; antes de que
+terminase la comida, las frecuentes libaciones habían acalorado los
+cerebros de nuestros convidados.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Por esta hermosa joven!&mdash;exclamó uno de ellos apurando un vaso de
+vino.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Por nuestro huésped el duque de Arcos!&mdash;agregó otro.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Por los jabalíes de estos dominios!&mdash;dijo la voz ronca que había
+oído antes en el salón.</p>
+
+<p>»Este intrépido cazador, el Nemrod de la partida, era un joven de
+veinticuatro a veinticinco años, de cabellos y bigotes rojos, cuyas
+facciones, de expresión dura y altanera, hubieran sido regulares si no
+hubieran estado surcadas por una enorme herida que se había hecho con la
+rama de un árbol.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Por los jabalíes de estos dominios&mdash;repitió,&mdash;y por el que he muerto
+esta mañana!<a name="page_037" id="page_037"></a></p>
+
+<p>&mdash;»Te equivocas, Eduardo&mdash;respondió uno de los convidados;&mdash;ese jabalí
+ha sido muerto por mi mano.</p>
+
+<p>&mdash;»¡No! Lo mató mi bala; yo lo he visto.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Sí, cuando lo has tocado estaba ya muerto!</p>
+
+<p>&mdash;»¡Mientes!</p>
+
+<p>»Su adversario quiso lanzarse sobre él, pero el duque de Arcos se
+levantó para separarlos, lo que consiguió después de algunos esfuerzos,
+logrando que la disputa no pasase de allí. Como medida de precaución,
+acordose la partida, y mientras los convidados se despedían, llamaron a
+sus domésticos e hicieron ensillar sus caballos.</p>
+
+<p>»Entonces me encontré sola un momento con el terrible Eduardo, el eterno
+cazador, y me fue fácil conocer que brillaba menos en el salón que en la
+mesa. El vino de España, que mi tío les había prodigado, debilitó su
+cerebro, y costole gran trabajo balbucear algunas excusas sobre la
+escena que acababa de desarrollarse; poco a poco fuese animando, sus
+ojos se enrojecieron, su andar era menos vacilante, y me dirigió algunas
+frases galantes y tan expresivas, que consideré prudente retirarme.</p>
+
+<p>&mdash;»No tema usted nada&mdash;me dijo;&mdash;yo parto; pero, noble castellana,
+espero que tendrá usted a bien conceder a un animoso caballero el beso
+de despedida.</p>
+
+<p>«Rehusé... pero en vano; y como él insistiese, quise arrojarme a la
+puerta; pero adivinando<a name="page_038" id="page_038"></a> mi pensamiento, se interpuso en mi camino y me
+rechazó bruscamente.</p>
+
+<p>»Fuese a causa del choque brusco que recibí, o por el terror que aquel
+hombre me inspiraba, vacilé y caí dando un grito de terror.</p>
+
+<p>»En aquel momento apareció Carlos en la puerta del salón, y lanzándose a
+Eduardo, le golpeó en la mejilla. Este, furioso, echó mano a un cuchillo
+de monte que llevaba en la cintura, e hirió a Carlos. Yo vi el acero
+brillar; vi la sangre correr; después no percibí nada, no sentí nada;
+había perdido el conocimiento.</p>
+
+<p>»Cuando volví en mí, cuando principié a recordar mis ideas, estaba
+acostada; me encontraba en un gran aposento apenas iluminado, y a la
+débil luz de una lámpara distinguí dos hombres: uno de ellos, de pie,
+levantaba mi cabeza y procuraba hacerme beber un líquido que no sabía lo
+que era; el otro estaba arrodillado al pie de mi cama y oraba.</p>
+
+<p>&mdash;»Dios nos ha oído&mdash;murmuró en tono bajo una voz que me era conocida,
+la de Carlos.&mdash;Por fin vuelve en su conocimiento, ya abre los ojos.</p>
+
+<p>»Y los dos amigos se abrazaron. Los veía, y no podía explicarme cómo
+estaba en aquella estancia, en aquel lecho, sin criados, sin ninguna de
+mis doncellas y no teniendo otros acompañantes que Teobaldo y Carlos.</p>
+
+<p>»Llamé, y nadie acudió; traté de hablar, y se me impuso silencio; pedí
+que al menos se me permitiese ver la luz del día: pero esto no<a name="page_039" id="page_039"></a> se me
+concedió sino al día siguiente, y sólo entonces supe la verdad.</p>
+
+<p>»Carlos fue herido en el brazo, pero su herida no era grave. Una fiebre
+ardiente se había apoderado de mí; estuve algunos días delirando y me vi
+atacada de una enfermedad contagiosa, enfermedad que hacía tiempo
+azotaba el país, y que hería de muerte a todo el que alcanzaba. Al
+primer síntoma de la aparición de la viruela, el espanto en el castillo
+fue grande. Mi tío, egoísta y miedoso como todos los ancianos a quienes
+lo avanzado de su edad les hace amable la vida y que temen perder los
+bienes que poseen, no quiso verme, y mandó cerrar todas las puertas que
+daban a mis habitaciones; me hubiese hecho salir del castillo, pero no
+se atrevió, temiendo no encontrar quien ejecutase sus órdenes. El
+ejemplo del amo se comunicó a la servidumbre: un terror pánico se había
+apoderado de todos los habitantes de la casa. Nadie hubiera osado
+tocarme ni acercarse a mi habitación: todos se apartaban de mí con
+horror, y durante doce días, mis dos amigos no me abandonaron un
+momento, prodigábanme día y noche los más asiduos cuidados, viviendo en
+aquella atmósphera de muerte; y por premio de todos sus cuidados, de
+tanta solicitud, no pedían al Cielo más que mi vida. En el instante en
+que me recobré, sus ojos estaban fijos en los míos con celestial
+expresión, con la alegría de una madre que acaba de encontrar a su
+hijo.<a name="page_040" id="page_040"></a></p>
+
+<p>»Me pareció que de repente había conmovido sus corazones alguna viva
+inquietud, pues interrogaban con angustia mis facciones, espiando mis
+más pequeños movimientos; pero pronto se tranquilizaron y sus miradas
+brillaron de satisfacción y de contento; los transportes de alegría de
+aquellos dos seres, consagrados únicamente a mi cuidado, me
+recompensaron ampliamente de mi aislamiento y de todas las defecciones
+que había sufrido.</p>
+
+<p>»Ambos estaban arrodillados junto a mi lecho y besaban mis manos, que yo
+retiré bruscamente y como asustada. ¡Ay de mí! Recobraba la razón, y con
+ella el conocimiento y una especie de terror. Temía que mis generosos
+amigos fuesen víctimas de su abnegación, y mis presentimientos se vieron
+realizados, al menos para Teobaldo, pues algunos días después, enfermo
+de bastante gravedad, padecía la misma dolencia que me aquejaba; Carlos
+entonces se alejó de mí, me abandonó; Teobaldo estaba peligrosamente
+enfermo, y era el amigo a quien amaba más en el mundo. Encontrando
+nuevas fuerzas en su juventud, a medida que eran necesarios sus
+cuidados, su cuerpo hízose infatigable como su alma, y Carlos pasaba los
+días y las noches al lado de su amigo; teníalo en sus brazos, y cuando,
+por mi parte, le hablaba del riesgo a que se exponía, me contestaba:</p>
+
+<p>&mdash;»No, no corro peligro alguno; el Cielo me protege, y Dios no me
+abandonará.<a name="page_041" id="page_041"></a></p>
+
+<p>»Pensando y obrando de este modo, no perdió la confianza y el valor que
+le animaban ni por un solo instante; sólo él daba alientos a nuestro
+abatido espíritu, y hacíanos concebir las más halagüeñas esperanzas.</p>
+
+<p>»Algunas veces le veía ceder, a su pesar, a la inquietud, al dolor; pero
+estos momentos eran pasajeros, y en breve recobraba su serenidad y
+sonreía ocultando su pena.</p>
+
+<p>&mdash;»Los días de peligro han pasado&mdash;decía;&mdash;Teobaldo se encuentra mejor,
+la Providencia nos protege.</p>
+
+<p>»Tenía razón. Dios se había compadecido de nosotros.</p>
+
+<p>»Carlos se libró del contagio, y Teobaldo convalecía; pero el mal había
+dejado impresa en él su terrible huella, y, menos afortunado que yo,
+quedó desfigurado.</p>
+
+<p>&mdash;»No estaré hermoso&mdash;me decía sonriendo;&mdash;pero por feo que esté, espero
+que usted no me desconocerá.</p>
+
+<p>»Nuestra amistad no sólo se conservaba, sino que se hizo más íntima y
+firme, y las pruebas que mutuamente nos habíamos dado nos probaron que
+siempre sería la misma.</p>
+
+<p>»Volvimos a nuestra existencia tranquila, a nuestros estudios, a
+nuestras acostumbradas conversaciones; y más felices y dichosos que
+antes de la tempestad, nos parecíamos a los marineros salvados
+milagrosamente de un naufragio.</p>
+
+<p>»Carlos estaba cada día más contento, más<a name="page_042" id="page_042"></a> satisfecho, más decidor; su
+gracia y su ingenio animaban todas nuestras reuniones, y cuando nos
+encontraba juntas a las dos personas a quien su solicitud y cuidado
+había salvado, su rostro tomaba una expresión de alegría y de contento
+difícil de explicar.</p>
+
+<p>»Sólo pensaba en nosotros, y se ocupaba asiduamente en procurar
+distracciones al pobre Teobaldo, que desde su enfermedad y durante su
+convalecencia estaba demasiado triste y abatido.</p>
+
+<p>»En más de una ocasión me hizo notar su estado; cuando le sorprendía en
+sus paseos por el parque, le encontraba solo, la cabeza baja, y sus ojos
+contenían con dificultad sus lágrimas; inquietos al verle de este modo,
+le preguntamos el motivo que tanto le afligía.</p>
+
+<p>&mdash;»Mi pobre madre&mdash;nos dijo&mdash;está en peligro de muerte.</p>
+
+<p>»Compartimos su dolor y procuramos consolarle; pero, ¡ay de mí! bien
+pronto la perdió, y lloramos con él sin poder calmar su tristeza, que
+aumentaba cada día. Obligado por nuestras continuas preguntas, nos
+declaró, por último, que hacía tiempo meditaba un proyecto que nos
+participaría al día siguiente.</p>
+
+<p>»En efecto: la mañana de dicho día encontrábame en el salón de música,
+sentada cerca de Carlos, cuyos dedos corrían sobre el clavicordio, sin
+ocuparnos de la obra que teníamos delante. Yo le hablaba de la herida
+que había recibido defendiéndome, que sólo él había olvidado,<a name="page_043" id="page_043"></a> y de que
+nunca le oí quejarse; le recordaba su entrada en el salón en el momento
+que Eduardo me rechazaba brutalmente cuando intentaba huir de su lado.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah!&mdash;me dijo.&mdash;Fue el día más horrible de mi vida; no había
+experimentado nunca un dolor semejante.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Cuándo hirió a usted con su cuchillo?</p>
+
+<p>&mdash;»No, cuando creí que iba a abrazar a usted.</p>
+
+<p>»Al pronunciar estas palabras, que parecían escapadas de sus labios,
+había en su voz, en su mirada, una expresión que no había notado nunca
+en él, y que me causó profundo asombro.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Carlos!&mdash;exclamé inclinándome hacia él.</p>
+
+<p>»Lanzó un grito de dolor y su rostro se cubrió de una palidez intensa.
+Acababa, sin saberlo, de oprimir con fuerza el brazo en que su herida
+estaba abierta todavía, y fuera de mí, caí a sus pies para pedirle
+perdón por el daño que sin querer le había causado; quiso levantarme, y
+su cabeza tocó la mía, sus labios rozaron ligeramente los míos, y, en
+aquel momento, apareció Teobaldo. Nos vio, y una palidez mortal invadió
+su rostro, mientras que Carlos y yo nos sonrojamos al darnos cuenta de
+su presencia.</p>
+
+<p>»Teobaldo se repuso, y nos sonrió con la tristeza que acostumbraba.</p>
+
+<p>&mdash;»Amigos míos&mdash;nos dijo, sentándose cerca de nosotros.&mdash;Se acordarán
+ustedes de la sorpresa<a name="page_044" id="page_044"></a> que me causó, hace algunos meses, el sueño que
+Carlos nos contó había tenido. Y esa sorpresa fue tanto mayor, cuanto
+que hacía muchísimo tiempo que esas mismas ideas eran las mías; fueron
+las primeras que yo concebí, y que el tiempo y mi enfermedad han
+fortificado. Cuando estaba usted, señora, en peligro de muerte, prometí
+a Dios que si la salvaba, me consagraría a él, abrazaría el estado
+eclesiástico.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Hacerse religioso?&mdash;exclamé.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y por qué no? ¿Qué destino me espera en el mundo? ¿puedo aspirar
+acaso a la dicha de tener una familia? ¿qué mujer me aceptaría por
+esposo? ¿de quién puedo esperar ser amado? La vida religiosa me brinda
+el reposo y la calma; conviene a mi carácter tranquilo y dado al
+estudio; ella no nos separará. Dios no prohíbe amar a sus amigos; al
+contrario, nos manda rogar por ellos, y yo no me ocuparé de otra cosa
+sino de la felicidad de ustedes.</p>
+
+<p>»Carlos, con toda la efusión y el calor de una verdadera amistad,
+combatió semejante proyecto; pero Teobaldo rechazaba todas sus
+objeciones con la calma y sangre fría de un hombre cuya resolución es
+inquebrantable; pero como nosotros insistiésemos, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;»¿Dirán ustedes, acaso, que no tomo ese partido por ambición? Carlos,
+¿no soñaste que yo llegaría a las primeras dignidades de la Iglesia?
+Déjenme que haga mi fortuna, y entonces<a name="page_045" id="page_045"></a> se manifestarán celosos más
+bien que opuestos a mi proyecto.</p>
+
+<p>&mdash;»¡No lo consentiremos, de ningún modo!</p>
+
+<p>&mdash;»Preciso será que consientan ustedes, pues ya está hecho.</p>
+
+<p>»Ambos lanzamos un grito de dolor y de sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;prosiguió él;&mdash;he pronunciado mis votos.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Cuándo?</p>
+
+<p>&mdash;»Hace pocos días. Había previsto lo difícil que me sería resistir a
+sus instancias, y he querido evitar esta debilidad anteponiéndome a
+ella. No me compadezcan ustedes, amigos míos: estoy contento, soy
+dichoso.</p>
+
+<p>»En efecto, a partir de este día la calma sucedió a las inquietudes que
+agitaban su alma. La serenidad apareció en su frente, la sonrisa en sus
+labios; su amistad parecía más intensa, más pura. Aislado del mundo,
+parecía no tener sobre la tierra más objeto que nosotros, y consagraba
+al Cielo y al estudio todos los instantes en que no lo necesitábamos.
+Tuve el atrevimiento de pedir para él a mi tío el título de capellán del
+castillo, que poseía rentas considerables, y el Duque me concedió este
+favor.</p>
+
+<p>»Logrado este primer deseo, solicité para Carlos la plaza de secretario,
+que Teobaldo no podía desempeñar, a lo cual accedió también mi tío sin
+repugnancia y sin objeción alguna. Semejante conducta de su parte dejome
+profundamente<a name="page_046" id="page_046"></a> admirada, y mi alegría rayaba en locura, pensando que la
+edad había cambiado el carácter del Duque.</p>
+
+<p>»En la entrevista que tuve con él, para pedirle ambos favores, me dijo:</p>
+
+<p>&mdash;»A mi vez, tengo también alguna cosa que pedirte.</p>
+
+<p>&mdash;»Todo lo que quiera usted, querido tío&mdash;le contesté,&mdash;se lo concedo
+por anticipado.</p>
+
+<p>&mdash;»Está bien&mdash;me dijo abrazándome, favor que nunca me había hecho;&mdash;no
+olvides esta palabra, te la recordaré pasadas algunas semanas.</p>
+
+<p>»Una mañana, en efecto, me hizo llamar a su habitación; me puse a sus
+órdenes, sin saber de lo que se trataba; mi corazón latía con violencia,
+mis piernas temblaban y tuve necesidad de detenerme algunos instantes
+antes de entrar en su gabinete, para disimular mi emoción. Mi tío estaba
+sentado cerca de una mesa y leía; al verme, dejó sus anteojos y su
+libro.</p>
+
+<p>&mdash;»Querida sobrina&mdash;comenzó diciéndome;&mdash;eres demasiado bella y bien
+educada; tienes talento, más sin duda de lo que convendría a la familia
+de los Arcos; pero el mal, si lo es, no tiene remedio. Además, cuentas
+diez y ocho años, y todos los señores de las cercanías solicitan tu
+mano.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah!&mdash;exclamé;&mdash;no he pensado en casarme...<a name="page_047" id="page_047"></a></p>
+
+<p>»Mi tío me miró con sorpresa y prosiguió fríamente:</p>
+
+<p>&mdash;»Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte que
+he ofrecido tu mano a uno de mis vecinos.</p>
+
+<p>»Me turbé de tal modo, que creí que iba a perder el conocimiento. Mi tío
+me mostró con el dedo un sillón, y, sin interrumpirse, continuó
+diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;»He elegido el más rico y más noble, el hijo del conde de Pópoli.
+Vendrá mañana; prepárate a recibirle.</p>
+
+<p>»Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi tío tomó
+sus anteojos y su libro y me hizo seña con la mano para que me retirase.</p>
+
+<p>»Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extendía hacia mí...
+obedecí, sin despegar mis labios; salí y me encaminé a mi aposento,
+donde derramé un mar de lágrimas. ¿Por qué? ¿de dónde provenía mi
+desesperación? Lo ignoraba, nunca me había dado cuenta de lo que podía
+suceder en mi corazón. Sólo mis amigos eran capaces de consolarme, y fui
+en su busca.</p>
+
+<p>&mdash;»Amigos míos&mdash;les dije llorando;&mdash;aconséjenme, sálvenme, me quieren
+casar.</p>
+
+<p>»Teobaldo se estremeció; luego le vi levantar los ojos al cielo y
+brillar en ellos una lágrima.</p>
+
+<p>»Carlos púsose pálido como la muerte, y nada<a name="page_048" id="page_048"></a> me contestó. Creí que no
+me había comprendido.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Me quieren casar!&mdash;repetí;&mdash;¡díganme algo! ¡contéstenme!... ¿Qué me
+aconsejan?</p>
+
+<p>&mdash;»No consienta usted&mdash;exclamó Carlos con alegría.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Prefiera usted la muerte!&mdash;dijo Teobaldo.</p>
+
+<p>»Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra...
+Permaneció algunos instantes con la cabeza entre las manos, como
+buscando alguna idea.</p>
+
+<p>&mdash;»Si tal es la voluntad del señor Duque&mdash;dijo luego,&mdash;ni la razón, ni
+las lágrimas, ni los ruegos conseguirán vencerlo.</p>
+
+<p>»Teobaldo y yo comprendimos que tenía razón, y guardamos silencio.
+Carlos continuó:</p>
+
+<p>&mdash;»Por mi parte, ni aun ensayaría el hacerle cambiar de modo de pensar;
+sería inútil.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Qué haría usted?</p>
+
+<p>&mdash;»Me dirigiría a un poder superior al suyo. Abandonaría el castillo, e
+iría a refugiarme en un convento, el <i>della Pietá</i>, donde se encuentra
+la hermana menor de usted, la señora Isabel.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Tiene razón!&mdash;exclamé;&mdash;¡partamos!</p>
+
+<p>&mdash;»¡Insensata!&mdash;exclamó Teobaldo deteniéndome;&mdash;¿Cree usted que la
+abadesa <i>della Pietá</i> consentiría en recibirla y retenerla contra la
+voluntad del señor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; ni
+uno sólo querría excitar su cólera, ni resistiría a sus justas
+reclamaciones... Porque, sobre todo, él tiene<a name="page_049" id="page_049"></a> dos derechos sobre usted.
+Es usted su sobrina... y la ha educado.</p>
+
+<p>»Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justos
+razonamientos. Teobaldo inclinó la cabeza y prosiguió, al cabo de un
+momento:</p>
+
+<p>&mdash;»Un solo medio queda, que yo le diré.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y cuál es?</p>
+
+<p>&mdash;»Lo sabrá usted pasados unos días.</p>
+
+<p>»A pesar de nuestras instancias, no quiso satisfacer la ansiedad que
+experimentábamos.</p>
+
+<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+<p>»La mañana siguiente, el látigo de un postillón resonó en el patio del
+castillo, y a poco se vio entrar un magnífico coche precedido y seguido
+de escuderos y picadores. Mi tío, de pie y rodeado de todos sus criados,
+recibió en la escalera a un joven a quien abrazó, conduciéndole luego al
+salón principal. En seguida me envió a decir que me esperaba. Creí que
+no acabaría nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposento
+conducía al salón de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme...
+En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entré con los ojos bajos y sin
+poder apenas sostenerme.</p>
+
+<p>»Mi tío se me acercó, y tomándome la mano me presentó al conde de
+Pópoli, que hacía un año había heredado de su padre las más ricas<a name="page_050" id="page_050"></a>
+propiedades de la comarca. ¡Imagínense lo que pasó por mí, gran Dios, al
+reconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos años antes
+y en aquella misma habitación me había groseramente insultado, el que
+tan baja y cobardemente había herido a un hombre desarmado e indefenso!</p>
+
+<p>»El conde de Pópoli me saludó con respeto, y después se volvió a mi tío,
+el cual, continuando la conversación comenzada, le dijo fríamente:</p>
+
+<p>&mdash;»Dentro de quince días y en la capilla del castillo, mi capellán
+celebrará el matrimonio.</p>
+
+<p>»A lo que el Conde contestó inclinándose:</p>
+
+<p>&mdash;»Como guste, monseñor.</p>
+
+<p>»Indignada de tanta tiranía; convencida que ante tan firme resolución mi
+dicha no sería tomada en cuenta para nada, encontré en la convicción de
+mi inevitable desgracia una energía desconocida hasta entonces, y juré
+que nunca sería la esposa del conde de Pópoli.</p>
+
+<p>»Carlos, por su parte, mostrábase tranquilo y lleno de esperanza en los
+medios que había imaginado y sobre los cuales guardaba el más profundo
+silencio.</p>
+
+<p>»Pero, transcurridos algunos días, toda la confianza de que había hecho
+alarde le había abandonado; taciturno y silencioso, era presa de una
+sombría desesperación.</p>
+
+<p>&mdash;»No hay salvación para usted&mdash;me dijo;&mdash;no puedo hacer otra cosa que
+morir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Pópoli,<a name="page_051" id="page_051"></a> y sin
+nombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que le
+había dirigido hace dos años; le he ofrecido y pedido una reparación más
+completa que la que había obtenido. Contaba con que aceptaría, porque
+dicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida en
+sus manos. Quería por ese medio impedir la desgracia de usted, o no ser
+testigo de ella. Esto es, señora, todo lo que podía hacer por usted el
+pobre Carlos. Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntándome quién
+era... ¡Quién era, señora!... ¡cuando se trataba de morir!... ¡Huérfano,
+bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un señor!...
+el conde de Pópoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porque
+el señor Duque me hizo azotar.</p>
+
+<p>&mdash;»¡A usted, Carlos!</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, azotado...</p>
+
+<p>»En aquel momento llegó Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos...</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, son ustedes muy desgraciados&mdash;nos dijo, procurando darnos una
+esperanza que él mismo no tenía, mezclando a los consuelos de la amistad
+los de la religión.</p>
+
+<p>»Durante dos días le vi ocupado solamente en calmar la desesperación de
+Carlos, que, en el colmo de su desventura, nada quería escuchar. Su
+exasperación cesó de repente; pero sombrío y pensativo, guardaba el más
+profundo silencio con Teobaldo y conmigo. Parecía enteramente ocupado de
+un siniestro proyecto<a name="page_052" id="page_052"></a> que absorbía toda su atención y le hacía olvidar
+a sus amigos.</p>
+
+<p>»Entretanto pasaban los días, y ya estábamos en la víspera del fijado
+para la realización del funesto enlace.</p>
+
+<p>»Teobaldo se presentó delante de mí, pálido y con el semblante demudado.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Juanita!&mdash;me dijo;&mdash;es necesario salvar a Carlos, es preciso salvar
+su alma. Esta mañana ha venido a mí, no como a un amigo, sino como al
+ministro del altar; me ha pedido la absolución, que yo le he rehusado,
+porque está firmemente decidido a cometer un crimen.</p>
+
+<p>&mdash;»¡El!&mdash;exclamé.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí... un crimen que lleva consigo la condenación eterna. No le
+maldiga usted, señora; no le abrume con su cólera... ¡Hoy mismo quiere
+matarse!</p>
+
+<p>»Yo lancé un grito agudo, y sentí que un frío mortal se apoderaba de mí.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Matarse!&mdash;exclamé;&mdash;¿y por qué?</p>
+
+<p>&mdash;»¿Por qué?&mdash;repitió Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas,
+frías como el mármol...&mdash;No sé cómo decírselo... y no obstante es
+preciso... es necesario...</p>
+
+<p>»Y al hablar así el sudor corría por su pálida frente.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Acabe! ¡Acabe!</p>
+
+<p>&mdash;»¡Pues bien!&mdash;dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre sí
+mismo:&mdash;sólo a mí me ha confiado su secreto, y usted no debería saberlo
+nunca... ¡Ama a usted como un insensato!<a name="page_053" id="page_053"></a> ¡Vea por lo que se quiere
+matar! ¡Vea por qué la maldición del Cielo caerá sobre él!</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah!&mdash;exclamé:&mdash;también deberá caer sobre mí, porque sus pensamientos
+son los míos.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Usted, Juanita! ¡quiere morir!</p>
+
+<p>»Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continuó con voz
+temblorosa:</p>
+
+<p>&mdash;»¿Le ama usted del modo que él la ama?</p>
+
+<p>»Yo nada contesté; pero caí a sus pies. Teobaldo lanzó un grito y guardó
+el más profundo silencio; después, fijando sobre mí una mirada llena de
+bondad, me dijo:</p>
+
+<p>&mdash;»Hija mía (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado por
+las santas funciones de su ministerio), hija mía, ¡ojalá pueda alejar de
+usted y que caiga sobre mí la desgracia que ambos se han preparado!
+Prométame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpable
+que le cerraría las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volver
+a encontrarla.</p>
+
+<p>&mdash;»Pero entonces, ¿qué partido tomaremos?</p>
+
+<p>&mdash;»Uno hay&mdash;contestó con emoción;&mdash;si ama usted a Carlos, si se siente
+capaz de arrostrar por él la cólera del señor Duque, el desprecio del
+mundo, las desgracias, la miseria quizás.</p>
+
+<p>&mdash;»Estoy pronta.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dándole semejante consejo... Pero,
+piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma...<a name="page_054" id="page_054"></a></p>
+
+<p>»Teobaldo calló por algunos momentos como si le espantase el partido que
+acababa de tomar.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah! Dios perdonará una falta mejor que un crimen. Cásese con Carlos
+en secreto y ante el altar.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y quién se atreverá a arrostrar la venganza de mi tío, de mi
+familia? ¿Quién nos desposará?</p>
+
+<p>&mdash;»¡Yo!&mdash;repuso Teobaldo.</p>
+
+<p>»No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arrojé
+en sus brazos.</p>
+
+<p>&mdash;»¿De dónde proviene esa sorpresa?&mdash;continuó:&mdash;¿no le tengo dicho hace
+algunos años que no sería en balde la protección que me dispensaba?</p>
+
+<p>»No teníamos tiempo que perder. A la mañana siguiente debía celebrarse
+mi matrimonio con el conde de Pópoli, y decidimos que aquella misma
+noche Carlos y yo iríamos a la capilla del castillo por caminos
+diferentes; que Teobaldo bendeciría nuestra unión, y una vez efectuado
+nuestro enlace, nos resignaríamos a sufrir la cólera del duque de Arcos,
+que podría sumirnos en una prisión, arrojarnos del castillo y
+desheredarnos, pero no romper nuestra unión!</p>
+
+<p>»Después de la comida nos trasladamos al salón, cuyas puertas vidrieras
+daban al parque; el conde de Pópoli, sentado cerca de mí, mostrábase tan
+galante como se lo permitían sus costumbres de cazador.<a name="page_055" id="page_055"></a></p>
+
+<p>»Carlos entró, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conocí que
+Teobaldo le había prevenido. Acababa de despedirse de mi tío, pues debía
+marchar a una granja a la mañana siguiente. Pasó por delante del Conde,
+a quien saludó fríamente, y aproximándose a mí para despedirse, tomó mi
+mano, que llevó respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;»Esta noche a las doce.</p>
+
+<p>&mdash;»¡A las doce!&mdash;repitió estrechando mi mano y dirigiéndome una mirada
+llena de reconocimiento y de ternura.</p>
+
+<p>»En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseaba
+hablarle y le esperaba en el parque.</p>
+
+<p>»Algunos momentos después, desde las ventanas del salón los vi pasar por
+una calle de árboles de las más lejanas. No pude distinguir el rostro
+del extranjero, cuyo porte no me pareció completamente desconocido,
+agolpándose a mi imaginación ideas y recuerdos confusos.</p>
+
+<p>»Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, en
+su paso incierto y vacilante, notaba una agitación y una inquietud que
+no podía explicarme, y de la que participé cuando pasó una gran parte de
+la noche sin verle aparecer en el salón; pero bien pronto, me decía yo
+mirando el reloj, bien pronto sabré lo que significa esa visita
+imprevista.</p>
+
+<p>»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación y
+púseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, me<a name="page_056" id="page_056"></a>
+encaminé hacia la capilla. Teobaldo me había precedido.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Eres tú, Carlos?&mdash;pregunté.</p>
+
+<p>&mdash;»No, hija mía&mdash;me contestó una voz temblorosa.</p>
+
+<p>»Era Teobaldo.</p>
+
+<p>»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, y
+cuando los primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de la
+capilla, Carlos no había aparecido.</p>
+
+<p>»Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarse
+en el castillo.</p>
+
+<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+<p>»La ausencia de Carlos&mdash;prosiguió la Condesa,&mdash;su desaparición
+misteriosa e imprevista nos habían anonadado. ¿Habría sido víctima de
+alguna traición? ¿Nuestros proyectos habían sido descubiertos? ¿Su
+rival, celoso, había pagado asesinos que le matasen? ¿La venganza y el
+poder del duque de Arcos, le habían privado de su libertad y le habían
+recluido en alguna prisión de Estado?</p>
+
+<p>»Nos perdíamos en conjeturas, y en vano buscábamos la causa de aquel
+misterio; toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimos
+saber. Por otra parte, lo mismo el conde de Pópoli que el duque de Arcos
+parecían ignorar el suceso; no tenían la menor reserva<a name="page_057" id="page_057"></a> para con
+Teobaldo; no nos impedían vernos, y aunque irritados por mi resistencia,
+atribuían mi obstinación a la repugnancia que sentía al matrimonio más
+bien que a otra causa extraña. A fuerza de lágrimas y súplicas, había
+obtenido tres meses de tregua, jurando que cumpliría mi palabra llegado
+el plazo.</p>
+
+<p>»Cuando transcurrieron los tres meses, pedí de nuevo otra prórroga; pero
+era necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fe
+jurada... ¡Ay de mí! ¡no hay poder divino ni humano que pueda cambiar el
+destino! ¡Mi cabeza estaba trastornada, mi corazón herido; sólo quedaba
+mi mano, y el duque de Arcos dispuso de ella!</p>
+
+<p>»¡Era ya condesa de Pópoli!</p>
+
+<p>»Como satisfecho de este postrer acto de tiranía que labraba mi eterna
+desdicha, y como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi tío
+murió al año de efectuarse mi matrimonio, dejándonos todos sus bienes.
+Ningún cambio hubo en mi suerte, ninguna nueva de Carlos. Si, como
+creíamos, había sido encerrado en alguna prisión a ruegos del duque de
+Arcos, la muerte de éste debía ponerle en libertad. Pero no pareció, y
+Teobaldo me dijo, desesperado:</p>
+
+<p>&mdash;»Está visto; nuestro amigo no existe.</p>
+
+<p>»Ambos le lloramos, y en las calles de árboles del parque donde solíamos
+sentarnos los tres en tiempos más felices, colocamos unas piedras en
+forma de monumento fúnebre, misterioso como su suerte; no inscribimos
+nombre<a name="page_058" id="page_058"></a> alguno, ninguna inscripción; y junto a esta tumba sin despojos,
+pero animada por nuestros recuerdos, nos reuníamos todas las tardes para
+hablar de él, para rogar por él y pedir a la Providencia que pusiese fin
+a nuestro dolor y a su ausencia.</p>
+
+<p>»Viví de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y coléricas,
+pero cuyo corazón era menos malo de lo que yo creí en un principio.
+Todos sus defectos provenían de una educación descuidada. Un amor propio
+excesivo y un orgullo sin límites eran la consecuencia de su absoluta
+ignorancia; y cuando, con una habilidad y una paciencia infinitas,
+Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que ignoraba, empezó
+por confiar menos en sí mismo y más en nosotros. Por mi parte me dediqué
+a moderar su carácter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura no
+lograba desarmarle.</p>
+
+<p>»A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecían
+nuestros vecinos. Admiraban mi resignación, que no se debía,
+seguramente, a la indiferencia. Era demasiado desgraciada para ocuparme
+de ciertas pequeñeces.</p>
+
+<p>»La tristeza de Teobaldo aumentaba de día en día. La vista del castillo
+le apenaba profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, a
+no verme sufrir tanto, se hubiese retirado de nuestra morada desde hacía
+mucho tiempo. Sombrío y taciturno, huía de toda distracción<a name="page_059" id="page_059"></a> y aun del
+estudio; entregado a la religión, pasaba día y noche al pie del altar.
+En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido respetaba
+su virtud.</p>
+
+<p>»Hacía algunos meses que el conde de Pópoli visitaba con frecuencia a
+los señores de las cercanías, o los recibía en nuestra casa, donde
+tenían conferencias secretas. En fin, con gran sorpresa mía, llegué a
+observar que ya no se dedicaba solamente a la caza. Con frecuencia me
+daba a traducir o escribir cartas para algunos señores de Alemania;
+estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenían un sentido
+diferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tardé en adivinar.</p>
+
+<p>»El conde de Pópoli parecía satisfecho de sus proyectos; pero, a pesar
+de esto, en algunos momentos violentábase para aparecer con un aspecto
+tranquilo, y, en ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas.
+Contra su costumbre, parecía preocupado por una idea y semejábase a un
+hombre sumido en profundas meditaciones. Hice notar mis observaciones a
+Teobaldo, que me trató de visionaria y no quiso darme crédito.</p>
+
+<p>»No obstante, cierto día entró en mi habitación con aire agitado.</p>
+
+<p>&mdash;»Juanita&mdash;me dijo:&mdash;aquí sucede algo extraordinario. Hay una porción
+de armas en los subterráneos del castillo.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Armas de caza?&mdash;le pregunté.</p>
+
+<p>&mdash;»No, deben de ser destinadas para otro fin:<a name="page_060" id="page_060"></a> esta tarde, cuando volvía
+del pueblo de suministrar los Sacramentos a una enferma, se me ha
+aproximado, enmedio del bosque, un hombre envuelto en una capa y me ha
+dicho en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;»Señor capellán; abandone esta misma noche el castillo en compañía de
+la Condesa; peligra su libertad y su vida; mañana será demasiado tarde.</p>
+
+<p>»En seguida se alejó precipitadamente.</p>
+
+<p>&mdash;»Es alguno&mdash;le dije,&mdash;que ha querido burlarse de usted.</p>
+
+<p>&mdash;»No, no&mdash;me contestó haciendo la señal de la cruz;&mdash;porque me ha
+parecido oír la voz de Carlos que venía a salvarla.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Carlos!&mdash;exclamé;&mdash;es imposible.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, eso mismo he pensado yo; pero mi corazón me ha dicho que era él.
+Cuando se alejaba, después de estrechar mi mano, grité:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Carlos! ¡Carlos!</p>
+
+<p>»Entonces se detuvo, y creí que se iba a arrojar en mis brazos; pero me
+equivoqué, pues lanzando un grito de dolor, volvió la cabeza y
+desapareció velozmente.</p>
+
+<p>»No podré explicar la turbación que me causó esta sencilla relación.
+¿Por qué abandonar el castillo donde estábamos seguros, y en el que
+nuestra numerosa servidumbre podía defendernos? Semejante aviso me
+pareció absurdo y me hizo dudar de todo.</p>
+
+<p>»Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envié a buscar a mi
+esposo. A pesar<a name="page_061" id="page_061"></a> de ser ya más de media noche, el Conde estaba fuera
+todavía. Ordené que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regresó al
+castillo en toda la noche.</p>
+
+<p>»La inquietud se apoderó de mí, y apenas amaneció hice que fueran en su
+busca. Pero las puertas del castillo estaban bien guardadas por soldados
+españoles, y no dejaron pasar a mis emisarios. Poco después,
+presentóseme el oficial que los mandaba, y me dijo respetuosamente:</p>
+
+<p>&mdash;»Vengo a cumplir una orden bien sensible para mí. Estoy encargado de
+prender a usted.</p>
+
+<p>&mdash;»A mí, señor oficial?</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, a la condesa de Pópoli.</p>
+
+<p>&mdash;»¿De orden de quién?</p>
+
+<p>&mdash;»Del Rey.</p>
+
+<p>»Me vi obligada a obedecer y, un momento después, subía al coche que se
+me tenía preparado. Llegamos al Castillo-Nuevo, donde fui encerrada. El
+conde de Pópoli había sido igualmente arrestado aquella misma noche en
+casa de un caballero vecino nuestro, que estaba complicado con él en la
+conspiración que se tramaba.<a name="page_062" id="page_062"></a></p>
+
+<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+<p>»El conde de Pópoli, dueño de una inmensa fortuna, que aumentó
+considerablemente al agregársele la del duque de Arcos, mi tío, creía
+que su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabeza
+del gobierno. No había pensado nunca que el talento debe tenerse en
+cuenta, y habíase indignado de la poca importancia que siempre le
+concedió la corte de España. Soñando con el virreinato de Nápoles, y no
+escuchando más que la voz de su orgullo y su amor propio herido,
+concibió el proyecto de hacerse temer de los que le habían despreciado.
+Quiso librar a los napolitanos del yugo de los españoles e hizo entrar
+en el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se creía
+jefe, y de los que no era más que el instrumento; porque, en caso de
+triunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevación en la que el
+conde de Pópoli corría todos los peligros.</p>
+
+<p>»¡La conspiración era evidente, las pruebas numerosas y el parecer de
+los jueces era unánime!... Pero la opinión pública estaba tan
+pronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento y
+capacidad del conde de Pópoli, que nadie dudaba de que tal proyecto no
+había sido concebido por él; a causa de esto,<a name="page_063" id="page_063"></a> se me creyó el alma de
+aquel complot. Decíase que mis consejos y mi influencia le habían hecho
+entrar en esta conspiración, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra,
+se me concedían los honores de la invención. Debo confesar que las
+cartas escritas por mí y que obraban en poder de los jueces, constituían
+una prueba más que suficiente en contra mía.</p>
+
+<p>»Supongo que conocerán ustedes los detalles de ese proceso, que tanto
+ruido hizo en España y en Italia. Sabrán también que fuimos condenados a
+muerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran.</p>
+
+<p>»Mis jueces, compadecidos de mi juventud, habían solicitado gracia de la
+corte de Madrid, la que parecía imposible alcanzar porque la población
+de Nápoles nos miraba como a héroes, como a mártires de la libertad;
+había querido derribar las puertas de nuestra prisión, y hasta llegó a
+intentar una sublevación con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otro
+resultado que asegurar nuestra pérdida.</p>
+
+<p>»La ejecución de la sentencia se había fijado para el día de San Javier,
+y la víspera solicité que se me concediesen dos favores, los que me
+fueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, a
+la que había sacado del convento un año antes y a quien nuestra prisión
+obligó a entrar de nuevo en él; y la segunda, elegir yo misma mi
+confesor. Se me dijo que un capellán estaba a las puertas de la prisión
+y que quería hablarme. Debía de ser<a name="page_064" id="page_064"></a> Teobaldo; no me había engañado, en
+efecto.</p>
+
+<p>»Entró con la frente erguida, la mirada llena de expresión; y
+comprendiendo el santo gozo que le animaba, corrí a él diciéndole:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Amigo mío! ¡Padre mío! He aquí el día de la libertad: la mirada de
+usted me lo hace concebir.</p>
+
+<p>&mdash;»Aun no&mdash;me contestó con una sonrisa triste y expresiva.</p>
+
+<p>»Luego, volviéndose al gobernador de la prisión, que entraba en aquel
+instante, le entregó una carta, que leyó vivamente, y, sorprendido en
+extremo por su contenido, la dejó caer sobre la mesa junto a la cual
+estaba yo sentada. Fijé en ella una mirada investigadora y me estremecí
+al ver unos caracteres que no me eran desconocidos. Sólo contenía estas
+palabras:</p>
+
+<p>«Vuestra Majestad me prometió ayer concederme todo lo que le pidiese;
+pido gracia para la condesa de Pópoli y su esposo.</p>
+
+<p class="r top5">»<span class="smcap">Carlos Broschi.</span>»</p>
+
+<p>»Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se leía: «Concedido.</p>
+
+<p class="r">»<span class="smcap">Fernando.</span>»</p>
+
+<p class="top5">»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, pero
+desterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonar
+el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros
+bienes. El Conde se ocupó de<a name="page_065" id="page_065"></a> nuestro viaje, y yo con el corazón lleno
+de gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Carlos existe!&mdash;exclamé:&mdash;¡existe!</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le
+he entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo lo
+ha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué ese
+silencio, ese misterio en su destino?</p>
+
+<p>&mdash;»Juanita&mdash;respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:&mdash;no
+me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer.</p>
+
+<p>&mdash;»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto?</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro
+del Señor... y bajo el secreto de la confesión.</p>
+
+<p>&mdash;»Una sola palabra&mdash;le dije:&mdash;¿sigue amándome aún?</p>
+
+<p>&mdash;»Más que nunca.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Está libre?</p>
+
+<p>&mdash;»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto es
+lo que tal vez no debería decirle&mdash;continuó con voz trémula...&mdash;Pero,
+comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he
+impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá su
+palabra.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Tiene razón!<a name="page_066" id="page_066"></a></p>
+
+<p>»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbre
+angustiosa agitaba y oprimía mi corazón.</p>
+
+<p>&mdash;»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión&mdash;le dije,&mdash;se alejó
+de nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos?</p>
+
+<p>&mdash;»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por el
+deber.</p>
+
+<p>&mdash;»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lo
+mismo?</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, señora.</p>
+
+<p>&mdash;»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora?
+¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;repuso con voz firme.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ya estoy tranquila!&mdash;exclamé tendiéndolo la mano;&mdash;como él,
+Teobaldo, seré digna de usted; como él, permaneceré fiel al deber,
+aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas.</p>
+
+<p>»En aquel momento se presentó el conde de Pópoli. El buque estaba pronto
+y era necesario partir; los días del destierro comenzaban para nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Adiós, pues, patria mía!&mdash;decía llorando.&mdash;¡Adiós, hermoso cielo de
+Nápoles! ¡Adiós todo lo que he amado en el mundo!</p>
+
+<p>»Y, entretanto, el navío nos alejaba para siempre de aquellas queridas
+playas, pobres, desterrados, sí, ¡desterrados para siempre!... Esta
+palabra vibraba en mis oídos con una violencia que ni el ruido de las
+olas, ni los gritos<a name="page_067" id="page_067"></a> de los marineros podían ahogar; mientras que a lo
+lejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal de
+despedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en la
+obscuridad. Largo tiempo permanecí sobre cubierta obstinada en
+distinguirlo, y cuando ya no le vi...</p>
+
+<p>&mdash;»Todo ha terminado para mí&mdash;dije.</p>
+
+<p>»Y me creí sola en el mundo.</p>
+
+<p>»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemos
+junto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio se
+hace aún más amargo si nos vemos rodeados tan sólo de seres
+indiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres con
+quienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más cruel
+comparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el mal
+humor y hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo me
+acusaba, hasta de la miseria que no había conocido, y que en breve llegó
+a aumentar mis dolores.</p>
+
+<p>»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendación
+alguna, no teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos;
+nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguen
+ustedes, pues, de mi situación, cuando nos pidieron el precio de nuestro
+alojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban para
+pagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estábamos próximos a
+encontrarnos sin<a name="page_068" id="page_068"></a> pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de Pópoli
+un paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor del
+duque de Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinas
+que le debía hacía mucho tiempo.</p>
+
+<p>»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no tenía
+más que un amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos en
+que estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al que
+ocultaba una buena acción disfrazándola con el reconocimiento.</p>
+
+<p>»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña,
+cuyo modo de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastante
+quebrantada. El Conde encargó a un individuo que nos proporcionase una
+residencia modesta y conveniente, y se presentó, por fortuna nuestra,
+una buena ocasión; estaba en venta una encantadora posesión en los
+alrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto y
+elegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimos
+por un precio módico.</p>
+
+<p>»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modesta
+habitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo
+de extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado y
+dispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allí
+tenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los
+libros que más me complacía<a name="page_069" id="page_069"></a> en leer, y que una mano generosa había
+recogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierro
+encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.</p>
+
+<p>&mdash;»Gracias, Carlos, gracias&mdash;murmuré interiormente.</p>
+
+<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+<p>»Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestro
+aislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacían mucho
+bien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos su
+país y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado para
+siempre del suelo que le vio nacer, decidió, pues, entrar al servicio de
+Inglaterra, y presentó al efecto una solicitud a los ministros de Jorge
+II, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina,
+la que me recibió con dulzura, pero me manifestó que sentía mucha pena
+por no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid.</p>
+
+<p>&mdash;»Sería arriesgarse&mdash;me dijo,&mdash;a recibir las justas reclamaciones del
+embajador de España.</p>
+
+<p>»En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareció apoyado en el
+brazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesité
+hacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconocer
+en aquel joven a Carlos, el cual palideció visiblemente y<a name="page_070" id="page_070"></a> se vio
+obligado a apoyarse en un sillón. La Reina le tendió la mano y le dijo
+con bondad:</p>
+
+<p>&mdash;»Siéntese, Carlos.</p>
+
+<p>»Se inclinó cortésmente y permaneció de pie, continuando mirándome, con
+el más profundo silencio. Yo me despedí de SS. MM. y me retiré de su
+presencia; poco después llegué a mi casa en un estado difícil de
+explicar. El conde de Pópoli me aguardaba con impaciencia, y le conté el
+mal éxito de mis gestiones y la poca esperanza que debía tener; mientras
+hablaba, entró en el patio un carruaje.</p>
+
+<p>»Las puertas del salón se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual se
+presentó en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad.</p>
+
+<p>&mdash;»Señor&mdash;dijo al conde de Pópoli,&mdash;debo mi fortuna y mi posición al
+duque de Arcos y a su sobrina, y mi único deseo es poder recompensarles
+un día el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables me
+han hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quienes
+he hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda un
+empleo de cierta categoría en el ejército inglés, cuyos valientes
+soldados pertenecen a todos los países, como ha dicho el Rey al firmar
+el despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, y
+suplico a usted olvide lo pasado y disponga de mí incondicionalmente.</p>
+
+<p>»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendo
+contener su<a name="page_071" id="page_071"></a> emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole:</p>
+
+<p>&mdash;»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme su
+mano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía.</p>
+
+<p>»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa.</p>
+
+<p>&mdash;»He jurado a Teobaldo&mdash;me dijo,&mdash;no hablar a usted de mi amor y
+sostendré este juramento. Pero había ofrecido también velar por usted,
+protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy un
+amigo... un hermano... que nada pide para sí, sólo desea ver a usted...
+porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo el
+suficiente valor para privarme de ello; preferiría morir.</p>
+
+<p>»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa,
+elegía las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo,
+podía adivinar lo que sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra,
+una mirada de amor; pero la intensa emoción que le devoraba poníase de
+manifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía con frecuencia que
+comprendía sus sufrimientos y su abnegación.</p>
+
+<p>»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después de
+algunas palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de lo
+que Teobaldo me había dicho, comprendí que en el instante en que
+debíamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un<a name="page_072" id="page_072"></a> deber
+que yo no podía explicarme, le había separado de mí... ¡Volvía a mí, me
+amaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estaba
+encadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, y
+entonces todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tan
+grande, que apenas podía hablar; y yo, más conmovida que él, procuraba
+llevar la conversación a la época de nuestra niñez, a los tiempos de
+nuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por una secreta
+curiosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Aquel hombre&mdash;decíale,&mdash;aquel extranjero que llegó la misma tarde
+del día en que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fue
+la causa de su partida?</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;contestábame en tono sombrío:&mdash;él fue la causa de que mi
+felicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Mi
+dolor, mi desesperación... no han encontrado consuelo, ni olvido mis
+males sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo a
+usted... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cual
+hasta entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna...
+¡fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y no
+ha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estaría en presencia
+de usted... no se atrevería a fijar los ojos en el ángel que ama, que
+adora... No, no&mdash;repitió bajando la voz:&mdash;¡que reverencia, que<a name="page_073" id="page_073"></a> respeta,
+y que le han arrebatado para siempre!</p>
+
+<p>»Cuando acabó de pronunciar estas palabras, ocultó el rostro entre sus
+manos para ocultar su llanto. Pero comprendí su acción.</p>
+
+<p>&mdash;»Carlos&mdash;le dijo con dulzura:&mdash;hay un secreto que pesa sobre la vida
+de usted.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, un secreto que me matará.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Ese secreto&mdash;proseguí,&mdash;que ha revelado usted a Teobaldo, no puedo
+conocerlo?</p>
+
+<p>»Se estremeció y me miró como espantado.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ignora usted, pues&mdash;continué,&mdash;que le estimo tanto como Teobaldo,
+que le amo tanto como él!... ¡ah! ¡mil veces más!... La proximidad de la
+muerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; ¡y cree usted que
+un secreto del que depende su suerte no me podrá ser confiado! ¡Teobaldo
+lo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardaré por el amor que profeso a
+usted, y el hierro del verdugo no lograría arrancármelo.</p>
+
+<p>»Carlos me miró algunos instantes con amor y reconocimiento; una
+radiante mirada brilló en sus ojos y creí que iba a ceder; pero me
+contestó con tristeza:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignórelo siempre si me
+ama; porque no podré decírselo sin morir: ¡el día que lo conozca habré
+dejado de existir!</p>
+
+<p>»En aquel instante entró mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobre
+sí mismo, cambió su tristeza en la conversación viva y mordaz que le
+caracterizaba.<a name="page_074" id="page_074"></a></p>
+
+<p>»Había en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras un
+atractivo que le hacía simpatizar con todo el que le trataba. El Conde
+cedía con frecuencia a su ascendiente y dejábase arrastrar por él,
+seducido por lo agradable de la conversación; asombrábase de encontrar
+un placer que no fuese la caza. Habíase acostumbrado de tal modo a las
+visitas de Carlos, que el día que éste no iba estaba de mal humor y
+regañaba con todo el mundo, sin exceptuarme a mí.</p>
+
+<p>»Por esta época, deseó pasar a un regimiento que iba a Hannover, y su
+instancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una mano
+invisible. Pero lo que más me admiraba era que yo había hablado a muchas
+personas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conocía este nombre ni
+habían oído hablar de la persona así llamada.</p>
+
+<p>»Cierto día presentose un hombre en mi casa y preguntó a mis criados si
+el señor Broschi debería ir allá, porque no le había encontrado en su
+alojamiento, según decía, y le era absolutamente necesario verle. Se me
+dio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como éste
+probablemente esperaba.</p>
+
+<p>»El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancos
+dábanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animada
+por unos ojos vivos y que aun tenían algo de brillo de la juventud.</p>
+
+<p>»Le hablé de Carlos, y repentinamente levantó<a name="page_075" id="page_075"></a> la cabeza con una alegría
+y un orgullo difíciles de explicar. Carlos, según pude deducir, era su
+dios, su ídolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona a
+quien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo le
+llevase demasiado lejos, cesó de prodigarle sus elogios.</p>
+
+<p>&mdash;»No puedo hablar más&mdash;decía:&mdash;si le conociese usted como yo; si
+supiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... ¡Es
+un hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto y
+tan dulce! Es la bondad misma... no causará daño a nadie... exceptuando,
+tal vez, a una persona.</p>
+
+<p>»El anciano enjugó una lágrima que resbalaba por sus mejillas. En cuanto
+a mí, escuchábale con atención, porque me parecía que una voz conocida
+llegaba a mis oídos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios de
+Carlos, cuando éste entró en el salón. Apenas vio al desconocido, Carlos
+se enrojeció; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradas
+ardientes, y un temblor nervioso agitó todo su cuerpo.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Usted aquí?&mdash;exclamó:&mdash;¿Quién le ha permitido venir? ¿quién le ha
+dado permiso para presentarse delante de mí?</p>
+
+<p>&mdash;»Sólo he querido verte un instante, Carlos&mdash;contestó el anciano
+temblando.&mdash;¡Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!...</p>
+
+<p>&mdash;»¿Qué desea usted?&mdash;continuó Carlos procurando disimular su enojo en
+mi presencia.&mdash;<a name="page_076" id="page_076"></a>Le he señalado diez mil libras de pensión: ¿quiere
+quince, quiere más todavía?</p>
+
+<p>&mdash;»No, bien lo sabes tú... no es esto lo que yo quiero.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Quiere veinte? Pero con la condición de que partirá al instante, y
+de que no le volveré a ver.</p>
+
+<p>&mdash;»Todo lo rehúso, si no me permites que te vea al menos una vez al año.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Sea!&mdash;repuso Carlos, dominado por un acceso de cólera.&mdash;¡Pero
+parta... aléjese!</p>
+
+<p>&mdash;»Te obedezco, Carlos&mdash;dijo el anciano llorando.&mdash;¡No eres cruel y malo
+sino para mí!... ¡No me quejo! ¡tienes razón!... Pero llegará un día en
+que me hagas justicia... Adiós, pues, hasta el año próximo... ¿no es
+cierto? Adiós, Carlos, yo pediré a Dios por ti.</p>
+
+<p>»El extranjero salió, y Carlos dejose caer en un sofá conmovido y lleno
+de ira.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah! ¡Dios mío!&mdash;le dije acercándome a él:&mdash;¿quién es ese anciano?</p>
+
+<p>&mdash;»¡Qué! señora, ¿no le ha conocido usted?&mdash;me dijo en tono brusco.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah! No, se lo aseguro.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Es mi padre!</p>
+
+<p>&mdash;»¿Su padre?&mdash;exclamé:&mdash;¡Mi antiguo maestro de música!... El buen
+Gerardo Broschi... ¡Ah! ¿De dónde viene, qué ha sido de él? ¡sería muy
+dichosa en abrazarle!...</p>
+
+<p>»Corrí a la ventana para llamarle, pero Carlos me detuvo: veía atravesar
+una de las calles de árboles al anciano, que se alejaba en el parque,<a name="page_077" id="page_077"></a> y
+reconociéndole en aquel instante, exclamé:</p>
+
+<p>&mdash;»¿Es el extranjero que, en el castillo de Arcos, fue preguntando por
+usted en la tarde del funesto día en que nos separamos?</p>
+
+<p>&mdash;»El mismo. Hacía diez años que había partido para San Petersburgo,
+donde era el maestro de música, o, mejor dicho, el confidente de la
+emperatriz Catalina; ésta le empleó en intrigas de la corte, lo cual,
+descubierto por el Czar, a quien no gustaba que se burlasen de él, envió
+a Gerardo a la Siberia. Allí ha permanecido siete años, sin poder dar
+noticia alguna de su existencia, y regresó a Nápoles el mismo día en que
+debía efectuarse nuestro matrimonio.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y por qué, Carlos, usted, que es tan bueno para todo el mundo, trata
+con tanta dureza a su padre?</p>
+
+<p>»Carlos no me contestó.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Por qué rehúsa verle?</p>
+
+<p>&mdash;»¿Por qué?&mdash;me dijo con aire sombrío y temblando
+convulsivamente:&mdash;porque cuando le veo me dan ganas de matarle. Esto es
+horrible, ¿no es verdad? Y como no quiero ser parricida, le he prohibido
+que se ponga en mi presencia. Hago mal, sin duda, y me acuso de ello;
+pero quiero evitar una desgracia.</p>
+
+<p>»Carlos inclinó la cabeza sobre el pecho y quedó silencioso.</p>
+
+<p>»Algunos días después recibimos una visita que estábamos muy lejos de
+esperar. Carlos iba<a name="page_078" id="page_078"></a> frecuentemente a desayunarse y a pasar el día con
+nosotros. Un criado entró y dijo en voz baja a Carlos que monseñor el
+obispo de Nola deseaba verle. Carlos exclamó sorprendido:</p>
+
+<p>&mdash;»¡El! ¡en Inglaterra!... ¿Qué le ha traído?... ¿Por qué no entra?
+¿Teme volver a ver a sus amigos y encontrarse entre ellos?</p>
+
+<p>»En aquel instante abriose la puerta y apareció Teobaldo. Mi esposo
+lanzó un grito de sorpresa:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Es posible! ¡el antiguo capellán del duque de Arcos! ¡El que el año
+pasado todavía era nuestro capellán! ¡verle en los altos puestos de la
+Iglesia!</p>
+
+<p>»En seguida, el Conde se acercó a él, y saludándole con respeto le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;»¿Parece, señor Teobaldo, que ha hecho usted una brillante carrera?</p>
+
+<p>&mdash;»Pero, no por mi talento ni por mis méritos&mdash;repuso fríamente
+Teobaldo,&mdash;sino por la protección de algunos amigos.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Han cumplido su promesa!&mdash;exclamé vivamente.</p>
+
+<p>&mdash;»No por completo...&mdash;dijo en tono de reconvención y dirigiendo una
+severa mirada a Carlos, que estaba sentado a mi lado.</p>
+
+<p>»Luego, aproximándose a él, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;»He venido hasta aquí porque es necesario que te hable.</p>
+
+<p>&mdash;»Más tarde, monseñor&mdash;le contestó Carlos con voz dulce y sonrisa
+graciosa, que parecía querer desarmar el rigor que demostraba
+Teobaldo.<a name="page_079" id="page_079"></a>&mdash;Tenemos tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;»No&mdash;repuso Teobaldo con dureza.&mdash;Vengo a buscarte, a llevarte;
+necesitamos partir hoy mismo.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y por qué razón?</p>
+
+<p>&mdash;»Por una muy importante, que ya te explicaré.</p>
+
+<p>&mdash;»No demoren ustedes por nosotros su conferencia, grave sin duda&mdash;dijo
+el conde de Pópoli.&mdash;Pasen a mi gabinete, que pongo a su disposición; yo
+voy a salir, y les ruego obren con toda libertad, pues están en su casa.</p>
+
+<p>»Abrió la puerta del aposento, y los dos amigos entraron en él; en
+seguida partió el Conde, y yo quedé sola.</p>
+
+<p>»No sé cómo decir a ustedes lo que sentí entonces, y la horrible
+tentación que se apoderó de mí. Teobaldo y Carlos estaban allí... a dos
+pasos de mí... hablando sin duda de aquel misterio de que dependía su
+suerte y por consecuencia la mía.</p>
+
+<p>»Arrastrada por una mano de hierro y tentada por la curiosidad de saber
+el secreto que me negaban, me acerqué a la puerta, y pálida y anhelante,
+sin poder respirar apenas, bajé la cabeza y me puse a escuchar lo que
+decían.<a name="page_080" id="page_080"></a></p>
+
+<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+<p>»Me puse a escuchar&mdash;repitió la Condesa;&mdash;pero sus palabras no llegaban
+hasta mí sino a intervalos, y había perdido el principio de la
+conversación.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;decía Teobaldo:&mdash;por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya,
+me habías jurado que no volverías a verla.</p>
+
+<p>&mdash;»Me es imposible cumplir ese juramento... ¡La amo más que nunca!</p>
+
+<p>&mdash;»Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su
+reposo; pero te importa que ella pierda el único bien que aun le resta
+en el mundo, su reputación, que siendo sus deudos, siendo sus amigos,
+debemos conservar y que sin la menor consideración comprometes a los
+ojos de todos.</p>
+
+<p>&mdash;»Tienes razón... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el
+corazón helado, la rabia y la desesperación que en mi pecho se encierran
+y que mis labios callan.</p>
+
+<p>&mdash;»Así, pues&mdash;exclamó Teobaldo levantando la voz a impulsos de la
+cólera,&mdash;es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el
+reconocimiento y el deber.</p>
+
+<p>&mdash;»¡El deber!</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, el Rey está enfermo, y te llama... tiene<a name="page_081" id="page_081"></a> necesidad de tu
+ciencia. Su vida, que habías salvado, está nuevamente en peligro, y
+olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Pero esta mujer lo es todo para mí: es mi alma, es mi vida!</p>
+
+<p>&mdash;»Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a
+buscarte y tendrás que seguirme.</p>
+
+<p>&mdash;»No puedo abandonar a Juanita.</p>
+
+<p>&mdash;»Me seguirás, te digo.</p>
+
+<p>&mdash;»Pero al menos, ahora no.</p>
+
+<p>&mdash;»Hoy mismo, en seguida.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Nunca!</p>
+
+<p>&mdash;»Yo sabré contenerte.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Te desafío a que lo hagas!</p>
+
+<p>&mdash;»¡Pues bien! Por salvar al menos a uno de vosotros, voy a decírselo
+todo a Juanita...</p>
+
+<p>»Y observé que Teobaldo se acercaba a la puerta.</p>
+
+<p>»Carlos dio un grito.</p>
+
+<p>&mdash;»Te obedezco... marcho... dejo la Inglaterra. Déjame siquiera una hora
+a su lado.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Una hora! Sea&mdash;contestó Teobaldo.</p>
+
+<p>&mdash;»Yo iré a buscarte&mdash;dijo Carlos.</p>
+
+<p>&mdash;»No, voy a hacer que dispongan el coche, y vendré yo mismo por ti...
+Esto es más seguro.</p>
+
+<p>»Ambos salieron del gabinete; Teobaldo se ausentó acto continuo, y yo
+quedé sola con Carlos.</p>
+
+<p>»La conversación que acababa de oír, aunque demasiado vaga para mí, me
+había hecho conocer,<a name="page_082" id="page_082"></a> no el amor de Carlos, pues ya lo conocía con
+exceso, pero sí el origen de su fortuna. Había oído que la vida del Rey
+estuvo en peligro, y que Carlos, por medio de su ciencia, la había
+salvado. Carlos no me había dicho que el estudio y el trabajo le habían
+abierto una carrera, y aunque conocía su aptitud para todas las
+ciencias, ignoraba que la medicina le hubiese conducido a la fortuna y
+al merecido renombre de que gozaba. Por este medio llegué a explicarme
+el crédito y el favor de que gozaba cerca de algunas testas coronadas.
+¿Pero por qué ocultarme esos pormenores? ¿Por qué ese cuidado extremoso
+que ponía en que ignorase acontecimientos que tanto me interesaban y que
+de tal modo anhelaba conocer? He aquí lo que no podía explicarme y lo
+que procuré averiguar.</p>
+
+<p>«Estaba frente a mí, y su mirada era triste e incierta, no sabiendo sin
+duda cómo darme cuenta de su próxima partida. Fui en su auxilio, y
+tendiéndole la mano le dije:</p>
+
+<p>&mdash;«Perdóneme usted, Carlos; perdone una culpable indiscreción de que me
+acuso. Quería, sin preguntárselo, saber su secreto; lo he escuchado.</p>
+
+<p>»A estas palabras, la palidez de la muerte cubrió su rostro; sus
+mejillas pusiéronse lívidas y cayó a mis pies inmóvil y como aterrado.</p>
+
+<p>»¡Ah! en aquel espantoso momento lo olvidé todo... Pasmada, fuera de mí,
+caí de rodillas ante él, sintiéndome dispuesta a seguirle.<a name="page_083" id="page_083"></a></p>
+
+<p>&mdash;»¡Carlos!&mdash;exclamé:&mdash;Carlos, ¿me oyes? ¡Vuelve en ti para escuchar que
+te amo!</p>
+
+<p>»Sentí entonces escaparse de sus labios un tenue suspiro; su corazón no
+había cesado de latir... Vivía todavía. Abrí las ventanas, y un aire
+puro refrescó la habitación y logró reanimarle. Le hice respirar un
+pomo, y por fin abrió los ojos; mi nombre fue la primera palabra que
+pronunciaron sus labios, y levantó la cabeza, que tenía apoyada sobre mi
+pecho.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Dónde estoy?&mdash;preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;»Junto a mí, cerca de tu amiga, que te pide que la perdones.</p>
+
+<p>»En pocas palabras le conté mi falta, mi imprudencia, y le referí todo
+lo que había escuchado.</p>
+
+<p>»A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desaparecía
+lentamente. Un ligero carmín lo coloreó; la sangre y la vida circulaban
+por sus venas... Y, entretanto, sentíase bañado por mis lágrimas, y
+percibía los latidos de mi corazón, que, a mi pesar, le ponían de
+manifiesto mi alarma y mi amor.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Angel del cielo!&mdash;exclamó.&mdash;¡Eres tú quien me llama y quien busca mi
+alma!</p>
+
+<p>&mdash;»No, no&mdash;le dije:&mdash;esa alma tan noble y pura debe permanecer aún sobre
+la tierra; es nuestra, nos pertenece.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, tienes razón&mdash;me contestó, entusiasmado;&mdash;esa alma es tuya,
+tuya... Porque sólo tú puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los
+abismos; sólo tú puedes hacerme dichoso <a name="page_084" id="page_084"></a>o quitarme la vida. ¡Oh,
+Juanita! Nunca sabrás lo que sufro... ¡Vivir junto a ti, enervarse con
+tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder
+manifestarlo... éste es el tormento que me acibara todos los instantes
+del día... bien lo ves, no puedo renunciar a él, no puedo separarme de
+ti sin morir!</p>
+
+<p>»Carlos estaba a mis pies, y cubría mis manos con sus besos... En mi
+turbación, en la enajenación de mis sentidos, percibí el ruido que hacía
+una puerta al abrirse. Un momento después, el conde de Pópoli estaba
+detrás de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento
+de su carácter, comprenderían el furor que se apoderó de él. Se arrojó
+sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo
+caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;»Escúcheme usted, escúcheme: su esposa es inocente, lo juro delante de
+Dios.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Y bien! ¡pronto vas a justificarte delante de él!&mdash;dijo el Conde,
+que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una
+rabia que había de serle fatal.</p>
+
+<p>»Al arrojarse sobre Carlos, que no hacía más que defenderse, cayó
+mortalmente herido. En aquel instante entró una persona en el salón. Era
+un amigo, un salvador; era Teobaldo.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Desdichado!&mdash;gritó dirigiéndose a Carlos:&mdash;¡Vete, vete! ¡Mi coche
+está a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita!<a name="page_085" id="page_085"></a></p>
+
+<p>&mdash;»¡Y este honor!&mdash;exclamé,&mdash;¿quién podrá salvarlo ya?</p>
+
+<p>&mdash;»Yo&mdash;repuso Teobaldo;&mdash;yo, por el deber que tengo de velar sobre
+usted.</p>
+
+<p>»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logrado
+llegar hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Al
+oír este modo de llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaron
+en la habitación. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde
+tendido y bañado en su propia sangre. Teobaldo le sostenía en sus
+brazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi desvanecida.</p>
+
+<p>»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aun
+ellos mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida.</p>
+
+<p>&mdash;»Vayan ustedes&mdash;dijo con voz desfallecida a los criados;&mdash;hagan venir
+al aldermán<sup>[*]</sup>, a los magistrados, porque quiero hablar delante de
+ellos...</p>
+
+<p><sup>[*]</sup> Oficial municipal de Londres.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;dijo Teobaldo:&mdash;ejecuten las órdenes del señor; pero&mdash;agregó en
+seguida,&mdash;déjennos solos con él.</p>
+
+<p>»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho donde
+había sido acostado el moribundo.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Cuál es su propósito, señor Conde?&mdash;le preguntó con voz grave y
+solemne.</p>
+
+<p>&mdash;»El de encargar a la ley mi venganza, entregar<a name="page_086" id="page_086"></a> a los magistrados la
+adúltera y sus cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de
+todo el mundo, los que me han engañado y deshonrado sean a la vez
+deshonrados con un castigo público y deshonroso...</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?&mdash;replicó
+Teobaldo con voz solemne.&mdash;¿Si ha acusado usted y herido al inocente; si
+ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?</p>
+
+<p>&mdash;»En vano espera usted engañarme&mdash;dijo el moribundo.</p>
+
+<p>&mdash;»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho
+de muerte y delante de Dios que me escucha.</p>
+
+<p>&mdash;»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignos
+magistrados... Sí, hablaré.</p>
+
+<p>«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores se
+presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de
+éstos y llegaban hasta la escalera.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah!&mdash;dije a Teobaldo:&mdash;¡Estoy perdida!</p>
+
+<p>&mdash;»¡No, mientras yo viva!</p>
+
+<p>»Y se arrojó de rodillas al pie del lecho.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Escúcheme&mdash;dijo a mi esposo;&mdash;escúcheme en nombre de la salvación de
+su alma!</p>
+
+<p>»E inclinando su cabeza al oído del Conde, le dijo algunas palabras que
+no pudimos entender.</p>
+
+<p>»Durante este tiempo el magistrado se acercó<a name="page_087" id="page_087"></a> lentamente, aunque
+guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigiéndose a
+los que le rodeaban, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;«Señores: declaro que he sido herido legalmente por el señor Carlos
+Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos
+míos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos
+sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. ¡Y
+usted, padre mío, bendígame!»</p>
+
+<p>&mdash;»¡Que Dios le reciba en su seno!&mdash;dijo el prelado al moribundo.</p>
+
+<p>»Comenzó a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes
+contestaban, y después echó sobre su frente el óleo santo.</p>
+
+<p>»Un rayo de alegría brilló en los ojos del Conde, estrechó la mano de
+Teobaldo, me tendió la otra, y díjome con dulzura:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Perdóname!...</p>
+
+<p>»Y el cielo abriose para él.</p>
+
+<p>»¡Me sería imposible describir a ustedes todo lo que yo experimenté
+durante aquel corto período de tiempo, tan largo para mí, tan horrible y
+extraño! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de
+sorpresa, me habían asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me
+faltaban, debilitábase mi razón, y algún tiempo después de tan penosos
+acontecimientos no podía creer todavía en la calma que me rodeaba.</p>
+
+<p>»Fiel al silencio y a la discreción que se me había impuesto, y sin
+darme explicación alguna acerca de los tristes sucesos de que habíamos
+sido<a name="page_088" id="page_088"></a> testigos y actores, Teobaldo separose de mí algunos días después
+de la muerte del conde de Pópoli.</p>
+
+<p>&mdash;»Usted no me necesita&mdash;díjome.&mdash;La dejo rodeada de la estimación
+pública y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volveré
+también. Otro reclama mis cuidados; otro amigo más desdichado que
+usted... ¡porque él es culpable!</p>
+
+<p>»Y se ausentó Teobaldo.</p>
+
+<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+<p>»Me quedé sola, pues, en aquella casa que tan bella me había parecido
+siempre y cuya soledad me causaba, a la sazón, una profunda tristeza;
+los primeros meses de mi viudez los pasé sin recibir noticia alguna de
+mis amigos; ¿a que se debía este silencio de su parte? Lo ignoraba.</p>
+
+<p>»Me vi atacada entonces de una enfermedad cuyos primeros síntomas había
+sentido hacía largo tiempo, y que daba entonces bastante cuidado a las
+personas que me rodeaban; en cuanto a mí, no fijaba mi atención en ella,
+porque mi pensamiento estaba muy distante de mi persona.</p>
+
+<p>»Por último, cierto día recibí una carta cuya letra me hizo estremecer:
+¡era de Carlos!</p>
+
+<p>»Decíame en ella que Teobaldo le había<a name="page_089" id="page_089"></a> aconsejado que no me escribiese;
+pero que, al saber que yo estaba enferma, no había podido resistir al
+deseo de comunicarme sus sentimientos.</p>
+
+<p>»El clima de Inglaterra, decía, no le conviene, aumenta sus
+padecimientos, necesita usted un clima más templado, más dulce, el bello
+sol de Nápoles, el aire de nuestra querida patria. Váyase, no al
+castillo del duque de Arcos, donde encontraría recuerdos demasiado
+tristes; pero sí a Sorrento, a la orilla del mar, a esa risueña villa
+que le pertenece y donde la amistad le aguarda.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah!&mdash;exclamé.&mdash;Has olvidado que todo lo he perdido, que nada me
+pertenece ya, ni aun el aire de mi país, donde fui reducida a prisión, y
+del que me vi desterrada...</p>
+
+<p>»Pero, ¡cuál fue mi sorpresa cuando encontré unido a esta carta un
+decreto del Rey en que me devolvía la facultad de regresar a mi patria y
+los bienes de mi familia!</p>
+
+<p>»No estaba ya desterrada, era rica y dichosa, y más dichosa aun por
+deber toda mi felicidad al amigo de mi infancia! ¡Ah! ¡cuán grande es la
+gratitud, y cuán dulce hace las personas que amamos, y con qué
+satisfacción recibimos el beneficio que nos obliga a amar más todavía!</p>
+
+<p>»Pocos días después abandoné Inglaterra y me embarqué sufriendo mucho, a
+causa de mi soledad. ¡Sola! no; llevaba conmigo mis pensamientos, y
+otros más halagüeños y más dulces<a name="page_090" id="page_090"></a> me esperaban; iba a ver de nuevo la
+bella Italia que había creído dejar para siempre! Había salido esclava
+de aquel país, y volvía libre... ¡libre! ¡Ah! en la situación en que me
+encontraba, ¡qué de recuerdos se agolpaban a mi imaginación al
+pronunciar aquella sola palabra! ¡Vanas ilusiones acaso, pero que la
+imaginación no podía desterrar! ¡Esperanzas insensatas nacidas en el
+corazón, y que constantemente nos hacen volver la vista hacia nuestra
+querida patria!</p>
+
+<p>»Pisé, al fin, las playas de Sorrento; veía aquella deliciosa campiña
+que había pertenecido al duque de Arcos y que nunca había habitado.
+Carlos me aguardaba; yo corría a él llena de alegría y de satisfacción;
+sintiéndome dichosa al presente y esperándolo ser en el porvenir; pero
+quedé sorprendida al ver la tristeza que revelaba su semblante. ¿Qué
+podía él en aquella ocasión temer o esperar? ¡Yo estaba libre! Pero creí
+que mi salud era la causa de su pena y de sus inquietudes, y el interés
+que manifestaba hizo que se aumentase el amor que por él sentía,
+admirando los cuidados de que me rodeaba.</p>
+
+<p>»Causábame indecible satisfacción deber la salud solamente a él y a su
+talento!</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah!&mdash;me dijo:&mdash;se equivoca usted al creerme sabio; no lo soy.</p>
+
+<p>&mdash;»Así, pues, ¿no es usted un célebre médico?</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah! De todas las ciencias, ésa es la sola que yo desearía tener hoy.
+Pero, ¡ay de mí! no<a name="page_091" id="page_091"></a> la poseo, y la prueba es que, a pesar de mis
+anhelos, no la puedo curar y es necesario ceder a otro esa gloria.</p>
+
+<p>»En efecto, hizo ir de Nápoles a un sabio médico y Carlos me suplicó que
+le obedeciese, atribuyendo a sus conocimientos el cambio favorable que
+entonces experimenté.</p>
+
+<p>&mdash;»Se equivoca usted&mdash;le dije:&mdash;la mejoría que siento la debo a usted, a
+su presencia.</p>
+
+<p>»En efecto, no me había sentido tan feliz en ninguna época de mi vida.
+Segura de mí y de mi corazón, Carlos temía hablarme de sus esperanzas, y
+mi reserva igualaba a la suya. Yo necesitaba decirle: ¡Este corazón te
+pertenece! Pero, con un poco de paciencia y de silencio, el período del
+luto habría pasado; y el amor, que hubiera sido hasta entonces un
+crimen, sería después un deber.</p>
+
+<p>»Nos comprendíamos sin hablar, y nuestros días pasaban en una dulce
+tranquilidad, en una dicha sin nombre; mis temores, mis inquietudes, mis
+antiguas desconfianzas, todo había desaparecido. El porvenir me había
+hecho olvidar el pasado: no obstante, Carlos nada me había dicho, nada
+me había confesado; pero parecíame que entre nosotros existía un
+secreto, un misterio... ¿Qué podía pedirle? ¡El me amaba! ¿Qué me
+importaba lo demás?</p>
+
+<p>»Como en el tiempo de nuestra niñez, pasábamos el tiempo agradablemente
+entretenidos y dábamos largos paseos. Su conversación, siempre tan
+seductora, era entonces más grave<a name="page_092" id="page_092"></a> y más instructiva. Crecida y educada
+fuera de la sociedad, apenas la conocía, y Carlos me iniciaba en las
+grandes cuestiones que entonces agitaban nuestra patria y el mundo
+entero. Hablábame de los principales soberanos; me describía sus
+caracteres, su política, como si él hubiese vivido en su intimidad. Me
+mostraba a la España arrastrada en alianzas y en nuevos lutos, gloriosos
+tal vez, pero menos útiles para aquella nación que la paz de que tanto
+necesitaba para cicatrizar sus hondas heridas; y me explicaba que esa
+nación podía ser más poderosa y respetada sin combatir, que por medio de
+la guerra.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Dios mío! Carlos&mdash;le dije:&mdash;¿de dónde ha sacado usted todos esos
+conocimientos? ¿Sabe usted que sería un grande y hábil ministro?</p>
+
+<p>»Limitábase a sonreír, y permanecía con aire preocupado.</p>
+
+<p>»Luego, me contestaba:</p>
+
+<p>&mdash;»¡El Cielo me preserve de eso! ¡El poder está bien lejos de la dicha!
+Y la dicha está para mí aquí, cerca de usted.</p>
+
+<p>»Después, oprimiendo mi brazo, que apoyaba en el suyo, y dirigiendo su
+vista al golfo de Nápoles, en aquel mar cuyas olas espumosas iban a
+extinguirse a nuestros pies, bajo aquel sol encantador que se ostentaba
+radiante:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Aquí&mdash;exclamaba,&mdash;en estas mismas playas de Sorrento, donde el Tasso
+vio la luz del día, donde él amó y donde sufrió!...</p>
+
+<p>»Y, dejándose llevar de su entusiasmo, con<a name="page_093" id="page_093"></a> voz conmovida y tierna me
+hablaba del Tasso, de su gloria y de sus desdichas; aquellas palabras
+elocuentes vibraban en mi oído como una dulce armonía, como los versos
+del poeta que admiraba. Escuchábale... admirábale, satisfecha y
+orgullosa de él y del amor que por mí sentía.</p>
+
+<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+<p>»Pasábamos las veladas en un pabellón elegante situado junto a la orilla
+del mar, el que hacía para nosotros las veces de biblioteca y de salón
+de música... Poníame al clavicordio y Carlos me acompañaba. Había
+adquirido tanta destreza en la música, que me causaba placer el oírle;
+tocaba el arpa con tal perfección, que, con frecuencia, cuando estaba
+triste, dejaba yo de tocar y de acompañarle, para no perder una sola de
+las notas que producía; y con frecuencia también, en aquellos días en
+que su corazón estaba poseído de pena, hacíanme derramar lágrimas los
+sonidos que arrancaba a su lira; él mismo, maestro por la inspiración y
+el sentimiento, experimentaba la emoción que causaba. Veíale, de pronto,
+inclinar su cabeza sobre el pecho, el arpa escaparse de sus manos, y su
+rostro inundarse de lágrimas, que procuraba ocultar con una sonrisa;
+luego, para desechar su melancolía, ejecutaba algún bolero o alguna
+graciosa barcarola.<a name="page_094" id="page_094"></a></p>
+
+<p>»Nada igualaba a la bondad de su corazón, pero encontraba en su carácter
+contradicciones que me sorprendían y que no podía explicarme. Una mujer
+del pueblo, de aquellos alrededores, llamada Fiamma, fue cierto día a
+verme y a darme las gracias de no sé qué favor que le había yo hecho, y
+me contó que algunos años antes, pobre y miserable, se encontraba
+rezando en el camino, frente a una Virgen, pidiendo pan para ella y su
+familia, cuando, de pronto, pesada bolsa cayó a sus pies; levantó los
+ojos y vio a un joven caballero; era Carlos que le decía:</p>
+
+<p>&mdash;»¿No eres tú Fiamma, jardinera en otro tiempo en el castillo del duque
+de Arcos?</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, señor&mdash;repuso ella;&mdash;y me encuentro sin pan y sin asilo desde que
+nuestra ama fue desterrada y confiscados sus bienes.</p>
+
+<p>&mdash;»Ese dinero viene de su parte; tómalo, sé dichosa y ruega a Dios por
+ella.</p>
+
+<p>&mdash;»Y por usted, señor.</p>
+
+<p>»Fiamma, admirada, llevó la felicidad a su familia, y después, gracias a
+la generosidad de Carlos, se había casado con Bautista, su prometido,
+cuya fortuna había hecho y que era entonces uno de los hortelanos de
+Sorrento más diestros y trabajadores.</p>
+
+<p>»A mi vez, quise dar una sorpresa a Carlos, y cedí a Bautista la plaza
+de jardinero en jefe de mi casa, donde fue a establecerse con su mujer y
+sus dos hijos. Al día siguiente de su llegada, orienté nuestro paseo
+hacia la habitación<a name="page_095" id="page_095"></a> de aquellas buenas gentes, y entré en ella con
+Carlos, que me daba el brazo. Creía que el aspecto de aquella dichosa
+casa, de aquel matrimonio que tanto se amaba, le causaría una agradable
+satisfacción; ¡pero vi, con sorpresa, retratarse en su semblante un
+profundo dolor que procuraba ocultar!</p>
+
+<p>»Cuando los niños en sus juegos llegaron, dando vueltas, a sus pies,
+Carlos retrocedió un paso para alejarse de ellos; luego, disgustado de
+aquel movimiento, se detuvo; pero durante el tiempo que yo los tuve en
+mi regazo acariciándolos y besándolos, apenas si él les hizo una
+caricia.</p>
+
+<p>»Siempre que Carlos encontraba a Fiamma o a su marido en el parque
+separadamente, les hablaba con cariño y amistad alentándolos en sus
+tareas y no separándose de ellos nunca sin darles una prueba de su
+generosidad. Cuando los encontraba reunidos, volvía la cabeza y no les
+dirigía la palabra.</p>
+
+<p>&mdash;»Creo que ama usted a Fiamma&mdash;le dije un día riendo,&mdash;y que tiene
+celos de Bautista.</p>
+
+<p>»Me miró asombrado, y como si no comprendiese que semejante idea pudiese
+ocurrírseme; yo me apresuré a explicarle mis palabras.</p>
+
+<p>»Respecto a los niños, cuando los veía en alguna de las calles de
+árboles echaba por otra. Es cierto que los chicos eran inquietos como
+todos los de su edad, y Carlos buscaba en sus paseos la soledad y el
+retiro.</p>
+
+<p>»Al cabo de algún tiempo, su melancolía pareció<a name="page_096" id="page_096"></a> aumentarse;
+sorprendíale con frecuencia triste y de mal humor, a pesar de que cada
+momento que transcurría nos acercaba al término de nuestros votos. ¡Dos
+meses más, y el tiempo de mi luto habría pasado! ¿Qué podría impedir
+nuestra dicha? ¿Qué nube podría obscurecer ese hermoso día? Carlos había
+recibido varias cartas y parecía vivamente preocupado; a pesar de la
+reserva que me había impuesto, me atreví a interrogarle.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ay!&mdash;me dijo:&mdash;¡tiene usted razón, ha adivinado lo que pasa en mi
+alma; experimento un gran sentimiento! ¡Es necesario que la deje,
+Juanita! Que me ausente por un mes. Todo un mes sin verla, ¿comprende
+ahora mi dolor?</p>
+
+<p>&mdash;»¡Sí&mdash;le contesté;&mdash;yo experimento lo mismo! ¿Y por qué se aleja
+usted? ¿Qué le obliga a partir?...</p>
+
+<p>»Observé que mi pregunta le había causado una viva impresión, de la que
+no podía darme cuenta.</p>
+
+<p>&mdash;»No quiero saber nada&mdash;continué:&mdash;nada le pregunto; su amiga no le
+pide sus secretos... hasta el día en que esos secretos sean los suyos...</p>
+
+<p>»Carlos palideció; yo me apresuré a decirle:</p>
+
+<p>&mdash;»Y aun entonces, a usted le tocará preguntar y a mí obedecer. Parta
+usted, pues que es necesario, y si me ama, vuélvame pronto la dicha que
+se lleva privándome de su presencia.</p>
+
+<p>»Me juró que volvería antes de un mes...<a name="page_097" id="page_097"></a> ¡Cuando, al fin, se alejó, lo
+difícil para mí fue el ocupar mis días, crearme ocupaciones y una nueva
+existencia; en una palabra, vivir sin él! Aquellos lugares, tan
+agradables y risueños cuando él los habitaba, no cesaban de recordarme
+su ausencia, y mi corazón se oprimía a la vista de tantos recuerdos.</p>
+
+<p>»Había debido, hacía mucho tiempo, dar las gracias al Rey por las
+mercedes que me había concedido, pero la Corte viajaba en aquella época,
+y debía detenerse algunas semanas en Sevilla. Decidí emprender la
+marcha; era un viaje poco fatigoso y sobre todo una distracción para mí.
+Pero antes de mi partida quise, como un propietario cuidadoso de sus
+intereses, conocer al detalle los bienes que la bondad del Rey me había
+devuelto. Pasé dos o tres días en un trabajo nuevo para mí, y examinando
+y poniendo en orden los contratos y títulos que había en el departamento
+que habitaba Carlos. Entre aquella multitud de papeles encontré uno que
+hirió mi vista; era el fragmento de una carta desgarrada. Sólo pude ver
+en él palabras sueltas, frases cortadas; pero la letra era de Teobaldo,
+y dirigida a Carlos. He aquí su contenido:</p>
+
+<p>&mdash;»¿Qué buscas, pues?... ¿Qué esperas?... insensato... Seis meses de
+dicha... dices, ¡y luego morir!... ¡Morir, ingrato!... ¿Y ella?...
+porque no te hablo de mí...»</p>
+
+<p>»Cuando acabé de leer aquellas palabras, que no comprendía, temblé
+porque parecía que me<a name="page_098" id="page_098"></a> anunciaban algún terrible acontecimiento; y mi
+alma, propensa a prever las desgracias, daba sin duda una interpretación
+torcida a frases cuyo sentido ignoraba. Pero, aunque en mi imaginación
+buscaba las mejores razones para tranquilizarme, me asustaba de mí misma
+y partí con el secreto presentimiento de que me amenazaba una nueva
+desdicha. Tuve una travesía feliz, y llegué a Cartagena con un tiempo
+hermoso.</p>
+
+<p>»El viaje de la Corte había dado a las poblaciones una animación
+extraordinaria. El rey Fernando estaba en Sevilla, aguardando a la Reina
+que se le debía reunir, después de haber visitado las provincias
+vecinas.</p>
+
+<p>»Detúveme en Cartagena, donde había desembarcado, y allí descansé de mi
+viaje. Mi posada estaba cerca de la iglesia, y mis ventanas, como todas
+las de la calle, estaban colgadas de tapicerías y adornadas de flores.
+Iba a pasar suntuosa procesión; era el cardenal Bibbiena, que se
+trasladaba a la iglesia donde debía celebrar.</p>
+
+<p>&mdash;»Véale, véale&mdash;me dijeron, mostrándome su dedo adornado magníficamente
+de oro y pedrería.</p>
+
+<p>»Fijé mi vista sobre el santo ministro que echaba su bendición al pueblo
+arrodillado ante él.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Teobaldo!&mdash;exclamé.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;me contestaron,&mdash;Teobaldo Cecci, obispo de Nola, el más joven de
+los cardenales<a name="page_099" id="page_099"></a> y el último nombrado por el Papa Benito. La influencia
+de la Reina le ha hecho alcanzar tan alta dignidad, que merece por su
+piedad y su talento.</p>
+
+<p>»Yo quedé asombrada. Todo lo que veía, todo lo que oía, teníalo por cosa
+de magia.</p>
+
+<p>»En la mañana siguiente partí para Sevilla: el camino estaba lleno de
+viajeros de a pie, de a caballo y en litera. En la última casa de postas
+no me pudieron proporcionar mulas para mi carruaje; solamente había
+cuatro y estaban tomadas por un gran personaje que viajaba de incógnito.
+Fue necesario detenerme.</p>
+
+<p>»Hacía un calor asfixiante, un sol que abrasaba, y, para preservarme del
+polvo, llevaba corridas las persianas de mi berlina, donde permanecí
+aguardando que llegasen a la posada las mulas para poder continuar mi
+camino. Oí el látigo del postillón, anunciándome que un coche acababa de
+llegar; entreabrí las cortinas, y cuando el polvo se hubo disipado, vi
+una silla de postas inglesa del gusto más exquisito. ¡Pero cómo se harán
+ustedes cargo de mi sorpresa y del temblor que se apoderó de mí, cuando
+reconocí a Carlos al lado de una señora joven y extremadamente bella! Su
+tocado era sencillo y sus maneras distinguidas. En cuanto a su
+fisonomía, se grabó en mi memoria para no borrarse de ella nunca. Y,
+¡todavía la veo en este momento! Sólo algunos minutos tardaron los
+viajeros en cambiar de tiro; después siguieron rápidamente su camino.
+Pocos momentos<a name="page_100" id="page_100"></a> después llegaron las mulas para mi coche, y pregunté a
+los mozos de postas si conocían a los viajeros que me precedían.</p>
+
+<p>&mdash;»No, señora&mdash;repuso uno de ellos;&mdash;pero son ricos y me pagan bien:
+deben de ser marido y mujer.</p>
+
+<p>&mdash;»O alguna cosa de otro género&mdash;agregó con una maligna sonrisa otro
+mozo de mulas.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Por qué cree usted tal cosa?</p>
+
+<p>&mdash;»¡Por Nuestra Señora de Atocha! ¡Cuando se viaja así frente a frente!
+Y además, como la señora tuteó al caballero...</p>
+
+<p>&mdash;»¡Es verdad!&mdash;le dije, sintiendo que mi corazón desfallecía.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;le decía ella:&mdash;Carlos, ¿qué piensas de este polvo? ¿Verdad que
+viajamos como los dioses envueltos en una nube?</p>
+
+<p>&mdash;»Basta&mdash;les dije,&mdash;partamos.</p>
+
+<p>»Llegué a Sevilla sin fuerzas casi para sostenerme. Los mozos me habían
+conducido a la mejor fonda, a la de <i>Las Armas de España</i>; y al entrar
+en el lujoso aposento que se me destinó, el primer objeto con que
+tropezó mi vista fue un retrato ricamente adornado. Juzguen ustedes de
+mi sorpresa: el retrato era de la desconocida viajera, de la compañera
+de Carlos, cuyo recuerdo y cuyas facciones parecían seguirme por todas
+partes.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Quién es esta señora?&mdash;pregunté a mi huésped.</p>
+
+<p>»Me hizo una reverencia y repuso:<a name="page_101" id="page_101"></a></p>
+
+<p>&mdash;»¿Es posible que la señora no haya reconocido a Su Majestad la Reina?</p>
+
+<p>&mdash;»¡La Reina!&mdash;exclamé, dominada por el espanto.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah! ¡La fortuna y el crédito de Carlos, el misterio que le rodeaba,
+su secreto terrible del que dependía su libertad y su vida, todo estaba
+explicado, hasta su tristeza y sus remordimientos!... Afligida,
+aniquilada, y sin sentirme con valor ni aun para pensar ni para llorar
+siquiera, ignoré cuánto tiempo permanecí en aquel estado. Cuando recobré
+la razón, mi huésped díjome que había estado enferma toda una semana,
+pero que sus cuidados me habían vuelto la salud; me dijo también que
+hacía dos días que la Corte había marchado a Madrid. Sin quererlo yo
+misma, hablé a todo el mundo de la Reina, y todos me decían, con gran
+sorpresa de mi parte, que la Reina era la piedad y la virtud
+personificadas; que adoraba a su marido, al que ayudaba a llevar el peso
+de la corona, y que no se ocupaba, imitándole a él, más que de la
+prosperidad de sus pueblos. Temiendo descubrir el secreto que sólo yo
+poseía, arriesgaba temblando y con reserva algunas preguntas sobre
+Carlos. Su nombre era desconocido; nadie había oído hablar de él; y en
+España, como en Londres, todo el mundo ignoraba que existiese Carlos
+Broschi.<a name="page_102" id="page_102"></a></p>
+
+<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3>
+
+<p>»Partí, al fin, cuando me sentí con fuerzas para soportar las fatigas
+del viaje. Me embarqué para Nápoles, pero no volví a Sorrento, cuyo
+risueño aspecto y el dichoso porvenir que en él había concebido me lo
+hacían aborrecible. Corrí a ocultar mi dolor bajo los sombríos muros del
+castillo de Arcos. Sus antiguas torres, sus murallas ennegrecidas y
+deterioradas por el tiempo, exhalaban una melancolía que estaba en
+consonancia con mi tristeza. Una parte del castillo había sido edificada
+sobre una roca, y al pie de ella corría un torrente con violencia
+inaudita. ¡En el fondo de aquel abismo estaba la muerte!... ¡Una muerte
+segura, y con ella el reposo!... Más de una vez me detuve al borde del
+abismo, que medía con mi vista, y dábanme intenciones de arrojarme a
+él... Pero, ¡Dios me contuvo! Me parecía oír, mezclado con el ruido de
+las espumosas aguas, la voz de Teobaldo que me anunciaba el castigo y mi
+eterna condenación... y, sobrecogida de espanto, me resignaba a sufrir
+un suplicio más largo y más cruel...</p>
+
+<p>»Hacía un mes que Carlos había partido, y, fiel a su promesa esta vez,
+regresó a Sorrento para el día indicado; no encontrándome allí,<a name="page_103" id="page_103"></a> corrió
+al castillo de Arcos, y si yo hubiese ignorado su traición, su turbación
+y su tristeza me la habrían hecho conocer. Demasiado franca para
+ocultarle mi dolor, y excesivamente orgullosa para descender hasta el
+reproche, le conté fríamente lo que había visto y oído, prometiéndole,
+no obstante, guardar un secreto del que dependía su vida.</p>
+
+<p>»Dejome hablar sin interrumpirme, y cuando hube terminado, sacó de su
+bolsillo una carta que me entregó, diciéndome:</p>
+
+<p>&mdash;»No hable usted de este escrito a nadie en el mundo... ni aun a mí.</p>
+
+<p>»La letra era de la mano de la Reina, y he aquí el contenido de la
+carta:</p>
+
+<p class="top5">«Nadie más que usted, Carlos, ama al Rey mi esposo: no hay servidor más
+fiel, ni consejero más inteligente. Por la vida que a usted debe, por el
+tierno amor que le profeso, por el interés que me tomo en su dicha y en
+el bienestar de su reino, deseche vanos temores y arrostre los peligros
+que nosotros desafiamos. ¿Qué importa su nacimiento? ¿Qué importa su
+estado? Desprecie, en obsequio nuestro, las exclamaciones e insultos de
+la Corte, y sea nuestro ministro, como es nuestro amigo.</p>
+
+<p>»Le espero el 20 de este mes en Aranjuez.»</p>
+
+<p class="top5">&mdash;»Hoy es ese día&mdash;exclamó Carlos con acento apasionado,&mdash;¡y no estoy en
+Aranjuez!...<a name="page_104" id="page_104"></a> Estoy aquí... en el castillo de Arcos... cerca de una
+amiga... que sospecha, que me acusa, y a quien no quiero abandonar.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Qué! Carlos, ¿se queda usted?</p>
+
+<p>&mdash;»Mientras viva&mdash;me contestó con aire sombrío;&mdash;mientras usted no me
+diga: «márchese»... porque, ¡mi soberana es usted!</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y ese elevado puesto que se le ofrece; y ese favor inaudito,
+inconcebible?...</p>
+
+<p>&mdash;»Le he rogado&mdash;contestó, entristecido,&mdash;y me ha prometido usted no
+hablar a nadie... ni aun a mí, de ese secreto... Los servicios que he
+prestado a mi soberano, el secreto favor con que me honra, tienen su
+origen en sucesos que no le puedo revelar. Es el solo y único secreto
+que tendré para usted, y que no conocerá, tal vez, sino demasiado
+tarde... ¿Qué importa esto, si los temores de usted se han disipado?...
+y espero que así habrá sucedido.</p>
+
+<p>»Tomó la pluma y escribió:</p>
+
+<p class="top5">«Señora:</p>
+
+<p>»Las bondades con que mi Señor y Rey, y, a la vez Vuestra Majestad, han
+concedido al humilde y desconocido Carlos, no han dejado ya de excitar
+la envidia, aun cuando la alta confianza que me hayan acordado sea un
+secreto que apenas pueden adivinar. ¿Qué sucedería si me viesen llegar a
+ministro? Los ultrajes que recibiría no se detendrían en mí, y puede ser
+que se elevaran más alto. Por el interés y respeto que le profeso,
+señora, lo<a name="page_105" id="page_105"></a> mismo que al Rey; por el interés de su gloria y de su reino,
+le ruego me retire el alto puesto que me quiere confiar: no tengo a él
+otro derecho que mi celo, y solamente rehusando me haré digno de él;
+porque rehusándolo creo servir a Su Majestad. Y ahora solicitaré otra
+gracia: permítanme vivir y morir en el retiro, en la obscuridad, que es
+lo único que conviene al pobre y modesto Carlos. Escribo la presente
+desde Arcos: desde el día en que Su Majestad se dignó conceder <i>gracia</i>
+a la condesa de Pópoli, conoce mis sentimientos para con ella: afección
+insensata, probablemente, pero que no acabará sino con mi vida, así como
+mi gratitud y mi respeto para Vuestra Majestad.»</p>
+
+<p class="top5">»Cuando me hubo dado a leer esta carta, la cerró, selló y envió por un
+correo.</p>
+
+<p>&mdash;»Y ahora, ¿conservará usted todavía sus dudas?&mdash;me dijo.</p>
+
+<p>&mdash;»No tengo más que remordimientos&mdash;le contesté, tendiéndole la mano;&mdash;y
+confío en que desaparecerán, pasados algunos días.</p>
+
+<p>»En efecto, no tardé en abandonar mis indignas sospechas; no tardé en
+reconocer los sacrificios que Carlos se había impuesto, impulsado por su
+amor hacia mí.</p>
+
+<p>»Fiel a un plan que me había propuesto, me decidí a escribirle
+secretamente a Teobaldo, al obispo de Nola, al cardenal de Bibbiena; y
+comprendí que debía todos esos títulos a la<a name="page_106" id="page_106"></a> amistad y protección de
+Carlos. Sin prevenirle ni darle conocimiento de lo que quería de él, le
+rogaba que fuese lo más pronto posible, porque tenía que pedirle un
+servicio de mucha importancia. Estaba segura de verle llegar; en efecto,
+transcurridos pocos días, el coche de Su Eminencia entraba en el patio
+del castillo, con gran sorpresa de Carlos, que ignoraba su venida.</p>
+
+<p>»Al cabo de siete años de ausencia, nos volvíamos a encontrar reunidos
+en el castillo donde habíamos pasado nuestra juventud; en aquellos
+parajes, mudos testigos de nuestros placeres y de nuestra amistad, de
+nuestro juramento y de nuestros sueños: juramento que habíamos
+sostenido, sueños que se habían realizado de un modo que tenía algo de
+milagroso.</p>
+
+<p>»Cuando los tres entramos en el salón del duque de Arcos, en aquel salón
+gótico que tantos recuerdos tenía para nosotros, la misma idea sin duda
+se apoderó de nuestras imaginaciones; porque nos estrechamos las manos y
+cruzamos nuestras miradas... ¡Qué cambio, Dios mío! En otra ocasión, en
+aquellos mismos sitios, pobres, desgraciados e inseguros del porvenir,
+la alegría y la salud brillaba en nuestros semblantes. A la sazón, ricos
+y poderosos, la inquietud y los sufrimientos marcaban en nosotros sus
+huellas.</p>
+
+<p>»El mal que me consumía empañaba el color de mi rostro; la frente de
+Teobaldo estaba surcada de prematuras arrugas, y Carlos,<a name="page_107" id="page_107"></a> sin que por mi
+parte pudiera explicarme la causa, aparecía el más triste de todos. Con
+lágrimas en los ojos, nos abrazamos exclamando:</p>
+
+<p>&mdash;»Todo ha cambiado, excepto nuestros corazones.</p>
+
+<p>&mdash;»Amigos míos&mdash;les dije, luego que tomaron asiento;&mdash;recordarán que
+hace siete años, en igual época, éramos muy desgraciados; era el día que
+Carlos se separó de nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, sí&mdash;exclamó Carlos;&mdash;día espantoso, día horrible.</p>
+
+<p>&mdash;»Del que la suerte nos debe indemnizar&mdash;proseguí diciendo;&mdash;porque
+hasta el presente ha sido muy cruel para conmigo, y yo, Carlos, muy
+injusta para ti. No tengo más que un medio de reparar mis sospechas y de
+tranquilizarme: dentro de ocho días termina el plazo de mi luto, y
+pasado este tiempo, deseo que aquí mismo Teobaldo bendiga nuestro
+enlace.</p>
+
+<p>»Carlos, fuera de sí, se lanzó a mí para darme las gracias, cuando
+encontró la mirada imperiosa de Teobaldo.</p>
+
+<p>&mdash;»No bendeciré nunca ese matrimonio&mdash;dijo en tono colérico.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Y por qué?&mdash;exclamé estupefacta.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Insensatos! No saben ustedes que esa unión, en otro tiempo
+permitida, es hoy imposible; que la dama más noble de Nápoles, la
+sobrina del duque de Arcos, la condesa de Pópoli, no puede contraer
+matrimonio...<a name="page_108" id="page_108"></a></p>
+
+<p>&mdash;»¿Con un hombre sin nobleza y sin nacimiento?&mdash;exclamé sonriendo.</p>
+
+<p>&mdash;»No&mdash;replicó Teobaldo, sin apartar la mirada de su amigo, que, con la
+vista fija en tierra, parecía aterrado.&mdash;No, ella no puede casarse ante
+los ojos de toda la Italia, con el matador de su marido.</p>
+
+<p>»Carlos lanzó un grito de sorpresa y de indignación.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;continuó Teobaldo con energía;&mdash;esa mano, que ha herido al conde
+de Pópoli, no puede unirse a la de su viuda sin causar su vergüenza, sin
+que caiga sobre ella la infamia... Sería proclamar en alta voz su
+adulterio y la deshonra... Y si tú la amas, Carlos, la debes querer
+respetada y no infamada.</p>
+
+<p>&mdash;»Pero el conde de Pópoli&mdash;repliqué,&mdash;declaró, al morir, que había
+sucumbido lealmente, y en un combate donde su honor no había sido
+empañado.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, accediendo a mis súplicas&mdash;contestó Teobaldo,&mdash;hizo esta
+declaración para que usted se conservase casta y pura en la estimación
+pública; y yo separé de su frente el escándalo y el oprobio... ¿sabe
+usted con qué condición? ¿Sabe si prometí, en su nombre, que la mano de
+usted jamás se uniría a la de su cómplice?</p>
+
+<p>&mdash;»¿Exigió usted eso?&mdash;pregunté, con voz temblorosa.</p>
+
+<p>&mdash;»No puedo, como ministro del Señor, revelar las palabras de un
+moribundo, ni el secreto<a name="page_109" id="page_109"></a> de la confesión; ¡pero le aseguro, y esta
+palabra debe bastarle, que creería ofender al Cielo si bendijese el
+matrimonio de ustedes!</p>
+
+<p>»Teobaldo salió, dejándonos consternados.</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;díjeme interiormente;&mdash;no niego que semejante matrimonio puede
+perderme para siempre en el mundo; ¡pero no puedo explicarme cómo
+encuentro en Teobaldo tanto rigor y tanta dureza!</p>
+
+<p>»La voz de la amistad pudo haber endulzado lo que el deber de la
+religión tiene de inflexible y severo; debía habernos aconsejado al
+menos, ¡y partió... sin consolarnos! ¡Veía que éramos desgraciados, y
+por la primera vez se alejaba de nosotros sin unir sus lágrimas a las
+nuestras!</p>
+
+<p>»Carlos, por el contrario, aunque herido por golpe tan terrible, había
+redoblado sus cuidados y su amor para hacerme olvidar. Ocultábame su
+dolor, por no aumentar el mío, y nunca me había mostrado tanta pasión ni
+tan profunda ternura. ¡Demasiado generoso para quejarse y acusarme;
+demasiado pundonoroso para desear mi posesión a costa de mi honor y del
+deber, yo notaba con sorpresa los tormentos que resistía en vano!</p>
+
+<p>»En ocasiones, pronto a ceder, huía de mí; o bien enajenado de amor,
+caía a mis pies exclamando: Yo seré tu esclavo; pasaré mi vida
+adorándote; ¡hermana mía, amiga mía... no quiero de ti más que tu alma,
+tu amor!... ¡No exijo nada del destino; soy el más dichoso<a name="page_110" id="page_110"></a> de los
+hombres!... ¡La dicha fuera de aquí no equivale a la desgracia a tu
+lado!...</p>
+
+<p>»Transcurrieron tres meses en el suplicio y en la embriaguez de nuestra
+pasión, cuyos combates agotaban nuestras fuerzas y nuestro valor.
+Parecíame que las amenazas de Teobaldo alejaban de mí cada día la
+felicidad; la voz de la opinión pública y las murmuraciones del mundo
+resonaban en mi oído haciéndome estremecer; sólo la presencia de Carlos
+tenía la virtud de impedir que llegasen hasta mí. Pasados algunos días,
+noté en él una grande exaltación, casi un delirio, y esto me causaba una
+inquietud profunda; tres meses de lucha continua, presa de una fiebre
+ardiente, y que agravaba de día en día el clima y los ardores del sol
+abrasador de Nápoles, eran más que suficientes para abrasar su sangre e
+inflamar su cerebro.</p>
+
+<p>»Frecuentemente, sus miradas, ardientes y llenas de pasión, expresaban
+el extravío y una sombría desesperación que me ponía en cuidado.</p>
+
+<p>&mdash;»Carlos&mdash;le decía,&mdash;no me mires de ese modo...</p>
+
+<p>&mdash;»Tranquilícese&mdash;me contestaba.&mdash;¡Mis sufrimientos son de tal
+naturaleza, que en breve dejaré de existir!... ¡Yo quería acelerar este
+momento... esto es muy fácil... no temo la muerte... pero temo no volver
+a verla!</p>
+
+<p>»Mientras hablaba de este modo, las lágrimas y los suspiros ahogaban su
+voz. ¡Ah! Tenía<a name="page_111" id="page_111"></a> razón, era sufrir demasiado; y yo, débil mujer, no
+tenía la fuerza suficiente para luchar con su amor.</p>
+
+<p>»Cierto día, el aire era pesado y cálido, el calor sofocante; formábase
+en el mar una tempestad; estábamos sentados en el parque, y hacía
+algunos instantes que hablaba a Carlos, y que éste nada contestaba...
+Tomé su mano y sentí que abrasaba...</p>
+
+<p>&mdash;»¡Tiene usted fiebre&mdash;le dije;&mdash;una fiebre ardiente!</p>
+
+<p>&mdash;»Sí&mdash;me contestó;&mdash;hace algunas noches que no he dormido, y esto me
+desconsuela... Este insomnio hace más largos los días... ¡cuánto deseo
+con toda mi alma acortarlos!</p>
+
+<p>»Había en estas frases tanto dolor y tanta resignación, que todo mi
+valor me abandonó: no veía en aquel instante más que a Carlos, a quien
+iba a perder; ¡a Carlos próximo a la muerte!... Y todo mi corazón cedía
+a esta idea espantosa.</p>
+
+<p>&mdash;»Escúcheme&mdash;le dije;&mdash;¡basta de combate y de tormentos! ¿Quién puede
+obligarnos a sufrir por más tiempo?... El mundo, la opinión pública que
+nos herirá&mdash;dirá usted acaso.&mdash;Si yo le presento a los ojos de todo el
+mundo diciendo: ¡Ved a mi salvador, a mi amante, a mi esposo!... ¡Y
+bien! Estas palabras que me será tan grato pronunciar... ¿por qué no
+decirlas? ¿por qué detenerlas? Si Teobaldo, si nuestro amigo nos
+abandona, ¿no habrá ningún otro eclesiástico, algún indiferente que<a name="page_112" id="page_112"></a> a
+precio de oro se preste a unirnos en secreto?</p>
+
+<p>»Carlos hizo un gesto de sorpresa.</p>
+
+<p>&mdash;«Ignoro&mdash;proseguí vivamente,&mdash;si nuestras leyes condenan o permiten
+semejante unión... Pero a mis ojos es valedera; porque delante de Dios,
+que me está escuchando, se celebre, o no, nuestro enlace, yo te miro ya
+como a mi esposo, como aquel a quien pertenecía... Sí, Carlos; mi
+honor... es mi vida... y te amo más que a mi vida... porque, ya lo ves,
+te amo... ¡te pertenezco!</p>
+
+<p>»A esta dicha inesperada para él, Carlos lanzó un grito de alegría,
+levantó las manos al cielo y cayó a mis pies, presa de un delirio que me
+hizo temblar por su razón y por su vida. Habituado, hacía mucho tiempo,
+a luchar con el dolor, su corazón no estaba dispuesto para recibir tan
+agradable impresión, y, demasiado débil para soportarla, sucumbió al
+exceso de su felicidad.</p>
+
+<p>»Apoderose de él una intensa fiebre cerebral, y durante ocho días estuvo
+su vida en inminente peligro; no veía, no reconocía a nadie... ¡ni aun a
+mí! Al cabo de este período, la fiebre cedió algún tanto.</p>
+
+<p>&mdash;»No tardará mucho tiempo en recobrar la razón&mdash;díjome, entonces, el
+doctor;&mdash;mucho cuidado, nada de ruido ni de emociones fuertes: he aquí
+el régimen que le prescribo.</p>
+
+<p>&mdash;»Entretanto, el delirio de Carlos no tenía<a name="page_113" id="page_113"></a> nada de extravagante, no
+hablaba más que de su próximo matrimonio.</p>
+
+<p>&mdash;»Ella me ama&mdash;decía;&mdash;¡me ama más que a su honor!... ¡Consiente en ser
+mía!... ¿Pero cuándo se efectuará nuestro enlace?</p>
+
+<p>&mdash;»Cuando estés restablecido&mdash;le contestaba yo.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Ah! Esto será bien pronto, porque entonces seré feliz.</p>
+
+<p>»Entonces, dejándose llevar de su brillante imaginación, que dominaba a
+su razón, me trazaba un bello cuadro de un matrimonio unido por el amor
+y embellecido por las dulzuras de la familia. Los encantos con que
+adornaba aquel retrato sobrepujaban casi a lo que hubiera sido la
+realidad, y semejante locura parecía causar su dicha.</p>
+
+<p>»Apoyado en mi brazo, quiso dar un paseo en el parque, paseo que le hizo
+mucho bien, y volvimos al castillo; en el vestíbulo se presentó a
+nosotros un hombre que nos aguardaba... ¡Era Gerardo Broschi... era su
+padre!</p>
+
+<p>&mdash;»Ha pasado un año&mdash;le dijo el anciano con voz dulce,&mdash;y me autorizaste
+para verte transcurrido este tiempo.</p>
+
+<p>»Mientras hablaba el anciano, Carlos tenía fija en él la mirada, y
+escuchaba con atención sus palabras, como buscando un recuerdo en su
+memoria. Una repentina revolución efectuábase en él; al recobrar su
+razón, me tendió la mano con ternura.</p>
+
+<p>&mdash;»Juanita&mdash;me dijo;&mdash;amada mía...<a name="page_114" id="page_114"></a></p>
+
+<p>»Luego, dándose cuenta de la presencia de Gerardo, exclamó con acento
+desgarrador, golpeándose la frente, con un movimiento de ira:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Mi padre!</p>
+
+<p>»Divisó en el vestíbulo una escopeta de caza que habían dejado allí, y
+apoderándose de ella apuntó a su desgraciado padre. Me puse delante de
+él diciéndole:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Márchese, aléjese de aquí!</p>
+
+<p>»Y el anciano desapareció en el parque. Pero el arma fatal había caído
+de las manos de Carlos.</p>
+
+<p>&mdash;»Ya lo ve usted&mdash;me dijo;&mdash;es más fuerte que yo. Sin usted, ¿qué sería
+yo en este momento? ¡Un parricida!...&mdash;murmuró en voz baja, y temblando
+con todo su cuerpo, permaneció con la cabeza apoyada entre sus manos.</p>
+
+<p>»Con objeto de que volviesen a su imaginación ideas menos tristes, me
+aproximé a él y le hablé del proyecto de nuestro matrimonio.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Cuándo se celebrará?&mdash;me preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;»Mañana, si quiere.</p>
+
+<p>»Estrechó mi mano con una expresión de ternura y de reconocimiento
+difíciles de explicar.</p>
+
+<p>&mdash;»Hasta mañana&mdash;me dijo, y separose de mí para entrar en su habitación.</p>
+
+<p>»La mañana siguiente, poco antes de la hora en que debíamos vernos, se
+presentó Gerardo, pidiendo ver a su hijo.<a name="page_115" id="page_115"></a></p>
+
+<p>&mdash;»Me matará si quiere&mdash;dijo el anciano;&mdash;pero debo verle, pues no
+olvido su promesa.</p>
+
+<p>»No sin grandes trabajos, logré que desistiera de su resolución, y me
+fue necesario hacerle presente que en el estado de la salud de Carlos,
+su vista podía hacer que recayese en sus funestos accidentes.</p>
+
+<p>&mdash;»Ya que es necesario&mdash;dijo suspirando,&mdash;su salud antes que todo; que
+él viva aunque yo muera... Es demasiado cruel para conmigo... No es que
+yo le acuse; pero le amo tanto, que debiera perdonarme... Me marcho.</p>
+
+<p>»El anciano necesitó mucho tiempo aún para salir del castillo.</p>
+
+<p>»El aposento de Carlos daba sobre el torrente, y los criados habían
+encontrado por la tarde a Gerardo al otro lado del precipicio, asido a
+las rocas que daban frente a las ventanas de su hijo, esforzándose para
+distinguirlo.</p>
+
+<p>»¡Ay de mí! ¡Ni el infeliz anciano ni yo debíamos volver a ver a Carlos!
+La mañana siguiente Carlos no bajó a la hora del desayuno. Envié en
+busca suya, y encontraron que su puerta estaba cerrada; llamamos, y
+nadie contestó. Forzada la cerradura, viose que su estancia estaba
+desierta. No se había acostado, pero las bujías, casi consumidas y
+colocadas sobre su escritorio, ponían de manifiesto que había velado la
+mayor parte de la noche... La ventana que daba sobre el abismo estaba
+abierta... Sobre el alféizar veíase todavía la huella de un pie... Bajo
+la ventana, las rocas que<a name="page_116" id="page_116"></a> formaban el precipicio estaban teñidas de
+sangre, lo que nos hizo a todos sospechar que las aguas impetuosas del
+torrente habían arrastrado su cuerpo. Nada quedaba de él... nada más que
+sus papeles abandonados sobre su escritorio... Había también una cartera
+que contenía sumas considerables; y su testamento, escrito de su mano...
+manifestaba en pocas palabras que se daba la muerte por el temor de ser
+parricida... y dejábame heredera de toda su fortuna.</p>
+
+<p>»Así fue cómo perdí el compañero de mi infancia, el amigo de mi
+juventud. De esta manera, la suerte, que se burló de nuestros proyectos
+y de nuestras esperanzas... no quiso que nos uniésemos sobre la tierra.
+¡No me compadezcan ustedes, amigos míos, felicítenme, por el contrario!
+Dios ha convertido mi dolor en piedad; él abrevia el tiempo del
+destierro, y muy en breve me habré reunido con mi adorado Carlos.»</p>
+
+<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3>
+
+<p>La condesa de Pópoli habíase interrumpido más de una vez durante su
+largo relato, y más de una vez abundantes lágrimas corrieron por sus
+pálidas mejillas, manifestando a sus jóvenes amigos el dolor que
+experimentaba con tan penosos recuerdos. Carlos, tan singular y generoso
+a la vez; dotado de un corazón tan elevado<a name="page_117" id="page_117"></a> y de un origen tan humilde;
+este personaje misterioso, que había muerto llevándose su secreto, llegó
+a excitar vivamente la curiosidad de Fernando y más todavía el interés
+de Isabel. El alma de la joven, fácil de exaltar, concibió sin el menor
+trabajo el amor y la pena de Juanita; porque, para ella, Carlos había
+sido su ídolo, su dios. Si ella le hubiese conocido, le hubiera amado
+con toda la fuerza de su alma; porque las pasiones románticas, las
+pasiones violentas eran las que su corazón anhelaba, y a cada momento
+Isabel interrumpía a su hermana, haciéndole repetir los menores detalles
+de su narración.</p>
+
+<p>&mdash;Ya conocen, mis queridos amigos, mi suerte, y pueden explicarse la
+situación en que me encuentro. Todos los bienes que poseo en el reino de
+Nápoles pertenecen a mi hermana, yo se los doy anticipadamente; pero los
+que he adquirido en España constituyen la fortuna de Carlos... no los
+poseo más que como un depósito. Ignoro lo que ha sido del desgraciado
+Gerardo Broschi... no le he vuelto a ver después de la muerte de su
+hijo; pero si entretanto pareciese... aun cuando yo no exista... toda
+esta fortuna es suya... ¡El sólo es el heredero de su hijo! Fernando, y
+tú, hermana mía, no lo olvidarán... Me lo han jurado, y gracias a esta
+promesa, puedo aceptar sin temor todas las condiciones del duque de
+Carvajal.</p>
+
+<p>Juanita debía, efectivamente, firmar la semana<a name="page_118" id="page_118"></a> próxima el contrato, tal
+como el duque lo había dictado, y el mismo día sería colmada la dicha de
+los dos amantes.</p>
+
+<p>Isabel, al ver el estado de su hermana, opúsose a que hubiera ninguna
+clase de fiesta ni regocijo; dijo que no firmaría el contrato de su
+matrimonio hasta que Juanita pudiese asistir; y a pesar de las
+instancias de Fernando, aplazose el día de la boda.</p>
+
+<p>El único consuelo de Fernando era ver a su prometida, que no abandonaba
+a su hermana; de este modo ambos jóvenes pasaban los días junto al lecho
+de la enferma. Isabel había notado que el solo medio de hacer asomar la
+sonrisa a los labios de Juanita, era hablarle de Carlos, y
+frecuentemente le hacía preguntas sobre los acontecimientos que más
+impresión habían hecho en ella.</p>
+
+<p>&mdash;No le volveré a ver&mdash;decía Juanita.&mdash;¡Pero si al menos viera al pobre
+Gerardo!... moriría contenta, y llevaría a mi amado Carlos la bendición
+de su anciano padre.</p>
+
+<p>&mdash;Ten paciencia&mdash;decíale Isabel;&mdash;él volverá, estoy convencida de ello;
+sobre todo, si ignora la muerte de su hijo. ¿No debe verle todos los
+años? Por lograr este anhelo, vendrá donde tú estás... ¡seguro de
+encontrarle!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Vanas ilusiones!&mdash;dijo Juanita.&mdash;¡Es imposible que vuelva!</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué ha de ser imposible? ¿Por qué el Cielo, la Providencia, no ha
+de hacer un<a name="page_119" id="page_119"></a> milagro por ti, por ti, mi querida hermana, que eres tan
+buena?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó Juanita.&mdash;¡Cállate!</p>
+
+<p>Y mostrando con el dedo la ventana que daba frente a su lecho:</p>
+
+<p>&mdash;Mi razón, debilitada, me hace ver fantasmas; porque mientras
+hablabas... me pareció ver una sombra al través de esta ventana... la
+sombra de Gerardo. Ha sido él, o su sombra, la que me ha mirado
+llorando.</p>
+
+<p>Al oír estas palabras, lanzose Isabel a la ventana que daba al jardín y
+oyó los pasos de un hombre que se alejaba. Hizo seña a Fernando de que
+se acercase, y éste se apresuró a seguir la dirección que indicole
+Isabel, logrando alcanzar en un instante al anciano, a quien hizo entrar
+en el aposento de Juanita, aunque a pesar suyo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es usted, Gerardo!&mdash;exclamó Juanita;&mdash;¡y huía!</p>
+
+<p>&mdash;¡El lo quería así&mdash;dijo el anciano temblando;&mdash;él lo quería! De otro
+modo, ¡cómo había yo de renunciar a verla! ¡Renunciar a verla, cuando la
+he educado, cuando usted ha sido la protectora, la amiga de mi pobre
+Carlos!</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabe usted, pues, que no existe?</p>
+
+<p>&mdash;Sí... sí... lo sé&mdash;dijo Gerardo con voz trémula.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y bien!&mdash;exclamaron Fernando e Isabel;&mdash;tenemos en nuestro poder
+fuertes sumas para<a name="page_120" id="page_120"></a> entregarlas a usted, puesto que le pertenecen.</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;dijo Juanita;&mdash;Carlos ha depositado en mis manos su fortuna.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué le resta, pues!&mdash;replicó el anciano;&mdash;lo que ha hecho Carlos está
+bien hecho. No quiero nada. Nada pido, sólo ruego al Cielo que devuelva
+a usted la salud.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es imposible&mdash;dijo tristemente Juanita;&mdash;se acerca el último
+instante de mi vida, y de usted depende endulzarlo; quédese conmigo, no
+me abandone... ¿Me lo promete, no es cierto?</p>
+
+<p>El anciano no se atrevió a contestar.</p>
+
+<p>&mdash;¿Rehúsa usted, por ventura?&mdash;exclamó la enferma.</p>
+
+<p>&mdash;No puedo, señora, no puedo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué motivo?</p>
+
+<p>&mdash;Se me espera en otra parte.</p>
+
+<p>&mdash;¿Hoy?</p>
+
+<p>&mdash;Esta misma tarde.</p>
+
+<p>&mdash;Se lo pido en nombre de su hijo, en nombre de Carlos, que nos espera,
+que nos escucha tal vez. ¡Dios mío!&mdash;exclamó Juanita juntando las
+manos;&mdash;¡por qué no está él aquí para cerrar mis párpados, para recoger
+mi último suspiro!</p>
+
+<p>Y, arrebatada por su amor y por la intensa amargura que sentía,
+dirigíale la más tierna despedida, hasta el punto de que Isabel y
+Fernando prorrumpieron en amargo llanto.</p>
+
+<p>Gerardo parecía presa de un violento combate;<a name="page_121" id="page_121"></a> lloraba, retorcíase las
+manos, y en fin, cayendo de rodillas a los pies del lecho de Juanita,
+exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Me ha vencido usted... no le puedo negar nada... ¡Aunque él deba
+maldecirme todavía; aunque deba matarme esta vez, volverá usted a verle,
+señora... sí, volverá usted a verle!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué dice usted?&mdash;preguntó Juanita, que al oír las palabras del
+anciano, parecía volver a la vida, y cuyos ojos animados y brillantes no
+se apartaban un momento de los de Gerardo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Escúcheme usted, escúcheme!&mdash;dijo el anciano, cuya emoción no le
+permitía guardar orden en su relación.&mdash;Yo estaba sentado sobre las
+rocas al borde del agua. La noche era fría; pero yo nada sentía... Yo
+estaba frente a sus ventanas... él tenía luz en su aposento; y le vi
+escribir y pasearse con suma agitación, como un hombre dominado por la
+cólera... ¡Tal vez sea contra mí, decía yo, pero me es igual; le veo,
+esto me satisface, permaneceré aquí toda la noche. De pronto le vi abrir
+la ventana que daba sobre el precipicio... treinta pies de altura. ¡Se
+arrojó! Yo también me había arrojado, sin saber lo que hacía, pues mi
+único deseo era morir con él. Pero, reflexionando, preferí salvarle, y
+aunque demasiado débil, esta idea redobló mis fuerzas. Le así, le
+arrastré sin conocimiento, sobre las rocas; le creía muerto. Se había
+fracturado un brazo en su caída; su cabeza, que había chocado contra <a name="page_122" id="page_122"></a>un
+pico de la roca, sangraba horriblemente. ¿Qué hacer en tan terrible
+posición? Comenzaba a amanecer y me dirigía apresuradamente al castillo
+en demanda de auxilio para él, cuando encontré en el camino una berlina,
+y en ella un gran señor que volvía de casa de usted; era el cardenal
+Bibbiena. Ayudome a conducir al pobre Carlos a su coche, y entonces
+recobró el uso de sus sentidos. Cuando supo lo que acababa de hacer,
+dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Te debo dos veces la vida; olvidemos la primera, y no pensemos más que
+en el porvenir.</p>
+
+<p>Tendiome su mano enflaquecida, me perdonaba, no me maldecía ya, me
+amaba; me amaba, sí; amaba al pobre Gerardo, que ha olvidado todos sus
+sufrimientos... Pero no es esto, señora, de lo que quiero hablarle, sino
+de usted... de usted, de quien él se acuerda sin cesar.</p>
+
+<p>&mdash;Pues que ella me cree muerto&mdash;dijo,&mdash;que no salga nunca de su error.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí&mdash;le contestó el cardenal;&mdash;para su tranquilidad y la tuya, que sea
+siempre así! Dios lo quiere.</p>
+
+<p>Entonces el cardenal le hizo jurar que no turbaría la tranquilidad de
+usted y que no le haría saber que vive. Me lo hizo jurar a mí también; y
+Carlos, cuando estuvo restablecido, partió para un país extranjero, para
+Inglaterra; pero antes de partir me encargó que velara por usted, y,
+fiel a este encargo, no la<a name="page_123" id="page_123"></a> he abandonado, me he ocultado para verla, y
+para escribirle de usted: «La he visto». Pero hace algunas semanas que
+le escribí: «Está muy enferma»... Entonces lo ha dejado todo y ha
+vuelto.</p>
+
+<p>&mdash;¡El está aquí!&mdash;exclamó Juanita.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, a despecho del cardenal, que ha llegado esta mañana para
+llevárselo; está en Granada, oculto durante el día; viene todas las
+noches al jardín de este palacio, se acerca a las ventanas, enviándome
+antes para ver si alguien nos observa... Por esto he sido sorprendido, y
+he faltado por usted a mi juramento...</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios le perdonará esta falta!&mdash;exclamó Juanita,&mdash;¡y Carlos también!
+¡Que venga si quiere verme viva!</p>
+
+<p>Y mientras el anciano apresuraba su marcha vacilante, Juanita, que se
+creía haber recobrado su alma y su energía, trazó algunas palabras,
+rápidamente, en un papel que entregó a Fernando, diciéndole:</p>
+
+<p>&mdash;Esta carta para el cardenal Bibbiena.</p>
+
+<p>En seguida, púsose lívido el rostro de Juanita... la puerta acababa de
+abrirse y Carlos apareció. Juanita, sin dirigirle un reproche, tendió
+hacia él sus manos, como en señal de perdón.</p>
+
+<p>Carlos se precipitó a estrechar aquellas manos, que cubrió de lágrimas y
+besos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué lloras, Carlos?&mdash;le dijo;&mdash;soy muy dichosa... ¡Te vuelvo a
+ver! Pero tú, que me amas tanto&mdash;continuó ella con dulzura,&mdash;¿por <a name="page_124" id="page_124"></a>qué
+has querido morir? ¿por qué me has abandonado?</p>
+
+<p>&mdash;¡Era necesario!&mdash;exclamó Carlos, con los ojos arrasados en lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ya sé que nos separa un secreto terrible; un secreto, me has
+dicho, que da la muerte... pero ahora me lo debes decir; gracias al
+Cielo, ya puedo escucharlo... ¡Que todos tus pesares sean los míos, que
+tu alma me pertenezca por entero, y los últimos instantes de mi vida
+serán dichosos!</p>
+
+<p>Carlos se aproximó vivamente a Juanita; pero viendo luego a su hermana
+que permanecía de pie e inmóvil junto al lecho, se acercó al oído de su
+querida amiga y pronunció algunas palabras en voz baja. Un rayo de
+alegría brilló en los ojos de Juanita.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ingrato&mdash;le dijo;&mdash;sólo en este instante has tenido confianza en tu
+amiga! ¿Dudabas de su amor y has olvidado los días dichosos que pasamos
+juntos en las playas de Sorrento?...</p>
+
+<p>Juanita se detuvo al ver aproximarse a Fernando seguido del cardenal
+Bibbiena.</p>
+
+<p>&mdash;Teobaldo&mdash;le dijo;&mdash;lo sé todo; acusaba a usted de injusto y de
+riguroso, cuando no hacía otra cosa que cumplir dignamente los severos
+deberes de una santa amistad. Perdóneme, amigo mío...</p>
+
+<p>Y Juanita le tendió la mano. Hubo entonces un momento en que aquel
+prelado, de fisonomía impasible, de facciones duras y severas,<a name="page_125" id="page_125"></a> no pudo
+contener su emoción, y asomaron a sus ojos abundantes lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;Usted vivirá&mdash;exclamó;&mdash;vivirá, Juanita, para la dicha de sus amigos.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, siento aproximarse el instante fatal! Por esto le he hecho venir.</p>
+
+<p>Y le miró con la misma ternura que había mirado a Carlos.</p>
+
+<p>&mdash;Compañeros de mis primeros días, he querido que también lo fuesen
+ustedes de mis últimos momentos, para que mi vida se extinga tan
+dulcemente como empezó; y ahora que lo sé todo, no se opondrá usted a
+bendecir nuestro enlace... ¡Qué muera siendo suya! ¡Qué en mi hora
+suprema deba a usted esa dicha, la esperanza y la dicha de toda mi vida!</p>
+
+<p>Teobaldo, enternecido, cruzó sus manos sobre el pecho, y, elevando sus
+ojos al cielo, dejó ver tal emoción en su rostro, que inspiraba la más
+profunda piedad. Veíasele tierno y desesperado a la vez.</p>
+
+<p>Asió, temblando, la mano de Carlos, la unió a la pálida y desfallecida
+de Juanita; y luego, con voz firme pronunció las palabras sagradas y
+llamó sobre ellos la bendición de Dios. La pálida y moribunda desposada
+volvió hacia el prelado sus ojos, en los que se reflejaba la gratitud
+más sincera; después estrechó a Carlos contra su pecho... y como si
+hubiese esperado su último beso, con la mano le mostró el cielo,
+diciéndole:<a name="page_126" id="page_126"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Amado mío... mi esposo! ¡voy a esperarte!...</p>
+
+<p>Al concluir de pronunciar estas palabras, dejó de existir.</p>
+
+<p>Los dos amigos se abrazaron llorando; ambos cayeron de rodillas al pie
+del lecho, y allí permanecieron toda la noche, rogando a Dios por la que
+había abandonado la morada de los vivos.</p>
+
+<p>Transcurrieron tres meses. Al cabo de este tiempo, cuando Fernando se
+atrevió a hablar de matrimonio a su prometida, ésta le contestó:</p>
+
+<p>&mdash;No quiero casarme... Deseo entrar en un convento.</p>
+
+<p>Y a todas las instancias que Fernando le hacía, replicaba ella:</p>
+
+<p>&mdash;Conozco las brillantes cualidades que te adornan... Conozco tus
+virtudes... Pero no deseo el matrimonio; sólo puedo encontrar mi dicha
+en la soledad del claustro.</p>
+
+<p>Buscando el modo de triunfar de la obstinación de Isabel, Fernando quiso
+ir a Madrid en busca de Carlos y del cardenal Bibbiena, en la seguridad
+de que sólo ellos podrían vencerla.<a name="page_127" id="page_127"></a></p>
+
+<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3>
+
+<p>Tenía ya Fernando decidida su marcha, cuando tropezó con un nuevo
+obstáculo que hacía inútil su viaje. El duque de Carvajal, su padre,
+hízole saber su resolución de no consentir su matrimonio con Isabel.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué razón, padre mío?&mdash;exclamó afligido Fernando.</p>
+
+<p>&mdash;Conoces, tan bien como yo, los motivos que tengo para ello. Un hombre
+de Estado sólo abriga un pensamiento, sólo persigue un objeto; un noble
+español no tiene más que su palabra. Mi objeto es que, en defecto de los
+altos puestos y dignidades de que injustamente nos han despojado,
+nuestra casa sea notable, al menos, por sus grandes riquezas, y yo
+consentía en tu unión con la sobrina del duque de Arcos con la condición
+de que su hermana Juanita no se casaría y le dejaría toda su fortuna.</p>
+
+<p>&mdash;Juanita ha legado, al morir, a su hermana todos los bienes de que ella
+podía disponer; todos los que poseía en el reino de Nápoles, que son de
+mucha consideración.</p>
+
+<p>&mdash;Es probable que así sea, pues no los conozco; sólo sé lo que valen el
+palacio y los jardines de la Alhambra que había comprado en la ciudad;
+los inmensos dominios y las ricas<a name="page_128" id="page_128"></a> granjas que había adquirido en la
+provincia de Granada, y en la de Valencia.</p>
+
+<p>&mdash;Todo eso, padre mío, pertenecía y pertenece aún a su esposo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Casarse un cuarto de hora antes de morir!... ¡No podía esperar yo
+semejante cosa!</p>
+
+<p>&mdash;¡Un hombre a quien amaba! ¡una unión que la hacía dichosa!</p>
+
+<p>&mdash;No se trata de eso; cuando se ha dado una palabra; cuando se tiene una
+hermana a quien casar... Además, enlazarse con un hombre obscuro... un
+Carlos Broschi, a quien nadie conoce...</p>
+
+<p>&mdash;Tenía, al menos, un mérito, ¡era rico!</p>
+
+<p>&mdash;Sí, un mérito que ha conservado para sí. Te juro que Fernando de
+Carvajal no será nunca el hermano político de Carlos Broschi. No te
+casarás, pues, con Isabel; te niego mi consentimiento.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! padre mío; ella también me niega su mano.</p>
+
+<p>&mdash;Tanto mejor: estamos, pues, de acuerdo.</p>
+
+<p>Y, en efecto, ¿qué esperanza podía conservar el desgraciado joven,
+colocado entre su padre que se oponía a su enlace, y su prometida que
+rechazaba esta unión?</p>
+
+<p>Con gran desesperación de Fernando, Isabel redoblaba sus instancias por
+abrazar la vida religiosa. Había entrado como novicia en el convento de
+Santa Cruz, y deseaba ardientemente que llegase el momento de pronunciar
+sus votos.<a name="page_129" id="page_129"></a></p>
+
+<p>Una ceremonia de este género, una toma de velo debía celebrarse con gran
+pompa, dentro de poco, en la ciudad de Granada; e Isabel, que no había
+cumplido todavía el tiempo de noviciado, deseaba obtener una dispensa en
+favor suyo. Pero la abadesa de Santa Cruz no tenía facultades para
+dispensarle esta gracia, y la joven experimentó un gran pesar; pero
+concibió alguna esperanza cuando supo que el cardenal Bibbiena debía
+honrar la ceremonia con su presencia y que oficiaría en la misa.</p>
+
+<p>A su llegada, el prelado recibió la visita del desconsolado Fernando,
+que demandaba su poderosa protección cerca de su padre y de su
+prometida.</p>
+
+<p>&mdash;Tal vez consiga que el Duque ceda en su obstinación&mdash;contestó Teobaldo
+sonriendo,&mdash;pues no será la primera vez que ha cambiado de parecer...
+¡Pero esa joven!... Es difícil y poco conveniente a mi carácter
+desviarla de la vida religiosa, mucho más si tiene una verdadera
+vocación.</p>
+
+<p>&mdash;No lo creo: Isabel ha sido educada en un convento y detesta la vida
+del claustro; hace sólo tres meses que desea tomar el velo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué causa?</p>
+
+<p>&mdash;Lo ignoro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ama a usted, a pesar de todo?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, me ama, así me lo ha dicho; pero no quiere ser mi esposa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y la razón?<a name="page_130" id="page_130"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Sólo Dios la sabe!... ¿Y usted, padre mío, podrá averiguarla?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!&mdash;dijo Teobaldo moviendo la cabeza;&mdash;Dios no nos revela esos
+secretos.</p>
+
+<p>El prelado se equivocaba. El Cielo le ayudaría a descubrir aquel
+secreto, y su instinto y su conocimiento del corazón humano completarían
+la <b>obra</b>.</p>
+
+<p>La abadesa de Santa Cruz presentole a la mañana siguiente la petición de
+una de sus novicias para que acelerase la época de profesar, la cual, al
+mismo tiempo, rogaba al prelado le concediese oír su confesión. El
+memorial estaba firmado por Isabel de Arcos.</p>
+
+<p>La pobre niña arrodillose a los pies del prelado y le manifestó los
+sentimientos de su corazón. La novicia deseaba refugiarse en el seno del
+Señor para salvar su alma, para huir de un amor irresistible y súbito
+que la obsesionaba.</p>
+
+<p>¡Amaba a Carlos! Sólo con él se hubiera desposado; y como no quería
+causar tan profunda pena a Fernando, cuyo amor no merecía, veíase
+obligada a hacerse religiosa. Amaba a Fernando, su prometido, pero con
+un amor más apacible, más dulce. Con él, sus días habrían sido
+tranquilos y serenos, y seguramente hubiera sido feliz... Pero a aquella
+dicha uniforme, a aquella calma de los sentidos, prefería las emociones
+fuertes, la vida del alma.</p>
+
+<p>Había llegado hasta a envidiar, casi, los sufrimientos de su hermana; y
+en sus ideas novelescas<a name="page_131" id="page_131"></a> miraba el claustro como un asilo seguro donde
+podría ser desgraciada a su gusto.</p>
+
+<p>El cardenal comprendió bien pronto cuán vivas y perjudiciales, pero poco
+duraderas, debían de ser las resoluciones en aquel carácter vehemente y
+exaltado, y concibió el remedio para curar aquella imaginación enferma.</p>
+
+<p>&mdash;Hija mía&mdash;le dijo;&mdash;a mí me corresponde salvarla, y lo haré, aunque a
+pesar suyo, si necesario fuese. No será usted, pues, religiosa, y se
+casará con Fernando Carvajal, amable y encantador caballero que la hará
+completamente dichosa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Nunca!... Es inútil tratar de contrariar mis deseos.</p>
+
+<p>&mdash;Será usted quien lo elija y le entregue su mano...</p>
+
+<p>&mdash;Imposible; pensaré siempre en Carlos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Carlos mismo le obligará a que le olvide!</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, Dios mío!&mdash;exclamó la joven llorando;&mdash;pero le desafío a que lo
+haga, y, ¡a usted también, padre mío!</p>
+
+<p>Teobaldo marchó sin conceder a Isabel la gracia que pedía.</p>
+
+<p>Pero la indignación de ésta llegó al colmo cuando tuvo conocimiento de
+un acto mucho más injusto y arbitrario.</p>
+
+<p>La camarera mayor de la Reina remitió a la abadesa de Santa Cruz la
+prohibición de conservar en su convento a Isabel de Arcos, y la orden de
+partir al instante con ella para<a name="page_132" id="page_132"></a> Madrid. Ambos mandatos fueron
+obedecidos al pie de la letra.</p>
+
+<p>El mismo día, el duque de Carvajal recibía del ministro una orden en que
+se le mandaba presentarse en la corte para dar explicaciones de su
+conducta.</p>
+
+<p>Esta orden no tenía nada de agradable, porque el Duque, nada
+circunspecto en sus expresiones, no había guardado la menor reserva
+acerca del resentimiento que abrigaba contra el primer ministro Ensenada
+y los principales miembros del Consejo de Castilla, que le habían
+depuesto de su destino.</p>
+
+<p>No obstante, el Duque partió para la corte acompañado de su hijo, que
+veía en esta desgracia un feliz acontecimiento que le permitiría vivir
+en la población donde Isabel se encontraba.</p>
+
+<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3>
+
+<p>En aquella época, era España uno de los Estados más florecientes de
+Europa. Bajo el hábil reinado de Fernando VI, que mereció ser llamado el
+Prudente, el comercio y la agricultura comenzaban a florecer. Los
+españoles, tributarios hasta entonces de las otras naciones
+industriales, veían abundar en su suelo las primeras materias y los
+productos de las artes. Las ciencias y las letras tomaron nuevo impulso,
+y, como sucede en todos los reinos ricos y<a name="page_133" id="page_133"></a> dichosos, la capital era una
+población llena de placeres, donde se ostentaba el lujo. Las fiestas y
+diversiones de todas clases se sucedían en la corte sin interrupción, y
+acababa de fundarse en el palacio del Buen Retiro un teatro italiano, al
+cual fueron llamados los primeros artistas y los cantores más afamados
+del mundo.</p>
+
+<p>Desgraciadamente, la débil salud del Rey y las enfermedades cerebrales
+que continuamente padecía, hacían temer por su vida y por su razón;
+dominábale una melancolía que no lograban disipar los cuidados y la
+ternura de su joven esposa la princesa María Teresa de Portugal, de
+quien era sinceramente amado.</p>
+
+<p>Con objeto de distraer al Monarca, se multiplicaban a su alrededor los
+bailes y los espectáculos; e inútil es decir que los extranjeros afluían
+a la capital, en la que aumentaba cada día el esplendor y la riqueza.</p>
+
+<p>A nuestros viajeros les fue difícil encontrar alojamiento proporcionado
+a su categoría. Al fin, el duque de Carvajal y su hijo lograron un buen
+aposento en la Puerta del Sol, en una magnífica fonda que sólo era
+frecuentada por los grandes señores. El mismo día de su llegada, el
+Duque se presentó en palacio, pero no pudo ver al Rey.</p>
+
+<p>A la mañana siguiente, solicitó una audiencia, y se le contestó que el
+Rey no recibiría en toda la semana.</p>
+
+<p>Profundamente irritado por esta dilación, que hería vivamente su orgullo
+español, el Duque,<a name="page_134" id="page_134"></a> al salir del palacio real, entró para desayunarse en
+un café, donde se reunían gran número de señores a tomar chocolate y
+leer los papeles públicos.</p>
+
+<p>De pie, junto al brasero, había colocado un hombre que se quejaba en
+alta voz del ministro y de los cortesanos. El Duque no se atrevió a
+iniciar el ataque, pero daba su aprobación con un silencio bastante
+significativo, y escuchaba la conversación con gran regocijo, sintiendo
+aliviado su mal humor.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señores&mdash;decía un hombre de reducida estatura cubierto con una
+peluca empolvada, y cuyo vestido estaba adornado de cordones;&mdash;¡por mi
+parte, nada temo, y, en consecuencia, hablo muy alto!... ¿Creerán
+ustedes que yo, grande de España, conde de Fonseca, marqués de Priego,
+he hecho una antesala de dos horas en el palacio de nuestro Rey?</p>
+
+<p>&mdash;Como yo&mdash;murmuró en voz baja Carvajal.</p>
+
+<p>&mdash;He ido a pedir a Su Majestad la orden de Calatrava, que me ha
+rehusado, y es la sola que me falta... Esto es una injusticia. El
+oficial de guardias me dijo que el Rey no recibía a nadie, pues Su
+Majestad está enfermo. Y grandes y pequeños quedamos asombrados. En
+aquel instante apareció un hombre de buena presencia, sencillamente
+vestido y adornado con la orden de Calatrava... En el momento de
+presentarse todas las puertas se abrieron<a name="page_135" id="page_135"></a> para él, y entró en los
+aposentos del Rey sin pronunciar su nombre.</p>
+
+<p>&mdash;¿Este será, sin duda, el infante, hermano de Su Majestad?&mdash;pregunté
+yo.</p>
+
+<p>&mdash;Es Farinelli&mdash;respondiome el oficial de guardias, que tenía todavía el
+sombrero en la mano.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quién!&mdash;exclamé;&mdash;¡Farinelli!... ¡ese músico!... ese cantor
+italiano... ostenta la orden de Calatrava, que se me ha rehusado... y es
+recibido en las habitaciones de Su Majestad mientras yo hago antesala,
+¡yo, grande de España! ¡conde de Fonseca, marqués de Priego!... ¡Háganse
+cargo, señores, de los tiempos en que vivimos!</p>
+
+<p>&mdash;En un tiempo en que se honra al mérito y al talento&mdash;dijo un hombre
+que vestía una ropilla de terciopelo encarnado, el cual tomaba
+lentamente y con placer su chocolate.</p>
+
+<p>&mdash;Que se le recompense como cantante, concedo&mdash;replicó un joven hidalgo,
+que estaba arreglándose ante un espejo del café los bucles de su
+cabellera y su chorrera de encaje.&mdash;Que se cubra de oro, hay razón para
+ello, porque posee la voz más melodiosa, la entonación más segura que he
+oído en mi vida; y cuando canta, lo que sucede pocas veces, no cedería
+por mil escudos mi asiento en la capilla del Rey; pero que sea el
+favorito de Sus Majestades; que disponga a su capricho de honores,
+puestos y pensiones; que tenga, según afirman, voz en el Consejo, ¡eso
+es inmoral, es<a name="page_136" id="page_136"></a> absurdo!... ¡Sólo falta ya que se le nombre primer
+ministro!</p>
+
+<p>&mdash;Se le ha propuesto&mdash;dijo gravemente el hombre de la ropilla
+encarnada,&mdash;pero ha rehusado... ¡Mozo: otra taza de chocolate!</p>
+
+<p>&mdash;¡El, ministro!&mdash;exclamó el marqués de Priego en un acceso de ira, al
+cual el Duque de Carvajal se asoció fríamente por un movimiento de
+cabeza casi imperceptible;&mdash;¡él, ministro!</p>
+
+<p>&mdash;Y, ¿por qué no?</p>
+
+<p>&mdash;<i>¿E perché no?</i>&mdash;repitió, en italiano, dirigiéndose a la mesa, un
+señor ricamente vestido, que llevaba en todos los dedos sortijas de
+diamantes.&mdash;¡El, ministro! Eso es justo, y, ¡es poco aún!... Con una voz
+semejante debería ser príncipe... ¡o rey! ¡Hay tantos que no lo merecen!
+He llegado de Brandeburgo, señores, por otro nombre reino de Prusia, en
+cuyo trono se sienta un hombre que no da dos notas seguras... ¡un hombre
+que toca la flauta como un principiante!... y le llaman ¡Federico el
+Grande! ¡Y serán ustedes capaces de indignarse porque el <i>mio amico</i>
+Farinelli sea ministro!... ¡él! ¡El maestro, el dios de la música sobre
+la tierra!... ¡él! ¡que debería ser maestro de capilla en el Cielo, que
+debería cantar con los ángeles si éstos pudiesen comparársele!... ¡El,
+que ha dicho presentándome a Sus Majestades: Aquí tienen el primer
+cantante de Europa! A lo que contesté: te has equivocado, el primero
+eres tú.<a name="page_137" id="page_137"></a></p>
+
+<p>Al ver aquel entusiasmo y aquella originalidad, todos los asistentes
+habían reconocido al famoso Caffarelli, que, a propuesta de Farinelli,
+había sido llamado a Madrid para cantar en el teatro italiano, con una
+pensión de cincuenta mil ducados de renta.</p>
+
+<p>&mdash;Señor Caffarelli&mdash;le dijo el caballero joven;&mdash;concibo que un hombre
+tal como usted sea admirado por los aficionados a la música... Pero ese
+cantante que no es más que... que un cantante... ese hermoso y
+encantador caballero por quien todas las señoras enloquecen, sin duda
+porque es de su sexo más que del nuestro...</p>
+
+<p>&mdash;¡Eh! ¡por Nuestra Señora del Pilar!&mdash;exclamó indignado el hombre de la
+ropilla encarnada;&mdash;¿mirará usted como un crimen su desgracia? ¿Es culpa
+suya si, cuando vino al mundo, un padre odioso y criminal le hizo
+mutilar por mano mercenaria, cimentando su fortuna y su porvenir sobre
+el oprobio y la vergüenza de su hijo?</p>
+
+<p>&mdash;Perdone usted&mdash;dijo Caffarelli, interrumpiendo;&mdash;perdone, señor, si
+tomo por mi cuenta la defensa de su padre, que siendo un gran músico, es
+apasionado por el arte que tan admirablemente profesa; y adorando como
+adora a su hijo, no existiendo como no existe sino para él, si ha sido
+odioso y cruel, fue por exceso de amor paternal, creyendo labrar no su
+fortuna, sino la de su hijo. Lo más extraordinario es que se vio
+obligado por la miseria <a name="page_138" id="page_138"></a>a dejar su hijo en manos ajenas; y que ese
+pobre Farinelli ha ignorado por completo, hasta los diez y ocho años de
+edad, el gran talento y la magnífica voz que poseía.</p>
+
+<p>Su padre, al regresar de la Siberia donde creyó perecer, se apresuró
+gozoso a decirle: «<i>Mio caro figlio</i>, debes a mi ternura una inmensa
+fortuna». ¡Y a pesar de tan dichoso porvenir, su hijo ha querido
+matarle!... Felizmente no lo ha hecho... En su desesperación se desterró
+voluntariamente; huyó de Nápoles, su patria, y se marchó a país
+extranjero, sin dinero, sin ningún medio de subsistencia, y tomando el
+nombre de Farinelli, que debía hacer célebre para siempre, dedicose al
+canto para poder vivir...</p>
+
+<p>No tardó en llegar a ser rico y obsequiado, porque todas las cortes,
+todos los soberanos de Europa se disputaban el honor de darle asilo, de
+escucharle. Nunca la voz humana había operado maravillas semejantes a
+las suyas; y renovó e hizo posibles los prodigios del cantor Linus y del
+tenor Orfeo, que, según dicen, encantaban y amansaban con sus melodías
+las bestias feroces de las selvas. Farinelli ha hecho más... ha
+encantado, ha seducido caracteres más feroces aún: a los individuos que
+tenía en la corte, a sus enemigos, a sus rivales... ¡a mí mismo,
+señores!... ¡a mí! el famoso Caffarelli... Oigan ustedes lo que con él
+me sucedió, y del modo que le conocí.</p>
+
+<p>La atención de los circunstantes redobló con<a name="page_139" id="page_139"></a> las palabras de
+Caffarelli, y todos se aproximaron para no perder una palabra.</p>
+
+<p>El italiano prosiguió de este modo:</p>
+
+<p>&mdash;Me encontraba en Londres, donde Su Majestad el rey Jorge y todos los
+grandes señores de Inglaterra me fatigaban, si así puede decirse, con
+honores y guineas; porque hasta entonces no había conocido rival.
+Hablábase mucho entonces de un joven llamado Farinelli, que gozaba de
+alguna reputación; el Rey y la Reina deseaban oírnos juntos... Era
+lógico querer comparar al maestro con el discípulo. Cantamos, reunidos
+en la corte, en la pieza <i>Arturo de Bretaña</i>, una grandiosa escena
+musical donde yo representaba un tirano furioso y Farinelli a un joven
+príncipe que aquél tenía preso y cuya muerte decreta el tirano.</p>
+
+<p>Empecé cantando un aria del tirano... Era magnífica... era un tirano
+como nunca se había visto. Durante un cuarto de hora fui ensordecido por
+los aplausos, y decía para mí con alegría:&mdash;¡Pobre joven! ¡te veo
+perdido!...</p>
+
+<p>Comenzó Farinelli... y bien pronto no se aplaudió más... ¡se lloraba!
+Cuando oí aquella voz tan suave y encantadora, aquellos acentos
+deliciosos que llegaban al alma... no veía en él más que a un pobre
+joven que con las manos extendidas hacia mí me suplicaba le dejase ver
+aún la luz del sol, que era tan brillante y tan bella...</p>
+
+<p class="c"><i>Lasciami ancora verder il sole...</i></p>
+
+<p class="nind">decía él, y yo, imprudente, le escuchaba olvidando mi papel. Corrí hacia
+él, deshice sus ligaduras... ¡y le abracé llorando!</p>
+
+<p>A partir de aquel momento, y gracias a mí, conquistó una brillante
+posición. Caffarelli proclamole su vencedor. Pero este vencedor llegó a
+ser un amigo de corazón y su casa ha estado abierta siempre para mí. Su
+fortuna no le ha cambiado. Que sea hombre de Estado o embajador, llego
+hasta su gabinete sin hacerme anunciar, y ese grande hombre interrumpe a
+menudo su trabajo para cantar un dúo con su antiguo amigo... Digo un
+dúo... ¡un solo! Porque siempre olvido mi parte, para escucharle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bravo, bravo!&mdash;exclamó el marqués de Priego con ironía y aplaudiendo
+como si se encontrase en el teatro;&mdash;¡bravo! señor. ¿Pero usted, que
+todo lo sabe, podrá decirnos cómo Su Alteza el príncipe <i>Arturo de
+Bretaña</i>, a quien dio usted la vida, se ha encontrado de repente hombre
+influyente y consejero íntimo del rey de España? ¿Cómo su amigo el
+cantante ha llegado a ser hombre de Estado y empleado en misiones
+secretas e importantes cerca de varios soberanos de Europa?</p>
+
+<p>&mdash;Tal vez&mdash;contestó Caffarelli con aire burlón,&mdash;para entretener a los
+soberanos con sus cantos. Pero ignoro en absoluto la causa de su fortuna
+política.</p>
+
+<p>&mdash;Será, sin duda, debido a algún gran misterio&mdash;dijo el marqués de
+Priego.<a name="page_141" id="page_141"></a></p>
+
+<p>&mdash;Opino como usted&mdash;asintió el duque de Carvajal a media voz y con
+acento malicioso.</p>
+
+<p>&mdash;No, señores&mdash;replicó el hombre de la ropilla encarnada, que acababa de
+apurar su segunda taza de chocolate, y que saboreaba en aquel momento el
+indispensable vaso de agua;&mdash;no, señores; y si quieren conocer la causa
+de su elevación, yo la puedo decir, porque he sido testigo de ella.</p>
+
+<p>&mdash;Es algún gran señor&mdash;murmuraron en voz baja.</p>
+
+<p>&mdash;Es el presidente del Consejo de Castilla&mdash;dijo el joven caballero al
+Duque y a sus vecinos, dándose aires de importancia;&mdash;le conozco bien.</p>
+
+<p>&mdash;No, caballerito; no me conoce usted: ¡soy Rodrigo Moncénigo, barbero
+de Su Majestad!</p>
+
+<p>Al oír estas palabras, el duque de Carvajal púsose el sombrero, que
+acababa de quitarse.</p>
+
+<p>&mdash;Desde el comienzo de su reinado, el Rey, nuestro augusto amo, veíase
+atormentado de una enfermedad de que nadie había logrado aliviarle; el
+señor Zúñiga, médico de la corte, llegó a perder la esperanza; y todo lo
+que había podido descubrir era que esta enfermedad tenía mucha semejanza
+con una inventada por los ingleses y que ellos llaman <i>spleen</i>. Ya el
+Rey, en dos ocasiones, y sin motivo alguno, había querido atentar contra
+su vida, y a pesar de la desesperación de la Reina y de las
+exhortaciones del padre Anastasio, confesor de Su<a name="page_142" id="page_142"></a> Majestad, todo hacía
+temer que nuestro augusto señor no había abandonado la funesta manía que
+había de consumar su perdición en este mundo y en el otro.</p>
+
+<p>Hacía ya un mes que permanecía encerrado en su gabinete, sin querer ver
+a nadie, excepto a la Reina; y a pesar de los ruegos y de las lágrimas
+de ésta, rehusaba los cuidados y hasta los alimentos que se le daban;
+¡en tal estado negábase constantemente a mudarse de ropa y afeitarse! No
+podía verme; me había despedido: ¡a mí, que era su barbero; a mí, padre
+de cinco hijos y que no tenía otra fortuna que mi destino!</p>
+
+<p>Todos nos sentíamos consternados, y la Reina más que todos: adoraba a su
+esposo, de quien veía amenazadas la razón y la vida con aquella negra
+enfermedad, y no sabía de qué medio valerse para librarle de la muerte,
+cuando pensó en Farinelli, cuya voz, se decía, obraba milagros. La Reina
+rogó al cantante que viniese a Madrid, y le colocó en una habitación
+contigua a la del Rey.</p>
+
+<p>A los primeros acentos que hirieron los oídos de Su Majestad, éste se
+estremeció.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es la voz de los ángeles!&mdash;dijo; y escuchaba atentamente, cayendo de
+rodillas y llorando, lo que no le había sucedido en toda su enfermedad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Que siga&mdash;decía,&mdash;que siga! ¡Que continúe yo oyendo esa voz que me ha
+aliviado y vuelto la vida!<a name="page_143" id="page_143"></a></p>
+
+<p>Cantó de nuevo Farinelli, y el Rey, volviendo en sí, se arrojó en brazos
+de la Reina; después salió a la estancia vecina y abrazó a Farinelli,
+diciéndole:</p>
+
+<p>&mdash;¡Mi ángel salvador! ¿qué deseas? ¡Pídeme lo que quieras; te lo
+concederé, sea lo que fuere!</p>
+
+<p>A lo que Farinelli repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Pido, señor, que Vuestra Majestad cambie de vestido y se haga
+afeitar...</p>
+
+<p>Desde aquel instante, yo, Rodrigo Moncénigo, barbero del Rey, fui
+restablecido en mis funciones, así como en los derechos y honores de mi
+cargo.</p>
+
+<p>Habiéndose hecho llevar la Reina una cruz de Calatrava, con el permiso
+de su augusto esposo, la puso, con su propia mano, en el pecho de
+Farinelli. Ahí tiene usted&mdash;continuó el barbero mirando al marqués de
+Priego&mdash;cómo fue condecorado el músico.</p>
+
+<p>A partir de aquel momento, Farinelli no abandona al Rey ni a la Reina...
+Cuando se presentan los primeros síntomas de melancolía, el italiano
+canta y la indisposición desaparece. Vean ustedes cómo nuestro amo
+encontró un amigo...</p>
+
+<p>Cuando descubrió que el admirable cantante era uno de los hombres más
+instruidos de Europa, que conocía casi todas las lenguas, que la riqueza
+y vivacidad de su imaginación igualaban a la profundidad y solidez de su
+juicio; que la rapidez de su golpe de vista le hacía<a name="page_144" id="page_144"></a> abrazar,
+desarrollar y resolver en un momento las cuestiones más difíciles, se
+preguntó por qué había de serle prohibido a un artista tener en los
+negocios talento, habilidad y genio; se preguntó por qué no había de
+hacer su consejero y su ministro al que ya era su salvador y su amigo...</p>
+
+<p>Al decir su ministro, hablo de las funciones y no del título; porque,
+modesto y desinteresado, Farinelli sólo deseaba servir a su Rey...
+Hombre de suerte y a quien la fortuna no le ha vuelto la cara, no echa
+en olvido quién es y tiene presente su origen.</p>
+
+<p>No hablaré a ustedes de los nobles y grandes señores de la corte de
+España que se arrastran a sus pies; y de alguno, que no les nombraré,
+que le ha pedido delante de mí su protección y su favor con tanta
+bajeza, que yo estaba avergonzado y Farinelli también; pero sí haré
+mención de que, para colocar a cada uno a su altura, el artista
+contestaba con dulzura y modestia:</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío! Señor Duque, ¿qué puede hacer por un gran señor como usted
+un pobre cantante como yo?...</p>
+
+<p>¿Necesitaré también, señores, decirles el poder que tiene en sus manos
+cómo lo ejerce? El protege las artes, reaviva el comercio y la
+agricultura, construye fábricas, hace que nuestra patria progrese en el
+interior y que sea respetada por los extranjeros. Ha colocado al frente
+del ejército a hombres de mérito y de señalados<a name="page_145" id="page_145"></a> servicios sin dejar
+plaza al favor... Yo tenía un hijo, señores, que recibió tres heridas
+batiéndose con los imperiales; un hijo que en la batalla de Bitondo
+arrebató de las manos del enemigo una bandera y la entregó al marqués de
+Montmar, que era nuestro general; y este hijo era capitán hacía diez
+años, y hubiera continuado siéndolo toda su vida, porque descendía del
+pueblo, porque su abuelo, Sancho Moncénigo, mi padre, era barbero de una
+aldea.&mdash;Eso no es justo, me dijo Farinelli.&mdash;Y aquella tarde, en la
+habitación del Rey, leía versos franceses de un poeta que principiaba a
+hacerse célebre, de Voltaire, y que Farinelli recitaba con calor y
+entusiasmo, sobre todo, cuando llegó a este pasaje:</p>
+
+<p class="c"><i>Qui sert bien son pays n'a pas besoin d'aieux</i></p>
+
+<p>&mdash;Bella máxima&mdash;exclamó el Rey.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor&mdash;repuso Farinelli;&mdash;y es más bella todavía puesta en
+práctica.</p>
+
+<p>Entonces habló de mi hijo, haciendo presente al Rey que había a la sazón
+dos regimientos vacantes: el de la Reina y el de Astorga.</p>
+
+<p>&mdash;Sea&mdash;dijo el Rey;&mdash;concedo el mando del último a Rafael Moncénigo.</p>
+
+<p>&mdash;Anteayer&mdash;prosiguió el barbero con orgullo y satisfacción
+paternales,&mdash;mi hijo recibió su despacho; ¡mi hijo es coronel!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Por una horrible injusticia y un juego de<a name="page_146" id="page_146"></a> cubiletes infame!&mdash;exclamó
+un anciano militar que en aquel momento entraba en el café.&mdash;Yo, conde
+de Fuentes, que soy el teniente coronel más antiguo, tenía más derecho
+que nadie a mandar un regimiento por mi cuna y por los servicios que
+presté al difunto rey Felipe V, porque me arruiné durante la guerra de
+sucesión. Pero se me rechaza, se me tiene postergado, y, ¿por qué?...
+Porque detesto a los favoritos y a los eunucos; porque soy enemigo de
+Farinelli, y lo proclamo en voz alta; y así lo hice ayer mismo, en su
+presencia, cuando pasaba por la sala de guardias. Sí, me ha hecho una
+injusticia, una afrenta; es un infame... Y lo diré a la faz de todo el
+mundo...</p>
+
+<p>&mdash;No delante de mí, al menos&mdash;replicó un joven, que había oído las
+palabras del conde de Fuentes.</p>
+
+<p>Era Rafael Moncénigo, el cual ostentaba con orgullo las insignias de su
+nuevo empleo.</p>
+
+<p>El barbero trató de contener a su hijo.</p>
+
+<p>&mdash;Déjeme usted, padre mío; mientras mi mano pueda sostener una espada,
+no se ultrajará impunemente a Farinelli en mi presencia, y el señor me
+dará una satisfacción.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuando usted quiera!&mdash;exclamó el conde de Fuentes; y ambos
+adversarios se disponían a salir, entre las aclamaciones de todos los
+circunstantes, cuando el criado del Conde, que llegaba en aquel momento,
+le entregó una carta que habían llevado para él, diciéndole que era
+urgente.<a name="page_147" id="page_147"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Lea usted, caballero!&mdash;dijo Rafael con altivez;&mdash;tiempo tenemos.</p>
+
+<p>A medida que el teniente coronel leía el billete, cambiaba de color su
+rostro; temblaba, presa de una agitación violenta; pero, tomando una
+doble resolución, se aproximó al joven, que le contemplaba
+desdeñosamente.</p>
+
+<p>&mdash;Caballero&mdash;dijo;&mdash;¡cuánto deben costar estas palabras a un español!...
+¡no tenía razón! Sería un infame si tirase de la espada en semejante
+combate: lea usted.</p>
+
+<p>El joven leyó en voz alta:</p>
+
+<p class="top5">«Señor Conde:</p>
+
+<p>»Es usted mi enemigo, lo sé, y, bajo este título, le debo hacer más
+cumplida justicia que a ningún otro. He examinado su hoja de servicios,
+y se lo he hecho presente al Rey, el cual ha tenido a bien conceder a
+usted el mando del primer regimiento del ejército, del de la Reina... Y
+como tengo entendido que no es usted rico, le ruego acepte la presente
+libranza para montar su equipaje con el decoro que corresponde a su
+nuevo destino. Esto no le quita en nada su independencia, y le deja, en
+cambio, toda la libertad... ¡hasta la de aborrecerme!</p>
+
+<p class="r">»<span class="smcap">Farinelli.</span>»</p>
+
+<p class="top5">Las acciones nobles y generosas encierran un atractivo simpático, del
+cual no se libra nadie; cada uno de los circunstantes aplaudía a la vez;
+ambos adversarios se estrecharon las<a name="page_148" id="page_148"></a> manos, y el conde de Fuentes
+salió, acto continuo, para ir a visitar a su generoso enemigo
+seguramente.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí tienen ustedes los hombres de carácter&mdash;dijo el marqués de
+Priego;&mdash;el menor favor los hace cambiar, y, en lo sucesivo, éste será
+ahora uno de los más adictos del favorito.</p>
+
+<p>&mdash;Esto es enojoso&mdash;agregó el duque de Carvajal;&mdash;no obtienen más que
+para ellos.</p>
+
+<p>&mdash;No importa; de todos modos, resulta humillante para un hombre de
+sangre y del nacimiento del conde de Fuentes.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene usted razón, me sonrojo por la nobleza española.</p>
+
+<p>Y ambos, en testimonio de estimación, se dieron las manos al tiempo de
+separarse.</p>
+
+<p>Al salir, el marqués de Priego se encontró por casualidad al lado de
+Rodrigo Moncénigo.</p>
+
+<p>&mdash;¿No podría usted, señor barbero&mdash;le dijo en voz baja,&mdash;hablar por mí a
+Farinelli?</p>
+
+<p>Entretanto, el duque de Carvajal había asido del brazo a Caffarelli,
+rogándole a media voz que tratase de obtener, por su mediación, una
+audiencia del favorito.</p>
+
+<p>&mdash;Lo prometo a usted&mdash;repuso el artista, con aire protector.</p>
+
+<p>Y aquella misma tarde, el Duque leía en su morada, esta breve epístola:</p>
+
+<p class="top5">«Farinelli tendrá el honor de recibir mañana, antes de comer, al señor
+duque de Carvajal<a name="page_149" id="page_149"></a> y a don Fernando, su hijo, en el gabinete particular
+de la Reina.</p>
+
+<p class="r">»<span class="smcap">Farinelli.</span>»</p>
+
+<p class="top5">Huelga añadir que ambos no se hicieron esperar. Fueron introducidos en
+una habitación elegantemente amueblada que servía de salón de música a
+la Reina, y experimentaron una profunda sorpresa cuando, un instante
+después, vieron entrar a la abadesa de Santa Cruz y a Isabel de Arcos.</p>
+
+<p>Fernando no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquel extraño
+acontecimiento, porque, en aquel instante, abriose una puerta dorada, y
+la camarera mayor de la Reina anuncio a Su Majestad María Teresa, que
+apareció apoyándose en el brazo del cardenal Bibbiena, confesor del Rey.</p>
+
+<p>&mdash;Duque de Carvajal&mdash;dijo la Reina;&mdash;he querido anunciarle por mí misma
+que es la ocasión de casar a su hijo con Isabel de Arcos: el Rey
+devuelve a usted todos los empleos de que le habían privado, y
+juntamente el gobierno de Granada.</p>
+
+<p>Todos los actores de esta escena quedaron inmóviles y sorprendidos,
+excepto Fernando, que lanzó un grito de alegría.</p>
+
+<p>El Duque se inclinó en señal de asentimiento, e Isabel, haciendo un
+esfuerzo para sobreponerse a su turbación, tomó la palabra y dijo con
+voz trémula:<a name="page_150" id="page_150"></a></p>
+
+<p>&mdash;Vuestra Majestad ignora... y Su Eminencia el cardenal ha debido de
+decirlo...</p>
+
+<p>&mdash;Que ese matrimonio merece la aprobación de Farinelli&mdash;le interrumpió
+la Reina; e Isabel quedó estupefacta.</p>
+
+<p>Con frecuencia, sobre todo después de su llegada a Madrid, había oído
+hablar del favorito, de su crédito y de sus aventuras; pero nunca le
+había visto, y habló ingenuamente a la Reina, cuando le contestó que no
+le conocía.</p>
+
+<p>&mdash;Parece imposible&mdash;replicó Su Majestad,&mdash;pues Farinelli pretende tener
+sobre usted el derecho de casarla y entregarle una buena dote, siendo,
+como es, en la actualidad, su único pariente... Vea usted, y convénzase
+de lo que le digo&mdash;continuó mostrándole un pergamino que había sobre una
+mesa;&mdash;ahí tiene ese contrato por el que le cede una parte de su
+fortuna.</p>
+
+<p>&mdash;Estamos aquí para firmar los contratos matrimoniales, y sólo se espera
+a Farinelli&mdash;dijo el cardenal.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí está&mdash;contestó la Reina, indicando con la mano a una persona que
+aparecía en aquel momento a la puerta de entrada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Carlos!&mdash;exclamaron simultáneamente Fernando e Isabel.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, amigos míos, Carlos Broschi... o Farinelli... Y ahora que me
+conocen ustedes&mdash;dijo con emoción y cambiando con Teobaldo una mirada de
+inteligencia,&mdash;mi querida Isabel...<a name="page_151" id="page_151"></a> hermana mía... ¿rehusará usted la
+mano de Fernando que la ama... y que tan digno es de usted?</p>
+
+<p>La joven bajó los ojos con una turbación inexplicable... Luego levantó
+la vista y fijola confusamente sobre Farinelli, a quien tendió su mano.</p>
+
+<p>El matrimonio se verificó la mañana siguiente, en la capilla de los
+Reyes; una numerosa multitud compacta había acudido a la ceremonia,
+porque se dijo que Sus Majestades honrarían con su presencia el acto
+nupcial que debía celebrarse por el cardenal confesor del Rey; pero lo
+que excitaba más la curiosidad pública era que se daba por seguro que
+cantaría Farinelli.</p>
+
+<p>Y, en efecto; de una de las tribunas cercanas al órgano, salió de
+repente una voz pura y melodiosa que parecía bajar del cielo, y la
+concurrencia guardó un profundo silencio.</p>
+
+<p>Nunca se había expresado aquella prodigiosa voz con más sentimiento ni
+ternura, ni sus acentos habían sido tan penetrantes. Los melodiosos ecos
+llenaban el alma del dolor más profundo y hacían verter lágrimas;
+parecían elevarse a las regiones celestes y dirigirse a seres invisibles
+que habitaban las mansiones eternas.</p>
+
+<p>«¡Ved&mdash;decía Carlos,&mdash;ved sobre las nubes el ángel que nos contempla y
+nos bendice! ¡Angel adorado que habitas en el cielo!... ¡Virgen pura,
+vuelve a tu patria y dirígenos desde<a name="page_152" id="page_152"></a> ella tu divina voz, diciendo:
+¡Ven!... ¡ven!... ¡ven!...»</p>
+
+<p>En medio del silencio que reinaba en la iglesia, los sublimes ecos de
+aquella voz vibraban, repitiéndose en las bóvedas del templo, y
+murmurando a lo lejos: ¡Ven!... ¡ven!... Farinelli sucumbía a la
+profunda emoción que experimentaba, y, tendiendo sus brazos, cayó
+desvanecido.</p>
+
+<p>Interrumpiose la ceremonia. Teobaldo corrió en socorro de su amigo, le
+hizo colocar en su coche, cuyas cortinas bajó, y se alejó lentamente por
+enmedio de la multitud, mientras que Carlos, volviendo hacia su amigo
+los ojos bañados en lágrimas, le decía:</p>
+
+<p>&mdash;¿Habrá en el mundo nadie más desdichado que yo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí&mdash;le contestó Teobaldo oprimiendo su mano;&mdash;sí, lo hay! Que esta
+idea te consuele y te impida acusar a la Providencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¡Más que perder lo que se ama, sentirse amado y no poder
+pertenecer al objeto que se idolatra!</p>
+
+<p>&mdash;¡Tú has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario,
+que la mujer a quien adorabas amaba a otro; si, más fuerte que la ley de
+la Naturaleza, los deberes de la religión hubiesen levantado entre
+ustedes una barrera insuperable; si confidente de su ternura para con tu
+rival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos; si, en
+fin, ¡oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos,<a name="page_153" id="page_153"></a> ¿te
+creerías aún el más desdichado de los hombres?</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo!&mdash;exclamó Carlos espantado,&mdash;esos tormentos de que hablas...</p>
+
+<p>&mdash;Los he experimentado yo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y los has podido soportar y ocultarlos! ¿Quién te ha dado el
+sobrehumano valor que necesitabas para ello?</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios y la amistad!</p>
+
+<p>Y ambos amigos confundiéronse en un cariñoso abrazo, mientras el pueblo
+repetía, aludiendo a los recién casados:</p>
+
+<p>&mdash;«¡Qué felices son!»<a name="page_155" id="page_155"></a><a name="page_154" id="page_154"></a></p>
+
+<p class="head">EL REY DE OROS</p>
+
+<h3><a name="EL_REY_DE_OROS" id="EL_REY_DE_OROS"></a><a name="page_157" id="page_157"></a><a name="page_156" id="page_156"></a>EL REY DE OROS</h3>
+
+<p class="c">&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</p>
+
+<p>Sin preocuparse para nada de las parejas, ni de la magnificencia del
+salón en que se efectuaba el baile, las dos hablaban cerca de la
+chimenea. ¡Hablar en vez de bailar, a los quince o diez y seis años!...
+Forzosamente, la conversación tenía que ser interesantísima, y esta sola
+idea avivaba en mí el deseo de escucharla. Mal hecho; pero, ¿a quién se
+ha de permitir ser curioso, si no se le permite a un autor dramático? La
+curiosidad, que en los demás es un defecto, en él constituye un deber.
+Debe escuchar, aunque sólo sea por oficio. Por otra parte, ¡aquellas dos
+jóvenes eran tan lindas, tan elegantes!... En su porte y en sus miradas
+había tanta gracia y tanta ingenuidad; estaban tan risueñas, y se
+cuidaban tan poco del porvenir, que hacíase imposible no pensar en el de
+ellas. Una de las dos, rubia, hablaba con vehemencia y en voz baja; la
+otra, de hermosos cabellos<a name="page_158" id="page_158"></a> negros, escuchaba con los ojos bajos y
+deshojando el ramillete de níveas camelias que tenía en la mano.
+Indudablemente le preguntaban y no quería responder. Transcurrido un
+instante, dirigió a su compañera sus ojos azules con una expresión
+angelical, de los que exhalábase una mirada que decía, sin duda alguna:</p>
+
+<p>&mdash;Te juro que no te comprendo.</p>
+
+<p>La contestación fue una carcajada, que traduje de esta manera:</p>
+
+<p>&mdash;¿Sí? pues no te creo.</p>
+
+<p>Tenía la seguridad, por mi parte, de que me estaba enterando de la
+conversación; pero así y todo, hubiera querido, por muchas razones,
+escucharla desde más cerca. La dueña de la casa me facilitó un medio,
+ofreciéndome un asiento para jugar al whist. No soy muy fuerte en el
+whist; lo juego bastante mal, y pierdo casi siempre, siendo causa esto
+último de que cada día le tenga más afición. Es una pasión desgraciada,
+o, lo que es lo mismo, es una de las pasiones que duran. Esta vez, sin
+embargo, tuve suerte; habían colocado la mesa del whist próxima a la
+chimenea, e hizo la fortuna que mi butaca estuviese a espaldas de las de
+mis lindas habladoras, que no fijaron su atención en nosotros. Para
+ellas, y a sus años, un baile se compone de muchachas, aderezos,
+adornos, polquistas y galanes: los jugadores de whist no son tenidos en
+cuenta... no existen; son cuatro asientos vacíos en un salón.<a name="page_159" id="page_159"></a></p>
+
+<p>&mdash;Pero, chica, ¿no has pensado nunca en ello?</p>
+
+<p>&mdash;Jamás.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ni aun en sueños?</p>
+
+<p>&mdash;¿En sueños? no tengo tiempo: duermo perfectamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y no te ha indicado nada tu madre?</p>
+
+<p>&mdash;Nada.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo he dado ya calabazas a dos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué motivos?</p>
+
+<p>&mdash;Porque no eran millonarios. Quiero tener un marido rico. ¿Y tú?</p>
+
+<p>&mdash;Yo desearía que el mío fuese joven y tuviera talento.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah! Todo el mundo tiene talento. En cuanto a mí, me gustaría que
+fuese ministro... para que me llevara a palacio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y con eso te contentas?</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo creo. Cada día estrenaría un nuevo traje, a cual más precioso.</p>
+
+<p>&mdash;Así, pues, ¿te preocuparás de trajes después de casada?</p>
+
+<p>&mdash;Siempre.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y de tu esposo?</p>
+
+<p>&mdash;Señor&mdash;exclamó de pronto mi compañero,&mdash;¿no tiene usted bastos?</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya si tengo!</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué, pues, no los ha echado usted?</p>
+
+<p>&mdash;Dispénseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contaba
+las cartas ya jugadas.</p>
+
+<p>Este incidente fue causa de que perdiera algunos<a name="page_160" id="page_160"></a> párrafos de la
+conversación que tenía lugar a mis espaldas, y que no había concluido
+todavía.</p>
+
+<p>&mdash;¡Amarle!... ¿por qué no?... si es posible... si una se enamora...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! eso es lo primero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo crees así?</p>
+
+<p>&mdash;Por eso deseo que tengamos casi la misma edad, casi los mismos gustos,
+casi iguales defectos... Esto le hará indulgente con los míos, y,
+respecto a los suyos, todos se los perdono desde ahora con tal de que me
+quiera mucho y de que no ame a nadie más que a mí.</p>
+
+<p>&mdash;Mi tía dice que eso no es posible.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué no lo ha de ser? ¡Le amaré yo tanto!</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero estás loca?</p>
+
+<p>&mdash;Es mi deber... y me parece que será un deber muy dulce.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si él deja de amarte?</p>
+
+<p>&mdash;No importa: seguiré amándole yo. Es mi deber.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si te engaña?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! me moriré. Pero, a pesar de todo, no dejaré de amarle.</p>
+
+<p>&mdash;Hemos perdido tres bazas&mdash;gritó mi compañero.&mdash;Estoy fallo a copas; lo
+indico claramente, y ni una sola vez lo ha tenido usted en cuenta.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué importa?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ahí es nada!... Yo tenía una porción de<a name="page_161" id="page_161"></a> triunfillos que usted ha
+inutilizado jugando otros mayores.</p>
+
+<p>&mdash;No hemos perdido gran cosa.</p>
+
+<p>&mdash;Hemos perdido diez tantos, que han ganado estos señores.</p>
+
+<p>&mdash;Dispénseme usted si pierde por mi culpa: soy un mal aficionado.</p>
+
+<p>Al pronunciar estas palabras, me decía a mi mismo que él me había hecho
+perder mucho más, impidiéndome oír el resto de la conversación, porque
+las dos jóvenes acababan de levantar el campo. Seguí con la mirada a una
+de ellas, que ya me tenía cautivado. Sentía grandes, deseos de saber su
+nombre, y no me atrevía a preguntarlo.</p>
+
+<p>&mdash;Cecilia&mdash;dijo una señora de edad madura, mirada altiva y de formas
+enjutas y angulosas;&mdash;Cecilia, ponte el abrigo, y vámonos.</p>
+
+<p>&mdash;En seguida, mamá. Pero acabo de comprometerme para una contradanza, y
+voy antes a disculparme.</p>
+
+<p>&mdash;De ninguna manera&mdash;exclamó la dueña de la casa.&mdash;La señora D'Ortlies
+nos concederá un cuarto de hora...</p>
+
+<p>Y, como en aquel momento se diese cuenta de mi presencia, me dijo
+estrechándome la mano:</p>
+
+<p>&mdash;La Vizcondesa deseaba conocer a usted y me había pedido que se la
+presentase.</p>
+
+<p>Nada hay para mí tan empalagoso como una presentación; pero comprendía
+que ésta daba a Cecilia tiempo para bailar su contradanza,<a name="page_162" id="page_162"></a> y me
+regocijó la idea de empezar mis relaciones con ella por un sacrificio.
+Lo era y no flojo. Mujer de antiguo abolengo, la señora vizcondesa
+D'Ortlies valía por sus pretensiones tanto, cuando menos, como por su
+ilustre prosapia. Escribía libros que encontraban más admiradores que
+lectores. Era moneda tan corriente entre éstos que sus obras debían
+estar impregnadas de religión, monarquismo y sublimidad, que cada cual,
+sin conocerlas, las aplaudía de antemano, con admirable aplomo desde que
+el editor anunciaba que estaban en prensa.</p>
+
+<p>El que ha tenido más éxito de sus libros, y, según dicen, ha contribuido
+más a extender y cimentar su reputación, es su novela de*** que nadie ha
+leído todavía.</p>
+
+<p>Sería inútil redundancia alegar que, dados sus principios, su devoción y
+su ilustre apellido, la señora Vizcondesa firma sus obras con un
+seudónimo: es un buen recurso para asegurar aplausos.</p>
+
+<p>Hizo el gasto de la conversación hablando casi sola, y no pudo hacer
+nada más de mi gusto, porque me agradan las mujeres de talento cuando no
+hay que tenerlo con ellas y cuando al placer de oírlas puedo unir el de
+permanecer silencioso. En esto me parezco a un sujeto que decía:</p>
+
+<p>&mdash;Voy a darme prisa a escribir un libro que rebose ingenio, para tener
+después el derecho de ser un bruto el resto de mi vida.&mdash;¿He escrito<a name="page_163" id="page_163"></a>
+ese libro? Lo ignoro: supongamos que sí, y adelante.</p>
+
+<p>La Vizcondesa me habló de mis obras: yo de las suyas... de su hija.
+Evidentemente era ésta la mejor, y, sin embargo, me pareció que a
+ninguna daba menos importancia. Siembre sucede lo mismo: por regla
+general, los autores son los peores jueces de sus engendros.</p>
+
+<p>Prolongose tanto la conversación, que Cecilia tuvo tiempo de bailar dos
+contradanzas. La pobre no sabía cómo agradecérmelo, y sin que ella lo
+sospechara, ya estábamos en paz, porque me había pagado con la sonrisa
+más amable y graciosa del mundo. Recordando las palabras que le había
+oído, exclamé, viéndola alejarse:</p>
+
+<p>&mdash;¡Feliz el hombre que logre agradarle! ¡Feliz el esposo que ella
+elija!...</p>
+
+<p>Pasó aquel año y el invierno siguiente sin que volviera a ver a Cecilia,
+pues no voy casi nunca a las reuniones.</p>
+
+<p>Al comenzar la primavera de 1833 me aburría soberanamente. ¿Por qué?
+Esto no le importa al lector, y, con su permiso, paso por alto los
+motivos. Recurrí a lo que yo considero como el remedio de todos los
+males: tomé la diligencia, y en busca de un argumento para una comedia,
+con la cual podría regocijarme y distraerme, visité la Auvernia y los
+Pirineos.</p>
+
+<p>Estos dos países son muy poco conocidos.</p>
+
+<p>No hay negociante retirado, no hay jubilado, ni procurador o abogado en
+vacaciones que no<a name="page_164" id="page_164"></a> se considere en el deber de viajar por Suiza para
+poder decir a su mujer y a sus hijos:</p>
+
+<p>&mdash;«He visto el valle de Lauterbrunnen, el lago de Brienz y el
+Grindelwald», camino trillado y recorrido por todo el mundo, itinerario
+tan común en la actualidad, como el de París a Saint-Cloud.</p>
+
+<p>¡Y, entretanto, nadie piensa en visitar la Auvernia y los Pirineos! ¡Oh,
+viajeros parisienses, viajeros de imitación; ignoran ustedes que sin
+salir de Francia encontrarán cascadas, aludes y picos escarpados;
+ignoran que esos Pirineos, que les pertenecen, que son algo así como la
+propia casa de ustedes, ofrecen vistas tan graciosas, escenas tan
+sublimes, espectáculos tan grandiosos como los mismos Alpes! Sí: apelo a
+todos los que han viajado verdaderamente, y no por los libros: el circo
+de Gavarni, las Torres de Marboré, el boquete de Roland, ¿no son, en su
+género, tan admirables, tan incomprensibles, tan grandiosos como el
+manoseado Mont-Blanc, la caída del Rin o la del Aar? ¿En qué país
+lograrán ustedes encontrar, en la cima de una montaña, un lago en el
+cráter de un volcán? Sí, señores, sí, abonados del café Tortoni y de la
+Opera... sí, un verdadero lago y un verdadero volcán: ahí tienen ustedes
+todavía el cráter con su forma dilatada y una abertura circular de media
+legua; vean ustedes las capas de lava, y en el sitio donde hervían el
+azufre y el salitre, contemplen ahora un lago límpido que se eleva<a name="page_165" id="page_165"></a>
+hasta la mitad de ese gran embudo, mientras la otra mitad, cubierta de
+árboles y musgo, forma una verde muralla de ciento cincuenta pies de
+altura que baja casi a pico hasta los bordes del lago misterioso, cuyo
+fondo no se ha encontrado, y sobre el cual nadie se atrevería a
+lanzarse, porque el remolino de las aguas haría zozobrar en seguida la
+barca, y el atrevido navegante, precipitado al fondo del abismo, en los
+fuegos subterráneos, hubiera comenzado como La Pérouse y concluido como
+Empédocles.</p>
+
+<p>Y todas estas maravillas, que semejan un cuento de <i>Las mil y una
+noches</i>... ese lago que se extiende sobre un volcán, y ese volcán que
+amenaza recobrar su plaza, ¿dónde piensan ustedes que se encuentra? ¿En
+los Alpes? ¿En las cordilleras de los Andes?... No, ciertamente. En la
+Auvernia, a dos o tres leguas de Mont-Doré, y este lago es el lago de
+Pavin, adonde llegarán ustedes en dos o tres horas de camino, llevando
+de conductor al señor Miguel Garnier, mi guía, que sólo exige dos
+francos de jornal, y que les confundirá con un príncipe extranjero si
+llegan a darle tres.</p>
+
+<p>Encontrábame yo, con mi guía, cerca del lago Pavin, recostado en la
+hierba al borde del cráter y contemplando a mis pies las aguas puras y
+transparentes que a cada instante creía ver en ebullición, lo que me
+hubiera divertido y espantado, cuando sentí pasos a mi espalda: eran
+otros viajeros. Un anciano, apoyado en el brazo de una joven, gritaba
+con<a name="page_166" id="page_166"></a> tono de mal humor:&mdash;No andes tan de prisa... no puedo
+seguirte.&mdash;Levanté los ojos y me pareció reconocer en la joven el porte
+elegante y gracioso, la fisonomía encantadora de mi linda bailarina, de
+la señorita Cecilia D'Ortlies: mis dudas se convirtieron en certeza
+cuando divisé, algunos pasos detrás de ella, a una mujer que, provista
+de un álbum y del indispensable lápiz, escribía al mismo tiempo que
+andaba. Era la señora Vizcondesa, engolfada en hacer una descripción del
+lago Pavin, que yo debí imitar, porque indudablemente valía más que la
+mía. Grandes exclamaciones de sorpresa por una y otra parte: las
+obligadas frases de admiración sobre el magnífico cuadro que se
+desarrollaba ante nuestros ojos... y luego, cumplidas las reglas de
+urbanidad, pensé en mi conveniencia, e hice conocer mis deseos de ser
+presentado a la señorita Cecilia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señorita!...&mdash;repitió la Vizcondesa con asombro:&mdash;Cecilia está
+casada.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo así?&mdash;repuse.</p>
+
+<p>Y miré en torno mío, buscando al joven esposo, extrañándome de que no
+acompañase a su mujer.</p>
+
+<p>&mdash;Mi yerno&mdash;dijo la D'Ortlies presentándome al anciano, cuyo nombre, que
+no viene a cuento, pronunció con gravedad olímpica.</p>
+
+<p>Era un vástago de rancia nobleza, general en tiempo del Imperio, y duque
+y Par durante la Restauración. Conservaba todavía un mando militar
+importante, una fortuna colosal y una<a name="page_167" id="page_167"></a> porción de buenas cualidades.
+Pero, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que le adornaban estas
+buenas cualidades... porque tenía 67 años, con un aditamento de varias
+heridas y reumatismo, a lo que había que agregar la gota con todas sus
+prerrogativas, es decir, la impaciencia, la acritud y un humor
+endiablado: fuera de esto, era extremadamente amable siempre que no
+estaba enfermo... y solía estarlo diez meses al año.</p>
+
+<p>¡Este era el marido de Cecilia!</p>
+
+<p>Rememoré entonces la conversación del baile, el gentil compañero que
+ella había soñado, sus proyectos de dicha para el porvenir. Si no
+adivinó la pobre niña el interés y la piedad con que yo la miraba, me lo
+agradeció sin saberlo, porque, apenas transcurrieron algunos minutos,
+éramos los mejores amigos del mundo.</p>
+
+<p>Mientras nosotros conversábamos, su rancio esposo reposaba sentado; su
+madre escribía a destajo. Todo lo que Cecilia decía era sencillo y
+natural; pero estaba impregnado de una dulzura y una melancolía
+realmente exquisitas. La hablé de su marido, y le tributó los mayores
+elogios, recordando con gratitud los títulos, la posición y la fortuna
+de que le era deudora. De su felicidad, que le había robado, no dijo una
+palabra. ¡Alma noble y virtuosa, en que todo era resignación, abnegación
+y fidelidad a sus deberes! Pero ¿quién hubiera reconocido en su lenguaje
+grave y melancólico a la joven<a name="page_168" id="page_168"></a> que yo había visto, dos años antes, tan
+soñadora, tan candorosa y tan alegre?</p>
+
+<p>¡Qué juicio al presente! ¡qué tacto! ¡qué criterio! Se me ocurrió que,
+para haberlos adquirido en tan breve plazo, debía de haber sido muy
+desgraciada.</p>
+
+<p>Nos encontrábamos al borde del lago, puro, límpido y transparente...
+imagen de su alma. Así se lo dije; me miró, sonriendo con esa sonrisa
+triste que hace llorar, y repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Sí; la calma en la superficie...</p>
+
+<p>&mdash;Y tal vez en el fondo...&mdash;agregué, mostrándole el lago.</p>
+
+<p>No terminé la frase, pero la adivinó, porque dijo en seguida:</p>
+
+<p>&mdash;No, señor, no: ¡jamás!...</p>
+
+<p>Y dirigió al cielo su mirada, ignoro si para tomarlo por testigo o para
+implorar su protección.</p>
+
+<p>En aquel instante se oyó una voz avinagrada: era la de la Vizcondesa. El
+general tenía frío: las emanaciones del lago le sentaban mal y era
+necesario partir. De buena gana hubiera dado el brazo a Cecilia; pero
+ella ofreció el suyo a su esposo, y sólo quedaba la Vizcondesa.
+¡Valiente compensación!... Me vi obligado a hablar de literatura y a
+enterarme de que la señora componía una nueva novela que deseaba leerme
+tan pronto como estuviese terminada. ¡A mí, que viajaba para divertirme!</p>
+
+<p>&mdash;Creo, Vizcondesa, que no podré gozar tanta<a name="page_169" id="page_169"></a> ventura, porque me voy a
+los Pirineos&mdash;le dije.</p>
+
+<p>&mdash;Allí vamos todos: han recomendado al general las aguas de Barèges, que
+son milagrosas para las heridas.</p>
+
+<p>&mdash;Parecíame que el general se quedaba en Mont-Doré.</p>
+
+<p>&mdash;Estamos aquí por casualidad; pues, de paso, ha querido experimentar
+estos manantiales que el año pasado dieron resultados excelentes al
+mariscal Soult; pero después de algunos baños, que no le han servido de
+nada, ha renunciado a ellos y saldremos dentro de pocos días para los
+Pirineos. Confío que usted se vendrá con nosotros.</p>
+
+<p>Me incliné respetuosamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Dónde se hospeda usted en Mont-Doré?</p>
+
+<p>&mdash;En el hotel Chabaury, señora.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotros también. ¿Nos dispensará usted esta noche el honor de que
+cenemos juntos?</p>
+
+<p>Saludé de nuevo. Decididamente era el comensal, el compañero de viaje y
+el amigo de la familia.</p>
+
+<p>Viajando, y particularmente en los baños, la amistad se entabla con una
+rapidez asombrosa; me aproveché de mi nuevo título, y de los derechos
+que me daba, para hablar de Cecilia. Indiqué a la Vizcondesa que aquel
+matrimonio, tan ventajoso por otra parte, me inspiraba serios temores
+respecto a la dicha futura de su hija.</p>
+
+<p>&mdash;No conoce usted a Cecilia, caballero, ni<a name="page_170" id="page_170"></a> sabe usted qué clase de
+educación ha recibido. Ha estado en el Sagrado Corazón, como todas las
+señoritas de la nobleza a quienes conozco. Ha leído todas mis obras: las
+lee diariamente, y los principios que en ellas se sostiene...</p>
+
+<p>&mdash;Son inmejorables, señora; pero su hija de usted es muy joven, y si su
+corazón llega a despertarse...</p>
+
+<p>&mdash;No se despertará nunca. En mi familia no se despiertan los corazones.</p>
+
+<p>&mdash;No lo dudo&mdash;dije mirándola,&mdash;en cuanto al pasado; pero en el futuro...</p>
+
+<p>&mdash;¡Caballero!...&mdash;repuso, examinándome de pies a cabeza:&mdash;no hay
+circunstancias que obliguen a olvidar sus deberes a las personas
+religiosas y bien educadas. Con religión y principios, no existen
+matrimonios desproporcionados ni peligros de ninguna clase; esté usted
+seguro de ello.</p>
+
+<p>&mdash;Opino como usted, señora.</p>
+
+<p>Llegamos al hotel.</p>
+
+<p>El general sentíase de mal temple, y su mal humor se acrecentó al
+encontrarse con varias cartas, que tenía forzosamente que contestar:
+también había que expedir algunas órdenes.</p>
+
+<p>&mdash;Si estuviera aquí Enrique&mdash;dijo a su esposa,&mdash;me ayudaría y se
+encargaría de eso; pero tú te opusiste a que viniese con nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabes que éramos tres en el coche, y que no podía prescindir de mi
+doncella.</p>
+
+<p>&mdash;Haces honor a tu sexo... ¡la doncella! ¡Vaya un motivo para que me
+prives de un sobrino<a name="page_171" id="page_171"></a> a quien quiero, y de un ayudante de campo que es
+mis pies y mis manos!</p>
+
+<p>&mdash;Echas en olvido que mi mamá y yo estamos aquí para cuidarte, y que,
+además, tu sobrino Enrique de Castelnau hace falta en París, pues lo
+exigen tus intereses.</p>
+
+<p>&mdash;Di mejor tus caprichos... porque tienes ojeriza a ese pobre Enrique...
+a quien no puedes tragar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!</p>
+
+<p>&mdash;¡Tú! como lo oyes. Apenas le hablas... apenas le haces caso. Te
+aseguro que necesita valor para pisar mi casa, después del recibimiento
+que le haces cuando entra en ella.</p>
+
+<p>&mdash;Me acusas sin motivo; el sobrino de mi esposo tendrá siempre derecho a
+mis deferencias.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, ya sé a qué atenerme al respecto!... Y ¡vive Dios! que tengo
+ganas de ver que se le trata con desprecio. Claro es que, si alguno de
+los dos debía aborrecer al otro, indudablemente ese alguno es él... él,
+que era mi único heredero, y a quien mi matrimonio ha despojado de la
+fortuna que le correspondía.</p>
+
+<p>&mdash;Confío en que no sucederá lo que dices&mdash;se apresuró a decir Cecilia.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando menos, perderá una parte de ella. Y, ¿qué ocurre, en cambio?
+Que en vez de quejarse de su tía, no tiene boca para alabarla. Es la
+delicadeza personificada, contigo y con tu madre. Correría todo París
+por darte gusto, y<a name="page_172" id="page_172"></a> reventaría sus caballos por proporcionarte un
+billete de baile o un palco en la Opera.</p>
+
+<p>&mdash;Verdad&mdash;dijo la Vizcondesa;&mdash;y aunque sólo fuera por complacer a tu
+esposo, tú, Cecilia, debías ser más amable con Enrique.</p>
+
+<p>&mdash;Cumplo mi deber, mamá&mdash;respondió Cecilia en tono frío y resuelto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Por vida de!...&mdash;gritó colérico el general.&mdash;¿Habrá cabeza más dura?
+Dulce en ocasiones, como un ángel, cuando se rebela parece de granito.
+¡A los diez y siete años! La cosa promete. Ignoro, señora Vizcondesa,
+cómo la ha educado usted, pero afirmo que lo que sucede no tiene sentido
+común.</p>
+
+<p>&mdash;¡Señor!... Cecilia ha leído mis obras.</p>
+
+<p>&mdash;Eso quería yo decir.</p>
+
+<p>&mdash;¡General!... Olvida usted...</p>
+
+<p>&mdash;Dice usted bien. Olvido que la cena nos aguarda. Dispense usted,
+caballero&mdash;dijo dirigiéndose a mí,&mdash;que le hagamos testigo de estas
+pequeñeces: confío en que nos guardará el secreto y no nos sacará a
+relucir en alguna comedia.</p>
+
+<p>Tomó mi brazo, hizo que me sentara en la mesa a su lado y durante la
+comida estuvo grosero con todos menos conmigo. No obstante, debo
+advertir que sus inconveniencias tenían por principal blanco a su
+suegra.</p>
+
+<p>A los postres llegó una nueva carta, y el general exclamó, dando en la
+mesa un puñetazo que lo echó a rodar todo:<a name="page_173" id="page_173"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Sólo esto faltaba!... Enrique está herido.</p>
+
+<p>Cecilia palideció, y observé que temblaban sus labios.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, herido; le han dado una estocada...&mdash;prosiguió el
+general.&mdash;¡Torpe! Tranquilícese usted&mdash;dijo a su suegra, que saboreaba
+impasible una taza de café.&mdash;No corre peligro; han transcurrido ocho
+días y va bien la cura. Pero el módico le ha recetado las aguas de
+Barèges, y llegará aquí mañana.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mañana!&mdash;dijo la Vizcondesa alegremente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mañana!&mdash;dijo con frialdad Cecilia, cuyo semblante había vuelto a
+recobrar su acostumbrada calma.</p>
+
+<p>En cuanto a mí, aguardé el día siguiente con impaciencia.</p>
+
+<p>La llegada de una silla de posta es siempre un acontecimiento en todas
+las poblaciones de poca importancia, y con más motivo en Mont-Doré,
+donde el único placer de los vecinos es ver llegar o partir los
+viajeros. Cuando a las diez de la mañana se oyó el ruido de un carruaje,
+todo el mundo se asomó a las ventanas.</p>
+
+<p>Pocos minutos después, el señor de Castelnau entró en el salón, abrazó
+afectuosamente a su tío y saludó a las dos señoras con respeto.</p>
+
+<p>Aparentaba unos veinticinco años. Era alto, bien formado, de porte
+distinguido; en una palabra, un gallardo mozo; y, lo que vale más,
+parecía ignorarlo, porque se ocupaba siempre<a name="page_174" id="page_174"></a> de los demás y nunca de sí
+mismo. Su rostro, franco y expresivo, tenía impresas las huellas del
+sufrimiento. La fatiga del viaje, o tal vez otras causas, habían
+empeorado su herida.</p>
+
+<p>Yo, entretanto, observaba a Cecilia: no vi en sus facciones ni sombra de
+emoción; recibió a Enrique con afectuosa cortesía, y le interrogó acerca
+de su salud con un marcado interés... pero no tanto como el que yo
+esperaba.</p>
+
+<p>Enrique estaba visiblemente conmovido. Casi no acertaba a expresarse, y
+creo que le hice un gran servicio hablándole del camino y del tiempo,
+que eran pésimos. La displicencia de la conversación le fue serenando
+poco a poco, y acabó por respirar más a su gusto. Hay momentos en que
+los extraños y los importunos no son del todo inútiles.</p>
+
+<p>Aquel día visitamos la cascada de Queureiels y la de Vernière. Enrique
+se aproximó con frecuencia a Cecilia, que daba siempre el brazo a su
+esposo o a su madre, y cuando hablaba se dirigía a mí.</p>
+
+<p>Por la noche leyó al general los periódicos, le despachó el correo
+oficial y estuvo escuchando, con una atención digna de mejor suerte, dos
+largas disertaciones de la Vizcondesa. Sólo alguna que otra vez, y a
+hurtadillas, sus grandes ojos negros se volvían, como a pesar suyo,
+hacia el lado de Cecilia, que trabajaba sin mirarle y sin hacer de él
+más caso que de los demás concurrentes.</p>
+
+<p>Me convencí de que me había equivocado, y<a name="page_175" id="page_175"></a> mis conjeturas eran falsas.
+El pobre joven podía amar a Cecilia, pero Cecilia no pensaba en él.</p>
+
+<p>La mañana del siguiente día, víspera de nuestra partida, la Vizcondesa
+encontrábase escribiendo junto a Cecilia, que tocaba el piano: y era
+aquella música tan alegre y juguetona, que acabó de disipar mis últimas
+dudas.</p>
+
+<p>&mdash;No es posible&mdash;pensaba yo entretanto,&mdash;estar bajo el peso de una
+pasión cuando se ejecutan semejantes variaciones, y, sobre todo, cuando
+se ejecutan con tanta perfección.</p>
+
+<p>En aquel instante entró en el salón un médico joven, conocido mío, que
+venía de París asistiendo a un personaje a quien acompañaba a las aguas
+de Mont-Doré. Los militares hablan de sus campañas, los escritores de
+sus obras, y los médicos de sus enfermos: es inevitable. Mi joven
+doctor, a riesgo de molestar a aquellas damas, empezó a relatarnos las
+curas maravillosas y singulares que había hecho, sazonando la relación
+con anécdotas más o menos picantes, a las que sólo yo prestaba atención,
+porque, como he dicho anteriormente, yo escucho siempre por oficio.</p>
+
+<p>Entre otras cosas, nos contó que recientemente había asistido a un joven
+que tenía una estocada, cuya herida, de bastante gravedad, no se parecía
+a ninguna otra. No era recta ni hecha de abajo arriba; todo lo
+contrario: daba también la circunstancia de que el enfermo tenía gran
+estatura y hacíase preciso, en consecuencia,<a name="page_176" id="page_176"></a> que para herirle así en el
+pecho de arriba abajo, su adversario fuese mucho más alto que él, es
+decir, un hombre de ocho a diez pies de estatura. Contó asimismo que,
+obligado por sus preguntas y argumentos, el herido acabó por confesarle
+que la estocada se la había dado él mismo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué móvil dirá usted que le impulsó?&mdash;continuó diciendo.&mdash;Nunca
+adivinaría usted semejante extravagancia. Quería tener un pretexto para
+ir a las aguas de Barèges, y me rogó que se las recetara... lo que hice
+en el acto. ¡Pobre chico!... Me pagó espléndidamente la receta...
+recomendándome su secreto.</p>
+
+<p>&mdash;Y, según veo, cumple usted su recomendación al pie de la
+letra&mdash;exclamé sonriendo.</p>
+
+<p>&mdash;Puedo franquearme con usted, sin peligro de que lo cuente.</p>
+
+<p>En aquel momento abriose la puerta, y se presentó el general, apoyado en
+el brazo de su ayudante de campo. Enrique, al ver al médico, corrió
+hacia él y tendiéndole la mano, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Doctor, ¿usted por aquí?...</p>
+
+<p>En seguida, agregó, presentándonosle:</p>
+
+<p>&mdash;Señoras y señores, es mi Esculapio... el que me ha curado la herida,
+el que me ha recetado las aguas de Barèges. ¿No es cierto?</p>
+
+<p>El médico balbuceó algunas palabras y se despidió, porque le aguardaba
+su enfermo. El general se sentó tranquilamente en su cómodo sillón;
+Enrique, con la sonrisa en los labios, permaneció de pie junto a la
+chimenea; la Vizcondesa,<a name="page_177" id="page_177"></a> entre sorprendida e indignada, quería hablar y
+no se atrevía a hacerlo. Cecilia, pálida, con la frente apoyada en una
+mano, reflexionaba en silencio, y yo, mirándolos a todos, calculaba que
+la situación era admirable, y esperaba con inquietud el rumbo que
+tomaría, y, sobre todo, el desenlace que llegaría a tener.</p>
+
+<p>El general fue el primero que rompió el silencio, tarareando una canción
+que le había entusiasmado. Era una música que estaba de moda y que su
+autor no habría conocido, seguramente: de tal manera se la había
+asimilado y la había hecho propia el general, por la manera de
+interpretarla.</p>
+
+<p>&mdash;Y digan ustedes, señoras&mdash;exclamó después de esta especie de
+ritornelo, ¿nos vamos, por último, mañana a los Pirineos para pasar un
+mes en Barèges?</p>
+
+<p>Nadie respondió: todos guardaron silencio, y en los ojos de Enrique
+brilló un relámpago de alegría.</p>
+
+<p>&mdash;¿Han pensado ya en los equipajes mi mujer y mi suegra? ¿Han guardado
+en las cajas sus gorros y sombreros? ¿Está todo dispuesto para la
+marcha?</p>
+
+<p>&mdash;Para la tuya, sí&mdash;dijo Cecilia, esforzándose por demostrar un valor
+que no sentía.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo para la mía? ¿Pues no partiremos juntos?</p>
+
+<p>&mdash;No.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué motivo? ¿Puedo saberse?<a name="page_178" id="page_178"></a></p>
+
+<p>&mdash;Mi madre y yo queremos acompañarte hasta Pau, donde tienes una
+posesión con un magnífico castillo que no conocemos, y habíamos
+proyectado permanecer en él hasta tu regreso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y dejarme ir solo a Barèges? Está bien.</p>
+
+<p>&mdash;No; si eso fuera así, estaría mal. La prueba es que nosotras estábamos
+decididas a acompañarte, a no separarnos de ti; pero ahora, que irá
+contigo tu sobrino Enrique, no tienes necesidad de nuestros cuidados.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué pretendes darme a entender con esas palabras?</p>
+
+<p>&mdash;Te confieso que, para mí, pasar todo un mes en esas horribles
+montañas, sería lo más triste, lo más penoso, lo más fastidioso del
+mundo, si he de juzgar por los tres días que llevamos aquí.</p>
+
+<p>Mientras tenía lugar este diálogo, el general saltaba en el sillón;
+oprimía la tabaquera entre sus dedos, y yo preveía la tempestad que iba
+a estallar. Pero lo que no pude observar sin compadecerme fue el rostro
+de Enrique, que, pálido y sin poder apenas sostenerse, se apoyaba en la
+chimenea. La desesperación reflejábase en todas sus facciones, dejándome
+adivinar lo que pasaba en el alma de aquel desventurado joven. ¡Haberse
+herido por ella, por pasar un mes cerca de ella, y perder tanta ventura
+por un capricho!</p>
+
+<p>&mdash;¡Vive Dios!&mdash;exclamó el general levantándose colérico y rechazando con
+el pie el sillón,<a name="page_179" id="page_179"></a> que fue rodando al centro de la sala;&mdash;¿me has tomado
+por un recluta? ¿Crees que voy a dejarme manejar por una mujer, por una
+muñeca? Usted vendrá, señora; usted vendrá, porque yo se lo ordeno.</p>
+
+<p>&mdash;He dicho que no.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué? ¡voto a!... ¿por qué?</p>
+
+<p>Cecilia no temblaba ya: había tomado su resolución, y, resignada a todo,
+sin tener en cuenta otra cosa que su deber, contestó a media voz, pero
+con firmeza:</p>
+
+<p>&mdash;Porque no quiero.</p>
+
+<p>El general, lleno de ira, dio un paso hacia ella y se oyó al mismo
+tiempo un gemido sordo: era que Enrique, sintiéndose peor de su herida,
+se desmayaba, y hubiera caído sobre el pavimento si no lo hubiese yo
+sostenido en mis brazos. La cólera del general, cambiando súbitamente de
+dirección, descargó sobre su sobrino.</p>
+
+<p>&mdash;¡Imprudente! ¡imbécil!... hace una hora que está de pie, y es lo peor
+que puede hacer... La herida se abrirá de nuevo: siempre se lo estoy
+diciendo; pero aquí nadie me hace caso, nadie me obedece... ¡Que el
+diablo se los lleve a todos!... ¡oh!... ¿no vuelve en sí?</p>
+
+<p>&mdash;Va recobrando el conocimiento&mdash;respondió Cecilia, que, habiéndose
+lanzado hacia Enrique, le hacía respirar un pomo de sales y le prodigaba
+los más tiernos cuidados.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó el general;&mdash;ya abre los ojos.</p>
+
+<p>Cecilia se retiró apresuradamente; entró en<a name="page_180" id="page_180"></a> su aposento seguida de su
+madre, y algunos momentos después el general fue a buscarlas. Sus
+súplicas y sus amenazas debieron de ser inútiles, porque aquella noche
+nos dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Ese angelito tiene muy dura la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Se niega a ir a Barèges?&mdash;preguntó Enrique.</p>
+
+<p>&mdash;Así parece. Iremos tú y yo, y nos esperará en mi castillo de Lescar,
+en los alrededores de Pau.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo!... tío, ¿ha cedido usted?&mdash;exclamó Enrique en tono de reproche.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quieres que hiciera?... a no matarla... No quedaba otro remedio:
+así se lo he dicho ¡voto a!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué ha respondido?</p>
+
+<p>&mdash;Esto: «Si me matas, tanto mejor. No iré a Barèges.» El razonamiento no
+puede ser más lógico. Es una testaruda, lo repito; una cabeza de hierro.
+Hay que confesar, sin embargo, que sin ese defecto sería la mejor de las
+mujeres.</p>
+
+<p>En la madrugada del siguiente día había dos coches preparados para la
+marcha.</p>
+
+<p>&mdash;Todo el equipaje lo ha arreglado la señorita&mdash;díjome su doncella.&mdash;No
+se ha acostado en toda la noche.</p>
+
+<p>Apenas estuvieron enganchados los caballos, Cecilia montó
+precipitadamente en la berlina. Cuando ofrecía la mano a la Vizcondesa
+para ayudarla a subir, me dijo ésta:</p>
+
+<p>&mdash;¿Ve usted, señor, cómo con la religión y<a name="page_181" id="page_181"></a> los buenos principios no hay
+matrimonios desproporcionados y rodeados de peligros?</p>
+
+<p>&mdash;Por lo menos, hay luchas y amarguras&mdash;me dije a mí mismo, al ver el
+pálido rostro de Cecilia y sus ojos preñados de lágrimas, que sin duda
+quería ocultar a todos; porque, al divisar de lejos a su marido que se
+dirigía a la berlina, apoyado en el brazo de Enrique, exclamó
+repentinamente:</p>
+
+<p>&mdash;Cochero, a escape, a escape.</p>
+
+<p>Restalló la fusta, los caballos salieron al galope y el coche
+desapareció de nuestra vista, mientras gritaba el anciano:</p>
+
+<p>&mdash;¡Bien! ¡perfectamente!... ¡Loca! Se va sin despedirse, sin abrazarnos.
+A fe mía, caballero, que aquí tiene usted el asunto que busca para una
+comedia.</p>
+
+<p>&mdash;¿No será drama?&mdash;murmuré entre dientes, contemplando la cara de
+Enrique, que, incapaz de ver, de oír y de responder, dejose colocar por
+mí en el otro coche al lado de su tío.&mdash;No pensó siquiera en darme las
+gracias ni en decirme «adiós». ¡Pobre hombre! Esto le matará&mdash;dije para
+mí.</p>
+
+<p>Pocas horas después salí yo también para los Pirineos. No temas, lector,
+pues no pienso llevarte a los picos del Mont-Perdu, tan curioso y acaso
+más accesible que el Mont-Blanc; no te conduciré a Luz ni a
+Saint-Sauveur, que tienen fisonomía alegre y pintoresca; cruzaremos a
+escape el <i>Chaos</i>, esa lluvia de enormes rocas caídas del cielo o
+vomitadas por el infierno; no<a name="page_182" id="page_182"></a> penetraremos en el recinto del circo de
+Gavarnie: aturdido ante tanta magnificencia, deslumbrado por tanta
+maravilla, no querrías salir de él. Te mostraré solamente las torres de
+Marboré, rocas inmensas coronadas de almenas, ciudadela encantada donde
+nieves perpetuas, heridas por el sol, parecen antemuros de diamante. Te
+indicaré de lejos el portillo de Roland, esa muralla de granito que
+separa a Francia de España, y que Roland abrió con un golpe de su
+tajante espada... Ven, acércate. El hizo para ti ese boquete de
+doscientos o trescientos pies, desde donde puedes divisar Aragón y
+recorrerlo en toda su extensión. Aquí es, al pie de estas grandiosas
+torres, donde antiguamente pelearon Agramante y Ferragus contra los
+parciales de Carlomagno. No estás solo en este desierto: te rodean todos
+los héroes de Ariosto, y podrías elevarte a las nubes con el poeta, si
+es que el frío, que penetra hasta los tuétanos, no te obliga a bajar a
+la tierra. Si sucede tal cosa, ven a calentarte al fuego de algún
+habitante de la montaña, y volvamos a la aldea de Gèdres, mitad
+francesa, mitad española, donde seguramente almorzaremos con algún
+contrabandista. Luego, cruzando el Baztan y salvando el Tourmalet,
+bajaremos al delicioso valle de Campan, paraíso terrenal que nos
+conducirá a Bagnères de Bigorre, donde, si estás fatigado y deseas
+encontrar la tranquilidad y la dicha, es preciso que te detengas y te
+entregues al descanso.<a name="page_183" id="page_183"></a></p>
+
+<p>Esto es lo que yo hice.</p>
+
+<p>Caminando por las ásperas montañas, encontré en una de las fábulas de La
+Fontaine el asunto para una comedia en cinco actos, que nuestros últimos
+acontecimientos políticos podían hacer bastante intencionada. Detúveme
+en Bagnères para escribirla. En un lugar verdaderamente delicioso, al
+lado de la hermosa casa de M. Lugo, alquilé una casita que daba a las
+alamedas de Maintenon.</p>
+
+<p>Allí pasé los quince días más tranquilos y más felices de mi vida,
+trabajando por la mañana, muy temprano, y a primera hora de la noche, y
+recorriendo durante el día el mágico país que me rodeaba, los valles de
+Campan y de Lesponne, el convento de Medous y el Elysée Saint Paul. Un
+día efectué una ascensión al Camp de César o a la Penne de l'Héris; otro
+día proyectaba excursiones al Pic du Midi, desde donde se dominan las
+llanuras del Bigorre y del Béarn. ¡Cuánto regocijo y cuánta salud dan el
+aire puro de las montañas, esos valles risueños y ese hermoso sol!
+Devuelven la juventud y la dicha; porque aquí, en estas cimas, se
+olvidan lo mismo los padecimientos del cuerpo que las amarguras del
+alma. Desgraciadamente, al bajar volvemos a encontrarlos en la llanura y
+en la ciudad, donde nos esperan.</p>
+
+<p>Cuando terminé mis cinco actos, hízose necesario marchar y alejarse de
+tan hermoso país. Atravesé el alegro valle de Argelés y la ciudad de
+Lourdes; admiré la deliciosa capilla de<a name="page_184" id="page_184"></a> Nuestra Señora de Bétharram, y
+me dirigí a Pau, que me atraía por más de un concepto. Tenía, en primer
+lugar, un amigo, un amable y excelente joven, antiguo capitán de la
+guardia, que habitaba con su familia en el Real Palacio de Pau, y no
+quise dejar el Mediodía sin abrazarle; por otra parte, en los
+alrededores de esta ciudad estaba el señorío de Lescar, donde la
+vizcondesa D'Ortlies y el general me habían comprometido para que me
+detuviese algunos días. Sentía vivos deseos de volver a ver a Cecilia, y
+llegué al castillo. Era un edificio hermosísimo, admirablemente situado:
+el parque extendíase hasta las orillas del Gave; desde las ventanas del
+salón se descubrían los ribazos del Jurançon, y en el horizonte, a una
+distancia de quince leguas, las montañas azuladas y las cimas blancas de
+los Pirineos.</p>
+
+<p>Al apearme del coche, fui recibido por la Vizcondesa y su hija, que me
+dispensaron la más amable acogida. Esperaban al general, que continuaba
+en Bigorre; pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en el salón, vi
+a Enrique de Castelnau reclinado en un canapé y leyendo un periódico!...</p>
+
+<p>&mdash;Le ha enviado el general&mdash;díjome a media voz la Vizcondesa&mdash;para traer
+unos despachos al gobernador de Pau y adquirir noticias de la salud de
+Cecilia, que ha estado muy enferma.</p>
+
+<p>&mdash;¿De veras?&mdash;exclamé consternado.</p>
+
+<p>&mdash;Ya pasó. Está mucho mejor; y, mientras<a name="page_185" id="page_185"></a> viene el general, nos acompaña
+Enrique. ¿Dónde ha de vivir sino en el castillo de su tío? Así lo ha
+ordenado mi yerno, que, desde hace una semana, nos anuncia su llegada
+diariamente.</p>
+
+<p>&mdash;Así, pues, ¿hace una semana que vive aquí el señor de
+Castelnau?&mdash;pregunté a la Vizcondesa, la cual, adivinando la idea que me
+preocupaba, se apresuró a contestarme:</p>
+
+<p>&mdash;Tranquilícese usted. Ya conoce usted a mi hija. Por otra parte, puedo
+asegurar que en todo este tiempo no se ha separado ni un momento de mí
+durante el día.</p>
+
+<p>Y no mentía. Cecilia trabajaba en el gabinete de costura al lado de su
+madre, y hasta en los paseos que solía dar por el parque jamás Enrique
+se encontraba a solas con ella. Conste, además, que él no buscaba
+ocasión para acercarse.</p>
+
+<p>Tenía elegancia y sus modales eran en extremo distinguidos. Todo en él
+respiraba la delicadeza más escogida, los cuidados más solícitos; pero
+ni una palabra, ni una mirada que pusiera de manifiesto a los ojos de un
+extraño el secreto de su alma. Hasta había recobrado la alegría y la
+jovialidad; estaba menos distraído, y tomaba parte en las
+conversaciones. Sólo entonces pude observar que estaba dotado de una
+amabilidad exquisita y de una vasta instrucción, y que, a una excesiva
+modestia, se unían en él un ingenio fino y sumamente delicado, un
+carácter noble, pensamientos elevados y generosos... en una palabra, una
+multitud<a name="page_186" id="page_186"></a> de buenas cualidades, que habían permanecido ocultas, y que
+ahora brillaban en todo su esplendor.</p>
+
+<p>La Vizcondesa nos leyó en un periódico un artículo que trataba de un
+suicidio.</p>
+
+<p>&mdash;¡Desventurado!...&mdash;exclamó Cecilia, de un modo que casi parecía una
+aprobación.</p>
+
+<p>&mdash;¡Insensato!&mdash;dijo Enrique, casi despreciativamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿No se explica usted el suicidio?&mdash;le pregunté con viveza.</p>
+
+<p>&mdash;¡Nunca! Suicidarse es privarse de una dicha inmensa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuál?</p>
+
+<p>&mdash;La de morir por los que se ama.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya!&mdash;pensé,&mdash;la quiere siempre, pero ha tomado su partido, y se ha
+resignado valerosamente. Habrá tenido fuerzas para combatir y vencer.</p>
+
+<p>La Vizcondesa me ofreció leerme su última novela. Acepté, y entré con
+ella en su gabinete de trabajo, pensando que en aquel momento su amor
+propio de autor la hacía olvidar su vigilancia de madre, e iba a dejar a
+Enrique algunos momentos de libertad.</p>
+
+<p>Me equivoqué, pues él no los aprovechó. Me siento orgulloso de haber
+soportado con un valor heroico la lectura, que fue bastante larga.
+Entretanto, Cecilia tocaba al piano unas melodías tristes y
+melancólicas; pero estaba sola, pues yo había visto a lo lejos a Enrique
+paseando por una de las alamedas del parque, y,<a name="page_187" id="page_187"></a> cuando volví al salón,
+continuaba sola, sentada en un gran sillón, con la frente apoyada en una
+mano y en los ojos una mirada febril. Se levantó vivamente y se acercó a
+mí con la sonrisa en los labios. Al ponerse de pie dejó caer su pañuelo.
+Me apresuré a recogerlo, y noté que estaba mojado. La joven se dio
+cuenta de ello, y me dijo, mostrándome un libro que había sobre la
+chimenea:</p>
+
+<p>&mdash;Soy en extremo ridícula, ¿no es cierto? Esa novela me ha hecho llorar.</p>
+
+<p>Miré el libro, y vi que era una novela de su madre. No necesitaba esta
+prueba para convencerme de que me engañaba.</p>
+
+<p>Por la tarde hubo mucha gente en el castillo: toda la buena sociedad de
+Pau y sus alrededores. Cecilia hacía los honores de la casa con una
+gracia y una naturalidad admirables; se ocupaba de todos, excepto de
+Enrique, a quien sólo de vez en cuando daba algunas órdenes para que
+arreglara las mesas de juego.</p>
+
+<p>Hiciéronme jugar al whist con tres personajes de la comarca. Los viejos
+jugaban al piqué; las viejas al boston, presididas por la Vizcondesa. El
+recaudador de contribuciones jugaba al billar con el alcalde, y Cecilia,
+agrupando en torno suyo a los jóvenes, propuso pasar el tiempo en juegos
+de prendas, lo que se aceptó con entusiasmo. Los juegos de prendas están
+aún de moda en las provincias, sobre todo en la de los Bajos Pirineos.</p>
+
+<p>Entretanto, hacía yo tales chambonadas, que<a name="page_188" id="page_188"></a> mí compañero debió de
+formar pésima idea de los jugadores de la capital; pero estaba escrito
+que Cecilia me había de hacer perder siempre al whist, porque también
+esta vez, como cuando la conocí, pensaba en ella más que en el juego, y
+mis ojos se dirigían constantemente hacia el alegre círculo que dirigía.</p>
+
+<p>Enrique se había alejado, y distraíase viendo jugar al billar; varios
+jóvenes llamaron al gentil ayudante de campo, y, de grado o por fuerza,
+no tuvo más remedio que acudir al llamamiento. Sentose lejos de Cecilia,
+y en las prendas que él sentenció evitaba toda ocasión de aproximarse a
+ella. En una ocasión, sin embargo, cumpliendo las leyes rigurosas del
+juego, sentenciaron a Cecilia a dar un beso al joven Castelnau. La joven
+se puso de pie... ¡En aquel instante, yo fallaba a mi compañero un ocho
+de copas que era rey!... Hizo un ademán de impaciencia; ¿qué me
+importaba? Mi atención estaba por completo fija en Cecilia, que se
+acercó tranquilamente a Enrique presentándole sus frescas y sonrosadas
+mejillas.</p>
+
+<p>El joven apenas las rozó con sus labios. No se ruborizó, no palideció,
+no perdió el conocimiento, como yo esperaba: estuvo tranquilo y sereno.
+Decididamente, me dije, es un héroe. Le admiraba y le compadecía, y, sin
+quererlo, me sorprendí haciendo votos por él y por su amor sin
+esperanza.</p>
+
+<p>Todas las prendas estaban sentenciadas: las señoritas y algunos jóvenes
+sentáronse alrededor<a name="page_189" id="page_189"></a> de una gran mesa redonda que había en el centro
+del salón, y se pusieron a hojear álbums, revistas y grabados. Unos
+tomaban un lápiz y dibujaban; otros pintaban a la sepia algunos paisajes
+de los alrededores, y Enrique, por complacer a una niña que tenía al
+lado, esculpía, valiéndose para ello de un cortaplumas inglés, un pedazo
+de madera, al cual iba dando la forma de una ermita, labor que ejecutan
+con éxito los pastores de los Alpes o de los Pirineos. La madera era
+dura, el cortaplumas estaba muy afilado, y, en un movimiento un poco
+brusco, la hoja resbaló sobre la materia que cortaba y produjo a Enrique
+una cortadura bastante grande en un dedo de la mano izquierda. Cecilia
+lanzó un grito y se puso intensamente pálida. Un momento después se echó
+a reír. La herida era insignificante, aunque sangraba en abundancia.
+Todos los pañuelos de mano de las señoras se pusieron a disposición del
+herido; todos los neceseres se abrieron. Buscose tafetán inglés, que fue
+cortado acto continuo, y veinte manecitas tan blancas como bien formadas
+se ofrecieron a aplicarlo sobre la herida. Todos reían, y la cura
+adelantaba poco: la operación era difícil. La cortadura estaba en la
+segunda falange del dedo, y el tafetán no podía sujetarse. Se le
+colocaba de nuevo, tratando de darle consistencia, y al menor movimiento
+se desprendía otra vez.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, caballero, estése usted quieto, y sobre todo no doble usted el
+dedo.<a name="page_190" id="page_190"></a></p>
+
+<p>&mdash;Pero, señoras, eso es fácil de decir... hacerlo ya es diferente.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene razón este señor&mdash;intervine yo,&mdash;y para que su dedo permanezca
+inmóvil, habrá que hacer lo que en cirugía se llama... se llama...</p>
+
+<p>&mdash;¿Entablillar?&mdash;interrumpió Enrique,&mdash;¿como si se tratara, de un brazo
+o una pierna?</p>
+
+<p>&mdash;Justamente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y dónde encontrar el aparato?&mdash;gritaron todos riendo.</p>
+
+<p>&mdash;Helo aquí.</p>
+
+<p>Y tomé una carta de la mesa donde acababa de jugar al whist; creo que
+era un rey de oros. Lo enrollé alrededor del dedo herido; las señoras
+sujetáronlo con una hebra de seda, y sostenido de este modo por la
+cartulina, ya no era de temer que el dedo se doblara y la herida
+volviera a abrirse. Terminó, al fin, la cura, entre los gritos
+alborozados y los aplausos de todos los circunstantes, que me
+felicitaron por mis conocimientos quirúrgicos. Enrique me rogó que le
+presentara la cuenta de mis honorarios, y Cecilia me prometió acudir a
+mí para que le curase todos los pinchazos de agujas y alfileres.</p>
+
+<p>Poco después dieron las once, y cada uno tomó su palmatoria.</p>
+
+<p>Yo entré en mi alcoba, desde donde oía aún las carcajadas y las alegres
+carreras que daba en los comedores aquella juventud bulliciosa.</p>
+
+<p>La mañana siguiente, a eso de las diez, bajé<a name="page_191" id="page_191"></a> al salón y estaba hablando
+con la Vizcondesa, cuando, con gran sorpresa nuestra, vimos entrar al
+general, que nos dijo con la mayor alegría:</p>
+
+<p>&mdash;Buenos días, queridos amigos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo!... ¡Dios mío!... ¿De dónde sale mi yerno? ¿Por dónde ha
+llegado?... No hemos oído entrar el carruaje en el patio.</p>
+
+<p>&mdash;Es que llegué esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedes
+estaban entregados al sueño.</p>
+
+<p>&mdash;¿De veras?</p>
+
+<p>&mdash;No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujer
+que, por cierto, al pronto, no quería abrirme. Tanto miedo sentía.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado...</p>
+
+<p>&mdash;Imaginábase que los españoles o los contrabandistas se apoderaban del
+castillo. ¡Pobrecilla!... Por fortuna no tardé en tranquilizarla... ¿Y
+qué tal va su salud, y la de usted?</p>
+
+<p>&mdash;Envidiables.</p>
+
+<p>&mdash;¿Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... ¿qué han hecho aquí,
+entretanto?</p>
+
+<p>&mdash;Ayer tuvimos reunión, y jugamos al whist y al boston.</p>
+
+<p>&mdash;¡Perfectamente! Y, a propósito, tengo que reprender a usted. Ha hecho
+usted jugadora a su hija.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!</p>
+
+<p>&mdash;Usted; jugadora como las mismas cartas.<a name="page_192" id="page_192"></a> A lo que parece, no piensa en
+otra cosa ni de día ni de noche. He aquí una prueba&mdash;continuó riendo a
+carcajadas:&mdash;aquí tiene usted un naipe, un rey de oros, que he
+encontrado enrollado debajo de su almohada. Esto es una picardía,
+¿verdad?</p>
+
+<p>Traté de reír, para que el general no reparase en la turbación de la
+Vizcondesa, que parecía herida por un rayo.</p>
+
+<p>&mdash;Mire usted, mire usted&mdash;prosiguió el general dando nuevamente libre
+acceso a su risa.&mdash;La Vizcondesa no ríe... está desconcertada... y es
+que se reconoce culpable.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! muy culpable&mdash;murmuré interiormente.</p>
+
+<p>En aquel instante bajó Enrique, y poco después Cecilia.</p>
+
+<p>En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia.</p>
+
+<p>Nos encontrábamos solos y, como la víspera, los vi reservados e
+indiferentes; pero, mejor enterado ahora, ¡cuánto amor sorprendí en
+aquellos ojos que se evitaban constantemente, en aquella fingida
+frialdad, en aquella silenciosa unión de voluntades, fiel regulador de
+todos sus pensamientos!</p>
+
+<p>Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Me
+quedé algo atrás con la Vizcondesa y le dije:</p>
+
+<p>&mdash;Dígame, señora: ¿sigue usted creyendo que con la religión y los buenos
+principios no<a name="page_193" id="page_193"></a> existen peligros para un matrimonio desproporcionado?</p>
+
+<p>&mdash;Calle usted&mdash;replicó,&mdash;que se acerca el general.</p>
+
+<p>Se aproximó, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Encontró usted, por último, en los Pirineos el argumento que buscaba?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, encontré varios... y por cierto uno de ellos es picante como una
+guindilla.</p>
+
+<p>&mdash;¿Le servirá a usted de asunto para una comedia?&mdash;me preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;No, general: para una novela&mdash;repuse.<a name="page_195" id="page_195"></a><a name="page_194" id="page_194"></a></p>
+
+<p class="head">EL PRECIO DE LA VIDA</p>
+
+<h3><a name="EL_PRECIO_DE_LA_VIDA" id="EL_PRECIO_DE_LA_VIDA"></a><a name="page_197" id="page_197"></a><a name="page_196" id="page_196"></a>EL PRECIO DE LA VIDA</h3>
+
+<p class="c">&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</p>
+
+<p>Abriose la puerta del salón, y nuestro criado José presentose para
+anunciarnos que estaba dispuesta la silla de posta.</p>
+
+<p>Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos.</p>
+
+<p>&mdash;Todavía tienes tiempo para arrepentirte&mdash;dijéronme,&mdash;renuncia a tu
+viaje... quédate con nosotras.</p>
+
+<p>&mdash;Madre mía&mdash;repuse,&mdash;soy noble, tengo veinte años, y deseo que se hable
+de mí y hacer carrera, sea en el ejército o en la corte.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, ¿no piensas en el dolor que me causas con tu partida?</p>
+
+<p>&mdash;Estará usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y si mueres en alguna batalla?</p>
+
+<p>&mdash;No importa. ¿Para qué es la vida? Además, ¿quién piensa en semejante
+cosa? Cuando se tienen veinte años, el que es noble sólo debe pensar en
+la gloria. Ya me verá usted, madre mía, volver a su lado dentro de
+algunos<a name="page_198" id="page_198"></a> años, hecho todo un coronel, mariscal de campo o con un
+brillante empleo en Versalles.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué tendremos con eso?</p>
+
+<p>&mdash;Que seré aquí respetado y considerado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Nada más?</p>
+
+<p>&mdash;Y que todo el mundo me saludará, quitándose el sombrero al pasar por
+mi lado.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y luego?</p>
+
+<p>&mdash;Que me casaré con mi prima Enriqueta, que conseguiré un matrimonio
+ventajoso para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felices
+en mis tierras de Bretaña.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y quién te impide comenzar desde ahora? ¿No nos ha dejado tu padre la
+mayor fortuna del país? ¿Existe en diez leguas a la redonda un dominio
+más rico ni más hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? ¿No eres
+considerado y querido de nuestros vasallos? ¿Deja alguno de saludarte,
+quitándose el sombrero, como dices, cuando atraviesas el pueblo? No te
+separes de nosotros, hijo mío; quédate al lado de tus amigos, de tus
+hermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrarás a tu
+regreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviar
+con sinsabores y sufrimientos de todo género los días de existencia que
+con tanta rapidez se deslizan. La vida, hijo mío, es una gran cosa, y el
+sol de Bretaña es muy hermoso.</p>
+
+<p>Al decir esto, me señalaba por las ventanas del salón las hermosas
+alamedas de nuestro parque, los viejos castaños en flor, las lilas y
+las<a name="page_199" id="page_199"></a> madreselvas cuyo aroma embalsamaba el ambiente.</p>
+
+<p>En la antesala encontré al jardinero y su familia, todos tristes y
+silenciosos, y mirándome como si quisieran decirme:</p>
+
+<p>&mdash;No se marche usted, señorito; no nos abandone.</p>
+
+<p>Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos.</p>
+
+<p>Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la sala
+entretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose a
+mí con el libro en la mano.</p>
+
+<p>&mdash;Lee, hermano mío, lee&mdash;me dijo, con lágrimas en los ojos.</p>
+
+<p>Era la fábula de <i>Las dos palomas</i>.</p>
+
+<p>Al fin, me levanté bruscamente, y respondí a todos:</p>
+
+<p>&mdash;Tengo veinte años, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores.
+Déjenme, pues, que parta.</p>
+
+<p>Y acto seguido me lancé al patio.</p>
+
+<p>Iba a montar en la silla de posta cuando apareció en el descanso de la
+escalera una joven.</p>
+
+<p>Era Enriqueta.</p>
+
+<p>No lloraba, no pronunciaba una palabra. Pero estaba pálida y temblorosa,
+y apenas podía sostenerse.</p>
+
+<p>Con el pañuelo blanco que tenía en la mano me hizo una señal de
+despedida, y cayó sin conocimiento.<a name="page_200" id="page_200"></a></p>
+
+<p>Corrí a ella, la levanté en mis brazos, la estreché contra mi corazón
+jurándole amor eterno, y antes que recobrara el sentido, la confié al
+cuidado de mi madre y mis hermanas y me dirigí a donde estaba el
+carruaje sin detenerme ni volver la cabeza.</p>
+
+<p>Si la miraba otra vez, estaba seguro de que no tendría valor para
+marcharme.</p>
+
+<p>Pocos minutos después, la silla de posta rodaba por la carretera.</p>
+
+<p>En los primeros momentos, sólo pensé en mis hermanas, en Enriqueta, en
+mi madre y en la dicha que acababa de abandonar.</p>
+
+<p>Pero estas ideas se fueron disipando a medida que desaparecían de mi
+vista las torres de la Roche-Bernard.</p>
+
+<p>Los sueños de ambición y gloria no tardaron en apoderarse completamente
+de mi cerebro.</p>
+
+<p>¡Cuántos proyectos y castillos en el aire formé recostado en los
+almohadones de mi carruaje!</p>
+
+<p>Riquezas, honores, dignidades, brillantes éxitos de todas clases... Todo
+lo ambicionaba. A mi juicio, lo merecía todo, y todo me lo concedía,
+elevándome más y más, conforme avanzaba en el camino.</p>
+
+<p>Veíame ya gobernador de provincia, duque, par... Y, al detenerme por la
+noche en una posada había llegado a mariscal de Francia.</p>
+
+<p>La voz de un criado, que me llamó sencillamente <i>caballero</i>, me obligó a
+salir de mi éxtasis y volver a la realidad.<a name="page_201" id="page_201"></a></p>
+
+<p>Al día siguiente y en los sucesivos, tuve los mismos sueños, la misma
+embriaguez.</p>
+
+<p>Mi viaje era largo. Dirigíame a las inmediaciones de Sedán, a casa del
+duque de C..., antiguo amigo de mi padre y protector de mi familia, el
+cual habíase ofrecido a acompañarme a París y presentarme en Versalles,
+con objeto de obtener para mí el mando de una compañía de dragones por
+influencia de una hermana suya, la marquesa de F..., hermosa joven
+designada por la opinión pública como sucesora de Mad. Pompadour, a cuyo
+título aspiraba con tanta mayor justicia, cuanto que hacía mucho tiempo
+que venía desempeñando sus honrosas funciones.</p>
+
+<p>Llegué a Sedán de noche, y no pudiendo a semejante hora dirigirme al
+castillo de mi protector, aplacé mi visita para el día siguiente, y
+busqué hospedaje en el hotel de <i>Las armas de Francia</i>, el mejor de la
+ciudad, que era el punto de reunión de los oficiales, porque Sedán es
+plaza fuerte y hay en ella mucha guarnición. Las calles de la ciudad
+presentan un aspecto guerrero, y hasta los paisanos caminan con aire
+marcial, como si dijesen a los forasteros: «Somos compatriotas del gran
+Turena».</p>
+
+<p>Cené en mesa redonda y procuré informarme acerca del camino que debía
+emprender al día siguiente para llegar al castillo del duque de C...,
+que distaba tres leguas de la población.</p>
+
+<p>&mdash;Cualquiera se lo podrá indicar&mdash;me contestaron.&mdash;Es muy conocido en el
+país. En ese<a name="page_202" id="page_202"></a> castillo ha muerto un militar ilustre, un hombre célebre,
+el mariscal Fabert.</p>
+
+<p>Y, en seguida, recayó la conversación en este personaje. Esto era
+natural entre oficiales jóvenes.</p>
+
+<p>Se habló de sus batallas, de sus proezas, de su modestia, que le hizo
+rehusar los títulos y el collar con que quiso agraciarle Luis XIV, y
+sobre todo de su extraordinaria suerte. Porque salido de la nada, pues
+era hijo de un pobre impresor, de simple soldado llegó a la elevada
+categoría de mariscal.</p>
+
+<p>Este era el único ejemplo que en aquella época podía citarse de
+semejante fortuna, que, viviendo todavía Fabert, había parecido tan
+extraordinaria, que el vulgo atribuyó a su elevación causas
+sobrenaturales.</p>
+
+<p>Decíase que en su juventud se había ocupado de magia, y que había hecho
+un pacto con el diablo.</p>
+
+<p>El hostelero, con la credulidad propia de nuestros aldeanos bretones,
+nos aseguró que en el castillo del duque de C..., donde murió Fabert,
+habían visto entrar a un hombre negro, que nadie conocía, y que este
+hombre se llevó el alma del mariscal, a quien anteriormente se la había
+comprado; añadiendo que, todavía, por el mes de mayo, época de la muerte
+de aquél, se veía aparecer por la noche al negro, con una luz en la
+mano.</p>
+
+<p>Este relato contribuyó a amenizar el término de nuestra cena, y bebimos
+una botella de<a name="page_203" id="page_203"></a> champagne en obsequio al demonio familiar de Fabert,
+pidiéndole que se dignara tomarnos también bajo su protección y hacernos
+ganar algunas batallas semejantes a las de Collioure y La Marfée.</p>
+
+<p>Me levanté muy temprano al siguiente día, y acto continuo emprendí el
+camino que llevaba al castillo del duque de C..., inmensa y gótica
+mansión en la que no hubiera reparado siquiera, a encontrarme todavía
+impresionado por la narración de la víspera.</p>
+
+<p>Excitada con ella mi curiosidad, no pude menos de contemplar el edificio
+atentamente; y confieso que no terminé mi examen sin experimentar cierta
+emoción.</p>
+
+<p>El criado a quien pregunté me respondió que ignoraba si su amo estaba
+visible, y sobre todo si me recibiría.</p>
+
+<p>Díjele mi nombre, para que me anunciara, y salió dejándome solo en una
+especie de sala de armas, cuyas paredes estaban cubiertas de atributos
+de caza y retratos de familia.</p>
+
+<p>Aguardé un gran rato, sin ver aparecer a nadie.</p>
+
+<p>¡La carrera de gloria y honores, con que yo había soñado, comenzaba por
+hacer antesala!</p>
+
+<p>Devorábame la impaciencia.</p>
+
+<p>Ya había contado dos o tres veces todos los retratos que adornaban la
+sala y hasta las vigas del techo, cuando percibí junto a mí un ligero
+ruido.<a name="page_204" id="page_204"></a></p>
+
+<p>Producíalo una puerta mal cerrada que el viento acababa de abrir.</p>
+
+<p>Me acerqué a ella y vi un lindo gabinete, iluminado claramente por dos
+grandes ventanas y una puerta de cristales, que daban a un jardín
+espléndido.</p>
+
+<p>Penetré algunos pasos en el interior de aquel alegre aposento y me
+detuve ante un espectáculo que no descubrí a primera vista.</p>
+
+<p>Dando la espalda a la puerta por donde yo acababa de entrar, vi a un
+hombre recostado en un canapé.</p>
+
+<p>Levantose, sin darse cuenta de mi presencia, y se dirigió bruscamente a
+una de las ventanas.</p>
+
+<p>Lloraba silenciosamente, y en sus facciones parecía dibujarse una
+profunda desesperación.</p>
+
+<p>Por espacio de algunos minutos permaneció inmóvil, con la cabeza oculta
+entre las manos.</p>
+
+<p>Luego empezó a pasearse precipitadamente por la estancia.</p>
+
+<p>En una de las ocasiones que pasó junto a mí, me vio y se detuvo,
+estremeciéndose.</p>
+
+<p>Yo, entonces, cortado y pesaroso de mi indiscreción, intenté retirarme,
+balbuceando algunas frases de disculpa.</p>
+
+<p>Pero él me detuvo por un brazo, diciendo en voz alta:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién es usted? ¿Qué desea?</p>
+
+<p>&mdash;Soy el caballero de la Roche-Bernard&mdash;contesté;&mdash;y vengo de
+Bretaña...<a name="page_205" id="page_205"></a></p>
+
+<p>&mdash;Ya sé, ya sé&mdash;repuso.</p>
+
+<p>Y me abrazó, obligándome luego a que me sentara junto a él.</p>
+
+<p>Hablome de mi padre, de toda mi familia, y demostró conocerla tan bien,
+que no dudé de que fuese el dueño del castillo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es usted el señor de C...?&mdash;le dije.</p>
+
+<p>Pero él se levantó, mirándome exaltado, y repuso:</p>
+
+<p>&mdash;Lo era, pero ya no lo soy; ya no soy nada.</p>
+
+<p>Y al ver el asombro con que yo le oía, agregó:</p>
+
+<p>&mdash;Ni una palabra más, joven; no me interrogue usted...</p>
+
+<p>&mdash;A pesar de todo, ya que sin querer he sido testigo de la pena de
+usted, si mi amistad y mi interés pueden proporcionarle algún
+consuelo...</p>
+
+<p>&mdash;Tiene usted razón. Le es imposible cambiar en nada mi suerte, pero
+será depositario de mi última voluntad... Este es el único servicio que
+puede prestarme.</p>
+
+<p>Se levantó a cerrar la puerta y volvió a sentarse a mi lado.</p>
+
+<p>Yo, entretanto, lleno de singular emoción, esperaba sus confidencias.</p>
+
+<p>Su voz tenía algo de grave y solemne.</p>
+
+<p>En su rostro, particularmente, reflejábase una expresión que en nadie
+había yo observado hasta entonces.</p>
+
+<p>Su frente parecía marcada por el sello de la fatalidad.<a name="page_206" id="page_206"></a></p>
+
+<p>Tenía la tez pálida, y sus ojos, negros, despedían un fulgor extraño.</p>
+
+<p>A intervalos, sus facciones, aunque alteradas por el sufrimiento, se
+contraían por una sonrisa irónica e infernal.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que voy a revelar a usted&mdash;dijo&mdash;tal vez ofusque su razón.
+Dudará... no podrá usted creer... yo mismo dudo muchas veces; es decir,
+quisiera dudar; pero las pruebas están demasiado claras en todo lo que
+me rodea...</p>
+
+<p>Interrumpiose un instante, como para coordinar sus ideas. Después,
+pasándose una mano por la frente, continuó:</p>
+
+<p>&mdash;«He nacido en este castillo, teniendo ya dos hermanos, a los cuales
+debían ir a parar los bienes y los títulos de nuestra familia. No podía
+esperar, por consiguiente, más que la sotana y el manteo. Y no obstante,
+en mi cabeza fermentaban las ideas de ambición y de gloria. Descontento
+de mi obscuridad, ávido de nombradía, sólo pensaba en los medios de
+adquirirla. Y esta idea me hizo insensible a todos los placeres y
+dulzuras de la existencia. El presente no era nada para mí: sólo existía
+para el porvenir; y el porvenir ofrecíase a mis ojos bajo el aspecto más
+sombrío.</p>
+
+<p>»Contaba treinta años, próximamente, y todavía no era nada.</p>
+
+<p>»Por aquella época se formaban en la capital grandes reputaciones
+literarias, cuya fama llegaba hasta nuestra provincia.</p>
+
+<p>»¡Ah!&mdash;decíame con frecuencia,&mdash;¡si yo pudiese<a name="page_207" id="page_207"></a> al menos alcanzar un
+nombre en la carrera de las letras! ¡Eso siempre me daría alguna gloria,
+y tan sólo en la gloria estriba la dicha del hombre!</p>
+
+<p>»Tenía por confidente de mis penas a un antiguo criado, un negro que
+habitaba en el castillo desde antes de mi nacimiento, y que era, a no
+dudar, el más anciano de la casa, porque nadie se acordaba de haberle
+visto entrar en ella; los hombres más viejos del país aseguraban que
+había conocido al mariscal Fabert y le había asistido en sus últimos
+momentos...»</p>
+
+<p>Al decir estas palabras, mi interlocutor me vio hacer un gesto de
+sorpresa, y se detuvo para preguntarme la causa.</p>
+
+<p>&mdash;No es nada&mdash;respondí.</p>
+
+<p>Pero en aquel momento, recordé, a pesar mío, el hombre negro de que
+había hablado el hostelero la noche anterior.</p>
+
+<p>El señor de C... prosiguió en esta forma:</p>
+
+<p>«Un día, delante de Yago (tal era el nombre de mi negro) me dejé llevar
+de la desesperación por la obscuridad en que vivía y la inutilidad de mi
+existencia, y exclamé:</p>
+
+<p>&mdash;»<i>Daría diez años de vida</i> por figurar entre los primeros literatos.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Diez años&mdash;repuso Yago fríamente&mdash;es mucho! Es pagar muy cara una
+cosa tan pequeña. Pero no importa, acepto los diez años. Acuérdese de lo
+que ha ofrecido, que yo cumpliré mi promesa.</p>
+
+<p>»Inútilmente trataría de pintar a usted mi<a name="page_208" id="page_208"></a> asombro al oír su
+contestación. Creí que los años habían debilitado su cerebro, y me
+encogí de hombros sonriéndome.</p>
+
+<p>»Pocos días después abandoné el castillo para emprender un viaje a
+París.</p>
+
+<p>»Allí, sin poder explicarme cómo me arreglé para ello, me vi al poco
+tiempo introducido en los círculos literarios.</p>
+
+<p>»Me animó el ejemplo de muchos escritores y publiqué algunas obras, de
+cuyo éxito no debo hablar a usted... París entero las aplaudió y los
+periódicos rivalizaron en elogios hacia mí. El nuevo nombre que yo había
+adoptado como seudónimo se hizo célebre, y aun ayer, usted mismo lo
+admiraba, joven...»</p>
+
+<p>Al llegar aquí, un nuevo gesto de sorpresa interrumpió el relato.</p>
+
+<p>&mdash;¿No es usted, pues, el duque de C...?</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;repuso fríamente.</p>
+
+<p>Por mi parte, pensé:</p>
+
+<p>&mdash;¡Un hombre de letras célebre!... ¿Será Marmontel? ¿Será Alembert?
+¿Será Voltaire?</p>
+
+<p>El desconocido suspiró, plegó sus labios con una sonrisa amarga y
+desdeñosa, y continuó su narración:</p>
+
+<p>&mdash;«Aquel nombre, aquella gloria literaria que tanto había envidiado, en
+breve llegó a ser insuficiente para mi alma. Aspiraba ya a una fama de
+mayor prestigio aún, y dije a Yago, el cual me había seguido a París:</p>
+
+<p>&mdash;»No existe otro verdadero renombre que el que se adquiere en la
+carrera de las armas.<a name="page_209" id="page_209"></a> ¿Qué es un literato, un poeta? Nada. Pero un gran
+capitán, un general... Este es el destino que ambiciono. Por una gran
+reputación militar daría diez años de los que me quedan de vida.</p>
+
+<p>&mdash;»Aceptado&mdash;replicó Yago.&mdash;No se olvide usted de que me pertenecen.»</p>
+
+<p>Al pronunciar estas palabras, el desconocido se detuvo otra vez, y
+viendo la turbación y la duda que se retrataban en mi rostro, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;«Ya le había anunciado a usted, joven; le cuesta trabajo creerme; todo
+esto le parece un sueño, una quimera... ¡A mí también!... Y, sin
+embargo, los grados, los honores que obtuve no eran una ilusión; los
+soldados que llevé al combate, los reductos tomados, las banderas
+conquistadas al enemigo, las victorias que tanto asombro causaron a
+Francia... todo esto fue obra mía, toda esta gloria me pertenece.»</p>
+
+<p>Interin él se expresaba en estos términos, accionando con calor, con
+entusiasmo, yo, pasmado de sorpresa, me decía:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién es, pues, el hombre que tengo delante? ¿Será Coligny,
+Richelieu, el mariscal Saxe?...</p>
+
+<p>Del estado de exaltación en que se encontraba, cayó el desconocido en un
+profundo abatimiento, y acercándose a mí, exclamó en tono sombrío:</p>
+
+<p>&mdash;«Yago estuvo en lo cierto. Y cuando poco después, disgustado de
+aquella vana humareda de gloria militar, aspiraba yo a lo único que<a name="page_210" id="page_210"></a> hay
+real y positivo en este mundo; cuando a costa de cinco o seis años de
+vida anhelé poseer grandes riquezas, también me las otorgó. La fortuna
+colmó mis deseos, y me vi dueño de inmensas tierras, bosques,
+castillos... Esta mañana conservaba aún todo esto... Si duda usted de lo
+que le digo, si duda de Yago, aguarde, aguarde un poco... no tardará en
+venir, y podrá usted convencerse por sí mismo de que, lo que ofusca o
+confunde su razón y la mía, es, por desgracia, demasiado cierto.»</p>
+
+<p>Al pronunciar estas palabras, se acercó a la chimenea, consultó el
+reloj, y, haciendo un gesto de espanto, me dijo en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;«Esta mañana, al despuntar el día, me sentí tan débil y abatido, que
+casi no podía levantarme. Llamé a mi ayuda de cámara, y acudió Yago, en
+lugar de aquél.&mdash;¿Qué tengo?&mdash;le pregunté.</p>
+
+<p>&mdash;»Señor, nada que no sea natural&mdash;respondiome,&mdash;que la hora se
+aproxima, que llega el instante...</p>
+
+<p>&mdash;»¿Cuál?</p>
+
+<p>&mdash;»¿No lo adivina usted? El Cielo le había concedido sesenta años de
+vida, y tenía usted ya treinta cuando empecé a cumplir sus deseos.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Yago!&mdash;exclamé con terror,&mdash;¿hablas formalmente?</p>
+
+<p>&mdash;»Sí, señor. En cinco años ha consumido usted en gloria veinticinco de
+existencia. Me los ofreció usted, y me pertenecen. Este tiempo<a name="page_211" id="page_211"></a> de que
+usted será privado se agregará al mío.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿Era éste el precio de tus servicios?</p>
+
+<p>&mdash;»Otros los han pagado más caros. Ejemplo de ello es Fabert, a quien
+también concedí mi protección.</p>
+
+<p>&mdash;»Calla, calla&mdash;le dije.&mdash;Eso es imposible... mientes... me estás
+engañando.</p>
+
+<p>&mdash;»Crea usted lo que le plazca; pero prepárese, porque no le queda más
+que media hora de vida.</p>
+
+<p>&mdash;»¿Te burlas de mí?</p>
+
+<p>&mdash;»De ningún modo. Calcule usted mismo: treinta y cinco años que ha
+vivido realmente y veinticinco que ha disipado, suman sesenta.</p>
+
+<p>»Y al decir esto se disponía a salir de la estancia.</p>
+
+<p>»Yo sentía disminuirse mis fuerzas, que la vida se extinguía en mí, y
+exclamé:</p>
+
+<p>&mdash;»¡Yago, Yago! concédeme algunas horas, unas cuántas horas aún.</p>
+
+<p>&mdash;»No puede ser&mdash;me contestó;&mdash;sería perjudicarme yo en mi tiempo, y yo
+conozco mejor que usted el valor de la vida; no hay tesoro con que poder
+pagar dos horas de existencia.</p>
+
+<p>»Yo apenas me sentía con fuerzas para hablar; mis ojos se cerraban; el
+frío de la muerte helaba la sangre de mis venas.</p>
+
+<p>&mdash;»Pues bien&mdash;repliqué trabajosamente;&mdash;recupera esos bienes por los que
+lo he sacrificado<a name="page_212" id="page_212"></a> todo. Cuatro horas más, y renuncio al oro, a las
+riquezas que tanto ambicioné.</p>
+
+<p>&mdash;»Conforme&mdash;dijo entonces Yago.&mdash;Has sido un buen amo para mí, y debo
+hacer algo en tu obsequio. Consiento en lo que pides.</p>
+
+<p>»En aquel momento sentí que recobraba mis fuerzas, y agregué:</p>
+
+<p>&mdash;»Cuatro horas es muy poco, Yago; concédeme cuatro más, y renuncio
+también a la gloria literaria, a mis obras, a lo que me hizo alcanzar un
+puesto tan elevado en la estimación del mundo.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Cuatro horas por eso!&mdash;murmuró el negro desdeñosamente.&mdash;Es mucho;
+pero no importa, no debo negarte la última gracia.</p>
+
+<p>&mdash;»¡Oh! no, la última no&mdash;dije, cruzando las manos.&mdash;Concédeme hasta la
+noche, doce horas siquiera, un día entero, y que mis hazañas, mis
+triunfos, mi reputación militar, se borren para siempre de la memoria de
+los hombres; que no quede nada de mí sobre la tierra... Un día, Yago, te
+lo ruego.</p>
+
+<p>&mdash;»Abusas de mi bondad&mdash;respondiome, haciendo un gesto de
+burla...&mdash;Pero, en fin, te concedo hasta la puesta del sol. Después no
+me pidas más. Hasta el ocaso, pues. Vendré por ti.»</p>
+
+<p>&mdash;Hoy&mdash;continuó el desconocido con desesperación,&mdash;es el último día de
+mi vida, el único que me queda!...</p>
+
+<p>Luego, asomándose a una de las ventanas que daban al parque, prosiguió:<a name="page_213" id="page_213"></a></p>
+
+<p>&mdash;Ya no volveré a ver ese hermoso cielo, esos verdes céspedes, esas
+bulliciosas aguas; ya no respiraré más este aire embalsamado... ¡Qué
+insensato he sido! Esos bienes que Dios da a todos, a los que siempre me
+he mostrado insensible, y cuya dulzura sólo puedo apreciar ahora, los
+habría disfrutado aún durante veinticinco años. ¡Ah! ¡Y he sacrificado
+mis días a una quimera; los he perdido por una gloria estéril que no me
+ha proporcionado la dicha, y que ha muerto antes que yo!... Mire,
+mire&mdash;añadió señalando a unos aldeanos que atravesaban el parque y
+regresaban, cantando, a sus faenas,&mdash;¡qué no daría yo ahora por
+participar de sus trabajos y de su miseria! Pero ya nada tengo que dar
+ni que esperar en este mundo, nada... ni la desgracia siquiera.</p>
+
+<p>En aquel instante, un rayo de sol vino a iluminar sus pálidas y
+descompuestas facciones.</p>
+
+<p>&mdash;Vea usted&mdash;exclamó asiéndome de un brazo con una especie de
+delirio,&mdash;¡vea qué hermoso es el sol!... ¡Y he de perder todo esto! ¡Ah!
+deje que aun disfrute de ello, que saboree por completo este alegre y
+sereno día que para mí no ha de tener un mañana.</p>
+
+<p>Y antes que yo pudiera detenerle, lanzose corriendo al parque, y
+desapareció por una de las alamedas.</p>
+
+<p>Si he de ser franco, diré que me hubiera sido imposible evitarlo; no
+tenía fuerzas; me encontraba aturdido, asombrado de cuanto acababa de
+ver y oír. Apenas si me encontraba aún<a name="page_214" id="page_214"></a> con energías para levantarme de
+mi asiento y dar algunos pasos, a fin de convencerme de que no soñaba.</p>
+
+<p>Antes de que lograse darme cuenta exacta de mi situación, se abrió la
+puerta y apareció un criado, el mismo a quien había interrogado al
+entrar, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;El señor duque de C...</p>
+
+<p>Y un hombre de unos sesenta años y de aspecto distinguido, avanzó a mi
+encuentro, tendiéndome la mano y excusándose por haberme hecho esperar
+tanto.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando llegó usted me encontraba ausente del castillo&mdash;me dijo.&mdash;Vengo
+ahora de la ciudad, adonde he ido con objeto de celebrar una consulta
+sobre el lamentable estado del conde de C..., mi hermano menor.</p>
+
+<p>&mdash;¿Está en peligro su vida?&mdash;exclamé algo confuso.</p>
+
+<p>&mdash;No, por fortuna&mdash;replicó el Duque;&mdash;pero en su juventud, ciertas ideas
+de gloria y ambición trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad que
+ha sufrido últimamente, de la que llegamos a creer todos que moriría, ha
+dejado en su cerebro una especie de delirio por el cual se figura
+continuamente que sólo le queda un día de vida. En esto consiste su
+locura.</p>
+
+<p>Entonces, todo se aclaró para mí.</p>
+
+<p>&mdash;Pero hablemos de usted&mdash;continuó el Duque.&mdash;Veamos qué puedo hacer en
+su favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentaré en
+la corte, y...<a name="page_215" id="page_215"></a></p>
+
+<p>&mdash;Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo,
+señor Duque, y he venido a darle las gracias por ellas.</p>
+
+<p>&mdash;Pues qué, ¿ha renunciado usted al porvenir que podía alcanzar en la
+corte?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor.</p>
+
+<p>&mdash;Recapacite usted en que, por mi influencia, hará rápidamente carrera y
+podrá llegar en menos de diez años...</p>
+
+<p>&mdash;¡Diez años!&mdash;exclamé con una especie de terror.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo!&mdash;repuso el Duque asombrado.&mdash;¿Considera usted que es pagar
+demasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decídase, y pronto
+iremos a Versalles.</p>
+
+<p>&mdash;No, señor Duque; regresaré en seguida a la Bretaña, y le suplico
+nuevamente que acepte la expresión de mi reconocimiento y el de toda mi
+familia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eso es una locura!&mdash;murmuró el Duque.</p>
+
+<p>Pero yo, reflexionando en lo que acababa de ver y escuchar, salí
+diciendo para mí:</p>
+
+<p>&mdash;Esto es ser razonable.</p>
+
+<p>Y al día siguiente emprendí el viaje de vuelta a mi casa. ¡Con cuánta
+alegría contemplé mi hermoso castillo de la Roche-Bernard, los seculares
+árboles de mi parque y el hermoso sol de mi país! En él me esperaban mis
+vasallos, mis hermanas, mi madre... y la felicidad, porque ocho días
+después celebrábase mi matrimonio con mi prima Enriqueta.<a name="page_217" id="page_217"></a><a name="page_216" id="page_216"></a></p>
+
+<p class="head">JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA</p>
+
+<h3>JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA<a name="page_219" id="page_219"></a><a name="page_218" id="page_218"></a></h3>
+
+<p class="c">&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</p>
+
+<h3><a name="Ij" id="Ij"></a>I</h3>
+
+<p>Nos encontramos en un gran teatro, el de la Opera de París.</p>
+
+<p>Y conste que no aludo a las maravillas que presenta a nuestra vista, a
+la gracia aérea de la Taglioni, al encanto delicioso de las Elssler, ni
+al poderoso talento de Nourrit, Talma de la tragedia lírica; no hablo de
+los magníficos acordes de Meyerbeer, orgullo de Alemania, ni de los
+ingeniosos e inagotables cantos de Auber, el primero de nuestros
+compositores, si no tuviera la desgracia de ser nuestro compatriota.
+Tampoco me refiero a la magnificencia de las decoraciones, los trajes y
+los bailes; no se trata del teatro, sino de la sala. En ella tiene lugar
+un espectáculo muy curioso en otro sentido, pero tan seductor y
+brillante como el de la escena.</p>
+
+<p>Dirijan ustedes una mirada a su alrededor; y si esta noche tienen tiempo
+de observar, si<a name="page_220" id="page_220"></a> se encuentran de buen humor, si no han perdido el
+dinero en la Bolsa o escuchado un mal discurso en la Cámara, si su
+amante no les ha hecho traición o su esposa no les ha armado querella,
+si han comido bien, en compañía de personas de ingenio o, lo que es aún
+mejor, de verdaderos amigos, tomen asiento en la orquesta de la Opera;
+dirijan sus gemelos no hacia el escenario sino hacia las galerías, al
+anfiteatro y sobre todo a los palcos principales. ¡Qué cuadros tan
+variados, cuántas escenas de comedia y, con frecuencia, hasta de drama!
+Y adviertan ustedes que no quiero que salgan del observatorio en que
+acabo de colocarlos; porque, ¿qué sucedería si abandonando su silla de
+orquesta y tomando el brazo de un amigo se aventurasen en el <i>foyer</i> de
+la Opera? No podrían dar un paso en él sin tropezar con una ambición o
+con un ridículo, sin chocar al paso con un diputado, un hombre de Estado
+del momento, un ministro de ayer, una reputación de la semana, un
+orgullo de todos los días. Allí, en torno de aquella gran chimenea, hay
+un caballero de guantes amarillos que refiere sus aventuras de la mañana
+y sus apuestas en el bosque de Bolonia; un periodista orador que relata
+en la conversación su folletín del día siguiente; un <i>dandy</i> que vive a
+expensas de una actriz y la paga con elogios; otro que se arruina por
+ella y se ve obligado a enumerar sus perfecciones como para justificar
+ante sus amigos el empleo de<a name="page_221" id="page_221"></a> su dinero; todo esto, formando una extraña
+confusión, una amalgama de amor propio y pretensiones, suministraría
+material suficiente para escribir cien volúmenes, y mi único propósito
+es referir una historieta.</p>
+
+<p>Una noche&mdash;era, si mal no recuerdo, a fines del año 1831,&mdash;bailaba la
+señorita Taglioni. Asistía una inmensa concurrencia. Yo había ido a
+reunirme a unos amigos que me habían citado, pero que, encontrándose ya
+demasiado estrechos, no podían proporcionarme asiento. No obstante,
+levantose un joven y me ofreció el suyo. Como ustedes supondrán, lo
+rehusé, no queriendo privarle del placer de presenciar cómodamente el
+espectáculo.</p>
+
+<p>&mdash;No me priva usted de nada&mdash;dijo,&mdash;pues voy a salir.</p>
+
+<p>En vista de ello, acepté, dándole las gracias, y observé que el joven,
+antes de retirarse, dirigió una última mirada al salón, y apoyándose un
+instante contra el palco inmediato, pareció buscar a alguien con la
+vista; luego, cayendo, súbitamente, en una profunda meditación, ya no
+pensó en marcharse. Tenía razón al decirme que no le privaría del
+espectáculo, porque, dando la espalda a la escena, sin ver ni oír nada,
+parecía haberse olvidado por completo del lugar en que se encontraba.</p>
+
+<p>Entonces me puse a examinarle atentamente.</p>
+
+<p>Era imposible encontrar una figura más expresiva, más bella y de más
+distinción. Vestido<a name="page_222" id="page_222"></a> con elegante sencillez, todo en sus modales y en
+sus más insignificantes gestos era noble, de buen gusto y <i>comme il
+faut</i>. Aparentaba de veinticinco a veintiocho años; sus grandes ojos,
+negros, estaban constantemente fijos en un palco segundo, situado frente
+a él, al que miraba con una expresión de tristeza y desesperación
+indefinible. A pesar mío, volví la cabeza en la misma dirección, y vi
+que aquel palco estaba vacío.</p>
+
+<p>&mdash;Sin duda, pensé, esperaba a alguien que no ha venido; una <i>ella</i> que
+ha faltado a su palabra... o está enferma, o a quien un marido celoso ha
+impedido venir... Y él la ama... y la espera... ¡Pobre joven!</p>
+
+<p>Y como él, esperé y le compadecí, y habría dado cualquier cosa por ver
+abrirse la puerta de aquel palco que seguía obstinadamente cerrado.</p>
+
+<p>El espectáculo iba a terminar, y durante dos o tres escenas en las que
+ya no bailaban las primeras partes y durante las cuales el público
+conversaba casi en voz alta, hablose de la ópera <i>Roberto el Diablo</i>,
+que se estaba ensayando entonces y que debía representarse a los pocos
+días. Mis amigos hiciéronme algunas preguntas respecto a la música y los
+bailables, demostrando deseos de asistir a los últimos ensayos. ¡Es una
+cosa tan curiosa y tan interesante para ciertas gentes un ensayo de la
+Opera! Les prometí llevarlos, y nos levantamos para salir, porque el
+telón acababa de caer.<a name="page_223" id="page_223"></a> Al pasar junto a mi desconocido, que continuaba
+inmóvil en el mismo lugar, le manifesté mi sentimiento por haber
+aceptado su oferta y el deseo de poder corresponder a su atención.</p>
+
+<p>&mdash;Nada más fácil&mdash;me dijo;&mdash;acabo de saber que es usted Meyerbeer.</p>
+
+<p>&mdash;No tengo ese honor.</p>
+
+<p>&mdash;O que es usted uno de los autores del <i>Roberto el Diablo</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Del libreto nada más.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien, caballero, permítame usted asistir al ensayo de mañana.</p>
+
+<p>&mdash;Ofrece aún tan poco atractivo, que sólo me atrevo a invitar a mis
+amigos.</p>
+
+<p>&mdash;Razón de más para que yo insista, caballero.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo me considero muy honrado con que se digne usted hacerme tal
+petición.</p>
+
+<p>Me estrechó la mano y quedamos citados para el día siguiente. Fue exacto
+a la cita, y mientras comenzaba el ensayo, nos paseamos algunos momentos
+por el teatro. Hablaba en un tono grave, y sin embargo, amable y
+espiritual; pero notábase fácilmente que se esforzaba en sostener la
+conversación, y que alguna otra idea le preocupaba. Nuestras más lindas
+cantantes y bailarinas iban llegando sucesivamente. Le vi estremecerse
+con frecuencia, y llegó un momento en que fue tal su emoción, que tuvo
+que apoyarse contra un bastidor. Creí entonces adivinar que sentía una<a name="page_224" id="page_224"></a>
+pasión desgraciada por alguna de aquellas diosas, pero su edad y su
+figura hacían poco verosímil semejante suposición. Y en efecto, no tardé
+en convencerme de que me engañaba; no habló a nadie, a nadie se acercó,
+y tampoco dio muestras nadie de conocerle.</p>
+
+<p>Cuando comenzó el ensayo, traté de descubrirle en la orquesta, entre los
+aficionados, y no le encontré allí. Aunque la sala estaba poco
+alumbrada, me pareció verle en el palco que la víspera había contemplado
+con tan profunda emoción. Quise asegurarme de ello, y al terminar el
+ensayo, después del admirable trío del quinto acto, subí al piso
+segundo. Meyerbeer, que deseaba hablar conmigo, me acompañaba. Llegamos
+al palco, cuya puerta estaba entreabierta, y vimos al desconocido con la
+cabeza oculta entre las manos. Al vernos entrar, volviose bruscamente,
+abandonó su asiento, y pude ver entonces que su rostro estaba cubierto
+de lágrimas. Meyerbeer se estremeció de alegría, y, sin decirle una
+palabra, le estrechó la mano con ademán afectuoso, como para darle
+gracias. El desconocido, procurando reponerse de su turbación, balbuceó
+algunas frases de elogio de un modo tan vago, que fue evidente para
+nosotros que no había escuchado la ópera y que, desde hacía dos horas,
+estaba pensando en otra cosa que en la música. Meyerbeer me dijo en voz
+baja, desesperado:</p>
+
+<p>&mdash;¡El infeliz no ha oído ni una nota!<a name="page_225" id="page_225"></a></p>
+
+<p>Los tres bajamos juntos la escalera, y al pasar por el hermoso y
+espacioso patio que conduce a la calle de la Grange-Bateliere, el
+desconocido saludó al empleado en aquella portería. Aguijoneado,
+entonces, por la curiosidad, acerqueme a aquel hombre y le interrogué:</p>
+
+<p>&mdash;¿Conoce usted a ese joven que acaba de marcharse?</p>
+
+<p>&mdash;Sólo sé que se llama Arturo, que vive en la calle de Helder, núm. 7, y
+que este invierno se ha abonado a un palco segundo que da frente a la
+escena.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y, según parece, está en el palco a todas horas?</p>
+
+<p>&mdash;Viene a él solamente por la mañana; pero por la noche no lo ocupa
+nunca y está siempre cerrado.</p>
+
+<p>Efectivamente, en toda la semana no se abrió la puerta del palco, que
+permaneció vacío y sin que nadie se presentase en él.</p>
+
+<p>El estreno de <i>Roberto el Diablo</i> estaba muy próximo, y en esos últimos
+días el pobre autor se ve agobiado con peticiones de localidades y
+billetes. ¿Se imaginan ustedes que éste tiene tiempo de pensar en su
+obra, en los cortes y cambios que serían necesarios? De ninguna manera.
+Necesita contestar a las cartas y reclamaciones que recibe por todas
+partes; y las señoras, sobre todo, son las más exigentes en ese
+día.&mdash;Debía usted haberme reservado dos palcos, y no he podido obtener
+más<a name="page_226" id="page_226"></a> que uno.&mdash;Me había usted ofrecido una delantera, y sólo he recibido
+un asiento de primera fila.&mdash;Me dijo usted que podía contar con el
+número 10, inmediato al palco del general, y me ha enviado usted el
+número 15, que está junto al de la señora D***, a quien no puedo sufrir,
+y que está sumamente infatuada con sus diamantes.</p>
+
+<p>En un día de estreno se enfrían muchas veces las relaciones con los
+mejores amigos, que acceden a perdonarle a uno algunos días después, si
+se ha obtenido un éxito brillante, pero que continúan enojados durante
+mucho tiempo cuando es víctima de un fracaso; de modo que queda uno mal
+con ellos como con el público. Bien dicen que «un mal no viene nunca
+solo».</p>
+
+<p>La mañana del día fijado para el estreno de <i>Roberto el Diablo</i>, debía
+yo entregar a unas señoras un palco que les había ofrecido; palco de que
+el director me había despojado para dárselo a un periodista. Al quejarme
+de ello, me contestó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Es para un periodista!... Ya ve usted, un periodista... que la
+detesta... pero que, gracias a esta atención, consentirá en hablar
+bien... de la música.</p>
+
+<p>El argumento no admitía réplica, y, por otra parte, el palco estaba ya
+dado. Pero, ¿dónde colocar a mis lindas señoras, cuyo enojo era para mí,
+en otro orden, tan temible como el<a name="page_227" id="page_227"></a> del periodista? Recordé entonces a
+mi desconocido, y me encaminé a su casa.</p>
+
+<p>Era ésta muy sencilla y modesta, sobre todo tratándose de un hombre que
+estaba abonado a un palco en la Opera durante todo el año.</p>
+
+<p>&mdash;Señor&mdash;le dije,&mdash;vengo a pedirle un gran favor.</p>
+
+<p>&mdash;Usted dirá.</p>
+
+<p>&mdash;¿Piensa usted asistir a la representación del <i>Roberto</i>... en su
+palco?</p>
+
+<p>Pareció turbarse, y me respondió con cierta vacilación:</p>
+
+<p>&mdash;Desearía asistir, pero no podré hacerlo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ha dispuesto usted de él?</p>
+
+<p>&mdash;No, señor.</p>
+
+<p>&mdash;Si tuviera usted a bien cedérmelo, me sacaría de un gran apuro.</p>
+
+<p>El suyo era cada vez mayor... no se atrevía a negármelo... Por último,
+haciendo un visible esfuerzo sobre sí mismo, exclamó:</p>
+
+<p>&mdash;Accedo a ello, pero con la condición de que no llevará usted a ese
+palco más que hombres.</p>
+
+<p>&mdash;Precisamente&mdash;repuse,&mdash;se lo pido para unas señoras...</p>
+
+<p>Quedó silencioso durante un momento, y luego dijo:</p>
+
+<p>&mdash;Entre esas señoras, ¿hay alguna a quien usted ama?</p>
+
+<p>&mdash;Sin duda&mdash;contesté ligeramente.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, disponga del palco. De todos modos, hoy mismo salgo de
+París.<a name="page_228" id="page_228"></a></p>
+
+<p>Aguijoneado por el interés y la curiosidad, al oír estas últimas
+palabras, hice un movimiento, cuyo significado debió de adivinar él sin
+duda alguna, porque me apretó la mano entre las suyas, diciéndome:</p>
+
+<p>&mdash;Ya supondrá usted que ese palco tiene para mí recuerdos muy queridos y
+crueles... que a nadie puedo confiar... ¿A qué conduce quejarse cuando
+uno es desdichado sin esperanza... y lo es por su culpa?</p>
+
+<p>Aquella noche tuvo lugar el estreno de <i>Roberto</i>, y mi amigo Meyerbeer
+alcanzó un éxito inmenso, que se extendió por toda Europa. Más tarde,
+sucediéronse muchos otros acontecimientos literarios o políticos y otros
+muchos fracasos. No volví a ver a Arturo, ni a pensar en él: le había
+olvidado.</p>
+
+<p>Hace pocas noches, me encontraba también en la Opera. Esta vez no se
+representaba <i>Roberto</i>, sino <i>Los Hugonotes</i>. Habían transcurrido cinco
+años.</p>
+
+<p>&mdash;Llega usted muy tarde&mdash;me dijo uno de mis amigos, un profesor de
+Derecho, abonado de la Opera, que se muestre tan alegre por la noche
+como erudito por la mañana.</p>
+
+<p>&mdash;Y hace usted mal&mdash;agregó, dándome un golpecito en la espalda, un
+hombrecillo vestido de negro, de voz acre y cabeza empolvada.</p>
+
+<p>Volví la cabeza para ver quién me hablaba, y me encontré con el señor
+Baraton, notario de mi familia.<a name="page_229" id="page_229"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Usted aquí?&mdash;exclamé;&mdash;¿y su estudio?</p>
+
+<p>&mdash;Lo vendí hace tres meses. Soy rico, viudo, tengo sesenta años, he
+estado casado por espacio de veinte, y durante treinta he sido
+notario... Creo que ya es tiempo de que piense en divertirme.</p>
+
+<p>&mdash;Y hace ocho días&mdash;añadió el profesor de Derecho&mdash;que se ha abonado a
+la orquesta.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, me gusta reírme, y a eso vengo aquí, donde se ven y se oyen las
+cosas más extrañas del mundo. Estos señores lo saben todo, todo lo
+conocen... No hay una sola localidad de la que no me hayan referido una
+anécdota interesante.</p>
+
+<p>Y al decir esto, miraba al profesor de Derecho, el cual se sonreía con
+ese aire modesto y reservado que se considera como discreto, y que
+quiere decir: otras muchas podría contar si quisiera.</p>
+
+<p>&mdash;¿De veras?&mdash;exclamé.</p>
+
+<p>Y, sin darme cuenta de ello, dirigí mis ojos al palco que algunos años
+antes había excitado vivamente mi curiosidad. ¡Cuál fue mi sorpresa!
+también estaba desocupado aquella noche; de cuantos había en el teatro,
+era el único que se encontraba vacío.</p>
+
+<p>Encantado entonces por tener, a mi vez, una historia que contar, hice
+saber en pocas palabras a mis oyentes la que acabo de referir a ustedes,
+acaso con demasiada extensión.</p>
+
+<p>Todos me escucharon atentamente y empezaron<a name="page_230" id="page_230"></a> a formar conjeturas. El
+profesor rememoraba sus antiguos recuerdos; el notario se sonreía con
+malicia.</p>
+
+<p>&mdash;Veamos&mdash;les dije;&mdash;¿quién de estos señores, que todo lo saben, nos
+dará la clave de este enigma? ¿Quién nos podrá contar la historia de ese
+palco misterioso?</p>
+
+<p>Todos permanecieron silenciosos, hasta el profesor, el cual, pasándose
+una mano por la frente como procurando recordar la anécdota, hubiera
+concluido probablemente por inventar una; pero el notario no le dio
+tiempo para ello.</p>
+
+<p>&mdash;¿Que quién le contará a usted esa historia?&mdash;exclamó con aire de
+triunfo;&mdash;yo, que la conozco, sin omitir detalle.</p>
+
+<p>&mdash;¿Usted, señor Baraton?</p>
+
+<p>&mdash;Yo mismo.</p>
+
+<p>&mdash;Hable usted, hable.</p>
+
+<p>Y todas las cabezas fijáronse en el narrador.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien&mdash;repuso el notario con aire importante y tomando un polvo de
+rapé.&mdash;¿Quién de ustedes ha conocido...?</p>
+
+<p>En aquel instante se dejaron oír los primeros acordes de la orquesta.</p>
+
+<p>Y el señor Baraton, que no quería perder una sola nota de la sinfonía,
+se detuvo repentinamente, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Comenzaré en el próximo entreacto.<a name="page_231" id="page_231"></a></p>
+
+<h3><a name="IIj" id="IIj"></a>II</h3>
+
+<p>Apenas terminó el primer acto de <i>Los Hugonotes</i>, el notario empezó
+diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Tienen que vestirse la reina y todas sus damas de honor; hay que
+construir también el castillo y los jardines de Chenonceaux, y, de
+consiguiente, el entreacto será bastante largo para que yo pueda
+referirles la historia que desean conocer.</p>
+
+<p>Y cuando hubo saboreado lentamente un polvo de rapé, como para tomarse
+tiempo de reunir sus recuerdos, el señor Baraton prosiguió en esta
+forma:</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién de ustedes ha conocido aquí a la pequeña Judit?</p>
+
+<p>Miráronse, y ni los abonados más antiguos de la orquesta pudieron
+responder.</p>
+
+<p>&mdash;La pequeña Judit&mdash;agregó el notario,&mdash;una jovencita que hace siete u
+ocho años fue admitida como figuranta en el cuerpo de baile.</p>
+
+<p>&mdash;Aguarde usted...&mdash;dijo el profesor de Derecho con un tono algo
+pedante.&mdash;¿Una rubita que en <i>La Muda</i> hacía el papel de uno de los
+pajes del virrey?</p>
+
+<p>&mdash;No, era morena&mdash;repuso el notario;&mdash;en cuanto al empleo que la
+atribuye, no tengo datos para asegurarlo, y prefiero atenerme a la
+inmensa erudición de usted.<a name="page_232" id="page_232"></a></p>
+
+<p>El profesor de Derecho hizo una cortesía.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que nadie podría negar es que la pequeña Judit era encantadora.
+Otro punto que también parece comprobado, es que la señora Bonnivet, su
+tía, era portera en la calle de Richelieu, de la casa de un solterón,
+del cual había sido en otra época ama de gobierno, o según decían
+algunos, cocinera; pero la señora Bonnivet no convenía en esto. Por lo
+demás, ella tiraba del cordón y hacía recados, mientras su sobrina hacía
+conquistas; porque no se podía, en modo alguno, pasar frente a la
+habitación de la portera sin admirar a la pequeña Judit, que entonces
+tendría apenas doce años. Sus ojos eran ya los más bellos del mundo, sus
+dientes parecían perlas, tenía un talle delicioso, y con su vestido de
+indiana ofrecía el aire más distinguido que imaginar se puede. Además,
+tenía una fisonomía de expresión inocente, cándida, y, en su misma
+inocencia, expresiva y coqueta; una de esas fisonomías, en fin, a
+propósito para hacer enloquecer a cualquiera y cambiar, como suele
+decirse, la faz de los imperios.</p>
+
+<p>Tantos y tan frecuentes parabienes recibía la señora Bonnivet por la
+belleza de su sobrina, que se decidió a hacer algunos sacrificios, con
+objeto de educarla: la hizo entrar en una escuela gratuita, donde
+aprendió a leer y escribir; brillante progreso cuyas ventajas no tardó
+en apreciar la señora Bonnivet, que en sus funciones de portera
+difícilmente descifraba<a name="page_233" id="page_233"></a> los sobres de las cartas y equivocaba
+constantemente los periódicos que debía entregar a los inquilinos.</p>
+
+<p>Así, pues, todo el mundo se alegró cuando Judit se encargó de este
+cuidado; y su tía, convencida de que con una figura y una educación tan
+distinguida debía hacer fortuna sin mucho trabajo, no esperaba más que
+una ocasión para ello, la cual no tardó en presentarse. El señor
+Rosambeau, maestro de baile, que vivía en el quinto piso, ofreciose a
+dar algunas lecciones a la pequeña Judit, y pocos días después la señora
+Bonnivet participaba a todas las porteras de su conocimiento, que su
+sobrina acababa de ser admitida en los coros de la Opera; esta noticia
+difundiose rápidamente de puerta en puerta por toda la calle de
+Richelieu.</p>
+
+<p>Ya tenemos, pues, a Judit instalada en la Opera, tomando lecciones por
+la mañana y presentándose por la noche confundida entre los grupos de
+jóvenes, de ninfas o de pajes, como hace un instante decía nuestro amigo
+el profesor.</p>
+
+<p>Judit era la inocencia personificada, aunque entonces había cumplido ya
+catorce años; habíase criado en una casa honrada, cuyos inquilinos eran
+todos casados; su tía, que era de un rigorismo exagerado, no la perdía
+de vista casi nunca; la llevaba al teatro por la mañana, la acompañaba
+al salir por la noche, y hasta tenía la paciencia de permanecer en el<a name="page_234" id="page_234"></a>
+saloncillo del baile, haciendo calceta, mientras su sobrina estudiaba y
+aprendía los bailables.</p>
+
+<p>Tal vez deseen saber ustedes lo que sucedía, entretanto, en la casa de
+la calle de Richelieu, pero no puedo decírselo. No faltaba quien
+asegurase que una amiga de la señora Bonnivet se había encargado de
+substituirla interinamente, hasta el día en que la pequeña Judit hiciera
+<i>suerte</i>.</p>
+
+<p>Porque ustedes saben, tan bien como yo, que las jóvenes sólo suelen
+entrar en la Opera para hacer suerte y alcanzar una posición brillante;
+realizado esto, y cuando llegan a ser ricas, se retiran, se hacen
+juiciosas y casan a su hija con un agente de Bolsa.</p>
+
+<p>&mdash;O con un notario&mdash;rectificó el profesor.</p>
+
+<p>&mdash;Es cierto&mdash;repuso el señor Baraton, haciendo una mueca;&mdash;se han dado
+casos... Pero comprenderán ustedes que ni la señora Bonnivet ni su
+sobrina pensaban entonces en tales grandezas. Es preciso avanzar en todo
+de una manera progresiva, y paso a paso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y Judit?&mdash;pregunté yo, porque veía transcurrir el entreacto.</p>
+
+<p>&mdash;De ella me ocupo. La señora Bonnivet, a despecho de su previsora
+vigilancia, no podía impedir que su sobrina hablase con sus jóvenes
+compañeras. Por la mañana en el saloncillo del baile, y particularmente
+por la noche, cuando salían a la escena... formidable límite que la tía
+no podía franquear y en el que se detenía su vigilante inspección...
+Judit oía entonces<a name="page_235" id="page_235"></a> cosas singulares. Una de las ninfas o de las
+sílfides que con ella bailaba decíala en voz baja:</p>
+
+<p>&mdash;Oye, querida: fíjate en la orquesta, a la derecha; ¡observa cómo me
+mira!</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién?</p>
+
+<p>&mdash;Ese guapo joven que viste chaleco de cachemir.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué significa eso?</p>
+
+<p>&mdash;Que está enamorado de mí.</p>
+
+<p>&mdash;¡Enamorado!&mdash;exclamaba Judit.</p>
+
+<p>&mdash;Está claro; ¿de qué te asombras? ¿Acaso tú no tienes algún amorcillo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío! yo no.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tiene gracia! Oigan ustedes, chicas, Judit no tiene ningún
+pretendiente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo! como que su tía se opone a ello.</p>
+
+<p>&mdash;¡Me gusta! ¡Pues si yo tuviera una tía como esa!...</p>
+
+<p>&mdash;Querida, haces mal en censurar a una mujer que tiene miras formales y
+útiles, como a nosotras nos hubiera convenido, y que, para apartar a su
+sobrina del peligro de las pasiones, le busca un protector.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ella! ¡Un protector!... Es demasiado tonta para eso, y no lo
+encontrará nunca.</p>
+
+<p>Estas conversaciones efectuábanse durante los coros de la <i>Vestal</i>.
+Judit no había perdido una palabra; pero no se atrevía a pedir a nadie
+la explicación de lo que era todavía un enigma para ella. No obstante,
+sentíase humillada,<a name="page_236" id="page_236"></a> inconscientemente, por el concepto en que la
+tenían; hubiera querido vengarse, abatir a sus buenas amigas,
+humillarlas a su vez. En consecuencia, cuando, en cierta ocasión, al
+retirarse por la noche, la señora Bonnivet tomó un aire grave y solemne
+para anunciar a su sobrina que se le había presentado un protector muy
+distinguido, su primer movimiento fue de júbilo... y su tía, que no
+esperaba tal cosa, pareció encantada de ello y continuó muy satisfecha:</p>
+
+<p>&mdash;Sí, mi querida sobrina; una persona muy recomendable por todos
+conceptos, una persona que asegurará tu fortuna y la suerte de tu tía,
+cosa muy justa después de los sacrificios que le ha ocasionado tu
+educación y los cuidados que ha tenido para ti.</p>
+
+<p>Mientras hablaba de este modo, la tía se enjugó algunas lágrimas; Judit,
+conmovida por aquel enternecimiento, se atrevió entonces a preguntar
+solamente quién era aquel protector y por qué había merecido ella una
+distinción tan elevada.</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo sabrás, hija mía, ya lo sabrás... Por el momento, todas tus
+compañeras se van a morir de envidia.</p>
+
+<p>Esto era lo único que anhelaba Judit; y, efectivamente, produjo honda
+impresión esta noticia al día siguiente en el saloncillo del baile.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero es de veras?</p>
+
+<p>&mdash;Te lo aseguro.</p>
+
+<p>&mdash;Parece imposible...<a name="page_237" id="page_237"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Esa remilgada! ¡Qué suerte tiene!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Una figuranta, una corista!</p>
+
+<p>&mdash;En tanto que yo... ¡una primera parte!</p>
+
+<p>&mdash;¡Es irritante!</p>
+
+<p>&mdash;Pero es natural&mdash;decían otras;&mdash;hay que confesar que es muy guapa...</p>
+
+<p>&mdash;¡Y muy honrada!... ¡Bien lo merece!...</p>
+
+<p>En resumen, nunca una boda de príncipes, ni aun de reyes, dio lugar a
+tantas conjeturas; pero aquella misma noche quedaron resueltas todas las
+dudas al aparecer en el teatro la señora Bonnivet con un chal magnífico.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién era aquel protector desconocido? Seguramente se trataría de
+algún banquero entrado en años o algún respetable gran señor. Esto fue
+lo primero que preguntaron a Judit, con el propósito de hacerla hablar;
+pero todo fue en vano: Judit observó una discreción impenetrable, por la
+sencilla razón de que ella misma lo ignoraba.</p>
+
+<p>Tres o cuatro días después abandonó con su tía el pequeño cuarto de la
+portería para ir a habitar un piso delicioso de la calle de Provenza,
+donde tenía una alcoba del gusto más moderno y un gabinete exquisito,
+tan elegante y tan bien decorado y alfombrado, que la tía no se atrevía
+a entrar en él, y pasaba el tiempo en el comedor o en la cocina... allí
+se encontraba ella más a su gusto.</p>
+
+<p>Pero transcurrieron algunos días sin que Judit viera presentarse a
+nadie, lo cual le parecía muy extraño, porque la joven carecía de<a name="page_238" id="page_238"></a>
+instrucción, pero no de talento. Su candor y su sencillez reconocían por
+causa la ignorancia, no la inocencia; y rememorando lo que había podido
+comprender, y adivinando una parte de lo que no comprendía, empezó a
+inquietarse, a estremecerse. Hubiera dado cualquier cosa por tener una
+amiga a quien pedirle consejo... Pero ella sola, ¿qué protección podría
+buscar contra un protector que no conocía y que ya le inspiraba miedo?
+Cierto es que, cuantas ideas ella se forjaba de antemano, estaban
+relacionadas con las de la fealdad y la vejez, a fuerza de oír decir a
+sus compañeras que su protector no podía ser más que un viejo gotoso,
+extravagante y contrahecho. Júzguese, pues, de su sorpresa, cuando al
+quinto día vio entrar a su tía corriendo y desatalentada, la cual,
+precediendo a un caballero, abrió la puerta del tocador, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Aquí está!</p>
+
+<p>Judit intentó levantarse por cortesía, pero sus piernas flaquearon; y
+conociendo que iba a desmayarse, se dejó caer sobre el sofá en que
+estaba sentada.</p>
+
+<p>Cuando, al cabo de un rato, se atrevió a levantar los ojos, vio de pie,
+frente a ella, a un joven guapo, de unos veinticuatro años próximamente,
+y de porte noble y distinguido, que la contemplaba con una expresión tan
+dulce y cariñosa, que fue suficiente para disipar su miedo; imaginose
+que quien la miraba así debía<a name="page_239" id="page_239"></a> defenderla, y que nada tenía que temer,
+por lo tanto.</p>
+
+<p>&mdash;Señorita...&mdash;le dijo el desconocido en tono grave, pero respetuoso.</p>
+
+<p>Y al ver que la tía aún permanecía allí, le hizo seña de que saliera.
+Esta obedeció acto continuo, porque precisamente tenía que dar órdenes
+para la comida.</p>
+
+<p>&mdash;Señorita&mdash;continuó el joven,&mdash;está usted en su casa, y mi deseo es que
+se encuentre bien en ella y sea dichosa. Perdóneme si tengo pocas veces
+el honor de ofrecerle mis respetos; mis muchas ocupaciones me privarán
+de este placer. Por lo cual no reclamo más que un título... el de ser
+amigo de usted. Y un solo derecho... el de satisfacer sus menores
+caprichos.</p>
+
+<p>Judit no contestó; pero su corazón latía con tal violencia, que hacía
+mover el ligero percal de su bata.</p>
+
+<p>&mdash;Respecto a su tía...&mdash;y pronunció esta palabra en tono
+despreciativo,&mdash;estará, en adelante, a las órdenes de usted, porque
+usted es aquí el ama, y todos la han de obedecer... empezando por mí.</p>
+
+<p>Luego se acercó a ella, le tomó una mano, que llevó a sus labios, y
+viendo que aun estaba temblorosa, dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Le da miedo, acaso, mi presencia? Tranquilícese, sólo volveré cuando
+me necesite... cuando me llame... Adiós, Judit... adiós, hija mía.<a name="page_240" id="page_240"></a></p>
+
+<p>Y salió acto seguido, dejando a la pobre joven confusa y presa de una
+emoción que ella no conocía y que en vano hubiera intentado explicarse.</p>
+
+<p>Durante todo aquel día, tuvo Judit en la imaginación la figura del
+hermoso desconocido, con sus grandes y expresivos ojos negros, pues
+aunque, aparentemente, no le había mirado, no por eso dejó de examinar
+su apostura, sus maneras y hasta su traje. Creía estar oyendo aún
+aquella voz tan dulce, cuyas palabras habíanse grabado en su memoria. La
+pobre Judit que, hasta entonces, había dormido perfectamente, aquella
+noche no pudo conciliar el sueño. ¡Era la primera vez! A la mañana
+siguiente, levantose con el rostro pálido, los ojos hinchados...</p>
+
+<p>La tía, entretanto, no dejaba de sonreír.</p>
+
+<p>Era imposible hablar del desconocido sin que el lindo rostro de Judit se
+cubriese de súbito rubor...</p>
+
+<p>Y la tía continuaba sonriendo.</p>
+
+<p>Pero él no parecía, no iba... y Judit no podía decirle que fuese... En
+efecto, ¿qué podía pedirle?... Casa elegante, mesa bien servida, criados
+y un coche a su disposición... Nada le faltaba... ¡nada más que él!</p>
+
+<p>Por otra parte, sus compañeras de teatro, al verla en posición tan
+brillante, rodeada de tanto lujo, vestida de ricas galas, no cesaban de
+interrogarla... Y sus preguntas enseñaban a Judit más de lo que ella
+quería saber... De<a name="page_241" id="page_241"></a> aquí que, sin que acertara a explicarse el motivo,
+obstinárase en guardar el más profundo silencio con su tía y sus
+compañeras respecto a lo que había sucedido entre ella y él. Juzgando
+por lo que oía en torno suyo, parecíale que en la conducta del
+desconocido había algo extraordinario... algo de humillante para ella, y
+que por su propia dignidad no debía decir. Hubiera muerto antes que
+hablar o quejarse...</p>
+
+<p>Al octavo día, que era de gran representación, distinguió en el palco
+del Rey a su desconocido, que la estaba contemplando. Lanzó un grito de
+alegría y de sorpresa, que hizo perder el compás a un bailarín que, en
+aquel instante, comenzaba una pirueta.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es eso?&mdash;le preguntó Natalia, una de sus compañeras, que la
+ayudaba a sostener una guirnalda de flores.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es él; está allí!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¡el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte de
+Carlos X, y que además es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte...
+Pero, ¿qué tienes? ¿Te vas a poner mala por un hombre a quien ves todos
+los días?</p>
+
+<p>Judit no oía estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa de
+inclinarse hacia ella y le dirigía un saludo, con grande escándalo del
+dorado palco en que se encontraba. Al terminar el baile, cuando se
+disponía a subir a su cuarto, tropezó entre bastidores con Arturo,<a name="page_242" id="page_242"></a> el
+cual, en presencia del gentilhombre que entonces presidía las funciones
+de la Opera, le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Me permite usted, señorita, que la acompañe a su casa?</p>
+
+<p>&mdash;Será un honor para mí&mdash;balbuceó la joven temblando, sin notar que su
+respuesta excitaba la hilaridad de sus compañeras.</p>
+
+<p>&mdash;En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo.</p>
+
+<p>Aseguro a ustedes que Judit no tardó mucho en desnudarse; en la
+precipitación rompió su vestido de gasa y su pantalón de seda, y la
+señora Bonnivet, que, como todas las madres y tías de teatro, servíala
+de doncella, apenas si pudo seguirla por la escalera, llevando el abrigo
+que su sobrina había olvidado. Arturo aguardaba en el escenario,
+hablando con varios jóvenes y con Lubert, el director, a quien, en aquel
+instante, estaba recomendando a Judit. Cuando ésta apareció, avanzó él a
+su encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escalera
+particular de los artistas. Un elegante carruaje los esperaba a la
+puerta; y sería inútil tratar de describir a ustedes la turbación y el
+arrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a él, en aquel
+reducido espacio, que hacía la entrevista más íntima y más dulce. El,
+temiendo que la joven se constipase, levantó los cristales; luego tomó
+el chal de cachemir que ella tenía en la mano, y se lo echó sobre los
+hombros. ¡Ah! ¡qué hermosa<a name="page_243" id="page_243"></a> estaba Judit, qué seductora, embellecida por
+la felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duración. ¡Hay tan poca
+distancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza, y
+además aquellos magníficos caballos marchaban con tanta rapidez!... El
+carruaje se detuvo por último; apeose Arturo, ofreció la mano a su
+compañera, subió con ella hasta el primer piso, llamó a la puerta de su
+habitación, la saludó respetuosamente y desapareció en seguida.</p>
+
+<p>Judit pasó también aquella vez una mala noche. ¡Le parecía tan extraña
+la conducta del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado,
+sentarse y hacerle una visita. Verdad que ella no estaba muy al
+corriente de las conveniencias sociales; pero se imaginaba que esto
+hubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca.</p>
+
+<p>Trató de dormir inútilmente; levantose, se paseó por el aposento, y al
+despuntar el día, deseando refrescarse durante un momento con el aire de
+la mañana, abrió el balcón... Cuál no sería su sorpresa al ver a la
+puerta el carruaje del Conde, que, por lo visto, había pasado allí toda
+la noche... Los caballos piafaban en las piedras, aguijoneados por la
+impaciencia y el frío, mientras que el cochero dormía en el pescante...</p>
+
+<p>&mdash;Ustedes dispensarán, señores&mdash;dijo el notario interrumpiendo su
+narración;&mdash;pero el acto<a name="page_244" id="page_244"></a> va a empezar y no quiero perder un solo pasaje
+de la ópera, pues para eso me he abonado...</p>
+
+<p>Continuaré en el otro entreacto.</p>
+
+<h3><a name="IIIj" id="IIIj"></a>III</h3>
+
+<p>Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y vio
+también a la puerta el carruaje del Conde.</p>
+
+<p>No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con qué
+propósito? Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubiese
+atrevido a preguntárselo. Por otra parte, no le veía casi nunca, a no
+ser por la noche, los días de ópera, en un palco segundo de frente a la
+escena, al que estaba abonado durante todo el año. No había vuelto a
+entrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaría
+para verle?... ¿Qué hacer?...</p>
+
+<p>Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una
+postergación.</p>
+
+<p>Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el
+contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó un
+motivo para escribir al Conde, diciéndole que necesitaba pedirle un
+favor y rogábale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era
+fácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un día: la
+empezó muchas<a name="page_245" id="page_245"></a> veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de
+ellos los bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, que
+no faltó quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oyó a
+algunos jóvenes autores y abonados de la orquesta bromear y reírse de
+una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano.
+Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios
+satíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo
+autor no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en un
+periódico, como modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro de
+baile.</p>
+
+<p>¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en
+ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al
+leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no
+haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día
+siguiente cuando entró Arturo en su gabinete.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he
+recibido la carta de usted.</p>
+
+<p>Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué desea usted de mí?&mdash;acabó diciendo el Conde.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese
+billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido
+leerle...<a name="page_246" id="page_246"></a></p>
+
+<p>&mdash;Perfectamente, hija mía&mdash;contestó el Conde con una ligera sonrisa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó Judit, desesperada;&mdash;esa desgraciada carta le prueba que
+soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de
+su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo
+he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus
+consejos y su apoyo?</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué quiere usted decir?</p>
+
+<p>&mdash;Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus
+lecciones... trabajaré tanto de día como de noche.</p>
+
+<p>&mdash;¿También de noche?</p>
+
+<p>&mdash;Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;dijo Judit ruborizándose;&mdash;porque hay una idea que me
+atormenta constantemente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué idea es esa?</p>
+
+<p>&mdash;La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera
+indigna de usted... Y tiene razón&mdash;prosiguió vivamente;&mdash;yo me veo tal
+como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a
+tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos.</p>
+
+<p>El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:</p>
+
+<p>&mdash;La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.</p>
+
+<p>Al día siguiente, Judit tenía un maestro de<a name="page_247" id="page_247"></a> ortografía, de historia y
+de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su
+inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser
+cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.</p>
+
+<p>Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma.
+Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de
+todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba
+lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y
+sus compañeras decían:</p>
+
+<p>&mdash;Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su
+carrera... hace muy mal.</p>
+
+<p>Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos:</p>
+
+<p>&mdash;Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de
+comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos.</p>
+
+<p>¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven,
+cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le
+dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder
+desacertadamente y el Conde murmuraba para sí:</p>
+
+<p>&mdash;La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio,
+había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula
+debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la
+efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla.</p>
+
+<p>El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde.<a name="page_248" id="page_248"></a> En ocasiones, pasaba media
+hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse,
+apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se
+limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuándo volveré a verle?</p>
+
+<p>&mdash;Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera.</p>
+
+<p>Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era
+posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit,
+apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual
+quería decir: Iré a la calle de Provenza.</p>
+
+<p>Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no
+recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo
+al placer de verle.</p>
+
+<p>A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven
+había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este
+pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido
+tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar
+tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun
+ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía
+Arturo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares?</p>
+
+<p>Si ella se hubiera atrevido, habría contestado:<a name="page_249" id="page_249"></a></p>
+
+<p>&mdash;Los de usted.</p>
+
+<p>Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera?
+¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado
+sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué?</p>
+
+<p>Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan
+linda!... Quedó abismada en sus reflexiones.</p>
+
+<p>De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció
+Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él.</p>
+
+<p>&mdash;Señorita&mdash;le dijo con viveza,&mdash;tenga usted la bondad de vestirse;
+vengo a buscarla para ir a las Tullerías.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es posible?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?&mdash;exclamó Judit sorprendida,
+porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el
+brazo en público.</p>
+
+<p>&mdash;Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea&mdash;repuso Arturo
+paseándose agitado.&mdash;Vamos, señora Bonnivet&mdash;dijo bruscamente a la tía,
+que entraba en aquel momento en el gabinete;&mdash;ayude usted a vestir a su
+sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico.<a name="page_250" id="page_250"></a></p>
+
+<p>&mdash;Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa.</p>
+
+<p>&mdash;Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa&mdash;dijo la señora
+Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata.</p>
+
+<p>Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor
+Conde?</p>
+
+<p>Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el
+corsé.</p>
+
+<p>La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a
+las miradas de Arturo.</p>
+
+<p>Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde
+no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su
+despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por
+tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, qué desgracia!&mdash;exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente,
+el desorden de su traje.</p>
+
+<p>&mdash;¡Del Japón!&mdash;dijo la tía con acento desesperado.&mdash;¡Y que valía lo
+menos quinientos francos.</p>
+
+<p>&mdash;No tanto&mdash;repuso la joven,&mdash;pero era realmente japonés.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, ¿está usted dispuesta?&mdash;dijo Arturo, que ni siquiera había
+escuchado la observación de Judit.<a name="page_251" id="page_251"></a></p>
+
+<p>&mdash;En seguida. Tía, mi chal... los guantes...</p>
+
+<p>&mdash;Y la capa&mdash;observó el Conde;&mdash;la olvida usted, y hará frío.</p>
+
+<p>&mdash;No lo creo.</p>
+
+<p>&mdash;En efecto&mdash;rectificó la tía, tocando la mano de Judit,&mdash;está
+abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras.</p>
+
+<p>&mdash;No, tía&mdash;se apresuró a contestar la joven;&mdash;nunca me he sentido mejor.</p>
+
+<p>El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los
+bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera
+deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la
+calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con
+toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel
+día iban a pie.</p>
+
+<p>Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit
+se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la
+Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París
+parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia.</p>
+
+<p>Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general.
+Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se
+volvía al pasar por su lado, y exclamaba:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué linda pareja!</p>
+
+<p>&mdash;Es el joven conde Arturo de V***.</p>
+
+<p>&mdash;¿Se ha casado, por ventura?<a name="page_252" id="page_252"></a></p>
+
+<p>Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso
+placer, de que no pudo darse cuenta.</p>
+
+<p>&mdash;No, por cierto&mdash;repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que
+llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos
+lacayos de lujosa librea;&mdash;el conde Arturo no se ha casado: monseñor su
+tío no lo consentiría.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso?</p>
+
+<p>&mdash;Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo.</p>
+
+<p>Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante
+el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano:</p>
+
+<p>&mdash;Ahí va Judit.</p>
+
+<p>&mdash;¿La amante de Arturo?</p>
+
+<p>&mdash;Está loco por ella, y en camino de arruinarse...</p>
+
+<p>&mdash;No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima!</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora!</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca.<a name="page_253" id="page_253"></a></p>
+
+<p>&mdash;Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.</p>
+
+<p>Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo
+oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban
+que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo,
+se decían:</p>
+
+<p>&mdash;¡Feliz él!</p>
+
+<p>El Conde, entonces, miró detenidamente por primera vez a Judit, como
+ella merecía ser mirada, y se asombró de encontrarla tan hermosa. El
+paseo, el aire, y, particularmente, la satisfacción de verse tan
+celebrada, habían dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una
+expresión y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tenía diez y
+seis años; ¡amaba, y creía que era amada!... ¿Qué otras razones
+necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extraño que obtuviera un
+éxito completo y que la siguiese un inmenso gentío hasta que regresó al
+carruaje. Ya en él, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al
+olvido todos sus triunfos; no volvió a pensar en los elogios que la
+multitud le había prodigado, y entró en su casa diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué dichosa soy!</p>
+
+<p>El día siguiente, al levantarse, recibió dos cartas. La primera procedía
+del barón de Blangy, que, mucho más rico que Arturo, ofrecíale su amor y
+su fortuna. Pero ni aun se le ocurrió la idea de enseñarla a su tía o al
+Conde;<a name="page_254" id="page_254"></a> no creía hacer, quemándola, el sacrificio más insignificante.</p>
+
+<p>La segunda carta contenía una firma que Judit leyó repetidas veces, sin
+atreverse a dar crédito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el
+billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos
+términos:</p>
+
+<p class="top5"><span style="margin-left: 2em;">«Señorita:</span></p>
+
+<p>»Ayer se presentó usted en público, en las Tullerías, con mi sobrino el
+conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escándalo cuyas
+consecuencias son incalculables.</p>
+
+<p>»Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que
+todo esté trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de
+usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escándalo, tengo
+bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir
+que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona
+inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los
+medios, le ofrezco dos mil luises y la absolución de sus faltas, etc.,
+etc.»</p>
+
+<p class="top5">En un principio, Judit quedó anonadada por la lectura de esta carta.
+Pero luego, cobrando ánimo, consultó a su corazón, apeló a todas las
+energías, y contestó lo siguiente:</p>
+
+<p class="top5"><span style="margin-left: 2em;">«Monseñor:</span></p>
+
+<p>»Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podría asegurar ante
+Dios que nada<a name="page_255" id="page_255"></a> tengo de qué acusarme. Así es, se lo juro; pero no me
+atribuiré un mérito que no es mío, y que sólo pertenece a quien me ha
+respetado.</p>
+
+<p>»Sí, monseñor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le
+acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de
+que me acuso, pero del cual él no es cómplice.</p>
+
+<p>»He aquí la resolución que acabo de tomar.</p>
+
+<p>»Le diré lo que por mí no me hubiera atrevido a decirle; lo haré por
+monseñor, y el Cielo me dará fuerzas... Le diré:&mdash;Arturo, ¿me ama
+usted?&mdash;Y si, como creo, como temo, me contesta:&mdash;No, Judit,&mdash;obedeceré
+a usted; me alejaré de él, no volveré a verle jamás; y entonces, así lo
+espero, me estimará usted lo bastante para no ofrecerme nada y no añadir
+la humillación al sufrimiento. Lo segundo... bastará para ocasionar mi
+muerte.</p>
+
+<p>»Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida,
+hicieran que él me contestase:&mdash;¡Sí, amo a usted!...&mdash;¡Ah! está mal lo
+que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y
+maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me
+impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la
+cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí?
+¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte si había sido amada?</p>
+
+<p>»Perdone, monseñor, si esta carta le ha podido ofender... es de una
+pobre muchacha que<a name="page_256" id="page_256"></a> no conoce el mundo ni los deberes que éste impone;
+pero que tal vez encontrará ante usted alguna gracia en la escasez de su
+inteligencia, en la franqueza de su corazón, y, particularmente, en el
+profundo respeto con que tiene el honor, etc.»</p>
+
+<p class="top5">Cuando terminó de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envió a su
+destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su
+suerte, aguardó con impaciencia la próxima visita del Conde.</p>
+
+<p>Aquella noche había función en la Opera y fue al teatro con la esperanza
+de verle en su palco y de que le hiciera la seña convenida. Arturo fue
+tarde y parecía estar triste y preocupado. No miró hacia el escenario ni
+hizo seña alguna a Judit. La pobre niña, presa de la desesperación, tuvo
+que resignarse a esperar dos días más. Era lunes, y al miércoles
+siguiente fue más afortunada. El Conde le hizo la seña que tenían
+convenida para anunciarle su visita, y Judit pensó:</p>
+
+<p>&mdash;Mañana le veré, y mañana sabré lo que para mí guarda el destino.</p>
+
+<p>Pero al día siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del
+Conde, anunciando que su amo no podía disponer de un solo minuto en todo
+el día, y que sólo iría por la noche, ya tarde, a cenar con la señorita
+Judit.</p>
+
+<p>Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien
+siempre la dejaba<a name="page_257" id="page_257"></a> antes de media noche. ¿Qué quería decir aquello? La
+tía creía encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo.</p>
+
+<p>Cuando dieron las once de la noche, encontrábase ya dispuesta la cena
+más exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la señora
+Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni veía; limitábase a
+esperar.</p>
+
+<p>¡Esperar! ¡Todas las facultades de su alma se concentraban o resumían en
+esta idea!...</p>
+
+<p>Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no parecía.</p>
+
+<p>Por último, transcurrió toda la noche sin que él llegara; pero ella
+seguía esperando.</p>
+
+<p>Tampoco se presentó el Conde al otro día... ni en los siguientes.</p>
+
+<p>Judit no recibió ninguna carta; no volvió a verle.</p>
+
+<p>¿Qué significaba aquello? ¿Qué había sucedido?</p>
+
+<p>En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo:</p>
+
+<p>&mdash;Señores, vuelve a levantarse el telón; continuaré mi relato en el
+entreacto próximo.</p>
+
+<h3><a name="IVj" id="IVj"></a>IV</h3>
+
+<p>Cuando hubo terminado el tercer acto de <i>Los Hugonotes</i>, el notario
+prosiguió en esta forma:</p>
+
+<p>&mdash;Señores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que había
+sucedido a nuestro<a name="page_258" id="page_258"></a> amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia
+cierta de qué clase de sujeto se trataba.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué no ha empezado usted por ahí?&mdash;le dije.</p>
+
+<p>&mdash;Me parece&mdash;repuso&mdash;que soy dueño de colocar la exposición donde me
+plazca, puesto que soy el narrador.</p>
+
+<p>&mdash;Por otra parte, no es aquí, en la Opera, donde hay que mostrarse
+severo respecto a las exposiciones&mdash;agregó el profesor en Derecho,&mdash;las
+cuales no se entienden jamás.</p>
+
+<p>&mdash;Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los
+libretos&mdash;añadió el notario mirándome.</p>
+
+<p>Y, sintiéndose satisfecho de su epigrama, continuó en estos términos:</p>
+
+<p>&mdash;El conde Arturo de V*** descendía de una antigua e ilustre familia del
+Mediodía. Su madre, que se quedó viuda muy joven, no tuvo más hijo que
+él y carecía de bienes; pero tenía un hermano que era inmensamente rico.
+Este hermano, monseñor el abate de V***, había sido sucesivamente en la
+corte de Luis XVIII, y más tarde en la de Carlos X, uno de los prelados
+que gozaban de más influencia; y sabido es hasta dónde llegaba en
+aquella época el poder del clero. El abate de V*** tenía un carácter
+frío y egoísta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducíase
+como buen pariente, porque sentía ambición para él y para los suyos. Se
+encargó de la educación de su sobrino, hizo devolver a su hermana una
+parte de<a name="page_259" id="page_259"></a> los bienes que le fueron confiscados durante la emigración, y
+la pobre condesa de V*** murió bendiciéndole y encargando a su hijo que
+le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en
+su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto más fácil de
+cumplir, cuanto que, desde su infancia, experimentó un miedo horrible
+hacia su tío y había sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer
+la menor resistencia, a sus menores indicaciones.</p>
+
+<p>De carácter serio, tímido y dulce, pero dotado de un corazón noble y
+generoso, Arturo mostró, desde muy niño, profunda inclinación por la
+carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debíase
+esto a que, en el palacio de su tío, no veía más que trajes negros y
+sobrepellices. Un día, con gran reserva, se atrevió a poner de
+manifiesto sus intenciones a monseñor, el cual frunció el ceño al oírle
+y le anunció con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto
+a él.</p>
+
+<p>El abate de V*** había sido nombrado obispo, y esperaba algo más;
+confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan
+brillante posición, quería conservar a Arturo a su lado, elevarle a las
+más altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la
+única carrera que en aquel tiempo conducía rápidamente al poder y los
+honores.</p>
+
+<p>Arturo no se atrevía a resistir de una manera resuelta al terrible
+ascendiente de su tío, pero,<a name="page_260" id="page_260"></a> en su fuero interno, decidió no ser jamás
+obispo.</p>
+
+<p>El Rey, a quien se había hablado con tal objeto, acogió la idea con gran
+benevolencia, y, en su efecto, Arturo debía entrar poco después en el
+Seminario, únicamente por fórmula, recibir después las órdenes y pasar
+con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo
+estado.</p>
+
+<p>El joven no había dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra
+parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud
+romper abiertamente con su tío, su único pariente y bienhechor. No
+osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse
+directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algún
+medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su tío en el caso de
+que fuese él mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era
+dar un gran escándalo que le hiciera indigno de las santas y respetables
+funciones que a despecho suyo querían conferirle. Esto no era fácil,
+porque Arturo, tanto por carácter como por educación, no podía prestarse
+a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es
+libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los demás, hace
+falta vocación, y a nuestro joven costábale tanto trabajo ser calavera
+como ser obispo. Tenía, no obstante, amigos muy alegres y con las más
+felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a
+sus<a name="page_261" id="page_261"></a> orgías. Arturo iba a ellas por cálculo; pero el desorden le
+disgustaba tanto como divertía a sus compañeros; su juiciosa frialdad
+contenía la locura de éstos, y acababa frecuentemente por hacerlos
+razonables: se le había llegado a considerar como un <i>agua-fiestas</i>, y,
+por último, había renunciado a tales diversiones.</p>
+
+<p>Desesperado entonces de conseguir lo que se había propuesto, volvió los
+ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella época las
+damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escándalo. Esto no
+quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que
+se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las
+secretas pasiones de su sobrino, había fingido ignorarlo todo, pensando,
+acaso, como Molière,</p>
+
+<p> class="c"><i>Que pecar en silencio no es pecar.</i></p>
+
+<p>¿Qué camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corría en pos del
+escándalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar?
+Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, díjole:</p>
+
+<p>&mdash;Busca una amante en la Opera; ese teatro está de moda, todo el mundo
+va a él; se sabrá, hará ruido, y eso es todo lo que te hace falta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo!&mdash;murmuró Arturo enrojeciendo de indignación.&mdash;¡Mezclarme en una
+intriga de ese género!<a name="page_262" id="page_262"></a></p>
+
+<p>&mdash;No necesitarás hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la
+familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca;
+no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y dé
+que hablar.</p>
+
+<p>&mdash;Siendo así...</p>
+
+<p>&mdash;Todo se reduce a tener el título; demasiado sabes que en la actualidad
+hay muchos titulados que no ejercen... Tú podrás ser uno de ellos.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, me agrada tu idea.</p>
+
+<p>Ya he referido a ustedes los detalles de la presentación y de la primera
+entrevista de Judit, Arturo y la tía.</p>
+
+<p>Hízose que monseñor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseñor se
+hizo el desentendido.</p>
+
+<p>Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su
+sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un
+momento a otro una seria explicación y una escena en la que estaba
+resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasión que le hacía
+indigno, en adelante, de las bondades de su tío; pero éste no le dirigió
+el más leve reproche, y nuestro joven no sabía cómo explicarse tanta
+calma y una resignación tan evangélica.</p>
+
+<p>Pero esta calma era precursora de la tempestad.</p>
+
+<p>Una mañana, díjole monseñor:</p>
+
+<p>&mdash;El Rey está muy enojado contra ti; ignoro por qué causa.<a name="page_263" id="page_263"></a></p>
+
+<p>&mdash;Creo adivinarla&mdash;repuso el joven.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero
+exige que dentro de dos días ingreses en el Seminario.</p>
+
+<p>&mdash;¿Yo, tío?...</p>
+
+<p>&mdash;El Rey lo ordena, y contra él, en todo caso, tendrías que protestar.</p>
+
+<p>Y le volvió la espalda, sin decir una palabra más. Arturo, furioso,
+fuera de sí, sin saber qué hacerse, corrió a casa de Judit, la acompañó
+a las Tullerías, la presentó como su amante a los ojos de todo París, en
+vísperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el
+resultado que esperaba. Después de semejante escándalo, era imposible
+pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de
+la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su tío escribió a Judit la
+amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunicó al Conde la
+orden de abandonar a París en el término de veinticuatro horas. Era
+forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba íntimamente relacionado con
+uno de los hijos del señor de Bourmont, que partía a la siguiente noche
+para Argel, donde se preparaba una importante expedición, y le rogó que
+le admitiese en su compañía como voluntario, pero sin comunicar a nadie
+su proyecto, ni a su tío ni al Rey.</p>
+
+<p>&mdash;Puesto que dejan a mi elección el lugar del destierro&mdash;se dijo,&mdash;lo
+elegiré donde pueda encontrar alguna gloria. Iré donde hay peligro<a name="page_264" id="page_264"></a> que
+correr y honor que alcanzar. Me haré matar o lograré distinguirme en la
+campaña. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien
+todavía insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los
+fieles.</p>
+
+<p>Y abandonó París, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos
+eran espiados y temía que si adivinaban el objeto de su viaje le
+impidieran la marcha. Momentos antes escribió una carta a Judit
+diciéndole tan sólo que la dejaba por algunos días; pero esta carta, a
+pesar de ser insignificante, fue interceptada y no llegó a su destino.
+El prefecto de policía estaba a las órdenes de monseñor.</p>
+
+<p>Cuando llegó la semana siguiente, encontrábase Arturo en alta mar, y a
+los veinte días desembarcó en Africa. Figuró entre los primeros en el
+asalto del fuerte del Emperador, y cayó herido junto a su intrépido
+amigo el señor de Bourmont, a quien aquella victoria costó la vida. La
+de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos
+meses se desesperó de salvarle, y cuando recobró la salud, su fortuna,
+sus esperanzas, las de su tío, todo se hundió en tres días, al hundirse
+la monarquía de Carlos X.</p>
+
+<p>El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso
+seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la
+cólera que constantemente experimentaba, habían exaltado su cerebro e
+inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado<a name="page_265" id="page_265"></a> de
+irritación en que se encontraba, no sabiendo en quién descargar su
+enojo, eligió a su sobrino como víctima y se vengó en él de la
+revolución de julio.</p>
+
+<p>Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regresó a París; y aquí
+es, señores&mdash;dijo el notario alzando la voz,&mdash;donde comienzo yo a entrar
+en escena. El señor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la
+herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por sí
+mismos. Yo era, desde hacía mucho tiempo, su notario y el de su familia;
+así, pues, su encargo me correspondía de derecho. En seguida procedimos
+a levantar los sellos judiciales. No les hablaré de los detalles del
+inventario, aunque no deje de haber mérito en un inventario bien hecho y
+bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que
+encerraba el secreter de monseñor, encontré un billete cuidadosamente
+doblado, el cual contenía esta firma: <i>Judit, bailarina de la Opera</i>.
+¡Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena
+reputación del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya
+Arturo se había apoderado del billete, y al ver yo su turbación, creí un
+instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseñor y su sobrino
+habían sido rivales, ignorándolo ambos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pobre niña!... ¡Pobre niña!&mdash;exclamó Arturo.&mdash;¡Qué nobleza, qué
+generosidad, qué<a name="page_266" id="page_266"></a> tesoro poseía en ella! Lea usted, señor&mdash;añadió
+presentándome el billete.</p>
+
+<p>Y cuando llegué a esta frase:</p>
+
+<p><i>Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me
+acuso pero del cual él no es cómplice.</i></p>
+
+<p>&mdash;¡Es cierto!&mdash;dijo Arturo con lágrimas en los ojos:&mdash;me amaba con todo
+su corazón y yo no me di cuenta de ello, no pensé en corresponderle...
+¡Y tenía diez y seis años! ¡Y era encantadora!... No puede usted
+imaginarse qué linda es... Es la mujer más bella de París.</p>
+
+<p>&mdash;No lo dudo, señor Conde... pero si quiere usted que acabemos el
+inventario...</p>
+
+<p>&mdash;Como usted guste...</p>
+
+<p>Y, no obstante, continuó leyendo en voz alta los siguientes párrafos del
+billete:</p>
+
+<p>«Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida
+hicieran que me contestase: Sí, amo a usted... ¡Ah! está mal lo que voy
+a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero
+entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y
+sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted...
+Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y
+qué me importaría la muerte, si había sido amada?»</p>
+
+<p>&mdash;¡Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!&mdash;exclamó
+Arturo.&mdash;Yo; yo sólo he sido culpable... pero repararé mis faltas, le
+consagraré mi vida entera... ¡se lo prometo,<a name="page_267" id="page_267"></a> se lo juro! ¿Quién podría
+hoy vituperarme por ello?... ¡Estaré orgulloso de tener una amante como
+ella! Sí, la amo; lo confesaré a todo el mundo, y todo el mundo me
+envidiará... empezando por usted, señor notario, que no me escucha... y
+que tan atentamente examina esos fárragos de papeles.</p>
+
+<p>Los papeles a que se refería eran el testamento de su tío, que yo
+acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba,
+disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios
+y para fundaciones piadosas. Así se lo hice saber a Arturo, el cual
+recibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de
+nuevo la carta de Judit.</p>
+
+<p>&mdash;La verá usted&mdash;me dijo;&mdash;quiero que coma usted hoy con ella.</p>
+
+<p>&mdash;Pero estos papeles... este testamento...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;replicó, sonriendo;&mdash;eso ya no me concierne. Felizmente para
+mí, Judit me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy a
+encontrar a su lado mucho más de lo que he perdido.</p>
+
+<p>Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza.</p>
+
+<p>&mdash;¡He aquí un joven verdaderamente singular&mdash;me dije,&mdash;a quien una
+amante consuela la pérdida de una herencia!</p>
+
+<p>Y terminé mi inventario.</p>
+
+<p>Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como
+un loco, fuera de sí.<a name="page_268" id="page_268"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Ya no está allí!&mdash;exclamaba,&mdash;¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La he
+perdido por culpa mía!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Alguna infidelidad!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién se lo ha dicho a usted?&mdash;repuso vivamente, asiéndome por el
+cuello.</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh! no sé nada.</p>
+
+<p>&mdash;Prefiero esto, porque no sobreviviría a semejante golpe. Desde mi
+partida, desde hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tiene
+noticias de ella.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué le han dicho sus compañeras?</p>
+
+<p>&mdash;¡Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me aseguraba
+con la mayor tranquilidad que ella le había manifestado intención de
+suicidarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡No sería extraño! Desde la revolución de julio, el suicidio se ha
+puesto de moda.</p>
+
+<p>&mdash;¡No hable usted así... perdería la razón! He corrido a su casa de la
+calle de Provenza; pero se marchó de allí sin decir a dónde iba.</p>
+
+<p>&mdash;¿No ha encontrado algún indicio que pueda servirle para seguir su
+pista?</p>
+
+<p>&mdash;El piso está desalquilado: nadie lo ha habitado después de ella.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y no ha encontrado usted nada?</p>
+
+<p>&mdash;Sólo encontré, en el cuarto de su tía, esto papel que estaba en el
+suelo, y que es una etiqueta de equipaje en la que hay escrito:</p>
+
+<p class="c"><i>A la señora Bonnivet, en Burdeos.</i></p>
+
+<p>Tengo entendido que ella era de ese país.<a name="page_269" id="page_269"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué?</p>
+
+<p>&mdash;Que vengo a rogar a usted se encargue aquí de mis asuntos y lo arregle
+todo en la forma que mejor le plazca.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué piensa usted hacer, pues?</p>
+
+<p>&mdash;Seguir sus huellas, o las de su tía... buscarla... descubrir su
+paradero...</p>
+
+<p>&mdash;¿Enfermo, como se encuentra, quiere partir mañana para Burdeos?</p>
+
+<p>&mdash;¡Mañana! ¡Sería demorarme demasiado!</p>
+
+<p>En efecto, salió de París aquella misma noche.</p>
+
+<p>Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de <i>Los Hugonotes</i>,
+y el notario interrumpió su relato.</p>
+
+<p>Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que el
+narrador continuara su historia.</p>
+
+<h3><a name="Vj" id="Vj"></a>V</h3>
+
+<p>La Falcón acababa de caer desmayada, después de haber saltado Nourrit
+por la ventana; el cuarto acto de <i>Los Hugonotes</i> concluía en medio de
+ruidosos aplausos, y el notario prosiguió su relato en esta forma:</p>
+
+<p>&mdash;Arturo permaneció seis meses en Burdeos haciendo pesquisas,
+preguntando a todo el mundo por la señora Bonnivet, de la que nadie supo
+darle noticia alguna. Hasta hizo poner anuncios en los periódicos. La
+pobre mujer se hubiera<a name="page_270" id="page_270"></a> muerto de alegría al encontrar en ellos su
+nombre; pero esto no era ya posible. Por último, el propietario de una
+casita, en la que ella había vivido, proporcionó al Conde los datos que
+había solicitado. La señora Bonnivet había muerto hacía ya dos meses.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué fue de su sobrina?</p>
+
+<p>&mdash;No estaba con ella; pero la tía gozaba cierto bienestar, pues
+disfrutaba de una renta vitalicia que alcanzaba a cien luises.</p>
+
+<p>&mdash;¿De dónde procedía esa renta?</p>
+
+<p>&mdash;No se sabe.</p>
+
+<p>&mdash;¿Hablaba de su sobrina?</p>
+
+<p>&mdash;Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedaba
+silenciosa, como si temiese hacer traición a algún secreto.</p>
+
+<p>A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logró obtener un
+dato más, y vivía desesperado. Porque desde que había perdido a Judit,
+desde que se consideraba separado de ella para siempre, su afecto hacia
+la linda joven se había convertido en amor, en una verdadera pasión.
+Esto era entonces el solo pensamiento, la única ocupación de su vida.
+Recordaba con amargura los breves instantes que había pasado junto a
+ella; creía verla ante sus ojos, llena de encantos y de cariño hacia
+él... ¡Y este bien, que le había pertenecido, habíalo él despreciado! No
+conoció el valor que tenía hasta que lo perdió para siempre. Recorría
+sin cesar todos los lugares en que la había visto. No abandonaba un
+momento la Opera.<a name="page_271" id="page_271"></a></p>
+
+<p>Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran
+sentimiento supo que había sido alquilado, durante su ausencia, por un
+señor extranjero que no lo ocupaba. Intentó volver a verlo, al menos, y
+el portero no tenía las llaves; las puertas y las persianas de la
+habitación estaban constantemente cerradas.</p>
+
+<p>Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su
+amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me
+interesaba por él y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso.
+Desheredado por su tío, no contaba con más fortuna que la de su madre,
+que ascendía, próximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto
+había consumido más de la mitad, primero en las locuras que había hecho
+por Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado para
+descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indicio
+más insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el
+oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia,
+decíame constantemente:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia!</p>
+
+<p>Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella;
+y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude
+decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su
+madre, pero se<a name="page_272" id="page_272"></a> imponía aquella venta. Debía cerca de doscientos mil
+francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el
+resto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaron
+anuncios en los periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarse
+la subasta en mi estudio, recibí de uno de mis colegas, una comunicación
+que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se había cansado,
+seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un señor de Courval, hombre
+de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una
+considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses
+ascendían a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega
+guardábame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar
+de semejante dicha. Corrí a anunciársela a Arturo, el cual recibió la
+noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de
+Judit, todo le era indiferente.</p>
+
+<p>Por mi parte, me apresuré a liquidar sus deudas y a desempeñar sus
+bienes, y, desde entonces, todo marchó admirablemente, hasta que tuvo
+lugar un caso de difícil explicación.</p>
+
+<p>Arturo se encontró un día con el señor de Courval, el que tan
+notablemente se había portado con nosotros. Vivía de ordinario en
+provincias, y se encontraba por casualidad en París. El Conde le
+estrechó la mano, dándole gracias por su honrado proceder, precisamente
+en el momento en que aquél se disculpaba, confesándose<a name="page_273" id="page_273"></a> en extremo
+apurado, para cumplir los compromisos que tenía pendientes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil
+escudos!&mdash;repuso el Conde.</p>
+
+<p>&mdash;¿Yo?</p>
+
+<p>&mdash;Evidentemente; ya no tengo ningún pagaré de usted, pues todos han sido
+satisfechos, y nada me debe.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es imposible.</p>
+
+<p>&mdash;Vea usted a mi notario y él se lo probará.</p>
+
+<p>El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no podía salir de
+su asombro.</p>
+
+<p>&mdash;Es una gran suerte para usted&mdash;le dije.</p>
+
+<p>&mdash;Y más todavía para el señor Conde&mdash;repuso él con aire triste y
+disgustado;&mdash;porque yo ya había tomado mi partido... Como no podía
+pagar, habíame echado la cuenta de que nada debía; y esa extraña
+circunstancia no me hace ser más rico... ¡Pero él... ya es diferente!...
+¡puede alabarse de ser mimado por la fortuna!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero, de veras no sabe usted de dónde procede esa devolución?</p>
+
+<p>&mdash;Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis
+deudas...</p>
+
+<p>&mdash;¿Debe usted algo más?</p>
+
+<p>&mdash;Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han
+pagado por mí. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente
+para continuar la liquidación, le ruego que me avise.</p>
+
+<p>&mdash;Lo haré con mucho gusto.<a name="page_274" id="page_274"></a></p>
+
+<p>Nuestra sorpresa creció de punto, y Arturo se desesperaba por no poder
+dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado,
+muy instruido, que no sabía más que yo... en aquel asunto, se
+entiende... Le habían remitido los fondos, encargándole que recogiese y
+anulase los pagarés. Me confió la carta que recibió al efecto, y se la
+llevé a Arturo. Este la examinó atentamente y nada sacó en limpio. Dicha
+carta estaba fechada en el Havre, donde residía el señor de Courval; la
+letra, que no era suya, la desconocíamos por completo... pero Arturo
+lanzó de pronto un grito de sorpresa, y se puso pálido como un muerto,
+al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit.</p>
+
+<p>En la época en que pasaba por su amante, él le había regalado una piedra
+antigua de gran valor, que tenía grabado un fénix. Lejos de encontrar en
+aquel regalo una alusión o una alabanza, Judit lo consideró siempre como
+un emblema de tristeza y había hecho grabar a su alrededor estas
+palabras: <i>¡Siempre solo!</i> No se desprendía de este sello ni por un solo
+momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella
+tan expresiva, no podía pertenecer más que a ella misma.</p>
+
+<p>&mdash;¡De Judit procede esta carta!&mdash;exclamó Arturo.</p>
+
+<p>Y la dejó escapar de sus temblorosas manos.</p>
+
+<p>&mdash;Pues bien, eso implica la seguridad de que<a name="page_275" id="page_275"></a> existe aún y piensa en
+usted... Debe, pues, estar satisfecho.</p>
+
+<p>Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que
+había muerto. Porque, ¿a qué ocultarse? decía. ¿Por qué, puesto que sabe
+dónde vivo, teme venir a verme? ¿Es, acaso, que se ha hecho indigna de
+presentarse ante mí? ¿No me ama ya? ¿Me ha olvidado quizás?</p>
+
+<p>&mdash;Esta carta&mdash;le dije,&mdash;prueba lo contrario.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y con qué derecho&mdash;repuso Arturo fuera de sí,&mdash;trata de imponerme sus
+beneficios? ¿De dónde proceden esas riquezas? ¿Quién la ha autorizado
+para ofrecérmelas, y desde cuándo me considera capaz de aceptarlas? No
+las quiero, devuélvalas usted.</p>
+
+<p>&mdash;Lo haría de buena gana. Pero, ¿a quién y cómo?</p>
+
+<p>&mdash;Poco me importa... No las quiero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cómo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted
+y se han liberado sus propiedades?</p>
+
+<p>&mdash;Venderá usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos
+recibidos, a los que nunca tocaré, y quedarán depositados en su casa
+hasta que puedan devolverse.</p>
+
+<p>&mdash;Tenga usted en cuenta el estado a que se verá entonces reducida su
+fortuna.</p>
+
+<p>&mdash;No me importa. Por más infiel que sea Judit, no me arrepiento de
+haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada
+humillación para mí.<a name="page_276" id="page_276"></a></p>
+
+<p>Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue
+posible disuadirle de su propósito; enajenáronse los bienes, y muy bien
+por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron
+depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun
+quedó a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del
+Estado; a esto quedó reducida su fortuna. Atenido a ella vivió dos años,
+esforzándose por desechar el recuerdo que le perseguía incesantemente.
+Sombrío y melancólico, esquivando los placeres y las distracciones de
+todo género, había llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el
+estudio; en cuanto a mí, lamentábame interiormente del dominio que
+ejercía una pasión tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones.
+Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar
+me hablaba de ella.</p>
+
+<p>Asegurábame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se iría al fin
+del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigíase casi
+siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traían a la
+memoria su recuerdo.</p>
+
+<p>Un día, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de máscaras a esta sala
+de la Opera, en la que jamás entraba sin que le latiera el corazón, como
+si quisiera reventársele en el pecho. Solo, a pesar del gentío...
+<i>Siempre solo</i>... (porque él, entonces, había adoptado, a su vez, la
+divisa de Judit), paseábase silencioso en medio<a name="page_277" id="page_277"></a> del bullicio... en
+aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le había visto
+aparecer... Luego, internándose por los corredores, se dirigió,
+lentamente a aquel palco segundo que en tiempos más dichosos ocupaba
+casi todas las noches, y desde el cual le hacía la seña que tenían
+concertada para avisarla cuando podían celebrar sus inocentes
+entrevistas.</p>
+
+<p>La puerta del palco estaba abierta, y en él, envuelta en un elegante
+dominó, veíase a una mujer; estaba sola, y parecía abismada en profundas
+reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeció e hizo un movimiento
+como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se
+apoyó en el antepecho del palco y cayó de nuevo sobre su asiento. Esta
+turbación hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para
+ofrecerle sus servicios.</p>
+
+<p>La dama, sin contestarle, le rechazó con un gesto.</p>
+
+<p>&mdash;El calor le habrá hecho a usted daño&mdash;le dijo el joven con una emoción
+que en vano trató de dominar;&mdash;y si se quitase un momento el antifaz...</p>
+
+<p>La desconocida rehusó de nuevo, limitándose, para respirar con más
+desahogo, a echar hacia atrás la capucha de su dominó, que le cubría la
+frente.</p>
+
+<p>Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caía en rizados
+bucles sobre la espalda. Así era como se peinaba Judit... aquella
+graciosa postura, aquel talle fino y delicado<a name="page_278" id="page_278"></a> eran los suyos... allí
+encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que
+se adivina y que no puede definirse!...</p>
+
+<p>Por último, se levantó la desconocida.</p>
+
+<p>Arturo lanzó un grito.</p>
+
+<p>El era entonces quien se sintió morir... pero haciendo un esfuerzo, le
+dijo a media voz:</p>
+
+<p>&mdash;¡Judit!... ¡Es usted, Judit!...</p>
+
+<p>Ella trató de ausentarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quédese, por favor! Déjeme decirle que soy el más desdichado de los
+hombres por no haber sabido apreciar hasta qué punto merecía usted todo
+mi amor.</p>
+
+<p>La desconocida se estremeció de nuevo.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, entonces los merecía usted... entonces era digna de los homenajes
+y la adoración de todo el mundo... y sin embargo, tan insensato soy que
+la amo aún, no amo a nadie más que a usted, y la amaré siempre... a
+pesar de que me ha sido infiel... ¡de que me ha traicionado!</p>
+
+<p>Ella quiso responder, y la palabra expiró en sus labios... pero se llevó
+una mano al corazón como si tratara de justificarse.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo explicar, si no, su ausencia, y sobre todo sus beneficios...
+esos beneficios de que me avergüenzo por usted y que he rechazado? Sí,
+Judit, no los quiero, no quiero más que su amor; y si es verdad que no
+me ha olvidado, que me ama todavía... ¡venga... sígame!... para seguirme
+es preciso amarme... porque ahora ya no tengo fortuna que ofrecerle...
+¡Qué!<a name="page_279" id="page_279"></a> duda... no me responde... ¡ah! ¡comprendo su silencio! Adiós,
+adiós para siempre.</p>
+
+<p>Y se dispuso a abandonarla; pero Judit le detuvo, asiéndole de una mano.</p>
+
+<p>&mdash;Hable, Judit; hable por favor&mdash;exclamó el pobre joven.</p>
+
+<p>Pero la desgraciada no podía: los sollozos ahogaban su voz.</p>
+
+<p>Arturo cayó de rodillas. Ella no pronunció una palabra, pero lloraba, y
+el joven creyó que aquellas lágrimas eran su mejor justificación.</p>
+
+<p>&mdash;¿Me ama usted, pues, aún?... ¿No ama a nadie más que a mí?...</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;repuso ella, tendiéndole una mano.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cómo creerla?... ¿Dónde están las pruebas?... ¿Quién me las
+dará?...</p>
+
+<p>&mdash;El tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué haré, pues?...</p>
+
+<p>&mdash;Esperar.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y no me dará usted alguna prenda de su amor?...</p>
+
+<p>Judit dejó caer el ramo de flores que tenía en la mano, y mientras
+Arturo se inclinó para tomarlo, ella se lanzó al corredor y desapareció.</p>
+
+<p>El Conde intentó seguirla, la vio de lejos entre la multitud; pero
+detenido por el oleaje de las máscaras, no tardó en perderla de vista.
+Después creyó volver a verla... Sí, sí, era ella... y en el momento en
+que, siguiendo sus pasos, llegó hasta el vestíbulo y creía poder
+alcanzarla, la vio precipitarse en un carruaje magnífico<a name="page_280" id="page_280"></a> que dos
+soberbios caballos arrastraron a todo galope.</p>
+
+<p>&mdash;Señores&mdash;dijo el notario interrumpiéndose,&mdash;ya es muy tarde y yo tengo
+la costumbre de madrugar; si me lo permiten ustedes, dejaremos para
+pasado mañana la conclusión de mi relato.</p>
+
+<h3><a name="VIj" id="VIj"></a>VI</h3>
+
+<p>El miércoles siguiente, era día de función en la Opera, y nos
+encontrábamos todos en la orquesta, exactos a la cita, y el notario no
+llegaba. Poníase en escena <i>Roberto</i>, y esta obra me recordaba mi
+primera entrevista con Arturo. Me expliqué entonces su tristeza, su
+preocupación, y pensé en que el mismo Meyerbeer no podría menos de
+concederle su perdón por no haber escuchado el sublime trío de
+<i>Roberto</i>.</p>
+
+<p>Pero, ¿se encontraba, acaso, en aquel momento, mejor dispuesto a
+apreciar la bella música? ¿Era más dichoso? ¿Había recuperado al fin a
+su Judit, o la había perdido?</p>
+
+<p>Todavía ignorábamos los obstáculos que los separaban, y nuestra
+impaciencia por conocer el desenlace de la historia se aumentaba con la
+ausencia del narrador. Al fin, llegó éste, después del segundo acto, y
+jamás ningún actor querido del público obtuvo un recibimiento más
+entusiasta que el que hicimos al notario.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya está aquí!<a name="page_281" id="page_281"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Gracias a Dios!</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, querido, ya era tiempo de que llegase!</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué tarde viene usted!</p>
+
+<p>&mdash;He sido invitado a una comida y he tenido que asistir a un contrato...
+Digo asistir, porque ya no ejerzo; he vendido mi notaría y, gracias a
+Dios, no debo nada a nadie.</p>
+
+<p>&mdash;Excepto a nosotros.</p>
+
+<p>&mdash;Nos debe usted un desenlace.</p>
+
+<p>&mdash;El de la historia de Judit...</p>
+
+<p>&mdash;Le hemos reservado su puesto... Vaya, siéntese.</p>
+
+<p>Nos estrechamos cuanto fue posible, y el notario terminó su relato en
+esta forma:</p>
+
+<p>&mdash;Judit había dicho: <i>¡Esperar!</i>... y durante algunos días Arturo tuvo
+paciencia, confiando en recibir alguna carta, algún aviso...&mdash;Volveré a
+verla, pensaba; ella vendrá, me lo ha ofrecido...&mdash;Pero pasaban los
+días, las semanas, y Judit no iba. Seis meses transcurrieron de este
+modo, luego un año, después hasta dos. El pobre Arturo me inspiraba
+lástima, y más de una vez temí que enloqueciera. La escena del baile de
+máscaras le había impresionado profundamente... Había momentos en que,
+al acordarse de aquella Judit que había vuelto a encontrar sin verla,
+que se le había aparecido sin descubrirle sus facciones, se creía
+víctima de una alucinación. Su imaginación, debilitada por el
+sufrimiento, hacíale creer que había sido un sueño, una quimera; llegó a
+dudar de<a name="page_282" id="page_282"></a> lo que había visto y oído. Enfermó gravemente, y en el delirio
+de la fiebre se imaginaba ver a Judit apareciéndosele por última vez y
+dirigiéndole su última despedida; en vano, trataría de repetir a ustedes
+las tiernas y conmovedoras frases que con tal motivo le dirigió... Judit
+era su único pensamiento, su idea fija... En esto consistía el mal que
+le mataba.</p>
+
+<p>Los cuidados que le prodigamos le volvieron a la vida; pero se tornó
+sombrío y melancólico. No quería ver a nadie, exceptuándome a mí. Se
+había negado siempre a disponer de la suma de Judit, que tenía en mi
+poder; y su fortuna, como ya les he dicho, sólo consistía en seis mil
+libras de renta. Empleó cuatro mil en abonarse por todo el año a un
+palco segundo de la Opera... aquel palco segundo de frente a la escena,
+donde había encontrado a Judit la noche del baile de máscaras. Asistía a
+él todos los días, mientras confió en que la volvería a ver... pero
+cuando perdió esta esperanza, ya no tuvo valor ni energías para seguir
+ocupándolo. Se veía allí solo, <i>siempre solo</i> (su constante divisa), y
+esta idea le hacía padecer mucho. Solamente de vez en cuando, venía a la
+orquesta, dirigía una mirada dolorosa hacia el palco de Judit y se
+ausentaba luego murmurando:</p>
+
+<p>&mdash;No está.</p>
+
+<p>Esta era su vida; y a excepción de algunas cortas temporadas en que se
+dedicaba a viajar, siempre con la esperanza de saber algo de Judit,<a name="page_283" id="page_283"></a> o
+de obtener algún indicio respecto a su suerte, estaba constantemente en
+París. Todas las noches, como inconscientemente, sin que en ello
+interviniese su voluntad, se encaminaba a la Opera. Y para verle más a
+menudo, fue por lo que me aboné a esta localidad. Ultimamente ya no
+venía sino de tarde en tarde. Pero la semana pasada estuvo un día.
+Encontrábase sentado al otro lado de la orquesta. Desanimado ya por
+completo, sin conservar esperanza alguna, volvía la espalda al salón, y,
+por completo abismado en sus reflexiones, nada veía ni escuchaba. No
+obstante, algunas ruidosas exclamaciones le sacaron de su éxtasis.
+Acababa de entrar en un palco una señora joven, cuya notable hermosura y
+espléndida <i>toilette</i> excitaron vivamente la admiración de todo el
+público. Toda la artillería de los gemelos se dirigió hacia aquella
+parte del teatro.</p>
+
+<p>De todos lados salían estas palabras:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué bella es!</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué frescura!</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué aire tan gracioso y tan distinguido!</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué edad calcula usted que debe de tener?</p>
+
+<p>&mdash;De veinte a veintidós años.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ca! Apenas tiene diez y ocho.</p>
+
+<p>&mdash;¿La conoce usted?</p>
+
+<p>&mdash;No, señor; es la primera vez que viene a la Opera... Soy antiguo
+abonado y no la he visto hasta hoy.</p>
+
+<p>Los espectadores inmediatos tampoco la conocían. Pero no lejos de ellos,
+un extranjero,<a name="page_284" id="page_284"></a> de aspecto distinguido, se inclinó respetuosamente
+saludando a la hermosa dama. En seguida todos apresuráronse a
+preguntarle su nombre.</p>
+
+<p>&mdash;Es lady Inggerton, la esposa de un opulento par de Inglaterra.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tan hermosa y tan rica!...</p>
+
+<p>&mdash;Pues se asegura que no tenía nada... que era una pobre muchacha que,
+en un momento de desesperación amorosa, intentó suicidarse, arrojándose
+al agua, y que fue recogida por el anciano Duque...</p>
+
+<p>&mdash;Eso es una verdadera novela.</p>
+
+<p>&mdash;No todas tienen tan feliz desenlace, porque el Duque, que se había
+interesado por la joven y no podía pasar sin ella, decidió, según dicen,
+hacerla su esposa para dejarle su fortuna... como, en efecto, ha
+sucedido.</p>
+
+<p>&mdash;¡Diablo! Pues siendo viuda... es un partido soberbio.</p>
+
+<p>&mdash;Ha transcurrido ya el tiempo del luto, y tanto en Inglaterra como en
+Francia no faltará quien le haga la corte.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya lo creo!&mdash;repuso el joven que había interrogado, arreglándose con
+una mano la corbata y dirigiendo con la otra el lente a lady
+Inggerton.&mdash;¡Eh! me parece, caballero, que mira hacia este lado.</p>
+
+<p>&mdash;Se equivoca usted&mdash;contestó el extranjero.</p>
+
+<p>&mdash;No, por cierto... estoy seguro... me refiero a este joven...</p>
+
+<p>Y, al pronunciar esto, señalaba a Arturo, que<a name="page_285" id="page_285"></a> nada había oído, y a
+quien fue preciso explicar lo que sucedía.</p>
+
+<p>El Conde levantó los ojos, y en el palco segundo de frente a la
+escena... en aquel palco, que era el suyo en otro tiempo, vio... ¡Ah! no
+se muere de placer ni de sorpresa, puesto que Arturo vive todavía...
+puesto que tuvo fuerzas y conservó bastante razón para exclamar:</p>
+
+<p>&mdash;¡Es ella! ¡Es Judit!...</p>
+
+<p>Pero al mismo tiempo permaneció inmóvil... sin atreverse a respirar...
+pues temía despertar de un sueño.</p>
+
+<p>&mdash;Caballero&mdash;le dijo su vecino,&mdash;¿la conoce usted, por ventura?</p>
+
+<p>Arturo no respondió, porque en aquel instante la mirada de Judit se
+había cruzado con la suya... Había visto fulgurar en los ojos de la
+joven un relámpago de indescriptible satisfacción. ¡Es imposible
+explicar lo que pasó por él, ni por qué no enloqueció al ver que Judit,
+levantando una de sus blancas y exquisitas manos, le hacía la seña con
+que él en otro tiempo le anunciaba sus visitas!</p>
+
+<p>¡Ah! ¡le pareció que iba a volverse loco! Dejó caer la cabeza y
+permaneció algunos instantes con ella apoyada entre las manos, como para
+persuadirse a sí mismo de que no era una ilusión, de que Judit vivía
+aún, y de que ella era la que acababa de ver. Cuando logró convencerse,
+volvió a levantar la vista hacia el palco... ¡la celestial visión había
+desaparecido!<a name="page_286" id="page_286"></a>... ¡Judit ya no estaba allí... se había ausentado!...</p>
+
+<p>Un frío mortal heló la sangre en sus venas... una mano de hierro le
+oprimió el corazón... Luego, acordándose de lo que acababa de ver... y
+de oír... porque ella le había hablado... sí, le había hablado por
+señas, abandonó su asiento de la orquesta y se lanzó a la calle,
+murmurando:</p>
+
+<p>&mdash;Si esta vez también me engaño... si es una nueva alucinación... o me
+volveré loco... o me mato.</p>
+
+<p>Y, decidido a morir, se encaminó directamente a la calle de Provenza.
+Llamó a la puerta, que se abrió en seguida... y, preguntó temblando:</p>
+
+<p>&mdash;¿La señorita Judit?...</p>
+
+<p>&mdash;Está en casa&mdash;dijo tranquilamente el portero.</p>
+
+<p>Arturo lanzó un grito y se apoyó en la barandilla de la escalera para no
+caer.</p>
+
+<p>Subió al piso principal, atravesó todas las habitaciones y abrió la
+puerta del gabinete, el cual estaba amueblado como en otro tiempo;
+exactamente igual que hacía seis años.</p>
+
+<p>Hasta la cena que había encargado antes de su repentina marcha, apareció
+dispuesta ante sus ojos. Vio que en la mesa había dos cubiertos.</p>
+
+<p>Y Judit, reclinada en un diván, le dijo al verle entrar:</p>
+
+<p>&mdash;Viene usted muy tarde, amigo mío.<a name="page_287" id="page_287"></a></p>
+
+<p>Y le tendió una mano. Arturo se arrodilló ante ella.</p>
+
+<p>Al llegar aquí, se interrumpió el notario.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;exclamaron todos;&mdash;concluya.</p>
+
+<p>El notario contestó, sonriéndose:</p>
+
+<p>&mdash;Arturo no me ha contado más... Por otra parte, va a dar principio el
+tercer acto de <i>Roberto</i>...</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué importa? termine.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué más he de decir a ustedes? Vengo de comer con ellos y de firmar
+el contrato.</p>
+
+<p>&mdash;Así, pues, ¿se casan?</p>
+
+<p>&mdash;Judit lo ha querido.</p>
+
+<p>&mdash;Como última sorpresa, sin duda.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tal vez le tenga reservada alguna otra!</p>
+
+<p>&mdash;¿Cuál?&mdash;preguntó vivamente el profesor en Derecho.</p>
+
+<p>&mdash;Lo ignoro&mdash;respondió el notario con una sonrisa;&mdash;pero se asegura que
+el anciano Duque, su difunto esposo, no la llamaba nunca más que: <i>mi
+hija</i>.</p>
+
+<p>En aquel instante se abrió el consabido palco segundo, y apareció Judit,
+envuelta en su manto de armiño y apoyada en el brazo de su amante, que
+ya era su esposo.</p>
+
+<p>Una misma exclamación salió simultáneamente de las butacas de la
+orquesta:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué hermosa es ella! ¡Qué dichoso es él!</p>
+
+<p class="c">FIN</p>
+
+<hr />
+
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of Carlos Broschi, by Eugène Scribe
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARLOS BROSCHI ***
+
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+
+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
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+
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+
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+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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