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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La bodega + +Author: Vicente Blasco Ibáñez + +Release Date: May 22, 2009 [EBook #28927] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BODEGA *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was +produced from images generously made available by the +Digital & Multimedia Center, Michigan State University +Libraries.) + + + + + + + + + +VICENTE BLASCO IBÁÑEZ + +LA BODEGA + +--NOVELA-- + +19.000 + +F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES + + Isabel la Católica, 5 || Salas, 4 (Sucursal) + || + VALENCIA || MADRID + +Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.a--VALENCIA + + + + +LA BODEGA + + + + +I + + +Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela, +entró Fermín Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primera +bodega de Jerez, conocida en toda España; «Dupont Hermanos», dueños del +famoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos méritos se +pregonan en la cuarta plana de los periódicos, en los rótulos +multicolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casas +viejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de agua +de los cafés. + +Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora de +retraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los papeles cuando +él entró, como si temieran hacerse cómplices con un gesto, con una +palabra, de esta falta inaudita de puntualidad. Fermín miró con +inquietud el vasto salón del escritorio y se fijó después en un +despacho contiguo, donde en medio de la soledad alzábase majestuoso un +_bureau_ de lustrosa madera americana. «El amo» no había llegado aún. Y +el joven, más tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenzó a clasificar +los papeles, ordenando el trabajo del día. + +Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo, de +extraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si no +hubiesen transcurrido allí quince años de su vida, desde que le +aceptaron como _zagal_ para llevar cartas al correo y hacer recados, en +vida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinastía, el fundador del +famoso cognac que abrió «un nuevo horizonte al negocio de las bodegas», +según decían pomposamente los prospectos de la casa hablando de él como +de un conquistador; el padre de los «Dupont Hermanos» actuales, reyes de +un estado industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de tres +generaciones. + +Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una blancura de +panteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol, sus paredes estucadas +y brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban el +muro hasta el techo, dando a la luz exterior una láctea suavidad. Los +armarios, las mesas y las taquillas de madera oscura, eran el único tono +caliente de este decorado que daba frío. Junto a las mesas, los +calendarios de pared ostentaban grandes imágenes de santos y de vírgenes +al cromo. Algunos empleados, abandonando toda discreción, para halagar +al amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de almanaques ingleses +con figuras modernistas, estampas de imágenes milagrosas, con su oración +impresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que desde el +fondo del salón alteraba el silencio con sus latidos, tenía la forma de +un templete gótico, erizado de místicas agujas y pináculos medioevales, +como una catedral dorada de bisutería. + +Esta decoración semirreligiosa de una oficina de vinos y cognacs era lo +que despertaba cierta extrañeza en Fermín, después de haberla visto +durante muchos años. Persistían aún en él las impresiones del día +anterior. Había permanecido hasta hora muy avanzada de la noche con don +Fernando Salvatierra, que volvía a Jerez después de ocho años de +reclusión en un presidio del Norte de España. El famoso revolucionario +volvía a su tierra modestamente, sin alarde alguno, como si los años +transcurridos los hubiese pasado en un viaje de recreo. + +Fermín le encontraba casi igual que la última vez que le vio, antes de +marchar él a Londres para perfeccionar sus estudios de inglés. Era el +don Fernando que había conocido en su adolescencia; igual voz paternal y +suave, la misma sonrisa bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosos +por la debilidad, brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Las +privaciones del presidio habían encanecido sus cabellos rubios en las +sienes y blanqueado su barba rala, pero el gesto sereno de la juventud +seguía animando su rostro. + +Era un «santo laico», según confesaban sus adversarios. Nacido dos +siglos antes, hubiese sido un religioso mendicante preocupado por el +dolor ajeno y tal vez habría llegado a figurar en los altares. Mezclado +en las agitaciones de un período de luchas, era un revolucionario. Se +conmovía con el lloro de un niño: desprovisto de todo egoísmo, no había +acción que considerase indigna para auxiliar a los desgraciados, y, sin +embargo, su nombre producía escándalo y temor en los ricos, y le +bastaba, en su existencia errante, mostrarse algunas semanas en +Andalucía, para que al momento se alarmasen las autoridades y se +concentrara la fuerza pública. Iba de un lado a otro como un Asheverus +de la rebeldía, incapaz de hacer daño por sí mismo, odiando la +violencia, pero predicándola a los de abajo como único medio de +salvación. + +Fermín recordaba su última aventura. Estaba él en Londres cuando leyó la +prisión y la sentencia de Salvatierra. Había aparecido en la campiña de +Jerez, cuando los trabajadores del campo acababan de iniciar una de sus +huelgas. + +Su presencia entre los rebeldes fue el único delito. Le prendieron, y al +interrogarle el juez militar, se negó a jurar por Dios. La sospecha de +complicidad en la huelga y su irreligiosidad inaudita bastaron para +enviarle a presidio. Fue una injusticia que el miedo social se permitió +con un ser peligroso. El juez le abofeteó durante un interrogatorio, y +Salvatierra, que de joven se había batido en las insurrecciones del +período revolucionario, limitose, con una serenidad evangélica, a pedir +que pusieran en observación al violento juez, pues debía sufrir una +enfermedad mental. + +En el presidio, sus costumbres habían causado asombro. Dedicado por +afición al estudio de la Medicina, servía de enfermero a los presos, +dándoles su comida y sus ropas. Iba haraposo, casi desnudo; cuanto le +enviaban sus amigos de Andalucía pasaba inmediatamente a poder de los +más desgraciados. Los guardianes, viendo en él al antiguo diputado, al +agitador famoso que en el período de la República se había negado a ser +ministro, le llamaban don Fernando, con instintivo respeto. + +--Llamadme Fernando a secas--decía con sencillez.--Habladme de tú, como +yo os hablo. No somos más que hombres. + +Al llegar a Jerez, después de permanecer algunos días en Madrid entre +los periodistas y los antiguos compañeros de vida política, que le +habían conseguido el indulto sin hacer caso de su resistencia a +aceptarlo, Salvatierra se dirigió en busca de los amigos que aún le +restaban fieles. Había pasado el domingo en una pequeña viña que tenía +cerca de Jerez un corredor de vinos, antiguo compañero de armas del +período de la Revolución. Todos los admiradores habían acudido al +enterarse del regreso de don Fernando. Llegaban viejos arrumbadores de +las bodegas, que de muchachos habían marchado a las órdenes de +Salvatierra por las asperezas de la inmediata serranía, disparando su +escopeta por la República Federal: jóvenes braceros del campo que +adoraban al don Fermín de la segunda época, hablando del reparto de las +tierras y de los absurdos irritantes de la propiedad. + +Fermín también había ido a ver al maestro. Recordaba sus años de la +infancia; el respeto con que oía a aquel hombre, admirado por su padre y +que durante largas temporadas vivió en su casa. Sentía agradecimiento al +recordar la paciencia con que le había enseñado a leer y escribir, cómo +le había dado las primeras lecciones de inglés y cómo le inculcó las más +nobles aspiraciones de su alma; aquel amor a la humanidad en que parecía +arder el maestro. + +Al verle tras su largo cautiverio, don Fernando le estrechó la mano, sin +la más leve emoción, como si se hubiesen encontrado poco antes, y le +preguntó por su padre y su hermana con voz suave y gesto plácido. Era el +hombre de siempre, insensible para el dolor propio, conmovido ante el +sufrimiento de los demás. + +Toda la tarde y gran parte de la noche permaneció en la casita de la +viña el grupo de amigos de Salvatierra. El dueño, rumboso y entusiasmado +por la vuelta del grande hombre, sabía obsequiar a la reunión. Las cañas +de color de oro circulaban a docenas sobre la mesa cubierta de platos de +aceitunas, lonchas de jamón y otros comestibles que servían de pretexto +para desear el vino. Todos lo saboreaban entre palabra y palabra, con la +prodigalidad en el beber propia de la tierra. Al cerrar la noche muchos +se mostraban perturbados: únicamente Salvatierra estaba sereno. Él sólo +bebía agua, y en cuanto a comer, se resistió a tomar otra cosa que un +pedazo de pan y otro de queso. Esta era su comida dos veces al día desde +que salió de presidio, y sus amigos debían respetarla. Con treinta +céntimos tenía lo necesario para su existencia. Había decidido que +mientras durase el desconcierto social y millones de semejantes +perecieran lentamente por la escasez de alimentación, él no tenía +derecho a más. + +¡Oh, la desigualdad! Salvatierra se enardecía, abandonaba su flema +bondadosa al pensar en las injusticias sociales. Centenares de miles de +seres morían de hambre todos los años. La sociedad fingía no saberlo, +porque no caían de repente en medio de las calles como perros +abandonados; pero morían en los hospitales, en sus tugurios, víctimas en +apariencia de diversas enfermedades; pero en el fondo, ¡hambre! ¡todo +hambre!... ¡Y pensar que en el mundo había reservas de vida para todos! +¡Maldita organización que tales crímenes consentía!... + +Y Salvatierra, ante el silencio respetuoso de sus amigos, hacía el +elogio del porvenir revolucionario, de la sociedad comunista, ensueño +generoso, en la cual los hombres encontrarían la felicidad material y la +paz del alma. Los males del presente eran una consecuencia de la +desigualdad. Las mismas enfermedades eran otra consecuencia. En lo +futuro, el hombre moriría por el desgaste de su máquina, sin conocer el +sufrimiento. + +Montenegro, escuchando a su maestro, evocaba uno de los recuerdos de su +juventud, una de las paradojas más famosas de don Fernando, antes de que +éste fuera al presidio y él partiese para Londres. + +Salvatierra hablaba en un mitin explicando a los obreros lo que sería la +sociedad del porvenir. ¡No más opresores y falsarios! Todas las +dignidades y profesiones del presente habían de desaparecer. Quedarían +suprimidos los sacerdotes, los guerreros, los políticos, los abogados... + +--¿Y los médicos?--preguntó una voz desde el fondo de la sala. + +--Los médicos también--afirmó Salvatierra con su fría tranquilidad. + +Hubo un murmullo de asombro y extrañeza, como si el público que le +admiraba fuese a reírse de él. + +--Los médicos también, porque el día que triunfe nuestra revolución se +acabarán las enfermedades. + +Y como presintiese que iba a estallar una carcajada de incredulidad, se +apresuró a añadir: + +--Se acabarán las enfermedades, porque las que ahora existen son por +haber hecho ostentación de la riqueza, comiendo más de lo que necesita +el organismo, o por comer menos la pobreza de lo que exige el +sostenimiento de su vida. La nueva sociedad, repartiendo equitativamente +los medios de subsistencia, equilibrará la vida suprimiendo las +enfermedades. + +Y el revolucionario ponía tal convicción, tal fe en sus palabras, que +estas y otras paradojas imponían silencio, siendo acogidas por los +creyentes con el mismo respeto que las simples turbas medioevales +escuchaban al apóstol iluminado que les anunciaba el reinado de Dios. + +Los compañeros de armas de don Fernando recordaban el período heroico de +su vida, las partidas en la Sierra, dando cada uno gran abultamiento a +sus hazañas y penalidades, con el espejismo del tiempo y de la +imaginación meridional, mientras el antiguo jefe sonreía como si +escuchase el relato de juegos infantiles. Aquella había sido la época +romántica de su existencia. ¡Luchar por formas de gobierno!... En el +mundo había algo más. Y Salvatierra recordaba su desilusión en la corta +República del 73, que nada pudo hacer, ni de nada sirvió. Sus +compañeros de la Asamblea, que cada semana tumbaban un gobierno y +creaban otro para entretenerse, habían querido hacerle ministro. +¿Ministro él? ¿Y para qué? Únicamente lo hubiese sido para evitar que en +Madrid hombres, niños y mujeres durmieran a la intemperie en las noches +de invierno, refugiándose en los quicios de las puertas y en los +respiraderos de las cuadras, mientras permanecían cerrados e inservibles +en el paseo de la Castellana los grandes hoteles de la gente rica, +hostil al gobierno, que se había trasladado a París cerca de los +Borbones para trabajar por su restauración. Pero este programa +ministerial no había gustado a nadie. + +Después, los amigos, al remontarse en su memoria hasta las +conspiraciones en Cádiz, antes de la sublevación de la escuadra, habían +recordado a la madre de Salvatierra... ¡Mamá! Los ojos del +revolucionario se mostraron más lacrimosos y brillantes detrás de las +gafas azuladas. ¡Mamá!... Su gesto, sonriente y bondadoso, se borró bajo +una contracción de dolor. Era su única familia, y había muerto mientras +él permanecía en el presidio. Todos estaban acostumbrados a oírle hablar +con infantil sencillez de aquella buena anciana, que no tenía una +palabra de reproche para sus audacias y encontraba aceptables sus +prodigalidades de filántropo, que le hacían volver a casa medio desnudo +si encontraba un _compañero_ falto de ropa. Era como las madres de los +santos de la leyenda cristiana, cómplices sonrientes de todas las +generosas locuras y disparatados desprendimientos de sus hijos. «Esperad +que avise a mamá, y soy con vosotros», decía horas antes de una +intentona revolucionaria, como si esta fuese su única precaución +personal. Y mamá había visto sin protesta cómo en estas empresas se +gastaba la modesta fortuna de la familia, y le seguía a Ceuta cuando le +indultaban de la pena de muerte por la de reclusión perpetua; siempre +animosa y sin permitirse el más leve reproche, comprendiendo que la vida +de su hijo había de ser así forzosamente, no queriendo causarle +molestias con inoportunos consejos, orgullosa, tal vez, de que su +Fernando arrastrase a los hombres con la fuerza de los ideales y +asombrara a los enemigos con su virtud y su desinterés. ¡Mamá!... Todo +el cariño de célibe, de hombre que, subyugado por una pasión +humanitaria, no había tenido ocasión de fijarse en la mujer, lo +concentraba Salvatierra en su animosa vieja. ¡Y ya no vería más a mamá! +¡no encontraría aquella vejez que le rodeaba de mimos maternales como si +viese en él un eterno niño!... + +Quería ir a Cádiz para contemplar su tumba: la capa de tierra que le +ocultaba a mamá para siempre. Y había en su voz y en su mirada algo de +desesperación; la tristeza de no poder aceptar el engaño consolador de +otra vida; la certidumbre de que más allá de la muerte se abría la +eterna noche de la nada. + +La tristeza de su soledad le hacía agarrarse con nueva fuerza a sus +entusiasmos de rebelde. Dedicaría lo que le restaba de existencia a sus +ideales. Por segunda vez le sacaban de presidio y volvería a él siempre +que los hombres quisieran. Mientras se mantuviera de pie, pelearía +contra la injusticia social. + +Y las últimas palabras de Salvatierra, de negación para lo existente, de +guerra a la propiedad y a Dios, tapujo de todas las iniquidades del +mundo, zumbaban aún en los oídos de Fermín Montenegro, cuando a la +mañana siguiente ocupó su puesto en la casa Dupont. La diferencia +radical entre el ambiente casi monástico del escritorio, con sus +empleados silenciosos, encorvados junto a las imágenes de los santos, y +aquel grupo que rodeaba a Salvatierra de veteranos de la revolución +romántica y jóvenes combatientes de la conquista del pan, turbaba al +joven Montenegro. + +Conocía de antiguo a todos sus compañeros de oficina, su ductilidad ante +el carácter imperioso de don Pablo Dupont, el jefe de la casa. Él era el +único empleado que se permitía cierta independencia, sin duda por el +afecto que la familia del jefe profesaba a la suya. Dos empleados +extranjeros, uno francés y otro sueco, eran tolerados como necesarios +para la correspondencia extranjera; pero don Pablo les mostraba cierto +despego, al uno por su falta de religiosidad y al otro por ser luterano. +Los demás empleados, que eran españoles, vivían sujetos a la voluntad +del jefe, cuidándose, más que de los trabajos de la oficina, de asistir +a todas las ceremonias religiosas que organizaba don Pablo en la iglesia +de los Padres Jesuitas. + +Montenegro temía que su jefe supiera a aquellas horas dónde había pasado +el domingo. Conocía las costumbres de la casa: el espionaje a que se +dedicaban los empleados para ganarse el afecto de don Pablo. Varias +veces notó que don Ramón, el jefe de la oficina y director de la +publicidad, le miraba con cierto asombro. Debía estar enterado de la +reunión; pero a éste no le tenía miedo. Conocía su pasado: su juventud, +transcurrida en los bajos fondos del periodismo de Madrid, batallando +contra todo lo existente, sin conquistar un mendrugo de pan para la +vejez, hasta que, cansado de la lucha, acosado por el hambre, y bajo el +pesimismo del fracaso y la miseria, se había refugiado en el escritorio +de Dupont para redactar los anuncios originales y los pomposos catálogos +que popularizaban los productos de la casa. Don Ramón, por sus anuncios +y sus alardes de religiosidad, era la persona de confianza de Dupont el +mayor; pero Montenegro no le temía, conociendo las creencias del pasado +que aún perduraban en él. + +Más de media hora pasó el joven examinando sus papeles, sin dejar de +mirar, de vez en cuando, al vecino despacho, que seguía desierto. Como +si quisiera retardar el momento de ver a su jefe, buscó un pretexto para +salir del escritorio y cogió una carta de Inglaterra. + +--¿Adónde vas?--preguntó don Ramón viéndole salir del escritorio, +después de haber llegado con tanto retraso. + +--Al depósito de las _referencias_. Tengo que explicar el pedido. + +Y salió del escritorio para internarse en las bodegas, que formaban casi +un pueblo, con su agitada población de arrumbadores, mozos de carga y +toneleros, trabajando en las explanadas, al aire libre o en las galerías +cubiertas, entre las filas de barricas. + +Las bodegas de Dupont ocupaban todo un barrio de Jerez. Eran +aglomeraciones de techumbres que cubrían la pendiente de una colina, +asomando entre ellas la arboleda de un gran jardín. Todos los Duponts +habían ido añadiendo nuevas construcciones a la antigua bodega, conforme +se agrandaban sus negocios, convirtiéndose a las tres generaciones, el +primitivo y modesto cobertizo, en una ciudad industrial, sin humo, sin +ruido, plácida y sonriente bajo el cielo azul cargado de luz, con las +paredes de una blancura nítida y creciendo las flores entre los toneles +alineados en las grandes explanadas. + +Fermín pasó frente a la puerta de lo que llamaban el _Tabernáculo_, un +pabellón ovalado, con montera de cristales, inmediato al cuerpo de +edificio donde estaban el escritorio y la oficina de expedición. El +_Tabernáculo_ contenía lo más selecto de la casa. Una fila de toneles +derechos ostentaba en sus panzas de roble los títulos de los famosos +vinos que sólo se dedicaban al embotellado; líquidos que brillaban con +todos los tonos del oro, desde el resplandor rojizo del rayo de sol al +reflejo pálido y aterciopelado de las joyas antiguas: caldos de suave +fuego que, aprisionados en cárceles de cristal, iban a derramarse en el +ambiente brumoso de Inglaterra o bajo el cielo noruego de boreales +esplendores. En el fondo del pabellón, frente a la puerta, estaban los +colosos de esta asamblea silenciosa e inmóvil; los _Doce Apóstoles_, +barricas enormes de roble tallado y lustroso como si fuesen muebles de +lujo; y, presidiéndolos, el _Cristo_, un tonel con tiras de roble +esculpidas en forma de racimos y pámpanos, como un bajo-relieve báquico +de un artista ateniense. En su panza dormía una oleada de vino; treinta +y tres botas, según constaba en los registros de la casa, y el gigante, +en su inmovilidad, parecía orgulloso de su sangre, que bastaba para +hacer perder la razón a todo un pueblo. + +En el centro del _Tabernáculo_, sobre una mesa redonda, mostrábanse +formadas en círculo todas las botellas de la casa, desde el vino, casi +fabuloso, viejo de un siglo, que se vende a treinta francos para las +fiestas tormentosas de archiduques, grandes-duques y famosas _cocottes_, +hasta el Jerez popular que envejece tristemente en los escaparates de +las tiendas de comestibles y ayuda al pobre en sus enfermedades. + +Fermín echó una mirada al interior del _Tabernáculo_. Nadie. Los toneles +inmóviles, hinchados por la sangre ardorosa de sus vientres, con el +pintarrajeo de sus marcas y escudos, parecían viejos ídolos rodeados de +una calma ultraterrena. La lluvia de oro del sol, filtrándose al través +de los cristales de la cubierta, formaba en torno de ellos un nimbo de +luz irisada. El roble tallado y oscuro parecía reír con los temblones +colores del rayo de sol. + +Montenegro siguió adelante. Las bodegas de Dupont formaban un +escalonamiento de edificios. De unos a otros extendíanse las explanadas, +y en ellas alineaban los arrumbadores las filas de toneles para que los +caldease el sol. Era el vino barato, el Jerez ordinario, que para +envejecerse rápidamente era expuesto al calor solar. Fermín recordaba la +suma de tiempo y trabajo necesarios para producir un buen Jerez. Diez +años eran precisos para criar el famoso vino: diez fermentaciones +fuertes se necesitaban para que se formase, con el perfume selvático y +el ligero sabor de avellana que ningún otro vino podía copiar. Pero las +necesidades de la concurrencia mercantil, el deseo de producir barato, +aunque fuese malo, obligaba a apresurar el envejecimiento del vino, +poniéndolo al sol para acelerar su evaporación. + +Montenegro, pasando por los tortuosos senderos que formaban las filas de +toneles, llegó a la bodega de los _Gigantes_, el gran depósito de la +casa; el almacén inmenso de los caldos antes de adquirir éstos forma y +nombre, el Limbo de los vinos, donde se agitaban sus espíritus en la +vaguedad de lo indeterminado. Hasta la alta techumbre llegaban los conos +pintados de rojo con aros negros; torreones de madera semejantes a las +antiguas torres de asedio; gigantes que daban su nombre al departamento +y contenían cada uno en sus entrañas más de setenta mil litros. Bombas +movidas a vapor trasegaban los líquidos, mezclándolos. Las mangas de +goma iban de uno a otro gigante como tentáculos absorbentes que chupaban +la esencia de su vida. El estallido de una de estas torres podía inundar +de pronto con mortal oleada todo el almacén, ahogando a los hombres que +conversaban al pie de los conos. Saludaron los trabajadores a +Montenegro, y éste, por una puerta lateral de la bodega de los +_Gigantes_, pasó a la llamada «de Embarque», donde estaban los vinos sin +marca para la imitación de todos los tipos. + +Era una nave grandiosa con la bóveda sostenida por dos filas de +pilastras. Junto a éstas alineábanse los toneles en tres hileras +superpuestas, formando calles. + +Don Ramón, el jefe del escritorio, recordando sus antiguas aficiones, +comparaba la bodega de embarque con la paleta de un pintor. Los vinos +eran colores sueltos: pero llegaba el _técnico_, el encargado de las +combinaciones, y cogiendo un poco de aquí y otro de allá, creaba el +Madera, el Oporto, el Marsala, todos los vinos del mundo, imitados con +arreglo a la petición del comprador. + +Esta era la parte de la bodega de los Dupont dedicada al engaño +industrial. Las necesidades del comercio moderno obligaban a los +monopolizadores de uno de los primeros vinos del mundo, a intervenir en +estos amaños y combinaciones, que constituían con el cognac la mayor +exportación de la casa. En el fondo de la bodega de embarque estaba el +cuarto de las _referencias_, «la biblioteca de la casa», como decía +Montenegro. Una anaquelería con puertas de cristales guardaba alineados +en compactas filas miles y miles de pequeños frascos, cuidadosamente +tapados, cada uno con su etiqueta, en la que se consignaba una fecha. +Esta aglomeración de botellas era como la historia de los negocios de la +casa. Cada frasco guardaba la muestra de un envío; la _referencia_ de un +líquido fabricado con arreglo al deseo del consumidor. Para que se +repitiera la remesa no tenía el cliente más que recordar la fecha, y el +encargado de las _referencias_ buscaba la muestra, elaborando de nuevo +el líquido. + +La bodega de embarque contenía cuatro mil botas de distintos vinos para +las combinaciones. En un cuarto lóbrego, sin otra luz que un ventanillo +cerrado por un vidrio rojo, estaba la _cámara oscura_. Allí el técnico +examinaba, al través del rayo luminoso, la copa de vino del barril +recién abierto. + +Con arreglo a las _referencias_ o a la nota enviada del escritorio, +combinaba el nuevo vino con los diversos líquidos y después marcaba con +clarión en las caras de los toneles el número de jarras que había que +extraer de cada uno para formar la mixtura. Los arrumbadores, mocetones +fornidos, en cuerpo de camisa, arremangados y con la amplia faja negra +bien ceñida a los riñones, iban de un lado a otro con sus jarras de +metal, trasegando los vinos de la combinación al tonel nuevo del envío. + +Montenegro conocía desde su niñez al técnico de la bodega de embarque. +Era el empleado más antiguo de la casa. Había alcanzado a ver en su +niñez al primer Dupont, fundador del establecimiento. El segundo le +había tratado como a compañero, y al actual jefe, a Dupont el joven, lo +había tenido en sus brazos, uniéndose al tuteo de la confianza paternal +el miedo que le inspiraba don Pablo con su carácter imperioso de dueño a +estilo antiguo. + +Era un viejo que parecía hinchado por el ambiente de la bodega. Su piel, +surcada por las arrugas, tenía el brillo de una eterna humedad, como si +el vino volatilizado penetrase por todos sus poros y se escurriese por +el borde de su bigote en forma de lágrimas. + +Aislado en su bodega, obligado al silencio por los largos encierros en +la cámara oscura, sentía la comezón de hablar cuando se presentaba +alguno del escritorio, especialmente Montenegro, que, lo mismo que él, +podía tenerse por hijo de la casa. + +--¿Y tu padre?--preguntó a Fermín.--Siempre en la viña, ¿eh?... Allí se +está mejor que en esta cueva húmeda. De seguro que vivirá más años que +yo. + +Y al fijarse en el papel que le ofrecía Montenegro, hizo un mohín de +disgusto. + +--¡Otro encarguito!--exclamó irónicamente.--¡Vino combinado para el +embarque!... Bien van los negocios, señor Dios. Antes éramos la primera +casa del mundo, la única, por nuestros vinos y nuestras soleras del +país. Ahora fabricamos _mejunjes_, vinos de extranjería, el Madera, el +Oporto, el Marsala, o imitamos el Tintillo de Rota y el Málaga. ¡Y para +esto cría Dios los caldos de Jerez y da fuerza a nuestras viñas! ¡Para +que neguemos nuestro nombre!... ¡Vamos, que siento un deseo de que la +filoxera acabe con todo para no aguantar más falsificaciones y +mentiras!... + +Montenegro conocía las manías del viejo. No le presentaba una nota de +embarque que no prorrumpiese en maldiciones contra la decadencia de los +vinos de Jerez. + +--Tú no has alcanzado la buena época, Ferminillo--continuó;--por esto +tomas las cosas con tanta pachorra. Tú eres de los modernos, de los que +creen que las cosas marchan bien porque vendemos mucho cognac como +cualquier casa de esos países extranjeros, cuyas viñas sólo producen +porquería, sin que Dios les conceda la menor cosa que se parezca al +Jerez... Dime, tú que has corrido mundo, ¿dónde has visto nuestra uva de +_Palomino_, ni la de _Vidueño_, ni el _Mantuo de Pila_, ni el +_Cañocaso_, ni el _Perruno_, ni el _Pedro Ximénez_?... ¡Qué has de ver! +Eso sólo se cría en esta tierra: es un regalo de Dios...; y, con tanta +riqueza, fabricamos cognac o vinos de imitación porque el Jerez, el +verdadero Jerez ya no está de moda, según dicen esos señores del +extranjero! Aquí se acaban las bodegas. Esto son licorerías, boticas, +cualquier cosa, menos lo que fueron en otro tiempo y ¡vamos!, que me dan +ganas de echar a volar para no volver, cuando os presentáis con esos +papelillos, pidiéndome que haga otra falsificación. + +El viejo se indignaba oyendo las respuestas de Fermín. + +--Son exigencias del comercio moderno, señor Vicente; han cambiado los +negocios y el gusto del público. + +--Pues que no beban, ¡porra!, que nos dejen tranquilos, sin exigirnos +que disfracemos nuestros vinos; los guardaremos almacenados para que +envejezcan tranquilamente, y estoy seguro de que algún día nos harán +justicia viniendo a buscarlos de rodillas... Esto ha cambiado mucho. La +Inglaterra debe de estar perdida. No necesito que me lo digas; demasiado +lo veo yo aquí recibiendo visitas. Antes venían menos ingleses a la +bodega; pero los viajeros eran gentes de distinción: _lores_ y +_loresas_, los que menos. Daba gloria ver con qué aire de señorío se +_apimplaban_. ¡Copa de aquí, para hacer un pedido! ¡copa de allá, para +comparar!, y así iban por la bodega, serios como sacerdotes, hasta que a +la salida tenían que tumbarlos en el calesín para llevarles a la fonda. +Sabían catar y hacer justicia a lo bueno... Ahora, cuando toca en Cádiz +barco de ingleses, llegan en manada, con un guía al frente; prueban de +todo porque se da gratis y, si compran algo, se contentan con botellas +de a tres pesetas. No saben emborracharse con señorío: gritan, arman +camorra y se van por la calle haciendo _eses_ para que rían los zagales. +Yo creía antes que todos los ingleses eran ricos, y resulta que estos +que viajan en cuadrilla son cualquier cosa; zapateros o tenderos de +Londres que salen a tomar el aire con los ahorros del año... Así marchan +los negocios. + +Montenegro sonreía escuchando las incoherentes lamentaciones del viejo. + +--Además--continuó el bodeguero--en Inglaterra, lo mismo que aquí, se +pierden las costumbres antiguas. Muchos ingleses no beben más que agua, +y, según me han dicho, ya no es elegante, después de comer, que las +señoras se vayan a charlar a un salón, mientras los hombres se quedan +bebiendo, hasta que los criados se toman el trabajo de sacarlos de bajo +de la mesa. Ya no necesitan por la noche, como gorro de dormir, un par +de botellas de Jerez que costaban un buen puñado de chelines. Los que +aún se emborrachan para demostrar que son unos señores, usan lo que +llaman _bebidas largas_--¿no es esto, tú que has estado +allá?--porquerías que cuestan poco y permiten beber y beber antes de +_apimplarse_; el _wischy_ con soda y otras mixturas asquerosas. La +ordinariez los domina. Ya no piden _Xerrrez_ como cuando vienen aquí y +lo encuentran gratis. El Jerez únicamente sabemos apreciarlo los de la +tierra; dentro de poco sólo lo compraremos nosotros. Ellos se +emborrachan con cosas baratas, y así marchan sus asuntos. En el +Transvaal casi los revientan. El mejor día les pegarán en el mar con +todas sus guapezas. Decaen: ya no son los mismos de aquellos tiempos en +que la casa Dupont era una bodega poco más grande que una barraca, pero +enviaba sus botellas y hasta sus barricas al señor Pitt, al señor +Nelson, al señor _Velintón_ y a otros caballeros cuyos nombres figuran +en las soleras más antiguas de la bodega grande. + +Montenegro seguía riendo al oír estas lamentaciones. + +--Ríe, muchacho, ríe. Todos sois lo mismo: no habéis conocido lo bueno y +os extraña que los viejos encontremos tan malo lo presente. ¿Sabes a +cómo se pagaba antes la bota de treinta y una arrobas? Pues llegó a +valer 230 pesos; y ahora se ha vendido en algunos años a 21 pesos. +Pregúntale a tu padre, que aunque menos viejo que yo, también ha +conocido los tiempos de oro. El dinero circulaba en Jerez lo mismo que +el aire. Había cosecheros que usaban calañés y vivían en un casucho de +las afueras como pobres, alumbrándose con un velón; pero al pagar una +cuenta tiraban de un saco que tenían debajo de la mesilla de pino como +si fuese un saco de patatas, y ¡eche usté onzas! Los trabajadores de las +viñas cobraban de treinta a cuarenta reales de jornal, y se permitían la +fantasía de ir al tajo en calesín y con zapatos de charol. Nada de +periódicos, ni de soflamas, ni de mítines. Allí donde se reunía la gente +sonaba la guitarra, soltándose cada seguidilla y cada martinete que a +Dios le temblaban la carne de gusto... Si entonces hubiese aparecido +Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, con todas esas cosas de +pobres y ricos, de repartos de tierras y rivoluciones, le habrían +ofrecido una caña y le hubieran dicho: «Siéntese su mercé en el corro, +camará; beba, cante, eche un baile con las mocitas si en ello tiene +gusto y no se haga mala sangre pensando en nuestra vida, que no es de +las peores»... Pero los ingleses apenas nos beben: el dinero entra con +menos frecuencia en Jerez, y se oculta de tal modo el condenado, que +nadie lo ve. Los trabajadores de las viñas ganan diez reales y tienen +cara de vinagre. Por si han de podar con cuchilla o con tijeras, se +matan entre ellos; hay _Mano Negra_ y en la plaza de la cárcel se da +garrote a los hombres, lo que no se había visto en Jerez en muchísimos +años. El jornalero pincha como un erizo apenas se le habla, y el amo es +peor que antes. Ya no se ve a los señores alternando con los pobres en +las vendimias, bailando con las muchachas y requebrándolas como un gañán +joven. La guardia civil corre el campo como en los tiempos que salían +bandidos a las carreteras... ¿Y todo por qué, señor? Por lo que yo digo: +porque los ingleses se han aficionado al maldito _whischy_ y no hacen +caso del buen _palo cortado_, ni de la _palma_, ni de ninguna otra de +las exelencias de esta bendita tierra... Lo que yo digo: dinero, venga +dinero: que vuelvan aquí, como en otros tiempos, las libras, las guineas +y los chelines ¡y se acabaron las huelgas, y los sermones de Salvatierra +y sus partidarios, y los malos gestos de los civiles, y todas las +miserias y vergüenzas que ahora vemos!... + +Del fondo de la bodega salió un grito llamando al señor Vicente. Era un +arrumbador que dudaba ante los números blancos trazados al frente de una +bota y pedía una aclaración al bodeguero. + +--¡Voy, hijo!--gritó el viejo.--¡Cuidado con equivocarse en la +medicina!... + +Y añadió dirigiéndose a Montenegro: + +--Déjame ese papelillo en la cámara oscura y ojalá se os caigan las +manos antes de traerme más recetas, como si fuese yo un boticario. + +El viejo se alejó con paso tardo y balanceante hacia el fondo de la +bodega, y Montenegro salió de ella pasando por el taller de tonelería +antes de regresar al escritorio. + +Era un amplio patio con cobertizos, debajo de los cuales trabajaban los +toneleros golpeando con sus mazos los aros que aprisionaban la madera. +Los toneles a medio construir, con sólo la parte superior sujeta por los +aros de hierro, abrían sus duelas sobre un fuego de virutas que las +caldeaba, encorvándolas para que facilitasen el cierre. + +Los negocios de la casa obligaban a este taller a una incesante +producción. Centenares de toneles salían de él todas las semanas para +ser embarcados en Cádiz, esparciendo los vinos de Dupont por todo el +mundo. + +En un lado del patio alzábase una torre formada con duelas. En lo más +alto del frágil edificio estaban dos aprendices recogiendo las que les +arrojaban desde abajo, entrecruzándolas, añadiendo nueva altura a la +frágil construcción que sobrepasaba los tejados y amenazaba derrumbarse, +cimbreándose al menor movimiento como una torre de naipes. + +El encargado de la tonelería, un hombre robusto, de sonrisa bondadosa, +se aproximó a Montenegro. + +--¿Cómo está don Fernando?... + +Sentía por el agitador un gran respeto desde sus tiempos de jornalero. +La protección de los Dupont y la ductilidad con que se plegaba a todas +sus manías, le habían elevado. Pero, como compensación a este +servilismo que le había convertido en jefe del taller, guardaba un +secreto afecto al revolucionario y a todos sus compañeros de la época de +miseria. Se enteró minuciosamente de cómo había vuelto Salvatierra del +presidio y de sus futuros planes de vida. + +--Yo iré a verle cuando pueda--dijo bajando la voz,--cuando el amo no se +entere... Ayer tuvimos gran fiesta en la iglesia de los jesuitas y por +la tarde fui con mis niñas a visitar a la señora... Ya sé que pasasteis +bien el día. Me lo han dicho aquí, en la bodega. + +Con el miedo de un servidor bien cebado que teme perder el bienestar, +daba consejos al joven. ¡Ojo, Ferminillo! La casa estaba llena de +soplones. Cuando él estaba enterado, no sería de extrañar que don Pablo +tuviese ya noticia de que Montenegro había visitado a Salvatierra. + +Y como si temiese hablar demasiado y que alguien le espiase, se despidió +apresuradamente de Fermín, volviendo al lado de los trabajadores que +golpeaban los toneles. Montenegro siguió adelante, entrando en la +principal bodega de la casa, donde se guardaban las soleras antiguas y +envejecían los vinos de crianza. + +Era como una catedral; pero una catedral blanca, nítida, luminosa, con +sus cinco naves separadas por tres hileras de columnas de sencillo +capitel. Agrandábase el ruido de los pasos lo mismo que en un templo. +Las bóvedas tronaban con el sonido de los voces, repitiéndolas +ensanchadas por el eco. Las paredes estaban rasgadas por ventanales de +blancos vidrios y en los dos frontis se abrían dos grandes rosetones, +también blancos, por uno de los cuales penetraba el sol, moviéndose en +su faja de luz las inquietas e irisadas moléculas de polvo. + +A lo largo de las columnatas alineábase en andanas la riqueza de la +casa, la triple fila de toneles acostados, que llevaban en sus caras la +cifra del año de la cosecha. Había barricas venerables cubiertas de +telarañas y polvo, con la madera tan húmeda, que parecía próxima a +deshacerse. Eran los patriarcas de la bodega: estaban bautizados con los +nombres de los héroes que gozaban de fama universal cuando ellos +nacieron. Un barril se llamaba _Napoleón_, otro _Nelson_; los había +adornados con la corona real de Inglaterra, porque de ellos habían +bebido monarcas de la Gran Bretaña. Una barrica antiquísima, +completamente aislada, como si el roce con las otras pudiera +despanzurrarla, exhibía el venerable nombre de _Noé_. Era la mayor +antigüedad de la casa: se remontaba a mediados del siglo XVIII y el +primero de los Dupont la había adquirido ya como una reliquia. Cerca de +ella se alineaban otros toneles que llevaban bajo el escudo real de +España los nombres de todos los monarcas e infantes que habían visitado +Jerez en el curso del siglo. + +El resto de la bodega lo llenaban las muestras de todas las cosechas, a +partir de los primeros años del siglo. Un tonel aislado esparcía un +perfume acre, que, como decía Montenegro, «llenaba la boca de agua». Era +un vinagre famoso, de una vejez de ciento treinta años. Y a este olor +seco y punzante uníanse el perfume azucarado de los vinos dulces, y el +suave, de cuero, de los secos. El vaho alcohólico que transpiraba el +roble de los toneles y el olor de las gotas derramadas en el suelo por +el trasiego, impregnaban con un perfume de dulce locura el tranquilo +ambiente de aquella bodega, blanca, como un palacio de hielo, bajo la +caricia temblona de los vidrios inflamados por el sol. + +Fermín la atravesó, e iba ya a salir de ella cuando oyó que le llamaban +desde el fondo. Experimentó cierto sobresalto al conocer la voz. Era «el +amo», que acompañaba a unos forasteros. Con él estaba su primo Luis, un +Dupont que siendo menor sólo en algunos años a don Pablo, le respetaba +como a jefe de la familia, sin privarse por esto de darle grandes +disgustos con su conducta desarreglada. + +Los dos Dupont acompañaban a unos recién casados venidos de Madrid, +enseñándoles las bodegas. Él era un antiguo amigo de Luis, un camarada +de alegre vida madrileña que había sentado al fin la cabeza, casándose. + +--Han de salir ustedes de aquí borrachos--decía el joven Dupont a los +recién casados.--Es de ritual: nos consideraríamos deshonrados si un +amigo saliera de esta casa lo mismo que entró. + +Y Dupont el mayor acogía con sonrisa benévola las palabras de su primo, +mientras enumeraba las excelencias de cada vino famoso. El encargado de +la bodega, rígido como un soldado, se colocaba ante los toneles con dos +copas en una mano y en la otra la _avenencia_, una varilla de hierro +rematada por un estrecho cazo. + +--¡Saca, Juanito!--ordenaba imperiosamente el amo. + +La _avenencia_ iba hundiéndose en diversos toneles, y de un solo golpe, +sin que se derramase una gota, llenaba las copas. Salían al aire los +vinos dorados y luminosos, coronándose de brillantes al caer en el +cristal, esparciendo en torno un intenso perfume de ancianidad. Todas +las tonalidades del ámbar, desde el gris suave al amarillo pálido, +brillaban en aquellos líquidos densos a la vista como el aceite, pero de +una transparencia nítida. Un lejano perfume exótico, que hacía pensar en +flores fantásticas de un mundo sobrenatural donde fuese eterna la +existencia, emanaba de estos líquidos extraídos del misterio de los +toneles. La vida parecía acrecentarse al paladearlos; los sentidos +cobraban nueva intensidad; la sangre ardía atropellándose en su +circulación, y el olfato se excitaba sintiendo anhelos desconocidos, +como si husmease una electricidad nueva en la atmósfera. La pareja de +viajeros bebía de todo, después de resistir con débiles protestas las +invitaciones de Luis. + +--¡Hola, barbián!--dijo Dupont el menor al ver a Montenegro.--¿Cómo está +tu familia? Un día de estos iré a la viña. Quiero probar un caballo que +compré ayer. + +Y después de estrechar la mano de Montenegro y darle varias palmadas en +los hombros, satisfecho de poder demostrar la fuerza de sus manazas ante +aquellos amigos, le volvió la espalda. + +Fermín tenía con este señorito gran confianza. Se tuteaban, se habían +criado juntos en la viña de Marchamalo, con aquella llaneza de trato que +los Dupont permitían a su familia. + +Con don Pablo, era otra la situación. El amo no se diferenciaba de +Fermín en más de media docena de años; también lo había visto él correr +como un muchacho por la viña en tiempos del difunto don Pablo; pero +ahora era el jefe de la familia, el director de la casa, y él entendía +la autoridad a uso antiguo, ceñuda e indiscutible como la de Dios, con +gritos y arrebatos de cólera, apenas adivinaba la más ligera +desobediencia. + +--Quédate--ordenó brevemente a Montenegro;--tengo que hablarte. + +Y le volvió la espalda para seguir hablando a los forasteros de su +tesoro de vinos. + +Fermín, obligado a seguirles silencioso y encogido como un doméstico en +su marcha lenta por entre los toneles, miraba a don Pablo. + +Aún era joven, no había llegado a los cuarenta años, pero la obesidad +desfiguraba su cuerpo a pesar de la vida activa a que le impulsaban sus +entusiasmos de jinete. Los brazos parecían cortos al descansar algo +encorvados sobre el abultado contorno de su cuerpo. Su juventud +revelábase únicamente en la cara mofletuda, de labios carnosos y +salientes, sobre los cuales la virilidad sólo había trazado un ligero +bigote. El cabello se ensortijaba en la frente formando un rizo +apretado, un moñete al que llevaba con frecuencia su mano carnosa. Era, +por lo común, bondadoso y pacífico, pero bastaba que se creyese +desobedecido o contrariado para que se le enrojeciera la cara, +atiplándose su voz con el tono aflautado de la cólera. El concepto que +tenía de la autoridad, el hábito de mandar desde su primera juventud +viéndose al frente de las bodegas por la muerte de su padre, le hacían +ser despótico con los subordinados y su propia familia. + +Fermín le temía sin odiarle. Veía en él un enfermo, «un degenerado», +capaz de los mayores extravagancias por su exaltación religiosa. Para +Dupont, el amo lo era por derecho divino, como los antiguos reyes. Dios +quería que existiesen pobres y ricos, y los de abajo debían obedecer a +los de arriba, porque así lo ordenaba una jerarquía social de origen +celeste. No era tacaño en asuntos de dinero, antes bien, se mostraba +generoso en la remuneración de los servicios, aunque su largueza tenía +mucho de veleidosa e intermitente, fijándose más en el aspecto simpático +de las personas que en sus méritos. Algunas veces, al encontrar en la +calle a obreros despedidos de sus bodegas, indignábase porque no le +saludaban. «¡Tú!--decía imperiosamente;--aunque no estés en mi casa, tu +deber es saludarme siempre, porque fui tu amo». + +Y este don Pablo, que con la fuerza industrial acumulada por sus +antecesores y con la impetuosidad de su carácter era la pesadilla de un +millar de hombres, hacía gala de humildad y llegaba hasta el servilismo +cuando algún sacerdote secular o los frailes de las diversas órdenes +establecidas en Jerez le visitaban en su escritorio. Intentaba +arrodillarse al besarles la mano, no haciéndolo porque ellos se lo +impedían con bondadosa sonrisa; celebraba con un gesto de satisfacción +el que los visitantes le tuteasen ante los empleados, llamándole +Pablito, como en los tiempos en que era su educando. + +¡Jesús y su Santa Madre, por encima de todas las combinaciones +comerciales! Ellos velaban por los intereses de la casa y él, que no era +más que un simple pecador, limitábase a recibir sus inspiraciones. A +ellos se debía la buena suerte de los primeros Dupont, y don Pablo se +desvivía por remediar con su fervor la tibieza religiosa de sus +ascendientes. Los celestiales protectores eran los que le habían +sugerido la idea de establecer la destilería del cognac, dando nuevos +alientos a la casa; ellos también los que hacían que la marca Dupont, +con la ayuda de los anuncios, se esparciese por toda España sin miedo a +rivalidades, favor inmenso que todos los años agradecía dedicando una +parte de las ganancias al auxilio de las nuevas órdenes religiosas +establecidas en Jerez o ayudando a su madre, la noble doña Elvira, que +siempre tenía capillas por restaurar o un manto costoso en confección +para alguna Virgen. + +Las extravagancias religiosas de don Pablo Dupont hacían reír a toda la +ciudad; pero eran muchos los que reían con cierto temor, pues +dependiendo más o menos directamente del poderío industrial de la casa, +necesitaban de su apoyo para los negocios y temían su cólera. + +Montenegro recordaba la estupefacción de la gente un año antes, cuando +un perro de los que guardaban por la noche las bodegas mordió a varios +trabajadores. Dupont había acudido en su auxilio, temiendo que el +mordisco les produjera la hidrofobia y, para evitarla, les hizo tragar +en el primer momento, en forma de píldoras, una estampa de santo +milagroso que guardaba su madre. Era tan estupendo aquello, que Fermín, +después de haber presenciado el hecho, comenzaba a dudar, con el +transcurso del tiempo, de que fuese cierto. Bien es verdad que después, +el mismo don Pablo pagó con largueza el viaje a los enfermos para que +fuesen curados por un médico célebre. Dupont explicaba su conducta +cuando le hablaban de este suceso con una sencillez que daba espanto: +«Primero, la Fe; después, la Ciencia, que algunas veces hace grandes +cosas, pero es porque se lo permite Dios». + +Fermín se asombraba ante la incoherencia de aquel hombre, experto en los +negocios, que hacía marchar la gran explotación industrial heredada de +sus antecesores, agrandándola con certeras iniciativas, que había +viajado y tenía alguna cultura, y, sin embargo, era capaz de las mayores +extravagancias milagreras, creyendo en intervenciones sobrenaturales, +con la misma simpleza de alma de un lego de convento. + +Dupont, luego de acompañar a su primo y a los amigos de éste por toda la +bodega, decidió retirarse, como si su dignidad de amo sólo le permitiera +enseñar la parte más selecta de la casa. Luis les mostraría las otras +bodegas, la destilería del cognac, los talleres de embotellado: él tenía +que hacer en el escritorio. Y saludando a los forasteros con un gesto de +bondad altiva y señorial, que Montenegro había visto muchas veces en +doña Elvira, el temible Dupont hizo un ademán a su empleado para que le +siguiese. + +Fuera de la bodega detúvose don Pablo, quedando los dos hombres al aire +libre, con la cabeza descubierta, en medio de una explanada. + +--Ayer no te vi--dijo Dupont frunciendo el ceño y coloreándosele las +mejillas. + +--No pude ir, don Pablo, Me retrasé... unos amigos... + +--Ya hablaremos de eso. ¿Tú sabes qué fiesta fue la de ayer? Te hubieras +conmovido viéndola. + +Y con repentino entusiasmo, olvidando su enojo, comenzó a explicar con +una delectación de artista la ceremonia del día anterior en la iglesia +de los que él, por antonomasia, llamaba los Padres. Primer domingo del +mes: fiesta extraordinaria. El templo lleno: los oficinistas y +trabajadores de la casa Dupont hermanos estaban con sus familias; casi +todos (¿eh, Fermín?), casi todos: muy pocos faltaban. Había pronunciado +el sermón el padre Urizábal, un gran orador, un sabio que hizo llorar a +todos; (¿eh, Montenegro?) ¡a todos!... menos a los que no estaban. Y +después, había llegado el acto más conmovedor. Él, como un caudillo, +acercándose a la sagrada mesa rodeado de su madre, su esposa, sus dos +hermanos, que habían venido de Londres; el Estado Mayor de la casa: y +después todos los que comían el pan de los Dupont, con sus familias, +mientras arriba, en el coro, sonaba el armónium con melodías dulcísimas. + +Don Pablo se exaltaba al recordar la hermosura de la fiesta; le +brillaban los ojos, humedecidos por la emoción, y aspiraba el aire como +si aún percibiera el olor de la cera y del incienso, el perfume de las +flores que su jardinero había puesto en el altar. + +--¡Y qué bien se siente el alma después de una fiesta así!--añadió con +delectación.--Ayer fue uno de los días mejores de mi vida. ¿Puede haber +cosa más santa? La resurrección de los buenos tiempos, de las sencillas +costumbres: el señor comulgando con sus servidores. Ahora ya no hay +señores como en otros tiempos: pero el rico, el gran industrial, el +comerciante, debe imitar el antiguo ejemplo y presentarse ante Dios +seguido de todos aquellos a quienes da el pan. + +Pero pasando de la ternura a la cólera, con su vehemencia de impulsivo, +se fijó en Fermín, como si hasta entonces, hablando de la fiesta, se +hubiese olvidado de él. + +--¡Y tú no viniste!--exclamó rojo de indignación, mirándole +duramente.--¿Por qué?... Pero no hables: no mientas. Te advierto que lo +sé todo. + +Y siguió hablando a Montenegro en tono amenazador. Tal vez era de él la +culpa, ya que toleraba desobediencias en su escritorio. Tenía dos +empleados herejes, un francés y un noruego encargados de la +correspondencia extranjera, los cuales, con el pretexto de no ser +católicos, daban el mal ejemplo no asistiendo a las fiestas del domingo. +Y Fermín, porque había viajado, porque había vivido en Londres y leído +unos libracos venenosos para su alma, se creía con derecho a imitarles. +¿Acaso era él extranjero? ¿No lo habían bautizado al nacer? ¿O es que +por haber ido a Inglaterra, a costa del bolsillo de su difunto padre, se +creía superior a los demás?... + +--Esto se acabará--continuó Dupont, exaltándose con sus propias +palabras.--Si esos extranjeros no van a la iglesia como los demás, los +despediré: no quiero que den en mi casa malos ejemplos y que te sirvan +de pretexto para echarlas de hereje. + +A Montenegro no le infundían temor estas amenazas. Las había oído muchas +veces: después de un domingo de gran fiesta, el amo hablaba siempre de +despedir a los _extranjeros_; pero luego sus conveniencias comerciales +le hacían aplazar la resolución, en vista de los buenos servicios que +prestaban en el escritorio. + +Pero cuando Fermín se alarmó fue al ver que don Pablo, cambiando de +gesto y con una frialdad irónica, le preguntaba repetidas veces dónde +había pasado el día anterior. + +--¿Tú crees que no lo sé?...--continuó.--Nada de excusas, Fermín: no +mientas. Yo lo sé todo. Un amo cristiano debe preocuparse no sólo de la +vida de sus dependientes, sino de su alma. No contento con huir de la +casa de Dios has pasado el día con ese Salvatierra, que acaba de +librarse del presidio, donde debía seguir por todo el resto de sus días. + +Montenegro se indignó ante el tono despectivo con que hablaba Dupont de +su maestro. Palideció de cólera, estremeciéndose como si acabase de +recibir un latigazo, y miró de frente con cierta arrogancia a su jefe. + +--Don Fernando Salvatierra--dijo con voz trémula, haciendo esfuerzos por +contener su indignación--fue mi maestro y le debo mucho. Además, es el +mejor amigo de mi padre, y yo sería un desagradecido sin entrañas si no +fuese a verle después de sus desgracias. + +--¡Tu padre!--exclamó don Pablo.--¡Un bobalicón que nunca aprenderá a +vivir!... ¡Que nadie le toque a su antiguo cabecilla! Y yo le +preguntaría qué sacó de ir por los montes y por las calles de Cádiz +disparando tiros por su República Federal y su don Fernando. Si mi padre +no le hubiese apreciado por su sencillez y hombría de bien, seguramente +que habría muerto de hambre, y tú, en vez de ser un señorito, estarías +cavando en las viñas. + +--Pues su padre de usted, don Pablo--dijo Fermín,--también fue amigo de +don Fernando Salvatierra y más de una vez acudió a él pidiéndole apoyo +en aquella época de pronunciamientos y cantones. + +--¡Mi padre!--contestó Dupont con cierta indecisión.--También era como +era: hijo de una época de revueltas y un poco tibio en lo que más debe +importarle al hombre: la religión... Además, Fermín, los tiempos han +cambiado; aquellos republicanos de entonces eran muchos de ellos +personas extraviadas, pero de excelente corazón. Yo he conocido algunos +que no podían pasar sin su misa y eran unos santos varones que odiaban a +los reyes, pero respetaban a los sacerdotes de Dios. ¿Tú crees, Fermín, +que a mí me asusta la República? Yo soy más republicano que tú; yo soy +un hombre moderno. + +Y con ademanes descompuestos, golpeándose el pecho, hablaba de sus +convicciones. Él no tenía simpatía alguna por los gobiernos actuales; al +fin, todos eran unos ladrones, y en punto a fe religiosa unos hipócritas +que fingían sostener el catolicismo porque lo consideraban una fuerza. +La monarquía era una bandera social, como decía su amigo el padre +Urizábal: conforme; pero él se fijaba poco en banderas y colores; lo +importante era que Dios estuviese sobre todo, que reinase Cristo con +monarquía o con república, y los gobernantes fuesen hijos sumisos del +Papa. A él no le infundía miedo la República. Miraba con gran simpatía +algunas de la América del Sur, pueblos ideales y felices donde la +Purísima Concepción era capitana generala de los ejércitos y el Corazón +de Jesús figuraba en las banderas y en los uniformes de los soldados, +formándose los gobiernos bajo la sabia inspiración de los Padres de la +Compañía. Una república de esta clase podía venir, por él, cuando +quisiera. Daría por su triunfo la mitad de su fortuna. + +--Te digo, Fermín, que soy más republicano que tú y que de todo corazón +estaría con aquellos buenos señores que conocí de niño, a los que miraba +la gente como unos descamisados, siendo excelentes personas... ¡Pero el +Salvatierra de ahora! ¡Y todos vosotros, los jovenzuelos que le +escucháis, mequetrefes que os parece poco ser republicanos y habláis de +la igualdad, y de repartirlo todo, y decís que la religión es cosa de +viejas!... + +Dupont abría sus ojos desmesuradamente para expresar el asombro y la +repugnancia que le inspiraban los nuevos rebeldes. + +--Y no creas, Fermín, que yo soy de los que me asusto por lo que ese +Salvatierra y sus amigos llaman reivindicaciones sociales. Ya sabes que +no riño por cuestiones de dinero. ¿Que piden los trabajadores unos +céntimos más de jornal o un nuevo rato de descanso para echar otro +cigarro? Pues si puedo, lo doy, ya que gracias al Señor, que tanto me +protege, lo que menos me falta es dinero. Yo no soy como esos otros amos +que viviendo en perpetuo ahogo regatean el sudor del pobre. ¡Caridad, +mucha caridad! Que se vea que el cristianismo sirve de arreglo para +todo... Pero lo que me revuelve la sangre es que se pretenda que todos +seamos iguales, como si no existiesen jerarquías hasta en el cielo; que +se hable de Justicia al pedir algo, como si favoreciendo yo a un pobre +no hiciese más que lo que debo y mi sacrificio no significase una buena +acción. Y, sobre todo, esa infernal manía de ir contra Dios, de quitar +al pobre sus sentimientos religiosos, de hacer responsable a la Iglesia +de todo lo malo que ocurre, y que no es más que obra del maldito +liberalismo... + +Don Pablo se indignaba al recordar la impiedad de la gente rebelde. En +esto no transigía. Salvatierra y cuantos fuesen contra la religión le +encontrarían enfrente. En su casa, todo menos eso. Aún temblaba de +cólera recordando cómo despidió, dos semanas antes, a un tonelero, un +mentecato adulterado por la lectura, al que había sorprendido haciendo +alarde de incredulidad ante sus compañeros. + +--Figúrate que decía que las religiones son hijas del miedo y la +ignorancia: que el hombre, en sus primeros tiempos, no creyó en nada +sobrenatural, pero que ante el rayo y el trueno, ante el incendio y la +muerte, no pudiendo explicarse tales misterios, había inventado a Dios. +¡Vamos, no sé cómo me contuve y no le di de bofetadas! Aparte de estas +locuras, un buen muchacho que sabía su oficio: pero buena penitencia +lleva, pues en Jerez nadie le ha dado trabajo por no molestarme, +viéndolo expulsado de mi casa, y ahora tal vez vaya por el mundo +royéndose los codos de hambre. Ese acabará por echar bombas, que es el +final de todos los que niegan a Dios. + +Don Pablo y su empleado iban lentamente hacia el escritorio. + +--Ya sabes mi resolución, Fermín--dijo Dupont antes de entrar en la +oficina.--Te quiero por tu familia y porque casi hemos sido compañeros +de infancia. Además, eres como un hermano de mi primo Luis. Pero ya me +conoces; Dios sobre todo: por él soy capaz de abandonar a mi familia. Si +no estás contento en mi casa, habla; si te parece escaso el sueldo, +dilo. Contigo no regateo, porque me eres simpático a pesar de tus +necedades. Pero no me faltes el domingo a la misa de la casa: aléjate +del chiflado de Salvatierra y todos los perdidos que se juntan con él. Y +si no haces esto, nos veremos las caras, ¿sabes, Fermín? Tú y yo +acabaremos mal. + +Dupont fue a instalarse en su despacho y acudió presuroso don Ramón, el +encargado de la publicidad, con un lío de papeles que presentó a su +jefe, acompañándolo con una sonrisa de cortesano viejo. + +Montenegro, desde su mesa, veía al jefe discutiendo con el director del +escritorio, removiendo los papeles y haciéndole preguntas sobre los +negocios, con un acierto que revelaba que todas sus facultades útiles se +habían concentrado al servicio de la industria. + +Había transcurrido más de una hora, cuando Fermín se vio llamado por el +jefe. La casa tenía que aclarar una cuenta con el escritorio de otra +bodega: era asunto largo que no podía discutirse por teléfono, y Dupont +enviaba a Montenegro como dependiente de confianza. Don Pablo, serenado +ya por el trabajo, parecía querer borrar con esta distinción la dureza +amenazadora con que había tratado al joven. + +Fermín púsose el sombrero y la capa y salió sin prisa alguna, +disponiendo del día entero para desempeñar su comisión. El amo no era +exigente en el trabajo cuando se veía obedecido. En la calle, el sol de +Noviembre, tibio y dulce como un sol primaveral, hacía resaltar bajo su +lluvia de oro las casas blancas, de verdes balcones, recortando la línea +de sus azoteas africanas sobre un cielo de intenso azul. + +Montenegro vio venir hacia él un airoso jinete en traje de campo. Era un +mocetón moreno, vestido como los contrabandistas o los bandidos +caballerescos que sólo existen ya en los relatos populares. Al trotar su +caballo, movíanse las alas de su chaqueta corta de cordoncillo de +Grazalema, con coderas de paño negro ribeteadas de seda y bolsillos de +media luna forrados de rojo. El sombrero, de alas grandes y rectas, +estaba sostenido por un barbuquejo. Calzaba botines de cuero amarillo +con grandes espuelas y las piernas las resguardaba del frío con unos +zajones de piel, amplio delantal sujeto con correas. Delante de la silla +iba plegada la manta oscura de grueso borlaje; en la grupa las alforjas, +y a un lado la escopeta con el doble cañón asomando por debajo de la +panza del animal. Cabalgaba elegantemente, con una gallardía árabe, como +si hubiese nacido sobre los lomos del corcel y éste y su jinete +formasen un solo cuerpo. + +--¡Olé, los caballistas!--gritó Fermín al reconocerle.--Buenos días, +Rafaelillo. + +Y el jinete paró su caballo de un tirón que le hizo tocar con las ancas +el suelo, al mismo tiempo que levantaba las patas delanteras. + +--¡Buen animal!--dijo Montenegro dando palmadas en el cuello del corcel. + +Y los dos jóvenes quedaron silenciosos examinando la inquieta +nerviosidad de la bestia, con el fervor de unas gentes que aman la +equitación como el estado perfecto del hombre y consideran al caballo +cual el mejor amigo. + +Montenegro, a pesar de su vida sedentaria de oficinista, sentía +removerse en él atávicos entusiasmos a la vista de un corcel de precio; +sentía la admiración del nómada africano ante el animal, eterno +compañero de su vida. De la riqueza de su jefe don Pablo, sólo envidiaba +la docena de caballos, los más caros y famosos de las ganaderías de +Jerez, que tenía en sus cuadras. También aquel hombre obeso, que parecía +no sentir otros entusiasmos que los que le inspiraban su religión y su +bodega, olvidaba momentáneamente a Dios y al cognac al ver un caballo +hermoso que no fuese suyo, y sonreía agradecido cuando le elogiaban como +el primer jinete de la campiña jerezana. + +Rafael era el aperador del cortijo de Matanzuela, la finca de más valía +que le quedaba a Luis Dupont, el primo escandaloso y pródigo de don +Pablo. Inclinado sobre el cuello de la jaca, explicaba a Fermín su viaje +a Jerez. + +--He venío a encargá unas cosillas para allá y llevo prisa. Pero antes +de volver, echaré un galope para ir a la viña y ver a tu padre. Me farta +algo cuando no veo al padrino. + +Fermín sonrió con malicia. + +--¿Y a mi hermana, no la verás? ¿No te falta también algo, cuando pasan +días sin ver a María de la Luz? + +--Naturalmente--dijo el mocetón ruborizándose. + +Y como si sintiera repentina vergüenza, espoleó su caballo. + +--Con Dios, Ferminillo, y a ver si un día vienes al cortijo. + +Montenegro le vio alejarse rápidamente, calle abajo, con dirección a la +campiña. + +--Es un angelote--pensaba.--¡Que le vaya a éste Salvatierra con que el +mundo está mal arreglado y hay que volverlo como quien dice del +revés!... + +Montenegro pasó por la calle Larga, la principal de la ciudad; una vía +ancha con casas de deslumbrante blancura. Las portadas señoriales del +siglo XVII estaban enjalbegadas cuidadosamente lo mismo que los escudos +de armas de la clave. Los escarolados y nervios de la piedra labrada +ocultábanse bajo una capa de cal. En los balcones verdes mostrábanse a +aquellas horas de la mañana cabezas de mujeres morenas, de rasgados ojos +negros, con flores en el pelo. + +Fermín siguió una de las amplias aceras limitadas por dos filas de +naranjos agrios. Los principales casinos de la ciudad, los mejores +cafés, abrían sus ventanales de vidrios sobre la calle. Montenegro lanzó +una mirada al interior del _Círculo Caballista_. Era la sociedad más +famosa de Jerez, el centro de reunión de la gente rica, el refugio de la +juventud que había nacido poseedora de cortijos y bodegas. Por las +tardes, la respetable asamblea discutía sus aficiones: caballos, mujeres +y perros de caza. La conversación no tenía otros temas. Escasos +periódicos en las mesas, y en lo más oscuro de la secretaría un armario +con libros de lomos dorados y chillones cuyas vidrieras no se abrían +nunca. Salvatierra llamaba a esta sociedad de ricos el «Ateneo +Marroquí». + +A los pocos pasos, Montenegro vio venir hacia él una mujer que, con su +paso vivo, su gesto arrogante y el incitador meneo de su cuerpo, parecía +alborotar la calle. Los hombres detenían el paso para verla y la seguían +con los ojos; las mujeres volvían la cabeza con un desdén afectado, y +después que pasaba cuchicheaban señalándola con un dedo. En los +balcones, las jóvenes gritaban hacia el interior de la casa, y salían +otras apresuradamente, interesadas por el llamamiento. + +Fermín sonrió al notar la curiosidad y el escándalo que esparcía al +andar aquella joven. Asomaban entre las blondas de su mantilla unos +rizos rubios, y bajo los ojos negros y ardientes una naricilla sonrosada +parecía desafiar a todos con sus graciosas contracciones. La audacia con +que se recogía la falda, marcando las curvas más opulentas de su cuerpo +y dejando al descubierto gran parte de las medias, irritaba a las +mujeres. + +--¡Vaya usted con Dios, marquesita salerosa!--dijo Fermín cerrándola el +paso. + +Se había terciado la capa, tomando un aire de majo galante, satisfecho +de detener en la calle más céntrica, a la vista de todos, a una mujer +que tal escándalo promovía. + +--Marquesa, ya no, hijo--contestó ella con gracioso ceceo.--Ahora crío +cerdos... y muchas gracias. + +Se tuteaban como dos buenos camaradas; sonreían con la franqueza de la +juventud, sin mirar en torno de ellos, pero alegrándose al pensar que +muchos ojos estaban fijos en sus personas. Ella hablaba manoteando, +amenazándolo con sus uñas sonrosadas cada vez que le decía algo +_fuerte_; acompañando sus risas con un taconeo infantil cuando elogiaba +su hermosura. + +--Siempre lo mismo. ¡Pero qué rebuenísima sombra tienes, hijo!... Ven a +verme alguna vez: ya sabes que te quiero... siempre con buen fin; como +hermanitos. ¡Y eso que el bruto de mi marido te tenía celos!... +¿Vendrás? + +--Lo pensaré. No quiero tener una cuestión con el tratante en cerdos. + +La joven prorrumpió en una carcajada. + +--Es todo un caballero, ¿sabes, Fermín? Vale más con su chaquetón de +monte que todos esos señoritos del _Caballista_. Yo estoy por lo +popular: yo soy muy gitana... + +Y dando al joven un ligero bofetón con su manecita acariciadora, siguió +la marcha, volviendo varias veces la cabeza para sonreír a Fermín, que +la seguía con la vista. + +--¡Lástima de muchacha!--se dijo.--Con su cabeza de chorlito, es la más +buena de la familia. ¡Y don Pablo que se muestra tan orgulloso de la +nobleza de su madre!... Esta y su hermana son de las que nos consuelan +haciendo acabar en punta los linajes orgullosos... + +Continuó su marcha Montenegro, entre las miradas de asombro o las +sonrisas maliciosas de los que habían presenciado su conversación con la +_Marquesita_. + +En la plaza Nueva, pasó entre los grupos que se estacionan allí +habitualmente: corredores de vinos y de ganado; vendedores de cereales, +obreros de bodega sin colocación, gañanes enjutos y tostados que esperan +a que alguien alquile sus brazos inactivos, cruzados sobre el pecho. + +De un grupo salió un hombre, llamándole: + +--¡Don Fermín! ¡don Fermín!... + +Era un arrumbador de las bodegas de Dupont. + +--Ya no estoy allá, ¿sabe usté? Me han despedío esta mañana. Al +presentarme en la bodega, el encargao me ha dicho, de parte de don +Pablo, que estaba de más. ¡Después de cuatro años de trabajo y buena +conducta! ¿Es esto justicia, don Fermín?... + +Como éste preguntase con su mirada el motivo de la desgracia, el +arrumbador continuó con exaltación: + +--De too tiene la culpa la beatería cochina. ¿Sabe usté mi delito?... No +ir a entregá la papeleta que me dieron el sábado con el jornal. + +Y como si Montenegro no conociese las costumbres de la casa, el buen +hombre relataba detalladamente lo ocurrido. El sábado, al cobrar la +semana los trabajadores de la bodega, el encargado les entregaba _la +papeleta_ a todos: una invitación para que al día siguiente asistiesen a +la misa que costeaba la familia de Dupont en la iglesia de San Ignacio. +Si la fiesta era con comunión general, el convite aun resultaba más +ineludible. El domingo, los encargados de la bodega recogían a cada +obrero la papeleta en la misma puerta de la iglesia, y al recontarlas +sabían, por los nombres, quiénes eran los que habían faltado. + +--Y yo no juí ayer, don Fermín; farté como he fartao otros días: porque +no me da la gana de levantarme temprano los domingos, porque en la noche +del sábado me gusta _tomarla_ con los compañeros. ¿Pa qué trabaja uno, +sino pa tené un rato de alegría?... + +Además; él era dueño de sus domingos. El amo le pagaba por su trabajo; +él trabajaba y no había por qué cercenarle su día de descanso. + +--¿Es eso justo, don Fermín? Porque no hago comedias, como toos esos... +soplones y lamecosas que van a la misa de don Pablo, con toa su familia +y toman la comunión después de pasar la noche de juerga, me echan a la +caye. Sea usté franco; diga la verdad; y aunque usté trabaje como un +perro, es usté un pillo: ¿No es eso, cabayeros?... + +Y se volvía al grupo de amigos que a cierta distancia oían sus palabras, +comentándolas con maldiciones a Dupont. + +Fermín siguió su camino con cierto apresuramiento. El instinto de +conservación le avisaba lo peligroso de permanecer allí entre una gente +que abominaba de su principal. + +Y mientras iba hacia el escritorio donde le aguardaban para las cuentas, +pensaba en el vehemente Dupont, en su fervor religioso, que parecía +endurecerle las entrañas. + +--Y, realmente, no es malo--murmuraba. + +Malo, no. Fermín recordaba la largueza caprichosa y desordenada con que +algunas veces socorría a las gentes en desgracia. Pero su bondad era +estrechísima: dividía en castas la pobreza; y a cambio del dinero exigía +una supeditación absoluta a todo lo que él pensase y amase. Era capaz de +aborrecer a su propia familia, de sitiarla por hambre, si creía con ello +servir a su Dios; a aquel Dios a quien profesaba inmensa gratitud +porque hacía prosperar los negocios de la casa y era el sostén del orden +social. + + + + +II + + +Cuando don Pablo Dupont iba a pasar un día con su familia en la famosa +viña de Marchamalo, una de sus diversiones era mostrar el señor Fermín, +el antiguo capataz, a los Padres de la Compañía o a los frailes +dominicos, sin cuya presencia no creía posible una excursión feliz. + +--A ver, señor Fermín--decía sacando el viejo a la gran explanada que se +extendía frente a las casas de Marchamalo, que casi formaban un +pueblo.--Eche usted una voz de mando; pero con arrogancia, como cuando +era usted de los rojos y marchaba de partida por la sierra. + +El capataz sonreía viendo que el amo y sus acompañantes de sotana o +capucha mostraban gran placer en oírle; pero su sonrisa de campesino +socarrón, no llegaba a saberse si era de burla o de agrado por la +confianza del señor. Contento de proporcionar un rato de descanso a los +muchachos que se encorvaban entre las cepas, ladera abajo, levantando y +abatiendo sus azadas pesadísimas, avanzaba con cómica rigidez hasta el +parapeto de la explanada, prorrumpiendo en un grito prolongado y +atronador: + +--¡Eeeechen tabacooo!... + +Cesaba de brillar entre los sarmientos el acero de las azadas, y la +larga fila de viñadores despechugados frotábanse las manos, entumecidas +por el mango de la herramienta, y lentamente extraían de la faja los +avíos de fumar. + +El viejo les imitaba, y acogiendo con sonrisa enigmática los elogios de +los señores a su voz de trueno y a la entonación de caudillo con que +mandaba a la gente, liaba el cigarro, fumándolo con calma para que los +pobres de abajo tuviesen algunos segundos más de reposo a costa del buen +humor del amo. + +Cuando no le quedaba más que la colilla, nueva diversión para los +señores. Volvía a dar sus pasos con rigidez exagerada de intento, y su +voz hacía temblar el eco de las vecinas colinas: + +--¡Vaaamos a otraaa!... + +Y con este llamamiento tradicional para reanudar el trabajo, los hombres +volvían a encorvarse y relampagueaban las herramientas sobre sus +cabezas, todas a un tiempo, en acompasadas curvas. + +El señor Fermín era una de las curiosidades de Marchamalo, que don Pablo +exhibía a sus acompañantes. Todos reían sus refranes, los términos +rebuscados y raros de su expresión, sus consejos dichos en tono +campanudo; y el viejo aceptaba el irónico elogio de los señores con la +simpleza del campesino andaluz, que aún parece vivir en la época feudal, +siervo del amo, aplastado por la gran propiedad, sin esa independencia +enfurruñada del pequeño labrador que tiene la tierra por suya. + +Además, el señor Fermín se sentía ligado por todo el resto de su +existencia a la familia Dupont. Había visto a don Pablo en pañales, y +aunque le trataba con el respeto que imponía su carácter imperioso, era +siempre para él un niño, acogiendo con bondad paternal todas sus +rarezas. + +El capataz había tenido en su vida un período de dura miseria. De joven +fue viñador, gozando de la buena época; aquella de la ida al trabajo en +calesín y de la cava con zapatos de charol, de la que hablaba +melancólicamente el viejo bodeguero de la casa Dupont. + +La abundancia hacía generosos a los trabajadores de tales tiempos; +pensaban en cosas _altas_ que no acertaban a definir, pero cuya grandeza +presentían confusamente. Además, la nación entera estaba de revuelta. A +corta distancia de Jerez, en el mar invisible cuyas brisas llegaban +hasta las viñas, los barcos del gobierno habían disparado sus cañones +para anunciar a la reina que debía abandonar su trono. El tiroteo de +Alcolea, al otro extremo de Andalucía, despertaba a toda España; «la +raza espúrea» había huido: la vida era mejor y el vino parecía más bueno +al pensar (¡consoladora ilusión!) que cada uno poseía una pequeña parte +de aquél poder retenido antes por una sola persona. Además, ¡qué de +músicas arrulladoras para el pobre!, ¡qué de elogios y adulaciones al +pueblo que meses antes no era nada y ahora lo era todo! + +El señor Fermín se conmovía recordando esta época feliz, que fue la de +su matrimonio con la _pobre mártir_, como él llamaba a su difunta mujer. +Se reunían los compañeros de trabajo en las tabernas todas las noches, +para leer los papeles públicos, y la caña de vino circulaba sin miedo, +con la largueza del jornal abundante y bien retribuido. Un ruiseñor +volaba infatigable de plaza en plaza, teniendo por bosques las ciudades, +y su música divina volvía locas a las gentes, haciéndolas pedir a gritos +la República... pero Federal, ¿eh?... Federal o nada. Los discursos de +Castelar leídos en las reuniones nocturnas, con sus maldiciones al +pasado y sus himnos a la madre, al hogar, a todas las ternuras que +emocionan el alma simple del pueblo, hacían caer más de una lágrima en +las copas de vino. Luego, cada cuatro días, llegaba impresa en hoja +suelta, con renglones cortos, alguna de las cartas que «el ciudadano +Roque Barcia dirigía a sus amigos», con frecuentes exclamaciones de +«óyeme bien, pueblo», «acércate, pobre, y compartiré tu frío y tu +hambre», que enternecían a los viñadores, haciéndoles tener gran +confianza en un señor que les trataba con esta fraternal simpleza. Y +para desengrasarse de tanto lirismo, de tanta Historia comprimida, +repetían las frases ingeniosas del patriarcal Orense, los chistes del +marqués de Albaida, ¡un marqués que estaba con ellos, con los viñadores +y los gañanes, acostumbrados a respetar con cierto temor supersticioso, +como seres nacidos en otro planeta, a los aristócratas poseedores del +suelo andaluz!... + +El santo respeto a la jerarquía, heredado de los abuelos e ingerido +hasta lo más profundo de su alma por largos siglos de servidumbre, +influía en el entusiasmo de estos _ciudadanos_ que hablaban a todas +horas de la igualdad. + +Lo que más halagaba al señor Fermín en sus entusiasmos juveniles, era la +categoría social de los jefes revolucionarios. Ninguno era jornalero, y +esto lo apreciaba él como un mérito de las nuevas doctrinas. Los más +ilustres defensores de «la idea» en Andalucía salían de las clases que +él respetaba con atávica adhesión. Eran señoritos de Cádiz, +acostumbrados a la vida fácil y placentera de un gran puerto; caballeros +de Jerez, dueños de cortijos, hombres de pelo en pecho, grandes jinetes, +expertos en las armas e incansables corredores de juergas: hasta curas +entraban en el movimiento, afirmando que Jesús fue el primer republicano +y que al morir en la cruz dijo algo así como «Libertad, Igualdad y +Fraternidad». + +Y el señor Fermín no vaciló, cuando del mitin y de la declamación +periodística, leída en alta voz, hubo que pasar a la excursión por el +monte con la escopeta al hombro en defensa de aquella República que no +querían aceptar los mismos generales que habían expulsado a los reyes. Y +tuvo que correr por las montañas de la sierra unos cuantos días, e ir a +tiros con las mismas tropas que meses antes había él aclamado cuando +pasaban sublevadas por Jerez, camino de Alcolea. + +En esta aventura conoció a Salvatierra, sintiendo por él una admiración +que nunca había de enfriarse. La fuga y una larga temporada pasada en +Tánger fueron el único resultado de sus entusiasmos y cuando al fin pudo +volver a la tierra, besó a Ferminillo, el primer hijo que la _pobre +mártir_ le había dado a los pocos meses de su marcha a la serranía. + +Volvió a trabajar en las viñas, algo desilusionado por el mal éxito de +la rebelión. Además, la paternidad le hacía egoísta, pensando más en la +familia que en el pueblo soberano, que podía libertarse sin necesitar de +su apoyo. Al ver proclamada la República sintió renacer sus entusiasmos. +¡Por fin, ya la tenían! ¡Llegaba lo bueno!... Pero a los pocos meses le +buscó Salvatierra, como a otros muchos. Los de Madrid eran unos +traidores y la tal República resultaba un pastel. Había que hacerla +federal o matarla; era preciso proclamar los cantones. Y otra vez +Fermín, con el fusil al hombro, batiéndose en Sevilla, en Cádiz y en la +montaña por cosas que no entendía, pero que debían ser verdades tan +claras como el sol, ya que Salvatierra las proclamaba. De esta segunda +aventura salió peor librado. Le cogieron y pasó muchos meses en el Hacho +de Ceuta, confundido con prisioneros carlistas e insurrectos cubanos, en +un amontonamiento y una miseria de los que aún se acordaba con horror +después de tantos años. + +Al recobrar la libertad, la vida le pareció en Jerez más triste y +desesperada que en el presidio. La _pobre mártir_ había muerto durante +su ausencia, dejando en poder de unos parientes sus dos hijos, +Ferminillo y María de la Luz. El trabajo escaseaba; había sobra de +brazos, era reciente la indignación contra los _petroleros_ +perturbadores del país; los Borbones acababan de volver, y los ricos +temían dar entrada en sus fincas a los que habían visto antes con el +fusil en la mano, tratándoles de igual a igual, con gestos amenazadores. + +El señor Fermín, para que no le viesen llegar con las manos vacías los +parientes pobres que cuidaban de sus pequeñuelos, se dedicó al +contrabando. Su compadre Paco el de Algar, que había ido con él en las +partidas, conocía el oficio. Entre los dos existía el parentesco de la +pila bautismal, el compadrazgo, más sagrado entre la gente del campo que +la comunidad de sangre. Fermín era el padrino de Rafaelillo, único hijo +del señor Paco, al cual también se le había muerto la mujer durante la +época de persecuciones y presidio. + +Los dos compadres emprendieron juntos sus penosas expediciones de +contrabandistas pobres. Marchaban a pie, por las veredas más abruptas de +la sierra, aprovechando los conocimientos adquiridos en las complicadas +marchas de las partidas. Su pobreza no les permitía ser caballistas como +otros que cabalgaban en pelotón, llevando en la grupa de sus fuertes +jacas dos fardos enormes de tabaco y en la perilla de la montura la +escopeta repleta de postas para pasar a _la brava_ el contrabando. Eran +humildes mochileros que, al llegar a San Roque o Algeciras, echábanse a +cuestas tres arrobas de tabaco y emprendían el regreso a la tierra +huyendo de los caminos, buscando las sendas más peligrosas, marchando de +noche y ocultándose de día, a gatas por los riscos, imitando los hábitos +de las bestias feroces, lamentando ser hombres y no poder seguir el +borde de los abismos con la misma seguridad que las bestias. + +¡Oh, la vida dura de continuos riesgos, la necesidad de ganarse el pan +luchando con la oscuridad, con las tempestades y con el hombre, que era +el peor de los enemigos! Un ruido a lo lejos, una voz, el aleteo de los +pajarracos nocturnos, el chillido de las alimañas invisibles, el ladrido +de un perro, les hacían ocultarse, tenderse en el suelo entre los +jarales punzantes, sofocados por el peso de la mochila. Al partir del +campo fronterizo de Gibraltar pagaban por trasponer la línea del +resguardo. Los venales encargados de la vigilancia les imponían +contribución según su clase: tantas pesetas a los mochileros, tantos +duros a la gente de a caballo. Partían todos al mismo tiempo, después de +depositar la ofrenda en ciertas manos que salían de unas mangas con +galones de oro, y peones y jinetes, todo el ejército del contrabando, +abríase como el varillaje de un abanico en la sombra de la noche, +tomando distintos caminos para esparcirse por Andalucía. Pero quedaba lo +difícil: el peligro de tropezar con las rondas volantes que no habían +participado del soborno y se esforzaban por cortar el paso a los +defraudadores y hacer buena presa de sus cargas. Los caballistas +infundían miedo porque contestaban a tiros al ¡quién vive!, y eran los +indefensos mochileros los que sufrían toda la persecución. + +Dos noches enteras necesitaban los compadres para llegar a Jerez, +caminando encorvados, sudorosos en pleno invierno, zumbándoles los +oídos, con el pecho oprimido por la carga. Acercábanse trémulos de +inquietud a ciertos pasos de la sierra donde se apostaban los enemigos. +Temblaban de miedo al entrar en ciertas gargantas en cuya oscuridad +brillaba el fogonazo y silbaba la bala, al no obedecer ellos al ¡boca +abajo! de los guardias emboscados. Algunos compañeros habían muerto en +estos malos pasos. Además, los enemigos se vengaban de las largas +esperas al acecho y de la inquietud que les inspiraban los caballistas, +dando tremendas palizas a los de a pie. Más de una vez se rasgaba el +silencio nocturno de la sierra con los alaridos de dolor que arrancaban +los bárbaros culatazos dados al azar, en la oscuridad, lejos de toda +vivienda, lejos de toda ley, en una soledad salvaje... + +Pero estos peligros eran los que menos intimidaban a los dos compadres. +El miedo a perder la carga les aterraba. ¡Perder la carga! ¡el único +medio de existencia, el capital de su industria! ¡Verse de golpe sin las +ganancias acumuladas en fuerza de exponer su vida noches y noches; tener +que pedir prestado otra vez y empezar de nuevo la pelea para pagar al +prestamista, cercenando su pan y el de los pequeños!... + +Por no perder sus mochilas emprendían arriesgadas ascensiones en la +oscuridad. A la menor alarma huían de las gargantas, dando rodeos por +lugares casi inaccesibles, que infundían horror al ser vistos a la luz +del sol. Los cuervos graznaban asustados en sus alturas al percibir el +roce de unos animales desconocidos que gateaban en las tinieblas. Los +aguiluchos aleteaban al ver interrumpido su sueño por el arrastre de +extraños cuadrúpedos que, abrumados por su giba, avanzaban por el filo +de los precipicios, haciendo rodar los guijarros con sus manos +desolladas, en el vacío de lóbregas profundidades. El recuerdo de algún +compañero muerto en estos pasos difíciles, congelaba su sangre un +momento: «Allá abajo está Fulano». _Allá abajo_, en el fondo de la sima +negra que bordeaban a tientas, con el tacto de los ciegos; donde sólo +podían verle los cuervos, que poco a poco dejarían blancos sus huesos +bajo el peso de la mochila, mientras en su casa, la familia, hambriento, +movida por una remota esperanza, aguardaba que un día u otro se +presentase. + +El recuerdo de los que esperaban al compañero muerto les daba nuevas +energías. También ellos tenían sus _churumbeles_ que podían aguardar el +pan eternamente si daban un mal paso: ¡adelante! ¡adelante! Y con el +valor audaz que da la lucha por los hijos, los dos mochileros avanzaban +al través del peligro y de la noche. + +¡Ay! De los azares que el señor Fermín había corrido en su vida, de las +miserias en presidio, entre gentes de todos los países, que se mataban +con las cucharas afiladas para entretener el ocio del encierro; del +miedo que tuvo a ser fusilado cuando lo prendieron después de derrotada +la partida, nada recordaba con tanta tristeza como las tres veces que lo +sorprendieron los carabineros, casi a las puertas de la ciudad, cuando +ya se creía en salvo, quitándole lo que llevaba varias noches sobre sus +espaldas. ¡Y luego, cuando vendía su tabaco a las gentes desocupadas, a +los señores de los casinos y los cafés, aún le regateaban algunos +céntimos! ¡Ay; si supieran lo que costaban aquellos paquetes, duros como +ladrillos, en los que parecían haberse solidificado los sudores de una +fatiga de bestia y los escalofríos del miedo!... + +La desgracia, como cansada del tesón con que los dos compadres sabían +eludirla, comenzó a cebarse en ellos. Era en vano que con riesgo de su +vida esquivasen durante la noche los pasos difíciles de la sierra. Por +tres veces les sorprendieron cerca de la ciudad, en los llanos de +Caulina, cuando se creían ya en salvo. Les dieron de golpes al +arrebatarles aquellas mochilas que representaban la vida para sus hijos; +y hasta les amenazaron con un tiro en vista de su reincidencia. Más que +las amenazas les intimidó la pérdida de sus cargas. ¡Adiós los ahorros! +Los tres fracasos les dejaban más pobres que antes de comenzar el +contrabando, con deudas que les parecían enormes. Ya nadie querría +prestarles para continuar el _negocio_. + +El compadre, llevando de la mano a Rafaelillo, que era ya un rapaz, +marchó a Algar, a su pueblo de la serranía, para ser gañán en un +cortijo, si es que le aceptaban viéndole entrado en años y enfermo. + +El señor Fermín no tuvo otro refugio que Jerez, y fue todas las +madrugadas a la plaza Nueva a formar grupo con los jornaleros que +esperaban trabajo, acogiendo con resignación el gesto desdeñoso de los +capataces que le repelían por su antigua fama de cantonal y por las +recientes aventuras del contrabando, que le habían hecho vivir algunos +días en la cárcel. ¡Ay, las mañanas tristes pasadas en la plaza, +estremeciéndose con el frío del amanecer, sin más alimento en el +desfallecido estómago que alguna copa de aguardiente de Cazalla, +ofrecida por los amigos! ¡Y después la vuelta desalentada a su tugurio, +la sonrisa inocente de los hijos y el grito de tristeza de la mísera +cuñada, al verle aparecer a la hora en que los demás trabajaban! + +--¿Tampoco hoy?... + +--Tampoco... pero ten carma mujer: arreglaos como podáis y no penséis en +mí. + +Entonces conoció Fermín a su «ángel protector», como él le llamaba; al +hombre que, después de Salvatierra, era el dueño de su voluntad, a +Dupont el viejo que, viéndole un día, recordó vagamente ciertas muestras +de respeto, ciertos pequeños favores a su casa y a su persona, en la +época en que aquel infeliz iba por Jerez con aire de amo, orgulloso de +su gorro colorado y de las armas que hacía resonar a cada paso, con un +estrépito de ferretería vieja. + +Fue una genialidad de gran señor, un capricho de millonario que se +admiraba a sí mismo proporcionando un mendrugo a un desesperado que +encontraba obstruidos todos los caminos de la vida. Fermín halló un +jornal en la viña de Marchamalo, la gran propiedad de los Dupont. Poco a +poco fue conquistando la confianza del amo, el cual se fijaba +atentamente en su trabajo. + +Cuando el antiguo rebelde llegó a ser capataz de la viña, había ya +sufrido una gran transformación en sus ideas. Se consideraba como una +parte de la casa Dupont. Le enorgullecía la importancia de las bodegas +de don Pablo y comenzaba a reconocer que los señores no eran tan malos +como creían los pobres. Hasta dejó a un lado el respeto que profesaba a +Salvatierra, el cual andaba por entonces fugitivo fuera de España, y se +atrevió a confesar a los amigos que las cosas no iban del todo mal +después del desastre de sus ilusiones políticas. Él era el de siempre, +federal, sobre todo federal: hasta que no viniese la suya, España no +sería feliz, pero mientras tanto, a pesar de los malos gobiernos y de +que «el pobre pueblo estaba oprimido», él se creía mejor que en los +tiempos pasados. La niña y la cuñada vivían en la viña, en un caserón +antiguo, espacioso como un cuartel; el muchacho iba a la escuela en +Jerez, y don Pablo le había tomado ley y prometía hacerlo «todo un +hombre», en vista de su inteligencia despierta. Él, tenía tres pesetas +diarias, sin otra obligación que llevar la cuenta de los jornales, +reclutar la gente y vigilarla, para que los remolones no descansasen +antes de que él diese la voz para fumar un cigarro. + +De sus tiempos de miseria le quedaba la conmiseración para los +jornaleros, fingiendo no ver sus descuidos y negligencias. Pero sus +actos valían más que sus palabras, pues queriendo demostrar gran interés +por el amo, hablaba duramente a los braceros, con ese exceso de +autoridad que revela el humilde apenas se ve elevado sobre sus +camaradas. + +El señor Fermín y sus hijos penetraban sin darse cuenta en la familia +del amo, hasta llegar a confundirse con ella. La simpleza del capataz, +alegre e hidalga como la de todos los labriegos andaluces, le hacía +captarse la confianza de los de la casa señorial. Don Pablo el viejo +reía haciéndole relatar sus fugas por la montaña, unas veces de +guerrillero y otras de contrabandista, siempre perseguido por los +carabineros. Los hijos del amo jugaban con él, prefiriendo sus +marrullerías y chistes de hombre de campo, al gesto hosco de la aya +inglesa que cuidaba de ellos. Hasta la orgullosa doña Elvira, la hermana +del marqués de San Dionisio, siempre ceñuda y de noble malhumor, como si +se creyese postergada por haberse unido con un Dupont, concedía cierta +confianza al señor Fermín, escuchándole con gesto semejante a los que +había visto en el teatro, cuando una dama se digna conversar con el +viejo escudero, confidente de sus pensamientos. + +El capataz creía vivir en el mejor de los mundos contemplando a sus +hijos corretear por los senderos de la viña con dos de los señoritos de +la casa, mientras el mayor, el futuro dueño, a pesar de ser todavía un +niño, se mantenía al lado de su madre, imitando sus gestos altivos. +Había días en que el carruaje de don Pablo llegaba entre una nube de +polvo, a todo correr de sus cuatro briosos caballos, para depositar en +Marchamalo un cargamento de chiquillos, casi una escuela. Con los hijos +de Dupont llegaba Luisito, huérfano de un hermano de don Pablo, cuya +cuantiosa fortuna cuidaba éste; y las hijas del marqués de San Dionisio, +dos niñas revoltosas de ojos cándidos y boca insolente, que se peleaban +con los muchachos y los hacían correr a pedradas, revelando en sus +audacias el carácter de su famoso padre. Y Ferminillo y María de la Luz +jugaban con estos niños que habían de poseer cuantiosas fortunas, de +igual a igual, con la simplicidad de la infancia que parece un recuerdo +de los tiempos en que los hombres vivían como hermanos, antes de +inventar las jerarquías sociales. El capataz los seguía en sus juegos +con miradas de ternura, sintiendo orgullo de que sus hijos se tutearan +con los hijos y parientes del amo. Era la Igualdad soñada, aquella +Igualdad por la que había expuesto su vida, y que al fin llegaba para +él, sólo para él. + +Algunas veces se presentaba el marqués de San Dionisio, y a pesar de sus +cincuenta años lo ponía todo en revolución. La devota doña Elvira se +enorgullecía de los títulos nobiliarios del hermano, pero despreciaba al +hombre por sus calaveradas, que daban triste celebridad al noble +apellido de Torreroel. + +El señor Fermín, influido por sus antiguos respetos a las jerarquías +históricas, admiraba a aquel noble y alegre vividor. Estaba devorando +los últimos restos de la gran fortuna de su familia, y había influido en +el casamiento de su hermana con Dupont, para tener así un refugio cuando +le llegase la hora de la total ruina. Su nobleza era de lo más antiguo +de Jerez. El pendón de las Navas de Tolosa que sacaban con gran pompa de +la casa municipal en determinadas fiestas, lo había ganado a golpes de +hacha uno de sus ascendientes. Su título de marqués llevaba el nombre +del santo patrón de la ciudad. En su estirpe figuraban toda clase de +glorias: amigos de monarcas; Adelantados que infundían miedo a la +morisma; virreyes de las Indias, santos arzobispos, almirantes de las +galeras reales; pero el alegre marqués daba de barato tantos honores y +tan preclaros ascendientes, pensando que hubiera sido mejor para él +poseer una fortuna como la de su cuñado Dupont, aunque sin las +obligaciones y trabajos de éste. Vivía en un caserón señorial, último +resto de una fortaleza sarracena, restaurada y transformada por sus +abuelos. En los salones, casi vacíos, sólo quedaban como recuerdos del +antiguo esplendor algunos tapices astrosos, cuadros negruzcos con santos +ensangrentados en posturas horripilantes, sillerías de estilo Imperio +con la seda deshilachada; todo lo que no habían querido los corredores +de antigüedades de Sevilla, a los que llamaba el marqués en sus momentos +de apuro. Lo demás, trípticos y tablas, espadas y armaduras de los +Torreroel de la Reconquista, las riquezas exóticas traídas de las Indias +por los virreyes, y los regalos que varios monarcas de Europa habían +hecho a sus abuelos, embajadores que dejaron en las cortes más famosas +el recuerdo de su fastuosidad principesca, todo había ido desapareciendo +después de noches terribles en que la fortuna le volvía la espalda en la +mesa de juego, consolándose de su desgracia con _juergas_ estruendosas, +de las que hablaba Jerez durante mucho tiempo. + +Viudo desde muy joven, tenía sus dos hijas bajo la vigilancia de criadas +jóvenes, a las que más de una vez sorprendían las pequeñas señoritas +abrazadas a papá y tuteándole. La señora de Dupont indignábase al +conocer estos escándalos y se llevaba las sobrinas a su casa para que no +presenciasen malos ejemplos. Pero ellas, verdaderas hijas de su padre, +deseaban vivir en este ambiente de libertad, y protestaban con llantos +desesperados y convulsiones en el suelo, hasta que las volvían a la +absoluta independencia de aquel caserón por donde pasaban el dinero y el +placer como un huracán de locura. + +La gitanería más famosa acampaba en la casa señorial. El marqués +sentíase atraído y dominado por las mujeres de piel aceitunada y ojos de +tizón, como si en su pasado existiesen ocultos cruzamientos de raza, que +tiraban de sus afectos con misteriosa fuerza. Se arruinaba cubriendo de +joyas y vistosos pañolones a gitanas que habían trabajado en los +cortijos, escardando los campos y durmiendo en la impúdica, promiscuidad +de las gañanías. La interminable tribu de cada una de sus favoritas, le +acosaba con el lloriqueo servil y la codicia insaciable propios de la +raza; y el marqués se dejaba saquear, riendo la gracia de estos +parientes de la mano izquierda, que le adulaban declarando que era un +_cañi_ puro, más gitano que todos ellos. + +Los toreros famosos pasaban por Jerez para honrar con su presencia al de +San Dionisio que organizaba fiestas estruendosas en su honor. Muchas +noches despertaban las niñas en sus camas oyendo al otro extremo de la +casa el rasgueo de las guitarras, los lamentos del cante hondo, el +taconeo del baile; y veían pasar por las ventanas iluminadas, al otro +lado del patio, grande como una plaza de armas, los hombres en mangas de +camisa con la botella en una mano y la batea de cañas en la otra, y las +mujeres con el peinado alborotado y las flores desmayadas y temblonas +sobre una oreja, corriendo con incitante contoneo para evadir la +persecución de los señores o tremolando sus pañolones de Manila como si +quisieran torearles. Algunas mañanas, al levantarse las señoritas, aún +encontraban tendidos en los divanes hombres desconocidos que roncaban +boca abajo, con los tufos de pelo sudorosos cubriéndoles las orejas, el +pantalón desabrochado y más de uno con los residuos de una cena mal +digerida a corta distancia de su cara. Estas juergas eran admiradas por +algunos como un simpático alarde de los gustos populares del marqués. + +El señor Fermín era de estos admiradores. ¡Un personaje de tantos +pergaminos, que podía, sin desdoro, hacer el amor a una princesa, +encaprichándose de muchachas del pueblo o de gitanas; escogiendo sus +amigos entre caballistas, toreros y ganaderos y bebiéndose una copa de +vino con el primer pobre que se aproximaba a pedirle algo! ¡Esto era +democracia pura!... Y al entusiasmo por los gustos plebeyos del prócer +que parecía querer resarcir a la gente de la altivez y el orgullo de sus +empingorotados abuelos, uníase la admiración casi religiosa que la +fuerza, el vigor físico, inspira siempre a la gente del campo. + +El marqués era un atleta y el mejor jinete de Jerez. Había que verle a +caballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillas +entrecanas y gitanescas, y la garrocha terciada en la silla. Ni el +Santiago de las batallas legendarias podía comparársele, cuando a falta +de musulmanes derribaba los toros más bravos y hacía galopar su jaca por +lo más intrincado de las dehesas, pasando como un rayo entre ramas y +troncos sin hacerse añicos el cráneo. Hombre sobre el cual dejaba caer +su puño, caía redondo: potro cerril cuyos lomos abarcaba con sus piernas +de acero, ya podía encabritarse, morder el aire y echar espumarajos de +cólera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que lograba +libertarse del peso de su domador. + +La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza de +los que vivieron después en la corte arruinándose cerca de los reyes, +resucitaban en él como la última llamarada de una raza próxima a +extinguirse. Podía dar los mismos golpes que dieron sus antecesores al +conquistar el pendón en las Navas y se arruinaba con igual indiferencia +que aquellos de sus abuelos que se habían embarcado para rehacer su +fortuna gobernando las Indias. + +El marqués de San Dionisio mostrábase satisfecho de sus alardes de +fuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre con +lesiones de los compañeros. Cuando le llamaban bruto con acento de +admiración, sonreía orgulloso de su raza. Bruto, sí: como lo habían sido +sus mejores abuelos: como lo fueron siempre los caballeros de Jerez, +espejo de la nobleza andaluza, arrogantes jinetes formados en dos siglos +de batalla diaria y continua algarada en tierras de moros, pues por algo +Jerez se llamaba de la Frontera. Y recapitulando en su memoria lo que +había leído u oído sobre la historia de los suyos, reíase de Carlos V el +gran Emperador, que, al pasar por Jerez, había querido correr unas +lanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban de combates +de puro juego, tomándolos en serio como si aún luchasen con moros. En +el primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundo +le hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llamó +muy asustada a su esposo, rogándole que reservase su lanza para gentes +menos rudas que los caballeros jerezanos. + +El carácter bromista del marqués gozaba de tanta fama como su fuerza. El +señor Fermín reía en la viña, repitiendo a los trabajadores las +ocurrencias graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de acción, en las +que siempre había una víctima; genialidades crueles, para regocijar a un +pueblo rudo. Un día, al pasar el marqués por el mercado, dos mendigos +ciegos le reconocían por la voz y le saludaban con frases pomposas +esperando que los socorriese como de costumbre. «Toma, para los dos». Y +pasaba adelante, sin dar nada, mientras los dos pordioseros se +insultaban, creyendo cada uno que su camarada había recibido la limosna +y le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban sus +palos. + +Otra vez, el marqués hacía pregonar que el día de su santo daría una +peseta a todo cojo que se presentase en su casa. Circulaba la noticia +por todas partes y el patio del caserón llenábase de cojos de la ciudad +y del campo; unos apoyados en muletas, otros arrastrándose sobre las +manos como larvas humanas. Y al aparecer el marqués en un balcón, +rodeado de sus amigotes, abríase la puerta de la cuadra y salía bufando +con espumarajos de rabia un novillo, al que habían aguijoneado +previamente los criados. Los que realmente eran cojos, corrían hacia los +rincones, amontonándose, manoteando con la locura del miedo; y los +fingidos soltaban las muletas, y con cómica agilidad se encaramaban por +las rejas. El marqués y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerez +pasó mucho tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitual +generosidad, pues una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuyó el +dinero a manos llenas entre los lisiados, verdaderos y falsos, para que +a todos les pasase el susto bebiendo algunas cañas a su salud. + +El señor Fermín extrañábase de la indignación con que la hermana del +marqués acogía sus originalidades. ¡Un hombre así, no debía morirse +nunca!... Pero, al fin, murió. Murió cuando no le quedaba nada que +gastar; cuando los salones de su casa no tenían un mueble; cuando su +cuñado Dupont se negó de veras a hacerle nuevos préstamos, ofreciéndole +en su casa todo lo que quisiera, cuanto vino desease, pero sin la menor +cantidad de dinero. + +Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atención por su +belleza picaresca y su desenfado, abandonaron el caserón paterno que +tenía mil dueños, ya que se lo disputaban todos los acreedores del de +San Dionisio, y fueron a vivir con su santa tía doña Elvira. La +presencia de estos adorables diablillos produjo una serie de disgustos +domésticos que amargaron los últimos años de don Pablo Dupont. Su esposa +no podía tolerar el desenfado de las sobrinas, y Pablo, el hijo mayor, +el favorito de la madre, apoyaba sus protestas contra aquellas parientas +que venían a turbar la tranquilidad de la casa, como si con ellas +trajesen un olor, un eco, de las costumbres del marqués. + +--¿De qué te lamentas?--decía don Pablo aburrido.--¿No son tus sobrinas? +¿No son sangre tuya?... + +Doña Elvira no podía quejarse de los últimos momentos de su hermano. +Había muerto como quien era: como un caballero cristiano, como una +persona decente. La enfermedad mortal le había sorprendido en una de sus +_juergas_ rodeado de mujeres y mozos de valor. La sangre del primer +vómito se la habían limpiado las amigas con sus pañolones bordados de +chinos y rosas fantásticas. Pero al ver próxima la muerte y oír los +consejos de su hermana, que después de muchos años de ausencia se +decidía a entrar en su casa, quiso «dar buen ejemplo», irse del mundo +con la discreción que convenía a su rango. Y sacerdotes de todos hábitos +y reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra o +una enagua olvidada; hablándole del cielo, en el que, seguramente, le +guardaban un sitio de preferencia por los méritos de sus mayores. Las +innumerables cofradías y hermandades de Jerez, en las cuales tenía el +alegre noble un cargo hereditario, acompañaron al Viático; y al morir, +su cadáver fue vestido de fraile, amontonándose sobre su pecho todas las +medallas que la señora de Dupont juzgó de más eficacia para que aquel +vividor no sufriese retraso ni entorpecimiento en su ascensión a la +gloria eterna. + +Doña Elvira no podía quejarse de su hermano, que al fin había demostrado +su buena sangre en los últimos instantes; no podía quejarse de sus +sobrinas, pájaros inquietos que agitaban sus plumajes con cierta +insolencia, pero la acompañaban sin réplica a misas y novenas con una +graciosa gravedad, que daba ganas de comérselas a besos. Pero la +atormentaban el recuerdo del pasado del marqués y el atolondramiento que +mostraban sus hijas al hallarse en presencia de los jóvenes; sus voces y +gestos desgarrados, que eran como un eco de lo que habían oído en la +casa paterna. + +A la noble señora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armonía +majestuosa de su existencia y de su salón. Su mismo esposo era para ella +un motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempre +ansioso de descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excéntrico que +había copiado de sus corresponsales de Inglaterra. Sólo sentía por él un +débil afecto semejante al que inspira un socio comercial. Estaba unida +a él por el interés común en favor de los hijos; por cierta gratitud al +ver que su trabajo aseguraba la riqueza de sus descendientes. En el hijo +mayor había concentrado toda la cantidad de amor de que era capaz su +alma austera y orgullosa. + +--Es un Torreroel: es mi hijo; mío solamente. No tiene nada de los +Dupont. + +Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegría maternal, creía +librar a su hijo de un peligro; como si después de haber aceptado el +matrimonio con Dupont por su gran fortuna, le inspirase éste +repugnancia. + +Pensaba con orgullo en los millones que tendrían sus hijos, y al mismo +tiempo despreciaba a los que los habían amasado. Recordaba mentalmente +con cierta vergüenza el origen de los Dupont, del que hablaban los más +viejos de Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de la +dinastía llegaba a la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero, +para entrar al servicio de otro francés que había establecido una +bodega. Durante la guerra de la Independencia, el amo huía por miedo a +las cóleras populares, dejando toda su fortuna confiada al compatriota, +que era su servidor de confianza, y éste, en fuerza de dar gritos contra +su país y vitorear a Fernando VII, conseguía que le respetasen y hacía +prosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a considerar +como suya. Cuando, terminada la guerra, volvía el verdadero dueño, +Dupont se negaba a reconocerle, alegándose a sí mismo, para tranquilidad +de la conciencia, que bien había ganado la propiedad de la casa haciendo +frente al peligro. Y el confiado francés, enfermo y agobiado por la +traición, desaparecía para siempre. + +Los negocios de la bodega crecían y se desarrollaban con la fecundidad +beneficiosa que acompaña siempre a todo crimen hábil. Comenzaba la +carrera de honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad de +los que no necesitan cometer una mala acción para que sus negocios +prosperen, ni ven puesta a prueba su virtud por la desgracia. + +La noble doña Elvira, que hacía gala a cada momento de sus ilustres +ascendientes, sentía cierto escozor al recordar esta historia; pero +tranquilizábase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna la +dedicaba a Dios con sus generosidades de devota. + +La muerte de don Pablo fue para ella una solución. Sintiose más libre de +preocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse y +sería el dueño de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de un +Torreroel, y con esto le parecía que se borraba su vergonzoso origen, y +que Dios protegería mejor los negocios de la casa. La aptitud comercial +de Pablo, sus iniciativas y, especialmente, la nueva destilación del +cognac, que hacía famoso el nombre de la bodega, parecían afirmar estas +preocupaciones de la buena señora. ¡Dupont, en el rótulo; pero Torreroel +en el alma! Su hijo le parecía un gran señor de otras épocas, de +aquellos que con toda su nobleza eran agricultores y servían a Dios +arado en mano. La industria serviría ahora para que afirmase su +importancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos. +El Señor bendeciría con su protección al cognac y las bodegas... + +El capataz de Marchamalo sintió la muerte del amo más que toda la +familia. No lloró, pero su hija María de la Luz, que comenzaba a ser una +mocita, andaba tras él, animándolo para que saliese de su triste +marasmo, para que no pasase las horas sentado en la plazoleta con la +mandíbula entre las manos y la vista perdida en el horizonte, +desalentado y triste como un perro sin dueño. + +Eran inútiles los consuelos de la niña. ¡Cualquier día olvidaba él a su +protector, al que le había sacado de la miseria! Aquel golpe era de los +de prueba: únicamente podía compararse al dolor que le produciría la +muerte de su héroe don Fernando. María de la Luz, para animarle, sacaba +del fondo de un armario alguna botella de las que se dejaban los +señoritos cuando iban a la viña, y el capataz miraba con ojos llorosos +el líquido dorado de la copa. Pero al llenar ésta por tercera o cuarta +vez, su tristeza tomaba un acento de dulce resignación: + +--¡Lo que somos! Hoy tú... mañana yo. + +Para continuar su fúnebre monólogo bebía con la calma del campesino +andaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele y +examina, hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, su +pensamiento, saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont para +fijarse en Salvatierra, comentando sus correrías y aventuras, siempre +propagando sus ideales de tal modo, que la mayor parte del tiempo la +pasaba en la cárcel. + +No por esto olvidaba a su protector. ¡Ay, aquel don Pablo, cuánto bien +le había hecho! Por él, su hijo Fermín era un caballero. El viejo +Dupont, al ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio, +donde había entrado como _zagal_ para los recados, quiso ayudarle con su +protección. Fermín se había instruido aprovechando la presencia en Jerez +de Salvatierra. El revolucionario, al volver de su emigración en +Londres, ansioso de sol y de tranquilidad campestre, había ido a vivir +en Marchamalo, al lado de su amigo el capataz. Algunas veces, al entrar +el millonario en la viña, se encontraba con el rebelde hospedado en su +propiedad sin permiso alguno. El señor Fermín creía que, tratándose de +un hombre de tantos méritos, era innecesario solicitar la autorización +del amo. Dupont, por su parte, respetaba el carácter probo y bondadoso +del agitador, y su egoísmo de hombre de negocios le aconsejaba la +benevolencia. ¡Quién sabe si aquellas gentes volverían a mandar el día +menos pensado!... + +El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamente +la mano después de tantos años de no verse, como si nada hubiese +ocurrido. + +--¡Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro de +Ferminillo. ¿Cómo va ese discípulo? + +Ferminillo progresaba rápidamente. Muchas noches no quería quedarse en +Jerez, y emprendía una marcha de más de una hora para ir a la viña en +busca de las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicábalos por +entero a su maestro, al que adoraba con una pasión igual a la de su +padre. + +El señor Fermín no supo si fue por consejo de don Fernando o por propia +iniciativa del amo; pero lo cierto era que éste, con el acento imperioso +que empleaba para hacer el bien, manifestó su deseo de que Ferminillo +fuese a Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada en +la sucursal que tenía en Collins-Street. + +Ferminillo marchó a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrábase +satisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillante +porvenir. Vendría de allá sabiendo más que todos los señores que +plumeaban en el escritorio de Dupont. Además, Salvatierra le había dado +cartas para los amigos que tenía en Londres, todos polacos, rusos e +italianos, refugiados allí porque en su tierra les querían mal; +personajes que eran considerados por el capataz como seres poderosos +cuya protección envolvería a su hijo mientras viviese. + +Pero el señor Fermín se aburría en su retiro, sin poder hablar más que +con los viñadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija, +que prometía ser una buena moza, y sólo pensaba en el arreglo y +admiración de su persona. La muchacha se dormía por las noches apenas +deletreaba él a la luz del candil alguno de los folletos de la buena +época, los renglones cortos de Barcia, que le entusiasmaban como una +resurrección de su juventud. De tarde en tarde se presentaba don Pablo +el joven, que dirigía la gran casa Dupont, dejando que sus hermanos +menores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o doña Elvira con sus +sobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la juventud de Jerez. +La viña parecía otra, más silenciosa, más triste. Los chicuelos que +corrían por ella en pasados tiempos tenían ahora otras preocupaciones. +Hasta la casa de Marchamalo había envejecido tristemente; se agrietaba +su vetustez de ruda construcción, que contaba más de un siglo. El +impetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarla +abajo y levantar algo grandioso y señorial, que fuese como el castillo +de los Dupont, príncipes de la industria. + +¡Qué tristeza! Su protector había muerto, Salvatierra andaba por el +mundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre, +muriendo de un enfriamiento allá en un cortijo del riñón de la sierra. +También el compadre había mejorado de suerte, aunque sin llegar a la +buena fortuna del señor Fermín. En fuerza de trabajar como bracero y de +rodar por las gañanías errante como un gitano, siempre seguido de su +hijo Rafael, que se empleaba en las faenas de zagal, había acabado por +ser aperador de un cortijo pobre: asunto, como él decía, de matar el +hambre sin tener que doblarse ante el surco, debilitado por una vejez +prematura y por los rudos lances de la conquista del pan. + +Rafael, que era ya un mocetón de dieciocho años, endurecido por el +trabajo, se presentó en la viña para dar la mala noticia a su padrino. + +--Muchacho, ¿y ahora qué va a jacer?--preguntó el capataz interesándose +por su ahijado. + +El mocetón sonrió al oír hablar de una colocación en otro cortijo. ¡Nada +de trabajar la tierra! La aborrecía. Gustábanle los caballos y las +escopetas con entusiasmo juvenil, como a cualquier señorito del _Círculo +Caballista_. En punto a domar un potro o a meter la bala donde ponía el +ojo, no admitía rival. Además, era todo un hombre; tan hombre como el +que más: le gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiaba +aventuras para que se supiese quién era el hijo de Paco el de Algar. Y +al decir esto sacaba el pecho y tendía los brazos en cruz, haciendo +alarde de la energía vital, de la juvenil acometividad depositadas en su +cuerpo. + +--En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre. + +Y Rafael no murió de hambre. ¡Qué había de morir!... Su padrino le +admiraba cuando le veía llegar a Marchamalo, montado en un alazán fuerte +y de libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda de +galán campesino, asomándole ricos pañuelos de seda por los bolsillos de +la chaqueta y el escopetón siempre pendiente de la montura. Al viejo +contrabandista le temblaban las carnes de placer oyéndole relatar sus +proezas. El muchacho vengaba a su compadre y a él de los sustos sufridos +en la montaña, de los golpes que les habían dado los que él apellidaba +«los esbirros». ¡De seguro que a éste no se le ponían delante para +quitarle la carga!... + +El mozo era de los de caballería y no se limitaba a entrar tabaco. Los +judíos de Gibraltar le hacían crédito, y su alazán trotaba llevando a la +grupa fardos de sedas y de vistosos pañolones de China. Ante el absorto +padrino y su hija María de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojos +de brasa, el muchacho sacaba a puñados las monedas de oro, las libras +inglesas, como si fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjas +algún pañuelo vistoso o puntilla complicada, para hacer regalo de ello a +la hija del capataz. + +Los dos jóvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarse +experimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde niños, +como si no hubiesen jugado juntos cuando el señor Paco venía de tarde en +tarde a visitar a su viejo camarada en la viña. + +El padrino sonreía socarronamente viendo la turbación de los muchachos. + +--No parece sino que ustés no se han visto nunca. Hablarse sin miedo, +que ya sé yo que tú buscas ser algo más que mi ahijado... ¡Lástima que +andes en esa vida! + +Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba de +frente. Debía guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, ya +hablarían de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero que +sabían los tres. ¡Ahorrar!... Rafael sonreía ante este consejo. Tenía en +el porvenir la confianza de todos los hombres de acción seguros de su +energía; la generosidad derrochadora de los que conquistan el dinero +desafiando a las leyes y a los hombres; la largueza desenfadada de los +bandidos románticos, de los antiguos negreros, de los contrabandistas; +de todos los pródigos de su vida que, acostumbrados a afrontar el +peligro, consideran sin valor lo que ganan sorteando a la muerte. En los +ventorrillos de la campiña, en las chozas de carboneros de la sierra, en +todas partes donde se juntaban hombres para beber, él lo pagaba todo con +largueza. En las tabernas de Jerez organizaba _juergas_ de estruendo, +abrumando con su generosidad a los señoritos. Vivía como los lasquenetes +mercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de orgía +pantagruélica, devoraban el precio de su sangre. Tenía sed de vivir, de +gozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometía la duda de +lo futuro, veía, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de María de la +Luz, escuchaba su voz, que siempre le decía lo mismo cuando él se +presentaba en la viña. + +--Rafaé: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... ¡Pero tú eres +bueno! ¿verdá que cambiarás?... + +Y Rafael se juraba a sí mismo que había de cambiar, para que no le +mirase con sus ojazos de pena aquel ángel que le aguardaba en lo alto de +una colina, cerca de Jerez, y corría cuesta abajo entre el ramaje de las +cepas, al verle de lejos galopar por la polvorienta carretera. + +Una noche, los perros de Marchamalo ladraron desaforadamente. Era cerca +del amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abrió una +ventana. Un hombre en mitad de la plazoleta sosteníase agarrado al +cuello de su jaca, que respiraba jadeante, con las piernas temblonas, +como si fuese a desplomarse. + +--Abra usté, padrino--dijo con débil voz.--Soy yo, Rafaé, que vengo +jerío. Pa mí, que me han pasao de parte a parte. + +Entró en la casa, y María de la Luz, al asomarse tras la cortina de +percal de su cuarto, lanzó un alarido. Olvidando todo pudor, la muchacha +salió en camisa a ayudar a su padre, que apenas podía sostener al +mocetón, pálido con palidez de muerte, con las ropas salpicadas de +sangre negruzca y de otra fresca y roja que caía y caía por debajo de su +chaquetón, goteando en el suelo. Anonadado por su esfuerzo para llegar +hasta allí, Rafael se desplomó en la cama, contándolo todo con palabras +entrecortadas antes de desvanecerse. + +Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo. Él había +herido para abrirse paso, y en la huida le alcanzó una bala en la +espalda, debajo del hombro. En un ventorrillo le habían curado de +cualquier modo, con la misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y al +oír, en el silencio de la noche, con su fino oído de hombre de la +sierra, el trote de los caballos enemigos, había vuelto sobre la silla +para no dejarse coger. Un galope de leguas, desesperado, loco, haciendo +esfuerzos por mantenerse sobre los estribos, apretando sus piernas con +el estertor de una voluntad próxima a desvanecerse, rodándole la cabeza, +viendo nubes rojas en la oscuridad de la noche, mientras por el pecho y +la espalda se escurría algo viscoso y caliente, que parecía llevársele +la vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que no le cogieran: +y para esto, ningún refugio como Marchamalo, en aquella época que no +era de trabajo y los viñadores estaban ausentes. Además, si su destino +era morir, deseaba que fuese entre los que más quería en el mundo. Y sus +ojos se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos, +entre el lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino. + +--¡Rafaé! ¡Rafaé!--gemía María de la Luz inclinándose sobre el herido. + +Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, faltó muy +poco para que le besase en presencia de su padre. + +El caballo murió en la mañana siguiente, reventado por la loca carrera. +Su dueño se salvó después de una semana transcurrida entre la vida y la +muerte. El señor Fermín había traído de Jerez un médico, gran amigo de +Salvatierra, un compañero de la época heroica, acostumbrado a esta clase +de lances. Tuvo delirios que le hacían gritar con el terror de la +pesadilla, y cuando después de largos desvanecimientos desentornaba los +ojos, veía a María de la Luz sentada junto a la cama, inclinando sobre +él su cabeza, como si buscase en su aliento la llegada de la reacción +vital que habla de salvarle. + +La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida se +cicatrizó rápidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que su +ahijado tenía carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con un +balazo así: ¡pero, balitas a él, que era el mozo más valiente del campo +de Jerez!... + +Cuando el herido abandonó la cama, acompañábale María de la Luz en sus +vacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre los +dos había vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos, +ese recato tradicional que hace que los novios se adoren sin decírselo, +sin declararse su pasión, bastándoles el expresarla mudamente con los +ojos. La muchacha, que había vendado su herida, que había visto desnudo +su pecho robusto, perforado por aquel rasguño de labios violáceos, no +osaba ahora, que le veía de pie, ofrecerle su brazo cuando paseaba +vacilante, apoyándose en un bastón. Entre los dos marcábase un ancho +espacio, como si sus cuerpos se repeliesen instintivamente; pero los +ojos se buscaban, acariciándose con timidez. + +A la caída de la tarde, el señor Fermín se sentaba en un banco, bajo las +arcadas de su caserón, con la guitarra en las rodillas. + +--¡Venga de ahí, Mariquita de la Lú! Hay que alegrar un poquiyo al +enfermo. + +Y la muchacha rompía a cantar, con la cara grave y los ojos entornados, +como si cumpliese una función sacerdotal. Únicamente sonreía cuando su +mirada se encontraba con la de Rafael, que la escuchaba en éxtasis, +acompañando con débil palmoteo el rasguear melancólico de la guitarra +del señor Fermín. + +¡Oh, la voz de María de la Luz! Una voz grave, de entonaciones +melancólicas, como la de una mora habituada a eterna clausura que canta +para oídos invisibles tras las tupidas celosías: una voz que temblaba +con litúrgica solemnidad, como si meciese el sueño de una religión +misteriosa sólo de ella conocida. De repente, se adelgazaba, partiendo +como un relámpago hacia las alturas, hasta convertirse en un alarido +agudo, en un grito que serpenteaba, formando complicados arabescos de +salvaje bizarría. + +Las vulgares coplas, oídas por Rafael tantas veces en sus juergas con +las gitanas, parecían nuevas en los labios de María de la Luz. Adquirían +un sentimentalismo conmovedor, una unción religiosa en el silencio del +campo, como si aquella poesía ingenua y gallarda, cansada de rodar sobre +las mesas, manchadas de vino y de sangre, se rejuveneciera al tenderse +soñolienta en los surcos de la tierra bajo los pabellones de pámpanos. +La voz de María de la Luz era famosa en la ciudad. En Semana Santa, la +gente que presenciaba el paso de las procesiones de encapuchados a altas +horas de la noche, corría para oírla de más cerca. + +--Es la niña del capataz de Marchamalo que va a echarle una _saeta_ al +Cristo. + +Y empujada por las amigas, abría los labios y ladeaba la cabeza con un +gesto lacrimoso, igual al de la Dolorosa; y el silencio de la noche, que +parecía agrandado por la emoción de una religiosidad lúgubre, rasgábase +con el lento y melódico quejido de aquella voz de cristal que lloraba +las trágicas escenas de la Pasión. Más de una vez la muchedumbre, +olvidando la santidad de la noche, prorrumpía en elogios a la gracia de +la chiquilla y en bendiciones a la madre que la había parido, sin +respetar el aparato inquisitorial del sagrado Entierro con sus negros +encapuchados y sus fúnebres blandones. + +En la viña no despertaba menores entusiasmos María de la Luz. Oyéndola +los dos hombres bajo las arcadas, sentíanse conmovidos, y sus almas +sencillas abríanse a la ráfaga de poesía del crepúsculo, mientras se +coloreaban las lejanas montañas con la puesta del sol, y Jerez teñía su +blancura con resplandores de incendio, destacándose sobre un cielo de +violeta en el que comenzaban a brillar las primeras estrellas. + +El canto quejumbroso y melancólico de los pueblos tristes y moribundos, +despertaba inexplicables recuerdos, ecos de una existencia anterior. El +alma morisca se estremecía en ellos oyendo aquellas coplas de muerte, de +sangre, de amores desesperados y fanfarronas amenazas. El viejo capataz, +enardecido por la voz de María de la Luz, parecía olvidar que era su +hija, y soltaba la guitarra para echarla su sombrero a los pies. + +--¡Olé mi niña! ¡Viva su pico de oro, la mare que la crió... y el pare +también! + +Y recobrando su gravedad, le decía al ahijado con el tono de un profesor +que enseña verdades de universal trascendencia: + +--Ese es er verdadero cante jondo... ¡Jerezano puro! Y si te icen que si +las seviyanas, que si las malagueñas, di que es pamplina. En Jerez está +la llave der cante. Eso lo declaran toos los sabios del mundo. + +Cuando Rafael se sintió fuerte tuvo que dar por terminado este período +de dulce intimidad. Una tarde habló a solas con el señor Fermín. Él no +podía seguir allí; pronto llegarían los viñadores, y la casa de +Marchamalo recobraría su animación de pequeño pueblo. Además, don Pablo +anunciaba su propósito de echar abajo el caserón, para construir aquel +castillo con el que soñaba como una glorificación de su familia. ¿Cómo +explicar Rafael su presencia en la viña? Era una vergüenza que un hombre +de sus energías permaneciese allí, sin ocupación, viviendo al amparo de +su padrino. + +El asunto de aquella noche parecía olvidado. No temía que le +persiguiesen, pero estaba resuelto a no volver a su antigua vida. + +--Con una basta, padrino; tenía su mercé razón. Ni esta es manera de +ganarse honradamente el pan, ni hay jembra que apechugue con un mozo que +por más dinero que traiga a casa puede morir de mala muerte. + +Él no sentía miedo, ¡eso nunca!, pero tenía sus planes para el porvenir. +Quería formarse una familia, como su padre, como su padrino, y no pasar +la vida echándolas de jaque en la montaña. Buscaría una ocupación más +honrada y tranquila, aunque conociese el hambre. + +Y entonces fue cuando el señor Fermín, valiéndose de su influencia con +los Dupont, hizo a Rafael aperador del cortijo de Matanzuela, propiedad +del sobrino del difunto don Pablo. + +El tal Luis había vuelto a Jerez hecho un hombre, después de una +continua peregrinación por todas las universidades de España, buscando +catedráticos de manga ancha que no tuviesen empeño en malograr futuros +abogados. Su tío le había impuesto la obligación de seguir una carrera, +y mientras aquél vivió, se había resignado a llevar la vida de +estudiante, ajustándose a los estrechos envíos de dinero y ampliándolos +con préstamos feroces, por los que firmaba a ojos cerrados cuantos +papeles querían presentarle los usureros. Pero al ver al frente de la +familia a su primo Pablo y próxima su mayor edad, se había negado a +continuar por más tiempo la comedia de sus estudios. Era rico, no quería +perder el tiempo en cosas que en nada le interesaban. Y tomando posesión +de sus bienes, comenzó la libre existencia de placeres con la que había +soñado en su estrecha vida de estudiante. + +Viajaba por toda España, pero ya no era para aprobar una asignatura aquí +y otra más allá: aspiraba a ser una autoridad en el arte taurino, un +grande hombre de la afición, e iba de plaza en plaza al lado de su +matador favorito, presenciando todas sus corridas. En invierno, cuando +descansaban sus ídolos, vivía en Jerez al cuidado de sus haciendas, y +este cuidado consistía en pasarse las noches en el _Círculo Caballista_, +discutiendo acaloradamente los méritos de su matador y la inferioridad +de sus rivales, pero con tal vehemencia, que por si una estocada +recibida años antes por un toro, del que no quedaban ni los huesos, +había sido caída o en su sitio, tentábase por encima de la ropa el +revólver, la navaja, todo el arsenal que llevaba sobre su persona, como +garantía del valor y la arrogancia con que resolvía sus asuntos. + +No salía caballo hermoso y de precio de las yeguadas jerezanas, que no +lo comprase, entablando pujas con su primo, que era más rico que él. Por +la noche, los montañeses de los colmados le veían entrar como un +presagio de borrasca, seguros de que acabaría rompiendo botellas y +platos y echando las sillas por el aire, para demostrar que era muy +hombre y podía después pagarlo todo a triple precio. Su ambición +estribaba en ser el continuador del glorioso marqués de San Dionisio, +pero en el _Círculo Caballista_ decían de él que no era más que su +caricatura. + +--Le farta el señorío, el _aquel_ del bendito marqué--decía el señor +Fermín al enterarse de las hazañas de Luis, al que conocía desde niño. + +Las mujeres y los valientes eran las dos pasiones del señorito. Con +ellas no se mostraba muy generoso; deseaba ser adorado por sus méritos +de jinete arrogante, creyendo de buena fe que todos los balcones de +Jerez se estremecían con la palpitación de corazones ocultos cuando +pasaba él montando el último caballo que acababa de adquirir. Con la +corte que le acompañaba de parásitos y matones era más espléndido. No +había en todo el término de Jerez un valentón de fama triste que no +acudiese a él atraído por su liberalidad. Los que salían de presidio no +tenían que preocuparse de su suerte; don Luis era un buen amigo y además +de darles dinero, les admiraba. Cuando a altas horas de la noche, al +final de las francachelas en los colmados, sentíase borracho, +despreciaba a sus queridas para fijar toda su admiración en los hombres +de bronce que le acompañaban. Hacía que le mostrasen las cicatrices de +sus heridas, que le relatasen sus heroicas peleas. Muchas veces, en el +_Círculo Caballista_ señalaba a los amigos algún hombre malcarado que le +aguardaba en la puerta. + +--Ese es el _Chivo_--decía con el orgullo de un príncipe que habla de +sus grandes generales.--Un hombre a quien le arrastran las borlas por el +suelo. Entre tiros y cuchilladas tiene más de cincuenta cicatrices en el +pellejo. + +Miraba a todos con insolente superioridad, como si las cicatrices del +amigote fuesen una declaración de su propio valor, y vivía feliz +creyendo que en todo Jerez no había quien le disputase su guapeza con +los hombres y su buena fortuna con las mujeres. + +Cuando el capataz de Marchamalo le habló en favor de Rafael, el señorito +lo admitió inmediatamente. Había oído hablar del muchacho; era de los +suyos (y al decir esto tomaba el aire protector de un maestro), +recordaba ciertos tiros en la sierra y el miedo que le tenían los del +resguardo. Nada: que se quedaba con él; así le gustaban los hombres. + +--Te colocaré en mi cortijo de Matanzuela--dijo acariciando con +amistosas palmadas a Rafael, como si fuese un nuevo discípulo.--El +aperador que tengo es un viejo medio cegato, del que se ríen los +gañanes. Y ya sabemos lo que son los trabajadores: ¡mala gente! Con +ellos, el pan en una mano, y el garrote en la otra. Necesito un hombre +como tú, que los meta en cintura y cuide mis intereses. + +Y Rafael se fue al cortijo, no volviendo a la viña más que una vez por +semana, cuando iba a Jerez para hablar al amo de los asuntos de la +labranza. Muchas veces tenía que buscarlo en la casa de alguna de sus +protegidas. Le recibía en la cama, incorporándose sobre el almohadón, en +el que descansaba otra cabeza. El nuevo aperador reía a solas las +fanfarronadas de su amo, más atento a recomendarle la dureza y que +«metiese en cintura» a los holgazanes que trabajaban sus campos, que a +enterarse de las operaciones agrícolas, echando la culpa de las malas +cosechas a los gañanes, una canalla que no quería trabajar y deseaba que +los amos se convirtiesen en criados, como si el mundo pudiera volverse +del revés. + +Don Luis llegaba a olvidarse de sus aficiones matonescas y sus hazañas +amorosas, cuando hablaba de la gente zafia de los campos que, movida por +falsos apóstoles, quería repartírselo todo. Él había estudiado (lo +declaraba pomposamente en el _Círculo Caballista_, sin reparar en las +sonrisas de los que le escuchaban), él sabía que lo que deseaban los +trabajadores eran _utopias_, eso es; _utopias_ (y repetía con +delectación la palabra), y que todo lo que ocurría era por culpa de los +gobiernos que no «meten en cintura» a los gañanes, y también por falta +de religión. Si señor; la religión: este era el freno del pobre, y como +cada vez había menos, los de abajo, con el pretexto del hambre, querían +comerse a los de arriba. + +Estas palabras ya no hacían sonreír a los socios del _Caballista_, sino +que las aprobaban con fervorosos gestos, con toda su fe de ricos +labradores, que encogían los hombros cuando algún iluso proponía +pantanos y canales, y todos los años costeaban grandes fiestas a la +Virgen de la Merced, sacándola en rogativa apenas faltaba el agua a sus +campos. + +A pesar de estas ideas que propalaba Luis en sus momentos de seriedad, +afirmando que mejor andarían las cosas si él gobernase, don Pablo +Dupont abominaba de su primo, considerándolo una vergüenza de la +familia. + +Este pariente, que renovaba los escándalos del de San Dionisio, +agravados, según doña Elvira, por su origen plebeyo, era una calamidad +en una casa que siempre había infundido respeto por su nobleza y santas +costumbres. Para mayor desgracia estaban las niñas del marqués, Lola y +Mercedes. ¡Las veces que su tía se sofocó de indignación, +sorprendiéndolas por la noche en una reja baja de su hotel, hablando con +los novios, que se renovaban casi semanalmente! Tan pronto eran +tenientes de la remonta, como señoritos del _Caballista_, o ingleses +jóvenes, empleados en los escritorios, que se entusiasmaban _pelando la +pava_ al estilo del país y hacían reír a las niñas con su andaluz +chapurreado británicamente. No había muchacho en Jerez que no tuviese su +rato de conversación con las desenvueltas _marquesitas_. Ellas hacían +frente a todos: bastaba pararse ante sus rejas para entablar diálogo, y +los que pasaban sin detenerse eran perseguidos por las risas y los +siseos irónicos que sonaban a sus espaldas. La viuda de Dupont no podía +dominar a sus sobrinas, y éstas, por su parte, así como iban creciendo, +mostrábanse más insolentes con la devota señora. Era en vano que su +primo las prohibiese salir a las rejas. Burlábanse de él y su madre, +añadiendo que ellas no habían nacido para monjas. Escuchaban con gesto +hipócrita las pláticas del confesor de doña Elvira recomendándolas la +sumisión, y hacían uso de toda clase de astucias para comunicarse con +los galanes de a pie y de a caballo que rondaban la calle. + +Un señorito del _Caballista_, hijo de un cosechero, gran amigo de la +casa Dupont, se enamoró de Lola, pidiéndola en matrimonio +apresuradamente, como si temiera que se le escapase. + +Doña Elvira y su hijo aceptaron la demanda: en el _Círculo_ causó +asombro el valor de aquel muchacho casándose con una de las hijas del +marqués de San Dionisio. + +Este matrimonio fue para las dos hermanas una liberación. La soltera se +marchó con la otra, gozosa de emanciparse por fin de la tía huraña y +devota, y a los pocos meses volvieron a reanudar en casa del marido las +costumbres que observaban cerca de los Dupont. Mercedes pasaba la noche +en la reja en apretada intimidad con los novios: su hermana acompañábala +con cierto aire de señora mayor, y hablaba con otros para no perder el +tiempo. El marido protestaba, intentando rebelarse. Pero las dos se +indignaban contra él porque osaba interpretar estas diversiones +inocentes de un modo ofensivo para su pudor. + +¡Qué de disgustos proporcionaron las dos _Marquesitas_, como las +llamaban en la ciudad, a la austera doña Elvira!... Mercedes, la +soltera, se fugó con un inglés rico. De tarde en tarde llegaban vagas +noticias que hacían palidecer de rabia a la noble señora. Unas veces la +veían en París, otras en Madrid, llevando una vida de _cocotte_ +elegante. Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraía a +docenas con su gracia picaresca. Además, en ciertas vanidades producía +gran impresión el título de marquesa de San Dionisio, que había unido a +su nombre, y la corona nobiliaria con que adornaba sus camisas de noche +y las sábanas de una cama tan frecuentada como la acera de una gran +calle. + +La viuda de Dupont creyó morir al saber tales cosas. ¡Señor, y para esto +habían nacido los preclaros varones de su familia, virreyes, arzobispos +y capitanes, dándoles los monarcas títulos y señoríos! ¡Para que tanta +gloria sirviese de prospecto a una mala mujer!... Y aun ésta resultaba +la mejor de las dos. Al fin había huido por no afrentar de cerca a su +familia, y si vivía en el pecado, era entre hombres de cierto linaje, +siempre con personas decentes, como si influyesen en ella los respetos +al rango de su familia. + +Pero quedaba la otra, la mayor, la casada, y ésta quería acabar con +todos los parientes matándolos de vergüenza. Su vida conyugal, después +de la fuga de Mercedes, fue un infierno. El marido vivía en perpetuo +recelo, marchando a ciegas en sus sospechas, no sabiendo en quién +fijarse, pues su mujer miraba del mismo modo a todos los hombres, como +si se ofreciera con los ojos, hablándoles con una libertad que incitaba +a toda clase de audacias. Sintió celos de Fermín Montenegro, que acababa +de llegar de Londres, y reanudando su intimidad infantil con Lola, la +visitaba con frecuencia, atraído por su picaresco lenguaje. + +Las escenas domésticas acababan a golpes. El marido, aconsejado por los +amigos, acudía a la bofetada y al palo, para domar a «la mala bestia», +pero la tal bestiecilla justificaba el apodo, pues al revolverse con el +vigor y la acometividad de una infancia bravía digna de su ilustre +padre, devolvía los golpes de tal modo, que siempre era el cónyuge el +que resultaba peor librado. + +Muchas veces se presentaba en el _Círculo Caballista_ con arañazos en la +cara o amoratadas señales. + +--Con esa no puedes tú--le decían los amigos en un tono de compasión +cómica.--Es mucha mujer para ti. + +Y celebraban la energía de Lola, la admiraban, con la secreta esperanza +de ser algún día de los favorecidos. + +El escándalo fue tan grande, que el marido se retiró a la casa de sus +padres y la _Marquesita_ pudo por fin vivir a sus anchas. + +--Márchate--la dijo un día su primo Dupont.--Tú y tu hermana sois +nuestra deshonra. Huye lejos, y donde estés yo te enviaré lo necesario +para que vivas. + +Pero Lola contestó con un ademán impúdico, gozándose en escandalizar a +su devoto pariente. No le daba la gana de irse, y no se iba. Ella era +muy _flamenca_; le gustaba la tierra y su gente. Marcharse sería poco +menos que morir. + +Anduvo algún tiempo por Madrid con su hermana, pero sus viajes fueron de +corta duración. Era una _cañí_, una hija legítima del marqués de San +Dionisio. ¡Que no le quitasen a ella sus _juerguecitas_ hasta el +amanecer, tocando palmas y taconeando sentada, con las faldas en las +rodillas! ¡Que no la privasen del vino de la tierra, que era su sangre y +su felicidad! Si rabiaba la familia, que rabiase. Ella quería ser gitana +como su padre. Aborrecía a los señoritos; le gustaban los hombres con +sombrero pavero, y si llevaban zajones, mejor; pero muy hombres, oliendo +a cuadra y a macho sudoroso. Y paseaba su belleza de rubia fina con +carnes de porcelana por los colmados y ventorrillos, tratando con una +fraternidad exagerada a los cantaoras y rameras que intervenían en las +_juergas_, exigiendo que la tuteasen, y riendo con nerviosa alegría de +borracha cuando los hombres, embrutecidos por el vino, sacaban las +navajas y las hembras se apelotonaban asustadas en un rincón. + +Esta vida de embriaguez, estrépito, pelea y caricias alcohólicas que +había entrevisto de niña en lo casa paterna, atraíala con fuerza +ancestral, entregándose a ella sin remordimiento, como si continuase una +tradición de familia. En sus excursiones nocturnas, cogida del brazo +del galán rústico que disfrutaba de su momentáneo apasionamiento, se +encontraba con Luis Dupont y su cortejo de gente alegre. Llamábanse +primos por su lejano parentesco, se embriagaban juntos, y Luis afirmaba +su resolución de ir a tiros con todo el que no confesase que la +_Marquesita_ era «la mujer más barbiana de la tierra». Pero a pesar de +los abandonos de Lola, que permitían al calavera apreciar sus secretos +físicos, y de que más de una vez la acompañó hasta su casa por las +desiertas calles, haciendo esfuerzos por contener sus arrebatos de +histérica que la impulsaban al escándalo, nunca sus relaciones pasaron +de una intimidad amistosa. Luis sentía ciertos entorpecimientos en el +deseo y dejaba para más adelante la fácil empresa, como si le cohibiese +el recuerdo del período de la infancia que habían pasado juntos. + +Toda la ciudad comentaba los escándalos de la _Marquesita_ a la que +regocijaba mucho el asombro de las gentes tranquilas. + +Lo mismo la veían en las principales calles elegantemente vestida o en +el Campo de la Feria en un lujoso carruaje, como se presentaba +despeinada y envuelta en un mantón copiando el andar de las mozas bravas +y contestando a los requiebros de los hombres con palabras que +ruborizaban a muchos. Gustaba de sonreír con gestos de misteriosa +complicidad a los pacíficos señores que pasaban junto a ella con sus +familias. Después reía como una loca pensando en las querellas +conyugales que estallaban al volver a casa aquellos matrimonios honrados +y solemnes que ella había tratado cuando vivía con su esposo. En una +acera de la calle Larga, ante las mesas de los principales casinos, +había besado a un amigo con exagerados transportes de pasión, entre el +griterío de la gente que salía a las puertas. + +Su último amor era un mozo tratante en cerdos, un atleta chato y cejudo +con el que vivía en el arrabal. Un secreto poder de este macho fuerte la +enloquecía. Hablaba de él con orgullo, gozándose en el contraste entre +su nacimiento y la profesión de su amante. De vez en cuando sufría +arrebatos de veleidad y se ausentaba de la casucha del arrabal por +algunos días. El zafio amante no la buscaba, dando su vuelta por segura; +y al regresar el pájaro caprichoso, todo el barrio poníase en alarma con +los golpes y los gritos, saliendo la _Marquesita_ al balcón con el pelo +suelto, pidiendo socorro, hasta que una zarpa la arrancaba de los +hierros y la metía dentro para continuar el vapuleo. + +Si algún amigo le hablaba con tono de zumba de las amorosas palizas, +contestaba con orgullo: + +--Me pega porque me aprecia, y yo le quiero porque es el único que me +entiende. Mi porquero es todo un hombre. + +Los escándalos de la _Marquesita_ indignaban a muchos y regocijaban a +los más. La gente popular la miraba con cierta simpatía, como si con sus +envilecimientos halagase el instinto igualitario de los de abajo. Las +familias ricas y devotas que no podían negar su parentesco con los de +San Dionisio, buscado antes como un título de orgullo, decían con +resignación: «Debe de estar loca; Dios tocará su alma para que se +arrepienta». + +Los que no se resignaban eran los Dupont: don Pablo y su madre, que +volvían a su hotel malhumorados y confusos cada vez que veían en las +calles el rubio moño y la sonrisa insolente de Lola. Les parecía que la +gente era menos respetuosa con ellos por culpa de la mala hembra, +deshonra de la familia. Hasta creían ver en los criados cierta sonrisa, +como si les alegrase la afrenta que aquella loca infería a sus +parientes. Los señores de Dupont comenzaron a frecuentar menos las +calles de la ciudad, pasando muchos días en su finca de Marchamalo, para +evitar todo encuentro con la _Marquesita_ y con las gentes que +comentaban sus excentricidades. + +Este alejamiento de Jerez permitió a Dupont realizar sus ensueños sobre +Marchamalo. Echó abajo el antiguo caserón y construyó lagares nuevos, +una hermosa casa para su familia, una capilla espaciosa y rica como un +templo, y un torreón cuadrado, con puntiagudas almenas, dominando el +oleaje de colinas cubiertas de cepas, que formaban el gran dominio de +Marchamalo. Todo era nuevo y sólido, construido con gran derroche de +dinero. Únicamente dejó Dupont en pie la casa de los viñadores, para que +la finca no perdiese por completo su carácter tradicional, conservando +la cocina ennegrecida por el humo de muchos años, en la que dormían los +jornaleros en torno del _fogaril_, sobre una esterilla de enea, única +cama que les proporcionaba el señor. + +Fermín Montenegro, al ir en los días de fiesta a visitar a su familia, +se encontraba siempre con los amos. Así fue aumentando insensiblemente +su trato con don Pablo. En medio de la campiña, bajo el cielo de intenso +azul, parecía dulcificarse el carácter imperioso de Dupont, haciéndole +tratar a su subordinado con más afecto que en el escritorio. + +Contemplando el oleaje de cepas que cubría las pendientes blanquecinas, +el rico cosechero admiraba la fertilidad de su finca, atribuyéndola +modestamente a la protección de Dios. Algunas manchas yermas extendían +su trágica desolación entre el follaje de los pámpanos. Eran los rastros +de la filoxera que había arruinado a medio Jerez. Los cosecheros, +quebrantados por la baja de los vinos, no tenían medios para replantar +sus viñas. Era aquella una tierra aristocrática y cara, que sólo los +ricos podían cultivar. Poner de nuevo en explotación una aranzada +costaba tanto como el mantenimiento de una familia _decente_ durante un +año. Pero la casa Dupont era opulenta y podía hacer frente a la plaga. + +--Mira, Ferminillo--decía don Pablo;--todos esos claros los voy a +plantar de vid americana. Con esto, y, sobre todo, con el auxilio de +Dios, ya verás como la cosa marcha bien. El Señor está con los que le +aman. + +Doña Elvira, por su parte, no descendía a hacer confidente de sus +pensamientos a la familia de Montenegro, pero se dignaba hablarla con +cierta llaneza, lo que producía asombro en sus domésticos de la ciudad. +La noble señora sentía ablandarse su orgullo viviendo en el campo. +Hablaba con el señor Fermín queriendo averiguar a qué iglesia de Jerez +iba los domingos con María de la Luz, para oír misa... Al ver a la hija +del capataz abstraerse, poniendo su pensamiento lejos, muy lejos, en el +cortijo donde vivía Rafael, la buena señora interpretaba esta tristeza +como un anhelo de recogimiento, y la ofrecía su protección. + +--No, señora--decía sonriendo la muchacha;--no quiero ser monja. A mí me +tira la vida. + +Para Fermín Montenegro no eran un secreto los disgustos de carácter +espiritual, las grandes contrariedades que sufría la viuda de Dupont por +culpa de los negocios. Su hijo tenía que tratar gentes de todas clases, +herejes y hombres sin religión; extranjeros que consumían los vinos de +la casa, y al pasar por Jerez habían de ser recibidos con el agasajo que +merecen los buenos clientes. ¡Ser buenos servidores del Señor y tener +que tratar a sus enemigos como si fuesen iguales! En vano los Padres de +la iglesia de San Ignacio disipaban sus escrúpulos recordándola la +importancia de los negocios y la influencia que una casa tan poderosa +ejercía sobre la religiosidad de Jerez. Doña Elvira sólo se reconciliaba +con sus famosas bodegas cuando una vez por año salía con destino a Roma +una barrica de vino, dulce y espeso como jarabe, destinado a la misa del +Pontífice por recomendación de varios obispos, amigos de la casa. Este +honor la servía de lenitivo. Pero aun así, ¡qué angustias no la hacían +sufrir aquellos extranjeros rubios y antipáticos que tenían la audacia +de leer la Biblia a su modo y en su lengua, sin creer en Su Santidad, ni +ir a misa!... + +Montenegro conocía uno de los últimos disgustos de la piadosa señora, +que le habían relatado los criados de la casa. + +Los Dupont tenían un viajante sueco, el mejor agente de su negocio. +Colocaba miles y miles de botellas del vino de fuego que producía +Marchamalo, en aquellos países septentrionales de noches casi eternas y +días de pleno sol, que duran meses. El viajante, después de muchos años +de servicios a la casa, había venido a España, pasando por Jerez, para +conocer personalmente a los Dupont. Don Pablo había creído indispensable +el invitarlo a comer con su familia. + +Horrible tormento el que sufrió su madre ante aquel desconocido, enorme +de cuerpo, rojo y hablador, con esa alegría infantil de los hombres del +Norte cuando se ponen en contacto con el sol y los vinos de los países +cálidos. + +Doña Elvira acogía con una sonrisa traidora su charla incesante en un +español trabajoso; los gritos de asombro que le arrancaba el haber visto +tantas iglesias, tantos frailes y curas, tantos mendigos, los campos +cultivados como en los tiempos prehistóricos, las costumbres bárbaras y +pintorescas, las plazas de ciertas poblaciones llenas de hombres con los +brazos cruzados y el cigarrillo en la boca, esperando que fuesen a +alquilarles. + +Dupont tosía fingiéndose distraído como si no oyese al huésped, mientras +su madre seguía con asombro los estragos que hacía el forastero en los +platos. ¡Qué manera de comer! Aquello no podía hacerlo un cristiano. +Además era rojo, como Luzbel y Judas, el color de todos los enemigos de +Dios, y su cara inflamada, de ogro en plena digestión, le hacía recordar +las de los malos espíritus que gesticulaban horrorosos en las láminas de +su devocionario. ¡Y tener que tratar herejes de esta clase, que se +burlaban de un país cristiano porque aún conserva puros e intactos los +recuerdos de tiempos más felices! ¡Verse obligada a sonreírle, porque +era el mejor cliente de la casa!... + +Cuando Dupont se lo llevó, terminada la comida, la señora hizo que los +criados quitasen apresuradamente el cubierto, los vasos, todo lo que +había servido al forastero, sin que ella se atreviese a tocarlo. ¡Que +jamás volviese a ver _aquello_ en la mesa! El negocio era una cosa y +otra el alma, que debía conservarse limpia de todo contacto impuro. + +Y al volver los criados al comedor vieron a doña Elvira, con la pililla +de agua bendita de su dormitorio, rociando apresuradamente la silla en +que se había sentado el ogro rojo e impío. + + + + +III + + +Cuando la docena de perros, bien contada, que tenía el cortijo de +Matanzuela, galgos, mastines y podencos, olfateaban a medio día el +regreso del aperador, saludaban con fieros aullidos y tirones de cadena +el trote de la jaca, y avisado por estas señales el tío Antonio, +conocido por el apodo de _Zarandilla_, asomábase al portalón para +recibir a Rafael. + +El viejo había sido durante mucho tiempo aperador del cortijo. Le tomó a +su servicio el antiguo dueño, hermano del difunto don Pablo Dupont; pero +el amo actual, el alegre don Luis, quería rodearse de gente joven, y +teniendo en cuenta sus años y la debilidad de su vista, lo había +sustituido con Rafael. Y muchas gracias--como él decía con su +resignación de labriego--por no haberle enviado a mendigar en los +caminos, permitiéndole que viviese en el cortijo con su compañera, a +cambio de ocuparse la vieja del cuidado de las aves que llenaban el +corral y de ayudar él al encargado de las pocilgas que se alineaban a +espaldas del edificio. ¡Hermoso final de una vida de incesante trabajo, +con la espina quebrada por una curvatura de tantos años escardando los +campos o segando el trigo!... + +Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban otra +satisfacción en su miseria que el excelente carácter de Rafael. Como dos +perros viejos, a los que se reserva por lástima un poco de pitanza, +esperaban la hora de la muerte en su tugurio junto al portalón del +cortijo. Sólo la bondad del nuevo aperador hacía llevadera su suerte. El +tío _Zarandilla_ pasaba las horas sentado en uno de los bancos al lado +de la puerta, mirando fijamente, con sus ojos opacos, los campos de +interminables surcos, sin que el aperador le regañase por su indolencia +senil. La vieja quería a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y su +comida, y él pagaba con largueza estos pequeños servicios. ¡Bendito sea +Dios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo guapo al único hijo que +los viejos habían tenido; un pobrecito que había muerto siendo soldado, +en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le parecía poco a la +seña Eduvigis para el aperador. Reñía al marido porque no se mostraba, +según ella, bastante amable y solícito con Rafael. Antes de que los +perros anunciasen su proximidad, oía ella el trotar del caballo. + +--¡Pero, cegato!--gritaba a su marido.--¿No oyes que viene Rafaé? Anda a +sostenerle el cabayo, mardecío. + +Y el viejo salía al encuentro del aperador, mirando de frente, con sus +ojos inmóviles, que sólo percibían la silueta de los objetos en una +niebla gris, moviendo las manos y la cabeza con un temblor de vejez +exhausta y agotada que le valía el apodo de _Zarandilla_. + +Entraba Rafael en el cortijo sobre su briosa jaca, erguido y arrogante +como un centauro, y con gran retintín de espuelas y roce de los zajones +de cuero, se apeaba en el patio, mientras su cabalgadura golpeaba los +guijarros, como si aún desease emprender un nuevo galope. + +_Zarandilla_ descolgaba la escopeta del arzón, arma que más de una vez +tenía que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a los +arrieros que bajaban carbón de la sierra y al detenerse al borde del +camino, soltaban a pacer sus bestias en los _manchones_, tierras sin +cultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en la +dehesa. Después recogía la _chivata_ caída en el suelo, una larga +pértiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, para +arrear a las reses que encontraba dentro de los sembrados. + +Mientras el viejo llevaba el caballo a la cuadra, Rafael se despojaba de +los zajones, y entraba con la alegría de la juventud y del apetito +despierto en la cocina de los viejos. + +--Mare Eduvigis, ¿qué tenemos hoy? + +--Lo que a ti te gusta, condenao: ajito caliente. + +Y los dos sonreían, aspirando el tufillo de la cazuela, donde acababan +de cocerse el pan y el ajo, bien majados. La anciana ponía la mesa, +sonriendo a los elogios con que celebraba Rafael sus manos de +guisandera. Ya no era más que una ruina: podía burlarse de ella el +muchacho, pero en otro tiempo le habían dicho cosas mejores los +caballeros que venían con el difunto amo a ver los potros del cortijo, +celebrando las comidas que ella les guisaba. + +Al sentarse _Zarandilla_ a la mesa, de vuelta de la cuadra, la primera +mirada de sus ojos opacos era para la botella de vino, e instintivamente +avanzaba sus manos temblonas. Era un lujo que había introducido Rafael +en las comidas del cortijo. ¡Bien se reconocía en esto su juventud de +mozo rumboso, acostumbrado al trato con los caballeros de Jerez, y sus +visitas a Marchamalo, la famosa viña de los Dupont!... Años enteros +había pasado el viejo cuando era aperador sin otra alegría que la de +deslizarse, a espaldas de su mujer, hasta los ventorrillos de la +carretera, o la de ir a Jerez con pretexto de llevar a la familia del +amo alguna cesta de huevos o un par de capones, viajes de los que +regresaba cantando, con la mirada chispeante, las piernas inseguras y en +la cabeza un repuesto de alegría para toda una semana. Si alguna vez +había soñado con la fortuna, era sin otra ambición que la de beber como +el más rico caballero de la ciudad. + +Adoraba el vino con el entusiasmo de la gente del campo que no conoce +otro alimento que el pan de las teleras, el pan de los gazpachos o el +ajo caliente, y obligada a rociar con agua esta comida insípida, sin +otra grasa que el hediondo aceite del condimento, sueña con el vino, +viendo en él la energía de su existencia, la alegría de su pensamiento. +Los pobres anhelaban con vehemencia de anémicos esta sangre de la +tierra. El vaso de vino mitigaba el hambre y alegraba la vida un momento +con su fuego: era un rayo de sol que pasaba por el estómago. Por esto, +_Zarandilla_, más que de los guisos de su mujer, se preocupaba de la +botella, manteniéndola al alcance de su mano, calculando previamente, +con avaricia infantil, lo que podría beber Rafael, y asignándose el +resto, sin consideración alguna, a la mujer que aprovechaba el menor +descuido para retirarla, guardándose su parte. + +Rafael, no pudiendo por los hábitos de su primera juventud acostumbrarse +a la sobriedad del cortijo, encargaba al _sobajanero_ (un muchacho, que +iba diariamente a Jerez en un borriquillo) que renovase de vez en cuando +su provisión de vino; pero la guardaba bajo llave, temiendo la +intemperancia de los viejos. + +La comida transcurría en medio del solemne silencio del campo, que +parecía colarse en el cortijo por el abierto portón. Los gorriones +piaban en los tejados; las gallinas cocleaban en el patio, picoteando, +con las plumas erizadas, los intersticios del pavimento de guijarros. De +la gran cuadra llegaban los relinchos de los caballos sementales y los +rebuznos de los garañones, acompañados de pataleos y bufidos de gula +satisfecha ante el pesebre lleno. De vez en cuando, un conejo asomaba a +la puerta del tugurio sus orejas desmayadas, huyendo con medroso trote a +la más leve voz, temblándole el rabillo sobre las posaderas sedosas, y +de las lejanas pocilgas llegaban ronquidos de fiera, revelando una lucha +de empellones de grasa y mordiscos traidores en torno de los barreños de +bazofia. Cuando cesaban estos rumores de vida, tornaba a extenderse con +religiosa majestad el silencio del campo, rasgado tenuemente por el +arrullo de las palomas o el lejano campanilleo de una recua, +deslizándose por la carretera que cortaba la inmensidad de tierras +amarillas, como un río de polvo. + +En esta calma patriarcal, fumando sus cigarrillos (otra buena costumbre +que el viejo agradecía a Rafael), los dos hombres hablaban lentamente de +los trabajos del cortijo, con toda la gravedad que las gentes del campo +ponen en los asuntos de la tierra. + +El aperador calculaba los viajes que había de hacer a una dehesa +propiedad de don Luis, donde invernaban la torada y la yeguada del +cortijo. La responsabilidad era del yegüero; pero don Luis, a quien +interesaba más su ganadería que todas las cosechas, quería estar al +corriente del estado de sus yeguas, y era por su salud por lo primero +que preguntaba a Rafael siempre que le veía. + +Al volver de sus viajes, Rafael hablaba con cierta admiración del +yegüero y de los _veladores_ a sus órdenes que cuidaban el ganado +durante la noche. Eran hombres de una honradez primitiva, con el +espíritu petrificado por la soledad y la monotonía de su existencia. +Pasaban los días sin hablar, sin otra manifestación de pensamiento que +los gritos a los animales sometidos a su custodia: «¡Aquí, _Careto_!»... +«¡Anda a otro sitio, _Resalá_!» Y los bueyes y las yeguas obedecían sus +voces y sus gestos, como si la continua comunicación de las bestias y el +hombre acabase por elevar a unos y rebajar a otros, fundiendo las +especies. + +El antiguo contrabandista creía traer una provisión de nueva vida cuando +bajaba al llano, al campo de interminables surcos que se perdían en el +horizonte y sobre los cuales sudaba encorvada una muchedumbre turbulenta +y miserable, roída por el odio y las necesidades. + +La sierra era el escenario de su aventurera juventud, y al volver al +cortijo recordaba con entusiasmo las montañas cubiertas de acebuches, +alcornoques y encinas; las profundas cañadas con espesuras de +lentisclos; las altas adelfas orlando los riachuelos, en cuya corriente +servían de pasos grandes fragmentos de columnas con arabescos que el +agua iba borrando poco a poco; y en el fondo, sobre las cumbres, las +ruinas de alcázares moriscos, el castillo de _Fátima_, el castillo de la +_Mora Encantada_, una decoración que hacia recordar los cuentos de los +crepúsculos de invierno junto a la chimenea del cortijo. + +Zumbaban los insectos sobre las inquietas crestas de la maleza; +arrastrábanse los lagartos entre las piedras; sonaban a lo lejos las +esquilas con acompañamiento de balidos, y de vez en cuando, al trotar el +caballo de Rafael por unos caminos que nunca habían conocido la rueda, +abríase en lo alto de un ribazo la cortina de matorrales, asomando los +cuernos y el hocico babeante de una vaca o el testuz curioso de un +ternero que parecía extrañar la presencia de un hombre que no fuese el +pastor. + +Otras veces eran las yeguas de larga cola y sueltas crines que temblaban +un momento con salvaje sorpresa al ver al jinete y huían monte arriba +con violentas ondulaciones de ancas. Los potros las seguían, con las +patas grotescamente cubiertas de pelo, como si llevasen pantalones. + +Rafael miraba asombrado a los zagales nacidos en la sierra. Eran tímidos +y huraños con la gente que llegaba de aquella llanura, a la que volvían +los ojos con cierto temor supersticioso, como si en ella residiese el +misterio de la vida. Eran pedazos de naturaleza, de una existencia +rudimentaria y monótana. Andaban y vivían como podrían hacerlo un árbol +o una piedra animados de movimiento. En su cerebro, insensible a todo lo +que no fuesen sensaciones animales, apenas si las exigencias de la vida +habían hecho florecer un ligero musgo de pensamiento. Miraban como +fetiches milagrosos las grandes verrugas de los alcornoques, con las que +podían fabricarse los _tornillos_, cazuelas naturales para confeccionar +el gazpacho. Buscaban las pieles viejas de culebra, abandonadas entre +los guijarros al cambiar de envoltura el reptil y festoneaban los caños +de las fuentes con estos pellejos oscuros, atribuyendo a su ofrenda +influencias misteriosas. Los largos días de inmovilidad en el monte, +vigilando el pastar de las bestias, extinguía lentamente todo lo que en +estos muchachos había de humano. + +Cuando una vez por semana bajaba el mayor de los zagales a Matanzuela +para llevarse las provisiones de vaqueros y yegüerizos, el aperador +gustaba de hablar con este muchachón rudo y sombrío, que parecía un +superviviente de las razas primitivas. Siempre le hacía la misma +pregunta. + +--Vamos a ver. ¿Qué es lo que te gusta más? ¿Qué es lo que deseas?... + +El mocetón contestaba sin vacilar; como si de antemano tuviese bien +determinados todos sus deseos. + +--Casáme, jartáme y moríme... + +Y al decir esto, enseñaba sus dientes blancos y fuertes de salvaje, con +una expresión de hambre feroz: hambre de comida y de carne femenil, +deseos de atracarse de una vez de aquellas cosas maravillosas que, según +vagas noticias, devoraban los ricos; de gustar de un solo trago el amor +brutal que turbaba sus sueños de jayán casto; de conocer la hembra, +divinidad que admiraba de lejos al descender de la sierra y cuyos +tesoros ocultos creía adivinar contemplando las grupas lustrosas y +ágiles de las yeguas, las ubres sonrosadas y blancas de las vacas... ¡Y +después, morirse! como si conocidas y apuradas estas sensaciones +misteriosas, no restase nada de bueno en su vida de trabajo y +privaciones. + +¡Y estos zagales, condenados al salvajismo desde su nacimiento, como las +criaturas a las que se deforma para explotar su fealdad, ganaban treinta +reales al mes, a más de una triste pitanza que no acallaba los +estremecimientos de su estómago excitado por el aire de la montaña y las +aguas puras de las fuentes! ¡Y sus jefes, los yegüeros y vaqueros, +tenían dos reales y medio cuando más, sin fiesta alguna durante el año; +todos los días lo mismo, viviendo aislados, con su mísera hembra que +procreaba pequeños salvajes, dentro de un chozón, negro y ahumado, un +verdadero ataúd sin más entrada que un agujero de madriguera, las +paredes de pedruscos sueltos y una cubierta de hojas de corcho!... + +Rafael admiraba su probidad. Un hombre y dos zagales viviendo en esta +miseria, custodiaban rebaños que valían muchos miles de duros. En la +dehesa del cortijo de Matanzuela, los pastores no ganaban entre todos +más de dos pesetas, y tenían confiados a su cuidado ochocientas vacas y +cien bueyes, un verdadero tesoro de carne que podía extinguirse, morir, +al menor descuido. Esta carne, cuya crianza vigilaban, era para gentes +desconocidas: ellos sólo la comían cuando caía alguna res, víctima de +enfermedades hediondas que no permitían su conducción fraudulenta a las +ciudades. + +El pan del cortijo que se endurecía días y días en el chozón, algún +puñado de garbanzos o habichuelas y el aceite rancio del país, eran todo +su alimento. La leche les repugnaba, ahítos de su abundancia. Los +pastores viejos sentían sublevarse su probidad cuando algún zagal +ayudaba a la muerte de una bestia con el deseo de comer carne. ¿Dónde +encontrar gente más buena y resignada?... + +Al oír _Zarandilla_ estas reflexiones de Rafael, las apoyaba con +entusiasmo. + +No había honradez como la de los pobres. ¿Y aún les tenían miedo +creyéndoles malos?... El se reía de la honradez de los señores de la +ciudad. + +--Mia tú, Rafaé, qué mérito tendrá que don Pablo Dupont, pongo el +ejemplo, con toos sus millones sea bueno y no robe nada a naide. Los +buenos de veras, son esos pobrecitos que viven como indios caribes, sin +ver persona humana, muertecitos de jambre, guardándole al amo sus +tesoros. Los buenos somos nosotros. + +Pero el aperador, al pensar en los cortijos del llano no se mostraba tan +optimista como el viejo. Los gañanes vivían también en la miseria y +sufrían hambre, pero no eran gente tan noble y resignada como la del +monte, que se conservaba pura en su aislamiento. Tenían los vicios de la +aglomeración, eran desconfiados, veían enemigos en todas partes. A él +mismo, que los trataba como hermanos de pobreza y muchas veces se +exponía a que el amo le regañase por favorecerles, le miraban con odio, +como si fuese un enemigo. Y sobre todo, eran holgazanes y había que +azuzarlos como si fuesen esclavos. + +El viejo se indignaba oyendo al aperador. ¿Y cómo quería que fuesen los +gañanes? ¿Por qué habían de tener interés en trabajar?... Él, gracias a +su colocación en el cortijo, había podido llegar a viejo. Aún no tenía +sesenta años y estaba peor que muchos señores de más edad que parecían +hijos suyos. Pero se acordaba de los tiempos en que él y Eduvigis +trabajaban a jornal y se habían conocido en las noches de promiscuidad +de la gañanía, acabando por casarse. De sus compañeros de miseria, +hombres o mujeres, quedaban muy pocos: casi todos habían muerto, y los +que quedaban eran casi cadáveres, con el espinazo torcido y los miembros +secos, deformados y torpes. ¿Era aquélla vida de cristianos? ¡Trabajar +todo el día bajo el sol o sufriendo frío, sin más jornal que dos reales, +y cinco como retribución extraordinaria e inaudita en la época de la +siega! Era verdad que el amo daba la comida, ¡pero qué comida para +cuerpos que de sol a sol dejaban sobre la tierra toda su fuerza!... + +--¿Tú crees, Rafaé, que eso es comé? Eso es engañá la jambre; prepará el +cuerpo pa que lo coja la muerte. + +En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos, +manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses +restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la +mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si +en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una +panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno, +servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un +pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres +que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima. + +Unos cortijos eran de _pan por cuenta_, y en ellos se daban tres libras +por cabeza. Una telera de seis libras era el único alimento para dos +días. Otros eran de _pan largo_, no había tasa, el gañán podía comer +cuanto desease, pero el horno del cortijo sólo cocía cada diez días y +las teleras cargadas de salvado eran tan ásperas y de tal modo se +endurecían que el amo, echándola de generoso, salía ganando, pues nadie +osaba hincarlas el diente, más que en la suprema desesperación del +hambre. + +Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación +de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas +trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo +guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas +veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas +de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando +amplio círculo en torno de él. Eran tantos, que para no estorbarse se +mantenían a gran distancia del lebrillo. Cada cucharada era un viaje. +Debían avanzar, encorvarse sobre el barreño, que estaba en el suelo, +coger la cucharada y retirarse a la fila para devorar las sopas, de una +tibieza repugnante. Al aproximarse, los gruesos zapatones hacían saltar +el polvo o las pellas de barro, y las últimas cucharadas tenían el mismo +sabor que si comiesen tierra. + +A medio día era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan +también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino +de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y +los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en +las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el +vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los +veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de +esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco. + +Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro +gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana. +Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse, +se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban +por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras +veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si +conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco +de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando +con una risa de desesperados este banquete extraordinario. + +Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga +aplastante, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más +felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y +los tres gazpachos. En verano servían de _rempujeros_, marchando tras +las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga +de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y +esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las +bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la +faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento +y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban +su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferían +siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las +muchachas. Y cuando aún no habían llegado a los treinta y cinco años se +sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y +comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos. + +_Zarandilla_, que había presenciado todo esto, indignábase de que +tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más? +¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo?... + +--Yo he visto mundo, Rafaé. Yo he sido sordao, no de los de ahora, que +van en ferrocarrí, como los señoritos, sino de los que llevaban morrión +alto e iban a pie por las carreteras. Yo he corrío toda la nación +matando hormigas, y he visto mucho en mis viajes. + +Y evocaba el recuerdo de las campiñas de Levante, las vegas de Valencia +y de Murcia, siempre verdes, pobladas como ciudades, viéndose de cada +pueblo los campanarios de otros lugares vecinos; teniendo cada campo su +vivienda rústica, y en ella una familia tranquila, y bien alimentada, +sacando su alimentación de pedazos de terreno tan pequeños, que él, en +su hipérbole andaluza, los comparaba con pañuelos de bolsillo. Los +hombres trabajaban lo mismo de noche que de día, ayudados por sus +familias, en un noble aislamiento, sin la emulación de grupo ni el miedo +al aperador. El hombre no era un esclavo en cuadrilla: rara vez se +conocía allí el bracero a jornal. Cada uno cultivaba lo suyo, y los +vecinos se ayudaban en las faenas difíciles. El labrador trabajaba para +él, y si el campo tenía un amo, éste limitábase a cobrar el +arrendamiento, procurando por la fuerza de la costumbre y por miedo al +compañerismo de los pobres, no aumentar los antiguos precios. + +El recuerdo de los campos, siempre verdes, alegraba después de tantos +años al viejo _Zarandilla_, pasando como una visión luminosa por sus +ojos oscuros. + +Después hablaba con tristeza de la tierra en que vivía. Inmensos campos +cuyo término perdíase en el horizonte; surcos que se juntaban y +confundían a lo lejos como las varillas de un abanico, sin que ningún +límite los cortase. Cuanto se abarcaba con la vista, tierras llanas o +colinas, bancales labrados o manchones para el pasto, todo era de un +amo. Podía un hombre caminar horas enteras sin salir de la propiedad de +un solo dueño. Aquellos campos no eran para hombres: eran extensiones +que sólo podían cultivar gigantes como los que aparecían en los cuentos, +labrándolas con bestias que tuviesen pies y alas. Y la soledad por todas +partes: ni un pueblo, ni otras viviendas que el cortijo. Había que +caminar horas y más horas hasta el límite de otras propiedades. + +Provincias enteras eran en Andalucía de un centenar de amos. Y la +tierra, una tierra negra que llevaba en sus entrañas la reserva vital +acumulada durante muchos siglos, por un cultivo débil y perezoso de +brazos mercenarios, daba escape a su exceso de fuerza con un oleaje de +plantas parásitas y nocivas que asomaban entre las cosechas. La escarda +apenas si podía combatir esta florescencia de fuerzas perdidas. + +El amo de la tierra se resignaba a aceptar lo que esta quisiera darle. +La extensión suplía la debilidad de un cultivo rutinario. Si la cosecha +era mala, se hacían economías sobre el trabajo de los braceros y sobre +los gazpachos que los alimentaban. Nunca faltaban esclavos que +ofreciesen sus brazos. A bandadas bajaban de la sierra las mujeres y los +gañanes pidiendo trabajo. + +El cielo era más azul y sereno que en aquellos países de eterno verdor e +incesantes cosechas que él recordaba; lucía el sol con más fuerza, pero +bajo su lluvia de oro, la tierra andaluza se mostraba triste, con la +soledad del cementerio, silenciosa como si pesase sobre ella la muerte, +con un revoloteo de negros pajarracos en lo alto, y abajo, en los campos +sin límites, centenares de hombres alineados como esclavos, moviendo sus +brazos con regularidad automática, vigilados por un capataz. ¡Ni un +campanario; ni una aglomeración de casas blancas como en los países +donde existían verdaderos labradores! ¡Aquí sólo se veían siervos +trabajando una tierra odiada que jamás podía ser suya; preparando unas +cosechas de las que no tocarían un solo grano! + +--Y la tierra, Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías +y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una +tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones +de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?... + +Que aquella inmensidad de tierra se repartiese entre los que la +trabajaban, que los pobres supieran que del surco podían sacar algo más +que un puñado de céntimos y los tres gazpachos, ¡y ya se vería si los +del país eran holgazanes! + +Resultaban malos trabajadores porque trabajaban para otros; porque +tenían la obligación de defender su vida miserable unos cuantos años +más, huyendo el cuerpo a la faena, prolongando los ratos de descanso +concedidos para fumar un cigarro, llegando al tajo lo más tarde posible +y retirándose cuanto antes. ¡Para lo que les daban!... Pero que tuviesen +su parte de tierra, y la cuidarían, peinándola y acicalándola a todas +horas como una hija, y antes de que clarease el día estarían ya en ella +con la herramienta en la mano. En medio de la noche se levantarían para +las faenas urgentes; aquellas llanuras serían un paraíso, y cada pobre +tendría su casita, y los lagartos no irían arrastrando su lomo rugoso y +polvoriento días y días sin tropezar con una vivienda humana. + +Rafael oponía reparos a los ensueños del viejo. Muy hermosas eran las +tierras que había visto _Zarandilla_, con sus parcelas que bastaban a +alimentar una familia. Pero allí había agua en abundancia. + +--Y aquí también--gritaba el viejo.--Ahí tienes la sierra, que asín que +caen cuatro gotas, llora por toos los costaos. + +¡Agua!... Barcos iban por los ríos de Andalucía hasta muy tierra +adentro, mientras en sus orillas los campos se resquebrajaban de sed. +¿No era mejor que los hombres hicieran fructificar el suelo y comiesen +con la hartura de la abundancia, aunque los barcos descargasen en los +puertos de la costa? ¡Agua!... que les diesen los campos a los pobres y +ellos la traerían a buenas o a malas, impulsados por la necesidad. No +serían como los señores, que por mal que se presente la cosecha, siempre +sacan para vivir poseyendo tanta tierra, y conservan el cultivo lo mismo +que los abuelos de sus abuelos. Los campos que él había admirado en +otros países eran inferiores a los de Andalucía. No tenían en sus +entrañas esa condensación de fuerzas que crea el abandono: estaban +cansados y había que cuidarlos, dándoles continuamente el medicamento +del guano. Eran, según _Zarandilla_, como las señorones que admiraba él +en Jerez, hermosas y apuestas con el atractivo del cuidado y los +artificios del lujo. + +--Y esta tierra nuestro, Rafaé, es como las muchachas que bajan de la +sierra con el _manijero_. Van plagadas de la miseria que recogen en la +gañanía; no se lavan la cara, comen mal; pero si las adecentasen, ya se +vería lo bonitas que son. + +Una tarde de Febrero hablaban el aperador y _Zarandilla_ de los trabajos +del cortijo, mientras la _señá_ Eduvigis lavaba la loza en la cocina. +Habíase acabado la siembra de los garbanzos, los yeros y los arvejones. +Ahora, las cuadrillas de muchachas y de gañanes se dedicaban a escardar +los campos de cereales. Aún podían sostener el combate con el escardillo +contra las hierbas parásitas. Después, cuando el trigo creciese, +tendrían que arrancarlas a mano, encorvados durante el día, con los +riñones quebrantados por el dolor. + +_Zarandilla_, que falto de vista parecía haber aguzado sus oídos, +interrumpió a Rafael, ladeando su cabeza como para escuchar mejor. + +--Muchacho, paece que truena. + +Palidecía la gran mancha de sol sobre los guijarros del patio; las +gallinas corrían en rueda, cocleando, como si quisieran huir de la +ráfaga de viento que erizaba sus plumas. Rafael prestó oído también. Sí +que tronaba: iban a tener tempestad. + +Los dos hombres salieron al portal del cortijo. Por la parte de la +sierra, el cielo estaba negro y las nubes corríanse como una cortina +lúgubre entenebreciendo el campo. Aún no era media tarde y todos los +objetos envolvíanse en la vaguedad difusa del anochecer. El cielo +parecía haber descendido, tocando las crestas de las montañas, +devorándolas en su seno oscuro, como si las decapitase. Pasaban a +bandadas con el pavor de la fuga, graznando estridentemente, los pájaros +de presa. + +--¡Camará!... ¡la que se nos viene encima!--exclamó _Zarandilla_, que ya +no veía nada, como si para él hubiese cerrado la noche. + +Los altos vástagos de las piteras, únicas líneas verticales que rompían +la monotonía de los campos, se inclinaron unos tras otros, como si +fuesen a romperse, y a continuación una ráfaga fría e impetuosa chocó +contra el cortijo. Temblaron las puertas, oyose el estrépito de las +ventanas al cerrarse con violencia, y aullaron los mastines +lúgubremente, tirando de sus cadenas, como si con su mirada de bestias +viesen a la tempestad entrar por el portalón sacudiendo su capa de agua +y relampagueándola los ojos. + +Una claridad lívida inflamó el espacio, y el trueno estalló sobre el +cortijo con un estrépito seco que conmovió los cimientos, despertando en +los establos un eco de mugidos, relinchos y patadas. Cayó la lluvia de +golpe, en grandes masas, como si se desfondase el cielo, y los dos +hombres tuvieron que refugiarse bajo el arco de entrada, no viendo más +que un pedazo de campo al través de la herradura del portalón. + +Del suelo, golpeado por el latigazo del agua, desprendíase un vapor +tibio; el olor de tierra mojada perfume de los aguaceros violentos. +Lejos, muy lejos, por los surcos convertidos en arroyos que no podían +engullir todo el golpe de agua, corrían hacia el cortijo grupos de +gentes. Apenas si se les veía al través de la capa liquida de la +atmósfera. + +--¡Jesú!--exclamó _Zarandilla_.--¡Y cómo van a ponerse los +pobrecitos!... + +El vendaval parecía empujarles. La luz de cada relámpago les mostraba +más cerca; trotaban bajo la lluvia como un rebaño disperso. Al llegar +los primeros grupos pasaron corriendo ante el portalón para refugiarse +en la gañanía. Los hombres iban arrebujados en mantas, cayéndoles dos +chorros de agua por la canal del sombrero deformado y blanducho: las +mujeres pasaban chillando como ratas, cubiertas con las varias hojas de +su astrosa faldamenta, llenas de barro, y mostrando sus piernas +enfundadas en los pantalones masculinos que usaban para la escarda. + +Habían ya llegado al cortijo casi todas las bandas de trabajadores y en +la puerta de la gañanía sacudíanse mantas y refajos, derramando a +chorros el agua sucia, cuando Rafael se fijó en un pequeño grupo +rezagado que se aproximaba lentamente bajo la cortina oblicua de la +lluvia. Eran dos hombres y un borriquillo cargado con un serón, bajo el +cual apenas si asomaban las orejas y la cola. + +El aperador conoció a uno de los dos hombres que tiraba del ronzal de +la bestia para que acelerase la marcha. Le llamaban Manolo el de +Trebujena y era un antiguo gañán que, después de una sublevación de los +obreros del campo, estaba señalado por todos los amos como perturbador. +Falto de trabajo después de la huelga, se ganaba el sustento yendo de +cortijo en cortijo como buhonero, vendiendo a las mujeres cintas, hilos +y retazos de tela, y a los hombres vino, aguardiente y periódicos +libertarios cuidadosamente ocultos en aquel serón, almacén heterogéneo +que, a lomos del borriquillo, vagaba de un extremo a otro de la campiña +jerezana. Sólo en Matanzuela y en muy contados cortijos podía penetrar +Manolo sin infundir alarma y encontrar resistencia. + +Rafael miraba al acompañante del buhonero creyendo reconocerle, pero sin +determinar en su memoria quién era. Caminaba con las manos en los +bolsillos, el cuello de la chaqueta levantado y el sombrero sobre las +cejas, chorreando agua por todos los extremos de su traje, encogiéndose +estremecido de frío, sin una manta como su camarada. Pero, a pesar de +esto, marchaba sin precipitación como si no le molestasen la lluvia y el +viento que combatían su débil persona. + +--¡Salud, compañeros!--dijo el de Trebujena al pasar ante la puerta del +cortijo, arreando su borriquillo.--Qué tiempo para los probes, ¿eh, +_Zarandilla_?... + +Entonces fue cuando Rafael reconoció al acompañante de Manolo, viendo +su rostro exangüe de asceta, su barba rala y los ojos dulces y +mortecinos tras unas gafas azuladas. + +--¡Don Fernando!--exclamó con asombro.--¡Pero si es don Fernando!... + +Y saliendo del portalón, en plena lluvia, agarró de un brazo a +Salvatierra, para que entrase en el cortijo. Don Fernando opuso +resistencia. Iba a refugiarse en la gañanía con su compañero; no debía +contrariarle, pues este era su gusto. Pero Rafael protestaba. ¡El gran +amigo de su padrino, el que había sido jefe de su padre!... ¿Cómo podía +pasar por la puerta de su casa sin entrar en ella?... Y casi a viva +fuerza lo metió en el cortijo, mientras Manolo seguía adelante. + +--Anda, que hoy tendrás buen despacho--le dijo _Zarandilla_.--Los mozos +se pirran por tus papeles y tendrán en qué entretenerse mientras llueva. +Me paece que va pa largo. + +Salvatierra entró en la cocina del cortijo, dejando, al sentarse, una +gran mancha del agua que chorreaban sus ropas. La _señá_ Eduvigis, +compadeciendo al «pobre señor», encendió apresuradamente en el hogar un +fuego de leña menuda. + +--Que sea buena la candela, mujer; que eso y mucho más se merece el +forastero--decía _Zarandilla_, orgulloso de la visita. + +Y luego añadió con cierta solemnidad: + +--¿Tú sabes quién es este cabayero, Eduvigis?... ¡Qué has de saber tú! +Pues es don Fernando Salvatierra, ese señor tan nombrao en los papeles, +que defiende a los probes. + +El gesto de la vieja, al abandonar un instante la lumbre para mirar al +recién llegado, fue más de curiosidad y asombro que de admiración. + +Mientras tanto, el aperador iba de un lado a otro, buscando cierta +botella de vino selecto que meses antes le había regalado su padrino. +Por fin dio con ella, y escanciando un vaso, se lo ofreció a don +Fernando. + +--Gracias, no bebo. + +--¡Pero si es de primera, señor!...--intervino el viejo.--Beba su mercé; +esto le hará bien después de la mojadura. + +Salvatierra hizo un gesto negativo. + +--Gracias otra vez: yo nunca he probado el vino. + +_Zarandilla_ le miró con asombro... ¡Qué tío! Con razón tenían a aquel +don Fernando por un hombre extraordinario. + +Rafael quiso que comiera algo; y habló a la vieja de freír huevos, de +descolgar cierto jamón que había dejado el amo en una de sus visitas; +pero Salvatierra le atajó. Era inútil: él llevaba en un bolsillo las +provisiones para la noche. Y extrajo de su chaqueta un papel mojado, que +contenía un mendrugo y un pedazo de queso. + +La sonrisa fría con que se negaba a aceptar los obsequios, cortaba toda +insistencia. _Zarandilla_ abría sus ojos turbios, como para ver mejor a +aquel hombre asombroso. + +--¿Pero al menos fumará usted, don Fernando?--dijo Rafael ofreciéndole +un cigarro. + +--Gracias; no he fumado nunca. + +El viejo no pudo callar más tiempo. ¿Tampoco fumaba?... Ahora comprendía +el asombro de ciertas gentes. Un hombre de tan pocas necesidades metía +tanto miedo como un ánima del otro mundo. + +Y mientras Salvatierra aproximábase a la lumbre, que comenzaba a +crepitar con alegre llama, el aperador salió de la cocina. Poco después +volvió, llevando al brazo su capote de monte. + +--Cuando menos, déjese usted abrigar. Quítese esas ropas que chorrean. + +Antes de que pudiera negarse, Rafael y la vieja le despojaron de la +chaqueta y el chaleco, envolviéndole en el capote, mientras _Zarandilla_ +colocaba ante el fuego las ropas mojadas, que despedían un humo tenue. + +Acariciado por el calor, Salvatierra se mostró más comunicativo. Le +dolía contrariar con su sobriedad a aquellas gentes sencillas que le +asediaban con sus obsequios. + +El aperador se extrañaba de verle en el cortijo como traído por la +tempestad. Su padrino le había dicho algunos días antes que don Fernando +estaba en Cádiz. + +--Sí, allí estuve hasta hace poco. Fui a ver la sepultura de mi madre. + +Y como si quisiera pasar apresuradamente sobre este recuerdo, explicó +su llegada al cortijo. Había salido por la mañana de Jerez en la +_góndola_ de la sierra, uno de aquellos coches que pasaban cargados de +gente y de fardos por el inmediato camino. Deseaba ver al señor Antonio +Matacardillos, el dueño del ventorro del Grajo, situado en la carretera, +cerca del cortijo; un bravo que de joven le había seguido en todas sus +aventuras revolucionarias. Estaba enfermo del corazón, con las piernas +hinchadas, casi imposibilitado de moverse, no pudiendo llegar a la +puerta de su choza más que entre ayes y tropezones. Al saber que +Salvatierra vivía en Jerez, sus dolores parecían haberse aumentado con +la desesperación que le causaba el no verle. + +El viejo ventorrillero, al presentarse su antiguo jefe en la choza del +Grajo, había llorado, abrazándole con tales extremos de emoción, que su +familia creyó que iba a morir. ¡Ocho años sin ver a su don Fernando! +¡Ocho años, durante los cuales había enviado todos los meses un papel +lleno de garabatos a aquel presidio del Norte, donde guardaban a su +héroe! El pobre Matacardillos sabía que iba a morir de un momento a +otro. Ya no dormía en la cama, se ahogaba, vivía casi artificialmente +clavado en su sillón de paja, sin poder servir una copa, acogiendo con +sonrisa triste a los arrieros y gañanes que le hablaban de su cara de +salud y de su gordura, asegurando que se quejaba de vicio. Don Fernando +debía volver alguna vez a verle. Le molestaría poco tiempo; iba a morir +muy pronto; pero su presencia alegraría la poca vida que le quedase. Y +Salvatierra había prometido volver, siempre que pudiese, a visitar al +_veterano_, en compañía de Manolo el de Trebujena (otro de los suyos), +al que había encontrado en el ventorro del Grajo. Con él emprendió el +regreso a Jerez, cuando los alcanzó la tempestad, obligándoles a +refugiarse en el cortijo. + +Rafael habló a don Fernando de sus costumbres extraordinarias, que +muchas veces había oído relatar al padrino: sus baños de mar en Cádiz en +pleno invierno, ante la gente, que temblaba de frío; sus regresos a casa +en cuerpo de camisa después de dar la chaqueta a un compañero +menesteroso; su régimen alimenticio, que no podía pasar de los treinta +céntimos diarios. Salvatierra permanecía impasible, como si hablasen de +otro, y únicamente al extrañarse Rafael de su exiguo alimento, abrió los +labios para protestar dulcemente. + +--No tengo derecho a más. ¿Acaso esos pobres que se amontonan en la +gañanía no comen peor que yo?... + +Se hizo un largo silencio. El aperador y los dos viejos parecían +cohibidos en presencia de aquel hombre, del que tanto habían oído +hablar. Además, les intimidaba con un respeto casi religioso aquella +sonrisa que, según pensaba _Zarandilla_, «parecía venir de otro mundo», +y la firmeza de sus negativas, que no daba lugar a nuevas insistencias. + +Cuando Salvatierra vio sus ropas casi secas, abandonó el capote y se las +puso. Después se dirigió a la puerta, y a pesar de que seguía lloviendo +quiso ir a la gañanía, en busca de su compañero. Pensaba pasar en ella +la noche, ya que no era posible con aquel tiempo volver a Jerez. + +El aperador protestó. ¡En la gañanía un hombre como don Fernando!... Su +cama estaba dispuesta para él y si no le gustaba, abriría la habitación +del señorito, que era tan buena como cualquiera de Jerez.... ¡La +gañanía! ¿Qué diría su padrino si él toleraba tal disparate?... + +Pero la sonrisa de Salvatierra quitó al joven toda esperanza. Había +dicho que dormiría con los gañanes, y era capaz de pasar la noche al +raso, si no le dejaban cumplir su gusto. + +--No podría dormir en tu cama, Rafael; no tengo derecho a estar sobre +colchones, mientras otros, bajo el mismo tejado, duermen en esteras. + +E intentaba sortear el obstáculo que le oponía el aperador, cerrándole +el paso en la puerta. El viejo _Zarandilla_ intervino. + +--Aún quedan horas para dormir, don Fernando. Luego irá su mercé a la +gañanía, si ese es su gusto. Pero ahora--añadió, dirigiéndose a +Rafael--enséñale al señó algo del cortijo, la cuadra de los caballos, +que es cosa de ver. + +Salvatierra aceptó la invitación, ya que ésta no contrariaba su +sobriedad ascética, único lujo de su vida. «Vamos a ver los caballos». +No le interesaban gran cosa, pero agradecía el buen deseo de aquella +gente sencilla, ansiosa de mostrarle lo mejor de la casa. + +Atravesaron el patio, bajo el azote de la lluvia, seguidos por algunos +perros que sacudían el agua de sus pelos lacios. Una bocanada de aire +caliente y espeso, oliendo a estiércol y a vapor animal, dio en la cara +a los visitantes al abrirse la puerta de la cuadra. Los caballos +cocearon y relincharon, moviendo las cabezas al sentir tras de sus +grupas la presencia de gente extraña. + +_Zarandilla_ se metió entre ellos, adivinándolos por el tacto, marchando +a ciegas en la penumbra de la cuadra, acariciando a unos en los ijares, +rascando a otros en la frente, llamándolos con nombres cariñosos y +librándose por instinto de las patadas de impaciencia y de alegría que +daban con sus cascos herrados. «¡Quieto, _Brillante_!» «¡No seas malo, +_Lucero_!» Y pasaba, encorvándose, por debajo de los vientres para ir +hasta el otro extremo de la cuadra, mientras el aperador explicaba a +Salvatierra la valía de este tesoro. + +Eran caballos jerezanos de pura sangre, verdaderos sementales de la +tierra, y elogiaba su cara alegre, sus ojos saltones, el corte elegante +y esbelto de su figura, su paso enérgico. Unos eran de color tordo; +otros de un gris plateado, sedoso y brillante, y todos ellos temblaban +desde las piernas a la grupa con fuertes estremecimientos, como si no +pudiesen contener su exceso de vida en este encierro. + +Rafael hablaba con admiración del valor de aquellos animales. Una +verdadera fortuna: el señorito era hombre de gusto, un inteligente que +no reparaba en el dinero para disputar a los más ricos del _Círculo +Caballista_ la posesión de un buen ejemplar. Hasta a su primo don Pablo +le había arrebatado la posesión de un caballo famoso. Y señalando a cada +uno de los animales, hablaba de miles y miles de pesetas, +enorgulleciéndose de que tales tesoros estuviesen confiados a su +custodia. + +El _hierro_ de Matanzuela, la marca con que se señalaba a las jacas +salidas del cortijo, valía tanto como los certificados de los ganaderías +más antiguas. + +Mientras tanto, _Zarandilla_ acariciaba con ruidosas palmadas y motes +grotescos a dos asnos garañones, grandes como caballos, huesudos, +angulosos, como si fuesen esculpidos a hachazos; la cara roma, los ojos +casi ocultos bajo una maraña de pelos y las orejas caídas. Dos bestias +de fealdad monstruosa y fantástica, que parecían surgidas de una visión +apocalíptica. El viejo, apoyado en ellos, hablaba de la primavera, +cuando bajaban las yeguas de la dehesa y entraban en la cuadra con la +cola recogida sobre el lomo para evitar entorpecimientos, y el yegüerizo +mayor se arriesgaba bajo las patas amenazantes, encauzando la +fecundación. + +--Aquí tiene su mercé--decía el viejo--a toos los buenos mozos que +fabrican los potrancos y las mulillas de Matanzuela. + +Hablaba de los misterios reproductores de aquella cuadra, con la +naturalidad de la gente campesina, tímida y ruborosa en las relaciones +humanas y franca hasta el impudor al hablar de las aproximaciones de las +bestias. Y como si las palabras del viejo trajesen a las dilatadas +narices de los caballos un lejano perfume de la deseada primavera, +comenzaron a relinchar, a dar saltos, a morderse, a estremecer sus +vientres con agitaciones de péndulo, a resbalar las patas delanteras +sobre las grupas más cercanas, haciendo esfuerzos por libertar sus +cabezas amarradas a las anillas. Unos cuantos varazos repartidos a +ciegas por _Zarandilla_ hicieron cesar el estruendo de coces y +relinchos, y las bestias tornaron a alinearse ante los pesebres, +exhalando los últimos restos de su agitación con bufidos y temblores. + +El aperador condujo a Salvatierra a una habitación grande, de paredes +enjalbegadas, que le servía de despacho. Empezaba a anochecer y encendió +un velón de los antiguos de Lucena, puesto sobre una mesa, en la que se +veía un tintero de loza enorme, con una pluma no más larga que un dedo. +Allí hacía él sus cuentas, y en un armario inmediato estaban «los +libros», de los que hablaba Rafael con cierto respeto. Cada gañán tenía +su cuenta. Antes se llevaba la administración con una sencillez +patriarcal, pero ahora los jornaleros eran quisquillosos y desconfiados. +Además, había que marcar bien los días que eran por entero de trabajo, +aquellos en que la faena sólo duraba medio día por la lluvia, y los de +lluvia completa, en los que la gente se quedaba en la gañanía, +comiéndose sus gazpachos sin hacer nada. + +Después estaba el gran libro, el más precioso de la casa, lo que podía +titularse la carta de nobleza de Matanzuela. Y el aperador sacaba del +armario un amplio cuaderno, en el que se contenía la genealogía y la +historia de todo caballo o mula salido del cortijo, con el apodo de +nacimiento, padres y abuelos, descripción de la figura, talla, pelo, +color de los ojos y defectos que se confesaban generosamente sobre el +papel para quedar secretos, dejando a la penetración del comprador el +adivinarlos. + +Luego, enseñó Rafael la otra joya del cortijo: un palo largo rematado +por un embudo de hierro, cuyos bordes entrantes y salientes daban la +idea vaga de un dibujo. Era la marca de la ganadería, ¡el hierro!, y +había que ver con qué respeto lo acariciaba Rafael. Una cruz sobre una +media luna formaban la señal que llevaba en sus flancos todo el ganado +de Matanzuela. + +Hablaba con entusiasmo de la operación de herrar, que don Fernando no +había visto nunca. Los yegüerizos echaban sus lazos de cerda a los +potros indómitos, sujetándolos por las orejas, mientras se calentaba el +hierro en un fuego de boñiga seca; y al estar la marca al rojo, ¡zas!, +se la aplicaban al costado, quemándose los pelos y quedando la piel +señalada para siempre con la cruz y la media luna. Y con cierta +conmiseración por Salvatierra que, sabiendo tanto, ignoraba unas cosas +que eran para el aperador las más interesantes del mundo, continuaba +éste explicando el régimen a que se sometían los caballos jóvenes; todas +las operaciones que realizaba él voluntariamente en sus entusiasmos de +jinete. + +Primeramente los _amarraban_, al venir de la libertad de la dehesa, para +que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salían al campo, +frente al cortijo, con cabezón y una larga cuerda, para dar vueltas como +en un picadero, y que aprendiesen a _tranquear_, a poner la pata de +atrás donde habían puesto la delantera, o más allá, si era posible. Tras +esto llegaba la operación suprema: colocarles la silla sobre los lomos, +habituando su salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a +la baticola y los estribos. Y finalmente se les montaba, para hacerles +dar vueltas, al principio sin soltar la cuerda, luego manejándolos con +las riendas. ¡Los potros que él llevaba desbravados, animales casi +salvajes, que inspiraban miedo a muchos!... + +Hablaba con orgullo de sus combates de energía y voluntad con bestias +fieras que relinchaban y mordían el aire, pataleando, levantándose +verticalmente o hundiendo su cabeza en tierra mientras coceaban en el +espacio, sin que pudieran por esto libertarse de la opresión de sus +piernas de acero; hasta que al fin, después de una carrera loca, en la +que parecían buscar los obstáculos para aplastar al jinete, volvían +sudorosas y vencidas, sometiéndose por completo a la mano del montador. + +Rafael se detuvo en la narración de sus proezas hípicas, viendo la +sombra de una persona en el cuadro de la puerta, sobre el fondo de luz +violácea del crepúsculo. + +--¡Ah! ¿eres tú?--dijo riendo.--Pasa, _Alcaparrón_, no tengas miedo. + +Entró un mozo de escasa estatura, avanzando cautelosamente, de medio +lado, como si temiera rozar la pared. En su encogimiento parecía +implorar perdón anticipadamente por todo lo que hiciese. Sus ojos +brillaban en la sombra lo mismo que su fuerte y nítida dentadura. Al +aproximarse a la luz del velón, Salvatierra se fijó en el color cobrizo +de su cara, en las córneas de sus ojos, que parecían manchadas de +tabaco, en sus manos de dos colores, con la palma sonrosada y el dorso +de un negro que aún se hacía más intenso bajo las uñas. A pesar del +frío, vestía una blusa de verano, una guayabera con pliegues, húmeda +aún de la lluvia, y en la cabeza llevaba dos sombreros, uno dentro del +otro, de distinto color, como sus manos. El de abajo mostraba una +blancura gris y flamante en la parte inferior de sus alas; el de arriba +era viejo, de un negro rojizo, con los bordes deshilachados. + +Rafael agarró al mozuelo por un hombro, haciéndolo balancearse, y lo +presentó a Salvatierra con una gravedad cómica. + +--Este es _Alcaparrón_, del que usté habrá oído hablar seguramente. El +gitano más ladrón de too Jerez. Si hubiese justicia, hace tiempo que le +habrían dao garrote en la plaza de la Cárcel. + +_Alcaparrón_ dio un respingo para librarse de la garra del aperador, y +moviendo las manos con ademanes femeniles, acabó por persiguarse. + +--¡Uy!, zeñó Rafaé y qué malo que es uzté... ¡Jozú! ¡y qué cosas dice +este hombre! + +El aperador continuó con el ceño fruncido y la voz grave: + +--Trabaja en Matanzuela con su familia hace muchos años, pero es un +ladrón como toos los gitanos y debía estar en presidio. ¿Sabe usté por +qué se trae dos sombreros? Pa llenarlos de garbanzos o habichuelas así +que me descuido: y él no sabe que el mejor día le meto un escopetazo. + +--¡Jozú! ¡señó Rafaé! ¿Pero qué dice usté, bendito?... + +Y juntaba las manos con desesperación, mirando a Salvatierra y +diciéndole con vehemencia infantil: + +--No le crea usté, zeñó; es muy malo y me dice eso por pudrirme la +sangre. Por la salusita de mi mare que too es mentira... + +Y explicaba el misterio de los dos sombreros superpuestos que llevaba +calados hasta las orejas, rodeando su cara de pícaro de un nimbo de dos +colores. El de abajo era el nuevo, el de los días de fiesta y lo +desenfundaba cuando iba a Jerez. En los días de labor, no osaba dejarlo +en el cortijo por miedo a los compañeros, que se permitían toda clase de +burlas con él porque era «un pobrecito gitano», y lo cubría con el viejo +para que no perdiese el color gris y sedoso que era su orgullo. + +El aperador continuaba exasperando al gitano con ese humor campesino que +se goza en enfurecer a los pobres de espíritu y a los vagabundos. + +--Oye, _Alcaparrón_, ¿tú sabes quién es este señor? Pues es don Fernando +Salvatierra. ¿No has oído hablar nunca de él?... + +El gitano hizo un gesto de asombro, abriendo los ojos desmesuradamente. + +--¡Pues poco nombrao que es el señó! En la gañanía hace dos horas que no +jablan más que de él. ¡Por muchos años, señó! M' alegro de conosé una +presona tan fina y de tanto aquel. Bien se ve que su mersé es alguien: +tiene cara de gobernaor. + +Salvatierra sonreía ante la obsequiosidad aduladora del gitano. Aquel +infeliz no conocía categorías; juzgaba por el renombre, y considerándole +un personaje poderoso, una autoridad, temblaba, ocultando su turbación +con la sonrisa aduladora de las razas eternamente perseguidas. + +--Don Fernando--continuó el aperador.--Usté que tiene amigos en el +extranjero podía arreglarle el viaje a _Alcaparrón_. A ver si en +aquellas tierras hacía tanta suerte como sus primas. + +Y hablaba de las _Alcaparronas_, unas gitanas bailadoras que daban golpe +en París y en muchas ciudades de Rusia, cuyos nombres no podía recordar +el aperador. Sus retratos figuraban hasta en las cajas de cerillas, los +periódicos hablaban de ellas; tenían diamantes a porrillo, bailaban en +teatros y en palacios y a una de ellas la había robado un gran duque, +archipámpano o no recordaba Rafael qué otro título, llevándosela a un +castillo, donde vivía como una reina. + +--Y a too esto, don Fernando, unas monas sabias, tan feas y negras como +su primo aquí presente; unas desgalichás, a las que he visto de pequeñas +en los cortijos robando garbanzos y otras semillas; unas ratas +vivarachas, sin más que el _aquel_ gitano y unas desvergüenzas que ponen +coloraos a los hombres. ¿Y eso es lo que les gusta a aquellos señorones? +¡Vamos, hombre, que hay para reír!... + +Y reía, efectivamente, al pensar que vivían como unas grandes damas +aquellas mozuelas cobrizas, de ojos de brasa, que él había visto +merodear sucias y costrosas por los campos de Jerez. + +_Alcaparrón_ hablaba con cierto orgullo de sus primas, pero lamentando +de paso la diversa suerte de familia. ¡Ellas hechas unas reinas y él con +su pobre _mare_, sus hermanos pequeños, y Mari-Cruz, su pobrecita prima, +siempre enferma, ganando dos reales en el cortijo! ¡y muchas gracias que +les daban trabajo todos los años sabiendo que eran buenos!... Sus primas +eran unas _descastás_ que no escribían a la familia, que no la enviaban +ni esto. (Y hacía crujir la uña de un pulgar, entre sus dientes de +caballo.) + +--Señó: paece mentira que mi tío se porte tan mal con los suyos, siendo +un _cañí_. ¡Con tanto que le quería el probé de mi pare!... + +Pero lejos de indignarse, rompía en elogios del tío _Alcaparrón_, un +hombre de iniciativas que, cansado de pasar hambre en Jerez y verse en +peligro de ir a la cárcel siempre que se extraviaba un asno o una mula, +se había echado al hombro la guitarra, no parando con todo su «ganao», +como él llamaba a las hijas, hasta el mismo París. Y _Alcaparrón_ reía +irónicamente de la simpleza de los _gachés_, de toda la gente que domina +el mundo y oprime a los pobres gitanos, recordando ciertos prospectos y +periódicos que había visto con el retrato de su respetable tío, luciendo +sus patillas de _boca de jacha_, y su cara de ladrón, bajo un sombrero +de catite como un campanario y rodeado de columnas impresas en lengua +extraña, en las que se hablaba de _mademoiselles_ las _Alcaparronas_ y +se celebraba su gracia y hermosura, repitiendo, cada seis renglones +_¡ollé! ¡ollé!_... ¡Y su tío, para mayor solemnidad, se titulaba el +capitán _Alcaparrón_! ¿Capitán de qué?... Y sus primas, las +_mademoiselles_, se hacían robar por señorones que le tenían miedo al +padre, _le terrible hidalgo_, que tantas veces había rasgueado +filosóficamente la guitarra en los colmados, mientras las niñas se +ocultaban con los señoritos en los cuartos más lejanos. ¡_Josú_, qué +guasa!... + +Pero el gitano pasaba rápidamente de la risa a la melancolía, con la +incoherencia vivaracha de su alma de pájaro. ¡Ay, si viviese su _pare_, +que había sido un águila, comparado con este hermano que tenía tanta +fortuna!... + +--¿Murió tu padre?--preguntó Salvatierra. + +--Sí, señó: fartaba uno en el campo santo, y como era bueno, le yamó er +cuervo que está allí. + +Y _Alcaparrón_ continuaba sus lamentaciones. ¡Si no hubiese muerto el +pobrecito! En lugar de sus primas estarían él y sus hermanos disfrutando +tantas riquezas. Y lo afirmaba de buena fe, despreciando como +insignificante la diferencia de sexos, no dando ningún valor a la +fealdad picante de sus primas, creyendo que su fortuna era debida a la +habilidad en el _cante_, para el cual, la _pobresita_ de su _mare_, su +prima Mari-Cruz y él, valían mucho más que todas las _Alcaparronas_ que +andaban por el mundo. + +El aperador, viendo triste al gitano, ofrecíale su protección. Su +fortuna estaba hecha. Allí estaba don Fernando, que con sus influencias +de personaje, le tenía reservado un empleo. + +_Alcaparrón_ abría los ojos, recelando la burla. Pero temeroso de +cometer una falta si no daba las gracias a aquel señor, abrumó con +palabras dulzonas a Salvatierra, mientras éste miraba al aperador, no +sabiendo adonde iba a parar. + +--Si, gachó--continuó Rafael.--Ya tienes empleo. El señó te hará verdugo +de Seviya o de Jerez: lo que tú escojas. + +El gitano dio un salto, mostrando su cómica indignación con un +desbordamiento de palabras. + +--¡Mardito! ¡Arrastrao! ¡Mala escopetá le peguen, señó Rafaé, en sus +entrañas renegrísimas!... + +Se detuvo un instante en sus maldiciones, viendo que éstas servían de +regocijo al aperador, y añadió con maligna intención: + +--Premita Dió que cuando vaya su mersé a la viña de don Pablo, la gachí +le resiba con cara de cuaresma. + +Rafael ya no reía. Temió que el gitano, en presencia de don Fernando, +hablase de sus amores con la hija del padrino, y se apresuró a +despedirle. + +--Toma un pitillo y lárgate... mala sombra. Tu madre estará esperándote. + +_Alcaparrón_ obedeció con la docilidad de un perro. Al despedirse de +Salvatierra le tendió su mano de mulato, repitiendo que le esperaban en +la gañanía y que la gente andaba revuelta al saber que un _presonaje_ +tan alto estaba en Matanzuela. + +Cuando se fue, el aperador habló a don Fernando de los _Alcaparrones_ y +otros gitanos del cortijo. Eran familias que trabajaban años y años en +la misma finca, como si formasen parte de ella. Resultaban de más fácil +manejo, hombres y mujeres, que la demás gente de la gañanía. Con ellos +no había que temer rebeliones, huelgas, ni amenazas. Eran pedigüeños y +un tanto ladrones, pero se achicaban ante los gestos amenazadores, con +la docilidad de una raza perseguida. + +Rafael sólo había visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella +parte de Andalucía. La afición de la gente a los caballos parecía +haberles expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo, +obligándoles a buscar la vida en los cortijos. + +Las mujeres valían más que los hombres: secas, negras, angulosas, con +unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblábanse el día entero para +escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los +vigilaban de cerca, apoderábase de ellos la indolencia de raza, el deseo +de permanecer inmóviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en +nada. Pero así que presentían la proximidad del aperador, corría la voz +de alarma en aquel _caló_ que era su única fuerza de resistencia, lo +que les aislaba de la animadversión de los compañeros de trabajo. + +--_¡Cha: currela, que sinela er jambo!_ + +«¡Oye: trabaja, que mira el amo!» Y cada uno se entregaba a su faena, +con tal ardor, con esfuerzos tan cómicos, que muchas veces Rafael no +podía contener la risa. + +Había cerrado la noche. La lluvia caía como polvo de agua, sobre los +guijarros del patio. Salvatierra habló de ir a la gañanía, sin prestar +atención a las protestas del aperador. ¿Pero, realmente, tenía empeño en +dormir allí, un hombre de su mérito?... + +--Ya sabes de dónde vengo, Rafael--dijo el revolucionario.--Llevo ocho +años de dormir en peores sitios y entre gentes más infelices. + +El aperador hizo un gesto de resignación y llamó a _Zarandilla_, que +estaba en la cuadra. El viejo le serviría de acompañante; él se quedaba +allí. + +--No me conviene entrar en la gañanía, don Fernando. Hay que conservar +cierto _aquel_ de autoridad; si no, toman confianza con uno y está +perdido. + +Y hablaba del _aquel_ de la autoridad, con firme convicción, +respetándola como necesaria, después de haberla violentado muchas veces +en las rudas aventuras de su primera juventud. + +Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los +perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba +entrada a la gañanía. + +Bajo aquel se alineaban al aire libre varios cántaros con la provisión +de agua para los braceros. Los que sentían sed, pasaban del calor +asfixiante de la gañanía a la frialdad de la noche, y se atracaban de un +agua que parecía hielo líquido, mientras el viento les hería las +sudorosas espaldas. + +Al trasponer la puerta, Salvatierra sintió en sus pulmones la rareza del +aire, al mismo tiempo que hería su olfato un hedor de lana húmeda, +aceite rancio, barro y carne aglomerada y viscosa. + +Era una pieza estrecha y larga, que aún parecía más grande por lo denso +de la atmósfera y la escasez de luz. En el fondo estaba el hogar, en el +que ardía una lumbre de boñiga seca, despidiendo un olor infecto. Un +candil marcaba su llama como una lágrima roja y titilante en este +ambiente nebuloso. El resto de la pieza, completamente a oscuras, tenía +en sus tinieblas palpitaciones de vida. Adivinábase la presencia de una +muchedumbre bajo la mortaja de sombras. + +Salvatierra, al llegar al centro de la mísera habitación pudo ver mejor. +En el hogar hervían varios pucheros vigilados por mujeres puestas de +rodillas, y bajo el candil estaba sentado el _arreador_, el segundo +funcionario de la casa, el que acompañaba a los braceros al tajo y +vigilaba sus faenas, excitándolos con duras palabras; el que en unión +con el aperador formaba lo que llamaban los gañanes el _gobierno_ del +cortijo. + +El arreador era el único que tenía una silla en la gañanía: los demás, +hombres y mujeres, sentábanse en el suelo. Junto a él estaban en +cuclillas Manolo el de Trebujena con varios amigos, metiendo sus +cucharas en un _tornillo_ de gazpacho caliente. La niebla fue +disipándose ante los ojos de Salvatierra, habituados ya a esta atmósfera +asfixiante. Entonces vio en los rincones grupos de hombres y de mujeres +sentados en la tierra apisonada o sobre esterillas de enea. La lluvia, +cortando su trabajo a media tarde, les había hecho adelantar la comida +de la noche. En torno de los lebrillos de bazofia caliente, hablaban y +reían moviendo las cucharas con cierta calma. Presentían que el día +siguiente sería de encierro, de holganza forzosa, y deseaban permanecer +en vela hasta bien entrada la noche. + +El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la +memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las mismas paredes +enjalbegadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo +del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los +cuerpos sucios. Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas todo +el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas +multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables +remiendos con clavos agudos. + +En el presidio cada uno tenía su petate, y en la gañanía sólo muy +contados podían permitirse este lujo. Los más, dormían en esteras, sin +desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la +tierra dura. El pan, la cruel divinidad que obligaba a aceptar esta +existencia miserable, rodaba en pedazos por el suelo, o se exhibía en +las escarpias, entre los harapos, en enormes teleras de seis libras, +como un ídolo al que sólo se podía llegar después de un día de +encorvamiento abrumador. + +Salvatierra se fijó en las caras de aquellas gentes que le miraban con +curiosidad, suspendiendo por un instante su comida, manteniendo +inmóviles las manos con la cuchara en alto. + +Bajo los sombreros deformes sólo se veían carátulas de miseria, máscaras +de sufrimiento y de hambre. Los jóvenes tenían la frescura vigorosa de +los pocos años. Reían reflejando en sus ojos el espíritu burlón de la +raza, la alegría de vivir, sin el peso de una familia; el regocijo del +hombre aislado, que por miserable que se considere, puede siempre seguir +adelante. Pero los hombres mostraban un envejecimiento prematuro, +arruinados en plena madurez, con el temblor de los valetudinarios; +revelando unos su acometividad en los ojos animados por resplandores +fosforescentes de fiera, encogidos otros con la resignación del que sólo +aguarda la muerte como única libertad. + +Eran cuerpos enjutos, apergaminados, recocidos por el sol, con la piel +agrietada. La alimentación, pobre y escasa, no llegaba a formar el más +leve almohadillado entre el esqueleto y su envoltura. Hombres que aún no +tenían cuarenta años, mostraban sus cuellos descarnados, de piel flácida +y abullonada, con los tirantes tendones de la ancianidad. Los ojos, en +lo más hondo de sus cuencas, circundados de una aureola de arrugas, +brillaban como estrellas mortecinas en el fondo de un pozo. Su miseria +física era el resultado de una fatiga prolongada años y más años, de una +alimentación insípida de pan, sólo de pan. Los cuerpos rudos y angulosos +parecían labrados a hachazos: otros eran deformes y grotescos como +fabricados por un alfarero: muchos recordaban, por lo retorcidos y +nudosos, los troncos de los acebuches de las dehesas. Los brazos negros, +con las agudas protuberancias de una gimnasia forzada, parecían de +sarmientos trenzados. Y el amontonamiento de estos infelices exhalaba un +olor agrio, de sudor de hambriento, de ropa adherida al cuerpo durante +meses, de alientos fétidos: toda la respiración apestante de la miseria. + +Las mujeres aun ofrecían un aspecto más doloroso. Unas eran gitanas, +viejas y horribles como brujas, con la piel tostada y cobriza que +parecía haber pasado por el fuego de todos los aquelarres. Las jóvenes +tenían la hermosura dolorosa y desmayada de la anemia; flores de vida +que se mustiaban antes de abrirse; adolescentes de piel blanca, de una +palidez de papel mascado, que el sol no lograba calentar, tiñéndola a +trechos con menudas manchas de color de salvado. Vírgenes de ojos +desmesuradamente abiertos, como asombradas de haber nacido, con los +labios azules y las encías de ese rosa pálido que revela la miseria de +la sangre. El pelo triste y sin brillo asomaba alborotado bajo el +pañuelo, guardando en sus marañas briznas de paja y granos de tierra. El +pecho de las más tenía la monótona uniformidad del desierto, sin que al +respirar se marcase bajo la tela el más leve rastro de los montículos +seductores que avanzan orgullosos como un blasón del sexo. Tenían las +manos grandes y los brazos enjutos y huesosos como los hombres. Al +andar, movíanse sus faldas con desmayada soltura, como si dentro de +ellas sólo existiese aire, y al sentarse, la tela marcaba ángulos duros +sin la más tenue redondez. El trabajo, la fatiga bestial, habían +paralizado el desarrollo de la gracia femenina. Sólo algunas delataban +bajo su envoltura los encantos del sexo; pero eran muy pocas. + +Obligadas a sufrir las mismas durezas que el rebaño masculino, +únicamente recordaban que eran mujeres cuando a altas horas de la noche, +a oscuras ya la gañanía, apelotonadas en un rincón, veían turbado su +fatigoso sueño de hembras de carga, por las audacias de los mozos, que +las buscaban a tientas, mientras los gañanes viejos, curados de las +ilusiones de la vida, roncaban desaforadamente como si quisieran dormir +más aprisa para recuperar las fuerzas perdidas. + +Salvatierra fuese hacia el hogar al ver que el _arreador_ se ponía de +pie ofreciéndole su asiento. El tío _Zarandilla_ se acomodó en el suelo +junto a don Fernando, y éste, al mirar en torno, encontró los ojos de +_Alcaparrón_ y su dentadura caballar que brillaban al sonreírle. + +--Mire su mercé, señó: esta es mi mamá. + +Y le mostró a una gitana vieja, la tía _Alcaparrona_, que acababa de +retirar del fuego un potaje de garbanzos husmeado vorazmente por tres +chicuelos, hermanos de _Alcaparrón_ y una moza delgaducha, pálida y de +grandes ojos, que era su prima Mari-Cruz. + +--¿Conque su mercé es ese don Fernando tan nombrao?--dijo la +vieja.--Pues que Dios le dé mucha fortuna y mucha vida pa que sea el +pare de los probes. + +Y depositando en tierra el puchero, sentose con toda su familia en torno +de él. Era una comida extraordinaria. El tufillo de los garbanzos +despertaba cierta emoción en la gañanía, haciendo converger muchas +miradas de envidia en el grupo de los gitanos. _Zarandilla_ interpelaba +a la vieja burlonamente. Había caído trabajo extraordinario ¿eh?... De +seguro que el día anterior, al ir a Jerez, había ganado algunas +pesetillas diciendo la buenaventura o proporcionando polvos mágicos a +las chavalas que se quejaban del desvío de sus amantes. ¡Ah, vieja +bruja! Parecía imposible que tuviese tanto _pesquis_ con una cara tan +fea... + +La gitana escuchaba sonriendo, sin dejar de engullir ávidamente los +garbanzos, pero al mentar _Zarandilla_ su fealdad cesó de comer. + +--Caya, cegato, mala sombra. Premita Dió que te veas toa la vida bajo +tierra, como tus hermanos los topos... Si ajora soy fea, tiempos hubo en +que me besaban los zapatos los marqueses. Bien lo sabes tú, arrastrao... + +Y añadió melancólicamente: + +--No estaría yo aquí si viviese el marqués de San Dionisio, aquel señó +tan resalao que jué el padrino de mi pobresito José María. + +Y señalaba a _Alcaparrón_, que abandonó su cuchara para erguirse con +cierto orgullo al oír el nombre de su padrino, el cual, según afirmaba +_Zarandilla_, había sido algo más para él. + +Salvatierra miró los ojos de la vieja, malignos y pitañosos, su hocico +de macho cabrio, que se contraía a cada palabra con una ductilidad +repugnante, los dos plumeros de cerdas grises que surgían de sus labios +como unos mostachos felinos. ¡Y este endriago había sido una mujer joven +y graciosa, de las que hacían cometer locuras al famoso marqués! ¡Y la +bruja había pasado muchas veces en los coches del de San Dionisio, al +son del bizarro campanilleo de las mulas, con el mantón de flores +cayéndosele de los hombros, una botella en la mano y una canción en los +labios, por frente a los campos que la veían ahora arrugada y +repugnante como una oruga, sudando de sol a sol sobre los surcos y +quejándose del dolor de sus «pobresitos riñones»! Era menos vieja de lo +que parecía, pero al desgaste del cansancio uníase el rápido desplome +que sufren las razas orientales pasando de la juventud a la vejez, como +los espléndidos días del trópico que saltan de la luz a la sombra sin +crepúsculo alguno. + +Siguieron los gitanos devorando su potaje, y Salvatierra sacó de un +bolsillo el pobre envoltorio de su cena, después de rehusar dulcemente +los ofrecimientos que le hacían de todos lados. + +El corro más inmediato a él, donde estaba el de Trebujena, componíase de +antiguos camaradas, trabajadores mal famados en los cortijos, algunos de +los cuales tuteaban a don Fernando siguiendo la práctica usual entre los +campañeros de _la idea_. + +Mientras comía su mendrugo y el pedazo de queso, pensaba, con la +incertidumbre de siempre, si se estaría apropiando un alimento que podía +faltar a otros, y esto hizo que se fijase en el único que en toda la +gañanía no se preocupaba de la cena. + +Era un jovenzuelo de cuerpo desmedrado, con un pañuelo rojo anudado al +cuello y una camisa por todo abrigo sobre el pecho. Desde el fondo de la +gañanía le llamaban los compañeros, anunciándole que apenas quedaba +gazpacho en el barreño, pero él seguía bajo la luz del candil, sentado +en un pedazo de tronco, encorvado el cuerpo sobre una mesilla baja, en +la que se empotraban sus rodillas como en un cepo. Escribía lenta y +trabajosamente, con una testarudez de campesino. Tenía ante sus ojos un +fragmento de periódico, y copiaba las líneas con la ayuda de un tintero +de bolsillo lleno de agua ligeramente ennegrecida, y de una pluma roma +que trazaba los renglones con la misma paciencia del buey al abrir el +surco. + +_Zarandilla_, que estaba al lado de don Fernando, le habló del muchacho. + +--Es el _Maestrico_. Ansí le llaman, por su afición a libros y papeles. +Apenas güerve del trabajo, ya está pluma en mano jaciendo palotes. + +Salvatierra se aproximó al _Maestrico_, y éste volvió la cabeza para +mirarle, suspendiendo un instante su tarea. Expresábase con cierta +amargura al explicar su deseo de instruirse, quitando horas a su sueño y +su descanso. Le habían criado para bestia; a los siete años era ya zagal +en los cortijos o pastor en la sierra; hambre, golpes y fatiga. + +--Y yo quiero saber, don Fernando; quiero ser hombre y no afrentarme +viendo trotar las yeguas en la era y pensando que somos tan irracionales +como ellas. Todo lo que nos pasa a los pobres es porque no sabemos. + +Miraba amargamente a sus compañeros, a la gente de la gañanía, +satisfecha de su ignorancia, que se burlaba de él llamándole el +_Maestrico_, y hasta le tenía por loco viéndole a la vuelta del trabajo +deletrear pedazos de periódico o sacar de su faja la pluma y el +cuaderno, escribiendo torpemente ante el pábilo del candil. No había +tenido maestro: se enseñaba a sí mismo. Sufría al pensar que otros +vencían fácilmente con el auxilio ajeno los obstáculos que a él le +parecían insuperables. Pero tenía fe y seguía adelante, convencido de +que si todos le imitaban cambiaría la suerte de la tierra. + +--El mundo es del que más sabe, ¿verdad, don Fernando? Si los ricos son +fuertes y nos pisan y hacen lo que quieren, no es porque tengan el +dinero, sino porque saben más que nosotros... Estos infelices se burlan +de mí cuando les digo que se instruyan, y me hablan de los ricos de +Jerez, que son más bárbaros que los gañanes. ¡Pero eso no es cuenta! +Estos ricos que vemos de cerca son unos peleles, y sobre ellos están los +otros, los verdaderos ricos, los que saben, los que hacen las leyes del +mundo, y sostienen ese intríngulis de que unos cuantos lo tengan todo y +la gran mayoría no tenga nada. Si el trabajador supiera lo que ellos, no +se dejaría engañar, les haría frente a todas horas, y cuando menos, los +obligaría a que se partiesen el poder con él. + +Salvatierra admiraba la fe de este joven que se creía poseedor del +remedio para todos los males sufridos por la inmensa horda de la +miseria. ¡Instruirse! ¡Ser hombres!... Los explotadores eran unos +cuantos miles y los esclavos centenares de millones. Pero apenas +peligraban sus privilegios, la humanidad ignorante encadenada al +trabajo, era tan imbécil, que ella misma se dejaba extraer de su seno +los verdugos, los que vistiendo un traje de colorines y echándose el +fusil a la cara, volvían a restablecer a tiros el régimen de dolor y de +hambre, cuyas consecuencias sufrían después, al volver abajo. ¡Ay! ¿si +los hombres no viviesen ciegos y en la ignorancia, cómo podría +mantenerse este absurdo? + +Las afirmaciones candorosas del muchacho, hambriento de saber, hacían +reflexionar a Salvatierra. Tal vez este inocente veía más claro que +ellos, los hombres endurecidos en la lucha, que pensaban en la +propaganda por la acción y en las rebeldías inmediatas. Era un espíritu +simple, como los creyentes del cristianismo primitivo, que sentían las +doctrinas de su religión con más intensidad que los Padres de la +Iglesia. Su procedimiento era de una lentitud que necesitaba siglos; +pero su éxito parecía seguro. Y el revolucionario, escuchando al gañán, +se imaginaba una época en la que no existiese la ignorancia y la actual +bestia de trabajo, mal nutrida, con el pensamiento petrificado y sin +otra esperanza que la insuficiente y envilecedora caridad, se +metamorfosease en hombre. + +Al primer conflicto entre los felices y los desgraciados, se quebraría +el viejo mundo. Los grandes ejércitos organizados por una sociedad +basada en la fuerza, servirían para darla la muerte. Los trabajadores +uniformados levantarían las culatas de los fusiles que les entregan sus +explotadores para que les defiendan, o se valdrían de estas armas para +imponer la ley de la felicidad de los más, a los pastores perversos que +durante siglos mantenían al rebaño humano en la injusticia. Cambiaría de +repente la faz del mundo, sin sangre y sin catástrofes. Desaparecerían, +con los ejércitos y las leyes fabricadas por los poderosos, todo el +antagonismo entre los felices y los desgraciados, todas las imposiciones +y crueldades que convierten la tierra en un presidio. Sólo quedarían +hombres. ¡Y esto podía lograrse tan pronto como la inmensa mayoría de +los humanos, el innumerable ejército de la miseria, se diese cuenta de +su fuerza, negándose a sostener por más tiempo la obra de la +tradición!... + +Salvatierra sentía halagado su sentimentalismo humanitario por este +generoso ensueño de la inocencia. ¡Cambiar el mundo sin sangre, con un +golpe teatral, valiéndose de la varilla mágica de la instrucción, sin +esas violencias que repugnaban a su alma tierna, y que finalizan siempre +con la derrota de los infelices y las crueles represalias del +poderoso!... + +El _Maestrico_ seguía afirmando sus convicciones con una fe, que +iluminaba sus ojos cándidos. ¡Ay! ¡Si los pobres supieran lo que saben +los ricos!... Estos son fuertes y gobiernan, porque la sabiduría está a +su servicio. Todos los descubrimientos e invenciones de la ciencia caen +en sus manos, son para ellos, llegando apenas los residuos a los de +abajo. Si alguien salía de la masa miserable, elevándose por su +capacidad, en vez de permanecer fiel a su origen, prestando apoyo a los +hermanos, desertaba de su puesto, volviendo las espaldas a cien +generaciones de abuelos esclavos, aplastados por la injusticia, y vendía +su cuerpo y su inteligencia a los verdugos, mendigando un puesto entre +ellos. La ignorancia era la peor servidumbre, el más atroz martirio de +los pobres. Pero la instrucción aislada e individual resultaba inútil: +sólo servía para formar desertores, tránsfugas, que se apresuraban a +alinearse con el enemigo. Debían instruirse todos al mismo tiempo: +adquirir la gran masa el conocimiento de su fuerza, apropiarse de golpe +las grandes conquistas de la razón humana. + +--¡Todos! ¿me entiende usted, don Fernando? Todos a la vez, gritando: +«No queremos más engaños; no os serviremos para que _esto_ continúe». + +Y don Fernando aprobaba con movimientos de cabeza. Sí, todos al mismo +tiempo; así había de ser: todos, despojándose de la piel de la +bestialidad resignada, única vestidura que la tradición cuidaba de +mantener sobre sus hombros. + +Pero al volver su vista por la gañanía, llena de sombra y de humo, +creyó abarcar con sus ojos toda la humanidad explotada e infeliz. Unos +acababan de devorar las sopas, con las que engañaban su hambre; otros, +tendidos, regoldaban satisfechos, creyendo en una digestión que no +añadía nada al quebrantado vigor de su vida; todos aparecían +embrutecidos, repugnantes, sin voluntad para salir de su estado; +creyendo confusamente en el milagro como única esperanza, o pensando en +una limosna cristiana que le permitiese un minuto de descanso en su +desesperado rodar por la cuesta de la miseria. ¡Cuánto tiempo no había +de transcurrir hasta que aquella pobre gente abriese los ojos y +aprendiera el camino! ¡Quién podría despertarla, infundiéndola la fe de +aquel pobre mozo que caminaba a tientas, con los ojos fijos en una +estrella lejana que él solo veía!... + +El grupo de los de _la idea_, abandonando el cuenco limpio ya de +gazpacho, vino a sentarse en el suelo, en torno de Salvatierra. +Gravemente, enrollaban sus cigarros, como si esta operación absorbiese +por completo su pensamiento. El tabaco era su única voluptuosidad, y +tenían que calcular la duración de la pobre cajetilla durante toda la +semana. Manolo el de Trebujena había sacado del serón de su asno un +tonelillo de aguardiente y servía copas en el centro de un corro. +Acudían a él, con avidez de enfermos, los viejos gañanes de cara +apergaminada y barbas recias, brillando en sus ojos el consuelo del +alcohol. Los jóvenes sacaban de la faja las monedas de cobre, después +de largos titubeos, y bebían, justificando mentalmente este gasto +extraordinario con el absurdo pensamiento de que al día siguiente no +habían de trabajar. Algunas muchachas, de sueltos ademanes, avanzaban +cautelosas, con paso de gatas, hasta confundirse con los grupos de los +mozos, chillando cuando éstos las ofrecían una copa después de +innumerables pellizcos y restregones de brutal deseo. + +Salvatierra escuchaba a Juanón, un antiguo camarada que trabajaba en el +cortijo y había hecho el viaje a Jerez, sólo por verle cuando llegó del +presidio. + +Era un hombre enorme, membrudo, con los pómulos salientes, la mandíbula +cuadrada y fiera, el pelo recio e hirsuto invadiéndole la frente, y unos +ojos profundos que, en ciertos momentos, brillaban con el resplandor +verdoso de los felinos. + +Había sido viñador, pero por su fama de revoltoso y pendenciero, tenía +que dedicarse al trabajo de los cortijos, encontrando ocupación sólo en +Matanzuela, gracias a Rafael, que le protegía por ser amigo de su +padrino. Juanón inspiraba respeto a toda la gañanía. Era un impulsivo, +sin recaídas de desaliento: una voluntad enérgica que se imponía a los +compañeros. + +Lenta y sentenciosamente hablaba a Salvatierra, mirando al mismo tiempo +a la gente con un mohín de superioridad, acompañado de frecuentes +salivazos en el suelo. + +--Esto ha cambiado mucho, Fernando. Vamos paatrás y los ricos son más +amos que nunca. + +Tuteaba a Salvatierra a uso de _compañero_ y hablaba con desprecio de la +gente trabajadora. Los jóvenes ya los veía allí: creyéndose felices con +una copa y sin más pensamiento que hacer suyas a las compañeras de +trabajo. No había más que fijarse en la frialdad con que habían +presenciado la llegada de Salvatierra. Muchos ni sentían la curiosidad +de aproximarse a él: hasta habían sonreído irónicamente, como si +dijeran: «Un embustero más». Para ellos eran embusteros los periódicos +que leían los viejos en voz alta; embusteros los que hablaban de la +fuerza de la asociación y de una revuelta posible: sólo eran verdad los +tres gazpachos y los dos reales de jornal, y con esto, alguna borrachera +de vez en cuando y el asalto de una trabajadora, a la que afligían con +el engendramiento de un nuevo desgraciado, se consideraban felices +mientras duraba en ellos el optimismo de la juventud y la fuerza. Si +seguían el impulso de las huelgas, era por el ruido y el desorden que +éstas traían. De los antiguos, quedaban aún muchos fieles a _la idea_, +pero apocados de ánimo, miedosos, encorvados bajo el temor que habían +sabido infundirles los ricos. + +--Hemos sufrido mucho, Fernando. Mientras tú estabas allá lejos +padeciendo, esto nos lo han transformado. + +Y hablaba del régimen de terror que reducía al silencio toda la +campiña. La ciudad rica, odiada por los siervos del campo, velaba sobre +ellos con un gesto cruel e inexorable para ocultar el miedo que les +tenía. Los amos poníanse en guardia a la menor conmoción. Bastaba que se +reuniesen con cierto misterio unos cuantos jornaleros en un hato, en un +rancho de la campiña, para que al momento sonasen los ricos el toque de +alarma en los periódicos de toda España, y llegaran nuevos soldados a +Jerez, y la guardia civil corriera el campo amenazando a todo el que no +estaba conforme con lo exiguo del jornal y la miseria de la +alimentación. _¡La Mano Negra!_ ¡Siempre aquel fantasma, agrandado por +la exuberante imaginación andaluza, que los ricos cuidaban de conservar +vivo y en pie para moverlo así que los gañanes formulaban la más +insignificante petición!... + +Para sostener sus injusticias y la servidumbre tradicional, necesitaban +del estado de guerra, fingir que vivían entre peligros, quejándose de +los gobiernos porque no les protegían bastante. Si los braceros pedían +que les diesen de comer como a seres humanos, que les dejasen fumar un +cigarro más en las horas veraniegas de sol abrasador, que les aumentasen +los dos reales en unos cuantos céntimos, todos gritaban desde arriba +recordando _La Mano Negra_, afirmando que iba a resucitar. + +Juanón, impulsado por la cólera, poníase de pie. _¡La Mano Negra!_ ¿Qué +era aquello? Él había sufrido persecuciones por creerle afiliado a +ella, y aún no sabía ciertamente en qué consistía. Meses enteros había +estado en la cárcel con otros desgraciados. Le sacaban por la noche del +encierro, para golpearle, en la oscura soledad del campo. Las preguntas +de los hombres con uniforme iban acompañadas de culatazos que hacían +crujir sus huesos, de palizas locas que se exacerbaban ante sus +negativas. Aún guardaba en el cuerpo las cicatrices de estos obsequios +de los ricos de Jerez. Podían haberle muerto sin que él contestase a +gusto de sus atormentadores. Sabía de sociedades para defender la vida +de los jornaleros y resistirse a los abusos de los amos; él formaba +parte de ellas; pero de _La Mano Negra_, de la terrorífica asociación +con sus puñales y sus venganzas, no sabía una palabra. + +Como prueba de su existencia novelesca, sólo había un muerto, un +asesinato vulgarísimo en un país de vino y de sangre: y por este +homicidio habían muerto unos cuantos trabajadores en garrote vil, y +centenares de infelices como él vivieron en la cárcel sufriendo +tormentos que a algunos les costaron la existencia. Pero desde entonces +tenían los amos un espantajo para levantarlo como bandera, _La Mano +Negra_, y no intentaban los pobres de la campiña el más leve movimiento +hacia su bienestar, que no surgiese el fantasma lúgubre goteando sangre. + +Todo lo autorizaba el tétrico recuerdo. Por la más leve falta se +apaleaba a un hombre en el campo; el gañán era un ser sospechoso contra +el cual todo era lícito. Los excesos de celo de la autoridad se +agradecían y premiaban, y al que osaba protestar se le imponía silencio +con el recuerdo de _La Mano Negra_. La gente joven escarmentaba con este +ejemplo; los hombres tenían miedo, y los ricos, allá en la ciudad, con +la imaginación fortalecida por el vino de sus bodegas, seguían añadiendo +caperuzas a su fantasma, colgándole nuevos adornos de terror, +agrandándolo de tal modo, que los mismos que lo habían visto nacer +hablaban de él como de algo horriblemente legendario ocurrido en tiempos +remotos. + +Juanón calló, y sus compañeros permanecieron como aterrados por aquel +espectro de la imaginación meridional, que parecía cubrir con sus +trapajos negros todo el campo de Jerez. + +La gañanía, después de la cena, había recobrado la calma de la noche. +Muchos hombres dormían tendidos en sus esterillas con un ronquido +fatigoso, aspirando a ras de tierra las emanaciones asfixiantes del +rescoldo de boñiga. En el fondo, las mujeres, sentadas en el suelo con +las faldas abombadas como hongos, contábanse cuentos o relataban +curaciones maravillosas ocurridas en la sierra por milagro de las +vírgenes. + +Una canturía a media voz elevábase sobre el murmullo de las +conversaciones. Eran los gitanos que continuaban su comida +extraordinaria. La tía _Alcaparrona_ había sacado de bajo de sus faldas +una botella de vino para celebrar su buena fortuna en la ciudad. La +prole salía a sorbo en el reparto, pero la vista del vino era suficiente +para esparcir la alegría. _Alcaparrón_, con la vista puesta en su madre, +que era la mayor de sus admiraciones, cantaba acompañado de las palmas +que batían en sordina todos los de la familia. El gitanillo gemía «sus +pesares y sus penas» con ese sentimentalismo falso de la canción +popular, añadiendo que «al escucharle un pájaro, se le habían caído de +sentimiento las plumas a millares»; y la vieja y su gente le jaleaban, +alabando su gracia con tanto entusiasmo como si se alabasen ellos +mismos. + +_Alcaparrón_ cortó de repente el canto para hablar a su madre, con la +incoherencia del gitano que salta caprichoso de un pensamiento a otro. + +--Mare, ¡y qué desgraciaos somos los pobresitos gitanos! Los _gachés_ lo +son todo: reyes, alcardes, jueses y generales, y los _cañís_ no somos +ná. + +--¡Caya, malange! Tampoco dengún gitano es carselero ni verdugo... Anda, +bobo: echa otra. + +Y reanudaron el canto y el palmoteo con nuevos bríos. + +Un gañán ofreció una copa de aguardiente a Juanón, que la rechazó con su +manaza. + +--Eso es lo que nos pierde--dijo sentenciosamente.--La bebía mardita. + +Y apoyado por los gestos de aprobación del _Maestrico_, que había +guardado sus avíos de escribir para unirse al grupo, Juanón anatematizó +la embriaguez. Aquella gente miserable lo olvidaba todo cuando bebía. Si +llegaban a sentirse hombres alguna vez, no tendrían los ricos más que +abrir las puertas de sus bodegas para vencerlos. + +Muchos en el grupo protestaron de las palabras de Juanón. ¿Qué podía +hacer un pobre sino beber, para olvidar su miseria? Y roto el silencio +respetuoso que imponía la presencia de Salvatierra, hablaron muchos a un +tiempo, para expresar sus dolores y sus cóleras. La comida era cada vez +peor: los ricos abusaban de su fuerza, de aquel miedo que habían +infundido y propalado. + +Únicamente en la época de la trilla les daban un guiso de garbanzos: el +resto del año pan, sólo pan, y en muchos sitios, tasado. Explotaban +hasta sus necesidades más imperiosas. Antes, al arar la tierra, por cada +diez arados había un hombre suplente, que ocupaba el sitio del que se +retiraba un momento para librarse de los residuos del gazpacho. Ahora, +para economizarse este suplente, daban cinco céntimos al arador, con la +condición de no abandonar la yunta aunque el estómago le atormentase con +los más crueles llamamientos, y a esto le llamaban ellos con una sorna +triste, «vender el... sitio más innoble del cuerpo». + +Cada año venían a los cortijos más mujeres de la sierra. Las hembras +eran sumisas; la debilidad femenil las hacía temer al arreador y se +esforzaban en su trabajo. Los _manijeros_, agentes reclutadores, +bajaban de la montaña al frente de sus bandas empujadas por el hambre. +Describían en los pueblos la campiña de Jerez como un lugar de +abundancia, y las familias confiaban al _manijero_ las hijas apenas +entradas en la pubertad, pensando, con una avidez sin entrañas, en los +reales que traerían recogidos después de la temporada de trabajo. + +El arreador de Matanzuela y algunos del corro, que eran manijeros, +protestaron. Los hombres de la gañanía que aún no dormían habíanse +agrupado en torno de Salvatierra. + +--Nosotros somos mandaos--dijo el arreador.--¿Qué hemos de jacer, pobres +de nosotros? Eso, a los amos, que son los que nos mandan. + +El viejo _Zarandilla_ intervino también, por considerarse comprendido en +el llamado _gobierno_ del cortijo. ¡Los amos!... Ellos podían arreglarlo +todo, sólo con acordarse un poco del pobre; con tener caridad, mucha +caridad. + +Salvatierra, que escuchaba impasible las palabras de los jornaleros, se +agitó, rompiendo su mutismo al oír al viejo. ¡La caridad! ¿Y para qué +servía? Para mantener al pobre en la esclavitud, esperando unas migajas +que acallaban su hambre por un momento y prolongaban su servidumbre. + +La caridad era el egoísmo disfrazándose de virtud; el sacrificio de una +pequeñísima parte de lo superfluo repartida a capricho. Caridad, no: +¡justicia! ¡a cada cual lo suyo! + +Y el revolucionario enardecíase al hablar: abandonaba su sonriente +frialdad; brillábanle los ojos tras las gafas azuladas, con el fuego de +la rebelión. + +La caridad no había hecho nada por dignificar al hombre. Diecinueve +siglos llevaba de reinado; la cantaban los poetas como inspiración +divina; la ensalzaban los felices como la mayor de las virtudes, y el +mundo estaba igual que el día en que apareció ella por primera vez con +la doctrina del Cristo. La experiencia resultaba suficientemente larga +para apreciar su inutilidad. + +Era la más impotente y anémica de las virtudes. Había tenido palabras +amorosas para el esclavo, pero no había roto sus cadenas; ofrecía un +mendrugo al siervo moderno, pero no osaba el menor reproche contra la +organización social que le condenaba a la miseria por el resto de su +vida. La caridad, sosteniendo al menesteroso un instante para que tomase +fuerzas, era tan virtuosa como la campesina que alimenta a las aves de +su corral y las mantiene bien cebadas, hasta el momento de devorarlas. + +Nada había hecho esta virtud pálida para libertar a los hombres. Era la +rebeldía, la protesta desesperada, la que había roto las ligaduras del +antiguo siervo, la que emanciparía al asalariado moderno, adulado con +toda clase de derechos ideales, menos el derecho al pan. + +Salvatierra, en la exaltación de su pensamiento, quería estrujar todos +los fantasmas con los que se había aterrado o entretenido durante siglos +a los menesterosos, para que no estorbasen la feliz placidez de los +privilegiados. + +Sólo la Justicia social podía salvar a los hombres, y la Justicia no +estaba en el cielo, vivía en la tierra. + +Más de mil años se habían resignado los parias, con el pensamiento +puesto en el cielo, confiando en una compensación eterna. Pero el cielo +estaba vacío. ¿Qué desgraciado podía ya creer en él? Dios se había ido +con los ricos; apreciaba como una virtud digna de la gloria eterna, el +que de tarde en tarde repartiesen éstos un fragmento de su fortuna, +conservándola íntegra y reputando como un crimen las reclamaciones de +bienestar de los de abajo. + +Aunque el cielo existiese, el infeliz se negaría a entrar en él, como en +un lugar de injusticia y privilegio donde penetra lo mismo el que pasa +la vida sufriendo, que el que vive en la riqueza distrayendo su tedio +con la voluptuosidad de la limosna. + +El cristianismo era una mentira más, desfigurada y explotada por los de +arriba para justificar y santificar sus usurpaciones. ¡Justicia, y no +Caridad! ¡Bienestar en la tierra para los infelices y que los ricos se +reservasen, si la deseaban, la posesión del cielo, abriendo la mano para +soltar sus rapiñas terrenales! + +Los miserables no podían esperar nada de lo alto. Sobre sus cabezas sólo +existía un infinito insensible a la desesperación humana: otros mundos +que ignoraban la vida de millones de míseros gusanos sobre esta esfera +deshonrada por el egoísmo y la violencia. Los hambrientos, los que +tenían sed de justicia, sólo debían confiar en ellos mismos. ¡Arriba, +aunque fuese para morir! Otros vendrían detrás, que esparcirían la +simiente germinadora en los surcos fecundados por su sangre. ¡De pie y +en marcha la horda de la miseria, sin más Dios que la rebelión, +iluminando su camino la estrella roja, el eterno diablo de las +religiones, guía insustituible de todos los grandes movimientos de la +humanidad!... + +El grupo de braceros escuchaba en silencio al revolucionario. Muchos +seguían sus palabras abriendo desmesuradamente los ojos, como si +quisieran absorberlas con la vista. + +Juanón y el de Trebujena asentían con movimientos de cabeza. Habían +leído confusamente lo que decía Salvatierra, pero en boca de éste les +conmovía como una música vibrante de pasión. + +El viejo _Zarandilla_ no temió romper este ambiente de entusiasmo, +interviniendo con su sentido práctico. + +--Too eso está muy bien, don Fernando. Pero el pobre necesita tierra pa +vivir y la tierra es de los amos. + +Salvatierra se irguió con arrogancia. La tierra no era de nadie. ¿Qué +hombres la habían creado para apropiársela como obra suya? La tierra era +de los que la trabajaban. + +La injusta distribución del bienestar; el aumento de la miseria conforme +aumenta la civilización; el aprovecharse los poderosos de todos los +inventos de la mecánica, ideados para suprimir el trabajo corporal y que +sólo servían para hacerlo más pesado y embrutecedor; todos los males de +la humanidad, provenían de la apropiación de la tierra por unos cuantos +miles de hombres que no siembran y sin embargo recogen, mientras +millones de seres hacen abortar al suelo sus tesoros de vida sufriendo +un hambre de siglos y siglos. + +La voz de Salvatierra resonó en el silencio de la gañanía como un grito +de combate. + +--El mundo empieza a despertar de su sueño de miles de años; protesta de +haber sido robado en su infancia. La tierra es vuestra: nadie la ha +creado y pertenece a todos. Si en ella existe algún mejoramiento, obra +es de vuestras negras manos, que son vuestros títulos de propiedad. El +hombre nace con derecho al aire que respira, al sol que lo calienta, y +debe exigir la posesión de la tierra que le sostiene. El suelo que +cultiváis para que otro recoja la cosecha, os pertenece, aunque +vosotros, infelices, envilecidos por miles de años de servidumbre, +dudéis de vuestro derecho, temiendo avanzar la mano para que no os crean +ladrones. El que acapara un pedazo de tierra, excluyendo de él a los +demás, el que lo entrega a las bestias humanas para que lo hagan +producir mientras él permanece ocioso, ese es el que verdaderamente roba +a sus semejantes. + + + + +IV + + +Los dos mastines que guardaban durante la noche los alrededores de la +torre de Marchamalo, cesaron de dormitar bajo las arcadas de la casa de +los lagares, con el cuerpo en círculo, apoyando en el rabo las feroces +mandíbulas. + +Irguiéronse los dos al mismo tiempo, husmearon el espacio, y después de +balancearse con cierto titubeo, rugieron, lanzándose viña abajo con un +impulso arrollador que hacía saltar la tierra entre sus patas. + +Eran unos animales casi salvajes, de ojos de fuego y boca roja, erizada +de dientes que daban frío. Los dos se abalanzaron sobre un hombre que +marchaba encorvado por entre las cepas, fuera del camino que en recta +pendiente conducía de la carretera a la torre. + +El encontronazo fue terrible: el hombre vaciló, tirando de su manta en +la que había hecho presa uno de los mastines. Pero, de repente, cesaron +éstos de rugir, de revolverse en torno de él buscando sitio para hincar +sus colmillos, y se colocaron a su lado escoltándolo y acogiendo con +ronquidos de satisfacción el roce de sus manos. + +--¡Bárbaros!--decía Rafael en voz queda, sin dejar de +acariciarles.--¡Malas personas!... ¿Ya no me conocéis? + +Le acompañaron hasta la meseta de Marchamalo, y de nuevo fueron a +enroscarse bajo las arcadas, reanudando su dormitar receloso que se +desvanecía al menor ruido. + +Rafael se detuvo un momento en la plazoleta, para reponerse de este +encuentro. Se arregló la manta sobre los hombros y cerró la navaja que +había sacado para hacer frente a las hurañas bestias. + +Sobre el espacio azulado por el brillo de las estrellas, dibujábase el +contorno de aquel Marchamalo nuevo que había hecho construir don Pablo. + +En el centro, la torre señorial, que se veía desde Jerez, dominando las +colinas cubiertas de viñas que hacían de los Dupont los primeros +propietarios de la comarca: una construcción pretenciosa de ladrillo +rojo, con la base y los ángulos de piedra blanca; unidas las agudas +almenas de su remate por una barandilla de hierro que convertía en +terraza vulgar el coronamiento de una obra semifeudal. A un lado estaba +lo mejor de Matanzuela, lo que don Pablo había cuidado más de sus nuevas +construcciones, la capilla espaciosa, ornada de columnas y mármoles como +un gran templo. Al otro lado permanecía casi intacta la obra del +antiguo Marchamalo. Apenas si con una ligera reparación se había +fortalecido este cuerpo de edificio, bajo y con arcadas, en el que +estaban las habitaciones del capataz y el dormitorio de los viñadores, +espacioso y desabrigado, con un _fogaril_ que ennegrecía de humo las +paredes. + +Dupont, que había traído artistas de Sevilla para decorar la iglesia, y +encargado a los santeros de Valencia varias imágenes deslumbrantes de +colorines y oro, sintió cierto remordimiento ante la antigua casa de los +viñadores, no atreviéndose a tocarla. Tenía _mucho carácter_; equivalía +a un atentado rejuvenecer con reformas este refugio de los braceros. Y +el capataz siguió en sus cuartuchos, cuya vejez disimulaba María de la +Luz con un cuidadoso enjalbegado, y los jornaleros durmieron vestidos +sobre las esterillas de enea que les proporcionaba la generosidad de don +Pablo, mientras las santas imágenes permanecían entre mármoles y +dorados, semanas enteras, sin ser vistas de nadie, pues las puertas de +la capilla sólo se abrían cuando el amo llegaba a Marchamalo. + +Rafael contempló largo rato los edificios, temiendo que en su oscura +masa se iluminase una rendija, se abriera una ventana y asomase el +capataz alarmado por la carrera de los mastines. Transcurrieron algunos +minutos sin que en Marchamalo se notase el menor movimiento. Subía el +rumor soñoliento de los campos hundidos en la sombra: las estrellas +parpadeaban intensamente en el cielo invernal, como si el frío aguzase +su fulgor. + +El mozo salió de la plazoleta, y volviendo la esquina del edificio +viejo, anduvo por el callejón que quedaba entre la casa y una fila de +compactas chumberas. Se detuvo junto a una reja, y al tocar ligeramente +con los nudillos en sus maderas, se abrieron éstas, destacándose sobre +el fondo oscuro de la habitación el arrogante busto de María de la Luz. + +--¡Qué tarde, Rafaé!--dijo con voz queda.--¿Qué hora es?... + +El aperador miró al cielo un instante, leyendo en los astros con su +experiencia de hombre de campo. + +--Deben ser ansí como las dos y media. + +--¿Y el cabayo? ¿dónde lo has dejao? + +Rafael explicó su viaje. El caballo estaba en el ventorro de la Corneja, +a dos pasos de allí; una cabaña al borde de la carretera. Bien +necesitaba descansar, pues había venido al galope desde el cortijo. + +Aquel sábado había sido de trabajo. Muchos hombres y muchachas de la +gañanía querían pasar el domino en sus pueblos de la sierra, y le habían +pedido los jornales para llevarlos a sus familias. Una tarea de volverse +loco, el ajustar las cuentas de aquella gente que siempre se creía +engañada. Además, había tenido que cuidar a un semental que andaba +malucho; darle friegas y otros remedios, ayudado por _Zarandilla_. +Luego, las gentes de la dehesa le traían escamado, pues al hacer carbón, +seguramente robaban al señorito... En fin, que en Matanzuela no se +paraba un momento, y sólo después de media noche, cuando en la gañanía +habían apagado la luz los que allí quedaban, se había decidido a +emprender el galope. Apenas amaneciese volvería al ventorrillo, y +montando en la jaca, se presentaría como si acabase de llegar de +Matanzuela, para que el padrino no recelase que habían estado _pelando +la pava_. + +Luego de estas explicaciones quedaron los dos en silencio, agarrados a +la reja, sin que sus manos osaran encontrarse, mirándose de cerca a la +luz difusa de las estrellas, que daba a sus ojos un brillo +extraordinario. Era el momento de mutua contemplación y silenciosa +timidez de todos los amantes que se ven después de una larga ausencia. +Rafael fue el primero en romper el silencio. + +--¿Y no ties na que icirme? ¿Endimpués que no nos vemos en toa una +semana, te quedas como una boba mirándome como si juese yo un mal bicho? + +--¿Y qué te he de icir yo, arrastrao?... Que te quiero mucho: que toos +estos días los he pasao con una penita muy jonda, muy negra, pensando en +mi gitano... + +Y los dos novios, puestos ya en la pendiente del apasionamiento, +arrullábanse con la música de sus palabras, con la exuberancia verbosa +propia de la tierra. + +Rafael, agarrado a los hierros, temblaba emocionado al hablar a María de +la Luz, como si sus palabras no fuesen suyas y le turbasen con dulce +embriaguez. Los arrullos de las canciones populares, todos los +requiebros arrogantes que había oído, acompañados del puntear de la +guitarra, mezclábalos en la letanía amorosa con que envolvía a la novia +su voz susurrante. + +--Que toos los pesares de tu vida vengan a mí, entrañas de mi arma, y +que tú sólo goces alegrías. Ties la cara de Dios, gitana; tus labios son +casquites de limón, y cuando me miras, creo que me mira el buen Jesú de +los milagritos con sus ojos dulces... Quisiera ser don Pablo Dupont con +toas sus bodegas, para soltar el vino de las botas viejas que tiene er +tío, y que vale miles de pesos: y tú meterías en el charco tus pies +bonitos y yo le diría a too Jerez: «Beban ustés, cabayeros, que esto es +la gloria». Y toos dirían: «Tiene razón Rafaé: ni que juesen los +pinreles de la mismísima mare de Dios»... ¡Ay, niña! ¡si no me +quisieras, güena suerte te esperaba! Tendrías que hacerte monja, pues no +habría guapo que te pidiera relaciones. Me abriría de patas en tu puerta +y ni a Dios dejaba pasar. + +María de la Luz sentíase halagada por la expresión feroz que tomaba su +novio, sólo al pensar que otro hombre pudiera aproximarse a ella +requiriéndola de amores. La brutalidad de los celos amenazantes +gustábala aún más que los requiebros amorosos. + +--¡Pero, tonto! ¡si yo sólo te quiero a ti! ¡Si estoy chalaíta por mi +cortijero y aguardo como quien espera a los ángeles el momento de ir a +Matanzuela pa cuidar a mi aperador salao!... Ya sabes que yo podría +casarme con cualquiera de esos señoritos del escritorio que son amigos +de mi hermano. La señora me lo dice muchas veces. Otras me camela pa que +sea monja; pero monja de señorío, de las de gran dote, y me promete +correr con todo el gasto. Pero yo digo que no: «Señora, no quiero ser +santa; me gustan mucho los hombres...» Pero ¡Jesú! ¡qué barbariaes digo! +Toos los hombres, no: uno, sólo uno: mi Rafaé, que cuando va en su jaca +paece, por lo bonito, un San Miguel a cabayo. ¡Pero no vayas a ponerte +tonto con estas alabanzas, que too es broma!... Quiero ser cortijera con +mi cortijero, que me quiere y me dise cosos bonitas. Más me gusta con él +un gazpacho pobre que todo el señorío de Jerez... + +--¡Bendita sea tu boca! ¡Sigue niña, que me subes al cielo diciéndome +esas cosas! Nada has de perder queriéndome. Pa que estés bien soy capaz +de todo; y aunque el padrino se enfade, ansí que nos casemos güervo al +contrabando para llenarte el delantal de onzas. + +María de la Luz protestó con un ademán de miedo. Eso nunca. Aún se +conmovía recordando aquella noche en que lo vio llegar pálido como un +muerto y chorreando sangre. Serían felices en su pobreza, sin tentar a +Dios con nuevas aventuras que podían costarle la vida. ¿Para qué el +dinero?... + +--Lo que importa es quererse, Rafaé, y ya verás ¡cachito del arma! +cuando estemos en Matanzuela, qué vidita tan dulce voy a darte... + +Ella era del campo como su padre, y en el campo quería permanecer. No le +asustaban las costumbres del cortijo. En Matanzuela debía sentirse la +falta de un ama que convirtiese la habitación del aperador en una +«tacita de plata». Ya se enteraría él de lo que era buena vida, +acostumbrado a la existencia desordenada del contrabandista y al cuidado +de aquella vieja del cortijo. ¡Pobrecito! Bien notaba ella en su ropa la +falta que le hacía una mujer... Se levantarían al romper el día: él a +vigilar la salida de los gañanes para el tajo, ella a preparar el +almuerzo, a limpiar la casa con las manitas que Dios la había dado, sin +ningún miedo al trabajo. Vestido con aquel traje de campo que tan bien +le sentaba, montaría a caballo, pero sin faltarle un botón en la +chaquetilla, sin el menor descosido en los calzones, con una camisa +siempre blanca como la nieve, bien cepillado, lo mismo que un señorito +de Jerez. Y cuando volviese, la vería esperándole en la puerta del +cortijo; pobre, pero limpia como los chorros de agua, bien peinada, con +flores en el moño, y unos delantales que quitarían la luz de los ojos. +La olla humearía en la mesa. ¡Poquito _aquel_ que tenía la niña para la +cocina! Su padre lo declaraba a todo el mundo... Después de comer en +dulce compaña, con la satisfacción de los que saben que su pan está bien +ganado, él, otra vez al campo y ella a coser, a cuidar del gallinero, a +vigilar el amasijo de las teleras. Y al cerrar la noche, a cenar y a +acostarse con los huesos cansados del trabajo, pero contentos de la +jornada; a dormir en la santa paz de los que emplean bien el día y no +sienten el remordimiento de haber hecho mal a nadie. + +--¡Venga de ahí!--murmuraba Rafael con apasionamiento.--Y aún no dices +too lo bueno. Después, tendremos chiquiyos, unos churumbeles muy monos +que correrán por el patio del cortijo... + +--¡Para, condenao!--exclamó María de la Luz.--No corras tanto, que te +despeñas... + +Y los dos quedaron en silencio, Rafael sonriendo del rubor de su novia, +mientras ésta le amenazaba con una de sus manecitas por su atrevimiento. + +Pero el mozo no podía callarse, y con la tenacidad de los enamorados +volvió a hablar a María de la Luz de sus primeras angustias, cuando se +dio cuenta de que estaba enamorado de ella. La primera vez que supo que +la amaba fue en Semana Santa, durante la procesión del Entierro. Y +Rafael reía, encontrando chusco el haberse enamorado, entre el aparato +terrorífico de los encapuchados de las cofradías, el llamear +inquisitorial de los blandones y el desgarrador estrépito de los +clarines y atabales. + +La procesión iba a altas horas de la noche por las calles de Jerez, en +medio de un silencio lúgubre, como si el mundo fuese a morir; y él, con +el sombrero en la mano, muy compungido, veía desfilar esta ceremonia que +le llegaba al alma. De pronto, al hacer un descanso el «Santísimo Cristo +de la Coronación de Espinas» y «Nuestra Señora de la Mayor Aflicción», +una voz rasgaba el silencio de la noche, una voz que hizo llorar al +fiero contrabandista. + +--Y eras tú, chavala; tu voz de oro fino que gorvía loquita a la gente. +«Es la chica del capataz de Marchamalo», decían a mi lao. «Bendito sea +su pico: es un riuseñor». Y yo me ajogaba de pena sin saber por qué; y +te veía delante de tus amigas, tan bonita como una santa, cantando la +_saeta_, con las manos juntas, mirando al Cristo con esos ojasos que +paecen espejos, en los que se veían toos los cirios de la procesión. Y +yo, que había jugao contigo de pequeñuelo, creí que eras otra, que te +habían cambiao de pronto; y sentí algo en la espalda, como si me +arañasen con una navaja; y miré al buen Señor de las Espinas con +envidia, porque cantabas para él como un pájaro y para él eran tus ojos; +y me fartó poco pa dicile: «Señó, sea su mercé misericordioso con los +pobres y déjeme un rato su puesto en la cruz. Na me importa que me vean +desnúo, con enagüillas y los remos enclavaos, con tal que María de la +Luz me orsequie con su voz de ángel...» + +--¡Loco!--decía la joven riendo.--¡Pamplinero! ¡Así me tienes chalaíta +con esas mentiras que te traes! + +--Endimpués volví a oírte en la plaza de la Cárcel. Los pobrecitos +presos, agarraos a las rejas, como si fuesen malas bestias, le cantaban +al Señó unas cosas muy tristes, unas saetas hablando de sus jierros, de +sus penitas, de la madre que lloraba por ellos, de sus hijitos que no +podían besar. Y tú, entrañas mías, desde abajo contestabas con otras +saetas, que eran un jipío durce como el de los ángeles, pidiendo al Señó +que se apiadase de los infelices. Y yo entonses juré que te quería con +toa mi arma, que habías de ser mía, y tuve tentasiones de gritar a los +pobrecitos de las rejas: «Hasta la vista, compañeros; si esta mujer no +me quiere, yo jago una barbariá: mato a arguien y el año que viene +cantaré enjaulao con vosotros al Señó de las Espinas.» + +--Rafaé, no seas bárbaro--dijo la muchacha con cierto temor.--No digas +esas cosas; eso es tentar la paciencia de Dios. + +--No, tonta; esto no es más que un dicir. ¡Qué he de ir yo a aquel sitio +de penas! Donde iré es a la gloria, casándome con mi riuseñor moreno, +llevándomelo al nidito de Matanzuela... Pero ¡ay, niña! ¡Lo que yo +sufrí desde aquel día! ¡Las penitas que pasé para decirte «te quiero»! +Venía a Marchamalo por las tardes cuando había hecho buen alijo, con una +porción de indirectas bien preparás para que me comprendieses, y tú ¡ná! +como si fueses la Dolorosa, que mira lo mismo en Semana Santa que en el +resto del año. + +--Pero, ¡bobito! ¡Si te calé desde el primer momento! ¡Si adivinaba el +querer que me tenías y estaba muy alegre! Pero mi obligasión era +disimulá. Una mocita no debe meterse por los ojos pa que le digan «te +quiero». Eso no es decente. + +--¡Calla, mal corazón! ¡Poquito que me hiciste sufrir en aquella +temporá!... Yegaba en mi jaca, después de haber ido en la sierra a tiros +con los del resguardo, y lo mismo era verte que abrírseme las entrañas +con un miedo que me hacía temblar. «Le diré esto, le diré lo otro». Y +verte y no icirte na, too era lo mismo. Se me trababa la lengua, se me +hacía de noche dentro del caletre, como cuando iba a la escuela; tenía +miedo de que te ofendieras y que el padrino me diese encima unos cuantos +palos con una tranca, disiéndome: «¡Arre allá, so sinvergüensa!», lo +mismo que cuando se mete en la viña un perro vagabundo... Por fin, salió +la cosa. ¿Te acuerdas? Algo costó, pero nos entendimos. Fue dimpués der +balazo, cuando tú me cuidabas como una marecita y por las tardes +hacíamos nuestro poquito de cante ahí cerca, bajo los arcadas. El +padrino tañía la guitarra y yo, sin saber cómo, me arranqué por +_martinetes_, con los ojos fijos en los tuyos, como si fuese a +comérmelos: + + Fragua, yunque y martillo + Rompen los metales, + Pero este cariño que yo te tengo + No lo rompe nadie. + +Y mientras el padrino contestaba «_tra, tra; tra, tra_», como si con un +martillo golpease el jierro, tú te pusiste coloradilla y bajaste los +ojos leyendo al fin en los míos. Y yo me dije: «Güeno, esto va bien». Y +bien fue: pues, sin saber cómo, nos dijimos nuestro querer. Tal vez +fuiste tú, ¡indina! que cansada de hacerme sufrir, acortaste el camino +para que yo perdiese el miedo... Y dende entonses no hay en Jerez y en +too su campo hombre más feliz y más rico que Rafaé, el aperador de +Matanzuela... ¿Ves tú a don Pablo Dupont con toos sus millones? Pues a +mi lao, ¡ná!; ¡cerato simple! Y toos los demás cosecheros ¡ná! Y mi amo, +el señorito Luis, con toa su fachenda y el mujerío de pendones que se +trae en derredor... ¡ná tampoco! El más rico de Jerez soy yo, que se +llevará al cortijo una morenucha fea, que está cieguecita porque a la +pobre apenas se le ven los ojos, y que tiene el defecto de que al reírse +se le jasen en la cara unos joyitos muy monos, como si estuviera picá de +viruelas. + +Y agarrado a la reja se expresaba con tal vehemencia, que parecía +querer meter su cara por entre los hierros buscando la de María de la +Luz. + +--Quieto, ¿eh?--dijo la muchacha con risueña amenaza.--A ti sí que te +voy a picá yo, pero con una horquilla del moño, si no te estás quieto. +Ya sabes, Rafaé, que no me gustan ciertas bromas y que salgo a la reja +porque me prometes que serás formal. + +El gesto de María de la Luz y la amenaza de cerrar la reja, hicieron que +Rafael se mostrase menos vehemente, separando su cuerpo de los hierros. + +--Güeno, como tú quieras, mal corazón. Tú no sabes lo que es el querer y +por eso pareces tan fría, tan tranquila, como si estuvieses en misa. + +--¿Que yo no te quiero?... ¡Chiquiyo!--exclamó la muchacha. + +Y fue ella la que olvidando su enfado se expresó con más calor aún que +su novio. Le quería tanto como a su padre. Era otro modo de querer, pero +estaba segura de que puestos en una balanza los dos afectos, no se +diferenciarían en nada. Su hermano conocía mejor que ella la vehemencia +con que amaba a Rafael. ¡Así se burlaba Fermín, cuando venía a la viña y +le hacía preguntas sobre su noviazgo!... + +--Te quiero, y creo que te quise siempre, desde que éramos pequeños y +venías tú a Marchamalo de la mano de tu padre, hecho un gañancito con tu +ordinariez de la sierra, que nos hacía reír a los señoritos y a +nosotros. Te quiero porque estás solo en el mundo, Rafaé, sin pare y sin +familia: porque necesitas un arma buena que esté contigo, y esa soy yo. +Te quiero porque has padecío mucho pa ganarte la vida, ¡pobrecito mío!, +porque te vi casi muerto en aquella noche, y entonces adiviné que te +llevaba dentro del corazón. Además, mereces que te quiera por bueno y +por honrao: porque viviendo como un perdío entre mujeres y matones, +siempre de juerga, expuesto a perder la piel con cada onza que ganabas, +pensaste en mí, y para no dar más pesares a tu nena quisiste ser pobre y +trabajar. Y yo te premiaré too lo que has hecho, queriéndote mucho, +¡pero mucho! Seré tu mare, y tu jembra, y too lo que haya que ser pa que +vivas contento y feliz. + +--¡Olé! ¡Sigue soltando por ese pico, serrana!--dijo Rafael con nuevo +entusiasmo. + +--Y te quiero también--continuó María de la Luz con cierta +gravedad--porque soy digna de ti: porque me creo buena y estoy segura de +que al ser tu mujer no he de darte la menor pesadumbre. Tú no me conoces +aún, Rafaé. Si un día creyese que podía causarte pena, que no me merecía +un hombre como tú, te gorvería la espalda y me ajogaría de tristeza al +verme sin ti: pero aunque te pusieras de rodillas fingiría haberme +olvidado de tu cariño. Ya ves, pues, si te quiero... + +Y su acento, al decir estas palabras, era tan triste, que Rafael tuvo +que animarla. ¿Quién pensaba en tales cosas? ¿Qué podía ocurrir que +tuviese fuerza bastante para separarlos? Los dos se conocían y eran +dignos el uno del otro. Él, si acaso, por su vida pasada, no merecía ser +amado, pero ella era buena y misericordiosa y le concedía la regia +limosna de su cariño. ¡A vivir! ¡a quererse mucho!... + +Y para huir de la tristeza que les habían infundido estas palabras, +torcieron el curso de la conversación, hablando de la fiesta que don +Pablo había organizado en Marchamalo para dentro de unas horas. + +Los viñadores, que todos los sábados marchaban a Jerez al caer la tarde +para ver a sus familias, estaban durmiendo cerca de allí. Eran más de +trescientos: el amo les había ordenado que se quedasen para asistir a la +misa y la procesión. Con don Pablo vendrían todos sus parientes, los +señores del escritorio y mucha gente de la bodega. Una gran fiesta, a la +que forzosamente asistiría su hermano. Y ella reía pensando en la cara +de Fermín, en lo que diría después cuando viniese a la viña y se +encontrara con Salvatierra, que de tarde en tarde visitaba con cierto +recato a su antiguo amigo el capataz. + +Rafael habló entonces de Salvatierra, de su inesperada visita al cortijo +y de la rareza de sus costumbres. + +--Ese buen señor es una excelente persona, pero está algo chiflao. Por +poco me pone en revolución toda la gañanía. «Que si esto va mal; que si +los pobres necesitan vivir», y ecétera. No, esto no está muy bien +arreglao que digamos, pero lo que importa en el mundo es quererse y +tener ganas de trabajar. Cuando nos najemos al cortijo no tendremos más +que las tres pesetas, el pan y lo que caiga. El oficio de aperador no da +pa mucho. Pero ya verás qué ricamente lo pasamos a pesar de cuanto dice +en sus sermones y soflamas el señor de Salvatierra... Pero que no sepa +el padrino lo que yo digo de su camará, pues tocarle a don Fernando es +peor que si yo te fartase a ti, pongo por caso. + +Rafael hablaba de su padrino con veneración y miedo al mismo tiempo. El +viejo conocía sus amores, pero no hablaba nunca de ellos al muchacho y a +su hija. Los toleraba silencioso, con su gesto grave de padre a uso +latino, seguro de su autoridad, convencido de que le bastaba un solo +ademán para desbaratar todas las esperanzas de los enamorados. Rafael no +osaba proponerle el casamiento, y María de la Luz, cuando el novio, +echándolas de valiente, quería hablar a su padrino, le disuadía con +cierto miedo. + +Nada perdían esperando: sus padres también habían pelado la pava muchos +años. La gente honrada no se casa con precipitación. El silencio del +señor Fermín era de asentimiento: esperarían, pues. Y Rafael, +escondiéndose del padrino para galantear a su hija, aguardaba +pacientemente a que un día se plantase el viejo delante de él, +diciéndole con su campechana rudeza: «¿Pero qué esperas para llevártela, +bobalicón? Carga con ella y que de salú te sirva». + +Comenzaba a amanecer. Rafael veía más claramente la cara de su novia al +través de la reja. La luz difusa del alba, daba un tono azulado a su tez +morena; hacía brillar con reflejos de nácar la blancura de sus córneas y +marcaba con huella profunda la sombra de sus ojeras. Por la parte de +Jerez abríase el cielo con un desgarrón de luz violácea, que iba +extendiéndose, y borrando en su seno las estrellas. De la bruma de la +noche surgía a lo lejos la ciudad, con la apiñada arboleda del Tempul y +las aglomeraciones de blanco caserío, en las que palpitaban los últimos +faroles de gas como estrellas agonizantes. Soplaba una brisa helada: la +tierra y las plantas parecían sudar al contacto de la luz. Un pájaro +salió aleteando de las chumberas, con agudo silbido, que hizo estremecer +a la joven. + +--Anda, Rafaé--dijo ella con la precipitación del miedo;--márchate en +seguía. Amanece, y mi padre se levanta pronto. Además, no tardarán en +salir los viñadores. ¿Qué dirían si nos viesen a estas horas?... + +Pero Rafael se resistía a irse. ¡Tan pronto! ¡Después de una noche tan +dulce!... + +La muchacha se impacientaba. ¿Para qué hacerla sufrir, si se verían +pronto? No tenía más que bajar al ventorrillo y subir a caballo apenas +se abriesen las puertas de la casa. + +--No me voy: no me voy--decía él con voz suplicante y un fulgor de +pasión en los ojos.--No me voy... ¿Y sí quieres que me vaya?... + +Se pegó más a la reja, murmurando con timidez la condición que exigía +para irse. María de la Luz se hizo atrás con un gesto de protesta, como +si temiese el avance de aquella boca, que suplicaba entre los hierros. + +--¡No me quieres!--exclamó.--¡Si me quisieras, no me pedirías esas +cosas! + +Y ocultó su cabeza entre las manos, como si fuese a llorar. Rafael metió +un brazo por los hierros y de un suave tirón separó los dedos +entrecruzados que le ocultaban los ojos de su novia. + +--¡Pero si ha sido una broma, niña!... Perdóname, soy muy bruto. Pégame: +dame una bofetada, que bien lo merezco. + +María de la Luz, con el rostro ligeramente arrebolado por el restregón +de sus manos, sonreía vencida por la humildad con que el novio imploraba +su perdón. + +--Te perdono, pero márchate en seguía. ¡Mira que van a salir!... Sí, ¡te +perdono! ¡te perdono! No seas pelma. ¡Vete! + +--Pues pa que vea que me perdonas de veras, dame una bofetada. ¡O me la +das o no me voy! + +--¡Una bofetada!... ¡Bueno estás tú! Ya sé lo que quieres, ladrón: toma +y vete en seguía. + +Sacó por entre los hierros, echando atrás el cuerpo, una mano de suave +almohadillado y graciosos hoyuelos. Rafael la cogió para acariciarla con +arrobamiento. Después besó las uñas sonrosadas, chupó las yemas de sus +dedos finos con una delectación que hizo agitarse a María de la Luz con +nerviosas contorsiones detrás de la reja. + +--¡Déjame, mala persona!... ¡Que chillo, asesino!... + +Y librándose de un tirón de estas caricias que le estremecían con +intenso cosquilleo, cerró la ventana de golpe. Rafael permaneció inmóvil +largo rato, alejándose al fin, cuando dejó de percibir en sus labios la +impresión de la mano de María de la Luz. + +Transcurrió aún mucho tiempo antes de que los habitantes de Marchamalo +diesen señales de vida. Los mastines ladraron dando saltos, cuando el +capataz abrió la puerta de la casa de los lagares. Después, con caras de +malhumor, fueron saliendo a la explanada los viñadores, obligados a +permanecer en Marchamalo para asistir a la fiesta. + +El cielo se azuleaba sin la más leve mancha de nubes. En el límite del +horizonte una faja de escarlata anunciaba la salida del sol. + +--¡Buen día nos dé Dios, cabayeros!--dijo el capataz a los jornaleros. + +Pero estos torcían el gesto o levantaban los hombros, como presos a los +que nada importa la placidez del tiempo fuera de su encierro. + +Rafael se presentó a caballo, subiendo a galope la cuesta de la viña, +como si llegase del cortijo. + +--Mucho madrugas, chaval--dijo el padrino con sorna.--Se conoce que no +te dejan dormir las cosas de Marchamalo. + +El aperador rondó por cerca de la puerta sin ver a María de la Luz. + +Bien entrada la mañana, el señor Fermín, que vigilaba la carretera desde +lo alto de la viña, vio al final de la cinta blanca que cortaba el llano +una gran nube de polvo, marcándose en su seno las manchas negras de +varios carruajes. + +--¡Ya están ahí, muchachos!--gritó a los viñadores.--El amo llega. A ver +si lo recibís como lo que sois; como personas decentes. + +Y los braceros, siguiendo las indicaciones del capataz, se formaron en +dos filas a ambos lados del camino. + +La gran cochera de Dupont se había vaciado en honor de la festividad. +Todos los troncos de caballos y mulas, así como los corceles de silla +del millonario, habían salido de las grandes cuadras que tenía adosadas +a la bodega; y con ellos, los brillantes arreos y los vehículos de todas +clases que compraba en España o encargaba a Inglaterra, con su +prodigalidad de rico, imposibilitado de poder demostrar de otro modo su +opulencia. + +Descendió don Pablo, de un gran landó, dando su mano a un sacerdote +grueso, de cara sonrosada, con hábitos de seda que relucían al sol. +Luego que se convenció de que el acompañante había descendido sin +ningún contratiempo, atendió a su madre y a su esposa, que bajaron del +carruaje vestidas de negro, con la mantilla sobre los ojos. + +Los viñadores, rígidos en su doble fila, se quitaron los sombreros +saludando al amo. Dupont sonrió satisfecho, y el sacerdote hizo lo +mismo, abarcando en una mirada de protectora conmiseración a los +jornaleros. + +--Muy bien--dijo al oído de don Pablo con acento adulador.--Parecen +buena gente. Ya se conoce que sirven a un señor cristiano que les +edifica con buenos ejemplos. + +Iban llegando los otros carruajes, con ruidoso cascabeleo y polvoriento +patear de las bestias en la cuesta de Marchamalo. La explanada se +llenaba de gente. Formaban la comitiva de Dupont todos sus parientes y +empleados. Hasta su primo Luis, que tenía cara de sueño, había +abandonado al amanecer la respetable compañía de sus amigotes, para +asistir a la fiesta y agradar con esto a don Pablo, cuya protección +necesitaba en aquellos días. + +El dueño de Matanzuela, al ver a María de la Luz bajo las arcadas, fue a +su encuentro, confundiéndose con el cocinero de los Dupont y un grupo de +criados que acababan de llegar cargados de vituallas, y pedían a la hija +del capataz que los guiase a la cocina de los señores, para preparar el +banquete. + +Fermín Montenegro descendió de otro coche con don Ramón, el jefe del +escritorio, y los dos se alejaron a un extremo de la explanada, como si +huyesen del autoritario Dupont, que en medio del gentío daba órdenes +para la fiesta y se enfurecía al notar ciertas omisiones en los +preparativos. + +La campana de la capilla comenzó a voltear en su espadaña, dando el +primer toque para la misa. Nadie había de llegar de fuera de la viña, +pero don Pablo deseaba que sonasen los tres toques y que fueran largos, +hasta que no pudiese más el gañán que tiraba de la cuerda. Le alegraba +este estrépito metálico: creía que era la voz de Dios extendiéndose +sobre sus campos, protegiéndolos como tenía el deber de hacerlo, por ser +su amo un buen creyente. + +Mientras tanto, el sacerdote, que había llegado con don Pablo, parecía +huir también de las voces y ademanes descompuestos con que éste +acompañaba sus órdenes, y agarraba suavemente al señor Fermín, +ponderando el hermoso espectáculo que ofrecían las viñas. + +--¡Cuan grande es la providencia de Dios! ¡Y qué cosas tan hermosas +crea! ¿No es cierto, buen amigo?... + +El capataz conocía al sacerdote. Era el apasionamiento más reciente de +don Pablo, su último entusiasmo; un padre jesuita del que se hacía +lenguas, por el acierto con que trataba en sus conferencias para hombres +solos la llamada cuestión social, un embrollo para los impíos, que no +atinaban con la solución y que el sacerdote resolvía en un periquete +valiéndose de la caridad cristiana. + +Dupont era veleidoso y tornadizo como un amante en sus apasionamientos +por las gentes de la Iglesia. Una temporada adoraba a los Padres de la +Compañía y no encontraba misa buena ni sermón aceptable, si no era en su +iglesia: pero de pronto se cansaba de la sotana, le seducía el hábito +con capucha, según sus colores, y abría su caja y las puertas de su +hotel a los Carmelitas, a los Franciscanos o a los Dominicos +establecidos en Jerez. Siempre que iba a la viña se presentaba con un +sacerdote de distinta clase, adivinando por esto el capataz cuáles eran +sus favoritos del momento. Unas veces eran frailes con vestimenta blanca +y negra, otras pardos o de color de castaña: hasta los había llevado de +luengas barbas, que venían de lejanos países y apenas si chapurreaban el +español. Y el señor, con sus entusiasmos de enamorado, ganoso de +propalar los méritos de su pasión, le decía al capataz en amistosa +confidencia: + +--Es un héroe de la fe: viene de convertir infieles y hasta creo que ha +obrado milagros. Si no fuera por herir su modestia, le diría que se +arremangase el hábito, para que te pasmases viendo las cicatrices de sus +martirios... + +Sus disentimientos con doña Elvira estribaban siempre en que ella tenía +sus favoritos, que rara vez eran al mismo tiempo los del hijo. Cuando +él adoraba a los jesuitas, la noble hermana del marqués de San Dionisio +hacía el elogio de los franciscanos, alegando la antigüedad de su orden +sobre las fundaciones que habían venido después. + +--¡No, mamá!--exclamaba él, conteniendo su carácter iracundo, con el +respeto que le inspiraba su madre.--¿Cómo comparar a unos mendicantes +con los Padres de la Compañía, que son los más sabios de la Iglesia?... + +Y cuando la piadosa señora se iba con los sabios, su hijo hablaba casi +llorando de emoción, del santo solitario de Asís y de sus hijos los +franciscanos, que podían dar a los impíos lecciones de verdadera +democracia y eran los que iban a arreglar el día menos pensado la +cuestión social. + +Ahora la veleta de su fervor apuntaba del lado de la Compañía, y no +sabía ir a parte alguna sin el Padre Urizábal, un vasco, compatriota del +glorioso San Ignacio, méritos que bastaban para que Dupont se hiciese +lenguas de él. + +El jesuita contemplaba las viñas con el éxtasis de un hombre +acostumbrado a vivir dentro de vulgares edificios, sin ver más que de +tarde en tarde la grandiosidad de la naturaleza. Hacía preguntas al +capataz sobre el cultivo de las viñas, alabando el aspecto de las de +Dupont, y el señor Fermín, halagado en su orgullo de cultivador, se +decía que aquellos jesuitas no eran tan despreciables como los +consideraba su amigo don Fernando. + +--Oiga su mercé, padre: Marchamalo no hay más que uno; esto es la flor +del campo de Jerez. + +Y enumeraba las condiciones que debe tener una buena viña jerezana, +plantada en tierra caliza, que esté pendiente, para que las lluvias +corran y no refresquen en demasía la tierra, quitando fuerza al mosto. +Así se producía aquel racimo, gloria del país, con sus granos pequeños +como balines, transparentes y de una blancura de marfil. + +Arrastrado por su entusiasmo enumeraba al sacerdote, como si éste fuese +un cultivador, todas las operaciones que durante el año había que +realizar con aquella tierra, sometida a un continuo trabajo para que +diese su dulce sangre. En los tres meses últimos del año se abrían las +_piletas_, los hoyos en torno de las cepas para que recibiesen la +lluvia: a esta labor la llamaban _Chata_. También hacían entonces la +poda, que provocaba conflictos entre los viñadores y hasta algunas veces +había ocasionado muertes, por si debía hacerse con tijeras, como +deseaban los amos, o con las antiguas podaderas, unos machetes cortos y +pesados, como lo querían los trabajadores. Luego venía la labor llamada +_Cava bien_, durante Enero y Febrero, que igualaba la tierra, dejándola +llana como si la hubiesen pasado un rasero. Después el _Golpe lleno_ en +Marzo, para destruir las hierbas crecidas con las lluvias, esponjando al +mismo tiempo el suelo; y en Junio y Julio la _Vina_, que apretaba la +tierra, formando una dura corteza, para que conservase todo su jugo, +trasmitiéndolo a la cepa. Aparte de esto, en Mayo azufraban las vides, +cuando empezaban a apuntar los racimos, para evitar el _cenizo_, una +enfermedad que endurecía los granos. + +Y el señor Fermín, para demostrar el cuidado incesante que durante el +año exigía aquel suelo, que era como de oro, agachábase para coger un +puñado de caliza y mostraba la finura de sus pequeños terrones blancos y +desmenuzados, sin que se dejase apuntar en ellos el germen de una planta +parásita. Entre las hileras de cepas veíase la tierra, machacada, +alisada, peinada, con la misma tersura que si fuese el suelo de un +salón. ¡Y la viña de Marchamalo se perdía de vista, ocupaba varias +colinas, lo que exigía un trabajo enorme! + +A pesar de la rudeza con que el capataz trataba a los viñadores durante +el trabajo, ahora que no estaban presentes, se apiadaba de sus fatigas. +Ganaban diez reales, un jornal exorbitante comparado con el de los +gañanes de los cortijos; pero sus familias vivían en la ciudad, y, +además, ellos se pagaban la comida, asociándose para adquirir el +_costo_, el pan y la menestra que todos los días traían de Jerez en dos +caballerías. La herramienta era suya: una azada de nueve libras de peso, +que habían de manejar con ligereza, como si fuese un junco, de sol a +sol, sin más descanso que una hora para el almuerzo; otra para la +comida, y los minutos que les concedía el capataz con su voz de mando +para que echasen cigarro. + +--Nueve libras, padre--añadía el señor Fermín.--Eso se ice fácilmente y +resulta un juguete pa un rato; pero hay que ver cómo se pone un +cristiano después de estar too el día subiendo y bajando la herramienta. +Al final de la jorná, pesa arrobas... ¿qué digo arrobas? tonelás. Parece +que uno levanta en vilo a too Jerez cuando da un gorpe. + +Y como hablaba con un amigo del amo, no quiso ocultarle las astucias de +que se valían en las viñas para acelerar el trabajo y sacarle al jornal +todo su jugo. Se buscaba a los braceros más fuertes y rápidos en la +faena y se les prometía un real de aumento poniéndolos a la cabeza de la +fila. Este era el que se llamaba _hombre de mano_. El jayán, para +agradecer el aumento de jornal, trabajaba como un desesperado, +acometiendo la tierra con su azadón, sin respirar apenas entre golpe y +golpe, y los otros infelices tenían que imitarle para no quedarse atrás, +manteniéndose, con esfuerzos sobrehumanos, al nivel del compañero que +servía de acicate. + +Por las noches, rendidos de fatiga, entretenían la espera del último +rancho jugando a los naipes, o canturreando. Don Pablo les había +prohibido severamente que leyesen periódicos. Su única alegría era el +sábado, cuando al anochecer salían de la viña, camino de Jerez, para _ir +a misa_, como ellos decían. Hasta la noche del domingo estaban con sus +familias entregando los _ajorros_ a las mujeres; la parte de jornal que +les restaba después de pagar el _costo_. + +El sacerdote mostraba su extrañeza al ver que los viñadores se habían +quedado en Marchamalo siendo domingo. + +--Porque son muy buenos, padre--dijo el capataz con acento +hipócrita.--Porque quieren mucho al amo, y ha bastado que les dijese yo +de parte de don Pablo lo de la fiesta, pa que los pobrecitos se quedasen +voluntariamente sin ir a sus casas. + +La voz de Dupont llamando a su ilustre amigo el padre Urizábal hizo que +éste abandonase al capataz, dirigiéndose a la iglesia, escoltado por don +Pablo y toda su familia. + +El señor Fermín vio entonces que su hijo paseaba con don Ramón, el jefe +del escritorio, por un sendero. Hablaban de la belleza de las viñas. +Marchamalo volvía a ser lo que en sus tiempos más famosos, gracias a la +iniciativa de don Pablo. La filoxera había matado muchas de las cepas +que eran la gloria de la casa Dupont, pero el actual jefe había plantado +en las vertientes desoladas por el parásito la vid americana, una +innovación nunca vista en Jerez, y el famoso predio volvería a sus +tiempos gloriosos sin miedo a nuevas invasiones. Para esto era la +fiesta; para que la bendición del Señor cubriese con su eterna +protección las colinas de Marchamalo. + +El jefe del escritorio se entusiasmaba contemplando el oleaje de viñedos +y prorrumpía en líricos elogios. Era el encargado de la publicidad de la +casa, y de su pluma de viejo periodista, de vencido intelectual, salían +los prospectos, los folletos, las memorias, las cartas en la cuarta +plana de los periódicos, que pregonaban la gloria de los vinos de Jerez, +y especialmente los de la casa Dupont, pero en un estilo pomposo, +solemne, entonado, que no llegaba a adivinarse si era sincero o una +broma que don Ramón se permitía con su jefe y con el público. Leyéndole, +no había más remedio que creer que el vino de Jerez era tan +indispensable como el pan, y que los que no lo bebían estaban condenados +a una muerte próxima. + +--Mira, Fermín, hijo mío--decía con entonación oratoria.--¡Qué hermosura +de viñas! Me siento orgulloso de prestar mis servicios a una casa que es +dueña de Marchamalo. Esto no se encuentra en ninguna nación, y cuando yo +oigo hablar de los progresos de la Francia, del poder militar de los +alemanes o de la soberbia naval de los ingleses, contesto: «Está bien; +¿pero dónde tienen ellos vinos como los de Jerez?» Todo lo que se diga +es poco de este vino grato a los ojos, gustoso a la nariz, deleite del +paladar y reparo del estómago. ¿No lo crees tú así?... + +Fermín hizo un gesto afirmativo y sonrió, como si adivinase lo que iba a +decirle don Ramón. Se sabía de memoria los períodos oratorios de los +prospectos de la casa, apreciados por don Pablo como las muestras más +gloriosas de la literatura profana. + +Siempre que hallaba ocasión, el viejo empleado los repetía en tono +declamatorio, embriagándose con el paladeo de su propia obra. + +--El vino, Fermín, es la bebida universal por excelencia, la más sana de +todas la que el hombre usa para su nutrición o su recreo. Es la bebida +que mereció los honores de la embriaguez de todo un dios del paganismo. +Es la bebida cantada por los poetas griegos y romanos, la celebrada por +los pintores, la ensalzada por los médicos. En el vino encuentra el +poeta inspiración, el soldado ardimiento, el trabajador fuerza, el +enfermo salud. En el vino halla el hombre goce y alegría y el anciano +fortaleza. El vino excita la inteligencia, aviva la imaginación, +fortifica la voluntad, mantiene la energía. No podemos explicarnos los +héroes griegos ni sus admirables poetas, sino bajo el estímulo de los +vinos de Chipre y de Samos; y la licencia de la sociedad romana nos es +incomprensible sin los vinos de Falerno y de Siracusa. Sólo podemos +imaginarnos la heroica resistencia del paisano aragonés en el sitio de +Zaragoza, sin descanso y sin comida, viendo que, además de la admirable +energía moral de su patriotismo, contaba para su sostén físico con el +porroncillo de vino tinto... Pero dentro de la producción vinícola que +abarca muchos países, ¡qué asombrosa variedad de clases y tipos, de +colores y aromas, y cómo se destaca el Jerez a la cabeza de la +aristocracia de los vinos! ¿No crees tú lo mismo, Fermín? ¿No encuentras +que es justo y está bien dicho todo lo que se me ocurre?... + +El joven asintió. Todo aquello lo había leído muchas veces en la +introducción del gran catálogo de la casa; un cuaderno con vistas de las +bodegas de Dupont, y sus numerosas dependencias, acompañadas de la +historia de la casa y de elogios a sus elaboraciones; la obra maestra de +don Ramón, que el amo regalaba a los clientes y visitantes con una +encuadernación blanca y azul, los colores de las Purísimas pintadas por +Murillo. + +--El vino de Jerez--continuó con acento solemne el jefe del +escritorio--no es un advenedizo, un artículo elevado por la veleidosa +moda; su reputación está de abolengo bien sentada, no sólo como bebida +gratísima, sino como insustituible agente terapéutico. Con la botella de +Jerez se recibe al amigo en Inglaterra, con la botella de Jerez se +obsequia al convaleciente en los países escandinavos, y restauran en la +India los soldados ingleses sus fuerzas agotadas por la fiebre. Los +marinos, con Jerez combaten el escorbuto, y los santos misioneros han +reducido con él en Australia los casos de anemia ocasionados por el +clima y los sufrimientos... ¿Cómo, señores, no ha de realizar tales +prodigios un vino de Jerez de buena y genuina procedencia? En él se +encuentran el alcohol legítimo y natural del vino con las sales que le +son propias; el tanino astringente y los éteres estimulantes, provocando +el apetito para la nutrición del cuerpo, y el sueño para su +restauración. Es, a la vez, un estimulante y un sedante, excelentes +condiciones que no se encuentran reunidas en ningún producto, que al +mismo tiempo sea, como el Jerez, grato al paladar y a la vista. + +Calló un instante don Ramón para tomar aliento y recrearse en el eco de +su elocuencia, pero al instante prosiguió, mirando a Fermín fijamente, +como si éste fuese un enemigo difícil de convencer: + +--Por desgracia, muchas gentes creen paladear el vino de Jerez cuando +beben inmundas sofisticaciones. En Londres, bajo el nombre de Jerez, se +venden líquidos heterogéneos. No podemos transigir con esta mentira, +señores. El vino de Jerez es como el oro. Podemos admitir que el oro sea +puro, de mediana o de baja ley, pero no podemos admitir que se llame oro +al _doublé_. Sólo es Jerez el vino que dan los viñedos jerezanos, que +recrían y añejan sus almacenistas y que exportan, bajo su honrada firma, +casas de intachable crédito, como por ejemplo la de Dupont Hermanos. +Ninguna casa puede compararse con ella: abarca todos los ramos; cultiva +la vid y elabora el mosto; almacena y añeja el vino; se dedica por si +misma a la exportación y a la venta, y además destila mostos, elaborando +su famoso cognac. Su historia abarca cerca de siglo y medio. Los Dupont +constituyen una dinastía; su fuerza no admite auxiliares ni asociados; +planta las vides en terrenos propios, y sus cepas han nacido antes en +viveros de Dupont. La uva se prensa en lagares de Dupont, y los toneles +en que fermenta el vino son fabricados por Dupont. En bodegas de Dupont +se añeja y envejece el vino bajo la vigilancia de un Dupont, y por +Dupont se encasca y se exporta sin la intervención de otro interesado. +Buscad, pues, los vinos legítimos de Dupont en la seguridad de que es la +casa que los conserva, puros y genuinos. + +Fermín reía escuchando a su jefe, lanzado a escape por entre los +fragmentos de prospectos y reclamos, que conservaba en su memoria. + +--¡Pero, don Ramón! ¡Si yo no he de comprar ni una botella!... ¡Si soy +de la casa! + +El jefe del escritorio pareció despertar de su pesadilla oratoria, y rió +lo mismo que su subordinado. + +--Tal vez habrás leído en las publicaciones de la casa mucho de esto, +pero convendrás conmigo en que no está mal del todo. Además--prosiguió +irónicamente,--los grandes hombres vivimos bajo el peso de nuestra +grandeza y como no podemos salir de ella, nos repetimos. + +Miró las extensiones cubiertas de cepas, y continuó con un tono de +sincera alegría: + +--Me satisface que se hayan replantado con vides americanas los grandes +claros que dejó la filoxera. Yo se lo aconsejé muchas veces a don +Pablo. Así aumentaremos dentro de poco la producción, y los negocios, +que marchan bien, aún irán mejor. Ya puede volver la plaga cuando +quiera: por aquí pasará de largo. + +Fermín hizo un gesto que invitaba a la confianza. + +--Con franqueza, don Ramón, ¿en quién cree usted más? ¿en la vid +americana, o en las bendiciones que ese padre les echará a las cepas?... + +Don Ramón miró fijamente al joven como si quisiera verse en sus pupilas. + +--¡Muchachito! ¡muchachito!--dijo con tono severo. + +Después giró la vista en torno con cierta alarma, y continuó en voz baja +como si las cepas pudiesen oírle: + +--Tú ya me conoces: te trato con confianza porque eres incapaz de andar +con soplos y porque has visto mundo y te has desasnado en el extranjero. +¿A qué me vienes con preguntas? Ya sabes que callo y dejo rodar las +cosas. No tengo derecho a más. La casa Dupont es mi refugio: si saliese +de ella, tendría que volver con toda mi prole a la miseria desesperada +de Madrid. Estoy aquí como un vagabundo que encuentra posada y toma +buenamente lo que le dan, sin permitirse criticar a sus bienhechores. + +El recuerdo del pasado, con sus ilusiones y sus alardes de +independencia, despertaba en él cierto rubor. Para tranquilizarse a sí +mismo quería explicar el cambio radical de su vida. + +--Me retiré, Fermín, y no me arrepiento. Aún quedan muchos de los que +fueron mis compañeros de miserias y entusiasmos, que siguen fieles al +pasado con una consecuencia que es testarudez. Pero ellos han nacido +para héroes y yo no soy más que un hombre que considera el comer como la +primera función de la vida... Además, me cansé de escribir por la gloria +y las ideas, de sudar para los demás y vivir en perpetua pobreza. Un día +me dije que sólo se puede trabajar para ser grande hombre o para comer. +Y como estaba convencido de que el mundo no podía sentir la más leve +emoción por mi retirada, ni había llegado a enterarse de que existo, +recogí los bártulos que yo titulaba ideales, me decidí a comer, y +aprovechando ciertos bombos dados por mí en los periódicos a la casa +Dupont, me metí en ello para siempre, y no puedo quejarme. + +Don Ramón creyó ver en los ojos de Fermín cierta repugnancia por el +cinismo con que se expresaba y se apresuró a añadir: + +--Yo soy quien soy, muchacho. Si me rascan, aparecerá el de antes. +Créeme: el que muerde la fatal manzana de que hablan esos señores amigos +de nuestro principal, no se quita jamás el gusto de los labios. Se +cambia de envoltura para seguir viviendo, pero de alma ¡nunca! El que +duda una vez, y razona y critica, ese ya no cree jamás como los devotos +sinceros; cree porque se lo aconseja la razón, o porque se lo imponen +sus conveniencias. Por esto, cuando veas a uno, como yo, hablar de fe y +de creencias, di que miente porque le conviene, o que se engaña a sí +mismo para proporcionarse cierta tranquilidad... Fermín, hijo mío; el +pan no me lo gano dulcemente, sino a costa de bajezas de alma, que me +dan vergüenza. ¡Yo, que en _mis tiempos_ era de una altivez y una virtud +con púas de erizo!... Pero piensa que llevo a cuestas a mis hijas, que +quieren comer y vestir y todo lo demás que es necesario para atrapar a +un marido, y que mientras éste no se presente debo mantenerlas aunque +sea robando. + +Don Ramón creyó ver de nuevo en su amigo un gesto de conmiseración. + +--Despréciame cuanto quieras: los jóvenes no entendéis ciertas cosas; +podéis ser puros, sin que por esto sufran más que vuestras personas... +Además, muchacho; yo no estoy arrepentido de lo que llaman mi apostasía. +Soy un desengañado... ¿Sacrificarse por este pueblo? ¡Para lo que +vale!... He pasado media vida rabiando de hambre y esperando la _gorda_. +A ver, dime tú, ¿cuándo se ha levantado de veras este país? ¿Cuándo +hemos tenido una revolución?... La única de verdad fue el año 8, y si el +país se sublevó fue porque se le llevaban secuestrados unos cuantos +príncipes e infantes, que eran bobos de nacimiento y malvados por +instinto hereditario; y la bestia popular derramó su sangre para que +volviesen esos señores, que agradecieron tantos sacrificios enviando a +unos a presidio y a otros a la horca. ¡Famoso pueblo! Anda y sacrifícate +esperando algo de él... Después ya no se han visto revoluciones; todo +han sido pronunciamientos del ejército, motines por el medro o por +antagonismo personal, que si sirvieron de algo fue indirectamente, por +apoderarse de ellos las corrientes de opinión. Y como ahora los +generales ya no se sublevan, porque tienen todo lo que quieren, y cuidan +en lo alto de halagarles, aleccionados por la Historia, ¡se acabó la +revolución! Los que trabajan por ella sudan y se fatigan con tanto éxito +como si sacasen agua en espuertas... ¡Saludo a los héroes desde la +puerta de mi retiro!... pero no doy ni un paso para acompañarles. Yo no +pertenezco a su gloriosa clase; soy ave de corral tranquila y bien +cebada, y no me arrepiento de ello cuando veo a mi antiguo camarada +Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, vestido de invierno en el +verano, y de verano en invierno, comiendo pan y queso, con una celda +reservada en todos las cárceles de la Península y molestado a cada paso +por la vigilancia... Muy bonito; los periódicos publican el nombre del +héroe, tal vez la historia llegue a hablar de él, pero yo prefiero mi +mesa en el escritorio, mi sillón, que me hace pensar en los canónigos +reunidos en el coro, y la generosidad de don Pablo, que es espléndido +como un príncipe con los que saben llevarle el aire. + +Fermín, molestado por el tono irónico con que aquel vencido, satisfecho +de su servidumbre, hablaba de Salvatierra, iba a contestarle, cuando en +lo alto de la explanada sonó la voz imperiosa de Dupont y las fuertes +palmadas del capataz llamando a su gente. + +La campana lanzaba en el espacio el tercer toque. Iba a comenzar la +misa. Don Pablo, desde los peldaños de la capilla, abarcó en una mirada +a todo su rebaño y entró en ella con apresuramiento, pues quería +edificar a la gente ayudando la misa. + +La muchedumbre de trabajadores llenó la capilla, permaneciendo todos de +pie, con un gesto hosco que hacía perder a Dupont, en ciertos momentos, +toda esperanza de que aquella gente agradeciese los cuidados que tenía +con sus almas. + +Cerca del altar, sentadas en rojos sillones, estaban las señoras de la +familia, y detrás los parientes y los empleados. El ara estaba adornada +con hierbas del monte y flores del invernadero del hotel de los Dupont. +El acre perfume de los ramos silvestres, mezclábase con el olor de carne +fatigada y sudorosa que exhalaba el amontonamiento de los jornaleros. + +De vez en cuando, María de la Luz abandonaba la cocina para correr a la +puerta de la iglesia y oír un _cachito de misa_. Empinándose sobre las +puntas de los pies, pasaba su vista por encima de todas las cabezas para +fijarse en Rafael, que estaba al lado del capataz, en las gradas que +conducían al altar, como una barrera entre el señorío y la pobre gente. + +Luis Dupont, muy estirado, detrás del sillón de su tía, al ver a María +de la Luz la hizo varios gestos, llegando a amenazarla con la mano. ¡Ah, +maldito guasón! Siempre el mismo. Hasta el instante de la misa había +estado en la cocina importunándola con sus bromas, como si aún durasen +los juegos de la infancia. En algunos momentos había tenido que +amenazarle entre risueña y ofendida por tener las manos largas. + +Pero María de la Luz no podía permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. +La reclamaban las gentes de la cocina al no encontrar las cosas más +indispensables para sus guisos. + +Avanzaba la misa. La señora viuda de Dupont enternecíase viendo la +humildad, la gracia cristiana con que su Pablo cambiaba de sitio el +misal o manejaba las vinajeras. ¡Un hombre que era el primer millonario +de su país, dando a los pobres este ejemplo de humildad para los +sacerdotes de Dios; sirviendo de acólito al padre Urizábal! Si todos los +ricos hiciesen lo mismo, de otro modo pensarían los trabajadores, que +sólo sienten odios y deseos de venganza. Y emocionada por la grandeza de +su hijo, bajaba los ojos suspirando, próxima a llorar. + +Terminada la misa, llegó el momento de la gran ceremonia. Iban a ser +bendecidas las viñas para librarlas del peligro de la filoxera... +después de haberlas plantado de vid americana. + +El señor Fermín salió apresuradamente de la capilla e hizo arrastrar +hasta la puerta varios serones que el día anterior habían traído de +Jerez. Estaban llenos de cirios, y el capataz fue distribuyéndolos entre +los viñadores. + +Bajo la luz esplendorosa del sol comenzaron a brillar, como pinceladas +rojas y opacas, las llamas de la cera. Se formaron en dos filas los +jornaleros, y guiados por el señor Fermín, emprendieron una marcha +lenta, viña abajo. + +Las señoras, agrupadas en la plazoleta, con todas sus criadas y María de +la Luz, contemplaban la salida de la procesión, el lento desfile de las +dos hileras de hombres, con la cabeza baja y el cirio en la mano, unos +con chaqueta de paño pardo, otros en cuerpo de camisa y un pañuelo rojo +al cuello, llevando todos su sombrero apoyado en el pecho. + +El señor Fermín que iba a la cabeza de la procesión, estaba ya en mitad +de la cuesta, cuando apareció en la entrada de la capilla el grupo más +interesante; el padre Urizábal, con una capa de claveles rojos y dorados +deslumbrantes, y junto a él Dupont, empuñando su cirio como una espada, +mirando a todos lados imperiosamente, para que la ceremonia marchase +bien y no la desluciera el menor descuido. + +Detrás, como un cortejo de honor, marchaban todos sus parientes y +empleados, con el gesto compungido. Luis era el que se mostraba más +grave. El se reía de todo, menos de las cosas de la religión, y esta +ceremonia le enternecía por su carácter extraordinario. Había recibido +una excelente enseñanza de los Padres de la Compañía. «Su fondo era +bueno», como decía don Pablo cuando le hablaban de las calaveradas de su +primo. + +El padre Urizábal, abrió el libro que llevaba sobre el pecho, el _Ritual +Romano_, y comenzó a recitar la _Letanía de los Santos_, la Letanía +grande, como la titulan las gentes de la iglesia. + +Dupont ordenó con el gesto a todos los que le rodeaban, que le siguiesen +fielmente en sus respuestas al sacerdote. + +--_¡Sancte Michael!_... + +--_Ora pro nobis_--contestó el amo con voz firme, mirando a sus +acompañantes. + +Estos repitieron las mismas palabras, y el _Ora pro nobis_ se extendió +como un rugido, hasta la cabeza de la procesión, donde el señor Fermín, +parecía llevar el compás de tantas voces. + +--_¡Sancte Raphael!_... + +--_Ora pro nobis._ + +--_¡Omnes sancti Angeli et Archangeli!_... + +Ahora, en vez de ser un santo el invocado, eran muchos, y Dupont erguía +su cabeza y gritaba más fuerte, para que todos se enterasen, no +cometiendo error en la respuesta. + +--_Orate pro nobis._ + +Pero sólo los que rodeaban a don Pablo, podían seguir sus indicaciones. +El resto de la procesión avanzaba lentamente, saliendo de sus filas un +rugido cada vez más desgarrado con sonoridades burlescas y temblores +irónicos. + +A las pocas frases de la letanía, los jornaleros, aburridos de la +ceremonia, con el cirio hacia abajo, contestaban automáticamente, +imitando unas veces el ruido del trueno y otras un chillido de vieja, +que hacía a muchos de ellos llevarse el sombrero a la cara. + +--_¡Sancte Jacobe!_--cantaba el sacerdote. + +--_¡Nooobis!_--rugían los viñadores, con burlescas inflexiones de voz, +sin perder la gravedad de sus caras atezadas. + +--_¡Sancte Barnaba!_... + +--_¡Obis! ¡obis!_--contestaban a lo lejos los jornaleros. + +El señor Fermín, aburrido también de la ceremonia, fingía enfadarse. + +--¡A ver! ¡que haya formaliá!--decía encarándose con los más +audaces.--Pero, condenaos, ¿no véis que el amo va a conosé que le tomáis +er pelo?... + +Pero el amo no se daba cuenta de nada, cegado por la emoción. La vista +de las dos filas de hombres marchando entre las cepas y el canto +reposado del sacerdote, conmovían su alma. Las llamas de los cirios +temblaban sin color y sin luz como fuegos fatuos retrasados en su viaje +nocturno y sorprendidos por el día: la capa del jesuita brillaba bajo +el sol como el caparazón de un insecto enorme, blanco y dorado. La +sagrada ceremonia conmovía a Dupont hasta el punto de agolpar las +lágrimas a sus ojos. + +--Muy hermoso, ¿verdad?--suspiró en una pausa de la letanía, sin ver a +los que le rodeaban, dejando caer al azar la expresión de su entusiasmo. + +--¡Sublime!--se apresuró a murmurar el jefe del escritorio. + +--¡Primo... de chipén!--añadió Luis.--Esto parece una cosa de teatro. + +Dupont, a pesar de su emoción no se olvidaba de marcar las respuestas de +la letanía ni de atender al cuidado del sacerdote. Le tomaba del brazo +para guiarle en las desigualdades del terreno; evitaba que su capa +enganchase en los sarmientos sus bordados de realce. + +--_¡Ab ira, et odio, et omni mala voluntate!..._--cantaba el sacerdote. + +Había que variar la respuesta, y Dupont, con todos los suyos, +contestaba: + +--_Libera nos, Domine._ + +Mientras tanto, el resto de la procesión seguía respondiendo, con +irónica tenacidad, su _Ora pro nobis_. + +--_¡A spiritu fornicationis!_--dijo el padre Urizábal. + +--_Libera nos, Domine_--contestaron compungidos Dupont y todos los que +entendieron esta súplica al Altísimo, mientras una mitad de la +procesión rugía desde lejos: + +--_Nooobis... obis._ + +El capataz marchaba ahora cuesta arriba, guiando su gente hacia la +explanada. + +Formáronse en grupos los viñadores, en torno del aljibe, que elevaba +sobre la replaza su gran aro de hierro, rematado por una cruz. Al llegar +arriba el sacerdote con su séquito, Dupont abandonó el cirio para +arrebatar al gañán encargado del cuidado de la capilla, el hisopo y el +caldero de agua bendita. Él serviría de sacristán a su sabio amigo. Le +temblaban las manos de emoción al apoderarse de los sagrados objetos. + +El capataz, y muchos de los viñadores, adivinando que había llegado el +momento supremo de la ceremonia, abrían desmesuradamente los ojos +esperando ver algo extraordinario. + +Mientras tanto, el sacerdote volvía las hojas de su libro, sin encontrar +la oración apropiada al caso. El Ritual era minucioso. La Iglesia se +parapetaba en todas las avenidas de la vida: oraciones para las mujeres +de parto, para el agua, para las luces, para las casas nuevas, para +barcos recién construidos, para la cama de los desposados, para los que +parten de viaje, para el pan, para los huevos, para toda clase de +comestibles. Por fin, encontró en el Ritual lo que buscaba: _Benedictio +super fruges et vineas._ + +Y Dupont sentía cierto orgullo al pensar que la Iglesia tenía su +oración en latín para las viñas, como si hubiese presentido a muchos +siglos de distancia que nacería en Jerez un siervo de Dios, gran +productor de vinos, que necesitaría de sus preces. + +--_Adjutorium nostrum in nomine Domine_--dijo el sacerdote mirando a su +rico acólito con el rabillo del ojo, pronto a indicarle la respuesta. + +--_Qui fecit coelum et terram_--contestó Dupont sin vacilar, +recordando las palabras cuidadosamente aprendidas. + +Aún respondió a otras dos invocaciones del sacerdote, y éste fue leyendo +con lentitud el _Oremus_, pidiendo la protección de Dios para las viñas +y recomendándole que guardase sus uvas hasta la madurez. + +--_Per Christum Dominum nostrum..._--terminó el jesuita. + +--_Amen_--contestó Dupont con el rostro contraído, haciendo esfuerzos +para que no le saltasen las lágrimas. + +El padre Urizábal empuñó el hisopo, humedeciéndolo en el calderillo y se +irguió como para dominar mejor la extensión de viñas que abarcaba su +vista desde la explanada. + +--_Asperges..._--y musitando entre dientes el resto de la invocación, +echó delante de él una rociada en el espacio. + +--_Asperges... Asperges..._--y dio hisopazos a derecha e izquierda. + +Después, recogiéndose la capa y sonriendo a las señoras, con la +satisfacción del que da por terminado su trabajo, se dirigió a la +capilla seguido por el sacristán, portador otra vez del hisopo y el +caldero. + +--¿Esto sa acabao?--preguntó flemáticamente al capataz, un viñador +viejo, de rostro grave. + +--Sí: sa acabao. + +--De modo, ¿que ya no tiene más que icir el pare cura?... + +--Creo que no. + +--Güeno... ¿Y podemos dirnos? + +El señor Fermín, después de hablar con don Pablo, volvió hacia los +grupos de trabajadores, dando palmadas. ¡A volar! La fiesta había +terminado para ellos. Podían ir a la otra _misa_, a ver a sus mujeres; +pero a la noche todos en la viña para continuar el trabajo de buena +mañana. + +--Llevaos las velas--añadió.--El señor os las regala para que vuestras +familias las guarden como recuerdo. + +Los trabajadores comenzaron a desfilar ante Dupont, con sus cirios +apagados. + +--Muchas gracias--decían algunos, llevándose la mano al sombrero. + +Y el tono de su voz era tal, que no sabían los que rodeaban a Dupont si +éste llegaría a ofenderse. + +Pero don Pablo aún estaba bajo la presión de sus emociones. Dentro de la +torre terminaban los preparativos del banquete, pero él no podría +comer. ¡Qué día, amigos! ¡Qué espectáculo sublime! Y mirando los +centenares de trabajadores que iban viña abajo, daba salida libre a sus +entusiasmos. + +Allí acababa de verse una imagen de lo que debía ser la sociedad. Los +amos y los criados, los ricos y los pobres unidos todos en Dios, +amándose con fraternidad cristiana, conservando cada cual su jerarquía y +la parte de bienestar que el Señor hubiera querido concederles. + +Los viñadores caminaban apresuradamente. Algunos corrían para +adelantarse a sus compañeros, llegando cuanto antes a la ciudad. Desde +la noche anterior que les esperaban en Jerez. Habían pasado la semana +pensando en el sábado, en la vuelta a casa, para sentir el calor de la +familia, después de seis días de amontonamiento. + +Era el único consuelo del pobre, el triste descanso de una semana de +fatigas, y les habían robado una noche y una mañana. Sólo les quedaban +unas cuantas horas: así que anocheciese tenían que estar de vuelta en +Marchamalo. + +Al salir de las tierras de Dupont y verse en la carretera, los hombres +rompieron a hablar. Detuviéronse un instante para fijar su vista en lo +alto de la colina, donde se destacaban las figuras de don Pablo y sus +empleados, empequeñecidas por la distancia. + +Los viñadores más jóvenes miraban con desprecio el cirio regalado, y +apoyándolo cerca del vientre, lo movían con cinismo, apuntando a lo +alto. + +--¡Pa ti!... ¡pa ti!... + +Los viejos prorrumpían en amenazas sordas. + +--¡Mala puñalá te den, beato roío! ¡Anda a que te... zurzan, ladrón!... + +Y Dupont, desde lo alto, abarcaba en una mirada lacrimosa sus campos, +sus centenares de trabajadores que se detenían en el camino sin duda +para saludarle, y participaba su emoción a los allegados. + +¡Un gran día, amigos míos! ¡Un espectáculo conmovedor! El mundo, para +marchar bien, debía organizarse con arreglo a las sanas tradiciones... +Lo mismo que su casa. + + + + +V + + +Un sábado por la tarde, Fermín Montenegro, al salir del escritorio +encontró a don Fernando Salvatierra. + +El maestro dirigíase a las afueras de la ciudad para dar un largo paseo. +Trabajaba gran parte del día en traducciones del inglés o escribiendo +artículos para los periódicos de la _idea_; una faena que le producía lo +necesario para el pan y el queso, permitiéndole además auxiliar al +_compañero_ que le alojaba en su casucha y a otros _compañeros_ no menos +pobres que le asediaban con frecuencia, demandándole apoyo en nombre de +la solidaridad. + +Su único placer, después del trabajo, era el paseo; pero un paseo de +horas, casi un viaje, hasta bien cerrada la noche, apareciendo +inesperadamente en cortijos situados a varias leguas de la ciudad. + +Los amigos huían de acompañar en sus excursiones a aquel andarín ágil, +de piernas incansables, que proclamaba la marcha como el más eficaz de +los remedios, y hablaba de Kant, presentando como un ejemplo los paseos +de cuatro horas que daba el filósofo todos los días, llegando sano a una +extrema vejez gracias a este apacible ejercicio. + +Salvatierra, al saber que Fermín no tenía ninguna ocupación inmediata, +le invitó a acompañarle. Iba hacia los llanos de Caulina. Le gustaba más +el camino de Marchamalo y estaba seguro de que su viejo camarada, el +capataz, le recibiría con los brazos abiertos; pero no ignoraba los +sentimientos de Dupont hacia él y quería evitarle un disgusto. + +--Tú mismo, muchacho--continuó don Fernando,--te expones a un sermón, si +Dupont sabe que paseas conmigo. + +Fermín hizo un movimiento de hombros. Estaba acostumbrado a los enfados +de su principal y a las pocas horas de escucharle ya no se acordaba de +sus palabras. Además, hacía tiempo que no había hablado con don Fernando +y le placía pasear con él en este suave atardecer de primavera. + +Los dos salieron de la ciudad, y después de seguir las cercas de las +pequeñas viñas con sus casitas de recreo entre grupos de árboles, vieron +extenderse ante sus ojos las planicies de Caulina como una estepa verde. +Ni un árbol, ni un edificio. La llanura esparcíase hasta las montañas +que, esfumadas por la distancia, cerraban el horizonte; inculta, +salvaje, con la solemnidad monótona de la tierra abandonada. + +Los hierbajos cubrían el suelo en apretadas marañas, matizando la +primavera su verde oscuro con el blanco y el rojo de las flores +silvestres. Las piteras y chumberas, plantas rudas y antipáticas de los +países abandonados, amontonaban en los bordes del camino una vegetación +puntiaguda y agresiva. Sus vástagos rectos y cimbreantes, con un pompón +de blancas cazoletas, sustituían a los árboles en aquella inmensidad +horizontal y monótona no cortada por ondulación alguna. Esparcidos a +largas distancias, apenas si se destacaban como negras verrugas los +chozones y ranchos de los pastores, hechos de ramaje y tan bajos de +techumbre que parecían viviendas de reptiles. Aleteaban las palomas +torcaces en el cielo alegre de la tarde. Las nubes se contorneaban con +un ribete de oro, reflejando el sol poniente. + +Unos alambres interminables iban de poste en poste, casi a ras de +tierra, marcando los límites de la llanura, repartida en proporciones +gigantescas. Y en estos cercados de término indefinido, que no podían +abarcarse con los ojos, movíanse los toros con paso tardo, o permanecían +inmóviles en el suelo, empequeñecidos por la distancia, como caídos de +una caja de juguetes. El cencerro de los cabestros hacía palpitar con +lejana ondulación el silencio de la tarde, dando una nueva nota +melancólica al paisaje muerto. + +--Mira, Fermín--dijo Salvatierra irónicamente.--_¡Andalucía la alegre!_ +¡Andalucía la fértil!... + +Millares de hombres sufrían el tormento del hambre, víctimas del jornal, +por no tener campos que cultivar; y la tierra reservábase para las +bestias, en los alrededores de una ciudad civilizada. Pero no era el +buey pacífico que fabrica carne para el sustento del hombre, el animal +dominador de aquella llanura, sino el toro bravo que había de lidiarse +en los circos y cuya fiereza cultivaba el ganadero, esforzándose por +acrecentarla. + +En la inmensa planicie, cabían holgadamente cuatro pueblos y podían +alimentarse centenares de familias; pero la tierra era de los animales, +cuyo salvajismo mantenía el hombre para solaz de los desocupados, dando +a su industria un carácter patriótico. + +--Hay gentes visionarias--continuó Salvatierra--que sueñan con traer a +estas llanuras el agua que se pierde en las montañas y establecer en +tierras propias a toda la horda de desesperados que engañan el hambre +con el gazpacho de la gañanía. ¡Y esperan hacer esto dentro de la +organización existente! ¡Y aun muchos de ellos me llaman iluso!... El +rico tiene sus cortijos y sus viñas y necesita del hambre, que es su +aliada, para que le proporcione los esclavos del jornal. El ganadero, +por su parte, necesita mucha tierra inculta para criar sus fieras, que +la pagan no por su carne, sino en razón de su salvajismo. Y los +poderosos que poseen el dinero, tienen interés en que todo continúe lo +mismo, y así seguirá. + +Salvatierra reía recordando lo que había oído sobre el progreso de su +país. En los cortijos se veían máquinas agrícolas de los más recientes +modelos, y los periódicos, pagados por los ricos, deshacíanse en elogios +de las grandes iniciativas de sus protectores en pro del desarrollo +agrícola. Mentira, todo mentira. La tierra se cultivaba peor que en +tiempo de los moros. Los abonos no se conocían: se hablaba de ellos con +desprecio, como invenciones modernas, contrarias a las buenas +tradiciones. El cultivo intensivo de otros pueblos era considerado como +un ensueño. Se araba a estilo bíblico; dejábase a la tierra que +produjera a su capricho, compensando lo débil de la cosecha con la gran +extensión de las propiedades y lo irrisorio del jornal. + +Únicamente se habían aceptado los adelantos del progreso mecánico, como +una arma de combate contra el enemigo, contra el trabajador. En los +cortijos no existía otro utensilio moderno que las trilladoras. Eran la +artillería gruesa de la gran propiedad. La trilla al sistema antiguo, +con sus manadas de yeguas rodando en la era, duraba meses enteros, y los +gañanes escogían esta época para pedir algún mejoramiento, amenazando +con la huelga, que dejaba las cosechos a la intemperie. La trilladora, +que realizaba en dos semanas el trabajo de dos meses, daba al amo la +seguridad de la recolección. Además, ahorraba brazos y equivalía a una +venganza contra la gente levantisca y descontenta, que acosaba a las +personas decentes con sus imposiciones. Y en el _Círculo Caballista_ +hablaban los grandes propietarios de los adelantos del país y de sus +máquinas, que sólo servían para recoger y asegurar las cosechas, nunca +para sembrarlas y fomentarlas, presentando hipócritamente este ardid de +guerra como un progreso desinteresado. + +La gran propiedad empobrecía el país, manteniéndolo anonadado bajo su +brutal pesadumbre. La ciudad era la urbe del tiempo romano, rodeada de +leguas y más leguas de terreno, sin un pueblo, sin una aldea; sin otras +aglomeraciones de vida que los cortijos, con sus siervos del jornal, +mercenarios de la miseria, que se veían reemplazados apenas los +debilitaba la vejez o la fatiga; más tristes que el antiguo esclavo, que +al menos veía seguros hasta su muerte el techo y el pan. + +La vida se concentraba en la ciudad, como si la guerra asolase los +campos y sólo dentro de sus muros se considerase segura. El antiguo +latifundo enseñoreado del suelo, poblaba la campiña de hordas cuando lo +exigían las faenas. Al terminar éstas, un silencio de muerte caía sobre +las inmensas soledades, retirándose las bandos de jornaleros a los +pueblos de la sierra, para maldecir de lejos a la ciudad opresora. Otros +mendigan en ella, viendo de cerca la riqueza de los amos, sus +ostentaciones bárbaras que incubaban en las almas de los pobres un deseo +de exterminio. + +Salvatierra detenía el paso para volver la vista atrás y contemplar la +ciudad, que destacaba su blanco caserío, la arboleda de sus jardines +sobre el cielo rosa y oro de la puesta del sol. + +--¡Ah, Jerez! ¡Jerez!--dijo el rebelde.--¡Ciudad de millonarios, rodeada +de una horda inmensa de mendigos!... Lo extraño es cómo estás ahí, tan +blanca y tan bonita, riendo de todas las miserias, sin que te hayan +prendido fuego... + +La campiña dependiente de la ciudad, que abarcaba casi una provincia, +era de ochenta propietarios. En el resto de Andalucía ocurría lo mismo. +Muchas familias de rancia nobleza habían guardado la propiedad feudal, +las grandes extensiones adquiridas por sus ascendientes, con sólo +galopar, lanza en ristre, matando moros. Otras grandes propiedades +habían sido formadas por los compradores de bienes nacionales, o los +agitadores políticos del campo, que se cobraban sus servicios en las +elecciones haciéndose regalar por el Estado los montes y los terrenos +públicos, sobre los cuales vivían pueblos enteros. En ciertos sitios de +la sierra encontrábanse poblaciones abandonadas, con las casas +desplomándose, como si por ellas hubiese pasado una epidemia. El +vecindario había huido lejos, en busca de la servidumbre del jornal, +viendo convertirse en dehesa de un rico influyente los terrenos públicos +que daban el pan a sus familias. + +Y esta pesadumbre de la propiedad, desmesurada y bárbara, aun se hacía +tolerable en ciertos lugares de Andalucía, por estar lejos los amos, por +vivir en Madrid de las rentas que les enviaban aparceros y +administradores, contentándose con el producto de unos bienes que no +habían visto y que por su extensión rendían mucho de todas suertes. + +Pero en Jerez, el rico estaba sobre el pobre a todas horas, para hacerle +sentir su influencia. Era un centauro rudo, orgulloso de su fuerza, que +buscaba el combate, se embriagaba en él y gozaba desafiando la cólera +del hambriento, para domeñarle como a los potros salvajes en el +herradero. + +--El rico de aquí es más gañán que el trabajador--decía Salvatierra.--Su +animalidad gallarda e impulsiva hace aún más dolorosa la miseria. + +La riqueza era más visible allí que en otras partes. Los cultivadores +del vino, los dueños de bodegas, los exportadores, con sus fortunas +extraordinarias y sus despilfarros ostentosos, amargaban la pobreza de +los desgraciados. + +--Los que dan dos reales a un hombre por el trabajo de todo un +día--continuó el revolucionario--pagan hasta cincuenta mil reales por un +caballo de fama. Yo he visto las gañanías y he visto muchas cuadras de +Jerez, donde guardan esas bestias que no son de utilidad, y sólo sirven +para halagar el orgullo de sus amos. Créeme, Fermín: hay en esta tierra +miles de seres racionales, que al acostarse con los huesos doloridos en +la esterilla del cortijo, quisieran despertar transformados en caballos. + +Él no aborrecía absolutamente las grandes propiedades. Eran una +facilidad para el comunismo de la tierra, ensueño generoso cuya +realización creía muchas veces próxima. Cuanto más reducido fuese el +número de los propietarios del suelo, más fácilmente se resolvería el +problema e interesarían menos los lamentos de los desposeídos. + +Pero la solución estaba lejos, y mientras tanto, indignábanle la +creciente miseria, la abyección moral de los siervos de la tierra. Le +asombraba la ceguera de las gentes felices aferradas al pasado. Dando la +posesión del suelo en pequeñas partes a los trabajadores, como en otras +comarcas de España, retardarían por siglos la revolución en los campos. +El pequeño cultivador que ama su pedazo de suelo como una prolongación +de la familia, es áspero y hostil a toda innovación revolucionaria, más +aún que el verdadero rico. Toda idea nueva la considera un peligro para +su pobre bienestar y la repele ferozmente. Dando a aquellas gentes la +posesión del suelo, se retrasaría el momento de la suprema Justicia con +que soñaba Salvatierra; pero aunque así fuese, su alma de bienhechor +consolábase pensando en los alivios momentáneos de la miseria. Surgirían +pueblos en las soledades, desaparecerían aquellos cortijos aislados, con +su aspecto huraño de cuartel o de presidio, y las bestias volverían a +la sierra, dejando el llano para el sustento del hombre. + +Pero Fermín, al escuchar a su maestro, movía la cabeza con signos +negativos. + +--Todo seguirá lo mismo--dijo el joven.--A los ricos no les importa nada +el porvenir, ni creen necesaria ninguna precaución para retardarlo. +Tienen los ojos en el cogote, y si algo ven, es hacia atrás. Mientras +los gobernantes surjan de su clase y tengan a su servicio los fusiles +que pagamos todos, se ríen de las rebeldías de abajo. Además, conocen a +la gente. + +--Eso que tú dices--repuso Salvatierra;--conocen a la gente y no la +temen. + +El revolucionario pensaba en el _Maestrico_, en aquel muchacho que había +visto escribir trabajosamente a la luz del candil, en la gañanía de +Matanzuela. Tal vez aquella alma simple contemplaba mejor el porvenir al +través de su sencilla fe, que él con su indignación, que ansiaba +destruir inmediatamente todo lo malo. Lo primero era crear hombres +nuevos, antes de ir a la supresión del mundo caduco. Y pensando en la +muchedumbre miserable y sin voluntad, hablaba con cierta tristeza. + +--En vano se han intentado revoluciones en esta tierra. El alma de +nuestras gentes es la misma que en tiempo de los señoríos. Guardan en lo +más hondo la resignación del siervo. + +Aquella tierra era la del vino, y Salvatierra, con su frialdad de +sobrio, maldecía la influencia que ejercía sobre la gente el veneno +alcohólico, transmitiéndose de generación en generación. La bodega era +la moderna fortaleza feudal que mantenía a las masas en la servidumbre y +la abyección. Los entusiasmos, los crímenes, la alegría, los amores, +todo era producto del vino, como si aquel pueblo, que aprendía a beber +apenas soltaba el pecho de la madre y contaba las horas del día por el +número de copas, careciera de pasiones y de afectos, fuese incapaz de +moverse y sentir por propio impulso, necesitando para todos sus actos el +resorte de la bebida. + +Salvatierra hablaba del vino como de un personaje invisible y +omnipotente, que intervenía en todas las acciones de aquellos autómatas, +soplando en su pensamiento, limitado y vivaracho como el de un pájaro; +empujándolos lo mismo al desaliento, que a la desordenada alegría. + +Los hombres inteligentes que podían servir de pastores a los de abajo, +mostraban en su juventud aspiraciones generosas, pero apenas entraban en +edad eran víctimas de la epidemia de la tierra: se convertían en +_manzanilleros_ famosos, no logrando que funcionase su cerebro más que a +impulsos de la excitación alcohólica. En plena madurez mostrábanse +decrépitos, con las manos temblonas, casi paralíticos, los ojos +enrojecidos, la vista oscurecida y el pensamiento difuso, como si el +alcohol envolviese en nubes su cerebro. Y, víctimas alegres de esta +esclavitud, alababan aún el vino como el remedio más seguro para +fortalecer la vida. + +El rebaño de la pobreza no podía gozar de este placer de los ricos; pero +lo envidiaba, soñando con la embriaguez como la mayor de las +felicidades. En sus momentos de cólera, de protesta, bastaba poner el +vino al alcance de sus manos para que todos sonriesen viendo dorada y +luminosa su miseria al través del vaso lleno de oro líquido. + +--¡El vino!--exclamaba Salvatierra.--Ese es el mayor enemigo de este +país: mata las energías, crea engañosas esperanzas, acabo con la vida +prematuramente: todo lo destruye; hasta el amor. + +Fermín sonreía escuchando a su maestro. + +--¡No tanto, don Fernando!... Reconozco, sin embargo, que es uno de +nuestros males. Puede decirse que llevamos la afición en la sangre. Yo +mismo, confieso mi vicio: me gusta una copa ofrecida por los amigos... +Es la enfermedad de la tierra. + +El revolucionario, arrastrado por el curso tumultuoso de sus +pensamientos, olvidaba el vino para arremeter contra otro enemigo: la +resignación ante la injusticia, la mansedumbre cristiana de los +desgraciados. + +--Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron +de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y +hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y +el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin +cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el +femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran +sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para +siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No +pidáis a los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos +el remedio de vuestros males». + +Salvatierra se exaltaba, elevando su voz en el silencio del crepúsculo. +El sol se había ocultado, dejando sobre la ciudad una aureola de +incendio. Por la parte de la sierra destacábase en un cielo de color de +violeta la primera estrella anunciadora de la noche. El revolucionario +la miraba, como si fuese el astro que había de guiar hacia más amplios +horizontes la muchedumbre del llanto y del dolor; la estrella de la +Justicia, alumbrando pálida e indecisa la lenta partida de los rebeldes, +y agrandándose hasta convertirse en un sol, así como se aproximaban a +ella, escalando alturas, aplastando privilegios, derribando dioses. + +Los grandes ensueños de la Poesía acudían a la memoria de Salvatierra y +hablaba de ellos a su acompañante con la voz trémula y sorda de un +profeta en plena visión. + +Un estremecimiento de las entrañas de la tierra había conmovido un día +al mundo antiguo. Los árboles gimieron en los bosques, agitando sus +melenas de hojas, como plañideras desesperadas; un viento fúnebre rizó +los lagos y la superficie azul y luminosa del mar clásico que había +arrullado durante siglos en las playas griegas los diálogos de los +poetas y los filósofos. Un lamento de muerte rasgó el espacio, llegando +a los oídos de todos los hombres. «_¡El gran Pan ha muerto!..._» Las +sirenas se sumergieron para siempre en las glaucas profundidades, las +ninfas huyeron despavoridas a las entrañas de la tierra para no volver +jamás, y los templos, blancos, que cantaban como himnos de mármol la +alegría de la vida bajo el torrente de oro del sol, se entenebrecieron, +sumiéndose en el silencio augusto de las ruinas. «Cristo ha nacido», +gritó la misma voz. Y el mundo fue ciego para todo lo exterior, +reconcentrando su vista en el alma; y aborreció la materia como pecado +vil, y oprimió los sentimientos más puros de la vida, haciendo de su +amputación una virtud. + +El sol siguió brillando, pero pareció menos luminoso a la humanidad, +como si entre ella y el astro se interpusiera un velo fúnebre. La +naturaleza continuó su obra creadora, insensible a las locuras de los +hombres; pero éstos no amaron otras flores que las que transparentaban +la luz en las vidrieras de las ojivas, ni admiraron más árboles que las +palmeras de piedra que sostenían las bóvedas de las catedrales. Venus +ocultó sus desnudeces de mármol en las ruinas del incendio, esperando +renacer tras un sueño de siglos, bajo el arado del rústico. El tipo de +belleza fue la virgen infecunda y enferma, enflaquecida por el ayuno; la +religiosa, pálida y desmayada como el lirio que sostenían sus manos de +cera, con los ojos lacrimosos, agrandados por el éxtasis y el dolor de +ocultos cilicios. + +El negro ensueño había durado siglos. Los hombres, renegando de la +naturaleza, habían buscado en la privación, en la vida torturada y +deforme, en la divinización del dolor, el remedio de sus males, la +fraternidad ansiada, creyendo que la esperanza del ciclo y la caridad en +la tierra bastarían para la felicidad de los cristianos. + +Y he aquí que el mismo lamento que anunció la muerte del gran dios de la +Naturaleza, volvía a sonar como si reglamentase, con intervalos de +siglos, las grandes mutaciones de la vida humana. «¡Cristo ha muerto!... +¡Cristo ha muerto!» + +--Sí; ha muerto hace tiempo--continuó el rebelde.--Todas las almas oyen +este grito misterioso en sus momentos de desesperación. En vano suenan +las campanas cada año anunciando que Cristo resucita... Resucita sólo +para los que viven de su herencia. Los que sienten hambre de justicia y +esperan miles de años la redención, saben que está bien muerto y que no +volverá, como no vuelven las frías y veleidosas divinidades griegas. + +Los hombres, siguiéndole, no habían visto un horizonte nuevo: habían +caminado por senderos conocidos. Sólo cambiaban el exterior y el nombre +de las cosas. La humanidad contemplaba a la luz cenicienta de una +religión que maldice la vida, lo que antes había visto en la inocencia +de la infancia. El esclavo redimido por Cristo era ahora el asalariado +moderno, con su derecho a morir de hambre, sin el pan y el cántaro de +agua que su antecesor encontraba en el ergástula. Los mercaderes +arrojados del templo tenían asegurada la entrada en la gloria eterna y +eran los sostenes de toda virtud. Los privilegiados hablaban del reino +de los cielos como de un placer más que añadir a los que disfrutaban en +la tierra. Los pueblos cristianos se exterminaban, no por los caprichos +y los odios de sus pastores, sino por algo menos concreto, por el +prestigio de un trapo ondeante, cuyos colores les enloquecían. Se +mataban fríamente hombres que no se habían visto nunca, que dejaban a +sus espaldas un campo por cultivar y una familia abandonada; hermanos de +dolor en la cadena del trabajo, sin otras diferencias que la lengua y la +raza. + +En las noches de invierno, la gran muchedumbre de la miseria pululaba en +las calles de las ciudades, sin pan y sin techo, como si estuviese en un +desierto. Los niños lloraban de frío, ocultando las manos bajo los +sobacos; las mujeres de voz aguardentosa se encogían como fieras en el +quicio de una puerta, para pasar la noche; los vagabundos sin pan, +miraban los balcones iluminados de los palacios o seguían el desfile de +las gentes felices que, envueltas en pieles, en el fondo de sus +carruajes, salían de las fiestas de la riqueza. Y una voz, tal vez la +misma, repetía en sus oídos, que zumbaban de debilidad: «No esperéis +nada. ¡Cristo ha muerto!» + +El obrero sin trabajo, al volver a su frío tugurio, donde le aguardaban +los ojos interrogantes de la hembra enflaquecida, dejábase caer en el +suelo como una bestia fatigada, después de su carrera de todo un día +para aplacar el hambre de los suyos. «¡Pan, pan!» le decían los +pequeñuelos esperando encontrarlo bajo la blusa raída. Y el padre oía la +misma voz, como un lamento que borraba toda esperanza: «¡Cristo ha +muerto!» + +Y el jornalero del campo que, mal alimentado con bazofia, sudaba bajo el +sol, sintiendo la proximidad de la asfixia, al detenerse un instante +para respirar en esta atmósfera de horno, se decía que era mentira la +fraternidad de los hombres predicada por Jesús, y falso aquel dios que +no había hecho ningún milagro, dejando los males del mundo lo mismo que +los encontró al llegar a él... Y el trabajador vestido con un uniforme, +obligado a matar en nombre de cosas que no conoce a otros hombres que +ningún daño le han hecho, al permanecer horas y horas en un foso, +rodeado de los horrores de la guerra moderna, peleando con un enemigo +invisible por la distancia, viendo caer destrozados miles de semejantes +bajo la granizada de acero y el estallido de las negras esferas, también +pensaba con estremecimientos de disimulado terror: «¡Cristo ha muerto, +Cristo ha muerto!» + +Sí; bien muerto estaba. Su vida no había servido para aliviar uno solo +de los males que afligen a los humanos. En cambio, había causado a los +pobres un daño incalculable predicándoles la humildad, infiltrando en +sus espíritus la sumisión, la creencia del premio en un mundo mejor. El +envilecimiento de la limosna y la esperanza de justicia ultraterrena +habían conservado a los infelices en su miseria por miles de años. Los +que viven a la sombra de la injusticia, por mucho que adorasen al +Crucificado, no le agradecerían bastante sus oficios de guardián durante +diecinueve siglos. + +Pero los infelices sacudían ya su atonía: el dios era un cadáver. No más +resignación. Ante el Cristo muerto había que aclamar el triunfo de la +Vida. El cadáver inmenso aun pesaba sobre la tierra, pero las +muchedumbres engañadas se agitaban ya, dispuestas a sepultarle. Por +todos lados se oían los vagidos del mundo nuevo que acababa de nacer. La +Poesía que profetizó vagamente la llegada de Cristo, anunciaba ahora la +aparición del gran Redentor, que no había de encerrarse en la debilidad +de un hombre, sino que encarnaría en la inmensa masa de los +desheredados, de los tristes, con el nombre de Rebelión. + +Los hombres comenzaban de nuevo su marcha hacia la fraternidad, el ideal +de Cristo: pero abominando de la mansedumbre, despreciando la limosna +por envilecedora e inútil. A cada cual lo suyo, sin concesiones que +denigran, ni privilegios que despiertan el odio. La verdadera +fraternidad era la Justicia social. + +Calló Salvatierra, y viendo que oscurecía, dio una vuelta, comenzando a +desandar el camino. + +Jerez, como una gran mancha negra, recortaba las líneas de sus torres y +tejados sobre el último resplandor del crepúsculo, mientras abajo +perforaban su oscuridad las rojas estrellas del alumbrado. + +Los dos hombres vieron marcarse sus sombras sobre la blanca superficie +del camino. La luna salía a sus espaldas, remontándose en el espacio. + +Lejos aún de la ciudad, oyeron un ruidoso cascabeleo que hacía apartarse +a un lado a los carros que volvían de los cortijos, lentamente, con +sordo rechinar de ruedas. + +Salvatierra y su discípulo, refugiándose en la cuneta, vieron pasar +cuatro briosos caballos con borlajes saltones y chillonas ristras de +cascabeles tirando de un coche lleno de gente. Cantaban, gritaban, +palmoteaban, llenando el camino con su alegría loca, esparciendo el +escándalo de la _juerga_ sobre las llanuras muertas que aun parecían +más tristes a la luz de la luna. + +Pasó el carruaje como un rayo entre nubes de polvo, pero Fermín pudo +reconocer al que guiaba los caballos. Era Luis Dupont que, erguido en el +pescante, arreaba con la voz y el látigo a las cuatro bestias que +corrían desbocadas. Una mujer que iba junto a él, también gritaba +azuzando al ganado con una fiebre de velocidad loca. Era la +_Marquesita_. Montenegro creyó que le había reconocido, pues al +alejarse, agitó una mano entre la nube de polvo, gritándole algo que no +pudo oír. + +--Esos van de juerga, don Fernando--dijo el joven cuando se restableció +el silencio en el camino.--Les parece estrecha la ciudad, y, como mañana +es domingo, querrán pasarlo en Matanzuela a sus anchas. + +Salvatierra, al oír el nombre del cortijo, recordó a su camarada del +ventorro del Grajo, aquel enfermo que ansiaba su presencia como el mejor +remedio. No le había visto desde el día en que el temporal le obligó a +refugiarse en Matanzuela, pero le recordaba muchas veces, proponiéndose +repetir su visita en la próxima semana. Prolongaría uno de sus largos +paseos, llegando hasta aquella choza donde le esperaban como un +consuelo. + +Fermín habló de los recientes amoríos de Luis con la _Marquesita_. Al +fin, la amistad les había conducido a un término, que los dos parecían +querer evitar. Ella ya no estaba con el tosco ganadero de cerdos. Volvía +a tirarle el señorío, según decía, y alardeaba impúdicamente de sus +nuevas relaciones, viviendo en casa de Dupont y entregándose los dos a +fiestas ruidosas. Les parecía su amor desabrido y monótono, si no lo +sazonaban con embriagueces y escándalos que alterasen la hipócrita calma +de la ciudad. + +--Se han juntado dos locos--continuó Fermín.--Cualquier día se pelearán, +saliendo de una de sus juergas echando sangre; pero, mientras tanto, se +creen felices y exhiben su dicha con una desvergüenza admirable. Yo creo +que lo que más les divierte es la indignación de don Pablo y su familia. + +Montenegro relató las últimas aventuras de estos enamorados, que +alarmaban a la ciudad. Jerez les parecía estrecho para su dicha y +corrían los cortijos y las poblaciones inmediatas, llegando hasta Cádiz, +seguidos del cortejo de cantadores y matones que acompañaba siempre a +Luis Dupont. Pocos días antes habían tenido en Sanlúcar de Barrameda una +fiesta estruendosa, al final de la cual, la _Marquesita_ y su amante, +embriagando a un camarero, le raparon la cabeza con unas tijeras. En el +_Círculo Caballista_, reían los señoritos al comentar las hazañas de +aquella pareja. ¡Pero qué buena sombra tenía Luis! ¡Qué gran mujer la +_Marquesita_!... + +Y los dos amantes, en una continua borrachera, que apenas se desvanecía +era reforzada, como si temiesen perder la ilusión viéndose fríamente sin +la engañosa alegría del vino, iban de un lado a otro, cual un vendaval +de escándalo, entre los aplausos de la gente joven y la indignación de +las familias. + +Salvatierra escuchaba a su discípulo con gesto irónico. Le interesaba +Luis Dupont. Era un buen ejemplar de aquella juventud ociosa, dueña de +todo el país. + +Apenas habían llegado los dos paseantes a las primeras casas de Jerez, +cuando el carruaje de Dupont, rodando vertiginosamente a impulsos de las +briosas bestias, que corrían como locas, estaba ya en Matanzuela. + +Los perros del cortijo ladraron furiosamente al oír el galope, cada vez +más cercano, acompañado de gritos, rasgueos de guitarra y canciones de +prolongado lamento. + +--Ahí viene el amo--dijo _Zarandilla_.--Nadie pué ser más que él. + +Y llamando al aperador, salieron los dos fuera del cortijo para ver +llegar, a la luz de la luna, el ruidoso carruaje. + +Bajó del pescante de un salto la gentil _Marquesita_, y poco a poco +fueron disgregándose del amontonamiento de carne que llenaba el interior +todos los del séquito. El señorito abandonó las riendas a _Zarandilla_, +después de hacerle varias recomendaciones para que cuidase bien el +ganado. + +Rafael avanzó quitándose el sombrero. + +--¿Eres tú, buen mozo?--dijo la _Marquesita_ con desenvoltura.--Cada vez +estás más guapo. Si no fuese por darle un disgusto a María de la Luz, +cualquier día engañábamos a _éste_. + +Pero _éste_, o sea Luis, reía de la desvergüenza de su prima, sin que le +molestase la muda comparación a que parecían entregados los ojos de +Lola, entre su cuerpo desmedrado de vividor alegre y la fuerte armazón +del aperador del cortijo. + +El señorito pasó revista a su gente. Ninguno se había perdido en el +viaje; todos estaban: la _Moñotieso_, famosa cantaora, y su hermana; su +señor padre, un veterano del baile clásico que había hecho tronar bajo +sus tacones los tablados de todos los cafés cantantes de España; tres +protegidos de Luis, graves y cejijuntos, con la mano en la cadera y los +ojos entornados, como si no osaran mirarse por no infundirse espanto, y +un hombre carilleno, con sotobarba sacerdotal y unos tufos de pelo +pegados a las orejas, guardando bajo el brazo una guitarra. + +--¡Ahí le tienes!--dijo el señorito a su aperador, señalándole al +guitarrista.--El señó Pacorro, alias el _Águila_, el primer tocador del +mundo. ¡El _Guerra_, matando toros, y mi amigo con la guitarra!... ¡el +disloque! + +Y como el cortijero se quedase mirando a este ser extraordinario, cuyo +nombre no había oído jamás, el tocador se inclinó ceremoniosamente como +un hombre de mundo, experto en fórmulas sociales. + +--Beso a uzté la mano... + +Y sin añadir palabra se entró en el cortijo, siguiendo a la demás gente +que guiaba la _Marquesita_. + +La mujer de _Zarandilla_ y Rafael, ayudados por aquella tropa, +arreglaron las habitaciones del amo. Dos quinqués humosos dieron luz a +la gran sala de enjalbegadas paredes, adornadas con algunos cromos de +santos. Los hombres de confianza de don Luis, doblando el espinazo con +cierta pereza, sacaron de espuertas y cajones todas las vituallas +traídas en el carruaje. + +La mesa se llenó de botellas, que transparentaban la luz; unas de color +de avellana, otras de oro pálido. La vieja de _Zarandilla_ se entró en +la cocina, seguida de las demás mujeres, mientras el señorito preguntaba +al aperador por la gente de la gañanía. + +Casi todos los hombres estaban fuera del cortijo. Como era sábado, los +jornaleros de la sierra se habían ido a sus pueblos. Sólo quedaban los +gitanos y las bandas de muchachas que bajaban a la escarda confiadas a +la vigilancia de sus manijeros. + +El amo recibía con satisfacción estos informes. No le gustaba divertirse +teniendo a la vista a los jornaleros, gentes envidiosas, de corazón +duro, que rabiaban con la alegría ajena y andaban después propalando +los mayores embustes. Le placía estar a sus anchas en el cortijo. ¿No +era el amo?... Y saltando de un pensamiento a otro con su incoherente +ligereza, se encaró con los acompañantes. ¿Qué hacían sentados, sin +beber, sin hablar, como si estuviesen velando a un muerto?... + +--Vamos a ver esas manitas de oro, maestro--dijo al tocador que, con la +guitarra sobre las rodillas y la mirada en alto, se entretenía haciendo +arpegios. + +El maestro _Águila_, después de toser varias veces, comenzó un rasgueo, +interrumpido de vez en cuando por las escalas gimeantes de la cuerda +prima. Uno de los esbirros de don Luis destapó botellas y ordenó las +filas de cañas, ofreciendo estos tubos de cristal, llenos de líquido +dorado con una corona de burbujas. Las mujeres, atraídas por la +guitarra, llegaron corriendo de la cocina. + +--¡Venga de ahí, _Moñotieso_!--gritó el señorito. + +Y la cantaora rompió en una _soleá_, con una voz aguda y poderosa, que +después de hincharla el cuello como si éste fuera a reventarse, atronaba +la sala y ponía en conmoción a todo el cortijo. + +El honorable padre de la _Moñotieso_, como hombre versado en sus +deberes, sin esperar invitaciones, sacó a su otra hija al centro de la +habitación y comenzó el baile con ella. + +Rafael se alejó prudentemente, después de beber dos copas. No quería +estorbar la fiesta con su presencia. Además, deseaba revistar el +cortijo antes que adelantase la noche, temiendo que el amo quisiera +recorrerlo por un capricho de su embriaguez. + +En el patio se tropezó con _Alcaparrón_, que atraído por el ruido de la +fiesta esperaba una coyuntura para introducirse en la sala con su +pegajosidad de parásito. El aperador le amenazó con varios palos si +seguía allí. + +--Largo, granuja; esos señores no quieren ná con los gitanos. + +_Alcaparrón_ se alejó con aire humilde, pero dispuesto a volver apenas +desapareciese el señor Rafael, el cual entrose en la cuadra para ver si +los caballos del amo estaban bien cuidados. + +Cuando pasada una hora volvió el aperador al lugar de la fiesta, vio +sobre la mesa muchas botellas vacías. + +La gente estaba lo mismo, como si el líquido se hubiera derramado en el +suelo: solamente el tocador rasgueaba con más fuerza y los demás batían +palmas con una agitación loca, gritando a un tiempo para jalear al viejo +bailarín. El respetable padre de las _Moñotieso_, abriendo la boca +desdentada y negra con femeniles gritos, movía sus caderas descarnadas, +hundiendo el vientre para hacer surgir con mayor relieve la parte +opuesta. Sus mismas hijas celebraban con grandes risotadas estos alardes +de una vejez envilecida. + +--¡Olé, grasioso!... + +El anciano seguía bailando como una caricatura femenil entre las +lúbricas excitaciones que le dirigía la _Marquesita_. + + _¡San Patrisio!..._ + _¡Que la puerta se sale del quisio!_ + +Y al cantar esto movíase de tal modo, que parecía próximo a hacer salir +de su quicio natural una parte de su dorso, mientras los hombres le +arrojaban los sombreros a los pies, entusiasmados por esta danza infame, +deshonra del sexo. + +Cuando el bailador volvió a su silla, sudoroso y pidiendo una copa como +premio de su cansancio, se hizo un largo silencio. + +--Aquí fartan mujeres... + +Era el _Chivo_ el que hablaba, después de escupir por la comisura de los +labios, con la gravedad solemne de un valentón parco en palabras. + +La _Marquesita_ protestó. + +--¿Y nosotras qué somos, mamarracho? + +--Sí; eso es: ¿qué somos nosotras?--añadieron como un eco las dos de +_Moñotieso_. + +El _Chivo_ se dignó explicarse. Él no quería _fartar_ a las señoras +presentes; quería decir que la juerga, para que marchase bien, +necesitaba más mujerío. + +El señorito se puso de pie con resolución. ¿Mujerío?... Él lo tenía; en +Matanzuela había de todo. Y empuñando una botella, dio orden a Rafael +para que le acompañase a la gañanía. + +--Pero, señorito, ¿qué va a jacer su mercé?... + +Luis obligó al aperador a que le guiase, a pesar de sus protestas, y +todos le siguieron. + +Cuando la alegre banda entró en la gañanía, la vio casi desierta. La +noche era de primavera y los manijeros y el arreador estaban sentados en +el suelo, cerca de la puerta, viendo el campo que azuleaba silencioso +bajo la luz de la luna. Las mujeres dormitaban en los rincones, o +formando corrillos oían cuentos de brujas y milagros de santos con un +silencio religioso. + +--¡El amo!--dijo el aperador al entrar. + +--¡Arriba! ¡Arriba! ¿Quién quiere vino?--gritó alegremente el señorito. + +Todos se pusieron de pie, sonriendo a la inesperada aparición. + +Las muchachas contemplaban con asombro a la _Marquesita_ y sus dos +acompañantas, admirando sus pañolones floreados de la China, sus +relucientes peinados. + +Los hombres se encogían modestamente ante el señorito, que les ofrecía +una copa, mientras sus ojos se iban tras la botella que tenía en las +manos. Después de hipócritas negativas, bebieron todos. Era vino de +ricos, del que ellos no conocían. ¡Oh! ¡aquel don Luis era todo un +hombre! Algo calavera; pero la juventud le servía de excusa y además +tenía un gran corazón. ¡Todos los amos que fuesen como él!... + +--¿Pero, qué vino, compañero?--se decían unos a otros, enjugándose los +labios con el reverso de la mano. + +La tía _Alcaparrona_ también bebió, y su hijo, que al fin había +conseguido agregarse al cortejo del amo, pasaba y repasaba ante éste, +enseñándole la dentadura caballar con la mejor de sus sonrisas. + +Dupont peroraba tremolando en alto la botella. Venía para invitar a su +comilona a todas las muchachas de la gañanía, pero sólo a las guapas. Él +era así: llano y francote: ¡viva la democracia!... + +Las muchachas, ruborosas en presencia del amo, a quien muchas de ellas +veían por primera vez, retrocedían mirando al suelo, con las manos +puestas ante la falda. Dupont las señalaba: ¡esta! ¡esta!... Y se fijó +también en Mari-Cruz, la prima de _Alcaparrón_. + +--Tú, gitana, también. Eres feílla, pero tienes ángel y sabrás cantar. + +--Como los serafines, señó--dijo el primo queriendo aprovechar el +parentesco para introducirse en la fiesta. + +Las muchachas, repentinamente ariscas, como si les amagase algún +peligro, se hacían atrás, negándose a aceptar el convite. Ya habían +cenado, ¡muchas gracias! Pero poco después reían, cuchicheando +satisfechas, al ver el mal gesto que ponían ciertas compañeras al no ser +designadas por el amo o sus acompañantes. La tía _Alcaparrona_ las reñía +por su timidez: + +--¿Por qué no queréis dir? Andad, payas, y si no tenéis gana de jartaros +de cosas buenas, tomad algo de lo que el señó os dé. ¡Pues, poquitas +veces que me orsequió a mí el señó marqués, el papá de este sol +resplandesiente que aquí está! + +Y decía esto señalando a la _Marquesita_, que examinaba a algunas de +aquellas jóvenes, como si quisiera adivinar su hermosura debajo de las +ropas astrosas. + +Los manijeros, conmovidos por el vino del amo, que no había hecho más +que despertar su sed, intervenían paternalmente con el pensamiento +puesto en otras botellas. Podían ir con don Luis sin miedo alguno: lo +decían ellos, que eran los encargados de cuidarlas y respondían de su +seguridad ante sus familias. + +--Es un cabayero, muchachas, y además, vais a cenar con estas señoras. +Toos personas decentes. + +La resistencia fue de corta duración, y, por fin, salió un grupo de +jóvenes escoltado por el amo y sus huéspedes. + +Los que quedaron en la gañanía comenzaron a buscar por los rincones una +guitarra. ¡Buena se presentaba la noche! Al salir el amo, había dicho al +aperador que enviase a aquella gente todo el vino que pidiera. ¡Oh, qué +don Luis!... + +La mujer de _Zarandilla_ puso la mesa, ayudada por las jóvenes serranas, +que habían adquirido cierto aplomo al verse en las habitaciones del +amo. Además, el señorito, con una franqueza que las enorgullecía, +haciéndolas subir a la cara oleadas de sangre, iba de una a otra con la +botella y la batea de cañas, obligándolas a que bebiesen. El padre de +las _Moñotieso_ las hacía enrojecer y prorrumpir en risotadas semejantes +a cocleos de gallinas, relatándolas al oído cuentos impúdicos. + +Eran más de veinte para la cena, y apretados en torno de la mesa, +comenzaron a comer los platos que _Zarandilla_ y su mujer servían con +gran dificultad, pasándolos por encima de las cabezas. + +Rafael se mantenía de pie junto a la puerta, no sabiendo si ausentarse o +hacerse visible, por respeto al amo. + +--Siéntate, hombre--ordenó magnánimamente don Luis.--Te lo permito. + +Y como la gente se estrechase aún más, para hacerle sitio, la +_Marquesita_ se levantó llamándole. ¡Allí, al lado de ella! El aperador, +al sentarse, creyó que se sumergía en las faldas y las susurrantes ropas +interiores de la hermosa, quedando como pegado a ella, en ardoroso +contacto con un lado de su cuerpo. + +Los muchachas rechazaban con remilgos los primeros ofrecimientos del +señorito y sus compañeros. Gracias; ellas habían cenado. Además, no +estaban acostumbradas a las comidas fuertes de los señores, y podían +hacerlas daño. + +Pero el olor de la carne, de la sagrada carne siempre vista de lejos y +de la que se hablaba en la gañanía como de un manjar de dioses, pareció +marearlas con una embriaguez más intensa que la del vino. Una tras otra, +fueron arrojándose sobre los platos, y perdido el primer escrúpulo, +comenzaron a devorar como si saliesen de larguísimos ayunos. + +El señorito celebraba la voracidad con que se movían aquellas +mandíbulas, y sentía una satisfacción moral casi equivalente a la que +proporciona el bien. ¡Él era así! ¡le gustaba de vez en cuando alternar +con los pobres! + +--¡Olé las mujeres de buen diente!... Ahora a beber para que no se os +atragante el bocado. + +Las botellas se vaciaban, y las bocas de las muchachas, azuladas antes +por la anemia, mostrábanse rojas con el zumo de la carne, y brillantes +con las gotas de vino que se escurrían hasta las barbillas. + +Mari-Cruz, la gitana, era la única que no comía. _Alcaparrón_ la hacía +señas rondando la mesa como un perro. ¡La pobre estaba siempre tan falta +de apetito!... Y con su habilidad de gitano, escamoteaba todo lo que con +disimulo le ofrecía Mari-Cruz. Después salía al patio unos instantes +para zampárselo de golpe, mientras la prima enfermiza bebía y bebía, +admirando el vino de los señores como lo más sorprendente de la fiesta. + +Rafael apenas comió, trastornado por la vecindad de la _Marquesita_. Le +atormentaba el contacto de aquel cuerpo hermoso hecho para el amor; el +perfume incitante de la carne fresca purificada por una limpieza +desconocida en los campos. Ella, en cambio, parecía aspirar con +delectación por su naricilla sonrosada y palpitante, el vaho de macho +campesino, el olor de cuero, de sudor y de cuadra que se esparcía con +los movimientos del arrogante galán. + +--Bebe, Rafael: anímate. ¡Mira a _mi hombre_ qué amartelado está con sus +serranas! + +Y señalaba a Luis que, atraído por la novedad, se olvidaba de ella para +requebrar a sus vecinas; dos jornaleras que ofrecían el encanto de una +belleza rústica, mal lavada; dos beldades de cortijo en las que creía +aspirar el perfume acre de las dehesas, el vaho animal de los rebaños. + +Era cerca de media noche cuando terminó la cena. El ambiente de la sala +se había caldeado y era sofocante. + +El fuerte olor del vino derramado y de los platos sobrantes caídos en un +rincón, mezclábase con el hedor de petróleo de los quinqués. + +Las muchachas, enrojecidas por la digestión, respiraban con dificultad y +se aflojaban los cuerpos de sus vestidos, desabrochándose el pecho. +Lejos de la vigilancia de los manijeros y trastornadas por el vino, +olvidaban sus remilgos de vírgenes silvestres. Se entregaban con +verdadera furia al goce de esta fiesta extraordinaria, que era como un +relámpago en su vida oscura y triste. + +Una de ellas, por una copa derramada sobre su falda, irguiose amenazando +a otra con las uñas. Sentían en sus cuerpos la presión de brazos +varoniles y sonreían con cierta beatitud, como absolviéndose +anticipadamente de todos los contactos que pudieran sufrir en el dulce +abandono del bienestar. Las dos _Moñotieso_, ebrias y furiosas al ver +que los hombres sólo atendían a las _payas_, hablaban de desnudar a +_Alcaparrón_, para mantearle; y el muchacho, que había dormido vestido +toda su vida, escapaba, temblando por su gitana pudibundez. + +La _Marquesita_ se arrimaba cada vez más a Rafael. Parecía que todo el +calor de su organismo se había concentrado en el lado que tocaba al +aperador, quedando el costado opuesto frío e insensible. El mocetón, +obligado a beber las copas que le ofrecía la señorita, sentíase ebrio, +pero con una embriaguez nerviosa que le hacía bajar la cabeza y fruncir +las cejas torvamente, deseando pelearse con cualquiera de los valientes +que acompañaban a don Luis. + +El calor femenil de esta carne suave, que le acariciaba con su contacto +por debajo de la mesa, le irritaba como un peligro difícil de vencer. +Intentó levantarse varias veces, pretextando ocupaciones afuera, pero se +sintió agarrado por una manecita de nerviosa fuerza. + +--Siéntate, ladrón; si te meneas, de un pellizco te arranco el alma. + +Y tan borracha como los otros, apoyando su cabeza rubia en una mano, la +_Marquesita_ le contemplaba con los ojos entornados; unos ojos azules, +cándidos, que parecían no manchados jamás por la nube de un pensamiento +impuro. + +Luis, entusiasmado por la admiración de las dos muchachas sentadas junto +a él, quiso mostrarse en toda su grandeza heroica, y repentinamente +arrojó una copa a la cara del _Chivo_, que estaba enfrente. La fiera del +presidio contrajo su carátula feroz e hizo un movimiento para +incorporarse, llevándose una mano al bolsillo interior de la chaqueta. + +Hubo un silencio de angustia, pero el valentón, pasado el primer +movimiento, permaneció en su silla. + +--Don Luis--dijo con una mueca de adulación.--Usté es el único hombre +que puede jaser eso. Usté es mi pare. + +--¡Y porque soy más valiente que tú!--gritó con arrogancia el señorito. + +--Eso--afirmó el matón con otra sonrisa aduladora. + +El señorito paseó su mirada de triunfador sobre las aterradas jóvenes, +no acostumbradas a tales escenas. ¿Eh?... ¡Allí tenían a un hombre! + +Las _Moñotieso_ y su padre, que por acompañar a todas partes a don Luis +como pupilos de su generosidod «se lo sabían de memoria», se +apresuraron a dar por terminada la escena, moviendo gran estrépito. ¡Olé +los hombres de _verdá_! ¡Más vino! ¡Más vino! + +Y todos, hasta el terrible matón, bebieron a la salud del señorito, +mientras éste, como si le sofocase su propia grandeza, se despojaba de +la chaqueta y el chaleco y poniéndose de pie agarraba a sus dos +compañeras. ¿Qué hacían allí, apretados en torno de la mesa, mirándose +unos a otros? ¡Al patio! ¡A correr, a jugar, a seguir la juerga bajo la +luna, ya que la noche era de las buenas!... + +Y todos salieron a la desbandada, empujándose, ansiando en la asfixia de +la embriaguez aspirar el aire libre del patio. Muchas, al abandonar la +silla andaban tambaleantes, apoyando la cabeza en el pecho de un hombre. +La guitarra del señor Pacorro sonó con triste quejido al chocar con el +quicio de la puerta, como si la salida fuese estrecha para el +instrumento y el _Águila_, que lo empuñaba. + +Rafael fue a levantarse también, pero le contuvo otra vez la nerviosa +manecita. + +--Tú aquí--ordenó la hija del marqués,--a hacerme compañía. Deja que se +divierta esa gentuza... ¡Pero no me huyas, mala sombra!: parece que te +doy miedo. + +El aperador, al verse libre de la opresión de los vecinos, había hecho +retroceder su silla. Pero el cuerpo de la señorita le buscaba, se +apoyaba en él, sin que pudiera librarse de su dulce pesadumbre, por más +que echaba el pecho atrás. + +Afuera, en el patio, sonaba la guitarra del señor Pacorro, y las +cantaoras, roncas por el vino, acompañábanla con gritos y palmas. +Pasaban corriendo las jornaleras por cerca de la puerta perseguidas por +los hombres, riendo con nerviosas carcajadas, como si las cosquillease +el aire de los que iban a sus alcances. Se adivinaban sus escondites en +la cuadra, en los graneros, en el horno, en todos los departamentos del +cortijo que comunicaban con el patio; y en estas piezas oscuras, los +encuentros, las risas sofocadas, los gritos de sorpresa. + +Rafael, en su embriaguez, no tenía más que un pensamiento: librarse de +las audaces manos de la _Marquesita_, del peso de su cuerpo, de aquel +ambiente tentador, contra el cual se defendía torpemente, seguro de ser +vencido. + +Callaba asombrado por lo extraordinario de la aventura, cohibido por su +respeto a las jerarquías sociales. ¡La hija del marqués de San Dionisio! +Esto es lo que le hacía permanecer en su asiento, defendiéndose con +debilidad de una hembra, a la que podía repeler con sólo el impulso de +una de sus manazas. Por fin, tuvo que hablar: + +--¡Déjeme su mercé, señorita!... ¡Doña Lola... que no pué ser! + +Viéndole ella encogerse con una pudibundez de doncella, prorrumpió en +insultos. ¡Ya no era el mozo arrogante de otros tiempos, cuando hacía el +contrabando y andaba por los colmados de Jerez con toda clase de +mujeres! La tal María de la Luz le tenía embrujado. ¡Una gran virtud, +que vivía en una viña, rodeada de hombres!... + +Y continuó soltando infamias contra la novia de Rafael, sin que éste se +inmutase. El aperador deseaba verla así; sentíase de este modo más +fuerte para resistir a la tentación. + +La _Marquesita_, completamente ebria, insistía en sus insultos con la +ferocidad de la mujer despreciada, pero sin separarse de él. + +--¡Cobarde! ¿Es que no te gusto?... + +_Zarandilla_ entró en la sala apresuradamente, como si quisiera hablar +al aperador, pero se detuvo. Afuera, junto a la puerta, sonaba la voz +del señorito con tono irritado. ¡Estando él allí no había más aperador, +ni más _gobierno_ del cortijo, que su persona!... ¡A obedecer, +cegato!... + +Y el viejo volvió a salir con tanto apresuramiento como había entrado, +sin decir una palabra al aperador. + +Rafael se irritó ante la terquedad de aquella mujer. ¡Si no fuese por su +miedo a que le indispusiera con el amo, haciéndole perder el puesto en +el cortijo, que era la esperanza de él y su novia!... + +Ella seguía insultándolo, pero menos iracunda, como si la embriaguez la +privase de movimiento y su deseo no pudiera exteriorizarse más que con +palabras. Su cabeza resbalaba sobre el pecho de Rafael: inclinábase, con +los ojos entornados, aspirando aquel perfume hombruno, que parecía +adormecerla. Tenía su busto caído en las rodillas del campesino, y aun +le insultaba, como si encontrase en esto una extraña delectación. + +--Me voy a quitar las enaguas pa que te las pongas... ¡bobalicón!... +Debían llamarte María, como a la sosa de tu novia... + +En el patio resonó un alarido de terror, acompañado de brutales +carcajadas. Luego carreras ruidosas, choque de cuerpos contra las +paredes, todo el estrépito del peligro y el miedo. + +Rafael se levantó de un salto, sin fijarse en la _Marquesita_, que rodó +por tierra. Tres muchachas entraron en el mismo instante, con tal +impulso, que derribaron varias sillas. Tenían la cara blanca, con una +palidez mortal; los ojos agrandados por el miedo; agachábanse como si +quisieran introducirse bajo la mesa. + +El aperador salió al patio. En medio de él, una bestia daba resoplidos, +mirando a la luna, como si extrañase el verse en libertad. + +Junto a sus patas, yacía extendido algo blanco, que apenas si marcaba un +pequeño bulto sobre el suelo. + +De la sombra que proyectaban los tejados, a lo largo de las paredes, +salían carcajadas hombrunas y agudos chillidos de mujer. El señor +Pacorro, el _Águila_, continuaba inmóvil en un poyo, rasgueando su +guitarra con la serenidad de una borrachera grave, a prueba de toda +clase de sorpresas. + +--¡La pobrecita Mari-Cruz--lloriqueó _Alcaparrón_.--¡La va a matá el +bicho! ¡La va a matá!... + +El aperador lo comprendió todo... ¡Pero qué señorito tan gracioso! Para +dar una sorpresa a los amigos y reír con el susto de las mujeres, había +obligado a _Zarandilla_ a que soltase un novillo del establo. La gitana, +alcanzada por la bestia, habíase desmayado del susto... ¡Juerga +completa! + + + + +VI + + +--¡La pobrecita Mari-Cruz!--lloriqueó _Alicappón_--. + +La gitana Mari-Cruz se moría. Lo anunciaba _Alcaparrón_ con sus +lloriqueos a todos los del cortijo, sin hacer caso de las protestas de +su madre. + +--¡Qué sabes tú, bobo!... A otros, peor que ella, los sacó alante mi +comare... + +Pero el gitano, despreciando la fe de la señora _Alcaparrona_ en la +sabiduría de su comadre, presentía la muerte de la prima con la +clarividencia del cariño. En el cortijo y en el campo, contaba a todos +el origen de la enfermedad. + +--¡La mardita groma del señorito!... La pobresita siempre ha sido poca +cosa, siempre malucha, y el susto del novillo la ha acabao de matar. +¡Premita Dios!... + +Y el respeto al rico, la sumisión tradicional al amo, cortaban en sus +labios la gitana maldición. + +Aquel cuervo fatídico que, según él, llamaba a los buenos cuando faltaba +uno en el camposanto, debía estar ya despierto, alisándose con el pico +las negras alas y preparando el graznido para que compareciese su prima. +¡Ay, pobrecita Mari-Cruz! ¡La mejor de la familia!... Y para que la +muchacha no adivinase sus pensamientos, manteníase a distancia, viéndola +de lejos, sin osar aproximarse al rincón de la gañanía, donde estaba +tendida sobre un petate, cedido misericordiosamente por los jornaleros. + +La seña _Alcaparrona_, viendo a su sobrina, dos días después de la +nocturna juerga, calenturienta y sin fuerzas para ir al campo, había +diagnosticado la enfermedad, con su práctica de decidora de buenaventura +y bruja curandera. Era el susto del novillo «que se le había quedao +_adrento_». + +--La pobresita--decía la vieja--estaba en su... pues, en eso; y ya se +sabe que en tal caso los sustos son de cuidao. Es sangre corrompía que +se le ha subío al pecho y la ajoga. Por eso pide siempre de beber, como +si con un río no la bastase. + +Y por toda medicina, cuando al amanecer salía al campo a trabajar con la +familia, colocaba junto a los andrajos de la cama un jarro siempre +lleno. + +Gran parte del día lo pasaba la muchacha sola en el rincón más oscuro +del dormitorio de los gañanes. Algún perro del cortijo, entrando de +tarde en tarde, daba vueltas en torno de ella con un gruñido sordo, que +expresaba su extrañeza, y después de intentar lamer su cara pálida, +alejábase repelido por las manos exangües, transparentes, infantiles. + +A medio día, cuando un rayo de sol filtraba su faja de oro en la +penumbra de lo cuadra humana, las moscas de primavera llegaban hasta el +oscuro rincón, animando con su zumbido la soledad. + +Algunas veces entraban _Zarandilla_ y su mujer a ver a Mari-Cruz. + +--Ánimo, muchacha; hoy ties mejor cara. Lo que importa es que eches todo +lo malo que se te ha subío al pecho. + +La enferma, sonriendo débilmente, tendía sus flacos brazos para coger el +jarro, y bebía y bebía, con lo esperanza de que el agua deshiciese la +bola ardorosa y sofocante que dificultaba su respiración, transmitiendo +a todo su cuerpo el fuego de la fiebre. + +Cuando se retiraba el rayo de sol, extinguiéndose el zumbido de las +moscas, y el pedazo de cielo encuadrado por la puerta tomaba un suave +color de violeta, la enferma alegrábase. Era la mejor de las horas: iban +a llegar los suyos. Y sonreía a _Alcaparrón_ y sus hermanos, que se +sentaban en el suelo en semicírculo sin decirla nada, mirándola con ojos +interrogantes, como si quisieran atrapar a la fugitiva salud. Su tía, +todas las tardes al volver, lo primero que preguntaba era si había +arrojado _aquello_, aguardando que expeliera por la boca la pudredumbre, +la mala sangre que el susto había acumulado en su pecho. + +La enferma animábase también con la presencia de los compañeros de +trabajo, aquellos gañanes que antes de comer su gazpacho de la noche +pasaban un momento ante ella, esforzándose por infundirla ánimo con +rudas palabras. El temible Juanón la hablaba todas las noches, +proponiendo curaciones enérgicas, propias de su carácter: + +--Tú lo que necesitas es comer, chiquiya; trajelar. Too lo que tienes es +hambre. + +Y a continuación ofrecíala cuantos alimentos extraordinarios poseían sus +compañeros: un pedazo de bacalao, una morcilla de la sierra que +milagrosamente se conservaba en la gañanía... Pero la gitana rechazábalo +todo con gesto agradecido. + +--Tú te lo pierdes; te se da de too corazón. Así estás de enjuta y +esmirriá, y así te morirás: porque no comes. + +Juanón se afirmaba en esta creencia, viendo el estado de consunción de +la muchacha. Ya no quedaba en ella el menor vestigio de carne: sus +débiles músculos de anémica se habían derretido. Sólo subsistía el +esqueleto, marcando sus angulosidades bajo la epidermis blancuzca, que +parecía adelgazarse también como una envoltura sutil. + +Toda su vida parecía concentrada en los ojos hundidos, cada vez más +negros, con más luz, como dos gotas de légamo tembloroso en las +profundidades de las órbitas amoratadas. + +Por la noche, _Alcaparrón_, en cuclillas detrás de ella, huyendo de su +mirada para llorar libremente, veía clarear a la luz del candil sus +orejas y las alillas de la nariz, con una transparencia de hostia. + +El aperador, alarmado por el aspecto de la enferma, hablaba de traer un +médico de la ciudad. + +--Esto no es cristiano, tía _Alcaparrona_. Esa criatura se muere como +una bestia. + +Pero ella protestaba con indignación. ¿Un médico? Eso era para los +señores, para los ricos. ¿Y quién había de pagarlo?... Además, ella no +había necesitado de médico en toda su vida y era vieja. Las gentes de su +raza, aunque pobres, tenían su poquito de ciencia, que los _gachés_ +buscaban muchos veces. + +Y llamada por ella se presentó en el cortijo su _comare_, una gitana +viejísima, que gozaba gran fama de curandera en Jerez y su campo. + +Después de oír a la _Alcaparrona_, palpó el mísero esqueleto de la +enferma, aprobando todas las palabras de su amiga. No se había engañado: +era el susto, la mala sangre que se le había subido al pecho y la +ahogaba. + +Anduvieron toda una tarde las dos por las colinas vecinas buscando +hierbas, y solicitaron de la mujer de _Zarandilla_ los más disparatados +ingredientes para una famosa cataplasma que pensaban preparar. Por la +noche, los hombres de la gañanía contemplaron en silencio las +manipulaciones de las dos brujas en torno de un puchero puesto a la +lumbre, con ese respeto crédulo de las gentes del campo por todo lo +maravilloso. + +La enferma bebió humildemente el cocimiento y recibió sobre el pecho el +emplasto, manejado misteriosamente por las dos viejas, como si +contuviese un poder sobrenatural. La _comare_, que había hecho milagros, +renegaba de su sabiduría si antes de dos días no lograba deshacer la +bola de fuego que ahogaba a la muchacha. + +Y los dos días transcurrieron, y otros dos más, sin que la pobre +Mari-Cruz experimentase alivio. + +_Alcaparrón_ seguía sollozando fuera de la gañanía, para que no le oyese +la enferma. ¡Cada vez peor! ¡No podía estar acostada! ¡se ahogaba! Su +madre ya no iba al campo; se quedaba en la gañanía para cuidarla. Hasta +para dormir tenían que mantenerla con el cuerpo erguido, mientras su +pecho se agitaba con un estertor de fuelle roto. + +--¡Ay, Señó!--gemía el gitano, perdiendo la última esperanza.--Lo mezmo +que los pajarillos cuando los jieren. + +Rafael no osaba aconsejar a la familia, ni entraba a ver a la enferma +más que a las horas de trabajo, cuando los gañanes estaban en el campo. + +La enfermedad de Mari-Cruz y la juerga del señorito en el cortijo le +había colocado en una situación violenta con toda la gente de la +gañanía. + +Algunas de las muchachas, al recobrar la razón después de la embriaguez +de aquella noche, se habían ido a la sierra, no queriendo permanecer en +el cortijo. Apostrofaban a los manijeros, guardianes de confianza de +sus familias, que habían sido los primeros en aconsejarlas que siguiesen +al señorito. Y después de propalar entre los trabajadores que volvieron +a Matanzuela el domingo, lo ocurrido en la noche anterior, emprendieron +solas el regreso a sus casas, contando a todos los escándalos del +cortijo. + +Los gañanes, al volver a Matanzuela no vieron al amo. Éste y su +comitiva, una vez dormida la borrachera, habían regresado a Jerez +alegres como siempre, con un regocijo escandaloso. Los trabajadores, en +su indignación, hacían responsables al aperador y todo el _gobierno_ del +cortijo. El señorito estaba lejos; y además era quien les proporcionaba +el pan. + +Algunos de los que estaban en la gañanía lo noche de la juerga, tuvieron +que pedir la cuenta y buscar trabajo en otros cortijos. Los compañeros +mostrábanse indignados. Iban a llover puñaladas. ¡Borrachos! ¡Por cuatro +botellas de vino habían vendido a unas muchachas que podían ser sus +hijas!... + +Juanón llegó a encararse con el aperador. + +--¿Conque tú--dijo escupiendo en el suelo con aire de desprecio--eres el +que proporcionas al señorito las mozas de la gañanía pa que se +divierta?... Harás carrera, Rafaé. Ya sabemos pa lo que sirves. + +El aperador saltó como si recibiese un navajazo. + +--Yo sirvo, pa lo que sirvo. Y pa matarme con un hombre cara a cara si +es que me farta. + +Y herido en su arrogancia, miraba con aire de reto a Juanón y a los más +bravos, llevando preparada la navaja en un bolsillo de la chaqueta, +siempre a punto de caer sobre ellos, a la más leve provocación. Para +demostrar que no tenía miedo a una gente ansiosa por dar salida a los +antiguos rencores contra el vigilante de su trabajo, Rafael intentaba +justificar al amo. + +--Fue una groma. Don Luis sortó el novillo por divertirse, sin hacer +daño a nadie. Lo demás jué una desgracia. + +Y por altivez, no decía que era él quien había metido en la cuadra al +animal, librando a la pobre gitana de las astas que removían feroces sus +ropas. Y callaba igualmente su pelea con el amo, después de salvar a +Mari-Cruz; la franqueza con que le había censurado y el arrebato de don +Luis queriendo abofetearle, como si fuese un matón de su comitiva. + +Rafael le había agarrado la mano con una de sus garras, zarandeándolo +como a un niño, al mismo tiempo que con la otra buscaba su navaja, con +ademán tan resuelto, que el _Chivo_ se detenía, a pesar de que el +señorito le llamaba a grandes voces para que matase a aquel hombre. + +El mismo valentón, temiendo al aperador, había arreglado el asunto +declarando sentenciosamente que los tres eran igualmente valientes, y +que entre valientes no deben existir cuestiones. Y juntos habían bebido +la última copa, mientras la _Marquesita_ roncaba debajo de la mesa, y +las muchachas, aterradas por el susto, huían a la gañanía. + +Cuando una semana después Rafael fue llamado por el señorito, emprendió +el camino de Jerez creyendo que ya no regresaría a Matanzuela. El +llamamiento sería para decirle que había buscado otro aperador... Pero +el loco Dupont le recibió con gesto alegre. + +El día anterior había reñido definitivamente con su prima. Estaba harto +de sus caprichos y sus escándalos. Ahora sería hombre serio, para no dar +disgustos a Pablo, que era como su padre. Pensaba dedicarse a la +política; ser diputado. Otros de la tierra lo eran, sin otro mérito que +una fortuna y un nacimiento iguales a los suyos. Además, contaba con el +apoyo de los Padres de la Compañía, sus antiguos maestros, que no +dejarían de felicitarse al verle en el hotel de su primo hecho un hombre +serio, ocupándose en defender los sagrados intereses sociales. + +Pero se cansó pronto de hablar en este tono y miró a su aperador con +cierta curiosidad. + +--Rafael, ¿sabes que eres un valiente?... + +Fue su única alusión a la escena de aquella noche. Después, como +arrepentido de dar tan en absoluto esto certificado de valor, añadió +modestamente: + +--Yo, tú y el _Chivo_, somos los tres hombres más hombres de Jerez. +¡Cualquiera se nos pone delante!... + +Rafael escuchábale impasible, con el gesto respetuoso de un buen +servidor. Lo único que le interesaba de todo aquello, era la seguridad +de continuar en Matanzuela. + +El amo le pidió después noticias del cortijo. Su poderoso primo, que +todo lo sabía, al reñirle por aquella _juerga_, de la que se hablaba +mucho en Jerez (esto lo decía con cierto orgullo), le había mentado a +una gitana enferma del susto. ¿Qué era aquéllo? Y escuchó, con aire de +aburrimiento, las explicaciones de Rafael. + +--Total, nada: ya sabemos cómo exageran los gitanos. Eso pasará. ¡Un +susto, por un novillo suelto!... ¡Si eso es una broma corriente! + +Y enumeraba todas las comidas de campo, con gentes ricas, que habían +tenido como final esta broma ingeniosa. Luego, con gesto magnánimo, dio +órdenes a su aperador. + +--Entrega a esa pobre gente lo que necesite. Págale a la muchacha el +jornal mientras esté enferma. Quiero que mi primo se convenza de que no +soy tan malo como cree y que también sé hacer la caridad cuando me toca. + +Al salir Rafael de la casa del amo, espoleó su jaca, para hacer una +visita a Marchamalo antes de volver al cortijo, pero se vio detenido +frente al _Círculo Caballista_. + +Los señoritos más ricos de Jerez abandonaban sus copas de vino para +salir a la calle, rodeando el caballo del aperador. Querían saber +detalladamente lo ocurrido en Matanzuela. ¡Aquel Luis era a veces tan +embustero relatando sus hazañas!... Y al contestar Rafael gravemente, +con pocas palabras, reían todos ellos, viendo confirmadas sus noticias. +El novillo suelto, persiguiendo a las jornaleras ebrias, hacía +prorrumpir en ruidosas carcajadas a una juventud que, bebiendo vino, +desbravando caballos y discutiendo mujeres, esperaba el momento de +heredar la riqueza y la tierra de todo Jerez... ¡Pero, qué buena sombra +tenía el tal Luis! ¡Y pensar que ellos no habían presenciado aquella +broma! Algunos recordaban con amargura que les había invitado a la +fiesta, y se lamentaban de la ausencia. + +Uno de ellos preguntó si era cierto que una muchacha de la gañanía +estaba enferma del susto. Al decir Rafael que era una gitana, muchos +levantaron los hombros. ¡Una gitana! pronto se pondría buena. Otros, que +conocían a _Alcaparrón_ por sus truhanerías, rieron al saber que la +enferma era de su familia. Y todos, olvidando a la gitana, volvieron a +comentar la graciosa ocurrencia de Dupont el loco, acosando con nuevas +preguntas a Rafael, para saber qué hacía la _Marquesita_ mientras su +amante soltaba el novillo, y si ésta había corrido mucho. + +Cuando Rafael no tuvo más que decir, todos se fueron adentro sin +saludarle. Satisfecha su curiosidad, despreciaban al gañán que les +había hecho abandonar sus mesas precipitadamente. + +El aperador puso su jaca al galope, con el deseo de llegar cuanto antes +a Marchamalo. María de la Luz no le había visto en dos semanas y le +recibió con mal gesto. Hasta allí había llegado, agrandada por +comentarios, la noticia de lo ocurrido en Matanzuela. + +El capataz movió su cabeza reprobando el suceso, y la hija, +aprovechándose de una ausencia del señor Fermín, increpó a su novio, +como si éste fuese el único responsable del escándalo del cortijo. ¡Ah, +_mardito_! ¡Por esto había estado tantos días sin presentarse en la +viña! El _señor_ tornaba a sus antiguas costumbres de mozo alegre; +convertía en una casa de vergüenzas aquel cortijo, con el que soñaba +ella como un nido de amores legítimos. + +--Quita allá, sinvergüenzón. Por aquí no güervas: te conozco... + +Y el pobre aperador casi rompió a llorar, herido por la injusticia de su +novia. ¡Tratarle así!... ¡después de la prueba a que le había sometido +el ebrio impudor de la _Marquesita_ y que él callaba por respeto a María +de la Luz!... Se excusaba hablando de su condición. Él no era más que un +criado, que había de cerrar los ojos ante muchas cosas, para conservar +su puesto. ¿Qué haría su padre, si el dueño de la viña fuese un señorito +como el suyo?... + +Partió Rafael de Marchamalo, dejando a su novia menos iracunda, pero +llevaba en el pensamiento, como una aguda pesadumbre, la aspereza con +que le despidió María de la Luz. ¡Cristo, con el señorito! ¡Qué de +disgustos le proporcionaban sus diversiones!... Volvía lentamente hacia +Matanzuela, pensando en las caras hostiles de los gañanes, en aquella +muchacha que se moría rápidamente, mientras allá en la ciudad, los +desocupados hablaban de ella y de su susto con grandes risas. + +Apenas echó pie a tierra, vio a _Alcaparrón_ que vagaba por los +alrededores del cortijo, con gestos de loco, como si la exuberancia de +su dolor no cupiera bajo los techos. + +--Se muere, señó Rafaé. Lleva ya ocho días de paecer. La pobrecita no +puede tenderse, y está sentada día y noche con los brazos extendíos y +moviendo las manos así... así; como si buscase la salusita que se jué pa +siempre. ¡Ay, mi pobre Mari-Cruz! ¡Mi prima del arma!... + +Y lanzaba estos gritos como si fuesen rugidos, con la expansión trágica +de la raza gitana que necesita espacio libre para sus dolores. + +El aperador entró en la gañanía, y antes de llegar al montón de harapos +de la enferma, oyó el ruido de su respiración, un soplido doloroso de +fuelle descompuesto, que dilataba y contraía el mísero costillaje de su +pecho. + +La asfixia le hacía abrir, con temblores de angustia, su andrajoso +corpiño, mostrando un pecho de muchacho tísico, de una blancura de papel +mascado, sin más señales del sexo que dos granos morenos hundidos entre +las costillas. Respiraba moviendo la cabeza a un lado y a otro, como si +pretendiese absorber todo el aire. En ciertos momentos sus ojos +agrandábanse con expresión de espanto, como si sintiera el contacto de +algo frió e invisible en las manos crispadas que tendía ante ella. + +La tía _Alcaparrona_ mostraba menos confianza que al iniciarse la +enfermedad. + +--¡Si echara la cosa maligna que lleva aentro!--exclamó mirando a +Rafael. + +Y después de limpiar el sudor frío y viscoso de la cara de la enferma, +ofreciole la alcazarra de agua. + +--¡Bebe, hija de mis entrañas! ¡Mi blanca paloma!... + +Y la mísera paloma, herida de muerte, después de beber, asomaba su +lengua entre los labios violáceos, cual si quisiera prolongar la +sensación de frescura: una lengua seca, de rojo tostado, como una lonja +de carne asada. + +A veces interrumpíase el estertor de su respiración con una tos seca, +lanzando espectoraciones estriadas de sangre. La vieja movía la cabeza. +Ella esperaba algo negro y monstruoso, una oleada putrefacta que, al +salir, se llevase todo el mal de la muchacha. + +Una tarde la vieja prorrumpió en alaridos. La niña se moría; se ahogaba. +Ella, tan débil, que apenas podía mover las manos, retorcía su armazón +de huesos con la fuerza extraordinaria de la angustia, y tales eran sus +impulsos, que la tía apenas podía contenerla entre sus brazos. +Apoyándose en los talones se levantaba, doblándose como un arco, con el +pecho abombado y jadeante, el rostro crispado y azul. + +--¡Jozé María!--gimió la vieja.--¡Que se muere!... ¡Que se me quea entre +las manos! ¡Hijo mío! + +Y _Alcaparrón_, en vez de acudir al llamamiento de su madre, salió +corriendo como un loco. Había visto pasar a un hombre, una hora antes, +por el camino de Jerez con dirección al ventorro del Grajo. + +Era él, el ser extraordinario del que todos los pobres hablaban con +respeto. De repente se sintió inflamado por esa fe que los pastores de +muchedumbres esparcen en torno de ellos, como una aureola de confianza. + +Salvatierra, que estaba en el ventorro hablando con _Matacardillos_, su +doliente camarada, se hizo atrás, sorprendido por la impetuosa entrada +de _Alcaparrón_. El gitano miraba a todos lados con ojos de loco, y +acabó por arrojarse a sus pies, agarrándole las manos con suplicante +vehemencia. + +--¡Don Fernando! ¡Su mercé lo puee too!... ¡Su mercé hase milagros, si +quiere! Mi prima... mi Mari-Crú... ¡que se muere, don Fernando, que se +muere!... + +Y Salvatierra no se daba cuenta de cómo había salido del ventorro +remolcado por la mano febril de _Alcaparrón_ y cómo había llegado a +Matanzuela con una rapidez de ensueño, corriendo tras el gitano, que +tiraba de él, al mismo tiempo que le llamaba su Dios, convencido de que +haría el milagro. + +El rebelde viose de pronto en la penumbra de la gañanía, y a la luz del +candil, sostenido por uno de los gitanillos, distinguió la boca dolorosa +y azulada de Mari-Cruz contraída por el supremo espasmo, sus ojos +agrandados por la negrura del dolor, con una expresión de angustia +infinita. Pegó su oído a la piel viscosa y húmeda de aquel pecho que +parecía próximo a romperse. El examen fue breve. Al incorporarse se +quitó el sombrero instintivamente, quedando de pie y descubierto ante la +pobre niña. + +Nada había que hacer. Era la agonía, la lucha tenaz y horripilante, el +supremo dolor, que espera agazapado al final de toda existencia. + +La vieja habló a Salvatierra de sus opiniones acerca de la enfermedad, +esperando que las aprobase. Era la sangre corrompida por el susto, que +no podía salir y la mataba. + +Pero don Fernando movía la cabeza. Su afición a la medicina, sus +lecturas desordenadas pero extensas, durante los largos años de +reclusión, su continuo contacto con la desgracia, le bastaban para +reconocer la enfermedad a la primera ojeada. Era la tisis, rápida, +brutal, fulminante, esparciendo el tubérculo con la florescencia fecunda +de la plaga: la tisis en forma sofocante, la terrible granulia que +surgía a consecuencia de una fuerte emoción en este organismo pobre, +abierto a todas las enfermedades, ávido de incubarlas. Examinaba de +cabeza a pies aquel cuerpo descarnado, de una blancura enfermiza, en el +que los huesos parecían tener la fragilidad del papel. + +Salvatierra preguntaba en voz baja por los padres. Adivinaba el remoto +arañazo del alcohol en esta agonía. La tía _Alcaparrona_ protestó. + +--Su pobresito pare bebía como cualsiquiera, pero era un hombrón de +mucho aguante. Los amigos le llamaban de apodo _Damajuana_. ¿Pero verle +borracho?... nunca. + +Salvatierra se sentó en un pedazo de tronco, siguiendo con mirada triste +el curso de la agonía. Lloraba la muerte de aquella criatura, que sólo +había visto una vez; mísero engendro del alcoholismo, que abandonaba el +mundo empujado por la bestialidad de una noche de borrachera. + +El pobre ser debatíase entre los brazos de los suyos con los horrores de +la asfixia, tendiendo sus brazos hacia adelante. + +Un velo parecía flotar ante sus ojos, empequeñeciendo las pupilas. Su +respiración tenía el burbujeo del hervor, como si en su garganta +tropezase el aire con el obstáculo de extrañas materias. + +La vieja, no encontrando a mano otro remedio, la daba de beber y el agua +caía en el estómago ruidosamente, como en el fondo de una vasija: +chocaba en las paredes del esófago paralizado, haciéndolas sonar como si +fuesen de pergamino. El rostro perdía sus rasgos generales; se +ennegrecían las mejillas; aplastábanse las sienes; se adelgazaba la +nariz con frío afilamiento; la boca torcíase a un lado con una mueca +horrible. + +Comenzaba a caer la noche y entraban en la gañanía los trabajadores y +las mujeres, agrupándose silenciosos a corta distancia de la moribunda, +con la cabeza baja, conteniendo sus sollozos. + +Algunos salían al campo para ocultar su emoción, en la que había algo de +miedo. ¡Cristo! ¡Y así morían las personas! ¡Tanto costaba perder la +vida!... Y la certeza de que todos habían de pasar por el terrible +trance con sus contorsiones y estremecimientos, les hacía considerar +como tolerable y dichosa la vida de trabajo que venían arrastrando. + +--¡Mari-Crú! ¡Palomica mía!--suspiraba la vieja.--¿Me ves? ¡Aquí estamos +toos!... + +--¡Contesta, Mari-Crú!--suplicaba _Alcaparrón_, lloriqueando.--Soy tu +primo, tu José María... + +Pero la gitana sólo contestaba con estertores roncos, sin abrir apenas +los ojos, mostrando por entre los párpados inmóviles las córneas de un +color de vidrio empañado. En uno de sus estremecimientos sacó de la +envoltura de harapos un pie descarnado y pequeño, completamente negro. +La falta de circulación aglomeraba la sangre en las extremidades. Las +orejas y las manos se ennegrecían igualmente. + +La vieja prorrumpió en lamentos. ¡Lo que ella había dicho! ¡La _sangre +corrompía_; el maldito susto que no había querido salir y ahora, con la +muerte, se le esparcía por todo el cuerpo! Y se abalanzaba sobre la +agonizante, besándola con una avidez loca, como si la mordiese para +volverla a la vida. + +--¡Se ha muerto, don Fernando! ¿No le ve su mersé? Se ha muerto... + +Salvatierra hizo callar a la vieja. La moribunda ya no veía: su +respiración cavernosa era cada vez más pausada, pero el oído aún +conservaba su poder. Era la última resistencia de la sensibilidad ante +la muerte; prolongábase mientras el cuerpo iba cayendo en el abismo +negro de la inconsciencia. Sólo restaban en ella los últimos y +trabajosos estremecimientos de la vida vegetativa. Cesaron lentamente +las contorsiones, el hervor del mísero cuerpo: los párpados se abrieron +con el escalofrío final, mostrando las pupilas dilatadas con un reflejo +vidrioso y mate. + +El rebelde cogió entre sus brazos aquel cuerpo ligero como el de un +niño, y apartando a los parientes, fue poco a poco acostándolo en el +montón de harapos. + +Don Fernando temblaba: sus gafas azules empañábanse turbando la visión +de sus ojos. La fría impasibilidad que le había acompañado en los azares +de su vida, derretíase ante aquel pequeño cadáver, ligero como una +pluma, que acostaba en el lecho de su miseria. Tenía en su gesto y en +sus manos algo de sacerdotal, como si la muerte fuese la única +injusticia ante la que se prosternaba su cólera de rebelde. + +Al ver los gitanos a Mari-Cruz, tendida e inmóvil, permanecieron largo +rato en silencioso estupor. En el fondo de la gañanía sonaban los +sollozos de las mujeres, el murmullo apresurado de un rezo. + +Los _Alcaparrones_ contemplaban el cadáver a distancia, sin besarlo, ni +osar el más leve contacto con él, con el respeto supersticioso que la +muerte inspira a su raza. Pero la vieja, de pronto se llevó las +crispadas manos al rostro, arañándolo, hundiendo los dedos en su pelo +aceitoso, de una negrura que desafiaba a los años. Volaron en torno de +su cara los flácidos rabos de la cabellera y un aullido estridente hizo +temblar a todos. + +--¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi palomica blanca! ¡Mi rosita de +Abril!... + +Y sus alaridos, en los que vibraba la exuberancia aparatosa del dolor +oriental, acompañábalos de arañazos que ensangrentaban las arrugas de +su rostro. Un choque sordo conmovía al mismo tiempo el suelo de tierra +apisonada. Era _Alcaparrón_, que, caído de bruces, golpeaba con su +cabeza el piso. + +--¡Aaay! ¡Que se ha ido Mari-Crú!--rugía como una bestia herida.--¡La +mejó de la casa! ¡La más honrá de la familia!... + +Y los _Alcaparrones_ pequeños, como si de repente obedeciesen a un rito +de su raza, pusiéronse de pie y comenzaron a correr por el cortijo y sus +alrededores, dando alaridos y arañándose la cara. + +--¡Juy! ¡juy! ¡Que ha muerto la pobresita prima!... ¡Juy! ¡Que se nos ha +ido Mari-Crú!... + +Era una carrera loca de duendes al través de todas las dependencias del +cortijo, como si quisieran que los más humildes animales se enterasen de +su desgracia. Penetraban en las cuadras, se escurrían entre las patas de +las bestias, repitiendo su quejido por la muerte de Mari-Cruz; corrían, +ciegos por las lágrimas, tropezando con las esquinas, con los marcos de +las puertas, volcando en su carrera aquí un arado, más allá una silla y +seguidos por los perros libres de cadena que les acosaban por todo el +cortijo, uniendo sus ladridos a los desesperados lamentos. + +Algunos gañanes cazaron al paso a los pequeños energúmenos, +levantándolos en alto; pero, aun así, aprisionados, seguían moviendo los +remos en el aire con interminable lloro: + +--¡Juy! que se ha muerto la prima! ¡La pobresita Mari-Crú! + +Cansados de gemir, de arañarse, de golpear el suelo con la cabeza, +anonadados por su dolor ruidoso, todos los de la familia volvieron a +formar círculo en torno del cadáver. + +Juanón hablaba de velar con algunos compañeros a la muerta hasta la +mañana siguiente. La familia podía dormir mientras tanto fuera de la +gañanía, que bien necesitada estaba de ello. Pero la vieja gitana +protestó. No quería que el cadáver estuviese más tiempo en Matanzuela. A +Jerez en seguida. Lo llevarían en un carro, en un borrico, a hombros, si +era preciso, entre ella y sus hijos. + +Tenían su casa en la ciudad. ¿Acaso los _Alcaparrones_ eran unos +vagabundos? Su familia era numerosa, infinita; desde Córdoba hasta +Cádiz, no había feria de ganados donde no se encontrase a uno de los +suyos. Ellos eran pobres, pero tenían parientes que les podían tapar con +onzas de los pies a la cabeza; gitanos ricos que trotaban por los +caminos seguidos de regimientos de mulas y caballos. Todos los +_Alcaparrones_ querían a Mari-Cruz, la virgen enferma, de ojos dulces: +su entierro sería de reina, ya que su vida había sido de animal de +carga. + +--Ámonos--decía la vieja con gran exaltación en la voz y los +ademanes.--Ámonos a Jerez en seguía. Quiero que antes de que amenesca la +vean todos los nuestros, tan bonita y tan arreglá como la misma Mare de +Dios. Quiero que la vea el abuelo, mi padre, cabayeros; el gitano más +viejo de toa Andalusía, y que la bendiga el pobresito con sus manos de +Pae Santo, que tiemblan y paese que tienen lus. + +La gente de la gañanía aprobaba los propósitos de la vieja, con el +egoísmo del cansancio. Ellos no podían resucitar a la muerta, y era +mejor, para su tranquilidad, que se ausentase cuanto antes aquella +familia ruidosa, que turbaría su sueño. + +Rafael intervino, ofreciendo un carro del cortijo. El tío _Zarandilla_ +iba a aparejar, y antes de media hora podrían llevarse el cadáver a +Jerez. + +La vieja _Alcaparrona_, al ver al aperador, se reanimó, brillando en sus +ojuelos el fuego del odio. Encontraba, al fin, alguien a quien hacer +responsable de su desgracia. + +--¿Eres tú, ladrón? ¡Ya estarás contento, aperaor farso! ¡Mira ahí a la +pobresita que has matao! + +Rafael contestó de mal talante. + +--Menos palabras e insultos, tía bruja. En lo de aquella noche, tuvo +usté más curpa que yo. + +La vieja quiso arrojarse sobre él, con la alegría infernal de haber +encontrado alguien en quien saciar su dolor. + +--¡Arcagüetón!... Tú juiste el que lo hiso too. Mardita sea tu arma y la +del ladrón de tu señorito. + +Aquí vaciló un momento, como arrepentida de nombrar al señor, siempre +respetado por la gente de su raza. + +--No; el amo, no. Al fin, es joven, es rico y los señoritos no tienen +otro obligación que divertirse. Mardito seas tú, tú solo, que estrujas a +los pobres y los arreas como si juesen negros y arreglas las mositas a +los amos, pa ocultar mejó tus latrocinios. Na quiero tuyo: toma los +sinco duros que me diste; tómalos, ladrón: ahí van, arcagüete. + +Y debatiéndose entre los hombres que la sujetaban para que no acometiese +a Rafael, hundía las manos en sus harapos buscando el dinero, con una +falsa precipitación, con el firme propósito de no encontrarlo. Mas no +por esto era menos dramática su actitud. + +--¡Tómalo, perro roío!... ¡Ahí va, y así cada peseta se te güerva un +mengue que te muerda el corazón! + +Y abría sus manos crispadas como si arrojase algo en el suelo, sin +arrojar nada: acompañando sus manotones de aire con muecas altivas, cual +si realmente rodase el dinero por tierra. + +Don Fernando intervino, colocándose entre el aperador y la bruja. Ya +había dicho bastante: debía callar. + +Pero la vieja se mostró más insolente al verse protegida por el cuerpo +de Salvatierra, y asomando por uno de sus hombros la boca de arpía, +siguió insultando a Rafael. + +--Premita Dios que se te muera lo que más estimes... Que veas argún día +estirá y fría, como mi pobrecita Mari-Crú, a la gachí de tus quereres. + +El aperador la había escuchado hasta entonces con desdeñosa frialdad, +pero al sonar estas palabras fue a él a quien tuvieron que contener los +hombres de la gañanía. + +--¡Bruja!--rugió--¡a mí lo que quieras, pero a esa persona no te la +pongas en la boca, porque te mato! + +Y parecía dispuesto a matarla, teniendo que hacer grandes esfuerzos los +gañanes para llevárselo afuera. ¿Quién hacía caso de mujeres?... Había +que dejar a la vieja, que estaba loca por el dolor. Y, cuando vencido +por las reflexiones de Salvatierra y los empellones de tantos brazos, +traspuso la puerta de la gañanía, aún oyó la voz agria de la bruja, que +parecía perseguirle. + +--¡Juye, persona farsa, y que Dios te castigue quitándote la gachí de la +viña! Que se te la yeve un señorito... que don Luis la disfrute, y tú lo +sepas. + +¡Ay! ¡Qué esfuerzo hubo de hacer Rafael para no volver sobre sus pasos y +estrangular a la vieja!... + +Media hora después _Zarandilla_ paró su carro a la puerta. Juanón y +otros compañeros envolvieron el cadáver en una sábano, levantándolo de +su lecho de harapos. Aún pesaba menos que en el momento de la muerte. +Era, según decían aquellos hombres, una pluma, una arista de paja. +Parecía que con la vida se hubiese evaporado toda la materia, no dejando +más que lo envoltura, que apenas si marcaba un ligerísimo bulto en el +lienzo arrollado. + +Púsose en marcha el vehículo, balanceándose con agudos chirridos de su +eje sobre los baches del camino. + +A la zaga del carro, cogidos a él, marchaban la vieja y su prole menuda. +Detrás, caminaba _Alcaparrón_, al lado de Salvatierra, que deseaba +acompañar hasta la ciudad a aquella gente humilde. + +En la puerta de la gañanía aglomerábanse los trabajadores, brillando en +su negra masa la lucecilla del candil. Todos seguían con silenciosa +atención el chirrido del carro, invisible en la oscuridad; los lamentos +de la gitanería, que rasgaban la calma del campo azulado y muerto bajo +la fría luz de las estrellas. + +_Alcaparrón_ sentía cierto orgullo al marchar con aquel personaje del +que tanto hablaba la gente. Habían salido a la carretera. Sobre su faja +blanca destacábase la silueta del carro, que iba esparciendo en el +silencio de la noche el cascabeleo lento de la caballería y los gemidos +de los que marchaban a la zaga. + +El gitano daba suspiros, como un eco del dolor que rugía delante de él, +y hablaba al mismo tiempo a Salvatierra de su amada muerta. + +--Era lo mejorsito de la familia, señó... y por eso se ha ido. Los +buenos se van pronto. Ahí tiene usté a mis primas las _Alcaparronas_, +unas pindongas, que son la eshonra de la familia, y las grandísimas +arrastrás tienen las onzas a puñaos, y coches, y los papeles jablan de +ellas: y la pobresita Mari-Crú, que era mejó que el trigo, se muere, +endimpués de una vida de trabajo. + +El gitano gemía, mirando al cielo, como si protestase de esta +injusticia. + +--Yo la quería mucho, señó; si deseaba argo bueno era pa partirlo con +ella. Mejor aún: pa dárselo too. Y ella, la palomita sin jiel, la rosita +de Abril, ¡tan buena siempre conmigo! ¡protegiéndome, como si fuese mi +virgensita!... Cuando mi mare se enfadaba porque jasía yo una de las +mías, ya estaba Mari-Crú defendiendo a su pobresito José María... ¡Ay, +mi prima! ¡Mi santita dulce! ¡Mi sol moreno, con aquellos ojasos que +paesían hogueras! ¿Qué no hubiese hecho por ella este pobresito +gitano?... Oiga su mersé, señó. Yo he tenío una novia; es desir, yo he +tenío muchas, pero ésta era una gachí que no era de nuestra casta; una +calé sin familia y con casita propia en Jerez. Una gran proporción, +señó, y a más, chalaíta por mí, según ella desía, por el aquel con que +yo la cantaba cositas durses. Y cuando ya andábamos en el papeleo pa +casarnos, yo le dije: «Gachí, la casa será para la pobresita de mi mare +y mi prima Mari-Crú. Ya que tanto han trabajao, hasiendo vida de perras +en las gañanías, que vivan bien y a su gusto una temporadilla. Tú y yo +somos chavales, somos juertes y podemos dormí en el corral». Y la gachí +no quiso y me echó a la caye; y yo no lo sentí, porque me quedaba con mi +mare y mi primo, y valen más ellos ¡ay! que toas las jembras del +mundo... He tenío las novias a osenas, he estao a punto de casame, me +gustan las mositas... pero quiero a Mari-Crú como no quedré en jamás a +denguna mujer... ¿Cómo explicar esto a su mersé, que sabe tanto? Yo +quiero a la pobresita que va ahí alante, de una manera que no sé cómo +decir... ¡vamos! como quiere el cura a la Mae de Dios cuando le ice la +misa. Me gustaba mirar sus ojosos y oír su vosesita de oro; pero, +¿tocarle un pelo de la ropa? enjamás se me ocurrió. Era mi virgensita, y +como las que están en las iglesias, sólo tenía pa mí la cabesa; la +cabesa bonita jecha por los mismos ángeles... + +Y al suspirar de nuevo, pensando en la muerta, le respondió el coro de +lamentos que escoltaba el carro. + +--¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi sol relusiente! ¡Mi cachito +durse!... + +Y la gente menuda contestaba al alarido de la madre con una explosión de +ahullidos dolorosos, para que la tierra oscura, el espacio azulado y las +estrellas de agudo fulgor se enterasen bien de que había muerto su +prima, la dulce Mari-Cruz. + +Salvatierra sentíase dominado por este dolor trágico y estruendoso, que +se deslizaba al través de la noche, rasgando el silencio de los campos. + +_Alcaparrón_ cesó de gemir. + +--Diga usté, señó, ya que tanto sabe. ¿Cree su mersé que golveré alguna +vez a ver a mi prima?... + +Necesitaba saberlo, le dolía la angustia de la duda, y deteniendo su +paso, miraba suplicante a Salvatierra con sus ojos orientales, que +brillaban en la penumbra con reflejos de nácar. + +El rebelde se conmovió viendo la angustia de esta alma simple, que +imploraba en su congoja un sorbo de consuelo. + +Sí, volvería a verla; él lo afirmaba con solemne gravedad. Es más; +estaría en contacto a todas horas con algo que habría formado parte de +su ser. Todo lo que existía quedábase en el mundo; sólo cambiaba de +forma; ni un átomo llegaba a perderse. Vivíamos rodeados de lo que había +sido el pasado y de lo que sería el porvenir. Los restos de los que +amábamos y los componentes de los que a su vez nos habían de amar, +flotaban en torno nuestro, manteniendo nuestra vida. + +Salvatierra, bajo la presión de sus pensamientos, sintió la necesidad de +confesarse con alguien, de hablar a aquel ser sencillo de su debilidad y +sus vacilaciones ante el misterio de la muerte. Era un deseo, de volcar +su pensamiento con la certeza de no ser comprendido, de sacar a luz su +alma, semejante al que había visto en los grandes personajes +shakesperianos, reyes en desgracia, caudillos perseguidos por el +destino, que confían fraternalmente sus ideas a bufones y a locos. + +Aquel gitano del que todos se burlaban, mostrábase súbitamente agrandado +por el dolor, y Salvatierra sentía la necesidad de entregarle su +pensamiento, como si fuese un hermano. + +El rebelde también había sufrido. El dolor le hacía cobarde; pero no se +arrepentía, ya que en la debilidad encontraba la dulzura del consuelo. +Los hombres admiraban la energía de su carácter, el estoicismo con que +hacía frente a las persecuciones y las miserias físicas. Pero esto era +sólo en las luchas con los hombres: ante el misterio de la Muerte +invencible, cruel, inevitable, toda su energía se derrumbaba. + +Y Salvatierra, como si olvidase la presencia del gitano y hablara para +él mismo, recordó su arrogante salida del presidio, desafiando de nuevo +las persecuciones, y su reciente viaje a Cádiz para ver un rincón de +tierra, junto a una tapia, entre cruces y lápidas de mármol. ¿Y era +aquello todo lo que quedaba del ser que había llenado su pensamiento? +¿Sólo restaba de mamá, de la viejecita bondadosa y dulce como las santas +mujeres de las religiones, aquel cuadro de tierra fresca y removida y +las margaritas silvestres que nacían en sus bordes? ¿Se había perdido +para siempre la llama dulce de sus ojos, el eco de su voz acariciadora, +rajada por la vejez, que llamaba con ceceos infantiles a Fernando, a su +«querido Fernando»? + +--_Alcaparrón_, tú no puedes entenderme--continuó Salvatierra con voz +temblorosa.--Tal vez es una fortuna para ti esa alma simple que te +permite en los dolores y en las alegrías ser ligero y mudable como un +pájaro. Pero óyeme, aunque no me entiendas. Yo no reniego de lo que he +aprendido: yo no dudo de lo que sé. Mentira es la otra vida, ilusión +orgullosa del egoísmo humano; mentira también los cielos de las +religiones. Hablan éstas a las gentes en nombre de un espiritualismo +poético, y su vida eterna, su resurrección de los cuerpos, sus placeres +y castigos de ultra-tumba, son de un materialismo que da náuseas. No +existe para nosotros otra vida que la presente; pero ¡ay! ante la sábana +de tierra que cubre a mamá, sentí por primera vez flaquear mis +convicciones. Acabamos al morir; pero algo resta de nosotros junto a los +que nos suceden en la tierra; algo que no es sólo el átomo que nutre +nuevas vidas; algo impalpable e indefinido, sello personal de nuestra +existencia. Somos como los peces en el mar; ¿me entiendes, _Alcaparrón_? +Los peces viven en la misma agua en que se disolvieron sus abuelos y en +la que laten los gérmenes de sus sucesores. Nuestra agua es el ambiente +en que existimos: el espacio y la tierra: vivimos rodeados de los que +fueron y de los que serán. Y yo, _Alcaparrón_ amigo, cuando siento ganas +de llorar recordando la nada de aquél montón de tierra, la triste +insignificancia de las florecillas que lo rodean, pienso en que no está +allí mamá completamente, que algo se ha escapado, que circula al través +de la vida, que me tropieza atraído por una simpatía misteriosa, y me +acompaña envolviéndome en una caricia tan suave como un beso... +«Mentira», me grita una voz en el pensamiento. Pero yo la desoigo; +quiero soñar, quiero inventarme bellas mentiras para mi consuelo. Tal +vez en este vientecillo que nos roza la cara, hay algo de las manos +suaves y temblorosas que me acariciaron por última vez antes de ir al +presidio. + +El gitano había cesado de gemir, mirando a Salvatierra con sus ojos +africanos, agrandados por el asombro. No entendía la mayor parte de sus +palabras, pero columbraba en ellas una esperanza. + +--Según eso, ¿cree su mercé que Mari-Crú no ha muerto del too? ¿Que aún +podré verla, cuando me ajogue su recuerdo?... + +Salvatierra sentíase influenciado por los lamentos de la familia, por la +agonía que había visto, por la miseria de aquel cadáver que se +balanceaba a pocos pasos dentro del carro. La poesía triste de la noche, +con su silencio rasgado a trechos por alaridos de dolor, inundaba su +alma. + +Si; _Alcaparrón_ sentiría cerca de él a su amada muerta. Algo de ella +subiría hasta su rostro como un perfume, cuando arañase la tierra con el +azadón y el surco nuevo enviase a su olfato la frescura del suelo +removido. Algo habría también de su alma en las espigas del trigo, en +las amapolas que goteaban de rojo los flancos de oro de la mies, en los +pájaros que cantaban al amanecer cuando el rebaño humano iba hacia el +tajo, en los matorrales del monte, sobre los cuales revoloteaban los +insectos asustados por las carreras de las yeguas y los bufidos de los +toros. + +--¿Quién sabe--continuó el rebelde--si en esas estrellas, que parecen +guiñar sus ojos en lo alto, hay algo a estas horas de la luz de esos +otros ojos que tanto amabas, _Alcaparrón_?... + +Pero la mirada del gitano delató un asombro, que tenía algo de +compasivo, como si creyese loco a Salvatierra. + +--Te asusta la grandeza del mundo, comparada con la pequeñez de tu pobre +muerta, y retrocedes. El vaso es demasiado grande para una lágrima: es +cierto. Pero también la gota se pierde en el mar... y sin embargo, allí +está. + +Salvatierra siguió hablando, como si quisiera convencerse a sí mismo. +¿Qué significaba la grandeza o la pequeñez? En una gota de líquido +existían millones de millones de seres, todos con vida propia: tantos +como hombres poblaban el planeta. Y uno solo de estos organismos +infinitesimales, bastaba para matar una criatura humana, para diezmar +con la epidemia una nación. ¿Por qué no habían de influir los hombres, +microbios del infinito, en aquel universo, en cuyo seno quedaba la +fuerza de su personalidad?... + +Después, el revolucionario parecía dudar de sus palabras, arrepentirse +de ellas. + +--Tal vez esta creencia equivale a una cobardía: tú no puedes +comprenderme, _Alcaparrón_. Pero, ¡ay! ¡la Muerte! ¡la incógnita, que +nos espía y nos sigue, burlándose de nuestras soberbias y nuestras +satisfacciones!... Yo la desprecio, me río de ella, la espero sin miedo +para descansar de una vez: y como yo, muchísimos. Pero los hombres +amamos, y el amor nos hace temblar por los que nos rodean: troncha +nuestras energías, nos hace caer de bruces, cobardes y trémulos ante esa +bruja, inventando mil mentiras, para consolarnos de sus crímenes. ¡Ay, +si no amásemos!... ¡qué animal tan valeroso y temerario sería el hombre! + +El carro, en su marcha traqueteante, había dejado atrás al gitano y a +Salvatierra, que se detenían para hablar. Ya no le veían. Les servía de +guía su lejano chirrido y el plañir de la familia, que marchaba a la +zaga, acometiendo de nuevo la canturía de su dolor. + +--¡Adiós, Mari-Crú!--gritaban los pequeños, como acólitos de una +religión fúnebre.--¡Se ha muerto nuestra prima!... + +Y cuando callaban un momento, volvía a sonar la voz de la vieja, +desesperada, estridente, como la de un sacerdote del dolor. + +--¡Se va la paloma blanca; la gitana durse; el capullito de rosa antes +de abrir!... ¡Señó Dios! ¿en qué piensas, que sólo ajogas a los +buenos?... + + + + +VII + + +Al llegar las vendimias con el mes de Septiembre, los ricos de Jerez se +preocupaban más de la actitud de los jornaleros que del buen resultado +de la recolección. + +En el _Círculo Caballista_, hasta los señoritos más alegres olvidaban +los méritos de sus jacas, los excelencias de sus perros y el garbo de +las mozas cuya propiedad se disputaban, para no hablar más que de +aquella gente tostada por el sol, curtida por los penalidades, sucia, +maloliente y de ojos rencorosos que prestaba los brazos a sus viñas. + +En los numerosas sociedades de recreo que ocupaban casi todos los bajos +de la calle Larga, no se hablaba de otra cosa. ¿Qué más querían los +trabajadores de las viñas?... Ganaban un jornal de diez reales, comían +en lebrillos la menestra que ellos mismos se arreglaban sin que el amo +interviniese; tenían una hora de descanso en invierno y dos en verano, +para no caer asfixiados sobre la tierra caliza que echaba chispas; les +concedían ocho cigarros durante la jornada y por las noches dormían, +teniendo los más de ellos una sábana sobre las esterillas de enea. Unos +verdaderos sibaritas los tales viñadores; ¿y aún se quejaban y exigían +reformas amenazando con la huelga?... + +En el _Caballista_, los que eran propietarios de las viñas mostrábanse +enternecidos por repentina piedad, y hablaban de los gañanes de los +cortijos. ¡Aquellos pobrecitos sí que eran merecedores de mejor suerte! +Dos reales de jornal, un rancho insípido por todo alimento y dormir en +el suelo vestidos, con menos abrigo que las bestias. Era lógico que +éstos se quejasen: no los trabajadores de las viñas que vivían como unos +señores si se les comparaba con los gañanes. + +Pero los amos de los cortijos protestaban indignados, al ver que se +intentaba arrojar sobre ellos todo el peso del peligro. Si no retribuían +mejor al bracero, era porque el producto del cortijo no daba para más. +¿Podían compararse el trigo, la cebada y la ganadería con aquellas viñas +famosas en el mundo, que arrojaban el oro a borbotones por sus +sarmientos, y en ciertos años daban a sus amos una ganancia más fácil +que si saliesen a robar a las carreteras?... Cuando se gozaba de tal +fortuna había que ser generosos, dar una pequeña parle de bienestar a +los que les sostenían con sus esfuerzos. Los trabajadores se quejaban +con razón. + +Y las tertulias de los ricos, transcurrían en una continua pelea entre +los propietarios de los dos bandos. + +Su vida de holganza habíase paralizado. La ruleta permanecía inmóvil; +las barajas estaban sin abrir sobre la mesa verde; pasaban las buenas +mozas por la acera sin que asomasen a las ventanas de los casinos los +grupos de cabezas lanzando requiebros y maliciosos guiños. + +El conserje del _Caballista_, andaba como loco buscando la llave de lo +que pomposamente se titulaba biblioteca en los estatutos de la sociedad: +un armario oculto en el rincón más oscuro de la casa, menguado como +alacena de pobre, mostrando al través de sus cristales empolvados y +telarañosos, unas cuantas docenas de libros, que nadie había abierto. +Los señores socios sentíanse aguijoneados de repente por el deseo de +instruirse, de _capacitarse_ de aquello que llamaban cuestión social, y +miraban todas las tardes el armario como un tabernáculo de la ciencia, +esperando que apareciese la llave para buscaren su interior la luz que +deseaban. Realmente no era grande su prisa por enterarse de aquellas +_cosas_ del socialismo que traían revueltos a los trabajadores. + +Algunos se indignaban con los libros antes de leerlos. ¡Mentiras, todo +mentiras, para amargar la existencia! Ellos no leían y eran felices. +¿Por qué no habían de hacer lo mismo aquellos tontos del campo, que por +las noches quitaban horas a su sueño formando corro en torno del +camarada que les leía diarios y folletos? El hombre, cuanto más +ignorante, más dichoso... Y lanzaban miradas de abominación al armario +de los libros, como si fuese un depósito de maldades, mientras el mueble +infeliz seguía guardando en sus entrañas un tesoro de volúmenes +inofensivos, regalados en su mayor parte por el Ministerio a instancias +del diputado del distrito; versos a la Virgen María, y cancioneros +patrióticos; guías para la cría del canario y reglas para lo +reproducción del conejo doméstico. + +Mientras disputaban los ricos entre ellos o se indignaban examinando las +pretensiones de los trabajadores, éstos seguían en su actitud de +protesta. La huelga había comenzado parcialmente, con una falta de +cohesión que demostraba la espontaneidad de la resistencia. En algunas +viñas, los dueños, impulsados por el miedo de perder la vendimia, +«pasaban por todo», pero acariciando en la rencorosa mente la esperanza +de la represalia así que sus racimos estuvieran en el lagar. + +Otros, más ricos, «tenían vergüenza», según declaraban con caballeresca +arrogancia, negándose a todo arreglo con los rebeldes. Don Pablo Dupont +era el más fogoso de ellos. Antes perdía su bodega que _bajarse_ a +aquella gentuza. ¡Irle con imposiciones a él, que era el padre de sus +trabajadores, y cuidaba no sólo del sustento de su cuerpo, sino de la +salud de su almo, libertándola del «grosero materialismo!» + +--Es una «cuestión de principios»--declaraba en su escritorio ante los +empleados, que movían afirmativamente la cabeza aun antes de que él +hablase.--Yo soy capaz de darles lo que desean, y más aún. ¡Pero que no +me lo pidan; que no me lo exijan! Eso es negar mis sagrados derechos de +amo... A mí el dinero me importa poco, y la prueba es que antes que +ceder, mejor quiero que se pierda la cosecha de Marchamalo. + +Y Dupont, agresivo en la defensa de lo que llamaba sus derechos, no sólo +se negaba a oír las pretensiones de los braceros, sino que había +expulsado de la viña a todos los que se significaban como agitadores +mucho antes de que intentasen rebelarse. + +Quedaban en Marchamalo muy pocos viñadores, pero Dupont había sustituido +a los huelguistas con gitanas de Jerez y muchachas venidas de la sierra +al cebo de los jornales abundantes. + +Como la vendimia no exigía grandes fatigas, Marchamalo estaba lleno de +mujeres que se agachaban en sus laderas cortando los racimos, mientras +desde el camino las insultaban los huelguistas privados de trabajo por +sus «ideas». + +La rebeldía de los jornaleros había coincidido con lo que Luis Dupont +titulaba su período de seriedad. + +El calavera había acabado por asombrar con su nueva conducta al +poderoso primo... ¡Ni mujeres ni escándalos! La _Marquesita_ ya no se +acordaba de él: ofendida por sus desvíos, había vuelto a unirse con el +tratante de cerdos, «el único hombre que sabía hacerla marchar». + +El señorito parecía entristecerse cuando le hablaban de sus famosas +francachelas. Aquello había pasado para siempre: no se podía ser joven +toda la vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. Él +llevaba _algo_ dentro de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de +la Compañía, lo reconocían. No pensaba detenerse en su marcha hasta +conquistar una posición tan alta en la política como la que su primo +tenía en la industria. Otros, peores que él, manejaban los asuntos de la +tierra, y eran oídos por el gobierno, allá en Madrid, como virreyes del +país. + +De la vida pasada sólo conservaba las amistades con los valientes, +reforzando su cortejo con nuevos bravucones. Los mimaba y mantenía con +el propósito de que le sirviesen de auxiliares en su carrera política. +¡Quién le haría frente en su primera elección, viéndole en tan honrada +compañía!... Y para entretener a la honorable corte, seguía cenando en +los colmados y embriagándose con ellos. Esto no quebrantaba su +respetabilidad. Una _jumera_ de vez en cuando no era motivo para que +nadie se escandalizase. ¡Costumbres de la tierra! Además, esto daba +cierta popularidad. + +Y Luis Dupont, convencido de la importancia de su persona, iba de un +casino a otro hablando de la «cuestión social» con vehementes manoteos +que ponían en peligro las botellas y copas alineadas en las mesas. + +En el _Círculo Caballista_ rehuía las tertulias de la gente joven, que +sólo le recordaban sus pasadas locuras para aplaudirlas, proponiéndole +otras mayores. Buscaba la conversación de los «padres graves», de los +grandes cosecheros y ricos agricultores, que comenzaban a oírle con +cierta atención, reconociendo que aquel _perdis_ tenía una buena +cabecita. + +Dupont hinchábase con vehemente oratoria al hablar de los trabajadores +del país. Repetía lo que había oído a su primo y a los religiosos que +frecuentaban la casa de los Dupont, pero exagerando las soluciones, con +un ardor autoritario y brutal muy del gusto de sus oyentes, gente tan +ruda como rica, que encontraba placer en derribar toros y domar potros +salvajes. + +Para Luis, la cuestión era sencillísima. Un poco de caridad; y después +religión, mucha religión, y palo al que se desmandase. Con esto se +acababa el llamado conflicto social y quedaba todo como una balsa de +aceite. ¿Cómo podían quejarse los trabajadores, allí donde existían +hombres como su primo y muchos de los presentes (aquí sonrisas +agradecidas del auditorio y movimientos de aprobación), que eran +caritativos hasta el exceso y no podían presenciar una desgracia sin +echar mano al bolsillo y regalar un duro, y hasta dos?... + +Contestaban a esto los rebeldes que la caridad no era bastante, y que, a +pesar de ello, mucha gente vivía en la miseria. ¿Y qué podían hacer los +amos para remediar lo que era irremediable? Siempre existirían ricos y +pobres, hambrientos y ahítos; sólo los locos o los criminales podían +soñar con la igualdad. + +¡La igualdad!... Dupont valíase de un ironismo que entusiasmaba a su +auditorio. Todos los chistes que la más noble de las aspiraciones +humanas había inspirado a su primo Pablo y a su corte de sacerdotes, +repetíalos Luis con una convicción firmísima, como si fuesen el resumen +del pensamiento universal. ¿Qué era aquello de la igualdad?... +Cualquiera podría apoderarse de su casa, si es que le gustaba; y él, a +su vez, le robaría la chaqueta al vecino, porque le era necesaria; y el +otro echaría la zarpa sobre la mujer del de más allá, porque la +consideraría de su gusto. ¡La mar, caballeros!... ¿No merecían cuatro +tiros o la camisa de fuerza los que hablaban de la tal igualdad? + +Y a las risas del orador, uníanse las carcajadas de todos los socios. +¡Aplastado el socialismo! ¡Qué gracia y qué palique tenía aquel +muchacho!... + +Muchos señores viejos movían la cabeza con aire protector, reconociendo +que Luis hacía falta en otra parte, que era lástima que sus palabras se +perdiesen en aquella atmósfera de humo de tabaco, y que a la primera +ocasión habría que satisfacer su gusto, para que España entera escuchase +desde la tribuna aquella critica tan chispeante y justa. + +Dupont, enardecido por el general asentimiento, seguía hablando, pero +ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal, +era el consuelo de la religión. Sin religión se vive rabiando, víctima +de toda clase de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores +de Jerez. No creían en nada, no iban a misa, se burlaban de los curas, +sólo pensaban en la revolución social con degollinas y fusilamientos de +burgueses y jesuitas; no tenían la esperanza de la vida eterna, consuelo +y compensación de las miserias de aquí abajo, que son insignificantes, +pues sólo duran unas cuantas docenas de años, y como resultado lógico de +tanta impiedad, encontraban su pobreza más dura, con nuevos tonos +sombríos. + +Aquel rebaño, triste y sin Dios, merecía su castigo. ¡Que no se quejase +de los amos, pues éstos se esforzaban en volverle a la buena senda! ¡Que +exigiese responsabilidad a los verdaderos autores de su desgracia, a +Salvatierra y otros como él, que le habían arrebatado la fe! + +--Además, señores--peroraba el señorito con entonación tribunicia--¿qué +va a conseguirse aumentando el jornal? Fomentar el vicio y nada más. Esa +gente no ahorra: esa gente no ha ahorrado nunca. A ver: que me +presenten un jornalero que tengo guardados sus ahorros. + +Callaban todos, moviendo la cabeza con asentimiento. Nadie presentaba el +trabajador exigido por Dupont, y éste sonreía triunfante, esperando en +vano al ser prodigioso que lograra ahorrar una fortunilla sobre su +jornal de pocos reales. + +--Aquí--continuaba con solemnidad--no hay afición al trabajo ni espíritu +de ahorro. Vean ustedes el obrero de otros países: trabaja más que el de +esta tierra y guarda un capitalito para la vejez. ¡Pero aquí!... aquí el +bracero, de joven, no piensa más que en coger descuidada a alguna +muchacha detrás de un pajar o en la gañanía durante el sueño; y de +viejo, apenas tiene reunidos algunos céntimos, los emplea en vino y se +emborracha. + +Y todos a la vez, como si repentinamente perdiesen la memoria, +anatematizaban con gran severidad los vicios de los trabajadores. ¿Qué +podía esperarse de una gentuza sin otra ilusión en su vida que la de +beber?... Decía bien Dupont. ¡Borrachos! ¡Gente abyecta que perpetuaba +la miseria de su condición, violando a las hembras como si fuesen +animales!... + +El señorito conocía el medio de terminar esta anarquía. Al gobierno +tocaba gran parte de culpa. A aquellas horas, habiéndose iniciado la +huelga, debía tener en Jerez un batallón, un ejército, si era preciso, y +cañones, muchos cañones. Y se quejaba amargamente del descuido de los de +arriba, como si el ejército de España tuviese por única misión guardar +a los ricos de Jerez para que viviesen tranquilos, y equivaliese a una +felonía el no llenar calles y campos de pantalones rojos y brillantes +bayonetas, apenas los viñadores mostraban cierto descontento. + +Luis era liberal, muy liberal. Disentía en este punto de sus maestros de +la Compañía, que hablaban de don Carlos con entusiasmo, afirmando que +era «la única bandera». Él estaba con los que mandaban, y no mencionaba +una sola vez a las personas reales, que no echase por delante el título +de _Su Majestad_, como si pudiesen oír de lejos estas muestras de +exagerado respeto y premiárselas con lo que él deseaba. Era liberal; +pero su libertad era la de las personas decentes. Libertad para los que +tuvieran algo que perder: y para la gente baja, todo el pan que fuese +posible, y palo, mucho palo, único medio de anonadar la maldad que nace +con el hombre y se desarrolla sin el freno de la religión. + +Él conocía la historia; había leído más que los que le escuchaban y se +dignaba hacerles partícipes de sus conocimientos, con protectora bondad. + +--¿Sabéis ustedes--decía--por qué la Francia es más rica y más +adelantada que nosotros?... Porque metió mano a los bandidos de la +_Commune_, y en unos cuantos días se cargó más de cuarenta mil de +aquellos puntos. Empleó el cañón y la ametrallodora para acabar más +aprisa con la gentuza, y todo quedó limpio y tranquilo... A mí--continuó +el señorito con aire doctoral--no me gusta Francia, porque es una +República y porque allí las gentes decentes se olvidan de Dios y hacen +burla de sus ministros. Pero quisiera para este país un hombre como +Thiers. Esto es lo que aquí hace falta, un hombre que sonría y ametralle +a la canalla. + +Y sonreía para demostrar que él era capaz de ser tan Thiers como el +otro. + +El conflicto de Jerez lo arreglaba en venticuatro horas. Que le diesen +la autoridad y se vería lo que ero bueno. Los ejecuciones a raíz de lo +de _La Mano Negra_, habían dado algún resultado. La gentuza se acobardó +ante los cadalsos erigidos en la plaza de la Cárcel. Pero esto no era +bastante. Convenía una sangría suelta para quitar fuerzas a la bestia +rebelde. De mandar él, ya estarían en presidio los mangoneadores de +todas las sociedades obreras del campo que traían revuelta a la ciudad. + +Pero esto también le parecía anodino e insuficiente, y acto seguido se +rectificaba con proposiciones más feroces. Ero mejor acosar a los +rebeldes, abortar los planes que venían preparando, «pincharles para que +saltasen antes de tiempo», y una vez se colocaran en actitud de +rebeldía, ¡a ellos y que no quedase uno! Mucho guardia civil, muchos +caballos, mucha artillería. Para eso sostenían los ricos el peso de las +contribuciones, cuya mejor parte se llevaba el ejército. De no ser así, +¿para qué servían los soldados, que tan caros costaban, en un país que +no había de sostener guerras?... + +Como medida preventiva, debían suprimir a los pastores perversos que +sublevaban el rebaño de la miseria. + +--A todos los que andan por el campo, de gañanía en gañanía, repartiendo +papeluchos malos y libros venenosos, cuatro tiros. A los que echan +soflamas y ahullan barbaridades en esas reuniones a cencerros tapados +que tienen de noche en un rancho o en los alrededores de un ventorro, +cuatro tiros. Y lo mismo a los que en las viñas, desobedeciendo a los +amos y con el orgullo de saber leer, enteran a sus compañeros de las +majaderías que traen los periódicos... A Fernando Salvatierra, cuatro +tiros... + +Pero el señorito, apenas dijo esto, pareció arrepentirse. Un rubor +instintivo turbó su facundia. La bondad y las virtudes de aquel rebelde +infundíanle cierto respeto. Los mismos que aprobaban sus planes, +permanecieron silenciosos, como si les repugnase incluir al +revolucionario en la pródiga distribución de tiros. Era un loco que +imponía admiración, un santo que no creía en Dios; y aquellos señores de +la tierra sentían por él un respeto igual al del moro ante el santón +demente que le maldice y le amenaza con su palo. + +--No--siguió diciendo el señorito;--para Salvatierra una camisa de +fuerza, y que vaya a propagar sus doctrinas en una casa de locos lo que +le quede de vida. + +El público de Dupont aprobaba estas soluciones. Los dueños de las +ganaderías de caballos, viejos de patillas entrecanas que se pasaban las +horas mirando la botella con un silencio sacerdotal, rompían su gravedad +para sonreír al joven. + +--Er muchacho tié talento--decía uno.--Habla como un diputao. + +Y los demás aprobaban. + +--Ya se encargará Pablito, su primo, de que lo saquemos cuando yeguen +las elecciones. + +Luis sentíase fatigado a veces de los triunfos que cosechaba en los +casinos, del asombro que inspiraba su repentina seriedad a los antiguos +compañeros de vida alegre. Renacían sus aficiones a divertirse con la +gente humilde. + +--Estoy harto de señoritos--decía con displicencia de hombre superior a +su fiel acólito el _Chivo_.--Vámonos al campo: un poco de juerga lo +agradece el cuerpo. + +Y con el deseo de mantenerse bajo la protección de su poderoso primo, +íbase a pasar el día en Marchamalo, fingiendo interés por el resultado +de la vendimia. + +La viña estaba llena de mujeres, y a Luis le agradaba el trato con +aquellas mozas serranas que reían las gracias del señorito, y agradecían +sus generosidades. + +María de la Luz y su padre acogían como un honor la asiduidad con que +Luis visitaba la viña. De la ruidosa aventura de Matanzuela, apenas si +quedaba un lejano recuerdo. ¡Cosas del señorito! Aquellas gentes, +acostumbradas por tradición al respeto de los placeres ruidosos de los +ricos, disculpábanlos como si fuesen un deber de la juventud. + +El señor Fermín estaba enterado de la gran mudanza que se realizaba en +don Luis, de sus alardes de hombre serio, y veía con gusto que viniese a +la viña huyendo de las tentaciones de la ciudad. + +Su hija también acogía con afecto al señorito, tuteándolo como en los +tiempos de su infancia, y riendo todas sus gracias. Era el amo de +Rafael, y algún día sería ella su sirvienta en aquel cortijo, que veía a +todas horas con la imaginación, como el nido de su felicidad. De la +juerga escandalosa que tanto la había indignado contra el aperador, +apenas si se acordaba. El señorito mostrábase arrepentido de su pasado, +y la gente, al transcurrir algunos meses, había olvidado por completo el +escándalo del cortijo. + +Luis mostraba gran predilección por la vida en Marchamalo. Algunas veces +le sorprendía la noche y se quedaba a dormir en la torre de los Dupont. + +--Estoy allí como un patriarca--decía a sus amigos de Jerez.--Rodeado de +muchachas que me quieren como si fuese su papá. + +Reían los amigos del tono bondadoso con que hablaba el calavera de sus +inocentes diversiones con el rebaño de vendimiadoras. Además, gustaba de +quedarse en la viña por el fresco de la noche. + +--Esto es vivir, señor Fermín--decía en la explanada de Marchamalo, a la +luz de las estrellas, aspirando la brisa nocturna.--A estas horas +estarán asándose los señoritos en la acera del _Caballista_. + +Las veladas transcurrían en una paz patriarcal. El señorito ofrecía la +guitarra al capataz. + +--¡Venga de ahí! ¡A ver esas manitas de oro!--gritaba. + +Y el _Chivo_, obedeciendo sus órdenes, iba a buscar en los cajones del +carruaje unas cuantas botellas del mejor vino de la casa Dupont. ¡Juerga +completa! Pero pacífica, honesta, reposada, sin palabras libres, ni +ademanes audaces, que asustasen a las espectadoras, muchachas que habían +oído hablar en sus pueblos del terrible don Luis, y al verle de cerca +perdían sus prevenciones, reconociendo que no era tan malo como su fama. + +Cantaba María de la Luz, cantaba el señorito, y hasta el cejijunto +_Chivo_, obedeciendo a su patrón, soltaba el chorro de su voz fiera, +entonando broncos recuerdos a la reja de la _carse_ y a las _puñalás_ +caballerescas por defender a la madre o a la mujer amada. + +--¡Olé, grasioso!--gritaba el capataz, irónicamente, a aquel figurón +patibulario. + +Después, el señorito cogió de una mano a María de la Luz, y sacándola al +centro del corro, rompían a bailar las sevillanas, con una gallardía que +provocaba gritos de entusiasmo. + +--¡La grasia e Dió!--exclamaba el padre rasgueando la guitarra con nueva +furia. ¡Vaya una parejita de palomos!... ¡Eso es bailá! + +Y Rafael el aperador, que sólo aparecía en Marchamalo de semana en +semana, al ver por dos veces este baile, se mostró orgulloso del honor +que el señorito hacía a su novia. Su amo no era malo; lo de antes fueron +locuras de la juventud; pero ahora, al sentar la cabeza, resultaba un +señorito de chipén, ¡la mar de simpático!, con gran afición a tratar a +las gentes bajas, como si fuesen sus iguales. Jaleaba a la pareja de +bailadores, sin el menor asomo de celos; él, que se sentía capaz de +sacar su navaja apenas se fijaba alguien en María de la Luz. Únicamente +sentía un poco de envidia, por no poder bailar con el garbo de su amo. +Ocupada su vida en la conquista del pan, no había tenido tiempo para +aprender tales finuras. Sólo sabía cantar, pero de un modo áspero y +salvaje, como le habían enseñado los compañeros de contrabando, cuando +marchaban en sus jacas, tumbados sobre los fardos, atronando con coplas +la soledad de las gargantas de la sierra. + +Don Luis reinaba sobre la viña como si fuese el dueño. El poderoso don +Pablo estaba ausente. Veraneaba con su familia en las costas del Norte, +aprovechando el viaje para visitar Loyola y Deusto, los centros de +santidad y sabiduría de sus buenos consejeros. El calavera, para +demostrarle una vez más que era hombre serio y de provecho, le escribía +largas cartas, mencionando sus visitas a Marchamalo, la vigilancia que +ejercía sobre la vendimia y el buen resultado de ésta. + +Realmente se interesaba por el curso de la recolección. La acometividad +que sentía contra los trabajadores, su deseo de vencer a los de la +huelga, le hacían ser laborioso y tenaz. Acabó por establecerse +definitivamente en la torre de Marchamalo, jurando que no se movería de +allí hasta que terminase la vendimia. + +--Esto marcha--decía al capataz guiñando los ojos con malicia.--Se van a +roer esos bandidos viendo que con las mujeres y unos cuantos +trabajadores honrados, acabamos el trabajo sin necesitar de ellos. A la +noche, baile y juerga decente, señor Fermín. Para que se enteren y +rabien esos forajidos. + +Y así llevaba adelante la vendimia, entre músicas, algazara y vino del +mejor, repartido generosamente. + +Por las noches, la casa de los lagares, que tenía algo de conventual por +su silencio y su disciplina cuando estaba presente don Pablo Dupont, +entraba en plena fiesta hasta una hora avanzada de la noche. + +Los jornaleros olvidaban su sueño para beber el vino señorial, +pródigamente repartido. Las muchachas, habituadas a la miseria de las +gañanías, abrían los ojos con asombro, como si viesen realizada la +abundancia de los cuentos maravillosos oídos en las veladas. La cena era +digna de señores. Don Luis pagaba espléndidamente. + +--A ver, señor Fermín: que traigan carne de Jerez; que coman todas esas +muchachas hasta que revienten; que beban, que se emborrachen: yo corro +con el gasto. Quiero que vean esos canallas cómo tratamos a los +trabajadores que son buenos y sumisos. + +Y encarándose con el rebaño agradecido, decía modestamente: + +--Cuando veáis a los de la huelga, decidles cómo tratan los Dupont a sus +trabajadores. La verdad: sólo la verdad. + +Durante el día, cuando el sol caldeaba la tierra inflamando las +blancuzcas pendientes de Marchamalo, Luis dormitaba bajo las arcadas de +la casa, con una botella junto a él, destilando frescura, y tendiendo de +vez en cuando su cigarro al _Chivo_ para que lo encendiese. + +Encontraba un placer nuevo ejerciendo de amo de la inmensa finca; creía +de buena fe desempeñar una gran función social contemplando desde su +sombreado retiro el trabajo de tanta gente, encorvada y jadeante bajo la +lluvia de fuego del sol. + +Las muchachas extendíanse por las pendientes, con sus faldas de +colores, como un rebaño de ovejas azules y sonrosadas. Los hombres, en +camisa y calzoncillos, avanzaban a gatas como corderos blancos. Iban de +unas cepas a otras, arrastrando el vientre sobre la tierra caldeada. Los +sarmientos esparcían sus pámpanos rojizos y verdes a ras del suelo, y +las uvas descansaban en la caliza, que las comunicaba hasta el último +instante su generoso calor. + +Otras muchachas subían cuesta arriba las grandes cestas de racimos +cortados para depositarlos en los lagares, y pasaban en continuo rosario +ante el señorito, que, tumbado en el sofá de enea, sonreía +protectoramente pensando en la hermosura del trabajo, y en la +perversidad de la canalla, que pretendía trastornar un mundo tan +sabiamente organizado. + +Algunas veces, aburrido de su silencio, llamaba al capataz que iba de +una colina a otra vigilando el trabajo. + +El señor Fermín poníase en cuclillas ante él, y hablaban de la huelga, +de las noticias que llegaban de Jerez. El capataz no ocultaba su +pesimismo. La resistencia de los trabajadores era cada vez mayor. + +--Es mucha la jambre, señorito--decía con la convicción de la gente +rústica, que aprecia el estómago como el impulsor de todas las acciones. + +--Y quien dice jambre, dice desorden, palos y bronca. Va a correr +sangre, y en el presidio le preparan el puesto a más de uno... Milagro +será que no acabe esto levantando catafalcos el carpintero, en la plaza +de la Cárcel. + +El viejo parecía oler la catástrofe; pero la veía llegar con una +tranquilidad egoísta, ya que los dos hombres que poseían sus afectos, +estaban lejos. + +Su hijo había ido a Málaga, por encargo de su principal, para +intervenir, como hombre de confianza, en cierta quiebra, y allá +permanecía ocupado en repasar cuentas y discutir con los otros +acreedores. ¡Ojalá no volviese en un año! El señor Fermín temía que al +regresar a Jerez se comprometiese en favor de los huelguistas, impulsado +por las enseñanzas de su maestro Salvatierra, que le arrastraban al lado +de los humildes y los rebeldes. En cuanto a don Fernando, hacía muchos +días que había salido de Jerez custodiado por la guardia civil. + +Al iniciarse la huelga, los ricos le habían hecho saber indirectamente +la conveniencia de que saliese cuanto antes de la provincia de Cádiz. +El, sólo él, era el responsable de lo que ocurría. Su presencia +soliviantaba a la gente trabajadora, haciéndola tan audaz y revoltosa +como en tiempos de _La Mano Negra_. Los principales agitadores de las +asociaciones obreras, que veneraban al revolucionario, le habían rogado +que huyese, temiendo por su vida. Las indicaciones de los poderosos, +equivalían a una amenaza de muerte. Acostumbrados los trabajadores a la +represión y la violencia, temblaban por Salvatierra. Tal vez le matasen +una noche en cualquier calle, sin que la justicia encontrase jamás al +autor. Era posible que la autoridad, aprovechando las largas excursiones +de Salvatierra por el campo, lo sometiese a mortales tormentos o lo +_suprimiera_ de una paliza en despoblado, como lo había hecho con otros +más humildes. + +Pero don Fernando contestaba a estos consejos con tenaces negativas. +Allí estaba por su voluntad y allí se quedaba... Por fin, las +autoridades habían exhumado uno de los muchos procesos que tenía +pendientes por sus propagandas de rebelde social, y un juez le llamó a +Madrid, emprendiendo don Fernando el viaje a viva fuerza, acompañado de +la guardia civil, como si su destino fuese viajar siempre entre una +pareja de fusiles. + +El señor Fermín se alegraba de esta solución. ¡Que le tuviesen +entretenido mucho tiempo! ¡Que no volviese en un año! Conocía a +Salvatierra, y estaba seguro de que, permaneciendo en Jerez, no tardaría +mucho en estallar la insurrección de los hambrientos, seguida de una +represión cruel y del presidio para don Fernando, tal vez por toda su +vida. + +--Esto acabará con sangre, señorito--continuaba el capataz.--Hasta ahora +sólo chillan los de las viñas, pero piense su mercé que este es el peor +mes del año para la gente de los cortijos. La trilla ha acabao en todas +partes, y hasta que empiece la sementera, hay miles y miles de hombres +con los brazos cruzaos, dispuestos a bailar al son que les toquen. Verá +el señorito lo que tardan en juntarse unos y otros, y entonces será +ella. Ya se incendian en el campo muchos pajares, sin que se vea la mano +que les prende fuego. + +Dupont se exaltaba. Mejor: que se uniesen todos, que se sublevaran +cuanto antes, para acuchillarlos, y obligarles a volver a la obediencia +y la tranquilidad. Él deseaba la rebelión y el choque, más aún que los +trabajadores. + +El capataz, asombrado de que hablase así, movía la cabeza. + +--Mal, muy mal, señorito. La paz con sangre, es mala paz. Mejor es +arreglarse a las buenas. Crea su mercé a un viejo que ha pasado las de +Caín, metido en eso de prenunciamientos y revoluciones. + +Otras mañanas, cuando Luis Dupont no sentía deseos de conversar con el +capataz, entrábase en la casa buscando a María de la Luz, que trabajaba +en la cocina. + +La alegría de la muchacha, la frescura de su piel de morena fuerte, +producían en el señorito cierta emoción. La castidad voluntaria que +observaba en su retiro, le hacían ver considerablemente agrandados los +encantos de la campesina. Siempre había sentido cierta predilección por +la muchacha, encontrando en ella un encanto modesto, pero picante y +fuerte, como el perfume de las hierbas del campo. Pero ahora, en la +soledad, María de la Luz le parecía superior a la _Marquesita_ y a todas +las cantaoras y mozas de arranque de Jerez. + +Pero Luis contenía sus impulsos, y los ocultaba bajo una alegre +confianza, recuerdo de la fraternidad infantil. Cuando instintivamente +se permitía algún atrevimiento que molestaba a la moza, hacía memoria de +los tiempos de la niñez. ¿No eran como hermanos? ¿No se habían criado +juntos?... En él no debía ver al señorito, al amo de su novio. Era lo +mismo que su hermano Fermín: debía considerarle como de la familia. + +Temía comprometerse con alguna audacia en aquella casa, que era la de su +severo primo. ¿Qué diría Pablo, que por respeto a su padre consideraba +al capataz y los suyos como una prolongación humilde de su propia +familia? Además, la famosa noche de Matanzuela le había causado gran +daño y no quería comprometer con otro escándalo su naciente fama de +hombre grave. Esto le hacía ser tímido con muchas vendimiadoras que le +gustaban, limitándose en sus placeres a una perversión intelectual, a +hacerlas beber por la noche para verlas alegres, sin las preocupaciones +del pudor, charlando entre ellas, pellizcándose y persiguiéndose, como +si estuviesen solas. + +Con María de la Luz mostrábase igualmente circunspecto. No podía verla +sin lanzar un chorro de alabanzas a su hermosura y gallardía. Pero esto +no alarmaba a la moza, acostumbrada al estallido ruidoso de la +galantería de la tierra. + +--Gracias, Luis--decía riendo.--¡Y qué requetegrasioso está el +señorito!... Si sigues así me voy a enamorá y acabaremos por escaparnos +juntos. + +Algunas veces, Dupont, influenciado por la soledad, que incita a las +mayores audacias, y por el perfume de una carne virginal que parecía +humear vida a las horas de calor, dejábase arrastrar por su instinto y +ponía astutamente sus manos en aquel cuerpo. + +La muchacha saltaba, frunciendo las cejas y la boca con gesto agresivo. + +--Luis: las manos cortas. ¿Qué es eso, señorito? Como güervas con otra, +te atizo una gofetá que la van a oír hasta en Jerez. + +Y mostraba en su gesto hostil y en su mano amenazante el firme propósito +de largar aquella bofetada fabulosa. Entonces era cuando recordaba él, +como una excusa, sus confianzas de la niñez. + +--¡Pero, sosa, mala sombra! ¡Si ha sido sin intención; nada más que por +jugar, para ver ese hociquillo tan mono que pones cuando te enfadas!... +Ya sabes que soy tu hermano. Fermín y yo, la misma cosa. + +La muchacha parecía serenarse, pero sin perder su gesto hostil. + +--Güeno; pues que el hermano se meta las manos donde le quepan. Ande +suelta la lengua too lo que quieras; pero si sacas las garras, niño, +encárgate otra cara, porque esa te la eshago de un revés. + +--¡Olé las mozas de arranque!--exclamaba el señorito.--¡Así me gusta mi +niña! ¡Con riñones y too!... + +Cuando Rafael presentábase en Marchamalo, el señorito no se privaba de +este continuo requebrar a María de la Luz. + +El aperador acogía con inocente satisfacción todos los elogios de su amo +a la novia. Al fin, era como un hermano suyo, y este parentesco +enorgullecía a Rafael. + +--Bandido--le decía el señorito con cómica indignación, en presencia de +la muchacha.--Te vas a llevar lo mejor de esta tierra, la perla de Jerez +y su campo. ¿Ves toda la viña de Marchamalo, que vale una millonada?... +Pues ná: aquí lo bueno es esta mocita, este cachito de gracia. Y esto te +lo llevas tú, ladrón... sinvergüenza. + +Y Rafael reía como un bendito, lo mismo que el señor Fermín. ¡Pero qué +don Luis tan gracioso y tan bueno! El señorito, continuando en el tono +de cómica gravedad, se encaraba con su aperador: + +--Ríe, bigardo... ¡Mirad ustedes, qué satisfechote está de la envidia +que le tienen los demás! El mejor día te mato y me llevo a Mariquita de +la Luz, y la pongo en un trono en Jerez en medio de la plaza Nueva, y al +pie toos los gitanos de Andalucía para que toquen y bailen, y se +arranquen cantando a la reina de la hermosura y de la gracia, todo lo +que merece... Eso lo hago yo: Luis Dupont, aunque mi primo me +excomulgue. + +Y por el mismo estilo iba ensartando su ristra de requiebros +hiperbólicos e incoherentes entre las risas de María de la Luz y los +suyos, que agradecían la confianza del señorito. + +Al terminar la vendimia, Luis mostrose orgulloso, como si finalizase una +obra grande. + +Se había hecho la recolección, valiéndose de mujeres, sin que se +atrevieran a presentarse aquellos guapos de la huelga que se deshacían +en amenazas. Esto era indudablemente porque él estaba allí guardando la +viña; porque bastaba que supiesen que don Luis defendía Marchamalo con +sus amigos, para que nadie se aproximase con la intención de perturbar +el trabajo. + +--Eh, ¿qué tal señor Fermín?--decía con petulancia.--Han hecho bien en +no venir, porque hubiesen salido a tiros. ¿Me pagará nunca mi primo lo +que hago por él? ¡Qué ha de pagarme! Luego, tal vez diga que no sirvo +para nada... Pero esto hay que celebrarlo. Hoy mismo voy a Jerez, y me +traigo lo mejor de la bodega. Y si rabia Pablo cuando vuelva, que rabie. +Algo me ha de pagar por mis servicios. Y esta noche, juerga... la más +gorda de la temporada: hasta que salga el sol. Quiero que esas +muchachas, al irse a la sierra, vayan contentas y se acuerden del +señorito... Y traeré tocaores para que le descansen a usté, y cantaoras +para que Mariquita no haga todo el gasto... ¿Que no quiere usted mujeres +de esas en Marchamalo? ¡Si mi primo no se enterará!... Bueno: no +vendrán. Usté, señor Fermín, es un rancio; pero por darle gusto quedan +suprimidas las cantaoras. Bien mirado, maldita la falta que hacen más +jembras, aquí donde hay tantas que parece un colegio. ¡Pero música y +vino hasta por encima de la cabeza! Y baile de la tierra; y baile fino, +agarrados como los señoritos. Verá usted la que se arma esta noche, +señor Fermín. + +Y Dupont se fue a la ciudad en su carruaje, que alborotaba la carretera +con el estrépito de sus cascabeles. Volvió ya entrada la noche, una +noche de verano, calurosa, sin que el más leve soplo de brisa hiciese +temblar la atmósfera. + +La tierra exhalaba un vaho ardiente; el azul del cielo diluíase en un +tinte blanquecino, las estrellas parecían empañadas por la neblina +caliginosa. En el silencio de la noche sonaban los crujidos de las cepas +al dilatar su corteza resquebrajada por el calor. La cigarra chillaba +furiosa en los surcos, abrasada por la tierra; la rana roncaba a lo +lejos, cual si la desvelase la falta de frescura de la charca. + +Los acompañantes de Dupont, en mangas de camisa, alineaban bajo las +arcadas las innumerables botellas traídas de Jerez. + +Las mujeres, vestidas ligeramente, con sólo una falda de percal, +mostrando los brazos desnudos por debajo del pañuelo cruzado sobre el +pecho, se encargaban de las cestas de provisiones, admirándolas con +alabanzas para el rumboso señorito. El capataz elogiaba la calidad de +los fiambres y de las aceitunas, que servían para excitar la sed. + +--¡Menúa jumera nos prepara el señorito!--decía riendo como un +patriarca. + +De la gran cena en medio de la explanado, lo que más atrajo la +admiración de la gente, fue el vino. Comían de pie hombres y mujeres, y +al tener en la mano el vaso lleno, avanzaban hasta una mesita ocupada +por el señorito, el capataz y su hija, a la que daban luz dos candiles. +Las llamas rojizas, que subían su lengua humosa en la calma de la noche +sin el más leve temblor, iluminaban la transparencia dorada del vino. +¿Pero qué era aquello?... Y volvían todos a paladearlo después de +admirar su hermoso color, y abrían los ojos desmesuradamente con asombro +grotesco, rebuscando las palabras, como si no pudiesen expresar toda la +veneración que les infundía el líquido portentoso. + +--Ezto e de las propios lagrimitas de Jezú--decían unos chasqueando +devotamente la lengua. + +--No--contestaban otros,--es la mezmízima leche de la Mare e Dió... + +Y el señorito reía, gozándose en su asombro. Era vino de la bodega +«Dupont Hermanos»: un vino venerable y carísimo, que sólo bebían los +_mislores_ allá en Londres. Cada gota valía una peseta. Don Pablo lo +apreciaba como un tesoro, y era probable que se indignase al conocer el +estrago que había hecho su aturdido pariente. + +Pero Luis no se arrepentía de su generosidad. Le alegraba enloquecer al +rebaño miserable con el vino de los ricos. Era un placer de patricio +romano, embriagando a sus clientes y esclavos con bebida de emperadores. + +--Bebed, hijos míos--decía con acento paternal.--Aprovechaos, que jamás +os veréis en otra. Muchos señoritos del _Caballista_ os envidiarían. +¿Sabéis lo que valen todos esas botellas? Un capital: eso es más caro +que el _champañ_; cada botella cuesta no recuerdo cuántos duros. + +Y la miserable gente arrojábase sobre el vino, y bebía y bebía +avariciosamente, como si lo que les entraba por la boca fuese la +fortuna. + +En la mesa del señorito, se servían las botellas después de una larga +permanencia en tanques llenos de hielo. El vino pasaba por la boca +dejándola insensible, con la grata parálisis de la frescura. + +--Nos vamos a emborrachar--decía sentenciosamente el capataz.--Esto se +cuela sin sentir. Es refresco en la boca y fuego en la tripa. + +Pero seguía llenándose el vaso entre bocado y bocado, paladeando el +néctar frío y envidiando a los ricos que podían permitirse diariamente +este placer de dioses. + +María de la Luz bebía tanto como su padre. Apenas vaciaba su copa, se +apresuraba el señorito a llenarla. + +--No eches más, Luis--suplicaba.--Mira que me voy a emborrachá. Esta +bebía es traidora. + +--Tonta, ¡si es como agua! ¡Si aunque te ajumeres, esto se pasa en +seguida!... + +Cuando terminó la cena, sonaron las guitarras y la gente formó corro, +sentándose en el suelo ante las sillas que ocupaban los músicos y el +señorito con su gente. Todos estaban ebrios, pero seguían bebiendo. ¡Qué +basca! La piel erizábase de gotas de sudor; los pechos se dilataban, +como si no encontrasen aire. ¡Vino y más vino! Para el calor no existía +remedio más acertado: era el verdadero refresco andaluz. + +Batiendo palmas unos, y chocando otros las botellas vacías, como si +fuesen palillos, jalearon las famosas sevillanas de María de la Luz y el +señorito. Ella bailaba en medio del corro frente a Luis, con las +mejillas enrojecidas y un brillo extraordinario en los ojos. + +Nunca la habían visto bailar tan arrebatadamente y con tanta gracia. Sus +brazos desnudos, de una palidez de perla, elevábanse en torno de la +cabeza, como asas de nácar de voluptuosa redondez. La falda de percal, +entre el _fru-fru_, que marcaba el adorable relieve de sus piernas, +dejaba ver por debajo de su orla unos pies pequeños, calzados +escrupulosamente, como los de una señorita. + +--¡Ay! ¡Que no pueo más!--dijo de pronto, sofocada por el baile. + +Y se dejó caer jadeante en una silla, sintiendo que, con la agitación de +la danza, comenzaba a rodar todo en torno de ella; la explanada, la +gente y hasta la gran torre de Marchamalo. + +--Eso es er calor--decía el padre gravemente. + +--Un poco de refresco y se te pasará--añadía Luis. + +Le presentaba una copa llena de aquel líquido de oro, coronado de +burbujas, que empañaba el cristal con su frescura. Y Mariquita bebía +ansiosamente, con una sed rabiosa, deseando renovar la sensación de +frescura en su boca ardiente como si llevase fuego en el estómago. De +vez en cuando protestaba. + +--Que me voy a emborrachá, Luis. Que creo que ya lo estoy. + +--¡Y qué!--exclamaba el señorito.--Yo también estoy borracho, y tu +padre, y todos lo estamos. Para eso es la fiesta. Otra copa. ¡Olé, mi +niña, valiente! ¡Siga la juerga! + +Bailaban en medio del corro algunas muchachas, con torpeza de +campesinas, haciendo frente a los viñadores no menos rústicos. + +--Eso no vale ná--gritó el señorito.--¡Fuera, fuera! A ver, maestro +_Águila_--continuó dirigiéndose al tocador.--Un baile de señorío por +todo lo alto. Una polka, un wals, cualquier cosa. Vamos a bailar +agarrados como la gente fina. + +Las muchachas, turbadas por el vino, se cogieron unas a otras o cayeron +en los brazos de los viñadores jóvenes. Todos comenzaron a dar vueltas, +al son de la guitarra. El capataz y los acólitos de don Luis, +acompañaban el ritmo chocando botellas vacías o golpeaban el suelo con +sus bastones, riendo como niños de esta habilidad musical. + +María de la Luz se sintió arrastrada por el señorito, que la agarró una +mano, sujetándola al mismo tiempo por el talle. La moza se resistió a +bailar. ¡Dar vueltas, cuando su cabeza parecía balancearse y todo giraba +en torno de sus ojos!... Pero al fin, se abandonó, entregándose a su +pareja. + +Luis sudaba, fatigado por la inercia de la muchacha. ¡Vaya una moza de +peso! Al oprimir aquel cuerpo sin fuerzas, sentía en su pecho el +contacto de elásticas prominencias. Mariquita dejaba caer la cabeza en +su hombro, como si no quisiera ver, abrumada por el mareo. Sólo una vez +se irguió para mirar a Luis, brillándole en los ojos una lejana chispa +de rebelión y protesta. + +--Suéltame, Rafaé: esto no está bien. + +Dupont rompió a reír. + +--¡Conque Rafael!... ¡Ay qué gracia, y cómo está, la niña! ¡Si me llamo +Luis!... + +La muchacha volvió a abatir su cabeza, como si no comprendiese las +palabras del señorito. + +Sentíase cada vez más anonadada por el vino y el movimiento. Con los +ojos cerrados y el pensamiento dando vueltas, como una rueda loca, +creía estar suspendida en el vacío, en una sima lóbrega, sin otro apoyo +que aquellos brazos de hombre. Si la soltaban, caería y caería sin tocar +nunca el fondo: e instintivamente se agarraba a su sostén. + +Luis no estaba menos turbado que su pareja. Respiraba sofocado por el +peso de la moza. Estremecíase con el contacto fresco y suave de sus +brazos, con el perfume de hermosura sana, que parecía surgir en chorro +voluptuoso del escote de su pecho. El soplo de sus labios le erizaba la +epidermis del cuello, esparciendo un estremecimiento por todo su +cuerpo... Cuando, abrumado por el cansancio, volvió a Mariquita a su +asiento, la muchacha quedó tambaleando, pálida, con los ojos cerrados. +Suspiraba, llevábase una mano a la frente, como si le doliese. + +Mientras tanto, danzaban las parejas en el corro con una algazara loca, +chocando unas con otras, empujándose intencionadamente, con +encontronazos que casi derribaban a los espectadores, haciéndoles +retirar las sillas. + +Dos mozos comenzaron a insultarse, tirando cada uno del brazo de la +misma muchacha. El vino hacía brillar sus ojos con fuego homicida, y +acabaron por dirigirse a la casa de los lagares en busca de las +podaderas, cortos y pesados machetes que mataban de un golpe. + +El señorito les cerró el paso. ¿Qué era aquello de matarse por bailar +con una muchacha, cuando tantos estaban esperando pareja? A callar, y a +divertirse. Y les obligó a darse la mano, a beber juntos en la misma +copa. + +La música cesó. Todos miraban con ansiedad hacia el lado de la explanada +donde estaban los de la riña. + +--Siga la juerga--ordenó Dupont como un tirano bondadoso.--Aquí no ha +pasado nada. + +Sonó otra vez la música, reanudaron la danza las parejas, y el señorito +volvió al corro. La silla de Mariquita estaba desocupada. Miró en torno +y no vio a la joven en toda la plazoleta. + +El señor Fermín estaba absorto contemplando las manos de Pacorro _el +Águila_, con admiración de guitarrista. Nadie había visto en su retirada +a María de la Luz. + +Dupont entró en la casa de los lagares, andando quedamente, empujando +las puertas con una suavidad felina sin saber por qué. + +Registró las habitaciones del capataz: nadie. Creyó encontrar cerrada la +puerta del cuarto de Mariquita; pero cedió aquélla al primer impulso. La +cama estaba vacía y toda la habitación en orden, como si nadie hubiese +entrado. Igual soledad en la cocina. Atravesó a tientas la vasta pieza +que servía de dormitorio a los trabajadores. ¡Ni un alma! Asomó luego la +cabeza en el departamento de los lagares. La luz difusa del cielo, +penetrando por las ventanas, proyectaba en el suelo unas manchas de +tenue claridad. Dupont, en este silencio creyó oír el sonido de una +respiración, el tenue remover de alguien tendido en el suelo. + +Avanzó. Sus pies tropezaron con unas arpilleras y sobre ellas un cuerpo. +Al arrodillarse para ver mejor, adivinó por el tacto, más bien que por +los ojos, a María de la Luz, que se había refugiado allí. Sin duda la +repugnaba ocultarse en su propia habitación, en tan vergonzoso estado. + +Al contacto de las manos de Luis, pareció despertar aquella carne sumida +en el sopor de la embriaguez. Se revolvió el cuerpo adorable, brillaron +sus ojos un momento, pugnando por mantenerse abiertos, y algo murmuró la +boca ardorosa junto al oído del señorito. Éste creyó escuchar: + +--Rafaé... Rafaé... + +Pero no dijo más. + +Los brazos desnudos se cruzaron sobre el cuello de Luis. + +María de la Luz caía y caía en el agujero negro de la inconsciencia, y +al caer se agarraba con desesperación a este sostén, concentrando en +ello toda su voluntad, dejando el resto de su cuerpo en insensible +abandono. + + + + +VIII + + +A principios de Enero, la huelga de los trabajadores se había extendido +por todo el campo de Jerez. Los gañanes de los cortijos hacían causa +común con los viñadores. Los dueños de los campos, como en los meses de +invierno no eran importantes los trabajos agrícolas, sobrellevaban sin +impaciencia el conflicto. + +--Ya se rendirán--decían.--El invierno es duro y el hambre mucha. + +En las viñas, el cuidado de las cepas se hacía por los capataces y los +braceros más allegados al dueño, arrostrando la indignación de los +huelguistas, que les tachaban de traidores, amenazándolos con venganzas +colectivas. + +La gente rica, a pesar de sus arrogancias, revelaba cierto miedo. Como +era costumbre en ella, había hecho hablar a los periódicos de Madrid de +la huelga de Jerez, ennegreciéndola con sombríos colores, hinchándola, +como si fuese una calamidad nacional. + +Se censuraba a los gobernantes por su abandono, pero con tales arrebatos +de urgencia, que no parecía sino que cada rico estaba sitiado en su +casa, defendiéndose a tiros contra una muchedumbre famélica y feroz. El +gobierno, como de costumbre, había enviado fuerza armada para cortar los +lamentos de estos pordioseros de autoridad y llegaron a Jerez nuevas +fuerzas de guardia civil, dos compañías de infantería de línea y un +escuadrón que se unió a los jinetes del depósito de sementales. + +Las _personas decentes_, como las llamaba Luis Dupont, sonreían con +beatitud al ver en las calles tantos pantalones rojos. En sus oídos +sonaba como la mejor de las músicas el arrastre de los sables por las +aceras, y al entrar en sus casinos se les ensanchaba el alma viendo en +torno de las mesas los uniformes de los oficiales. + +Los que semanas antes aturdían al gobierno con sus lamentaciones, como +si fuesen a morir degollados por aquellas turbas que permanecían en la +campiña, con los brazos cruzados, sin atreverse a entrar en Jerez, +mostrábanse ahora arrogantes y jactanciosos hasta la crueldad. Se reían +del gesto fosco de los huelguistas, de sus ojos, que tenían el +estrabismo malsano del hambre y la desesperación. + +Además, las autoridades creían llegado el momento de imponerse por el +miedo, y la guardia civil prendía a los que figuraban al frente de las +asociaciones obreras. Todos los días ingresaba gente en la cárcel. + +--Pasan ya de cuarenta los que están a la sombra--decían los mejor +informados en las tertulias. + +--Cuando sean cien o doscientos, esto quedará como una balsa de aceite. + +A media noche, los señores, al salir del casino, encontraban mujeres +arrebujadas en raídos mantones o con la falda a la cabeza, que les +tendían la mano. + +--Señor, que no comemos.... Señor, que nos mata la jambre... Tengo tres +churumbeles, y mi marío, con esto de la juelga, no trae pan a casa. + +Los señores reían, apresurando el paso. Que les diesen pon Salvatierra y +los otros predicadores. Y miraban con simpatía casi amorosa a los +soldados que pasaban por la calle. + +--¡Mardito seáis ustedes, señoritos!--rugían las míseras hembras en su +desesperación.--Quiera Dios que algún día mandemos los probes... + +Fermín Montenegro contemplaba tristemente el curso de esta lucha sorda, +que había de terminar forzosamente con algo ruidoso; pero de lejos, +rehuyendo el trato con los rebeldes, ya que no estaba en Jerez su +maestro Salvatierra. Callaba también en el escritorio, cuando en su +presencia manifestaban los amigos de don Pablo los crueles deseos de una +represión que atemorizase a los trabajadores. + +Desde que había vuelto de Málaga, su padre no le veía una sola vez que +no le recomendase la prudencia. Debía callar; al fin, ellos comían el +pan de los Dupont, y no era noble el unirse con los desesperados, aunque +éstos se quejasen con harto motivo. Además, para el señor Fermín, todas +las aspiraciones humanas se resumían en don Fernando Salvatierra, y éste +se hallaba ausente. Lo retenían en Madrid sometido a una continua +vigilancia para que no volviese a Andalucía. Y el capataz de Marchamalo, +faltando su don Fernando, consideraba la huelga desprovista de interés, +y a los huelguistas como un ejército sin caudillo y sin bandera; una +horda que forzosamente había de ser diezmada y sacrificada por los +ricos. + +Fermín obedeció a su padre, manteniéndose en una reserva prudente. +Dejaba sin respuesta las pullas de los compañeros de escritorio que, +conociendo su amistad con Salvatierra, para adular al amo se burlaban de +los rebeldes. Evitaba presentarse en la plaza Nueva, donde se reunían en +grupos los huelguistas de la ciudad, inmóviles, silenciosos, siguiendo +con miradas de odio a los señores que intencionadamente pasaban por allí +con la cabeza alta y una expresión de reto en los ojos. + +Montenegro dejó de pensar en la huelga, atraído por otros asuntos de +mayor interés. + +Un día, al salir de su escritorio para ir a comer en la casa donde +estaba de huésped, encontró al aperador de Matanzuela. + +Rafael parecía esperarle apoyado en una esquina de la plazoleta, cuyo +frente ocupaban las bodegas de Dupont. Fermín no le había visto en mucho +tiempo. Lo encontraba algo desfigurado; con las facciones enjutas y los +ojos hundidos en un cerco oscuro. Su traje de campo estaba sucio de +polvo; lo llevaba con descuido, como si olvidase aquella arrogancia que +le hacía ser considerado como el más elegante y majo de los jinetes +rústicos. + +--¿Pero estás enfermo, Rafael? ¿Qué te pasa?--exclamó Montenegro. + +--Penas--dijo lacónicamente el aperador. + +--El domingo pasado no te vi en Marchamalo; y el otro tampoco. ¿Es que +estás de morros con mi hermana?... + +--Tengo que hablar contigo, pero mu largo, ¡mu largo!--dijo Rafael. + +Allí en la plaza no podía ser; en la casa de huéspedes tampoco, pues lo +que el aperador quería decirle era para guardarse en secreto. + +--Está bien--dijo Fermín bromeando, al adivinar que se trataba de penas +de enamorado.--Pero como yo he de comer, ¡criatura triste! nos iremos a +casa del _Montañés_ y allí desembucharás todas esas penillas que te +ahogan, mientras yo hago por la vida. + +En el colmado del _Montañés_, al pasar frente al cuarto más grande del +establecimiento, oyeron rasgueos de guitarra, palmas y gritos de +mujeres. + +--Es el señorito Dupont--les dijo el camarero--que está con unos amigos +y una jembra magnífica que se ha traído de Sevilla. Ahora empieza la +juerga... ¡hay tela cortada lo menos hasta mañana! + +Los dos amigos buscaron el cuarto más lejano para que el estrépito de la +fiesta no interrumpiese su conversación. + +Montenegro encargó su comida, y el criado puso la mesa en aquel +cuartucho, que olía a vino, y, por lo menguado, parecía un camarote. +Poco después volvió con una gran batea llena de cañas. Era un obsequio +de don Luis. + +--El señorito--dijo el camarero--se ha enterado de que están aquí, y les +envía esto. Además, pueden ustedes tomar lo que gusten; todo está +pagado. + +Fermín le encargó anunciase a don Luis que pasaría a verle así que +terminase su comida, y cerrando la puerta del camarote se quedó solo con +Rafael. + +--Vamos, hombre--dijo señalándole los platos:--ponte de eso. + +--Yo no como--contestó Rafael. + +--¿Que no comes? Vaya... pasarás del aire como todos los enamorados... +¿Pero beber sí que beberás? + +Rafael hizo un gesto, como extrañando lo superfluo de la pregunta. Y sin +levantar la vista de la mesa, comenzó a apurar rabiosamente las cañas +que tenía delante. + +--Fermín--dijo de pronto mirando a su amigo con los ojos +enrojecidos.--Yo estoy loco... loco perdío. + +--Ya lo veo--contestó Montenegro flemáticamente, sin dejar de comer. + +--Fermín; paece que un demonio me sopla a la oreja las mayores +barbaridades. Si tu padre no fuese mi padrino, y si tú, no fueses tú, +hace días que habría matao a tu hermana, a María de la Lú. Te lo juro +por esta, por mi mejor compañera, por la única herencia de mi padre. + +Y abriendo con gran estrépito de muelles una navaja de cachas viejas, +besaba ferozmente la tersa hoja, con dibujos coloreados por el óxido +rojizo. + +--Hombre, ya será algo menos--dijo Montenegro mirando fijamente a su +amigo. + +Había dejado caer el tenedor, y una nubecilla roja pasó por su frente. +Pero este gesto hostil sólo duró un instante. + +--¡Bah!--añadió--sí que estás loco, y más lo está el que te haga caso. + +Rafael rompió a llorar. Por fin, sus ojos podían dar paso a las lágrimas +que se agolpaban a ellos, y deslizándose por sus mejillas caían en el +vino. + +--Es verdá, Fermín, estoy loco. Suelto bravatas y... na: soy un mandria. +Mira cómo estaré, que un zagal me pegaría. ¿Qué he de matar yo a +Mariquita? Ojalá tuviera entrañas negras para eso. Después me matarías +tú, y toos descansaríamos. + +El rasgueo lejano de la guitarra y las voces que cortaban su ritmo, +jaleando el taconeo de una bailaora, parecían acompañar la caída de las +lágrimas del mocetón. + +--Pero, vamos a ver--exclamó Fermín con impaciencia.--¿Qué es todo eso? +Habla, y cesa de llorar, que pareces una beata en la procesión del Santo +Entierro. ¿Qué te pasa con Mariquita?... + +--¡Que no me quiere!--gritó el aperador con acento desesperado.--¡Que ya +no me hace caso! ¡Que hemos roto y no quié verme!... + +Montenegro sonrió. ¿Y eso era todo? ¡Riñas de novios; caprichitos de +muchacha, que se enfada para animar la monotonía de un largo noviazgo! +Ya pasaría el mal viento. Él conocía aquello de oídas. Se expresaba con +su escepticismo de joven práctico, a la _inglesa_, como él decía, +enemigo de los amoríos ideales que duraban años y eran una de las +tradiciones de la tierra. A él no se le había conocido noviazgo alguno +en Jerez. Se contentaba con tomar lo que podía, buenamente, de vez en +cuando, para satisfacción de sus deseos. + +--Eso lo agradece siempre el cuerpo--continuó.--Pero relaciones por lo +fino, con suspiros, penas y celillos, ¡eso nunca! Necesito el tiempo +para otras cosas. + +Y Fermín, con tono zumbón, intentaba consolar a su amigo. Aquella mala +racha pasaría. ¡Caprichos de mujeres, que se ponen de morros y fingen +enfado para que las quieran más! El día en que menos lo pensase, vería +a María de la Luz ir hacia él, diciendo que todo había sido una broma, +para poner a prueba su cariño, y que lo quería más que antes. + +Pero el mocetón movía la cabeza negativamente. + +--No; no me quiere. Esto se acabó y yo voy a morir. + +Relataba a Montenegro cómo habían terminado sus amores. Ella le llamó +una noche para hablar en la reja, y con una voz y un gesto, cuyo +recuerdo aún estremecía al pobre mozo, le anunció que todo había acabado +entre los dos. ¡Cristo; qué noticia para recibirla así, de sopetón! + +Rafael se agarró a los hierros para no caer. Después hubo de todo: +súplicas, amenazas, lloros; pero ella se mantenía inflexible, con una +sonrisa que daba miedo, negándose a continuar los amoríos. ¡Ah, las +mujeres!... + +--Sí, hijo mío--decía Fermín.--Unas arrastrás. Aunque se trate de mi +hermana, no hago excepción. Por eso tomo yo de ellas lo que necesito y +rehuyo el trato... ¿Pero qué excusa te daba Mariquita?... + +--Que ya no me quiere; que se ha apagao de repente el aquel que me +tenía. Que no siente por mi ni una miaja de afecto y no quiere mentir +fingiendo cariño... ¡Como si un querer pudiera apagarse de pronto, lo +mismo que una luz!... + +Rafael recordaba el final de su última entrevista. Cansado de suplicar, +de llorar agarrado a la reja, de arrodillarse como un chiquillo, la +desesperación le había hecho prorrumpir en amenazas. ¡Que le perdonase +Fermín! pero en aquel momento se sintió capaz del crimen. La muchacha, +cansada de sus ruegos, asustada de sus maldiciones, acabó por cerrar de +golpe la ventana. ¡Y hasta ahora! + +Dos veces había ido de día a Marchamalo con la excusa de ver al señor +Fermín; pero María de la Luz escondíase, apenas adivinaba su caballo +galopando por la carretera. + +Montenegro le oía pensativo. + +--¿Tendrá otro novio?--dijo.--¿Se habrá enamorado de alguien? + +--No; eso no--se apresuró a responder Rafael, como si esta convicción le +sirviese de consuelo.--Lo mismo pensé en el primer momento y me vi ya +metío en la cárcel de Jerez y luego en presidio. Al que me quite a mi +Mariquilla de la Lú, lo mato. Pero ¡ay! que no me la quita nadie: que es +ella la que se va... He pasao los días vigilando de lejos la torre de +Marchamalo. ¡Las copas que llevo bebías en el ventorro de la carretera y +que se me golvían veneno al ver bajar o subir a alguien la cuesta de la +viña!... He pasao las noches tendido entre las cepas, con la escopeta al +lado, dispuesto a meterle un puñao de postas en el vientre al primero +que se acercase a la reja... Pero no he visto más que a los mastines. La +reja cerrá. Y entretanto, el cortijo de Matanzuela anda desgobernao, +aunque mardita la falta que hago yo con esto de la huelga. Nunca estoy +allí: el pobre _Zarandilla_ se lo carga too; si lo supiera el amo, me +despedía. Sólo tengo ojos y oídos para celar a tu hermana y sé que no +hay noviazgo, que no quiere a nadie. Casi estoy por decirte que aun me +tiene algo de ley, ¡mira tú si soy tonto!... Pero la mardita huye de +verme, y dice que no me quiere. + +--¿Pero tú la has hecho algo, Rafael? ¿No estará enfadada por alguna +ligereza tuya? + +--No: eso tampoco. Soy más inocente que el niño Jesú y el cordero que +lleva al lao. Desde que tengo relaciones con tu hermana, que no miro a +una moza. Toas me parecen feas, y Mariquilla lo sabe. La última noche +que hablé con ella, cuando yo le pedía que me perdonase, sin saber por +qué, y le preguntaba si la había ofendío en algo, la pobrecita lloraba +como la Malaena. Bien sabe tu hermana que yo no la he fartao en tanto +como esta uña. Ella misma lo decía: «¡Pobre Rafaé! ¡Tú eres bueno! +Olvídame: serías infeliz conmigo». Y me cerró la ventana... + +El mocetón gemía al decir esto, mientras su amigo, que había acabado de +comer, apoyaba pensativo su frente en una mano. + +--Pues, hijo--murmuró Fermín.--No entiendo este jeroglífico. Mariquilla +te deja y no tiene otro novio: te compadece, te dice que eres bueno, +mostrando que aun te tiene algún querer, y te cierra la ventana. ¡El +demonio que entienda a las mujeres! ¡Y qué mala alma tienen a veces las +condenadas!... + +Aumentó el estrépito en el cuarto de la juerga, y una voz de mujer, +aguda, de un temblor metálico, llegó hasta los dos amigos. + + Me dejó... ¡mala gitana! + Cuando yo más la quería... + +Rafael no pudo oír más. La poesía popular le arañaba el alma con su +ingenua tristeza. Rompió a llorar con gemidos de niño, como si la copla +fuese su historia: como si la hubiesen compuesto luego de ser despedido +él de aquella reja, donde estaba la felicidad de su vida. + +--¿Oyes, Fermín?--dijo entre suspiros.--Ese, soy yo. Me ocurre lo que al +pobresito de la copla. Se le tiene compasión a un perrito de cría, se le +quiere, no se le deja, sus chillidos inspiran lástima, y yo, que soy un +hombre, una criatura de Dios, ¡a la calle! ¡si te quise, ya no te +quiero! ¡a reventar de pena!... ¡Cristo! ¡Paece mentira que aún no me +haya muerto!... + +Quedaron en silencio largo rato. Abstraídos en sus pensamientos, ya no +oían el estrépito de la juerga, la voz femenil que seguía entonando +coplas. + +--Fermín--dijo de pronto el aperador.--Tú eres el único que lo puee +arreglar todo. + +Por esto le había esperado a la salida del escritorio. Conocía su gran +influencia sobre la familia. María de la Luz le respetaba más que a su +padre, y se hacía lenguas de su sabiduría. + +La educación en Inglaterra, y los elogios del capataz, que veía en su +hijo una inteligencia casi tan grande como la de su maestro, influían en +la muchacha, ingiriendo en su afecto fraternal una gran dosis de +admiración. Rafael no se atrevía a hablar al padrino: le tenía miedo. +Pero de Fermín lo esperaba todo, y se confiaba a él. + +--Lo que tú le digas que haga, eso hará... Ferminillo, no me abandones, +protégeme. Tú eres mi patrón; quisiera ponerte en un altar y encenderte +velas y rezarte una letanía. Fermín; santito mío: no me dejes, +defiéndeme. Ablanda aquel peñasco, de corazón; agárrame, porque si no, +me caigo y voy a presidio o a la casa de los locos. + +Montenegro se burló de las exageraciones lloriqueantes de su amigo. + +--Está bien, hombre: se hará lo que se pueda, pero no llores más, ni +sueltes esas oraciones, que pareces don Pablo, mi principal, cuando le +hablan de Dios. Veré a Mariquita: le hablaré de ti: le diré a la muy +indina lo que merece. ¿Qué; estás ya contento?... + +Rafael limpiábase los lagrimones, y sonreía con sencillez infantil, +mostrando sus dientes cuadrados, de nítida blancura. Pero su gozo era +impaciente. ¿Cuándo pensaba Fermín ver a Mariquita? + +--Hombre, iré mañana. En el escritorio estamos muy atareados en la +liquidación de fin de año. Las cuentas de los ingleses me dan mucho +quehacer. + +El mocetón hizo un gesto de contrariedad. ¡Mañana!... Una noche más de +no dormir, de llorar su desgracia, de incertidumbre cruel no sabiendo si +debía esperar algo. + +Montenegro rió ante la tristeza del aperador. ¡Pero cómo ponía el amor a +los hombres! Daba ganas de propinar unos cuantos azotes a aquel mozo, +como si fuera un niño grandullón y enfurruñado. + +--No, Fermín; por tu salú te lo pido. Haz algo por mí; ve en seguida y +sacarás un alma de pena. Nada te dirán en el escritorio: esos señores te +quieren; eres su niño mimao. + +Y le asediaba con ruegos ardorosos, con palabras acariciadoras, para que +fuese en seguida a avistarse con su hermana. Montenegro cedió, vencido +por la ansiedad del mocetón. Iría aquella misma tarde a Marchamalo; +mentiría al jefe del escritorio diciéndole que su padre estaba enfermo. +Don Ramón era bueno y haría la vista gorda. + +El impaciente Rafael habló entonces de lo cortas que eran las tardes de +Enero y de la necesidad de aprovechar el tiempo. + +Fermín llamó al criado, que se extrañaba de la parquedad de los dos +amigos, invitándoles a pedir más _cosas_. ¡Todo estaba pagado! ¡Don Luis +tenía cuenta abierta!... + +Al salir Rafael, marchó directamente a la calle, temiendo que el amo le +viese con los ojos enrojecidos. Fermín asomó la cabeza al cuarto de la +juerga, y después de aceptar una copa de Dupont huyó de éste, que +intentaba cogerle por las solapas, para que se quedase. + +Antes de media tarde llegó Fermín a Marchamalo. Rafael le llevó en las +ancas de su jaca. Su impaciencia le hacía mover nerviosamente los +talones, espoleando al animal. + +--¡Que vas a reventarlo, bárbaro!--gritaba Montenegro, pegando su pecho +a la espalda del jinete.--¡Que pesamos mucho los dos!... + +Pero Rafael sólo pensaba en la entrevista próxima. + +--En el mismísimo carro de San Elías quisiera yo llevarte, Ferminillo, +para que vieses antes a la gachí. + +Hicieron alto en el ventorro de la carretera, cerca de la viña. + +--¿Quieres que te espere?--dijo el aperador.--Yo te aguardo aquí con +gusto hasta el día del Juicio. + +Sentía impaciencia por conocer la resolución de la muchacha. Pero Fermín +no quiso que le aguardase. Pensaba pasar la noche en la viña. Y siguió +la marcha a pie, mientras Rafael le anunciaba a voces que vendría a +buscarle al día siguiente. + +Cuando el señor Fermín vio llegar a su hijo, le preguntó con cierta +ansiedad si ocurría algo en Jerez. «Nada, padre.» Él venía a pasar la +noche con la familia, ya que en el escritorio le habían dado permiso por +falta de trabajo. El viejo agradeció la visita, pero sin desechar la +inquietud que había manifestado a la llegada de su hijo. + +--Creí, al verte, que algo malo pasaba en Jerez: pero si nada ocurre +aún, ocurrirá pronto. Yo, desde aquí, lo sé todo; nunca falta un amigo +de las otras viñas que me trae el soplo de lo que piensan los +huelguistas. Además, en el ventorro repiten los arrieros lo que oyen en +los ranchos. + +Y el capataz habló a su hijo de la gran reunión que los trabajadores +iban a celebrar el día siguiente en los llanos de Caulina. Nadie sabía +quién daba las órdenes, pero el llamamiento había circulado de boca en +boca por el campo y la sierra, y se juntarían miles y miles de hombres, +viniendo hasta de los límites de la provincia de Málaga, todos los que +ganaban el jornal en la campiña jerezana. + +--Una verdadera revolución, hijo. Anda en todo esto un forastero, un +muchacho al que llaman el _Madrileño_, que habla de matar a los ricos y +repartirse los tesoros de la ciudad. La gente parece loca: todos creen +que mañana van a triunfar y que se acaba la miseria. El _Madrileño_ +emplea el nombre de Salvatierra, como si obrase por orden suya, y muchos +afirman, como si le hubieran visto, que don Fernando está escondido en +Jerez y se presentará en el momento de la revolución. ¿Qué sabes tú de +esto?... + +Fermín movió la cabeza con aire incrédulo. Salvatierra le había escrito +algunos días antes, sin manifestar propósitos de volver a Jerez. Dudaba +de que fuese cierto su viaje. Además, le parecía inverosímil este +intento de sublevación. Sería una alarma más de las muchas inventadas +por la desesperación de los hambrientos. Equivalía a una locura intentar +la invasión de la ciudad estando en ella las tropas. + +--Ya verá usted, padre, cómo si se reúnen en Caulina, quedará todo +reducido a gritos y amenazas, como en las reuniones en los ranchos. Y de +don Fernando, no pase usted pena. Tengo la convicción de que está en +Madrid. No es tan insensato que vaya a comprometerse en una locura como +esta. + +--Lo mismo creo, hijo; pero por lo que pueda ocurrir, procura tú mañana +no mezclarte con esos locos, si es que entran en la ciudad. + +Fermín miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin +salió de la casa María de la Luz, sonriendo a su Fermín, acogiendo su +visita con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la miró con +atención. ¡Nada! De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar +aquellas tristezas que habían cortado sus amores. + +Transcurrió más de una hora sin que pudiese hablar a solas con su +hermana. En las miradas fijas de Fermín parecía adivinar la moza algo de +sus pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan +pronto palidecía con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con +una oleada de sangre. + +El señor Fermín bajó la cuesta de la viña, yendo al encuentro de unos +arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les +reconocía desde lo alto. Eran amigos, y quería saber por ellos lo que +hablaban en los ranchos de la reunión del día siguiente. + +Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un +silencio embarazoso. + +--Tengo que hablarte, Mariquita--dijo al fin el muchacho con resolución. + +--Pues empieza cuando quieras, Fermín--contestó ella con acento +tranquilo.--Ya adiviné al verte que por algo venías. + +--No: aquí no. Podría volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar +requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo. + +Y los dos emprendieron la marcha colina abajo, por la pendiente opuesta +a la carretera. Bajaban por entre las cepas, a espaldas de la torre, +dirigiéndose a una línea de chumberas que limitaba la gran viña por este +lado. + +María de la Luz intentó detenerse varias veces no queriendo ir tan +lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa +incertidumbre. Pero el hermano se resistía a iniciar la conversación +mientras pisasen aquella tierra sometida a la vigilancia de su padre. + +Se detuvieron en la cerca de chumberas, junto a una gran brecha que +dejaba ver un copudo olivar, tras cuyo ramaje descendía el sol. + +Fermín hizo que su hermana se sentara en el ribazo, y plantándose ante +ella, dijo con dulce sonrisa para animarla a la confianza: + +--Vamos a ver, loquilla: vas a decirme por qué has roto con Rafael; por +qué le has despedido como si fuese un perro, causándole tal pena que el +pobre parece que va a morir. + +María de la Luz pareció echar a broma el asunto, pero estaba pálida y su +risa tenía la crispación de una mueca triste. + +--Porque no le quiero: porque me he cansao de él, ¡ea! Es un soso que me +aburre. ¿No soy yo dueña de querer al hombre que me guste?... + +Fermín la habló como a una niña revoltosa. Estaba mintiendo: se lo +conocía en la cara. No podía ocultar que seguía amando a Rafael. Algo +había en todo aquello, que era preciso que él conociera para bien de los +dos novios, para juntarlos de nuevo. ¡Mentira aquel aburrimiento! +¡Mentira aquella energía de moza bravucona con que se expresaba +Mariquita al justificar su rompimiento con Rafael! Ella no era mala; no +podía tratar con tanta crueldad a su antiguo novio. ¡Qué! ¿así se rompen +unos amores comenzados casi en la infancia? ¿Así se despide a un hombre +después de haberlo tenido durante años y años, como quien dice, cosido a +las faldas? Algo había en su conducta que no podía explicarse, y era +preciso que ella se lo dijese. ¿No era su hermano único y el mejor de +sus amigos? ¿No le contaba todas las cosas que no se atrevía a decir al +padre, por el respeto que éste le inspiraba?... + +Pero la muchacha se mostró insensible al tono acariciador y persuasivo +de su hermano. + +--No hay nada de eso--repuso enérgicamente, irguiendo su busto como si +fuese a levantarse.--Todo son invenciones tuyas. No hay más, que estoy +cansada de noviazgos, que no quiero hombre, que pienso pasarme la vida +al lado de padre y de ti. ¿Con quién mejor que con vosotros? ¡Se +acabaron los novios! + +El hermano acogía estas palabras con un gesto de incredulidad. ¡Mentira +otra vez! ¿Por qué se cansaba de pronto del hombre al que tanto había +querido? ¿Qué causa poderosa había deshecho con tanta rapidez su +amor?... ¡Ah Mariquita! Él no era tan bobo que se tragase unas excusas +faltas de sentido. + +Y como la muchacha, para ocultar su turbación levantase la voz, +repitiendo enérgicamente que era dueña de su voluntad y podía hacer lo +que fuese de su gusto, Fermín comenzó a irritarse. + +--¡Ah, mocita falsa! ¡Alma dura! ¡Corazón de canto! ¿Crees tú que a un +hombre se le deja cuando a una le parece, después de haberle entretenido +años enteros junto a la reja, enloqueciéndolo con palabritas de miel, +afirmando que se le quiere más que a la vida? Por mucho menos les han +partido a algunas el corazón de una puñalada... Grita: repite que harás +lo que te dé la gana: yo pienso en aquel infeliz que, mientras tú hablas +como una arrastrá, el pobrecito anda por ahí hecho una lástima, llorando +como un chiquillo, a pesar de que es el hombre más hombre de todo el +campo de Jerez. Y eso por ti... ¡por ti, que te portas peor que una +gitana! ¡por ti, veleta!... + +Exaltándose a impulsos de su ira, hablaba de la tristeza de Rafael, del +gesto lloroso con que había implorado su auxilio, de la angustia con que +aguardaba el resultado de su mediación. Pero no pudo hablar más. María +de la Luz, pasando repentinamente de la resistencia al desaliento, +rompió a llorar, aumentándose sus gemidos y sus lágrimas conforme +avanzaba Fermín en el relato de la desesperación amorosa del novio. + +--¡Ay, pobrecito!--gemía la muchacha, olvidando todo disimulo.--¡Ay, mi +Rafael de mi arma!... + +Se dulcificó la voz del hermano. + +--Le quieres, ¿no lo ves? le quieres. Tú misma te delatas. ¿Por qué +hacerle sufrir? ¿Por qué esa testarudez, que a él le desespera y a ti te +hace llorar? + +Y el muchacho, inclinándose sobre su hermana, la envolvía en sus ruegos +o la empujaba los hombros con violencia, presintiendo la gravedad del +secreto que ocultaba Mariquita y que él a todo trance quería conocer. + +Callaba la muchacha. Gemía oyendo a su hermano, como si cada una de sus +palabras penetrase en su alma, crispándola con el dolor de las heridas +desgarradas; pero no abría su boca: temía decir demasiado y únicamente +lloraba, poblando de lamentos el silencio de la tarde. + +--Habla--gritaba imperiosamente Fermín.--Di algo. Tú quieres a Rafael; +le quieres tal vez más que antes. ¿Por qué te separas de él? ¿Por qué le +despides? Esto es lo que me interesa; tu silencio me da miedo. ¿Por qué? +¿por qué? Habla, mujer; habla, o creo que te mato. + +Y empujaba rudamente a María de la Luz, la cual, como si no pudiera +sostenerse bajo el peso de la emoción, se había tendido en el ribazo, +con la cara entre las manos. + +Comenzaba a ocultarse el sol. Se veía el disco de color de cereza, +detrás de las ramas del olivar, como al través de una celosía negra. Sus +últimos rayos, a ras de tierra, coloreaban con un resplandor anaranjado +la columnata de troncos de los olivos, las marañas de plantas de la +tierra, las curvas del cuerpo de la moza tendido en el suelo. La +punzante película de las chumberas erizábase como una epidermis +luminosa. + +--Habla, Mariquita--rugía la voz de Fermín.--Di por qué haces eso. ¡Dilo +por tu vida! ¡Mira que me vuelves loco! ¡Díselo a tu hermano, a tu +Fermín! + +La voz de la muchacha salió tenue, vergonzosa, lejana, de aquel bulto +tendido. + +--No le quiero... porque le quiero mucho. No puedo quererle, porque le +amo demasiado para hacerle infeliz. + +Y cual si tras estas palabras confusas cobrase ánimos, Mariquita se +irguió, mirando fijamente a Fermín con sus ojos llenos de lágrimas. + +Podía pegarla, podía matarla; pero ella no volvería a hablar con Rafael. +Había jurado que si se consideraba indigna de él, le abandonaría, aunque +con esto destrozase su alma. Era un crimen premiar aquel amor tan +intenso introduciendo en su futura existencia algo que pudiese afrentar +a Rafael, tan bueno, tan noble, tan amoroso. + +Se hizo un largo silencio. + +El sol había desaparecido. Ahora el negro ramaje del olivar se destacaba +sobre un cielo de color de violeta, con una leve franja de oro a ras del +horizonte. + +Fermín callaba, como si le aterrase el contacto de la verdad misterioso, +cuyo roce creía ya sentir. + +--Según eso--dijo con una calma solemne,--tú te consideras indigna de +Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle +infeliz. + +--Sí--contestó ella sin bajar los ojos. + +--¿Y qué es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo. + +María de la Luz volvió a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no +hablaría: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus +fuerzas. Si Fermín la quería un poco; debía respetar su silencio, +dejarla en paz, que harto lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros, +rasgó de nuevo la calma del crepúsculo. + +Montenegro mostrábase tan desalentado como su hermana. Después de sus +arrebatos de indignación, sentíase débil, reblandecido, anonadado por +aquel misterio, que sólo había podido columbrar. Hablaba con dulzura, +con humildad, recordando a la joven el estrecho cariño que unía sus +vidas. + +No habían conocido a su madre, y Fermín ocupó para la pequeña el vacío +que dejó al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas +si recordaban. ¿Cuántas veces, a la edad en que otros muchachos se +duermen en un regazo tibio, había hecho de madre para ella, meciéndola +muerto de sueño, sufriendo sus llantos y sus manotones? ¿Cuántas veces, +en la época de miseria, cuando el padre no tenía trabajo, había sofocado +su hambre para darla el mendrugo que le regalaban otros chicos, +compañeros de sus juegos?... Cuando ella sufrió las enfermedades de la +infancia, su hermano, que apenas pasaba la cabeza del borde de la cama, +la había velado, había dormido con ella sin miedo a la infección. Eran +más que hermanos: la mitad de su vida la habían pasado juntos, en +contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos, +confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no sabía lo que en su +cuerpo era suyo o asimilado del otro. + +Después, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de +una infancia triste, se había agrandado. Él no pensaba en casarse, como +si su misión en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, viéndola +feliz con un hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a +los hijos que ella tuviese... Para Fermín no guardaba secretos +Mariquita. Corría a él, en los momentos de duda, antes que al padre... +¡Y ahora, la ingrata, como si de repente se endureciese su alma, dejaba +impasible que él sufriese, sin revelar aquel misterio de su vida! + +--¡Ah, mal corazón! ¡Mala hermana!... ¡Y cuán poco te conocía! + +Estos reproches de Fermín, dichos con voz entrecortada, como si fuese a +llorar, causaron más efecto en María que las amenazas y violencias de +antes. + +--Fermín... quería ser muda para que no sufrieses; porque sé que la +verdad te hará daño. ¡Ay, Jesús mío! ¡Destrozarles el alma a los dos +hombres que más quiero!... + +Pero ya que el hermano lo exigía, a él se confiaba, y fuese lo que Dios +quisiera... Se había erguido otra vez y hablaba, sin un gesto, sin mover +apenas los labios, con la mirada perdida en el horizonte, cual si +estuviera soñando y relatase la historia de otra persona. + +Comenzaba a anochecer y a Fermín le pareció que toda la sombra del +crepúsculo se le metía dentro del cráneo, nublando su pensamiento, +entorpeciéndolo con dolorosa somnolencia. Un frío intenso y paralizador, +un frío de sepultura, arañaba su espalda. Era la brisa ligera de la +noche, pero a Fermín le pareció un viento de hielo, una tromba glacial +que venía desde el Polo para él, sólo para él. + +María de la Luz seguía hablando impasible, como si relatase la desgracia +de otra mujer. Sus palabras evocaban rápidas imágenes en el pensamiento +del hermano. Todo lo veía Fermín: la embriaguez general de la última +noche de la vendimia, la borrachera de la moza, su desplome como un +cuerpo inerte en el rincón de los lagares, y después la llegada del +señorito para aprovecharse de la caída. + +--¡El vino! ¡El mardito vino!--decía María de la Luz con expresión de +cólera, haciendo al líquido de oro responsable de su desgracia. + +--Sí, el vino--repetía Fermín. + +Y con el pensamiento evocaba a Salvatierra, recordando sus anatemas a la +maléfica divinidad que regulaba todas las acciones y los afectos de un +pueblo esclavizado por ella. + +Después, las palabras de su hermana le hacían ver el horroroso despertar +al desvanecerse el triste engaño de la embriaguez, la indignación con +que repelía a un hombre, al que no amaba, y que aún le parecía más +antipático luego de su fácil victoria. + +Todo había acabado para María de la Luz. Harto lo demostraba la firmeza +de sus palabras. Ya no podía ser del hombre amado. Debía mostrarse +cruel, fingir despego, hacerle sufrir como una moza casquivana, antes +que decirle la verdad. + +Imperaba en ella esa preocupación de la hembra vulgar que confunde el +amor con la virginidad física. Una mujer sólo podía ser esposa del +hombre al que llevase como tributo de sumisión, la integridad de su +cuerpo. Ella debía ser como su madre, como todas las buenas mujeres que +conocía. La virginidad de la carne era tan importante como el amor; y +cuando se perdía, aunque fuese por un azar, sin voluntad alguna, había +que resignarse, doblar la cabeza, decir adiós a la dicha y seguir el +camino de la vida, sola y triste, mientras el amante infeliz se alejaba +por otro lado buscando una nueva urna de amor cerrada e intacta. + +Para María de la Luz el mal era irremediable. Amaba a Rafael; la +desesperación del muchacho aumentaba su apasionamiento; pero jamás +volvería a hablarle. Se resignaba a que la tuviesen por cruel antes que +engañar al hombre amado. ¿Qué decía Fermín a esto? ¿No debía ella +repeler a su novio, aunque esto la destrozase el alma?... + +Fermín permanecía silencioso, la barba en el pecho y los ojos cerrados, +con la inmovilidad de la muerte. Parecía un cadáver en pie. De pronto, +despertó la fiera humana que se encabrita y ruge ante la desgracia. + +--¡Ah, perra descastada!--bramó.--¡Mala piel! ¡....! + +Y el supremo insulto a la virtud femenil salió de sus labios disparado +contra María de la Luz. Avanzó un paso, con la mirada extraviada y el +puño en alto. La muchacha, como si la penosa revelación la hubiese +sumido en la insensibilidad de los imbéciles, no cerró los ojos, no +movió la cabeza para evitar el golpe. + +La mano de Fermín volvió a caer sin rozarla. Fue un relámpago de +ferocidad; nada más. Montenegro se reconocía sin derecho para castigar a +su hermana. En las nieblas de color de sangre que pasaban ante sus ojos, +creyó ver el brillo de las gafas azules de Salvatierra, su sonrisa fría +de inmensa bondad. ¿Qué haría el maestro de estar allí?... Perdonar, +indudablemente: envolver a la víctima en la conmiseración sin límites +que le inspiraban los pecados de los débiles. Además, estaba el vino +como principal culpable: el veneno de oro, el diablo de color de ámbar, +esparciendo con su perfume la locura y el crimen. + +Fermín permaneció silencioso largo rato. + +--De todo esto--dijo al fin--ni una palabra al padre. El pobre viejo +moriría. + +Mariquita hizo un gesto de asentimiento. + +--Si te encontraras con Rafael--continuó,--ni una palabra tampoco. Le +conozco: el pobre mozo iría a presidio por tu culpa. + +La advertencia era inútil. Para evitar la venganza de Rafael, había +mentido ella, fingiendo sus crueles desvíos. + +Fermín continuó hablando con tono sombrío, pero imperiosamente, sin +admitir réplica. Ella se casaría con Luis Dupont... ¿Que le aborrecía? +¿Que había huido de él después de aquella noche horrible?... Pues esta +era la única solución. Con la honra de su familia ningún señorito jugaba +impunemente. Si no le quería por amor, le toleraría por deber. El mismo +Luis iría a buscarla, a pedirla la mano. + +--¡Le odio! ¡Le aborrezco!--decía Mariquita.--¡Que no venga! ¡No quiero +verle!... + +Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella +podía mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa. +Quedar soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no +haber engañado a Rafael, podía satisfacerla. ¿Pero y él, que era su +hermano? ¿Cómo podría vivir, viendo a todas horas a Luis Dupont, sin +exigirle una reparación por su ultraje, pensando que el señorito se reía +interiormente de su hazaña, al encararse con él?... + +--A callar, Mariquita--dijo con dureza.--A callar, y ser obediente. Ya +que como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la +honra de la familia. + +Había cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el +regreso a su casa. Fue una ascensión lenta, penosa, temblándoles las +piernas, zumbándoles los oídos, jadeando sus pechos, como si les +aplastase un peso enorme. Parecíales que llevaban en hombros un muerto +gigantesco, algo que había de pesar sobre el resto de su existencia. + +Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el +tormento de tener que sonreír al pobre padre, de seguir su conversación +sobre los sucesos que se preparaban para el día siguiente, de manifestar +Fermín sus opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos +de Caulina. + +El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el +insomnio de Mariquita; oía el continuo revólver de su cuerpo en la cama, +prorrumpiendo en suspiros dolorosos. + +Poco después del alba, Fermín salió de Marchamalo, dirigiéndose a Jerez +sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que +vio junto al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del +camino, como un centauro. + +--Cuando tan pronto vienes, algo güeno ties que dicirme--exclamó el +mocetón con una confianza cándida que a Fermín casi le arrancó +lágrimas.--Suelta por esa boca, Ferminillo mío, ¿qué resultao traes de +tu embajada?... + +Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando +con vagas palabras su turbación. + +El asunto marchaba así, así; no del todo mal. Podía estar tranquilo: +caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistiría para que todo +se arreglase. Lo importante era que Mariquita le quería lo mismo que +antes. Podía estar seguro de esto. + +¡Qué cara de angelote, radiante y gozoso, la del mocetón!... + +--Anda, Ferminillo: súbete en las ancas, ¡salao! ¡gracioso! que te voy a +llevar a Jerez en un decir Jesú. Tienes más talento y más labia, y más +aquel en la mollera, que toos los abogaos juntos de Cáiz, de Sevilla y +hasta de Madrí... ¡Si sabría yo a qué aldabilla me agarraba cuando +busqué a mi niño!... + +La jaca iba al galope, espoleada por el aperador. Éste necesitaba +correr, aspirar el aire con violencia, cantar para dar salida a la +alegría, mientras Fermín, a sus espaldas, casi lloraba, viendo la +alegría del inocente, escuchando las coplas que dedicaba a la _gachí_, +como si la tuviera otra vez por suya, gracias al hermano. Para +sostenerse en las ancas del corcel, tuvo Fermín que agarrarse a la +cintura del aperador; pero lo hizo con cierto remordimiento, como +avergonzado del contacto con aquel ser bueno y sencillo cuya confianza +forzosamente había de engañar. + +Se separaron en las afueras de Jerez. Rafael se marchaba al cortijo. +Quería estar allí, ya que tenía noticia de lo que se preparaba para la +tarde en los llanos de Caulina. + +--Va a haber bronca, y gorda. Dicen que hoy se lo reparten too y lo +queman too, y que se van a cortar más cabezas que en una batalla de +moros... Yo a Matanzuela, y al primero que se presente con mala +intención lo recibo a tiros. Al fin, el amo es el amo y pa eso me tiene +allí don Luis: pa que guarde sus intereses. + +Fue un nuevo tormento para Fermín ver la arrogancia con que se alejaba +el mocetón, la firme tranquilidad con que hablaba de hacerse matar por +los que osasen el más leve atentado contra la propiedad de su señor. +¡Ay! ¡si el jayán inocente, en el cumplimiento de su deber, supiera lo +que él!... + +Fermín pasó todo el día en el escritorio trabajando, con el pensamiento +lejos, muy lejos; traduciendo cartas mecánicamente, sin fijarse en el +sentido de las palabras, uniendo números como un autómata. + +Algunas veces levantaba la cabeza y permanecía inmóvil, mirando +fijamente a don Pablo Dupont al través de la puerta abierta de su +despacho. El principal discutía con don Ramón y otros señores, ricos +cosecheros que llegaban con cierto aire despavorido y se serenaban, +acabando por reír, luego de escuchar las vehementes palabras del +millonario. + +Montenegro no prestaba atención, a pesar de que la voz de don Pablo, +aflautada por la cólera, se esparcía algunas veces por el escritorio. +Debían hablar de la reunión en Caulina: la noticia había llegado desde +el campo a la ciudad. + +Varias veces, al quedar solo Dupont en su despacho, el empleado sintió +tentaciones de entrar... pero se contuvo. No: allí no. Necesitaba +hablarle a solas. Conocía su carácter arrebatado. La sorpresa le haría +prorrumpir en gritos, oyéndole todas las gentes del escritorio. + +A la caída de la tarde, Fermín, después de vagar un buen rato por las +calles, para dejar algún espacio entre la salida de la oficina y su +visita al amo, se dirigió al ostentoso hotel de la viuda de Dupont. + +Pasó la verja y el portal con la facilidad de un antiguo servidor de la +casa. Se detuvo un instante en el patio, de blancas arcadas, entre los +macizos de plátanos y palmeras. En el centro de uno de los claustros +cantaba un chorro de agua, cayendo en profundo tazón. Era una fuente con +pretensiones de monumento; una montaña de estalactitas con una cueva a +guisa de hornacina, y en ella la Virgen de Lourdes, de mármol blanco; +una estatua mediocre, con el relamido exterior de la imaginería +francesa, que el dueño del hotel apreciaba como un prodigio artístico. + +Le bastó a Fermín anunciarse, para que le hiciesen pasar al despacho del +señor. Un criado descorrió las cortinas de las ventanas para que +entrase toda la luz de la tarde. Don Pablo, apoyado en la pared, +inclinábase ante la bocina de un aparato telefónico, manteniendo el +receptor en el oído. Con un gesto indicó a su empleado que se sentase, y +Fermín, hundido en un sillón, dejó vagar su mirada por esta pieza, en la +que no había entrado nunca. + +Un gran cuadro de talla dorada, adornado con la cabeza de San Pedro, y +los escudos pontificales, contenía el diploma más glorioso de la casa, +el Breve concediendo la bendición papal en la hora de la muerte a todos +los Dupont, hasta la cuarta generación. Luego, en otros cuadros no menos +deslumbrantes, mostrábanse todas las distinciones concedidas a don +Pablo, tan honoríficas como santas; pergaminos con grandes sellos e +inscripciones rojas, azules o negras; títulos de comendador de la orden +de San Gregorio, de la de _Pro ecclesiæ et Pontifice_, y de la Piana; +diplomas de caballero Hospitalario de San Juan y del Santo Sepulcro. Las +cartas que acreditaban las cruces de Carlos III y de Isabel la Católica, +concedidas por las regias personas después de sus visitas a la bodega de +los Dupont, ocupaban las paredes más oscuras, encuadradas en marcos +menos vistosos, con la modestia que el poder civil debe mostrar ante la +representación de Dios; cediendo el sitio, como avergonzadas, a todos +los títulos honoríficos inventados por la Iglesia, que habían llovido +sobre don Pablo, sin que faltase uno. + +Dupont únicamente rechazaba de Roma el título de nobleza. Sus amigos de +allá ponían a disposición de él toda la heráldica: conde, marqués, +duque, lo que quisiera. Hasta príncipe lo haría el Santo Padre por la +gracia de Dios; y en cuanto al título, si no le gustaba su apellido no +tenía más que echar mano a cualquiera de los innumerables santos del +calendario. + +Pero el hijo de doña Elvira rehusaba obstinadamente esta distinción. ¡La +Iglesia por encima de todo!... pero la nobleza histórica también era +obra de Dios. Y, orgulloso de la estirpe materna, sonreía irónicamente +al hablar de la nobleza papal, despreciando a los industriales y los +ricos improvisados que se pavoneaban con sus títulos de Roma. Se +proponía solicitar para él, más adelante, aquel marquesado rancio y +glorioso de San Dionisio que estaba sin sucesión desde la muerte de su +famoso tío Torreroel. + +Don Pablo, al dejar el teléfono, saludó a Fermín, impidiéndole con un +ademán que abandonase su asiento. + +--¿Qué hay, muchacho? ¿Traes noticias nuevas? ¿Sabes algo de la reunión +en Caulina?... Me acaban de decir que llegan grupos de todos lados. Ya +son unos tres mil. + +Montenegro hizo un gesto de indiferencia. Nada le importaba la tal +reunión: él venía por otra cosa. + +--Me alegro que pienses así--dijo don Pablo, sentándose junto a su mesa, +al pie del diploma de la bendición.--Tú has sido siempre algo _verde_; +ya sabes que te conozco, y me gusta que no te mezcles en estos líos. +Esto te lo digo porque te quiero y porque esa gente va a llevar palo... +mucho palo. + +Y se frotaba las manos, como si le regocijase la esperanza del castigo +que iban a sufrir los rebeldes. + +--Tú, que tanto admiras a Salvatierra, el amigote de tu padre, puedes +felicitarte de que no se encuentre en Jerez. Porque si estuviera, esta +sería su última hazaña... Pero vamos a ver, Ferminillo, ¿qué te trae por +aquí?... + +Dupont quedose con la vista fija en su empleado y éste comenzó a +explicarse con cierta timidez. Él conocía el antiguo afecto que don +Pablo y toda su familia sentían por la del pobre capataz de Marchamalo. +Un cariño de grandes señores, que ellos, pobres y humildes, no sabían +cómo agradecer. Además, Fermín apreciaba el carácter de su principal: su +religiosidad, incapaz de transigir con el vicio y la injusticia. Por +esto, en un momento difícil para su familia, acudía a él, en busca de +consejo, de apoyo moral. + +Dupont miraba con los ojos entornados a Montenegro, pensando que éste +sólo podía aproximarse a él impulsado por algo muy importante. + +--Está bien--dijo con impaciencia.--Vamos al caso y no perdamos tiempo. +Mira que hoy es un día extraordinario. De un momento a otro volverán a +llamarme por teléfono. + +Fermín permanecía con la cabeza baja, vacilando, con expresión dolorosa, +como si las palabras le quemasen la lengua. Por fin comenzó el relato de +lo ocurrido en Marchamalo la última noche de la vendimia. + +El carácter irascible, impetuoso y atronador de Dupont, pareció +hincharse colérico durante el relato, hasta estallar al final +ruidosamente. + +Su egoísmo le hacía pensar ante todo en él, en lo que suponía este +atentado para el honor de su casa. Además, considerábase herido por la +falta de respeto del pariente, afirmando que en este delito de impudor +había algo de profanación para su propia persona. + +--¡En Marchamalo tales abominaciones!--exclamó, saltando de su +asiento.--¡La torre de los Dupont, mi casa, a la que llevo mi familia +muchas veces, convertida en un antro del vicio! ¡El demonio de la +impureza haciendo de las suyas a dos pasos de la capilla, de la casa de +Dios, donde sacerdotes sabios han dicho las cosas más hermosas del +mundo!... + +Y la indignación le ahogaba. Tosía, agarrándose a la mesa, como si la +cólera le amagase con una congestión, y pudiera caer redondo en el +suelo. + +Luego vinieron las lamentaciones del industrial. ¡Para esto había +servido el saqueo que durante su ausencia había hecho en sus mejores +vinos el empecatado pariente! Aquel robo de loco no podía dar otros +resultados. ¡Embriagar con el vino de los ricos a todo un tropel de +gentes rudas y ordinarias! Bastante había reñido a su primo al volver él +a Jerez; y ahora, cuando tenía olvidada la barrabasada, le enteraban de +su última consecuencia, una deshonra que le impediría poner los pies en +Marchamalo. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué de vergüenzas sobre la familia!... + +--Compadéceme, Fermín--gritaba don Pablo.--Ten lástima de la cruz que +llevo a cuestas. El Señor ha derramado todos sus dones sobre su indigno +servidor, que soy yo. Tengo riquezas, una madre que es una santa, esposa +cristiana e hijos obedientes; pero en este valle de lágrimas, la +felicidad no puede ser completa. El Altísimo necesita ponernos a prueba, +y mi castigo son las niñas del marqués y ese Luis, que es presa del +demonio. Somos la mejor de las familias, pero esos locos se encargan de +hacernos llorar, de afligirnos con el tormento de la vergüenza. Ten +compasión de mí, Fermín; apiádate del cristiano más infeliz de la +tierra, que no por esto se queja, sino que alaba al Señor. + +Reaparecía el exaltado, próximo al delirio al hablar de Dios y de la +suerte de sus criaturas. Y pidiendo a Fermín que le compadeciese, lo +hacía con tales gestos, que el joven temía que se arrodillara, con las +manos juntas, como implorando su perdón. + +En ciertos momentos, Montenegro, a pesar de su tristeza, sentía deseos +de reír por lo extraño de la situación. Aquel hombre poderoso pedía que +le compadeciese. ¿Qué pediría él, que llegaba impulsado por una +vergüenza de familia?... + +Dupont cayó desalentado en su asiento, la cabeza entre las manos, con la +facilidad con que pasaba su carácter de la acción desordenada e +impetuosa al anonadamiento cobarde. + +Suspiraba, con tristeza: + +--¡La familia!... ¡la familia!... + +Pero al levantar los ojos, se encontró con los de Fermín, que le +contemplaban asombrados, como preguntándole cuándo llegaría el momento +en que cesara de pedir compasión para él y empezase a compadecer a su +dependiente. + +--¿Y tú--preguntó--qué crees que puedo hacer en esto?... + +Montenegro desechó toda timidez para contestar a su jefe. Si él supiera +qué hacer no habría venido a molestar a don Pablo. Estaba allí para que +él le aconsejase; más aún, para que pusiera remedio al mal, como +cristiano y como caballero, ya que estos dos títulos estaban siempre en +sus labios. + +--Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene +medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia. + +--¡El jefe!... ¡el jefe!--murmuró irónicamente don Pablo. Y quedó en +silencio, como si buscase la solución del asunto. + +Luego habló de María de la Luz. Había pecado gravemente y tenía mucho de +qué arrepentirse. Podía servirle de excusa ante Dios su estado +extraordinario, su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una +virtud, y el pecado carnal, pecado era... Había que salvar el alma de la +infeliz, facilitarla los medios pura que ocultase su vergüenza. + +--Yo creo--añadió después de una larga reflexión--que lo mejor será que +tu hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que +quiero enviarla a un convento cualquiera. Hablaré con mi madre: nosotros +sabemos hacer las cosas. Irá a un convento de señoras, de religiosas +distinguidas, y la dote será cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no +discuto. Cuatro mil, cinco mil duros... lo que sea. ¡Eh! ¡Me parece que +la solución no es mala! Allí, en el recogimiento, limpiará su alma de +culpas. Yo podré llevar entonces mi familia a la viña, sin miedo a que +los míos se rocen con una desdichada que ha cometido el más torpe de los +pecados, y ella vivirá como una gran señora, como una esposa distinguida +de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, ¡hasta con criadas, +Fermín!, y ya ves que esto vale algo más que quedarse en Marchamalo +guisando la comida de los viñadores. + +Fermín se había puesto de pie, pálido, con las cejas fruncidas. + +--¿Eso es todo lo que usted tiene que decir?--preguntó con voz sorda. + +El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qué, ¿no le parecía +bastante? ¿Tenía él una solución mejor? Y con inmensa extrañeza, como si +hablase de algo disparatado e inaudito, añadió: + +--¡A no ser que hayas soñado con que mi primo se case con tu hermana!... + +--No haría con ello nada de más. Esto es lo lógico, lo natural, lo que +aconseja el honor, lo único que puede hacer un cristiano como usted. + +Dupont volvió de nuevo a exaltarse. + +--¡Ta, ta! ¡Ya salió el cristianismo a gusto vuestro! Los que sois +_verdes_ y no conocéis la religión más que por fuera, os fijáis en +ciertas exterioridades para echárnoslas en cara cuando os conviene. +Claro es que todos somos hijos de Dios, y que los buenos gozarán +igualmente de su gloria: pero mientras vivimos en la tierra, el orden +social que viene de lo alto, exige que existan jerarquías y que éstas se +respeten sin confundirse. Consulta el caso con un sabio, pero un sabio +de verdad; con mi amigo, el Padre Urizábal o algún fraile eminente, y +verás qué te contesta: lo mismo que yo. Debemos ser buenos cristianos, +perdonar las ofensas, auxiliarnos con la limosna y facilitar al prójimo +los medios para que salve el alma: pero cada uno en el círculo social +que le ha marcado Dios, en la familia que le destinó al nacer, sin +asaltar las barreras divisorias con intentos de falsa libertad, cuyo +verdadero nombre es libertinaje. + +Montenegro hacía esfuerzos por contener la cólera. + +--Mi hermana es buena y es honrada, a pesar de todo--dijo mirando +audazmente a don Pablo;--mi padre es el trabajador más bondadoso y más +pacífico del campo de Jerez: yo soy joven, pero no he hecho mal a nadie, +y tengo la conciencia tranquila. Los Montenegros somos pobres: pero +nadie tiene derecho a despreciarlos ni a deshonrarles por el egoísmo del +placer. Nadie, ¿lo entiende usted, don Pablo? nadie: y el que lo intenta +no sale del mal paso impunemente. Somos tan buenos como los que más, y +mi hermana, aunque pobre, puede entrar por la puerta grande en una +familia que, aunque posea millones, tiene en su seno hombres como Luis y +hembras como las _Marquesitas_. + +En otro momento hubiera tenido que ver el arranque de cólera de Dupont +ante las amenazas y las insolencias de su dependiente. Pero ahora +parecía intimidado por la mirada del joven, por el acento de su voz, que +temblaba con expresión amenazadora. + +--¡Hombre!, ¡hombre!--exclamó, queriendo indignarse sin conseguirlo, y +adoptando una dulzura bonachona.--Piensa lo que dices. Ya sé que mi +primo y esas otras dos, son gente mala. ¡Bastantes disgustos me dan! +Pero llevan mis apellidos, y tú debes hablar de ellos con mayores +miramientos por ser de mi casa. Además, ¿qué sabes tú de lo que les +tiene reservada la gracia del Altísimo?... La Magdalena era peor que +esas dos desgraciadas, mucho peor, y murió como una santa. Luis es malo, +pero mayores escándalos dieron en su juventud algunos santos varones. +Ahí tienes a San Agustín, padre de la Iglesia, columna de la +cristiandad. San Agustín, siendo joven... + +El timbre del teléfono cortó la palabra a Dupont, que iba a comenzar el +relato de la vida del gran africano, sin fijarse en el gesto de +indiferencia de Fermín. + +Durante algunos minutos permaneció don Pablo con el oído en el aparato, +prorrumpiendo en alegres exclamaciones, como si le satisfaciese lo que +le decían. + +Cuando volvió hacia Montenegro, ya no parecía acordarse de lo que +motivaba la visita de éste. + +--¡Van a entrar, Fermín!--exclamó frotándose los manos.--Me dicen de +parte del alcalde, que los de Caulina comienzan a dirigirse hacia la +ciudad. Un poco de susto en el primer momento, y después _¡pum, pum, +pum!_ el escarmiento que les hace falta, el presidio, y hasta su poquito +de garrote, para que vuelvan a ser prudentes y nos dejen quietos una +temporada. + +Don Pablo iba a mandar que cerrasen las puertas y las ventanas bajas de +su hotel. Si Fermín no quería quedarse, debía salir cuanto antes. + +El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la +próxima invasión de desesperados, y empujaba a Fermín, acompañándolo +hasta la puerta, como si olvidase su asunto. + +--¿En qué quedamos, don Pablo? + +--¡Ah, sí! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo +hablaré con mi madre. Lo del convento es lo mejor: créeme. + +Y como sorprendiese en el rostro de Fermín una mueca de protesta, volvió +a su tono de humanidad. + +--Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lástima de mi y de mi +familia. ¿No tenemos aún bastantes penas? Las niñas del marqués, que nos +avergüenzan viviendo con la canalla: Luis, que parecía en el buen +camino, y ahora sale con esa aventura... ¿Y aun quieres afligirnos a mi +madre y a mí, pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una +viña? Yo creía que nos considerabas más. Ten compasión de mí, hombre: +tenme compasión. + +--Sí, don Pablo, le compadezco--dijo Fermín irónicamente, deteniéndose +en la puerta.--Es usted digno de lástima por el estado de su alma. Su +religión es distinta de la mía. + +Dupont se hizo atrás, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le +habían tocado el punto vulnerable de su verbosidad. ¡Y un empleado suyo +se atrevía a decirle tales cosas!... + +--Mi religión... mi religión--exclamó colérico, no sabiendo por dónde +comenzar.--¿Qué tienes tú que decir de ella? Mañana discutiremos en el +escritorio... y si no, ahora mismo... + +Pero Fermín no le dejó continuar. + +--Mañana no será fácil--dijo con calma.--No nos veremos mañana, y tal +vez nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... ¡Salud, don Pablo! No +volveré a molestarle: no tendrá usted que pedirme más compasión. Lo que +me toque hacer, lo haré por mí mismo. + +Y, precipitadamente, salió del hotel. Cuando llegó a la calle comenzaba +a anochecer. + + + + +IX + + +A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso +llano de Caulina. Presentábanse como negras bandadas, saliendo de todos +los puntos del horizonte. + +Unos bajaban de la serranía, otros venían de los cortijos del llano, o +de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina +después de rodear la ciudad. Los había de los confines de Málaga y de la +vecindad de Sanlúcar de Barrameda. El aviso misterioso había volado de +los ventorros a los ranchos, por toda la extensa campiña, y cuantos +trabajaban en ella acudían presurosos, creyendo llegado el momento de la +venganza. + +Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba +próximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los ricos, con sus +bodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el +esplendor de su ruina. + +Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la llanura +cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirábanse hacia +el fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que crecía y crecía, +alimentada incesantemente con nuevos grupos. + +Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres tostados, +enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la lustrosa epidermis. +Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas +salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el +desgaste que la nutrición, y la ausencia de músculos estaba suplida por +los manojos de tendones engruesados por el esfuerzo. + +Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcían +un olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un chaquetón +haraposo. Los que habían salido de Jerez para unirse a ellos, se +distinguían por sus capas, por su aspecto de obreros de ciudad, más +próximos en sus costumbres a los señores que a la gente del campo. + +Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros, +con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos rostros en los que se +mostraba toda la gradación del gesto humano, desde la indiferencia +abobada y bestial, a la acometividad del que nace bien preparado para la +lucha por la vida. + +Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenían la +faz prolongada y ósea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y +resignado: eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco, +para rumiar sin la más leve idea de protesta, con inmovilidad solemne. +Otros mostraban el hocico elástico y bigotudo, los ojos de reflejo +metálico de los felinos: eran los hombres-fieras, que se estremecían, +dilatando sus narices, como si percibiesen ya el olor de la sangre. Y +los más, de cuerpo negro y miembros retorcidos y angulosos como +sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la tierra de +donde habían surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados a +morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que +desechasen los fuertes. + +La agitación de la rebeldía, el apasionamiento de la venganza, el +egoísmo de mejorar su suerte, parecían igualarlos a todos, con una +semejanza de familia. Muchos, al abandonar su vivienda habían tenido que +arrancarse de los brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el +peligro, pero al verse entre los _compañeros_, erguíanse arrogantes, +mirando a Jerez con ojos bravucones, como si fueran a comérsela. + +--¡Vamos!--exclamaban.--¡Que da ánimo ver tantos probes juntos, +dispuestos a hacer una hombrada!... + +Eran más de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos, +embozándose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la +pregunta, se dirigían a los que aguardaban en el llano. + +--¿Qué hay?... + +Y los que oían la pregunta parecían devolverla con la mirada. «Sí; ¿qué +hay?» Todos estaban allí, sin saber por qué, ni para qué; sin conocer +con certeza quién era el que los convocaba. + +Había circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al +anochecer, sería la gran revolución, y ellos acudían exasperados por las +miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola +vieja, las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo +revés podían hacer saltar una cabeza. + +Llevaban algo más: la fe que acompaña a toda muchedumbre en los primeros +momentos de rebeldía, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las +más absurdas noticias, exagerándolas cada cual por su cuenta para +engañarse a sí mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de +sus disparatadas invenciones. + +La iniciativa de la reunión, la primera noticia, la creían obra del +_Madrileño_, un joven forastero que había aparecido en el campo de Jerez +en plena huelga, enardeciendo a los simples con sus predicaciones +sanguinarias. Nadie le conocía, pero era muchacho de gran verbosidad y +pájaro de cuenta, a juzgar por las amistades de que hacía gala. Le había +enviado Salvatierra, según él decía, para suplirle en su ausencia. + +El gran movimiento social que iba a cambiar la faz del mundo, debía +iniciarse en Jerez. Salvatierra y otros hombres no menos famosos +estaban ya ocultos en lo ciudad, para presentarse en el momento +oportuno. Las tropas se unirían a los revolucionarios apenas entrasen +éstos en la población. + +Y los crédulos, con la viveza imaginativa de su raza, aderezaban la +noticia, adornándola con toda clase de detalles. Una confianza ciega se +esparcía por los grupos. No iba a correr más sangre que la de la gente +rica. Los soldados estaban con ellos; los oficiales también estaban al +lado de la revolución. Hasta la guardia civil, tan odiada por los +braceros, merecía su simpatía momentáneamente. Los tricornios también se +ponían de parte del pueblo. Salvatierra andaba en ello y su nombre +bastaba para que todos aceptasen el prodigio sobrenatural. + +Los más viejos, los que habían presenciado el levantamiento de +Septiembre contra los Borbones, eran los más crédulos y confiados. Ellos +_habían visto_ y no necesitaban que nadie les probase las cosas. Los +generales sublevados, los jefes de la escuadra, no habían sido más que +autómatas, sometidos al poder del grande hombre de aquella tierra. Don +Fernando lo había hecho todo: él había sublevado los barcos, él había +arrojado los batallones a Alcolea contra las tropas que venían de +Madrid. ¿Y lo que hizo por destronar a una reina y preparar el aborto de +una República sietemesina, no había de repetirlo cuando se trataba nada +menos que de conquistar el pan para los pobres?... + +La historia de aquel país, la tradición de la tierra gaditana, provincia +de revoluciones, influía en la credulidad de las gentes. Habían visto +con tanto facilidad, de la noche a la mañana, derribar tronos y +ministerios, y hasta llevar presos a reyes, que nadie dudaba de la +posibilidad de una revolución de mayor importancia que las anteriores, +pues aseguraría el bienestar de los infelices. + +Transcurrieron las horas y comenzaba a ocultarse el sol, sin que la +muchedumbre supiese con certeza qué aguardaba y hasta cuándo iba a +permanecer allí. + +El tío _Zarandilla_ iba de un grupo a otro para satisfacer su +curiosidad. Se había escapado de Matanzuela, riñendo con la vieja que +quería impedirle el paso, desoyendo los consejos del aperador, que le +recordaba que a sus años no estaba para aventuras. Quería ver de cerca +lo que era una _rigolución_ de pobres; presenciar el bendito momento (si +es que llegaba) en que los trabajadores de la tierra se quedasen con +ella por riñones, partiéndola en pequeñas parcelas, poblando las +inmensas y deshabitadas propiedades, realizando su ensueño. + +Intentaba reconocer a la gente con sus débiles ojos, extrañándose de la +inmovilidad de los grupos, de la incertidumbre, de la falta de plan. + +--Yo he servío, muchachos--decía;--yo he hecho la guerra, y esto que +preparáis ahora es lo mismo que una batalla. ¿Dónde tenéis la bandera? +¿Dónde está el general?... + +Por más que giraba en torno de él su mirada turbia, sólo veía grupos de +gentes que parecían abobadas por una espera sin término. ¡Ni general, ni +bandera! + +--Malo, malo--musitaba _Zarandilla_.--Me paece que me güelvo al cortijo. +La vieja tenía razón; esto güele a palos. + +Otro curioso iba también de grupo en grupo, oyendo las conversaciones. +Era _Alcaparrón_, con el doble sombrero hundido basta las orejas, +moviendo su cuerpo, con femenil contoneo, dentro del traje haraposo. Los +gañanes acogíanlo con risas. ¿Él también allí?... Le darían un fusil +cuando entrasen en la ciudad; a ver si se batía con los burgueses como +un valiente. + +Pero el gitano contestaba a la proposición con exagerados ademanes de +miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. ¡Coger él un fusil! +¿Acaso habían visto muchos gitanos que fuesen soldados?... + +--Pero robar sí que robarás--le decían otros.--Cuando toque el momento +del reparto ¡cómo te vas a poner el cuerpo, gachó! + +Y _Alcaparrón_ reía como un mono, frotándose las manos al hablar del +saqueo, halagado en sus atávicos instintos de raza. + +Un antiguo gañán de Matanzuela le recordó a su prima Mari-Cruz. + +--Si eres hombre, _Alcaparrón_, esta noche podrás vengarte. Toma esta +hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis. + +El gitano rehusó la mortífera herramienta, huyendo del grupo para +ocultar sus lágrimas. + +Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movían, +prorrumpiendo en protestas. ¡A ver! ¿quién mandaba allí? ¿Iban a +permanecer toda la noche en Caulina? ¿Dónde estaba Salvatierra? ¡Que se +presentase!... Sin él no iban a ninguna parte. + +La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oyó la voz +de trueno de Juanón sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta +se elevaron por encima de las cabezas. + +--¿Pero quién dio la orden para reunirnos?... ¿El _Madrileño?_ A ver: +que venga: que lo busquen. + +Los obreros de la ciudad, el núcleo de compañeros de la _idea_ que había +salido de Jerez y tenía empeño en volver a entrar con la gente del +campo, se agrupó en torno de Juanón, adivinando en él al jefe que iba a +unir todas las voluntades. + +Encontraron, por fin, al _Madrileño_, y Juanón lo abordó para saber qué +hacían allí. El forastero se expresaba con gran verbosidad, pero sin +decir nada. + +--Nos hemos reunido para la revolución, eso es: para la revolución +social. + +Juanón daba patadas de impaciencia. ¿Pero y Salvatierra? ¿Dónde estaba +don Fernando?... El _Madrileño_ no le había visto, pero sabía, le +habían dicho, que estaba en Jerez aguardando la entrada de la gente. +También sabía, o más bien, le habían dicho, que la tropa estaría con +ellos. La guardia de la cárcel andaba en el _ajo_. No había más que +presentarse, y los mismos soldados abrirían las puertas, poniendo en +libertad a todos los compañeros presos. + +El gigantón quedó un momento pensativo, rascándose la frente, como si +quisiera ayudar con estos restregones la marcha de su pensamiento +embrollado. + +--Está bien--exclamó después de larga pausa.--Esto es cuestión de ser +hombres, o de no serlo: de meterse en la ciudad, y salga lo que saliere, +o de marcharse a dormir. + +Brillaba en sus ojos la fría resolución, el fatalismo de los que se +resignan a ser conductores de hombres. Echaba sobre él la +responsabilidad de una rebelión que no había preparado. Sabía tanto del +movimiento sedicioso, como aquella gente que parecía absorta en la +penumbra del crepúsculo, sin acertar a explicarse qué hacía allí. + +--¡Compañeros!--gritó imperiosamente.--¡A Jerez los que tengan riñones! +Vamos a sacar de la cárcel a nuestros pobres hermanos... y a lo que se +tercie. Salvatierra está allí. + +El primero en aproximarse al improvisado caudillo, fue Paco el de +Trebujena, el bracero rebelde, despedido de todos los cortijos, que +andaba por el campo con su borriquillo vendiendo aguardiente y papeles +revolucionarios. + +--Yo voy contigo, Juanón, ya que el compañero Fernando nos espera. + +--¡El que sea hombre, y tenga vergüenza, que me siga!--continuó Juanón a +grandes gritos, sin saber ciertamente adonde conducir a los compañeros. + +Pero a pesar de sus llamamientos a la virilidad y la vergüenza, la mayor +parte de los reunidos se hacía atrás instintivamente. Un rumor de +desconfianza, de inmensa decepción, elevábase de la muchedumbre. Los +más, pasaban de golpe del entusiasmo ruidoso al recelo y al miedo. Su +fantasía de meridionales, siempre dispuesta a lo inesperado y +maravilloso, les había hecho creer en la aparición de Salvatierra y +otros revolucionarios célebres, todos montados en briosos corceles, como +caudillos arrogantes e invencibles, seguidos de un gran ejército que +surgía milagrosamente de la tierra. ¡Asunto de acompañar a estos +auxiliares poderosos en su entrada en Jerez, reservándose la fácil tarea +de matar a los vencidos y adjudicarse sus riquezas! Y en vez de esto, +les hablaban de entrar solos en aquella ciudad, que se dibujaba en el +horizonte, sobre el último resplandor de la puesta del sol y parecía +guiñarles satánicamente los ojos rojizos de su alumbrado, como +atrayéndolos a una emboscada. Ellos no eran tontos. La vida resultaba +dura con su exceso de trabajo y su hambre perpetua; pero peor era +morir. ¡A casa! ¡a casa!... + +Y los grupos comenzaron a desfilar en dirección opuesto a la ciudad; a +perderse en la penumbra, sin querer oír los insultos de Juanón y los más +exaltados. + +Estos, temiendo que la inmovilidad facilitase las deserciones, dieron la +orden de marcha. + +--¡A Jerez! ¡A Jerez!... + +Emprendieron el camino. Eran unos mil; los obreros de la ciudad, y los +hombres-fieras, que habían ido a la reunión oliendo sangre y no podían +retirarse, como si les empujase un instinto superior a su voluntad. + +Al lado de Juanón, entre los más animosos, marchaba el _Maestrico_, +aquel muchacho que pasaba las noches en la gañanía, enseñándose a leer y +escribir. + +--Creo que vamos mal--decía a su vigoroso compañero.--Marchamos a +ciegas. He visto hombres que corrían hacia Jerez, para avisar nuestra +llegada. Nos esperan; pero no para nada bueno. + +--Tú te cayas, _Maestrico_--repuso imperiosamente el caudillo, que, +orgulloso de su cargo, acogía como una irreverencia la menor +objeción.--Te cayas; eso es. Y si tienes miedo, te najas como los otros. +Aquí no queremos cobardes. + +--¡Yo cobarde!--exclamó con sencillez el muchacho.--Adelante, Juanón. +¡Pa lo que vale la vida!... + +Marchaban silenciosos, con la cabeza baja, como si fuesen a embestir a +la ciudad. Trotaban cual si deseasen salir lo antes posible de la +incertidumbre que les acompañaba en su carrera. + +El _Madrileño_ explicaba su plan. A la cárcel seguidamente: a sacar a +los compañeros presos. Allí se les uniría la tropa. Y Juanón, como si no +se pudiera ordenar nada que no fuese por su voz, repetía a gritos: + +--¡A la cárcel, muchachos! ¡A salvar a nuestros hermanos! + +Dieron un largo rodeo para entrar en la ciudad por una callejuela, como +si les avergonzase pisar las vías anchas y bien iluminadas. Muchos de +aquellos hombres habían estado en Jerez muy contadas veces, desconocían +las calles y seguían a sus conductores con la docilidad de un rebaño, +pensando con inquietud en el modo de salir de allí si les obligaban a +escapar. + +La avalancha negra y muda avanzaba con sordo tropel de pasos que +conmovía el piso. Cerrábanse las puertas de las casas, apagábanse las +luces en las ventanas. Desde un balcón los insultó una mujer. + +--¡Canallas! ¡Gentuza ordinaria! ¡Ojalá os ahorquen, que es lo que +merecéis!... + +Y en los guijarros del pavimento, resonó el choque de una vasija de +barro rompiéndose, sin que los fragmentos alcanzasen a nadie. Era la +_Marquesita_, que desde el balcón del ganadero de cerdos, indignábase +contra aquella gentuza, antipática por su ordinariez, que osaba amenazar +a las personas decentes. + +Sólo unos pocos levantaron la cabeza: Los demás siguieron adelante, +insensibles a la ridícula agresión, deseando llegar cuanto antes al +encuentro de los amigos. Los que eran de la ciudad reconocieron a la +_Marquesita_, y al alejarse contestaron sus insultos con palabras tan +clásicas como impúdicas. ¡Pero qué _punta_ aquella! De no ir de prisa, +la hubieran dado una zurra por debajo de las enaguas... + +La columna sufrió cierto reflujo al subir la cuesta que conducía a la +plaza de la Cárcel: el sitio de peor sombra de la ciudad. Muchos de los +rebeldes se acordaban de los camaradas de _La Mano Negra_: allí les +habían dado garrote. + +La plaza estaba solitaria: el antiguo convento convertido en cárcel +tenía cerradas todas sus aberturas, sin una luz en las rejas. Hasta el +centinela se había ocultado detrás del gran portón. + +Detúvose la cabeza de la columna al entrar en la plaza, resistiendo el +empujón de los que venían detrás. ¡Nadie! ¿Quién iba a ayudarles? ¿Dónde +estaban los soldados que debían unirse a ellos?... + +No tardaron en saberlo. De una reja baja partió una llama fugaz, una +línea roja disolviéndose en humo. Un trallazo enorme y seco conmovió la +plaza. Después, otro y otro, hasta nueve, que a la gente, inmóvil por +la sorpresa, le parecieron infinitos en número. Era la guardia, que +hacía fuego antes de que ellos se pusieran delante de los fusiles. + +La sorpresa y el terror dieron a algunos un cándido heroísmo. Avanzaban +gritando, con los brazos abiertos. + +--¡No tiréis, hermanos, que nos han vendío!... ¡Hermanos: que no venimos +por la mala!... + +Pero los hermanos eran duros de oreja, y seguían tirando. De pronto se +inició en la turba el pavor de la fuga. Corrieron todos cuesta abajo, +cobardes y valientes, empujándose unos a otros, atropellándose, como si +les azotasen las espaldas aquellos disparos que seguían conmoviendo la +plaza desierta. + +Juanón y los más enérgicos, contuvieron al doblar una esquina el +torrente de hombres. Los grupos se rehicieron: pero más pequeños, menos +compactos. Ya no eran más que unos seiscientos hombres. El crédulo +caudillo blasfemaba con voz sorda. + +--A ver: que venga el _Madrileño_: que nos explique esto. + +Pero fue inútil buscarle. El _Madrileño_ había desaparecido en la +dispersión, se había ocultado en las callejuelas al sonar los disparos, +como todos los que conocían la ciudad. Sólo quedaban al lado de Juanón +los que eran de la sierra y marchaban a tientas por las calles, +asombrados de ir de un lado a otro, sin ver a nadie, como si la ciudad +estuviese deshabitada. + +--Ni Salvatierra está en Jerez, ni sabe nada de esto--dijo el +_Maestrico_ a Juanón.--Me paece que nos la han dao. + +--Lo mismo creo--contestó el atleta.--¿Y qué vamos a jacer? Ya que +estamos aquí, vámonos al centro de Jerez, a la calle Larga. + +Emprendieron una marcha en desorden por el interior de la ciudad. Lo que +les tranquilizaba, infundiéndoles cierto valor, era no encontrar +obstáculos ni enemigos. ¿Dónde estaba la guardia civil? ¿Por qué se +ocultaba la tropa? El hecho de permanecer encerrada en sus +acuartelamientos, dejando la ciudad en poder de ellos, les infundía la +absurda esperanza de que aún era posible la aparición de Salvatierra, al +frente de las tropas sublevadas. + +Llegaron sin ningún obstáculo a la calle Larga. Ninguna precaución a su +llegada. La vía estaba limpia de transeúntes; pero en los casinos los +balcones mostrábanse iluminados; los pisos bajos no tenían otro cierre +que las cancelas de cristales. + +Los rebeldes pasaban ante las sociedades de los ricos lanzándolas +miradas de odio, pero sin detenerse apenas. Juanón esperaba un arrebato +de cólera del rebaño miserable: hasta se preparaba a intervenir con su +autoridad de jefe para aminorar la catástrofe. + +--¡Esos son los ricos!--decían en los grupos. + +--Los que nos engordan con gazpachos de perro. + +--Los que nos roban. ¡Míalos cómo se beben nuestra sangre!... + +Y después de una breve detención, seguían su desfile apresuradamente, +como si fuesen a alguna parte y temieran llegar con retraso. + +Empuñaban las terribles podaderas, las hoces, las navajas... ¡Que +saliesen los ricos y verían cómo rodaban sus cabezas sobre el +adoquinado! Pero había de ser en la calle, pues todos ellos sentían +cierta repugnancia a empujar las cancelas, como si los cristales fuesen +un muro infranqueable. + +Los largos años de sumisión y cobardía pesaban sobre la gente ruda al +verse frente a sus opresores. Además, les intimidaba la luz de la gran +calle, sus anchas aceras con filas de faroles, el resplandor rojo de los +balcones. Todos formulaban mentalmente la misma excusa para disculpar su +debilidad. ¡Si pillasen en campo raso a aquella gente!... + +Al pasar frente al _Círculo Caballista_, aparecieron tras los cristales +varias cabezas de jóvenes. Eran señoritos que seguían con inquietud mal +disimulada el desfile de los huelguistas. Pero al verles pasar de largo, +mostraron cierta ironía en sus ojos, recobrando la confianza en la +superioridad de su casta. + +--¡Viva la Revolución Social!--gritó el _Maestrico_, como si le doliese +pasar silencioso ante el nido de los ricos. + +Los curiosos desaparecieron, pero al ocultarse reían, causándoles la +aclamación gran regocijo. ¡Mientras se contentasen con gritar!... + +Llegaron en su marcha sin objeto a la plaza Nueva, y al ver que el jefe +se detenía, agrupáronse en torno de él, con la mirada interrogante. + +--¿Y ahora qué hacemos?--preguntaron con inocencia.--¿Adónde vamos? + +Juanón ponía un gesto feroz. + +--Podéis diros donde queráis; ¡pa lo que hacemos!... Yo a tomar el +fresco. + +Y arrebujándose en la manta, apoyó la espalda en la columna de un farol, +quedando inmóvil, en una actitud que revelaba desaliento. + +La gente se esparció, dividiéndose en pequeños grupos. Improvisábanse +jefes, guiando cada uno a los camaradas en distinta dirección. La ciudad +era suya: ¡ahora comenzaba lo bueno! Aparecía el instinto atómico de la +raza, incapaz de acometer nada en conjunto, privada del valor colectivo, +y que únicamente se siente fuerte y emprendedora cuando cada individuo +puede obrar por inspiración propia. + +La calle Larga se había oscurecido: los casinos estaban cerrados. +Después de la ruda prueba sufrida por los ricos, viendo pasar el desfile +amenazante, temían éstos un reculón de la fiera, arrepentida de su +magnanimidad, y todas las puertas se cerraban. + +Un grupo numeroso se dirigió al teatro. Allí estaban los ricos, los +burgueses. Había que matarlos a todos: un drama de verdad. Pero al +llegar los jornaleros ante la puerta iluminada, detuviéronse con un +temor que tenía algo de religioso. Nunca habían entrado allí. El aire, +caliente, cargado de emanaciones de gas, y el rumor de innumerables +conversaciones que se escapaban por las rendijas de la cancela, +intimidábanles como la respiración de un monstruo oculto tras las +cortinas rojas del vestíbulo. + +¡Que salieran! ¡que salieran y sabrían lo que era bueno!... ¿Pero, +entrar allí?... + +Asomaron a la puerta varios espectadores, atraídos por la noticia de la +invasión que llenaba las calles. Uno de ellos, con capa y sombrero de +señorito, osó avanzar hasta aquellos hombres envueltos en mantas, que +formaban un grupo frente al teatro. + +Cayeron sobre él, rodeándolo, con las podaderas y las hoces en alto, +mientras los otros espectadores huían, refugiándose en el teatro. ¡Ya +tenían, por fin, lo que buscaban! Era el burgués, el burgués ahíto, al +que había que sangrar, para que devolviese al pueblo toda la substancia +que había sorbido... + +Pero el _burgués_, un joven robusto, de mirada tranquila y franca, les +contuvo con un gesto. + +--¡Eh, compañeros! ¡Que soy un trabajador como vosotros! + +--Las manos: a ver las manos--rugieron algunos braceros, sin abatir sus +armas amenazantes. + +Y por entre los embozos de la capa, aparecieron unas manos fuertes, +cuadradas, con las uñas roídas por el trabajo. Uno tras otro, iban +aquellos hombres acariciando las palmas, apreciando sus duricias. Tenía +callos: era de los suyos. Y las armas amenazadoras volvían a ocultarse +bajo las mantas. + +--Sí, soy de los vuestros--siguió diciendo el joven.--Soy carpintero, +pero me gusta vestir como los señoritos, y en vez de pasar la noche en +la taberna, la paso en el teatro. Cada cual tiene sus aficiones... + +Esta decepción causó tal desaliento en los huelguistas, que muchos de +ellos se retiraron. ¡Cristo! ¿dónde se ocultaban los ricos?... + +Marchaban por las calles anchas y por las callejuelas apartadas, en +pequeños grupos, deseando encontrar a alguien, para que les enseñase las +manos. Era el mejor medio de reconocer a los enemigos del pobre. Pero ni +con callos ni sin ellos, encontraban a nadie ante su paso. + +La ciudad parecía desierta. La gente, viendo que la fuerza armada seguía +oculta en los cuarteles, corría a encerrarse en sus casas, exagerando la +importancia de la invasión, creyendo que eran millones de hombres los +que ocupaban las calles y los alrededores de la ciudad. + +Un grupo de cinco braceros tropezó en una calleja con un señorito. Eran +de los más feroces de la banda; hombres que sentían una impaciencia +homicida, al ver que transcurrían las horas sin que corriese la sangre. + +--Las manos; enséñanos las manos--rugieron rodeándole, elevando sobre su +cabeza las cuchillas cuadradas y relucientes. + +--¡Las manos!--contestó de mal humor el joven, desembozándose.--¿Y por +qué he de enseñarlas? No me da la gana. + +Pero uno de ellos le agarró los brazos con sus zarpas, y de un violento +tirón, le hizo enseñar las manos. + +--¡No tié callos!--exclamaron con lúgubre alegría. + +Y se hicieron un paso atrás, como para caer sobre él con mayor ímpetu. +Pero les detuvo la serenidad del joven. + +--No tengo callos, ¿y qué? Pero soy un trabajador como vosotros. Tampoco +los tiene Salvatierra, ¡y para que seáis más revolucionarios que él!... + +El nombre de Salvatierra pareció detener en lo alto las pesadas +cuchillas. + +--Dejad al muchacho--dijo a espaldas de ellos la voz de Juanón.--Yo le +conozco y respondo de él. Es el amigo del compañero Fernando; es de la +_idea_. + +Aquellos bárbaros abandonaron a Fermín Montenegro con cierta pena, +viendo malogrado su placer. La presencia de Juanón les imponía respeto. +Además, por el fondo de la calleja avanzaba otro joven. Aquel no sería +de la _idea_; algún retoño de burgués, que se retiraba a su casa. + +Mientras Montenegro agradecía a Juanón su oportuna presencia, que le +salvaba de la muerte, verificábase un poco más allá el encuentro de los +braceros con el transeúnte. + +--Las manos, burgués; enséñanos las manos. + +El burgués era un adolescente pálido y desmedrado, un muchacho de +dieciséis años, con el traje raído, pero con gran cuello y vistosa +corbata; el lujo de los pobres. Temblaba de miedo al enseñar sus pobres +manos finas y anémicas, manos de escribiente encerrado a las horas de +sol en la jaula de una oficina. Lloraba, al excusarse con palabras +entrecortadas, mirando las podaderas con ojos de terror, como si le +hipnotizase el frío del acero. Venía del escritorio... había velado... +estaban en el trabajo del balance... + +--Gano dos pesetas, señores... dos pesetas. No me peguen... me iré a +casa; mi madre me espera... ¡aaay!... + +Fue un alarido de dolor, de miedo, de desesperación, que conmovió toda +la calle. Un aullido espeluznante, al mismo tiempo que estallaba algo +como una olla rota, y el joven caía de espaldas en el suelo. + +Juanón y Fermín, estremecidos de horror, corrieron hacia el grupo, +viendo en el centro de él al muchacho, con la cabeza en un charco negro +que crecía y crecía, y las piernas estirándose y contrayéndose con el +estertor agónico. Una podadera le había abierto el cráneo, rompiendo los +huesos. + +Los brutos parecían satisfechos de su obra. + +--Mialo--decía uno de ellos.--¡El aprendiz de burgués! Se muere como un +pollo... Ya vendrán luego los maestros. + +Juanón prorrumpió en blasfemias. ¿Esto era todo lo que sabían hacer? +¡Cobardes! Habían pasado ante los casinos, donde estaban los ricos, los +verdaderos enemigos, sin ocurrírseles más que dar voces, temiendo romper +los cristales que eran su única defensa. Sólo servían para asesinar a un +niño, a un trabajador como ellos, a un pobre _zagal_ de escritorio, que +ganaba dos pesetas y tal vez mantenía a su madre. + +Fermín llegó a temer que el atleta cayese navaja en mano sobre sus +compañeros. + +--¡Aonde ir con estos brutos!--rugía Juanón.--Premita Dios u el demonio +que nos cojan a todos y nos ajorquen... Y a mí el primero, por bestia; +por haber creído que servíais pa algo. + +El desdichado hombretón se alejó, queriendo evitar un choque con sus +feroces camaradas. Estos escaparon también, como si las palabras del +jayán les hubiesen devuelto la razón. + +Montenegro, al verse solo frente al cadáver, tuvo miedo. Comenzaban a +crujir algunas ventanas después de la fuga precipitada de los matadores +y huyó, temiendo que le sorprendiesen los vecinos junto al muerto. + +No se detuvo en su fuga hasta llegar a las calles grandes. Allí creía +estar mejor guardado de las fieras sueltas, que iban exigiendo que las +enseñasen las manos. + +Al poco rato pareciole que la ciudad despertaba. Sonó a lo lejos un +estruendo que hacía temblar el suelo, y poco después pasó al trote un +escuadrón de lanceros por la calle Larga. Luego, al extremo de ésta, +brillaron las hileras de bayonetas y avanzó la infantería con rítmico +paso. Las fachadas de las grandes casas parecían alegrarse abriendo de +golpe sus puertas y balcones. + +La fuerza armada extendíase por toda la ciudad. La luz de los faroles +hacía brillar los cascos de los jinetes, las bayonetas de los infantes, +los tricornios charolados de la guardia civil. En la penumbra se +destacaban las manchas rojas de los pantalones de la tropa y los +correajes amarillos de los guardias. + +Los que habían contenido en el encierro a estas fuerzas, creían llegado +el momento de esparcirlas. Durante algunas horas, la ciudad se había +entregado, sin resistencia, fatigándose en una monótona espera por la +parsimonia de los rebeldes. Pero ya había corrido la sangre. Bastaba un +solo cadáver, el cadáver que justificaría las crueles represalias, para +que despertase la autoridad de su sueño voluntario. + +Fermín pensaba, con honda tristeza, en el infeliz escribiente, tendido +allá en la callejuela, víctima explotada hasta en su muerte, que +facilitaba el pretexto buscado por los poderosos. + +Comenzó por todo Jerez la cacería de hombres. Pelotones de guardia civil +y de infantería de línea, guardaban inmóviles la entrada de las calles, +mientras la caballería y fuertes patrullas de a pie ojeaban la ciudad, +deteniendo a los sospechosos. + +Fermín iba de un lado a otro sin encontrar obstáculos. Su exterior era +de señorito, y la fuerza armada sólo daba caza a las mantas, a los +sombreros de campo, a los chaquetones rudos; a todos los que tenían +aspecto de trabajadores. Montenegro los veía pasar en fila, camino de la +cárcel, entre las bayonetas y las grupas de los caballos, unos abatidos, +como si les sorprendiese la aparición hostil de la fuerza armada «que +había de unirse a ellos»: otros, asombrados, no comprendiendo cómo las +cuerdas de presos despertaban tal alegría en la calle Larga, cuando +habían desfilado por ella horas antes como triunfadores, sin permitirse +el menor atropello. + +Era un continuo transitar de gentes prisioneras, cogidas en el momento +en que intentaban salir de la población. Otros habían sido detenidos en +el refugio de las tabernas o tropezados al azar en aquel ojeo que +envolvía las calles. + +Algunos eran de la ciudad. Habían salido de sus casas poco antes, al +ver terminada la invasión, pero su aspecto de pobres bastaba para que +los detuviesen como si fueran rebeldes. Y los grupos de prisioneros +pasaban y pasaban. La cárcel resultaba pequeña para tanta gente. Muchos +eran conducidos a los acuartelamientos de la tropa. + +Fermín sentíase fatigado. Desde el anochecer que vagaba por Jerez en +busca de un hombre. La entrada de los huelguistas, la incertidumbre de +lo que podría resultar de esta aventura, le habían distraído durante +algunas horas, haciéndole olvidar sus asuntos. Pero ahora, finalizado el +suceso, sentía desvanecerse su excitación nerviosa y que el cansancio se +apoderaba de él. + +Pensó por un momento en retirarse a su hospedaje. Pero sus asuntos no +eran de los que podían dejarse para el día siguiente. Era preciso +aquella misma noche, en seguida, terminar la cuestión que le hizo salir +como un loco del hotel de don Pablo, separándose de éste para siempre. + +Volvió a vagar por las calles en busca de su hombre, sin fijarse ya en +las ristras de prisioneros que pasaban junto a él. + +Cerca de la plaza Nueva ocurrió el deseado encuentro: + +--¡Viva la guardia civil! ¡Vivan las personas decentes!... + +Era Luis Dupont el que gritaba, en medio del silencio que imponían a la +ciudad tantos fusiles en sus calles. Iba borracho: bien a las claras lo +daban a entender sus ojos brillantes y su aliento fétido. Detrás de él +marchaban el _Chivo_, y un camarero de colmado, con vasos en las manos y +botellas en los bolsillos. + +Luis, al reconocer a Fermín, se arrojó en sus brazos queriendo besarle. +¡Qué jornada! ¿eh?... ¡qué victoria! Y hablaba, como si fuese él solo +quien había puesto en dispersión a los huelguistas. + +Al saber que la gentuza entraba en la ciudad, se había metido con su +valiente acólito en el colmado del _Montañés_, cerrando bien las puertas +para que nadie les estorbase. Había que hacer genio, beber un poco antes +de emprender la faena. Tiempo les quedaba para salir y hacer correr a +tiros a la canalla. Él y el _Chivo_ se bastaban para ello. Convenía que +el enemigo se entretuviese y tomase confianza, hasta el momento oportuno +en que surgiesen ellos dos como ministros de la muerte. Y por fin, +habían salido con el revólver en una mano y el cuchillo en la otra: ¡_la +fin_ del mundo!; pero con tan mala sombra, que encontraron ya las tropas +en las calles. Aun así, algo habían hecho. + +--Yo--decía el borracho con orgullo--he ayudado a detener a más de una +docena. Además, he repartido no sé cuántas bofetadas entre esa gentuza, +que, luego de acorralada, aún hablaba mal de las personas decentes... +¡Buena tunda van a llevar!... ¡Viva la guardia civil! ¡Vivan los ricos! + +Y como si estas aclamaciones le secasen el gaznate, hizo una seña al +_Chivo_, que acudió, presentando dos cañas de vino. + +--Bebe--ordenó Luis a su amigo. + +Fermín vaciló. + +--No tengo ganas de beber--dijo con voz sorda.--Lo que deseo, es hablar +contigo, y en seguida. Hablar de algo muy interesante... + +--Está bien: ya hablaremos--contestó el señorito sin dar importancia a +la petición.--Hablaremos tres días seguidos: pero primero hay que +cumplir el deber. Quiero obsequiar con una copa a todos los valientes +que conmigo han salvado a Jerez. Porque, créeme, Ferminillo, que soy yo, +sólo yo, quien ha resistido a esos pillos. Mientras las tropas estaban +en los cuarteles, yo estaba en mi sitio. ¡Me parece que la ciudad me lo +debe agradecer, haciéndome algo!... + +Pasó un pelotón de jinetes, con los caballos al trote. Luis avanzó hacia +el oficial, llevando en alto una copa de vino; pero el militar pasó +adelante sin hacer caso del ofrecimiento, seguido de sus soldados, que +casi atropellaron al señorito. + +Su entusiasmo no se enfrió por esta falta de atención. + +--¡Olé, los jinetes garbosos!--dijo arrojando su sombrero a las patas +traseras de los caballos. + +Y al recogerlo, cuadrose, y con gesto grave, llevándose una mano al +pecho, gritó: + +--¡Viva el ejército! + +Fermín no quería soltarlo, y armándose de paciencia le acompañó en su +excursión por las calles. Se detenía el señorito ante los grupos de +soldados, haciendo avanzar a sus dos acompañantes con toda la provisión +de botellas y copas. + +--¡Olé los hombres valientes! ¡Viva la caballería... y la infantería... +y la artillería aunque no esté! Una copa, mi teniente. + +Los oficiales, malhumorados por esta jornada estúpida, sin gloria y sin +peligro, repelían con un gesto severo al borracho. ¡Adelante! Allí nadie +bebía. + +--Pues ya que no pueden ustedes beber--insistía el señorito con la +pesadez del ebrio--yo la beberé por ustedes. ¡A la salud de los hombres +guapos!... ¡Muera la pillería! + +Un grupo de guardia civil atrajo su atención en una bocacalle. El +sargento que lo mandaba, un viejo de bigote duro y entrecano, tampoco +admitió el obsequio de Dupont. + +--¡Olé los hombres con riñones! ¡Bendita sea la mamá de todos ustedes! +¡Viva la guardia civil! Van ustedes a tomarse una copa conmigo. _Chivo_, +sirve a estos caballeros. + +El veterano volvió a excusarse. La ordenanza... el reglamento del +cuerpo... Pero su firme negativa la acompañaba con una sonrisa +bondadosa. Tenía enfrente a un Dupont; a uno de los más ricos de la +ciudad. El sargento le conocía, y a pesar de que momentos antes había +dado de culatazos a todos los que pasaban por la calle con trazas de +jornalero, toleraba resignado los brindis del señorito. + +--¡Adelante, don Luis!--decía con tono de ruego.--Váyase usted a casa: +esta noche no es de alegrías. + +--Bueno... me voy, respetable veterano. Pero antes me bebo otra copa... +y otra, tantas como son ustedes. Yo beberé, ya que no pueden ustedes +hacerlo por la pijotera ordenanza; y que les sirva de provecho... ¡A la +salud de todos ustedes! Choca, Fermín: choca tú, _Chivo_. Decid todos +conmigo: ¡Viva el tricornio!... + +Se cansó por fin de ir de grupo en grupo sin que aceptasen sus +ofrecimientos y dio por terminada la expedición. Tenía tranquila la +conciencia: había obsequiado a todos los héroes que, secundando su +valor, salvaban la ciudad. Ahora a casa del _Montañés_ a acabar la +noche. + +Cuando Fermín se vio en un camarote del colmado ante nuevas botellas, +creyó llegado el momento de abordar su asunto. + +--Yo tenía que hablarte de algo importante, Luis. Creo que te lo dije. + +--Me acuerdo... tenías que hablarme... Habla cuanto quieras. + +Estaba tan borracho, que se le cerraban los ojos y su voz gangueaba como +la de un viejo. + +Fermín miró al _Chivo_ que, como de costumbre, se había sentado al lado +de su protector. + +--Tengo que hablarte, Luis, pero es de algo muy delicado... Sin +testigos. + +--¿Lo dices por el _Chivo_?--exclamó Dupont abriendo los ojos.--El +_Chivo_ soy yo: todo lo mío lo sabe él. Si viniese aquí mi primo Pablo a +hablarme de sus negocios, el _Chivo_ se quedaría oyéndolo todo. ¡Habla +sin miedo, hombre! Este es un pozo para todo lo mío. + +Montenegro se resignó a sufrir la presencia de aquel tagarote, no +queriendo demorar por sus escrúpulos la explicación deseada. + +Habló a Luis con cierta timidez, velando su pensamiento, pesando bien +las palabras para que sólo pudieran entenderlas ellos dos, dejando al +matón en la ignorancia. + +Si él le buscaba, ya podía figurarse para qué era... _Lo sabía todo._ El +recuerdo de lo ocurrido en la última noche de la vendimia en Marchamalo +no habría desaparecido seguramente de su memoria. Pues bien: él se +presentaba para que remediase el mal causado. Siempre le había tenido +por amigo y esperaba que como tal se portase... porque de no ser así... + +El cansancio, la turbación nerviosa de una noche de emociones, no +permitieron a Fermín un largo disimulo, y la amenaza asomó a sus labios +al mismo tiempo que brillaba en sus ojos. + +Las copas que llevaba bebidas le abrasaban el estómago, como si el vino +se transformase en veneno, por la repugnancia con que lo había tomado de +aquellas manos. + +Dupont, oyendo a Montenegro, fingíase más ebrio de lo que realmente +estaba, para ocultar de este modo su turbación. + +La amenaza de Fermín hizo abandonar al _Chivo_ su mutismo. El +perdonavidas creyó oportuno el momento para una intervención aduladora. + +--Aquí nadie amenaza, ¿sabe usté, pollo?... Donde esté el _Chivo_ no hay +quien le diga ná a su señorito. + +El joven saltó con arrogancia, fijando en la bestia siniestra una mirada +de reto. + +--Usted se calla--dijo con imperio.--Usted se guarda la lengua en... el +bolsillo o donde le quepa. Usted no es nadie aquí; y para hablarme me +pide licencia. + +Quedó indeciso el matón, como aplastado por la arrogancia del joven, y +antes de que pudiera reponerse de la acometida, añadió Fermín +dirigiéndose a Luis: + +--¿Y eres tú ese que se cree tan valiente?... ¡Valiente, y vas a todas +partes con un acompañante, como los niños de la escuela! ¡Valiente, y ni +para hablar a solas con un hombre te separas de él! Merecías llevar +calzones cortos. + +Dupont olvidó su embriaguez, la echó a un lado para erguirse ante el +amigo con toda la grandeza de su valor. ¡Hombre, justamente le hería en +su parte más sensible!... + +--Ya sabes, Ferminillo, que soy más valiente que tú; y que todo Jerez me +tiene miedo. Vas a ver si necesito acompañantes. Tú, _Chivo_, ahueca. + +El valentón se resistió, refunfuñando. + +--¡Ahueca!--repitió el señorito, como si fuese a darle de patadas, con +la arrogancia de la impunidad. + +El _Chivo_ salió y los dos amigos volvieron a sentarse. Luis ya no +parecía ebrio: antes bien, hacía esfuerzos por mostrarse sereno, +abriendo los ojos desmesuradamente, como si intentase anonadar con la +mirada a Montenegro. + +--Cuando te parezca--dijo con voz sorda, para inspirar mayor +pavor,--saldremos a matarnos. Aquí no, porque el _Montañés_ es amigo y +no quiero comprometerlo. + +Fermín levantó los hombros, como si despreciase esta comedia +terrorífica. Ya hablarían de matarse, pero después; según lo que +resultara de su conversación. + +--Ahora al grano, Luis. Tú sabes el mal que has hecho. ¿Qué es lo que +piensas para remediarlo? + +El señorito perdió de nuevo su serenidad al ver que Fermín abordaba +directamente el temido asunto. Hombre, a él no le correspondía toda la +culpa. Era el vino, la maldita juerga, la casualidad... el ser bueno en +demasía; pues de no haber estado en Marchamalo, cuidando los intereses +de su primo (que maldito si se lo agradecía), nada habría ocurrido. +Pero, en fin, el mal estaba hecho. Él era un caballero, se trataba de +una familia amiga y no huía la cara. ¿Qué deseaba Fermín?... Su fortuna, +su persona, todo estaba a su disposición. Creía lo más acertado que los +dos señalasen una cantidad, de común acuerdo: él la reuniría, fuese como +fuese, para darla a la chica como dote, y raro sería que con esto no +encontrase un buen marido. + +¿Por qué ponía Fermín aquel gesto? ¿Había dicho él algún disparate?... +Pues si no le gustaba esta solución, tenía otra. María de la Luz podía +irse a vivir con él. Le pondría una gran casa en la ciudad, viviría como +una reina. A él le gustaba la muchacha: bastante sentía los desprecios +con que le había afligido después de aquella noche. Haría cuanto supiera +para que fuese feliz. Muchos ricos de Jerez vivían de este modo con sus +hembras, a las que todos respetaban como esposas legítimas; y si no +llegaban al matrimonio, era únicamente por ser de baja condición... +¿Tampoco le bastaba este arreglo? A ver: que propusiera algo Fermín, y +acabarían de una vez. + +--Sí, hay que acabar de una vez--repitió Montenegro.--Menos palabras, +pues me duele hablar de esto. Lo que tú vas a hacer, es ir mañana a +avistarte con tu primo y decirle que, avergonzado de tu falta, te casas +con mi hermana, como debe hacerlo un caballero. Si él da su permiso, +mejor: si no lo da, es igual. Tú te casas, y procuras, corrigiéndote, no +hacer infeliz a tu mujer. + +El señorito había echado atrás su silla, como escandalizado por lo +enorme de la pretensión. + +--Hombre... ¡casarse nada menos! ¡Pues tú pides poco!... + +Habló de su primo, augurando resueltamente su negativa. Él no podía +casarse. ¿Y su carrera? ¿Y su porvenir? Justamente, la familia, de +acuerdo con los Padres de la Compañía, andaba en tratos para su +matrimonio con una muchacha rica de Sevilla; antigua hija espiritual del +Padre Urizábal. Y bien lo necesitaba él, pues su fortuna estaba muy +resentida después de tantos despilfarros, y para su carrera política le +convenía ser rico. + +--Casarme con tu hermana, no--terminó Dupont.--Eso es una locura, +Fermín; piénsalo bien: un disparate. + +Fermín se exaltó al contestar. ¡Un disparate! conforme; pero lo era para +la pobre Mariquilla. ¡Vaya una fortuna! ¡Cargar con un hombre como él, +que era un saco de vicios, y no podía vivir ni con las mujerzuelas más +soeces de aquella tierra! Para María de la Luz, este casamiento +significaba un nuevo sacrificio: pero no había otro remedio que pasar +por él. + +--¿Tú crees que yo tengo verdadero deseo de emparentar contigo y que +esto me da alegría?... Pues te equivocas. ¡Ojalá no hubieses tenido +nunca el mal pensamiento que ha hecho infeliz a mi hermana! A no existir +eso de por medio, no te aceptaría por cuñado, aunque llegases a +pedírmelo de rodillas, cargado de millones... Pero el mal está hecho y +hay que remediarlo del único modo que puede remediarse, aunque +reventemos todos de pena... Ya sabes que yo me río del matrimonio: es +una de las muchas pamplinas que existen en el mundo. Lo necesario para +ser felices, es el amor... y nada más. Yo puedo expresarme así porque +soy hombre; porque me cisco en la sociedad y en lo que diga la gente. +Pero mi hermana es mujer y necesita, para que la respeten, para vivir +tranquila, hacer lo que las demás mujeres. Tiene que casarse con el +hombre que ha abusado de ella, aunque no sienta ni una migaja de cariño. +Jamás volverá a hablar con su antiguo novio; sería una villanía el +engañarle. Podrás decir tú que siga soltera, ya que nadie conoce lo +ocurrido; pero todo lo que se hace se sabe. Tú mismo, si yo te dejara, +acabarías por revelar en una noche de borrachera, tu buena suerte, el +magnífico bocado que te tragaste en la viña de tu primo. ¡Cristo! eso, +no. Aquí no hay más arreglo que el casamiento. + +Y con palabras cada vez más fuertes estrechaba a Luis, pretendiendo +obligarle a que aceptase su solución. + +El señorito se defendía con la angustia del que se ve acorralado. + +--Te ofuscas, Fermín--decía.--Yo veo más claro que tú... + +Y para salir del paso, pretendía dejar la conversación para el día +siguiente. Examinarían con más claridad el asunto... El temor de verse +obligado a aceptar las proposiciones de Montenegro le hacía insistir en +su negativa. Todo menos casarse... No le era posible; le repudiaría su +familia, se reiría de él la gente; perdería su porvenir político. + +Pero el hermano insistió con una firmeza que aterraba a Luis: + +--Te casarás; no hay otro remedio. Harás lo que debes, o uno de nosotros +está de sobra en el mundo. + +La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que +el _Chivo_ estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el inmediato +corredor. + +¿Amenazas a él? No había en todo Jerez quien se las dirigiera +impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revólver +invicto que había estado próximo a salvar la ciudad, repeliendo él solo +toda la invasión. El contacto del cilindro del arma pareció comunicarle +nuevos bríos. + +--¡Ea! se acabó. Haré lo que buenamente pueda para quedar bien, como un +caballero que soy. Pero no me caso, ¿lo entiendes? No me caso... Además, +¿por qué he de ser yo el culpable? + +El cinismo brillaba en sus ojos. Fermín apretaba los dientes y hundía +sus manos en los bolsillos, haciéndose atrás, como si temiese las +palabras crueles que iban a salir de la boca del señorito. + +--¿Y tu hermana?--prosiguió.--¿No tiene ella la culpa? Tú eres un +infeliz, un chiquillo. Créeme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy +un perdido, conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo... + +Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oyó. + +Fermín abalanzose a él con tal ímpetu, que rodaron las sillas y tembló +la mesa, deslizándose con el empujón hasta la pared. Llevaba en una mano +la navaja de Rafael, el arma que había olvidado dos días antes el +aperador en aquel mismo colmado. + +El revólver del señorito quedó asomando a la abertura del bolsillo, sin +que la mano tuviese fuerzas para tirar de él. + +Vaciló Dupont sobre sus pies, sonó un ronquido de bestia degollada; un +estertor que aceleró los borbotones del chorro negro que salía de su +cuello, como un caño roto. + +Y acabó por desplomarse de bruces, con gran estrépito de botellas y +copas que le siguieron en su caída, como si el vino quisiera mezclarse +con la sangre. + + + + +X + + +Tres meses iban transcurridos desde que el señor Fermín abandonó la viña +de Marchamalo, y sus amigos apenas si le reconocían, viéndole sentado al +sol, en la puerta de la miserable casucha que habitaba con su hija en un +arrabal de Jerez. + +--¡Pobre señó Fermín!--decían las gentes al verle.--No es ni su sombra. + +Había caído en un mutismo cercano a la imbecilidad. Permanecía horas +enteras inmóvil, con la cabeza abatida, como si le abrumasen los +recuerdos. Cuando su hija se aproximaba a él para hacerle entrar en la +casa o anunciarle que la comida estaba en la mesa, parecía despertar, +darse cuenta de lo que le rodeaba, y sus ojos seguían a la muchacha con +una mirada severa. + +--¡Mala mujer!--murmuraba.--¡Jembra mardita! + +Ella, sólo ella, era la culpable de la desgracia que pesaba sobre la +familia. + +Su cólera de padre a uso antiguo, incapaz de ternura y de perdón, su +orgullo viril que le había hecho considerar siempre a la hembra como un +ser inferior, incapaz de otra cosa que de causar al hombre inmensos +daños, perseguían a la pobre María de la Luz. También ella estaba +desmejorada, pálida, flacucha, con los ojos agrandados por las huellas +del llanto. + +Tenía que hacer prodigios de economía en la nueva existencia que llevaba +con su padre en aquella casucha. Y encima de las estrecheces y +preocupaciones de la miseria, había de sufrir el reproche mudo de los +ojos de su padre, el rezo de maldiciones sordas con que parecía azotarla +cada vez que se aproximaba, arrancándolo de sus reflexiones. + +El señor Fermín vivía con el pensamiento puesto en la lúgubre noche de +la invasión de los huelguistas. + +Para él nada había ocurrido después, que fuese importante. Le parecía +estar oyendo aún el retemblar de las puertas de Marchamalo, una hora +antes de amanecer, bajo los golpes furiosos de un desconocido. Se +levantaba con la escopeta preparada y abría una reja... Pero era su +hijo, su Fermín, sin sombrero, con las manos manchadas de sangre y un +rasguño en la cara, como si hubiese luchado con mucha gente. + +Las palabras fueron pocas. Había matado al señorito Luis, y después se +había abierto paso hiriendo al matón que le acompañaba. Aquel rasguño +insignificante era un testimonio de la pelea. Tenía que huir, ponerse +en salvo inmediatamente. Los enemigos pensarían seguramente que estaba +en Marchamalo, y al amanecer, los caballos de la guardia civil trotarían +por la cuesta de la viña. + +Fue un momento de loca agitación que el pobre viejo creyó interminable. +¿Adónde ir?... Sus manos abrían los cajones de la cómoda, revolviendo +las ropas. Buscaba sus ahorros. + +--Toma, hijo mío: tómalo todo. + +Y le llenaba los bolsillos de duros, de pesetas, de toda la plata +enmohecida por el encierro, reunida lentamente en el curso de los años. + +Cuando creyó haberle dado bastante, le sacó de la viña. ¡A correr! Aún +era de noche y podían pasar por fuera de Jerez sin que les viesen. El +viejo tenía su plan. Había que buscar a Rafael en Matanzuela. El mozo +aún conservaba sus amistades con los antiguos camaradas de contrabando, +y él le llevaría por los senderos extraviados de la sierra hasta +Gibraltar. Allí podía embarcarse para cualquier punto: el mundo es +grande. + +Y durante dos horas, el padre y el hijo habían marchado casi corriendo, +sin sentir cansancio, aguijoneados por el miedo, saliéndose del camino +cada vez que sonaba a lo lejos un rumor de voces, un galope de caballo. + +¡Ay, el viaje cruel con sus dolorosas sorpresas! Esto era lo que le +había matado. Al hacerse de día, en mitad de la marcha, vio a su hijo, +con cara de moribundo, manchado de sangre, con todo el aspecto de un +asesino que huye. Le dolía contemplar a su Fermín en tal estado, pero el +caso no era para desesperarse. Al fin, era un hombre, y los hombres +matan muchas veces sin dejar de ser honrados. Pero cuando su hijo le +explicó en pocas palabras por qué había matado, creyó perder la vida; le +temblaron las piernas y hubo de hacer un esfuerzo para no quedarse +tendido en medio de la carretera. ¡Era Mariquita, su hija, la que había +provocado todo aquello! ¡Ah, perra maldita! Y al pensar en la conducta +del muchacho, le admiraba, agradeciendo su sacrificio con toda su alma +de hombre rudo. + +--Fermín, hijo mío... has hecho bien. No había otro remedio que la +venganza. Tú eres el mejor de la familia. Mejor que yo, que no he sabido +guardar a una moza. + +La entrada en Matanzuela fue trágica: Rafael quedó absorto de sorpresa. +Habían matado a su señorito, ¡y era él, Fermín, quien lo había hecho! + +Montenegro se impacientaba. Quería que lo condujese a Gibraltar, sin ser +visto de nadie. Menos palabras. ¿Estaba dispuesto a salvarle, o se +negaba a ello? El aperador, por toda respuesta, ensilló su jaca +valiente, y otro de los caballos del cortijo. Iba a llevarle en seguida +a la sierra, y una vez allí, se encargarían otros de él. + +El viejo los vio alejarse a todo galope, y emprendió su regreso, +encorvado por repentina vejez, como si toda su vida se fuera con su +hijo. + +Luego su existencia había transcurrido como entre las nieblas de un +ensueño. Recordaba que abandonó espontáneamente Marchamalo, para +refugiarse en el arrabal, en la casucha de una parienta de su mujer. Él +no podía seguir en la viña después de lo ocurrido. Entre su familia y la +del amo había sangre, y antes que se lo echasen en cara debía huir. + +Don Pablo Dupont hizo llegar hasta él ofrecimientos de limosna para +sostener su vejez, aunque le consideraba el principal culpable de todo +lo ocurrido, por no haber enseñado a sus hijos religión. Pero el viejo +rehusó todo socorro. Muchas gracias, señor: admiraba su caridad, pero +moriría de hambre, antes que aceptar una moneda de los Dupont. + +Algunos días después de lo fuga de Fermín, vio llegar a su ahijado +Rafael. Se hallaba sin colocación: había abandonado el cortijo. Venía a +decirle que Fermín estaba en Gibraltar, y que un día de aquellos se +embarcaría para la América del Sur. + +--También a ti--dijo el viejo con tristeza--te ha picado la mardita +bicha, que nos emponzoña a toos. + +El mocetón estaba triste, desalentado. Hablando con el viejo en la +puerta de la casucha, miraba adentro con cierta inquietud, como si +temiese la aparición de María de la Luz. En la huida a la sierra, Fermín +se lo había contado todo... todo. + +--¡Ay, padrino! ¡y qué gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... ¡Y +no poer vengarme! ¡Irse del mundo aquel sinvergüensa, sin que yo le +metiese una puñalá! ¡No poer resucitarlo pa volverle a matar!... +¡Cuántas veces se habrá burlao el ladrón, viéndome hecho un bobo, sin +saber lo que ocurría!... + +En su tristeza de macho fuerte, lo que más le desesperaba era lo +ridículo de su situación, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su +mano no había sido la ejecutora de la venganza. + +Ya no quería trabajar. ¿De qué servía el ser bueno? Iba a volver a la +vida del contrabando. ¿Mujeres?... para un rato, y después tratarlas a +golpes como bestias impúdicas y sin corazón... Quería declararle la +guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que +infundían miedo con sus fusiles, y eran la causa de que los pobres +fuesen pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente pobre de Jerez +andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del +suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que antes querían tragárselo +todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba +él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado al mundo, por destrozar +uno de ellos sus ilusiones. + +Lo del contrabando era para entretenerse. Más adelante, cuando +recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los +cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas. Los que estaban en la +cárcel, esperando el momento del suplicio, Juanón, el _Maestrico_ y los +otros desgraciados que morirían en garrote, iban a tener un vengador. + +Si encontraba hombres con bastante corazón para seguirle, formaría una +partida de a caballo, dejando como un niño de teta a José María el +_Tempranillo_. Por algo conocía la sierra. Ya podían prepararse los +ricos. Abriría en canal a los malos, y los buenos sólo podrían salvarse +dándole dinero para los pobres. + +Exaltábase al desahogar su cólera con estas amenazas. Hablaba de hacerse +bandolero, con el entusiasmo que desde la niñez sienten los jinetes +rústicos por los aventureros de carretera. Para él, todo hombre ofendido +sólo podía buscar su venganza haciéndose ladrón. + +--Me matarán--continuaba--pero antes de que me maten, diga usted, +padrino, que habré acabao con medio Jerez. + +Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo, +aprobaba con la cabeza. Hacía bien. De ser él joven y fuerte, tendría un +compañero más en la partida. + +Rafael ya no volvió. Huía de que el demonio le pusiera enfrente de María +de la Luz. Al verla, podía matarla o podía echarse a llorar como un +chiquillo. + +De vez en cuando, llegaba en busca del señor Fermín alguna gitano +viejo, algún mochilero de los que vendían, en cafés y casinos, su exiguo +cargamento de tabaco. + +--Abuelo, esto es para usted... De parte de Rafaé. + +Era dinero que le enviaba el contrabandista y que el viejo entregaba +silencioso a su hija. El muchacho jamás se presentaba. De tarde en tarde +aparecía en Jerez, y esto bastaba para que el _Chivo_ y otros acólitos +del difunto Dupont, se ocultaran en sus casas, evitando el mostrarse en +las tabernas y cafetines frecuentados por el contrabandista. ¡Aquel +_gachó_ venía con las de Caín, y les guardaba ojeriza, por su antigua +amistad con el señorito! Y no es que le tuviesen miedo. Ellos eran +valientes... pero de ciudad, y no iban a medirse con un bruto, que se +pasaba la semana durmiendo en la sierra con los lobos. + +El señor Fermín dejaba transcurrir el tiempo mostrándose insensible a +cuanto le rodeaba, a cuanto se decía cerca de él. + +Un día, el triste silencio de la ciudad le sacó por unas horas de su +anonadamiento. Iban a dar garrote a cinco hombres por la invasión de +Jerez. El proceso había marchado de prisa: el castigo era urgente para +que las personas de bien se tranquilizasen. + +La entrada de los trabajadores rebeldes se abultaba al transcurrir el +tiempo, como una revolución llena de horrores. El miedo hacía enmudecer. +Los mismos que habían visto desfilar a los huelguistas sin intento +alguno de hostilidad por delante de las casas de los ricos, aceptaban en +silencio el inaudito castigo. + +Se hablaba de dos muertos en aquella noche, uniendo el señorito ebrio +con el infeliz escribiente. Fermín Montenegro era perseguido por +homicidio; su proceso seguíase aparte, pero nada perdía la sociedad con +exagerar los sucesos, poniendo un muerto más en la cuenta de los +revolucionarios. + +Habían sido condenados muchos a presidio. La sentencia derramaba cadenas +con una prodigalidad aterradora sobre el mísero rebaño, que parecía +preguntarse con asombro qué era lo que había hecho en aquella noche. De +los condenados a muerte, dos eran los asesinos del jovenzuelo del +escritorio: los otros tres iban al suplicio en clase de peligrosos, por +hablar, por amenazar, por creer fieramente que tenían derecho en el +mundo a una parte de felicidad. + +Mucha gente guiñaba los ojos con malicia al saber que el _Madrileño_, el +iniciador de la entrada en la ciudad, sólo iba a presidio por algunos +años. Juanón y su camarada el de Trebujena esperaban resignados el +último suplicio. No querían vivir, les daba asco la vida después de las +amargas decepciones de la noche famosa. El _Maestrico_ abría con asombro +sus ojos cándidos de doncella, como resistiéndose a creer en la maldad +de los hombres. ¡Necesitaban su vida porque era un ser peligroso, porque +soñaba con la utopia de que la sabiduría de los menos pasase a ser de +la inmensa masa de los infelices, como un instrumento de redención! Y +poeta sin conocerlo, su espíritu, encerrado en ruda envoltura, +esparcíase con el fuego de la fe, consolando la angustia de sus últimos +momentos con la esperanza de que otros llegaban detrás _empujando_, como +él decía, y que esos otros acabarían por arrollarlo todo con la fuerza +de la cantidad, como las gotas de agua que forman la inundación. Les +mataban porque eran pocos. Algún día serían tantos, que los fuertes, +cansados de asesinar, aterrados por la inmensidad de su tarea +sangrienta, acabarían por desalentarse, entregándose vencidos. + +El señor Fermín no percibió de este suplicio más que el silencio de la +ciudad, que parecía avergonzada; el gesto de miedo de los pobres; la +sumisión cobarde con que hablaban de los señores. + +A los pocos días olvidó por completo este suceso. Llegó una carta a sus +manos: era de su hijo, de su Fermín. Estaba en Buenos Aires y le +escribía mostrando cierta confianza en su porvenir. Los primeros tiempos +eran duros, pero en aquellas tierras, con el trabajo y la constancia, +era casi seguro el triunfo, y él abrigaba la certeza de que marcharía +adelante. + +Desde entonces, el señor Fermín tuvo una ocupación y sacudió el marasmo +en que le había sumido el dolor. Escribía a su hijo y esperaba sus +cartas. ¡Cuán lejos estaba! ¡Si él pudiese ir allá!... + +Otro día le agitó una nueva sorpresa. Sentado al sol, a la puerta de su +casa, vio la sombra de un hombre inmóvil junto a él. Levantó la cabeza y +dio un grito. ¡Don Fernando!... Era su ídolo, el buen Salvatierra, pero +envejecido, más triste, con la mirada apagada tras las gafas azules, +como si pesasen sobre él todas las desgracias y las iniquidades de la +ciudad. + +Le _habían soltado_, le dejaban vivir libremente, sabiendo, sin duda, +que en ninguna parte encontraría un rincón para hacer su nido; que sus +palabras iban a perderse sin eco en el silencio del terror. + +Al presentarse en Jerez, los amigos antiguos huían de él, no queriendo +comprometerse. Otros le miraban con odio, como si desde su forzado +destierro fuese responsable de todos los sucesos. + +Pero el señor Fermín, el antiguo camarada, no era de éstos. Al verle se +incorporó, cayendo en sus brazos, con ese estertor de los fuertes que se +ahogan sin poder llorar. + +--¡Ay, don Fernando!... ¡Don Fernando!... + +Salvatierra le consoló. Lo sabía todo. ¡Valor! Era un víctima de la +corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta. +Aún podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es +grande. Donde su hijo encontrase la existencia, también podría buscarla +él. + +Y Salvatierra volvió algunas mañanas a visitar a su viejo compañero. De +pronto, se ausentó. Decían unas veces que estaba en Cádiz, otras que en +Sevilla, vagando por aquella tierra andaluza, que guardaba con los +recuerdos de sus heroísmos y sus generosidades, los restos del único ser +cuyo amor había endulzado su existencia. + +No podía vivir en Jerez. Los poderosos le miraban con ojos de reto, como +si fuesen a arrojarse sobre él; los pobres le huían, evitando su trato. + +Transcurrió otro mes. Una tarde, al asomar María de la Luz a la puerta +de su casa, creyó caer al suelo desvanecida. Le temblaron las piernas, +le zumbaron los oídos; toda su sangre pareció afluir a su rostro en +ardiente oleada y retirarse después, dejándolo de una palidez verdosa... +Rafael estaba allí, envuelto en su manta, como si la esperase. Ella +intentó huir, refugiarse en lo más apartado de la casucha. + +--¡María de la Lú!... ¡Mariquilla!... + +Era el mismo acento dulce y suplicante que al verse en la reja, y sin +saber cómo, volvió ella sobre sus pasos, acercándose tímidamente, +fijando su mirada lacrimosa en los ojos de su antiguo novio. + +También él estaba triste. Una gravedad melancólica parecía darle cierta +elegancia, afinando su áspero exterior de hombre de lucha. + +--María de la Lú--murmuró.--Dos palabritas na más. Tú me quieres y yo te +quiero. ¿Pa qué pasarnos el resto de la vida rabiando, como unos +infelices?... Hasta hace poco, era tan bruto que al verte me hubieran +dao tentaciones de matarte. Pero he hablado con don Fernando y me ha +convencío con su sabiduría. Esto se acabó. + +Y lo afirmaba con un gesto de energía. Se acababa la separación, se +acababan los celos estúpidos a un miserable que no había de resucitar y +al que ella no había querido; se acababa el rencor por una desgracia de +la que no tenía culpa alguna. + +Huirían de allí. Despreciaba a aquella tierra tan profundamente, que no +quería ni hacerla daño. Abandonarla era lo mejor; poner entre ella y +ellos muchas leguas de tierra, muchas leguas de agua. La distancia +borraría los malos recuerdos. No viendo la ciudad, no viendo sus campos, +olvidarían por completo las tristezas que allí habían sufrido. + +Irían en busca de Fermín. Él tenía dinero para el viaje de todos. Los +últimos contrabandos habían sido _gordos_; una locura, que asombraba por +su audacia a los del oficio: recuas interminables pasando por los +caminos de la sierra, al amparo de su escopeta. No le habían matado, y +su buena suerte le daba nuevos ánimos para emprender el largo viaje que +cambiaría su existencia. + +Conocía aquel mundo joven, y a él irían, su compañera, su padrino y él. +Don Fernando le había descrito aquel paraíso. Bandas infinitas de +caballos salvajes, que esperaban las piernas educadoras del jinete; +extensiones inmensas de tierra sin dueño, sin tirano, aguardando la mano +del hombre para expeler la vida que germinaba en sus entrañas. ¡Qué +Edén mejor para un campesino animoso y fuerte, esclavo hasta entonces en +cuerpo y alma de los que no trabajan!... + +Irían a ser libres y felices en plena Naturaleza, allí donde el +salvajismo y la soledad habían guardado un pedazo de mundo limpio de los +crímenes de la civilización, del egoísmo de los hombres; donde todo era +de todos, sin otro privilegio que el del trabajo; donde la tierra era +pura como el aire y el sol y no había sido deshonrada por el monopolio, +ni despedazada y envilecida por el grito de «Esto es mío... y los demás +que perezcan de hambre.» + +Y esta vida salvaje, pero libre y dichosa, reharía con el olvido la +virginidad de sus almas. Serían seres nuevos, inocentes y laboriosos, +como si acabasen de nacer del limo de la tierra. El abuelo cerraría sus +ojos mirando al sol, con la tranquilidad del que cumple su deber +volviendo a la tierra de donde surgió; ellos los cerrarían también, +cuando les llegase su hora, amándose hasta el último momento, y sobre +sus sepulturas continuarían la obra de trabajo y libertad sus hijos y +sus nietos, más felices que ellos, desconocedores de las crueldades del +mundo antiguo, pensando en los ricos ociosos y en los señores crueles, +como piensan los niños en los monstruos y los ogros de los cuentos. + +María de la Luz le escuchaba conmovida. ¡Huir de allí! ¡Dejar a la +espalda tantos recuerdos!... De vivir el miserable que había causado la +ruina de su familia, persistiría en su testarudez de mujer simple. Ella +no podía ser de otro que de aquel que había robado su virginidad. Pero +ya que el ladrón había muerto, y Rafael, a quien no quería engañar, +aceptaba generosamente la situación, perdonándola a ella, lo aceptaba +todo... Sí; huirían de allí, ¡cuanto antes!... + +El mocetón siguió exponiendo sus planes. Don Fernando se encargaba de +convencer al viejo; además, le daría cartas para sus amigos de América. +Antes de quince días se embarcarían en Cádiz. ¡Huir, huir cuanto antes +de una tierra de patíbulos, donde los fusiles tenían la misión de +aplacar el hambre, y los ricos le tomaban al pobre la vida, la honra y +la felicidad!... + +--Cuando lleguemos--continuaba Rafael--serás mi mujer. Repetiremos +nuestras pláticas de la reja. Mejor aún. Extremaré mi cariño pa que no +creas que queda en mí ningún recuerdo amargo. Todo pasó. Don Fernando +tié razón. Las vergüenzas del cuerpo representan muy poco... El amor es +lo que importa; lo demás son preocupaciones de animales. ¿Tu corazoncito +es mío? pues ya lo tengo todo... ¡María de la Lú! ¡Compañerita del arma! +Vamos a marchar de cara al sol: ahora nacemos de veras; hoy empieza +nuestro amor. Deja que te bese por primera vez en mi vida. Abrázame, +compañera: que vea yo que eres mía, que serás el sostén de mi fuerza, +mi apoyo cuando empiece la lucha allá abajo... + +Y los dos jóvenes se abrazaron en la entrada de la casucha, juntando sus +bocas sin ningún estremecimiento de pasión carnal, manteniéndose largo +rato unidos, como si despreciasen el escándalo de las gentes, como si +con su amor desafiaran los aspavientos de un mundo viejo que iban a +abandonar. + + * * * * * + +Salvatierra acompañó en Cádiz hasta la escala del trasatlántico a su +camarada, el señor Fermín, que partía para el nuevo mundo, con Rafael y +María de la Luz. + +¡Salud! Ya no volverían a verse. El mundo es demasiado grande para los +pobres, siempre inmovilizados en el mismo sitio por las raíces de la +necesidad. + +Salvatierra sintió saltársele las lágrimas. Todas sus amistades, los +recuerdos de su pasado, desvanecíanse esparcidos por la muerte o la +desgracia. Se quedaba solo en medio de un pueblo, al que había intentado +libertar y que ya no le conocía. Las nuevas generaciones le miraban como +un loco que inspiraba cierto interés por su ascetismo; pero no entendían +sus palabras. + +A los pocos días de la partida de estos amigos, abandonó su retiro de +Cádiz para ir a Jerez. Le llamaba un moribundo, un camarada de los +buenos tiempos. + +El señor _Matacardillos_, el dueño del ventorro del Grajo, se moría +definitivamente. Su familia imploraba la visita del revolucionario, +viendo en su presencia un último rayo de alegría para el enfermo. «Ahora +va de veras, don Fernando», escribíanle los hijos. Y don Fernando fue a +Jerez, y emprendió a pie el camino de Matanzuela, aquel camino que había +seguido de noche, en diversa dirección, tras el cadáver de una gitana. + +Cuando llegó al ventorro supo que su amigo había muerto algunas horas +antes. + +Era un domingo por la tarde. Adentro, en la única habitación de la +choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadáver hinchado, sin otra +compañía que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violáceo. + +Afuera, la viuda y los hijos, con la resignación de una desgracia +luengamente esperada, medían copas y atendían a los parroquianos +sentados en las inmediaciones del ventorrillo. + +Los gañanes de Matanzuela bebían, formando un gran corro. Don Fernando, +de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un +hombre, sin una bestia, con la monótona soledad del domingo. + +Sentíase solo, completamente solo. Acababa de perder el último de los +camaradas de su juventud revolucionaria. De todos los que habían +disparado en la sierra y afrontado la muerte o el presidio por el +romanticismo de la revolución, no quedaba ninguno a su lado. Unos huían +en desesperada carrera al otro lado del mar, espoleados por la miseria; +otros se pudrían en el seno de la tierra sin el consuelo de haber visto +la Justicia y la Igualdad imperando sobre los hombres. + +¡Qué de esfuerzos inútiles! ¡Cuántos sacrificios estériles!... ¡Y la +herencia de tanto trabajo parecía perderse para siempre! Las nuevas +generaciones desconocían a los viejos, se negaban a recibir de sus +brazos, fatigados y débiles, el fardo de odios y esperanzas. + +Salvatierra miraba con tristeza al grupo de los trabajadores. No le +conocían o fingían no conocerle. Ni una sola mirada se había fijado en +él. + +Hablaban de la gran tragedia, que aún parecía tener bajo su lúgubre peso +a la gente de Jerez: de la ejecución de los cinco jornaleros por la +entrada nocturna en la ciudad. Pero hablaban apaciblemente, sin pasión, +sin odio, como si estas ejecuciones fuesen las de unos bandidos famosos +rodeados del aura populachera. + +Sólo mostraban alguna vehemencia al apreciar el valor con que habían +muerto, el gesto que les acompañó al patíbulo. Juanón y el de Trebujena +habían marchado al palo como lo que eran: como hombres incapaces de +miedo ni de fanfarronadas. Los otros dos asesinos habían muerto como +unos brutos. Y el recuerdo del pobre _Maestrico_ casi les dos reales; +sino dos reales y medio, y atribuían este aumento a su sumisión y +disciplina. «Siendo buenos, sacaréis más que a las malas», les habían +dicho. Y ellos lo repetían, pensando con desprecio en los malvados +alborotadores que intentaban arrastrarlos a la rebeldía. Siendo +obedientes y humildes, tal vez llegasen, con el tiempo, a cobrar tres +reales. ¡Una verdadera felicidad!... + +El cortijo Matanzuela lo miraban como un paraíso. El caritativo Dupont +era de una generosidad inaudita. Cuidaba de que los braceros oyesen misa +los domingos; y de mes en mes, organizaba comuniones para los gañanes. +Los que en días de holganza no iban a sus casas, quedándose en el +cortijo para seguir las pláticas religiosas de un sacerdote enviado de +Jerez, tenían por la tarde, en el ventorro, unas cuantas copas pagadas +por el amo. + +Dupont era un creyente _moderno_, como él decía. Todos los caminos +resultaban buenos para llegar a la conquista de las almas. + +Y los gañanes, según confesión de _Zarandilla_, «se dejaban querer», +rezaban y bebían, fisgándose un tanto del amo con burlona gravedad, y +llamándole «primo». + +La larga permanencia de _Zarandilla_ al lado de Salvatierra, y la +curiosidad que éste inspiraba, acabaron por vencer el apartamiento de +los gañanes. Algunos se aproximaron, y poco a poco fue formándose un +corro en torno del rebelde. + +Uno de los más viejos le habló con tono socarrón. Si don Fernando corría +el campo para soltar soflamas como en otra época, perdía el tiempo. La +gente estaba escamada: era como el gato escaldado del refrán. Y no es +que los gañanes estuvieran bien. Se iba viviendo, pero peor estaban los +pobres a los que habían ajusticiado en Jerez. + +--Los viejos--continuó aquel filósofo rústico--aún le tenemos cierto +aquel a su mercé y a los de su época. Sabemos que no se han hecho ricos +con sus sermones como muchos otros: sabemos que han padecío y se las han +tragao de muy duras... Pero mire su mercé a los chavales. + +Y señalaba a los que se habían quedado sentados sin aproximarse a +Salvatierra; todos jóvenes. De vez en cuando miraban al revolucionario +con ojos insolentes. «¡Un tío embustero, como todos los que se +presentaban en busca de los trabajadores! Los que habían seguido sus +doctrinas pudrían tierra en el cementerio, y él estaba allí... Menos +sermones y más trigo...» Ellos eran listos, habían visto lo suficiente +para enterarse y estaban con el que daba. El verdadero amigo de los +pobres era el amo con su jornal; y si encima daba vino, mejor que mejor. +Además, ¿qué podía importarle la suerte de los trabajadores a aquel tío +que vestía de señor, aunque raído como un pordiosero, y no tenía callos +en las manos? Lo que deseaba era vivir a costa de ellos; un falsario +como tantos otros. + +Salvatierra adivinaba estos pensamientos en los ojos hostiles. + +La voz del viejo rústico seguía acosándole con su socarrona filosofía. + +--¿Por qué ha de tomarse su mercé esos fríos y calores por lo que les +pasa a los pobres, don Fernando? Déjelos: si ellos están contentos, su +mercé también. Además, todos estamos escarmentaos. Con los de arriba no +se puede. Su mercé, que sabe tanto, vea de conquistar a la guardia +civil, tráigasela a su idea, y cuando se presente al frente de los +tricornios, pierda cuidao, que todos le seguiremos. + +El viejo llenó un vaso de vino y se lo presentó a Salvatierra. + +--Beba su mercé, y no se haga mala sangre queriendo arreglar lo que no +tiene arreglo. En el mundo no hay de verdá más que eso. Los amigos, unos +falsos; la familia... buena pa comérsela con patatas. Todas esas cosas +de rivoluciones y repartos, mentiras, palabras pa engañar a los pimplis. +Esto es la única verdá, ¡el vino!: de trago en trago nos lleva +entretenidos y alegres hasta la muerte. Beba, don Fernando; se lo +ofrezco porque es nuestro, porque nos lo hemos ganado. Es barato: sólo +cuesta una misa. + +Salvatierra, el impasible, se estremeció con un arrebato de cólera. +Sintió impulsos de repeler el vaso, de estrellarlo contra el suelo. +Maldijo la pócima de oro, el demonio alcohólico que extendía sus alas +de ámbar sobre aquel rebaño embrutecido, esclavizando su voluntad, +infundiéndole la servidumbre del crimen, de la locura, de la cobardía. + +Ellos, arañando la tierra, sudando en sus surcos, dejando en sus +entrañas lo mejor de su existencia, producían este líquido de oro; y los +poderosos se valían de él para embriagarlos, para mantenerles como +encantados en una falsa alegría. + +Eran los esclavos más infelices de la historia; ellos mismos trenzaban +el látigo que les tenía sometidos, ellos forjaban la cadena que les +mantenía amarrados; hambrientos, con el hambre prolongada de una +alimentación engañosa, falsamente alegres con la alegría enfermiza de la +embriaguez. + +¡Y reían! ¡Y le aconsejaban la sumisión, burlándose de sus esfuerzos +generosos, alabando a sus opresores!... ¿Pero es que la esclavitud había +de ser eterna? ¿Las aspiraciones humanas iban a detenerse para siempre +en esta momentánea alegría de bruto satisfecho? + +Salvatierra sintió que se desvanecía su cólera; que la esperanza y la fe +volvían a él. + +Comenzaba a caer la tarde; llegaba la noche, como precursora de un nuevo +día. También el crepúsculo de las aspiraciones humanas era momentáneo. +La Justicia y la Libertad dormitaban en la conciencia de todo hombre. +Ellas despertarían. + +Más allá de los campos estaban las ciudades, las grandes aglomeraciones +de la civilización moderna, y en ellas otros rebaños de desesperados, +de tristes, pero que repelían el falso consuelo del vino, que bañaban +sus almas nacientes en la aurora de un nuevo día, que sentían sobre sus +cabezas los primeros rayos del sol, mientras el resto del mundo +permanecía en la sombra. Ellos serían los elegidos; y mientras el +rústico permanecía en el campo, con la resignada gravedad del buey, el +desheredado de la ciudad despertábase, poníase en pie, para seguir al +único amigo de los miserables y los hambrientos, al que atraviesa la +historia de todas las religiones, insultado con el nombre de Demonio, y +ahora, despojándose de los grotescos adornos que le da la tradición, +deslumbra a unos y asombra a otros con la más soberbia de las +hermosuras, la hermosura de Luzbel, ángel de luz, y se llama Rebeldía... +Rebeldía Social. + + +FIN + +Madrid, Diciembre 1904-Febrero 1905. + + * * * * * + + +OBRAS DEL MISMO AUTOR + + +NOVELAS + + + Arroz y tartana. + Flor de Mayo. + La Barraca. + Sónnica la cortesana. + Entre naranjos. + Cañas y barro. + La Catedral. + El Intruso. + + +CUENTOS + + Cuentos valencianos. + La Condenada. + + +VIAJES + + En el país del Arte (_Tres meses en Italia_). + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco Ibáñez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BODEGA *** + +***** This file should be named 28927-8.txt or 28927-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/8/9/2/28927/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was +produced from images generously made available by the +Digital & Multimedia Center, Michigan State University +Libraries.) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. Special rules, +set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to +copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to +protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project +Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you +charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you +do not charge anything for copies of this eBook, complying with the +rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose +such as creation of derivative works, reports, performances and +research. They may be modified and printed and given away--you may do +practically ANYTHING with public domain eBooks. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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Donations are accepted in a number of other +ways including including checks, online payments and credit card +donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate + + +Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic +works. + +Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm +concept of a library of electronic works that could be freely shared +with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project +Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. + + +Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed +editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. +unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/28927-8.zip b/28927-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..4145b7d --- /dev/null +++ b/28927-8.zip diff --git a/28927-h.zip b/28927-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..89a9f29 --- /dev/null +++ b/28927-h.zip diff --git a/28927-h/28927-h.htm b/28927-h/28927-h.htm new file mode 100644 index 0000000..03e1c46 --- /dev/null +++ b/28927-h/28927-h.htm @@ -0,0 +1,11852 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of La bodega, por +Vicente Blasco Ibáñez. + </title> + <style type="text/css"> + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + text-indent: 2%; + } + p.cap {text-align: center; + text-indent: 0%; + padding:1%;border:1px solid silver; + margin:5% 20% 5% 20%; + } + p.non {text-indent:0%;text-decoration: underline; + } + p.onda {text-align: center; + text-indent: 0%;margin:8% auto 8% auto; + font-size:28%; + } + .c {text-align: center; + text-indent: 0%; + } + h1 {font-size:300%; + text-align: center;margin:15% auto 2% auto; + clear: both; + } + h3 {margin:15% auto 5% auto; + text-align: center; + clear: both; + } + .top5 {margin-top: 5%;} + .top15 {margin-top: 15%;} + hr { width: 15%; + margin: 2em auto 2em auto; + clear: both; + color:black; + } + hr.full { width: 100%; + margin-top: 5%; + margin-bottom: 5%; + border: solid black; + height: 5px; } + table {margin-left: auto; margin-right: auto;} + td.rt {padding-right:10%;border-right:3px double black; + white-space:nowrap;} + td.lft {padding-left:7%; + white-space:nowrap;} + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%; + background:#fdfdfd; + color:black; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + ul {list-style-type: none;text-indent: -1em;} + a:link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {background-color: #ffffff; color: red; text-decoration:underline; } + .smcap {font-variant: small-caps; + font-family: serif; + font-size: large; + } + sup {font-size: 75%;} + .poem {margin-left:25%; + white-space:nowrap; + text-indent: 0%; + } + </style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco Ibáñez + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La bodega + +Author: Vicente Blasco Ibáñez + +Release Date: May 22, 2009 [EBook #28927] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BODEGA *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was +produced from images generously made available by the +Digital & Multimedia Center, Michigan State University +Libraries.) + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<h3>VICENTE BLASCO IBÁÑEZ</h3> + +<hr /> + +<h1>LA BODEGA</h1> +<h3>—NOVELA—</h3> + +<p class="c">19.000</p> + +<table summary="editores" +cellspacing="0" +cellpadding="0" +style="text-align:center;" +> +<tr><td colspan="2">F. S<span class="smcap">empere y</span> C<span class="smcap">ompañía</span>, E<span class="smcap">ditores</span></td></tr> +<tr><td class="rt">Isabel la Católica, 5 </td> +<td class="lft">Salas, 4 (Sucursal)</td></tr> +<tr><td class="rt">VALENCIA</td> +<td class="lft">MADRID</td></tr> +</table> + +<p class="c">Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.<sup>a</sup>—<span class="smcap">Valencia</span></p> + +<p class="cap">Capítulos: +<a href="#I"><b>I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X</b></a></p> + + +<hr /> + + +<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3> + + +<p>Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela, +entró Fermín Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primera +bodega de Jerez, conocida en toda España; «Dupont Hermanos», dueños del +famoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos méritos se +pregonan en la cuarta plana de los periódicos, en los rótulos +multicolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casas +viejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de agua +de los cafés.</p> + +<p>Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora de +retraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los papeles cuando +él entró, como si temieran hacerse cómplices con un gesto, con una +palabra, de esta falta inaudita de puntualidad. Fermín miró con +inquietud el vasto salón del escritorio y se fijó después en un +despacho contiguo, donde en medio de la soledad alzábase majestuoso un +<i>bureau</i> de lustrosa madera americana. «El amo» no había llegado aún. Y +el joven, más tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenzó a clasificar +los papeles, ordenando el trabajo del día.</p> + +<p>Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo, de +extraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si no +hubiesen transcurrido allí quince años de su vida, desde que le +aceptaron como <i>zagal</i> para llevar cartas al correo y hacer recados, en +vida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinastía, el fundador del +famoso cognac que abrió «un nuevo horizonte al negocio de las bodegas», +según decían pomposamente los prospectos de la casa hablando de él como +de un conquistador; el padre de los «Dupont Hermanos» actuales, reyes de +un estado industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de tres +generaciones.</p> + +<p>Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una blancura de +panteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol, sus paredes estucadas +y brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban el +muro hasta el techo, dando a la luz exterior una láctea suavidad. Los +armarios, las mesas y las taquillas de madera oscura, eran el único tono +caliente de este decorado que daba frío. Junto a las mesas, los +calendarios de pared ostentaban grandes imágenes de santos y de vírgenes +al cromo. Algunos empleados, abandonando toda discreción, para halagar +al amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de almanaques ingleses +con figuras modernistas, estampas de imágenes milagrosas, con su oración +impresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que desde el +fondo del salón alteraba el silencio con sus latidos, tenía la forma de +un templete gótico, erizado de místicas agujas y pináculos medioevales, +como una catedral dorada de bisutería.</p> + +<p>Esta decoración semirreligiosa de una oficina de vinos y cognacs era lo +que despertaba cierta extrañeza en Fermín, después de haberla visto +durante muchos años. Persistían aún en él las impresiones del día +anterior. Había permanecido hasta hora muy avanzada de la noche con don +Fernando Salvatierra, que volvía a Jerez después de ocho años de +reclusión en un presidio del Norte de España. El famoso revolucionario +volvía a su tierra modestamente, sin alarde alguno, como si los años +transcurridos los hubiese pasado en un viaje de recreo.</p> + +<p>Fermín le encontraba casi igual que la última vez que le vio, antes de +marchar él a Londres para perfeccionar sus estudios de inglés. Era el +don Fernando que había conocido en su adolescencia; igual voz paternal y +suave, la misma sonrisa bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosos +por la debilidad, brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Las +privaciones del presidio habían encanecido sus cabellos rubios en las +sienes y blanqueado su barba rala, pero el gesto sereno de la juventud +seguía animando su rostro.</p> + +<p>Era un «santo laico», según confesaban sus adversarios. Nacido dos +siglos antes, hubiese sido un religioso mendicante preocupado por el +dolor ajeno y tal vez habría llegado a figurar en los altares. Mezclado +en las agitaciones de un período de luchas, era un revolucionario. Se +conmovía con el lloro de un niño: desprovisto de todo egoísmo, no había +acción que considerase indigna para auxiliar a los desgraciados, y, sin +embargo, su nombre producía escándalo y temor en los ricos, y le +bastaba, en su existencia errante, mostrarse algunas semanas en +Andalucía, para que al momento se alarmasen las autoridades y se +concentrara la fuerza pública. Iba de un lado a otro como un Asheverus +de la rebeldía, incapaz de hacer daño por sí mismo, odiando la +violencia, pero predicándola a los de abajo como único medio de +salvación.</p> + +<p>Fermín recordaba su última aventura. Estaba él en Londres cuando leyó la +prisión y la sentencia de Salvatierra. Había aparecido en la campiña de +Jerez, cuando los trabajadores del campo acababan de iniciar una de sus +huelgas.</p> + +<p>Su presencia entre los rebeldes fue el único delito. Le prendieron, y al +interrogarle el juez militar, se negó a jurar por Dios. La sospecha de +complicidad en la huelga y su irreligiosidad inaudita bastaron para +enviarle a presidio. Fue una injusticia que el miedo social se permitió +con un ser peligroso. El juez le abofeteó durante un interrogatorio, y +Salvatierra, que de joven se había batido en las insurrecciones del +período revolucionario, limitose, con una serenidad evangélica, a pedir +que pusieran en observación al violento juez, pues debía sufrir una +enfermedad mental.</p> + +<p>En el presidio, sus costumbres habían causado asombro. Dedicado por +afición al estudio de la Medicina, servía de enfermero a los presos, +dándoles su comida y sus ropas. Iba haraposo, casi desnudo; cuanto le +enviaban sus amigos de Andalucía pasaba inmediatamente a poder de los +más desgraciados. Los guardianes, viendo en él al antiguo diputado, al +agitador famoso que en el período de la República se había negado a ser +ministro, le llamaban don Fernando, con instintivo respeto.</p> + +<p>—Llamadme Fernando a secas—decía con sencillez.—Habladme de tú, como +yo os hablo. No somos más que hombres.</p> + +<p>Al llegar a Jerez, después de permanecer algunos días en Madrid entre +los periodistas y los antiguos compañeros de vida política, que le +habían conseguido el indulto sin hacer caso de su resistencia a +aceptarlo, Salvatierra se dirigió en busca de los amigos que aún le +restaban fieles. Había pasado el domingo en una pequeña viña que tenía +cerca de Jerez un corredor de vinos, antiguo compañero de armas del +período de la Revolución. Todos los admiradores habían acudido al +enterarse del regreso de don Fernando. Llegaban viejos arrumbadores de +las bodegas, que de muchachos habían marchado a las órdenes de +Salvatierra por las asperezas de la inmediata serranía, disparando su +escopeta por la República Federal: jóvenes braceros del campo que +adoraban al don Fermín de la segunda época, hablando del reparto de las +tierras y de los absurdos irritantes de la propiedad.</p> + +<p>Fermín también había ido a ver al maestro. Recordaba sus años de la +infancia; el respeto con que oía a aquel hombre, admirado por su padre y +que durante largas temporadas vivió en su casa. Sentía agradecimiento al +recordar la paciencia con que le había enseñado a leer y escribir, cómo +le había dado las primeras lecciones de inglés y cómo le inculcó las más +nobles aspiraciones de su alma; aquel amor a la humanidad en que parecía +arder el maestro.</p> + +<p>Al verle tras su largo cautiverio, don Fernando le estrechó la mano, sin +la más leve emoción, como si se hubiesen encontrado poco antes, y le +preguntó por su padre y su hermana con voz suave y gesto plácido. Era el +hombre de siempre, insensible para el dolor propio, conmovido ante el +sufrimiento de los demás.</p> + +<p>Toda la tarde y gran parte de la noche permaneció en la casita de la +viña el grupo de amigos de Salvatierra. El dueño, rumboso y entusiasmado +por la vuelta del grande hombre, sabía obsequiar a la reunión. Las cañas +de color de oro circulaban a docenas sobre la mesa cubierta de platos de +aceitunas, lonchas de jamón y otros comestibles que servían de pretexto +para desear el vino. Todos lo saboreaban entre palabra y palabra, con la +prodigalidad en el beber propia de la tierra. Al cerrar la noche muchos +se mostraban perturbados: únicamente Salvatierra estaba sereno. Él sólo +bebía agua, y en cuanto a comer, se resistió a tomar otra cosa que un +pedazo de pan y otro de queso. Esta era su comida dos veces al día desde +que salió de presidio, y sus amigos debían respetarla. Con treinta +céntimos tenía lo necesario para su existencia. Había decidido que +mientras durase el desconcierto social y millones de semejantes +perecieran lentamente por la escasez de alimentación, él no tenía +derecho a más.</p> + +<p>¡Oh, la desigualdad! Salvatierra se enardecía, abandonaba su flema +bondadosa al pensar en las injusticias sociales. Centenares de miles de +seres morían de hambre todos los años. La sociedad fingía no saberlo, +porque no caían de repente en medio de las calles como perros +abandonados; pero morían en los hospitales, en sus tugurios, víctimas en +apariencia de diversas enfermedades; pero en el fondo, ¡hambre! ¡todo +hambre!... ¡Y pensar que en el mundo había reservas de vida para todos! +¡Maldita organización que tales crímenes consentía!...</p> + +<p>Y Salvatierra, ante el silencio respetuoso de sus amigos, hacía el +elogio del porvenir revolucionario, de la sociedad comunista, ensueño +generoso, en la cual los hombres encontrarían la felicidad material y la +paz del alma. Los males del presente eran una consecuencia de la +desigualdad. Las mismas enfermedades eran otra consecuencia. En lo +futuro, el hombre moriría por el desgaste de su máquina, sin conocer el +sufrimiento.</p> + +<p>Montenegro, escuchando a su maestro, evocaba uno de los recuerdos de su +juventud, una de las paradojas más famosas de don Fernando, antes de que +éste fuera al presidio y él partiese para Londres.</p> + +<p>Salvatierra hablaba en un mitin explicando a los obreros lo que sería la +sociedad del porvenir. ¡No más opresores y falsarios! Todas las +dignidades y profesiones del presente habían de desaparecer. Quedarían +suprimidos los sacerdotes, los guerreros, los políticos, los abogados...</p> + +<p>—¿Y los médicos?—preguntó una voz desde el fondo de la sala.</p> + +<p>—Los médicos también—afirmó Salvatierra con su fría tranquilidad.</p> + +<p>Hubo un murmullo de asombro y extrañeza, como si el público que le +admiraba fuese a reírse de él.</p> + +<p>—Los médicos también, porque el día que triunfe nuestra revolución se +acabarán las enfermedades.</p> + +<p>Y como presintiese que iba a estallar una carcajada de incredulidad, se +apresuró a añadir:</p> + +<p>—Se acabarán las enfermedades, porque las que ahora existen son por +haber hecho ostentación de la riqueza, comiendo más de lo que necesita +el organismo, o por comer menos la pobreza de lo que exige el +sostenimiento de su vida. La nueva sociedad, repartiendo equitativamente +los medios de subsistencia, equilibrará la vida suprimiendo las +enfermedades.</p> + +<p>Y el revolucionario ponía tal convicción, tal fe en sus palabras, que +estas y otras paradojas imponían silencio, siendo acogidas por los +creyentes con el mismo respeto que las simples turbas medioevales +escuchaban al apóstol iluminado que les anunciaba el reinado de Dios.</p> + +<p>Los compañeros de armas de don Fernando recordaban el período heroico de +su vida, las partidas en la Sierra, dando cada uno gran abultamiento a +sus hazañas y penalidades, con el espejismo del tiempo y de la +imaginación meridional, mientras el antiguo jefe sonreía como si +escuchase el relato de juegos infantiles. Aquella había sido la época +romántica de su existencia. ¡Luchar por formas de gobierno!... En el +mundo había algo más. Y Salvatierra recordaba su desilusión en la corta +República del 73, que nada pudo hacer, ni de nada sirvió. Sus +compañeros de la Asamblea, que cada semana tumbaban un gobierno y +creaban otro para entretenerse, habían querido hacerle ministro. +¿Ministro él? ¿Y para qué? Únicamente lo hubiese sido para evitar que en +Madrid hombres, niños y mujeres durmieran a la intemperie en las noches +de invierno, refugiándose en los quicios de las puertas y en los +respiraderos de las cuadras, mientras permanecían cerrados e inservibles +en el paseo de la Castellana los grandes hoteles de la gente rica, +hostil al gobierno, que se había trasladado a París cerca de los +Borbones para trabajar por su restauración. Pero este programa +ministerial no había gustado a nadie.</p> + +<p>Después, los amigos, al remontarse en su memoria hasta las +conspiraciones en Cádiz, antes de la sublevación de la escuadra, habían +recordado a la madre de Salvatierra... ¡Mamá! Los ojos del +revolucionario se mostraron más lacrimosos y brillantes detrás de las +gafas azuladas. ¡Mamá!... Su gesto, sonriente y bondadoso, se borró bajo +una contracción de dolor. Era su única familia, y había muerto mientras +él permanecía en el presidio. Todos estaban acostumbrados a oírle hablar +con infantil sencillez de aquella buena anciana, que no tenía una +palabra de reproche para sus audacias y encontraba aceptables sus +prodigalidades de filántropo, que le hacían volver a casa medio desnudo +si encontraba un <i>compañero</i> falto de ropa. Era como las madres de los +santos de la leyenda cristiana, cómplices sonrientes de todas las +generosas locuras y disparatados desprendimientos de sus hijos. «Esperad +que avise a mamá, y soy con vosotros», decía horas antes de una +intentona revolucionaria, como si esta fuese su única precaución +personal. Y mamá había visto sin protesta cómo en estas empresas se +gastaba la modesta fortuna de la familia, y le seguía a Ceuta cuando le +indultaban de la pena de muerte por la de reclusión perpetua; siempre +animosa y sin permitirse el más leve reproche, comprendiendo que la vida +de su hijo había de ser así forzosamente, no queriendo causarle +molestias con inoportunos consejos, orgullosa, tal vez, de que su +Fernando arrastrase a los hombres con la fuerza de los ideales y +asombrara a los enemigos con su virtud y su desinterés. ¡Mamá!... Todo +el cariño de célibe, de hombre que, subyugado por una pasión +humanitaria, no había tenido ocasión de fijarse en la mujer, lo +concentraba Salvatierra en su animosa vieja. ¡Y ya no vería más a mamá! +¡no encontraría aquella vejez que le rodeaba de mimos maternales como si +viese en él un eterno niño!...</p> + +<p>Quería ir a Cádiz para contemplar su tumba: la capa de tierra que le +ocultaba a mamá para siempre. Y había en su voz y en su mirada algo de +desesperación; la tristeza de no poder aceptar el engaño consolador de +otra vida; la certidumbre de que más allá de la muerte se abría la +eterna noche de la nada.</p> + +<p>La tristeza de su soledad le hacía agarrarse con nueva fuerza a sus +entusiasmos de rebelde. Dedicaría lo que le restaba de existencia a sus +ideales. Por segunda vez le sacaban de presidio y volvería a él siempre +que los hombres quisieran. Mientras se mantuviera de pie, pelearía +contra la injusticia social.</p> + +<p>Y las últimas palabras de Salvatierra, de negación para lo existente, de +guerra a la propiedad y a Dios, tapujo de todas las iniquidades del +mundo, zumbaban aún en los oídos de Fermín Montenegro, cuando a la +mañana siguiente ocupó su puesto en la casa Dupont. La diferencia +radical entre el ambiente casi monástico del escritorio, con sus +empleados silenciosos, encorvados junto a las imágenes de los santos, y +aquel grupo que rodeaba a Salvatierra de veteranos de la revolución +romántica y jóvenes combatientes de la conquista del pan, turbaba al +joven Montenegro.</p> + +<p>Conocía de antiguo a todos sus compañeros de oficina, su ductilidad ante +el carácter imperioso de don Pablo Dupont, el jefe de la casa. Él era el +único empleado que se permitía cierta independencia, sin duda por el +afecto que la familia del jefe profesaba a la suya. Dos empleados +extranjeros, uno francés y otro sueco, eran tolerados como necesarios +para la correspondencia extranjera; pero don Pablo les mostraba cierto +despego, al uno por su falta de religiosidad y al otro por ser luterano. +Los demás empleados, que eran españoles, vivían sujetos a la voluntad +del jefe, cuidándose, más que de los trabajos de la oficina, de asistir +a todas las ceremonias religiosas que organizaba don Pablo en la iglesia +de los Padres Jesuitas.</p> + +<p>Montenegro temía que su jefe supiera a aquellas horas dónde había pasado +el domingo. Conocía las costumbres de la casa: el espionaje a que se +dedicaban los empleados para ganarse el afecto de don Pablo. Varias +veces notó que don Ramón, el jefe de la oficina y director de la +publicidad, le miraba con cierto asombro. Debía estar enterado de la +reunión; pero a éste no le tenía miedo. Conocía su pasado: su juventud, +transcurrida en los bajos fondos del periodismo de Madrid, batallando +contra todo lo existente, sin conquistar un mendrugo de pan para la +vejez, hasta que, cansado de la lucha, acosado por el hambre, y bajo el +pesimismo del fracaso y la miseria, se había refugiado en el escritorio +de Dupont para redactar los anuncios originales y los pomposos catálogos +que popularizaban los productos de la casa. Don Ramón, por sus anuncios +y sus alardes de religiosidad, era la persona de confianza de Dupont el +mayor; pero Montenegro no le temía, conociendo las creencias del pasado +que aún perduraban en él.</p> + +<p>Más de media hora pasó el joven examinando sus papeles, sin dejar de +mirar, de vez en cuando, al vecino despacho, que seguía desierto. Como +si quisiera retardar el momento de ver a su jefe, buscó un pretexto para +salir del escritorio y cogió una carta de Inglaterra.</p> + +<p>—¿Adónde vas?—preguntó don Ramón viéndole salir del escritorio, +después de haber llegado con tanto retraso.</p> + +<p>—Al depósito de las <i>referencias</i>. Tengo que explicar el pedido.</p> + +<p>Y salió del escritorio para internarse en las bodegas, que formaban casi +un pueblo, con su agitada población de arrumbadores, mozos de carga y +toneleros, trabajando en las explanadas, al aire libre o en las galerías +cubiertas, entre las filas de barricas.</p> + +<p>Las bodegas de Dupont ocupaban todo un barrio de Jerez. Eran +aglomeraciones de techumbres que cubrían la pendiente de una colina, +asomando entre ellas la arboleda de un gran jardín. Todos los Duponts +habían ido añadiendo nuevas construcciones a la antigua bodega, conforme +se agrandaban sus negocios, convirtiéndose a las tres generaciones, el +primitivo y modesto cobertizo, en una ciudad industrial, sin humo, sin +ruido, plácida y sonriente bajo el cielo azul cargado de luz, con las +paredes de una blancura nítida y creciendo las flores entre los toneles +alineados en las grandes explanadas.</p> + +<p>Fermín pasó frente a la puerta de lo que llamaban el <i>Tabernáculo</i>, un +pabellón ovalado, con montera de cristales, inmediato al cuerpo de +edificio donde estaban el escritorio y la oficina de expedición. El +<i>Tabernáculo</i> contenía lo más selecto de la casa. Una fila de toneles +derechos ostentaba en sus panzas de roble los títulos de los famosos +vinos que sólo se dedicaban al embotellado; líquidos que brillaban con +todos los tonos del oro, desde el resplandor rojizo del rayo de sol al +reflejo pálido y aterciopelado de las joyas antiguas: caldos de suave +fuego que, aprisionados en cárceles de cristal, iban a derramarse en el +ambiente brumoso de Inglaterra o bajo el cielo noruego de boreales +esplendores. En el fondo del pabellón, frente a la puerta, estaban los +colosos de esta asamblea silenciosa e inmóvil; los <i>Doce Apóstoles</i>, +barricas enormes de roble tallado y lustroso como si fuesen muebles de +lujo; y, presidiéndolos, el <i>Cristo</i>, un tonel con tiras de roble +esculpidas en forma de racimos y pámpanos, como un bajo-relieve báquico +de un artista ateniense. En su panza dormía una oleada de vino; treinta +y tres botas, según constaba en los registros de la casa, y el gigante, +en su inmovilidad, parecía orgulloso de su sangre, que bastaba para +hacer perder la razón a todo un pueblo.</p> + +<p>En el centro del <i>Tabernáculo</i>, sobre una mesa redonda, mostrábanse +formadas en círculo todas las botellas de la casa, desde el vino, casi +fabuloso, viejo de un siglo, que se vende a treinta francos para las +fiestas tormentosas de archiduques, grandes-duques y famosas <i>cocottes</i>, +hasta el Jerez popular que envejece tristemente en los escaparates de +las tiendas de comestibles y ayuda al pobre en sus enfermedades.</p> + +<p>Fermín echó una mirada al interior del <i>Tabernáculo</i>. Nadie. Los toneles +inmóviles, hinchados por la sangre ardorosa de sus vientres, con el +pintarrajeo de sus marcas y escudos, parecían viejos ídolos rodeados de +una calma ultraterrena. La lluvia de oro del sol, filtrándose al través +de los cristales de la cubierta, formaba en torno de ellos un nimbo de +luz irisada. El roble tallado y oscuro parecía reír con los temblones +colores del rayo de sol.</p> + +<p>Montenegro siguió adelante. Las bodegas de Dupont formaban un +escalonamiento de edificios. De unos a otros extendíanse las explanadas, +y en ellas alineaban los arrumbadores las filas de toneles para que los +caldease el sol. Era el vino barato, el Jerez ordinario, que para +envejecerse rápidamente era expuesto al calor solar. Fermín recordaba la +suma de tiempo y trabajo necesarios para producir un buen Jerez. Diez +años eran precisos para criar el famoso vino: diez fermentaciones +fuertes se necesitaban para que se formase, con el perfume selvático y +el ligero sabor de avellana que ningún otro vino podía copiar. Pero las +necesidades de la concurrencia mercantil, el deseo de producir barato, +aunque fuese malo, obligaba a apresurar el envejecimiento del vino, +poniéndolo al sol para acelerar su evaporación.</p> + +<p>Montenegro, pasando por los tortuosos senderos que formaban las filas de +toneles, llegó a la bodega de los <i>Gigantes</i>, el gran depósito de la +casa; el almacén inmenso de los caldos antes de adquirir éstos forma y +nombre, el Limbo de los vinos, donde se agitaban sus espíritus en la +vaguedad de lo indeterminado. Hasta la alta techumbre llegaban los conos +pintados de rojo con aros negros; torreones de madera semejantes a las +antiguas torres de asedio; gigantes que daban su nombre al departamento +y contenían cada uno en sus entrañas más de setenta mil litros. Bombas +movidas a vapor trasegaban los líquidos, mezclándolos. Las mangas de +goma iban de uno a otro gigante como tentáculos absorbentes que chupaban +la esencia de su vida. El estallido de una de estas torres podía inundar +de pronto con mortal oleada todo el almacén, ahogando a los hombres que +conversaban al pie de los conos. Saludaron los trabajadores a +Montenegro, y éste, por una puerta lateral de la bodega de los +<i>Gigantes</i>, pasó a la llamada «de Embarque», donde estaban los vinos sin +marca para la imitación de todos los tipos.</p> + +<p>Era una nave grandiosa con la bóveda sostenida por dos filas de +pilastras. Junto a éstas alineábanse los toneles en tres hileras +superpuestas, formando calles.</p> + +<p>Don Ramón, el jefe del escritorio, recordando sus antiguas aficiones, +comparaba la bodega de embarque con la paleta de un pintor. Los vinos +eran colores sueltos: pero llegaba el <i>técnico</i>, el encargado de las +combinaciones, y cogiendo un poco de aquí y otro de allá, creaba el +Madera, el Oporto, el Marsala, todos los vinos del mundo, imitados con +arreglo a la petición del comprador.</p> + +<p>Esta era la parte de la bodega de los Dupont dedicada al engaño +industrial. Las necesidades del comercio moderno obligaban a los +monopolizadores de uno de los primeros vinos del mundo, a intervenir en +estos amaños y combinaciones, que constituían con el cognac la mayor +exportación de la casa. En el fondo de la bodega de embarque estaba el +cuarto de las <i>referencias</i>, «la biblioteca de la casa», como decía +Montenegro. Una anaquelería con puertas de cristales guardaba alineados +en compactas filas miles y miles de pequeños frascos, cuidadosamente +tapados, cada uno con su etiqueta, en la que se consignaba una fecha. +Esta aglomeración de botellas era como la historia de los negocios de la +casa. Cada frasco guardaba la muestra de un envío; la <i>referencia</i> de un +líquido fabricado con arreglo al deseo del consumidor. Para que se +repitiera la remesa no tenía el cliente más que recordar la fecha, y el +encargado de las <i>referencias</i> buscaba la muestra, elaborando de nuevo +el líquido.</p> + +<p>La bodega de embarque contenía cuatro mil botas de distintos vinos para +las combinaciones. En un cuarto lóbrego, sin otra luz que un ventanillo +cerrado por un vidrio rojo, estaba la <i>cámara oscura</i>. Allí el técnico +examinaba, al través del rayo luminoso, la copa de vino del barril +recién abierto.</p> + +<p>Con arreglo a las <i>referencias</i> o a la nota enviada del escritorio, +combinaba el nuevo vino con los diversos líquidos y después marcaba con +clarión en las caras de los toneles el número de jarras que había que +extraer de cada uno para formar la mixtura. Los arrumbadores, mocetones +fornidos, en cuerpo de camisa, arremangados y con la amplia faja negra +bien ceñida a los riñones, iban de un lado a otro con sus jarras de +metal, trasegando los vinos de la combinación al tonel nuevo del envío.</p> + +<p>Montenegro conocía desde su niñez al técnico de la bodega de embarque. +Era el empleado más antiguo de la casa. Había alcanzado a ver en su +niñez al primer Dupont, fundador del establecimiento. El segundo le +había tratado como a compañero, y al actual jefe, a Dupont el joven, lo +había tenido en sus brazos, uniéndose al tuteo de la confianza paternal +el miedo que le inspiraba don Pablo con su carácter imperioso de dueño a +estilo antiguo.</p> + +<p>Era un viejo que parecía hinchado por el ambiente de la bodega. Su piel, +surcada por las arrugas, tenía el brillo de una eterna humedad, como si +el vino volatilizado penetrase por todos sus poros y se escurriese por +el borde de su bigote en forma de lágrimas.</p> + +<p>Aislado en su bodega, obligado al silencio por los largos encierros en +la cámara oscura, sentía la comezón de hablar cuando se presentaba +alguno del escritorio, especialmente Montenegro, que, lo mismo que él, +podía tenerse por hijo de la casa.</p> + +<p>—¿Y tu padre?—preguntó a Fermín.—Siempre en la viña, ¿eh?... Allí se +está mejor que en esta cueva húmeda. De seguro que vivirá más años que +yo.</p> + +<p>Y al fijarse en el papel que le ofrecía Montenegro, hizo un mohín de +disgusto.</p> + +<p>—¡Otro encarguito!—exclamó irónicamente.—¡Vino combinado para el +embarque!... Bien van los negocios, señor Dios. Antes éramos la primera +casa del mundo, la única, por nuestros vinos y nuestras soleras del +país. Ahora fabricamos <i>mejunjes</i>, vinos de extranjería, el Madera, el +Oporto, el Marsala, o imitamos el Tintillo de Rota y el Málaga. ¡Y para +esto cría Dios los caldos de Jerez y da fuerza a nuestras viñas! ¡Para +que neguemos nuestro nombre!... ¡Vamos, que siento un deseo de que la +filoxera acabe con todo para no aguantar más falsificaciones y +mentiras!...</p> + +<p>Montenegro conocía las manías del viejo. No le presentaba una nota de +embarque que no prorrumpiese en maldiciones contra la decadencia de los +vinos de Jerez.</p> + +<p>—Tú no has alcanzado la buena época, Ferminillo—continuó;—por esto +tomas las cosas con tanta pachorra. Tú eres de los modernos, de los que +creen que las cosas marchan bien porque vendemos mucho cognac como +cualquier casa de esos países extranjeros, cuyas viñas sólo producen +porquería, sin que Dios les conceda la menor cosa que se parezca al +Jerez... Dime, tú que has corrido mundo, ¿dónde has visto nuestra uva de +<i>Palomino</i>, ni la de <i>Vidueño</i>, ni el <i>Mantuo de Pila</i>, ni el +<i>Cañocaso</i>, ni el <i>Perruno</i>, ni el <i>Pedro Ximénez</i>?... ¡Qué has de ver! +Eso sólo se cría en esta tierra: es un regalo de Dios...; y, con tanta +riqueza, fabricamos cognac o vinos de imitación porque el Jerez, el +verdadero Jerez ya no está de moda, según dicen esos señores del +extranjero! Aquí se acaban las bodegas. Esto son licorerías, boticas, +cualquier cosa, menos lo que fueron en otro tiempo y ¡vamos!, que me dan +ganas de echar a volar para no volver, cuando os presentáis con esos +papelillos, pidiéndome que haga otra falsificación.</p> + +<p>El viejo se indignaba oyendo las respuestas de Fermín.</p> + +<p>—Son exigencias del comercio moderno, señor Vicente; han cambiado los +negocios y el gusto del público.</p> + +<p>—Pues que no beban, ¡porra!, que nos dejen tranquilos, sin exigirnos +que disfracemos nuestros vinos; los guardaremos almacenados para que +envejezcan tranquilamente, y estoy seguro de que algún día nos harán +justicia viniendo a buscarlos de rodillas... Esto ha cambiado mucho. La +Inglaterra debe de estar perdida. No necesito que me lo digas; demasiado +lo veo yo aquí recibiendo visitas. Antes venían menos ingleses a la +bodega; pero los viajeros eran gentes de distinción: <i>lores</i> y +<i>loresas</i>, los que menos. Daba gloria ver con qué aire de señorío se +<i>apimplaban</i>. ¡Copa de aquí, para hacer un pedido! ¡copa de allá, para +comparar!, y así iban por la bodega, serios como sacerdotes, hasta que a +la salida tenían que tumbarlos en el calesín para llevarles a la fonda. +Sabían catar y hacer justicia a lo bueno... Ahora, cuando toca en Cádiz +barco de ingleses, llegan en manada, con un guía al frente; prueban de +todo porque se da gratis y, si compran algo, se contentan con botellas +de a tres pesetas. No saben emborracharse con señorío: gritan, arman +camorra y se van por la calle haciendo <i>eses</i> para que rían los zagales. +Yo creía antes que todos los ingleses eran ricos, y resulta que estos +que viajan en cuadrilla son cualquier cosa; zapateros o tenderos de +Londres que salen a tomar el aire con los ahorros del año... Así marchan +los negocios.</p> + +<p>Montenegro sonreía escuchando las incoherentes lamentaciones del viejo.</p> + +<p>—Además—continuó el bodeguero—en Inglaterra, lo mismo que aquí, se +pierden las costumbres antiguas. Muchos ingleses no beben más que agua, +y, según me han dicho, ya no es elegante, después de comer, que las +señoras se vayan a charlar a un salón, mientras los hombres se quedan +bebiendo, hasta que los criados se toman el trabajo de sacarlos de bajo +de la mesa. Ya no necesitan por la noche, como gorro de dormir, un par +de botellas de Jerez que costaban un buen puñado de chelines. Los que +aún se emborrachan para demostrar que son unos señores, usan lo que +llaman <i>bebidas largas</i>—¿no es esto, tú que has estado +allá?—porquerías que cuestan poco y permiten beber y beber antes de +<i>apimplarse</i>; el <i>wischy</i> con soda y otras mixturas asquerosas. La +ordinariez los domina. Ya no piden <i>Xerrrez</i> como cuando vienen aquí y +lo encuentran gratis. El Jerez únicamente sabemos apreciarlo los de la +tierra; dentro de poco sólo lo compraremos nosotros. Ellos se +emborrachan con cosas baratas, y así marchan sus asuntos. En el +Transvaal casi los revientan. El mejor día les pegarán en el mar con +todas sus guapezas. Decaen: ya no son los mismos de aquellos tiempos en +que la casa Dupont era una bodega poco más grande que una barraca, pero +enviaba sus botellas y hasta sus barricas al señor Pitt, al señor +Nelson, al señor <i>Velintón</i> y a otros caballeros cuyos nombres figuran +en las soleras más antiguas de la bodega grande.</p> + +<p>Montenegro seguía riendo al oír estas lamentaciones.</p> + +<p>—Ríe, muchacho, ríe. Todos sois lo mismo: no habéis conocido lo bueno y +os extraña que los viejos encontremos tan malo lo presente. ¿Sabes a +cómo se pagaba antes la bota de treinta y una arrobas? Pues llegó a +valer 230 pesos; y ahora se ha vendido en algunos años a 21 pesos. +Pregúntale a tu padre, que aunque menos viejo que yo, también ha +conocido los tiempos de oro. El dinero circulaba en Jerez lo mismo que +el aire. Había cosecheros que usaban calañés y vivían en un casucho de +las afueras como pobres, alumbrándose con un velón; pero al pagar una +cuenta tiraban de un saco que tenían debajo de la mesilla de pino como +si fuese un saco de patatas, y ¡eche usté onzas! Los trabajadores de las +viñas cobraban de treinta a cuarenta reales de jornal, y se permitían la +fantasía de ir al tajo en calesín y con zapatos de charol. Nada de +periódicos, ni de soflamas, ni de mítines. Allí donde se reunía la gente +sonaba la guitarra, soltándose cada seguidilla y cada martinete que a +Dios le temblaban la carne de gusto... Si entonces hubiese aparecido +Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, con todas esas cosas de +pobres y ricos, de repartos de tierras y rivoluciones, le habrían +ofrecido una caña y le hubieran dicho: «Siéntese su mercé en el corro, +camará; beba, cante, eche un baile con las mocitas si en ello tiene +gusto y no se haga mala sangre pensando en nuestra vida, que no es de +las peores»... Pero los ingleses apenas nos beben: el dinero entra con +menos frecuencia en Jerez, y se oculta de tal modo el condenado, que +nadie lo ve. Los trabajadores de las viñas ganan diez reales y tienen +cara de vinagre. Por si han de podar con cuchilla o con tijeras, se +matan entre ellos; hay <i>Mano Negra</i> y en la plaza de la cárcel se da +garrote a los hombres, lo que no se había visto en Jerez en muchísimos +años. El jornalero pincha como un erizo apenas se le habla, y el amo es +peor que antes. Ya no se ve a los señores alternando con los pobres en +las vendimias, bailando con las muchachas y requebrándolas como un gañán +joven. La guardia civil corre el campo como en los tiempos que salían +bandidos a las carreteras... ¿Y todo por qué, señor? Por lo que yo digo: +porque los ingleses se han aficionado al maldito <i>whischy</i> y no hacen +caso del buen <i>palo cortado</i>, ni de la <i>palma</i>, ni de ninguna otra de +las exelencias de esta bendita tierra... Lo que yo digo: dinero, venga +dinero: que vuelvan aquí, como en otros tiempos, las libras, las guineas +y los chelines ¡y se acabaron las huelgas, y los sermones de Salvatierra +y sus partidarios, y los malos gestos de los civiles, y todas las +miserias y vergüenzas que ahora vemos!...</p> + +<p>Del fondo de la bodega salió un grito llamando al señor Vicente. Era un +arrumbador que dudaba ante los números blancos trazados al frente de una +bota y pedía una aclaración al bodeguero.</p> + +<p>—¡Voy, hijo!—gritó el viejo.—¡Cuidado con equivocarse en la +medicina!...</p> + +<p>Y añadió dirigiéndose a Montenegro:</p> + +<p>—Déjame ese papelillo en la cámara oscura y ojalá se os caigan las +manos antes de traerme más recetas, como si fuese yo un boticario.</p> + +<p>El viejo se alejó con paso tardo y balanceante hacia el fondo de la +bodega, y Montenegro salió de ella pasando por el taller de tonelería +antes de regresar al escritorio.</p> + +<p>Era un amplio patio con cobertizos, debajo de los cuales trabajaban los +toneleros golpeando con sus mazos los aros que aprisionaban la madera. +Los toneles a medio construir, con sólo la parte superior sujeta por los +aros de hierro, abrían sus duelas sobre un fuego de virutas que las +caldeaba, encorvándolas para que facilitasen el cierre.</p> + +<p>Los negocios de la casa obligaban a este taller a una incesante +producción. Centenares de toneles salían de él todas las semanas para +ser embarcados en Cádiz, esparciendo los vinos de Dupont por todo el +mundo.</p> + +<p>En un lado del patio alzábase una torre formada con duelas. En lo más +alto del frágil edificio estaban dos aprendices recogiendo las que les +arrojaban desde abajo, entrecruzándolas, añadiendo nueva altura a la +frágil construcción que sobrepasaba los tejados y amenazaba derrumbarse, +cimbreándose al menor movimiento como una torre de naipes.</p> + +<p>El encargado de la tonelería, un hombre robusto, de sonrisa bondadosa, +se aproximó a Montenegro.</p> + +<p>—¿Cómo está don Fernando?...</p> + +<p>Sentía por el agitador un gran respeto desde sus tiempos de jornalero. +La protección de los Dupont y la ductilidad con que se plegaba a todas +sus manías, le habían elevado. Pero, como compensación a este +servilismo que le había convertido en jefe del taller, guardaba un +secreto afecto al revolucionario y a todos sus compañeros de la época de +miseria. Se enteró minuciosamente de cómo había vuelto Salvatierra del +presidio y de sus futuros planes de vida.</p> + +<p>—Yo iré a verle cuando pueda—dijo bajando la voz,—cuando el amo no se +entere... Ayer tuvimos gran fiesta en la iglesia de los jesuitas y por +la tarde fui con mis niñas a visitar a la señora... Ya sé que pasasteis +bien el día. Me lo han dicho aquí, en la bodega.</p> + +<p>Con el miedo de un servidor bien cebado que teme perder el bienestar, +daba consejos al joven. ¡Ojo, Ferminillo! La casa estaba llena de +soplones. Cuando él estaba enterado, no sería de extrañar que don Pablo +tuviese ya noticia de que Montenegro había visitado a Salvatierra.</p> + +<p>Y como si temiese hablar demasiado y que alguien le espiase, se despidió +apresuradamente de Fermín, volviendo al lado de los trabajadores que +golpeaban los toneles. Montenegro siguió adelante, entrando en la +principal bodega de la casa, donde se guardaban las soleras antiguas y +envejecían los vinos de crianza.</p> + +<p>Era como una catedral; pero una catedral blanca, nítida, luminosa, con +sus cinco naves separadas por tres hileras de columnas de sencillo +capitel. Agrandábase el ruido de los pasos lo mismo que en un templo. +Las bóvedas tronaban con el sonido de los voces, repitiéndolas +ensanchadas por el eco. Las paredes estaban rasgadas por ventanales de +blancos vidrios y en los dos frontis se abrían dos grandes rosetones, +también blancos, por uno de los cuales penetraba el sol, moviéndose en +su faja de luz las inquietas e irisadas moléculas de polvo.</p> + +<p>A lo largo de las columnatas alineábase en andanas la riqueza de la +casa, la triple fila de toneles acostados, que llevaban en sus caras la +cifra del año de la cosecha. Había barricas venerables cubiertas de +telarañas y polvo, con la madera tan húmeda, que parecía próxima a +deshacerse. Eran los patriarcas de la bodega: estaban bautizados con los +nombres de los héroes que gozaban de fama universal cuando ellos +nacieron. Un barril se llamaba <i>Napoleón</i>, otro <i>Nelson</i>; los había +adornados con la corona real de Inglaterra, porque de ellos habían +bebido monarcas de la Gran Bretaña. Una barrica antiquísima, +completamente aislada, como si el roce con las otras pudiera +despanzurrarla, exhibía el venerable nombre de <i>Noé</i>. Era la mayor +antigüedad de la casa: se remontaba a mediados del siglo XVIII y el +primero de los Dupont la había adquirido ya como una reliquia. Cerca de +ella se alineaban otros toneles que llevaban bajo el escudo real de +España los nombres de todos los monarcas e infantes que habían visitado +Jerez en el curso del siglo.</p> + +<p>El resto de la bodega lo llenaban las muestras de todas las cosechas, a +partir de los primeros años del siglo. Un tonel aislado esparcía un +perfume acre, que, como decía Montenegro, «llenaba la boca de agua». Era +un vinagre famoso, de una vejez de ciento treinta años. Y a este olor +seco y punzante uníanse el perfume azucarado de los vinos dulces, y el +suave, de cuero, de los secos. El vaho alcohólico que transpiraba el +roble de los toneles y el olor de las gotas derramadas en el suelo por +el trasiego, impregnaban con un perfume de dulce locura el tranquilo +ambiente de aquella bodega, blanca, como un palacio de hielo, bajo la +caricia temblona de los vidrios inflamados por el sol.</p> + +<p>Fermín la atravesó, e iba ya a salir de ella cuando oyó que le llamaban +desde el fondo. Experimentó cierto sobresalto al conocer la voz. Era «el +amo», que acompañaba a unos forasteros. Con él estaba su primo Luis, un +Dupont que siendo menor sólo en algunos años a don Pablo, le respetaba +como a jefe de la familia, sin privarse por esto de darle grandes +disgustos con su conducta desarreglada.</p> + +<p>Los dos Dupont acompañaban a unos recién casados venidos de Madrid, +enseñándoles las bodegas. Él era un antiguo amigo de Luis, un camarada +de alegre vida madrileña que había sentado al fin la cabeza, casándose.</p> + +<p>—Han de salir ustedes de aquí borrachos—decía el joven Dupont a los +recién casados.—Es de ritual: nos consideraríamos deshonrados si un +amigo saliera de esta casa lo mismo que entró.</p> + +<p>Y Dupont el mayor acogía con sonrisa benévola las palabras de su primo, +mientras enumeraba las excelencias de cada vino famoso. El encargado de +la bodega, rígido como un soldado, se colocaba ante los toneles con dos +copas en una mano y en la otra la <i>avenencia</i>, una varilla de hierro +rematada por un estrecho cazo.</p> + +<p>—¡Saca, Juanito!—ordenaba imperiosamente el amo.</p> + +<p>La <i>avenencia</i> iba hundiéndose en diversos toneles, y de un solo golpe, +sin que se derramase una gota, llenaba las copas. Salían al aire los +vinos dorados y luminosos, coronándose de brillantes al caer en el +cristal, esparciendo en torno un intenso perfume de ancianidad. Todas +las tonalidades del ámbar, desde el gris suave al amarillo pálido, +brillaban en aquellos líquidos densos a la vista como el aceite, pero de +una transparencia nítida. Un lejano perfume exótico, que hacía pensar en +flores fantásticas de un mundo sobrenatural donde fuese eterna la +existencia, emanaba de estos líquidos extraídos del misterio de los +toneles. La vida parecía acrecentarse al paladearlos; los sentidos +cobraban nueva intensidad; la sangre ardía atropellándose en su +circulación, y el olfato se excitaba sintiendo anhelos desconocidos, +como si husmease una electricidad nueva en la atmósfera. La pareja de +viajeros bebía de todo, después de resistir con débiles protestas las +invitaciones de Luis.</p> + +<p>—¡Hola, barbián!—dijo Dupont el menor al ver a Montenegro.—¿Cómo está +tu familia? Un día de estos iré a la viña. Quiero probar un caballo que +compré ayer.</p> + +<p>Y después de estrechar la mano de Montenegro y darle varias palmadas en +los hombros, satisfecho de poder demostrar la fuerza de sus manazas ante +aquellos amigos, le volvió la espalda.</p> + +<p>Fermín tenía con este señorito gran confianza. Se tuteaban, se habían +criado juntos en la viña de Marchamalo, con aquella llaneza de trato que +los Dupont permitían a su familia.</p> + +<p>Con don Pablo, era otra la situación. El amo no se diferenciaba de +Fermín en más de media docena de años; también lo había visto él correr +como un muchacho por la viña en tiempos del difunto don Pablo; pero +ahora era el jefe de la familia, el director de la casa, y él entendía +la autoridad a uso antiguo, ceñuda e indiscutible como la de Dios, con +gritos y arrebatos de cólera, apenas adivinaba la más ligera +desobediencia.</p> + +<p>—Quédate—ordenó brevemente a Montenegro;—tengo que hablarte.</p> + +<p>Y le volvió la espalda para seguir hablando a los forasteros de su +tesoro de vinos.</p> + +<p>Fermín, obligado a seguirles silencioso y encogido como un doméstico en +su marcha lenta por entre los toneles, miraba a don Pablo.</p> + +<p>Aún era joven, no había llegado a los cuarenta años, pero la obesidad +desfiguraba su cuerpo a pesar de la vida activa a que le impulsaban sus +entusiasmos de jinete. Los brazos parecían cortos al descansar algo +encorvados sobre el abultado contorno de su cuerpo. Su juventud +revelábase únicamente en la cara mofletuda, de labios carnosos y +salientes, sobre los cuales la virilidad sólo había trazado un ligero +bigote. El cabello se ensortijaba en la frente formando un rizo +apretado, un moñete al que llevaba con frecuencia su mano carnosa. Era, +por lo común, bondadoso y pacífico, pero bastaba que se creyese +desobedecido o contrariado para que se le enrojeciera la cara, +atiplándose su voz con el tono aflautado de la cólera. El concepto que +tenía de la autoridad, el hábito de mandar desde su primera juventud +viéndose al frente de las bodegas por la muerte de su padre, le hacían +ser despótico con los subordinados y su propia familia.</p> + +<p>Fermín le temía sin odiarle. Veía en él un enfermo, «un degenerado», +capaz de los mayores extravagancias por su exaltación religiosa. Para +Dupont, el amo lo era por derecho divino, como los antiguos reyes. Dios +quería que existiesen pobres y ricos, y los de abajo debían obedecer a +los de arriba, porque así lo ordenaba una jerarquía social de origen +celeste. No era tacaño en asuntos de dinero, antes bien, se mostraba +generoso en la remuneración de los servicios, aunque su largueza tenía +mucho de veleidosa e intermitente, fijándose más en el aspecto simpático +de las personas que en sus méritos. Algunas veces, al encontrar en la +calle a obreros despedidos de sus bodegas, indignábase porque no le +saludaban. «¡Tú!—decía imperiosamente;—aunque no estés en mi casa, tu +deber es saludarme siempre, porque fui tu amo».</p> + +<p>Y este don Pablo, que con la fuerza industrial acumulada por sus +antecesores y con la impetuosidad de su carácter era la pesadilla de un +millar de hombres, hacía gala de humildad y llegaba hasta el servilismo +cuando algún sacerdote secular o los frailes de las diversas órdenes +establecidas en Jerez le visitaban en su escritorio. Intentaba +arrodillarse al besarles la mano, no haciéndolo porque ellos se lo +impedían con bondadosa sonrisa; celebraba con un gesto de satisfacción +el que los visitantes le tuteasen ante los empleados, llamándole +Pablito, como en los tiempos en que era su educando.</p> + +<p>¡Jesús y su Santa Madre, por encima de todas las combinaciones +comerciales! Ellos velaban por los intereses de la casa y él, que no era +más que un simple pecador, limitábase a recibir sus inspiraciones. A +ellos se debía la buena suerte de los primeros Dupont, y don Pablo se +desvivía por remediar con su fervor la tibieza religiosa de sus +ascendientes. Los celestiales protectores eran los que le habían +sugerido la idea de establecer la destilería del cognac, dando nuevos +alientos a la casa; ellos también los que hacían que la marca Dupont, +con la ayuda de los anuncios, se esparciese por toda España sin miedo a +rivalidades, favor inmenso que todos los años agradecía dedicando una +parte de las ganancias al auxilio de las nuevas órdenes religiosas +establecidas en Jerez o ayudando a su madre, la noble doña Elvira, que +siempre tenía capillas por restaurar o un manto costoso en confección +para alguna Virgen.</p> + +<p>Las extravagancias religiosas de don Pablo Dupont hacían reír a toda la +ciudad; pero eran muchos los que reían con cierto temor, pues +dependiendo más o menos directamente del poderío industrial de la casa, +necesitaban de su apoyo para los negocios y temían su cólera.</p> + +<p>Montenegro recordaba la estupefacción de la gente un año antes, cuando +un perro de los que guardaban por la noche las bodegas mordió a varios +trabajadores. Dupont había acudido en su auxilio, temiendo que el +mordisco les produjera la hidrofobia y, para evitarla, les hizo tragar +en el primer momento, en forma de píldoras, una estampa de santo +milagroso que guardaba su madre. Era tan estupendo aquello, que Fermín, +después de haber presenciado el hecho, comenzaba a dudar, con el +transcurso del tiempo, de que fuese cierto. Bien es verdad que después, +el mismo don Pablo pagó con largueza el viaje a los enfermos para que +fuesen curados por un médico célebre. Dupont explicaba su conducta +cuando le hablaban de este suceso con una sencillez que daba espanto: +«Primero, la Fe; después, la Ciencia, que algunas veces hace grandes +cosas, pero es porque se lo permite Dios».</p> + +<p>Fermín se asombraba ante la incoherencia de aquel hombre, experto en los +negocios, que hacía marchar la gran explotación industrial heredada de +sus antecesores, agrandándola con certeras iniciativas, que había +viajado y tenía alguna cultura, y, sin embargo, era capaz de las mayores +extravagancias milagreras, creyendo en intervenciones sobrenaturales, +con la misma simpleza de alma de un lego de convento.</p> + +<p>Dupont, luego de acompañar a su primo y a los amigos de éste por toda la +bodega, decidió retirarse, como si su dignidad de amo sólo le permitiera +enseñar la parte más selecta de la casa. Luis les mostraría las otras +bodegas, la destilería del cognac, los talleres de embotellado: él tenía +que hacer en el escritorio. Y saludando a los forasteros con un gesto de +bondad altiva y señorial, que Montenegro había visto muchas veces en +doña Elvira, el temible Dupont hizo un ademán a su empleado para que le +siguiese.</p> + +<p>Fuera de la bodega detúvose don Pablo, quedando los dos hombres al aire +libre, con la cabeza descubierta, en medio de una explanada.</p> + +<p>—Ayer no te vi—dijo Dupont frunciendo el ceño y coloreándosele las +mejillas.</p> + +<p>—No pude ir, don Pablo, Me retrasé... unos amigos...</p> + +<p>—Ya hablaremos de eso. ¿Tú sabes qué fiesta fue la de ayer? Te hubieras +conmovido viéndola.</p> + +<p>Y con repentino entusiasmo, olvidando su enojo, comenzó a explicar con +una delectación de artista la ceremonia del día anterior en la iglesia +de los que él, por antonomasia, llamaba los Padres. Primer domingo del +mes: fiesta extraordinaria. El templo lleno: los oficinistas y +trabajadores de la casa Dupont hermanos estaban con sus familias; casi +todos (¿eh, Fermín?), casi todos: muy pocos faltaban. Había pronunciado +el sermón el padre Urizábal, un gran orador, un sabio que hizo llorar a +todos; (¿eh, Montenegro?) ¡a todos!... menos a los que no estaban. Y +después, había llegado el acto más conmovedor. Él, como un caudillo, +acercándose a la sagrada mesa rodeado de su madre, su esposa, sus dos +hermanos, que habían venido de Londres; el Estado Mayor de la casa: y +después todos los que comían el pan de los Dupont, con sus familias, +mientras arriba, en el coro, sonaba el armónium con melodías dulcísimas.</p> + +<p>Don Pablo se exaltaba al recordar la hermosura de la fiesta; le +brillaban los ojos, humedecidos por la emoción, y aspiraba el aire como +si aún percibiera el olor de la cera y del incienso, el perfume de las +flores que su jardinero había puesto en el altar.</p> + +<p>—¡Y qué bien se siente el alma después de una fiesta así!—añadió con +delectación.—Ayer fue uno de los días mejores de mi vida. ¿Puede haber +cosa más santa? La resurrección de los buenos tiempos, de las sencillas +costumbres: el señor comulgando con sus servidores. Ahora ya no hay +señores como en otros tiempos: pero el rico, el gran industrial, el +comerciante, debe imitar el antiguo ejemplo y presentarse ante Dios +seguido de todos aquellos a quienes da el pan.</p> + +<p>Pero pasando de la ternura a la cólera, con su vehemencia de impulsivo, +se fijó en Fermín, como si hasta entonces, hablando de la fiesta, se +hubiese olvidado de él.</p> + +<p>—¡Y tú no viniste!—exclamó rojo de indignación, mirándole +duramente.—¿Por qué?... Pero no hables: no mientas. Te advierto que lo +sé todo.</p> + +<p>Y siguió hablando a Montenegro en tono amenazador. Tal vez era de él la +culpa, ya que toleraba desobediencias en su escritorio. Tenía dos +empleados herejes, un francés y un noruego encargados de la +correspondencia extranjera, los cuales, con el pretexto de no ser +católicos, daban el mal ejemplo no asistiendo a las fiestas del domingo. +Y Fermín, porque había viajado, porque había vivido en Londres y leído +unos libracos venenosos para su alma, se creía con derecho a imitarles. +¿Acaso era él extranjero? ¿No lo habían bautizado al nacer? ¿O es que +por haber ido a Inglaterra, a costa del bolsillo de su difunto padre, se +creía superior a los demás?...</p> + +<p>—Esto se acabará—continuó Dupont, exaltándose con sus propias +palabras.—Si esos extranjeros no van a la iglesia como los demás, los +despediré: no quiero que den en mi casa malos ejemplos y que te sirvan +de pretexto para echarlas de hereje.</p> + +<p>A Montenegro no le infundían temor estas amenazas. Las había oído muchas +veces: después de un domingo de gran fiesta, el amo hablaba siempre de +despedir a los <i>extranjeros</i>; pero luego sus conveniencias comerciales +le hacían aplazar la resolución, en vista de los buenos servicios que +prestaban en el escritorio.</p> + +<p>Pero cuando Fermín se alarmó fue al ver que don Pablo, cambiando de +gesto y con una frialdad irónica, le preguntaba repetidas veces dónde +había pasado el día anterior.</p> + +<p>—¿Tú crees que no lo sé?...—continuó.—Nada de excusas, Fermín: no +mientas. Yo lo sé todo. Un amo cristiano debe preocuparse no sólo de la +vida de sus dependientes, sino de su alma. No contento con huir de la +casa de Dios has pasado el día con ese Salvatierra, que acaba de +librarse del presidio, donde debía seguir por todo el resto de sus días.</p> + +<p>Montenegro se indignó ante el tono despectivo con que hablaba Dupont de +su maestro. Palideció de cólera, estremeciéndose como si acabase de +recibir un latigazo, y miró de frente con cierta arrogancia a su jefe.</p> + +<p>—Don Fernando Salvatierra—dijo con voz trémula, haciendo esfuerzos por +contener su indignación—fue mi maestro y le debo mucho. Además, es el +mejor amigo de mi padre, y yo sería un desagradecido sin entrañas si no +fuese a verle después de sus desgracias.</p> + +<p>—¡Tu padre!—exclamó don Pablo.—¡Un bobalicón que nunca aprenderá a +vivir!... ¡Que nadie le toque a su antiguo cabecilla! Y yo le +preguntaría qué sacó de ir por los montes y por las calles de Cádiz +disparando tiros por su República Federal y su don Fernando. Si mi padre +no le hubiese apreciado por su sencillez y hombría de bien, seguramente +que habría muerto de hambre, y tú, en vez de ser un señorito, estarías +cavando en las viñas.</p> + +<p>—Pues su padre de usted, don Pablo—dijo Fermín,—también fue amigo de +don Fernando Salvatierra y más de una vez acudió a él pidiéndole apoyo +en aquella época de pronunciamientos y cantones.</p> + +<p>—¡Mi padre!—contestó Dupont con cierta indecisión.—También era como +era: hijo de una época de revueltas y un poco tibio en lo que más debe +importarle al hombre: la religión... Además, Fermín, los tiempos han +cambiado; aquellos republicanos de entonces eran muchos de ellos +personas extraviadas, pero de excelente corazón. Yo he conocido algunos +que no podían pasar sin su misa y eran unos santos varones que odiaban a +los reyes, pero respetaban a los sacerdotes de Dios. ¿Tú crees, Fermín, +que a mí me asusta la República? Yo soy más republicano que tú; yo soy +un hombre moderno.</p> + +<p>Y con ademanes descompuestos, golpeándose el pecho, hablaba de sus +convicciones. Él no tenía simpatía alguna por los gobiernos actuales; al +fin, todos eran unos ladrones, y en punto a fe religiosa unos hipócritas +que fingían sostener el catolicismo porque lo consideraban una fuerza. +La monarquía era una bandera social, como decía su amigo el padre +Urizábal: conforme; pero él se fijaba poco en banderas y colores; lo +importante era que Dios estuviese sobre todo, que reinase Cristo con +monarquía o con república, y los gobernantes fuesen hijos sumisos del +Papa. A él no le infundía miedo la República. Miraba con gran simpatía +algunas de la América del Sur, pueblos ideales y felices donde la +Purísima Concepción era capitana generala de los ejércitos y el Corazón +de Jesús figuraba en las banderas y en los uniformes de los soldados, +formándose los gobiernos bajo la sabia inspiración de los Padres de la +Compañía. Una república de esta clase podía venir, por él, cuando +quisiera. Daría por su triunfo la mitad de su fortuna.</p> + +<p>—Te digo, Fermín, que soy más republicano que tú y que de todo corazón +estaría con aquellos buenos señores que conocí de niño, a los que miraba +la gente como unos descamisados, siendo excelentes personas... ¡Pero el +Salvatierra de ahora! ¡Y todos vosotros, los jovenzuelos que le +escucháis, mequetrefes que os parece poco ser republicanos y habláis de +la igualdad, y de repartirlo todo, y decís que la religión es cosa de +viejas!...</p> + +<p>Dupont abría sus ojos desmesuradamente para expresar el asombro y la +repugnancia que le inspiraban los nuevos rebeldes.</p> + +<p>—Y no creas, Fermín, que yo soy de los que me asusto por lo que ese +Salvatierra y sus amigos llaman reivindicaciones sociales. Ya sabes que +no riño por cuestiones de dinero. ¿Que piden los trabajadores unos +céntimos más de jornal o un nuevo rato de descanso para echar otro +cigarro? Pues si puedo, lo doy, ya que gracias al Señor, que tanto me +protege, lo que menos me falta es dinero. Yo no soy como esos otros amos +que viviendo en perpetuo ahogo regatean el sudor del pobre. ¡Caridad, +mucha caridad! Que se vea que el cristianismo sirve de arreglo para +todo... Pero lo que me revuelve la sangre es que se pretenda que todos +seamos iguales, como si no existiesen jerarquías hasta en el cielo; que +se hable de Justicia al pedir algo, como si favoreciendo yo a un pobre +no hiciese más que lo que debo y mi sacrificio no significase una buena +acción. Y, sobre todo, esa infernal manía de ir contra Dios, de quitar +al pobre sus sentimientos religiosos, de hacer responsable a la Iglesia +de todo lo malo que ocurre, y que no es más que obra del maldito +liberalismo...</p> + +<p>Don Pablo se indignaba al recordar la impiedad de la gente rebelde. En +esto no transigía. Salvatierra y cuantos fuesen contra la religión le +encontrarían enfrente. En su casa, todo menos eso. Aún temblaba de +cólera recordando cómo despidió, dos semanas antes, a un tonelero, un +mentecato adulterado por la lectura, al que había sorprendido haciendo +alarde de incredulidad ante sus compañeros.</p> + +<p>—Figúrate que decía que las religiones son hijas del miedo y la +ignorancia: que el hombre, en sus primeros tiempos, no creyó en nada +sobrenatural, pero que ante el rayo y el trueno, ante el incendio y la +muerte, no pudiendo explicarse tales misterios, había inventado a Dios. +¡Vamos, no sé cómo me contuve y no le di de bofetadas! Aparte de estas +locuras, un buen muchacho que sabía su oficio: pero buena penitencia +lleva, pues en Jerez nadie le ha dado trabajo por no molestarme, +viéndolo expulsado de mi casa, y ahora tal vez vaya por el mundo +royéndose los codos de hambre. Ese acabará por echar bombas, que es el +final de todos los que niegan a Dios.</p> + +<p>Don Pablo y su empleado iban lentamente hacia el escritorio.</p> + +<p>—Ya sabes mi resolución, Fermín—dijo Dupont antes de entrar en la +oficina.—Te quiero por tu familia y porque casi hemos sido compañeros +de infancia. Además, eres como un hermano de mi primo Luis. Pero ya me +conoces; Dios sobre todo: por él soy capaz de abandonar a mi familia. Si +no estás contento en mi casa, habla; si te parece escaso el sueldo, +dilo. Contigo no regateo, porque me eres simpático a pesar de tus +necedades. Pero no me faltes el domingo a la misa de la casa: aléjate +del chiflado de Salvatierra y todos los perdidos que se juntan con él. Y +si no haces esto, nos veremos las caras, ¿sabes, Fermín? Tú y yo +acabaremos mal.</p> + +<p>Dupont fue a instalarse en su despacho y acudió presuroso don Ramón, el +encargado de la publicidad, con un lío de papeles que presentó a su +jefe, acompañándolo con una sonrisa de cortesano viejo.</p> + +<p>Montenegro, desde su mesa, veía al jefe discutiendo con el director del +escritorio, removiendo los papeles y haciéndole preguntas sobre los +negocios, con un acierto que revelaba que todas sus facultades útiles se +habían concentrado al servicio de la industria.</p> + +<p>Había transcurrido más de una hora, cuando Fermín se vio llamado por el +jefe. La casa tenía que aclarar una cuenta con el escritorio de otra +bodega: era asunto largo que no podía discutirse por teléfono, y Dupont +enviaba a Montenegro como dependiente de confianza. Don Pablo, serenado +ya por el trabajo, parecía querer borrar con esta distinción la dureza +amenazadora con que había tratado al joven.</p> + +<p>Fermín púsose el sombrero y la capa y salió sin prisa alguna, +disponiendo del día entero para desempeñar su comisión. El amo no era +exigente en el trabajo cuando se veía obedecido. En la calle, el sol de +Noviembre, tibio y dulce como un sol primaveral, hacía resaltar bajo su +lluvia de oro las casas blancas, de verdes balcones, recortando la línea +de sus azoteas africanas sobre un cielo de intenso azul.</p> + +<p>Montenegro vio venir hacia él un airoso jinete en traje de campo. Era un +mocetón moreno, vestido como los contrabandistas o los bandidos +caballerescos que sólo existen ya en los relatos populares. Al trotar su +caballo, movíanse las alas de su chaqueta corta de cordoncillo de +Grazalema, con coderas de paño negro ribeteadas de seda y bolsillos de +media luna forrados de rojo. El sombrero, de alas grandes y rectas, +estaba sostenido por un barbuquejo. Calzaba botines de cuero amarillo +con grandes espuelas y las piernas las resguardaba del frío con unos +zajones de piel, amplio delantal sujeto con correas. Delante de la silla +iba plegada la manta oscura de grueso borlaje; en la grupa las alforjas, +y a un lado la escopeta con el doble cañón asomando por debajo de la +panza del animal. Cabalgaba elegantemente, con una gallardía árabe, como +si hubiese nacido sobre los lomos del corcel y éste y su jinete +formasen un solo cuerpo.</p> + +<p>—¡Olé, los caballistas!—gritó Fermín al reconocerle.—Buenos días, +Rafaelillo.</p> + +<p>Y el jinete paró su caballo de un tirón que le hizo tocar con las ancas +el suelo, al mismo tiempo que levantaba las patas delanteras.</p> + +<p>—¡Buen animal!—dijo Montenegro dando palmadas en el cuello del corcel.</p> + +<p>Y los dos jóvenes quedaron silenciosos examinando la inquieta +nerviosidad de la bestia, con el fervor de unas gentes que aman la +equitación como el estado perfecto del hombre y consideran al caballo +cual el mejor amigo.</p> + +<p>Montenegro, a pesar de su vida sedentaria de oficinista, sentía +removerse en él atávicos entusiasmos a la vista de un corcel de precio; +sentía la admiración del nómada africano ante el animal, eterno +compañero de su vida. De la riqueza de su jefe don Pablo, sólo envidiaba +la docena de caballos, los más caros y famosos de las ganaderías de +Jerez, que tenía en sus cuadras. También aquel hombre obeso, que parecía +no sentir otros entusiasmos que los que le inspiraban su religión y su +bodega, olvidaba momentáneamente a Dios y al cognac al ver un caballo +hermoso que no fuese suyo, y sonreía agradecido cuando le elogiaban como +el primer jinete de la campiña jerezana.</p> + +<p>Rafael era el aperador del cortijo de Matanzuela, la finca de más valía +que le quedaba a Luis Dupont, el primo escandaloso y pródigo de don +Pablo. Inclinado sobre el cuello de la jaca, explicaba a Fermín su viaje +a Jerez.</p> + +<p>—He venío a encargá unas cosillas para allá y llevo prisa. Pero antes +de volver, echaré un galope para ir a la viña y ver a tu padre. Me farta +algo cuando no veo al padrino.</p> + +<p>Fermín sonrió con malicia.</p> + +<p>—¿Y a mi hermana, no la verás? ¿No te falta también algo, cuando pasan +días sin ver a María de la Luz?</p> + +<p>—Naturalmente—dijo el mocetón ruborizándose.</p> + +<p>Y como si sintiera repentina vergüenza, espoleó su caballo.</p> + +<p>—Con Dios, Ferminillo, y a ver si un día vienes al cortijo.</p> + +<p>Montenegro le vio alejarse rápidamente, calle abajo, con dirección a la +campiña.</p> + +<p>—Es un angelote—pensaba.—¡Que le vaya a éste Salvatierra con que el +mundo está mal arreglado y hay que volverlo como quien dice del +revés!...</p> + +<p>Montenegro pasó por la calle Larga, la principal de la ciudad; una vía +ancha con casas de deslumbrante blancura. Las portadas señoriales del +siglo XVII estaban enjalbegadas cuidadosamente lo mismo que los escudos +de armas de la clave. Los escarolados y nervios de la piedra labrada +ocultábanse bajo una capa de cal. En los balcones verdes mostrábanse a +aquellas horas de la mañana cabezas de mujeres morenas, de rasgados ojos +negros, con flores en el pelo.</p> + +<p>Fermín siguió una de las amplias aceras limitadas por dos filas de +naranjos agrios. Los principales casinos de la ciudad, los mejores +cafés, abrían sus ventanales de vidrios sobre la calle. Montenegro lanzó +una mirada al interior del <i>Círculo Caballista</i>. Era la sociedad más +famosa de Jerez, el centro de reunión de la gente rica, el refugio de la +juventud que había nacido poseedora de cortijos y bodegas. Por las +tardes, la respetable asamblea discutía sus aficiones: caballos, mujeres +y perros de caza. La conversación no tenía otros temas. Escasos +periódicos en las mesas, y en lo más oscuro de la secretaría un armario +con libros de lomos dorados y chillones cuyas vidrieras no se abrían +nunca. Salvatierra llamaba a esta sociedad de ricos el «Ateneo +Marroquí».</p> + +<p>A los pocos pasos, Montenegro vio venir hacia él una mujer que, con su +paso vivo, su gesto arrogante y el incitador meneo de su cuerpo, parecía +alborotar la calle. Los hombres detenían el paso para verla y la seguían +con los ojos; las mujeres volvían la cabeza con un desdén afectado, y +después que pasaba cuchicheaban señalándola con un dedo. En los +balcones, las jóvenes gritaban hacia el interior de la casa, y salían +otras apresuradamente, interesadas por el llamamiento.</p> + +<p>Fermín sonrió al notar la curiosidad y el escándalo que esparcía al +andar aquella joven. Asomaban entre las blondas de su mantilla unos +rizos rubios, y bajo los ojos negros y ardientes una naricilla sonrosada +parecía desafiar a todos con sus graciosas contracciones. La audacia con +que se recogía la falda, marcando las curvas más opulentas de su cuerpo +y dejando al descubierto gran parte de las medias, irritaba a las +mujeres.</p> + +<p>—¡Vaya usted con Dios, marquesita salerosa!—dijo Fermín cerrándola el +paso.</p> + +<p>Se había terciado la capa, tomando un aire de majo galante, satisfecho +de detener en la calle más céntrica, a la vista de todos, a una mujer +que tal escándalo promovía.</p> + +<p>—Marquesa, ya no, hijo—contestó ella con gracioso ceceo.—Ahora crío +cerdos... y muchas gracias.</p> + +<p>Se tuteaban como dos buenos camaradas; sonreían con la franqueza de la +juventud, sin mirar en torno de ellos, pero alegrándose al pensar que +muchos ojos estaban fijos en sus personas. Ella hablaba manoteando, +amenazándolo con sus uñas sonrosadas cada vez que le decía algo +<i>fuerte</i>; acompañando sus risas con un taconeo infantil cuando elogiaba +su hermosura.</p> + +<p>—Siempre lo mismo. ¡Pero qué rebuenísima sombra tienes, hijo!... Ven a +verme alguna vez: ya sabes que te quiero... siempre con buen fin; como +hermanitos. ¡Y eso que el bruto de mi marido te tenía celos!... +¿Vendrás?</p> + +<p>—Lo pensaré. No quiero tener una cuestión con el tratante en cerdos.</p> + +<p>La joven prorrumpió en una carcajada.</p> + +<p>—Es todo un caballero, ¿sabes, Fermín? Vale más con su chaquetón de +monte que todos esos señoritos del <i>Caballista</i>. Yo estoy por lo +popular: yo soy muy gitana...</p> + +<p>Y dando al joven un ligero bofetón con su manecita acariciadora, siguió +la marcha, volviendo varias veces la cabeza para sonreír a Fermín, que +la seguía con la vista.</p> + +<p>—¡Lástima de muchacha!—se dijo.—Con su cabeza de chorlito, es la más +buena de la familia. ¡Y don Pablo que se muestra tan orgulloso de la +nobleza de su madre!... Esta y su hermana son de las que nos consuelan +haciendo acabar en punta los linajes orgullosos...</p> + +<p>Continuó su marcha Montenegro, entre las miradas de asombro o las +sonrisas maliciosas de los que habían presenciado su conversación con la +<i>Marquesita</i>.</p> + +<p>En la plaza Nueva, pasó entre los grupos que se estacionan allí +habitualmente: corredores de vinos y de ganado; vendedores de cereales, +obreros de bodega sin colocación, gañanes enjutos y tostados que esperan +a que alguien alquile sus brazos inactivos, cruzados sobre el pecho.</p> + +<p>De un grupo salió un hombre, llamándole:</p> + +<p>—¡Don Fermín! ¡don Fermín!...</p> + +<p>Era un arrumbador de las bodegas de Dupont.</p> + +<p>—Ya no estoy allá, ¿sabe usté? Me han despedío esta mañana. Al +presentarme en la bodega, el encargao me ha dicho, de parte de don +Pablo, que estaba de más. ¡Después de cuatro años de trabajo y buena +conducta! ¿Es esto justicia, don Fermín?...</p> + +<p>Como éste preguntase con su mirada el motivo de la desgracia, el +arrumbador continuó con exaltación:</p> + +<p>—De too tiene la culpa la beatería cochina. ¿Sabe usté mi delito?... No +ir a entregá la papeleta que me dieron el sábado con el jornal.</p> + +<p>Y como si Montenegro no conociese las costumbres de la casa, el buen +hombre relataba detalladamente lo ocurrido. El sábado, al cobrar la +semana los trabajadores de la bodega, el encargado les entregaba <i>la +papeleta</i> a todos: una invitación para que al día siguiente asistiesen a +la misa que costeaba la familia de Dupont en la iglesia de San Ignacio. +Si la fiesta era con comunión general, el convite aun resultaba más +ineludible. El domingo, los encargados de la bodega recogían a cada +obrero la papeleta en la misma puerta de la iglesia, y al recontarlas +sabían, por los nombres, quiénes eran los que habían faltado.</p> + +<p>—Y yo no juí ayer, don Fermín; farté como he fartao otros días: porque +no me da la gana de levantarme temprano los domingos, porque en la noche +del sábado me gusta <i>tomarla</i> con los compañeros. ¿Pa qué trabaja uno, +sino pa tené un rato de alegría?...</p> + +<p>Además; él era dueño de sus domingos. El amo le pagaba por su trabajo; +él trabajaba y no había por qué cercenarle su día de descanso.</p> + +<p>—¿Es eso justo, don Fermín? Porque no hago comedias, como toos esos... +soplones y lamecosas que van a la misa de don Pablo, con toa su familia +y toman la comunión después de pasar la noche de juerga, me echan a la +caye. Sea usté franco; diga la verdad; y aunque usté trabaje como un +perro, es usté un pillo: ¿No es eso, cabayeros?...</p> + +<p>Y se volvía al grupo de amigos que a cierta distancia oían sus palabras, +comentándolas con maldiciones a Dupont.</p> + +<p>Fermín siguió su camino con cierto apresuramiento. El instinto de +conservación le avisaba lo peligroso de permanecer allí entre una gente +que abominaba de su principal.</p> + +<p>Y mientras iba hacia el escritorio donde le aguardaban para las cuentas, +pensaba en el vehemente Dupont, en su fervor religioso, que parecía +endurecerle las entrañas.</p> + +<p>—Y, realmente, no es malo—murmuraba.</p> + +<p>Malo, no. Fermín recordaba la largueza caprichosa y desordenada con que +algunas veces socorría a las gentes en desgracia. Pero su bondad era +estrechísima: dividía en castas la pobreza; y a cambio del dinero exigía +una supeditación absoluta a todo lo que él pensase y amase. Era capaz de +aborrecer a su propia familia, de sitiarla por hambre, si creía con ello +servir a su Dios; a aquel Dios a quien profesaba inmensa gratitud +porque hacía prosperar los negocios de la casa y era el sostén del orden +social.</p> +<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p> + + +<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3> + + +<p>Cuando don Pablo Dupont iba a pasar un día con su familia en la famosa +viña de Marchamalo, una de sus diversiones era mostrar el señor Fermín, +el antiguo capataz, a los Padres de la Compañía o a los frailes +dominicos, sin cuya presencia no creía posible una excursión feliz.</p> + +<p>—A ver, señor Fermín—decía sacando el viejo a la gran explanada que se +extendía frente a las casas de Marchamalo, que casi formaban un +pueblo.—Eche usted una voz de mando; pero con arrogancia, como cuando +era usted de los rojos y marchaba de partida por la sierra.</p> + +<p>El capataz sonreía viendo que el amo y sus acompañantes de sotana o +capucha mostraban gran placer en oírle; pero su sonrisa de campesino +socarrón, no llegaba a saberse si era de burla o de agrado por la +confianza del señor. Contento de proporcionar un rato de descanso a los +muchachos que se encorvaban entre las cepas, ladera abajo, levantando y +abatiendo sus azadas pesadísimas, avanzaba con cómica rigidez hasta el +parapeto de la explanada, prorrumpiendo en un grito prolongado y +atronador:</p> + +<p>—¡Eeeechen tabacooo!...</p> + +<p>Cesaba de brillar entre los sarmientos el acero de las azadas, y la +larga fila de viñadores despechugados frotábanse las manos, entumecidas +por el mango de la herramienta, y lentamente extraían de la faja los +avíos de fumar.</p> + +<p>El viejo les imitaba, y acogiendo con sonrisa enigmática los elogios de +los señores a su voz de trueno y a la entonación de caudillo con que +mandaba a la gente, liaba el cigarro, fumándolo con calma para que los +pobres de abajo tuviesen algunos segundos más de reposo a costa del buen +humor del amo.</p> + +<p>Cuando no le quedaba más que la colilla, nueva diversión para los +señores. Volvía a dar sus pasos con rigidez exagerada de intento, y su +voz hacía temblar el eco de las vecinas colinas:</p> + +<p>—¡Vaaamos a otraaa!...</p> + +<p>Y con este llamamiento tradicional para reanudar el trabajo, los hombres +volvían a encorvarse y relampagueaban las herramientas sobre sus +cabezas, todas a un tiempo, en acompasadas curvas.</p> + +<p>El señor Fermín era una de las curiosidades de Marchamalo, que don Pablo +exhibía a sus acompañantes. Todos reían sus refranes, los términos +rebuscados y raros de su expresión, sus consejos dichos en tono +campanudo; y el viejo aceptaba el irónico elogio de los señores con la +simpleza del campesino andaluz, que aún parece vivir en la época feudal, +siervo del amo, aplastado por la gran propiedad, sin esa independencia +enfurruñada del pequeño labrador que tiene la tierra por suya.</p> + +<p>Además, el señor Fermín se sentía ligado por todo el resto de su +existencia a la familia Dupont. Había visto a don Pablo en pañales, y +aunque le trataba con el respeto que imponía su carácter imperioso, era +siempre para él un niño, acogiendo con bondad paternal todas sus +rarezas.</p> + +<p>El capataz había tenido en su vida un período de dura miseria. De joven +fue viñador, gozando de la buena época; aquella de la ida al trabajo en +calesín y de la cava con zapatos de charol, de la que hablaba +melancólicamente el viejo bodeguero de la casa Dupont.</p> + +<p>La abundancia hacía generosos a los trabajadores de tales tiempos; +pensaban en cosas <i>altas</i> que no acertaban a definir, pero cuya grandeza +presentían confusamente. Además, la nación entera estaba de revuelta. A +corta distancia de Jerez, en el mar invisible cuyas brisas llegaban +hasta las viñas, los barcos del gobierno habían disparado sus cañones +para anunciar a la reina que debía abandonar su trono. El tiroteo de +Alcolea, al otro extremo de Andalucía, despertaba a toda España; «la +raza espúrea» había huido: la vida era mejor y el vino parecía más bueno +al pensar (¡consoladora ilusión!) que cada uno poseía una pequeña parte +de aquél poder retenido antes por una sola persona. Además, ¡qué de +músicas arrulladoras para el pobre!, ¡qué de elogios y adulaciones al +pueblo que meses antes no era nada y ahora lo era todo!</p> + +<p>El señor Fermín se conmovía recordando esta época feliz, que fue la de +su matrimonio con la <i>pobre mártir</i>, como él llamaba a su difunta mujer. +Se reunían los compañeros de trabajo en las tabernas todas las noches, +para leer los papeles públicos, y la caña de vino circulaba sin miedo, +con la largueza del jornal abundante y bien retribuido. Un ruiseñor +volaba infatigable de plaza en plaza, teniendo por bosques las ciudades, +y su música divina volvía locas a las gentes, haciéndolas pedir a gritos +la República... pero Federal, ¿eh?... Federal o nada. Los discursos de +Castelar leídos en las reuniones nocturnas, con sus maldiciones al +pasado y sus himnos a la madre, al hogar, a todas las ternuras que +emocionan el alma simple del pueblo, hacían caer más de una lágrima en +las copas de vino. Luego, cada cuatro días, llegaba impresa en hoja +suelta, con renglones cortos, alguna de las cartas que «el ciudadano +Roque Barcia dirigía a sus amigos», con frecuentes exclamaciones de +«óyeme bien, pueblo», «acércate, pobre, y compartiré tu frío y tu +hambre», que enternecían a los viñadores, haciéndoles tener gran +confianza en un señor que les trataba con esta fraternal simpleza. Y +para desengrasarse de tanto lirismo, de tanta Historia comprimida, +repetían las frases ingeniosas del patriarcal Orense, los chistes del +marqués de Albaida, ¡un marqués que estaba con ellos, con los viñadores +y los gañanes, acostumbrados a respetar con cierto temor supersticioso, +como seres nacidos en otro planeta, a los aristócratas poseedores del +suelo andaluz!...</p> + +<p>El santo respeto a la jerarquía, heredado de los abuelos e ingerido +hasta lo más profundo de su alma por largos siglos de servidumbre, +influía en el entusiasmo de estos <i>ciudadanos</i> que hablaban a todas +horas de la igualdad.</p> + +<p>Lo que más halagaba al señor Fermín en sus entusiasmos juveniles, era la +categoría social de los jefes revolucionarios. Ninguno era jornalero, y +esto lo apreciaba él como un mérito de las nuevas doctrinas. Los más +ilustres defensores de «la idea» en Andalucía salían de las clases que +él respetaba con atávica adhesión. Eran señoritos de Cádiz, +acostumbrados a la vida fácil y placentera de un gran puerto; caballeros +de Jerez, dueños de cortijos, hombres de pelo en pecho, grandes jinetes, +expertos en las armas e incansables corredores de juergas: hasta curas +entraban en el movimiento, afirmando que Jesús fue el primer republicano +y que al morir en la cruz dijo algo así como «Libertad, Igualdad y +Fraternidad».</p> + +<p>Y el señor Fermín no vaciló, cuando del mitin y de la declamación +periodística, leída en alta voz, hubo que pasar a la excursión por el +monte con la escopeta al hombro en defensa de aquella República que no +querían aceptar los mismos generales que habían expulsado a los reyes. Y +tuvo que correr por las montañas de la sierra unos cuantos días, e ir a +tiros con las mismas tropas que meses antes había él aclamado cuando +pasaban sublevadas por Jerez, camino de Alcolea.</p> + +<p>En esta aventura conoció a Salvatierra, sintiendo por él una admiración +que nunca había de enfriarse. La fuga y una larga temporada pasada en +Tánger fueron el único resultado de sus entusiasmos y cuando al fin pudo +volver a la tierra, besó a Ferminillo, el primer hijo que la <i>pobre +mártir</i> le había dado a los pocos meses de su marcha a la serranía.</p> + +<p>Volvió a trabajar en las viñas, algo desilusionado por el mal éxito de +la rebelión. Además, la paternidad le hacía egoísta, pensando más en la +familia que en el pueblo soberano, que podía libertarse sin necesitar de +su apoyo. Al ver proclamada la República sintió renacer sus entusiasmos. +¡Por fin, ya la tenían! ¡Llegaba lo bueno!... Pero a los pocos meses le +buscó Salvatierra, como a otros muchos. Los de Madrid eran unos +traidores y la tal República resultaba un pastel. Había que hacerla +federal o matarla; era preciso proclamar los cantones. Y otra vez +Fermín, con el fusil al hombro, batiéndose en Sevilla, en Cádiz y en la +montaña por cosas que no entendía, pero que debían ser verdades tan +claras como el sol, ya que Salvatierra las proclamaba. De esta segunda +aventura salió peor librado. Le cogieron y pasó muchos meses en el Hacho +de Ceuta, confundido con prisioneros carlistas e insurrectos cubanos, en +un amontonamiento y una miseria de los que aún se acordaba con horror +después de tantos años.</p> + +<p>Al recobrar la libertad, la vida le pareció en Jerez más triste y +desesperada que en el presidio. La <i>pobre mártir</i> había muerto durante +su ausencia, dejando en poder de unos parientes sus dos hijos, +Ferminillo y María de la Luz. El trabajo escaseaba; había sobra de +brazos, era reciente la indignación contra los <i>petroleros</i> +perturbadores del país; los Borbones acababan de volver, y los ricos +temían dar entrada en sus fincas a los que habían visto antes con el +fusil en la mano, tratándoles de igual a igual, con gestos amenazadores.</p> + +<p>El señor Fermín, para que no le viesen llegar con las manos vacías los +parientes pobres que cuidaban de sus pequeñuelos, se dedicó al +contrabando. Su compadre Paco el de Algar, que había ido con él en las +partidas, conocía el oficio. Entre los dos existía el parentesco de la +pila bautismal, el compadrazgo, más sagrado entre la gente del campo que +la comunidad de sangre. Fermín era el padrino de Rafaelillo, único hijo +del señor Paco, al cual también se le había muerto la mujer durante la +época de persecuciones y presidio.</p> + +<p>Los dos compadres emprendieron juntos sus penosas expediciones de +contrabandistas pobres. Marchaban a pie, por las veredas más abruptas de +la sierra, aprovechando los conocimientos adquiridos en las complicadas +marchas de las partidas. Su pobreza no les permitía ser caballistas como +otros que cabalgaban en pelotón, llevando en la grupa de sus fuertes +jacas dos fardos enormes de tabaco y en la perilla de la montura la +escopeta repleta de postas para pasar a <i>la brava</i> el contrabando. Eran +humildes mochileros que, al llegar a San Roque o Algeciras, echábanse a +cuestas tres arrobas de tabaco y emprendían el regreso a la tierra +huyendo de los caminos, buscando las sendas más peligrosas, marchando de +noche y ocultándose de día, a gatas por los riscos, imitando los hábitos +de las bestias feroces, lamentando ser hombres y no poder seguir el +borde de los abismos con la misma seguridad que las bestias.</p> + +<p>¡Oh, la vida dura de continuos riesgos, la necesidad de ganarse el pan +luchando con la oscuridad, con las tempestades y con el hombre, que era +el peor de los enemigos! Un ruido a lo lejos, una voz, el aleteo de los +pajarracos nocturnos, el chillido de las alimañas invisibles, el ladrido +de un perro, les hacían ocultarse, tenderse en el suelo entre los +jarales punzantes, sofocados por el peso de la mochila. Al partir del +campo fronterizo de Gibraltar pagaban por trasponer la línea del +resguardo. Los venales encargados de la vigilancia les imponían +contribución según su clase: tantas pesetas a los mochileros, tantos +duros a la gente de a caballo. Partían todos al mismo tiempo, después de +depositar la ofrenda en ciertas manos que salían de unas mangas con +galones de oro, y peones y jinetes, todo el ejército del contrabando, +abríase como el varillaje de un abanico en la sombra de la noche, +tomando distintos caminos para esparcirse por Andalucía. Pero quedaba lo +difícil: el peligro de tropezar con las rondas volantes que no habían +participado del soborno y se esforzaban por cortar el paso a los +defraudadores y hacer buena presa de sus cargas. Los caballistas +infundían miedo porque contestaban a tiros al ¡quién vive!, y eran los +indefensos mochileros los que sufrían toda la persecución.</p> + +<p>Dos noches enteras necesitaban los compadres para llegar a Jerez, +caminando encorvados, sudorosos en pleno invierno, zumbándoles los +oídos, con el pecho oprimido por la carga. Acercábanse trémulos de +inquietud a ciertos pasos de la sierra donde se apostaban los enemigos. +Temblaban de miedo al entrar en ciertas gargantas en cuya oscuridad +brillaba el fogonazo y silbaba la bala, al no obedecer ellos al ¡boca +abajo! de los guardias emboscados. Algunos compañeros habían muerto en +estos malos pasos. Además, los enemigos se vengaban de las largas +esperas al acecho y de la inquietud que les inspiraban los caballistas, +dando tremendas palizas a los de a pie. Más de una vez se rasgaba el +silencio nocturno de la sierra con los alaridos de dolor que arrancaban +los bárbaros culatazos dados al azar, en la oscuridad, lejos de toda +vivienda, lejos de toda ley, en una soledad salvaje...</p> + +<p>Pero estos peligros eran los que menos intimidaban a los dos compadres. +El miedo a perder la carga les aterraba. ¡Perder la carga! ¡el único +medio de existencia, el capital de su industria! ¡Verse de golpe sin las +ganancias acumuladas en fuerza de exponer su vida noches y noches; tener +que pedir prestado otra vez y empezar de nuevo la pelea para pagar al +prestamista, cercenando su pan y el de los pequeños!...</p> + +<p>Por no perder sus mochilas emprendían arriesgadas ascensiones en la +oscuridad. A la menor alarma huían de las gargantas, dando rodeos por +lugares casi inaccesibles, que infundían horror al ser vistos a la luz +del sol. Los cuervos graznaban asustados en sus alturas al percibir el +roce de unos animales desconocidos que gateaban en las tinieblas. Los +aguiluchos aleteaban al ver interrumpido su sueño por el arrastre de +extraños cuadrúpedos que, abrumados por su giba, avanzaban por el filo +de los precipicios, haciendo rodar los guijarros con sus manos +desolladas, en el vacío de lóbregas profundidades. El recuerdo de algún +compañero muerto en estos pasos difíciles, congelaba su sangre un +momento: «Allá abajo está Fulano». <i>Allá abajo</i>, en el fondo de la sima +negra que bordeaban a tientas, con el tacto de los ciegos; donde sólo +podían verle los cuervos, que poco a poco dejarían blancos sus huesos +bajo el peso de la mochila, mientras en su casa, la familia, hambriento, +movida por una remota esperanza, aguardaba que un día u otro se +presentase.</p> + +<p>El recuerdo de los que esperaban al compañero muerto les daba nuevas +energías. También ellos tenían sus <i>churumbeles</i> que podían aguardar el +pan eternamente si daban un mal paso: ¡adelante! ¡adelante! Y con el +valor audaz que da la lucha por los hijos, los dos mochileros avanzaban +al través del peligro y de la noche.</p> + +<p>¡Ay! De los azares que el señor Fermín había corrido en su vida, de las +miserias en presidio, entre gentes de todos los países, que se mataban +con las cucharas afiladas para entretener el ocio del encierro; del +miedo que tuvo a ser fusilado cuando lo prendieron después de derrotada +la partida, nada recordaba con tanta tristeza como las tres veces que lo +sorprendieron los carabineros, casi a las puertas de la ciudad, cuando +ya se creía en salvo, quitándole lo que llevaba varias noches sobre sus +espaldas. ¡Y luego, cuando vendía su tabaco a las gentes desocupadas, a +los señores de los casinos y los cafés, aún le regateaban algunos +céntimos! ¡Ay; si supieran lo que costaban aquellos paquetes, duros como +ladrillos, en los que parecían haberse solidificado los sudores de una +fatiga de bestia y los escalofríos del miedo!...</p> + +<p>La desgracia, como cansada del tesón con que los dos compadres sabían +eludirla, comenzó a cebarse en ellos. Era en vano que con riesgo de su +vida esquivasen durante la noche los pasos difíciles de la sierra. Por +tres veces les sorprendieron cerca de la ciudad, en los llanos de +Caulina, cuando se creían ya en salvo. Les dieron de golpes al +arrebatarles aquellas mochilas que representaban la vida para sus hijos; +y hasta les amenazaron con un tiro en vista de su reincidencia. Más que +las amenazas les intimidó la pérdida de sus cargas. ¡Adiós los ahorros! +Los tres fracasos les dejaban más pobres que antes de comenzar el +contrabando, con deudas que les parecían enormes. Ya nadie querría +prestarles para continuar el <i>negocio</i>.</p> + +<p>El compadre, llevando de la mano a Rafaelillo, que era ya un rapaz, +marchó a Algar, a su pueblo de la serranía, para ser gañán en un +cortijo, si es que le aceptaban viéndole entrado en años y enfermo.</p> + +<p>El señor Fermín no tuvo otro refugio que Jerez, y fue todas las +madrugadas a la plaza Nueva a formar grupo con los jornaleros que +esperaban trabajo, acogiendo con resignación el gesto desdeñoso de los +capataces que le repelían por su antigua fama de cantonal y por las +recientes aventuras del contrabando, que le habían hecho vivir algunos +días en la cárcel. ¡Ay, las mañanas tristes pasadas en la plaza, +estremeciéndose con el frío del amanecer, sin más alimento en el +desfallecido estómago que alguna copa de aguardiente de Cazalla, +ofrecida por los amigos! ¡Y después la vuelta desalentada a su tugurio, +la sonrisa inocente de los hijos y el grito de tristeza de la mísera +cuñada, al verle aparecer a la hora en que los demás trabajaban!</p> + +<p>—¿Tampoco hoy?...</p> + +<p>—Tampoco... pero ten carma mujer: arreglaos como podáis y no penséis en +mí.</p> + +<p>Entonces conoció Fermín a su «ángel protector», como él le llamaba; al +hombre que, después de Salvatierra, era el dueño de su voluntad, a +Dupont el viejo que, viéndole un día, recordó vagamente ciertas muestras +de respeto, ciertos pequeños favores a su casa y a su persona, en la +época en que aquel infeliz iba por Jerez con aire de amo, orgulloso de +su gorro colorado y de las armas que hacía resonar a cada paso, con un +estrépito de ferretería vieja.</p> + +<p>Fue una genialidad de gran señor, un capricho de millonario que se +admiraba a sí mismo proporcionando un mendrugo a un desesperado que +encontraba obstruidos todos los caminos de la vida. Fermín halló un +jornal en la viña de Marchamalo, la gran propiedad de los Dupont. Poco a +poco fue conquistando la confianza del amo, el cual se fijaba +atentamente en su trabajo.</p> + +<p>Cuando el antiguo rebelde llegó a ser capataz de la viña, había ya +sufrido una gran transformación en sus ideas. Se consideraba como una +parte de la casa Dupont. Le enorgullecía la importancia de las bodegas +de don Pablo y comenzaba a reconocer que los señores no eran tan malos +como creían los pobres. Hasta dejó a un lado el respeto que profesaba a +Salvatierra, el cual andaba por entonces fugitivo fuera de España, y se +atrevió a confesar a los amigos que las cosas no iban del todo mal +después del desastre de sus ilusiones políticas. Él era el de siempre, +federal, sobre todo federal: hasta que no viniese la suya, España no +sería feliz, pero mientras tanto, a pesar de los malos gobiernos y de +que «el pobre pueblo estaba oprimido», él se creía mejor que en los +tiempos pasados. La niña y la cuñada vivían en la viña, en un caserón +antiguo, espacioso como un cuartel; el muchacho iba a la escuela en +Jerez, y don Pablo le había tomado ley y prometía hacerlo «todo un +hombre», en vista de su inteligencia despierta. Él, tenía tres pesetas +diarias, sin otra obligación que llevar la cuenta de los jornales, +reclutar la gente y vigilarla, para que los remolones no descansasen +antes de que él diese la voz para fumar un cigarro.</p> + +<p>De sus tiempos de miseria le quedaba la conmiseración para los +jornaleros, fingiendo no ver sus descuidos y negligencias. Pero sus +actos valían más que sus palabras, pues queriendo demostrar gran interés +por el amo, hablaba duramente a los braceros, con ese exceso de +autoridad que revela el humilde apenas se ve elevado sobre sus +camaradas.</p> + +<p>El señor Fermín y sus hijos penetraban sin darse cuenta en la familia +del amo, hasta llegar a confundirse con ella. La simpleza del capataz, +alegre e hidalga como la de todos los labriegos andaluces, le hacía +captarse la confianza de los de la casa señorial. Don Pablo el viejo +reía haciéndole relatar sus fugas por la montaña, unas veces de +guerrillero y otras de contrabandista, siempre perseguido por los +carabineros. Los hijos del amo jugaban con él, prefiriendo sus +marrullerías y chistes de hombre de campo, al gesto hosco de la aya +inglesa que cuidaba de ellos. Hasta la orgullosa doña Elvira, la hermana +del marqués de San Dionisio, siempre ceñuda y de noble malhumor, como si +se creyese postergada por haberse unido con un Dupont, concedía cierta +confianza al señor Fermín, escuchándole con gesto semejante a los que +había visto en el teatro, cuando una dama se digna conversar con el +viejo escudero, confidente de sus pensamientos.</p> + +<p>El capataz creía vivir en el mejor de los mundos contemplando a sus +hijos corretear por los senderos de la viña con dos de los señoritos de +la casa, mientras el mayor, el futuro dueño, a pesar de ser todavía un +niño, se mantenía al lado de su madre, imitando sus gestos altivos. +Había días en que el carruaje de don Pablo llegaba entre una nube de +polvo, a todo correr de sus cuatro briosos caballos, para depositar en +Marchamalo un cargamento de chiquillos, casi una escuela. Con los hijos +de Dupont llegaba Luisito, huérfano de un hermano de don Pablo, cuya +cuantiosa fortuna cuidaba éste; y las hijas del marqués de San Dionisio, +dos niñas revoltosas de ojos cándidos y boca insolente, que se peleaban +con los muchachos y los hacían correr a pedradas, revelando en sus +audacias el carácter de su famoso padre. Y Ferminillo y María de la Luz +jugaban con estos niños que habían de poseer cuantiosas fortunas, de +igual a igual, con la simplicidad de la infancia que parece un recuerdo +de los tiempos en que los hombres vivían como hermanos, antes de +inventar las jerarquías sociales. El capataz los seguía en sus juegos +con miradas de ternura, sintiendo orgullo de que sus hijos se tutearan +con los hijos y parientes del amo. Era la Igualdad soñada, aquella +Igualdad por la que había expuesto su vida, y que al fin llegaba para +él, sólo para él.</p> + +<p>Algunas veces se presentaba el marqués de San Dionisio, y a pesar de sus +cincuenta años lo ponía todo en revolución. La devota doña Elvira se +enorgullecía de los títulos nobiliarios del hermano, pero despreciaba al +hombre por sus calaveradas, que daban triste celebridad al noble +apellido de Torreroel.</p> + +<p>El señor Fermín, influido por sus antiguos respetos a las jerarquías +históricas, admiraba a aquel noble y alegre vividor. Estaba devorando +los últimos restos de la gran fortuna de su familia, y había influido en +el casamiento de su hermana con Dupont, para tener así un refugio cuando +le llegase la hora de la total ruina. Su nobleza era de lo más antiguo +de Jerez. El pendón de las Navas de Tolosa que sacaban con gran pompa de +la casa municipal en determinadas fiestas, lo había ganado a golpes de +hacha uno de sus ascendientes. Su título de marqués llevaba el nombre +del santo patrón de la ciudad. En su estirpe figuraban toda clase de +glorias: amigos de monarcas; Adelantados que infundían miedo a la +morisma; virreyes de las Indias, santos arzobispos, almirantes de las +galeras reales; pero el alegre marqués daba de barato tantos honores y +tan preclaros ascendientes, pensando que hubiera sido mejor para él +poseer una fortuna como la de su cuñado Dupont, aunque sin las +obligaciones y trabajos de éste. Vivía en un caserón señorial, último +resto de una fortaleza sarracena, restaurada y transformada por sus +abuelos. En los salones, casi vacíos, sólo quedaban como recuerdos del +antiguo esplendor algunos tapices astrosos, cuadros negruzcos con santos +ensangrentados en posturas horripilantes, sillerías de estilo Imperio +con la seda deshilachada; todo lo que no habían querido los corredores +de antigüedades de Sevilla, a los que llamaba el marqués en sus momentos +de apuro. Lo demás, trípticos y tablas, espadas y armaduras de los +Torreroel de la Reconquista, las riquezas exóticas traídas de las Indias +por los virreyes, y los regalos que varios monarcas de Europa habían +hecho a sus abuelos, embajadores que dejaron en las cortes más famosas +el recuerdo de su fastuosidad principesca, todo había ido desapareciendo +después de noches terribles en que la fortuna le volvía la espalda en la +mesa de juego, consolándose de su desgracia con <i>juergas</i> estruendosas, +de las que hablaba Jerez durante mucho tiempo.</p> + +<p>Viudo desde muy joven, tenía sus dos hijas bajo la vigilancia de criadas +jóvenes, a las que más de una vez sorprendían las pequeñas señoritas +abrazadas a papá y tuteándole. La señora de Dupont indignábase al +conocer estos escándalos y se llevaba las sobrinas a su casa para que no +presenciasen malos ejemplos. Pero ellas, verdaderas hijas de su padre, +deseaban vivir en este ambiente de libertad, y protestaban con llantos +desesperados y convulsiones en el suelo, hasta que las volvían a la +absoluta independencia de aquel caserón por donde pasaban el dinero y el +placer como un huracán de locura.</p> + +<p>La gitanería más famosa acampaba en la casa señorial. El marqués +sentíase atraído y dominado por las mujeres de piel aceitunada y ojos de +tizón, como si en su pasado existiesen ocultos cruzamientos de raza, que +tiraban de sus afectos con misteriosa fuerza. Se arruinaba cubriendo de +joyas y vistosos pañolones a gitanas que habían trabajado en los +cortijos, escardando los campos y durmiendo en la impúdica, promiscuidad +de las gañanías. La interminable tribu de cada una de sus favoritas, le +acosaba con el lloriqueo servil y la codicia insaciable propios de la +raza; y el marqués se dejaba saquear, riendo la gracia de estos +parientes de la mano izquierda, que le adulaban declarando que era un +<i>cañi</i> puro, más gitano que todos ellos.</p> + +<p>Los toreros famosos pasaban por Jerez para honrar con su presencia al de +San Dionisio que organizaba fiestas estruendosas en su honor. Muchas +noches despertaban las niñas en sus camas oyendo al otro extremo de la +casa el rasgueo de las guitarras, los lamentos del cante hondo, el +taconeo del baile; y veían pasar por las ventanas iluminadas, al otro +lado del patio, grande como una plaza de armas, los hombres en mangas de +camisa con la botella en una mano y la batea de cañas en la otra, y las +mujeres con el peinado alborotado y las flores desmayadas y temblonas +sobre una oreja, corriendo con incitante contoneo para evadir la +persecución de los señores o tremolando sus pañolones de Manila como si +quisieran torearles. Algunas mañanas, al levantarse las señoritas, aún +encontraban tendidos en los divanes hombres desconocidos que roncaban +boca abajo, con los tufos de pelo sudorosos cubriéndoles las orejas, el +pantalón desabrochado y más de uno con los residuos de una cena mal +digerida a corta distancia de su cara. Estas juergas eran admiradas por +algunos como un simpático alarde de los gustos populares del marqués.</p> + +<p>El señor Fermín era de estos admiradores. ¡Un personaje de tantos +pergaminos, que podía, sin desdoro, hacer el amor a una princesa, +encaprichándose de muchachas del pueblo o de gitanas; escogiendo sus +amigos entre caballistas, toreros y ganaderos y bebiéndose una copa de +vino con el primer pobre que se aproximaba a pedirle algo! ¡Esto era +democracia pura!... Y al entusiasmo por los gustos plebeyos del prócer +que parecía querer resarcir a la gente de la altivez y el orgullo de sus +empingorotados abuelos, uníase la admiración casi religiosa que la +fuerza, el vigor físico, inspira siempre a la gente del campo.</p> + +<p>El marqués era un atleta y el mejor jinete de Jerez. Había que verle a +caballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillas +entrecanas y gitanescas, y la garrocha terciada en la silla. Ni el +Santiago de las batallas legendarias podía comparársele, cuando a falta +de musulmanes derribaba los toros más bravos y hacía galopar su jaca por +lo más intrincado de las dehesas, pasando como un rayo entre ramas y +troncos sin hacerse añicos el cráneo. Hombre sobre el cual dejaba caer +su puño, caía redondo: potro cerril cuyos lomos abarcaba con sus piernas +de acero, ya podía encabritarse, morder el aire y echar espumarajos de +cólera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que lograba +libertarse del peso de su domador.</p> + +<p>La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza de +los que vivieron después en la corte arruinándose cerca de los reyes, +resucitaban en él como la última llamarada de una raza próxima a +extinguirse. Podía dar los mismos golpes que dieron sus antecesores al +conquistar el pendón en las Navas y se arruinaba con igual indiferencia +que aquellos de sus abuelos que se habían embarcado para rehacer su +fortuna gobernando las Indias.</p> + +<p>El marqués de San Dionisio mostrábase satisfecho de sus alardes de +fuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre con +lesiones de los compañeros. Cuando le llamaban bruto con acento de +admiración, sonreía orgulloso de su raza. Bruto, sí: como lo habían sido +sus mejores abuelos: como lo fueron siempre los caballeros de Jerez, +espejo de la nobleza andaluza, arrogantes jinetes formados en dos siglos +de batalla diaria y continua algarada en tierras de moros, pues por algo +Jerez se llamaba de la Frontera. Y recapitulando en su memoria lo que +había leído u oído sobre la historia de los suyos, reíase de Carlos V el +gran Emperador, que, al pasar por Jerez, había querido correr unas +lanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban de combates +de puro juego, tomándolos en serio como si aún luchasen con moros. En +el primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundo +le hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llamó +muy asustada a su esposo, rogándole que reservase su lanza para gentes +menos rudas que los caballeros jerezanos.</p> + +<p>El carácter bromista del marqués gozaba de tanta fama como su fuerza. El +señor Fermín reía en la viña, repitiendo a los trabajadores las +ocurrencias graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de acción, en las +que siempre había una víctima; genialidades crueles, para regocijar a un +pueblo rudo. Un día, al pasar el marqués por el mercado, dos mendigos +ciegos le reconocían por la voz y le saludaban con frases pomposas +esperando que los socorriese como de costumbre. «Toma, para los dos». Y +pasaba adelante, sin dar nada, mientras los dos pordioseros se +insultaban, creyendo cada uno que su camarada había recibido la limosna +y le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban sus +palos.</p> + +<p>Otra vez, el marqués hacía pregonar que el día de su santo daría una +peseta a todo cojo que se presentase en su casa. Circulaba la noticia +por todas partes y el patio del caserón llenábase de cojos de la ciudad +y del campo; unos apoyados en muletas, otros arrastrándose sobre las +manos como larvas humanas. Y al aparecer el marqués en un balcón, +rodeado de sus amigotes, abríase la puerta de la cuadra y salía bufando +con espumarajos de rabia un novillo, al que habían aguijoneado +previamente los criados. Los que realmente eran cojos, corrían hacia los +rincones, amontonándose, manoteando con la locura del miedo; y los +fingidos soltaban las muletas, y con cómica agilidad se encaramaban por +las rejas. El marqués y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerez +pasó mucho tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitual +generosidad, pues una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuyó el +dinero a manos llenas entre los lisiados, verdaderos y falsos, para que +a todos les pasase el susto bebiendo algunas cañas a su salud.</p> + +<p>El señor Fermín extrañábase de la indignación con que la hermana del +marqués acogía sus originalidades. ¡Un hombre así, no debía morirse +nunca!... Pero, al fin, murió. Murió cuando no le quedaba nada que +gastar; cuando los salones de su casa no tenían un mueble; cuando su +cuñado Dupont se negó de veras a hacerle nuevos préstamos, ofreciéndole +en su casa todo lo que quisiera, cuanto vino desease, pero sin la menor +cantidad de dinero.</p> + +<p>Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atención por su +belleza picaresca y su desenfado, abandonaron el caserón paterno que +tenía mil dueños, ya que se lo disputaban todos los acreedores del de +San Dionisio, y fueron a vivir con su santa tía doña Elvira. La +presencia de estos adorables diablillos produjo una serie de disgustos +domésticos que amargaron los últimos años de don Pablo Dupont. Su esposa +no podía tolerar el desenfado de las sobrinas, y Pablo, el hijo mayor, +el favorito de la madre, apoyaba sus protestas contra aquellas parientas +que venían a turbar la tranquilidad de la casa, como si con ellas +trajesen un olor, un eco, de las costumbres del marqués.</p> + +<p>—¿De qué te lamentas?—decía don Pablo aburrido.—¿No son tus sobrinas? +¿No son sangre tuya?...</p> + +<p>Doña Elvira no podía quejarse de los últimos momentos de su hermano. +Había muerto como quien era: como un caballero cristiano, como una +persona decente. La enfermedad mortal le había sorprendido en una de sus +<i>juergas</i> rodeado de mujeres y mozos de valor. La sangre del primer +vómito se la habían limpiado las amigas con sus pañolones bordados de +chinos y rosas fantásticas. Pero al ver próxima la muerte y oír los +consejos de su hermana, que después de muchos años de ausencia se +decidía a entrar en su casa, quiso «dar buen ejemplo», irse del mundo +con la discreción que convenía a su rango. Y sacerdotes de todos hábitos +y reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra o +una enagua olvidada; hablándole del cielo, en el que, seguramente, le +guardaban un sitio de preferencia por los méritos de sus mayores. Las +innumerables cofradías y hermandades de Jerez, en las cuales tenía el +alegre noble un cargo hereditario, acompañaron al Viático; y al morir, +su cadáver fue vestido de fraile, amontonándose sobre su pecho todas las +medallas que la señora de Dupont juzgó de más eficacia para que aquel +vividor no sufriese retraso ni entorpecimiento en su ascensión a la +gloria eterna.</p> + +<p>Doña Elvira no podía quejarse de su hermano, que al fin había demostrado +su buena sangre en los últimos instantes; no podía quejarse de sus +sobrinas, pájaros inquietos que agitaban sus plumajes con cierta +insolencia, pero la acompañaban sin réplica a misas y novenas con una +graciosa gravedad, que daba ganas de comérselas a besos. Pero la +atormentaban el recuerdo del pasado del marqués y el atolondramiento que +mostraban sus hijas al hallarse en presencia de los jóvenes; sus voces y +gestos desgarrados, que eran como un eco de lo que habían oído en la +casa paterna.</p> + +<p>A la noble señora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armonía +majestuosa de su existencia y de su salón. Su mismo esposo era para ella +un motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempre +ansioso de descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excéntrico que +había copiado de sus corresponsales de Inglaterra. Sólo sentía por él un +débil afecto semejante al que inspira un socio comercial. Estaba unida +a él por el interés común en favor de los hijos; por cierta gratitud al +ver que su trabajo aseguraba la riqueza de sus descendientes. En el hijo +mayor había concentrado toda la cantidad de amor de que era capaz su +alma austera y orgullosa.</p> + +<p>—Es un Torreroel: es mi hijo; mío solamente. No tiene nada de los +Dupont.</p> + +<p>Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegría maternal, creía +librar a su hijo de un peligro; como si después de haber aceptado el +matrimonio con Dupont por su gran fortuna, le inspirase éste +repugnancia.</p> + +<p>Pensaba con orgullo en los millones que tendrían sus hijos, y al mismo +tiempo despreciaba a los que los habían amasado. Recordaba mentalmente +con cierta vergüenza el origen de los Dupont, del que hablaban los más +viejos de Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de la +dinastía llegaba a la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero, +para entrar al servicio de otro francés que había establecido una +bodega. Durante la guerra de la Independencia, el amo huía por miedo a +las cóleras populares, dejando toda su fortuna confiada al compatriota, +que era su servidor de confianza, y éste, en fuerza de dar gritos contra +su país y vitorear a Fernando VII, conseguía que le respetasen y hacía +prosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a considerar +como suya. Cuando, terminada la guerra, volvía el verdadero dueño, +Dupont se negaba a reconocerle, alegándose a sí mismo, para tranquilidad +de la conciencia, que bien había ganado la propiedad de la casa haciendo +frente al peligro. Y el confiado francés, enfermo y agobiado por la +traición, desaparecía para siempre.</p> + +<p>Los negocios de la bodega crecían y se desarrollaban con la fecundidad +beneficiosa que acompaña siempre a todo crimen hábil. Comenzaba la +carrera de honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad de +los que no necesitan cometer una mala acción para que sus negocios +prosperen, ni ven puesta a prueba su virtud por la desgracia.</p> + +<p>La noble doña Elvira, que hacía gala a cada momento de sus ilustres +ascendientes, sentía cierto escozor al recordar esta historia; pero +tranquilizábase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna la +dedicaba a Dios con sus generosidades de devota.</p> + +<p>La muerte de don Pablo fue para ella una solución. Sintiose más libre de +preocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse y +sería el dueño de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de un +Torreroel, y con esto le parecía que se borraba su vergonzoso origen, y +que Dios protegería mejor los negocios de la casa. La aptitud comercial +de Pablo, sus iniciativas y, especialmente, la nueva destilación del +cognac, que hacía famoso el nombre de la bodega, parecían afirmar estas +preocupaciones de la buena señora. ¡Dupont, en el rótulo; pero Torreroel +en el alma! Su hijo le parecía un gran señor de otras épocas, de +aquellos que con toda su nobleza eran agricultores y servían a Dios +arado en mano. La industria serviría ahora para que afirmase su +importancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos. +El Señor bendeciría con su protección al cognac y las bodegas...</p> + +<p>El capataz de Marchamalo sintió la muerte del amo más que toda la +familia. No lloró, pero su hija María de la Luz, que comenzaba a ser una +mocita, andaba tras él, animándolo para que saliese de su triste +marasmo, para que no pasase las horas sentado en la plazoleta con la +mandíbula entre las manos y la vista perdida en el horizonte, +desalentado y triste como un perro sin dueño.</p> + +<p>Eran inútiles los consuelos de la niña. ¡Cualquier día olvidaba él a su +protector, al que le había sacado de la miseria! Aquel golpe era de los +de prueba: únicamente podía compararse al dolor que le produciría la +muerte de su héroe don Fernando. María de la Luz, para animarle, sacaba +del fondo de un armario alguna botella de las que se dejaban los +señoritos cuando iban a la viña, y el capataz miraba con ojos llorosos +el líquido dorado de la copa. Pero al llenar ésta por tercera o cuarta +vez, su tristeza tomaba un acento de dulce resignación:</p> + +<p>—¡Lo que somos! Hoy tú... mañana yo.</p> + +<p>Para continuar su fúnebre monólogo bebía con la calma del campesino +andaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele y +examina, hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, su +pensamiento, saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont para +fijarse en Salvatierra, comentando sus correrías y aventuras, siempre +propagando sus ideales de tal modo, que la mayor parte del tiempo la +pasaba en la cárcel.</p> + +<p>No por esto olvidaba a su protector. ¡Ay, aquel don Pablo, cuánto bien +le había hecho! Por él, su hijo Fermín era un caballero. El viejo +Dupont, al ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio, +donde había entrado como <i>zagal</i> para los recados, quiso ayudarle con su +protección. Fermín se había instruido aprovechando la presencia en Jerez +de Salvatierra. El revolucionario, al volver de su emigración en +Londres, ansioso de sol y de tranquilidad campestre, había ido a vivir +en Marchamalo, al lado de su amigo el capataz. Algunas veces, al entrar +el millonario en la viña, se encontraba con el rebelde hospedado en su +propiedad sin permiso alguno. El señor Fermín creía que, tratándose de +un hombre de tantos méritos, era innecesario solicitar la autorización +del amo. Dupont, por su parte, respetaba el carácter probo y bondadoso +del agitador, y su egoísmo de hombre de negocios le aconsejaba la +benevolencia. ¡Quién sabe si aquellas gentes volverían a mandar el día +menos pensado!...</p> + +<p>El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamente +la mano después de tantos años de no verse, como si nada hubiese +ocurrido.</p> + +<p>—¡Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro de +Ferminillo. ¿Cómo va ese discípulo?</p> + +<p>Ferminillo progresaba rápidamente. Muchas noches no quería quedarse en +Jerez, y emprendía una marcha de más de una hora para ir a la viña en +busca de las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicábalos por +entero a su maestro, al que adoraba con una pasión igual a la de su +padre.</p> + +<p>El señor Fermín no supo si fue por consejo de don Fernando o por propia +iniciativa del amo; pero lo cierto era que éste, con el acento imperioso +que empleaba para hacer el bien, manifestó su deseo de que Ferminillo +fuese a Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada en +la sucursal que tenía en Collins-Street.</p> + +<p>Ferminillo marchó a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrábase +satisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillante +porvenir. Vendría de allá sabiendo más que todos los señores que +plumeaban en el escritorio de Dupont. Además, Salvatierra le había dado +cartas para los amigos que tenía en Londres, todos polacos, rusos e +italianos, refugiados allí porque en su tierra les querían mal; +personajes que eran considerados por el capataz como seres poderosos +cuya protección envolvería a su hijo mientras viviese.</p> + +<p>Pero el señor Fermín se aburría en su retiro, sin poder hablar más que +con los viñadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija, +que prometía ser una buena moza, y sólo pensaba en el arreglo y +admiración de su persona. La muchacha se dormía por las noches apenas +deletreaba él a la luz del candil alguno de los folletos de la buena +época, los renglones cortos de Barcia, que le entusiasmaban como una +resurrección de su juventud. De tarde en tarde se presentaba don Pablo +el joven, que dirigía la gran casa Dupont, dejando que sus hermanos +menores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o doña Elvira con sus +sobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la juventud de Jerez. +La viña parecía otra, más silenciosa, más triste. Los chicuelos que +corrían por ella en pasados tiempos tenían ahora otras preocupaciones. +Hasta la casa de Marchamalo había envejecido tristemente; se agrietaba +su vetustez de ruda construcción, que contaba más de un siglo. El +impetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarla +abajo y levantar algo grandioso y señorial, que fuese como el castillo +de los Dupont, príncipes de la industria.</p> + +<p>¡Qué tristeza! Su protector había muerto, Salvatierra andaba por el +mundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre, +muriendo de un enfriamiento allá en un cortijo del riñón de la sierra. +También el compadre había mejorado de suerte, aunque sin llegar a la +buena fortuna del señor Fermín. En fuerza de trabajar como bracero y de +rodar por las gañanías errante como un gitano, siempre seguido de su +hijo Rafael, que se empleaba en las faenas de zagal, había acabado por +ser aperador de un cortijo pobre: asunto, como él decía, de matar el +hambre sin tener que doblarse ante el surco, debilitado por una vejez +prematura y por los rudos lances de la conquista del pan.</p> + +<p>Rafael, que era ya un mocetón de dieciocho años, endurecido por el +trabajo, se presentó en la viña para dar la mala noticia a su padrino.</p> + +<p>—Muchacho, ¿y ahora qué va a jacer?—preguntó el capataz interesándose +por su ahijado.</p> + +<p>El mocetón sonrió al oír hablar de una colocación en otro cortijo. ¡Nada +de trabajar la tierra! La aborrecía. Gustábanle los caballos y las +escopetas con entusiasmo juvenil, como a cualquier señorito del <i>Círculo +Caballista</i>. En punto a domar un potro o a meter la bala donde ponía el +ojo, no admitía rival. Además, era todo un hombre; tan hombre como el +que más: le gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiaba +aventuras para que se supiese quién era el hijo de Paco el de Algar. Y +al decir esto sacaba el pecho y tendía los brazos en cruz, haciendo +alarde de la energía vital, de la juvenil acometividad depositadas en su +cuerpo.</p> + +<p>—En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre.</p> + +<p>Y Rafael no murió de hambre. ¡Qué había de morir!... Su padrino le +admiraba cuando le veía llegar a Marchamalo, montado en un alazán fuerte +y de libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda de +galán campesino, asomándole ricos pañuelos de seda por los bolsillos de +la chaqueta y el escopetón siempre pendiente de la montura. Al viejo +contrabandista le temblaban las carnes de placer oyéndole relatar sus +proezas. El muchacho vengaba a su compadre y a él de los sustos sufridos +en la montaña, de los golpes que les habían dado los que él apellidaba +«los esbirros». ¡De seguro que a éste no se le ponían delante para +quitarle la carga!...</p> + +<p>El mozo era de los de caballería y no se limitaba a entrar tabaco. Los +judíos de Gibraltar le hacían crédito, y su alazán trotaba llevando a la +grupa fardos de sedas y de vistosos pañolones de China. Ante el absorto +padrino y su hija María de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojos +de brasa, el muchacho sacaba a puñados las monedas de oro, las libras +inglesas, como si fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjas +algún pañuelo vistoso o puntilla complicada, para hacer regalo de ello a +la hija del capataz.</p> + +<p>Los dos jóvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarse +experimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde niños, +como si no hubiesen jugado juntos cuando el señor Paco venía de tarde en +tarde a visitar a su viejo camarada en la viña.</p> + +<p>El padrino sonreía socarronamente viendo la turbación de los muchachos.</p> + +<p>—No parece sino que ustés no se han visto nunca. Hablarse sin miedo, +que ya sé yo que tú buscas ser algo más que mi ahijado... ¡Lástima que +andes en esa vida!</p> + +<p>Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba de +frente. Debía guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, ya +hablarían de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero que +sabían los tres. ¡Ahorrar!... Rafael sonreía ante este consejo. Tenía en +el porvenir la confianza de todos los hombres de acción seguros de su +energía; la generosidad derrochadora de los que conquistan el dinero +desafiando a las leyes y a los hombres; la largueza desenfadada de los +bandidos románticos, de los antiguos negreros, de los contrabandistas; +de todos los pródigos de su vida que, acostumbrados a afrontar el +peligro, consideran sin valor lo que ganan sorteando a la muerte. En los +ventorrillos de la campiña, en las chozas de carboneros de la sierra, en +todas partes donde se juntaban hombres para beber, él lo pagaba todo con +largueza. En las tabernas de Jerez organizaba <i>juergas</i> de estruendo, +abrumando con su generosidad a los señoritos. Vivía como los lasquenetes +mercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de orgía +pantagruélica, devoraban el precio de su sangre. Tenía sed de vivir, de +gozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometía la duda de +lo futuro, veía, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de María de la +Luz, escuchaba su voz, que siempre le decía lo mismo cuando él se +presentaba en la viña.</p> + +<p>—Rafaé: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... ¡Pero tú eres +bueno! ¿verdá que cambiarás?...</p> + +<p>Y Rafael se juraba a sí mismo que había de cambiar, para que no le +mirase con sus ojazos de pena aquel ángel que le aguardaba en lo alto de +una colina, cerca de Jerez, y corría cuesta abajo entre el ramaje de las +cepas, al verle de lejos galopar por la polvorienta carretera.</p> + +<p>Una noche, los perros de Marchamalo ladraron desaforadamente. Era cerca +del amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abrió una +ventana. Un hombre en mitad de la plazoleta sosteníase agarrado al +cuello de su jaca, que respiraba jadeante, con las piernas temblonas, +como si fuese a desplomarse.</p> + +<p>—Abra usté, padrino—dijo con débil voz.—Soy yo, Rafaé, que vengo +jerío. Pa mí, que me han pasao de parte a parte.</p> + +<p>Entró en la casa, y María de la Luz, al asomarse tras la cortina de +percal de su cuarto, lanzó un alarido. Olvidando todo pudor, la muchacha +salió en camisa a ayudar a su padre, que apenas podía sostener al +mocetón, pálido con palidez de muerte, con las ropas salpicadas de +sangre negruzca y de otra fresca y roja que caía y caía por debajo de su +chaquetón, goteando en el suelo. Anonadado por su esfuerzo para llegar +hasta allí, Rafael se desplomó en la cama, contándolo todo con palabras +entrecortadas antes de desvanecerse.</p> + +<p>Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo. Él había +herido para abrirse paso, y en la huida le alcanzó una bala en la +espalda, debajo del hombro. En un ventorrillo le habían curado de +cualquier modo, con la misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y al +oír, en el silencio de la noche, con su fino oído de hombre de la +sierra, el trote de los caballos enemigos, había vuelto sobre la silla +para no dejarse coger. Un galope de leguas, desesperado, loco, haciendo +esfuerzos por mantenerse sobre los estribos, apretando sus piernas con +el estertor de una voluntad próxima a desvanecerse, rodándole la cabeza, +viendo nubes rojas en la oscuridad de la noche, mientras por el pecho y +la espalda se escurría algo viscoso y caliente, que parecía llevársele +la vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que no le cogieran: +y para esto, ningún refugio como Marchamalo, en aquella época que no +era de trabajo y los viñadores estaban ausentes. Además, si su destino +era morir, deseaba que fuese entre los que más quería en el mundo. Y sus +ojos se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos, +entre el lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino.</p> + +<p>—¡Rafaé! ¡Rafaé!—gemía María de la Luz inclinándose sobre el herido.</p> + +<p>Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, faltó muy +poco para que le besase en presencia de su padre.</p> + +<p>El caballo murió en la mañana siguiente, reventado por la loca carrera. +Su dueño se salvó después de una semana transcurrida entre la vida y la +muerte. El señor Fermín había traído de Jerez un médico, gran amigo de +Salvatierra, un compañero de la época heroica, acostumbrado a esta clase +de lances. Tuvo delirios que le hacían gritar con el terror de la +pesadilla, y cuando después de largos desvanecimientos desentornaba los +ojos, veía a María de la Luz sentada junto a la cama, inclinando sobre +él su cabeza, como si buscase en su aliento la llegada de la reacción +vital que habla de salvarle.</p> + +<p>La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida se +cicatrizó rápidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que su +ahijado tenía carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con un +balazo así: ¡pero, balitas a él, que era el mozo más valiente del campo +de Jerez!...</p> + +<p>Cuando el herido abandonó la cama, acompañábale María de la Luz en sus +vacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre los +dos había vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos, +ese recato tradicional que hace que los novios se adoren sin decírselo, +sin declararse su pasión, bastándoles el expresarla mudamente con los +ojos. La muchacha, que había vendado su herida, que había visto desnudo +su pecho robusto, perforado por aquel rasguño de labios violáceos, no +osaba ahora, que le veía de pie, ofrecerle su brazo cuando paseaba +vacilante, apoyándose en un bastón. Entre los dos marcábase un ancho +espacio, como si sus cuerpos se repeliesen instintivamente; pero los +ojos se buscaban, acariciándose con timidez.</p> + +<p>A la caída de la tarde, el señor Fermín se sentaba en un banco, bajo las +arcadas de su caserón, con la guitarra en las rodillas.</p> + +<p>—¡Venga de ahí, Mariquita de la Lú! Hay que alegrar un poquiyo al +enfermo.</p> + +<p>Y la muchacha rompía a cantar, con la cara grave y los ojos entornados, +como si cumpliese una función sacerdotal. Únicamente sonreía cuando su +mirada se encontraba con la de Rafael, que la escuchaba en éxtasis, +acompañando con débil palmoteo el rasguear melancólico de la guitarra +del señor Fermín.</p> + +<p>¡Oh, la voz de María de la Luz! Una voz grave, de entonaciones +melancólicas, como la de una mora habituada a eterna clausura que canta +para oídos invisibles tras las tupidas celosías: una voz que temblaba +con litúrgica solemnidad, como si meciese el sueño de una religión +misteriosa sólo de ella conocida. De repente, se adelgazaba, partiendo +como un relámpago hacia las alturas, hasta convertirse en un alarido +agudo, en un grito que serpenteaba, formando complicados arabescos de +salvaje bizarría.</p> + +<p>Las vulgares coplas, oídas por Rafael tantas veces en sus juergas con +las gitanas, parecían nuevas en los labios de María de la Luz. Adquirían +un sentimentalismo conmovedor, una unción religiosa en el silencio del +campo, como si aquella poesía ingenua y gallarda, cansada de rodar sobre +las mesas, manchadas de vino y de sangre, se rejuveneciera al tenderse +soñolienta en los surcos de la tierra bajo los pabellones de pámpanos. +La voz de María de la Luz era famosa en la ciudad. En Semana Santa, la +gente que presenciaba el paso de las procesiones de encapuchados a altas +horas de la noche, corría para oírla de más cerca.</p> + +<p>—Es la niña del capataz de Marchamalo que va a echarle una <i>saeta</i> al +Cristo.</p> + +<p>Y empujada por las amigas, abría los labios y ladeaba la cabeza con un +gesto lacrimoso, igual al de la Dolorosa; y el silencio de la noche, que +parecía agrandado por la emoción de una religiosidad lúgubre, rasgábase +con el lento y melódico quejido de aquella voz de cristal que lloraba +las trágicas escenas de la Pasión. Más de una vez la muchedumbre, +olvidando la santidad de la noche, prorrumpía en elogios a la gracia de +la chiquilla y en bendiciones a la madre que la había parido, sin +respetar el aparato inquisitorial del sagrado Entierro con sus negros +encapuchados y sus fúnebres blandones.</p> + +<p>En la viña no despertaba menores entusiasmos María de la Luz. Oyéndola +los dos hombres bajo las arcadas, sentíanse conmovidos, y sus almas +sencillas abríanse a la ráfaga de poesía del crepúsculo, mientras se +coloreaban las lejanas montañas con la puesta del sol, y Jerez teñía su +blancura con resplandores de incendio, destacándose sobre un cielo de +violeta en el que comenzaban a brillar las primeras estrellas.</p> + +<p>El canto quejumbroso y melancólico de los pueblos tristes y moribundos, +despertaba inexplicables recuerdos, ecos de una existencia anterior. El +alma morisca se estremecía en ellos oyendo aquellas coplas de muerte, de +sangre, de amores desesperados y fanfarronas amenazas. El viejo capataz, +enardecido por la voz de María de la Luz, parecía olvidar que era su +hija, y soltaba la guitarra para echarla su sombrero a los pies.</p> + +<p>—¡Olé mi niña! ¡Viva su pico de oro, la mare que la crió... y el pare +también!</p> + +<p>Y recobrando su gravedad, le decía al ahijado con el tono de un profesor +que enseña verdades de universal trascendencia:</p> + +<p>—Ese es er verdadero cante jondo... ¡Jerezano puro! Y si te icen que si +las seviyanas, que si las malagueñas, di que es pamplina. En Jerez está +la llave der cante. Eso lo declaran toos los sabios del mundo.</p> + +<p>Cuando Rafael se sintió fuerte tuvo que dar por terminado este período +de dulce intimidad. Una tarde habló a solas con el señor Fermín. Él no +podía seguir allí; pronto llegarían los viñadores, y la casa de +Marchamalo recobraría su animación de pequeño pueblo. Además, don Pablo +anunciaba su propósito de echar abajo el caserón, para construir aquel +castillo con el que soñaba como una glorificación de su familia. ¿Cómo +explicar Rafael su presencia en la viña? Era una vergüenza que un hombre +de sus energías permaneciese allí, sin ocupación, viviendo al amparo de +su padrino.</p> + +<p>El asunto de aquella noche parecía olvidado. No temía que le +persiguiesen, pero estaba resuelto a no volver a su antigua vida.</p> + +<p>—Con una basta, padrino; tenía su mercé razón. Ni esta es manera de +ganarse honradamente el pan, ni hay jembra que apechugue con un mozo que +por más dinero que traiga a casa puede morir de mala muerte.</p> + +<p>Él no sentía miedo, ¡eso nunca!, pero tenía sus planes para el porvenir. +Quería formarse una familia, como su padre, como su padrino, y no pasar +la vida echándolas de jaque en la montaña. Buscaría una ocupación más +honrada y tranquila, aunque conociese el hambre.</p> + +<p>Y entonces fue cuando el señor Fermín, valiéndose de su influencia con +los Dupont, hizo a Rafael aperador del cortijo de Matanzuela, propiedad +del sobrino del difunto don Pablo.</p> + +<p>El tal Luis había vuelto a Jerez hecho un hombre, después de una +continua peregrinación por todas las universidades de España, buscando +catedráticos de manga ancha que no tuviesen empeño en malograr futuros +abogados. Su tío le había impuesto la obligación de seguir una carrera, +y mientras aquél vivió, se había resignado a llevar la vida de +estudiante, ajustándose a los estrechos envíos de dinero y ampliándolos +con préstamos feroces, por los que firmaba a ojos cerrados cuantos +papeles querían presentarle los usureros. Pero al ver al frente de la +familia a su primo Pablo y próxima su mayor edad, se había negado a +continuar por más tiempo la comedia de sus estudios. Era rico, no quería +perder el tiempo en cosas que en nada le interesaban. Y tomando posesión +de sus bienes, comenzó la libre existencia de placeres con la que había +soñado en su estrecha vida de estudiante.</p> + +<p>Viajaba por toda España, pero ya no era para aprobar una asignatura aquí +y otra más allá: aspiraba a ser una autoridad en el arte taurino, un +grande hombre de la afición, e iba de plaza en plaza al lado de su +matador favorito, presenciando todas sus corridas. En invierno, cuando +descansaban sus ídolos, vivía en Jerez al cuidado de sus haciendas, y +este cuidado consistía en pasarse las noches en el <i>Círculo Caballista</i>, +discutiendo acaloradamente los méritos de su matador y la inferioridad +de sus rivales, pero con tal vehemencia, que por si una estocada +recibida años antes por un toro, del que no quedaban ni los huesos, +había sido caída o en su sitio, tentábase por encima de la ropa el +revólver, la navaja, todo el arsenal que llevaba sobre su persona, como +garantía del valor y la arrogancia con que resolvía sus asuntos.</p> + +<p>No salía caballo hermoso y de precio de las yeguadas jerezanas, que no +lo comprase, entablando pujas con su primo, que era más rico que él. Por +la noche, los montañeses de los colmados le veían entrar como un +presagio de borrasca, seguros de que acabaría rompiendo botellas y +platos y echando las sillas por el aire, para demostrar que era muy +hombre y podía después pagarlo todo a triple precio. Su ambición +estribaba en ser el continuador del glorioso marqués de San Dionisio, +pero en el <i>Círculo Caballista</i> decían de él que no era más que su +caricatura.</p> + +<p>—Le farta el señorío, el <i>aquel</i> del bendito marqué—decía el señor +Fermín al enterarse de las hazañas de Luis, al que conocía desde niño.</p> + +<p>Las mujeres y los valientes eran las dos pasiones del señorito. Con +ellas no se mostraba muy generoso; deseaba ser adorado por sus méritos +de jinete arrogante, creyendo de buena fe que todos los balcones de +Jerez se estremecían con la palpitación de corazones ocultos cuando +pasaba él montando el último caballo que acababa de adquirir. Con la +corte que le acompañaba de parásitos y matones era más espléndido. No +había en todo el término de Jerez un valentón de fama triste que no +acudiese a él atraído por su liberalidad. Los que salían de presidio no +tenían que preocuparse de su suerte; don Luis era un buen amigo y además +de darles dinero, les admiraba. Cuando a altas horas de la noche, al +final de las francachelas en los colmados, sentíase borracho, +despreciaba a sus queridas para fijar toda su admiración en los hombres +de bronce que le acompañaban. Hacía que le mostrasen las cicatrices de +sus heridas, que le relatasen sus heroicas peleas. Muchas veces, en el +<i>Círculo Caballista</i> señalaba a los amigos algún hombre malcarado que le +aguardaba en la puerta.</p> + +<p>—Ese es el <i>Chivo</i>—decía con el orgullo de un príncipe que habla de +sus grandes generales.—Un hombre a quien le arrastran las borlas por el +suelo. Entre tiros y cuchilladas tiene más de cincuenta cicatrices en el +pellejo.</p> + +<p>Miraba a todos con insolente superioridad, como si las cicatrices del +amigote fuesen una declaración de su propio valor, y vivía feliz +creyendo que en todo Jerez no había quien le disputase su guapeza con +los hombres y su buena fortuna con las mujeres.</p> + +<p>Cuando el capataz de Marchamalo le habló en favor de Rafael, el señorito +lo admitió inmediatamente. Había oído hablar del muchacho; era de los +suyos (y al decir esto tomaba el aire protector de un maestro), +recordaba ciertos tiros en la sierra y el miedo que le tenían los del +resguardo. Nada: que se quedaba con él; así le gustaban los hombres.</p> + +<p>—Te colocaré en mi cortijo de Matanzuela—dijo acariciando con +amistosas palmadas a Rafael, como si fuese un nuevo discípulo.—El +aperador que tengo es un viejo medio cegato, del que se ríen los +gañanes. Y ya sabemos lo que son los trabajadores: ¡mala gente! Con +ellos, el pan en una mano, y el garrote en la otra. Necesito un hombre +como tú, que los meta en cintura y cuide mis intereses.</p> + +<p>Y Rafael se fue al cortijo, no volviendo a la viña más que una vez por +semana, cuando iba a Jerez para hablar al amo de los asuntos de la +labranza. Muchas veces tenía que buscarlo en la casa de alguna de sus +protegidas. Le recibía en la cama, incorporándose sobre el almohadón, en +el que descansaba otra cabeza. El nuevo aperador reía a solas las +fanfarronadas de su amo, más atento a recomendarle la dureza y que +«metiese en cintura» a los holgazanes que trabajaban sus campos, que a +enterarse de las operaciones agrícolas, echando la culpa de las malas +cosechas a los gañanes, una canalla que no quería trabajar y deseaba que +los amos se convirtiesen en criados, como si el mundo pudiera volverse +del revés.</p> + +<p>Don Luis llegaba a olvidarse de sus aficiones matonescas y sus hazañas +amorosas, cuando hablaba de la gente zafia de los campos que, movida por +falsos apóstoles, quería repartírselo todo. Él había estudiado (lo +declaraba pomposamente en el <i>Círculo Caballista</i>, sin reparar en las +sonrisas de los que le escuchaban), él sabía que lo que deseaban los +trabajadores eran <i>utopias</i>, eso es; <i>utopias</i> (y repetía con +delectación la palabra), y que todo lo que ocurría era por culpa de los +gobiernos que no «meten en cintura» a los gañanes, y también por falta +de religión. Si señor; la religión: este era el freno del pobre, y como +cada vez había menos, los de abajo, con el pretexto del hambre, querían +comerse a los de arriba.</p> + +<p>Estas palabras ya no hacían sonreír a los socios del <i>Caballista</i>, sino +que las aprobaban con fervorosos gestos, con toda su fe de ricos +labradores, que encogían los hombros cuando algún iluso proponía +pantanos y canales, y todos los años costeaban grandes fiestas a la +Virgen de la Merced, sacándola en rogativa apenas faltaba el agua a sus +campos.</p> + +<p>A pesar de estas ideas que propalaba Luis en sus momentos de seriedad, +afirmando que mejor andarían las cosas si él gobernase, don Pablo +Dupont abominaba de su primo, considerándolo una vergüenza de la +familia.</p> + +<p>Este pariente, que renovaba los escándalos del de San Dionisio, +agravados, según doña Elvira, por su origen plebeyo, era una calamidad +en una casa que siempre había infundido respeto por su nobleza y santas +costumbres. Para mayor desgracia estaban las niñas del marqués, Lola y +Mercedes. ¡Las veces que su tía se sofocó de indignación, +sorprendiéndolas por la noche en una reja baja de su hotel, hablando con +los novios, que se renovaban casi semanalmente! Tan pronto eran +tenientes de la remonta, como señoritos del <i>Caballista</i>, o ingleses +jóvenes, empleados en los escritorios, que se entusiasmaban <i>pelando la +pava</i> al estilo del país y hacían reír a las niñas con su andaluz +chapurreado británicamente. No había muchacho en Jerez que no tuviese su +rato de conversación con las desenvueltas <i>marquesitas</i>. Ellas hacían +frente a todos: bastaba pararse ante sus rejas para entablar diálogo, y +los que pasaban sin detenerse eran perseguidos por las risas y los +siseos irónicos que sonaban a sus espaldas. La viuda de Dupont no podía +dominar a sus sobrinas, y éstas, por su parte, así como iban creciendo, +mostrábanse más insolentes con la devota señora. Era en vano que su +primo las prohibiese salir a las rejas. Burlábanse de él y su madre, +añadiendo que ellas no habían nacido para monjas. Escuchaban con gesto +hipócrita las pláticas del confesor de doña Elvira recomendándolas la +sumisión, y hacían uso de toda clase de astucias para comunicarse con +los galanes de a pie y de a caballo que rondaban la calle.</p> + +<p>Un señorito del <i>Caballista</i>, hijo de un cosechero, gran amigo de la +casa Dupont, se enamoró de Lola, pidiéndola en matrimonio +apresuradamente, como si temiera que se le escapase.</p> + +<p>Doña Elvira y su hijo aceptaron la demanda: en el <i>Círculo</i> causó +asombro el valor de aquel muchacho casándose con una de las hijas del +marqués de San Dionisio.</p> + +<p>Este matrimonio fue para las dos hermanas una liberación. La soltera se +marchó con la otra, gozosa de emanciparse por fin de la tía huraña y +devota, y a los pocos meses volvieron a reanudar en casa del marido las +costumbres que observaban cerca de los Dupont. Mercedes pasaba la noche +en la reja en apretada intimidad con los novios: su hermana acompañábala +con cierto aire de señora mayor, y hablaba con otros para no perder el +tiempo. El marido protestaba, intentando rebelarse. Pero las dos se +indignaban contra él porque osaba interpretar estas diversiones +inocentes de un modo ofensivo para su pudor.</p> + +<p>¡Qué de disgustos proporcionaron las dos <i>Marquesitas</i>, como las +llamaban en la ciudad, a la austera doña Elvira!... Mercedes, la +soltera, se fugó con un inglés rico. De tarde en tarde llegaban vagas +noticias que hacían palidecer de rabia a la noble señora. Unas veces la +veían en París, otras en Madrid, llevando una vida de <i>cocotte</i> +elegante. Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraía a +docenas con su gracia picaresca. Además, en ciertas vanidades producía +gran impresión el título de marquesa de San Dionisio, que había unido a +su nombre, y la corona nobiliaria con que adornaba sus camisas de noche +y las sábanas de una cama tan frecuentada como la acera de una gran +calle.</p> + +<p>La viuda de Dupont creyó morir al saber tales cosas. ¡Señor, y para esto +habían nacido los preclaros varones de su familia, virreyes, arzobispos +y capitanes, dándoles los monarcas títulos y señoríos! ¡Para que tanta +gloria sirviese de prospecto a una mala mujer!... Y aun ésta resultaba +la mejor de las dos. Al fin había huido por no afrentar de cerca a su +familia, y si vivía en el pecado, era entre hombres de cierto linaje, +siempre con personas decentes, como si influyesen en ella los respetos +al rango de su familia.</p> + +<p>Pero quedaba la otra, la mayor, la casada, y ésta quería acabar con +todos los parientes matándolos de vergüenza. Su vida conyugal, después +de la fuga de Mercedes, fue un infierno. El marido vivía en perpetuo +recelo, marchando a ciegas en sus sospechas, no sabiendo en quién +fijarse, pues su mujer miraba del mismo modo a todos los hombres, como +si se ofreciera con los ojos, hablándoles con una libertad que incitaba +a toda clase de audacias. Sintió celos de Fermín Montenegro, que acababa +de llegar de Londres, y reanudando su intimidad infantil con Lola, la +visitaba con frecuencia, atraído por su picaresco lenguaje.</p> + +<p>Las escenas domésticas acababan a golpes. El marido, aconsejado por los +amigos, acudía a la bofetada y al palo, para domar a «la mala bestia», +pero la tal bestiecilla justificaba el apodo, pues al revolverse con el +vigor y la acometividad de una infancia bravía digna de su ilustre +padre, devolvía los golpes de tal modo, que siempre era el cónyuge el +que resultaba peor librado.</p> + +<p>Muchas veces se presentaba en el <i>Círculo Caballista</i> con arañazos en la +cara o amoratadas señales.</p> + +<p>—Con esa no puedes tú—le decían los amigos en un tono de compasión +cómica.—Es mucha mujer para ti.</p> + +<p>Y celebraban la energía de Lola, la admiraban, con la secreta esperanza +de ser algún día de los favorecidos.</p> + +<p>El escándalo fue tan grande, que el marido se retiró a la casa de sus +padres y la <i>Marquesita</i> pudo por fin vivir a sus anchas.</p> + +<p>—Márchate—la dijo un día su primo Dupont.—Tú y tu hermana sois +nuestra deshonra. Huye lejos, y donde estés yo te enviaré lo necesario +para que vivas.</p> + +<p>Pero Lola contestó con un ademán impúdico, gozándose en escandalizar a +su devoto pariente. No le daba la gana de irse, y no se iba. Ella era +muy <i>flamenca</i>; le gustaba la tierra y su gente. Marcharse sería poco +menos que morir.</p> + +<p>Anduvo algún tiempo por Madrid con su hermana, pero sus viajes fueron de +corta duración. Era una <i>cañí</i>, una hija legítima del marqués de San +Dionisio. ¡Que no le quitasen a ella sus <i>juerguecitas</i> hasta el +amanecer, tocando palmas y taconeando sentada, con las faldas en las +rodillas! ¡Que no la privasen del vino de la tierra, que era su sangre y +su felicidad! Si rabiaba la familia, que rabiase. Ella quería ser gitana +como su padre. Aborrecía a los señoritos; le gustaban los hombres con +sombrero pavero, y si llevaban zajones, mejor; pero muy hombres, oliendo +a cuadra y a macho sudoroso. Y paseaba su belleza de rubia fina con +carnes de porcelana por los colmados y ventorrillos, tratando con una +fraternidad exagerada a los cantaoras y rameras que intervenían en las +<i>juergas</i>, exigiendo que la tuteasen, y riendo con nerviosa alegría de +borracha cuando los hombres, embrutecidos por el vino, sacaban las +navajas y las hembras se apelotonaban asustadas en un rincón.</p> + +<p>Esta vida de embriaguez, estrépito, pelea y caricias alcohólicas que +había entrevisto de niña en lo casa paterna, atraíala con fuerza +ancestral, entregándose a ella sin remordimiento, como si continuase una +tradición de familia. En sus excursiones nocturnas, cogida del brazo +del galán rústico que disfrutaba de su momentáneo apasionamiento, se +encontraba con Luis Dupont y su cortejo de gente alegre. Llamábanse +primos por su lejano parentesco, se embriagaban juntos, y Luis afirmaba +su resolución de ir a tiros con todo el que no confesase que la +<i>Marquesita</i> era «la mujer más barbiana de la tierra». Pero a pesar de +los abandonos de Lola, que permitían al calavera apreciar sus secretos +físicos, y de que más de una vez la acompañó hasta su casa por las +desiertas calles, haciendo esfuerzos por contener sus arrebatos de +histérica que la impulsaban al escándalo, nunca sus relaciones pasaron +de una intimidad amistosa. Luis sentía ciertos entorpecimientos en el +deseo y dejaba para más adelante la fácil empresa, como si le cohibiese +el recuerdo del período de la infancia que habían pasado juntos.</p> + +<p>Toda la ciudad comentaba los escándalos de la <i>Marquesita</i> a la que +regocijaba mucho el asombro de las gentes tranquilas.</p> + +<p>Lo mismo la veían en las principales calles elegantemente vestida o en +el Campo de la Feria en un lujoso carruaje, como se presentaba +despeinada y envuelta en un mantón copiando el andar de las mozas bravas +y contestando a los requiebros de los hombres con palabras que +ruborizaban a muchos. Gustaba de sonreír con gestos de misteriosa +complicidad a los pacíficos señores que pasaban junto a ella con sus +familias. Después reía como una loca pensando en las querellas +conyugales que estallaban al volver a casa aquellos matrimonios honrados +y solemnes que ella había tratado cuando vivía con su esposo. En una +acera de la calle Larga, ante las mesas de los principales casinos, +había besado a un amigo con exagerados transportes de pasión, entre el +griterío de la gente que salía a las puertas.</p> + +<p>Su último amor era un mozo tratante en cerdos, un atleta chato y cejudo +con el que vivía en el arrabal. Un secreto poder de este macho fuerte la +enloquecía. Hablaba de él con orgullo, gozándose en el contraste entre +su nacimiento y la profesión de su amante. De vez en cuando sufría +arrebatos de veleidad y se ausentaba de la casucha del arrabal por +algunos días. El zafio amante no la buscaba, dando su vuelta por segura; +y al regresar el pájaro caprichoso, todo el barrio poníase en alarma con +los golpes y los gritos, saliendo la <i>Marquesita</i> al balcón con el pelo +suelto, pidiendo socorro, hasta que una zarpa la arrancaba de los +hierros y la metía dentro para continuar el vapuleo.</p> + +<p>Si algún amigo le hablaba con tono de zumba de las amorosas palizas, +contestaba con orgullo:</p> + +<p>—Me pega porque me aprecia, y yo le quiero porque es el único que me +entiende. Mi porquero es todo un hombre.</p> + +<p>Los escándalos de la <i>Marquesita</i> indignaban a muchos y regocijaban a +los más. La gente popular la miraba con cierta simpatía, como si con sus +envilecimientos halagase el instinto igualitario de los de abajo. Las +familias ricas y devotas que no podían negar su parentesco con los de +San Dionisio, buscado antes como un título de orgullo, decían con +resignación: «Debe de estar loca; Dios tocará su alma para que se +arrepienta».</p> + +<p>Los que no se resignaban eran los Dupont: don Pablo y su madre, que +volvían a su hotel malhumorados y confusos cada vez que veían en las +calles el rubio moño y la sonrisa insolente de Lola. Les parecía que la +gente era menos respetuosa con ellos por culpa de la mala hembra, +deshonra de la familia. Hasta creían ver en los criados cierta sonrisa, +como si les alegrase la afrenta que aquella loca infería a sus +parientes. Los señores de Dupont comenzaron a frecuentar menos las +calles de la ciudad, pasando muchos días en su finca de Marchamalo, para +evitar todo encuentro con la <i>Marquesita</i> y con las gentes que +comentaban sus excentricidades.</p> + +<p>Este alejamiento de Jerez permitió a Dupont realizar sus ensueños sobre +Marchamalo. Echó abajo el antiguo caserón y construyó lagares nuevos, +una hermosa casa para su familia, una capilla espaciosa y rica como un +templo, y un torreón cuadrado, con puntiagudas almenas, dominando el +oleaje de colinas cubiertas de cepas, que formaban el gran dominio de +Marchamalo. Todo era nuevo y sólido, construido con gran derroche de +dinero. Únicamente dejó Dupont en pie la casa de los viñadores, para que +la finca no perdiese por completo su carácter tradicional, conservando +la cocina ennegrecida por el humo de muchos años, en la que dormían los +jornaleros en torno del <i>fogaril</i>, sobre una esterilla de enea, única +cama que les proporcionaba el señor.</p> + +<p>Fermín Montenegro, al ir en los días de fiesta a visitar a su familia, +se encontraba siempre con los amos. Así fue aumentando insensiblemente +su trato con don Pablo. En medio de la campiña, bajo el cielo de intenso +azul, parecía dulcificarse el carácter imperioso de Dupont, haciéndole +tratar a su subordinado con más afecto que en el escritorio.</p> + +<p>Contemplando el oleaje de cepas que cubría las pendientes blanquecinas, +el rico cosechero admiraba la fertilidad de su finca, atribuyéndola +modestamente a la protección de Dios. Algunas manchas yermas extendían +su trágica desolación entre el follaje de los pámpanos. Eran los rastros +de la filoxera que había arruinado a medio Jerez. Los cosecheros, +quebrantados por la baja de los vinos, no tenían medios para replantar +sus viñas. Era aquella una tierra aristocrática y cara, que sólo los +ricos podían cultivar. Poner de nuevo en explotación una aranzada +costaba tanto como el mantenimiento de una familia <i>decente</i> durante un +año. Pero la casa Dupont era opulenta y podía hacer frente a la plaga.</p> + +<p>—Mira, Ferminillo—decía don Pablo;—todos esos claros los voy a +plantar de vid americana. Con esto, y, sobre todo, con el auxilio de +Dios, ya verás como la cosa marcha bien. El Señor está con los que le +aman.</p> + +<p>Doña Elvira, por su parte, no descendía a hacer confidente de sus +pensamientos a la familia de Montenegro, pero se dignaba hablarla con +cierta llaneza, lo que producía asombro en sus domésticos de la ciudad. +La noble señora sentía ablandarse su orgullo viviendo en el campo. +Hablaba con el señor Fermín queriendo averiguar a qué iglesia de Jerez +iba los domingos con María de la Luz, para oír misa... Al ver a la hija +del capataz abstraerse, poniendo su pensamiento lejos, muy lejos, en el +cortijo donde vivía Rafael, la buena señora interpretaba esta tristeza +como un anhelo de recogimiento, y la ofrecía su protección.</p> + +<p>—No, señora—decía sonriendo la muchacha;—no quiero ser monja. A mí me +tira la vida.</p> + +<p>Para Fermín Montenegro no eran un secreto los disgustos de carácter +espiritual, las grandes contrariedades que sufría la viuda de Dupont por +culpa de los negocios. Su hijo tenía que tratar gentes de todas clases, +herejes y hombres sin religión; extranjeros que consumían los vinos de +la casa, y al pasar por Jerez habían de ser recibidos con el agasajo que +merecen los buenos clientes. ¡Ser buenos servidores del Señor y tener +que tratar a sus enemigos como si fuesen iguales! En vano los Padres de +la iglesia de San Ignacio disipaban sus escrúpulos recordándola la +importancia de los negocios y la influencia que una casa tan poderosa +ejercía sobre la religiosidad de Jerez. Doña Elvira sólo se reconciliaba +con sus famosas bodegas cuando una vez por año salía con destino a Roma +una barrica de vino, dulce y espeso como jarabe, destinado a la misa del +Pontífice por recomendación de varios obispos, amigos de la casa. Este +honor la servía de lenitivo. Pero aun así, ¡qué angustias no la hacían +sufrir aquellos extranjeros rubios y antipáticos que tenían la audacia +de leer la Biblia a su modo y en su lengua, sin creer en Su Santidad, ni +ir a misa!...</p> + +<p>Montenegro conocía uno de los últimos disgustos de la piadosa señora, +que le habían relatado los criados de la casa.</p> + +<p>Los Dupont tenían un viajante sueco, el mejor agente de su negocio. +Colocaba miles y miles de botellas del vino de fuego que producía +Marchamalo, en aquellos países septentrionales de noches casi eternas y +días de pleno sol, que duran meses. El viajante, después de muchos años +de servicios a la casa, había venido a España, pasando por Jerez, para +conocer personalmente a los Dupont. Don Pablo había creído indispensable +el invitarlo a comer con su familia.</p> + +<p>Horrible tormento el que sufrió su madre ante aquel desconocido, enorme +de cuerpo, rojo y hablador, con esa alegría infantil de los hombres del +Norte cuando se ponen en contacto con el sol y los vinos de los países +cálidos.</p> + +<p>Doña Elvira acogía con una sonrisa traidora su charla incesante en un +español trabajoso; los gritos de asombro que le arrancaba el haber visto +tantas iglesias, tantos frailes y curas, tantos mendigos, los campos +cultivados como en los tiempos prehistóricos, las costumbres bárbaras y +pintorescas, las plazas de ciertas poblaciones llenas de hombres con los +brazos cruzados y el cigarrillo en la boca, esperando que fuesen a +alquilarles.</p> + +<p>Dupont tosía fingiéndose distraído como si no oyese al huésped, mientras +su madre seguía con asombro los estragos que hacía el forastero en los +platos. ¡Qué manera de comer! Aquello no podía hacerlo un cristiano. +Además era rojo, como Luzbel y Judas, el color de todos los enemigos de +Dios, y su cara inflamada, de ogro en plena digestión, le hacía recordar +las de los malos espíritus que gesticulaban horrorosos en las láminas de +su devocionario. ¡Y tener que tratar herejes de esta clase, que se +burlaban de un país cristiano porque aún conserva puros e intactos los +recuerdos de tiempos más felices! ¡Verse obligada a sonreírle, porque +era el mejor cliente de la casa!...</p> + +<p>Cuando Dupont se lo llevó, terminada la comida, la señora hizo que los +criados quitasen apresuradamente el cubierto, los vasos, todo lo que +había servido al forastero, sin que ella se atreviese a tocarlo. ¡Que +jamás volviese a ver <i>aquello</i> en la mesa! El negocio era una cosa y +otra el alma, que debía conservarse limpia de todo contacto impuro.</p> + +<p>Y al volver los criados al comedor vieron a doña Elvira, con la pililla +de agua bendita de su dormitorio, rociando apresuradamente la silla en +que se había sentado el ogro rojo e impío.</p> + + + +<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p> + +<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3> + + +<p>Cuando la docena de perros, bien contada, que tenía el cortijo de +Matanzuela, galgos, mastines y podencos, olfateaban a medio día el +regreso del aperador, saludaban con fieros aullidos y tirones de cadena +el trote de la jaca, y avisado por estas señales el tío Antonio, +conocido por el apodo de <i>Zarandilla</i>, asomábase al portalón para +recibir a Rafael.</p> + +<p>El viejo había sido durante mucho tiempo aperador del cortijo. Le tomó a +su servicio el antiguo dueño, hermano del difunto don Pablo Dupont; pero +el amo actual, el alegre don Luis, quería rodearse de gente joven, y +teniendo en cuenta sus años y la debilidad de su vista, lo había +sustituido con Rafael. Y muchas gracias—como él decía con su +resignación de labriego—por no haberle enviado a mendigar en los +caminos, permitiéndole que viviese en el cortijo con su compañera, a +cambio de ocuparse la vieja del cuidado de las aves que llenaban el +corral y de ayudar él al encargado de las pocilgas que se alineaban a +espaldas del edificio. ¡Hermoso final de una vida de incesante trabajo, +con la espina quebrada por una curvatura de tantos años escardando los +campos o segando el trigo!...</p> + +<p>Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban otra +satisfacción en su miseria que el excelente carácter de Rafael. Como dos +perros viejos, a los que se reserva por lástima un poco de pitanza, +esperaban la hora de la muerte en su tugurio junto al portalón del +cortijo. Sólo la bondad del nuevo aperador hacía llevadera su suerte. El +tío <i>Zarandilla</i> pasaba las horas sentado en uno de los bancos al lado +de la puerta, mirando fijamente, con sus ojos opacos, los campos de +interminables surcos, sin que el aperador le regañase por su indolencia +senil. La vieja quería a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y su +comida, y él pagaba con largueza estos pequeños servicios. ¡Bendito sea +Dios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo guapo al único hijo que +los viejos habían tenido; un pobrecito que había muerto siendo soldado, +en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le parecía poco a la +seña Eduvigis para el aperador. Reñía al marido porque no se mostraba, +según ella, bastante amable y solícito con Rafael. Antes de que los +perros anunciasen su proximidad, oía ella el trotar del caballo.</p> + +<p>—¡Pero, cegato!—gritaba a su marido.—¿No oyes que viene Rafaé? Anda a +sostenerle el cabayo, mardecío.</p> + +<p>Y el viejo salía al encuentro del aperador, mirando de frente, con sus +ojos inmóviles, que sólo percibían la silueta de los objetos en una +niebla gris, moviendo las manos y la cabeza con un temblor de vejez +exhausta y agotada que le valía el apodo de <i>Zarandilla</i>.</p> + +<p>Entraba Rafael en el cortijo sobre su briosa jaca, erguido y arrogante +como un centauro, y con gran retintín de espuelas y roce de los zajones +de cuero, se apeaba en el patio, mientras su cabalgadura golpeaba los +guijarros, como si aún desease emprender un nuevo galope.</p> + +<p><i>Zarandilla</i> descolgaba la escopeta del arzón, arma que más de una vez +tenía que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a los +arrieros que bajaban carbón de la sierra y al detenerse al borde del +camino, soltaban a pacer sus bestias en los <i>manchones</i>, tierras sin +cultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en la +dehesa. Después recogía la <i>chivata</i> caída en el suelo, una larga +pértiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, para +arrear a las reses que encontraba dentro de los sembrados.</p> + +<p>Mientras el viejo llevaba el caballo a la cuadra, Rafael se despojaba de +los zajones, y entraba con la alegría de la juventud y del apetito +despierto en la cocina de los viejos.</p> + +<p>—Mare Eduvigis, ¿qué tenemos hoy?</p> + +<p>—Lo que a ti te gusta, condenao: ajito caliente.</p> + +<p>Y los dos sonreían, aspirando el tufillo de la cazuela, donde acababan +de cocerse el pan y el ajo, bien majados. La anciana ponía la mesa, +sonriendo a los elogios con que celebraba Rafael sus manos de +guisandera. Ya no era más que una ruina: podía burlarse de ella el +muchacho, pero en otro tiempo le habían dicho cosas mejores los +caballeros que venían con el difunto amo a ver los potros del cortijo, +celebrando las comidas que ella les guisaba.</p> + +<p>Al sentarse <i>Zarandilla</i> a la mesa, de vuelta de la cuadra, la primera +mirada de sus ojos opacos era para la botella de vino, e instintivamente +avanzaba sus manos temblonas. Era un lujo que había introducido Rafael +en las comidas del cortijo. ¡Bien se reconocía en esto su juventud de +mozo rumboso, acostumbrado al trato con los caballeros de Jerez, y sus +visitas a Marchamalo, la famosa viña de los Dupont!... Años enteros +había pasado el viejo cuando era aperador sin otra alegría que la de +deslizarse, a espaldas de su mujer, hasta los ventorrillos de la +carretera, o la de ir a Jerez con pretexto de llevar a la familia del +amo alguna cesta de huevos o un par de capones, viajes de los que +regresaba cantando, con la mirada chispeante, las piernas inseguras y en +la cabeza un repuesto de alegría para toda una semana. Si alguna vez +había soñado con la fortuna, era sin otra ambición que la de beber como +el más rico caballero de la ciudad.</p> + +<p>Adoraba el vino con el entusiasmo de la gente del campo que no conoce +otro alimento que el pan de las teleras, el pan de los gazpachos o el +ajo caliente, y obligada a rociar con agua esta comida insípida, sin +otra grasa que el hediondo aceite del condimento, sueña con el vino, +viendo en él la energía de su existencia, la alegría de su pensamiento. +Los pobres anhelaban con vehemencia de anémicos esta sangre de la +tierra. El vaso de vino mitigaba el hambre y alegraba la vida un momento +con su fuego: era un rayo de sol que pasaba por el estómago. Por esto, +<i>Zarandilla</i>, más que de los guisos de su mujer, se preocupaba de la +botella, manteniéndola al alcance de su mano, calculando previamente, +con avaricia infantil, lo que podría beber Rafael, y asignándose el +resto, sin consideración alguna, a la mujer que aprovechaba el menor +descuido para retirarla, guardándose su parte.</p> + +<p>Rafael, no pudiendo por los hábitos de su primera juventud acostumbrarse +a la sobriedad del cortijo, encargaba al <i>sobajanero</i> (un muchacho, que +iba diariamente a Jerez en un borriquillo) que renovase de vez en cuando +su provisión de vino; pero la guardaba bajo llave, temiendo la +intemperancia de los viejos.</p> + +<p>La comida transcurría en medio del solemne silencio del campo, que +parecía colarse en el cortijo por el abierto portón. Los gorriones +piaban en los tejados; las gallinas cocleaban en el patio, picoteando, +con las plumas erizadas, los intersticios del pavimento de guijarros. De +la gran cuadra llegaban los relinchos de los caballos sementales y los +rebuznos de los garañones, acompañados de pataleos y bufidos de gula +satisfecha ante el pesebre lleno. De vez en cuando, un conejo asomaba a +la puerta del tugurio sus orejas desmayadas, huyendo con medroso trote a +la más leve voz, temblándole el rabillo sobre las posaderas sedosas, y +de las lejanas pocilgas llegaban ronquidos de fiera, revelando una lucha +de empellones de grasa y mordiscos traidores en torno de los barreños de +bazofia. Cuando cesaban estos rumores de vida, tornaba a extenderse con +religiosa majestad el silencio del campo, rasgado tenuemente por el +arrullo de las palomas o el lejano campanilleo de una recua, +deslizándose por la carretera que cortaba la inmensidad de tierras +amarillas, como un río de polvo.</p> + +<p>En esta calma patriarcal, fumando sus cigarrillos (otra buena costumbre +que el viejo agradecía a Rafael), los dos hombres hablaban lentamente de +los trabajos del cortijo, con toda la gravedad que las gentes del campo +ponen en los asuntos de la tierra.</p> + +<p>El aperador calculaba los viajes que había de hacer a una dehesa +propiedad de don Luis, donde invernaban la torada y la yeguada del +cortijo. La responsabilidad era del yegüero; pero don Luis, a quien +interesaba más su ganadería que todas las cosechas, quería estar al +corriente del estado de sus yeguas, y era por su salud por lo primero +que preguntaba a Rafael siempre que le veía.</p> + +<p>Al volver de sus viajes, Rafael hablaba con cierta admiración del +yegüero y de los <i>veladores</i> a sus órdenes que cuidaban el ganado +durante la noche. Eran hombres de una honradez primitiva, con el +espíritu petrificado por la soledad y la monotonía de su existencia. +Pasaban los días sin hablar, sin otra manifestación de pensamiento que +los gritos a los animales sometidos a su custodia: «¡Aquí, <i>Careto</i>!»... +«¡Anda a otro sitio, <i>Resalá</i>!» Y los bueyes y las yeguas obedecían sus +voces y sus gestos, como si la continua comunicación de las bestias y el +hombre acabase por elevar a unos y rebajar a otros, fundiendo las +especies.</p> + +<p>El antiguo contrabandista creía traer una provisión de nueva vida cuando +bajaba al llano, al campo de interminables surcos que se perdían en el +horizonte y sobre los cuales sudaba encorvada una muchedumbre turbulenta +y miserable, roída por el odio y las necesidades.</p> + +<p>La sierra era el escenario de su aventurera juventud, y al volver al +cortijo recordaba con entusiasmo las montañas cubiertas de acebuches, +alcornoques y encinas; las profundas cañadas con espesuras de +lentisclos; las altas adelfas orlando los riachuelos, en cuya corriente +servían de pasos grandes fragmentos de columnas con arabescos que el +agua iba borrando poco a poco; y en el fondo, sobre las cumbres, las +ruinas de alcázares moriscos, el castillo de <i>Fátima</i>, el castillo de la +<i>Mora Encantada</i>, una decoración que hacia recordar los cuentos de los +crepúsculos de invierno junto a la chimenea del cortijo.</p> + +<p>Zumbaban los insectos sobre las inquietas crestas de la maleza; +arrastrábanse los lagartos entre las piedras; sonaban a lo lejos las +esquilas con acompañamiento de balidos, y de vez en cuando, al trotar el +caballo de Rafael por unos caminos que nunca habían conocido la rueda, +abríase en lo alto de un ribazo la cortina de matorrales, asomando los +cuernos y el hocico babeante de una vaca o el testuz curioso de un +ternero que parecía extrañar la presencia de un hombre que no fuese el +pastor.</p> + +<p>Otras veces eran las yeguas de larga cola y sueltas crines que temblaban +un momento con salvaje sorpresa al ver al jinete y huían monte arriba +con violentas ondulaciones de ancas. Los potros las seguían, con las +patas grotescamente cubiertas de pelo, como si llevasen pantalones.</p> + +<p>Rafael miraba asombrado a los zagales nacidos en la sierra. Eran tímidos +y huraños con la gente que llegaba de aquella llanura, a la que volvían +los ojos con cierto temor supersticioso, como si en ella residiese el +misterio de la vida. Eran pedazos de naturaleza, de una existencia +rudimentaria y monótana. Andaban y vivían como podrían hacerlo un árbol +o una piedra animados de movimiento. En su cerebro, insensible a todo lo +que no fuesen sensaciones animales, apenas si las exigencias de la vida +habían hecho florecer un ligero musgo de pensamiento. Miraban como +fetiches milagrosos las grandes verrugas de los alcornoques, con las que +podían fabricarse los <i>tornillos</i>, cazuelas naturales para confeccionar +el gazpacho. Buscaban las pieles viejas de culebra, abandonadas entre +los guijarros al cambiar de envoltura el reptil y festoneaban los caños +de las fuentes con estos pellejos oscuros, atribuyendo a su ofrenda +influencias misteriosas. Los largos días de inmovilidad en el monte, +vigilando el pastar de las bestias, extinguía lentamente todo lo que en +estos muchachos había de humano.</p> + +<p>Cuando una vez por semana bajaba el mayor de los zagales a Matanzuela +para llevarse las provisiones de vaqueros y yegüerizos, el aperador +gustaba de hablar con este muchachón rudo y sombrío, que parecía un +superviviente de las razas primitivas. Siempre le hacía la misma +pregunta.</p> + +<p>—Vamos a ver. ¿Qué es lo que te gusta más? ¿Qué es lo que deseas?...</p> + +<p>El mocetón contestaba sin vacilar; como si de antemano tuviese bien +determinados todos sus deseos.</p> + +<p>—Casáme, jartáme y moríme...</p> + +<p>Y al decir esto, enseñaba sus dientes blancos y fuertes de salvaje, con +una expresión de hambre feroz: hambre de comida y de carne femenil, +deseos de atracarse de una vez de aquellas cosas maravillosas que, según +vagas noticias, devoraban los ricos; de gustar de un solo trago el amor +brutal que turbaba sus sueños de jayán casto; de conocer la hembra, +divinidad que admiraba de lejos al descender de la sierra y cuyos +tesoros ocultos creía adivinar contemplando las grupas lustrosas y +ágiles de las yeguas, las ubres sonrosadas y blancas de las vacas... ¡Y +después, morirse! como si conocidas y apuradas estas sensaciones +misteriosas, no restase nada de bueno en su vida de trabajo y +privaciones.</p> + +<p>¡Y estos zagales, condenados al salvajismo desde su nacimiento, como las +criaturas a las que se deforma para explotar su fealdad, ganaban treinta +reales al mes, a más de una triste pitanza que no acallaba los +estremecimientos de su estómago excitado por el aire de la montaña y las +aguas puras de las fuentes! ¡Y sus jefes, los yegüeros y vaqueros, +tenían dos reales y medio cuando más, sin fiesta alguna durante el año; +todos los días lo mismo, viviendo aislados, con su mísera hembra que +procreaba pequeños salvajes, dentro de un chozón, negro y ahumado, un +verdadero ataúd sin más entrada que un agujero de madriguera, las +paredes de pedruscos sueltos y una cubierta de hojas de corcho!...</p> + +<p>Rafael admiraba su probidad. Un hombre y dos zagales viviendo en esta +miseria, custodiaban rebaños que valían muchos miles de duros. En la +dehesa del cortijo de Matanzuela, los pastores no ganaban entre todos +más de dos pesetas, y tenían confiados a su cuidado ochocientas vacas y +cien bueyes, un verdadero tesoro de carne que podía extinguirse, morir, +al menor descuido. Esta carne, cuya crianza vigilaban, era para gentes +desconocidas: ellos sólo la comían cuando caía alguna res, víctima de +enfermedades hediondas que no permitían su conducción fraudulenta a las +ciudades.</p> + +<p>El pan del cortijo que se endurecía días y días en el chozón, algún +puñado de garbanzos o habichuelas y el aceite rancio del país, eran todo +su alimento. La leche les repugnaba, ahítos de su abundancia. Los +pastores viejos sentían sublevarse su probidad cuando algún zagal +ayudaba a la muerte de una bestia con el deseo de comer carne. ¿Dónde +encontrar gente más buena y resignada?...</p> + +<p>Al oír <i>Zarandilla</i> estas reflexiones de Rafael, las apoyaba con +entusiasmo.</p> + +<p>No había honradez como la de los pobres. ¿Y aún les tenían miedo +creyéndoles malos?... El se reía de la honradez de los señores de la +ciudad.</p> + +<p>—Mia tú, Rafaé, qué mérito tendrá que don Pablo Dupont, pongo el +ejemplo, con toos sus millones sea bueno y no robe nada a naide. Los +buenos de veras, son esos pobrecitos que viven como indios caribes, sin +ver persona humana, muertecitos de jambre, guardándole al amo sus +tesoros. Los buenos somos nosotros.</p> + +<p>Pero el aperador, al pensar en los cortijos del llano no se mostraba tan +optimista como el viejo. Los gañanes vivían también en la miseria y +sufrían hambre, pero no eran gente tan noble y resignada como la del +monte, que se conservaba pura en su aislamiento. Tenían los vicios de la +aglomeración, eran desconfiados, veían enemigos en todas partes. A él +mismo, que los trataba como hermanos de pobreza y muchas veces se +exponía a que el amo le regañase por favorecerles, le miraban con odio, +como si fuese un enemigo. Y sobre todo, eran holgazanes y había que +azuzarlos como si fuesen esclavos.</p> + +<p>El viejo se indignaba oyendo al aperador. ¿Y cómo quería que fuesen los +gañanes? ¿Por qué habían de tener interés en trabajar?... Él, gracias a +su colocación en el cortijo, había podido llegar a viejo. Aún no tenía +sesenta años y estaba peor que muchos señores de más edad que parecían +hijos suyos. Pero se acordaba de los tiempos en que él y Eduvigis +trabajaban a jornal y se habían conocido en las noches de promiscuidad +de la gañanía, acabando por casarse. De sus compañeros de miseria, +hombres o mujeres, quedaban muy pocos: casi todos habían muerto, y los +que quedaban eran casi cadáveres, con el espinazo torcido y los miembros +secos, deformados y torpes. ¿Era aquélla vida de cristianos? ¡Trabajar +todo el día bajo el sol o sufriendo frío, sin más jornal que dos reales, +y cinco como retribución extraordinaria e inaudita en la época de la +siega! Era verdad que el amo daba la comida, ¡pero qué comida para +cuerpos que de sol a sol dejaban sobre la tierra toda su fuerza!...</p> + +<p>—¿Tú crees, Rafaé, que eso es comé? Eso es engañá la jambre; prepará el +cuerpo pa que lo coja la muerte.</p> + +<p>En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos, +manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses +restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la +mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si +en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una +panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno, +servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un +pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres +que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima.</p> + +<p>Unos cortijos eran de <i>pan por cuenta</i>, y en ellos se daban tres libras +por cabeza. Una telera de seis libras era el único alimento para dos +días. Otros eran de <i>pan largo</i>, no había tasa, el gañán podía comer +cuanto desease, pero el horno del cortijo sólo cocía cada diez días y +las teleras cargadas de salvado eran tan ásperas y de tal modo se +endurecían que el amo, echándola de generoso, salía ganando, pues nadie +osaba hincarlas el diente, más que en la suprema desesperación del +hambre.</p> + +<p>Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación +de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas +trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo +guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas +veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas +de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando +amplio círculo en torno de él. Eran tantos, que para no estorbarse se +mantenían a gran distancia del lebrillo. Cada cucharada era un viaje. +Debían avanzar, encorvarse sobre el barreño, que estaba en el suelo, +coger la cucharada y retirarse a la fila para devorar las sopas, de una +tibieza repugnante. Al aproximarse, los gruesos zapatones hacían saltar +el polvo o las pellas de barro, y las últimas cucharadas tenían el mismo +sabor que si comiesen tierra.</p> + +<p>A medio día era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan +también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino +de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y +los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en +las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el +vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los +veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de +esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.</p> + +<p>Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro +gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana. +Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse, +se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban +por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras +veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si +conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco +de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando +con una risa de desesperados este banquete extraordinario.</p> + +<p>Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga +aplastante, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más +felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y +los tres gazpachos. En verano servían de <i>rempujeros</i>, marchando tras +las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga +de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y +esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las +bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la +faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento +y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban +su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferían +siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las +muchachas. Y cuando aún no habían llegado a los treinta y cinco años se +sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y +comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos.</p> + +<p><i>Zarandilla</i>, que había presenciado todo esto, indignábase de que +tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más? +¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo?...</p> + +<p>—Yo he visto mundo, Rafaé. Yo he sido sordao, no de los de ahora, que +van en ferrocarrí, como los señoritos, sino de los que llevaban morrión +alto e iban a pie por las carreteras. Yo he corrío toda la nación +matando hormigas, y he visto mucho en mis viajes.</p> + +<p>Y evocaba el recuerdo de las campiñas de Levante, las vegas de Valencia +y de Murcia, siempre verdes, pobladas como ciudades, viéndose de cada +pueblo los campanarios de otros lugares vecinos; teniendo cada campo su +vivienda rústica, y en ella una familia tranquila, y bien alimentada, +sacando su alimentación de pedazos de terreno tan pequeños, que él, en +su hipérbole andaluza, los comparaba con pañuelos de bolsillo. Los +hombres trabajaban lo mismo de noche que de día, ayudados por sus +familias, en un noble aislamiento, sin la emulación de grupo ni el miedo +al aperador. El hombre no era un esclavo en cuadrilla: rara vez se +conocía allí el bracero a jornal. Cada uno cultivaba lo suyo, y los +vecinos se ayudaban en las faenas difíciles. El labrador trabajaba para +él, y si el campo tenía un amo, éste limitábase a cobrar el +arrendamiento, procurando por la fuerza de la costumbre y por miedo al +compañerismo de los pobres, no aumentar los antiguos precios.</p> + +<p>El recuerdo de los campos, siempre verdes, alegraba después de tantos +años al viejo <i>Zarandilla</i>, pasando como una visión luminosa por sus +ojos oscuros.</p> + +<p>Después hablaba con tristeza de la tierra en que vivía. Inmensos campos +cuyo término perdíase en el horizonte; surcos que se juntaban y +confundían a lo lejos como las varillas de un abanico, sin que ningún +límite los cortase. Cuanto se abarcaba con la vista, tierras llanas o +colinas, bancales labrados o manchones para el pasto, todo era de un +amo. Podía un hombre caminar horas enteras sin salir de la propiedad de +un solo dueño. Aquellos campos no eran para hombres: eran extensiones +que sólo podían cultivar gigantes como los que aparecían en los cuentos, +labrándolas con bestias que tuviesen pies y alas. Y la soledad por todas +partes: ni un pueblo, ni otras viviendas que el cortijo. Había que +caminar horas y más horas hasta el límite de otras propiedades.</p> + +<p>Provincias enteras eran en Andalucía de un centenar de amos. Y la +tierra, una tierra negra que llevaba en sus entrañas la reserva vital +acumulada durante muchos siglos, por un cultivo débil y perezoso de +brazos mercenarios, daba escape a su exceso de fuerza con un oleaje de +plantas parásitas y nocivas que asomaban entre las cosechas. La escarda +apenas si podía combatir esta florescencia de fuerzas perdidas.</p> + +<p>El amo de la tierra se resignaba a aceptar lo que esta quisiera darle. +La extensión suplía la debilidad de un cultivo rutinario. Si la cosecha +era mala, se hacían economías sobre el trabajo de los braceros y sobre +los gazpachos que los alimentaban. Nunca faltaban esclavos que +ofreciesen sus brazos. A bandadas bajaban de la sierra las mujeres y los +gañanes pidiendo trabajo.</p> + +<p>El cielo era más azul y sereno que en aquellos países de eterno verdor e +incesantes cosechas que él recordaba; lucía el sol con más fuerza, pero +bajo su lluvia de oro, la tierra andaluza se mostraba triste, con la +soledad del cementerio, silenciosa como si pesase sobre ella la muerte, +con un revoloteo de negros pajarracos en lo alto, y abajo, en los campos +sin límites, centenares de hombres alineados como esclavos, moviendo sus +brazos con regularidad automática, vigilados por un capataz. ¡Ni un +campanario; ni una aglomeración de casas blancas como en los países +donde existían verdaderos labradores! ¡Aquí sólo se veían siervos +trabajando una tierra odiada que jamás podía ser suya; preparando unas +cosechas de las que no tocarían un solo grano!</p> + +<p>—Y la tierra, Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías +y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una +tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones +de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?...</p> + +<p>Que aquella inmensidad de tierra se repartiese entre los que la +trabajaban, que los pobres supieran que del surco podían sacar algo más +que un puñado de céntimos y los tres gazpachos, ¡y ya se vería si los +del país eran holgazanes!</p> + +<p>Resultaban malos trabajadores porque trabajaban para otros; porque +tenían la obligación de defender su vida miserable unos cuantos años +más, huyendo el cuerpo a la faena, prolongando los ratos de descanso +concedidos para fumar un cigarro, llegando al tajo lo más tarde posible +y retirándose cuanto antes. ¡Para lo que les daban!... Pero que tuviesen +su parte de tierra, y la cuidarían, peinándola y acicalándola a todas +horas como una hija, y antes de que clarease el día estarían ya en ella +con la herramienta en la mano. En medio de la noche se levantarían para +las faenas urgentes; aquellas llanuras serían un paraíso, y cada pobre +tendría su casita, y los lagartos no irían arrastrando su lomo rugoso y +polvoriento días y días sin tropezar con una vivienda humana.</p> + +<p>Rafael oponía reparos a los ensueños del viejo. Muy hermosas eran las +tierras que había visto <i>Zarandilla</i>, con sus parcelas que bastaban a +alimentar una familia. Pero allí había agua en abundancia.</p> + +<p>—Y aquí también—gritaba el viejo.—Ahí tienes la sierra, que asín que +caen cuatro gotas, llora por toos los costaos.</p> + +<p>¡Agua!... Barcos iban por los ríos de Andalucía hasta muy tierra +adentro, mientras en sus orillas los campos se resquebrajaban de sed. +¿No era mejor que los hombres hicieran fructificar el suelo y comiesen +con la hartura de la abundancia, aunque los barcos descargasen en los +puertos de la costa? ¡Agua!... que les diesen los campos a los pobres y +ellos la traerían a buenas o a malas, impulsados por la necesidad. No +serían como los señores, que por mal que se presente la cosecha, siempre +sacan para vivir poseyendo tanta tierra, y conservan el cultivo lo mismo +que los abuelos de sus abuelos. Los campos que él había admirado en +otros países eran inferiores a los de Andalucía. No tenían en sus +entrañas esa condensación de fuerzas que crea el abandono: estaban +cansados y había que cuidarlos, dándoles continuamente el medicamento +del guano. Eran, según <i>Zarandilla</i>, como las señorones que admiraba él +en Jerez, hermosas y apuestas con el atractivo del cuidado y los +artificios del lujo.</p> + +<p>—Y esta tierra nuestro, Rafaé, es como las muchachas que bajan de la +sierra con el <i>manijero</i>. Van plagadas de la miseria que recogen en la +gañanía; no se lavan la cara, comen mal; pero si las adecentasen, ya se +vería lo bonitas que son.</p> + +<p>Una tarde de Febrero hablaban el aperador y <i>Zarandilla</i> de los trabajos +del cortijo, mientras la <i>señá</i> Eduvigis lavaba la loza en la cocina. +Habíase acabado la siembra de los garbanzos, los yeros y los arvejones. +Ahora, las cuadrillas de muchachas y de gañanes se dedicaban a escardar +los campos de cereales. Aún podían sostener el combate con el escardillo +contra las hierbas parásitas. Después, cuando el trigo creciese, +tendrían que arrancarlas a mano, encorvados durante el día, con los +riñones quebrantados por el dolor.</p> + +<p><i>Zarandilla</i>, que falto de vista parecía haber aguzado sus oídos, +interrumpió a Rafael, ladeando su cabeza como para escuchar mejor.</p> + +<p>—Muchacho, paece que truena.</p> + +<p>Palidecía la gran mancha de sol sobre los guijarros del patio; las +gallinas corrían en rueda, cocleando, como si quisieran huir de la +ráfaga de viento que erizaba sus plumas. Rafael prestó oído también. Sí +que tronaba: iban a tener tempestad.</p> + +<p>Los dos hombres salieron al portal del cortijo. Por la parte de la +sierra, el cielo estaba negro y las nubes corríanse como una cortina +lúgubre entenebreciendo el campo. Aún no era media tarde y todos los +objetos envolvíanse en la vaguedad difusa del anochecer. El cielo +parecía haber descendido, tocando las crestas de las montañas, +devorándolas en su seno oscuro, como si las decapitase. Pasaban a +bandadas con el pavor de la fuga, graznando estridentemente, los pájaros +de presa.</p> + +<p>—¡Camará!... ¡la que se nos viene encima!—exclamó <i>Zarandilla</i>, que ya +no veía nada, como si para él hubiese cerrado la noche.</p> + +<p>Los altos vástagos de las piteras, únicas líneas verticales que rompían +la monotonía de los campos, se inclinaron unos tras otros, como si +fuesen a romperse, y a continuación una ráfaga fría e impetuosa chocó +contra el cortijo. Temblaron las puertas, oyose el estrépito de las +ventanas al cerrarse con violencia, y aullaron los mastines +lúgubremente, tirando de sus cadenas, como si con su mirada de bestias +viesen a la tempestad entrar por el portalón sacudiendo su capa de agua +y relampagueándola los ojos.</p> + +<p>Una claridad lívida inflamó el espacio, y el trueno estalló sobre el +cortijo con un estrépito seco que conmovió los cimientos, despertando en +los establos un eco de mugidos, relinchos y patadas. Cayó la lluvia de +golpe, en grandes masas, como si se desfondase el cielo, y los dos +hombres tuvieron que refugiarse bajo el arco de entrada, no viendo más +que un pedazo de campo al través de la herradura del portalón.</p> + +<p>Del suelo, golpeado por el latigazo del agua, desprendíase un vapor +tibio; el olor de tierra mojada perfume de los aguaceros violentos. +Lejos, muy lejos, por los surcos convertidos en arroyos que no podían +engullir todo el golpe de agua, corrían hacia el cortijo grupos de +gentes. Apenas si se les veía al través de la capa liquida de la +atmósfera.</p> + +<p>—¡Jesú!—exclamó <i>Zarandilla</i>.—¡Y cómo van a ponerse los +pobrecitos!...</p> + +<p>El vendaval parecía empujarles. La luz de cada relámpago les mostraba +más cerca; trotaban bajo la lluvia como un rebaño disperso. Al llegar +los primeros grupos pasaron corriendo ante el portalón para refugiarse +en la gañanía. Los hombres iban arrebujados en mantas, cayéndoles dos +chorros de agua por la canal del sombrero deformado y blanducho: las +mujeres pasaban chillando como ratas, cubiertas con las varias hojas de +su astrosa faldamenta, llenas de barro, y mostrando sus piernas +enfundadas en los pantalones masculinos que usaban para la escarda.</p> + +<p>Habían ya llegado al cortijo casi todas las bandas de trabajadores y en +la puerta de la gañanía sacudíanse mantas y refajos, derramando a +chorros el agua sucia, cuando Rafael se fijó en un pequeño grupo +rezagado que se aproximaba lentamente bajo la cortina oblicua de la +lluvia. Eran dos hombres y un borriquillo cargado con un serón, bajo el +cual apenas si asomaban las orejas y la cola.</p> + +<p>El aperador conoció a uno de los dos hombres que tiraba del ronzal de +la bestia para que acelerase la marcha. Le llamaban Manolo el de +Trebujena y era un antiguo gañán que, después de una sublevación de los +obreros del campo, estaba señalado por todos los amos como perturbador. +Falto de trabajo después de la huelga, se ganaba el sustento yendo de +cortijo en cortijo como buhonero, vendiendo a las mujeres cintas, hilos +y retazos de tela, y a los hombres vino, aguardiente y periódicos +libertarios cuidadosamente ocultos en aquel serón, almacén heterogéneo +que, a lomos del borriquillo, vagaba de un extremo a otro de la campiña +jerezana. Sólo en Matanzuela y en muy contados cortijos podía penetrar +Manolo sin infundir alarma y encontrar resistencia.</p> + +<p>Rafael miraba al acompañante del buhonero creyendo reconocerle, pero sin +determinar en su memoria quién era. Caminaba con las manos en los +bolsillos, el cuello de la chaqueta levantado y el sombrero sobre las +cejas, chorreando agua por todos los extremos de su traje, encogiéndose +estremecido de frío, sin una manta como su camarada. Pero, a pesar de +esto, marchaba sin precipitación como si no le molestasen la lluvia y el +viento que combatían su débil persona.</p> + +<p>—¡Salud, compañeros!—dijo el de Trebujena al pasar ante la puerta del +cortijo, arreando su borriquillo.—Qué tiempo para los probes, ¿eh, +<i>Zarandilla</i>?...</p> + +<p>Entonces fue cuando Rafael reconoció al acompañante de Manolo, viendo +su rostro exangüe de asceta, su barba rala y los ojos dulces y +mortecinos tras unas gafas azuladas.</p> + +<p>—¡Don Fernando!—exclamó con asombro.—¡Pero si es don Fernando!...</p> + +<p>Y saliendo del portalón, en plena lluvia, agarró de un brazo a +Salvatierra, para que entrase en el cortijo. Don Fernando opuso +resistencia. Iba a refugiarse en la gañanía con su compañero; no debía +contrariarle, pues este era su gusto. Pero Rafael protestaba. ¡El gran +amigo de su padrino, el que había sido jefe de su padre!... ¿Cómo podía +pasar por la puerta de su casa sin entrar en ella?... Y casi a viva +fuerza lo metió en el cortijo, mientras Manolo seguía adelante.</p> + +<p>—Anda, que hoy tendrás buen despacho—le dijo <i>Zarandilla</i>.—Los mozos +se pirran por tus papeles y tendrán en qué entretenerse mientras llueva. +Me paece que va pa largo.</p> + +<p>Salvatierra entró en la cocina del cortijo, dejando, al sentarse, una +gran mancha del agua que chorreaban sus ropas. La <i>señá</i> Eduvigis, +compadeciendo al «pobre señor», encendió apresuradamente en el hogar un +fuego de leña menuda.</p> + +<p>—Que sea buena la candela, mujer; que eso y mucho más se merece el +forastero—decía <i>Zarandilla</i>, orgulloso de la visita.</p> + +<p>Y luego añadió con cierta solemnidad:</p> + +<p>—¿Tú sabes quién es este cabayero, Eduvigis?... ¡Qué has de saber tú! +Pues es don Fernando Salvatierra, ese señor tan nombrao en los papeles, +que defiende a los probes.</p> + +<p>El gesto de la vieja, al abandonar un instante la lumbre para mirar al +recién llegado, fue más de curiosidad y asombro que de admiración.</p> + +<p>Mientras tanto, el aperador iba de un lado a otro, buscando cierta +botella de vino selecto que meses antes le había regalado su padrino. +Por fin dio con ella, y escanciando un vaso, se lo ofreció a don +Fernando.</p> + +<p>—Gracias, no bebo.</p> + +<p>—¡Pero si es de primera, señor!...—intervino el viejo.—Beba su mercé; +esto le hará bien después de la mojadura.</p> + +<p>Salvatierra hizo un gesto negativo.</p> + +<p>—Gracias otra vez: yo nunca he probado el vino.</p> + +<p><i>Zarandilla</i> le miró con asombro... ¡Qué tío! Con razón tenían a aquel +don Fernando por un hombre extraordinario.</p> + +<p>Rafael quiso que comiera algo; y habló a la vieja de freír huevos, de +descolgar cierto jamón que había dejado el amo en una de sus visitas; +pero Salvatierra le atajó. Era inútil: él llevaba en un bolsillo las +provisiones para la noche. Y extrajo de su chaqueta un papel mojado, que +contenía un mendrugo y un pedazo de queso.</p> + +<p>La sonrisa fría con que se negaba a aceptar los obsequios, cortaba toda +insistencia. <i>Zarandilla</i> abría sus ojos turbios, como para ver mejor a +aquel hombre asombroso.</p> + +<p>—¿Pero al menos fumará usted, don Fernando?—dijo Rafael ofreciéndole +un cigarro.</p> + +<p>—Gracias; no he fumado nunca.</p> + +<p>El viejo no pudo callar más tiempo. ¿Tampoco fumaba?... Ahora comprendía +el asombro de ciertas gentes. Un hombre de tan pocas necesidades metía +tanto miedo como un ánima del otro mundo.</p> + +<p>Y mientras Salvatierra aproximábase a la lumbre, que comenzaba a +crepitar con alegre llama, el aperador salió de la cocina. Poco después +volvió, llevando al brazo su capote de monte.</p> + +<p>—Cuando menos, déjese usted abrigar. Quítese esas ropas que chorrean.</p> + +<p>Antes de que pudiera negarse, Rafael y la vieja le despojaron de la +chaqueta y el chaleco, envolviéndole en el capote, mientras <i>Zarandilla</i> +colocaba ante el fuego las ropas mojadas, que despedían un humo tenue.</p> + +<p>Acariciado por el calor, Salvatierra se mostró más comunicativo. Le +dolía contrariar con su sobriedad a aquellas gentes sencillas que le +asediaban con sus obsequios.</p> + +<p>El aperador se extrañaba de verle en el cortijo como traído por la +tempestad. Su padrino le había dicho algunos días antes que don Fernando +estaba en Cádiz.</p> + +<p>—Sí, allí estuve hasta hace poco. Fui a ver la sepultura de mi madre.</p> + +<p>Y como si quisiera pasar apresuradamente sobre este recuerdo, explicó +su llegada al cortijo. Había salido por la mañana de Jerez en la +<i>góndola</i> de la sierra, uno de aquellos coches que pasaban cargados de +gente y de fardos por el inmediato camino. Deseaba ver al señor Antonio +Matacardillos, el dueño del ventorro del Grajo, situado en la carretera, +cerca del cortijo; un bravo que de joven le había seguido en todas sus +aventuras revolucionarias. Estaba enfermo del corazón, con las piernas +hinchadas, casi imposibilitado de moverse, no pudiendo llegar a la +puerta de su choza más que entre ayes y tropezones. Al saber que +Salvatierra vivía en Jerez, sus dolores parecían haberse aumentado con +la desesperación que le causaba el no verle.</p> + +<p>El viejo ventorrillero, al presentarse su antiguo jefe en la choza del +Grajo, había llorado, abrazándole con tales extremos de emoción, que su +familia creyó que iba a morir. ¡Ocho años sin ver a su don Fernando! +¡Ocho años, durante los cuales había enviado todos los meses un papel +lleno de garabatos a aquel presidio del Norte, donde guardaban a su +héroe! El pobre Matacardillos sabía que iba a morir de un momento a +otro. Ya no dormía en la cama, se ahogaba, vivía casi artificialmente +clavado en su sillón de paja, sin poder servir una copa, acogiendo con +sonrisa triste a los arrieros y gañanes que le hablaban de su cara de +salud y de su gordura, asegurando que se quejaba de vicio. Don Fernando +debía volver alguna vez a verle. Le molestaría poco tiempo; iba a morir +muy pronto; pero su presencia alegraría la poca vida que le quedase. Y +Salvatierra había prometido volver, siempre que pudiese, a visitar al +<i>veterano</i>, en compañía de Manolo el de Trebujena (otro de los suyos), +al que había encontrado en el ventorro del Grajo. Con él emprendió el +regreso a Jerez, cuando los alcanzó la tempestad, obligándoles a +refugiarse en el cortijo.</p> + +<p>Rafael habló a don Fernando de sus costumbres extraordinarias, que +muchas veces había oído relatar al padrino: sus baños de mar en Cádiz en +pleno invierno, ante la gente, que temblaba de frío; sus regresos a casa +en cuerpo de camisa después de dar la chaqueta a un compañero +menesteroso; su régimen alimenticio, que no podía pasar de los treinta +céntimos diarios. Salvatierra permanecía impasible, como si hablasen de +otro, y únicamente al extrañarse Rafael de su exiguo alimento, abrió los +labios para protestar dulcemente.</p> + +<p>—No tengo derecho a más. ¿Acaso esos pobres que se amontonan en la +gañanía no comen peor que yo?...</p> + +<p>Se hizo un largo silencio. El aperador y los dos viejos parecían +cohibidos en presencia de aquel hombre, del que tanto habían oído +hablar. Además, les intimidaba con un respeto casi religioso aquella +sonrisa que, según pensaba <i>Zarandilla</i>, «parecía venir de otro mundo», +y la firmeza de sus negativas, que no daba lugar a nuevas insistencias.</p> + +<p>Cuando Salvatierra vio sus ropas casi secas, abandonó el capote y se las +puso. Después se dirigió a la puerta, y a pesar de que seguía lloviendo +quiso ir a la gañanía, en busca de su compañero. Pensaba pasar en ella +la noche, ya que no era posible con aquel tiempo volver a Jerez.</p> + +<p>El aperador protestó. ¡En la gañanía un hombre como don Fernando!... Su +cama estaba dispuesta para él y si no le gustaba, abriría la habitación +del señorito, que era tan buena como cualquiera de Jerez.... ¡La +gañanía! ¿Qué diría su padrino si él toleraba tal disparate?...</p> + +<p>Pero la sonrisa de Salvatierra quitó al joven toda esperanza. Había +dicho que dormiría con los gañanes, y era capaz de pasar la noche al +raso, si no le dejaban cumplir su gusto.</p> + +<p>—No podría dormir en tu cama, Rafael; no tengo derecho a estar sobre +colchones, mientras otros, bajo el mismo tejado, duermen en esteras.</p> + +<p>E intentaba sortear el obstáculo que le oponía el aperador, cerrándole +el paso en la puerta. El viejo <i>Zarandilla</i> intervino.</p> + +<p>—Aún quedan horas para dormir, don Fernando. Luego irá su mercé a la +gañanía, si ese es su gusto. Pero ahora—añadió, dirigiéndose a +Rafael—enséñale al señó algo del cortijo, la cuadra de los caballos, +que es cosa de ver.</p> + +<p>Salvatierra aceptó la invitación, ya que ésta no contrariaba su +sobriedad ascética, único lujo de su vida. «Vamos a ver los caballos». +No le interesaban gran cosa, pero agradecía el buen deseo de aquella +gente sencilla, ansiosa de mostrarle lo mejor de la casa.</p> + +<p>Atravesaron el patio, bajo el azote de la lluvia, seguidos por algunos +perros que sacudían el agua de sus pelos lacios. Una bocanada de aire +caliente y espeso, oliendo a estiércol y a vapor animal, dio en la cara +a los visitantes al abrirse la puerta de la cuadra. Los caballos +cocearon y relincharon, moviendo las cabezas al sentir tras de sus +grupas la presencia de gente extraña.</p> + +<p><i>Zarandilla</i> se metió entre ellos, adivinándolos por el tacto, marchando +a ciegas en la penumbra de la cuadra, acariciando a unos en los ijares, +rascando a otros en la frente, llamándolos con nombres cariñosos y +librándose por instinto de las patadas de impaciencia y de alegría que +daban con sus cascos herrados. «¡Quieto, <i>Brillante</i>!» «¡No seas malo, +<i>Lucero</i>!» Y pasaba, encorvándose, por debajo de los vientres para ir +hasta el otro extremo de la cuadra, mientras el aperador explicaba a +Salvatierra la valía de este tesoro.</p> + +<p>Eran caballos jerezanos de pura sangre, verdaderos sementales de la +tierra, y elogiaba su cara alegre, sus ojos saltones, el corte elegante +y esbelto de su figura, su paso enérgico. Unos eran de color tordo; +otros de un gris plateado, sedoso y brillante, y todos ellos temblaban +desde las piernas a la grupa con fuertes estremecimientos, como si no +pudiesen contener su exceso de vida en este encierro.</p> + +<p>Rafael hablaba con admiración del valor de aquellos animales. Una +verdadera fortuna: el señorito era hombre de gusto, un inteligente que +no reparaba en el dinero para disputar a los más ricos del <i>Círculo +Caballista</i> la posesión de un buen ejemplar. Hasta a su primo don Pablo +le había arrebatado la posesión de un caballo famoso. Y señalando a cada +uno de los animales, hablaba de miles y miles de pesetas, +enorgulleciéndose de que tales tesoros estuviesen confiados a su +custodia.</p> + +<p>El <i>hierro</i> de Matanzuela, la marca con que se señalaba a las jacas +salidas del cortijo, valía tanto como los certificados de los ganaderías +más antiguas.</p> + +<p>Mientras tanto, <i>Zarandilla</i> acariciaba con ruidosas palmadas y motes +grotescos a dos asnos garañones, grandes como caballos, huesudos, +angulosos, como si fuesen esculpidos a hachazos; la cara roma, los ojos +casi ocultos bajo una maraña de pelos y las orejas caídas. Dos bestias +de fealdad monstruosa y fantástica, que parecían surgidas de una visión +apocalíptica. El viejo, apoyado en ellos, hablaba de la primavera, +cuando bajaban las yeguas de la dehesa y entraban en la cuadra con la +cola recogida sobre el lomo para evitar entorpecimientos, y el yegüerizo +mayor se arriesgaba bajo las patas amenazantes, encauzando la +fecundación.</p> + +<p>—Aquí tiene su mercé—decía el viejo—a toos los buenos mozos que +fabrican los potrancos y las mulillas de Matanzuela.</p> + +<p>Hablaba de los misterios reproductores de aquella cuadra, con la +naturalidad de la gente campesina, tímida y ruborosa en las relaciones +humanas y franca hasta el impudor al hablar de las aproximaciones de las +bestias. Y como si las palabras del viejo trajesen a las dilatadas +narices de los caballos un lejano perfume de la deseada primavera, +comenzaron a relinchar, a dar saltos, a morderse, a estremecer sus +vientres con agitaciones de péndulo, a resbalar las patas delanteras +sobre las grupas más cercanas, haciendo esfuerzos por libertar sus +cabezas amarradas a las anillas. Unos cuantos varazos repartidos a +ciegas por <i>Zarandilla</i> hicieron cesar el estruendo de coces y +relinchos, y las bestias tornaron a alinearse ante los pesebres, +exhalando los últimos restos de su agitación con bufidos y temblores.</p> + +<p>El aperador condujo a Salvatierra a una habitación grande, de paredes +enjalbegadas, que le servía de despacho. Empezaba a anochecer y encendió +un velón de los antiguos de Lucena, puesto sobre una mesa, en la que se +veía un tintero de loza enorme, con una pluma no más larga que un dedo. +Allí hacía él sus cuentas, y en un armario inmediato estaban «los +libros», de los que hablaba Rafael con cierto respeto. Cada gañán tenía +su cuenta. Antes se llevaba la administración con una sencillez +patriarcal, pero ahora los jornaleros eran quisquillosos y desconfiados. +Además, había que marcar bien los días que eran por entero de trabajo, +aquellos en que la faena sólo duraba medio día por la lluvia, y los de +lluvia completa, en los que la gente se quedaba en la gañanía, +comiéndose sus gazpachos sin hacer nada.</p> + +<p>Después estaba el gran libro, el más precioso de la casa, lo que podía +titularse la carta de nobleza de Matanzuela. Y el aperador sacaba del +armario un amplio cuaderno, en el que se contenía la genealogía y la +historia de todo caballo o mula salido del cortijo, con el apodo de +nacimiento, padres y abuelos, descripción de la figura, talla, pelo, +color de los ojos y defectos que se confesaban generosamente sobre el +papel para quedar secretos, dejando a la penetración del comprador el +adivinarlos.</p> + +<p>Luego, enseñó Rafael la otra joya del cortijo: un palo largo rematado +por un embudo de hierro, cuyos bordes entrantes y salientes daban la +idea vaga de un dibujo. Era la marca de la ganadería, ¡el hierro!, y +había que ver con qué respeto lo acariciaba Rafael. Una cruz sobre una +media luna formaban la señal que llevaba en sus flancos todo el ganado +de Matanzuela.</p> + +<p>Hablaba con entusiasmo de la operación de herrar, que don Fernando no +había visto nunca. Los yegüerizos echaban sus lazos de cerda a los +potros indómitos, sujetándolos por las orejas, mientras se calentaba el +hierro en un fuego de boñiga seca; y al estar la marca al rojo, ¡zas!, +se la aplicaban al costado, quemándose los pelos y quedando la piel +señalada para siempre con la cruz y la media luna. Y con cierta +conmiseración por Salvatierra que, sabiendo tanto, ignoraba unas cosas +que eran para el aperador las más interesantes del mundo, continuaba +éste explicando el régimen a que se sometían los caballos jóvenes; todas +las operaciones que realizaba él voluntariamente en sus entusiasmos de +jinete.</p> + +<p>Primeramente los <i>amarraban</i>, al venir de la libertad de la dehesa, para +que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salían al campo, +frente al cortijo, con cabezón y una larga cuerda, para dar vueltas como +en un picadero, y que aprendiesen a <i>tranquear</i>, a poner la pata de +atrás donde habían puesto la delantera, o más allá, si era posible. Tras +esto llegaba la operación suprema: colocarles la silla sobre los lomos, +habituando su salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a +la baticola y los estribos. Y finalmente se les montaba, para hacerles +dar vueltas, al principio sin soltar la cuerda, luego manejándolos con +las riendas. ¡Los potros que él llevaba desbravados, animales casi +salvajes, que inspiraban miedo a muchos!...</p> + +<p>Hablaba con orgullo de sus combates de energía y voluntad con bestias +fieras que relinchaban y mordían el aire, pataleando, levantándose +verticalmente o hundiendo su cabeza en tierra mientras coceaban en el +espacio, sin que pudieran por esto libertarse de la opresión de sus +piernas de acero; hasta que al fin, después de una carrera loca, en la +que parecían buscar los obstáculos para aplastar al jinete, volvían +sudorosas y vencidas, sometiéndose por completo a la mano del montador.</p> + +<p>Rafael se detuvo en la narración de sus proezas hípicas, viendo la +sombra de una persona en el cuadro de la puerta, sobre el fondo de luz +violácea del crepúsculo.</p> + +<p>—¡Ah! ¿eres tú?—dijo riendo.—Pasa, <i>Alcaparrón</i>, no tengas miedo.</p> + +<p>Entró un mozo de escasa estatura, avanzando cautelosamente, de medio +lado, como si temiera rozar la pared. En su encogimiento parecía +implorar perdón anticipadamente por todo lo que hiciese. Sus ojos +brillaban en la sombra lo mismo que su fuerte y nítida dentadura. Al +aproximarse a la luz del velón, Salvatierra se fijó en el color cobrizo +de su cara, en las córneas de sus ojos, que parecían manchadas de +tabaco, en sus manos de dos colores, con la palma sonrosada y el dorso +de un negro que aún se hacía más intenso bajo las uñas. A pesar del +frío, vestía una blusa de verano, una guayabera con pliegues, húmeda +aún de la lluvia, y en la cabeza llevaba dos sombreros, uno dentro del +otro, de distinto color, como sus manos. El de abajo mostraba una +blancura gris y flamante en la parte inferior de sus alas; el de arriba +era viejo, de un negro rojizo, con los bordes deshilachados.</p> + +<p>Rafael agarró al mozuelo por un hombro, haciéndolo balancearse, y lo +presentó a Salvatierra con una gravedad cómica.</p> + +<p>—Este es <i>Alcaparrón</i>, del que usté habrá oído hablar seguramente. El +gitano más ladrón de too Jerez. Si hubiese justicia, hace tiempo que le +habrían dao garrote en la plaza de la Cárcel.</p> + +<p><i>Alcaparrón</i> dio un respingo para librarse de la garra del aperador, y +moviendo las manos con ademanes femeniles, acabó por persiguarse.</p> + +<p>—¡Uy!, zeñó Rafaé y qué malo que es uzté... ¡Jozú! ¡y qué cosas dice +este hombre!</p> + +<p>El aperador continuó con el ceño fruncido y la voz grave:</p> + +<p>—Trabaja en Matanzuela con su familia hace muchos años, pero es un +ladrón como toos los gitanos y debía estar en presidio. ¿Sabe usté por +qué se trae dos sombreros? Pa llenarlos de garbanzos o habichuelas así +que me descuido: y él no sabe que el mejor día le meto un escopetazo.</p> + +<p>—¡Jozú! ¡señó Rafaé! ¿Pero qué dice usté, bendito?...</p> + +<p>Y juntaba las manos con desesperación, mirando a Salvatierra y +diciéndole con vehemencia infantil:</p> + +<p>—No le crea usté, zeñó; es muy malo y me dice eso por pudrirme la +sangre. Por la salusita de mi mare que too es mentira...</p> + +<p>Y explicaba el misterio de los dos sombreros superpuestos que llevaba +calados hasta las orejas, rodeando su cara de pícaro de un nimbo de dos +colores. El de abajo era el nuevo, el de los días de fiesta y lo +desenfundaba cuando iba a Jerez. En los días de labor, no osaba dejarlo +en el cortijo por miedo a los compañeros, que se permitían toda clase de +burlas con él porque era «un pobrecito gitano», y lo cubría con el viejo +para que no perdiese el color gris y sedoso que era su orgullo.</p> + +<p>El aperador continuaba exasperando al gitano con ese humor campesino que +se goza en enfurecer a los pobres de espíritu y a los vagabundos.</p> + +<p>—Oye, <i>Alcaparrón</i>, ¿tú sabes quién es este señor? Pues es don Fernando +Salvatierra. ¿No has oído hablar nunca de él?...</p> + +<p>El gitano hizo un gesto de asombro, abriendo los ojos desmesuradamente.</p> + +<p>—¡Pues poco nombrao que es el señó! En la gañanía hace dos horas que no +jablan más que de él. ¡Por muchos años, señó! M' alegro de conosé una +presona tan fina y de tanto aquel. Bien se ve que su mersé es alguien: +tiene cara de gobernaor.</p> + +<p>Salvatierra sonreía ante la obsequiosidad aduladora del gitano. Aquel +infeliz no conocía categorías; juzgaba por el renombre, y considerándole +un personaje poderoso, una autoridad, temblaba, ocultando su turbación +con la sonrisa aduladora de las razas eternamente perseguidas.</p> + +<p>—Don Fernando—continuó el aperador.—Usté que tiene amigos en el +extranjero podía arreglarle el viaje a <i>Alcaparrón</i>. A ver si en +aquellas tierras hacía tanta suerte como sus primas.</p> + +<p>Y hablaba de las <i>Alcaparronas</i>, unas gitanas bailadoras que daban golpe +en París y en muchas ciudades de Rusia, cuyos nombres no podía recordar +el aperador. Sus retratos figuraban hasta en las cajas de cerillas, los +periódicos hablaban de ellas; tenían diamantes a porrillo, bailaban en +teatros y en palacios y a una de ellas la había robado un gran duque, +archipámpano o no recordaba Rafael qué otro título, llevándosela a un +castillo, donde vivía como una reina.</p> + +<p>—Y a too esto, don Fernando, unas monas sabias, tan feas y negras como +su primo aquí presente; unas desgalichás, a las que he visto de pequeñas +en los cortijos robando garbanzos y otras semillas; unas ratas +vivarachas, sin más que el <i>aquel</i> gitano y unas desvergüenzas que ponen +coloraos a los hombres. ¿Y eso es lo que les gusta a aquellos señorones? +¡Vamos, hombre, que hay para reír!...</p> + +<p>Y reía, efectivamente, al pensar que vivían como unas grandes damas +aquellas mozuelas cobrizas, de ojos de brasa, que él había visto +merodear sucias y costrosas por los campos de Jerez.</p> + +<p><i>Alcaparrón</i> hablaba con cierto orgullo de sus primas, pero lamentando +de paso la diversa suerte de familia. ¡Ellas hechas unas reinas y él con +su pobre <i>mare</i>, sus hermanos pequeños, y Mari-Cruz, su pobrecita prima, +siempre enferma, ganando dos reales en el cortijo! ¡y muchas gracias que +les daban trabajo todos los años sabiendo que eran buenos!... Sus primas +eran unas <i>descastás</i> que no escribían a la familia, que no la enviaban +ni esto. (Y hacía crujir la uña de un pulgar, entre sus dientes de +caballo.)</p> + +<p>—Señó: paece mentira que mi tío se porte tan mal con los suyos, siendo +un <i>cañí</i>. ¡Con tanto que le quería el probé de mi pare!...</p> + +<p>Pero lejos de indignarse, rompía en elogios del tío <i>Alcaparrón</i>, un +hombre de iniciativas que, cansado de pasar hambre en Jerez y verse en +peligro de ir a la cárcel siempre que se extraviaba un asno o una mula, +se había echado al hombro la guitarra, no parando con todo su «ganao», +como él llamaba a las hijas, hasta el mismo París. Y <i>Alcaparrón</i> reía +irónicamente de la simpleza de los <i>gachés</i>, de toda la gente que domina +el mundo y oprime a los pobres gitanos, recordando ciertos prospectos y +periódicos que había visto con el retrato de su respetable tío, luciendo +sus patillas de <i>boca de jacha</i>, y su cara de ladrón, bajo un sombrero +de catite como un campanario y rodeado de columnas impresas en lengua +extraña, en las que se hablaba de <i>mademoiselles</i> las <i>Alcaparronas</i> y +se celebraba su gracia y hermosura, repitiendo, cada seis renglones +<i>¡ollé! ¡ollé!</i>... ¡Y su tío, para mayor solemnidad, se titulaba el +capitán <i>Alcaparrón</i>! ¿Capitán de qué?... Y sus primas, las +<i>mademoiselles</i>, se hacían robar por señorones que le tenían miedo al +padre, <i>le terrible hidalgo</i>, que tantas veces había rasgueado +filosóficamente la guitarra en los colmados, mientras las niñas se +ocultaban con los señoritos en los cuartos más lejanos. ¡<i>Josú</i>, qué +guasa!...</p> + +<p>Pero el gitano pasaba rápidamente de la risa a la melancolía, con la +incoherencia vivaracha de su alma de pájaro. ¡Ay, si viviese su <i>pare</i>, +que había sido un águila, comparado con este hermano que tenía tanta +fortuna!...</p> + +<p>—¿Murió tu padre?—preguntó Salvatierra.</p> + +<p>—Sí, señó: fartaba uno en el campo santo, y como era bueno, le yamó er +cuervo que está allí.</p> + +<p>Y <i>Alcaparrón</i> continuaba sus lamentaciones. ¡Si no hubiese muerto el +pobrecito! En lugar de sus primas estarían él y sus hermanos disfrutando +tantas riquezas. Y lo afirmaba de buena fe, despreciando como +insignificante la diferencia de sexos, no dando ningún valor a la +fealdad picante de sus primas, creyendo que su fortuna era debida a la +habilidad en el <i>cante</i>, para el cual, la <i>pobresita</i> de su <i>mare</i>, su +prima Mari-Cruz y él, valían mucho más que todas las <i>Alcaparronas</i> que +andaban por el mundo.</p> + +<p>El aperador, viendo triste al gitano, ofrecíale su protección. Su +fortuna estaba hecha. Allí estaba don Fernando, que con sus influencias +de personaje, le tenía reservado un empleo.</p> + +<p><i>Alcaparrón</i> abría los ojos, recelando la burla. Pero temeroso de +cometer una falta si no daba las gracias a aquel señor, abrumó con +palabras dulzonas a Salvatierra, mientras éste miraba al aperador, no +sabiendo adonde iba a parar.</p> + +<p>—Si, gachó—continuó Rafael.—Ya tienes empleo. El señó te hará verdugo +de Seviya o de Jerez: lo que tú escojas.</p> + +<p>El gitano dio un salto, mostrando su cómica indignación con un +desbordamiento de palabras.</p> + +<p>—¡Mardito! ¡Arrastrao! ¡Mala escopetá le peguen, señó Rafaé, en sus +entrañas renegrísimas!...</p> + +<p>Se detuvo un instante en sus maldiciones, viendo que éstas servían de +regocijo al aperador, y añadió con maligna intención:</p> + +<p>—Premita Dió que cuando vaya su mersé a la viña de don Pablo, la gachí +le resiba con cara de cuaresma.</p> + +<p>Rafael ya no reía. Temió que el gitano, en presencia de don Fernando, +hablase de sus amores con la hija del padrino, y se apresuró a +despedirle.</p> + +<p>—Toma un pitillo y lárgate... mala sombra. Tu madre estará esperándote.</p> + +<p><i>Alcaparrón</i> obedeció con la docilidad de un perro. Al despedirse de +Salvatierra le tendió su mano de mulato, repitiendo que le esperaban en +la gañanía y que la gente andaba revuelta al saber que un <i>presonaje</i> +tan alto estaba en Matanzuela.</p> + +<p>Cuando se fue, el aperador habló a don Fernando de los <i>Alcaparrones</i> y +otros gitanos del cortijo. Eran familias que trabajaban años y años en +la misma finca, como si formasen parte de ella. Resultaban de más fácil +manejo, hombres y mujeres, que la demás gente de la gañanía. Con ellos +no había que temer rebeliones, huelgas, ni amenazas. Eran pedigüeños y +un tanto ladrones, pero se achicaban ante los gestos amenazadores, con +la docilidad de una raza perseguida.</p> + +<p>Rafael sólo había visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella +parte de Andalucía. La afición de la gente a los caballos parecía +haberles expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo, +obligándoles a buscar la vida en los cortijos.</p> + +<p>Las mujeres valían más que los hombres: secas, negras, angulosas, con +unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblábanse el día entero para +escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los +vigilaban de cerca, apoderábase de ellos la indolencia de raza, el deseo +de permanecer inmóviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en +nada. Pero así que presentían la proximidad del aperador, corría la voz +de alarma en aquel <i>caló</i> que era su única fuerza de resistencia, lo +que les aislaba de la animadversión de los compañeros de trabajo.</p> + +<p>—<i>¡Cha: currela, que sinela er jambo!</i></p> + +<p>«¡Oye: trabaja, que mira el amo!» Y cada uno se entregaba a su faena, +con tal ardor, con esfuerzos tan cómicos, que muchas veces Rafael no +podía contener la risa.</p> + +<p>Había cerrado la noche. La lluvia caía como polvo de agua, sobre los +guijarros del patio. Salvatierra habló de ir a la gañanía, sin prestar +atención a las protestas del aperador. ¿Pero, realmente, tenía empeño en +dormir allí, un hombre de su mérito?...</p> + +<p>—Ya sabes de dónde vengo, Rafael—dijo el revolucionario.—Llevo ocho +años de dormir en peores sitios y entre gentes más infelices.</p> + +<p>El aperador hizo un gesto de resignación y llamó a <i>Zarandilla</i>, que +estaba en la cuadra. El viejo le serviría de acompañante; él se quedaba +allí.</p> + +<p>—No me conviene entrar en la gañanía, don Fernando. Hay que conservar +cierto <i>aquel</i> de autoridad; si no, toman confianza con uno y está +perdido.</p> + +<p>Y hablaba del <i>aquel</i> de la autoridad, con firme convicción, +respetándola como necesaria, después de haberla violentado muchas veces +en las rudas aventuras de su primera juventud.</p> + +<p>Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los +perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba +entrada a la gañanía.</p> + +<p>Bajo aquel se alineaban al aire libre varios cántaros con la provisión +de agua para los braceros. Los que sentían sed, pasaban del calor +asfixiante de la gañanía a la frialdad de la noche, y se atracaban de un +agua que parecía hielo líquido, mientras el viento les hería las +sudorosas espaldas.</p> + +<p>Al trasponer la puerta, Salvatierra sintió en sus pulmones la rareza del +aire, al mismo tiempo que hería su olfato un hedor de lana húmeda, +aceite rancio, barro y carne aglomerada y viscosa.</p> + +<p>Era una pieza estrecha y larga, que aún parecía más grande por lo denso +de la atmósfera y la escasez de luz. En el fondo estaba el hogar, en el +que ardía una lumbre de boñiga seca, despidiendo un olor infecto. Un +candil marcaba su llama como una lágrima roja y titilante en este +ambiente nebuloso. El resto de la pieza, completamente a oscuras, tenía +en sus tinieblas palpitaciones de vida. Adivinábase la presencia de una +muchedumbre bajo la mortaja de sombras.</p> + +<p>Salvatierra, al llegar al centro de la mísera habitación pudo ver mejor. +En el hogar hervían varios pucheros vigilados por mujeres puestas de +rodillas, y bajo el candil estaba sentado el <i>arreador</i>, el segundo +funcionario de la casa, el que acompañaba a los braceros al tajo y +vigilaba sus faenas, excitándolos con duras palabras; el que en unión +con el aperador formaba lo que llamaban los gañanes el <i>gobierno</i> del +cortijo.</p> + +<p>El arreador era el único que tenía una silla en la gañanía: los demás, +hombres y mujeres, sentábanse en el suelo. Junto a él estaban en +cuclillas Manolo el de Trebujena con varios amigos, metiendo sus +cucharas en un <i>tornillo</i> de gazpacho caliente. La niebla fue +disipándose ante los ojos de Salvatierra, habituados ya a esta atmósfera +asfixiante. Entonces vio en los rincones grupos de hombres y de mujeres +sentados en la tierra apisonada o sobre esterillas de enea. La lluvia, +cortando su trabajo a media tarde, les había hecho adelantar la comida +de la noche. En torno de los lebrillos de bazofia caliente, hablaban y +reían moviendo las cucharas con cierta calma. Presentían que el día +siguiente sería de encierro, de holganza forzosa, y deseaban permanecer +en vela hasta bien entrada la noche.</p> + +<p>El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la +memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las mismas paredes +enjalbegadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo +del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los +cuerpos sucios. Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas todo +el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas +multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables +remiendos con clavos agudos.</p> + +<p>En el presidio cada uno tenía su petate, y en la gañanía sólo muy +contados podían permitirse este lujo. Los más, dormían en esteras, sin +desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la +tierra dura. El pan, la cruel divinidad que obligaba a aceptar esta +existencia miserable, rodaba en pedazos por el suelo, o se exhibía en +las escarpias, entre los harapos, en enormes teleras de seis libras, +como un ídolo al que sólo se podía llegar después de un día de +encorvamiento abrumador.</p> + +<p>Salvatierra se fijó en las caras de aquellas gentes que le miraban con +curiosidad, suspendiendo por un instante su comida, manteniendo +inmóviles las manos con la cuchara en alto.</p> + +<p>Bajo los sombreros deformes sólo se veían carátulas de miseria, máscaras +de sufrimiento y de hambre. Los jóvenes tenían la frescura vigorosa de +los pocos años. Reían reflejando en sus ojos el espíritu burlón de la +raza, la alegría de vivir, sin el peso de una familia; el regocijo del +hombre aislado, que por miserable que se considere, puede siempre seguir +adelante. Pero los hombres mostraban un envejecimiento prematuro, +arruinados en plena madurez, con el temblor de los valetudinarios; +revelando unos su acometividad en los ojos animados por resplandores +fosforescentes de fiera, encogidos otros con la resignación del que sólo +aguarda la muerte como única libertad.</p> + +<p>Eran cuerpos enjutos, apergaminados, recocidos por el sol, con la piel +agrietada. La alimentación, pobre y escasa, no llegaba a formar el más +leve almohadillado entre el esqueleto y su envoltura. Hombres que aún no +tenían cuarenta años, mostraban sus cuellos descarnados, de piel flácida +y abullonada, con los tirantes tendones de la ancianidad. Los ojos, en +lo más hondo de sus cuencas, circundados de una aureola de arrugas, +brillaban como estrellas mortecinas en el fondo de un pozo. Su miseria +física era el resultado de una fatiga prolongada años y más años, de una +alimentación insípida de pan, sólo de pan. Los cuerpos rudos y angulosos +parecían labrados a hachazos: otros eran deformes y grotescos como +fabricados por un alfarero: muchos recordaban, por lo retorcidos y +nudosos, los troncos de los acebuches de las dehesas. Los brazos negros, +con las agudas protuberancias de una gimnasia forzada, parecían de +sarmientos trenzados. Y el amontonamiento de estos infelices exhalaba un +olor agrio, de sudor de hambriento, de ropa adherida al cuerpo durante +meses, de alientos fétidos: toda la respiración apestante de la miseria.</p> + +<p>Las mujeres aun ofrecían un aspecto más doloroso. Unas eran gitanas, +viejas y horribles como brujas, con la piel tostada y cobriza que +parecía haber pasado por el fuego de todos los aquelarres. Las jóvenes +tenían la hermosura dolorosa y desmayada de la anemia; flores de vida +que se mustiaban antes de abrirse; adolescentes de piel blanca, de una +palidez de papel mascado, que el sol no lograba calentar, tiñéndola a +trechos con menudas manchas de color de salvado. Vírgenes de ojos +desmesuradamente abiertos, como asombradas de haber nacido, con los +labios azules y las encías de ese rosa pálido que revela la miseria de +la sangre. El pelo triste y sin brillo asomaba alborotado bajo el +pañuelo, guardando en sus marañas briznas de paja y granos de tierra. El +pecho de las más tenía la monótona uniformidad del desierto, sin que al +respirar se marcase bajo la tela el más leve rastro de los montículos +seductores que avanzan orgullosos como un blasón del sexo. Tenían las +manos grandes y los brazos enjutos y huesosos como los hombres. Al +andar, movíanse sus faldas con desmayada soltura, como si dentro de +ellas sólo existiese aire, y al sentarse, la tela marcaba ángulos duros +sin la más tenue redondez. El trabajo, la fatiga bestial, habían +paralizado el desarrollo de la gracia femenina. Sólo algunas delataban +bajo su envoltura los encantos del sexo; pero eran muy pocas.</p> + +<p>Obligadas a sufrir las mismas durezas que el rebaño masculino, +únicamente recordaban que eran mujeres cuando a altas horas de la noche, +a oscuras ya la gañanía, apelotonadas en un rincón, veían turbado su +fatigoso sueño de hembras de carga, por las audacias de los mozos, que +las buscaban a tientas, mientras los gañanes viejos, curados de las +ilusiones de la vida, roncaban desaforadamente como si quisieran dormir +más aprisa para recuperar las fuerzas perdidas.</p> + +<p>Salvatierra fuese hacia el hogar al ver que el <i>arreador</i> se ponía de +pie ofreciéndole su asiento. El tío <i>Zarandilla</i> se acomodó en el suelo +junto a don Fernando, y éste, al mirar en torno, encontró los ojos de +<i>Alcaparrón</i> y su dentadura caballar que brillaban al sonreírle.</p> + +<p>—Mire su mercé, señó: esta es mi mamá.</p> + +<p>Y le mostró a una gitana vieja, la tía <i>Alcaparrona</i>, que acababa de +retirar del fuego un potaje de garbanzos husmeado vorazmente por tres +chicuelos, hermanos de <i>Alcaparrón</i> y una moza delgaducha, pálida y de +grandes ojos, que era su prima Mari-Cruz.</p> + +<p>—¿Conque su mercé es ese don Fernando tan nombrao?—dijo la +vieja.—Pues que Dios le dé mucha fortuna y mucha vida pa que sea el +pare de los probes.</p> + +<p>Y depositando en tierra el puchero, sentose con toda su familia en torno +de él. Era una comida extraordinaria. El tufillo de los garbanzos +despertaba cierta emoción en la gañanía, haciendo converger muchas +miradas de envidia en el grupo de los gitanos. <i>Zarandilla</i> interpelaba +a la vieja burlonamente. Había caído trabajo extraordinario ¿eh?... De +seguro que el día anterior, al ir a Jerez, había ganado algunas +pesetillas diciendo la buenaventura o proporcionando polvos mágicos a +las chavalas que se quejaban del desvío de sus amantes. ¡Ah, vieja +bruja! Parecía imposible que tuviese tanto <i>pesquis</i> con una cara tan +fea...</p> + +<p>La gitana escuchaba sonriendo, sin dejar de engullir ávidamente los +garbanzos, pero al mentar <i>Zarandilla</i> su fealdad cesó de comer.</p> + +<p>—Caya, cegato, mala sombra. Premita Dió que te veas toa la vida bajo +tierra, como tus hermanos los topos... Si ajora soy fea, tiempos hubo en +que me besaban los zapatos los marqueses. Bien lo sabes tú, arrastrao...</p> + +<p>Y añadió melancólicamente:</p> + +<p>—No estaría yo aquí si viviese el marqués de San Dionisio, aquel señó +tan resalao que jué el padrino de mi pobresito José María.</p> + +<p>Y señalaba a <i>Alcaparrón</i>, que abandonó su cuchara para erguirse con +cierto orgullo al oír el nombre de su padrino, el cual, según afirmaba +<i>Zarandilla</i>, había sido algo más para él.</p> + +<p>Salvatierra miró los ojos de la vieja, malignos y pitañosos, su hocico +de macho cabrio, que se contraía a cada palabra con una ductilidad +repugnante, los dos plumeros de cerdas grises que surgían de sus labios +como unos mostachos felinos. ¡Y este endriago había sido una mujer joven +y graciosa, de las que hacían cometer locuras al famoso marqués! ¡Y la +bruja había pasado muchas veces en los coches del de San Dionisio, al +son del bizarro campanilleo de las mulas, con el mantón de flores +cayéndosele de los hombros, una botella en la mano y una canción en los +labios, por frente a los campos que la veían ahora arrugada y +repugnante como una oruga, sudando de sol a sol sobre los surcos y +quejándose del dolor de sus «pobresitos riñones»! Era menos vieja de lo +que parecía, pero al desgaste del cansancio uníase el rápido desplome +que sufren las razas orientales pasando de la juventud a la vejez, como +los espléndidos días del trópico que saltan de la luz a la sombra sin +crepúsculo alguno.</p> + +<p>Siguieron los gitanos devorando su potaje, y Salvatierra sacó de un +bolsillo el pobre envoltorio de su cena, después de rehusar dulcemente +los ofrecimientos que le hacían de todos lados.</p> + +<p>El corro más inmediato a él, donde estaba el de Trebujena, componíase de +antiguos camaradas, trabajadores mal famados en los cortijos, algunos de +los cuales tuteaban a don Fernando siguiendo la práctica usual entre los +campañeros de <i>la idea</i>.</p> + +<p>Mientras comía su mendrugo y el pedazo de queso, pensaba, con la +incertidumbre de siempre, si se estaría apropiando un alimento que podía +faltar a otros, y esto hizo que se fijase en el único que en toda la +gañanía no se preocupaba de la cena.</p> + +<p>Era un jovenzuelo de cuerpo desmedrado, con un pañuelo rojo anudado al +cuello y una camisa por todo abrigo sobre el pecho. Desde el fondo de la +gañanía le llamaban los compañeros, anunciándole que apenas quedaba +gazpacho en el barreño, pero él seguía bajo la luz del candil, sentado +en un pedazo de tronco, encorvado el cuerpo sobre una mesilla baja, en +la que se empotraban sus rodillas como en un cepo. Escribía lenta y +trabajosamente, con una testarudez de campesino. Tenía ante sus ojos un +fragmento de periódico, y copiaba las líneas con la ayuda de un tintero +de bolsillo lleno de agua ligeramente ennegrecida, y de una pluma roma +que trazaba los renglones con la misma paciencia del buey al abrir el +surco.</p> + +<p><i>Zarandilla</i>, que estaba al lado de don Fernando, le habló del muchacho.</p> + +<p>—Es el <i>Maestrico</i>. Ansí le llaman, por su afición a libros y papeles. +Apenas güerve del trabajo, ya está pluma en mano jaciendo palotes.</p> + +<p>Salvatierra se aproximó al <i>Maestrico</i>, y éste volvió la cabeza para +mirarle, suspendiendo un instante su tarea. Expresábase con cierta +amargura al explicar su deseo de instruirse, quitando horas a su sueño y +su descanso. Le habían criado para bestia; a los siete años era ya zagal +en los cortijos o pastor en la sierra; hambre, golpes y fatiga.</p> + +<p>—Y yo quiero saber, don Fernando; quiero ser hombre y no afrentarme +viendo trotar las yeguas en la era y pensando que somos tan irracionales +como ellas. Todo lo que nos pasa a los pobres es porque no sabemos.</p> + +<p>Miraba amargamente a sus compañeros, a la gente de la gañanía, +satisfecha de su ignorancia, que se burlaba de él llamándole el +<i>Maestrico</i>, y hasta le tenía por loco viéndole a la vuelta del trabajo +deletrear pedazos de periódico o sacar de su faja la pluma y el +cuaderno, escribiendo torpemente ante el pábilo del candil. No había +tenido maestro: se enseñaba a sí mismo. Sufría al pensar que otros +vencían fácilmente con el auxilio ajeno los obstáculos que a él le +parecían insuperables. Pero tenía fe y seguía adelante, convencido de +que si todos le imitaban cambiaría la suerte de la tierra.</p> + +<p>—El mundo es del que más sabe, ¿verdad, don Fernando? Si los ricos son +fuertes y nos pisan y hacen lo que quieren, no es porque tengan el +dinero, sino porque saben más que nosotros... Estos infelices se burlan +de mí cuando les digo que se instruyan, y me hablan de los ricos de +Jerez, que son más bárbaros que los gañanes. ¡Pero eso no es cuenta! +Estos ricos que vemos de cerca son unos peleles, y sobre ellos están los +otros, los verdaderos ricos, los que saben, los que hacen las leyes del +mundo, y sostienen ese intríngulis de que unos cuantos lo tengan todo y +la gran mayoría no tenga nada. Si el trabajador supiera lo que ellos, no +se dejaría engañar, les haría frente a todas horas, y cuando menos, los +obligaría a que se partiesen el poder con él.</p> + +<p>Salvatierra admiraba la fe de este joven que se creía poseedor del +remedio para todos los males sufridos por la inmensa horda de la +miseria. ¡Instruirse! ¡Ser hombres!... Los explotadores eran unos +cuantos miles y los esclavos centenares de millones. Pero apenas +peligraban sus privilegios, la humanidad ignorante encadenada al +trabajo, era tan imbécil, que ella misma se dejaba extraer de su seno +los verdugos, los que vistiendo un traje de colorines y echándose el +fusil a la cara, volvían a restablecer a tiros el régimen de dolor y de +hambre, cuyas consecuencias sufrían después, al volver abajo. ¡Ay! ¿si +los hombres no viviesen ciegos y en la ignorancia, cómo podría +mantenerse este absurdo?</p> + +<p>Las afirmaciones candorosas del muchacho, hambriento de saber, hacían +reflexionar a Salvatierra. Tal vez este inocente veía más claro que +ellos, los hombres endurecidos en la lucha, que pensaban en la +propaganda por la acción y en las rebeldías inmediatas. Era un espíritu +simple, como los creyentes del cristianismo primitivo, que sentían las +doctrinas de su religión con más intensidad que los Padres de la +Iglesia. Su procedimiento era de una lentitud que necesitaba siglos; +pero su éxito parecía seguro. Y el revolucionario, escuchando al gañán, +se imaginaba una época en la que no existiese la ignorancia y la actual +bestia de trabajo, mal nutrida, con el pensamiento petrificado y sin +otra esperanza que la insuficiente y envilecedora caridad, se +metamorfosease en hombre.</p> + +<p>Al primer conflicto entre los felices y los desgraciados, se quebraría +el viejo mundo. Los grandes ejércitos organizados por una sociedad +basada en la fuerza, servirían para darla la muerte. Los trabajadores +uniformados levantarían las culatas de los fusiles que les entregan sus +explotadores para que les defiendan, o se valdrían de estas armas para +imponer la ley de la felicidad de los más, a los pastores perversos que +durante siglos mantenían al rebaño humano en la injusticia. Cambiaría de +repente la faz del mundo, sin sangre y sin catástrofes. Desaparecerían, +con los ejércitos y las leyes fabricadas por los poderosos, todo el +antagonismo entre los felices y los desgraciados, todas las imposiciones +y crueldades que convierten la tierra en un presidio. Sólo quedarían +hombres. ¡Y esto podía lograrse tan pronto como la inmensa mayoría de +los humanos, el innumerable ejército de la miseria, se diese cuenta de +su fuerza, negándose a sostener por más tiempo la obra de la +tradición!...</p> + +<p>Salvatierra sentía halagado su sentimentalismo humanitario por este +generoso ensueño de la inocencia. ¡Cambiar el mundo sin sangre, con un +golpe teatral, valiéndose de la varilla mágica de la instrucción, sin +esas violencias que repugnaban a su alma tierna, y que finalizan siempre +con la derrota de los infelices y las crueles represalias del +poderoso!...</p> + +<p>El <i>Maestrico</i> seguía afirmando sus convicciones con una fe, que +iluminaba sus ojos cándidos. ¡Ay! ¡Si los pobres supieran lo que saben +los ricos!... Estos son fuertes y gobiernan, porque la sabiduría está a +su servicio. Todos los descubrimientos e invenciones de la ciencia caen +en sus manos, son para ellos, llegando apenas los residuos a los de +abajo. Si alguien salía de la masa miserable, elevándose por su +capacidad, en vez de permanecer fiel a su origen, prestando apoyo a los +hermanos, desertaba de su puesto, volviendo las espaldas a cien +generaciones de abuelos esclavos, aplastados por la injusticia, y vendía +su cuerpo y su inteligencia a los verdugos, mendigando un puesto entre +ellos. La ignorancia era la peor servidumbre, el más atroz martirio de +los pobres. Pero la instrucción aislada e individual resultaba inútil: +sólo servía para formar desertores, tránsfugas, que se apresuraban a +alinearse con el enemigo. Debían instruirse todos al mismo tiempo: +adquirir la gran masa el conocimiento de su fuerza, apropiarse de golpe +las grandes conquistas de la razón humana.</p> + +<p>—¡Todos! ¿me entiende usted, don Fernando? Todos a la vez, gritando: +«No queremos más engaños; no os serviremos para que <i>esto</i> continúe».</p> + +<p>Y don Fernando aprobaba con movimientos de cabeza. Sí, todos al mismo +tiempo; así había de ser: todos, despojándose de la piel de la +bestialidad resignada, única vestidura que la tradición cuidaba de +mantener sobre sus hombros.</p> + +<p>Pero al volver su vista por la gañanía, llena de sombra y de humo, +creyó abarcar con sus ojos toda la humanidad explotada e infeliz. Unos +acababan de devorar las sopas, con las que engañaban su hambre; otros, +tendidos, regoldaban satisfechos, creyendo en una digestión que no +añadía nada al quebrantado vigor de su vida; todos aparecían +embrutecidos, repugnantes, sin voluntad para salir de su estado; +creyendo confusamente en el milagro como única esperanza, o pensando en +una limosna cristiana que le permitiese un minuto de descanso en su +desesperado rodar por la cuesta de la miseria. ¡Cuánto tiempo no había +de transcurrir hasta que aquella pobre gente abriese los ojos y +aprendiera el camino! ¡Quién podría despertarla, infundiéndola la fe de +aquel pobre mozo que caminaba a tientas, con los ojos fijos en una +estrella lejana que él solo veía!...</p> + +<p>El grupo de los de <i>la idea</i>, abandonando el cuenco limpio ya de +gazpacho, vino a sentarse en el suelo, en torno de Salvatierra. +Gravemente, enrollaban sus cigarros, como si esta operación absorbiese +por completo su pensamiento. El tabaco era su única voluptuosidad, y +tenían que calcular la duración de la pobre cajetilla durante toda la +semana. Manolo el de Trebujena había sacado del serón de su asno un +tonelillo de aguardiente y servía copas en el centro de un corro. +Acudían a él, con avidez de enfermos, los viejos gañanes de cara +apergaminada y barbas recias, brillando en sus ojos el consuelo del +alcohol. Los jóvenes sacaban de la faja las monedas de cobre, después +de largos titubeos, y bebían, justificando mentalmente este gasto +extraordinario con el absurdo pensamiento de que al día siguiente no +habían de trabajar. Algunas muchachas, de sueltos ademanes, avanzaban +cautelosas, con paso de gatas, hasta confundirse con los grupos de los +mozos, chillando cuando éstos las ofrecían una copa después de +innumerables pellizcos y restregones de brutal deseo.</p> + +<p>Salvatierra escuchaba a Juanón, un antiguo camarada que trabajaba en el +cortijo y había hecho el viaje a Jerez, sólo por verle cuando llegó del +presidio.</p> + +<p>Era un hombre enorme, membrudo, con los pómulos salientes, la mandíbula +cuadrada y fiera, el pelo recio e hirsuto invadiéndole la frente, y unos +ojos profundos que, en ciertos momentos, brillaban con el resplandor +verdoso de los felinos.</p> + +<p>Había sido viñador, pero por su fama de revoltoso y pendenciero, tenía +que dedicarse al trabajo de los cortijos, encontrando ocupación sólo en +Matanzuela, gracias a Rafael, que le protegía por ser amigo de su +padrino. Juanón inspiraba respeto a toda la gañanía. Era un impulsivo, +sin recaídas de desaliento: una voluntad enérgica que se imponía a los +compañeros.</p> + +<p>Lenta y sentenciosamente hablaba a Salvatierra, mirando al mismo tiempo +a la gente con un mohín de superioridad, acompañado de frecuentes +salivazos en el suelo.</p> + +<p>—Esto ha cambiado mucho, Fernando. Vamos paatrás y los ricos son más +amos que nunca.</p> + +<p>Tuteaba a Salvatierra a uso de <i>compañero</i> y hablaba con desprecio de la +gente trabajadora. Los jóvenes ya los veía allí: creyéndose felices con +una copa y sin más pensamiento que hacer suyas a las compañeras de +trabajo. No había más que fijarse en la frialdad con que habían +presenciado la llegada de Salvatierra. Muchos ni sentían la curiosidad +de aproximarse a él: hasta habían sonreído irónicamente, como si +dijeran: «Un embustero más». Para ellos eran embusteros los periódicos +que leían los viejos en voz alta; embusteros los que hablaban de la +fuerza de la asociación y de una revuelta posible: sólo eran verdad los +tres gazpachos y los dos reales de jornal, y con esto, alguna borrachera +de vez en cuando y el asalto de una trabajadora, a la que afligían con +el engendramiento de un nuevo desgraciado, se consideraban felices +mientras duraba en ellos el optimismo de la juventud y la fuerza. Si +seguían el impulso de las huelgas, era por el ruido y el desorden que +éstas traían. De los antiguos, quedaban aún muchos fieles a <i>la idea</i>, +pero apocados de ánimo, miedosos, encorvados bajo el temor que habían +sabido infundirles los ricos.</p> + +<p>—Hemos sufrido mucho, Fernando. Mientras tú estabas allá lejos +padeciendo, esto nos lo han transformado.</p> + +<p>Y hablaba del régimen de terror que reducía al silencio toda la +campiña. La ciudad rica, odiada por los siervos del campo, velaba sobre +ellos con un gesto cruel e inexorable para ocultar el miedo que les +tenía. Los amos poníanse en guardia a la menor conmoción. Bastaba que se +reuniesen con cierto misterio unos cuantos jornaleros en un hato, en un +rancho de la campiña, para que al momento sonasen los ricos el toque de +alarma en los periódicos de toda España, y llegaran nuevos soldados a +Jerez, y la guardia civil corriera el campo amenazando a todo el que no +estaba conforme con lo exiguo del jornal y la miseria de la +alimentación. <i>¡La Mano Negra!</i> ¡Siempre aquel fantasma, agrandado por +la exuberante imaginación andaluza, que los ricos cuidaban de conservar +vivo y en pie para moverlo así que los gañanes formulaban la más +insignificante petición!...</p> + +<p>Para sostener sus injusticias y la servidumbre tradicional, necesitaban +del estado de guerra, fingir que vivían entre peligros, quejándose de +los gobiernos porque no les protegían bastante. Si los braceros pedían +que les diesen de comer como a seres humanos, que les dejasen fumar un +cigarro más en las horas veraniegas de sol abrasador, que les aumentasen +los dos reales en unos cuantos céntimos, todos gritaban desde arriba +recordando <i>La Mano Negra</i>, afirmando que iba a resucitar.</p> + +<p>Juanón, impulsado por la cólera, poníase de pie. <i>¡La Mano Negra!</i> ¿Qué +era aquello? Él había sufrido persecuciones por creerle afiliado a +ella, y aún no sabía ciertamente en qué consistía. Meses enteros había +estado en la cárcel con otros desgraciados. Le sacaban por la noche del +encierro, para golpearle, en la oscura soledad del campo. Las preguntas +de los hombres con uniforme iban acompañadas de culatazos que hacían +crujir sus huesos, de palizas locas que se exacerbaban ante sus +negativas. Aún guardaba en el cuerpo las cicatrices de estos obsequios +de los ricos de Jerez. Podían haberle muerto sin que él contestase a +gusto de sus atormentadores. Sabía de sociedades para defender la vida +de los jornaleros y resistirse a los abusos de los amos; él formaba +parte de ellas; pero de <i>La Mano Negra</i>, de la terrorífica asociación +con sus puñales y sus venganzas, no sabía una palabra.</p> + +<p>Como prueba de su existencia novelesca, sólo había un muerto, un +asesinato vulgarísimo en un país de vino y de sangre: y por este +homicidio habían muerto unos cuantos trabajadores en garrote vil, y +centenares de infelices como él vivieron en la cárcel sufriendo +tormentos que a algunos les costaron la existencia. Pero desde entonces +tenían los amos un espantajo para levantarlo como bandera, <i>La Mano +Negra</i>, y no intentaban los pobres de la campiña el más leve movimiento +hacia su bienestar, que no surgiese el fantasma lúgubre goteando sangre.</p> + +<p>Todo lo autorizaba el tétrico recuerdo. Por la más leve falta se +apaleaba a un hombre en el campo; el gañán era un ser sospechoso contra +el cual todo era lícito. Los excesos de celo de la autoridad se +agradecían y premiaban, y al que osaba protestar se le imponía silencio +con el recuerdo de <i>La Mano Negra</i>. La gente joven escarmentaba con este +ejemplo; los hombres tenían miedo, y los ricos, allá en la ciudad, con +la imaginación fortalecida por el vino de sus bodegas, seguían añadiendo +caperuzas a su fantasma, colgándole nuevos adornos de terror, +agrandándolo de tal modo, que los mismos que lo habían visto nacer +hablaban de él como de algo horriblemente legendario ocurrido en tiempos +remotos.</p> + +<p>Juanón calló, y sus compañeros permanecieron como aterrados por aquel +espectro de la imaginación meridional, que parecía cubrir con sus +trapajos negros todo el campo de Jerez.</p> + +<p>La gañanía, después de la cena, había recobrado la calma de la noche. +Muchos hombres dormían tendidos en sus esterillas con un ronquido +fatigoso, aspirando a ras de tierra las emanaciones asfixiantes del +rescoldo de boñiga. En el fondo, las mujeres, sentadas en el suelo con +las faldas abombadas como hongos, contábanse cuentos o relataban +curaciones maravillosas ocurridas en la sierra por milagro de las +vírgenes.</p> + +<p>Una canturía a media voz elevábase sobre el murmullo de las +conversaciones. Eran los gitanos que continuaban su comida +extraordinaria. La tía <i>Alcaparrona</i> había sacado de bajo de sus faldas +una botella de vino para celebrar su buena fortuna en la ciudad. La +prole salía a sorbo en el reparto, pero la vista del vino era suficiente +para esparcir la alegría. <i>Alcaparrón</i>, con la vista puesta en su madre, +que era la mayor de sus admiraciones, cantaba acompañado de las palmas +que batían en sordina todos los de la familia. El gitanillo gemía «sus +pesares y sus penas» con ese sentimentalismo falso de la canción +popular, añadiendo que «al escucharle un pájaro, se le habían caído de +sentimiento las plumas a millares»; y la vieja y su gente le jaleaban, +alabando su gracia con tanto entusiasmo como si se alabasen ellos +mismos.</p> + +<p><i>Alcaparrón</i> cortó de repente el canto para hablar a su madre, con la +incoherencia del gitano que salta caprichoso de un pensamiento a otro.</p> + +<p>—Mare, ¡y qué desgraciaos somos los pobresitos gitanos! Los <i>gachés</i> lo +son todo: reyes, alcardes, jueses y generales, y los <i>cañís</i> no somos +ná.</p> + +<p>—¡Caya, malange! Tampoco dengún gitano es carselero ni verdugo... Anda, +bobo: echa otra.</p> + +<p>Y reanudaron el canto y el palmoteo con nuevos bríos.</p> + +<p>Un gañán ofreció una copa de aguardiente a Juanón, que la rechazó con su +manaza.</p> + +<p>—Eso es lo que nos pierde—dijo sentenciosamente.—La bebía mardita.</p> + +<p>Y apoyado por los gestos de aprobación del <i>Maestrico</i>, que había +guardado sus avíos de escribir para unirse al grupo, Juanón anatematizó +la embriaguez. Aquella gente miserable lo olvidaba todo cuando bebía. Si +llegaban a sentirse hombres alguna vez, no tendrían los ricos más que +abrir las puertas de sus bodegas para vencerlos.</p> + +<p>Muchos en el grupo protestaron de las palabras de Juanón. ¿Qué podía +hacer un pobre sino beber, para olvidar su miseria? Y roto el silencio +respetuoso que imponía la presencia de Salvatierra, hablaron muchos a un +tiempo, para expresar sus dolores y sus cóleras. La comida era cada vez +peor: los ricos abusaban de su fuerza, de aquel miedo que habían +infundido y propalado.</p> + +<p>Únicamente en la época de la trilla les daban un guiso de garbanzos: el +resto del año pan, sólo pan, y en muchos sitios, tasado. Explotaban +hasta sus necesidades más imperiosas. Antes, al arar la tierra, por cada +diez arados había un hombre suplente, que ocupaba el sitio del que se +retiraba un momento para librarse de los residuos del gazpacho. Ahora, +para economizarse este suplente, daban cinco céntimos al arador, con la +condición de no abandonar la yunta aunque el estómago le atormentase con +los más crueles llamamientos, y a esto le llamaban ellos con una sorna +triste, «vender el... sitio más innoble del cuerpo».</p> + +<p>Cada año venían a los cortijos más mujeres de la sierra. Las hembras +eran sumisas; la debilidad femenil las hacía temer al arreador y se +esforzaban en su trabajo. Los <i>manijeros</i>, agentes reclutadores, +bajaban de la montaña al frente de sus bandas empujadas por el hambre. +Describían en los pueblos la campiña de Jerez como un lugar de +abundancia, y las familias confiaban al <i>manijero</i> las hijas apenas +entradas en la pubertad, pensando, con una avidez sin entrañas, en los +reales que traerían recogidos después de la temporada de trabajo.</p> + +<p>El arreador de Matanzuela y algunos del corro, que eran manijeros, +protestaron. Los hombres de la gañanía que aún no dormían habíanse +agrupado en torno de Salvatierra.</p> + +<p>—Nosotros somos mandaos—dijo el arreador.—¿Qué hemos de jacer, pobres +de nosotros? Eso, a los amos, que son los que nos mandan.</p> + +<p>El viejo <i>Zarandilla</i> intervino también, por considerarse comprendido en +el llamado <i>gobierno</i> del cortijo. ¡Los amos!... Ellos podían arreglarlo +todo, sólo con acordarse un poco del pobre; con tener caridad, mucha +caridad.</p> + +<p>Salvatierra, que escuchaba impasible las palabras de los jornaleros, se +agitó, rompiendo su mutismo al oír al viejo. ¡La caridad! ¿Y para qué +servía? Para mantener al pobre en la esclavitud, esperando unas migajas +que acallaban su hambre por un momento y prolongaban su servidumbre.</p> + +<p>La caridad era el egoísmo disfrazándose de virtud; el sacrificio de una +pequeñísima parte de lo superfluo repartida a capricho. Caridad, no: +¡justicia! ¡a cada cual lo suyo!</p> + +<p>Y el revolucionario enardecíase al hablar: abandonaba su sonriente +frialdad; brillábanle los ojos tras las gafas azuladas, con el fuego de +la rebelión.</p> + +<p>La caridad no había hecho nada por dignificar al hombre. Diecinueve +siglos llevaba de reinado; la cantaban los poetas como inspiración +divina; la ensalzaban los felices como la mayor de las virtudes, y el +mundo estaba igual que el día en que apareció ella por primera vez con +la doctrina del Cristo. La experiencia resultaba suficientemente larga +para apreciar su inutilidad.</p> + +<p>Era la más impotente y anémica de las virtudes. Había tenido palabras +amorosas para el esclavo, pero no había roto sus cadenas; ofrecía un +mendrugo al siervo moderno, pero no osaba el menor reproche contra la +organización social que le condenaba a la miseria por el resto de su +vida. La caridad, sosteniendo al menesteroso un instante para que tomase +fuerzas, era tan virtuosa como la campesina que alimenta a las aves de +su corral y las mantiene bien cebadas, hasta el momento de devorarlas.</p> + +<p>Nada había hecho esta virtud pálida para libertar a los hombres. Era la +rebeldía, la protesta desesperada, la que había roto las ligaduras del +antiguo siervo, la que emanciparía al asalariado moderno, adulado con +toda clase de derechos ideales, menos el derecho al pan.</p> + +<p>Salvatierra, en la exaltación de su pensamiento, quería estrujar todos +los fantasmas con los que se había aterrado o entretenido durante siglos +a los menesterosos, para que no estorbasen la feliz placidez de los +privilegiados.</p> + +<p>Sólo la Justicia social podía salvar a los hombres, y la Justicia no +estaba en el cielo, vivía en la tierra.</p> + +<p>Más de mil años se habían resignado los parias, con el pensamiento +puesto en el cielo, confiando en una compensación eterna. Pero el cielo +estaba vacío. ¿Qué desgraciado podía ya creer en él? Dios se había ido +con los ricos; apreciaba como una virtud digna de la gloria eterna, el +que de tarde en tarde repartiesen éstos un fragmento de su fortuna, +conservándola íntegra y reputando como un crimen las reclamaciones de +bienestar de los de abajo.</p> + +<p>Aunque el cielo existiese, el infeliz se negaría a entrar en él, como en +un lugar de injusticia y privilegio donde penetra lo mismo el que pasa +la vida sufriendo, que el que vive en la riqueza distrayendo su tedio +con la voluptuosidad de la limosna.</p> + +<p>El cristianismo era una mentira más, desfigurada y explotada por los de +arriba para justificar y santificar sus usurpaciones. ¡Justicia, y no +Caridad! ¡Bienestar en la tierra para los infelices y que los ricos se +reservasen, si la deseaban, la posesión del cielo, abriendo la mano para +soltar sus rapiñas terrenales!</p> + +<p>Los miserables no podían esperar nada de lo alto. Sobre sus cabezas sólo +existía un infinito insensible a la desesperación humana: otros mundos +que ignoraban la vida de millones de míseros gusanos sobre esta esfera +deshonrada por el egoísmo y la violencia. Los hambrientos, los que +tenían sed de justicia, sólo debían confiar en ellos mismos. ¡Arriba, +aunque fuese para morir! Otros vendrían detrás, que esparcirían la +simiente germinadora en los surcos fecundados por su sangre. ¡De pie y +en marcha la horda de la miseria, sin más Dios que la rebelión, +iluminando su camino la estrella roja, el eterno diablo de las +religiones, guía insustituible de todos los grandes movimientos de la +humanidad!...</p> + +<p>El grupo de braceros escuchaba en silencio al revolucionario. Muchos +seguían sus palabras abriendo desmesuradamente los ojos, como si +quisieran absorberlas con la vista.</p> + +<p>Juanón y el de Trebujena asentían con movimientos de cabeza. Habían +leído confusamente lo que decía Salvatierra, pero en boca de éste les +conmovía como una música vibrante de pasión.</p> + +<p>El viejo <i>Zarandilla</i> no temió romper este ambiente de entusiasmo, +interviniendo con su sentido práctico.</p> + +<p>—Too eso está muy bien, don Fernando. Pero el pobre necesita tierra pa +vivir y la tierra es de los amos.</p> + +<p>Salvatierra se irguió con arrogancia. La tierra no era de nadie. ¿Qué +hombres la habían creado para apropiársela como obra suya? La tierra era +de los que la trabajaban.</p> + +<p>La injusta distribución del bienestar; el aumento de la miseria conforme +aumenta la civilización; el aprovecharse los poderosos de todos los +inventos de la mecánica, ideados para suprimir el trabajo corporal y que +sólo servían para hacerlo más pesado y embrutecedor; todos los males de +la humanidad, provenían de la apropiación de la tierra por unos cuantos +miles de hombres que no siembran y sin embargo recogen, mientras +millones de seres hacen abortar al suelo sus tesoros de vida sufriendo +un hambre de siglos y siglos.</p> + +<p>La voz de Salvatierra resonó en el silencio de la gañanía como un grito +de combate.</p> + +<p>—El mundo empieza a despertar de su sueño de miles de años; protesta de +haber sido robado en su infancia. La tierra es vuestra: nadie la ha +creado y pertenece a todos. Si en ella existe algún mejoramiento, obra +es de vuestras negras manos, que son vuestros títulos de propiedad. El +hombre nace con derecho al aire que respira, al sol que lo calienta, y +debe exigir la posesión de la tierra que le sostiene. El suelo que +cultiváis para que otro recoja la cosecha, os pertenece, aunque +vosotros, infelices, envilecidos por miles de años de servidumbre, +dudéis de vuestro derecho, temiendo avanzar la mano para que no os crean +ladrones. El que acapara un pedazo de tierra, excluyendo de él a los +demás, el que lo entrega a las bestias humanas para que lo hagan +producir mientras él permanece ocioso, ese es el que verdaderamente roba +a sus semejantes.</p> + + + +<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p> + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + + +<p>Los dos mastines que guardaban durante la noche los alrededores de la +torre de Marchamalo, cesaron de dormitar bajo las arcadas de la casa de +los lagares, con el cuerpo en círculo, apoyando en el rabo las feroces +mandíbulas.</p> + +<p>Irguiéronse los dos al mismo tiempo, husmearon el espacio, y después de +balancearse con cierto titubeo, rugieron, lanzándose viña abajo con un +impulso arrollador que hacía saltar la tierra entre sus patas.</p> + +<p>Eran unos animales casi salvajes, de ojos de fuego y boca roja, erizada +de dientes que daban frío. Los dos se abalanzaron sobre un hombre que +marchaba encorvado por entre las cepas, fuera del camino que en recta +pendiente conducía de la carretera a la torre.</p> + +<p>El encontronazo fue terrible: el hombre vaciló, tirando de su manta en +la que había hecho presa uno de los mastines. Pero, de repente, cesaron +éstos de rugir, de revolverse en torno de él buscando sitio para hincar +sus colmillos, y se colocaron a su lado escoltándolo y acogiendo con +ronquidos de satisfacción el roce de sus manos.</p> + +<p>—¡Bárbaros!—decía Rafael en voz queda, sin dejar de +acariciarles.—¡Malas personas!... ¿Ya no me conocéis?</p> + +<p>Le acompañaron hasta la meseta de Marchamalo, y de nuevo fueron a +enroscarse bajo las arcadas, reanudando su dormitar receloso que se +desvanecía al menor ruido.</p> + +<p>Rafael se detuvo un momento en la plazoleta, para reponerse de este +encuentro. Se arregló la manta sobre los hombros y cerró la navaja que +había sacado para hacer frente a las hurañas bestias.</p> + +<p>Sobre el espacio azulado por el brillo de las estrellas, dibujábase el +contorno de aquel Marchamalo nuevo que había hecho construir don Pablo.</p> + +<p>En el centro, la torre señorial, que se veía desde Jerez, dominando las +colinas cubiertas de viñas que hacían de los Dupont los primeros +propietarios de la comarca: una construcción pretenciosa de ladrillo +rojo, con la base y los ángulos de piedra blanca; unidas las agudas +almenas de su remate por una barandilla de hierro que convertía en +terraza vulgar el coronamiento de una obra semifeudal. A un lado estaba +lo mejor de Matanzuela, lo que don Pablo había cuidado más de sus nuevas +construcciones, la capilla espaciosa, ornada de columnas y mármoles como +un gran templo. Al otro lado permanecía casi intacta la obra del +antiguo Marchamalo. Apenas si con una ligera reparación se había +fortalecido este cuerpo de edificio, bajo y con arcadas, en el que +estaban las habitaciones del capataz y el dormitorio de los viñadores, +espacioso y desabrigado, con un <i>fogaril</i> que ennegrecía de humo las +paredes.</p> + +<p>Dupont, que había traído artistas de Sevilla para decorar la iglesia, y +encargado a los santeros de Valencia varias imágenes deslumbrantes de +colorines y oro, sintió cierto remordimiento ante la antigua casa de los +viñadores, no atreviéndose a tocarla. Tenía <i>mucho carácter</i>; equivalía +a un atentado rejuvenecer con reformas este refugio de los braceros. Y +el capataz siguió en sus cuartuchos, cuya vejez disimulaba María de la +Luz con un cuidadoso enjalbegado, y los jornaleros durmieron vestidos +sobre las esterillas de enea que les proporcionaba la generosidad de don +Pablo, mientras las santas imágenes permanecían entre mármoles y +dorados, semanas enteras, sin ser vistas de nadie, pues las puertas de +la capilla sólo se abrían cuando el amo llegaba a Marchamalo.</p> + +<p>Rafael contempló largo rato los edificios, temiendo que en su oscura +masa se iluminase una rendija, se abriera una ventana y asomase el +capataz alarmado por la carrera de los mastines. Transcurrieron algunos +minutos sin que en Marchamalo se notase el menor movimiento. Subía el +rumor soñoliento de los campos hundidos en la sombra: las estrellas +parpadeaban intensamente en el cielo invernal, como si el frío aguzase +su fulgor.</p> + +<p>El mozo salió de la plazoleta, y volviendo la esquina del edificio +viejo, anduvo por el callejón que quedaba entre la casa y una fila de +compactas chumberas. Se detuvo junto a una reja, y al tocar ligeramente +con los nudillos en sus maderas, se abrieron éstas, destacándose sobre +el fondo oscuro de la habitación el arrogante busto de María de la Luz.</p> + +<p>—¡Qué tarde, Rafaé!—dijo con voz queda.—¿Qué hora es?...</p> + +<p>El aperador miró al cielo un instante, leyendo en los astros con su +experiencia de hombre de campo.</p> + +<p>—Deben ser ansí como las dos y media.</p> + +<p>—¿Y el cabayo? ¿dónde lo has dejao?</p> + +<p>Rafael explicó su viaje. El caballo estaba en el ventorro de la Corneja, +a dos pasos de allí; una cabaña al borde de la carretera. Bien +necesitaba descansar, pues había venido al galope desde el cortijo.</p> + +<p>Aquel sábado había sido de trabajo. Muchos hombres y muchachas de la +gañanía querían pasar el domino en sus pueblos de la sierra, y le habían +pedido los jornales para llevarlos a sus familias. Una tarea de volverse +loco, el ajustar las cuentas de aquella gente que siempre se creía +engañada. Además, había tenido que cuidar a un semental que andaba +malucho; darle friegas y otros remedios, ayudado por <i>Zarandilla</i>. +Luego, las gentes de la dehesa le traían escamado, pues al hacer carbón, +seguramente robaban al señorito... En fin, que en Matanzuela no se +paraba un momento, y sólo después de media noche, cuando en la gañanía +habían apagado la luz los que allí quedaban, se había decidido a +emprender el galope. Apenas amaneciese volvería al ventorrillo, y +montando en la jaca, se presentaría como si acabase de llegar de +Matanzuela, para que el padrino no recelase que habían estado <i>pelando +la pava</i>.</p> + +<p>Luego de estas explicaciones quedaron los dos en silencio, agarrados a +la reja, sin que sus manos osaran encontrarse, mirándose de cerca a la +luz difusa de las estrellas, que daba a sus ojos un brillo +extraordinario. Era el momento de mutua contemplación y silenciosa +timidez de todos los amantes que se ven después de una larga ausencia. +Rafael fue el primero en romper el silencio.</p> + +<p>—¿Y no ties na que icirme? ¿Endimpués que no nos vemos en toa una +semana, te quedas como una boba mirándome como si juese yo un mal bicho?</p> + +<p>—¿Y qué te he de icir yo, arrastrao?... Que te quiero mucho: que toos +estos días los he pasao con una penita muy jonda, muy negra, pensando en +mi gitano...</p> + +<p>Y los dos novios, puestos ya en la pendiente del apasionamiento, +arrullábanse con la música de sus palabras, con la exuberancia verbosa +propia de la tierra.</p> + +<p>Rafael, agarrado a los hierros, temblaba emocionado al hablar a María de +la Luz, como si sus palabras no fuesen suyas y le turbasen con dulce +embriaguez. Los arrullos de las canciones populares, todos los +requiebros arrogantes que había oído, acompañados del puntear de la +guitarra, mezclábalos en la letanía amorosa con que envolvía a la novia +su voz susurrante.</p> + +<p>—Que toos los pesares de tu vida vengan a mí, entrañas de mi arma, y +que tú sólo goces alegrías. Ties la cara de Dios, gitana; tus labios son +casquites de limón, y cuando me miras, creo que me mira el buen Jesú de +los milagritos con sus ojos dulces... Quisiera ser don Pablo Dupont con +toas sus bodegas, para soltar el vino de las botas viejas que tiene er +tío, y que vale miles de pesos: y tú meterías en el charco tus pies +bonitos y yo le diría a too Jerez: «Beban ustés, cabayeros, que esto es +la gloria». Y toos dirían: «Tiene razón Rafaé: ni que juesen los +pinreles de la mismísima mare de Dios»... ¡Ay, niña! ¡si no me +quisieras, güena suerte te esperaba! Tendrías que hacerte monja, pues no +habría guapo que te pidiera relaciones. Me abriría de patas en tu puerta +y ni a Dios dejaba pasar.</p> + +<p>María de la Luz sentíase halagada por la expresión feroz que tomaba su +novio, sólo al pensar que otro hombre pudiera aproximarse a ella +requiriéndola de amores. La brutalidad de los celos amenazantes +gustábala aún más que los requiebros amorosos.</p> + +<p>—¡Pero, tonto! ¡si yo sólo te quiero a ti! ¡Si estoy chalaíta por mi +cortijero y aguardo como quien espera a los ángeles el momento de ir a +Matanzuela pa cuidar a mi aperador salao!... Ya sabes que yo podría +casarme con cualquiera de esos señoritos del escritorio que son amigos +de mi hermano. La señora me lo dice muchas veces. Otras me camela pa que +sea monja; pero monja de señorío, de las de gran dote, y me promete +correr con todo el gasto. Pero yo digo que no: «Señora, no quiero ser +santa; me gustan mucho los hombres...» Pero ¡Jesú! ¡qué barbariaes digo! +Toos los hombres, no: uno, sólo uno: mi Rafaé, que cuando va en su jaca +paece, por lo bonito, un San Miguel a cabayo. ¡Pero no vayas a ponerte +tonto con estas alabanzas, que too es broma!... Quiero ser cortijera con +mi cortijero, que me quiere y me dise cosos bonitas. Más me gusta con él +un gazpacho pobre que todo el señorío de Jerez...</p> + +<p>—¡Bendita sea tu boca! ¡Sigue niña, que me subes al cielo diciéndome +esas cosas! Nada has de perder queriéndome. Pa que estés bien soy capaz +de todo; y aunque el padrino se enfade, ansí que nos casemos güervo al +contrabando para llenarte el delantal de onzas.</p> + +<p>María de la Luz protestó con un ademán de miedo. Eso nunca. Aún se +conmovía recordando aquella noche en que lo vio llegar pálido como un +muerto y chorreando sangre. Serían felices en su pobreza, sin tentar a +Dios con nuevas aventuras que podían costarle la vida. ¿Para qué el +dinero?...</p> + +<p>—Lo que importa es quererse, Rafaé, y ya verás ¡cachito del arma! +cuando estemos en Matanzuela, qué vidita tan dulce voy a darte...</p> + +<p>Ella era del campo como su padre, y en el campo quería permanecer. No le +asustaban las costumbres del cortijo. En Matanzuela debía sentirse la +falta de un ama que convirtiese la habitación del aperador en una +«tacita de plata». Ya se enteraría él de lo que era buena vida, +acostumbrado a la existencia desordenada del contrabandista y al cuidado +de aquella vieja del cortijo. ¡Pobrecito! Bien notaba ella en su ropa la +falta que le hacía una mujer... Se levantarían al romper el día: él a +vigilar la salida de los gañanes para el tajo, ella a preparar el +almuerzo, a limpiar la casa con las manitas que Dios la había dado, sin +ningún miedo al trabajo. Vestido con aquel traje de campo que tan bien +le sentaba, montaría a caballo, pero sin faltarle un botón en la +chaquetilla, sin el menor descosido en los calzones, con una camisa +siempre blanca como la nieve, bien cepillado, lo mismo que un señorito +de Jerez. Y cuando volviese, la vería esperándole en la puerta del +cortijo; pobre, pero limpia como los chorros de agua, bien peinada, con +flores en el moño, y unos delantales que quitarían la luz de los ojos. +La olla humearía en la mesa. ¡Poquito <i>aquel</i> que tenía la niña para la +cocina! Su padre lo declaraba a todo el mundo... Después de comer en +dulce compaña, con la satisfacción de los que saben que su pan está bien +ganado, él, otra vez al campo y ella a coser, a cuidar del gallinero, a +vigilar el amasijo de las teleras. Y al cerrar la noche, a cenar y a +acostarse con los huesos cansados del trabajo, pero contentos de la +jornada; a dormir en la santa paz de los que emplean bien el día y no +sienten el remordimiento de haber hecho mal a nadie.</p> + +<p>—¡Venga de ahí!—murmuraba Rafael con apasionamiento.—Y aún no dices +too lo bueno. Después, tendremos chiquiyos, unos churumbeles muy monos +que correrán por el patio del cortijo...</p> + +<p>—¡Para, condenao!—exclamó María de la Luz.—No corras tanto, que te +despeñas...</p> + +<p>Y los dos quedaron en silencio, Rafael sonriendo del rubor de su novia, +mientras ésta le amenazaba con una de sus manecitas por su atrevimiento.</p> + +<p>Pero el mozo no podía callarse, y con la tenacidad de los enamorados +volvió a hablar a María de la Luz de sus primeras angustias, cuando se +dio cuenta de que estaba enamorado de ella. La primera vez que supo que +la amaba fue en Semana Santa, durante la procesión del Entierro. Y +Rafael reía, encontrando chusco el haberse enamorado, entre el aparato +terrorífico de los encapuchados de las cofradías, el llamear +inquisitorial de los blandones y el desgarrador estrépito de los +clarines y atabales.</p> + +<p>La procesión iba a altas horas de la noche por las calles de Jerez, en +medio de un silencio lúgubre, como si el mundo fuese a morir; y él, con +el sombrero en la mano, muy compungido, veía desfilar esta ceremonia que +le llegaba al alma. De pronto, al hacer un descanso el «Santísimo Cristo +de la Coronación de Espinas» y «Nuestra Señora de la Mayor Aflicción», +una voz rasgaba el silencio de la noche, una voz que hizo llorar al +fiero contrabandista.</p> + +<p>—Y eras tú, chavala; tu voz de oro fino que gorvía loquita a la gente. +«Es la chica del capataz de Marchamalo», decían a mi lao. «Bendito sea +su pico: es un riuseñor». Y yo me ajogaba de pena sin saber por qué; y +te veía delante de tus amigas, tan bonita como una santa, cantando la +<i>saeta</i>, con las manos juntas, mirando al Cristo con esos ojasos que +paecen espejos, en los que se veían toos los cirios de la procesión. Y +yo, que había jugao contigo de pequeñuelo, creí que eras otra, que te +habían cambiao de pronto; y sentí algo en la espalda, como si me +arañasen con una navaja; y miré al buen Señor de las Espinas con +envidia, porque cantabas para él como un pájaro y para él eran tus ojos; +y me fartó poco pa dicile: «Señó, sea su mercé misericordioso con los +pobres y déjeme un rato su puesto en la cruz. Na me importa que me vean +desnúo, con enagüillas y los remos enclavaos, con tal que María de la +Luz me orsequie con su voz de ángel...»</p> + +<p>—¡Loco!—decía la joven riendo.—¡Pamplinero! ¡Así me tienes chalaíta +con esas mentiras que te traes!</p> + +<p>—Endimpués volví a oírte en la plaza de la Cárcel. Los pobrecitos +presos, agarraos a las rejas, como si fuesen malas bestias, le cantaban +al Señó unas cosas muy tristes, unas saetas hablando de sus jierros, de +sus penitas, de la madre que lloraba por ellos, de sus hijitos que no +podían besar. Y tú, entrañas mías, desde abajo contestabas con otras +saetas, que eran un jipío durce como el de los ángeles, pidiendo al Señó +que se apiadase de los infelices. Y yo entonses juré que te quería con +toa mi arma, que habías de ser mía, y tuve tentasiones de gritar a los +pobrecitos de las rejas: «Hasta la vista, compañeros; si esta mujer no +me quiere, yo jago una barbariá: mato a arguien y el año que viene +cantaré enjaulao con vosotros al Señó de las Espinas.»</p> + +<p>—Rafaé, no seas bárbaro—dijo la muchacha con cierto temor.—No digas +esas cosas; eso es tentar la paciencia de Dios.</p> + +<p>—No, tonta; esto no es más que un dicir. ¡Qué he de ir yo a aquel sitio +de penas! Donde iré es a la gloria, casándome con mi riuseñor moreno, +llevándomelo al nidito de Matanzuela... Pero ¡ay, niña! ¡Lo que yo +sufrí desde aquel día! ¡Las penitas que pasé para decirte «te quiero»! +Venía a Marchamalo por las tardes cuando había hecho buen alijo, con una +porción de indirectas bien preparás para que me comprendieses, y tú ¡ná! +como si fueses la Dolorosa, que mira lo mismo en Semana Santa que en el +resto del año.</p> + +<p>—Pero, ¡bobito! ¡Si te calé desde el primer momento! ¡Si adivinaba el +querer que me tenías y estaba muy alegre! Pero mi obligasión era +disimulá. Una mocita no debe meterse por los ojos pa que le digan «te +quiero». Eso no es decente.</p> + +<p>—¡Calla, mal corazón! ¡Poquito que me hiciste sufrir en aquella +temporá!... Yegaba en mi jaca, después de haber ido en la sierra a tiros +con los del resguardo, y lo mismo era verte que abrírseme las entrañas +con un miedo que me hacía temblar. «Le diré esto, le diré lo otro». Y +verte y no icirte na, too era lo mismo. Se me trababa la lengua, se me +hacía de noche dentro del caletre, como cuando iba a la escuela; tenía +miedo de que te ofendieras y que el padrino me diese encima unos cuantos +palos con una tranca, disiéndome: «¡Arre allá, so sinvergüensa!», lo +mismo que cuando se mete en la viña un perro vagabundo... Por fin, salió +la cosa. ¿Te acuerdas? Algo costó, pero nos entendimos. Fue dimpués der +balazo, cuando tú me cuidabas como una marecita y por las tardes +hacíamos nuestro poquito de cante ahí cerca, bajo los arcadas. El +padrino tañía la guitarra y yo, sin saber cómo, me arranqué por +<i>martinetes</i>, con los ojos fijos en los tuyos, como si fuese a +comérmelos:</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;">Fragua, yunque y martillo</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Rompen los metales,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Pero este cariño que yo te tengo</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">No lo rompe nadie.</span><br /> +</p> + +<p>Y mientras el padrino contestaba «<i>tra, tra; tra, tra</i>», como si con un +martillo golpease el jierro, tú te pusiste coloradilla y bajaste los +ojos leyendo al fin en los míos. Y yo me dije: «Güeno, esto va bien». Y +bien fue: pues, sin saber cómo, nos dijimos nuestro querer. Tal vez +fuiste tú, ¡indina! que cansada de hacerme sufrir, acortaste el camino +para que yo perdiese el miedo... Y dende entonses no hay en Jerez y en +too su campo hombre más feliz y más rico que Rafaé, el aperador de +Matanzuela... ¿Ves tú a don Pablo Dupont con toos sus millones? Pues a +mi lao, ¡ná!; ¡cerato simple! Y toos los demás cosecheros ¡ná! Y mi amo, +el señorito Luis, con toa su fachenda y el mujerío de pendones que se +trae en derredor... ¡ná tampoco! El más rico de Jerez soy yo, que se +llevará al cortijo una morenucha fea, que está cieguecita porque a la +pobre apenas se le ven los ojos, y que tiene el defecto de que al reírse +se le jasen en la cara unos joyitos muy monos, como si estuviera picá de +viruelas.</p> + +<p>Y agarrado a la reja se expresaba con tal vehemencia, que parecía +querer meter su cara por entre los hierros buscando la de María de la +Luz.</p> + +<p>—Quieto, ¿eh?—dijo la muchacha con risueña amenaza.—A ti sí que te +voy a picá yo, pero con una horquilla del moño, si no te estás quieto. +Ya sabes, Rafaé, que no me gustan ciertas bromas y que salgo a la reja +porque me prometes que serás formal.</p> + +<p>El gesto de María de la Luz y la amenaza de cerrar la reja, hicieron que +Rafael se mostrase menos vehemente, separando su cuerpo de los hierros.</p> + +<p>—Güeno, como tú quieras, mal corazón. Tú no sabes lo que es el querer y +por eso pareces tan fría, tan tranquila, como si estuvieses en misa.</p> + +<p>—¿Que yo no te quiero?... ¡Chiquiyo!—exclamó la muchacha.</p> + +<p>Y fue ella la que olvidando su enfado se expresó con más calor aún que +su novio. Le quería tanto como a su padre. Era otro modo de querer, pero +estaba segura de que puestos en una balanza los dos afectos, no se +diferenciarían en nada. Su hermano conocía mejor que ella la vehemencia +con que amaba a Rafael. ¡Así se burlaba Fermín, cuando venía a la viña y +le hacía preguntas sobre su noviazgo!...</p> + +<p>—Te quiero, y creo que te quise siempre, desde que éramos pequeños y +venías tú a Marchamalo de la mano de tu padre, hecho un gañancito con tu +ordinariez de la sierra, que nos hacía reír a los señoritos y a +nosotros. Te quiero porque estás solo en el mundo, Rafaé, sin pare y sin +familia: porque necesitas un arma buena que esté contigo, y esa soy yo. +Te quiero porque has padecío mucho pa ganarte la vida, ¡pobrecito mío!, +porque te vi casi muerto en aquella noche, y entonces adiviné que te +llevaba dentro del corazón. Además, mereces que te quiera por bueno y +por honrao: porque viviendo como un perdío entre mujeres y matones, +siempre de juerga, expuesto a perder la piel con cada onza que ganabas, +pensaste en mí, y para no dar más pesares a tu nena quisiste ser pobre y +trabajar. Y yo te premiaré too lo que has hecho, queriéndote mucho, +¡pero mucho! Seré tu mare, y tu jembra, y too lo que haya que ser pa que +vivas contento y feliz.</p> + +<p>—¡Olé! ¡Sigue soltando por ese pico, serrana!—dijo Rafael con nuevo +entusiasmo.</p> + +<p>—Y te quiero también—continuó María de la Luz con cierta +gravedad—porque soy digna de ti: porque me creo buena y estoy segura de +que al ser tu mujer no he de darte la menor pesadumbre. Tú no me conoces +aún, Rafaé. Si un día creyese que podía causarte pena, que no me merecía +un hombre como tú, te gorvería la espalda y me ajogaría de tristeza al +verme sin ti: pero aunque te pusieras de rodillas fingiría haberme +olvidado de tu cariño. Ya ves, pues, si te quiero...</p> + +<p>Y su acento, al decir estas palabras, era tan triste, que Rafael tuvo +que animarla. ¿Quién pensaba en tales cosas? ¿Qué podía ocurrir que +tuviese fuerza bastante para separarlos? Los dos se conocían y eran +dignos el uno del otro. Él, si acaso, por su vida pasada, no merecía ser +amado, pero ella era buena y misericordiosa y le concedía la regia +limosna de su cariño. ¡A vivir! ¡a quererse mucho!...</p> + +<p>Y para huir de la tristeza que les habían infundido estas palabras, +torcieron el curso de la conversación, hablando de la fiesta que don +Pablo había organizado en Marchamalo para dentro de unas horas.</p> + +<p>Los viñadores, que todos los sábados marchaban a Jerez al caer la tarde +para ver a sus familias, estaban durmiendo cerca de allí. Eran más de +trescientos: el amo les había ordenado que se quedasen para asistir a la +misa y la procesión. Con don Pablo vendrían todos sus parientes, los +señores del escritorio y mucha gente de la bodega. Una gran fiesta, a la +que forzosamente asistiría su hermano. Y ella reía pensando en la cara +de Fermín, en lo que diría después cuando viniese a la viña y se +encontrara con Salvatierra, que de tarde en tarde visitaba con cierto +recato a su antiguo amigo el capataz.</p> + +<p>Rafael habló entonces de Salvatierra, de su inesperada visita al cortijo +y de la rareza de sus costumbres.</p> + +<p>—Ese buen señor es una excelente persona, pero está algo chiflao. Por +poco me pone en revolución toda la gañanía. «Que si esto va mal; que si +los pobres necesitan vivir», y ecétera. No, esto no está muy bien +arreglao que digamos, pero lo que importa en el mundo es quererse y +tener ganas de trabajar. Cuando nos najemos al cortijo no tendremos más +que las tres pesetas, el pan y lo que caiga. El oficio de aperador no da +pa mucho. Pero ya verás qué ricamente lo pasamos a pesar de cuanto dice +en sus sermones y soflamas el señor de Salvatierra... Pero que no sepa +el padrino lo que yo digo de su camará, pues tocarle a don Fernando es +peor que si yo te fartase a ti, pongo por caso.</p> + +<p>Rafael hablaba de su padrino con veneración y miedo al mismo tiempo. El +viejo conocía sus amores, pero no hablaba nunca de ellos al muchacho y a +su hija. Los toleraba silencioso, con su gesto grave de padre a uso +latino, seguro de su autoridad, convencido de que le bastaba un solo +ademán para desbaratar todas las esperanzas de los enamorados. Rafael no +osaba proponerle el casamiento, y María de la Luz, cuando el novio, +echándolas de valiente, quería hablar a su padrino, le disuadía con +cierto miedo.</p> + +<p>Nada perdían esperando: sus padres también habían pelado la pava muchos +años. La gente honrada no se casa con precipitación. El silencio del +señor Fermín era de asentimiento: esperarían, pues. Y Rafael, +escondiéndose del padrino para galantear a su hija, aguardaba +pacientemente a que un día se plantase el viejo delante de él, +diciéndole con su campechana rudeza: «¿Pero qué esperas para llevártela, +bobalicón? Carga con ella y que de salú te sirva».</p> + +<p>Comenzaba a amanecer. Rafael veía más claramente la cara de su novia al +través de la reja. La luz difusa del alba, daba un tono azulado a su tez +morena; hacía brillar con reflejos de nácar la blancura de sus córneas y +marcaba con huella profunda la sombra de sus ojeras. Por la parte de +Jerez abríase el cielo con un desgarrón de luz violácea, que iba +extendiéndose, y borrando en su seno las estrellas. De la bruma de la +noche surgía a lo lejos la ciudad, con la apiñada arboleda del Tempul y +las aglomeraciones de blanco caserío, en las que palpitaban los últimos +faroles de gas como estrellas agonizantes. Soplaba una brisa helada: la +tierra y las plantas parecían sudar al contacto de la luz. Un pájaro +salió aleteando de las chumberas, con agudo silbido, que hizo estremecer +a la joven.</p> + +<p>—Anda, Rafaé—dijo ella con la precipitación del miedo;—márchate en +seguía. Amanece, y mi padre se levanta pronto. Además, no tardarán en +salir los viñadores. ¿Qué dirían si nos viesen a estas horas?...</p> + +<p>Pero Rafael se resistía a irse. ¡Tan pronto! ¡Después de una noche tan +dulce!...</p> + +<p>La muchacha se impacientaba. ¿Para qué hacerla sufrir, si se verían +pronto? No tenía más que bajar al ventorrillo y subir a caballo apenas +se abriesen las puertas de la casa.</p> + +<p>—No me voy: no me voy—decía él con voz suplicante y un fulgor de +pasión en los ojos.—No me voy... ¿Y sí quieres que me vaya?...</p> + +<p>Se pegó más a la reja, murmurando con timidez la condición que exigía +para irse. María de la Luz se hizo atrás con un gesto de protesta, como +si temiese el avance de aquella boca, que suplicaba entre los hierros.</p> + +<p>—¡No me quieres!—exclamó.—¡Si me quisieras, no me pedirías esas +cosas!</p> + +<p>Y ocultó su cabeza entre las manos, como si fuese a llorar. Rafael metió +un brazo por los hierros y de un suave tirón separó los dedos +entrecruzados que le ocultaban los ojos de su novia.</p> + +<p>—¡Pero si ha sido una broma, niña!... Perdóname, soy muy bruto. Pégame: +dame una bofetada, que bien lo merezco.</p> + +<p>María de la Luz, con el rostro ligeramente arrebolado por el restregón +de sus manos, sonreía vencida por la humildad con que el novio imploraba +su perdón.</p> + +<p>—Te perdono, pero márchate en seguía. ¡Mira que van a salir!... Sí, ¡te +perdono! ¡te perdono! No seas pelma. ¡Vete!</p> + +<p>—Pues pa que vea que me perdonas de veras, dame una bofetada. ¡O me la +das o no me voy!</p> + +<p>—¡Una bofetada!... ¡Bueno estás tú! Ya sé lo que quieres, ladrón: toma +y vete en seguía.</p> + +<p>Sacó por entre los hierros, echando atrás el cuerpo, una mano de suave +almohadillado y graciosos hoyuelos. Rafael la cogió para acariciarla con +arrobamiento. Después besó las uñas sonrosadas, chupó las yemas de sus +dedos finos con una delectación que hizo agitarse a María de la Luz con +nerviosas contorsiones detrás de la reja.</p> + +<p>—¡Déjame, mala persona!... ¡Que chillo, asesino!...</p> + +<p>Y librándose de un tirón de estas caricias que le estremecían con +intenso cosquilleo, cerró la ventana de golpe. Rafael permaneció inmóvil +largo rato, alejándose al fin, cuando dejó de percibir en sus labios la +impresión de la mano de María de la Luz.</p> + +<p>Transcurrió aún mucho tiempo antes de que los habitantes de Marchamalo +diesen señales de vida. Los mastines ladraron dando saltos, cuando el +capataz abrió la puerta de la casa de los lagares. Después, con caras de +malhumor, fueron saliendo a la explanada los viñadores, obligados a +permanecer en Marchamalo para asistir a la fiesta.</p> + +<p>El cielo se azuleaba sin la más leve mancha de nubes. En el límite del +horizonte una faja de escarlata anunciaba la salida del sol.</p> + +<p>—¡Buen día nos dé Dios, cabayeros!—dijo el capataz a los jornaleros.</p> + +<p>Pero estos torcían el gesto o levantaban los hombros, como presos a los +que nada importa la placidez del tiempo fuera de su encierro.</p> + +<p>Rafael se presentó a caballo, subiendo a galope la cuesta de la viña, +como si llegase del cortijo.</p> + +<p>—Mucho madrugas, chaval—dijo el padrino con sorna.—Se conoce que no +te dejan dormir las cosas de Marchamalo.</p> + +<p>El aperador rondó por cerca de la puerta sin ver a María de la Luz.</p> + +<p>Bien entrada la mañana, el señor Fermín, que vigilaba la carretera desde +lo alto de la viña, vio al final de la cinta blanca que cortaba el llano +una gran nube de polvo, marcándose en su seno las manchas negras de +varios carruajes.</p> + +<p>—¡Ya están ahí, muchachos!—gritó a los viñadores.—El amo llega. A ver +si lo recibís como lo que sois; como personas decentes.</p> + +<p>Y los braceros, siguiendo las indicaciones del capataz, se formaron en +dos filas a ambos lados del camino.</p> + +<p>La gran cochera de Dupont se había vaciado en honor de la festividad. +Todos los troncos de caballos y mulas, así como los corceles de silla +del millonario, habían salido de las grandes cuadras que tenía adosadas +a la bodega; y con ellos, los brillantes arreos y los vehículos de todas +clases que compraba en España o encargaba a Inglaterra, con su +prodigalidad de rico, imposibilitado de poder demostrar de otro modo su +opulencia.</p> + +<p>Descendió don Pablo, de un gran landó, dando su mano a un sacerdote +grueso, de cara sonrosada, con hábitos de seda que relucían al sol. +Luego que se convenció de que el acompañante había descendido sin +ningún contratiempo, atendió a su madre y a su esposa, que bajaron del +carruaje vestidas de negro, con la mantilla sobre los ojos.</p> + +<p>Los viñadores, rígidos en su doble fila, se quitaron los sombreros +saludando al amo. Dupont sonrió satisfecho, y el sacerdote hizo lo +mismo, abarcando en una mirada de protectora conmiseración a los +jornaleros.</p> + +<p>—Muy bien—dijo al oído de don Pablo con acento adulador.—Parecen +buena gente. Ya se conoce que sirven a un señor cristiano que les +edifica con buenos ejemplos.</p> + +<p>Iban llegando los otros carruajes, con ruidoso cascabeleo y polvoriento +patear de las bestias en la cuesta de Marchamalo. La explanada se +llenaba de gente. Formaban la comitiva de Dupont todos sus parientes y +empleados. Hasta su primo Luis, que tenía cara de sueño, había +abandonado al amanecer la respetable compañía de sus amigotes, para +asistir a la fiesta y agradar con esto a don Pablo, cuya protección +necesitaba en aquellos días.</p> + +<p>El dueño de Matanzuela, al ver a María de la Luz bajo las arcadas, fue a +su encuentro, confundiéndose con el cocinero de los Dupont y un grupo de +criados que acababan de llegar cargados de vituallas, y pedían a la hija +del capataz que los guiase a la cocina de los señores, para preparar el +banquete.</p> + +<p>Fermín Montenegro descendió de otro coche con don Ramón, el jefe del +escritorio, y los dos se alejaron a un extremo de la explanada, como si +huyesen del autoritario Dupont, que en medio del gentío daba órdenes +para la fiesta y se enfurecía al notar ciertas omisiones en los +preparativos.</p> + +<p>La campana de la capilla comenzó a voltear en su espadaña, dando el +primer toque para la misa. Nadie había de llegar de fuera de la viña, +pero don Pablo deseaba que sonasen los tres toques y que fueran largos, +hasta que no pudiese más el gañán que tiraba de la cuerda. Le alegraba +este estrépito metálico: creía que era la voz de Dios extendiéndose +sobre sus campos, protegiéndolos como tenía el deber de hacerlo, por ser +su amo un buen creyente.</p> + +<p>Mientras tanto, el sacerdote, que había llegado con don Pablo, parecía +huir también de las voces y ademanes descompuestos con que éste +acompañaba sus órdenes, y agarraba suavemente al señor Fermín, +ponderando el hermoso espectáculo que ofrecían las viñas.</p> + +<p>—¡Cuan grande es la providencia de Dios! ¡Y qué cosas tan hermosas +crea! ¿No es cierto, buen amigo?...</p> + +<p>El capataz conocía al sacerdote. Era el apasionamiento más reciente de +don Pablo, su último entusiasmo; un padre jesuita del que se hacía +lenguas, por el acierto con que trataba en sus conferencias para hombres +solos la llamada cuestión social, un embrollo para los impíos, que no +atinaban con la solución y que el sacerdote resolvía en un periquete +valiéndose de la caridad cristiana.</p> + +<p>Dupont era veleidoso y tornadizo como un amante en sus apasionamientos +por las gentes de la Iglesia. Una temporada adoraba a los Padres de la +Compañía y no encontraba misa buena ni sermón aceptable, si no era en su +iglesia: pero de pronto se cansaba de la sotana, le seducía el hábito +con capucha, según sus colores, y abría su caja y las puertas de su +hotel a los Carmelitas, a los Franciscanos o a los Dominicos +establecidos en Jerez. Siempre que iba a la viña se presentaba con un +sacerdote de distinta clase, adivinando por esto el capataz cuáles eran +sus favoritos del momento. Unas veces eran frailes con vestimenta blanca +y negra, otras pardos o de color de castaña: hasta los había llevado de +luengas barbas, que venían de lejanos países y apenas si chapurreaban el +español. Y el señor, con sus entusiasmos de enamorado, ganoso de +propalar los méritos de su pasión, le decía al capataz en amistosa +confidencia:</p> + +<p>—Es un héroe de la fe: viene de convertir infieles y hasta creo que ha +obrado milagros. Si no fuera por herir su modestia, le diría que se +arremangase el hábito, para que te pasmases viendo las cicatrices de sus +martirios...</p> + +<p>Sus disentimientos con doña Elvira estribaban siempre en que ella tenía +sus favoritos, que rara vez eran al mismo tiempo los del hijo. Cuando +él adoraba a los jesuitas, la noble hermana del marqués de San Dionisio +hacía el elogio de los franciscanos, alegando la antigüedad de su orden +sobre las fundaciones que habían venido después.</p> + +<p>—¡No, mamá!—exclamaba él, conteniendo su carácter iracundo, con el +respeto que le inspiraba su madre.—¿Cómo comparar a unos mendicantes +con los Padres de la Compañía, que son los más sabios de la Iglesia?...</p> + +<p>Y cuando la piadosa señora se iba con los sabios, su hijo hablaba casi +llorando de emoción, del santo solitario de Asís y de sus hijos los +franciscanos, que podían dar a los impíos lecciones de verdadera +democracia y eran los que iban a arreglar el día menos pensado la +cuestión social.</p> + +<p>Ahora la veleta de su fervor apuntaba del lado de la Compañía, y no +sabía ir a parte alguna sin el Padre Urizábal, un vasco, compatriota del +glorioso San Ignacio, méritos que bastaban para que Dupont se hiciese +lenguas de él.</p> + +<p>El jesuita contemplaba las viñas con el éxtasis de un hombre +acostumbrado a vivir dentro de vulgares edificios, sin ver más que de +tarde en tarde la grandiosidad de la naturaleza. Hacía preguntas al +capataz sobre el cultivo de las viñas, alabando el aspecto de las de +Dupont, y el señor Fermín, halagado en su orgullo de cultivador, se +decía que aquellos jesuitas no eran tan despreciables como los +consideraba su amigo don Fernando.</p> + +<p>—Oiga su mercé, padre: Marchamalo no hay más que uno; esto es la flor +del campo de Jerez.</p> + +<p>Y enumeraba las condiciones que debe tener una buena viña jerezana, +plantada en tierra caliza, que esté pendiente, para que las lluvias +corran y no refresquen en demasía la tierra, quitando fuerza al mosto. +Así se producía aquel racimo, gloria del país, con sus granos pequeños +como balines, transparentes y de una blancura de marfil.</p> + +<p>Arrastrado por su entusiasmo enumeraba al sacerdote, como si éste fuese +un cultivador, todas las operaciones que durante el año había que +realizar con aquella tierra, sometida a un continuo trabajo para que +diese su dulce sangre. En los tres meses últimos del año se abrían las +<i>piletas</i>, los hoyos en torno de las cepas para que recibiesen la +lluvia: a esta labor la llamaban <i>Chata</i>. También hacían entonces la +poda, que provocaba conflictos entre los viñadores y hasta algunas veces +había ocasionado muertes, por si debía hacerse con tijeras, como +deseaban los amos, o con las antiguas podaderas, unos machetes cortos y +pesados, como lo querían los trabajadores. Luego venía la labor llamada +<i>Cava bien</i>, durante Enero y Febrero, que igualaba la tierra, dejándola +llana como si la hubiesen pasado un rasero. Después el <i>Golpe lleno</i> en +Marzo, para destruir las hierbas crecidas con las lluvias, esponjando al +mismo tiempo el suelo; y en Junio y Julio la <i>Vina</i>, que apretaba la +tierra, formando una dura corteza, para que conservase todo su jugo, +trasmitiéndolo a la cepa. Aparte de esto, en Mayo azufraban las vides, +cuando empezaban a apuntar los racimos, para evitar el <i>cenizo</i>, una +enfermedad que endurecía los granos.</p> + +<p>Y el señor Fermín, para demostrar el cuidado incesante que durante el +año exigía aquel suelo, que era como de oro, agachábase para coger un +puñado de caliza y mostraba la finura de sus pequeños terrones blancos y +desmenuzados, sin que se dejase apuntar en ellos el germen de una planta +parásita. Entre las hileras de cepas veíase la tierra, machacada, +alisada, peinada, con la misma tersura que si fuese el suelo de un +salón. ¡Y la viña de Marchamalo se perdía de vista, ocupaba varias +colinas, lo que exigía un trabajo enorme!</p> + +<p>A pesar de la rudeza con que el capataz trataba a los viñadores durante +el trabajo, ahora que no estaban presentes, se apiadaba de sus fatigas. +Ganaban diez reales, un jornal exorbitante comparado con el de los +gañanes de los cortijos; pero sus familias vivían en la ciudad, y, +además, ellos se pagaban la comida, asociándose para adquirir el +<i>costo</i>, el pan y la menestra que todos los días traían de Jerez en dos +caballerías. La herramienta era suya: una azada de nueve libras de peso, +que habían de manejar con ligereza, como si fuese un junco, de sol a +sol, sin más descanso que una hora para el almuerzo; otra para la +comida, y los minutos que les concedía el capataz con su voz de mando +para que echasen cigarro.</p> + +<p>—Nueve libras, padre—añadía el señor Fermín.—Eso se ice fácilmente y +resulta un juguete pa un rato; pero hay que ver cómo se pone un +cristiano después de estar too el día subiendo y bajando la herramienta. +Al final de la jorná, pesa arrobas... ¿qué digo arrobas? tonelás. Parece +que uno levanta en vilo a too Jerez cuando da un gorpe.</p> + +<p>Y como hablaba con un amigo del amo, no quiso ocultarle las astucias de +que se valían en las viñas para acelerar el trabajo y sacarle al jornal +todo su jugo. Se buscaba a los braceros más fuertes y rápidos en la +faena y se les prometía un real de aumento poniéndolos a la cabeza de la +fila. Este era el que se llamaba <i>hombre de mano</i>. El jayán, para +agradecer el aumento de jornal, trabajaba como un desesperado, +acometiendo la tierra con su azadón, sin respirar apenas entre golpe y +golpe, y los otros infelices tenían que imitarle para no quedarse atrás, +manteniéndose, con esfuerzos sobrehumanos, al nivel del compañero que +servía de acicate.</p> + +<p>Por las noches, rendidos de fatiga, entretenían la espera del último +rancho jugando a los naipes, o canturreando. Don Pablo les había +prohibido severamente que leyesen periódicos. Su única alegría era el +sábado, cuando al anochecer salían de la viña, camino de Jerez, para <i>ir +a misa</i>, como ellos decían. Hasta la noche del domingo estaban con sus +familias entregando los <i>ajorros</i> a las mujeres; la parte de jornal que +les restaba después de pagar el <i>costo</i>.</p> + +<p>El sacerdote mostraba su extrañeza al ver que los viñadores se habían +quedado en Marchamalo siendo domingo.</p> + +<p>—Porque son muy buenos, padre—dijo el capataz con acento +hipócrita.—Porque quieren mucho al amo, y ha bastado que les dijese yo +de parte de don Pablo lo de la fiesta, pa que los pobrecitos se quedasen +voluntariamente sin ir a sus casas.</p> + +<p>La voz de Dupont llamando a su ilustre amigo el padre Urizábal hizo que +éste abandonase al capataz, dirigiéndose a la iglesia, escoltado por don +Pablo y toda su familia.</p> + +<p>El señor Fermín vio entonces que su hijo paseaba con don Ramón, el jefe +del escritorio, por un sendero. Hablaban de la belleza de las viñas. +Marchamalo volvía a ser lo que en sus tiempos más famosos, gracias a la +iniciativa de don Pablo. La filoxera había matado muchas de las cepas +que eran la gloria de la casa Dupont, pero el actual jefe había plantado +en las vertientes desoladas por el parásito la vid americana, una +innovación nunca vista en Jerez, y el famoso predio volvería a sus +tiempos gloriosos sin miedo a nuevas invasiones. Para esto era la +fiesta; para que la bendición del Señor cubriese con su eterna +protección las colinas de Marchamalo.</p> + +<p>El jefe del escritorio se entusiasmaba contemplando el oleaje de viñedos +y prorrumpía en líricos elogios. Era el encargado de la publicidad de la +casa, y de su pluma de viejo periodista, de vencido intelectual, salían +los prospectos, los folletos, las memorias, las cartas en la cuarta +plana de los periódicos, que pregonaban la gloria de los vinos de Jerez, +y especialmente los de la casa Dupont, pero en un estilo pomposo, +solemne, entonado, que no llegaba a adivinarse si era sincero o una +broma que don Ramón se permitía con su jefe y con el público. Leyéndole, +no había más remedio que creer que el vino de Jerez era tan +indispensable como el pan, y que los que no lo bebían estaban condenados +a una muerte próxima.</p> + +<p>—Mira, Fermín, hijo mío—decía con entonación oratoria.—¡Qué hermosura +de viñas! Me siento orgulloso de prestar mis servicios a una casa que es +dueña de Marchamalo. Esto no se encuentra en ninguna nación, y cuando yo +oigo hablar de los progresos de la Francia, del poder militar de los +alemanes o de la soberbia naval de los ingleses, contesto: «Está bien; +¿pero dónde tienen ellos vinos como los de Jerez?» Todo lo que se diga +es poco de este vino grato a los ojos, gustoso a la nariz, deleite del +paladar y reparo del estómago. ¿No lo crees tú así?...</p> + +<p>Fermín hizo un gesto afirmativo y sonrió, como si adivinase lo que iba a +decirle don Ramón. Se sabía de memoria los períodos oratorios de los +prospectos de la casa, apreciados por don Pablo como las muestras más +gloriosas de la literatura profana.</p> + +<p>Siempre que hallaba ocasión, el viejo empleado los repetía en tono +declamatorio, embriagándose con el paladeo de su propia obra.</p> + +<p>—El vino, Fermín, es la bebida universal por excelencia, la más sana de +todas la que el hombre usa para su nutrición o su recreo. Es la bebida +que mereció los honores de la embriaguez de todo un dios del paganismo. +Es la bebida cantada por los poetas griegos y romanos, la celebrada por +los pintores, la ensalzada por los médicos. En el vino encuentra el +poeta inspiración, el soldado ardimiento, el trabajador fuerza, el +enfermo salud. En el vino halla el hombre goce y alegría y el anciano +fortaleza. El vino excita la inteligencia, aviva la imaginación, +fortifica la voluntad, mantiene la energía. No podemos explicarnos los +héroes griegos ni sus admirables poetas, sino bajo el estímulo de los +vinos de Chipre y de Samos; y la licencia de la sociedad romana nos es +incomprensible sin los vinos de Falerno y de Siracusa. Sólo podemos +imaginarnos la heroica resistencia del paisano aragonés en el sitio de +Zaragoza, sin descanso y sin comida, viendo que, además de la admirable +energía moral de su patriotismo, contaba para su sostén físico con el +porroncillo de vino tinto... Pero dentro de la producción vinícola que +abarca muchos países, ¡qué asombrosa variedad de clases y tipos, de +colores y aromas, y cómo se destaca el Jerez a la cabeza de la +aristocracia de los vinos! ¿No crees tú lo mismo, Fermín? ¿No encuentras +que es justo y está bien dicho todo lo que se me ocurre?...</p> + +<p>El joven asintió. Todo aquello lo había leído muchas veces en la +introducción del gran catálogo de la casa; un cuaderno con vistas de las +bodegas de Dupont, y sus numerosas dependencias, acompañadas de la +historia de la casa y de elogios a sus elaboraciones; la obra maestra de +don Ramón, que el amo regalaba a los clientes y visitantes con una +encuadernación blanca y azul, los colores de las Purísimas pintadas por +Murillo.</p> + +<p>—El vino de Jerez—continuó con acento solemne el jefe del +escritorio—no es un advenedizo, un artículo elevado por la veleidosa +moda; su reputación está de abolengo bien sentada, no sólo como bebida +gratísima, sino como insustituible agente terapéutico. Con la botella de +Jerez se recibe al amigo en Inglaterra, con la botella de Jerez se +obsequia al convaleciente en los países escandinavos, y restauran en la +India los soldados ingleses sus fuerzas agotadas por la fiebre. Los +marinos, con Jerez combaten el escorbuto, y los santos misioneros han +reducido con él en Australia los casos de anemia ocasionados por el +clima y los sufrimientos... ¿Cómo, señores, no ha de realizar tales +prodigios un vino de Jerez de buena y genuina procedencia? En él se +encuentran el alcohol legítimo y natural del vino con las sales que le +son propias; el tanino astringente y los éteres estimulantes, provocando +el apetito para la nutrición del cuerpo, y el sueño para su +restauración. Es, a la vez, un estimulante y un sedante, excelentes +condiciones que no se encuentran reunidas en ningún producto, que al +mismo tiempo sea, como el Jerez, grato al paladar y a la vista.</p> + +<p>Calló un instante don Ramón para tomar aliento y recrearse en el eco de +su elocuencia, pero al instante prosiguió, mirando a Fermín fijamente, +como si éste fuese un enemigo difícil de convencer:</p> + +<p>—Por desgracia, muchas gentes creen paladear el vino de Jerez cuando +beben inmundas sofisticaciones. En Londres, bajo el nombre de Jerez, se +venden líquidos heterogéneos. No podemos transigir con esta mentira, +señores. El vino de Jerez es como el oro. Podemos admitir que el oro sea +puro, de mediana o de baja ley, pero no podemos admitir que se llame oro +al <i>doublé</i>. Sólo es Jerez el vino que dan los viñedos jerezanos, que +recrían y añejan sus almacenistas y que exportan, bajo su honrada firma, +casas de intachable crédito, como por ejemplo la de Dupont Hermanos. +Ninguna casa puede compararse con ella: abarca todos los ramos; cultiva +la vid y elabora el mosto; almacena y añeja el vino; se dedica por si +misma a la exportación y a la venta, y además destila mostos, elaborando +su famoso cognac. Su historia abarca cerca de siglo y medio. Los Dupont +constituyen una dinastía; su fuerza no admite auxiliares ni asociados; +planta las vides en terrenos propios, y sus cepas han nacido antes en +viveros de Dupont. La uva se prensa en lagares de Dupont, y los toneles +en que fermenta el vino son fabricados por Dupont. En bodegas de Dupont +se añeja y envejece el vino bajo la vigilancia de un Dupont, y por +Dupont se encasca y se exporta sin la intervención de otro interesado. +Buscad, pues, los vinos legítimos de Dupont en la seguridad de que es la +casa que los conserva, puros y genuinos.</p> + +<p>Fermín reía escuchando a su jefe, lanzado a escape por entre los +fragmentos de prospectos y reclamos, que conservaba en su memoria.</p> + +<p>—¡Pero, don Ramón! ¡Si yo no he de comprar ni una botella!... ¡Si soy +de la casa!</p> + +<p>El jefe del escritorio pareció despertar de su pesadilla oratoria, y rió +lo mismo que su subordinado.</p> + +<p>—Tal vez habrás leído en las publicaciones de la casa mucho de esto, +pero convendrás conmigo en que no está mal del todo. Además—prosiguió +irónicamente,—los grandes hombres vivimos bajo el peso de nuestra +grandeza y como no podemos salir de ella, nos repetimos.</p> + +<p>Miró las extensiones cubiertas de cepas, y continuó con un tono de +sincera alegría:</p> + +<p>—Me satisface que se hayan replantado con vides americanas los grandes +claros que dejó la filoxera. Yo se lo aconsejé muchas veces a don +Pablo. Así aumentaremos dentro de poco la producción, y los negocios, +que marchan bien, aún irán mejor. Ya puede volver la plaga cuando +quiera: por aquí pasará de largo.</p> + +<p>Fermín hizo un gesto que invitaba a la confianza.</p> + +<p>—Con franqueza, don Ramón, ¿en quién cree usted más? ¿en la vid +americana, o en las bendiciones que ese padre les echará a las cepas?...</p> + +<p>Don Ramón miró fijamente al joven como si quisiera verse en sus pupilas.</p> + +<p>—¡Muchachito! ¡muchachito!—dijo con tono severo.</p> + +<p>Después giró la vista en torno con cierta alarma, y continuó en voz baja +como si las cepas pudiesen oírle:</p> + +<p>—Tú ya me conoces: te trato con confianza porque eres incapaz de andar +con soplos y porque has visto mundo y te has desasnado en el extranjero. +¿A qué me vienes con preguntas? Ya sabes que callo y dejo rodar las +cosas. No tengo derecho a más. La casa Dupont es mi refugio: si saliese +de ella, tendría que volver con toda mi prole a la miseria desesperada +de Madrid. Estoy aquí como un vagabundo que encuentra posada y toma +buenamente lo que le dan, sin permitirse criticar a sus bienhechores.</p> + +<p>El recuerdo del pasado, con sus ilusiones y sus alardes de +independencia, despertaba en él cierto rubor. Para tranquilizarse a sí +mismo quería explicar el cambio radical de su vida.</p> + +<p>—Me retiré, Fermín, y no me arrepiento. Aún quedan muchos de los que +fueron mis compañeros de miserias y entusiasmos, que siguen fieles al +pasado con una consecuencia que es testarudez. Pero ellos han nacido +para héroes y yo no soy más que un hombre que considera el comer como la +primera función de la vida... Además, me cansé de escribir por la gloria +y las ideas, de sudar para los demás y vivir en perpetua pobreza. Un día +me dije que sólo se puede trabajar para ser grande hombre o para comer. +Y como estaba convencido de que el mundo no podía sentir la más leve +emoción por mi retirada, ni había llegado a enterarse de que existo, +recogí los bártulos que yo titulaba ideales, me decidí a comer, y +aprovechando ciertos bombos dados por mí en los periódicos a la casa +Dupont, me metí en ello para siempre, y no puedo quejarme.</p> + +<p>Don Ramón creyó ver en los ojos de Fermín cierta repugnancia por el +cinismo con que se expresaba y se apresuró a añadir:</p> + +<p>—Yo soy quien soy, muchacho. Si me rascan, aparecerá el de antes. +Créeme: el que muerde la fatal manzana de que hablan esos señores amigos +de nuestro principal, no se quita jamás el gusto de los labios. Se +cambia de envoltura para seguir viviendo, pero de alma ¡nunca! El que +duda una vez, y razona y critica, ese ya no cree jamás como los devotos +sinceros; cree porque se lo aconseja la razón, o porque se lo imponen +sus conveniencias. Por esto, cuando veas a uno, como yo, hablar de fe y +de creencias, di que miente porque le conviene, o que se engaña a sí +mismo para proporcionarse cierta tranquilidad... Fermín, hijo mío; el +pan no me lo gano dulcemente, sino a costa de bajezas de alma, que me +dan vergüenza. ¡Yo, que en <i>mis tiempos</i> era de una altivez y una virtud +con púas de erizo!... Pero piensa que llevo a cuestas a mis hijas, que +quieren comer y vestir y todo lo demás que es necesario para atrapar a +un marido, y que mientras éste no se presente debo mantenerlas aunque +sea robando.</p> + +<p>Don Ramón creyó ver de nuevo en su amigo un gesto de conmiseración.</p> + +<p>—Despréciame cuanto quieras: los jóvenes no entendéis ciertas cosas; +podéis ser puros, sin que por esto sufran más que vuestras personas... +Además, muchacho; yo no estoy arrepentido de lo que llaman mi apostasía. +Soy un desengañado... ¿Sacrificarse por este pueblo? ¡Para lo que +vale!... He pasado media vida rabiando de hambre y esperando la <i>gorda</i>. +A ver, dime tú, ¿cuándo se ha levantado de veras este país? ¿Cuándo +hemos tenido una revolución?... La única de verdad fue el año 8, y si el +país se sublevó fue porque se le llevaban secuestrados unos cuantos +príncipes e infantes, que eran bobos de nacimiento y malvados por +instinto hereditario; y la bestia popular derramó su sangre para que +volviesen esos señores, que agradecieron tantos sacrificios enviando a +unos a presidio y a otros a la horca. ¡Famoso pueblo! Anda y sacrifícate +esperando algo de él... Después ya no se han visto revoluciones; todo +han sido pronunciamientos del ejército, motines por el medro o por +antagonismo personal, que si sirvieron de algo fue indirectamente, por +apoderarse de ellos las corrientes de opinión. Y como ahora los +generales ya no se sublevan, porque tienen todo lo que quieren, y cuidan +en lo alto de halagarles, aleccionados por la Historia, ¡se acabó la +revolución! Los que trabajan por ella sudan y se fatigan con tanto éxito +como si sacasen agua en espuertas... ¡Saludo a los héroes desde la +puerta de mi retiro!... pero no doy ni un paso para acompañarles. Yo no +pertenezco a su gloriosa clase; soy ave de corral tranquila y bien +cebada, y no me arrepiento de ello cuando veo a mi antiguo camarada +Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, vestido de invierno en el +verano, y de verano en invierno, comiendo pan y queso, con una celda +reservada en todos las cárceles de la Península y molestado a cada paso +por la vigilancia... Muy bonito; los periódicos publican el nombre del +héroe, tal vez la historia llegue a hablar de él, pero yo prefiero mi +mesa en el escritorio, mi sillón, que me hace pensar en los canónigos +reunidos en el coro, y la generosidad de don Pablo, que es espléndido +como un príncipe con los que saben llevarle el aire.</p> + +<p>Fermín, molestado por el tono irónico con que aquel vencido, satisfecho +de su servidumbre, hablaba de Salvatierra, iba a contestarle, cuando en +lo alto de la explanada sonó la voz imperiosa de Dupont y las fuertes +palmadas del capataz llamando a su gente.</p> + +<p>La campana lanzaba en el espacio el tercer toque. Iba a comenzar la +misa. Don Pablo, desde los peldaños de la capilla, abarcó en una mirada +a todo su rebaño y entró en ella con apresuramiento, pues quería +edificar a la gente ayudando la misa.</p> + +<p>La muchedumbre de trabajadores llenó la capilla, permaneciendo todos de +pie, con un gesto hosco que hacía perder a Dupont, en ciertos momentos, +toda esperanza de que aquella gente agradeciese los cuidados que tenía +con sus almas.</p> + +<p>Cerca del altar, sentadas en rojos sillones, estaban las señoras de la +familia, y detrás los parientes y los empleados. El ara estaba adornada +con hierbas del monte y flores del invernadero del hotel de los Dupont. +El acre perfume de los ramos silvestres, mezclábase con el olor de carne +fatigada y sudorosa que exhalaba el amontonamiento de los jornaleros.</p> + +<p>De vez en cuando, María de la Luz abandonaba la cocina para correr a la +puerta de la iglesia y oír un <i>cachito de misa</i>. Empinándose sobre las +puntas de los pies, pasaba su vista por encima de todas las cabezas para +fijarse en Rafael, que estaba al lado del capataz, en las gradas que +conducían al altar, como una barrera entre el señorío y la pobre gente.</p> + +<p>Luis Dupont, muy estirado, detrás del sillón de su tía, al ver a María +de la Luz la hizo varios gestos, llegando a amenazarla con la mano. ¡Ah, +maldito guasón! Siempre el mismo. Hasta el instante de la misa había +estado en la cocina importunándola con sus bromas, como si aún durasen +los juegos de la infancia. En algunos momentos había tenido que +amenazarle entre risueña y ofendida por tener las manos largas.</p> + +<p>Pero María de la Luz no podía permanecer mucho tiempo en el mismo sitio. +La reclamaban las gentes de la cocina al no encontrar las cosas más +indispensables para sus guisos.</p> + +<p>Avanzaba la misa. La señora viuda de Dupont enternecíase viendo la +humildad, la gracia cristiana con que su Pablo cambiaba de sitio el +misal o manejaba las vinajeras. ¡Un hombre que era el primer millonario +de su país, dando a los pobres este ejemplo de humildad para los +sacerdotes de Dios; sirviendo de acólito al padre Urizábal! Si todos los +ricos hiciesen lo mismo, de otro modo pensarían los trabajadores, que +sólo sienten odios y deseos de venganza. Y emocionada por la grandeza de +su hijo, bajaba los ojos suspirando, próxima a llorar.</p> + +<p>Terminada la misa, llegó el momento de la gran ceremonia. Iban a ser +bendecidas las viñas para librarlas del peligro de la filoxera... +después de haberlas plantado de vid americana.</p> + +<p>El señor Fermín salió apresuradamente de la capilla e hizo arrastrar +hasta la puerta varios serones que el día anterior habían traído de +Jerez. Estaban llenos de cirios, y el capataz fue distribuyéndolos entre +los viñadores.</p> + +<p>Bajo la luz esplendorosa del sol comenzaron a brillar, como pinceladas +rojas y opacas, las llamas de la cera. Se formaron en dos filas los +jornaleros, y guiados por el señor Fermín, emprendieron una marcha +lenta, viña abajo.</p> + +<p>Las señoras, agrupadas en la plazoleta, con todas sus criadas y María de +la Luz, contemplaban la salida de la procesión, el lento desfile de las +dos hileras de hombres, con la cabeza baja y el cirio en la mano, unos +con chaqueta de paño pardo, otros en cuerpo de camisa y un pañuelo rojo +al cuello, llevando todos su sombrero apoyado en el pecho.</p> + +<p>El señor Fermín que iba a la cabeza de la procesión, estaba ya en mitad +de la cuesta, cuando apareció en la entrada de la capilla el grupo más +interesante; el padre Urizábal, con una capa de claveles rojos y dorados +deslumbrantes, y junto a él Dupont, empuñando su cirio como una espada, +mirando a todos lados imperiosamente, para que la ceremonia marchase +bien y no la desluciera el menor descuido.</p> + +<p>Detrás, como un cortejo de honor, marchaban todos sus parientes y +empleados, con el gesto compungido. Luis era el que se mostraba más +grave. El se reía de todo, menos de las cosas de la religión, y esta +ceremonia le enternecía por su carácter extraordinario. Había recibido +una excelente enseñanza de los Padres de la Compañía. «Su fondo era +bueno», como decía don Pablo cuando le hablaban de las calaveradas de su +primo.</p> + +<p>El padre Urizábal, abrió el libro que llevaba sobre el pecho, el <i>Ritual +Romano</i>, y comenzó a recitar la <i>Letanía de los Santos</i>, la Letanía +grande, como la titulan las gentes de la iglesia.</p> + +<p>Dupont ordenó con el gesto a todos los que le rodeaban, que le siguiesen +fielmente en sus respuestas al sacerdote.</p> + +<p>—<i>¡Sancte Michael!</i>...</p> + +<p>—<i>Ora pro nobis</i>—contestó el amo con voz firme, mirando a sus +acompañantes.</p> + +<p>Estos repitieron las mismas palabras, y el <i>Ora pro nobis</i> se extendió +como un rugido, hasta la cabeza de la procesión, donde el señor Fermín, +parecía llevar el compás de tantas voces.</p> + +<p>—<i>¡Sancte Raphael!</i>...</p> + +<p>—<i>Ora pro nobis.</i></p> + +<p>—<i>¡Omnes sancti Angeli et Archangeli!</i>...</p> + +<p>Ahora, en vez de ser un santo el invocado, eran muchos, y Dupont erguía +su cabeza y gritaba más fuerte, para que todos se enterasen, no +cometiendo error en la respuesta.</p> + +<p>—<i>Orate pro nobis.</i></p> + +<p>Pero sólo los que rodeaban a don Pablo, podían seguir sus indicaciones. +El resto de la procesión avanzaba lentamente, saliendo de sus filas un +rugido cada vez más desgarrado con sonoridades burlescas y temblores +irónicos.</p> + +<p>A las pocas frases de la letanía, los jornaleros, aburridos de la +ceremonia, con el cirio hacia abajo, contestaban automáticamente, +imitando unas veces el ruido del trueno y otras un chillido de vieja, +que hacía a muchos de ellos llevarse el sombrero a la cara.</p> + +<p>—<i>¡Sancte Jacobe!</i>—cantaba el sacerdote.</p> + +<p>—<i>¡Nooobis!</i>—rugían los viñadores, con burlescas inflexiones de voz, +sin perder la gravedad de sus caras atezadas.</p> + +<p>—<i>¡Sancte Barnaba!</i>...</p> + +<p>—<i>¡Obis! ¡obis!</i>—contestaban a lo lejos los jornaleros.</p> + +<p>El señor Fermín, aburrido también de la ceremonia, fingía enfadarse.</p> + +<p>—¡A ver! ¡que haya formaliá!—decía encarándose con los más +audaces.—Pero, condenaos, ¿no véis que el amo va a conosé que le tomáis +er pelo?...</p> + +<p>Pero el amo no se daba cuenta de nada, cegado por la emoción. La vista +de las dos filas de hombres marchando entre las cepas y el canto +reposado del sacerdote, conmovían su alma. Las llamas de los cirios +temblaban sin color y sin luz como fuegos fatuos retrasados en su viaje +nocturno y sorprendidos por el día: la capa del jesuita brillaba bajo +el sol como el caparazón de un insecto enorme, blanco y dorado. La +sagrada ceremonia conmovía a Dupont hasta el punto de agolpar las +lágrimas a sus ojos.</p> + +<p>—Muy hermoso, ¿verdad?—suspiró en una pausa de la letanía, sin ver a +los que le rodeaban, dejando caer al azar la expresión de su entusiasmo.</p> + +<p>—¡Sublime!—se apresuró a murmurar el jefe del escritorio.</p> + +<p>—¡Primo... de chipén!—añadió Luis.—Esto parece una cosa de teatro.</p> + +<p>Dupont, a pesar de su emoción no se olvidaba de marcar las respuestas de +la letanía ni de atender al cuidado del sacerdote. Le tomaba del brazo +para guiarle en las desigualdades del terreno; evitaba que su capa +enganchase en los sarmientos sus bordados de realce.</p> + +<p>—<i>¡Ab ira, et odio, et omni mala voluntate!...</i>—cantaba el sacerdote.</p> + +<p>Había que variar la respuesta, y Dupont, con todos los suyos, +contestaba:</p> + +<p>—<i>Libera nos, Domine.</i></p> + +<p>Mientras tanto, el resto de la procesión seguía respondiendo, con +irónica tenacidad, su <i>Ora pro nobis</i>.</p> + +<p>—<i>¡A spiritu fornicationis!</i>—dijo el padre Urizábal.</p> + +<p>—<i>Libera nos, Domine</i>—contestaron compungidos Dupont y todos los que +entendieron esta súplica al Altísimo, mientras una mitad de la +procesión rugía desde lejos:</p> + +<p>—<i>Nooobis... obis.</i></p> + +<p>El capataz marchaba ahora cuesta arriba, guiando su gente hacia la +explanada.</p> + +<p>Formáronse en grupos los viñadores, en torno del aljibe, que elevaba +sobre la replaza su gran aro de hierro, rematado por una cruz. Al llegar +arriba el sacerdote con su séquito, Dupont abandonó el cirio para +arrebatar al gañán encargado del cuidado de la capilla, el hisopo y el +caldero de agua bendita. Él serviría de sacristán a su sabio amigo. Le +temblaban las manos de emoción al apoderarse de los sagrados objetos.</p> + +<p>El capataz, y muchos de los viñadores, adivinando que había llegado el +momento supremo de la ceremonia, abrían desmesuradamente los ojos +esperando ver algo extraordinario.</p> + +<p>Mientras tanto, el sacerdote volvía las hojas de su libro, sin encontrar +la oración apropiada al caso. El Ritual era minucioso. La Iglesia se +parapetaba en todas las avenidas de la vida: oraciones para las mujeres +de parto, para el agua, para las luces, para las casas nuevas, para +barcos recién construidos, para la cama de los desposados, para los que +parten de viaje, para el pan, para los huevos, para toda clase de +comestibles. Por fin, encontró en el Ritual lo que buscaba: <i>Benedictio +super fruges et vineas.</i></p> + +<p>Y Dupont sentía cierto orgullo al pensar que la Iglesia tenía su +oración en latín para las viñas, como si hubiese presentido a muchos +siglos de distancia que nacería en Jerez un siervo de Dios, gran +productor de vinos, que necesitaría de sus preces.</p> + +<p>—<i>Adjutorium nostrum in nomine Domine</i>—dijo el sacerdote mirando a su +rico acólito con el rabillo del ojo, pronto a indicarle la respuesta.</p> + +<p>—<i>Qui fecit cœlum et terram</i>—contestó Dupont sin vacilar, +recordando las palabras cuidadosamente aprendidas.</p> + +<p>Aún respondió a otras dos invocaciones del sacerdote, y éste fue leyendo +con lentitud el <i>Oremus</i>, pidiendo la protección de Dios para las viñas +y recomendándole que guardase sus uvas hasta la madurez.</p> + +<p>—<i>Per Christum Dominum nostrum...</i>—terminó el jesuita.</p> + +<p>—<i>Amen</i>—contestó Dupont con el rostro contraído, haciendo esfuerzos +para que no le saltasen las lágrimas.</p> + +<p>El padre Urizábal empuñó el hisopo, humedeciéndolo en el calderillo y se +irguió como para dominar mejor la extensión de viñas que abarcaba su +vista desde la explanada.</p> + +<p>—<i>Asperges...</i>—y musitando entre dientes el resto de la invocación, +echó delante de él una rociada en el espacio.</p> + +<p>—<i>Asperges... Asperges...</i>—y dio hisopazos a derecha e izquierda.</p> + +<p>Después, recogiéndose la capa y sonriendo a las señoras, con la +satisfacción del que da por terminado su trabajo, se dirigió a la +capilla seguido por el sacristán, portador otra vez del hisopo y el +caldero.</p> + +<p>—¿Esto sa acabao?—preguntó flemáticamente al capataz, un viñador +viejo, de rostro grave.</p> + +<p>—Sí: sa acabao.</p> + +<p>—De modo, ¿que ya no tiene más que icir el pare cura?...</p> + +<p>—Creo que no.</p> + +<p>—Güeno... ¿Y podemos dirnos?</p> + +<p>El señor Fermín, después de hablar con don Pablo, volvió hacia los +grupos de trabajadores, dando palmadas. ¡A volar! La fiesta había +terminado para ellos. Podían ir a la otra <i>misa</i>, a ver a sus mujeres; +pero a la noche todos en la viña para continuar el trabajo de buena +mañana.</p> + +<p>—Llevaos las velas—añadió.—El señor os las regala para que vuestras +familias las guarden como recuerdo.</p> + +<p>Los trabajadores comenzaron a desfilar ante Dupont, con sus cirios +apagados.</p> + +<p>—Muchas gracias—decían algunos, llevándose la mano al sombrero.</p> + +<p>Y el tono de su voz era tal, que no sabían los que rodeaban a Dupont si +éste llegaría a ofenderse.</p> + +<p>Pero don Pablo aún estaba bajo la presión de sus emociones. Dentro de la +torre terminaban los preparativos del banquete, pero él no podría +comer. ¡Qué día, amigos! ¡Qué espectáculo sublime! Y mirando los +centenares de trabajadores que iban viña abajo, daba salida libre a sus +entusiasmos.</p> + +<p>Allí acababa de verse una imagen de lo que debía ser la sociedad. Los +amos y los criados, los ricos y los pobres unidos todos en Dios, +amándose con fraternidad cristiana, conservando cada cual su jerarquía y +la parte de bienestar que el Señor hubiera querido concederles.</p> + +<p>Los viñadores caminaban apresuradamente. Algunos corrían para +adelantarse a sus compañeros, llegando cuanto antes a la ciudad. Desde +la noche anterior que les esperaban en Jerez. Habían pasado la semana +pensando en el sábado, en la vuelta a casa, para sentir el calor de la +familia, después de seis días de amontonamiento.</p> + +<p>Era el único consuelo del pobre, el triste descanso de una semana de +fatigas, y les habían robado una noche y una mañana. Sólo les quedaban +unas cuantas horas: así que anocheciese tenían que estar de vuelta en +Marchamalo.</p> + +<p>Al salir de las tierras de Dupont y verse en la carretera, los hombres +rompieron a hablar. Detuviéronse un instante para fijar su vista en lo +alto de la colina, donde se destacaban las figuras de don Pablo y sus +empleados, empequeñecidas por la distancia.</p> + +<p>Los viñadores más jóvenes miraban con desprecio el cirio regalado, y +apoyándolo cerca del vientre, lo movían con cinismo, apuntando a lo +alto.</p> + +<p>—¡Pa ti!... ¡pa ti!...</p> + +<p>Los viejos prorrumpían en amenazas sordas.</p> + +<p>—¡Mala puñalá te den, beato roío! ¡Anda a que te... zurzan, ladrón!...</p> + +<p>Y Dupont, desde lo alto, abarcaba en una mirada lacrimosa sus campos, +sus centenares de trabajadores que se detenían en el camino sin duda +para saludarle, y participaba su emoción a los allegados.</p> + +<p>¡Un gran día, amigos míos! ¡Un espectáculo conmovedor! El mundo, para +marchar bien, debía organizarse con arreglo a las sanas tradiciones... +Lo mismo que su casa.</p> + + + +<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p> + +<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3> + + +<p>Un sábado por la tarde, Fermín Montenegro, al salir del escritorio +encontró a don Fernando Salvatierra.</p> + +<p>El maestro dirigíase a las afueras de la ciudad para dar un largo paseo. +Trabajaba gran parte del día en traducciones del inglés o escribiendo +artículos para los periódicos de la <i>idea</i>; una faena que le producía lo +necesario para el pan y el queso, permitiéndole además auxiliar al +<i>compañero</i> que le alojaba en su casucha y a otros <i>compañeros</i> no menos +pobres que le asediaban con frecuencia, demandándole apoyo en nombre de +la solidaridad.</p> + +<p>Su único placer, después del trabajo, era el paseo; pero un paseo de +horas, casi un viaje, hasta bien cerrada la noche, apareciendo +inesperadamente en cortijos situados a varias leguas de la ciudad.</p> + +<p>Los amigos huían de acompañar en sus excursiones a aquel andarín ágil, +de piernas incansables, que proclamaba la marcha como el más eficaz de +los remedios, y hablaba de Kant, presentando como un ejemplo los paseos +de cuatro horas que daba el filósofo todos los días, llegando sano a una +extrema vejez gracias a este apacible ejercicio.</p> + +<p>Salvatierra, al saber que Fermín no tenía ninguna ocupación inmediata, +le invitó a acompañarle. Iba hacia los llanos de Caulina. Le gustaba más +el camino de Marchamalo y estaba seguro de que su viejo camarada, el +capataz, le recibiría con los brazos abiertos; pero no ignoraba los +sentimientos de Dupont hacia él y quería evitarle un disgusto.</p> + +<p>—Tú mismo, muchacho—continuó don Fernando,—te expones a un sermón, si +Dupont sabe que paseas conmigo.</p> + +<p>Fermín hizo un movimiento de hombros. Estaba acostumbrado a los enfados +de su principal y a las pocas horas de escucharle ya no se acordaba de +sus palabras. Además, hacía tiempo que no había hablado con don Fernando +y le placía pasear con él en este suave atardecer de primavera.</p> + +<p>Los dos salieron de la ciudad, y después de seguir las cercas de las +pequeñas viñas con sus casitas de recreo entre grupos de árboles, vieron +extenderse ante sus ojos las planicies de Caulina como una estepa verde. +Ni un árbol, ni un edificio. La llanura esparcíase hasta las montañas +que, esfumadas por la distancia, cerraban el horizonte; inculta, +salvaje, con la solemnidad monótona de la tierra abandonada.</p> + +<p>Los hierbajos cubrían el suelo en apretadas marañas, matizando la +primavera su verde oscuro con el blanco y el rojo de las flores +silvestres. Las piteras y chumberas, plantas rudas y antipáticas de los +países abandonados, amontonaban en los bordes del camino una vegetación +puntiaguda y agresiva. Sus vástagos rectos y cimbreantes, con un pompón +de blancas cazoletas, sustituían a los árboles en aquella inmensidad +horizontal y monótona no cortada por ondulación alguna. Esparcidos a +largas distancias, apenas si se destacaban como negras verrugas los +chozones y ranchos de los pastores, hechos de ramaje y tan bajos de +techumbre que parecían viviendas de reptiles. Aleteaban las palomas +torcaces en el cielo alegre de la tarde. Las nubes se contorneaban con +un ribete de oro, reflejando el sol poniente.</p> + +<p>Unos alambres interminables iban de poste en poste, casi a ras de +tierra, marcando los límites de la llanura, repartida en proporciones +gigantescas. Y en estos cercados de término indefinido, que no podían +abarcarse con los ojos, movíanse los toros con paso tardo, o permanecían +inmóviles en el suelo, empequeñecidos por la distancia, como caídos de +una caja de juguetes. El cencerro de los cabestros hacía palpitar con +lejana ondulación el silencio de la tarde, dando una nueva nota +melancólica al paisaje muerto.</p> + +<p>—Mira, Fermín—dijo Salvatierra irónicamente.—<i>¡Andalucía la alegre!</i> +¡Andalucía la fértil!...</p> + +<p>Millares de hombres sufrían el tormento del hambre, víctimas del jornal, +por no tener campos que cultivar; y la tierra reservábase para las +bestias, en los alrededores de una ciudad civilizada. Pero no era el +buey pacífico que fabrica carne para el sustento del hombre, el animal +dominador de aquella llanura, sino el toro bravo que había de lidiarse +en los circos y cuya fiereza cultivaba el ganadero, esforzándose por +acrecentarla.</p> + +<p>En la inmensa planicie, cabían holgadamente cuatro pueblos y podían +alimentarse centenares de familias; pero la tierra era de los animales, +cuyo salvajismo mantenía el hombre para solaz de los desocupados, dando +a su industria un carácter patriótico.</p> + +<p>—Hay gentes visionarias—continuó Salvatierra—que sueñan con traer a +estas llanuras el agua que se pierde en las montañas y establecer en +tierras propias a toda la horda de desesperados que engañan el hambre +con el gazpacho de la gañanía. ¡Y esperan hacer esto dentro de la +organización existente! ¡Y aun muchos de ellos me llaman iluso!... El +rico tiene sus cortijos y sus viñas y necesita del hambre, que es su +aliada, para que le proporcione los esclavos del jornal. El ganadero, +por su parte, necesita mucha tierra inculta para criar sus fieras, que +la pagan no por su carne, sino en razón de su salvajismo. Y los +poderosos que poseen el dinero, tienen interés en que todo continúe lo +mismo, y así seguirá.</p> + +<p>Salvatierra reía recordando lo que había oído sobre el progreso de su +país. En los cortijos se veían máquinas agrícolas de los más recientes +modelos, y los periódicos, pagados por los ricos, deshacíanse en elogios +de las grandes iniciativas de sus protectores en pro del desarrollo +agrícola. Mentira, todo mentira. La tierra se cultivaba peor que en +tiempo de los moros. Los abonos no se conocían: se hablaba de ellos con +desprecio, como invenciones modernas, contrarias a las buenas +tradiciones. El cultivo intensivo de otros pueblos era considerado como +un ensueño. Se araba a estilo bíblico; dejábase a la tierra que +produjera a su capricho, compensando lo débil de la cosecha con la gran +extensión de las propiedades y lo irrisorio del jornal.</p> + +<p>Únicamente se habían aceptado los adelantos del progreso mecánico, como +una arma de combate contra el enemigo, contra el trabajador. En los +cortijos no existía otro utensilio moderno que las trilladoras. Eran la +artillería gruesa de la gran propiedad. La trilla al sistema antiguo, +con sus manadas de yeguas rodando en la era, duraba meses enteros, y los +gañanes escogían esta época para pedir algún mejoramiento, amenazando +con la huelga, que dejaba las cosechos a la intemperie. La trilladora, +que realizaba en dos semanas el trabajo de dos meses, daba al amo la +seguridad de la recolección. Además, ahorraba brazos y equivalía a una +venganza contra la gente levantisca y descontenta, que acosaba a las +personas decentes con sus imposiciones. Y en el <i>Círculo Caballista</i> +hablaban los grandes propietarios de los adelantos del país y de sus +máquinas, que sólo servían para recoger y asegurar las cosechas, nunca +para sembrarlas y fomentarlas, presentando hipócritamente este ardid de +guerra como un progreso desinteresado.</p> + +<p>La gran propiedad empobrecía el país, manteniéndolo anonadado bajo su +brutal pesadumbre. La ciudad era la urbe del tiempo romano, rodeada de +leguas y más leguas de terreno, sin un pueblo, sin una aldea; sin otras +aglomeraciones de vida que los cortijos, con sus siervos del jornal, +mercenarios de la miseria, que se veían reemplazados apenas los +debilitaba la vejez o la fatiga; más tristes que el antiguo esclavo, que +al menos veía seguros hasta su muerte el techo y el pan.</p> + +<p>La vida se concentraba en la ciudad, como si la guerra asolase los +campos y sólo dentro de sus muros se considerase segura. El antiguo +latifundo enseñoreado del suelo, poblaba la campiña de hordas cuando lo +exigían las faenas. Al terminar éstas, un silencio de muerte caía sobre +las inmensas soledades, retirándose las bandos de jornaleros a los +pueblos de la sierra, para maldecir de lejos a la ciudad opresora. Otros +mendigan en ella, viendo de cerca la riqueza de los amos, sus +ostentaciones bárbaras que incubaban en las almas de los pobres un deseo +de exterminio.</p> + +<p>Salvatierra detenía el paso para volver la vista atrás y contemplar la +ciudad, que destacaba su blanco caserío, la arboleda de sus jardines +sobre el cielo rosa y oro de la puesta del sol.</p> + +<p>—¡Ah, Jerez! ¡Jerez!—dijo el rebelde.—¡Ciudad de millonarios, rodeada +de una horda inmensa de mendigos!... Lo extraño es cómo estás ahí, tan +blanca y tan bonita, riendo de todas las miserias, sin que te hayan +prendido fuego...</p> + +<p>La campiña dependiente de la ciudad, que abarcaba casi una provincia, +era de ochenta propietarios. En el resto de Andalucía ocurría lo mismo. +Muchas familias de rancia nobleza habían guardado la propiedad feudal, +las grandes extensiones adquiridas por sus ascendientes, con sólo +galopar, lanza en ristre, matando moros. Otras grandes propiedades +habían sido formadas por los compradores de bienes nacionales, o los +agitadores políticos del campo, que se cobraban sus servicios en las +elecciones haciéndose regalar por el Estado los montes y los terrenos +públicos, sobre los cuales vivían pueblos enteros. En ciertos sitios de +la sierra encontrábanse poblaciones abandonadas, con las casas +desplomándose, como si por ellas hubiese pasado una epidemia. El +vecindario había huido lejos, en busca de la servidumbre del jornal, +viendo convertirse en dehesa de un rico influyente los terrenos públicos +que daban el pan a sus familias.</p> + +<p>Y esta pesadumbre de la propiedad, desmesurada y bárbara, aun se hacía +tolerable en ciertos lugares de Andalucía, por estar lejos los amos, por +vivir en Madrid de las rentas que les enviaban aparceros y +administradores, contentándose con el producto de unos bienes que no +habían visto y que por su extensión rendían mucho de todas suertes.</p> + +<p>Pero en Jerez, el rico estaba sobre el pobre a todas horas, para hacerle +sentir su influencia. Era un centauro rudo, orgulloso de su fuerza, que +buscaba el combate, se embriagaba en él y gozaba desafiando la cólera +del hambriento, para domeñarle como a los potros salvajes en el +herradero.</p> + +<p>—El rico de aquí es más gañán que el trabajador—decía Salvatierra.—Su +animalidad gallarda e impulsiva hace aún más dolorosa la miseria.</p> + +<p>La riqueza era más visible allí que en otras partes. Los cultivadores +del vino, los dueños de bodegas, los exportadores, con sus fortunas +extraordinarias y sus despilfarros ostentosos, amargaban la pobreza de +los desgraciados.</p> + +<p>—Los que dan dos reales a un hombre por el trabajo de todo un +día—continuó el revolucionario—pagan hasta cincuenta mil reales por un +caballo de fama. Yo he visto las gañanías y he visto muchas cuadras de +Jerez, donde guardan esas bestias que no son de utilidad, y sólo sirven +para halagar el orgullo de sus amos. Créeme, Fermín: hay en esta tierra +miles de seres racionales, que al acostarse con los huesos doloridos en +la esterilla del cortijo, quisieran despertar transformados en caballos.</p> + +<p>Él no aborrecía absolutamente las grandes propiedades. Eran una +facilidad para el comunismo de la tierra, ensueño generoso cuya +realización creía muchas veces próxima. Cuanto más reducido fuese el +número de los propietarios del suelo, más fácilmente se resolvería el +problema e interesarían menos los lamentos de los desposeídos.</p> + +<p>Pero la solución estaba lejos, y mientras tanto, indignábanle la +creciente miseria, la abyección moral de los siervos de la tierra. Le +asombraba la ceguera de las gentes felices aferradas al pasado. Dando la +posesión del suelo en pequeñas partes a los trabajadores, como en otras +comarcas de España, retardarían por siglos la revolución en los campos. +El pequeño cultivador que ama su pedazo de suelo como una prolongación +de la familia, es áspero y hostil a toda innovación revolucionaria, más +aún que el verdadero rico. Toda idea nueva la considera un peligro para +su pobre bienestar y la repele ferozmente. Dando a aquellas gentes la +posesión del suelo, se retrasaría el momento de la suprema Justicia con +que soñaba Salvatierra; pero aunque así fuese, su alma de bienhechor +consolábase pensando en los alivios momentáneos de la miseria. Surgirían +pueblos en las soledades, desaparecerían aquellos cortijos aislados, con +su aspecto huraño de cuartel o de presidio, y las bestias volverían a +la sierra, dejando el llano para el sustento del hombre.</p> + +<p>Pero Fermín, al escuchar a su maestro, movía la cabeza con signos +negativos.</p> + +<p>—Todo seguirá lo mismo—dijo el joven.—A los ricos no les importa nada +el porvenir, ni creen necesaria ninguna precaución para retardarlo. +Tienen los ojos en el cogote, y si algo ven, es hacia atrás. Mientras +los gobernantes surjan de su clase y tengan a su servicio los fusiles +que pagamos todos, se ríen de las rebeldías de abajo. Además, conocen a +la gente.</p> + +<p>—Eso que tú dices—repuso Salvatierra;—conocen a la gente y no la +temen.</p> + +<p>El revolucionario pensaba en el <i>Maestrico</i>, en aquel muchacho que había +visto escribir trabajosamente a la luz del candil, en la gañanía de +Matanzuela. Tal vez aquella alma simple contemplaba mejor el porvenir al +través de su sencilla fe, que él con su indignación, que ansiaba +destruir inmediatamente todo lo malo. Lo primero era crear hombres +nuevos, antes de ir a la supresión del mundo caduco. Y pensando en la +muchedumbre miserable y sin voluntad, hablaba con cierta tristeza.</p> + +<p>—En vano se han intentado revoluciones en esta tierra. El alma de +nuestras gentes es la misma que en tiempo de los señoríos. Guardan en lo +más hondo la resignación del siervo.</p> + +<p>Aquella tierra era la del vino, y Salvatierra, con su frialdad de +sobrio, maldecía la influencia que ejercía sobre la gente el veneno +alcohólico, transmitiéndose de generación en generación. La bodega era +la moderna fortaleza feudal que mantenía a las masas en la servidumbre y +la abyección. Los entusiasmos, los crímenes, la alegría, los amores, +todo era producto del vino, como si aquel pueblo, que aprendía a beber +apenas soltaba el pecho de la madre y contaba las horas del día por el +número de copas, careciera de pasiones y de afectos, fuese incapaz de +moverse y sentir por propio impulso, necesitando para todos sus actos el +resorte de la bebida.</p> + +<p>Salvatierra hablaba del vino como de un personaje invisible y +omnipotente, que intervenía en todas las acciones de aquellos autómatas, +soplando en su pensamiento, limitado y vivaracho como el de un pájaro; +empujándolos lo mismo al desaliento, que a la desordenada alegría.</p> + +<p>Los hombres inteligentes que podían servir de pastores a los de abajo, +mostraban en su juventud aspiraciones generosas, pero apenas entraban en +edad eran víctimas de la epidemia de la tierra: se convertían en +<i>manzanilleros</i> famosos, no logrando que funcionase su cerebro más que a +impulsos de la excitación alcohólica. En plena madurez mostrábanse +decrépitos, con las manos temblonas, casi paralíticos, los ojos +enrojecidos, la vista oscurecida y el pensamiento difuso, como si el +alcohol envolviese en nubes su cerebro. Y, víctimas alegres de esta +esclavitud, alababan aún el vino como el remedio más seguro para +fortalecer la vida.</p> + +<p>El rebaño de la pobreza no podía gozar de este placer de los ricos; pero +lo envidiaba, soñando con la embriaguez como la mayor de las +felicidades. En sus momentos de cólera, de protesta, bastaba poner el +vino al alcance de sus manos para que todos sonriesen viendo dorada y +luminosa su miseria al través del vaso lleno de oro líquido.</p> + +<p>—¡El vino!—exclamaba Salvatierra.—Ese es el mayor enemigo de este +país: mata las energías, crea engañosas esperanzas, acabo con la vida +prematuramente: todo lo destruye; hasta el amor.</p> + +<p>Fermín sonreía escuchando a su maestro.</p> + +<p>—¡No tanto, don Fernando!... Reconozco, sin embargo, que es uno de +nuestros males. Puede decirse que llevamos la afición en la sangre. Yo +mismo, confieso mi vicio: me gusta una copa ofrecida por los amigos... +Es la enfermedad de la tierra.</p> + +<p>El revolucionario, arrastrado por el curso tumultuoso de sus +pensamientos, olvidaba el vino para arremeter contra otro enemigo: la +resignación ante la injusticia, la mansedumbre cristiana de los +desgraciados.</p> + +<p>—Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron +de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y +hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y +el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin +cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el +femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran +sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para +siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No +pidáis a los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos +el remedio de vuestros males».</p> + +<p>Salvatierra se exaltaba, elevando su voz en el silencio del crepúsculo. +El sol se había ocultado, dejando sobre la ciudad una aureola de +incendio. Por la parte de la sierra destacábase en un cielo de color de +violeta la primera estrella anunciadora de la noche. El revolucionario +la miraba, como si fuese el astro que había de guiar hacia más amplios +horizontes la muchedumbre del llanto y del dolor; la estrella de la +Justicia, alumbrando pálida e indecisa la lenta partida de los rebeldes, +y agrandándose hasta convertirse en un sol, así como se aproximaban a +ella, escalando alturas, aplastando privilegios, derribando dioses.</p> + +<p>Los grandes ensueños de la Poesía acudían a la memoria de Salvatierra y +hablaba de ellos a su acompañante con la voz trémula y sorda de un +profeta en plena visión.</p> + +<p>Un estremecimiento de las entrañas de la tierra había conmovido un día +al mundo antiguo. Los árboles gimieron en los bosques, agitando sus +melenas de hojas, como plañideras desesperadas; un viento fúnebre rizó +los lagos y la superficie azul y luminosa del mar clásico que había +arrullado durante siglos en las playas griegas los diálogos de los +poetas y los filósofos. Un lamento de muerte rasgó el espacio, llegando +a los oídos de todos los hombres. «<i>¡El gran Pan ha muerto!...</i>» Las +sirenas se sumergieron para siempre en las glaucas profundidades, las +ninfas huyeron despavoridas a las entrañas de la tierra para no volver +jamás, y los templos, blancos, que cantaban como himnos de mármol la +alegría de la vida bajo el torrente de oro del sol, se entenebrecieron, +sumiéndose en el silencio augusto de las ruinas. «Cristo ha nacido», +gritó la misma voz. Y el mundo fue ciego para todo lo exterior, +reconcentrando su vista en el alma; y aborreció la materia como pecado +vil, y oprimió los sentimientos más puros de la vida, haciendo de su +amputación una virtud.</p> + +<p>El sol siguió brillando, pero pareció menos luminoso a la humanidad, +como si entre ella y el astro se interpusiera un velo fúnebre. La +naturaleza continuó su obra creadora, insensible a las locuras de los +hombres; pero éstos no amaron otras flores que las que transparentaban +la luz en las vidrieras de las ojivas, ni admiraron más árboles que las +palmeras de piedra que sostenían las bóvedas de las catedrales. Venus +ocultó sus desnudeces de mármol en las ruinas del incendio, esperando +renacer tras un sueño de siglos, bajo el arado del rústico. El tipo de +belleza fue la virgen infecunda y enferma, enflaquecida por el ayuno; la +religiosa, pálida y desmayada como el lirio que sostenían sus manos de +cera, con los ojos lacrimosos, agrandados por el éxtasis y el dolor de +ocultos cilicios.</p> + +<p>El negro ensueño había durado siglos. Los hombres, renegando de la +naturaleza, habían buscado en la privación, en la vida torturada y +deforme, en la divinización del dolor, el remedio de sus males, la +fraternidad ansiada, creyendo que la esperanza del ciclo y la caridad en +la tierra bastarían para la felicidad de los cristianos.</p> + +<p>Y he aquí que el mismo lamento que anunció la muerte del gran dios de la +Naturaleza, volvía a sonar como si reglamentase, con intervalos de +siglos, las grandes mutaciones de la vida humana. «¡Cristo ha muerto!... +¡Cristo ha muerto!»</p> + +<p>—Sí; ha muerto hace tiempo—continuó el rebelde.—Todas las almas oyen +este grito misterioso en sus momentos de desesperación. En vano suenan +las campanas cada año anunciando que Cristo resucita... Resucita sólo +para los que viven de su herencia. Los que sienten hambre de justicia y +esperan miles de años la redención, saben que está bien muerto y que no +volverá, como no vuelven las frías y veleidosas divinidades griegas.</p> + +<p>Los hombres, siguiéndole, no habían visto un horizonte nuevo: habían +caminado por senderos conocidos. Sólo cambiaban el exterior y el nombre +de las cosas. La humanidad contemplaba a la luz cenicienta de una +religión que maldice la vida, lo que antes había visto en la inocencia +de la infancia. El esclavo redimido por Cristo era ahora el asalariado +moderno, con su derecho a morir de hambre, sin el pan y el cántaro de +agua que su antecesor encontraba en el ergástula. Los mercaderes +arrojados del templo tenían asegurada la entrada en la gloria eterna y +eran los sostenes de toda virtud. Los privilegiados hablaban del reino +de los cielos como de un placer más que añadir a los que disfrutaban en +la tierra. Los pueblos cristianos se exterminaban, no por los caprichos +y los odios de sus pastores, sino por algo menos concreto, por el +prestigio de un trapo ondeante, cuyos colores les enloquecían. Se +mataban fríamente hombres que no se habían visto nunca, que dejaban a +sus espaldas un campo por cultivar y una familia abandonada; hermanos de +dolor en la cadena del trabajo, sin otras diferencias que la lengua y la +raza.</p> + +<p>En las noches de invierno, la gran muchedumbre de la miseria pululaba en +las calles de las ciudades, sin pan y sin techo, como si estuviese en un +desierto. Los niños lloraban de frío, ocultando las manos bajo los +sobacos; las mujeres de voz aguardentosa se encogían como fieras en el +quicio de una puerta, para pasar la noche; los vagabundos sin pan, +miraban los balcones iluminados de los palacios o seguían el desfile de +las gentes felices que, envueltas en pieles, en el fondo de sus +carruajes, salían de las fiestas de la riqueza. Y una voz, tal vez la +misma, repetía en sus oídos, que zumbaban de debilidad: «No esperéis +nada. ¡Cristo ha muerto!»</p> + +<p>El obrero sin trabajo, al volver a su frío tugurio, donde le aguardaban +los ojos interrogantes de la hembra enflaquecida, dejábase caer en el +suelo como una bestia fatigada, después de su carrera de todo un día +para aplacar el hambre de los suyos. «¡Pan, pan!» le decían los +pequeñuelos esperando encontrarlo bajo la blusa raída. Y el padre oía la +misma voz, como un lamento que borraba toda esperanza: «¡Cristo ha +muerto!»</p> + +<p>Y el jornalero del campo que, mal alimentado con bazofia, sudaba bajo el +sol, sintiendo la proximidad de la asfixia, al detenerse un instante +para respirar en esta atmósfera de horno, se decía que era mentira la +fraternidad de los hombres predicada por Jesús, y falso aquel dios que +no había hecho ningún milagro, dejando los males del mundo lo mismo que +los encontró al llegar a él... Y el trabajador vestido con un uniforme, +obligado a matar en nombre de cosas que no conoce a otros hombres que +ningún daño le han hecho, al permanecer horas y horas en un foso, +rodeado de los horrores de la guerra moderna, peleando con un enemigo +invisible por la distancia, viendo caer destrozados miles de semejantes +bajo la granizada de acero y el estallido de las negras esferas, también +pensaba con estremecimientos de disimulado terror: «¡Cristo ha muerto, +Cristo ha muerto!»</p> + +<p>Sí; bien muerto estaba. Su vida no había servido para aliviar uno solo +de los males que afligen a los humanos. En cambio, había causado a los +pobres un daño incalculable predicándoles la humildad, infiltrando en +sus espíritus la sumisión, la creencia del premio en un mundo mejor. El +envilecimiento de la limosna y la esperanza de justicia ultraterrena +habían conservado a los infelices en su miseria por miles de años. Los +que viven a la sombra de la injusticia, por mucho que adorasen al +Crucificado, no le agradecerían bastante sus oficios de guardián durante +diecinueve siglos.</p> + +<p>Pero los infelices sacudían ya su atonía: el dios era un cadáver. No más +resignación. Ante el Cristo muerto había que aclamar el triunfo de la +Vida. El cadáver inmenso aun pesaba sobre la tierra, pero las +muchedumbres engañadas se agitaban ya, dispuestas a sepultarle. Por +todos lados se oían los vagidos del mundo nuevo que acababa de nacer. La +Poesía que profetizó vagamente la llegada de Cristo, anunciaba ahora la +aparición del gran Redentor, que no había de encerrarse en la debilidad +de un hombre, sino que encarnaría en la inmensa masa de los +desheredados, de los tristes, con el nombre de Rebelión.</p> + +<p>Los hombres comenzaban de nuevo su marcha hacia la fraternidad, el ideal +de Cristo: pero abominando de la mansedumbre, despreciando la limosna +por envilecedora e inútil. A cada cual lo suyo, sin concesiones que +denigran, ni privilegios que despiertan el odio. La verdadera +fraternidad era la Justicia social.</p> + +<p>Calló Salvatierra, y viendo que oscurecía, dio una vuelta, comenzando a +desandar el camino.</p> + +<p>Jerez, como una gran mancha negra, recortaba las líneas de sus torres y +tejados sobre el último resplandor del crepúsculo, mientras abajo +perforaban su oscuridad las rojas estrellas del alumbrado.</p> + +<p>Los dos hombres vieron marcarse sus sombras sobre la blanca superficie +del camino. La luna salía a sus espaldas, remontándose en el espacio.</p> + +<p>Lejos aún de la ciudad, oyeron un ruidoso cascabeleo que hacía apartarse +a un lado a los carros que volvían de los cortijos, lentamente, con +sordo rechinar de ruedas.</p> + +<p>Salvatierra y su discípulo, refugiándose en la cuneta, vieron pasar +cuatro briosos caballos con borlajes saltones y chillonas ristras de +cascabeles tirando de un coche lleno de gente. Cantaban, gritaban, +palmoteaban, llenando el camino con su alegría loca, esparciendo el +escándalo de la <i>juerga</i> sobre las llanuras muertas que aun parecían +más tristes a la luz de la luna.</p> + +<p>Pasó el carruaje como un rayo entre nubes de polvo, pero Fermín pudo +reconocer al que guiaba los caballos. Era Luis Dupont que, erguido en el +pescante, arreaba con la voz y el látigo a las cuatro bestias que +corrían desbocadas. Una mujer que iba junto a él, también gritaba +azuzando al ganado con una fiebre de velocidad loca. Era la +<i>Marquesita</i>. Montenegro creyó que le había reconocido, pues al +alejarse, agitó una mano entre la nube de polvo, gritándole algo que no +pudo oír.</p> + +<p>—Esos van de juerga, don Fernando—dijo el joven cuando se restableció +el silencio en el camino.—Les parece estrecha la ciudad, y, como mañana +es domingo, querrán pasarlo en Matanzuela a sus anchas.</p> + +<p>Salvatierra, al oír el nombre del cortijo, recordó a su camarada del +ventorro del Grajo, aquel enfermo que ansiaba su presencia como el mejor +remedio. No le había visto desde el día en que el temporal le obligó a +refugiarse en Matanzuela, pero le recordaba muchas veces, proponiéndose +repetir su visita en la próxima semana. Prolongaría uno de sus largos +paseos, llegando hasta aquella choza donde le esperaban como un +consuelo.</p> + +<p>Fermín habló de los recientes amoríos de Luis con la <i>Marquesita</i>. Al +fin, la amistad les había conducido a un término, que los dos parecían +querer evitar. Ella ya no estaba con el tosco ganadero de cerdos. Volvía +a tirarle el señorío, según decía, y alardeaba impúdicamente de sus +nuevas relaciones, viviendo en casa de Dupont y entregándose los dos a +fiestas ruidosas. Les parecía su amor desabrido y monótono, si no lo +sazonaban con embriagueces y escándalos que alterasen la hipócrita calma +de la ciudad.</p> + +<p>—Se han juntado dos locos—continuó Fermín.—Cualquier día se pelearán, +saliendo de una de sus juergas echando sangre; pero, mientras tanto, se +creen felices y exhiben su dicha con una desvergüenza admirable. Yo creo +que lo que más les divierte es la indignación de don Pablo y su familia.</p> + +<p>Montenegro relató las últimas aventuras de estos enamorados, que +alarmaban a la ciudad. Jerez les parecía estrecho para su dicha y +corrían los cortijos y las poblaciones inmediatas, llegando hasta Cádiz, +seguidos del cortejo de cantadores y matones que acompañaba siempre a +Luis Dupont. Pocos días antes habían tenido en Sanlúcar de Barrameda una +fiesta estruendosa, al final de la cual, la <i>Marquesita</i> y su amante, +embriagando a un camarero, le raparon la cabeza con unas tijeras. En el +<i>Círculo Caballista</i>, reían los señoritos al comentar las hazañas de +aquella pareja. ¡Pero qué buena sombra tenía Luis! ¡Qué gran mujer la +<i>Marquesita</i>!...</p> + +<p>Y los dos amantes, en una continua borrachera, que apenas se desvanecía +era reforzada, como si temiesen perder la ilusión viéndose fríamente sin +la engañosa alegría del vino, iban de un lado a otro, cual un vendaval +de escándalo, entre los aplausos de la gente joven y la indignación de +las familias.</p> + +<p>Salvatierra escuchaba a su discípulo con gesto irónico. Le interesaba +Luis Dupont. Era un buen ejemplar de aquella juventud ociosa, dueña de +todo el país.</p> + +<p>Apenas habían llegado los dos paseantes a las primeras casas de Jerez, +cuando el carruaje de Dupont, rodando vertiginosamente a impulsos de las +briosas bestias, que corrían como locas, estaba ya en Matanzuela.</p> + +<p>Los perros del cortijo ladraron furiosamente al oír el galope, cada vez +más cercano, acompañado de gritos, rasgueos de guitarra y canciones de +prolongado lamento.</p> + +<p>—Ahí viene el amo—dijo <i>Zarandilla</i>.—Nadie pué ser más que él.</p> + +<p>Y llamando al aperador, salieron los dos fuera del cortijo para ver +llegar, a la luz de la luna, el ruidoso carruaje.</p> + +<p>Bajó del pescante de un salto la gentil <i>Marquesita</i>, y poco a poco +fueron disgregándose del amontonamiento de carne que llenaba el interior +todos los del séquito. El señorito abandonó las riendas a <i>Zarandilla</i>, +después de hacerle varias recomendaciones para que cuidase bien el +ganado.</p> + +<p>Rafael avanzó quitándose el sombrero.</p> + +<p>—¿Eres tú, buen mozo?—dijo la <i>Marquesita</i> con desenvoltura.—Cada vez +estás más guapo. Si no fuese por darle un disgusto a María de la Luz, +cualquier día engañábamos a <i>éste</i>.</p> + +<p>Pero <i>éste</i>, o sea Luis, reía de la desvergüenza de su prima, sin que le +molestase la muda comparación a que parecían entregados los ojos de +Lola, entre su cuerpo desmedrado de vividor alegre y la fuerte armazón +del aperador del cortijo.</p> + +<p>El señorito pasó revista a su gente. Ninguno se había perdido en el +viaje; todos estaban: la <i>Moñotieso</i>, famosa cantaora, y su hermana; su +señor padre, un veterano del baile clásico que había hecho tronar bajo +sus tacones los tablados de todos los cafés cantantes de España; tres +protegidos de Luis, graves y cejijuntos, con la mano en la cadera y los +ojos entornados, como si no osaran mirarse por no infundirse espanto, y +un hombre carilleno, con sotobarba sacerdotal y unos tufos de pelo +pegados a las orejas, guardando bajo el brazo una guitarra.</p> + +<p>—¡Ahí le tienes!—dijo el señorito a su aperador, señalándole al +guitarrista.—El señó Pacorro, alias el <i>Águila</i>, el primer tocador del +mundo. ¡El <i>Guerra</i>, matando toros, y mi amigo con la guitarra!... ¡el +disloque!</p> + +<p>Y como el cortijero se quedase mirando a este ser extraordinario, cuyo +nombre no había oído jamás, el tocador se inclinó ceremoniosamente +como un hombre de mundo, experto en fórmulas sociales.</p> + +<p>—Beso a uzté la mano...</p> + +<p>Y sin añadir palabra se entró en el cortijo, siguiendo a la demás gente +que guiaba la <i>Marquesita</i>.</p> + +<p>La mujer de <i>Zarandilla</i> y Rafael, ayudados por aquella tropa, +arreglaron las habitaciones del amo. Dos quinqués humosos dieron luz a +la gran sala de enjalbegadas paredes, adornadas con algunos cromos de +santos. Los hombres de confianza de don Luis, doblando el espinazo con +cierta pereza, sacaron de espuertas y cajones todas las vituallas +traídas en el carruaje.</p> + +<p>La mesa se llenó de botellas, que transparentaban la luz; unas de color +de avellana, otras de oro pálido. La vieja de <i>Zarandilla</i> se entró en +la cocina, seguida de las demás mujeres, mientras el señorito preguntaba +al aperador por la gente de la gañanía.</p> + +<p>Casi todos los hombres estaban fuera del cortijo. Como era sábado, los +jornaleros de la sierra se habían ido a sus pueblos. Sólo quedaban los +gitanos y las bandas de muchachas que bajaban a la escarda confiadas a +la vigilancia de sus manijeros.</p> + +<p>El amo recibía con satisfacción estos informes. No le gustaba divertirse +teniendo a la vista a los jornaleros, gentes envidiosas, de corazón +duro, que rabiaban con la alegría ajena y andaban después propalando +los mayores embustes. Le placía estar a sus anchas en el cortijo. ¿No +era el amo?... Y saltando de un pensamiento a otro con su incoherente +ligereza, se encaró con los acompañantes. ¿Qué hacían sentados, sin +beber, sin hablar, como si estuviesen velando a un muerto?...</p> + +<p>—Vamos a ver esas manitas de oro, maestro—dijo al tocador que, con la +guitarra sobre las rodillas y la mirada en alto, se entretenía haciendo +arpegios.</p> + +<p>El maestro <i>Águila</i>, después de toser varias veces, comenzó un rasgueo, +interrumpido de vez en cuando por las escalas gimeantes de la cuerda +prima. Uno de los esbirros de don Luis destapó botellas y ordenó las +filas de cañas, ofreciendo estos tubos de cristal, llenos de líquido +dorado con una corona de burbujas. Las mujeres, atraídas por la +guitarra, llegaron corriendo de la cocina.</p> + +<p>—¡Venga de ahí, <i>Moñotieso</i>!—gritó el señorito.</p> + +<p>Y la cantaora rompió en una <i>soleá</i>, con una voz aguda y poderosa, que +después de hincharla el cuello como si éste fuera a reventarse, atronaba +la sala y ponía en conmoción a todo el cortijo.</p> + +<p>El honorable padre de la <i>Moñotieso</i>, como hombre versado en sus +deberes, sin esperar invitaciones, sacó a su otra hija al centro de la +habitación y comenzó el baile con ella.</p> + +<p>Rafael se alejó prudentemente, después de beber dos copas. No quería +estorbar la fiesta con su presencia. Además, deseaba revistar el +cortijo antes que adelantase la noche, temiendo que el amo quisiera +recorrerlo por un capricho de su embriaguez.</p> + +<p>En el patio se tropezó con <i>Alcaparrón</i>, que atraído por el ruido de la +fiesta esperaba una coyuntura para introducirse en la sala con su +pegajosidad de parásito. El aperador le amenazó con varios palos si +seguía allí.</p> + +<p>—Largo, granuja; esos señores no quieren ná con los gitanos.</p> + +<p><i>Alcaparrón</i> se alejó con aire humilde, pero dispuesto a volver apenas +desapareciese el señor Rafael, el cual entrose en la cuadra para ver si +los caballos del amo estaban bien cuidados.</p> + +<p>Cuando pasada una hora volvió el aperador al lugar de la fiesta, vio +sobre la mesa muchas botellas vacías.</p> + +<p>La gente estaba lo mismo, como si el líquido se hubiera derramado en el +suelo: solamente el tocador rasgueaba con más fuerza y los demás batían +palmas con una agitación loca, gritando a un tiempo para jalear al viejo +bailarín. El respetable padre de las <i>Moñotieso</i>, abriendo la boca +desdentada y negra con femeniles gritos, movía sus caderas descarnadas, +hundiendo el vientre para hacer surgir con mayor relieve la parte +opuesta. Sus mismas hijas celebraban con grandes risotadas estos alardes +de una vejez envilecida.</p> + +<p>—¡Olé, grasioso!...</p> + +<p>El anciano seguía bailando como una caricatura femenil entre las +lúbricas excitaciones que le dirigía la <i>Marquesita</i>.</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 2em;"><i>¡San Patrisio!...</i></span><br /> +<span style="margin-left: 2em;"><i>¡Que la puerta se sale del quisio!</i></span><br /> +</p> + +<p>Y al cantar esto movíase de tal modo, que parecía próximo a hacer salir +de su quicio natural una parte de su dorso, mientras los hombres le +arrojaban los sombreros a los pies, entusiasmados por esta danza infame, +deshonra del sexo.</p> + +<p>Cuando el bailador volvió a su silla, sudoroso y pidiendo una copa como +premio de su cansancio, se hizo un largo silencio.</p> + +<p>—Aquí fartan mujeres...</p> + +<p>Era el <i>Chivo</i> el que hablaba, después de escupir por la comisura de los +labios, con la gravedad solemne de un valentón parco en palabras.</p> + +<p>La <i>Marquesita</i> protestó.</p> + +<p>—¿Y nosotras qué somos, mamarracho?</p> + +<p>—Sí; eso es: ¿qué somos nosotras?—añadieron como un eco las dos de +<i>Moñotieso</i>.</p> + +<p>El <i>Chivo</i> se dignó explicarse. Él no quería <i>fartar</i> a las señoras +presentes; quería decir que la juerga, para que marchase bien, +necesitaba más mujerío.</p> + +<p>El señorito se puso de pie con resolución. ¿Mujerío?... Él lo tenía; en +Matanzuela había de todo. Y empuñando una botella, dio orden a Rafael +para que le acompañase a la gañanía.</p> + +<p>—Pero, señorito, ¿qué va a jacer su mercé?...</p> + +<p>Luis obligó al aperador a que le guiase, a pesar de sus protestas, y +todos le siguieron.</p> + +<p>Cuando la alegre banda entró en la gañanía, la vio casi desierta. La +noche era de primavera y los manijeros y el arreador estaban sentados en +el suelo, cerca de la puerta, viendo el campo que azuleaba silencioso +bajo la luz de la luna. Las mujeres dormitaban en los rincones, o +formando corrillos oían cuentos de brujas y milagros de santos con un +silencio religioso.</p> + +<p>—¡El amo!—dijo el aperador al entrar.</p> + +<p>—¡Arriba! ¡Arriba! ¿Quién quiere vino?—gritó alegremente el señorito.</p> + +<p>Todos se pusieron de pie, sonriendo a la inesperada aparición.</p> + +<p>Las muchachas contemplaban con asombro a la <i>Marquesita</i> y sus dos +acompañantas, admirando sus pañolones floreados de la China, sus +relucientes peinados.</p> + +<p>Los hombres se encogían modestamente ante el señorito, que les ofrecía +una copa, mientras sus ojos se iban tras la botella que tenía en las +manos. Después de hipócritas negativas, bebieron todos. Era vino de +ricos, del que ellos no conocían. ¡Oh! ¡aquel don Luis era todo un +hombre! Algo calavera; pero la juventud le servía de excusa y además +tenía un gran corazón. ¡Todos los amos que fuesen como él!...</p> + +<p>—¿Pero, qué vino, compañero?—se decían unos a otros, enjugándose los +labios con el reverso de la mano.</p> + +<p>La tía <i>Alcaparrona</i> también bebió, y su hijo, que al fin había +conseguido agregarse al cortejo del amo, pasaba y repasaba ante éste, +enseñándole la dentadura caballar con la mejor de sus sonrisas.</p> + +<p>Dupont peroraba tremolando en alto la botella. Venía para invitar a su +comilona a todas las muchachas de la gañanía, pero sólo a las guapas. Él +era así: llano y francote: ¡viva la democracia!...</p> + +<p>Las muchachas, ruborosas en presencia del amo, a quien muchas de ellas +veían por primera vez, retrocedían mirando al suelo, con las manos +puestas ante la falda. Dupont las señalaba: ¡esta! ¡esta!... Y se fijó +también en Mari-Cruz, la prima de <i>Alcaparrón</i>.</p> + +<p>—Tú, gitana, también. Eres feílla, pero tienes ángel y sabrás cantar.</p> + +<p>—Como los serafines, señó—dijo el primo queriendo aprovechar el +parentesco para introducirse en la fiesta.</p> + +<p>Las muchachas, repentinamente ariscas, como si les amagase algún +peligro, se hacían atrás, negándose a aceptar el convite. Ya habían +cenado, ¡muchas gracias! Pero poco después reían, cuchicheando +satisfechas, al ver el mal gesto que ponían ciertas compañeras al no ser +designadas por el amo o sus acompañantes. La tía <i>Alcaparrona</i> las reñía +por su timidez:</p> + +<p>—¿Por qué no queréis dir? Andad, payas, y si no tenéis gana de jartaros +de cosas buenas, tomad algo de lo que el señó os dé. ¡Pues, poquitas +veces que me orsequió a mí el señó marqués, el papá de este sol +resplandesiente que aquí está!</p> + +<p>Y decía esto señalando a la <i>Marquesita</i>, que examinaba a algunas de +aquellas jóvenes, como si quisiera adivinar su hermosura debajo de las +ropas astrosas.</p> + +<p>Los manijeros, conmovidos por el vino del amo, que no había hecho más +que despertar su sed, intervenían paternalmente con el pensamiento +puesto en otras botellas. Podían ir con don Luis sin miedo alguno: lo +decían ellos, que eran los encargados de cuidarlas y respondían de su +seguridad ante sus familias.</p> + +<p>—Es un cabayero, muchachas, y además, vais a cenar con estas señoras. +Toos personas decentes.</p> + +<p>La resistencia fue de corta duración, y, por fin, salió un grupo de +jóvenes escoltado por el amo y sus huéspedes.</p> + +<p>Los que quedaron en la gañanía comenzaron a buscar por los rincones una +guitarra. ¡Buena se presentaba la noche! Al salir el amo, había dicho al +aperador que enviase a aquella gente todo el vino que pidiera. ¡Oh, qué +don Luis!...</p> + +<p>La mujer de <i>Zarandilla</i> puso la mesa, ayudada por las jóvenes serranas, +que habían adquirido cierto aplomo al verse en las habitaciones del +amo. Además, el señorito, con una franqueza que las enorgullecía, +haciéndolas subir a la cara oleadas de sangre, iba de una a otra con la +botella y la batea de cañas, obligándolas a que bebiesen. El padre de +las <i>Moñotieso</i> las hacía enrojecer y prorrumpir en risotadas semejantes +a cocleos de gallinas, relatándolas al oído cuentos impúdicos.</p> + +<p>Eran más de veinte para la cena, y apretados en torno de la mesa, +comenzaron a comer los platos que <i>Zarandilla</i> y su mujer servían con +gran dificultad, pasándolos por encima de las cabezas.</p> + +<p>Rafael se mantenía de pie junto a la puerta, no sabiendo si ausentarse o +hacerse visible, por respeto al amo.</p> + +<p>—Siéntate, hombre—ordenó magnánimamente don Luis.—Te lo permito.</p> + +<p>Y como la gente se estrechase aún más, para hacerle sitio, la +<i>Marquesita</i> se levantó llamándole. ¡Allí, al lado de ella! El aperador, +al sentarse, creyó que se sumergía en las faldas y las susurrantes ropas +interiores de la hermosa, quedando como pegado a ella, en ardoroso +contacto con un lado de su cuerpo.</p> + +<p>Los muchachas rechazaban con remilgos los primeros ofrecimientos del +señorito y sus compañeros. Gracias; ellas habían cenado. Además, no +estaban acostumbradas a las comidas fuertes de los señores, y podían +hacerlas daño.</p> + +<p>Pero el olor de la carne, de la sagrada carne siempre vista de lejos y +de la que se hablaba en la gañanía como de un manjar de dioses, pareció +marearlas con una embriaguez más intensa que la del vino. Una tras otra, +fueron arrojándose sobre los platos, y perdido el primer escrúpulo, +comenzaron a devorar como si saliesen de larguísimos ayunos.</p> + +<p>El señorito celebraba la voracidad con que se movían aquellas +mandíbulas, y sentía una satisfacción moral casi equivalente a la que +proporciona el bien. ¡Él era así! ¡le gustaba de vez en cuando alternar +con los pobres!</p> + +<p>—¡Olé las mujeres de buen diente!... Ahora a beber para que no se os +atragante el bocado.</p> + +<p>Las botellas se vaciaban, y las bocas de las muchachas, azuladas antes +por la anemia, mostrábanse rojas con el zumo de la carne, y brillantes +con las gotas de vino que se escurrían hasta las barbillas.</p> + +<p>Mari-Cruz, la gitana, era la única que no comía. <i>Alcaparrón</i> la hacía +señas rondando la mesa como un perro. ¡La pobre estaba siempre tan falta +de apetito!... Y con su habilidad de gitano, escamoteaba todo lo que con +disimulo le ofrecía Mari-Cruz. Después salía al patio unos instantes +para zampárselo de golpe, mientras la prima enfermiza bebía y bebía, +admirando el vino de los señores como lo más sorprendente de la fiesta.</p> + +<p>Rafael apenas comió, trastornado por la vecindad de la <i>Marquesita</i>. Le +atormentaba el contacto de aquel cuerpo hermoso hecho para el amor; el +perfume incitante de la carne fresca purificada por una limpieza +desconocida en los campos. Ella, en cambio, parecía aspirar con +delectación por su naricilla sonrosada y palpitante, el vaho de macho +campesino, el olor de cuero, de sudor y de cuadra que se esparcía con +los movimientos del arrogante galán.</p> + +<p>—Bebe, Rafael: anímate. ¡Mira a <i>mi hombre</i> qué amartelado está con sus +serranas!</p> + +<p>Y señalaba a Luis que, atraído por la novedad, se olvidaba de ella para +requebrar a sus vecinas; dos jornaleras que ofrecían el encanto de una +belleza rústica, mal lavada; dos beldades de cortijo en las que creía +aspirar el perfume acre de las dehesas, el vaho animal de los rebaños.</p> + +<p>Era cerca de media noche cuando terminó la cena. El ambiente de la sala +se había caldeado y era sofocante.</p> + +<p>El fuerte olor del vino derramado y de los platos sobrantes caídos en un +rincón, mezclábase con el hedor de petróleo de los quinqués.</p> + +<p>Las muchachas, enrojecidas por la digestión, respiraban con dificultad y +se aflojaban los cuerpos de sus vestidos, desabrochándose el pecho. +Lejos de la vigilancia de los manijeros y trastornadas por el vino, +olvidaban sus remilgos de vírgenes silvestres. Se entregaban con +verdadera furia al goce de esta fiesta extraordinaria, que era como un +relámpago en su vida oscura y triste.</p> + +<p>Una de ellas, por una copa derramada sobre su falda, irguiose amenazando +a otra con las uñas. Sentían en sus cuerpos la presión de brazos +varoniles y sonreían con cierta beatitud, como absolviéndose +anticipadamente de todos los contactos que pudieran sufrir en el dulce +abandono del bienestar. Las dos <i>Moñotieso</i>, ebrias y furiosas al ver +que los hombres sólo atendían a las <i>payas</i>, hablaban de desnudar a +<i>Alcaparrón</i>, para mantearle; y el muchacho, que había dormido vestido +toda su vida, escapaba, temblando por su gitana pudibundez.</p> + +<p>La <i>Marquesita</i> se arrimaba cada vez más a Rafael. Parecía que todo el +calor de su organismo se había concentrado en el lado que tocaba al +aperador, quedando el costado opuesto frío e insensible. El mocetón, +obligado a beber las copas que le ofrecía la señorita, sentíase ebrio, +pero con una embriaguez nerviosa que le hacía bajar la cabeza y fruncir +las cejas torvamente, deseando pelearse con cualquiera de los valientes +que acompañaban a don Luis.</p> + +<p>El calor femenil de esta carne suave, que le acariciaba con su contacto +por debajo de la mesa, le irritaba como un peligro difícil de vencer. +Intentó levantarse varias veces, pretextando ocupaciones afuera, pero se +sintió agarrado por una manecita de nerviosa fuerza.</p> + +<p>—Siéntate, ladrón; si te meneas, de un pellizco te arranco el alma.</p> + +<p>Y tan borracha como los otros, apoyando su cabeza rubia en una mano, la +<i>Marquesita</i> le contemplaba con los ojos entornados; unos ojos azules, +cándidos, que parecían no manchados jamás por la nube de un pensamiento +impuro.</p> + +<p>Luis, entusiasmado por la admiración de las dos muchachas sentadas junto +a él, quiso mostrarse en toda su grandeza heroica, y repentinamente +arrojó una copa a la cara del <i>Chivo</i>, que estaba enfrente. La fiera del +presidio contrajo su carátula feroz e hizo un movimiento para +incorporarse, llevándose una mano al bolsillo interior de la chaqueta.</p> + +<p>Hubo un silencio de angustia, pero el valentón, pasado el primer +movimiento, permaneció en su silla.</p> + +<p>—Don Luis—dijo con una mueca de adulación.—Usté es el único hombre +que puede jaser eso. Usté es mi pare.</p> + +<p>—¡Y porque soy más valiente que tú!—gritó con arrogancia el señorito.</p> + +<p>—Eso—afirmó el matón con otra sonrisa aduladora.</p> + +<p>El señorito paseó su mirada de triunfador sobre las aterradas jóvenes, +no acostumbradas a tales escenas. ¿Eh?... ¡Allí tenían a un hombre!</p> + +<p>Las <i>Moñotieso</i> y su padre, que por acompañar a todas partes a don Luis +como pupilos de su generosidod «se lo sabían de memoria», se +apresuraron a dar por terminada la escena, moviendo gran estrépito. ¡Olé +los hombres de <i>verdá</i>! ¡Más vino! ¡Más vino!</p> + +<p>Y todos, hasta el terrible matón, bebieron a la salud del señorito, +mientras éste, como si le sofocase su propia grandeza, se despojaba de +la chaqueta y el chaleco y poniéndose de pie agarraba a sus dos +compañeras. ¿Qué hacían allí, apretados en torno de la mesa, mirándose +unos a otros? ¡Al patio! ¡A correr, a jugar, a seguir la juerga bajo la +luna, ya que la noche era de las buenas!...</p> + +<p>Y todos salieron a la desbandada, empujándose, ansiando en la asfixia de +la embriaguez aspirar el aire libre del patio. Muchas, al abandonar la +silla andaban tambaleantes, apoyando la cabeza en el pecho de un hombre. +La guitarra del señor Pacorro sonó con triste quejido al chocar con el +quicio de la puerta, como si la salida fuese estrecha para el +instrumento y el <i>Águila</i>, que lo empuñaba.</p> + +<p>Rafael fue a levantarse también, pero le contuvo otra vez la nerviosa +manecita.</p> + +<p>—Tú aquí—ordenó la hija del marqués,—a hacerme compañía. Deja que se +divierta esa gentuza... ¡Pero no me huyas, mala sombra!: parece que te +doy miedo.</p> + +<p>El aperador, al verse libre de la opresión de los vecinos, había hecho +retroceder su silla. Pero el cuerpo de la señorita le buscaba, se +apoyaba en él, sin que pudiera librarse de su dulce pesadumbre, por más +que echaba el pecho atrás.</p> + +<p>Afuera, en el patio, sonaba la guitarra del señor Pacorro, y las +cantaoras, roncas por el vino, acompañábanla con gritos y palmas. +Pasaban corriendo las jornaleras por cerca de la puerta perseguidas por +los hombres, riendo con nerviosas carcajadas, como si las cosquillease +el aire de los que iban a sus alcances. Se adivinaban sus escondites en +la cuadra, en los graneros, en el horno, en todos los departamentos del +cortijo que comunicaban con el patio; y en estas piezas oscuras, los +encuentros, las risas sofocadas, los gritos de sorpresa.</p> + +<p>Rafael, en su embriaguez, no tenía más que un pensamiento: librarse de +las audaces manos de la <i>Marquesita</i>, del peso de su cuerpo, de aquel +ambiente tentador, contra el cual se defendía torpemente, seguro de ser +vencido.</p> + +<p>Callaba asombrado por lo extraordinario de la aventura, cohibido por su +respeto a las jerarquías sociales. ¡La hija del marqués de San Dionisio! +Esto es lo que le hacía permanecer en su asiento, defendiéndose con +debilidad de una hembra, a la que podía repeler con sólo el impulso de +una de sus manazas. Por fin, tuvo que hablar:</p> + +<p>—¡Déjeme su mercé, señorita!... ¡Doña Lola... que no pué ser!</p> + +<p>Viéndole ella encogerse con una pudibundez de doncella, prorrumpió en +insultos. ¡Ya no era el mozo arrogante de otros tiempos, cuando hacía el +contrabando y andaba por los colmados de Jerez con toda clase de +mujeres! La tal María de la Luz le tenía embrujado. ¡Una gran virtud, +que vivía en una viña, rodeada de hombres!...</p> + +<p>Y continuó soltando infamias contra la novia de Rafael, sin que éste se +inmutase. El aperador deseaba verla así; sentíase de este modo más +fuerte para resistir a la tentación.</p> + +<p>La <i>Marquesita</i>, completamente ebria, insistía en sus insultos con la +ferocidad de la mujer despreciada, pero sin separarse de él.</p> + +<p>—¡Cobarde! ¿Es que no te gusto?...</p> + +<p><i>Zarandilla</i> entró en la sala apresuradamente, como si quisiera hablar +al aperador, pero se detuvo. Afuera, junto a la puerta, sonaba la voz +del señorito con tono irritado. ¡Estando él allí no había más aperador, +ni más <i>gobierno</i> del cortijo, que su persona!... ¡A obedecer, +cegato!...</p> + +<p>Y el viejo volvió a salir con tanto apresuramiento como había entrado, +sin decir una palabra al aperador.</p> + +<p>Rafael se irritó ante la terquedad de aquella mujer. ¡Si no fuese por su +miedo a que le indispusiera con el amo, haciéndole perder el puesto en +el cortijo, que era la esperanza de él y su novia!...</p> + +<p>Ella seguía insultándolo, pero menos iracunda, como si la embriaguez la +privase de movimiento y su deseo no pudiera exteriorizarse más que con +palabras. Su cabeza resbalaba sobre el pecho de Rafael: inclinábase, con +los ojos entornados, aspirando aquel perfume hombruno, que parecía +adormecerla. Tenía su busto caído en las rodillas del campesino, y aun +le insultaba, como si encontrase en esto una extraña delectación.</p> + +<p>—Me voy a quitar las enaguas pa que te las pongas... ¡bobalicón!... +Debían llamarte María, como a la sosa de tu novia...</p> + +<p>En el patio resonó un alarido de terror, acompañado de brutales +carcajadas. Luego carreras ruidosas, choque de cuerpos contra las +paredes, todo el estrépito del peligro y el miedo.</p> + +<p>Rafael se levantó de un salto, sin fijarse en la <i>Marquesita</i>, que rodó +por tierra. Tres muchachas entraron en el mismo instante, con tal +impulso, que derribaron varias sillas. Tenían la cara blanca, con una +palidez mortal; los ojos agrandados por el miedo; agachábanse como si +quisieran introducirse bajo la mesa.</p> + +<p>El aperador salió al patio. En medio de él, una bestia daba resoplidos, +mirando a la luna, como si extrañase el verse en libertad.</p> + +<p>Junto a sus patas, yacía extendido algo blanco, que apenas si marcaba un +pequeño bulto sobre el suelo.</p> + +<p>De la sombra que proyectaban los tejados, a lo largo de las paredes, +salían carcajadas hombrunas y agudos chillidos de mujer. El señor +Pacorro, el <i>Águila</i>, continuaba inmóvil en un poyo, rasgueando su +guitarra con la serenidad de una borrachera grave, a prueba de toda +clase de sorpresas.</p> + +<p>—¡La pobrecita Mari-Cruz—lloriqueó <i>Alcaparrón</i>.—¡La va a matá el +bicho! ¡La va a matá!...</p> + +<p>El aperador lo comprendió todo... ¡Pero qué señorito tan gracioso! Para +dar una sorpresa a los amigos y reír con el susto de las mujeres, había +obligado a <i>Zarandilla</i> a que soltase un novillo del establo. La gitana, +alcanzada por la bestia, habíase desmayado del susto... ¡Juerga +completa!</p> + + + +<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p> + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + + +<p>—¡La pobrecita Mari-Cruz!—lloriqueó <i>Alicappón</i>—.</p> + +<p>La gitana Mari-Cruz se moría. Lo anunciaba <i>Alcaparrón</i> con sus +lloriqueos a todos los del cortijo, sin hacer caso de las protestas de +su madre.</p> + +<p>—¡Qué sabes tú, bobo!... A otros, peor que ella, los sacó alante mi +comare...</p> + +<p>Pero el gitano, despreciando la fe de la señora <i>Alcaparrona</i> en la +sabiduría de su comadre, presentía la muerte de la prima con la +clarividencia del cariño. En el cortijo y en el campo, contaba a todos +el origen de la enfermedad.</p> + +<p>—¡La mardita groma del señorito!... La pobresita siempre ha sido poca +cosa, siempre malucha, y el susto del novillo la ha acabao de matar. +¡Premita Dios!...</p> + +<p>Y el respeto al rico, la sumisión tradicional al amo, cortaban en sus +labios la gitana maldición.</p> + +<p>Aquel cuervo fatídico que, según él, llamaba a los buenos cuando faltaba +uno en el camposanto, debía estar ya despierto, alisándose con el pico +las negras alas y preparando el graznido para que compareciese su prima. +¡Ay, pobrecita Mari-Cruz! ¡La mejor de la familia!... Y para que la +muchacha no adivinase sus pensamientos, manteníase a distancia, viéndola +de lejos, sin osar aproximarse al rincón de la gañanía, donde estaba +tendida sobre un petate, cedido misericordiosamente por los jornaleros.</p> + +<p>La seña <i>Alcaparrona</i>, viendo a su sobrina, dos días después de la +nocturna juerga, calenturienta y sin fuerzas para ir al campo, había +diagnosticado la enfermedad, con su práctica de decidora de buenaventura +y bruja curandera. Era el susto del novillo «que se le había quedao +<i>adrento</i>».</p> + +<p>—La pobresita—decía la vieja—estaba en su... pues, en eso; y ya se +sabe que en tal caso los sustos son de cuidao. Es sangre corrompía que +se le ha subío al pecho y la ajoga. Por eso pide siempre de beber, como +si con un río no la bastase.</p> + +<p>Y por toda medicina, cuando al amanecer salía al campo a trabajar con la +familia, colocaba junto a los andrajos de la cama un jarro siempre +lleno.</p> + +<p>Gran parte del día lo pasaba la muchacha sola en el rincón más oscuro +del dormitorio de los gañanes. Algún perro del cortijo, entrando de +tarde en tarde, daba vueltas en torno de ella con un gruñido sordo, que +expresaba su extrañeza, y después de intentar lamer su cara pálida, +alejábase repelido por las manos exangües, transparentes, infantiles.</p> + +<p>A medio día, cuando un rayo de sol filtraba su faja de oro en la +penumbra de lo cuadra humana, las moscas de primavera llegaban hasta el +oscuro rincón, animando con su zumbido la soledad.</p> + +<p>Algunas veces entraban <i>Zarandilla</i> y su mujer a ver a Mari-Cruz.</p> + +<p>—Ánimo, muchacha; hoy ties mejor cara. Lo que importa es que eches todo +lo malo que se te ha subío al pecho.</p> + +<p>La enferma, sonriendo débilmente, tendía sus flacos brazos para coger el +jarro, y bebía y bebía, con lo esperanza de que el agua deshiciese la +bola ardorosa y sofocante que dificultaba su respiración, transmitiendo +a todo su cuerpo el fuego de la fiebre.</p> + +<p>Cuando se retiraba el rayo de sol, extinguiéndose el zumbido de las +moscas, y el pedazo de cielo encuadrado por la puerta tomaba un suave +color de violeta, la enferma alegrábase. Era la mejor de las horas: iban +a llegar los suyos. Y sonreía a <i>Alcaparrón</i> y sus hermanos, que se +sentaban en el suelo en semicírculo sin decirla nada, mirándola con ojos +interrogantes, como si quisieran atrapar a la fugitiva salud. Su tía, +todas las tardes al volver, lo primero que preguntaba era si había +arrojado <i>aquello</i>, aguardando que expeliera por la boca la pudredumbre, +la mala sangre que el susto había acumulado en su pecho.</p> + +<p>La enferma animábase también con la presencia de los compañeros de +trabajo, aquellos gañanes que antes de comer su gazpacho de la noche +pasaban un momento ante ella, esforzándose por infundirla ánimo con +rudas palabras. El temible Juanón la hablaba todas las noches, +proponiendo curaciones enérgicas, propias de su carácter:</p> + +<p>—Tú lo que necesitas es comer, chiquiya; trajelar. Too lo que tienes es +hambre.</p> + +<p>Y a continuación ofrecíala cuantos alimentos extraordinarios poseían sus +compañeros: un pedazo de bacalao, una morcilla de la sierra que +milagrosamente se conservaba en la gañanía... Pero la gitana rechazábalo +todo con gesto agradecido.</p> + +<p>—Tú te lo pierdes; te se da de too corazón. Así estás de enjuta y +esmirriá, y así te morirás: porque no comes.</p> + +<p>Juanón se afirmaba en esta creencia, viendo el estado de consunción de +la muchacha. Ya no quedaba en ella el menor vestigio de carne: sus +débiles músculos de anémica se habían derretido. Sólo subsistía el +esqueleto, marcando sus angulosidades bajo la epidermis blancuzca, que +parecía adelgazarse también como una envoltura sutil.</p> + +<p>Toda su vida parecía concentrada en los ojos hundidos, cada vez más +negros, con más luz, como dos gotas de légamo tembloroso en las +profundidades de las órbitas amoratadas.</p> + +<p>Por la noche, <i>Alcaparrón</i>, en cuclillas detrás de ella, huyendo de su +mirada para llorar libremente, veía clarear a la luz del candil sus +orejas y las alillas de la nariz, con una transparencia de hostia.</p> + +<p>El aperador, alarmado por el aspecto de la enferma, hablaba de traer un +médico de la ciudad.</p> + +<p>—Esto no es cristiano, tía <i>Alcaparrona</i>. Esa criatura se muere como +una bestia.</p> + +<p>Pero ella protestaba con indignación. ¿Un médico? Eso era para los +señores, para los ricos. ¿Y quién había de pagarlo?... Además, ella no +había necesitado de médico en toda su vida y era vieja. Las gentes de su +raza, aunque pobres, tenían su poquito de ciencia, que los <i>gachés</i> +buscaban muchos veces.</p> + +<p>Y llamada por ella se presentó en el cortijo su <i>comare</i>, una gitana +viejísima, que gozaba gran fama de curandera en Jerez y su campo.</p> + +<p>Después de oír a la <i>Alcaparrona</i>, palpó el mísero esqueleto de la +enferma, aprobando todas las palabras de su amiga. No se había engañado: +era el susto, la mala sangre que se le había subido al pecho y la +ahogaba.</p> + +<p>Anduvieron toda una tarde las dos por las colinas vecinas buscando +hierbas, y solicitaron de la mujer de <i>Zarandilla</i> los más disparatados +ingredientes para una famosa cataplasma que pensaban preparar. Por la +noche, los hombres de la gañanía contemplaron en silencio las +manipulaciones de las dos brujas en torno de un puchero puesto a la +lumbre, con ese respeto crédulo de las gentes del campo por todo lo +maravilloso.</p> + +<p>La enferma bebió humildemente el cocimiento y recibió sobre el pecho el +emplasto, manejado misteriosamente por las dos viejas, como si +contuviese un poder sobrenatural. La <i>comare</i>, que había hecho milagros, +renegaba de su sabiduría si antes de dos días no lograba deshacer la +bola de fuego que ahogaba a la muchacha.</p> + +<p>Y los dos días transcurrieron, y otros dos más, sin que la pobre +Mari-Cruz experimentase alivio.</p> + +<p><i>Alcaparrón</i> seguía sollozando fuera de la gañanía, para que no le oyese +la enferma. ¡Cada vez peor! ¡No podía estar acostada! ¡se ahogaba! Su +madre ya no iba al campo; se quedaba en la gañanía para cuidarla. Hasta +para dormir tenían que mantenerla con el cuerpo erguido, mientras su +pecho se agitaba con un estertor de fuelle roto.</p> + +<p>—¡Ay, Señó!—gemía el gitano, perdiendo la última esperanza.—Lo mezmo +que los pajarillos cuando los jieren.</p> + +<p>Rafael no osaba aconsejar a la familia, ni entraba a ver a la enferma +más que a las horas de trabajo, cuando los gañanes estaban en el campo.</p> + +<p>La enfermedad de Mari-Cruz y la juerga del señorito en el cortijo le +había colocado en una situación violenta con toda la gente de la +gañanía.</p> + +<p>Algunas de las muchachas, al recobrar la razón después de la embriaguez +de aquella noche, se habían ido a la sierra, no queriendo permanecer en +el cortijo. Apostrofaban a los manijeros, guardianes de confianza de +sus familias, que habían sido los primeros en aconsejarlas que siguiesen +al señorito. Y después de propalar entre los trabajadores que volvieron +a Matanzuela el domingo, lo ocurrido en la noche anterior, emprendieron +solas el regreso a sus casas, contando a todos los escándalos del +cortijo.</p> + +<p>Los gañanes, al volver a Matanzuela no vieron al amo. Éste y su +comitiva, una vez dormida la borrachera, habían regresado a Jerez +alegres como siempre, con un regocijo escandaloso. Los trabajadores, en +su indignación, hacían responsables al aperador y todo el <i>gobierno</i> del +cortijo. El señorito estaba lejos; y además era quien les proporcionaba +el pan.</p> + +<p>Algunos de los que estaban en la gañanía lo noche de la juerga, tuvieron +que pedir la cuenta y buscar trabajo en otros cortijos. Los compañeros +mostrábanse indignados. Iban a llover puñaladas. ¡Borrachos! ¡Por cuatro +botellas de vino habían vendido a unas muchachas que podían ser sus +hijas!...</p> + +<p>Juanón llegó a encararse con el aperador.</p> + +<p>—¿Conque tú—dijo escupiendo en el suelo con aire de desprecio—eres el +que proporcionas al señorito las mozas de la gañanía pa que se +divierta?... Harás carrera, Rafaé. Ya sabemos pa lo que sirves.</p> + +<p>El aperador saltó como si recibiese un navajazo.</p> + +<p>—Yo sirvo, pa lo que sirvo. Y pa matarme con un hombre cara a cara si +es que me farta.</p> + +<p>Y herido en su arrogancia, miraba con aire de reto a Juanón y a los más +bravos, llevando preparada la navaja en un bolsillo de la chaqueta, +siempre a punto de caer sobre ellos, a la más leve provocación. Para +demostrar que no tenía miedo a una gente ansiosa por dar salida a los +antiguos rencores contra el vigilante de su trabajo, Rafael intentaba +justificar al amo.</p> + +<p>—Fue una groma. Don Luis sortó el novillo por divertirse, sin hacer +daño a nadie. Lo demás jué una desgracia.</p> + +<p>Y por altivez, no decía que era él quien había metido en la cuadra al +animal, librando a la pobre gitana de las astas que removían feroces sus +ropas. Y callaba igualmente su pelea con el amo, después de salvar a +Mari-Cruz; la franqueza con que le había censurado y el arrebato de don +Luis queriendo abofetearle, como si fuese un matón de su comitiva.</p> + +<p>Rafael le había agarrado la mano con una de sus garras, zarandeándolo +como a un niño, al mismo tiempo que con la otra buscaba su navaja, con +ademán tan resuelto, que el <i>Chivo</i> se detenía, a pesar de que el +señorito le llamaba a grandes voces para que matase a aquel hombre.</p> + +<p>El mismo valentón, temiendo al aperador, había arreglado el asunto +declarando sentenciosamente que los tres eran igualmente valientes, y +que entre valientes no deben existir cuestiones. Y juntos habían bebido +la última copa, mientras la <i>Marquesita</i> roncaba debajo de la mesa, y +las muchachas, aterradas por el susto, huían a la gañanía.</p> + +<p>Cuando una semana después Rafael fue llamado por el señorito, emprendió +el camino de Jerez creyendo que ya no regresaría a Matanzuela. El +llamamiento sería para decirle que había buscado otro aperador... Pero +el loco Dupont le recibió con gesto alegre.</p> + +<p>El día anterior había reñido definitivamente con su prima. Estaba harto +de sus caprichos y sus escándalos. Ahora sería hombre serio, para no dar +disgustos a Pablo, que era como su padre. Pensaba dedicarse a la +política; ser diputado. Otros de la tierra lo eran, sin otro mérito que +una fortuna y un nacimiento iguales a los suyos. Además, contaba con el +apoyo de los Padres de la Compañía, sus antiguos maestros, que no +dejarían de felicitarse al verle en el hotel de su primo hecho un hombre +serio, ocupándose en defender los sagrados intereses sociales.</p> + +<p>Pero se cansó pronto de hablar en este tono y miró a su aperador con +cierta curiosidad.</p> + +<p>—Rafael, ¿sabes que eres un valiente?...</p> + +<p>Fue su única alusión a la escena de aquella noche. Después, como +arrepentido de dar tan en absoluto esto certificado de valor, añadió +modestamente:</p> + +<p>—Yo, tú y el <i>Chivo</i>, somos los tres hombres más hombres de Jerez. +¡Cualquiera se nos pone delante!...</p> + +<p>Rafael escuchábale impasible, con el gesto respetuoso de un buen +servidor. Lo único que le interesaba de todo aquello, era la seguridad +de continuar en Matanzuela.</p> + +<p>El amo le pidió después noticias del cortijo. Su poderoso primo, que +todo lo sabía, al reñirle por aquella <i>juerga</i>, de la que se hablaba +mucho en Jerez (esto lo decía con cierto orgullo), le había mentado a +una gitana enferma del susto. ¿Qué era aquéllo? Y escuchó, con aire de +aburrimiento, las explicaciones de Rafael.</p> + +<p>—Total, nada: ya sabemos cómo exageran los gitanos. Eso pasará. ¡Un +susto, por un novillo suelto!... ¡Si eso es una broma corriente!</p> + +<p>Y enumeraba todas las comidas de campo, con gentes ricas, que habían +tenido como final esta broma ingeniosa. Luego, con gesto magnánimo, dio +órdenes a su aperador.</p> + +<p>—Entrega a esa pobre gente lo que necesite. Págale a la muchacha el +jornal mientras esté enferma. Quiero que mi primo se convenza de que no +soy tan malo como cree y que también sé hacer la caridad cuando me toca.</p> + +<p>Al salir Rafael de la casa del amo, espoleó su jaca, para hacer una +visita a Marchamalo antes de volver al cortijo, pero se vio detenido +frente al <i>Círculo Caballista</i>.</p> + +<p>Los señoritos más ricos de Jerez abandonaban sus copas de vino para +salir a la calle, rodeando el caballo del aperador. Querían saber +detalladamente lo ocurrido en Matanzuela. ¡Aquel Luis era a veces tan +embustero relatando sus hazañas!... Y al contestar Rafael gravemente, +con pocas palabras, reían todos ellos, viendo confirmadas sus noticias. +El novillo suelto, persiguiendo a las jornaleras ebrias, hacía +prorrumpir en ruidosas carcajadas a una juventud que, bebiendo vino, +desbravando caballos y discutiendo mujeres, esperaba el momento de +heredar la riqueza y la tierra de todo Jerez... ¡Pero, qué buena sombra +tenía el tal Luis! ¡Y pensar que ellos no habían presenciado aquella +broma! Algunos recordaban con amargura que les había invitado a la +fiesta, y se lamentaban de la ausencia.</p> + +<p>Uno de ellos preguntó si era cierto que una muchacha de la gañanía +estaba enferma del susto. Al decir Rafael que era una gitana, muchos +levantaron los hombros. ¡Una gitana! pronto se pondría buena. Otros, que +conocían a <i>Alcaparrón</i> por sus truhanerías, rieron al saber que la +enferma era de su familia. Y todos, olvidando a la gitana, volvieron a +comentar la graciosa ocurrencia de Dupont el loco, acosando con nuevas +preguntas a Rafael, para saber qué hacía la <i>Marquesita</i> mientras su +amante soltaba el novillo, y si ésta había corrido mucho.</p> + +<p>Cuando Rafael no tuvo más que decir, todos se fueron adentro sin +saludarle. Satisfecha su curiosidad, despreciaban al gañán que les +había hecho abandonar sus mesas precipitadamente.</p> + +<p>El aperador puso su jaca al galope, con el deseo de llegar cuanto antes +a Marchamalo. María de la Luz no le había visto en dos semanas y le +recibió con mal gesto. Hasta allí había llegado, agrandada por +comentarios, la noticia de lo ocurrido en Matanzuela.</p> + +<p>El capataz movió su cabeza reprobando el suceso, y la hija, +aprovechándose de una ausencia del señor Fermín, increpó a su novio, +como si éste fuese el único responsable del escándalo del cortijo. ¡Ah, +<i>mardito</i>! ¡Por esto había estado tantos días sin presentarse en la +viña! El <i>señor</i> tornaba a sus antiguas costumbres de mozo alegre; +convertía en una casa de vergüenzas aquel cortijo, con el que soñaba +ella como un nido de amores legítimos.</p> + +<p>—Quita allá, sinvergüenzón. Por aquí no güervas: te conozco...</p> + +<p>Y el pobre aperador casi rompió a llorar, herido por la injusticia de su +novia. ¡Tratarle así!... ¡después de la prueba a que le había sometido +el ebrio impudor de la <i>Marquesita</i> y que él callaba por respeto a María +de la Luz!... Se excusaba hablando de su condición. Él no era más que un +criado, que había de cerrar los ojos ante muchas cosas, para conservar +su puesto. ¿Qué haría su padre, si el dueño de la viña fuese un señorito +como el suyo?...</p> + +<p>Partió Rafael de Marchamalo, dejando a su novia menos iracunda, pero +llevaba en el pensamiento, como una aguda pesadumbre, la aspereza con +que le despidió María de la Luz. ¡Cristo, con el señorito! ¡Qué de +disgustos le proporcionaban sus diversiones!... Volvía lentamente hacia +Matanzuela, pensando en las caras hostiles de los gañanes, en aquella +muchacha que se moría rápidamente, mientras allá en la ciudad, los +desocupados hablaban de ella y de su susto con grandes risas.</p> + +<p>Apenas echó pie a tierra, vio a <i>Alcaparrón</i> que vagaba por los +alrededores del cortijo, con gestos de loco, como si la exuberancia de +su dolor no cupiera bajo los techos.</p> + +<p>—Se muere, señó Rafaé. Lleva ya ocho días de paecer. La pobrecita no +puede tenderse, y está sentada día y noche con los brazos extendíos y +moviendo las manos así... así; como si buscase la salusita que se jué pa +siempre. ¡Ay, mi pobre Mari-Cruz! ¡Mi prima del arma!...</p> + +<p>Y lanzaba estos gritos como si fuesen rugidos, con la expansión trágica +de la raza gitana que necesita espacio libre para sus dolores.</p> + +<p>El aperador entró en la gañanía, y antes de llegar al montón de harapos +de la enferma, oyó el ruido de su respiración, un soplido doloroso de +fuelle descompuesto, que dilataba y contraía el mísero costillaje de su +pecho.</p> + +<p>La asfixia le hacía abrir, con temblores de angustia, su andrajoso +corpiño, mostrando un pecho de muchacho tísico, de una blancura de papel +mascado, sin más señales del sexo que dos granos morenos hundidos entre +las costillas. Respiraba moviendo la cabeza a un lado y a otro, como si +pretendiese absorber todo el aire. En ciertos momentos sus ojos +agrandábanse con expresión de espanto, como si sintiera el contacto de +algo frió e invisible en las manos crispadas que tendía ante ella.</p> + +<p>La tía <i>Alcaparrona</i> mostraba menos confianza que al iniciarse la +enfermedad.</p> + +<p>—¡Si echara la cosa maligna que lleva aentro!—exclamó mirando a +Rafael.</p> + +<p>Y después de limpiar el sudor frío y viscoso de la cara de la enferma, +ofreciole la alcazarra de agua.</p> + +<p>—¡Bebe, hija de mis entrañas! ¡Mi blanca paloma!...</p> + +<p>Y la mísera paloma, herida de muerte, después de beber, asomaba su +lengua entre los labios violáceos, cual si quisiera prolongar la +sensación de frescura: una lengua seca, de rojo tostado, como una lonja +de carne asada.</p> + +<p>A veces interrumpíase el estertor de su respiración con una tos seca, +lanzando espectoraciones estriadas de sangre. La vieja movía la cabeza. +Ella esperaba algo negro y monstruoso, una oleada putrefacta que, al +salir, se llevase todo el mal de la muchacha.</p> + +<p>Una tarde la vieja prorrumpió en alaridos. La niña se moría; se ahogaba. +Ella, tan débil, que apenas podía mover las manos, retorcía su armazón +de huesos con la fuerza extraordinaria de la angustia, y tales eran sus +impulsos, que la tía apenas podía contenerla entre sus brazos. +Apoyándose en los talones se levantaba, doblándose como un arco, con el +pecho abombado y jadeante, el rostro crispado y azul.</p> + +<p>—¡Jozé María!—gimió la vieja.—¡Que se muere!... ¡Que se me quea entre +las manos! ¡Hijo mío!</p> + +<p>Y <i>Alcaparrón</i>, en vez de acudir al llamamiento de su madre, salió +corriendo como un loco. Había visto pasar a un hombre, una hora antes, +por el camino de Jerez con dirección al ventorro del Grajo.</p> + +<p>Era él, el ser extraordinario del que todos los pobres hablaban con +respeto. De repente se sintió inflamado por esa fe que los pastores de +muchedumbres esparcen en torno de ellos, como una aureola de confianza.</p> + +<p>Salvatierra, que estaba en el ventorro hablando con <i>Matacardillos</i>, su +doliente camarada, se hizo atrás, sorprendido por la impetuosa entrada +de <i>Alcaparrón</i>. El gitano miraba a todos lados con ojos de loco, y +acabó por arrojarse a sus pies, agarrándole las manos con suplicante +vehemencia.</p> + +<p>—¡Don Fernando! ¡Su mercé lo puee too!... ¡Su mercé hase milagros, si +quiere! Mi prima... mi Mari-Crú... ¡que se muere, don Fernando, que se +muere!...</p> + +<p>Y Salvatierra no se daba cuenta de cómo había salido del ventorro +remolcado por la mano febril de <i>Alcaparrón</i> y cómo había llegado a +Matanzuela con una rapidez de ensueño, corriendo tras el gitano, que +tiraba de él, al mismo tiempo que le llamaba su Dios, convencido de que +haría el milagro.</p> + +<p>El rebelde viose de pronto en la penumbra de la gañanía, y a la luz del +candil, sostenido por uno de los gitanillos, distinguió la boca dolorosa +y azulada de Mari-Cruz contraída por el supremo espasmo, sus ojos +agrandados por la negrura del dolor, con una expresión de angustia +infinita. Pegó su oído a la piel viscosa y húmeda de aquel pecho que +parecía próximo a romperse. El examen fue breve. Al incorporarse se +quitó el sombrero instintivamente, quedando de pie y descubierto ante la +pobre niña.</p> + +<p>Nada había que hacer. Era la agonía, la lucha tenaz y horripilante, el +supremo dolor, que espera agazapado al final de toda existencia.</p> + +<p>La vieja habló a Salvatierra de sus opiniones acerca de la enfermedad, +esperando que las aprobase. Era la sangre corrompida por el susto, que +no podía salir y la mataba.</p> + +<p>Pero don Fernando movía la cabeza. Su afición a la medicina, sus +lecturas desordenadas pero extensas, durante los largos años de +reclusión, su continuo contacto con la desgracia, le bastaban para +reconocer la enfermedad a la primera ojeada. Era la tisis, rápida, +brutal, fulminante, esparciendo el tubérculo con la florescencia fecunda +de la plaga: la tisis en forma sofocante, la terrible granulia que +surgía a consecuencia de una fuerte emoción en este organismo pobre, +abierto a todas las enfermedades, ávido de incubarlas. Examinaba de +cabeza a pies aquel cuerpo descarnado, de una blancura enfermiza, en el +que los huesos parecían tener la fragilidad del papel.</p> + +<p>Salvatierra preguntaba en voz baja por los padres. Adivinaba el remoto +arañazo del alcohol en esta agonía. La tía <i>Alcaparrona</i> protestó.</p> + +<p>—Su pobresito pare bebía como cualsiquiera, pero era un hombrón de +mucho aguante. Los amigos le llamaban de apodo <i>Damajuana</i>. ¿Pero verle +borracho?... nunca.</p> + +<p>Salvatierra se sentó en un pedazo de tronco, siguiendo con mirada triste +el curso de la agonía. Lloraba la muerte de aquella criatura, que sólo +había visto una vez; mísero engendro del alcoholismo, que abandonaba el +mundo empujado por la bestialidad de una noche de borrachera.</p> + +<p>El pobre ser debatíase entre los brazos de los suyos con los horrores de +la asfixia, tendiendo sus brazos hacia adelante.</p> + +<p>Un velo parecía flotar ante sus ojos, empequeñeciendo las pupilas. Su +respiración tenía el burbujeo del hervor, como si en su garganta +tropezase el aire con el obstáculo de extrañas materias.</p> + +<p>La vieja, no encontrando a mano otro remedio, la daba de beber y el agua +caía en el estómago ruidosamente, como en el fondo de una vasija: +chocaba en las paredes del esófago paralizado, haciéndolas sonar como si +fuesen de pergamino. El rostro perdía sus rasgos generales; se +ennegrecían las mejillas; aplastábanse las sienes; se adelgazaba la +nariz con frío afilamiento; la boca torcíase a un lado con una mueca +horrible.</p> + +<p>Comenzaba a caer la noche y entraban en la gañanía los trabajadores y +las mujeres, agrupándose silenciosos a corta distancia de la moribunda, +con la cabeza baja, conteniendo sus sollozos.</p> + +<p>Algunos salían al campo para ocultar su emoción, en la que había algo de +miedo. ¡Cristo! ¡Y así morían las personas! ¡Tanto costaba perder la +vida!... Y la certeza de que todos habían de pasar por el terrible +trance con sus contorsiones y estremecimientos, les hacía considerar +como tolerable y dichosa la vida de trabajo que venían arrastrando.</p> + +<p>—¡Mari-Crú! ¡Palomica mía!—suspiraba la vieja.—¿Me ves? ¡Aquí estamos +toos!...</p> + +<p>—¡Contesta, Mari-Crú!—suplicaba <i>Alcaparrón</i>, lloriqueando.—Soy tu +primo, tu José María...</p> + +<p>Pero la gitana sólo contestaba con estertores roncos, sin abrir apenas +los ojos, mostrando por entre los párpados inmóviles las córneas de un +color de vidrio empañado. En uno de sus estremecimientos sacó de la +envoltura de harapos un pie descarnado y pequeño, completamente negro. +La falta de circulación aglomeraba la sangre en las extremidades. Las +orejas y las manos se ennegrecían igualmente.</p> + +<p>La vieja prorrumpió en lamentos. ¡Lo que ella había dicho! ¡La <i>sangre +corrompía</i>; el maldito susto que no había querido salir y ahora, con la +muerte, se le esparcía por todo el cuerpo! Y se abalanzaba sobre la +agonizante, besándola con una avidez loca, como si la mordiese para +volverla a la vida.</p> + +<p>—¡Se ha muerto, don Fernando! ¿No le ve su mersé? Se ha muerto...</p> + +<p>Salvatierra hizo callar a la vieja. La moribunda ya no veía: su +respiración cavernosa era cada vez más pausada, pero el oído aún +conservaba su poder. Era la última resistencia de la sensibilidad ante +la muerte; prolongábase mientras el cuerpo iba cayendo en el abismo +negro de la inconsciencia. Sólo restaban en ella los últimos y +trabajosos estremecimientos de la vida vegetativa. Cesaron lentamente +las contorsiones, el hervor del mísero cuerpo: los párpados se abrieron +con el escalofrío final, mostrando las pupilas dilatadas con un reflejo +vidrioso y mate.</p> + +<p>El rebelde cogió entre sus brazos aquel cuerpo ligero como el de un +niño, y apartando a los parientes, fue poco a poco acostándolo en el +montón de harapos.</p> + +<p>Don Fernando temblaba: sus gafas azules empañábanse turbando la visión +de sus ojos. La fría impasibilidad que le había acompañado en los azares +de su vida, derretíase ante aquel pequeño cadáver, ligero como una +pluma, que acostaba en el lecho de su miseria. Tenía en su gesto y en +sus manos algo de sacerdotal, como si la muerte fuese la única +injusticia ante la que se prosternaba su cólera de rebelde.</p> + +<p>Al ver los gitanos a Mari-Cruz, tendida e inmóvil, permanecieron largo +rato en silencioso estupor. En el fondo de la gañanía sonaban los +sollozos de las mujeres, el murmullo apresurado de un rezo.</p> + +<p>Los <i>Alcaparrones</i> contemplaban el cadáver a distancia, sin besarlo, ni +osar el más leve contacto con él, con el respeto supersticioso que la +muerte inspira a su raza. Pero la vieja, de pronto se llevó las +crispadas manos al rostro, arañándolo, hundiendo los dedos en su pelo +aceitoso, de una negrura que desafiaba a los años. Volaron en torno de +su cara los flácidos rabos de la cabellera y un aullido estridente hizo +temblar a todos.</p> + +<p>—¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi palomica blanca! ¡Mi rosita de +Abril!...</p> + +<p>Y sus alaridos, en los que vibraba la exuberancia aparatosa del dolor +oriental, acompañábalos de arañazos que ensangrentaban las arrugas de +su rostro. Un choque sordo conmovía al mismo tiempo el suelo de tierra +apisonada. Era <i>Alcaparrón</i>, que, caído de bruces, golpeaba con su +cabeza el piso.</p> + +<p>—¡Aaay! ¡Que se ha ido Mari-Crú!—rugía como una bestia herida.—¡La +mejó de la casa! ¡La más honrá de la familia!...</p> + +<p>Y los <i>Alcaparrones</i> pequeños, como si de repente obedeciesen a un rito +de su raza, pusiéronse de pie y comenzaron a correr por el cortijo y sus +alrededores, dando alaridos y arañándose la cara.</p> + +<p>—¡Juy! ¡juy! ¡Que ha muerto la pobresita prima!... ¡Juy! ¡Que se nos ha +ido Mari-Crú!...</p> + +<p>Era una carrera loca de duendes al través de todas las dependencias del +cortijo, como si quisieran que los más humildes animales se enterasen de +su desgracia. Penetraban en las cuadras, se escurrían entre las patas de +las bestias, repitiendo su quejido por la muerte de Mari-Cruz; corrían, +ciegos por las lágrimas, tropezando con las esquinas, con los marcos de +las puertas, volcando en su carrera aquí un arado, más allá una silla y +seguidos por los perros libres de cadena que les acosaban por todo el +cortijo, uniendo sus ladridos a los desesperados lamentos.</p> + +<p>Algunos gañanes cazaron al paso a los pequeños energúmenos, +levantándolos en alto; pero, aun así, aprisionados, seguían moviendo los +remos en el aire con interminable lloro:</p> + +<p>—¡Juy! que se ha muerto la prima! ¡La pobresita Mari-Crú!</p> + +<p>Cansados de gemir, de arañarse, de golpear el suelo con la cabeza, +anonadados por su dolor ruidoso, todos los de la familia volvieron a +formar círculo en torno del cadáver.</p> + +<p>Juanón hablaba de velar con algunos compañeros a la muerta hasta la +mañana siguiente. La familia podía dormir mientras tanto fuera de la +gañanía, que bien necesitada estaba de ello. Pero la vieja gitana +protestó. No quería que el cadáver estuviese más tiempo en Matanzuela. A +Jerez en seguida. Lo llevarían en un carro, en un borrico, a hombros, si +era preciso, entre ella y sus hijos.</p> + +<p>Tenían su casa en la ciudad. ¿Acaso los <i>Alcaparrones</i> eran unos +vagabundos? Su familia era numerosa, infinita; desde Córdoba hasta +Cádiz, no había feria de ganados donde no se encontrase a uno de los +suyos. Ellos eran pobres, pero tenían parientes que les podían tapar con +onzas de los pies a la cabeza; gitanos ricos que trotaban por los +caminos seguidos de regimientos de mulas y caballos. Todos los +<i>Alcaparrones</i> querían a Mari-Cruz, la virgen enferma, de ojos dulces: +su entierro sería de reina, ya que su vida había sido de animal de +carga.</p> + +<p>—Ámonos—decía la vieja con gran exaltación en la voz y los +ademanes.—Ámonos a Jerez en seguía. Quiero que antes de que amenesca la +vean todos los nuestros, tan bonita y tan arreglá como la misma Mare de +Dios. Quiero que la vea el abuelo, mi padre, cabayeros; el gitano más +viejo de toa Andalusía, y que la bendiga el pobresito con sus manos de +Pae Santo, que tiemblan y paese que tienen lus.</p> + +<p>La gente de la gañanía aprobaba los propósitos de la vieja, con el +egoísmo del cansancio. Ellos no podían resucitar a la muerta, y era +mejor, para su tranquilidad, que se ausentase cuanto antes aquella +familia ruidosa, que turbaría su sueño.</p> + +<p>Rafael intervino, ofreciendo un carro del cortijo. El tío <i>Zarandilla</i> +iba a aparejar, y antes de media hora podrían llevarse el cadáver a +Jerez.</p> + +<p>La vieja <i>Alcaparrona</i>, al ver al aperador, se reanimó, brillando en sus +ojuelos el fuego del odio. Encontraba, al fin, alguien a quien hacer +responsable de su desgracia.</p> + +<p>—¿Eres tú, ladrón? ¡Ya estarás contento, aperaor farso! ¡Mira ahí a la +pobresita que has matao!</p> + +<p>Rafael contestó de mal talante.</p> + +<p>—Menos palabras e insultos, tía bruja. En lo de aquella noche, tuvo +usté más curpa que yo.</p> + +<p>La vieja quiso arrojarse sobre él, con la alegría infernal de haber +encontrado alguien en quien saciar su dolor.</p> + +<p>—¡Arcagüetón!... Tú juiste el que lo hiso too. Mardita sea tu arma y la +del ladrón de tu señorito.</p> + +<p>Aquí vaciló un momento, como arrepentida de nombrar al señor, siempre +respetado por la gente de su raza.</p> + +<p>—No; el amo, no. Al fin, es joven, es rico y los señoritos no tienen +otro obligación que divertirse. Mardito seas tú, tú solo, que estrujas a +los pobres y los arreas como si juesen negros y arreglas las mositas a +los amos, pa ocultar mejó tus latrocinios. Na quiero tuyo: toma los +sinco duros que me diste; tómalos, ladrón: ahí van, arcagüete.</p> + +<p>Y debatiéndose entre los hombres que la sujetaban para que no acometiese +a Rafael, hundía las manos en sus harapos buscando el dinero, con una +falsa precipitación, con el firme propósito de no encontrarlo. Mas no +por esto era menos dramática su actitud.</p> + +<p>—¡Tómalo, perro roío!... ¡Ahí va, y así cada peseta se te güerva un +mengue que te muerda el corazón!</p> + +<p>Y abría sus manos crispadas como si arrojase algo en el suelo, sin +arrojar nada: acompañando sus manotones de aire con muecas altivas, cual +si realmente rodase el dinero por tierra.</p> + +<p>Don Fernando intervino, colocándose entre el aperador y la bruja. Ya +había dicho bastante: debía callar.</p> + +<p>Pero la vieja se mostró más insolente al verse protegida por el cuerpo +de Salvatierra, y asomando por uno de sus hombros la boca de arpía, +siguió insultando a Rafael.</p> + +<p>—Premita Dios que se te muera lo que más estimes... Que veas argún día +estirá y fría, como mi pobrecita Mari-Crú, a la gachí de tus quereres.</p> + +<p>El aperador la había escuchado hasta entonces con desdeñosa frialdad, +pero al sonar estas palabras fue a él a quien tuvieron que contener los +hombres de la gañanía.</p> + +<p>—¡Bruja!—rugió—¡a mí lo que quieras, pero a esa persona no te la +pongas en la boca, porque te mato!</p> + +<p>Y parecía dispuesto a matarla, teniendo que hacer grandes esfuerzos los +gañanes para llevárselo afuera. ¿Quién hacía caso de mujeres?... Había +que dejar a la vieja, que estaba loca por el dolor. Y, cuando vencido +por las reflexiones de Salvatierra y los empellones de tantos brazos, +traspuso la puerta de la gañanía, aún oyó la voz agria de la bruja, que +parecía perseguirle.</p> + +<p>—¡Juye, persona farsa, y que Dios te castigue quitándote la gachí de la +viña! Que se te la yeve un señorito... que don Luis la disfrute, y tú lo +sepas.</p> + +<p>¡Ay! ¡Qué esfuerzo hubo de hacer Rafael para no volver sobre sus pasos y +estrangular a la vieja!...</p> + +<p>Media hora después <i>Zarandilla</i> paró su carro a la puerta. Juanón y +otros compañeros envolvieron el cadáver en una sábano, levantándolo de +su lecho de harapos. Aún pesaba menos que en el momento de la muerte. +Era, según decían aquellos hombres, una pluma, una arista de paja. +Parecía que con la vida se hubiese evaporado toda la materia, no dejando +más que lo envoltura, que apenas si marcaba un ligerísimo bulto en el +lienzo arrollado.</p> + +<p>Púsose en marcha el vehículo, balanceándose con agudos chirridos de su +eje sobre los baches del camino.</p> + +<p>A la zaga del carro, cogidos a él, marchaban la vieja y su prole menuda. +Detrás, caminaba <i>Alcaparrón</i>, al lado de Salvatierra, que deseaba +acompañar hasta la ciudad a aquella gente humilde.</p> + +<p>En la puerta de la gañanía aglomerábanse los trabajadores, brillando en +su negra masa la lucecilla del candil. Todos seguían con silenciosa +atención el chirrido del carro, invisible en la oscuridad; los lamentos +de la gitanería, que rasgaban la calma del campo azulado y muerto bajo +la fría luz de las estrellas.</p> + +<p><i>Alcaparrón</i> sentía cierto orgullo al marchar con aquel personaje del +que tanto hablaba la gente. Habían salido a la carretera. Sobre su faja +blanca destacábase la silueta del carro, que iba esparciendo en el +silencio de la noche el cascabeleo lento de la caballería y los gemidos +de los que marchaban a la zaga.</p> + +<p>El gitano daba suspiros, como un eco del dolor que rugía delante de él, +y hablaba al mismo tiempo a Salvatierra de su amada muerta.</p> + +<p>—Era lo mejorsito de la familia, señó... y por eso se ha ido. Los +buenos se van pronto. Ahí tiene usté a mis primas las <i>Alcaparronas</i>, +unas pindongas, que son la eshonra de la familia, y las grandísimas +arrastrás tienen las onzas a puñaos, y coches, y los papeles jablan de +ellas: y la pobresita Mari-Crú, que era mejó que el trigo, se muere, +endimpués de una vida de trabajo.</p> + +<p>El gitano gemía, mirando al cielo, como si protestase de esta +injusticia.</p> + +<p>—Yo la quería mucho, señó; si deseaba argo bueno era pa partirlo con +ella. Mejor aún: pa dárselo too. Y ella, la palomita sin jiel, la rosita +de Abril, ¡tan buena siempre conmigo! ¡protegiéndome, como si fuese mi +virgensita!... Cuando mi mare se enfadaba porque jasía yo una de las +mías, ya estaba Mari-Crú defendiendo a su pobresito José María... ¡Ay, +mi prima! ¡Mi santita dulce! ¡Mi sol moreno, con aquellos ojasos que +paesían hogueras! ¿Qué no hubiese hecho por ella este pobresito +gitano?... Oiga su mersé, señó. Yo he tenío una novia; es desir, yo he +tenío muchas, pero ésta era una gachí que no era de nuestra casta; una +calé sin familia y con casita propia en Jerez. Una gran proporción, +señó, y a más, chalaíta por mí, según ella desía, por el aquel con que +yo la cantaba cositas durses. Y cuando ya andábamos en el papeleo pa +casarnos, yo le dije: «Gachí, la casa será para la pobresita de mi mare +y mi prima Mari-Crú. Ya que tanto han trabajao, hasiendo vida de perras +en las gañanías, que vivan bien y a su gusto una temporadilla. Tú y yo +somos chavales, somos juertes y podemos dormí en el corral». Y la gachí +no quiso y me echó a la caye; y yo no lo sentí, porque me quedaba con mi +mare y mi primo, y valen más ellos ¡ay! que toas las jembras del +mundo... He tenío las novias a osenas, he estao a punto de casame, me +gustan las mositas... pero quiero a Mari-Crú como no quedré en jamás a +denguna mujer... ¿Cómo explicar esto a su mersé, que sabe tanto? Yo +quiero a la pobresita que va ahí alante, de una manera que no sé cómo +decir... ¡vamos! como quiere el cura a la Mae de Dios cuando le ice la +misa. Me gustaba mirar sus ojosos y oír su vosesita de oro; pero, +¿tocarle un pelo de la ropa? enjamás se me ocurrió. Era mi virgensita, y +como las que están en las iglesias, sólo tenía pa mí la cabesa; la +cabesa bonita jecha por los mismos ángeles...</p> + +<p>Y al suspirar de nuevo, pensando en la muerta, le respondió el coro de +lamentos que escoltaba el carro.</p> + +<p>—¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi sol relusiente! ¡Mi cachito +durse!...</p> + +<p>Y la gente menuda contestaba al alarido de la madre con una explosión de +ahullidos dolorosos, para que la tierra oscura, el espacio azulado y las +estrellas de agudo fulgor se enterasen bien de que había muerto su +prima, la dulce Mari-Cruz.</p> + +<p>Salvatierra sentíase dominado por este dolor trágico y estruendoso, que +se deslizaba al través de la noche, rasgando el silencio de los campos.</p> + +<p><i>Alcaparrón</i> cesó de gemir.</p> + +<p>—Diga usté, señó, ya que tanto sabe. ¿Cree su mersé que golveré alguna +vez a ver a mi prima?...</p> + +<p>Necesitaba saberlo, le dolía la angustia de la duda, y deteniendo su +paso, miraba suplicante a Salvatierra con sus ojos orientales, que +brillaban en la penumbra con reflejos de nácar.</p> + +<p>El rebelde se conmovió viendo la angustia de esta alma simple, que +imploraba en su congoja un sorbo de consuelo.</p> + +<p>Sí, volvería a verla; él lo afirmaba con solemne gravedad. Es más; +estaría en contacto a todas horas con algo que habría formado parte de +su ser. Todo lo que existía quedábase en el mundo; sólo cambiaba de +forma; ni un átomo llegaba a perderse. Vivíamos rodeados de lo que había +sido el pasado y de lo que sería el porvenir. Los restos de los que +amábamos y los componentes de los que a su vez nos habían de amar, +flotaban en torno nuestro, manteniendo nuestra vida.</p> + +<p>Salvatierra, bajo la presión de sus pensamientos, sintió la necesidad de +confesarse con alguien, de hablar a aquel ser sencillo de su debilidad y +sus vacilaciones ante el misterio de la muerte. Era un deseo, de volcar +su pensamiento con la certeza de no ser comprendido, de sacar a luz su +alma, semejante al que había visto en los grandes personajes +shakesperianos, reyes en desgracia, caudillos perseguidos por el +destino, que confían fraternalmente sus ideas a bufones y a locos.</p> + +<p>Aquel gitano del que todos se burlaban, mostrábase súbitamente agrandado +por el dolor, y Salvatierra sentía la necesidad de entregarle su +pensamiento, como si fuese un hermano.</p> + +<p>El rebelde también había sufrido. El dolor le hacía cobarde; pero no se +arrepentía, ya que en la debilidad encontraba la dulzura del consuelo. +Los hombres admiraban la energía de su carácter, el estoicismo con que +hacía frente a las persecuciones y las miserias físicas. Pero esto era +sólo en las luchas con los hombres: ante el misterio de la Muerte +invencible, cruel, inevitable, toda su energía se derrumbaba.</p> + +<p>Y Salvatierra, como si olvidase la presencia del gitano y hablara para +él mismo, recordó su arrogante salida del presidio, desafiando de nuevo +las persecuciones, y su reciente viaje a Cádiz para ver un rincón de +tierra, junto a una tapia, entre cruces y lápidas de mármol. ¿Y era +aquello todo lo que quedaba del ser que había llenado su pensamiento? +¿Sólo restaba de mamá, de la viejecita bondadosa y dulce como las santas +mujeres de las religiones, aquel cuadro de tierra fresca y removida y +las margaritas silvestres que nacían en sus bordes? ¿Se había perdido +para siempre la llama dulce de sus ojos, el eco de su voz acariciadora, +rajada por la vejez, que llamaba con ceceos infantiles a Fernando, a su +«querido Fernando»?</p> + +<p>—<i>Alcaparrón</i>, tú no puedes entenderme—continuó Salvatierra con voz +temblorosa.—Tal vez es una fortuna para ti esa alma simple que te +permite en los dolores y en las alegrías ser ligero y mudable como un +pájaro. Pero óyeme, aunque no me entiendas. Yo no reniego de lo que he +aprendido: yo no dudo de lo que sé. Mentira es la otra vida, ilusión +orgullosa del egoísmo humano; mentira también los cielos de las +religiones. Hablan éstas a las gentes en nombre de un espiritualismo +poético, y su vida eterna, su resurrección de los cuerpos, sus placeres +y castigos de ultra-tumba, son de un materialismo que da náuseas. No +existe para nosotros otra vida que la presente; pero ¡ay! ante la sábana +de tierra que cubre a mamá, sentí por primera vez flaquear mis +convicciones. Acabamos al morir; pero algo resta de nosotros junto a los +que nos suceden en la tierra; algo que no es sólo el átomo que nutre +nuevas vidas; algo impalpable e indefinido, sello personal de nuestra +existencia. Somos como los peces en el mar; ¿me entiendes, <i>Alcaparrón</i>? +Los peces viven en la misma agua en que se disolvieron sus abuelos y en +la que laten los gérmenes de sus sucesores. Nuestra agua es el ambiente +en que existimos: el espacio y la tierra: vivimos rodeados de los que +fueron y de los que serán. Y yo, <i>Alcaparrón</i> amigo, cuando siento ganas +de llorar recordando la nada de aquél montón de tierra, la triste +insignificancia de las florecillas que lo rodean, pienso en que no está +allí mamá completamente, que algo se ha escapado, que circula al través +de la vida, que me tropieza atraído por una simpatía misteriosa, y me +acompaña envolviéndome en una caricia tan suave como un beso... +«Mentira», me grita una voz en el pensamiento. Pero yo la desoigo; +quiero soñar, quiero inventarme bellas mentiras para mi consuelo. Tal +vez en este vientecillo que nos roza la cara, hay algo de las manos +suaves y temblorosas que me acariciaron por última vez antes de ir al +presidio.</p> + +<p>El gitano había cesado de gemir, mirando a Salvatierra con sus ojos +africanos, agrandados por el asombro. No entendía la mayor parte de sus +palabras, pero columbraba en ellas una esperanza.</p> + +<p>—Según eso, ¿cree su mercé que Mari-Crú no ha muerto del too? ¿Que aún +podré verla, cuando me ajogue su recuerdo?...</p> + +<p>Salvatierra sentíase influenciado por los lamentos de la familia, por la +agonía que había visto, por la miseria de aquel cadáver que se +balanceaba a pocos pasos dentro del carro. La poesía triste de la noche, +con su silencio rasgado a trechos por alaridos de dolor, inundaba su +alma.</p> + +<p>Si; <i>Alcaparrón</i> sentiría cerca de él a su amada muerta. Algo de ella +subiría hasta su rostro como un perfume, cuando arañase la tierra con el +azadón y el surco nuevo enviase a su olfato la frescura del suelo +removido. Algo habría también de su alma en las espigas del trigo, en +las amapolas que goteaban de rojo los flancos de oro de la mies, en los +pájaros que cantaban al amanecer cuando el rebaño humano iba hacia el +tajo, en los matorrales del monte, sobre los cuales revoloteaban los +insectos asustados por las carreras de las yeguas y los bufidos de los +toros.</p> + +<p>—¿Quién sabe—continuó el rebelde—si en esas estrellas, que parecen +guiñar sus ojos en lo alto, hay algo a estas horas de la luz de esos +otros ojos que tanto amabas, <i>Alcaparrón</i>?...</p> + +<p>Pero la mirada del gitano delató un asombro, que tenía algo de +compasivo, como si creyese loco a Salvatierra.</p> + +<p>—Te asusta la grandeza del mundo, comparada con la pequeñez de tu pobre +muerta, y retrocedes. El vaso es demasiado grande para una lágrima: es +cierto. Pero también la gota se pierde en el mar... y sin embargo, allí +está.</p> + +<p>Salvatierra siguió hablando, como si quisiera convencerse a sí mismo. +¿Qué significaba la grandeza o la pequeñez? En una gota de líquido +existían millones de millones de seres, todos con vida propia: tantos +como hombres poblaban el planeta. Y uno solo de estos organismos +infinitesimales, bastaba para matar una criatura humana, para diezmar +con la epidemia una nación. ¿Por qué no habían de influir los hombres, +microbios del infinito, en aquel universo, en cuyo seno quedaba la +fuerza de su personalidad?...</p> + +<p>Después, el revolucionario parecía dudar de sus palabras, arrepentirse +de ellas.</p> + +<p>—Tal vez esta creencia equivale a una cobardía: tú no puedes +comprenderme, <i>Alcaparrón</i>. Pero, ¡ay! ¡la Muerte! ¡la incógnita, que +nos espía y nos sigue, burlándose de nuestras soberbias y nuestras +satisfacciones!... Yo la desprecio, me río de ella, la espero sin miedo +para descansar de una vez: y como yo, muchísimos. Pero los hombres +amamos, y el amor nos hace temblar por los que nos rodean: troncha +nuestras energías, nos hace caer de bruces, cobardes y trémulos ante esa +bruja, inventando mil mentiras, para consolarnos de sus crímenes. ¡Ay, +si no amásemos!... ¡qué animal tan valeroso y temerario sería el hombre!</p> + +<p>El carro, en su marcha traqueteante, había dejado atrás al gitano y a +Salvatierra, que se detenían para hablar. Ya no le veían. Les servía de +guía su lejano chirrido y el plañir de la familia, que marchaba a la +zaga, acometiendo de nuevo la canturía de su dolor.</p> + +<p>—¡Adiós, Mari-Crú!—gritaban los pequeños, como acólitos de una +religión fúnebre.—¡Se ha muerto nuestra prima!...</p> + +<p>Y cuando callaban un momento, volvía a sonar la voz de la vieja, +desesperada, estridente, como la de un sacerdote del dolor.</p> + +<p>—¡Se va la paloma blanca; la gitana durse; el capullito de rosa antes +de abrir!... ¡Señó Dios! ¿en qué piensas, que sólo ajogas a los +buenos?...</p> + + + +<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p> + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + + +<p>Al llegar las vendimias con el mes de Septiembre, los ricos de Jerez se +preocupaban más de la actitud de los jornaleros que del buen resultado +de la recolección.</p> + +<p>En el <i>Círculo Caballista</i>, hasta los señoritos más alegres olvidaban +los méritos de sus jacas, los excelencias de sus perros y el garbo de +las mozas cuya propiedad se disputaban, para no hablar más que de +aquella gente tostada por el sol, curtida por los penalidades, sucia, +maloliente y de ojos rencorosos que prestaba los brazos a sus viñas.</p> + +<p>En los numerosas sociedades de recreo que ocupaban casi todos los bajos +de la calle Larga, no se hablaba de otra cosa. ¿Qué más querían los +trabajadores de las viñas?... Ganaban un jornal de diez reales, comían +en lebrillos la menestra que ellos mismos se arreglaban sin que el amo +interviniese; tenían una hora de descanso en invierno y dos en verano, +para no caer asfixiados sobre la tierra caliza que echaba chispas; les +concedían ocho cigarros durante la jornada y por las noches dormían, +teniendo los más de ellos una sábana sobre las esterillas de enea. Unos +verdaderos sibaritas los tales viñadores; ¿y aún se quejaban y exigían +reformas amenazando con la huelga?...</p> + +<p>En el <i>Caballista</i>, los que eran propietarios de las viñas mostrábanse +enternecidos por repentina piedad, y hablaban de los gañanes de los +cortijos. ¡Aquellos pobrecitos sí que eran merecedores de mejor suerte! +Dos reales de jornal, un rancho insípido por todo alimento y dormir en +el suelo vestidos, con menos abrigo que las bestias. Era lógico que +éstos se quejasen: no los trabajadores de las viñas que vivían como unos +señores si se les comparaba con los gañanes.</p> + +<p>Pero los amos de los cortijos protestaban indignados, al ver que se +intentaba arrojar sobre ellos todo el peso del peligro. Si no retribuían +mejor al bracero, era porque el producto del cortijo no daba para más. +¿Podían compararse el trigo, la cebada y la ganadería con aquellas viñas +famosas en el mundo, que arrojaban el oro a borbotones por sus +sarmientos, y en ciertos años daban a sus amos una ganancia más fácil +que si saliesen a robar a las carreteras?... Cuando se gozaba de tal +fortuna había que ser generosos, dar una pequeña parle de bienestar a +los que les sostenían con sus esfuerzos. Los trabajadores se quejaban +con razón.</p> + +<p>Y las tertulias de los ricos, transcurrían en una continua pelea entre +los propietarios de los dos bandos.</p> + +<p>Su vida de holganza habíase paralizado. La ruleta permanecía inmóvil; +las barajas estaban sin abrir sobre la mesa verde; pasaban las buenas +mozas por la acera sin que asomasen a las ventanas de los casinos los +grupos de cabezas lanzando requiebros y maliciosos guiños.</p> + +<p>El conserje del <i>Caballista</i>, andaba como loco buscando la llave de lo +que pomposamente se titulaba biblioteca en los estatutos de la sociedad: +un armario oculto en el rincón más oscuro de la casa, menguado como +alacena de pobre, mostrando al través de sus cristales empolvados y +telarañosos, unas cuantas docenas de libros, que nadie había abierto. +Los señores socios sentíanse aguijoneados de repente por el deseo de +instruirse, de <i>capacitarse</i> de aquello que llamaban cuestión social, y +miraban todas las tardes el armario como un tabernáculo de la ciencia, +esperando que apareciese la llave para buscaren su interior la luz que +deseaban. Realmente no era grande su prisa por enterarse de aquellas +<i>cosas</i> del socialismo que traían revueltos a los trabajadores.</p> + +<p>Algunos se indignaban con los libros antes de leerlos. ¡Mentiras, todo +mentiras, para amargar la existencia! Ellos no leían y eran felices. +¿Por qué no habían de hacer lo mismo aquellos tontos del campo, que por +las noches quitaban horas a su sueño formando corro en torno del +camarada que les leía diarios y folletos? El hombre, cuanto más +ignorante, más dichoso... Y lanzaban miradas de abominación al armario +de los libros, como si fuese un depósito de maldades, mientras el mueble +infeliz seguía guardando en sus entrañas un tesoro de volúmenes +inofensivos, regalados en su mayor parte por el Ministerio a instancias +del diputado del distrito; versos a la Virgen María, y cancioneros +patrióticos; guías para la cría del canario y reglas para lo +reproducción del conejo doméstico.</p> + +<p>Mientras disputaban los ricos entre ellos o se indignaban examinando las +pretensiones de los trabajadores, éstos seguían en su actitud de +protesta. La huelga había comenzado parcialmente, con una falta de +cohesión que demostraba la espontaneidad de la resistencia. En algunas +viñas, los dueños, impulsados por el miedo de perder la vendimia, +«pasaban por todo», pero acariciando en la rencorosa mente la esperanza +de la represalia así que sus racimos estuvieran en el lagar.</p> + +<p>Otros, más ricos, «tenían vergüenza», según declaraban con caballeresca +arrogancia, negándose a todo arreglo con los rebeldes. Don Pablo Dupont +era el más fogoso de ellos. Antes perdía su bodega que <i>bajarse</i> a +aquella gentuza. ¡Irle con imposiciones a él, que era el padre de sus +trabajadores, y cuidaba no sólo del sustento de su cuerpo, sino de la +salud de su almo, libertándola del «grosero materialismo!»</p> + +<p>—Es una «cuestión de principios»—declaraba en su escritorio ante los +empleados, que movían afirmativamente la cabeza aun antes de que él +hablase.—Yo soy capaz de darles lo que desean, y más aún. ¡Pero que no +me lo pidan; que no me lo exijan! Eso es negar mis sagrados derechos de +amo... A mí el dinero me importa poco, y la prueba es que antes que +ceder, mejor quiero que se pierda la cosecha de Marchamalo.</p> + +<p>Y Dupont, agresivo en la defensa de lo que llamaba sus derechos, no sólo +se negaba a oír las pretensiones de los braceros, sino que había +expulsado de la viña a todos los que se significaban como agitadores +mucho antes de que intentasen rebelarse.</p> + +<p>Quedaban en Marchamalo muy pocos viñadores, pero Dupont había sustituido +a los huelguistas con gitanas de Jerez y muchachas venidas de la sierra +al cebo de los jornales abundantes.</p> + +<p>Como la vendimia no exigía grandes fatigas, Marchamalo estaba lleno de +mujeres que se agachaban en sus laderas cortando los racimos, mientras +desde el camino las insultaban los huelguistas privados de trabajo por +sus «ideas».</p> + +<p>La rebeldía de los jornaleros había coincidido con lo que Luis Dupont +titulaba su período de seriedad.</p> + +<p>El calavera había acabado por asombrar con su nueva conducta al +poderoso primo... ¡Ni mujeres ni escándalos! La <i>Marquesita</i> ya no se +acordaba de él: ofendida por sus desvíos, había vuelto a unirse con el +tratante de cerdos, «el único hombre que sabía hacerla marchar».</p> + +<p>El señorito parecía entristecerse cuando le hablaban de sus famosas +francachelas. Aquello había pasado para siempre: no se podía ser joven +toda la vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. Él +llevaba <i>algo</i> dentro de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de +la Compañía, lo reconocían. No pensaba detenerse en su marcha hasta +conquistar una posición tan alta en la política como la que su primo +tenía en la industria. Otros, peores que él, manejaban los asuntos de la +tierra, y eran oídos por el gobierno, allá en Madrid, como virreyes del +país.</p> + +<p>De la vida pasada sólo conservaba las amistades con los valientes, +reforzando su cortejo con nuevos bravucones. Los mimaba y mantenía con +el propósito de que le sirviesen de auxiliares en su carrera política. +¡Quién le haría frente en su primera elección, viéndole en tan honrada +compañía!... Y para entretener a la honorable corte, seguía cenando en +los colmados y embriagándose con ellos. Esto no quebrantaba su +respetabilidad. Una <i>jumera</i> de vez en cuando no era motivo para que +nadie se escandalizase. ¡Costumbres de la tierra! Además, esto daba +cierta popularidad.</p> + +<p>Y Luis Dupont, convencido de la importancia de su persona, iba de un +casino a otro hablando de la «cuestión social» con vehementes manoteos +que ponían en peligro las botellas y copas alineadas en las mesas.</p> + +<p>En el <i>Círculo Caballista</i> rehuía las tertulias de la gente joven, que +sólo le recordaban sus pasadas locuras para aplaudirlas, proponiéndole +otras mayores. Buscaba la conversación de los «padres graves», de los +grandes cosecheros y ricos agricultores, que comenzaban a oírle con +cierta atención, reconociendo que aquel <i>perdis</i> tenía una buena +cabecita.</p> + +<p>Dupont hinchábase con vehemente oratoria al hablar de los trabajadores +del país. Repetía lo que había oído a su primo y a los religiosos que +frecuentaban la casa de los Dupont, pero exagerando las soluciones, con +un ardor autoritario y brutal muy del gusto de sus oyentes, gente tan +ruda como rica, que encontraba placer en derribar toros y domar potros +salvajes.</p> + +<p>Para Luis, la cuestión era sencillísima. Un poco de caridad; y después +religión, mucha religión, y palo al que se desmandase. Con esto se +acababa el llamado conflicto social y quedaba todo como una balsa de +aceite. ¿Cómo podían quejarse los trabajadores, allí donde existían +hombres como su primo y muchos de los presentes (aquí sonrisas +agradecidas del auditorio y movimientos de aprobación), que eran +caritativos hasta el exceso y no podían presenciar una desgracia sin +echar mano al bolsillo y regalar un duro, y hasta dos?...</p> + +<p>Contestaban a esto los rebeldes que la caridad no era bastante, y que, a +pesar de ello, mucha gente vivía en la miseria. ¿Y qué podían hacer los +amos para remediar lo que era irremediable? Siempre existirían ricos y +pobres, hambrientos y ahítos; sólo los locos o los criminales podían +soñar con la igualdad.</p> + +<p>¡La igualdad!... Dupont valíase de un ironismo que entusiasmaba a su +auditorio. Todos los chistes que la más noble de las aspiraciones +humanas había inspirado a su primo Pablo y a su corte de sacerdotes, +repetíalos Luis con una convicción firmísima, como si fuesen el resumen +del pensamiento universal. ¿Qué era aquello de la igualdad?... +Cualquiera podría apoderarse de su casa, si es que le gustaba; y él, a +su vez, le robaría la chaqueta al vecino, porque le era necesaria; y el +otro echaría la zarpa sobre la mujer del de más allá, porque la +consideraría de su gusto. ¡La mar, caballeros!... ¿No merecían cuatro +tiros o la camisa de fuerza los que hablaban de la tal igualdad?</p> + +<p>Y a las risas del orador, uníanse las carcajadas de todos los socios. +¡Aplastado el socialismo! ¡Qué gracia y qué palique tenía aquel +muchacho!...</p> + +<p>Muchos señores viejos movían la cabeza con aire protector, reconociendo +que Luis hacía falta en otra parte, que era lástima que sus palabras se +perdiesen en aquella atmósfera de humo de tabaco, y que a la primera +ocasión habría que satisfacer su gusto, para que España entera escuchase +desde la tribuna aquella critica tan chispeante y justa.</p> + +<p>Dupont, enardecido por el general asentimiento, seguía hablando, pero +ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal, +era el consuelo de la religión. Sin religión se vive rabiando, víctima +de toda clase de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores +de Jerez. No creían en nada, no iban a misa, se burlaban de los curas, +sólo pensaban en la revolución social con degollinas y fusilamientos de +burgueses y jesuitas; no tenían la esperanza de la vida eterna, consuelo +y compensación de las miserias de aquí abajo, que son insignificantes, +pues sólo duran unas cuantas docenas de años, y como resultado lógico de +tanta impiedad, encontraban su pobreza más dura, con nuevos tonos +sombríos.</p> + +<p>Aquel rebaño, triste y sin Dios, merecía su castigo. ¡Que no se quejase +de los amos, pues éstos se esforzaban en volverle a la buena senda! ¡Que +exigiese responsabilidad a los verdaderos autores de su desgracia, a +Salvatierra y otros como él, que le habían arrebatado la fe!</p> + +<p>—Además, señores—peroraba el señorito con entonación tribunicia—¿qué +va a conseguirse aumentando el jornal? Fomentar el vicio y nada más. Esa +gente no ahorra: esa gente no ha ahorrado nunca. A ver: que me +presenten un jornalero que tengo guardados sus ahorros.</p> + +<p>Callaban todos, moviendo la cabeza con asentimiento. Nadie presentaba el +trabajador exigido por Dupont, y éste sonreía triunfante, esperando en +vano al ser prodigioso que lograra ahorrar una fortunilla sobre su +jornal de pocos reales.</p> + +<p>—Aquí—continuaba con solemnidad—no hay afición al trabajo ni espíritu +de ahorro. Vean ustedes el obrero de otros países: trabaja más que el de +esta tierra y guarda un capitalito para la vejez. ¡Pero aquí!... aquí el +bracero, de joven, no piensa más que en coger descuidada a alguna +muchacha detrás de un pajar o en la gañanía durante el sueño; y de +viejo, apenas tiene reunidos algunos céntimos, los emplea en vino y se +emborracha.</p> + +<p>Y todos a la vez, como si repentinamente perdiesen la memoria, +anatematizaban con gran severidad los vicios de los trabajadores. ¿Qué +podía esperarse de una gentuza sin otra ilusión en su vida que la de +beber?... Decía bien Dupont. ¡Borrachos! ¡Gente abyecta que perpetuaba +la miseria de su condición, violando a las hembras como si fuesen +animales!...</p> + +<p>El señorito conocía el medio de terminar esta anarquía. Al gobierno +tocaba gran parte de culpa. A aquellas horas, habiéndose iniciado la +huelga, debía tener en Jerez un batallón, un ejército, si era preciso, y +cañones, muchos cañones. Y se quejaba amargamente del descuido de los de +arriba, como si el ejército de España tuviese por única misión guardar +a los ricos de Jerez para que viviesen tranquilos, y equivaliese a una +felonía el no llenar calles y campos de pantalones rojos y brillantes +bayonetas, apenas los viñadores mostraban cierto descontento.</p> + +<p>Luis era liberal, muy liberal. Disentía en este punto de sus maestros de +la Compañía, que hablaban de don Carlos con entusiasmo, afirmando que +era «la única bandera». Él estaba con los que mandaban, y no mencionaba +una sola vez a las personas reales, que no echase por delante el título +de <i>Su Majestad</i>, como si pudiesen oír de lejos estas muestras de +exagerado respeto y premiárselas con lo que él deseaba. Era liberal; +pero su libertad era la de las personas decentes. Libertad para los que +tuvieran algo que perder: y para la gente baja, todo el pan que fuese +posible, y palo, mucho palo, único medio de anonadar la maldad que nace +con el hombre y se desarrolla sin el freno de la religión.</p> + +<p>Él conocía la historia; había leído más que los que le escuchaban y se +dignaba hacerles partícipes de sus conocimientos, con protectora bondad.</p> + +<p>—¿Sabéis ustedes—decía—por qué la Francia es más rica y más +adelantada que nosotros?... Porque metió mano a los bandidos de la +<i>Commune</i>, y en unos cuantos días se cargó más de cuarenta mil de +aquellos puntos. Empleó el cañón y la ametrallodora para acabar más +aprisa con la gentuza, y todo quedó limpio y tranquilo... A mí—continuó +el señorito con aire doctoral—no me gusta Francia, porque es una +República y porque allí las gentes decentes se olvidan de Dios y hacen +burla de sus ministros. Pero quisiera para este país un hombre como +Thiers. Esto es lo que aquí hace falta, un hombre que sonría y ametralle +a la canalla.</p> + +<p>Y sonreía para demostrar que él era capaz de ser tan Thiers como el +otro.</p> + +<p>El conflicto de Jerez lo arreglaba en venticuatro horas. Que le diesen +la autoridad y se vería lo que ero bueno. Los ejecuciones a raíz de lo +de <i>La Mano Negra</i>, habían dado algún resultado. La gentuza se acobardó +ante los cadalsos erigidos en la plaza de la Cárcel. Pero esto no era +bastante. Convenía una sangría suelta para quitar fuerzas a la bestia +rebelde. De mandar él, ya estarían en presidio los mangoneadores de +todas las sociedades obreras del campo que traían revuelta a la ciudad.</p> + +<p>Pero esto también le parecía anodino e insuficiente, y acto seguido se +rectificaba con proposiciones más feroces. Ero mejor acosar a los +rebeldes, abortar los planes que venían preparando, «pincharles para que +saltasen antes de tiempo», y una vez se colocaran en actitud de +rebeldía, ¡a ellos y que no quedase uno! Mucho guardia civil, muchos +caballos, mucha artillería. Para eso sostenían los ricos el peso de las +contribuciones, cuya mejor parte se llevaba el ejército. De no ser así, +¿para qué servían los soldados, que tan caros costaban, en un país que +no había de sostener guerras?...</p> + +<p>Como medida preventiva, debían suprimir a los pastores perversos que +sublevaban el rebaño de la miseria.</p> + +<p>—A todos los que andan por el campo, de gañanía en gañanía, repartiendo +papeluchos malos y libros venenosos, cuatro tiros. A los que echan +soflamas y ahullan barbaridades en esas reuniones a cencerros tapados +que tienen de noche en un rancho o en los alrededores de un ventorro, +cuatro tiros. Y lo mismo a los que en las viñas, desobedeciendo a los +amos y con el orgullo de saber leer, enteran a sus compañeros de las +majaderías que traen los periódicos... A Fernando Salvatierra, cuatro +tiros...</p> + +<p>Pero el señorito, apenas dijo esto, pareció arrepentirse. Un rubor +instintivo turbó su facundia. La bondad y las virtudes de aquel rebelde +infundíanle cierto respeto. Los mismos que aprobaban sus planes, +permanecieron silenciosos, como si les repugnase incluir al +revolucionario en la pródiga distribución de tiros. Era un loco que +imponía admiración, un santo que no creía en Dios; y aquellos señores de +la tierra sentían por él un respeto igual al del moro ante el santón +demente que le maldice y le amenaza con su palo.</p> + +<p>—No—siguió diciendo el señorito;—para Salvatierra una camisa de +fuerza, y que vaya a propagar sus doctrinas en una casa de locos lo que +le quede de vida.</p> + +<p>El público de Dupont aprobaba estas soluciones. Los dueños de las +ganaderías de caballos, viejos de patillas entrecanas que se pasaban las +horas mirando la botella con un silencio sacerdotal, rompían su gravedad +para sonreír al joven.</p> + +<p>—Er muchacho tié talento—decía uno.—Habla como un diputao.</p> + +<p>Y los demás aprobaban.</p> + +<p>—Ya se encargará Pablito, su primo, de que lo saquemos cuando yeguen +las elecciones.</p> + +<p>Luis sentíase fatigado a veces de los triunfos que cosechaba en los +casinos, del asombro que inspiraba su repentina seriedad a los antiguos +compañeros de vida alegre. Renacían sus aficiones a divertirse con la +gente humilde.</p> + +<p>—Estoy harto de señoritos—decía con displicencia de hombre superior a +su fiel acólito el <i>Chivo</i>.—Vámonos al campo: un poco de juerga lo +agradece el cuerpo.</p> + +<p>Y con el deseo de mantenerse bajo la protección de su poderoso primo, +íbase a pasar el día en Marchamalo, fingiendo interés por el resultado +de la vendimia.</p> + +<p>La viña estaba llena de mujeres, y a Luis le agradaba el trato con +aquellas mozas serranas que reían las gracias del señorito, y agradecían +sus generosidades.</p> + +<p>María de la Luz y su padre acogían como un honor la asiduidad con que +Luis visitaba la viña. De la ruidosa aventura de Matanzuela, apenas si +quedaba un lejano recuerdo. ¡Cosas del señorito! Aquellas gentes, +acostumbradas por tradición al respeto de los placeres ruidosos de los +ricos, disculpábanlos como si fuesen un deber de la juventud.</p> + +<p>El señor Fermín estaba enterado de la gran mudanza que se realizaba en +don Luis, de sus alardes de hombre serio, y veía con gusto que viniese a +la viña huyendo de las tentaciones de la ciudad.</p> + +<p>Su hija también acogía con afecto al señorito, tuteándolo como en los +tiempos de su infancia, y riendo todas sus gracias. Era el amo de +Rafael, y algún día sería ella su sirvienta en aquel cortijo, que veía a +todas horas con la imaginación, como el nido de su felicidad. De la +juerga escandalosa que tanto la había indignado contra el aperador, +apenas si se acordaba. El señorito mostrábase arrepentido de su pasado, +y la gente, al transcurrir algunos meses, había olvidado por completo el +escándalo del cortijo.</p> + +<p>Luis mostraba gran predilección por la vida en Marchamalo. Algunas veces +le sorprendía la noche y se quedaba a dormir en la torre de los Dupont.</p> + +<p>—Estoy allí como un patriarca—decía a sus amigos de Jerez.—Rodeado de +muchachas que me quieren como si fuese su papá.</p> + +<p>Reían los amigos del tono bondadoso con que hablaba el calavera de sus +inocentes diversiones con el rebaño de vendimiadoras. Además, gustaba de +quedarse en la viña por el fresco de la noche.</p> + +<p>—Esto es vivir, señor Fermín—decía en la explanada de Marchamalo, a la +luz de las estrellas, aspirando la brisa nocturna.—A estas horas +estarán asándose los señoritos en la acera del <i>Caballista</i>.</p> + +<p>Las veladas transcurrían en una paz patriarcal. El señorito ofrecía la +guitarra al capataz.</p> + +<p>—¡Venga de ahí! ¡A ver esas manitas de oro!—gritaba.</p> + +<p>Y el <i>Chivo</i>, obedeciendo sus órdenes, iba a buscar en los cajones del +carruaje unas cuantas botellas del mejor vino de la casa Dupont. ¡Juerga +completa! Pero pacífica, honesta, reposada, sin palabras libres, ni +ademanes audaces, que asustasen a las espectadoras, muchachas que habían +oído hablar en sus pueblos del terrible don Luis, y al verle de cerca +perdían sus prevenciones, reconociendo que no era tan malo como su fama.</p> + +<p>Cantaba María de la Luz, cantaba el señorito, y hasta el cejijunto +<i>Chivo</i>, obedeciendo a su patrón, soltaba el chorro de su voz fiera, +entonando broncos recuerdos a la reja de la <i>carse</i> y a las <i>puñalás</i> +caballerescas por defender a la madre o a la mujer amada.</p> + +<p>—¡Olé, grasioso!—gritaba el capataz, irónicamente, a aquel figurón +patibulario.</p> + +<p>Después, el señorito cogió de una mano a María de la Luz, y sacándola al +centro del corro, rompían a bailar las sevillanas, con una gallardía que +provocaba gritos de entusiasmo.</p> + +<p>—¡La grasia e Dió!—exclamaba el padre rasgueando la guitarra con nueva +furia. ¡Vaya una parejita de palomos!... ¡Eso es bailá!</p> + +<p>Y Rafael el aperador, que sólo aparecía en Marchamalo de semana en +semana, al ver por dos veces este baile, se mostró orgulloso del honor +que el señorito hacía a su novia. Su amo no era malo; lo de antes fueron +locuras de la juventud; pero ahora, al sentar la cabeza, resultaba un +señorito de chipén, ¡la mar de simpático!, con gran afición a tratar a +las gentes bajas, como si fuesen sus iguales. Jaleaba a la pareja de +bailadores, sin el menor asomo de celos; él, que se sentía capaz de +sacar su navaja apenas se fijaba alguien en María de la Luz. Únicamente +sentía un poco de envidia, por no poder bailar con el garbo de su amo. +Ocupada su vida en la conquista del pan, no había tenido tiempo para +aprender tales finuras. Sólo sabía cantar, pero de un modo áspero y +salvaje, como le habían enseñado los compañeros de contrabando, cuando +marchaban en sus jacas, tumbados sobre los fardos, atronando con coplas +la soledad de las gargantas de la sierra.</p> + +<p>Don Luis reinaba sobre la viña como si fuese el dueño. El poderoso don +Pablo estaba ausente. Veraneaba con su familia en las costas del Norte, +aprovechando el viaje para visitar Loyola y Deusto, los centros de +santidad y sabiduría de sus buenos consejeros. El calavera, para +demostrarle una vez más que era hombre serio y de provecho, le escribía +largas cartas, mencionando sus visitas a Marchamalo, la vigilancia que +ejercía sobre la vendimia y el buen resultado de ésta.</p> + +<p>Realmente se interesaba por el curso de la recolección. La acometividad +que sentía contra los trabajadores, su deseo de vencer a los de la +huelga, le hacían ser laborioso y tenaz. Acabó por establecerse +definitivamente en la torre de Marchamalo, jurando que no se movería de +allí hasta que terminase la vendimia.</p> + +<p>—Esto marcha—decía al capataz guiñando los ojos con malicia.—Se van a +roer esos bandidos viendo que con las mujeres y unos cuantos +trabajadores honrados, acabamos el trabajo sin necesitar de ellos. A la +noche, baile y juerga decente, señor Fermín. Para que se enteren y +rabien esos forajidos.</p> + +<p>Y así llevaba adelante la vendimia, entre músicas, algazara y vino del +mejor, repartido generosamente.</p> + +<p>Por las noches, la casa de los lagares, que tenía algo de conventual por +su silencio y su disciplina cuando estaba presente don Pablo Dupont, +entraba en plena fiesta hasta una hora avanzada de la noche.</p> + +<p>Los jornaleros olvidaban su sueño para beber el vino señorial, +pródigamente repartido. Las muchachas, habituadas a la miseria de las +gañanías, abrían los ojos con asombro, como si viesen realizada la +abundancia de los cuentos maravillosos oídos en las veladas. La cena era +digna de señores. Don Luis pagaba espléndidamente.</p> + +<p>—A ver, señor Fermín: que traigan carne de Jerez; que coman todas esas +muchachas hasta que revienten; que beban, que se emborrachen: yo corro +con el gasto. Quiero que vean esos canallas cómo tratamos a los +trabajadores que son buenos y sumisos.</p> + +<p>Y encarándose con el rebaño agradecido, decía modestamente:</p> + +<p>—Cuando veáis a los de la huelga, decidles cómo tratan los Dupont a sus +trabajadores. La verdad: sólo la verdad.</p> + +<p>Durante el día, cuando el sol caldeaba la tierra inflamando las +blancuzcas pendientes de Marchamalo, Luis dormitaba bajo las arcadas de +la casa, con una botella junto a él, destilando frescura, y tendiendo de +vez en cuando su cigarro al <i>Chivo</i> para que lo encendiese.</p> + +<p>Encontraba un placer nuevo ejerciendo de amo de la inmensa finca; creía +de buena fe desempeñar una gran función social contemplando desde su +sombreado retiro el trabajo de tanta gente, encorvada y jadeante bajo la +lluvia de fuego del sol.</p> + +<p>Las muchachas extendíanse por las pendientes, con sus faldas de +colores, como un rebaño de ovejas azules y sonrosadas. Los hombres, en +camisa y calzoncillos, avanzaban a gatas como corderos blancos. Iban de +unas cepas a otras, arrastrando el vientre sobre la tierra caldeada. Los +sarmientos esparcían sus pámpanos rojizos y verdes a ras del suelo, y +las uvas descansaban en la caliza, que las comunicaba hasta el último +instante su generoso calor.</p> + +<p>Otras muchachas subían cuesta arriba las grandes cestas de racimos +cortados para depositarlos en los lagares, y pasaban en continuo rosario +ante el señorito, que, tumbado en el sofá de enea, sonreía +protectoramente pensando en la hermosura del trabajo, y en la +perversidad de la canalla, que pretendía trastornar un mundo tan +sabiamente organizado.</p> + +<p>Algunas veces, aburrido de su silencio, llamaba al capataz que iba de +una colina a otra vigilando el trabajo.</p> + +<p>El señor Fermín poníase en cuclillas ante él, y hablaban de la huelga, +de las noticias que llegaban de Jerez. El capataz no ocultaba su +pesimismo. La resistencia de los trabajadores era cada vez mayor.</p> + +<p>—Es mucha la jambre, señorito—decía con la convicción de la gente +rústica, que aprecia el estómago como el impulsor de todas las acciones.</p> + +<p>—Y quien dice jambre, dice desorden, palos y bronca. Va a correr +sangre, y en el presidio le preparan el puesto a más de uno... Milagro +será que no acabe esto levantando catafalcos el carpintero, en la plaza +de la Cárcel.</p> + +<p>El viejo parecía oler la catástrofe; pero la veía llegar con una +tranquilidad egoísta, ya que los dos hombres que poseían sus afectos, +estaban lejos.</p> + +<p>Su hijo había ido a Málaga, por encargo de su principal, para +intervenir, como hombre de confianza, en cierta quiebra, y allá +permanecía ocupado en repasar cuentas y discutir con los otros +acreedores. ¡Ojalá no volviese en un año! El señor Fermín temía que al +regresar a Jerez se comprometiese en favor de los huelguistas, impulsado +por las enseñanzas de su maestro Salvatierra, que le arrastraban al lado +de los humildes y los rebeldes. En cuanto a don Fernando, hacía muchos +días que había salido de Jerez custodiado por la guardia civil.</p> + +<p>Al iniciarse la huelga, los ricos le habían hecho saber indirectamente +la conveniencia de que saliese cuanto antes de la provincia de Cádiz. +El, sólo él, era el responsable de lo que ocurría. Su presencia +soliviantaba a la gente trabajadora, haciéndola tan audaz y revoltosa +como en tiempos de <i>La Mano Negra</i>. Los principales agitadores de las +asociaciones obreras, que veneraban al revolucionario, le habían rogado +que huyese, temiendo por su vida. Las indicaciones de los poderosos, +equivalían a una amenaza de muerte. Acostumbrados los trabajadores a la +represión y la violencia, temblaban por Salvatierra. Tal vez le matasen +una noche en cualquier calle, sin que la justicia encontrase jamás al +autor. Era posible que la autoridad, aprovechando las largas excursiones +de Salvatierra por el campo, lo sometiese a mortales tormentos o lo +<i>suprimiera</i> de una paliza en despoblado, como lo había hecho con otros +más humildes.</p> + +<p>Pero don Fernando contestaba a estos consejos con tenaces negativas. +Allí estaba por su voluntad y allí se quedaba... Por fin, las +autoridades habían exhumado uno de los muchos procesos que tenía +pendientes por sus propagandas de rebelde social, y un juez le llamó a +Madrid, emprendiendo don Fernando el viaje a viva fuerza, acompañado de +la guardia civil, como si su destino fuese viajar siempre entre una +pareja de fusiles.</p> + +<p>El señor Fermín se alegraba de esta solución. ¡Que le tuviesen +entretenido mucho tiempo! ¡Que no volviese en un año! Conocía a +Salvatierra, y estaba seguro de que, permaneciendo en Jerez, no tardaría +mucho en estallar la insurrección de los hambrientos, seguida de una +represión cruel y del presidio para don Fernando, tal vez por toda su +vida.</p> + +<p>—Esto acabará con sangre, señorito—continuaba el capataz.—Hasta ahora +sólo chillan los de las viñas, pero piense su mercé que este es el peor +mes del año para la gente de los cortijos. La trilla ha acabao en todas +partes, y hasta que empiece la sementera, hay miles y miles de hombres +con los brazos cruzaos, dispuestos a bailar al son que les toquen. Verá +el señorito lo que tardan en juntarse unos y otros, y entonces será +ella. Ya se incendian en el campo muchos pajares, sin que se vea la mano +que les prende fuego.</p> + +<p>Dupont se exaltaba. Mejor: que se uniesen todos, que se sublevaran +cuanto antes, para acuchillarlos, y obligarles a volver a la obediencia +y la tranquilidad. Él deseaba la rebelión y el choque, más aún que los +trabajadores.</p> + +<p>El capataz, asombrado de que hablase así, movía la cabeza.</p> + +<p>—Mal, muy mal, señorito. La paz con sangre, es mala paz. Mejor es +arreglarse a las buenas. Crea su mercé a un viejo que ha pasado las de +Caín, metido en eso de prenunciamientos y revoluciones.</p> + +<p>Otras mañanas, cuando Luis Dupont no sentía deseos de conversar con el +capataz, entrábase en la casa buscando a María de la Luz, que trabajaba +en la cocina.</p> + +<p>La alegría de la muchacha, la frescura de su piel de morena fuerte, +producían en el señorito cierta emoción. La castidad voluntaria que +observaba en su retiro, le hacían ver considerablemente agrandados los +encantos de la campesina. Siempre había sentido cierta predilección por +la muchacha, encontrando en ella un encanto modesto, pero picante y +fuerte, como el perfume de las hierbas del campo. Pero ahora, en la +soledad, María de la Luz le parecía superior a la <i>Marquesita</i> y a todas +las cantaoras y mozas de arranque de Jerez.</p> + +<p>Pero Luis contenía sus impulsos, y los ocultaba bajo una alegre +confianza, recuerdo de la fraternidad infantil. Cuando instintivamente +se permitía algún atrevimiento que molestaba a la moza, hacía memoria de +los tiempos de la niñez. ¿No eran como hermanos? ¿No se habían criado +juntos?... En él no debía ver al señorito, al amo de su novio. Era lo +mismo que su hermano Fermín: debía considerarle como de la familia.</p> + +<p>Temía comprometerse con alguna audacia en aquella casa, que era la de su +severo primo. ¿Qué diría Pablo, que por respeto a su padre consideraba +al capataz y los suyos como una prolongación humilde de su propia +familia? Además, la famosa noche de Matanzuela le había causado gran +daño y no quería comprometer con otro escándalo su naciente fama de +hombre grave. Esto le hacía ser tímido con muchas vendimiadoras que le +gustaban, limitándose en sus placeres a una perversión intelectual, a +hacerlas beber por la noche para verlas alegres, sin las preocupaciones +del pudor, charlando entre ellas, pellizcándose y persiguiéndose, como +si estuviesen solas.</p> + +<p>Con María de la Luz mostrábase igualmente circunspecto. No podía verla +sin lanzar un chorro de alabanzas a su hermosura y gallardía. Pero esto +no alarmaba a la moza, acostumbrada al estallido ruidoso de la +galantería de la tierra.</p> + +<p>—Gracias, Luis—decía riendo.—¡Y qué requetegrasioso está el +señorito!... Si sigues así me voy a enamorá y acabaremos por escaparnos +juntos.</p> + +<p>Algunas veces, Dupont, influenciado por la soledad, que incita a las +mayores audacias, y por el perfume de una carne virginal que parecía +humear vida a las horas de calor, dejábase arrastrar por su instinto y +ponía astutamente sus manos en aquel cuerpo.</p> + +<p>La muchacha saltaba, frunciendo las cejas y la boca con gesto agresivo.</p> + +<p>—Luis: las manos cortas. ¿Qué es eso, señorito? Como güervas con otra, +te atizo una gofetá que la van a oír hasta en Jerez.</p> + +<p>Y mostraba en su gesto hostil y en su mano amenazante el firme propósito +de largar aquella bofetada fabulosa. Entonces era cuando recordaba él, +como una excusa, sus confianzas de la niñez.</p> + +<p>—¡Pero, sosa, mala sombra! ¡Si ha sido sin intención; nada más que por +jugar, para ver ese hociquillo tan mono que pones cuando te enfadas!... +Ya sabes que soy tu hermano. Fermín y yo, la misma cosa.</p> + +<p>La muchacha parecía serenarse, pero sin perder su gesto hostil.</p> + +<p>—Güeno; pues que el hermano se meta las manos donde le quepan. Ande +suelta la lengua too lo que quieras; pero si sacas las garras, niño, +encárgate otra cara, porque esa te la eshago de un revés.</p> + +<p>—¡Olé las mozas de arranque!—exclamaba el señorito.—¡Así me gusta mi +niña! ¡Con riñones y too!...</p> + +<p>Cuando Rafael presentábase en Marchamalo, el señorito no se privaba de +este continuo requebrar a María de la Luz.</p> + +<p>El aperador acogía con inocente satisfacción todos los elogios de su amo +a la novia. Al fin, era como un hermano suyo, y este parentesco +enorgullecía a Rafael.</p> + +<p>—Bandido—le decía el señorito con cómica indignación, en presencia de +la muchacha.—Te vas a llevar lo mejor de esta tierra, la perla de Jerez +y su campo. ¿Ves toda la viña de Marchamalo, que vale una millonada?... +Pues ná: aquí lo bueno es esta mocita, este cachito de gracia. Y esto te +lo llevas tú, ladrón... sinvergüenza.</p> + +<p>Y Rafael reía como un bendito, lo mismo que el señor Fermín. ¡Pero qué +don Luis tan gracioso y tan bueno! El señorito, continuando en el tono +de cómica gravedad, se encaraba con su aperador:</p> + +<p>—Ríe, bigardo... ¡Mirad ustedes, qué satisfechote está de la envidia +que le tienen los demás! El mejor día te mato y me llevo a Mariquita de +la Luz, y la pongo en un trono en Jerez en medio de la plaza Nueva, y al +pie toos los gitanos de Andalucía para que toquen y bailen, y se +arranquen cantando a la reina de la hermosura y de la gracia, todo lo +que merece... Eso lo hago yo: Luis Dupont, aunque mi primo me +excomulgue.</p> + +<p>Y por el mismo estilo iba ensartando su ristra de requiebros +hiperbólicos e incoherentes entre las risas de María de la Luz y los +suyos, que agradecían la confianza del señorito.</p> + +<p>Al terminar la vendimia, Luis mostrose orgulloso, como si finalizase una +obra grande.</p> + +<p>Se había hecho la recolección, valiéndose de mujeres, sin que se +atrevieran a presentarse aquellos guapos de la huelga que se deshacían +en amenazas. Esto era indudablemente porque él estaba allí guardando la +viña; porque bastaba que supiesen que don Luis defendía Marchamalo con +sus amigos, para que nadie se aproximase con la intención de perturbar +el trabajo.</p> + +<p>—Eh, ¿qué tal señor Fermín?—decía con petulancia.—Han hecho bien en +no venir, porque hubiesen salido a tiros. ¿Me pagará nunca mi primo lo +que hago por él? ¡Qué ha de pagarme! Luego, tal vez diga que no sirvo +para nada... Pero esto hay que celebrarlo. Hoy mismo voy a Jerez, y me +traigo lo mejor de la bodega. Y si rabia Pablo cuando vuelva, que rabie. +Algo me ha de pagar por mis servicios. Y esta noche, juerga... la más +gorda de la temporada: hasta que salga el sol. Quiero que esas +muchachas, al irse a la sierra, vayan contentas y se acuerden del +señorito... Y traeré tocaores para que le descansen a usté, y cantaoras +para que Mariquita no haga todo el gasto... ¿Que no quiere usted mujeres +de esas en Marchamalo? ¡Si mi primo no se enterará!... Bueno: no +vendrán. Usté, señor Fermín, es un rancio; pero por darle gusto quedan +suprimidas las cantaoras. Bien mirado, maldita la falta que hacen más +jembras, aquí donde hay tantas que parece un colegio. ¡Pero música y +vino hasta por encima de la cabeza! Y baile de la tierra; y baile fino, +agarrados como los señoritos. Verá usted la que se arma esta noche, +señor Fermín.</p> + +<p>Y Dupont se fue a la ciudad en su carruaje, que alborotaba la carretera +con el estrépito de sus cascabeles. Volvió ya entrada la noche, una +noche de verano, calurosa, sin que el más leve soplo de brisa hiciese +temblar la atmósfera.</p> + +<p>La tierra exhalaba un vaho ardiente; el azul del cielo diluíase en un +tinte blanquecino, las estrellas parecían empañadas por la neblina +caliginosa. En el silencio de la noche sonaban los crujidos de las cepas +al dilatar su corteza resquebrajada por el calor. La cigarra chillaba +furiosa en los surcos, abrasada por la tierra; la rana roncaba a lo +lejos, cual si la desvelase la falta de frescura de la charca.</p> + +<p>Los acompañantes de Dupont, en mangas de camisa, alineaban bajo las +arcadas las innumerables botellas traídas de Jerez.</p> + +<p>Las mujeres, vestidas ligeramente, con sólo una falda de percal, +mostrando los brazos desnudos por debajo del pañuelo cruzado sobre el +pecho, se encargaban de las cestas de provisiones, admirándolas con +alabanzas para el rumboso señorito. El capataz elogiaba la calidad de +los fiambres y de las aceitunas, que servían para excitar la sed.</p> + +<p>—¡Menúa jumera nos prepara el señorito!—decía riendo como un +patriarca.</p> + +<p>De la gran cena en medio de la explanado, lo que más atrajo la +admiración de la gente, fue el vino. Comían de pie hombres y mujeres, y +al tener en la mano el vaso lleno, avanzaban hasta una mesita ocupada +por el señorito, el capataz y su hija, a la que daban luz dos candiles. +Las llamas rojizas, que subían su lengua humosa en la calma de la noche +sin el más leve temblor, iluminaban la transparencia dorada del vino. +¿Pero qué era aquello?... Y volvían todos a paladearlo después de +admirar su hermoso color, y abrían los ojos desmesuradamente con asombro +grotesco, rebuscando las palabras, como si no pudiesen expresar toda la +veneración que les infundía el líquido portentoso.</p> + +<p>—Ezto e de las propios lagrimitas de Jezú—decían unos chasqueando +devotamente la lengua.</p> + +<p>—No—contestaban otros,—es la mezmízima leche de la Mare e Dió...</p> + +<p>Y el señorito reía, gozándose en su asombro. Era vino de la bodega +«Dupont Hermanos»: un vino venerable y carísimo, que sólo bebían los +<i>mislores</i> allá en Londres. Cada gota valía una peseta. Don Pablo lo +apreciaba como un tesoro, y era probable que se indignase al conocer el +estrago que había hecho su aturdido pariente.</p> + +<p>Pero Luis no se arrepentía de su generosidad. Le alegraba enloquecer al +rebaño miserable con el vino de los ricos. Era un placer de patricio +romano, embriagando a sus clientes y esclavos con bebida de emperadores.</p> + +<p>—Bebed, hijos míos—decía con acento paternal.—Aprovechaos, que jamás +os veréis en otra. Muchos señoritos del <i>Caballista</i> os envidiarían. +¿Sabéis lo que valen todos esas botellas? Un capital: eso es más caro +que el <i>champañ</i>; cada botella cuesta no recuerdo cuántos duros.</p> + +<p>Y la miserable gente arrojábase sobre el vino, y bebía y bebía +avariciosamente, como si lo que les entraba por la boca fuese la +fortuna.</p> + +<p>En la mesa del señorito, se servían las botellas después de una larga +permanencia en tanques llenos de hielo. El vino pasaba por la boca +dejándola insensible, con la grata parálisis de la frescura.</p> + +<p>—Nos vamos a emborrachar—decía sentenciosamente el capataz.—Esto se +cuela sin sentir. Es refresco en la boca y fuego en la tripa.</p> + +<p>Pero seguía llenándose el vaso entre bocado y bocado, paladeando el +néctar frío y envidiando a los ricos que podían permitirse diariamente +este placer de dioses.</p> + +<p>María de la Luz bebía tanto como su padre. Apenas vaciaba su copa, se +apresuraba el señorito a llenarla.</p> + +<p>—No eches más, Luis—suplicaba.—Mira que me voy a emborrachá. Esta +bebía es traidora.</p> + +<p>—Tonta, ¡si es como agua! ¡Si aunque te ajumeres, esto se pasa en +seguida!...</p> + +<p>Cuando terminó la cena, sonaron las guitarras y la gente formó corro, +sentándose en el suelo ante las sillas que ocupaban los músicos y el +señorito con su gente. Todos estaban ebrios, pero seguían bebiendo. ¡Qué +basca! La piel erizábase de gotas de sudor; los pechos se dilataban, +como si no encontrasen aire. ¡Vino y más vino! Para el calor no existía +remedio más acertado: era el verdadero refresco andaluz.</p> + +<p>Batiendo palmas unos, y chocando otros las botellas vacías, como si +fuesen palillos, jalearon las famosas sevillanas de María de la Luz y el +señorito. Ella bailaba en medio del corro frente a Luis, con las +mejillas enrojecidas y un brillo extraordinario en los ojos.</p> + +<p>Nunca la habían visto bailar tan arrebatadamente y con tanta gracia. Sus +brazos desnudos, de una palidez de perla, elevábanse en torno de la +cabeza, como asas de nácar de voluptuosa redondez. La falda de percal, +entre el <i>fru-fru</i>, que marcaba el adorable relieve de sus piernas, +dejaba ver por debajo de su orla unos pies pequeños, calzados +escrupulosamente, como los de una señorita.</p> + +<p>—¡Ay! ¡Que no pueo más!—dijo de pronto, sofocada por el baile.</p> + +<p>Y se dejó caer jadeante en una silla, sintiendo que, con la agitación de +la danza, comenzaba a rodar todo en torno de ella; la explanada, la +gente y hasta la gran torre de Marchamalo.</p> + +<p>—Eso es er calor—decía el padre gravemente.</p> + +<p>—Un poco de refresco y se te pasará—añadía Luis.</p> + +<p>Le presentaba una copa llena de aquel líquido de oro, coronado de +burbujas, que empañaba el cristal con su frescura. Y Mariquita bebía +ansiosamente, con una sed rabiosa, deseando renovar la sensación de +frescura en su boca ardiente como si llevase fuego en el estómago. De +vez en cuando protestaba.</p> + +<p>—Que me voy a emborrachá, Luis. Que creo que ya lo estoy.</p> + +<p>—¡Y qué!—exclamaba el señorito.—Yo también estoy borracho, y tu +padre, y todos lo estamos. Para eso es la fiesta. Otra copa. ¡Olé, mi +niña, valiente! ¡Siga la juerga!</p> + +<p>Bailaban en medio del corro algunas muchachas, con torpeza de +campesinas, haciendo frente a los viñadores no menos rústicos.</p> + +<p>—Eso no vale ná—gritó el señorito.—¡Fuera, fuera! A ver, maestro +<i>Águila</i>—continuó dirigiéndose al tocador.—Un baile de señorío por +todo lo alto. Una polka, un wals, cualquier cosa. Vamos a bailar +agarrados como la gente fina.</p> + +<p>Las muchachas, turbadas por el vino, se cogieron unas a otras o cayeron +en los brazos de los viñadores jóvenes. Todos comenzaron a dar vueltas, +al son de la guitarra. El capataz y los acólitos de don Luis, +acompañaban el ritmo chocando botellas vacías o golpeaban el suelo con +sus bastones, riendo como niños de esta habilidad musical.</p> + +<p>María de la Luz se sintió arrastrada por el señorito, que la agarró una +mano, sujetándola al mismo tiempo por el talle. La moza se resistió a +bailar. ¡Dar vueltas, cuando su cabeza parecía balancearse y todo giraba +en torno de sus ojos!... Pero al fin, se abandonó, entregándose a su +pareja.</p> + +<p>Luis sudaba, fatigado por la inercia de la muchacha. ¡Vaya una moza de +peso! Al oprimir aquel cuerpo sin fuerzas, sentía en su pecho el +contacto de elásticas prominencias. Mariquita dejaba caer la cabeza en +su hombro, como si no quisiera ver, abrumada por el mareo. Sólo una vez +se irguió para mirar a Luis, brillándole en los ojos una lejana chispa +de rebelión y protesta.</p> + +<p>—Suéltame, Rafaé: esto no está bien.</p> + +<p>Dupont rompió a reír.</p> + +<p>—¡Conque Rafael!... ¡Ay qué gracia, y cómo está, la niña! ¡Si me llamo +Luis!...</p> + +<p>La muchacha volvió a abatir su cabeza, como si no comprendiese las +palabras del señorito.</p> + +<p>Sentíase cada vez más anonadada por el vino y el movimiento. Con los +ojos cerrados y el pensamiento dando vueltas, como una rueda loca, +creía estar suspendida en el vacío, en una sima lóbrega, sin otro apoyo +que aquellos brazos de hombre. Si la soltaban, caería y caería sin tocar +nunca el fondo: e instintivamente se agarraba a su sostén.</p> + +<p>Luis no estaba menos turbado que su pareja. Respiraba sofocado por el +peso de la moza. Estremecíase con el contacto fresco y suave de sus +brazos, con el perfume de hermosura sana, que parecía surgir en chorro +voluptuoso del escote de su pecho. El soplo de sus labios le erizaba la +epidermis del cuello, esparciendo un estremecimiento por todo su +cuerpo... Cuando, abrumado por el cansancio, volvió a Mariquita a su +asiento, la muchacha quedó tambaleando, pálida, con los ojos cerrados. +Suspiraba, llevábase una mano a la frente, como si le doliese.</p> + +<p>Mientras tanto, danzaban las parejas en el corro con una algazara loca, +chocando unas con otras, empujándose intencionadamente, con +encontronazos que casi derribaban a los espectadores, haciéndoles +retirar las sillas.</p> + +<p>Dos mozos comenzaron a insultarse, tirando cada uno del brazo de la +misma muchacha. El vino hacía brillar sus ojos con fuego homicida, y +acabaron por dirigirse a la casa de los lagares en busca de las +podaderas, cortos y pesados machetes que mataban de un golpe.</p> + +<p>El señorito les cerró el paso. ¿Qué era aquello de matarse por bailar +con una muchacha, cuando tantos estaban esperando pareja? A callar, y a +divertirse. Y les obligó a darse la mano, a beber juntos en la misma +copa.</p> + +<p>La música cesó. Todos miraban con ansiedad hacia el lado de la explanada +donde estaban los de la riña.</p> + +<p>—Siga la juerga—ordenó Dupont como un tirano bondadoso.—Aquí no ha +pasado nada.</p> + +<p>Sonó otra vez la música, reanudaron la danza las parejas, y el señorito +volvió al corro. La silla de Mariquita estaba desocupada. Miró en torno +y no vio a la joven en toda la plazoleta.</p> + +<p>El señor Fermín estaba absorto contemplando las manos de Pacorro <i>el +Águila</i>, con admiración de guitarrista. Nadie había visto en su retirada +a María de la Luz.</p> + +<p>Dupont entró en la casa de los lagares, andando quedamente, empujando +las puertas con una suavidad felina sin saber por qué.</p> + +<p>Registró las habitaciones del capataz: nadie. Creyó encontrar cerrada la +puerta del cuarto de Mariquita; pero cedió aquélla al primer impulso. La +cama estaba vacía y toda la habitación en orden, como si nadie hubiese +entrado. Igual soledad en la cocina. Atravesó a tientas la vasta pieza +que servía de dormitorio a los trabajadores. ¡Ni un alma! Asomó luego la +cabeza en el departamento de los lagares. La luz difusa del cielo, +penetrando por las ventanas, proyectaba en el suelo unas manchas de +tenue claridad. Dupont, en este silencio creyó oír el sonido de una +respiración, el tenue remover de alguien tendido en el suelo.</p> + +<p>Avanzó. Sus pies tropezaron con unas arpilleras y sobre ellas un cuerpo. +Al arrodillarse para ver mejor, adivinó por el tacto, más bien que por +los ojos, a María de la Luz, que se había refugiado allí. Sin duda la +repugnaba ocultarse en su propia habitación, en tan vergonzoso estado.</p> + +<p>Al contacto de las manos de Luis, pareció despertar aquella carne sumida +en el sopor de la embriaguez. Se revolvió el cuerpo adorable, brillaron +sus ojos un momento, pugnando por mantenerse abiertos, y algo murmuró la +boca ardorosa junto al oído del señorito. Éste creyó escuchar:</p> + +<p>—Rafaé... Rafaé...</p> + +<p>Pero no dijo más.</p> + +<p>Los brazos desnudos se cruzaron sobre el cuello de Luis.</p> + +<p>María de la Luz caía y caía en el agujero negro de la inconsciencia, y +al caer se agarraba con desesperación a este sostén, concentrando en +ello toda su voluntad, dejando el resto de su cuerpo en insensible +abandono.</p> + + + +<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p> + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + + +<p>A principios de Enero, la huelga de los trabajadores se había extendido +por todo el campo de Jerez. Los gañanes de los cortijos hacían causa +común con los viñadores. Los dueños de los campos, como en los meses de +invierno no eran importantes los trabajos agrícolas, sobrellevaban sin +impaciencia el conflicto.</p> + +<p>—Ya se rendirán—decían.—El invierno es duro y el hambre mucha.</p> + +<p>En las viñas, el cuidado de las cepas se hacía por los capataces y los +braceros más allegados al dueño, arrostrando la indignación de los +huelguistas, que les tachaban de traidores, amenazándolos con venganzas +colectivas.</p> + +<p>La gente rica, a pesar de sus arrogancias, revelaba cierto miedo. Como +era costumbre en ella, había hecho hablar a los periódicos de Madrid de +la huelga de Jerez, ennegreciéndola con sombríos colores, hinchándola, +como si fuese una calamidad nacional.</p> + +<p>Se censuraba a los gobernantes por su abandono, pero con tales arrebatos +de urgencia, que no parecía sino que cada rico estaba sitiado en su +casa, defendiéndose a tiros contra una muchedumbre famélica y feroz. El +gobierno, como de costumbre, había enviado fuerza armada para cortar los +lamentos de estos pordioseros de autoridad y llegaron a Jerez nuevas +fuerzas de guardia civil, dos compañías de infantería de línea y un +escuadrón que se unió a los jinetes del depósito de sementales.</p> + +<p>Las <i>personas decentes</i>, como las llamaba Luis Dupont, sonreían con +beatitud al ver en las calles tantos pantalones rojos. En sus oídos +sonaba como la mejor de las músicas el arrastre de los sables por las +aceras, y al entrar en sus casinos se les ensanchaba el alma viendo en +torno de las mesas los uniformes de los oficiales.</p> + +<p>Los que semanas antes aturdían al gobierno con sus lamentaciones, como +si fuesen a morir degollados por aquellas turbas que permanecían en la +campiña, con los brazos cruzados, sin atreverse a entrar en Jerez, +mostrábanse ahora arrogantes y jactanciosos hasta la crueldad. Se reían +del gesto fosco de los huelguistas, de sus ojos, que tenían el +estrabismo malsano del hambre y la desesperación.</p> + +<p>Además, las autoridades creían llegado el momento de imponerse por el +miedo, y la guardia civil prendía a los que figuraban al frente de las +asociaciones obreras. Todos los días ingresaba gente en la cárcel.</p> + +<p>—Pasan ya de cuarenta los que están a la sombra—decían los mejor +informados en las tertulias.</p> + +<p>—Cuando sean cien o doscientos, esto quedará como una balsa de aceite.</p> + +<p>A media noche, los señores, al salir del casino, encontraban mujeres +arrebujadas en raídos mantones o con la falda a la cabeza, que les +tendían la mano.</p> + +<p>—Señor, que no comemos.... Señor, que nos mata la jambre... Tengo tres +churumbeles, y mi marío, con esto de la juelga, no trae pan a casa.</p> + +<p>Los señores reían, apresurando el paso. Que les diesen pon Salvatierra y +los otros predicadores. Y miraban con simpatía casi amorosa a los +soldados que pasaban por la calle.</p> + +<p>—¡Mardito seáis ustedes, señoritos!—rugían las míseras hembras en su +desesperación.—Quiera Dios que algún día mandemos los probes...</p> + +<p>Fermín Montenegro contemplaba tristemente el curso de esta lucha sorda, +que había de terminar forzosamente con algo ruidoso; pero de lejos, +rehuyendo el trato con los rebeldes, ya que no estaba en Jerez su +maestro Salvatierra. Callaba también en el escritorio, cuando en su +presencia manifestaban los amigos de don Pablo los crueles deseos de una +represión que atemorizase a los trabajadores.</p> + +<p>Desde que había vuelto de Málaga, su padre no le veía una sola vez que +no le recomendase la prudencia. Debía callar; al fin, ellos comían el +pan de los Dupont, y no era noble el unirse con los desesperados, aunque +éstos se quejasen con harto motivo. Además, para el señor Fermín, todas +las aspiraciones humanas se resumían en don Fernando Salvatierra, y éste +se hallaba ausente. Lo retenían en Madrid sometido a una continua +vigilancia para que no volviese a Andalucía. Y el capataz de Marchamalo, +faltando su don Fernando, consideraba la huelga desprovista de interés, +y a los huelguistas como un ejército sin caudillo y sin bandera; una +horda que forzosamente había de ser diezmada y sacrificada por los +ricos.</p> + +<p>Fermín obedeció a su padre, manteniéndose en una reserva prudente. +Dejaba sin respuesta las pullas de los compañeros de escritorio que, +conociendo su amistad con Salvatierra, para adular al amo se burlaban de +los rebeldes. Evitaba presentarse en la plaza Nueva, donde se reunían en +grupos los huelguistas de la ciudad, inmóviles, silenciosos, siguiendo +con miradas de odio a los señores que intencionadamente pasaban por allí +con la cabeza alta y una expresión de reto en los ojos.</p> + +<p>Montenegro dejó de pensar en la huelga, atraído por otros asuntos de +mayor interés.</p> + +<p>Un día, al salir de su escritorio para ir a comer en la casa donde +estaba de huésped, encontró al aperador de Matanzuela.</p> + +<p>Rafael parecía esperarle apoyado en una esquina de la plazoleta, cuyo +frente ocupaban las bodegas de Dupont. Fermín no le había visto en mucho +tiempo. Lo encontraba algo desfigurado; con las facciones enjutas y los +ojos hundidos en un cerco oscuro. Su traje de campo estaba sucio de +polvo; lo llevaba con descuido, como si olvidase aquella arrogancia que +le hacía ser considerado como el más elegante y majo de los jinetes +rústicos.</p> + +<p>—¿Pero estás enfermo, Rafael? ¿Qué te pasa?—exclamó Montenegro.</p> + +<p>—Penas—dijo lacónicamente el aperador.</p> + +<p>—El domingo pasado no te vi en Marchamalo; y el otro tampoco. ¿Es que +estás de morros con mi hermana?...</p> + +<p>—Tengo que hablar contigo, pero mu largo, ¡mu largo!—dijo Rafael.</p> + +<p>Allí en la plaza no podía ser; en la casa de huéspedes tampoco, pues lo +que el aperador quería decirle era para guardarse en secreto.</p> + +<p>—Está bien—dijo Fermín bromeando, al adivinar que se trataba de penas +de enamorado.—Pero como yo he de comer, ¡criatura triste! nos iremos a +casa del <i>Montañés</i> y allí desembucharás todas esas penillas que te +ahogan, mientras yo hago por la vida.</p> + +<p>En el colmado del <i>Montañés</i>, al pasar frente al cuarto más grande del +establecimiento, oyeron rasgueos de guitarra, palmas y gritos de +mujeres.</p> + +<p>—Es el señorito Dupont—les dijo el camarero—que está con unos amigos +y una jembra magnífica que se ha traído de Sevilla. Ahora empieza la +juerga... ¡hay tela cortada lo menos hasta mañana!</p> + +<p>Los dos amigos buscaron el cuarto más lejano para que el estrépito de la +fiesta no interrumpiese su conversación.</p> + +<p>Montenegro encargó su comida, y el criado puso la mesa en aquel +cuartucho, que olía a vino, y, por lo menguado, parecía un camarote. +Poco después volvió con una gran batea llena de cañas. Era un obsequio +de don Luis.</p> + +<p>—El señorito—dijo el camarero—se ha enterado de que están aquí, y les +envía esto. Además, pueden ustedes tomar lo que gusten; todo está +pagado.</p> + +<p>Fermín le encargó anunciase a don Luis que pasaría a verle así que +terminase su comida, y cerrando la puerta del camarote se quedó solo con +Rafael.</p> + +<p>—Vamos, hombre—dijo señalándole los platos:—ponte de eso.</p> + +<p>—Yo no como—contestó Rafael.</p> + +<p>—¿Que no comes? Vaya... pasarás del aire como todos los enamorados... +¿Pero beber sí que beberás?</p> + +<p>Rafael hizo un gesto, como extrañando lo superfluo de la pregunta. Y sin +levantar la vista de la mesa, comenzó a apurar rabiosamente las cañas +que tenía delante.</p> + +<p>—Fermín—dijo de pronto mirando a su amigo con los ojos +enrojecidos.—Yo estoy loco... loco perdío.</p> + +<p>—Ya lo veo—contestó Montenegro flemáticamente, sin dejar de comer.</p> + +<p>—Fermín; paece que un demonio me sopla a la oreja las mayores +barbaridades. Si tu padre no fuese mi padrino, y si tú, no fueses tú, +hace días que habría matao a tu hermana, a María de la Lú. Te lo juro +por esta, por mi mejor compañera, por la única herencia de mi padre.</p> + +<p>Y abriendo con gran estrépito de muelles una navaja de cachas viejas, +besaba ferozmente la tersa hoja, con dibujos coloreados por el óxido +rojizo.</p> + +<p>—Hombre, ya será algo menos—dijo Montenegro mirando fijamente a su +amigo.</p> + +<p>Había dejado caer el tenedor, y una nubecilla roja pasó por su frente. +Pero este gesto hostil sólo duró un instante.</p> + +<p>—¡Bah!—añadió—sí que estás loco, y más lo está el que te haga caso.</p> + +<p>Rafael rompió a llorar. Por fin, sus ojos podían dar paso a las lágrimas +que se agolpaban a ellos, y deslizándose por sus mejillas caían en el +vino.</p> + +<p>—Es verdá, Fermín, estoy loco. Suelto bravatas y... na: soy un mandria. +Mira cómo estaré, que un zagal me pegaría. ¿Qué he de matar yo a +Mariquita? Ojalá tuviera entrañas negras para eso. Después me matarías +tú, y toos descansaríamos.</p> + +<p>El rasgueo lejano de la guitarra y las voces que cortaban su ritmo, +jaleando el taconeo de una bailaora, parecían acompañar la caída de las +lágrimas del mocetón.</p> + +<p>—Pero, vamos a ver—exclamó Fermín con impaciencia.—¿Qué es todo eso? +Habla, y cesa de llorar, que pareces una beata en la procesión del Santo +Entierro. ¿Qué te pasa con Mariquita?...</p> + +<p>—¡Que no me quiere!—gritó el aperador con acento desesperado.—¡Que ya +no me hace caso! ¡Que hemos roto y no quié verme!...</p> + +<p>Montenegro sonrió. ¿Y eso era todo? ¡Riñas de novios; caprichitos de +muchacha, que se enfada para animar la monotonía de un largo noviazgo! +Ya pasaría el mal viento. Él conocía aquello de oídas. Se expresaba con +su escepticismo de joven práctico, a la <i>inglesa</i>, como él decía, +enemigo de los amoríos ideales que duraban años y eran una de las +tradiciones de la tierra. A él no se le había conocido noviazgo alguno +en Jerez. Se contentaba con tomar lo que podía, buenamente, de vez en +cuando, para satisfacción de sus deseos.</p> + +<p>—Eso lo agradece siempre el cuerpo—continuó.—Pero relaciones por lo +fino, con suspiros, penas y celillos, ¡eso nunca! Necesito el tiempo +para otras cosas.</p> + +<p>Y Fermín, con tono zumbón, intentaba consolar a su amigo. Aquella mala +racha pasaría. ¡Caprichos de mujeres, que se ponen de morros y fingen +enfado para que las quieran más! El día en que menos lo pensase, vería +a María de la Luz ir hacia él, diciendo que todo había sido una broma, +para poner a prueba su cariño, y que lo quería más que antes.</p> + +<p>Pero el mocetón movía la cabeza negativamente.</p> + +<p>—No; no me quiere. Esto se acabó y yo voy a morir.</p> + +<p>Relataba a Montenegro cómo habían terminado sus amores. Ella le llamó +una noche para hablar en la reja, y con una voz y un gesto, cuyo +recuerdo aún estremecía al pobre mozo, le anunció que todo había acabado +entre los dos. ¡Cristo; qué noticia para recibirla así, de sopetón!</p> + +<p>Rafael se agarró a los hierros para no caer. Después hubo de todo: +súplicas, amenazas, lloros; pero ella se mantenía inflexible, con una +sonrisa que daba miedo, negándose a continuar los amoríos. ¡Ah, las +mujeres!...</p> + +<p>—Sí, hijo mío—decía Fermín.—Unas arrastrás. Aunque se trate de mi +hermana, no hago excepción. Por eso tomo yo de ellas lo que necesito y +rehuyo el trato... ¿Pero qué excusa te daba Mariquita?...</p> + +<p>—Que ya no me quiere; que se ha apagao de repente el aquel que me +tenía. Que no siente por mi ni una miaja de afecto y no quiere mentir +fingiendo cariño... ¡Como si un querer pudiera apagarse de pronto, lo +mismo que una luz!...</p> + +<p>Rafael recordaba el final de su última entrevista. Cansado de suplicar, +de llorar agarrado a la reja, de arrodillarse como un chiquillo, la +desesperación le había hecho prorrumpir en amenazas. ¡Que le perdonase +Fermín! pero en aquel momento se sintió capaz del crimen. La muchacha, +cansada de sus ruegos, asustada de sus maldiciones, acabó por cerrar de +golpe la ventana. ¡Y hasta ahora!</p> + +<p>Dos veces había ido de día a Marchamalo con la excusa de ver al señor +Fermín; pero María de la Luz escondíase, apenas adivinaba su caballo +galopando por la carretera.</p> + +<p>Montenegro le oía pensativo.</p> + +<p>—¿Tendrá otro novio?—dijo.—¿Se habrá enamorado de alguien?</p> + +<p>—No; eso no—se apresuró a responder Rafael, como si esta convicción le +sirviese de consuelo.—Lo mismo pensé en el primer momento y me vi ya +metío en la cárcel de Jerez y luego en presidio. Al que me quite a mi +Mariquilla de la Lú, lo mato. Pero ¡ay! que no me la quita nadie: que es +ella la que se va... He pasao los días vigilando de lejos la torre de +Marchamalo. ¡Las copas que llevo bebías en el ventorro de la carretera y +que se me golvían veneno al ver bajar o subir a alguien la cuesta de la +viña!... He pasao las noches tendido entre las cepas, con la escopeta al +lado, dispuesto a meterle un puñao de postas en el vientre al primero +que se acercase a la reja... Pero no he visto más que a los mastines. La +reja cerrá. Y entretanto, el cortijo de Matanzuela anda desgobernao, +aunque mardita la falta que hago yo con esto de la huelga. Nunca estoy +allí: el pobre <i>Zarandilla</i> se lo carga too; si lo supiera el amo, me +despedía. Sólo tengo ojos y oídos para celar a tu hermana y sé que no +hay noviazgo, que no quiere a nadie. Casi estoy por decirte que aun me +tiene algo de ley, ¡mira tú si soy tonto!... Pero la mardita huye de +verme, y dice que no me quiere.</p> + +<p>—¿Pero tú la has hecho algo, Rafael? ¿No estará enfadada por alguna +ligereza tuya?</p> + +<p>—No: eso tampoco. Soy más inocente que el niño Jesú y el cordero que +lleva al lao. Desde que tengo relaciones con tu hermana, que no miro a +una moza. Toas me parecen feas, y Mariquilla lo sabe. La última noche +que hablé con ella, cuando yo le pedía que me perdonase, sin saber por +qué, y le preguntaba si la había ofendío en algo, la pobrecita lloraba +como la Malaena. Bien sabe tu hermana que yo no la he fartao en tanto +como esta uña. Ella misma lo decía: «¡Pobre Rafaé! ¡Tú eres bueno! +Olvídame: serías infeliz conmigo». Y me cerró la ventana...</p> + +<p>El mocetón gemía al decir esto, mientras su amigo, que había acabado de +comer, apoyaba pensativo su frente en una mano.</p> + +<p>—Pues, hijo—murmuró Fermín.—No entiendo este jeroglífico. Mariquilla +te deja y no tiene otro novio: te compadece, te dice que eres bueno, +mostrando que aun te tiene algún querer, y te cierra la ventana. ¡El +demonio que entienda a las mujeres! ¡Y qué mala alma tienen a veces las +condenadas!...</p> + +<p>Aumentó el estrépito en el cuarto de la juerga, y una voz de mujer, +aguda, de un temblor metálico, llegó hasta los dos amigos.</p> + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 3em;">Me dejó... ¡mala gitana!</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Cuando yo más la quería...</span><br /> +</p> + +<p>Rafael no pudo oír más. La poesía popular le arañaba el alma con su +ingenua tristeza. Rompió a llorar con gemidos de niño, como si la copla +fuese su historia: como si la hubiesen compuesto luego de ser despedido +él de aquella reja, donde estaba la felicidad de su vida.</p> + +<p>—¿Oyes, Fermín?—dijo entre suspiros.—Ese, soy yo. Me ocurre lo que al +pobresito de la copla. Se le tiene compasión a un perrito de cría, se le +quiere, no se le deja, sus chillidos inspiran lástima, y yo, que soy un +hombre, una criatura de Dios, ¡a la calle! ¡si te quise, ya no te +quiero! ¡a reventar de pena!... ¡Cristo! ¡Paece mentira que aún no me +haya muerto!...</p> + +<p>Quedaron en silencio largo rato. Abstraídos en sus pensamientos, ya no +oían el estrépito de la juerga, la voz femenil que seguía entonando +coplas.</p> + +<p>—Fermín—dijo de pronto el aperador.—Tú eres el único que lo puee +arreglar todo.</p> + +<p>Por esto le había esperado a la salida del escritorio. Conocía su gran +influencia sobre la familia. María de la Luz le respetaba más que a su +padre, y se hacía lenguas de su sabiduría.</p> + +<p>La educación en Inglaterra, y los elogios del capataz, que veía en su +hijo una inteligencia casi tan grande como la de su maestro, influían en +la muchacha, ingiriendo en su afecto fraternal una gran dosis de +admiración. Rafael no se atrevía a hablar al padrino: le tenía miedo. +Pero de Fermín lo esperaba todo, y se confiaba a él.</p> + +<p>—Lo que tú le digas que haga, eso hará... Ferminillo, no me abandones, +protégeme. Tú eres mi patrón; quisiera ponerte en un altar y encenderte +velas y rezarte una letanía. Fermín; santito mío: no me dejes, +defiéndeme. Ablanda aquel peñasco, de corazón; agárrame, porque si no, +me caigo y voy a presidio o a la casa de los locos.</p> + +<p>Montenegro se burló de las exageraciones lloriqueantes de su amigo.</p> + +<p>—Está bien, hombre: se hará lo que se pueda, pero no llores más, ni +sueltes esas oraciones, que pareces don Pablo, mi principal, cuando le +hablan de Dios. Veré a Mariquita: le hablaré de ti: le diré a la muy +indina lo que merece. ¿Qué; estás ya contento?...</p> + +<p>Rafael limpiábase los lagrimones, y sonreía con sencillez infantil, +mostrando sus dientes cuadrados, de nítida blancura. Pero su gozo era +impaciente. ¿Cuándo pensaba Fermín ver a Mariquita?</p> + +<p>—Hombre, iré mañana. En el escritorio estamos muy atareados en la +liquidación de fin de año. Las cuentas de los ingleses me dan mucho +quehacer.</p> + +<p>El mocetón hizo un gesto de contrariedad. ¡Mañana!... Una noche más de +no dormir, de llorar su desgracia, de incertidumbre cruel no sabiendo si +debía esperar algo.</p> + +<p>Montenegro rió ante la tristeza del aperador. ¡Pero cómo ponía el amor a +los hombres! Daba ganas de propinar unos cuantos azotes a aquel mozo, +como si fuera un niño grandullón y enfurruñado.</p> + +<p>—No, Fermín; por tu salú te lo pido. Haz algo por mí; ve en seguida y +sacarás un alma de pena. Nada te dirán en el escritorio: esos señores te +quieren; eres su niño mimao.</p> + +<p>Y le asediaba con ruegos ardorosos, con palabras acariciadoras, para que +fuese en seguida a avistarse con su hermana. Montenegro cedió, vencido +por la ansiedad del mocetón. Iría aquella misma tarde a Marchamalo; +mentiría al jefe del escritorio diciéndole que su padre estaba enfermo. +Don Ramón era bueno y haría la vista gorda.</p> + +<p>El impaciente Rafael habló entonces de lo cortas que eran las tardes de +Enero y de la necesidad de aprovechar el tiempo.</p> + +<p>Fermín llamó al criado, que se extrañaba de la parquedad de los dos +amigos, invitándoles a pedir más <i>cosas</i>. ¡Todo estaba pagado! ¡Don Luis +tenía cuenta abierta!...</p> + +<p>Al salir Rafael, marchó directamente a la calle, temiendo que el amo le +viese con los ojos enrojecidos. Fermín asomó la cabeza al cuarto de la +juerga, y después de aceptar una copa de Dupont huyó de éste, que +intentaba cogerle por las solapas, para que se quedase.</p> + +<p>Antes de media tarde llegó Fermín a Marchamalo. Rafael le llevó en las +ancas de su jaca. Su impaciencia le hacía mover nerviosamente los +talones, espoleando al animal.</p> + +<p>—¡Que vas a reventarlo, bárbaro!—gritaba Montenegro, pegando su pecho +a la espalda del jinete.—¡Que pesamos mucho los dos!...</p> + +<p>Pero Rafael sólo pensaba en la entrevista próxima.</p> + +<p>—En el mismísimo carro de San Elías quisiera yo llevarte, Ferminillo, +para que vieses antes a la gachí.</p> + +<p>Hicieron alto en el ventorro de la carretera, cerca de la viña.</p> + +<p>—¿Quieres que te espere?—dijo el aperador.—Yo te aguardo aquí con +gusto hasta el día del Juicio.</p> + +<p>Sentía impaciencia por conocer la resolución de la muchacha. Pero Fermín +no quiso que le aguardase. Pensaba pasar la noche en la viña. Y siguió +la marcha a pie, mientras Rafael le anunciaba a voces que vendría a +buscarle al día siguiente.</p> + +<p>Cuando el señor Fermín vio llegar a su hijo, le preguntó con cierta +ansiedad si ocurría algo en Jerez. «Nada, padre.» Él venía a pasar la +noche con la familia, ya que en el escritorio le habían dado permiso por +falta de trabajo. El viejo agradeció la visita, pero sin desechar la +inquietud que había manifestado a la llegada de su hijo.</p> + +<p>—Creí, al verte, que algo malo pasaba en Jerez: pero si nada ocurre +aún, ocurrirá pronto. Yo, desde aquí, lo sé todo; nunca falta un amigo +de las otras viñas que me trae el soplo de lo que piensan los +huelguistas. Además, en el ventorro repiten los arrieros lo que oyen en +los ranchos.</p> + +<p>Y el capataz habló a su hijo de la gran reunión que los trabajadores +iban a celebrar el día siguiente en los llanos de Caulina. Nadie sabía +quién daba las órdenes, pero el llamamiento había circulado de boca en +boca por el campo y la sierra, y se juntarían miles y miles de hombres, +viniendo hasta de los límites de la provincia de Málaga, todos los que +ganaban el jornal en la campiña jerezana.</p> + +<p>—Una verdadera revolución, hijo. Anda en todo esto un forastero, un +muchacho al que llaman el <i>Madrileño</i>, que habla de matar a los ricos y +repartirse los tesoros de la ciudad. La gente parece loca: todos creen +que mañana van a triunfar y que se acaba la miseria. El <i>Madrileño</i> +emplea el nombre de Salvatierra, como si obrase por orden suya, y muchos +afirman, como si le hubieran visto, que don Fernando está escondido en +Jerez y se presentará en el momento de la revolución. ¿Qué sabes tú de +esto?...</p> + +<p>Fermín movió la cabeza con aire incrédulo. Salvatierra le había escrito +algunos días antes, sin manifestar propósitos de volver a Jerez. Dudaba +de que fuese cierto su viaje. Además, le parecía inverosímil este +intento de sublevación. Sería una alarma más de las muchas inventadas +por la desesperación de los hambrientos. Equivalía a una locura intentar +la invasión de la ciudad estando en ella las tropas.</p> + +<p>—Ya verá usted, padre, cómo si se reúnen en Caulina, quedará todo +reducido a gritos y amenazas, como en las reuniones en los ranchos. Y de +don Fernando, no pase usted pena. Tengo la convicción de que está en +Madrid. No es tan insensato que vaya a comprometerse en una locura como +esta.</p> + +<p>—Lo mismo creo, hijo; pero por lo que pueda ocurrir, procura tú mañana +no mezclarte con esos locos, si es que entran en la ciudad.</p> + +<p>Fermín miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin +salió de la casa María de la Luz, sonriendo a su Fermín, acogiendo su +visita con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la miró con +atención. ¡Nada! De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar +aquellas tristezas que habían cortado sus amores.</p> + +<p>Transcurrió más de una hora sin que pudiese hablar a solas con su +hermana. En las miradas fijas de Fermín parecía adivinar la moza algo de +sus pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan +pronto palidecía con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con +una oleada de sangre.</p> + +<p>El señor Fermín bajó la cuesta de la viña, yendo al encuentro de unos +arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les +reconocía desde lo alto. Eran amigos, y quería saber por ellos lo que +hablaban en los ranchos de la reunión del día siguiente.</p> + +<p>Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un +silencio embarazoso.</p> + +<p>—Tengo que hablarte, Mariquita—dijo al fin el muchacho con resolución.</p> + +<p>—Pues empieza cuando quieras, Fermín—contestó ella con acento +tranquilo.—Ya adiviné al verte que por algo venías.</p> + +<p>—No: aquí no. Podría volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar +requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo.</p> + +<p>Y los dos emprendieron la marcha colina abajo, por la pendiente opuesta +a la carretera. Bajaban por entre las cepas, a espaldas de la torre, +dirigiéndose a una línea de chumberas que limitaba la gran viña por este +lado.</p> + +<p>María de la Luz intentó detenerse varias veces no queriendo ir tan +lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa +incertidumbre. Pero el hermano se resistía a iniciar la conversación +mientras pisasen aquella tierra sometida a la vigilancia de su padre.</p> + +<p>Se detuvieron en la cerca de chumberas, junto a una gran brecha que +dejaba ver un copudo olivar, tras cuyo ramaje descendía el sol.</p> + +<p>Fermín hizo que su hermana se sentara en el ribazo, y plantándose ante +ella, dijo con dulce sonrisa para animarla a la confianza:</p> + +<p>—Vamos a ver, loquilla: vas a decirme por qué has roto con Rafael; por +qué le has despedido como si fuese un perro, causándole tal pena que el +pobre parece que va a morir.</p> + +<p>María de la Luz pareció echar a broma el asunto, pero estaba pálida y su +risa tenía la crispación de una mueca triste.</p> + +<p>—Porque no le quiero: porque me he cansao de él, ¡ea! Es un soso que me +aburre. ¿No soy yo dueña de querer al hombre que me guste?...</p> + +<p>Fermín la habló como a una niña revoltosa. Estaba mintiendo: se lo +conocía en la cara. No podía ocultar que seguía amando a Rafael. Algo +había en todo aquello, que era preciso que él conociera para bien de los +dos novios, para juntarlos de nuevo. ¡Mentira aquel aburrimiento! +¡Mentira aquella energía de moza bravucona con que se expresaba +Mariquita al justificar su rompimiento con Rafael! Ella no era mala; no +podía tratar con tanta crueldad a su antiguo novio. ¡Qué! ¿así se rompen +unos amores comenzados casi en la infancia? ¿Así se despide a un hombre +después de haberlo tenido durante años y años, como quien dice, cosido a +las faldas? Algo había en su conducta que no podía explicarse, y era +preciso que ella se lo dijese. ¿No era su hermano único y el mejor de +sus amigos? ¿No le contaba todas las cosas que no se atrevía a decir al +padre, por el respeto que éste le inspiraba?...</p> + +<p>Pero la muchacha se mostró insensible al tono acariciador y persuasivo +de su hermano.</p> + +<p>—No hay nada de eso—repuso enérgicamente, irguiendo su busto como si +fuese a levantarse.—Todo son invenciones tuyas. No hay más, que estoy +cansada de noviazgos, que no quiero hombre, que pienso pasarme la vida +al lado de padre y de ti. ¿Con quién mejor que con vosotros? ¡Se +acabaron los novios!</p> + +<p>El hermano acogía estas palabras con un gesto de incredulidad. ¡Mentira +otra vez! ¿Por qué se cansaba de pronto del hombre al que tanto había +querido? ¿Qué causa poderosa había deshecho con tanta rapidez su +amor?... ¡Ah Mariquita! Él no era tan bobo que se tragase unas excusas +faltas de sentido.</p> + +<p>Y como la muchacha, para ocultar su turbación levantase la voz, +repitiendo enérgicamente que era dueña de su voluntad y podía hacer lo +que fuese de su gusto, Fermín comenzó a irritarse.</p> + +<p>—¡Ah, mocita falsa! ¡Alma dura! ¡Corazón de canto! ¿Crees tú que a un +hombre se le deja cuando a una le parece, después de haberle entretenido +años enteros junto a la reja, enloqueciéndolo con palabritas de miel, +afirmando que se le quiere más que a la vida? Por mucho menos les han +partido a algunas el corazón de una puñalada... Grita: repite que harás +lo que te dé la gana: yo pienso en aquel infeliz que, mientras tú hablas +como una arrastrá, el pobrecito anda por ahí hecho una lástima, llorando +como un chiquillo, a pesar de que es el hombre más hombre de todo el +campo de Jerez. Y eso por ti... ¡por ti, que te portas peor que una +gitana! ¡por ti, veleta!...</p> + +<p>Exaltándose a impulsos de su ira, hablaba de la tristeza de Rafael, del +gesto lloroso con que había implorado su auxilio, de la angustia con que +aguardaba el resultado de su mediación. Pero no pudo hablar más. María +de la Luz, pasando repentinamente de la resistencia al desaliento, +rompió a llorar, aumentándose sus gemidos y sus lágrimas conforme +avanzaba Fermín en el relato de la desesperación amorosa del novio.</p> + +<p>—¡Ay, pobrecito!—gemía la muchacha, olvidando todo disimulo.—¡Ay, mi +Rafael de mi arma!...</p> + +<p>Se dulcificó la voz del hermano.</p> + +<p>—Le quieres, ¿no lo ves? le quieres. Tú misma te delatas. ¿Por qué +hacerle sufrir? ¿Por qué esa testarudez, que a él le desespera y a ti te +hace llorar?</p> + +<p>Y el muchacho, inclinándose sobre su hermana, la envolvía en sus ruegos +o la empujaba los hombros con violencia, presintiendo la gravedad del +secreto que ocultaba Mariquita y que él a todo trance quería conocer.</p> + +<p>Callaba la muchacha. Gemía oyendo a su hermano, como si cada una de sus +palabras penetrase en su alma, crispándola con el dolor de las heridas +desgarradas; pero no abría su boca: temía decir demasiado y únicamente +lloraba, poblando de lamentos el silencio de la tarde.</p> + +<p>—Habla—gritaba imperiosamente Fermín.—Di algo. Tú quieres a Rafael; +le quieres tal vez más que antes. ¿Por qué te separas de él? ¿Por qué le +despides? Esto es lo que me interesa; tu silencio me da miedo. ¿Por qué? +¿por qué? Habla, mujer; habla, o creo que te mato.</p> + +<p>Y empujaba rudamente a María de la Luz, la cual, como si no pudiera +sostenerse bajo el peso de la emoción, se había tendido en el ribazo, +con la cara entre las manos.</p> + +<p>Comenzaba a ocultarse el sol. Se veía el disco de color de cereza, +detrás de las ramas del olivar, como al través de una celosía negra. Sus +últimos rayos, a ras de tierra, coloreaban con un resplandor anaranjado +la columnata de troncos de los olivos, las marañas de plantas de la +tierra, las curvas del cuerpo de la moza tendido en el suelo. La +punzante película de las chumberas erizábase como una epidermis +luminosa.</p> + +<p>—Habla, Mariquita—rugía la voz de Fermín.—Di por qué haces eso. ¡Dilo +por tu vida! ¡Mira que me vuelves loco! ¡Díselo a tu hermano, a tu +Fermín!</p> + +<p>La voz de la muchacha salió tenue, vergonzosa, lejana, de aquel bulto +tendido.</p> + +<p>—No le quiero... porque le quiero mucho. No puedo quererle, porque le +amo demasiado para hacerle infeliz.</p> + +<p>Y cual si tras estas palabras confusas cobrase ánimos, Mariquita se +irguió, mirando fijamente a Fermín con sus ojos llenos de lágrimas.</p> + +<p>Podía pegarla, podía matarla; pero ella no volvería a hablar con Rafael. +Había jurado que si se consideraba indigna de él, le abandonaría, aunque +con esto destrozase su alma. Era un crimen premiar aquel amor tan +intenso introduciendo en su futura existencia algo que pudiese afrentar +a Rafael, tan bueno, tan noble, tan amoroso.</p> + +<p>Se hizo un largo silencio.</p> + +<p>El sol había desaparecido. Ahora el negro ramaje del olivar se destacaba +sobre un cielo de color de violeta, con una leve franja de oro a ras del +horizonte.</p> + +<p>Fermín callaba, como si le aterrase el contacto de la verdad misterioso, +cuyo roce creía ya sentir.</p> + +<p>—Según eso—dijo con una calma solemne,—tú te consideras indigna de +Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle +infeliz.</p> + +<p>—Sí—contestó ella sin bajar los ojos.</p> + +<p>—¿Y qué es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo.</p> + +<p>María de la Luz volvió a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no +hablaría: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus +fuerzas. Si Fermín la quería un poco; debía respetar su silencio, +dejarla en paz, que harto lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros, +rasgó de nuevo la calma del crepúsculo.</p> + +<p>Montenegro mostrábase tan desalentado como su hermana. Después de sus +arrebatos de indignación, sentíase débil, reblandecido, anonadado por +aquel misterio, que sólo había podido columbrar. Hablaba con dulzura, +con humildad, recordando a la joven el estrecho cariño que unía sus +vidas.</p> + +<p>No habían conocido a su madre, y Fermín ocupó para la pequeña el vacío +que dejó al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas +si recordaban. ¿Cuántas veces, a la edad en que otros muchachos se +duermen en un regazo tibio, había hecho de madre para ella, meciéndola +muerto de sueño, sufriendo sus llantos y sus manotones? ¿Cuántas veces, +en la época de miseria, cuando el padre no tenía trabajo, había sofocado +su hambre para darla el mendrugo que le regalaban otros chicos, +compañeros de sus juegos?... Cuando ella sufrió las enfermedades de la +infancia, su hermano, que apenas pasaba la cabeza del borde de la cama, +la había velado, había dormido con ella sin miedo a la infección. Eran +más que hermanos: la mitad de su vida la habían pasado juntos, en +contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos, +confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no sabía lo que en su +cuerpo era suyo o asimilado del otro.</p> + +<p>Después, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de +una infancia triste, se había agrandado. Él no pensaba en casarse, como +si su misión en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, viéndola +feliz con un hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a +los hijos que ella tuviese... Para Fermín no guardaba secretos +Mariquita. Corría a él, en los momentos de duda, antes que al padre... +¡Y ahora, la ingrata, como si de repente se endureciese su alma, dejaba +impasible que él sufriese, sin revelar aquel misterio de su vida!</p> + +<p>—¡Ah, mal corazón! ¡Mala hermana!... ¡Y cuán poco te conocía!</p> + +<p>Estos reproches de Fermín, dichos con voz entrecortada, como si fuese a +llorar, causaron más efecto en María que las amenazas y violencias de +antes.</p> + +<p>—Fermín... quería ser muda para que no sufrieses; porque sé que la +verdad te hará daño. ¡Ay, Jesús mío! ¡Destrozarles el alma a los dos +hombres que más quiero!...</p> + +<p>Pero ya que el hermano lo exigía, a él se confiaba, y fuese lo que Dios +quisiera... Se había erguido otra vez y hablaba, sin un gesto, sin mover +apenas los labios, con la mirada perdida en el horizonte, cual si +estuviera soñando y relatase la historia de otra persona.</p> + +<p>Comenzaba a anochecer y a Fermín le pareció que toda la sombra del +crepúsculo se le metía dentro del cráneo, nublando su pensamiento, +entorpeciéndolo con dolorosa somnolencia. Un frío intenso y paralizador, +un frío de sepultura, arañaba su espalda. Era la brisa ligera de la +noche, pero a Fermín le pareció un viento de hielo, una tromba glacial +que venía desde el Polo para él, sólo para él.</p> + +<p>María de la Luz seguía hablando impasible, como si relatase la desgracia +de otra mujer. Sus palabras evocaban rápidas imágenes en el pensamiento +del hermano. Todo lo veía Fermín: la embriaguez general de la última +noche de la vendimia, la borrachera de la moza, su desplome como un +cuerpo inerte en el rincón de los lagares, y después la llegada del +señorito para aprovecharse de la caída.</p> + +<p>—¡El vino! ¡El mardito vino!—decía María de la Luz con expresión de +cólera, haciendo al líquido de oro responsable de su desgracia.</p> + +<p>—Sí, el vino—repetía Fermín.</p> + +<p>Y con el pensamiento evocaba a Salvatierra, recordando sus anatemas a la +maléfica divinidad que regulaba todas las acciones y los afectos de un +pueblo esclavizado por ella.</p> + +<p>Después, las palabras de su hermana le hacían ver el horroroso despertar +al desvanecerse el triste engaño de la embriaguez, la indignación con +que repelía a un hombre, al que no amaba, y que aún le parecía más +antipático luego de su fácil victoria.</p> + +<p>Todo había acabado para María de la Luz. Harto lo demostraba la firmeza +de sus palabras. Ya no podía ser del hombre amado. Debía mostrarse +cruel, fingir despego, hacerle sufrir como una moza casquivana, antes +que decirle la verdad.</p> + +<p>Imperaba en ella esa preocupación de la hembra vulgar que confunde el +amor con la virginidad física. Una mujer sólo podía ser esposa del +hombre al que llevase como tributo de sumisión, la integridad de su +cuerpo. Ella debía ser como su madre, como todas las buenas mujeres que +conocía. La virginidad de la carne era tan importante como el amor; y +cuando se perdía, aunque fuese por un azar, sin voluntad alguna, había +que resignarse, doblar la cabeza, decir adiós a la dicha y seguir el +camino de la vida, sola y triste, mientras el amante infeliz se alejaba +por otro lado buscando una nueva urna de amor cerrada e intacta.</p> + +<p>Para María de la Luz el mal era irremediable. Amaba a Rafael; la +desesperación del muchacho aumentaba su apasionamiento; pero jamás +volvería a hablarle. Se resignaba a que la tuviesen por cruel antes que +engañar al hombre amado. ¿Qué decía Fermín a esto? ¿No debía ella +repeler a su novio, aunque esto la destrozase el alma?...</p> + +<p>Fermín permanecía silencioso, la barba en el pecho y los ojos cerrados, +con la inmovilidad de la muerte. Parecía un cadáver en pie. De pronto, +despertó la fiera humana que se encabrita y ruge ante la desgracia.</p> + +<p>—¡Ah, perra descastada!—bramó.—¡Mala piel! ¡....!</p> + +<p>Y el supremo insulto a la virtud femenil salió de sus labios disparado +contra María de la Luz. Avanzó un paso, con la mirada extraviada y el +puño en alto. La muchacha, como si la penosa revelación la hubiese +sumido en la insensibilidad de los imbéciles, no cerró los ojos, no +movió la cabeza para evitar el golpe.</p> + +<p>La mano de Fermín volvió a caer sin rozarla. Fue un relámpago de +ferocidad; nada más. Montenegro se reconocía sin derecho para castigar a +su hermana. En las nieblas de color de sangre que pasaban ante sus ojos, +creyó ver el brillo de las gafas azules de Salvatierra, su sonrisa fría +de inmensa bondad. ¿Qué haría el maestro de estar allí?... Perdonar, +indudablemente: envolver a la víctima en la conmiseración sin límites +que le inspiraban los pecados de los débiles. Además, estaba el vino +como principal culpable: el veneno de oro, el diablo de color de ámbar, +esparciendo con su perfume la locura y el crimen.</p> + +<p>Fermín permaneció silencioso largo rato.</p> + +<p>—De todo esto—dijo al fin—ni una palabra al padre. El pobre viejo +moriría.</p> + +<p>Mariquita hizo un gesto de asentimiento.</p> + +<p>—Si te encontraras con Rafael—continuó,—ni una palabra tampoco. Le +conozco: el pobre mozo iría a presidio por tu culpa.</p> + +<p>La advertencia era inútil. Para evitar la venganza de Rafael, había +mentido ella, fingiendo sus crueles desvíos.</p> + +<p>Fermín continuó hablando con tono sombrío, pero imperiosamente, sin +admitir réplica. Ella se casaría con Luis Dupont... ¿Que le aborrecía? +¿Que había huido de él después de aquella noche horrible?... Pues esta +era la única solución. Con la honra de su familia ningún señorito jugaba +impunemente. Si no le quería por amor, le toleraría por deber. El mismo +Luis iría a buscarla, a pedirla la mano.</p> + +<p>—¡Le odio! ¡Le aborrezco!—decía Mariquita.—¡Que no venga! ¡No quiero +verle!...</p> + +<p>Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella +podía mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa. +Quedar soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no +haber engañado a Rafael, podía satisfacerla. ¿Pero y él, que era su +hermano? ¿Cómo podría vivir, viendo a todas horas a Luis Dupont, sin +exigirle una reparación por su ultraje, pensando que el señorito se reía +interiormente de su hazaña, al encararse con él?...</p> + +<p>—A callar, Mariquita—dijo con dureza.—A callar, y ser obediente. Ya +que como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la +honra de la familia.</p> + +<p>Había cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el +regreso a su casa. Fue una ascensión lenta, penosa, temblándoles las +piernas, zumbándoles los oídos, jadeando sus pechos, como si les +aplastase un peso enorme. Parecíales que llevaban en hombros un muerto +gigantesco, algo que había de pesar sobre el resto de su existencia.</p> + +<p>Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el +tormento de tener que sonreír al pobre padre, de seguir su conversación +sobre los sucesos que se preparaban para el día siguiente, de manifestar +Fermín sus opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos +de Caulina.</p> + +<p>El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el +insomnio de Mariquita; oía el continuo revólver de su cuerpo en la cama, +prorrumpiendo en suspiros dolorosos.</p> + +<p>Poco después del alba, Fermín salió de Marchamalo, dirigiéndose a Jerez +sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que +vio junto al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del +camino, como un centauro.</p> + +<p>—Cuando tan pronto vienes, algo güeno ties que dicirme—exclamó el +mocetón con una confianza cándida que a Fermín casi le arrancó +lágrimas.—Suelta por esa boca, Ferminillo mío, ¿qué resultao traes de +tu embajada?...</p> + +<p>Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando +con vagas palabras su turbación.</p> + +<p>El asunto marchaba así, así; no del todo mal. Podía estar tranquilo: +caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistiría para que todo +se arreglase. Lo importante era que Mariquita le quería lo mismo que +antes. Podía estar seguro de esto.</p> + +<p>¡Qué cara de angelote, radiante y gozoso, la del mocetón!...</p> + +<p>—Anda, Ferminillo: súbete en las ancas, ¡salao! ¡gracioso! que te voy a +llevar a Jerez en un decir Jesú. Tienes más talento y más labia, y más +aquel en la mollera, que toos los abogaos juntos de Cáiz, de Sevilla y +hasta de Madrí... ¡Si sabría yo a qué aldabilla me agarraba cuando +busqué a mi niño!...</p> + +<p>La jaca iba al galope, espoleada por el aperador. Éste necesitaba +correr, aspirar el aire con violencia, cantar para dar salida a la +alegría, mientras Fermín, a sus espaldas, casi lloraba, viendo la +alegría del inocente, escuchando las coplas que dedicaba a la <i>gachí</i>, +como si la tuviera otra vez por suya, gracias al hermano. Para +sostenerse en las ancas del corcel, tuvo Fermín que agarrarse a la +cintura del aperador; pero lo hizo con cierto remordimiento, como +avergonzado del contacto con aquel ser bueno y sencillo cuya confianza +forzosamente había de engañar.</p> + +<p>Se separaron en las afueras de Jerez. Rafael se marchaba al cortijo. +Quería estar allí, ya que tenía noticia de lo que se preparaba para la +tarde en los llanos de Caulina.</p> + +<p>—Va a haber bronca, y gorda. Dicen que hoy se lo reparten too y lo +queman too, y que se van a cortar más cabezas que en una batalla de +moros... Yo a Matanzuela, y al primero que se presente con mala +intención lo recibo a tiros. Al fin, el amo es el amo y pa eso me tiene +allí don Luis: pa que guarde sus intereses.</p> + +<p>Fue un nuevo tormento para Fermín ver la arrogancia con que se alejaba +el mocetón, la firme tranquilidad con que hablaba de hacerse matar por +los que osasen el más leve atentado contra la propiedad de su señor. +¡Ay! ¡si el jayán inocente, en el cumplimiento de su deber, supiera lo +que él!...</p> + +<p>Fermín pasó todo el día en el escritorio trabajando, con el pensamiento +lejos, muy lejos; traduciendo cartas mecánicamente, sin fijarse en el +sentido de las palabras, uniendo números como un autómata.</p> + +<p>Algunas veces levantaba la cabeza y permanecía inmóvil, mirando +fijamente a don Pablo Dupont al través de la puerta abierta de su +despacho. El principal discutía con don Ramón y otros señores, ricos +cosecheros que llegaban con cierto aire despavorido y se serenaban, +acabando por reír, luego de escuchar las vehementes palabras del +millonario.</p> + +<p>Montenegro no prestaba atención, a pesar de que la voz de don Pablo, +aflautada por la cólera, se esparcía algunas veces por el escritorio. +Debían hablar de la reunión en Caulina: la noticia había llegado desde +el campo a la ciudad.</p> + +<p>Varias veces, al quedar solo Dupont en su despacho, el empleado sintió +tentaciones de entrar... pero se contuvo. No: allí no. Necesitaba +hablarle a solas. Conocía su carácter arrebatado. La sorpresa le haría +prorrumpir en gritos, oyéndole todas las gentes del escritorio.</p> + +<p>A la caída de la tarde, Fermín, después de vagar un buen rato por las +calles, para dejar algún espacio entre la salida de la oficina y su +visita al amo, se dirigió al ostentoso hotel de la viuda de Dupont.</p> + +<p>Pasó la verja y el portal con la facilidad de un antiguo servidor de la +casa. Se detuvo un instante en el patio, de blancas arcadas, entre los +macizos de plátanos y palmeras. En el centro de uno de los claustros +cantaba un chorro de agua, cayendo en profundo tazón. Era una fuente con +pretensiones de monumento; una montaña de estalactitas con una cueva a +guisa de hornacina, y en ella la Virgen de Lourdes, de mármol blanco; +una estatua mediocre, con el relamido exterior de la imaginería +francesa, que el dueño del hotel apreciaba como un prodigio artístico.</p> + +<p>Le bastó a Fermín anunciarse, para que le hiciesen pasar al despacho del +señor. Un criado descorrió las cortinas de las ventanas para que +entrase toda la luz de la tarde. Don Pablo, apoyado en la pared, +inclinábase ante la bocina de un aparato telefónico, manteniendo el +receptor en el oído. Con un gesto indicó a su empleado que se sentase, y +Fermín, hundido en un sillón, dejó vagar su mirada por esta pieza, en la +que no había entrado nunca.</p> + +<p>Un gran cuadro de talla dorada, adornado con la cabeza de San Pedro, y +los escudos pontificales, contenía el diploma más glorioso de la casa, +el Breve concediendo la bendición papal en la hora de la muerte a todos +los Dupont, hasta la cuarta generación. Luego, en otros cuadros no menos +deslumbrantes, mostrábanse todas las distinciones concedidas a don +Pablo, tan honoríficas como santas; pergaminos con grandes sellos e +inscripciones rojas, azules o negras; títulos de comendador de la orden +de San Gregorio, de la de <i>Pro ecclesiæ et Pontifice</i>, y de la Piana; +diplomas de caballero Hospitalario de San Juan y del Santo Sepulcro. Las +cartas que acreditaban las cruces de Carlos III y de Isabel la Católica, +concedidas por las regias personas después de sus visitas a la bodega de +los Dupont, ocupaban las paredes más oscuras, encuadradas en marcos +menos vistosos, con la modestia que el poder civil debe mostrar ante la +representación de Dios; cediendo el sitio, como avergonzadas, a todos +los títulos honoríficos inventados por la Iglesia, que habían llovido +sobre don Pablo, sin que faltase uno.</p> + +<p>Dupont únicamente rechazaba de Roma el título de nobleza. Sus amigos de +allá ponían a disposición de él toda la heráldica: conde, marqués, +duque, lo que quisiera. Hasta príncipe lo haría el Santo Padre por la +gracia de Dios; y en cuanto al título, si no le gustaba su apellido no +tenía más que echar mano a cualquiera de los innumerables santos del +calendario.</p> + +<p>Pero el hijo de doña Elvira rehusaba obstinadamente esta distinción. ¡La +Iglesia por encima de todo!... pero la nobleza histórica también era +obra de Dios. Y, orgulloso de la estirpe materna, sonreía irónicamente +al hablar de la nobleza papal, despreciando a los industriales y los +ricos improvisados que se pavoneaban con sus títulos de Roma. Se +proponía solicitar para él, más adelante, aquel marquesado rancio y +glorioso de San Dionisio que estaba sin sucesión desde la muerte de su +famoso tío Torreroel.</p> + +<p>Don Pablo, al dejar el teléfono, saludó a Fermín, impidiéndole con un +ademán que abandonase su asiento.</p> + +<p>—¿Qué hay, muchacho? ¿Traes noticias nuevas? ¿Sabes algo de la reunión +en Caulina?... Me acaban de decir que llegan grupos de todos lados. Ya +son unos tres mil.</p> + +<p>Montenegro hizo un gesto de indiferencia. Nada le importaba la tal +reunión: él venía por otra cosa.</p> + +<p>—Me alegro que pienses así—dijo don Pablo, sentándose junto a su mesa, +al pie del diploma de la bendición.—Tú has sido siempre algo <i>verde</i>; +ya sabes que te conozco, y me gusta que no te mezcles en estos líos. +Esto te lo digo porque te quiero y porque esa gente va a llevar palo... +mucho palo.</p> + +<p>Y se frotaba las manos, como si le regocijase la esperanza del castigo +que iban a sufrir los rebeldes.</p> + +<p>—Tú, que tanto admiras a Salvatierra, el amigote de tu padre, puedes +felicitarte de que no se encuentre en Jerez. Porque si estuviera, esta +sería su última hazaña... Pero vamos a ver, Ferminillo, ¿qué te trae por +aquí?...</p> + +<p>Dupont quedose con la vista fija en su empleado y éste comenzó a +explicarse con cierta timidez. Él conocía el antiguo afecto que don +Pablo y toda su familia sentían por la del pobre capataz de Marchamalo. +Un cariño de grandes señores, que ellos, pobres y humildes, no sabían +cómo agradecer. Además, Fermín apreciaba el carácter de su principal: su +religiosidad, incapaz de transigir con el vicio y la injusticia. Por +esto, en un momento difícil para su familia, acudía a él, en busca de +consejo, de apoyo moral.</p> + +<p>Dupont miraba con los ojos entornados a Montenegro, pensando que éste +sólo podía aproximarse a él impulsado por algo muy importante.</p> + +<p>—Está bien—dijo con impaciencia.—Vamos al caso y no perdamos tiempo. +Mira que hoy es un día extraordinario. De un momento a otro volverán a +llamarme por teléfono.</p> + +<p>Fermín permanecía con la cabeza baja, vacilando, con expresión dolorosa, +como si las palabras le quemasen la lengua. Por fin comenzó el relato de +lo ocurrido en Marchamalo la última noche de la vendimia.</p> + +<p>El carácter irascible, impetuoso y atronador de Dupont, pareció +hincharse colérico durante el relato, hasta estallar al final +ruidosamente.</p> + +<p>Su egoísmo le hacía pensar ante todo en él, en lo que suponía este +atentado para el honor de su casa. Además, considerábase herido por la +falta de respeto del pariente, afirmando que en este delito de impudor +había algo de profanación para su propia persona.</p> + +<p>—¡En Marchamalo tales abominaciones!—exclamó, saltando de su +asiento.—¡La torre de los Dupont, mi casa, a la que llevo mi familia +muchas veces, convertida en un antro del vicio! ¡El demonio de la +impureza haciendo de las suyas a dos pasos de la capilla, de la casa de +Dios, donde sacerdotes sabios han dicho las cosas más hermosas del +mundo!...</p> + +<p>Y la indignación le ahogaba. Tosía, agarrándose a la mesa, como si la +cólera le amagase con una congestión, y pudiera caer redondo en el +suelo.</p> + +<p>Luego vinieron las lamentaciones del industrial. ¡Para esto había +servido el saqueo que durante su ausencia había hecho en sus mejores +vinos el empecatado pariente! Aquel robo de loco no podía dar otros +resultados. ¡Embriagar con el vino de los ricos a todo un tropel de +gentes rudas y ordinarias! Bastante había reñido a su primo al volver él +a Jerez; y ahora, cuando tenía olvidada la barrabasada, le enteraban de +su última consecuencia, una deshonra que le impediría poner los pies en +Marchamalo. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué de vergüenzas sobre la familia!...</p> + +<p>—Compadéceme, Fermín—gritaba don Pablo.—Ten lástima de la cruz que +llevo a cuestas. El Señor ha derramado todos sus dones sobre su indigno +servidor, que soy yo. Tengo riquezas, una madre que es una santa, esposa +cristiana e hijos obedientes; pero en este valle de lágrimas, la +felicidad no puede ser completa. El Altísimo necesita ponernos a prueba, +y mi castigo son las niñas del marqués y ese Luis, que es presa del +demonio. Somos la mejor de las familias, pero esos locos se encargan de +hacernos llorar, de afligirnos con el tormento de la vergüenza. Ten +compasión de mí, Fermín; apiádate del cristiano más infeliz de la +tierra, que no por esto se queja, sino que alaba al Señor.</p> + +<p>Reaparecía el exaltado, próximo al delirio al hablar de Dios y de la +suerte de sus criaturas. Y pidiendo a Fermín que le compadeciese, lo +hacía con tales gestos, que el joven temía que se arrodillara, con las +manos juntas, como implorando su perdón.</p> + +<p>En ciertos momentos, Montenegro, a pesar de su tristeza, sentía deseos +de reír por lo extraño de la situación. Aquel hombre poderoso pedía que +le compadeciese. ¿Qué pediría él, que llegaba impulsado por una +vergüenza de familia?...</p> + +<p>Dupont cayó desalentado en su asiento, la cabeza entre las manos, con la +facilidad con que pasaba su carácter de la acción desordenada e +impetuosa al anonadamiento cobarde.</p> + +<p>Suspiraba, con tristeza:</p> + +<p>—¡La familia!... ¡la familia!...</p> + +<p>Pero al levantar los ojos, se encontró con los de Fermín, que le +contemplaban asombrados, como preguntándole cuándo llegaría el momento +en que cesara de pedir compasión para él y empezase a compadecer a su +dependiente.</p> + +<p>—¿Y tú—preguntó—qué crees que puedo hacer en esto?...</p> + +<p>Montenegro desechó toda timidez para contestar a su jefe. Si él supiera +qué hacer no habría venido a molestar a don Pablo. Estaba allí para que +él le aconsejase; más aún, para que pusiera remedio al mal, como +cristiano y como caballero, ya que estos dos títulos estaban siempre en +sus labios.</p> + +<p>—Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene +medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia.</p> + +<p>—¡El jefe!... ¡el jefe!—murmuró irónicamente don Pablo. Y quedó en +silencio, como si buscase la solución del asunto.</p> + +<p>Luego habló de María de la Luz. Había pecado gravemente y tenía mucho de +qué arrepentirse. Podía servirle de excusa ante Dios su estado +extraordinario, su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una +virtud, y el pecado carnal, pecado era... Había que salvar el alma de la +infeliz, facilitarla los medios pura que ocultase su vergüenza.</p> + +<p>—Yo creo—añadió después de una larga reflexión—que lo mejor será que +tu hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que +quiero enviarla a un convento cualquiera. Hablaré con mi madre: nosotros +sabemos hacer las cosas. Irá a un convento de señoras, de religiosas +distinguidas, y la dote será cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no +discuto. Cuatro mil, cinco mil duros... lo que sea. ¡Eh! ¡Me parece que +la solución no es mala! Allí, en el recogimiento, limpiará su alma de +culpas. Yo podré llevar entonces mi familia a la viña, sin miedo a que +los míos se rocen con una desdichada que ha cometido el más torpe de los +pecados, y ella vivirá como una gran señora, como una esposa distinguida +de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, ¡hasta con criadas, +Fermín!, y ya ves que esto vale algo más que quedarse en Marchamalo +guisando la comida de los viñadores.</p> + +<p>Fermín se había puesto de pie, pálido, con las cejas fruncidas.</p> + +<p>—¿Eso es todo lo que usted tiene que decir?—preguntó con voz sorda.</p> + +<p>El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qué, ¿no le parecía +bastante? ¿Tenía él una solución mejor? Y con inmensa extrañeza, como si +hablase de algo disparatado e inaudito, añadió:</p> + +<p>—¡A no ser que hayas soñado con que mi primo se case con tu hermana!...</p> + +<p>—No haría con ello nada de más. Esto es lo lógico, lo natural, lo que +aconseja el honor, lo único que puede hacer un cristiano como usted.</p> + +<p>Dupont volvió de nuevo a exaltarse.</p> + +<p>—¡Ta, ta! ¡Ya salió el cristianismo a gusto vuestro! Los que sois +<i>verdes</i> y no conocéis la religión más que por fuera, os fijáis en +ciertas exterioridades para echárnoslas en cara cuando os conviene. +Claro es que todos somos hijos de Dios, y que los buenos gozarán +igualmente de su gloria: pero mientras vivimos en la tierra, el orden +social que viene de lo alto, exige que existan jerarquías y que éstas se +respeten sin confundirse. Consulta el caso con un sabio, pero un sabio +de verdad; con mi amigo, el Padre Urizábal o algún fraile eminente, y +verás qué te contesta: lo mismo que yo. Debemos ser buenos cristianos, +perdonar las ofensas, auxiliarnos con la limosna y facilitar al prójimo +los medios para que salve el alma: pero cada uno en el círculo social +que le ha marcado Dios, en la familia que le destinó al nacer, sin +asaltar las barreras divisorias con intentos de falsa libertad, cuyo +verdadero nombre es libertinaje.</p> + +<p>Montenegro hacía esfuerzos por contener la cólera.</p> + +<p>—Mi hermana es buena y es honrada, a pesar de todo—dijo mirando +audazmente a don Pablo;—mi padre es el trabajador más bondadoso y más +pacífico del campo de Jerez: yo soy joven, pero no he hecho mal a nadie, +y tengo la conciencia tranquila. Los Montenegros somos pobres: pero +nadie tiene derecho a despreciarlos ni a deshonrarles por el egoísmo del +placer. Nadie, ¿lo entiende usted, don Pablo? nadie: y el que lo intenta +no sale del mal paso impunemente. Somos tan buenos como los que más, y +mi hermana, aunque pobre, puede entrar por la puerta grande en una +familia que, aunque posea millones, tiene en su seno hombres como Luis y +hembras como las <i>Marquesitas</i>.</p> + +<p>En otro momento hubiera tenido que ver el arranque de cólera de Dupont +ante las amenazas y las insolencias de su dependiente. Pero ahora +parecía intimidado por la mirada del joven, por el acento de su voz, que +temblaba con expresión amenazadora.</p> + +<p>—¡Hombre!, ¡hombre!—exclamó, queriendo indignarse sin conseguirlo, y +adoptando una dulzura bonachona.—Piensa lo que dices. Ya sé que mi +primo y esas otras dos, son gente mala. ¡Bastantes disgustos me dan! +Pero llevan mis apellidos, y tú debes hablar de ellos con mayores +miramientos por ser de mi casa. Además, ¿qué sabes tú de lo que les +tiene reservada la gracia del Altísimo?... La Magdalena era peor que +esas dos desgraciadas, mucho peor, y murió como una santa. Luis es malo, +pero mayores escándalos dieron en su juventud algunos santos varones. +Ahí tienes a San Agustín, padre de la Iglesia, columna de la +cristiandad. San Agustín, siendo joven...</p> + +<p>El timbre del teléfono cortó la palabra a Dupont, que iba a comenzar el +relato de la vida del gran africano, sin fijarse en el gesto de +indiferencia de Fermín.</p> + +<p>Durante algunos minutos permaneció don Pablo con el oído en el aparato, +prorrumpiendo en alegres exclamaciones, como si le satisfaciese lo que +le decían.</p> + +<p>Cuando volvió hacia Montenegro, ya no parecía acordarse de lo que +motivaba la visita de éste.</p> + +<p>—¡Van a entrar, Fermín!—exclamó frotándose los manos.—Me dicen de +parte del alcalde, que los de Caulina comienzan a dirigirse hacia la +ciudad. Un poco de susto en el primer momento, y después <i>¡pum, pum, +pum!</i> el escarmiento que les hace falta, el presidio, y hasta su poquito +de garrote, para que vuelvan a ser prudentes y nos dejen quietos una +temporada.</p> + +<p>Don Pablo iba a mandar que cerrasen las puertas y las ventanas bajas de +su hotel. Si Fermín no quería quedarse, debía salir cuanto antes.</p> + +<p>El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la +próxima invasión de desesperados, y empujaba a Fermín, acompañándolo +hasta la puerta, como si olvidase su asunto.</p> + +<p>—¿En qué quedamos, don Pablo?</p> + +<p>—¡Ah, sí! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo +hablaré con mi madre. Lo del convento es lo mejor: créeme.</p> + +<p>Y como sorprendiese en el rostro de Fermín una mueca de protesta, volvió +a su tono de humanidad.</p> + +<p>—Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lástima de mi y de mi +familia. ¿No tenemos aún bastantes penas? Las niñas del marqués, que nos +avergüenzan viviendo con la canalla: Luis, que parecía en el buen +camino, y ahora sale con esa aventura... ¿Y aun quieres afligirnos a mi +madre y a mí, pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una +viña? Yo creía que nos considerabas más. Ten compasión de mí, hombre: +tenme compasión.</p> + +<p>—Sí, don Pablo, le compadezco—dijo Fermín irónicamente, deteniéndose +en la puerta.—Es usted digno de lástima por el estado de su alma. Su +religión es distinta de la mía.</p> + +<p>Dupont se hizo atrás, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le +habían tocado el punto vulnerable de su verbosidad. ¡Y un empleado suyo +se atrevía a decirle tales cosas!...</p> + +<p>—Mi religión... mi religión—exclamó colérico, no sabiendo por dónde +comenzar.—¿Qué tienes tú que decir de ella? Mañana discutiremos en el +escritorio... y si no, ahora mismo...</p> + +<p>Pero Fermín no le dejó continuar.</p> + +<p>—Mañana no será fácil—dijo con calma.—No nos veremos mañana, y tal +vez nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... ¡Salud, don Pablo! No +volveré a molestarle: no tendrá usted que pedirme más compasión. Lo que +me toque hacer, lo haré por mí mismo.</p> + +<p>Y, precipitadamente, salió del hotel. Cuando llegó a la calle comenzaba +a anochecer.</p> + + + +<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p> + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + + +<p>A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso +llano de Caulina. Presentábanse como negras bandadas, saliendo de todos +los puntos del horizonte.</p> + +<p>Unos bajaban de la serranía, otros venían de los cortijos del llano, o +de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina +después de rodear la ciudad. Los había de los confines de Málaga y de la +vecindad de Sanlúcar de Barrameda. El aviso misterioso había volado de +los ventorros a los ranchos, por toda la extensa campiña, y cuantos +trabajaban en ella acudían presurosos, creyendo llegado el momento de la +venganza.</p> + +<p>Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba +próximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los ricos, con sus +bodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el +esplendor de su ruina.</p> + +<p>Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la llanura +cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirábanse hacia +el fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que crecía y crecía, +alimentada incesantemente con nuevos grupos.</p> + +<p>Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres tostados, +enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la lustrosa epidermis. +Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas +salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el +desgaste que la nutrición, y la ausencia de músculos estaba suplida por +los manojos de tendones engruesados por el esfuerzo.</p> + +<p>Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcían +un olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un chaquetón +haraposo. Los que habían salido de Jerez para unirse a ellos, se +distinguían por sus capas, por su aspecto de obreros de ciudad, más +próximos en sus costumbres a los señores que a la gente del campo.</p> + +<p>Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros, +con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos rostros en los que se +mostraba toda la gradación del gesto humano, desde la indiferencia +abobada y bestial, a la acometividad del que nace bien preparado para la +lucha por la vida.</p> + +<p>Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenían la +faz prolongada y ósea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y +resignado: eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco, +para rumiar sin la más leve idea de protesta, con inmovilidad solemne. +Otros mostraban el hocico elástico y bigotudo, los ojos de reflejo +metálico de los felinos: eran los hombres-fieras, que se estremecían, +dilatando sus narices, como si percibiesen ya el olor de la sangre. Y +los más, de cuerpo negro y miembros retorcidos y angulosos como +sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la tierra de +donde habían surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados a +morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que +desechasen los fuertes.</p> + +<p>La agitación de la rebeldía, el apasionamiento de la venganza, el +egoísmo de mejorar su suerte, parecían igualarlos a todos, con una +semejanza de familia. Muchos, al abandonar su vivienda habían tenido que +arrancarse de los brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el +peligro, pero al verse entre los <i>compañeros</i>, erguíanse arrogantes, +mirando a Jerez con ojos bravucones, como si fueran a comérsela.</p> + +<p>—¡Vamos!—exclamaban.—¡Que da ánimo ver tantos probes juntos, +dispuestos a hacer una hombrada!...</p> + +<p>Eran más de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos, +embozándose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la +pregunta, se dirigían a los que aguardaban en el llano.</p> + +<p>—¿Qué hay?...</p> + +<p>Y los que oían la pregunta parecían devolverla con la mirada. «Sí; ¿qué +hay?» Todos estaban allí, sin saber por qué, ni para qué; sin conocer +con certeza quién era el que los convocaba.</p> + +<p>Había circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al +anochecer, sería la gran revolución, y ellos acudían exasperados por las +miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola +vieja, las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo +revés podían hacer saltar una cabeza.</p> + +<p>Llevaban algo más: la fe que acompaña a toda muchedumbre en los primeros +momentos de rebeldía, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las +más absurdas noticias, exagerándolas cada cual por su cuenta para +engañarse a sí mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de +sus disparatadas invenciones.</p> + +<p>La iniciativa de la reunión, la primera noticia, la creían obra del +<i>Madrileño</i>, un joven forastero que había aparecido en el campo de Jerez +en plena huelga, enardeciendo a los simples con sus predicaciones +sanguinarias. Nadie le conocía, pero era muchacho de gran verbosidad y +pájaro de cuenta, a juzgar por las amistades de que hacía gala. Le había +enviado Salvatierra, según él decía, para suplirle en su ausencia.</p> + +<p>El gran movimiento social que iba a cambiar la faz del mundo, debía +iniciarse en Jerez. Salvatierra y otros hombres no menos famosos +estaban ya ocultos en lo ciudad, para presentarse en el momento +oportuno. Las tropas se unirían a los revolucionarios apenas entrasen +éstos en la población.</p> + +<p>Y los crédulos, con la viveza imaginativa de su raza, aderezaban la +noticia, adornándola con toda clase de detalles. Una confianza ciega se +esparcía por los grupos. No iba a correr más sangre que la de la gente +rica. Los soldados estaban con ellos; los oficiales también estaban al +lado de la revolución. Hasta la guardia civil, tan odiada por los +braceros, merecía su simpatía momentáneamente. Los tricornios también se +ponían de parte del pueblo. Salvatierra andaba en ello y su nombre +bastaba para que todos aceptasen el prodigio sobrenatural.</p> + +<p>Los más viejos, los que habían presenciado el levantamiento de +Septiembre contra los Borbones, eran los más crédulos y confiados. Ellos +<i>habían visto</i> y no necesitaban que nadie les probase las cosas. Los +generales sublevados, los jefes de la escuadra, no habían sido más que +autómatas, sometidos al poder del grande hombre de aquella tierra. Don +Fernando lo había hecho todo: él había sublevado los barcos, él había +arrojado los batallones a Alcolea contra las tropas que venían de +Madrid. ¿Y lo que hizo por destronar a una reina y preparar el aborto de +una República sietemesina, no había de repetirlo cuando se trataba nada +menos que de conquistar el pan para los pobres?...</p> + +<p>La historia de aquel país, la tradición de la tierra gaditana, provincia +de revoluciones, influía en la credulidad de las gentes. Habían visto +con tanto facilidad, de la noche a la mañana, derribar tronos y +ministerios, y hasta llevar presos a reyes, que nadie dudaba de la +posibilidad de una revolución de mayor importancia que las anteriores, +pues aseguraría el bienestar de los infelices.</p> + +<p>Transcurrieron las horas y comenzaba a ocultarse el sol, sin que la +muchedumbre supiese con certeza qué aguardaba y hasta cuándo iba a +permanecer allí.</p> + +<p>El tío <i>Zarandilla</i> iba de un grupo a otro para satisfacer su +curiosidad. Se había escapado de Matanzuela, riñendo con la vieja que +quería impedirle el paso, desoyendo los consejos del aperador, que le +recordaba que a sus años no estaba para aventuras. Quería ver de cerca +lo que era una <i>rigolución</i> de pobres; presenciar el bendito momento (si +es que llegaba) en que los trabajadores de la tierra se quedasen con +ella por riñones, partiéndola en pequeñas parcelas, poblando las +inmensas y deshabitadas propiedades, realizando su ensueño.</p> + +<p>Intentaba reconocer a la gente con sus débiles ojos, extrañándose de la +inmovilidad de los grupos, de la incertidumbre, de la falta de plan.</p> + +<p>—Yo he servío, muchachos—decía;—yo he hecho la guerra, y esto que +preparáis ahora es lo mismo que una batalla. ¿Dónde tenéis la bandera? +¿Dónde está el general?...</p> + +<p>Por más que giraba en torno de él su mirada turbia, sólo veía grupos de +gentes que parecían abobadas por una espera sin término. ¡Ni general, ni +bandera!</p> + +<p>—Malo, malo—musitaba <i>Zarandilla</i>.—Me paece que me güelvo al cortijo. +La vieja tenía razón; esto güele a palos.</p> + +<p>Otro curioso iba también de grupo en grupo, oyendo las conversaciones. +Era <i>Alcaparrón</i>, con el doble sombrero hundido basta las orejas, +moviendo su cuerpo, con femenil contoneo, dentro del traje haraposo. Los +gañanes acogíanlo con risas. ¿Él también allí?... Le darían un fusil +cuando entrasen en la ciudad; a ver si se batía con los burgueses como +un valiente.</p> + +<p>Pero el gitano contestaba a la proposición con exagerados ademanes de +miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. ¡Coger él un fusil! +¿Acaso habían visto muchos gitanos que fuesen soldados?...</p> + +<p>—Pero robar sí que robarás—le decían otros.—Cuando toque el momento +del reparto ¡cómo te vas a poner el cuerpo, gachó!</p> + +<p>Y <i>Alcaparrón</i> reía como un mono, frotándose las manos al hablar del +saqueo, halagado en sus atávicos instintos de raza.</p> + +<p>Un antiguo gañán de Matanzuela le recordó a su prima Mari-Cruz.</p> + +<p>—Si eres hombre, <i>Alcaparrón</i>, esta noche podrás vengarte. Toma esta +hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis.</p> + +<p>El gitano rehusó la mortífera herramienta, huyendo del grupo para +ocultar sus lágrimas.</p> + +<p>Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movían, +prorrumpiendo en protestas. ¡A ver! ¿quién mandaba allí? ¿Iban a +permanecer toda la noche en Caulina? ¿Dónde estaba Salvatierra? ¡Que se +presentase!... Sin él no iban a ninguna parte.</p> + +<p>La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oyó la voz +de trueno de Juanón sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta +se elevaron por encima de las cabezas.</p> + +<p>—¿Pero quién dio la orden para reunirnos?... ¿El <i>Madrileño?</i> A ver: +que venga: que lo busquen.</p> + +<p>Los obreros de la ciudad, el núcleo de compañeros de la <i>idea</i> que había +salido de Jerez y tenía empeño en volver a entrar con la gente del +campo, se agrupó en torno de Juanón, adivinando en él al jefe que iba a +unir todas las voluntades.</p> + +<p>Encontraron, por fin, al <i>Madrileño</i>, y Juanón lo abordó para saber qué +hacían allí. El forastero se expresaba con gran verbosidad, pero sin +decir nada.</p> + +<p>—Nos hemos reunido para la revolución, eso es: para la revolución +social.</p> + +<p>Juanón daba patadas de impaciencia. ¿Pero y Salvatierra? ¿Dónde estaba +don Fernando?... El <i>Madrileño</i> no le había visto, pero sabía, le +habían dicho, que estaba en Jerez aguardando la entrada de la gente. +También sabía, o más bien, le habían dicho, que la tropa estaría con +ellos. La guardia de la cárcel andaba en el <i>ajo</i>. No había más que +presentarse, y los mismos soldados abrirían las puertas, poniendo en +libertad a todos los compañeros presos.</p> + +<p>El gigantón quedó un momento pensativo, rascándose la frente, como si +quisiera ayudar con estos restregones la marcha de su pensamiento +embrollado.</p> + +<p>—Está bien—exclamó después de larga pausa.—Esto es cuestión de ser +hombres, o de no serlo: de meterse en la ciudad, y salga lo que saliere, +o de marcharse a dormir.</p> + +<p>Brillaba en sus ojos la fría resolución, el fatalismo de los que se +resignan a ser conductores de hombres. Echaba sobre él la +responsabilidad de una rebelión que no había preparado. Sabía tanto del +movimiento sedicioso, como aquella gente que parecía absorta en la +penumbra del crepúsculo, sin acertar a explicarse qué hacía allí.</p> + +<p>—¡Compañeros!—gritó imperiosamente.—¡A Jerez los que tengan riñones! +Vamos a sacar de la cárcel a nuestros pobres hermanos... y a lo que se +tercie. Salvatierra está allí.</p> + +<p>El primero en aproximarse al improvisado caudillo, fue Paco el de +Trebujena, el bracero rebelde, despedido de todos los cortijos, que +andaba por el campo con su borriquillo vendiendo aguardiente y papeles +revolucionarios.</p> + +<p>—Yo voy contigo, Juanón, ya que el compañero Fernando nos espera.</p> + +<p>—¡El que sea hombre, y tenga vergüenza, que me siga!—continuó Juanón a +grandes gritos, sin saber ciertamente adonde conducir a los compañeros.</p> + +<p>Pero a pesar de sus llamamientos a la virilidad y la vergüenza, la mayor +parte de los reunidos se hacía atrás instintivamente. Un rumor de +desconfianza, de inmensa decepción, elevábase de la muchedumbre. Los +más, pasaban de golpe del entusiasmo ruidoso al recelo y al miedo. Su +fantasía de meridionales, siempre dispuesta a lo inesperado y +maravilloso, les había hecho creer en la aparición de Salvatierra y +otros revolucionarios célebres, todos montados en briosos corceles, como +caudillos arrogantes e invencibles, seguidos de un gran ejército que +surgía milagrosamente de la tierra. ¡Asunto de acompañar a estos +auxiliares poderosos en su entrada en Jerez, reservándose la fácil tarea +de matar a los vencidos y adjudicarse sus riquezas! Y en vez de esto, +les hablaban de entrar solos en aquella ciudad, que se dibujaba en el +horizonte, sobre el último resplandor de la puesta del sol y parecía +guiñarles satánicamente los ojos rojizos de su alumbrado, como +atrayéndolos a una emboscada. Ellos no eran tontos. La vida resultaba +dura con su exceso de trabajo y su hambre perpetua; pero peor era +morir. ¡A casa! ¡a casa!...</p> + +<p>Y los grupos comenzaron a desfilar en dirección opuesto a la ciudad; a +perderse en la penumbra, sin querer oír los insultos de Juanón y los más +exaltados.</p> + +<p>Estos, temiendo que la inmovilidad facilitase las deserciones, dieron la +orden de marcha.</p> + +<p>—¡A Jerez! ¡A Jerez!...</p> + +<p>Emprendieron el camino. Eran unos mil; los obreros de la ciudad, y los +hombres-fieras, que habían ido a la reunión oliendo sangre y no podían +retirarse, como si les empujase un instinto superior a su voluntad.</p> + +<p>Al lado de Juanón, entre los más animosos, marchaba el <i>Maestrico</i>, +aquel muchacho que pasaba las noches en la gañanía, enseñándose a leer y +escribir.</p> + +<p>—Creo que vamos mal—decía a su vigoroso compañero.—Marchamos a +ciegas. He visto hombres que corrían hacia Jerez, para avisar nuestra +llegada. Nos esperan; pero no para nada bueno.</p> + +<p>—Tú te cayas, <i>Maestrico</i>—repuso imperiosamente el caudillo, que, +orgulloso de su cargo, acogía como una irreverencia la menor +objeción.—Te cayas; eso es. Y si tienes miedo, te najas como los otros. +Aquí no queremos cobardes.</p> + +<p>—¡Yo cobarde!—exclamó con sencillez el muchacho.—Adelante, Juanón. +¡Pa lo que vale la vida!...</p> + +<p>Marchaban silenciosos, con la cabeza baja, como si fuesen a embestir a +la ciudad. Trotaban cual si deseasen salir lo antes posible de la +incertidumbre que les acompañaba en su carrera.</p> + +<p>El <i>Madrileño</i> explicaba su plan. A la cárcel seguidamente: a sacar a +los compañeros presos. Allí se les uniría la tropa. Y Juanón, como si no +se pudiera ordenar nada que no fuese por su voz, repetía a gritos:</p> + +<p>—¡A la cárcel, muchachos! ¡A salvar a nuestros hermanos!</p> + +<p>Dieron un largo rodeo para entrar en la ciudad por una callejuela, como +si les avergonzase pisar las vías anchas y bien iluminadas. Muchos de +aquellos hombres habían estado en Jerez muy contadas veces, desconocían +las calles y seguían a sus conductores con la docilidad de un rebaño, +pensando con inquietud en el modo de salir de allí si les obligaban a +escapar.</p> + +<p>La avalancha negra y muda avanzaba con sordo tropel de pasos que +conmovía el piso. Cerrábanse las puertas de las casas, apagábanse las +luces en las ventanas. Desde un balcón los insultó una mujer.</p> + +<p>—¡Canallas! ¡Gentuza ordinaria! ¡Ojalá os ahorquen, que es lo que +merecéis!...</p> + +<p>Y en los guijarros del pavimento, resonó el choque de una vasija de +barro rompiéndose, sin que los fragmentos alcanzasen a nadie. Era la +<i>Marquesita</i>, que desde el balcón del ganadero de cerdos, indignábase +contra aquella gentuza, antipática por su ordinariez, que osaba amenazar +a las personas decentes.</p> + +<p>Sólo unos pocos levantaron la cabeza: Los demás siguieron adelante, +insensibles a la ridícula agresión, deseando llegar cuanto antes al +encuentro de los amigos. Los que eran de la ciudad reconocieron a la +<i>Marquesita</i>, y al alejarse contestaron sus insultos con palabras tan +clásicas como impúdicas. ¡Pero qué <i>punta</i> aquella! De no ir de prisa, +la hubieran dado una zurra por debajo de las enaguas...</p> + +<p>La columna sufrió cierto reflujo al subir la cuesta que conducía a la +plaza de la Cárcel: el sitio de peor sombra de la ciudad. Muchos de los +rebeldes se acordaban de los camaradas de <i>La Mano Negra</i>: allí les +habían dado garrote.</p> + +<p>La plaza estaba solitaria: el antiguo convento convertido en cárcel +tenía cerradas todas sus aberturas, sin una luz en las rejas. Hasta el +centinela se había ocultado detrás del gran portón.</p> + +<p>Detúvose la cabeza de la columna al entrar en la plaza, resistiendo el +empujón de los que venían detrás. ¡Nadie! ¿Quién iba a ayudarles? ¿Dónde +estaban los soldados que debían unirse a ellos?...</p> + +<p>No tardaron en saberlo. De una reja baja partió una llama fugaz, una +línea roja disolviéndose en humo. Un trallazo enorme y seco conmovió la +plaza. Después, otro y otro, hasta nueve, que a la gente, inmóvil por +la sorpresa, le parecieron infinitos en número. Era la guardia, que +hacía fuego antes de que ellos se pusieran delante de los fusiles.</p> + +<p>La sorpresa y el terror dieron a algunos un cándido heroísmo. Avanzaban +gritando, con los brazos abiertos.</p> + +<p>—¡No tiréis, hermanos, que nos han vendío!... ¡Hermanos: que no venimos +por la mala!...</p> + +<p>Pero los hermanos eran duros de oreja, y seguían tirando. De pronto se +inició en la turba el pavor de la fuga. Corrieron todos cuesta abajo, +cobardes y valientes, empujándose unos a otros, atropellándose, como si +les azotasen las espaldas aquellos disparos que seguían conmoviendo la +plaza desierta.</p> + +<p>Juanón y los más enérgicos, contuvieron al doblar una esquina el +torrente de hombres. Los grupos se rehicieron: pero más pequeños, menos +compactos. Ya no eran más que unos seiscientos hombres. El crédulo +caudillo blasfemaba con voz sorda.</p> + +<p>—A ver: que venga el <i>Madrileño</i>: que nos explique esto.</p> + +<p>Pero fue inútil buscarle. El <i>Madrileño</i> había desaparecido en la +dispersión, se había ocultado en las callejuelas al sonar los disparos, +como todos los que conocían la ciudad. Sólo quedaban al lado de Juanón +los que eran de la sierra y marchaban a tientas por las calles, +asombrados de ir de un lado a otro, sin ver a nadie, como si la ciudad +estuviese deshabitada.</p> + +<p>—Ni Salvatierra está en Jerez, ni sabe nada de esto—dijo el +<i>Maestrico</i> a Juanón.—Me paece que nos la han dao.</p> + +<p>—Lo mismo creo—contestó el atleta.—¿Y qué vamos a jacer? Ya que +estamos aquí, vámonos al centro de Jerez, a la calle Larga.</p> + +<p>Emprendieron una marcha en desorden por el interior de la ciudad. Lo que +les tranquilizaba, infundiéndoles cierto valor, era no encontrar +obstáculos ni enemigos. ¿Dónde estaba la guardia civil? ¿Por qué se +ocultaba la tropa? El hecho de permanecer encerrada en sus +acuartelamientos, dejando la ciudad en poder de ellos, les infundía la +absurda esperanza de que aún era posible la aparición de Salvatierra, al +frente de las tropas sublevadas.</p> + +<p>Llegaron sin ningún obstáculo a la calle Larga. Ninguna precaución a su +llegada. La vía estaba limpia de transeúntes; pero en los casinos los +balcones mostrábanse iluminados; los pisos bajos no tenían otro cierre +que las cancelas de cristales.</p> + +<p>Los rebeldes pasaban ante las sociedades de los ricos lanzándolas +miradas de odio, pero sin detenerse apenas. Juanón esperaba un arrebato +de cólera del rebaño miserable: hasta se preparaba a intervenir con su +autoridad de jefe para aminorar la catástrofe.</p> + +<p>—¡Esos son los ricos!—decían en los grupos.</p> + +<p>—Los que nos engordan con gazpachos de perro.</p> + +<p>—Los que nos roban. ¡Míalos cómo se beben nuestra sangre!...</p> + +<p>Y después de una breve detención, seguían su desfile apresuradamente, +como si fuesen a alguna parte y temieran llegar con retraso.</p> + +<p>Empuñaban las terribles podaderas, las hoces, las navajas... ¡Que +saliesen los ricos y verían cómo rodaban sus cabezas sobre el +adoquinado! Pero había de ser en la calle, pues todos ellos sentían +cierta repugnancia a empujar las cancelas, como si los cristales fuesen +un muro infranqueable.</p> + +<p>Los largos años de sumisión y cobardía pesaban sobre la gente ruda al +verse frente a sus opresores. Además, les intimidaba la luz de la gran +calle, sus anchas aceras con filas de faroles, el resplandor rojo de los +balcones. Todos formulaban mentalmente la misma excusa para disculpar su +debilidad. ¡Si pillasen en campo raso a aquella gente!...</p> + +<p>Al pasar frente al <i>Círculo Caballista</i>, aparecieron tras los cristales +varias cabezas de jóvenes. Eran señoritos que seguían con inquietud mal +disimulada el desfile de los huelguistas. Pero al verles pasar de largo, +mostraron cierta ironía en sus ojos, recobrando la confianza en la +superioridad de su casta.</p> + +<p>—¡Viva la Revolución Social!—gritó el <i>Maestrico</i>, como si le doliese +pasar silencioso ante el nido de los ricos.</p> + +<p>Los curiosos desaparecieron, pero al ocultarse reían, causándoles la +aclamación gran regocijo. ¡Mientras se contentasen con gritar!...</p> + +<p>Llegaron en su marcha sin objeto a la plaza Nueva, y al ver que el jefe +se detenía, agrupáronse en torno de él, con la mirada interrogante.</p> + +<p>—¿Y ahora qué hacemos?—preguntaron con inocencia.—¿Adónde vamos?</p> + +<p>Juanón ponía un gesto feroz.</p> + +<p>—Podéis diros donde queráis; ¡pa lo que hacemos!... Yo a tomar el +fresco.</p> + +<p>Y arrebujándose en la manta, apoyó la espalda en la columna de un farol, +quedando inmóvil, en una actitud que revelaba desaliento.</p> + +<p>La gente se esparció, dividiéndose en pequeños grupos. Improvisábanse +jefes, guiando cada uno a los camaradas en distinta dirección. La ciudad +era suya: ¡ahora comenzaba lo bueno! Aparecía el instinto atómico de la +raza, incapaz de acometer nada en conjunto, privada del valor colectivo, +y que únicamente se siente fuerte y emprendedora cuando cada individuo +puede obrar por inspiración propia.</p> + +<p>La calle Larga se había oscurecido: los casinos estaban cerrados. +Después de la ruda prueba sufrida por los ricos, viendo pasar el desfile +amenazante, temían éstos un reculón de la fiera, arrepentida de su +magnanimidad, y todas las puertas se cerraban.</p> + +<p>Un grupo numeroso se dirigió al teatro. Allí estaban los ricos, los +burgueses. Había que matarlos a todos: un drama de verdad. Pero al +llegar los jornaleros ante la puerta iluminada, detuviéronse con un +temor que tenía algo de religioso. Nunca habían entrado allí. El aire, +caliente, cargado de emanaciones de gas, y el rumor de innumerables +conversaciones que se escapaban por las rendijas de la cancela, +intimidábanles como la respiración de un monstruo oculto tras las +cortinas rojas del vestíbulo.</p> + +<p>¡Que salieran! ¡que salieran y sabrían lo que era bueno!... ¿Pero, +entrar allí?...</p> + +<p>Asomaron a la puerta varios espectadores, atraídos por la noticia de la +invasión que llenaba las calles. Uno de ellos, con capa y sombrero de +señorito, osó avanzar hasta aquellos hombres envueltos en mantas, que +formaban un grupo frente al teatro.</p> + +<p>Cayeron sobre él, rodeándolo, con las podaderas y las hoces en alto, +mientras los otros espectadores huían, refugiándose en el teatro. ¡Ya +tenían, por fin, lo que buscaban! Era el burgués, el burgués ahíto, al +que había que sangrar, para que devolviese al pueblo toda la substancia +que había sorbido...</p> + +<p>Pero el <i>burgués</i>, un joven robusto, de mirada tranquila y franca, les +contuvo con un gesto.</p> + +<p>—¡Eh, compañeros! ¡Que soy un trabajador como vosotros!</p> + +<p>—Las manos: a ver las manos—rugieron algunos braceros, sin abatir sus +armas amenazantes.</p> + +<p>Y por entre los embozos de la capa, aparecieron unas manos fuertes, +cuadradas, con las uñas roídas por el trabajo. Uno tras otro, iban +aquellos hombres acariciando las palmas, apreciando sus duricias. Tenía +callos: era de los suyos. Y las armas amenazadoras volvían a ocultarse +bajo las mantas.</p> + +<p>—Sí, soy de los vuestros—siguió diciendo el joven.—Soy carpintero, +pero me gusta vestir como los señoritos, y en vez de pasar la noche en +la taberna, la paso en el teatro. Cada cual tiene sus aficiones...</p> + +<p>Esta decepción causó tal desaliento en los huelguistas, que muchos de +ellos se retiraron. ¡Cristo! ¿dónde se ocultaban los ricos?...</p> + +<p>Marchaban por las calles anchas y por las callejuelas apartadas, en +pequeños grupos, deseando encontrar a alguien, para que les enseñase las +manos. Era el mejor medio de reconocer a los enemigos del pobre. Pero ni +con callos ni sin ellos, encontraban a nadie ante su paso.</p> + +<p>La ciudad parecía desierta. La gente, viendo que la fuerza armada seguía +oculta en los cuarteles, corría a encerrarse en sus casas, exagerando la +importancia de la invasión, creyendo que eran millones de hombres los +que ocupaban las calles y los alrededores de la ciudad.</p> + +<p>Un grupo de cinco braceros tropezó en una calleja con un señorito. Eran +de los más feroces de la banda; hombres que sentían una impaciencia +homicida, al ver que transcurrían las horas sin que corriese la sangre.</p> + +<p>—Las manos; enséñanos las manos—rugieron rodeándole, elevando sobre su +cabeza las cuchillas cuadradas y relucientes.</p> + +<p>—¡Las manos!—contestó de mal humor el joven, desembozándose.—¿Y por +qué he de enseñarlas? No me da la gana.</p> + +<p>Pero uno de ellos le agarró los brazos con sus zarpas, y de un violento +tirón, le hizo enseñar las manos.</p> + +<p>—¡No tié callos!—exclamaron con lúgubre alegría.</p> + +<p>Y se hicieron un paso atrás, como para caer sobre él con mayor ímpetu. +Pero les detuvo la serenidad del joven.</p> + +<p>—No tengo callos, ¿y qué? Pero soy un trabajador como vosotros. Tampoco +los tiene Salvatierra, ¡y para que seáis más revolucionarios que él!...</p> + +<p>El nombre de Salvatierra pareció detener en lo alto las pesadas +cuchillas.</p> + +<p>—Dejad al muchacho—dijo a espaldas de ellos la voz de Juanón.—Yo le +conozco y respondo de él. Es el amigo del compañero Fernando; es de la +<i>idea</i>.</p> + +<p>Aquellos bárbaros abandonaron a Fermín Montenegro con cierta pena, +viendo malogrado su placer. La presencia de Juanón les imponía respeto. +Además, por el fondo de la calleja avanzaba otro joven. Aquel no sería +de la <i>idea</i>; algún retoño de burgués, que se retiraba a su casa.</p> + +<p>Mientras Montenegro agradecía a Juanón su oportuna presencia, que le +salvaba de la muerte, verificábase un poco más allá el encuentro de los +braceros con el transeúnte.</p> + +<p>—Las manos, burgués; enséñanos las manos.</p> + +<p>El burgués era un adolescente pálido y desmedrado, un muchacho de +dieciséis años, con el traje raído, pero con gran cuello y vistosa +corbata; el lujo de los pobres. Temblaba de miedo al enseñar sus pobres +manos finas y anémicas, manos de escribiente encerrado a las horas de +sol en la jaula de una oficina. Lloraba, al excusarse con palabras +entrecortadas, mirando las podaderas con ojos de terror, como si le +hipnotizase el frío del acero. Venía del escritorio... había velado... +estaban en el trabajo del balance...</p> + +<p>—Gano dos pesetas, señores... dos pesetas. No me peguen... me iré a +casa; mi madre me espera... ¡aaay!...</p> + +<p>Fue un alarido de dolor, de miedo, de desesperación, que conmovió toda +la calle. Un aullido espeluznante, al mismo tiempo que estallaba algo +como una olla rota, y el joven caía de espaldas en el suelo.</p> + +<p>Juanón y Fermín, estremecidos de horror, corrieron hacia el grupo, +viendo en el centro de él al muchacho, con la cabeza en un charco negro +que crecía y crecía, y las piernas estirándose y contrayéndose con el +estertor agónico. Una podadera le había abierto el cráneo, rompiendo los +huesos.</p> + +<p>Los brutos parecían satisfechos de su obra.</p> + +<p>—Mialo—decía uno de ellos.—¡El aprendiz de burgués! Se muere como un +pollo... Ya vendrán luego los maestros.</p> + +<p>Juanón prorrumpió en blasfemias. ¿Esto era todo lo que sabían hacer? +¡Cobardes! Habían pasado ante los casinos, donde estaban los ricos, los +verdaderos enemigos, sin ocurrírseles más que dar voces, temiendo romper +los cristales que eran su única defensa. Sólo servían para asesinar a un +niño, a un trabajador como ellos, a un pobre <i>zagal</i> de escritorio, que +ganaba dos pesetas y tal vez mantenía a su madre.</p> + +<p>Fermín llegó a temer que el atleta cayese navaja en mano sobre sus +compañeros.</p> + +<p>—¡Aonde ir con estos brutos!—rugía Juanón.—Premita Dios u el demonio +que nos cojan a todos y nos ajorquen... Y a mí el primero, por bestia; +por haber creído que servíais pa algo.</p> + +<p>El desdichado hombretón se alejó, queriendo evitar un choque con sus +feroces camaradas. Estos escaparon también, como si las palabras del +jayán les hubiesen devuelto la razón.</p> + +<p>Montenegro, al verse solo frente al cadáver, tuvo miedo. Comenzaban a +crujir algunas ventanas después de la fuga precipitada de los matadores +y huyó, temiendo que le sorprendiesen los vecinos junto al muerto.</p> + +<p>No se detuvo en su fuga hasta llegar a las calles grandes. Allí creía +estar mejor guardado de las fieras sueltas, que iban exigiendo que las +enseñasen las manos.</p> + +<p>Al poco rato pareciole que la ciudad despertaba. Sonó a lo lejos un +estruendo que hacía temblar el suelo, y poco después pasó al trote un +escuadrón de lanceros por la calle Larga. Luego, al extremo de ésta, +brillaron las hileras de bayonetas y avanzó la infantería con rítmico +paso. Las fachadas de las grandes casas parecían alegrarse abriendo de +golpe sus puertas y balcones.</p> + +<p>La fuerza armada extendíase por toda la ciudad. La luz de los faroles +hacía brillar los cascos de los jinetes, las bayonetas de los infantes, +los tricornios charolados de la guardia civil. En la penumbra se +destacaban las manchas rojas de los pantalones de la tropa y los +correajes amarillos de los guardias.</p> + +<p>Los que habían contenido en el encierro a estas fuerzas, creían llegado +el momento de esparcirlas. Durante algunas horas, la ciudad se había +entregado, sin resistencia, fatigándose en una monótona espera por la +parsimonia de los rebeldes. Pero ya había corrido la sangre. Bastaba un +solo cadáver, el cadáver que justificaría las crueles represalias, para +que despertase la autoridad de su sueño voluntario.</p> + +<p>Fermín pensaba, con honda tristeza, en el infeliz escribiente, tendido +allá en la callejuela, víctima explotada hasta en su muerte, que +facilitaba el pretexto buscado por los poderosos.</p> + +<p>Comenzó por todo Jerez la cacería de hombres. Pelotones de guardia civil +y de infantería de línea, guardaban inmóviles la entrada de las calles, +mientras la caballería y fuertes patrullas de a pie ojeaban la ciudad, +deteniendo a los sospechosos.</p> + +<p>Fermín iba de un lado a otro sin encontrar obstáculos. Su exterior era +de señorito, y la fuerza armada sólo daba caza a las mantas, a los +sombreros de campo, a los chaquetones rudos; a todos los que tenían +aspecto de trabajadores. Montenegro los veía pasar en fila, camino de la +cárcel, entre las bayonetas y las grupas de los caballos, unos abatidos, +como si les sorprendiese la aparición hostil de la fuerza armada «que +había de unirse a ellos»: otros, asombrados, no comprendiendo cómo las +cuerdas de presos despertaban tal alegría en la calle Larga, cuando +habían desfilado por ella horas antes como triunfadores, sin permitirse +el menor atropello.</p> + +<p>Era un continuo transitar de gentes prisioneras, cogidas en el momento +en que intentaban salir de la población. Otros habían sido detenidos en +el refugio de las tabernas o tropezados al azar en aquel ojeo que +envolvía las calles.</p> + +<p>Algunos eran de la ciudad. Habían salido de sus casas poco antes, al +ver terminada la invasión, pero su aspecto de pobres bastaba para que +los detuviesen como si fueran rebeldes. Y los grupos de prisioneros +pasaban y pasaban. La cárcel resultaba pequeña para tanta gente. Muchos +eran conducidos a los acuartelamientos de la tropa.</p> + +<p>Fermín sentíase fatigado. Desde el anochecer que vagaba por Jerez en +busca de un hombre. La entrada de los huelguistas, la incertidumbre de +lo que podría resultar de esta aventura, le habían distraído durante +algunas horas, haciéndole olvidar sus asuntos. Pero ahora, finalizado el +suceso, sentía desvanecerse su excitación nerviosa y que el cansancio se +apoderaba de él.</p> + +<p>Pensó por un momento en retirarse a su hospedaje. Pero sus asuntos no +eran de los que podían dejarse para el día siguiente. Era preciso +aquella misma noche, en seguida, terminar la cuestión que le hizo salir +como un loco del hotel de don Pablo, separándose de éste para siempre.</p> + +<p>Volvió a vagar por las calles en busca de su hombre, sin fijarse ya en +las ristras de prisioneros que pasaban junto a él.</p> + +<p>Cerca de la plaza Nueva ocurrió el deseado encuentro:</p> + +<p>—¡Viva la guardia civil! ¡Vivan las personas decentes!...</p> + +<p>Era Luis Dupont el que gritaba, en medio del silencio que imponían a la +ciudad tantos fusiles en sus calles. Iba borracho: bien a las claras lo +daban a entender sus ojos brillantes y su aliento fétido. Detrás de él +marchaban el <i>Chivo</i>, y un camarero de colmado, con vasos en las manos y +botellas en los bolsillos.</p> + +<p>Luis, al reconocer a Fermín, se arrojó en sus brazos queriendo besarle. +¡Qué jornada! ¿eh?... ¡qué victoria! Y hablaba, como si fuese él solo +quien había puesto en dispersión a los huelguistas.</p> + +<p>Al saber que la gentuza entraba en la ciudad, se había metido con su +valiente acólito en el colmado del <i>Montañés</i>, cerrando bien las puertas +para que nadie les estorbase. Había que hacer genio, beber un poco antes +de emprender la faena. Tiempo les quedaba para salir y hacer correr a +tiros a la canalla. Él y el <i>Chivo</i> se bastaban para ello. Convenía que +el enemigo se entretuviese y tomase confianza, hasta el momento oportuno +en que surgiesen ellos dos como ministros de la muerte. Y por fin, +habían salido con el revólver en una mano y el cuchillo en la otra: ¡<i>la +fin</i> del mundo!; pero con tan mala sombra, que encontraron ya las tropas +en las calles. Aun así, algo habían hecho.</p> + +<p>—Yo—decía el borracho con orgullo—he ayudado a detener a más de una +docena. Además, he repartido no sé cuántas bofetadas entre esa gentuza, +que, luego de acorralada, aún hablaba mal de las personas decentes... +¡Buena tunda van a llevar!... ¡Viva la guardia civil! ¡Vivan los ricos!</p> + +<p>Y como si estas aclamaciones le secasen el gaznate, hizo una seña al +<i>Chivo</i>, que acudió, presentando dos cañas de vino.</p> + +<p>—Bebe—ordenó Luis a su amigo.</p> + +<p>Fermín vaciló.</p> + +<p>—No tengo ganas de beber—dijo con voz sorda.—Lo que deseo, es hablar +contigo, y en seguida. Hablar de algo muy interesante...</p> + +<p>—Está bien: ya hablaremos—contestó el señorito sin dar importancia a +la petición.—Hablaremos tres días seguidos: pero primero hay que +cumplir el deber. Quiero obsequiar con una copa a todos los valientes +que conmigo han salvado a Jerez. Porque, créeme, Ferminillo, que soy yo, +sólo yo, quien ha resistido a esos pillos. Mientras las tropas estaban +en los cuarteles, yo estaba en mi sitio. ¡Me parece que la ciudad me lo +debe agradecer, haciéndome algo!...</p> + +<p>Pasó un pelotón de jinetes, con los caballos al trote. Luis avanzó hacia +el oficial, llevando en alto una copa de vino; pero el militar pasó +adelante sin hacer caso del ofrecimiento, seguido de sus soldados, que +casi atropellaron al señorito.</p> + +<p>Su entusiasmo no se enfrió por esta falta de atención.</p> + +<p>—¡Olé, los jinetes garbosos!—dijo arrojando su sombrero a las patas +traseras de los caballos.</p> + +<p>Y al recogerlo, cuadrose, y con gesto grave, llevándose una mano al +pecho, gritó:</p> + +<p>—¡Viva el ejército!</p> + +<p>Fermín no quería soltarlo, y armándose de paciencia le acompañó en su +excursión por las calles. Se detenía el señorito ante los grupos de +soldados, haciendo avanzar a sus dos acompañantes con toda la provisión +de botellas y copas.</p> + +<p>—¡Olé los hombres valientes! ¡Viva la caballería... y la infantería... +y la artillería aunque no esté! Una copa, mi teniente.</p> + +<p>Los oficiales, malhumorados por esta jornada estúpida, sin gloria y sin +peligro, repelían con un gesto severo al borracho. ¡Adelante! Allí nadie +bebía.</p> + +<p>—Pues ya que no pueden ustedes beber—insistía el señorito con la +pesadez del ebrio—yo la beberé por ustedes. ¡A la salud de los hombres +guapos!... ¡Muera la pillería!</p> + +<p>Un grupo de guardia civil atrajo su atención en una bocacalle. El +sargento que lo mandaba, un viejo de bigote duro y entrecano, tampoco +admitió el obsequio de Dupont.</p> + +<p>—¡Olé los hombres con riñones! ¡Bendita sea la mamá de todos ustedes! +¡Viva la guardia civil! Van ustedes a tomarse una copa conmigo. <i>Chivo</i>, +sirve a estos caballeros.</p> + +<p>El veterano volvió a excusarse. La ordenanza... el reglamento del +cuerpo... Pero su firme negativa la acompañaba con una sonrisa +bondadosa. Tenía enfrente a un Dupont; a uno de los más ricos de la +ciudad. El sargento le conocía, y a pesar de que momentos antes había +dado de culatazos a todos los que pasaban por la calle con trazas de +jornalero, toleraba resignado los brindis del señorito.</p> + +<p>—¡Adelante, don Luis!—decía con tono de ruego.—Váyase usted a casa: +esta noche no es de alegrías.</p> + +<p>—Bueno... me voy, respetable veterano. Pero antes me bebo otra copa... +y otra, tantas como son ustedes. Yo beberé, ya que no pueden ustedes +hacerlo por la pijotera ordenanza; y que les sirva de provecho... ¡A la +salud de todos ustedes! Choca, Fermín: choca tú, <i>Chivo</i>. Decid todos +conmigo: ¡Viva el tricornio!...</p> + +<p>Se cansó por fin de ir de grupo en grupo sin que aceptasen sus +ofrecimientos y dio por terminada la expedición. Tenía tranquila la +conciencia: había obsequiado a todos los héroes que, secundando su +valor, salvaban la ciudad. Ahora a casa del <i>Montañés</i> a acabar la +noche.</p> + +<p>Cuando Fermín se vio en un camarote del colmado ante nuevas botellas, +creyó llegado el momento de abordar su asunto.</p> + +<p>—Yo tenía que hablarte de algo importante, Luis. Creo que te lo dije.</p> + +<p>—Me acuerdo... tenías que hablarme... Habla cuanto quieras.</p> + +<p>Estaba tan borracho, que se le cerraban los ojos y su voz gangueaba como +la de un viejo.</p> + +<p>Fermín miró al <i>Chivo</i> que, como de costumbre, se había sentado al lado +de su protector.</p> + +<p>—Tengo que hablarte, Luis, pero es de algo muy delicado... Sin +testigos.</p> + +<p>—¿Lo dices por el <i>Chivo</i>?—exclamó Dupont abriendo los ojos.—El +<i>Chivo</i> soy yo: todo lo mío lo sabe él. Si viniese aquí mi primo Pablo a +hablarme de sus negocios, el <i>Chivo</i> se quedaría oyéndolo todo. ¡Habla +sin miedo, hombre! Este es un pozo para todo lo mío.</p> + +<p>Montenegro se resignó a sufrir la presencia de aquel tagarote, no +queriendo demorar por sus escrúpulos la explicación deseada.</p> + +<p>Habló a Luis con cierta timidez, velando su pensamiento, pesando bien +las palabras para que sólo pudieran entenderlas ellos dos, dejando al +matón en la ignorancia.</p> + +<p>Si él le buscaba, ya podía figurarse para qué era... <i>Lo sabía todo.</i> El +recuerdo de lo ocurrido en la última noche de la vendimia en Marchamalo +no habría desaparecido seguramente de su memoria. Pues bien: él se +presentaba para que remediase el mal causado. Siempre le había tenido +por amigo y esperaba que como tal se portase... porque de no ser así...</p> + +<p>El cansancio, la turbación nerviosa de una noche de emociones, no +permitieron a Fermín un largo disimulo, y la amenaza asomó a sus labios +al mismo tiempo que brillaba en sus ojos.</p> + +<p>Las copas que llevaba bebidas le abrasaban el estómago, como si el vino +se transformase en veneno, por la repugnancia con que lo había tomado de +aquellas manos.</p> + +<p>Dupont, oyendo a Montenegro, fingíase más ebrio de lo que realmente +estaba, para ocultar de este modo su turbación.</p> + +<p>La amenaza de Fermín hizo abandonar al <i>Chivo</i> su mutismo. El +perdonavidas creyó oportuno el momento para una intervención aduladora.</p> + +<p>—Aquí nadie amenaza, ¿sabe usté, pollo?... Donde esté el <i>Chivo</i> no hay +quien le diga ná a su señorito.</p> + +<p>El joven saltó con arrogancia, fijando en la bestia siniestra una mirada +de reto.</p> + +<p>—Usted se calla—dijo con imperio.—Usted se guarda la lengua en... el +bolsillo o donde le quepa. Usted no es nadie aquí; y para hablarme me +pide licencia.</p> + +<p>Quedó indeciso el matón, como aplastado por la arrogancia del joven, y +antes de que pudiera reponerse de la acometida, añadió Fermín +dirigiéndose a Luis:</p> + +<p>—¿Y eres tú ese que se cree tan valiente?... ¡Valiente, y vas a todas +partes con un acompañante, como los niños de la escuela! ¡Valiente, y ni +para hablar a solas con un hombre te separas de él! Merecías llevar +calzones cortos.</p> + +<p>Dupont olvidó su embriaguez, la echó a un lado para erguirse ante el +amigo con toda la grandeza de su valor. ¡Hombre, justamente le hería en +su parte más sensible!...</p> + +<p>—Ya sabes, Ferminillo, que soy más valiente que tú; y que todo Jerez me +tiene miedo. Vas a ver si necesito acompañantes. Tú, <i>Chivo</i>, ahueca.</p> + +<p>El valentón se resistió, refunfuñando.</p> + +<p>—¡Ahueca!—repitió el señorito, como si fuese a darle de patadas, con +la arrogancia de la impunidad.</p> + +<p>El <i>Chivo</i> salió y los dos amigos volvieron a sentarse. Luis ya no +parecía ebrio: antes bien, hacía esfuerzos por mostrarse sereno, +abriendo los ojos desmesuradamente, como si intentase anonadar con la +mirada a Montenegro.</p> + +<p>—Cuando te parezca—dijo con voz sorda, para inspirar mayor +pavor,—saldremos a matarnos. Aquí no, porque el <i>Montañés</i> es amigo y +no quiero comprometerlo.</p> + +<p>Fermín levantó los hombros, como si despreciase esta comedia +terrorífica. Ya hablarían de matarse, pero después; según lo que +resultara de su conversación.</p> + +<p>—Ahora al grano, Luis. Tú sabes el mal que has hecho. ¿Qué es lo que +piensas para remediarlo?</p> + +<p>El señorito perdió de nuevo su serenidad al ver que Fermín abordaba +directamente el temido asunto. Hombre, a él no le correspondía toda la +culpa. Era el vino, la maldita juerga, la casualidad... el ser bueno en +demasía; pues de no haber estado en Marchamalo, cuidando los intereses +de su primo (que maldito si se lo agradecía), nada habría ocurrido. +Pero, en fin, el mal estaba hecho. Él era un caballero, se trataba de +una familia amiga y no huía la cara. ¿Qué deseaba Fermín?... Su fortuna, +su persona, todo estaba a su disposición. Creía lo más acertado que los +dos señalasen una cantidad, de común acuerdo: él la reuniría, fuese como +fuese, para darla a la chica como dote, y raro sería que con esto no +encontrase un buen marido.</p> + +<p>¿Por qué ponía Fermín aquel gesto? ¿Había dicho él algún disparate?... +Pues si no le gustaba esta solución, tenía otra. María de la Luz podía +irse a vivir con él. Le pondría una gran casa en la ciudad, viviría como +una reina. A él le gustaba la muchacha: bastante sentía los desprecios +con que le había afligido después de aquella noche. Haría cuanto supiera +para que fuese feliz. Muchos ricos de Jerez vivían de este modo con sus +hembras, a las que todos respetaban como esposas legítimas; y si no +llegaban al matrimonio, era únicamente por ser de baja condición... +¿Tampoco le bastaba este arreglo? A ver: que propusiera algo Fermín, y +acabarían de una vez.</p> + +<p>—Sí, hay que acabar de una vez—repitió Montenegro.—Menos palabras, +pues me duele hablar de esto. Lo que tú vas a hacer, es ir mañana a +avistarte con tu primo y decirle que, avergonzado de tu falta, te casas +con mi hermana, como debe hacerlo un caballero. Si él da su permiso, +mejor: si no lo da, es igual. Tú te casas, y procuras, corrigiéndote, no +hacer infeliz a tu mujer.</p> + +<p>El señorito había echado atrás su silla, como escandalizado por lo +enorme de la pretensión.</p> + +<p>—Hombre... ¡casarse nada menos! ¡Pues tú pides poco!...</p> + +<p>Habló de su primo, augurando resueltamente su negativa. Él no podía +casarse. ¿Y su carrera? ¿Y su porvenir? Justamente, la familia, de +acuerdo con los Padres de la Compañía, andaba en tratos para su +matrimonio con una muchacha rica de Sevilla; antigua hija espiritual del +Padre Urizábal. Y bien lo necesitaba él, pues su fortuna estaba muy +resentida después de tantos despilfarros, y para su carrera política le +convenía ser rico.</p> + +<p>—Casarme con tu hermana, no—terminó Dupont.—Eso es una locura, +Fermín; piénsalo bien: un disparate.</p> + +<p>Fermín se exaltó al contestar. ¡Un disparate! conforme; pero lo era para +la pobre Mariquilla. ¡Vaya una fortuna! ¡Cargar con un hombre como él, +que era un saco de vicios, y no podía vivir ni con las mujerzuelas más +soeces de aquella tierra! Para María de la Luz, este casamiento +significaba un nuevo sacrificio: pero no había otro remedio que pasar +por él.</p> + +<p>—¿Tú crees que yo tengo verdadero deseo de emparentar contigo y que +esto me da alegría?... Pues te equivocas. ¡Ojalá no hubieses tenido +nunca el mal pensamiento que ha hecho infeliz a mi hermana! A no existir +eso de por medio, no te aceptaría por cuñado, aunque llegases a +pedírmelo de rodillas, cargado de millones... Pero el mal está hecho y +hay que remediarlo del único modo que puede remediarse, aunque +reventemos todos de pena... Ya sabes que yo me río del matrimonio: es +una de las muchas pamplinas que existen en el mundo. Lo necesario para +ser felices, es el amor... y nada más. Yo puedo expresarme así porque +soy hombre; porque me cisco en la sociedad y en lo que diga la gente. +Pero mi hermana es mujer y necesita, para que la respeten, para vivir +tranquila, hacer lo que las demás mujeres. Tiene que casarse con el +hombre que ha abusado de ella, aunque no sienta ni una migaja de cariño. +Jamás volverá a hablar con su antiguo novio; sería una villanía el +engañarle. Podrás decir tú que siga soltera, ya que nadie conoce lo +ocurrido; pero todo lo que se hace se sabe. Tú mismo, si yo te dejara, +acabarías por revelar en una noche de borrachera, tu buena suerte, el +magnífico bocado que te tragaste en la viña de tu primo. ¡Cristo! eso, +no. Aquí no hay más arreglo que el casamiento.</p> + +<p>Y con palabras cada vez más fuertes estrechaba a Luis, pretendiendo +obligarle a que aceptase su solución.</p> + +<p>El señorito se defendía con la angustia del que se ve acorralado.</p> + +<p>—Te ofuscas, Fermín—decía.—Yo veo más claro que tú...</p> + +<p>Y para salir del paso, pretendía dejar la conversación para el día +siguiente. Examinarían con más claridad el asunto... El temor de verse +obligado a aceptar las proposiciones de Montenegro le hacía insistir en +su negativa. Todo menos casarse... No le era posible; le repudiaría su +familia, se reiría de él la gente; perdería su porvenir político.</p> + +<p>Pero el hermano insistió con una firmeza que aterraba a Luis:</p> + +<p>—Te casarás; no hay otro remedio. Harás lo que debes, o uno de nosotros +está de sobra en el mundo.</p> + +<p>La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que +el <i>Chivo</i> estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el inmediato +corredor.</p> + +<p>¿Amenazas a él? No había en todo Jerez quien se las dirigiera +impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revólver +invicto que había estado próximo a salvar la ciudad, repeliendo él solo +toda la invasión. El contacto del cilindro del arma pareció comunicarle +nuevos bríos.</p> + +<p>—¡Ea! se acabó. Haré lo que buenamente pueda para quedar bien, como un +caballero que soy. Pero no me caso, ¿lo entiendes? No me caso... Además, +¿por qué he de ser yo el culpable?</p> + +<p>El cinismo brillaba en sus ojos. Fermín apretaba los dientes y hundía +sus manos en los bolsillos, haciéndose atrás, como si temiese las +palabras crueles que iban a salir de la boca del señorito.</p> + +<p>—¿Y tu hermana?—prosiguió.—¿No tiene ella la culpa? Tú eres un +infeliz, un chiquillo. Créeme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy +un perdido, conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo...</p> + +<p>Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oyó.</p> + +<p>Fermín abalanzose a él con tal ímpetu, que rodaron las sillas y tembló +la mesa, deslizándose con el empujón hasta la pared. Llevaba en una mano +la navaja de Rafael, el arma que había olvidado dos días antes el +aperador en aquel mismo colmado.</p> + +<p>El revólver del señorito quedó asomando a la abertura del bolsillo, sin +que la mano tuviese fuerzas para tirar de él.</p> + +<p>Vaciló Dupont sobre sus pies, sonó un ronquido de bestia degollada; un +estertor que aceleró los borbotones del chorro negro que salía de su +cuello, como un caño roto.</p> + +<p>Y acabó por desplomarse de bruces, con gran estrépito de botellas y +copas que le siguieron en su caída, como si el vino quisiera mezclarse +con la sangre.</p> + + + +<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p> + +<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3> + + +<p>Tres meses iban transcurridos desde que el señor Fermín abandonó la viña +de Marchamalo, y sus amigos apenas si le reconocían, viéndole sentado al +sol, en la puerta de la miserable casucha que habitaba con su hija en un +arrabal de Jerez.</p> + +<p>—¡Pobre señó Fermín!—decían las gentes al verle.—No es ni su sombra.</p> + +<p>Había caído en un mutismo cercano a la imbecilidad. Permanecía horas +enteras inmóvil, con la cabeza abatida, como si le abrumasen los +recuerdos. Cuando su hija se aproximaba a él para hacerle entrar en la +casa o anunciarle que la comida estaba en la mesa, parecía despertar, +darse cuenta de lo que le rodeaba, y sus ojos seguían a la muchacha con +una mirada severa.</p> + +<p>—¡Mala mujer!—murmuraba.—¡Jembra mardita!</p> + +<p>Ella, sólo ella, era la culpable de la desgracia que pesaba sobre la +familia.</p> + +<p>Su cólera de padre a uso antiguo, incapaz de ternura y de perdón, su +orgullo viril que le había hecho considerar siempre a la hembra como un +ser inferior, incapaz de otra cosa que de causar al hombre inmensos +daños, perseguían a la pobre María de la Luz. También ella estaba +desmejorada, pálida, flacucha, con los ojos agrandados por las huellas +del llanto.</p> + +<p>Tenía que hacer prodigios de economía en la nueva existencia que llevaba +con su padre en aquella casucha. Y encima de las estrecheces y +preocupaciones de la miseria, había de sufrir el reproche mudo de los +ojos de su padre, el rezo de maldiciones sordas con que parecía azotarla +cada vez que se aproximaba, arrancándolo de sus reflexiones.</p> + +<p>El señor Fermín vivía con el pensamiento puesto en la lúgubre noche de +la invasión de los huelguistas.</p> + +<p>Para él nada había ocurrido después, que fuese importante. Le parecía +estar oyendo aún el retemblar de las puertas de Marchamalo, una hora +antes de amanecer, bajo los golpes furiosos de un desconocido. Se +levantaba con la escopeta preparada y abría una reja... Pero era su +hijo, su Fermín, sin sombrero, con las manos manchadas de sangre y un +rasguño en la cara, como si hubiese luchado con mucha gente.</p> + +<p>Las palabras fueron pocas. Había matado al señorito Luis, y después se +había abierto paso hiriendo al matón que le acompañaba. Aquel rasguño +insignificante era un testimonio de la pelea. Tenía que huir, ponerse +en salvo inmediatamente. Los enemigos pensarían seguramente que estaba +en Marchamalo, y al amanecer, los caballos de la guardia civil trotarían +por la cuesta de la viña.</p> + +<p>Fue un momento de loca agitación que el pobre viejo creyó interminable. +¿Adónde ir?... Sus manos abrían los cajones de la cómoda, revolviendo +las ropas. Buscaba sus ahorros.</p> + +<p>—Toma, hijo mío: tómalo todo.</p> + +<p>Y le llenaba los bolsillos de duros, de pesetas, de toda la plata +enmohecida por el encierro, reunida lentamente en el curso de los años.</p> + +<p>Cuando creyó haberle dado bastante, le sacó de la viña. ¡A correr! Aún +era de noche y podían pasar por fuera de Jerez sin que les viesen. El +viejo tenía su plan. Había que buscar a Rafael en Matanzuela. El mozo +aún conservaba sus amistades con los antiguos camaradas de contrabando, +y él le llevaría por los senderos extraviados de la sierra hasta +Gibraltar. Allí podía embarcarse para cualquier punto: el mundo es +grande.</p> + +<p>Y durante dos horas, el padre y el hijo habían marchado casi corriendo, +sin sentir cansancio, aguijoneados por el miedo, saliéndose del camino +cada vez que sonaba a lo lejos un rumor de voces, un galope de caballo.</p> + +<p>¡Ay, el viaje cruel con sus dolorosas sorpresas! Esto era lo que le +había matado. Al hacerse de día, en mitad de la marcha, vio a su hijo, +con cara de moribundo, manchado de sangre, con todo el aspecto de un +asesino que huye. Le dolía contemplar a su Fermín en tal estado, pero el +caso no era para desesperarse. Al fin, era un hombre, y los hombres +matan muchas veces sin dejar de ser honrados. Pero cuando su hijo le +explicó en pocas palabras por qué había matado, creyó perder la vida; le +temblaron las piernas y hubo de hacer un esfuerzo para no quedarse +tendido en medio de la carretera. ¡Era Mariquita, su hija, la que había +provocado todo aquello! ¡Ah, perra maldita! Y al pensar en la conducta +del muchacho, le admiraba, agradeciendo su sacrificio con toda su alma +de hombre rudo.</p> + +<p>—Fermín, hijo mío... has hecho bien. No había otro remedio que la +venganza. Tú eres el mejor de la familia. Mejor que yo, que no he sabido +guardar a una moza.</p> + +<p>La entrada en Matanzuela fue trágica: Rafael quedó absorto de sorpresa. +Habían matado a su señorito, ¡y era él, Fermín, quien lo había hecho!</p> + +<p>Montenegro se impacientaba. Quería que lo condujese a Gibraltar, sin ser +visto de nadie. Menos palabras. ¿Estaba dispuesto a salvarle, o se +negaba a ello? El aperador, por toda respuesta, ensilló su jaca +valiente, y otro de los caballos del cortijo. Iba a llevarle en seguida +a la sierra, y una vez allí, se encargarían otros de él.</p> + +<p>El viejo los vio alejarse a todo galope, y emprendió su regreso, +encorvado por repentina vejez, como si toda su vida se fuera con su +hijo.</p> + +<p>Luego su existencia había transcurrido como entre las nieblas de un +ensueño. Recordaba que abandonó espontáneamente Marchamalo, para +refugiarse en el arrabal, en la casucha de una parienta de su mujer. Él +no podía seguir en la viña después de lo ocurrido. Entre su familia y la +del amo había sangre, y antes que se lo echasen en cara debía huir.</p> + +<p>Don Pablo Dupont hizo llegar hasta él ofrecimientos de limosna para +sostener su vejez, aunque le consideraba el principal culpable de todo +lo ocurrido, por no haber enseñado a sus hijos religión. Pero el viejo +rehusó todo socorro. Muchas gracias, señor: admiraba su caridad, pero +moriría de hambre, antes que aceptar una moneda de los Dupont.</p> + +<p>Algunos días después de lo fuga de Fermín, vio llegar a su ahijado +Rafael. Se hallaba sin colocación: había abandonado el cortijo. Venía a +decirle que Fermín estaba en Gibraltar, y que un día de aquellos se +embarcaría para la América del Sur.</p> + +<p>—También a ti—dijo el viejo con tristeza—te ha picado la mardita +bicha, que nos emponzoña a toos.</p> + +<p>El mocetón estaba triste, desalentado. Hablando con el viejo en la +puerta de la casucha, miraba adentro con cierta inquietud, como si +temiese la aparición de María de la Luz. En la huida a la sierra, Fermín +se lo había contado todo... todo.</p> + +<p>—¡Ay, padrino! ¡y qué gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... ¡Y +no poer vengarme! ¡Irse del mundo aquel sinvergüensa, sin que yo le +metiese una puñalá! ¡No poer resucitarlo pa volverle a matar!... +¡Cuántas veces se habrá burlao el ladrón, viéndome hecho un bobo, sin +saber lo que ocurría!...</p> + +<p>En su tristeza de macho fuerte, lo que más le desesperaba era lo +ridículo de su situación, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su +mano no había sido la ejecutora de la venganza.</p> + +<p>Ya no quería trabajar. ¿De qué servía el ser bueno? Iba a volver a la +vida del contrabando. ¿Mujeres?... para un rato, y después tratarlas a +golpes como bestias impúdicas y sin corazón... Quería declararle la +guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que +infundían miedo con sus fusiles, y eran la causa de que los pobres +fuesen pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente pobre de Jerez +andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del +suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que antes querían tragárselo +todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba +él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado al mundo, por destrozar +uno de ellos sus ilusiones.</p> + +<p>Lo del contrabando era para entretenerse. Más adelante, cuando +recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los +cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas. Los que estaban en la +cárcel, esperando el momento del suplicio, Juanón, el <i>Maestrico</i> y los +otros desgraciados que morirían en garrote, iban a tener un vengador.</p> + +<p>Si encontraba hombres con bastante corazón para seguirle, formaría una +partida de a caballo, dejando como un niño de teta a José María el +<i>Tempranillo</i>. Por algo conocía la sierra. Ya podían prepararse los +ricos. Abriría en canal a los malos, y los buenos sólo podrían salvarse +dándole dinero para los pobres.</p> + +<p>Exaltábase al desahogar su cólera con estas amenazas. Hablaba de hacerse +bandolero, con el entusiasmo que desde la niñez sienten los jinetes +rústicos por los aventureros de carretera. Para él, todo hombre ofendido +sólo podía buscar su venganza haciéndose ladrón.</p> + +<p>—Me matarán—continuaba—pero antes de que me maten, diga usted, +padrino, que habré acabao con medio Jerez.</p> + +<p>Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo, +aprobaba con la cabeza. Hacía bien. De ser él joven y fuerte, tendría un +compañero más en la partida.</p> + +<p>Rafael ya no volvió. Huía de que el demonio le pusiera enfrente de María +de la Luz. Al verla, podía matarla o podía echarse a llorar como un +chiquillo.</p> + +<p>De vez en cuando, llegaba en busca del señor Fermín alguna gitano +viejo, algún mochilero de los que vendían, en cafés y casinos, su exiguo +cargamento de tabaco.</p> + +<p>—Abuelo, esto es para usted... De parte de Rafaé.</p> + +<p>Era dinero que le enviaba el contrabandista y que el viejo entregaba +silencioso a su hija. El muchacho jamás se presentaba. De tarde en tarde +aparecía en Jerez, y esto bastaba para que el <i>Chivo</i> y otros acólitos +del difunto Dupont, se ocultaran en sus casas, evitando el mostrarse en +las tabernas y cafetines frecuentados por el contrabandista. ¡Aquel +<i>gachó</i> venía con las de Caín, y les guardaba ojeriza, por su antigua +amistad con el señorito! Y no es que le tuviesen miedo. Ellos eran +valientes... pero de ciudad, y no iban a medirse con un bruto, que se +pasaba la semana durmiendo en la sierra con los lobos.</p> + +<p>El señor Fermín dejaba transcurrir el tiempo mostrándose insensible a +cuanto le rodeaba, a cuanto se decía cerca de él.</p> + +<p>Un día, el triste silencio de la ciudad le sacó por unas horas de su +anonadamiento. Iban a dar garrote a cinco hombres por la invasión de +Jerez. El proceso había marchado de prisa: el castigo era urgente para +que las personas de bien se tranquilizasen.</p> + +<p>La entrada de los trabajadores rebeldes se abultaba al transcurrir el +tiempo, como una revolución llena de horrores. El miedo hacía enmudecer. +Los mismos que habían visto desfilar a los huelguistas sin intento +alguno de hostilidad por delante de las casas de los ricos, aceptaban en +silencio el inaudito castigo.</p> + +<p>Se hablaba de dos muertos en aquella noche, uniendo el señorito ebrio +con el infeliz escribiente. Fermín Montenegro era perseguido por +homicidio; su proceso seguíase aparte, pero nada perdía la sociedad con +exagerar los sucesos, poniendo un muerto más en la cuenta de los +revolucionarios.</p> + +<p>Habían sido condenados muchos a presidio. La sentencia derramaba cadenas +con una prodigalidad aterradora sobre el mísero rebaño, que parecía +preguntarse con asombro qué era lo que había hecho en aquella noche. De +los condenados a muerte, dos eran los asesinos del jovenzuelo del +escritorio: los otros tres iban al suplicio en clase de peligrosos, por +hablar, por amenazar, por creer fieramente que tenían derecho en el +mundo a una parte de felicidad.</p> + +<p>Mucha gente guiñaba los ojos con malicia al saber que el <i>Madrileño</i>, el +iniciador de la entrada en la ciudad, sólo iba a presidio por algunos +años. Juanón y su camarada el de Trebujena esperaban resignados el +último suplicio. No querían vivir, les daba asco la vida después de las +amargas decepciones de la noche famosa. El <i>Maestrico</i> abría con asombro +sus ojos cándidos de doncella, como resistiéndose a creer en la maldad +de los hombres. ¡Necesitaban su vida porque era un ser peligroso, porque +soñaba con la utopia de que la sabiduría de los menos pasase a ser de +la inmensa masa de los infelices, como un instrumento de redención! Y +poeta sin conocerlo, su espíritu, encerrado en ruda envoltura, +esparcíase con el fuego de la fe, consolando la angustia de sus últimos +momentos con la esperanza de que otros llegaban detrás <i>empujando</i>, como +él decía, y que esos otros acabarían por arrollarlo todo con la fuerza +de la cantidad, como las gotas de agua que forman la inundación. Les +mataban porque eran pocos. Algún día serían tantos, que los fuertes, +cansados de asesinar, aterrados por la inmensidad de su tarea +sangrienta, acabarían por desalentarse, entregándose vencidos.</p> + +<p>El señor Fermín no percibió de este suplicio más que el silencio de la +ciudad, que parecía avergonzada; el gesto de miedo de los pobres; la +sumisión cobarde con que hablaban de los señores.</p> + +<p>A los pocos días olvidó por completo este suceso. Llegó una carta a sus +manos: era de su hijo, de su Fermín. Estaba en Buenos Aires y le +escribía mostrando cierta confianza en su porvenir. Los primeros tiempos +eran duros, pero en aquellas tierras, con el trabajo y la constancia, +era casi seguro el triunfo, y él abrigaba la certeza de que marcharía +adelante.</p> + +<p>Desde entonces, el señor Fermín tuvo una ocupación y sacudió el marasmo +en que le había sumido el dolor. Escribía a su hijo y esperaba sus +cartas. ¡Cuán lejos estaba! ¡Si él pudiese ir allá!...</p> + +<p>Otro día le agitó una nueva sorpresa. Sentado al sol, a la puerta de su +casa, vio la sombra de un hombre inmóvil junto a él. Levantó la cabeza y +dio un grito. ¡Don Fernando!... Era su ídolo, el buen Salvatierra, pero +envejecido, más triste, con la mirada apagada tras las gafas azules, +como si pesasen sobre él todas las desgracias y las iniquidades de la +ciudad.</p> + +<p>Le <i>habían soltado</i>, le dejaban vivir libremente, sabiendo, sin duda, +que en ninguna parte encontraría un rincón para hacer su nido; que sus +palabras iban a perderse sin eco en el silencio del terror.</p> + +<p>Al presentarse en Jerez, los amigos antiguos huían de él, no queriendo +comprometerse. Otros le miraban con odio, como si desde su forzado +destierro fuese responsable de todos los sucesos.</p> + +<p>Pero el señor Fermín, el antiguo camarada, no era de éstos. Al verle se +incorporó, cayendo en sus brazos, con ese estertor de los fuertes que se +ahogan sin poder llorar.</p> + +<p>—¡Ay, don Fernando!... ¡Don Fernando!...</p> + +<p>Salvatierra le consoló. Lo sabía todo. ¡Valor! Era un víctima de la +corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta. +Aún podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es +grande. Donde su hijo encontrase la existencia, también podría buscarla +él.</p> + +<p>Y Salvatierra volvió algunas mañanas a visitar a su viejo compañero. De +pronto, se ausentó. Decían unas veces que estaba en Cádiz, otras que en +Sevilla, vagando por aquella tierra andaluza, que guardaba con los +recuerdos de sus heroísmos y sus generosidades, los restos del único ser +cuyo amor había endulzado su existencia.</p> + +<p>No podía vivir en Jerez. Los poderosos le miraban con ojos de reto, como +si fuesen a arrojarse sobre él; los pobres le huían, evitando su trato.</p> + +<p>Transcurrió otro mes. Una tarde, al asomar María de la Luz a la puerta +de su casa, creyó caer al suelo desvanecida. Le temblaron las piernas, +le zumbaron los oídos; toda su sangre pareció afluir a su rostro en +ardiente oleada y retirarse después, dejándolo de una palidez verdosa... +Rafael estaba allí, envuelto en su manta, como si la esperase. Ella +intentó huir, refugiarse en lo más apartado de la casucha.</p> + +<p>—¡María de la Lú!... ¡Mariquilla!...</p> + +<p>Era el mismo acento dulce y suplicante que al verse en la reja, y sin +saber cómo, volvió ella sobre sus pasos, acercándose tímidamente, +fijando su mirada lacrimosa en los ojos de su antiguo novio.</p> + +<p>También él estaba triste. Una gravedad melancólica parecía darle cierta +elegancia, afinando su áspero exterior de hombre de lucha.</p> + +<p>—María de la Lú—murmuró.—Dos palabritas na más. Tú me quieres y yo te +quiero. ¿Pa qué pasarnos el resto de la vida rabiando, como unos +infelices?... Hasta hace poco, era tan bruto que al verte me hubieran +dao tentaciones de matarte. Pero he hablado con don Fernando y me ha +convencío con su sabiduría. Esto se acabó.</p> + +<p>Y lo afirmaba con un gesto de energía. Se acababa la separación, se +acababan los celos estúpidos a un miserable que no había de resucitar y +al que ella no había querido; se acababa el rencor por una desgracia de +la que no tenía culpa alguna.</p> + +<p>Huirían de allí. Despreciaba a aquella tierra tan profundamente, que no +quería ni hacerla daño. Abandonarla era lo mejor; poner entre ella y +ellos muchas leguas de tierra, muchas leguas de agua. La distancia +borraría los malos recuerdos. No viendo la ciudad, no viendo sus campos, +olvidarían por completo las tristezas que allí habían sufrido.</p> + +<p>Irían en busca de Fermín. Él tenía dinero para el viaje de todos. Los +últimos contrabandos habían sido <i>gordos</i>; una locura, que asombraba por +su audacia a los del oficio: recuas interminables pasando por los +caminos de la sierra, al amparo de su escopeta. No le habían matado, y +su buena suerte le daba nuevos ánimos para emprender el largo viaje que +cambiaría su existencia.</p> + +<p>Conocía aquel mundo joven, y a él irían, su compañera, su padrino y él. +Don Fernando le había descrito aquel paraíso. Bandas infinitas de +caballos salvajes, que esperaban las piernas educadoras del jinete; +extensiones inmensas de tierra sin dueño, sin tirano, aguardando la mano +del hombre para expeler la vida que germinaba en sus entrañas. ¡Qué +Edén mejor para un campesino animoso y fuerte, esclavo hasta entonces en +cuerpo y alma de los que no trabajan!...</p> + +<p>Irían a ser libres y felices en plena Naturaleza, allí donde el +salvajismo y la soledad habían guardado un pedazo de mundo limpio de los +crímenes de la civilización, del egoísmo de los hombres; donde todo era +de todos, sin otro privilegio que el del trabajo; donde la tierra era +pura como el aire y el sol y no había sido deshonrada por el monopolio, +ni despedazada y envilecida por el grito de «Esto es mío... y los demás +que perezcan de hambre.»</p> + +<p>Y esta vida salvaje, pero libre y dichosa, reharía con el olvido la +virginidad de sus almas. Serían seres nuevos, inocentes y laboriosos, +como si acabasen de nacer del limo de la tierra. El abuelo cerraría sus +ojos mirando al sol, con la tranquilidad del que cumple su deber +volviendo a la tierra de donde surgió; ellos los cerrarían también, +cuando les llegase su hora, amándose hasta el último momento, y sobre +sus sepulturas continuarían la obra de trabajo y libertad sus hijos y +sus nietos, más felices que ellos, desconocedores de las crueldades del +mundo antiguo, pensando en los ricos ociosos y en los señores crueles, +como piensan los niños en los monstruos y los ogros de los cuentos.</p> + +<p>María de la Luz le escuchaba conmovida. ¡Huir de allí! ¡Dejar a la +espalda tantos recuerdos!... De vivir el miserable que había causado la +ruina de su familia, persistiría en su testarudez de mujer simple. Ella +no podía ser de otro que de aquel que había robado su virginidad. Pero +ya que el ladrón había muerto, y Rafael, a quien no quería engañar, +aceptaba generosamente la situación, perdonándola a ella, lo aceptaba +todo... Sí; huirían de allí, ¡cuanto antes!...</p> + +<p>El mocetón siguió exponiendo sus planes. Don Fernando se encargaba de +convencer al viejo; además, le daría cartas para sus amigos de América. +Antes de quince días se embarcarían en Cádiz. ¡Huir, huir cuanto antes +de una tierra de patíbulos, donde los fusiles tenían la misión de +aplacar el hambre, y los ricos le tomaban al pobre la vida, la honra y +la felicidad!...</p> + +<p>—Cuando lleguemos—continuaba Rafael—serás mi mujer. Repetiremos +nuestras pláticas de la reja. Mejor aún. Extremaré mi cariño pa que no +creas que queda en mí ningún recuerdo amargo. Todo pasó. Don Fernando +tié razón. Las vergüenzas del cuerpo representan muy poco... El amor es +lo que importa; lo demás son preocupaciones de animales. ¿Tu corazoncito +es mío? pues ya lo tengo todo... ¡María de la Lú! ¡Compañerita del arma! +Vamos a marchar de cara al sol: ahora nacemos de veras; hoy empieza +nuestro amor. Deja que te bese por primera vez en mi vida. Abrázame, +compañera: que vea yo que eres mía, que serás el sostén de mi fuerza, +mi apoyo cuando empiece la lucha allá abajo...</p> + +<p>Y los dos jóvenes se abrazaron en la entrada de la casucha, juntando sus +bocas sin ningún estremecimiento de pasión carnal, manteniéndose largo +rato unidos, como si despreciasen el escándalo de las gentes, como si +con su amor desafiaran los aspavientos de un mundo viejo que iban a +abandonar.</p> + + +<p class="top5">Salvatierra acompañó en Cádiz hasta la escala del trasatlántico a su +camarada, el señor Fermín, que partía para el nuevo mundo, con Rafael y +María de la Luz.</p> + +<p>¡Salud! Ya no volverían a verse. El mundo es demasiado grande para los +pobres, siempre inmovilizados en el mismo sitio por las raíces de la +necesidad.</p> + +<p>Salvatierra sintió saltársele las lágrimas. Todas sus amistades, los +recuerdos de su pasado, desvanecíanse esparcidos por la muerte o la +desgracia. Se quedaba solo en medio de un pueblo, al que había intentado +libertar y que ya no le conocía. Las nuevas generaciones le miraban como +un loco que inspiraba cierto interés por su ascetismo; pero no entendían +sus palabras.</p> + +<p>A los pocos días de la partida de estos amigos, abandonó su retiro de +Cádiz para ir a Jerez. Le llamaba un moribundo, un camarada de los +buenos tiempos.</p> + +<p>El señor <i>Matacardillos</i>, el dueño del ventorro del Grajo, se moría +definitivamente. Su familia imploraba la visita del revolucionario, +viendo en su presencia un último rayo de alegría para el enfermo. «Ahora +va de veras, don Fernando», escribíanle los hijos. Y don Fernando fue a +Jerez, y emprendió a pie el camino de Matanzuela, aquel camino que había +seguido de noche, en diversa dirección, tras el cadáver de una gitana.</p> + +<p>Cuando llegó al ventorro supo que su amigo había muerto algunas horas +antes.</p> + +<p>Era un domingo por la tarde. Adentro, en la única habitación de la +choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadáver hinchado, sin otra +compañía que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violáceo.</p> + +<p>Afuera, la viuda y los hijos, con la resignación de una desgracia +luengamente esperada, medían copas y atendían a los parroquianos +sentados en las inmediaciones del ventorrillo.</p> + +<p>Los gañanes de Matanzuela bebían, formando un gran corro. Don Fernando, +de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un +hombre, sin una bestia, con la monótona soledad del domingo.</p> + +<p>Sentíase solo, completamente solo. Acababa de perder el último de los +camaradas de su juventud revolucionaria. De todos los que habían +disparado en la sierra y afrontado la muerte o el presidio por el +romanticismo de la revolución, no quedaba ninguno a su lado. Unos huían +en desesperada carrera al otro lado del mar, espoleados por la miseria; +otros se pudrían en el seno de la tierra sin el consuelo de haber visto +la Justicia y la Igualdad imperando sobre los hombres.</p> + +<p>¡Qué de esfuerzos inútiles! ¡Cuántos sacrificios estériles!... ¡Y la +herencia de tanto trabajo parecía perderse para siempre! Las nuevas +generaciones desconocían a los viejos, se negaban a recibir de sus +brazos, fatigados y débiles, el fardo de odios y esperanzas.</p> + +<p>Salvatierra miraba con tristeza al grupo de los trabajadores. No le +conocían o fingían no conocerle. Ni una sola mirada se había fijado en +él.</p> + +<p>Hablaban de la gran tragedia, que aún parecía tener bajo su lúgubre peso +a la gente de Jerez: de la ejecución de los cinco jornaleros por la +entrada nocturna en la ciudad. Pero hablaban apaciblemente, sin pasión, +sin odio, como si estas ejecuciones fuesen las de unos bandidos famosos +rodeados del aura populachera.</p> + +<p>Sólo mostraban alguna vehemencia al apreciar el valor con que habían +muerto, el gesto que les acompañó al patíbulo. Juanón y el de Trebujena +habían marchado al palo como lo que eran: como hombres incapaces de +miedo ni de fanfarronadas. Los otros dos asesinos habían muerto como +unos brutos. Y el recuerdo del pobre <i>Maestrico</i> casi les dos reales; +sino dos reales y medio, y atribuían este aumento a su sumisión y +disciplina. «Siendo buenos, sacaréis más que a las malas», les habían +dicho. Y ellos lo repetían, pensando con desprecio en los malvados +alborotadores que intentaban arrastrarlos a la rebeldía. Siendo +obedientes y humildes, tal vez llegasen, con el tiempo, a cobrar tres +reales. ¡Una verdadera felicidad!...</p> + +<p>El cortijo Matanzuela lo miraban como un paraíso. El caritativo Dupont +era de una generosidad inaudita. Cuidaba de que los braceros oyesen misa +los domingos; y de mes en mes, organizaba comuniones para los gañanes. +Los que en días de holganza no iban a sus casas, quedándose en el +cortijo para seguir las pláticas religiosas de un sacerdote enviado de +Jerez, tenían por la tarde, en el ventorro, unas cuantas copas pagadas +por el amo.</p> + +<p>Dupont era un creyente <i>moderno</i>, como él decía. Todos los caminos +resultaban buenos para llegar a la conquista de las almas.</p> + +<p>Y los gañanes, según confesión de <i>Zarandilla</i>, «se dejaban querer», +rezaban y bebían, fisgándose un tanto del amo con burlona gravedad, y +llamándole «primo».</p> + +<p>La larga permanencia de <i>Zarandilla</i> al lado de Salvatierra, y la +curiosidad que éste inspiraba, acabaron por vencer el apartamiento de +los gañanes. Algunos se aproximaron, y poco a poco fue formándose un +corro en torno del rebelde.</p> + +<p>Uno de los más viejos le habló con tono socarrón. Si don Fernando corría +el campo para soltar soflamas como en otra época, perdía el tiempo. La +gente estaba escamada: era como el gato escaldado del refrán. Y no es +que los gañanes estuvieran bien. Se iba viviendo, pero peor estaban los +pobres a los que habían ajusticiado en Jerez.</p> + +<p>—Los viejos—continuó aquel filósofo rústico—aún le tenemos cierto +aquel a su mercé y a los de su época. Sabemos que no se han hecho ricos +con sus sermones como muchos otros: sabemos que han padecío y se las han +tragao de muy duras... Pero mire su mercé a los chavales.</p> + +<p>Y señalaba a los que se habían quedado sentados sin aproximarse a +Salvatierra; todos jóvenes. De vez en cuando miraban al revolucionario +con ojos insolentes. «¡Un tío embustero, como todos los que se +presentaban en busca de los trabajadores! Los que habían seguido sus +doctrinas pudrían tierra en el cementerio, y él estaba allí... Menos +sermones y más trigo...» Ellos eran listos, habían visto lo suficiente +para enterarse y estaban con el que daba. El verdadero amigo de los +pobres era el amo con su jornal; y si encima daba vino, mejor que mejor. +Además, ¿qué podía importarle la suerte de los trabajadores a aquel tío +que vestía de señor, aunque raído como un pordiosero, y no tenía callos +en las manos? Lo que deseaba era vivir a costa de ellos; un falsario +como tantos otros.</p> + +<p>Salvatierra adivinaba estos pensamientos en los ojos hostiles.</p> + +<p>La voz del viejo rústico seguía acosándole con su socarrona filosofía.</p> + +<p>—¿Por qué ha de tomarse su mercé esos fríos y calores por lo que les +pasa a los pobres, don Fernando? Déjelos: si ellos están contentos, su +mercé también. Además, todos estamos escarmentaos. Con los de arriba no +se puede. Su mercé, que sabe tanto, vea de conquistar a la guardia +civil, tráigasela a su idea, y cuando se presente al frente de los +tricornios, pierda cuidao, que todos le seguiremos.</p> + +<p>El viejo llenó un vaso de vino y se lo presentó a Salvatierra.</p> + +<p>—Beba su mercé, y no se haga mala sangre queriendo arreglar lo que no +tiene arreglo. En el mundo no hay de verdá más que eso. Los amigos, unos +falsos; la familia... buena pa comérsela con patatas. Todas esas cosas +de rivoluciones y repartos, mentiras, palabras pa engañar a los pimplis. +Esto es la única verdá, ¡el vino!: de trago en trago nos lleva +entretenidos y alegres hasta la muerte. Beba, don Fernando; se lo +ofrezco porque es nuestro, porque nos lo hemos ganado. Es barato: sólo +cuesta una misa.</p> + +<p>Salvatierra, el impasible, se estremeció con un arrebato de cólera. +Sintió impulsos de repeler el vaso, de estrellarlo contra el suelo. +Maldijo la pócima de oro, el demonio alcohólico que extendía sus alas +de ámbar sobre aquel rebaño embrutecido, esclavizando su voluntad, +infundiéndole la servidumbre del crimen, de la locura, de la cobardía.</p> + +<p>Ellos, arañando la tierra, sudando en sus surcos, dejando en sus +entrañas lo mejor de su existencia, producían este líquido de oro; y los +poderosos se valían de él para embriagarlos, para mantenerles como +encantados en una falsa alegría.</p> + +<p>Eran los esclavos más infelices de la historia; ellos mismos trenzaban +el látigo que les tenía sometidos, ellos forjaban la cadena que les +mantenía amarrados; hambrientos, con el hambre prolongada de una +alimentación engañosa, falsamente alegres con la alegría enfermiza de la +embriaguez.</p> + +<p>¡Y reían! ¡Y le aconsejaban la sumisión, burlándose de sus esfuerzos +generosos, alabando a sus opresores!... ¿Pero es que la esclavitud había +de ser eterna? ¿Las aspiraciones humanas iban a detenerse para siempre +en esta momentánea alegría de bruto satisfecho?</p> + +<p>Salvatierra sintió que se desvanecía su cólera; que la esperanza y la fe +volvían a él.</p> + +<p>Comenzaba a caer la tarde; llegaba la noche, como precursora de un nuevo +día. También el crepúsculo de las aspiraciones humanas era momentáneo. +La Justicia y la Libertad dormitaban en la conciencia de todo hombre. +Ellas despertarían.</p> + +<p>Más allá de los campos estaban las ciudades, las grandes aglomeraciones +de la civilización moderna, y en ellas otros rebaños de desesperados, +de tristes, pero que repelían el falso consuelo del vino, que bañaban +sus almas nacientes en la aurora de un nuevo día, que sentían sobre sus +cabezas los primeros rayos del sol, mientras el resto del mundo +permanecía en la sombra. Ellos serían los elegidos; y mientras el +rústico permanecía en el campo, con la resignada gravedad del buey, el +desheredado de la ciudad despertábase, poníase en pie, para seguir al +único amigo de los miserables y los hambrientos, al que atraviesa la +historia de todas las religiones, insultado con el nombre de Demonio, y +ahora, despojándose de los grotescos adornos que le da la tradición, +deslumbra a unos y asombra a otros con la más soberbia de las +hermosuras, la hermosura de Luzbel, ángel de luz, y se llama Rebeldía... +Rebeldía Social.</p> + +<p class="c top15">FIN</p> + +<p>Madrid, Diciembre 1904-Febrero 1905.</p> + +<hr /> + +<p>OBRAS DEL MISMO AUTOR</p> + + +<p class="non">NOVELAS</p> + +<ul> +<li>Arroz y tartana.</li> +<li>Flor de Mayo.</li> +<li>La Barraca.</li> +<li>Sónnica la cortesana.</li> +<li>Entre naranjos.</li> +<li>Cañas y barro.</li> +<li>La Catedral.</li> +<li>El Intruso.</li> +</ul> + + +<p class="non">CUENTOS</p> +<ul> +<li>Cuentos valencianos.</li> +<li>La Condenada.</li> +</ul> + +<p class="non">VIAJES</p> +<ul> +<li>En el país del Arte (<i>Tres meses en Italia</i>).</li> +</ul> + +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco Ibáñez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BODEGA *** + +***** This file should be named 28927-h.htm or 28927-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/8/9/2/28927/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was +produced from images generously made available by the +Digital & Multimedia Center, Michigan State University +Libraries.) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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