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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-14 19:56:16 -0700 |
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Núñez de Prado + +Release Date: March 20, 2010 [EBook #31707] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARLOS BROSCHI *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + + + + + + + + +BIBLIOTECA de LA NACIÓN + +EUGENIO SCRIBE + +CARLOS BROSCHI + +TRADUCCIÓN DE + +G. NÚÑEZ DE PRADO + +BUENOS AIRES + +1912 + +Derechos reservados. + +Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires + + + + +CARLOS BROSCHI + + + + +I + + +Entró en el salón una joven y detúvose ante el sofá, donde dormía +Juanita con un sueño penoso y agitado. Hacía un calor asfixiante, y la +joven abrió con precaución las ventanas del aposento. Desde éstas +divisábase la ciudad de Granada y su incomparable vega. A la derecha, y +sobre las ruinas de una mezquita, se elevaba la iglesia de santa Elena, +frente a la cual un parque a la francesa extendía sus simétricas calles; +magníficas fuentes octógonas dejaban oír el murmullo de sus aguas en los +sitios donde se ostentaban en otros tiempos los bellos jardines del +Generalife, y en cuyos alminares había flotado el estandarte de los +Abencerrajes. A la sazón, el viejo palacio de los reyes moros servía de +morada de retiro, y bien pronto, quizá, de tumba a una joven que dormía, +pálida y fatigada, sobre su lecho de dolor. + +Juanita, condesa de Pópoli, apenas contaba veinticinco años, y su +belleza, célebre en las cortes de Nápoles y de España, hizo que los +pintores de aquel tiempo le dieran el sobrenombre de _la Venus +napolitana_. Nunca título alguno había sido tan merecido; porque, a una +fisonomía encantadora, reunía una sonrisa tan graciosa, que nada podía +resistir a ese encanto indefinible que procede del alma: celestial +belleza que los sufrimientos no habían podido alterar ni el tiempo +destruir. + +En la época en que el pueblo de Nápoles hizo esfuerzos inútiles para +sacudir el yugo de España, el conde y la condesa de Pópoli viéronse muy +comprometidos, y esta joven, tan débil en apariencia, hízose admirar por +su energía y su valor. Poco después quedó viuda, dueña de su mano y de +una inmensa fortuna; rodeábanla los más solícitos homenajes, y sólo ella +parecía ignorar las riquezas que poseía y la belleza que tanto la hacía +brillar. Nadie, en efecto, habría podido pasar sin estos dones tan bien +como ella, pues no los necesitaba para hacerse amar. + +En el momento en que la conocemos, un ligero sudor cubría su frente +tersa y pura como la de un ángel; su pecho oprimido se elevaba con pena; +su boca murmuraba un nombre ininteligible, y de sus ojos, cerrados por +el sueño, se escapaba una lágrima que rodaba por sus mejillas, pálidas y +nacaradas. + +La joven que hemos visto entrar en el salón dio un grito y se precipitó +de rodillas junto al canapé donde reposaba Juanita. Esta despertó, y +echando a su derredor una mirada llena de bondad, tendió la mano a su +joven hermana diciéndole: + +--¿Qué deseas? + +--¡Ah!--exclamó Isabel.--¡Sufres, Juanita! + +--Sí, siempre; pero, ¡qué importa! se trata de ti... ¿Qué quieres? + +--No lo sé... quisiera hablarte... Después, cuando te he visto así... +todo lo he olvidado... hasta a mi futuro, a Fernando; es por él por +quién vengo... está aquí y quiere despedirse de ti. + +--¡Se marcha!...--dijo Juanita incorporándose sobre su +asiento.--Precisamente debía hoy mismo hablar con el duque de Carvajal, +sobre el matrimonio de ustedes. ¿Por qué se va? + +--¡Ah!--exclamó Isabel con un suspiro;--no se le puede vituperar su +marcha, porque era el mejor partido que podía tomar. + +--¡Cómo! ¿Le amas por ventura? + +--Sí... es decir, poco hasta aquí, porque mi sola pasión eres tú, +¡hermana mía! bien lo sabes. Pero conozco, a pesar de todo, que Fernando +es un noble joven, tiene un excelente corazón... y creo que le amo. + +--¿Desde cuándo? + +--Desde esta mañana... ¡después que ha rehusado mi mano! + +Isabel dijo esto con un aire de satisfacción que asombró a Juanita, la +cual no se podía dar cuenta de lo que pasaba. + +Un momento después entró Fernando. Era un joven y hermoso caballero en +la flor de su edad; sus cabellos estaban naturalmente rizados, y llevaba +con mucha gracia una capa de paño azul y una espada con empuñadura de +oro ricamente cincelada. En sus expresivos ojos reflejábase el valor +español, templado por la gracia y el abandono de la juventud. El duque +de Carvajal, su padre, era uno de los primeros señores de la provincia +de Granada. Las intrigas de la corte y la privanza de Ensenada, ministro +de Fernando VI, teníanle, hacía mucho tiempo, ausente de Madrid y +postergado en su carrera política. No pudiendo ser hombre político, +anhelaba ser rico, y la avaricia había sucedido a la ambición. Una +pasión consuela a otra. El duque soñaba para su hijo único un matrimonio +opulento, e Isabel parecía el mejor partido de Granada: a él, porque la +joven era rica, y a Fernando, porque la amaba. + +Isabel distaba mucho de ser tan bella como su hermana; las mujeres no +querían concederle el que fuese linda, pero a una gracia encantadora, +reunía una viva y ardiente imaginación, impresionable y fácil de +exaltar; cualidades o defectos que su educación había desarrollado de +una manera notable, porque casi toda su vida había transcurrido en un +convento. Y en el silencio de la soledad nacen las ilusiones y las ideas +fantásticas, que el mundo y la experiencia destruyen y disipan. + +Como todas las jóvenes de aquel tiempo, pertenecientes a familias +ilustres, Isabel salió del claustro para casarse, y había acogido con +alegría los homenajes de Fernando, porque, habiéndole dicho éste que +descendía por su madre del Cid, pensaba que con tal origen, la historia +de su vida debía encerrar, forzosamente, algunas aventuras interesantes. +Pero cuando vio que el descendiente del Cid se limitaba a adorarla con +todo su corazón y a decírselo en alta voz, y a pedir su mano a su +hermana con el consentimiento de su padre, sus pensamientos románticos +disminuyeron considerablemente. Cuando el matrimonio estuvo convenido +por ambas partes sin obstáculos, la joven se imaginó que todo esto no +había pasado regularmente y que la historia de su vida no estaba +completa, que le habían cercenado el primero y más interesante de sus +volúmenes; y haciendo justicia a las buenas cualidades de Fernando, veía +aproximarse tranquilamente una dicha que nada le había costado. + +Pero no sucedía lo mismo por parte de Fernando. Parecíale que el día de +su felicidad no llegaría tan pronto como deseaba, y la idea de una +dilación le ponía fuera de sí; sin la enfermedad de Juanita y su estado +casi desesperado, ya se hubiera verificado el matrimonio. Este mismo +hombre, tan apasionado e impaciente, renunciaba a todas sus esperanzas y +venía a despedirse de su prometida. En vano Juanita quiso conocer la +causa de tan brusca marcha. + +--Te ruego que calles--lo dijo Isabel;--te conservaré mi amor a este +precio. Te amo, no amaré más que a ti; te seré fiel, te esperaré toda mi +vida si es necesario, pero nada digas a mi hermana; éste es mi deseo. + +--Y yo deseo que hable--dijo Juanita con dulce voz, reteniendo por la +mano a su futuro hermano, que sufría al verse detenido. + +Pálido y turbado, Fernando fijó en la enferma una mirada suplicante, +oprimido como estaba por un tiránico amor a quien no quería ofender. Se +disponía a marchar con su secreto, cuando este misterio fatal e +impenetrable fue descifrado y descubierto, contrariando a Isabel, de la +manera más natural. + +De pronto, presentose en la puerta del salón, como no atreviéndose a +entrar, un hombre vestido con una ropilla negra. Este hombre era el +señor Manuel Perico, notario real de la ciudad de Granada, y apoderado +del duque de Carvajal. Llevaba a la condesa de Pópoli el contrato de +matrimonio. + +Isabel se estremeció. Fernando se aproximó al notario y quiso +arrebatarle los papeles que presentaba a la Condesa; pero ésta se había +apoderado de ellos y se apresuró a ojearlos. + +--¡Está bien!--dijo después de leerlos;--éstos son los artículos en que +habíamos convenido con el señor Duque... El dote que yo aseguro a mi +hermana... ¡Ah!--dijo la Condesa sorprendida, y un ligero carmín cubrió +sus mejillas, ordinariamente tan pálidas.--¡He aquí unas condiciones que +nunca se me habían impuesto! ¿Las conoce usted, Fernando? + +--¡Sí, señora!--repuso el noble joven con voz balbuciente;--mi padre me +había rogado que hablase a usted de ellas. He rehusado; y como ésta es +la condición que pone a su consentimiento, he renunciado al matrimonio. +Vengo, pues, a pedirle que dispense a mi padre, y a despedirme de usted. + +Al acabar de decir estas palabras, extinguiose su voz; Isabel le tendió +la mano con ternura, y Fernando se apresuró a enjugar las lágrimas que +no había podido contener. + +Entretanto, el señor Perico permanecía de pie con una pluma en la mano y +sin atreverse a hablar. Juanita concluyó tranquilamente la lectura del +contrato. + +Era generalmente admitido en la ciudad el rumor de que la condesa de +Pópoli estaba enferma del pecho desde hacía mucho tiempo. Sólo ella sin +duda lo ignoraba, porque miraba con indiferencia todo lo que pudiese +prolongar su existencia. Sin su consentimiento, y casi a pesar suyo, su +joven hermana le prestaba los más asiduos cuidados sin que la Condesa +sospechase la causa, queriendo aquélla al menos, si no podía salvarla, +ocultarle hasta el último momento el golpe fatal que la amenazaba; +porque los médicos de Granada, que pretendían no engañarse, habían +anunciado que la Condesa no sobreviviría al otoño, y corría a la sazón +el mes de septiembre. El duque de Carvajal, que era un hombre práctico, +había añadido al contrato las dos cláusulas siguientes: primera, que la +Condesa se obligaba a no volver a casarse; y segunda, que, en caso de +muerte, todos sus bienes, tanto de España como del reino de Napóles, +pasarían a ser propiedad de su hermana. + +--No admitimos semejantes condiciones--dijeron a la vez los prometidos +esposos. + +--¡Tales condiciones son absurdas e imposibles!--continuó Isabel.--¿Por +qué coartar tu libertad de ese modo? Eres joven; debes volver a casarte +y dar al hombre que elijas largos años de ventura. En cuanto a tu +sucesión--continuó haciendo un esfuerzo por sonreír,--tú eres la +primogénita, y por poco que vivamos, espero que moriremos juntas. + +Dicho esto, arrancó el contrato de las manos de su hermana, lo alargó a +Fernando, el que lo hizo pedazos y los arrojó sobre el tapiz. + +Juanita contempló a los jóvenes con una dulce sonrisa, tendió hacia +ellos sus manos, y dijo al notario con acento melodioso: + +--Señor Perico, tenga usted la bondad de rehacer el contrato como +estaba, y tráigamelo mañana... Ahora, déjenos: quiero estar sola con +ellos. + +El notario salió, y los prometidos esposos cayeron de rodillas a los +pies de Juanita. + +--Escúchenme--les dijo, después de hacerles levantar;--el matrimonio de +ustedes se llevará a cabo, y no me den las gracias--agregó +vivamente.--Las condiciones que se me imponen, nada me cuestan. Hace +mucho tiempo que me he prometido a mí misma y he jurado a Dios no volver +a casarme; cumpliré este juramento. En cuanto a mis bienes, todos +aquellos de que yo puedo disponer, los cedo como dote a mi hermana; pero +los demás, que son los más considerables, no estoy segura de que me +pertenezcan. + +Los jóvenes hicieron un gesto de sorpresa, y Juanita continuó lentamente +y con voz temblorosa, a causa de la emoción: + +--Si se presentase una persona que busco y que no he podido volver a +ver, y a quien pertenece toda esta fortuna, aun después de mi muerte, +Fernando, será preciso devolverla... ¿Me lo jura? Fío en su honor. Pero +si esa persona no apareciese, todos esos bienes serán suyos y de mi +hermana. + +--Háganos el favor de explicarnos eso--dijo Fernando. + +--¡Ah! Es un grande y terrible secreto, que sólo ustedes conocerán... +Pero sí, es necesario... es necesario que sea antes de mi muerte, ¡y +ésta está muy próxima!... No me interrumpan, pues--dijo la Condesa +notando la emoción de su hermana.--Es muy largo de contar, e ignoro si +mis fuerzas bastarán. Pero cuando tenga necesidad de descanso, lo +diré... e interrumpiré mi relato. + +Y haciendo que los dos jóvenes se sentaran junto a ella, la Condesa +comenzó en esta forma: + + + + +II + + +«Mi hermana y yo nacimos en el reino de Nápoles, que en aquel tiempo era +una provincia de España. Siendo muy jóvenes aún, perdimos a nuestros +padres y quedamos bajo la tutela de nuestro tío, el duque de Arcos, del +que no pretendo hacer el retrato, porque fue muy conocido. En su +juventud, había sido virrey de Nápoles, y su dureza e inflexible rigor +causaron la desgracia del pueblo, a quien trataba como esclavo, +conduciéndole de este modo a la desesperación, a la rebeldía. Bajo su +gobierno ocurrió aquella famosa revolución de una semana, durante la +cual el pescador Masaniello fue aclamado rey por el pueblo y asesinado +después por el mismo pueblo que le había aclamado. El duque de Arcos, al +volver al poder, no fue ni más hábil ni más clemente; redobló sus +rigores, a los que él denominaba _rigores saludables_. Este era todo su +sistema político; no conocía otro. El clamor público obligó, por último, +al rey de España a darle un sucesor, retirándose el Duque murmurando de +la debilidad de un soberano que no le dejaba concluir la gloriosa obra +a que había dado principio. Y aunque le seguían las maldiciones del +pueblo, no obstante conservaba en su tranquila conciencia la +satisfacción interior y el convencimiento íntimo del bien que había +realizado. + +»En la época en que nos llevó consigo, nuestro tío tenía cerca de +ochenta años, y era siempre el mismo. Sus opiniones y su carácter no +habían cambiado en nada. No había perdonado aún a mi padre, que se había +casado sin su consentimiento, y mi madre murió sin que consintiese en +verla. En aquellos momentos estaba solo y sin familia, y lo que era más +sensible, sin nadie en quien ejercer su tiranía; y no teniendo a quien +dominar, por puro egoísmo se propuso educarnos. Al vernos, se obstinó en +que Isabel, que contaba a la sazón tres o cuatro años, debía tener +vocación religiosa, y la puso en el convento _della Pietá_. Yo tenía +algunos años más que mi hermana, y me dejó en su casa con el propósito +de establecerme un día a su capricho. + +»Relataré brevemente cuanto sucedió durante mis primeros años. Separada +de mi hermana, a quien no veía nunca, y encerrada en un lúgubre pero +magnífico castillo cuyo circuito no podía traspasar, fui criada en el +temor de Dios y de mi tío, cuyo aspecto y cuya voz me hacían temblar. El +Duque veía siempre con una especie de satisfacción íntima el respeto que +me inspiraba. El miedo era la única lisonja que le agradaba. Era el +mejor medio de hacerle la corte, y sin quererlo, yo satisfacía su gusto. + +»No tenía, por mi parte, otra satisfacción que la de ver a mi maestro de +música, un hábil organista, un napolitano de unos cincuenta años de +edad, cuyo entusiasmo, cuyos gestos, y sobre todo, cuya peluca me hacían +reír; éstos eran los únicos momentos que tenía de distracción en tan +sombría morada. + +»Gerardo Broschi, que así se llamaba, era un verdadero artista que no +carecía de talento, ni tampoco de amor propio. Pero el amor a su arte le +había trastornado; nunca hablaba más que de música; siempre llegaba +cantando, y a veces contestaba a mi tío con un recitado. Hablador +incansable, tenía siempre en sus labios historias inverosímiles que +contarnos sobre sus aventuras en las cortes de Europa, en las que +figuraban grandes señoras a quienes enseñó su arte. Había descuidado su +fortuna por dedicarse a sus galanteos, y después de una larga carrera, +el pobre anciano no tenía otros bienes que su buen humor, sus cavatinas, +su vestido negro y aquella prodigiosa peluca que me divertía +extraordinariamente. + +»Cierto día entró en su habitación, contra su costumbre, sin cantar. Yo +le miré con inquietud. + +--»¿Está usted malo, Gerardo?--le dije. + +--»No, señora; pero me sucede una gran desgracia: me ofrecen un puesto +distinguido, dignidades, honores... no podré sobrevivir a semejante +suceso... y me es imposible rehusar. + +--»¿Qué le acontece, pues? ¿Alguna gran señora que le protege? + +--»¡Más que eso, un rey, un emperador! + +»Entonces Gerardo me contó que el czar Pedro el Grande reclutaba +artesanos en todos los países de Europa y artistas en Italia, con el +propósito de formar una banda de música para sus regimientos y una +orquesta para su capilla, y se le habían hecho a Gerardo, antes que a +nadie, proposiciones ventajosas para ir a Rusia. + +»Yo no podía calcular entonces de dónde procedían su tristeza y mal +humor. Pensé que sería, sin duda, el disgusto de abandonarme; pero +Gerardo era demasiado franco para dejarme en un error. Tenía un hijo que +constituía su única pasión... después de la música... Un joven +encantador que, luego de haber oído la relación de Gerardo, creí que +sería el hijo de alguna gran señora o alguna princesa a quien él había +dado sus lecciones de música. + +»Lo único que en todas mis hipótesis había de cierto, es que Gerardo era +un buen padre, que adoraba a su pequeño Carlos, a su hijo, y que se +privaría de todo, hasta de su guitarra, por proporcionarle un juguete o +un vestido nuevo. El pobre niño estaba enfermo, sufría mucho, y el sol +de Nápoles era casi su existencia; a esto debíase la inquietud de +Gerardo. Poner a Carlos bajo la influencia del helado cielo de la Rusia +era matarle, y sin separarse de él, era imposible evitar lo que temía... +¿A quién había de confiarlo? ¿quién tendría cuidado de él? ¿qué sería de +este niño?... Lloraba Gerardo, y yo también lloraba al ver las lágrimas +en aquella fisonomía que ordinariamente causaba tanto regocijo. + +»Ese día, por fortuna, era el santo del duque de Arcos; y aquella tarde, +todavía me acuerdo, aunque apenas tenía doce años, mi tío me dijo con +aquella voz terrible que me llenaba de espanto: + +--»¡Vamos, Juanita! ¡diviérteme! ¡Canta una barcarola! + +--»¡Sí, señora!--exclamó vivamente Gerardo, a quien la música le hacía +olvidarlo todo.--Cante usted el aire de Pórpora: _O pescator felice._ + +»Mi tío frunció su entrecejo; porque después de la revolución de +Masaniello, no podía oír tranquilamente la palabra _pescador_. No +obstante, como en la cavatina de Pórpora el _pescator felice_ concluye +por naufragar, este desenlace, más sin duda que el modo con que yo +canté, causaron tanto placer a mi tío, que exclamó: + +--»¡Bravo! ¡bravo! ¡Pide lo que quieras, te lo concedo por el día que +celebramos! + +»Yo me arrojé a sus pies y le supliqué que hiciese traer y educar en el +castillo al pequeño Carlos, que era de mi edad, próximamente. Esperando +su contestación, Gerardo no respiraba; y yo, pálida y conmovida, +temblaba de pies a cabeza. + +»Agradablemente sorprendido, sin duda, mi tío contestó con una dulzura +poco acostumbrada en él: + +--»Un noble español no tiene más que una palabra; sostendré la que te he +dado. En lo sucesivo, Carlos será de la casa; será un paje que estará a +tu servicio. + +»Me es imposible pintar a ustedes la alegría y el reconocimiento del +pobre Gerardo. Partió dichoso y tranquilo, y durante tres años nos dio +noticias suyas con bastante frecuencia. Tuvo su viaje un resultado feliz +y alcanzó gran éxito en la corte de Rusia. La esposa de Pedro el Grande, +la emperatriz Catalina, le nombró su maestro de capilla. Al cuarto año +cesó de escribirnos. ¿Había sucumbido al rigor del clima? ¿El amor que +por todas partes seguía su fortuna le había hecho robar alguna princesa +rusa? No lo pudimos averiguar, y hasta mucho tiempo después no tuvimos +noticias suyas, ni oímos hablar más del pobre Gerardo, de mi maestro de +música. + +«Durante este tiempo, Carlos, su hijo, se criaba y educaba en la casa de +mi tío; yo estaba encantada de mi joven paje. Su salud delicada se había +robustecido, su cuerpo habíase desarrollado; y aunque demasiado joven +todavía, sus facciones ofrecían tanta nobleza y regularidad, que mi +maestro de dibujo, el señor Lasca, pintor de talento, le tomaba por +modelo de todas las figuras de ángeles y querubines con que decoraba el +salón de mi tío; y el pobre joven se veía obligado a pasar horas enteras +delante del artista, en vez de ir a jugar o correr por el parque. + +»Por lo demás, desde el duque de Arcos hasta el último criado del +castillo, todos, excepto yo, lo hacían rudamente sentir la posición en +que se encontraba. Modesto y resignado, guardaba silencio, no se quejaba +nunca... ni aun a mí, y no derramaba una lágrima; pero con frecuencia +había en sus negros ojos, cuando los levantaba hacia el cielo, una +expresión de dolor y de dulzura indefinibles. + +»Habitaba otra persona en el castillo, de la que necesito hablar a +ustedes. Esta era el secretario de mi tío, Teobaldo Cuchi, un joven de +corazón y de mérito, digno desde entonces del elevado puesto que llegó a +ocupar más tarde. Hijo de un paisano calabrés, las escasas lecciones de +teología que había recibido del cura de su aldea despertaron en él el +deseo de instruirse. Dotado de una voluntad firme e inalterable, +religioso por carácter, y confiando en la Providencia, dejó la cabaña de +su madre, yéndose a pie a Nápoles, donde se hizo _lazzaroni_ y bracero; +y el dinero que ganaba durante el día en esta ocupación, lo empleaba por +la noche en pagar a los maestros que le educaban. Pasaba la noche +inclinado sobre sus libros, abusando así de sus fuerzas y de su salud. + +»Pálido, delgado, la tez morena, la frente arrugada, Teobaldo, que +apenas contaba veinte años, parecía rayar ya en los cuarenta; pero en +cambio era de los hombres más instruidos de Italia en historia y en +teología, y conocía a la perfección muchas lenguas. A pesar de su grande +instrucción, era desconocido en Nápoles, donde apenas ganaba lo +suficiente para sus más precisas necesidades, y se vio obligado a +aceptar la plaza de secretario del duque de Arcos, que un amigo le había +proporcionado. Envió entonces a su madre todos sus ahorros, que +ascendían a doscientos ducados, y se sepultó en el viejo castillo, donde +no tenía otras ocupaciones que escribir lo que mi tío le dictaba y darme +lecciones de francés y alemán: el resto del día lo pasaba estudiando en +la biblioteca del castillo. + +»Sombrío y severo, pero dotado de una sólida y verdadera piedad, poseía +un gran fondo de inteligencia: sólo él hablaba con interés y bondad a +Carlos, a quien todos trataban como a un sirviente y cuyas funciones, no +obstante, eran las de paje de una gran casa. En la mesa permanecía cerca +de mí, me servía de beber, y una vez terminada la comida, me presentaba +el aguamanil y el jarro de cristal. + +»Por la mañana ordenaba mis libros y mis papeles, y mientras que +Teobaldo me daba lección, manteníase a mis espaldas, atento y +silencioso, esperando mis órdenes. + +»Dulce y tímido, no se atrevía a exponerme su reconocimiento, pero sus +acciones me lo manifestaban. Apresurábase a satisfacer mis caprichos, +llevaba mis labores, mis libros, mis guantes, mi abanico, y en los +grandes días, la cola de mi manto. Gracias a sus cuidados, las más +bellas flores del parque adornaban mi chimenea o pendían de mi cintura. + +»Mi tío, con sus veinte criados, no estaba tan bien servido como yo por +mi lindo y joven paje. + +»Sentíame satisfecha y orgullosa; acostumbrada a obedecer, me complacía +en ejercer mi poder absoluto sobre Carlos, cuya dureza templaba mi edad, +porque frecuentemente le tomaba como compañero en mis juegos; y en las +horas de recreo, la señora y el paje olvidaban la distancia que los +separaba. + +»Un día, me acuerdo perfectamente, en el gran salón del castillo le +había mandado que jugase conmigo una partida de volante, y avanzando +unas veces y retrocediendo otras, nos encontramos, sin advertirlo, cerca +de un gran jarrón de Bohemia de un trabajo admirable, en el que estaban +pintadas las armas de la casa de Arcos. Mi tío lo tenía en tal estima, +que no nos estaba permitido tocarlo, ni mirarlo siquiera. Pero un golpe +del volante, torpemente dado por mí, hizo saltar en menudos pedazos +aquella admirable obra, cuyos fragmentos cayeron a nuestros pies. + +»Un rayo no me hubiera sobrecogido de tal modo. Dejé caer mi volante y +me apoyé en un sillón, mientras Carlos recogía los pedazos del jarrón, +como si hubiese tenido el poder de volverlo a su primitivo estado. De +pronto, oímos en la pieza inmediata la terrible voz de mi tío, que +llegaba a mis oídos como la trompeta del juicio final... No obstante, +tuve el valor suficiente para precipitarme hacia una puerta lateral. + +--»¡Vete! ¡vete!--grité a Carlos. + +»Por mi parte, tuve buen cuidado al entrar en mi estancia de cerrar por +dentro y correr cuantos cerrojos tenía la puerta, persuadiéndome que de +este modo evitaría el que la cólera de mi tío llegase hasta mí. + +»Carlos, menos ágil que yo, no pudo seguirme, y permanecía en el salón +cuando, abriendo la puerta, entró el duque de Arcos, de gran uniforme, +con el sombrero convenientemente colocado y su bastón de puño de oro en +la mano. + +»Su vista se fijó en seguida a las pruebas del crimen, que estaban +diseminadas por el pavimento. Carlos palideció, pero permaneció inmóvil +viendo al Duque dirigirse hacia él. + +--»¿Quién ha roto este jarrón? + +»Carlos permaneció silencioso. + +--»¿Quién ha roto este jarrón?--repitió el Duque con voz imperiosa, +levantando el bastón. + +--»¡He sido yo!--repuso tímidamente el generoso Carlos. + +»Disponíase el Duque a golpearle, cuando apareció Teobaldo. Este corrió +a mi tío, queriendo apaciguarle, y, a riesgo de que volviese contra él +su cólera, le hizo presente que no debía descargar su rabia contra un +niño, y sin razón, probablemente. + +»A esta palabra, el furor de mi tío no tuvo ya límites. + +--»¿Si te despidiese de mi casa, si te arrojase de ella ahora +mismo?--gritó el Duque amenazando a Teobaldo. + +--»Entonces sería usted doblemente injusto--replicó éste fríamente. + +»Y diciendo estas palabras, tomó respetuosamente el bastón de la +temblorosa mano del anciano, y lo arrojó por la ventana. + +»La cólera de mí tío había llegado a su colmo. Sobrecogido por aquella +sangre fría, cayó sobre un sillón sin poder pronunciar una palabra; pero +llamó a su mayordomo y le hizo seña de que se llevase a Carlos. Este, al +salir, dirigió a Teobaldo una mirada de gratitud. + +»Yo no me atrevía a salir de la habitación; no obstante, fue necesario +hacerlo cuando llegó la hora de comer. Mi tío estaba solo en el comedor, +sombrío y silencioso. A algunos pasos de él y a su espalda encontrábase +Carlos, pálido y sin poder apenas sostenerse; al verme, su fisonomía +expresó una gran satisfacción. Creí entonces que todo había pasado del +mejor modo posible, y que mi tío nada sabía. ¡Cómo podía yo adivinar que +el pobre joven había sido maltratado por el mayordomo, despojado de sus +vestidos y azotado hasta hacerle saltar la sangre, sin que el dolor le +hubiese arrancado ni una queja, ni una palabra! Cuando lo supe lancé un +grito de indignación, y corrí en busca suya queriendo oírlo todo de sus +labios. + +--»¿Quiere usted excitar de nuevo la cólera del señor Duque, que, +gracias al Cielo, ha pasado ya?--dijo Carlos, sonriendo con tristeza. + +--» Carlos--le dije:--¿qué podré hacer para recompensarle el servicio +que acaba de hacerme? + +--»¡Usted, señora! ¡No estoy suficientemente recompensado!... + +»A partir de este día, Carlos fue mi protegido, mi favorito, mi más fiel +servidor. Nunca afecto alguno fue tan ampliamente recompensado. Su única +ocupación era adivinar mis pensamientos para adelantarse a mis órdenes, +para satisfacer mis caprichos. + +»El día en que ocurrió aquella escena, Teobaldo quiso retirarse de +nuestro servicio; pero mi tío, que tenía necesidad de él (porque a la +sazón sostenía correspondencia con algunos príncipes alemanes), le mandó +imperiosamente que se quedase; y Teobaldo, despreciando sus órdenes, +preparábase a dejarnos: afligida por su pérdida, le supliqué que +permaneciera con nosotros. + +--»¡Ah!--le dije llorando;--¡ya no me queda ningún amigo! + +»Teobaldo se quedó. + +»Severo y brusco para todo el mundo, Teobaldo tenía para mí una dulzura +y bondad infinitas. Aunque las funciones de preceptor tienen algo de +enfadosas, nada podía agotar su paciencia, ni aun las rudas pruebas a +que le sujetaba mi estudio de las lenguas extranjeras. + +»Yo aprendía el francés con alguna facilidad; pero el alemán, aunque era +el especial cuidado de mi tío, me disgustaba sobremanera y tenía que +violentarme, y ni aun así lograba retener en mi memoria una sola palabra +de aquel idioma, que yo calificaba de bárbaro. Por último, rogué a +Teobaldo que cesasen las lecciones, consintiendo él en ello, pero a +condición de que se lo advertiría a mi tío. Lo prometí, pues, pero no me +atreví a cumplir mi promesa. + +»Una o dos veces me encontré a solas con el Duque, que me preguntaba: + +--»¿Vas comprendiendo la lengua alemana? + +»Acordábame entonces que mi tío no comprendía una palabra de ella; esta +convicción me daba un gran valor, y contestaba brevemente y en tono +resuelto: + +--»Sí, mi querido tío; la comprendo perfectamente. + +»Pero he aquí que durante una pequeña temporada que Teobaldo estuvo +ausente del castillo (había ido a ver a su madre que estaba bastante +enferma), recibió mi tío una carta del margrave de Anspach, carta +confidencial, tres grandes páginas del alemán más difícil. + +--»Veamos lo que contiene--me dijo;--léemela. + +»Fácilmente se imaginarán ustedes cuál sería mi situación... No encontré +otra excusa que darle, sino que era demasiado larga. + +--»Eso no importa; te doy de plazo hasta la tarde. + +»La dificultad no estaba en el tiempo. Subí a mi aposento, y pasé +algunas horas en llorar y maldecir al margrave. La hora llegó, pues; +dejé la carta sobre la mesa y bajé más muerta que viva. + +--»¿Has terminado?--me preguntó el Duque. + +»Bajé la vista sin contestar, silencio que interpretó como una respuesta +afirmativa; después de comer me preguntó: + +--»¿Dónde está esa carta? + +--»Sobre mi mesa--repuse, encomendando mi alma a Dios. + +»Tan grande era el terror que experimentaba al ver acercarse la +tempestad, que no acertaba a pronunciar una palabra. Para colmo de +humillación, Teobaldo, que acababa de llegar, entró en el salón. Mi tío +le informó de lo que se trataba. + +--»Hela aquí--dijo, tomando la carta, que Carlos tenía en la mano;--he +aquí la discípula de usted, que nos va a leer su traducción. Sígala con +el original, y vea si está bien. + +»Había dos papeles; me entregó uno y dio el otro a mi profesor, cuya +inquietud igualaba a la mía. Teobaldo estaba turbado, pálido. Pero su +admiración fue tan grande como la que yo experimenté, cuando fijó su +vista en el papel que se me había entregado; la carta del margrave +estaba delante de mí legible, la entendía perfectamente. + +»Leí en voz alta; y Teobaldo, que atendía, entretanto, al original, no +pudo detener más de una vez sus exclamaciones, que mi tío tomaba por +muestras de aprobación. Por mi parte, viéndome salvada, y no +explicándome este suceso sino por un milagro que mi razón no acertaba a +comprender, me preguntaba interiormente: + +--»¿Qué ser caritativo, qué hada ha venido en mi auxilio y cuida de mí +de esta manera?» + +--Pero perdónenme, amigos míos, perdónenme--dijo la Condesa con voz +débil.--Estos acontecimientos de mi infancia me han entretenido más de +lo que deseaba... y no tengo fuerzas para continuar... + +Su hermana, que ya había estado a punto de interrumpirla, le impuso +silencio, y alargando su mano a Fernando, le dijo, despidiéndole: + +--Hasta mañana. + + + + +III + + +La Condesa continuó su relato, al día siguiente, en estos términos: + +»Mi tío había salido del aposento; Teobaldo y yo nos mirábamos aún +asombrados del suceso, sin que pudiéramos darnos cuenta de una aventura +que creíamos sobrenatural; porque excepto mi preceptor, que acababa de +llegar, nadie entendía el alemán en el castillo, incluyéndome a mí, que +hacía un año lo estaba aprendiendo. + +»Carlos permanecía de pie en un rincón del salón y nos miraba sonriendo; +de pronto, dirigiéndose a Teobaldo, dijo: + +--»Y bien, querido maestro: ¿no adivina usted que pueda haber aquí otro +discípulo, que le debe la dicha de haber sido útil a su bienhechora? + +»Teobaldo quedó estupefacto, porque esta frase acababa de ser +pronunciada en el más puro alemán. Yo no pude menos de exclamar: + +--»¿Cómo, Carlos, esa traducción es de usted? ¿Dónde, pues, ha +aprendido? + +--»Lo que usted no ha querido estudiar, lo he estudiado yo--nos dijo. + +»En efecto, hacía tres años que Carlos asistía asidua y silenciosamente +a todas mis lecciones, y las había aprovechado mucho más que yo. Cuando +estaba solo y entregado a sí mismo; cuando habían pasado las dos +terceras partes del día, empleaba en estudiar los momentos que yo +consideraba perdidos en la ociosidad. + +»Teniendo entrada a todas horas en mi gabinete de estudio, del que +estaba encargado, servíase de mis libros y de mis cuadernos; su +aplicación y su constancia le habían hecho un joven mucho más instruido +de lo que podía pedirse a sus años. + +»El joven, el paje, a quien todos despreciaban en la casa, poseía +perfectamente nuestra lengua y varios idiomas extranjeros; conocía la +historia y la geografía. No había olvidado la música; y apenas había yo +salido, se sentaba al clavicordio; algunas veces, me acuerdo +perfectamente, creí, oyendo los sonidos lejanos, que mi maestro se había +quedado tocando y que ensayaba todavía. + +»Fácilmente comprenderán ustedes, queridos amigos, que después de este +descubrimiento, Carlos no tuvo necesidad de ocultarse. Estudiaba con +nosotros, en mi compañía. Este acontecimiento había excitado mi +emulación, y encontré desde entonces en el estudio un placer que había +ignorado hasta entonces. + +»Teobaldo sentíase orgulloso de nuestros progresos, de los de Carlos +sobre todo, porque su precoz inteligencia concebía con una facilidad +asombrosa las cuestiones más difíciles y abstractas. Reunía a una +memoria feliz, una concepción rápida, una imaginación ardiente y unos +sentimientos nobles y elevados que no nacían en la imaginación, sino en +el corazón. Tales eran las cualidades que brillaban en él de una manera +notable. + +»Teobaldo mirábale con frecuencia sorprendido y me decía en voz baja y +con acento profético: + +»Créame usted, no será un hombre vulgar; cualquiera que sea el estado o +carrera que abrace, llegará a un puesto elevado. + +--»Si fuese así--respondía Carlos,--a ustedes lo deberé, amigos míos; y +el pobre huérfano no lo olvidará jamás. + +»Muy en breve el maestro no tuvo nada que enseñar a su discípulo, que +era ya su compañero de estudio. Por mi parte, no podía seguirlos ni +llegar a su altura; pero sentíame orgullosa de saber apreciar lo que +valían. + +»Sus conversaciones eran dulces y amenas: en ellas dejaban ver sus +nobles y puros sentimientos; tenían elocuencia fácil, sencilla y +persuasiva. En la soledad del viejo castillo, cerca de aquel anciano +achacoso y colérico, las horas nos parecían demasiado breves cuando nos +encontrábamos en aquel santuario del estudio y de la amistad. A los días +indiferentes y tranquilos de la infancia, debía suceder la edad de oro +de la juventud, con sus quiméricos encantos, sus grandes ilusiones y su +inmenso porvenir. Más sabio que nosotros y ya menos dichoso, Teobaldo +era más grave, más reflexivo. Conocía el mundo; es decir, los pesares; +nosotros no conocíamos más que nuestro mutuo afecto, la amistad y la +dicha. + +»Una mañana, brillaba el bello sol de otoño, estábamos los tres en un +extremo del parque, hablábamos familiarmente, y Carlos nunca habíase +mostrado más gracioso y amable. + +--»He soñado esta noche--nos dijo--que yo era gran señor y primer +ministro. + +--»¿En qué reino?--le interrogué yo. + +--»Mi sueño no me lo ha dicho. + +--»¿Y qué puesto me daba usted en ese sueño? + +--»Usted, señora... era reina. + +--»¿Y Teobaldo? + +--»¡Confesor del rey! + +»A esta broma imprevista lancé una carcajada, y mi alegría excitó la de +Carlos. Sólo Teobaldo guardó su compostura, y nos dijo moviendo la +cabeza: + +--»¡Eso sí que es extraño! + +»A estas palabras, nuestra alegría creció de pronto. + +--»No se rían ustedes...--nos dijo con gran seriedad y sangre +fría.--Debo ser el más razonable de los tres... y soy el más débil y +supersticioso... Lo que acaban de decirme me ha impresionado, y a mi +pesar no puedo dejar de creerlo. + +--»¿Por qué?--le interrogué. + +--»Porque he soñado exactamente lo mismo. + +»Todos lanzamos un grito de sorpresa. + +--»Sí--dijo a Carlos;--yo sacerdote y tú gran señor. + +--»¿Y yo?--pregunté a mi vez. + +--»Usted, señora, es diferente--me dijo con tristeza;--no estaba con +nosotros, nos había dejado, nos había abandonado. + +--»¡Ah! Entonces ese sueño no es verdad, no tiene sentido +común--exclamé.--Ignoro qué destino nos estará reservado; pero sea el +que quiera el mío, juro que nada en el mundo me hará olvidar los amigos +de mi infancia. + +--»Y nosotros juramos lo mismo--exclamaron los dos a la vez, extendiendo +hacia mí sus manos, que tenían estrechamente unidas. + +»Hubo un instante de silencio, y Teobaldo volvió lentamente a su +tristeza habitual, diciendo: + +--»Sí, señora; nuestros presentimientos se cumplirán. Tendrá usted +inmensas riquezas, será una gran señora... respetada y adorada de todos. +Tú, Carlos, si atiendo a tu mérito más que a tu sueño, debes, a despecho +de los obstáculos, a pesar de tu nacimiento, hacer tu camino en el +mundo, y llegar a los puestos más elevados. + +--»Tanto mejor para ti--dijo en tono de broma Carlos, dando en la +espalda de Teobaldo con aire de protección. + +--»¡Oh! ¡Yo--prosiguió Teobaldo--tengo el presentimiento de que seré +siempre miserable! No seré útil a nadie... Los amaré, velaré por +ustedes y les daré mi vida... Vean ahí--continuó sonriendo y dándonos la +mano,--que mi parte es la mejor, y que de los tres seré el más dichoso. + +»La campana del castillo sonó en aquel momento, y nos separamos +renovando el juramento de eterna amistad, que el Cielo oyó, y que +nuestros corazones ha mantenido. + +»Contra la costumbre, y turbando la tranquilidad de nuestra pacífica +morada, una numerosa y brillante sociedad acababa de llegar a ella. Era +un número bastante crecido de jóvenes señores de las cercanías que, +reunidos desde por la mañana para una partida de caza, habían querido +descansar de su fatiga en el castillo del duque de Arcos, su vecino. + +»Como castellano, mi tío sentíase lisonjeado con esta visita y recibió +alegremente a sus nuevos huéspedes; parecía inquieto, y en su orgullo +español se apresuraba para ejercer dignamente los deberes de la +hospitalidad. Díjome que bajase al salón para recibir a aquellos señores +y hacer los honores de la casa. Obedecí, y, al verme, hubo entre aquella +multitud, cuyas miradas todas se dirigieron hacia mí, una especie de +rumor, el cual no podía explicarme, y que me turbó extraordinariamente. +Recibíamos muy pocas veces, y los nobles señores que nos honraban con su +visita eran, por lo general, viejos duques y ancianos señores, amigos y +contemporáneos de mi tío. Semejante sociedad fijaba poco la atención en +mí, y tenían la costumbre de mirarme como a una niña. Durante este +tiempo yo había crecido; contaba quince años; era bien parecida, y por +el incidente de tan inesperada visita, me convencí de que llamaba la +atención mi persona; mis amigos nada me habían dicho, y el efecto rápido +y maravilloso que produje en la concurrencia me sorprendió en extremo... +Todo, en aquel día, me decía que era linda; y si hubiese podido dudarlo +todavía, las exclamaciones que oía a mi alrededor bastaban para disipar +mis dudas. + +--»Por San... ¡Qué linda es! ¡qué talle de reina! ¡qué hermosos ojos +negros! No hay nada mejor en la corte. + +--»Yo lo daría todo por ella--dijo un hombre de pequeña estatura y de +bigotes negros. + +--»Y yo también--agregó una voz ronca que me causó miedo;--todo, excepto +mi jauría y mi caballo árabe. + +»Estas y otras exclamaciones semejantes se repetían en el salón por +veinte personas a la vez, sin que yo perdiera una sola palabra. + +»Poco después llegó mi tío; acababa de vestirse con su gran uniforme y +el gran cordón de la Orden de Calatrava, e invitó a sus convidados a +pasar al comedor. + +»Al oír estas palabras, aquellos señores se olvidaron de mí, pues el +apetito que tenían, como buenos cazadores, no les permitía pensar más +que en comer; en verdad no tenían otra cosa que hacer. + +»A los primeros instantes de silencio, sucedió una conversación animada +y ruidosa como en el final de una asamblea. Cada cual refería sus +proezas en la caza, y después que el vino circuló en abundancia, no hubo +medio de entenderse. ¡Qué discursos, Dios mío! ¡Cuánta ignorancia! +¡cuánta fatuidad! Menos mal, cuando estos nobles señores no son más que +tontos o fatuos; pero muchos de ellos se distinguían por su grosería y +malos modales. + +»Aturdida y disgustada de aquella sociedad, parecíame oír una lengua +desconocida, que estaba en un mundo nuevo y extravagante, lejos de mi +país, de mis amigos a quienes ansiaba volver a ver; antes de que +terminase la comida, las frecuentes libaciones habían acalorado los +cerebros de nuestros convidados. + +--»¡Por esta hermosa joven!--exclamó uno de ellos apurando un vaso de +vino. + +--»¡Por nuestro huésped el duque de Arcos!--agregó otro. + +--»¡Por los jabalíes de estos dominios!--dijo la voz ronca que había +oído antes en el salón. + +»Este intrépido cazador, el Nemrod de la partida, era un joven de +veinticuatro a veinticinco años, de cabellos y bigotes rojos, cuyas +facciones, de expresión dura y altanera, hubieran sido regulares si no +hubieran estado surcadas por una enorme herida que se había hecho con la +rama de un árbol. + +--»¡Por los jabalíes de estos dominios--repitió,--y por el que he muerto +esta mañana! + +--»Te equivocas, Eduardo--respondió uno de los convidados;--ese jabalí +ha sido muerto por mi mano. + +--»¡No! Lo mató mi bala; yo lo he visto. + +--»¡Sí, cuando lo has tocado estaba ya muerto! + +--»¡Mientes! + +»Su adversario quiso lanzarse sobre él, pero el duque de Arcos se +levantó para separarlos, lo que consiguió después de algunos esfuerzos, +logrando que la disputa no pasase de allí. Como medida de precaución, +acordose la partida, y mientras los convidados se despedían, llamaron a +sus domésticos e hicieron ensillar sus caballos. + +»Entonces me encontré sola un momento con el terrible Eduardo, el eterno +cazador, y me fue fácil conocer que brillaba menos en el salón que en la +mesa. El vino de España, que mi tío les había prodigado, debilitó su +cerebro, y costole gran trabajo balbucear algunas excusas sobre la +escena que acababa de desarrollarse; poco a poco fuese animando, sus +ojos se enrojecieron, su andar era menos vacilante, y me dirigió algunas +frases galantes y tan expresivas, que consideré prudente retirarme. + +--»No tema usted nada--me dijo;--yo parto; pero, noble castellana, +espero que tendrá usted a bien conceder a un animoso caballero el beso +de despedida. + +«Rehusé... pero en vano; y como él insistiese, quise arrojarme a la +puerta; pero adivinando mi pensamiento, se interpuso en mi camino y me +rechazó bruscamente. + +»Fuese a causa del choque brusco que recibí, o por el terror que aquel +hombre me inspiraba, vacilé y caí dando un grito de terror. + +»En aquel momento apareció Carlos en la puerta del salón, y lanzándose a +Eduardo, le golpeó en la mejilla. Este, furioso, echó mano a un cuchillo +de monte que llevaba en la cintura, e hirió a Carlos. Yo vi el acero +brillar; vi la sangre correr; después no percibí nada, no sentí nada; +había perdido el conocimiento. + +»Cuando volví en mí, cuando principié a recordar mis ideas, estaba +acostada; me encontraba en un gran aposento apenas iluminado, y a la +débil luz de una lámpara distinguí dos hombres: uno de ellos, de pie, +levantaba mi cabeza y procuraba hacerme beber un líquido que no sabía lo +que era; el otro estaba arrodillado al pie de mi cama y oraba. + +--»Dios nos ha oído--murmuró en tono bajo una voz que me era conocida, +la de Carlos.--Por fin vuelve en su conocimiento, ya abre los ojos. + +»Y los dos amigos se abrazaron. Los veía, y no podía explicarme cómo +estaba en aquella estancia, en aquel lecho, sin criados, sin ninguna de +mis doncellas y no teniendo otros acompañantes que Teobaldo y Carlos. + +»Llamé, y nadie acudió; traté de hablar, y se me impuso silencio; pedí +que al menos se me permitiese ver la luz del día: pero esto no se me +concedió sino al día siguiente, y sólo entonces supe la verdad. + +»Carlos fue herido en el brazo, pero su herida no era grave. Una fiebre +ardiente se había apoderado de mí; estuve algunos días delirando y me vi +atacada de una enfermedad contagiosa, enfermedad que hacía tiempo +azotaba el país, y que hería de muerte a todo el que alcanzaba. Al +primer síntoma de la aparición de la viruela, el espanto en el castillo +fue grande. Mi tío, egoísta y miedoso como todos los ancianos a quienes +lo avanzado de su edad les hace amable la vida y que temen perder los +bienes que poseen, no quiso verme, y mandó cerrar todas las puertas que +daban a mis habitaciones; me hubiese hecho salir del castillo, pero no +se atrevió, temiendo no encontrar quien ejecutase sus órdenes. El +ejemplo del amo se comunicó a la servidumbre: un terror pánico se había +apoderado de todos los habitantes de la casa. Nadie hubiera osado +tocarme ni acercarse a mi habitación: todos se apartaban de mí con +horror, y durante doce días, mis dos amigos no me abandonaron un +momento, prodigábanme día y noche los más asiduos cuidados, viviendo en +aquella atmósphera de muerte; y por premio de todos sus cuidados, de +tanta solicitud, no pedían al Cielo más que mi vida. En el instante en +que me recobré, sus ojos estaban fijos en los míos con celestial +expresión, con la alegría de una madre que acaba de encontrar a su +hijo. + +»Me pareció que de repente había conmovido sus corazones alguna viva +inquietud, pues interrogaban con angustia mis facciones, espiando mis +más pequeños movimientos; pero pronto se tranquilizaron y sus miradas +brillaron de satisfacción y de contento; los transportes de alegría de +aquellos dos seres, consagrados únicamente a mi cuidado, me +recompensaron ampliamente de mi aislamiento y de todas las defecciones +que había sufrido. + +»Ambos estaban arrodillados junto a mi lecho y besaban mis manos, que yo +retiré bruscamente y como asustada. ¡Ay de mí! Recobraba la razón, y con +ella el conocimiento y una especie de terror. Temía que mis generosos +amigos fuesen víctimas de su abnegación, y mis presentimientos se vieron +realizados, al menos para Teobaldo, pues algunos días después, enfermo +de bastante gravedad, padecía la misma dolencia que me aquejaba; Carlos +entonces se alejó de mí, me abandonó; Teobaldo estaba peligrosamente +enfermo, y era el amigo a quien amaba más en el mundo. Encontrando +nuevas fuerzas en su juventud, a medida que eran necesarios sus +cuidados, su cuerpo hízose infatigable como su alma, y Carlos pasaba los +días y las noches al lado de su amigo; teníalo en sus brazos, y cuando, +por mi parte, le hablaba del riesgo a que se exponía, me contestaba: + +--»No, no corro peligro alguno; el Cielo me protege, y Dios no me +abandonará. + +»Pensando y obrando de este modo, no perdió la confianza y el valor que +le animaban ni por un solo instante; sólo él daba alientos a nuestro +abatido espíritu, y hacíanos concebir las más halagüeñas esperanzas. + +»Algunas veces le veía ceder, a su pesar, a la inquietud, al dolor; pero +estos momentos eran pasajeros, y en breve recobraba su serenidad y +sonreía ocultando su pena. + +--»Los días de peligro han pasado--decía;--Teobaldo se encuentra mejor, +la Providencia nos protege. + +»Tenía razón. Dios se había compadecido de nosotros. + +»Carlos se libró del contagio, y Teobaldo convalecía; pero el mal había +dejado impresa en él su terrible huella, y, menos afortunado que yo, +quedó desfigurado. + +--»No estaré hermoso--me decía sonriendo;--pero por feo que esté, espero +que usted no me desconocerá. + +»Nuestra amistad no sólo se conservaba, sino que se hizo más íntima y +firme, y las pruebas que mutuamente nos habíamos dado nos probaron que +siempre sería la misma. + +»Volvimos a nuestra existencia tranquila, a nuestros estudios, a +nuestras acostumbradas conversaciones; y más felices y dichosos que +antes de la tempestad, nos parecíamos a los marineros salvados +milagrosamente de un naufragio. + +»Carlos estaba cada día más contento, más satisfecho, más decidor; su +gracia y su ingenio animaban todas nuestras reuniones, y cuando nos +encontraba juntas a las dos personas a quien su solicitud y cuidado +había salvado, su rostro tomaba una expresión de alegría y de contento +difícil de explicar. + +»Sólo pensaba en nosotros, y se ocupaba asiduamente en procurar +distracciones al pobre Teobaldo, que desde su enfermedad y durante su +convalecencia estaba demasiado triste y abatido. + +»En más de una ocasión me hizo notar su estado; cuando le sorprendía en +sus paseos por el parque, le encontraba solo, la cabeza baja, y sus ojos +contenían con dificultad sus lágrimas; inquietos al verle de este modo, +le preguntamos el motivo que tanto le afligía. + +--»Mi pobre madre--nos dijo--está en peligro de muerte. + +»Compartimos su dolor y procuramos consolarle; pero, ¡ay de mí! bien +pronto la perdió, y lloramos con él sin poder calmar su tristeza, que +aumentaba cada día. Obligado por nuestras continuas preguntas, nos +declaró, por último, que hacía tiempo meditaba un proyecto que nos +participaría al día siguiente. + +»En efecto: la mañana de dicho día encontrábame en el salón de música, +sentada cerca de Carlos, cuyos dedos corrían sobre el clavicordio, sin +ocuparnos de la obra que teníamos delante. Yo le hablaba de la herida +que había recibido defendiéndome, que sólo él había olvidado, y de que +nunca le oí quejarse; le recordaba su entrada en el salón en el momento +que Eduardo me rechazaba brutalmente cuando intentaba huir de su lado. + +--»¡Ah!--me dijo.--Fue el día más horrible de mi vida; no había +experimentado nunca un dolor semejante. + +--»¿Cuándo hirió a usted con su cuchillo? + +--»No, cuando creí que iba a abrazar a usted. + +»Al pronunciar estas palabras, que parecían escapadas de sus labios, +había en su voz, en su mirada, una expresión que no había notado nunca +en él, y que me causó profundo asombro. + +--»¡Carlos!--exclamé inclinándome hacia él. + +»Lanzó un grito de dolor y su rostro se cubrió de una palidez intensa. +Acababa, sin saberlo, de oprimir con fuerza el brazo en que su herida +estaba abierta todavía, y fuera de mí, caí a sus pies para pedirle +perdón por el daño que sin querer le había causado; quiso levantarme, y +su cabeza tocó la mía, sus labios rozaron ligeramente los míos, y, en +aquel momento, apareció Teobaldo. Nos vio, y una palidez mortal invadió +su rostro, mientras que Carlos y yo nos sonrojamos al darnos cuenta de +su presencia. + +»Teobaldo se repuso, y nos sonrió con la tristeza que acostumbraba. + +--»Amigos míos--nos dijo, sentándose cerca de nosotros.--Se acordarán +ustedes de la sorpresa que me causó, hace algunos meses, el sueño que +Carlos nos contó había tenido. Y esa sorpresa fue tanto mayor, cuanto +que hacía muchísimo tiempo que esas mismas ideas eran las mías; fueron +las primeras que yo concebí, y que el tiempo y mi enfermedad han +fortificado. Cuando estaba usted, señora, en peligro de muerte, prometí +a Dios que si la salvaba, me consagraría a él, abrazaría el estado +eclesiástico. + +--»¿Hacerse religioso?--exclamé. + +--»¿Y por qué no? ¿Qué destino me espera en el mundo? ¿puedo aspirar +acaso a la dicha de tener una familia? ¿qué mujer me aceptaría por +esposo? ¿de quién puedo esperar ser amado? La vida religiosa me brinda +el reposo y la calma; conviene a mi carácter tranquilo y dado al +estudio; ella no nos separará. Dios no prohíbe amar a sus amigos; al +contrario, nos manda rogar por ellos, y yo no me ocuparé de otra cosa +sino de la felicidad de ustedes. + +»Carlos, con toda la efusión y el calor de una verdadera amistad, +combatió semejante proyecto; pero Teobaldo rechazaba todas sus +objeciones con la calma y sangre fría de un hombre cuya resolución es +inquebrantable; pero como nosotros insistiésemos, exclamó: + +--»¿Dirán ustedes, acaso, que no tomo ese partido por ambición? Carlos, +¿no soñaste que yo llegaría a las primeras dignidades de la Iglesia? +Déjenme que haga mi fortuna, y entonces se manifestarán celosos más +bien que opuestos a mi proyecto. + +--»¡No lo consentiremos, de ningún modo! + +--»Preciso será que consientan ustedes, pues ya está hecho. + +»Ambos lanzamos un grito de dolor y de sorpresa. + +--»Sí--prosiguió él;--he pronunciado mis votos. + +--»¿Cuándo? + +--»Hace pocos días. Había previsto lo difícil que me sería resistir a +sus instancias, y he querido evitar esta debilidad anteponiéndome a +ella. No me compadezcan ustedes, amigos míos: estoy contento, soy +dichoso. + +»En efecto, a partir de este día la calma sucedió a las inquietudes que +agitaban su alma. La serenidad apareció en su frente, la sonrisa en sus +labios; su amistad parecía más intensa, más pura. Aislado del mundo, +parecía no tener sobre la tierra más objeto que nosotros, y consagraba +al Cielo y al estudio todos los instantes en que no lo necesitábamos. +Tuve el atrevimiento de pedir para él a mi tío el título de capellán del +castillo, que poseía rentas considerables, y el Duque me concedió este +favor. + +»Logrado este primer deseo, solicité para Carlos la plaza de secretario, +que Teobaldo no podía desempeñar, a lo cual accedió también mi tío sin +repugnancia y sin objeción alguna. Semejante conducta de su parte dejome +profundamente admirada, y mi alegría rayaba en locura, pensando que la +edad había cambiado el carácter del Duque. + +»En la entrevista que tuve con él, para pedirle ambos favores, me dijo: + +--»A mi vez, tengo también alguna cosa que pedirte. + +--»Todo lo que quiera usted, querido tío--le contesté,--se lo concedo +por anticipado. + +--»Está bien--me dijo abrazándome, favor que nunca me había hecho;--no +olvides esta palabra, te la recordaré pasadas algunas semanas. + +»Una mañana, en efecto, me hizo llamar a su habitación; me puse a sus +órdenes, sin saber de lo que se trataba; mi corazón latía con violencia, +mis piernas temblaban y tuve necesidad de detenerme algunos instantes +antes de entrar en su gabinete, para disimular mi emoción. Mi tío estaba +sentado cerca de una mesa y leía; al verme, dejó sus anteojos y su +libro. + +--»Querida sobrina--comenzó diciéndome;--eres demasiado bella y bien +educada; tienes talento, más sin duda de lo que convendría a la familia +de los Arcos; pero el mal, si lo es, no tiene remedio. Además, cuentas +diez y ocho años, y todos los señores de las cercanías solicitan tu +mano. + +--»¡Ah!--exclamé;--no he pensado en casarme... + +»Mi tío me miró con sorpresa y prosiguió fríamente: + +--»Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte que +he ofrecido tu mano a uno de mis vecinos. + +»Me turbé de tal modo, que creí que iba a perder el conocimiento. Mi tío +me mostró con el dedo un sillón, y, sin interrumpirse, continuó +diciendo: + +--»He elegido el más rico y más noble, el hijo del conde de Pópoli. +Vendrá mañana; prepárate a recibirle. + +»Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi tío tomó +sus anteojos y su libro y me hizo seña con la mano para que me retirase. + +»Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extendía hacia mí... +obedecí, sin despegar mis labios; salí y me encaminé a mi aposento, +donde derramé un mar de lágrimas. ¿Por qué? ¿de dónde provenía mi +desesperación? Lo ignoraba, nunca me había dado cuenta de lo que podía +suceder en mi corazón. Sólo mis amigos eran capaces de consolarme, y fui +en su busca. + +--»Amigos míos--les dije llorando;--aconséjenme, sálvenme, me quieren +casar. + +»Teobaldo se estremeció; luego le vi levantar los ojos al cielo y +brillar en ellos una lágrima. + +»Carlos púsose pálido como la muerte, y nada me contestó. Creí que no +me había comprendido. + +--»¡Me quieren casar!--repetí;--¡díganme algo! ¡contéstenme!... ¿Qué me +aconsejan? + +--»No consienta usted--exclamó Carlos con alegría. + +--»¡Prefiera usted la muerte!--dijo Teobaldo. + +»Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra... +Permaneció algunos instantes con la cabeza entre las manos, como +buscando alguna idea. + +--»Si tal es la voluntad del señor Duque--dijo luego,--ni la razón, ni +las lágrimas, ni los ruegos conseguirán vencerlo. + +»Teobaldo y yo comprendimos que tenía razón, y guardamos silencio. +Carlos continuó: + +--»Por mi parte, ni aun ensayaría el hacerle cambiar de modo de pensar; +sería inútil. + +--»¿Qué haría usted? + +--»Me dirigiría a un poder superior al suyo. Abandonaría el castillo, e +iría a refugiarme en un convento, el _della Pietá_, donde se encuentra +la hermana menor de usted, la señora Isabel. + +--»¡Tiene razón!--exclamé;--¡partamos! + +--»¡Insensata!--exclamó Teobaldo deteniéndome;--¿Cree usted que la +abadesa _della Pietá_ consentiría en recibirla y retenerla contra la +voluntad del señor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; ni +uno sólo querría excitar su cólera, ni resistiría a sus justas +reclamaciones... Porque, sobre todo, él tiene dos derechos sobre usted. +Es usted su sobrina... y la ha educado. + +»Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justos +razonamientos. Teobaldo inclinó la cabeza y prosiguió, al cabo de un +momento: + +--»Un solo medio queda, que yo le diré. + +--»¿Y cuál es? + +--»Lo sabrá usted pasados unos días. + +»A pesar de nuestras instancias, no quiso satisfacer la ansiedad que +experimentábamos. + + + + +IV + + +»La mañana siguiente, el látigo de un postillón resonó en el patio del +castillo, y a poco se vio entrar un magnífico coche precedido y seguido +de escuderos y picadores. Mi tío, de pie y rodeado de todos sus criados, +recibió en la escalera a un joven a quien abrazó, conduciéndole luego al +salón principal. En seguida me envió a decir que me esperaba. Creí que +no acabaría nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposento +conducía al salón de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme... +En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entré con los ojos bajos y sin +poder apenas sostenerme. + +»Mi tío se me acercó, y tomándome la mano me presentó al conde de +Pópoli, que hacía un año había heredado de su padre las más ricas +propiedades de la comarca. ¡Imagínense lo que pasó por mí, gran Dios, al +reconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos años antes +y en aquella misma habitación me había groseramente insultado, el que +tan baja y cobardemente había herido a un hombre desarmado e indefenso! + +»El conde de Pópoli me saludó con respeto, y después se volvió a mi tío, +el cual, continuando la conversación comenzada, le dijo fríamente: + +--»Dentro de quince días y en la capilla del castillo, mi capellán +celebrará el matrimonio. + +»A lo que el Conde contestó inclinándose: + +--»Como guste, monseñor. + +»Indignada de tanta tiranía; convencida que ante tan firme resolución mi +dicha no sería tomada en cuenta para nada, encontré en la convicción de +mi inevitable desgracia una energía desconocida hasta entonces, y juré +que nunca sería la esposa del conde de Pópoli. + +»Carlos, por su parte, mostrábase tranquilo y lleno de esperanza en los +medios que había imaginado y sobre los cuales guardaba el más profundo +silencio. + +»Pero, transcurridos algunos días, toda la confianza de que había hecho +alarde le había abandonado; taciturno y silencioso, era presa de una +sombría desesperación. + +--»No hay salvación para usted--me dijo;--no puedo hacer otra cosa que +morir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Pópoli, y sin +nombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que le +había dirigido hace dos años; le he ofrecido y pedido una reparación más +completa que la que había obtenido. Contaba con que aceptaría, porque +dicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida en +sus manos. Quería por ese medio impedir la desgracia de usted, o no ser +testigo de ella. Esto es, señora, todo lo que podía hacer por usted el +pobre Carlos. Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntándome quién +era... ¡Quién era, señora!... ¡cuando se trataba de morir!... ¡Huérfano, +bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un señor!... +el conde de Pópoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porque +el señor Duque me hizo azotar. + +--»¡A usted, Carlos! + +--»Sí, azotado... + +»En aquel momento llegó Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos... + +--»Sí, son ustedes muy desgraciados--nos dijo, procurando darnos una +esperanza que él mismo no tenía, mezclando a los consuelos de la amistad +los de la religión. + +»Durante dos días le vi ocupado solamente en calmar la desesperación de +Carlos, que, en el colmo de su desventura, nada quería escuchar. Su +exasperación cesó de repente; pero sombrío y pensativo, guardaba el más +profundo silencio con Teobaldo y conmigo. Parecía enteramente ocupado de +un siniestro proyecto que absorbía toda su atención y le hacía olvidar +a sus amigos. + +»Entretanto pasaban los días, y ya estábamos en la víspera del fijado +para la realización del funesto enlace. + +»Teobaldo se presentó delante de mí, pálido y con el semblante demudado. + +--»¡Juanita!--me dijo;--es necesario salvar a Carlos, es preciso salvar +su alma. Esta mañana ha venido a mí, no como a un amigo, sino como al +ministro del altar; me ha pedido la absolución, que yo le he rehusado, +porque está firmemente decidido a cometer un crimen. + +--»¡El!--exclamé. + +--»Sí... un crimen que lleva consigo la condenación eterna. No le +maldiga usted, señora; no le abrume con su cólera... ¡Hoy mismo quiere +matarse! + +»Yo lancé un grito agudo, y sentí que un frío mortal se apoderaba de mí. + +--»¡Matarse!--exclamé;--¿y por qué? + +--»¿Por qué?--repitió Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas, +frías como el mármol...--No sé cómo decírselo... y no obstante es +preciso... es necesario... + +»Y al hablar así el sudor corría por su pálida frente. + +--»¡Acabe! ¡Acabe! + +--»¡Pues bien!--dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre sí +mismo:--sólo a mí me ha confiado su secreto, y usted no debería saberlo +nunca... ¡Ama a usted como un insensato! ¡Vea por lo que se quiere +matar! ¡Vea por qué la maldición del Cielo caerá sobre él! + +--»¡Ah!--exclamé:--también deberá caer sobre mí, porque sus pensamientos +son los míos. + +--»¡Usted, Juanita! ¡quiere morir! + +»Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continuó con voz +temblorosa: + +--»¿Le ama usted del modo que él la ama? + +»Yo nada contesté; pero caí a sus pies. Teobaldo lanzó un grito y guardó +el más profundo silencio; después, fijando sobre mí una mirada llena de +bondad, me dijo: + +--»Hija mía (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado por +las santas funciones de su ministerio), hija mía, ¡ojalá pueda alejar de +usted y que caiga sobre mí la desgracia que ambos se han preparado! +Prométame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpable +que le cerraría las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volver +a encontrarla. + +--»Pero entonces, ¿qué partido tomaremos? + +--»Uno hay--contestó con emoción;--si ama usted a Carlos, si se siente +capaz de arrostrar por él la cólera del señor Duque, el desprecio del +mundo, las desgracias, la miseria quizás. + +--»Estoy pronta. + +--»¡Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dándole semejante consejo... Pero, +piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma... + +»Teobaldo calló por algunos momentos como si le espantase el partido que +acababa de tomar. + +--»¡Ah! Dios perdonará una falta mejor que un crimen. Cásese con Carlos +en secreto y ante el altar. + +--»¿Y quién se atreverá a arrostrar la venganza de mi tío, de mi +familia? ¿Quién nos desposará? + +--»¡Yo!--repuso Teobaldo. + +»No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arrojé +en sus brazos. + +--»¿De dónde proviene esa sorpresa?--continuó:--¿no le tengo dicho hace +algunos años que no sería en balde la protección que me dispensaba? + +»No teníamos tiempo que perder. A la mañana siguiente debía celebrarse +mi matrimonio con el conde de Pópoli, y decidimos que aquella misma +noche Carlos y yo iríamos a la capilla del castillo por caminos +diferentes; que Teobaldo bendeciría nuestra unión, y una vez efectuado +nuestro enlace, nos resignaríamos a sufrir la cólera del duque de Arcos, +que podría sumirnos en una prisión, arrojarnos del castillo y +desheredarnos, pero no romper nuestra unión! + +»Después de la comida nos trasladamos al salón, cuyas puertas vidrieras +daban al parque; el conde de Pópoli, sentado cerca de mí, mostrábase tan +galante como se lo permitían sus costumbres de cazador. + +»Carlos entró, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conocí que +Teobaldo le había prevenido. Acababa de despedirse de mi tío, pues debía +marchar a una granja a la mañana siguiente. Pasó por delante del Conde, +a quien saludó fríamente, y aproximándose a mí para despedirse, tomó mi +mano, que llevó respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja: + +--»Esta noche a las doce. + +--»¡A las doce!--repitió estrechando mi mano y dirigiéndome una mirada +llena de reconocimiento y de ternura. + +»En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseaba +hablarle y le esperaba en el parque. + +»Algunos momentos después, desde las ventanas del salón los vi pasar por +una calle de árboles de las más lejanas. No pude distinguir el rostro +del extranjero, cuyo porte no me pareció completamente desconocido, +agolpándose a mi imaginación ideas y recuerdos confusos. + +»Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, en +su paso incierto y vacilante, notaba una agitación y una inquietud que +no podía explicarme, y de la que participé cuando pasó una gran parte de +la noche sin verle aparecer en el salón; pero bien pronto, me decía yo +mirando el reloj, bien pronto sabré lo que significa esa visita +imprevista. + +»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación y +púseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, me +encaminé hacia la capilla. Teobaldo me había precedido. + +--»¿Eres tú, Carlos?--pregunté. + +--»No, hija mía--me contestó una voz temblorosa. + +»Era Teobaldo. + +»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, y +cuando los primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de la +capilla, Carlos no había aparecido. + +»Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarse +en el castillo. + + + + +V + + +»La ausencia de Carlos--prosiguió la Condesa,--su desaparición +misteriosa e imprevista nos habían anonadado. ¿Habría sido víctima de +alguna traición? ¿Nuestros proyectos habían sido descubiertos? ¿Su +rival, celoso, había pagado asesinos que le matasen? ¿La venganza y el +poder del duque de Arcos, le habían privado de su libertad y le habían +recluido en alguna prisión de Estado? + +»Nos perdíamos en conjeturas, y en vano buscábamos la causa de aquel +misterio; toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimos +saber. Por otra parte, lo mismo el conde de Pópoli que el duque de Arcos +parecían ignorar el suceso; no tenían la menor reserva para con +Teobaldo; no nos impedían vernos, y aunque irritados por mi resistencia, +atribuían mi obstinación a la repugnancia que sentía al matrimonio más +bien que a otra causa extraña. A fuerza de lágrimas y súplicas, había +obtenido tres meses de tregua, jurando que cumpliría mi palabra llegado +el plazo. + +»Cuando transcurrieron los tres meses, pedí de nuevo otra prórroga; pero +era necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fe +jurada... ¡Ay de mí! ¡no hay poder divino ni humano que pueda cambiar el +destino! ¡Mi cabeza estaba trastornada, mi corazón herido; sólo quedaba +mi mano, y el duque de Arcos dispuso de ella! + +»¡Era ya condesa de Pópoli! + +»Como satisfecho de este postrer acto de tiranía que labraba mi eterna +desdicha, y como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi tío +murió al año de efectuarse mi matrimonio, dejándonos todos sus bienes. +Ningún cambio hubo en mi suerte, ninguna nueva de Carlos. Si, como +creíamos, había sido encerrado en alguna prisión a ruegos del duque de +Arcos, la muerte de éste debía ponerle en libertad. Pero no pareció, y +Teobaldo me dijo, desesperado: + +--»Está visto; nuestro amigo no existe. + +»Ambos le lloramos, y en las calles de árboles del parque donde solíamos +sentarnos los tres en tiempos más felices, colocamos unas piedras en +forma de monumento fúnebre, misterioso como su suerte; no inscribimos +nombre alguno, ninguna inscripción; y junto a esta tumba sin despojos, +pero animada por nuestros recuerdos, nos reuníamos todas las tardes para +hablar de él, para rogar por él y pedir a la Providencia que pusiese fin +a nuestro dolor y a su ausencia. + +»Viví de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y coléricas, +pero cuyo corazón era menos malo de lo que yo creí en un principio. +Todos sus defectos provenían de una educación descuidada. Un amor propio +excesivo y un orgullo sin límites eran la consecuencia de su absoluta +ignorancia; y cuando, con una habilidad y una paciencia infinitas, +Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que ignoraba, empezó +por confiar menos en sí mismo y más en nosotros. Por mi parte me dediqué +a moderar su carácter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura no +lograba desarmarle. + +»A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecían +nuestros vecinos. Admiraban mi resignación, que no se debía, +seguramente, a la indiferencia. Era demasiado desgraciada para ocuparme +de ciertas pequeñeces. + +»La tristeza de Teobaldo aumentaba de día en día. La vista del castillo +le apenaba profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, a +no verme sufrir tanto, se hubiese retirado de nuestra morada desde hacía +mucho tiempo. Sombrío y taciturno, huía de toda distracción y aun del +estudio; entregado a la religión, pasaba día y noche al pie del altar. +En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido respetaba +su virtud. + +»Hacía algunos meses que el conde de Pópoli visitaba con frecuencia a +los señores de las cercanías, o los recibía en nuestra casa, donde +tenían conferencias secretas. En fin, con gran sorpresa mía, llegué a +observar que ya no se dedicaba solamente a la caza. Con frecuencia me +daba a traducir o escribir cartas para algunos señores de Alemania; +estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenían un sentido +diferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tardé en adivinar. + +»El conde de Pópoli parecía satisfecho de sus proyectos; pero, a pesar +de esto, en algunos momentos violentábase para aparecer con un aspecto +tranquilo, y, en ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas. +Contra su costumbre, parecía preocupado por una idea y semejábase a un +hombre sumido en profundas meditaciones. Hice notar mis observaciones a +Teobaldo, que me trató de visionaria y no quiso darme crédito. + +»No obstante, cierto día entró en mi habitación con aire agitado. + +--»Juanita--me dijo:--aquí sucede algo extraordinario. Hay una porción +de armas en los subterráneos del castillo. + +--»¿Armas de caza?--le pregunté. + +--»No, deben de ser destinadas para otro fin: esta tarde, cuando volvía +del pueblo de suministrar los Sacramentos a una enferma, se me ha +aproximado, enmedio del bosque, un hombre envuelto en una capa y me ha +dicho en voz baja: + +--»Señor capellán; abandone esta misma noche el castillo en compañía de +la Condesa; peligra su libertad y su vida; mañana será demasiado tarde. + +»En seguida se alejó precipitadamente. + +--»Es alguno--le dije,--que ha querido burlarse de usted. + +--»No, no--me contestó haciendo la señal de la cruz;--porque me ha +parecido oír la voz de Carlos que venía a salvarla. + +--»¡Carlos!--exclamé;--es imposible. + +--»Sí, eso mismo he pensado yo; pero mi corazón me ha dicho que era él. +Cuando se alejaba, después de estrechar mi mano, grité: + +--»¡Carlos! ¡Carlos! + +»Entonces se detuvo, y creí que se iba a arrojar en mis brazos; pero me +equivoqué, pues lanzando un grito de dolor, volvió la cabeza y +desapareció velozmente. + +»No podré explicar la turbación que me causó esta sencilla relación. +¿Por qué abandonar el castillo donde estábamos seguros, y en el que +nuestra numerosa servidumbre podía defendernos? Semejante aviso me +pareció absurdo y me hizo dudar de todo. + +»Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envié a buscar a mi +esposo. A pesar de ser ya más de media noche, el Conde estaba fuera +todavía. Ordené que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regresó al +castillo en toda la noche. + +»La inquietud se apoderó de mí, y apenas amaneció hice que fueran en su +busca. Pero las puertas del castillo estaban bien guardadas por soldados +españoles, y no dejaron pasar a mis emisarios. Poco después, +presentóseme el oficial que los mandaba, y me dijo respetuosamente: + +--»Vengo a cumplir una orden bien sensible para mí. Estoy encargado de +prender a usted. + +--»A mí, señor oficial? + +--»Sí, a la condesa de Pópoli. + +--»¿De orden de quién? + +--»Del Rey. + +»Me vi obligada a obedecer y, un momento después, subía al coche que se +me tenía preparado. Llegamos al Castillo-Nuevo, donde fui encerrada. El +conde de Pópoli había sido igualmente arrestado aquella misma noche en +casa de un caballero vecino nuestro, que estaba complicado con él en la +conspiración que se tramaba. + + + + +VI + + +»El conde de Pópoli, dueño de una inmensa fortuna, que aumentó +considerablemente al agregársele la del duque de Arcos, mi tío, creía +que su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabeza +del gobierno. No había pensado nunca que el talento debe tenerse en +cuenta, y habíase indignado de la poca importancia que siempre le +concedió la corte de España. Soñando con el virreinato de Nápoles, y no +escuchando más que la voz de su orgullo y su amor propio herido, +concibió el proyecto de hacerse temer de los que le habían despreciado. +Quiso librar a los napolitanos del yugo de los españoles e hizo entrar +en el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se creía +jefe, y de los que no era más que el instrumento; porque, en caso de +triunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevación en la que el +conde de Pópoli corría todos los peligros. + +»¡La conspiración era evidente, las pruebas numerosas y el parecer de +los jueces era unánime!... Pero la opinión pública estaba tan +pronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento y +capacidad del conde de Pópoli, que nadie dudaba de que tal proyecto no +había sido concebido por él; a causa de esto, se me creyó el alma de +aquel complot. Decíase que mis consejos y mi influencia le habían hecho +entrar en esta conspiración, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra, +se me concedían los honores de la invención. Debo confesar que las +cartas escritas por mí y que obraban en poder de los jueces, constituían +una prueba más que suficiente en contra mía. + +»Supongo que conocerán ustedes los detalles de ese proceso, que tanto +ruido hizo en España y en Italia. Sabrán también que fuimos condenados a +muerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran. + +»Mis jueces, compadecidos de mi juventud, habían solicitado gracia de la +corte de Madrid, la que parecía imposible alcanzar porque la población +de Nápoles nos miraba como a héroes, como a mártires de la libertad; +había querido derribar las puertas de nuestra prisión, y hasta llegó a +intentar una sublevación con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otro +resultado que asegurar nuestra pérdida. + +»La ejecución de la sentencia se había fijado para el día de San Javier, +y la víspera solicité que se me concediesen dos favores, los que me +fueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, a +la que había sacado del convento un año antes y a quien nuestra prisión +obligó a entrar de nuevo en él; y la segunda, elegir yo misma mi +confesor. Se me dijo que un capellán estaba a las puertas de la prisión +y que quería hablarme. Debía de ser Teobaldo; no me había engañado, en +efecto. + +»Entró con la frente erguida, la mirada llena de expresión; y +comprendiendo el santo gozo que le animaba, corrí a él diciéndole: + +--»¡Amigo mío! ¡Padre mío! He aquí el día de la libertad: la mirada de +usted me lo hace concebir. + +--»Aun no--me contestó con una sonrisa triste y expresiva. + +»Luego, volviéndose al gobernador de la prisión, que entraba en aquel +instante, le entregó una carta, que leyó vivamente, y, sorprendido en +extremo por su contenido, la dejó caer sobre la mesa junto a la cual +estaba yo sentada. Fijé en ella una mirada investigadora y me estremecí +al ver unos caracteres que no me eran desconocidos. Sólo contenía estas +palabras: + +«Vuestra Majestad me prometió ayer concederme todo lo que le pidiese; +pido gracia para la condesa de Pópoli y su esposo. + + * * * * * + +»CARLOS BROSCHI.» + +»Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se leía: «Concedido. + +»FERNANDO.» + + * * * * * + +»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, pero +desterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonar +el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros +bienes. El Conde se ocupó de nuestro viaje, y yo con el corazón lleno +de gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo. + +--»¡Carlos existe!--exclamé:--¡existe! + +--»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le +he entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo lo +ha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted. + +--»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué ese +silencio, ese misterio en su destino? + +--»Juanita--respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:--no +me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer. + +--»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto? + +--»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro +del Señor... y bajo el secreto de la confesión. + +--»Una sola palabra--le dije:--¿sigue amándome aún? + +--»Más que nunca. + +--»¿Está libre? + +--»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto es +lo que tal vez no debería decirle--continuó con voz trémula...--Pero, +comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he +impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá su +palabra. + +--»¡Tiene razón! + +»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbre +angustiosa agitaba y oprimía mi corazón. + +--»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión--le dije,--se alejó +de nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos? + +--»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por el +deber. + +--»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lo +mismo? + +--»Sí, señora. + +--»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora? +¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea? + +--»Sí--repuso con voz firme. + +--»¡Ya estoy tranquila!--exclamé tendiéndolo la mano;--como él, +Teobaldo, seré digna de usted; como él, permaneceré fiel al deber, +aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas. + +»En aquel momento se presentó el conde de Pópoli. El buque estaba pronto +y era necesario partir; los días del destierro comenzaban para nosotros. + +--»¡Adiós, pues, patria mía!--decía llorando.--¡Adiós, hermoso cielo de +Nápoles! ¡Adiós todo lo que he amado en el mundo! + +»Y, entretanto, el navío nos alejaba para siempre de aquellas queridas +playas, pobres, desterrados, sí, ¡desterrados para siempre!... Esta +palabra vibraba en mis oídos con una violencia que ni el ruido de las +olas, ni los gritos de los marineros podían ahogar; mientras que a lo +lejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal de +despedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en la +obscuridad. Largo tiempo permanecí sobre cubierta obstinada en +distinguirlo, y cuando ya no le vi... + +--»Todo ha terminado para mí--dije. + +»Y me creí sola en el mundo. + +»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemos +junto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio se +hace aún más amargo si nos vemos rodeados tan sólo de seres +indiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres con +quienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más cruel +comparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el mal +humor y hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo me +acusaba, hasta de la miseria que no había conocido, y que en breve llegó +a aumentar mis dolores. + +»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendación +alguna, no teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos; +nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguen +ustedes, pues, de mi situación, cuando nos pidieron el precio de nuestro +alojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban para +pagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estábamos próximos a +encontrarnos sin pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de Pópoli +un paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor del +duque de Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinas +que le debía hacía mucho tiempo. + +»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no tenía +más que un amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos en +que estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al que +ocultaba una buena acción disfrazándola con el reconocimiento. + +»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña, +cuyo modo de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastante +quebrantada. El Conde encargó a un individuo que nos proporcionase una +residencia modesta y conveniente, y se presentó, por fortuna nuestra, +una buena ocasión; estaba en venta una encantadora posesión en los +alrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto y +elegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimos +por un precio módico. + +»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modesta +habitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo +de extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado y +dispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allí +tenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los +libros que más me complacía en leer, y que una mano generosa había +recogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierro +encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente. + +--»Gracias, Carlos, gracias--murmuré interiormente. + + + + +VII + + +»Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestro +aislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacían mucho +bien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos su +país y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado para +siempre del suelo que le vio nacer, decidió, pues, entrar al servicio de +Inglaterra, y presentó al efecto una solicitud a los ministros de Jorge +II, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina, +la que me recibió con dulzura, pero me manifestó que sentía mucha pena +por no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid. + +--»Sería arriesgarse--me dijo,--a recibir las justas reclamaciones del +embajador de España. + +»En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareció apoyado en el +brazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesité +hacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconocer +en aquel joven a Carlos, el cual palideció visiblemente y se vio +obligado a apoyarse en un sillón. La Reina le tendió la mano y le dijo +con bondad: + +--»Siéntese, Carlos. + +»Se inclinó cortésmente y permaneció de pie, continuando mirándome, con +el más profundo silencio. Yo me despedí de SS. MM. y me retiré de su +presencia; poco después llegué a mi casa en un estado difícil de +explicar. El conde de Pópoli me aguardaba con impaciencia, y le conté el +mal éxito de mis gestiones y la poca esperanza que debía tener; mientras +hablaba, entró en el patio un carruaje. + +»Las puertas del salón se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual se +presentó en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad. + +--»Señor--dijo al conde de Pópoli,--debo mi fortuna y mi posición al +duque de Arcos y a su sobrina, y mi único deseo es poder recompensarles +un día el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables me +han hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quienes +he hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda un +empleo de cierta categoría en el ejército inglés, cuyos valientes +soldados pertenecen a todos los países, como ha dicho el Rey al firmar +el despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, y +suplico a usted olvide lo pasado y disponga de mí incondicionalmente. + +»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendo +contener su emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole: + +--»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme su +mano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía. + +»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa. + +--»He jurado a Teobaldo--me dijo,--no hablar a usted de mi amor y +sostendré este juramento. Pero había ofrecido también velar por usted, +protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy un +amigo... un hermano... que nada pide para sí, sólo desea ver a usted... +porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo el +suficiente valor para privarme de ello; preferiría morir. + +»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa, +elegía las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo, +podía adivinar lo que sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra, +una mirada de amor; pero la intensa emoción que le devoraba poníase de +manifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía con frecuencia que +comprendía sus sufrimientos y su abnegación. + +»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después de +algunas palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de lo +que Teobaldo me había dicho, comprendí que en el instante en que +debíamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un deber +que yo no podía explicarme, le había separado de mí... ¡Volvía a mí, me +amaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estaba +encadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, y +entonces todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tan +grande, que apenas podía hablar; y yo, más conmovida que él, procuraba +llevar la conversación a la época de nuestra niñez, a los tiempos de +nuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por una secreta +curiosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación. + +--»¿Aquel hombre--decíale,--aquel extranjero que llegó la misma tarde +del día en que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fue +la causa de su partida? + +--»Sí--contestábame en tono sombrío:--él fue la causa de que mi +felicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Mi +dolor, mi desesperación... no han encontrado consuelo, ni olvido mis +males sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo a +usted... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cual +hasta entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna... +¡fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y no +ha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estaría en presencia +de usted... no se atrevería a fijar los ojos en el ángel que ama, que +adora... No, no--repitió bajando la voz:--¡que reverencia, que respeta, +y que le han arrebatado para siempre! + +»Cuando acabó de pronunciar estas palabras, ocultó el rostro entre sus +manos para ocultar su llanto. Pero comprendí su acción. + +--»Carlos--le dijo con dulzura:--hay un secreto que pesa sobre la vida +de usted. + +--»Sí, un secreto que me matará. + +--»¿Ese secreto--proseguí,--que ha revelado usted a Teobaldo, no puedo +conocerlo? + +»Se estremeció y me miró como espantado. + +--»¡Ignora usted, pues--continué,--que le estimo tanto como Teobaldo, +que le amo tanto como él!... ¡ah! ¡mil veces más!... La proximidad de la +muerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; ¡y cree usted que +un secreto del que depende su suerte no me podrá ser confiado! ¡Teobaldo +lo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardaré por el amor que profeso a +usted, y el hierro del verdugo no lograría arrancármelo. + +»Carlos me miró algunos instantes con amor y reconocimiento; una +radiante mirada brilló en sus ojos y creí que iba a ceder; pero me +contestó con tristeza: + +--»¡Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignórelo siempre si me +ama; porque no podré decírselo sin morir: ¡el día que lo conozca habré +dejado de existir! + +»En aquel instante entró mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobre +sí mismo, cambió su tristeza en la conversación viva y mordaz que le +caracterizaba. + +»Había en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras un +atractivo que le hacía simpatizar con todo el que le trataba. El Conde +cedía con frecuencia a su ascendiente y dejábase arrastrar por él, +seducido por lo agradable de la conversación; asombrábase de encontrar +un placer que no fuese la caza. Habíase acostumbrado de tal modo a las +visitas de Carlos, que el día que éste no iba estaba de mal humor y +regañaba con todo el mundo, sin exceptuarme a mí. + +»Por esta época, deseó pasar a un regimiento que iba a Hannover, y su +instancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una mano +invisible. Pero lo que más me admiraba era que yo había hablado a muchas +personas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conocía este nombre ni +habían oído hablar de la persona así llamada. + +»Cierto día presentose un hombre en mi casa y preguntó a mis criados si +el señor Broschi debería ir allá, porque no le había encontrado en su +alojamiento, según decía, y le era absolutamente necesario verle. Se me +dio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como éste +probablemente esperaba. + +»El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancos +dábanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animada +por unos ojos vivos y que aun tenían algo de brillo de la juventud. + +»Le hablé de Carlos, y repentinamente levantó la cabeza con una alegría +y un orgullo difíciles de explicar. Carlos, según pude deducir, era su +dios, su ídolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona a +quien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo le +llevase demasiado lejos, cesó de prodigarle sus elogios. + +--»No puedo hablar más--decía:--si le conociese usted como yo; si +supiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... ¡Es +un hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto y +tan dulce! Es la bondad misma... no causará daño a nadie... exceptuando, +tal vez, a una persona. + +»El anciano enjugó una lágrima que resbalaba por sus mejillas. En cuanto +a mí, escuchábale con atención, porque me parecía que una voz conocida +llegaba a mis oídos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios de +Carlos, cuando éste entró en el salón. Apenas vio al desconocido, Carlos +se enrojeció; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradas +ardientes, y un temblor nervioso agitó todo su cuerpo. + +--»¿Usted aquí?--exclamó:--¿Quién le ha permitido venir? ¿quién le ha +dado permiso para presentarse delante de mí? + +--»Sólo he querido verte un instante, Carlos--contestó el anciano +temblando.--¡Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!... + +--»¿Qué desea usted?--continuó Carlos procurando disimular su enojo en +mi presencia.--Le he señalado diez mil libras de pensión: ¿quiere +quince, quiere más todavía? + +--»No, bien lo sabes tú... no es esto lo que yo quiero. + +--»¿Quiere veinte? Pero con la condición de que partirá al instante, y +de que no le volveré a ver. + +--»Todo lo rehúso, si no me permites que te vea al menos una vez al año. + +--»¡Sea!--repuso Carlos, dominado por un acceso de cólera.--¡Pero +parta... aléjese! + +--»Te obedezco, Carlos--dijo el anciano llorando.--¡No eres cruel y malo +sino para mí!... ¡No me quejo! ¡tienes razón!... Pero llegará un día en +que me hagas justicia... Adiós, pues, hasta el año próximo... ¿no es +cierto? Adiós, Carlos, yo pediré a Dios por ti. + +»El extranjero salió, y Carlos dejose caer en un sofá conmovido y lleno +de ira. + +--»¡Ah! ¡Dios mío!--le dije acercándome a él:--¿quién es ese anciano? + +--»¡Qué! señora, ¿no le ha conocido usted?--me dijo en tono brusco. + +--»¡Ah! No, se lo aseguro. + +--»¡Es mi padre! + +--»¿Su padre?--exclamé:--¡Mi antiguo maestro de música!... El buen +Gerardo Broschi... ¡Ah! ¿De dónde viene, qué ha sido de él? ¡sería muy +dichosa en abrazarle!... + +»Corrí a la ventana para llamarle, pero Carlos me detuvo: veía atravesar +una de las calles de árboles al anciano, que se alejaba en el parque, y +reconociéndole en aquel instante, exclamé: + +--»¿Es el extranjero que, en el castillo de Arcos, fue preguntando por +usted en la tarde del funesto día en que nos separamos? + +--»El mismo. Hacía diez años que había partido para San Petersburgo, +donde era el maestro de música, o, mejor dicho, el confidente de la +emperatriz Catalina; ésta le empleó en intrigas de la corte, lo cual, +descubierto por el Czar, a quien no gustaba que se burlasen de él, envió +a Gerardo a la Siberia. Allí ha permanecido siete años, sin poder dar +noticia alguna de su existencia, y regresó a Nápoles el mismo día en que +debía efectuarse nuestro matrimonio. + +--»¿Y por qué, Carlos, usted, que es tan bueno para todo el mundo, trata +con tanta dureza a su padre? + +»Carlos no me contestó. + +--»¿Por qué rehúsa verle? + +--»¿Por qué?--me dijo con aire sombrío y temblando +convulsivamente:--porque cuando le veo me dan ganas de matarle. Esto es +horrible, ¿no es verdad? Y como no quiero ser parricida, le he prohibido +que se ponga en mi presencia. Hago mal, sin duda, y me acuso de ello; +pero quiero evitar una desgracia. + +»Carlos inclinó la cabeza sobre el pecho y quedó silencioso. + +»Algunos días después recibimos una visita que estábamos muy lejos de +esperar. Carlos iba frecuentemente a desayunarse y a pasar el día con +nosotros. Un criado entró y dijo en voz baja a Carlos que monseñor el +obispo de Nola deseaba verle. Carlos exclamó sorprendido: + +--»¡El! ¡en Inglaterra!... ¿Qué le ha traído?... ¿Por qué no entra? +¿Teme volver a ver a sus amigos y encontrarse entre ellos? + +»En aquel instante abriose la puerta y apareció Teobaldo. Mi esposo +lanzó un grito de sorpresa: + +--»¡Es posible! ¡el antiguo capellán del duque de Arcos! ¡El que el año +pasado todavía era nuestro capellán! ¡verle en los altos puestos de la +Iglesia! + +»En seguida, el Conde se acercó a él, y saludándole con respeto le dijo: + +--»¿Parece, señor Teobaldo, que ha hecho usted una brillante carrera? + +--»Pero, no por mi talento ni por mis méritos--repuso fríamente +Teobaldo,--sino por la protección de algunos amigos. + +--»¡Han cumplido su promesa!--exclamé vivamente. + +--»No por completo...--dijo en tono de reconvención y dirigiendo una +severa mirada a Carlos, que estaba sentado a mi lado. + +»Luego, aproximándose a él, le dijo: + +--»He venido hasta aquí porque es necesario que te hable. + +--»Más tarde, monseñor--le contestó Carlos con voz dulce y sonrisa +graciosa, que parecía querer desarmar el rigor que demostraba +Teobaldo.--Tenemos tiempo. + +--»No--repuso Teobaldo con dureza.--Vengo a buscarte, a llevarte; +necesitamos partir hoy mismo. + +--»¿Y por qué razón? + +--»Por una muy importante, que ya te explicaré. + +--»No demoren ustedes por nosotros su conferencia, grave sin duda--dijo +el conde de Pópoli.--Pasen a mi gabinete, que pongo a su disposición; yo +voy a salir, y les ruego obren con toda libertad, pues están en su casa. + +»Abrió la puerta del aposento, y los dos amigos entraron en él; en +seguida partió el Conde, y yo quedé sola. + +»No sé cómo decir a ustedes lo que sentí entonces, y la horrible +tentación que se apoderó de mí. Teobaldo y Carlos estaban allí... a dos +pasos de mí... hablando sin duda de aquel misterio de que dependía su +suerte y por consecuencia la mía. + +»Arrastrada por una mano de hierro y tentada por la curiosidad de saber +el secreto que me negaban, me acerqué a la puerta, y pálida y anhelante, +sin poder respirar apenas, bajé la cabeza y me puse a escuchar lo que +decían. + + + + +VIII + + +»Me puse a escuchar--repitió la Condesa;--pero sus palabras no llegaban +hasta mí sino a intervalos, y había perdido el principio de la +conversación. + +--»Sí--decía Teobaldo:--por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya, +me habías jurado que no volverías a verla. + +--»Me es imposible cumplir ese juramento... ¡La amo más que nunca! + +--»Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su +reposo; pero te importa que ella pierda el único bien que aun le resta +en el mundo, su reputación, que siendo sus deudos, siendo sus amigos, +debemos conservar y que sin la menor consideración comprometes a los +ojos de todos. + +--»Tienes razón... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el +corazón helado, la rabia y la desesperación que en mi pecho se encierran +y que mis labios callan. + +--»Así, pues--exclamó Teobaldo levantando la voz a impulsos de la +cólera,--es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el +reconocimiento y el deber. + +--»¡El deber! + +--»Sí, el Rey está enfermo, y te llama... tiene necesidad de tu +ciencia. Su vida, que habías salvado, está nuevamente en peligro, y +olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores. + +--»¡Pero esta mujer lo es todo para mí: es mi alma, es mi vida! + +--»Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a +buscarte y tendrás que seguirme. + +--»No puedo abandonar a Juanita. + +--»Me seguirás, te digo. + +--»Pero al menos, ahora no. + +--»Hoy mismo, en seguida. + +--»¡Nunca! + +--»Yo sabré contenerte. + +--»¡Te desafío a que lo hagas! + +--»¡Pues bien! Por salvar al menos a uno de vosotros, voy a decírselo +todo a Juanita... + +»Y observé que Teobaldo se acercaba a la puerta. + +»Carlos dio un grito. + +--»Te obedezco... marcho... dejo la Inglaterra. Déjame siquiera una hora +a su lado. + +--»¡Una hora! Sea--contestó Teobaldo. + +--»Yo iré a buscarte--dijo Carlos. + +--»No, voy a hacer que dispongan el coche, y vendré yo mismo por ti... +Esto es más seguro. + +»Ambos salieron del gabinete; Teobaldo se ausentó acto continuo, y yo +quedé sola con Carlos. + +»La conversación que acababa de oír, aunque demasiado vaga para mí, me +había hecho conocer, no el amor de Carlos, pues ya lo conocía con +exceso, pero sí el origen de su fortuna. Había oído que la vida del Rey +estuvo en peligro, y que Carlos, por medio de su ciencia, la había +salvado. Carlos no me había dicho que el estudio y el trabajo le habían +abierto una carrera, y aunque conocía su aptitud para todas las +ciencias, ignoraba que la medicina le hubiese conducido a la fortuna y +al merecido renombre de que gozaba. Por este medio llegué a explicarme +el crédito y el favor de que gozaba cerca de algunas testas coronadas. +¿Pero por qué ocultarme esos pormenores? ¿Por qué ese cuidado extremoso +que ponía en que ignorase acontecimientos que tanto me interesaban y que +de tal modo anhelaba conocer? He aquí lo que no podía explicarme y lo +que procuré averiguar. + +«Estaba frente a mí, y su mirada era triste e incierta, no sabiendo sin +duda cómo darme cuenta de su próxima partida. Fui en su auxilio, y +tendiéndole la mano le dije: + +--«Perdóneme usted, Carlos; perdone una culpable indiscreción de que me +acuso. Quería, sin preguntárselo, saber su secreto; lo he escuchado. + +»A estas palabras, la palidez de la muerte cubrió su rostro; sus +mejillas pusiéronse lívidas y cayó a mis pies inmóvil y como aterrado. + +»¡Ah! en aquel espantoso momento lo olvidé todo... Pasmada, fuera de mí, +caí de rodillas ante él, sintiéndome dispuesta a seguirle. + +--»¡Carlos!--exclamé:--Carlos, ¿me oyes? ¡Vuelve en ti para escuchar que +te amo! + +»Sentí entonces escaparse de sus labios un tenue suspiro; su corazón no +había cesado de latir... Vivía todavía. Abrí las ventanas, y un aire +puro refrescó la habitación y logró reanimarle. Le hice respirar un +pomo, y por fin abrió los ojos; mi nombre fue la primera palabra que +pronunciaron sus labios, y levantó la cabeza, que tenía apoyada sobre mi +pecho. + +--»¿Dónde estoy?--preguntó. + +--»Junto a mí, cerca de tu amiga, que te pide que la perdones. + +»En pocas palabras le conté mi falta, mi imprudencia, y le referí todo +lo que había escuchado. + +»A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desaparecía +lentamente. Un ligero carmín lo coloreó; la sangre y la vida circulaban +por sus venas... Y, entretanto, sentíase bañado por mis lágrimas, y +percibía los latidos de mi corazón, que, a mi pesar, le ponían de +manifiesto mi alarma y mi amor. + +--»¡Angel del cielo!--exclamó.--¡Eres tú quien me llama y quien busca mi +alma! + +--»No, no--le dije:--esa alma tan noble y pura debe permanecer aún sobre +la tierra; es nuestra, nos pertenece. + +--»Sí, tienes razón--me contestó, entusiasmado;--esa alma es tuya, +tuya... Porque sólo tú puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los +abismos; sólo tú puedes hacerme dichoso o quitarme la vida. ¡Oh, +Juanita! Nunca sabrás lo que sufro... ¡Vivir junto a ti, enervarse con +tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder +manifestarlo... éste es el tormento que me acibara todos los instantes +del día... bien lo ves, no puedo renunciar a él, no puedo separarme de +ti sin morir! + +»Carlos estaba a mis pies, y cubría mis manos con sus besos... En mi +turbación, en la enajenación de mis sentidos, percibí el ruido que hacía +una puerta al abrirse. Un momento después, el conde de Pópoli estaba +detrás de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento +de su carácter, comprenderían el furor que se apoderó de él. Se arrojó +sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo +caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo: + +--»Escúcheme usted, escúcheme: su esposa es inocente, lo juro delante de +Dios. + +--»¡Y bien! ¡pronto vas a justificarte delante de él!--dijo el Conde, +que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una +rabia que había de serle fatal. + +»Al arrojarse sobre Carlos, que no hacía más que defenderse, cayó +mortalmente herido. En aquel instante entró una persona en el salón. Era +un amigo, un salvador; era Teobaldo. + +--»¡Desdichado!--gritó dirigiéndose a Carlos:--¡Vete, vete! ¡Mi coche +está a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita! + +--»¡Y este honor!--exclamé,--¿quién podrá salvarlo ya? + +--»Yo--repuso Teobaldo;--yo, por el deber que tengo de velar sobre +usted. + +»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logrado +llegar hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Al +oír este modo de llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaron +en la habitación. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde +tendido y bañado en su propia sangre. Teobaldo le sostenía en sus +brazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi desvanecida. + +»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aun +ellos mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida. + +--»Vayan ustedes--dijo con voz desfallecida a los criados;--hagan venir +al aldermán[*], a los magistrados, porque quiero hablar delante de +ellos... + +[*] Oficial municipal de Londres. + +--»Sí--dijo Teobaldo:--ejecuten las órdenes del señor; pero--agregó en +seguida,--déjennos solos con él. + +»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho donde +había sido acostado el moribundo. + +--»¿Cuál es su propósito, señor Conde?--le preguntó con voz grave y +solemne. + +--»El de encargar a la ley mi venganza, entregar a los magistrados la +adúltera y sus cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de +todo el mundo, los que me han engañado y deshonrado sean a la vez +deshonrados con un castigo público y deshonroso... + +--»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?--replicó +Teobaldo con voz solemne.--¿Si ha acusado usted y herido al inocente; si +ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable? + +--»En vano espera usted engañarme--dijo el moribundo. + +--»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho +de muerte y delante de Dios que me escucha. + +--»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignos +magistrados... Sí, hablaré. + +«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores se +presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de +éstos y llegaban hasta la escalera. + +--»¡Ah!--dije a Teobaldo:--¡Estoy perdida! + +--»¡No, mientras yo viva! + +»Y se arrojó de rodillas al pie del lecho. + +--»¡Escúcheme--dijo a mi esposo;--escúcheme en nombre de la salvación de +su alma! + +»E inclinando su cabeza al oído del Conde, le dijo algunas palabras que +no pudimos entender. + +»Durante este tiempo el magistrado se acercó lentamente, aunque +guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigiéndose a +los que le rodeaban, dijo: + +--«Señores: declaro que he sido herido legalmente por el señor Carlos +Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos +míos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos +sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. ¡Y +usted, padre mío, bendígame!» + +--»¡Que Dios le reciba en su seno!--dijo el prelado al moribundo. + +»Comenzó a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes +contestaban, y después echó sobre su frente el óleo santo. + +»Un rayo de alegría brilló en los ojos del Conde, estrechó la mano de +Teobaldo, me tendió la otra, y díjome con dulzura: + +--»¡Perdóname!... + +»Y el cielo abriose para él. + +»¡Me sería imposible describir a ustedes todo lo que yo experimenté +durante aquel corto período de tiempo, tan largo para mí, tan horrible y +extraño! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de +sorpresa, me habían asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me +faltaban, debilitábase mi razón, y algún tiempo después de tan penosos +acontecimientos no podía creer todavía en la calma que me rodeaba. + +»Fiel al silencio y a la discreción que se me había impuesto, y sin +darme explicación alguna acerca de los tristes sucesos de que habíamos +sido testigos y actores, Teobaldo separose de mí algunos días después +de la muerte del conde de Pópoli. + +--»Usted no me necesita--díjome.--La dejo rodeada de la estimación +pública y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volveré +también. Otro reclama mis cuidados; otro amigo más desdichado que +usted... ¡porque él es culpable! + +»Y se ausentó Teobaldo. + + + + +IX + + +»Me quedé sola, pues, en aquella casa que tan bella me había parecido +siempre y cuya soledad me causaba, a la sazón, una profunda tristeza; +los primeros meses de mi viudez los pasé sin recibir noticia alguna de +mis amigos; ¿a que se debía este silencio de su parte? Lo ignoraba. + +»Me vi atacada entonces de una enfermedad cuyos primeros síntomas había +sentido hacía largo tiempo, y que daba entonces bastante cuidado a las +personas que me rodeaban; en cuanto a mí, no fijaba mi atención en ella, +porque mi pensamiento estaba muy distante de mi persona. + +»Por último, cierto día recibí una carta cuya letra me hizo estremecer: +¡era de Carlos! + +»Decíame en ella que Teobaldo le había aconsejado que no me escribiese; +pero que, al saber que yo estaba enferma, no había podido resistir al +deseo de comunicarme sus sentimientos. + +»El clima de Inglaterra, decía, no le conviene, aumenta sus +padecimientos, necesita usted un clima más templado, más dulce, el bello +sol de Nápoles, el aire de nuestra querida patria. Váyase, no al +castillo del duque de Arcos, donde encontraría recuerdos demasiado +tristes; pero sí a Sorrento, a la orilla del mar, a esa risueña villa +que le pertenece y donde la amistad le aguarda. + +--»¡Ah!--exclamé.--Has olvidado que todo lo he perdido, que nada me +pertenece ya, ni aun el aire de mi país, donde fui reducida a prisión, y +del que me vi desterrada... + +»Pero, ¡cuál fue mi sorpresa cuando encontré unido a esta carta un +decreto del Rey en que me devolvía la facultad de regresar a mi patria y +los bienes de mi familia! + +»No estaba ya desterrada, era rica y dichosa, y más dichosa aun por +deber toda mi felicidad al amigo de mi infancia! ¡Ah! ¡cuán grande es la +gratitud, y cuán dulce hace las personas que amamos, y con qué +satisfacción recibimos el beneficio que nos obliga a amar más todavía! + +»Pocos días después abandoné Inglaterra y me embarqué sufriendo mucho, a +causa de mi soledad. ¡Sola! no; llevaba conmigo mis pensamientos, y +otros más halagüeños y más dulces me esperaban; iba a ver de nuevo la +bella Italia que había creído dejar para siempre! Había salido esclava +de aquel país, y volvía libre... ¡libre! ¡Ah! en la situación en que me +encontraba, ¡qué de recuerdos se agolpaban a mi imaginación al +pronunciar aquella sola palabra! ¡Vanas ilusiones acaso, pero que la +imaginación no podía desterrar! ¡Esperanzas insensatas nacidas en el +corazón, y que constantemente nos hacen volver la vista hacia nuestra +querida patria! + +»Pisé, al fin, las playas de Sorrento; veía aquella deliciosa campiña +que había pertenecido al duque de Arcos y que nunca había habitado. +Carlos me aguardaba; yo corría a él llena de alegría y de satisfacción; +sintiéndome dichosa al presente y esperándolo ser en el porvenir; pero +quedé sorprendida al ver la tristeza que revelaba su semblante. ¿Qué +podía él en aquella ocasión temer o esperar? ¡Yo estaba libre! Pero creí +que mi salud era la causa de su pena y de sus inquietudes, y el interés +que manifestaba hizo que se aumentase el amor que por él sentía, +admirando los cuidados de que me rodeaba. + +»Causábame indecible satisfacción deber la salud solamente a él y a su +talento! + +--»¡Ah!--me dijo:--se equivoca usted al creerme sabio; no lo soy. + +--»Así, pues, ¿no es usted un célebre médico? + +--»¡Ah! De todas las ciencias, ésa es la sola que yo desearía tener hoy. +Pero, ¡ay de mí! no la poseo, y la prueba es que, a pesar de mis +anhelos, no la puedo curar y es necesario ceder a otro esa gloria. + +»En efecto, hizo ir de Nápoles a un sabio médico y Carlos me suplicó que +le obedeciese, atribuyendo a sus conocimientos el cambio favorable que +entonces experimenté. + +--»Se equivoca usted--le dije:--la mejoría que siento la debo a usted, a +su presencia. + +»En efecto, no me había sentido tan feliz en ninguna época de mi vida. +Segura de mí y de mi corazón, Carlos temía hablarme de sus esperanzas, y +mi reserva igualaba a la suya. Yo necesitaba decirle: ¡Este corazón te +pertenece! Pero, con un poco de paciencia y de silencio, el período del +luto habría pasado; y el amor, que hubiera sido hasta entonces un +crimen, sería después un deber. + +»Nos comprendíamos sin hablar, y nuestros días pasaban en una dulce +tranquilidad, en una dicha sin nombre; mis temores, mis inquietudes, mis +antiguas desconfianzas, todo había desaparecido. El porvenir me había +hecho olvidar el pasado: no obstante, Carlos nada me había dicho, nada +me había confesado; pero parecíame que entre nosotros existía un +secreto, un misterio... ¿Qué podía pedirle? ¡El me amaba! ¿Qué me +importaba lo demás? + +»Como en el tiempo de nuestra niñez, pasábamos el tiempo agradablemente +entretenidos y dábamos largos paseos. Su conversación, siempre tan +seductora, era entonces más grave y más instructiva. Crecida y educada +fuera de la sociedad, apenas la conocía, y Carlos me iniciaba en las +grandes cuestiones que entonces agitaban nuestra patria y el mundo +entero. Hablábame de los principales soberanos; me describía sus +caracteres, su política, como si él hubiese vivido en su intimidad. Me +mostraba a la España arrastrada en alianzas y en nuevos lutos, gloriosos +tal vez, pero menos útiles para aquella nación que la paz de que tanto +necesitaba para cicatrizar sus hondas heridas; y me explicaba que esa +nación podía ser más poderosa y respetada sin combatir, que por medio de +la guerra. + +--»¡Dios mío! Carlos--le dije:--¿de dónde ha sacado usted todos esos +conocimientos? ¿Sabe usted que sería un grande y hábil ministro? + +»Limitábase a sonreír, y permanecía con aire preocupado. + +»Luego, me contestaba: + +--»¡El Cielo me preserve de eso! ¡El poder está bien lejos de la dicha! +Y la dicha está para mí aquí, cerca de usted. + +»Después, oprimiendo mi brazo, que apoyaba en el suyo, y dirigiendo su +vista al golfo de Nápoles, en aquel mar cuyas olas espumosas iban a +extinguirse a nuestros pies, bajo aquel sol encantador que se ostentaba +radiante: + +--»¡Aquí--exclamaba,--en estas mismas playas de Sorrento, donde el Tasso +vio la luz del día, donde él amó y donde sufrió!... + +»Y, dejándose llevar de su entusiasmo, con voz conmovida y tierna me +hablaba del Tasso, de su gloria y de sus desdichas; aquellas palabras +elocuentes vibraban en mi oído como una dulce armonía, como los versos +del poeta que admiraba. Escuchábale... admirábale, satisfecha y +orgullosa de él y del amor que por mí sentía. + + + + +X + + +»Pasábamos las veladas en un pabellón elegante situado junto a la orilla +del mar, el que hacía para nosotros las veces de biblioteca y de salón +de música... Poníame al clavicordio y Carlos me acompañaba. Había +adquirido tanta destreza en la música, que me causaba placer el oírle; +tocaba el arpa con tal perfección, que, con frecuencia, cuando estaba +triste, dejaba yo de tocar y de acompañarle, para no perder una sola de +las notas que producía; y con frecuencia también, en aquellos días en +que su corazón estaba poseído de pena, hacíanme derramar lágrimas los +sonidos que arrancaba a su lira; él mismo, maestro por la inspiración y +el sentimiento, experimentaba la emoción que causaba. Veíale, de pronto, +inclinar su cabeza sobre el pecho, el arpa escaparse de sus manos, y su +rostro inundarse de lágrimas, que procuraba ocultar con una sonrisa; +luego, para desechar su melancolía, ejecutaba algún bolero o alguna +graciosa barcarola. + +»Nada igualaba a la bondad de su corazón, pero encontraba en su carácter +contradicciones que me sorprendían y que no podía explicarme. Una mujer +del pueblo, de aquellos alrededores, llamada Fiamma, fue cierto día a +verme y a darme las gracias de no sé qué favor que le había yo hecho, y +me contó que algunos años antes, pobre y miserable, se encontraba +rezando en el camino, frente a una Virgen, pidiendo pan para ella y su +familia, cuando, de pronto, pesada bolsa cayó a sus pies; levantó los +ojos y vio a un joven caballero; era Carlos que le decía: + +--»¿No eres tú Fiamma, jardinera en otro tiempo en el castillo del duque +de Arcos? + +--»Sí, señor--repuso ella;--y me encuentro sin pan y sin asilo desde que +nuestra ama fue desterrada y confiscados sus bienes. + +--»Ese dinero viene de su parte; tómalo, sé dichosa y ruega a Dios por +ella. + +--»Y por usted, señor. + +»Fiamma, admirada, llevó la felicidad a su familia, y después, gracias a +la generosidad de Carlos, se había casado con Bautista, su prometido, +cuya fortuna había hecho y que era entonces uno de los hortelanos de +Sorrento más diestros y trabajadores. + +»A mi vez, quise dar una sorpresa a Carlos, y cedí a Bautista la plaza +de jardinero en jefe de mi casa, donde fue a establecerse con su mujer y +sus dos hijos. Al día siguiente de su llegada, orienté nuestro paseo +hacia la habitación de aquellas buenas gentes, y entré en ella con +Carlos, que me daba el brazo. Creía que el aspecto de aquella dichosa +casa, de aquel matrimonio que tanto se amaba, le causaría una agradable +satisfacción; ¡pero vi, con sorpresa, retratarse en su semblante un +profundo dolor que procuraba ocultar! + +»Cuando los niños en sus juegos llegaron, dando vueltas, a sus pies, +Carlos retrocedió un paso para alejarse de ellos; luego, disgustado de +aquel movimiento, se detuvo; pero durante el tiempo que yo los tuve en +mi regazo acariciándolos y besándolos, apenas si él les hizo una +caricia. + +»Siempre que Carlos encontraba a Fiamma o a su marido en el parque +separadamente, les hablaba con cariño y amistad alentándolos en sus +tareas y no separándose de ellos nunca sin darles una prueba de su +generosidad. Cuando los encontraba reunidos, volvía la cabeza y no les +dirigía la palabra. + +--»Creo que ama usted a Fiamma--le dije un día riendo,--y que tiene +celos de Bautista. + +»Me miró asombrado, y como si no comprendiese que semejante idea pudiese +ocurrírseme; yo me apresuré a explicarle mis palabras. + +»Respecto a los niños, cuando los veía en alguna de las calles de +árboles echaba por otra. Es cierto que los chicos eran inquietos como +todos los de su edad, y Carlos buscaba en sus paseos la soledad y el +retiro. + +»Al cabo de algún tiempo, su melancolía pareció aumentarse; +sorprendíale con frecuencia triste y de mal humor, a pesar de que cada +momento que transcurría nos acercaba al término de nuestros votos. ¡Dos +meses más, y el tiempo de mi luto habría pasado! ¿Qué podría impedir +nuestra dicha? ¿Qué nube podría obscurecer ese hermoso día? Carlos había +recibido varias cartas y parecía vivamente preocupado; a pesar de la +reserva que me había impuesto, me atreví a interrogarle. + +--»¡Ay!--me dijo:--¡tiene usted razón, ha adivinado lo que pasa en mi +alma; experimento un gran sentimiento! ¡Es necesario que la deje, +Juanita! Que me ausente por un mes. Todo un mes sin verla, ¿comprende +ahora mi dolor? + +--»¡Sí--le contesté;--yo experimento lo mismo! ¿Y por qué se aleja +usted? ¿Qué le obliga a partir?... + +»Observé que mi pregunta le había causado una viva impresión, de la que +no podía darme cuenta. + +--»No quiero saber nada--continué:--nada le pregunto; su amiga no le +pide sus secretos... hasta el día en que esos secretos sean los suyos... + +»Carlos palideció; yo me apresuré a decirle: + +--»Y aun entonces, a usted le tocará preguntar y a mí obedecer. Parta +usted, pues que es necesario, y si me ama, vuélvame pronto la dicha que +se lleva privándome de su presencia. + +»Me juró que volvería antes de un mes... ¡Cuando, al fin, se alejó, lo +difícil para mí fue el ocupar mis días, crearme ocupaciones y una nueva +existencia; en una palabra, vivir sin él! Aquellos lugares, tan +agradables y risueños cuando él los habitaba, no cesaban de recordarme +su ausencia, y mi corazón se oprimía a la vista de tantos recuerdos. + +»Había debido, hacía mucho tiempo, dar las gracias al Rey por las +mercedes que me había concedido, pero la Corte viajaba en aquella época, +y debía detenerse algunas semanas en Sevilla. Decidí emprender la +marcha; era un viaje poco fatigoso y sobre todo una distracción para mí. +Pero antes de mi partida quise, como un propietario cuidadoso de sus +intereses, conocer al detalle los bienes que la bondad del Rey me había +devuelto. Pasé dos o tres días en un trabajo nuevo para mí, y examinando +y poniendo en orden los contratos y títulos que había en el departamento +que habitaba Carlos. Entre aquella multitud de papeles encontré uno que +hirió mi vista; era el fragmento de una carta desgarrada. Sólo pude ver +en él palabras sueltas, frases cortadas; pero la letra era de Teobaldo, +y dirigida a Carlos. He aquí su contenido: + +--»¿Qué buscas, pues?... ¿Qué esperas?... insensato... Seis meses de +dicha... dices, ¡y luego morir!... ¡Morir, ingrato!... ¿Y ella?... +porque no te hablo de mí...» + +»Cuando acabé de leer aquellas palabras, que no comprendía, temblé +porque parecía que me anunciaban algún terrible acontecimiento; y mi +alma, propensa a prever las desgracias, daba sin duda una interpretación +torcida a frases cuyo sentido ignoraba. Pero, aunque en mi imaginación +buscaba las mejores razones para tranquilizarme, me asustaba de mí misma +y partí con el secreto presentimiento de que me amenazaba una nueva +desdicha. Tuve una travesía feliz, y llegué a Cartagena con un tiempo +hermoso. + +»El viaje de la Corte había dado a las poblaciones una animación +extraordinaria. El rey Fernando estaba en Sevilla, aguardando a la Reina +que se le debía reunir, después de haber visitado las provincias +vecinas. + +»Detúveme en Cartagena, donde había desembarcado, y allí descansé de mi +viaje. Mi posada estaba cerca de la iglesia, y mis ventanas, como todas +las de la calle, estaban colgadas de tapicerías y adornadas de flores. +Iba a pasar suntuosa procesión; era el cardenal Bibbiena, que se +trasladaba a la iglesia donde debía celebrar. + +--»Véale, véale--me dijeron, mostrándome su dedo adornado magníficamente +de oro y pedrería. + +»Fijé mi vista sobre el santo ministro que echaba su bendición al pueblo +arrodillado ante él. + +--»¡Teobaldo!--exclamé. + +--»Sí--me contestaron,--Teobaldo Cecci, obispo de Nola, el más joven de +los cardenales y el último nombrado por el Papa Benito. La influencia +de la Reina le ha hecho alcanzar tan alta dignidad, que merece por su +piedad y su talento. + +»Yo quedé asombrada. Todo lo que veía, todo lo que oía, teníalo por cosa +de magia. + +»En la mañana siguiente partí para Sevilla: el camino estaba lleno de +viajeros de a pie, de a caballo y en litera. En la última casa de postas +no me pudieron proporcionar mulas para mi carruaje; solamente había +cuatro y estaban tomadas por un gran personaje que viajaba de incógnito. +Fue necesario detenerme. + +»Hacía un calor asfixiante, un sol que abrasaba, y, para preservarme del +polvo, llevaba corridas las persianas de mi berlina, donde permanecí +aguardando que llegasen a la posada las mulas para poder continuar mi +camino. Oí el látigo del postillón, anunciándome que un coche acababa de +llegar; entreabrí las cortinas, y cuando el polvo se hubo disipado, vi +una silla de postas inglesa del gusto más exquisito. ¡Pero cómo se harán +ustedes cargo de mi sorpresa y del temblor que se apoderó de mí, cuando +reconocí a Carlos al lado de una señora joven y extremadamente bella! Su +tocado era sencillo y sus maneras distinguidas. En cuanto a su +fisonomía, se grabó en mi memoria para no borrarse de ella nunca. Y, +¡todavía la veo en este momento! Sólo algunos minutos tardaron los +viajeros en cambiar de tiro; después siguieron rápidamente su camino. +Pocos momentos después llegaron las mulas para mi coche, y pregunté a +los mozos de postas si conocían a los viajeros que me precedían. + +--»No, señora--repuso uno de ellos;--pero son ricos y me pagan bien: +deben de ser marido y mujer. + +--»O alguna cosa de otro género--agregó con una maligna sonrisa otro +mozo de mulas. + +--»¿Por qué cree usted tal cosa? + +--»¡Por Nuestra Señora de Atocha! ¡Cuando se viaja así frente a frente! +Y además, como la señora tuteó al caballero... + +--»¡Es verdad!--le dije, sintiendo que mi corazón desfallecía. + +--»Sí--le decía ella:--Carlos, ¿qué piensas de este polvo? ¿Verdad que +viajamos como los dioses envueltos en una nube? + +--»Basta--les dije,--partamos. + +»Llegué a Sevilla sin fuerzas casi para sostenerme. Los mozos me habían +conducido a la mejor fonda, a la de _Las Armas de España_; y al entrar +en el lujoso aposento que se me destinó, el primer objeto con que +tropezó mi vista fue un retrato ricamente adornado. Juzguen ustedes de +mi sorpresa: el retrato era de la desconocida viajera, de la compañera +de Carlos, cuyo recuerdo y cuyas facciones parecían seguirme por todas +partes. + +--»¿Quién es esta señora?--pregunté a mi huésped. + +»Me hizo una reverencia y repuso: + +--»¿Es posible que la señora no haya reconocido a Su Majestad la Reina? + +--»¡La Reina!--exclamé, dominada por el espanto. + +--»¡Ah! ¡La fortuna y el crédito de Carlos, el misterio que le rodeaba, +su secreto terrible del que dependía su libertad y su vida, todo estaba +explicado, hasta su tristeza y sus remordimientos!... Afligida, +aniquilada, y sin sentirme con valor ni aun para pensar ni para llorar +siquiera, ignoré cuánto tiempo permanecí en aquel estado. Cuando recobré +la razón, mi huésped díjome que había estado enferma toda una semana, +pero que sus cuidados me habían vuelto la salud; me dijo también que +hacía dos días que la Corte había marchado a Madrid. Sin quererlo yo +misma, hablé a todo el mundo de la Reina, y todos me decían, con gran +sorpresa de mi parte, que la Reina era la piedad y la virtud +personificadas; que adoraba a su marido, al que ayudaba a llevar el peso +de la corona, y que no se ocupaba, imitándole a él, más que de la +prosperidad de sus pueblos. Temiendo descubrir el secreto que sólo yo +poseía, arriesgaba temblando y con reserva algunas preguntas sobre +Carlos. Su nombre era desconocido; nadie había oído hablar de él; y en +España, como en Londres, todo el mundo ignoraba que existiese Carlos +Broschi. + + + + +XI + + +»Partí, al fin, cuando me sentí con fuerzas para soportar las fatigas +del viaje. Me embarqué para Nápoles, pero no volví a Sorrento, cuyo +risueño aspecto y el dichoso porvenir que en él había concebido me lo +hacían aborrecible. Corrí a ocultar mi dolor bajo los sombríos muros del +castillo de Arcos. Sus antiguas torres, sus murallas ennegrecidas y +deterioradas por el tiempo, exhalaban una melancolía que estaba en +consonancia con mi tristeza. Una parte del castillo había sido edificada +sobre una roca, y al pie de ella corría un torrente con violencia +inaudita. ¡En el fondo de aquel abismo estaba la muerte!... ¡Una muerte +segura, y con ella el reposo!... Más de una vez me detuve al borde del +abismo, que medía con mi vista, y dábanme intenciones de arrojarme a +él... Pero, ¡Dios me contuvo! Me parecía oír, mezclado con el ruido de +las espumosas aguas, la voz de Teobaldo que me anunciaba el castigo y mi +eterna condenación... y, sobrecogida de espanto, me resignaba a sufrir +un suplicio más largo y más cruel... + +»Hacía un mes que Carlos había partido, y, fiel a su promesa esta vez, +regresó a Sorrento para el día indicado; no encontrándome allí, corrió +al castillo de Arcos, y si yo hubiese ignorado su traición, su turbación +y su tristeza me la habrían hecho conocer. Demasiado franca para +ocultarle mi dolor, y excesivamente orgullosa para descender hasta el +reproche, le conté fríamente lo que había visto y oído, prometiéndole, +no obstante, guardar un secreto del que dependía su vida. + +»Dejome hablar sin interrumpirme, y cuando hube terminado, sacó de su +bolsillo una carta que me entregó, diciéndome: + +--»No hable usted de este escrito a nadie en el mundo... ni aun a mí. + +»La letra era de la mano de la Reina, y he aquí el contenido de la +carta: + + * * * * * + +«Nadie más que usted, Carlos, ama al Rey mi esposo: no hay servidor más +fiel, ni consejero más inteligente. Por la vida que a usted debe, por el +tierno amor que le profeso, por el interés que me tomo en su dicha y en +el bienestar de su reino, deseche vanos temores y arrostre los peligros +que nosotros desafiamos. ¿Qué importa su nacimiento? ¿Qué importa su +estado? Desprecie, en obsequio nuestro, las exclamaciones e insultos de +la Corte, y sea nuestro ministro, como es nuestro amigo. + +»Le espero el 20 de este mes en Aranjuez.» + + * * * * * + +--»Hoy es ese día--exclamó Carlos con acento apasionado,--¡y no estoy en +Aranjuez!... Estoy aquí... en el castillo de Arcos... cerca de una +amiga... que sospecha, que me acusa, y a quien no quiero abandonar. + +--»¡Qué! Carlos, ¿se queda usted? + +--»Mientras viva--me contestó con aire sombrío;--mientras usted no me +diga: «márchese»... porque, ¡mi soberana es usted! + +--»¿Y ese elevado puesto que se le ofrece; y ese favor inaudito, +inconcebible?... + +--»Le he rogado--contestó, entristecido,--y me ha prometido usted no +hablar a nadie... ni aun a mí, de ese secreto... Los servicios que he +prestado a mi soberano, el secreto favor con que me honra, tienen su +origen en sucesos que no le puedo revelar. Es el solo y único secreto +que tendré para usted, y que no conocerá, tal vez, sino demasiado +tarde... ¿Qué importa esto, si los temores de usted se han disipado?... +y espero que así habrá sucedido. + +»Tomó la pluma y escribió: + + * * * * * + +«Señora: + +»Las bondades con que mi Señor y Rey, y, a la vez Vuestra Majestad, han +concedido al humilde y desconocido Carlos, no han dejado ya de excitar +la envidia, aun cuando la alta confianza que me hayan acordado sea un +secreto que apenas pueden adivinar. ¿Qué sucedería si me viesen llegar a +ministro? Los ultrajes que recibiría no se detendrían en mí, y puede ser +que se elevaran más alto. Por el interés y respeto que le profeso, +señora, lo mismo que al Rey; por el interés de su gloria y de su reino, +le ruego me retire el alto puesto que me quiere confiar: no tengo a él +otro derecho que mi celo, y solamente rehusando me haré digno de él; +porque rehusándolo creo servir a Su Majestad. Y ahora solicitaré otra +gracia: permítanme vivir y morir en el retiro, en la obscuridad, que es +lo único que conviene al pobre y modesto Carlos. Escribo la presente +desde Arcos: desde el día en que Su Majestad se dignó conceder _gracia_ +a la condesa de Pópoli, conoce mis sentimientos para con ella: afección +insensata, probablemente, pero que no acabará sino con mi vida, así como +mi gratitud y mi respeto para Vuestra Majestad.» + + * * * * * + +»Cuando me hubo dado a leer esta carta, la cerró, selló y envió por un +correo. + +--»Y ahora, ¿conservará usted todavía sus dudas?--me dijo. + +--»No tengo más que remordimientos--le contesté, tendiéndole la mano;--y +confío en que desaparecerán, pasados algunos días. + +»En efecto, no tardé en abandonar mis indignas sospechas; no tardé en +reconocer los sacrificios que Carlos se había impuesto, impulsado por su +amor hacia mí. + +»Fiel a un plan que me había propuesto, me decidí a escribirle +secretamente a Teobaldo, al obispo de Nola, al cardenal de Bibbiena; y +comprendí que debía todos esos títulos a la amistad y protección de +Carlos. Sin prevenirle ni darle conocimiento de lo que quería de él, le +rogaba que fuese lo más pronto posible, porque tenía que pedirle un +servicio de mucha importancia. Estaba segura de verle llegar; en efecto, +transcurridos pocos días, el coche de Su Eminencia entraba en el patio +del castillo, con gran sorpresa de Carlos, que ignoraba su venida. + +»Al cabo de siete años de ausencia, nos volvíamos a encontrar reunidos +en el castillo donde habíamos pasado nuestra juventud; en aquellos +parajes, mudos testigos de nuestros placeres y de nuestra amistad, de +nuestro juramento y de nuestros sueños: juramento que habíamos +sostenido, sueños que se habían realizado de un modo que tenía algo de +milagroso. + +»Cuando los tres entramos en el salón del duque de Arcos, en aquel salón +gótico que tantos recuerdos tenía para nosotros, la misma idea sin duda +se apoderó de nuestras imaginaciones; porque nos estrechamos las manos y +cruzamos nuestras miradas... ¡Qué cambio, Dios mío! En otra ocasión, en +aquellos mismos sitios, pobres, desgraciados e inseguros del porvenir, +la alegría y la salud brillaba en nuestros semblantes. A la sazón, ricos +y poderosos, la inquietud y los sufrimientos marcaban en nosotros sus +huellas. + +»El mal que me consumía empañaba el color de mi rostro; la frente de +Teobaldo estaba surcada de prematuras arrugas, y Carlos, sin que por mi +parte pudiera explicarme la causa, aparecía el más triste de todos. Con +lágrimas en los ojos, nos abrazamos exclamando: + +--»Todo ha cambiado, excepto nuestros corazones. + +--»Amigos míos--les dije, luego que tomaron asiento;--recordarán que +hace siete años, en igual época, éramos muy desgraciados; era el día que +Carlos se separó de nosotros. + +--»Sí, sí--exclamó Carlos;--día espantoso, día horrible. + +--»Del que la suerte nos debe indemnizar--proseguí diciendo;--porque +hasta el presente ha sido muy cruel para conmigo, y yo, Carlos, muy +injusta para ti. No tengo más que un medio de reparar mis sospechas y de +tranquilizarme: dentro de ocho días termina el plazo de mi luto, y +pasado este tiempo, deseo que aquí mismo Teobaldo bendiga nuestro +enlace. + +»Carlos, fuera de sí, se lanzó a mí para darme las gracias, cuando +encontró la mirada imperiosa de Teobaldo. + +--»No bendeciré nunca ese matrimonio--dijo en tono colérico. + +--»¿Y por qué?--exclamé estupefacta. + +--»¡Insensatos! No saben ustedes que esa unión, en otro tiempo +permitida, es hoy imposible; que la dama más noble de Nápoles, la +sobrina del duque de Arcos, la condesa de Pópoli, no puede contraer +matrimonio... + +--»¿Con un hombre sin nobleza y sin nacimiento?--exclamé sonriendo. + +--»No--replicó Teobaldo, sin apartar la mirada de su amigo, que, con la +vista fija en tierra, parecía aterrado.--No, ella no puede casarse ante +los ojos de toda la Italia, con el matador de su marido. + +»Carlos lanzó un grito de sorpresa y de indignación. + +--»Sí--continuó Teobaldo con energía;--esa mano, que ha herido al conde +de Pópoli, no puede unirse a la de su viuda sin causar su vergüenza, sin +que caiga sobre ella la infamia... Sería proclamar en alta voz su +adulterio y la deshonra... Y si tú la amas, Carlos, la debes querer +respetada y no infamada. + +--»Pero el conde de Pópoli--repliqué,--declaró, al morir, que había +sucumbido lealmente, y en un combate donde su honor no había sido +empañado. + +--»Sí, accediendo a mis súplicas--contestó Teobaldo,--hizo esta +declaración para que usted se conservase casta y pura en la estimación +pública; y yo separé de su frente el escándalo y el oprobio... ¿sabe +usted con qué condición? ¿Sabe si prometí, en su nombre, que la mano de +usted jamás se uniría a la de su cómplice? + +--»¿Exigió usted eso?--pregunté, con voz temblorosa. + +--»No puedo, como ministro del Señor, revelar las palabras de un +moribundo, ni el secreto de la confesión; ¡pero le aseguro, y esta +palabra debe bastarle, que creería ofender al Cielo si bendijese el +matrimonio de ustedes! + +»Teobaldo salió, dejándonos consternados. + +--»Sí--díjeme interiormente;--no niego que semejante matrimonio puede +perderme para siempre en el mundo; ¡pero no puedo explicarme cómo +encuentro en Teobaldo tanto rigor y tanta dureza! + +»La voz de la amistad pudo haber endulzado lo que el deber de la +religión tiene de inflexible y severo; debía habernos aconsejado al +menos, ¡y partió... sin consolarnos! ¡Veía que éramos desgraciados, y +por la primera vez se alejaba de nosotros sin unir sus lágrimas a las +nuestras! + +»Carlos, por el contrario, aunque herido por golpe tan terrible, había +redoblado sus cuidados y su amor para hacerme olvidar. Ocultábame su +dolor, por no aumentar el mío, y nunca me había mostrado tanta pasión ni +tan profunda ternura. ¡Demasiado generoso para quejarse y acusarme; +demasiado pundonoroso para desear mi posesión a costa de mi honor y del +deber, yo notaba con sorpresa los tormentos que resistía en vano! + +»En ocasiones, pronto a ceder, huía de mí; o bien enajenado de amor, +caía a mis pies exclamando: Yo seré tu esclavo; pasaré mi vida +adorándote; ¡hermana mía, amiga mía... no quiero de ti más que tu alma, +tu amor!... ¡No exijo nada del destino; soy el más dichoso de los +hombres!... ¡La dicha fuera de aquí no equivale a la desgracia a tu +lado!... + +»Transcurrieron tres meses en el suplicio y en la embriaguez de nuestra +pasión, cuyos combates agotaban nuestras fuerzas y nuestro valor. +Parecíame que las amenazas de Teobaldo alejaban de mí cada día la +felicidad; la voz de la opinión pública y las murmuraciones del mundo +resonaban en mi oído haciéndome estremecer; sólo la presencia de Carlos +tenía la virtud de impedir que llegasen hasta mí. Pasados algunos días, +noté en él una grande exaltación, casi un delirio, y esto me causaba una +inquietud profunda; tres meses de lucha continua, presa de una fiebre +ardiente, y que agravaba de día en día el clima y los ardores del sol +abrasador de Nápoles, eran más que suficientes para abrasar su sangre e +inflamar su cerebro. + +»Frecuentemente, sus miradas, ardientes y llenas de pasión, expresaban +el extravío y una sombría desesperación que me ponía en cuidado. + +--»Carlos--le decía,--no me mires de ese modo... + +--»Tranquilícese--me contestaba.--¡Mis sufrimientos son de tal +naturaleza, que en breve dejaré de existir!... ¡Yo quería acelerar este +momento... esto es muy fácil... no temo la muerte... pero temo no volver +a verla! + +»Mientras hablaba de este modo, las lágrimas y los suspiros ahogaban su +voz. ¡Ah! Tenía razón, era sufrir demasiado; y yo, débil mujer, no +tenía la fuerza suficiente para luchar con su amor. + +»Cierto día, el aire era pesado y cálido, el calor sofocante; formábase +en el mar una tempestad; estábamos sentados en el parque, y hacía +algunos instantes que hablaba a Carlos, y que éste nada contestaba... +Tomé su mano y sentí que abrasaba... + +--»¡Tiene usted fiebre--le dije;--una fiebre ardiente! + +--»Sí--me contestó;--hace algunas noches que no he dormido, y esto me +desconsuela... Este insomnio hace más largos los días... ¡cuánto deseo +con toda mi alma acortarlos! + +»Había en estas frases tanto dolor y tanta resignación, que todo mi +valor me abandonó: no veía en aquel instante más que a Carlos, a quien +iba a perder; ¡a Carlos próximo a la muerte!... Y todo mi corazón cedía +a esta idea espantosa. + +--»Escúcheme--le dije;--¡basta de combate y de tormentos! ¿Quién puede +obligarnos a sufrir por más tiempo?... El mundo, la opinión pública que +nos herirá--dirá usted acaso.--Si yo le presento a los ojos de todo el +mundo diciendo: ¡Ved a mi salvador, a mi amante, a mi esposo!... ¡Y +bien! Estas palabras que me será tan grato pronunciar... ¿por qué no +decirlas? ¿por qué detenerlas? Si Teobaldo, si nuestro amigo nos +abandona, ¿no habrá ningún otro eclesiástico, algún indiferente que a +precio de oro se preste a unirnos en secreto? + +»Carlos hizo un gesto de sorpresa. + +--«Ignoro--proseguí vivamente,--si nuestras leyes condenan o permiten +semejante unión... Pero a mis ojos es valedera; porque delante de Dios, +que me está escuchando, se celebre, o no, nuestro enlace, yo te miro ya +como a mi esposo, como aquel a quien pertenecía... Sí, Carlos; mi +honor... es mi vida... y te amo más que a mi vida... porque, ya lo ves, +te amo... ¡te pertenezco! + +»A esta dicha inesperada para él, Carlos lanzó un grito de alegría, +levantó las manos al cielo y cayó a mis pies, presa de un delirio que me +hizo temblar por su razón y por su vida. Habituado, hacía mucho tiempo, +a luchar con el dolor, su corazón no estaba dispuesto para recibir tan +agradable impresión, y, demasiado débil para soportarla, sucumbió al +exceso de su felicidad. + +»Apoderose de él una intensa fiebre cerebral, y durante ocho días estuvo +su vida en inminente peligro; no veía, no reconocía a nadie... ¡ni aun a +mí! Al cabo de este período, la fiebre cedió algún tanto. + +--»No tardará mucho tiempo en recobrar la razón--díjome, entonces, el +doctor;--mucho cuidado, nada de ruido ni de emociones fuertes: he aquí +el régimen que le prescribo. + +--»Entretanto, el delirio de Carlos no tenía nada de extravagante, no +hablaba más que de su próximo matrimonio. + +--»Ella me ama--decía;--¡me ama más que a su honor!... ¡Consiente en ser +mía!... ¿Pero cuándo se efectuará nuestro enlace? + +--»Cuando estés restablecido--le contestaba yo. + +--»¡Ah! Esto será bien pronto, porque entonces seré feliz. + +»Entonces, dejándose llevar de su brillante imaginación, que dominaba a +su razón, me trazaba un bello cuadro de un matrimonio unido por el amor +y embellecido por las dulzuras de la familia. Los encantos con que +adornaba aquel retrato sobrepujaban casi a lo que hubiera sido la +realidad, y semejante locura parecía causar su dicha. + +»Apoyado en mi brazo, quiso dar un paseo en el parque, paseo que le hizo +mucho bien, y volvimos al castillo; en el vestíbulo se presentó a +nosotros un hombre que nos aguardaba... ¡Era Gerardo Broschi... era su +padre! + +--»Ha pasado un año--le dijo el anciano con voz dulce,--y me autorizaste +para verte transcurrido este tiempo. + +»Mientras hablaba el anciano, Carlos tenía fija en él la mirada, y +escuchaba con atención sus palabras, como buscando un recuerdo en su +memoria. Una repentina revolución efectuábase en él; al recobrar su +razón, me tendió la mano con ternura. + +--»Juanita--me dijo;--amada mía... + +»Luego, dándose cuenta de la presencia de Gerardo, exclamó con acento +desgarrador, golpeándose la frente, con un movimiento de ira: + +--»¡Mi padre! + +»Divisó en el vestíbulo una escopeta de caza que habían dejado allí, y +apoderándose de ella apuntó a su desgraciado padre. Me puse delante de +él diciéndole: + +--»¡Márchese, aléjese de aquí! + +»Y el anciano desapareció en el parque. Pero el arma fatal había caído +de las manos de Carlos. + +--»Ya lo ve usted--me dijo;--es más fuerte que yo. Sin usted, ¿qué sería +yo en este momento? ¡Un parricida!...--murmuró en voz baja, y temblando +con todo su cuerpo, permaneció con la cabeza apoyada entre sus manos. + +»Con objeto de que volviesen a su imaginación ideas menos tristes, me +aproximé a él y le hablé del proyecto de nuestro matrimonio. + +--»¿Cuándo se celebrará?--me preguntó. + +--»Mañana, si quiere. + +»Estrechó mi mano con una expresión de ternura y de reconocimiento +difíciles de explicar. + +--»Hasta mañana--me dijo, y separose de mí para entrar en su habitación. + +»La mañana siguiente, poco antes de la hora en que debíamos vernos, se +presentó Gerardo, pidiendo ver a su hijo. + +--»Me matará si quiere--dijo el anciano;--pero debo verle, pues no +olvido su promesa. + +»No sin grandes trabajos, logré que desistiera de su resolución, y me +fue necesario hacerle presente que en el estado de la salud de Carlos, +su vista podía hacer que recayese en sus funestos accidentes. + +--»Ya que es necesario--dijo suspirando,--su salud antes que todo; que +él viva aunque yo muera... Es demasiado cruel para conmigo... No es que +yo le acuse; pero le amo tanto, que debiera perdonarme... Me marcho. + +»El anciano necesitó mucho tiempo aún para salir del castillo. + +»El aposento de Carlos daba sobre el torrente, y los criados habían +encontrado por la tarde a Gerardo al otro lado del precipicio, asido a +las rocas que daban frente a las ventanas de su hijo, esforzándose para +distinguirlo. + +»¡Ay de mí! ¡Ni el infeliz anciano ni yo debíamos volver a ver a Carlos! +La mañana siguiente Carlos no bajó a la hora del desayuno. Envié en +busca suya, y encontraron que su puerta estaba cerrada; llamamos, y +nadie contestó. Forzada la cerradura, viose que su estancia estaba +desierta. No se había acostado, pero las bujías, casi consumidas y +colocadas sobre su escritorio, ponían de manifiesto que había velado la +mayor parte de la noche... La ventana que daba sobre el abismo estaba +abierta... Sobre el alféizar veíase todavía la huella de un pie... Bajo +la ventana, las rocas que formaban el precipicio estaban teñidas de +sangre, lo que nos hizo a todos sospechar que las aguas impetuosas del +torrente habían arrastrado su cuerpo. Nada quedaba de él... nada más que +sus papeles abandonados sobre su escritorio... Había también una cartera +que contenía sumas considerables; y su testamento, escrito de su mano... +manifestaba en pocas palabras que se daba la muerte por el temor de ser +parricida... y dejábame heredera de toda su fortuna. + +»Así fue cómo perdí el compañero de mi infancia, el amigo de mi +juventud. De esta manera, la suerte, que se burló de nuestros proyectos +y de nuestras esperanzas... no quiso que nos uniésemos sobre la tierra. +¡No me compadezcan ustedes, amigos míos, felicítenme, por el contrario! +Dios ha convertido mi dolor en piedad; él abrevia el tiempo del +destierro, y muy en breve me habré reunido con mi adorado Carlos.» + + + + +XII + + +La condesa de Pópoli habíase interrumpido más de una vez durante su +largo relato, y más de una vez abundantes lágrimas corrieron por sus +pálidas mejillas, manifestando a sus jóvenes amigos el dolor que +experimentaba con tan penosos recuerdos. Carlos, tan singular y generoso +a la vez; dotado de un corazón tan elevado y de un origen tan humilde; +este personaje misterioso, que había muerto llevándose su secreto, llegó +a excitar vivamente la curiosidad de Fernando y más todavía el interés +de Isabel. El alma de la joven, fácil de exaltar, concibió sin el menor +trabajo el amor y la pena de Juanita; porque, para ella, Carlos había +sido su ídolo, su dios. Si ella le hubiese conocido, le hubiera amado +con toda la fuerza de su alma; porque las pasiones románticas, las +pasiones violentas eran las que su corazón anhelaba, y a cada momento +Isabel interrumpía a su hermana, haciéndole repetir los menores detalles +de su narración. + +--Ya conocen, mis queridos amigos, mi suerte, y pueden explicarse la +situación en que me encuentro. Todos los bienes que poseo en el reino de +Nápoles pertenecen a mi hermana, yo se los doy anticipadamente; pero los +que he adquirido en España constituyen la fortuna de Carlos... no los +poseo más que como un depósito. Ignoro lo que ha sido del desgraciado +Gerardo Broschi... no le he vuelto a ver después de la muerte de su +hijo; pero si entretanto pareciese... aun cuando yo no exista... toda +esta fortuna es suya... ¡El sólo es el heredero de su hijo! Fernando, y +tú, hermana mía, no lo olvidarán... Me lo han jurado, y gracias a esta +promesa, puedo aceptar sin temor todas las condiciones del duque de +Carvajal. + +Juanita debía, efectivamente, firmar la semana próxima el contrato, tal +como el duque lo había dictado, y el mismo día sería colmada la dicha de +los dos amantes. + +Isabel, al ver el estado de su hermana, opúsose a que hubiera ninguna +clase de fiesta ni regocijo; dijo que no firmaría el contrato de su +matrimonio hasta que Juanita pudiese asistir; y a pesar de las +instancias de Fernando, aplazose el día de la boda. + +El único consuelo de Fernando era ver a su prometida, que no abandonaba +a su hermana; de este modo ambos jóvenes pasaban los días junto al lecho +de la enferma. Isabel había notado que el solo medio de hacer asomar la +sonrisa a los labios de Juanita, era hablarle de Carlos, y +frecuentemente le hacía preguntas sobre los acontecimientos que más +impresión habían hecho en ella. + +--No le volveré a ver--decía Juanita.--¡Pero si al menos viera al pobre +Gerardo!... moriría contenta, y llevaría a mi amado Carlos la bendición +de su anciano padre. + +--Ten paciencia--decíale Isabel;--él volverá, estoy convencida de ello; +sobre todo, si ignora la muerte de su hijo. ¿No debe verle todos los +años? Por lograr este anhelo, vendrá donde tú estás... ¡seguro de +encontrarle!... + +--¡Vanas ilusiones!--dijo Juanita.--¡Es imposible que vuelva! + +--¿Por qué ha de ser imposible? ¿Por qué el Cielo, la Providencia, no ha +de hacer un milagro por ti, por ti, mi querida hermana, que eres tan +buena? + +--¡Ah!--exclamó Juanita.--¡Cállate! + +Y mostrando con el dedo la ventana que daba frente a su lecho: + +--Mi razón, debilitada, me hace ver fantasmas; porque mientras +hablabas... me pareció ver una sombra al través de esta ventana... la +sombra de Gerardo. Ha sido él, o su sombra, la que me ha mirado +llorando. + +Al oír estas palabras, lanzose Isabel a la ventana que daba al jardín y +oyó los pasos de un hombre que se alejaba. Hizo seña a Fernando de que +se acercase, y éste se apresuró a seguir la dirección que indicole +Isabel, logrando alcanzar en un instante al anciano, a quien hizo entrar +en el aposento de Juanita, aunque a pesar suyo. + +--¡Es usted, Gerardo!--exclamó Juanita;--¡y huía! + +--¡El lo quería así--dijo el anciano temblando;--él lo quería! De otro +modo, ¡cómo había yo de renunciar a verla! ¡Renunciar a verla, cuando la +he educado, cuando usted ha sido la protectora, la amiga de mi pobre +Carlos! + +--¿Sabe usted, pues, que no existe? + +--Sí... sí... lo sé--dijo Gerardo con voz trémula. + +--¡Y bien!--exclamaron Fernando e Isabel;--tenemos en nuestro poder +fuertes sumas para entregarlas a usted, puesto que le pertenecen. + +--Sí--dijo Juanita;--Carlos ha depositado en mis manos su fortuna. + +--¡Qué le resta, pues!--replicó el anciano;--lo que ha hecho Carlos está +bien hecho. No quiero nada. Nada pido, sólo ruego al Cielo que devuelva +a usted la salud. + +--Eso es imposible--dijo tristemente Juanita;--se acerca el último +instante de mi vida, y de usted depende endulzarlo; quédese conmigo, no +me abandone... ¿Me lo promete, no es cierto? + +El anciano no se atrevió a contestar. + +--¿Rehúsa usted, por ventura?--exclamó la enferma. + +--No puedo, señora, no puedo. + +--¿Por qué motivo? + +--Se me espera en otra parte. + +--¿Hoy? + +--Esta misma tarde. + +--Se lo pido en nombre de su hijo, en nombre de Carlos, que nos espera, +que nos escucha tal vez. ¡Dios mío!--exclamó Juanita juntando las +manos;--¡por qué no está él aquí para cerrar mis párpados, para recoger +mi último suspiro! + +Y, arrebatada por su amor y por la intensa amargura que sentía, +dirigíale la más tierna despedida, hasta el punto de que Isabel y +Fernando prorrumpieron en amargo llanto. + +Gerardo parecía presa de un violento combate; lloraba, retorcíase las +manos, y en fin, cayendo de rodillas a los pies del lecho de Juanita, +exclamó: + +--Me ha vencido usted... no le puedo negar nada... ¡Aunque él deba +maldecirme todavía; aunque deba matarme esta vez, volverá usted a verle, +señora... sí, volverá usted a verle! + +--¿Qué dice usted?--preguntó Juanita, que al oír las palabras del +anciano, parecía volver a la vida, y cuyos ojos animados y brillantes no +se apartaban un momento de los de Gerardo. + +--¡Escúcheme usted, escúcheme!--dijo el anciano, cuya emoción no le +permitía guardar orden en su relación.--Yo estaba sentado sobre las +rocas al borde del agua. La noche era fría; pero yo nada sentía... Yo +estaba frente a sus ventanas... él tenía luz en su aposento; y le vi +escribir y pasearse con suma agitación, como un hombre dominado por la +cólera... ¡Tal vez sea contra mí, decía yo, pero me es igual; le veo, +esto me satisface, permaneceré aquí toda la noche. De pronto le vi abrir +la ventana que daba sobre el precipicio... treinta pies de altura. ¡Se +arrojó! Yo también me había arrojado, sin saber lo que hacía, pues mi +único deseo era morir con él. Pero, reflexionando, preferí salvarle, y +aunque demasiado débil, esta idea redobló mis fuerzas. Le así, le +arrastré sin conocimiento, sobre las rocas; le creía muerto. Se había +fracturado un brazo en su caída; su cabeza, que había chocado contra un +pico de la roca, sangraba horriblemente. ¿Qué hacer en tan terrible +posición? Comenzaba a amanecer y me dirigía apresuradamente al castillo +en demanda de auxilio para él, cuando encontré en el camino una berlina, +y en ella un gran señor que volvía de casa de usted; era el cardenal +Bibbiena. Ayudome a conducir al pobre Carlos a su coche, y entonces +recobró el uso de sus sentidos. Cuando supo lo que acababa de hacer, +dijo: + +--Te debo dos veces la vida; olvidemos la primera, y no pensemos más que +en el porvenir. + +Tendiome su mano enflaquecida, me perdonaba, no me maldecía ya, me +amaba; me amaba, sí; amaba al pobre Gerardo, que ha olvidado todos sus +sufrimientos... Pero no es esto, señora, de lo que quiero hablarle, sino +de usted... de usted, de quien él se acuerda sin cesar. + +--Pues que ella me cree muerto--dijo,--que no salga nunca de su error. + +--¡Sí--le contestó el cardenal;--para su tranquilidad y la tuya, que sea +siempre así! Dios lo quiere. + +Entonces el cardenal le hizo jurar que no turbaría la tranquilidad de +usted y que no le haría saber que vive. Me lo hizo jurar a mí también; y +Carlos, cuando estuvo restablecido, partió para un país extranjero, para +Inglaterra; pero antes de partir me encargó que velara por usted, y, +fiel a este encargo, no la he abandonado, me he ocultado para verla, y +para escribirle de usted: «La he visto». Pero hace algunas semanas que +le escribí: «Está muy enferma»... Entonces lo ha dejado todo y ha +vuelto. + +--¡El está aquí!--exclamó Juanita. + +--Sí, a despecho del cardenal, que ha llegado esta mañana para +llevárselo; está en Granada, oculto durante el día; viene todas las +noches al jardín de este palacio, se acerca a las ventanas, enviándome +antes para ver si alguien nos observa... Por esto he sido sorprendido, y +he faltado por usted a mi juramento... + +--¡Dios le perdonará esta falta!--exclamó Juanita,--¡y Carlos también! +¡Que venga si quiere verme viva! + +Y mientras el anciano apresuraba su marcha vacilante, Juanita, que se +creía haber recobrado su alma y su energía, trazó algunas palabras, +rápidamente, en un papel que entregó a Fernando, diciéndole: + +--Esta carta para el cardenal Bibbiena. + +En seguida, púsose lívido el rostro de Juanita... la puerta acababa de +abrirse y Carlos apareció. Juanita, sin dirigirle un reproche, tendió +hacia él sus manos, como en señal de perdón. + +Carlos se precipitó a estrechar aquellas manos, que cubrió de lágrimas y +besos. + +--¿Por qué lloras, Carlos?--le dijo;--soy muy dichosa... ¡Te vuelvo a +ver! Pero tú, que me amas tanto--continuó ella con dulzura,--¿por qué +has querido morir? ¿por qué me has abandonado? + +--¡Era necesario!--exclamó Carlos, con los ojos arrasados en lágrimas. + +--Sí, ya sé que nos separa un secreto terrible; un secreto, me has +dicho, que da la muerte... pero ahora me lo debes decir; gracias al +Cielo, ya puedo escucharlo... ¡Que todos tus pesares sean los míos, que +tu alma me pertenezca por entero, y los últimos instantes de mi vida +serán dichosos! + +Carlos se aproximó vivamente a Juanita; pero viendo luego a su hermana +que permanecía de pie e inmóvil junto al lecho, se acercó al oído de su +querida amiga y pronunció algunas palabras en voz baja. Un rayo de +alegría brilló en los ojos de Juanita. + +--¡Ingrato--le dijo;--sólo en este instante has tenido confianza en tu +amiga! ¿Dudabas de su amor y has olvidado los días dichosos que pasamos +juntos en las playas de Sorrento?... + +Juanita se detuvo al ver aproximarse a Fernando seguido del cardenal +Bibbiena. + +--Teobaldo--le dijo;--lo sé todo; acusaba a usted de injusto y de +riguroso, cuando no hacía otra cosa que cumplir dignamente los severos +deberes de una santa amistad. Perdóneme, amigo mío... + +Y Juanita le tendió la mano. Hubo entonces un momento en que aquel +prelado, de fisonomía impasible, de facciones duras y severas, no pudo +contener su emoción, y asomaron a sus ojos abundantes lágrimas. + +--Usted vivirá--exclamó;--vivirá, Juanita, para la dicha de sus amigos. + +--¡No, siento aproximarse el instante fatal! Por esto le he hecho venir. + +Y le miró con la misma ternura que había mirado a Carlos. + +--Compañeros de mis primeros días, he querido que también lo fuesen +ustedes de mis últimos momentos, para que mi vida se extinga tan +dulcemente como empezó; y ahora que lo sé todo, no se opondrá usted a +bendecir nuestro enlace... ¡Qué muera siendo suya! ¡Qué en mi hora +suprema deba a usted esa dicha, la esperanza y la dicha de toda mi vida! + +Teobaldo, enternecido, cruzó sus manos sobre el pecho, y, elevando sus +ojos al cielo, dejó ver tal emoción en su rostro, que inspiraba la más +profunda piedad. Veíasele tierno y desesperado a la vez. + +Asió, temblando, la mano de Carlos, la unió a la pálida y desfallecida +de Juanita; y luego, con voz firme pronunció las palabras sagradas y +llamó sobre ellos la bendición de Dios. La pálida y moribunda desposada +volvió hacia el prelado sus ojos, en los que se reflejaba la gratitud +más sincera; después estrechó a Carlos contra su pecho... y como si +hubiese esperado su último beso, con la mano le mostró el cielo, +diciéndole: + +--¡Amado mío... mi esposo! ¡voy a esperarte!... + +Al concluir de pronunciar estas palabras, dejó de existir. + +Los dos amigos se abrazaron llorando; ambos cayeron de rodillas al pie +del lecho, y allí permanecieron toda la noche, rogando a Dios por la que +había abandonado la morada de los vivos. + +Transcurrieron tres meses. Al cabo de este tiempo, cuando Fernando se +atrevió a hablar de matrimonio a su prometida, ésta le contestó: + +--No quiero casarme... Deseo entrar en un convento. + +Y a todas las instancias que Fernando le hacía, replicaba ella: + +--Conozco las brillantes cualidades que te adornan... Conozco tus +virtudes... Pero no deseo el matrimonio; sólo puedo encontrar mi dicha +en la soledad del claustro. + +Buscando el modo de triunfar de la obstinación de Isabel, Fernando quiso +ir a Madrid en busca de Carlos y del cardenal Bibbiena, en la seguridad +de que sólo ellos podrían vencerla. + + + + +XIII + + +Tenía ya Fernando decidida su marcha, cuando tropezó con un nuevo +obstáculo que hacía inútil su viaje. El duque de Carvajal, su padre, +hízole saber su resolución de no consentir su matrimonio con Isabel. + +--¿Y por qué razón, padre mío?--exclamó afligido Fernando. + +--Conoces, tan bien como yo, los motivos que tengo para ello. Un hombre +de Estado sólo abriga un pensamiento, sólo persigue un objeto; un noble +español no tiene más que su palabra. Mi objeto es que, en defecto de los +altos puestos y dignidades de que injustamente nos han despojado, +nuestra casa sea notable, al menos, por sus grandes riquezas, y yo +consentía en tu unión con la sobrina del duque de Arcos con la condición +de que su hermana Juanita no se casaría y le dejaría toda su fortuna. + +--Juanita ha legado, al morir, a su hermana todos los bienes de que ella +podía disponer; todos los que poseía en el reino de Nápoles, que son de +mucha consideración. + +--Es probable que así sea, pues no los conozco; sólo sé lo que valen el +palacio y los jardines de la Alhambra que había comprado en la ciudad; +los inmensos dominios y las ricas granjas que había adquirido en la +provincia de Granada, y en la de Valencia. + +--Todo eso, padre mío, pertenecía y pertenece aún a su esposo. + +--¡Casarse un cuarto de hora antes de morir!... ¡No podía esperar yo +semejante cosa! + +--¡Un hombre a quien amaba! ¡una unión que la hacía dichosa! + +--No se trata de eso; cuando se ha dado una palabra; cuando se tiene una +hermana a quien casar... Además, enlazarse con un hombre obscuro... un +Carlos Broschi, a quien nadie conoce... + +--Tenía, al menos, un mérito, ¡era rico! + +--Sí, un mérito que ha conservado para sí. Te juro que Fernando de +Carvajal no será nunca el hermano político de Carlos Broschi. No te +casarás, pues, con Isabel; te niego mi consentimiento. + +--¡Ah! padre mío; ella también me niega su mano. + +--Tanto mejor: estamos, pues, de acuerdo. + +Y, en efecto, ¿qué esperanza podía conservar el desgraciado joven, +colocado entre su padre que se oponía a su enlace, y su prometida que +rechazaba esta unión? + +Con gran desesperación de Fernando, Isabel redoblaba sus instancias por +abrazar la vida religiosa. Había entrado como novicia en el convento de +Santa Cruz, y deseaba ardientemente que llegase el momento de pronunciar +sus votos. + +Una ceremonia de este género, una toma de velo debía celebrarse con gran +pompa, dentro de poco, en la ciudad de Granada; e Isabel, que no había +cumplido todavía el tiempo de noviciado, deseaba obtener una dispensa en +favor suyo. Pero la abadesa de Santa Cruz no tenía facultades para +dispensarle esta gracia, y la joven experimentó un gran pesar; pero +concibió alguna esperanza cuando supo que el cardenal Bibbiena debía +honrar la ceremonia con su presencia y que oficiaría en la misa. + +A su llegada, el prelado recibió la visita del desconsolado Fernando, +que demandaba su poderosa protección cerca de su padre y de su +prometida. + +--Tal vez consiga que el Duque ceda en su obstinación--contestó Teobaldo +sonriendo,--pues no será la primera vez que ha cambiado de parecer... +¡Pero esa joven!... Es difícil y poco conveniente a mi carácter +desviarla de la vida religiosa, mucho más si tiene una verdadera +vocación. + +--No lo creo: Isabel ha sido educada en un convento y detesta la vida +del claustro; hace sólo tres meses que desea tomar el velo. + +--¿Por qué causa? + +--Lo ignoro. + +--¿Ama a usted, a pesar de todo? + +--Sí, me ama, así me lo ha dicho; pero no quiere ser mi esposa. + +--¿Y la razón? + +--¡Sólo Dios la sabe!... ¿Y usted, padre mío, podrá averiguarla? + +--¡Ah!--dijo Teobaldo moviendo la cabeza;--Dios no nos revela esos +secretos. + +El prelado se equivocaba. El Cielo le ayudaría a descubrir aquel +secreto, y su instinto y su conocimiento del corazón humano completarían +la =obra=. + +La abadesa de Santa Cruz presentole a la mañana siguiente la petición de +una de sus novicias para que acelerase la época de profesar, la cual, al +mismo tiempo, rogaba al prelado le concediese oír su confesión. El +memorial estaba firmado por Isabel de Arcos. + +La pobre niña arrodillose a los pies del prelado y le manifestó los +sentimientos de su corazón. La novicia deseaba refugiarse en el seno del +Señor para salvar su alma, para huir de un amor irresistible y súbito +que la obsesionaba. + +¡Amaba a Carlos! Sólo con él se hubiera desposado; y como no quería +causar tan profunda pena a Fernando, cuyo amor no merecía, veíase +obligada a hacerse religiosa. Amaba a Fernando, su prometido, pero con +un amor más apacible, más dulce. Con él, sus días habrían sido +tranquilos y serenos, y seguramente hubiera sido feliz... Pero a aquella +dicha uniforme, a aquella calma de los sentidos, prefería las emociones +fuertes, la vida del alma. + +Había llegado hasta a envidiar, casi, los sufrimientos de su hermana; y +en sus ideas novelescas miraba el claustro como un asilo seguro donde +podría ser desgraciada a su gusto. + +El cardenal comprendió bien pronto cuán vivas y perjudiciales, pero poco +duraderas, debían de ser las resoluciones en aquel carácter vehemente y +exaltado, y concibió el remedio para curar aquella imaginación enferma. + +--Hija mía--le dijo;--a mí me corresponde salvarla, y lo haré, aunque a +pesar suyo, si necesario fuese. No será usted, pues, religiosa, y se +casará con Fernando Carvajal, amable y encantador caballero que la hará +completamente dichosa. + +--¡Nunca!... Es inútil tratar de contrariar mis deseos. + +--Será usted quien lo elija y le entregue su mano... + +--Imposible; pensaré siempre en Carlos. + +--¡Carlos mismo le obligará a que le olvide! + +--¡Oh, Dios mío!--exclamó la joven llorando;--pero le desafío a que lo +haga, y, ¡a usted también, padre mío! + +Teobaldo marchó sin conceder a Isabel la gracia que pedía. + +Pero la indignación de ésta llegó al colmo cuando tuvo conocimiento de +un acto mucho más injusto y arbitrario. + +La camarera mayor de la Reina remitió a la abadesa de Santa Cruz la +prohibición de conservar en su convento a Isabel de Arcos, y la orden de +partir al instante con ella para Madrid. Ambos mandatos fueron +obedecidos al pie de la letra. + +El mismo día, el duque de Carvajal recibía del ministro una orden en que +se le mandaba presentarse en la corte para dar explicaciones de su +conducta. + +Esta orden no tenía nada de agradable, porque el Duque, nada +circunspecto en sus expresiones, no había guardado la menor reserva +acerca del resentimiento que abrigaba contra el primer ministro Ensenada +y los principales miembros del Consejo de Castilla, que le habían +depuesto de su destino. + +No obstante, el Duque partió para la corte acompañado de su hijo, que +veía en esta desgracia un feliz acontecimiento que le permitiría vivir +en la población donde Isabel se encontraba. + + + + +XIV + + +En aquella época, era España uno de los Estados más florecientes de +Europa. Bajo el hábil reinado de Fernando VI, que mereció ser llamado el +Prudente, el comercio y la agricultura comenzaban a florecer. Los +españoles, tributarios hasta entonces de las otras naciones +industriales, veían abundar en su suelo las primeras materias y los +productos de las artes. Las ciencias y las letras tomaron nuevo impulso, +y, como sucede en todos los reinos ricos y dichosos, la capital era una +población llena de placeres, donde se ostentaba el lujo. Las fiestas y +diversiones de todas clases se sucedían en la corte sin interrupción, y +acababa de fundarse en el palacio del Buen Retiro un teatro italiano, al +cual fueron llamados los primeros artistas y los cantores más afamados +del mundo. + +Desgraciadamente, la débil salud del Rey y las enfermedades cerebrales +que continuamente padecía, hacían temer por su vida y por su razón; +dominábale una melancolía que no lograban disipar los cuidados y la +ternura de su joven esposa la princesa María Teresa de Portugal, de +quien era sinceramente amado. + +Con objeto de distraer al Monarca, se multiplicaban a su alrededor los +bailes y los espectáculos; e inútil es decir que los extranjeros afluían +a la capital, en la que aumentaba cada día el esplendor y la riqueza. + +A nuestros viajeros les fue difícil encontrar alojamiento proporcionado +a su categoría. Al fin, el duque de Carvajal y su hijo lograron un buen +aposento en la Puerta del Sol, en una magnífica fonda que sólo era +frecuentada por los grandes señores. El mismo día de su llegada, el +Duque se presentó en palacio, pero no pudo ver al Rey. + +A la mañana siguiente, solicitó una audiencia, y se le contestó que el +Rey no recibiría en toda la semana. + +Profundamente irritado por esta dilación, que hería vivamente su orgullo +español, el Duque, al salir del palacio real, entró para desayunarse en +un café, donde se reunían gran número de señores a tomar chocolate y +leer los papeles públicos. + +De pie, junto al brasero, había colocado un hombre que se quejaba en +alta voz del ministro y de los cortesanos. El Duque no se atrevió a +iniciar el ataque, pero daba su aprobación con un silencio bastante +significativo, y escuchaba la conversación con gran regocijo, sintiendo +aliviado su mal humor. + +--Sí, señores--decía un hombre de reducida estatura cubierto con una +peluca empolvada, y cuyo vestido estaba adornado de cordones;--¡por mi +parte, nada temo, y, en consecuencia, hablo muy alto!... ¿Creerán +ustedes que yo, grande de España, conde de Fonseca, marqués de Priego, +he hecho una antesala de dos horas en el palacio de nuestro Rey? + +--Como yo--murmuró en voz baja Carvajal. + +--He ido a pedir a Su Majestad la orden de Calatrava, que me ha +rehusado, y es la sola que me falta... Esto es una injusticia. El +oficial de guardias me dijo que el Rey no recibía a nadie, pues Su +Majestad está enfermo. Y grandes y pequeños quedamos asombrados. En +aquel instante apareció un hombre de buena presencia, sencillamente +vestido y adornado con la orden de Calatrava... En el momento de +presentarse todas las puertas se abrieron para él, y entró en los +aposentos del Rey sin pronunciar su nombre. + +--¿Este será, sin duda, el infante, hermano de Su Majestad?--pregunté +yo. + +--Es Farinelli--respondiome el oficial de guardias, que tenía todavía el +sombrero en la mano. + +--¡Quién!--exclamé;--¡Farinelli!... ¡ese músico!... ese cantor +italiano... ostenta la orden de Calatrava, que se me ha rehusado... y es +recibido en las habitaciones de Su Majestad mientras yo hago antesala, +¡yo, grande de España! ¡conde de Fonseca, marqués de Priego!... ¡Háganse +cargo, señores, de los tiempos en que vivimos! + +--En un tiempo en que se honra al mérito y al talento--dijo un hombre +que vestía una ropilla de terciopelo encarnado, el cual tomaba +lentamente y con placer su chocolate. + +--Que se le recompense como cantante, concedo--replicó un joven hidalgo, +que estaba arreglándose ante un espejo del café los bucles de su +cabellera y su chorrera de encaje.--Que se cubra de oro, hay razón para +ello, porque posee la voz más melodiosa, la entonación más segura que he +oído en mi vida; y cuando canta, lo que sucede pocas veces, no cedería +por mil escudos mi asiento en la capilla del Rey; pero que sea el +favorito de Sus Majestades; que disponga a su capricho de honores, +puestos y pensiones; que tenga, según afirman, voz en el Consejo, ¡eso +es inmoral, es absurdo!... ¡Sólo falta ya que se le nombre primer +ministro! + +--Se le ha propuesto--dijo gravemente el hombre de la ropilla +encarnada,--pero ha rehusado... ¡Mozo: otra taza de chocolate! + +--¡El, ministro!--exclamó el marqués de Priego en un acceso de ira, al +cual el Duque de Carvajal se asoció fríamente por un movimiento de +cabeza casi imperceptible;--¡él, ministro! + +--Y, ¿por qué no? + +--_¿E perché no?_--repitió, en italiano, dirigiéndose a la mesa, un +señor ricamente vestido, que llevaba en todos los dedos sortijas de +diamantes.--¡El, ministro! Eso es justo, y, ¡es poco aún!... Con una voz +semejante debería ser príncipe... ¡o rey! ¡Hay tantos que no lo merecen! +He llegado de Brandeburgo, señores, por otro nombre reino de Prusia, en +cuyo trono se sienta un hombre que no da dos notas seguras... ¡un hombre +que toca la flauta como un principiante!... y le llaman ¡Federico el +Grande! ¡Y serán ustedes capaces de indignarse porque el _mio amico_ +Farinelli sea ministro!... ¡él! ¡El maestro, el dios de la música sobre +la tierra!... ¡él! ¡que debería ser maestro de capilla en el Cielo, que +debería cantar con los ángeles si éstos pudiesen comparársele!... ¡El, +que ha dicho presentándome a Sus Majestades: Aquí tienen el primer +cantante de Europa! A lo que contesté: te has equivocado, el primero +eres tú. + +Al ver aquel entusiasmo y aquella originalidad, todos los asistentes +habían reconocido al famoso Caffarelli, que, a propuesta de Farinelli, +había sido llamado a Madrid para cantar en el teatro italiano, con una +pensión de cincuenta mil ducados de renta. + +--Señor Caffarelli--le dijo el caballero joven;--concibo que un hombre +tal como usted sea admirado por los aficionados a la música... Pero ese +cantante que no es más que... que un cantante... ese hermoso y +encantador caballero por quien todas las señoras enloquecen, sin duda +porque es de su sexo más que del nuestro... + +--¡Eh! ¡por Nuestra Señora del Pilar!--exclamó indignado el hombre de la +ropilla encarnada;--¿mirará usted como un crimen su desgracia? ¿Es culpa +suya si, cuando vino al mundo, un padre odioso y criminal le hizo +mutilar por mano mercenaria, cimentando su fortuna y su porvenir sobre +el oprobio y la vergüenza de su hijo? + +--Perdone usted--dijo Caffarelli, interrumpiendo;--perdone, señor, si +tomo por mi cuenta la defensa de su padre, que siendo un gran músico, es +apasionado por el arte que tan admirablemente profesa; y adorando como +adora a su hijo, no existiendo como no existe sino para él, si ha sido +odioso y cruel, fue por exceso de amor paternal, creyendo labrar no su +fortuna, sino la de su hijo. Lo más extraordinario es que se vio +obligado por la miseria a dejar su hijo en manos ajenas; y que ese +pobre Farinelli ha ignorado por completo, hasta los diez y ocho años de +edad, el gran talento y la magnífica voz que poseía. + +Su padre, al regresar de la Siberia donde creyó perecer, se apresuró +gozoso a decirle: «_Mio caro figlio_, debes a mi ternura una inmensa +fortuna». ¡Y a pesar de tan dichoso porvenir, su hijo ha querido +matarle!... Felizmente no lo ha hecho... En su desesperación se desterró +voluntariamente; huyó de Nápoles, su patria, y se marchó a país +extranjero, sin dinero, sin ningún medio de subsistencia, y tomando el +nombre de Farinelli, que debía hacer célebre para siempre, dedicose al +canto para poder vivir... + +No tardó en llegar a ser rico y obsequiado, porque todas las cortes, +todos los soberanos de Europa se disputaban el honor de darle asilo, de +escucharle. Nunca la voz humana había operado maravillas semejantes a +las suyas; y renovó e hizo posibles los prodigios del cantor Linus y del +tenor Orfeo, que, según dicen, encantaban y amansaban con sus melodías +las bestias feroces de las selvas. Farinelli ha hecho más... ha +encantado, ha seducido caracteres más feroces aún: a los individuos que +tenía en la corte, a sus enemigos, a sus rivales... ¡a mí mismo, +señores!... ¡a mí! el famoso Caffarelli... Oigan ustedes lo que con él +me sucedió, y del modo que le conocí. + +La atención de los circunstantes redobló con las palabras de +Caffarelli, y todos se aproximaron para no perder una palabra. + +El italiano prosiguió de este modo: + +--Me encontraba en Londres, donde Su Majestad el rey Jorge y todos los +grandes señores de Inglaterra me fatigaban, si así puede decirse, con +honores y guineas; porque hasta entonces no había conocido rival. +Hablábase mucho entonces de un joven llamado Farinelli, que gozaba de +alguna reputación; el Rey y la Reina deseaban oírnos juntos... Era +lógico querer comparar al maestro con el discípulo. Cantamos, reunidos +en la corte, en la pieza _Arturo de Bretaña_, una grandiosa escena +musical donde yo representaba un tirano furioso y Farinelli a un joven +príncipe que aquél tenía preso y cuya muerte decreta el tirano. + +Empecé cantando un aria del tirano... Era magnífica... era un tirano +como nunca se había visto. Durante un cuarto de hora fui ensordecido por +los aplausos, y decía para mí con alegría:--¡Pobre joven! ¡te veo +perdido!... + +Comenzó Farinelli... y bien pronto no se aplaudió más... ¡se lloraba! +Cuando oí aquella voz tan suave y encantadora, aquellos acentos +deliciosos que llegaban al alma... no veía en él más que a un pobre +joven que con las manos extendidas hacia mí me suplicaba le dejase ver +aún la luz del sol, que era tan brillante y tan bella... + + _Lasciami ancora verder il sole..._ + +decía él, y yo, imprudente, le escuchaba olvidando mi papel. Corrí hacia +él, deshice sus ligaduras... ¡y le abracé llorando! + +A partir de aquel momento, y gracias a mí, conquistó una brillante +posición. Caffarelli proclamole su vencedor. Pero este vencedor llegó a +ser un amigo de corazón y su casa ha estado abierta siempre para mí. Su +fortuna no le ha cambiado. Que sea hombre de Estado o embajador, llego +hasta su gabinete sin hacerme anunciar, y ese grande hombre interrumpe a +menudo su trabajo para cantar un dúo con su antiguo amigo... Digo un +dúo... ¡un solo! Porque siempre olvido mi parte, para escucharle. + +--¡Bravo, bravo!--exclamó el marqués de Priego con ironía y aplaudiendo +como si se encontrase en el teatro;--¡bravo! señor. ¿Pero usted, que +todo lo sabe, podrá decirnos cómo Su Alteza el príncipe _Arturo de +Bretaña_, a quien dio usted la vida, se ha encontrado de repente hombre +influyente y consejero íntimo del rey de España? ¿Cómo su amigo el +cantante ha llegado a ser hombre de Estado y empleado en misiones +secretas e importantes cerca de varios soberanos de Europa? + +--Tal vez--contestó Caffarelli con aire burlón,--para entretener a los +soberanos con sus cantos. Pero ignoro en absoluto la causa de su fortuna +política. + +--Será, sin duda, debido a algún gran misterio--dijo el marqués de +Priego. + +--Opino como usted--asintió el duque de Carvajal a media voz y con +acento malicioso. + +--No, señores--replicó el hombre de la ropilla encarnada, que acababa de +apurar su segunda taza de chocolate, y que saboreaba en aquel momento el +indispensable vaso de agua;--no, señores; y si quieren conocer la causa +de su elevación, yo la puedo decir, porque he sido testigo de ella. + +--Es algún gran señor--murmuraron en voz baja. + +--Es el presidente del Consejo de Castilla--dijo el joven caballero al +Duque y a sus vecinos, dándose aires de importancia;--le conozco bien. + +--No, caballerito; no me conoce usted: ¡soy Rodrigo Moncénigo, barbero +de Su Majestad! + +Al oír estas palabras, el duque de Carvajal púsose el sombrero, que +acababa de quitarse. + +--Desde el comienzo de su reinado, el Rey, nuestro augusto amo, veíase +atormentado de una enfermedad de que nadie había logrado aliviarle; el +señor Zúñiga, médico de la corte, llegó a perder la esperanza; y todo lo +que había podido descubrir era que esta enfermedad tenía mucha semejanza +con una inventada por los ingleses y que ellos llaman _spleen_. Ya el +Rey, en dos ocasiones, y sin motivo alguno, había querido atentar contra +su vida, y a pesar de la desesperación de la Reina y de las +exhortaciones del padre Anastasio, confesor de Su Majestad, todo hacía +temer que nuestro augusto señor no había abandonado la funesta manía que +había de consumar su perdición en este mundo y en el otro. + +Hacía ya un mes que permanecía encerrado en su gabinete, sin querer ver +a nadie, excepto a la Reina; y a pesar de los ruegos y de las lágrimas +de ésta, rehusaba los cuidados y hasta los alimentos que se le daban; +¡en tal estado negábase constantemente a mudarse de ropa y afeitarse! No +podía verme; me había despedido: ¡a mí, que era su barbero; a mí, padre +de cinco hijos y que no tenía otra fortuna que mi destino! + +Todos nos sentíamos consternados, y la Reina más que todos: adoraba a su +esposo, de quien veía amenazadas la razón y la vida con aquella negra +enfermedad, y no sabía de qué medio valerse para librarle de la muerte, +cuando pensó en Farinelli, cuya voz, se decía, obraba milagros. La Reina +rogó al cantante que viniese a Madrid, y le colocó en una habitación +contigua a la del Rey. + +A los primeros acentos que hirieron los oídos de Su Majestad, éste se +estremeció. + +--¡Es la voz de los ángeles!--dijo; y escuchaba atentamente, cayendo de +rodillas y llorando, lo que no le había sucedido en toda su enfermedad. + +--¡Que siga--decía,--que siga! ¡Que continúe yo oyendo esa voz que me ha +aliviado y vuelto la vida! + +Cantó de nuevo Farinelli, y el Rey, volviendo en sí, se arrojó en brazos +de la Reina; después salió a la estancia vecina y abrazó a Farinelli, +diciéndole: + +--¡Mi ángel salvador! ¿qué deseas? ¡Pídeme lo que quieras; te lo +concederé, sea lo que fuere! + +A lo que Farinelli repuso: + +--Pido, señor, que Vuestra Majestad cambie de vestido y se haga +afeitar... + +Desde aquel instante, yo, Rodrigo Moncénigo, barbero del Rey, fui +restablecido en mis funciones, así como en los derechos y honores de mi +cargo. + +Habiéndose hecho llevar la Reina una cruz de Calatrava, con el permiso +de su augusto esposo, la puso, con su propia mano, en el pecho de +Farinelli. Ahí tiene usted--continuó el barbero mirando al marqués de +Priego--cómo fue condecorado el músico. + +A partir de aquel momento, Farinelli no abandona al Rey ni a la Reina... +Cuando se presentan los primeros síntomas de melancolía, el italiano +canta y la indisposición desaparece. Vean ustedes cómo nuestro amo +encontró un amigo... + +Cuando descubrió que el admirable cantante era uno de los hombres más +instruidos de Europa, que conocía casi todas las lenguas, que la riqueza +y vivacidad de su imaginación igualaban a la profundidad y solidez de su +juicio; que la rapidez de su golpe de vista le hacía abrazar, +desarrollar y resolver en un momento las cuestiones más difíciles, se +preguntó por qué había de serle prohibido a un artista tener en los +negocios talento, habilidad y genio; se preguntó por qué no había de +hacer su consejero y su ministro al que ya era su salvador y su amigo... + +Al decir su ministro, hablo de las funciones y no del título; porque, +modesto y desinteresado, Farinelli sólo deseaba servir a su Rey... +Hombre de suerte y a quien la fortuna no le ha vuelto la cara, no echa +en olvido quién es y tiene presente su origen. + +No hablaré a ustedes de los nobles y grandes señores de la corte de +España que se arrastran a sus pies; y de alguno, que no les nombraré, +que le ha pedido delante de mí su protección y su favor con tanta +bajeza, que yo estaba avergonzado y Farinelli también; pero sí haré +mención de que, para colocar a cada uno a su altura, el artista +contestaba con dulzura y modestia: + +--¡Dios mío! Señor Duque, ¿qué puede hacer por un gran señor como usted +un pobre cantante como yo?... + +¿Necesitaré también, señores, decirles el poder que tiene en sus manos +cómo lo ejerce? El protege las artes, reaviva el comercio y la +agricultura, construye fábricas, hace que nuestra patria progrese en el +interior y que sea respetada por los extranjeros. Ha colocado al frente +del ejército a hombres de mérito y de señalados servicios sin dejar +plaza al favor... Yo tenía un hijo, señores, que recibió tres heridas +batiéndose con los imperiales; un hijo que en la batalla de Bitondo +arrebató de las manos del enemigo una bandera y la entregó al marqués de +Montmar, que era nuestro general; y este hijo era capitán hacía diez +años, y hubiera continuado siéndolo toda su vida, porque descendía del +pueblo, porque su abuelo, Sancho Moncénigo, mi padre, era barbero de una +aldea.--Eso no es justo, me dijo Farinelli.--Y aquella tarde, en la +habitación del Rey, leía versos franceses de un poeta que principiaba a +hacerse célebre, de Voltaire, y que Farinelli recitaba con calor y +entusiasmo, sobre todo, cuando llegó a este pasaje: + + _Qui sert bien son pays n'a pas besoin d'aieux_ + +--Bella máxima--exclamó el Rey. + +--Sí, señor--repuso Farinelli;--y es más bella todavía puesta en +práctica. + +Entonces habló de mi hijo, haciendo presente al Rey que había a la sazón +dos regimientos vacantes: el de la Reina y el de Astorga. + +--Sea--dijo el Rey;--concedo el mando del último a Rafael Moncénigo. + +--Anteayer--prosiguió el barbero con orgullo y satisfacción +paternales,--mi hijo recibió su despacho; ¡mi hijo es coronel!... + +--¡Por una horrible injusticia y un juego de cubiletes infame!--exclamó +un anciano militar que en aquel momento entraba en el café.--Yo, conde +de Fuentes, que soy el teniente coronel más antiguo, tenía más derecho +que nadie a mandar un regimiento por mi cuna y por los servicios que +presté al difunto rey Felipe V, porque me arruiné durante la guerra de +sucesión. Pero se me rechaza, se me tiene postergado, y, ¿por qué?... +Porque detesto a los favoritos y a los eunucos; porque soy enemigo de +Farinelli, y lo proclamo en voz alta; y así lo hice ayer mismo, en su +presencia, cuando pasaba por la sala de guardias. Sí, me ha hecho una +injusticia, una afrenta; es un infame... Y lo diré a la faz de todo el +mundo... + +--No delante de mí, al menos--replicó un joven, que había oído las +palabras del conde de Fuentes. + +Era Rafael Moncénigo, el cual ostentaba con orgullo las insignias de su +nuevo empleo. + +El barbero trató de contener a su hijo. + +--Déjeme usted, padre mío; mientras mi mano pueda sostener una espada, +no se ultrajará impunemente a Farinelli en mi presencia, y el señor me +dará una satisfacción. + +--¡Cuando usted quiera!--exclamó el conde de Fuentes; y ambos +adversarios se disponían a salir, entre las aclamaciones de todos los +circunstantes, cuando el criado del Conde, que llegaba en aquel momento, +le entregó una carta que habían llevado para él, diciéndole que era +urgente. + +--¡Lea usted, caballero!--dijo Rafael con altivez;--tiempo tenemos. + +A medida que el teniente coronel leía el billete, cambiaba de color su +rostro; temblaba, presa de una agitación violenta; pero, tomando una +doble resolución, se aproximó al joven, que le contemplaba +desdeñosamente. + +--Caballero--dijo;--¡cuánto deben costar estas palabras a un español!... +¡no tenía razón! Sería un infame si tirase de la espada en semejante +combate: lea usted. + +El joven leyó en voz alta: + + * * * * * + +«Señor Conde: + +»Es usted mi enemigo, lo sé, y, bajo este título, le debo hacer más +cumplida justicia que a ningún otro. He examinado su hoja de servicios, +y se lo he hecho presente al Rey, el cual ha tenido a bien conceder a +usted el mando del primer regimiento del ejército, del de la Reina... Y +como tengo entendido que no es usted rico, le ruego acepte la presente +libranza para montar su equipaje con el decoro que corresponde a su +nuevo destino. Esto no le quita en nada su independencia, y le deja, en +cambio, toda la libertad... ¡hasta la de aborrecerme! + +»FARINELLI.» + + * * * * * + +Las acciones nobles y generosas encierran un atractivo simpático, del +cual no se libra nadie; cada uno de los circunstantes aplaudía a la vez; +ambos adversarios se estrecharon las manos, y el conde de Fuentes +salió, acto continuo, para ir a visitar a su generoso enemigo +seguramente. + +--Ahí tienen ustedes los hombres de carácter--dijo el marqués de +Priego;--el menor favor los hace cambiar, y, en lo sucesivo, éste será +ahora uno de los más adictos del favorito. + +--Esto es enojoso--agregó el duque de Carvajal;--no obtienen más que +para ellos. + +--No importa; de todos modos, resulta humillante para un hombre de +sangre y del nacimiento del conde de Fuentes. + +--Tiene usted razón, me sonrojo por la nobleza española. + +Y ambos, en testimonio de estimación, se dieron las manos al tiempo de +separarse. + +Al salir, el marqués de Priego se encontró por casualidad al lado de +Rodrigo Moncénigo. + +--¿No podría usted, señor barbero--le dijo en voz baja,--hablar por mí a +Farinelli? + +Entretanto, el duque de Carvajal había asido del brazo a Caffarelli, +rogándole a media voz que tratase de obtener, por su mediación, una +audiencia del favorito. + +--Lo prometo a usted--repuso el artista, con aire protector. + +Y aquella misma tarde, el Duque leía en su morada, esta breve epístola: + + * * * * * + +«Farinelli tendrá el honor de recibir mañana, antes de comer, al señor +duque de Carvajal y a don Fernando, su hijo, en el gabinete particular +de la Reina. + +»FARINELLI.» + + * * * * * + +Huelga añadir que ambos no se hicieron esperar. Fueron introducidos en +una habitación elegantemente amueblada que servía de salón de música a +la Reina, y experimentaron una profunda sorpresa cuando, un instante +después, vieron entrar a la abadesa de Santa Cruz y a Isabel de Arcos. + +Fernando no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquel extraño +acontecimiento, porque, en aquel instante, abriose una puerta dorada, y +la camarera mayor de la Reina anuncio a Su Majestad María Teresa, que +apareció apoyándose en el brazo del cardenal Bibbiena, confesor del Rey. + +--Duque de Carvajal--dijo la Reina;--he querido anunciarle por mí misma +que es la ocasión de casar a su hijo con Isabel de Arcos: el Rey +devuelve a usted todos los empleos de que le habían privado, y +juntamente el gobierno de Granada. + +Todos los actores de esta escena quedaron inmóviles y sorprendidos, +excepto Fernando, que lanzó un grito de alegría. + +El Duque se inclinó en señal de asentimiento, e Isabel, haciendo un +esfuerzo para sobreponerse a su turbación, tomó la palabra y dijo con +voz trémula: + +--Vuestra Majestad ignora... y Su Eminencia el cardenal ha debido de +decirlo... + +--Que ese matrimonio merece la aprobación de Farinelli--le interrumpió +la Reina; e Isabel quedó estupefacta. + +Con frecuencia, sobre todo después de su llegada a Madrid, había oído +hablar del favorito, de su crédito y de sus aventuras; pero nunca le +había visto, y habló ingenuamente a la Reina, cuando le contestó que no +le conocía. + +--Parece imposible--replicó Su Majestad,--pues Farinelli pretende tener +sobre usted el derecho de casarla y entregarle una buena dote, siendo, +como es, en la actualidad, su único pariente... Vea usted, y convénzase +de lo que le digo--continuó mostrándole un pergamino que había sobre una +mesa;--ahí tiene ese contrato por el que le cede una parte de su +fortuna. + +--Estamos aquí para firmar los contratos matrimoniales, y sólo se espera +a Farinelli--dijo el cardenal. + +--Ahí está--contestó la Reina, indicando con la mano a una persona que +aparecía en aquel momento a la puerta de entrada. + +--¡Carlos!--exclamaron simultáneamente Fernando e Isabel. + +--Sí, amigos míos, Carlos Broschi... o Farinelli... Y ahora que me +conocen ustedes--dijo con emoción y cambiando con Teobaldo una mirada de +inteligencia,--mi querida Isabel... hermana mía... ¿rehusará usted la +mano de Fernando que la ama... y que tan digno es de usted? + +La joven bajó los ojos con una turbación inexplicable... Luego levantó +la vista y fijola confusamente sobre Farinelli, a quien tendió su mano. + +El matrimonio se verificó la mañana siguiente, en la capilla de los +Reyes; una numerosa multitud compacta había acudido a la ceremonia, +porque se dijo que Sus Majestades honrarían con su presencia el acto +nupcial que debía celebrarse por el cardenal confesor del Rey; pero lo +que excitaba más la curiosidad pública era que se daba por seguro que +cantaría Farinelli. + +Y, en efecto; de una de las tribunas cercanas al órgano, salió de +repente una voz pura y melodiosa que parecía bajar del cielo, y la +concurrencia guardó un profundo silencio. + +Nunca se había expresado aquella prodigiosa voz con más sentimiento ni +ternura, ni sus acentos habían sido tan penetrantes. Los melodiosos ecos +llenaban el alma del dolor más profundo y hacían verter lágrimas; +parecían elevarse a las regiones celestes y dirigirse a seres invisibles +que habitaban las mansiones eternas. + +«¡Ved--decía Carlos,--ved sobre las nubes el ángel que nos contempla y +nos bendice! ¡Angel adorado que habitas en el cielo!... ¡Virgen pura, +vuelve a tu patria y dirígenos desde ella tu divina voz, diciendo: +¡Ven!... ¡ven!... ¡ven!...» + +En medio del silencio que reinaba en la iglesia, los sublimes ecos de +aquella voz vibraban, repitiéndose en las bóvedas del templo, y +murmurando a lo lejos: ¡Ven!... ¡ven!... Farinelli sucumbía a la +profunda emoción que experimentaba, y, tendiendo sus brazos, cayó +desvanecido. + +Interrumpiose la ceremonia. Teobaldo corrió en socorro de su amigo, le +hizo colocar en su coche, cuyas cortinas bajó, y se alejó lentamente por +enmedio de la multitud, mientras que Carlos, volviendo hacia su amigo +los ojos bañados en lágrimas, le decía: + +--¿Habrá en el mundo nadie más desdichado que yo? + +--¡Sí--le contestó Teobaldo oprimiendo su mano;--sí, lo hay! Que esta +idea te consuele y te impida acusar a la Providencia. + +--¡Cómo! ¡Más que perder lo que se ama, sentirse amado y no poder +pertenecer al objeto que se idolatra! + +--¡Tú has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario, +que la mujer a quien adorabas amaba a otro; si, más fuerte que la ley de +la Naturaleza, los deberes de la religión hubiesen levantado entre +ustedes una barrera insuperable; si confidente de su ternura para con tu +rival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos; si, en +fin, ¡oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos, ¿te +creerías aún el más desdichado de los hombres? + +--¡Cómo!--exclamó Carlos espantado,--esos tormentos de que hablas... + +--Los he experimentado yo. + +--¡Y los has podido soportar y ocultarlos! ¿Quién te ha dado el +sobrehumano valor que necesitabas para ello? + +--¡Dios y la amistad! + +Y ambos amigos confundiéronse en un cariñoso abrazo, mientras el pueblo +repetía, aludiendo a los recién casados: + +--«¡Qué felices son!» + + + + +EL REY DE OROS + + +Sin preocuparse para nada de las parejas, ni de la magnificencia del +salón en que se efectuaba el baile, las dos hablaban cerca de la +chimenea. ¡Hablar en vez de bailar, a los quince o diez y seis años!... +Forzosamente, la conversación tenía que ser interesantísima, y esta sola +idea avivaba en mí el deseo de escucharla. Mal hecho; pero, ¿a quién se +ha de permitir ser curioso, si no se le permite a un autor dramático? La +curiosidad, que en los demás es un defecto, en él constituye un deber. +Debe escuchar, aunque sólo sea por oficio. Por otra parte, ¡aquellas dos +jóvenes eran tan lindas, tan elegantes!... En su porte y en sus miradas +había tanta gracia y tanta ingenuidad; estaban tan risueñas, y se +cuidaban tan poco del porvenir, que hacíase imposible no pensar en el de +ellas. Una de las dos, rubia, hablaba con vehemencia y en voz baja; la +otra, de hermosos cabellos negros, escuchaba con los ojos bajos y +deshojando el ramillete de níveas camelias que tenía en la mano. +Indudablemente le preguntaban y no quería responder. Transcurrido un +instante, dirigió a su compañera sus ojos azules con una expresión +angelical, de los que exhalábase una mirada que decía, sin duda alguna: + +--Te juro que no te comprendo. + +La contestación fue una carcajada, que traduje de esta manera: + +--¿Sí? pues no te creo. + +Tenía la seguridad, por mi parte, de que me estaba enterando de la +conversación; pero así y todo, hubiera querido, por muchas razones, +escucharla desde más cerca. La dueña de la casa me facilitó un medio, +ofreciéndome un asiento para jugar al whist. No soy muy fuerte en el +whist; lo juego bastante mal, y pierdo casi siempre, siendo causa esto +último de que cada día le tenga más afición. Es una pasión desgraciada, +o, lo que es lo mismo, es una de las pasiones que duran. Esta vez, sin +embargo, tuve suerte; habían colocado la mesa del whist próxima a la +chimenea, e hizo la fortuna que mi butaca estuviese a espaldas de las de +mis lindas habladoras, que no fijaron su atención en nosotros. Para +ellas, y a sus años, un baile se compone de muchachas, aderezos, +adornos, polquistas y galanes: los jugadores de whist no son tenidos en +cuenta... no existen; son cuatro asientos vacíos en un salón. + +--Pero, chica, ¿no has pensado nunca en ello? + +--Jamás. + +--¿Ni aun en sueños? + +--¿En sueños? no tengo tiempo: duermo perfectamente. + +--¿Y no te ha indicado nada tu madre? + +--Nada. + +--Pues yo he dado ya calabazas a dos. + +--¿Por qué motivos? + +--Porque no eran millonarios. Quiero tener un marido rico. ¿Y tú? + +--Yo desearía que el mío fuese joven y tuviera talento. + +--¡Bah! Todo el mundo tiene talento. En cuanto a mí, me gustaría que +fuese ministro... para que me llevara a palacio. + +--¿Y con eso te contentas? + +--Ya lo creo. Cada día estrenaría un nuevo traje, a cual más precioso. + +--Así, pues, ¿te preocuparás de trajes después de casada? + +--Siempre. + +--¿Y de tu esposo? + +--Señor--exclamó de pronto mi compañero,--¿no tiene usted bastos? + +--¡Vaya si tengo! + +--¿Por qué, pues, no los ha echado usted? + +--Dispénseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contaba +las cartas ya jugadas. + +Este incidente fue causa de que perdiera algunos párrafos de la +conversación que tenía lugar a mis espaldas, y que no había concluido +todavía. + +--¡Amarle!... ¿por qué no?... si es posible... si una se enamora... + +--¡Oh! eso es lo primero. + +--¿Lo crees así? + +--Por eso deseo que tengamos casi la misma edad, casi los mismos gustos, +casi iguales defectos... Esto le hará indulgente con los míos, y, +respecto a los suyos, todos se los perdono desde ahora con tal de que me +quiera mucho y de que no ame a nadie más que a mí. + +--Mi tía dice que eso no es posible. + +--¿Por qué no lo ha de ser? ¡Le amaré yo tanto! + +--¿Pero estás loca? + +--Es mi deber... y me parece que será un deber muy dulce. + +--¿Y si él deja de amarte? + +--No importa: seguiré amándole yo. Es mi deber. + +--¿Y si te engaña? + +--¡Ah! me moriré. Pero, a pesar de todo, no dejaré de amarle. + +--Hemos perdido tres bazas--gritó mi compañero.--Estoy fallo a copas; lo +indico claramente, y ni una sola vez lo ha tenido usted en cuenta. + +--¿Y qué importa? + +--¡Ahí es nada!... Yo tenía una porción de triunfillos que usted ha +inutilizado jugando otros mayores. + +--No hemos perdido gran cosa. + +--Hemos perdido diez tantos, que han ganado estos señores. + +--Dispénseme usted si pierde por mi culpa: soy un mal aficionado. + +Al pronunciar estas palabras, me decía a mi mismo que él me había hecho +perder mucho más, impidiéndome oír el resto de la conversación, porque +las dos jóvenes acababan de levantar el campo. Seguí con la mirada a una +de ellas, que ya me tenía cautivado. Sentía grandes, deseos de saber su +nombre, y no me atrevía a preguntarlo. + +--Cecilia--dijo una señora de edad madura, mirada altiva y de formas +enjutas y angulosas;--Cecilia, ponte el abrigo, y vámonos. + +--En seguida, mamá. Pero acabo de comprometerme para una contradanza, y +voy antes a disculparme. + +--De ninguna manera--exclamó la dueña de la casa.--La señora D'Ortlies +nos concederá un cuarto de hora... + +Y, como en aquel momento se diese cuenta de mi presencia, me dijo +estrechándome la mano: + +--La Vizcondesa deseaba conocer a usted y me había pedido que se la +presentase. + +Nada hay para mí tan empalagoso como una presentación; pero comprendía +que ésta daba a Cecilia tiempo para bailar su contradanza, y me +regocijó la idea de empezar mis relaciones con ella por un sacrificio. +Lo era y no flojo. Mujer de antiguo abolengo, la señora vizcondesa +D'Ortlies valía por sus pretensiones tanto, cuando menos, como por su +ilustre prosapia. Escribía libros que encontraban más admiradores que +lectores. Era moneda tan corriente entre éstos que sus obras debían +estar impregnadas de religión, monarquismo y sublimidad, que cada cual, +sin conocerlas, las aplaudía de antemano, con admirable aplomo desde que +el editor anunciaba que estaban en prensa. + +El que ha tenido más éxito de sus libros, y, según dicen, ha contribuido +más a extender y cimentar su reputación, es su novela de*** que nadie ha +leído todavía. + +Sería inútil redundancia alegar que, dados sus principios, su devoción y +su ilustre apellido, la señora Vizcondesa firma sus obras con un +seudónimo: es un buen recurso para asegurar aplausos. + +Hizo el gasto de la conversación hablando casi sola, y no pudo hacer +nada más de mi gusto, porque me agradan las mujeres de talento cuando no +hay que tenerlo con ellas y cuando al placer de oírlas puedo unir el de +permanecer silencioso. En esto me parezco a un sujeto que decía: + +--Voy a darme prisa a escribir un libro que rebose ingenio, para tener +después el derecho de ser un bruto el resto de mi vida.--¿He escrito +ese libro? Lo ignoro: supongamos que sí, y adelante. + +La Vizcondesa me habló de mis obras: yo de las suyas... de su hija. +Evidentemente era ésta la mejor, y, sin embargo, me pareció que a +ninguna daba menos importancia. Siembre sucede lo mismo: por regla +general, los autores son los peores jueces de sus engendros. + +Prolongose tanto la conversación, que Cecilia tuvo tiempo de bailar dos +contradanzas. La pobre no sabía cómo agradecérmelo, y sin que ella lo +sospechara, ya estábamos en paz, porque me había pagado con la sonrisa +más amable y graciosa del mundo. Recordando las palabras que le había +oído, exclamé, viéndola alejarse: + +--¡Feliz el hombre que logre agradarle! ¡Feliz el esposo que ella +elija!... + +Pasó aquel año y el invierno siguiente sin que volviera a ver a Cecilia, +pues no voy casi nunca a las reuniones. + +Al comenzar la primavera de 1833 me aburría soberanamente. ¿Por qué? +Esto no le importa al lector, y, con su permiso, paso por alto los +motivos. Recurrí a lo que yo considero como el remedio de todos los +males: tomé la diligencia, y en busca de un argumento para una comedia, +con la cual podría regocijarme y distraerme, visité la Auvernia y los +Pirineos. + +Estos dos países son muy poco conocidos. + +No hay negociante retirado, no hay jubilado, ni procurador o abogado en +vacaciones que no se considere en el deber de viajar por Suiza para +poder decir a su mujer y a sus hijos: + +--«He visto el valle de Lauterbrunnen, el lago de Brienz y el +Grindelwald», camino trillado y recorrido por todo el mundo, itinerario +tan común en la actualidad, como el de París a Saint-Cloud. + +¡Y, entretanto, nadie piensa en visitar la Auvernia y los Pirineos! ¡Oh, +viajeros parisienses, viajeros de imitación; ignoran ustedes que sin +salir de Francia encontrarán cascadas, aludes y picos escarpados; +ignoran que esos Pirineos, que les pertenecen, que son algo así como la +propia casa de ustedes, ofrecen vistas tan graciosas, escenas tan +sublimes, espectáculos tan grandiosos como los mismos Alpes! Sí: apelo a +todos los que han viajado verdaderamente, y no por los libros: el circo +de Gavarni, las Torres de Marboré, el boquete de Roland, ¿no son, en su +género, tan admirables, tan incomprensibles, tan grandiosos como el +manoseado Mont-Blanc, la caída del Rin o la del Aar? ¿En qué país +lograrán ustedes encontrar, en la cima de una montaña, un lago en el +cráter de un volcán? Sí, señores, sí, abonados del café Tortoni y de la +Opera... sí, un verdadero lago y un verdadero volcán: ahí tienen ustedes +todavía el cráter con su forma dilatada y una abertura circular de media +legua; vean ustedes las capas de lava, y en el sitio donde hervían el +azufre y el salitre, contemplen ahora un lago límpido que se eleva +hasta la mitad de ese gran embudo, mientras la otra mitad, cubierta de +árboles y musgo, forma una verde muralla de ciento cincuenta pies de +altura que baja casi a pico hasta los bordes del lago misterioso, cuyo +fondo no se ha encontrado, y sobre el cual nadie se atrevería a +lanzarse, porque el remolino de las aguas haría zozobrar en seguida la +barca, y el atrevido navegante, precipitado al fondo del abismo, en los +fuegos subterráneos, hubiera comenzado como La Pérouse y concluido como +Empédocles. + +Y todas estas maravillas, que semejan un cuento de _Las mil y una +noches_... ese lago que se extiende sobre un volcán, y ese volcán que +amenaza recobrar su plaza, ¿dónde piensan ustedes que se encuentra? ¿En +los Alpes? ¿En las cordilleras de los Andes?... No, ciertamente. En la +Auvernia, a dos o tres leguas de Mont-Doré, y este lago es el lago de +Pavin, adonde llegarán ustedes en dos o tres horas de camino, llevando +de conductor al señor Miguel Garnier, mi guía, que sólo exige dos +francos de jornal, y que les confundirá con un príncipe extranjero si +llegan a darle tres. + +Encontrábame yo, con mi guía, cerca del lago Pavin, recostado en la +hierba al borde del cráter y contemplando a mis pies las aguas puras y +transparentes que a cada instante creía ver en ebullición, lo que me +hubiera divertido y espantado, cuando sentí pasos a mi espalda: eran +otros viajeros. Un anciano, apoyado en el brazo de una joven, gritaba +con tono de mal humor:--No andes tan de prisa... no puedo +seguirte.--Levanté los ojos y me pareció reconocer en la joven el porte +elegante y gracioso, la fisonomía encantadora de mi linda bailarina, de +la señorita Cecilia D'Ortlies: mis dudas se convirtieron en certeza +cuando divisé, algunos pasos detrás de ella, a una mujer que, provista +de un álbum y del indispensable lápiz, escribía al mismo tiempo que +andaba. Era la señora Vizcondesa, engolfada en hacer una descripción del +lago Pavin, que yo debí imitar, porque indudablemente valía más que la +mía. Grandes exclamaciones de sorpresa por una y otra parte: las +obligadas frases de admiración sobre el magnífico cuadro que se +desarrollaba ante nuestros ojos... y luego, cumplidas las reglas de +urbanidad, pensé en mi conveniencia, e hice conocer mis deseos de ser +presentado a la señorita Cecilia. + +--¡Señorita!...--repitió la Vizcondesa con asombro:--Cecilia está +casada. + +--¿Cómo así?--repuse. + +Y miré en torno mío, buscando al joven esposo, extrañándome de que no +acompañase a su mujer. + +--Mi yerno--dijo la D'Ortlies presentándome al anciano, cuyo nombre, que +no viene a cuento, pronunció con gravedad olímpica. + +Era un vástago de rancia nobleza, general en tiempo del Imperio, y duque +y Par durante la Restauración. Conservaba todavía un mando militar +importante, una fortuna colosal y una porción de buenas cualidades. +Pero, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que le adornaban estas +buenas cualidades... porque tenía 67 años, con un aditamento de varias +heridas y reumatismo, a lo que había que agregar la gota con todas sus +prerrogativas, es decir, la impaciencia, la acritud y un humor +endiablado: fuera de esto, era extremadamente amable siempre que no +estaba enfermo... y solía estarlo diez meses al año. + +¡Este era el marido de Cecilia! + +Rememoré entonces la conversación del baile, el gentil compañero que +ella había soñado, sus proyectos de dicha para el porvenir. Si no +adivinó la pobre niña el interés y la piedad con que yo la miraba, me lo +agradeció sin saberlo, porque, apenas transcurrieron algunos minutos, +éramos los mejores amigos del mundo. + +Mientras nosotros conversábamos, su rancio esposo reposaba sentado; su +madre escribía a destajo. Todo lo que Cecilia decía era sencillo y +natural; pero estaba impregnado de una dulzura y una melancolía +realmente exquisitas. La hablé de su marido, y le tributó los mayores +elogios, recordando con gratitud los títulos, la posición y la fortuna +de que le era deudora. De su felicidad, que le había robado, no dijo una +palabra. ¡Alma noble y virtuosa, en que todo era resignación, abnegación +y fidelidad a sus deberes! Pero ¿quién hubiera reconocido en su lenguaje +grave y melancólico a la joven que yo había visto, dos años antes, tan +soñadora, tan candorosa y tan alegre? + +¡Qué juicio al presente! ¡qué tacto! ¡qué criterio! Se me ocurrió que, +para haberlos adquirido en tan breve plazo, debía de haber sido muy +desgraciada. + +Nos encontrábamos al borde del lago, puro, límpido y transparente... +imagen de su alma. Así se lo dije; me miró, sonriendo con esa sonrisa +triste que hace llorar, y repuso: + +--Sí; la calma en la superficie... + +--Y tal vez en el fondo...--agregué, mostrándole el lago. + +No terminé la frase, pero la adivinó, porque dijo en seguida: + +--No, señor, no: ¡jamás!... + +Y dirigió al cielo su mirada, ignoro si para tomarlo por testigo o para +implorar su protección. + +En aquel instante se oyó una voz avinagrada: era la de la Vizcondesa. El +general tenía frío: las emanaciones del lago le sentaban mal y era +necesario partir. De buena gana hubiera dado el brazo a Cecilia; pero +ella ofreció el suyo a su esposo, y sólo quedaba la Vizcondesa. +¡Valiente compensación!... Me vi obligado a hablar de literatura y a +enterarme de que la señora componía una nueva novela que deseaba leerme +tan pronto como estuviese terminada. ¡A mí, que viajaba para divertirme! + +--Creo, Vizcondesa, que no podré gozar tanta ventura, porque me voy a +los Pirineos--le dije. + +--Allí vamos todos: han recomendado al general las aguas de Barèges, que +son milagrosas para las heridas. + +--Parecíame que el general se quedaba en Mont-Doré. + +--Estamos aquí por casualidad; pues, de paso, ha querido experimentar +estos manantiales que el año pasado dieron resultados excelentes al +mariscal Soult; pero después de algunos baños, que no le han servido de +nada, ha renunciado a ellos y saldremos dentro de pocos días para los +Pirineos. Confío que usted se vendrá con nosotros. + +Me incliné respetuosamente. + +--¿Dónde se hospeda usted en Mont-Doré? + +--En el hotel Chabaury, señora. + +--Nosotros también. ¿Nos dispensará usted esta noche el honor de que +cenemos juntos? + +Saludé de nuevo. Decididamente era el comensal, el compañero de viaje y +el amigo de la familia. + +Viajando, y particularmente en los baños, la amistad se entabla con una +rapidez asombrosa; me aproveché de mi nuevo título, y de los derechos +que me daba, para hablar de Cecilia. Indiqué a la Vizcondesa que aquel +matrimonio, tan ventajoso por otra parte, me inspiraba serios temores +respecto a la dicha futura de su hija. + +--No conoce usted a Cecilia, caballero, ni sabe usted qué clase de +educación ha recibido. Ha estado en el Sagrado Corazón, como todas las +señoritas de la nobleza a quienes conozco. Ha leído todas mis obras: las +lee diariamente, y los principios que en ellas se sostiene... + +--Son inmejorables, señora; pero su hija de usted es muy joven, y si su +corazón llega a despertarse... + +--No se despertará nunca. En mi familia no se despiertan los corazones. + +--No lo dudo--dije mirándola,--en cuanto al pasado; pero en el futuro... + +--¡Caballero!...--repuso, examinándome de pies a cabeza:--no hay +circunstancias que obliguen a olvidar sus deberes a las personas +religiosas y bien educadas. Con religión y principios, no existen +matrimonios desproporcionados ni peligros de ninguna clase; esté usted +seguro de ello. + +--Opino como usted, señora. + +Llegamos al hotel. + +El general sentíase de mal temple, y su mal humor se acrecentó al +encontrarse con varias cartas, que tenía forzosamente que contestar: +también había que expedir algunas órdenes. + +--Si estuviera aquí Enrique--dijo a su esposa,--me ayudaría y se +encargaría de eso; pero tú te opusiste a que viniese con nosotros. + +--Ya sabes que éramos tres en el coche, y que no podía prescindir de mi +doncella. + +--Haces honor a tu sexo... ¡la doncella! ¡Vaya un motivo para que me +prives de un sobrino a quien quiero, y de un ayudante de campo que es +mis pies y mis manos! + +--Echas en olvido que mi mamá y yo estamos aquí para cuidarte, y que, +además, tu sobrino Enrique de Castelnau hace falta en París, pues lo +exigen tus intereses. + +--Di mejor tus caprichos... porque tienes ojeriza a ese pobre Enrique... +a quien no puedes tragar. + +--¡Yo! + +--¡Tú! como lo oyes. Apenas le hablas... apenas le haces caso. Te +aseguro que necesita valor para pisar mi casa, después del recibimiento +que le haces cuando entra en ella. + +--Me acusas sin motivo; el sobrino de mi esposo tendrá siempre derecho a +mis deferencias. + +--¡Sí, ya sé a qué atenerme al respecto!... Y ¡vive Dios! que tengo +ganas de ver que se le trata con desprecio. Claro es que, si alguno de +los dos debía aborrecer al otro, indudablemente ese alguno es él... él, +que era mi único heredero, y a quien mi matrimonio ha despojado de la +fortuna que le correspondía. + +--Confío en que no sucederá lo que dices--se apresuró a decir Cecilia. + +--Cuando menos, perderá una parte de ella. Y, ¿qué ocurre, en cambio? +Que en vez de quejarse de su tía, no tiene boca para alabarla. Es la +delicadeza personificada, contigo y con tu madre. Correría todo París +por darte gusto, y reventaría sus caballos por proporcionarte un +billete de baile o un palco en la Opera. + +--Verdad--dijo la Vizcondesa;--y aunque sólo fuera por complacer a tu +esposo, tú, Cecilia, debías ser más amable con Enrique. + +--Cumplo mi deber, mamá--respondió Cecilia en tono frío y resuelto. + +--¡Por vida de!...--gritó colérico el general.--¿Habrá cabeza más dura? +Dulce en ocasiones, como un ángel, cuando se rebela parece de granito. +¡A los diez y siete años! La cosa promete. Ignoro, señora Vizcondesa, +cómo la ha educado usted, pero afirmo que lo que sucede no tiene sentido +común. + +--¡Señor!... Cecilia ha leído mis obras. + +--Eso quería yo decir. + +--¡General!... Olvida usted... + +--Dice usted bien. Olvido que la cena nos aguarda. Dispense usted, +caballero--dijo dirigiéndose a mí,--que le hagamos testigo de estas +pequeñeces: confío en que nos guardará el secreto y no nos sacará a +relucir en alguna comedia. + +Tomó mi brazo, hizo que me sentara en la mesa a su lado y durante la +comida estuvo grosero con todos menos conmigo. No obstante, debo +advertir que sus inconveniencias tenían por principal blanco a su +suegra. + +A los postres llegó una nueva carta, y el general exclamó, dando en la +mesa un puñetazo que lo echó a rodar todo: + +--¡Sólo esto faltaba!... Enrique está herido. + +Cecilia palideció, y observé que temblaban sus labios. + +--Sí, herido; le han dado una estocada...--prosiguió el +general.--¡Torpe! Tranquilícese usted--dijo a su suegra, que saboreaba +impasible una taza de café.--No corre peligro; han transcurrido ocho +días y va bien la cura. Pero el módico le ha recetado las aguas de +Barèges, y llegará aquí mañana. + +--¡Mañana!--dijo la Vizcondesa alegremente. + +--¡Mañana!--dijo con frialdad Cecilia, cuyo semblante había vuelto a +recobrar su acostumbrada calma. + +En cuanto a mí, aguardé el día siguiente con impaciencia. + +La llegada de una silla de posta es siempre un acontecimiento en todas +las poblaciones de poca importancia, y con más motivo en Mont-Doré, +donde el único placer de los vecinos es ver llegar o partir los +viajeros. Cuando a las diez de la mañana se oyó el ruido de un carruaje, +todo el mundo se asomó a las ventanas. + +Pocos minutos después, el señor de Castelnau entró en el salón, abrazó +afectuosamente a su tío y saludó a las dos señoras con respeto. + +Aparentaba unos veinticinco años. Era alto, bien formado, de porte +distinguido; en una palabra, un gallardo mozo; y, lo que vale más, +parecía ignorarlo, porque se ocupaba siempre de los demás y nunca de sí +mismo. Su rostro, franco y expresivo, tenía impresas las huellas del +sufrimiento. La fatiga del viaje, o tal vez otras causas, habían +empeorado su herida. + +Yo, entretanto, observaba a Cecilia: no vi en sus facciones ni sombra de +emoción; recibió a Enrique con afectuosa cortesía, y le interrogó acerca +de su salud con un marcado interés... pero no tanto como el que yo +esperaba. + +Enrique estaba visiblemente conmovido. Casi no acertaba a expresarse, y +creo que le hice un gran servicio hablándole del camino y del tiempo, +que eran pésimos. La displicencia de la conversación le fue serenando +poco a poco, y acabó por respirar más a su gusto. Hay momentos en que +los extraños y los importunos no son del todo inútiles. + +Aquel día visitamos la cascada de Queureiels y la de Vernière. Enrique +se aproximó con frecuencia a Cecilia, que daba siempre el brazo a su +esposo o a su madre, y cuando hablaba se dirigía a mí. + +Por la noche leyó al general los periódicos, le despachó el correo +oficial y estuvo escuchando, con una atención digna de mejor suerte, dos +largas disertaciones de la Vizcondesa. Sólo alguna que otra vez, y a +hurtadillas, sus grandes ojos negros se volvían, como a pesar suyo, +hacia el lado de Cecilia, que trabajaba sin mirarle y sin hacer de él +más caso que de los demás concurrentes. + +Me convencí de que me había equivocado, y mis conjeturas eran falsas. +El pobre joven podía amar a Cecilia, pero Cecilia no pensaba en él. + +La mañana del siguiente día, víspera de nuestra partida, la Vizcondesa +encontrábase escribiendo junto a Cecilia, que tocaba el piano: y era +aquella música tan alegre y juguetona, que acabó de disipar mis últimas +dudas. + +--No es posible--pensaba yo entretanto,--estar bajo el peso de una +pasión cuando se ejecutan semejantes variaciones, y, sobre todo, cuando +se ejecutan con tanta perfección. + +En aquel instante entró en el salón un médico joven, conocido mío, que +venía de París asistiendo a un personaje a quien acompañaba a las aguas +de Mont-Doré. Los militares hablan de sus campañas, los escritores de +sus obras, y los médicos de sus enfermos: es inevitable. Mi joven +doctor, a riesgo de molestar a aquellas damas, empezó a relatarnos las +curas maravillosas y singulares que había hecho, sazonando la relación +con anécdotas más o menos picantes, a las que sólo yo prestaba atención, +porque, como he dicho anteriormente, yo escucho siempre por oficio. + +Entre otras cosas, nos contó que recientemente había asistido a un joven +que tenía una estocada, cuya herida, de bastante gravedad, no se parecía +a ninguna otra. No era recta ni hecha de abajo arriba; todo lo +contrario: daba también la circunstancia de que el enfermo tenía gran +estatura y hacíase preciso, en consecuencia, que para herirle así en el +pecho de arriba abajo, su adversario fuese mucho más alto que él, es +decir, un hombre de ocho a diez pies de estatura. Contó asimismo que, +obligado por sus preguntas y argumentos, el herido acabó por confesarle +que la estocada se la había dado él mismo. + +--¿Qué móvil dirá usted que le impulsó?--continuó diciendo.--Nunca +adivinaría usted semejante extravagancia. Quería tener un pretexto para +ir a las aguas de Barèges, y me rogó que se las recetara... lo que hice +en el acto. ¡Pobre chico!... Me pagó espléndidamente la receta... +recomendándome su secreto. + +--Y, según veo, cumple usted su recomendación al pie de la +letra--exclamé sonriendo. + +--Puedo franquearme con usted, sin peligro de que lo cuente. + +En aquel momento abriose la puerta, y se presentó el general, apoyado en +el brazo de su ayudante de campo. Enrique, al ver al médico, corrió +hacia él y tendiéndole la mano, dijo: + +--Doctor, ¿usted por aquí?... + +En seguida, agregó, presentándonosle: + +--Señoras y señores, es mi Esculapio... el que me ha curado la herida, +el que me ha recetado las aguas de Barèges. ¿No es cierto? + +El médico balbuceó algunas palabras y se despidió, porque le aguardaba +su enfermo. El general se sentó tranquilamente en su cómodo sillón; +Enrique, con la sonrisa en los labios, permaneció de pie junto a la +chimenea; la Vizcondesa, entre sorprendida e indignada, quería hablar y +no se atrevía a hacerlo. Cecilia, pálida, con la frente apoyada en una +mano, reflexionaba en silencio, y yo, mirándolos a todos, calculaba que +la situación era admirable, y esperaba con inquietud el rumbo que +tomaría, y, sobre todo, el desenlace que llegaría a tener. + +El general fue el primero que rompió el silencio, tarareando una canción +que le había entusiasmado. Era una música que estaba de moda y que su +autor no habría conocido, seguramente: de tal manera se la había +asimilado y la había hecho propia el general, por la manera de +interpretarla. + +--Y digan ustedes, señoras--exclamó después de esta especie de +ritornelo, ¿nos vamos, por último, mañana a los Pirineos para pasar un +mes en Barèges? + +Nadie respondió: todos guardaron silencio, y en los ojos de Enrique +brilló un relámpago de alegría. + +--¿Han pensado ya en los equipajes mi mujer y mi suegra? ¿Han guardado +en las cajas sus gorros y sombreros? ¿Está todo dispuesto para la +marcha? + +--Para la tuya, sí--dijo Cecilia, esforzándose por demostrar un valor +que no sentía. + +--¿Cómo para la mía? ¿Pues no partiremos juntos? + +--No. + +--¿Por qué motivo? ¿Puedo saberse? + +--Mi madre y yo queremos acompañarte hasta Pau, donde tienes una +posesión con un magnífico castillo que no conocemos, y habíamos +proyectado permanecer en él hasta tu regreso. + +--¿Y dejarme ir solo a Barèges? Está bien. + +--No; si eso fuera así, estaría mal. La prueba es que nosotras estábamos +decididas a acompañarte, a no separarnos de ti; pero ahora, que irá +contigo tu sobrino Enrique, no tienes necesidad de nuestros cuidados. + +--¿Qué pretendes darme a entender con esas palabras? + +--Te confieso que, para mí, pasar todo un mes en esas horribles +montañas, sería lo más triste, lo más penoso, lo más fastidioso del +mundo, si he de juzgar por los tres días que llevamos aquí. + +Mientras tenía lugar este diálogo, el general saltaba en el sillón; +oprimía la tabaquera entre sus dedos, y yo preveía la tempestad que iba +a estallar. Pero lo que no pude observar sin compadecerme fue el rostro +de Enrique, que, pálido y sin poder apenas sostenerse, se apoyaba en la +chimenea. La desesperación reflejábase en todas sus facciones, dejándome +adivinar lo que pasaba en el alma de aquel desventurado joven. ¡Haberse +herido por ella, por pasar un mes cerca de ella, y perder tanta ventura +por un capricho! + +--¡Vive Dios!--exclamó el general levantándose colérico y rechazando con +el pie el sillón, que fue rodando al centro de la sala;--¿me has tomado +por un recluta? ¿Crees que voy a dejarme manejar por una mujer, por una +muñeca? Usted vendrá, señora; usted vendrá, porque yo se lo ordeno. + +--He dicho que no. + +--¿Y por qué? ¡voto a!... ¿por qué? + +Cecilia no temblaba ya: había tomado su resolución, y, resignada a todo, +sin tener en cuenta otra cosa que su deber, contestó a media voz, pero +con firmeza: + +--Porque no quiero. + +El general, lleno de ira, dio un paso hacia ella y se oyó al mismo +tiempo un gemido sordo: era que Enrique, sintiéndose peor de su herida, +se desmayaba, y hubiera caído sobre el pavimento si no lo hubiese yo +sostenido en mis brazos. La cólera del general, cambiando súbitamente de +dirección, descargó sobre su sobrino. + +--¡Imprudente! ¡imbécil!... hace una hora que está de pie, y es lo peor +que puede hacer... La herida se abrirá de nuevo: siempre se lo estoy +diciendo; pero aquí nadie me hace caso, nadie me obedece... ¡Que el +diablo se los lleve a todos!... ¡oh!... ¿no vuelve en sí? + +--Va recobrando el conocimiento--respondió Cecilia, que, habiéndose +lanzado hacia Enrique, le hacía respirar un pomo de sales y le prodigaba +los más tiernos cuidados. + +--¡Ah!--exclamó el general;--ya abre los ojos. + +Cecilia se retiró apresuradamente; entró en su aposento seguida de su +madre, y algunos momentos después el general fue a buscarlas. Sus +súplicas y sus amenazas debieron de ser inútiles, porque aquella noche +nos dijo: + +--Ese angelito tiene muy dura la cabeza. + +--¿Se niega a ir a Barèges?--preguntó Enrique. + +--Así parece. Iremos tú y yo, y nos esperará en mi castillo de Lescar, +en los alrededores de Pau. + +--¡Cómo!... tío, ¿ha cedido usted?--exclamó Enrique en tono de reproche. + +--¿Qué quieres que hiciera?... a no matarla... No quedaba otro remedio: +así se lo he dicho ¡voto a!... + +--¿Y qué ha respondido? + +--Esto: «Si me matas, tanto mejor. No iré a Barèges.» El razonamiento no +puede ser más lógico. Es una testaruda, lo repito; una cabeza de hierro. +Hay que confesar, sin embargo, que sin ese defecto sería la mejor de las +mujeres. + +En la madrugada del siguiente día había dos coches preparados para la +marcha. + +--Todo el equipaje lo ha arreglado la señorita--díjome su doncella.--No +se ha acostado en toda la noche. + +Apenas estuvieron enganchados los caballos, Cecilia montó +precipitadamente en la berlina. Cuando ofrecía la mano a la Vizcondesa +para ayudarla a subir, me dijo ésta: + +--¿Ve usted, señor, cómo con la religión y los buenos principios no hay +matrimonios desproporcionados y rodeados de peligros? + +--Por lo menos, hay luchas y amarguras--me dije a mí mismo, al ver el +pálido rostro de Cecilia y sus ojos preñados de lágrimas, que sin duda +quería ocultar a todos; porque, al divisar de lejos a su marido que se +dirigía a la berlina, apoyado en el brazo de Enrique, exclamó +repentinamente: + +--Cochero, a escape, a escape. + +Restalló la fusta, los caballos salieron al galope y el coche +desapareció de nuestra vista, mientras gritaba el anciano: + +--¡Bien! ¡perfectamente!... ¡Loca! Se va sin despedirse, sin abrazarnos. +A fe mía, caballero, que aquí tiene usted el asunto que busca para una +comedia. + +--¿No será drama?--murmuré entre dientes, contemplando la cara de +Enrique, que, incapaz de ver, de oír y de responder, dejose colocar por +mí en el otro coche al lado de su tío.--No pensó siquiera en darme las +gracias ni en decirme «adiós». ¡Pobre hombre! Esto le matará--dije para +mí. + +Pocas horas después salí yo también para los Pirineos. No temas, lector, +pues no pienso llevarte a los picos del Mont-Perdu, tan curioso y acaso +más accesible que el Mont-Blanc; no te conduciré a Luz ni a +Saint-Sauveur, que tienen fisonomía alegre y pintoresca; cruzaremos a +escape el _Chaos_, esa lluvia de enormes rocas caídas del cielo o +vomitadas por el infierno; no penetraremos en el recinto del circo de +Gavarnie: aturdido ante tanta magnificencia, deslumbrado por tanta +maravilla, no querrías salir de él. Te mostraré solamente las torres de +Marboré, rocas inmensas coronadas de almenas, ciudadela encantada donde +nieves perpetuas, heridas por el sol, parecen antemuros de diamante. Te +indicaré de lejos el portillo de Roland, esa muralla de granito que +separa a Francia de España, y que Roland abrió con un golpe de su +tajante espada... Ven, acércate. El hizo para ti ese boquete de +doscientos o trescientos pies, desde donde puedes divisar Aragón y +recorrerlo en toda su extensión. Aquí es, al pie de estas grandiosas +torres, donde antiguamente pelearon Agramante y Ferragus contra los +parciales de Carlomagno. No estás solo en este desierto: te rodean todos +los héroes de Ariosto, y podrías elevarte a las nubes con el poeta, si +es que el frío, que penetra hasta los tuétanos, no te obliga a bajar a +la tierra. Si sucede tal cosa, ven a calentarte al fuego de algún +habitante de la montaña, y volvamos a la aldea de Gèdres, mitad +francesa, mitad española, donde seguramente almorzaremos con algún +contrabandista. Luego, cruzando el Baztan y salvando el Tourmalet, +bajaremos al delicioso valle de Campan, paraíso terrenal que nos +conducirá a Bagnères de Bigorre, donde, si estás fatigado y deseas +encontrar la tranquilidad y la dicha, es preciso que te detengas y te +entregues al descanso. + +Esto es lo que yo hice. + +Caminando por las ásperas montañas, encontré en una de las fábulas de La +Fontaine el asunto para una comedia en cinco actos, que nuestros últimos +acontecimientos políticos podían hacer bastante intencionada. Detúveme +en Bagnères para escribirla. En un lugar verdaderamente delicioso, al +lado de la hermosa casa de M. Lugo, alquilé una casita que daba a las +alamedas de Maintenon. + +Allí pasé los quince días más tranquilos y más felices de mi vida, +trabajando por la mañana, muy temprano, y a primera hora de la noche, y +recorriendo durante el día el mágico país que me rodeaba, los valles de +Campan y de Lesponne, el convento de Medous y el Elysée Saint Paul. Un +día efectué una ascensión al Camp de César o a la Penne de l'Héris; otro +día proyectaba excursiones al Pic du Midi, desde donde se dominan las +llanuras del Bigorre y del Béarn. ¡Cuánto regocijo y cuánta salud dan el +aire puro de las montañas, esos valles risueños y ese hermoso sol! +Devuelven la juventud y la dicha; porque aquí, en estas cimas, se +olvidan lo mismo los padecimientos del cuerpo que las amarguras del +alma. Desgraciadamente, al bajar volvemos a encontrarlos en la llanura y +en la ciudad, donde nos esperan. + +Cuando terminé mis cinco actos, hízose necesario marchar y alejarse de +tan hermoso país. Atravesé el alegro valle de Argelés y la ciudad de +Lourdes; admiré la deliciosa capilla de Nuestra Señora de Bétharram, y +me dirigí a Pau, que me atraía por más de un concepto. Tenía, en primer +lugar, un amigo, un amable y excelente joven, antiguo capitán de la +guardia, que habitaba con su familia en el Real Palacio de Pau, y no +quise dejar el Mediodía sin abrazarle; por otra parte, en los +alrededores de esta ciudad estaba el señorío de Lescar, donde la +vizcondesa D'Ortlies y el general me habían comprometido para que me +detuviese algunos días. Sentía vivos deseos de volver a ver a Cecilia, y +llegué al castillo. Era un edificio hermosísimo, admirablemente situado: +el parque extendíase hasta las orillas del Gave; desde las ventanas del +salón se descubrían los ribazos del Jurançon, y en el horizonte, a una +distancia de quince leguas, las montañas azuladas y las cimas blancas de +los Pirineos. + +Al apearme del coche, fui recibido por la Vizcondesa y su hija, que me +dispensaron la más amable acogida. Esperaban al general, que continuaba +en Bigorre; pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en el salón, vi +a Enrique de Castelnau reclinado en un canapé y leyendo un periódico!... + +--Le ha enviado el general--díjome a media voz la Vizcondesa--para traer +unos despachos al gobernador de Pau y adquirir noticias de la salud de +Cecilia, que ha estado muy enferma. + +--¿De veras?--exclamé consternado. + +--Ya pasó. Está mucho mejor; y, mientras viene el general, nos acompaña +Enrique. ¿Dónde ha de vivir sino en el castillo de su tío? Así lo ha +ordenado mi yerno, que, desde hace una semana, nos anuncia su llegada +diariamente. + +--Así, pues, ¿hace una semana que vive aquí el señor de +Castelnau?--pregunté a la Vizcondesa, la cual, adivinando la idea que me +preocupaba, se apresuró a contestarme: + +--Tranquilícese usted. Ya conoce usted a mi hija. Por otra parte, puedo +asegurar que en todo este tiempo no se ha separado ni un momento de mí +durante el día. + +Y no mentía. Cecilia trabajaba en el gabinete de costura al lado de su +madre, y hasta en los paseos que solía dar por el parque jamás Enrique +se encontraba a solas con ella. Conste, además, que él no buscaba +ocasión para acercarse. + +Tenía elegancia y sus modales eran en extremo distinguidos. Todo en él +respiraba la delicadeza más escogida, los cuidados más solícitos; pero +ni una palabra, ni una mirada que pusiera de manifiesto a los ojos de un +extraño el secreto de su alma. Hasta había recobrado la alegría y la +jovialidad; estaba menos distraído, y tomaba parte en las +conversaciones. Sólo entonces pude observar que estaba dotado de una +amabilidad exquisita y de una vasta instrucción, y que, a una excesiva +modestia, se unían en él un ingenio fino y sumamente delicado, un +carácter noble, pensamientos elevados y generosos... en una palabra, una +multitud de buenas cualidades, que habían permanecido ocultas, y que +ahora brillaban en todo su esplendor. + +La Vizcondesa nos leyó en un periódico un artículo que trataba de un +suicidio. + +--¡Desventurado!...--exclamó Cecilia, de un modo que casi parecía una +aprobación. + +--¡Insensato!--dijo Enrique, casi despreciativamente. + +--¿No se explica usted el suicidio?--le pregunté con viveza. + +--¡Nunca! Suicidarse es privarse de una dicha inmensa. + +--¿Cuál? + +--La de morir por los que se ama. + +--¡Vaya!--pensé,--la quiere siempre, pero ha tomado su partido, y se ha +resignado valerosamente. Habrá tenido fuerzas para combatir y vencer. + +La Vizcondesa me ofreció leerme su última novela. Acepté, y entré con +ella en su gabinete de trabajo, pensando que en aquel momento su amor +propio de autor la hacía olvidar su vigilancia de madre, e iba a dejar a +Enrique algunos momentos de libertad. + +Me equivoqué, pues él no los aprovechó. Me siento orgulloso de haber +soportado con un valor heroico la lectura, que fue bastante larga. +Entretanto, Cecilia tocaba al piano unas melodías tristes y +melancólicas; pero estaba sola, pues yo había visto a lo lejos a Enrique +paseando por una de las alamedas del parque, y, cuando volví al salón, +continuaba sola, sentada en un gran sillón, con la frente apoyada en una +mano y en los ojos una mirada febril. Se levantó vivamente y se acercó a +mí con la sonrisa en los labios. Al ponerse de pie dejó caer su pañuelo. +Me apresuré a recogerlo, y noté que estaba mojado. La joven se dio +cuenta de ello, y me dijo, mostrándome un libro que había sobre la +chimenea: + +--Soy en extremo ridícula, ¿no es cierto? Esa novela me ha hecho llorar. + +Miré el libro, y vi que era una novela de su madre. No necesitaba esta +prueba para convencerme de que me engañaba. + +Por la tarde hubo mucha gente en el castillo: toda la buena sociedad de +Pau y sus alrededores. Cecilia hacía los honores de la casa con una +gracia y una naturalidad admirables; se ocupaba de todos, excepto de +Enrique, a quien sólo de vez en cuando daba algunas órdenes para que +arreglara las mesas de juego. + +Hiciéronme jugar al whist con tres personajes de la comarca. Los viejos +jugaban al piqué; las viejas al boston, presididas por la Vizcondesa. El +recaudador de contribuciones jugaba al billar con el alcalde, y Cecilia, +agrupando en torno suyo a los jóvenes, propuso pasar el tiempo en juegos +de prendas, lo que se aceptó con entusiasmo. Los juegos de prendas están +aún de moda en las provincias, sobre todo en la de los Bajos Pirineos. + +Entretanto, hacía yo tales chambonadas, que mí compañero debió de +formar pésima idea de los jugadores de la capital; pero estaba escrito +que Cecilia me había de hacer perder siempre al whist, porque también +esta vez, como cuando la conocí, pensaba en ella más que en el juego, y +mis ojos se dirigían constantemente hacia el alegre círculo que dirigía. + +Enrique se había alejado, y distraíase viendo jugar al billar; varios +jóvenes llamaron al gentil ayudante de campo, y, de grado o por fuerza, +no tuvo más remedio que acudir al llamamiento. Sentose lejos de Cecilia, +y en las prendas que él sentenció evitaba toda ocasión de aproximarse a +ella. En una ocasión, sin embargo, cumpliendo las leyes rigurosas del +juego, sentenciaron a Cecilia a dar un beso al joven Castelnau. La joven +se puso de pie... ¡En aquel instante, yo fallaba a mi compañero un ocho +de copas que era rey!... Hizo un ademán de impaciencia; ¿qué me +importaba? Mi atención estaba por completo fija en Cecilia, que se +acercó tranquilamente a Enrique presentándole sus frescas y sonrosadas +mejillas. + +El joven apenas las rozó con sus labios. No se ruborizó, no palideció, +no perdió el conocimiento, como yo esperaba: estuvo tranquilo y sereno. +Decididamente, me dije, es un héroe. Le admiraba y le compadecía, y, sin +quererlo, me sorprendí haciendo votos por él y por su amor sin +esperanza. + +Todas las prendas estaban sentenciadas: las señoritas y algunos jóvenes +sentáronse alrededor de una gran mesa redonda que había en el centro +del salón, y se pusieron a hojear álbums, revistas y grabados. Unos +tomaban un lápiz y dibujaban; otros pintaban a la sepia algunos paisajes +de los alrededores, y Enrique, por complacer a una niña que tenía al +lado, esculpía, valiéndose para ello de un cortaplumas inglés, un pedazo +de madera, al cual iba dando la forma de una ermita, labor que ejecutan +con éxito los pastores de los Alpes o de los Pirineos. La madera era +dura, el cortaplumas estaba muy afilado, y, en un movimiento un poco +brusco, la hoja resbaló sobre la materia que cortaba y produjo a Enrique +una cortadura bastante grande en un dedo de la mano izquierda. Cecilia +lanzó un grito y se puso intensamente pálida. Un momento después se echó +a reír. La herida era insignificante, aunque sangraba en abundancia. +Todos los pañuelos de mano de las señoras se pusieron a disposición del +herido; todos los neceseres se abrieron. Buscose tafetán inglés, que fue +cortado acto continuo, y veinte manecitas tan blancas como bien formadas +se ofrecieron a aplicarlo sobre la herida. Todos reían, y la cura +adelantaba poco: la operación era difícil. La cortadura estaba en la +segunda falange del dedo, y el tafetán no podía sujetarse. Se le +colocaba de nuevo, tratando de darle consistencia, y al menor movimiento +se desprendía otra vez. + +--Pero, caballero, estése usted quieto, y sobre todo no doble usted el +dedo. + +--Pero, señoras, eso es fácil de decir... hacerlo ya es diferente. + +--Tiene razón este señor--intervine yo,--y para que su dedo permanezca +inmóvil, habrá que hacer lo que en cirugía se llama... se llama... + +--¿Entablillar?--interrumpió Enrique,--¿como si se tratara, de un brazo +o una pierna? + +--Justamente. + +--¿Y dónde encontrar el aparato?--gritaron todos riendo. + +--Helo aquí. + +Y tomé una carta de la mesa donde acababa de jugar al whist; creo que +era un rey de oros. Lo enrollé alrededor del dedo herido; las señoras +sujetáronlo con una hebra de seda, y sostenido de este modo por la +cartulina, ya no era de temer que el dedo se doblara y la herida +volviera a abrirse. Terminó, al fin, la cura, entre los gritos +alborozados y los aplausos de todos los circunstantes, que me +felicitaron por mis conocimientos quirúrgicos. Enrique me rogó que le +presentara la cuenta de mis honorarios, y Cecilia me prometió acudir a +mí para que le curase todos los pinchazos de agujas y alfileres. + +Poco después dieron las once, y cada uno tomó su palmatoria. + +Yo entré en mi alcoba, desde donde oía aún las carcajadas y las alegres +carreras que daba en los comedores aquella juventud bulliciosa. + +La mañana siguiente, a eso de las diez, bajé al salón y estaba hablando +con la Vizcondesa, cuando, con gran sorpresa nuestra, vimos entrar al +general, que nos dijo con la mayor alegría: + +--Buenos días, queridos amigos. + +--¡Cómo!... ¡Dios mío!... ¿De dónde sale mi yerno? ¿Por dónde ha +llegado?... No hemos oído entrar el carruaje en el patio. + +--Es que llegué esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedes +estaban entregados al sueño. + +--¿De veras? + +--No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujer +que, por cierto, al pronto, no quería abrirme. Tanto miedo sentía. + +--¡Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado... + +--Imaginábase que los españoles o los contrabandistas se apoderaban del +castillo. ¡Pobrecilla!... Por fortuna no tardé en tranquilizarla... ¿Y +qué tal va su salud, y la de usted? + +--Envidiables. + +--¿Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... ¿qué han hecho aquí, +entretanto? + +--Ayer tuvimos reunión, y jugamos al whist y al boston. + +--¡Perfectamente! Y, a propósito, tengo que reprender a usted. Ha hecho +usted jugadora a su hija. + +--¡Yo! + +--Usted; jugadora como las mismas cartas. A lo que parece, no piensa en +otra cosa ni de día ni de noche. He aquí una prueba--continuó riendo a +carcajadas:--aquí tiene usted un naipe, un rey de oros, que he +encontrado enrollado debajo de su almohada. Esto es una picardía, +¿verdad? + +Traté de reír, para que el general no reparase en la turbación de la +Vizcondesa, que parecía herida por un rayo. + +--Mire usted, mire usted--prosiguió el general dando nuevamente libre +acceso a su risa.--La Vizcondesa no ríe... está desconcertada... y es +que se reconoce culpable. + +--¡Oh! muy culpable--murmuré interiormente. + +En aquel instante bajó Enrique, y poco después Cecilia. + +En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia. + +Nos encontrábamos solos y, como la víspera, los vi reservados e +indiferentes; pero, mejor enterado ahora, ¡cuánto amor sorprendí en +aquellos ojos que se evitaban constantemente, en aquella fingida +frialdad, en aquella silenciosa unión de voluntades, fiel regulador de +todos sus pensamientos! + +Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Me +quedé algo atrás con la Vizcondesa y le dije: + +--Dígame, señora: ¿sigue usted creyendo que con la religión y los buenos +principios no existen peligros para un matrimonio desproporcionado? + +--Calle usted--replicó,--que se acerca el general. + +Se aproximó, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo: + +--¿Encontró usted, por último, en los Pirineos el argumento que buscaba? + +--Sí, encontré varios... y por cierto uno de ellos es picante como una +guindilla. + +--¿Le servirá a usted de asunto para una comedia?--me preguntó. + +--No, general: para una novela--repuse. + + + + +EL PRECIO DE LA VIDA + + +Abriose la puerta del salón, y nuestro criado José presentose para +anunciarnos que estaba dispuesta la silla de posta. + +Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos. + +--Todavía tienes tiempo para arrepentirte--dijéronme,--renuncia a tu +viaje... quédate con nosotras. + +--Madre mía--repuse,--soy noble, tengo veinte años, y deseo que se hable +de mí y hacer carrera, sea en el ejército o en la corte. + +--Pero, ¿no piensas en el dolor que me causas con tu partida? + +--Estará usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo. + +--¿Y si mueres en alguna batalla? + +--No importa. ¿Para qué es la vida? Además, ¿quién piensa en semejante +cosa? Cuando se tienen veinte años, el que es noble sólo debe pensar en +la gloria. Ya me verá usted, madre mía, volver a su lado dentro de +algunos años, hecho todo un coronel, mariscal de campo o con un +brillante empleo en Versalles. + +--¿Y qué tendremos con eso? + +--Que seré aquí respetado y considerado. + +--¿Nada más? + +--Y que todo el mundo me saludará, quitándose el sombrero al pasar por +mi lado. + +--¿Y luego? + +--Que me casaré con mi prima Enriqueta, que conseguiré un matrimonio +ventajoso para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felices +en mis tierras de Bretaña. + +--¿Y quién te impide comenzar desde ahora? ¿No nos ha dejado tu padre la +mayor fortuna del país? ¿Existe en diez leguas a la redonda un dominio +más rico ni más hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? ¿No eres +considerado y querido de nuestros vasallos? ¿Deja alguno de saludarte, +quitándose el sombrero, como dices, cuando atraviesas el pueblo? No te +separes de nosotros, hijo mío; quédate al lado de tus amigos, de tus +hermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrarás a tu +regreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviar +con sinsabores y sufrimientos de todo género los días de existencia que +con tanta rapidez se deslizan. La vida, hijo mío, es una gran cosa, y el +sol de Bretaña es muy hermoso. + +Al decir esto, me señalaba por las ventanas del salón las hermosas +alamedas de nuestro parque, los viejos castaños en flor, las lilas y +las madreselvas cuyo aroma embalsamaba el ambiente. + +En la antesala encontré al jardinero y su familia, todos tristes y +silenciosos, y mirándome como si quisieran decirme: + +--No se marche usted, señorito; no nos abandone. + +Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos. + +Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la sala +entretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose a +mí con el libro en la mano. + +--Lee, hermano mío, lee--me dijo, con lágrimas en los ojos. + +Era la fábula de _Las dos palomas_. + +Al fin, me levanté bruscamente, y respondí a todos: + +--Tengo veinte años, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores. +Déjenme, pues, que parta. + +Y acto seguido me lancé al patio. + +Iba a montar en la silla de posta cuando apareció en el descanso de la +escalera una joven. + +Era Enriqueta. + +No lloraba, no pronunciaba una palabra. Pero estaba pálida y temblorosa, +y apenas podía sostenerse. + +Con el pañuelo blanco que tenía en la mano me hizo una señal de +despedida, y cayó sin conocimiento. + +Corrí a ella, la levanté en mis brazos, la estreché contra mi corazón +jurándole amor eterno, y antes que recobrara el sentido, la confié al +cuidado de mi madre y mis hermanas y me dirigí a donde estaba el +carruaje sin detenerme ni volver la cabeza. + +Si la miraba otra vez, estaba seguro de que no tendría valor para +marcharme. + +Pocos minutos después, la silla de posta rodaba por la carretera. + +En los primeros momentos, sólo pensé en mis hermanas, en Enriqueta, en +mi madre y en la dicha que acababa de abandonar. + +Pero estas ideas se fueron disipando a medida que desaparecían de mi +vista las torres de la Roche-Bernard. + +Los sueños de ambición y gloria no tardaron en apoderarse completamente +de mi cerebro. + +¡Cuántos proyectos y castillos en el aire formé recostado en los +almohadones de mi carruaje! + +Riquezas, honores, dignidades, brillantes éxitos de todas clases... Todo +lo ambicionaba. A mi juicio, lo merecía todo, y todo me lo concedía, +elevándome más y más, conforme avanzaba en el camino. + +Veíame ya gobernador de provincia, duque, par... Y, al detenerme por la +noche en una posada había llegado a mariscal de Francia. + +La voz de un criado, que me llamó sencillamente _caballero_, me obligó a +salir de mi éxtasis y volver a la realidad. + +Al día siguiente y en los sucesivos, tuve los mismos sueños, la misma +embriaguez. + +Mi viaje era largo. Dirigíame a las inmediaciones de Sedán, a casa del +duque de C..., antiguo amigo de mi padre y protector de mi familia, el +cual habíase ofrecido a acompañarme a París y presentarme en Versalles, +con objeto de obtener para mí el mando de una compañía de dragones por +influencia de una hermana suya, la marquesa de F..., hermosa joven +designada por la opinión pública como sucesora de Mad. Pompadour, a cuyo +título aspiraba con tanta mayor justicia, cuanto que hacía mucho tiempo +que venía desempeñando sus honrosas funciones. + +Llegué a Sedán de noche, y no pudiendo a semejante hora dirigirme al +castillo de mi protector, aplacé mi visita para el día siguiente, y +busqué hospedaje en el hotel de _Las armas de Francia_, el mejor de la +ciudad, que era el punto de reunión de los oficiales, porque Sedán es +plaza fuerte y hay en ella mucha guarnición. Las calles de la ciudad +presentan un aspecto guerrero, y hasta los paisanos caminan con aire +marcial, como si dijesen a los forasteros: «Somos compatriotas del gran +Turena». + +Cené en mesa redonda y procuré informarme acerca del camino que debía +emprender al día siguiente para llegar al castillo del duque de C..., +que distaba tres leguas de la población. + +--Cualquiera se lo podrá indicar--me contestaron.--Es muy conocido en el +país. En ese castillo ha muerto un militar ilustre, un hombre célebre, +el mariscal Fabert. + +Y, en seguida, recayó la conversación en este personaje. Esto era +natural entre oficiales jóvenes. + +Se habló de sus batallas, de sus proezas, de su modestia, que le hizo +rehusar los títulos y el collar con que quiso agraciarle Luis XIV, y +sobre todo de su extraordinaria suerte. Porque salido de la nada, pues +era hijo de un pobre impresor, de simple soldado llegó a la elevada +categoría de mariscal. + +Este era el único ejemplo que en aquella época podía citarse de +semejante fortuna, que, viviendo todavía Fabert, había parecido tan +extraordinaria, que el vulgo atribuyó a su elevación causas +sobrenaturales. + +Decíase que en su juventud se había ocupado de magia, y que había hecho +un pacto con el diablo. + +El hostelero, con la credulidad propia de nuestros aldeanos bretones, +nos aseguró que en el castillo del duque de C..., donde murió Fabert, +habían visto entrar a un hombre negro, que nadie conocía, y que este +hombre se llevó el alma del mariscal, a quien anteriormente se la había +comprado; añadiendo que, todavía, por el mes de mayo, época de la muerte +de aquél, se veía aparecer por la noche al negro, con una luz en la +mano. + +Este relato contribuyó a amenizar el término de nuestra cena, y bebimos +una botella de champagne en obsequio al demonio familiar de Fabert, +pidiéndole que se dignara tomarnos también bajo su protección y hacernos +ganar algunas batallas semejantes a las de Collioure y La Marfée. + +Me levanté muy temprano al siguiente día, y acto continuo emprendí el +camino que llevaba al castillo del duque de C..., inmensa y gótica +mansión en la que no hubiera reparado siquiera, a encontrarme todavía +impresionado por la narración de la víspera. + +Excitada con ella mi curiosidad, no pude menos de contemplar el edificio +atentamente; y confieso que no terminé mi examen sin experimentar cierta +emoción. + +El criado a quien pregunté me respondió que ignoraba si su amo estaba +visible, y sobre todo si me recibiría. + +Díjele mi nombre, para que me anunciara, y salió dejándome solo en una +especie de sala de armas, cuyas paredes estaban cubiertas de atributos +de caza y retratos de familia. + +Aguardé un gran rato, sin ver aparecer a nadie. + +¡La carrera de gloria y honores, con que yo había soñado, comenzaba por +hacer antesala! + +Devorábame la impaciencia. + +Ya había contado dos o tres veces todos los retratos que adornaban la +sala y hasta las vigas del techo, cuando percibí junto a mí un ligero +ruido. + +Producíalo una puerta mal cerrada que el viento acababa de abrir. + +Me acerqué a ella y vi un lindo gabinete, iluminado claramente por dos +grandes ventanas y una puerta de cristales, que daban a un jardín +espléndido. + +Penetré algunos pasos en el interior de aquel alegre aposento y me +detuve ante un espectáculo que no descubrí a primera vista. + +Dando la espalda a la puerta por donde yo acababa de entrar, vi a un +hombre recostado en un canapé. + +Levantose, sin darse cuenta de mi presencia, y se dirigió bruscamente a +una de las ventanas. + +Lloraba silenciosamente, y en sus facciones parecía dibujarse una +profunda desesperación. + +Por espacio de algunos minutos permaneció inmóvil, con la cabeza oculta +entre las manos. + +Luego empezó a pasearse precipitadamente por la estancia. + +En una de las ocasiones que pasó junto a mí, me vio y se detuvo, +estremeciéndose. + +Yo, entonces, cortado y pesaroso de mi indiscreción, intenté retirarme, +balbuceando algunas frases de disculpa. + +Pero él me detuvo por un brazo, diciendo en voz alta: + +--¿Quién es usted? ¿Qué desea? + +--Soy el caballero de la Roche-Bernard--contesté;--y vengo de +Bretaña... + +--Ya sé, ya sé--repuso. + +Y me abrazó, obligándome luego a que me sentara junto a él. + +Hablome de mi padre, de toda mi familia, y demostró conocerla tan bien, +que no dudé de que fuese el dueño del castillo. + +--¿Es usted el señor de C...?--le dije. + +Pero él se levantó, mirándome exaltado, y repuso: + +--Lo era, pero ya no lo soy; ya no soy nada. + +Y al ver el asombro con que yo le oía, agregó: + +--Ni una palabra más, joven; no me interrogue usted... + +--A pesar de todo, ya que sin querer he sido testigo de la pena de +usted, si mi amistad y mi interés pueden proporcionarle algún +consuelo... + +--Tiene usted razón. Le es imposible cambiar en nada mi suerte, pero +será depositario de mi última voluntad... Este es el único servicio que +puede prestarme. + +Se levantó a cerrar la puerta y volvió a sentarse a mi lado. + +Yo, entretanto, lleno de singular emoción, esperaba sus confidencias. + +Su voz tenía algo de grave y solemne. + +En su rostro, particularmente, reflejábase una expresión que en nadie +había yo observado hasta entonces. + +Su frente parecía marcada por el sello de la fatalidad. + +Tenía la tez pálida, y sus ojos, negros, despedían un fulgor extraño. + +A intervalos, sus facciones, aunque alteradas por el sufrimiento, se +contraían por una sonrisa irónica e infernal. + +--Lo que voy a revelar a usted--dijo--tal vez ofusque su razón. +Dudará... no podrá usted creer... yo mismo dudo muchas veces; es decir, +quisiera dudar; pero las pruebas están demasiado claras en todo lo que +me rodea... + +Interrumpiose un instante, como para coordinar sus ideas. Después, +pasándose una mano por la frente, continuó: + +--«He nacido en este castillo, teniendo ya dos hermanos, a los cuales +debían ir a parar los bienes y los títulos de nuestra familia. No podía +esperar, por consiguiente, más que la sotana y el manteo. Y no obstante, +en mi cabeza fermentaban las ideas de ambición y de gloria. Descontento +de mi obscuridad, ávido de nombradía, sólo pensaba en los medios de +adquirirla. Y esta idea me hizo insensible a todos los placeres y +dulzuras de la existencia. El presente no era nada para mí: sólo existía +para el porvenir; y el porvenir ofrecíase a mis ojos bajo el aspecto más +sombrío. + +»Contaba treinta años, próximamente, y todavía no era nada. + +»Por aquella época se formaban en la capital grandes reputaciones +literarias, cuya fama llegaba hasta nuestra provincia. + +»¡Ah!--decíame con frecuencia,--¡si yo pudiese al menos alcanzar un +nombre en la carrera de las letras! ¡Eso siempre me daría alguna gloria, +y tan sólo en la gloria estriba la dicha del hombre! + +»Tenía por confidente de mis penas a un antiguo criado, un negro que +habitaba en el castillo desde antes de mi nacimiento, y que era, a no +dudar, el más anciano de la casa, porque nadie se acordaba de haberle +visto entrar en ella; los hombres más viejos del país aseguraban que +había conocido al mariscal Fabert y le había asistido en sus últimos +momentos...» + +Al decir estas palabras, mi interlocutor me vio hacer un gesto de +sorpresa, y se detuvo para preguntarme la causa. + +--No es nada--respondí. + +Pero en aquel momento, recordé, a pesar mío, el hombre negro de que +había hablado el hostelero la noche anterior. + +El señor de C... prosiguió en esta forma: + +«Un día, delante de Yago (tal era el nombre de mi negro) me dejé llevar +de la desesperación por la obscuridad en que vivía y la inutilidad de mi +existencia, y exclamé: + +--»_Daría diez años de vida_ por figurar entre los primeros literatos. + +--»¡Diez años--repuso Yago fríamente--es mucho! Es pagar muy cara una +cosa tan pequeña. Pero no importa, acepto los diez años. Acuérdese de lo +que ha ofrecido, que yo cumpliré mi promesa. + +»Inútilmente trataría de pintar a usted mi asombro al oír su +contestación. Creí que los años habían debilitado su cerebro, y me +encogí de hombros sonriéndome. + +»Pocos días después abandoné el castillo para emprender un viaje a +París. + +»Allí, sin poder explicarme cómo me arreglé para ello, me vi al poco +tiempo introducido en los círculos literarios. + +»Me animó el ejemplo de muchos escritores y publiqué algunas obras, de +cuyo éxito no debo hablar a usted... París entero las aplaudió y los +periódicos rivalizaron en elogios hacia mí. El nuevo nombre que yo había +adoptado como seudónimo se hizo célebre, y aun ayer, usted mismo lo +admiraba, joven...» + +Al llegar aquí, un nuevo gesto de sorpresa interrumpió el relato. + +--¿No es usted, pues, el duque de C...? + +--No--repuso fríamente. + +Por mi parte, pensé: + +--¡Un hombre de letras célebre!... ¿Será Marmontel? ¿Será Alembert? +¿Será Voltaire? + +El desconocido suspiró, plegó sus labios con una sonrisa amarga y +desdeñosa, y continuó su narración: + +--«Aquel nombre, aquella gloria literaria que tanto había envidiado, en +breve llegó a ser insuficiente para mi alma. Aspiraba ya a una fama de +mayor prestigio aún, y dije a Yago, el cual me había seguido a París: + +--»No existe otro verdadero renombre que el que se adquiere en la +carrera de las armas. ¿Qué es un literato, un poeta? Nada. Pero un gran +capitán, un general... Este es el destino que ambiciono. Por una gran +reputación militar daría diez años de los que me quedan de vida. + +--»Aceptado--replicó Yago.--No se olvide usted de que me pertenecen.» + +Al pronunciar estas palabras, el desconocido se detuvo otra vez, y +viendo la turbación y la duda que se retrataban en mi rostro, dijo: + +--«Ya le había anunciado a usted, joven; le cuesta trabajo creerme; todo +esto le parece un sueño, una quimera... ¡A mí también!... Y, sin +embargo, los grados, los honores que obtuve no eran una ilusión; los +soldados que llevé al combate, los reductos tomados, las banderas +conquistadas al enemigo, las victorias que tanto asombro causaron a +Francia... todo esto fue obra mía, toda esta gloria me pertenece.» + +Interin él se expresaba en estos términos, accionando con calor, con +entusiasmo, yo, pasmado de sorpresa, me decía: + +--¿Quién es, pues, el hombre que tengo delante? ¿Será Coligny, +Richelieu, el mariscal Saxe?... + +Del estado de exaltación en que se encontraba, cayó el desconocido en un +profundo abatimiento, y acercándose a mí, exclamó en tono sombrío: + +--«Yago estuvo en lo cierto. Y cuando poco después, disgustado de +aquella vana humareda de gloria militar, aspiraba yo a lo único que hay +real y positivo en este mundo; cuando a costa de cinco o seis años de +vida anhelé poseer grandes riquezas, también me las otorgó. La fortuna +colmó mis deseos, y me vi dueño de inmensas tierras, bosques, +castillos... Esta mañana conservaba aún todo esto... Si duda usted de lo +que le digo, si duda de Yago, aguarde, aguarde un poco... no tardará en +venir, y podrá usted convencerse por sí mismo de que, lo que ofusca o +confunde su razón y la mía, es, por desgracia, demasiado cierto.» + +Al pronunciar estas palabras, se acercó a la chimenea, consultó el +reloj, y, haciendo un gesto de espanto, me dijo en voz baja: + +--«Esta mañana, al despuntar el día, me sentí tan débil y abatido, que +casi no podía levantarme. Llamé a mi ayuda de cámara, y acudió Yago, en +lugar de aquél.--¿Qué tengo?--le pregunté. + +--»Señor, nada que no sea natural--respondiome,--que la hora se +aproxima, que llega el instante... + +--»¿Cuál? + +--»¿No lo adivina usted? El Cielo le había concedido sesenta años de +vida, y tenía usted ya treinta cuando empecé a cumplir sus deseos. + +--»¡Yago!--exclamé con terror,--¿hablas formalmente? + +--»Sí, señor. En cinco años ha consumido usted en gloria veinticinco de +existencia. Me los ofreció usted, y me pertenecen. Este tiempo de que +usted será privado se agregará al mío. + +--¡Cómo! ¿Era éste el precio de tus servicios? + +--»Otros los han pagado más caros. Ejemplo de ello es Fabert, a quien +también concedí mi protección. + +--»Calla, calla--le dije.--Eso es imposible... mientes... me estás +engañando. + +--»Crea usted lo que le plazca; pero prepárese, porque no le queda más +que media hora de vida. + +--»¿Te burlas de mí? + +--»De ningún modo. Calcule usted mismo: treinta y cinco años que ha +vivido realmente y veinticinco que ha disipado, suman sesenta. + +»Y al decir esto se disponía a salir de la estancia. + +»Yo sentía disminuirse mis fuerzas, que la vida se extinguía en mí, y +exclamé: + +--»¡Yago, Yago! concédeme algunas horas, unas cuántas horas aún. + +--»No puede ser--me contestó;--sería perjudicarme yo en mi tiempo, y yo +conozco mejor que usted el valor de la vida; no hay tesoro con que poder +pagar dos horas de existencia. + +»Yo apenas me sentía con fuerzas para hablar; mis ojos se cerraban; el +frío de la muerte helaba la sangre de mis venas. + +--»Pues bien--repliqué trabajosamente;--recupera esos bienes por los que +lo he sacrificado todo. Cuatro horas más, y renuncio al oro, a las +riquezas que tanto ambicioné. + +--»Conforme--dijo entonces Yago.--Has sido un buen amo para mí, y debo +hacer algo en tu obsequio. Consiento en lo que pides. + +»En aquel momento sentí que recobraba mis fuerzas, y agregué: + +--»Cuatro horas es muy poco, Yago; concédeme cuatro más, y renuncio +también a la gloria literaria, a mis obras, a lo que me hizo alcanzar un +puesto tan elevado en la estimación del mundo. + +--»¡Cuatro horas por eso!--murmuró el negro desdeñosamente.--Es mucho; +pero no importa, no debo negarte la última gracia. + +--»¡Oh! no, la última no--dije, cruzando las manos.--Concédeme hasta la +noche, doce horas siquiera, un día entero, y que mis hazañas, mis +triunfos, mi reputación militar, se borren para siempre de la memoria de +los hombres; que no quede nada de mí sobre la tierra... Un día, Yago, te +lo ruego. + +--»Abusas de mi bondad--respondiome, haciendo un gesto de +burla...--Pero, en fin, te concedo hasta la puesta del sol. Después no +me pidas más. Hasta el ocaso, pues. Vendré por ti.» + +--Hoy--continuó el desconocido con desesperación,--es el último día de +mi vida, el único que me queda!... + +Luego, asomándose a una de las ventanas que daban al parque, prosiguió: + +--Ya no volveré a ver ese hermoso cielo, esos verdes céspedes, esas +bulliciosas aguas; ya no respiraré más este aire embalsamado... ¡Qué +insensato he sido! Esos bienes que Dios da a todos, a los que siempre me +he mostrado insensible, y cuya dulzura sólo puedo apreciar ahora, los +habría disfrutado aún durante veinticinco años. ¡Ah! ¡Y he sacrificado +mis días a una quimera; los he perdido por una gloria estéril que no me +ha proporcionado la dicha, y que ha muerto antes que yo!... Mire, +mire--añadió señalando a unos aldeanos que atravesaban el parque y +regresaban, cantando, a sus faenas,--¡qué no daría yo ahora por +participar de sus trabajos y de su miseria! Pero ya nada tengo que dar +ni que esperar en este mundo, nada... ni la desgracia siquiera. + +En aquel instante, un rayo de sol vino a iluminar sus pálidas y +descompuestas facciones. + +--Vea usted--exclamó asiéndome de un brazo con una especie de +delirio,--¡vea qué hermoso es el sol!... ¡Y he de perder todo esto! ¡Ah! +deje que aun disfrute de ello, que saboree por completo este alegre y +sereno día que para mí no ha de tener un mañana. + +Y antes que yo pudiera detenerle, lanzose corriendo al parque, y +desapareció por una de las alamedas. + +Si he de ser franco, diré que me hubiera sido imposible evitarlo; no +tenía fuerzas; me encontraba aturdido, asombrado de cuanto acababa de +ver y oír. Apenas si me encontraba aún con energías para levantarme de +mi asiento y dar algunos pasos, a fin de convencerme de que no soñaba. + +Antes de que lograse darme cuenta exacta de mi situación, se abrió la +puerta y apareció un criado, el mismo a quien había interrogado al +entrar, diciendo: + +--El señor duque de C... + +Y un hombre de unos sesenta años y de aspecto distinguido, avanzó a mi +encuentro, tendiéndome la mano y excusándose por haberme hecho esperar +tanto. + +--Cuando llegó usted me encontraba ausente del castillo--me dijo.--Vengo +ahora de la ciudad, adonde he ido con objeto de celebrar una consulta +sobre el lamentable estado del conde de C..., mi hermano menor. + +--¿Está en peligro su vida?--exclamé algo confuso. + +--No, por fortuna--replicó el Duque;--pero en su juventud, ciertas ideas +de gloria y ambición trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad que +ha sufrido últimamente, de la que llegamos a creer todos que moriría, ha +dejado en su cerebro una especie de delirio por el cual se figura +continuamente que sólo le queda un día de vida. En esto consiste su +locura. + +Entonces, todo se aclaró para mí. + +--Pero hablemos de usted--continuó el Duque.--Veamos qué puedo hacer en +su favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentaré en +la corte, y... + +--Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo, +señor Duque, y he venido a darle las gracias por ellas. + +--Pues qué, ¿ha renunciado usted al porvenir que podía alcanzar en la +corte? + +--Sí, señor. + +--Recapacite usted en que, por mi influencia, hará rápidamente carrera y +podrá llegar en menos de diez años... + +--¡Diez años!--exclamé con una especie de terror. + +--¡Cómo!--repuso el Duque asombrado.--¿Considera usted que es pagar +demasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decídase, y pronto +iremos a Versalles. + +--No, señor Duque; regresaré en seguida a la Bretaña, y le suplico +nuevamente que acepte la expresión de mi reconocimiento y el de toda mi +familia. + +--¡Eso es una locura!--murmuró el Duque. + +Pero yo, reflexionando en lo que acababa de ver y escuchar, salí +diciendo para mí: + +--Esto es ser razonable. + +Y al día siguiente emprendí el viaje de vuelta a mi casa. ¡Con cuánta +alegría contemplé mi hermoso castillo de la Roche-Bernard, los seculares +árboles de mi parque y el hermoso sol de mi país! En él me esperaban mis +vasallos, mis hermanas, mi madre... y la felicidad, porque ocho días +después celebrábase mi matrimonio con mi prima Enriqueta. + + + + +JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA + + + + +I + + +Nos encontramos en un gran teatro, el de la Opera de París. + +Y conste que no aludo a las maravillas que presenta a nuestra vista, a +la gracia aérea de la Taglioni, al encanto delicioso de las Elssler, ni +al poderoso talento de Nourrit, Talma de la tragedia lírica; no hablo de +los magníficos acordes de Meyerbeer, orgullo de Alemania, ni de los +ingeniosos e inagotables cantos de Auber, el primero de nuestros +compositores, si no tuviera la desgracia de ser nuestro compatriota. +Tampoco me refiero a la magnificencia de las decoraciones, los trajes y +los bailes; no se trata del teatro, sino de la sala. En ella tiene lugar +un espectáculo muy curioso en otro sentido, pero tan seductor y +brillante como el de la escena. + +Dirijan ustedes una mirada a su alrededor; y si esta noche tienen tiempo +de observar, si se encuentran de buen humor, si no han perdido el +dinero en la Bolsa o escuchado un mal discurso en la Cámara, si su +amante no les ha hecho traición o su esposa no les ha armado querella, +si han comido bien, en compañía de personas de ingenio o, lo que es aún +mejor, de verdaderos amigos, tomen asiento en la orquesta de la Opera; +dirijan sus gemelos no hacia el escenario sino hacia las galerías, al +anfiteatro y sobre todo a los palcos principales. ¡Qué cuadros tan +variados, cuántas escenas de comedia y, con frecuencia, hasta de drama! +Y adviertan ustedes que no quiero que salgan del observatorio en que +acabo de colocarlos; porque, ¿qué sucedería si abandonando su silla de +orquesta y tomando el brazo de un amigo se aventurasen en el _foyer_ de +la Opera? No podrían dar un paso en él sin tropezar con una ambición o +con un ridículo, sin chocar al paso con un diputado, un hombre de Estado +del momento, un ministro de ayer, una reputación de la semana, un +orgullo de todos los días. Allí, en torno de aquella gran chimenea, hay +un caballero de guantes amarillos que refiere sus aventuras de la mañana +y sus apuestas en el bosque de Bolonia; un periodista orador que relata +en la conversación su folletín del día siguiente; un _dandy_ que vive a +expensas de una actriz y la paga con elogios; otro que se arruina por +ella y se ve obligado a enumerar sus perfecciones como para justificar +ante sus amigos el empleo de su dinero; todo esto, formando una extraña +confusión, una amalgama de amor propio y pretensiones, suministraría +material suficiente para escribir cien volúmenes, y mi único propósito +es referir una historieta. + +Una noche--era, si mal no recuerdo, a fines del año 1831,--bailaba la +señorita Taglioni. Asistía una inmensa concurrencia. Yo había ido a +reunirme a unos amigos que me habían citado, pero que, encontrándose ya +demasiado estrechos, no podían proporcionarme asiento. No obstante, +levantose un joven y me ofreció el suyo. Como ustedes supondrán, lo +rehusé, no queriendo privarle del placer de presenciar cómodamente el +espectáculo. + +--No me priva usted de nada--dijo,--pues voy a salir. + +En vista de ello, acepté, dándole las gracias, y observé que el joven, +antes de retirarse, dirigió una última mirada al salón, y apoyándose un +instante contra el palco inmediato, pareció buscar a alguien con la +vista; luego, cayendo, súbitamente, en una profunda meditación, ya no +pensó en marcharse. Tenía razón al decirme que no le privaría del +espectáculo, porque, dando la espalda a la escena, sin ver ni oír nada, +parecía haberse olvidado por completo del lugar en que se encontraba. + +Entonces me puse a examinarle atentamente. + +Era imposible encontrar una figura más expresiva, más bella y de más +distinción. Vestido con elegante sencillez, todo en sus modales y en +sus más insignificantes gestos era noble, de buen gusto y _comme il +faut_. Aparentaba de veinticinco a veintiocho años; sus grandes ojos, +negros, estaban constantemente fijos en un palco segundo, situado frente +a él, al que miraba con una expresión de tristeza y desesperación +indefinible. A pesar mío, volví la cabeza en la misma dirección, y vi +que aquel palco estaba vacío. + +--Sin duda, pensé, esperaba a alguien que no ha venido; una _ella_ que +ha faltado a su palabra... o está enferma, o a quien un marido celoso ha +impedido venir... Y él la ama... y la espera... ¡Pobre joven! + +Y como él, esperé y le compadecí, y habría dado cualquier cosa por ver +abrirse la puerta de aquel palco que seguía obstinadamente cerrado. + +El espectáculo iba a terminar, y durante dos o tres escenas en las que +ya no bailaban las primeras partes y durante las cuales el público +conversaba casi en voz alta, hablose de la ópera _Roberto el Diablo_, +que se estaba ensayando entonces y que debía representarse a los pocos +días. Mis amigos hiciéronme algunas preguntas respecto a la música y los +bailables, demostrando deseos de asistir a los últimos ensayos. ¡Es una +cosa tan curiosa y tan interesante para ciertas gentes un ensayo de la +Opera! Les prometí llevarlos, y nos levantamos para salir, porque el +telón acababa de caer. Al pasar junto a mi desconocido, que continuaba +inmóvil en el mismo lugar, le manifesté mi sentimiento por haber +aceptado su oferta y el deseo de poder corresponder a su atención. + +--Nada más fácil--me dijo;--acabo de saber que es usted Meyerbeer. + +--No tengo ese honor. + +--O que es usted uno de los autores del _Roberto el Diablo_. + +--Del libreto nada más. + +--Pues bien, caballero, permítame usted asistir al ensayo de mañana. + +--Ofrece aún tan poco atractivo, que sólo me atrevo a invitar a mis +amigos. + +--Razón de más para que yo insista, caballero. + +--Y yo me considero muy honrado con que se digne usted hacerme tal +petición. + +Me estrechó la mano y quedamos citados para el día siguiente. Fue exacto +a la cita, y mientras comenzaba el ensayo, nos paseamos algunos momentos +por el teatro. Hablaba en un tono grave, y sin embargo, amable y +espiritual; pero notábase fácilmente que se esforzaba en sostener la +conversación, y que alguna otra idea le preocupaba. Nuestras más lindas +cantantes y bailarinas iban llegando sucesivamente. Le vi estremecerse +con frecuencia, y llegó un momento en que fue tal su emoción, que tuvo +que apoyarse contra un bastidor. Creí entonces adivinar que sentía una +pasión desgraciada por alguna de aquellas diosas, pero su edad y su +figura hacían poco verosímil semejante suposición. Y en efecto, no tardé +en convencerme de que me engañaba; no habló a nadie, a nadie se acercó, +y tampoco dio muestras nadie de conocerle. + +Cuando comenzó el ensayo, traté de descubrirle en la orquesta, entre los +aficionados, y no le encontré allí. Aunque la sala estaba poco +alumbrada, me pareció verle en el palco que la víspera había contemplado +con tan profunda emoción. Quise asegurarme de ello, y al terminar el +ensayo, después del admirable trío del quinto acto, subí al piso +segundo. Meyerbeer, que deseaba hablar conmigo, me acompañaba. Llegamos +al palco, cuya puerta estaba entreabierta, y vimos al desconocido con la +cabeza oculta entre las manos. Al vernos entrar, volviose bruscamente, +abandonó su asiento, y pude ver entonces que su rostro estaba cubierto +de lágrimas. Meyerbeer se estremeció de alegría, y, sin decirle una +palabra, le estrechó la mano con ademán afectuoso, como para darle +gracias. El desconocido, procurando reponerse de su turbación, balbuceó +algunas frases de elogio de un modo tan vago, que fue evidente para +nosotros que no había escuchado la ópera y que, desde hacía dos horas, +estaba pensando en otra cosa que en la música. Meyerbeer me dijo en voz +baja, desesperado: + +--¡El infeliz no ha oído ni una nota! + +Los tres bajamos juntos la escalera, y al pasar por el hermoso y +espacioso patio que conduce a la calle de la Grange-Bateliere, el +desconocido saludó al empleado en aquella portería. Aguijoneado, +entonces, por la curiosidad, acerqueme a aquel hombre y le interrogué: + +--¿Conoce usted a ese joven que acaba de marcharse? + +--Sólo sé que se llama Arturo, que vive en la calle de Helder, núm. 7, y +que este invierno se ha abonado a un palco segundo que da frente a la +escena. + +--¿Y, según parece, está en el palco a todas horas? + +--Viene a él solamente por la mañana; pero por la noche no lo ocupa +nunca y está siempre cerrado. + +Efectivamente, en toda la semana no se abrió la puerta del palco, que +permaneció vacío y sin que nadie se presentase en él. + +El estreno de _Roberto el Diablo_ estaba muy próximo, y en esos últimos +días el pobre autor se ve agobiado con peticiones de localidades y +billetes. ¿Se imaginan ustedes que éste tiene tiempo de pensar en su +obra, en los cortes y cambios que serían necesarios? De ninguna manera. +Necesita contestar a las cartas y reclamaciones que recibe por todas +partes; y las señoras, sobre todo, son las más exigentes en ese +día.--Debía usted haberme reservado dos palcos, y no he podido obtener +más que uno.--Me había usted ofrecido una delantera, y sólo he recibido +un asiento de primera fila.--Me dijo usted que podía contar con el +número 10, inmediato al palco del general, y me ha enviado usted el +número 15, que está junto al de la señora D***, a quien no puedo sufrir, +y que está sumamente infatuada con sus diamantes. + +En un día de estreno se enfrían muchas veces las relaciones con los +mejores amigos, que acceden a perdonarle a uno algunos días después, si +se ha obtenido un éxito brillante, pero que continúan enojados durante +mucho tiempo cuando es víctima de un fracaso; de modo que queda uno mal +con ellos como con el público. Bien dicen que «un mal no viene nunca +solo». + +La mañana del día fijado para el estreno de _Roberto el Diablo_, debía +yo entregar a unas señoras un palco que les había ofrecido; palco de que +el director me había despojado para dárselo a un periodista. Al quejarme +de ello, me contestó: + +--¡Es para un periodista!... Ya ve usted, un periodista... que la +detesta... pero que, gracias a esta atención, consentirá en hablar +bien... de la música. + +El argumento no admitía réplica, y, por otra parte, el palco estaba ya +dado. Pero, ¿dónde colocar a mis lindas señoras, cuyo enojo era para mí, +en otro orden, tan temible como el del periodista? Recordé entonces a +mi desconocido, y me encaminé a su casa. + +Era ésta muy sencilla y modesta, sobre todo tratándose de un hombre que +estaba abonado a un palco en la Opera durante todo el año. + +--Señor--le dije,--vengo a pedirle un gran favor. + +--Usted dirá. + +--¿Piensa usted asistir a la representación del _Roberto_... en su +palco? + +Pareció turbarse, y me respondió con cierta vacilación: + +--Desearía asistir, pero no podré hacerlo. + +--¿Ha dispuesto usted de él? + +--No, señor. + +--Si tuviera usted a bien cedérmelo, me sacaría de un gran apuro. + +El suyo era cada vez mayor... no se atrevía a negármelo... Por último, +haciendo un visible esfuerzo sobre sí mismo, exclamó: + +--Accedo a ello, pero con la condición de que no llevará usted a ese +palco más que hombres. + +--Precisamente--repuse,--se lo pido para unas señoras... + +Quedó silencioso durante un momento, y luego dijo: + +--Entre esas señoras, ¿hay alguna a quien usted ama? + +--Sin duda--contesté ligeramente. + +--Entonces, disponga del palco. De todos modos, hoy mismo salgo de +París. + +Aguijoneado por el interés y la curiosidad, al oír estas últimas +palabras, hice un movimiento, cuyo significado debió de adivinar él sin +duda alguna, porque me apretó la mano entre las suyas, diciéndome: + +--Ya supondrá usted que ese palco tiene para mí recuerdos muy queridos y +crueles... que a nadie puedo confiar... ¿A qué conduce quejarse cuando +uno es desdichado sin esperanza... y lo es por su culpa? + +Aquella noche tuvo lugar el estreno de _Roberto_, y mi amigo Meyerbeer +alcanzó un éxito inmenso, que se extendió por toda Europa. Más tarde, +sucediéronse muchos otros acontecimientos literarios o políticos y otros +muchos fracasos. No volví a ver a Arturo, ni a pensar en él: le había +olvidado. + +Hace pocas noches, me encontraba también en la Opera. Esta vez no se +representaba _Roberto_, sino _Los Hugonotes_. Habían transcurrido cinco +años. + +--Llega usted muy tarde--me dijo uno de mis amigos, un profesor de +Derecho, abonado de la Opera, que se muestre tan alegre por la noche +como erudito por la mañana. + +--Y hace usted mal--agregó, dándome un golpecito en la espalda, un +hombrecillo vestido de negro, de voz acre y cabeza empolvada. + +Volví la cabeza para ver quién me hablaba, y me encontré con el señor +Baraton, notario de mi familia. + +--¿Usted aquí?--exclamé;--¿y su estudio? + +--Lo vendí hace tres meses. Soy rico, viudo, tengo sesenta años, he +estado casado por espacio de veinte, y durante treinta he sido +notario... Creo que ya es tiempo de que piense en divertirme. + +--Y hace ocho días--añadió el profesor de Derecho--que se ha abonado a +la orquesta. + +--Sí, me gusta reírme, y a eso vengo aquí, donde se ven y se oyen las +cosas más extrañas del mundo. Estos señores lo saben todo, todo lo +conocen... No hay una sola localidad de la que no me hayan referido una +anécdota interesante. + +Y al decir esto, miraba al profesor de Derecho, el cual se sonreía con +ese aire modesto y reservado que se considera como discreto, y que +quiere decir: otras muchas podría contar si quisiera. + +--¿De veras?--exclamé. + +Y, sin darme cuenta de ello, dirigí mis ojos al palco que algunos años +antes había excitado vivamente mi curiosidad. ¡Cuál fue mi sorpresa! +también estaba desocupado aquella noche; de cuantos había en el teatro, +era el único que se encontraba vacío. + +Encantado entonces por tener, a mi vez, una historia que contar, hice +saber en pocas palabras a mis oyentes la que acabo de referir a ustedes, +acaso con demasiada extensión. + +Todos me escucharon atentamente y empezaron a formar conjeturas. El +profesor rememoraba sus antiguos recuerdos; el notario se sonreía con +malicia. + +--Veamos--les dije;--¿quién de estos señores, que todo lo saben, nos +dará la clave de este enigma? ¿Quién nos podrá contar la historia de ese +palco misterioso? + +Todos permanecieron silenciosos, hasta el profesor, el cual, pasándose +una mano por la frente como procurando recordar la anécdota, hubiera +concluido probablemente por inventar una; pero el notario no le dio +tiempo para ello. + +--¿Que quién le contará a usted esa historia?--exclamó con aire de +triunfo;--yo, que la conozco, sin omitir detalle. + +--¿Usted, señor Baraton? + +--Yo mismo. + +--Hable usted, hable. + +Y todas las cabezas fijáronse en el narrador. + +--Pues bien--repuso el notario con aire importante y tomando un polvo de +rapé.--¿Quién de ustedes ha conocido...? + +En aquel instante se dejaron oír los primeros acordes de la orquesta. + +Y el señor Baraton, que no quería perder una sola nota de la sinfonía, +se detuvo repentinamente, diciendo: + +--Comenzaré en el próximo entreacto. + + + + +II + + +Apenas terminó el primer acto de _Los Hugonotes_, el notario empezó +diciendo: + +--Tienen que vestirse la reina y todas sus damas de honor; hay que +construir también el castillo y los jardines de Chenonceaux, y, de +consiguiente, el entreacto será bastante largo para que yo pueda +referirles la historia que desean conocer. + +Y cuando hubo saboreado lentamente un polvo de rapé, como para tomarse +tiempo de reunir sus recuerdos, el señor Baraton prosiguió en esta +forma: + +--¿Quién de ustedes ha conocido aquí a la pequeña Judit? + +Miráronse, y ni los abonados más antiguos de la orquesta pudieron +responder. + +--La pequeña Judit--agregó el notario,--una jovencita que hace siete u +ocho años fue admitida como figuranta en el cuerpo de baile. + +--Aguarde usted...--dijo el profesor de Derecho con un tono algo +pedante.--¿Una rubita que en _La Muda_ hacía el papel de uno de los +pajes del virrey? + +--No, era morena--repuso el notario;--en cuanto al empleo que la +atribuye, no tengo datos para asegurarlo, y prefiero atenerme a la +inmensa erudición de usted. + +El profesor de Derecho hizo una cortesía. + +--Lo que nadie podría negar es que la pequeña Judit era encantadora. +Otro punto que también parece comprobado, es que la señora Bonnivet, su +tía, era portera en la calle de Richelieu, de la casa de un solterón, +del cual había sido en otra época ama de gobierno, o según decían +algunos, cocinera; pero la señora Bonnivet no convenía en esto. Por lo +demás, ella tiraba del cordón y hacía recados, mientras su sobrina hacía +conquistas; porque no se podía, en modo alguno, pasar frente a la +habitación de la portera sin admirar a la pequeña Judit, que entonces +tendría apenas doce años. Sus ojos eran ya los más bellos del mundo, sus +dientes parecían perlas, tenía un talle delicioso, y con su vestido de +indiana ofrecía el aire más distinguido que imaginar se puede. Además, +tenía una fisonomía de expresión inocente, cándida, y, en su misma +inocencia, expresiva y coqueta; una de esas fisonomías, en fin, a +propósito para hacer enloquecer a cualquiera y cambiar, como suele +decirse, la faz de los imperios. + +Tantos y tan frecuentes parabienes recibía la señora Bonnivet por la +belleza de su sobrina, que se decidió a hacer algunos sacrificios, con +objeto de educarla: la hizo entrar en una escuela gratuita, donde +aprendió a leer y escribir; brillante progreso cuyas ventajas no tardó +en apreciar la señora Bonnivet, que en sus funciones de portera +difícilmente descifraba los sobres de las cartas y equivocaba +constantemente los periódicos que debía entregar a los inquilinos. + +Así, pues, todo el mundo se alegró cuando Judit se encargó de este +cuidado; y su tía, convencida de que con una figura y una educación tan +distinguida debía hacer fortuna sin mucho trabajo, no esperaba más que +una ocasión para ello, la cual no tardó en presentarse. El señor +Rosambeau, maestro de baile, que vivía en el quinto piso, ofreciose a +dar algunas lecciones a la pequeña Judit, y pocos días después la señora +Bonnivet participaba a todas las porteras de su conocimiento, que su +sobrina acababa de ser admitida en los coros de la Opera; esta noticia +difundiose rápidamente de puerta en puerta por toda la calle de +Richelieu. + +Ya tenemos, pues, a Judit instalada en la Opera, tomando lecciones por +la mañana y presentándose por la noche confundida entre los grupos de +jóvenes, de ninfas o de pajes, como hace un instante decía nuestro amigo +el profesor. + +Judit era la inocencia personificada, aunque entonces había cumplido ya +catorce años; habíase criado en una casa honrada, cuyos inquilinos eran +todos casados; su tía, que era de un rigorismo exagerado, no la perdía +de vista casi nunca; la llevaba al teatro por la mañana, la acompañaba +al salir por la noche, y hasta tenía la paciencia de permanecer en el +saloncillo del baile, haciendo calceta, mientras su sobrina estudiaba y +aprendía los bailables. + +Tal vez deseen saber ustedes lo que sucedía, entretanto, en la casa de +la calle de Richelieu, pero no puedo decírselo. No faltaba quien +asegurase que una amiga de la señora Bonnivet se había encargado de +substituirla interinamente, hasta el día en que la pequeña Judit hiciera +_suerte_. + +Porque ustedes saben, tan bien como yo, que las jóvenes sólo suelen +entrar en la Opera para hacer suerte y alcanzar una posición brillante; +realizado esto, y cuando llegan a ser ricas, se retiran, se hacen +juiciosas y casan a su hija con un agente de Bolsa. + +--O con un notario--rectificó el profesor. + +--Es cierto--repuso el señor Baraton, haciendo una mueca;--se han dado +casos... Pero comprenderán ustedes que ni la señora Bonnivet ni su +sobrina pensaban entonces en tales grandezas. Es preciso avanzar en todo +de una manera progresiva, y paso a paso. + +--¿Y Judit?--pregunté yo, porque veía transcurrir el entreacto. + +--De ella me ocupo. La señora Bonnivet, a despecho de su previsora +vigilancia, no podía impedir que su sobrina hablase con sus jóvenes +compañeras. Por la mañana en el saloncillo del baile, y particularmente +por la noche, cuando salían a la escena... formidable límite que la tía +no podía franquear y en el que se detenía su vigilante inspección... +Judit oía entonces cosas singulares. Una de las ninfas o de las +sílfides que con ella bailaba decíala en voz baja: + +--Oye, querida: fíjate en la orquesta, a la derecha; ¡observa cómo me +mira! + +--¿Quién? + +--Ese guapo joven que viste chaleco de cachemir. + +--¿Y qué significa eso? + +--Que está enamorado de mí. + +--¡Enamorado!--exclamaba Judit. + +--Está claro; ¿de qué te asombras? ¿Acaso tú no tienes algún amorcillo? + +--¡Dios mío! yo no. + +--¡Tiene gracia! Oigan ustedes, chicas, Judit no tiene ningún +pretendiente. + +--¡Ya lo creo! como que su tía se opone a ello. + +--¡Me gusta! ¡Pues si yo tuviera una tía como esa!... + +--Querida, haces mal en censurar a una mujer que tiene miras formales y +útiles, como a nosotras nos hubiera convenido, y que, para apartar a su +sobrina del peligro de las pasiones, le busca un protector. + +--¡Ella! ¡Un protector!... Es demasiado tonta para eso, y no lo +encontrará nunca. + +Estas conversaciones efectuábanse durante los coros de la _Vestal_. +Judit no había perdido una palabra; pero no se atrevía a pedir a nadie +la explicación de lo que era todavía un enigma para ella. No obstante, +sentíase humillada, inconscientemente, por el concepto en que la +tenían; hubiera querido vengarse, abatir a sus buenas amigas, +humillarlas a su vez. En consecuencia, cuando, en cierta ocasión, al +retirarse por la noche, la señora Bonnivet tomó un aire grave y solemne +para anunciar a su sobrina que se le había presentado un protector muy +distinguido, su primer movimiento fue de júbilo... y su tía, que no +esperaba tal cosa, pareció encantada de ello y continuó muy satisfecha: + +--Sí, mi querida sobrina; una persona muy recomendable por todos +conceptos, una persona que asegurará tu fortuna y la suerte de tu tía, +cosa muy justa después de los sacrificios que le ha ocasionado tu +educación y los cuidados que ha tenido para ti. + +Mientras hablaba de este modo, la tía se enjugó algunas lágrimas; Judit, +conmovida por aquel enternecimiento, se atrevió entonces a preguntar +solamente quién era aquel protector y por qué había merecido ella una +distinción tan elevada. + +--Ya lo sabrás, hija mía, ya lo sabrás... Por el momento, todas tus +compañeras se van a morir de envidia. + +Esto era lo único que anhelaba Judit; y, efectivamente, produjo honda +impresión esta noticia al día siguiente en el saloncillo del baile. + +--¿Pero es de veras? + +--Te lo aseguro. + +--Parece imposible... + +--¡Esa remilgada! ¡Qué suerte tiene!... + +--¡Una figuranta, una corista! + +--En tanto que yo... ¡una primera parte! + +--¡Es irritante! + +--Pero es natural--decían otras;--hay que confesar que es muy guapa... + +--¡Y muy honrada!... ¡Bien lo merece!... + +En resumen, nunca una boda de príncipes, ni aun de reyes, dio lugar a +tantas conjeturas; pero aquella misma noche quedaron resueltas todas las +dudas al aparecer en el teatro la señora Bonnivet con un chal magnífico. + +--¿Quién era aquel protector desconocido? Seguramente se trataría de +algún banquero entrado en años o algún respetable gran señor. Esto fue +lo primero que preguntaron a Judit, con el propósito de hacerla hablar; +pero todo fue en vano: Judit observó una discreción impenetrable, por la +sencilla razón de que ella misma lo ignoraba. + +Tres o cuatro días después abandonó con su tía el pequeño cuarto de la +portería para ir a habitar un piso delicioso de la calle de Provenza, +donde tenía una alcoba del gusto más moderno y un gabinete exquisito, +tan elegante y tan bien decorado y alfombrado, que la tía no se atrevía +a entrar en él, y pasaba el tiempo en el comedor o en la cocina... allí +se encontraba ella más a su gusto. + +Pero transcurrieron algunos días sin que Judit viera presentarse a +nadie, lo cual le parecía muy extraño, porque la joven carecía de +instrucción, pero no de talento. Su candor y su sencillez reconocían por +causa la ignorancia, no la inocencia; y rememorando lo que había podido +comprender, y adivinando una parte de lo que no comprendía, empezó a +inquietarse, a estremecerse. Hubiera dado cualquier cosa por tener una +amiga a quien pedirle consejo... Pero ella sola, ¿qué protección podría +buscar contra un protector que no conocía y que ya le inspiraba miedo? +Cierto es que, cuantas ideas ella se forjaba de antemano, estaban +relacionadas con las de la fealdad y la vejez, a fuerza de oír decir a +sus compañeras que su protector no podía ser más que un viejo gotoso, +extravagante y contrahecho. Júzguese, pues, de su sorpresa, cuando al +quinto día vio entrar a su tía corriendo y desatalentada, la cual, +precediendo a un caballero, abrió la puerta del tocador, diciendo: + +--¡Aquí está! + +Judit intentó levantarse por cortesía, pero sus piernas flaquearon; y +conociendo que iba a desmayarse, se dejó caer sobre el sofá en que +estaba sentada. + +Cuando, al cabo de un rato, se atrevió a levantar los ojos, vio de pie, +frente a ella, a un joven guapo, de unos veinticuatro años próximamente, +y de porte noble y distinguido, que la contemplaba con una expresión tan +dulce y cariñosa, que fue suficiente para disipar su miedo; imaginose +que quien la miraba así debía defenderla, y que nada tenía que temer, +por lo tanto. + +--Señorita...--le dijo el desconocido en tono grave, pero respetuoso. + +Y al ver que la tía aún permanecía allí, le hizo seña de que saliera. +Esta obedeció acto continuo, porque precisamente tenía que dar órdenes +para la comida. + +--Señorita--continuó el joven,--está usted en su casa, y mi deseo es que +se encuentre bien en ella y sea dichosa. Perdóneme si tengo pocas veces +el honor de ofrecerle mis respetos; mis muchas ocupaciones me privarán +de este placer. Por lo cual no reclamo más que un título... el de ser +amigo de usted. Y un solo derecho... el de satisfacer sus menores +caprichos. + +Judit no contestó; pero su corazón latía con tal violencia, que hacía +mover el ligero percal de su bata. + +--Respecto a su tía...--y pronunció esta palabra en tono +despreciativo,--estará, en adelante, a las órdenes de usted, porque +usted es aquí el ama, y todos la han de obedecer... empezando por mí. + +Luego se acercó a ella, le tomó una mano, que llevó a sus labios, y +viendo que aun estaba temblorosa, dijo: + +--¿Le da miedo, acaso, mi presencia? Tranquilícese, sólo volveré cuando +me necesite... cuando me llame... Adiós, Judit... adiós, hija mía. + +Y salió acto seguido, dejando a la pobre joven confusa y presa de una +emoción que ella no conocía y que en vano hubiera intentado explicarse. + +Durante todo aquel día, tuvo Judit en la imaginación la figura del +hermoso desconocido, con sus grandes y expresivos ojos negros, pues +aunque, aparentemente, no le había mirado, no por eso dejó de examinar +su apostura, sus maneras y hasta su traje. Creía estar oyendo aún +aquella voz tan dulce, cuyas palabras habíanse grabado en su memoria. La +pobre Judit que, hasta entonces, había dormido perfectamente, aquella +noche no pudo conciliar el sueño. ¡Era la primera vez! A la mañana +siguiente, levantose con el rostro pálido, los ojos hinchados... + +La tía, entretanto, no dejaba de sonreír. + +Era imposible hablar del desconocido sin que el lindo rostro de Judit se +cubriese de súbito rubor... + +Y la tía continuaba sonriendo. + +Pero él no parecía, no iba... y Judit no podía decirle que fuese... En +efecto, ¿qué podía pedirle?... Casa elegante, mesa bien servida, criados +y un coche a su disposición... Nada le faltaba... ¡nada más que él! + +Por otra parte, sus compañeras de teatro, al verla en posición tan +brillante, rodeada de tanto lujo, vestida de ricas galas, no cesaban de +interrogarla... Y sus preguntas enseñaban a Judit más de lo que ella +quería saber... De aquí que, sin que acertara a explicarse el motivo, +obstinárase en guardar el más profundo silencio con su tía y sus +compañeras respecto a lo que había sucedido entre ella y él. Juzgando +por lo que oía en torno suyo, parecíale que en la conducta del +desconocido había algo extraordinario... algo de humillante para ella, y +que por su propia dignidad no debía decir. Hubiera muerto antes que +hablar o quejarse... + +Al octavo día, que era de gran representación, distinguió en el palco +del Rey a su desconocido, que la estaba contemplando. Lanzó un grito de +alegría y de sorpresa, que hizo perder el compás a un bailarín que, en +aquel instante, comenzaba una pirueta. + +--¿Qué es eso?--le preguntó Natalia, una de sus compañeras, que la +ayudaba a sostener una guirnalda de flores. + +--¡Es él; está allí!... + +--¡Cómo! ¡el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte de +Carlos X, y que además es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte... +Pero, ¿qué tienes? ¿Te vas a poner mala por un hombre a quien ves todos +los días? + +Judit no oía estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa de +inclinarse hacia ella y le dirigía un saludo, con grande escándalo del +dorado palco en que se encontraba. Al terminar el baile, cuando se +disponía a subir a su cuarto, tropezó entre bastidores con Arturo, el +cual, en presencia del gentilhombre que entonces presidía las funciones +de la Opera, le dijo: + +--¿Me permite usted, señorita, que la acompañe a su casa? + +--Será un honor para mí--balbuceó la joven temblando, sin notar que su +respuesta excitaba la hilaridad de sus compañeras. + +--En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo. + +Aseguro a ustedes que Judit no tardó mucho en desnudarse; en la +precipitación rompió su vestido de gasa y su pantalón de seda, y la +señora Bonnivet, que, como todas las madres y tías de teatro, servíala +de doncella, apenas si pudo seguirla por la escalera, llevando el abrigo +que su sobrina había olvidado. Arturo aguardaba en el escenario, +hablando con varios jóvenes y con Lubert, el director, a quien, en aquel +instante, estaba recomendando a Judit. Cuando ésta apareció, avanzó él a +su encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escalera +particular de los artistas. Un elegante carruaje los esperaba a la +puerta; y sería inútil tratar de describir a ustedes la turbación y el +arrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a él, en aquel +reducido espacio, que hacía la entrevista más íntima y más dulce. El, +temiendo que la joven se constipase, levantó los cristales; luego tomó +el chal de cachemir que ella tenía en la mano, y se lo echó sobre los +hombros. ¡Ah! ¡qué hermosa estaba Judit, qué seductora, embellecida por +la felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duración. ¡Hay tan poca +distancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza, y +además aquellos magníficos caballos marchaban con tanta rapidez!... El +carruaje se detuvo por último; apeose Arturo, ofreció la mano a su +compañera, subió con ella hasta el primer piso, llamó a la puerta de su +habitación, la saludó respetuosamente y desapareció en seguida. + +Judit pasó también aquella vez una mala noche. ¡Le parecía tan extraña +la conducta del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado, +sentarse y hacerle una visita. Verdad que ella no estaba muy al +corriente de las conveniencias sociales; pero se imaginaba que esto +hubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca. + +Trató de dormir inútilmente; levantose, se paseó por el aposento, y al +despuntar el día, deseando refrescarse durante un momento con el aire de +la mañana, abrió el balcón... Cuál no sería su sorpresa al ver a la +puerta el carruaje del Conde, que, por lo visto, había pasado allí toda +la noche... Los caballos piafaban en las piedras, aguijoneados por la +impaciencia y el frío, mientras que el cochero dormía en el pescante... + +--Ustedes dispensarán, señores--dijo el notario interrumpiendo su +narración;--pero el acto va a empezar y no quiero perder un solo pasaje +de la ópera, pues para eso me he abonado... + +Continuaré en el otro entreacto. + + + + +III + + +Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y vio +también a la puerta el carruaje del Conde. + +No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con qué +propósito? Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubiese +atrevido a preguntárselo. Por otra parte, no le veía casi nunca, a no +ser por la noche, los días de ópera, en un palco segundo de frente a la +escena, al que estaba abonado durante todo el año. No había vuelto a +entrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaría +para verle?... ¿Qué hacer?... + +Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una +postergación. + +Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el +contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó un +motivo para escribir al Conde, diciéndole que necesitaba pedirle un +favor y rogábale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era +fácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un día: la +empezó muchas veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de +ellos los bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, que +no faltó quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oyó a +algunos jóvenes autores y abonados de la orquesta bromear y reírse de +una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano. +Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios +satíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo +autor no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en un +periódico, como modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro de +baile. + +¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en +ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al +leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no +haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día +siguiente cuando entró Arturo en su gabinete. + +--Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he +recibido la carta de usted. + +Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible. + +--¿Qué desea usted de mí?--acabó diciendo el Conde. + +--Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese +billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido +leerle... + +--Perfectamente, hija mía--contestó el Conde con una ligera sonrisa. + +--¡Ah!--exclamó Judit, desesperada;--esa desgraciada carta le prueba que +soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de +su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo +he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus +consejos y su apoyo? + +--¿Qué quiere usted decir? + +--Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus +lecciones... trabajaré tanto de día como de noche. + +--¿También de noche? + +--Más vale emplearla en estudiar que en no dormir. + +--¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted? + +--¿Por qué?--dijo Judit ruborizándose;--porque hay una idea que me +atormenta constantemente. + +--¿Qué idea es esa? + +--La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera +indigna de usted... Y tiene razón--prosiguió vivamente;--yo me veo tal +como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a +tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos. + +El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo: + +--La obedeceré, querida niña; haré lo que desea. + +Al día siguiente, Judit tenía un maestro de ortografía, de historia y +de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su +inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser +cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble. + +Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma. +Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de +todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba +lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y +sus compañeras decían: + +--Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su +carrera... hace muy mal. + +Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos: + +--Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de +comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos. + +¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven, +cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le +dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder +desacertadamente y el Conde murmuraba para sí: + +--La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio, +había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula +debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la +efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla. + +El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde. En ocasiones, pasaba media +hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse, +apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se +limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa: + +--¿Cuándo volveré a verle? + +--Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera. + +Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era +posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit, +apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual +quería decir: Iré a la calle de Provenza. + +Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no +recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo +al placer de verle. + +A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven +había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este +pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido +tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar +tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun +ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía +Arturo: + +--¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares? + +Si ella se hubiera atrevido, habría contestado: + +--Los de usted. + +Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror: + +--¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera? +¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado +sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué? + +Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan +linda!... Quedó abismada en sus reflexiones. + +De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció +Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él. + +--Señorita--le dijo con viveza,--tenga usted la bondad de vestirse; +vengo a buscarla para ir a las Tullerías. + +--¿Es posible? + +--Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí. + +--¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?--exclamó Judit sorprendida, +porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el +brazo en público. + +--Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea--repuso Arturo +paseándose agitado.--Vamos, señora Bonnivet--dijo bruscamente a la tía, +que entraba en aquel momento en el gabinete;--ayude usted a vestir a su +sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico. + +--Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos. + +--Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa. + +--Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa--dijo la señora +Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata. + +Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo. + +--¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor +Conde? + +Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el +corsé. + +La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a +las miradas de Arturo. + +Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde +no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su +despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por +tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos. + +--¡Ah, qué desgracia!--exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente, +el desorden de su traje. + +--¡Del Japón!--dijo la tía con acento desesperado.--¡Y que valía lo +menos quinientos francos. + +--No tanto--repuso la joven,--pero era realmente japonés. + +--Vamos, ¿está usted dispuesta?--dijo Arturo, que ni siquiera había +escuchado la observación de Judit. + +--En seguida. Tía, mi chal... los guantes... + +--Y la capa--observó el Conde;--la olvida usted, y hará frío. + +--No lo creo. + +--En efecto--rectificó la tía, tocando la mano de Judit,--está +abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras. + +--No, tía--se apresuró a contestar la joven;--nunca me he sentido mejor. + +El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los +bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera +deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la +calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con +toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel +día iban a pie. + +Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit +se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la +Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París +parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia. + +Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general. +Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se +volvía al pasar por su lado, y exclamaba: + +--¡Qué linda pareja! + +--Es el joven conde Arturo de V***. + +--¿Se ha casado, por ventura? + +Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso +placer, de que no pudo darse cuenta. + +--No, por cierto--repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que +llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos +lacayos de lujosa librea;--el conde Arturo no se ha casado: monseñor su +tío no lo consentiría. + +--¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso? + +--Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo. + +Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante +el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano: + +--Ahí va Judit. + +--¿La amante de Arturo? + +--Está loco por ella, y en camino de arruinarse... + +--No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima! + +--¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora! + +--¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso? + +--¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella... + +--Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca. + +--Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo. + +Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo +oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban +que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo, +se decían: + +--¡Feliz él! + +El Conde, entonces, miró detenidamente por primera vez a Judit, como +ella merecía ser mirada, y se asombró de encontrarla tan hermosa. El +paseo, el aire, y, particularmente, la satisfacción de verse tan +celebrada, habían dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una +expresión y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tenía diez y +seis años; ¡amaba, y creía que era amada!... ¿Qué otras razones +necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extraño que obtuviera un +éxito completo y que la siguiese un inmenso gentío hasta que regresó al +carruaje. Ya en él, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al +olvido todos sus triunfos; no volvió a pensar en los elogios que la +multitud le había prodigado, y entró en su casa diciendo: + +--¡Qué dichosa soy! + +El día siguiente, al levantarse, recibió dos cartas. La primera procedía +del barón de Blangy, que, mucho más rico que Arturo, ofrecíale su amor y +su fortuna. Pero ni aun se le ocurrió la idea de enseñarla a su tía o al +Conde; no creía hacer, quemándola, el sacrificio más insignificante. + +La segunda carta contenía una firma que Judit leyó repetidas veces, sin +atreverse a dar crédito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el +billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos +términos: + + * * * * * + +«Señorita: + +»Ayer se presentó usted en público, en las Tullerías, con mi sobrino el +conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escándalo cuyas +consecuencias son incalculables. + +»Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que +todo esté trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de +usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escándalo, tengo +bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir +que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona +inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los +medios, le ofrezco dos mil luises y la absolución de sus faltas, etc., +etc.» + + * * * * * + +En un principio, Judit quedó anonadada por la lectura de esta carta. +Pero luego, cobrando ánimo, consultó a su corazón, apeló a todas las +energías, y contestó lo siguiente: + + * * * * * + +«Monseñor: + +»Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podría asegurar ante +Dios que nada tengo de qué acusarme. Así es, se lo juro; pero no me +atribuiré un mérito que no es mío, y que sólo pertenece a quien me ha +respetado. + +»Sí, monseñor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le +acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de +que me acuso, pero del cual él no es cómplice. + +»He aquí la resolución que acabo de tomar. + +»Le diré lo que por mí no me hubiera atrevido a decirle; lo haré por +monseñor, y el Cielo me dará fuerzas... Le diré:--Arturo, ¿me ama +usted?--Y si, como creo, como temo, me contesta:--No, Judit,--obedeceré +a usted; me alejaré de él, no volveré a verle jamás; y entonces, así lo +espero, me estimará usted lo bastante para no ofrecerme nada y no añadir +la humillación al sufrimiento. Lo segundo... bastará para ocasionar mi +muerte. + +»Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida, +hicieran que él me contestase:--¡Sí, amo a usted!...--¡Ah! está mal lo +que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y +maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me +impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la +cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? +¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte si había sido amada? + +»Perdone, monseñor, si esta carta le ha podido ofender... es de una +pobre muchacha que no conoce el mundo ni los deberes que éste impone; +pero que tal vez encontrará ante usted alguna gracia en la escasez de su +inteligencia, en la franqueza de su corazón, y, particularmente, en el +profundo respeto con que tiene el honor, etc.» + + * * * * * + +Cuando terminó de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envió a su +destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su +suerte, aguardó con impaciencia la próxima visita del Conde. + +Aquella noche había función en la Opera y fue al teatro con la esperanza +de verle en su palco y de que le hiciera la seña convenida. Arturo fue +tarde y parecía estar triste y preocupado. No miró hacia el escenario ni +hizo seña alguna a Judit. La pobre niña, presa de la desesperación, tuvo +que resignarse a esperar dos días más. Era lunes, y al miércoles +siguiente fue más afortunada. El Conde le hizo la seña que tenían +convenida para anunciarle su visita, y Judit pensó: + +--Mañana le veré, y mañana sabré lo que para mí guarda el destino. + +Pero al día siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del +Conde, anunciando que su amo no podía disponer de un solo minuto en todo +el día, y que sólo iría por la noche, ya tarde, a cenar con la señorita +Judit. + +Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien +siempre la dejaba antes de media noche. ¿Qué quería decir aquello? La +tía creía encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo. + +Cuando dieron las once de la noche, encontrábase ya dispuesta la cena +más exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la señora +Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni veía; limitábase a +esperar. + +¡Esperar! ¡Todas las facultades de su alma se concentraban o resumían en +esta idea!... + +Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no parecía. + +Por último, transcurrió toda la noche sin que él llegara; pero ella +seguía esperando. + +Tampoco se presentó el Conde al otro día... ni en los siguientes. + +Judit no recibió ninguna carta; no volvió a verle. + +¿Qué significaba aquello? ¿Qué había sucedido? + +En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo: + +--Señores, vuelve a levantarse el telón; continuaré mi relato en el +entreacto próximo. + + + + +IV + + +Cuando hubo terminado el tercer acto de _Los Hugonotes_, el notario +prosiguió en esta forma: + +--Señores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que había +sucedido a nuestro amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia +cierta de qué clase de sujeto se trataba. + +--¿Por qué no ha empezado usted por ahí?--le dije. + +--Me parece--repuso--que soy dueño de colocar la exposición donde me +plazca, puesto que soy el narrador. + +--Por otra parte, no es aquí, en la Opera, donde hay que mostrarse +severo respecto a las exposiciones--agregó el profesor en Derecho,--las +cuales no se entienden jamás. + +--Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los +libretos--añadió el notario mirándome. + +Y, sintiéndose satisfecho de su epigrama, continuó en estos términos: + +--El conde Arturo de V*** descendía de una antigua e ilustre familia del +Mediodía. Su madre, que se quedó viuda muy joven, no tuvo más hijo que +él y carecía de bienes; pero tenía un hermano que era inmensamente rico. +Este hermano, monseñor el abate de V***, había sido sucesivamente en la +corte de Luis XVIII, y más tarde en la de Carlos X, uno de los prelados +que gozaban de más influencia; y sabido es hasta dónde llegaba en +aquella época el poder del clero. El abate de V*** tenía un carácter +frío y egoísta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducíase +como buen pariente, porque sentía ambición para él y para los suyos. Se +encargó de la educación de su sobrino, hizo devolver a su hermana una +parte de los bienes que le fueron confiscados durante la emigración, y +la pobre condesa de V*** murió bendiciéndole y encargando a su hijo que +le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en +su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto más fácil de +cumplir, cuanto que, desde su infancia, experimentó un miedo horrible +hacia su tío y había sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer +la menor resistencia, a sus menores indicaciones. + +De carácter serio, tímido y dulce, pero dotado de un corazón noble y +generoso, Arturo mostró, desde muy niño, profunda inclinación por la +carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debíase +esto a que, en el palacio de su tío, no veía más que trajes negros y +sobrepellices. Un día, con gran reserva, se atrevió a poner de +manifiesto sus intenciones a monseñor, el cual frunció el ceño al oírle +y le anunció con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto +a él. + +El abate de V*** había sido nombrado obispo, y esperaba algo más; +confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan +brillante posición, quería conservar a Arturo a su lado, elevarle a las +más altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la +única carrera que en aquel tiempo conducía rápidamente al poder y los +honores. + +Arturo no se atrevía a resistir de una manera resuelta al terrible +ascendiente de su tío, pero, en su fuero interno, decidió no ser jamás +obispo. + +El Rey, a quien se había hablado con tal objeto, acogió la idea con gran +benevolencia, y, en su efecto, Arturo debía entrar poco después en el +Seminario, únicamente por fórmula, recibir después las órdenes y pasar +con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo +estado. + +El joven no había dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra +parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud +romper abiertamente con su tío, su único pariente y bienhechor. No +osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse +directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algún +medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su tío en el caso de +que fuese él mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era +dar un gran escándalo que le hiciera indigno de las santas y respetables +funciones que a despecho suyo querían conferirle. Esto no era fácil, +porque Arturo, tanto por carácter como por educación, no podía prestarse +a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es +libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los demás, hace +falta vocación, y a nuestro joven costábale tanto trabajo ser calavera +como ser obispo. Tenía, no obstante, amigos muy alegres y con las más +felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a +sus orgías. Arturo iba a ellas por cálculo; pero el desorden le +disgustaba tanto como divertía a sus compañeros; su juiciosa frialdad +contenía la locura de éstos, y acababa frecuentemente por hacerlos +razonables: se le había llegado a considerar como un _agua-fiestas_, y, +por último, había renunciado a tales diversiones. + +Desesperado entonces de conseguir lo que se había propuesto, volvió los +ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella época las +damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escándalo. Esto no +quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que +se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las +secretas pasiones de su sobrino, había fingido ignorarlo todo, pensando, +acaso, como Molière, + + _Que pecar en silencio no es pecar._ + +¿Qué camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corría en pos del +escándalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar? +Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, díjole: + +--Busca una amante en la Opera; ese teatro está de moda, todo el mundo +va a él; se sabrá, hará ruido, y eso es todo lo que te hace falta. + +--¡Yo!--murmuró Arturo enrojeciendo de indignación.--¡Mezclarme en una +intriga de ese género! + +--No necesitarás hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la +familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca; +no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y dé +que hablar. + +--Siendo así... + +--Todo se reduce a tener el título; demasiado sabes que en la actualidad +hay muchos titulados que no ejercen... Tú podrás ser uno de ellos. + +--Bien, me agrada tu idea. + +Ya he referido a ustedes los detalles de la presentación y de la primera +entrevista de Judit, Arturo y la tía. + +Hízose que monseñor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseñor se +hizo el desentendido. + +Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su +sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un +momento a otro una seria explicación y una escena en la que estaba +resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasión que le hacía +indigno, en adelante, de las bondades de su tío; pero éste no le dirigió +el más leve reproche, y nuestro joven no sabía cómo explicarse tanta +calma y una resignación tan evangélica. + +Pero esta calma era precursora de la tempestad. + +Una mañana, díjole monseñor: + +--El Rey está muy enojado contra ti; ignoro por qué causa. + +--Creo adivinarla--repuso el joven. + +--Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero +exige que dentro de dos días ingreses en el Seminario. + +--¿Yo, tío?... + +--El Rey lo ordena, y contra él, en todo caso, tendrías que protestar. + +Y le volvió la espalda, sin decir una palabra más. Arturo, furioso, +fuera de sí, sin saber qué hacerse, corrió a casa de Judit, la acompañó +a las Tullerías, la presentó como su amante a los ojos de todo París, en +vísperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el +resultado que esperaba. Después de semejante escándalo, era imposible +pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de +la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su tío escribió a Judit la +amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunicó al Conde la +orden de abandonar a París en el término de veinticuatro horas. Era +forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba íntimamente relacionado con +uno de los hijos del señor de Bourmont, que partía a la siguiente noche +para Argel, donde se preparaba una importante expedición, y le rogó que +le admitiese en su compañía como voluntario, pero sin comunicar a nadie +su proyecto, ni a su tío ni al Rey. + +--Puesto que dejan a mi elección el lugar del destierro--se dijo,--lo +elegiré donde pueda encontrar alguna gloria. Iré donde hay peligro que +correr y honor que alcanzar. Me haré matar o lograré distinguirme en la +campaña. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien +todavía insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los +fieles. + +Y abandonó París, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos +eran espiados y temía que si adivinaban el objeto de su viaje le +impidieran la marcha. Momentos antes escribió una carta a Judit +diciéndole tan sólo que la dejaba por algunos días; pero esta carta, a +pesar de ser insignificante, fue interceptada y no llegó a su destino. +El prefecto de policía estaba a las órdenes de monseñor. + +Cuando llegó la semana siguiente, encontrábase Arturo en alta mar, y a +los veinte días desembarcó en Africa. Figuró entre los primeros en el +asalto del fuerte del Emperador, y cayó herido junto a su intrépido +amigo el señor de Bourmont, a quien aquella victoria costó la vida. La +de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos +meses se desesperó de salvarle, y cuando recobró la salud, su fortuna, +sus esperanzas, las de su tío, todo se hundió en tres días, al hundirse +la monarquía de Carlos X. + +El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso +seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la +cólera que constantemente experimentaba, habían exaltado su cerebro e +inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado de +irritación en que se encontraba, no sabiendo en quién descargar su +enojo, eligió a su sobrino como víctima y se vengó en él de la +revolución de julio. + +Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regresó a París; y aquí +es, señores--dijo el notario alzando la voz,--donde comienzo yo a entrar +en escena. El señor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la +herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por sí +mismos. Yo era, desde hacía mucho tiempo, su notario y el de su familia; +así, pues, su encargo me correspondía de derecho. En seguida procedimos +a levantar los sellos judiciales. No les hablaré de los detalles del +inventario, aunque no deje de haber mérito en un inventario bien hecho y +bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que +encerraba el secreter de monseñor, encontré un billete cuidadosamente +doblado, el cual contenía esta firma: _Judit, bailarina de la Opera_. +¡Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena +reputación del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya +Arturo se había apoderado del billete, y al ver yo su turbación, creí un +instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseñor y su sobrino +habían sido rivales, ignorándolo ambos. + +--¡Pobre niña!... ¡Pobre niña!--exclamó Arturo.--¡Qué nobleza, qué +generosidad, qué tesoro poseía en ella! Lea usted, señor--añadió +presentándome el billete. + +Y cuando llegué a esta frase: + +_Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me +acuso pero del cual él no es cómplice._ + +--¡Es cierto!--dijo Arturo con lágrimas en los ojos:--me amaba con todo +su corazón y yo no me di cuenta de ello, no pensé en corresponderle... +¡Y tenía diez y seis años! ¡Y era encantadora!... No puede usted +imaginarse qué linda es... Es la mujer más bella de París. + +--No lo dudo, señor Conde... pero si quiere usted que acabemos el +inventario... + +--Como usted guste... + +Y, no obstante, continuó leyendo en voz alta los siguientes párrafos del +billete: + +«Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida +hicieran que me contestase: Sí, amo a usted... ¡Ah! está mal lo que voy +a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero +entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y +sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted... +Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y +qué me importaría la muerte, si había sido amada?» + +--¡Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!--exclamó +Arturo.--Yo; yo sólo he sido culpable... pero repararé mis faltas, le +consagraré mi vida entera... ¡se lo prometo, se lo juro! ¿Quién podría +hoy vituperarme por ello?... ¡Estaré orgulloso de tener una amante como +ella! Sí, la amo; lo confesaré a todo el mundo, y todo el mundo me +envidiará... empezando por usted, señor notario, que no me escucha... y +que tan atentamente examina esos fárragos de papeles. + +Los papeles a que se refería eran el testamento de su tío, que yo +acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba, +disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios +y para fundaciones piadosas. Así se lo hice saber a Arturo, el cual +recibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de +nuevo la carta de Judit. + +--La verá usted--me dijo;--quiero que coma usted hoy con ella. + +--Pero estos papeles... este testamento... + +--¿Y qué?--replicó, sonriendo;--eso ya no me concierne. Felizmente para +mí, Judit me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy a +encontrar a su lado mucho más de lo que he perdido. + +Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza. + +--¡He aquí un joven verdaderamente singular--me dije,--a quien una +amante consuela la pérdida de una herencia! + +Y terminé mi inventario. + +Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como +un loco, fuera de sí. + +--¡Ya no está allí!--exclamaba,--¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La he +perdido por culpa mía!... + +--¡Alguna infidelidad!... + +--¿Quién se lo ha dicho a usted?--repuso vivamente, asiéndome por el +cuello. + +--¡Oh! no sé nada. + +--Prefiero esto, porque no sobreviviría a semejante golpe. Desde mi +partida, desde hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tiene +noticias de ella. + +--¿Qué le han dicho sus compañeras? + +--¡Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me aseguraba +con la mayor tranquilidad que ella le había manifestado intención de +suicidarse. + +--¡No sería extraño! Desde la revolución de julio, el suicidio se ha +puesto de moda. + +--¡No hable usted así... perdería la razón! He corrido a su casa de la +calle de Provenza; pero se marchó de allí sin decir a dónde iba. + +--¿No ha encontrado algún indicio que pueda servirle para seguir su +pista? + +--El piso está desalquilado: nadie lo ha habitado después de ella. + +--¿Y no ha encontrado usted nada? + +--Sólo encontré, en el cuarto de su tía, esto papel que estaba en el +suelo, y que es una etiqueta de equipaje en la que hay escrito: + + _A la señora Bonnivet, en Burdeos._ + +Tengo entendido que ella era de ese país. + +--¿Y qué? + +--Que vengo a rogar a usted se encargue aquí de mis asuntos y lo arregle +todo en la forma que mejor le plazca. + +--¿Qué piensa usted hacer, pues? + +--Seguir sus huellas, o las de su tía... buscarla... descubrir su +paradero... + +--¿Enfermo, como se encuentra, quiere partir mañana para Burdeos? + +--¡Mañana! ¡Sería demorarme demasiado! + +En efecto, salió de París aquella misma noche. + +Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de _Los Hugonotes_, +y el notario interrumpió su relato. + +Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que el +narrador continuara su historia. + + + + +V + + +La Falcón acababa de caer desmayada, después de haber saltado Nourrit +por la ventana; el cuarto acto de _Los Hugonotes_ concluía en medio de +ruidosos aplausos, y el notario prosiguió su relato en esta forma: + +--Arturo permaneció seis meses en Burdeos haciendo pesquisas, +preguntando a todo el mundo por la señora Bonnivet, de la que nadie supo +darle noticia alguna. Hasta hizo poner anuncios en los periódicos. La +pobre mujer se hubiera muerto de alegría al encontrar en ellos su +nombre; pero esto no era ya posible. Por último, el propietario de una +casita, en la que ella había vivido, proporcionó al Conde los datos que +había solicitado. La señora Bonnivet había muerto hacía ya dos meses. + +--¿Y qué fue de su sobrina? + +--No estaba con ella; pero la tía gozaba cierto bienestar, pues +disfrutaba de una renta vitalicia que alcanzaba a cien luises. + +--¿De dónde procedía esa renta? + +--No se sabe. + +--¿Hablaba de su sobrina? + +--Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedaba +silenciosa, como si temiese hacer traición a algún secreto. + +A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logró obtener un +dato más, y vivía desesperado. Porque desde que había perdido a Judit, +desde que se consideraba separado de ella para siempre, su afecto hacia +la linda joven se había convertido en amor, en una verdadera pasión. +Esto era entonces el solo pensamiento, la única ocupación de su vida. +Recordaba con amargura los breves instantes que había pasado junto a +ella; creía verla ante sus ojos, llena de encantos y de cariño hacia +él... ¡Y este bien, que le había pertenecido, habíalo él despreciado! No +conoció el valor que tenía hasta que lo perdió para siempre. Recorría +sin cesar todos los lugares en que la había visto. No abandonaba un +momento la Opera. + +Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran +sentimiento supo que había sido alquilado, durante su ausencia, por un +señor extranjero que no lo ocupaba. Intentó volver a verlo, al menos, y +el portero no tenía las llaves; las puertas y las persianas de la +habitación estaban constantemente cerradas. + +Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su +amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me +interesaba por él y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso. +Desheredado por su tío, no contaba con más fortuna que la de su madre, +que ascendía, próximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto +había consumido más de la mitad, primero en las locuras que había hecho +por Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado para +descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indicio +más insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el +oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia, +decíame constantemente: + +--¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia! + +Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella; +y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude +decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su +madre, pero se imponía aquella venta. Debía cerca de doscientos mil +francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el +resto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaron +anuncios en los periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarse +la subasta en mi estudio, recibí de uno de mis colegas, una comunicación +que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se había cansado, +seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un señor de Courval, hombre +de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una +considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses +ascendían a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega +guardábame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar +de semejante dicha. Corrí a anunciársela a Arturo, el cual recibió la +noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de +Judit, todo le era indiferente. + +Por mi parte, me apresuré a liquidar sus deudas y a desempeñar sus +bienes, y, desde entonces, todo marchó admirablemente, hasta que tuvo +lugar un caso de difícil explicación. + +Arturo se encontró un día con el señor de Courval, el que tan +notablemente se había portado con nosotros. Vivía de ordinario en +provincias, y se encontraba por casualidad en París. El Conde le +estrechó la mano, dándole gracias por su honrado proceder, precisamente +en el momento en que aquél se disculpaba, confesándose en extremo +apurado, para cumplir los compromisos que tenía pendientes. + +--¡Cómo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil +escudos!--repuso el Conde. + +--¿Yo? + +--Evidentemente; ya no tengo ningún pagaré de usted, pues todos han sido +satisfechos, y nada me debe. + +--Eso es imposible. + +--Vea usted a mi notario y él se lo probará. + +El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no podía salir de +su asombro. + +--Es una gran suerte para usted--le dije. + +--Y más todavía para el señor Conde--repuso él con aire triste y +disgustado;--porque yo ya había tomado mi partido... Como no podía +pagar, habíame echado la cuenta de que nada debía; y esa extraña +circunstancia no me hace ser más rico... ¡Pero él... ya es diferente!... +¡puede alabarse de ser mimado por la fortuna!... + +--¿Pero, de veras no sabe usted de dónde procede esa devolución? + +--Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis +deudas... + +--¿Debe usted algo más? + +--Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han +pagado por mí. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente +para continuar la liquidación, le ruego que me avise. + +--Lo haré con mucho gusto. + +Nuestra sorpresa creció de punto, y Arturo se desesperaba por no poder +dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado, +muy instruido, que no sabía más que yo... en aquel asunto, se +entiende... Le habían remitido los fondos, encargándole que recogiese y +anulase los pagarés. Me confió la carta que recibió al efecto, y se la +llevé a Arturo. Este la examinó atentamente y nada sacó en limpio. Dicha +carta estaba fechada en el Havre, donde residía el señor de Courval; la +letra, que no era suya, la desconocíamos por completo... pero Arturo +lanzó de pronto un grito de sorpresa, y se puso pálido como un muerto, +al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit. + +En la época en que pasaba por su amante, él le había regalado una piedra +antigua de gran valor, que tenía grabado un fénix. Lejos de encontrar en +aquel regalo una alusión o una alabanza, Judit lo consideró siempre como +un emblema de tristeza y había hecho grabar a su alrededor estas +palabras: _¡Siempre solo!_ No se desprendía de este sello ni por un solo +momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella +tan expresiva, no podía pertenecer más que a ella misma. + +--¡De Judit procede esta carta!--exclamó Arturo. + +Y la dejó escapar de sus temblorosas manos. + +--Pues bien, eso implica la seguridad de que existe aún y piensa en +usted... Debe, pues, estar satisfecho. + +Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que +había muerto. Porque, ¿a qué ocultarse? decía. ¿Por qué, puesto que sabe +dónde vivo, teme venir a verme? ¿Es, acaso, que se ha hecho indigna de +presentarse ante mí? ¿No me ama ya? ¿Me ha olvidado quizás? + +--Esta carta--le dije,--prueba lo contrario. + +--¿Y con qué derecho--repuso Arturo fuera de sí,--trata de imponerme sus +beneficios? ¿De dónde proceden esas riquezas? ¿Quién la ha autorizado +para ofrecérmelas, y desde cuándo me considera capaz de aceptarlas? No +las quiero, devuélvalas usted. + +--Lo haría de buena gana. Pero, ¿a quién y cómo? + +--Poco me importa... No las quiero. + +--¿Y cómo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted +y se han liberado sus propiedades? + +--Venderá usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos +recibidos, a los que nunca tocaré, y quedarán depositados en su casa +hasta que puedan devolverse. + +--Tenga usted en cuenta el estado a que se verá entonces reducida su +fortuna. + +--No me importa. Por más infiel que sea Judit, no me arrepiento de +haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada +humillación para mí. + +Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue +posible disuadirle de su propósito; enajenáronse los bienes, y muy bien +por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron +depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun +quedó a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del +Estado; a esto quedó reducida su fortuna. Atenido a ella vivió dos años, +esforzándose por desechar el recuerdo que le perseguía incesantemente. +Sombrío y melancólico, esquivando los placeres y las distracciones de +todo género, había llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el +estudio; en cuanto a mí, lamentábame interiormente del dominio que +ejercía una pasión tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones. +Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar +me hablaba de ella. + +Asegurábame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se iría al fin +del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigíase casi +siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traían a la +memoria su recuerdo. + +Un día, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de máscaras a esta sala +de la Opera, en la que jamás entraba sin que le latiera el corazón, como +si quisiera reventársele en el pecho. Solo, a pesar del gentío... +_Siempre solo_... (porque él, entonces, había adoptado, a su vez, la +divisa de Judit), paseábase silencioso en medio del bullicio... en +aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le había visto +aparecer... Luego, internándose por los corredores, se dirigió, +lentamente a aquel palco segundo que en tiempos más dichosos ocupaba +casi todas las noches, y desde el cual le hacía la seña que tenían +concertada para avisarla cuando podían celebrar sus inocentes +entrevistas. + +La puerta del palco estaba abierta, y en él, envuelta en un elegante +dominó, veíase a una mujer; estaba sola, y parecía abismada en profundas +reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeció e hizo un movimiento +como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se +apoyó en el antepecho del palco y cayó de nuevo sobre su asiento. Esta +turbación hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para +ofrecerle sus servicios. + +La dama, sin contestarle, le rechazó con un gesto. + +--El calor le habrá hecho a usted daño--le dijo el joven con una emoción +que en vano trató de dominar;--y si se quitase un momento el antifaz... + +La desconocida rehusó de nuevo, limitándose, para respirar con más +desahogo, a echar hacia atrás la capucha de su dominó, que le cubría la +frente. + +Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caía en rizados +bucles sobre la espalda. Así era como se peinaba Judit... aquella +graciosa postura, aquel talle fino y delicado eran los suyos... allí +encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que +se adivina y que no puede definirse!... + +Por último, se levantó la desconocida. + +Arturo lanzó un grito. + +El era entonces quien se sintió morir... pero haciendo un esfuerzo, le +dijo a media voz: + +--¡Judit!... ¡Es usted, Judit!... + +Ella trató de ausentarse. + +--¡Quédese, por favor! Déjeme decirle que soy el más desdichado de los +hombres por no haber sabido apreciar hasta qué punto merecía usted todo +mi amor. + +La desconocida se estremeció de nuevo. + +--Sí, entonces los merecía usted... entonces era digna de los homenajes +y la adoración de todo el mundo... y sin embargo, tan insensato soy que +la amo aún, no amo a nadie más que a usted, y la amaré siempre... a +pesar de que me ha sido infiel... ¡de que me ha traicionado! + +Ella quiso responder, y la palabra expiró en sus labios... pero se llevó +una mano al corazón como si tratara de justificarse. + +--¿Cómo explicar, si no, su ausencia, y sobre todo sus beneficios... +esos beneficios de que me avergüenzo por usted y que he rechazado? Sí, +Judit, no los quiero, no quiero más que su amor; y si es verdad que no +me ha olvidado, que me ama todavía... ¡venga... sígame!... para seguirme +es preciso amarme... porque ahora ya no tengo fortuna que ofrecerle... +¡Qué! duda... no me responde... ¡ah! ¡comprendo su silencio! Adiós, +adiós para siempre. + +Y se dispuso a abandonarla; pero Judit le detuvo, asiéndole de una mano. + +--Hable, Judit; hable por favor--exclamó el pobre joven. + +Pero la desgraciada no podía: los sollozos ahogaban su voz. + +Arturo cayó de rodillas. Ella no pronunció una palabra, pero lloraba, y +el joven creyó que aquellas lágrimas eran su mejor justificación. + +--¿Me ama usted, pues, aún?... ¿No ama a nadie más que a mí?... + +--Sí--repuso ella, tendiéndole una mano. + +--¿Y cómo creerla?... ¿Dónde están las pruebas?... ¿Quién me las +dará?... + +--El tiempo. + +--¿Qué haré, pues?... + +--Esperar. + +--¿Y no me dará usted alguna prenda de su amor?... + +Judit dejó caer el ramo de flores que tenía en la mano, y mientras +Arturo se inclinó para tomarlo, ella se lanzó al corredor y desapareció. + +El Conde intentó seguirla, la vio de lejos entre la multitud; pero +detenido por el oleaje de las máscaras, no tardó en perderla de vista. +Después creyó volver a verla... Sí, sí, era ella... y en el momento en +que, siguiendo sus pasos, llegó hasta el vestíbulo y creía poder +alcanzarla, la vio precipitarse en un carruaje magnífico que dos +soberbios caballos arrastraron a todo galope. + +--Señores--dijo el notario interrumpiéndose,--ya es muy tarde y yo tengo +la costumbre de madrugar; si me lo permiten ustedes, dejaremos para +pasado mañana la conclusión de mi relato. + + + + +VI + + +El miércoles siguiente, era día de función en la Opera, y nos +encontrábamos todos en la orquesta, exactos a la cita, y el notario no +llegaba. Poníase en escena _Roberto_, y esta obra me recordaba mi +primera entrevista con Arturo. Me expliqué entonces su tristeza, su +preocupación, y pensé en que el mismo Meyerbeer no podría menos de +concederle su perdón por no haber escuchado el sublime trío de +_Roberto_. + +Pero, ¿se encontraba, acaso, en aquel momento, mejor dispuesto a +apreciar la bella música? ¿Era más dichoso? ¿Había recuperado al fin a +su Judit, o la había perdido? + +Todavía ignorábamos los obstáculos que los separaban, y nuestra +impaciencia por conocer el desenlace de la historia se aumentaba con la +ausencia del narrador. Al fin, llegó éste, después del segundo acto, y +jamás ningún actor querido del público obtuvo un recibimiento más +entusiasta que el que hicimos al notario. + +--¡Ya está aquí! + +--¡Gracias a Dios! + +--¡Vamos, querido, ya era tiempo de que llegase! + +--¡Qué tarde viene usted! + +--He sido invitado a una comida y he tenido que asistir a un contrato... +Digo asistir, porque ya no ejerzo; he vendido mi notaría y, gracias a +Dios, no debo nada a nadie. + +--Excepto a nosotros. + +--Nos debe usted un desenlace. + +--El de la historia de Judit... + +--Le hemos reservado su puesto... Vaya, siéntese. + +Nos estrechamos cuanto fue posible, y el notario terminó su relato en +esta forma: + +--Judit había dicho: _¡Esperar!_... y durante algunos días Arturo tuvo +paciencia, confiando en recibir alguna carta, algún aviso...--Volveré a +verla, pensaba; ella vendrá, me lo ha ofrecido...--Pero pasaban los +días, las semanas, y Judit no iba. Seis meses transcurrieron de este +modo, luego un año, después hasta dos. El pobre Arturo me inspiraba +lástima, y más de una vez temí que enloqueciera. La escena del baile de +máscaras le había impresionado profundamente... Había momentos en que, +al acordarse de aquella Judit que había vuelto a encontrar sin verla, +que se le había aparecido sin descubrirle sus facciones, se creía +víctima de una alucinación. Su imaginación, debilitada por el +sufrimiento, hacíale creer que había sido un sueño, una quimera; llegó a +dudar de lo que había visto y oído. Enfermó gravemente, y en el delirio +de la fiebre se imaginaba ver a Judit apareciéndosele por última vez y +dirigiéndole su última despedida; en vano, trataría de repetir a ustedes +las tiernas y conmovedoras frases que con tal motivo le dirigió... Judit +era su único pensamiento, su idea fija... En esto consistía el mal que +le mataba. + +Los cuidados que le prodigamos le volvieron a la vida; pero se tornó +sombrío y melancólico. No quería ver a nadie, exceptuándome a mí. Se +había negado siempre a disponer de la suma de Judit, que tenía en mi +poder; y su fortuna, como ya les he dicho, sólo consistía en seis mil +libras de renta. Empleó cuatro mil en abonarse por todo el año a un +palco segundo de la Opera... aquel palco segundo de frente a la escena, +donde había encontrado a Judit la noche del baile de máscaras. Asistía a +él todos los días, mientras confió en que la volvería a ver... pero +cuando perdió esta esperanza, ya no tuvo valor ni energías para seguir +ocupándolo. Se veía allí solo, _siempre solo_ (su constante divisa), y +esta idea le hacía padecer mucho. Solamente de vez en cuando, venía a la +orquesta, dirigía una mirada dolorosa hacia el palco de Judit y se +ausentaba luego murmurando: + +--No está. + +Esta era su vida; y a excepción de algunas cortas temporadas en que se +dedicaba a viajar, siempre con la esperanza de saber algo de Judit, o +de obtener algún indicio respecto a su suerte, estaba constantemente en +París. Todas las noches, como inconscientemente, sin que en ello +interviniese su voluntad, se encaminaba a la Opera. Y para verle más a +menudo, fue por lo que me aboné a esta localidad. Ultimamente ya no +venía sino de tarde en tarde. Pero la semana pasada estuvo un día. +Encontrábase sentado al otro lado de la orquesta. Desanimado ya por +completo, sin conservar esperanza alguna, volvía la espalda al salón, y, +por completo abismado en sus reflexiones, nada veía ni escuchaba. No +obstante, algunas ruidosas exclamaciones le sacaron de su éxtasis. +Acababa de entrar en un palco una señora joven, cuya notable hermosura y +espléndida _toilette_ excitaron vivamente la admiración de todo el +público. Toda la artillería de los gemelos se dirigió hacia aquella +parte del teatro. + +De todos lados salían estas palabras: + +--¡Qué bella es! + +--¡Qué frescura! + +--¡Qué aire tan gracioso y tan distinguido! + +--¿Qué edad calcula usted que debe de tener? + +--De veinte a veintidós años. + +--¡Ca! Apenas tiene diez y ocho. + +--¿La conoce usted? + +--No, señor; es la primera vez que viene a la Opera... Soy antiguo +abonado y no la he visto hasta hoy. + +Los espectadores inmediatos tampoco la conocían. Pero no lejos de ellos, +un extranjero, de aspecto distinguido, se inclinó respetuosamente +saludando a la hermosa dama. En seguida todos apresuráronse a +preguntarle su nombre. + +--Es lady Inggerton, la esposa de un opulento par de Inglaterra. + +--¡Tan hermosa y tan rica!... + +--Pues se asegura que no tenía nada... que era una pobre muchacha que, +en un momento de desesperación amorosa, intentó suicidarse, arrojándose +al agua, y que fue recogida por el anciano Duque... + +--Eso es una verdadera novela. + +--No todas tienen tan feliz desenlace, porque el Duque, que se había +interesado por la joven y no podía pasar sin ella, decidió, según dicen, +hacerla su esposa para dejarle su fortuna... como, en efecto, ha +sucedido. + +--¡Diablo! Pues siendo viuda... es un partido soberbio. + +--Ha transcurrido ya el tiempo del luto, y tanto en Inglaterra como en +Francia no faltará quien le haga la corte. + +--¡Ya lo creo!--repuso el joven que había interrogado, arreglándose con +una mano la corbata y dirigiendo con la otra el lente a lady +Inggerton.--¡Eh! me parece, caballero, que mira hacia este lado. + +--Se equivoca usted--contestó el extranjero. + +--No, por cierto... estoy seguro... me refiero a este joven... + +Y, al pronunciar esto, señalaba a Arturo, que nada había oído, y a +quien fue preciso explicar lo que sucedía. + +El Conde levantó los ojos, y en el palco segundo de frente a la +escena... en aquel palco, que era el suyo en otro tiempo, vio... ¡Ah! no +se muere de placer ni de sorpresa, puesto que Arturo vive todavía... +puesto que tuvo fuerzas y conservó bastante razón para exclamar: + +--¡Es ella! ¡Es Judit!... + +Pero al mismo tiempo permaneció inmóvil... sin atreverse a respirar... +pues temía despertar de un sueño. + +--Caballero--le dijo su vecino,--¿la conoce usted, por ventura? + +Arturo no respondió, porque en aquel instante la mirada de Judit se +había cruzado con la suya... Había visto fulgurar en los ojos de la +joven un relámpago de indescriptible satisfacción. ¡Es imposible +explicar lo que pasó por él, ni por qué no enloqueció al ver que Judit, +levantando una de sus blancas y exquisitas manos, le hacía la seña con +que él en otro tiempo le anunciaba sus visitas! + +¡Ah! ¡le pareció que iba a volverse loco! Dejó caer la cabeza y +permaneció algunos instantes con ella apoyada entre las manos, como para +persuadirse a sí mismo de que no era una ilusión, de que Judit vivía +aún, y de que ella era la que acababa de ver. Cuando logró convencerse, +volvió a levantar la vista hacia el palco... ¡la celestial visión había +desaparecido!... ¡Judit ya no estaba allí... se había ausentado!... + +Un frío mortal heló la sangre en sus venas... una mano de hierro le +oprimió el corazón... Luego, acordándose de lo que acababa de ver... y +de oír... porque ella le había hablado... sí, le había hablado por +señas, abandonó su asiento de la orquesta y se lanzó a la calle, +murmurando: + +--Si esta vez también me engaño... si es una nueva alucinación... o me +volveré loco... o me mato. + +Y, decidido a morir, se encaminó directamente a la calle de Provenza. +Llamó a la puerta, que se abrió en seguida... y, preguntó temblando: + +--¿La señorita Judit?... + +--Está en casa--dijo tranquilamente el portero. + +Arturo lanzó un grito y se apoyó en la barandilla de la escalera para no +caer. + +Subió al piso principal, atravesó todas las habitaciones y abrió la +puerta del gabinete, el cual estaba amueblado como en otro tiempo; +exactamente igual que hacía seis años. + +Hasta la cena que había encargado antes de su repentina marcha, apareció +dispuesta ante sus ojos. Vio que en la mesa había dos cubiertos. + +Y Judit, reclinada en un diván, le dijo al verle entrar: + +--Viene usted muy tarde, amigo mío. + +Y le tendió una mano. Arturo se arrodilló ante ella. + +Al llegar aquí, se interrumpió el notario. + +--¿Y qué?--exclamaron todos;--concluya. + +El notario contestó, sonriéndose: + +--Arturo no me ha contado más... Por otra parte, va a dar principio el +tercer acto de _Roberto_... + +--¿Qué importa? termine. + +--¿Qué más he de decir a ustedes? Vengo de comer con ellos y de firmar +el contrato. + +--Así, pues, ¿se casan? + +--Judit lo ha querido. + +--Como última sorpresa, sin duda. + +--¡Tal vez le tenga reservada alguna otra! + +--¿Cuál?--preguntó vivamente el profesor en Derecho. + +--Lo ignoro--respondió el notario con una sonrisa;--pero se asegura que +el anciano Duque, su difunto esposo, no la llamaba nunca más que: _mi +hija_. + +En aquel instante se abrió el consabido palco segundo, y apareció Judit, +envuelta en su manto de armiño y apoyada en el brazo de su amante, que +ya era su esposo. + +Una misma exclamación salió simultáneamente de las butacas de la +orquesta: + +--¡Qué hermosa es ella! ¡Qué dichoso es él! + + +FIN + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Carlos Broschi, by Eugène Scribe + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARLOS BROSCHI *** + +***** This file should be named 31707-8.txt or 31707-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/1/7/0/31707/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Carlos Broschi + +Author: Eugène Scribe + +Translator: G. Núñez de Prado + +Release Date: March 20, 2010 [EBook #31707] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARLOS BROSCHI *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + + +<hr /> + +<p class="c un"><b> BIBLIOTECA de LA NACIÓN </b></p> + +<h3 class="top5">EUGENIO SCRIBE</h3> + +<h1>CARLOS BROSCHI</h1> + +<p class="c"><b><span class="sml">TRADUCCIÓN DE</span><br /> <br /> +G. NÚÑEZ <span class="sml">DE</span> PRADO</b></p> + +<p class="logo"><img src="images/ill_logo.png" +alt="logo" +width="70" +height="73" +/></p> + +<p class="c"><b>BUENOS AIRES<br /> +1912</b></p> + +<p class="c">Derechos reservados.</p> + +<p class="c">Imp. de <span class="smcap">La Nación</span>.—Buenos Aires +<a name="page_005" id="page_005"></a></p> + +<table summary="toc" +cellspacing="0" cellpadding="4"> +<tr><td><a href="#I"><b>Carlos Broschi: I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X, </b></a> +<a href="#XI"><b>XI, </b></a> +<a href="#XII"><b>XII, </b></a> +<a href="#XIII"><b>XIII, </b></a> +<a href="#XIV"><b>XIV</b></a><br /></td></tr> +<tr><td><a href="#EL_REY_DE_OROS"><b>El rey de oros</b></a></td></tr> +<tr><td><a href="#EL_PRECIO_DE_LA_VIDA"><b>El precio de la vida</b></a></td></tr> +<tr><td><a href="#Ij"><b>Judit o el palco de la ópera: I, </b></a> +<a href="#IIj"><b>II, </b></a> +<a href="#IIIj"><b>III, </b></a> +<a href="#IVj"><b>IV, </b></a> +<a href="#Vj"><b>V, </b></a> +<a href="#VIj"><b>VI</b></a></td></tr> +</table> + +<p class="carlos">CARLOS BROSCHI</p> + +<p class="c">——————</p> + +<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3> + +<p>Entró en el salón una joven y detúvose ante el sofá, donde dormía +Juanita con un sueño penoso y agitado. Hacía un calor asfixiante, y la +joven abrió con precaución las ventanas del aposento. Desde éstas +divisábase la ciudad de Granada y su incomparable vega. A la derecha, y +sobre las ruinas de una mezquita, se elevaba la iglesia de santa Elena, +frente a la cual un parque a la francesa extendía sus simétricas calles; +magníficas fuentes octógonas dejaban oír el murmullo de sus aguas en los +sitios donde se ostentaban en otros tiempos los bellos jardines del +Generalife, y en cuyos alminares había flotado el estandarte de los +Abencerrajes. A la sazón, el viejo palacio de los reyes moros servía de +morada de retiro, y bien pronto, quizá, de tumba a una joven que dormía, +pálida y fatigada, sobre su lecho de dolor.</p> + +<p>Juanita, condesa de Pópoli, apenas contaba<a name="page_006" id="page_006"></a> veinticinco años, y su +belleza, célebre en las cortes de Nápoles y de España, hizo que los +pintores de aquel tiempo le dieran el sobrenombre de <i>la Venus +napolitana</i>. Nunca título alguno había sido tan merecido; porque, a una +fisonomía encantadora, reunía una sonrisa tan graciosa, que nada podía +resistir a ese encanto indefinible que procede del alma: celestial +belleza que los sufrimientos no habían podido alterar ni el tiempo +destruir.</p> + +<p>En la época en que el pueblo de Nápoles hizo esfuerzos inútiles para +sacudir el yugo de España, el conde y la condesa de Pópoli viéronse muy +comprometidos, y esta joven, tan débil en apariencia, hízose admirar por +su energía y su valor. Poco después quedó viuda, dueña de su mano y de +una inmensa fortuna; rodeábanla los más solícitos homenajes, y sólo ella +parecía ignorar las riquezas que poseía y la belleza que tanto la hacía +brillar. Nadie, en efecto, habría podido pasar sin estos dones tan bien +como ella, pues no los necesitaba para hacerse amar.</p> + +<p>En el momento en que la conocemos, un ligero sudor cubría su frente +tersa y pura como la de un ángel; su pecho oprimido se elevaba con pena; +su boca murmuraba un nombre ininteligible, y de sus ojos, cerrados por +el sueño, se escapaba una lágrima que rodaba por sus mejillas, pálidas y +nacaradas.</p> + +<p>La joven que hemos visto entrar en el salón dio un grito y se precipitó +de rodillas junto<a name="page_007" id="page_007"></a> al canapé donde reposaba Juanita. Esta despertó, y +echando a su derredor una mirada llena de bondad, tendió la mano a su +joven hermana diciéndole:</p> + +<p>—¿Qué deseas?</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Isabel.—¡Sufres, Juanita!</p> + +<p>—Sí, siempre; pero, ¡qué importa! se trata de ti... ¿Qué quieres?</p> + +<p>—No lo sé... quisiera hablarte... Después, cuando te he visto así... +todo lo he olvidado... hasta a mi futuro, a Fernando; es por él por +quién vengo... está aquí y quiere despedirse de ti.</p> + +<p>—¡Se marcha!...—dijo Juanita incorporándose sobre su +asiento.—Precisamente debía hoy mismo hablar con el duque de Carvajal, +sobre el matrimonio de ustedes. ¿Por qué se va?</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Isabel con un suspiro;—no se le puede vituperar su +marcha, porque era el mejor partido que podía tomar.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Le amas por ventura?</p> + +<p>—Sí... es decir, poco hasta aquí, porque mi sola pasión eres tú, +¡hermana mía! bien lo sabes. Pero conozco, a pesar de todo, que Fernando +es un noble joven, tiene un excelente corazón... y creo que le amo.</p> + +<p>—¿Desde cuándo?</p> + +<p>—Desde esta mañana... ¡después que ha rehusado mi mano!</p> + +<p>Isabel dijo esto con un aire de satisfacción que asombró a Juanita, la +cual no se podía dar cuenta de lo que pasaba.<a name="page_008" id="page_008"></a></p> + +<p>Un momento después entró Fernando. Era un joven y hermoso caballero en +la flor de su edad; sus cabellos estaban naturalmente rizados, y llevaba +con mucha gracia una capa de paño azul y una espada con empuñadura de +oro ricamente cincelada. En sus expresivos ojos reflejábase el valor +español, templado por la gracia y el abandono de la juventud. El duque +de Carvajal, su padre, era uno de los primeros señores de la provincia +de Granada. Las intrigas de la corte y la privanza de Ensenada, ministro +de Fernando VI, teníanle, hacía mucho tiempo, ausente de Madrid y +postergado en su carrera política. No pudiendo ser hombre político, +anhelaba ser rico, y la avaricia había sucedido a la ambición. Una +pasión consuela a otra. El duque soñaba para su hijo único un matrimonio +opulento, e Isabel parecía el mejor partido de Granada: a él, porque la +joven era rica, y a Fernando, porque la amaba.</p> + +<p>Isabel distaba mucho de ser tan bella como su hermana; las mujeres no +querían concederle el que fuese linda, pero a una gracia encantadora, +reunía una viva y ardiente imaginación, impresionable y fácil de +exaltar; cualidades o defectos que su educación había desarrollado de +una manera notable, porque casi toda su vida había transcurrido en un +convento. Y en el silencio de la soledad nacen las ilusiones y las ideas +fantásticas, que el mundo y la experiencia destruyen y disipan.<a name="page_009" id="page_009"></a></p> + +<p>Como todas las jóvenes de aquel tiempo, pertenecientes a familias +ilustres, Isabel salió del claustro para casarse, y había acogido con +alegría los homenajes de Fernando, porque, habiéndole dicho éste que +descendía por su madre del Cid, pensaba que con tal origen, la historia +de su vida debía encerrar, forzosamente, algunas aventuras interesantes. +Pero cuando vio que el descendiente del Cid se limitaba a adorarla con +todo su corazón y a decírselo en alta voz, y a pedir su mano a su +hermana con el consentimiento de su padre, sus pensamientos románticos +disminuyeron considerablemente. Cuando el matrimonio estuvo convenido +por ambas partes sin obstáculos, la joven se imaginó que todo esto no +había pasado regularmente y que la historia de su vida no estaba +completa, que le habían cercenado el primero y más interesante de sus +volúmenes; y haciendo justicia a las buenas cualidades de Fernando, veía +aproximarse tranquilamente una dicha que nada le había costado.</p> + +<p>Pero no sucedía lo mismo por parte de Fernando. Parecíale que el día de +su felicidad no llegaría tan pronto como deseaba, y la idea de una +dilación le ponía fuera de sí; sin la enfermedad de Juanita y su estado +casi desesperado, ya se hubiera verificado el matrimonio. Este mismo +hombre, tan apasionado e impaciente, renunciaba a todas sus esperanzas y +venía a despedirse de su prometida. En vano<a name="page_010" id="page_010"></a> Juanita quiso conocer la +causa de tan brusca marcha.</p> + +<p>—Te ruego que calles—lo dijo Isabel;—te conservaré mi amor a este +precio. Te amo, no amaré más que a ti; te seré fiel, te esperaré toda mi +vida si es necesario, pero nada digas a mi hermana; éste es mi deseo.</p> + +<p>—Y yo deseo que hable—dijo Juanita con dulce voz, reteniendo por la +mano a su futuro hermano, que sufría al verse detenido.</p> + +<p>Pálido y turbado, Fernando fijó en la enferma una mirada suplicante, +oprimido como estaba por un tiránico amor a quien no quería ofender. Se +disponía a marchar con su secreto, cuando este misterio fatal e +impenetrable fue descifrado y descubierto, contrariando a Isabel, de la +manera más natural.</p> + +<p>De pronto, presentose en la puerta del salón, como no atreviéndose a +entrar, un hombre vestido con una ropilla negra. Este hombre era el +señor Manuel Perico, notario real de la ciudad de Granada, y apoderado +del duque de Carvajal. Llevaba a la condesa de Pópoli el contrato de +matrimonio.</p> + +<p>Isabel se estremeció. Fernando se aproximó al notario y quiso +arrebatarle los papeles que presentaba a la Condesa; pero ésta se había +apoderado de ellos y se apresuró a ojearlos.</p> + +<p>—¡Está bien!—dijo después de leerlos;—éstos son los artículos en que +habíamos convenido con el señor Duque... El dote que yo aseguro a mi +hermana... ¡Ah!—dijo la Condesa<a name="page_011" id="page_011"></a> sorprendida, y un ligero carmín cubrió +sus mejillas, ordinariamente tan pálidas.—¡He aquí unas condiciones que +nunca se me habían impuesto! ¿Las conoce usted, Fernando?</p> + +<p>—¡Sí, señora!—repuso el noble joven con voz balbuciente;—mi padre me +había rogado que hablase a usted de ellas. He rehusado; y como ésta es +la condición que pone a su consentimiento, he renunciado al matrimonio. +Vengo, pues, a pedirle que dispense a mi padre, y a despedirme de usted.</p> + +<p>Al acabar de decir estas palabras, extinguiose su voz; Isabel le tendió +la mano con ternura, y Fernando se apresuró a enjugar las lágrimas que +no había podido contener.</p> + +<p>Entretanto, el señor Perico permanecía de pie con una pluma en la mano y +sin atreverse a hablar. Juanita concluyó tranquilamente la lectura del +contrato.</p> + +<p>Era generalmente admitido en la ciudad el rumor de que la condesa de +Pópoli estaba enferma del pecho desde hacía mucho tiempo. Sólo ella sin +duda lo ignoraba, porque miraba con indiferencia todo lo que pudiese +prolongar su existencia. Sin su consentimiento, y casi a pesar suyo, su +joven hermana le prestaba los más asiduos cuidados sin que la Condesa +sospechase la causa, queriendo aquélla al menos, si no podía salvarla, +ocultarle hasta el último momento el golpe fatal que la amenazaba; +porque los médicos de Granada, que pretendían no engañarse, habían +anunciado que la Condesa<a name="page_012" id="page_012"></a> no sobreviviría al otoño, y corría a la sazón +el mes de septiembre. El duque de Carvajal, que era un hombre práctico, +había añadido al contrato las dos cláusulas siguientes: primera, que la +Condesa se obligaba a no volver a casarse; y segunda, que, en caso de +muerte, todos sus bienes, tanto de España como del reino de Napóles, +pasarían a ser propiedad de su hermana.</p> + +<p>—No admitimos semejantes condiciones—dijeron a la vez los prometidos +esposos.</p> + +<p>—¡Tales condiciones son absurdas e imposibles!—continuó Isabel.—¿Por +qué coartar tu libertad de ese modo? Eres joven; debes volver a casarte +y dar al hombre que elijas largos años de ventura. En cuanto a tu +sucesión—continuó haciendo un esfuerzo por sonreír,—tú eres la +primogénita, y por poco que vivamos, espero que moriremos juntas.</p> + +<p>Dicho esto, arrancó el contrato de las manos de su hermana, lo alargó a +Fernando, el que lo hizo pedazos y los arrojó sobre el tapiz.</p> + +<p>Juanita contempló a los jóvenes con una dulce sonrisa, tendió hacia +ellos sus manos, y dijo al notario con acento melodioso:</p> + +<p>—Señor Perico, tenga usted la bondad de rehacer el contrato como +estaba, y tráigamelo mañana... Ahora, déjenos: quiero estar sola con +ellos.</p> + +<p>El notario salió, y los prometidos esposos cayeron de rodillas a los +pies de Juanita.</p> + +<p>—Escúchenme—les dijo, después de hacerles<a name="page_013" id="page_013"></a> levantar;—el matrimonio de +ustedes se llevará a cabo, y no me den las gracias—agregó +vivamente.—Las condiciones que se me imponen, nada me cuestan. Hace +mucho tiempo que me he prometido a mí misma y he jurado a Dios no volver +a casarme; cumpliré este juramento. En cuanto a mis bienes, todos +aquellos de que yo puedo disponer, los cedo como dote a mi hermana; pero +los demás, que son los más considerables, no estoy segura de que me +pertenezcan.</p> + +<p>Los jóvenes hicieron un gesto de sorpresa, y Juanita continuó lentamente +y con voz temblorosa, a causa de la emoción:</p> + +<p>—Si se presentase una persona que busco y que no he podido volver a +ver, y a quien pertenece toda esta fortuna, aun después de mi muerte, +Fernando, será preciso devolverla... ¿Me lo jura? Fío en su honor. Pero +si esa persona no apareciese, todos esos bienes serán suyos y de mi +hermana.</p> + +<p>—Háganos el favor de explicarnos eso—dijo Fernando.</p> + +<p>—¡Ah! Es un grande y terrible secreto, que sólo ustedes conocerán... +Pero sí, es necesario... es necesario que sea antes de mi muerte, ¡y +ésta está muy próxima!... No me interrumpan, pues—dijo la Condesa +notando la emoción de su hermana.—Es muy largo de contar, e ignoro si +mis fuerzas bastarán. Pero cuando tenga necesidad de descanso, lo +diré... e interrumpiré mi relato.<a name="page_014" id="page_014"></a></p> + +<p>Y haciendo que los dos jóvenes se sentaran junto a ella, la Condesa +comenzó en esta forma:</p> + +<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3> + +<p>«Mi hermana y yo nacimos en el reino de Nápoles, que en aquel tiempo era +una provincia de España. Siendo muy jóvenes aún, perdimos a nuestros +padres y quedamos bajo la tutela de nuestro tío, el duque de Arcos, del +que no pretendo hacer el retrato, porque fue muy conocido. En su +juventud, había sido virrey de Nápoles, y su dureza e inflexible rigor +causaron la desgracia del pueblo, a quien trataba como esclavo, +conduciéndole de este modo a la desesperación, a la rebeldía. Bajo su +gobierno ocurrió aquella famosa revolución de una semana, durante la +cual el pescador Masaniello fue aclamado rey por el pueblo y asesinado +después por el mismo pueblo que le había aclamado. El duque de Arcos, al +volver al poder, no fue ni más hábil ni más clemente; redobló sus +rigores, a los que él denominaba <i>rigores saludables</i>. Este era todo su +sistema político; no conocía otro. El clamor público obligó, por último, +al rey de España a darle un sucesor, retirándose el Duque murmurando de +la debilidad de un soberano que<a name="page_015" id="page_015"></a> no le dejaba concluir la gloriosa obra +a que había dado principio. Y aunque le seguían las maldiciones del +pueblo, no obstante conservaba en su tranquila conciencia la +satisfacción interior y el convencimiento íntimo del bien que había +realizado.</p> + +<p>»En la época en que nos llevó consigo, nuestro tío tenía cerca de +ochenta años, y era siempre el mismo. Sus opiniones y su carácter no +habían cambiado en nada. No había perdonado aún a mi padre, que se había +casado sin su consentimiento, y mi madre murió sin que consintiese en +verla. En aquellos momentos estaba solo y sin familia, y lo que era más +sensible, sin nadie en quien ejercer su tiranía; y no teniendo a quien +dominar, por puro egoísmo se propuso educarnos. Al vernos, se obstinó en +que Isabel, que contaba a la sazón tres o cuatro años, debía tener +vocación religiosa, y la puso en el convento <i>della Pietá</i>. Yo tenía +algunos años más que mi hermana, y me dejó en su casa con el propósito +de establecerme un día a su capricho.</p> + +<p>»Relataré brevemente cuanto sucedió durante mis primeros años. Separada +de mi hermana, a quien no veía nunca, y encerrada en un lúgubre pero +magnífico castillo cuyo circuito no podía traspasar, fui criada en el +temor de Dios y de mi tío, cuyo aspecto y cuya voz me hacían temblar. El +Duque veía siempre con una especie de satisfacción íntima el respeto que +me inspiraba. El miedo era la única lisonja<a name="page_016" id="page_016"></a> que le agradaba. Era el +mejor medio de hacerle la corte, y sin quererlo, yo satisfacía su gusto.</p> + +<p>»No tenía, por mi parte, otra satisfacción que la de ver a mi maestro de +música, un hábil organista, un napolitano de unos cincuenta años de +edad, cuyo entusiasmo, cuyos gestos, y sobre todo, cuya peluca me hacían +reír; éstos eran los únicos momentos que tenía de distracción en tan +sombría morada.</p> + +<p>»Gerardo Broschi, que así se llamaba, era un verdadero artista que no +carecía de talento, ni tampoco de amor propio. Pero el amor a su arte le +había trastornado; nunca hablaba más que de música; siempre llegaba +cantando, y a veces contestaba a mi tío con un recitado. Hablador +incansable, tenía siempre en sus labios historias inverosímiles que +contarnos sobre sus aventuras en las cortes de Europa, en las que +figuraban grandes señoras a quienes enseñó su arte. Había descuidado su +fortuna por dedicarse a sus galanteos, y después de una larga carrera, +el pobre anciano no tenía otros bienes que su buen humor, sus cavatinas, +su vestido negro y aquella prodigiosa peluca que me divertía +extraordinariamente.</p> + +<p>»Cierto día entró en su habitación, contra su costumbre, sin cantar. Yo +le miré con inquietud.</p> + +<p>—»¿Está usted malo, Gerardo?—le dije.</p> + +<p>—»No, señora; pero me sucede una gran desgracia: me ofrecen un puesto +distinguido,<a name="page_017" id="page_017"></a> dignidades, honores... no podré sobrevivir a semejante +suceso... y me es imposible rehusar.</p> + +<p>—»¿Qué le acontece, pues? ¿Alguna gran señora que le protege?</p> + +<p>—»¡Más que eso, un rey, un emperador!</p> + +<p>»Entonces Gerardo me contó que el czar Pedro el Grande reclutaba +artesanos en todos los países de Europa y artistas en Italia, con el +propósito de formar una banda de música para sus regimientos y una +orquesta para su capilla, y se le habían hecho a Gerardo, antes que a +nadie, proposiciones ventajosas para ir a Rusia.</p> + +<p>»Yo no podía calcular entonces de dónde procedían su tristeza y mal +humor. Pensé que sería, sin duda, el disgusto de abandonarme; pero +Gerardo era demasiado franco para dejarme en un error. Tenía un hijo que +constituía su única pasión... después de la música... Un joven +encantador que, luego de haber oído la relación de Gerardo, creí que +sería el hijo de alguna gran señora o alguna princesa a quien él había +dado sus lecciones de música.</p> + +<p>»Lo único que en todas mis hipótesis había de cierto, es que Gerardo era +un buen padre, que adoraba a su pequeño Carlos, a su hijo, y que se +privaría de todo, hasta de su guitarra, por proporcionarle un juguete o +un vestido nuevo. El pobre niño estaba enfermo, sufría mucho, y el sol +de Nápoles era casi su existencia; a esto debíase la inquietud de +Gerardo. Poner a Carlos bajo la influencia del<a name="page_018" id="page_018"></a> helado cielo de la Rusia +era matarle, y sin separarse de él, era imposible evitar lo que temía... +¿A quién había de confiarlo? ¿quién tendría cuidado de él? ¿qué sería de +este niño?... Lloraba Gerardo, y yo también lloraba al ver las lágrimas +en aquella fisonomía que ordinariamente causaba tanto regocijo.</p> + +<p>»Ese día, por fortuna, era el santo del duque de Arcos; y aquella tarde, +todavía me acuerdo, aunque apenas tenía doce años, mi tío me dijo con +aquella voz terrible que me llenaba de espanto:</p> + +<p>—»¡Vamos, Juanita! ¡diviérteme! ¡Canta una barcarola!</p> + +<p>—»¡Sí, señora!—exclamó vivamente Gerardo, a quien la música le hacía +olvidarlo todo.—Cante usted el aire de Pórpora: <i>O pescator felice.</i></p> + +<p>»Mi tío frunció su entrecejo; porque después de la revolución de +Masaniello, no podía oír tranquilamente la palabra <i>pescador</i>. No +obstante, como en la cavatina de Pórpora el <i>pescator felice</i> concluye +por naufragar, este desenlace, más sin duda que el modo con que yo +canté, causaron tanto placer a mi tío, que exclamó:</p> + +<p>—»¡Bravo! ¡bravo! ¡Pide lo que quieras, te lo concedo por el día que +celebramos!</p> + +<p>»Yo me arrojé a sus pies y le supliqué que hiciese traer y educar en el +castillo al pequeño Carlos, que era de mi edad, próximamente. Esperando +su contestación, Gerardo no respiraba;<a name="page_019" id="page_019"></a> y yo, pálida y conmovida, +temblaba de pies a cabeza.</p> + +<p>»Agradablemente sorprendido, sin duda, mi tío contestó con una dulzura +poco acostumbrada en él:</p> + +<p>—»Un noble español no tiene más que una palabra; sostendré la que te he +dado. En lo sucesivo, Carlos será de la casa; será un paje que estará a +tu servicio.</p> + +<p>»Me es imposible pintar a ustedes la alegría y el reconocimiento del +pobre Gerardo. Partió dichoso y tranquilo, y durante tres años nos dio +noticias suyas con bastante frecuencia. Tuvo su viaje un resultado feliz +y alcanzó gran éxito en la corte de Rusia. La esposa de Pedro el Grande, +la emperatriz Catalina, le nombró su maestro de capilla. Al cuarto año +cesó de escribirnos. ¿Había sucumbido al rigor del clima? ¿El amor que +por todas partes seguía su fortuna le había hecho robar alguna princesa +rusa? No lo pudimos averiguar, y hasta mucho tiempo después no tuvimos +noticias suyas, ni oímos hablar más del pobre Gerardo, de mi maestro de +música.</p> + +<p>«Durante este tiempo, Carlos, su hijo, se criaba y educaba en la casa de +mi tío; yo estaba encantada de mi joven paje. Su salud delicada se había +robustecido, su cuerpo habíase desarrollado; y aunque demasiado joven +todavía, sus facciones ofrecían tanta nobleza y regularidad, que mi +maestro de dibujo, el señor Lasca, pintor de talento, le tomaba por +modelo<a name="page_020" id="page_020"></a> de todas las figuras de ángeles y querubines con que decoraba el +salón de mi tío; y el pobre joven se veía obligado a pasar horas enteras +delante del artista, en vez de ir a jugar o correr por el parque.</p> + +<p>»Por lo demás, desde el duque de Arcos hasta el último criado del +castillo, todos, excepto yo, lo hacían rudamente sentir la posición en +que se encontraba. Modesto y resignado, guardaba silencio, no se quejaba +nunca... ni aun a mí, y no derramaba una lágrima; pero con frecuencia +había en sus negros ojos, cuando los levantaba hacia el cielo, una +expresión de dolor y de dulzura indefinibles.</p> + +<p>»Habitaba otra persona en el castillo, de la que necesito hablar a +ustedes. Esta era el secretario de mi tío, Teobaldo Cuchi, un joven de +corazón y de mérito, digno desde entonces del elevado puesto que llegó a +ocupar más tarde. Hijo de un paisano calabrés, las escasas lecciones de +teología que había recibido del cura de su aldea despertaron en él el +deseo de instruirse. Dotado de una voluntad firme e inalterable, +religioso por carácter, y confiando en la Providencia, dejó la cabaña de +su madre, yéndose a pie a Nápoles, donde se hizo <i>lazzaroni</i> y bracero; +y el dinero que ganaba durante el día en esta ocupación, lo empleaba por +la noche en pagar a los maestros que le educaban. Pasaba la noche +inclinado sobre sus libros, abusando así de sus fuerzas y de su salud.<a name="page_021" id="page_021"></a></p> + +<p>»Pálido, delgado, la tez morena, la frente arrugada, Teobaldo, que +apenas contaba veinte años, parecía rayar ya en los cuarenta; pero en +cambio era de los hombres más instruidos de Italia en historia y en +teología, y conocía a la perfección muchas lenguas. A pesar de su grande +instrucción, era desconocido en Nápoles, donde apenas ganaba lo +suficiente para sus más precisas necesidades, y se vio obligado a +aceptar la plaza de secretario del duque de Arcos, que un amigo le había +proporcionado. Envió entonces a su madre todos sus ahorros, que +ascendían a doscientos ducados, y se sepultó en el viejo castillo, donde +no tenía otras ocupaciones que escribir lo que mi tío le dictaba y darme +lecciones de francés y alemán: el resto del día lo pasaba estudiando en +la biblioteca del castillo.</p> + +<p>»Sombrío y severo, pero dotado de una sólida y verdadera piedad, poseía +un gran fondo de inteligencia: sólo él hablaba con interés y bondad a +Carlos, a quien todos trataban como a un sirviente y cuyas funciones, no +obstante, eran las de paje de una gran casa. En la mesa permanecía cerca +de mí, me servía de beber, y una vez terminada la comida, me presentaba +el aguamanil y el jarro de cristal.</p> + +<p>»Por la mañana ordenaba mis libros y mis papeles, y mientras que +Teobaldo me daba lección, manteníase a mis espaldas, atento y +silencioso, esperando mis órdenes.</p> + +<p>»Dulce y tímido, no se atrevía a exponerme<a name="page_022" id="page_022"></a> su reconocimiento, pero sus +acciones me lo manifestaban. Apresurábase a satisfacer mis caprichos, +llevaba mis labores, mis libros, mis guantes, mi abanico, y en los +grandes días, la cola de mi manto. Gracias a sus cuidados, las más +bellas flores del parque adornaban mi chimenea o pendían de mi cintura.</p> + +<p>»Mi tío, con sus veinte criados, no estaba tan bien servido como yo por +mi lindo y joven paje.</p> + +<p>»Sentíame satisfecha y orgullosa; acostumbrada a obedecer, me complacía +en ejercer mi poder absoluto sobre Carlos, cuya dureza templaba mi edad, +porque frecuentemente le tomaba como compañero en mis juegos; y en las +horas de recreo, la señora y el paje olvidaban la distancia que los +separaba.</p> + +<p>»Un día, me acuerdo perfectamente, en el gran salón del castillo le +había mandado que jugase conmigo una partida de volante, y avanzando +unas veces y retrocediendo otras, nos encontramos, sin advertirlo, cerca +de un gran jarrón de Bohemia de un trabajo admirable, en el que estaban +pintadas las armas de la casa de Arcos. Mi tío lo tenía en tal estima, +que no nos estaba permitido tocarlo, ni mirarlo siquiera. Pero un golpe +del volante, torpemente dado por mí, hizo saltar en menudos pedazos +aquella admirable obra, cuyos fragmentos cayeron a nuestros pies.</p> + +<p>»Un rayo no me hubiera sobrecogido de tal modo. Dejé caer mi volante y +me apoyé en un<a name="page_023" id="page_023"></a> sillón, mientras Carlos recogía los pedazos del jarrón, +como si hubiese tenido el poder de volverlo a su primitivo estado. De +pronto, oímos en la pieza inmediata la terrible voz de mi tío, que +llegaba a mis oídos como la trompeta del juicio final... No obstante, +tuve el valor suficiente para precipitarme hacia una puerta lateral.</p> + +<p>—»¡Vete! ¡vete!—grité a Carlos.</p> + +<p>»Por mi parte, tuve buen cuidado al entrar en mi estancia de cerrar por +dentro y correr cuantos cerrojos tenía la puerta, persuadiéndome que de +este modo evitaría el que la cólera de mi tío llegase hasta mí.</p> + +<p>»Carlos, menos ágil que yo, no pudo seguirme, y permanecía en el salón +cuando, abriendo la puerta, entró el duque de Arcos, de gran uniforme, +con el sombrero convenientemente colocado y su bastón de puño de oro en +la mano.</p> + +<p>»Su vista se fijó en seguida a las pruebas del crimen, que estaban +diseminadas por el pavimento. Carlos palideció, pero permaneció inmóvil +viendo al Duque dirigirse hacia él.</p> + +<p>—»¿Quién ha roto este jarrón?</p> + +<p>»Carlos permaneció silencioso.</p> + +<p>—»¿Quién ha roto este jarrón?—repitió el Duque con voz imperiosa, +levantando el bastón.</p> + +<p>—»¡He sido yo!—repuso tímidamente el generoso Carlos.</p> + +<p>»Disponíase el Duque a golpearle, cuando apareció Teobaldo. Este corrió +a mi tío, queriendo<a name="page_024" id="page_024"></a> apaciguarle, y, a riesgo de que volviese contra él +su cólera, le hizo presente que no debía descargar su rabia contra un +niño, y sin razón, probablemente.</p> + +<p>»A esta palabra, el furor de mi tío no tuvo ya límites.</p> + +<p>—»¿Si te despidiese de mi casa, si te arrojase de ella ahora +mismo?—gritó el Duque amenazando a Teobaldo.</p> + +<p>—»Entonces sería usted doblemente injusto—replicó éste fríamente.</p> + +<p>»Y diciendo estas palabras, tomó respetuosamente el bastón de la +temblorosa mano del anciano, y lo arrojó por la ventana.</p> + +<p>»La cólera de mí tío había llegado a su colmo. Sobrecogido por aquella +sangre fría, cayó sobre un sillón sin poder pronunciar una palabra; pero +llamó a su mayordomo y le hizo seña de que se llevase a Carlos. Este, al +salir, dirigió a Teobaldo una mirada de gratitud.</p> + +<p>»Yo no me atrevía a salir de la habitación; no obstante, fue necesario +hacerlo cuando llegó la hora de comer. Mi tío estaba solo en el comedor, +sombrío y silencioso. A algunos pasos de él y a su espalda encontrábase +Carlos, pálido y sin poder apenas sostenerse; al verme, su fisonomía +expresó una gran satisfacción. Creí entonces que todo había pasado del +mejor modo posible, y que mi tío nada sabía. ¡Cómo podía yo adivinar que +el pobre joven había sido maltratado por el mayordomo, despojado de sus +vestidos y azotado hasta hacerle<a name="page_025" id="page_025"></a> saltar la sangre, sin que el dolor le +hubiese arrancado ni una queja, ni una palabra! Cuando lo supe lancé un +grito de indignación, y corrí en busca suya queriendo oírlo todo de sus +labios.</p> + +<p>—»¿Quiere usted excitar de nuevo la cólera del señor Duque, que, +gracias al Cielo, ha pasado ya?—dijo Carlos, sonriendo con tristeza.</p> + +<p>—» Carlos—le dije:—¿qué podré hacer para recompensarle el servicio +que acaba de hacerme?</p> + +<p>—»¡Usted, señora! ¡No estoy suficientemente recompensado!...</p> + +<p>»A partir de este día, Carlos fue mi protegido, mi favorito, mi más fiel +servidor. Nunca afecto alguno fue tan ampliamente recompensado. Su única +ocupación era adivinar mis pensamientos para adelantarse a mis órdenes, +para satisfacer mis caprichos.</p> + +<p>»El día en que ocurrió aquella escena, Teobaldo quiso retirarse de +nuestro servicio; pero mi tío, que tenía necesidad de él (porque a la +sazón sostenía correspondencia con algunos príncipes alemanes), le mandó +imperiosamente que se quedase; y Teobaldo, despreciando sus órdenes, +preparábase a dejarnos: afligida por su pérdida, le supliqué que +permaneciera con nosotros.</p> + +<p>—»¡Ah!—le dije llorando;—¡ya no me queda ningún amigo!</p> + +<p>»Teobaldo se quedó.<a name="page_026" id="page_026"></a></p> + +<p>»Severo y brusco para todo el mundo, Teobaldo tenía para mí una dulzura +y bondad infinitas. Aunque las funciones de preceptor tienen algo de +enfadosas, nada podía agotar su paciencia, ni aun las rudas pruebas a +que le sujetaba mi estudio de las lenguas extranjeras.</p> + +<p>»Yo aprendía el francés con alguna facilidad; pero el alemán, aunque era +el especial cuidado de mi tío, me disgustaba sobremanera y tenía que +violentarme, y ni aun así lograba retener en mi memoria una sola palabra +de aquel idioma, que yo calificaba de bárbaro. Por último, rogué a +Teobaldo que cesasen las lecciones, consintiendo él en ello, pero a +condición de que se lo advertiría a mi tío. Lo prometí, pues, pero no me +atreví a cumplir mi promesa.</p> + +<p>»Una o dos veces me encontré a solas con el Duque, que me preguntaba:</p> + +<p>—»¿Vas comprendiendo la lengua alemana?</p> + +<p>»Acordábame entonces que mi tío no comprendía una palabra de ella; esta +convicción me daba un gran valor, y contestaba brevemente y en tono +resuelto:</p> + +<p>—»Sí, mi querido tío; la comprendo perfectamente.</p> + +<p>»Pero he aquí que durante una pequeña temporada que Teobaldo estuvo +ausente del castillo (había ido a ver a su madre que estaba bastante +enferma), recibió mi tío una carta<a name="page_027" id="page_027"></a> del margrave de Anspach, carta +confidencial, tres grandes páginas del alemán más difícil.</p> + +<p>—»Veamos lo que contiene—me dijo;—léemela.</p> + +<p>»Fácilmente se imaginarán ustedes cuál sería mi situación... No encontré +otra excusa que darle, sino que era demasiado larga.</p> + +<p>—»Eso no importa; te doy de plazo hasta la tarde.</p> + +<p>»La dificultad no estaba en el tiempo. Subí a mi aposento, y pasé +algunas horas en llorar y maldecir al margrave. La hora llegó, pues; +dejé la carta sobre la mesa y bajé más muerta que viva.</p> + +<p>—»¿Has terminado?—me preguntó el Duque.</p> + +<p>»Bajé la vista sin contestar, silencio que interpretó como una respuesta +afirmativa; después de comer me preguntó:</p> + +<p>—»¿Dónde está esa carta?</p> + +<p>—»Sobre mi mesa—repuse, encomendando mi alma a Dios.</p> + +<p>»Tan grande era el terror que experimentaba al ver acercarse la +tempestad, que no acertaba a pronunciar una palabra. Para colmo de +humillación, Teobaldo, que acababa de llegar, entró en el salón. Mi tío +le informó de lo que se trataba.</p> + +<p>—»Hela aquí—dijo, tomando la carta, que Carlos tenía en la mano;—he +aquí la discípula de usted, que nos va a leer su traducción. Sígala con +el original, y vea si está bien.<a name="page_028" id="page_028"></a></p> + +<p>»Había dos papeles; me entregó uno y dio el otro a mi profesor, cuya +inquietud igualaba a la mía. Teobaldo estaba turbado, pálido. Pero su +admiración fue tan grande como la que yo experimenté, cuando fijó su +vista en el papel que se me había entregado; la carta del margrave +estaba delante de mí legible, la entendía perfectamente.</p> + +<p>»Leí en voz alta; y Teobaldo, que atendía, entretanto, al original, no +pudo detener más de una vez sus exclamaciones, que mi tío tomaba por +muestras de aprobación. Por mi parte, viéndome salvada, y no +explicándome este suceso sino por un milagro que mi razón no acertaba a +comprender, me preguntaba interiormente:</p> + +<p>—»¿Qué ser caritativo, qué hada ha venido en mi auxilio y cuida de mí +de esta manera?»</p> + +<p>—Pero perdónenme, amigos míos, perdónenme—dijo la Condesa con voz +débil.—Estos acontecimientos de mi infancia me han entretenido más de +lo que deseaba... y no tengo fuerzas para continuar...</p> + +<p>Su hermana, que ya había estado a punto de interrumpirla, le impuso +silencio, y alargando su mano a Fernando, le dijo, despidiéndole:</p> + +<p>—Hasta mañana.<a name="page_029" id="page_029"></a></p> + +<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3> + +<p>La Condesa continuó su relato, al día siguiente, en estos términos:</p> + +<p>»Mi tío había salido del aposento; Teobaldo y yo nos mirábamos aún +asombrados del suceso, sin que pudiéramos darnos cuenta de una aventura +que creíamos sobrenatural; porque excepto mi preceptor, que acababa de +llegar, nadie entendía el alemán en el castillo, incluyéndome a mí, que +hacía un año lo estaba aprendiendo.</p> + +<p>»Carlos permanecía de pie en un rincón del salón y nos miraba sonriendo; +de pronto, dirigiéndose a Teobaldo, dijo:</p> + +<p>—»Y bien, querido maestro: ¿no adivina usted que pueda haber aquí otro +discípulo, que le debe la dicha de haber sido útil a su bienhechora?</p> + +<p>»Teobaldo quedó estupefacto, porque esta frase acababa de ser +pronunciada en el más puro alemán. Yo no pude menos de exclamar:</p> + +<p>—»¿Cómo, Carlos, esa traducción es de usted? ¿Dónde, pues, ha +aprendido?</p> + +<p>—»Lo que usted no ha querido estudiar, lo he estudiado yo—nos dijo.</p> + +<p>»En efecto, hacía tres años que Carlos asistía asidua y silenciosamente +a todas mis lecciones,<a name="page_030" id="page_030"></a> y las había aprovechado mucho más que yo. Cuando +estaba solo y entregado a sí mismo; cuando habían pasado las dos +terceras partes del día, empleaba en estudiar los momentos que yo +consideraba perdidos en la ociosidad.</p> + +<p>»Teniendo entrada a todas horas en mi gabinete de estudio, del que +estaba encargado, servíase de mis libros y de mis cuadernos; su +aplicación y su constancia le habían hecho un joven mucho más instruido +de lo que podía pedirse a sus años.</p> + +<p>»El joven, el paje, a quien todos despreciaban en la casa, poseía +perfectamente nuestra lengua y varios idiomas extranjeros; conocía la +historia y la geografía. No había olvidado la música; y apenas había yo +salido, se sentaba al clavicordio; algunas veces, me acuerdo +perfectamente, creí, oyendo los sonidos lejanos, que mi maestro se había +quedado tocando y que ensayaba todavía.</p> + +<p>»Fácilmente comprenderán ustedes, queridos amigos, que después de este +descubrimiento, Carlos no tuvo necesidad de ocultarse. Estudiaba con +nosotros, en mi compañía. Este acontecimiento había excitado mi +emulación, y encontré desde entonces en el estudio un placer que había +ignorado hasta entonces.</p> + +<p>»Teobaldo sentíase orgulloso de nuestros progresos, de los de Carlos +sobre todo, porque su precoz inteligencia concebía con una facilidad +asombrosa las cuestiones más difíciles y<a name="page_031" id="page_031"></a> abstractas. Reunía a una +memoria feliz, una concepción rápida, una imaginación ardiente y unos +sentimientos nobles y elevados que no nacían en la imaginación, sino en +el corazón. Tales eran las cualidades que brillaban en él de una manera +notable.</p> + +<p>»Teobaldo mirábale con frecuencia sorprendido y me decía en voz baja y +con acento profético:</p> + +<p>»Créame usted, no será un hombre vulgar; cualquiera que sea el estado o +carrera que abrace, llegará a un puesto elevado.</p> + +<p>—»Si fuese así—respondía Carlos,—a ustedes lo deberé, amigos míos; y +el pobre huérfano no lo olvidará jamás.</p> + +<p>»Muy en breve el maestro no tuvo nada que enseñar a su discípulo, que +era ya su compañero de estudio. Por mi parte, no podía seguirlos ni +llegar a su altura; pero sentíame orgullosa de saber apreciar lo que +valían.</p> + +<p>»Sus conversaciones eran dulces y amenas: en ellas dejaban ver sus +nobles y puros sentimientos; tenían elocuencia fácil, sencilla y +persuasiva. En la soledad del viejo castillo, cerca de aquel anciano +achacoso y colérico, las horas nos parecían demasiado breves cuando nos +encontrábamos en aquel santuario del estudio y de la amistad. A los días +indiferentes y tranquilos de la infancia, debía suceder la edad de oro +de la juventud, con sus quiméricos encantos, sus grandes ilusiones y su +inmenso porvenir. Más sabio que nosotros y ya menos<a name="page_032" id="page_032"></a> dichoso, Teobaldo +era más grave, más reflexivo. Conocía el mundo; es decir, los pesares; +nosotros no conocíamos más que nuestro mutuo afecto, la amistad y la +dicha.</p> + +<p>»Una mañana, brillaba el bello sol de otoño, estábamos los tres en un +extremo del parque, hablábamos familiarmente, y Carlos nunca habíase +mostrado más gracioso y amable.</p> + +<p>—»He soñado esta noche—nos dijo—que yo era gran señor y primer +ministro.</p> + +<p>—»¿En qué reino?—le interrogué yo.</p> + +<p>—»Mi sueño no me lo ha dicho.</p> + +<p>—»¿Y qué puesto me daba usted en ese sueño?</p> + +<p>—»Usted, señora... era reina.</p> + +<p>—»¿Y Teobaldo?</p> + +<p>—»¡Confesor del rey!</p> + +<p>»A esta broma imprevista lancé una carcajada, y mi alegría excitó la de +Carlos. Sólo Teobaldo guardó su compostura, y nos dijo moviendo la +cabeza:</p> + +<p>—»¡Eso sí que es extraño!</p> + +<p>»A estas palabras, nuestra alegría creció de pronto.</p> + +<p>—»No se rían ustedes...—nos dijo con gran seriedad y sangre +fría.—Debo ser el más razonable de los tres... y soy el más débil y +supersticioso... Lo que acaban de decirme me ha impresionado, y a mi +pesar no puedo dejar de creerlo.</p> + +<p>—»¿Por qué?—le interrogué.</p> + +<p>—»Porque he soñado exactamente lo mismo.<a name="page_033" id="page_033"></a></p> + +<p>»Todos lanzamos un grito de sorpresa.</p> + +<p>—»Sí—dijo a Carlos;—yo sacerdote y tú gran señor.</p> + +<p>—»¿Y yo?—pregunté a mi vez.</p> + +<p>—»Usted, señora, es diferente—me dijo con tristeza;—no estaba con +nosotros, nos había dejado, nos había abandonado.</p> + +<p>—»¡Ah! Entonces ese sueño no es verdad, no tiene sentido +común—exclamé.—Ignoro qué destino nos estará reservado; pero sea el +que quiera el mío, juro que nada en el mundo me hará olvidar los amigos +de mi infancia.</p> + +<p>—»Y nosotros juramos lo mismo—exclamaron los dos a la vez, extendiendo +hacia mí sus manos, que tenían estrechamente unidas.</p> + +<p>»Hubo un instante de silencio, y Teobaldo volvió lentamente a su +tristeza habitual, diciendo:</p> + +<p>—»Sí, señora; nuestros presentimientos se cumplirán. Tendrá usted +inmensas riquezas, será una gran señora... respetada y adorada de todos. +Tú, Carlos, si atiendo a tu mérito más que a tu sueño, debes, a despecho +de los obstáculos, a pesar de tu nacimiento, hacer tu camino en el +mundo, y llegar a los puestos más elevados.</p> + +<p>—»Tanto mejor para ti—dijo en tono de broma Carlos, dando en la +espalda de Teobaldo con aire de protección.</p> + +<p>—»¡Oh! ¡Yo—prosiguió Teobaldo—tengo el presentimiento de que seré +siempre miserable! No seré útil a nadie... Los amaré, velaré<a name="page_034" id="page_034"></a> por +ustedes y les daré mi vida... Vean ahí—continuó sonriendo y dándonos la +mano,—que mi parte es la mejor, y que de los tres seré el más dichoso.</p> + +<p>»La campana del castillo sonó en aquel momento, y nos separamos +renovando el juramento de eterna amistad, que el Cielo oyó, y que +nuestros corazones ha mantenido.</p> + +<p>»Contra la costumbre, y turbando la tranquilidad de nuestra pacífica +morada, una numerosa y brillante sociedad acababa de llegar a ella. Era +un número bastante crecido de jóvenes señores de las cercanías que, +reunidos desde por la mañana para una partida de caza, habían querido +descansar de su fatiga en el castillo del duque de Arcos, su vecino.</p> + +<p>»Como castellano, mi tío sentíase lisonjeado con esta visita y recibió +alegremente a sus nuevos huéspedes; parecía inquieto, y en su orgullo +español se apresuraba para ejercer dignamente los deberes de la +hospitalidad. Díjome que bajase al salón para recibir a aquellos señores +y hacer los honores de la casa. Obedecí, y, al verme, hubo entre aquella +multitud, cuyas miradas todas se dirigieron hacia mí, una especie de +rumor, el cual no podía explicarme, y que me turbó extraordinariamente. +Recibíamos muy pocas veces, y los nobles señores que nos honraban con su +visita eran, por lo general, viejos duques y ancianos señores, amigos y +contemporáneos de mi tío. Semejante sociedad fijaba poco la atención en<a name="page_035" id="page_035"></a> +mí, y tenían la costumbre de mirarme como a una niña. Durante este +tiempo yo había crecido; contaba quince años; era bien parecida, y por +el incidente de tan inesperada visita, me convencí de que llamaba la +atención mi persona; mis amigos nada me habían dicho, y el efecto rápido +y maravilloso que produje en la concurrencia me sorprendió en extremo... +Todo, en aquel día, me decía que era linda; y si hubiese podido dudarlo +todavía, las exclamaciones que oía a mi alrededor bastaban para disipar +mis dudas.</p> + +<p>—»Por San... ¡Qué linda es! ¡qué talle de reina! ¡qué hermosos ojos +negros! No hay nada mejor en la corte.</p> + +<p>—»Yo lo daría todo por ella—dijo un hombre de pequeña estatura y de +bigotes negros.</p> + +<p>—»Y yo también—agregó una voz ronca que me causó miedo;—todo, excepto +mi jauría y mi caballo árabe.</p> + +<p>»Estas y otras exclamaciones semejantes se repetían en el salón por +veinte personas a la vez, sin que yo perdiera una sola palabra.</p> + +<p>»Poco después llegó mi tío; acababa de vestirse con su gran uniforme y +el gran cordón de la Orden de Calatrava, e invitó a sus convidados a +pasar al comedor.</p> + +<p>»Al oír estas palabras, aquellos señores se olvidaron de mí, pues el +apetito que tenían, como buenos cazadores, no les permitía pensar más +que en comer; en verdad no tenían otra cosa que hacer.<a name="page_036" id="page_036"></a></p> + +<p>»A los primeros instantes de silencio, sucedió una conversación animada +y ruidosa como en el final de una asamblea. Cada cual refería sus +proezas en la caza, y después que el vino circuló en abundancia, no hubo +medio de entenderse. ¡Qué discursos, Dios mío! ¡Cuánta ignorancia! +¡cuánta fatuidad! Menos mal, cuando estos nobles señores no son más que +tontos o fatuos; pero muchos de ellos se distinguían por su grosería y +malos modales.</p> + +<p>»Aturdida y disgustada de aquella sociedad, parecíame oír una lengua +desconocida, que estaba en un mundo nuevo y extravagante, lejos de mi +país, de mis amigos a quienes ansiaba volver a ver; antes de que +terminase la comida, las frecuentes libaciones habían acalorado los +cerebros de nuestros convidados.</p> + +<p>—»¡Por esta hermosa joven!—exclamó uno de ellos apurando un vaso de +vino.</p> + +<p>—»¡Por nuestro huésped el duque de Arcos!—agregó otro.</p> + +<p>—»¡Por los jabalíes de estos dominios!—dijo la voz ronca que había +oído antes en el salón.</p> + +<p>»Este intrépido cazador, el Nemrod de la partida, era un joven de +veinticuatro a veinticinco años, de cabellos y bigotes rojos, cuyas +facciones, de expresión dura y altanera, hubieran sido regulares si no +hubieran estado surcadas por una enorme herida que se había hecho con la +rama de un árbol.</p> + +<p>—»¡Por los jabalíes de estos dominios—repitió,—y por el que he muerto +esta mañana!<a name="page_037" id="page_037"></a></p> + +<p>—»Te equivocas, Eduardo—respondió uno de los convidados;—ese jabalí +ha sido muerto por mi mano.</p> + +<p>—»¡No! Lo mató mi bala; yo lo he visto.</p> + +<p>—»¡Sí, cuando lo has tocado estaba ya muerto!</p> + +<p>—»¡Mientes!</p> + +<p>»Su adversario quiso lanzarse sobre él, pero el duque de Arcos se +levantó para separarlos, lo que consiguió después de algunos esfuerzos, +logrando que la disputa no pasase de allí. Como medida de precaución, +acordose la partida, y mientras los convidados se despedían, llamaron a +sus domésticos e hicieron ensillar sus caballos.</p> + +<p>»Entonces me encontré sola un momento con el terrible Eduardo, el eterno +cazador, y me fue fácil conocer que brillaba menos en el salón que en la +mesa. El vino de España, que mi tío les había prodigado, debilitó su +cerebro, y costole gran trabajo balbucear algunas excusas sobre la +escena que acababa de desarrollarse; poco a poco fuese animando, sus +ojos se enrojecieron, su andar era menos vacilante, y me dirigió algunas +frases galantes y tan expresivas, que consideré prudente retirarme.</p> + +<p>—»No tema usted nada—me dijo;—yo parto; pero, noble castellana, +espero que tendrá usted a bien conceder a un animoso caballero el beso +de despedida.</p> + +<p>«Rehusé... pero en vano; y como él insistiese, quise arrojarme a la +puerta; pero adivinando<a name="page_038" id="page_038"></a> mi pensamiento, se interpuso en mi camino y me +rechazó bruscamente.</p> + +<p>»Fuese a causa del choque brusco que recibí, o por el terror que aquel +hombre me inspiraba, vacilé y caí dando un grito de terror.</p> + +<p>»En aquel momento apareció Carlos en la puerta del salón, y lanzándose a +Eduardo, le golpeó en la mejilla. Este, furioso, echó mano a un cuchillo +de monte que llevaba en la cintura, e hirió a Carlos. Yo vi el acero +brillar; vi la sangre correr; después no percibí nada, no sentí nada; +había perdido el conocimiento.</p> + +<p>»Cuando volví en mí, cuando principié a recordar mis ideas, estaba +acostada; me encontraba en un gran aposento apenas iluminado, y a la +débil luz de una lámpara distinguí dos hombres: uno de ellos, de pie, +levantaba mi cabeza y procuraba hacerme beber un líquido que no sabía lo +que era; el otro estaba arrodillado al pie de mi cama y oraba.</p> + +<p>—»Dios nos ha oído—murmuró en tono bajo una voz que me era conocida, +la de Carlos.—Por fin vuelve en su conocimiento, ya abre los ojos.</p> + +<p>»Y los dos amigos se abrazaron. Los veía, y no podía explicarme cómo +estaba en aquella estancia, en aquel lecho, sin criados, sin ninguna de +mis doncellas y no teniendo otros acompañantes que Teobaldo y Carlos.</p> + +<p>»Llamé, y nadie acudió; traté de hablar, y se me impuso silencio; pedí +que al menos se me permitiese ver la luz del día: pero esto no<a name="page_039" id="page_039"></a> se me +concedió sino al día siguiente, y sólo entonces supe la verdad.</p> + +<p>»Carlos fue herido en el brazo, pero su herida no era grave. Una fiebre +ardiente se había apoderado de mí; estuve algunos días delirando y me vi +atacada de una enfermedad contagiosa, enfermedad que hacía tiempo +azotaba el país, y que hería de muerte a todo el que alcanzaba. Al +primer síntoma de la aparición de la viruela, el espanto en el castillo +fue grande. Mi tío, egoísta y miedoso como todos los ancianos a quienes +lo avanzado de su edad les hace amable la vida y que temen perder los +bienes que poseen, no quiso verme, y mandó cerrar todas las puertas que +daban a mis habitaciones; me hubiese hecho salir del castillo, pero no +se atrevió, temiendo no encontrar quien ejecutase sus órdenes. El +ejemplo del amo se comunicó a la servidumbre: un terror pánico se había +apoderado de todos los habitantes de la casa. Nadie hubiera osado +tocarme ni acercarse a mi habitación: todos se apartaban de mí con +horror, y durante doce días, mis dos amigos no me abandonaron un +momento, prodigábanme día y noche los más asiduos cuidados, viviendo en +aquella atmósphera de muerte; y por premio de todos sus cuidados, de +tanta solicitud, no pedían al Cielo más que mi vida. En el instante en +que me recobré, sus ojos estaban fijos en los míos con celestial +expresión, con la alegría de una madre que acaba de encontrar a su +hijo.<a name="page_040" id="page_040"></a></p> + +<p>»Me pareció que de repente había conmovido sus corazones alguna viva +inquietud, pues interrogaban con angustia mis facciones, espiando mis +más pequeños movimientos; pero pronto se tranquilizaron y sus miradas +brillaron de satisfacción y de contento; los transportes de alegría de +aquellos dos seres, consagrados únicamente a mi cuidado, me +recompensaron ampliamente de mi aislamiento y de todas las defecciones +que había sufrido.</p> + +<p>»Ambos estaban arrodillados junto a mi lecho y besaban mis manos, que yo +retiré bruscamente y como asustada. ¡Ay de mí! Recobraba la razón, y con +ella el conocimiento y una especie de terror. Temía que mis generosos +amigos fuesen víctimas de su abnegación, y mis presentimientos se vieron +realizados, al menos para Teobaldo, pues algunos días después, enfermo +de bastante gravedad, padecía la misma dolencia que me aquejaba; Carlos +entonces se alejó de mí, me abandonó; Teobaldo estaba peligrosamente +enfermo, y era el amigo a quien amaba más en el mundo. Encontrando +nuevas fuerzas en su juventud, a medida que eran necesarios sus +cuidados, su cuerpo hízose infatigable como su alma, y Carlos pasaba los +días y las noches al lado de su amigo; teníalo en sus brazos, y cuando, +por mi parte, le hablaba del riesgo a que se exponía, me contestaba:</p> + +<p>—»No, no corro peligro alguno; el Cielo me protege, y Dios no me +abandonará.<a name="page_041" id="page_041"></a></p> + +<p>»Pensando y obrando de este modo, no perdió la confianza y el valor que +le animaban ni por un solo instante; sólo él daba alientos a nuestro +abatido espíritu, y hacíanos concebir las más halagüeñas esperanzas.</p> + +<p>»Algunas veces le veía ceder, a su pesar, a la inquietud, al dolor; pero +estos momentos eran pasajeros, y en breve recobraba su serenidad y +sonreía ocultando su pena.</p> + +<p>—»Los días de peligro han pasado—decía;—Teobaldo se encuentra mejor, +la Providencia nos protege.</p> + +<p>»Tenía razón. Dios se había compadecido de nosotros.</p> + +<p>»Carlos se libró del contagio, y Teobaldo convalecía; pero el mal había +dejado impresa en él su terrible huella, y, menos afortunado que yo, +quedó desfigurado.</p> + +<p>—»No estaré hermoso—me decía sonriendo;—pero por feo que esté, espero +que usted no me desconocerá.</p> + +<p>»Nuestra amistad no sólo se conservaba, sino que se hizo más íntima y +firme, y las pruebas que mutuamente nos habíamos dado nos probaron que +siempre sería la misma.</p> + +<p>»Volvimos a nuestra existencia tranquila, a nuestros estudios, a +nuestras acostumbradas conversaciones; y más felices y dichosos que +antes de la tempestad, nos parecíamos a los marineros salvados +milagrosamente de un naufragio.</p> + +<p>»Carlos estaba cada día más contento, más<a name="page_042" id="page_042"></a> satisfecho, más decidor; su +gracia y su ingenio animaban todas nuestras reuniones, y cuando nos +encontraba juntas a las dos personas a quien su solicitud y cuidado +había salvado, su rostro tomaba una expresión de alegría y de contento +difícil de explicar.</p> + +<p>»Sólo pensaba en nosotros, y se ocupaba asiduamente en procurar +distracciones al pobre Teobaldo, que desde su enfermedad y durante su +convalecencia estaba demasiado triste y abatido.</p> + +<p>»En más de una ocasión me hizo notar su estado; cuando le sorprendía en +sus paseos por el parque, le encontraba solo, la cabeza baja, y sus ojos +contenían con dificultad sus lágrimas; inquietos al verle de este modo, +le preguntamos el motivo que tanto le afligía.</p> + +<p>—»Mi pobre madre—nos dijo—está en peligro de muerte.</p> + +<p>»Compartimos su dolor y procuramos consolarle; pero, ¡ay de mí! bien +pronto la perdió, y lloramos con él sin poder calmar su tristeza, que +aumentaba cada día. Obligado por nuestras continuas preguntas, nos +declaró, por último, que hacía tiempo meditaba un proyecto que nos +participaría al día siguiente.</p> + +<p>»En efecto: la mañana de dicho día encontrábame en el salón de música, +sentada cerca de Carlos, cuyos dedos corrían sobre el clavicordio, sin +ocuparnos de la obra que teníamos delante. Yo le hablaba de la herida +que había recibido defendiéndome, que sólo él había olvidado,<a name="page_043" id="page_043"></a> y de que +nunca le oí quejarse; le recordaba su entrada en el salón en el momento +que Eduardo me rechazaba brutalmente cuando intentaba huir de su lado.</p> + +<p>—»¡Ah!—me dijo.—Fue el día más horrible de mi vida; no había +experimentado nunca un dolor semejante.</p> + +<p>—»¿Cuándo hirió a usted con su cuchillo?</p> + +<p>—»No, cuando creí que iba a abrazar a usted.</p> + +<p>»Al pronunciar estas palabras, que parecían escapadas de sus labios, +había en su voz, en su mirada, una expresión que no había notado nunca +en él, y que me causó profundo asombro.</p> + +<p>—»¡Carlos!—exclamé inclinándome hacia él.</p> + +<p>»Lanzó un grito de dolor y su rostro se cubrió de una palidez intensa. +Acababa, sin saberlo, de oprimir con fuerza el brazo en que su herida +estaba abierta todavía, y fuera de mí, caí a sus pies para pedirle +perdón por el daño que sin querer le había causado; quiso levantarme, y +su cabeza tocó la mía, sus labios rozaron ligeramente los míos, y, en +aquel momento, apareció Teobaldo. Nos vio, y una palidez mortal invadió +su rostro, mientras que Carlos y yo nos sonrojamos al darnos cuenta de +su presencia.</p> + +<p>»Teobaldo se repuso, y nos sonrió con la tristeza que acostumbraba.</p> + +<p>—»Amigos míos—nos dijo, sentándose cerca de nosotros.—Se acordarán +ustedes de la sorpresa<a name="page_044" id="page_044"></a> que me causó, hace algunos meses, el sueño que +Carlos nos contó había tenido. Y esa sorpresa fue tanto mayor, cuanto +que hacía muchísimo tiempo que esas mismas ideas eran las mías; fueron +las primeras que yo concebí, y que el tiempo y mi enfermedad han +fortificado. Cuando estaba usted, señora, en peligro de muerte, prometí +a Dios que si la salvaba, me consagraría a él, abrazaría el estado +eclesiástico.</p> + +<p>—»¿Hacerse religioso?—exclamé.</p> + +<p>—»¿Y por qué no? ¿Qué destino me espera en el mundo? ¿puedo aspirar +acaso a la dicha de tener una familia? ¿qué mujer me aceptaría por +esposo? ¿de quién puedo esperar ser amado? La vida religiosa me brinda +el reposo y la calma; conviene a mi carácter tranquilo y dado al +estudio; ella no nos separará. Dios no prohíbe amar a sus amigos; al +contrario, nos manda rogar por ellos, y yo no me ocuparé de otra cosa +sino de la felicidad de ustedes.</p> + +<p>»Carlos, con toda la efusión y el calor de una verdadera amistad, +combatió semejante proyecto; pero Teobaldo rechazaba todas sus +objeciones con la calma y sangre fría de un hombre cuya resolución es +inquebrantable; pero como nosotros insistiésemos, exclamó:</p> + +<p>—»¿Dirán ustedes, acaso, que no tomo ese partido por ambición? Carlos, +¿no soñaste que yo llegaría a las primeras dignidades de la Iglesia? +Déjenme que haga mi fortuna, y entonces<a name="page_045" id="page_045"></a> se manifestarán celosos más +bien que opuestos a mi proyecto.</p> + +<p>—»¡No lo consentiremos, de ningún modo!</p> + +<p>—»Preciso será que consientan ustedes, pues ya está hecho.</p> + +<p>»Ambos lanzamos un grito de dolor y de sorpresa.</p> + +<p>—»Sí—prosiguió él;—he pronunciado mis votos.</p> + +<p>—»¿Cuándo?</p> + +<p>—»Hace pocos días. Había previsto lo difícil que me sería resistir a +sus instancias, y he querido evitar esta debilidad anteponiéndome a +ella. No me compadezcan ustedes, amigos míos: estoy contento, soy +dichoso.</p> + +<p>»En efecto, a partir de este día la calma sucedió a las inquietudes que +agitaban su alma. La serenidad apareció en su frente, la sonrisa en sus +labios; su amistad parecía más intensa, más pura. Aislado del mundo, +parecía no tener sobre la tierra más objeto que nosotros, y consagraba +al Cielo y al estudio todos los instantes en que no lo necesitábamos. +Tuve el atrevimiento de pedir para él a mi tío el título de capellán del +castillo, que poseía rentas considerables, y el Duque me concedió este +favor.</p> + +<p>»Logrado este primer deseo, solicité para Carlos la plaza de secretario, +que Teobaldo no podía desempeñar, a lo cual accedió también mi tío sin +repugnancia y sin objeción alguna. Semejante conducta de su parte dejome +profundamente<a name="page_046" id="page_046"></a> admirada, y mi alegría rayaba en locura, pensando que la +edad había cambiado el carácter del Duque.</p> + +<p>»En la entrevista que tuve con él, para pedirle ambos favores, me dijo:</p> + +<p>—»A mi vez, tengo también alguna cosa que pedirte.</p> + +<p>—»Todo lo que quiera usted, querido tío—le contesté,—se lo concedo +por anticipado.</p> + +<p>—»Está bien—me dijo abrazándome, favor que nunca me había hecho;—no +olvides esta palabra, te la recordaré pasadas algunas semanas.</p> + +<p>»Una mañana, en efecto, me hizo llamar a su habitación; me puse a sus +órdenes, sin saber de lo que se trataba; mi corazón latía con violencia, +mis piernas temblaban y tuve necesidad de detenerme algunos instantes +antes de entrar en su gabinete, para disimular mi emoción. Mi tío estaba +sentado cerca de una mesa y leía; al verme, dejó sus anteojos y su +libro.</p> + +<p>—»Querida sobrina—comenzó diciéndome;—eres demasiado bella y bien +educada; tienes talento, más sin duda de lo que convendría a la familia +de los Arcos; pero el mal, si lo es, no tiene remedio. Además, cuentas +diez y ocho años, y todos los señores de las cercanías solicitan tu +mano.</p> + +<p>—»¡Ah!—exclamé;—no he pensado en casarme...<a name="page_047" id="page_047"></a></p> + +<p>»Mi tío me miró con sorpresa y prosiguió fríamente:</p> + +<p>—»Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte que +he ofrecido tu mano a uno de mis vecinos.</p> + +<p>»Me turbé de tal modo, que creí que iba a perder el conocimiento. Mi tío +me mostró con el dedo un sillón, y, sin interrumpirse, continuó +diciendo:</p> + +<p>—»He elegido el más rico y más noble, el hijo del conde de Pópoli. +Vendrá mañana; prepárate a recibirle.</p> + +<p>»Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi tío tomó +sus anteojos y su libro y me hizo seña con la mano para que me retirase.</p> + +<p>»Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extendía hacia mí... +obedecí, sin despegar mis labios; salí y me encaminé a mi aposento, +donde derramé un mar de lágrimas. ¿Por qué? ¿de dónde provenía mi +desesperación? Lo ignoraba, nunca me había dado cuenta de lo que podía +suceder en mi corazón. Sólo mis amigos eran capaces de consolarme, y fui +en su busca.</p> + +<p>—»Amigos míos—les dije llorando;—aconséjenme, sálvenme, me quieren +casar.</p> + +<p>»Teobaldo se estremeció; luego le vi levantar los ojos al cielo y +brillar en ellos una lágrima.</p> + +<p>»Carlos púsose pálido como la muerte, y nada<a name="page_048" id="page_048"></a> me contestó. Creí que no +me había comprendido.</p> + +<p>—»¡Me quieren casar!—repetí;—¡díganme algo! ¡contéstenme!... ¿Qué me +aconsejan?</p> + +<p>—»No consienta usted—exclamó Carlos con alegría.</p> + +<p>—»¡Prefiera usted la muerte!—dijo Teobaldo.</p> + +<p>»Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra... +Permaneció algunos instantes con la cabeza entre las manos, como +buscando alguna idea.</p> + +<p>—»Si tal es la voluntad del señor Duque—dijo luego,—ni la razón, ni +las lágrimas, ni los ruegos conseguirán vencerlo.</p> + +<p>»Teobaldo y yo comprendimos que tenía razón, y guardamos silencio. +Carlos continuó:</p> + +<p>—»Por mi parte, ni aun ensayaría el hacerle cambiar de modo de pensar; +sería inútil.</p> + +<p>—»¿Qué haría usted?</p> + +<p>—»Me dirigiría a un poder superior al suyo. Abandonaría el castillo, e +iría a refugiarme en un convento, el <i>della Pietá</i>, donde se encuentra +la hermana menor de usted, la señora Isabel.</p> + +<p>—»¡Tiene razón!—exclamé;—¡partamos!</p> + +<p>—»¡Insensata!—exclamó Teobaldo deteniéndome;—¿Cree usted que la +abadesa <i>della Pietá</i> consentiría en recibirla y retenerla contra la +voluntad del señor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; ni +uno sólo querría excitar su cólera, ni resistiría a sus justas +reclamaciones... Porque, sobre todo, él tiene<a name="page_049" id="page_049"></a> dos derechos sobre usted. +Es usted su sobrina... y la ha educado.</p> + +<p>»Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justos +razonamientos. Teobaldo inclinó la cabeza y prosiguió, al cabo de un +momento:</p> + +<p>—»Un solo medio queda, que yo le diré.</p> + +<p>—»¿Y cuál es?</p> + +<p>—»Lo sabrá usted pasados unos días.</p> + +<p>»A pesar de nuestras instancias, no quiso satisfacer la ansiedad que +experimentábamos.</p> + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + +<p>»La mañana siguiente, el látigo de un postillón resonó en el patio del +castillo, y a poco se vio entrar un magnífico coche precedido y seguido +de escuderos y picadores. Mi tío, de pie y rodeado de todos sus criados, +recibió en la escalera a un joven a quien abrazó, conduciéndole luego al +salón principal. En seguida me envió a decir que me esperaba. Creí que +no acabaría nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposento +conducía al salón de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme... +En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entré con los ojos bajos y sin +poder apenas sostenerme.</p> + +<p>»Mi tío se me acercó, y tomándome la mano me presentó al conde de +Pópoli, que hacía un año había heredado de su padre las más ricas<a name="page_050" id="page_050"></a> +propiedades de la comarca. ¡Imagínense lo que pasó por mí, gran Dios, al +reconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos años antes +y en aquella misma habitación me había groseramente insultado, el que +tan baja y cobardemente había herido a un hombre desarmado e indefenso!</p> + +<p>»El conde de Pópoli me saludó con respeto, y después se volvió a mi tío, +el cual, continuando la conversación comenzada, le dijo fríamente:</p> + +<p>—»Dentro de quince días y en la capilla del castillo, mi capellán +celebrará el matrimonio.</p> + +<p>»A lo que el Conde contestó inclinándose:</p> + +<p>—»Como guste, monseñor.</p> + +<p>»Indignada de tanta tiranía; convencida que ante tan firme resolución mi +dicha no sería tomada en cuenta para nada, encontré en la convicción de +mi inevitable desgracia una energía desconocida hasta entonces, y juré +que nunca sería la esposa del conde de Pópoli.</p> + +<p>»Carlos, por su parte, mostrábase tranquilo y lleno de esperanza en los +medios que había imaginado y sobre los cuales guardaba el más profundo +silencio.</p> + +<p>»Pero, transcurridos algunos días, toda la confianza de que había hecho +alarde le había abandonado; taciturno y silencioso, era presa de una +sombría desesperación.</p> + +<p>—»No hay salvación para usted—me dijo;—no puedo hacer otra cosa que +morir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Pópoli,<a name="page_051" id="page_051"></a> y sin +nombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que le +había dirigido hace dos años; le he ofrecido y pedido una reparación más +completa que la que había obtenido. Contaba con que aceptaría, porque +dicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida en +sus manos. Quería por ese medio impedir la desgracia de usted, o no ser +testigo de ella. Esto es, señora, todo lo que podía hacer por usted el +pobre Carlos. Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntándome quién +era... ¡Quién era, señora!... ¡cuando se trataba de morir!... ¡Huérfano, +bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un señor!... +el conde de Pópoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porque +el señor Duque me hizo azotar.</p> + +<p>—»¡A usted, Carlos!</p> + +<p>—»Sí, azotado...</p> + +<p>»En aquel momento llegó Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos...</p> + +<p>—»Sí, son ustedes muy desgraciados—nos dijo, procurando darnos una +esperanza que él mismo no tenía, mezclando a los consuelos de la amistad +los de la religión.</p> + +<p>»Durante dos días le vi ocupado solamente en calmar la desesperación de +Carlos, que, en el colmo de su desventura, nada quería escuchar. Su +exasperación cesó de repente; pero sombrío y pensativo, guardaba el más +profundo silencio con Teobaldo y conmigo. Parecía enteramente ocupado de +un siniestro proyecto<a name="page_052" id="page_052"></a> que absorbía toda su atención y le hacía olvidar +a sus amigos.</p> + +<p>»Entretanto pasaban los días, y ya estábamos en la víspera del fijado +para la realización del funesto enlace.</p> + +<p>»Teobaldo se presentó delante de mí, pálido y con el semblante demudado.</p> + +<p>—»¡Juanita!—me dijo;—es necesario salvar a Carlos, es preciso salvar +su alma. Esta mañana ha venido a mí, no como a un amigo, sino como al +ministro del altar; me ha pedido la absolución, que yo le he rehusado, +porque está firmemente decidido a cometer un crimen.</p> + +<p>—»¡El!—exclamé.</p> + +<p>—»Sí... un crimen que lleva consigo la condenación eterna. No le +maldiga usted, señora; no le abrume con su cólera... ¡Hoy mismo quiere +matarse!</p> + +<p>»Yo lancé un grito agudo, y sentí que un frío mortal se apoderaba de mí.</p> + +<p>—»¡Matarse!—exclamé;—¿y por qué?</p> + +<p>—»¿Por qué?—repitió Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas, +frías como el mármol...—No sé cómo decírselo... y no obstante es +preciso... es necesario...</p> + +<p>»Y al hablar así el sudor corría por su pálida frente.</p> + +<p>—»¡Acabe! ¡Acabe!</p> + +<p>—»¡Pues bien!—dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre sí +mismo:—sólo a mí me ha confiado su secreto, y usted no debería saberlo +nunca... ¡Ama a usted como un insensato!<a name="page_053" id="page_053"></a> ¡Vea por lo que se quiere +matar! ¡Vea por qué la maldición del Cielo caerá sobre él!</p> + +<p>—»¡Ah!—exclamé:—también deberá caer sobre mí, porque sus pensamientos +son los míos.</p> + +<p>—»¡Usted, Juanita! ¡quiere morir!</p> + +<p>»Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continuó con voz +temblorosa:</p> + +<p>—»¿Le ama usted del modo que él la ama?</p> + +<p>»Yo nada contesté; pero caí a sus pies. Teobaldo lanzó un grito y guardó +el más profundo silencio; después, fijando sobre mí una mirada llena de +bondad, me dijo:</p> + +<p>—»Hija mía (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado por +las santas funciones de su ministerio), hija mía, ¡ojalá pueda alejar de +usted y que caiga sobre mí la desgracia que ambos se han preparado! +Prométame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpable +que le cerraría las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volver +a encontrarla.</p> + +<p>—»Pero entonces, ¿qué partido tomaremos?</p> + +<p>—»Uno hay—contestó con emoción;—si ama usted a Carlos, si se siente +capaz de arrostrar por él la cólera del señor Duque, el desprecio del +mundo, las desgracias, la miseria quizás.</p> + +<p>—»Estoy pronta.</p> + +<p>—»¡Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dándole semejante consejo... Pero, +piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma...<a name="page_054" id="page_054"></a></p> + +<p>»Teobaldo calló por algunos momentos como si le espantase el partido que +acababa de tomar.</p> + +<p>—»¡Ah! Dios perdonará una falta mejor que un crimen. Cásese con Carlos +en secreto y ante el altar.</p> + +<p>—»¿Y quién se atreverá a arrostrar la venganza de mi tío, de mi +familia? ¿Quién nos desposará?</p> + +<p>—»¡Yo!—repuso Teobaldo.</p> + +<p>»No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arrojé +en sus brazos.</p> + +<p>—»¿De dónde proviene esa sorpresa?—continuó:—¿no le tengo dicho hace +algunos años que no sería en balde la protección que me dispensaba?</p> + +<p>»No teníamos tiempo que perder. A la mañana siguiente debía celebrarse +mi matrimonio con el conde de Pópoli, y decidimos que aquella misma +noche Carlos y yo iríamos a la capilla del castillo por caminos +diferentes; que Teobaldo bendeciría nuestra unión, y una vez efectuado +nuestro enlace, nos resignaríamos a sufrir la cólera del duque de Arcos, +que podría sumirnos en una prisión, arrojarnos del castillo y +desheredarnos, pero no romper nuestra unión!</p> + +<p>»Después de la comida nos trasladamos al salón, cuyas puertas vidrieras +daban al parque; el conde de Pópoli, sentado cerca de mí, mostrábase tan +galante como se lo permitían sus costumbres de cazador.<a name="page_055" id="page_055"></a></p> + +<p>»Carlos entró, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conocí que +Teobaldo le había prevenido. Acababa de despedirse de mi tío, pues debía +marchar a una granja a la mañana siguiente. Pasó por delante del Conde, +a quien saludó fríamente, y aproximándose a mí para despedirse, tomó mi +mano, que llevó respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja:</p> + +<p>—»Esta noche a las doce.</p> + +<p>—»¡A las doce!—repitió estrechando mi mano y dirigiéndome una mirada +llena de reconocimiento y de ternura.</p> + +<p>»En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseaba +hablarle y le esperaba en el parque.</p> + +<p>»Algunos momentos después, desde las ventanas del salón los vi pasar por +una calle de árboles de las más lejanas. No pude distinguir el rostro +del extranjero, cuyo porte no me pareció completamente desconocido, +agolpándose a mi imaginación ideas y recuerdos confusos.</p> + +<p>»Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, en +su paso incierto y vacilante, notaba una agitación y una inquietud que +no podía explicarme, y de la que participé cuando pasó una gran parte de +la noche sin verle aparecer en el salón; pero bien pronto, me decía yo +mirando el reloj, bien pronto sabré lo que significa esa visita +imprevista.</p> + +<p>»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación y +púseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, me<a name="page_056" id="page_056"></a> +encaminé hacia la capilla. Teobaldo me había precedido.</p> + +<p>—»¿Eres tú, Carlos?—pregunté.</p> + +<p>—»No, hija mía—me contestó una voz temblorosa.</p> + +<p>»Era Teobaldo.</p> + +<p>»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, y +cuando los primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de la +capilla, Carlos no había aparecido.</p> + +<p>»Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarse +en el castillo.</p> + +<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3> + +<p>»La ausencia de Carlos—prosiguió la Condesa,—su desaparición +misteriosa e imprevista nos habían anonadado. ¿Habría sido víctima de +alguna traición? ¿Nuestros proyectos habían sido descubiertos? ¿Su +rival, celoso, había pagado asesinos que le matasen? ¿La venganza y el +poder del duque de Arcos, le habían privado de su libertad y le habían +recluido en alguna prisión de Estado?</p> + +<p>»Nos perdíamos en conjeturas, y en vano buscábamos la causa de aquel +misterio; toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimos +saber. Por otra parte, lo mismo el conde de Pópoli que el duque de Arcos +parecían ignorar el suceso; no tenían la menor reserva<a name="page_057" id="page_057"></a> para con +Teobaldo; no nos impedían vernos, y aunque irritados por mi resistencia, +atribuían mi obstinación a la repugnancia que sentía al matrimonio más +bien que a otra causa extraña. A fuerza de lágrimas y súplicas, había +obtenido tres meses de tregua, jurando que cumpliría mi palabra llegado +el plazo.</p> + +<p>»Cuando transcurrieron los tres meses, pedí de nuevo otra prórroga; pero +era necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fe +jurada... ¡Ay de mí! ¡no hay poder divino ni humano que pueda cambiar el +destino! ¡Mi cabeza estaba trastornada, mi corazón herido; sólo quedaba +mi mano, y el duque de Arcos dispuso de ella!</p> + +<p>»¡Era ya condesa de Pópoli!</p> + +<p>»Como satisfecho de este postrer acto de tiranía que labraba mi eterna +desdicha, y como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi tío +murió al año de efectuarse mi matrimonio, dejándonos todos sus bienes. +Ningún cambio hubo en mi suerte, ninguna nueva de Carlos. Si, como +creíamos, había sido encerrado en alguna prisión a ruegos del duque de +Arcos, la muerte de éste debía ponerle en libertad. Pero no pareció, y +Teobaldo me dijo, desesperado:</p> + +<p>—»Está visto; nuestro amigo no existe.</p> + +<p>»Ambos le lloramos, y en las calles de árboles del parque donde solíamos +sentarnos los tres en tiempos más felices, colocamos unas piedras en +forma de monumento fúnebre, misterioso como su suerte; no inscribimos +nombre<a name="page_058" id="page_058"></a> alguno, ninguna inscripción; y junto a esta tumba sin despojos, +pero animada por nuestros recuerdos, nos reuníamos todas las tardes para +hablar de él, para rogar por él y pedir a la Providencia que pusiese fin +a nuestro dolor y a su ausencia.</p> + +<p>»Viví de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y coléricas, +pero cuyo corazón era menos malo de lo que yo creí en un principio. +Todos sus defectos provenían de una educación descuidada. Un amor propio +excesivo y un orgullo sin límites eran la consecuencia de su absoluta +ignorancia; y cuando, con una habilidad y una paciencia infinitas, +Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que ignoraba, empezó +por confiar menos en sí mismo y más en nosotros. Por mi parte me dediqué +a moderar su carácter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura no +lograba desarmarle.</p> + +<p>»A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecían +nuestros vecinos. Admiraban mi resignación, que no se debía, +seguramente, a la indiferencia. Era demasiado desgraciada para ocuparme +de ciertas pequeñeces.</p> + +<p>»La tristeza de Teobaldo aumentaba de día en día. La vista del castillo +le apenaba profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, a +no verme sufrir tanto, se hubiese retirado de nuestra morada desde hacía +mucho tiempo. Sombrío y taciturno, huía de toda distracción<a name="page_059" id="page_059"></a> y aun del +estudio; entregado a la religión, pasaba día y noche al pie del altar. +En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido respetaba +su virtud.</p> + +<p>»Hacía algunos meses que el conde de Pópoli visitaba con frecuencia a +los señores de las cercanías, o los recibía en nuestra casa, donde +tenían conferencias secretas. En fin, con gran sorpresa mía, llegué a +observar que ya no se dedicaba solamente a la caza. Con frecuencia me +daba a traducir o escribir cartas para algunos señores de Alemania; +estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenían un sentido +diferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tardé en adivinar.</p> + +<p>»El conde de Pópoli parecía satisfecho de sus proyectos; pero, a pesar +de esto, en algunos momentos violentábase para aparecer con un aspecto +tranquilo, y, en ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas. +Contra su costumbre, parecía preocupado por una idea y semejábase a un +hombre sumido en profundas meditaciones. Hice notar mis observaciones a +Teobaldo, que me trató de visionaria y no quiso darme crédito.</p> + +<p>»No obstante, cierto día entró en mi habitación con aire agitado.</p> + +<p>—»Juanita—me dijo:—aquí sucede algo extraordinario. Hay una porción +de armas en los subterráneos del castillo.</p> + +<p>—»¿Armas de caza?—le pregunté.</p> + +<p>—»No, deben de ser destinadas para otro fin:<a name="page_060" id="page_060"></a> esta tarde, cuando volvía +del pueblo de suministrar los Sacramentos a una enferma, se me ha +aproximado, enmedio del bosque, un hombre envuelto en una capa y me ha +dicho en voz baja:</p> + +<p>—»Señor capellán; abandone esta misma noche el castillo en compañía de +la Condesa; peligra su libertad y su vida; mañana será demasiado tarde.</p> + +<p>»En seguida se alejó precipitadamente.</p> + +<p>—»Es alguno—le dije,—que ha querido burlarse de usted.</p> + +<p>—»No, no—me contestó haciendo la señal de la cruz;—porque me ha +parecido oír la voz de Carlos que venía a salvarla.</p> + +<p>—»¡Carlos!—exclamé;—es imposible.</p> + +<p>—»Sí, eso mismo he pensado yo; pero mi corazón me ha dicho que era él. +Cuando se alejaba, después de estrechar mi mano, grité:</p> + +<p>—»¡Carlos! ¡Carlos!</p> + +<p>»Entonces se detuvo, y creí que se iba a arrojar en mis brazos; pero me +equivoqué, pues lanzando un grito de dolor, volvió la cabeza y +desapareció velozmente.</p> + +<p>»No podré explicar la turbación que me causó esta sencilla relación. +¿Por qué abandonar el castillo donde estábamos seguros, y en el que +nuestra numerosa servidumbre podía defendernos? Semejante aviso me +pareció absurdo y me hizo dudar de todo.</p> + +<p>»Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envié a buscar a mi +esposo. A pesar<a name="page_061" id="page_061"></a> de ser ya más de media noche, el Conde estaba fuera +todavía. Ordené que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regresó al +castillo en toda la noche.</p> + +<p>»La inquietud se apoderó de mí, y apenas amaneció hice que fueran en su +busca. Pero las puertas del castillo estaban bien guardadas por soldados +españoles, y no dejaron pasar a mis emisarios. Poco después, +presentóseme el oficial que los mandaba, y me dijo respetuosamente:</p> + +<p>—»Vengo a cumplir una orden bien sensible para mí. Estoy encargado de +prender a usted.</p> + +<p>—»A mí, señor oficial?</p> + +<p>—»Sí, a la condesa de Pópoli.</p> + +<p>—»¿De orden de quién?</p> + +<p>—»Del Rey.</p> + +<p>»Me vi obligada a obedecer y, un momento después, subía al coche que se +me tenía preparado. Llegamos al Castillo-Nuevo, donde fui encerrada. El +conde de Pópoli había sido igualmente arrestado aquella misma noche en +casa de un caballero vecino nuestro, que estaba complicado con él en la +conspiración que se tramaba.<a name="page_062" id="page_062"></a></p> + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + +<p>»El conde de Pópoli, dueño de una inmensa fortuna, que aumentó +considerablemente al agregársele la del duque de Arcos, mi tío, creía +que su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabeza +del gobierno. No había pensado nunca que el talento debe tenerse en +cuenta, y habíase indignado de la poca importancia que siempre le +concedió la corte de España. Soñando con el virreinato de Nápoles, y no +escuchando más que la voz de su orgullo y su amor propio herido, +concibió el proyecto de hacerse temer de los que le habían despreciado. +Quiso librar a los napolitanos del yugo de los españoles e hizo entrar +en el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se creía +jefe, y de los que no era más que el instrumento; porque, en caso de +triunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevación en la que el +conde de Pópoli corría todos los peligros.</p> + +<p>»¡La conspiración era evidente, las pruebas numerosas y el parecer de +los jueces era unánime!... Pero la opinión pública estaba tan +pronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento y +capacidad del conde de Pópoli, que nadie dudaba de que tal proyecto no +había sido concebido por él; a causa de esto,<a name="page_063" id="page_063"></a> se me creyó el alma de +aquel complot. Decíase que mis consejos y mi influencia le habían hecho +entrar en esta conspiración, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra, +se me concedían los honores de la invención. Debo confesar que las +cartas escritas por mí y que obraban en poder de los jueces, constituían +una prueba más que suficiente en contra mía.</p> + +<p>»Supongo que conocerán ustedes los detalles de ese proceso, que tanto +ruido hizo en España y en Italia. Sabrán también que fuimos condenados a +muerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran.</p> + +<p>»Mis jueces, compadecidos de mi juventud, habían solicitado gracia de la +corte de Madrid, la que parecía imposible alcanzar porque la población +de Nápoles nos miraba como a héroes, como a mártires de la libertad; +había querido derribar las puertas de nuestra prisión, y hasta llegó a +intentar una sublevación con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otro +resultado que asegurar nuestra pérdida.</p> + +<p>»La ejecución de la sentencia se había fijado para el día de San Javier, +y la víspera solicité que se me concediesen dos favores, los que me +fueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, a +la que había sacado del convento un año antes y a quien nuestra prisión +obligó a entrar de nuevo en él; y la segunda, elegir yo misma mi +confesor. Se me dijo que un capellán estaba a las puertas de la prisión +y que quería hablarme. Debía de ser<a name="page_064" id="page_064"></a> Teobaldo; no me había engañado, en +efecto.</p> + +<p>»Entró con la frente erguida, la mirada llena de expresión; y +comprendiendo el santo gozo que le animaba, corrí a él diciéndole:</p> + +<p>—»¡Amigo mío! ¡Padre mío! He aquí el día de la libertad: la mirada de +usted me lo hace concebir.</p> + +<p>—»Aun no—me contestó con una sonrisa triste y expresiva.</p> + +<p>»Luego, volviéndose al gobernador de la prisión, que entraba en aquel +instante, le entregó una carta, que leyó vivamente, y, sorprendido en +extremo por su contenido, la dejó caer sobre la mesa junto a la cual +estaba yo sentada. Fijé en ella una mirada investigadora y me estremecí +al ver unos caracteres que no me eran desconocidos. Sólo contenía estas +palabras:</p> + +<p>«Vuestra Majestad me prometió ayer concederme todo lo que le pidiese; +pido gracia para la condesa de Pópoli y su esposo.</p> + +<p class="r top5">»<span class="smcap">Carlos Broschi.</span>»</p> + +<p>»Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se leía: «Concedido.</p> + +<p class="r">»<span class="smcap">Fernando.</span>»</p> + +<p class="top5">»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, pero +desterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonar +el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros +bienes. El Conde se ocupó de<a name="page_065" id="page_065"></a> nuestro viaje, y yo con el corazón lleno +de gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo.</p> + +<p>—»¡Carlos existe!—exclamé:—¡existe!</p> + +<p>—»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le +he entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo lo +ha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.</p> + +<p>—»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué ese +silencio, ese misterio en su destino?</p> + +<p>—»Juanita—respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:—no +me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer.</p> + +<p>—»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto?</p> + +<p>—»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro +del Señor... y bajo el secreto de la confesión.</p> + +<p>—»Una sola palabra—le dije:—¿sigue amándome aún?</p> + +<p>—»Más que nunca.</p> + +<p>—»¿Está libre?</p> + +<p>—»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto es +lo que tal vez no debería decirle—continuó con voz trémula...—Pero, +comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he +impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá su +palabra.</p> + +<p>—»¡Tiene razón!<a name="page_066" id="page_066"></a></p> + +<p>»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbre +angustiosa agitaba y oprimía mi corazón.</p> + +<p>—»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión—le dije,—se alejó +de nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos?</p> + +<p>—»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por el +deber.</p> + +<p>—»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lo +mismo?</p> + +<p>—»Sí, señora.</p> + +<p>—»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora? +¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?</p> + +<p>—»Sí—repuso con voz firme.</p> + +<p>—»¡Ya estoy tranquila!—exclamé tendiéndolo la mano;—como él, +Teobaldo, seré digna de usted; como él, permaneceré fiel al deber, +aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas.</p> + +<p>»En aquel momento se presentó el conde de Pópoli. El buque estaba pronto +y era necesario partir; los días del destierro comenzaban para nosotros.</p> + +<p>—»¡Adiós, pues, patria mía!—decía llorando.—¡Adiós, hermoso cielo de +Nápoles! ¡Adiós todo lo que he amado en el mundo!</p> + +<p>»Y, entretanto, el navío nos alejaba para siempre de aquellas queridas +playas, pobres, desterrados, sí, ¡desterrados para siempre!... Esta +palabra vibraba en mis oídos con una violencia que ni el ruido de las +olas, ni los gritos<a name="page_067" id="page_067"></a> de los marineros podían ahogar; mientras que a lo +lejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal de +despedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en la +obscuridad. Largo tiempo permanecí sobre cubierta obstinada en +distinguirlo, y cuando ya no le vi...</p> + +<p>—»Todo ha terminado para mí—dije.</p> + +<p>»Y me creí sola en el mundo.</p> + +<p>»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemos +junto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio se +hace aún más amargo si nos vemos rodeados tan sólo de seres +indiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres con +quienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más cruel +comparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el mal +humor y hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo me +acusaba, hasta de la miseria que no había conocido, y que en breve llegó +a aumentar mis dolores.</p> + +<p>»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendación +alguna, no teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos; +nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguen +ustedes, pues, de mi situación, cuando nos pidieron el precio de nuestro +alojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban para +pagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estábamos próximos a +encontrarnos sin<a name="page_068" id="page_068"></a> pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de Pópoli +un paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor del +duque de Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinas +que le debía hacía mucho tiempo.</p> + +<p>»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no tenía +más que un amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos en +que estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al que +ocultaba una buena acción disfrazándola con el reconocimiento.</p> + +<p>»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña, +cuyo modo de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastante +quebrantada. El Conde encargó a un individuo que nos proporcionase una +residencia modesta y conveniente, y se presentó, por fortuna nuestra, +una buena ocasión; estaba en venta una encantadora posesión en los +alrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto y +elegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimos +por un precio módico.</p> + +<p>»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modesta +habitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo +de extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado y +dispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allí +tenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los +libros que más me complacía<a name="page_069" id="page_069"></a> en leer, y que una mano generosa había +recogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierro +encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.</p> + +<p>—»Gracias, Carlos, gracias—murmuré interiormente.</p> + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + +<p>»Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestro +aislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacían mucho +bien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos su +país y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado para +siempre del suelo que le vio nacer, decidió, pues, entrar al servicio de +Inglaterra, y presentó al efecto una solicitud a los ministros de Jorge +II, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina, +la que me recibió con dulzura, pero me manifestó que sentía mucha pena +por no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid.</p> + +<p>—»Sería arriesgarse—me dijo,—a recibir las justas reclamaciones del +embajador de España.</p> + +<p>»En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareció apoyado en el +brazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesité +hacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconocer +en aquel joven a Carlos, el cual palideció visiblemente y<a name="page_070" id="page_070"></a> se vio +obligado a apoyarse en un sillón. La Reina le tendió la mano y le dijo +con bondad:</p> + +<p>—»Siéntese, Carlos.</p> + +<p>»Se inclinó cortésmente y permaneció de pie, continuando mirándome, con +el más profundo silencio. Yo me despedí de SS. MM. y me retiré de su +presencia; poco después llegué a mi casa en un estado difícil de +explicar. El conde de Pópoli me aguardaba con impaciencia, y le conté el +mal éxito de mis gestiones y la poca esperanza que debía tener; mientras +hablaba, entró en el patio un carruaje.</p> + +<p>»Las puertas del salón se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual se +presentó en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad.</p> + +<p>—»Señor—dijo al conde de Pópoli,—debo mi fortuna y mi posición al +duque de Arcos y a su sobrina, y mi único deseo es poder recompensarles +un día el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables me +han hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quienes +he hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda un +empleo de cierta categoría en el ejército inglés, cuyos valientes +soldados pertenecen a todos los países, como ha dicho el Rey al firmar +el despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, y +suplico a usted olvide lo pasado y disponga de mí incondicionalmente.</p> + +<p>»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendo +contener su<a name="page_071" id="page_071"></a> emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole:</p> + +<p>—»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme su +mano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía.</p> + +<p>»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa.</p> + +<p>—»He jurado a Teobaldo—me dijo,—no hablar a usted de mi amor y +sostendré este juramento. Pero había ofrecido también velar por usted, +protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy un +amigo... un hermano... que nada pide para sí, sólo desea ver a usted... +porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo el +suficiente valor para privarme de ello; preferiría morir.</p> + +<p>»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa, +elegía las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo, +podía adivinar lo que sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra, +una mirada de amor; pero la intensa emoción que le devoraba poníase de +manifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía con frecuencia que +comprendía sus sufrimientos y su abnegación.</p> + +<p>»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después de +algunas palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de lo +que Teobaldo me había dicho, comprendí que en el instante en que +debíamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un<a name="page_072" id="page_072"></a> deber +que yo no podía explicarme, le había separado de mí... ¡Volvía a mí, me +amaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estaba +encadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, y +entonces todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tan +grande, que apenas podía hablar; y yo, más conmovida que él, procuraba +llevar la conversación a la época de nuestra niñez, a los tiempos de +nuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por una secreta +curiosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación.</p> + +<p>—»¿Aquel hombre—decíale,—aquel extranjero que llegó la misma tarde +del día en que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fue +la causa de su partida?</p> + +<p>—»Sí—contestábame en tono sombrío:—él fue la causa de que mi +felicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Mi +dolor, mi desesperación... no han encontrado consuelo, ni olvido mis +males sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo a +usted... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cual +hasta entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna... +¡fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y no +ha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estaría en presencia +de usted... no se atrevería a fijar los ojos en el ángel que ama, que +adora... No, no—repitió bajando la voz:—¡que reverencia, que<a name="page_073" id="page_073"></a> respeta, +y que le han arrebatado para siempre!</p> + +<p>»Cuando acabó de pronunciar estas palabras, ocultó el rostro entre sus +manos para ocultar su llanto. Pero comprendí su acción.</p> + +<p>—»Carlos—le dijo con dulzura:—hay un secreto que pesa sobre la vida +de usted.</p> + +<p>—»Sí, un secreto que me matará.</p> + +<p>—»¿Ese secreto—proseguí,—que ha revelado usted a Teobaldo, no puedo +conocerlo?</p> + +<p>»Se estremeció y me miró como espantado.</p> + +<p>—»¡Ignora usted, pues—continué,—que le estimo tanto como Teobaldo, +que le amo tanto como él!... ¡ah! ¡mil veces más!... La proximidad de la +muerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; ¡y cree usted que +un secreto del que depende su suerte no me podrá ser confiado! ¡Teobaldo +lo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardaré por el amor que profeso a +usted, y el hierro del verdugo no lograría arrancármelo.</p> + +<p>»Carlos me miró algunos instantes con amor y reconocimiento; una +radiante mirada brilló en sus ojos y creí que iba a ceder; pero me +contestó con tristeza:</p> + +<p>—»¡Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignórelo siempre si me +ama; porque no podré decírselo sin morir: ¡el día que lo conozca habré +dejado de existir!</p> + +<p>»En aquel instante entró mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobre +sí mismo, cambió su tristeza en la conversación viva y mordaz que le +caracterizaba.<a name="page_074" id="page_074"></a></p> + +<p>»Había en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras un +atractivo que le hacía simpatizar con todo el que le trataba. El Conde +cedía con frecuencia a su ascendiente y dejábase arrastrar por él, +seducido por lo agradable de la conversación; asombrábase de encontrar +un placer que no fuese la caza. Habíase acostumbrado de tal modo a las +visitas de Carlos, que el día que éste no iba estaba de mal humor y +regañaba con todo el mundo, sin exceptuarme a mí.</p> + +<p>»Por esta época, deseó pasar a un regimiento que iba a Hannover, y su +instancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una mano +invisible. Pero lo que más me admiraba era que yo había hablado a muchas +personas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conocía este nombre ni +habían oído hablar de la persona así llamada.</p> + +<p>»Cierto día presentose un hombre en mi casa y preguntó a mis criados si +el señor Broschi debería ir allá, porque no le había encontrado en su +alojamiento, según decía, y le era absolutamente necesario verle. Se me +dio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como éste +probablemente esperaba.</p> + +<p>»El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancos +dábanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animada +por unos ojos vivos y que aun tenían algo de brillo de la juventud.</p> + +<p>»Le hablé de Carlos, y repentinamente levantó<a name="page_075" id="page_075"></a> la cabeza con una alegría +y un orgullo difíciles de explicar. Carlos, según pude deducir, era su +dios, su ídolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona a +quien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo le +llevase demasiado lejos, cesó de prodigarle sus elogios.</p> + +<p>—»No puedo hablar más—decía:—si le conociese usted como yo; si +supiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... ¡Es +un hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto y +tan dulce! Es la bondad misma... no causará daño a nadie... exceptuando, +tal vez, a una persona.</p> + +<p>»El anciano enjugó una lágrima que resbalaba por sus mejillas. En cuanto +a mí, escuchábale con atención, porque me parecía que una voz conocida +llegaba a mis oídos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios de +Carlos, cuando éste entró en el salón. Apenas vio al desconocido, Carlos +se enrojeció; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradas +ardientes, y un temblor nervioso agitó todo su cuerpo.</p> + +<p>—»¿Usted aquí?—exclamó:—¿Quién le ha permitido venir? ¿quién le ha +dado permiso para presentarse delante de mí?</p> + +<p>—»Sólo he querido verte un instante, Carlos—contestó el anciano +temblando.—¡Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!...</p> + +<p>—»¿Qué desea usted?—continuó Carlos procurando disimular su enojo en +mi presencia.—<a name="page_076" id="page_076"></a>Le he señalado diez mil libras de pensión: ¿quiere +quince, quiere más todavía?</p> + +<p>—»No, bien lo sabes tú... no es esto lo que yo quiero.</p> + +<p>—»¿Quiere veinte? Pero con la condición de que partirá al instante, y +de que no le volveré a ver.</p> + +<p>—»Todo lo rehúso, si no me permites que te vea al menos una vez al año.</p> + +<p>—»¡Sea!—repuso Carlos, dominado por un acceso de cólera.—¡Pero +parta... aléjese!</p> + +<p>—»Te obedezco, Carlos—dijo el anciano llorando.—¡No eres cruel y malo +sino para mí!... ¡No me quejo! ¡tienes razón!... Pero llegará un día en +que me hagas justicia... Adiós, pues, hasta el año próximo... ¿no es +cierto? Adiós, Carlos, yo pediré a Dios por ti.</p> + +<p>»El extranjero salió, y Carlos dejose caer en un sofá conmovido y lleno +de ira.</p> + +<p>—»¡Ah! ¡Dios mío!—le dije acercándome a él:—¿quién es ese anciano?</p> + +<p>—»¡Qué! señora, ¿no le ha conocido usted?—me dijo en tono brusco.</p> + +<p>—»¡Ah! No, se lo aseguro.</p> + +<p>—»¡Es mi padre!</p> + +<p>—»¿Su padre?—exclamé:—¡Mi antiguo maestro de música!... El buen +Gerardo Broschi... ¡Ah! ¿De dónde viene, qué ha sido de él? ¡sería muy +dichosa en abrazarle!...</p> + +<p>»Corrí a la ventana para llamarle, pero Carlos me detuvo: veía atravesar +una de las calles de árboles al anciano, que se alejaba en el parque,<a name="page_077" id="page_077"></a> y +reconociéndole en aquel instante, exclamé:</p> + +<p>—»¿Es el extranjero que, en el castillo de Arcos, fue preguntando por +usted en la tarde del funesto día en que nos separamos?</p> + +<p>—»El mismo. Hacía diez años que había partido para San Petersburgo, +donde era el maestro de música, o, mejor dicho, el confidente de la +emperatriz Catalina; ésta le empleó en intrigas de la corte, lo cual, +descubierto por el Czar, a quien no gustaba que se burlasen de él, envió +a Gerardo a la Siberia. Allí ha permanecido siete años, sin poder dar +noticia alguna de su existencia, y regresó a Nápoles el mismo día en que +debía efectuarse nuestro matrimonio.</p> + +<p>—»¿Y por qué, Carlos, usted, que es tan bueno para todo el mundo, trata +con tanta dureza a su padre?</p> + +<p>»Carlos no me contestó.</p> + +<p>—»¿Por qué rehúsa verle?</p> + +<p>—»¿Por qué?—me dijo con aire sombrío y temblando +convulsivamente:—porque cuando le veo me dan ganas de matarle. Esto es +horrible, ¿no es verdad? Y como no quiero ser parricida, le he prohibido +que se ponga en mi presencia. Hago mal, sin duda, y me acuso de ello; +pero quiero evitar una desgracia.</p> + +<p>»Carlos inclinó la cabeza sobre el pecho y quedó silencioso.</p> + +<p>»Algunos días después recibimos una visita que estábamos muy lejos de +esperar. Carlos iba<a name="page_078" id="page_078"></a> frecuentemente a desayunarse y a pasar el día con +nosotros. Un criado entró y dijo en voz baja a Carlos que monseñor el +obispo de Nola deseaba verle. Carlos exclamó sorprendido:</p> + +<p>—»¡El! ¡en Inglaterra!... ¿Qué le ha traído?... ¿Por qué no entra? +¿Teme volver a ver a sus amigos y encontrarse entre ellos?</p> + +<p>»En aquel instante abriose la puerta y apareció Teobaldo. Mi esposo +lanzó un grito de sorpresa:</p> + +<p>—»¡Es posible! ¡el antiguo capellán del duque de Arcos! ¡El que el año +pasado todavía era nuestro capellán! ¡verle en los altos puestos de la +Iglesia!</p> + +<p>»En seguida, el Conde se acercó a él, y saludándole con respeto le dijo:</p> + +<p>—»¿Parece, señor Teobaldo, que ha hecho usted una brillante carrera?</p> + +<p>—»Pero, no por mi talento ni por mis méritos—repuso fríamente +Teobaldo,—sino por la protección de algunos amigos.</p> + +<p>—»¡Han cumplido su promesa!—exclamé vivamente.</p> + +<p>—»No por completo...—dijo en tono de reconvención y dirigiendo una +severa mirada a Carlos, que estaba sentado a mi lado.</p> + +<p>»Luego, aproximándose a él, le dijo:</p> + +<p>—»He venido hasta aquí porque es necesario que te hable.</p> + +<p>—»Más tarde, monseñor—le contestó Carlos con voz dulce y sonrisa +graciosa, que parecía querer desarmar el rigor que demostraba +Teobaldo.<a name="page_079" id="page_079"></a>—Tenemos tiempo.</p> + +<p>—»No—repuso Teobaldo con dureza.—Vengo a buscarte, a llevarte; +necesitamos partir hoy mismo.</p> + +<p>—»¿Y por qué razón?</p> + +<p>—»Por una muy importante, que ya te explicaré.</p> + +<p>—»No demoren ustedes por nosotros su conferencia, grave sin duda—dijo +el conde de Pópoli.—Pasen a mi gabinete, que pongo a su disposición; yo +voy a salir, y les ruego obren con toda libertad, pues están en su casa.</p> + +<p>»Abrió la puerta del aposento, y los dos amigos entraron en él; en +seguida partió el Conde, y yo quedé sola.</p> + +<p>»No sé cómo decir a ustedes lo que sentí entonces, y la horrible +tentación que se apoderó de mí. Teobaldo y Carlos estaban allí... a dos +pasos de mí... hablando sin duda de aquel misterio de que dependía su +suerte y por consecuencia la mía.</p> + +<p>»Arrastrada por una mano de hierro y tentada por la curiosidad de saber +el secreto que me negaban, me acerqué a la puerta, y pálida y anhelante, +sin poder respirar apenas, bajé la cabeza y me puse a escuchar lo que +decían.<a name="page_080" id="page_080"></a></p> + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + +<p>»Me puse a escuchar—repitió la Condesa;—pero sus palabras no llegaban +hasta mí sino a intervalos, y había perdido el principio de la +conversación.</p> + +<p>—»Sí—decía Teobaldo:—por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya, +me habías jurado que no volverías a verla.</p> + +<p>—»Me es imposible cumplir ese juramento... ¡La amo más que nunca!</p> + +<p>—»Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su +reposo; pero te importa que ella pierda el único bien que aun le resta +en el mundo, su reputación, que siendo sus deudos, siendo sus amigos, +debemos conservar y que sin la menor consideración comprometes a los +ojos de todos.</p> + +<p>—»Tienes razón... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el +corazón helado, la rabia y la desesperación que en mi pecho se encierran +y que mis labios callan.</p> + +<p>—»Así, pues—exclamó Teobaldo levantando la voz a impulsos de la +cólera,—es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el +reconocimiento y el deber.</p> + +<p>—»¡El deber!</p> + +<p>—»Sí, el Rey está enfermo, y te llama... tiene<a name="page_081" id="page_081"></a> necesidad de tu +ciencia. Su vida, que habías salvado, está nuevamente en peligro, y +olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores.</p> + +<p>—»¡Pero esta mujer lo es todo para mí: es mi alma, es mi vida!</p> + +<p>—»Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a +buscarte y tendrás que seguirme.</p> + +<p>—»No puedo abandonar a Juanita.</p> + +<p>—»Me seguirás, te digo.</p> + +<p>—»Pero al menos, ahora no.</p> + +<p>—»Hoy mismo, en seguida.</p> + +<p>—»¡Nunca!</p> + +<p>—»Yo sabré contenerte.</p> + +<p>—»¡Te desafío a que lo hagas!</p> + +<p>—»¡Pues bien! Por salvar al menos a uno de vosotros, voy a decírselo +todo a Juanita...</p> + +<p>»Y observé que Teobaldo se acercaba a la puerta.</p> + +<p>»Carlos dio un grito.</p> + +<p>—»Te obedezco... marcho... dejo la Inglaterra. Déjame siquiera una hora +a su lado.</p> + +<p>—»¡Una hora! Sea—contestó Teobaldo.</p> + +<p>—»Yo iré a buscarte—dijo Carlos.</p> + +<p>—»No, voy a hacer que dispongan el coche, y vendré yo mismo por ti... +Esto es más seguro.</p> + +<p>»Ambos salieron del gabinete; Teobaldo se ausentó acto continuo, y yo +quedé sola con Carlos.</p> + +<p>»La conversación que acababa de oír, aunque demasiado vaga para mí, me +había hecho conocer,<a name="page_082" id="page_082"></a> no el amor de Carlos, pues ya lo conocía con +exceso, pero sí el origen de su fortuna. Había oído que la vida del Rey +estuvo en peligro, y que Carlos, por medio de su ciencia, la había +salvado. Carlos no me había dicho que el estudio y el trabajo le habían +abierto una carrera, y aunque conocía su aptitud para todas las +ciencias, ignoraba que la medicina le hubiese conducido a la fortuna y +al merecido renombre de que gozaba. Por este medio llegué a explicarme +el crédito y el favor de que gozaba cerca de algunas testas coronadas. +¿Pero por qué ocultarme esos pormenores? ¿Por qué ese cuidado extremoso +que ponía en que ignorase acontecimientos que tanto me interesaban y que +de tal modo anhelaba conocer? He aquí lo que no podía explicarme y lo +que procuré averiguar.</p> + +<p>«Estaba frente a mí, y su mirada era triste e incierta, no sabiendo sin +duda cómo darme cuenta de su próxima partida. Fui en su auxilio, y +tendiéndole la mano le dije:</p> + +<p>—«Perdóneme usted, Carlos; perdone una culpable indiscreción de que me +acuso. Quería, sin preguntárselo, saber su secreto; lo he escuchado.</p> + +<p>»A estas palabras, la palidez de la muerte cubrió su rostro; sus +mejillas pusiéronse lívidas y cayó a mis pies inmóvil y como aterrado.</p> + +<p>»¡Ah! en aquel espantoso momento lo olvidé todo... Pasmada, fuera de mí, +caí de rodillas ante él, sintiéndome dispuesta a seguirle.<a name="page_083" id="page_083"></a></p> + +<p>—»¡Carlos!—exclamé:—Carlos, ¿me oyes? ¡Vuelve en ti para escuchar que +te amo!</p> + +<p>»Sentí entonces escaparse de sus labios un tenue suspiro; su corazón no +había cesado de latir... Vivía todavía. Abrí las ventanas, y un aire +puro refrescó la habitación y logró reanimarle. Le hice respirar un +pomo, y por fin abrió los ojos; mi nombre fue la primera palabra que +pronunciaron sus labios, y levantó la cabeza, que tenía apoyada sobre mi +pecho.</p> + +<p>—»¿Dónde estoy?—preguntó.</p> + +<p>—»Junto a mí, cerca de tu amiga, que te pide que la perdones.</p> + +<p>»En pocas palabras le conté mi falta, mi imprudencia, y le referí todo +lo que había escuchado.</p> + +<p>»A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desaparecía +lentamente. Un ligero carmín lo coloreó; la sangre y la vida circulaban +por sus venas... Y, entretanto, sentíase bañado por mis lágrimas, y +percibía los latidos de mi corazón, que, a mi pesar, le ponían de +manifiesto mi alarma y mi amor.</p> + +<p>—»¡Angel del cielo!—exclamó.—¡Eres tú quien me llama y quien busca mi +alma!</p> + +<p>—»No, no—le dije:—esa alma tan noble y pura debe permanecer aún sobre +la tierra; es nuestra, nos pertenece.</p> + +<p>—»Sí, tienes razón—me contestó, entusiasmado;—esa alma es tuya, +tuya... Porque sólo tú puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los +abismos; sólo tú puedes hacerme dichoso <a name="page_084" id="page_084"></a>o quitarme la vida. ¡Oh, +Juanita! Nunca sabrás lo que sufro... ¡Vivir junto a ti, enervarse con +tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder +manifestarlo... éste es el tormento que me acibara todos los instantes +del día... bien lo ves, no puedo renunciar a él, no puedo separarme de +ti sin morir!</p> + +<p>»Carlos estaba a mis pies, y cubría mis manos con sus besos... En mi +turbación, en la enajenación de mis sentidos, percibí el ruido que hacía +una puerta al abrirse. Un momento después, el conde de Pópoli estaba +detrás de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento +de su carácter, comprenderían el furor que se apoderó de él. Se arrojó +sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo +caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo:</p> + +<p>—»Escúcheme usted, escúcheme: su esposa es inocente, lo juro delante de +Dios.</p> + +<p>—»¡Y bien! ¡pronto vas a justificarte delante de él!—dijo el Conde, +que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una +rabia que había de serle fatal.</p> + +<p>»Al arrojarse sobre Carlos, que no hacía más que defenderse, cayó +mortalmente herido. En aquel instante entró una persona en el salón. Era +un amigo, un salvador; era Teobaldo.</p> + +<p>—»¡Desdichado!—gritó dirigiéndose a Carlos:—¡Vete, vete! ¡Mi coche +está a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita!<a name="page_085" id="page_085"></a></p> + +<p>—»¡Y este honor!—exclamé,—¿quién podrá salvarlo ya?</p> + +<p>—»Yo—repuso Teobaldo;—yo, por el deber que tengo de velar sobre +usted.</p> + +<p>»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logrado +llegar hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Al +oír este modo de llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaron +en la habitación. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde +tendido y bañado en su propia sangre. Teobaldo le sostenía en sus +brazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi desvanecida.</p> + +<p>»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aun +ellos mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida.</p> + +<p>—»Vayan ustedes—dijo con voz desfallecida a los criados;—hagan venir +al aldermán<sup>[*]</sup>, a los magistrados, porque quiero hablar delante de +ellos...</p> + +<p><sup>[*]</sup> Oficial municipal de Londres.</p> + +<p>—»Sí—dijo Teobaldo:—ejecuten las órdenes del señor; pero—agregó en +seguida,—déjennos solos con él.</p> + +<p>»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho donde +había sido acostado el moribundo.</p> + +<p>—»¿Cuál es su propósito, señor Conde?—le preguntó con voz grave y +solemne.</p> + +<p>—»El de encargar a la ley mi venganza, entregar<a name="page_086" id="page_086"></a> a los magistrados la +adúltera y sus cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de +todo el mundo, los que me han engañado y deshonrado sean a la vez +deshonrados con un castigo público y deshonroso...</p> + +<p>—»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?—replicó +Teobaldo con voz solemne.—¿Si ha acusado usted y herido al inocente; si +ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?</p> + +<p>—»En vano espera usted engañarme—dijo el moribundo.</p> + +<p>—»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho +de muerte y delante de Dios que me escucha.</p> + +<p>—»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignos +magistrados... Sí, hablaré.</p> + +<p>«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores se +presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de +éstos y llegaban hasta la escalera.</p> + +<p>—»¡Ah!—dije a Teobaldo:—¡Estoy perdida!</p> + +<p>—»¡No, mientras yo viva!</p> + +<p>»Y se arrojó de rodillas al pie del lecho.</p> + +<p>—»¡Escúcheme—dijo a mi esposo;—escúcheme en nombre de la salvación de +su alma!</p> + +<p>»E inclinando su cabeza al oído del Conde, le dijo algunas palabras que +no pudimos entender.</p> + +<p>»Durante este tiempo el magistrado se acercó<a name="page_087" id="page_087"></a> lentamente, aunque +guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigiéndose a +los que le rodeaban, dijo:</p> + +<p>—«Señores: declaro que he sido herido legalmente por el señor Carlos +Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos +míos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos +sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. ¡Y +usted, padre mío, bendígame!»</p> + +<p>—»¡Que Dios le reciba en su seno!—dijo el prelado al moribundo.</p> + +<p>»Comenzó a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes +contestaban, y después echó sobre su frente el óleo santo.</p> + +<p>»Un rayo de alegría brilló en los ojos del Conde, estrechó la mano de +Teobaldo, me tendió la otra, y díjome con dulzura:</p> + +<p>—»¡Perdóname!...</p> + +<p>»Y el cielo abriose para él.</p> + +<p>»¡Me sería imposible describir a ustedes todo lo que yo experimenté +durante aquel corto período de tiempo, tan largo para mí, tan horrible y +extraño! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de +sorpresa, me habían asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me +faltaban, debilitábase mi razón, y algún tiempo después de tan penosos +acontecimientos no podía creer todavía en la calma que me rodeaba.</p> + +<p>»Fiel al silencio y a la discreción que se me había impuesto, y sin +darme explicación alguna acerca de los tristes sucesos de que habíamos +sido<a name="page_088" id="page_088"></a> testigos y actores, Teobaldo separose de mí algunos días después +de la muerte del conde de Pópoli.</p> + +<p>—»Usted no me necesita—díjome.—La dejo rodeada de la estimación +pública y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volveré +también. Otro reclama mis cuidados; otro amigo más desdichado que +usted... ¡porque él es culpable!</p> + +<p>»Y se ausentó Teobaldo.</p> + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + +<p>»Me quedé sola, pues, en aquella casa que tan bella me había parecido +siempre y cuya soledad me causaba, a la sazón, una profunda tristeza; +los primeros meses de mi viudez los pasé sin recibir noticia alguna de +mis amigos; ¿a que se debía este silencio de su parte? Lo ignoraba.</p> + +<p>»Me vi atacada entonces de una enfermedad cuyos primeros síntomas había +sentido hacía largo tiempo, y que daba entonces bastante cuidado a las +personas que me rodeaban; en cuanto a mí, no fijaba mi atención en ella, +porque mi pensamiento estaba muy distante de mi persona.</p> + +<p>»Por último, cierto día recibí una carta cuya letra me hizo estremecer: +¡era de Carlos!</p> + +<p>»Decíame en ella que Teobaldo le había<a name="page_089" id="page_089"></a> aconsejado que no me escribiese; +pero que, al saber que yo estaba enferma, no había podido resistir al +deseo de comunicarme sus sentimientos.</p> + +<p>»El clima de Inglaterra, decía, no le conviene, aumenta sus +padecimientos, necesita usted un clima más templado, más dulce, el bello +sol de Nápoles, el aire de nuestra querida patria. Váyase, no al +castillo del duque de Arcos, donde encontraría recuerdos demasiado +tristes; pero sí a Sorrento, a la orilla del mar, a esa risueña villa +que le pertenece y donde la amistad le aguarda.</p> + +<p>—»¡Ah!—exclamé.—Has olvidado que todo lo he perdido, que nada me +pertenece ya, ni aun el aire de mi país, donde fui reducida a prisión, y +del que me vi desterrada...</p> + +<p>»Pero, ¡cuál fue mi sorpresa cuando encontré unido a esta carta un +decreto del Rey en que me devolvía la facultad de regresar a mi patria y +los bienes de mi familia!</p> + +<p>»No estaba ya desterrada, era rica y dichosa, y más dichosa aun por +deber toda mi felicidad al amigo de mi infancia! ¡Ah! ¡cuán grande es la +gratitud, y cuán dulce hace las personas que amamos, y con qué +satisfacción recibimos el beneficio que nos obliga a amar más todavía!</p> + +<p>»Pocos días después abandoné Inglaterra y me embarqué sufriendo mucho, a +causa de mi soledad. ¡Sola! no; llevaba conmigo mis pensamientos, y +otros más halagüeños y más dulces<a name="page_090" id="page_090"></a> me esperaban; iba a ver de nuevo la +bella Italia que había creído dejar para siempre! Había salido esclava +de aquel país, y volvía libre... ¡libre! ¡Ah! en la situación en que me +encontraba, ¡qué de recuerdos se agolpaban a mi imaginación al +pronunciar aquella sola palabra! ¡Vanas ilusiones acaso, pero que la +imaginación no podía desterrar! ¡Esperanzas insensatas nacidas en el +corazón, y que constantemente nos hacen volver la vista hacia nuestra +querida patria!</p> + +<p>»Pisé, al fin, las playas de Sorrento; veía aquella deliciosa campiña +que había pertenecido al duque de Arcos y que nunca había habitado. +Carlos me aguardaba; yo corría a él llena de alegría y de satisfacción; +sintiéndome dichosa al presente y esperándolo ser en el porvenir; pero +quedé sorprendida al ver la tristeza que revelaba su semblante. ¿Qué +podía él en aquella ocasión temer o esperar? ¡Yo estaba libre! Pero creí +que mi salud era la causa de su pena y de sus inquietudes, y el interés +que manifestaba hizo que se aumentase el amor que por él sentía, +admirando los cuidados de que me rodeaba.</p> + +<p>»Causábame indecible satisfacción deber la salud solamente a él y a su +talento!</p> + +<p>—»¡Ah!—me dijo:—se equivoca usted al creerme sabio; no lo soy.</p> + +<p>—»Así, pues, ¿no es usted un célebre médico?</p> + +<p>—»¡Ah! De todas las ciencias, ésa es la sola que yo desearía tener hoy. +Pero, ¡ay de mí! no<a name="page_091" id="page_091"></a> la poseo, y la prueba es que, a pesar de mis +anhelos, no la puedo curar y es necesario ceder a otro esa gloria.</p> + +<p>»En efecto, hizo ir de Nápoles a un sabio médico y Carlos me suplicó que +le obedeciese, atribuyendo a sus conocimientos el cambio favorable que +entonces experimenté.</p> + +<p>—»Se equivoca usted—le dije:—la mejoría que siento la debo a usted, a +su presencia.</p> + +<p>»En efecto, no me había sentido tan feliz en ninguna época de mi vida. +Segura de mí y de mi corazón, Carlos temía hablarme de sus esperanzas, y +mi reserva igualaba a la suya. Yo necesitaba decirle: ¡Este corazón te +pertenece! Pero, con un poco de paciencia y de silencio, el período del +luto habría pasado; y el amor, que hubiera sido hasta entonces un +crimen, sería después un deber.</p> + +<p>»Nos comprendíamos sin hablar, y nuestros días pasaban en una dulce +tranquilidad, en una dicha sin nombre; mis temores, mis inquietudes, mis +antiguas desconfianzas, todo había desaparecido. El porvenir me había +hecho olvidar el pasado: no obstante, Carlos nada me había dicho, nada +me había confesado; pero parecíame que entre nosotros existía un +secreto, un misterio... ¿Qué podía pedirle? ¡El me amaba! ¿Qué me +importaba lo demás?</p> + +<p>»Como en el tiempo de nuestra niñez, pasábamos el tiempo agradablemente +entretenidos y dábamos largos paseos. Su conversación, siempre tan +seductora, era entonces más grave<a name="page_092" id="page_092"></a> y más instructiva. Crecida y educada +fuera de la sociedad, apenas la conocía, y Carlos me iniciaba en las +grandes cuestiones que entonces agitaban nuestra patria y el mundo +entero. Hablábame de los principales soberanos; me describía sus +caracteres, su política, como si él hubiese vivido en su intimidad. Me +mostraba a la España arrastrada en alianzas y en nuevos lutos, gloriosos +tal vez, pero menos útiles para aquella nación que la paz de que tanto +necesitaba para cicatrizar sus hondas heridas; y me explicaba que esa +nación podía ser más poderosa y respetada sin combatir, que por medio de +la guerra.</p> + +<p>—»¡Dios mío! Carlos—le dije:—¿de dónde ha sacado usted todos esos +conocimientos? ¿Sabe usted que sería un grande y hábil ministro?</p> + +<p>»Limitábase a sonreír, y permanecía con aire preocupado.</p> + +<p>»Luego, me contestaba:</p> + +<p>—»¡El Cielo me preserve de eso! ¡El poder está bien lejos de la dicha! +Y la dicha está para mí aquí, cerca de usted.</p> + +<p>»Después, oprimiendo mi brazo, que apoyaba en el suyo, y dirigiendo su +vista al golfo de Nápoles, en aquel mar cuyas olas espumosas iban a +extinguirse a nuestros pies, bajo aquel sol encantador que se ostentaba +radiante:</p> + +<p>—»¡Aquí—exclamaba,—en estas mismas playas de Sorrento, donde el Tasso +vio la luz del día, donde él amó y donde sufrió!...</p> + +<p>»Y, dejándose llevar de su entusiasmo, con<a name="page_093" id="page_093"></a> voz conmovida y tierna me +hablaba del Tasso, de su gloria y de sus desdichas; aquellas palabras +elocuentes vibraban en mi oído como una dulce armonía, como los versos +del poeta que admiraba. Escuchábale... admirábale, satisfecha y +orgullosa de él y del amor que por mí sentía.</p> + +<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3> + +<p>»Pasábamos las veladas en un pabellón elegante situado junto a la orilla +del mar, el que hacía para nosotros las veces de biblioteca y de salón +de música... Poníame al clavicordio y Carlos me acompañaba. Había +adquirido tanta destreza en la música, que me causaba placer el oírle; +tocaba el arpa con tal perfección, que, con frecuencia, cuando estaba +triste, dejaba yo de tocar y de acompañarle, para no perder una sola de +las notas que producía; y con frecuencia también, en aquellos días en +que su corazón estaba poseído de pena, hacíanme derramar lágrimas los +sonidos que arrancaba a su lira; él mismo, maestro por la inspiración y +el sentimiento, experimentaba la emoción que causaba. Veíale, de pronto, +inclinar su cabeza sobre el pecho, el arpa escaparse de sus manos, y su +rostro inundarse de lágrimas, que procuraba ocultar con una sonrisa; +luego, para desechar su melancolía, ejecutaba algún bolero o alguna +graciosa barcarola.<a name="page_094" id="page_094"></a></p> + +<p>»Nada igualaba a la bondad de su corazón, pero encontraba en su carácter +contradicciones que me sorprendían y que no podía explicarme. Una mujer +del pueblo, de aquellos alrededores, llamada Fiamma, fue cierto día a +verme y a darme las gracias de no sé qué favor que le había yo hecho, y +me contó que algunos años antes, pobre y miserable, se encontraba +rezando en el camino, frente a una Virgen, pidiendo pan para ella y su +familia, cuando, de pronto, pesada bolsa cayó a sus pies; levantó los +ojos y vio a un joven caballero; era Carlos que le decía:</p> + +<p>—»¿No eres tú Fiamma, jardinera en otro tiempo en el castillo del duque +de Arcos?</p> + +<p>—»Sí, señor—repuso ella;—y me encuentro sin pan y sin asilo desde que +nuestra ama fue desterrada y confiscados sus bienes.</p> + +<p>—»Ese dinero viene de su parte; tómalo, sé dichosa y ruega a Dios por +ella.</p> + +<p>—»Y por usted, señor.</p> + +<p>»Fiamma, admirada, llevó la felicidad a su familia, y después, gracias a +la generosidad de Carlos, se había casado con Bautista, su prometido, +cuya fortuna había hecho y que era entonces uno de los hortelanos de +Sorrento más diestros y trabajadores.</p> + +<p>»A mi vez, quise dar una sorpresa a Carlos, y cedí a Bautista la plaza +de jardinero en jefe de mi casa, donde fue a establecerse con su mujer y +sus dos hijos. Al día siguiente de su llegada, orienté nuestro paseo +hacia la habitación<a name="page_095" id="page_095"></a> de aquellas buenas gentes, y entré en ella con +Carlos, que me daba el brazo. Creía que el aspecto de aquella dichosa +casa, de aquel matrimonio que tanto se amaba, le causaría una agradable +satisfacción; ¡pero vi, con sorpresa, retratarse en su semblante un +profundo dolor que procuraba ocultar!</p> + +<p>»Cuando los niños en sus juegos llegaron, dando vueltas, a sus pies, +Carlos retrocedió un paso para alejarse de ellos; luego, disgustado de +aquel movimiento, se detuvo; pero durante el tiempo que yo los tuve en +mi regazo acariciándolos y besándolos, apenas si él les hizo una +caricia.</p> + +<p>»Siempre que Carlos encontraba a Fiamma o a su marido en el parque +separadamente, les hablaba con cariño y amistad alentándolos en sus +tareas y no separándose de ellos nunca sin darles una prueba de su +generosidad. Cuando los encontraba reunidos, volvía la cabeza y no les +dirigía la palabra.</p> + +<p>—»Creo que ama usted a Fiamma—le dije un día riendo,—y que tiene +celos de Bautista.</p> + +<p>»Me miró asombrado, y como si no comprendiese que semejante idea pudiese +ocurrírseme; yo me apresuré a explicarle mis palabras.</p> + +<p>»Respecto a los niños, cuando los veía en alguna de las calles de +árboles echaba por otra. Es cierto que los chicos eran inquietos como +todos los de su edad, y Carlos buscaba en sus paseos la soledad y el +retiro.</p> + +<p>»Al cabo de algún tiempo, su melancolía pareció<a name="page_096" id="page_096"></a> aumentarse; +sorprendíale con frecuencia triste y de mal humor, a pesar de que cada +momento que transcurría nos acercaba al término de nuestros votos. ¡Dos +meses más, y el tiempo de mi luto habría pasado! ¿Qué podría impedir +nuestra dicha? ¿Qué nube podría obscurecer ese hermoso día? Carlos había +recibido varias cartas y parecía vivamente preocupado; a pesar de la +reserva que me había impuesto, me atreví a interrogarle.</p> + +<p>—»¡Ay!—me dijo:—¡tiene usted razón, ha adivinado lo que pasa en mi +alma; experimento un gran sentimiento! ¡Es necesario que la deje, +Juanita! Que me ausente por un mes. Todo un mes sin verla, ¿comprende +ahora mi dolor?</p> + +<p>—»¡Sí—le contesté;—yo experimento lo mismo! ¿Y por qué se aleja +usted? ¿Qué le obliga a partir?...</p> + +<p>»Observé que mi pregunta le había causado una viva impresión, de la que +no podía darme cuenta.</p> + +<p>—»No quiero saber nada—continué:—nada le pregunto; su amiga no le +pide sus secretos... hasta el día en que esos secretos sean los suyos...</p> + +<p>»Carlos palideció; yo me apresuré a decirle:</p> + +<p>—»Y aun entonces, a usted le tocará preguntar y a mí obedecer. Parta +usted, pues que es necesario, y si me ama, vuélvame pronto la dicha que +se lleva privándome de su presencia.</p> + +<p>»Me juró que volvería antes de un mes...<a name="page_097" id="page_097"></a> ¡Cuando, al fin, se alejó, lo +difícil para mí fue el ocupar mis días, crearme ocupaciones y una nueva +existencia; en una palabra, vivir sin él! Aquellos lugares, tan +agradables y risueños cuando él los habitaba, no cesaban de recordarme +su ausencia, y mi corazón se oprimía a la vista de tantos recuerdos.</p> + +<p>»Había debido, hacía mucho tiempo, dar las gracias al Rey por las +mercedes que me había concedido, pero la Corte viajaba en aquella época, +y debía detenerse algunas semanas en Sevilla. Decidí emprender la +marcha; era un viaje poco fatigoso y sobre todo una distracción para mí. +Pero antes de mi partida quise, como un propietario cuidadoso de sus +intereses, conocer al detalle los bienes que la bondad del Rey me había +devuelto. Pasé dos o tres días en un trabajo nuevo para mí, y examinando +y poniendo en orden los contratos y títulos que había en el departamento +que habitaba Carlos. Entre aquella multitud de papeles encontré uno que +hirió mi vista; era el fragmento de una carta desgarrada. Sólo pude ver +en él palabras sueltas, frases cortadas; pero la letra era de Teobaldo, +y dirigida a Carlos. He aquí su contenido:</p> + +<p>—»¿Qué buscas, pues?... ¿Qué esperas?... insensato... Seis meses de +dicha... dices, ¡y luego morir!... ¡Morir, ingrato!... ¿Y ella?... +porque no te hablo de mí...»</p> + +<p>»Cuando acabé de leer aquellas palabras, que no comprendía, temblé +porque parecía que me<a name="page_098" id="page_098"></a> anunciaban algún terrible acontecimiento; y mi +alma, propensa a prever las desgracias, daba sin duda una interpretación +torcida a frases cuyo sentido ignoraba. Pero, aunque en mi imaginación +buscaba las mejores razones para tranquilizarme, me asustaba de mí misma +y partí con el secreto presentimiento de que me amenazaba una nueva +desdicha. Tuve una travesía feliz, y llegué a Cartagena con un tiempo +hermoso.</p> + +<p>»El viaje de la Corte había dado a las poblaciones una animación +extraordinaria. El rey Fernando estaba en Sevilla, aguardando a la Reina +que se le debía reunir, después de haber visitado las provincias +vecinas.</p> + +<p>»Detúveme en Cartagena, donde había desembarcado, y allí descansé de mi +viaje. Mi posada estaba cerca de la iglesia, y mis ventanas, como todas +las de la calle, estaban colgadas de tapicerías y adornadas de flores. +Iba a pasar suntuosa procesión; era el cardenal Bibbiena, que se +trasladaba a la iglesia donde debía celebrar.</p> + +<p>—»Véale, véale—me dijeron, mostrándome su dedo adornado magníficamente +de oro y pedrería.</p> + +<p>»Fijé mi vista sobre el santo ministro que echaba su bendición al pueblo +arrodillado ante él.</p> + +<p>—»¡Teobaldo!—exclamé.</p> + +<p>—»Sí—me contestaron,—Teobaldo Cecci, obispo de Nola, el más joven de +los cardenales<a name="page_099" id="page_099"></a> y el último nombrado por el Papa Benito. La influencia +de la Reina le ha hecho alcanzar tan alta dignidad, que merece por su +piedad y su talento.</p> + +<p>»Yo quedé asombrada. Todo lo que veía, todo lo que oía, teníalo por cosa +de magia.</p> + +<p>»En la mañana siguiente partí para Sevilla: el camino estaba lleno de +viajeros de a pie, de a caballo y en litera. En la última casa de postas +no me pudieron proporcionar mulas para mi carruaje; solamente había +cuatro y estaban tomadas por un gran personaje que viajaba de incógnito. +Fue necesario detenerme.</p> + +<p>»Hacía un calor asfixiante, un sol que abrasaba, y, para preservarme del +polvo, llevaba corridas las persianas de mi berlina, donde permanecí +aguardando que llegasen a la posada las mulas para poder continuar mi +camino. Oí el látigo del postillón, anunciándome que un coche acababa de +llegar; entreabrí las cortinas, y cuando el polvo se hubo disipado, vi +una silla de postas inglesa del gusto más exquisito. ¡Pero cómo se harán +ustedes cargo de mi sorpresa y del temblor que se apoderó de mí, cuando +reconocí a Carlos al lado de una señora joven y extremadamente bella! Su +tocado era sencillo y sus maneras distinguidas. En cuanto a su +fisonomía, se grabó en mi memoria para no borrarse de ella nunca. Y, +¡todavía la veo en este momento! Sólo algunos minutos tardaron los +viajeros en cambiar de tiro; después siguieron rápidamente su camino. +Pocos momentos<a name="page_100" id="page_100"></a> después llegaron las mulas para mi coche, y pregunté a +los mozos de postas si conocían a los viajeros que me precedían.</p> + +<p>—»No, señora—repuso uno de ellos;—pero son ricos y me pagan bien: +deben de ser marido y mujer.</p> + +<p>—»O alguna cosa de otro género—agregó con una maligna sonrisa otro +mozo de mulas.</p> + +<p>—»¿Por qué cree usted tal cosa?</p> + +<p>—»¡Por Nuestra Señora de Atocha! ¡Cuando se viaja así frente a frente! +Y además, como la señora tuteó al caballero...</p> + +<p>—»¡Es verdad!—le dije, sintiendo que mi corazón desfallecía.</p> + +<p>—»Sí—le decía ella:—Carlos, ¿qué piensas de este polvo? ¿Verdad que +viajamos como los dioses envueltos en una nube?</p> + +<p>—»Basta—les dije,—partamos.</p> + +<p>»Llegué a Sevilla sin fuerzas casi para sostenerme. Los mozos me habían +conducido a la mejor fonda, a la de <i>Las Armas de España</i>; y al entrar +en el lujoso aposento que se me destinó, el primer objeto con que +tropezó mi vista fue un retrato ricamente adornado. Juzguen ustedes de +mi sorpresa: el retrato era de la desconocida viajera, de la compañera +de Carlos, cuyo recuerdo y cuyas facciones parecían seguirme por todas +partes.</p> + +<p>—»¿Quién es esta señora?—pregunté a mi huésped.</p> + +<p>»Me hizo una reverencia y repuso:<a name="page_101" id="page_101"></a></p> + +<p>—»¿Es posible que la señora no haya reconocido a Su Majestad la Reina?</p> + +<p>—»¡La Reina!—exclamé, dominada por el espanto.</p> + +<p>—»¡Ah! ¡La fortuna y el crédito de Carlos, el misterio que le rodeaba, +su secreto terrible del que dependía su libertad y su vida, todo estaba +explicado, hasta su tristeza y sus remordimientos!... Afligida, +aniquilada, y sin sentirme con valor ni aun para pensar ni para llorar +siquiera, ignoré cuánto tiempo permanecí en aquel estado. Cuando recobré +la razón, mi huésped díjome que había estado enferma toda una semana, +pero que sus cuidados me habían vuelto la salud; me dijo también que +hacía dos días que la Corte había marchado a Madrid. Sin quererlo yo +misma, hablé a todo el mundo de la Reina, y todos me decían, con gran +sorpresa de mi parte, que la Reina era la piedad y la virtud +personificadas; que adoraba a su marido, al que ayudaba a llevar el peso +de la corona, y que no se ocupaba, imitándole a él, más que de la +prosperidad de sus pueblos. Temiendo descubrir el secreto que sólo yo +poseía, arriesgaba temblando y con reserva algunas preguntas sobre +Carlos. Su nombre era desconocido; nadie había oído hablar de él; y en +España, como en Londres, todo el mundo ignoraba que existiese Carlos +Broschi.<a name="page_102" id="page_102"></a></p> + +<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3> + +<p>»Partí, al fin, cuando me sentí con fuerzas para soportar las fatigas +del viaje. Me embarqué para Nápoles, pero no volví a Sorrento, cuyo +risueño aspecto y el dichoso porvenir que en él había concebido me lo +hacían aborrecible. Corrí a ocultar mi dolor bajo los sombríos muros del +castillo de Arcos. Sus antiguas torres, sus murallas ennegrecidas y +deterioradas por el tiempo, exhalaban una melancolía que estaba en +consonancia con mi tristeza. Una parte del castillo había sido edificada +sobre una roca, y al pie de ella corría un torrente con violencia +inaudita. ¡En el fondo de aquel abismo estaba la muerte!... ¡Una muerte +segura, y con ella el reposo!... Más de una vez me detuve al borde del +abismo, que medía con mi vista, y dábanme intenciones de arrojarme a +él... Pero, ¡Dios me contuvo! Me parecía oír, mezclado con el ruido de +las espumosas aguas, la voz de Teobaldo que me anunciaba el castigo y mi +eterna condenación... y, sobrecogida de espanto, me resignaba a sufrir +un suplicio más largo y más cruel...</p> + +<p>»Hacía un mes que Carlos había partido, y, fiel a su promesa esta vez, +regresó a Sorrento para el día indicado; no encontrándome allí,<a name="page_103" id="page_103"></a> corrió +al castillo de Arcos, y si yo hubiese ignorado su traición, su turbación +y su tristeza me la habrían hecho conocer. Demasiado franca para +ocultarle mi dolor, y excesivamente orgullosa para descender hasta el +reproche, le conté fríamente lo que había visto y oído, prometiéndole, +no obstante, guardar un secreto del que dependía su vida.</p> + +<p>»Dejome hablar sin interrumpirme, y cuando hube terminado, sacó de su +bolsillo una carta que me entregó, diciéndome:</p> + +<p>—»No hable usted de este escrito a nadie en el mundo... ni aun a mí.</p> + +<p>»La letra era de la mano de la Reina, y he aquí el contenido de la +carta:</p> + +<p class="top5">«Nadie más que usted, Carlos, ama al Rey mi esposo: no hay servidor más +fiel, ni consejero más inteligente. Por la vida que a usted debe, por el +tierno amor que le profeso, por el interés que me tomo en su dicha y en +el bienestar de su reino, deseche vanos temores y arrostre los peligros +que nosotros desafiamos. ¿Qué importa su nacimiento? ¿Qué importa su +estado? Desprecie, en obsequio nuestro, las exclamaciones e insultos de +la Corte, y sea nuestro ministro, como es nuestro amigo.</p> + +<p>»Le espero el 20 de este mes en Aranjuez.»</p> + +<p class="top5">—»Hoy es ese día—exclamó Carlos con acento apasionado,—¡y no estoy en +Aranjuez!...<a name="page_104" id="page_104"></a> Estoy aquí... en el castillo de Arcos... cerca de una +amiga... que sospecha, que me acusa, y a quien no quiero abandonar.</p> + +<p>—»¡Qué! Carlos, ¿se queda usted?</p> + +<p>—»Mientras viva—me contestó con aire sombrío;—mientras usted no me +diga: «márchese»... porque, ¡mi soberana es usted!</p> + +<p>—»¿Y ese elevado puesto que se le ofrece; y ese favor inaudito, +inconcebible?...</p> + +<p>—»Le he rogado—contestó, entristecido,—y me ha prometido usted no +hablar a nadie... ni aun a mí, de ese secreto... Los servicios que he +prestado a mi soberano, el secreto favor con que me honra, tienen su +origen en sucesos que no le puedo revelar. Es el solo y único secreto +que tendré para usted, y que no conocerá, tal vez, sino demasiado +tarde... ¿Qué importa esto, si los temores de usted se han disipado?... +y espero que así habrá sucedido.</p> + +<p>»Tomó la pluma y escribió:</p> + +<p class="top5">«Señora:</p> + +<p>»Las bondades con que mi Señor y Rey, y, a la vez Vuestra Majestad, han +concedido al humilde y desconocido Carlos, no han dejado ya de excitar +la envidia, aun cuando la alta confianza que me hayan acordado sea un +secreto que apenas pueden adivinar. ¿Qué sucedería si me viesen llegar a +ministro? Los ultrajes que recibiría no se detendrían en mí, y puede ser +que se elevaran más alto. Por el interés y respeto que le profeso, +señora, lo<a name="page_105" id="page_105"></a> mismo que al Rey; por el interés de su gloria y de su reino, +le ruego me retire el alto puesto que me quiere confiar: no tengo a él +otro derecho que mi celo, y solamente rehusando me haré digno de él; +porque rehusándolo creo servir a Su Majestad. Y ahora solicitaré otra +gracia: permítanme vivir y morir en el retiro, en la obscuridad, que es +lo único que conviene al pobre y modesto Carlos. Escribo la presente +desde Arcos: desde el día en que Su Majestad se dignó conceder <i>gracia</i> +a la condesa de Pópoli, conoce mis sentimientos para con ella: afección +insensata, probablemente, pero que no acabará sino con mi vida, así como +mi gratitud y mi respeto para Vuestra Majestad.»</p> + +<p class="top5">»Cuando me hubo dado a leer esta carta, la cerró, selló y envió por un +correo.</p> + +<p>—»Y ahora, ¿conservará usted todavía sus dudas?—me dijo.</p> + +<p>—»No tengo más que remordimientos—le contesté, tendiéndole la mano;—y +confío en que desaparecerán, pasados algunos días.</p> + +<p>»En efecto, no tardé en abandonar mis indignas sospechas; no tardé en +reconocer los sacrificios que Carlos se había impuesto, impulsado por su +amor hacia mí.</p> + +<p>»Fiel a un plan que me había propuesto, me decidí a escribirle +secretamente a Teobaldo, al obispo de Nola, al cardenal de Bibbiena; y +comprendí que debía todos esos títulos a la<a name="page_106" id="page_106"></a> amistad y protección de +Carlos. Sin prevenirle ni darle conocimiento de lo que quería de él, le +rogaba que fuese lo más pronto posible, porque tenía que pedirle un +servicio de mucha importancia. Estaba segura de verle llegar; en efecto, +transcurridos pocos días, el coche de Su Eminencia entraba en el patio +del castillo, con gran sorpresa de Carlos, que ignoraba su venida.</p> + +<p>»Al cabo de siete años de ausencia, nos volvíamos a encontrar reunidos +en el castillo donde habíamos pasado nuestra juventud; en aquellos +parajes, mudos testigos de nuestros placeres y de nuestra amistad, de +nuestro juramento y de nuestros sueños: juramento que habíamos +sostenido, sueños que se habían realizado de un modo que tenía algo de +milagroso.</p> + +<p>»Cuando los tres entramos en el salón del duque de Arcos, en aquel salón +gótico que tantos recuerdos tenía para nosotros, la misma idea sin duda +se apoderó de nuestras imaginaciones; porque nos estrechamos las manos y +cruzamos nuestras miradas... ¡Qué cambio, Dios mío! En otra ocasión, en +aquellos mismos sitios, pobres, desgraciados e inseguros del porvenir, +la alegría y la salud brillaba en nuestros semblantes. A la sazón, ricos +y poderosos, la inquietud y los sufrimientos marcaban en nosotros sus +huellas.</p> + +<p>»El mal que me consumía empañaba el color de mi rostro; la frente de +Teobaldo estaba surcada de prematuras arrugas, y Carlos,<a name="page_107" id="page_107"></a> sin que por mi +parte pudiera explicarme la causa, aparecía el más triste de todos. Con +lágrimas en los ojos, nos abrazamos exclamando:</p> + +<p>—»Todo ha cambiado, excepto nuestros corazones.</p> + +<p>—»Amigos míos—les dije, luego que tomaron asiento;—recordarán que +hace siete años, en igual época, éramos muy desgraciados; era el día que +Carlos se separó de nosotros.</p> + +<p>—»Sí, sí—exclamó Carlos;—día espantoso, día horrible.</p> + +<p>—»Del que la suerte nos debe indemnizar—proseguí diciendo;—porque +hasta el presente ha sido muy cruel para conmigo, y yo, Carlos, muy +injusta para ti. No tengo más que un medio de reparar mis sospechas y de +tranquilizarme: dentro de ocho días termina el plazo de mi luto, y +pasado este tiempo, deseo que aquí mismo Teobaldo bendiga nuestro +enlace.</p> + +<p>»Carlos, fuera de sí, se lanzó a mí para darme las gracias, cuando +encontró la mirada imperiosa de Teobaldo.</p> + +<p>—»No bendeciré nunca ese matrimonio—dijo en tono colérico.</p> + +<p>—»¿Y por qué?—exclamé estupefacta.</p> + +<p>—»¡Insensatos! No saben ustedes que esa unión, en otro tiempo +permitida, es hoy imposible; que la dama más noble de Nápoles, la +sobrina del duque de Arcos, la condesa de Pópoli, no puede contraer +matrimonio...<a name="page_108" id="page_108"></a></p> + +<p>—»¿Con un hombre sin nobleza y sin nacimiento?—exclamé sonriendo.</p> + +<p>—»No—replicó Teobaldo, sin apartar la mirada de su amigo, que, con la +vista fija en tierra, parecía aterrado.—No, ella no puede casarse ante +los ojos de toda la Italia, con el matador de su marido.</p> + +<p>»Carlos lanzó un grito de sorpresa y de indignación.</p> + +<p>—»Sí—continuó Teobaldo con energía;—esa mano, que ha herido al conde +de Pópoli, no puede unirse a la de su viuda sin causar su vergüenza, sin +que caiga sobre ella la infamia... Sería proclamar en alta voz su +adulterio y la deshonra... Y si tú la amas, Carlos, la debes querer +respetada y no infamada.</p> + +<p>—»Pero el conde de Pópoli—repliqué,—declaró, al morir, que había +sucumbido lealmente, y en un combate donde su honor no había sido +empañado.</p> + +<p>—»Sí, accediendo a mis súplicas—contestó Teobaldo,—hizo esta +declaración para que usted se conservase casta y pura en la estimación +pública; y yo separé de su frente el escándalo y el oprobio... ¿sabe +usted con qué condición? ¿Sabe si prometí, en su nombre, que la mano de +usted jamás se uniría a la de su cómplice?</p> + +<p>—»¿Exigió usted eso?—pregunté, con voz temblorosa.</p> + +<p>—»No puedo, como ministro del Señor, revelar las palabras de un +moribundo, ni el secreto<a name="page_109" id="page_109"></a> de la confesión; ¡pero le aseguro, y esta +palabra debe bastarle, que creería ofender al Cielo si bendijese el +matrimonio de ustedes!</p> + +<p>»Teobaldo salió, dejándonos consternados.</p> + +<p>—»Sí—díjeme interiormente;—no niego que semejante matrimonio puede +perderme para siempre en el mundo; ¡pero no puedo explicarme cómo +encuentro en Teobaldo tanto rigor y tanta dureza!</p> + +<p>»La voz de la amistad pudo haber endulzado lo que el deber de la +religión tiene de inflexible y severo; debía habernos aconsejado al +menos, ¡y partió... sin consolarnos! ¡Veía que éramos desgraciados, y +por la primera vez se alejaba de nosotros sin unir sus lágrimas a las +nuestras!</p> + +<p>»Carlos, por el contrario, aunque herido por golpe tan terrible, había +redoblado sus cuidados y su amor para hacerme olvidar. Ocultábame su +dolor, por no aumentar el mío, y nunca me había mostrado tanta pasión ni +tan profunda ternura. ¡Demasiado generoso para quejarse y acusarme; +demasiado pundonoroso para desear mi posesión a costa de mi honor y del +deber, yo notaba con sorpresa los tormentos que resistía en vano!</p> + +<p>»En ocasiones, pronto a ceder, huía de mí; o bien enajenado de amor, +caía a mis pies exclamando: Yo seré tu esclavo; pasaré mi vida +adorándote; ¡hermana mía, amiga mía... no quiero de ti más que tu alma, +tu amor!... ¡No exijo nada del destino; soy el más dichoso<a name="page_110" id="page_110"></a> de los +hombres!... ¡La dicha fuera de aquí no equivale a la desgracia a tu +lado!...</p> + +<p>»Transcurrieron tres meses en el suplicio y en la embriaguez de nuestra +pasión, cuyos combates agotaban nuestras fuerzas y nuestro valor. +Parecíame que las amenazas de Teobaldo alejaban de mí cada día la +felicidad; la voz de la opinión pública y las murmuraciones del mundo +resonaban en mi oído haciéndome estremecer; sólo la presencia de Carlos +tenía la virtud de impedir que llegasen hasta mí. Pasados algunos días, +noté en él una grande exaltación, casi un delirio, y esto me causaba una +inquietud profunda; tres meses de lucha continua, presa de una fiebre +ardiente, y que agravaba de día en día el clima y los ardores del sol +abrasador de Nápoles, eran más que suficientes para abrasar su sangre e +inflamar su cerebro.</p> + +<p>»Frecuentemente, sus miradas, ardientes y llenas de pasión, expresaban +el extravío y una sombría desesperación que me ponía en cuidado.</p> + +<p>—»Carlos—le decía,—no me mires de ese modo...</p> + +<p>—»Tranquilícese—me contestaba.—¡Mis sufrimientos son de tal +naturaleza, que en breve dejaré de existir!... ¡Yo quería acelerar este +momento... esto es muy fácil... no temo la muerte... pero temo no volver +a verla!</p> + +<p>»Mientras hablaba de este modo, las lágrimas y los suspiros ahogaban su +voz. ¡Ah! Tenía<a name="page_111" id="page_111"></a> razón, era sufrir demasiado; y yo, débil mujer, no +tenía la fuerza suficiente para luchar con su amor.</p> + +<p>»Cierto día, el aire era pesado y cálido, el calor sofocante; formábase +en el mar una tempestad; estábamos sentados en el parque, y hacía +algunos instantes que hablaba a Carlos, y que éste nada contestaba... +Tomé su mano y sentí que abrasaba...</p> + +<p>—»¡Tiene usted fiebre—le dije;—una fiebre ardiente!</p> + +<p>—»Sí—me contestó;—hace algunas noches que no he dormido, y esto me +desconsuela... Este insomnio hace más largos los días... ¡cuánto deseo +con toda mi alma acortarlos!</p> + +<p>»Había en estas frases tanto dolor y tanta resignación, que todo mi +valor me abandonó: no veía en aquel instante más que a Carlos, a quien +iba a perder; ¡a Carlos próximo a la muerte!... Y todo mi corazón cedía +a esta idea espantosa.</p> + +<p>—»Escúcheme—le dije;—¡basta de combate y de tormentos! ¿Quién puede +obligarnos a sufrir por más tiempo?... El mundo, la opinión pública que +nos herirá—dirá usted acaso.—Si yo le presento a los ojos de todo el +mundo diciendo: ¡Ved a mi salvador, a mi amante, a mi esposo!... ¡Y +bien! Estas palabras que me será tan grato pronunciar... ¿por qué no +decirlas? ¿por qué detenerlas? Si Teobaldo, si nuestro amigo nos +abandona, ¿no habrá ningún otro eclesiástico, algún indiferente que<a name="page_112" id="page_112"></a> a +precio de oro se preste a unirnos en secreto?</p> + +<p>»Carlos hizo un gesto de sorpresa.</p> + +<p>—«Ignoro—proseguí vivamente,—si nuestras leyes condenan o permiten +semejante unión... Pero a mis ojos es valedera; porque delante de Dios, +que me está escuchando, se celebre, o no, nuestro enlace, yo te miro ya +como a mi esposo, como aquel a quien pertenecía... Sí, Carlos; mi +honor... es mi vida... y te amo más que a mi vida... porque, ya lo ves, +te amo... ¡te pertenezco!</p> + +<p>»A esta dicha inesperada para él, Carlos lanzó un grito de alegría, +levantó las manos al cielo y cayó a mis pies, presa de un delirio que me +hizo temblar por su razón y por su vida. Habituado, hacía mucho tiempo, +a luchar con el dolor, su corazón no estaba dispuesto para recibir tan +agradable impresión, y, demasiado débil para soportarla, sucumbió al +exceso de su felicidad.</p> + +<p>»Apoderose de él una intensa fiebre cerebral, y durante ocho días estuvo +su vida en inminente peligro; no veía, no reconocía a nadie... ¡ni aun a +mí! Al cabo de este período, la fiebre cedió algún tanto.</p> + +<p>—»No tardará mucho tiempo en recobrar la razón—díjome, entonces, el +doctor;—mucho cuidado, nada de ruido ni de emociones fuertes: he aquí +el régimen que le prescribo.</p> + +<p>—»Entretanto, el delirio de Carlos no tenía<a name="page_113" id="page_113"></a> nada de extravagante, no +hablaba más que de su próximo matrimonio.</p> + +<p>—»Ella me ama—decía;—¡me ama más que a su honor!... ¡Consiente en ser +mía!... ¿Pero cuándo se efectuará nuestro enlace?</p> + +<p>—»Cuando estés restablecido—le contestaba yo.</p> + +<p>—»¡Ah! Esto será bien pronto, porque entonces seré feliz.</p> + +<p>»Entonces, dejándose llevar de su brillante imaginación, que dominaba a +su razón, me trazaba un bello cuadro de un matrimonio unido por el amor +y embellecido por las dulzuras de la familia. Los encantos con que +adornaba aquel retrato sobrepujaban casi a lo que hubiera sido la +realidad, y semejante locura parecía causar su dicha.</p> + +<p>»Apoyado en mi brazo, quiso dar un paseo en el parque, paseo que le hizo +mucho bien, y volvimos al castillo; en el vestíbulo se presentó a +nosotros un hombre que nos aguardaba... ¡Era Gerardo Broschi... era su +padre!</p> + +<p>—»Ha pasado un año—le dijo el anciano con voz dulce,—y me autorizaste +para verte transcurrido este tiempo.</p> + +<p>»Mientras hablaba el anciano, Carlos tenía fija en él la mirada, y +escuchaba con atención sus palabras, como buscando un recuerdo en su +memoria. Una repentina revolución efectuábase en él; al recobrar su +razón, me tendió la mano con ternura.</p> + +<p>—»Juanita—me dijo;—amada mía...<a name="page_114" id="page_114"></a></p> + +<p>»Luego, dándose cuenta de la presencia de Gerardo, exclamó con acento +desgarrador, golpeándose la frente, con un movimiento de ira:</p> + +<p>—»¡Mi padre!</p> + +<p>»Divisó en el vestíbulo una escopeta de caza que habían dejado allí, y +apoderándose de ella apuntó a su desgraciado padre. Me puse delante de +él diciéndole:</p> + +<p>—»¡Márchese, aléjese de aquí!</p> + +<p>»Y el anciano desapareció en el parque. Pero el arma fatal había caído +de las manos de Carlos.</p> + +<p>—»Ya lo ve usted—me dijo;—es más fuerte que yo. Sin usted, ¿qué sería +yo en este momento? ¡Un parricida!...—murmuró en voz baja, y temblando +con todo su cuerpo, permaneció con la cabeza apoyada entre sus manos.</p> + +<p>»Con objeto de que volviesen a su imaginación ideas menos tristes, me +aproximé a él y le hablé del proyecto de nuestro matrimonio.</p> + +<p>—»¿Cuándo se celebrará?—me preguntó.</p> + +<p>—»Mañana, si quiere.</p> + +<p>»Estrechó mi mano con una expresión de ternura y de reconocimiento +difíciles de explicar.</p> + +<p>—»Hasta mañana—me dijo, y separose de mí para entrar en su habitación.</p> + +<p>»La mañana siguiente, poco antes de la hora en que debíamos vernos, se +presentó Gerardo, pidiendo ver a su hijo.<a name="page_115" id="page_115"></a></p> + +<p>—»Me matará si quiere—dijo el anciano;—pero debo verle, pues no +olvido su promesa.</p> + +<p>»No sin grandes trabajos, logré que desistiera de su resolución, y me +fue necesario hacerle presente que en el estado de la salud de Carlos, +su vista podía hacer que recayese en sus funestos accidentes.</p> + +<p>—»Ya que es necesario—dijo suspirando,—su salud antes que todo; que +él viva aunque yo muera... Es demasiado cruel para conmigo... No es que +yo le acuse; pero le amo tanto, que debiera perdonarme... Me marcho.</p> + +<p>»El anciano necesitó mucho tiempo aún para salir del castillo.</p> + +<p>»El aposento de Carlos daba sobre el torrente, y los criados habían +encontrado por la tarde a Gerardo al otro lado del precipicio, asido a +las rocas que daban frente a las ventanas de su hijo, esforzándose para +distinguirlo.</p> + +<p>»¡Ay de mí! ¡Ni el infeliz anciano ni yo debíamos volver a ver a Carlos! +La mañana siguiente Carlos no bajó a la hora del desayuno. Envié en +busca suya, y encontraron que su puerta estaba cerrada; llamamos, y +nadie contestó. Forzada la cerradura, viose que su estancia estaba +desierta. No se había acostado, pero las bujías, casi consumidas y +colocadas sobre su escritorio, ponían de manifiesto que había velado la +mayor parte de la noche... La ventana que daba sobre el abismo estaba +abierta... Sobre el alféizar veíase todavía la huella de un pie... Bajo +la ventana, las rocas que<a name="page_116" id="page_116"></a> formaban el precipicio estaban teñidas de +sangre, lo que nos hizo a todos sospechar que las aguas impetuosas del +torrente habían arrastrado su cuerpo. Nada quedaba de él... nada más que +sus papeles abandonados sobre su escritorio... Había también una cartera +que contenía sumas considerables; y su testamento, escrito de su mano... +manifestaba en pocas palabras que se daba la muerte por el temor de ser +parricida... y dejábame heredera de toda su fortuna.</p> + +<p>»Así fue cómo perdí el compañero de mi infancia, el amigo de mi +juventud. De esta manera, la suerte, que se burló de nuestros proyectos +y de nuestras esperanzas... no quiso que nos uniésemos sobre la tierra. +¡No me compadezcan ustedes, amigos míos, felicítenme, por el contrario! +Dios ha convertido mi dolor en piedad; él abrevia el tiempo del +destierro, y muy en breve me habré reunido con mi adorado Carlos.»</p> + +<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3> + +<p>La condesa de Pópoli habíase interrumpido más de una vez durante su +largo relato, y más de una vez abundantes lágrimas corrieron por sus +pálidas mejillas, manifestando a sus jóvenes amigos el dolor que +experimentaba con tan penosos recuerdos. Carlos, tan singular y generoso +a la vez; dotado de un corazón tan elevado<a name="page_117" id="page_117"></a> y de un origen tan humilde; +este personaje misterioso, que había muerto llevándose su secreto, llegó +a excitar vivamente la curiosidad de Fernando y más todavía el interés +de Isabel. El alma de la joven, fácil de exaltar, concibió sin el menor +trabajo el amor y la pena de Juanita; porque, para ella, Carlos había +sido su ídolo, su dios. Si ella le hubiese conocido, le hubiera amado +con toda la fuerza de su alma; porque las pasiones románticas, las +pasiones violentas eran las que su corazón anhelaba, y a cada momento +Isabel interrumpía a su hermana, haciéndole repetir los menores detalles +de su narración.</p> + +<p>—Ya conocen, mis queridos amigos, mi suerte, y pueden explicarse la +situación en que me encuentro. Todos los bienes que poseo en el reino de +Nápoles pertenecen a mi hermana, yo se los doy anticipadamente; pero los +que he adquirido en España constituyen la fortuna de Carlos... no los +poseo más que como un depósito. Ignoro lo que ha sido del desgraciado +Gerardo Broschi... no le he vuelto a ver después de la muerte de su +hijo; pero si entretanto pareciese... aun cuando yo no exista... toda +esta fortuna es suya... ¡El sólo es el heredero de su hijo! Fernando, y +tú, hermana mía, no lo olvidarán... Me lo han jurado, y gracias a esta +promesa, puedo aceptar sin temor todas las condiciones del duque de +Carvajal.</p> + +<p>Juanita debía, efectivamente, firmar la semana<a name="page_118" id="page_118"></a> próxima el contrato, tal +como el duque lo había dictado, y el mismo día sería colmada la dicha de +los dos amantes.</p> + +<p>Isabel, al ver el estado de su hermana, opúsose a que hubiera ninguna +clase de fiesta ni regocijo; dijo que no firmaría el contrato de su +matrimonio hasta que Juanita pudiese asistir; y a pesar de las +instancias de Fernando, aplazose el día de la boda.</p> + +<p>El único consuelo de Fernando era ver a su prometida, que no abandonaba +a su hermana; de este modo ambos jóvenes pasaban los días junto al lecho +de la enferma. Isabel había notado que el solo medio de hacer asomar la +sonrisa a los labios de Juanita, era hablarle de Carlos, y +frecuentemente le hacía preguntas sobre los acontecimientos que más +impresión habían hecho en ella.</p> + +<p>—No le volveré a ver—decía Juanita.—¡Pero si al menos viera al pobre +Gerardo!... moriría contenta, y llevaría a mi amado Carlos la bendición +de su anciano padre.</p> + +<p>—Ten paciencia—decíale Isabel;—él volverá, estoy convencida de ello; +sobre todo, si ignora la muerte de su hijo. ¿No debe verle todos los +años? Por lograr este anhelo, vendrá donde tú estás... ¡seguro de +encontrarle!...</p> + +<p>—¡Vanas ilusiones!—dijo Juanita.—¡Es imposible que vuelva!</p> + +<p>—¿Por qué ha de ser imposible? ¿Por qué el Cielo, la Providencia, no ha +de hacer un<a name="page_119" id="page_119"></a> milagro por ti, por ti, mi querida hermana, que eres tan +buena?</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Juanita.—¡Cállate!</p> + +<p>Y mostrando con el dedo la ventana que daba frente a su lecho:</p> + +<p>—Mi razón, debilitada, me hace ver fantasmas; porque mientras +hablabas... me pareció ver una sombra al través de esta ventana... la +sombra de Gerardo. Ha sido él, o su sombra, la que me ha mirado +llorando.</p> + +<p>Al oír estas palabras, lanzose Isabel a la ventana que daba al jardín y +oyó los pasos de un hombre que se alejaba. Hizo seña a Fernando de que +se acercase, y éste se apresuró a seguir la dirección que indicole +Isabel, logrando alcanzar en un instante al anciano, a quien hizo entrar +en el aposento de Juanita, aunque a pesar suyo.</p> + +<p>—¡Es usted, Gerardo!—exclamó Juanita;—¡y huía!</p> + +<p>—¡El lo quería así—dijo el anciano temblando;—él lo quería! De otro +modo, ¡cómo había yo de renunciar a verla! ¡Renunciar a verla, cuando la +he educado, cuando usted ha sido la protectora, la amiga de mi pobre +Carlos!</p> + +<p>—¿Sabe usted, pues, que no existe?</p> + +<p>—Sí... sí... lo sé—dijo Gerardo con voz trémula.</p> + +<p>—¡Y bien!—exclamaron Fernando e Isabel;—tenemos en nuestro poder +fuertes sumas para<a name="page_120" id="page_120"></a> entregarlas a usted, puesto que le pertenecen.</p> + +<p>—Sí—dijo Juanita;—Carlos ha depositado en mis manos su fortuna.</p> + +<p>—¡Qué le resta, pues!—replicó el anciano;—lo que ha hecho Carlos está +bien hecho. No quiero nada. Nada pido, sólo ruego al Cielo que devuelva +a usted la salud.</p> + +<p>—Eso es imposible—dijo tristemente Juanita;—se acerca el último +instante de mi vida, y de usted depende endulzarlo; quédese conmigo, no +me abandone... ¿Me lo promete, no es cierto?</p> + +<p>El anciano no se atrevió a contestar.</p> + +<p>—¿Rehúsa usted, por ventura?—exclamó la enferma.</p> + +<p>—No puedo, señora, no puedo.</p> + +<p>—¿Por qué motivo?</p> + +<p>—Se me espera en otra parte.</p> + +<p>—¿Hoy?</p> + +<p>—Esta misma tarde.</p> + +<p>—Se lo pido en nombre de su hijo, en nombre de Carlos, que nos espera, +que nos escucha tal vez. ¡Dios mío!—exclamó Juanita juntando las +manos;—¡por qué no está él aquí para cerrar mis párpados, para recoger +mi último suspiro!</p> + +<p>Y, arrebatada por su amor y por la intensa amargura que sentía, +dirigíale la más tierna despedida, hasta el punto de que Isabel y +Fernando prorrumpieron en amargo llanto.</p> + +<p>Gerardo parecía presa de un violento combate;<a name="page_121" id="page_121"></a> lloraba, retorcíase las +manos, y en fin, cayendo de rodillas a los pies del lecho de Juanita, +exclamó:</p> + +<p>—Me ha vencido usted... no le puedo negar nada... ¡Aunque él deba +maldecirme todavía; aunque deba matarme esta vez, volverá usted a verle, +señora... sí, volverá usted a verle!</p> + +<p>—¿Qué dice usted?—preguntó Juanita, que al oír las palabras del +anciano, parecía volver a la vida, y cuyos ojos animados y brillantes no +se apartaban un momento de los de Gerardo.</p> + +<p>—¡Escúcheme usted, escúcheme!—dijo el anciano, cuya emoción no le +permitía guardar orden en su relación.—Yo estaba sentado sobre las +rocas al borde del agua. La noche era fría; pero yo nada sentía... Yo +estaba frente a sus ventanas... él tenía luz en su aposento; y le vi +escribir y pasearse con suma agitación, como un hombre dominado por la +cólera... ¡Tal vez sea contra mí, decía yo, pero me es igual; le veo, +esto me satisface, permaneceré aquí toda la noche. De pronto le vi abrir +la ventana que daba sobre el precipicio... treinta pies de altura. ¡Se +arrojó! Yo también me había arrojado, sin saber lo que hacía, pues mi +único deseo era morir con él. Pero, reflexionando, preferí salvarle, y +aunque demasiado débil, esta idea redobló mis fuerzas. Le así, le +arrastré sin conocimiento, sobre las rocas; le creía muerto. Se había +fracturado un brazo en su caída; su cabeza, que había chocado contra <a name="page_122" id="page_122"></a>un +pico de la roca, sangraba horriblemente. ¿Qué hacer en tan terrible +posición? Comenzaba a amanecer y me dirigía apresuradamente al castillo +en demanda de auxilio para él, cuando encontré en el camino una berlina, +y en ella un gran señor que volvía de casa de usted; era el cardenal +Bibbiena. Ayudome a conducir al pobre Carlos a su coche, y entonces +recobró el uso de sus sentidos. Cuando supo lo que acababa de hacer, +dijo:</p> + +<p>—Te debo dos veces la vida; olvidemos la primera, y no pensemos más que +en el porvenir.</p> + +<p>Tendiome su mano enflaquecida, me perdonaba, no me maldecía ya, me +amaba; me amaba, sí; amaba al pobre Gerardo, que ha olvidado todos sus +sufrimientos... Pero no es esto, señora, de lo que quiero hablarle, sino +de usted... de usted, de quien él se acuerda sin cesar.</p> + +<p>—Pues que ella me cree muerto—dijo,—que no salga nunca de su error.</p> + +<p>—¡Sí—le contestó el cardenal;—para su tranquilidad y la tuya, que sea +siempre así! Dios lo quiere.</p> + +<p>Entonces el cardenal le hizo jurar que no turbaría la tranquilidad de +usted y que no le haría saber que vive. Me lo hizo jurar a mí también; y +Carlos, cuando estuvo restablecido, partió para un país extranjero, para +Inglaterra; pero antes de partir me encargó que velara por usted, y, +fiel a este encargo, no la<a name="page_123" id="page_123"></a> he abandonado, me he ocultado para verla, y +para escribirle de usted: «La he visto». Pero hace algunas semanas que +le escribí: «Está muy enferma»... Entonces lo ha dejado todo y ha +vuelto.</p> + +<p>—¡El está aquí!—exclamó Juanita.</p> + +<p>—Sí, a despecho del cardenal, que ha llegado esta mañana para +llevárselo; está en Granada, oculto durante el día; viene todas las +noches al jardín de este palacio, se acerca a las ventanas, enviándome +antes para ver si alguien nos observa... Por esto he sido sorprendido, y +he faltado por usted a mi juramento...</p> + +<p>—¡Dios le perdonará esta falta!—exclamó Juanita,—¡y Carlos también! +¡Que venga si quiere verme viva!</p> + +<p>Y mientras el anciano apresuraba su marcha vacilante, Juanita, que se +creía haber recobrado su alma y su energía, trazó algunas palabras, +rápidamente, en un papel que entregó a Fernando, diciéndole:</p> + +<p>—Esta carta para el cardenal Bibbiena.</p> + +<p>En seguida, púsose lívido el rostro de Juanita... la puerta acababa de +abrirse y Carlos apareció. Juanita, sin dirigirle un reproche, tendió +hacia él sus manos, como en señal de perdón.</p> + +<p>Carlos se precipitó a estrechar aquellas manos, que cubrió de lágrimas y +besos.</p> + +<p>—¿Por qué lloras, Carlos?—le dijo;—soy muy dichosa... ¡Te vuelvo a +ver! Pero tú, que me amas tanto—continuó ella con dulzura,—¿por <a name="page_124" id="page_124"></a>qué +has querido morir? ¿por qué me has abandonado?</p> + +<p>—¡Era necesario!—exclamó Carlos, con los ojos arrasados en lágrimas.</p> + +<p>—Sí, ya sé que nos separa un secreto terrible; un secreto, me has +dicho, que da la muerte... pero ahora me lo debes decir; gracias al +Cielo, ya puedo escucharlo... ¡Que todos tus pesares sean los míos, que +tu alma me pertenezca por entero, y los últimos instantes de mi vida +serán dichosos!</p> + +<p>Carlos se aproximó vivamente a Juanita; pero viendo luego a su hermana +que permanecía de pie e inmóvil junto al lecho, se acercó al oído de su +querida amiga y pronunció algunas palabras en voz baja. Un rayo de +alegría brilló en los ojos de Juanita.</p> + +<p>—¡Ingrato—le dijo;—sólo en este instante has tenido confianza en tu +amiga! ¿Dudabas de su amor y has olvidado los días dichosos que pasamos +juntos en las playas de Sorrento?...</p> + +<p>Juanita se detuvo al ver aproximarse a Fernando seguido del cardenal +Bibbiena.</p> + +<p>—Teobaldo—le dijo;—lo sé todo; acusaba a usted de injusto y de +riguroso, cuando no hacía otra cosa que cumplir dignamente los severos +deberes de una santa amistad. Perdóneme, amigo mío...</p> + +<p>Y Juanita le tendió la mano. Hubo entonces un momento en que aquel +prelado, de fisonomía impasible, de facciones duras y severas,<a name="page_125" id="page_125"></a> no pudo +contener su emoción, y asomaron a sus ojos abundantes lágrimas.</p> + +<p>—Usted vivirá—exclamó;—vivirá, Juanita, para la dicha de sus amigos.</p> + +<p>—¡No, siento aproximarse el instante fatal! Por esto le he hecho venir.</p> + +<p>Y le miró con la misma ternura que había mirado a Carlos.</p> + +<p>—Compañeros de mis primeros días, he querido que también lo fuesen +ustedes de mis últimos momentos, para que mi vida se extinga tan +dulcemente como empezó; y ahora que lo sé todo, no se opondrá usted a +bendecir nuestro enlace... ¡Qué muera siendo suya! ¡Qué en mi hora +suprema deba a usted esa dicha, la esperanza y la dicha de toda mi vida!</p> + +<p>Teobaldo, enternecido, cruzó sus manos sobre el pecho, y, elevando sus +ojos al cielo, dejó ver tal emoción en su rostro, que inspiraba la más +profunda piedad. Veíasele tierno y desesperado a la vez.</p> + +<p>Asió, temblando, la mano de Carlos, la unió a la pálida y desfallecida +de Juanita; y luego, con voz firme pronunció las palabras sagradas y +llamó sobre ellos la bendición de Dios. La pálida y moribunda desposada +volvió hacia el prelado sus ojos, en los que se reflejaba la gratitud +más sincera; después estrechó a Carlos contra su pecho... y como si +hubiese esperado su último beso, con la mano le mostró el cielo, +diciéndole:<a name="page_126" id="page_126"></a></p> + +<p>—¡Amado mío... mi esposo! ¡voy a esperarte!...</p> + +<p>Al concluir de pronunciar estas palabras, dejó de existir.</p> + +<p>Los dos amigos se abrazaron llorando; ambos cayeron de rodillas al pie +del lecho, y allí permanecieron toda la noche, rogando a Dios por la que +había abandonado la morada de los vivos.</p> + +<p>Transcurrieron tres meses. Al cabo de este tiempo, cuando Fernando se +atrevió a hablar de matrimonio a su prometida, ésta le contestó:</p> + +<p>—No quiero casarme... Deseo entrar en un convento.</p> + +<p>Y a todas las instancias que Fernando le hacía, replicaba ella:</p> + +<p>—Conozco las brillantes cualidades que te adornan... Conozco tus +virtudes... Pero no deseo el matrimonio; sólo puedo encontrar mi dicha +en la soledad del claustro.</p> + +<p>Buscando el modo de triunfar de la obstinación de Isabel, Fernando quiso +ir a Madrid en busca de Carlos y del cardenal Bibbiena, en la seguridad +de que sólo ellos podrían vencerla.<a name="page_127" id="page_127"></a></p> + +<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3> + +<p>Tenía ya Fernando decidida su marcha, cuando tropezó con un nuevo +obstáculo que hacía inútil su viaje. El duque de Carvajal, su padre, +hízole saber su resolución de no consentir su matrimonio con Isabel.</p> + +<p>—¿Y por qué razón, padre mío?—exclamó afligido Fernando.</p> + +<p>—Conoces, tan bien como yo, los motivos que tengo para ello. Un hombre +de Estado sólo abriga un pensamiento, sólo persigue un objeto; un noble +español no tiene más que su palabra. Mi objeto es que, en defecto de los +altos puestos y dignidades de que injustamente nos han despojado, +nuestra casa sea notable, al menos, por sus grandes riquezas, y yo +consentía en tu unión con la sobrina del duque de Arcos con la condición +de que su hermana Juanita no se casaría y le dejaría toda su fortuna.</p> + +<p>—Juanita ha legado, al morir, a su hermana todos los bienes de que ella +podía disponer; todos los que poseía en el reino de Nápoles, que son de +mucha consideración.</p> + +<p>—Es probable que así sea, pues no los conozco; sólo sé lo que valen el +palacio y los jardines de la Alhambra que había comprado en la ciudad; +los inmensos dominios y las ricas<a name="page_128" id="page_128"></a> granjas que había adquirido en la +provincia de Granada, y en la de Valencia.</p> + +<p>—Todo eso, padre mío, pertenecía y pertenece aún a su esposo.</p> + +<p>—¡Casarse un cuarto de hora antes de morir!... ¡No podía esperar yo +semejante cosa!</p> + +<p>—¡Un hombre a quien amaba! ¡una unión que la hacía dichosa!</p> + +<p>—No se trata de eso; cuando se ha dado una palabra; cuando se tiene una +hermana a quien casar... Además, enlazarse con un hombre obscuro... un +Carlos Broschi, a quien nadie conoce...</p> + +<p>—Tenía, al menos, un mérito, ¡era rico!</p> + +<p>—Sí, un mérito que ha conservado para sí. Te juro que Fernando de +Carvajal no será nunca el hermano político de Carlos Broschi. No te +casarás, pues, con Isabel; te niego mi consentimiento.</p> + +<p>—¡Ah! padre mío; ella también me niega su mano.</p> + +<p>—Tanto mejor: estamos, pues, de acuerdo.</p> + +<p>Y, en efecto, ¿qué esperanza podía conservar el desgraciado joven, +colocado entre su padre que se oponía a su enlace, y su prometida que +rechazaba esta unión?</p> + +<p>Con gran desesperación de Fernando, Isabel redoblaba sus instancias por +abrazar la vida religiosa. Había entrado como novicia en el convento de +Santa Cruz, y deseaba ardientemente que llegase el momento de pronunciar +sus votos.<a name="page_129" id="page_129"></a></p> + +<p>Una ceremonia de este género, una toma de velo debía celebrarse con gran +pompa, dentro de poco, en la ciudad de Granada; e Isabel, que no había +cumplido todavía el tiempo de noviciado, deseaba obtener una dispensa en +favor suyo. Pero la abadesa de Santa Cruz no tenía facultades para +dispensarle esta gracia, y la joven experimentó un gran pesar; pero +concibió alguna esperanza cuando supo que el cardenal Bibbiena debía +honrar la ceremonia con su presencia y que oficiaría en la misa.</p> + +<p>A su llegada, el prelado recibió la visita del desconsolado Fernando, +que demandaba su poderosa protección cerca de su padre y de su +prometida.</p> + +<p>—Tal vez consiga que el Duque ceda en su obstinación—contestó Teobaldo +sonriendo,—pues no será la primera vez que ha cambiado de parecer... +¡Pero esa joven!... Es difícil y poco conveniente a mi carácter +desviarla de la vida religiosa, mucho más si tiene una verdadera +vocación.</p> + +<p>—No lo creo: Isabel ha sido educada en un convento y detesta la vida +del claustro; hace sólo tres meses que desea tomar el velo.</p> + +<p>—¿Por qué causa?</p> + +<p>—Lo ignoro.</p> + +<p>—¿Ama a usted, a pesar de todo?</p> + +<p>—Sí, me ama, así me lo ha dicho; pero no quiere ser mi esposa.</p> + +<p>—¿Y la razón?<a name="page_130" id="page_130"></a></p> + +<p>—¡Sólo Dios la sabe!... ¿Y usted, padre mío, podrá averiguarla?</p> + +<p>—¡Ah!—dijo Teobaldo moviendo la cabeza;—Dios no nos revela esos +secretos.</p> + +<p>El prelado se equivocaba. El Cielo le ayudaría a descubrir aquel +secreto, y su instinto y su conocimiento del corazón humano completarían +la <b>obra</b>.</p> + +<p>La abadesa de Santa Cruz presentole a la mañana siguiente la petición de +una de sus novicias para que acelerase la época de profesar, la cual, al +mismo tiempo, rogaba al prelado le concediese oír su confesión. El +memorial estaba firmado por Isabel de Arcos.</p> + +<p>La pobre niña arrodillose a los pies del prelado y le manifestó los +sentimientos de su corazón. La novicia deseaba refugiarse en el seno del +Señor para salvar su alma, para huir de un amor irresistible y súbito +que la obsesionaba.</p> + +<p>¡Amaba a Carlos! Sólo con él se hubiera desposado; y como no quería +causar tan profunda pena a Fernando, cuyo amor no merecía, veíase +obligada a hacerse religiosa. Amaba a Fernando, su prometido, pero con +un amor más apacible, más dulce. Con él, sus días habrían sido +tranquilos y serenos, y seguramente hubiera sido feliz... Pero a aquella +dicha uniforme, a aquella calma de los sentidos, prefería las emociones +fuertes, la vida del alma.</p> + +<p>Había llegado hasta a envidiar, casi, los sufrimientos de su hermana; y +en sus ideas novelescas<a name="page_131" id="page_131"></a> miraba el claustro como un asilo seguro donde +podría ser desgraciada a su gusto.</p> + +<p>El cardenal comprendió bien pronto cuán vivas y perjudiciales, pero poco +duraderas, debían de ser las resoluciones en aquel carácter vehemente y +exaltado, y concibió el remedio para curar aquella imaginación enferma.</p> + +<p>—Hija mía—le dijo;—a mí me corresponde salvarla, y lo haré, aunque a +pesar suyo, si necesario fuese. No será usted, pues, religiosa, y se +casará con Fernando Carvajal, amable y encantador caballero que la hará +completamente dichosa.</p> + +<p>—¡Nunca!... Es inútil tratar de contrariar mis deseos.</p> + +<p>—Será usted quien lo elija y le entregue su mano...</p> + +<p>—Imposible; pensaré siempre en Carlos.</p> + +<p>—¡Carlos mismo le obligará a que le olvide!</p> + +<p>—¡Oh, Dios mío!—exclamó la joven llorando;—pero le desafío a que lo +haga, y, ¡a usted también, padre mío!</p> + +<p>Teobaldo marchó sin conceder a Isabel la gracia que pedía.</p> + +<p>Pero la indignación de ésta llegó al colmo cuando tuvo conocimiento de +un acto mucho más injusto y arbitrario.</p> + +<p>La camarera mayor de la Reina remitió a la abadesa de Santa Cruz la +prohibición de conservar en su convento a Isabel de Arcos, y la orden de +partir al instante con ella para<a name="page_132" id="page_132"></a> Madrid. Ambos mandatos fueron +obedecidos al pie de la letra.</p> + +<p>El mismo día, el duque de Carvajal recibía del ministro una orden en que +se le mandaba presentarse en la corte para dar explicaciones de su +conducta.</p> + +<p>Esta orden no tenía nada de agradable, porque el Duque, nada +circunspecto en sus expresiones, no había guardado la menor reserva +acerca del resentimiento que abrigaba contra el primer ministro Ensenada +y los principales miembros del Consejo de Castilla, que le habían +depuesto de su destino.</p> + +<p>No obstante, el Duque partió para la corte acompañado de su hijo, que +veía en esta desgracia un feliz acontecimiento que le permitiría vivir +en la población donde Isabel se encontraba.</p> + +<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3> + +<p>En aquella época, era España uno de los Estados más florecientes de +Europa. Bajo el hábil reinado de Fernando VI, que mereció ser llamado el +Prudente, el comercio y la agricultura comenzaban a florecer. Los +españoles, tributarios hasta entonces de las otras naciones +industriales, veían abundar en su suelo las primeras materias y los +productos de las artes. Las ciencias y las letras tomaron nuevo impulso, +y, como sucede en todos los reinos ricos y<a name="page_133" id="page_133"></a> dichosos, la capital era una +población llena de placeres, donde se ostentaba el lujo. Las fiestas y +diversiones de todas clases se sucedían en la corte sin interrupción, y +acababa de fundarse en el palacio del Buen Retiro un teatro italiano, al +cual fueron llamados los primeros artistas y los cantores más afamados +del mundo.</p> + +<p>Desgraciadamente, la débil salud del Rey y las enfermedades cerebrales +que continuamente padecía, hacían temer por su vida y por su razón; +dominábale una melancolía que no lograban disipar los cuidados y la +ternura de su joven esposa la princesa María Teresa de Portugal, de +quien era sinceramente amado.</p> + +<p>Con objeto de distraer al Monarca, se multiplicaban a su alrededor los +bailes y los espectáculos; e inútil es decir que los extranjeros afluían +a la capital, en la que aumentaba cada día el esplendor y la riqueza.</p> + +<p>A nuestros viajeros les fue difícil encontrar alojamiento proporcionado +a su categoría. Al fin, el duque de Carvajal y su hijo lograron un buen +aposento en la Puerta del Sol, en una magnífica fonda que sólo era +frecuentada por los grandes señores. El mismo día de su llegada, el +Duque se presentó en palacio, pero no pudo ver al Rey.</p> + +<p>A la mañana siguiente, solicitó una audiencia, y se le contestó que el +Rey no recibiría en toda la semana.</p> + +<p>Profundamente irritado por esta dilación, que hería vivamente su orgullo +español, el Duque,<a name="page_134" id="page_134"></a> al salir del palacio real, entró para desayunarse en +un café, donde se reunían gran número de señores a tomar chocolate y +leer los papeles públicos.</p> + +<p>De pie, junto al brasero, había colocado un hombre que se quejaba en +alta voz del ministro y de los cortesanos. El Duque no se atrevió a +iniciar el ataque, pero daba su aprobación con un silencio bastante +significativo, y escuchaba la conversación con gran regocijo, sintiendo +aliviado su mal humor.</p> + +<p>—Sí, señores—decía un hombre de reducida estatura cubierto con una +peluca empolvada, y cuyo vestido estaba adornado de cordones;—¡por mi +parte, nada temo, y, en consecuencia, hablo muy alto!... ¿Creerán +ustedes que yo, grande de España, conde de Fonseca, marqués de Priego, +he hecho una antesala de dos horas en el palacio de nuestro Rey?</p> + +<p>—Como yo—murmuró en voz baja Carvajal.</p> + +<p>—He ido a pedir a Su Majestad la orden de Calatrava, que me ha +rehusado, y es la sola que me falta... Esto es una injusticia. El +oficial de guardias me dijo que el Rey no recibía a nadie, pues Su +Majestad está enfermo. Y grandes y pequeños quedamos asombrados. En +aquel instante apareció un hombre de buena presencia, sencillamente +vestido y adornado con la orden de Calatrava... En el momento de +presentarse todas las puertas se abrieron<a name="page_135" id="page_135"></a> para él, y entró en los +aposentos del Rey sin pronunciar su nombre.</p> + +<p>—¿Este será, sin duda, el infante, hermano de Su Majestad?—pregunté +yo.</p> + +<p>—Es Farinelli—respondiome el oficial de guardias, que tenía todavía el +sombrero en la mano.</p> + +<p>—¡Quién!—exclamé;—¡Farinelli!... ¡ese músico!... ese cantor +italiano... ostenta la orden de Calatrava, que se me ha rehusado... y es +recibido en las habitaciones de Su Majestad mientras yo hago antesala, +¡yo, grande de España! ¡conde de Fonseca, marqués de Priego!... ¡Háganse +cargo, señores, de los tiempos en que vivimos!</p> + +<p>—En un tiempo en que se honra al mérito y al talento—dijo un hombre +que vestía una ropilla de terciopelo encarnado, el cual tomaba +lentamente y con placer su chocolate.</p> + +<p>—Que se le recompense como cantante, concedo—replicó un joven hidalgo, +que estaba arreglándose ante un espejo del café los bucles de su +cabellera y su chorrera de encaje.—Que se cubra de oro, hay razón para +ello, porque posee la voz más melodiosa, la entonación más segura que he +oído en mi vida; y cuando canta, lo que sucede pocas veces, no cedería +por mil escudos mi asiento en la capilla del Rey; pero que sea el +favorito de Sus Majestades; que disponga a su capricho de honores, +puestos y pensiones; que tenga, según afirman, voz en el Consejo, ¡eso +es inmoral, es<a name="page_136" id="page_136"></a> absurdo!... ¡Sólo falta ya que se le nombre primer +ministro!</p> + +<p>—Se le ha propuesto—dijo gravemente el hombre de la ropilla +encarnada,—pero ha rehusado... ¡Mozo: otra taza de chocolate!</p> + +<p>—¡El, ministro!—exclamó el marqués de Priego en un acceso de ira, al +cual el Duque de Carvajal se asoció fríamente por un movimiento de +cabeza casi imperceptible;—¡él, ministro!</p> + +<p>—Y, ¿por qué no?</p> + +<p>—<i>¿E perché no?</i>—repitió, en italiano, dirigiéndose a la mesa, un +señor ricamente vestido, que llevaba en todos los dedos sortijas de +diamantes.—¡El, ministro! Eso es justo, y, ¡es poco aún!... Con una voz +semejante debería ser príncipe... ¡o rey! ¡Hay tantos que no lo merecen! +He llegado de Brandeburgo, señores, por otro nombre reino de Prusia, en +cuyo trono se sienta un hombre que no da dos notas seguras... ¡un hombre +que toca la flauta como un principiante!... y le llaman ¡Federico el +Grande! ¡Y serán ustedes capaces de indignarse porque el <i>mio amico</i> +Farinelli sea ministro!... ¡él! ¡El maestro, el dios de la música sobre +la tierra!... ¡él! ¡que debería ser maestro de capilla en el Cielo, que +debería cantar con los ángeles si éstos pudiesen comparársele!... ¡El, +que ha dicho presentándome a Sus Majestades: Aquí tienen el primer +cantante de Europa! A lo que contesté: te has equivocado, el primero +eres tú.<a name="page_137" id="page_137"></a></p> + +<p>Al ver aquel entusiasmo y aquella originalidad, todos los asistentes +habían reconocido al famoso Caffarelli, que, a propuesta de Farinelli, +había sido llamado a Madrid para cantar en el teatro italiano, con una +pensión de cincuenta mil ducados de renta.</p> + +<p>—Señor Caffarelli—le dijo el caballero joven;—concibo que un hombre +tal como usted sea admirado por los aficionados a la música... Pero ese +cantante que no es más que... que un cantante... ese hermoso y +encantador caballero por quien todas las señoras enloquecen, sin duda +porque es de su sexo más que del nuestro...</p> + +<p>—¡Eh! ¡por Nuestra Señora del Pilar!—exclamó indignado el hombre de la +ropilla encarnada;—¿mirará usted como un crimen su desgracia? ¿Es culpa +suya si, cuando vino al mundo, un padre odioso y criminal le hizo +mutilar por mano mercenaria, cimentando su fortuna y su porvenir sobre +el oprobio y la vergüenza de su hijo?</p> + +<p>—Perdone usted—dijo Caffarelli, interrumpiendo;—perdone, señor, si +tomo por mi cuenta la defensa de su padre, que siendo un gran músico, es +apasionado por el arte que tan admirablemente profesa; y adorando como +adora a su hijo, no existiendo como no existe sino para él, si ha sido +odioso y cruel, fue por exceso de amor paternal, creyendo labrar no su +fortuna, sino la de su hijo. Lo más extraordinario es que se vio +obligado por la miseria <a name="page_138" id="page_138"></a>a dejar su hijo en manos ajenas; y que ese +pobre Farinelli ha ignorado por completo, hasta los diez y ocho años de +edad, el gran talento y la magnífica voz que poseía.</p> + +<p>Su padre, al regresar de la Siberia donde creyó perecer, se apresuró +gozoso a decirle: «<i>Mio caro figlio</i>, debes a mi ternura una inmensa +fortuna». ¡Y a pesar de tan dichoso porvenir, su hijo ha querido +matarle!... Felizmente no lo ha hecho... En su desesperación se desterró +voluntariamente; huyó de Nápoles, su patria, y se marchó a país +extranjero, sin dinero, sin ningún medio de subsistencia, y tomando el +nombre de Farinelli, que debía hacer célebre para siempre, dedicose al +canto para poder vivir...</p> + +<p>No tardó en llegar a ser rico y obsequiado, porque todas las cortes, +todos los soberanos de Europa se disputaban el honor de darle asilo, de +escucharle. Nunca la voz humana había operado maravillas semejantes a +las suyas; y renovó e hizo posibles los prodigios del cantor Linus y del +tenor Orfeo, que, según dicen, encantaban y amansaban con sus melodías +las bestias feroces de las selvas. Farinelli ha hecho más... ha +encantado, ha seducido caracteres más feroces aún: a los individuos que +tenía en la corte, a sus enemigos, a sus rivales... ¡a mí mismo, +señores!... ¡a mí! el famoso Caffarelli... Oigan ustedes lo que con él +me sucedió, y del modo que le conocí.</p> + +<p>La atención de los circunstantes redobló con<a name="page_139" id="page_139"></a> las palabras de +Caffarelli, y todos se aproximaron para no perder una palabra.</p> + +<p>El italiano prosiguió de este modo:</p> + +<p>—Me encontraba en Londres, donde Su Majestad el rey Jorge y todos los +grandes señores de Inglaterra me fatigaban, si así puede decirse, con +honores y guineas; porque hasta entonces no había conocido rival. +Hablábase mucho entonces de un joven llamado Farinelli, que gozaba de +alguna reputación; el Rey y la Reina deseaban oírnos juntos... Era +lógico querer comparar al maestro con el discípulo. Cantamos, reunidos +en la corte, en la pieza <i>Arturo de Bretaña</i>, una grandiosa escena +musical donde yo representaba un tirano furioso y Farinelli a un joven +príncipe que aquél tenía preso y cuya muerte decreta el tirano.</p> + +<p>Empecé cantando un aria del tirano... Era magnífica... era un tirano +como nunca se había visto. Durante un cuarto de hora fui ensordecido por +los aplausos, y decía para mí con alegría:—¡Pobre joven! ¡te veo +perdido!...</p> + +<p>Comenzó Farinelli... y bien pronto no se aplaudió más... ¡se lloraba! +Cuando oí aquella voz tan suave y encantadora, aquellos acentos +deliciosos que llegaban al alma... no veía en él más que a un pobre +joven que con las manos extendidas hacia mí me suplicaba le dejase ver +aún la luz del sol, que era tan brillante y tan bella...</p> + +<p class="c"><i>Lasciami ancora verder il sole...</i></p> + +<p class="nind">decía él, y yo, imprudente, le escuchaba olvidando mi papel. Corrí hacia +él, deshice sus ligaduras... ¡y le abracé llorando!</p> + +<p>A partir de aquel momento, y gracias a mí, conquistó una brillante +posición. Caffarelli proclamole su vencedor. Pero este vencedor llegó a +ser un amigo de corazón y su casa ha estado abierta siempre para mí. Su +fortuna no le ha cambiado. Que sea hombre de Estado o embajador, llego +hasta su gabinete sin hacerme anunciar, y ese grande hombre interrumpe a +menudo su trabajo para cantar un dúo con su antiguo amigo... Digo un +dúo... ¡un solo! Porque siempre olvido mi parte, para escucharle.</p> + +<p>—¡Bravo, bravo!—exclamó el marqués de Priego con ironía y aplaudiendo +como si se encontrase en el teatro;—¡bravo! señor. ¿Pero usted, que +todo lo sabe, podrá decirnos cómo Su Alteza el príncipe <i>Arturo de +Bretaña</i>, a quien dio usted la vida, se ha encontrado de repente hombre +influyente y consejero íntimo del rey de España? ¿Cómo su amigo el +cantante ha llegado a ser hombre de Estado y empleado en misiones +secretas e importantes cerca de varios soberanos de Europa?</p> + +<p>—Tal vez—contestó Caffarelli con aire burlón,—para entretener a los +soberanos con sus cantos. Pero ignoro en absoluto la causa de su fortuna +política.</p> + +<p>—Será, sin duda, debido a algún gran misterio—dijo el marqués de +Priego.<a name="page_141" id="page_141"></a></p> + +<p>—Opino como usted—asintió el duque de Carvajal a media voz y con +acento malicioso.</p> + +<p>—No, señores—replicó el hombre de la ropilla encarnada, que acababa de +apurar su segunda taza de chocolate, y que saboreaba en aquel momento el +indispensable vaso de agua;—no, señores; y si quieren conocer la causa +de su elevación, yo la puedo decir, porque he sido testigo de ella.</p> + +<p>—Es algún gran señor—murmuraron en voz baja.</p> + +<p>—Es el presidente del Consejo de Castilla—dijo el joven caballero al +Duque y a sus vecinos, dándose aires de importancia;—le conozco bien.</p> + +<p>—No, caballerito; no me conoce usted: ¡soy Rodrigo Moncénigo, barbero +de Su Majestad!</p> + +<p>Al oír estas palabras, el duque de Carvajal púsose el sombrero, que +acababa de quitarse.</p> + +<p>—Desde el comienzo de su reinado, el Rey, nuestro augusto amo, veíase +atormentado de una enfermedad de que nadie había logrado aliviarle; el +señor Zúñiga, médico de la corte, llegó a perder la esperanza; y todo lo +que había podido descubrir era que esta enfermedad tenía mucha semejanza +con una inventada por los ingleses y que ellos llaman <i>spleen</i>. Ya el +Rey, en dos ocasiones, y sin motivo alguno, había querido atentar contra +su vida, y a pesar de la desesperación de la Reina y de las +exhortaciones del padre Anastasio, confesor de Su<a name="page_142" id="page_142"></a> Majestad, todo hacía +temer que nuestro augusto señor no había abandonado la funesta manía que +había de consumar su perdición en este mundo y en el otro.</p> + +<p>Hacía ya un mes que permanecía encerrado en su gabinete, sin querer ver +a nadie, excepto a la Reina; y a pesar de los ruegos y de las lágrimas +de ésta, rehusaba los cuidados y hasta los alimentos que se le daban; +¡en tal estado negábase constantemente a mudarse de ropa y afeitarse! No +podía verme; me había despedido: ¡a mí, que era su barbero; a mí, padre +de cinco hijos y que no tenía otra fortuna que mi destino!</p> + +<p>Todos nos sentíamos consternados, y la Reina más que todos: adoraba a su +esposo, de quien veía amenazadas la razón y la vida con aquella negra +enfermedad, y no sabía de qué medio valerse para librarle de la muerte, +cuando pensó en Farinelli, cuya voz, se decía, obraba milagros. La Reina +rogó al cantante que viniese a Madrid, y le colocó en una habitación +contigua a la del Rey.</p> + +<p>A los primeros acentos que hirieron los oídos de Su Majestad, éste se +estremeció.</p> + +<p>—¡Es la voz de los ángeles!—dijo; y escuchaba atentamente, cayendo de +rodillas y llorando, lo que no le había sucedido en toda su enfermedad.</p> + +<p>—¡Que siga—decía,—que siga! ¡Que continúe yo oyendo esa voz que me ha +aliviado y vuelto la vida!<a name="page_143" id="page_143"></a></p> + +<p>Cantó de nuevo Farinelli, y el Rey, volviendo en sí, se arrojó en brazos +de la Reina; después salió a la estancia vecina y abrazó a Farinelli, +diciéndole:</p> + +<p>—¡Mi ángel salvador! ¿qué deseas? ¡Pídeme lo que quieras; te lo +concederé, sea lo que fuere!</p> + +<p>A lo que Farinelli repuso:</p> + +<p>—Pido, señor, que Vuestra Majestad cambie de vestido y se haga +afeitar...</p> + +<p>Desde aquel instante, yo, Rodrigo Moncénigo, barbero del Rey, fui +restablecido en mis funciones, así como en los derechos y honores de mi +cargo.</p> + +<p>Habiéndose hecho llevar la Reina una cruz de Calatrava, con el permiso +de su augusto esposo, la puso, con su propia mano, en el pecho de +Farinelli. Ahí tiene usted—continuó el barbero mirando al marqués de +Priego—cómo fue condecorado el músico.</p> + +<p>A partir de aquel momento, Farinelli no abandona al Rey ni a la Reina... +Cuando se presentan los primeros síntomas de melancolía, el italiano +canta y la indisposición desaparece. Vean ustedes cómo nuestro amo +encontró un amigo...</p> + +<p>Cuando descubrió que el admirable cantante era uno de los hombres más +instruidos de Europa, que conocía casi todas las lenguas, que la riqueza +y vivacidad de su imaginación igualaban a la profundidad y solidez de su +juicio; que la rapidez de su golpe de vista le hacía<a name="page_144" id="page_144"></a> abrazar, +desarrollar y resolver en un momento las cuestiones más difíciles, se +preguntó por qué había de serle prohibido a un artista tener en los +negocios talento, habilidad y genio; se preguntó por qué no había de +hacer su consejero y su ministro al que ya era su salvador y su amigo...</p> + +<p>Al decir su ministro, hablo de las funciones y no del título; porque, +modesto y desinteresado, Farinelli sólo deseaba servir a su Rey... +Hombre de suerte y a quien la fortuna no le ha vuelto la cara, no echa +en olvido quién es y tiene presente su origen.</p> + +<p>No hablaré a ustedes de los nobles y grandes señores de la corte de +España que se arrastran a sus pies; y de alguno, que no les nombraré, +que le ha pedido delante de mí su protección y su favor con tanta +bajeza, que yo estaba avergonzado y Farinelli también; pero sí haré +mención de que, para colocar a cada uno a su altura, el artista +contestaba con dulzura y modestia:</p> + +<p>—¡Dios mío! Señor Duque, ¿qué puede hacer por un gran señor como usted +un pobre cantante como yo?...</p> + +<p>¿Necesitaré también, señores, decirles el poder que tiene en sus manos +cómo lo ejerce? El protege las artes, reaviva el comercio y la +agricultura, construye fábricas, hace que nuestra patria progrese en el +interior y que sea respetada por los extranjeros. Ha colocado al frente +del ejército a hombres de mérito y de señalados<a name="page_145" id="page_145"></a> servicios sin dejar +plaza al favor... Yo tenía un hijo, señores, que recibió tres heridas +batiéndose con los imperiales; un hijo que en la batalla de Bitondo +arrebató de las manos del enemigo una bandera y la entregó al marqués de +Montmar, que era nuestro general; y este hijo era capitán hacía diez +años, y hubiera continuado siéndolo toda su vida, porque descendía del +pueblo, porque su abuelo, Sancho Moncénigo, mi padre, era barbero de una +aldea.—Eso no es justo, me dijo Farinelli.—Y aquella tarde, en la +habitación del Rey, leía versos franceses de un poeta que principiaba a +hacerse célebre, de Voltaire, y que Farinelli recitaba con calor y +entusiasmo, sobre todo, cuando llegó a este pasaje:</p> + +<p class="c"><i>Qui sert bien son pays n'a pas besoin d'aieux</i></p> + +<p>—Bella máxima—exclamó el Rey.</p> + +<p>—Sí, señor—repuso Farinelli;—y es más bella todavía puesta en +práctica.</p> + +<p>Entonces habló de mi hijo, haciendo presente al Rey que había a la sazón +dos regimientos vacantes: el de la Reina y el de Astorga.</p> + +<p>—Sea—dijo el Rey;—concedo el mando del último a Rafael Moncénigo.</p> + +<p>—Anteayer—prosiguió el barbero con orgullo y satisfacción +paternales,—mi hijo recibió su despacho; ¡mi hijo es coronel!...</p> + +<p>—¡Por una horrible injusticia y un juego de<a name="page_146" id="page_146"></a> cubiletes infame!—exclamó +un anciano militar que en aquel momento entraba en el café.—Yo, conde +de Fuentes, que soy el teniente coronel más antiguo, tenía más derecho +que nadie a mandar un regimiento por mi cuna y por los servicios que +presté al difunto rey Felipe V, porque me arruiné durante la guerra de +sucesión. Pero se me rechaza, se me tiene postergado, y, ¿por qué?... +Porque detesto a los favoritos y a los eunucos; porque soy enemigo de +Farinelli, y lo proclamo en voz alta; y así lo hice ayer mismo, en su +presencia, cuando pasaba por la sala de guardias. Sí, me ha hecho una +injusticia, una afrenta; es un infame... Y lo diré a la faz de todo el +mundo...</p> + +<p>—No delante de mí, al menos—replicó un joven, que había oído las +palabras del conde de Fuentes.</p> + +<p>Era Rafael Moncénigo, el cual ostentaba con orgullo las insignias de su +nuevo empleo.</p> + +<p>El barbero trató de contener a su hijo.</p> + +<p>—Déjeme usted, padre mío; mientras mi mano pueda sostener una espada, +no se ultrajará impunemente a Farinelli en mi presencia, y el señor me +dará una satisfacción.</p> + +<p>—¡Cuando usted quiera!—exclamó el conde de Fuentes; y ambos +adversarios se disponían a salir, entre las aclamaciones de todos los +circunstantes, cuando el criado del Conde, que llegaba en aquel momento, +le entregó una carta que habían llevado para él, diciéndole que era +urgente.<a name="page_147" id="page_147"></a></p> + +<p>—¡Lea usted, caballero!—dijo Rafael con altivez;—tiempo tenemos.</p> + +<p>A medida que el teniente coronel leía el billete, cambiaba de color su +rostro; temblaba, presa de una agitación violenta; pero, tomando una +doble resolución, se aproximó al joven, que le contemplaba +desdeñosamente.</p> + +<p>—Caballero—dijo;—¡cuánto deben costar estas palabras a un español!... +¡no tenía razón! Sería un infame si tirase de la espada en semejante +combate: lea usted.</p> + +<p>El joven leyó en voz alta:</p> + +<p class="top5">«Señor Conde:</p> + +<p>»Es usted mi enemigo, lo sé, y, bajo este título, le debo hacer más +cumplida justicia que a ningún otro. He examinado su hoja de servicios, +y se lo he hecho presente al Rey, el cual ha tenido a bien conceder a +usted el mando del primer regimiento del ejército, del de la Reina... Y +como tengo entendido que no es usted rico, le ruego acepte la presente +libranza para montar su equipaje con el decoro que corresponde a su +nuevo destino. Esto no le quita en nada su independencia, y le deja, en +cambio, toda la libertad... ¡hasta la de aborrecerme!</p> + +<p class="r">»<span class="smcap">Farinelli.</span>»</p> + +<p class="top5">Las acciones nobles y generosas encierran un atractivo simpático, del +cual no se libra nadie; cada uno de los circunstantes aplaudía a la vez; +ambos adversarios se estrecharon las<a name="page_148" id="page_148"></a> manos, y el conde de Fuentes +salió, acto continuo, para ir a visitar a su generoso enemigo +seguramente.</p> + +<p>—Ahí tienen ustedes los hombres de carácter—dijo el marqués de +Priego;—el menor favor los hace cambiar, y, en lo sucesivo, éste será +ahora uno de los más adictos del favorito.</p> + +<p>—Esto es enojoso—agregó el duque de Carvajal;—no obtienen más que +para ellos.</p> + +<p>—No importa; de todos modos, resulta humillante para un hombre de +sangre y del nacimiento del conde de Fuentes.</p> + +<p>—Tiene usted razón, me sonrojo por la nobleza española.</p> + +<p>Y ambos, en testimonio de estimación, se dieron las manos al tiempo de +separarse.</p> + +<p>Al salir, el marqués de Priego se encontró por casualidad al lado de +Rodrigo Moncénigo.</p> + +<p>—¿No podría usted, señor barbero—le dijo en voz baja,—hablar por mí a +Farinelli?</p> + +<p>Entretanto, el duque de Carvajal había asido del brazo a Caffarelli, +rogándole a media voz que tratase de obtener, por su mediación, una +audiencia del favorito.</p> + +<p>—Lo prometo a usted—repuso el artista, con aire protector.</p> + +<p>Y aquella misma tarde, el Duque leía en su morada, esta breve epístola:</p> + +<p class="top5">«Farinelli tendrá el honor de recibir mañana, antes de comer, al señor +duque de Carvajal<a name="page_149" id="page_149"></a> y a don Fernando, su hijo, en el gabinete particular +de la Reina.</p> + +<p class="r">»<span class="smcap">Farinelli.</span>»</p> + +<p class="top5">Huelga añadir que ambos no se hicieron esperar. Fueron introducidos en +una habitación elegantemente amueblada que servía de salón de música a +la Reina, y experimentaron una profunda sorpresa cuando, un instante +después, vieron entrar a la abadesa de Santa Cruz y a Isabel de Arcos.</p> + +<p>Fernando no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquel extraño +acontecimiento, porque, en aquel instante, abriose una puerta dorada, y +la camarera mayor de la Reina anuncio a Su Majestad María Teresa, que +apareció apoyándose en el brazo del cardenal Bibbiena, confesor del Rey.</p> + +<p>—Duque de Carvajal—dijo la Reina;—he querido anunciarle por mí misma +que es la ocasión de casar a su hijo con Isabel de Arcos: el Rey +devuelve a usted todos los empleos de que le habían privado, y +juntamente el gobierno de Granada.</p> + +<p>Todos los actores de esta escena quedaron inmóviles y sorprendidos, +excepto Fernando, que lanzó un grito de alegría.</p> + +<p>El Duque se inclinó en señal de asentimiento, e Isabel, haciendo un +esfuerzo para sobreponerse a su turbación, tomó la palabra y dijo con +voz trémula:<a name="page_150" id="page_150"></a></p> + +<p>—Vuestra Majestad ignora... y Su Eminencia el cardenal ha debido de +decirlo...</p> + +<p>—Que ese matrimonio merece la aprobación de Farinelli—le interrumpió +la Reina; e Isabel quedó estupefacta.</p> + +<p>Con frecuencia, sobre todo después de su llegada a Madrid, había oído +hablar del favorito, de su crédito y de sus aventuras; pero nunca le +había visto, y habló ingenuamente a la Reina, cuando le contestó que no +le conocía.</p> + +<p>—Parece imposible—replicó Su Majestad,—pues Farinelli pretende tener +sobre usted el derecho de casarla y entregarle una buena dote, siendo, +como es, en la actualidad, su único pariente... Vea usted, y convénzase +de lo que le digo—continuó mostrándole un pergamino que había sobre una +mesa;—ahí tiene ese contrato por el que le cede una parte de su +fortuna.</p> + +<p>—Estamos aquí para firmar los contratos matrimoniales, y sólo se espera +a Farinelli—dijo el cardenal.</p> + +<p>—Ahí está—contestó la Reina, indicando con la mano a una persona que +aparecía en aquel momento a la puerta de entrada.</p> + +<p>—¡Carlos!—exclamaron simultáneamente Fernando e Isabel.</p> + +<p>—Sí, amigos míos, Carlos Broschi... o Farinelli... Y ahora que me +conocen ustedes—dijo con emoción y cambiando con Teobaldo una mirada de +inteligencia,—mi querida Isabel...<a name="page_151" id="page_151"></a> hermana mía... ¿rehusará usted la +mano de Fernando que la ama... y que tan digno es de usted?</p> + +<p>La joven bajó los ojos con una turbación inexplicable... Luego levantó +la vista y fijola confusamente sobre Farinelli, a quien tendió su mano.</p> + +<p>El matrimonio se verificó la mañana siguiente, en la capilla de los +Reyes; una numerosa multitud compacta había acudido a la ceremonia, +porque se dijo que Sus Majestades honrarían con su presencia el acto +nupcial que debía celebrarse por el cardenal confesor del Rey; pero lo +que excitaba más la curiosidad pública era que se daba por seguro que +cantaría Farinelli.</p> + +<p>Y, en efecto; de una de las tribunas cercanas al órgano, salió de +repente una voz pura y melodiosa que parecía bajar del cielo, y la +concurrencia guardó un profundo silencio.</p> + +<p>Nunca se había expresado aquella prodigiosa voz con más sentimiento ni +ternura, ni sus acentos habían sido tan penetrantes. Los melodiosos ecos +llenaban el alma del dolor más profundo y hacían verter lágrimas; +parecían elevarse a las regiones celestes y dirigirse a seres invisibles +que habitaban las mansiones eternas.</p> + +<p>«¡Ved—decía Carlos,—ved sobre las nubes el ángel que nos contempla y +nos bendice! ¡Angel adorado que habitas en el cielo!... ¡Virgen pura, +vuelve a tu patria y dirígenos desde<a name="page_152" id="page_152"></a> ella tu divina voz, diciendo: +¡Ven!... ¡ven!... ¡ven!...»</p> + +<p>En medio del silencio que reinaba en la iglesia, los sublimes ecos de +aquella voz vibraban, repitiéndose en las bóvedas del templo, y +murmurando a lo lejos: ¡Ven!... ¡ven!... Farinelli sucumbía a la +profunda emoción que experimentaba, y, tendiendo sus brazos, cayó +desvanecido.</p> + +<p>Interrumpiose la ceremonia. Teobaldo corrió en socorro de su amigo, le +hizo colocar en su coche, cuyas cortinas bajó, y se alejó lentamente por +enmedio de la multitud, mientras que Carlos, volviendo hacia su amigo +los ojos bañados en lágrimas, le decía:</p> + +<p>—¿Habrá en el mundo nadie más desdichado que yo?</p> + +<p>—¡Sí—le contestó Teobaldo oprimiendo su mano;—sí, lo hay! Que esta +idea te consuele y te impida acusar a la Providencia.</p> + +<p>—¡Cómo! ¡Más que perder lo que se ama, sentirse amado y no poder +pertenecer al objeto que se idolatra!</p> + +<p>—¡Tú has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario, +que la mujer a quien adorabas amaba a otro; si, más fuerte que la ley de +la Naturaleza, los deberes de la religión hubiesen levantado entre +ustedes una barrera insuperable; si confidente de su ternura para con tu +rival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos; si, en +fin, ¡oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos,<a name="page_153" id="page_153"></a> ¿te +creerías aún el más desdichado de los hombres?</p> + +<p>—¡Cómo!—exclamó Carlos espantado,—esos tormentos de que hablas...</p> + +<p>—Los he experimentado yo.</p> + +<p>—¡Y los has podido soportar y ocultarlos! ¿Quién te ha dado el +sobrehumano valor que necesitabas para ello?</p> + +<p>—¡Dios y la amistad!</p> + +<p>Y ambos amigos confundiéronse en un cariñoso abrazo, mientras el pueblo +repetía, aludiendo a los recién casados:</p> + +<p>—«¡Qué felices son!»<a name="page_155" id="page_155"></a><a name="page_154" id="page_154"></a></p> + +<p class="head">EL REY DE OROS</p> + +<h3><a name="EL_REY_DE_OROS" id="EL_REY_DE_OROS"></a><a name="page_157" id="page_157"></a><a name="page_156" id="page_156"></a>EL REY DE OROS</h3> + +<p class="c">——————</p> + +<p>Sin preocuparse para nada de las parejas, ni de la magnificencia del +salón en que se efectuaba el baile, las dos hablaban cerca de la +chimenea. ¡Hablar en vez de bailar, a los quince o diez y seis años!... +Forzosamente, la conversación tenía que ser interesantísima, y esta sola +idea avivaba en mí el deseo de escucharla. Mal hecho; pero, ¿a quién se +ha de permitir ser curioso, si no se le permite a un autor dramático? La +curiosidad, que en los demás es un defecto, en él constituye un deber. +Debe escuchar, aunque sólo sea por oficio. Por otra parte, ¡aquellas dos +jóvenes eran tan lindas, tan elegantes!... En su porte y en sus miradas +había tanta gracia y tanta ingenuidad; estaban tan risueñas, y se +cuidaban tan poco del porvenir, que hacíase imposible no pensar en el de +ellas. Una de las dos, rubia, hablaba con vehemencia y en voz baja; la +otra, de hermosos cabellos<a name="page_158" id="page_158"></a> negros, escuchaba con los ojos bajos y +deshojando el ramillete de níveas camelias que tenía en la mano. +Indudablemente le preguntaban y no quería responder. Transcurrido un +instante, dirigió a su compañera sus ojos azules con una expresión +angelical, de los que exhalábase una mirada que decía, sin duda alguna:</p> + +<p>—Te juro que no te comprendo.</p> + +<p>La contestación fue una carcajada, que traduje de esta manera:</p> + +<p>—¿Sí? pues no te creo.</p> + +<p>Tenía la seguridad, por mi parte, de que me estaba enterando de la +conversación; pero así y todo, hubiera querido, por muchas razones, +escucharla desde más cerca. La dueña de la casa me facilitó un medio, +ofreciéndome un asiento para jugar al whist. No soy muy fuerte en el +whist; lo juego bastante mal, y pierdo casi siempre, siendo causa esto +último de que cada día le tenga más afición. Es una pasión desgraciada, +o, lo que es lo mismo, es una de las pasiones que duran. Esta vez, sin +embargo, tuve suerte; habían colocado la mesa del whist próxima a la +chimenea, e hizo la fortuna que mi butaca estuviese a espaldas de las de +mis lindas habladoras, que no fijaron su atención en nosotros. Para +ellas, y a sus años, un baile se compone de muchachas, aderezos, +adornos, polquistas y galanes: los jugadores de whist no son tenidos en +cuenta... no existen; son cuatro asientos vacíos en un salón.<a name="page_159" id="page_159"></a></p> + +<p>—Pero, chica, ¿no has pensado nunca en ello?</p> + +<p>—Jamás.</p> + +<p>—¿Ni aun en sueños?</p> + +<p>—¿En sueños? no tengo tiempo: duermo perfectamente.</p> + +<p>—¿Y no te ha indicado nada tu madre?</p> + +<p>—Nada.</p> + +<p>—Pues yo he dado ya calabazas a dos.</p> + +<p>—¿Por qué motivos?</p> + +<p>—Porque no eran millonarios. Quiero tener un marido rico. ¿Y tú?</p> + +<p>—Yo desearía que el mío fuese joven y tuviera talento.</p> + +<p>—¡Bah! Todo el mundo tiene talento. En cuanto a mí, me gustaría que +fuese ministro... para que me llevara a palacio.</p> + +<p>—¿Y con eso te contentas?</p> + +<p>—Ya lo creo. Cada día estrenaría un nuevo traje, a cual más precioso.</p> + +<p>—Así, pues, ¿te preocuparás de trajes después de casada?</p> + +<p>—Siempre.</p> + +<p>—¿Y de tu esposo?</p> + +<p>—Señor—exclamó de pronto mi compañero,—¿no tiene usted bastos?</p> + +<p>—¡Vaya si tengo!</p> + +<p>—¿Por qué, pues, no los ha echado usted?</p> + +<p>—Dispénseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contaba +las cartas ya jugadas.</p> + +<p>Este incidente fue causa de que perdiera algunos<a name="page_160" id="page_160"></a> párrafos de la +conversación que tenía lugar a mis espaldas, y que no había concluido +todavía.</p> + +<p>—¡Amarle!... ¿por qué no?... si es posible... si una se enamora...</p> + +<p>—¡Oh! eso es lo primero.</p> + +<p>—¿Lo crees así?</p> + +<p>—Por eso deseo que tengamos casi la misma edad, casi los mismos gustos, +casi iguales defectos... Esto le hará indulgente con los míos, y, +respecto a los suyos, todos se los perdono desde ahora con tal de que me +quiera mucho y de que no ame a nadie más que a mí.</p> + +<p>—Mi tía dice que eso no es posible.</p> + +<p>—¿Por qué no lo ha de ser? ¡Le amaré yo tanto!</p> + +<p>—¿Pero estás loca?</p> + +<p>—Es mi deber... y me parece que será un deber muy dulce.</p> + +<p>—¿Y si él deja de amarte?</p> + +<p>—No importa: seguiré amándole yo. Es mi deber.</p> + +<p>—¿Y si te engaña?</p> + +<p>—¡Ah! me moriré. Pero, a pesar de todo, no dejaré de amarle.</p> + +<p>—Hemos perdido tres bazas—gritó mi compañero.—Estoy fallo a copas; lo +indico claramente, y ni una sola vez lo ha tenido usted en cuenta.</p> + +<p>—¿Y qué importa?</p> + +<p>—¡Ahí es nada!... Yo tenía una porción de<a name="page_161" id="page_161"></a> triunfillos que usted ha +inutilizado jugando otros mayores.</p> + +<p>—No hemos perdido gran cosa.</p> + +<p>—Hemos perdido diez tantos, que han ganado estos señores.</p> + +<p>—Dispénseme usted si pierde por mi culpa: soy un mal aficionado.</p> + +<p>Al pronunciar estas palabras, me decía a mi mismo que él me había hecho +perder mucho más, impidiéndome oír el resto de la conversación, porque +las dos jóvenes acababan de levantar el campo. Seguí con la mirada a una +de ellas, que ya me tenía cautivado. Sentía grandes, deseos de saber su +nombre, y no me atrevía a preguntarlo.</p> + +<p>—Cecilia—dijo una señora de edad madura, mirada altiva y de formas +enjutas y angulosas;—Cecilia, ponte el abrigo, y vámonos.</p> + +<p>—En seguida, mamá. Pero acabo de comprometerme para una contradanza, y +voy antes a disculparme.</p> + +<p>—De ninguna manera—exclamó la dueña de la casa.—La señora D'Ortlies +nos concederá un cuarto de hora...</p> + +<p>Y, como en aquel momento se diese cuenta de mi presencia, me dijo +estrechándome la mano:</p> + +<p>—La Vizcondesa deseaba conocer a usted y me había pedido que se la +presentase.</p> + +<p>Nada hay para mí tan empalagoso como una presentación; pero comprendía +que ésta daba a Cecilia tiempo para bailar su contradanza,<a name="page_162" id="page_162"></a> y me +regocijó la idea de empezar mis relaciones con ella por un sacrificio. +Lo era y no flojo. Mujer de antiguo abolengo, la señora vizcondesa +D'Ortlies valía por sus pretensiones tanto, cuando menos, como por su +ilustre prosapia. Escribía libros que encontraban más admiradores que +lectores. Era moneda tan corriente entre éstos que sus obras debían +estar impregnadas de religión, monarquismo y sublimidad, que cada cual, +sin conocerlas, las aplaudía de antemano, con admirable aplomo desde que +el editor anunciaba que estaban en prensa.</p> + +<p>El que ha tenido más éxito de sus libros, y, según dicen, ha contribuido +más a extender y cimentar su reputación, es su novela de*** que nadie ha +leído todavía.</p> + +<p>Sería inútil redundancia alegar que, dados sus principios, su devoción y +su ilustre apellido, la señora Vizcondesa firma sus obras con un +seudónimo: es un buen recurso para asegurar aplausos.</p> + +<p>Hizo el gasto de la conversación hablando casi sola, y no pudo hacer +nada más de mi gusto, porque me agradan las mujeres de talento cuando no +hay que tenerlo con ellas y cuando al placer de oírlas puedo unir el de +permanecer silencioso. En esto me parezco a un sujeto que decía:</p> + +<p>—Voy a darme prisa a escribir un libro que rebose ingenio, para tener +después el derecho de ser un bruto el resto de mi vida.—¿He escrito<a name="page_163" id="page_163"></a> +ese libro? Lo ignoro: supongamos que sí, y adelante.</p> + +<p>La Vizcondesa me habló de mis obras: yo de las suyas... de su hija. +Evidentemente era ésta la mejor, y, sin embargo, me pareció que a +ninguna daba menos importancia. Siembre sucede lo mismo: por regla +general, los autores son los peores jueces de sus engendros.</p> + +<p>Prolongose tanto la conversación, que Cecilia tuvo tiempo de bailar dos +contradanzas. La pobre no sabía cómo agradecérmelo, y sin que ella lo +sospechara, ya estábamos en paz, porque me había pagado con la sonrisa +más amable y graciosa del mundo. Recordando las palabras que le había +oído, exclamé, viéndola alejarse:</p> + +<p>—¡Feliz el hombre que logre agradarle! ¡Feliz el esposo que ella +elija!...</p> + +<p>Pasó aquel año y el invierno siguiente sin que volviera a ver a Cecilia, +pues no voy casi nunca a las reuniones.</p> + +<p>Al comenzar la primavera de 1833 me aburría soberanamente. ¿Por qué? +Esto no le importa al lector, y, con su permiso, paso por alto los +motivos. Recurrí a lo que yo considero como el remedio de todos los +males: tomé la diligencia, y en busca de un argumento para una comedia, +con la cual podría regocijarme y distraerme, visité la Auvernia y los +Pirineos.</p> + +<p>Estos dos países son muy poco conocidos.</p> + +<p>No hay negociante retirado, no hay jubilado, ni procurador o abogado en +vacaciones que no<a name="page_164" id="page_164"></a> se considere en el deber de viajar por Suiza para +poder decir a su mujer y a sus hijos:</p> + +<p>—«He visto el valle de Lauterbrunnen, el lago de Brienz y el +Grindelwald», camino trillado y recorrido por todo el mundo, itinerario +tan común en la actualidad, como el de París a Saint-Cloud.</p> + +<p>¡Y, entretanto, nadie piensa en visitar la Auvernia y los Pirineos! ¡Oh, +viajeros parisienses, viajeros de imitación; ignoran ustedes que sin +salir de Francia encontrarán cascadas, aludes y picos escarpados; +ignoran que esos Pirineos, que les pertenecen, que son algo así como la +propia casa de ustedes, ofrecen vistas tan graciosas, escenas tan +sublimes, espectáculos tan grandiosos como los mismos Alpes! Sí: apelo a +todos los que han viajado verdaderamente, y no por los libros: el circo +de Gavarni, las Torres de Marboré, el boquete de Roland, ¿no son, en su +género, tan admirables, tan incomprensibles, tan grandiosos como el +manoseado Mont-Blanc, la caída del Rin o la del Aar? ¿En qué país +lograrán ustedes encontrar, en la cima de una montaña, un lago en el +cráter de un volcán? Sí, señores, sí, abonados del café Tortoni y de la +Opera... sí, un verdadero lago y un verdadero volcán: ahí tienen ustedes +todavía el cráter con su forma dilatada y una abertura circular de media +legua; vean ustedes las capas de lava, y en el sitio donde hervían el +azufre y el salitre, contemplen ahora un lago límpido que se eleva<a name="page_165" id="page_165"></a> +hasta la mitad de ese gran embudo, mientras la otra mitad, cubierta de +árboles y musgo, forma una verde muralla de ciento cincuenta pies de +altura que baja casi a pico hasta los bordes del lago misterioso, cuyo +fondo no se ha encontrado, y sobre el cual nadie se atrevería a +lanzarse, porque el remolino de las aguas haría zozobrar en seguida la +barca, y el atrevido navegante, precipitado al fondo del abismo, en los +fuegos subterráneos, hubiera comenzado como La Pérouse y concluido como +Empédocles.</p> + +<p>Y todas estas maravillas, que semejan un cuento de <i>Las mil y una +noches</i>... ese lago que se extiende sobre un volcán, y ese volcán que +amenaza recobrar su plaza, ¿dónde piensan ustedes que se encuentra? ¿En +los Alpes? ¿En las cordilleras de los Andes?... No, ciertamente. En la +Auvernia, a dos o tres leguas de Mont-Doré, y este lago es el lago de +Pavin, adonde llegarán ustedes en dos o tres horas de camino, llevando +de conductor al señor Miguel Garnier, mi guía, que sólo exige dos +francos de jornal, y que les confundirá con un príncipe extranjero si +llegan a darle tres.</p> + +<p>Encontrábame yo, con mi guía, cerca del lago Pavin, recostado en la +hierba al borde del cráter y contemplando a mis pies las aguas puras y +transparentes que a cada instante creía ver en ebullición, lo que me +hubiera divertido y espantado, cuando sentí pasos a mi espalda: eran +otros viajeros. Un anciano, apoyado en el brazo de una joven, gritaba +con<a name="page_166" id="page_166"></a> tono de mal humor:—No andes tan de prisa... no puedo +seguirte.—Levanté los ojos y me pareció reconocer en la joven el porte +elegante y gracioso, la fisonomía encantadora de mi linda bailarina, de +la señorita Cecilia D'Ortlies: mis dudas se convirtieron en certeza +cuando divisé, algunos pasos detrás de ella, a una mujer que, provista +de un álbum y del indispensable lápiz, escribía al mismo tiempo que +andaba. Era la señora Vizcondesa, engolfada en hacer una descripción del +lago Pavin, que yo debí imitar, porque indudablemente valía más que la +mía. Grandes exclamaciones de sorpresa por una y otra parte: las +obligadas frases de admiración sobre el magnífico cuadro que se +desarrollaba ante nuestros ojos... y luego, cumplidas las reglas de +urbanidad, pensé en mi conveniencia, e hice conocer mis deseos de ser +presentado a la señorita Cecilia.</p> + +<p>—¡Señorita!...—repitió la Vizcondesa con asombro:—Cecilia está +casada.</p> + +<p>—¿Cómo así?—repuse.</p> + +<p>Y miré en torno mío, buscando al joven esposo, extrañándome de que no +acompañase a su mujer.</p> + +<p>—Mi yerno—dijo la D'Ortlies presentándome al anciano, cuyo nombre, que +no viene a cuento, pronunció con gravedad olímpica.</p> + +<p>Era un vástago de rancia nobleza, general en tiempo del Imperio, y duque +y Par durante la Restauración. Conservaba todavía un mando militar +importante, una fortuna colosal y una<a name="page_167" id="page_167"></a> porción de buenas cualidades. +Pero, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que le adornaban estas +buenas cualidades... porque tenía 67 años, con un aditamento de varias +heridas y reumatismo, a lo que había que agregar la gota con todas sus +prerrogativas, es decir, la impaciencia, la acritud y un humor +endiablado: fuera de esto, era extremadamente amable siempre que no +estaba enfermo... y solía estarlo diez meses al año.</p> + +<p>¡Este era el marido de Cecilia!</p> + +<p>Rememoré entonces la conversación del baile, el gentil compañero que +ella había soñado, sus proyectos de dicha para el porvenir. Si no +adivinó la pobre niña el interés y la piedad con que yo la miraba, me lo +agradeció sin saberlo, porque, apenas transcurrieron algunos minutos, +éramos los mejores amigos del mundo.</p> + +<p>Mientras nosotros conversábamos, su rancio esposo reposaba sentado; su +madre escribía a destajo. Todo lo que Cecilia decía era sencillo y +natural; pero estaba impregnado de una dulzura y una melancolía +realmente exquisitas. La hablé de su marido, y le tributó los mayores +elogios, recordando con gratitud los títulos, la posición y la fortuna +de que le era deudora. De su felicidad, que le había robado, no dijo una +palabra. ¡Alma noble y virtuosa, en que todo era resignación, abnegación +y fidelidad a sus deberes! Pero ¿quién hubiera reconocido en su lenguaje +grave y melancólico a la joven<a name="page_168" id="page_168"></a> que yo había visto, dos años antes, tan +soñadora, tan candorosa y tan alegre?</p> + +<p>¡Qué juicio al presente! ¡qué tacto! ¡qué criterio! Se me ocurrió que, +para haberlos adquirido en tan breve plazo, debía de haber sido muy +desgraciada.</p> + +<p>Nos encontrábamos al borde del lago, puro, límpido y transparente... +imagen de su alma. Así se lo dije; me miró, sonriendo con esa sonrisa +triste que hace llorar, y repuso:</p> + +<p>—Sí; la calma en la superficie...</p> + +<p>—Y tal vez en el fondo...—agregué, mostrándole el lago.</p> + +<p>No terminé la frase, pero la adivinó, porque dijo en seguida:</p> + +<p>—No, señor, no: ¡jamás!...</p> + +<p>Y dirigió al cielo su mirada, ignoro si para tomarlo por testigo o para +implorar su protección.</p> + +<p>En aquel instante se oyó una voz avinagrada: era la de la Vizcondesa. El +general tenía frío: las emanaciones del lago le sentaban mal y era +necesario partir. De buena gana hubiera dado el brazo a Cecilia; pero +ella ofreció el suyo a su esposo, y sólo quedaba la Vizcondesa. +¡Valiente compensación!... Me vi obligado a hablar de literatura y a +enterarme de que la señora componía una nueva novela que deseaba leerme +tan pronto como estuviese terminada. ¡A mí, que viajaba para divertirme!</p> + +<p>—Creo, Vizcondesa, que no podré gozar tanta<a name="page_169" id="page_169"></a> ventura, porque me voy a +los Pirineos—le dije.</p> + +<p>—Allí vamos todos: han recomendado al general las aguas de Barèges, que +son milagrosas para las heridas.</p> + +<p>—Parecíame que el general se quedaba en Mont-Doré.</p> + +<p>—Estamos aquí por casualidad; pues, de paso, ha querido experimentar +estos manantiales que el año pasado dieron resultados excelentes al +mariscal Soult; pero después de algunos baños, que no le han servido de +nada, ha renunciado a ellos y saldremos dentro de pocos días para los +Pirineos. Confío que usted se vendrá con nosotros.</p> + +<p>Me incliné respetuosamente.</p> + +<p>—¿Dónde se hospeda usted en Mont-Doré?</p> + +<p>—En el hotel Chabaury, señora.</p> + +<p>—Nosotros también. ¿Nos dispensará usted esta noche el honor de que +cenemos juntos?</p> + +<p>Saludé de nuevo. Decididamente era el comensal, el compañero de viaje y +el amigo de la familia.</p> + +<p>Viajando, y particularmente en los baños, la amistad se entabla con una +rapidez asombrosa; me aproveché de mi nuevo título, y de los derechos +que me daba, para hablar de Cecilia. Indiqué a la Vizcondesa que aquel +matrimonio, tan ventajoso por otra parte, me inspiraba serios temores +respecto a la dicha futura de su hija.</p> + +<p>—No conoce usted a Cecilia, caballero, ni<a name="page_170" id="page_170"></a> sabe usted qué clase de +educación ha recibido. Ha estado en el Sagrado Corazón, como todas las +señoritas de la nobleza a quienes conozco. Ha leído todas mis obras: las +lee diariamente, y los principios que en ellas se sostiene...</p> + +<p>—Son inmejorables, señora; pero su hija de usted es muy joven, y si su +corazón llega a despertarse...</p> + +<p>—No se despertará nunca. En mi familia no se despiertan los corazones.</p> + +<p>—No lo dudo—dije mirándola,—en cuanto al pasado; pero en el futuro...</p> + +<p>—¡Caballero!...—repuso, examinándome de pies a cabeza:—no hay +circunstancias que obliguen a olvidar sus deberes a las personas +religiosas y bien educadas. Con religión y principios, no existen +matrimonios desproporcionados ni peligros de ninguna clase; esté usted +seguro de ello.</p> + +<p>—Opino como usted, señora.</p> + +<p>Llegamos al hotel.</p> + +<p>El general sentíase de mal temple, y su mal humor se acrecentó al +encontrarse con varias cartas, que tenía forzosamente que contestar: +también había que expedir algunas órdenes.</p> + +<p>—Si estuviera aquí Enrique—dijo a su esposa,—me ayudaría y se +encargaría de eso; pero tú te opusiste a que viniese con nosotros.</p> + +<p>—Ya sabes que éramos tres en el coche, y que no podía prescindir de mi +doncella.</p> + +<p>—Haces honor a tu sexo... ¡la doncella! ¡Vaya un motivo para que me +prives de un sobrino<a name="page_171" id="page_171"></a> a quien quiero, y de un ayudante de campo que es +mis pies y mis manos!</p> + +<p>—Echas en olvido que mi mamá y yo estamos aquí para cuidarte, y que, +además, tu sobrino Enrique de Castelnau hace falta en París, pues lo +exigen tus intereses.</p> + +<p>—Di mejor tus caprichos... porque tienes ojeriza a ese pobre Enrique... +a quien no puedes tragar.</p> + +<p>—¡Yo!</p> + +<p>—¡Tú! como lo oyes. Apenas le hablas... apenas le haces caso. Te +aseguro que necesita valor para pisar mi casa, después del recibimiento +que le haces cuando entra en ella.</p> + +<p>—Me acusas sin motivo; el sobrino de mi esposo tendrá siempre derecho a +mis deferencias.</p> + +<p>—¡Sí, ya sé a qué atenerme al respecto!... Y ¡vive Dios! que tengo +ganas de ver que se le trata con desprecio. Claro es que, si alguno de +los dos debía aborrecer al otro, indudablemente ese alguno es él... él, +que era mi único heredero, y a quien mi matrimonio ha despojado de la +fortuna que le correspondía.</p> + +<p>—Confío en que no sucederá lo que dices—se apresuró a decir Cecilia.</p> + +<p>—Cuando menos, perderá una parte de ella. Y, ¿qué ocurre, en cambio? +Que en vez de quejarse de su tía, no tiene boca para alabarla. Es la +delicadeza personificada, contigo y con tu madre. Correría todo París +por darte gusto, y<a name="page_172" id="page_172"></a> reventaría sus caballos por proporcionarte un +billete de baile o un palco en la Opera.</p> + +<p>—Verdad—dijo la Vizcondesa;—y aunque sólo fuera por complacer a tu +esposo, tú, Cecilia, debías ser más amable con Enrique.</p> + +<p>—Cumplo mi deber, mamá—respondió Cecilia en tono frío y resuelto.</p> + +<p>—¡Por vida de!...—gritó colérico el general.—¿Habrá cabeza más dura? +Dulce en ocasiones, como un ángel, cuando se rebela parece de granito. +¡A los diez y siete años! La cosa promete. Ignoro, señora Vizcondesa, +cómo la ha educado usted, pero afirmo que lo que sucede no tiene sentido +común.</p> + +<p>—¡Señor!... Cecilia ha leído mis obras.</p> + +<p>—Eso quería yo decir.</p> + +<p>—¡General!... Olvida usted...</p> + +<p>—Dice usted bien. Olvido que la cena nos aguarda. Dispense usted, +caballero—dijo dirigiéndose a mí,—que le hagamos testigo de estas +pequeñeces: confío en que nos guardará el secreto y no nos sacará a +relucir en alguna comedia.</p> + +<p>Tomó mi brazo, hizo que me sentara en la mesa a su lado y durante la +comida estuvo grosero con todos menos conmigo. No obstante, debo +advertir que sus inconveniencias tenían por principal blanco a su +suegra.</p> + +<p>A los postres llegó una nueva carta, y el general exclamó, dando en la +mesa un puñetazo que lo echó a rodar todo:<a name="page_173" id="page_173"></a></p> + +<p>—¡Sólo esto faltaba!... Enrique está herido.</p> + +<p>Cecilia palideció, y observé que temblaban sus labios.</p> + +<p>—Sí, herido; le han dado una estocada...—prosiguió el +general.—¡Torpe! Tranquilícese usted—dijo a su suegra, que saboreaba +impasible una taza de café.—No corre peligro; han transcurrido ocho +días y va bien la cura. Pero el módico le ha recetado las aguas de +Barèges, y llegará aquí mañana.</p> + +<p>—¡Mañana!—dijo la Vizcondesa alegremente.</p> + +<p>—¡Mañana!—dijo con frialdad Cecilia, cuyo semblante había vuelto a +recobrar su acostumbrada calma.</p> + +<p>En cuanto a mí, aguardé el día siguiente con impaciencia.</p> + +<p>La llegada de una silla de posta es siempre un acontecimiento en todas +las poblaciones de poca importancia, y con más motivo en Mont-Doré, +donde el único placer de los vecinos es ver llegar o partir los +viajeros. Cuando a las diez de la mañana se oyó el ruido de un carruaje, +todo el mundo se asomó a las ventanas.</p> + +<p>Pocos minutos después, el señor de Castelnau entró en el salón, abrazó +afectuosamente a su tío y saludó a las dos señoras con respeto.</p> + +<p>Aparentaba unos veinticinco años. Era alto, bien formado, de porte +distinguido; en una palabra, un gallardo mozo; y, lo que vale más, +parecía ignorarlo, porque se ocupaba siempre<a name="page_174" id="page_174"></a> de los demás y nunca de sí +mismo. Su rostro, franco y expresivo, tenía impresas las huellas del +sufrimiento. La fatiga del viaje, o tal vez otras causas, habían +empeorado su herida.</p> + +<p>Yo, entretanto, observaba a Cecilia: no vi en sus facciones ni sombra de +emoción; recibió a Enrique con afectuosa cortesía, y le interrogó acerca +de su salud con un marcado interés... pero no tanto como el que yo +esperaba.</p> + +<p>Enrique estaba visiblemente conmovido. Casi no acertaba a expresarse, y +creo que le hice un gran servicio hablándole del camino y del tiempo, +que eran pésimos. La displicencia de la conversación le fue serenando +poco a poco, y acabó por respirar más a su gusto. Hay momentos en que +los extraños y los importunos no son del todo inútiles.</p> + +<p>Aquel día visitamos la cascada de Queureiels y la de Vernière. Enrique +se aproximó con frecuencia a Cecilia, que daba siempre el brazo a su +esposo o a su madre, y cuando hablaba se dirigía a mí.</p> + +<p>Por la noche leyó al general los periódicos, le despachó el correo +oficial y estuvo escuchando, con una atención digna de mejor suerte, dos +largas disertaciones de la Vizcondesa. Sólo alguna que otra vez, y a +hurtadillas, sus grandes ojos negros se volvían, como a pesar suyo, +hacia el lado de Cecilia, que trabajaba sin mirarle y sin hacer de él +más caso que de los demás concurrentes.</p> + +<p>Me convencí de que me había equivocado, y<a name="page_175" id="page_175"></a> mis conjeturas eran falsas. +El pobre joven podía amar a Cecilia, pero Cecilia no pensaba en él.</p> + +<p>La mañana del siguiente día, víspera de nuestra partida, la Vizcondesa +encontrábase escribiendo junto a Cecilia, que tocaba el piano: y era +aquella música tan alegre y juguetona, que acabó de disipar mis últimas +dudas.</p> + +<p>—No es posible—pensaba yo entretanto,—estar bajo el peso de una +pasión cuando se ejecutan semejantes variaciones, y, sobre todo, cuando +se ejecutan con tanta perfección.</p> + +<p>En aquel instante entró en el salón un médico joven, conocido mío, que +venía de París asistiendo a un personaje a quien acompañaba a las aguas +de Mont-Doré. Los militares hablan de sus campañas, los escritores de +sus obras, y los médicos de sus enfermos: es inevitable. Mi joven +doctor, a riesgo de molestar a aquellas damas, empezó a relatarnos las +curas maravillosas y singulares que había hecho, sazonando la relación +con anécdotas más o menos picantes, a las que sólo yo prestaba atención, +porque, como he dicho anteriormente, yo escucho siempre por oficio.</p> + +<p>Entre otras cosas, nos contó que recientemente había asistido a un joven +que tenía una estocada, cuya herida, de bastante gravedad, no se parecía +a ninguna otra. No era recta ni hecha de abajo arriba; todo lo +contrario: daba también la circunstancia de que el enfermo tenía gran +estatura y hacíase preciso, en consecuencia,<a name="page_176" id="page_176"></a> que para herirle así en el +pecho de arriba abajo, su adversario fuese mucho más alto que él, es +decir, un hombre de ocho a diez pies de estatura. Contó asimismo que, +obligado por sus preguntas y argumentos, el herido acabó por confesarle +que la estocada se la había dado él mismo.</p> + +<p>—¿Qué móvil dirá usted que le impulsó?—continuó diciendo.—Nunca +adivinaría usted semejante extravagancia. Quería tener un pretexto para +ir a las aguas de Barèges, y me rogó que se las recetara... lo que hice +en el acto. ¡Pobre chico!... Me pagó espléndidamente la receta... +recomendándome su secreto.</p> + +<p>—Y, según veo, cumple usted su recomendación al pie de la +letra—exclamé sonriendo.</p> + +<p>—Puedo franquearme con usted, sin peligro de que lo cuente.</p> + +<p>En aquel momento abriose la puerta, y se presentó el general, apoyado en +el brazo de su ayudante de campo. Enrique, al ver al médico, corrió +hacia él y tendiéndole la mano, dijo:</p> + +<p>—Doctor, ¿usted por aquí?...</p> + +<p>En seguida, agregó, presentándonosle:</p> + +<p>—Señoras y señores, es mi Esculapio... el que me ha curado la herida, +el que me ha recetado las aguas de Barèges. ¿No es cierto?</p> + +<p>El médico balbuceó algunas palabras y se despidió, porque le aguardaba +su enfermo. El general se sentó tranquilamente en su cómodo sillón; +Enrique, con la sonrisa en los labios, permaneció de pie junto a la +chimenea; la Vizcondesa,<a name="page_177" id="page_177"></a> entre sorprendida e indignada, quería hablar y +no se atrevía a hacerlo. Cecilia, pálida, con la frente apoyada en una +mano, reflexionaba en silencio, y yo, mirándolos a todos, calculaba que +la situación era admirable, y esperaba con inquietud el rumbo que +tomaría, y, sobre todo, el desenlace que llegaría a tener.</p> + +<p>El general fue el primero que rompió el silencio, tarareando una canción +que le había entusiasmado. Era una música que estaba de moda y que su +autor no habría conocido, seguramente: de tal manera se la había +asimilado y la había hecho propia el general, por la manera de +interpretarla.</p> + +<p>—Y digan ustedes, señoras—exclamó después de esta especie de +ritornelo, ¿nos vamos, por último, mañana a los Pirineos para pasar un +mes en Barèges?</p> + +<p>Nadie respondió: todos guardaron silencio, y en los ojos de Enrique +brilló un relámpago de alegría.</p> + +<p>—¿Han pensado ya en los equipajes mi mujer y mi suegra? ¿Han guardado +en las cajas sus gorros y sombreros? ¿Está todo dispuesto para la +marcha?</p> + +<p>—Para la tuya, sí—dijo Cecilia, esforzándose por demostrar un valor +que no sentía.</p> + +<p>—¿Cómo para la mía? ¿Pues no partiremos juntos?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—¿Por qué motivo? ¿Puedo saberse?<a name="page_178" id="page_178"></a></p> + +<p>—Mi madre y yo queremos acompañarte hasta Pau, donde tienes una +posesión con un magnífico castillo que no conocemos, y habíamos +proyectado permanecer en él hasta tu regreso.</p> + +<p>—¿Y dejarme ir solo a Barèges? Está bien.</p> + +<p>—No; si eso fuera así, estaría mal. La prueba es que nosotras estábamos +decididas a acompañarte, a no separarnos de ti; pero ahora, que irá +contigo tu sobrino Enrique, no tienes necesidad de nuestros cuidados.</p> + +<p>—¿Qué pretendes darme a entender con esas palabras?</p> + +<p>—Te confieso que, para mí, pasar todo un mes en esas horribles +montañas, sería lo más triste, lo más penoso, lo más fastidioso del +mundo, si he de juzgar por los tres días que llevamos aquí.</p> + +<p>Mientras tenía lugar este diálogo, el general saltaba en el sillón; +oprimía la tabaquera entre sus dedos, y yo preveía la tempestad que iba +a estallar. Pero lo que no pude observar sin compadecerme fue el rostro +de Enrique, que, pálido y sin poder apenas sostenerse, se apoyaba en la +chimenea. La desesperación reflejábase en todas sus facciones, dejándome +adivinar lo que pasaba en el alma de aquel desventurado joven. ¡Haberse +herido por ella, por pasar un mes cerca de ella, y perder tanta ventura +por un capricho!</p> + +<p>—¡Vive Dios!—exclamó el general levantándose colérico y rechazando con +el pie el sillón,<a name="page_179" id="page_179"></a> que fue rodando al centro de la sala;—¿me has tomado +por un recluta? ¿Crees que voy a dejarme manejar por una mujer, por una +muñeca? Usted vendrá, señora; usted vendrá, porque yo se lo ordeno.</p> + +<p>—He dicho que no.</p> + +<p>—¿Y por qué? ¡voto a!... ¿por qué?</p> + +<p>Cecilia no temblaba ya: había tomado su resolución, y, resignada a todo, +sin tener en cuenta otra cosa que su deber, contestó a media voz, pero +con firmeza:</p> + +<p>—Porque no quiero.</p> + +<p>El general, lleno de ira, dio un paso hacia ella y se oyó al mismo +tiempo un gemido sordo: era que Enrique, sintiéndose peor de su herida, +se desmayaba, y hubiera caído sobre el pavimento si no lo hubiese yo +sostenido en mis brazos. La cólera del general, cambiando súbitamente de +dirección, descargó sobre su sobrino.</p> + +<p>—¡Imprudente! ¡imbécil!... hace una hora que está de pie, y es lo peor +que puede hacer... La herida se abrirá de nuevo: siempre se lo estoy +diciendo; pero aquí nadie me hace caso, nadie me obedece... ¡Que el +diablo se los lleve a todos!... ¡oh!... ¿no vuelve en sí?</p> + +<p>—Va recobrando el conocimiento—respondió Cecilia, que, habiéndose +lanzado hacia Enrique, le hacía respirar un pomo de sales y le prodigaba +los más tiernos cuidados.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó el general;—ya abre los ojos.</p> + +<p>Cecilia se retiró apresuradamente; entró en<a name="page_180" id="page_180"></a> su aposento seguida de su +madre, y algunos momentos después el general fue a buscarlas. Sus +súplicas y sus amenazas debieron de ser inútiles, porque aquella noche +nos dijo:</p> + +<p>—Ese angelito tiene muy dura la cabeza.</p> + +<p>—¿Se niega a ir a Barèges?—preguntó Enrique.</p> + +<p>—Así parece. Iremos tú y yo, y nos esperará en mi castillo de Lescar, +en los alrededores de Pau.</p> + +<p>—¡Cómo!... tío, ¿ha cedido usted?—exclamó Enrique en tono de reproche.</p> + +<p>—¿Qué quieres que hiciera?... a no matarla... No quedaba otro remedio: +así se lo he dicho ¡voto a!...</p> + +<p>—¿Y qué ha respondido?</p> + +<p>—Esto: «Si me matas, tanto mejor. No iré a Barèges.» El razonamiento no +puede ser más lógico. Es una testaruda, lo repito; una cabeza de hierro. +Hay que confesar, sin embargo, que sin ese defecto sería la mejor de las +mujeres.</p> + +<p>En la madrugada del siguiente día había dos coches preparados para la +marcha.</p> + +<p>—Todo el equipaje lo ha arreglado la señorita—díjome su doncella.—No +se ha acostado en toda la noche.</p> + +<p>Apenas estuvieron enganchados los caballos, Cecilia montó +precipitadamente en la berlina. Cuando ofrecía la mano a la Vizcondesa +para ayudarla a subir, me dijo ésta:</p> + +<p>—¿Ve usted, señor, cómo con la religión y<a name="page_181" id="page_181"></a> los buenos principios no hay +matrimonios desproporcionados y rodeados de peligros?</p> + +<p>—Por lo menos, hay luchas y amarguras—me dije a mí mismo, al ver el +pálido rostro de Cecilia y sus ojos preñados de lágrimas, que sin duda +quería ocultar a todos; porque, al divisar de lejos a su marido que se +dirigía a la berlina, apoyado en el brazo de Enrique, exclamó +repentinamente:</p> + +<p>—Cochero, a escape, a escape.</p> + +<p>Restalló la fusta, los caballos salieron al galope y el coche +desapareció de nuestra vista, mientras gritaba el anciano:</p> + +<p>—¡Bien! ¡perfectamente!... ¡Loca! Se va sin despedirse, sin abrazarnos. +A fe mía, caballero, que aquí tiene usted el asunto que busca para una +comedia.</p> + +<p>—¿No será drama?—murmuré entre dientes, contemplando la cara de +Enrique, que, incapaz de ver, de oír y de responder, dejose colocar por +mí en el otro coche al lado de su tío.—No pensó siquiera en darme las +gracias ni en decirme «adiós». ¡Pobre hombre! Esto le matará—dije para +mí.</p> + +<p>Pocas horas después salí yo también para los Pirineos. No temas, lector, +pues no pienso llevarte a los picos del Mont-Perdu, tan curioso y acaso +más accesible que el Mont-Blanc; no te conduciré a Luz ni a +Saint-Sauveur, que tienen fisonomía alegre y pintoresca; cruzaremos a +escape el <i>Chaos</i>, esa lluvia de enormes rocas caídas del cielo o +vomitadas por el infierno; no<a name="page_182" id="page_182"></a> penetraremos en el recinto del circo de +Gavarnie: aturdido ante tanta magnificencia, deslumbrado por tanta +maravilla, no querrías salir de él. Te mostraré solamente las torres de +Marboré, rocas inmensas coronadas de almenas, ciudadela encantada donde +nieves perpetuas, heridas por el sol, parecen antemuros de diamante. Te +indicaré de lejos el portillo de Roland, esa muralla de granito que +separa a Francia de España, y que Roland abrió con un golpe de su +tajante espada... Ven, acércate. El hizo para ti ese boquete de +doscientos o trescientos pies, desde donde puedes divisar Aragón y +recorrerlo en toda su extensión. Aquí es, al pie de estas grandiosas +torres, donde antiguamente pelearon Agramante y Ferragus contra los +parciales de Carlomagno. No estás solo en este desierto: te rodean todos +los héroes de Ariosto, y podrías elevarte a las nubes con el poeta, si +es que el frío, que penetra hasta los tuétanos, no te obliga a bajar a +la tierra. Si sucede tal cosa, ven a calentarte al fuego de algún +habitante de la montaña, y volvamos a la aldea de Gèdres, mitad +francesa, mitad española, donde seguramente almorzaremos con algún +contrabandista. Luego, cruzando el Baztan y salvando el Tourmalet, +bajaremos al delicioso valle de Campan, paraíso terrenal que nos +conducirá a Bagnères de Bigorre, donde, si estás fatigado y deseas +encontrar la tranquilidad y la dicha, es preciso que te detengas y te +entregues al descanso.<a name="page_183" id="page_183"></a></p> + +<p>Esto es lo que yo hice.</p> + +<p>Caminando por las ásperas montañas, encontré en una de las fábulas de La +Fontaine el asunto para una comedia en cinco actos, que nuestros últimos +acontecimientos políticos podían hacer bastante intencionada. Detúveme +en Bagnères para escribirla. En un lugar verdaderamente delicioso, al +lado de la hermosa casa de M. Lugo, alquilé una casita que daba a las +alamedas de Maintenon.</p> + +<p>Allí pasé los quince días más tranquilos y más felices de mi vida, +trabajando por la mañana, muy temprano, y a primera hora de la noche, y +recorriendo durante el día el mágico país que me rodeaba, los valles de +Campan y de Lesponne, el convento de Medous y el Elysée Saint Paul. Un +día efectué una ascensión al Camp de César o a la Penne de l'Héris; otro +día proyectaba excursiones al Pic du Midi, desde donde se dominan las +llanuras del Bigorre y del Béarn. ¡Cuánto regocijo y cuánta salud dan el +aire puro de las montañas, esos valles risueños y ese hermoso sol! +Devuelven la juventud y la dicha; porque aquí, en estas cimas, se +olvidan lo mismo los padecimientos del cuerpo que las amarguras del +alma. Desgraciadamente, al bajar volvemos a encontrarlos en la llanura y +en la ciudad, donde nos esperan.</p> + +<p>Cuando terminé mis cinco actos, hízose necesario marchar y alejarse de +tan hermoso país. Atravesé el alegro valle de Argelés y la ciudad de +Lourdes; admiré la deliciosa capilla de<a name="page_184" id="page_184"></a> Nuestra Señora de Bétharram, y +me dirigí a Pau, que me atraía por más de un concepto. Tenía, en primer +lugar, un amigo, un amable y excelente joven, antiguo capitán de la +guardia, que habitaba con su familia en el Real Palacio de Pau, y no +quise dejar el Mediodía sin abrazarle; por otra parte, en los +alrededores de esta ciudad estaba el señorío de Lescar, donde la +vizcondesa D'Ortlies y el general me habían comprometido para que me +detuviese algunos días. Sentía vivos deseos de volver a ver a Cecilia, y +llegué al castillo. Era un edificio hermosísimo, admirablemente situado: +el parque extendíase hasta las orillas del Gave; desde las ventanas del +salón se descubrían los ribazos del Jurançon, y en el horizonte, a una +distancia de quince leguas, las montañas azuladas y las cimas blancas de +los Pirineos.</p> + +<p>Al apearme del coche, fui recibido por la Vizcondesa y su hija, que me +dispensaron la más amable acogida. Esperaban al general, que continuaba +en Bigorre; pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en el salón, vi +a Enrique de Castelnau reclinado en un canapé y leyendo un periódico!...</p> + +<p>—Le ha enviado el general—díjome a media voz la Vizcondesa—para traer +unos despachos al gobernador de Pau y adquirir noticias de la salud de +Cecilia, que ha estado muy enferma.</p> + +<p>—¿De veras?—exclamé consternado.</p> + +<p>—Ya pasó. Está mucho mejor; y, mientras<a name="page_185" id="page_185"></a> viene el general, nos acompaña +Enrique. ¿Dónde ha de vivir sino en el castillo de su tío? Así lo ha +ordenado mi yerno, que, desde hace una semana, nos anuncia su llegada +diariamente.</p> + +<p>—Así, pues, ¿hace una semana que vive aquí el señor de +Castelnau?—pregunté a la Vizcondesa, la cual, adivinando la idea que me +preocupaba, se apresuró a contestarme:</p> + +<p>—Tranquilícese usted. Ya conoce usted a mi hija. Por otra parte, puedo +asegurar que en todo este tiempo no se ha separado ni un momento de mí +durante el día.</p> + +<p>Y no mentía. Cecilia trabajaba en el gabinete de costura al lado de su +madre, y hasta en los paseos que solía dar por el parque jamás Enrique +se encontraba a solas con ella. Conste, además, que él no buscaba +ocasión para acercarse.</p> + +<p>Tenía elegancia y sus modales eran en extremo distinguidos. Todo en él +respiraba la delicadeza más escogida, los cuidados más solícitos; pero +ni una palabra, ni una mirada que pusiera de manifiesto a los ojos de un +extraño el secreto de su alma. Hasta había recobrado la alegría y la +jovialidad; estaba menos distraído, y tomaba parte en las +conversaciones. Sólo entonces pude observar que estaba dotado de una +amabilidad exquisita y de una vasta instrucción, y que, a una excesiva +modestia, se unían en él un ingenio fino y sumamente delicado, un +carácter noble, pensamientos elevados y generosos... en una palabra, una +multitud<a name="page_186" id="page_186"></a> de buenas cualidades, que habían permanecido ocultas, y que +ahora brillaban en todo su esplendor.</p> + +<p>La Vizcondesa nos leyó en un periódico un artículo que trataba de un +suicidio.</p> + +<p>—¡Desventurado!...—exclamó Cecilia, de un modo que casi parecía una +aprobación.</p> + +<p>—¡Insensato!—dijo Enrique, casi despreciativamente.</p> + +<p>—¿No se explica usted el suicidio?—le pregunté con viveza.</p> + +<p>—¡Nunca! Suicidarse es privarse de una dicha inmensa.</p> + +<p>—¿Cuál?</p> + +<p>—La de morir por los que se ama.</p> + +<p>—¡Vaya!—pensé,—la quiere siempre, pero ha tomado su partido, y se ha +resignado valerosamente. Habrá tenido fuerzas para combatir y vencer.</p> + +<p>La Vizcondesa me ofreció leerme su última novela. Acepté, y entré con +ella en su gabinete de trabajo, pensando que en aquel momento su amor +propio de autor la hacía olvidar su vigilancia de madre, e iba a dejar a +Enrique algunos momentos de libertad.</p> + +<p>Me equivoqué, pues él no los aprovechó. Me siento orgulloso de haber +soportado con un valor heroico la lectura, que fue bastante larga. +Entretanto, Cecilia tocaba al piano unas melodías tristes y +melancólicas; pero estaba sola, pues yo había visto a lo lejos a Enrique +paseando por una de las alamedas del parque, y,<a name="page_187" id="page_187"></a> cuando volví al salón, +continuaba sola, sentada en un gran sillón, con la frente apoyada en una +mano y en los ojos una mirada febril. Se levantó vivamente y se acercó a +mí con la sonrisa en los labios. Al ponerse de pie dejó caer su pañuelo. +Me apresuré a recogerlo, y noté que estaba mojado. La joven se dio +cuenta de ello, y me dijo, mostrándome un libro que había sobre la +chimenea:</p> + +<p>—Soy en extremo ridícula, ¿no es cierto? Esa novela me ha hecho llorar.</p> + +<p>Miré el libro, y vi que era una novela de su madre. No necesitaba esta +prueba para convencerme de que me engañaba.</p> + +<p>Por la tarde hubo mucha gente en el castillo: toda la buena sociedad de +Pau y sus alrededores. Cecilia hacía los honores de la casa con una +gracia y una naturalidad admirables; se ocupaba de todos, excepto de +Enrique, a quien sólo de vez en cuando daba algunas órdenes para que +arreglara las mesas de juego.</p> + +<p>Hiciéronme jugar al whist con tres personajes de la comarca. Los viejos +jugaban al piqué; las viejas al boston, presididas por la Vizcondesa. El +recaudador de contribuciones jugaba al billar con el alcalde, y Cecilia, +agrupando en torno suyo a los jóvenes, propuso pasar el tiempo en juegos +de prendas, lo que se aceptó con entusiasmo. Los juegos de prendas están +aún de moda en las provincias, sobre todo en la de los Bajos Pirineos.</p> + +<p>Entretanto, hacía yo tales chambonadas, que<a name="page_188" id="page_188"></a> mí compañero debió de +formar pésima idea de los jugadores de la capital; pero estaba escrito +que Cecilia me había de hacer perder siempre al whist, porque también +esta vez, como cuando la conocí, pensaba en ella más que en el juego, y +mis ojos se dirigían constantemente hacia el alegre círculo que dirigía.</p> + +<p>Enrique se había alejado, y distraíase viendo jugar al billar; varios +jóvenes llamaron al gentil ayudante de campo, y, de grado o por fuerza, +no tuvo más remedio que acudir al llamamiento. Sentose lejos de Cecilia, +y en las prendas que él sentenció evitaba toda ocasión de aproximarse a +ella. En una ocasión, sin embargo, cumpliendo las leyes rigurosas del +juego, sentenciaron a Cecilia a dar un beso al joven Castelnau. La joven +se puso de pie... ¡En aquel instante, yo fallaba a mi compañero un ocho +de copas que era rey!... Hizo un ademán de impaciencia; ¿qué me +importaba? Mi atención estaba por completo fija en Cecilia, que se +acercó tranquilamente a Enrique presentándole sus frescas y sonrosadas +mejillas.</p> + +<p>El joven apenas las rozó con sus labios. No se ruborizó, no palideció, +no perdió el conocimiento, como yo esperaba: estuvo tranquilo y sereno. +Decididamente, me dije, es un héroe. Le admiraba y le compadecía, y, sin +quererlo, me sorprendí haciendo votos por él y por su amor sin +esperanza.</p> + +<p>Todas las prendas estaban sentenciadas: las señoritas y algunos jóvenes +sentáronse alrededor<a name="page_189" id="page_189"></a> de una gran mesa redonda que había en el centro +del salón, y se pusieron a hojear álbums, revistas y grabados. Unos +tomaban un lápiz y dibujaban; otros pintaban a la sepia algunos paisajes +de los alrededores, y Enrique, por complacer a una niña que tenía al +lado, esculpía, valiéndose para ello de un cortaplumas inglés, un pedazo +de madera, al cual iba dando la forma de una ermita, labor que ejecutan +con éxito los pastores de los Alpes o de los Pirineos. La madera era +dura, el cortaplumas estaba muy afilado, y, en un movimiento un poco +brusco, la hoja resbaló sobre la materia que cortaba y produjo a Enrique +una cortadura bastante grande en un dedo de la mano izquierda. Cecilia +lanzó un grito y se puso intensamente pálida. Un momento después se echó +a reír. La herida era insignificante, aunque sangraba en abundancia. +Todos los pañuelos de mano de las señoras se pusieron a disposición del +herido; todos los neceseres se abrieron. Buscose tafetán inglés, que fue +cortado acto continuo, y veinte manecitas tan blancas como bien formadas +se ofrecieron a aplicarlo sobre la herida. Todos reían, y la cura +adelantaba poco: la operación era difícil. La cortadura estaba en la +segunda falange del dedo, y el tafetán no podía sujetarse. Se le +colocaba de nuevo, tratando de darle consistencia, y al menor movimiento +se desprendía otra vez.</p> + +<p>—Pero, caballero, estése usted quieto, y sobre todo no doble usted el +dedo.<a name="page_190" id="page_190"></a></p> + +<p>—Pero, señoras, eso es fácil de decir... hacerlo ya es diferente.</p> + +<p>—Tiene razón este señor—intervine yo,—y para que su dedo permanezca +inmóvil, habrá que hacer lo que en cirugía se llama... se llama...</p> + +<p>—¿Entablillar?—interrumpió Enrique,—¿como si se tratara, de un brazo +o una pierna?</p> + +<p>—Justamente.</p> + +<p>—¿Y dónde encontrar el aparato?—gritaron todos riendo.</p> + +<p>—Helo aquí.</p> + +<p>Y tomé una carta de la mesa donde acababa de jugar al whist; creo que +era un rey de oros. Lo enrollé alrededor del dedo herido; las señoras +sujetáronlo con una hebra de seda, y sostenido de este modo por la +cartulina, ya no era de temer que el dedo se doblara y la herida +volviera a abrirse. Terminó, al fin, la cura, entre los gritos +alborozados y los aplausos de todos los circunstantes, que me +felicitaron por mis conocimientos quirúrgicos. Enrique me rogó que le +presentara la cuenta de mis honorarios, y Cecilia me prometió acudir a +mí para que le curase todos los pinchazos de agujas y alfileres.</p> + +<p>Poco después dieron las once, y cada uno tomó su palmatoria.</p> + +<p>Yo entré en mi alcoba, desde donde oía aún las carcajadas y las alegres +carreras que daba en los comedores aquella juventud bulliciosa.</p> + +<p>La mañana siguiente, a eso de las diez, bajé<a name="page_191" id="page_191"></a> al salón y estaba hablando +con la Vizcondesa, cuando, con gran sorpresa nuestra, vimos entrar al +general, que nos dijo con la mayor alegría:</p> + +<p>—Buenos días, queridos amigos.</p> + +<p>—¡Cómo!... ¡Dios mío!... ¿De dónde sale mi yerno? ¿Por dónde ha +llegado?... No hemos oído entrar el carruaje en el patio.</p> + +<p>—Es que llegué esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedes +estaban entregados al sueño.</p> + +<p>—¿De veras?</p> + +<p>—No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujer +que, por cierto, al pronto, no quería abrirme. Tanto miedo sentía.</p> + +<p>—¡Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado...</p> + +<p>—Imaginábase que los españoles o los contrabandistas se apoderaban del +castillo. ¡Pobrecilla!... Por fortuna no tardé en tranquilizarla... ¿Y +qué tal va su salud, y la de usted?</p> + +<p>—Envidiables.</p> + +<p>—¿Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... ¿qué han hecho aquí, +entretanto?</p> + +<p>—Ayer tuvimos reunión, y jugamos al whist y al boston.</p> + +<p>—¡Perfectamente! Y, a propósito, tengo que reprender a usted. Ha hecho +usted jugadora a su hija.</p> + +<p>—¡Yo!</p> + +<p>—Usted; jugadora como las mismas cartas.<a name="page_192" id="page_192"></a> A lo que parece, no piensa en +otra cosa ni de día ni de noche. He aquí una prueba—continuó riendo a +carcajadas:—aquí tiene usted un naipe, un rey de oros, que he +encontrado enrollado debajo de su almohada. Esto es una picardía, +¿verdad?</p> + +<p>Traté de reír, para que el general no reparase en la turbación de la +Vizcondesa, que parecía herida por un rayo.</p> + +<p>—Mire usted, mire usted—prosiguió el general dando nuevamente libre +acceso a su risa.—La Vizcondesa no ríe... está desconcertada... y es +que se reconoce culpable.</p> + +<p>—¡Oh! muy culpable—murmuré interiormente.</p> + +<p>En aquel instante bajó Enrique, y poco después Cecilia.</p> + +<p>En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia.</p> + +<p>Nos encontrábamos solos y, como la víspera, los vi reservados e +indiferentes; pero, mejor enterado ahora, ¡cuánto amor sorprendí en +aquellos ojos que se evitaban constantemente, en aquella fingida +frialdad, en aquella silenciosa unión de voluntades, fiel regulador de +todos sus pensamientos!</p> + +<p>Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Me +quedé algo atrás con la Vizcondesa y le dije:</p> + +<p>—Dígame, señora: ¿sigue usted creyendo que con la religión y los buenos +principios no<a name="page_193" id="page_193"></a> existen peligros para un matrimonio desproporcionado?</p> + +<p>—Calle usted—replicó,—que se acerca el general.</p> + +<p>Se aproximó, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo:</p> + +<p>—¿Encontró usted, por último, en los Pirineos el argumento que buscaba?</p> + +<p>—Sí, encontré varios... y por cierto uno de ellos es picante como una +guindilla.</p> + +<p>—¿Le servirá a usted de asunto para una comedia?—me preguntó.</p> + +<p>—No, general: para una novela—repuse.<a name="page_195" id="page_195"></a><a name="page_194" id="page_194"></a></p> + +<p class="head">EL PRECIO DE LA VIDA</p> + +<h3><a name="EL_PRECIO_DE_LA_VIDA" id="EL_PRECIO_DE_LA_VIDA"></a><a name="page_197" id="page_197"></a><a name="page_196" id="page_196"></a>EL PRECIO DE LA VIDA</h3> + +<p class="c">——————</p> + +<p>Abriose la puerta del salón, y nuestro criado José presentose para +anunciarnos que estaba dispuesta la silla de posta.</p> + +<p>Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos.</p> + +<p>—Todavía tienes tiempo para arrepentirte—dijéronme,—renuncia a tu +viaje... quédate con nosotras.</p> + +<p>—Madre mía—repuse,—soy noble, tengo veinte años, y deseo que se hable +de mí y hacer carrera, sea en el ejército o en la corte.</p> + +<p>—Pero, ¿no piensas en el dolor que me causas con tu partida?</p> + +<p>—Estará usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo.</p> + +<p>—¿Y si mueres en alguna batalla?</p> + +<p>—No importa. ¿Para qué es la vida? Además, ¿quién piensa en semejante +cosa? Cuando se tienen veinte años, el que es noble sólo debe pensar en +la gloria. Ya me verá usted, madre mía, volver a su lado dentro de +algunos<a name="page_198" id="page_198"></a> años, hecho todo un coronel, mariscal de campo o con un +brillante empleo en Versalles.</p> + +<p>—¿Y qué tendremos con eso?</p> + +<p>—Que seré aquí respetado y considerado.</p> + +<p>—¿Nada más?</p> + +<p>—Y que todo el mundo me saludará, quitándose el sombrero al pasar por +mi lado.</p> + +<p>—¿Y luego?</p> + +<p>—Que me casaré con mi prima Enriqueta, que conseguiré un matrimonio +ventajoso para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felices +en mis tierras de Bretaña.</p> + +<p>—¿Y quién te impide comenzar desde ahora? ¿No nos ha dejado tu padre la +mayor fortuna del país? ¿Existe en diez leguas a la redonda un dominio +más rico ni más hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? ¿No eres +considerado y querido de nuestros vasallos? ¿Deja alguno de saludarte, +quitándose el sombrero, como dices, cuando atraviesas el pueblo? No te +separes de nosotros, hijo mío; quédate al lado de tus amigos, de tus +hermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrarás a tu +regreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviar +con sinsabores y sufrimientos de todo género los días de existencia que +con tanta rapidez se deslizan. La vida, hijo mío, es una gran cosa, y el +sol de Bretaña es muy hermoso.</p> + +<p>Al decir esto, me señalaba por las ventanas del salón las hermosas +alamedas de nuestro parque, los viejos castaños en flor, las lilas y +las<a name="page_199" id="page_199"></a> madreselvas cuyo aroma embalsamaba el ambiente.</p> + +<p>En la antesala encontré al jardinero y su familia, todos tristes y +silenciosos, y mirándome como si quisieran decirme:</p> + +<p>—No se marche usted, señorito; no nos abandone.</p> + +<p>Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos.</p> + +<p>Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la sala +entretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose a +mí con el libro en la mano.</p> + +<p>—Lee, hermano mío, lee—me dijo, con lágrimas en los ojos.</p> + +<p>Era la fábula de <i>Las dos palomas</i>.</p> + +<p>Al fin, me levanté bruscamente, y respondí a todos:</p> + +<p>—Tengo veinte años, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores. +Déjenme, pues, que parta.</p> + +<p>Y acto seguido me lancé al patio.</p> + +<p>Iba a montar en la silla de posta cuando apareció en el descanso de la +escalera una joven.</p> + +<p>Era Enriqueta.</p> + +<p>No lloraba, no pronunciaba una palabra. Pero estaba pálida y temblorosa, +y apenas podía sostenerse.</p> + +<p>Con el pañuelo blanco que tenía en la mano me hizo una señal de +despedida, y cayó sin conocimiento.<a name="page_200" id="page_200"></a></p> + +<p>Corrí a ella, la levanté en mis brazos, la estreché contra mi corazón +jurándole amor eterno, y antes que recobrara el sentido, la confié al +cuidado de mi madre y mis hermanas y me dirigí a donde estaba el +carruaje sin detenerme ni volver la cabeza.</p> + +<p>Si la miraba otra vez, estaba seguro de que no tendría valor para +marcharme.</p> + +<p>Pocos minutos después, la silla de posta rodaba por la carretera.</p> + +<p>En los primeros momentos, sólo pensé en mis hermanas, en Enriqueta, en +mi madre y en la dicha que acababa de abandonar.</p> + +<p>Pero estas ideas se fueron disipando a medida que desaparecían de mi +vista las torres de la Roche-Bernard.</p> + +<p>Los sueños de ambición y gloria no tardaron en apoderarse completamente +de mi cerebro.</p> + +<p>¡Cuántos proyectos y castillos en el aire formé recostado en los +almohadones de mi carruaje!</p> + +<p>Riquezas, honores, dignidades, brillantes éxitos de todas clases... Todo +lo ambicionaba. A mi juicio, lo merecía todo, y todo me lo concedía, +elevándome más y más, conforme avanzaba en el camino.</p> + +<p>Veíame ya gobernador de provincia, duque, par... Y, al detenerme por la +noche en una posada había llegado a mariscal de Francia.</p> + +<p>La voz de un criado, que me llamó sencillamente <i>caballero</i>, me obligó a +salir de mi éxtasis y volver a la realidad.<a name="page_201" id="page_201"></a></p> + +<p>Al día siguiente y en los sucesivos, tuve los mismos sueños, la misma +embriaguez.</p> + +<p>Mi viaje era largo. Dirigíame a las inmediaciones de Sedán, a casa del +duque de C..., antiguo amigo de mi padre y protector de mi familia, el +cual habíase ofrecido a acompañarme a París y presentarme en Versalles, +con objeto de obtener para mí el mando de una compañía de dragones por +influencia de una hermana suya, la marquesa de F..., hermosa joven +designada por la opinión pública como sucesora de Mad. Pompadour, a cuyo +título aspiraba con tanta mayor justicia, cuanto que hacía mucho tiempo +que venía desempeñando sus honrosas funciones.</p> + +<p>Llegué a Sedán de noche, y no pudiendo a semejante hora dirigirme al +castillo de mi protector, aplacé mi visita para el día siguiente, y +busqué hospedaje en el hotel de <i>Las armas de Francia</i>, el mejor de la +ciudad, que era el punto de reunión de los oficiales, porque Sedán es +plaza fuerte y hay en ella mucha guarnición. Las calles de la ciudad +presentan un aspecto guerrero, y hasta los paisanos caminan con aire +marcial, como si dijesen a los forasteros: «Somos compatriotas del gran +Turena».</p> + +<p>Cené en mesa redonda y procuré informarme acerca del camino que debía +emprender al día siguiente para llegar al castillo del duque de C..., +que distaba tres leguas de la población.</p> + +<p>—Cualquiera se lo podrá indicar—me contestaron.—Es muy conocido en el +país. En ese<a name="page_202" id="page_202"></a> castillo ha muerto un militar ilustre, un hombre célebre, +el mariscal Fabert.</p> + +<p>Y, en seguida, recayó la conversación en este personaje. Esto era +natural entre oficiales jóvenes.</p> + +<p>Se habló de sus batallas, de sus proezas, de su modestia, que le hizo +rehusar los títulos y el collar con que quiso agraciarle Luis XIV, y +sobre todo de su extraordinaria suerte. Porque salido de la nada, pues +era hijo de un pobre impresor, de simple soldado llegó a la elevada +categoría de mariscal.</p> + +<p>Este era el único ejemplo que en aquella época podía citarse de +semejante fortuna, que, viviendo todavía Fabert, había parecido tan +extraordinaria, que el vulgo atribuyó a su elevación causas +sobrenaturales.</p> + +<p>Decíase que en su juventud se había ocupado de magia, y que había hecho +un pacto con el diablo.</p> + +<p>El hostelero, con la credulidad propia de nuestros aldeanos bretones, +nos aseguró que en el castillo del duque de C..., donde murió Fabert, +habían visto entrar a un hombre negro, que nadie conocía, y que este +hombre se llevó el alma del mariscal, a quien anteriormente se la había +comprado; añadiendo que, todavía, por el mes de mayo, época de la muerte +de aquél, se veía aparecer por la noche al negro, con una luz en la +mano.</p> + +<p>Este relato contribuyó a amenizar el término de nuestra cena, y bebimos +una botella de<a name="page_203" id="page_203"></a> champagne en obsequio al demonio familiar de Fabert, +pidiéndole que se dignara tomarnos también bajo su protección y hacernos +ganar algunas batallas semejantes a las de Collioure y La Marfée.</p> + +<p>Me levanté muy temprano al siguiente día, y acto continuo emprendí el +camino que llevaba al castillo del duque de C..., inmensa y gótica +mansión en la que no hubiera reparado siquiera, a encontrarme todavía +impresionado por la narración de la víspera.</p> + +<p>Excitada con ella mi curiosidad, no pude menos de contemplar el edificio +atentamente; y confieso que no terminé mi examen sin experimentar cierta +emoción.</p> + +<p>El criado a quien pregunté me respondió que ignoraba si su amo estaba +visible, y sobre todo si me recibiría.</p> + +<p>Díjele mi nombre, para que me anunciara, y salió dejándome solo en una +especie de sala de armas, cuyas paredes estaban cubiertas de atributos +de caza y retratos de familia.</p> + +<p>Aguardé un gran rato, sin ver aparecer a nadie.</p> + +<p>¡La carrera de gloria y honores, con que yo había soñado, comenzaba por +hacer antesala!</p> + +<p>Devorábame la impaciencia.</p> + +<p>Ya había contado dos o tres veces todos los retratos que adornaban la +sala y hasta las vigas del techo, cuando percibí junto a mí un ligero +ruido.<a name="page_204" id="page_204"></a></p> + +<p>Producíalo una puerta mal cerrada que el viento acababa de abrir.</p> + +<p>Me acerqué a ella y vi un lindo gabinete, iluminado claramente por dos +grandes ventanas y una puerta de cristales, que daban a un jardín +espléndido.</p> + +<p>Penetré algunos pasos en el interior de aquel alegre aposento y me +detuve ante un espectáculo que no descubrí a primera vista.</p> + +<p>Dando la espalda a la puerta por donde yo acababa de entrar, vi a un +hombre recostado en un canapé.</p> + +<p>Levantose, sin darse cuenta de mi presencia, y se dirigió bruscamente a +una de las ventanas.</p> + +<p>Lloraba silenciosamente, y en sus facciones parecía dibujarse una +profunda desesperación.</p> + +<p>Por espacio de algunos minutos permaneció inmóvil, con la cabeza oculta +entre las manos.</p> + +<p>Luego empezó a pasearse precipitadamente por la estancia.</p> + +<p>En una de las ocasiones que pasó junto a mí, me vio y se detuvo, +estremeciéndose.</p> + +<p>Yo, entonces, cortado y pesaroso de mi indiscreción, intenté retirarme, +balbuceando algunas frases de disculpa.</p> + +<p>Pero él me detuvo por un brazo, diciendo en voz alta:</p> + +<p>—¿Quién es usted? ¿Qué desea?</p> + +<p>—Soy el caballero de la Roche-Bernard—contesté;—y vengo de +Bretaña...<a name="page_205" id="page_205"></a></p> + +<p>—Ya sé, ya sé—repuso.</p> + +<p>Y me abrazó, obligándome luego a que me sentara junto a él.</p> + +<p>Hablome de mi padre, de toda mi familia, y demostró conocerla tan bien, +que no dudé de que fuese el dueño del castillo.</p> + +<p>—¿Es usted el señor de C...?—le dije.</p> + +<p>Pero él se levantó, mirándome exaltado, y repuso:</p> + +<p>—Lo era, pero ya no lo soy; ya no soy nada.</p> + +<p>Y al ver el asombro con que yo le oía, agregó:</p> + +<p>—Ni una palabra más, joven; no me interrogue usted...</p> + +<p>—A pesar de todo, ya que sin querer he sido testigo de la pena de +usted, si mi amistad y mi interés pueden proporcionarle algún +consuelo...</p> + +<p>—Tiene usted razón. Le es imposible cambiar en nada mi suerte, pero +será depositario de mi última voluntad... Este es el único servicio que +puede prestarme.</p> + +<p>Se levantó a cerrar la puerta y volvió a sentarse a mi lado.</p> + +<p>Yo, entretanto, lleno de singular emoción, esperaba sus confidencias.</p> + +<p>Su voz tenía algo de grave y solemne.</p> + +<p>En su rostro, particularmente, reflejábase una expresión que en nadie +había yo observado hasta entonces.</p> + +<p>Su frente parecía marcada por el sello de la fatalidad.<a name="page_206" id="page_206"></a></p> + +<p>Tenía la tez pálida, y sus ojos, negros, despedían un fulgor extraño.</p> + +<p>A intervalos, sus facciones, aunque alteradas por el sufrimiento, se +contraían por una sonrisa irónica e infernal.</p> + +<p>—Lo que voy a revelar a usted—dijo—tal vez ofusque su razón. +Dudará... no podrá usted creer... yo mismo dudo muchas veces; es decir, +quisiera dudar; pero las pruebas están demasiado claras en todo lo que +me rodea...</p> + +<p>Interrumpiose un instante, como para coordinar sus ideas. Después, +pasándose una mano por la frente, continuó:</p> + +<p>—«He nacido en este castillo, teniendo ya dos hermanos, a los cuales +debían ir a parar los bienes y los títulos de nuestra familia. No podía +esperar, por consiguiente, más que la sotana y el manteo. Y no obstante, +en mi cabeza fermentaban las ideas de ambición y de gloria. Descontento +de mi obscuridad, ávido de nombradía, sólo pensaba en los medios de +adquirirla. Y esta idea me hizo insensible a todos los placeres y +dulzuras de la existencia. El presente no era nada para mí: sólo existía +para el porvenir; y el porvenir ofrecíase a mis ojos bajo el aspecto más +sombrío.</p> + +<p>»Contaba treinta años, próximamente, y todavía no era nada.</p> + +<p>»Por aquella época se formaban en la capital grandes reputaciones +literarias, cuya fama llegaba hasta nuestra provincia.</p> + +<p>»¡Ah!—decíame con frecuencia,—¡si yo pudiese<a name="page_207" id="page_207"></a> al menos alcanzar un +nombre en la carrera de las letras! ¡Eso siempre me daría alguna gloria, +y tan sólo en la gloria estriba la dicha del hombre!</p> + +<p>»Tenía por confidente de mis penas a un antiguo criado, un negro que +habitaba en el castillo desde antes de mi nacimiento, y que era, a no +dudar, el más anciano de la casa, porque nadie se acordaba de haberle +visto entrar en ella; los hombres más viejos del país aseguraban que +había conocido al mariscal Fabert y le había asistido en sus últimos +momentos...»</p> + +<p>Al decir estas palabras, mi interlocutor me vio hacer un gesto de +sorpresa, y se detuvo para preguntarme la causa.</p> + +<p>—No es nada—respondí.</p> + +<p>Pero en aquel momento, recordé, a pesar mío, el hombre negro de que +había hablado el hostelero la noche anterior.</p> + +<p>El señor de C... prosiguió en esta forma:</p> + +<p>«Un día, delante de Yago (tal era el nombre de mi negro) me dejé llevar +de la desesperación por la obscuridad en que vivía y la inutilidad de mi +existencia, y exclamé:</p> + +<p>—»<i>Daría diez años de vida</i> por figurar entre los primeros literatos.</p> + +<p>—»¡Diez años—repuso Yago fríamente—es mucho! Es pagar muy cara una +cosa tan pequeña. Pero no importa, acepto los diez años. Acuérdese de lo +que ha ofrecido, que yo cumpliré mi promesa.</p> + +<p>»Inútilmente trataría de pintar a usted mi<a name="page_208" id="page_208"></a> asombro al oír su +contestación. Creí que los años habían debilitado su cerebro, y me +encogí de hombros sonriéndome.</p> + +<p>»Pocos días después abandoné el castillo para emprender un viaje a +París.</p> + +<p>»Allí, sin poder explicarme cómo me arreglé para ello, me vi al poco +tiempo introducido en los círculos literarios.</p> + +<p>»Me animó el ejemplo de muchos escritores y publiqué algunas obras, de +cuyo éxito no debo hablar a usted... París entero las aplaudió y los +periódicos rivalizaron en elogios hacia mí. El nuevo nombre que yo había +adoptado como seudónimo se hizo célebre, y aun ayer, usted mismo lo +admiraba, joven...»</p> + +<p>Al llegar aquí, un nuevo gesto de sorpresa interrumpió el relato.</p> + +<p>—¿No es usted, pues, el duque de C...?</p> + +<p>—No—repuso fríamente.</p> + +<p>Por mi parte, pensé:</p> + +<p>—¡Un hombre de letras célebre!... ¿Será Marmontel? ¿Será Alembert? +¿Será Voltaire?</p> + +<p>El desconocido suspiró, plegó sus labios con una sonrisa amarga y +desdeñosa, y continuó su narración:</p> + +<p>—«Aquel nombre, aquella gloria literaria que tanto había envidiado, en +breve llegó a ser insuficiente para mi alma. Aspiraba ya a una fama de +mayor prestigio aún, y dije a Yago, el cual me había seguido a París:</p> + +<p>—»No existe otro verdadero renombre que el que se adquiere en la +carrera de las armas.<a name="page_209" id="page_209"></a> ¿Qué es un literato, un poeta? Nada. Pero un gran +capitán, un general... Este es el destino que ambiciono. Por una gran +reputación militar daría diez años de los que me quedan de vida.</p> + +<p>—»Aceptado—replicó Yago.—No se olvide usted de que me pertenecen.»</p> + +<p>Al pronunciar estas palabras, el desconocido se detuvo otra vez, y +viendo la turbación y la duda que se retrataban en mi rostro, dijo:</p> + +<p>—«Ya le había anunciado a usted, joven; le cuesta trabajo creerme; todo +esto le parece un sueño, una quimera... ¡A mí también!... Y, sin +embargo, los grados, los honores que obtuve no eran una ilusión; los +soldados que llevé al combate, los reductos tomados, las banderas +conquistadas al enemigo, las victorias que tanto asombro causaron a +Francia... todo esto fue obra mía, toda esta gloria me pertenece.»</p> + +<p>Interin él se expresaba en estos términos, accionando con calor, con +entusiasmo, yo, pasmado de sorpresa, me decía:</p> + +<p>—¿Quién es, pues, el hombre que tengo delante? ¿Será Coligny, +Richelieu, el mariscal Saxe?...</p> + +<p>Del estado de exaltación en que se encontraba, cayó el desconocido en un +profundo abatimiento, y acercándose a mí, exclamó en tono sombrío:</p> + +<p>—«Yago estuvo en lo cierto. Y cuando poco después, disgustado de +aquella vana humareda de gloria militar, aspiraba yo a lo único que<a name="page_210" id="page_210"></a> hay +real y positivo en este mundo; cuando a costa de cinco o seis años de +vida anhelé poseer grandes riquezas, también me las otorgó. La fortuna +colmó mis deseos, y me vi dueño de inmensas tierras, bosques, +castillos... Esta mañana conservaba aún todo esto... Si duda usted de lo +que le digo, si duda de Yago, aguarde, aguarde un poco... no tardará en +venir, y podrá usted convencerse por sí mismo de que, lo que ofusca o +confunde su razón y la mía, es, por desgracia, demasiado cierto.»</p> + +<p>Al pronunciar estas palabras, se acercó a la chimenea, consultó el +reloj, y, haciendo un gesto de espanto, me dijo en voz baja:</p> + +<p>—«Esta mañana, al despuntar el día, me sentí tan débil y abatido, que +casi no podía levantarme. Llamé a mi ayuda de cámara, y acudió Yago, en +lugar de aquél.—¿Qué tengo?—le pregunté.</p> + +<p>—»Señor, nada que no sea natural—respondiome,—que la hora se +aproxima, que llega el instante...</p> + +<p>—»¿Cuál?</p> + +<p>—»¿No lo adivina usted? El Cielo le había concedido sesenta años de +vida, y tenía usted ya treinta cuando empecé a cumplir sus deseos.</p> + +<p>—»¡Yago!—exclamé con terror,—¿hablas formalmente?</p> + +<p>—»Sí, señor. En cinco años ha consumido usted en gloria veinticinco de +existencia. Me los ofreció usted, y me pertenecen. Este tiempo<a name="page_211" id="page_211"></a> de que +usted será privado se agregará al mío.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Era éste el precio de tus servicios?</p> + +<p>—»Otros los han pagado más caros. Ejemplo de ello es Fabert, a quien +también concedí mi protección.</p> + +<p>—»Calla, calla—le dije.—Eso es imposible... mientes... me estás +engañando.</p> + +<p>—»Crea usted lo que le plazca; pero prepárese, porque no le queda más +que media hora de vida.</p> + +<p>—»¿Te burlas de mí?</p> + +<p>—»De ningún modo. Calcule usted mismo: treinta y cinco años que ha +vivido realmente y veinticinco que ha disipado, suman sesenta.</p> + +<p>»Y al decir esto se disponía a salir de la estancia.</p> + +<p>»Yo sentía disminuirse mis fuerzas, que la vida se extinguía en mí, y +exclamé:</p> + +<p>—»¡Yago, Yago! concédeme algunas horas, unas cuántas horas aún.</p> + +<p>—»No puede ser—me contestó;—sería perjudicarme yo en mi tiempo, y yo +conozco mejor que usted el valor de la vida; no hay tesoro con que poder +pagar dos horas de existencia.</p> + +<p>»Yo apenas me sentía con fuerzas para hablar; mis ojos se cerraban; el +frío de la muerte helaba la sangre de mis venas.</p> + +<p>—»Pues bien—repliqué trabajosamente;—recupera esos bienes por los que +lo he sacrificado<a name="page_212" id="page_212"></a> todo. Cuatro horas más, y renuncio al oro, a las +riquezas que tanto ambicioné.</p> + +<p>—»Conforme—dijo entonces Yago.—Has sido un buen amo para mí, y debo +hacer algo en tu obsequio. Consiento en lo que pides.</p> + +<p>»En aquel momento sentí que recobraba mis fuerzas, y agregué:</p> + +<p>—»Cuatro horas es muy poco, Yago; concédeme cuatro más, y renuncio +también a la gloria literaria, a mis obras, a lo que me hizo alcanzar un +puesto tan elevado en la estimación del mundo.</p> + +<p>—»¡Cuatro horas por eso!—murmuró el negro desdeñosamente.—Es mucho; +pero no importa, no debo negarte la última gracia.</p> + +<p>—»¡Oh! no, la última no—dije, cruzando las manos.—Concédeme hasta la +noche, doce horas siquiera, un día entero, y que mis hazañas, mis +triunfos, mi reputación militar, se borren para siempre de la memoria de +los hombres; que no quede nada de mí sobre la tierra... Un día, Yago, te +lo ruego.</p> + +<p>—»Abusas de mi bondad—respondiome, haciendo un gesto de +burla...—Pero, en fin, te concedo hasta la puesta del sol. Después no +me pidas más. Hasta el ocaso, pues. Vendré por ti.»</p> + +<p>—Hoy—continuó el desconocido con desesperación,—es el último día de +mi vida, el único que me queda!...</p> + +<p>Luego, asomándose a una de las ventanas que daban al parque, prosiguió:<a name="page_213" id="page_213"></a></p> + +<p>—Ya no volveré a ver ese hermoso cielo, esos verdes céspedes, esas +bulliciosas aguas; ya no respiraré más este aire embalsamado... ¡Qué +insensato he sido! Esos bienes que Dios da a todos, a los que siempre me +he mostrado insensible, y cuya dulzura sólo puedo apreciar ahora, los +habría disfrutado aún durante veinticinco años. ¡Ah! ¡Y he sacrificado +mis días a una quimera; los he perdido por una gloria estéril que no me +ha proporcionado la dicha, y que ha muerto antes que yo!... Mire, +mire—añadió señalando a unos aldeanos que atravesaban el parque y +regresaban, cantando, a sus faenas,—¡qué no daría yo ahora por +participar de sus trabajos y de su miseria! Pero ya nada tengo que dar +ni que esperar en este mundo, nada... ni la desgracia siquiera.</p> + +<p>En aquel instante, un rayo de sol vino a iluminar sus pálidas y +descompuestas facciones.</p> + +<p>—Vea usted—exclamó asiéndome de un brazo con una especie de +delirio,—¡vea qué hermoso es el sol!... ¡Y he de perder todo esto! ¡Ah! +deje que aun disfrute de ello, que saboree por completo este alegre y +sereno día que para mí no ha de tener un mañana.</p> + +<p>Y antes que yo pudiera detenerle, lanzose corriendo al parque, y +desapareció por una de las alamedas.</p> + +<p>Si he de ser franco, diré que me hubiera sido imposible evitarlo; no +tenía fuerzas; me encontraba aturdido, asombrado de cuanto acababa de +ver y oír. Apenas si me encontraba aún<a name="page_214" id="page_214"></a> con energías para levantarme de +mi asiento y dar algunos pasos, a fin de convencerme de que no soñaba.</p> + +<p>Antes de que lograse darme cuenta exacta de mi situación, se abrió la +puerta y apareció un criado, el mismo a quien había interrogado al +entrar, diciendo:</p> + +<p>—El señor duque de C...</p> + +<p>Y un hombre de unos sesenta años y de aspecto distinguido, avanzó a mi +encuentro, tendiéndome la mano y excusándose por haberme hecho esperar +tanto.</p> + +<p>—Cuando llegó usted me encontraba ausente del castillo—me dijo.—Vengo +ahora de la ciudad, adonde he ido con objeto de celebrar una consulta +sobre el lamentable estado del conde de C..., mi hermano menor.</p> + +<p>—¿Está en peligro su vida?—exclamé algo confuso.</p> + +<p>—No, por fortuna—replicó el Duque;—pero en su juventud, ciertas ideas +de gloria y ambición trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad que +ha sufrido últimamente, de la que llegamos a creer todos que moriría, ha +dejado en su cerebro una especie de delirio por el cual se figura +continuamente que sólo le queda un día de vida. En esto consiste su +locura.</p> + +<p>Entonces, todo se aclaró para mí.</p> + +<p>—Pero hablemos de usted—continuó el Duque.—Veamos qué puedo hacer en +su favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentaré en +la corte, y...<a name="page_215" id="page_215"></a></p> + +<p>—Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo, +señor Duque, y he venido a darle las gracias por ellas.</p> + +<p>—Pues qué, ¿ha renunciado usted al porvenir que podía alcanzar en la +corte?</p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—Recapacite usted en que, por mi influencia, hará rápidamente carrera y +podrá llegar en menos de diez años...</p> + +<p>—¡Diez años!—exclamé con una especie de terror.</p> + +<p>—¡Cómo!—repuso el Duque asombrado.—¿Considera usted que es pagar +demasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decídase, y pronto +iremos a Versalles.</p> + +<p>—No, señor Duque; regresaré en seguida a la Bretaña, y le suplico +nuevamente que acepte la expresión de mi reconocimiento y el de toda mi +familia.</p> + +<p>—¡Eso es una locura!—murmuró el Duque.</p> + +<p>Pero yo, reflexionando en lo que acababa de ver y escuchar, salí +diciendo para mí:</p> + +<p>—Esto es ser razonable.</p> + +<p>Y al día siguiente emprendí el viaje de vuelta a mi casa. ¡Con cuánta +alegría contemplé mi hermoso castillo de la Roche-Bernard, los seculares +árboles de mi parque y el hermoso sol de mi país! En él me esperaban mis +vasallos, mis hermanas, mi madre... y la felicidad, porque ocho días +después celebrábase mi matrimonio con mi prima Enriqueta.<a name="page_217" id="page_217"></a><a name="page_216" id="page_216"></a></p> + +<p class="head">JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA</p> + +<h3>JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA<a name="page_219" id="page_219"></a><a name="page_218" id="page_218"></a></h3> + +<p class="c">——————</p> + +<h3><a name="Ij" id="Ij"></a>I</h3> + +<p>Nos encontramos en un gran teatro, el de la Opera de París.</p> + +<p>Y conste que no aludo a las maravillas que presenta a nuestra vista, a +la gracia aérea de la Taglioni, al encanto delicioso de las Elssler, ni +al poderoso talento de Nourrit, Talma de la tragedia lírica; no hablo de +los magníficos acordes de Meyerbeer, orgullo de Alemania, ni de los +ingeniosos e inagotables cantos de Auber, el primero de nuestros +compositores, si no tuviera la desgracia de ser nuestro compatriota. +Tampoco me refiero a la magnificencia de las decoraciones, los trajes y +los bailes; no se trata del teatro, sino de la sala. En ella tiene lugar +un espectáculo muy curioso en otro sentido, pero tan seductor y +brillante como el de la escena.</p> + +<p>Dirijan ustedes una mirada a su alrededor; y si esta noche tienen tiempo +de observar, si<a name="page_220" id="page_220"></a> se encuentran de buen humor, si no han perdido el +dinero en la Bolsa o escuchado un mal discurso en la Cámara, si su +amante no les ha hecho traición o su esposa no les ha armado querella, +si han comido bien, en compañía de personas de ingenio o, lo que es aún +mejor, de verdaderos amigos, tomen asiento en la orquesta de la Opera; +dirijan sus gemelos no hacia el escenario sino hacia las galerías, al +anfiteatro y sobre todo a los palcos principales. ¡Qué cuadros tan +variados, cuántas escenas de comedia y, con frecuencia, hasta de drama! +Y adviertan ustedes que no quiero que salgan del observatorio en que +acabo de colocarlos; porque, ¿qué sucedería si abandonando su silla de +orquesta y tomando el brazo de un amigo se aventurasen en el <i>foyer</i> de +la Opera? No podrían dar un paso en él sin tropezar con una ambición o +con un ridículo, sin chocar al paso con un diputado, un hombre de Estado +del momento, un ministro de ayer, una reputación de la semana, un +orgullo de todos los días. Allí, en torno de aquella gran chimenea, hay +un caballero de guantes amarillos que refiere sus aventuras de la mañana +y sus apuestas en el bosque de Bolonia; un periodista orador que relata +en la conversación su folletín del día siguiente; un <i>dandy</i> que vive a +expensas de una actriz y la paga con elogios; otro que se arruina por +ella y se ve obligado a enumerar sus perfecciones como para justificar +ante sus amigos el empleo de<a name="page_221" id="page_221"></a> su dinero; todo esto, formando una extraña +confusión, una amalgama de amor propio y pretensiones, suministraría +material suficiente para escribir cien volúmenes, y mi único propósito +es referir una historieta.</p> + +<p>Una noche—era, si mal no recuerdo, a fines del año 1831,—bailaba la +señorita Taglioni. Asistía una inmensa concurrencia. Yo había ido a +reunirme a unos amigos que me habían citado, pero que, encontrándose ya +demasiado estrechos, no podían proporcionarme asiento. No obstante, +levantose un joven y me ofreció el suyo. Como ustedes supondrán, lo +rehusé, no queriendo privarle del placer de presenciar cómodamente el +espectáculo.</p> + +<p>—No me priva usted de nada—dijo,—pues voy a salir.</p> + +<p>En vista de ello, acepté, dándole las gracias, y observé que el joven, +antes de retirarse, dirigió una última mirada al salón, y apoyándose un +instante contra el palco inmediato, pareció buscar a alguien con la +vista; luego, cayendo, súbitamente, en una profunda meditación, ya no +pensó en marcharse. Tenía razón al decirme que no le privaría del +espectáculo, porque, dando la espalda a la escena, sin ver ni oír nada, +parecía haberse olvidado por completo del lugar en que se encontraba.</p> + +<p>Entonces me puse a examinarle atentamente.</p> + +<p>Era imposible encontrar una figura más expresiva, más bella y de más +distinción. Vestido<a name="page_222" id="page_222"></a> con elegante sencillez, todo en sus modales y en +sus más insignificantes gestos era noble, de buen gusto y <i>comme il +faut</i>. Aparentaba de veinticinco a veintiocho años; sus grandes ojos, +negros, estaban constantemente fijos en un palco segundo, situado frente +a él, al que miraba con una expresión de tristeza y desesperación +indefinible. A pesar mío, volví la cabeza en la misma dirección, y vi +que aquel palco estaba vacío.</p> + +<p>—Sin duda, pensé, esperaba a alguien que no ha venido; una <i>ella</i> que +ha faltado a su palabra... o está enferma, o a quien un marido celoso ha +impedido venir... Y él la ama... y la espera... ¡Pobre joven!</p> + +<p>Y como él, esperé y le compadecí, y habría dado cualquier cosa por ver +abrirse la puerta de aquel palco que seguía obstinadamente cerrado.</p> + +<p>El espectáculo iba a terminar, y durante dos o tres escenas en las que +ya no bailaban las primeras partes y durante las cuales el público +conversaba casi en voz alta, hablose de la ópera <i>Roberto el Diablo</i>, +que se estaba ensayando entonces y que debía representarse a los pocos +días. Mis amigos hiciéronme algunas preguntas respecto a la música y los +bailables, demostrando deseos de asistir a los últimos ensayos. ¡Es una +cosa tan curiosa y tan interesante para ciertas gentes un ensayo de la +Opera! Les prometí llevarlos, y nos levantamos para salir, porque el +telón acababa de caer.<a name="page_223" id="page_223"></a> Al pasar junto a mi desconocido, que continuaba +inmóvil en el mismo lugar, le manifesté mi sentimiento por haber +aceptado su oferta y el deseo de poder corresponder a su atención.</p> + +<p>—Nada más fácil—me dijo;—acabo de saber que es usted Meyerbeer.</p> + +<p>—No tengo ese honor.</p> + +<p>—O que es usted uno de los autores del <i>Roberto el Diablo</i>.</p> + +<p>—Del libreto nada más.</p> + +<p>—Pues bien, caballero, permítame usted asistir al ensayo de mañana.</p> + +<p>—Ofrece aún tan poco atractivo, que sólo me atrevo a invitar a mis +amigos.</p> + +<p>—Razón de más para que yo insista, caballero.</p> + +<p>—Y yo me considero muy honrado con que se digne usted hacerme tal +petición.</p> + +<p>Me estrechó la mano y quedamos citados para el día siguiente. Fue exacto +a la cita, y mientras comenzaba el ensayo, nos paseamos algunos momentos +por el teatro. Hablaba en un tono grave, y sin embargo, amable y +espiritual; pero notábase fácilmente que se esforzaba en sostener la +conversación, y que alguna otra idea le preocupaba. Nuestras más lindas +cantantes y bailarinas iban llegando sucesivamente. Le vi estremecerse +con frecuencia, y llegó un momento en que fue tal su emoción, que tuvo +que apoyarse contra un bastidor. Creí entonces adivinar que sentía una<a name="page_224" id="page_224"></a> +pasión desgraciada por alguna de aquellas diosas, pero su edad y su +figura hacían poco verosímil semejante suposición. Y en efecto, no tardé +en convencerme de que me engañaba; no habló a nadie, a nadie se acercó, +y tampoco dio muestras nadie de conocerle.</p> + +<p>Cuando comenzó el ensayo, traté de descubrirle en la orquesta, entre los +aficionados, y no le encontré allí. Aunque la sala estaba poco +alumbrada, me pareció verle en el palco que la víspera había contemplado +con tan profunda emoción. Quise asegurarme de ello, y al terminar el +ensayo, después del admirable trío del quinto acto, subí al piso +segundo. Meyerbeer, que deseaba hablar conmigo, me acompañaba. Llegamos +al palco, cuya puerta estaba entreabierta, y vimos al desconocido con la +cabeza oculta entre las manos. Al vernos entrar, volviose bruscamente, +abandonó su asiento, y pude ver entonces que su rostro estaba cubierto +de lágrimas. Meyerbeer se estremeció de alegría, y, sin decirle una +palabra, le estrechó la mano con ademán afectuoso, como para darle +gracias. El desconocido, procurando reponerse de su turbación, balbuceó +algunas frases de elogio de un modo tan vago, que fue evidente para +nosotros que no había escuchado la ópera y que, desde hacía dos horas, +estaba pensando en otra cosa que en la música. Meyerbeer me dijo en voz +baja, desesperado:</p> + +<p>—¡El infeliz no ha oído ni una nota!<a name="page_225" id="page_225"></a></p> + +<p>Los tres bajamos juntos la escalera, y al pasar por el hermoso y +espacioso patio que conduce a la calle de la Grange-Bateliere, el +desconocido saludó al empleado en aquella portería. Aguijoneado, +entonces, por la curiosidad, acerqueme a aquel hombre y le interrogué:</p> + +<p>—¿Conoce usted a ese joven que acaba de marcharse?</p> + +<p>—Sólo sé que se llama Arturo, que vive en la calle de Helder, núm. 7, y +que este invierno se ha abonado a un palco segundo que da frente a la +escena.</p> + +<p>—¿Y, según parece, está en el palco a todas horas?</p> + +<p>—Viene a él solamente por la mañana; pero por la noche no lo ocupa +nunca y está siempre cerrado.</p> + +<p>Efectivamente, en toda la semana no se abrió la puerta del palco, que +permaneció vacío y sin que nadie se presentase en él.</p> + +<p>El estreno de <i>Roberto el Diablo</i> estaba muy próximo, y en esos últimos +días el pobre autor se ve agobiado con peticiones de localidades y +billetes. ¿Se imaginan ustedes que éste tiene tiempo de pensar en su +obra, en los cortes y cambios que serían necesarios? De ninguna manera. +Necesita contestar a las cartas y reclamaciones que recibe por todas +partes; y las señoras, sobre todo, son las más exigentes en ese +día.—Debía usted haberme reservado dos palcos, y no he podido obtener +más<a name="page_226" id="page_226"></a> que uno.—Me había usted ofrecido una delantera, y sólo he recibido +un asiento de primera fila.—Me dijo usted que podía contar con el +número 10, inmediato al palco del general, y me ha enviado usted el +número 15, que está junto al de la señora D***, a quien no puedo sufrir, +y que está sumamente infatuada con sus diamantes.</p> + +<p>En un día de estreno se enfrían muchas veces las relaciones con los +mejores amigos, que acceden a perdonarle a uno algunos días después, si +se ha obtenido un éxito brillante, pero que continúan enojados durante +mucho tiempo cuando es víctima de un fracaso; de modo que queda uno mal +con ellos como con el público. Bien dicen que «un mal no viene nunca +solo».</p> + +<p>La mañana del día fijado para el estreno de <i>Roberto el Diablo</i>, debía +yo entregar a unas señoras un palco que les había ofrecido; palco de que +el director me había despojado para dárselo a un periodista. Al quejarme +de ello, me contestó:</p> + +<p>—¡Es para un periodista!... Ya ve usted, un periodista... que la +detesta... pero que, gracias a esta atención, consentirá en hablar +bien... de la música.</p> + +<p>El argumento no admitía réplica, y, por otra parte, el palco estaba ya +dado. Pero, ¿dónde colocar a mis lindas señoras, cuyo enojo era para mí, +en otro orden, tan temible como el<a name="page_227" id="page_227"></a> del periodista? Recordé entonces a +mi desconocido, y me encaminé a su casa.</p> + +<p>Era ésta muy sencilla y modesta, sobre todo tratándose de un hombre que +estaba abonado a un palco en la Opera durante todo el año.</p> + +<p>—Señor—le dije,—vengo a pedirle un gran favor.</p> + +<p>—Usted dirá.</p> + +<p>—¿Piensa usted asistir a la representación del <i>Roberto</i>... en su +palco?</p> + +<p>Pareció turbarse, y me respondió con cierta vacilación:</p> + +<p>—Desearía asistir, pero no podré hacerlo.</p> + +<p>—¿Ha dispuesto usted de él?</p> + +<p>—No, señor.</p> + +<p>—Si tuviera usted a bien cedérmelo, me sacaría de un gran apuro.</p> + +<p>El suyo era cada vez mayor... no se atrevía a negármelo... Por último, +haciendo un visible esfuerzo sobre sí mismo, exclamó:</p> + +<p>—Accedo a ello, pero con la condición de que no llevará usted a ese +palco más que hombres.</p> + +<p>—Precisamente—repuse,—se lo pido para unas señoras...</p> + +<p>Quedó silencioso durante un momento, y luego dijo:</p> + +<p>—Entre esas señoras, ¿hay alguna a quien usted ama?</p> + +<p>—Sin duda—contesté ligeramente.</p> + +<p>—Entonces, disponga del palco. De todos modos, hoy mismo salgo de +París.<a name="page_228" id="page_228"></a></p> + +<p>Aguijoneado por el interés y la curiosidad, al oír estas últimas +palabras, hice un movimiento, cuyo significado debió de adivinar él sin +duda alguna, porque me apretó la mano entre las suyas, diciéndome:</p> + +<p>—Ya supondrá usted que ese palco tiene para mí recuerdos muy queridos y +crueles... que a nadie puedo confiar... ¿A qué conduce quejarse cuando +uno es desdichado sin esperanza... y lo es por su culpa?</p> + +<p>Aquella noche tuvo lugar el estreno de <i>Roberto</i>, y mi amigo Meyerbeer +alcanzó un éxito inmenso, que se extendió por toda Europa. Más tarde, +sucediéronse muchos otros acontecimientos literarios o políticos y otros +muchos fracasos. No volví a ver a Arturo, ni a pensar en él: le había +olvidado.</p> + +<p>Hace pocas noches, me encontraba también en la Opera. Esta vez no se +representaba <i>Roberto</i>, sino <i>Los Hugonotes</i>. Habían transcurrido cinco +años.</p> + +<p>—Llega usted muy tarde—me dijo uno de mis amigos, un profesor de +Derecho, abonado de la Opera, que se muestre tan alegre por la noche +como erudito por la mañana.</p> + +<p>—Y hace usted mal—agregó, dándome un golpecito en la espalda, un +hombrecillo vestido de negro, de voz acre y cabeza empolvada.</p> + +<p>Volví la cabeza para ver quién me hablaba, y me encontré con el señor +Baraton, notario de mi familia.<a name="page_229" id="page_229"></a></p> + +<p>—¿Usted aquí?—exclamé;—¿y su estudio?</p> + +<p>—Lo vendí hace tres meses. Soy rico, viudo, tengo sesenta años, he +estado casado por espacio de veinte, y durante treinta he sido +notario... Creo que ya es tiempo de que piense en divertirme.</p> + +<p>—Y hace ocho días—añadió el profesor de Derecho—que se ha abonado a +la orquesta.</p> + +<p>—Sí, me gusta reírme, y a eso vengo aquí, donde se ven y se oyen las +cosas más extrañas del mundo. Estos señores lo saben todo, todo lo +conocen... No hay una sola localidad de la que no me hayan referido una +anécdota interesante.</p> + +<p>Y al decir esto, miraba al profesor de Derecho, el cual se sonreía con +ese aire modesto y reservado que se considera como discreto, y que +quiere decir: otras muchas podría contar si quisiera.</p> + +<p>—¿De veras?—exclamé.</p> + +<p>Y, sin darme cuenta de ello, dirigí mis ojos al palco que algunos años +antes había excitado vivamente mi curiosidad. ¡Cuál fue mi sorpresa! +también estaba desocupado aquella noche; de cuantos había en el teatro, +era el único que se encontraba vacío.</p> + +<p>Encantado entonces por tener, a mi vez, una historia que contar, hice +saber en pocas palabras a mis oyentes la que acabo de referir a ustedes, +acaso con demasiada extensión.</p> + +<p>Todos me escucharon atentamente y empezaron<a name="page_230" id="page_230"></a> a formar conjeturas. El +profesor rememoraba sus antiguos recuerdos; el notario se sonreía con +malicia.</p> + +<p>—Veamos—les dije;—¿quién de estos señores, que todo lo saben, nos +dará la clave de este enigma? ¿Quién nos podrá contar la historia de ese +palco misterioso?</p> + +<p>Todos permanecieron silenciosos, hasta el profesor, el cual, pasándose +una mano por la frente como procurando recordar la anécdota, hubiera +concluido probablemente por inventar una; pero el notario no le dio +tiempo para ello.</p> + +<p>—¿Que quién le contará a usted esa historia?—exclamó con aire de +triunfo;—yo, que la conozco, sin omitir detalle.</p> + +<p>—¿Usted, señor Baraton?</p> + +<p>—Yo mismo.</p> + +<p>—Hable usted, hable.</p> + +<p>Y todas las cabezas fijáronse en el narrador.</p> + +<p>—Pues bien—repuso el notario con aire importante y tomando un polvo de +rapé.—¿Quién de ustedes ha conocido...?</p> + +<p>En aquel instante se dejaron oír los primeros acordes de la orquesta.</p> + +<p>Y el señor Baraton, que no quería perder una sola nota de la sinfonía, +se detuvo repentinamente, diciendo:</p> + +<p>—Comenzaré en el próximo entreacto.<a name="page_231" id="page_231"></a></p> + +<h3><a name="IIj" id="IIj"></a>II</h3> + +<p>Apenas terminó el primer acto de <i>Los Hugonotes</i>, el notario empezó +diciendo:</p> + +<p>—Tienen que vestirse la reina y todas sus damas de honor; hay que +construir también el castillo y los jardines de Chenonceaux, y, de +consiguiente, el entreacto será bastante largo para que yo pueda +referirles la historia que desean conocer.</p> + +<p>Y cuando hubo saboreado lentamente un polvo de rapé, como para tomarse +tiempo de reunir sus recuerdos, el señor Baraton prosiguió en esta +forma:</p> + +<p>—¿Quién de ustedes ha conocido aquí a la pequeña Judit?</p> + +<p>Miráronse, y ni los abonados más antiguos de la orquesta pudieron +responder.</p> + +<p>—La pequeña Judit—agregó el notario,—una jovencita que hace siete u +ocho años fue admitida como figuranta en el cuerpo de baile.</p> + +<p>—Aguarde usted...—dijo el profesor de Derecho con un tono algo +pedante.—¿Una rubita que en <i>La Muda</i> hacía el papel de uno de los +pajes del virrey?</p> + +<p>—No, era morena—repuso el notario;—en cuanto al empleo que la +atribuye, no tengo datos para asegurarlo, y prefiero atenerme a la +inmensa erudición de usted.<a name="page_232" id="page_232"></a></p> + +<p>El profesor de Derecho hizo una cortesía.</p> + +<p>—Lo que nadie podría negar es que la pequeña Judit era encantadora. +Otro punto que también parece comprobado, es que la señora Bonnivet, su +tía, era portera en la calle de Richelieu, de la casa de un solterón, +del cual había sido en otra época ama de gobierno, o según decían +algunos, cocinera; pero la señora Bonnivet no convenía en esto. Por lo +demás, ella tiraba del cordón y hacía recados, mientras su sobrina hacía +conquistas; porque no se podía, en modo alguno, pasar frente a la +habitación de la portera sin admirar a la pequeña Judit, que entonces +tendría apenas doce años. Sus ojos eran ya los más bellos del mundo, sus +dientes parecían perlas, tenía un talle delicioso, y con su vestido de +indiana ofrecía el aire más distinguido que imaginar se puede. Además, +tenía una fisonomía de expresión inocente, cándida, y, en su misma +inocencia, expresiva y coqueta; una de esas fisonomías, en fin, a +propósito para hacer enloquecer a cualquiera y cambiar, como suele +decirse, la faz de los imperios.</p> + +<p>Tantos y tan frecuentes parabienes recibía la señora Bonnivet por la +belleza de su sobrina, que se decidió a hacer algunos sacrificios, con +objeto de educarla: la hizo entrar en una escuela gratuita, donde +aprendió a leer y escribir; brillante progreso cuyas ventajas no tardó +en apreciar la señora Bonnivet, que en sus funciones de portera +difícilmente descifraba<a name="page_233" id="page_233"></a> los sobres de las cartas y equivocaba +constantemente los periódicos que debía entregar a los inquilinos.</p> + +<p>Así, pues, todo el mundo se alegró cuando Judit se encargó de este +cuidado; y su tía, convencida de que con una figura y una educación tan +distinguida debía hacer fortuna sin mucho trabajo, no esperaba más que +una ocasión para ello, la cual no tardó en presentarse. El señor +Rosambeau, maestro de baile, que vivía en el quinto piso, ofreciose a +dar algunas lecciones a la pequeña Judit, y pocos días después la señora +Bonnivet participaba a todas las porteras de su conocimiento, que su +sobrina acababa de ser admitida en los coros de la Opera; esta noticia +difundiose rápidamente de puerta en puerta por toda la calle de +Richelieu.</p> + +<p>Ya tenemos, pues, a Judit instalada en la Opera, tomando lecciones por +la mañana y presentándose por la noche confundida entre los grupos de +jóvenes, de ninfas o de pajes, como hace un instante decía nuestro amigo +el profesor.</p> + +<p>Judit era la inocencia personificada, aunque entonces había cumplido ya +catorce años; habíase criado en una casa honrada, cuyos inquilinos eran +todos casados; su tía, que era de un rigorismo exagerado, no la perdía +de vista casi nunca; la llevaba al teatro por la mañana, la acompañaba +al salir por la noche, y hasta tenía la paciencia de permanecer en el<a name="page_234" id="page_234"></a> +saloncillo del baile, haciendo calceta, mientras su sobrina estudiaba y +aprendía los bailables.</p> + +<p>Tal vez deseen saber ustedes lo que sucedía, entretanto, en la casa de +la calle de Richelieu, pero no puedo decírselo. No faltaba quien +asegurase que una amiga de la señora Bonnivet se había encargado de +substituirla interinamente, hasta el día en que la pequeña Judit hiciera +<i>suerte</i>.</p> + +<p>Porque ustedes saben, tan bien como yo, que las jóvenes sólo suelen +entrar en la Opera para hacer suerte y alcanzar una posición brillante; +realizado esto, y cuando llegan a ser ricas, se retiran, se hacen +juiciosas y casan a su hija con un agente de Bolsa.</p> + +<p>—O con un notario—rectificó el profesor.</p> + +<p>—Es cierto—repuso el señor Baraton, haciendo una mueca;—se han dado +casos... Pero comprenderán ustedes que ni la señora Bonnivet ni su +sobrina pensaban entonces en tales grandezas. Es preciso avanzar en todo +de una manera progresiva, y paso a paso.</p> + +<p>—¿Y Judit?—pregunté yo, porque veía transcurrir el entreacto.</p> + +<p>—De ella me ocupo. La señora Bonnivet, a despecho de su previsora +vigilancia, no podía impedir que su sobrina hablase con sus jóvenes +compañeras. Por la mañana en el saloncillo del baile, y particularmente +por la noche, cuando salían a la escena... formidable límite que la tía +no podía franquear y en el que se detenía su vigilante inspección... +Judit oía entonces<a name="page_235" id="page_235"></a> cosas singulares. Una de las ninfas o de las +sílfides que con ella bailaba decíala en voz baja:</p> + +<p>—Oye, querida: fíjate en la orquesta, a la derecha; ¡observa cómo me +mira!</p> + +<p>—¿Quién?</p> + +<p>—Ese guapo joven que viste chaleco de cachemir.</p> + +<p>—¿Y qué significa eso?</p> + +<p>—Que está enamorado de mí.</p> + +<p>—¡Enamorado!—exclamaba Judit.</p> + +<p>—Está claro; ¿de qué te asombras? ¿Acaso tú no tienes algún amorcillo?</p> + +<p>—¡Dios mío! yo no.</p> + +<p>—¡Tiene gracia! Oigan ustedes, chicas, Judit no tiene ningún +pretendiente.</p> + +<p>—¡Ya lo creo! como que su tía se opone a ello.</p> + +<p>—¡Me gusta! ¡Pues si yo tuviera una tía como esa!...</p> + +<p>—Querida, haces mal en censurar a una mujer que tiene miras formales y +útiles, como a nosotras nos hubiera convenido, y que, para apartar a su +sobrina del peligro de las pasiones, le busca un protector.</p> + +<p>—¡Ella! ¡Un protector!... Es demasiado tonta para eso, y no lo +encontrará nunca.</p> + +<p>Estas conversaciones efectuábanse durante los coros de la <i>Vestal</i>. +Judit no había perdido una palabra; pero no se atrevía a pedir a nadie +la explicación de lo que era todavía un enigma para ella. No obstante, +sentíase humillada,<a name="page_236" id="page_236"></a> inconscientemente, por el concepto en que la +tenían; hubiera querido vengarse, abatir a sus buenas amigas, +humillarlas a su vez. En consecuencia, cuando, en cierta ocasión, al +retirarse por la noche, la señora Bonnivet tomó un aire grave y solemne +para anunciar a su sobrina que se le había presentado un protector muy +distinguido, su primer movimiento fue de júbilo... y su tía, que no +esperaba tal cosa, pareció encantada de ello y continuó muy satisfecha:</p> + +<p>—Sí, mi querida sobrina; una persona muy recomendable por todos +conceptos, una persona que asegurará tu fortuna y la suerte de tu tía, +cosa muy justa después de los sacrificios que le ha ocasionado tu +educación y los cuidados que ha tenido para ti.</p> + +<p>Mientras hablaba de este modo, la tía se enjugó algunas lágrimas; Judit, +conmovida por aquel enternecimiento, se atrevió entonces a preguntar +solamente quién era aquel protector y por qué había merecido ella una +distinción tan elevada.</p> + +<p>—Ya lo sabrás, hija mía, ya lo sabrás... Por el momento, todas tus +compañeras se van a morir de envidia.</p> + +<p>Esto era lo único que anhelaba Judit; y, efectivamente, produjo honda +impresión esta noticia al día siguiente en el saloncillo del baile.</p> + +<p>—¿Pero es de veras?</p> + +<p>—Te lo aseguro.</p> + +<p>—Parece imposible...<a name="page_237" id="page_237"></a></p> + +<p>—¡Esa remilgada! ¡Qué suerte tiene!...</p> + +<p>—¡Una figuranta, una corista!</p> + +<p>—En tanto que yo... ¡una primera parte!</p> + +<p>—¡Es irritante!</p> + +<p>—Pero es natural—decían otras;—hay que confesar que es muy guapa...</p> + +<p>—¡Y muy honrada!... ¡Bien lo merece!...</p> + +<p>En resumen, nunca una boda de príncipes, ni aun de reyes, dio lugar a +tantas conjeturas; pero aquella misma noche quedaron resueltas todas las +dudas al aparecer en el teatro la señora Bonnivet con un chal magnífico.</p> + +<p>—¿Quién era aquel protector desconocido? Seguramente se trataría de +algún banquero entrado en años o algún respetable gran señor. Esto fue +lo primero que preguntaron a Judit, con el propósito de hacerla hablar; +pero todo fue en vano: Judit observó una discreción impenetrable, por la +sencilla razón de que ella misma lo ignoraba.</p> + +<p>Tres o cuatro días después abandonó con su tía el pequeño cuarto de la +portería para ir a habitar un piso delicioso de la calle de Provenza, +donde tenía una alcoba del gusto más moderno y un gabinete exquisito, +tan elegante y tan bien decorado y alfombrado, que la tía no se atrevía +a entrar en él, y pasaba el tiempo en el comedor o en la cocina... allí +se encontraba ella más a su gusto.</p> + +<p>Pero transcurrieron algunos días sin que Judit viera presentarse a +nadie, lo cual le parecía muy extraño, porque la joven carecía de<a name="page_238" id="page_238"></a> +instrucción, pero no de talento. Su candor y su sencillez reconocían por +causa la ignorancia, no la inocencia; y rememorando lo que había podido +comprender, y adivinando una parte de lo que no comprendía, empezó a +inquietarse, a estremecerse. Hubiera dado cualquier cosa por tener una +amiga a quien pedirle consejo... Pero ella sola, ¿qué protección podría +buscar contra un protector que no conocía y que ya le inspiraba miedo? +Cierto es que, cuantas ideas ella se forjaba de antemano, estaban +relacionadas con las de la fealdad y la vejez, a fuerza de oír decir a +sus compañeras que su protector no podía ser más que un viejo gotoso, +extravagante y contrahecho. Júzguese, pues, de su sorpresa, cuando al +quinto día vio entrar a su tía corriendo y desatalentada, la cual, +precediendo a un caballero, abrió la puerta del tocador, diciendo:</p> + +<p>—¡Aquí está!</p> + +<p>Judit intentó levantarse por cortesía, pero sus piernas flaquearon; y +conociendo que iba a desmayarse, se dejó caer sobre el sofá en que +estaba sentada.</p> + +<p>Cuando, al cabo de un rato, se atrevió a levantar los ojos, vio de pie, +frente a ella, a un joven guapo, de unos veinticuatro años próximamente, +y de porte noble y distinguido, que la contemplaba con una expresión tan +dulce y cariñosa, que fue suficiente para disipar su miedo; imaginose +que quien la miraba así debía<a name="page_239" id="page_239"></a> defenderla, y que nada tenía que temer, +por lo tanto.</p> + +<p>—Señorita...—le dijo el desconocido en tono grave, pero respetuoso.</p> + +<p>Y al ver que la tía aún permanecía allí, le hizo seña de que saliera. +Esta obedeció acto continuo, porque precisamente tenía que dar órdenes +para la comida.</p> + +<p>—Señorita—continuó el joven,—está usted en su casa, y mi deseo es que +se encuentre bien en ella y sea dichosa. Perdóneme si tengo pocas veces +el honor de ofrecerle mis respetos; mis muchas ocupaciones me privarán +de este placer. Por lo cual no reclamo más que un título... el de ser +amigo de usted. Y un solo derecho... el de satisfacer sus menores +caprichos.</p> + +<p>Judit no contestó; pero su corazón latía con tal violencia, que hacía +mover el ligero percal de su bata.</p> + +<p>—Respecto a su tía...—y pronunció esta palabra en tono +despreciativo,—estará, en adelante, a las órdenes de usted, porque +usted es aquí el ama, y todos la han de obedecer... empezando por mí.</p> + +<p>Luego se acercó a ella, le tomó una mano, que llevó a sus labios, y +viendo que aun estaba temblorosa, dijo:</p> + +<p>—¿Le da miedo, acaso, mi presencia? Tranquilícese, sólo volveré cuando +me necesite... cuando me llame... Adiós, Judit... adiós, hija mía.<a name="page_240" id="page_240"></a></p> + +<p>Y salió acto seguido, dejando a la pobre joven confusa y presa de una +emoción que ella no conocía y que en vano hubiera intentado explicarse.</p> + +<p>Durante todo aquel día, tuvo Judit en la imaginación la figura del +hermoso desconocido, con sus grandes y expresivos ojos negros, pues +aunque, aparentemente, no le había mirado, no por eso dejó de examinar +su apostura, sus maneras y hasta su traje. Creía estar oyendo aún +aquella voz tan dulce, cuyas palabras habíanse grabado en su memoria. La +pobre Judit que, hasta entonces, había dormido perfectamente, aquella +noche no pudo conciliar el sueño. ¡Era la primera vez! A la mañana +siguiente, levantose con el rostro pálido, los ojos hinchados...</p> + +<p>La tía, entretanto, no dejaba de sonreír.</p> + +<p>Era imposible hablar del desconocido sin que el lindo rostro de Judit se +cubriese de súbito rubor...</p> + +<p>Y la tía continuaba sonriendo.</p> + +<p>Pero él no parecía, no iba... y Judit no podía decirle que fuese... En +efecto, ¿qué podía pedirle?... Casa elegante, mesa bien servida, criados +y un coche a su disposición... Nada le faltaba... ¡nada más que él!</p> + +<p>Por otra parte, sus compañeras de teatro, al verla en posición tan +brillante, rodeada de tanto lujo, vestida de ricas galas, no cesaban de +interrogarla... Y sus preguntas enseñaban a Judit más de lo que ella +quería saber... De<a name="page_241" id="page_241"></a> aquí que, sin que acertara a explicarse el motivo, +obstinárase en guardar el más profundo silencio con su tía y sus +compañeras respecto a lo que había sucedido entre ella y él. Juzgando +por lo que oía en torno suyo, parecíale que en la conducta del +desconocido había algo extraordinario... algo de humillante para ella, y +que por su propia dignidad no debía decir. Hubiera muerto antes que +hablar o quejarse...</p> + +<p>Al octavo día, que era de gran representación, distinguió en el palco +del Rey a su desconocido, que la estaba contemplando. Lanzó un grito de +alegría y de sorpresa, que hizo perder el compás a un bailarín que, en +aquel instante, comenzaba una pirueta.</p> + +<p>—¿Qué es eso?—le preguntó Natalia, una de sus compañeras, que la +ayudaba a sostener una guirnalda de flores.</p> + +<p>—¡Es él; está allí!...</p> + +<p>—¡Cómo! ¡el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte de +Carlos X, y que además es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte... +Pero, ¿qué tienes? ¿Te vas a poner mala por un hombre a quien ves todos +los días?</p> + +<p>Judit no oía estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa de +inclinarse hacia ella y le dirigía un saludo, con grande escándalo del +dorado palco en que se encontraba. Al terminar el baile, cuando se +disponía a subir a su cuarto, tropezó entre bastidores con Arturo,<a name="page_242" id="page_242"></a> el +cual, en presencia del gentilhombre que entonces presidía las funciones +de la Opera, le dijo:</p> + +<p>—¿Me permite usted, señorita, que la acompañe a su casa?</p> + +<p>—Será un honor para mí—balbuceó la joven temblando, sin notar que su +respuesta excitaba la hilaridad de sus compañeras.</p> + +<p>—En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo.</p> + +<p>Aseguro a ustedes que Judit no tardó mucho en desnudarse; en la +precipitación rompió su vestido de gasa y su pantalón de seda, y la +señora Bonnivet, que, como todas las madres y tías de teatro, servíala +de doncella, apenas si pudo seguirla por la escalera, llevando el abrigo +que su sobrina había olvidado. Arturo aguardaba en el escenario, +hablando con varios jóvenes y con Lubert, el director, a quien, en aquel +instante, estaba recomendando a Judit. Cuando ésta apareció, avanzó él a +su encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escalera +particular de los artistas. Un elegante carruaje los esperaba a la +puerta; y sería inútil tratar de describir a ustedes la turbación y el +arrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a él, en aquel +reducido espacio, que hacía la entrevista más íntima y más dulce. El, +temiendo que la joven se constipase, levantó los cristales; luego tomó +el chal de cachemir que ella tenía en la mano, y se lo echó sobre los +hombros. ¡Ah! ¡qué hermosa<a name="page_243" id="page_243"></a> estaba Judit, qué seductora, embellecida por +la felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duración. ¡Hay tan poca +distancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza, y +además aquellos magníficos caballos marchaban con tanta rapidez!... El +carruaje se detuvo por último; apeose Arturo, ofreció la mano a su +compañera, subió con ella hasta el primer piso, llamó a la puerta de su +habitación, la saludó respetuosamente y desapareció en seguida.</p> + +<p>Judit pasó también aquella vez una mala noche. ¡Le parecía tan extraña +la conducta del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado, +sentarse y hacerle una visita. Verdad que ella no estaba muy al +corriente de las conveniencias sociales; pero se imaginaba que esto +hubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca.</p> + +<p>Trató de dormir inútilmente; levantose, se paseó por el aposento, y al +despuntar el día, deseando refrescarse durante un momento con el aire de +la mañana, abrió el balcón... Cuál no sería su sorpresa al ver a la +puerta el carruaje del Conde, que, por lo visto, había pasado allí toda +la noche... Los caballos piafaban en las piedras, aguijoneados por la +impaciencia y el frío, mientras que el cochero dormía en el pescante...</p> + +<p>—Ustedes dispensarán, señores—dijo el notario interrumpiendo su +narración;—pero el acto<a name="page_244" id="page_244"></a> va a empezar y no quiero perder un solo pasaje +de la ópera, pues para eso me he abonado...</p> + +<p>Continuaré en el otro entreacto.</p> + +<h3><a name="IIIj" id="IIIj"></a>III</h3> + +<p>Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y vio +también a la puerta el carruaje del Conde.</p> + +<p>No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con qué +propósito? Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubiese +atrevido a preguntárselo. Por otra parte, no le veía casi nunca, a no +ser por la noche, los días de ópera, en un palco segundo de frente a la +escena, al que estaba abonado durante todo el año. No había vuelto a +entrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaría +para verle?... ¿Qué hacer?...</p> + +<p>Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una +postergación.</p> + +<p>Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el +contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó un +motivo para escribir al Conde, diciéndole que necesitaba pedirle un +favor y rogábale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era +fácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un día: la +empezó muchas<a name="page_245" id="page_245"></a> veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de +ellos los bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, que +no faltó quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oyó a +algunos jóvenes autores y abonados de la orquesta bromear y reírse de +una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano. +Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios +satíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo +autor no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en un +periódico, como modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro de +baile.</p> + +<p>¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en +ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al +leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no +haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día +siguiente cuando entró Arturo en su gabinete.</p> + +<p>—Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he +recibido la carta de usted.</p> + +<p>Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.</p> + +<p>—¿Qué desea usted de mí?—acabó diciendo el Conde.</p> + +<p>—Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese +billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido +leerle...<a name="page_246" id="page_246"></a></p> + +<p>—Perfectamente, hija mía—contestó el Conde con una ligera sonrisa.</p> + +<p>—¡Ah!—exclamó Judit, desesperada;—esa desgraciada carta le prueba que +soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de +su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo +he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus +consejos y su apoyo?</p> + +<p>—¿Qué quiere usted decir?</p> + +<p>—Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus +lecciones... trabajaré tanto de día como de noche.</p> + +<p>—¿También de noche?</p> + +<p>—Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.</p> + +<p>—¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?</p> + +<p>—¿Por qué?—dijo Judit ruborizándose;—porque hay una idea que me +atormenta constantemente.</p> + +<p>—¿Qué idea es esa?</p> + +<p>—La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera +indigna de usted... Y tiene razón—prosiguió vivamente;—yo me veo tal +como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a +tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos.</p> + +<p>El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:</p> + +<p>—La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.</p> + +<p>Al día siguiente, Judit tenía un maestro de<a name="page_247" id="page_247"></a> ortografía, de historia y +de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su +inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser +cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.</p> + +<p>Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma. +Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de +todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba +lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y +sus compañeras decían:</p> + +<p>—Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su +carrera... hace muy mal.</p> + +<p>Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos:</p> + +<p>—Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de +comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos.</p> + +<p>¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven, +cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le +dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder +desacertadamente y el Conde murmuraba para sí:</p> + +<p>—La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio, +había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula +debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la +efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla.</p> + +<p>El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde.<a name="page_248" id="page_248"></a> En ocasiones, pasaba media +hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse, +apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se +limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:</p> + +<p>—¿Cuándo volveré a verle?</p> + +<p>—Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera.</p> + +<p>Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era +posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit, +apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual +quería decir: Iré a la calle de Provenza.</p> + +<p>Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no +recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo +al placer de verle.</p> + +<p>A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven +había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este +pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido +tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar +tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun +ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía +Arturo:</p> + +<p>—¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares?</p> + +<p>Si ella se hubiera atrevido, habría contestado:<a name="page_249" id="page_249"></a></p> + +<p>—Los de usted.</p> + +<p>Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror:</p> + +<p>—¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera? +¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado +sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué?</p> + +<p>Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan +linda!... Quedó abismada en sus reflexiones.</p> + +<p>De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció +Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él.</p> + +<p>—Señorita—le dijo con viveza,—tenga usted la bondad de vestirse; +vengo a buscarla para ir a las Tullerías.</p> + +<p>—¿Es posible?</p> + +<p>—Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí.</p> + +<p>—¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?—exclamó Judit sorprendida, +porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el +brazo en público.</p> + +<p>—Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea—repuso Arturo +paseándose agitado.—Vamos, señora Bonnivet—dijo bruscamente a la tía, +que entraba en aquel momento en el gabinete;—ayude usted a vestir a su +sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico.<a name="page_250" id="page_250"></a></p> + +<p>—Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos.</p> + +<p>—Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa.</p> + +<p>—Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa—dijo la señora +Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata.</p> + +<p>Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo.</p> + +<p>—¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor +Conde?</p> + +<p>Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el +corsé.</p> + +<p>La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a +las miradas de Arturo.</p> + +<p>Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde +no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su +despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por +tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos.</p> + +<p>—¡Ah, qué desgracia!—exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente, +el desorden de su traje.</p> + +<p>—¡Del Japón!—dijo la tía con acento desesperado.—¡Y que valía lo +menos quinientos francos.</p> + +<p>—No tanto—repuso la joven,—pero era realmente japonés.</p> + +<p>—Vamos, ¿está usted dispuesta?—dijo Arturo, que ni siquiera había +escuchado la observación de Judit.<a name="page_251" id="page_251"></a></p> + +<p>—En seguida. Tía, mi chal... los guantes...</p> + +<p>—Y la capa—observó el Conde;—la olvida usted, y hará frío.</p> + +<p>—No lo creo.</p> + +<p>—En efecto—rectificó la tía, tocando la mano de Judit,—está +abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras.</p> + +<p>—No, tía—se apresuró a contestar la joven;—nunca me he sentido mejor.</p> + +<p>El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los +bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera +deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la +calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con +toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel +día iban a pie.</p> + +<p>Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit +se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la +Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París +parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia.</p> + +<p>Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general. +Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se +volvía al pasar por su lado, y exclamaba:</p> + +<p>—¡Qué linda pareja!</p> + +<p>—Es el joven conde Arturo de V***.</p> + +<p>—¿Se ha casado, por ventura?<a name="page_252" id="page_252"></a></p> + +<p>Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso +placer, de que no pudo darse cuenta.</p> + +<p>—No, por cierto—repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que +llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos +lacayos de lujosa librea;—el conde Arturo no se ha casado: monseñor su +tío no lo consentiría.</p> + +<p>—¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso?</p> + +<p>—Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo.</p> + +<p>Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante +el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano:</p> + +<p>—Ahí va Judit.</p> + +<p>—¿La amante de Arturo?</p> + +<p>—Está loco por ella, y en camino de arruinarse...</p> + +<p>—No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima!</p> + +<p>—¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora!</p> + +<p>—¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?</p> + +<p>—¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...</p> + +<p>—Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca.<a name="page_253" id="page_253"></a></p> + +<p>—Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.</p> + +<p>Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo +oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban +que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo, +se decían:</p> + +<p>—¡Feliz él!</p> + +<p>El Conde, entonces, miró detenidamente por primera vez a Judit, como +ella merecía ser mirada, y se asombró de encontrarla tan hermosa. El +paseo, el aire, y, particularmente, la satisfacción de verse tan +celebrada, habían dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una +expresión y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tenía diez y +seis años; ¡amaba, y creía que era amada!... ¿Qué otras razones +necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extraño que obtuviera un +éxito completo y que la siguiese un inmenso gentío hasta que regresó al +carruaje. Ya en él, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al +olvido todos sus triunfos; no volvió a pensar en los elogios que la +multitud le había prodigado, y entró en su casa diciendo:</p> + +<p>—¡Qué dichosa soy!</p> + +<p>El día siguiente, al levantarse, recibió dos cartas. La primera procedía +del barón de Blangy, que, mucho más rico que Arturo, ofrecíale su amor y +su fortuna. Pero ni aun se le ocurrió la idea de enseñarla a su tía o al +Conde;<a name="page_254" id="page_254"></a> no creía hacer, quemándola, el sacrificio más insignificante.</p> + +<p>La segunda carta contenía una firma que Judit leyó repetidas veces, sin +atreverse a dar crédito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el +billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos +términos:</p> + +<p class="top5"><span style="margin-left: 2em;">«Señorita:</span></p> + +<p>»Ayer se presentó usted en público, en las Tullerías, con mi sobrino el +conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escándalo cuyas +consecuencias son incalculables.</p> + +<p>»Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que +todo esté trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de +usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escándalo, tengo +bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir +que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona +inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los +medios, le ofrezco dos mil luises y la absolución de sus faltas, etc., +etc.»</p> + +<p class="top5">En un principio, Judit quedó anonadada por la lectura de esta carta. +Pero luego, cobrando ánimo, consultó a su corazón, apeló a todas las +energías, y contestó lo siguiente:</p> + +<p class="top5"><span style="margin-left: 2em;">«Monseñor:</span></p> + +<p>»Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podría asegurar ante +Dios que nada<a name="page_255" id="page_255"></a> tengo de qué acusarme. Así es, se lo juro; pero no me +atribuiré un mérito que no es mío, y que sólo pertenece a quien me ha +respetado.</p> + +<p>»Sí, monseñor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le +acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de +que me acuso, pero del cual él no es cómplice.</p> + +<p>»He aquí la resolución que acabo de tomar.</p> + +<p>»Le diré lo que por mí no me hubiera atrevido a decirle; lo haré por +monseñor, y el Cielo me dará fuerzas... Le diré:—Arturo, ¿me ama +usted?—Y si, como creo, como temo, me contesta:—No, Judit,—obedeceré +a usted; me alejaré de él, no volveré a verle jamás; y entonces, así lo +espero, me estimará usted lo bastante para no ofrecerme nada y no añadir +la humillación al sufrimiento. Lo segundo... bastará para ocasionar mi +muerte.</p> + +<p>»Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida, +hicieran que él me contestase:—¡Sí, amo a usted!...—¡Ah! está mal lo +que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y +maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me +impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la +cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? +¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte si había sido amada?</p> + +<p>»Perdone, monseñor, si esta carta le ha podido ofender... es de una +pobre muchacha que<a name="page_256" id="page_256"></a> no conoce el mundo ni los deberes que éste impone; +pero que tal vez encontrará ante usted alguna gracia en la escasez de su +inteligencia, en la franqueza de su corazón, y, particularmente, en el +profundo respeto con que tiene el honor, etc.»</p> + +<p class="top5">Cuando terminó de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envió a su +destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su +suerte, aguardó con impaciencia la próxima visita del Conde.</p> + +<p>Aquella noche había función en la Opera y fue al teatro con la esperanza +de verle en su palco y de que le hiciera la seña convenida. Arturo fue +tarde y parecía estar triste y preocupado. No miró hacia el escenario ni +hizo seña alguna a Judit. La pobre niña, presa de la desesperación, tuvo +que resignarse a esperar dos días más. Era lunes, y al miércoles +siguiente fue más afortunada. El Conde le hizo la seña que tenían +convenida para anunciarle su visita, y Judit pensó:</p> + +<p>—Mañana le veré, y mañana sabré lo que para mí guarda el destino.</p> + +<p>Pero al día siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del +Conde, anunciando que su amo no podía disponer de un solo minuto en todo +el día, y que sólo iría por la noche, ya tarde, a cenar con la señorita +Judit.</p> + +<p>Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien +siempre la dejaba<a name="page_257" id="page_257"></a> antes de media noche. ¿Qué quería decir aquello? La +tía creía encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo.</p> + +<p>Cuando dieron las once de la noche, encontrábase ya dispuesta la cena +más exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la señora +Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni veía; limitábase a +esperar.</p> + +<p>¡Esperar! ¡Todas las facultades de su alma se concentraban o resumían en +esta idea!...</p> + +<p>Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no parecía.</p> + +<p>Por último, transcurrió toda la noche sin que él llegara; pero ella +seguía esperando.</p> + +<p>Tampoco se presentó el Conde al otro día... ni en los siguientes.</p> + +<p>Judit no recibió ninguna carta; no volvió a verle.</p> + +<p>¿Qué significaba aquello? ¿Qué había sucedido?</p> + +<p>En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo:</p> + +<p>—Señores, vuelve a levantarse el telón; continuaré mi relato en el +entreacto próximo.</p> + +<h3><a name="IVj" id="IVj"></a>IV</h3> + +<p>Cuando hubo terminado el tercer acto de <i>Los Hugonotes</i>, el notario +prosiguió en esta forma:</p> + +<p>—Señores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que había +sucedido a nuestro<a name="page_258" id="page_258"></a> amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia +cierta de qué clase de sujeto se trataba.</p> + +<p>—¿Por qué no ha empezado usted por ahí?—le dije.</p> + +<p>—Me parece—repuso—que soy dueño de colocar la exposición donde me +plazca, puesto que soy el narrador.</p> + +<p>—Por otra parte, no es aquí, en la Opera, donde hay que mostrarse +severo respecto a las exposiciones—agregó el profesor en Derecho,—las +cuales no se entienden jamás.</p> + +<p>—Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los +libretos—añadió el notario mirándome.</p> + +<p>Y, sintiéndose satisfecho de su epigrama, continuó en estos términos:</p> + +<p>—El conde Arturo de V*** descendía de una antigua e ilustre familia del +Mediodía. Su madre, que se quedó viuda muy joven, no tuvo más hijo que +él y carecía de bienes; pero tenía un hermano que era inmensamente rico. +Este hermano, monseñor el abate de V***, había sido sucesivamente en la +corte de Luis XVIII, y más tarde en la de Carlos X, uno de los prelados +que gozaban de más influencia; y sabido es hasta dónde llegaba en +aquella época el poder del clero. El abate de V*** tenía un carácter +frío y egoísta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducíase +como buen pariente, porque sentía ambición para él y para los suyos. Se +encargó de la educación de su sobrino, hizo devolver a su hermana una +parte de<a name="page_259" id="page_259"></a> los bienes que le fueron confiscados durante la emigración, y +la pobre condesa de V*** murió bendiciéndole y encargando a su hijo que +le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en +su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto más fácil de +cumplir, cuanto que, desde su infancia, experimentó un miedo horrible +hacia su tío y había sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer +la menor resistencia, a sus menores indicaciones.</p> + +<p>De carácter serio, tímido y dulce, pero dotado de un corazón noble y +generoso, Arturo mostró, desde muy niño, profunda inclinación por la +carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debíase +esto a que, en el palacio de su tío, no veía más que trajes negros y +sobrepellices. Un día, con gran reserva, se atrevió a poner de +manifiesto sus intenciones a monseñor, el cual frunció el ceño al oírle +y le anunció con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto +a él.</p> + +<p>El abate de V*** había sido nombrado obispo, y esperaba algo más; +confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan +brillante posición, quería conservar a Arturo a su lado, elevarle a las +más altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la +única carrera que en aquel tiempo conducía rápidamente al poder y los +honores.</p> + +<p>Arturo no se atrevía a resistir de una manera resuelta al terrible +ascendiente de su tío, pero,<a name="page_260" id="page_260"></a> en su fuero interno, decidió no ser jamás +obispo.</p> + +<p>El Rey, a quien se había hablado con tal objeto, acogió la idea con gran +benevolencia, y, en su efecto, Arturo debía entrar poco después en el +Seminario, únicamente por fórmula, recibir después las órdenes y pasar +con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo +estado.</p> + +<p>El joven no había dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra +parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud +romper abiertamente con su tío, su único pariente y bienhechor. No +osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse +directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algún +medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su tío en el caso de +que fuese él mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era +dar un gran escándalo que le hiciera indigno de las santas y respetables +funciones que a despecho suyo querían conferirle. Esto no era fácil, +porque Arturo, tanto por carácter como por educación, no podía prestarse +a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es +libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los demás, hace +falta vocación, y a nuestro joven costábale tanto trabajo ser calavera +como ser obispo. Tenía, no obstante, amigos muy alegres y con las más +felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a +sus<a name="page_261" id="page_261"></a> orgías. Arturo iba a ellas por cálculo; pero el desorden le +disgustaba tanto como divertía a sus compañeros; su juiciosa frialdad +contenía la locura de éstos, y acababa frecuentemente por hacerlos +razonables: se le había llegado a considerar como un <i>agua-fiestas</i>, y, +por último, había renunciado a tales diversiones.</p> + +<p>Desesperado entonces de conseguir lo que se había propuesto, volvió los +ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella época las +damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escándalo. Esto no +quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que +se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las +secretas pasiones de su sobrino, había fingido ignorarlo todo, pensando, +acaso, como Molière,</p> + +<p> class="c"><i>Que pecar en silencio no es pecar.</i></p> + +<p>¿Qué camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corría en pos del +escándalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar? +Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, díjole:</p> + +<p>—Busca una amante en la Opera; ese teatro está de moda, todo el mundo +va a él; se sabrá, hará ruido, y eso es todo lo que te hace falta.</p> + +<p>—¡Yo!—murmuró Arturo enrojeciendo de indignación.—¡Mezclarme en una +intriga de ese género!<a name="page_262" id="page_262"></a></p> + +<p>—No necesitarás hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la +familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca; +no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y dé +que hablar.</p> + +<p>—Siendo así...</p> + +<p>—Todo se reduce a tener el título; demasiado sabes que en la actualidad +hay muchos titulados que no ejercen... Tú podrás ser uno de ellos.</p> + +<p>—Bien, me agrada tu idea.</p> + +<p>Ya he referido a ustedes los detalles de la presentación y de la primera +entrevista de Judit, Arturo y la tía.</p> + +<p>Hízose que monseñor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseñor se +hizo el desentendido.</p> + +<p>Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su +sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un +momento a otro una seria explicación y una escena en la que estaba +resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasión que le hacía +indigno, en adelante, de las bondades de su tío; pero éste no le dirigió +el más leve reproche, y nuestro joven no sabía cómo explicarse tanta +calma y una resignación tan evangélica.</p> + +<p>Pero esta calma era precursora de la tempestad.</p> + +<p>Una mañana, díjole monseñor:</p> + +<p>—El Rey está muy enojado contra ti; ignoro por qué causa.<a name="page_263" id="page_263"></a></p> + +<p>—Creo adivinarla—repuso el joven.</p> + +<p>—Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero +exige que dentro de dos días ingreses en el Seminario.</p> + +<p>—¿Yo, tío?...</p> + +<p>—El Rey lo ordena, y contra él, en todo caso, tendrías que protestar.</p> + +<p>Y le volvió la espalda, sin decir una palabra más. Arturo, furioso, +fuera de sí, sin saber qué hacerse, corrió a casa de Judit, la acompañó +a las Tullerías, la presentó como su amante a los ojos de todo París, en +vísperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el +resultado que esperaba. Después de semejante escándalo, era imposible +pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de +la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su tío escribió a Judit la +amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunicó al Conde la +orden de abandonar a París en el término de veinticuatro horas. Era +forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba íntimamente relacionado con +uno de los hijos del señor de Bourmont, que partía a la siguiente noche +para Argel, donde se preparaba una importante expedición, y le rogó que +le admitiese en su compañía como voluntario, pero sin comunicar a nadie +su proyecto, ni a su tío ni al Rey.</p> + +<p>—Puesto que dejan a mi elección el lugar del destierro—se dijo,—lo +elegiré donde pueda encontrar alguna gloria. Iré donde hay peligro<a name="page_264" id="page_264"></a> que +correr y honor que alcanzar. Me haré matar o lograré distinguirme en la +campaña. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien +todavía insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los +fieles.</p> + +<p>Y abandonó París, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos +eran espiados y temía que si adivinaban el objeto de su viaje le +impidieran la marcha. Momentos antes escribió una carta a Judit +diciéndole tan sólo que la dejaba por algunos días; pero esta carta, a +pesar de ser insignificante, fue interceptada y no llegó a su destino. +El prefecto de policía estaba a las órdenes de monseñor.</p> + +<p>Cuando llegó la semana siguiente, encontrábase Arturo en alta mar, y a +los veinte días desembarcó en Africa. Figuró entre los primeros en el +asalto del fuerte del Emperador, y cayó herido junto a su intrépido +amigo el señor de Bourmont, a quien aquella victoria costó la vida. La +de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos +meses se desesperó de salvarle, y cuando recobró la salud, su fortuna, +sus esperanzas, las de su tío, todo se hundió en tres días, al hundirse +la monarquía de Carlos X.</p> + +<p>El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso +seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la +cólera que constantemente experimentaba, habían exaltado su cerebro e +inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado<a name="page_265" id="page_265"></a> de +irritación en que se encontraba, no sabiendo en quién descargar su +enojo, eligió a su sobrino como víctima y se vengó en él de la +revolución de julio.</p> + +<p>Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regresó a París; y aquí +es, señores—dijo el notario alzando la voz,—donde comienzo yo a entrar +en escena. El señor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la +herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por sí +mismos. Yo era, desde hacía mucho tiempo, su notario y el de su familia; +así, pues, su encargo me correspondía de derecho. En seguida procedimos +a levantar los sellos judiciales. No les hablaré de los detalles del +inventario, aunque no deje de haber mérito en un inventario bien hecho y +bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que +encerraba el secreter de monseñor, encontré un billete cuidadosamente +doblado, el cual contenía esta firma: <i>Judit, bailarina de la Opera</i>. +¡Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena +reputación del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya +Arturo se había apoderado del billete, y al ver yo su turbación, creí un +instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseñor y su sobrino +habían sido rivales, ignorándolo ambos.</p> + +<p>—¡Pobre niña!... ¡Pobre niña!—exclamó Arturo.—¡Qué nobleza, qué +generosidad, qué<a name="page_266" id="page_266"></a> tesoro poseía en ella! Lea usted, señor—añadió +presentándome el billete.</p> + +<p>Y cuando llegué a esta frase:</p> + +<p><i>Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me +acuso pero del cual él no es cómplice.</i></p> + +<p>—¡Es cierto!—dijo Arturo con lágrimas en los ojos:—me amaba con todo +su corazón y yo no me di cuenta de ello, no pensé en corresponderle... +¡Y tenía diez y seis años! ¡Y era encantadora!... No puede usted +imaginarse qué linda es... Es la mujer más bella de París.</p> + +<p>—No lo dudo, señor Conde... pero si quiere usted que acabemos el +inventario...</p> + +<p>—Como usted guste...</p> + +<p>Y, no obstante, continuó leyendo en voz alta los siguientes párrafos del +billete:</p> + +<p>«Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida +hicieran que me contestase: Sí, amo a usted... ¡Ah! está mal lo que voy +a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero +entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y +sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted... +Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y +qué me importaría la muerte, si había sido amada?»</p> + +<p>—¡Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!—exclamó +Arturo.—Yo; yo sólo he sido culpable... pero repararé mis faltas, le +consagraré mi vida entera... ¡se lo prometo,<a name="page_267" id="page_267"></a> se lo juro! ¿Quién podría +hoy vituperarme por ello?... ¡Estaré orgulloso de tener una amante como +ella! Sí, la amo; lo confesaré a todo el mundo, y todo el mundo me +envidiará... empezando por usted, señor notario, que no me escucha... y +que tan atentamente examina esos fárragos de papeles.</p> + +<p>Los papeles a que se refería eran el testamento de su tío, que yo +acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba, +disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios +y para fundaciones piadosas. Así se lo hice saber a Arturo, el cual +recibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de +nuevo la carta de Judit.</p> + +<p>—La verá usted—me dijo;—quiero que coma usted hoy con ella.</p> + +<p>—Pero estos papeles... este testamento...</p> + +<p>—¿Y qué?—replicó, sonriendo;—eso ya no me concierne. Felizmente para +mí, Judit me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy a +encontrar a su lado mucho más de lo que he perdido.</p> + +<p>Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza.</p> + +<p>—¡He aquí un joven verdaderamente singular—me dije,—a quien una +amante consuela la pérdida de una herencia!</p> + +<p>Y terminé mi inventario.</p> + +<p>Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como +un loco, fuera de sí.<a name="page_268" id="page_268"></a></p> + +<p>—¡Ya no está allí!—exclamaba,—¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La he +perdido por culpa mía!...</p> + +<p>—¡Alguna infidelidad!...</p> + +<p>—¿Quién se lo ha dicho a usted?—repuso vivamente, asiéndome por el +cuello.</p> + +<p>—¡Oh! no sé nada.</p> + +<p>—Prefiero esto, porque no sobreviviría a semejante golpe. Desde mi +partida, desde hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tiene +noticias de ella.</p> + +<p>—¿Qué le han dicho sus compañeras?</p> + +<p>—¡Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me aseguraba +con la mayor tranquilidad que ella le había manifestado intención de +suicidarse.</p> + +<p>—¡No sería extraño! Desde la revolución de julio, el suicidio se ha +puesto de moda.</p> + +<p>—¡No hable usted así... perdería la razón! He corrido a su casa de la +calle de Provenza; pero se marchó de allí sin decir a dónde iba.</p> + +<p>—¿No ha encontrado algún indicio que pueda servirle para seguir su +pista?</p> + +<p>—El piso está desalquilado: nadie lo ha habitado después de ella.</p> + +<p>—¿Y no ha encontrado usted nada?</p> + +<p>—Sólo encontré, en el cuarto de su tía, esto papel que estaba en el +suelo, y que es una etiqueta de equipaje en la que hay escrito:</p> + +<p class="c"><i>A la señora Bonnivet, en Burdeos.</i></p> + +<p>Tengo entendido que ella era de ese país.<a name="page_269" id="page_269"></a></p> + +<p>—¿Y qué?</p> + +<p>—Que vengo a rogar a usted se encargue aquí de mis asuntos y lo arregle +todo en la forma que mejor le plazca.</p> + +<p>—¿Qué piensa usted hacer, pues?</p> + +<p>—Seguir sus huellas, o las de su tía... buscarla... descubrir su +paradero...</p> + +<p>—¿Enfermo, como se encuentra, quiere partir mañana para Burdeos?</p> + +<p>—¡Mañana! ¡Sería demorarme demasiado!</p> + +<p>En efecto, salió de París aquella misma noche.</p> + +<p>Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de <i>Los Hugonotes</i>, +y el notario interrumpió su relato.</p> + +<p>Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que el +narrador continuara su historia.</p> + +<h3><a name="Vj" id="Vj"></a>V</h3> + +<p>La Falcón acababa de caer desmayada, después de haber saltado Nourrit +por la ventana; el cuarto acto de <i>Los Hugonotes</i> concluía en medio de +ruidosos aplausos, y el notario prosiguió su relato en esta forma:</p> + +<p>—Arturo permaneció seis meses en Burdeos haciendo pesquisas, +preguntando a todo el mundo por la señora Bonnivet, de la que nadie supo +darle noticia alguna. Hasta hizo poner anuncios en los periódicos. La +pobre mujer se hubiera<a name="page_270" id="page_270"></a> muerto de alegría al encontrar en ellos su +nombre; pero esto no era ya posible. Por último, el propietario de una +casita, en la que ella había vivido, proporcionó al Conde los datos que +había solicitado. La señora Bonnivet había muerto hacía ya dos meses.</p> + +<p>—¿Y qué fue de su sobrina?</p> + +<p>—No estaba con ella; pero la tía gozaba cierto bienestar, pues +disfrutaba de una renta vitalicia que alcanzaba a cien luises.</p> + +<p>—¿De dónde procedía esa renta?</p> + +<p>—No se sabe.</p> + +<p>—¿Hablaba de su sobrina?</p> + +<p>—Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedaba +silenciosa, como si temiese hacer traición a algún secreto.</p> + +<p>A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logró obtener un +dato más, y vivía desesperado. Porque desde que había perdido a Judit, +desde que se consideraba separado de ella para siempre, su afecto hacia +la linda joven se había convertido en amor, en una verdadera pasión. +Esto era entonces el solo pensamiento, la única ocupación de su vida. +Recordaba con amargura los breves instantes que había pasado junto a +ella; creía verla ante sus ojos, llena de encantos y de cariño hacia +él... ¡Y este bien, que le había pertenecido, habíalo él despreciado! No +conoció el valor que tenía hasta que lo perdió para siempre. Recorría +sin cesar todos los lugares en que la había visto. No abandonaba un +momento la Opera.<a name="page_271" id="page_271"></a></p> + +<p>Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran +sentimiento supo que había sido alquilado, durante su ausencia, por un +señor extranjero que no lo ocupaba. Intentó volver a verlo, al menos, y +el portero no tenía las llaves; las puertas y las persianas de la +habitación estaban constantemente cerradas.</p> + +<p>Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su +amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me +interesaba por él y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso. +Desheredado por su tío, no contaba con más fortuna que la de su madre, +que ascendía, próximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto +había consumido más de la mitad, primero en las locuras que había hecho +por Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado para +descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indicio +más insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el +oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia, +decíame constantemente:</p> + +<p>—¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia!</p> + +<p>Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella; +y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude +decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su +madre, pero se<a name="page_272" id="page_272"></a> imponía aquella venta. Debía cerca de doscientos mil +francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el +resto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaron +anuncios en los periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarse +la subasta en mi estudio, recibí de uno de mis colegas, una comunicación +que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se había cansado, +seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un señor de Courval, hombre +de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una +considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses +ascendían a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega +guardábame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar +de semejante dicha. Corrí a anunciársela a Arturo, el cual recibió la +noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de +Judit, todo le era indiferente.</p> + +<p>Por mi parte, me apresuré a liquidar sus deudas y a desempeñar sus +bienes, y, desde entonces, todo marchó admirablemente, hasta que tuvo +lugar un caso de difícil explicación.</p> + +<p>Arturo se encontró un día con el señor de Courval, el que tan +notablemente se había portado con nosotros. Vivía de ordinario en +provincias, y se encontraba por casualidad en París. El Conde le +estrechó la mano, dándole gracias por su honrado proceder, precisamente +en el momento en que aquél se disculpaba, confesándose<a name="page_273" id="page_273"></a> en extremo +apurado, para cumplir los compromisos que tenía pendientes.</p> + +<p>—¡Cómo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil +escudos!—repuso el Conde.</p> + +<p>—¿Yo?</p> + +<p>—Evidentemente; ya no tengo ningún pagaré de usted, pues todos han sido +satisfechos, y nada me debe.</p> + +<p>—Eso es imposible.</p> + +<p>—Vea usted a mi notario y él se lo probará.</p> + +<p>El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no podía salir de +su asombro.</p> + +<p>—Es una gran suerte para usted—le dije.</p> + +<p>—Y más todavía para el señor Conde—repuso él con aire triste y +disgustado;—porque yo ya había tomado mi partido... Como no podía +pagar, habíame echado la cuenta de que nada debía; y esa extraña +circunstancia no me hace ser más rico... ¡Pero él... ya es diferente!... +¡puede alabarse de ser mimado por la fortuna!...</p> + +<p>—¿Pero, de veras no sabe usted de dónde procede esa devolución?</p> + +<p>—Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis +deudas...</p> + +<p>—¿Debe usted algo más?</p> + +<p>—Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han +pagado por mí. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente +para continuar la liquidación, le ruego que me avise.</p> + +<p>—Lo haré con mucho gusto.<a name="page_274" id="page_274"></a></p> + +<p>Nuestra sorpresa creció de punto, y Arturo se desesperaba por no poder +dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado, +muy instruido, que no sabía más que yo... en aquel asunto, se +entiende... Le habían remitido los fondos, encargándole que recogiese y +anulase los pagarés. Me confió la carta que recibió al efecto, y se la +llevé a Arturo. Este la examinó atentamente y nada sacó en limpio. Dicha +carta estaba fechada en el Havre, donde residía el señor de Courval; la +letra, que no era suya, la desconocíamos por completo... pero Arturo +lanzó de pronto un grito de sorpresa, y se puso pálido como un muerto, +al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit.</p> + +<p>En la época en que pasaba por su amante, él le había regalado una piedra +antigua de gran valor, que tenía grabado un fénix. Lejos de encontrar en +aquel regalo una alusión o una alabanza, Judit lo consideró siempre como +un emblema de tristeza y había hecho grabar a su alrededor estas +palabras: <i>¡Siempre solo!</i> No se desprendía de este sello ni por un solo +momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella +tan expresiva, no podía pertenecer más que a ella misma.</p> + +<p>—¡De Judit procede esta carta!—exclamó Arturo.</p> + +<p>Y la dejó escapar de sus temblorosas manos.</p> + +<p>—Pues bien, eso implica la seguridad de que<a name="page_275" id="page_275"></a> existe aún y piensa en +usted... Debe, pues, estar satisfecho.</p> + +<p>Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que +había muerto. Porque, ¿a qué ocultarse? decía. ¿Por qué, puesto que sabe +dónde vivo, teme venir a verme? ¿Es, acaso, que se ha hecho indigna de +presentarse ante mí? ¿No me ama ya? ¿Me ha olvidado quizás?</p> + +<p>—Esta carta—le dije,—prueba lo contrario.</p> + +<p>—¿Y con qué derecho—repuso Arturo fuera de sí,—trata de imponerme sus +beneficios? ¿De dónde proceden esas riquezas? ¿Quién la ha autorizado +para ofrecérmelas, y desde cuándo me considera capaz de aceptarlas? No +las quiero, devuélvalas usted.</p> + +<p>—Lo haría de buena gana. Pero, ¿a quién y cómo?</p> + +<p>—Poco me importa... No las quiero.</p> + +<p>—¿Y cómo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted +y se han liberado sus propiedades?</p> + +<p>—Venderá usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos +recibidos, a los que nunca tocaré, y quedarán depositados en su casa +hasta que puedan devolverse.</p> + +<p>—Tenga usted en cuenta el estado a que se verá entonces reducida su +fortuna.</p> + +<p>—No me importa. Por más infiel que sea Judit, no me arrepiento de +haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada +humillación para mí.<a name="page_276" id="page_276"></a></p> + +<p>Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue +posible disuadirle de su propósito; enajenáronse los bienes, y muy bien +por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron +depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun +quedó a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del +Estado; a esto quedó reducida su fortuna. Atenido a ella vivió dos años, +esforzándose por desechar el recuerdo que le perseguía incesantemente. +Sombrío y melancólico, esquivando los placeres y las distracciones de +todo género, había llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el +estudio; en cuanto a mí, lamentábame interiormente del dominio que +ejercía una pasión tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones. +Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar +me hablaba de ella.</p> + +<p>Asegurábame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se iría al fin +del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigíase casi +siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traían a la +memoria su recuerdo.</p> + +<p>Un día, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de máscaras a esta sala +de la Opera, en la que jamás entraba sin que le latiera el corazón, como +si quisiera reventársele en el pecho. Solo, a pesar del gentío... +<i>Siempre solo</i>... (porque él, entonces, había adoptado, a su vez, la +divisa de Judit), paseábase silencioso en medio<a name="page_277" id="page_277"></a> del bullicio... en +aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le había visto +aparecer... Luego, internándose por los corredores, se dirigió, +lentamente a aquel palco segundo que en tiempos más dichosos ocupaba +casi todas las noches, y desde el cual le hacía la seña que tenían +concertada para avisarla cuando podían celebrar sus inocentes +entrevistas.</p> + +<p>La puerta del palco estaba abierta, y en él, envuelta en un elegante +dominó, veíase a una mujer; estaba sola, y parecía abismada en profundas +reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeció e hizo un movimiento +como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se +apoyó en el antepecho del palco y cayó de nuevo sobre su asiento. Esta +turbación hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para +ofrecerle sus servicios.</p> + +<p>La dama, sin contestarle, le rechazó con un gesto.</p> + +<p>—El calor le habrá hecho a usted daño—le dijo el joven con una emoción +que en vano trató de dominar;—y si se quitase un momento el antifaz...</p> + +<p>La desconocida rehusó de nuevo, limitándose, para respirar con más +desahogo, a echar hacia atrás la capucha de su dominó, que le cubría la +frente.</p> + +<p>Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caía en rizados +bucles sobre la espalda. Así era como se peinaba Judit... aquella +graciosa postura, aquel talle fino y delicado<a name="page_278" id="page_278"></a> eran los suyos... allí +encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que +se adivina y que no puede definirse!...</p> + +<p>Por último, se levantó la desconocida.</p> + +<p>Arturo lanzó un grito.</p> + +<p>El era entonces quien se sintió morir... pero haciendo un esfuerzo, le +dijo a media voz:</p> + +<p>—¡Judit!... ¡Es usted, Judit!...</p> + +<p>Ella trató de ausentarse.</p> + +<p>—¡Quédese, por favor! Déjeme decirle que soy el más desdichado de los +hombres por no haber sabido apreciar hasta qué punto merecía usted todo +mi amor.</p> + +<p>La desconocida se estremeció de nuevo.</p> + +<p>—Sí, entonces los merecía usted... entonces era digna de los homenajes +y la adoración de todo el mundo... y sin embargo, tan insensato soy que +la amo aún, no amo a nadie más que a usted, y la amaré siempre... a +pesar de que me ha sido infiel... ¡de que me ha traicionado!</p> + +<p>Ella quiso responder, y la palabra expiró en sus labios... pero se llevó +una mano al corazón como si tratara de justificarse.</p> + +<p>—¿Cómo explicar, si no, su ausencia, y sobre todo sus beneficios... +esos beneficios de que me avergüenzo por usted y que he rechazado? Sí, +Judit, no los quiero, no quiero más que su amor; y si es verdad que no +me ha olvidado, que me ama todavía... ¡venga... sígame!... para seguirme +es preciso amarme... porque ahora ya no tengo fortuna que ofrecerle... +¡Qué!<a name="page_279" id="page_279"></a> duda... no me responde... ¡ah! ¡comprendo su silencio! Adiós, +adiós para siempre.</p> + +<p>Y se dispuso a abandonarla; pero Judit le detuvo, asiéndole de una mano.</p> + +<p>—Hable, Judit; hable por favor—exclamó el pobre joven.</p> + +<p>Pero la desgraciada no podía: los sollozos ahogaban su voz.</p> + +<p>Arturo cayó de rodillas. Ella no pronunció una palabra, pero lloraba, y +el joven creyó que aquellas lágrimas eran su mejor justificación.</p> + +<p>—¿Me ama usted, pues, aún?... ¿No ama a nadie más que a mí?...</p> + +<p>—Sí—repuso ella, tendiéndole una mano.</p> + +<p>—¿Y cómo creerla?... ¿Dónde están las pruebas?... ¿Quién me las +dará?...</p> + +<p>—El tiempo.</p> + +<p>—¿Qué haré, pues?...</p> + +<p>—Esperar.</p> + +<p>—¿Y no me dará usted alguna prenda de su amor?...</p> + +<p>Judit dejó caer el ramo de flores que tenía en la mano, y mientras +Arturo se inclinó para tomarlo, ella se lanzó al corredor y desapareció.</p> + +<p>El Conde intentó seguirla, la vio de lejos entre la multitud; pero +detenido por el oleaje de las máscaras, no tardó en perderla de vista. +Después creyó volver a verla... Sí, sí, era ella... y en el momento en +que, siguiendo sus pasos, llegó hasta el vestíbulo y creía poder +alcanzarla, la vio precipitarse en un carruaje magnífico<a name="page_280" id="page_280"></a> que dos +soberbios caballos arrastraron a todo galope.</p> + +<p>—Señores—dijo el notario interrumpiéndose,—ya es muy tarde y yo tengo +la costumbre de madrugar; si me lo permiten ustedes, dejaremos para +pasado mañana la conclusión de mi relato.</p> + +<h3><a name="VIj" id="VIj"></a>VI</h3> + +<p>El miércoles siguiente, era día de función en la Opera, y nos +encontrábamos todos en la orquesta, exactos a la cita, y el notario no +llegaba. Poníase en escena <i>Roberto</i>, y esta obra me recordaba mi +primera entrevista con Arturo. Me expliqué entonces su tristeza, su +preocupación, y pensé en que el mismo Meyerbeer no podría menos de +concederle su perdón por no haber escuchado el sublime trío de +<i>Roberto</i>.</p> + +<p>Pero, ¿se encontraba, acaso, en aquel momento, mejor dispuesto a +apreciar la bella música? ¿Era más dichoso? ¿Había recuperado al fin a +su Judit, o la había perdido?</p> + +<p>Todavía ignorábamos los obstáculos que los separaban, y nuestra +impaciencia por conocer el desenlace de la historia se aumentaba con la +ausencia del narrador. Al fin, llegó éste, después del segundo acto, y +jamás ningún actor querido del público obtuvo un recibimiento más +entusiasta que el que hicimos al notario.</p> + +<p>—¡Ya está aquí!<a name="page_281" id="page_281"></a></p> + +<p>—¡Gracias a Dios!</p> + +<p>—¡Vamos, querido, ya era tiempo de que llegase!</p> + +<p>—¡Qué tarde viene usted!</p> + +<p>—He sido invitado a una comida y he tenido que asistir a un contrato... +Digo asistir, porque ya no ejerzo; he vendido mi notaría y, gracias a +Dios, no debo nada a nadie.</p> + +<p>—Excepto a nosotros.</p> + +<p>—Nos debe usted un desenlace.</p> + +<p>—El de la historia de Judit...</p> + +<p>—Le hemos reservado su puesto... Vaya, siéntese.</p> + +<p>Nos estrechamos cuanto fue posible, y el notario terminó su relato en +esta forma:</p> + +<p>—Judit había dicho: <i>¡Esperar!</i>... y durante algunos días Arturo tuvo +paciencia, confiando en recibir alguna carta, algún aviso...—Volveré a +verla, pensaba; ella vendrá, me lo ha ofrecido...—Pero pasaban los +días, las semanas, y Judit no iba. Seis meses transcurrieron de este +modo, luego un año, después hasta dos. El pobre Arturo me inspiraba +lástima, y más de una vez temí que enloqueciera. La escena del baile de +máscaras le había impresionado profundamente... Había momentos en que, +al acordarse de aquella Judit que había vuelto a encontrar sin verla, +que se le había aparecido sin descubrirle sus facciones, se creía +víctima de una alucinación. Su imaginación, debilitada por el +sufrimiento, hacíale creer que había sido un sueño, una quimera; llegó a +dudar de<a name="page_282" id="page_282"></a> lo que había visto y oído. Enfermó gravemente, y en el delirio +de la fiebre se imaginaba ver a Judit apareciéndosele por última vez y +dirigiéndole su última despedida; en vano, trataría de repetir a ustedes +las tiernas y conmovedoras frases que con tal motivo le dirigió... Judit +era su único pensamiento, su idea fija... En esto consistía el mal que +le mataba.</p> + +<p>Los cuidados que le prodigamos le volvieron a la vida; pero se tornó +sombrío y melancólico. No quería ver a nadie, exceptuándome a mí. Se +había negado siempre a disponer de la suma de Judit, que tenía en mi +poder; y su fortuna, como ya les he dicho, sólo consistía en seis mil +libras de renta. Empleó cuatro mil en abonarse por todo el año a un +palco segundo de la Opera... aquel palco segundo de frente a la escena, +donde había encontrado a Judit la noche del baile de máscaras. Asistía a +él todos los días, mientras confió en que la volvería a ver... pero +cuando perdió esta esperanza, ya no tuvo valor ni energías para seguir +ocupándolo. Se veía allí solo, <i>siempre solo</i> (su constante divisa), y +esta idea le hacía padecer mucho. Solamente de vez en cuando, venía a la +orquesta, dirigía una mirada dolorosa hacia el palco de Judit y se +ausentaba luego murmurando:</p> + +<p>—No está.</p> + +<p>Esta era su vida; y a excepción de algunas cortas temporadas en que se +dedicaba a viajar, siempre con la esperanza de saber algo de Judit,<a name="page_283" id="page_283"></a> o +de obtener algún indicio respecto a su suerte, estaba constantemente en +París. Todas las noches, como inconscientemente, sin que en ello +interviniese su voluntad, se encaminaba a la Opera. Y para verle más a +menudo, fue por lo que me aboné a esta localidad. Ultimamente ya no +venía sino de tarde en tarde. Pero la semana pasada estuvo un día. +Encontrábase sentado al otro lado de la orquesta. Desanimado ya por +completo, sin conservar esperanza alguna, volvía la espalda al salón, y, +por completo abismado en sus reflexiones, nada veía ni escuchaba. No +obstante, algunas ruidosas exclamaciones le sacaron de su éxtasis. +Acababa de entrar en un palco una señora joven, cuya notable hermosura y +espléndida <i>toilette</i> excitaron vivamente la admiración de todo el +público. Toda la artillería de los gemelos se dirigió hacia aquella +parte del teatro.</p> + +<p>De todos lados salían estas palabras:</p> + +<p>—¡Qué bella es!</p> + +<p>—¡Qué frescura!</p> + +<p>—¡Qué aire tan gracioso y tan distinguido!</p> + +<p>—¿Qué edad calcula usted que debe de tener?</p> + +<p>—De veinte a veintidós años.</p> + +<p>—¡Ca! Apenas tiene diez y ocho.</p> + +<p>—¿La conoce usted?</p> + +<p>—No, señor; es la primera vez que viene a la Opera... Soy antiguo +abonado y no la he visto hasta hoy.</p> + +<p>Los espectadores inmediatos tampoco la conocían. Pero no lejos de ellos, +un extranjero,<a name="page_284" id="page_284"></a> de aspecto distinguido, se inclinó respetuosamente +saludando a la hermosa dama. En seguida todos apresuráronse a +preguntarle su nombre.</p> + +<p>—Es lady Inggerton, la esposa de un opulento par de Inglaterra.</p> + +<p>—¡Tan hermosa y tan rica!...</p> + +<p>—Pues se asegura que no tenía nada... que era una pobre muchacha que, +en un momento de desesperación amorosa, intentó suicidarse, arrojándose +al agua, y que fue recogida por el anciano Duque...</p> + +<p>—Eso es una verdadera novela.</p> + +<p>—No todas tienen tan feliz desenlace, porque el Duque, que se había +interesado por la joven y no podía pasar sin ella, decidió, según dicen, +hacerla su esposa para dejarle su fortuna... como, en efecto, ha +sucedido.</p> + +<p>—¡Diablo! Pues siendo viuda... es un partido soberbio.</p> + +<p>—Ha transcurrido ya el tiempo del luto, y tanto en Inglaterra como en +Francia no faltará quien le haga la corte.</p> + +<p>—¡Ya lo creo!—repuso el joven que había interrogado, arreglándose con +una mano la corbata y dirigiendo con la otra el lente a lady +Inggerton.—¡Eh! me parece, caballero, que mira hacia este lado.</p> + +<p>—Se equivoca usted—contestó el extranjero.</p> + +<p>—No, por cierto... estoy seguro... me refiero a este joven...</p> + +<p>Y, al pronunciar esto, señalaba a Arturo, que<a name="page_285" id="page_285"></a> nada había oído, y a +quien fue preciso explicar lo que sucedía.</p> + +<p>El Conde levantó los ojos, y en el palco segundo de frente a la +escena... en aquel palco, que era el suyo en otro tiempo, vio... ¡Ah! no +se muere de placer ni de sorpresa, puesto que Arturo vive todavía... +puesto que tuvo fuerzas y conservó bastante razón para exclamar:</p> + +<p>—¡Es ella! ¡Es Judit!...</p> + +<p>Pero al mismo tiempo permaneció inmóvil... sin atreverse a respirar... +pues temía despertar de un sueño.</p> + +<p>—Caballero—le dijo su vecino,—¿la conoce usted, por ventura?</p> + +<p>Arturo no respondió, porque en aquel instante la mirada de Judit se +había cruzado con la suya... Había visto fulgurar en los ojos de la +joven un relámpago de indescriptible satisfacción. ¡Es imposible +explicar lo que pasó por él, ni por qué no enloqueció al ver que Judit, +levantando una de sus blancas y exquisitas manos, le hacía la seña con +que él en otro tiempo le anunciaba sus visitas!</p> + +<p>¡Ah! ¡le pareció que iba a volverse loco! Dejó caer la cabeza y +permaneció algunos instantes con ella apoyada entre las manos, como para +persuadirse a sí mismo de que no era una ilusión, de que Judit vivía +aún, y de que ella era la que acababa de ver. Cuando logró convencerse, +volvió a levantar la vista hacia el palco... ¡la celestial visión había +desaparecido!<a name="page_286" id="page_286"></a>... ¡Judit ya no estaba allí... se había ausentado!...</p> + +<p>Un frío mortal heló la sangre en sus venas... una mano de hierro le +oprimió el corazón... Luego, acordándose de lo que acababa de ver... y +de oír... porque ella le había hablado... sí, le había hablado por +señas, abandonó su asiento de la orquesta y se lanzó a la calle, +murmurando:</p> + +<p>—Si esta vez también me engaño... si es una nueva alucinación... o me +volveré loco... o me mato.</p> + +<p>Y, decidido a morir, se encaminó directamente a la calle de Provenza. +Llamó a la puerta, que se abrió en seguida... y, preguntó temblando:</p> + +<p>—¿La señorita Judit?...</p> + +<p>—Está en casa—dijo tranquilamente el portero.</p> + +<p>Arturo lanzó un grito y se apoyó en la barandilla de la escalera para no +caer.</p> + +<p>Subió al piso principal, atravesó todas las habitaciones y abrió la +puerta del gabinete, el cual estaba amueblado como en otro tiempo; +exactamente igual que hacía seis años.</p> + +<p>Hasta la cena que había encargado antes de su repentina marcha, apareció +dispuesta ante sus ojos. Vio que en la mesa había dos cubiertos.</p> + +<p>Y Judit, reclinada en un diván, le dijo al verle entrar:</p> + +<p>—Viene usted muy tarde, amigo mío.<a name="page_287" id="page_287"></a></p> + +<p>Y le tendió una mano. Arturo se arrodilló ante ella.</p> + +<p>Al llegar aquí, se interrumpió el notario.</p> + +<p>—¿Y qué?—exclamaron todos;—concluya.</p> + +<p>El notario contestó, sonriéndose:</p> + +<p>—Arturo no me ha contado más... Por otra parte, va a dar principio el +tercer acto de <i>Roberto</i>...</p> + +<p>—¿Qué importa? termine.</p> + +<p>—¿Qué más he de decir a ustedes? Vengo de comer con ellos y de firmar +el contrato.</p> + +<p>—Así, pues, ¿se casan?</p> + +<p>—Judit lo ha querido.</p> + +<p>—Como última sorpresa, sin duda.</p> + +<p>—¡Tal vez le tenga reservada alguna otra!</p> + +<p>—¿Cuál?—preguntó vivamente el profesor en Derecho.</p> + +<p>—Lo ignoro—respondió el notario con una sonrisa;—pero se asegura que +el anciano Duque, su difunto esposo, no la llamaba nunca más que: <i>mi +hija</i>.</p> + +<p>En aquel instante se abrió el consabido palco segundo, y apareció Judit, +envuelta en su manto de armiño y apoyada en el brazo de su amante, que +ya era su esposo.</p> + +<p>Una misma exclamación salió simultáneamente de las butacas de la +orquesta:</p> + +<p>—¡Qué hermosa es ella! ¡Qué dichoso es él!</p> + +<p class="c">FIN</p> + +<hr /> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Carlos Broschi, by Eugène Scribe + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CARLOS BROSCHI *** + +***** This file should be named 31707-h.htm or 31707-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/1/7/0/31707/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/31707-h/images/ill_logo.png b/31707-h/images/ill_logo.png Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..9e2d07d --- /dev/null +++ b/31707-h/images/ill_logo.png diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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