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+The Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco Ibáñez
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: La bodega
+
+Author: Vicente Blasco Ibáñez
+
+Release Date: May 22, 2009 [EBook #28927]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BODEGA ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was
+produced from images generously made available by the
+Digital & Multimedia Center, Michigan State University
+Libraries.)
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+
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+
+
+VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
+
+LA BODEGA
+
+--NOVELA--
+
+19.000
+
+F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES
+
+ Isabel la Católica, 5 || Salas, 4 (Sucursal)
+ ||
+ VALENCIA || MADRID
+
+Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.a--VALENCIA
+
+
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+
+LA BODEGA
+
+
+
+
+I
+
+
+Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela,
+entró Fermín Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primera
+bodega de Jerez, conocida en toda España; «Dupont Hermanos», dueños del
+famoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos méritos se
+pregonan en la cuarta plana de los periódicos, en los rótulos
+multicolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casas
+viejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de agua
+de los cafés.
+
+Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora de
+retraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los papeles cuando
+él entró, como si temieran hacerse cómplices con un gesto, con una
+palabra, de esta falta inaudita de puntualidad. Fermín miró con
+inquietud el vasto salón del escritorio y se fijó después en un
+despacho contiguo, donde en medio de la soledad alzábase majestuoso un
+_bureau_ de lustrosa madera americana. «El amo» no había llegado aún. Y
+el joven, más tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenzó a clasificar
+los papeles, ordenando el trabajo del día.
+
+Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo, de
+extraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si no
+hubiesen transcurrido allí quince años de su vida, desde que le
+aceptaron como _zagal_ para llevar cartas al correo y hacer recados, en
+vida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinastía, el fundador del
+famoso cognac que abrió «un nuevo horizonte al negocio de las bodegas»,
+según decían pomposamente los prospectos de la casa hablando de él como
+de un conquistador; el padre de los «Dupont Hermanos» actuales, reyes de
+un estado industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de tres
+generaciones.
+
+Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una blancura de
+panteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol, sus paredes estucadas
+y brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban el
+muro hasta el techo, dando a la luz exterior una láctea suavidad. Los
+armarios, las mesas y las taquillas de madera oscura, eran el único tono
+caliente de este decorado que daba frío. Junto a las mesas, los
+calendarios de pared ostentaban grandes imágenes de santos y de vírgenes
+al cromo. Algunos empleados, abandonando toda discreción, para halagar
+al amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de almanaques ingleses
+con figuras modernistas, estampas de imágenes milagrosas, con su oración
+impresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que desde el
+fondo del salón alteraba el silencio con sus latidos, tenía la forma de
+un templete gótico, erizado de místicas agujas y pináculos medioevales,
+como una catedral dorada de bisutería.
+
+Esta decoración semirreligiosa de una oficina de vinos y cognacs era lo
+que despertaba cierta extrañeza en Fermín, después de haberla visto
+durante muchos años. Persistían aún en él las impresiones del día
+anterior. Había permanecido hasta hora muy avanzada de la noche con don
+Fernando Salvatierra, que volvía a Jerez después de ocho años de
+reclusión en un presidio del Norte de España. El famoso revolucionario
+volvía a su tierra modestamente, sin alarde alguno, como si los años
+transcurridos los hubiese pasado en un viaje de recreo.
+
+Fermín le encontraba casi igual que la última vez que le vio, antes de
+marchar él a Londres para perfeccionar sus estudios de inglés. Era el
+don Fernando que había conocido en su adolescencia; igual voz paternal y
+suave, la misma sonrisa bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosos
+por la debilidad, brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Las
+privaciones del presidio habían encanecido sus cabellos rubios en las
+sienes y blanqueado su barba rala, pero el gesto sereno de la juventud
+seguía animando su rostro.
+
+Era un «santo laico», según confesaban sus adversarios. Nacido dos
+siglos antes, hubiese sido un religioso mendicante preocupado por el
+dolor ajeno y tal vez habría llegado a figurar en los altares. Mezclado
+en las agitaciones de un período de luchas, era un revolucionario. Se
+conmovía con el lloro de un niño: desprovisto de todo egoísmo, no había
+acción que considerase indigna para auxiliar a los desgraciados, y, sin
+embargo, su nombre producía escándalo y temor en los ricos, y le
+bastaba, en su existencia errante, mostrarse algunas semanas en
+Andalucía, para que al momento se alarmasen las autoridades y se
+concentrara la fuerza pública. Iba de un lado a otro como un Asheverus
+de la rebeldía, incapaz de hacer daño por sí mismo, odiando la
+violencia, pero predicándola a los de abajo como único medio de
+salvación.
+
+Fermín recordaba su última aventura. Estaba él en Londres cuando leyó la
+prisión y la sentencia de Salvatierra. Había aparecido en la campiña de
+Jerez, cuando los trabajadores del campo acababan de iniciar una de sus
+huelgas.
+
+Su presencia entre los rebeldes fue el único delito. Le prendieron, y al
+interrogarle el juez militar, se negó a jurar por Dios. La sospecha de
+complicidad en la huelga y su irreligiosidad inaudita bastaron para
+enviarle a presidio. Fue una injusticia que el miedo social se permitió
+con un ser peligroso. El juez le abofeteó durante un interrogatorio, y
+Salvatierra, que de joven se había batido en las insurrecciones del
+período revolucionario, limitose, con una serenidad evangélica, a pedir
+que pusieran en observación al violento juez, pues debía sufrir una
+enfermedad mental.
+
+En el presidio, sus costumbres habían causado asombro. Dedicado por
+afición al estudio de la Medicina, servía de enfermero a los presos,
+dándoles su comida y sus ropas. Iba haraposo, casi desnudo; cuanto le
+enviaban sus amigos de Andalucía pasaba inmediatamente a poder de los
+más desgraciados. Los guardianes, viendo en él al antiguo diputado, al
+agitador famoso que en el período de la República se había negado a ser
+ministro, le llamaban don Fernando, con instintivo respeto.
+
+--Llamadme Fernando a secas--decía con sencillez.--Habladme de tú, como
+yo os hablo. No somos más que hombres.
+
+Al llegar a Jerez, después de permanecer algunos días en Madrid entre
+los periodistas y los antiguos compañeros de vida política, que le
+habían conseguido el indulto sin hacer caso de su resistencia a
+aceptarlo, Salvatierra se dirigió en busca de los amigos que aún le
+restaban fieles. Había pasado el domingo en una pequeña viña que tenía
+cerca de Jerez un corredor de vinos, antiguo compañero de armas del
+período de la Revolución. Todos los admiradores habían acudido al
+enterarse del regreso de don Fernando. Llegaban viejos arrumbadores de
+las bodegas, que de muchachos habían marchado a las órdenes de
+Salvatierra por las asperezas de la inmediata serranía, disparando su
+escopeta por la República Federal: jóvenes braceros del campo que
+adoraban al don Fermín de la segunda época, hablando del reparto de las
+tierras y de los absurdos irritantes de la propiedad.
+
+Fermín también había ido a ver al maestro. Recordaba sus años de la
+infancia; el respeto con que oía a aquel hombre, admirado por su padre y
+que durante largas temporadas vivió en su casa. Sentía agradecimiento al
+recordar la paciencia con que le había enseñado a leer y escribir, cómo
+le había dado las primeras lecciones de inglés y cómo le inculcó las más
+nobles aspiraciones de su alma; aquel amor a la humanidad en que parecía
+arder el maestro.
+
+Al verle tras su largo cautiverio, don Fernando le estrechó la mano, sin
+la más leve emoción, como si se hubiesen encontrado poco antes, y le
+preguntó por su padre y su hermana con voz suave y gesto plácido. Era el
+hombre de siempre, insensible para el dolor propio, conmovido ante el
+sufrimiento de los demás.
+
+Toda la tarde y gran parte de la noche permaneció en la casita de la
+viña el grupo de amigos de Salvatierra. El dueño, rumboso y entusiasmado
+por la vuelta del grande hombre, sabía obsequiar a la reunión. Las cañas
+de color de oro circulaban a docenas sobre la mesa cubierta de platos de
+aceitunas, lonchas de jamón y otros comestibles que servían de pretexto
+para desear el vino. Todos lo saboreaban entre palabra y palabra, con la
+prodigalidad en el beber propia de la tierra. Al cerrar la noche muchos
+se mostraban perturbados: únicamente Salvatierra estaba sereno. Él sólo
+bebía agua, y en cuanto a comer, se resistió a tomar otra cosa que un
+pedazo de pan y otro de queso. Esta era su comida dos veces al día desde
+que salió de presidio, y sus amigos debían respetarla. Con treinta
+céntimos tenía lo necesario para su existencia. Había decidido que
+mientras durase el desconcierto social y millones de semejantes
+perecieran lentamente por la escasez de alimentación, él no tenía
+derecho a más.
+
+¡Oh, la desigualdad! Salvatierra se enardecía, abandonaba su flema
+bondadosa al pensar en las injusticias sociales. Centenares de miles de
+seres morían de hambre todos los años. La sociedad fingía no saberlo,
+porque no caían de repente en medio de las calles como perros
+abandonados; pero morían en los hospitales, en sus tugurios, víctimas en
+apariencia de diversas enfermedades; pero en el fondo, ¡hambre! ¡todo
+hambre!... ¡Y pensar que en el mundo había reservas de vida para todos!
+¡Maldita organización que tales crímenes consentía!...
+
+Y Salvatierra, ante el silencio respetuoso de sus amigos, hacía el
+elogio del porvenir revolucionario, de la sociedad comunista, ensueño
+generoso, en la cual los hombres encontrarían la felicidad material y la
+paz del alma. Los males del presente eran una consecuencia de la
+desigualdad. Las mismas enfermedades eran otra consecuencia. En lo
+futuro, el hombre moriría por el desgaste de su máquina, sin conocer el
+sufrimiento.
+
+Montenegro, escuchando a su maestro, evocaba uno de los recuerdos de su
+juventud, una de las paradojas más famosas de don Fernando, antes de que
+éste fuera al presidio y él partiese para Londres.
+
+Salvatierra hablaba en un mitin explicando a los obreros lo que sería la
+sociedad del porvenir. ¡No más opresores y falsarios! Todas las
+dignidades y profesiones del presente habían de desaparecer. Quedarían
+suprimidos los sacerdotes, los guerreros, los políticos, los abogados...
+
+--¿Y los médicos?--preguntó una voz desde el fondo de la sala.
+
+--Los médicos también--afirmó Salvatierra con su fría tranquilidad.
+
+Hubo un murmullo de asombro y extrañeza, como si el público que le
+admiraba fuese a reírse de él.
+
+--Los médicos también, porque el día que triunfe nuestra revolución se
+acabarán las enfermedades.
+
+Y como presintiese que iba a estallar una carcajada de incredulidad, se
+apresuró a añadir:
+
+--Se acabarán las enfermedades, porque las que ahora existen son por
+haber hecho ostentación de la riqueza, comiendo más de lo que necesita
+el organismo, o por comer menos la pobreza de lo que exige el
+sostenimiento de su vida. La nueva sociedad, repartiendo equitativamente
+los medios de subsistencia, equilibrará la vida suprimiendo las
+enfermedades.
+
+Y el revolucionario ponía tal convicción, tal fe en sus palabras, que
+estas y otras paradojas imponían silencio, siendo acogidas por los
+creyentes con el mismo respeto que las simples turbas medioevales
+escuchaban al apóstol iluminado que les anunciaba el reinado de Dios.
+
+Los compañeros de armas de don Fernando recordaban el período heroico de
+su vida, las partidas en la Sierra, dando cada uno gran abultamiento a
+sus hazañas y penalidades, con el espejismo del tiempo y de la
+imaginación meridional, mientras el antiguo jefe sonreía como si
+escuchase el relato de juegos infantiles. Aquella había sido la época
+romántica de su existencia. ¡Luchar por formas de gobierno!... En el
+mundo había algo más. Y Salvatierra recordaba su desilusión en la corta
+República del 73, que nada pudo hacer, ni de nada sirvió. Sus
+compañeros de la Asamblea, que cada semana tumbaban un gobierno y
+creaban otro para entretenerse, habían querido hacerle ministro.
+¿Ministro él? ¿Y para qué? Únicamente lo hubiese sido para evitar que en
+Madrid hombres, niños y mujeres durmieran a la intemperie en las noches
+de invierno, refugiándose en los quicios de las puertas y en los
+respiraderos de las cuadras, mientras permanecían cerrados e inservibles
+en el paseo de la Castellana los grandes hoteles de la gente rica,
+hostil al gobierno, que se había trasladado a París cerca de los
+Borbones para trabajar por su restauración. Pero este programa
+ministerial no había gustado a nadie.
+
+Después, los amigos, al remontarse en su memoria hasta las
+conspiraciones en Cádiz, antes de la sublevación de la escuadra, habían
+recordado a la madre de Salvatierra... ¡Mamá! Los ojos del
+revolucionario se mostraron más lacrimosos y brillantes detrás de las
+gafas azuladas. ¡Mamá!... Su gesto, sonriente y bondadoso, se borró bajo
+una contracción de dolor. Era su única familia, y había muerto mientras
+él permanecía en el presidio. Todos estaban acostumbrados a oírle hablar
+con infantil sencillez de aquella buena anciana, que no tenía una
+palabra de reproche para sus audacias y encontraba aceptables sus
+prodigalidades de filántropo, que le hacían volver a casa medio desnudo
+si encontraba un _compañero_ falto de ropa. Era como las madres de los
+santos de la leyenda cristiana, cómplices sonrientes de todas las
+generosas locuras y disparatados desprendimientos de sus hijos. «Esperad
+que avise a mamá, y soy con vosotros», decía horas antes de una
+intentona revolucionaria, como si esta fuese su única precaución
+personal. Y mamá había visto sin protesta cómo en estas empresas se
+gastaba la modesta fortuna de la familia, y le seguía a Ceuta cuando le
+indultaban de la pena de muerte por la de reclusión perpetua; siempre
+animosa y sin permitirse el más leve reproche, comprendiendo que la vida
+de su hijo había de ser así forzosamente, no queriendo causarle
+molestias con inoportunos consejos, orgullosa, tal vez, de que su
+Fernando arrastrase a los hombres con la fuerza de los ideales y
+asombrara a los enemigos con su virtud y su desinterés. ¡Mamá!... Todo
+el cariño de célibe, de hombre que, subyugado por una pasión
+humanitaria, no había tenido ocasión de fijarse en la mujer, lo
+concentraba Salvatierra en su animosa vieja. ¡Y ya no vería más a mamá!
+¡no encontraría aquella vejez que le rodeaba de mimos maternales como si
+viese en él un eterno niño!...
+
+Quería ir a Cádiz para contemplar su tumba: la capa de tierra que le
+ocultaba a mamá para siempre. Y había en su voz y en su mirada algo de
+desesperación; la tristeza de no poder aceptar el engaño consolador de
+otra vida; la certidumbre de que más allá de la muerte se abría la
+eterna noche de la nada.
+
+La tristeza de su soledad le hacía agarrarse con nueva fuerza a sus
+entusiasmos de rebelde. Dedicaría lo que le restaba de existencia a sus
+ideales. Por segunda vez le sacaban de presidio y volvería a él siempre
+que los hombres quisieran. Mientras se mantuviera de pie, pelearía
+contra la injusticia social.
+
+Y las últimas palabras de Salvatierra, de negación para lo existente, de
+guerra a la propiedad y a Dios, tapujo de todas las iniquidades del
+mundo, zumbaban aún en los oídos de Fermín Montenegro, cuando a la
+mañana siguiente ocupó su puesto en la casa Dupont. La diferencia
+radical entre el ambiente casi monástico del escritorio, con sus
+empleados silenciosos, encorvados junto a las imágenes de los santos, y
+aquel grupo que rodeaba a Salvatierra de veteranos de la revolución
+romántica y jóvenes combatientes de la conquista del pan, turbaba al
+joven Montenegro.
+
+Conocía de antiguo a todos sus compañeros de oficina, su ductilidad ante
+el carácter imperioso de don Pablo Dupont, el jefe de la casa. Él era el
+único empleado que se permitía cierta independencia, sin duda por el
+afecto que la familia del jefe profesaba a la suya. Dos empleados
+extranjeros, uno francés y otro sueco, eran tolerados como necesarios
+para la correspondencia extranjera; pero don Pablo les mostraba cierto
+despego, al uno por su falta de religiosidad y al otro por ser luterano.
+Los demás empleados, que eran españoles, vivían sujetos a la voluntad
+del jefe, cuidándose, más que de los trabajos de la oficina, de asistir
+a todas las ceremonias religiosas que organizaba don Pablo en la iglesia
+de los Padres Jesuitas.
+
+Montenegro temía que su jefe supiera a aquellas horas dónde había pasado
+el domingo. Conocía las costumbres de la casa: el espionaje a que se
+dedicaban los empleados para ganarse el afecto de don Pablo. Varias
+veces notó que don Ramón, el jefe de la oficina y director de la
+publicidad, le miraba con cierto asombro. Debía estar enterado de la
+reunión; pero a éste no le tenía miedo. Conocía su pasado: su juventud,
+transcurrida en los bajos fondos del periodismo de Madrid, batallando
+contra todo lo existente, sin conquistar un mendrugo de pan para la
+vejez, hasta que, cansado de la lucha, acosado por el hambre, y bajo el
+pesimismo del fracaso y la miseria, se había refugiado en el escritorio
+de Dupont para redactar los anuncios originales y los pomposos catálogos
+que popularizaban los productos de la casa. Don Ramón, por sus anuncios
+y sus alardes de religiosidad, era la persona de confianza de Dupont el
+mayor; pero Montenegro no le temía, conociendo las creencias del pasado
+que aún perduraban en él.
+
+Más de media hora pasó el joven examinando sus papeles, sin dejar de
+mirar, de vez en cuando, al vecino despacho, que seguía desierto. Como
+si quisiera retardar el momento de ver a su jefe, buscó un pretexto para
+salir del escritorio y cogió una carta de Inglaterra.
+
+--¿Adónde vas?--preguntó don Ramón viéndole salir del escritorio,
+después de haber llegado con tanto retraso.
+
+--Al depósito de las _referencias_. Tengo que explicar el pedido.
+
+Y salió del escritorio para internarse en las bodegas, que formaban casi
+un pueblo, con su agitada población de arrumbadores, mozos de carga y
+toneleros, trabajando en las explanadas, al aire libre o en las galerías
+cubiertas, entre las filas de barricas.
+
+Las bodegas de Dupont ocupaban todo un barrio de Jerez. Eran
+aglomeraciones de techumbres que cubrían la pendiente de una colina,
+asomando entre ellas la arboleda de un gran jardín. Todos los Duponts
+habían ido añadiendo nuevas construcciones a la antigua bodega, conforme
+se agrandaban sus negocios, convirtiéndose a las tres generaciones, el
+primitivo y modesto cobertizo, en una ciudad industrial, sin humo, sin
+ruido, plácida y sonriente bajo el cielo azul cargado de luz, con las
+paredes de una blancura nítida y creciendo las flores entre los toneles
+alineados en las grandes explanadas.
+
+Fermín pasó frente a la puerta de lo que llamaban el _Tabernáculo_, un
+pabellón ovalado, con montera de cristales, inmediato al cuerpo de
+edificio donde estaban el escritorio y la oficina de expedición. El
+_Tabernáculo_ contenía lo más selecto de la casa. Una fila de toneles
+derechos ostentaba en sus panzas de roble los títulos de los famosos
+vinos que sólo se dedicaban al embotellado; líquidos que brillaban con
+todos los tonos del oro, desde el resplandor rojizo del rayo de sol al
+reflejo pálido y aterciopelado de las joyas antiguas: caldos de suave
+fuego que, aprisionados en cárceles de cristal, iban a derramarse en el
+ambiente brumoso de Inglaterra o bajo el cielo noruego de boreales
+esplendores. En el fondo del pabellón, frente a la puerta, estaban los
+colosos de esta asamblea silenciosa e inmóvil; los _Doce Apóstoles_,
+barricas enormes de roble tallado y lustroso como si fuesen muebles de
+lujo; y, presidiéndolos, el _Cristo_, un tonel con tiras de roble
+esculpidas en forma de racimos y pámpanos, como un bajo-relieve báquico
+de un artista ateniense. En su panza dormía una oleada de vino; treinta
+y tres botas, según constaba en los registros de la casa, y el gigante,
+en su inmovilidad, parecía orgulloso de su sangre, que bastaba para
+hacer perder la razón a todo un pueblo.
+
+En el centro del _Tabernáculo_, sobre una mesa redonda, mostrábanse
+formadas en círculo todas las botellas de la casa, desde el vino, casi
+fabuloso, viejo de un siglo, que se vende a treinta francos para las
+fiestas tormentosas de archiduques, grandes-duques y famosas _cocottes_,
+hasta el Jerez popular que envejece tristemente en los escaparates de
+las tiendas de comestibles y ayuda al pobre en sus enfermedades.
+
+Fermín echó una mirada al interior del _Tabernáculo_. Nadie. Los toneles
+inmóviles, hinchados por la sangre ardorosa de sus vientres, con el
+pintarrajeo de sus marcas y escudos, parecían viejos ídolos rodeados de
+una calma ultraterrena. La lluvia de oro del sol, filtrándose al través
+de los cristales de la cubierta, formaba en torno de ellos un nimbo de
+luz irisada. El roble tallado y oscuro parecía reír con los temblones
+colores del rayo de sol.
+
+Montenegro siguió adelante. Las bodegas de Dupont formaban un
+escalonamiento de edificios. De unos a otros extendíanse las explanadas,
+y en ellas alineaban los arrumbadores las filas de toneles para que los
+caldease el sol. Era el vino barato, el Jerez ordinario, que para
+envejecerse rápidamente era expuesto al calor solar. Fermín recordaba la
+suma de tiempo y trabajo necesarios para producir un buen Jerez. Diez
+años eran precisos para criar el famoso vino: diez fermentaciones
+fuertes se necesitaban para que se formase, con el perfume selvático y
+el ligero sabor de avellana que ningún otro vino podía copiar. Pero las
+necesidades de la concurrencia mercantil, el deseo de producir barato,
+aunque fuese malo, obligaba a apresurar el envejecimiento del vino,
+poniéndolo al sol para acelerar su evaporación.
+
+Montenegro, pasando por los tortuosos senderos que formaban las filas de
+toneles, llegó a la bodega de los _Gigantes_, el gran depósito de la
+casa; el almacén inmenso de los caldos antes de adquirir éstos forma y
+nombre, el Limbo de los vinos, donde se agitaban sus espíritus en la
+vaguedad de lo indeterminado. Hasta la alta techumbre llegaban los conos
+pintados de rojo con aros negros; torreones de madera semejantes a las
+antiguas torres de asedio; gigantes que daban su nombre al departamento
+y contenían cada uno en sus entrañas más de setenta mil litros. Bombas
+movidas a vapor trasegaban los líquidos, mezclándolos. Las mangas de
+goma iban de uno a otro gigante como tentáculos absorbentes que chupaban
+la esencia de su vida. El estallido de una de estas torres podía inundar
+de pronto con mortal oleada todo el almacén, ahogando a los hombres que
+conversaban al pie de los conos. Saludaron los trabajadores a
+Montenegro, y éste, por una puerta lateral de la bodega de los
+_Gigantes_, pasó a la llamada «de Embarque», donde estaban los vinos sin
+marca para la imitación de todos los tipos.
+
+Era una nave grandiosa con la bóveda sostenida por dos filas de
+pilastras. Junto a éstas alineábanse los toneles en tres hileras
+superpuestas, formando calles.
+
+Don Ramón, el jefe del escritorio, recordando sus antiguas aficiones,
+comparaba la bodega de embarque con la paleta de un pintor. Los vinos
+eran colores sueltos: pero llegaba el _técnico_, el encargado de las
+combinaciones, y cogiendo un poco de aquí y otro de allá, creaba el
+Madera, el Oporto, el Marsala, todos los vinos del mundo, imitados con
+arreglo a la petición del comprador.
+
+Esta era la parte de la bodega de los Dupont dedicada al engaño
+industrial. Las necesidades del comercio moderno obligaban a los
+monopolizadores de uno de los primeros vinos del mundo, a intervenir en
+estos amaños y combinaciones, que constituían con el cognac la mayor
+exportación de la casa. En el fondo de la bodega de embarque estaba el
+cuarto de las _referencias_, «la biblioteca de la casa», como decía
+Montenegro. Una anaquelería con puertas de cristales guardaba alineados
+en compactas filas miles y miles de pequeños frascos, cuidadosamente
+tapados, cada uno con su etiqueta, en la que se consignaba una fecha.
+Esta aglomeración de botellas era como la historia de los negocios de la
+casa. Cada frasco guardaba la muestra de un envío; la _referencia_ de un
+líquido fabricado con arreglo al deseo del consumidor. Para que se
+repitiera la remesa no tenía el cliente más que recordar la fecha, y el
+encargado de las _referencias_ buscaba la muestra, elaborando de nuevo
+el líquido.
+
+La bodega de embarque contenía cuatro mil botas de distintos vinos para
+las combinaciones. En un cuarto lóbrego, sin otra luz que un ventanillo
+cerrado por un vidrio rojo, estaba la _cámara oscura_. Allí el técnico
+examinaba, al través del rayo luminoso, la copa de vino del barril
+recién abierto.
+
+Con arreglo a las _referencias_ o a la nota enviada del escritorio,
+combinaba el nuevo vino con los diversos líquidos y después marcaba con
+clarión en las caras de los toneles el número de jarras que había que
+extraer de cada uno para formar la mixtura. Los arrumbadores, mocetones
+fornidos, en cuerpo de camisa, arremangados y con la amplia faja negra
+bien ceñida a los riñones, iban de un lado a otro con sus jarras de
+metal, trasegando los vinos de la combinación al tonel nuevo del envío.
+
+Montenegro conocía desde su niñez al técnico de la bodega de embarque.
+Era el empleado más antiguo de la casa. Había alcanzado a ver en su
+niñez al primer Dupont, fundador del establecimiento. El segundo le
+había tratado como a compañero, y al actual jefe, a Dupont el joven, lo
+había tenido en sus brazos, uniéndose al tuteo de la confianza paternal
+el miedo que le inspiraba don Pablo con su carácter imperioso de dueño a
+estilo antiguo.
+
+Era un viejo que parecía hinchado por el ambiente de la bodega. Su piel,
+surcada por las arrugas, tenía el brillo de una eterna humedad, como si
+el vino volatilizado penetrase por todos sus poros y se escurriese por
+el borde de su bigote en forma de lágrimas.
+
+Aislado en su bodega, obligado al silencio por los largos encierros en
+la cámara oscura, sentía la comezón de hablar cuando se presentaba
+alguno del escritorio, especialmente Montenegro, que, lo mismo que él,
+podía tenerse por hijo de la casa.
+
+--¿Y tu padre?--preguntó a Fermín.--Siempre en la viña, ¿eh?... Allí se
+está mejor que en esta cueva húmeda. De seguro que vivirá más años que
+yo.
+
+Y al fijarse en el papel que le ofrecía Montenegro, hizo un mohín de
+disgusto.
+
+--¡Otro encarguito!--exclamó irónicamente.--¡Vino combinado para el
+embarque!... Bien van los negocios, señor Dios. Antes éramos la primera
+casa del mundo, la única, por nuestros vinos y nuestras soleras del
+país. Ahora fabricamos _mejunjes_, vinos de extranjería, el Madera, el
+Oporto, el Marsala, o imitamos el Tintillo de Rota y el Málaga. ¡Y para
+esto cría Dios los caldos de Jerez y da fuerza a nuestras viñas! ¡Para
+que neguemos nuestro nombre!... ¡Vamos, que siento un deseo de que la
+filoxera acabe con todo para no aguantar más falsificaciones y
+mentiras!...
+
+Montenegro conocía las manías del viejo. No le presentaba una nota de
+embarque que no prorrumpiese en maldiciones contra la decadencia de los
+vinos de Jerez.
+
+--Tú no has alcanzado la buena época, Ferminillo--continuó;--por esto
+tomas las cosas con tanta pachorra. Tú eres de los modernos, de los que
+creen que las cosas marchan bien porque vendemos mucho cognac como
+cualquier casa de esos países extranjeros, cuyas viñas sólo producen
+porquería, sin que Dios les conceda la menor cosa que se parezca al
+Jerez... Dime, tú que has corrido mundo, ¿dónde has visto nuestra uva de
+_Palomino_, ni la de _Vidueño_, ni el _Mantuo de Pila_, ni el
+_Cañocaso_, ni el _Perruno_, ni el _Pedro Ximénez_?... ¡Qué has de ver!
+Eso sólo se cría en esta tierra: es un regalo de Dios...; y, con tanta
+riqueza, fabricamos cognac o vinos de imitación porque el Jerez, el
+verdadero Jerez ya no está de moda, según dicen esos señores del
+extranjero! Aquí se acaban las bodegas. Esto son licorerías, boticas,
+cualquier cosa, menos lo que fueron en otro tiempo y ¡vamos!, que me dan
+ganas de echar a volar para no volver, cuando os presentáis con esos
+papelillos, pidiéndome que haga otra falsificación.
+
+El viejo se indignaba oyendo las respuestas de Fermín.
+
+--Son exigencias del comercio moderno, señor Vicente; han cambiado los
+negocios y el gusto del público.
+
+--Pues que no beban, ¡porra!, que nos dejen tranquilos, sin exigirnos
+que disfracemos nuestros vinos; los guardaremos almacenados para que
+envejezcan tranquilamente, y estoy seguro de que algún día nos harán
+justicia viniendo a buscarlos de rodillas... Esto ha cambiado mucho. La
+Inglaterra debe de estar perdida. No necesito que me lo digas; demasiado
+lo veo yo aquí recibiendo visitas. Antes venían menos ingleses a la
+bodega; pero los viajeros eran gentes de distinción: _lores_ y
+_loresas_, los que menos. Daba gloria ver con qué aire de señorío se
+_apimplaban_. ¡Copa de aquí, para hacer un pedido! ¡copa de allá, para
+comparar!, y así iban por la bodega, serios como sacerdotes, hasta que a
+la salida tenían que tumbarlos en el calesín para llevarles a la fonda.
+Sabían catar y hacer justicia a lo bueno... Ahora, cuando toca en Cádiz
+barco de ingleses, llegan en manada, con un guía al frente; prueban de
+todo porque se da gratis y, si compran algo, se contentan con botellas
+de a tres pesetas. No saben emborracharse con señorío: gritan, arman
+camorra y se van por la calle haciendo _eses_ para que rían los zagales.
+Yo creía antes que todos los ingleses eran ricos, y resulta que estos
+que viajan en cuadrilla son cualquier cosa; zapateros o tenderos de
+Londres que salen a tomar el aire con los ahorros del año... Así marchan
+los negocios.
+
+Montenegro sonreía escuchando las incoherentes lamentaciones del viejo.
+
+--Además--continuó el bodeguero--en Inglaterra, lo mismo que aquí, se
+pierden las costumbres antiguas. Muchos ingleses no beben más que agua,
+y, según me han dicho, ya no es elegante, después de comer, que las
+señoras se vayan a charlar a un salón, mientras los hombres se quedan
+bebiendo, hasta que los criados se toman el trabajo de sacarlos de bajo
+de la mesa. Ya no necesitan por la noche, como gorro de dormir, un par
+de botellas de Jerez que costaban un buen puñado de chelines. Los que
+aún se emborrachan para demostrar que son unos señores, usan lo que
+llaman _bebidas largas_--¿no es esto, tú que has estado
+allá?--porquerías que cuestan poco y permiten beber y beber antes de
+_apimplarse_; el _wischy_ con soda y otras mixturas asquerosas. La
+ordinariez los domina. Ya no piden _Xerrrez_ como cuando vienen aquí y
+lo encuentran gratis. El Jerez únicamente sabemos apreciarlo los de la
+tierra; dentro de poco sólo lo compraremos nosotros. Ellos se
+emborrachan con cosas baratas, y así marchan sus asuntos. En el
+Transvaal casi los revientan. El mejor día les pegarán en el mar con
+todas sus guapezas. Decaen: ya no son los mismos de aquellos tiempos en
+que la casa Dupont era una bodega poco más grande que una barraca, pero
+enviaba sus botellas y hasta sus barricas al señor Pitt, al señor
+Nelson, al señor _Velintón_ y a otros caballeros cuyos nombres figuran
+en las soleras más antiguas de la bodega grande.
+
+Montenegro seguía riendo al oír estas lamentaciones.
+
+--Ríe, muchacho, ríe. Todos sois lo mismo: no habéis conocido lo bueno y
+os extraña que los viejos encontremos tan malo lo presente. ¿Sabes a
+cómo se pagaba antes la bota de treinta y una arrobas? Pues llegó a
+valer 230 pesos; y ahora se ha vendido en algunos años a 21 pesos.
+Pregúntale a tu padre, que aunque menos viejo que yo, también ha
+conocido los tiempos de oro. El dinero circulaba en Jerez lo mismo que
+el aire. Había cosecheros que usaban calañés y vivían en un casucho de
+las afueras como pobres, alumbrándose con un velón; pero al pagar una
+cuenta tiraban de un saco que tenían debajo de la mesilla de pino como
+si fuese un saco de patatas, y ¡eche usté onzas! Los trabajadores de las
+viñas cobraban de treinta a cuarenta reales de jornal, y se permitían la
+fantasía de ir al tajo en calesín y con zapatos de charol. Nada de
+periódicos, ni de soflamas, ni de mítines. Allí donde se reunía la gente
+sonaba la guitarra, soltándose cada seguidilla y cada martinete que a
+Dios le temblaban la carne de gusto... Si entonces hubiese aparecido
+Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, con todas esas cosas de
+pobres y ricos, de repartos de tierras y rivoluciones, le habrían
+ofrecido una caña y le hubieran dicho: «Siéntese su mercé en el corro,
+camará; beba, cante, eche un baile con las mocitas si en ello tiene
+gusto y no se haga mala sangre pensando en nuestra vida, que no es de
+las peores»... Pero los ingleses apenas nos beben: el dinero entra con
+menos frecuencia en Jerez, y se oculta de tal modo el condenado, que
+nadie lo ve. Los trabajadores de las viñas ganan diez reales y tienen
+cara de vinagre. Por si han de podar con cuchilla o con tijeras, se
+matan entre ellos; hay _Mano Negra_ y en la plaza de la cárcel se da
+garrote a los hombres, lo que no se había visto en Jerez en muchísimos
+años. El jornalero pincha como un erizo apenas se le habla, y el amo es
+peor que antes. Ya no se ve a los señores alternando con los pobres en
+las vendimias, bailando con las muchachas y requebrándolas como un gañán
+joven. La guardia civil corre el campo como en los tiempos que salían
+bandidos a las carreteras... ¿Y todo por qué, señor? Por lo que yo digo:
+porque los ingleses se han aficionado al maldito _whischy_ y no hacen
+caso del buen _palo cortado_, ni de la _palma_, ni de ninguna otra de
+las exelencias de esta bendita tierra... Lo que yo digo: dinero, venga
+dinero: que vuelvan aquí, como en otros tiempos, las libras, las guineas
+y los chelines ¡y se acabaron las huelgas, y los sermones de Salvatierra
+y sus partidarios, y los malos gestos de los civiles, y todas las
+miserias y vergüenzas que ahora vemos!...
+
+Del fondo de la bodega salió un grito llamando al señor Vicente. Era un
+arrumbador que dudaba ante los números blancos trazados al frente de una
+bota y pedía una aclaración al bodeguero.
+
+--¡Voy, hijo!--gritó el viejo.--¡Cuidado con equivocarse en la
+medicina!...
+
+Y añadió dirigiéndose a Montenegro:
+
+--Déjame ese papelillo en la cámara oscura y ojalá se os caigan las
+manos antes de traerme más recetas, como si fuese yo un boticario.
+
+El viejo se alejó con paso tardo y balanceante hacia el fondo de la
+bodega, y Montenegro salió de ella pasando por el taller de tonelería
+antes de regresar al escritorio.
+
+Era un amplio patio con cobertizos, debajo de los cuales trabajaban los
+toneleros golpeando con sus mazos los aros que aprisionaban la madera.
+Los toneles a medio construir, con sólo la parte superior sujeta por los
+aros de hierro, abrían sus duelas sobre un fuego de virutas que las
+caldeaba, encorvándolas para que facilitasen el cierre.
+
+Los negocios de la casa obligaban a este taller a una incesante
+producción. Centenares de toneles salían de él todas las semanas para
+ser embarcados en Cádiz, esparciendo los vinos de Dupont por todo el
+mundo.
+
+En un lado del patio alzábase una torre formada con duelas. En lo más
+alto del frágil edificio estaban dos aprendices recogiendo las que les
+arrojaban desde abajo, entrecruzándolas, añadiendo nueva altura a la
+frágil construcción que sobrepasaba los tejados y amenazaba derrumbarse,
+cimbreándose al menor movimiento como una torre de naipes.
+
+El encargado de la tonelería, un hombre robusto, de sonrisa bondadosa,
+se aproximó a Montenegro.
+
+--¿Cómo está don Fernando?...
+
+Sentía por el agitador un gran respeto desde sus tiempos de jornalero.
+La protección de los Dupont y la ductilidad con que se plegaba a todas
+sus manías, le habían elevado. Pero, como compensación a este
+servilismo que le había convertido en jefe del taller, guardaba un
+secreto afecto al revolucionario y a todos sus compañeros de la época de
+miseria. Se enteró minuciosamente de cómo había vuelto Salvatierra del
+presidio y de sus futuros planes de vida.
+
+--Yo iré a verle cuando pueda--dijo bajando la voz,--cuando el amo no se
+entere... Ayer tuvimos gran fiesta en la iglesia de los jesuitas y por
+la tarde fui con mis niñas a visitar a la señora... Ya sé que pasasteis
+bien el día. Me lo han dicho aquí, en la bodega.
+
+Con el miedo de un servidor bien cebado que teme perder el bienestar,
+daba consejos al joven. ¡Ojo, Ferminillo! La casa estaba llena de
+soplones. Cuando él estaba enterado, no sería de extrañar que don Pablo
+tuviese ya noticia de que Montenegro había visitado a Salvatierra.
+
+Y como si temiese hablar demasiado y que alguien le espiase, se despidió
+apresuradamente de Fermín, volviendo al lado de los trabajadores que
+golpeaban los toneles. Montenegro siguió adelante, entrando en la
+principal bodega de la casa, donde se guardaban las soleras antiguas y
+envejecían los vinos de crianza.
+
+Era como una catedral; pero una catedral blanca, nítida, luminosa, con
+sus cinco naves separadas por tres hileras de columnas de sencillo
+capitel. Agrandábase el ruido de los pasos lo mismo que en un templo.
+Las bóvedas tronaban con el sonido de los voces, repitiéndolas
+ensanchadas por el eco. Las paredes estaban rasgadas por ventanales de
+blancos vidrios y en los dos frontis se abrían dos grandes rosetones,
+también blancos, por uno de los cuales penetraba el sol, moviéndose en
+su faja de luz las inquietas e irisadas moléculas de polvo.
+
+A lo largo de las columnatas alineábase en andanas la riqueza de la
+casa, la triple fila de toneles acostados, que llevaban en sus caras la
+cifra del año de la cosecha. Había barricas venerables cubiertas de
+telarañas y polvo, con la madera tan húmeda, que parecía próxima a
+deshacerse. Eran los patriarcas de la bodega: estaban bautizados con los
+nombres de los héroes que gozaban de fama universal cuando ellos
+nacieron. Un barril se llamaba _Napoleón_, otro _Nelson_; los había
+adornados con la corona real de Inglaterra, porque de ellos habían
+bebido monarcas de la Gran Bretaña. Una barrica antiquísima,
+completamente aislada, como si el roce con las otras pudiera
+despanzurrarla, exhibía el venerable nombre de _Noé_. Era la mayor
+antigüedad de la casa: se remontaba a mediados del siglo XVIII y el
+primero de los Dupont la había adquirido ya como una reliquia. Cerca de
+ella se alineaban otros toneles que llevaban bajo el escudo real de
+España los nombres de todos los monarcas e infantes que habían visitado
+Jerez en el curso del siglo.
+
+El resto de la bodega lo llenaban las muestras de todas las cosechas, a
+partir de los primeros años del siglo. Un tonel aislado esparcía un
+perfume acre, que, como decía Montenegro, «llenaba la boca de agua». Era
+un vinagre famoso, de una vejez de ciento treinta años. Y a este olor
+seco y punzante uníanse el perfume azucarado de los vinos dulces, y el
+suave, de cuero, de los secos. El vaho alcohólico que transpiraba el
+roble de los toneles y el olor de las gotas derramadas en el suelo por
+el trasiego, impregnaban con un perfume de dulce locura el tranquilo
+ambiente de aquella bodega, blanca, como un palacio de hielo, bajo la
+caricia temblona de los vidrios inflamados por el sol.
+
+Fermín la atravesó, e iba ya a salir de ella cuando oyó que le llamaban
+desde el fondo. Experimentó cierto sobresalto al conocer la voz. Era «el
+amo», que acompañaba a unos forasteros. Con él estaba su primo Luis, un
+Dupont que siendo menor sólo en algunos años a don Pablo, le respetaba
+como a jefe de la familia, sin privarse por esto de darle grandes
+disgustos con su conducta desarreglada.
+
+Los dos Dupont acompañaban a unos recién casados venidos de Madrid,
+enseñándoles las bodegas. Él era un antiguo amigo de Luis, un camarada
+de alegre vida madrileña que había sentado al fin la cabeza, casándose.
+
+--Han de salir ustedes de aquí borrachos--decía el joven Dupont a los
+recién casados.--Es de ritual: nos consideraríamos deshonrados si un
+amigo saliera de esta casa lo mismo que entró.
+
+Y Dupont el mayor acogía con sonrisa benévola las palabras de su primo,
+mientras enumeraba las excelencias de cada vino famoso. El encargado de
+la bodega, rígido como un soldado, se colocaba ante los toneles con dos
+copas en una mano y en la otra la _avenencia_, una varilla de hierro
+rematada por un estrecho cazo.
+
+--¡Saca, Juanito!--ordenaba imperiosamente el amo.
+
+La _avenencia_ iba hundiéndose en diversos toneles, y de un solo golpe,
+sin que se derramase una gota, llenaba las copas. Salían al aire los
+vinos dorados y luminosos, coronándose de brillantes al caer en el
+cristal, esparciendo en torno un intenso perfume de ancianidad. Todas
+las tonalidades del ámbar, desde el gris suave al amarillo pálido,
+brillaban en aquellos líquidos densos a la vista como el aceite, pero de
+una transparencia nítida. Un lejano perfume exótico, que hacía pensar en
+flores fantásticas de un mundo sobrenatural donde fuese eterna la
+existencia, emanaba de estos líquidos extraídos del misterio de los
+toneles. La vida parecía acrecentarse al paladearlos; los sentidos
+cobraban nueva intensidad; la sangre ardía atropellándose en su
+circulación, y el olfato se excitaba sintiendo anhelos desconocidos,
+como si husmease una electricidad nueva en la atmósfera. La pareja de
+viajeros bebía de todo, después de resistir con débiles protestas las
+invitaciones de Luis.
+
+--¡Hola, barbián!--dijo Dupont el menor al ver a Montenegro.--¿Cómo está
+tu familia? Un día de estos iré a la viña. Quiero probar un caballo que
+compré ayer.
+
+Y después de estrechar la mano de Montenegro y darle varias palmadas en
+los hombros, satisfecho de poder demostrar la fuerza de sus manazas ante
+aquellos amigos, le volvió la espalda.
+
+Fermín tenía con este señorito gran confianza. Se tuteaban, se habían
+criado juntos en la viña de Marchamalo, con aquella llaneza de trato que
+los Dupont permitían a su familia.
+
+Con don Pablo, era otra la situación. El amo no se diferenciaba de
+Fermín en más de media docena de años; también lo había visto él correr
+como un muchacho por la viña en tiempos del difunto don Pablo; pero
+ahora era el jefe de la familia, el director de la casa, y él entendía
+la autoridad a uso antiguo, ceñuda e indiscutible como la de Dios, con
+gritos y arrebatos de cólera, apenas adivinaba la más ligera
+desobediencia.
+
+--Quédate--ordenó brevemente a Montenegro;--tengo que hablarte.
+
+Y le volvió la espalda para seguir hablando a los forasteros de su
+tesoro de vinos.
+
+Fermín, obligado a seguirles silencioso y encogido como un doméstico en
+su marcha lenta por entre los toneles, miraba a don Pablo.
+
+Aún era joven, no había llegado a los cuarenta años, pero la obesidad
+desfiguraba su cuerpo a pesar de la vida activa a que le impulsaban sus
+entusiasmos de jinete. Los brazos parecían cortos al descansar algo
+encorvados sobre el abultado contorno de su cuerpo. Su juventud
+revelábase únicamente en la cara mofletuda, de labios carnosos y
+salientes, sobre los cuales la virilidad sólo había trazado un ligero
+bigote. El cabello se ensortijaba en la frente formando un rizo
+apretado, un moñete al que llevaba con frecuencia su mano carnosa. Era,
+por lo común, bondadoso y pacífico, pero bastaba que se creyese
+desobedecido o contrariado para que se le enrojeciera la cara,
+atiplándose su voz con el tono aflautado de la cólera. El concepto que
+tenía de la autoridad, el hábito de mandar desde su primera juventud
+viéndose al frente de las bodegas por la muerte de su padre, le hacían
+ser despótico con los subordinados y su propia familia.
+
+Fermín le temía sin odiarle. Veía en él un enfermo, «un degenerado»,
+capaz de los mayores extravagancias por su exaltación religiosa. Para
+Dupont, el amo lo era por derecho divino, como los antiguos reyes. Dios
+quería que existiesen pobres y ricos, y los de abajo debían obedecer a
+los de arriba, porque así lo ordenaba una jerarquía social de origen
+celeste. No era tacaño en asuntos de dinero, antes bien, se mostraba
+generoso en la remuneración de los servicios, aunque su largueza tenía
+mucho de veleidosa e intermitente, fijándose más en el aspecto simpático
+de las personas que en sus méritos. Algunas veces, al encontrar en la
+calle a obreros despedidos de sus bodegas, indignábase porque no le
+saludaban. «¡Tú!--decía imperiosamente;--aunque no estés en mi casa, tu
+deber es saludarme siempre, porque fui tu amo».
+
+Y este don Pablo, que con la fuerza industrial acumulada por sus
+antecesores y con la impetuosidad de su carácter era la pesadilla de un
+millar de hombres, hacía gala de humildad y llegaba hasta el servilismo
+cuando algún sacerdote secular o los frailes de las diversas órdenes
+establecidas en Jerez le visitaban en su escritorio. Intentaba
+arrodillarse al besarles la mano, no haciéndolo porque ellos se lo
+impedían con bondadosa sonrisa; celebraba con un gesto de satisfacción
+el que los visitantes le tuteasen ante los empleados, llamándole
+Pablito, como en los tiempos en que era su educando.
+
+¡Jesús y su Santa Madre, por encima de todas las combinaciones
+comerciales! Ellos velaban por los intereses de la casa y él, que no era
+más que un simple pecador, limitábase a recibir sus inspiraciones. A
+ellos se debía la buena suerte de los primeros Dupont, y don Pablo se
+desvivía por remediar con su fervor la tibieza religiosa de sus
+ascendientes. Los celestiales protectores eran los que le habían
+sugerido la idea de establecer la destilería del cognac, dando nuevos
+alientos a la casa; ellos también los que hacían que la marca Dupont,
+con la ayuda de los anuncios, se esparciese por toda España sin miedo a
+rivalidades, favor inmenso que todos los años agradecía dedicando una
+parte de las ganancias al auxilio de las nuevas órdenes religiosas
+establecidas en Jerez o ayudando a su madre, la noble doña Elvira, que
+siempre tenía capillas por restaurar o un manto costoso en confección
+para alguna Virgen.
+
+Las extravagancias religiosas de don Pablo Dupont hacían reír a toda la
+ciudad; pero eran muchos los que reían con cierto temor, pues
+dependiendo más o menos directamente del poderío industrial de la casa,
+necesitaban de su apoyo para los negocios y temían su cólera.
+
+Montenegro recordaba la estupefacción de la gente un año antes, cuando
+un perro de los que guardaban por la noche las bodegas mordió a varios
+trabajadores. Dupont había acudido en su auxilio, temiendo que el
+mordisco les produjera la hidrofobia y, para evitarla, les hizo tragar
+en el primer momento, en forma de píldoras, una estampa de santo
+milagroso que guardaba su madre. Era tan estupendo aquello, que Fermín,
+después de haber presenciado el hecho, comenzaba a dudar, con el
+transcurso del tiempo, de que fuese cierto. Bien es verdad que después,
+el mismo don Pablo pagó con largueza el viaje a los enfermos para que
+fuesen curados por un médico célebre. Dupont explicaba su conducta
+cuando le hablaban de este suceso con una sencillez que daba espanto:
+«Primero, la Fe; después, la Ciencia, que algunas veces hace grandes
+cosas, pero es porque se lo permite Dios».
+
+Fermín se asombraba ante la incoherencia de aquel hombre, experto en los
+negocios, que hacía marchar la gran explotación industrial heredada de
+sus antecesores, agrandándola con certeras iniciativas, que había
+viajado y tenía alguna cultura, y, sin embargo, era capaz de las mayores
+extravagancias milagreras, creyendo en intervenciones sobrenaturales,
+con la misma simpleza de alma de un lego de convento.
+
+Dupont, luego de acompañar a su primo y a los amigos de éste por toda la
+bodega, decidió retirarse, como si su dignidad de amo sólo le permitiera
+enseñar la parte más selecta de la casa. Luis les mostraría las otras
+bodegas, la destilería del cognac, los talleres de embotellado: él tenía
+que hacer en el escritorio. Y saludando a los forasteros con un gesto de
+bondad altiva y señorial, que Montenegro había visto muchas veces en
+doña Elvira, el temible Dupont hizo un ademán a su empleado para que le
+siguiese.
+
+Fuera de la bodega detúvose don Pablo, quedando los dos hombres al aire
+libre, con la cabeza descubierta, en medio de una explanada.
+
+--Ayer no te vi--dijo Dupont frunciendo el ceño y coloreándosele las
+mejillas.
+
+--No pude ir, don Pablo, Me retrasé... unos amigos...
+
+--Ya hablaremos de eso. ¿Tú sabes qué fiesta fue la de ayer? Te hubieras
+conmovido viéndola.
+
+Y con repentino entusiasmo, olvidando su enojo, comenzó a explicar con
+una delectación de artista la ceremonia del día anterior en la iglesia
+de los que él, por antonomasia, llamaba los Padres. Primer domingo del
+mes: fiesta extraordinaria. El templo lleno: los oficinistas y
+trabajadores de la casa Dupont hermanos estaban con sus familias; casi
+todos (¿eh, Fermín?), casi todos: muy pocos faltaban. Había pronunciado
+el sermón el padre Urizábal, un gran orador, un sabio que hizo llorar a
+todos; (¿eh, Montenegro?) ¡a todos!... menos a los que no estaban. Y
+después, había llegado el acto más conmovedor. Él, como un caudillo,
+acercándose a la sagrada mesa rodeado de su madre, su esposa, sus dos
+hermanos, que habían venido de Londres; el Estado Mayor de la casa: y
+después todos los que comían el pan de los Dupont, con sus familias,
+mientras arriba, en el coro, sonaba el armónium con melodías dulcísimas.
+
+Don Pablo se exaltaba al recordar la hermosura de la fiesta; le
+brillaban los ojos, humedecidos por la emoción, y aspiraba el aire como
+si aún percibiera el olor de la cera y del incienso, el perfume de las
+flores que su jardinero había puesto en el altar.
+
+--¡Y qué bien se siente el alma después de una fiesta así!--añadió con
+delectación.--Ayer fue uno de los días mejores de mi vida. ¿Puede haber
+cosa más santa? La resurrección de los buenos tiempos, de las sencillas
+costumbres: el señor comulgando con sus servidores. Ahora ya no hay
+señores como en otros tiempos: pero el rico, el gran industrial, el
+comerciante, debe imitar el antiguo ejemplo y presentarse ante Dios
+seguido de todos aquellos a quienes da el pan.
+
+Pero pasando de la ternura a la cólera, con su vehemencia de impulsivo,
+se fijó en Fermín, como si hasta entonces, hablando de la fiesta, se
+hubiese olvidado de él.
+
+--¡Y tú no viniste!--exclamó rojo de indignación, mirándole
+duramente.--¿Por qué?... Pero no hables: no mientas. Te advierto que lo
+sé todo.
+
+Y siguió hablando a Montenegro en tono amenazador. Tal vez era de él la
+culpa, ya que toleraba desobediencias en su escritorio. Tenía dos
+empleados herejes, un francés y un noruego encargados de la
+correspondencia extranjera, los cuales, con el pretexto de no ser
+católicos, daban el mal ejemplo no asistiendo a las fiestas del domingo.
+Y Fermín, porque había viajado, porque había vivido en Londres y leído
+unos libracos venenosos para su alma, se creía con derecho a imitarles.
+¿Acaso era él extranjero? ¿No lo habían bautizado al nacer? ¿O es que
+por haber ido a Inglaterra, a costa del bolsillo de su difunto padre, se
+creía superior a los demás?...
+
+--Esto se acabará--continuó Dupont, exaltándose con sus propias
+palabras.--Si esos extranjeros no van a la iglesia como los demás, los
+despediré: no quiero que den en mi casa malos ejemplos y que te sirvan
+de pretexto para echarlas de hereje.
+
+A Montenegro no le infundían temor estas amenazas. Las había oído muchas
+veces: después de un domingo de gran fiesta, el amo hablaba siempre de
+despedir a los _extranjeros_; pero luego sus conveniencias comerciales
+le hacían aplazar la resolución, en vista de los buenos servicios que
+prestaban en el escritorio.
+
+Pero cuando Fermín se alarmó fue al ver que don Pablo, cambiando de
+gesto y con una frialdad irónica, le preguntaba repetidas veces dónde
+había pasado el día anterior.
+
+--¿Tú crees que no lo sé?...--continuó.--Nada de excusas, Fermín: no
+mientas. Yo lo sé todo. Un amo cristiano debe preocuparse no sólo de la
+vida de sus dependientes, sino de su alma. No contento con huir de la
+casa de Dios has pasado el día con ese Salvatierra, que acaba de
+librarse del presidio, donde debía seguir por todo el resto de sus días.
+
+Montenegro se indignó ante el tono despectivo con que hablaba Dupont de
+su maestro. Palideció de cólera, estremeciéndose como si acabase de
+recibir un latigazo, y miró de frente con cierta arrogancia a su jefe.
+
+--Don Fernando Salvatierra--dijo con voz trémula, haciendo esfuerzos por
+contener su indignación--fue mi maestro y le debo mucho. Además, es el
+mejor amigo de mi padre, y yo sería un desagradecido sin entrañas si no
+fuese a verle después de sus desgracias.
+
+--¡Tu padre!--exclamó don Pablo.--¡Un bobalicón que nunca aprenderá a
+vivir!... ¡Que nadie le toque a su antiguo cabecilla! Y yo le
+preguntaría qué sacó de ir por los montes y por las calles de Cádiz
+disparando tiros por su República Federal y su don Fernando. Si mi padre
+no le hubiese apreciado por su sencillez y hombría de bien, seguramente
+que habría muerto de hambre, y tú, en vez de ser un señorito, estarías
+cavando en las viñas.
+
+--Pues su padre de usted, don Pablo--dijo Fermín,--también fue amigo de
+don Fernando Salvatierra y más de una vez acudió a él pidiéndole apoyo
+en aquella época de pronunciamientos y cantones.
+
+--¡Mi padre!--contestó Dupont con cierta indecisión.--También era como
+era: hijo de una época de revueltas y un poco tibio en lo que más debe
+importarle al hombre: la religión... Además, Fermín, los tiempos han
+cambiado; aquellos republicanos de entonces eran muchos de ellos
+personas extraviadas, pero de excelente corazón. Yo he conocido algunos
+que no podían pasar sin su misa y eran unos santos varones que odiaban a
+los reyes, pero respetaban a los sacerdotes de Dios. ¿Tú crees, Fermín,
+que a mí me asusta la República? Yo soy más republicano que tú; yo soy
+un hombre moderno.
+
+Y con ademanes descompuestos, golpeándose el pecho, hablaba de sus
+convicciones. Él no tenía simpatía alguna por los gobiernos actuales; al
+fin, todos eran unos ladrones, y en punto a fe religiosa unos hipócritas
+que fingían sostener el catolicismo porque lo consideraban una fuerza.
+La monarquía era una bandera social, como decía su amigo el padre
+Urizábal: conforme; pero él se fijaba poco en banderas y colores; lo
+importante era que Dios estuviese sobre todo, que reinase Cristo con
+monarquía o con república, y los gobernantes fuesen hijos sumisos del
+Papa. A él no le infundía miedo la República. Miraba con gran simpatía
+algunas de la América del Sur, pueblos ideales y felices donde la
+Purísima Concepción era capitana generala de los ejércitos y el Corazón
+de Jesús figuraba en las banderas y en los uniformes de los soldados,
+formándose los gobiernos bajo la sabia inspiración de los Padres de la
+Compañía. Una república de esta clase podía venir, por él, cuando
+quisiera. Daría por su triunfo la mitad de su fortuna.
+
+--Te digo, Fermín, que soy más republicano que tú y que de todo corazón
+estaría con aquellos buenos señores que conocí de niño, a los que miraba
+la gente como unos descamisados, siendo excelentes personas... ¡Pero el
+Salvatierra de ahora! ¡Y todos vosotros, los jovenzuelos que le
+escucháis, mequetrefes que os parece poco ser republicanos y habláis de
+la igualdad, y de repartirlo todo, y decís que la religión es cosa de
+viejas!...
+
+Dupont abría sus ojos desmesuradamente para expresar el asombro y la
+repugnancia que le inspiraban los nuevos rebeldes.
+
+--Y no creas, Fermín, que yo soy de los que me asusto por lo que ese
+Salvatierra y sus amigos llaman reivindicaciones sociales. Ya sabes que
+no riño por cuestiones de dinero. ¿Que piden los trabajadores unos
+céntimos más de jornal o un nuevo rato de descanso para echar otro
+cigarro? Pues si puedo, lo doy, ya que gracias al Señor, que tanto me
+protege, lo que menos me falta es dinero. Yo no soy como esos otros amos
+que viviendo en perpetuo ahogo regatean el sudor del pobre. ¡Caridad,
+mucha caridad! Que se vea que el cristianismo sirve de arreglo para
+todo... Pero lo que me revuelve la sangre es que se pretenda que todos
+seamos iguales, como si no existiesen jerarquías hasta en el cielo; que
+se hable de Justicia al pedir algo, como si favoreciendo yo a un pobre
+no hiciese más que lo que debo y mi sacrificio no significase una buena
+acción. Y, sobre todo, esa infernal manía de ir contra Dios, de quitar
+al pobre sus sentimientos religiosos, de hacer responsable a la Iglesia
+de todo lo malo que ocurre, y que no es más que obra del maldito
+liberalismo...
+
+Don Pablo se indignaba al recordar la impiedad de la gente rebelde. En
+esto no transigía. Salvatierra y cuantos fuesen contra la religión le
+encontrarían enfrente. En su casa, todo menos eso. Aún temblaba de
+cólera recordando cómo despidió, dos semanas antes, a un tonelero, un
+mentecato adulterado por la lectura, al que había sorprendido haciendo
+alarde de incredulidad ante sus compañeros.
+
+--Figúrate que decía que las religiones son hijas del miedo y la
+ignorancia: que el hombre, en sus primeros tiempos, no creyó en nada
+sobrenatural, pero que ante el rayo y el trueno, ante el incendio y la
+muerte, no pudiendo explicarse tales misterios, había inventado a Dios.
+¡Vamos, no sé cómo me contuve y no le di de bofetadas! Aparte de estas
+locuras, un buen muchacho que sabía su oficio: pero buena penitencia
+lleva, pues en Jerez nadie le ha dado trabajo por no molestarme,
+viéndolo expulsado de mi casa, y ahora tal vez vaya por el mundo
+royéndose los codos de hambre. Ese acabará por echar bombas, que es el
+final de todos los que niegan a Dios.
+
+Don Pablo y su empleado iban lentamente hacia el escritorio.
+
+--Ya sabes mi resolución, Fermín--dijo Dupont antes de entrar en la
+oficina.--Te quiero por tu familia y porque casi hemos sido compañeros
+de infancia. Además, eres como un hermano de mi primo Luis. Pero ya me
+conoces; Dios sobre todo: por él soy capaz de abandonar a mi familia. Si
+no estás contento en mi casa, habla; si te parece escaso el sueldo,
+dilo. Contigo no regateo, porque me eres simpático a pesar de tus
+necedades. Pero no me faltes el domingo a la misa de la casa: aléjate
+del chiflado de Salvatierra y todos los perdidos que se juntan con él. Y
+si no haces esto, nos veremos las caras, ¿sabes, Fermín? Tú y yo
+acabaremos mal.
+
+Dupont fue a instalarse en su despacho y acudió presuroso don Ramón, el
+encargado de la publicidad, con un lío de papeles que presentó a su
+jefe, acompañándolo con una sonrisa de cortesano viejo.
+
+Montenegro, desde su mesa, veía al jefe discutiendo con el director del
+escritorio, removiendo los papeles y haciéndole preguntas sobre los
+negocios, con un acierto que revelaba que todas sus facultades útiles se
+habían concentrado al servicio de la industria.
+
+Había transcurrido más de una hora, cuando Fermín se vio llamado por el
+jefe. La casa tenía que aclarar una cuenta con el escritorio de otra
+bodega: era asunto largo que no podía discutirse por teléfono, y Dupont
+enviaba a Montenegro como dependiente de confianza. Don Pablo, serenado
+ya por el trabajo, parecía querer borrar con esta distinción la dureza
+amenazadora con que había tratado al joven.
+
+Fermín púsose el sombrero y la capa y salió sin prisa alguna,
+disponiendo del día entero para desempeñar su comisión. El amo no era
+exigente en el trabajo cuando se veía obedecido. En la calle, el sol de
+Noviembre, tibio y dulce como un sol primaveral, hacía resaltar bajo su
+lluvia de oro las casas blancas, de verdes balcones, recortando la línea
+de sus azoteas africanas sobre un cielo de intenso azul.
+
+Montenegro vio venir hacia él un airoso jinete en traje de campo. Era un
+mocetón moreno, vestido como los contrabandistas o los bandidos
+caballerescos que sólo existen ya en los relatos populares. Al trotar su
+caballo, movíanse las alas de su chaqueta corta de cordoncillo de
+Grazalema, con coderas de paño negro ribeteadas de seda y bolsillos de
+media luna forrados de rojo. El sombrero, de alas grandes y rectas,
+estaba sostenido por un barbuquejo. Calzaba botines de cuero amarillo
+con grandes espuelas y las piernas las resguardaba del frío con unos
+zajones de piel, amplio delantal sujeto con correas. Delante de la silla
+iba plegada la manta oscura de grueso borlaje; en la grupa las alforjas,
+y a un lado la escopeta con el doble cañón asomando por debajo de la
+panza del animal. Cabalgaba elegantemente, con una gallardía árabe, como
+si hubiese nacido sobre los lomos del corcel y éste y su jinete
+formasen un solo cuerpo.
+
+--¡Olé, los caballistas!--gritó Fermín al reconocerle.--Buenos días,
+Rafaelillo.
+
+Y el jinete paró su caballo de un tirón que le hizo tocar con las ancas
+el suelo, al mismo tiempo que levantaba las patas delanteras.
+
+--¡Buen animal!--dijo Montenegro dando palmadas en el cuello del corcel.
+
+Y los dos jóvenes quedaron silenciosos examinando la inquieta
+nerviosidad de la bestia, con el fervor de unas gentes que aman la
+equitación como el estado perfecto del hombre y consideran al caballo
+cual el mejor amigo.
+
+Montenegro, a pesar de su vida sedentaria de oficinista, sentía
+removerse en él atávicos entusiasmos a la vista de un corcel de precio;
+sentía la admiración del nómada africano ante el animal, eterno
+compañero de su vida. De la riqueza de su jefe don Pablo, sólo envidiaba
+la docena de caballos, los más caros y famosos de las ganaderías de
+Jerez, que tenía en sus cuadras. También aquel hombre obeso, que parecía
+no sentir otros entusiasmos que los que le inspiraban su religión y su
+bodega, olvidaba momentáneamente a Dios y al cognac al ver un caballo
+hermoso que no fuese suyo, y sonreía agradecido cuando le elogiaban como
+el primer jinete de la campiña jerezana.
+
+Rafael era el aperador del cortijo de Matanzuela, la finca de más valía
+que le quedaba a Luis Dupont, el primo escandaloso y pródigo de don
+Pablo. Inclinado sobre el cuello de la jaca, explicaba a Fermín su viaje
+a Jerez.
+
+--He venío a encargá unas cosillas para allá y llevo prisa. Pero antes
+de volver, echaré un galope para ir a la viña y ver a tu padre. Me farta
+algo cuando no veo al padrino.
+
+Fermín sonrió con malicia.
+
+--¿Y a mi hermana, no la verás? ¿No te falta también algo, cuando pasan
+días sin ver a María de la Luz?
+
+--Naturalmente--dijo el mocetón ruborizándose.
+
+Y como si sintiera repentina vergüenza, espoleó su caballo.
+
+--Con Dios, Ferminillo, y a ver si un día vienes al cortijo.
+
+Montenegro le vio alejarse rápidamente, calle abajo, con dirección a la
+campiña.
+
+--Es un angelote--pensaba.--¡Que le vaya a éste Salvatierra con que el
+mundo está mal arreglado y hay que volverlo como quien dice del
+revés!...
+
+Montenegro pasó por la calle Larga, la principal de la ciudad; una vía
+ancha con casas de deslumbrante blancura. Las portadas señoriales del
+siglo XVII estaban enjalbegadas cuidadosamente lo mismo que los escudos
+de armas de la clave. Los escarolados y nervios de la piedra labrada
+ocultábanse bajo una capa de cal. En los balcones verdes mostrábanse a
+aquellas horas de la mañana cabezas de mujeres morenas, de rasgados ojos
+negros, con flores en el pelo.
+
+Fermín siguió una de las amplias aceras limitadas por dos filas de
+naranjos agrios. Los principales casinos de la ciudad, los mejores
+cafés, abrían sus ventanales de vidrios sobre la calle. Montenegro lanzó
+una mirada al interior del _Círculo Caballista_. Era la sociedad más
+famosa de Jerez, el centro de reunión de la gente rica, el refugio de la
+juventud que había nacido poseedora de cortijos y bodegas. Por las
+tardes, la respetable asamblea discutía sus aficiones: caballos, mujeres
+y perros de caza. La conversación no tenía otros temas. Escasos
+periódicos en las mesas, y en lo más oscuro de la secretaría un armario
+con libros de lomos dorados y chillones cuyas vidrieras no se abrían
+nunca. Salvatierra llamaba a esta sociedad de ricos el «Ateneo
+Marroquí».
+
+A los pocos pasos, Montenegro vio venir hacia él una mujer que, con su
+paso vivo, su gesto arrogante y el incitador meneo de su cuerpo, parecía
+alborotar la calle. Los hombres detenían el paso para verla y la seguían
+con los ojos; las mujeres volvían la cabeza con un desdén afectado, y
+después que pasaba cuchicheaban señalándola con un dedo. En los
+balcones, las jóvenes gritaban hacia el interior de la casa, y salían
+otras apresuradamente, interesadas por el llamamiento.
+
+Fermín sonrió al notar la curiosidad y el escándalo que esparcía al
+andar aquella joven. Asomaban entre las blondas de su mantilla unos
+rizos rubios, y bajo los ojos negros y ardientes una naricilla sonrosada
+parecía desafiar a todos con sus graciosas contracciones. La audacia con
+que se recogía la falda, marcando las curvas más opulentas de su cuerpo
+y dejando al descubierto gran parte de las medias, irritaba a las
+mujeres.
+
+--¡Vaya usted con Dios, marquesita salerosa!--dijo Fermín cerrándola el
+paso.
+
+Se había terciado la capa, tomando un aire de majo galante, satisfecho
+de detener en la calle más céntrica, a la vista de todos, a una mujer
+que tal escándalo promovía.
+
+--Marquesa, ya no, hijo--contestó ella con gracioso ceceo.--Ahora crío
+cerdos... y muchas gracias.
+
+Se tuteaban como dos buenos camaradas; sonreían con la franqueza de la
+juventud, sin mirar en torno de ellos, pero alegrándose al pensar que
+muchos ojos estaban fijos en sus personas. Ella hablaba manoteando,
+amenazándolo con sus uñas sonrosadas cada vez que le decía algo
+_fuerte_; acompañando sus risas con un taconeo infantil cuando elogiaba
+su hermosura.
+
+--Siempre lo mismo. ¡Pero qué rebuenísima sombra tienes, hijo!... Ven a
+verme alguna vez: ya sabes que te quiero... siempre con buen fin; como
+hermanitos. ¡Y eso que el bruto de mi marido te tenía celos!...
+¿Vendrás?
+
+--Lo pensaré. No quiero tener una cuestión con el tratante en cerdos.
+
+La joven prorrumpió en una carcajada.
+
+--Es todo un caballero, ¿sabes, Fermín? Vale más con su chaquetón de
+monte que todos esos señoritos del _Caballista_. Yo estoy por lo
+popular: yo soy muy gitana...
+
+Y dando al joven un ligero bofetón con su manecita acariciadora, siguió
+la marcha, volviendo varias veces la cabeza para sonreír a Fermín, que
+la seguía con la vista.
+
+--¡Lástima de muchacha!--se dijo.--Con su cabeza de chorlito, es la más
+buena de la familia. ¡Y don Pablo que se muestra tan orgulloso de la
+nobleza de su madre!... Esta y su hermana son de las que nos consuelan
+haciendo acabar en punta los linajes orgullosos...
+
+Continuó su marcha Montenegro, entre las miradas de asombro o las
+sonrisas maliciosas de los que habían presenciado su conversación con la
+_Marquesita_.
+
+En la plaza Nueva, pasó entre los grupos que se estacionan allí
+habitualmente: corredores de vinos y de ganado; vendedores de cereales,
+obreros de bodega sin colocación, gañanes enjutos y tostados que esperan
+a que alguien alquile sus brazos inactivos, cruzados sobre el pecho.
+
+De un grupo salió un hombre, llamándole:
+
+--¡Don Fermín! ¡don Fermín!...
+
+Era un arrumbador de las bodegas de Dupont.
+
+--Ya no estoy allá, ¿sabe usté? Me han despedío esta mañana. Al
+presentarme en la bodega, el encargao me ha dicho, de parte de don
+Pablo, que estaba de más. ¡Después de cuatro años de trabajo y buena
+conducta! ¿Es esto justicia, don Fermín?...
+
+Como éste preguntase con su mirada el motivo de la desgracia, el
+arrumbador continuó con exaltación:
+
+--De too tiene la culpa la beatería cochina. ¿Sabe usté mi delito?... No
+ir a entregá la papeleta que me dieron el sábado con el jornal.
+
+Y como si Montenegro no conociese las costumbres de la casa, el buen
+hombre relataba detalladamente lo ocurrido. El sábado, al cobrar la
+semana los trabajadores de la bodega, el encargado les entregaba _la
+papeleta_ a todos: una invitación para que al día siguiente asistiesen a
+la misa que costeaba la familia de Dupont en la iglesia de San Ignacio.
+Si la fiesta era con comunión general, el convite aun resultaba más
+ineludible. El domingo, los encargados de la bodega recogían a cada
+obrero la papeleta en la misma puerta de la iglesia, y al recontarlas
+sabían, por los nombres, quiénes eran los que habían faltado.
+
+--Y yo no juí ayer, don Fermín; farté como he fartao otros días: porque
+no me da la gana de levantarme temprano los domingos, porque en la noche
+del sábado me gusta _tomarla_ con los compañeros. ¿Pa qué trabaja uno,
+sino pa tené un rato de alegría?...
+
+Además; él era dueño de sus domingos. El amo le pagaba por su trabajo;
+él trabajaba y no había por qué cercenarle su día de descanso.
+
+--¿Es eso justo, don Fermín? Porque no hago comedias, como toos esos...
+soplones y lamecosas que van a la misa de don Pablo, con toa su familia
+y toman la comunión después de pasar la noche de juerga, me echan a la
+caye. Sea usté franco; diga la verdad; y aunque usté trabaje como un
+perro, es usté un pillo: ¿No es eso, cabayeros?...
+
+Y se volvía al grupo de amigos que a cierta distancia oían sus palabras,
+comentándolas con maldiciones a Dupont.
+
+Fermín siguió su camino con cierto apresuramiento. El instinto de
+conservación le avisaba lo peligroso de permanecer allí entre una gente
+que abominaba de su principal.
+
+Y mientras iba hacia el escritorio donde le aguardaban para las cuentas,
+pensaba en el vehemente Dupont, en su fervor religioso, que parecía
+endurecerle las entrañas.
+
+--Y, realmente, no es malo--murmuraba.
+
+Malo, no. Fermín recordaba la largueza caprichosa y desordenada con que
+algunas veces socorría a las gentes en desgracia. Pero su bondad era
+estrechísima: dividía en castas la pobreza; y a cambio del dinero exigía
+una supeditación absoluta a todo lo que él pensase y amase. Era capaz de
+aborrecer a su propia familia, de sitiarla por hambre, si creía con ello
+servir a su Dios; a aquel Dios a quien profesaba inmensa gratitud
+porque hacía prosperar los negocios de la casa y era el sostén del orden
+social.
+
+
+
+
+II
+
+
+Cuando don Pablo Dupont iba a pasar un día con su familia en la famosa
+viña de Marchamalo, una de sus diversiones era mostrar el señor Fermín,
+el antiguo capataz, a los Padres de la Compañía o a los frailes
+dominicos, sin cuya presencia no creía posible una excursión feliz.
+
+--A ver, señor Fermín--decía sacando el viejo a la gran explanada que se
+extendía frente a las casas de Marchamalo, que casi formaban un
+pueblo.--Eche usted una voz de mando; pero con arrogancia, como cuando
+era usted de los rojos y marchaba de partida por la sierra.
+
+El capataz sonreía viendo que el amo y sus acompañantes de sotana o
+capucha mostraban gran placer en oírle; pero su sonrisa de campesino
+socarrón, no llegaba a saberse si era de burla o de agrado por la
+confianza del señor. Contento de proporcionar un rato de descanso a los
+muchachos que se encorvaban entre las cepas, ladera abajo, levantando y
+abatiendo sus azadas pesadísimas, avanzaba con cómica rigidez hasta el
+parapeto de la explanada, prorrumpiendo en un grito prolongado y
+atronador:
+
+--¡Eeeechen tabacooo!...
+
+Cesaba de brillar entre los sarmientos el acero de las azadas, y la
+larga fila de viñadores despechugados frotábanse las manos, entumecidas
+por el mango de la herramienta, y lentamente extraían de la faja los
+avíos de fumar.
+
+El viejo les imitaba, y acogiendo con sonrisa enigmática los elogios de
+los señores a su voz de trueno y a la entonación de caudillo con que
+mandaba a la gente, liaba el cigarro, fumándolo con calma para que los
+pobres de abajo tuviesen algunos segundos más de reposo a costa del buen
+humor del amo.
+
+Cuando no le quedaba más que la colilla, nueva diversión para los
+señores. Volvía a dar sus pasos con rigidez exagerada de intento, y su
+voz hacía temblar el eco de las vecinas colinas:
+
+--¡Vaaamos a otraaa!...
+
+Y con este llamamiento tradicional para reanudar el trabajo, los hombres
+volvían a encorvarse y relampagueaban las herramientas sobre sus
+cabezas, todas a un tiempo, en acompasadas curvas.
+
+El señor Fermín era una de las curiosidades de Marchamalo, que don Pablo
+exhibía a sus acompañantes. Todos reían sus refranes, los términos
+rebuscados y raros de su expresión, sus consejos dichos en tono
+campanudo; y el viejo aceptaba el irónico elogio de los señores con la
+simpleza del campesino andaluz, que aún parece vivir en la época feudal,
+siervo del amo, aplastado por la gran propiedad, sin esa independencia
+enfurruñada del pequeño labrador que tiene la tierra por suya.
+
+Además, el señor Fermín se sentía ligado por todo el resto de su
+existencia a la familia Dupont. Había visto a don Pablo en pañales, y
+aunque le trataba con el respeto que imponía su carácter imperioso, era
+siempre para él un niño, acogiendo con bondad paternal todas sus
+rarezas.
+
+El capataz había tenido en su vida un período de dura miseria. De joven
+fue viñador, gozando de la buena época; aquella de la ida al trabajo en
+calesín y de la cava con zapatos de charol, de la que hablaba
+melancólicamente el viejo bodeguero de la casa Dupont.
+
+La abundancia hacía generosos a los trabajadores de tales tiempos;
+pensaban en cosas _altas_ que no acertaban a definir, pero cuya grandeza
+presentían confusamente. Además, la nación entera estaba de revuelta. A
+corta distancia de Jerez, en el mar invisible cuyas brisas llegaban
+hasta las viñas, los barcos del gobierno habían disparado sus cañones
+para anunciar a la reina que debía abandonar su trono. El tiroteo de
+Alcolea, al otro extremo de Andalucía, despertaba a toda España; «la
+raza espúrea» había huido: la vida era mejor y el vino parecía más bueno
+al pensar (¡consoladora ilusión!) que cada uno poseía una pequeña parte
+de aquél poder retenido antes por una sola persona. Además, ¡qué de
+músicas arrulladoras para el pobre!, ¡qué de elogios y adulaciones al
+pueblo que meses antes no era nada y ahora lo era todo!
+
+El señor Fermín se conmovía recordando esta época feliz, que fue la de
+su matrimonio con la _pobre mártir_, como él llamaba a su difunta mujer.
+Se reunían los compañeros de trabajo en las tabernas todas las noches,
+para leer los papeles públicos, y la caña de vino circulaba sin miedo,
+con la largueza del jornal abundante y bien retribuido. Un ruiseñor
+volaba infatigable de plaza en plaza, teniendo por bosques las ciudades,
+y su música divina volvía locas a las gentes, haciéndolas pedir a gritos
+la República... pero Federal, ¿eh?... Federal o nada. Los discursos de
+Castelar leídos en las reuniones nocturnas, con sus maldiciones al
+pasado y sus himnos a la madre, al hogar, a todas las ternuras que
+emocionan el alma simple del pueblo, hacían caer más de una lágrima en
+las copas de vino. Luego, cada cuatro días, llegaba impresa en hoja
+suelta, con renglones cortos, alguna de las cartas que «el ciudadano
+Roque Barcia dirigía a sus amigos», con frecuentes exclamaciones de
+«óyeme bien, pueblo», «acércate, pobre, y compartiré tu frío y tu
+hambre», que enternecían a los viñadores, haciéndoles tener gran
+confianza en un señor que les trataba con esta fraternal simpleza. Y
+para desengrasarse de tanto lirismo, de tanta Historia comprimida,
+repetían las frases ingeniosas del patriarcal Orense, los chistes del
+marqués de Albaida, ¡un marqués que estaba con ellos, con los viñadores
+y los gañanes, acostumbrados a respetar con cierto temor supersticioso,
+como seres nacidos en otro planeta, a los aristócratas poseedores del
+suelo andaluz!...
+
+El santo respeto a la jerarquía, heredado de los abuelos e ingerido
+hasta lo más profundo de su alma por largos siglos de servidumbre,
+influía en el entusiasmo de estos _ciudadanos_ que hablaban a todas
+horas de la igualdad.
+
+Lo que más halagaba al señor Fermín en sus entusiasmos juveniles, era la
+categoría social de los jefes revolucionarios. Ninguno era jornalero, y
+esto lo apreciaba él como un mérito de las nuevas doctrinas. Los más
+ilustres defensores de «la idea» en Andalucía salían de las clases que
+él respetaba con atávica adhesión. Eran señoritos de Cádiz,
+acostumbrados a la vida fácil y placentera de un gran puerto; caballeros
+de Jerez, dueños de cortijos, hombres de pelo en pecho, grandes jinetes,
+expertos en las armas e incansables corredores de juergas: hasta curas
+entraban en el movimiento, afirmando que Jesús fue el primer republicano
+y que al morir en la cruz dijo algo así como «Libertad, Igualdad y
+Fraternidad».
+
+Y el señor Fermín no vaciló, cuando del mitin y de la declamación
+periodística, leída en alta voz, hubo que pasar a la excursión por el
+monte con la escopeta al hombro en defensa de aquella República que no
+querían aceptar los mismos generales que habían expulsado a los reyes. Y
+tuvo que correr por las montañas de la sierra unos cuantos días, e ir a
+tiros con las mismas tropas que meses antes había él aclamado cuando
+pasaban sublevadas por Jerez, camino de Alcolea.
+
+En esta aventura conoció a Salvatierra, sintiendo por él una admiración
+que nunca había de enfriarse. La fuga y una larga temporada pasada en
+Tánger fueron el único resultado de sus entusiasmos y cuando al fin pudo
+volver a la tierra, besó a Ferminillo, el primer hijo que la _pobre
+mártir_ le había dado a los pocos meses de su marcha a la serranía.
+
+Volvió a trabajar en las viñas, algo desilusionado por el mal éxito de
+la rebelión. Además, la paternidad le hacía egoísta, pensando más en la
+familia que en el pueblo soberano, que podía libertarse sin necesitar de
+su apoyo. Al ver proclamada la República sintió renacer sus entusiasmos.
+¡Por fin, ya la tenían! ¡Llegaba lo bueno!... Pero a los pocos meses le
+buscó Salvatierra, como a otros muchos. Los de Madrid eran unos
+traidores y la tal República resultaba un pastel. Había que hacerla
+federal o matarla; era preciso proclamar los cantones. Y otra vez
+Fermín, con el fusil al hombro, batiéndose en Sevilla, en Cádiz y en la
+montaña por cosas que no entendía, pero que debían ser verdades tan
+claras como el sol, ya que Salvatierra las proclamaba. De esta segunda
+aventura salió peor librado. Le cogieron y pasó muchos meses en el Hacho
+de Ceuta, confundido con prisioneros carlistas e insurrectos cubanos, en
+un amontonamiento y una miseria de los que aún se acordaba con horror
+después de tantos años.
+
+Al recobrar la libertad, la vida le pareció en Jerez más triste y
+desesperada que en el presidio. La _pobre mártir_ había muerto durante
+su ausencia, dejando en poder de unos parientes sus dos hijos,
+Ferminillo y María de la Luz. El trabajo escaseaba; había sobra de
+brazos, era reciente la indignación contra los _petroleros_
+perturbadores del país; los Borbones acababan de volver, y los ricos
+temían dar entrada en sus fincas a los que habían visto antes con el
+fusil en la mano, tratándoles de igual a igual, con gestos amenazadores.
+
+El señor Fermín, para que no le viesen llegar con las manos vacías los
+parientes pobres que cuidaban de sus pequeñuelos, se dedicó al
+contrabando. Su compadre Paco el de Algar, que había ido con él en las
+partidas, conocía el oficio. Entre los dos existía el parentesco de la
+pila bautismal, el compadrazgo, más sagrado entre la gente del campo que
+la comunidad de sangre. Fermín era el padrino de Rafaelillo, único hijo
+del señor Paco, al cual también se le había muerto la mujer durante la
+época de persecuciones y presidio.
+
+Los dos compadres emprendieron juntos sus penosas expediciones de
+contrabandistas pobres. Marchaban a pie, por las veredas más abruptas de
+la sierra, aprovechando los conocimientos adquiridos en las complicadas
+marchas de las partidas. Su pobreza no les permitía ser caballistas como
+otros que cabalgaban en pelotón, llevando en la grupa de sus fuertes
+jacas dos fardos enormes de tabaco y en la perilla de la montura la
+escopeta repleta de postas para pasar a _la brava_ el contrabando. Eran
+humildes mochileros que, al llegar a San Roque o Algeciras, echábanse a
+cuestas tres arrobas de tabaco y emprendían el regreso a la tierra
+huyendo de los caminos, buscando las sendas más peligrosas, marchando de
+noche y ocultándose de día, a gatas por los riscos, imitando los hábitos
+de las bestias feroces, lamentando ser hombres y no poder seguir el
+borde de los abismos con la misma seguridad que las bestias.
+
+¡Oh, la vida dura de continuos riesgos, la necesidad de ganarse el pan
+luchando con la oscuridad, con las tempestades y con el hombre, que era
+el peor de los enemigos! Un ruido a lo lejos, una voz, el aleteo de los
+pajarracos nocturnos, el chillido de las alimañas invisibles, el ladrido
+de un perro, les hacían ocultarse, tenderse en el suelo entre los
+jarales punzantes, sofocados por el peso de la mochila. Al partir del
+campo fronterizo de Gibraltar pagaban por trasponer la línea del
+resguardo. Los venales encargados de la vigilancia les imponían
+contribución según su clase: tantas pesetas a los mochileros, tantos
+duros a la gente de a caballo. Partían todos al mismo tiempo, después de
+depositar la ofrenda en ciertas manos que salían de unas mangas con
+galones de oro, y peones y jinetes, todo el ejército del contrabando,
+abríase como el varillaje de un abanico en la sombra de la noche,
+tomando distintos caminos para esparcirse por Andalucía. Pero quedaba lo
+difícil: el peligro de tropezar con las rondas volantes que no habían
+participado del soborno y se esforzaban por cortar el paso a los
+defraudadores y hacer buena presa de sus cargas. Los caballistas
+infundían miedo porque contestaban a tiros al ¡quién vive!, y eran los
+indefensos mochileros los que sufrían toda la persecución.
+
+Dos noches enteras necesitaban los compadres para llegar a Jerez,
+caminando encorvados, sudorosos en pleno invierno, zumbándoles los
+oídos, con el pecho oprimido por la carga. Acercábanse trémulos de
+inquietud a ciertos pasos de la sierra donde se apostaban los enemigos.
+Temblaban de miedo al entrar en ciertas gargantas en cuya oscuridad
+brillaba el fogonazo y silbaba la bala, al no obedecer ellos al ¡boca
+abajo! de los guardias emboscados. Algunos compañeros habían muerto en
+estos malos pasos. Además, los enemigos se vengaban de las largas
+esperas al acecho y de la inquietud que les inspiraban los caballistas,
+dando tremendas palizas a los de a pie. Más de una vez se rasgaba el
+silencio nocturno de la sierra con los alaridos de dolor que arrancaban
+los bárbaros culatazos dados al azar, en la oscuridad, lejos de toda
+vivienda, lejos de toda ley, en una soledad salvaje...
+
+Pero estos peligros eran los que menos intimidaban a los dos compadres.
+El miedo a perder la carga les aterraba. ¡Perder la carga! ¡el único
+medio de existencia, el capital de su industria! ¡Verse de golpe sin las
+ganancias acumuladas en fuerza de exponer su vida noches y noches; tener
+que pedir prestado otra vez y empezar de nuevo la pelea para pagar al
+prestamista, cercenando su pan y el de los pequeños!...
+
+Por no perder sus mochilas emprendían arriesgadas ascensiones en la
+oscuridad. A la menor alarma huían de las gargantas, dando rodeos por
+lugares casi inaccesibles, que infundían horror al ser vistos a la luz
+del sol. Los cuervos graznaban asustados en sus alturas al percibir el
+roce de unos animales desconocidos que gateaban en las tinieblas. Los
+aguiluchos aleteaban al ver interrumpido su sueño por el arrastre de
+extraños cuadrúpedos que, abrumados por su giba, avanzaban por el filo
+de los precipicios, haciendo rodar los guijarros con sus manos
+desolladas, en el vacío de lóbregas profundidades. El recuerdo de algún
+compañero muerto en estos pasos difíciles, congelaba su sangre un
+momento: «Allá abajo está Fulano». _Allá abajo_, en el fondo de la sima
+negra que bordeaban a tientas, con el tacto de los ciegos; donde sólo
+podían verle los cuervos, que poco a poco dejarían blancos sus huesos
+bajo el peso de la mochila, mientras en su casa, la familia, hambriento,
+movida por una remota esperanza, aguardaba que un día u otro se
+presentase.
+
+El recuerdo de los que esperaban al compañero muerto les daba nuevas
+energías. También ellos tenían sus _churumbeles_ que podían aguardar el
+pan eternamente si daban un mal paso: ¡adelante! ¡adelante! Y con el
+valor audaz que da la lucha por los hijos, los dos mochileros avanzaban
+al través del peligro y de la noche.
+
+¡Ay! De los azares que el señor Fermín había corrido en su vida, de las
+miserias en presidio, entre gentes de todos los países, que se mataban
+con las cucharas afiladas para entretener el ocio del encierro; del
+miedo que tuvo a ser fusilado cuando lo prendieron después de derrotada
+la partida, nada recordaba con tanta tristeza como las tres veces que lo
+sorprendieron los carabineros, casi a las puertas de la ciudad, cuando
+ya se creía en salvo, quitándole lo que llevaba varias noches sobre sus
+espaldas. ¡Y luego, cuando vendía su tabaco a las gentes desocupadas, a
+los señores de los casinos y los cafés, aún le regateaban algunos
+céntimos! ¡Ay; si supieran lo que costaban aquellos paquetes, duros como
+ladrillos, en los que parecían haberse solidificado los sudores de una
+fatiga de bestia y los escalofríos del miedo!...
+
+La desgracia, como cansada del tesón con que los dos compadres sabían
+eludirla, comenzó a cebarse en ellos. Era en vano que con riesgo de su
+vida esquivasen durante la noche los pasos difíciles de la sierra. Por
+tres veces les sorprendieron cerca de la ciudad, en los llanos de
+Caulina, cuando se creían ya en salvo. Les dieron de golpes al
+arrebatarles aquellas mochilas que representaban la vida para sus hijos;
+y hasta les amenazaron con un tiro en vista de su reincidencia. Más que
+las amenazas les intimidó la pérdida de sus cargas. ¡Adiós los ahorros!
+Los tres fracasos les dejaban más pobres que antes de comenzar el
+contrabando, con deudas que les parecían enormes. Ya nadie querría
+prestarles para continuar el _negocio_.
+
+El compadre, llevando de la mano a Rafaelillo, que era ya un rapaz,
+marchó a Algar, a su pueblo de la serranía, para ser gañán en un
+cortijo, si es que le aceptaban viéndole entrado en años y enfermo.
+
+El señor Fermín no tuvo otro refugio que Jerez, y fue todas las
+madrugadas a la plaza Nueva a formar grupo con los jornaleros que
+esperaban trabajo, acogiendo con resignación el gesto desdeñoso de los
+capataces que le repelían por su antigua fama de cantonal y por las
+recientes aventuras del contrabando, que le habían hecho vivir algunos
+días en la cárcel. ¡Ay, las mañanas tristes pasadas en la plaza,
+estremeciéndose con el frío del amanecer, sin más alimento en el
+desfallecido estómago que alguna copa de aguardiente de Cazalla,
+ofrecida por los amigos! ¡Y después la vuelta desalentada a su tugurio,
+la sonrisa inocente de los hijos y el grito de tristeza de la mísera
+cuñada, al verle aparecer a la hora en que los demás trabajaban!
+
+--¿Tampoco hoy?...
+
+--Tampoco... pero ten carma mujer: arreglaos como podáis y no penséis en
+mí.
+
+Entonces conoció Fermín a su «ángel protector», como él le llamaba; al
+hombre que, después de Salvatierra, era el dueño de su voluntad, a
+Dupont el viejo que, viéndole un día, recordó vagamente ciertas muestras
+de respeto, ciertos pequeños favores a su casa y a su persona, en la
+época en que aquel infeliz iba por Jerez con aire de amo, orgulloso de
+su gorro colorado y de las armas que hacía resonar a cada paso, con un
+estrépito de ferretería vieja.
+
+Fue una genialidad de gran señor, un capricho de millonario que se
+admiraba a sí mismo proporcionando un mendrugo a un desesperado que
+encontraba obstruidos todos los caminos de la vida. Fermín halló un
+jornal en la viña de Marchamalo, la gran propiedad de los Dupont. Poco a
+poco fue conquistando la confianza del amo, el cual se fijaba
+atentamente en su trabajo.
+
+Cuando el antiguo rebelde llegó a ser capataz de la viña, había ya
+sufrido una gran transformación en sus ideas. Se consideraba como una
+parte de la casa Dupont. Le enorgullecía la importancia de las bodegas
+de don Pablo y comenzaba a reconocer que los señores no eran tan malos
+como creían los pobres. Hasta dejó a un lado el respeto que profesaba a
+Salvatierra, el cual andaba por entonces fugitivo fuera de España, y se
+atrevió a confesar a los amigos que las cosas no iban del todo mal
+después del desastre de sus ilusiones políticas. Él era el de siempre,
+federal, sobre todo federal: hasta que no viniese la suya, España no
+sería feliz, pero mientras tanto, a pesar de los malos gobiernos y de
+que «el pobre pueblo estaba oprimido», él se creía mejor que en los
+tiempos pasados. La niña y la cuñada vivían en la viña, en un caserón
+antiguo, espacioso como un cuartel; el muchacho iba a la escuela en
+Jerez, y don Pablo le había tomado ley y prometía hacerlo «todo un
+hombre», en vista de su inteligencia despierta. Él, tenía tres pesetas
+diarias, sin otra obligación que llevar la cuenta de los jornales,
+reclutar la gente y vigilarla, para que los remolones no descansasen
+antes de que él diese la voz para fumar un cigarro.
+
+De sus tiempos de miseria le quedaba la conmiseración para los
+jornaleros, fingiendo no ver sus descuidos y negligencias. Pero sus
+actos valían más que sus palabras, pues queriendo demostrar gran interés
+por el amo, hablaba duramente a los braceros, con ese exceso de
+autoridad que revela el humilde apenas se ve elevado sobre sus
+camaradas.
+
+El señor Fermín y sus hijos penetraban sin darse cuenta en la familia
+del amo, hasta llegar a confundirse con ella. La simpleza del capataz,
+alegre e hidalga como la de todos los labriegos andaluces, le hacía
+captarse la confianza de los de la casa señorial. Don Pablo el viejo
+reía haciéndole relatar sus fugas por la montaña, unas veces de
+guerrillero y otras de contrabandista, siempre perseguido por los
+carabineros. Los hijos del amo jugaban con él, prefiriendo sus
+marrullerías y chistes de hombre de campo, al gesto hosco de la aya
+inglesa que cuidaba de ellos. Hasta la orgullosa doña Elvira, la hermana
+del marqués de San Dionisio, siempre ceñuda y de noble malhumor, como si
+se creyese postergada por haberse unido con un Dupont, concedía cierta
+confianza al señor Fermín, escuchándole con gesto semejante a los que
+había visto en el teatro, cuando una dama se digna conversar con el
+viejo escudero, confidente de sus pensamientos.
+
+El capataz creía vivir en el mejor de los mundos contemplando a sus
+hijos corretear por los senderos de la viña con dos de los señoritos de
+la casa, mientras el mayor, el futuro dueño, a pesar de ser todavía un
+niño, se mantenía al lado de su madre, imitando sus gestos altivos.
+Había días en que el carruaje de don Pablo llegaba entre una nube de
+polvo, a todo correr de sus cuatro briosos caballos, para depositar en
+Marchamalo un cargamento de chiquillos, casi una escuela. Con los hijos
+de Dupont llegaba Luisito, huérfano de un hermano de don Pablo, cuya
+cuantiosa fortuna cuidaba éste; y las hijas del marqués de San Dionisio,
+dos niñas revoltosas de ojos cándidos y boca insolente, que se peleaban
+con los muchachos y los hacían correr a pedradas, revelando en sus
+audacias el carácter de su famoso padre. Y Ferminillo y María de la Luz
+jugaban con estos niños que habían de poseer cuantiosas fortunas, de
+igual a igual, con la simplicidad de la infancia que parece un recuerdo
+de los tiempos en que los hombres vivían como hermanos, antes de
+inventar las jerarquías sociales. El capataz los seguía en sus juegos
+con miradas de ternura, sintiendo orgullo de que sus hijos se tutearan
+con los hijos y parientes del amo. Era la Igualdad soñada, aquella
+Igualdad por la que había expuesto su vida, y que al fin llegaba para
+él, sólo para él.
+
+Algunas veces se presentaba el marqués de San Dionisio, y a pesar de sus
+cincuenta años lo ponía todo en revolución. La devota doña Elvira se
+enorgullecía de los títulos nobiliarios del hermano, pero despreciaba al
+hombre por sus calaveradas, que daban triste celebridad al noble
+apellido de Torreroel.
+
+El señor Fermín, influido por sus antiguos respetos a las jerarquías
+históricas, admiraba a aquel noble y alegre vividor. Estaba devorando
+los últimos restos de la gran fortuna de su familia, y había influido en
+el casamiento de su hermana con Dupont, para tener así un refugio cuando
+le llegase la hora de la total ruina. Su nobleza era de lo más antiguo
+de Jerez. El pendón de las Navas de Tolosa que sacaban con gran pompa de
+la casa municipal en determinadas fiestas, lo había ganado a golpes de
+hacha uno de sus ascendientes. Su título de marqués llevaba el nombre
+del santo patrón de la ciudad. En su estirpe figuraban toda clase de
+glorias: amigos de monarcas; Adelantados que infundían miedo a la
+morisma; virreyes de las Indias, santos arzobispos, almirantes de las
+galeras reales; pero el alegre marqués daba de barato tantos honores y
+tan preclaros ascendientes, pensando que hubiera sido mejor para él
+poseer una fortuna como la de su cuñado Dupont, aunque sin las
+obligaciones y trabajos de éste. Vivía en un caserón señorial, último
+resto de una fortaleza sarracena, restaurada y transformada por sus
+abuelos. En los salones, casi vacíos, sólo quedaban como recuerdos del
+antiguo esplendor algunos tapices astrosos, cuadros negruzcos con santos
+ensangrentados en posturas horripilantes, sillerías de estilo Imperio
+con la seda deshilachada; todo lo que no habían querido los corredores
+de antigüedades de Sevilla, a los que llamaba el marqués en sus momentos
+de apuro. Lo demás, trípticos y tablas, espadas y armaduras de los
+Torreroel de la Reconquista, las riquezas exóticas traídas de las Indias
+por los virreyes, y los regalos que varios monarcas de Europa habían
+hecho a sus abuelos, embajadores que dejaron en las cortes más famosas
+el recuerdo de su fastuosidad principesca, todo había ido desapareciendo
+después de noches terribles en que la fortuna le volvía la espalda en la
+mesa de juego, consolándose de su desgracia con _juergas_ estruendosas,
+de las que hablaba Jerez durante mucho tiempo.
+
+Viudo desde muy joven, tenía sus dos hijas bajo la vigilancia de criadas
+jóvenes, a las que más de una vez sorprendían las pequeñas señoritas
+abrazadas a papá y tuteándole. La señora de Dupont indignábase al
+conocer estos escándalos y se llevaba las sobrinas a su casa para que no
+presenciasen malos ejemplos. Pero ellas, verdaderas hijas de su padre,
+deseaban vivir en este ambiente de libertad, y protestaban con llantos
+desesperados y convulsiones en el suelo, hasta que las volvían a la
+absoluta independencia de aquel caserón por donde pasaban el dinero y el
+placer como un huracán de locura.
+
+La gitanería más famosa acampaba en la casa señorial. El marqués
+sentíase atraído y dominado por las mujeres de piel aceitunada y ojos de
+tizón, como si en su pasado existiesen ocultos cruzamientos de raza, que
+tiraban de sus afectos con misteriosa fuerza. Se arruinaba cubriendo de
+joyas y vistosos pañolones a gitanas que habían trabajado en los
+cortijos, escardando los campos y durmiendo en la impúdica, promiscuidad
+de las gañanías. La interminable tribu de cada una de sus favoritas, le
+acosaba con el lloriqueo servil y la codicia insaciable propios de la
+raza; y el marqués se dejaba saquear, riendo la gracia de estos
+parientes de la mano izquierda, que le adulaban declarando que era un
+_cañi_ puro, más gitano que todos ellos.
+
+Los toreros famosos pasaban por Jerez para honrar con su presencia al de
+San Dionisio que organizaba fiestas estruendosas en su honor. Muchas
+noches despertaban las niñas en sus camas oyendo al otro extremo de la
+casa el rasgueo de las guitarras, los lamentos del cante hondo, el
+taconeo del baile; y veían pasar por las ventanas iluminadas, al otro
+lado del patio, grande como una plaza de armas, los hombres en mangas de
+camisa con la botella en una mano y la batea de cañas en la otra, y las
+mujeres con el peinado alborotado y las flores desmayadas y temblonas
+sobre una oreja, corriendo con incitante contoneo para evadir la
+persecución de los señores o tremolando sus pañolones de Manila como si
+quisieran torearles. Algunas mañanas, al levantarse las señoritas, aún
+encontraban tendidos en los divanes hombres desconocidos que roncaban
+boca abajo, con los tufos de pelo sudorosos cubriéndoles las orejas, el
+pantalón desabrochado y más de uno con los residuos de una cena mal
+digerida a corta distancia de su cara. Estas juergas eran admiradas por
+algunos como un simpático alarde de los gustos populares del marqués.
+
+El señor Fermín era de estos admiradores. ¡Un personaje de tantos
+pergaminos, que podía, sin desdoro, hacer el amor a una princesa,
+encaprichándose de muchachas del pueblo o de gitanas; escogiendo sus
+amigos entre caballistas, toreros y ganaderos y bebiéndose una copa de
+vino con el primer pobre que se aproximaba a pedirle algo! ¡Esto era
+democracia pura!... Y al entusiasmo por los gustos plebeyos del prócer
+que parecía querer resarcir a la gente de la altivez y el orgullo de sus
+empingorotados abuelos, uníase la admiración casi religiosa que la
+fuerza, el vigor físico, inspira siempre a la gente del campo.
+
+El marqués era un atleta y el mejor jinete de Jerez. Había que verle a
+caballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillas
+entrecanas y gitanescas, y la garrocha terciada en la silla. Ni el
+Santiago de las batallas legendarias podía comparársele, cuando a falta
+de musulmanes derribaba los toros más bravos y hacía galopar su jaca por
+lo más intrincado de las dehesas, pasando como un rayo entre ramas y
+troncos sin hacerse añicos el cráneo. Hombre sobre el cual dejaba caer
+su puño, caía redondo: potro cerril cuyos lomos abarcaba con sus piernas
+de acero, ya podía encabritarse, morder el aire y echar espumarajos de
+cólera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que lograba
+libertarse del peso de su domador.
+
+La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza de
+los que vivieron después en la corte arruinándose cerca de los reyes,
+resucitaban en él como la última llamarada de una raza próxima a
+extinguirse. Podía dar los mismos golpes que dieron sus antecesores al
+conquistar el pendón en las Navas y se arruinaba con igual indiferencia
+que aquellos de sus abuelos que se habían embarcado para rehacer su
+fortuna gobernando las Indias.
+
+El marqués de San Dionisio mostrábase satisfecho de sus alardes de
+fuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre con
+lesiones de los compañeros. Cuando le llamaban bruto con acento de
+admiración, sonreía orgulloso de su raza. Bruto, sí: como lo habían sido
+sus mejores abuelos: como lo fueron siempre los caballeros de Jerez,
+espejo de la nobleza andaluza, arrogantes jinetes formados en dos siglos
+de batalla diaria y continua algarada en tierras de moros, pues por algo
+Jerez se llamaba de la Frontera. Y recapitulando en su memoria lo que
+había leído u oído sobre la historia de los suyos, reíase de Carlos V el
+gran Emperador, que, al pasar por Jerez, había querido correr unas
+lanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban de combates
+de puro juego, tomándolos en serio como si aún luchasen con moros. En
+el primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundo
+le hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llamó
+muy asustada a su esposo, rogándole que reservase su lanza para gentes
+menos rudas que los caballeros jerezanos.
+
+El carácter bromista del marqués gozaba de tanta fama como su fuerza. El
+señor Fermín reía en la viña, repitiendo a los trabajadores las
+ocurrencias graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de acción, en las
+que siempre había una víctima; genialidades crueles, para regocijar a un
+pueblo rudo. Un día, al pasar el marqués por el mercado, dos mendigos
+ciegos le reconocían por la voz y le saludaban con frases pomposas
+esperando que los socorriese como de costumbre. «Toma, para los dos». Y
+pasaba adelante, sin dar nada, mientras los dos pordioseros se
+insultaban, creyendo cada uno que su camarada había recibido la limosna
+y le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban sus
+palos.
+
+Otra vez, el marqués hacía pregonar que el día de su santo daría una
+peseta a todo cojo que se presentase en su casa. Circulaba la noticia
+por todas partes y el patio del caserón llenábase de cojos de la ciudad
+y del campo; unos apoyados en muletas, otros arrastrándose sobre las
+manos como larvas humanas. Y al aparecer el marqués en un balcón,
+rodeado de sus amigotes, abríase la puerta de la cuadra y salía bufando
+con espumarajos de rabia un novillo, al que habían aguijoneado
+previamente los criados. Los que realmente eran cojos, corrían hacia los
+rincones, amontonándose, manoteando con la locura del miedo; y los
+fingidos soltaban las muletas, y con cómica agilidad se encaramaban por
+las rejas. El marqués y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerez
+pasó mucho tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitual
+generosidad, pues una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuyó el
+dinero a manos llenas entre los lisiados, verdaderos y falsos, para que
+a todos les pasase el susto bebiendo algunas cañas a su salud.
+
+El señor Fermín extrañábase de la indignación con que la hermana del
+marqués acogía sus originalidades. ¡Un hombre así, no debía morirse
+nunca!... Pero, al fin, murió. Murió cuando no le quedaba nada que
+gastar; cuando los salones de su casa no tenían un mueble; cuando su
+cuñado Dupont se negó de veras a hacerle nuevos préstamos, ofreciéndole
+en su casa todo lo que quisiera, cuanto vino desease, pero sin la menor
+cantidad de dinero.
+
+Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atención por su
+belleza picaresca y su desenfado, abandonaron el caserón paterno que
+tenía mil dueños, ya que se lo disputaban todos los acreedores del de
+San Dionisio, y fueron a vivir con su santa tía doña Elvira. La
+presencia de estos adorables diablillos produjo una serie de disgustos
+domésticos que amargaron los últimos años de don Pablo Dupont. Su esposa
+no podía tolerar el desenfado de las sobrinas, y Pablo, el hijo mayor,
+el favorito de la madre, apoyaba sus protestas contra aquellas parientas
+que venían a turbar la tranquilidad de la casa, como si con ellas
+trajesen un olor, un eco, de las costumbres del marqués.
+
+--¿De qué te lamentas?--decía don Pablo aburrido.--¿No son tus sobrinas?
+¿No son sangre tuya?...
+
+Doña Elvira no podía quejarse de los últimos momentos de su hermano.
+Había muerto como quien era: como un caballero cristiano, como una
+persona decente. La enfermedad mortal le había sorprendido en una de sus
+_juergas_ rodeado de mujeres y mozos de valor. La sangre del primer
+vómito se la habían limpiado las amigas con sus pañolones bordados de
+chinos y rosas fantásticas. Pero al ver próxima la muerte y oír los
+consejos de su hermana, que después de muchos años de ausencia se
+decidía a entrar en su casa, quiso «dar buen ejemplo», irse del mundo
+con la discreción que convenía a su rango. Y sacerdotes de todos hábitos
+y reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra o
+una enagua olvidada; hablándole del cielo, en el que, seguramente, le
+guardaban un sitio de preferencia por los méritos de sus mayores. Las
+innumerables cofradías y hermandades de Jerez, en las cuales tenía el
+alegre noble un cargo hereditario, acompañaron al Viático; y al morir,
+su cadáver fue vestido de fraile, amontonándose sobre su pecho todas las
+medallas que la señora de Dupont juzgó de más eficacia para que aquel
+vividor no sufriese retraso ni entorpecimiento en su ascensión a la
+gloria eterna.
+
+Doña Elvira no podía quejarse de su hermano, que al fin había demostrado
+su buena sangre en los últimos instantes; no podía quejarse de sus
+sobrinas, pájaros inquietos que agitaban sus plumajes con cierta
+insolencia, pero la acompañaban sin réplica a misas y novenas con una
+graciosa gravedad, que daba ganas de comérselas a besos. Pero la
+atormentaban el recuerdo del pasado del marqués y el atolondramiento que
+mostraban sus hijas al hallarse en presencia de los jóvenes; sus voces y
+gestos desgarrados, que eran como un eco de lo que habían oído en la
+casa paterna.
+
+A la noble señora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armonía
+majestuosa de su existencia y de su salón. Su mismo esposo era para ella
+un motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempre
+ansioso de descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excéntrico que
+había copiado de sus corresponsales de Inglaterra. Sólo sentía por él un
+débil afecto semejante al que inspira un socio comercial. Estaba unida
+a él por el interés común en favor de los hijos; por cierta gratitud al
+ver que su trabajo aseguraba la riqueza de sus descendientes. En el hijo
+mayor había concentrado toda la cantidad de amor de que era capaz su
+alma austera y orgullosa.
+
+--Es un Torreroel: es mi hijo; mío solamente. No tiene nada de los
+Dupont.
+
+Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegría maternal, creía
+librar a su hijo de un peligro; como si después de haber aceptado el
+matrimonio con Dupont por su gran fortuna, le inspirase éste
+repugnancia.
+
+Pensaba con orgullo en los millones que tendrían sus hijos, y al mismo
+tiempo despreciaba a los que los habían amasado. Recordaba mentalmente
+con cierta vergüenza el origen de los Dupont, del que hablaban los más
+viejos de Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de la
+dinastía llegaba a la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero,
+para entrar al servicio de otro francés que había establecido una
+bodega. Durante la guerra de la Independencia, el amo huía por miedo a
+las cóleras populares, dejando toda su fortuna confiada al compatriota,
+que era su servidor de confianza, y éste, en fuerza de dar gritos contra
+su país y vitorear a Fernando VII, conseguía que le respetasen y hacía
+prosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a considerar
+como suya. Cuando, terminada la guerra, volvía el verdadero dueño,
+Dupont se negaba a reconocerle, alegándose a sí mismo, para tranquilidad
+de la conciencia, que bien había ganado la propiedad de la casa haciendo
+frente al peligro. Y el confiado francés, enfermo y agobiado por la
+traición, desaparecía para siempre.
+
+Los negocios de la bodega crecían y se desarrollaban con la fecundidad
+beneficiosa que acompaña siempre a todo crimen hábil. Comenzaba la
+carrera de honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad de
+los que no necesitan cometer una mala acción para que sus negocios
+prosperen, ni ven puesta a prueba su virtud por la desgracia.
+
+La noble doña Elvira, que hacía gala a cada momento de sus ilustres
+ascendientes, sentía cierto escozor al recordar esta historia; pero
+tranquilizábase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna la
+dedicaba a Dios con sus generosidades de devota.
+
+La muerte de don Pablo fue para ella una solución. Sintiose más libre de
+preocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse y
+sería el dueño de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de un
+Torreroel, y con esto le parecía que se borraba su vergonzoso origen, y
+que Dios protegería mejor los negocios de la casa. La aptitud comercial
+de Pablo, sus iniciativas y, especialmente, la nueva destilación del
+cognac, que hacía famoso el nombre de la bodega, parecían afirmar estas
+preocupaciones de la buena señora. ¡Dupont, en el rótulo; pero Torreroel
+en el alma! Su hijo le parecía un gran señor de otras épocas, de
+aquellos que con toda su nobleza eran agricultores y servían a Dios
+arado en mano. La industria serviría ahora para que afirmase su
+importancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos.
+El Señor bendeciría con su protección al cognac y las bodegas...
+
+El capataz de Marchamalo sintió la muerte del amo más que toda la
+familia. No lloró, pero su hija María de la Luz, que comenzaba a ser una
+mocita, andaba tras él, animándolo para que saliese de su triste
+marasmo, para que no pasase las horas sentado en la plazoleta con la
+mandíbula entre las manos y la vista perdida en el horizonte,
+desalentado y triste como un perro sin dueño.
+
+Eran inútiles los consuelos de la niña. ¡Cualquier día olvidaba él a su
+protector, al que le había sacado de la miseria! Aquel golpe era de los
+de prueba: únicamente podía compararse al dolor que le produciría la
+muerte de su héroe don Fernando. María de la Luz, para animarle, sacaba
+del fondo de un armario alguna botella de las que se dejaban los
+señoritos cuando iban a la viña, y el capataz miraba con ojos llorosos
+el líquido dorado de la copa. Pero al llenar ésta por tercera o cuarta
+vez, su tristeza tomaba un acento de dulce resignación:
+
+--¡Lo que somos! Hoy tú... mañana yo.
+
+Para continuar su fúnebre monólogo bebía con la calma del campesino
+andaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele y
+examina, hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, su
+pensamiento, saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont para
+fijarse en Salvatierra, comentando sus correrías y aventuras, siempre
+propagando sus ideales de tal modo, que la mayor parte del tiempo la
+pasaba en la cárcel.
+
+No por esto olvidaba a su protector. ¡Ay, aquel don Pablo, cuánto bien
+le había hecho! Por él, su hijo Fermín era un caballero. El viejo
+Dupont, al ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio,
+donde había entrado como _zagal_ para los recados, quiso ayudarle con su
+protección. Fermín se había instruido aprovechando la presencia en Jerez
+de Salvatierra. El revolucionario, al volver de su emigración en
+Londres, ansioso de sol y de tranquilidad campestre, había ido a vivir
+en Marchamalo, al lado de su amigo el capataz. Algunas veces, al entrar
+el millonario en la viña, se encontraba con el rebelde hospedado en su
+propiedad sin permiso alguno. El señor Fermín creía que, tratándose de
+un hombre de tantos méritos, era innecesario solicitar la autorización
+del amo. Dupont, por su parte, respetaba el carácter probo y bondadoso
+del agitador, y su egoísmo de hombre de negocios le aconsejaba la
+benevolencia. ¡Quién sabe si aquellas gentes volverían a mandar el día
+menos pensado!...
+
+El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamente
+la mano después de tantos años de no verse, como si nada hubiese
+ocurrido.
+
+--¡Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro de
+Ferminillo. ¿Cómo va ese discípulo?
+
+Ferminillo progresaba rápidamente. Muchas noches no quería quedarse en
+Jerez, y emprendía una marcha de más de una hora para ir a la viña en
+busca de las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicábalos por
+entero a su maestro, al que adoraba con una pasión igual a la de su
+padre.
+
+El señor Fermín no supo si fue por consejo de don Fernando o por propia
+iniciativa del amo; pero lo cierto era que éste, con el acento imperioso
+que empleaba para hacer el bien, manifestó su deseo de que Ferminillo
+fuese a Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada en
+la sucursal que tenía en Collins-Street.
+
+Ferminillo marchó a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrábase
+satisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillante
+porvenir. Vendría de allá sabiendo más que todos los señores que
+plumeaban en el escritorio de Dupont. Además, Salvatierra le había dado
+cartas para los amigos que tenía en Londres, todos polacos, rusos e
+italianos, refugiados allí porque en su tierra les querían mal;
+personajes que eran considerados por el capataz como seres poderosos
+cuya protección envolvería a su hijo mientras viviese.
+
+Pero el señor Fermín se aburría en su retiro, sin poder hablar más que
+con los viñadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija,
+que prometía ser una buena moza, y sólo pensaba en el arreglo y
+admiración de su persona. La muchacha se dormía por las noches apenas
+deletreaba él a la luz del candil alguno de los folletos de la buena
+época, los renglones cortos de Barcia, que le entusiasmaban como una
+resurrección de su juventud. De tarde en tarde se presentaba don Pablo
+el joven, que dirigía la gran casa Dupont, dejando que sus hermanos
+menores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o doña Elvira con sus
+sobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la juventud de Jerez.
+La viña parecía otra, más silenciosa, más triste. Los chicuelos que
+corrían por ella en pasados tiempos tenían ahora otras preocupaciones.
+Hasta la casa de Marchamalo había envejecido tristemente; se agrietaba
+su vetustez de ruda construcción, que contaba más de un siglo. El
+impetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarla
+abajo y levantar algo grandioso y señorial, que fuese como el castillo
+de los Dupont, príncipes de la industria.
+
+¡Qué tristeza! Su protector había muerto, Salvatierra andaba por el
+mundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre,
+muriendo de un enfriamiento allá en un cortijo del riñón de la sierra.
+También el compadre había mejorado de suerte, aunque sin llegar a la
+buena fortuna del señor Fermín. En fuerza de trabajar como bracero y de
+rodar por las gañanías errante como un gitano, siempre seguido de su
+hijo Rafael, que se empleaba en las faenas de zagal, había acabado por
+ser aperador de un cortijo pobre: asunto, como él decía, de matar el
+hambre sin tener que doblarse ante el surco, debilitado por una vejez
+prematura y por los rudos lances de la conquista del pan.
+
+Rafael, que era ya un mocetón de dieciocho años, endurecido por el
+trabajo, se presentó en la viña para dar la mala noticia a su padrino.
+
+--Muchacho, ¿y ahora qué va a jacer?--preguntó el capataz interesándose
+por su ahijado.
+
+El mocetón sonrió al oír hablar de una colocación en otro cortijo. ¡Nada
+de trabajar la tierra! La aborrecía. Gustábanle los caballos y las
+escopetas con entusiasmo juvenil, como a cualquier señorito del _Círculo
+Caballista_. En punto a domar un potro o a meter la bala donde ponía el
+ojo, no admitía rival. Además, era todo un hombre; tan hombre como el
+que más: le gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiaba
+aventuras para que se supiese quién era el hijo de Paco el de Algar. Y
+al decir esto sacaba el pecho y tendía los brazos en cruz, haciendo
+alarde de la energía vital, de la juvenil acometividad depositadas en su
+cuerpo.
+
+--En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre.
+
+Y Rafael no murió de hambre. ¡Qué había de morir!... Su padrino le
+admiraba cuando le veía llegar a Marchamalo, montado en un alazán fuerte
+y de libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda de
+galán campesino, asomándole ricos pañuelos de seda por los bolsillos de
+la chaqueta y el escopetón siempre pendiente de la montura. Al viejo
+contrabandista le temblaban las carnes de placer oyéndole relatar sus
+proezas. El muchacho vengaba a su compadre y a él de los sustos sufridos
+en la montaña, de los golpes que les habían dado los que él apellidaba
+«los esbirros». ¡De seguro que a éste no se le ponían delante para
+quitarle la carga!...
+
+El mozo era de los de caballería y no se limitaba a entrar tabaco. Los
+judíos de Gibraltar le hacían crédito, y su alazán trotaba llevando a la
+grupa fardos de sedas y de vistosos pañolones de China. Ante el absorto
+padrino y su hija María de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojos
+de brasa, el muchacho sacaba a puñados las monedas de oro, las libras
+inglesas, como si fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjas
+algún pañuelo vistoso o puntilla complicada, para hacer regalo de ello a
+la hija del capataz.
+
+Los dos jóvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarse
+experimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde niños,
+como si no hubiesen jugado juntos cuando el señor Paco venía de tarde en
+tarde a visitar a su viejo camarada en la viña.
+
+El padrino sonreía socarronamente viendo la turbación de los muchachos.
+
+--No parece sino que ustés no se han visto nunca. Hablarse sin miedo,
+que ya sé yo que tú buscas ser algo más que mi ahijado... ¡Lástima que
+andes en esa vida!
+
+Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba de
+frente. Debía guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, ya
+hablarían de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero que
+sabían los tres. ¡Ahorrar!... Rafael sonreía ante este consejo. Tenía en
+el porvenir la confianza de todos los hombres de acción seguros de su
+energía; la generosidad derrochadora de los que conquistan el dinero
+desafiando a las leyes y a los hombres; la largueza desenfadada de los
+bandidos románticos, de los antiguos negreros, de los contrabandistas;
+de todos los pródigos de su vida que, acostumbrados a afrontar el
+peligro, consideran sin valor lo que ganan sorteando a la muerte. En los
+ventorrillos de la campiña, en las chozas de carboneros de la sierra, en
+todas partes donde se juntaban hombres para beber, él lo pagaba todo con
+largueza. En las tabernas de Jerez organizaba _juergas_ de estruendo,
+abrumando con su generosidad a los señoritos. Vivía como los lasquenetes
+mercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de orgía
+pantagruélica, devoraban el precio de su sangre. Tenía sed de vivir, de
+gozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometía la duda de
+lo futuro, veía, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de María de la
+Luz, escuchaba su voz, que siempre le decía lo mismo cuando él se
+presentaba en la viña.
+
+--Rafaé: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... ¡Pero tú eres
+bueno! ¿verdá que cambiarás?...
+
+Y Rafael se juraba a sí mismo que había de cambiar, para que no le
+mirase con sus ojazos de pena aquel ángel que le aguardaba en lo alto de
+una colina, cerca de Jerez, y corría cuesta abajo entre el ramaje de las
+cepas, al verle de lejos galopar por la polvorienta carretera.
+
+Una noche, los perros de Marchamalo ladraron desaforadamente. Era cerca
+del amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abrió una
+ventana. Un hombre en mitad de la plazoleta sosteníase agarrado al
+cuello de su jaca, que respiraba jadeante, con las piernas temblonas,
+como si fuese a desplomarse.
+
+--Abra usté, padrino--dijo con débil voz.--Soy yo, Rafaé, que vengo
+jerío. Pa mí, que me han pasao de parte a parte.
+
+Entró en la casa, y María de la Luz, al asomarse tras la cortina de
+percal de su cuarto, lanzó un alarido. Olvidando todo pudor, la muchacha
+salió en camisa a ayudar a su padre, que apenas podía sostener al
+mocetón, pálido con palidez de muerte, con las ropas salpicadas de
+sangre negruzca y de otra fresca y roja que caía y caía por debajo de su
+chaquetón, goteando en el suelo. Anonadado por su esfuerzo para llegar
+hasta allí, Rafael se desplomó en la cama, contándolo todo con palabras
+entrecortadas antes de desvanecerse.
+
+Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo. Él había
+herido para abrirse paso, y en la huida le alcanzó una bala en la
+espalda, debajo del hombro. En un ventorrillo le habían curado de
+cualquier modo, con la misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y al
+oír, en el silencio de la noche, con su fino oído de hombre de la
+sierra, el trote de los caballos enemigos, había vuelto sobre la silla
+para no dejarse coger. Un galope de leguas, desesperado, loco, haciendo
+esfuerzos por mantenerse sobre los estribos, apretando sus piernas con
+el estertor de una voluntad próxima a desvanecerse, rodándole la cabeza,
+viendo nubes rojas en la oscuridad de la noche, mientras por el pecho y
+la espalda se escurría algo viscoso y caliente, que parecía llevársele
+la vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que no le cogieran:
+y para esto, ningún refugio como Marchamalo, en aquella época que no
+era de trabajo y los viñadores estaban ausentes. Además, si su destino
+era morir, deseaba que fuese entre los que más quería en el mundo. Y sus
+ojos se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos,
+entre el lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino.
+
+--¡Rafaé! ¡Rafaé!--gemía María de la Luz inclinándose sobre el herido.
+
+Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, faltó muy
+poco para que le besase en presencia de su padre.
+
+El caballo murió en la mañana siguiente, reventado por la loca carrera.
+Su dueño se salvó después de una semana transcurrida entre la vida y la
+muerte. El señor Fermín había traído de Jerez un médico, gran amigo de
+Salvatierra, un compañero de la época heroica, acostumbrado a esta clase
+de lances. Tuvo delirios que le hacían gritar con el terror de la
+pesadilla, y cuando después de largos desvanecimientos desentornaba los
+ojos, veía a María de la Luz sentada junto a la cama, inclinando sobre
+él su cabeza, como si buscase en su aliento la llegada de la reacción
+vital que habla de salvarle.
+
+La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida se
+cicatrizó rápidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que su
+ahijado tenía carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con un
+balazo así: ¡pero, balitas a él, que era el mozo más valiente del campo
+de Jerez!...
+
+Cuando el herido abandonó la cama, acompañábale María de la Luz en sus
+vacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre los
+dos había vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos,
+ese recato tradicional que hace que los novios se adoren sin decírselo,
+sin declararse su pasión, bastándoles el expresarla mudamente con los
+ojos. La muchacha, que había vendado su herida, que había visto desnudo
+su pecho robusto, perforado por aquel rasguño de labios violáceos, no
+osaba ahora, que le veía de pie, ofrecerle su brazo cuando paseaba
+vacilante, apoyándose en un bastón. Entre los dos marcábase un ancho
+espacio, como si sus cuerpos se repeliesen instintivamente; pero los
+ojos se buscaban, acariciándose con timidez.
+
+A la caída de la tarde, el señor Fermín se sentaba en un banco, bajo las
+arcadas de su caserón, con la guitarra en las rodillas.
+
+--¡Venga de ahí, Mariquita de la Lú! Hay que alegrar un poquiyo al
+enfermo.
+
+Y la muchacha rompía a cantar, con la cara grave y los ojos entornados,
+como si cumpliese una función sacerdotal. Únicamente sonreía cuando su
+mirada se encontraba con la de Rafael, que la escuchaba en éxtasis,
+acompañando con débil palmoteo el rasguear melancólico de la guitarra
+del señor Fermín.
+
+¡Oh, la voz de María de la Luz! Una voz grave, de entonaciones
+melancólicas, como la de una mora habituada a eterna clausura que canta
+para oídos invisibles tras las tupidas celosías: una voz que temblaba
+con litúrgica solemnidad, como si meciese el sueño de una religión
+misteriosa sólo de ella conocida. De repente, se adelgazaba, partiendo
+como un relámpago hacia las alturas, hasta convertirse en un alarido
+agudo, en un grito que serpenteaba, formando complicados arabescos de
+salvaje bizarría.
+
+Las vulgares coplas, oídas por Rafael tantas veces en sus juergas con
+las gitanas, parecían nuevas en los labios de María de la Luz. Adquirían
+un sentimentalismo conmovedor, una unción religiosa en el silencio del
+campo, como si aquella poesía ingenua y gallarda, cansada de rodar sobre
+las mesas, manchadas de vino y de sangre, se rejuveneciera al tenderse
+soñolienta en los surcos de la tierra bajo los pabellones de pámpanos.
+La voz de María de la Luz era famosa en la ciudad. En Semana Santa, la
+gente que presenciaba el paso de las procesiones de encapuchados a altas
+horas de la noche, corría para oírla de más cerca.
+
+--Es la niña del capataz de Marchamalo que va a echarle una _saeta_ al
+Cristo.
+
+Y empujada por las amigas, abría los labios y ladeaba la cabeza con un
+gesto lacrimoso, igual al de la Dolorosa; y el silencio de la noche, que
+parecía agrandado por la emoción de una religiosidad lúgubre, rasgábase
+con el lento y melódico quejido de aquella voz de cristal que lloraba
+las trágicas escenas de la Pasión. Más de una vez la muchedumbre,
+olvidando la santidad de la noche, prorrumpía en elogios a la gracia de
+la chiquilla y en bendiciones a la madre que la había parido, sin
+respetar el aparato inquisitorial del sagrado Entierro con sus negros
+encapuchados y sus fúnebres blandones.
+
+En la viña no despertaba menores entusiasmos María de la Luz. Oyéndola
+los dos hombres bajo las arcadas, sentíanse conmovidos, y sus almas
+sencillas abríanse a la ráfaga de poesía del crepúsculo, mientras se
+coloreaban las lejanas montañas con la puesta del sol, y Jerez teñía su
+blancura con resplandores de incendio, destacándose sobre un cielo de
+violeta en el que comenzaban a brillar las primeras estrellas.
+
+El canto quejumbroso y melancólico de los pueblos tristes y moribundos,
+despertaba inexplicables recuerdos, ecos de una existencia anterior. El
+alma morisca se estremecía en ellos oyendo aquellas coplas de muerte, de
+sangre, de amores desesperados y fanfarronas amenazas. El viejo capataz,
+enardecido por la voz de María de la Luz, parecía olvidar que era su
+hija, y soltaba la guitarra para echarla su sombrero a los pies.
+
+--¡Olé mi niña! ¡Viva su pico de oro, la mare que la crió... y el pare
+también!
+
+Y recobrando su gravedad, le decía al ahijado con el tono de un profesor
+que enseña verdades de universal trascendencia:
+
+--Ese es er verdadero cante jondo... ¡Jerezano puro! Y si te icen que si
+las seviyanas, que si las malagueñas, di que es pamplina. En Jerez está
+la llave der cante. Eso lo declaran toos los sabios del mundo.
+
+Cuando Rafael se sintió fuerte tuvo que dar por terminado este período
+de dulce intimidad. Una tarde habló a solas con el señor Fermín. Él no
+podía seguir allí; pronto llegarían los viñadores, y la casa de
+Marchamalo recobraría su animación de pequeño pueblo. Además, don Pablo
+anunciaba su propósito de echar abajo el caserón, para construir aquel
+castillo con el que soñaba como una glorificación de su familia. ¿Cómo
+explicar Rafael su presencia en la viña? Era una vergüenza que un hombre
+de sus energías permaneciese allí, sin ocupación, viviendo al amparo de
+su padrino.
+
+El asunto de aquella noche parecía olvidado. No temía que le
+persiguiesen, pero estaba resuelto a no volver a su antigua vida.
+
+--Con una basta, padrino; tenía su mercé razón. Ni esta es manera de
+ganarse honradamente el pan, ni hay jembra que apechugue con un mozo que
+por más dinero que traiga a casa puede morir de mala muerte.
+
+Él no sentía miedo, ¡eso nunca!, pero tenía sus planes para el porvenir.
+Quería formarse una familia, como su padre, como su padrino, y no pasar
+la vida echándolas de jaque en la montaña. Buscaría una ocupación más
+honrada y tranquila, aunque conociese el hambre.
+
+Y entonces fue cuando el señor Fermín, valiéndose de su influencia con
+los Dupont, hizo a Rafael aperador del cortijo de Matanzuela, propiedad
+del sobrino del difunto don Pablo.
+
+El tal Luis había vuelto a Jerez hecho un hombre, después de una
+continua peregrinación por todas las universidades de España, buscando
+catedráticos de manga ancha que no tuviesen empeño en malograr futuros
+abogados. Su tío le había impuesto la obligación de seguir una carrera,
+y mientras aquél vivió, se había resignado a llevar la vida de
+estudiante, ajustándose a los estrechos envíos de dinero y ampliándolos
+con préstamos feroces, por los que firmaba a ojos cerrados cuantos
+papeles querían presentarle los usureros. Pero al ver al frente de la
+familia a su primo Pablo y próxima su mayor edad, se había negado a
+continuar por más tiempo la comedia de sus estudios. Era rico, no quería
+perder el tiempo en cosas que en nada le interesaban. Y tomando posesión
+de sus bienes, comenzó la libre existencia de placeres con la que había
+soñado en su estrecha vida de estudiante.
+
+Viajaba por toda España, pero ya no era para aprobar una asignatura aquí
+y otra más allá: aspiraba a ser una autoridad en el arte taurino, un
+grande hombre de la afición, e iba de plaza en plaza al lado de su
+matador favorito, presenciando todas sus corridas. En invierno, cuando
+descansaban sus ídolos, vivía en Jerez al cuidado de sus haciendas, y
+este cuidado consistía en pasarse las noches en el _Círculo Caballista_,
+discutiendo acaloradamente los méritos de su matador y la inferioridad
+de sus rivales, pero con tal vehemencia, que por si una estocada
+recibida años antes por un toro, del que no quedaban ni los huesos,
+había sido caída o en su sitio, tentábase por encima de la ropa el
+revólver, la navaja, todo el arsenal que llevaba sobre su persona, como
+garantía del valor y la arrogancia con que resolvía sus asuntos.
+
+No salía caballo hermoso y de precio de las yeguadas jerezanas, que no
+lo comprase, entablando pujas con su primo, que era más rico que él. Por
+la noche, los montañeses de los colmados le veían entrar como un
+presagio de borrasca, seguros de que acabaría rompiendo botellas y
+platos y echando las sillas por el aire, para demostrar que era muy
+hombre y podía después pagarlo todo a triple precio. Su ambición
+estribaba en ser el continuador del glorioso marqués de San Dionisio,
+pero en el _Círculo Caballista_ decían de él que no era más que su
+caricatura.
+
+--Le farta el señorío, el _aquel_ del bendito marqué--decía el señor
+Fermín al enterarse de las hazañas de Luis, al que conocía desde niño.
+
+Las mujeres y los valientes eran las dos pasiones del señorito. Con
+ellas no se mostraba muy generoso; deseaba ser adorado por sus méritos
+de jinete arrogante, creyendo de buena fe que todos los balcones de
+Jerez se estremecían con la palpitación de corazones ocultos cuando
+pasaba él montando el último caballo que acababa de adquirir. Con la
+corte que le acompañaba de parásitos y matones era más espléndido. No
+había en todo el término de Jerez un valentón de fama triste que no
+acudiese a él atraído por su liberalidad. Los que salían de presidio no
+tenían que preocuparse de su suerte; don Luis era un buen amigo y además
+de darles dinero, les admiraba. Cuando a altas horas de la noche, al
+final de las francachelas en los colmados, sentíase borracho,
+despreciaba a sus queridas para fijar toda su admiración en los hombres
+de bronce que le acompañaban. Hacía que le mostrasen las cicatrices de
+sus heridas, que le relatasen sus heroicas peleas. Muchas veces, en el
+_Círculo Caballista_ señalaba a los amigos algún hombre malcarado que le
+aguardaba en la puerta.
+
+--Ese es el _Chivo_--decía con el orgullo de un príncipe que habla de
+sus grandes generales.--Un hombre a quien le arrastran las borlas por el
+suelo. Entre tiros y cuchilladas tiene más de cincuenta cicatrices en el
+pellejo.
+
+Miraba a todos con insolente superioridad, como si las cicatrices del
+amigote fuesen una declaración de su propio valor, y vivía feliz
+creyendo que en todo Jerez no había quien le disputase su guapeza con
+los hombres y su buena fortuna con las mujeres.
+
+Cuando el capataz de Marchamalo le habló en favor de Rafael, el señorito
+lo admitió inmediatamente. Había oído hablar del muchacho; era de los
+suyos (y al decir esto tomaba el aire protector de un maestro),
+recordaba ciertos tiros en la sierra y el miedo que le tenían los del
+resguardo. Nada: que se quedaba con él; así le gustaban los hombres.
+
+--Te colocaré en mi cortijo de Matanzuela--dijo acariciando con
+amistosas palmadas a Rafael, como si fuese un nuevo discípulo.--El
+aperador que tengo es un viejo medio cegato, del que se ríen los
+gañanes. Y ya sabemos lo que son los trabajadores: ¡mala gente! Con
+ellos, el pan en una mano, y el garrote en la otra. Necesito un hombre
+como tú, que los meta en cintura y cuide mis intereses.
+
+Y Rafael se fue al cortijo, no volviendo a la viña más que una vez por
+semana, cuando iba a Jerez para hablar al amo de los asuntos de la
+labranza. Muchas veces tenía que buscarlo en la casa de alguna de sus
+protegidas. Le recibía en la cama, incorporándose sobre el almohadón, en
+el que descansaba otra cabeza. El nuevo aperador reía a solas las
+fanfarronadas de su amo, más atento a recomendarle la dureza y que
+«metiese en cintura» a los holgazanes que trabajaban sus campos, que a
+enterarse de las operaciones agrícolas, echando la culpa de las malas
+cosechas a los gañanes, una canalla que no quería trabajar y deseaba que
+los amos se convirtiesen en criados, como si el mundo pudiera volverse
+del revés.
+
+Don Luis llegaba a olvidarse de sus aficiones matonescas y sus hazañas
+amorosas, cuando hablaba de la gente zafia de los campos que, movida por
+falsos apóstoles, quería repartírselo todo. Él había estudiado (lo
+declaraba pomposamente en el _Círculo Caballista_, sin reparar en las
+sonrisas de los que le escuchaban), él sabía que lo que deseaban los
+trabajadores eran _utopias_, eso es; _utopias_ (y repetía con
+delectación la palabra), y que todo lo que ocurría era por culpa de los
+gobiernos que no «meten en cintura» a los gañanes, y también por falta
+de religión. Si señor; la religión: este era el freno del pobre, y como
+cada vez había menos, los de abajo, con el pretexto del hambre, querían
+comerse a los de arriba.
+
+Estas palabras ya no hacían sonreír a los socios del _Caballista_, sino
+que las aprobaban con fervorosos gestos, con toda su fe de ricos
+labradores, que encogían los hombros cuando algún iluso proponía
+pantanos y canales, y todos los años costeaban grandes fiestas a la
+Virgen de la Merced, sacándola en rogativa apenas faltaba el agua a sus
+campos.
+
+A pesar de estas ideas que propalaba Luis en sus momentos de seriedad,
+afirmando que mejor andarían las cosas si él gobernase, don Pablo
+Dupont abominaba de su primo, considerándolo una vergüenza de la
+familia.
+
+Este pariente, que renovaba los escándalos del de San Dionisio,
+agravados, según doña Elvira, por su origen plebeyo, era una calamidad
+en una casa que siempre había infundido respeto por su nobleza y santas
+costumbres. Para mayor desgracia estaban las niñas del marqués, Lola y
+Mercedes. ¡Las veces que su tía se sofocó de indignación,
+sorprendiéndolas por la noche en una reja baja de su hotel, hablando con
+los novios, que se renovaban casi semanalmente! Tan pronto eran
+tenientes de la remonta, como señoritos del _Caballista_, o ingleses
+jóvenes, empleados en los escritorios, que se entusiasmaban _pelando la
+pava_ al estilo del país y hacían reír a las niñas con su andaluz
+chapurreado británicamente. No había muchacho en Jerez que no tuviese su
+rato de conversación con las desenvueltas _marquesitas_. Ellas hacían
+frente a todos: bastaba pararse ante sus rejas para entablar diálogo, y
+los que pasaban sin detenerse eran perseguidos por las risas y los
+siseos irónicos que sonaban a sus espaldas. La viuda de Dupont no podía
+dominar a sus sobrinas, y éstas, por su parte, así como iban creciendo,
+mostrábanse más insolentes con la devota señora. Era en vano que su
+primo las prohibiese salir a las rejas. Burlábanse de él y su madre,
+añadiendo que ellas no habían nacido para monjas. Escuchaban con gesto
+hipócrita las pláticas del confesor de doña Elvira recomendándolas la
+sumisión, y hacían uso de toda clase de astucias para comunicarse con
+los galanes de a pie y de a caballo que rondaban la calle.
+
+Un señorito del _Caballista_, hijo de un cosechero, gran amigo de la
+casa Dupont, se enamoró de Lola, pidiéndola en matrimonio
+apresuradamente, como si temiera que se le escapase.
+
+Doña Elvira y su hijo aceptaron la demanda: en el _Círculo_ causó
+asombro el valor de aquel muchacho casándose con una de las hijas del
+marqués de San Dionisio.
+
+Este matrimonio fue para las dos hermanas una liberación. La soltera se
+marchó con la otra, gozosa de emanciparse por fin de la tía huraña y
+devota, y a los pocos meses volvieron a reanudar en casa del marido las
+costumbres que observaban cerca de los Dupont. Mercedes pasaba la noche
+en la reja en apretada intimidad con los novios: su hermana acompañábala
+con cierto aire de señora mayor, y hablaba con otros para no perder el
+tiempo. El marido protestaba, intentando rebelarse. Pero las dos se
+indignaban contra él porque osaba interpretar estas diversiones
+inocentes de un modo ofensivo para su pudor.
+
+¡Qué de disgustos proporcionaron las dos _Marquesitas_, como las
+llamaban en la ciudad, a la austera doña Elvira!... Mercedes, la
+soltera, se fugó con un inglés rico. De tarde en tarde llegaban vagas
+noticias que hacían palidecer de rabia a la noble señora. Unas veces la
+veían en París, otras en Madrid, llevando una vida de _cocotte_
+elegante. Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraía a
+docenas con su gracia picaresca. Además, en ciertas vanidades producía
+gran impresión el título de marquesa de San Dionisio, que había unido a
+su nombre, y la corona nobiliaria con que adornaba sus camisas de noche
+y las sábanas de una cama tan frecuentada como la acera de una gran
+calle.
+
+La viuda de Dupont creyó morir al saber tales cosas. ¡Señor, y para esto
+habían nacido los preclaros varones de su familia, virreyes, arzobispos
+y capitanes, dándoles los monarcas títulos y señoríos! ¡Para que tanta
+gloria sirviese de prospecto a una mala mujer!... Y aun ésta resultaba
+la mejor de las dos. Al fin había huido por no afrentar de cerca a su
+familia, y si vivía en el pecado, era entre hombres de cierto linaje,
+siempre con personas decentes, como si influyesen en ella los respetos
+al rango de su familia.
+
+Pero quedaba la otra, la mayor, la casada, y ésta quería acabar con
+todos los parientes matándolos de vergüenza. Su vida conyugal, después
+de la fuga de Mercedes, fue un infierno. El marido vivía en perpetuo
+recelo, marchando a ciegas en sus sospechas, no sabiendo en quién
+fijarse, pues su mujer miraba del mismo modo a todos los hombres, como
+si se ofreciera con los ojos, hablándoles con una libertad que incitaba
+a toda clase de audacias. Sintió celos de Fermín Montenegro, que acababa
+de llegar de Londres, y reanudando su intimidad infantil con Lola, la
+visitaba con frecuencia, atraído por su picaresco lenguaje.
+
+Las escenas domésticas acababan a golpes. El marido, aconsejado por los
+amigos, acudía a la bofetada y al palo, para domar a «la mala bestia»,
+pero la tal bestiecilla justificaba el apodo, pues al revolverse con el
+vigor y la acometividad de una infancia bravía digna de su ilustre
+padre, devolvía los golpes de tal modo, que siempre era el cónyuge el
+que resultaba peor librado.
+
+Muchas veces se presentaba en el _Círculo Caballista_ con arañazos en la
+cara o amoratadas señales.
+
+--Con esa no puedes tú--le decían los amigos en un tono de compasión
+cómica.--Es mucha mujer para ti.
+
+Y celebraban la energía de Lola, la admiraban, con la secreta esperanza
+de ser algún día de los favorecidos.
+
+El escándalo fue tan grande, que el marido se retiró a la casa de sus
+padres y la _Marquesita_ pudo por fin vivir a sus anchas.
+
+--Márchate--la dijo un día su primo Dupont.--Tú y tu hermana sois
+nuestra deshonra. Huye lejos, y donde estés yo te enviaré lo necesario
+para que vivas.
+
+Pero Lola contestó con un ademán impúdico, gozándose en escandalizar a
+su devoto pariente. No le daba la gana de irse, y no se iba. Ella era
+muy _flamenca_; le gustaba la tierra y su gente. Marcharse sería poco
+menos que morir.
+
+Anduvo algún tiempo por Madrid con su hermana, pero sus viajes fueron de
+corta duración. Era una _cañí_, una hija legítima del marqués de San
+Dionisio. ¡Que no le quitasen a ella sus _juerguecitas_ hasta el
+amanecer, tocando palmas y taconeando sentada, con las faldas en las
+rodillas! ¡Que no la privasen del vino de la tierra, que era su sangre y
+su felicidad! Si rabiaba la familia, que rabiase. Ella quería ser gitana
+como su padre. Aborrecía a los señoritos; le gustaban los hombres con
+sombrero pavero, y si llevaban zajones, mejor; pero muy hombres, oliendo
+a cuadra y a macho sudoroso. Y paseaba su belleza de rubia fina con
+carnes de porcelana por los colmados y ventorrillos, tratando con una
+fraternidad exagerada a los cantaoras y rameras que intervenían en las
+_juergas_, exigiendo que la tuteasen, y riendo con nerviosa alegría de
+borracha cuando los hombres, embrutecidos por el vino, sacaban las
+navajas y las hembras se apelotonaban asustadas en un rincón.
+
+Esta vida de embriaguez, estrépito, pelea y caricias alcohólicas que
+había entrevisto de niña en lo casa paterna, atraíala con fuerza
+ancestral, entregándose a ella sin remordimiento, como si continuase una
+tradición de familia. En sus excursiones nocturnas, cogida del brazo
+del galán rústico que disfrutaba de su momentáneo apasionamiento, se
+encontraba con Luis Dupont y su cortejo de gente alegre. Llamábanse
+primos por su lejano parentesco, se embriagaban juntos, y Luis afirmaba
+su resolución de ir a tiros con todo el que no confesase que la
+_Marquesita_ era «la mujer más barbiana de la tierra». Pero a pesar de
+los abandonos de Lola, que permitían al calavera apreciar sus secretos
+físicos, y de que más de una vez la acompañó hasta su casa por las
+desiertas calles, haciendo esfuerzos por contener sus arrebatos de
+histérica que la impulsaban al escándalo, nunca sus relaciones pasaron
+de una intimidad amistosa. Luis sentía ciertos entorpecimientos en el
+deseo y dejaba para más adelante la fácil empresa, como si le cohibiese
+el recuerdo del período de la infancia que habían pasado juntos.
+
+Toda la ciudad comentaba los escándalos de la _Marquesita_ a la que
+regocijaba mucho el asombro de las gentes tranquilas.
+
+Lo mismo la veían en las principales calles elegantemente vestida o en
+el Campo de la Feria en un lujoso carruaje, como se presentaba
+despeinada y envuelta en un mantón copiando el andar de las mozas bravas
+y contestando a los requiebros de los hombres con palabras que
+ruborizaban a muchos. Gustaba de sonreír con gestos de misteriosa
+complicidad a los pacíficos señores que pasaban junto a ella con sus
+familias. Después reía como una loca pensando en las querellas
+conyugales que estallaban al volver a casa aquellos matrimonios honrados
+y solemnes que ella había tratado cuando vivía con su esposo. En una
+acera de la calle Larga, ante las mesas de los principales casinos,
+había besado a un amigo con exagerados transportes de pasión, entre el
+griterío de la gente que salía a las puertas.
+
+Su último amor era un mozo tratante en cerdos, un atleta chato y cejudo
+con el que vivía en el arrabal. Un secreto poder de este macho fuerte la
+enloquecía. Hablaba de él con orgullo, gozándose en el contraste entre
+su nacimiento y la profesión de su amante. De vez en cuando sufría
+arrebatos de veleidad y se ausentaba de la casucha del arrabal por
+algunos días. El zafio amante no la buscaba, dando su vuelta por segura;
+y al regresar el pájaro caprichoso, todo el barrio poníase en alarma con
+los golpes y los gritos, saliendo la _Marquesita_ al balcón con el pelo
+suelto, pidiendo socorro, hasta que una zarpa la arrancaba de los
+hierros y la metía dentro para continuar el vapuleo.
+
+Si algún amigo le hablaba con tono de zumba de las amorosas palizas,
+contestaba con orgullo:
+
+--Me pega porque me aprecia, y yo le quiero porque es el único que me
+entiende. Mi porquero es todo un hombre.
+
+Los escándalos de la _Marquesita_ indignaban a muchos y regocijaban a
+los más. La gente popular la miraba con cierta simpatía, como si con sus
+envilecimientos halagase el instinto igualitario de los de abajo. Las
+familias ricas y devotas que no podían negar su parentesco con los de
+San Dionisio, buscado antes como un título de orgullo, decían con
+resignación: «Debe de estar loca; Dios tocará su alma para que se
+arrepienta».
+
+Los que no se resignaban eran los Dupont: don Pablo y su madre, que
+volvían a su hotel malhumorados y confusos cada vez que veían en las
+calles el rubio moño y la sonrisa insolente de Lola. Les parecía que la
+gente era menos respetuosa con ellos por culpa de la mala hembra,
+deshonra de la familia. Hasta creían ver en los criados cierta sonrisa,
+como si les alegrase la afrenta que aquella loca infería a sus
+parientes. Los señores de Dupont comenzaron a frecuentar menos las
+calles de la ciudad, pasando muchos días en su finca de Marchamalo, para
+evitar todo encuentro con la _Marquesita_ y con las gentes que
+comentaban sus excentricidades.
+
+Este alejamiento de Jerez permitió a Dupont realizar sus ensueños sobre
+Marchamalo. Echó abajo el antiguo caserón y construyó lagares nuevos,
+una hermosa casa para su familia, una capilla espaciosa y rica como un
+templo, y un torreón cuadrado, con puntiagudas almenas, dominando el
+oleaje de colinas cubiertas de cepas, que formaban el gran dominio de
+Marchamalo. Todo era nuevo y sólido, construido con gran derroche de
+dinero. Únicamente dejó Dupont en pie la casa de los viñadores, para que
+la finca no perdiese por completo su carácter tradicional, conservando
+la cocina ennegrecida por el humo de muchos años, en la que dormían los
+jornaleros en torno del _fogaril_, sobre una esterilla de enea, única
+cama que les proporcionaba el señor.
+
+Fermín Montenegro, al ir en los días de fiesta a visitar a su familia,
+se encontraba siempre con los amos. Así fue aumentando insensiblemente
+su trato con don Pablo. En medio de la campiña, bajo el cielo de intenso
+azul, parecía dulcificarse el carácter imperioso de Dupont, haciéndole
+tratar a su subordinado con más afecto que en el escritorio.
+
+Contemplando el oleaje de cepas que cubría las pendientes blanquecinas,
+el rico cosechero admiraba la fertilidad de su finca, atribuyéndola
+modestamente a la protección de Dios. Algunas manchas yermas extendían
+su trágica desolación entre el follaje de los pámpanos. Eran los rastros
+de la filoxera que había arruinado a medio Jerez. Los cosecheros,
+quebrantados por la baja de los vinos, no tenían medios para replantar
+sus viñas. Era aquella una tierra aristocrática y cara, que sólo los
+ricos podían cultivar. Poner de nuevo en explotación una aranzada
+costaba tanto como el mantenimiento de una familia _decente_ durante un
+año. Pero la casa Dupont era opulenta y podía hacer frente a la plaga.
+
+--Mira, Ferminillo--decía don Pablo;--todos esos claros los voy a
+plantar de vid americana. Con esto, y, sobre todo, con el auxilio de
+Dios, ya verás como la cosa marcha bien. El Señor está con los que le
+aman.
+
+Doña Elvira, por su parte, no descendía a hacer confidente de sus
+pensamientos a la familia de Montenegro, pero se dignaba hablarla con
+cierta llaneza, lo que producía asombro en sus domésticos de la ciudad.
+La noble señora sentía ablandarse su orgullo viviendo en el campo.
+Hablaba con el señor Fermín queriendo averiguar a qué iglesia de Jerez
+iba los domingos con María de la Luz, para oír misa... Al ver a la hija
+del capataz abstraerse, poniendo su pensamiento lejos, muy lejos, en el
+cortijo donde vivía Rafael, la buena señora interpretaba esta tristeza
+como un anhelo de recogimiento, y la ofrecía su protección.
+
+--No, señora--decía sonriendo la muchacha;--no quiero ser monja. A mí me
+tira la vida.
+
+Para Fermín Montenegro no eran un secreto los disgustos de carácter
+espiritual, las grandes contrariedades que sufría la viuda de Dupont por
+culpa de los negocios. Su hijo tenía que tratar gentes de todas clases,
+herejes y hombres sin religión; extranjeros que consumían los vinos de
+la casa, y al pasar por Jerez habían de ser recibidos con el agasajo que
+merecen los buenos clientes. ¡Ser buenos servidores del Señor y tener
+que tratar a sus enemigos como si fuesen iguales! En vano los Padres de
+la iglesia de San Ignacio disipaban sus escrúpulos recordándola la
+importancia de los negocios y la influencia que una casa tan poderosa
+ejercía sobre la religiosidad de Jerez. Doña Elvira sólo se reconciliaba
+con sus famosas bodegas cuando una vez por año salía con destino a Roma
+una barrica de vino, dulce y espeso como jarabe, destinado a la misa del
+Pontífice por recomendación de varios obispos, amigos de la casa. Este
+honor la servía de lenitivo. Pero aun así, ¡qué angustias no la hacían
+sufrir aquellos extranjeros rubios y antipáticos que tenían la audacia
+de leer la Biblia a su modo y en su lengua, sin creer en Su Santidad, ni
+ir a misa!...
+
+Montenegro conocía uno de los últimos disgustos de la piadosa señora,
+que le habían relatado los criados de la casa.
+
+Los Dupont tenían un viajante sueco, el mejor agente de su negocio.
+Colocaba miles y miles de botellas del vino de fuego que producía
+Marchamalo, en aquellos países septentrionales de noches casi eternas y
+días de pleno sol, que duran meses. El viajante, después de muchos años
+de servicios a la casa, había venido a España, pasando por Jerez, para
+conocer personalmente a los Dupont. Don Pablo había creído indispensable
+el invitarlo a comer con su familia.
+
+Horrible tormento el que sufrió su madre ante aquel desconocido, enorme
+de cuerpo, rojo y hablador, con esa alegría infantil de los hombres del
+Norte cuando se ponen en contacto con el sol y los vinos de los países
+cálidos.
+
+Doña Elvira acogía con una sonrisa traidora su charla incesante en un
+español trabajoso; los gritos de asombro que le arrancaba el haber visto
+tantas iglesias, tantos frailes y curas, tantos mendigos, los campos
+cultivados como en los tiempos prehistóricos, las costumbres bárbaras y
+pintorescas, las plazas de ciertas poblaciones llenas de hombres con los
+brazos cruzados y el cigarrillo en la boca, esperando que fuesen a
+alquilarles.
+
+Dupont tosía fingiéndose distraído como si no oyese al huésped, mientras
+su madre seguía con asombro los estragos que hacía el forastero en los
+platos. ¡Qué manera de comer! Aquello no podía hacerlo un cristiano.
+Además era rojo, como Luzbel y Judas, el color de todos los enemigos de
+Dios, y su cara inflamada, de ogro en plena digestión, le hacía recordar
+las de los malos espíritus que gesticulaban horrorosos en las láminas de
+su devocionario. ¡Y tener que tratar herejes de esta clase, que se
+burlaban de un país cristiano porque aún conserva puros e intactos los
+recuerdos de tiempos más felices! ¡Verse obligada a sonreírle, porque
+era el mejor cliente de la casa!...
+
+Cuando Dupont se lo llevó, terminada la comida, la señora hizo que los
+criados quitasen apresuradamente el cubierto, los vasos, todo lo que
+había servido al forastero, sin que ella se atreviese a tocarlo. ¡Que
+jamás volviese a ver _aquello_ en la mesa! El negocio era una cosa y
+otra el alma, que debía conservarse limpia de todo contacto impuro.
+
+Y al volver los criados al comedor vieron a doña Elvira, con la pililla
+de agua bendita de su dormitorio, rociando apresuradamente la silla en
+que se había sentado el ogro rojo e impío.
+
+
+
+
+III
+
+
+Cuando la docena de perros, bien contada, que tenía el cortijo de
+Matanzuela, galgos, mastines y podencos, olfateaban a medio día el
+regreso del aperador, saludaban con fieros aullidos y tirones de cadena
+el trote de la jaca, y avisado por estas señales el tío Antonio,
+conocido por el apodo de _Zarandilla_, asomábase al portalón para
+recibir a Rafael.
+
+El viejo había sido durante mucho tiempo aperador del cortijo. Le tomó a
+su servicio el antiguo dueño, hermano del difunto don Pablo Dupont; pero
+el amo actual, el alegre don Luis, quería rodearse de gente joven, y
+teniendo en cuenta sus años y la debilidad de su vista, lo había
+sustituido con Rafael. Y muchas gracias--como él decía con su
+resignación de labriego--por no haberle enviado a mendigar en los
+caminos, permitiéndole que viviese en el cortijo con su compañera, a
+cambio de ocuparse la vieja del cuidado de las aves que llenaban el
+corral y de ayudar él al encargado de las pocilgas que se alineaban a
+espaldas del edificio. ¡Hermoso final de una vida de incesante trabajo,
+con la espina quebrada por una curvatura de tantos años escardando los
+campos o segando el trigo!...
+
+Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban otra
+satisfacción en su miseria que el excelente carácter de Rafael. Como dos
+perros viejos, a los que se reserva por lástima un poco de pitanza,
+esperaban la hora de la muerte en su tugurio junto al portalón del
+cortijo. Sólo la bondad del nuevo aperador hacía llevadera su suerte. El
+tío _Zarandilla_ pasaba las horas sentado en uno de los bancos al lado
+de la puerta, mirando fijamente, con sus ojos opacos, los campos de
+interminables surcos, sin que el aperador le regañase por su indolencia
+senil. La vieja quería a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y su
+comida, y él pagaba con largueza estos pequeños servicios. ¡Bendito sea
+Dios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo guapo al único hijo que
+los viejos habían tenido; un pobrecito que había muerto siendo soldado,
+en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le parecía poco a la
+seña Eduvigis para el aperador. Reñía al marido porque no se mostraba,
+según ella, bastante amable y solícito con Rafael. Antes de que los
+perros anunciasen su proximidad, oía ella el trotar del caballo.
+
+--¡Pero, cegato!--gritaba a su marido.--¿No oyes que viene Rafaé? Anda a
+sostenerle el cabayo, mardecío.
+
+Y el viejo salía al encuentro del aperador, mirando de frente, con sus
+ojos inmóviles, que sólo percibían la silueta de los objetos en una
+niebla gris, moviendo las manos y la cabeza con un temblor de vejez
+exhausta y agotada que le valía el apodo de _Zarandilla_.
+
+Entraba Rafael en el cortijo sobre su briosa jaca, erguido y arrogante
+como un centauro, y con gran retintín de espuelas y roce de los zajones
+de cuero, se apeaba en el patio, mientras su cabalgadura golpeaba los
+guijarros, como si aún desease emprender un nuevo galope.
+
+_Zarandilla_ descolgaba la escopeta del arzón, arma que más de una vez
+tenía que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a los
+arrieros que bajaban carbón de la sierra y al detenerse al borde del
+camino, soltaban a pacer sus bestias en los _manchones_, tierras sin
+cultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en la
+dehesa. Después recogía la _chivata_ caída en el suelo, una larga
+pértiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, para
+arrear a las reses que encontraba dentro de los sembrados.
+
+Mientras el viejo llevaba el caballo a la cuadra, Rafael se despojaba de
+los zajones, y entraba con la alegría de la juventud y del apetito
+despierto en la cocina de los viejos.
+
+--Mare Eduvigis, ¿qué tenemos hoy?
+
+--Lo que a ti te gusta, condenao: ajito caliente.
+
+Y los dos sonreían, aspirando el tufillo de la cazuela, donde acababan
+de cocerse el pan y el ajo, bien majados. La anciana ponía la mesa,
+sonriendo a los elogios con que celebraba Rafael sus manos de
+guisandera. Ya no era más que una ruina: podía burlarse de ella el
+muchacho, pero en otro tiempo le habían dicho cosas mejores los
+caballeros que venían con el difunto amo a ver los potros del cortijo,
+celebrando las comidas que ella les guisaba.
+
+Al sentarse _Zarandilla_ a la mesa, de vuelta de la cuadra, la primera
+mirada de sus ojos opacos era para la botella de vino, e instintivamente
+avanzaba sus manos temblonas. Era un lujo que había introducido Rafael
+en las comidas del cortijo. ¡Bien se reconocía en esto su juventud de
+mozo rumboso, acostumbrado al trato con los caballeros de Jerez, y sus
+visitas a Marchamalo, la famosa viña de los Dupont!... Años enteros
+había pasado el viejo cuando era aperador sin otra alegría que la de
+deslizarse, a espaldas de su mujer, hasta los ventorrillos de la
+carretera, o la de ir a Jerez con pretexto de llevar a la familia del
+amo alguna cesta de huevos o un par de capones, viajes de los que
+regresaba cantando, con la mirada chispeante, las piernas inseguras y en
+la cabeza un repuesto de alegría para toda una semana. Si alguna vez
+había soñado con la fortuna, era sin otra ambición que la de beber como
+el más rico caballero de la ciudad.
+
+Adoraba el vino con el entusiasmo de la gente del campo que no conoce
+otro alimento que el pan de las teleras, el pan de los gazpachos o el
+ajo caliente, y obligada a rociar con agua esta comida insípida, sin
+otra grasa que el hediondo aceite del condimento, sueña con el vino,
+viendo en él la energía de su existencia, la alegría de su pensamiento.
+Los pobres anhelaban con vehemencia de anémicos esta sangre de la
+tierra. El vaso de vino mitigaba el hambre y alegraba la vida un momento
+con su fuego: era un rayo de sol que pasaba por el estómago. Por esto,
+_Zarandilla_, más que de los guisos de su mujer, se preocupaba de la
+botella, manteniéndola al alcance de su mano, calculando previamente,
+con avaricia infantil, lo que podría beber Rafael, y asignándose el
+resto, sin consideración alguna, a la mujer que aprovechaba el menor
+descuido para retirarla, guardándose su parte.
+
+Rafael, no pudiendo por los hábitos de su primera juventud acostumbrarse
+a la sobriedad del cortijo, encargaba al _sobajanero_ (un muchacho, que
+iba diariamente a Jerez en un borriquillo) que renovase de vez en cuando
+su provisión de vino; pero la guardaba bajo llave, temiendo la
+intemperancia de los viejos.
+
+La comida transcurría en medio del solemne silencio del campo, que
+parecía colarse en el cortijo por el abierto portón. Los gorriones
+piaban en los tejados; las gallinas cocleaban en el patio, picoteando,
+con las plumas erizadas, los intersticios del pavimento de guijarros. De
+la gran cuadra llegaban los relinchos de los caballos sementales y los
+rebuznos de los garañones, acompañados de pataleos y bufidos de gula
+satisfecha ante el pesebre lleno. De vez en cuando, un conejo asomaba a
+la puerta del tugurio sus orejas desmayadas, huyendo con medroso trote a
+la más leve voz, temblándole el rabillo sobre las posaderas sedosas, y
+de las lejanas pocilgas llegaban ronquidos de fiera, revelando una lucha
+de empellones de grasa y mordiscos traidores en torno de los barreños de
+bazofia. Cuando cesaban estos rumores de vida, tornaba a extenderse con
+religiosa majestad el silencio del campo, rasgado tenuemente por el
+arrullo de las palomas o el lejano campanilleo de una recua,
+deslizándose por la carretera que cortaba la inmensidad de tierras
+amarillas, como un río de polvo.
+
+En esta calma patriarcal, fumando sus cigarrillos (otra buena costumbre
+que el viejo agradecía a Rafael), los dos hombres hablaban lentamente de
+los trabajos del cortijo, con toda la gravedad que las gentes del campo
+ponen en los asuntos de la tierra.
+
+El aperador calculaba los viajes que había de hacer a una dehesa
+propiedad de don Luis, donde invernaban la torada y la yeguada del
+cortijo. La responsabilidad era del yegüero; pero don Luis, a quien
+interesaba más su ganadería que todas las cosechas, quería estar al
+corriente del estado de sus yeguas, y era por su salud por lo primero
+que preguntaba a Rafael siempre que le veía.
+
+Al volver de sus viajes, Rafael hablaba con cierta admiración del
+yegüero y de los _veladores_ a sus órdenes que cuidaban el ganado
+durante la noche. Eran hombres de una honradez primitiva, con el
+espíritu petrificado por la soledad y la monotonía de su existencia.
+Pasaban los días sin hablar, sin otra manifestación de pensamiento que
+los gritos a los animales sometidos a su custodia: «¡Aquí, _Careto_!»...
+«¡Anda a otro sitio, _Resalá_!» Y los bueyes y las yeguas obedecían sus
+voces y sus gestos, como si la continua comunicación de las bestias y el
+hombre acabase por elevar a unos y rebajar a otros, fundiendo las
+especies.
+
+El antiguo contrabandista creía traer una provisión de nueva vida cuando
+bajaba al llano, al campo de interminables surcos que se perdían en el
+horizonte y sobre los cuales sudaba encorvada una muchedumbre turbulenta
+y miserable, roída por el odio y las necesidades.
+
+La sierra era el escenario de su aventurera juventud, y al volver al
+cortijo recordaba con entusiasmo las montañas cubiertas de acebuches,
+alcornoques y encinas; las profundas cañadas con espesuras de
+lentisclos; las altas adelfas orlando los riachuelos, en cuya corriente
+servían de pasos grandes fragmentos de columnas con arabescos que el
+agua iba borrando poco a poco; y en el fondo, sobre las cumbres, las
+ruinas de alcázares moriscos, el castillo de _Fátima_, el castillo de la
+_Mora Encantada_, una decoración que hacia recordar los cuentos de los
+crepúsculos de invierno junto a la chimenea del cortijo.
+
+Zumbaban los insectos sobre las inquietas crestas de la maleza;
+arrastrábanse los lagartos entre las piedras; sonaban a lo lejos las
+esquilas con acompañamiento de balidos, y de vez en cuando, al trotar el
+caballo de Rafael por unos caminos que nunca habían conocido la rueda,
+abríase en lo alto de un ribazo la cortina de matorrales, asomando los
+cuernos y el hocico babeante de una vaca o el testuz curioso de un
+ternero que parecía extrañar la presencia de un hombre que no fuese el
+pastor.
+
+Otras veces eran las yeguas de larga cola y sueltas crines que temblaban
+un momento con salvaje sorpresa al ver al jinete y huían monte arriba
+con violentas ondulaciones de ancas. Los potros las seguían, con las
+patas grotescamente cubiertas de pelo, como si llevasen pantalones.
+
+Rafael miraba asombrado a los zagales nacidos en la sierra. Eran tímidos
+y huraños con la gente que llegaba de aquella llanura, a la que volvían
+los ojos con cierto temor supersticioso, como si en ella residiese el
+misterio de la vida. Eran pedazos de naturaleza, de una existencia
+rudimentaria y monótana. Andaban y vivían como podrían hacerlo un árbol
+o una piedra animados de movimiento. En su cerebro, insensible a todo lo
+que no fuesen sensaciones animales, apenas si las exigencias de la vida
+habían hecho florecer un ligero musgo de pensamiento. Miraban como
+fetiches milagrosos las grandes verrugas de los alcornoques, con las que
+podían fabricarse los _tornillos_, cazuelas naturales para confeccionar
+el gazpacho. Buscaban las pieles viejas de culebra, abandonadas entre
+los guijarros al cambiar de envoltura el reptil y festoneaban los caños
+de las fuentes con estos pellejos oscuros, atribuyendo a su ofrenda
+influencias misteriosas. Los largos días de inmovilidad en el monte,
+vigilando el pastar de las bestias, extinguía lentamente todo lo que en
+estos muchachos había de humano.
+
+Cuando una vez por semana bajaba el mayor de los zagales a Matanzuela
+para llevarse las provisiones de vaqueros y yegüerizos, el aperador
+gustaba de hablar con este muchachón rudo y sombrío, que parecía un
+superviviente de las razas primitivas. Siempre le hacía la misma
+pregunta.
+
+--Vamos a ver. ¿Qué es lo que te gusta más? ¿Qué es lo que deseas?...
+
+El mocetón contestaba sin vacilar; como si de antemano tuviese bien
+determinados todos sus deseos.
+
+--Casáme, jartáme y moríme...
+
+Y al decir esto, enseñaba sus dientes blancos y fuertes de salvaje, con
+una expresión de hambre feroz: hambre de comida y de carne femenil,
+deseos de atracarse de una vez de aquellas cosas maravillosas que, según
+vagas noticias, devoraban los ricos; de gustar de un solo trago el amor
+brutal que turbaba sus sueños de jayán casto; de conocer la hembra,
+divinidad que admiraba de lejos al descender de la sierra y cuyos
+tesoros ocultos creía adivinar contemplando las grupas lustrosas y
+ágiles de las yeguas, las ubres sonrosadas y blancas de las vacas... ¡Y
+después, morirse! como si conocidas y apuradas estas sensaciones
+misteriosas, no restase nada de bueno en su vida de trabajo y
+privaciones.
+
+¡Y estos zagales, condenados al salvajismo desde su nacimiento, como las
+criaturas a las que se deforma para explotar su fealdad, ganaban treinta
+reales al mes, a más de una triste pitanza que no acallaba los
+estremecimientos de su estómago excitado por el aire de la montaña y las
+aguas puras de las fuentes! ¡Y sus jefes, los yegüeros y vaqueros,
+tenían dos reales y medio cuando más, sin fiesta alguna durante el año;
+todos los días lo mismo, viviendo aislados, con su mísera hembra que
+procreaba pequeños salvajes, dentro de un chozón, negro y ahumado, un
+verdadero ataúd sin más entrada que un agujero de madriguera, las
+paredes de pedruscos sueltos y una cubierta de hojas de corcho!...
+
+Rafael admiraba su probidad. Un hombre y dos zagales viviendo en esta
+miseria, custodiaban rebaños que valían muchos miles de duros. En la
+dehesa del cortijo de Matanzuela, los pastores no ganaban entre todos
+más de dos pesetas, y tenían confiados a su cuidado ochocientas vacas y
+cien bueyes, un verdadero tesoro de carne que podía extinguirse, morir,
+al menor descuido. Esta carne, cuya crianza vigilaban, era para gentes
+desconocidas: ellos sólo la comían cuando caía alguna res, víctima de
+enfermedades hediondas que no permitían su conducción fraudulenta a las
+ciudades.
+
+El pan del cortijo que se endurecía días y días en el chozón, algún
+puñado de garbanzos o habichuelas y el aceite rancio del país, eran todo
+su alimento. La leche les repugnaba, ahítos de su abundancia. Los
+pastores viejos sentían sublevarse su probidad cuando algún zagal
+ayudaba a la muerte de una bestia con el deseo de comer carne. ¿Dónde
+encontrar gente más buena y resignada?...
+
+Al oír _Zarandilla_ estas reflexiones de Rafael, las apoyaba con
+entusiasmo.
+
+No había honradez como la de los pobres. ¿Y aún les tenían miedo
+creyéndoles malos?... El se reía de la honradez de los señores de la
+ciudad.
+
+--Mia tú, Rafaé, qué mérito tendrá que don Pablo Dupont, pongo el
+ejemplo, con toos sus millones sea bueno y no robe nada a naide. Los
+buenos de veras, son esos pobrecitos que viven como indios caribes, sin
+ver persona humana, muertecitos de jambre, guardándole al amo sus
+tesoros. Los buenos somos nosotros.
+
+Pero el aperador, al pensar en los cortijos del llano no se mostraba tan
+optimista como el viejo. Los gañanes vivían también en la miseria y
+sufrían hambre, pero no eran gente tan noble y resignada como la del
+monte, que se conservaba pura en su aislamiento. Tenían los vicios de la
+aglomeración, eran desconfiados, veían enemigos en todas partes. A él
+mismo, que los trataba como hermanos de pobreza y muchas veces se
+exponía a que el amo le regañase por favorecerles, le miraban con odio,
+como si fuese un enemigo. Y sobre todo, eran holgazanes y había que
+azuzarlos como si fuesen esclavos.
+
+El viejo se indignaba oyendo al aperador. ¿Y cómo quería que fuesen los
+gañanes? ¿Por qué habían de tener interés en trabajar?... Él, gracias a
+su colocación en el cortijo, había podido llegar a viejo. Aún no tenía
+sesenta años y estaba peor que muchos señores de más edad que parecían
+hijos suyos. Pero se acordaba de los tiempos en que él y Eduvigis
+trabajaban a jornal y se habían conocido en las noches de promiscuidad
+de la gañanía, acabando por casarse. De sus compañeros de miseria,
+hombres o mujeres, quedaban muy pocos: casi todos habían muerto, y los
+que quedaban eran casi cadáveres, con el espinazo torcido y los miembros
+secos, deformados y torpes. ¿Era aquélla vida de cristianos? ¡Trabajar
+todo el día bajo el sol o sufriendo frío, sin más jornal que dos reales,
+y cinco como retribución extraordinaria e inaudita en la época de la
+siega! Era verdad que el amo daba la comida, ¡pero qué comida para
+cuerpos que de sol a sol dejaban sobre la tierra toda su fuerza!...
+
+--¿Tú crees, Rafaé, que eso es comé? Eso es engañá la jambre; prepará el
+cuerpo pa que lo coja la muerte.
+
+En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos,
+manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses
+restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la
+mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si
+en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una
+panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno,
+servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un
+pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres
+que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima.
+
+Unos cortijos eran de _pan por cuenta_, y en ellos se daban tres libras
+por cabeza. Una telera de seis libras era el único alimento para dos
+días. Otros eran de _pan largo_, no había tasa, el gañán podía comer
+cuanto desease, pero el horno del cortijo sólo cocía cada diez días y
+las teleras cargadas de salvado eran tan ásperas y de tal modo se
+endurecían que el amo, echándola de generoso, salía ganando, pues nadie
+osaba hincarlas el diente, más que en la suprema desesperación del
+hambre.
+
+Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación
+de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas
+trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo
+guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas
+veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas
+de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando
+amplio círculo en torno de él. Eran tantos, que para no estorbarse se
+mantenían a gran distancia del lebrillo. Cada cucharada era un viaje.
+Debían avanzar, encorvarse sobre el barreño, que estaba en el suelo,
+coger la cucharada y retirarse a la fila para devorar las sopas, de una
+tibieza repugnante. Al aproximarse, los gruesos zapatones hacían saltar
+el polvo o las pellas de barro, y las últimas cucharadas tenían el mismo
+sabor que si comiesen tierra.
+
+A medio día era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan
+también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino
+de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y
+los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en
+las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el
+vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los
+veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de
+esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.
+
+Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro
+gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana.
+Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse,
+se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban
+por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras
+veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si
+conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco
+de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando
+con una risa de desesperados este banquete extraordinario.
+
+Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga
+aplastante, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más
+felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y
+los tres gazpachos. En verano servían de _rempujeros_, marchando tras
+las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga
+de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y
+esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las
+bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la
+faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento
+y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban
+su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferían
+siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las
+muchachas. Y cuando aún no habían llegado a los treinta y cinco años se
+sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y
+comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos.
+
+_Zarandilla_, que había presenciado todo esto, indignábase de que
+tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más?
+¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo?...
+
+--Yo he visto mundo, Rafaé. Yo he sido sordao, no de los de ahora, que
+van en ferrocarrí, como los señoritos, sino de los que llevaban morrión
+alto e iban a pie por las carreteras. Yo he corrío toda la nación
+matando hormigas, y he visto mucho en mis viajes.
+
+Y evocaba el recuerdo de las campiñas de Levante, las vegas de Valencia
+y de Murcia, siempre verdes, pobladas como ciudades, viéndose de cada
+pueblo los campanarios de otros lugares vecinos; teniendo cada campo su
+vivienda rústica, y en ella una familia tranquila, y bien alimentada,
+sacando su alimentación de pedazos de terreno tan pequeños, que él, en
+su hipérbole andaluza, los comparaba con pañuelos de bolsillo. Los
+hombres trabajaban lo mismo de noche que de día, ayudados por sus
+familias, en un noble aislamiento, sin la emulación de grupo ni el miedo
+al aperador. El hombre no era un esclavo en cuadrilla: rara vez se
+conocía allí el bracero a jornal. Cada uno cultivaba lo suyo, y los
+vecinos se ayudaban en las faenas difíciles. El labrador trabajaba para
+él, y si el campo tenía un amo, éste limitábase a cobrar el
+arrendamiento, procurando por la fuerza de la costumbre y por miedo al
+compañerismo de los pobres, no aumentar los antiguos precios.
+
+El recuerdo de los campos, siempre verdes, alegraba después de tantos
+años al viejo _Zarandilla_, pasando como una visión luminosa por sus
+ojos oscuros.
+
+Después hablaba con tristeza de la tierra en que vivía. Inmensos campos
+cuyo término perdíase en el horizonte; surcos que se juntaban y
+confundían a lo lejos como las varillas de un abanico, sin que ningún
+límite los cortase. Cuanto se abarcaba con la vista, tierras llanas o
+colinas, bancales labrados o manchones para el pasto, todo era de un
+amo. Podía un hombre caminar horas enteras sin salir de la propiedad de
+un solo dueño. Aquellos campos no eran para hombres: eran extensiones
+que sólo podían cultivar gigantes como los que aparecían en los cuentos,
+labrándolas con bestias que tuviesen pies y alas. Y la soledad por todas
+partes: ni un pueblo, ni otras viviendas que el cortijo. Había que
+caminar horas y más horas hasta el límite de otras propiedades.
+
+Provincias enteras eran en Andalucía de un centenar de amos. Y la
+tierra, una tierra negra que llevaba en sus entrañas la reserva vital
+acumulada durante muchos siglos, por un cultivo débil y perezoso de
+brazos mercenarios, daba escape a su exceso de fuerza con un oleaje de
+plantas parásitas y nocivas que asomaban entre las cosechas. La escarda
+apenas si podía combatir esta florescencia de fuerzas perdidas.
+
+El amo de la tierra se resignaba a aceptar lo que esta quisiera darle.
+La extensión suplía la debilidad de un cultivo rutinario. Si la cosecha
+era mala, se hacían economías sobre el trabajo de los braceros y sobre
+los gazpachos que los alimentaban. Nunca faltaban esclavos que
+ofreciesen sus brazos. A bandadas bajaban de la sierra las mujeres y los
+gañanes pidiendo trabajo.
+
+El cielo era más azul y sereno que en aquellos países de eterno verdor e
+incesantes cosechas que él recordaba; lucía el sol con más fuerza, pero
+bajo su lluvia de oro, la tierra andaluza se mostraba triste, con la
+soledad del cementerio, silenciosa como si pesase sobre ella la muerte,
+con un revoloteo de negros pajarracos en lo alto, y abajo, en los campos
+sin límites, centenares de hombres alineados como esclavos, moviendo sus
+brazos con regularidad automática, vigilados por un capataz. ¡Ni un
+campanario; ni una aglomeración de casas blancas como en los países
+donde existían verdaderos labradores! ¡Aquí sólo se veían siervos
+trabajando una tierra odiada que jamás podía ser suya; preparando unas
+cosechas de las que no tocarían un solo grano!
+
+--Y la tierra, Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías
+y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una
+tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones
+de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?...
+
+Que aquella inmensidad de tierra se repartiese entre los que la
+trabajaban, que los pobres supieran que del surco podían sacar algo más
+que un puñado de céntimos y los tres gazpachos, ¡y ya se vería si los
+del país eran holgazanes!
+
+Resultaban malos trabajadores porque trabajaban para otros; porque
+tenían la obligación de defender su vida miserable unos cuantos años
+más, huyendo el cuerpo a la faena, prolongando los ratos de descanso
+concedidos para fumar un cigarro, llegando al tajo lo más tarde posible
+y retirándose cuanto antes. ¡Para lo que les daban!... Pero que tuviesen
+su parte de tierra, y la cuidarían, peinándola y acicalándola a todas
+horas como una hija, y antes de que clarease el día estarían ya en ella
+con la herramienta en la mano. En medio de la noche se levantarían para
+las faenas urgentes; aquellas llanuras serían un paraíso, y cada pobre
+tendría su casita, y los lagartos no irían arrastrando su lomo rugoso y
+polvoriento días y días sin tropezar con una vivienda humana.
+
+Rafael oponía reparos a los ensueños del viejo. Muy hermosas eran las
+tierras que había visto _Zarandilla_, con sus parcelas que bastaban a
+alimentar una familia. Pero allí había agua en abundancia.
+
+--Y aquí también--gritaba el viejo.--Ahí tienes la sierra, que asín que
+caen cuatro gotas, llora por toos los costaos.
+
+¡Agua!... Barcos iban por los ríos de Andalucía hasta muy tierra
+adentro, mientras en sus orillas los campos se resquebrajaban de sed.
+¿No era mejor que los hombres hicieran fructificar el suelo y comiesen
+con la hartura de la abundancia, aunque los barcos descargasen en los
+puertos de la costa? ¡Agua!... que les diesen los campos a los pobres y
+ellos la traerían a buenas o a malas, impulsados por la necesidad. No
+serían como los señores, que por mal que se presente la cosecha, siempre
+sacan para vivir poseyendo tanta tierra, y conservan el cultivo lo mismo
+que los abuelos de sus abuelos. Los campos que él había admirado en
+otros países eran inferiores a los de Andalucía. No tenían en sus
+entrañas esa condensación de fuerzas que crea el abandono: estaban
+cansados y había que cuidarlos, dándoles continuamente el medicamento
+del guano. Eran, según _Zarandilla_, como las señorones que admiraba él
+en Jerez, hermosas y apuestas con el atractivo del cuidado y los
+artificios del lujo.
+
+--Y esta tierra nuestro, Rafaé, es como las muchachas que bajan de la
+sierra con el _manijero_. Van plagadas de la miseria que recogen en la
+gañanía; no se lavan la cara, comen mal; pero si las adecentasen, ya se
+vería lo bonitas que son.
+
+Una tarde de Febrero hablaban el aperador y _Zarandilla_ de los trabajos
+del cortijo, mientras la _señá_ Eduvigis lavaba la loza en la cocina.
+Habíase acabado la siembra de los garbanzos, los yeros y los arvejones.
+Ahora, las cuadrillas de muchachas y de gañanes se dedicaban a escardar
+los campos de cereales. Aún podían sostener el combate con el escardillo
+contra las hierbas parásitas. Después, cuando el trigo creciese,
+tendrían que arrancarlas a mano, encorvados durante el día, con los
+riñones quebrantados por el dolor.
+
+_Zarandilla_, que falto de vista parecía haber aguzado sus oídos,
+interrumpió a Rafael, ladeando su cabeza como para escuchar mejor.
+
+--Muchacho, paece que truena.
+
+Palidecía la gran mancha de sol sobre los guijarros del patio; las
+gallinas corrían en rueda, cocleando, como si quisieran huir de la
+ráfaga de viento que erizaba sus plumas. Rafael prestó oído también. Sí
+que tronaba: iban a tener tempestad.
+
+Los dos hombres salieron al portal del cortijo. Por la parte de la
+sierra, el cielo estaba negro y las nubes corríanse como una cortina
+lúgubre entenebreciendo el campo. Aún no era media tarde y todos los
+objetos envolvíanse en la vaguedad difusa del anochecer. El cielo
+parecía haber descendido, tocando las crestas de las montañas,
+devorándolas en su seno oscuro, como si las decapitase. Pasaban a
+bandadas con el pavor de la fuga, graznando estridentemente, los pájaros
+de presa.
+
+--¡Camará!... ¡la que se nos viene encima!--exclamó _Zarandilla_, que ya
+no veía nada, como si para él hubiese cerrado la noche.
+
+Los altos vástagos de las piteras, únicas líneas verticales que rompían
+la monotonía de los campos, se inclinaron unos tras otros, como si
+fuesen a romperse, y a continuación una ráfaga fría e impetuosa chocó
+contra el cortijo. Temblaron las puertas, oyose el estrépito de las
+ventanas al cerrarse con violencia, y aullaron los mastines
+lúgubremente, tirando de sus cadenas, como si con su mirada de bestias
+viesen a la tempestad entrar por el portalón sacudiendo su capa de agua
+y relampagueándola los ojos.
+
+Una claridad lívida inflamó el espacio, y el trueno estalló sobre el
+cortijo con un estrépito seco que conmovió los cimientos, despertando en
+los establos un eco de mugidos, relinchos y patadas. Cayó la lluvia de
+golpe, en grandes masas, como si se desfondase el cielo, y los dos
+hombres tuvieron que refugiarse bajo el arco de entrada, no viendo más
+que un pedazo de campo al través de la herradura del portalón.
+
+Del suelo, golpeado por el latigazo del agua, desprendíase un vapor
+tibio; el olor de tierra mojada perfume de los aguaceros violentos.
+Lejos, muy lejos, por los surcos convertidos en arroyos que no podían
+engullir todo el golpe de agua, corrían hacia el cortijo grupos de
+gentes. Apenas si se les veía al través de la capa liquida de la
+atmósfera.
+
+--¡Jesú!--exclamó _Zarandilla_.--¡Y cómo van a ponerse los
+pobrecitos!...
+
+El vendaval parecía empujarles. La luz de cada relámpago les mostraba
+más cerca; trotaban bajo la lluvia como un rebaño disperso. Al llegar
+los primeros grupos pasaron corriendo ante el portalón para refugiarse
+en la gañanía. Los hombres iban arrebujados en mantas, cayéndoles dos
+chorros de agua por la canal del sombrero deformado y blanducho: las
+mujeres pasaban chillando como ratas, cubiertas con las varias hojas de
+su astrosa faldamenta, llenas de barro, y mostrando sus piernas
+enfundadas en los pantalones masculinos que usaban para la escarda.
+
+Habían ya llegado al cortijo casi todas las bandas de trabajadores y en
+la puerta de la gañanía sacudíanse mantas y refajos, derramando a
+chorros el agua sucia, cuando Rafael se fijó en un pequeño grupo
+rezagado que se aproximaba lentamente bajo la cortina oblicua de la
+lluvia. Eran dos hombres y un borriquillo cargado con un serón, bajo el
+cual apenas si asomaban las orejas y la cola.
+
+El aperador conoció a uno de los dos hombres que tiraba del ronzal de
+la bestia para que acelerase la marcha. Le llamaban Manolo el de
+Trebujena y era un antiguo gañán que, después de una sublevación de los
+obreros del campo, estaba señalado por todos los amos como perturbador.
+Falto de trabajo después de la huelga, se ganaba el sustento yendo de
+cortijo en cortijo como buhonero, vendiendo a las mujeres cintas, hilos
+y retazos de tela, y a los hombres vino, aguardiente y periódicos
+libertarios cuidadosamente ocultos en aquel serón, almacén heterogéneo
+que, a lomos del borriquillo, vagaba de un extremo a otro de la campiña
+jerezana. Sólo en Matanzuela y en muy contados cortijos podía penetrar
+Manolo sin infundir alarma y encontrar resistencia.
+
+Rafael miraba al acompañante del buhonero creyendo reconocerle, pero sin
+determinar en su memoria quién era. Caminaba con las manos en los
+bolsillos, el cuello de la chaqueta levantado y el sombrero sobre las
+cejas, chorreando agua por todos los extremos de su traje, encogiéndose
+estremecido de frío, sin una manta como su camarada. Pero, a pesar de
+esto, marchaba sin precipitación como si no le molestasen la lluvia y el
+viento que combatían su débil persona.
+
+--¡Salud, compañeros!--dijo el de Trebujena al pasar ante la puerta del
+cortijo, arreando su borriquillo.--Qué tiempo para los probes, ¿eh,
+_Zarandilla_?...
+
+Entonces fue cuando Rafael reconoció al acompañante de Manolo, viendo
+su rostro exangüe de asceta, su barba rala y los ojos dulces y
+mortecinos tras unas gafas azuladas.
+
+--¡Don Fernando!--exclamó con asombro.--¡Pero si es don Fernando!...
+
+Y saliendo del portalón, en plena lluvia, agarró de un brazo a
+Salvatierra, para que entrase en el cortijo. Don Fernando opuso
+resistencia. Iba a refugiarse en la gañanía con su compañero; no debía
+contrariarle, pues este era su gusto. Pero Rafael protestaba. ¡El gran
+amigo de su padrino, el que había sido jefe de su padre!... ¿Cómo podía
+pasar por la puerta de su casa sin entrar en ella?... Y casi a viva
+fuerza lo metió en el cortijo, mientras Manolo seguía adelante.
+
+--Anda, que hoy tendrás buen despacho--le dijo _Zarandilla_.--Los mozos
+se pirran por tus papeles y tendrán en qué entretenerse mientras llueva.
+Me paece que va pa largo.
+
+Salvatierra entró en la cocina del cortijo, dejando, al sentarse, una
+gran mancha del agua que chorreaban sus ropas. La _señá_ Eduvigis,
+compadeciendo al «pobre señor», encendió apresuradamente en el hogar un
+fuego de leña menuda.
+
+--Que sea buena la candela, mujer; que eso y mucho más se merece el
+forastero--decía _Zarandilla_, orgulloso de la visita.
+
+Y luego añadió con cierta solemnidad:
+
+--¿Tú sabes quién es este cabayero, Eduvigis?... ¡Qué has de saber tú!
+Pues es don Fernando Salvatierra, ese señor tan nombrao en los papeles,
+que defiende a los probes.
+
+El gesto de la vieja, al abandonar un instante la lumbre para mirar al
+recién llegado, fue más de curiosidad y asombro que de admiración.
+
+Mientras tanto, el aperador iba de un lado a otro, buscando cierta
+botella de vino selecto que meses antes le había regalado su padrino.
+Por fin dio con ella, y escanciando un vaso, se lo ofreció a don
+Fernando.
+
+--Gracias, no bebo.
+
+--¡Pero si es de primera, señor!...--intervino el viejo.--Beba su mercé;
+esto le hará bien después de la mojadura.
+
+Salvatierra hizo un gesto negativo.
+
+--Gracias otra vez: yo nunca he probado el vino.
+
+_Zarandilla_ le miró con asombro... ¡Qué tío! Con razón tenían a aquel
+don Fernando por un hombre extraordinario.
+
+Rafael quiso que comiera algo; y habló a la vieja de freír huevos, de
+descolgar cierto jamón que había dejado el amo en una de sus visitas;
+pero Salvatierra le atajó. Era inútil: él llevaba en un bolsillo las
+provisiones para la noche. Y extrajo de su chaqueta un papel mojado, que
+contenía un mendrugo y un pedazo de queso.
+
+La sonrisa fría con que se negaba a aceptar los obsequios, cortaba toda
+insistencia. _Zarandilla_ abría sus ojos turbios, como para ver mejor a
+aquel hombre asombroso.
+
+--¿Pero al menos fumará usted, don Fernando?--dijo Rafael ofreciéndole
+un cigarro.
+
+--Gracias; no he fumado nunca.
+
+El viejo no pudo callar más tiempo. ¿Tampoco fumaba?... Ahora comprendía
+el asombro de ciertas gentes. Un hombre de tan pocas necesidades metía
+tanto miedo como un ánima del otro mundo.
+
+Y mientras Salvatierra aproximábase a la lumbre, que comenzaba a
+crepitar con alegre llama, el aperador salió de la cocina. Poco después
+volvió, llevando al brazo su capote de monte.
+
+--Cuando menos, déjese usted abrigar. Quítese esas ropas que chorrean.
+
+Antes de que pudiera negarse, Rafael y la vieja le despojaron de la
+chaqueta y el chaleco, envolviéndole en el capote, mientras _Zarandilla_
+colocaba ante el fuego las ropas mojadas, que despedían un humo tenue.
+
+Acariciado por el calor, Salvatierra se mostró más comunicativo. Le
+dolía contrariar con su sobriedad a aquellas gentes sencillas que le
+asediaban con sus obsequios.
+
+El aperador se extrañaba de verle en el cortijo como traído por la
+tempestad. Su padrino le había dicho algunos días antes que don Fernando
+estaba en Cádiz.
+
+--Sí, allí estuve hasta hace poco. Fui a ver la sepultura de mi madre.
+
+Y como si quisiera pasar apresuradamente sobre este recuerdo, explicó
+su llegada al cortijo. Había salido por la mañana de Jerez en la
+_góndola_ de la sierra, uno de aquellos coches que pasaban cargados de
+gente y de fardos por el inmediato camino. Deseaba ver al señor Antonio
+Matacardillos, el dueño del ventorro del Grajo, situado en la carretera,
+cerca del cortijo; un bravo que de joven le había seguido en todas sus
+aventuras revolucionarias. Estaba enfermo del corazón, con las piernas
+hinchadas, casi imposibilitado de moverse, no pudiendo llegar a la
+puerta de su choza más que entre ayes y tropezones. Al saber que
+Salvatierra vivía en Jerez, sus dolores parecían haberse aumentado con
+la desesperación que le causaba el no verle.
+
+El viejo ventorrillero, al presentarse su antiguo jefe en la choza del
+Grajo, había llorado, abrazándole con tales extremos de emoción, que su
+familia creyó que iba a morir. ¡Ocho años sin ver a su don Fernando!
+¡Ocho años, durante los cuales había enviado todos los meses un papel
+lleno de garabatos a aquel presidio del Norte, donde guardaban a su
+héroe! El pobre Matacardillos sabía que iba a morir de un momento a
+otro. Ya no dormía en la cama, se ahogaba, vivía casi artificialmente
+clavado en su sillón de paja, sin poder servir una copa, acogiendo con
+sonrisa triste a los arrieros y gañanes que le hablaban de su cara de
+salud y de su gordura, asegurando que se quejaba de vicio. Don Fernando
+debía volver alguna vez a verle. Le molestaría poco tiempo; iba a morir
+muy pronto; pero su presencia alegraría la poca vida que le quedase. Y
+Salvatierra había prometido volver, siempre que pudiese, a visitar al
+_veterano_, en compañía de Manolo el de Trebujena (otro de los suyos),
+al que había encontrado en el ventorro del Grajo. Con él emprendió el
+regreso a Jerez, cuando los alcanzó la tempestad, obligándoles a
+refugiarse en el cortijo.
+
+Rafael habló a don Fernando de sus costumbres extraordinarias, que
+muchas veces había oído relatar al padrino: sus baños de mar en Cádiz en
+pleno invierno, ante la gente, que temblaba de frío; sus regresos a casa
+en cuerpo de camisa después de dar la chaqueta a un compañero
+menesteroso; su régimen alimenticio, que no podía pasar de los treinta
+céntimos diarios. Salvatierra permanecía impasible, como si hablasen de
+otro, y únicamente al extrañarse Rafael de su exiguo alimento, abrió los
+labios para protestar dulcemente.
+
+--No tengo derecho a más. ¿Acaso esos pobres que se amontonan en la
+gañanía no comen peor que yo?...
+
+Se hizo un largo silencio. El aperador y los dos viejos parecían
+cohibidos en presencia de aquel hombre, del que tanto habían oído
+hablar. Además, les intimidaba con un respeto casi religioso aquella
+sonrisa que, según pensaba _Zarandilla_, «parecía venir de otro mundo»,
+y la firmeza de sus negativas, que no daba lugar a nuevas insistencias.
+
+Cuando Salvatierra vio sus ropas casi secas, abandonó el capote y se las
+puso. Después se dirigió a la puerta, y a pesar de que seguía lloviendo
+quiso ir a la gañanía, en busca de su compañero. Pensaba pasar en ella
+la noche, ya que no era posible con aquel tiempo volver a Jerez.
+
+El aperador protestó. ¡En la gañanía un hombre como don Fernando!... Su
+cama estaba dispuesta para él y si no le gustaba, abriría la habitación
+del señorito, que era tan buena como cualquiera de Jerez.... ¡La
+gañanía! ¿Qué diría su padrino si él toleraba tal disparate?...
+
+Pero la sonrisa de Salvatierra quitó al joven toda esperanza. Había
+dicho que dormiría con los gañanes, y era capaz de pasar la noche al
+raso, si no le dejaban cumplir su gusto.
+
+--No podría dormir en tu cama, Rafael; no tengo derecho a estar sobre
+colchones, mientras otros, bajo el mismo tejado, duermen en esteras.
+
+E intentaba sortear el obstáculo que le oponía el aperador, cerrándole
+el paso en la puerta. El viejo _Zarandilla_ intervino.
+
+--Aún quedan horas para dormir, don Fernando. Luego irá su mercé a la
+gañanía, si ese es su gusto. Pero ahora--añadió, dirigiéndose a
+Rafael--enséñale al señó algo del cortijo, la cuadra de los caballos,
+que es cosa de ver.
+
+Salvatierra aceptó la invitación, ya que ésta no contrariaba su
+sobriedad ascética, único lujo de su vida. «Vamos a ver los caballos».
+No le interesaban gran cosa, pero agradecía el buen deseo de aquella
+gente sencilla, ansiosa de mostrarle lo mejor de la casa.
+
+Atravesaron el patio, bajo el azote de la lluvia, seguidos por algunos
+perros que sacudían el agua de sus pelos lacios. Una bocanada de aire
+caliente y espeso, oliendo a estiércol y a vapor animal, dio en la cara
+a los visitantes al abrirse la puerta de la cuadra. Los caballos
+cocearon y relincharon, moviendo las cabezas al sentir tras de sus
+grupas la presencia de gente extraña.
+
+_Zarandilla_ se metió entre ellos, adivinándolos por el tacto, marchando
+a ciegas en la penumbra de la cuadra, acariciando a unos en los ijares,
+rascando a otros en la frente, llamándolos con nombres cariñosos y
+librándose por instinto de las patadas de impaciencia y de alegría que
+daban con sus cascos herrados. «¡Quieto, _Brillante_!» «¡No seas malo,
+_Lucero_!» Y pasaba, encorvándose, por debajo de los vientres para ir
+hasta el otro extremo de la cuadra, mientras el aperador explicaba a
+Salvatierra la valía de este tesoro.
+
+Eran caballos jerezanos de pura sangre, verdaderos sementales de la
+tierra, y elogiaba su cara alegre, sus ojos saltones, el corte elegante
+y esbelto de su figura, su paso enérgico. Unos eran de color tordo;
+otros de un gris plateado, sedoso y brillante, y todos ellos temblaban
+desde las piernas a la grupa con fuertes estremecimientos, como si no
+pudiesen contener su exceso de vida en este encierro.
+
+Rafael hablaba con admiración del valor de aquellos animales. Una
+verdadera fortuna: el señorito era hombre de gusto, un inteligente que
+no reparaba en el dinero para disputar a los más ricos del _Círculo
+Caballista_ la posesión de un buen ejemplar. Hasta a su primo don Pablo
+le había arrebatado la posesión de un caballo famoso. Y señalando a cada
+uno de los animales, hablaba de miles y miles de pesetas,
+enorgulleciéndose de que tales tesoros estuviesen confiados a su
+custodia.
+
+El _hierro_ de Matanzuela, la marca con que se señalaba a las jacas
+salidas del cortijo, valía tanto como los certificados de los ganaderías
+más antiguas.
+
+Mientras tanto, _Zarandilla_ acariciaba con ruidosas palmadas y motes
+grotescos a dos asnos garañones, grandes como caballos, huesudos,
+angulosos, como si fuesen esculpidos a hachazos; la cara roma, los ojos
+casi ocultos bajo una maraña de pelos y las orejas caídas. Dos bestias
+de fealdad monstruosa y fantástica, que parecían surgidas de una visión
+apocalíptica. El viejo, apoyado en ellos, hablaba de la primavera,
+cuando bajaban las yeguas de la dehesa y entraban en la cuadra con la
+cola recogida sobre el lomo para evitar entorpecimientos, y el yegüerizo
+mayor se arriesgaba bajo las patas amenazantes, encauzando la
+fecundación.
+
+--Aquí tiene su mercé--decía el viejo--a toos los buenos mozos que
+fabrican los potrancos y las mulillas de Matanzuela.
+
+Hablaba de los misterios reproductores de aquella cuadra, con la
+naturalidad de la gente campesina, tímida y ruborosa en las relaciones
+humanas y franca hasta el impudor al hablar de las aproximaciones de las
+bestias. Y como si las palabras del viejo trajesen a las dilatadas
+narices de los caballos un lejano perfume de la deseada primavera,
+comenzaron a relinchar, a dar saltos, a morderse, a estremecer sus
+vientres con agitaciones de péndulo, a resbalar las patas delanteras
+sobre las grupas más cercanas, haciendo esfuerzos por libertar sus
+cabezas amarradas a las anillas. Unos cuantos varazos repartidos a
+ciegas por _Zarandilla_ hicieron cesar el estruendo de coces y
+relinchos, y las bestias tornaron a alinearse ante los pesebres,
+exhalando los últimos restos de su agitación con bufidos y temblores.
+
+El aperador condujo a Salvatierra a una habitación grande, de paredes
+enjalbegadas, que le servía de despacho. Empezaba a anochecer y encendió
+un velón de los antiguos de Lucena, puesto sobre una mesa, en la que se
+veía un tintero de loza enorme, con una pluma no más larga que un dedo.
+Allí hacía él sus cuentas, y en un armario inmediato estaban «los
+libros», de los que hablaba Rafael con cierto respeto. Cada gañán tenía
+su cuenta. Antes se llevaba la administración con una sencillez
+patriarcal, pero ahora los jornaleros eran quisquillosos y desconfiados.
+Además, había que marcar bien los días que eran por entero de trabajo,
+aquellos en que la faena sólo duraba medio día por la lluvia, y los de
+lluvia completa, en los que la gente se quedaba en la gañanía,
+comiéndose sus gazpachos sin hacer nada.
+
+Después estaba el gran libro, el más precioso de la casa, lo que podía
+titularse la carta de nobleza de Matanzuela. Y el aperador sacaba del
+armario un amplio cuaderno, en el que se contenía la genealogía y la
+historia de todo caballo o mula salido del cortijo, con el apodo de
+nacimiento, padres y abuelos, descripción de la figura, talla, pelo,
+color de los ojos y defectos que se confesaban generosamente sobre el
+papel para quedar secretos, dejando a la penetración del comprador el
+adivinarlos.
+
+Luego, enseñó Rafael la otra joya del cortijo: un palo largo rematado
+por un embudo de hierro, cuyos bordes entrantes y salientes daban la
+idea vaga de un dibujo. Era la marca de la ganadería, ¡el hierro!, y
+había que ver con qué respeto lo acariciaba Rafael. Una cruz sobre una
+media luna formaban la señal que llevaba en sus flancos todo el ganado
+de Matanzuela.
+
+Hablaba con entusiasmo de la operación de herrar, que don Fernando no
+había visto nunca. Los yegüerizos echaban sus lazos de cerda a los
+potros indómitos, sujetándolos por las orejas, mientras se calentaba el
+hierro en un fuego de boñiga seca; y al estar la marca al rojo, ¡zas!,
+se la aplicaban al costado, quemándose los pelos y quedando la piel
+señalada para siempre con la cruz y la media luna. Y con cierta
+conmiseración por Salvatierra que, sabiendo tanto, ignoraba unas cosas
+que eran para el aperador las más interesantes del mundo, continuaba
+éste explicando el régimen a que se sometían los caballos jóvenes; todas
+las operaciones que realizaba él voluntariamente en sus entusiasmos de
+jinete.
+
+Primeramente los _amarraban_, al venir de la libertad de la dehesa, para
+que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salían al campo,
+frente al cortijo, con cabezón y una larga cuerda, para dar vueltas como
+en un picadero, y que aprendiesen a _tranquear_, a poner la pata de
+atrás donde habían puesto la delantera, o más allá, si era posible. Tras
+esto llegaba la operación suprema: colocarles la silla sobre los lomos,
+habituando su salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a
+la baticola y los estribos. Y finalmente se les montaba, para hacerles
+dar vueltas, al principio sin soltar la cuerda, luego manejándolos con
+las riendas. ¡Los potros que él llevaba desbravados, animales casi
+salvajes, que inspiraban miedo a muchos!...
+
+Hablaba con orgullo de sus combates de energía y voluntad con bestias
+fieras que relinchaban y mordían el aire, pataleando, levantándose
+verticalmente o hundiendo su cabeza en tierra mientras coceaban en el
+espacio, sin que pudieran por esto libertarse de la opresión de sus
+piernas de acero; hasta que al fin, después de una carrera loca, en la
+que parecían buscar los obstáculos para aplastar al jinete, volvían
+sudorosas y vencidas, sometiéndose por completo a la mano del montador.
+
+Rafael se detuvo en la narración de sus proezas hípicas, viendo la
+sombra de una persona en el cuadro de la puerta, sobre el fondo de luz
+violácea del crepúsculo.
+
+--¡Ah! ¿eres tú?--dijo riendo.--Pasa, _Alcaparrón_, no tengas miedo.
+
+Entró un mozo de escasa estatura, avanzando cautelosamente, de medio
+lado, como si temiera rozar la pared. En su encogimiento parecía
+implorar perdón anticipadamente por todo lo que hiciese. Sus ojos
+brillaban en la sombra lo mismo que su fuerte y nítida dentadura. Al
+aproximarse a la luz del velón, Salvatierra se fijó en el color cobrizo
+de su cara, en las córneas de sus ojos, que parecían manchadas de
+tabaco, en sus manos de dos colores, con la palma sonrosada y el dorso
+de un negro que aún se hacía más intenso bajo las uñas. A pesar del
+frío, vestía una blusa de verano, una guayabera con pliegues, húmeda
+aún de la lluvia, y en la cabeza llevaba dos sombreros, uno dentro del
+otro, de distinto color, como sus manos. El de abajo mostraba una
+blancura gris y flamante en la parte inferior de sus alas; el de arriba
+era viejo, de un negro rojizo, con los bordes deshilachados.
+
+Rafael agarró al mozuelo por un hombro, haciéndolo balancearse, y lo
+presentó a Salvatierra con una gravedad cómica.
+
+--Este es _Alcaparrón_, del que usté habrá oído hablar seguramente. El
+gitano más ladrón de too Jerez. Si hubiese justicia, hace tiempo que le
+habrían dao garrote en la plaza de la Cárcel.
+
+_Alcaparrón_ dio un respingo para librarse de la garra del aperador, y
+moviendo las manos con ademanes femeniles, acabó por persiguarse.
+
+--¡Uy!, zeñó Rafaé y qué malo que es uzté... ¡Jozú! ¡y qué cosas dice
+este hombre!
+
+El aperador continuó con el ceño fruncido y la voz grave:
+
+--Trabaja en Matanzuela con su familia hace muchos años, pero es un
+ladrón como toos los gitanos y debía estar en presidio. ¿Sabe usté por
+qué se trae dos sombreros? Pa llenarlos de garbanzos o habichuelas así
+que me descuido: y él no sabe que el mejor día le meto un escopetazo.
+
+--¡Jozú! ¡señó Rafaé! ¿Pero qué dice usté, bendito?...
+
+Y juntaba las manos con desesperación, mirando a Salvatierra y
+diciéndole con vehemencia infantil:
+
+--No le crea usté, zeñó; es muy malo y me dice eso por pudrirme la
+sangre. Por la salusita de mi mare que too es mentira...
+
+Y explicaba el misterio de los dos sombreros superpuestos que llevaba
+calados hasta las orejas, rodeando su cara de pícaro de un nimbo de dos
+colores. El de abajo era el nuevo, el de los días de fiesta y lo
+desenfundaba cuando iba a Jerez. En los días de labor, no osaba dejarlo
+en el cortijo por miedo a los compañeros, que se permitían toda clase de
+burlas con él porque era «un pobrecito gitano», y lo cubría con el viejo
+para que no perdiese el color gris y sedoso que era su orgullo.
+
+El aperador continuaba exasperando al gitano con ese humor campesino que
+se goza en enfurecer a los pobres de espíritu y a los vagabundos.
+
+--Oye, _Alcaparrón_, ¿tú sabes quién es este señor? Pues es don Fernando
+Salvatierra. ¿No has oído hablar nunca de él?...
+
+El gitano hizo un gesto de asombro, abriendo los ojos desmesuradamente.
+
+--¡Pues poco nombrao que es el señó! En la gañanía hace dos horas que no
+jablan más que de él. ¡Por muchos años, señó! M' alegro de conosé una
+presona tan fina y de tanto aquel. Bien se ve que su mersé es alguien:
+tiene cara de gobernaor.
+
+Salvatierra sonreía ante la obsequiosidad aduladora del gitano. Aquel
+infeliz no conocía categorías; juzgaba por el renombre, y considerándole
+un personaje poderoso, una autoridad, temblaba, ocultando su turbación
+con la sonrisa aduladora de las razas eternamente perseguidas.
+
+--Don Fernando--continuó el aperador.--Usté que tiene amigos en el
+extranjero podía arreglarle el viaje a _Alcaparrón_. A ver si en
+aquellas tierras hacía tanta suerte como sus primas.
+
+Y hablaba de las _Alcaparronas_, unas gitanas bailadoras que daban golpe
+en París y en muchas ciudades de Rusia, cuyos nombres no podía recordar
+el aperador. Sus retratos figuraban hasta en las cajas de cerillas, los
+periódicos hablaban de ellas; tenían diamantes a porrillo, bailaban en
+teatros y en palacios y a una de ellas la había robado un gran duque,
+archipámpano o no recordaba Rafael qué otro título, llevándosela a un
+castillo, donde vivía como una reina.
+
+--Y a too esto, don Fernando, unas monas sabias, tan feas y negras como
+su primo aquí presente; unas desgalichás, a las que he visto de pequeñas
+en los cortijos robando garbanzos y otras semillas; unas ratas
+vivarachas, sin más que el _aquel_ gitano y unas desvergüenzas que ponen
+coloraos a los hombres. ¿Y eso es lo que les gusta a aquellos señorones?
+¡Vamos, hombre, que hay para reír!...
+
+Y reía, efectivamente, al pensar que vivían como unas grandes damas
+aquellas mozuelas cobrizas, de ojos de brasa, que él había visto
+merodear sucias y costrosas por los campos de Jerez.
+
+_Alcaparrón_ hablaba con cierto orgullo de sus primas, pero lamentando
+de paso la diversa suerte de familia. ¡Ellas hechas unas reinas y él con
+su pobre _mare_, sus hermanos pequeños, y Mari-Cruz, su pobrecita prima,
+siempre enferma, ganando dos reales en el cortijo! ¡y muchas gracias que
+les daban trabajo todos los años sabiendo que eran buenos!... Sus primas
+eran unas _descastás_ que no escribían a la familia, que no la enviaban
+ni esto. (Y hacía crujir la uña de un pulgar, entre sus dientes de
+caballo.)
+
+--Señó: paece mentira que mi tío se porte tan mal con los suyos, siendo
+un _cañí_. ¡Con tanto que le quería el probé de mi pare!...
+
+Pero lejos de indignarse, rompía en elogios del tío _Alcaparrón_, un
+hombre de iniciativas que, cansado de pasar hambre en Jerez y verse en
+peligro de ir a la cárcel siempre que se extraviaba un asno o una mula,
+se había echado al hombro la guitarra, no parando con todo su «ganao»,
+como él llamaba a las hijas, hasta el mismo París. Y _Alcaparrón_ reía
+irónicamente de la simpleza de los _gachés_, de toda la gente que domina
+el mundo y oprime a los pobres gitanos, recordando ciertos prospectos y
+periódicos que había visto con el retrato de su respetable tío, luciendo
+sus patillas de _boca de jacha_, y su cara de ladrón, bajo un sombrero
+de catite como un campanario y rodeado de columnas impresas en lengua
+extraña, en las que se hablaba de _mademoiselles_ las _Alcaparronas_ y
+se celebraba su gracia y hermosura, repitiendo, cada seis renglones
+_¡ollé! ¡ollé!_... ¡Y su tío, para mayor solemnidad, se titulaba el
+capitán _Alcaparrón_! ¿Capitán de qué?... Y sus primas, las
+_mademoiselles_, se hacían robar por señorones que le tenían miedo al
+padre, _le terrible hidalgo_, que tantas veces había rasgueado
+filosóficamente la guitarra en los colmados, mientras las niñas se
+ocultaban con los señoritos en los cuartos más lejanos. ¡_Josú_, qué
+guasa!...
+
+Pero el gitano pasaba rápidamente de la risa a la melancolía, con la
+incoherencia vivaracha de su alma de pájaro. ¡Ay, si viviese su _pare_,
+que había sido un águila, comparado con este hermano que tenía tanta
+fortuna!...
+
+--¿Murió tu padre?--preguntó Salvatierra.
+
+--Sí, señó: fartaba uno en el campo santo, y como era bueno, le yamó er
+cuervo que está allí.
+
+Y _Alcaparrón_ continuaba sus lamentaciones. ¡Si no hubiese muerto el
+pobrecito! En lugar de sus primas estarían él y sus hermanos disfrutando
+tantas riquezas. Y lo afirmaba de buena fe, despreciando como
+insignificante la diferencia de sexos, no dando ningún valor a la
+fealdad picante de sus primas, creyendo que su fortuna era debida a la
+habilidad en el _cante_, para el cual, la _pobresita_ de su _mare_, su
+prima Mari-Cruz y él, valían mucho más que todas las _Alcaparronas_ que
+andaban por el mundo.
+
+El aperador, viendo triste al gitano, ofrecíale su protección. Su
+fortuna estaba hecha. Allí estaba don Fernando, que con sus influencias
+de personaje, le tenía reservado un empleo.
+
+_Alcaparrón_ abría los ojos, recelando la burla. Pero temeroso de
+cometer una falta si no daba las gracias a aquel señor, abrumó con
+palabras dulzonas a Salvatierra, mientras éste miraba al aperador, no
+sabiendo adonde iba a parar.
+
+--Si, gachó--continuó Rafael.--Ya tienes empleo. El señó te hará verdugo
+de Seviya o de Jerez: lo que tú escojas.
+
+El gitano dio un salto, mostrando su cómica indignación con un
+desbordamiento de palabras.
+
+--¡Mardito! ¡Arrastrao! ¡Mala escopetá le peguen, señó Rafaé, en sus
+entrañas renegrísimas!...
+
+Se detuvo un instante en sus maldiciones, viendo que éstas servían de
+regocijo al aperador, y añadió con maligna intención:
+
+--Premita Dió que cuando vaya su mersé a la viña de don Pablo, la gachí
+le resiba con cara de cuaresma.
+
+Rafael ya no reía. Temió que el gitano, en presencia de don Fernando,
+hablase de sus amores con la hija del padrino, y se apresuró a
+despedirle.
+
+--Toma un pitillo y lárgate... mala sombra. Tu madre estará esperándote.
+
+_Alcaparrón_ obedeció con la docilidad de un perro. Al despedirse de
+Salvatierra le tendió su mano de mulato, repitiendo que le esperaban en
+la gañanía y que la gente andaba revuelta al saber que un _presonaje_
+tan alto estaba en Matanzuela.
+
+Cuando se fue, el aperador habló a don Fernando de los _Alcaparrones_ y
+otros gitanos del cortijo. Eran familias que trabajaban años y años en
+la misma finca, como si formasen parte de ella. Resultaban de más fácil
+manejo, hombres y mujeres, que la demás gente de la gañanía. Con ellos
+no había que temer rebeliones, huelgas, ni amenazas. Eran pedigüeños y
+un tanto ladrones, pero se achicaban ante los gestos amenazadores, con
+la docilidad de una raza perseguida.
+
+Rafael sólo había visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella
+parte de Andalucía. La afición de la gente a los caballos parecía
+haberles expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo,
+obligándoles a buscar la vida en los cortijos.
+
+Las mujeres valían más que los hombres: secas, negras, angulosas, con
+unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblábanse el día entero para
+escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los
+vigilaban de cerca, apoderábase de ellos la indolencia de raza, el deseo
+de permanecer inmóviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en
+nada. Pero así que presentían la proximidad del aperador, corría la voz
+de alarma en aquel _caló_ que era su única fuerza de resistencia, lo
+que les aislaba de la animadversión de los compañeros de trabajo.
+
+--_¡Cha: currela, que sinela er jambo!_
+
+«¡Oye: trabaja, que mira el amo!» Y cada uno se entregaba a su faena,
+con tal ardor, con esfuerzos tan cómicos, que muchas veces Rafael no
+podía contener la risa.
+
+Había cerrado la noche. La lluvia caía como polvo de agua, sobre los
+guijarros del patio. Salvatierra habló de ir a la gañanía, sin prestar
+atención a las protestas del aperador. ¿Pero, realmente, tenía empeño en
+dormir allí, un hombre de su mérito?...
+
+--Ya sabes de dónde vengo, Rafael--dijo el revolucionario.--Llevo ocho
+años de dormir en peores sitios y entre gentes más infelices.
+
+El aperador hizo un gesto de resignación y llamó a _Zarandilla_, que
+estaba en la cuadra. El viejo le serviría de acompañante; él se quedaba
+allí.
+
+--No me conviene entrar en la gañanía, don Fernando. Hay que conservar
+cierto _aquel_ de autoridad; si no, toman confianza con uno y está
+perdido.
+
+Y hablaba del _aquel_ de la autoridad, con firme convicción,
+respetándola como necesaria, después de haberla violentado muchas veces
+en las rudas aventuras de su primera juventud.
+
+Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los
+perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba
+entrada a la gañanía.
+
+Bajo aquel se alineaban al aire libre varios cántaros con la provisión
+de agua para los braceros. Los que sentían sed, pasaban del calor
+asfixiante de la gañanía a la frialdad de la noche, y se atracaban de un
+agua que parecía hielo líquido, mientras el viento les hería las
+sudorosas espaldas.
+
+Al trasponer la puerta, Salvatierra sintió en sus pulmones la rareza del
+aire, al mismo tiempo que hería su olfato un hedor de lana húmeda,
+aceite rancio, barro y carne aglomerada y viscosa.
+
+Era una pieza estrecha y larga, que aún parecía más grande por lo denso
+de la atmósfera y la escasez de luz. En el fondo estaba el hogar, en el
+que ardía una lumbre de boñiga seca, despidiendo un olor infecto. Un
+candil marcaba su llama como una lágrima roja y titilante en este
+ambiente nebuloso. El resto de la pieza, completamente a oscuras, tenía
+en sus tinieblas palpitaciones de vida. Adivinábase la presencia de una
+muchedumbre bajo la mortaja de sombras.
+
+Salvatierra, al llegar al centro de la mísera habitación pudo ver mejor.
+En el hogar hervían varios pucheros vigilados por mujeres puestas de
+rodillas, y bajo el candil estaba sentado el _arreador_, el segundo
+funcionario de la casa, el que acompañaba a los braceros al tajo y
+vigilaba sus faenas, excitándolos con duras palabras; el que en unión
+con el aperador formaba lo que llamaban los gañanes el _gobierno_ del
+cortijo.
+
+El arreador era el único que tenía una silla en la gañanía: los demás,
+hombres y mujeres, sentábanse en el suelo. Junto a él estaban en
+cuclillas Manolo el de Trebujena con varios amigos, metiendo sus
+cucharas en un _tornillo_ de gazpacho caliente. La niebla fue
+disipándose ante los ojos de Salvatierra, habituados ya a esta atmósfera
+asfixiante. Entonces vio en los rincones grupos de hombres y de mujeres
+sentados en la tierra apisonada o sobre esterillas de enea. La lluvia,
+cortando su trabajo a media tarde, les había hecho adelantar la comida
+de la noche. En torno de los lebrillos de bazofia caliente, hablaban y
+reían moviendo las cucharas con cierta calma. Presentían que el día
+siguiente sería de encierro, de holganza forzosa, y deseaban permanecer
+en vela hasta bien entrada la noche.
+
+El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la
+memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las mismas paredes
+enjalbegadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo
+del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los
+cuerpos sucios. Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas todo
+el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas
+multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables
+remiendos con clavos agudos.
+
+En el presidio cada uno tenía su petate, y en la gañanía sólo muy
+contados podían permitirse este lujo. Los más, dormían en esteras, sin
+desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la
+tierra dura. El pan, la cruel divinidad que obligaba a aceptar esta
+existencia miserable, rodaba en pedazos por el suelo, o se exhibía en
+las escarpias, entre los harapos, en enormes teleras de seis libras,
+como un ídolo al que sólo se podía llegar después de un día de
+encorvamiento abrumador.
+
+Salvatierra se fijó en las caras de aquellas gentes que le miraban con
+curiosidad, suspendiendo por un instante su comida, manteniendo
+inmóviles las manos con la cuchara en alto.
+
+Bajo los sombreros deformes sólo se veían carátulas de miseria, máscaras
+de sufrimiento y de hambre. Los jóvenes tenían la frescura vigorosa de
+los pocos años. Reían reflejando en sus ojos el espíritu burlón de la
+raza, la alegría de vivir, sin el peso de una familia; el regocijo del
+hombre aislado, que por miserable que se considere, puede siempre seguir
+adelante. Pero los hombres mostraban un envejecimiento prematuro,
+arruinados en plena madurez, con el temblor de los valetudinarios;
+revelando unos su acometividad en los ojos animados por resplandores
+fosforescentes de fiera, encogidos otros con la resignación del que sólo
+aguarda la muerte como única libertad.
+
+Eran cuerpos enjutos, apergaminados, recocidos por el sol, con la piel
+agrietada. La alimentación, pobre y escasa, no llegaba a formar el más
+leve almohadillado entre el esqueleto y su envoltura. Hombres que aún no
+tenían cuarenta años, mostraban sus cuellos descarnados, de piel flácida
+y abullonada, con los tirantes tendones de la ancianidad. Los ojos, en
+lo más hondo de sus cuencas, circundados de una aureola de arrugas,
+brillaban como estrellas mortecinas en el fondo de un pozo. Su miseria
+física era el resultado de una fatiga prolongada años y más años, de una
+alimentación insípida de pan, sólo de pan. Los cuerpos rudos y angulosos
+parecían labrados a hachazos: otros eran deformes y grotescos como
+fabricados por un alfarero: muchos recordaban, por lo retorcidos y
+nudosos, los troncos de los acebuches de las dehesas. Los brazos negros,
+con las agudas protuberancias de una gimnasia forzada, parecían de
+sarmientos trenzados. Y el amontonamiento de estos infelices exhalaba un
+olor agrio, de sudor de hambriento, de ropa adherida al cuerpo durante
+meses, de alientos fétidos: toda la respiración apestante de la miseria.
+
+Las mujeres aun ofrecían un aspecto más doloroso. Unas eran gitanas,
+viejas y horribles como brujas, con la piel tostada y cobriza que
+parecía haber pasado por el fuego de todos los aquelarres. Las jóvenes
+tenían la hermosura dolorosa y desmayada de la anemia; flores de vida
+que se mustiaban antes de abrirse; adolescentes de piel blanca, de una
+palidez de papel mascado, que el sol no lograba calentar, tiñéndola a
+trechos con menudas manchas de color de salvado. Vírgenes de ojos
+desmesuradamente abiertos, como asombradas de haber nacido, con los
+labios azules y las encías de ese rosa pálido que revela la miseria de
+la sangre. El pelo triste y sin brillo asomaba alborotado bajo el
+pañuelo, guardando en sus marañas briznas de paja y granos de tierra. El
+pecho de las más tenía la monótona uniformidad del desierto, sin que al
+respirar se marcase bajo la tela el más leve rastro de los montículos
+seductores que avanzan orgullosos como un blasón del sexo. Tenían las
+manos grandes y los brazos enjutos y huesosos como los hombres. Al
+andar, movíanse sus faldas con desmayada soltura, como si dentro de
+ellas sólo existiese aire, y al sentarse, la tela marcaba ángulos duros
+sin la más tenue redondez. El trabajo, la fatiga bestial, habían
+paralizado el desarrollo de la gracia femenina. Sólo algunas delataban
+bajo su envoltura los encantos del sexo; pero eran muy pocas.
+
+Obligadas a sufrir las mismas durezas que el rebaño masculino,
+únicamente recordaban que eran mujeres cuando a altas horas de la noche,
+a oscuras ya la gañanía, apelotonadas en un rincón, veían turbado su
+fatigoso sueño de hembras de carga, por las audacias de los mozos, que
+las buscaban a tientas, mientras los gañanes viejos, curados de las
+ilusiones de la vida, roncaban desaforadamente como si quisieran dormir
+más aprisa para recuperar las fuerzas perdidas.
+
+Salvatierra fuese hacia el hogar al ver que el _arreador_ se ponía de
+pie ofreciéndole su asiento. El tío _Zarandilla_ se acomodó en el suelo
+junto a don Fernando, y éste, al mirar en torno, encontró los ojos de
+_Alcaparrón_ y su dentadura caballar que brillaban al sonreírle.
+
+--Mire su mercé, señó: esta es mi mamá.
+
+Y le mostró a una gitana vieja, la tía _Alcaparrona_, que acababa de
+retirar del fuego un potaje de garbanzos husmeado vorazmente por tres
+chicuelos, hermanos de _Alcaparrón_ y una moza delgaducha, pálida y de
+grandes ojos, que era su prima Mari-Cruz.
+
+--¿Conque su mercé es ese don Fernando tan nombrao?--dijo la
+vieja.--Pues que Dios le dé mucha fortuna y mucha vida pa que sea el
+pare de los probes.
+
+Y depositando en tierra el puchero, sentose con toda su familia en torno
+de él. Era una comida extraordinaria. El tufillo de los garbanzos
+despertaba cierta emoción en la gañanía, haciendo converger muchas
+miradas de envidia en el grupo de los gitanos. _Zarandilla_ interpelaba
+a la vieja burlonamente. Había caído trabajo extraordinario ¿eh?... De
+seguro que el día anterior, al ir a Jerez, había ganado algunas
+pesetillas diciendo la buenaventura o proporcionando polvos mágicos a
+las chavalas que se quejaban del desvío de sus amantes. ¡Ah, vieja
+bruja! Parecía imposible que tuviese tanto _pesquis_ con una cara tan
+fea...
+
+La gitana escuchaba sonriendo, sin dejar de engullir ávidamente los
+garbanzos, pero al mentar _Zarandilla_ su fealdad cesó de comer.
+
+--Caya, cegato, mala sombra. Premita Dió que te veas toa la vida bajo
+tierra, como tus hermanos los topos... Si ajora soy fea, tiempos hubo en
+que me besaban los zapatos los marqueses. Bien lo sabes tú, arrastrao...
+
+Y añadió melancólicamente:
+
+--No estaría yo aquí si viviese el marqués de San Dionisio, aquel señó
+tan resalao que jué el padrino de mi pobresito José María.
+
+Y señalaba a _Alcaparrón_, que abandonó su cuchara para erguirse con
+cierto orgullo al oír el nombre de su padrino, el cual, según afirmaba
+_Zarandilla_, había sido algo más para él.
+
+Salvatierra miró los ojos de la vieja, malignos y pitañosos, su hocico
+de macho cabrio, que se contraía a cada palabra con una ductilidad
+repugnante, los dos plumeros de cerdas grises que surgían de sus labios
+como unos mostachos felinos. ¡Y este endriago había sido una mujer joven
+y graciosa, de las que hacían cometer locuras al famoso marqués! ¡Y la
+bruja había pasado muchas veces en los coches del de San Dionisio, al
+son del bizarro campanilleo de las mulas, con el mantón de flores
+cayéndosele de los hombros, una botella en la mano y una canción en los
+labios, por frente a los campos que la veían ahora arrugada y
+repugnante como una oruga, sudando de sol a sol sobre los surcos y
+quejándose del dolor de sus «pobresitos riñones»! Era menos vieja de lo
+que parecía, pero al desgaste del cansancio uníase el rápido desplome
+que sufren las razas orientales pasando de la juventud a la vejez, como
+los espléndidos días del trópico que saltan de la luz a la sombra sin
+crepúsculo alguno.
+
+Siguieron los gitanos devorando su potaje, y Salvatierra sacó de un
+bolsillo el pobre envoltorio de su cena, después de rehusar dulcemente
+los ofrecimientos que le hacían de todos lados.
+
+El corro más inmediato a él, donde estaba el de Trebujena, componíase de
+antiguos camaradas, trabajadores mal famados en los cortijos, algunos de
+los cuales tuteaban a don Fernando siguiendo la práctica usual entre los
+campañeros de _la idea_.
+
+Mientras comía su mendrugo y el pedazo de queso, pensaba, con la
+incertidumbre de siempre, si se estaría apropiando un alimento que podía
+faltar a otros, y esto hizo que se fijase en el único que en toda la
+gañanía no se preocupaba de la cena.
+
+Era un jovenzuelo de cuerpo desmedrado, con un pañuelo rojo anudado al
+cuello y una camisa por todo abrigo sobre el pecho. Desde el fondo de la
+gañanía le llamaban los compañeros, anunciándole que apenas quedaba
+gazpacho en el barreño, pero él seguía bajo la luz del candil, sentado
+en un pedazo de tronco, encorvado el cuerpo sobre una mesilla baja, en
+la que se empotraban sus rodillas como en un cepo. Escribía lenta y
+trabajosamente, con una testarudez de campesino. Tenía ante sus ojos un
+fragmento de periódico, y copiaba las líneas con la ayuda de un tintero
+de bolsillo lleno de agua ligeramente ennegrecida, y de una pluma roma
+que trazaba los renglones con la misma paciencia del buey al abrir el
+surco.
+
+_Zarandilla_, que estaba al lado de don Fernando, le habló del muchacho.
+
+--Es el _Maestrico_. Ansí le llaman, por su afición a libros y papeles.
+Apenas güerve del trabajo, ya está pluma en mano jaciendo palotes.
+
+Salvatierra se aproximó al _Maestrico_, y éste volvió la cabeza para
+mirarle, suspendiendo un instante su tarea. Expresábase con cierta
+amargura al explicar su deseo de instruirse, quitando horas a su sueño y
+su descanso. Le habían criado para bestia; a los siete años era ya zagal
+en los cortijos o pastor en la sierra; hambre, golpes y fatiga.
+
+--Y yo quiero saber, don Fernando; quiero ser hombre y no afrentarme
+viendo trotar las yeguas en la era y pensando que somos tan irracionales
+como ellas. Todo lo que nos pasa a los pobres es porque no sabemos.
+
+Miraba amargamente a sus compañeros, a la gente de la gañanía,
+satisfecha de su ignorancia, que se burlaba de él llamándole el
+_Maestrico_, y hasta le tenía por loco viéndole a la vuelta del trabajo
+deletrear pedazos de periódico o sacar de su faja la pluma y el
+cuaderno, escribiendo torpemente ante el pábilo del candil. No había
+tenido maestro: se enseñaba a sí mismo. Sufría al pensar que otros
+vencían fácilmente con el auxilio ajeno los obstáculos que a él le
+parecían insuperables. Pero tenía fe y seguía adelante, convencido de
+que si todos le imitaban cambiaría la suerte de la tierra.
+
+--El mundo es del que más sabe, ¿verdad, don Fernando? Si los ricos son
+fuertes y nos pisan y hacen lo que quieren, no es porque tengan el
+dinero, sino porque saben más que nosotros... Estos infelices se burlan
+de mí cuando les digo que se instruyan, y me hablan de los ricos de
+Jerez, que son más bárbaros que los gañanes. ¡Pero eso no es cuenta!
+Estos ricos que vemos de cerca son unos peleles, y sobre ellos están los
+otros, los verdaderos ricos, los que saben, los que hacen las leyes del
+mundo, y sostienen ese intríngulis de que unos cuantos lo tengan todo y
+la gran mayoría no tenga nada. Si el trabajador supiera lo que ellos, no
+se dejaría engañar, les haría frente a todas horas, y cuando menos, los
+obligaría a que se partiesen el poder con él.
+
+Salvatierra admiraba la fe de este joven que se creía poseedor del
+remedio para todos los males sufridos por la inmensa horda de la
+miseria. ¡Instruirse! ¡Ser hombres!... Los explotadores eran unos
+cuantos miles y los esclavos centenares de millones. Pero apenas
+peligraban sus privilegios, la humanidad ignorante encadenada al
+trabajo, era tan imbécil, que ella misma se dejaba extraer de su seno
+los verdugos, los que vistiendo un traje de colorines y echándose el
+fusil a la cara, volvían a restablecer a tiros el régimen de dolor y de
+hambre, cuyas consecuencias sufrían después, al volver abajo. ¡Ay! ¿si
+los hombres no viviesen ciegos y en la ignorancia, cómo podría
+mantenerse este absurdo?
+
+Las afirmaciones candorosas del muchacho, hambriento de saber, hacían
+reflexionar a Salvatierra. Tal vez este inocente veía más claro que
+ellos, los hombres endurecidos en la lucha, que pensaban en la
+propaganda por la acción y en las rebeldías inmediatas. Era un espíritu
+simple, como los creyentes del cristianismo primitivo, que sentían las
+doctrinas de su religión con más intensidad que los Padres de la
+Iglesia. Su procedimiento era de una lentitud que necesitaba siglos;
+pero su éxito parecía seguro. Y el revolucionario, escuchando al gañán,
+se imaginaba una época en la que no existiese la ignorancia y la actual
+bestia de trabajo, mal nutrida, con el pensamiento petrificado y sin
+otra esperanza que la insuficiente y envilecedora caridad, se
+metamorfosease en hombre.
+
+Al primer conflicto entre los felices y los desgraciados, se quebraría
+el viejo mundo. Los grandes ejércitos organizados por una sociedad
+basada en la fuerza, servirían para darla la muerte. Los trabajadores
+uniformados levantarían las culatas de los fusiles que les entregan sus
+explotadores para que les defiendan, o se valdrían de estas armas para
+imponer la ley de la felicidad de los más, a los pastores perversos que
+durante siglos mantenían al rebaño humano en la injusticia. Cambiaría de
+repente la faz del mundo, sin sangre y sin catástrofes. Desaparecerían,
+con los ejércitos y las leyes fabricadas por los poderosos, todo el
+antagonismo entre los felices y los desgraciados, todas las imposiciones
+y crueldades que convierten la tierra en un presidio. Sólo quedarían
+hombres. ¡Y esto podía lograrse tan pronto como la inmensa mayoría de
+los humanos, el innumerable ejército de la miseria, se diese cuenta de
+su fuerza, negándose a sostener por más tiempo la obra de la
+tradición!...
+
+Salvatierra sentía halagado su sentimentalismo humanitario por este
+generoso ensueño de la inocencia. ¡Cambiar el mundo sin sangre, con un
+golpe teatral, valiéndose de la varilla mágica de la instrucción, sin
+esas violencias que repugnaban a su alma tierna, y que finalizan siempre
+con la derrota de los infelices y las crueles represalias del
+poderoso!...
+
+El _Maestrico_ seguía afirmando sus convicciones con una fe, que
+iluminaba sus ojos cándidos. ¡Ay! ¡Si los pobres supieran lo que saben
+los ricos!... Estos son fuertes y gobiernan, porque la sabiduría está a
+su servicio. Todos los descubrimientos e invenciones de la ciencia caen
+en sus manos, son para ellos, llegando apenas los residuos a los de
+abajo. Si alguien salía de la masa miserable, elevándose por su
+capacidad, en vez de permanecer fiel a su origen, prestando apoyo a los
+hermanos, desertaba de su puesto, volviendo las espaldas a cien
+generaciones de abuelos esclavos, aplastados por la injusticia, y vendía
+su cuerpo y su inteligencia a los verdugos, mendigando un puesto entre
+ellos. La ignorancia era la peor servidumbre, el más atroz martirio de
+los pobres. Pero la instrucción aislada e individual resultaba inútil:
+sólo servía para formar desertores, tránsfugas, que se apresuraban a
+alinearse con el enemigo. Debían instruirse todos al mismo tiempo:
+adquirir la gran masa el conocimiento de su fuerza, apropiarse de golpe
+las grandes conquistas de la razón humana.
+
+--¡Todos! ¿me entiende usted, don Fernando? Todos a la vez, gritando:
+«No queremos más engaños; no os serviremos para que _esto_ continúe».
+
+Y don Fernando aprobaba con movimientos de cabeza. Sí, todos al mismo
+tiempo; así había de ser: todos, despojándose de la piel de la
+bestialidad resignada, única vestidura que la tradición cuidaba de
+mantener sobre sus hombros.
+
+Pero al volver su vista por la gañanía, llena de sombra y de humo,
+creyó abarcar con sus ojos toda la humanidad explotada e infeliz. Unos
+acababan de devorar las sopas, con las que engañaban su hambre; otros,
+tendidos, regoldaban satisfechos, creyendo en una digestión que no
+añadía nada al quebrantado vigor de su vida; todos aparecían
+embrutecidos, repugnantes, sin voluntad para salir de su estado;
+creyendo confusamente en el milagro como única esperanza, o pensando en
+una limosna cristiana que le permitiese un minuto de descanso en su
+desesperado rodar por la cuesta de la miseria. ¡Cuánto tiempo no había
+de transcurrir hasta que aquella pobre gente abriese los ojos y
+aprendiera el camino! ¡Quién podría despertarla, infundiéndola la fe de
+aquel pobre mozo que caminaba a tientas, con los ojos fijos en una
+estrella lejana que él solo veía!...
+
+El grupo de los de _la idea_, abandonando el cuenco limpio ya de
+gazpacho, vino a sentarse en el suelo, en torno de Salvatierra.
+Gravemente, enrollaban sus cigarros, como si esta operación absorbiese
+por completo su pensamiento. El tabaco era su única voluptuosidad, y
+tenían que calcular la duración de la pobre cajetilla durante toda la
+semana. Manolo el de Trebujena había sacado del serón de su asno un
+tonelillo de aguardiente y servía copas en el centro de un corro.
+Acudían a él, con avidez de enfermos, los viejos gañanes de cara
+apergaminada y barbas recias, brillando en sus ojos el consuelo del
+alcohol. Los jóvenes sacaban de la faja las monedas de cobre, después
+de largos titubeos, y bebían, justificando mentalmente este gasto
+extraordinario con el absurdo pensamiento de que al día siguiente no
+habían de trabajar. Algunas muchachas, de sueltos ademanes, avanzaban
+cautelosas, con paso de gatas, hasta confundirse con los grupos de los
+mozos, chillando cuando éstos las ofrecían una copa después de
+innumerables pellizcos y restregones de brutal deseo.
+
+Salvatierra escuchaba a Juanón, un antiguo camarada que trabajaba en el
+cortijo y había hecho el viaje a Jerez, sólo por verle cuando llegó del
+presidio.
+
+Era un hombre enorme, membrudo, con los pómulos salientes, la mandíbula
+cuadrada y fiera, el pelo recio e hirsuto invadiéndole la frente, y unos
+ojos profundos que, en ciertos momentos, brillaban con el resplandor
+verdoso de los felinos.
+
+Había sido viñador, pero por su fama de revoltoso y pendenciero, tenía
+que dedicarse al trabajo de los cortijos, encontrando ocupación sólo en
+Matanzuela, gracias a Rafael, que le protegía por ser amigo de su
+padrino. Juanón inspiraba respeto a toda la gañanía. Era un impulsivo,
+sin recaídas de desaliento: una voluntad enérgica que se imponía a los
+compañeros.
+
+Lenta y sentenciosamente hablaba a Salvatierra, mirando al mismo tiempo
+a la gente con un mohín de superioridad, acompañado de frecuentes
+salivazos en el suelo.
+
+--Esto ha cambiado mucho, Fernando. Vamos paatrás y los ricos son más
+amos que nunca.
+
+Tuteaba a Salvatierra a uso de _compañero_ y hablaba con desprecio de la
+gente trabajadora. Los jóvenes ya los veía allí: creyéndose felices con
+una copa y sin más pensamiento que hacer suyas a las compañeras de
+trabajo. No había más que fijarse en la frialdad con que habían
+presenciado la llegada de Salvatierra. Muchos ni sentían la curiosidad
+de aproximarse a él: hasta habían sonreído irónicamente, como si
+dijeran: «Un embustero más». Para ellos eran embusteros los periódicos
+que leían los viejos en voz alta; embusteros los que hablaban de la
+fuerza de la asociación y de una revuelta posible: sólo eran verdad los
+tres gazpachos y los dos reales de jornal, y con esto, alguna borrachera
+de vez en cuando y el asalto de una trabajadora, a la que afligían con
+el engendramiento de un nuevo desgraciado, se consideraban felices
+mientras duraba en ellos el optimismo de la juventud y la fuerza. Si
+seguían el impulso de las huelgas, era por el ruido y el desorden que
+éstas traían. De los antiguos, quedaban aún muchos fieles a _la idea_,
+pero apocados de ánimo, miedosos, encorvados bajo el temor que habían
+sabido infundirles los ricos.
+
+--Hemos sufrido mucho, Fernando. Mientras tú estabas allá lejos
+padeciendo, esto nos lo han transformado.
+
+Y hablaba del régimen de terror que reducía al silencio toda la
+campiña. La ciudad rica, odiada por los siervos del campo, velaba sobre
+ellos con un gesto cruel e inexorable para ocultar el miedo que les
+tenía. Los amos poníanse en guardia a la menor conmoción. Bastaba que se
+reuniesen con cierto misterio unos cuantos jornaleros en un hato, en un
+rancho de la campiña, para que al momento sonasen los ricos el toque de
+alarma en los periódicos de toda España, y llegaran nuevos soldados a
+Jerez, y la guardia civil corriera el campo amenazando a todo el que no
+estaba conforme con lo exiguo del jornal y la miseria de la
+alimentación. _¡La Mano Negra!_ ¡Siempre aquel fantasma, agrandado por
+la exuberante imaginación andaluza, que los ricos cuidaban de conservar
+vivo y en pie para moverlo así que los gañanes formulaban la más
+insignificante petición!...
+
+Para sostener sus injusticias y la servidumbre tradicional, necesitaban
+del estado de guerra, fingir que vivían entre peligros, quejándose de
+los gobiernos porque no les protegían bastante. Si los braceros pedían
+que les diesen de comer como a seres humanos, que les dejasen fumar un
+cigarro más en las horas veraniegas de sol abrasador, que les aumentasen
+los dos reales en unos cuantos céntimos, todos gritaban desde arriba
+recordando _La Mano Negra_, afirmando que iba a resucitar.
+
+Juanón, impulsado por la cólera, poníase de pie. _¡La Mano Negra!_ ¿Qué
+era aquello? Él había sufrido persecuciones por creerle afiliado a
+ella, y aún no sabía ciertamente en qué consistía. Meses enteros había
+estado en la cárcel con otros desgraciados. Le sacaban por la noche del
+encierro, para golpearle, en la oscura soledad del campo. Las preguntas
+de los hombres con uniforme iban acompañadas de culatazos que hacían
+crujir sus huesos, de palizas locas que se exacerbaban ante sus
+negativas. Aún guardaba en el cuerpo las cicatrices de estos obsequios
+de los ricos de Jerez. Podían haberle muerto sin que él contestase a
+gusto de sus atormentadores. Sabía de sociedades para defender la vida
+de los jornaleros y resistirse a los abusos de los amos; él formaba
+parte de ellas; pero de _La Mano Negra_, de la terrorífica asociación
+con sus puñales y sus venganzas, no sabía una palabra.
+
+Como prueba de su existencia novelesca, sólo había un muerto, un
+asesinato vulgarísimo en un país de vino y de sangre: y por este
+homicidio habían muerto unos cuantos trabajadores en garrote vil, y
+centenares de infelices como él vivieron en la cárcel sufriendo
+tormentos que a algunos les costaron la existencia. Pero desde entonces
+tenían los amos un espantajo para levantarlo como bandera, _La Mano
+Negra_, y no intentaban los pobres de la campiña el más leve movimiento
+hacia su bienestar, que no surgiese el fantasma lúgubre goteando sangre.
+
+Todo lo autorizaba el tétrico recuerdo. Por la más leve falta se
+apaleaba a un hombre en el campo; el gañán era un ser sospechoso contra
+el cual todo era lícito. Los excesos de celo de la autoridad se
+agradecían y premiaban, y al que osaba protestar se le imponía silencio
+con el recuerdo de _La Mano Negra_. La gente joven escarmentaba con este
+ejemplo; los hombres tenían miedo, y los ricos, allá en la ciudad, con
+la imaginación fortalecida por el vino de sus bodegas, seguían añadiendo
+caperuzas a su fantasma, colgándole nuevos adornos de terror,
+agrandándolo de tal modo, que los mismos que lo habían visto nacer
+hablaban de él como de algo horriblemente legendario ocurrido en tiempos
+remotos.
+
+Juanón calló, y sus compañeros permanecieron como aterrados por aquel
+espectro de la imaginación meridional, que parecía cubrir con sus
+trapajos negros todo el campo de Jerez.
+
+La gañanía, después de la cena, había recobrado la calma de la noche.
+Muchos hombres dormían tendidos en sus esterillas con un ronquido
+fatigoso, aspirando a ras de tierra las emanaciones asfixiantes del
+rescoldo de boñiga. En el fondo, las mujeres, sentadas en el suelo con
+las faldas abombadas como hongos, contábanse cuentos o relataban
+curaciones maravillosas ocurridas en la sierra por milagro de las
+vírgenes.
+
+Una canturía a media voz elevábase sobre el murmullo de las
+conversaciones. Eran los gitanos que continuaban su comida
+extraordinaria. La tía _Alcaparrona_ había sacado de bajo de sus faldas
+una botella de vino para celebrar su buena fortuna en la ciudad. La
+prole salía a sorbo en el reparto, pero la vista del vino era suficiente
+para esparcir la alegría. _Alcaparrón_, con la vista puesta en su madre,
+que era la mayor de sus admiraciones, cantaba acompañado de las palmas
+que batían en sordina todos los de la familia. El gitanillo gemía «sus
+pesares y sus penas» con ese sentimentalismo falso de la canción
+popular, añadiendo que «al escucharle un pájaro, se le habían caído de
+sentimiento las plumas a millares»; y la vieja y su gente le jaleaban,
+alabando su gracia con tanto entusiasmo como si se alabasen ellos
+mismos.
+
+_Alcaparrón_ cortó de repente el canto para hablar a su madre, con la
+incoherencia del gitano que salta caprichoso de un pensamiento a otro.
+
+--Mare, ¡y qué desgraciaos somos los pobresitos gitanos! Los _gachés_ lo
+son todo: reyes, alcardes, jueses y generales, y los _cañís_ no somos
+ná.
+
+--¡Caya, malange! Tampoco dengún gitano es carselero ni verdugo... Anda,
+bobo: echa otra.
+
+Y reanudaron el canto y el palmoteo con nuevos bríos.
+
+Un gañán ofreció una copa de aguardiente a Juanón, que la rechazó con su
+manaza.
+
+--Eso es lo que nos pierde--dijo sentenciosamente.--La bebía mardita.
+
+Y apoyado por los gestos de aprobación del _Maestrico_, que había
+guardado sus avíos de escribir para unirse al grupo, Juanón anatematizó
+la embriaguez. Aquella gente miserable lo olvidaba todo cuando bebía. Si
+llegaban a sentirse hombres alguna vez, no tendrían los ricos más que
+abrir las puertas de sus bodegas para vencerlos.
+
+Muchos en el grupo protestaron de las palabras de Juanón. ¿Qué podía
+hacer un pobre sino beber, para olvidar su miseria? Y roto el silencio
+respetuoso que imponía la presencia de Salvatierra, hablaron muchos a un
+tiempo, para expresar sus dolores y sus cóleras. La comida era cada vez
+peor: los ricos abusaban de su fuerza, de aquel miedo que habían
+infundido y propalado.
+
+Únicamente en la época de la trilla les daban un guiso de garbanzos: el
+resto del año pan, sólo pan, y en muchos sitios, tasado. Explotaban
+hasta sus necesidades más imperiosas. Antes, al arar la tierra, por cada
+diez arados había un hombre suplente, que ocupaba el sitio del que se
+retiraba un momento para librarse de los residuos del gazpacho. Ahora,
+para economizarse este suplente, daban cinco céntimos al arador, con la
+condición de no abandonar la yunta aunque el estómago le atormentase con
+los más crueles llamamientos, y a esto le llamaban ellos con una sorna
+triste, «vender el... sitio más innoble del cuerpo».
+
+Cada año venían a los cortijos más mujeres de la sierra. Las hembras
+eran sumisas; la debilidad femenil las hacía temer al arreador y se
+esforzaban en su trabajo. Los _manijeros_, agentes reclutadores,
+bajaban de la montaña al frente de sus bandas empujadas por el hambre.
+Describían en los pueblos la campiña de Jerez como un lugar de
+abundancia, y las familias confiaban al _manijero_ las hijas apenas
+entradas en la pubertad, pensando, con una avidez sin entrañas, en los
+reales que traerían recogidos después de la temporada de trabajo.
+
+El arreador de Matanzuela y algunos del corro, que eran manijeros,
+protestaron. Los hombres de la gañanía que aún no dormían habíanse
+agrupado en torno de Salvatierra.
+
+--Nosotros somos mandaos--dijo el arreador.--¿Qué hemos de jacer, pobres
+de nosotros? Eso, a los amos, que son los que nos mandan.
+
+El viejo _Zarandilla_ intervino también, por considerarse comprendido en
+el llamado _gobierno_ del cortijo. ¡Los amos!... Ellos podían arreglarlo
+todo, sólo con acordarse un poco del pobre; con tener caridad, mucha
+caridad.
+
+Salvatierra, que escuchaba impasible las palabras de los jornaleros, se
+agitó, rompiendo su mutismo al oír al viejo. ¡La caridad! ¿Y para qué
+servía? Para mantener al pobre en la esclavitud, esperando unas migajas
+que acallaban su hambre por un momento y prolongaban su servidumbre.
+
+La caridad era el egoísmo disfrazándose de virtud; el sacrificio de una
+pequeñísima parte de lo superfluo repartida a capricho. Caridad, no:
+¡justicia! ¡a cada cual lo suyo!
+
+Y el revolucionario enardecíase al hablar: abandonaba su sonriente
+frialdad; brillábanle los ojos tras las gafas azuladas, con el fuego de
+la rebelión.
+
+La caridad no había hecho nada por dignificar al hombre. Diecinueve
+siglos llevaba de reinado; la cantaban los poetas como inspiración
+divina; la ensalzaban los felices como la mayor de las virtudes, y el
+mundo estaba igual que el día en que apareció ella por primera vez con
+la doctrina del Cristo. La experiencia resultaba suficientemente larga
+para apreciar su inutilidad.
+
+Era la más impotente y anémica de las virtudes. Había tenido palabras
+amorosas para el esclavo, pero no había roto sus cadenas; ofrecía un
+mendrugo al siervo moderno, pero no osaba el menor reproche contra la
+organización social que le condenaba a la miseria por el resto de su
+vida. La caridad, sosteniendo al menesteroso un instante para que tomase
+fuerzas, era tan virtuosa como la campesina que alimenta a las aves de
+su corral y las mantiene bien cebadas, hasta el momento de devorarlas.
+
+Nada había hecho esta virtud pálida para libertar a los hombres. Era la
+rebeldía, la protesta desesperada, la que había roto las ligaduras del
+antiguo siervo, la que emanciparía al asalariado moderno, adulado con
+toda clase de derechos ideales, menos el derecho al pan.
+
+Salvatierra, en la exaltación de su pensamiento, quería estrujar todos
+los fantasmas con los que se había aterrado o entretenido durante siglos
+a los menesterosos, para que no estorbasen la feliz placidez de los
+privilegiados.
+
+Sólo la Justicia social podía salvar a los hombres, y la Justicia no
+estaba en el cielo, vivía en la tierra.
+
+Más de mil años se habían resignado los parias, con el pensamiento
+puesto en el cielo, confiando en una compensación eterna. Pero el cielo
+estaba vacío. ¿Qué desgraciado podía ya creer en él? Dios se había ido
+con los ricos; apreciaba como una virtud digna de la gloria eterna, el
+que de tarde en tarde repartiesen éstos un fragmento de su fortuna,
+conservándola íntegra y reputando como un crimen las reclamaciones de
+bienestar de los de abajo.
+
+Aunque el cielo existiese, el infeliz se negaría a entrar en él, como en
+un lugar de injusticia y privilegio donde penetra lo mismo el que pasa
+la vida sufriendo, que el que vive en la riqueza distrayendo su tedio
+con la voluptuosidad de la limosna.
+
+El cristianismo era una mentira más, desfigurada y explotada por los de
+arriba para justificar y santificar sus usurpaciones. ¡Justicia, y no
+Caridad! ¡Bienestar en la tierra para los infelices y que los ricos se
+reservasen, si la deseaban, la posesión del cielo, abriendo la mano para
+soltar sus rapiñas terrenales!
+
+Los miserables no podían esperar nada de lo alto. Sobre sus cabezas sólo
+existía un infinito insensible a la desesperación humana: otros mundos
+que ignoraban la vida de millones de míseros gusanos sobre esta esfera
+deshonrada por el egoísmo y la violencia. Los hambrientos, los que
+tenían sed de justicia, sólo debían confiar en ellos mismos. ¡Arriba,
+aunque fuese para morir! Otros vendrían detrás, que esparcirían la
+simiente germinadora en los surcos fecundados por su sangre. ¡De pie y
+en marcha la horda de la miseria, sin más Dios que la rebelión,
+iluminando su camino la estrella roja, el eterno diablo de las
+religiones, guía insustituible de todos los grandes movimientos de la
+humanidad!...
+
+El grupo de braceros escuchaba en silencio al revolucionario. Muchos
+seguían sus palabras abriendo desmesuradamente los ojos, como si
+quisieran absorberlas con la vista.
+
+Juanón y el de Trebujena asentían con movimientos de cabeza. Habían
+leído confusamente lo que decía Salvatierra, pero en boca de éste les
+conmovía como una música vibrante de pasión.
+
+El viejo _Zarandilla_ no temió romper este ambiente de entusiasmo,
+interviniendo con su sentido práctico.
+
+--Too eso está muy bien, don Fernando. Pero el pobre necesita tierra pa
+vivir y la tierra es de los amos.
+
+Salvatierra se irguió con arrogancia. La tierra no era de nadie. ¿Qué
+hombres la habían creado para apropiársela como obra suya? La tierra era
+de los que la trabajaban.
+
+La injusta distribución del bienestar; el aumento de la miseria conforme
+aumenta la civilización; el aprovecharse los poderosos de todos los
+inventos de la mecánica, ideados para suprimir el trabajo corporal y que
+sólo servían para hacerlo más pesado y embrutecedor; todos los males de
+la humanidad, provenían de la apropiación de la tierra por unos cuantos
+miles de hombres que no siembran y sin embargo recogen, mientras
+millones de seres hacen abortar al suelo sus tesoros de vida sufriendo
+un hambre de siglos y siglos.
+
+La voz de Salvatierra resonó en el silencio de la gañanía como un grito
+de combate.
+
+--El mundo empieza a despertar de su sueño de miles de años; protesta de
+haber sido robado en su infancia. La tierra es vuestra: nadie la ha
+creado y pertenece a todos. Si en ella existe algún mejoramiento, obra
+es de vuestras negras manos, que son vuestros títulos de propiedad. El
+hombre nace con derecho al aire que respira, al sol que lo calienta, y
+debe exigir la posesión de la tierra que le sostiene. El suelo que
+cultiváis para que otro recoja la cosecha, os pertenece, aunque
+vosotros, infelices, envilecidos por miles de años de servidumbre,
+dudéis de vuestro derecho, temiendo avanzar la mano para que no os crean
+ladrones. El que acapara un pedazo de tierra, excluyendo de él a los
+demás, el que lo entrega a las bestias humanas para que lo hagan
+producir mientras él permanece ocioso, ese es el que verdaderamente roba
+a sus semejantes.
+
+
+
+
+IV
+
+
+Los dos mastines que guardaban durante la noche los alrededores de la
+torre de Marchamalo, cesaron de dormitar bajo las arcadas de la casa de
+los lagares, con el cuerpo en círculo, apoyando en el rabo las feroces
+mandíbulas.
+
+Irguiéronse los dos al mismo tiempo, husmearon el espacio, y después de
+balancearse con cierto titubeo, rugieron, lanzándose viña abajo con un
+impulso arrollador que hacía saltar la tierra entre sus patas.
+
+Eran unos animales casi salvajes, de ojos de fuego y boca roja, erizada
+de dientes que daban frío. Los dos se abalanzaron sobre un hombre que
+marchaba encorvado por entre las cepas, fuera del camino que en recta
+pendiente conducía de la carretera a la torre.
+
+El encontronazo fue terrible: el hombre vaciló, tirando de su manta en
+la que había hecho presa uno de los mastines. Pero, de repente, cesaron
+éstos de rugir, de revolverse en torno de él buscando sitio para hincar
+sus colmillos, y se colocaron a su lado escoltándolo y acogiendo con
+ronquidos de satisfacción el roce de sus manos.
+
+--¡Bárbaros!--decía Rafael en voz queda, sin dejar de
+acariciarles.--¡Malas personas!... ¿Ya no me conocéis?
+
+Le acompañaron hasta la meseta de Marchamalo, y de nuevo fueron a
+enroscarse bajo las arcadas, reanudando su dormitar receloso que se
+desvanecía al menor ruido.
+
+Rafael se detuvo un momento en la plazoleta, para reponerse de este
+encuentro. Se arregló la manta sobre los hombros y cerró la navaja que
+había sacado para hacer frente a las hurañas bestias.
+
+Sobre el espacio azulado por el brillo de las estrellas, dibujábase el
+contorno de aquel Marchamalo nuevo que había hecho construir don Pablo.
+
+En el centro, la torre señorial, que se veía desde Jerez, dominando las
+colinas cubiertas de viñas que hacían de los Dupont los primeros
+propietarios de la comarca: una construcción pretenciosa de ladrillo
+rojo, con la base y los ángulos de piedra blanca; unidas las agudas
+almenas de su remate por una barandilla de hierro que convertía en
+terraza vulgar el coronamiento de una obra semifeudal. A un lado estaba
+lo mejor de Matanzuela, lo que don Pablo había cuidado más de sus nuevas
+construcciones, la capilla espaciosa, ornada de columnas y mármoles como
+un gran templo. Al otro lado permanecía casi intacta la obra del
+antiguo Marchamalo. Apenas si con una ligera reparación se había
+fortalecido este cuerpo de edificio, bajo y con arcadas, en el que
+estaban las habitaciones del capataz y el dormitorio de los viñadores,
+espacioso y desabrigado, con un _fogaril_ que ennegrecía de humo las
+paredes.
+
+Dupont, que había traído artistas de Sevilla para decorar la iglesia, y
+encargado a los santeros de Valencia varias imágenes deslumbrantes de
+colorines y oro, sintió cierto remordimiento ante la antigua casa de los
+viñadores, no atreviéndose a tocarla. Tenía _mucho carácter_; equivalía
+a un atentado rejuvenecer con reformas este refugio de los braceros. Y
+el capataz siguió en sus cuartuchos, cuya vejez disimulaba María de la
+Luz con un cuidadoso enjalbegado, y los jornaleros durmieron vestidos
+sobre las esterillas de enea que les proporcionaba la generosidad de don
+Pablo, mientras las santas imágenes permanecían entre mármoles y
+dorados, semanas enteras, sin ser vistas de nadie, pues las puertas de
+la capilla sólo se abrían cuando el amo llegaba a Marchamalo.
+
+Rafael contempló largo rato los edificios, temiendo que en su oscura
+masa se iluminase una rendija, se abriera una ventana y asomase el
+capataz alarmado por la carrera de los mastines. Transcurrieron algunos
+minutos sin que en Marchamalo se notase el menor movimiento. Subía el
+rumor soñoliento de los campos hundidos en la sombra: las estrellas
+parpadeaban intensamente en el cielo invernal, como si el frío aguzase
+su fulgor.
+
+El mozo salió de la plazoleta, y volviendo la esquina del edificio
+viejo, anduvo por el callejón que quedaba entre la casa y una fila de
+compactas chumberas. Se detuvo junto a una reja, y al tocar ligeramente
+con los nudillos en sus maderas, se abrieron éstas, destacándose sobre
+el fondo oscuro de la habitación el arrogante busto de María de la Luz.
+
+--¡Qué tarde, Rafaé!--dijo con voz queda.--¿Qué hora es?...
+
+El aperador miró al cielo un instante, leyendo en los astros con su
+experiencia de hombre de campo.
+
+--Deben ser ansí como las dos y media.
+
+--¿Y el cabayo? ¿dónde lo has dejao?
+
+Rafael explicó su viaje. El caballo estaba en el ventorro de la Corneja,
+a dos pasos de allí; una cabaña al borde de la carretera. Bien
+necesitaba descansar, pues había venido al galope desde el cortijo.
+
+Aquel sábado había sido de trabajo. Muchos hombres y muchachas de la
+gañanía querían pasar el domino en sus pueblos de la sierra, y le habían
+pedido los jornales para llevarlos a sus familias. Una tarea de volverse
+loco, el ajustar las cuentas de aquella gente que siempre se creía
+engañada. Además, había tenido que cuidar a un semental que andaba
+malucho; darle friegas y otros remedios, ayudado por _Zarandilla_.
+Luego, las gentes de la dehesa le traían escamado, pues al hacer carbón,
+seguramente robaban al señorito... En fin, que en Matanzuela no se
+paraba un momento, y sólo después de media noche, cuando en la gañanía
+habían apagado la luz los que allí quedaban, se había decidido a
+emprender el galope. Apenas amaneciese volvería al ventorrillo, y
+montando en la jaca, se presentaría como si acabase de llegar de
+Matanzuela, para que el padrino no recelase que habían estado _pelando
+la pava_.
+
+Luego de estas explicaciones quedaron los dos en silencio, agarrados a
+la reja, sin que sus manos osaran encontrarse, mirándose de cerca a la
+luz difusa de las estrellas, que daba a sus ojos un brillo
+extraordinario. Era el momento de mutua contemplación y silenciosa
+timidez de todos los amantes que se ven después de una larga ausencia.
+Rafael fue el primero en romper el silencio.
+
+--¿Y no ties na que icirme? ¿Endimpués que no nos vemos en toa una
+semana, te quedas como una boba mirándome como si juese yo un mal bicho?
+
+--¿Y qué te he de icir yo, arrastrao?... Que te quiero mucho: que toos
+estos días los he pasao con una penita muy jonda, muy negra, pensando en
+mi gitano...
+
+Y los dos novios, puestos ya en la pendiente del apasionamiento,
+arrullábanse con la música de sus palabras, con la exuberancia verbosa
+propia de la tierra.
+
+Rafael, agarrado a los hierros, temblaba emocionado al hablar a María de
+la Luz, como si sus palabras no fuesen suyas y le turbasen con dulce
+embriaguez. Los arrullos de las canciones populares, todos los
+requiebros arrogantes que había oído, acompañados del puntear de la
+guitarra, mezclábalos en la letanía amorosa con que envolvía a la novia
+su voz susurrante.
+
+--Que toos los pesares de tu vida vengan a mí, entrañas de mi arma, y
+que tú sólo goces alegrías. Ties la cara de Dios, gitana; tus labios son
+casquites de limón, y cuando me miras, creo que me mira el buen Jesú de
+los milagritos con sus ojos dulces... Quisiera ser don Pablo Dupont con
+toas sus bodegas, para soltar el vino de las botas viejas que tiene er
+tío, y que vale miles de pesos: y tú meterías en el charco tus pies
+bonitos y yo le diría a too Jerez: «Beban ustés, cabayeros, que esto es
+la gloria». Y toos dirían: «Tiene razón Rafaé: ni que juesen los
+pinreles de la mismísima mare de Dios»... ¡Ay, niña! ¡si no me
+quisieras, güena suerte te esperaba! Tendrías que hacerte monja, pues no
+habría guapo que te pidiera relaciones. Me abriría de patas en tu puerta
+y ni a Dios dejaba pasar.
+
+María de la Luz sentíase halagada por la expresión feroz que tomaba su
+novio, sólo al pensar que otro hombre pudiera aproximarse a ella
+requiriéndola de amores. La brutalidad de los celos amenazantes
+gustábala aún más que los requiebros amorosos.
+
+--¡Pero, tonto! ¡si yo sólo te quiero a ti! ¡Si estoy chalaíta por mi
+cortijero y aguardo como quien espera a los ángeles el momento de ir a
+Matanzuela pa cuidar a mi aperador salao!... Ya sabes que yo podría
+casarme con cualquiera de esos señoritos del escritorio que son amigos
+de mi hermano. La señora me lo dice muchas veces. Otras me camela pa que
+sea monja; pero monja de señorío, de las de gran dote, y me promete
+correr con todo el gasto. Pero yo digo que no: «Señora, no quiero ser
+santa; me gustan mucho los hombres...» Pero ¡Jesú! ¡qué barbariaes digo!
+Toos los hombres, no: uno, sólo uno: mi Rafaé, que cuando va en su jaca
+paece, por lo bonito, un San Miguel a cabayo. ¡Pero no vayas a ponerte
+tonto con estas alabanzas, que too es broma!... Quiero ser cortijera con
+mi cortijero, que me quiere y me dise cosos bonitas. Más me gusta con él
+un gazpacho pobre que todo el señorío de Jerez...
+
+--¡Bendita sea tu boca! ¡Sigue niña, que me subes al cielo diciéndome
+esas cosas! Nada has de perder queriéndome. Pa que estés bien soy capaz
+de todo; y aunque el padrino se enfade, ansí que nos casemos güervo al
+contrabando para llenarte el delantal de onzas.
+
+María de la Luz protestó con un ademán de miedo. Eso nunca. Aún se
+conmovía recordando aquella noche en que lo vio llegar pálido como un
+muerto y chorreando sangre. Serían felices en su pobreza, sin tentar a
+Dios con nuevas aventuras que podían costarle la vida. ¿Para qué el
+dinero?...
+
+--Lo que importa es quererse, Rafaé, y ya verás ¡cachito del arma!
+cuando estemos en Matanzuela, qué vidita tan dulce voy a darte...
+
+Ella era del campo como su padre, y en el campo quería permanecer. No le
+asustaban las costumbres del cortijo. En Matanzuela debía sentirse la
+falta de un ama que convirtiese la habitación del aperador en una
+«tacita de plata». Ya se enteraría él de lo que era buena vida,
+acostumbrado a la existencia desordenada del contrabandista y al cuidado
+de aquella vieja del cortijo. ¡Pobrecito! Bien notaba ella en su ropa la
+falta que le hacía una mujer... Se levantarían al romper el día: él a
+vigilar la salida de los gañanes para el tajo, ella a preparar el
+almuerzo, a limpiar la casa con las manitas que Dios la había dado, sin
+ningún miedo al trabajo. Vestido con aquel traje de campo que tan bien
+le sentaba, montaría a caballo, pero sin faltarle un botón en la
+chaquetilla, sin el menor descosido en los calzones, con una camisa
+siempre blanca como la nieve, bien cepillado, lo mismo que un señorito
+de Jerez. Y cuando volviese, la vería esperándole en la puerta del
+cortijo; pobre, pero limpia como los chorros de agua, bien peinada, con
+flores en el moño, y unos delantales que quitarían la luz de los ojos.
+La olla humearía en la mesa. ¡Poquito _aquel_ que tenía la niña para la
+cocina! Su padre lo declaraba a todo el mundo... Después de comer en
+dulce compaña, con la satisfacción de los que saben que su pan está bien
+ganado, él, otra vez al campo y ella a coser, a cuidar del gallinero, a
+vigilar el amasijo de las teleras. Y al cerrar la noche, a cenar y a
+acostarse con los huesos cansados del trabajo, pero contentos de la
+jornada; a dormir en la santa paz de los que emplean bien el día y no
+sienten el remordimiento de haber hecho mal a nadie.
+
+--¡Venga de ahí!--murmuraba Rafael con apasionamiento.--Y aún no dices
+too lo bueno. Después, tendremos chiquiyos, unos churumbeles muy monos
+que correrán por el patio del cortijo...
+
+--¡Para, condenao!--exclamó María de la Luz.--No corras tanto, que te
+despeñas...
+
+Y los dos quedaron en silencio, Rafael sonriendo del rubor de su novia,
+mientras ésta le amenazaba con una de sus manecitas por su atrevimiento.
+
+Pero el mozo no podía callarse, y con la tenacidad de los enamorados
+volvió a hablar a María de la Luz de sus primeras angustias, cuando se
+dio cuenta de que estaba enamorado de ella. La primera vez que supo que
+la amaba fue en Semana Santa, durante la procesión del Entierro. Y
+Rafael reía, encontrando chusco el haberse enamorado, entre el aparato
+terrorífico de los encapuchados de las cofradías, el llamear
+inquisitorial de los blandones y el desgarrador estrépito de los
+clarines y atabales.
+
+La procesión iba a altas horas de la noche por las calles de Jerez, en
+medio de un silencio lúgubre, como si el mundo fuese a morir; y él, con
+el sombrero en la mano, muy compungido, veía desfilar esta ceremonia que
+le llegaba al alma. De pronto, al hacer un descanso el «Santísimo Cristo
+de la Coronación de Espinas» y «Nuestra Señora de la Mayor Aflicción»,
+una voz rasgaba el silencio de la noche, una voz que hizo llorar al
+fiero contrabandista.
+
+--Y eras tú, chavala; tu voz de oro fino que gorvía loquita a la gente.
+«Es la chica del capataz de Marchamalo», decían a mi lao. «Bendito sea
+su pico: es un riuseñor». Y yo me ajogaba de pena sin saber por qué; y
+te veía delante de tus amigas, tan bonita como una santa, cantando la
+_saeta_, con las manos juntas, mirando al Cristo con esos ojasos que
+paecen espejos, en los que se veían toos los cirios de la procesión. Y
+yo, que había jugao contigo de pequeñuelo, creí que eras otra, que te
+habían cambiao de pronto; y sentí algo en la espalda, como si me
+arañasen con una navaja; y miré al buen Señor de las Espinas con
+envidia, porque cantabas para él como un pájaro y para él eran tus ojos;
+y me fartó poco pa dicile: «Señó, sea su mercé misericordioso con los
+pobres y déjeme un rato su puesto en la cruz. Na me importa que me vean
+desnúo, con enagüillas y los remos enclavaos, con tal que María de la
+Luz me orsequie con su voz de ángel...»
+
+--¡Loco!--decía la joven riendo.--¡Pamplinero! ¡Así me tienes chalaíta
+con esas mentiras que te traes!
+
+--Endimpués volví a oírte en la plaza de la Cárcel. Los pobrecitos
+presos, agarraos a las rejas, como si fuesen malas bestias, le cantaban
+al Señó unas cosas muy tristes, unas saetas hablando de sus jierros, de
+sus penitas, de la madre que lloraba por ellos, de sus hijitos que no
+podían besar. Y tú, entrañas mías, desde abajo contestabas con otras
+saetas, que eran un jipío durce como el de los ángeles, pidiendo al Señó
+que se apiadase de los infelices. Y yo entonses juré que te quería con
+toa mi arma, que habías de ser mía, y tuve tentasiones de gritar a los
+pobrecitos de las rejas: «Hasta la vista, compañeros; si esta mujer no
+me quiere, yo jago una barbariá: mato a arguien y el año que viene
+cantaré enjaulao con vosotros al Señó de las Espinas.»
+
+--Rafaé, no seas bárbaro--dijo la muchacha con cierto temor.--No digas
+esas cosas; eso es tentar la paciencia de Dios.
+
+--No, tonta; esto no es más que un dicir. ¡Qué he de ir yo a aquel sitio
+de penas! Donde iré es a la gloria, casándome con mi riuseñor moreno,
+llevándomelo al nidito de Matanzuela... Pero ¡ay, niña! ¡Lo que yo
+sufrí desde aquel día! ¡Las penitas que pasé para decirte «te quiero»!
+Venía a Marchamalo por las tardes cuando había hecho buen alijo, con una
+porción de indirectas bien preparás para que me comprendieses, y tú ¡ná!
+como si fueses la Dolorosa, que mira lo mismo en Semana Santa que en el
+resto del año.
+
+--Pero, ¡bobito! ¡Si te calé desde el primer momento! ¡Si adivinaba el
+querer que me tenías y estaba muy alegre! Pero mi obligasión era
+disimulá. Una mocita no debe meterse por los ojos pa que le digan «te
+quiero». Eso no es decente.
+
+--¡Calla, mal corazón! ¡Poquito que me hiciste sufrir en aquella
+temporá!... Yegaba en mi jaca, después de haber ido en la sierra a tiros
+con los del resguardo, y lo mismo era verte que abrírseme las entrañas
+con un miedo que me hacía temblar. «Le diré esto, le diré lo otro». Y
+verte y no icirte na, too era lo mismo. Se me trababa la lengua, se me
+hacía de noche dentro del caletre, como cuando iba a la escuela; tenía
+miedo de que te ofendieras y que el padrino me diese encima unos cuantos
+palos con una tranca, disiéndome: «¡Arre allá, so sinvergüensa!», lo
+mismo que cuando se mete en la viña un perro vagabundo... Por fin, salió
+la cosa. ¿Te acuerdas? Algo costó, pero nos entendimos. Fue dimpués der
+balazo, cuando tú me cuidabas como una marecita y por las tardes
+hacíamos nuestro poquito de cante ahí cerca, bajo los arcadas. El
+padrino tañía la guitarra y yo, sin saber cómo, me arranqué por
+_martinetes_, con los ojos fijos en los tuyos, como si fuese a
+comérmelos:
+
+ Fragua, yunque y martillo
+ Rompen los metales,
+ Pero este cariño que yo te tengo
+ No lo rompe nadie.
+
+Y mientras el padrino contestaba «_tra, tra; tra, tra_», como si con un
+martillo golpease el jierro, tú te pusiste coloradilla y bajaste los
+ojos leyendo al fin en los míos. Y yo me dije: «Güeno, esto va bien». Y
+bien fue: pues, sin saber cómo, nos dijimos nuestro querer. Tal vez
+fuiste tú, ¡indina! que cansada de hacerme sufrir, acortaste el camino
+para que yo perdiese el miedo... Y dende entonses no hay en Jerez y en
+too su campo hombre más feliz y más rico que Rafaé, el aperador de
+Matanzuela... ¿Ves tú a don Pablo Dupont con toos sus millones? Pues a
+mi lao, ¡ná!; ¡cerato simple! Y toos los demás cosecheros ¡ná! Y mi amo,
+el señorito Luis, con toa su fachenda y el mujerío de pendones que se
+trae en derredor... ¡ná tampoco! El más rico de Jerez soy yo, que se
+llevará al cortijo una morenucha fea, que está cieguecita porque a la
+pobre apenas se le ven los ojos, y que tiene el defecto de que al reírse
+se le jasen en la cara unos joyitos muy monos, como si estuviera picá de
+viruelas.
+
+Y agarrado a la reja se expresaba con tal vehemencia, que parecía
+querer meter su cara por entre los hierros buscando la de María de la
+Luz.
+
+--Quieto, ¿eh?--dijo la muchacha con risueña amenaza.--A ti sí que te
+voy a picá yo, pero con una horquilla del moño, si no te estás quieto.
+Ya sabes, Rafaé, que no me gustan ciertas bromas y que salgo a la reja
+porque me prometes que serás formal.
+
+El gesto de María de la Luz y la amenaza de cerrar la reja, hicieron que
+Rafael se mostrase menos vehemente, separando su cuerpo de los hierros.
+
+--Güeno, como tú quieras, mal corazón. Tú no sabes lo que es el querer y
+por eso pareces tan fría, tan tranquila, como si estuvieses en misa.
+
+--¿Que yo no te quiero?... ¡Chiquiyo!--exclamó la muchacha.
+
+Y fue ella la que olvidando su enfado se expresó con más calor aún que
+su novio. Le quería tanto como a su padre. Era otro modo de querer, pero
+estaba segura de que puestos en una balanza los dos afectos, no se
+diferenciarían en nada. Su hermano conocía mejor que ella la vehemencia
+con que amaba a Rafael. ¡Así se burlaba Fermín, cuando venía a la viña y
+le hacía preguntas sobre su noviazgo!...
+
+--Te quiero, y creo que te quise siempre, desde que éramos pequeños y
+venías tú a Marchamalo de la mano de tu padre, hecho un gañancito con tu
+ordinariez de la sierra, que nos hacía reír a los señoritos y a
+nosotros. Te quiero porque estás solo en el mundo, Rafaé, sin pare y sin
+familia: porque necesitas un arma buena que esté contigo, y esa soy yo.
+Te quiero porque has padecío mucho pa ganarte la vida, ¡pobrecito mío!,
+porque te vi casi muerto en aquella noche, y entonces adiviné que te
+llevaba dentro del corazón. Además, mereces que te quiera por bueno y
+por honrao: porque viviendo como un perdío entre mujeres y matones,
+siempre de juerga, expuesto a perder la piel con cada onza que ganabas,
+pensaste en mí, y para no dar más pesares a tu nena quisiste ser pobre y
+trabajar. Y yo te premiaré too lo que has hecho, queriéndote mucho,
+¡pero mucho! Seré tu mare, y tu jembra, y too lo que haya que ser pa que
+vivas contento y feliz.
+
+--¡Olé! ¡Sigue soltando por ese pico, serrana!--dijo Rafael con nuevo
+entusiasmo.
+
+--Y te quiero también--continuó María de la Luz con cierta
+gravedad--porque soy digna de ti: porque me creo buena y estoy segura de
+que al ser tu mujer no he de darte la menor pesadumbre. Tú no me conoces
+aún, Rafaé. Si un día creyese que podía causarte pena, que no me merecía
+un hombre como tú, te gorvería la espalda y me ajogaría de tristeza al
+verme sin ti: pero aunque te pusieras de rodillas fingiría haberme
+olvidado de tu cariño. Ya ves, pues, si te quiero...
+
+Y su acento, al decir estas palabras, era tan triste, que Rafael tuvo
+que animarla. ¿Quién pensaba en tales cosas? ¿Qué podía ocurrir que
+tuviese fuerza bastante para separarlos? Los dos se conocían y eran
+dignos el uno del otro. Él, si acaso, por su vida pasada, no merecía ser
+amado, pero ella era buena y misericordiosa y le concedía la regia
+limosna de su cariño. ¡A vivir! ¡a quererse mucho!...
+
+Y para huir de la tristeza que les habían infundido estas palabras,
+torcieron el curso de la conversación, hablando de la fiesta que don
+Pablo había organizado en Marchamalo para dentro de unas horas.
+
+Los viñadores, que todos los sábados marchaban a Jerez al caer la tarde
+para ver a sus familias, estaban durmiendo cerca de allí. Eran más de
+trescientos: el amo les había ordenado que se quedasen para asistir a la
+misa y la procesión. Con don Pablo vendrían todos sus parientes, los
+señores del escritorio y mucha gente de la bodega. Una gran fiesta, a la
+que forzosamente asistiría su hermano. Y ella reía pensando en la cara
+de Fermín, en lo que diría después cuando viniese a la viña y se
+encontrara con Salvatierra, que de tarde en tarde visitaba con cierto
+recato a su antiguo amigo el capataz.
+
+Rafael habló entonces de Salvatierra, de su inesperada visita al cortijo
+y de la rareza de sus costumbres.
+
+--Ese buen señor es una excelente persona, pero está algo chiflao. Por
+poco me pone en revolución toda la gañanía. «Que si esto va mal; que si
+los pobres necesitan vivir», y ecétera. No, esto no está muy bien
+arreglao que digamos, pero lo que importa en el mundo es quererse y
+tener ganas de trabajar. Cuando nos najemos al cortijo no tendremos más
+que las tres pesetas, el pan y lo que caiga. El oficio de aperador no da
+pa mucho. Pero ya verás qué ricamente lo pasamos a pesar de cuanto dice
+en sus sermones y soflamas el señor de Salvatierra... Pero que no sepa
+el padrino lo que yo digo de su camará, pues tocarle a don Fernando es
+peor que si yo te fartase a ti, pongo por caso.
+
+Rafael hablaba de su padrino con veneración y miedo al mismo tiempo. El
+viejo conocía sus amores, pero no hablaba nunca de ellos al muchacho y a
+su hija. Los toleraba silencioso, con su gesto grave de padre a uso
+latino, seguro de su autoridad, convencido de que le bastaba un solo
+ademán para desbaratar todas las esperanzas de los enamorados. Rafael no
+osaba proponerle el casamiento, y María de la Luz, cuando el novio,
+echándolas de valiente, quería hablar a su padrino, le disuadía con
+cierto miedo.
+
+Nada perdían esperando: sus padres también habían pelado la pava muchos
+años. La gente honrada no se casa con precipitación. El silencio del
+señor Fermín era de asentimiento: esperarían, pues. Y Rafael,
+escondiéndose del padrino para galantear a su hija, aguardaba
+pacientemente a que un día se plantase el viejo delante de él,
+diciéndole con su campechana rudeza: «¿Pero qué esperas para llevártela,
+bobalicón? Carga con ella y que de salú te sirva».
+
+Comenzaba a amanecer. Rafael veía más claramente la cara de su novia al
+través de la reja. La luz difusa del alba, daba un tono azulado a su tez
+morena; hacía brillar con reflejos de nácar la blancura de sus córneas y
+marcaba con huella profunda la sombra de sus ojeras. Por la parte de
+Jerez abríase el cielo con un desgarrón de luz violácea, que iba
+extendiéndose, y borrando en su seno las estrellas. De la bruma de la
+noche surgía a lo lejos la ciudad, con la apiñada arboleda del Tempul y
+las aglomeraciones de blanco caserío, en las que palpitaban los últimos
+faroles de gas como estrellas agonizantes. Soplaba una brisa helada: la
+tierra y las plantas parecían sudar al contacto de la luz. Un pájaro
+salió aleteando de las chumberas, con agudo silbido, que hizo estremecer
+a la joven.
+
+--Anda, Rafaé--dijo ella con la precipitación del miedo;--márchate en
+seguía. Amanece, y mi padre se levanta pronto. Además, no tardarán en
+salir los viñadores. ¿Qué dirían si nos viesen a estas horas?...
+
+Pero Rafael se resistía a irse. ¡Tan pronto! ¡Después de una noche tan
+dulce!...
+
+La muchacha se impacientaba. ¿Para qué hacerla sufrir, si se verían
+pronto? No tenía más que bajar al ventorrillo y subir a caballo apenas
+se abriesen las puertas de la casa.
+
+--No me voy: no me voy--decía él con voz suplicante y un fulgor de
+pasión en los ojos.--No me voy... ¿Y sí quieres que me vaya?...
+
+Se pegó más a la reja, murmurando con timidez la condición que exigía
+para irse. María de la Luz se hizo atrás con un gesto de protesta, como
+si temiese el avance de aquella boca, que suplicaba entre los hierros.
+
+--¡No me quieres!--exclamó.--¡Si me quisieras, no me pedirías esas
+cosas!
+
+Y ocultó su cabeza entre las manos, como si fuese a llorar. Rafael metió
+un brazo por los hierros y de un suave tirón separó los dedos
+entrecruzados que le ocultaban los ojos de su novia.
+
+--¡Pero si ha sido una broma, niña!... Perdóname, soy muy bruto. Pégame:
+dame una bofetada, que bien lo merezco.
+
+María de la Luz, con el rostro ligeramente arrebolado por el restregón
+de sus manos, sonreía vencida por la humildad con que el novio imploraba
+su perdón.
+
+--Te perdono, pero márchate en seguía. ¡Mira que van a salir!... Sí, ¡te
+perdono! ¡te perdono! No seas pelma. ¡Vete!
+
+--Pues pa que vea que me perdonas de veras, dame una bofetada. ¡O me la
+das o no me voy!
+
+--¡Una bofetada!... ¡Bueno estás tú! Ya sé lo que quieres, ladrón: toma
+y vete en seguía.
+
+Sacó por entre los hierros, echando atrás el cuerpo, una mano de suave
+almohadillado y graciosos hoyuelos. Rafael la cogió para acariciarla con
+arrobamiento. Después besó las uñas sonrosadas, chupó las yemas de sus
+dedos finos con una delectación que hizo agitarse a María de la Luz con
+nerviosas contorsiones detrás de la reja.
+
+--¡Déjame, mala persona!... ¡Que chillo, asesino!...
+
+Y librándose de un tirón de estas caricias que le estremecían con
+intenso cosquilleo, cerró la ventana de golpe. Rafael permaneció inmóvil
+largo rato, alejándose al fin, cuando dejó de percibir en sus labios la
+impresión de la mano de María de la Luz.
+
+Transcurrió aún mucho tiempo antes de que los habitantes de Marchamalo
+diesen señales de vida. Los mastines ladraron dando saltos, cuando el
+capataz abrió la puerta de la casa de los lagares. Después, con caras de
+malhumor, fueron saliendo a la explanada los viñadores, obligados a
+permanecer en Marchamalo para asistir a la fiesta.
+
+El cielo se azuleaba sin la más leve mancha de nubes. En el límite del
+horizonte una faja de escarlata anunciaba la salida del sol.
+
+--¡Buen día nos dé Dios, cabayeros!--dijo el capataz a los jornaleros.
+
+Pero estos torcían el gesto o levantaban los hombros, como presos a los
+que nada importa la placidez del tiempo fuera de su encierro.
+
+Rafael se presentó a caballo, subiendo a galope la cuesta de la viña,
+como si llegase del cortijo.
+
+--Mucho madrugas, chaval--dijo el padrino con sorna.--Se conoce que no
+te dejan dormir las cosas de Marchamalo.
+
+El aperador rondó por cerca de la puerta sin ver a María de la Luz.
+
+Bien entrada la mañana, el señor Fermín, que vigilaba la carretera desde
+lo alto de la viña, vio al final de la cinta blanca que cortaba el llano
+una gran nube de polvo, marcándose en su seno las manchas negras de
+varios carruajes.
+
+--¡Ya están ahí, muchachos!--gritó a los viñadores.--El amo llega. A ver
+si lo recibís como lo que sois; como personas decentes.
+
+Y los braceros, siguiendo las indicaciones del capataz, se formaron en
+dos filas a ambos lados del camino.
+
+La gran cochera de Dupont se había vaciado en honor de la festividad.
+Todos los troncos de caballos y mulas, así como los corceles de silla
+del millonario, habían salido de las grandes cuadras que tenía adosadas
+a la bodega; y con ellos, los brillantes arreos y los vehículos de todas
+clases que compraba en España o encargaba a Inglaterra, con su
+prodigalidad de rico, imposibilitado de poder demostrar de otro modo su
+opulencia.
+
+Descendió don Pablo, de un gran landó, dando su mano a un sacerdote
+grueso, de cara sonrosada, con hábitos de seda que relucían al sol.
+Luego que se convenció de que el acompañante había descendido sin
+ningún contratiempo, atendió a su madre y a su esposa, que bajaron del
+carruaje vestidas de negro, con la mantilla sobre los ojos.
+
+Los viñadores, rígidos en su doble fila, se quitaron los sombreros
+saludando al amo. Dupont sonrió satisfecho, y el sacerdote hizo lo
+mismo, abarcando en una mirada de protectora conmiseración a los
+jornaleros.
+
+--Muy bien--dijo al oído de don Pablo con acento adulador.--Parecen
+buena gente. Ya se conoce que sirven a un señor cristiano que les
+edifica con buenos ejemplos.
+
+Iban llegando los otros carruajes, con ruidoso cascabeleo y polvoriento
+patear de las bestias en la cuesta de Marchamalo. La explanada se
+llenaba de gente. Formaban la comitiva de Dupont todos sus parientes y
+empleados. Hasta su primo Luis, que tenía cara de sueño, había
+abandonado al amanecer la respetable compañía de sus amigotes, para
+asistir a la fiesta y agradar con esto a don Pablo, cuya protección
+necesitaba en aquellos días.
+
+El dueño de Matanzuela, al ver a María de la Luz bajo las arcadas, fue a
+su encuentro, confundiéndose con el cocinero de los Dupont y un grupo de
+criados que acababan de llegar cargados de vituallas, y pedían a la hija
+del capataz que los guiase a la cocina de los señores, para preparar el
+banquete.
+
+Fermín Montenegro descendió de otro coche con don Ramón, el jefe del
+escritorio, y los dos se alejaron a un extremo de la explanada, como si
+huyesen del autoritario Dupont, que en medio del gentío daba órdenes
+para la fiesta y se enfurecía al notar ciertas omisiones en los
+preparativos.
+
+La campana de la capilla comenzó a voltear en su espadaña, dando el
+primer toque para la misa. Nadie había de llegar de fuera de la viña,
+pero don Pablo deseaba que sonasen los tres toques y que fueran largos,
+hasta que no pudiese más el gañán que tiraba de la cuerda. Le alegraba
+este estrépito metálico: creía que era la voz de Dios extendiéndose
+sobre sus campos, protegiéndolos como tenía el deber de hacerlo, por ser
+su amo un buen creyente.
+
+Mientras tanto, el sacerdote, que había llegado con don Pablo, parecía
+huir también de las voces y ademanes descompuestos con que éste
+acompañaba sus órdenes, y agarraba suavemente al señor Fermín,
+ponderando el hermoso espectáculo que ofrecían las viñas.
+
+--¡Cuan grande es la providencia de Dios! ¡Y qué cosas tan hermosas
+crea! ¿No es cierto, buen amigo?...
+
+El capataz conocía al sacerdote. Era el apasionamiento más reciente de
+don Pablo, su último entusiasmo; un padre jesuita del que se hacía
+lenguas, por el acierto con que trataba en sus conferencias para hombres
+solos la llamada cuestión social, un embrollo para los impíos, que no
+atinaban con la solución y que el sacerdote resolvía en un periquete
+valiéndose de la caridad cristiana.
+
+Dupont era veleidoso y tornadizo como un amante en sus apasionamientos
+por las gentes de la Iglesia. Una temporada adoraba a los Padres de la
+Compañía y no encontraba misa buena ni sermón aceptable, si no era en su
+iglesia: pero de pronto se cansaba de la sotana, le seducía el hábito
+con capucha, según sus colores, y abría su caja y las puertas de su
+hotel a los Carmelitas, a los Franciscanos o a los Dominicos
+establecidos en Jerez. Siempre que iba a la viña se presentaba con un
+sacerdote de distinta clase, adivinando por esto el capataz cuáles eran
+sus favoritos del momento. Unas veces eran frailes con vestimenta blanca
+y negra, otras pardos o de color de castaña: hasta los había llevado de
+luengas barbas, que venían de lejanos países y apenas si chapurreaban el
+español. Y el señor, con sus entusiasmos de enamorado, ganoso de
+propalar los méritos de su pasión, le decía al capataz en amistosa
+confidencia:
+
+--Es un héroe de la fe: viene de convertir infieles y hasta creo que ha
+obrado milagros. Si no fuera por herir su modestia, le diría que se
+arremangase el hábito, para que te pasmases viendo las cicatrices de sus
+martirios...
+
+Sus disentimientos con doña Elvira estribaban siempre en que ella tenía
+sus favoritos, que rara vez eran al mismo tiempo los del hijo. Cuando
+él adoraba a los jesuitas, la noble hermana del marqués de San Dionisio
+hacía el elogio de los franciscanos, alegando la antigüedad de su orden
+sobre las fundaciones que habían venido después.
+
+--¡No, mamá!--exclamaba él, conteniendo su carácter iracundo, con el
+respeto que le inspiraba su madre.--¿Cómo comparar a unos mendicantes
+con los Padres de la Compañía, que son los más sabios de la Iglesia?...
+
+Y cuando la piadosa señora se iba con los sabios, su hijo hablaba casi
+llorando de emoción, del santo solitario de Asís y de sus hijos los
+franciscanos, que podían dar a los impíos lecciones de verdadera
+democracia y eran los que iban a arreglar el día menos pensado la
+cuestión social.
+
+Ahora la veleta de su fervor apuntaba del lado de la Compañía, y no
+sabía ir a parte alguna sin el Padre Urizábal, un vasco, compatriota del
+glorioso San Ignacio, méritos que bastaban para que Dupont se hiciese
+lenguas de él.
+
+El jesuita contemplaba las viñas con el éxtasis de un hombre
+acostumbrado a vivir dentro de vulgares edificios, sin ver más que de
+tarde en tarde la grandiosidad de la naturaleza. Hacía preguntas al
+capataz sobre el cultivo de las viñas, alabando el aspecto de las de
+Dupont, y el señor Fermín, halagado en su orgullo de cultivador, se
+decía que aquellos jesuitas no eran tan despreciables como los
+consideraba su amigo don Fernando.
+
+--Oiga su mercé, padre: Marchamalo no hay más que uno; esto es la flor
+del campo de Jerez.
+
+Y enumeraba las condiciones que debe tener una buena viña jerezana,
+plantada en tierra caliza, que esté pendiente, para que las lluvias
+corran y no refresquen en demasía la tierra, quitando fuerza al mosto.
+Así se producía aquel racimo, gloria del país, con sus granos pequeños
+como balines, transparentes y de una blancura de marfil.
+
+Arrastrado por su entusiasmo enumeraba al sacerdote, como si éste fuese
+un cultivador, todas las operaciones que durante el año había que
+realizar con aquella tierra, sometida a un continuo trabajo para que
+diese su dulce sangre. En los tres meses últimos del año se abrían las
+_piletas_, los hoyos en torno de las cepas para que recibiesen la
+lluvia: a esta labor la llamaban _Chata_. También hacían entonces la
+poda, que provocaba conflictos entre los viñadores y hasta algunas veces
+había ocasionado muertes, por si debía hacerse con tijeras, como
+deseaban los amos, o con las antiguas podaderas, unos machetes cortos y
+pesados, como lo querían los trabajadores. Luego venía la labor llamada
+_Cava bien_, durante Enero y Febrero, que igualaba la tierra, dejándola
+llana como si la hubiesen pasado un rasero. Después el _Golpe lleno_ en
+Marzo, para destruir las hierbas crecidas con las lluvias, esponjando al
+mismo tiempo el suelo; y en Junio y Julio la _Vina_, que apretaba la
+tierra, formando una dura corteza, para que conservase todo su jugo,
+trasmitiéndolo a la cepa. Aparte de esto, en Mayo azufraban las vides,
+cuando empezaban a apuntar los racimos, para evitar el _cenizo_, una
+enfermedad que endurecía los granos.
+
+Y el señor Fermín, para demostrar el cuidado incesante que durante el
+año exigía aquel suelo, que era como de oro, agachábase para coger un
+puñado de caliza y mostraba la finura de sus pequeños terrones blancos y
+desmenuzados, sin que se dejase apuntar en ellos el germen de una planta
+parásita. Entre las hileras de cepas veíase la tierra, machacada,
+alisada, peinada, con la misma tersura que si fuese el suelo de un
+salón. ¡Y la viña de Marchamalo se perdía de vista, ocupaba varias
+colinas, lo que exigía un trabajo enorme!
+
+A pesar de la rudeza con que el capataz trataba a los viñadores durante
+el trabajo, ahora que no estaban presentes, se apiadaba de sus fatigas.
+Ganaban diez reales, un jornal exorbitante comparado con el de los
+gañanes de los cortijos; pero sus familias vivían en la ciudad, y,
+además, ellos se pagaban la comida, asociándose para adquirir el
+_costo_, el pan y la menestra que todos los días traían de Jerez en dos
+caballerías. La herramienta era suya: una azada de nueve libras de peso,
+que habían de manejar con ligereza, como si fuese un junco, de sol a
+sol, sin más descanso que una hora para el almuerzo; otra para la
+comida, y los minutos que les concedía el capataz con su voz de mando
+para que echasen cigarro.
+
+--Nueve libras, padre--añadía el señor Fermín.--Eso se ice fácilmente y
+resulta un juguete pa un rato; pero hay que ver cómo se pone un
+cristiano después de estar too el día subiendo y bajando la herramienta.
+Al final de la jorná, pesa arrobas... ¿qué digo arrobas? tonelás. Parece
+que uno levanta en vilo a too Jerez cuando da un gorpe.
+
+Y como hablaba con un amigo del amo, no quiso ocultarle las astucias de
+que se valían en las viñas para acelerar el trabajo y sacarle al jornal
+todo su jugo. Se buscaba a los braceros más fuertes y rápidos en la
+faena y se les prometía un real de aumento poniéndolos a la cabeza de la
+fila. Este era el que se llamaba _hombre de mano_. El jayán, para
+agradecer el aumento de jornal, trabajaba como un desesperado,
+acometiendo la tierra con su azadón, sin respirar apenas entre golpe y
+golpe, y los otros infelices tenían que imitarle para no quedarse atrás,
+manteniéndose, con esfuerzos sobrehumanos, al nivel del compañero que
+servía de acicate.
+
+Por las noches, rendidos de fatiga, entretenían la espera del último
+rancho jugando a los naipes, o canturreando. Don Pablo les había
+prohibido severamente que leyesen periódicos. Su única alegría era el
+sábado, cuando al anochecer salían de la viña, camino de Jerez, para _ir
+a misa_, como ellos decían. Hasta la noche del domingo estaban con sus
+familias entregando los _ajorros_ a las mujeres; la parte de jornal que
+les restaba después de pagar el _costo_.
+
+El sacerdote mostraba su extrañeza al ver que los viñadores se habían
+quedado en Marchamalo siendo domingo.
+
+--Porque son muy buenos, padre--dijo el capataz con acento
+hipócrita.--Porque quieren mucho al amo, y ha bastado que les dijese yo
+de parte de don Pablo lo de la fiesta, pa que los pobrecitos se quedasen
+voluntariamente sin ir a sus casas.
+
+La voz de Dupont llamando a su ilustre amigo el padre Urizábal hizo que
+éste abandonase al capataz, dirigiéndose a la iglesia, escoltado por don
+Pablo y toda su familia.
+
+El señor Fermín vio entonces que su hijo paseaba con don Ramón, el jefe
+del escritorio, por un sendero. Hablaban de la belleza de las viñas.
+Marchamalo volvía a ser lo que en sus tiempos más famosos, gracias a la
+iniciativa de don Pablo. La filoxera había matado muchas de las cepas
+que eran la gloria de la casa Dupont, pero el actual jefe había plantado
+en las vertientes desoladas por el parásito la vid americana, una
+innovación nunca vista en Jerez, y el famoso predio volvería a sus
+tiempos gloriosos sin miedo a nuevas invasiones. Para esto era la
+fiesta; para que la bendición del Señor cubriese con su eterna
+protección las colinas de Marchamalo.
+
+El jefe del escritorio se entusiasmaba contemplando el oleaje de viñedos
+y prorrumpía en líricos elogios. Era el encargado de la publicidad de la
+casa, y de su pluma de viejo periodista, de vencido intelectual, salían
+los prospectos, los folletos, las memorias, las cartas en la cuarta
+plana de los periódicos, que pregonaban la gloria de los vinos de Jerez,
+y especialmente los de la casa Dupont, pero en un estilo pomposo,
+solemne, entonado, que no llegaba a adivinarse si era sincero o una
+broma que don Ramón se permitía con su jefe y con el público. Leyéndole,
+no había más remedio que creer que el vino de Jerez era tan
+indispensable como el pan, y que los que no lo bebían estaban condenados
+a una muerte próxima.
+
+--Mira, Fermín, hijo mío--decía con entonación oratoria.--¡Qué hermosura
+de viñas! Me siento orgulloso de prestar mis servicios a una casa que es
+dueña de Marchamalo. Esto no se encuentra en ninguna nación, y cuando yo
+oigo hablar de los progresos de la Francia, del poder militar de los
+alemanes o de la soberbia naval de los ingleses, contesto: «Está bien;
+¿pero dónde tienen ellos vinos como los de Jerez?» Todo lo que se diga
+es poco de este vino grato a los ojos, gustoso a la nariz, deleite del
+paladar y reparo del estómago. ¿No lo crees tú así?...
+
+Fermín hizo un gesto afirmativo y sonrió, como si adivinase lo que iba a
+decirle don Ramón. Se sabía de memoria los períodos oratorios de los
+prospectos de la casa, apreciados por don Pablo como las muestras más
+gloriosas de la literatura profana.
+
+Siempre que hallaba ocasión, el viejo empleado los repetía en tono
+declamatorio, embriagándose con el paladeo de su propia obra.
+
+--El vino, Fermín, es la bebida universal por excelencia, la más sana de
+todas la que el hombre usa para su nutrición o su recreo. Es la bebida
+que mereció los honores de la embriaguez de todo un dios del paganismo.
+Es la bebida cantada por los poetas griegos y romanos, la celebrada por
+los pintores, la ensalzada por los médicos. En el vino encuentra el
+poeta inspiración, el soldado ardimiento, el trabajador fuerza, el
+enfermo salud. En el vino halla el hombre goce y alegría y el anciano
+fortaleza. El vino excita la inteligencia, aviva la imaginación,
+fortifica la voluntad, mantiene la energía. No podemos explicarnos los
+héroes griegos ni sus admirables poetas, sino bajo el estímulo de los
+vinos de Chipre y de Samos; y la licencia de la sociedad romana nos es
+incomprensible sin los vinos de Falerno y de Siracusa. Sólo podemos
+imaginarnos la heroica resistencia del paisano aragonés en el sitio de
+Zaragoza, sin descanso y sin comida, viendo que, además de la admirable
+energía moral de su patriotismo, contaba para su sostén físico con el
+porroncillo de vino tinto... Pero dentro de la producción vinícola que
+abarca muchos países, ¡qué asombrosa variedad de clases y tipos, de
+colores y aromas, y cómo se destaca el Jerez a la cabeza de la
+aristocracia de los vinos! ¿No crees tú lo mismo, Fermín? ¿No encuentras
+que es justo y está bien dicho todo lo que se me ocurre?...
+
+El joven asintió. Todo aquello lo había leído muchas veces en la
+introducción del gran catálogo de la casa; un cuaderno con vistas de las
+bodegas de Dupont, y sus numerosas dependencias, acompañadas de la
+historia de la casa y de elogios a sus elaboraciones; la obra maestra de
+don Ramón, que el amo regalaba a los clientes y visitantes con una
+encuadernación blanca y azul, los colores de las Purísimas pintadas por
+Murillo.
+
+--El vino de Jerez--continuó con acento solemne el jefe del
+escritorio--no es un advenedizo, un artículo elevado por la veleidosa
+moda; su reputación está de abolengo bien sentada, no sólo como bebida
+gratísima, sino como insustituible agente terapéutico. Con la botella de
+Jerez se recibe al amigo en Inglaterra, con la botella de Jerez se
+obsequia al convaleciente en los países escandinavos, y restauran en la
+India los soldados ingleses sus fuerzas agotadas por la fiebre. Los
+marinos, con Jerez combaten el escorbuto, y los santos misioneros han
+reducido con él en Australia los casos de anemia ocasionados por el
+clima y los sufrimientos... ¿Cómo, señores, no ha de realizar tales
+prodigios un vino de Jerez de buena y genuina procedencia? En él se
+encuentran el alcohol legítimo y natural del vino con las sales que le
+son propias; el tanino astringente y los éteres estimulantes, provocando
+el apetito para la nutrición del cuerpo, y el sueño para su
+restauración. Es, a la vez, un estimulante y un sedante, excelentes
+condiciones que no se encuentran reunidas en ningún producto, que al
+mismo tiempo sea, como el Jerez, grato al paladar y a la vista.
+
+Calló un instante don Ramón para tomar aliento y recrearse en el eco de
+su elocuencia, pero al instante prosiguió, mirando a Fermín fijamente,
+como si éste fuese un enemigo difícil de convencer:
+
+--Por desgracia, muchas gentes creen paladear el vino de Jerez cuando
+beben inmundas sofisticaciones. En Londres, bajo el nombre de Jerez, se
+venden líquidos heterogéneos. No podemos transigir con esta mentira,
+señores. El vino de Jerez es como el oro. Podemos admitir que el oro sea
+puro, de mediana o de baja ley, pero no podemos admitir que se llame oro
+al _doublé_. Sólo es Jerez el vino que dan los viñedos jerezanos, que
+recrían y añejan sus almacenistas y que exportan, bajo su honrada firma,
+casas de intachable crédito, como por ejemplo la de Dupont Hermanos.
+Ninguna casa puede compararse con ella: abarca todos los ramos; cultiva
+la vid y elabora el mosto; almacena y añeja el vino; se dedica por si
+misma a la exportación y a la venta, y además destila mostos, elaborando
+su famoso cognac. Su historia abarca cerca de siglo y medio. Los Dupont
+constituyen una dinastía; su fuerza no admite auxiliares ni asociados;
+planta las vides en terrenos propios, y sus cepas han nacido antes en
+viveros de Dupont. La uva se prensa en lagares de Dupont, y los toneles
+en que fermenta el vino son fabricados por Dupont. En bodegas de Dupont
+se añeja y envejece el vino bajo la vigilancia de un Dupont, y por
+Dupont se encasca y se exporta sin la intervención de otro interesado.
+Buscad, pues, los vinos legítimos de Dupont en la seguridad de que es la
+casa que los conserva, puros y genuinos.
+
+Fermín reía escuchando a su jefe, lanzado a escape por entre los
+fragmentos de prospectos y reclamos, que conservaba en su memoria.
+
+--¡Pero, don Ramón! ¡Si yo no he de comprar ni una botella!... ¡Si soy
+de la casa!
+
+El jefe del escritorio pareció despertar de su pesadilla oratoria, y rió
+lo mismo que su subordinado.
+
+--Tal vez habrás leído en las publicaciones de la casa mucho de esto,
+pero convendrás conmigo en que no está mal del todo. Además--prosiguió
+irónicamente,--los grandes hombres vivimos bajo el peso de nuestra
+grandeza y como no podemos salir de ella, nos repetimos.
+
+Miró las extensiones cubiertas de cepas, y continuó con un tono de
+sincera alegría:
+
+--Me satisface que se hayan replantado con vides americanas los grandes
+claros que dejó la filoxera. Yo se lo aconsejé muchas veces a don
+Pablo. Así aumentaremos dentro de poco la producción, y los negocios,
+que marchan bien, aún irán mejor. Ya puede volver la plaga cuando
+quiera: por aquí pasará de largo.
+
+Fermín hizo un gesto que invitaba a la confianza.
+
+--Con franqueza, don Ramón, ¿en quién cree usted más? ¿en la vid
+americana, o en las bendiciones que ese padre les echará a las cepas?...
+
+Don Ramón miró fijamente al joven como si quisiera verse en sus pupilas.
+
+--¡Muchachito! ¡muchachito!--dijo con tono severo.
+
+Después giró la vista en torno con cierta alarma, y continuó en voz baja
+como si las cepas pudiesen oírle:
+
+--Tú ya me conoces: te trato con confianza porque eres incapaz de andar
+con soplos y porque has visto mundo y te has desasnado en el extranjero.
+¿A qué me vienes con preguntas? Ya sabes que callo y dejo rodar las
+cosas. No tengo derecho a más. La casa Dupont es mi refugio: si saliese
+de ella, tendría que volver con toda mi prole a la miseria desesperada
+de Madrid. Estoy aquí como un vagabundo que encuentra posada y toma
+buenamente lo que le dan, sin permitirse criticar a sus bienhechores.
+
+El recuerdo del pasado, con sus ilusiones y sus alardes de
+independencia, despertaba en él cierto rubor. Para tranquilizarse a sí
+mismo quería explicar el cambio radical de su vida.
+
+--Me retiré, Fermín, y no me arrepiento. Aún quedan muchos de los que
+fueron mis compañeros de miserias y entusiasmos, que siguen fieles al
+pasado con una consecuencia que es testarudez. Pero ellos han nacido
+para héroes y yo no soy más que un hombre que considera el comer como la
+primera función de la vida... Además, me cansé de escribir por la gloria
+y las ideas, de sudar para los demás y vivir en perpetua pobreza. Un día
+me dije que sólo se puede trabajar para ser grande hombre o para comer.
+Y como estaba convencido de que el mundo no podía sentir la más leve
+emoción por mi retirada, ni había llegado a enterarse de que existo,
+recogí los bártulos que yo titulaba ideales, me decidí a comer, y
+aprovechando ciertos bombos dados por mí en los periódicos a la casa
+Dupont, me metí en ello para siempre, y no puedo quejarme.
+
+Don Ramón creyó ver en los ojos de Fermín cierta repugnancia por el
+cinismo con que se expresaba y se apresuró a añadir:
+
+--Yo soy quien soy, muchacho. Si me rascan, aparecerá el de antes.
+Créeme: el que muerde la fatal manzana de que hablan esos señores amigos
+de nuestro principal, no se quita jamás el gusto de los labios. Se
+cambia de envoltura para seguir viviendo, pero de alma ¡nunca! El que
+duda una vez, y razona y critica, ese ya no cree jamás como los devotos
+sinceros; cree porque se lo aconseja la razón, o porque se lo imponen
+sus conveniencias. Por esto, cuando veas a uno, como yo, hablar de fe y
+de creencias, di que miente porque le conviene, o que se engaña a sí
+mismo para proporcionarse cierta tranquilidad... Fermín, hijo mío; el
+pan no me lo gano dulcemente, sino a costa de bajezas de alma, que me
+dan vergüenza. ¡Yo, que en _mis tiempos_ era de una altivez y una virtud
+con púas de erizo!... Pero piensa que llevo a cuestas a mis hijas, que
+quieren comer y vestir y todo lo demás que es necesario para atrapar a
+un marido, y que mientras éste no se presente debo mantenerlas aunque
+sea robando.
+
+Don Ramón creyó ver de nuevo en su amigo un gesto de conmiseración.
+
+--Despréciame cuanto quieras: los jóvenes no entendéis ciertas cosas;
+podéis ser puros, sin que por esto sufran más que vuestras personas...
+Además, muchacho; yo no estoy arrepentido de lo que llaman mi apostasía.
+Soy un desengañado... ¿Sacrificarse por este pueblo? ¡Para lo que
+vale!... He pasado media vida rabiando de hambre y esperando la _gorda_.
+A ver, dime tú, ¿cuándo se ha levantado de veras este país? ¿Cuándo
+hemos tenido una revolución?... La única de verdad fue el año 8, y si el
+país se sublevó fue porque se le llevaban secuestrados unos cuantos
+príncipes e infantes, que eran bobos de nacimiento y malvados por
+instinto hereditario; y la bestia popular derramó su sangre para que
+volviesen esos señores, que agradecieron tantos sacrificios enviando a
+unos a presidio y a otros a la horca. ¡Famoso pueblo! Anda y sacrifícate
+esperando algo de él... Después ya no se han visto revoluciones; todo
+han sido pronunciamientos del ejército, motines por el medro o por
+antagonismo personal, que si sirvieron de algo fue indirectamente, por
+apoderarse de ellos las corrientes de opinión. Y como ahora los
+generales ya no se sublevan, porque tienen todo lo que quieren, y cuidan
+en lo alto de halagarles, aleccionados por la Historia, ¡se acabó la
+revolución! Los que trabajan por ella sudan y se fatigan con tanto éxito
+como si sacasen agua en espuertas... ¡Saludo a los héroes desde la
+puerta de mi retiro!... pero no doy ni un paso para acompañarles. Yo no
+pertenezco a su gloriosa clase; soy ave de corral tranquila y bien
+cebada, y no me arrepiento de ello cuando veo a mi antiguo camarada
+Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, vestido de invierno en el
+verano, y de verano en invierno, comiendo pan y queso, con una celda
+reservada en todos las cárceles de la Península y molestado a cada paso
+por la vigilancia... Muy bonito; los periódicos publican el nombre del
+héroe, tal vez la historia llegue a hablar de él, pero yo prefiero mi
+mesa en el escritorio, mi sillón, que me hace pensar en los canónigos
+reunidos en el coro, y la generosidad de don Pablo, que es espléndido
+como un príncipe con los que saben llevarle el aire.
+
+Fermín, molestado por el tono irónico con que aquel vencido, satisfecho
+de su servidumbre, hablaba de Salvatierra, iba a contestarle, cuando en
+lo alto de la explanada sonó la voz imperiosa de Dupont y las fuertes
+palmadas del capataz llamando a su gente.
+
+La campana lanzaba en el espacio el tercer toque. Iba a comenzar la
+misa. Don Pablo, desde los peldaños de la capilla, abarcó en una mirada
+a todo su rebaño y entró en ella con apresuramiento, pues quería
+edificar a la gente ayudando la misa.
+
+La muchedumbre de trabajadores llenó la capilla, permaneciendo todos de
+pie, con un gesto hosco que hacía perder a Dupont, en ciertos momentos,
+toda esperanza de que aquella gente agradeciese los cuidados que tenía
+con sus almas.
+
+Cerca del altar, sentadas en rojos sillones, estaban las señoras de la
+familia, y detrás los parientes y los empleados. El ara estaba adornada
+con hierbas del monte y flores del invernadero del hotel de los Dupont.
+El acre perfume de los ramos silvestres, mezclábase con el olor de carne
+fatigada y sudorosa que exhalaba el amontonamiento de los jornaleros.
+
+De vez en cuando, María de la Luz abandonaba la cocina para correr a la
+puerta de la iglesia y oír un _cachito de misa_. Empinándose sobre las
+puntas de los pies, pasaba su vista por encima de todas las cabezas para
+fijarse en Rafael, que estaba al lado del capataz, en las gradas que
+conducían al altar, como una barrera entre el señorío y la pobre gente.
+
+Luis Dupont, muy estirado, detrás del sillón de su tía, al ver a María
+de la Luz la hizo varios gestos, llegando a amenazarla con la mano. ¡Ah,
+maldito guasón! Siempre el mismo. Hasta el instante de la misa había
+estado en la cocina importunándola con sus bromas, como si aún durasen
+los juegos de la infancia. En algunos momentos había tenido que
+amenazarle entre risueña y ofendida por tener las manos largas.
+
+Pero María de la Luz no podía permanecer mucho tiempo en el mismo sitio.
+La reclamaban las gentes de la cocina al no encontrar las cosas más
+indispensables para sus guisos.
+
+Avanzaba la misa. La señora viuda de Dupont enternecíase viendo la
+humildad, la gracia cristiana con que su Pablo cambiaba de sitio el
+misal o manejaba las vinajeras. ¡Un hombre que era el primer millonario
+de su país, dando a los pobres este ejemplo de humildad para los
+sacerdotes de Dios; sirviendo de acólito al padre Urizábal! Si todos los
+ricos hiciesen lo mismo, de otro modo pensarían los trabajadores, que
+sólo sienten odios y deseos de venganza. Y emocionada por la grandeza de
+su hijo, bajaba los ojos suspirando, próxima a llorar.
+
+Terminada la misa, llegó el momento de la gran ceremonia. Iban a ser
+bendecidas las viñas para librarlas del peligro de la filoxera...
+después de haberlas plantado de vid americana.
+
+El señor Fermín salió apresuradamente de la capilla e hizo arrastrar
+hasta la puerta varios serones que el día anterior habían traído de
+Jerez. Estaban llenos de cirios, y el capataz fue distribuyéndolos entre
+los viñadores.
+
+Bajo la luz esplendorosa del sol comenzaron a brillar, como pinceladas
+rojas y opacas, las llamas de la cera. Se formaron en dos filas los
+jornaleros, y guiados por el señor Fermín, emprendieron una marcha
+lenta, viña abajo.
+
+Las señoras, agrupadas en la plazoleta, con todas sus criadas y María de
+la Luz, contemplaban la salida de la procesión, el lento desfile de las
+dos hileras de hombres, con la cabeza baja y el cirio en la mano, unos
+con chaqueta de paño pardo, otros en cuerpo de camisa y un pañuelo rojo
+al cuello, llevando todos su sombrero apoyado en el pecho.
+
+El señor Fermín que iba a la cabeza de la procesión, estaba ya en mitad
+de la cuesta, cuando apareció en la entrada de la capilla el grupo más
+interesante; el padre Urizábal, con una capa de claveles rojos y dorados
+deslumbrantes, y junto a él Dupont, empuñando su cirio como una espada,
+mirando a todos lados imperiosamente, para que la ceremonia marchase
+bien y no la desluciera el menor descuido.
+
+Detrás, como un cortejo de honor, marchaban todos sus parientes y
+empleados, con el gesto compungido. Luis era el que se mostraba más
+grave. El se reía de todo, menos de las cosas de la religión, y esta
+ceremonia le enternecía por su carácter extraordinario. Había recibido
+una excelente enseñanza de los Padres de la Compañía. «Su fondo era
+bueno», como decía don Pablo cuando le hablaban de las calaveradas de su
+primo.
+
+El padre Urizábal, abrió el libro que llevaba sobre el pecho, el _Ritual
+Romano_, y comenzó a recitar la _Letanía de los Santos_, la Letanía
+grande, como la titulan las gentes de la iglesia.
+
+Dupont ordenó con el gesto a todos los que le rodeaban, que le siguiesen
+fielmente en sus respuestas al sacerdote.
+
+--_¡Sancte Michael!_...
+
+--_Ora pro nobis_--contestó el amo con voz firme, mirando a sus
+acompañantes.
+
+Estos repitieron las mismas palabras, y el _Ora pro nobis_ se extendió
+como un rugido, hasta la cabeza de la procesión, donde el señor Fermín,
+parecía llevar el compás de tantas voces.
+
+--_¡Sancte Raphael!_...
+
+--_Ora pro nobis._
+
+--_¡Omnes sancti Angeli et Archangeli!_...
+
+Ahora, en vez de ser un santo el invocado, eran muchos, y Dupont erguía
+su cabeza y gritaba más fuerte, para que todos se enterasen, no
+cometiendo error en la respuesta.
+
+--_Orate pro nobis._
+
+Pero sólo los que rodeaban a don Pablo, podían seguir sus indicaciones.
+El resto de la procesión avanzaba lentamente, saliendo de sus filas un
+rugido cada vez más desgarrado con sonoridades burlescas y temblores
+irónicos.
+
+A las pocas frases de la letanía, los jornaleros, aburridos de la
+ceremonia, con el cirio hacia abajo, contestaban automáticamente,
+imitando unas veces el ruido del trueno y otras un chillido de vieja,
+que hacía a muchos de ellos llevarse el sombrero a la cara.
+
+--_¡Sancte Jacobe!_--cantaba el sacerdote.
+
+--_¡Nooobis!_--rugían los viñadores, con burlescas inflexiones de voz,
+sin perder la gravedad de sus caras atezadas.
+
+--_¡Sancte Barnaba!_...
+
+--_¡Obis! ¡obis!_--contestaban a lo lejos los jornaleros.
+
+El señor Fermín, aburrido también de la ceremonia, fingía enfadarse.
+
+--¡A ver! ¡que haya formaliá!--decía encarándose con los más
+audaces.--Pero, condenaos, ¿no véis que el amo va a conosé que le tomáis
+er pelo?...
+
+Pero el amo no se daba cuenta de nada, cegado por la emoción. La vista
+de las dos filas de hombres marchando entre las cepas y el canto
+reposado del sacerdote, conmovían su alma. Las llamas de los cirios
+temblaban sin color y sin luz como fuegos fatuos retrasados en su viaje
+nocturno y sorprendidos por el día: la capa del jesuita brillaba bajo
+el sol como el caparazón de un insecto enorme, blanco y dorado. La
+sagrada ceremonia conmovía a Dupont hasta el punto de agolpar las
+lágrimas a sus ojos.
+
+--Muy hermoso, ¿verdad?--suspiró en una pausa de la letanía, sin ver a
+los que le rodeaban, dejando caer al azar la expresión de su entusiasmo.
+
+--¡Sublime!--se apresuró a murmurar el jefe del escritorio.
+
+--¡Primo... de chipén!--añadió Luis.--Esto parece una cosa de teatro.
+
+Dupont, a pesar de su emoción no se olvidaba de marcar las respuestas de
+la letanía ni de atender al cuidado del sacerdote. Le tomaba del brazo
+para guiarle en las desigualdades del terreno; evitaba que su capa
+enganchase en los sarmientos sus bordados de realce.
+
+--_¡Ab ira, et odio, et omni mala voluntate!..._--cantaba el sacerdote.
+
+Había que variar la respuesta, y Dupont, con todos los suyos,
+contestaba:
+
+--_Libera nos, Domine._
+
+Mientras tanto, el resto de la procesión seguía respondiendo, con
+irónica tenacidad, su _Ora pro nobis_.
+
+--_¡A spiritu fornicationis!_--dijo el padre Urizábal.
+
+--_Libera nos, Domine_--contestaron compungidos Dupont y todos los que
+entendieron esta súplica al Altísimo, mientras una mitad de la
+procesión rugía desde lejos:
+
+--_Nooobis... obis._
+
+El capataz marchaba ahora cuesta arriba, guiando su gente hacia la
+explanada.
+
+Formáronse en grupos los viñadores, en torno del aljibe, que elevaba
+sobre la replaza su gran aro de hierro, rematado por una cruz. Al llegar
+arriba el sacerdote con su séquito, Dupont abandonó el cirio para
+arrebatar al gañán encargado del cuidado de la capilla, el hisopo y el
+caldero de agua bendita. Él serviría de sacristán a su sabio amigo. Le
+temblaban las manos de emoción al apoderarse de los sagrados objetos.
+
+El capataz, y muchos de los viñadores, adivinando que había llegado el
+momento supremo de la ceremonia, abrían desmesuradamente los ojos
+esperando ver algo extraordinario.
+
+Mientras tanto, el sacerdote volvía las hojas de su libro, sin encontrar
+la oración apropiada al caso. El Ritual era minucioso. La Iglesia se
+parapetaba en todas las avenidas de la vida: oraciones para las mujeres
+de parto, para el agua, para las luces, para las casas nuevas, para
+barcos recién construidos, para la cama de los desposados, para los que
+parten de viaje, para el pan, para los huevos, para toda clase de
+comestibles. Por fin, encontró en el Ritual lo que buscaba: _Benedictio
+super fruges et vineas._
+
+Y Dupont sentía cierto orgullo al pensar que la Iglesia tenía su
+oración en latín para las viñas, como si hubiese presentido a muchos
+siglos de distancia que nacería en Jerez un siervo de Dios, gran
+productor de vinos, que necesitaría de sus preces.
+
+--_Adjutorium nostrum in nomine Domine_--dijo el sacerdote mirando a su
+rico acólito con el rabillo del ojo, pronto a indicarle la respuesta.
+
+--_Qui fecit coelum et terram_--contestó Dupont sin vacilar,
+recordando las palabras cuidadosamente aprendidas.
+
+Aún respondió a otras dos invocaciones del sacerdote, y éste fue leyendo
+con lentitud el _Oremus_, pidiendo la protección de Dios para las viñas
+y recomendándole que guardase sus uvas hasta la madurez.
+
+--_Per Christum Dominum nostrum..._--terminó el jesuita.
+
+--_Amen_--contestó Dupont con el rostro contraído, haciendo esfuerzos
+para que no le saltasen las lágrimas.
+
+El padre Urizábal empuñó el hisopo, humedeciéndolo en el calderillo y se
+irguió como para dominar mejor la extensión de viñas que abarcaba su
+vista desde la explanada.
+
+--_Asperges..._--y musitando entre dientes el resto de la invocación,
+echó delante de él una rociada en el espacio.
+
+--_Asperges... Asperges..._--y dio hisopazos a derecha e izquierda.
+
+Después, recogiéndose la capa y sonriendo a las señoras, con la
+satisfacción del que da por terminado su trabajo, se dirigió a la
+capilla seguido por el sacristán, portador otra vez del hisopo y el
+caldero.
+
+--¿Esto sa acabao?--preguntó flemáticamente al capataz, un viñador
+viejo, de rostro grave.
+
+--Sí: sa acabao.
+
+--De modo, ¿que ya no tiene más que icir el pare cura?...
+
+--Creo que no.
+
+--Güeno... ¿Y podemos dirnos?
+
+El señor Fermín, después de hablar con don Pablo, volvió hacia los
+grupos de trabajadores, dando palmadas. ¡A volar! La fiesta había
+terminado para ellos. Podían ir a la otra _misa_, a ver a sus mujeres;
+pero a la noche todos en la viña para continuar el trabajo de buena
+mañana.
+
+--Llevaos las velas--añadió.--El señor os las regala para que vuestras
+familias las guarden como recuerdo.
+
+Los trabajadores comenzaron a desfilar ante Dupont, con sus cirios
+apagados.
+
+--Muchas gracias--decían algunos, llevándose la mano al sombrero.
+
+Y el tono de su voz era tal, que no sabían los que rodeaban a Dupont si
+éste llegaría a ofenderse.
+
+Pero don Pablo aún estaba bajo la presión de sus emociones. Dentro de la
+torre terminaban los preparativos del banquete, pero él no podría
+comer. ¡Qué día, amigos! ¡Qué espectáculo sublime! Y mirando los
+centenares de trabajadores que iban viña abajo, daba salida libre a sus
+entusiasmos.
+
+Allí acababa de verse una imagen de lo que debía ser la sociedad. Los
+amos y los criados, los ricos y los pobres unidos todos en Dios,
+amándose con fraternidad cristiana, conservando cada cual su jerarquía y
+la parte de bienestar que el Señor hubiera querido concederles.
+
+Los viñadores caminaban apresuradamente. Algunos corrían para
+adelantarse a sus compañeros, llegando cuanto antes a la ciudad. Desde
+la noche anterior que les esperaban en Jerez. Habían pasado la semana
+pensando en el sábado, en la vuelta a casa, para sentir el calor de la
+familia, después de seis días de amontonamiento.
+
+Era el único consuelo del pobre, el triste descanso de una semana de
+fatigas, y les habían robado una noche y una mañana. Sólo les quedaban
+unas cuantas horas: así que anocheciese tenían que estar de vuelta en
+Marchamalo.
+
+Al salir de las tierras de Dupont y verse en la carretera, los hombres
+rompieron a hablar. Detuviéronse un instante para fijar su vista en lo
+alto de la colina, donde se destacaban las figuras de don Pablo y sus
+empleados, empequeñecidas por la distancia.
+
+Los viñadores más jóvenes miraban con desprecio el cirio regalado, y
+apoyándolo cerca del vientre, lo movían con cinismo, apuntando a lo
+alto.
+
+--¡Pa ti!... ¡pa ti!...
+
+Los viejos prorrumpían en amenazas sordas.
+
+--¡Mala puñalá te den, beato roío! ¡Anda a que te... zurzan, ladrón!...
+
+Y Dupont, desde lo alto, abarcaba en una mirada lacrimosa sus campos,
+sus centenares de trabajadores que se detenían en el camino sin duda
+para saludarle, y participaba su emoción a los allegados.
+
+¡Un gran día, amigos míos! ¡Un espectáculo conmovedor! El mundo, para
+marchar bien, debía organizarse con arreglo a las sanas tradiciones...
+Lo mismo que su casa.
+
+
+
+
+V
+
+
+Un sábado por la tarde, Fermín Montenegro, al salir del escritorio
+encontró a don Fernando Salvatierra.
+
+El maestro dirigíase a las afueras de la ciudad para dar un largo paseo.
+Trabajaba gran parte del día en traducciones del inglés o escribiendo
+artículos para los periódicos de la _idea_; una faena que le producía lo
+necesario para el pan y el queso, permitiéndole además auxiliar al
+_compañero_ que le alojaba en su casucha y a otros _compañeros_ no menos
+pobres que le asediaban con frecuencia, demandándole apoyo en nombre de
+la solidaridad.
+
+Su único placer, después del trabajo, era el paseo; pero un paseo de
+horas, casi un viaje, hasta bien cerrada la noche, apareciendo
+inesperadamente en cortijos situados a varias leguas de la ciudad.
+
+Los amigos huían de acompañar en sus excursiones a aquel andarín ágil,
+de piernas incansables, que proclamaba la marcha como el más eficaz de
+los remedios, y hablaba de Kant, presentando como un ejemplo los paseos
+de cuatro horas que daba el filósofo todos los días, llegando sano a una
+extrema vejez gracias a este apacible ejercicio.
+
+Salvatierra, al saber que Fermín no tenía ninguna ocupación inmediata,
+le invitó a acompañarle. Iba hacia los llanos de Caulina. Le gustaba más
+el camino de Marchamalo y estaba seguro de que su viejo camarada, el
+capataz, le recibiría con los brazos abiertos; pero no ignoraba los
+sentimientos de Dupont hacia él y quería evitarle un disgusto.
+
+--Tú mismo, muchacho--continuó don Fernando,--te expones a un sermón, si
+Dupont sabe que paseas conmigo.
+
+Fermín hizo un movimiento de hombros. Estaba acostumbrado a los enfados
+de su principal y a las pocas horas de escucharle ya no se acordaba de
+sus palabras. Además, hacía tiempo que no había hablado con don Fernando
+y le placía pasear con él en este suave atardecer de primavera.
+
+Los dos salieron de la ciudad, y después de seguir las cercas de las
+pequeñas viñas con sus casitas de recreo entre grupos de árboles, vieron
+extenderse ante sus ojos las planicies de Caulina como una estepa verde.
+Ni un árbol, ni un edificio. La llanura esparcíase hasta las montañas
+que, esfumadas por la distancia, cerraban el horizonte; inculta,
+salvaje, con la solemnidad monótona de la tierra abandonada.
+
+Los hierbajos cubrían el suelo en apretadas marañas, matizando la
+primavera su verde oscuro con el blanco y el rojo de las flores
+silvestres. Las piteras y chumberas, plantas rudas y antipáticas de los
+países abandonados, amontonaban en los bordes del camino una vegetación
+puntiaguda y agresiva. Sus vástagos rectos y cimbreantes, con un pompón
+de blancas cazoletas, sustituían a los árboles en aquella inmensidad
+horizontal y monótona no cortada por ondulación alguna. Esparcidos a
+largas distancias, apenas si se destacaban como negras verrugas los
+chozones y ranchos de los pastores, hechos de ramaje y tan bajos de
+techumbre que parecían viviendas de reptiles. Aleteaban las palomas
+torcaces en el cielo alegre de la tarde. Las nubes se contorneaban con
+un ribete de oro, reflejando el sol poniente.
+
+Unos alambres interminables iban de poste en poste, casi a ras de
+tierra, marcando los límites de la llanura, repartida en proporciones
+gigantescas. Y en estos cercados de término indefinido, que no podían
+abarcarse con los ojos, movíanse los toros con paso tardo, o permanecían
+inmóviles en el suelo, empequeñecidos por la distancia, como caídos de
+una caja de juguetes. El cencerro de los cabestros hacía palpitar con
+lejana ondulación el silencio de la tarde, dando una nueva nota
+melancólica al paisaje muerto.
+
+--Mira, Fermín--dijo Salvatierra irónicamente.--_¡Andalucía la alegre!_
+¡Andalucía la fértil!...
+
+Millares de hombres sufrían el tormento del hambre, víctimas del jornal,
+por no tener campos que cultivar; y la tierra reservábase para las
+bestias, en los alrededores de una ciudad civilizada. Pero no era el
+buey pacífico que fabrica carne para el sustento del hombre, el animal
+dominador de aquella llanura, sino el toro bravo que había de lidiarse
+en los circos y cuya fiereza cultivaba el ganadero, esforzándose por
+acrecentarla.
+
+En la inmensa planicie, cabían holgadamente cuatro pueblos y podían
+alimentarse centenares de familias; pero la tierra era de los animales,
+cuyo salvajismo mantenía el hombre para solaz de los desocupados, dando
+a su industria un carácter patriótico.
+
+--Hay gentes visionarias--continuó Salvatierra--que sueñan con traer a
+estas llanuras el agua que se pierde en las montañas y establecer en
+tierras propias a toda la horda de desesperados que engañan el hambre
+con el gazpacho de la gañanía. ¡Y esperan hacer esto dentro de la
+organización existente! ¡Y aun muchos de ellos me llaman iluso!... El
+rico tiene sus cortijos y sus viñas y necesita del hambre, que es su
+aliada, para que le proporcione los esclavos del jornal. El ganadero,
+por su parte, necesita mucha tierra inculta para criar sus fieras, que
+la pagan no por su carne, sino en razón de su salvajismo. Y los
+poderosos que poseen el dinero, tienen interés en que todo continúe lo
+mismo, y así seguirá.
+
+Salvatierra reía recordando lo que había oído sobre el progreso de su
+país. En los cortijos se veían máquinas agrícolas de los más recientes
+modelos, y los periódicos, pagados por los ricos, deshacíanse en elogios
+de las grandes iniciativas de sus protectores en pro del desarrollo
+agrícola. Mentira, todo mentira. La tierra se cultivaba peor que en
+tiempo de los moros. Los abonos no se conocían: se hablaba de ellos con
+desprecio, como invenciones modernas, contrarias a las buenas
+tradiciones. El cultivo intensivo de otros pueblos era considerado como
+un ensueño. Se araba a estilo bíblico; dejábase a la tierra que
+produjera a su capricho, compensando lo débil de la cosecha con la gran
+extensión de las propiedades y lo irrisorio del jornal.
+
+Únicamente se habían aceptado los adelantos del progreso mecánico, como
+una arma de combate contra el enemigo, contra el trabajador. En los
+cortijos no existía otro utensilio moderno que las trilladoras. Eran la
+artillería gruesa de la gran propiedad. La trilla al sistema antiguo,
+con sus manadas de yeguas rodando en la era, duraba meses enteros, y los
+gañanes escogían esta época para pedir algún mejoramiento, amenazando
+con la huelga, que dejaba las cosechos a la intemperie. La trilladora,
+que realizaba en dos semanas el trabajo de dos meses, daba al amo la
+seguridad de la recolección. Además, ahorraba brazos y equivalía a una
+venganza contra la gente levantisca y descontenta, que acosaba a las
+personas decentes con sus imposiciones. Y en el _Círculo Caballista_
+hablaban los grandes propietarios de los adelantos del país y de sus
+máquinas, que sólo servían para recoger y asegurar las cosechas, nunca
+para sembrarlas y fomentarlas, presentando hipócritamente este ardid de
+guerra como un progreso desinteresado.
+
+La gran propiedad empobrecía el país, manteniéndolo anonadado bajo su
+brutal pesadumbre. La ciudad era la urbe del tiempo romano, rodeada de
+leguas y más leguas de terreno, sin un pueblo, sin una aldea; sin otras
+aglomeraciones de vida que los cortijos, con sus siervos del jornal,
+mercenarios de la miseria, que se veían reemplazados apenas los
+debilitaba la vejez o la fatiga; más tristes que el antiguo esclavo, que
+al menos veía seguros hasta su muerte el techo y el pan.
+
+La vida se concentraba en la ciudad, como si la guerra asolase los
+campos y sólo dentro de sus muros se considerase segura. El antiguo
+latifundo enseñoreado del suelo, poblaba la campiña de hordas cuando lo
+exigían las faenas. Al terminar éstas, un silencio de muerte caía sobre
+las inmensas soledades, retirándose las bandos de jornaleros a los
+pueblos de la sierra, para maldecir de lejos a la ciudad opresora. Otros
+mendigan en ella, viendo de cerca la riqueza de los amos, sus
+ostentaciones bárbaras que incubaban en las almas de los pobres un deseo
+de exterminio.
+
+Salvatierra detenía el paso para volver la vista atrás y contemplar la
+ciudad, que destacaba su blanco caserío, la arboleda de sus jardines
+sobre el cielo rosa y oro de la puesta del sol.
+
+--¡Ah, Jerez! ¡Jerez!--dijo el rebelde.--¡Ciudad de millonarios, rodeada
+de una horda inmensa de mendigos!... Lo extraño es cómo estás ahí, tan
+blanca y tan bonita, riendo de todas las miserias, sin que te hayan
+prendido fuego...
+
+La campiña dependiente de la ciudad, que abarcaba casi una provincia,
+era de ochenta propietarios. En el resto de Andalucía ocurría lo mismo.
+Muchas familias de rancia nobleza habían guardado la propiedad feudal,
+las grandes extensiones adquiridas por sus ascendientes, con sólo
+galopar, lanza en ristre, matando moros. Otras grandes propiedades
+habían sido formadas por los compradores de bienes nacionales, o los
+agitadores políticos del campo, que se cobraban sus servicios en las
+elecciones haciéndose regalar por el Estado los montes y los terrenos
+públicos, sobre los cuales vivían pueblos enteros. En ciertos sitios de
+la sierra encontrábanse poblaciones abandonadas, con las casas
+desplomándose, como si por ellas hubiese pasado una epidemia. El
+vecindario había huido lejos, en busca de la servidumbre del jornal,
+viendo convertirse en dehesa de un rico influyente los terrenos públicos
+que daban el pan a sus familias.
+
+Y esta pesadumbre de la propiedad, desmesurada y bárbara, aun se hacía
+tolerable en ciertos lugares de Andalucía, por estar lejos los amos, por
+vivir en Madrid de las rentas que les enviaban aparceros y
+administradores, contentándose con el producto de unos bienes que no
+habían visto y que por su extensión rendían mucho de todas suertes.
+
+Pero en Jerez, el rico estaba sobre el pobre a todas horas, para hacerle
+sentir su influencia. Era un centauro rudo, orgulloso de su fuerza, que
+buscaba el combate, se embriagaba en él y gozaba desafiando la cólera
+del hambriento, para domeñarle como a los potros salvajes en el
+herradero.
+
+--El rico de aquí es más gañán que el trabajador--decía Salvatierra.--Su
+animalidad gallarda e impulsiva hace aún más dolorosa la miseria.
+
+La riqueza era más visible allí que en otras partes. Los cultivadores
+del vino, los dueños de bodegas, los exportadores, con sus fortunas
+extraordinarias y sus despilfarros ostentosos, amargaban la pobreza de
+los desgraciados.
+
+--Los que dan dos reales a un hombre por el trabajo de todo un
+día--continuó el revolucionario--pagan hasta cincuenta mil reales por un
+caballo de fama. Yo he visto las gañanías y he visto muchas cuadras de
+Jerez, donde guardan esas bestias que no son de utilidad, y sólo sirven
+para halagar el orgullo de sus amos. Créeme, Fermín: hay en esta tierra
+miles de seres racionales, que al acostarse con los huesos doloridos en
+la esterilla del cortijo, quisieran despertar transformados en caballos.
+
+Él no aborrecía absolutamente las grandes propiedades. Eran una
+facilidad para el comunismo de la tierra, ensueño generoso cuya
+realización creía muchas veces próxima. Cuanto más reducido fuese el
+número de los propietarios del suelo, más fácilmente se resolvería el
+problema e interesarían menos los lamentos de los desposeídos.
+
+Pero la solución estaba lejos, y mientras tanto, indignábanle la
+creciente miseria, la abyección moral de los siervos de la tierra. Le
+asombraba la ceguera de las gentes felices aferradas al pasado. Dando la
+posesión del suelo en pequeñas partes a los trabajadores, como en otras
+comarcas de España, retardarían por siglos la revolución en los campos.
+El pequeño cultivador que ama su pedazo de suelo como una prolongación
+de la familia, es áspero y hostil a toda innovación revolucionaria, más
+aún que el verdadero rico. Toda idea nueva la considera un peligro para
+su pobre bienestar y la repele ferozmente. Dando a aquellas gentes la
+posesión del suelo, se retrasaría el momento de la suprema Justicia con
+que soñaba Salvatierra; pero aunque así fuese, su alma de bienhechor
+consolábase pensando en los alivios momentáneos de la miseria. Surgirían
+pueblos en las soledades, desaparecerían aquellos cortijos aislados, con
+su aspecto huraño de cuartel o de presidio, y las bestias volverían a
+la sierra, dejando el llano para el sustento del hombre.
+
+Pero Fermín, al escuchar a su maestro, movía la cabeza con signos
+negativos.
+
+--Todo seguirá lo mismo--dijo el joven.--A los ricos no les importa nada
+el porvenir, ni creen necesaria ninguna precaución para retardarlo.
+Tienen los ojos en el cogote, y si algo ven, es hacia atrás. Mientras
+los gobernantes surjan de su clase y tengan a su servicio los fusiles
+que pagamos todos, se ríen de las rebeldías de abajo. Además, conocen a
+la gente.
+
+--Eso que tú dices--repuso Salvatierra;--conocen a la gente y no la
+temen.
+
+El revolucionario pensaba en el _Maestrico_, en aquel muchacho que había
+visto escribir trabajosamente a la luz del candil, en la gañanía de
+Matanzuela. Tal vez aquella alma simple contemplaba mejor el porvenir al
+través de su sencilla fe, que él con su indignación, que ansiaba
+destruir inmediatamente todo lo malo. Lo primero era crear hombres
+nuevos, antes de ir a la supresión del mundo caduco. Y pensando en la
+muchedumbre miserable y sin voluntad, hablaba con cierta tristeza.
+
+--En vano se han intentado revoluciones en esta tierra. El alma de
+nuestras gentes es la misma que en tiempo de los señoríos. Guardan en lo
+más hondo la resignación del siervo.
+
+Aquella tierra era la del vino, y Salvatierra, con su frialdad de
+sobrio, maldecía la influencia que ejercía sobre la gente el veneno
+alcohólico, transmitiéndose de generación en generación. La bodega era
+la moderna fortaleza feudal que mantenía a las masas en la servidumbre y
+la abyección. Los entusiasmos, los crímenes, la alegría, los amores,
+todo era producto del vino, como si aquel pueblo, que aprendía a beber
+apenas soltaba el pecho de la madre y contaba las horas del día por el
+número de copas, careciera de pasiones y de afectos, fuese incapaz de
+moverse y sentir por propio impulso, necesitando para todos sus actos el
+resorte de la bebida.
+
+Salvatierra hablaba del vino como de un personaje invisible y
+omnipotente, que intervenía en todas las acciones de aquellos autómatas,
+soplando en su pensamiento, limitado y vivaracho como el de un pájaro;
+empujándolos lo mismo al desaliento, que a la desordenada alegría.
+
+Los hombres inteligentes que podían servir de pastores a los de abajo,
+mostraban en su juventud aspiraciones generosas, pero apenas entraban en
+edad eran víctimas de la epidemia de la tierra: se convertían en
+_manzanilleros_ famosos, no logrando que funcionase su cerebro más que a
+impulsos de la excitación alcohólica. En plena madurez mostrábanse
+decrépitos, con las manos temblonas, casi paralíticos, los ojos
+enrojecidos, la vista oscurecida y el pensamiento difuso, como si el
+alcohol envolviese en nubes su cerebro. Y, víctimas alegres de esta
+esclavitud, alababan aún el vino como el remedio más seguro para
+fortalecer la vida.
+
+El rebaño de la pobreza no podía gozar de este placer de los ricos; pero
+lo envidiaba, soñando con la embriaguez como la mayor de las
+felicidades. En sus momentos de cólera, de protesta, bastaba poner el
+vino al alcance de sus manos para que todos sonriesen viendo dorada y
+luminosa su miseria al través del vaso lleno de oro líquido.
+
+--¡El vino!--exclamaba Salvatierra.--Ese es el mayor enemigo de este
+país: mata las energías, crea engañosas esperanzas, acabo con la vida
+prematuramente: todo lo destruye; hasta el amor.
+
+Fermín sonreía escuchando a su maestro.
+
+--¡No tanto, don Fernando!... Reconozco, sin embargo, que es uno de
+nuestros males. Puede decirse que llevamos la afición en la sangre. Yo
+mismo, confieso mi vicio: me gusta una copa ofrecida por los amigos...
+Es la enfermedad de la tierra.
+
+El revolucionario, arrastrado por el curso tumultuoso de sus
+pensamientos, olvidaba el vino para arremeter contra otro enemigo: la
+resignación ante la injusticia, la mansedumbre cristiana de los
+desgraciados.
+
+--Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron
+de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y
+hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y
+el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin
+cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el
+femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran
+sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para
+siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No
+pidáis a los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos
+el remedio de vuestros males».
+
+Salvatierra se exaltaba, elevando su voz en el silencio del crepúsculo.
+El sol se había ocultado, dejando sobre la ciudad una aureola de
+incendio. Por la parte de la sierra destacábase en un cielo de color de
+violeta la primera estrella anunciadora de la noche. El revolucionario
+la miraba, como si fuese el astro que había de guiar hacia más amplios
+horizontes la muchedumbre del llanto y del dolor; la estrella de la
+Justicia, alumbrando pálida e indecisa la lenta partida de los rebeldes,
+y agrandándose hasta convertirse en un sol, así como se aproximaban a
+ella, escalando alturas, aplastando privilegios, derribando dioses.
+
+Los grandes ensueños de la Poesía acudían a la memoria de Salvatierra y
+hablaba de ellos a su acompañante con la voz trémula y sorda de un
+profeta en plena visión.
+
+Un estremecimiento de las entrañas de la tierra había conmovido un día
+al mundo antiguo. Los árboles gimieron en los bosques, agitando sus
+melenas de hojas, como plañideras desesperadas; un viento fúnebre rizó
+los lagos y la superficie azul y luminosa del mar clásico que había
+arrullado durante siglos en las playas griegas los diálogos de los
+poetas y los filósofos. Un lamento de muerte rasgó el espacio, llegando
+a los oídos de todos los hombres. «_¡El gran Pan ha muerto!..._» Las
+sirenas se sumergieron para siempre en las glaucas profundidades, las
+ninfas huyeron despavoridas a las entrañas de la tierra para no volver
+jamás, y los templos, blancos, que cantaban como himnos de mármol la
+alegría de la vida bajo el torrente de oro del sol, se entenebrecieron,
+sumiéndose en el silencio augusto de las ruinas. «Cristo ha nacido»,
+gritó la misma voz. Y el mundo fue ciego para todo lo exterior,
+reconcentrando su vista en el alma; y aborreció la materia como pecado
+vil, y oprimió los sentimientos más puros de la vida, haciendo de su
+amputación una virtud.
+
+El sol siguió brillando, pero pareció menos luminoso a la humanidad,
+como si entre ella y el astro se interpusiera un velo fúnebre. La
+naturaleza continuó su obra creadora, insensible a las locuras de los
+hombres; pero éstos no amaron otras flores que las que transparentaban
+la luz en las vidrieras de las ojivas, ni admiraron más árboles que las
+palmeras de piedra que sostenían las bóvedas de las catedrales. Venus
+ocultó sus desnudeces de mármol en las ruinas del incendio, esperando
+renacer tras un sueño de siglos, bajo el arado del rústico. El tipo de
+belleza fue la virgen infecunda y enferma, enflaquecida por el ayuno; la
+religiosa, pálida y desmayada como el lirio que sostenían sus manos de
+cera, con los ojos lacrimosos, agrandados por el éxtasis y el dolor de
+ocultos cilicios.
+
+El negro ensueño había durado siglos. Los hombres, renegando de la
+naturaleza, habían buscado en la privación, en la vida torturada y
+deforme, en la divinización del dolor, el remedio de sus males, la
+fraternidad ansiada, creyendo que la esperanza del ciclo y la caridad en
+la tierra bastarían para la felicidad de los cristianos.
+
+Y he aquí que el mismo lamento que anunció la muerte del gran dios de la
+Naturaleza, volvía a sonar como si reglamentase, con intervalos de
+siglos, las grandes mutaciones de la vida humana. «¡Cristo ha muerto!...
+¡Cristo ha muerto!»
+
+--Sí; ha muerto hace tiempo--continuó el rebelde.--Todas las almas oyen
+este grito misterioso en sus momentos de desesperación. En vano suenan
+las campanas cada año anunciando que Cristo resucita... Resucita sólo
+para los que viven de su herencia. Los que sienten hambre de justicia y
+esperan miles de años la redención, saben que está bien muerto y que no
+volverá, como no vuelven las frías y veleidosas divinidades griegas.
+
+Los hombres, siguiéndole, no habían visto un horizonte nuevo: habían
+caminado por senderos conocidos. Sólo cambiaban el exterior y el nombre
+de las cosas. La humanidad contemplaba a la luz cenicienta de una
+religión que maldice la vida, lo que antes había visto en la inocencia
+de la infancia. El esclavo redimido por Cristo era ahora el asalariado
+moderno, con su derecho a morir de hambre, sin el pan y el cántaro de
+agua que su antecesor encontraba en el ergástula. Los mercaderes
+arrojados del templo tenían asegurada la entrada en la gloria eterna y
+eran los sostenes de toda virtud. Los privilegiados hablaban del reino
+de los cielos como de un placer más que añadir a los que disfrutaban en
+la tierra. Los pueblos cristianos se exterminaban, no por los caprichos
+y los odios de sus pastores, sino por algo menos concreto, por el
+prestigio de un trapo ondeante, cuyos colores les enloquecían. Se
+mataban fríamente hombres que no se habían visto nunca, que dejaban a
+sus espaldas un campo por cultivar y una familia abandonada; hermanos de
+dolor en la cadena del trabajo, sin otras diferencias que la lengua y la
+raza.
+
+En las noches de invierno, la gran muchedumbre de la miseria pululaba en
+las calles de las ciudades, sin pan y sin techo, como si estuviese en un
+desierto. Los niños lloraban de frío, ocultando las manos bajo los
+sobacos; las mujeres de voz aguardentosa se encogían como fieras en el
+quicio de una puerta, para pasar la noche; los vagabundos sin pan,
+miraban los balcones iluminados de los palacios o seguían el desfile de
+las gentes felices que, envueltas en pieles, en el fondo de sus
+carruajes, salían de las fiestas de la riqueza. Y una voz, tal vez la
+misma, repetía en sus oídos, que zumbaban de debilidad: «No esperéis
+nada. ¡Cristo ha muerto!»
+
+El obrero sin trabajo, al volver a su frío tugurio, donde le aguardaban
+los ojos interrogantes de la hembra enflaquecida, dejábase caer en el
+suelo como una bestia fatigada, después de su carrera de todo un día
+para aplacar el hambre de los suyos. «¡Pan, pan!» le decían los
+pequeñuelos esperando encontrarlo bajo la blusa raída. Y el padre oía la
+misma voz, como un lamento que borraba toda esperanza: «¡Cristo ha
+muerto!»
+
+Y el jornalero del campo que, mal alimentado con bazofia, sudaba bajo el
+sol, sintiendo la proximidad de la asfixia, al detenerse un instante
+para respirar en esta atmósfera de horno, se decía que era mentira la
+fraternidad de los hombres predicada por Jesús, y falso aquel dios que
+no había hecho ningún milagro, dejando los males del mundo lo mismo que
+los encontró al llegar a él... Y el trabajador vestido con un uniforme,
+obligado a matar en nombre de cosas que no conoce a otros hombres que
+ningún daño le han hecho, al permanecer horas y horas en un foso,
+rodeado de los horrores de la guerra moderna, peleando con un enemigo
+invisible por la distancia, viendo caer destrozados miles de semejantes
+bajo la granizada de acero y el estallido de las negras esferas, también
+pensaba con estremecimientos de disimulado terror: «¡Cristo ha muerto,
+Cristo ha muerto!»
+
+Sí; bien muerto estaba. Su vida no había servido para aliviar uno solo
+de los males que afligen a los humanos. En cambio, había causado a los
+pobres un daño incalculable predicándoles la humildad, infiltrando en
+sus espíritus la sumisión, la creencia del premio en un mundo mejor. El
+envilecimiento de la limosna y la esperanza de justicia ultraterrena
+habían conservado a los infelices en su miseria por miles de años. Los
+que viven a la sombra de la injusticia, por mucho que adorasen al
+Crucificado, no le agradecerían bastante sus oficios de guardián durante
+diecinueve siglos.
+
+Pero los infelices sacudían ya su atonía: el dios era un cadáver. No más
+resignación. Ante el Cristo muerto había que aclamar el triunfo de la
+Vida. El cadáver inmenso aun pesaba sobre la tierra, pero las
+muchedumbres engañadas se agitaban ya, dispuestas a sepultarle. Por
+todos lados se oían los vagidos del mundo nuevo que acababa de nacer. La
+Poesía que profetizó vagamente la llegada de Cristo, anunciaba ahora la
+aparición del gran Redentor, que no había de encerrarse en la debilidad
+de un hombre, sino que encarnaría en la inmensa masa de los
+desheredados, de los tristes, con el nombre de Rebelión.
+
+Los hombres comenzaban de nuevo su marcha hacia la fraternidad, el ideal
+de Cristo: pero abominando de la mansedumbre, despreciando la limosna
+por envilecedora e inútil. A cada cual lo suyo, sin concesiones que
+denigran, ni privilegios que despiertan el odio. La verdadera
+fraternidad era la Justicia social.
+
+Calló Salvatierra, y viendo que oscurecía, dio una vuelta, comenzando a
+desandar el camino.
+
+Jerez, como una gran mancha negra, recortaba las líneas de sus torres y
+tejados sobre el último resplandor del crepúsculo, mientras abajo
+perforaban su oscuridad las rojas estrellas del alumbrado.
+
+Los dos hombres vieron marcarse sus sombras sobre la blanca superficie
+del camino. La luna salía a sus espaldas, remontándose en el espacio.
+
+Lejos aún de la ciudad, oyeron un ruidoso cascabeleo que hacía apartarse
+a un lado a los carros que volvían de los cortijos, lentamente, con
+sordo rechinar de ruedas.
+
+Salvatierra y su discípulo, refugiándose en la cuneta, vieron pasar
+cuatro briosos caballos con borlajes saltones y chillonas ristras de
+cascabeles tirando de un coche lleno de gente. Cantaban, gritaban,
+palmoteaban, llenando el camino con su alegría loca, esparciendo el
+escándalo de la _juerga_ sobre las llanuras muertas que aun parecían
+más tristes a la luz de la luna.
+
+Pasó el carruaje como un rayo entre nubes de polvo, pero Fermín pudo
+reconocer al que guiaba los caballos. Era Luis Dupont que, erguido en el
+pescante, arreaba con la voz y el látigo a las cuatro bestias que
+corrían desbocadas. Una mujer que iba junto a él, también gritaba
+azuzando al ganado con una fiebre de velocidad loca. Era la
+_Marquesita_. Montenegro creyó que le había reconocido, pues al
+alejarse, agitó una mano entre la nube de polvo, gritándole algo que no
+pudo oír.
+
+--Esos van de juerga, don Fernando--dijo el joven cuando se restableció
+el silencio en el camino.--Les parece estrecha la ciudad, y, como mañana
+es domingo, querrán pasarlo en Matanzuela a sus anchas.
+
+Salvatierra, al oír el nombre del cortijo, recordó a su camarada del
+ventorro del Grajo, aquel enfermo que ansiaba su presencia como el mejor
+remedio. No le había visto desde el día en que el temporal le obligó a
+refugiarse en Matanzuela, pero le recordaba muchas veces, proponiéndose
+repetir su visita en la próxima semana. Prolongaría uno de sus largos
+paseos, llegando hasta aquella choza donde le esperaban como un
+consuelo.
+
+Fermín habló de los recientes amoríos de Luis con la _Marquesita_. Al
+fin, la amistad les había conducido a un término, que los dos parecían
+querer evitar. Ella ya no estaba con el tosco ganadero de cerdos. Volvía
+a tirarle el señorío, según decía, y alardeaba impúdicamente de sus
+nuevas relaciones, viviendo en casa de Dupont y entregándose los dos a
+fiestas ruidosas. Les parecía su amor desabrido y monótono, si no lo
+sazonaban con embriagueces y escándalos que alterasen la hipócrita calma
+de la ciudad.
+
+--Se han juntado dos locos--continuó Fermín.--Cualquier día se pelearán,
+saliendo de una de sus juergas echando sangre; pero, mientras tanto, se
+creen felices y exhiben su dicha con una desvergüenza admirable. Yo creo
+que lo que más les divierte es la indignación de don Pablo y su familia.
+
+Montenegro relató las últimas aventuras de estos enamorados, que
+alarmaban a la ciudad. Jerez les parecía estrecho para su dicha y
+corrían los cortijos y las poblaciones inmediatas, llegando hasta Cádiz,
+seguidos del cortejo de cantadores y matones que acompañaba siempre a
+Luis Dupont. Pocos días antes habían tenido en Sanlúcar de Barrameda una
+fiesta estruendosa, al final de la cual, la _Marquesita_ y su amante,
+embriagando a un camarero, le raparon la cabeza con unas tijeras. En el
+_Círculo Caballista_, reían los señoritos al comentar las hazañas de
+aquella pareja. ¡Pero qué buena sombra tenía Luis! ¡Qué gran mujer la
+_Marquesita_!...
+
+Y los dos amantes, en una continua borrachera, que apenas se desvanecía
+era reforzada, como si temiesen perder la ilusión viéndose fríamente sin
+la engañosa alegría del vino, iban de un lado a otro, cual un vendaval
+de escándalo, entre los aplausos de la gente joven y la indignación de
+las familias.
+
+Salvatierra escuchaba a su discípulo con gesto irónico. Le interesaba
+Luis Dupont. Era un buen ejemplar de aquella juventud ociosa, dueña de
+todo el país.
+
+Apenas habían llegado los dos paseantes a las primeras casas de Jerez,
+cuando el carruaje de Dupont, rodando vertiginosamente a impulsos de las
+briosas bestias, que corrían como locas, estaba ya en Matanzuela.
+
+Los perros del cortijo ladraron furiosamente al oír el galope, cada vez
+más cercano, acompañado de gritos, rasgueos de guitarra y canciones de
+prolongado lamento.
+
+--Ahí viene el amo--dijo _Zarandilla_.--Nadie pué ser más que él.
+
+Y llamando al aperador, salieron los dos fuera del cortijo para ver
+llegar, a la luz de la luna, el ruidoso carruaje.
+
+Bajó del pescante de un salto la gentil _Marquesita_, y poco a poco
+fueron disgregándose del amontonamiento de carne que llenaba el interior
+todos los del séquito. El señorito abandonó las riendas a _Zarandilla_,
+después de hacerle varias recomendaciones para que cuidase bien el
+ganado.
+
+Rafael avanzó quitándose el sombrero.
+
+--¿Eres tú, buen mozo?--dijo la _Marquesita_ con desenvoltura.--Cada vez
+estás más guapo. Si no fuese por darle un disgusto a María de la Luz,
+cualquier día engañábamos a _éste_.
+
+Pero _éste_, o sea Luis, reía de la desvergüenza de su prima, sin que le
+molestase la muda comparación a que parecían entregados los ojos de
+Lola, entre su cuerpo desmedrado de vividor alegre y la fuerte armazón
+del aperador del cortijo.
+
+El señorito pasó revista a su gente. Ninguno se había perdido en el
+viaje; todos estaban: la _Moñotieso_, famosa cantaora, y su hermana; su
+señor padre, un veterano del baile clásico que había hecho tronar bajo
+sus tacones los tablados de todos los cafés cantantes de España; tres
+protegidos de Luis, graves y cejijuntos, con la mano en la cadera y los
+ojos entornados, como si no osaran mirarse por no infundirse espanto, y
+un hombre carilleno, con sotobarba sacerdotal y unos tufos de pelo
+pegados a las orejas, guardando bajo el brazo una guitarra.
+
+--¡Ahí le tienes!--dijo el señorito a su aperador, señalándole al
+guitarrista.--El señó Pacorro, alias el _Águila_, el primer tocador del
+mundo. ¡El _Guerra_, matando toros, y mi amigo con la guitarra!... ¡el
+disloque!
+
+Y como el cortijero se quedase mirando a este ser extraordinario, cuyo
+nombre no había oído jamás, el tocador se inclinó ceremoniosamente como
+un hombre de mundo, experto en fórmulas sociales.
+
+--Beso a uzté la mano...
+
+Y sin añadir palabra se entró en el cortijo, siguiendo a la demás gente
+que guiaba la _Marquesita_.
+
+La mujer de _Zarandilla_ y Rafael, ayudados por aquella tropa,
+arreglaron las habitaciones del amo. Dos quinqués humosos dieron luz a
+la gran sala de enjalbegadas paredes, adornadas con algunos cromos de
+santos. Los hombres de confianza de don Luis, doblando el espinazo con
+cierta pereza, sacaron de espuertas y cajones todas las vituallas
+traídas en el carruaje.
+
+La mesa se llenó de botellas, que transparentaban la luz; unas de color
+de avellana, otras de oro pálido. La vieja de _Zarandilla_ se entró en
+la cocina, seguida de las demás mujeres, mientras el señorito preguntaba
+al aperador por la gente de la gañanía.
+
+Casi todos los hombres estaban fuera del cortijo. Como era sábado, los
+jornaleros de la sierra se habían ido a sus pueblos. Sólo quedaban los
+gitanos y las bandas de muchachas que bajaban a la escarda confiadas a
+la vigilancia de sus manijeros.
+
+El amo recibía con satisfacción estos informes. No le gustaba divertirse
+teniendo a la vista a los jornaleros, gentes envidiosas, de corazón
+duro, que rabiaban con la alegría ajena y andaban después propalando
+los mayores embustes. Le placía estar a sus anchas en el cortijo. ¿No
+era el amo?... Y saltando de un pensamiento a otro con su incoherente
+ligereza, se encaró con los acompañantes. ¿Qué hacían sentados, sin
+beber, sin hablar, como si estuviesen velando a un muerto?...
+
+--Vamos a ver esas manitas de oro, maestro--dijo al tocador que, con la
+guitarra sobre las rodillas y la mirada en alto, se entretenía haciendo
+arpegios.
+
+El maestro _Águila_, después de toser varias veces, comenzó un rasgueo,
+interrumpido de vez en cuando por las escalas gimeantes de la cuerda
+prima. Uno de los esbirros de don Luis destapó botellas y ordenó las
+filas de cañas, ofreciendo estos tubos de cristal, llenos de líquido
+dorado con una corona de burbujas. Las mujeres, atraídas por la
+guitarra, llegaron corriendo de la cocina.
+
+--¡Venga de ahí, _Moñotieso_!--gritó el señorito.
+
+Y la cantaora rompió en una _soleá_, con una voz aguda y poderosa, que
+después de hincharla el cuello como si éste fuera a reventarse, atronaba
+la sala y ponía en conmoción a todo el cortijo.
+
+El honorable padre de la _Moñotieso_, como hombre versado en sus
+deberes, sin esperar invitaciones, sacó a su otra hija al centro de la
+habitación y comenzó el baile con ella.
+
+Rafael se alejó prudentemente, después de beber dos copas. No quería
+estorbar la fiesta con su presencia. Además, deseaba revistar el
+cortijo antes que adelantase la noche, temiendo que el amo quisiera
+recorrerlo por un capricho de su embriaguez.
+
+En el patio se tropezó con _Alcaparrón_, que atraído por el ruido de la
+fiesta esperaba una coyuntura para introducirse en la sala con su
+pegajosidad de parásito. El aperador le amenazó con varios palos si
+seguía allí.
+
+--Largo, granuja; esos señores no quieren ná con los gitanos.
+
+_Alcaparrón_ se alejó con aire humilde, pero dispuesto a volver apenas
+desapareciese el señor Rafael, el cual entrose en la cuadra para ver si
+los caballos del amo estaban bien cuidados.
+
+Cuando pasada una hora volvió el aperador al lugar de la fiesta, vio
+sobre la mesa muchas botellas vacías.
+
+La gente estaba lo mismo, como si el líquido se hubiera derramado en el
+suelo: solamente el tocador rasgueaba con más fuerza y los demás batían
+palmas con una agitación loca, gritando a un tiempo para jalear al viejo
+bailarín. El respetable padre de las _Moñotieso_, abriendo la boca
+desdentada y negra con femeniles gritos, movía sus caderas descarnadas,
+hundiendo el vientre para hacer surgir con mayor relieve la parte
+opuesta. Sus mismas hijas celebraban con grandes risotadas estos alardes
+de una vejez envilecida.
+
+--¡Olé, grasioso!...
+
+El anciano seguía bailando como una caricatura femenil entre las
+lúbricas excitaciones que le dirigía la _Marquesita_.
+
+ _¡San Patrisio!..._
+ _¡Que la puerta se sale del quisio!_
+
+Y al cantar esto movíase de tal modo, que parecía próximo a hacer salir
+de su quicio natural una parte de su dorso, mientras los hombres le
+arrojaban los sombreros a los pies, entusiasmados por esta danza infame,
+deshonra del sexo.
+
+Cuando el bailador volvió a su silla, sudoroso y pidiendo una copa como
+premio de su cansancio, se hizo un largo silencio.
+
+--Aquí fartan mujeres...
+
+Era el _Chivo_ el que hablaba, después de escupir por la comisura de los
+labios, con la gravedad solemne de un valentón parco en palabras.
+
+La _Marquesita_ protestó.
+
+--¿Y nosotras qué somos, mamarracho?
+
+--Sí; eso es: ¿qué somos nosotras?--añadieron como un eco las dos de
+_Moñotieso_.
+
+El _Chivo_ se dignó explicarse. Él no quería _fartar_ a las señoras
+presentes; quería decir que la juerga, para que marchase bien,
+necesitaba más mujerío.
+
+El señorito se puso de pie con resolución. ¿Mujerío?... Él lo tenía; en
+Matanzuela había de todo. Y empuñando una botella, dio orden a Rafael
+para que le acompañase a la gañanía.
+
+--Pero, señorito, ¿qué va a jacer su mercé?...
+
+Luis obligó al aperador a que le guiase, a pesar de sus protestas, y
+todos le siguieron.
+
+Cuando la alegre banda entró en la gañanía, la vio casi desierta. La
+noche era de primavera y los manijeros y el arreador estaban sentados en
+el suelo, cerca de la puerta, viendo el campo que azuleaba silencioso
+bajo la luz de la luna. Las mujeres dormitaban en los rincones, o
+formando corrillos oían cuentos de brujas y milagros de santos con un
+silencio religioso.
+
+--¡El amo!--dijo el aperador al entrar.
+
+--¡Arriba! ¡Arriba! ¿Quién quiere vino?--gritó alegremente el señorito.
+
+Todos se pusieron de pie, sonriendo a la inesperada aparición.
+
+Las muchachas contemplaban con asombro a la _Marquesita_ y sus dos
+acompañantas, admirando sus pañolones floreados de la China, sus
+relucientes peinados.
+
+Los hombres se encogían modestamente ante el señorito, que les ofrecía
+una copa, mientras sus ojos se iban tras la botella que tenía en las
+manos. Después de hipócritas negativas, bebieron todos. Era vino de
+ricos, del que ellos no conocían. ¡Oh! ¡aquel don Luis era todo un
+hombre! Algo calavera; pero la juventud le servía de excusa y además
+tenía un gran corazón. ¡Todos los amos que fuesen como él!...
+
+--¿Pero, qué vino, compañero?--se decían unos a otros, enjugándose los
+labios con el reverso de la mano.
+
+La tía _Alcaparrona_ también bebió, y su hijo, que al fin había
+conseguido agregarse al cortejo del amo, pasaba y repasaba ante éste,
+enseñándole la dentadura caballar con la mejor de sus sonrisas.
+
+Dupont peroraba tremolando en alto la botella. Venía para invitar a su
+comilona a todas las muchachas de la gañanía, pero sólo a las guapas. Él
+era así: llano y francote: ¡viva la democracia!...
+
+Las muchachas, ruborosas en presencia del amo, a quien muchas de ellas
+veían por primera vez, retrocedían mirando al suelo, con las manos
+puestas ante la falda. Dupont las señalaba: ¡esta! ¡esta!... Y se fijó
+también en Mari-Cruz, la prima de _Alcaparrón_.
+
+--Tú, gitana, también. Eres feílla, pero tienes ángel y sabrás cantar.
+
+--Como los serafines, señó--dijo el primo queriendo aprovechar el
+parentesco para introducirse en la fiesta.
+
+Las muchachas, repentinamente ariscas, como si les amagase algún
+peligro, se hacían atrás, negándose a aceptar el convite. Ya habían
+cenado, ¡muchas gracias! Pero poco después reían, cuchicheando
+satisfechas, al ver el mal gesto que ponían ciertas compañeras al no ser
+designadas por el amo o sus acompañantes. La tía _Alcaparrona_ las reñía
+por su timidez:
+
+--¿Por qué no queréis dir? Andad, payas, y si no tenéis gana de jartaros
+de cosas buenas, tomad algo de lo que el señó os dé. ¡Pues, poquitas
+veces que me orsequió a mí el señó marqués, el papá de este sol
+resplandesiente que aquí está!
+
+Y decía esto señalando a la _Marquesita_, que examinaba a algunas de
+aquellas jóvenes, como si quisiera adivinar su hermosura debajo de las
+ropas astrosas.
+
+Los manijeros, conmovidos por el vino del amo, que no había hecho más
+que despertar su sed, intervenían paternalmente con el pensamiento
+puesto en otras botellas. Podían ir con don Luis sin miedo alguno: lo
+decían ellos, que eran los encargados de cuidarlas y respondían de su
+seguridad ante sus familias.
+
+--Es un cabayero, muchachas, y además, vais a cenar con estas señoras.
+Toos personas decentes.
+
+La resistencia fue de corta duración, y, por fin, salió un grupo de
+jóvenes escoltado por el amo y sus huéspedes.
+
+Los que quedaron en la gañanía comenzaron a buscar por los rincones una
+guitarra. ¡Buena se presentaba la noche! Al salir el amo, había dicho al
+aperador que enviase a aquella gente todo el vino que pidiera. ¡Oh, qué
+don Luis!...
+
+La mujer de _Zarandilla_ puso la mesa, ayudada por las jóvenes serranas,
+que habían adquirido cierto aplomo al verse en las habitaciones del
+amo. Además, el señorito, con una franqueza que las enorgullecía,
+haciéndolas subir a la cara oleadas de sangre, iba de una a otra con la
+botella y la batea de cañas, obligándolas a que bebiesen. El padre de
+las _Moñotieso_ las hacía enrojecer y prorrumpir en risotadas semejantes
+a cocleos de gallinas, relatándolas al oído cuentos impúdicos.
+
+Eran más de veinte para la cena, y apretados en torno de la mesa,
+comenzaron a comer los platos que _Zarandilla_ y su mujer servían con
+gran dificultad, pasándolos por encima de las cabezas.
+
+Rafael se mantenía de pie junto a la puerta, no sabiendo si ausentarse o
+hacerse visible, por respeto al amo.
+
+--Siéntate, hombre--ordenó magnánimamente don Luis.--Te lo permito.
+
+Y como la gente se estrechase aún más, para hacerle sitio, la
+_Marquesita_ se levantó llamándole. ¡Allí, al lado de ella! El aperador,
+al sentarse, creyó que se sumergía en las faldas y las susurrantes ropas
+interiores de la hermosa, quedando como pegado a ella, en ardoroso
+contacto con un lado de su cuerpo.
+
+Los muchachas rechazaban con remilgos los primeros ofrecimientos del
+señorito y sus compañeros. Gracias; ellas habían cenado. Además, no
+estaban acostumbradas a las comidas fuertes de los señores, y podían
+hacerlas daño.
+
+Pero el olor de la carne, de la sagrada carne siempre vista de lejos y
+de la que se hablaba en la gañanía como de un manjar de dioses, pareció
+marearlas con una embriaguez más intensa que la del vino. Una tras otra,
+fueron arrojándose sobre los platos, y perdido el primer escrúpulo,
+comenzaron a devorar como si saliesen de larguísimos ayunos.
+
+El señorito celebraba la voracidad con que se movían aquellas
+mandíbulas, y sentía una satisfacción moral casi equivalente a la que
+proporciona el bien. ¡Él era así! ¡le gustaba de vez en cuando alternar
+con los pobres!
+
+--¡Olé las mujeres de buen diente!... Ahora a beber para que no se os
+atragante el bocado.
+
+Las botellas se vaciaban, y las bocas de las muchachas, azuladas antes
+por la anemia, mostrábanse rojas con el zumo de la carne, y brillantes
+con las gotas de vino que se escurrían hasta las barbillas.
+
+Mari-Cruz, la gitana, era la única que no comía. _Alcaparrón_ la hacía
+señas rondando la mesa como un perro. ¡La pobre estaba siempre tan falta
+de apetito!... Y con su habilidad de gitano, escamoteaba todo lo que con
+disimulo le ofrecía Mari-Cruz. Después salía al patio unos instantes
+para zampárselo de golpe, mientras la prima enfermiza bebía y bebía,
+admirando el vino de los señores como lo más sorprendente de la fiesta.
+
+Rafael apenas comió, trastornado por la vecindad de la _Marquesita_. Le
+atormentaba el contacto de aquel cuerpo hermoso hecho para el amor; el
+perfume incitante de la carne fresca purificada por una limpieza
+desconocida en los campos. Ella, en cambio, parecía aspirar con
+delectación por su naricilla sonrosada y palpitante, el vaho de macho
+campesino, el olor de cuero, de sudor y de cuadra que se esparcía con
+los movimientos del arrogante galán.
+
+--Bebe, Rafael: anímate. ¡Mira a _mi hombre_ qué amartelado está con sus
+serranas!
+
+Y señalaba a Luis que, atraído por la novedad, se olvidaba de ella para
+requebrar a sus vecinas; dos jornaleras que ofrecían el encanto de una
+belleza rústica, mal lavada; dos beldades de cortijo en las que creía
+aspirar el perfume acre de las dehesas, el vaho animal de los rebaños.
+
+Era cerca de media noche cuando terminó la cena. El ambiente de la sala
+se había caldeado y era sofocante.
+
+El fuerte olor del vino derramado y de los platos sobrantes caídos en un
+rincón, mezclábase con el hedor de petróleo de los quinqués.
+
+Las muchachas, enrojecidas por la digestión, respiraban con dificultad y
+se aflojaban los cuerpos de sus vestidos, desabrochándose el pecho.
+Lejos de la vigilancia de los manijeros y trastornadas por el vino,
+olvidaban sus remilgos de vírgenes silvestres. Se entregaban con
+verdadera furia al goce de esta fiesta extraordinaria, que era como un
+relámpago en su vida oscura y triste.
+
+Una de ellas, por una copa derramada sobre su falda, irguiose amenazando
+a otra con las uñas. Sentían en sus cuerpos la presión de brazos
+varoniles y sonreían con cierta beatitud, como absolviéndose
+anticipadamente de todos los contactos que pudieran sufrir en el dulce
+abandono del bienestar. Las dos _Moñotieso_, ebrias y furiosas al ver
+que los hombres sólo atendían a las _payas_, hablaban de desnudar a
+_Alcaparrón_, para mantearle; y el muchacho, que había dormido vestido
+toda su vida, escapaba, temblando por su gitana pudibundez.
+
+La _Marquesita_ se arrimaba cada vez más a Rafael. Parecía que todo el
+calor de su organismo se había concentrado en el lado que tocaba al
+aperador, quedando el costado opuesto frío e insensible. El mocetón,
+obligado a beber las copas que le ofrecía la señorita, sentíase ebrio,
+pero con una embriaguez nerviosa que le hacía bajar la cabeza y fruncir
+las cejas torvamente, deseando pelearse con cualquiera de los valientes
+que acompañaban a don Luis.
+
+El calor femenil de esta carne suave, que le acariciaba con su contacto
+por debajo de la mesa, le irritaba como un peligro difícil de vencer.
+Intentó levantarse varias veces, pretextando ocupaciones afuera, pero se
+sintió agarrado por una manecita de nerviosa fuerza.
+
+--Siéntate, ladrón; si te meneas, de un pellizco te arranco el alma.
+
+Y tan borracha como los otros, apoyando su cabeza rubia en una mano, la
+_Marquesita_ le contemplaba con los ojos entornados; unos ojos azules,
+cándidos, que parecían no manchados jamás por la nube de un pensamiento
+impuro.
+
+Luis, entusiasmado por la admiración de las dos muchachas sentadas junto
+a él, quiso mostrarse en toda su grandeza heroica, y repentinamente
+arrojó una copa a la cara del _Chivo_, que estaba enfrente. La fiera del
+presidio contrajo su carátula feroz e hizo un movimiento para
+incorporarse, llevándose una mano al bolsillo interior de la chaqueta.
+
+Hubo un silencio de angustia, pero el valentón, pasado el primer
+movimiento, permaneció en su silla.
+
+--Don Luis--dijo con una mueca de adulación.--Usté es el único hombre
+que puede jaser eso. Usté es mi pare.
+
+--¡Y porque soy más valiente que tú!--gritó con arrogancia el señorito.
+
+--Eso--afirmó el matón con otra sonrisa aduladora.
+
+El señorito paseó su mirada de triunfador sobre las aterradas jóvenes,
+no acostumbradas a tales escenas. ¿Eh?... ¡Allí tenían a un hombre!
+
+Las _Moñotieso_ y su padre, que por acompañar a todas partes a don Luis
+como pupilos de su generosidod «se lo sabían de memoria», se
+apresuraron a dar por terminada la escena, moviendo gran estrépito. ¡Olé
+los hombres de _verdá_! ¡Más vino! ¡Más vino!
+
+Y todos, hasta el terrible matón, bebieron a la salud del señorito,
+mientras éste, como si le sofocase su propia grandeza, se despojaba de
+la chaqueta y el chaleco y poniéndose de pie agarraba a sus dos
+compañeras. ¿Qué hacían allí, apretados en torno de la mesa, mirándose
+unos a otros? ¡Al patio! ¡A correr, a jugar, a seguir la juerga bajo la
+luna, ya que la noche era de las buenas!...
+
+Y todos salieron a la desbandada, empujándose, ansiando en la asfixia de
+la embriaguez aspirar el aire libre del patio. Muchas, al abandonar la
+silla andaban tambaleantes, apoyando la cabeza en el pecho de un hombre.
+La guitarra del señor Pacorro sonó con triste quejido al chocar con el
+quicio de la puerta, como si la salida fuese estrecha para el
+instrumento y el _Águila_, que lo empuñaba.
+
+Rafael fue a levantarse también, pero le contuvo otra vez la nerviosa
+manecita.
+
+--Tú aquí--ordenó la hija del marqués,--a hacerme compañía. Deja que se
+divierta esa gentuza... ¡Pero no me huyas, mala sombra!: parece que te
+doy miedo.
+
+El aperador, al verse libre de la opresión de los vecinos, había hecho
+retroceder su silla. Pero el cuerpo de la señorita le buscaba, se
+apoyaba en él, sin que pudiera librarse de su dulce pesadumbre, por más
+que echaba el pecho atrás.
+
+Afuera, en el patio, sonaba la guitarra del señor Pacorro, y las
+cantaoras, roncas por el vino, acompañábanla con gritos y palmas.
+Pasaban corriendo las jornaleras por cerca de la puerta perseguidas por
+los hombres, riendo con nerviosas carcajadas, como si las cosquillease
+el aire de los que iban a sus alcances. Se adivinaban sus escondites en
+la cuadra, en los graneros, en el horno, en todos los departamentos del
+cortijo que comunicaban con el patio; y en estas piezas oscuras, los
+encuentros, las risas sofocadas, los gritos de sorpresa.
+
+Rafael, en su embriaguez, no tenía más que un pensamiento: librarse de
+las audaces manos de la _Marquesita_, del peso de su cuerpo, de aquel
+ambiente tentador, contra el cual se defendía torpemente, seguro de ser
+vencido.
+
+Callaba asombrado por lo extraordinario de la aventura, cohibido por su
+respeto a las jerarquías sociales. ¡La hija del marqués de San Dionisio!
+Esto es lo que le hacía permanecer en su asiento, defendiéndose con
+debilidad de una hembra, a la que podía repeler con sólo el impulso de
+una de sus manazas. Por fin, tuvo que hablar:
+
+--¡Déjeme su mercé, señorita!... ¡Doña Lola... que no pué ser!
+
+Viéndole ella encogerse con una pudibundez de doncella, prorrumpió en
+insultos. ¡Ya no era el mozo arrogante de otros tiempos, cuando hacía el
+contrabando y andaba por los colmados de Jerez con toda clase de
+mujeres! La tal María de la Luz le tenía embrujado. ¡Una gran virtud,
+que vivía en una viña, rodeada de hombres!...
+
+Y continuó soltando infamias contra la novia de Rafael, sin que éste se
+inmutase. El aperador deseaba verla así; sentíase de este modo más
+fuerte para resistir a la tentación.
+
+La _Marquesita_, completamente ebria, insistía en sus insultos con la
+ferocidad de la mujer despreciada, pero sin separarse de él.
+
+--¡Cobarde! ¿Es que no te gusto?...
+
+_Zarandilla_ entró en la sala apresuradamente, como si quisiera hablar
+al aperador, pero se detuvo. Afuera, junto a la puerta, sonaba la voz
+del señorito con tono irritado. ¡Estando él allí no había más aperador,
+ni más _gobierno_ del cortijo, que su persona!... ¡A obedecer,
+cegato!...
+
+Y el viejo volvió a salir con tanto apresuramiento como había entrado,
+sin decir una palabra al aperador.
+
+Rafael se irritó ante la terquedad de aquella mujer. ¡Si no fuese por su
+miedo a que le indispusiera con el amo, haciéndole perder el puesto en
+el cortijo, que era la esperanza de él y su novia!...
+
+Ella seguía insultándolo, pero menos iracunda, como si la embriaguez la
+privase de movimiento y su deseo no pudiera exteriorizarse más que con
+palabras. Su cabeza resbalaba sobre el pecho de Rafael: inclinábase, con
+los ojos entornados, aspirando aquel perfume hombruno, que parecía
+adormecerla. Tenía su busto caído en las rodillas del campesino, y aun
+le insultaba, como si encontrase en esto una extraña delectación.
+
+--Me voy a quitar las enaguas pa que te las pongas... ¡bobalicón!...
+Debían llamarte María, como a la sosa de tu novia...
+
+En el patio resonó un alarido de terror, acompañado de brutales
+carcajadas. Luego carreras ruidosas, choque de cuerpos contra las
+paredes, todo el estrépito del peligro y el miedo.
+
+Rafael se levantó de un salto, sin fijarse en la _Marquesita_, que rodó
+por tierra. Tres muchachas entraron en el mismo instante, con tal
+impulso, que derribaron varias sillas. Tenían la cara blanca, con una
+palidez mortal; los ojos agrandados por el miedo; agachábanse como si
+quisieran introducirse bajo la mesa.
+
+El aperador salió al patio. En medio de él, una bestia daba resoplidos,
+mirando a la luna, como si extrañase el verse en libertad.
+
+Junto a sus patas, yacía extendido algo blanco, que apenas si marcaba un
+pequeño bulto sobre el suelo.
+
+De la sombra que proyectaban los tejados, a lo largo de las paredes,
+salían carcajadas hombrunas y agudos chillidos de mujer. El señor
+Pacorro, el _Águila_, continuaba inmóvil en un poyo, rasgueando su
+guitarra con la serenidad de una borrachera grave, a prueba de toda
+clase de sorpresas.
+
+--¡La pobrecita Mari-Cruz--lloriqueó _Alcaparrón_.--¡La va a matá el
+bicho! ¡La va a matá!...
+
+El aperador lo comprendió todo... ¡Pero qué señorito tan gracioso! Para
+dar una sorpresa a los amigos y reír con el susto de las mujeres, había
+obligado a _Zarandilla_ a que soltase un novillo del establo. La gitana,
+alcanzada por la bestia, habíase desmayado del susto... ¡Juerga
+completa!
+
+
+
+
+VI
+
+
+--¡La pobrecita Mari-Cruz!--lloriqueó _Alicappón_--.
+
+La gitana Mari-Cruz se moría. Lo anunciaba _Alcaparrón_ con sus
+lloriqueos a todos los del cortijo, sin hacer caso de las protestas de
+su madre.
+
+--¡Qué sabes tú, bobo!... A otros, peor que ella, los sacó alante mi
+comare...
+
+Pero el gitano, despreciando la fe de la señora _Alcaparrona_ en la
+sabiduría de su comadre, presentía la muerte de la prima con la
+clarividencia del cariño. En el cortijo y en el campo, contaba a todos
+el origen de la enfermedad.
+
+--¡La mardita groma del señorito!... La pobresita siempre ha sido poca
+cosa, siempre malucha, y el susto del novillo la ha acabao de matar.
+¡Premita Dios!...
+
+Y el respeto al rico, la sumisión tradicional al amo, cortaban en sus
+labios la gitana maldición.
+
+Aquel cuervo fatídico que, según él, llamaba a los buenos cuando faltaba
+uno en el camposanto, debía estar ya despierto, alisándose con el pico
+las negras alas y preparando el graznido para que compareciese su prima.
+¡Ay, pobrecita Mari-Cruz! ¡La mejor de la familia!... Y para que la
+muchacha no adivinase sus pensamientos, manteníase a distancia, viéndola
+de lejos, sin osar aproximarse al rincón de la gañanía, donde estaba
+tendida sobre un petate, cedido misericordiosamente por los jornaleros.
+
+La seña _Alcaparrona_, viendo a su sobrina, dos días después de la
+nocturna juerga, calenturienta y sin fuerzas para ir al campo, había
+diagnosticado la enfermedad, con su práctica de decidora de buenaventura
+y bruja curandera. Era el susto del novillo «que se le había quedao
+_adrento_».
+
+--La pobresita--decía la vieja--estaba en su... pues, en eso; y ya se
+sabe que en tal caso los sustos son de cuidao. Es sangre corrompía que
+se le ha subío al pecho y la ajoga. Por eso pide siempre de beber, como
+si con un río no la bastase.
+
+Y por toda medicina, cuando al amanecer salía al campo a trabajar con la
+familia, colocaba junto a los andrajos de la cama un jarro siempre
+lleno.
+
+Gran parte del día lo pasaba la muchacha sola en el rincón más oscuro
+del dormitorio de los gañanes. Algún perro del cortijo, entrando de
+tarde en tarde, daba vueltas en torno de ella con un gruñido sordo, que
+expresaba su extrañeza, y después de intentar lamer su cara pálida,
+alejábase repelido por las manos exangües, transparentes, infantiles.
+
+A medio día, cuando un rayo de sol filtraba su faja de oro en la
+penumbra de lo cuadra humana, las moscas de primavera llegaban hasta el
+oscuro rincón, animando con su zumbido la soledad.
+
+Algunas veces entraban _Zarandilla_ y su mujer a ver a Mari-Cruz.
+
+--Ánimo, muchacha; hoy ties mejor cara. Lo que importa es que eches todo
+lo malo que se te ha subío al pecho.
+
+La enferma, sonriendo débilmente, tendía sus flacos brazos para coger el
+jarro, y bebía y bebía, con lo esperanza de que el agua deshiciese la
+bola ardorosa y sofocante que dificultaba su respiración, transmitiendo
+a todo su cuerpo el fuego de la fiebre.
+
+Cuando se retiraba el rayo de sol, extinguiéndose el zumbido de las
+moscas, y el pedazo de cielo encuadrado por la puerta tomaba un suave
+color de violeta, la enferma alegrábase. Era la mejor de las horas: iban
+a llegar los suyos. Y sonreía a _Alcaparrón_ y sus hermanos, que se
+sentaban en el suelo en semicírculo sin decirla nada, mirándola con ojos
+interrogantes, como si quisieran atrapar a la fugitiva salud. Su tía,
+todas las tardes al volver, lo primero que preguntaba era si había
+arrojado _aquello_, aguardando que expeliera por la boca la pudredumbre,
+la mala sangre que el susto había acumulado en su pecho.
+
+La enferma animábase también con la presencia de los compañeros de
+trabajo, aquellos gañanes que antes de comer su gazpacho de la noche
+pasaban un momento ante ella, esforzándose por infundirla ánimo con
+rudas palabras. El temible Juanón la hablaba todas las noches,
+proponiendo curaciones enérgicas, propias de su carácter:
+
+--Tú lo que necesitas es comer, chiquiya; trajelar. Too lo que tienes es
+hambre.
+
+Y a continuación ofrecíala cuantos alimentos extraordinarios poseían sus
+compañeros: un pedazo de bacalao, una morcilla de la sierra que
+milagrosamente se conservaba en la gañanía... Pero la gitana rechazábalo
+todo con gesto agradecido.
+
+--Tú te lo pierdes; te se da de too corazón. Así estás de enjuta y
+esmirriá, y así te morirás: porque no comes.
+
+Juanón se afirmaba en esta creencia, viendo el estado de consunción de
+la muchacha. Ya no quedaba en ella el menor vestigio de carne: sus
+débiles músculos de anémica se habían derretido. Sólo subsistía el
+esqueleto, marcando sus angulosidades bajo la epidermis blancuzca, que
+parecía adelgazarse también como una envoltura sutil.
+
+Toda su vida parecía concentrada en los ojos hundidos, cada vez más
+negros, con más luz, como dos gotas de légamo tembloroso en las
+profundidades de las órbitas amoratadas.
+
+Por la noche, _Alcaparrón_, en cuclillas detrás de ella, huyendo de su
+mirada para llorar libremente, veía clarear a la luz del candil sus
+orejas y las alillas de la nariz, con una transparencia de hostia.
+
+El aperador, alarmado por el aspecto de la enferma, hablaba de traer un
+médico de la ciudad.
+
+--Esto no es cristiano, tía _Alcaparrona_. Esa criatura se muere como
+una bestia.
+
+Pero ella protestaba con indignación. ¿Un médico? Eso era para los
+señores, para los ricos. ¿Y quién había de pagarlo?... Además, ella no
+había necesitado de médico en toda su vida y era vieja. Las gentes de su
+raza, aunque pobres, tenían su poquito de ciencia, que los _gachés_
+buscaban muchos veces.
+
+Y llamada por ella se presentó en el cortijo su _comare_, una gitana
+viejísima, que gozaba gran fama de curandera en Jerez y su campo.
+
+Después de oír a la _Alcaparrona_, palpó el mísero esqueleto de la
+enferma, aprobando todas las palabras de su amiga. No se había engañado:
+era el susto, la mala sangre que se le había subido al pecho y la
+ahogaba.
+
+Anduvieron toda una tarde las dos por las colinas vecinas buscando
+hierbas, y solicitaron de la mujer de _Zarandilla_ los más disparatados
+ingredientes para una famosa cataplasma que pensaban preparar. Por la
+noche, los hombres de la gañanía contemplaron en silencio las
+manipulaciones de las dos brujas en torno de un puchero puesto a la
+lumbre, con ese respeto crédulo de las gentes del campo por todo lo
+maravilloso.
+
+La enferma bebió humildemente el cocimiento y recibió sobre el pecho el
+emplasto, manejado misteriosamente por las dos viejas, como si
+contuviese un poder sobrenatural. La _comare_, que había hecho milagros,
+renegaba de su sabiduría si antes de dos días no lograba deshacer la
+bola de fuego que ahogaba a la muchacha.
+
+Y los dos días transcurrieron, y otros dos más, sin que la pobre
+Mari-Cruz experimentase alivio.
+
+_Alcaparrón_ seguía sollozando fuera de la gañanía, para que no le oyese
+la enferma. ¡Cada vez peor! ¡No podía estar acostada! ¡se ahogaba! Su
+madre ya no iba al campo; se quedaba en la gañanía para cuidarla. Hasta
+para dormir tenían que mantenerla con el cuerpo erguido, mientras su
+pecho se agitaba con un estertor de fuelle roto.
+
+--¡Ay, Señó!--gemía el gitano, perdiendo la última esperanza.--Lo mezmo
+que los pajarillos cuando los jieren.
+
+Rafael no osaba aconsejar a la familia, ni entraba a ver a la enferma
+más que a las horas de trabajo, cuando los gañanes estaban en el campo.
+
+La enfermedad de Mari-Cruz y la juerga del señorito en el cortijo le
+había colocado en una situación violenta con toda la gente de la
+gañanía.
+
+Algunas de las muchachas, al recobrar la razón después de la embriaguez
+de aquella noche, se habían ido a la sierra, no queriendo permanecer en
+el cortijo. Apostrofaban a los manijeros, guardianes de confianza de
+sus familias, que habían sido los primeros en aconsejarlas que siguiesen
+al señorito. Y después de propalar entre los trabajadores que volvieron
+a Matanzuela el domingo, lo ocurrido en la noche anterior, emprendieron
+solas el regreso a sus casas, contando a todos los escándalos del
+cortijo.
+
+Los gañanes, al volver a Matanzuela no vieron al amo. Éste y su
+comitiva, una vez dormida la borrachera, habían regresado a Jerez
+alegres como siempre, con un regocijo escandaloso. Los trabajadores, en
+su indignación, hacían responsables al aperador y todo el _gobierno_ del
+cortijo. El señorito estaba lejos; y además era quien les proporcionaba
+el pan.
+
+Algunos de los que estaban en la gañanía lo noche de la juerga, tuvieron
+que pedir la cuenta y buscar trabajo en otros cortijos. Los compañeros
+mostrábanse indignados. Iban a llover puñaladas. ¡Borrachos! ¡Por cuatro
+botellas de vino habían vendido a unas muchachas que podían ser sus
+hijas!...
+
+Juanón llegó a encararse con el aperador.
+
+--¿Conque tú--dijo escupiendo en el suelo con aire de desprecio--eres el
+que proporcionas al señorito las mozas de la gañanía pa que se
+divierta?... Harás carrera, Rafaé. Ya sabemos pa lo que sirves.
+
+El aperador saltó como si recibiese un navajazo.
+
+--Yo sirvo, pa lo que sirvo. Y pa matarme con un hombre cara a cara si
+es que me farta.
+
+Y herido en su arrogancia, miraba con aire de reto a Juanón y a los más
+bravos, llevando preparada la navaja en un bolsillo de la chaqueta,
+siempre a punto de caer sobre ellos, a la más leve provocación. Para
+demostrar que no tenía miedo a una gente ansiosa por dar salida a los
+antiguos rencores contra el vigilante de su trabajo, Rafael intentaba
+justificar al amo.
+
+--Fue una groma. Don Luis sortó el novillo por divertirse, sin hacer
+daño a nadie. Lo demás jué una desgracia.
+
+Y por altivez, no decía que era él quien había metido en la cuadra al
+animal, librando a la pobre gitana de las astas que removían feroces sus
+ropas. Y callaba igualmente su pelea con el amo, después de salvar a
+Mari-Cruz; la franqueza con que le había censurado y el arrebato de don
+Luis queriendo abofetearle, como si fuese un matón de su comitiva.
+
+Rafael le había agarrado la mano con una de sus garras, zarandeándolo
+como a un niño, al mismo tiempo que con la otra buscaba su navaja, con
+ademán tan resuelto, que el _Chivo_ se detenía, a pesar de que el
+señorito le llamaba a grandes voces para que matase a aquel hombre.
+
+El mismo valentón, temiendo al aperador, había arreglado el asunto
+declarando sentenciosamente que los tres eran igualmente valientes, y
+que entre valientes no deben existir cuestiones. Y juntos habían bebido
+la última copa, mientras la _Marquesita_ roncaba debajo de la mesa, y
+las muchachas, aterradas por el susto, huían a la gañanía.
+
+Cuando una semana después Rafael fue llamado por el señorito, emprendió
+el camino de Jerez creyendo que ya no regresaría a Matanzuela. El
+llamamiento sería para decirle que había buscado otro aperador... Pero
+el loco Dupont le recibió con gesto alegre.
+
+El día anterior había reñido definitivamente con su prima. Estaba harto
+de sus caprichos y sus escándalos. Ahora sería hombre serio, para no dar
+disgustos a Pablo, que era como su padre. Pensaba dedicarse a la
+política; ser diputado. Otros de la tierra lo eran, sin otro mérito que
+una fortuna y un nacimiento iguales a los suyos. Además, contaba con el
+apoyo de los Padres de la Compañía, sus antiguos maestros, que no
+dejarían de felicitarse al verle en el hotel de su primo hecho un hombre
+serio, ocupándose en defender los sagrados intereses sociales.
+
+Pero se cansó pronto de hablar en este tono y miró a su aperador con
+cierta curiosidad.
+
+--Rafael, ¿sabes que eres un valiente?...
+
+Fue su única alusión a la escena de aquella noche. Después, como
+arrepentido de dar tan en absoluto esto certificado de valor, añadió
+modestamente:
+
+--Yo, tú y el _Chivo_, somos los tres hombres más hombres de Jerez.
+¡Cualquiera se nos pone delante!...
+
+Rafael escuchábale impasible, con el gesto respetuoso de un buen
+servidor. Lo único que le interesaba de todo aquello, era la seguridad
+de continuar en Matanzuela.
+
+El amo le pidió después noticias del cortijo. Su poderoso primo, que
+todo lo sabía, al reñirle por aquella _juerga_, de la que se hablaba
+mucho en Jerez (esto lo decía con cierto orgullo), le había mentado a
+una gitana enferma del susto. ¿Qué era aquéllo? Y escuchó, con aire de
+aburrimiento, las explicaciones de Rafael.
+
+--Total, nada: ya sabemos cómo exageran los gitanos. Eso pasará. ¡Un
+susto, por un novillo suelto!... ¡Si eso es una broma corriente!
+
+Y enumeraba todas las comidas de campo, con gentes ricas, que habían
+tenido como final esta broma ingeniosa. Luego, con gesto magnánimo, dio
+órdenes a su aperador.
+
+--Entrega a esa pobre gente lo que necesite. Págale a la muchacha el
+jornal mientras esté enferma. Quiero que mi primo se convenza de que no
+soy tan malo como cree y que también sé hacer la caridad cuando me toca.
+
+Al salir Rafael de la casa del amo, espoleó su jaca, para hacer una
+visita a Marchamalo antes de volver al cortijo, pero se vio detenido
+frente al _Círculo Caballista_.
+
+Los señoritos más ricos de Jerez abandonaban sus copas de vino para
+salir a la calle, rodeando el caballo del aperador. Querían saber
+detalladamente lo ocurrido en Matanzuela. ¡Aquel Luis era a veces tan
+embustero relatando sus hazañas!... Y al contestar Rafael gravemente,
+con pocas palabras, reían todos ellos, viendo confirmadas sus noticias.
+El novillo suelto, persiguiendo a las jornaleras ebrias, hacía
+prorrumpir en ruidosas carcajadas a una juventud que, bebiendo vino,
+desbravando caballos y discutiendo mujeres, esperaba el momento de
+heredar la riqueza y la tierra de todo Jerez... ¡Pero, qué buena sombra
+tenía el tal Luis! ¡Y pensar que ellos no habían presenciado aquella
+broma! Algunos recordaban con amargura que les había invitado a la
+fiesta, y se lamentaban de la ausencia.
+
+Uno de ellos preguntó si era cierto que una muchacha de la gañanía
+estaba enferma del susto. Al decir Rafael que era una gitana, muchos
+levantaron los hombros. ¡Una gitana! pronto se pondría buena. Otros, que
+conocían a _Alcaparrón_ por sus truhanerías, rieron al saber que la
+enferma era de su familia. Y todos, olvidando a la gitana, volvieron a
+comentar la graciosa ocurrencia de Dupont el loco, acosando con nuevas
+preguntas a Rafael, para saber qué hacía la _Marquesita_ mientras su
+amante soltaba el novillo, y si ésta había corrido mucho.
+
+Cuando Rafael no tuvo más que decir, todos se fueron adentro sin
+saludarle. Satisfecha su curiosidad, despreciaban al gañán que les
+había hecho abandonar sus mesas precipitadamente.
+
+El aperador puso su jaca al galope, con el deseo de llegar cuanto antes
+a Marchamalo. María de la Luz no le había visto en dos semanas y le
+recibió con mal gesto. Hasta allí había llegado, agrandada por
+comentarios, la noticia de lo ocurrido en Matanzuela.
+
+El capataz movió su cabeza reprobando el suceso, y la hija,
+aprovechándose de una ausencia del señor Fermín, increpó a su novio,
+como si éste fuese el único responsable del escándalo del cortijo. ¡Ah,
+_mardito_! ¡Por esto había estado tantos días sin presentarse en la
+viña! El _señor_ tornaba a sus antiguas costumbres de mozo alegre;
+convertía en una casa de vergüenzas aquel cortijo, con el que soñaba
+ella como un nido de amores legítimos.
+
+--Quita allá, sinvergüenzón. Por aquí no güervas: te conozco...
+
+Y el pobre aperador casi rompió a llorar, herido por la injusticia de su
+novia. ¡Tratarle así!... ¡después de la prueba a que le había sometido
+el ebrio impudor de la _Marquesita_ y que él callaba por respeto a María
+de la Luz!... Se excusaba hablando de su condición. Él no era más que un
+criado, que había de cerrar los ojos ante muchas cosas, para conservar
+su puesto. ¿Qué haría su padre, si el dueño de la viña fuese un señorito
+como el suyo?...
+
+Partió Rafael de Marchamalo, dejando a su novia menos iracunda, pero
+llevaba en el pensamiento, como una aguda pesadumbre, la aspereza con
+que le despidió María de la Luz. ¡Cristo, con el señorito! ¡Qué de
+disgustos le proporcionaban sus diversiones!... Volvía lentamente hacia
+Matanzuela, pensando en las caras hostiles de los gañanes, en aquella
+muchacha que se moría rápidamente, mientras allá en la ciudad, los
+desocupados hablaban de ella y de su susto con grandes risas.
+
+Apenas echó pie a tierra, vio a _Alcaparrón_ que vagaba por los
+alrededores del cortijo, con gestos de loco, como si la exuberancia de
+su dolor no cupiera bajo los techos.
+
+--Se muere, señó Rafaé. Lleva ya ocho días de paecer. La pobrecita no
+puede tenderse, y está sentada día y noche con los brazos extendíos y
+moviendo las manos así... así; como si buscase la salusita que se jué pa
+siempre. ¡Ay, mi pobre Mari-Cruz! ¡Mi prima del arma!...
+
+Y lanzaba estos gritos como si fuesen rugidos, con la expansión trágica
+de la raza gitana que necesita espacio libre para sus dolores.
+
+El aperador entró en la gañanía, y antes de llegar al montón de harapos
+de la enferma, oyó el ruido de su respiración, un soplido doloroso de
+fuelle descompuesto, que dilataba y contraía el mísero costillaje de su
+pecho.
+
+La asfixia le hacía abrir, con temblores de angustia, su andrajoso
+corpiño, mostrando un pecho de muchacho tísico, de una blancura de papel
+mascado, sin más señales del sexo que dos granos morenos hundidos entre
+las costillas. Respiraba moviendo la cabeza a un lado y a otro, como si
+pretendiese absorber todo el aire. En ciertos momentos sus ojos
+agrandábanse con expresión de espanto, como si sintiera el contacto de
+algo frió e invisible en las manos crispadas que tendía ante ella.
+
+La tía _Alcaparrona_ mostraba menos confianza que al iniciarse la
+enfermedad.
+
+--¡Si echara la cosa maligna que lleva aentro!--exclamó mirando a
+Rafael.
+
+Y después de limpiar el sudor frío y viscoso de la cara de la enferma,
+ofreciole la alcazarra de agua.
+
+--¡Bebe, hija de mis entrañas! ¡Mi blanca paloma!...
+
+Y la mísera paloma, herida de muerte, después de beber, asomaba su
+lengua entre los labios violáceos, cual si quisiera prolongar la
+sensación de frescura: una lengua seca, de rojo tostado, como una lonja
+de carne asada.
+
+A veces interrumpíase el estertor de su respiración con una tos seca,
+lanzando espectoraciones estriadas de sangre. La vieja movía la cabeza.
+Ella esperaba algo negro y monstruoso, una oleada putrefacta que, al
+salir, se llevase todo el mal de la muchacha.
+
+Una tarde la vieja prorrumpió en alaridos. La niña se moría; se ahogaba.
+Ella, tan débil, que apenas podía mover las manos, retorcía su armazón
+de huesos con la fuerza extraordinaria de la angustia, y tales eran sus
+impulsos, que la tía apenas podía contenerla entre sus brazos.
+Apoyándose en los talones se levantaba, doblándose como un arco, con el
+pecho abombado y jadeante, el rostro crispado y azul.
+
+--¡Jozé María!--gimió la vieja.--¡Que se muere!... ¡Que se me quea entre
+las manos! ¡Hijo mío!
+
+Y _Alcaparrón_, en vez de acudir al llamamiento de su madre, salió
+corriendo como un loco. Había visto pasar a un hombre, una hora antes,
+por el camino de Jerez con dirección al ventorro del Grajo.
+
+Era él, el ser extraordinario del que todos los pobres hablaban con
+respeto. De repente se sintió inflamado por esa fe que los pastores de
+muchedumbres esparcen en torno de ellos, como una aureola de confianza.
+
+Salvatierra, que estaba en el ventorro hablando con _Matacardillos_, su
+doliente camarada, se hizo atrás, sorprendido por la impetuosa entrada
+de _Alcaparrón_. El gitano miraba a todos lados con ojos de loco, y
+acabó por arrojarse a sus pies, agarrándole las manos con suplicante
+vehemencia.
+
+--¡Don Fernando! ¡Su mercé lo puee too!... ¡Su mercé hase milagros, si
+quiere! Mi prima... mi Mari-Crú... ¡que se muere, don Fernando, que se
+muere!...
+
+Y Salvatierra no se daba cuenta de cómo había salido del ventorro
+remolcado por la mano febril de _Alcaparrón_ y cómo había llegado a
+Matanzuela con una rapidez de ensueño, corriendo tras el gitano, que
+tiraba de él, al mismo tiempo que le llamaba su Dios, convencido de que
+haría el milagro.
+
+El rebelde viose de pronto en la penumbra de la gañanía, y a la luz del
+candil, sostenido por uno de los gitanillos, distinguió la boca dolorosa
+y azulada de Mari-Cruz contraída por el supremo espasmo, sus ojos
+agrandados por la negrura del dolor, con una expresión de angustia
+infinita. Pegó su oído a la piel viscosa y húmeda de aquel pecho que
+parecía próximo a romperse. El examen fue breve. Al incorporarse se
+quitó el sombrero instintivamente, quedando de pie y descubierto ante la
+pobre niña.
+
+Nada había que hacer. Era la agonía, la lucha tenaz y horripilante, el
+supremo dolor, que espera agazapado al final de toda existencia.
+
+La vieja habló a Salvatierra de sus opiniones acerca de la enfermedad,
+esperando que las aprobase. Era la sangre corrompida por el susto, que
+no podía salir y la mataba.
+
+Pero don Fernando movía la cabeza. Su afición a la medicina, sus
+lecturas desordenadas pero extensas, durante los largos años de
+reclusión, su continuo contacto con la desgracia, le bastaban para
+reconocer la enfermedad a la primera ojeada. Era la tisis, rápida,
+brutal, fulminante, esparciendo el tubérculo con la florescencia fecunda
+de la plaga: la tisis en forma sofocante, la terrible granulia que
+surgía a consecuencia de una fuerte emoción en este organismo pobre,
+abierto a todas las enfermedades, ávido de incubarlas. Examinaba de
+cabeza a pies aquel cuerpo descarnado, de una blancura enfermiza, en el
+que los huesos parecían tener la fragilidad del papel.
+
+Salvatierra preguntaba en voz baja por los padres. Adivinaba el remoto
+arañazo del alcohol en esta agonía. La tía _Alcaparrona_ protestó.
+
+--Su pobresito pare bebía como cualsiquiera, pero era un hombrón de
+mucho aguante. Los amigos le llamaban de apodo _Damajuana_. ¿Pero verle
+borracho?... nunca.
+
+Salvatierra se sentó en un pedazo de tronco, siguiendo con mirada triste
+el curso de la agonía. Lloraba la muerte de aquella criatura, que sólo
+había visto una vez; mísero engendro del alcoholismo, que abandonaba el
+mundo empujado por la bestialidad de una noche de borrachera.
+
+El pobre ser debatíase entre los brazos de los suyos con los horrores de
+la asfixia, tendiendo sus brazos hacia adelante.
+
+Un velo parecía flotar ante sus ojos, empequeñeciendo las pupilas. Su
+respiración tenía el burbujeo del hervor, como si en su garganta
+tropezase el aire con el obstáculo de extrañas materias.
+
+La vieja, no encontrando a mano otro remedio, la daba de beber y el agua
+caía en el estómago ruidosamente, como en el fondo de una vasija:
+chocaba en las paredes del esófago paralizado, haciéndolas sonar como si
+fuesen de pergamino. El rostro perdía sus rasgos generales; se
+ennegrecían las mejillas; aplastábanse las sienes; se adelgazaba la
+nariz con frío afilamiento; la boca torcíase a un lado con una mueca
+horrible.
+
+Comenzaba a caer la noche y entraban en la gañanía los trabajadores y
+las mujeres, agrupándose silenciosos a corta distancia de la moribunda,
+con la cabeza baja, conteniendo sus sollozos.
+
+Algunos salían al campo para ocultar su emoción, en la que había algo de
+miedo. ¡Cristo! ¡Y así morían las personas! ¡Tanto costaba perder la
+vida!... Y la certeza de que todos habían de pasar por el terrible
+trance con sus contorsiones y estremecimientos, les hacía considerar
+como tolerable y dichosa la vida de trabajo que venían arrastrando.
+
+--¡Mari-Crú! ¡Palomica mía!--suspiraba la vieja.--¿Me ves? ¡Aquí estamos
+toos!...
+
+--¡Contesta, Mari-Crú!--suplicaba _Alcaparrón_, lloriqueando.--Soy tu
+primo, tu José María...
+
+Pero la gitana sólo contestaba con estertores roncos, sin abrir apenas
+los ojos, mostrando por entre los párpados inmóviles las córneas de un
+color de vidrio empañado. En uno de sus estremecimientos sacó de la
+envoltura de harapos un pie descarnado y pequeño, completamente negro.
+La falta de circulación aglomeraba la sangre en las extremidades. Las
+orejas y las manos se ennegrecían igualmente.
+
+La vieja prorrumpió en lamentos. ¡Lo que ella había dicho! ¡La _sangre
+corrompía_; el maldito susto que no había querido salir y ahora, con la
+muerte, se le esparcía por todo el cuerpo! Y se abalanzaba sobre la
+agonizante, besándola con una avidez loca, como si la mordiese para
+volverla a la vida.
+
+--¡Se ha muerto, don Fernando! ¿No le ve su mersé? Se ha muerto...
+
+Salvatierra hizo callar a la vieja. La moribunda ya no veía: su
+respiración cavernosa era cada vez más pausada, pero el oído aún
+conservaba su poder. Era la última resistencia de la sensibilidad ante
+la muerte; prolongábase mientras el cuerpo iba cayendo en el abismo
+negro de la inconsciencia. Sólo restaban en ella los últimos y
+trabajosos estremecimientos de la vida vegetativa. Cesaron lentamente
+las contorsiones, el hervor del mísero cuerpo: los párpados se abrieron
+con el escalofrío final, mostrando las pupilas dilatadas con un reflejo
+vidrioso y mate.
+
+El rebelde cogió entre sus brazos aquel cuerpo ligero como el de un
+niño, y apartando a los parientes, fue poco a poco acostándolo en el
+montón de harapos.
+
+Don Fernando temblaba: sus gafas azules empañábanse turbando la visión
+de sus ojos. La fría impasibilidad que le había acompañado en los azares
+de su vida, derretíase ante aquel pequeño cadáver, ligero como una
+pluma, que acostaba en el lecho de su miseria. Tenía en su gesto y en
+sus manos algo de sacerdotal, como si la muerte fuese la única
+injusticia ante la que se prosternaba su cólera de rebelde.
+
+Al ver los gitanos a Mari-Cruz, tendida e inmóvil, permanecieron largo
+rato en silencioso estupor. En el fondo de la gañanía sonaban los
+sollozos de las mujeres, el murmullo apresurado de un rezo.
+
+Los _Alcaparrones_ contemplaban el cadáver a distancia, sin besarlo, ni
+osar el más leve contacto con él, con el respeto supersticioso que la
+muerte inspira a su raza. Pero la vieja, de pronto se llevó las
+crispadas manos al rostro, arañándolo, hundiendo los dedos en su pelo
+aceitoso, de una negrura que desafiaba a los años. Volaron en torno de
+su cara los flácidos rabos de la cabellera y un aullido estridente hizo
+temblar a todos.
+
+--¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi palomica blanca! ¡Mi rosita de
+Abril!...
+
+Y sus alaridos, en los que vibraba la exuberancia aparatosa del dolor
+oriental, acompañábalos de arañazos que ensangrentaban las arrugas de
+su rostro. Un choque sordo conmovía al mismo tiempo el suelo de tierra
+apisonada. Era _Alcaparrón_, que, caído de bruces, golpeaba con su
+cabeza el piso.
+
+--¡Aaay! ¡Que se ha ido Mari-Crú!--rugía como una bestia herida.--¡La
+mejó de la casa! ¡La más honrá de la familia!...
+
+Y los _Alcaparrones_ pequeños, como si de repente obedeciesen a un rito
+de su raza, pusiéronse de pie y comenzaron a correr por el cortijo y sus
+alrededores, dando alaridos y arañándose la cara.
+
+--¡Juy! ¡juy! ¡Que ha muerto la pobresita prima!... ¡Juy! ¡Que se nos ha
+ido Mari-Crú!...
+
+Era una carrera loca de duendes al través de todas las dependencias del
+cortijo, como si quisieran que los más humildes animales se enterasen de
+su desgracia. Penetraban en las cuadras, se escurrían entre las patas de
+las bestias, repitiendo su quejido por la muerte de Mari-Cruz; corrían,
+ciegos por las lágrimas, tropezando con las esquinas, con los marcos de
+las puertas, volcando en su carrera aquí un arado, más allá una silla y
+seguidos por los perros libres de cadena que les acosaban por todo el
+cortijo, uniendo sus ladridos a los desesperados lamentos.
+
+Algunos gañanes cazaron al paso a los pequeños energúmenos,
+levantándolos en alto; pero, aun así, aprisionados, seguían moviendo los
+remos en el aire con interminable lloro:
+
+--¡Juy! que se ha muerto la prima! ¡La pobresita Mari-Crú!
+
+Cansados de gemir, de arañarse, de golpear el suelo con la cabeza,
+anonadados por su dolor ruidoso, todos los de la familia volvieron a
+formar círculo en torno del cadáver.
+
+Juanón hablaba de velar con algunos compañeros a la muerta hasta la
+mañana siguiente. La familia podía dormir mientras tanto fuera de la
+gañanía, que bien necesitada estaba de ello. Pero la vieja gitana
+protestó. No quería que el cadáver estuviese más tiempo en Matanzuela. A
+Jerez en seguida. Lo llevarían en un carro, en un borrico, a hombros, si
+era preciso, entre ella y sus hijos.
+
+Tenían su casa en la ciudad. ¿Acaso los _Alcaparrones_ eran unos
+vagabundos? Su familia era numerosa, infinita; desde Córdoba hasta
+Cádiz, no había feria de ganados donde no se encontrase a uno de los
+suyos. Ellos eran pobres, pero tenían parientes que les podían tapar con
+onzas de los pies a la cabeza; gitanos ricos que trotaban por los
+caminos seguidos de regimientos de mulas y caballos. Todos los
+_Alcaparrones_ querían a Mari-Cruz, la virgen enferma, de ojos dulces:
+su entierro sería de reina, ya que su vida había sido de animal de
+carga.
+
+--Ámonos--decía la vieja con gran exaltación en la voz y los
+ademanes.--Ámonos a Jerez en seguía. Quiero que antes de que amenesca la
+vean todos los nuestros, tan bonita y tan arreglá como la misma Mare de
+Dios. Quiero que la vea el abuelo, mi padre, cabayeros; el gitano más
+viejo de toa Andalusía, y que la bendiga el pobresito con sus manos de
+Pae Santo, que tiemblan y paese que tienen lus.
+
+La gente de la gañanía aprobaba los propósitos de la vieja, con el
+egoísmo del cansancio. Ellos no podían resucitar a la muerta, y era
+mejor, para su tranquilidad, que se ausentase cuanto antes aquella
+familia ruidosa, que turbaría su sueño.
+
+Rafael intervino, ofreciendo un carro del cortijo. El tío _Zarandilla_
+iba a aparejar, y antes de media hora podrían llevarse el cadáver a
+Jerez.
+
+La vieja _Alcaparrona_, al ver al aperador, se reanimó, brillando en sus
+ojuelos el fuego del odio. Encontraba, al fin, alguien a quien hacer
+responsable de su desgracia.
+
+--¿Eres tú, ladrón? ¡Ya estarás contento, aperaor farso! ¡Mira ahí a la
+pobresita que has matao!
+
+Rafael contestó de mal talante.
+
+--Menos palabras e insultos, tía bruja. En lo de aquella noche, tuvo
+usté más curpa que yo.
+
+La vieja quiso arrojarse sobre él, con la alegría infernal de haber
+encontrado alguien en quien saciar su dolor.
+
+--¡Arcagüetón!... Tú juiste el que lo hiso too. Mardita sea tu arma y la
+del ladrón de tu señorito.
+
+Aquí vaciló un momento, como arrepentida de nombrar al señor, siempre
+respetado por la gente de su raza.
+
+--No; el amo, no. Al fin, es joven, es rico y los señoritos no tienen
+otro obligación que divertirse. Mardito seas tú, tú solo, que estrujas a
+los pobres y los arreas como si juesen negros y arreglas las mositas a
+los amos, pa ocultar mejó tus latrocinios. Na quiero tuyo: toma los
+sinco duros que me diste; tómalos, ladrón: ahí van, arcagüete.
+
+Y debatiéndose entre los hombres que la sujetaban para que no acometiese
+a Rafael, hundía las manos en sus harapos buscando el dinero, con una
+falsa precipitación, con el firme propósito de no encontrarlo. Mas no
+por esto era menos dramática su actitud.
+
+--¡Tómalo, perro roío!... ¡Ahí va, y así cada peseta se te güerva un
+mengue que te muerda el corazón!
+
+Y abría sus manos crispadas como si arrojase algo en el suelo, sin
+arrojar nada: acompañando sus manotones de aire con muecas altivas, cual
+si realmente rodase el dinero por tierra.
+
+Don Fernando intervino, colocándose entre el aperador y la bruja. Ya
+había dicho bastante: debía callar.
+
+Pero la vieja se mostró más insolente al verse protegida por el cuerpo
+de Salvatierra, y asomando por uno de sus hombros la boca de arpía,
+siguió insultando a Rafael.
+
+--Premita Dios que se te muera lo que más estimes... Que veas argún día
+estirá y fría, como mi pobrecita Mari-Crú, a la gachí de tus quereres.
+
+El aperador la había escuchado hasta entonces con desdeñosa frialdad,
+pero al sonar estas palabras fue a él a quien tuvieron que contener los
+hombres de la gañanía.
+
+--¡Bruja!--rugió--¡a mí lo que quieras, pero a esa persona no te la
+pongas en la boca, porque te mato!
+
+Y parecía dispuesto a matarla, teniendo que hacer grandes esfuerzos los
+gañanes para llevárselo afuera. ¿Quién hacía caso de mujeres?... Había
+que dejar a la vieja, que estaba loca por el dolor. Y, cuando vencido
+por las reflexiones de Salvatierra y los empellones de tantos brazos,
+traspuso la puerta de la gañanía, aún oyó la voz agria de la bruja, que
+parecía perseguirle.
+
+--¡Juye, persona farsa, y que Dios te castigue quitándote la gachí de la
+viña! Que se te la yeve un señorito... que don Luis la disfrute, y tú lo
+sepas.
+
+¡Ay! ¡Qué esfuerzo hubo de hacer Rafael para no volver sobre sus pasos y
+estrangular a la vieja!...
+
+Media hora después _Zarandilla_ paró su carro a la puerta. Juanón y
+otros compañeros envolvieron el cadáver en una sábano, levantándolo de
+su lecho de harapos. Aún pesaba menos que en el momento de la muerte.
+Era, según decían aquellos hombres, una pluma, una arista de paja.
+Parecía que con la vida se hubiese evaporado toda la materia, no dejando
+más que lo envoltura, que apenas si marcaba un ligerísimo bulto en el
+lienzo arrollado.
+
+Púsose en marcha el vehículo, balanceándose con agudos chirridos de su
+eje sobre los baches del camino.
+
+A la zaga del carro, cogidos a él, marchaban la vieja y su prole menuda.
+Detrás, caminaba _Alcaparrón_, al lado de Salvatierra, que deseaba
+acompañar hasta la ciudad a aquella gente humilde.
+
+En la puerta de la gañanía aglomerábanse los trabajadores, brillando en
+su negra masa la lucecilla del candil. Todos seguían con silenciosa
+atención el chirrido del carro, invisible en la oscuridad; los lamentos
+de la gitanería, que rasgaban la calma del campo azulado y muerto bajo
+la fría luz de las estrellas.
+
+_Alcaparrón_ sentía cierto orgullo al marchar con aquel personaje del
+que tanto hablaba la gente. Habían salido a la carretera. Sobre su faja
+blanca destacábase la silueta del carro, que iba esparciendo en el
+silencio de la noche el cascabeleo lento de la caballería y los gemidos
+de los que marchaban a la zaga.
+
+El gitano daba suspiros, como un eco del dolor que rugía delante de él,
+y hablaba al mismo tiempo a Salvatierra de su amada muerta.
+
+--Era lo mejorsito de la familia, señó... y por eso se ha ido. Los
+buenos se van pronto. Ahí tiene usté a mis primas las _Alcaparronas_,
+unas pindongas, que son la eshonra de la familia, y las grandísimas
+arrastrás tienen las onzas a puñaos, y coches, y los papeles jablan de
+ellas: y la pobresita Mari-Crú, que era mejó que el trigo, se muere,
+endimpués de una vida de trabajo.
+
+El gitano gemía, mirando al cielo, como si protestase de esta
+injusticia.
+
+--Yo la quería mucho, señó; si deseaba argo bueno era pa partirlo con
+ella. Mejor aún: pa dárselo too. Y ella, la palomita sin jiel, la rosita
+de Abril, ¡tan buena siempre conmigo! ¡protegiéndome, como si fuese mi
+virgensita!... Cuando mi mare se enfadaba porque jasía yo una de las
+mías, ya estaba Mari-Crú defendiendo a su pobresito José María... ¡Ay,
+mi prima! ¡Mi santita dulce! ¡Mi sol moreno, con aquellos ojasos que
+paesían hogueras! ¿Qué no hubiese hecho por ella este pobresito
+gitano?... Oiga su mersé, señó. Yo he tenío una novia; es desir, yo he
+tenío muchas, pero ésta era una gachí que no era de nuestra casta; una
+calé sin familia y con casita propia en Jerez. Una gran proporción,
+señó, y a más, chalaíta por mí, según ella desía, por el aquel con que
+yo la cantaba cositas durses. Y cuando ya andábamos en el papeleo pa
+casarnos, yo le dije: «Gachí, la casa será para la pobresita de mi mare
+y mi prima Mari-Crú. Ya que tanto han trabajao, hasiendo vida de perras
+en las gañanías, que vivan bien y a su gusto una temporadilla. Tú y yo
+somos chavales, somos juertes y podemos dormí en el corral». Y la gachí
+no quiso y me echó a la caye; y yo no lo sentí, porque me quedaba con mi
+mare y mi primo, y valen más ellos ¡ay! que toas las jembras del
+mundo... He tenío las novias a osenas, he estao a punto de casame, me
+gustan las mositas... pero quiero a Mari-Crú como no quedré en jamás a
+denguna mujer... ¿Cómo explicar esto a su mersé, que sabe tanto? Yo
+quiero a la pobresita que va ahí alante, de una manera que no sé cómo
+decir... ¡vamos! como quiere el cura a la Mae de Dios cuando le ice la
+misa. Me gustaba mirar sus ojosos y oír su vosesita de oro; pero,
+¿tocarle un pelo de la ropa? enjamás se me ocurrió. Era mi virgensita, y
+como las que están en las iglesias, sólo tenía pa mí la cabesa; la
+cabesa bonita jecha por los mismos ángeles...
+
+Y al suspirar de nuevo, pensando en la muerta, le respondió el coro de
+lamentos que escoltaba el carro.
+
+--¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi sol relusiente! ¡Mi cachito
+durse!...
+
+Y la gente menuda contestaba al alarido de la madre con una explosión de
+ahullidos dolorosos, para que la tierra oscura, el espacio azulado y las
+estrellas de agudo fulgor se enterasen bien de que había muerto su
+prima, la dulce Mari-Cruz.
+
+Salvatierra sentíase dominado por este dolor trágico y estruendoso, que
+se deslizaba al través de la noche, rasgando el silencio de los campos.
+
+_Alcaparrón_ cesó de gemir.
+
+--Diga usté, señó, ya que tanto sabe. ¿Cree su mersé que golveré alguna
+vez a ver a mi prima?...
+
+Necesitaba saberlo, le dolía la angustia de la duda, y deteniendo su
+paso, miraba suplicante a Salvatierra con sus ojos orientales, que
+brillaban en la penumbra con reflejos de nácar.
+
+El rebelde se conmovió viendo la angustia de esta alma simple, que
+imploraba en su congoja un sorbo de consuelo.
+
+Sí, volvería a verla; él lo afirmaba con solemne gravedad. Es más;
+estaría en contacto a todas horas con algo que habría formado parte de
+su ser. Todo lo que existía quedábase en el mundo; sólo cambiaba de
+forma; ni un átomo llegaba a perderse. Vivíamos rodeados de lo que había
+sido el pasado y de lo que sería el porvenir. Los restos de los que
+amábamos y los componentes de los que a su vez nos habían de amar,
+flotaban en torno nuestro, manteniendo nuestra vida.
+
+Salvatierra, bajo la presión de sus pensamientos, sintió la necesidad de
+confesarse con alguien, de hablar a aquel ser sencillo de su debilidad y
+sus vacilaciones ante el misterio de la muerte. Era un deseo, de volcar
+su pensamiento con la certeza de no ser comprendido, de sacar a luz su
+alma, semejante al que había visto en los grandes personajes
+shakesperianos, reyes en desgracia, caudillos perseguidos por el
+destino, que confían fraternalmente sus ideas a bufones y a locos.
+
+Aquel gitano del que todos se burlaban, mostrábase súbitamente agrandado
+por el dolor, y Salvatierra sentía la necesidad de entregarle su
+pensamiento, como si fuese un hermano.
+
+El rebelde también había sufrido. El dolor le hacía cobarde; pero no se
+arrepentía, ya que en la debilidad encontraba la dulzura del consuelo.
+Los hombres admiraban la energía de su carácter, el estoicismo con que
+hacía frente a las persecuciones y las miserias físicas. Pero esto era
+sólo en las luchas con los hombres: ante el misterio de la Muerte
+invencible, cruel, inevitable, toda su energía se derrumbaba.
+
+Y Salvatierra, como si olvidase la presencia del gitano y hablara para
+él mismo, recordó su arrogante salida del presidio, desafiando de nuevo
+las persecuciones, y su reciente viaje a Cádiz para ver un rincón de
+tierra, junto a una tapia, entre cruces y lápidas de mármol. ¿Y era
+aquello todo lo que quedaba del ser que había llenado su pensamiento?
+¿Sólo restaba de mamá, de la viejecita bondadosa y dulce como las santas
+mujeres de las religiones, aquel cuadro de tierra fresca y removida y
+las margaritas silvestres que nacían en sus bordes? ¿Se había perdido
+para siempre la llama dulce de sus ojos, el eco de su voz acariciadora,
+rajada por la vejez, que llamaba con ceceos infantiles a Fernando, a su
+«querido Fernando»?
+
+--_Alcaparrón_, tú no puedes entenderme--continuó Salvatierra con voz
+temblorosa.--Tal vez es una fortuna para ti esa alma simple que te
+permite en los dolores y en las alegrías ser ligero y mudable como un
+pájaro. Pero óyeme, aunque no me entiendas. Yo no reniego de lo que he
+aprendido: yo no dudo de lo que sé. Mentira es la otra vida, ilusión
+orgullosa del egoísmo humano; mentira también los cielos de las
+religiones. Hablan éstas a las gentes en nombre de un espiritualismo
+poético, y su vida eterna, su resurrección de los cuerpos, sus placeres
+y castigos de ultra-tumba, son de un materialismo que da náuseas. No
+existe para nosotros otra vida que la presente; pero ¡ay! ante la sábana
+de tierra que cubre a mamá, sentí por primera vez flaquear mis
+convicciones. Acabamos al morir; pero algo resta de nosotros junto a los
+que nos suceden en la tierra; algo que no es sólo el átomo que nutre
+nuevas vidas; algo impalpable e indefinido, sello personal de nuestra
+existencia. Somos como los peces en el mar; ¿me entiendes, _Alcaparrón_?
+Los peces viven en la misma agua en que se disolvieron sus abuelos y en
+la que laten los gérmenes de sus sucesores. Nuestra agua es el ambiente
+en que existimos: el espacio y la tierra: vivimos rodeados de los que
+fueron y de los que serán. Y yo, _Alcaparrón_ amigo, cuando siento ganas
+de llorar recordando la nada de aquél montón de tierra, la triste
+insignificancia de las florecillas que lo rodean, pienso en que no está
+allí mamá completamente, que algo se ha escapado, que circula al través
+de la vida, que me tropieza atraído por una simpatía misteriosa, y me
+acompaña envolviéndome en una caricia tan suave como un beso...
+«Mentira», me grita una voz en el pensamiento. Pero yo la desoigo;
+quiero soñar, quiero inventarme bellas mentiras para mi consuelo. Tal
+vez en este vientecillo que nos roza la cara, hay algo de las manos
+suaves y temblorosas que me acariciaron por última vez antes de ir al
+presidio.
+
+El gitano había cesado de gemir, mirando a Salvatierra con sus ojos
+africanos, agrandados por el asombro. No entendía la mayor parte de sus
+palabras, pero columbraba en ellas una esperanza.
+
+--Según eso, ¿cree su mercé que Mari-Crú no ha muerto del too? ¿Que aún
+podré verla, cuando me ajogue su recuerdo?...
+
+Salvatierra sentíase influenciado por los lamentos de la familia, por la
+agonía que había visto, por la miseria de aquel cadáver que se
+balanceaba a pocos pasos dentro del carro. La poesía triste de la noche,
+con su silencio rasgado a trechos por alaridos de dolor, inundaba su
+alma.
+
+Si; _Alcaparrón_ sentiría cerca de él a su amada muerta. Algo de ella
+subiría hasta su rostro como un perfume, cuando arañase la tierra con el
+azadón y el surco nuevo enviase a su olfato la frescura del suelo
+removido. Algo habría también de su alma en las espigas del trigo, en
+las amapolas que goteaban de rojo los flancos de oro de la mies, en los
+pájaros que cantaban al amanecer cuando el rebaño humano iba hacia el
+tajo, en los matorrales del monte, sobre los cuales revoloteaban los
+insectos asustados por las carreras de las yeguas y los bufidos de los
+toros.
+
+--¿Quién sabe--continuó el rebelde--si en esas estrellas, que parecen
+guiñar sus ojos en lo alto, hay algo a estas horas de la luz de esos
+otros ojos que tanto amabas, _Alcaparrón_?...
+
+Pero la mirada del gitano delató un asombro, que tenía algo de
+compasivo, como si creyese loco a Salvatierra.
+
+--Te asusta la grandeza del mundo, comparada con la pequeñez de tu pobre
+muerta, y retrocedes. El vaso es demasiado grande para una lágrima: es
+cierto. Pero también la gota se pierde en el mar... y sin embargo, allí
+está.
+
+Salvatierra siguió hablando, como si quisiera convencerse a sí mismo.
+¿Qué significaba la grandeza o la pequeñez? En una gota de líquido
+existían millones de millones de seres, todos con vida propia: tantos
+como hombres poblaban el planeta. Y uno solo de estos organismos
+infinitesimales, bastaba para matar una criatura humana, para diezmar
+con la epidemia una nación. ¿Por qué no habían de influir los hombres,
+microbios del infinito, en aquel universo, en cuyo seno quedaba la
+fuerza de su personalidad?...
+
+Después, el revolucionario parecía dudar de sus palabras, arrepentirse
+de ellas.
+
+--Tal vez esta creencia equivale a una cobardía: tú no puedes
+comprenderme, _Alcaparrón_. Pero, ¡ay! ¡la Muerte! ¡la incógnita, que
+nos espía y nos sigue, burlándose de nuestras soberbias y nuestras
+satisfacciones!... Yo la desprecio, me río de ella, la espero sin miedo
+para descansar de una vez: y como yo, muchísimos. Pero los hombres
+amamos, y el amor nos hace temblar por los que nos rodean: troncha
+nuestras energías, nos hace caer de bruces, cobardes y trémulos ante esa
+bruja, inventando mil mentiras, para consolarnos de sus crímenes. ¡Ay,
+si no amásemos!... ¡qué animal tan valeroso y temerario sería el hombre!
+
+El carro, en su marcha traqueteante, había dejado atrás al gitano y a
+Salvatierra, que se detenían para hablar. Ya no le veían. Les servía de
+guía su lejano chirrido y el plañir de la familia, que marchaba a la
+zaga, acometiendo de nuevo la canturía de su dolor.
+
+--¡Adiós, Mari-Crú!--gritaban los pequeños, como acólitos de una
+religión fúnebre.--¡Se ha muerto nuestra prima!...
+
+Y cuando callaban un momento, volvía a sonar la voz de la vieja,
+desesperada, estridente, como la de un sacerdote del dolor.
+
+--¡Se va la paloma blanca; la gitana durse; el capullito de rosa antes
+de abrir!... ¡Señó Dios! ¿en qué piensas, que sólo ajogas a los
+buenos?...
+
+
+
+
+VII
+
+
+Al llegar las vendimias con el mes de Septiembre, los ricos de Jerez se
+preocupaban más de la actitud de los jornaleros que del buen resultado
+de la recolección.
+
+En el _Círculo Caballista_, hasta los señoritos más alegres olvidaban
+los méritos de sus jacas, los excelencias de sus perros y el garbo de
+las mozas cuya propiedad se disputaban, para no hablar más que de
+aquella gente tostada por el sol, curtida por los penalidades, sucia,
+maloliente y de ojos rencorosos que prestaba los brazos a sus viñas.
+
+En los numerosas sociedades de recreo que ocupaban casi todos los bajos
+de la calle Larga, no se hablaba de otra cosa. ¿Qué más querían los
+trabajadores de las viñas?... Ganaban un jornal de diez reales, comían
+en lebrillos la menestra que ellos mismos se arreglaban sin que el amo
+interviniese; tenían una hora de descanso en invierno y dos en verano,
+para no caer asfixiados sobre la tierra caliza que echaba chispas; les
+concedían ocho cigarros durante la jornada y por las noches dormían,
+teniendo los más de ellos una sábana sobre las esterillas de enea. Unos
+verdaderos sibaritas los tales viñadores; ¿y aún se quejaban y exigían
+reformas amenazando con la huelga?...
+
+En el _Caballista_, los que eran propietarios de las viñas mostrábanse
+enternecidos por repentina piedad, y hablaban de los gañanes de los
+cortijos. ¡Aquellos pobrecitos sí que eran merecedores de mejor suerte!
+Dos reales de jornal, un rancho insípido por todo alimento y dormir en
+el suelo vestidos, con menos abrigo que las bestias. Era lógico que
+éstos se quejasen: no los trabajadores de las viñas que vivían como unos
+señores si se les comparaba con los gañanes.
+
+Pero los amos de los cortijos protestaban indignados, al ver que se
+intentaba arrojar sobre ellos todo el peso del peligro. Si no retribuían
+mejor al bracero, era porque el producto del cortijo no daba para más.
+¿Podían compararse el trigo, la cebada y la ganadería con aquellas viñas
+famosas en el mundo, que arrojaban el oro a borbotones por sus
+sarmientos, y en ciertos años daban a sus amos una ganancia más fácil
+que si saliesen a robar a las carreteras?... Cuando se gozaba de tal
+fortuna había que ser generosos, dar una pequeña parle de bienestar a
+los que les sostenían con sus esfuerzos. Los trabajadores se quejaban
+con razón.
+
+Y las tertulias de los ricos, transcurrían en una continua pelea entre
+los propietarios de los dos bandos.
+
+Su vida de holganza habíase paralizado. La ruleta permanecía inmóvil;
+las barajas estaban sin abrir sobre la mesa verde; pasaban las buenas
+mozas por la acera sin que asomasen a las ventanas de los casinos los
+grupos de cabezas lanzando requiebros y maliciosos guiños.
+
+El conserje del _Caballista_, andaba como loco buscando la llave de lo
+que pomposamente se titulaba biblioteca en los estatutos de la sociedad:
+un armario oculto en el rincón más oscuro de la casa, menguado como
+alacena de pobre, mostrando al través de sus cristales empolvados y
+telarañosos, unas cuantas docenas de libros, que nadie había abierto.
+Los señores socios sentíanse aguijoneados de repente por el deseo de
+instruirse, de _capacitarse_ de aquello que llamaban cuestión social, y
+miraban todas las tardes el armario como un tabernáculo de la ciencia,
+esperando que apareciese la llave para buscaren su interior la luz que
+deseaban. Realmente no era grande su prisa por enterarse de aquellas
+_cosas_ del socialismo que traían revueltos a los trabajadores.
+
+Algunos se indignaban con los libros antes de leerlos. ¡Mentiras, todo
+mentiras, para amargar la existencia! Ellos no leían y eran felices.
+¿Por qué no habían de hacer lo mismo aquellos tontos del campo, que por
+las noches quitaban horas a su sueño formando corro en torno del
+camarada que les leía diarios y folletos? El hombre, cuanto más
+ignorante, más dichoso... Y lanzaban miradas de abominación al armario
+de los libros, como si fuese un depósito de maldades, mientras el mueble
+infeliz seguía guardando en sus entrañas un tesoro de volúmenes
+inofensivos, regalados en su mayor parte por el Ministerio a instancias
+del diputado del distrito; versos a la Virgen María, y cancioneros
+patrióticos; guías para la cría del canario y reglas para lo
+reproducción del conejo doméstico.
+
+Mientras disputaban los ricos entre ellos o se indignaban examinando las
+pretensiones de los trabajadores, éstos seguían en su actitud de
+protesta. La huelga había comenzado parcialmente, con una falta de
+cohesión que demostraba la espontaneidad de la resistencia. En algunas
+viñas, los dueños, impulsados por el miedo de perder la vendimia,
+«pasaban por todo», pero acariciando en la rencorosa mente la esperanza
+de la represalia así que sus racimos estuvieran en el lagar.
+
+Otros, más ricos, «tenían vergüenza», según declaraban con caballeresca
+arrogancia, negándose a todo arreglo con los rebeldes. Don Pablo Dupont
+era el más fogoso de ellos. Antes perdía su bodega que _bajarse_ a
+aquella gentuza. ¡Irle con imposiciones a él, que era el padre de sus
+trabajadores, y cuidaba no sólo del sustento de su cuerpo, sino de la
+salud de su almo, libertándola del «grosero materialismo!»
+
+--Es una «cuestión de principios»--declaraba en su escritorio ante los
+empleados, que movían afirmativamente la cabeza aun antes de que él
+hablase.--Yo soy capaz de darles lo que desean, y más aún. ¡Pero que no
+me lo pidan; que no me lo exijan! Eso es negar mis sagrados derechos de
+amo... A mí el dinero me importa poco, y la prueba es que antes que
+ceder, mejor quiero que se pierda la cosecha de Marchamalo.
+
+Y Dupont, agresivo en la defensa de lo que llamaba sus derechos, no sólo
+se negaba a oír las pretensiones de los braceros, sino que había
+expulsado de la viña a todos los que se significaban como agitadores
+mucho antes de que intentasen rebelarse.
+
+Quedaban en Marchamalo muy pocos viñadores, pero Dupont había sustituido
+a los huelguistas con gitanas de Jerez y muchachas venidas de la sierra
+al cebo de los jornales abundantes.
+
+Como la vendimia no exigía grandes fatigas, Marchamalo estaba lleno de
+mujeres que se agachaban en sus laderas cortando los racimos, mientras
+desde el camino las insultaban los huelguistas privados de trabajo por
+sus «ideas».
+
+La rebeldía de los jornaleros había coincidido con lo que Luis Dupont
+titulaba su período de seriedad.
+
+El calavera había acabado por asombrar con su nueva conducta al
+poderoso primo... ¡Ni mujeres ni escándalos! La _Marquesita_ ya no se
+acordaba de él: ofendida por sus desvíos, había vuelto a unirse con el
+tratante de cerdos, «el único hombre que sabía hacerla marchar».
+
+El señorito parecía entristecerse cuando le hablaban de sus famosas
+francachelas. Aquello había pasado para siempre: no se podía ser joven
+toda la vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. Él
+llevaba _algo_ dentro de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de
+la Compañía, lo reconocían. No pensaba detenerse en su marcha hasta
+conquistar una posición tan alta en la política como la que su primo
+tenía en la industria. Otros, peores que él, manejaban los asuntos de la
+tierra, y eran oídos por el gobierno, allá en Madrid, como virreyes del
+país.
+
+De la vida pasada sólo conservaba las amistades con los valientes,
+reforzando su cortejo con nuevos bravucones. Los mimaba y mantenía con
+el propósito de que le sirviesen de auxiliares en su carrera política.
+¡Quién le haría frente en su primera elección, viéndole en tan honrada
+compañía!... Y para entretener a la honorable corte, seguía cenando en
+los colmados y embriagándose con ellos. Esto no quebrantaba su
+respetabilidad. Una _jumera_ de vez en cuando no era motivo para que
+nadie se escandalizase. ¡Costumbres de la tierra! Además, esto daba
+cierta popularidad.
+
+Y Luis Dupont, convencido de la importancia de su persona, iba de un
+casino a otro hablando de la «cuestión social» con vehementes manoteos
+que ponían en peligro las botellas y copas alineadas en las mesas.
+
+En el _Círculo Caballista_ rehuía las tertulias de la gente joven, que
+sólo le recordaban sus pasadas locuras para aplaudirlas, proponiéndole
+otras mayores. Buscaba la conversación de los «padres graves», de los
+grandes cosecheros y ricos agricultores, que comenzaban a oírle con
+cierta atención, reconociendo que aquel _perdis_ tenía una buena
+cabecita.
+
+Dupont hinchábase con vehemente oratoria al hablar de los trabajadores
+del país. Repetía lo que había oído a su primo y a los religiosos que
+frecuentaban la casa de los Dupont, pero exagerando las soluciones, con
+un ardor autoritario y brutal muy del gusto de sus oyentes, gente tan
+ruda como rica, que encontraba placer en derribar toros y domar potros
+salvajes.
+
+Para Luis, la cuestión era sencillísima. Un poco de caridad; y después
+religión, mucha religión, y palo al que se desmandase. Con esto se
+acababa el llamado conflicto social y quedaba todo como una balsa de
+aceite. ¿Cómo podían quejarse los trabajadores, allí donde existían
+hombres como su primo y muchos de los presentes (aquí sonrisas
+agradecidas del auditorio y movimientos de aprobación), que eran
+caritativos hasta el exceso y no podían presenciar una desgracia sin
+echar mano al bolsillo y regalar un duro, y hasta dos?...
+
+Contestaban a esto los rebeldes que la caridad no era bastante, y que, a
+pesar de ello, mucha gente vivía en la miseria. ¿Y qué podían hacer los
+amos para remediar lo que era irremediable? Siempre existirían ricos y
+pobres, hambrientos y ahítos; sólo los locos o los criminales podían
+soñar con la igualdad.
+
+¡La igualdad!... Dupont valíase de un ironismo que entusiasmaba a su
+auditorio. Todos los chistes que la más noble de las aspiraciones
+humanas había inspirado a su primo Pablo y a su corte de sacerdotes,
+repetíalos Luis con una convicción firmísima, como si fuesen el resumen
+del pensamiento universal. ¿Qué era aquello de la igualdad?...
+Cualquiera podría apoderarse de su casa, si es que le gustaba; y él, a
+su vez, le robaría la chaqueta al vecino, porque le era necesaria; y el
+otro echaría la zarpa sobre la mujer del de más allá, porque la
+consideraría de su gusto. ¡La mar, caballeros!... ¿No merecían cuatro
+tiros o la camisa de fuerza los que hablaban de la tal igualdad?
+
+Y a las risas del orador, uníanse las carcajadas de todos los socios.
+¡Aplastado el socialismo! ¡Qué gracia y qué palique tenía aquel
+muchacho!...
+
+Muchos señores viejos movían la cabeza con aire protector, reconociendo
+que Luis hacía falta en otra parte, que era lástima que sus palabras se
+perdiesen en aquella atmósfera de humo de tabaco, y que a la primera
+ocasión habría que satisfacer su gusto, para que España entera escuchase
+desde la tribuna aquella critica tan chispeante y justa.
+
+Dupont, enardecido por el general asentimiento, seguía hablando, pero
+ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal,
+era el consuelo de la religión. Sin religión se vive rabiando, víctima
+de toda clase de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores
+de Jerez. No creían en nada, no iban a misa, se burlaban de los curas,
+sólo pensaban en la revolución social con degollinas y fusilamientos de
+burgueses y jesuitas; no tenían la esperanza de la vida eterna, consuelo
+y compensación de las miserias de aquí abajo, que son insignificantes,
+pues sólo duran unas cuantas docenas de años, y como resultado lógico de
+tanta impiedad, encontraban su pobreza más dura, con nuevos tonos
+sombríos.
+
+Aquel rebaño, triste y sin Dios, merecía su castigo. ¡Que no se quejase
+de los amos, pues éstos se esforzaban en volverle a la buena senda! ¡Que
+exigiese responsabilidad a los verdaderos autores de su desgracia, a
+Salvatierra y otros como él, que le habían arrebatado la fe!
+
+--Además, señores--peroraba el señorito con entonación tribunicia--¿qué
+va a conseguirse aumentando el jornal? Fomentar el vicio y nada más. Esa
+gente no ahorra: esa gente no ha ahorrado nunca. A ver: que me
+presenten un jornalero que tengo guardados sus ahorros.
+
+Callaban todos, moviendo la cabeza con asentimiento. Nadie presentaba el
+trabajador exigido por Dupont, y éste sonreía triunfante, esperando en
+vano al ser prodigioso que lograra ahorrar una fortunilla sobre su
+jornal de pocos reales.
+
+--Aquí--continuaba con solemnidad--no hay afición al trabajo ni espíritu
+de ahorro. Vean ustedes el obrero de otros países: trabaja más que el de
+esta tierra y guarda un capitalito para la vejez. ¡Pero aquí!... aquí el
+bracero, de joven, no piensa más que en coger descuidada a alguna
+muchacha detrás de un pajar o en la gañanía durante el sueño; y de
+viejo, apenas tiene reunidos algunos céntimos, los emplea en vino y se
+emborracha.
+
+Y todos a la vez, como si repentinamente perdiesen la memoria,
+anatematizaban con gran severidad los vicios de los trabajadores. ¿Qué
+podía esperarse de una gentuza sin otra ilusión en su vida que la de
+beber?... Decía bien Dupont. ¡Borrachos! ¡Gente abyecta que perpetuaba
+la miseria de su condición, violando a las hembras como si fuesen
+animales!...
+
+El señorito conocía el medio de terminar esta anarquía. Al gobierno
+tocaba gran parte de culpa. A aquellas horas, habiéndose iniciado la
+huelga, debía tener en Jerez un batallón, un ejército, si era preciso, y
+cañones, muchos cañones. Y se quejaba amargamente del descuido de los de
+arriba, como si el ejército de España tuviese por única misión guardar
+a los ricos de Jerez para que viviesen tranquilos, y equivaliese a una
+felonía el no llenar calles y campos de pantalones rojos y brillantes
+bayonetas, apenas los viñadores mostraban cierto descontento.
+
+Luis era liberal, muy liberal. Disentía en este punto de sus maestros de
+la Compañía, que hablaban de don Carlos con entusiasmo, afirmando que
+era «la única bandera». Él estaba con los que mandaban, y no mencionaba
+una sola vez a las personas reales, que no echase por delante el título
+de _Su Majestad_, como si pudiesen oír de lejos estas muestras de
+exagerado respeto y premiárselas con lo que él deseaba. Era liberal;
+pero su libertad era la de las personas decentes. Libertad para los que
+tuvieran algo que perder: y para la gente baja, todo el pan que fuese
+posible, y palo, mucho palo, único medio de anonadar la maldad que nace
+con el hombre y se desarrolla sin el freno de la religión.
+
+Él conocía la historia; había leído más que los que le escuchaban y se
+dignaba hacerles partícipes de sus conocimientos, con protectora bondad.
+
+--¿Sabéis ustedes--decía--por qué la Francia es más rica y más
+adelantada que nosotros?... Porque metió mano a los bandidos de la
+_Commune_, y en unos cuantos días se cargó más de cuarenta mil de
+aquellos puntos. Empleó el cañón y la ametrallodora para acabar más
+aprisa con la gentuza, y todo quedó limpio y tranquilo... A mí--continuó
+el señorito con aire doctoral--no me gusta Francia, porque es una
+República y porque allí las gentes decentes se olvidan de Dios y hacen
+burla de sus ministros. Pero quisiera para este país un hombre como
+Thiers. Esto es lo que aquí hace falta, un hombre que sonría y ametralle
+a la canalla.
+
+Y sonreía para demostrar que él era capaz de ser tan Thiers como el
+otro.
+
+El conflicto de Jerez lo arreglaba en venticuatro horas. Que le diesen
+la autoridad y se vería lo que ero bueno. Los ejecuciones a raíz de lo
+de _La Mano Negra_, habían dado algún resultado. La gentuza se acobardó
+ante los cadalsos erigidos en la plaza de la Cárcel. Pero esto no era
+bastante. Convenía una sangría suelta para quitar fuerzas a la bestia
+rebelde. De mandar él, ya estarían en presidio los mangoneadores de
+todas las sociedades obreras del campo que traían revuelta a la ciudad.
+
+Pero esto también le parecía anodino e insuficiente, y acto seguido se
+rectificaba con proposiciones más feroces. Ero mejor acosar a los
+rebeldes, abortar los planes que venían preparando, «pincharles para que
+saltasen antes de tiempo», y una vez se colocaran en actitud de
+rebeldía, ¡a ellos y que no quedase uno! Mucho guardia civil, muchos
+caballos, mucha artillería. Para eso sostenían los ricos el peso de las
+contribuciones, cuya mejor parte se llevaba el ejército. De no ser así,
+¿para qué servían los soldados, que tan caros costaban, en un país que
+no había de sostener guerras?...
+
+Como medida preventiva, debían suprimir a los pastores perversos que
+sublevaban el rebaño de la miseria.
+
+--A todos los que andan por el campo, de gañanía en gañanía, repartiendo
+papeluchos malos y libros venenosos, cuatro tiros. A los que echan
+soflamas y ahullan barbaridades en esas reuniones a cencerros tapados
+que tienen de noche en un rancho o en los alrededores de un ventorro,
+cuatro tiros. Y lo mismo a los que en las viñas, desobedeciendo a los
+amos y con el orgullo de saber leer, enteran a sus compañeros de las
+majaderías que traen los periódicos... A Fernando Salvatierra, cuatro
+tiros...
+
+Pero el señorito, apenas dijo esto, pareció arrepentirse. Un rubor
+instintivo turbó su facundia. La bondad y las virtudes de aquel rebelde
+infundíanle cierto respeto. Los mismos que aprobaban sus planes,
+permanecieron silenciosos, como si les repugnase incluir al
+revolucionario en la pródiga distribución de tiros. Era un loco que
+imponía admiración, un santo que no creía en Dios; y aquellos señores de
+la tierra sentían por él un respeto igual al del moro ante el santón
+demente que le maldice y le amenaza con su palo.
+
+--No--siguió diciendo el señorito;--para Salvatierra una camisa de
+fuerza, y que vaya a propagar sus doctrinas en una casa de locos lo que
+le quede de vida.
+
+El público de Dupont aprobaba estas soluciones. Los dueños de las
+ganaderías de caballos, viejos de patillas entrecanas que se pasaban las
+horas mirando la botella con un silencio sacerdotal, rompían su gravedad
+para sonreír al joven.
+
+--Er muchacho tié talento--decía uno.--Habla como un diputao.
+
+Y los demás aprobaban.
+
+--Ya se encargará Pablito, su primo, de que lo saquemos cuando yeguen
+las elecciones.
+
+Luis sentíase fatigado a veces de los triunfos que cosechaba en los
+casinos, del asombro que inspiraba su repentina seriedad a los antiguos
+compañeros de vida alegre. Renacían sus aficiones a divertirse con la
+gente humilde.
+
+--Estoy harto de señoritos--decía con displicencia de hombre superior a
+su fiel acólito el _Chivo_.--Vámonos al campo: un poco de juerga lo
+agradece el cuerpo.
+
+Y con el deseo de mantenerse bajo la protección de su poderoso primo,
+íbase a pasar el día en Marchamalo, fingiendo interés por el resultado
+de la vendimia.
+
+La viña estaba llena de mujeres, y a Luis le agradaba el trato con
+aquellas mozas serranas que reían las gracias del señorito, y agradecían
+sus generosidades.
+
+María de la Luz y su padre acogían como un honor la asiduidad con que
+Luis visitaba la viña. De la ruidosa aventura de Matanzuela, apenas si
+quedaba un lejano recuerdo. ¡Cosas del señorito! Aquellas gentes,
+acostumbradas por tradición al respeto de los placeres ruidosos de los
+ricos, disculpábanlos como si fuesen un deber de la juventud.
+
+El señor Fermín estaba enterado de la gran mudanza que se realizaba en
+don Luis, de sus alardes de hombre serio, y veía con gusto que viniese a
+la viña huyendo de las tentaciones de la ciudad.
+
+Su hija también acogía con afecto al señorito, tuteándolo como en los
+tiempos de su infancia, y riendo todas sus gracias. Era el amo de
+Rafael, y algún día sería ella su sirvienta en aquel cortijo, que veía a
+todas horas con la imaginación, como el nido de su felicidad. De la
+juerga escandalosa que tanto la había indignado contra el aperador,
+apenas si se acordaba. El señorito mostrábase arrepentido de su pasado,
+y la gente, al transcurrir algunos meses, había olvidado por completo el
+escándalo del cortijo.
+
+Luis mostraba gran predilección por la vida en Marchamalo. Algunas veces
+le sorprendía la noche y se quedaba a dormir en la torre de los Dupont.
+
+--Estoy allí como un patriarca--decía a sus amigos de Jerez.--Rodeado de
+muchachas que me quieren como si fuese su papá.
+
+Reían los amigos del tono bondadoso con que hablaba el calavera de sus
+inocentes diversiones con el rebaño de vendimiadoras. Además, gustaba de
+quedarse en la viña por el fresco de la noche.
+
+--Esto es vivir, señor Fermín--decía en la explanada de Marchamalo, a la
+luz de las estrellas, aspirando la brisa nocturna.--A estas horas
+estarán asándose los señoritos en la acera del _Caballista_.
+
+Las veladas transcurrían en una paz patriarcal. El señorito ofrecía la
+guitarra al capataz.
+
+--¡Venga de ahí! ¡A ver esas manitas de oro!--gritaba.
+
+Y el _Chivo_, obedeciendo sus órdenes, iba a buscar en los cajones del
+carruaje unas cuantas botellas del mejor vino de la casa Dupont. ¡Juerga
+completa! Pero pacífica, honesta, reposada, sin palabras libres, ni
+ademanes audaces, que asustasen a las espectadoras, muchachas que habían
+oído hablar en sus pueblos del terrible don Luis, y al verle de cerca
+perdían sus prevenciones, reconociendo que no era tan malo como su fama.
+
+Cantaba María de la Luz, cantaba el señorito, y hasta el cejijunto
+_Chivo_, obedeciendo a su patrón, soltaba el chorro de su voz fiera,
+entonando broncos recuerdos a la reja de la _carse_ y a las _puñalás_
+caballerescas por defender a la madre o a la mujer amada.
+
+--¡Olé, grasioso!--gritaba el capataz, irónicamente, a aquel figurón
+patibulario.
+
+Después, el señorito cogió de una mano a María de la Luz, y sacándola al
+centro del corro, rompían a bailar las sevillanas, con una gallardía que
+provocaba gritos de entusiasmo.
+
+--¡La grasia e Dió!--exclamaba el padre rasgueando la guitarra con nueva
+furia. ¡Vaya una parejita de palomos!... ¡Eso es bailá!
+
+Y Rafael el aperador, que sólo aparecía en Marchamalo de semana en
+semana, al ver por dos veces este baile, se mostró orgulloso del honor
+que el señorito hacía a su novia. Su amo no era malo; lo de antes fueron
+locuras de la juventud; pero ahora, al sentar la cabeza, resultaba un
+señorito de chipén, ¡la mar de simpático!, con gran afición a tratar a
+las gentes bajas, como si fuesen sus iguales. Jaleaba a la pareja de
+bailadores, sin el menor asomo de celos; él, que se sentía capaz de
+sacar su navaja apenas se fijaba alguien en María de la Luz. Únicamente
+sentía un poco de envidia, por no poder bailar con el garbo de su amo.
+Ocupada su vida en la conquista del pan, no había tenido tiempo para
+aprender tales finuras. Sólo sabía cantar, pero de un modo áspero y
+salvaje, como le habían enseñado los compañeros de contrabando, cuando
+marchaban en sus jacas, tumbados sobre los fardos, atronando con coplas
+la soledad de las gargantas de la sierra.
+
+Don Luis reinaba sobre la viña como si fuese el dueño. El poderoso don
+Pablo estaba ausente. Veraneaba con su familia en las costas del Norte,
+aprovechando el viaje para visitar Loyola y Deusto, los centros de
+santidad y sabiduría de sus buenos consejeros. El calavera, para
+demostrarle una vez más que era hombre serio y de provecho, le escribía
+largas cartas, mencionando sus visitas a Marchamalo, la vigilancia que
+ejercía sobre la vendimia y el buen resultado de ésta.
+
+Realmente se interesaba por el curso de la recolección. La acometividad
+que sentía contra los trabajadores, su deseo de vencer a los de la
+huelga, le hacían ser laborioso y tenaz. Acabó por establecerse
+definitivamente en la torre de Marchamalo, jurando que no se movería de
+allí hasta que terminase la vendimia.
+
+--Esto marcha--decía al capataz guiñando los ojos con malicia.--Se van a
+roer esos bandidos viendo que con las mujeres y unos cuantos
+trabajadores honrados, acabamos el trabajo sin necesitar de ellos. A la
+noche, baile y juerga decente, señor Fermín. Para que se enteren y
+rabien esos forajidos.
+
+Y así llevaba adelante la vendimia, entre músicas, algazara y vino del
+mejor, repartido generosamente.
+
+Por las noches, la casa de los lagares, que tenía algo de conventual por
+su silencio y su disciplina cuando estaba presente don Pablo Dupont,
+entraba en plena fiesta hasta una hora avanzada de la noche.
+
+Los jornaleros olvidaban su sueño para beber el vino señorial,
+pródigamente repartido. Las muchachas, habituadas a la miseria de las
+gañanías, abrían los ojos con asombro, como si viesen realizada la
+abundancia de los cuentos maravillosos oídos en las veladas. La cena era
+digna de señores. Don Luis pagaba espléndidamente.
+
+--A ver, señor Fermín: que traigan carne de Jerez; que coman todas esas
+muchachas hasta que revienten; que beban, que se emborrachen: yo corro
+con el gasto. Quiero que vean esos canallas cómo tratamos a los
+trabajadores que son buenos y sumisos.
+
+Y encarándose con el rebaño agradecido, decía modestamente:
+
+--Cuando veáis a los de la huelga, decidles cómo tratan los Dupont a sus
+trabajadores. La verdad: sólo la verdad.
+
+Durante el día, cuando el sol caldeaba la tierra inflamando las
+blancuzcas pendientes de Marchamalo, Luis dormitaba bajo las arcadas de
+la casa, con una botella junto a él, destilando frescura, y tendiendo de
+vez en cuando su cigarro al _Chivo_ para que lo encendiese.
+
+Encontraba un placer nuevo ejerciendo de amo de la inmensa finca; creía
+de buena fe desempeñar una gran función social contemplando desde su
+sombreado retiro el trabajo de tanta gente, encorvada y jadeante bajo la
+lluvia de fuego del sol.
+
+Las muchachas extendíanse por las pendientes, con sus faldas de
+colores, como un rebaño de ovejas azules y sonrosadas. Los hombres, en
+camisa y calzoncillos, avanzaban a gatas como corderos blancos. Iban de
+unas cepas a otras, arrastrando el vientre sobre la tierra caldeada. Los
+sarmientos esparcían sus pámpanos rojizos y verdes a ras del suelo, y
+las uvas descansaban en la caliza, que las comunicaba hasta el último
+instante su generoso calor.
+
+Otras muchachas subían cuesta arriba las grandes cestas de racimos
+cortados para depositarlos en los lagares, y pasaban en continuo rosario
+ante el señorito, que, tumbado en el sofá de enea, sonreía
+protectoramente pensando en la hermosura del trabajo, y en la
+perversidad de la canalla, que pretendía trastornar un mundo tan
+sabiamente organizado.
+
+Algunas veces, aburrido de su silencio, llamaba al capataz que iba de
+una colina a otra vigilando el trabajo.
+
+El señor Fermín poníase en cuclillas ante él, y hablaban de la huelga,
+de las noticias que llegaban de Jerez. El capataz no ocultaba su
+pesimismo. La resistencia de los trabajadores era cada vez mayor.
+
+--Es mucha la jambre, señorito--decía con la convicción de la gente
+rústica, que aprecia el estómago como el impulsor de todas las acciones.
+
+--Y quien dice jambre, dice desorden, palos y bronca. Va a correr
+sangre, y en el presidio le preparan el puesto a más de uno... Milagro
+será que no acabe esto levantando catafalcos el carpintero, en la plaza
+de la Cárcel.
+
+El viejo parecía oler la catástrofe; pero la veía llegar con una
+tranquilidad egoísta, ya que los dos hombres que poseían sus afectos,
+estaban lejos.
+
+Su hijo había ido a Málaga, por encargo de su principal, para
+intervenir, como hombre de confianza, en cierta quiebra, y allá
+permanecía ocupado en repasar cuentas y discutir con los otros
+acreedores. ¡Ojalá no volviese en un año! El señor Fermín temía que al
+regresar a Jerez se comprometiese en favor de los huelguistas, impulsado
+por las enseñanzas de su maestro Salvatierra, que le arrastraban al lado
+de los humildes y los rebeldes. En cuanto a don Fernando, hacía muchos
+días que había salido de Jerez custodiado por la guardia civil.
+
+Al iniciarse la huelga, los ricos le habían hecho saber indirectamente
+la conveniencia de que saliese cuanto antes de la provincia de Cádiz.
+El, sólo él, era el responsable de lo que ocurría. Su presencia
+soliviantaba a la gente trabajadora, haciéndola tan audaz y revoltosa
+como en tiempos de _La Mano Negra_. Los principales agitadores de las
+asociaciones obreras, que veneraban al revolucionario, le habían rogado
+que huyese, temiendo por su vida. Las indicaciones de los poderosos,
+equivalían a una amenaza de muerte. Acostumbrados los trabajadores a la
+represión y la violencia, temblaban por Salvatierra. Tal vez le matasen
+una noche en cualquier calle, sin que la justicia encontrase jamás al
+autor. Era posible que la autoridad, aprovechando las largas excursiones
+de Salvatierra por el campo, lo sometiese a mortales tormentos o lo
+_suprimiera_ de una paliza en despoblado, como lo había hecho con otros
+más humildes.
+
+Pero don Fernando contestaba a estos consejos con tenaces negativas.
+Allí estaba por su voluntad y allí se quedaba... Por fin, las
+autoridades habían exhumado uno de los muchos procesos que tenía
+pendientes por sus propagandas de rebelde social, y un juez le llamó a
+Madrid, emprendiendo don Fernando el viaje a viva fuerza, acompañado de
+la guardia civil, como si su destino fuese viajar siempre entre una
+pareja de fusiles.
+
+El señor Fermín se alegraba de esta solución. ¡Que le tuviesen
+entretenido mucho tiempo! ¡Que no volviese en un año! Conocía a
+Salvatierra, y estaba seguro de que, permaneciendo en Jerez, no tardaría
+mucho en estallar la insurrección de los hambrientos, seguida de una
+represión cruel y del presidio para don Fernando, tal vez por toda su
+vida.
+
+--Esto acabará con sangre, señorito--continuaba el capataz.--Hasta ahora
+sólo chillan los de las viñas, pero piense su mercé que este es el peor
+mes del año para la gente de los cortijos. La trilla ha acabao en todas
+partes, y hasta que empiece la sementera, hay miles y miles de hombres
+con los brazos cruzaos, dispuestos a bailar al son que les toquen. Verá
+el señorito lo que tardan en juntarse unos y otros, y entonces será
+ella. Ya se incendian en el campo muchos pajares, sin que se vea la mano
+que les prende fuego.
+
+Dupont se exaltaba. Mejor: que se uniesen todos, que se sublevaran
+cuanto antes, para acuchillarlos, y obligarles a volver a la obediencia
+y la tranquilidad. Él deseaba la rebelión y el choque, más aún que los
+trabajadores.
+
+El capataz, asombrado de que hablase así, movía la cabeza.
+
+--Mal, muy mal, señorito. La paz con sangre, es mala paz. Mejor es
+arreglarse a las buenas. Crea su mercé a un viejo que ha pasado las de
+Caín, metido en eso de prenunciamientos y revoluciones.
+
+Otras mañanas, cuando Luis Dupont no sentía deseos de conversar con el
+capataz, entrábase en la casa buscando a María de la Luz, que trabajaba
+en la cocina.
+
+La alegría de la muchacha, la frescura de su piel de morena fuerte,
+producían en el señorito cierta emoción. La castidad voluntaria que
+observaba en su retiro, le hacían ver considerablemente agrandados los
+encantos de la campesina. Siempre había sentido cierta predilección por
+la muchacha, encontrando en ella un encanto modesto, pero picante y
+fuerte, como el perfume de las hierbas del campo. Pero ahora, en la
+soledad, María de la Luz le parecía superior a la _Marquesita_ y a todas
+las cantaoras y mozas de arranque de Jerez.
+
+Pero Luis contenía sus impulsos, y los ocultaba bajo una alegre
+confianza, recuerdo de la fraternidad infantil. Cuando instintivamente
+se permitía algún atrevimiento que molestaba a la moza, hacía memoria de
+los tiempos de la niñez. ¿No eran como hermanos? ¿No se habían criado
+juntos?... En él no debía ver al señorito, al amo de su novio. Era lo
+mismo que su hermano Fermín: debía considerarle como de la familia.
+
+Temía comprometerse con alguna audacia en aquella casa, que era la de su
+severo primo. ¿Qué diría Pablo, que por respeto a su padre consideraba
+al capataz y los suyos como una prolongación humilde de su propia
+familia? Además, la famosa noche de Matanzuela le había causado gran
+daño y no quería comprometer con otro escándalo su naciente fama de
+hombre grave. Esto le hacía ser tímido con muchas vendimiadoras que le
+gustaban, limitándose en sus placeres a una perversión intelectual, a
+hacerlas beber por la noche para verlas alegres, sin las preocupaciones
+del pudor, charlando entre ellas, pellizcándose y persiguiéndose, como
+si estuviesen solas.
+
+Con María de la Luz mostrábase igualmente circunspecto. No podía verla
+sin lanzar un chorro de alabanzas a su hermosura y gallardía. Pero esto
+no alarmaba a la moza, acostumbrada al estallido ruidoso de la
+galantería de la tierra.
+
+--Gracias, Luis--decía riendo.--¡Y qué requetegrasioso está el
+señorito!... Si sigues así me voy a enamorá y acabaremos por escaparnos
+juntos.
+
+Algunas veces, Dupont, influenciado por la soledad, que incita a las
+mayores audacias, y por el perfume de una carne virginal que parecía
+humear vida a las horas de calor, dejábase arrastrar por su instinto y
+ponía astutamente sus manos en aquel cuerpo.
+
+La muchacha saltaba, frunciendo las cejas y la boca con gesto agresivo.
+
+--Luis: las manos cortas. ¿Qué es eso, señorito? Como güervas con otra,
+te atizo una gofetá que la van a oír hasta en Jerez.
+
+Y mostraba en su gesto hostil y en su mano amenazante el firme propósito
+de largar aquella bofetada fabulosa. Entonces era cuando recordaba él,
+como una excusa, sus confianzas de la niñez.
+
+--¡Pero, sosa, mala sombra! ¡Si ha sido sin intención; nada más que por
+jugar, para ver ese hociquillo tan mono que pones cuando te enfadas!...
+Ya sabes que soy tu hermano. Fermín y yo, la misma cosa.
+
+La muchacha parecía serenarse, pero sin perder su gesto hostil.
+
+--Güeno; pues que el hermano se meta las manos donde le quepan. Ande
+suelta la lengua too lo que quieras; pero si sacas las garras, niño,
+encárgate otra cara, porque esa te la eshago de un revés.
+
+--¡Olé las mozas de arranque!--exclamaba el señorito.--¡Así me gusta mi
+niña! ¡Con riñones y too!...
+
+Cuando Rafael presentábase en Marchamalo, el señorito no se privaba de
+este continuo requebrar a María de la Luz.
+
+El aperador acogía con inocente satisfacción todos los elogios de su amo
+a la novia. Al fin, era como un hermano suyo, y este parentesco
+enorgullecía a Rafael.
+
+--Bandido--le decía el señorito con cómica indignación, en presencia de
+la muchacha.--Te vas a llevar lo mejor de esta tierra, la perla de Jerez
+y su campo. ¿Ves toda la viña de Marchamalo, que vale una millonada?...
+Pues ná: aquí lo bueno es esta mocita, este cachito de gracia. Y esto te
+lo llevas tú, ladrón... sinvergüenza.
+
+Y Rafael reía como un bendito, lo mismo que el señor Fermín. ¡Pero qué
+don Luis tan gracioso y tan bueno! El señorito, continuando en el tono
+de cómica gravedad, se encaraba con su aperador:
+
+--Ríe, bigardo... ¡Mirad ustedes, qué satisfechote está de la envidia
+que le tienen los demás! El mejor día te mato y me llevo a Mariquita de
+la Luz, y la pongo en un trono en Jerez en medio de la plaza Nueva, y al
+pie toos los gitanos de Andalucía para que toquen y bailen, y se
+arranquen cantando a la reina de la hermosura y de la gracia, todo lo
+que merece... Eso lo hago yo: Luis Dupont, aunque mi primo me
+excomulgue.
+
+Y por el mismo estilo iba ensartando su ristra de requiebros
+hiperbólicos e incoherentes entre las risas de María de la Luz y los
+suyos, que agradecían la confianza del señorito.
+
+Al terminar la vendimia, Luis mostrose orgulloso, como si finalizase una
+obra grande.
+
+Se había hecho la recolección, valiéndose de mujeres, sin que se
+atrevieran a presentarse aquellos guapos de la huelga que se deshacían
+en amenazas. Esto era indudablemente porque él estaba allí guardando la
+viña; porque bastaba que supiesen que don Luis defendía Marchamalo con
+sus amigos, para que nadie se aproximase con la intención de perturbar
+el trabajo.
+
+--Eh, ¿qué tal señor Fermín?--decía con petulancia.--Han hecho bien en
+no venir, porque hubiesen salido a tiros. ¿Me pagará nunca mi primo lo
+que hago por él? ¡Qué ha de pagarme! Luego, tal vez diga que no sirvo
+para nada... Pero esto hay que celebrarlo. Hoy mismo voy a Jerez, y me
+traigo lo mejor de la bodega. Y si rabia Pablo cuando vuelva, que rabie.
+Algo me ha de pagar por mis servicios. Y esta noche, juerga... la más
+gorda de la temporada: hasta que salga el sol. Quiero que esas
+muchachas, al irse a la sierra, vayan contentas y se acuerden del
+señorito... Y traeré tocaores para que le descansen a usté, y cantaoras
+para que Mariquita no haga todo el gasto... ¿Que no quiere usted mujeres
+de esas en Marchamalo? ¡Si mi primo no se enterará!... Bueno: no
+vendrán. Usté, señor Fermín, es un rancio; pero por darle gusto quedan
+suprimidas las cantaoras. Bien mirado, maldita la falta que hacen más
+jembras, aquí donde hay tantas que parece un colegio. ¡Pero música y
+vino hasta por encima de la cabeza! Y baile de la tierra; y baile fino,
+agarrados como los señoritos. Verá usted la que se arma esta noche,
+señor Fermín.
+
+Y Dupont se fue a la ciudad en su carruaje, que alborotaba la carretera
+con el estrépito de sus cascabeles. Volvió ya entrada la noche, una
+noche de verano, calurosa, sin que el más leve soplo de brisa hiciese
+temblar la atmósfera.
+
+La tierra exhalaba un vaho ardiente; el azul del cielo diluíase en un
+tinte blanquecino, las estrellas parecían empañadas por la neblina
+caliginosa. En el silencio de la noche sonaban los crujidos de las cepas
+al dilatar su corteza resquebrajada por el calor. La cigarra chillaba
+furiosa en los surcos, abrasada por la tierra; la rana roncaba a lo
+lejos, cual si la desvelase la falta de frescura de la charca.
+
+Los acompañantes de Dupont, en mangas de camisa, alineaban bajo las
+arcadas las innumerables botellas traídas de Jerez.
+
+Las mujeres, vestidas ligeramente, con sólo una falda de percal,
+mostrando los brazos desnudos por debajo del pañuelo cruzado sobre el
+pecho, se encargaban de las cestas de provisiones, admirándolas con
+alabanzas para el rumboso señorito. El capataz elogiaba la calidad de
+los fiambres y de las aceitunas, que servían para excitar la sed.
+
+--¡Menúa jumera nos prepara el señorito!--decía riendo como un
+patriarca.
+
+De la gran cena en medio de la explanado, lo que más atrajo la
+admiración de la gente, fue el vino. Comían de pie hombres y mujeres, y
+al tener en la mano el vaso lleno, avanzaban hasta una mesita ocupada
+por el señorito, el capataz y su hija, a la que daban luz dos candiles.
+Las llamas rojizas, que subían su lengua humosa en la calma de la noche
+sin el más leve temblor, iluminaban la transparencia dorada del vino.
+¿Pero qué era aquello?... Y volvían todos a paladearlo después de
+admirar su hermoso color, y abrían los ojos desmesuradamente con asombro
+grotesco, rebuscando las palabras, como si no pudiesen expresar toda la
+veneración que les infundía el líquido portentoso.
+
+--Ezto e de las propios lagrimitas de Jezú--decían unos chasqueando
+devotamente la lengua.
+
+--No--contestaban otros,--es la mezmízima leche de la Mare e Dió...
+
+Y el señorito reía, gozándose en su asombro. Era vino de la bodega
+«Dupont Hermanos»: un vino venerable y carísimo, que sólo bebían los
+_mislores_ allá en Londres. Cada gota valía una peseta. Don Pablo lo
+apreciaba como un tesoro, y era probable que se indignase al conocer el
+estrago que había hecho su aturdido pariente.
+
+Pero Luis no se arrepentía de su generosidad. Le alegraba enloquecer al
+rebaño miserable con el vino de los ricos. Era un placer de patricio
+romano, embriagando a sus clientes y esclavos con bebida de emperadores.
+
+--Bebed, hijos míos--decía con acento paternal.--Aprovechaos, que jamás
+os veréis en otra. Muchos señoritos del _Caballista_ os envidiarían.
+¿Sabéis lo que valen todos esas botellas? Un capital: eso es más caro
+que el _champañ_; cada botella cuesta no recuerdo cuántos duros.
+
+Y la miserable gente arrojábase sobre el vino, y bebía y bebía
+avariciosamente, como si lo que les entraba por la boca fuese la
+fortuna.
+
+En la mesa del señorito, se servían las botellas después de una larga
+permanencia en tanques llenos de hielo. El vino pasaba por la boca
+dejándola insensible, con la grata parálisis de la frescura.
+
+--Nos vamos a emborrachar--decía sentenciosamente el capataz.--Esto se
+cuela sin sentir. Es refresco en la boca y fuego en la tripa.
+
+Pero seguía llenándose el vaso entre bocado y bocado, paladeando el
+néctar frío y envidiando a los ricos que podían permitirse diariamente
+este placer de dioses.
+
+María de la Luz bebía tanto como su padre. Apenas vaciaba su copa, se
+apresuraba el señorito a llenarla.
+
+--No eches más, Luis--suplicaba.--Mira que me voy a emborrachá. Esta
+bebía es traidora.
+
+--Tonta, ¡si es como agua! ¡Si aunque te ajumeres, esto se pasa en
+seguida!...
+
+Cuando terminó la cena, sonaron las guitarras y la gente formó corro,
+sentándose en el suelo ante las sillas que ocupaban los músicos y el
+señorito con su gente. Todos estaban ebrios, pero seguían bebiendo. ¡Qué
+basca! La piel erizábase de gotas de sudor; los pechos se dilataban,
+como si no encontrasen aire. ¡Vino y más vino! Para el calor no existía
+remedio más acertado: era el verdadero refresco andaluz.
+
+Batiendo palmas unos, y chocando otros las botellas vacías, como si
+fuesen palillos, jalearon las famosas sevillanas de María de la Luz y el
+señorito. Ella bailaba en medio del corro frente a Luis, con las
+mejillas enrojecidas y un brillo extraordinario en los ojos.
+
+Nunca la habían visto bailar tan arrebatadamente y con tanta gracia. Sus
+brazos desnudos, de una palidez de perla, elevábanse en torno de la
+cabeza, como asas de nácar de voluptuosa redondez. La falda de percal,
+entre el _fru-fru_, que marcaba el adorable relieve de sus piernas,
+dejaba ver por debajo de su orla unos pies pequeños, calzados
+escrupulosamente, como los de una señorita.
+
+--¡Ay! ¡Que no pueo más!--dijo de pronto, sofocada por el baile.
+
+Y se dejó caer jadeante en una silla, sintiendo que, con la agitación de
+la danza, comenzaba a rodar todo en torno de ella; la explanada, la
+gente y hasta la gran torre de Marchamalo.
+
+--Eso es er calor--decía el padre gravemente.
+
+--Un poco de refresco y se te pasará--añadía Luis.
+
+Le presentaba una copa llena de aquel líquido de oro, coronado de
+burbujas, que empañaba el cristal con su frescura. Y Mariquita bebía
+ansiosamente, con una sed rabiosa, deseando renovar la sensación de
+frescura en su boca ardiente como si llevase fuego en el estómago. De
+vez en cuando protestaba.
+
+--Que me voy a emborrachá, Luis. Que creo que ya lo estoy.
+
+--¡Y qué!--exclamaba el señorito.--Yo también estoy borracho, y tu
+padre, y todos lo estamos. Para eso es la fiesta. Otra copa. ¡Olé, mi
+niña, valiente! ¡Siga la juerga!
+
+Bailaban en medio del corro algunas muchachas, con torpeza de
+campesinas, haciendo frente a los viñadores no menos rústicos.
+
+--Eso no vale ná--gritó el señorito.--¡Fuera, fuera! A ver, maestro
+_Águila_--continuó dirigiéndose al tocador.--Un baile de señorío por
+todo lo alto. Una polka, un wals, cualquier cosa. Vamos a bailar
+agarrados como la gente fina.
+
+Las muchachas, turbadas por el vino, se cogieron unas a otras o cayeron
+en los brazos de los viñadores jóvenes. Todos comenzaron a dar vueltas,
+al son de la guitarra. El capataz y los acólitos de don Luis,
+acompañaban el ritmo chocando botellas vacías o golpeaban el suelo con
+sus bastones, riendo como niños de esta habilidad musical.
+
+María de la Luz se sintió arrastrada por el señorito, que la agarró una
+mano, sujetándola al mismo tiempo por el talle. La moza se resistió a
+bailar. ¡Dar vueltas, cuando su cabeza parecía balancearse y todo giraba
+en torno de sus ojos!... Pero al fin, se abandonó, entregándose a su
+pareja.
+
+Luis sudaba, fatigado por la inercia de la muchacha. ¡Vaya una moza de
+peso! Al oprimir aquel cuerpo sin fuerzas, sentía en su pecho el
+contacto de elásticas prominencias. Mariquita dejaba caer la cabeza en
+su hombro, como si no quisiera ver, abrumada por el mareo. Sólo una vez
+se irguió para mirar a Luis, brillándole en los ojos una lejana chispa
+de rebelión y protesta.
+
+--Suéltame, Rafaé: esto no está bien.
+
+Dupont rompió a reír.
+
+--¡Conque Rafael!... ¡Ay qué gracia, y cómo está, la niña! ¡Si me llamo
+Luis!...
+
+La muchacha volvió a abatir su cabeza, como si no comprendiese las
+palabras del señorito.
+
+Sentíase cada vez más anonadada por el vino y el movimiento. Con los
+ojos cerrados y el pensamiento dando vueltas, como una rueda loca,
+creía estar suspendida en el vacío, en una sima lóbrega, sin otro apoyo
+que aquellos brazos de hombre. Si la soltaban, caería y caería sin tocar
+nunca el fondo: e instintivamente se agarraba a su sostén.
+
+Luis no estaba menos turbado que su pareja. Respiraba sofocado por el
+peso de la moza. Estremecíase con el contacto fresco y suave de sus
+brazos, con el perfume de hermosura sana, que parecía surgir en chorro
+voluptuoso del escote de su pecho. El soplo de sus labios le erizaba la
+epidermis del cuello, esparciendo un estremecimiento por todo su
+cuerpo... Cuando, abrumado por el cansancio, volvió a Mariquita a su
+asiento, la muchacha quedó tambaleando, pálida, con los ojos cerrados.
+Suspiraba, llevábase una mano a la frente, como si le doliese.
+
+Mientras tanto, danzaban las parejas en el corro con una algazara loca,
+chocando unas con otras, empujándose intencionadamente, con
+encontronazos que casi derribaban a los espectadores, haciéndoles
+retirar las sillas.
+
+Dos mozos comenzaron a insultarse, tirando cada uno del brazo de la
+misma muchacha. El vino hacía brillar sus ojos con fuego homicida, y
+acabaron por dirigirse a la casa de los lagares en busca de las
+podaderas, cortos y pesados machetes que mataban de un golpe.
+
+El señorito les cerró el paso. ¿Qué era aquello de matarse por bailar
+con una muchacha, cuando tantos estaban esperando pareja? A callar, y a
+divertirse. Y les obligó a darse la mano, a beber juntos en la misma
+copa.
+
+La música cesó. Todos miraban con ansiedad hacia el lado de la explanada
+donde estaban los de la riña.
+
+--Siga la juerga--ordenó Dupont como un tirano bondadoso.--Aquí no ha
+pasado nada.
+
+Sonó otra vez la música, reanudaron la danza las parejas, y el señorito
+volvió al corro. La silla de Mariquita estaba desocupada. Miró en torno
+y no vio a la joven en toda la plazoleta.
+
+El señor Fermín estaba absorto contemplando las manos de Pacorro _el
+Águila_, con admiración de guitarrista. Nadie había visto en su retirada
+a María de la Luz.
+
+Dupont entró en la casa de los lagares, andando quedamente, empujando
+las puertas con una suavidad felina sin saber por qué.
+
+Registró las habitaciones del capataz: nadie. Creyó encontrar cerrada la
+puerta del cuarto de Mariquita; pero cedió aquélla al primer impulso. La
+cama estaba vacía y toda la habitación en orden, como si nadie hubiese
+entrado. Igual soledad en la cocina. Atravesó a tientas la vasta pieza
+que servía de dormitorio a los trabajadores. ¡Ni un alma! Asomó luego la
+cabeza en el departamento de los lagares. La luz difusa del cielo,
+penetrando por las ventanas, proyectaba en el suelo unas manchas de
+tenue claridad. Dupont, en este silencio creyó oír el sonido de una
+respiración, el tenue remover de alguien tendido en el suelo.
+
+Avanzó. Sus pies tropezaron con unas arpilleras y sobre ellas un cuerpo.
+Al arrodillarse para ver mejor, adivinó por el tacto, más bien que por
+los ojos, a María de la Luz, que se había refugiado allí. Sin duda la
+repugnaba ocultarse en su propia habitación, en tan vergonzoso estado.
+
+Al contacto de las manos de Luis, pareció despertar aquella carne sumida
+en el sopor de la embriaguez. Se revolvió el cuerpo adorable, brillaron
+sus ojos un momento, pugnando por mantenerse abiertos, y algo murmuró la
+boca ardorosa junto al oído del señorito. Éste creyó escuchar:
+
+--Rafaé... Rafaé...
+
+Pero no dijo más.
+
+Los brazos desnudos se cruzaron sobre el cuello de Luis.
+
+María de la Luz caía y caía en el agujero negro de la inconsciencia, y
+al caer se agarraba con desesperación a este sostén, concentrando en
+ello toda su voluntad, dejando el resto de su cuerpo en insensible
+abandono.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+A principios de Enero, la huelga de los trabajadores se había extendido
+por todo el campo de Jerez. Los gañanes de los cortijos hacían causa
+común con los viñadores. Los dueños de los campos, como en los meses de
+invierno no eran importantes los trabajos agrícolas, sobrellevaban sin
+impaciencia el conflicto.
+
+--Ya se rendirán--decían.--El invierno es duro y el hambre mucha.
+
+En las viñas, el cuidado de las cepas se hacía por los capataces y los
+braceros más allegados al dueño, arrostrando la indignación de los
+huelguistas, que les tachaban de traidores, amenazándolos con venganzas
+colectivas.
+
+La gente rica, a pesar de sus arrogancias, revelaba cierto miedo. Como
+era costumbre en ella, había hecho hablar a los periódicos de Madrid de
+la huelga de Jerez, ennegreciéndola con sombríos colores, hinchándola,
+como si fuese una calamidad nacional.
+
+Se censuraba a los gobernantes por su abandono, pero con tales arrebatos
+de urgencia, que no parecía sino que cada rico estaba sitiado en su
+casa, defendiéndose a tiros contra una muchedumbre famélica y feroz. El
+gobierno, como de costumbre, había enviado fuerza armada para cortar los
+lamentos de estos pordioseros de autoridad y llegaron a Jerez nuevas
+fuerzas de guardia civil, dos compañías de infantería de línea y un
+escuadrón que se unió a los jinetes del depósito de sementales.
+
+Las _personas decentes_, como las llamaba Luis Dupont, sonreían con
+beatitud al ver en las calles tantos pantalones rojos. En sus oídos
+sonaba como la mejor de las músicas el arrastre de los sables por las
+aceras, y al entrar en sus casinos se les ensanchaba el alma viendo en
+torno de las mesas los uniformes de los oficiales.
+
+Los que semanas antes aturdían al gobierno con sus lamentaciones, como
+si fuesen a morir degollados por aquellas turbas que permanecían en la
+campiña, con los brazos cruzados, sin atreverse a entrar en Jerez,
+mostrábanse ahora arrogantes y jactanciosos hasta la crueldad. Se reían
+del gesto fosco de los huelguistas, de sus ojos, que tenían el
+estrabismo malsano del hambre y la desesperación.
+
+Además, las autoridades creían llegado el momento de imponerse por el
+miedo, y la guardia civil prendía a los que figuraban al frente de las
+asociaciones obreras. Todos los días ingresaba gente en la cárcel.
+
+--Pasan ya de cuarenta los que están a la sombra--decían los mejor
+informados en las tertulias.
+
+--Cuando sean cien o doscientos, esto quedará como una balsa de aceite.
+
+A media noche, los señores, al salir del casino, encontraban mujeres
+arrebujadas en raídos mantones o con la falda a la cabeza, que les
+tendían la mano.
+
+--Señor, que no comemos.... Señor, que nos mata la jambre... Tengo tres
+churumbeles, y mi marío, con esto de la juelga, no trae pan a casa.
+
+Los señores reían, apresurando el paso. Que les diesen pon Salvatierra y
+los otros predicadores. Y miraban con simpatía casi amorosa a los
+soldados que pasaban por la calle.
+
+--¡Mardito seáis ustedes, señoritos!--rugían las míseras hembras en su
+desesperación.--Quiera Dios que algún día mandemos los probes...
+
+Fermín Montenegro contemplaba tristemente el curso de esta lucha sorda,
+que había de terminar forzosamente con algo ruidoso; pero de lejos,
+rehuyendo el trato con los rebeldes, ya que no estaba en Jerez su
+maestro Salvatierra. Callaba también en el escritorio, cuando en su
+presencia manifestaban los amigos de don Pablo los crueles deseos de una
+represión que atemorizase a los trabajadores.
+
+Desde que había vuelto de Málaga, su padre no le veía una sola vez que
+no le recomendase la prudencia. Debía callar; al fin, ellos comían el
+pan de los Dupont, y no era noble el unirse con los desesperados, aunque
+éstos se quejasen con harto motivo. Además, para el señor Fermín, todas
+las aspiraciones humanas se resumían en don Fernando Salvatierra, y éste
+se hallaba ausente. Lo retenían en Madrid sometido a una continua
+vigilancia para que no volviese a Andalucía. Y el capataz de Marchamalo,
+faltando su don Fernando, consideraba la huelga desprovista de interés,
+y a los huelguistas como un ejército sin caudillo y sin bandera; una
+horda que forzosamente había de ser diezmada y sacrificada por los
+ricos.
+
+Fermín obedeció a su padre, manteniéndose en una reserva prudente.
+Dejaba sin respuesta las pullas de los compañeros de escritorio que,
+conociendo su amistad con Salvatierra, para adular al amo se burlaban de
+los rebeldes. Evitaba presentarse en la plaza Nueva, donde se reunían en
+grupos los huelguistas de la ciudad, inmóviles, silenciosos, siguiendo
+con miradas de odio a los señores que intencionadamente pasaban por allí
+con la cabeza alta y una expresión de reto en los ojos.
+
+Montenegro dejó de pensar en la huelga, atraído por otros asuntos de
+mayor interés.
+
+Un día, al salir de su escritorio para ir a comer en la casa donde
+estaba de huésped, encontró al aperador de Matanzuela.
+
+Rafael parecía esperarle apoyado en una esquina de la plazoleta, cuyo
+frente ocupaban las bodegas de Dupont. Fermín no le había visto en mucho
+tiempo. Lo encontraba algo desfigurado; con las facciones enjutas y los
+ojos hundidos en un cerco oscuro. Su traje de campo estaba sucio de
+polvo; lo llevaba con descuido, como si olvidase aquella arrogancia que
+le hacía ser considerado como el más elegante y majo de los jinetes
+rústicos.
+
+--¿Pero estás enfermo, Rafael? ¿Qué te pasa?--exclamó Montenegro.
+
+--Penas--dijo lacónicamente el aperador.
+
+--El domingo pasado no te vi en Marchamalo; y el otro tampoco. ¿Es que
+estás de morros con mi hermana?...
+
+--Tengo que hablar contigo, pero mu largo, ¡mu largo!--dijo Rafael.
+
+Allí en la plaza no podía ser; en la casa de huéspedes tampoco, pues lo
+que el aperador quería decirle era para guardarse en secreto.
+
+--Está bien--dijo Fermín bromeando, al adivinar que se trataba de penas
+de enamorado.--Pero como yo he de comer, ¡criatura triste! nos iremos a
+casa del _Montañés_ y allí desembucharás todas esas penillas que te
+ahogan, mientras yo hago por la vida.
+
+En el colmado del _Montañés_, al pasar frente al cuarto más grande del
+establecimiento, oyeron rasgueos de guitarra, palmas y gritos de
+mujeres.
+
+--Es el señorito Dupont--les dijo el camarero--que está con unos amigos
+y una jembra magnífica que se ha traído de Sevilla. Ahora empieza la
+juerga... ¡hay tela cortada lo menos hasta mañana!
+
+Los dos amigos buscaron el cuarto más lejano para que el estrépito de la
+fiesta no interrumpiese su conversación.
+
+Montenegro encargó su comida, y el criado puso la mesa en aquel
+cuartucho, que olía a vino, y, por lo menguado, parecía un camarote.
+Poco después volvió con una gran batea llena de cañas. Era un obsequio
+de don Luis.
+
+--El señorito--dijo el camarero--se ha enterado de que están aquí, y les
+envía esto. Además, pueden ustedes tomar lo que gusten; todo está
+pagado.
+
+Fermín le encargó anunciase a don Luis que pasaría a verle así que
+terminase su comida, y cerrando la puerta del camarote se quedó solo con
+Rafael.
+
+--Vamos, hombre--dijo señalándole los platos:--ponte de eso.
+
+--Yo no como--contestó Rafael.
+
+--¿Que no comes? Vaya... pasarás del aire como todos los enamorados...
+¿Pero beber sí que beberás?
+
+Rafael hizo un gesto, como extrañando lo superfluo de la pregunta. Y sin
+levantar la vista de la mesa, comenzó a apurar rabiosamente las cañas
+que tenía delante.
+
+--Fermín--dijo de pronto mirando a su amigo con los ojos
+enrojecidos.--Yo estoy loco... loco perdío.
+
+--Ya lo veo--contestó Montenegro flemáticamente, sin dejar de comer.
+
+--Fermín; paece que un demonio me sopla a la oreja las mayores
+barbaridades. Si tu padre no fuese mi padrino, y si tú, no fueses tú,
+hace días que habría matao a tu hermana, a María de la Lú. Te lo juro
+por esta, por mi mejor compañera, por la única herencia de mi padre.
+
+Y abriendo con gran estrépito de muelles una navaja de cachas viejas,
+besaba ferozmente la tersa hoja, con dibujos coloreados por el óxido
+rojizo.
+
+--Hombre, ya será algo menos--dijo Montenegro mirando fijamente a su
+amigo.
+
+Había dejado caer el tenedor, y una nubecilla roja pasó por su frente.
+Pero este gesto hostil sólo duró un instante.
+
+--¡Bah!--añadió--sí que estás loco, y más lo está el que te haga caso.
+
+Rafael rompió a llorar. Por fin, sus ojos podían dar paso a las lágrimas
+que se agolpaban a ellos, y deslizándose por sus mejillas caían en el
+vino.
+
+--Es verdá, Fermín, estoy loco. Suelto bravatas y... na: soy un mandria.
+Mira cómo estaré, que un zagal me pegaría. ¿Qué he de matar yo a
+Mariquita? Ojalá tuviera entrañas negras para eso. Después me matarías
+tú, y toos descansaríamos.
+
+El rasgueo lejano de la guitarra y las voces que cortaban su ritmo,
+jaleando el taconeo de una bailaora, parecían acompañar la caída de las
+lágrimas del mocetón.
+
+--Pero, vamos a ver--exclamó Fermín con impaciencia.--¿Qué es todo eso?
+Habla, y cesa de llorar, que pareces una beata en la procesión del Santo
+Entierro. ¿Qué te pasa con Mariquita?...
+
+--¡Que no me quiere!--gritó el aperador con acento desesperado.--¡Que ya
+no me hace caso! ¡Que hemos roto y no quié verme!...
+
+Montenegro sonrió. ¿Y eso era todo? ¡Riñas de novios; caprichitos de
+muchacha, que se enfada para animar la monotonía de un largo noviazgo!
+Ya pasaría el mal viento. Él conocía aquello de oídas. Se expresaba con
+su escepticismo de joven práctico, a la _inglesa_, como él decía,
+enemigo de los amoríos ideales que duraban años y eran una de las
+tradiciones de la tierra. A él no se le había conocido noviazgo alguno
+en Jerez. Se contentaba con tomar lo que podía, buenamente, de vez en
+cuando, para satisfacción de sus deseos.
+
+--Eso lo agradece siempre el cuerpo--continuó.--Pero relaciones por lo
+fino, con suspiros, penas y celillos, ¡eso nunca! Necesito el tiempo
+para otras cosas.
+
+Y Fermín, con tono zumbón, intentaba consolar a su amigo. Aquella mala
+racha pasaría. ¡Caprichos de mujeres, que se ponen de morros y fingen
+enfado para que las quieran más! El día en que menos lo pensase, vería
+a María de la Luz ir hacia él, diciendo que todo había sido una broma,
+para poner a prueba su cariño, y que lo quería más que antes.
+
+Pero el mocetón movía la cabeza negativamente.
+
+--No; no me quiere. Esto se acabó y yo voy a morir.
+
+Relataba a Montenegro cómo habían terminado sus amores. Ella le llamó
+una noche para hablar en la reja, y con una voz y un gesto, cuyo
+recuerdo aún estremecía al pobre mozo, le anunció que todo había acabado
+entre los dos. ¡Cristo; qué noticia para recibirla así, de sopetón!
+
+Rafael se agarró a los hierros para no caer. Después hubo de todo:
+súplicas, amenazas, lloros; pero ella se mantenía inflexible, con una
+sonrisa que daba miedo, negándose a continuar los amoríos. ¡Ah, las
+mujeres!...
+
+--Sí, hijo mío--decía Fermín.--Unas arrastrás. Aunque se trate de mi
+hermana, no hago excepción. Por eso tomo yo de ellas lo que necesito y
+rehuyo el trato... ¿Pero qué excusa te daba Mariquita?...
+
+--Que ya no me quiere; que se ha apagao de repente el aquel que me
+tenía. Que no siente por mi ni una miaja de afecto y no quiere mentir
+fingiendo cariño... ¡Como si un querer pudiera apagarse de pronto, lo
+mismo que una luz!...
+
+Rafael recordaba el final de su última entrevista. Cansado de suplicar,
+de llorar agarrado a la reja, de arrodillarse como un chiquillo, la
+desesperación le había hecho prorrumpir en amenazas. ¡Que le perdonase
+Fermín! pero en aquel momento se sintió capaz del crimen. La muchacha,
+cansada de sus ruegos, asustada de sus maldiciones, acabó por cerrar de
+golpe la ventana. ¡Y hasta ahora!
+
+Dos veces había ido de día a Marchamalo con la excusa de ver al señor
+Fermín; pero María de la Luz escondíase, apenas adivinaba su caballo
+galopando por la carretera.
+
+Montenegro le oía pensativo.
+
+--¿Tendrá otro novio?--dijo.--¿Se habrá enamorado de alguien?
+
+--No; eso no--se apresuró a responder Rafael, como si esta convicción le
+sirviese de consuelo.--Lo mismo pensé en el primer momento y me vi ya
+metío en la cárcel de Jerez y luego en presidio. Al que me quite a mi
+Mariquilla de la Lú, lo mato. Pero ¡ay! que no me la quita nadie: que es
+ella la que se va... He pasao los días vigilando de lejos la torre de
+Marchamalo. ¡Las copas que llevo bebías en el ventorro de la carretera y
+que se me golvían veneno al ver bajar o subir a alguien la cuesta de la
+viña!... He pasao las noches tendido entre las cepas, con la escopeta al
+lado, dispuesto a meterle un puñao de postas en el vientre al primero
+que se acercase a la reja... Pero no he visto más que a los mastines. La
+reja cerrá. Y entretanto, el cortijo de Matanzuela anda desgobernao,
+aunque mardita la falta que hago yo con esto de la huelga. Nunca estoy
+allí: el pobre _Zarandilla_ se lo carga too; si lo supiera el amo, me
+despedía. Sólo tengo ojos y oídos para celar a tu hermana y sé que no
+hay noviazgo, que no quiere a nadie. Casi estoy por decirte que aun me
+tiene algo de ley, ¡mira tú si soy tonto!... Pero la mardita huye de
+verme, y dice que no me quiere.
+
+--¿Pero tú la has hecho algo, Rafael? ¿No estará enfadada por alguna
+ligereza tuya?
+
+--No: eso tampoco. Soy más inocente que el niño Jesú y el cordero que
+lleva al lao. Desde que tengo relaciones con tu hermana, que no miro a
+una moza. Toas me parecen feas, y Mariquilla lo sabe. La última noche
+que hablé con ella, cuando yo le pedía que me perdonase, sin saber por
+qué, y le preguntaba si la había ofendío en algo, la pobrecita lloraba
+como la Malaena. Bien sabe tu hermana que yo no la he fartao en tanto
+como esta uña. Ella misma lo decía: «¡Pobre Rafaé! ¡Tú eres bueno!
+Olvídame: serías infeliz conmigo». Y me cerró la ventana...
+
+El mocetón gemía al decir esto, mientras su amigo, que había acabado de
+comer, apoyaba pensativo su frente en una mano.
+
+--Pues, hijo--murmuró Fermín.--No entiendo este jeroglífico. Mariquilla
+te deja y no tiene otro novio: te compadece, te dice que eres bueno,
+mostrando que aun te tiene algún querer, y te cierra la ventana. ¡El
+demonio que entienda a las mujeres! ¡Y qué mala alma tienen a veces las
+condenadas!...
+
+Aumentó el estrépito en el cuarto de la juerga, y una voz de mujer,
+aguda, de un temblor metálico, llegó hasta los dos amigos.
+
+ Me dejó... ¡mala gitana!
+ Cuando yo más la quería...
+
+Rafael no pudo oír más. La poesía popular le arañaba el alma con su
+ingenua tristeza. Rompió a llorar con gemidos de niño, como si la copla
+fuese su historia: como si la hubiesen compuesto luego de ser despedido
+él de aquella reja, donde estaba la felicidad de su vida.
+
+--¿Oyes, Fermín?--dijo entre suspiros.--Ese, soy yo. Me ocurre lo que al
+pobresito de la copla. Se le tiene compasión a un perrito de cría, se le
+quiere, no se le deja, sus chillidos inspiran lástima, y yo, que soy un
+hombre, una criatura de Dios, ¡a la calle! ¡si te quise, ya no te
+quiero! ¡a reventar de pena!... ¡Cristo! ¡Paece mentira que aún no me
+haya muerto!...
+
+Quedaron en silencio largo rato. Abstraídos en sus pensamientos, ya no
+oían el estrépito de la juerga, la voz femenil que seguía entonando
+coplas.
+
+--Fermín--dijo de pronto el aperador.--Tú eres el único que lo puee
+arreglar todo.
+
+Por esto le había esperado a la salida del escritorio. Conocía su gran
+influencia sobre la familia. María de la Luz le respetaba más que a su
+padre, y se hacía lenguas de su sabiduría.
+
+La educación en Inglaterra, y los elogios del capataz, que veía en su
+hijo una inteligencia casi tan grande como la de su maestro, influían en
+la muchacha, ingiriendo en su afecto fraternal una gran dosis de
+admiración. Rafael no se atrevía a hablar al padrino: le tenía miedo.
+Pero de Fermín lo esperaba todo, y se confiaba a él.
+
+--Lo que tú le digas que haga, eso hará... Ferminillo, no me abandones,
+protégeme. Tú eres mi patrón; quisiera ponerte en un altar y encenderte
+velas y rezarte una letanía. Fermín; santito mío: no me dejes,
+defiéndeme. Ablanda aquel peñasco, de corazón; agárrame, porque si no,
+me caigo y voy a presidio o a la casa de los locos.
+
+Montenegro se burló de las exageraciones lloriqueantes de su amigo.
+
+--Está bien, hombre: se hará lo que se pueda, pero no llores más, ni
+sueltes esas oraciones, que pareces don Pablo, mi principal, cuando le
+hablan de Dios. Veré a Mariquita: le hablaré de ti: le diré a la muy
+indina lo que merece. ¿Qué; estás ya contento?...
+
+Rafael limpiábase los lagrimones, y sonreía con sencillez infantil,
+mostrando sus dientes cuadrados, de nítida blancura. Pero su gozo era
+impaciente. ¿Cuándo pensaba Fermín ver a Mariquita?
+
+--Hombre, iré mañana. En el escritorio estamos muy atareados en la
+liquidación de fin de año. Las cuentas de los ingleses me dan mucho
+quehacer.
+
+El mocetón hizo un gesto de contrariedad. ¡Mañana!... Una noche más de
+no dormir, de llorar su desgracia, de incertidumbre cruel no sabiendo si
+debía esperar algo.
+
+Montenegro rió ante la tristeza del aperador. ¡Pero cómo ponía el amor a
+los hombres! Daba ganas de propinar unos cuantos azotes a aquel mozo,
+como si fuera un niño grandullón y enfurruñado.
+
+--No, Fermín; por tu salú te lo pido. Haz algo por mí; ve en seguida y
+sacarás un alma de pena. Nada te dirán en el escritorio: esos señores te
+quieren; eres su niño mimao.
+
+Y le asediaba con ruegos ardorosos, con palabras acariciadoras, para que
+fuese en seguida a avistarse con su hermana. Montenegro cedió, vencido
+por la ansiedad del mocetón. Iría aquella misma tarde a Marchamalo;
+mentiría al jefe del escritorio diciéndole que su padre estaba enfermo.
+Don Ramón era bueno y haría la vista gorda.
+
+El impaciente Rafael habló entonces de lo cortas que eran las tardes de
+Enero y de la necesidad de aprovechar el tiempo.
+
+Fermín llamó al criado, que se extrañaba de la parquedad de los dos
+amigos, invitándoles a pedir más _cosas_. ¡Todo estaba pagado! ¡Don Luis
+tenía cuenta abierta!...
+
+Al salir Rafael, marchó directamente a la calle, temiendo que el amo le
+viese con los ojos enrojecidos. Fermín asomó la cabeza al cuarto de la
+juerga, y después de aceptar una copa de Dupont huyó de éste, que
+intentaba cogerle por las solapas, para que se quedase.
+
+Antes de media tarde llegó Fermín a Marchamalo. Rafael le llevó en las
+ancas de su jaca. Su impaciencia le hacía mover nerviosamente los
+talones, espoleando al animal.
+
+--¡Que vas a reventarlo, bárbaro!--gritaba Montenegro, pegando su pecho
+a la espalda del jinete.--¡Que pesamos mucho los dos!...
+
+Pero Rafael sólo pensaba en la entrevista próxima.
+
+--En el mismísimo carro de San Elías quisiera yo llevarte, Ferminillo,
+para que vieses antes a la gachí.
+
+Hicieron alto en el ventorro de la carretera, cerca de la viña.
+
+--¿Quieres que te espere?--dijo el aperador.--Yo te aguardo aquí con
+gusto hasta el día del Juicio.
+
+Sentía impaciencia por conocer la resolución de la muchacha. Pero Fermín
+no quiso que le aguardase. Pensaba pasar la noche en la viña. Y siguió
+la marcha a pie, mientras Rafael le anunciaba a voces que vendría a
+buscarle al día siguiente.
+
+Cuando el señor Fermín vio llegar a su hijo, le preguntó con cierta
+ansiedad si ocurría algo en Jerez. «Nada, padre.» Él venía a pasar la
+noche con la familia, ya que en el escritorio le habían dado permiso por
+falta de trabajo. El viejo agradeció la visita, pero sin desechar la
+inquietud que había manifestado a la llegada de su hijo.
+
+--Creí, al verte, que algo malo pasaba en Jerez: pero si nada ocurre
+aún, ocurrirá pronto. Yo, desde aquí, lo sé todo; nunca falta un amigo
+de las otras viñas que me trae el soplo de lo que piensan los
+huelguistas. Además, en el ventorro repiten los arrieros lo que oyen en
+los ranchos.
+
+Y el capataz habló a su hijo de la gran reunión que los trabajadores
+iban a celebrar el día siguiente en los llanos de Caulina. Nadie sabía
+quién daba las órdenes, pero el llamamiento había circulado de boca en
+boca por el campo y la sierra, y se juntarían miles y miles de hombres,
+viniendo hasta de los límites de la provincia de Málaga, todos los que
+ganaban el jornal en la campiña jerezana.
+
+--Una verdadera revolución, hijo. Anda en todo esto un forastero, un
+muchacho al que llaman el _Madrileño_, que habla de matar a los ricos y
+repartirse los tesoros de la ciudad. La gente parece loca: todos creen
+que mañana van a triunfar y que se acaba la miseria. El _Madrileño_
+emplea el nombre de Salvatierra, como si obrase por orden suya, y muchos
+afirman, como si le hubieran visto, que don Fernando está escondido en
+Jerez y se presentará en el momento de la revolución. ¿Qué sabes tú de
+esto?...
+
+Fermín movió la cabeza con aire incrédulo. Salvatierra le había escrito
+algunos días antes, sin manifestar propósitos de volver a Jerez. Dudaba
+de que fuese cierto su viaje. Además, le parecía inverosímil este
+intento de sublevación. Sería una alarma más de las muchas inventadas
+por la desesperación de los hambrientos. Equivalía a una locura intentar
+la invasión de la ciudad estando en ella las tropas.
+
+--Ya verá usted, padre, cómo si se reúnen en Caulina, quedará todo
+reducido a gritos y amenazas, como en las reuniones en los ranchos. Y de
+don Fernando, no pase usted pena. Tengo la convicción de que está en
+Madrid. No es tan insensato que vaya a comprometerse en una locura como
+esta.
+
+--Lo mismo creo, hijo; pero por lo que pueda ocurrir, procura tú mañana
+no mezclarte con esos locos, si es que entran en la ciudad.
+
+Fermín miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin
+salió de la casa María de la Luz, sonriendo a su Fermín, acogiendo su
+visita con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la miró con
+atención. ¡Nada! De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar
+aquellas tristezas que habían cortado sus amores.
+
+Transcurrió más de una hora sin que pudiese hablar a solas con su
+hermana. En las miradas fijas de Fermín parecía adivinar la moza algo de
+sus pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan
+pronto palidecía con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con
+una oleada de sangre.
+
+El señor Fermín bajó la cuesta de la viña, yendo al encuentro de unos
+arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les
+reconocía desde lo alto. Eran amigos, y quería saber por ellos lo que
+hablaban en los ranchos de la reunión del día siguiente.
+
+Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un
+silencio embarazoso.
+
+--Tengo que hablarte, Mariquita--dijo al fin el muchacho con resolución.
+
+--Pues empieza cuando quieras, Fermín--contestó ella con acento
+tranquilo.--Ya adiviné al verte que por algo venías.
+
+--No: aquí no. Podría volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar
+requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo.
+
+Y los dos emprendieron la marcha colina abajo, por la pendiente opuesta
+a la carretera. Bajaban por entre las cepas, a espaldas de la torre,
+dirigiéndose a una línea de chumberas que limitaba la gran viña por este
+lado.
+
+María de la Luz intentó detenerse varias veces no queriendo ir tan
+lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa
+incertidumbre. Pero el hermano se resistía a iniciar la conversación
+mientras pisasen aquella tierra sometida a la vigilancia de su padre.
+
+Se detuvieron en la cerca de chumberas, junto a una gran brecha que
+dejaba ver un copudo olivar, tras cuyo ramaje descendía el sol.
+
+Fermín hizo que su hermana se sentara en el ribazo, y plantándose ante
+ella, dijo con dulce sonrisa para animarla a la confianza:
+
+--Vamos a ver, loquilla: vas a decirme por qué has roto con Rafael; por
+qué le has despedido como si fuese un perro, causándole tal pena que el
+pobre parece que va a morir.
+
+María de la Luz pareció echar a broma el asunto, pero estaba pálida y su
+risa tenía la crispación de una mueca triste.
+
+--Porque no le quiero: porque me he cansao de él, ¡ea! Es un soso que me
+aburre. ¿No soy yo dueña de querer al hombre que me guste?...
+
+Fermín la habló como a una niña revoltosa. Estaba mintiendo: se lo
+conocía en la cara. No podía ocultar que seguía amando a Rafael. Algo
+había en todo aquello, que era preciso que él conociera para bien de los
+dos novios, para juntarlos de nuevo. ¡Mentira aquel aburrimiento!
+¡Mentira aquella energía de moza bravucona con que se expresaba
+Mariquita al justificar su rompimiento con Rafael! Ella no era mala; no
+podía tratar con tanta crueldad a su antiguo novio. ¡Qué! ¿así se rompen
+unos amores comenzados casi en la infancia? ¿Así se despide a un hombre
+después de haberlo tenido durante años y años, como quien dice, cosido a
+las faldas? Algo había en su conducta que no podía explicarse, y era
+preciso que ella se lo dijese. ¿No era su hermano único y el mejor de
+sus amigos? ¿No le contaba todas las cosas que no se atrevía a decir al
+padre, por el respeto que éste le inspiraba?...
+
+Pero la muchacha se mostró insensible al tono acariciador y persuasivo
+de su hermano.
+
+--No hay nada de eso--repuso enérgicamente, irguiendo su busto como si
+fuese a levantarse.--Todo son invenciones tuyas. No hay más, que estoy
+cansada de noviazgos, que no quiero hombre, que pienso pasarme la vida
+al lado de padre y de ti. ¿Con quién mejor que con vosotros? ¡Se
+acabaron los novios!
+
+El hermano acogía estas palabras con un gesto de incredulidad. ¡Mentira
+otra vez! ¿Por qué se cansaba de pronto del hombre al que tanto había
+querido? ¿Qué causa poderosa había deshecho con tanta rapidez su
+amor?... ¡Ah Mariquita! Él no era tan bobo que se tragase unas excusas
+faltas de sentido.
+
+Y como la muchacha, para ocultar su turbación levantase la voz,
+repitiendo enérgicamente que era dueña de su voluntad y podía hacer lo
+que fuese de su gusto, Fermín comenzó a irritarse.
+
+--¡Ah, mocita falsa! ¡Alma dura! ¡Corazón de canto! ¿Crees tú que a un
+hombre se le deja cuando a una le parece, después de haberle entretenido
+años enteros junto a la reja, enloqueciéndolo con palabritas de miel,
+afirmando que se le quiere más que a la vida? Por mucho menos les han
+partido a algunas el corazón de una puñalada... Grita: repite que harás
+lo que te dé la gana: yo pienso en aquel infeliz que, mientras tú hablas
+como una arrastrá, el pobrecito anda por ahí hecho una lástima, llorando
+como un chiquillo, a pesar de que es el hombre más hombre de todo el
+campo de Jerez. Y eso por ti... ¡por ti, que te portas peor que una
+gitana! ¡por ti, veleta!...
+
+Exaltándose a impulsos de su ira, hablaba de la tristeza de Rafael, del
+gesto lloroso con que había implorado su auxilio, de la angustia con que
+aguardaba el resultado de su mediación. Pero no pudo hablar más. María
+de la Luz, pasando repentinamente de la resistencia al desaliento,
+rompió a llorar, aumentándose sus gemidos y sus lágrimas conforme
+avanzaba Fermín en el relato de la desesperación amorosa del novio.
+
+--¡Ay, pobrecito!--gemía la muchacha, olvidando todo disimulo.--¡Ay, mi
+Rafael de mi arma!...
+
+Se dulcificó la voz del hermano.
+
+--Le quieres, ¿no lo ves? le quieres. Tú misma te delatas. ¿Por qué
+hacerle sufrir? ¿Por qué esa testarudez, que a él le desespera y a ti te
+hace llorar?
+
+Y el muchacho, inclinándose sobre su hermana, la envolvía en sus ruegos
+o la empujaba los hombros con violencia, presintiendo la gravedad del
+secreto que ocultaba Mariquita y que él a todo trance quería conocer.
+
+Callaba la muchacha. Gemía oyendo a su hermano, como si cada una de sus
+palabras penetrase en su alma, crispándola con el dolor de las heridas
+desgarradas; pero no abría su boca: temía decir demasiado y únicamente
+lloraba, poblando de lamentos el silencio de la tarde.
+
+--Habla--gritaba imperiosamente Fermín.--Di algo. Tú quieres a Rafael;
+le quieres tal vez más que antes. ¿Por qué te separas de él? ¿Por qué le
+despides? Esto es lo que me interesa; tu silencio me da miedo. ¿Por qué?
+¿por qué? Habla, mujer; habla, o creo que te mato.
+
+Y empujaba rudamente a María de la Luz, la cual, como si no pudiera
+sostenerse bajo el peso de la emoción, se había tendido en el ribazo,
+con la cara entre las manos.
+
+Comenzaba a ocultarse el sol. Se veía el disco de color de cereza,
+detrás de las ramas del olivar, como al través de una celosía negra. Sus
+últimos rayos, a ras de tierra, coloreaban con un resplandor anaranjado
+la columnata de troncos de los olivos, las marañas de plantas de la
+tierra, las curvas del cuerpo de la moza tendido en el suelo. La
+punzante película de las chumberas erizábase como una epidermis
+luminosa.
+
+--Habla, Mariquita--rugía la voz de Fermín.--Di por qué haces eso. ¡Dilo
+por tu vida! ¡Mira que me vuelves loco! ¡Díselo a tu hermano, a tu
+Fermín!
+
+La voz de la muchacha salió tenue, vergonzosa, lejana, de aquel bulto
+tendido.
+
+--No le quiero... porque le quiero mucho. No puedo quererle, porque le
+amo demasiado para hacerle infeliz.
+
+Y cual si tras estas palabras confusas cobrase ánimos, Mariquita se
+irguió, mirando fijamente a Fermín con sus ojos llenos de lágrimas.
+
+Podía pegarla, podía matarla; pero ella no volvería a hablar con Rafael.
+Había jurado que si se consideraba indigna de él, le abandonaría, aunque
+con esto destrozase su alma. Era un crimen premiar aquel amor tan
+intenso introduciendo en su futura existencia algo que pudiese afrentar
+a Rafael, tan bueno, tan noble, tan amoroso.
+
+Se hizo un largo silencio.
+
+El sol había desaparecido. Ahora el negro ramaje del olivar se destacaba
+sobre un cielo de color de violeta, con una leve franja de oro a ras del
+horizonte.
+
+Fermín callaba, como si le aterrase el contacto de la verdad misterioso,
+cuyo roce creía ya sentir.
+
+--Según eso--dijo con una calma solemne,--tú te consideras indigna de
+Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle
+infeliz.
+
+--Sí--contestó ella sin bajar los ojos.
+
+--¿Y qué es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo.
+
+María de la Luz volvió a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no
+hablaría: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus
+fuerzas. Si Fermín la quería un poco; debía respetar su silencio,
+dejarla en paz, que harto lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros,
+rasgó de nuevo la calma del crepúsculo.
+
+Montenegro mostrábase tan desalentado como su hermana. Después de sus
+arrebatos de indignación, sentíase débil, reblandecido, anonadado por
+aquel misterio, que sólo había podido columbrar. Hablaba con dulzura,
+con humildad, recordando a la joven el estrecho cariño que unía sus
+vidas.
+
+No habían conocido a su madre, y Fermín ocupó para la pequeña el vacío
+que dejó al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas
+si recordaban. ¿Cuántas veces, a la edad en que otros muchachos se
+duermen en un regazo tibio, había hecho de madre para ella, meciéndola
+muerto de sueño, sufriendo sus llantos y sus manotones? ¿Cuántas veces,
+en la época de miseria, cuando el padre no tenía trabajo, había sofocado
+su hambre para darla el mendrugo que le regalaban otros chicos,
+compañeros de sus juegos?... Cuando ella sufrió las enfermedades de la
+infancia, su hermano, que apenas pasaba la cabeza del borde de la cama,
+la había velado, había dormido con ella sin miedo a la infección. Eran
+más que hermanos: la mitad de su vida la habían pasado juntos, en
+contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos,
+confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no sabía lo que en su
+cuerpo era suyo o asimilado del otro.
+
+Después, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de
+una infancia triste, se había agrandado. Él no pensaba en casarse, como
+si su misión en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, viéndola
+feliz con un hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a
+los hijos que ella tuviese... Para Fermín no guardaba secretos
+Mariquita. Corría a él, en los momentos de duda, antes que al padre...
+¡Y ahora, la ingrata, como si de repente se endureciese su alma, dejaba
+impasible que él sufriese, sin revelar aquel misterio de su vida!
+
+--¡Ah, mal corazón! ¡Mala hermana!... ¡Y cuán poco te conocía!
+
+Estos reproches de Fermín, dichos con voz entrecortada, como si fuese a
+llorar, causaron más efecto en María que las amenazas y violencias de
+antes.
+
+--Fermín... quería ser muda para que no sufrieses; porque sé que la
+verdad te hará daño. ¡Ay, Jesús mío! ¡Destrozarles el alma a los dos
+hombres que más quiero!...
+
+Pero ya que el hermano lo exigía, a él se confiaba, y fuese lo que Dios
+quisiera... Se había erguido otra vez y hablaba, sin un gesto, sin mover
+apenas los labios, con la mirada perdida en el horizonte, cual si
+estuviera soñando y relatase la historia de otra persona.
+
+Comenzaba a anochecer y a Fermín le pareció que toda la sombra del
+crepúsculo se le metía dentro del cráneo, nublando su pensamiento,
+entorpeciéndolo con dolorosa somnolencia. Un frío intenso y paralizador,
+un frío de sepultura, arañaba su espalda. Era la brisa ligera de la
+noche, pero a Fermín le pareció un viento de hielo, una tromba glacial
+que venía desde el Polo para él, sólo para él.
+
+María de la Luz seguía hablando impasible, como si relatase la desgracia
+de otra mujer. Sus palabras evocaban rápidas imágenes en el pensamiento
+del hermano. Todo lo veía Fermín: la embriaguez general de la última
+noche de la vendimia, la borrachera de la moza, su desplome como un
+cuerpo inerte en el rincón de los lagares, y después la llegada del
+señorito para aprovecharse de la caída.
+
+--¡El vino! ¡El mardito vino!--decía María de la Luz con expresión de
+cólera, haciendo al líquido de oro responsable de su desgracia.
+
+--Sí, el vino--repetía Fermín.
+
+Y con el pensamiento evocaba a Salvatierra, recordando sus anatemas a la
+maléfica divinidad que regulaba todas las acciones y los afectos de un
+pueblo esclavizado por ella.
+
+Después, las palabras de su hermana le hacían ver el horroroso despertar
+al desvanecerse el triste engaño de la embriaguez, la indignación con
+que repelía a un hombre, al que no amaba, y que aún le parecía más
+antipático luego de su fácil victoria.
+
+Todo había acabado para María de la Luz. Harto lo demostraba la firmeza
+de sus palabras. Ya no podía ser del hombre amado. Debía mostrarse
+cruel, fingir despego, hacerle sufrir como una moza casquivana, antes
+que decirle la verdad.
+
+Imperaba en ella esa preocupación de la hembra vulgar que confunde el
+amor con la virginidad física. Una mujer sólo podía ser esposa del
+hombre al que llevase como tributo de sumisión, la integridad de su
+cuerpo. Ella debía ser como su madre, como todas las buenas mujeres que
+conocía. La virginidad de la carne era tan importante como el amor; y
+cuando se perdía, aunque fuese por un azar, sin voluntad alguna, había
+que resignarse, doblar la cabeza, decir adiós a la dicha y seguir el
+camino de la vida, sola y triste, mientras el amante infeliz se alejaba
+por otro lado buscando una nueva urna de amor cerrada e intacta.
+
+Para María de la Luz el mal era irremediable. Amaba a Rafael; la
+desesperación del muchacho aumentaba su apasionamiento; pero jamás
+volvería a hablarle. Se resignaba a que la tuviesen por cruel antes que
+engañar al hombre amado. ¿Qué decía Fermín a esto? ¿No debía ella
+repeler a su novio, aunque esto la destrozase el alma?...
+
+Fermín permanecía silencioso, la barba en el pecho y los ojos cerrados,
+con la inmovilidad de la muerte. Parecía un cadáver en pie. De pronto,
+despertó la fiera humana que se encabrita y ruge ante la desgracia.
+
+--¡Ah, perra descastada!--bramó.--¡Mala piel! ¡....!
+
+Y el supremo insulto a la virtud femenil salió de sus labios disparado
+contra María de la Luz. Avanzó un paso, con la mirada extraviada y el
+puño en alto. La muchacha, como si la penosa revelación la hubiese
+sumido en la insensibilidad de los imbéciles, no cerró los ojos, no
+movió la cabeza para evitar el golpe.
+
+La mano de Fermín volvió a caer sin rozarla. Fue un relámpago de
+ferocidad; nada más. Montenegro se reconocía sin derecho para castigar a
+su hermana. En las nieblas de color de sangre que pasaban ante sus ojos,
+creyó ver el brillo de las gafas azules de Salvatierra, su sonrisa fría
+de inmensa bondad. ¿Qué haría el maestro de estar allí?... Perdonar,
+indudablemente: envolver a la víctima en la conmiseración sin límites
+que le inspiraban los pecados de los débiles. Además, estaba el vino
+como principal culpable: el veneno de oro, el diablo de color de ámbar,
+esparciendo con su perfume la locura y el crimen.
+
+Fermín permaneció silencioso largo rato.
+
+--De todo esto--dijo al fin--ni una palabra al padre. El pobre viejo
+moriría.
+
+Mariquita hizo un gesto de asentimiento.
+
+--Si te encontraras con Rafael--continuó,--ni una palabra tampoco. Le
+conozco: el pobre mozo iría a presidio por tu culpa.
+
+La advertencia era inútil. Para evitar la venganza de Rafael, había
+mentido ella, fingiendo sus crueles desvíos.
+
+Fermín continuó hablando con tono sombrío, pero imperiosamente, sin
+admitir réplica. Ella se casaría con Luis Dupont... ¿Que le aborrecía?
+¿Que había huido de él después de aquella noche horrible?... Pues esta
+era la única solución. Con la honra de su familia ningún señorito jugaba
+impunemente. Si no le quería por amor, le toleraría por deber. El mismo
+Luis iría a buscarla, a pedirla la mano.
+
+--¡Le odio! ¡Le aborrezco!--decía Mariquita.--¡Que no venga! ¡No quiero
+verle!...
+
+Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella
+podía mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa.
+Quedar soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no
+haber engañado a Rafael, podía satisfacerla. ¿Pero y él, que era su
+hermano? ¿Cómo podría vivir, viendo a todas horas a Luis Dupont, sin
+exigirle una reparación por su ultraje, pensando que el señorito se reía
+interiormente de su hazaña, al encararse con él?...
+
+--A callar, Mariquita--dijo con dureza.--A callar, y ser obediente. Ya
+que como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la
+honra de la familia.
+
+Había cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el
+regreso a su casa. Fue una ascensión lenta, penosa, temblándoles las
+piernas, zumbándoles los oídos, jadeando sus pechos, como si les
+aplastase un peso enorme. Parecíales que llevaban en hombros un muerto
+gigantesco, algo que había de pesar sobre el resto de su existencia.
+
+Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el
+tormento de tener que sonreír al pobre padre, de seguir su conversación
+sobre los sucesos que se preparaban para el día siguiente, de manifestar
+Fermín sus opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos
+de Caulina.
+
+El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el
+insomnio de Mariquita; oía el continuo revólver de su cuerpo en la cama,
+prorrumpiendo en suspiros dolorosos.
+
+Poco después del alba, Fermín salió de Marchamalo, dirigiéndose a Jerez
+sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que
+vio junto al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del
+camino, como un centauro.
+
+--Cuando tan pronto vienes, algo güeno ties que dicirme--exclamó el
+mocetón con una confianza cándida que a Fermín casi le arrancó
+lágrimas.--Suelta por esa boca, Ferminillo mío, ¿qué resultao traes de
+tu embajada?...
+
+Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando
+con vagas palabras su turbación.
+
+El asunto marchaba así, así; no del todo mal. Podía estar tranquilo:
+caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistiría para que todo
+se arreglase. Lo importante era que Mariquita le quería lo mismo que
+antes. Podía estar seguro de esto.
+
+¡Qué cara de angelote, radiante y gozoso, la del mocetón!...
+
+--Anda, Ferminillo: súbete en las ancas, ¡salao! ¡gracioso! que te voy a
+llevar a Jerez en un decir Jesú. Tienes más talento y más labia, y más
+aquel en la mollera, que toos los abogaos juntos de Cáiz, de Sevilla y
+hasta de Madrí... ¡Si sabría yo a qué aldabilla me agarraba cuando
+busqué a mi niño!...
+
+La jaca iba al galope, espoleada por el aperador. Éste necesitaba
+correr, aspirar el aire con violencia, cantar para dar salida a la
+alegría, mientras Fermín, a sus espaldas, casi lloraba, viendo la
+alegría del inocente, escuchando las coplas que dedicaba a la _gachí_,
+como si la tuviera otra vez por suya, gracias al hermano. Para
+sostenerse en las ancas del corcel, tuvo Fermín que agarrarse a la
+cintura del aperador; pero lo hizo con cierto remordimiento, como
+avergonzado del contacto con aquel ser bueno y sencillo cuya confianza
+forzosamente había de engañar.
+
+Se separaron en las afueras de Jerez. Rafael se marchaba al cortijo.
+Quería estar allí, ya que tenía noticia de lo que se preparaba para la
+tarde en los llanos de Caulina.
+
+--Va a haber bronca, y gorda. Dicen que hoy se lo reparten too y lo
+queman too, y que se van a cortar más cabezas que en una batalla de
+moros... Yo a Matanzuela, y al primero que se presente con mala
+intención lo recibo a tiros. Al fin, el amo es el amo y pa eso me tiene
+allí don Luis: pa que guarde sus intereses.
+
+Fue un nuevo tormento para Fermín ver la arrogancia con que se alejaba
+el mocetón, la firme tranquilidad con que hablaba de hacerse matar por
+los que osasen el más leve atentado contra la propiedad de su señor.
+¡Ay! ¡si el jayán inocente, en el cumplimiento de su deber, supiera lo
+que él!...
+
+Fermín pasó todo el día en el escritorio trabajando, con el pensamiento
+lejos, muy lejos; traduciendo cartas mecánicamente, sin fijarse en el
+sentido de las palabras, uniendo números como un autómata.
+
+Algunas veces levantaba la cabeza y permanecía inmóvil, mirando
+fijamente a don Pablo Dupont al través de la puerta abierta de su
+despacho. El principal discutía con don Ramón y otros señores, ricos
+cosecheros que llegaban con cierto aire despavorido y se serenaban,
+acabando por reír, luego de escuchar las vehementes palabras del
+millonario.
+
+Montenegro no prestaba atención, a pesar de que la voz de don Pablo,
+aflautada por la cólera, se esparcía algunas veces por el escritorio.
+Debían hablar de la reunión en Caulina: la noticia había llegado desde
+el campo a la ciudad.
+
+Varias veces, al quedar solo Dupont en su despacho, el empleado sintió
+tentaciones de entrar... pero se contuvo. No: allí no. Necesitaba
+hablarle a solas. Conocía su carácter arrebatado. La sorpresa le haría
+prorrumpir en gritos, oyéndole todas las gentes del escritorio.
+
+A la caída de la tarde, Fermín, después de vagar un buen rato por las
+calles, para dejar algún espacio entre la salida de la oficina y su
+visita al amo, se dirigió al ostentoso hotel de la viuda de Dupont.
+
+Pasó la verja y el portal con la facilidad de un antiguo servidor de la
+casa. Se detuvo un instante en el patio, de blancas arcadas, entre los
+macizos de plátanos y palmeras. En el centro de uno de los claustros
+cantaba un chorro de agua, cayendo en profundo tazón. Era una fuente con
+pretensiones de monumento; una montaña de estalactitas con una cueva a
+guisa de hornacina, y en ella la Virgen de Lourdes, de mármol blanco;
+una estatua mediocre, con el relamido exterior de la imaginería
+francesa, que el dueño del hotel apreciaba como un prodigio artístico.
+
+Le bastó a Fermín anunciarse, para que le hiciesen pasar al despacho del
+señor. Un criado descorrió las cortinas de las ventanas para que
+entrase toda la luz de la tarde. Don Pablo, apoyado en la pared,
+inclinábase ante la bocina de un aparato telefónico, manteniendo el
+receptor en el oído. Con un gesto indicó a su empleado que se sentase, y
+Fermín, hundido en un sillón, dejó vagar su mirada por esta pieza, en la
+que no había entrado nunca.
+
+Un gran cuadro de talla dorada, adornado con la cabeza de San Pedro, y
+los escudos pontificales, contenía el diploma más glorioso de la casa,
+el Breve concediendo la bendición papal en la hora de la muerte a todos
+los Dupont, hasta la cuarta generación. Luego, en otros cuadros no menos
+deslumbrantes, mostrábanse todas las distinciones concedidas a don
+Pablo, tan honoríficas como santas; pergaminos con grandes sellos e
+inscripciones rojas, azules o negras; títulos de comendador de la orden
+de San Gregorio, de la de _Pro ecclesiæ et Pontifice_, y de la Piana;
+diplomas de caballero Hospitalario de San Juan y del Santo Sepulcro. Las
+cartas que acreditaban las cruces de Carlos III y de Isabel la Católica,
+concedidas por las regias personas después de sus visitas a la bodega de
+los Dupont, ocupaban las paredes más oscuras, encuadradas en marcos
+menos vistosos, con la modestia que el poder civil debe mostrar ante la
+representación de Dios; cediendo el sitio, como avergonzadas, a todos
+los títulos honoríficos inventados por la Iglesia, que habían llovido
+sobre don Pablo, sin que faltase uno.
+
+Dupont únicamente rechazaba de Roma el título de nobleza. Sus amigos de
+allá ponían a disposición de él toda la heráldica: conde, marqués,
+duque, lo que quisiera. Hasta príncipe lo haría el Santo Padre por la
+gracia de Dios; y en cuanto al título, si no le gustaba su apellido no
+tenía más que echar mano a cualquiera de los innumerables santos del
+calendario.
+
+Pero el hijo de doña Elvira rehusaba obstinadamente esta distinción. ¡La
+Iglesia por encima de todo!... pero la nobleza histórica también era
+obra de Dios. Y, orgulloso de la estirpe materna, sonreía irónicamente
+al hablar de la nobleza papal, despreciando a los industriales y los
+ricos improvisados que se pavoneaban con sus títulos de Roma. Se
+proponía solicitar para él, más adelante, aquel marquesado rancio y
+glorioso de San Dionisio que estaba sin sucesión desde la muerte de su
+famoso tío Torreroel.
+
+Don Pablo, al dejar el teléfono, saludó a Fermín, impidiéndole con un
+ademán que abandonase su asiento.
+
+--¿Qué hay, muchacho? ¿Traes noticias nuevas? ¿Sabes algo de la reunión
+en Caulina?... Me acaban de decir que llegan grupos de todos lados. Ya
+son unos tres mil.
+
+Montenegro hizo un gesto de indiferencia. Nada le importaba la tal
+reunión: él venía por otra cosa.
+
+--Me alegro que pienses así--dijo don Pablo, sentándose junto a su mesa,
+al pie del diploma de la bendición.--Tú has sido siempre algo _verde_;
+ya sabes que te conozco, y me gusta que no te mezcles en estos líos.
+Esto te lo digo porque te quiero y porque esa gente va a llevar palo...
+mucho palo.
+
+Y se frotaba las manos, como si le regocijase la esperanza del castigo
+que iban a sufrir los rebeldes.
+
+--Tú, que tanto admiras a Salvatierra, el amigote de tu padre, puedes
+felicitarte de que no se encuentre en Jerez. Porque si estuviera, esta
+sería su última hazaña... Pero vamos a ver, Ferminillo, ¿qué te trae por
+aquí?...
+
+Dupont quedose con la vista fija en su empleado y éste comenzó a
+explicarse con cierta timidez. Él conocía el antiguo afecto que don
+Pablo y toda su familia sentían por la del pobre capataz de Marchamalo.
+Un cariño de grandes señores, que ellos, pobres y humildes, no sabían
+cómo agradecer. Además, Fermín apreciaba el carácter de su principal: su
+religiosidad, incapaz de transigir con el vicio y la injusticia. Por
+esto, en un momento difícil para su familia, acudía a él, en busca de
+consejo, de apoyo moral.
+
+Dupont miraba con los ojos entornados a Montenegro, pensando que éste
+sólo podía aproximarse a él impulsado por algo muy importante.
+
+--Está bien--dijo con impaciencia.--Vamos al caso y no perdamos tiempo.
+Mira que hoy es un día extraordinario. De un momento a otro volverán a
+llamarme por teléfono.
+
+Fermín permanecía con la cabeza baja, vacilando, con expresión dolorosa,
+como si las palabras le quemasen la lengua. Por fin comenzó el relato de
+lo ocurrido en Marchamalo la última noche de la vendimia.
+
+El carácter irascible, impetuoso y atronador de Dupont, pareció
+hincharse colérico durante el relato, hasta estallar al final
+ruidosamente.
+
+Su egoísmo le hacía pensar ante todo en él, en lo que suponía este
+atentado para el honor de su casa. Además, considerábase herido por la
+falta de respeto del pariente, afirmando que en este delito de impudor
+había algo de profanación para su propia persona.
+
+--¡En Marchamalo tales abominaciones!--exclamó, saltando de su
+asiento.--¡La torre de los Dupont, mi casa, a la que llevo mi familia
+muchas veces, convertida en un antro del vicio! ¡El demonio de la
+impureza haciendo de las suyas a dos pasos de la capilla, de la casa de
+Dios, donde sacerdotes sabios han dicho las cosas más hermosas del
+mundo!...
+
+Y la indignación le ahogaba. Tosía, agarrándose a la mesa, como si la
+cólera le amagase con una congestión, y pudiera caer redondo en el
+suelo.
+
+Luego vinieron las lamentaciones del industrial. ¡Para esto había
+servido el saqueo que durante su ausencia había hecho en sus mejores
+vinos el empecatado pariente! Aquel robo de loco no podía dar otros
+resultados. ¡Embriagar con el vino de los ricos a todo un tropel de
+gentes rudas y ordinarias! Bastante había reñido a su primo al volver él
+a Jerez; y ahora, cuando tenía olvidada la barrabasada, le enteraban de
+su última consecuencia, una deshonra que le impediría poner los pies en
+Marchamalo. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué de vergüenzas sobre la familia!...
+
+--Compadéceme, Fermín--gritaba don Pablo.--Ten lástima de la cruz que
+llevo a cuestas. El Señor ha derramado todos sus dones sobre su indigno
+servidor, que soy yo. Tengo riquezas, una madre que es una santa, esposa
+cristiana e hijos obedientes; pero en este valle de lágrimas, la
+felicidad no puede ser completa. El Altísimo necesita ponernos a prueba,
+y mi castigo son las niñas del marqués y ese Luis, que es presa del
+demonio. Somos la mejor de las familias, pero esos locos se encargan de
+hacernos llorar, de afligirnos con el tormento de la vergüenza. Ten
+compasión de mí, Fermín; apiádate del cristiano más infeliz de la
+tierra, que no por esto se queja, sino que alaba al Señor.
+
+Reaparecía el exaltado, próximo al delirio al hablar de Dios y de la
+suerte de sus criaturas. Y pidiendo a Fermín que le compadeciese, lo
+hacía con tales gestos, que el joven temía que se arrodillara, con las
+manos juntas, como implorando su perdón.
+
+En ciertos momentos, Montenegro, a pesar de su tristeza, sentía deseos
+de reír por lo extraño de la situación. Aquel hombre poderoso pedía que
+le compadeciese. ¿Qué pediría él, que llegaba impulsado por una
+vergüenza de familia?...
+
+Dupont cayó desalentado en su asiento, la cabeza entre las manos, con la
+facilidad con que pasaba su carácter de la acción desordenada e
+impetuosa al anonadamiento cobarde.
+
+Suspiraba, con tristeza:
+
+--¡La familia!... ¡la familia!...
+
+Pero al levantar los ojos, se encontró con los de Fermín, que le
+contemplaban asombrados, como preguntándole cuándo llegaría el momento
+en que cesara de pedir compasión para él y empezase a compadecer a su
+dependiente.
+
+--¿Y tú--preguntó--qué crees que puedo hacer en esto?...
+
+Montenegro desechó toda timidez para contestar a su jefe. Si él supiera
+qué hacer no habría venido a molestar a don Pablo. Estaba allí para que
+él le aconsejase; más aún, para que pusiera remedio al mal, como
+cristiano y como caballero, ya que estos dos títulos estaban siempre en
+sus labios.
+
+--Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene
+medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia.
+
+--¡El jefe!... ¡el jefe!--murmuró irónicamente don Pablo. Y quedó en
+silencio, como si buscase la solución del asunto.
+
+Luego habló de María de la Luz. Había pecado gravemente y tenía mucho de
+qué arrepentirse. Podía servirle de excusa ante Dios su estado
+extraordinario, su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una
+virtud, y el pecado carnal, pecado era... Había que salvar el alma de la
+infeliz, facilitarla los medios pura que ocultase su vergüenza.
+
+--Yo creo--añadió después de una larga reflexión--que lo mejor será que
+tu hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que
+quiero enviarla a un convento cualquiera. Hablaré con mi madre: nosotros
+sabemos hacer las cosas. Irá a un convento de señoras, de religiosas
+distinguidas, y la dote será cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no
+discuto. Cuatro mil, cinco mil duros... lo que sea. ¡Eh! ¡Me parece que
+la solución no es mala! Allí, en el recogimiento, limpiará su alma de
+culpas. Yo podré llevar entonces mi familia a la viña, sin miedo a que
+los míos se rocen con una desdichada que ha cometido el más torpe de los
+pecados, y ella vivirá como una gran señora, como una esposa distinguida
+de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, ¡hasta con criadas,
+Fermín!, y ya ves que esto vale algo más que quedarse en Marchamalo
+guisando la comida de los viñadores.
+
+Fermín se había puesto de pie, pálido, con las cejas fruncidas.
+
+--¿Eso es todo lo que usted tiene que decir?--preguntó con voz sorda.
+
+El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qué, ¿no le parecía
+bastante? ¿Tenía él una solución mejor? Y con inmensa extrañeza, como si
+hablase de algo disparatado e inaudito, añadió:
+
+--¡A no ser que hayas soñado con que mi primo se case con tu hermana!...
+
+--No haría con ello nada de más. Esto es lo lógico, lo natural, lo que
+aconseja el honor, lo único que puede hacer un cristiano como usted.
+
+Dupont volvió de nuevo a exaltarse.
+
+--¡Ta, ta! ¡Ya salió el cristianismo a gusto vuestro! Los que sois
+_verdes_ y no conocéis la religión más que por fuera, os fijáis en
+ciertas exterioridades para echárnoslas en cara cuando os conviene.
+Claro es que todos somos hijos de Dios, y que los buenos gozarán
+igualmente de su gloria: pero mientras vivimos en la tierra, el orden
+social que viene de lo alto, exige que existan jerarquías y que éstas se
+respeten sin confundirse. Consulta el caso con un sabio, pero un sabio
+de verdad; con mi amigo, el Padre Urizábal o algún fraile eminente, y
+verás qué te contesta: lo mismo que yo. Debemos ser buenos cristianos,
+perdonar las ofensas, auxiliarnos con la limosna y facilitar al prójimo
+los medios para que salve el alma: pero cada uno en el círculo social
+que le ha marcado Dios, en la familia que le destinó al nacer, sin
+asaltar las barreras divisorias con intentos de falsa libertad, cuyo
+verdadero nombre es libertinaje.
+
+Montenegro hacía esfuerzos por contener la cólera.
+
+--Mi hermana es buena y es honrada, a pesar de todo--dijo mirando
+audazmente a don Pablo;--mi padre es el trabajador más bondadoso y más
+pacífico del campo de Jerez: yo soy joven, pero no he hecho mal a nadie,
+y tengo la conciencia tranquila. Los Montenegros somos pobres: pero
+nadie tiene derecho a despreciarlos ni a deshonrarles por el egoísmo del
+placer. Nadie, ¿lo entiende usted, don Pablo? nadie: y el que lo intenta
+no sale del mal paso impunemente. Somos tan buenos como los que más, y
+mi hermana, aunque pobre, puede entrar por la puerta grande en una
+familia que, aunque posea millones, tiene en su seno hombres como Luis y
+hembras como las _Marquesitas_.
+
+En otro momento hubiera tenido que ver el arranque de cólera de Dupont
+ante las amenazas y las insolencias de su dependiente. Pero ahora
+parecía intimidado por la mirada del joven, por el acento de su voz, que
+temblaba con expresión amenazadora.
+
+--¡Hombre!, ¡hombre!--exclamó, queriendo indignarse sin conseguirlo, y
+adoptando una dulzura bonachona.--Piensa lo que dices. Ya sé que mi
+primo y esas otras dos, son gente mala. ¡Bastantes disgustos me dan!
+Pero llevan mis apellidos, y tú debes hablar de ellos con mayores
+miramientos por ser de mi casa. Además, ¿qué sabes tú de lo que les
+tiene reservada la gracia del Altísimo?... La Magdalena era peor que
+esas dos desgraciadas, mucho peor, y murió como una santa. Luis es malo,
+pero mayores escándalos dieron en su juventud algunos santos varones.
+Ahí tienes a San Agustín, padre de la Iglesia, columna de la
+cristiandad. San Agustín, siendo joven...
+
+El timbre del teléfono cortó la palabra a Dupont, que iba a comenzar el
+relato de la vida del gran africano, sin fijarse en el gesto de
+indiferencia de Fermín.
+
+Durante algunos minutos permaneció don Pablo con el oído en el aparato,
+prorrumpiendo en alegres exclamaciones, como si le satisfaciese lo que
+le decían.
+
+Cuando volvió hacia Montenegro, ya no parecía acordarse de lo que
+motivaba la visita de éste.
+
+--¡Van a entrar, Fermín!--exclamó frotándose los manos.--Me dicen de
+parte del alcalde, que los de Caulina comienzan a dirigirse hacia la
+ciudad. Un poco de susto en el primer momento, y después _¡pum, pum,
+pum!_ el escarmiento que les hace falta, el presidio, y hasta su poquito
+de garrote, para que vuelvan a ser prudentes y nos dejen quietos una
+temporada.
+
+Don Pablo iba a mandar que cerrasen las puertas y las ventanas bajas de
+su hotel. Si Fermín no quería quedarse, debía salir cuanto antes.
+
+El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la
+próxima invasión de desesperados, y empujaba a Fermín, acompañándolo
+hasta la puerta, como si olvidase su asunto.
+
+--¿En qué quedamos, don Pablo?
+
+--¡Ah, sí! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo
+hablaré con mi madre. Lo del convento es lo mejor: créeme.
+
+Y como sorprendiese en el rostro de Fermín una mueca de protesta, volvió
+a su tono de humanidad.
+
+--Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lástima de mi y de mi
+familia. ¿No tenemos aún bastantes penas? Las niñas del marqués, que nos
+avergüenzan viviendo con la canalla: Luis, que parecía en el buen
+camino, y ahora sale con esa aventura... ¿Y aun quieres afligirnos a mi
+madre y a mí, pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una
+viña? Yo creía que nos considerabas más. Ten compasión de mí, hombre:
+tenme compasión.
+
+--Sí, don Pablo, le compadezco--dijo Fermín irónicamente, deteniéndose
+en la puerta.--Es usted digno de lástima por el estado de su alma. Su
+religión es distinta de la mía.
+
+Dupont se hizo atrás, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le
+habían tocado el punto vulnerable de su verbosidad. ¡Y un empleado suyo
+se atrevía a decirle tales cosas!...
+
+--Mi religión... mi religión--exclamó colérico, no sabiendo por dónde
+comenzar.--¿Qué tienes tú que decir de ella? Mañana discutiremos en el
+escritorio... y si no, ahora mismo...
+
+Pero Fermín no le dejó continuar.
+
+--Mañana no será fácil--dijo con calma.--No nos veremos mañana, y tal
+vez nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... ¡Salud, don Pablo! No
+volveré a molestarle: no tendrá usted que pedirme más compasión. Lo que
+me toque hacer, lo haré por mí mismo.
+
+Y, precipitadamente, salió del hotel. Cuando llegó a la calle comenzaba
+a anochecer.
+
+
+
+
+IX
+
+
+A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso
+llano de Caulina. Presentábanse como negras bandadas, saliendo de todos
+los puntos del horizonte.
+
+Unos bajaban de la serranía, otros venían de los cortijos del llano, o
+de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina
+después de rodear la ciudad. Los había de los confines de Málaga y de la
+vecindad de Sanlúcar de Barrameda. El aviso misterioso había volado de
+los ventorros a los ranchos, por toda la extensa campiña, y cuantos
+trabajaban en ella acudían presurosos, creyendo llegado el momento de la
+venganza.
+
+Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba
+próximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los ricos, con sus
+bodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el
+esplendor de su ruina.
+
+Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la llanura
+cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirábanse hacia
+el fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que crecía y crecía,
+alimentada incesantemente con nuevos grupos.
+
+Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres tostados,
+enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la lustrosa epidermis.
+Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas
+salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el
+desgaste que la nutrición, y la ausencia de músculos estaba suplida por
+los manojos de tendones engruesados por el esfuerzo.
+
+Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcían
+un olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un chaquetón
+haraposo. Los que habían salido de Jerez para unirse a ellos, se
+distinguían por sus capas, por su aspecto de obreros de ciudad, más
+próximos en sus costumbres a los señores que a la gente del campo.
+
+Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros,
+con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos rostros en los que se
+mostraba toda la gradación del gesto humano, desde la indiferencia
+abobada y bestial, a la acometividad del que nace bien preparado para la
+lucha por la vida.
+
+Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenían la
+faz prolongada y ósea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y
+resignado: eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco,
+para rumiar sin la más leve idea de protesta, con inmovilidad solemne.
+Otros mostraban el hocico elástico y bigotudo, los ojos de reflejo
+metálico de los felinos: eran los hombres-fieras, que se estremecían,
+dilatando sus narices, como si percibiesen ya el olor de la sangre. Y
+los más, de cuerpo negro y miembros retorcidos y angulosos como
+sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la tierra de
+donde habían surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados a
+morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que
+desechasen los fuertes.
+
+La agitación de la rebeldía, el apasionamiento de la venganza, el
+egoísmo de mejorar su suerte, parecían igualarlos a todos, con una
+semejanza de familia. Muchos, al abandonar su vivienda habían tenido que
+arrancarse de los brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el
+peligro, pero al verse entre los _compañeros_, erguíanse arrogantes,
+mirando a Jerez con ojos bravucones, como si fueran a comérsela.
+
+--¡Vamos!--exclamaban.--¡Que da ánimo ver tantos probes juntos,
+dispuestos a hacer una hombrada!...
+
+Eran más de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos,
+embozándose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la
+pregunta, se dirigían a los que aguardaban en el llano.
+
+--¿Qué hay?...
+
+Y los que oían la pregunta parecían devolverla con la mirada. «Sí; ¿qué
+hay?» Todos estaban allí, sin saber por qué, ni para qué; sin conocer
+con certeza quién era el que los convocaba.
+
+Había circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al
+anochecer, sería la gran revolución, y ellos acudían exasperados por las
+miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola
+vieja, las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo
+revés podían hacer saltar una cabeza.
+
+Llevaban algo más: la fe que acompaña a toda muchedumbre en los primeros
+momentos de rebeldía, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las
+más absurdas noticias, exagerándolas cada cual por su cuenta para
+engañarse a sí mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de
+sus disparatadas invenciones.
+
+La iniciativa de la reunión, la primera noticia, la creían obra del
+_Madrileño_, un joven forastero que había aparecido en el campo de Jerez
+en plena huelga, enardeciendo a los simples con sus predicaciones
+sanguinarias. Nadie le conocía, pero era muchacho de gran verbosidad y
+pájaro de cuenta, a juzgar por las amistades de que hacía gala. Le había
+enviado Salvatierra, según él decía, para suplirle en su ausencia.
+
+El gran movimiento social que iba a cambiar la faz del mundo, debía
+iniciarse en Jerez. Salvatierra y otros hombres no menos famosos
+estaban ya ocultos en lo ciudad, para presentarse en el momento
+oportuno. Las tropas se unirían a los revolucionarios apenas entrasen
+éstos en la población.
+
+Y los crédulos, con la viveza imaginativa de su raza, aderezaban la
+noticia, adornándola con toda clase de detalles. Una confianza ciega se
+esparcía por los grupos. No iba a correr más sangre que la de la gente
+rica. Los soldados estaban con ellos; los oficiales también estaban al
+lado de la revolución. Hasta la guardia civil, tan odiada por los
+braceros, merecía su simpatía momentáneamente. Los tricornios también se
+ponían de parte del pueblo. Salvatierra andaba en ello y su nombre
+bastaba para que todos aceptasen el prodigio sobrenatural.
+
+Los más viejos, los que habían presenciado el levantamiento de
+Septiembre contra los Borbones, eran los más crédulos y confiados. Ellos
+_habían visto_ y no necesitaban que nadie les probase las cosas. Los
+generales sublevados, los jefes de la escuadra, no habían sido más que
+autómatas, sometidos al poder del grande hombre de aquella tierra. Don
+Fernando lo había hecho todo: él había sublevado los barcos, él había
+arrojado los batallones a Alcolea contra las tropas que venían de
+Madrid. ¿Y lo que hizo por destronar a una reina y preparar el aborto de
+una República sietemesina, no había de repetirlo cuando se trataba nada
+menos que de conquistar el pan para los pobres?...
+
+La historia de aquel país, la tradición de la tierra gaditana, provincia
+de revoluciones, influía en la credulidad de las gentes. Habían visto
+con tanto facilidad, de la noche a la mañana, derribar tronos y
+ministerios, y hasta llevar presos a reyes, que nadie dudaba de la
+posibilidad de una revolución de mayor importancia que las anteriores,
+pues aseguraría el bienestar de los infelices.
+
+Transcurrieron las horas y comenzaba a ocultarse el sol, sin que la
+muchedumbre supiese con certeza qué aguardaba y hasta cuándo iba a
+permanecer allí.
+
+El tío _Zarandilla_ iba de un grupo a otro para satisfacer su
+curiosidad. Se había escapado de Matanzuela, riñendo con la vieja que
+quería impedirle el paso, desoyendo los consejos del aperador, que le
+recordaba que a sus años no estaba para aventuras. Quería ver de cerca
+lo que era una _rigolución_ de pobres; presenciar el bendito momento (si
+es que llegaba) en que los trabajadores de la tierra se quedasen con
+ella por riñones, partiéndola en pequeñas parcelas, poblando las
+inmensas y deshabitadas propiedades, realizando su ensueño.
+
+Intentaba reconocer a la gente con sus débiles ojos, extrañándose de la
+inmovilidad de los grupos, de la incertidumbre, de la falta de plan.
+
+--Yo he servío, muchachos--decía;--yo he hecho la guerra, y esto que
+preparáis ahora es lo mismo que una batalla. ¿Dónde tenéis la bandera?
+¿Dónde está el general?...
+
+Por más que giraba en torno de él su mirada turbia, sólo veía grupos de
+gentes que parecían abobadas por una espera sin término. ¡Ni general, ni
+bandera!
+
+--Malo, malo--musitaba _Zarandilla_.--Me paece que me güelvo al cortijo.
+La vieja tenía razón; esto güele a palos.
+
+Otro curioso iba también de grupo en grupo, oyendo las conversaciones.
+Era _Alcaparrón_, con el doble sombrero hundido basta las orejas,
+moviendo su cuerpo, con femenil contoneo, dentro del traje haraposo. Los
+gañanes acogíanlo con risas. ¿Él también allí?... Le darían un fusil
+cuando entrasen en la ciudad; a ver si se batía con los burgueses como
+un valiente.
+
+Pero el gitano contestaba a la proposición con exagerados ademanes de
+miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. ¡Coger él un fusil!
+¿Acaso habían visto muchos gitanos que fuesen soldados?...
+
+--Pero robar sí que robarás--le decían otros.--Cuando toque el momento
+del reparto ¡cómo te vas a poner el cuerpo, gachó!
+
+Y _Alcaparrón_ reía como un mono, frotándose las manos al hablar del
+saqueo, halagado en sus atávicos instintos de raza.
+
+Un antiguo gañán de Matanzuela le recordó a su prima Mari-Cruz.
+
+--Si eres hombre, _Alcaparrón_, esta noche podrás vengarte. Toma esta
+hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis.
+
+El gitano rehusó la mortífera herramienta, huyendo del grupo para
+ocultar sus lágrimas.
+
+Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movían,
+prorrumpiendo en protestas. ¡A ver! ¿quién mandaba allí? ¿Iban a
+permanecer toda la noche en Caulina? ¿Dónde estaba Salvatierra? ¡Que se
+presentase!... Sin él no iban a ninguna parte.
+
+La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oyó la voz
+de trueno de Juanón sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta
+se elevaron por encima de las cabezas.
+
+--¿Pero quién dio la orden para reunirnos?... ¿El _Madrileño?_ A ver:
+que venga: que lo busquen.
+
+Los obreros de la ciudad, el núcleo de compañeros de la _idea_ que había
+salido de Jerez y tenía empeño en volver a entrar con la gente del
+campo, se agrupó en torno de Juanón, adivinando en él al jefe que iba a
+unir todas las voluntades.
+
+Encontraron, por fin, al _Madrileño_, y Juanón lo abordó para saber qué
+hacían allí. El forastero se expresaba con gran verbosidad, pero sin
+decir nada.
+
+--Nos hemos reunido para la revolución, eso es: para la revolución
+social.
+
+Juanón daba patadas de impaciencia. ¿Pero y Salvatierra? ¿Dónde estaba
+don Fernando?... El _Madrileño_ no le había visto, pero sabía, le
+habían dicho, que estaba en Jerez aguardando la entrada de la gente.
+También sabía, o más bien, le habían dicho, que la tropa estaría con
+ellos. La guardia de la cárcel andaba en el _ajo_. No había más que
+presentarse, y los mismos soldados abrirían las puertas, poniendo en
+libertad a todos los compañeros presos.
+
+El gigantón quedó un momento pensativo, rascándose la frente, como si
+quisiera ayudar con estos restregones la marcha de su pensamiento
+embrollado.
+
+--Está bien--exclamó después de larga pausa.--Esto es cuestión de ser
+hombres, o de no serlo: de meterse en la ciudad, y salga lo que saliere,
+o de marcharse a dormir.
+
+Brillaba en sus ojos la fría resolución, el fatalismo de los que se
+resignan a ser conductores de hombres. Echaba sobre él la
+responsabilidad de una rebelión que no había preparado. Sabía tanto del
+movimiento sedicioso, como aquella gente que parecía absorta en la
+penumbra del crepúsculo, sin acertar a explicarse qué hacía allí.
+
+--¡Compañeros!--gritó imperiosamente.--¡A Jerez los que tengan riñones!
+Vamos a sacar de la cárcel a nuestros pobres hermanos... y a lo que se
+tercie. Salvatierra está allí.
+
+El primero en aproximarse al improvisado caudillo, fue Paco el de
+Trebujena, el bracero rebelde, despedido de todos los cortijos, que
+andaba por el campo con su borriquillo vendiendo aguardiente y papeles
+revolucionarios.
+
+--Yo voy contigo, Juanón, ya que el compañero Fernando nos espera.
+
+--¡El que sea hombre, y tenga vergüenza, que me siga!--continuó Juanón a
+grandes gritos, sin saber ciertamente adonde conducir a los compañeros.
+
+Pero a pesar de sus llamamientos a la virilidad y la vergüenza, la mayor
+parte de los reunidos se hacía atrás instintivamente. Un rumor de
+desconfianza, de inmensa decepción, elevábase de la muchedumbre. Los
+más, pasaban de golpe del entusiasmo ruidoso al recelo y al miedo. Su
+fantasía de meridionales, siempre dispuesta a lo inesperado y
+maravilloso, les había hecho creer en la aparición de Salvatierra y
+otros revolucionarios célebres, todos montados en briosos corceles, como
+caudillos arrogantes e invencibles, seguidos de un gran ejército que
+surgía milagrosamente de la tierra. ¡Asunto de acompañar a estos
+auxiliares poderosos en su entrada en Jerez, reservándose la fácil tarea
+de matar a los vencidos y adjudicarse sus riquezas! Y en vez de esto,
+les hablaban de entrar solos en aquella ciudad, que se dibujaba en el
+horizonte, sobre el último resplandor de la puesta del sol y parecía
+guiñarles satánicamente los ojos rojizos de su alumbrado, como
+atrayéndolos a una emboscada. Ellos no eran tontos. La vida resultaba
+dura con su exceso de trabajo y su hambre perpetua; pero peor era
+morir. ¡A casa! ¡a casa!...
+
+Y los grupos comenzaron a desfilar en dirección opuesto a la ciudad; a
+perderse en la penumbra, sin querer oír los insultos de Juanón y los más
+exaltados.
+
+Estos, temiendo que la inmovilidad facilitase las deserciones, dieron la
+orden de marcha.
+
+--¡A Jerez! ¡A Jerez!...
+
+Emprendieron el camino. Eran unos mil; los obreros de la ciudad, y los
+hombres-fieras, que habían ido a la reunión oliendo sangre y no podían
+retirarse, como si les empujase un instinto superior a su voluntad.
+
+Al lado de Juanón, entre los más animosos, marchaba el _Maestrico_,
+aquel muchacho que pasaba las noches en la gañanía, enseñándose a leer y
+escribir.
+
+--Creo que vamos mal--decía a su vigoroso compañero.--Marchamos a
+ciegas. He visto hombres que corrían hacia Jerez, para avisar nuestra
+llegada. Nos esperan; pero no para nada bueno.
+
+--Tú te cayas, _Maestrico_--repuso imperiosamente el caudillo, que,
+orgulloso de su cargo, acogía como una irreverencia la menor
+objeción.--Te cayas; eso es. Y si tienes miedo, te najas como los otros.
+Aquí no queremos cobardes.
+
+--¡Yo cobarde!--exclamó con sencillez el muchacho.--Adelante, Juanón.
+¡Pa lo que vale la vida!...
+
+Marchaban silenciosos, con la cabeza baja, como si fuesen a embestir a
+la ciudad. Trotaban cual si deseasen salir lo antes posible de la
+incertidumbre que les acompañaba en su carrera.
+
+El _Madrileño_ explicaba su plan. A la cárcel seguidamente: a sacar a
+los compañeros presos. Allí se les uniría la tropa. Y Juanón, como si no
+se pudiera ordenar nada que no fuese por su voz, repetía a gritos:
+
+--¡A la cárcel, muchachos! ¡A salvar a nuestros hermanos!
+
+Dieron un largo rodeo para entrar en la ciudad por una callejuela, como
+si les avergonzase pisar las vías anchas y bien iluminadas. Muchos de
+aquellos hombres habían estado en Jerez muy contadas veces, desconocían
+las calles y seguían a sus conductores con la docilidad de un rebaño,
+pensando con inquietud en el modo de salir de allí si les obligaban a
+escapar.
+
+La avalancha negra y muda avanzaba con sordo tropel de pasos que
+conmovía el piso. Cerrábanse las puertas de las casas, apagábanse las
+luces en las ventanas. Desde un balcón los insultó una mujer.
+
+--¡Canallas! ¡Gentuza ordinaria! ¡Ojalá os ahorquen, que es lo que
+merecéis!...
+
+Y en los guijarros del pavimento, resonó el choque de una vasija de
+barro rompiéndose, sin que los fragmentos alcanzasen a nadie. Era la
+_Marquesita_, que desde el balcón del ganadero de cerdos, indignábase
+contra aquella gentuza, antipática por su ordinariez, que osaba amenazar
+a las personas decentes.
+
+Sólo unos pocos levantaron la cabeza: Los demás siguieron adelante,
+insensibles a la ridícula agresión, deseando llegar cuanto antes al
+encuentro de los amigos. Los que eran de la ciudad reconocieron a la
+_Marquesita_, y al alejarse contestaron sus insultos con palabras tan
+clásicas como impúdicas. ¡Pero qué _punta_ aquella! De no ir de prisa,
+la hubieran dado una zurra por debajo de las enaguas...
+
+La columna sufrió cierto reflujo al subir la cuesta que conducía a la
+plaza de la Cárcel: el sitio de peor sombra de la ciudad. Muchos de los
+rebeldes se acordaban de los camaradas de _La Mano Negra_: allí les
+habían dado garrote.
+
+La plaza estaba solitaria: el antiguo convento convertido en cárcel
+tenía cerradas todas sus aberturas, sin una luz en las rejas. Hasta el
+centinela se había ocultado detrás del gran portón.
+
+Detúvose la cabeza de la columna al entrar en la plaza, resistiendo el
+empujón de los que venían detrás. ¡Nadie! ¿Quién iba a ayudarles? ¿Dónde
+estaban los soldados que debían unirse a ellos?...
+
+No tardaron en saberlo. De una reja baja partió una llama fugaz, una
+línea roja disolviéndose en humo. Un trallazo enorme y seco conmovió la
+plaza. Después, otro y otro, hasta nueve, que a la gente, inmóvil por
+la sorpresa, le parecieron infinitos en número. Era la guardia, que
+hacía fuego antes de que ellos se pusieran delante de los fusiles.
+
+La sorpresa y el terror dieron a algunos un cándido heroísmo. Avanzaban
+gritando, con los brazos abiertos.
+
+--¡No tiréis, hermanos, que nos han vendío!... ¡Hermanos: que no venimos
+por la mala!...
+
+Pero los hermanos eran duros de oreja, y seguían tirando. De pronto se
+inició en la turba el pavor de la fuga. Corrieron todos cuesta abajo,
+cobardes y valientes, empujándose unos a otros, atropellándose, como si
+les azotasen las espaldas aquellos disparos que seguían conmoviendo la
+plaza desierta.
+
+Juanón y los más enérgicos, contuvieron al doblar una esquina el
+torrente de hombres. Los grupos se rehicieron: pero más pequeños, menos
+compactos. Ya no eran más que unos seiscientos hombres. El crédulo
+caudillo blasfemaba con voz sorda.
+
+--A ver: que venga el _Madrileño_: que nos explique esto.
+
+Pero fue inútil buscarle. El _Madrileño_ había desaparecido en la
+dispersión, se había ocultado en las callejuelas al sonar los disparos,
+como todos los que conocían la ciudad. Sólo quedaban al lado de Juanón
+los que eran de la sierra y marchaban a tientas por las calles,
+asombrados de ir de un lado a otro, sin ver a nadie, como si la ciudad
+estuviese deshabitada.
+
+--Ni Salvatierra está en Jerez, ni sabe nada de esto--dijo el
+_Maestrico_ a Juanón.--Me paece que nos la han dao.
+
+--Lo mismo creo--contestó el atleta.--¿Y qué vamos a jacer? Ya que
+estamos aquí, vámonos al centro de Jerez, a la calle Larga.
+
+Emprendieron una marcha en desorden por el interior de la ciudad. Lo que
+les tranquilizaba, infundiéndoles cierto valor, era no encontrar
+obstáculos ni enemigos. ¿Dónde estaba la guardia civil? ¿Por qué se
+ocultaba la tropa? El hecho de permanecer encerrada en sus
+acuartelamientos, dejando la ciudad en poder de ellos, les infundía la
+absurda esperanza de que aún era posible la aparición de Salvatierra, al
+frente de las tropas sublevadas.
+
+Llegaron sin ningún obstáculo a la calle Larga. Ninguna precaución a su
+llegada. La vía estaba limpia de transeúntes; pero en los casinos los
+balcones mostrábanse iluminados; los pisos bajos no tenían otro cierre
+que las cancelas de cristales.
+
+Los rebeldes pasaban ante las sociedades de los ricos lanzándolas
+miradas de odio, pero sin detenerse apenas. Juanón esperaba un arrebato
+de cólera del rebaño miserable: hasta se preparaba a intervenir con su
+autoridad de jefe para aminorar la catástrofe.
+
+--¡Esos son los ricos!--decían en los grupos.
+
+--Los que nos engordan con gazpachos de perro.
+
+--Los que nos roban. ¡Míalos cómo se beben nuestra sangre!...
+
+Y después de una breve detención, seguían su desfile apresuradamente,
+como si fuesen a alguna parte y temieran llegar con retraso.
+
+Empuñaban las terribles podaderas, las hoces, las navajas... ¡Que
+saliesen los ricos y verían cómo rodaban sus cabezas sobre el
+adoquinado! Pero había de ser en la calle, pues todos ellos sentían
+cierta repugnancia a empujar las cancelas, como si los cristales fuesen
+un muro infranqueable.
+
+Los largos años de sumisión y cobardía pesaban sobre la gente ruda al
+verse frente a sus opresores. Además, les intimidaba la luz de la gran
+calle, sus anchas aceras con filas de faroles, el resplandor rojo de los
+balcones. Todos formulaban mentalmente la misma excusa para disculpar su
+debilidad. ¡Si pillasen en campo raso a aquella gente!...
+
+Al pasar frente al _Círculo Caballista_, aparecieron tras los cristales
+varias cabezas de jóvenes. Eran señoritos que seguían con inquietud mal
+disimulada el desfile de los huelguistas. Pero al verles pasar de largo,
+mostraron cierta ironía en sus ojos, recobrando la confianza en la
+superioridad de su casta.
+
+--¡Viva la Revolución Social!--gritó el _Maestrico_, como si le doliese
+pasar silencioso ante el nido de los ricos.
+
+Los curiosos desaparecieron, pero al ocultarse reían, causándoles la
+aclamación gran regocijo. ¡Mientras se contentasen con gritar!...
+
+Llegaron en su marcha sin objeto a la plaza Nueva, y al ver que el jefe
+se detenía, agrupáronse en torno de él, con la mirada interrogante.
+
+--¿Y ahora qué hacemos?--preguntaron con inocencia.--¿Adónde vamos?
+
+Juanón ponía un gesto feroz.
+
+--Podéis diros donde queráis; ¡pa lo que hacemos!... Yo a tomar el
+fresco.
+
+Y arrebujándose en la manta, apoyó la espalda en la columna de un farol,
+quedando inmóvil, en una actitud que revelaba desaliento.
+
+La gente se esparció, dividiéndose en pequeños grupos. Improvisábanse
+jefes, guiando cada uno a los camaradas en distinta dirección. La ciudad
+era suya: ¡ahora comenzaba lo bueno! Aparecía el instinto atómico de la
+raza, incapaz de acometer nada en conjunto, privada del valor colectivo,
+y que únicamente se siente fuerte y emprendedora cuando cada individuo
+puede obrar por inspiración propia.
+
+La calle Larga se había oscurecido: los casinos estaban cerrados.
+Después de la ruda prueba sufrida por los ricos, viendo pasar el desfile
+amenazante, temían éstos un reculón de la fiera, arrepentida de su
+magnanimidad, y todas las puertas se cerraban.
+
+Un grupo numeroso se dirigió al teatro. Allí estaban los ricos, los
+burgueses. Había que matarlos a todos: un drama de verdad. Pero al
+llegar los jornaleros ante la puerta iluminada, detuviéronse con un
+temor que tenía algo de religioso. Nunca habían entrado allí. El aire,
+caliente, cargado de emanaciones de gas, y el rumor de innumerables
+conversaciones que se escapaban por las rendijas de la cancela,
+intimidábanles como la respiración de un monstruo oculto tras las
+cortinas rojas del vestíbulo.
+
+¡Que salieran! ¡que salieran y sabrían lo que era bueno!... ¿Pero,
+entrar allí?...
+
+Asomaron a la puerta varios espectadores, atraídos por la noticia de la
+invasión que llenaba las calles. Uno de ellos, con capa y sombrero de
+señorito, osó avanzar hasta aquellos hombres envueltos en mantas, que
+formaban un grupo frente al teatro.
+
+Cayeron sobre él, rodeándolo, con las podaderas y las hoces en alto,
+mientras los otros espectadores huían, refugiándose en el teatro. ¡Ya
+tenían, por fin, lo que buscaban! Era el burgués, el burgués ahíto, al
+que había que sangrar, para que devolviese al pueblo toda la substancia
+que había sorbido...
+
+Pero el _burgués_, un joven robusto, de mirada tranquila y franca, les
+contuvo con un gesto.
+
+--¡Eh, compañeros! ¡Que soy un trabajador como vosotros!
+
+--Las manos: a ver las manos--rugieron algunos braceros, sin abatir sus
+armas amenazantes.
+
+Y por entre los embozos de la capa, aparecieron unas manos fuertes,
+cuadradas, con las uñas roídas por el trabajo. Uno tras otro, iban
+aquellos hombres acariciando las palmas, apreciando sus duricias. Tenía
+callos: era de los suyos. Y las armas amenazadoras volvían a ocultarse
+bajo las mantas.
+
+--Sí, soy de los vuestros--siguió diciendo el joven.--Soy carpintero,
+pero me gusta vestir como los señoritos, y en vez de pasar la noche en
+la taberna, la paso en el teatro. Cada cual tiene sus aficiones...
+
+Esta decepción causó tal desaliento en los huelguistas, que muchos de
+ellos se retiraron. ¡Cristo! ¿dónde se ocultaban los ricos?...
+
+Marchaban por las calles anchas y por las callejuelas apartadas, en
+pequeños grupos, deseando encontrar a alguien, para que les enseñase las
+manos. Era el mejor medio de reconocer a los enemigos del pobre. Pero ni
+con callos ni sin ellos, encontraban a nadie ante su paso.
+
+La ciudad parecía desierta. La gente, viendo que la fuerza armada seguía
+oculta en los cuarteles, corría a encerrarse en sus casas, exagerando la
+importancia de la invasión, creyendo que eran millones de hombres los
+que ocupaban las calles y los alrededores de la ciudad.
+
+Un grupo de cinco braceros tropezó en una calleja con un señorito. Eran
+de los más feroces de la banda; hombres que sentían una impaciencia
+homicida, al ver que transcurrían las horas sin que corriese la sangre.
+
+--Las manos; enséñanos las manos--rugieron rodeándole, elevando sobre su
+cabeza las cuchillas cuadradas y relucientes.
+
+--¡Las manos!--contestó de mal humor el joven, desembozándose.--¿Y por
+qué he de enseñarlas? No me da la gana.
+
+Pero uno de ellos le agarró los brazos con sus zarpas, y de un violento
+tirón, le hizo enseñar las manos.
+
+--¡No tié callos!--exclamaron con lúgubre alegría.
+
+Y se hicieron un paso atrás, como para caer sobre él con mayor ímpetu.
+Pero les detuvo la serenidad del joven.
+
+--No tengo callos, ¿y qué? Pero soy un trabajador como vosotros. Tampoco
+los tiene Salvatierra, ¡y para que seáis más revolucionarios que él!...
+
+El nombre de Salvatierra pareció detener en lo alto las pesadas
+cuchillas.
+
+--Dejad al muchacho--dijo a espaldas de ellos la voz de Juanón.--Yo le
+conozco y respondo de él. Es el amigo del compañero Fernando; es de la
+_idea_.
+
+Aquellos bárbaros abandonaron a Fermín Montenegro con cierta pena,
+viendo malogrado su placer. La presencia de Juanón les imponía respeto.
+Además, por el fondo de la calleja avanzaba otro joven. Aquel no sería
+de la _idea_; algún retoño de burgués, que se retiraba a su casa.
+
+Mientras Montenegro agradecía a Juanón su oportuna presencia, que le
+salvaba de la muerte, verificábase un poco más allá el encuentro de los
+braceros con el transeúnte.
+
+--Las manos, burgués; enséñanos las manos.
+
+El burgués era un adolescente pálido y desmedrado, un muchacho de
+dieciséis años, con el traje raído, pero con gran cuello y vistosa
+corbata; el lujo de los pobres. Temblaba de miedo al enseñar sus pobres
+manos finas y anémicas, manos de escribiente encerrado a las horas de
+sol en la jaula de una oficina. Lloraba, al excusarse con palabras
+entrecortadas, mirando las podaderas con ojos de terror, como si le
+hipnotizase el frío del acero. Venía del escritorio... había velado...
+estaban en el trabajo del balance...
+
+--Gano dos pesetas, señores... dos pesetas. No me peguen... me iré a
+casa; mi madre me espera... ¡aaay!...
+
+Fue un alarido de dolor, de miedo, de desesperación, que conmovió toda
+la calle. Un aullido espeluznante, al mismo tiempo que estallaba algo
+como una olla rota, y el joven caía de espaldas en el suelo.
+
+Juanón y Fermín, estremecidos de horror, corrieron hacia el grupo,
+viendo en el centro de él al muchacho, con la cabeza en un charco negro
+que crecía y crecía, y las piernas estirándose y contrayéndose con el
+estertor agónico. Una podadera le había abierto el cráneo, rompiendo los
+huesos.
+
+Los brutos parecían satisfechos de su obra.
+
+--Mialo--decía uno de ellos.--¡El aprendiz de burgués! Se muere como un
+pollo... Ya vendrán luego los maestros.
+
+Juanón prorrumpió en blasfemias. ¿Esto era todo lo que sabían hacer?
+¡Cobardes! Habían pasado ante los casinos, donde estaban los ricos, los
+verdaderos enemigos, sin ocurrírseles más que dar voces, temiendo romper
+los cristales que eran su única defensa. Sólo servían para asesinar a un
+niño, a un trabajador como ellos, a un pobre _zagal_ de escritorio, que
+ganaba dos pesetas y tal vez mantenía a su madre.
+
+Fermín llegó a temer que el atleta cayese navaja en mano sobre sus
+compañeros.
+
+--¡Aonde ir con estos brutos!--rugía Juanón.--Premita Dios u el demonio
+que nos cojan a todos y nos ajorquen... Y a mí el primero, por bestia;
+por haber creído que servíais pa algo.
+
+El desdichado hombretón se alejó, queriendo evitar un choque con sus
+feroces camaradas. Estos escaparon también, como si las palabras del
+jayán les hubiesen devuelto la razón.
+
+Montenegro, al verse solo frente al cadáver, tuvo miedo. Comenzaban a
+crujir algunas ventanas después de la fuga precipitada de los matadores
+y huyó, temiendo que le sorprendiesen los vecinos junto al muerto.
+
+No se detuvo en su fuga hasta llegar a las calles grandes. Allí creía
+estar mejor guardado de las fieras sueltas, que iban exigiendo que las
+enseñasen las manos.
+
+Al poco rato pareciole que la ciudad despertaba. Sonó a lo lejos un
+estruendo que hacía temblar el suelo, y poco después pasó al trote un
+escuadrón de lanceros por la calle Larga. Luego, al extremo de ésta,
+brillaron las hileras de bayonetas y avanzó la infantería con rítmico
+paso. Las fachadas de las grandes casas parecían alegrarse abriendo de
+golpe sus puertas y balcones.
+
+La fuerza armada extendíase por toda la ciudad. La luz de los faroles
+hacía brillar los cascos de los jinetes, las bayonetas de los infantes,
+los tricornios charolados de la guardia civil. En la penumbra se
+destacaban las manchas rojas de los pantalones de la tropa y los
+correajes amarillos de los guardias.
+
+Los que habían contenido en el encierro a estas fuerzas, creían llegado
+el momento de esparcirlas. Durante algunas horas, la ciudad se había
+entregado, sin resistencia, fatigándose en una monótona espera por la
+parsimonia de los rebeldes. Pero ya había corrido la sangre. Bastaba un
+solo cadáver, el cadáver que justificaría las crueles represalias, para
+que despertase la autoridad de su sueño voluntario.
+
+Fermín pensaba, con honda tristeza, en el infeliz escribiente, tendido
+allá en la callejuela, víctima explotada hasta en su muerte, que
+facilitaba el pretexto buscado por los poderosos.
+
+Comenzó por todo Jerez la cacería de hombres. Pelotones de guardia civil
+y de infantería de línea, guardaban inmóviles la entrada de las calles,
+mientras la caballería y fuertes patrullas de a pie ojeaban la ciudad,
+deteniendo a los sospechosos.
+
+Fermín iba de un lado a otro sin encontrar obstáculos. Su exterior era
+de señorito, y la fuerza armada sólo daba caza a las mantas, a los
+sombreros de campo, a los chaquetones rudos; a todos los que tenían
+aspecto de trabajadores. Montenegro los veía pasar en fila, camino de la
+cárcel, entre las bayonetas y las grupas de los caballos, unos abatidos,
+como si les sorprendiese la aparición hostil de la fuerza armada «que
+había de unirse a ellos»: otros, asombrados, no comprendiendo cómo las
+cuerdas de presos despertaban tal alegría en la calle Larga, cuando
+habían desfilado por ella horas antes como triunfadores, sin permitirse
+el menor atropello.
+
+Era un continuo transitar de gentes prisioneras, cogidas en el momento
+en que intentaban salir de la población. Otros habían sido detenidos en
+el refugio de las tabernas o tropezados al azar en aquel ojeo que
+envolvía las calles.
+
+Algunos eran de la ciudad. Habían salido de sus casas poco antes, al
+ver terminada la invasión, pero su aspecto de pobres bastaba para que
+los detuviesen como si fueran rebeldes. Y los grupos de prisioneros
+pasaban y pasaban. La cárcel resultaba pequeña para tanta gente. Muchos
+eran conducidos a los acuartelamientos de la tropa.
+
+Fermín sentíase fatigado. Desde el anochecer que vagaba por Jerez en
+busca de un hombre. La entrada de los huelguistas, la incertidumbre de
+lo que podría resultar de esta aventura, le habían distraído durante
+algunas horas, haciéndole olvidar sus asuntos. Pero ahora, finalizado el
+suceso, sentía desvanecerse su excitación nerviosa y que el cansancio se
+apoderaba de él.
+
+Pensó por un momento en retirarse a su hospedaje. Pero sus asuntos no
+eran de los que podían dejarse para el día siguiente. Era preciso
+aquella misma noche, en seguida, terminar la cuestión que le hizo salir
+como un loco del hotel de don Pablo, separándose de éste para siempre.
+
+Volvió a vagar por las calles en busca de su hombre, sin fijarse ya en
+las ristras de prisioneros que pasaban junto a él.
+
+Cerca de la plaza Nueva ocurrió el deseado encuentro:
+
+--¡Viva la guardia civil! ¡Vivan las personas decentes!...
+
+Era Luis Dupont el que gritaba, en medio del silencio que imponían a la
+ciudad tantos fusiles en sus calles. Iba borracho: bien a las claras lo
+daban a entender sus ojos brillantes y su aliento fétido. Detrás de él
+marchaban el _Chivo_, y un camarero de colmado, con vasos en las manos y
+botellas en los bolsillos.
+
+Luis, al reconocer a Fermín, se arrojó en sus brazos queriendo besarle.
+¡Qué jornada! ¿eh?... ¡qué victoria! Y hablaba, como si fuese él solo
+quien había puesto en dispersión a los huelguistas.
+
+Al saber que la gentuza entraba en la ciudad, se había metido con su
+valiente acólito en el colmado del _Montañés_, cerrando bien las puertas
+para que nadie les estorbase. Había que hacer genio, beber un poco antes
+de emprender la faena. Tiempo les quedaba para salir y hacer correr a
+tiros a la canalla. Él y el _Chivo_ se bastaban para ello. Convenía que
+el enemigo se entretuviese y tomase confianza, hasta el momento oportuno
+en que surgiesen ellos dos como ministros de la muerte. Y por fin,
+habían salido con el revólver en una mano y el cuchillo en la otra: ¡_la
+fin_ del mundo!; pero con tan mala sombra, que encontraron ya las tropas
+en las calles. Aun así, algo habían hecho.
+
+--Yo--decía el borracho con orgullo--he ayudado a detener a más de una
+docena. Además, he repartido no sé cuántas bofetadas entre esa gentuza,
+que, luego de acorralada, aún hablaba mal de las personas decentes...
+¡Buena tunda van a llevar!... ¡Viva la guardia civil! ¡Vivan los ricos!
+
+Y como si estas aclamaciones le secasen el gaznate, hizo una seña al
+_Chivo_, que acudió, presentando dos cañas de vino.
+
+--Bebe--ordenó Luis a su amigo.
+
+Fermín vaciló.
+
+--No tengo ganas de beber--dijo con voz sorda.--Lo que deseo, es hablar
+contigo, y en seguida. Hablar de algo muy interesante...
+
+--Está bien: ya hablaremos--contestó el señorito sin dar importancia a
+la petición.--Hablaremos tres días seguidos: pero primero hay que
+cumplir el deber. Quiero obsequiar con una copa a todos los valientes
+que conmigo han salvado a Jerez. Porque, créeme, Ferminillo, que soy yo,
+sólo yo, quien ha resistido a esos pillos. Mientras las tropas estaban
+en los cuarteles, yo estaba en mi sitio. ¡Me parece que la ciudad me lo
+debe agradecer, haciéndome algo!...
+
+Pasó un pelotón de jinetes, con los caballos al trote. Luis avanzó hacia
+el oficial, llevando en alto una copa de vino; pero el militar pasó
+adelante sin hacer caso del ofrecimiento, seguido de sus soldados, que
+casi atropellaron al señorito.
+
+Su entusiasmo no se enfrió por esta falta de atención.
+
+--¡Olé, los jinetes garbosos!--dijo arrojando su sombrero a las patas
+traseras de los caballos.
+
+Y al recogerlo, cuadrose, y con gesto grave, llevándose una mano al
+pecho, gritó:
+
+--¡Viva el ejército!
+
+Fermín no quería soltarlo, y armándose de paciencia le acompañó en su
+excursión por las calles. Se detenía el señorito ante los grupos de
+soldados, haciendo avanzar a sus dos acompañantes con toda la provisión
+de botellas y copas.
+
+--¡Olé los hombres valientes! ¡Viva la caballería... y la infantería...
+y la artillería aunque no esté! Una copa, mi teniente.
+
+Los oficiales, malhumorados por esta jornada estúpida, sin gloria y sin
+peligro, repelían con un gesto severo al borracho. ¡Adelante! Allí nadie
+bebía.
+
+--Pues ya que no pueden ustedes beber--insistía el señorito con la
+pesadez del ebrio--yo la beberé por ustedes. ¡A la salud de los hombres
+guapos!... ¡Muera la pillería!
+
+Un grupo de guardia civil atrajo su atención en una bocacalle. El
+sargento que lo mandaba, un viejo de bigote duro y entrecano, tampoco
+admitió el obsequio de Dupont.
+
+--¡Olé los hombres con riñones! ¡Bendita sea la mamá de todos ustedes!
+¡Viva la guardia civil! Van ustedes a tomarse una copa conmigo. _Chivo_,
+sirve a estos caballeros.
+
+El veterano volvió a excusarse. La ordenanza... el reglamento del
+cuerpo... Pero su firme negativa la acompañaba con una sonrisa
+bondadosa. Tenía enfrente a un Dupont; a uno de los más ricos de la
+ciudad. El sargento le conocía, y a pesar de que momentos antes había
+dado de culatazos a todos los que pasaban por la calle con trazas de
+jornalero, toleraba resignado los brindis del señorito.
+
+--¡Adelante, don Luis!--decía con tono de ruego.--Váyase usted a casa:
+esta noche no es de alegrías.
+
+--Bueno... me voy, respetable veterano. Pero antes me bebo otra copa...
+y otra, tantas como son ustedes. Yo beberé, ya que no pueden ustedes
+hacerlo por la pijotera ordenanza; y que les sirva de provecho... ¡A la
+salud de todos ustedes! Choca, Fermín: choca tú, _Chivo_. Decid todos
+conmigo: ¡Viva el tricornio!...
+
+Se cansó por fin de ir de grupo en grupo sin que aceptasen sus
+ofrecimientos y dio por terminada la expedición. Tenía tranquila la
+conciencia: había obsequiado a todos los héroes que, secundando su
+valor, salvaban la ciudad. Ahora a casa del _Montañés_ a acabar la
+noche.
+
+Cuando Fermín se vio en un camarote del colmado ante nuevas botellas,
+creyó llegado el momento de abordar su asunto.
+
+--Yo tenía que hablarte de algo importante, Luis. Creo que te lo dije.
+
+--Me acuerdo... tenías que hablarme... Habla cuanto quieras.
+
+Estaba tan borracho, que se le cerraban los ojos y su voz gangueaba como
+la de un viejo.
+
+Fermín miró al _Chivo_ que, como de costumbre, se había sentado al lado
+de su protector.
+
+--Tengo que hablarte, Luis, pero es de algo muy delicado... Sin
+testigos.
+
+--¿Lo dices por el _Chivo_?--exclamó Dupont abriendo los ojos.--El
+_Chivo_ soy yo: todo lo mío lo sabe él. Si viniese aquí mi primo Pablo a
+hablarme de sus negocios, el _Chivo_ se quedaría oyéndolo todo. ¡Habla
+sin miedo, hombre! Este es un pozo para todo lo mío.
+
+Montenegro se resignó a sufrir la presencia de aquel tagarote, no
+queriendo demorar por sus escrúpulos la explicación deseada.
+
+Habló a Luis con cierta timidez, velando su pensamiento, pesando bien
+las palabras para que sólo pudieran entenderlas ellos dos, dejando al
+matón en la ignorancia.
+
+Si él le buscaba, ya podía figurarse para qué era... _Lo sabía todo._ El
+recuerdo de lo ocurrido en la última noche de la vendimia en Marchamalo
+no habría desaparecido seguramente de su memoria. Pues bien: él se
+presentaba para que remediase el mal causado. Siempre le había tenido
+por amigo y esperaba que como tal se portase... porque de no ser así...
+
+El cansancio, la turbación nerviosa de una noche de emociones, no
+permitieron a Fermín un largo disimulo, y la amenaza asomó a sus labios
+al mismo tiempo que brillaba en sus ojos.
+
+Las copas que llevaba bebidas le abrasaban el estómago, como si el vino
+se transformase en veneno, por la repugnancia con que lo había tomado de
+aquellas manos.
+
+Dupont, oyendo a Montenegro, fingíase más ebrio de lo que realmente
+estaba, para ocultar de este modo su turbación.
+
+La amenaza de Fermín hizo abandonar al _Chivo_ su mutismo. El
+perdonavidas creyó oportuno el momento para una intervención aduladora.
+
+--Aquí nadie amenaza, ¿sabe usté, pollo?... Donde esté el _Chivo_ no hay
+quien le diga ná a su señorito.
+
+El joven saltó con arrogancia, fijando en la bestia siniestra una mirada
+de reto.
+
+--Usted se calla--dijo con imperio.--Usted se guarda la lengua en... el
+bolsillo o donde le quepa. Usted no es nadie aquí; y para hablarme me
+pide licencia.
+
+Quedó indeciso el matón, como aplastado por la arrogancia del joven, y
+antes de que pudiera reponerse de la acometida, añadió Fermín
+dirigiéndose a Luis:
+
+--¿Y eres tú ese que se cree tan valiente?... ¡Valiente, y vas a todas
+partes con un acompañante, como los niños de la escuela! ¡Valiente, y ni
+para hablar a solas con un hombre te separas de él! Merecías llevar
+calzones cortos.
+
+Dupont olvidó su embriaguez, la echó a un lado para erguirse ante el
+amigo con toda la grandeza de su valor. ¡Hombre, justamente le hería en
+su parte más sensible!...
+
+--Ya sabes, Ferminillo, que soy más valiente que tú; y que todo Jerez me
+tiene miedo. Vas a ver si necesito acompañantes. Tú, _Chivo_, ahueca.
+
+El valentón se resistió, refunfuñando.
+
+--¡Ahueca!--repitió el señorito, como si fuese a darle de patadas, con
+la arrogancia de la impunidad.
+
+El _Chivo_ salió y los dos amigos volvieron a sentarse. Luis ya no
+parecía ebrio: antes bien, hacía esfuerzos por mostrarse sereno,
+abriendo los ojos desmesuradamente, como si intentase anonadar con la
+mirada a Montenegro.
+
+--Cuando te parezca--dijo con voz sorda, para inspirar mayor
+pavor,--saldremos a matarnos. Aquí no, porque el _Montañés_ es amigo y
+no quiero comprometerlo.
+
+Fermín levantó los hombros, como si despreciase esta comedia
+terrorífica. Ya hablarían de matarse, pero después; según lo que
+resultara de su conversación.
+
+--Ahora al grano, Luis. Tú sabes el mal que has hecho. ¿Qué es lo que
+piensas para remediarlo?
+
+El señorito perdió de nuevo su serenidad al ver que Fermín abordaba
+directamente el temido asunto. Hombre, a él no le correspondía toda la
+culpa. Era el vino, la maldita juerga, la casualidad... el ser bueno en
+demasía; pues de no haber estado en Marchamalo, cuidando los intereses
+de su primo (que maldito si se lo agradecía), nada habría ocurrido.
+Pero, en fin, el mal estaba hecho. Él era un caballero, se trataba de
+una familia amiga y no huía la cara. ¿Qué deseaba Fermín?... Su fortuna,
+su persona, todo estaba a su disposición. Creía lo más acertado que los
+dos señalasen una cantidad, de común acuerdo: él la reuniría, fuese como
+fuese, para darla a la chica como dote, y raro sería que con esto no
+encontrase un buen marido.
+
+¿Por qué ponía Fermín aquel gesto? ¿Había dicho él algún disparate?...
+Pues si no le gustaba esta solución, tenía otra. María de la Luz podía
+irse a vivir con él. Le pondría una gran casa en la ciudad, viviría como
+una reina. A él le gustaba la muchacha: bastante sentía los desprecios
+con que le había afligido después de aquella noche. Haría cuanto supiera
+para que fuese feliz. Muchos ricos de Jerez vivían de este modo con sus
+hembras, a las que todos respetaban como esposas legítimas; y si no
+llegaban al matrimonio, era únicamente por ser de baja condición...
+¿Tampoco le bastaba este arreglo? A ver: que propusiera algo Fermín, y
+acabarían de una vez.
+
+--Sí, hay que acabar de una vez--repitió Montenegro.--Menos palabras,
+pues me duele hablar de esto. Lo que tú vas a hacer, es ir mañana a
+avistarte con tu primo y decirle que, avergonzado de tu falta, te casas
+con mi hermana, como debe hacerlo un caballero. Si él da su permiso,
+mejor: si no lo da, es igual. Tú te casas, y procuras, corrigiéndote, no
+hacer infeliz a tu mujer.
+
+El señorito había echado atrás su silla, como escandalizado por lo
+enorme de la pretensión.
+
+--Hombre... ¡casarse nada menos! ¡Pues tú pides poco!...
+
+Habló de su primo, augurando resueltamente su negativa. Él no podía
+casarse. ¿Y su carrera? ¿Y su porvenir? Justamente, la familia, de
+acuerdo con los Padres de la Compañía, andaba en tratos para su
+matrimonio con una muchacha rica de Sevilla; antigua hija espiritual del
+Padre Urizábal. Y bien lo necesitaba él, pues su fortuna estaba muy
+resentida después de tantos despilfarros, y para su carrera política le
+convenía ser rico.
+
+--Casarme con tu hermana, no--terminó Dupont.--Eso es una locura,
+Fermín; piénsalo bien: un disparate.
+
+Fermín se exaltó al contestar. ¡Un disparate! conforme; pero lo era para
+la pobre Mariquilla. ¡Vaya una fortuna! ¡Cargar con un hombre como él,
+que era un saco de vicios, y no podía vivir ni con las mujerzuelas más
+soeces de aquella tierra! Para María de la Luz, este casamiento
+significaba un nuevo sacrificio: pero no había otro remedio que pasar
+por él.
+
+--¿Tú crees que yo tengo verdadero deseo de emparentar contigo y que
+esto me da alegría?... Pues te equivocas. ¡Ojalá no hubieses tenido
+nunca el mal pensamiento que ha hecho infeliz a mi hermana! A no existir
+eso de por medio, no te aceptaría por cuñado, aunque llegases a
+pedírmelo de rodillas, cargado de millones... Pero el mal está hecho y
+hay que remediarlo del único modo que puede remediarse, aunque
+reventemos todos de pena... Ya sabes que yo me río del matrimonio: es
+una de las muchas pamplinas que existen en el mundo. Lo necesario para
+ser felices, es el amor... y nada más. Yo puedo expresarme así porque
+soy hombre; porque me cisco en la sociedad y en lo que diga la gente.
+Pero mi hermana es mujer y necesita, para que la respeten, para vivir
+tranquila, hacer lo que las demás mujeres. Tiene que casarse con el
+hombre que ha abusado de ella, aunque no sienta ni una migaja de cariño.
+Jamás volverá a hablar con su antiguo novio; sería una villanía el
+engañarle. Podrás decir tú que siga soltera, ya que nadie conoce lo
+ocurrido; pero todo lo que se hace se sabe. Tú mismo, si yo te dejara,
+acabarías por revelar en una noche de borrachera, tu buena suerte, el
+magnífico bocado que te tragaste en la viña de tu primo. ¡Cristo! eso,
+no. Aquí no hay más arreglo que el casamiento.
+
+Y con palabras cada vez más fuertes estrechaba a Luis, pretendiendo
+obligarle a que aceptase su solución.
+
+El señorito se defendía con la angustia del que se ve acorralado.
+
+--Te ofuscas, Fermín--decía.--Yo veo más claro que tú...
+
+Y para salir del paso, pretendía dejar la conversación para el día
+siguiente. Examinarían con más claridad el asunto... El temor de verse
+obligado a aceptar las proposiciones de Montenegro le hacía insistir en
+su negativa. Todo menos casarse... No le era posible; le repudiaría su
+familia, se reiría de él la gente; perdería su porvenir político.
+
+Pero el hermano insistió con una firmeza que aterraba a Luis:
+
+--Te casarás; no hay otro remedio. Harás lo que debes, o uno de nosotros
+está de sobra en el mundo.
+
+La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que
+el _Chivo_ estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el inmediato
+corredor.
+
+¿Amenazas a él? No había en todo Jerez quien se las dirigiera
+impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revólver
+invicto que había estado próximo a salvar la ciudad, repeliendo él solo
+toda la invasión. El contacto del cilindro del arma pareció comunicarle
+nuevos bríos.
+
+--¡Ea! se acabó. Haré lo que buenamente pueda para quedar bien, como un
+caballero que soy. Pero no me caso, ¿lo entiendes? No me caso... Además,
+¿por qué he de ser yo el culpable?
+
+El cinismo brillaba en sus ojos. Fermín apretaba los dientes y hundía
+sus manos en los bolsillos, haciéndose atrás, como si temiese las
+palabras crueles que iban a salir de la boca del señorito.
+
+--¿Y tu hermana?--prosiguió.--¿No tiene ella la culpa? Tú eres un
+infeliz, un chiquillo. Créeme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy
+un perdido, conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo...
+
+Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oyó.
+
+Fermín abalanzose a él con tal ímpetu, que rodaron las sillas y tembló
+la mesa, deslizándose con el empujón hasta la pared. Llevaba en una mano
+la navaja de Rafael, el arma que había olvidado dos días antes el
+aperador en aquel mismo colmado.
+
+El revólver del señorito quedó asomando a la abertura del bolsillo, sin
+que la mano tuviese fuerzas para tirar de él.
+
+Vaciló Dupont sobre sus pies, sonó un ronquido de bestia degollada; un
+estertor que aceleró los borbotones del chorro negro que salía de su
+cuello, como un caño roto.
+
+Y acabó por desplomarse de bruces, con gran estrépito de botellas y
+copas que le siguieron en su caída, como si el vino quisiera mezclarse
+con la sangre.
+
+
+
+
+X
+
+
+Tres meses iban transcurridos desde que el señor Fermín abandonó la viña
+de Marchamalo, y sus amigos apenas si le reconocían, viéndole sentado al
+sol, en la puerta de la miserable casucha que habitaba con su hija en un
+arrabal de Jerez.
+
+--¡Pobre señó Fermín!--decían las gentes al verle.--No es ni su sombra.
+
+Había caído en un mutismo cercano a la imbecilidad. Permanecía horas
+enteras inmóvil, con la cabeza abatida, como si le abrumasen los
+recuerdos. Cuando su hija se aproximaba a él para hacerle entrar en la
+casa o anunciarle que la comida estaba en la mesa, parecía despertar,
+darse cuenta de lo que le rodeaba, y sus ojos seguían a la muchacha con
+una mirada severa.
+
+--¡Mala mujer!--murmuraba.--¡Jembra mardita!
+
+Ella, sólo ella, era la culpable de la desgracia que pesaba sobre la
+familia.
+
+Su cólera de padre a uso antiguo, incapaz de ternura y de perdón, su
+orgullo viril que le había hecho considerar siempre a la hembra como un
+ser inferior, incapaz de otra cosa que de causar al hombre inmensos
+daños, perseguían a la pobre María de la Luz. También ella estaba
+desmejorada, pálida, flacucha, con los ojos agrandados por las huellas
+del llanto.
+
+Tenía que hacer prodigios de economía en la nueva existencia que llevaba
+con su padre en aquella casucha. Y encima de las estrecheces y
+preocupaciones de la miseria, había de sufrir el reproche mudo de los
+ojos de su padre, el rezo de maldiciones sordas con que parecía azotarla
+cada vez que se aproximaba, arrancándolo de sus reflexiones.
+
+El señor Fermín vivía con el pensamiento puesto en la lúgubre noche de
+la invasión de los huelguistas.
+
+Para él nada había ocurrido después, que fuese importante. Le parecía
+estar oyendo aún el retemblar de las puertas de Marchamalo, una hora
+antes de amanecer, bajo los golpes furiosos de un desconocido. Se
+levantaba con la escopeta preparada y abría una reja... Pero era su
+hijo, su Fermín, sin sombrero, con las manos manchadas de sangre y un
+rasguño en la cara, como si hubiese luchado con mucha gente.
+
+Las palabras fueron pocas. Había matado al señorito Luis, y después se
+había abierto paso hiriendo al matón que le acompañaba. Aquel rasguño
+insignificante era un testimonio de la pelea. Tenía que huir, ponerse
+en salvo inmediatamente. Los enemigos pensarían seguramente que estaba
+en Marchamalo, y al amanecer, los caballos de la guardia civil trotarían
+por la cuesta de la viña.
+
+Fue un momento de loca agitación que el pobre viejo creyó interminable.
+¿Adónde ir?... Sus manos abrían los cajones de la cómoda, revolviendo
+las ropas. Buscaba sus ahorros.
+
+--Toma, hijo mío: tómalo todo.
+
+Y le llenaba los bolsillos de duros, de pesetas, de toda la plata
+enmohecida por el encierro, reunida lentamente en el curso de los años.
+
+Cuando creyó haberle dado bastante, le sacó de la viña. ¡A correr! Aún
+era de noche y podían pasar por fuera de Jerez sin que les viesen. El
+viejo tenía su plan. Había que buscar a Rafael en Matanzuela. El mozo
+aún conservaba sus amistades con los antiguos camaradas de contrabando,
+y él le llevaría por los senderos extraviados de la sierra hasta
+Gibraltar. Allí podía embarcarse para cualquier punto: el mundo es
+grande.
+
+Y durante dos horas, el padre y el hijo habían marchado casi corriendo,
+sin sentir cansancio, aguijoneados por el miedo, saliéndose del camino
+cada vez que sonaba a lo lejos un rumor de voces, un galope de caballo.
+
+¡Ay, el viaje cruel con sus dolorosas sorpresas! Esto era lo que le
+había matado. Al hacerse de día, en mitad de la marcha, vio a su hijo,
+con cara de moribundo, manchado de sangre, con todo el aspecto de un
+asesino que huye. Le dolía contemplar a su Fermín en tal estado, pero el
+caso no era para desesperarse. Al fin, era un hombre, y los hombres
+matan muchas veces sin dejar de ser honrados. Pero cuando su hijo le
+explicó en pocas palabras por qué había matado, creyó perder la vida; le
+temblaron las piernas y hubo de hacer un esfuerzo para no quedarse
+tendido en medio de la carretera. ¡Era Mariquita, su hija, la que había
+provocado todo aquello! ¡Ah, perra maldita! Y al pensar en la conducta
+del muchacho, le admiraba, agradeciendo su sacrificio con toda su alma
+de hombre rudo.
+
+--Fermín, hijo mío... has hecho bien. No había otro remedio que la
+venganza. Tú eres el mejor de la familia. Mejor que yo, que no he sabido
+guardar a una moza.
+
+La entrada en Matanzuela fue trágica: Rafael quedó absorto de sorpresa.
+Habían matado a su señorito, ¡y era él, Fermín, quien lo había hecho!
+
+Montenegro se impacientaba. Quería que lo condujese a Gibraltar, sin ser
+visto de nadie. Menos palabras. ¿Estaba dispuesto a salvarle, o se
+negaba a ello? El aperador, por toda respuesta, ensilló su jaca
+valiente, y otro de los caballos del cortijo. Iba a llevarle en seguida
+a la sierra, y una vez allí, se encargarían otros de él.
+
+El viejo los vio alejarse a todo galope, y emprendió su regreso,
+encorvado por repentina vejez, como si toda su vida se fuera con su
+hijo.
+
+Luego su existencia había transcurrido como entre las nieblas de un
+ensueño. Recordaba que abandonó espontáneamente Marchamalo, para
+refugiarse en el arrabal, en la casucha de una parienta de su mujer. Él
+no podía seguir en la viña después de lo ocurrido. Entre su familia y la
+del amo había sangre, y antes que se lo echasen en cara debía huir.
+
+Don Pablo Dupont hizo llegar hasta él ofrecimientos de limosna para
+sostener su vejez, aunque le consideraba el principal culpable de todo
+lo ocurrido, por no haber enseñado a sus hijos religión. Pero el viejo
+rehusó todo socorro. Muchas gracias, señor: admiraba su caridad, pero
+moriría de hambre, antes que aceptar una moneda de los Dupont.
+
+Algunos días después de lo fuga de Fermín, vio llegar a su ahijado
+Rafael. Se hallaba sin colocación: había abandonado el cortijo. Venía a
+decirle que Fermín estaba en Gibraltar, y que un día de aquellos se
+embarcaría para la América del Sur.
+
+--También a ti--dijo el viejo con tristeza--te ha picado la mardita
+bicha, que nos emponzoña a toos.
+
+El mocetón estaba triste, desalentado. Hablando con el viejo en la
+puerta de la casucha, miraba adentro con cierta inquietud, como si
+temiese la aparición de María de la Luz. En la huida a la sierra, Fermín
+se lo había contado todo... todo.
+
+--¡Ay, padrino! ¡y qué gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... ¡Y
+no poer vengarme! ¡Irse del mundo aquel sinvergüensa, sin que yo le
+metiese una puñalá! ¡No poer resucitarlo pa volverle a matar!...
+¡Cuántas veces se habrá burlao el ladrón, viéndome hecho un bobo, sin
+saber lo que ocurría!...
+
+En su tristeza de macho fuerte, lo que más le desesperaba era lo
+ridículo de su situación, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su
+mano no había sido la ejecutora de la venganza.
+
+Ya no quería trabajar. ¿De qué servía el ser bueno? Iba a volver a la
+vida del contrabando. ¿Mujeres?... para un rato, y después tratarlas a
+golpes como bestias impúdicas y sin corazón... Quería declararle la
+guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que
+infundían miedo con sus fusiles, y eran la causa de que los pobres
+fuesen pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente pobre de Jerez
+andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del
+suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que antes querían tragárselo
+todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba
+él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado al mundo, por destrozar
+uno de ellos sus ilusiones.
+
+Lo del contrabando era para entretenerse. Más adelante, cuando
+recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los
+cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas. Los que estaban en la
+cárcel, esperando el momento del suplicio, Juanón, el _Maestrico_ y los
+otros desgraciados que morirían en garrote, iban a tener un vengador.
+
+Si encontraba hombres con bastante corazón para seguirle, formaría una
+partida de a caballo, dejando como un niño de teta a José María el
+_Tempranillo_. Por algo conocía la sierra. Ya podían prepararse los
+ricos. Abriría en canal a los malos, y los buenos sólo podrían salvarse
+dándole dinero para los pobres.
+
+Exaltábase al desahogar su cólera con estas amenazas. Hablaba de hacerse
+bandolero, con el entusiasmo que desde la niñez sienten los jinetes
+rústicos por los aventureros de carretera. Para él, todo hombre ofendido
+sólo podía buscar su venganza haciéndose ladrón.
+
+--Me matarán--continuaba--pero antes de que me maten, diga usted,
+padrino, que habré acabao con medio Jerez.
+
+Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo,
+aprobaba con la cabeza. Hacía bien. De ser él joven y fuerte, tendría un
+compañero más en la partida.
+
+Rafael ya no volvió. Huía de que el demonio le pusiera enfrente de María
+de la Luz. Al verla, podía matarla o podía echarse a llorar como un
+chiquillo.
+
+De vez en cuando, llegaba en busca del señor Fermín alguna gitano
+viejo, algún mochilero de los que vendían, en cafés y casinos, su exiguo
+cargamento de tabaco.
+
+--Abuelo, esto es para usted... De parte de Rafaé.
+
+Era dinero que le enviaba el contrabandista y que el viejo entregaba
+silencioso a su hija. El muchacho jamás se presentaba. De tarde en tarde
+aparecía en Jerez, y esto bastaba para que el _Chivo_ y otros acólitos
+del difunto Dupont, se ocultaran en sus casas, evitando el mostrarse en
+las tabernas y cafetines frecuentados por el contrabandista. ¡Aquel
+_gachó_ venía con las de Caín, y les guardaba ojeriza, por su antigua
+amistad con el señorito! Y no es que le tuviesen miedo. Ellos eran
+valientes... pero de ciudad, y no iban a medirse con un bruto, que se
+pasaba la semana durmiendo en la sierra con los lobos.
+
+El señor Fermín dejaba transcurrir el tiempo mostrándose insensible a
+cuanto le rodeaba, a cuanto se decía cerca de él.
+
+Un día, el triste silencio de la ciudad le sacó por unas horas de su
+anonadamiento. Iban a dar garrote a cinco hombres por la invasión de
+Jerez. El proceso había marchado de prisa: el castigo era urgente para
+que las personas de bien se tranquilizasen.
+
+La entrada de los trabajadores rebeldes se abultaba al transcurrir el
+tiempo, como una revolución llena de horrores. El miedo hacía enmudecer.
+Los mismos que habían visto desfilar a los huelguistas sin intento
+alguno de hostilidad por delante de las casas de los ricos, aceptaban en
+silencio el inaudito castigo.
+
+Se hablaba de dos muertos en aquella noche, uniendo el señorito ebrio
+con el infeliz escribiente. Fermín Montenegro era perseguido por
+homicidio; su proceso seguíase aparte, pero nada perdía la sociedad con
+exagerar los sucesos, poniendo un muerto más en la cuenta de los
+revolucionarios.
+
+Habían sido condenados muchos a presidio. La sentencia derramaba cadenas
+con una prodigalidad aterradora sobre el mísero rebaño, que parecía
+preguntarse con asombro qué era lo que había hecho en aquella noche. De
+los condenados a muerte, dos eran los asesinos del jovenzuelo del
+escritorio: los otros tres iban al suplicio en clase de peligrosos, por
+hablar, por amenazar, por creer fieramente que tenían derecho en el
+mundo a una parte de felicidad.
+
+Mucha gente guiñaba los ojos con malicia al saber que el _Madrileño_, el
+iniciador de la entrada en la ciudad, sólo iba a presidio por algunos
+años. Juanón y su camarada el de Trebujena esperaban resignados el
+último suplicio. No querían vivir, les daba asco la vida después de las
+amargas decepciones de la noche famosa. El _Maestrico_ abría con asombro
+sus ojos cándidos de doncella, como resistiéndose a creer en la maldad
+de los hombres. ¡Necesitaban su vida porque era un ser peligroso, porque
+soñaba con la utopia de que la sabiduría de los menos pasase a ser de
+la inmensa masa de los infelices, como un instrumento de redención! Y
+poeta sin conocerlo, su espíritu, encerrado en ruda envoltura,
+esparcíase con el fuego de la fe, consolando la angustia de sus últimos
+momentos con la esperanza de que otros llegaban detrás _empujando_, como
+él decía, y que esos otros acabarían por arrollarlo todo con la fuerza
+de la cantidad, como las gotas de agua que forman la inundación. Les
+mataban porque eran pocos. Algún día serían tantos, que los fuertes,
+cansados de asesinar, aterrados por la inmensidad de su tarea
+sangrienta, acabarían por desalentarse, entregándose vencidos.
+
+El señor Fermín no percibió de este suplicio más que el silencio de la
+ciudad, que parecía avergonzada; el gesto de miedo de los pobres; la
+sumisión cobarde con que hablaban de los señores.
+
+A los pocos días olvidó por completo este suceso. Llegó una carta a sus
+manos: era de su hijo, de su Fermín. Estaba en Buenos Aires y le
+escribía mostrando cierta confianza en su porvenir. Los primeros tiempos
+eran duros, pero en aquellas tierras, con el trabajo y la constancia,
+era casi seguro el triunfo, y él abrigaba la certeza de que marcharía
+adelante.
+
+Desde entonces, el señor Fermín tuvo una ocupación y sacudió el marasmo
+en que le había sumido el dolor. Escribía a su hijo y esperaba sus
+cartas. ¡Cuán lejos estaba! ¡Si él pudiese ir allá!...
+
+Otro día le agitó una nueva sorpresa. Sentado al sol, a la puerta de su
+casa, vio la sombra de un hombre inmóvil junto a él. Levantó la cabeza y
+dio un grito. ¡Don Fernando!... Era su ídolo, el buen Salvatierra, pero
+envejecido, más triste, con la mirada apagada tras las gafas azules,
+como si pesasen sobre él todas las desgracias y las iniquidades de la
+ciudad.
+
+Le _habían soltado_, le dejaban vivir libremente, sabiendo, sin duda,
+que en ninguna parte encontraría un rincón para hacer su nido; que sus
+palabras iban a perderse sin eco en el silencio del terror.
+
+Al presentarse en Jerez, los amigos antiguos huían de él, no queriendo
+comprometerse. Otros le miraban con odio, como si desde su forzado
+destierro fuese responsable de todos los sucesos.
+
+Pero el señor Fermín, el antiguo camarada, no era de éstos. Al verle se
+incorporó, cayendo en sus brazos, con ese estertor de los fuertes que se
+ahogan sin poder llorar.
+
+--¡Ay, don Fernando!... ¡Don Fernando!...
+
+Salvatierra le consoló. Lo sabía todo. ¡Valor! Era un víctima de la
+corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta.
+Aún podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es
+grande. Donde su hijo encontrase la existencia, también podría buscarla
+él.
+
+Y Salvatierra volvió algunas mañanas a visitar a su viejo compañero. De
+pronto, se ausentó. Decían unas veces que estaba en Cádiz, otras que en
+Sevilla, vagando por aquella tierra andaluza, que guardaba con los
+recuerdos de sus heroísmos y sus generosidades, los restos del único ser
+cuyo amor había endulzado su existencia.
+
+No podía vivir en Jerez. Los poderosos le miraban con ojos de reto, como
+si fuesen a arrojarse sobre él; los pobres le huían, evitando su trato.
+
+Transcurrió otro mes. Una tarde, al asomar María de la Luz a la puerta
+de su casa, creyó caer al suelo desvanecida. Le temblaron las piernas,
+le zumbaron los oídos; toda su sangre pareció afluir a su rostro en
+ardiente oleada y retirarse después, dejándolo de una palidez verdosa...
+Rafael estaba allí, envuelto en su manta, como si la esperase. Ella
+intentó huir, refugiarse en lo más apartado de la casucha.
+
+--¡María de la Lú!... ¡Mariquilla!...
+
+Era el mismo acento dulce y suplicante que al verse en la reja, y sin
+saber cómo, volvió ella sobre sus pasos, acercándose tímidamente,
+fijando su mirada lacrimosa en los ojos de su antiguo novio.
+
+También él estaba triste. Una gravedad melancólica parecía darle cierta
+elegancia, afinando su áspero exterior de hombre de lucha.
+
+--María de la Lú--murmuró.--Dos palabritas na más. Tú me quieres y yo te
+quiero. ¿Pa qué pasarnos el resto de la vida rabiando, como unos
+infelices?... Hasta hace poco, era tan bruto que al verte me hubieran
+dao tentaciones de matarte. Pero he hablado con don Fernando y me ha
+convencío con su sabiduría. Esto se acabó.
+
+Y lo afirmaba con un gesto de energía. Se acababa la separación, se
+acababan los celos estúpidos a un miserable que no había de resucitar y
+al que ella no había querido; se acababa el rencor por una desgracia de
+la que no tenía culpa alguna.
+
+Huirían de allí. Despreciaba a aquella tierra tan profundamente, que no
+quería ni hacerla daño. Abandonarla era lo mejor; poner entre ella y
+ellos muchas leguas de tierra, muchas leguas de agua. La distancia
+borraría los malos recuerdos. No viendo la ciudad, no viendo sus campos,
+olvidarían por completo las tristezas que allí habían sufrido.
+
+Irían en busca de Fermín. Él tenía dinero para el viaje de todos. Los
+últimos contrabandos habían sido _gordos_; una locura, que asombraba por
+su audacia a los del oficio: recuas interminables pasando por los
+caminos de la sierra, al amparo de su escopeta. No le habían matado, y
+su buena suerte le daba nuevos ánimos para emprender el largo viaje que
+cambiaría su existencia.
+
+Conocía aquel mundo joven, y a él irían, su compañera, su padrino y él.
+Don Fernando le había descrito aquel paraíso. Bandas infinitas de
+caballos salvajes, que esperaban las piernas educadoras del jinete;
+extensiones inmensas de tierra sin dueño, sin tirano, aguardando la mano
+del hombre para expeler la vida que germinaba en sus entrañas. ¡Qué
+Edén mejor para un campesino animoso y fuerte, esclavo hasta entonces en
+cuerpo y alma de los que no trabajan!...
+
+Irían a ser libres y felices en plena Naturaleza, allí donde el
+salvajismo y la soledad habían guardado un pedazo de mundo limpio de los
+crímenes de la civilización, del egoísmo de los hombres; donde todo era
+de todos, sin otro privilegio que el del trabajo; donde la tierra era
+pura como el aire y el sol y no había sido deshonrada por el monopolio,
+ni despedazada y envilecida por el grito de «Esto es mío... y los demás
+que perezcan de hambre.»
+
+Y esta vida salvaje, pero libre y dichosa, reharía con el olvido la
+virginidad de sus almas. Serían seres nuevos, inocentes y laboriosos,
+como si acabasen de nacer del limo de la tierra. El abuelo cerraría sus
+ojos mirando al sol, con la tranquilidad del que cumple su deber
+volviendo a la tierra de donde surgió; ellos los cerrarían también,
+cuando les llegase su hora, amándose hasta el último momento, y sobre
+sus sepulturas continuarían la obra de trabajo y libertad sus hijos y
+sus nietos, más felices que ellos, desconocedores de las crueldades del
+mundo antiguo, pensando en los ricos ociosos y en los señores crueles,
+como piensan los niños en los monstruos y los ogros de los cuentos.
+
+María de la Luz le escuchaba conmovida. ¡Huir de allí! ¡Dejar a la
+espalda tantos recuerdos!... De vivir el miserable que había causado la
+ruina de su familia, persistiría en su testarudez de mujer simple. Ella
+no podía ser de otro que de aquel que había robado su virginidad. Pero
+ya que el ladrón había muerto, y Rafael, a quien no quería engañar,
+aceptaba generosamente la situación, perdonándola a ella, lo aceptaba
+todo... Sí; huirían de allí, ¡cuanto antes!...
+
+El mocetón siguió exponiendo sus planes. Don Fernando se encargaba de
+convencer al viejo; además, le daría cartas para sus amigos de América.
+Antes de quince días se embarcarían en Cádiz. ¡Huir, huir cuanto antes
+de una tierra de patíbulos, donde los fusiles tenían la misión de
+aplacar el hambre, y los ricos le tomaban al pobre la vida, la honra y
+la felicidad!...
+
+--Cuando lleguemos--continuaba Rafael--serás mi mujer. Repetiremos
+nuestras pláticas de la reja. Mejor aún. Extremaré mi cariño pa que no
+creas que queda en mí ningún recuerdo amargo. Todo pasó. Don Fernando
+tié razón. Las vergüenzas del cuerpo representan muy poco... El amor es
+lo que importa; lo demás son preocupaciones de animales. ¿Tu corazoncito
+es mío? pues ya lo tengo todo... ¡María de la Lú! ¡Compañerita del arma!
+Vamos a marchar de cara al sol: ahora nacemos de veras; hoy empieza
+nuestro amor. Deja que te bese por primera vez en mi vida. Abrázame,
+compañera: que vea yo que eres mía, que serás el sostén de mi fuerza,
+mi apoyo cuando empiece la lucha allá abajo...
+
+Y los dos jóvenes se abrazaron en la entrada de la casucha, juntando sus
+bocas sin ningún estremecimiento de pasión carnal, manteniéndose largo
+rato unidos, como si despreciasen el escándalo de las gentes, como si
+con su amor desafiaran los aspavientos de un mundo viejo que iban a
+abandonar.
+
+ * * * * *
+
+Salvatierra acompañó en Cádiz hasta la escala del trasatlántico a su
+camarada, el señor Fermín, que partía para el nuevo mundo, con Rafael y
+María de la Luz.
+
+¡Salud! Ya no volverían a verse. El mundo es demasiado grande para los
+pobres, siempre inmovilizados en el mismo sitio por las raíces de la
+necesidad.
+
+Salvatierra sintió saltársele las lágrimas. Todas sus amistades, los
+recuerdos de su pasado, desvanecíanse esparcidos por la muerte o la
+desgracia. Se quedaba solo en medio de un pueblo, al que había intentado
+libertar y que ya no le conocía. Las nuevas generaciones le miraban como
+un loco que inspiraba cierto interés por su ascetismo; pero no entendían
+sus palabras.
+
+A los pocos días de la partida de estos amigos, abandonó su retiro de
+Cádiz para ir a Jerez. Le llamaba un moribundo, un camarada de los
+buenos tiempos.
+
+El señor _Matacardillos_, el dueño del ventorro del Grajo, se moría
+definitivamente. Su familia imploraba la visita del revolucionario,
+viendo en su presencia un último rayo de alegría para el enfermo. «Ahora
+va de veras, don Fernando», escribíanle los hijos. Y don Fernando fue a
+Jerez, y emprendió a pie el camino de Matanzuela, aquel camino que había
+seguido de noche, en diversa dirección, tras el cadáver de una gitana.
+
+Cuando llegó al ventorro supo que su amigo había muerto algunas horas
+antes.
+
+Era un domingo por la tarde. Adentro, en la única habitación de la
+choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadáver hinchado, sin otra
+compañía que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violáceo.
+
+Afuera, la viuda y los hijos, con la resignación de una desgracia
+luengamente esperada, medían copas y atendían a los parroquianos
+sentados en las inmediaciones del ventorrillo.
+
+Los gañanes de Matanzuela bebían, formando un gran corro. Don Fernando,
+de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un
+hombre, sin una bestia, con la monótona soledad del domingo.
+
+Sentíase solo, completamente solo. Acababa de perder el último de los
+camaradas de su juventud revolucionaria. De todos los que habían
+disparado en la sierra y afrontado la muerte o el presidio por el
+romanticismo de la revolución, no quedaba ninguno a su lado. Unos huían
+en desesperada carrera al otro lado del mar, espoleados por la miseria;
+otros se pudrían en el seno de la tierra sin el consuelo de haber visto
+la Justicia y la Igualdad imperando sobre los hombres.
+
+¡Qué de esfuerzos inútiles! ¡Cuántos sacrificios estériles!... ¡Y la
+herencia de tanto trabajo parecía perderse para siempre! Las nuevas
+generaciones desconocían a los viejos, se negaban a recibir de sus
+brazos, fatigados y débiles, el fardo de odios y esperanzas.
+
+Salvatierra miraba con tristeza al grupo de los trabajadores. No le
+conocían o fingían no conocerle. Ni una sola mirada se había fijado en
+él.
+
+Hablaban de la gran tragedia, que aún parecía tener bajo su lúgubre peso
+a la gente de Jerez: de la ejecución de los cinco jornaleros por la
+entrada nocturna en la ciudad. Pero hablaban apaciblemente, sin pasión,
+sin odio, como si estas ejecuciones fuesen las de unos bandidos famosos
+rodeados del aura populachera.
+
+Sólo mostraban alguna vehemencia al apreciar el valor con que habían
+muerto, el gesto que les acompañó al patíbulo. Juanón y el de Trebujena
+habían marchado al palo como lo que eran: como hombres incapaces de
+miedo ni de fanfarronadas. Los otros dos asesinos habían muerto como
+unos brutos. Y el recuerdo del pobre _Maestrico_ casi les dos reales;
+sino dos reales y medio, y atribuían este aumento a su sumisión y
+disciplina. «Siendo buenos, sacaréis más que a las malas», les habían
+dicho. Y ellos lo repetían, pensando con desprecio en los malvados
+alborotadores que intentaban arrastrarlos a la rebeldía. Siendo
+obedientes y humildes, tal vez llegasen, con el tiempo, a cobrar tres
+reales. ¡Una verdadera felicidad!...
+
+El cortijo Matanzuela lo miraban como un paraíso. El caritativo Dupont
+era de una generosidad inaudita. Cuidaba de que los braceros oyesen misa
+los domingos; y de mes en mes, organizaba comuniones para los gañanes.
+Los que en días de holganza no iban a sus casas, quedándose en el
+cortijo para seguir las pláticas religiosas de un sacerdote enviado de
+Jerez, tenían por la tarde, en el ventorro, unas cuantas copas pagadas
+por el amo.
+
+Dupont era un creyente _moderno_, como él decía. Todos los caminos
+resultaban buenos para llegar a la conquista de las almas.
+
+Y los gañanes, según confesión de _Zarandilla_, «se dejaban querer»,
+rezaban y bebían, fisgándose un tanto del amo con burlona gravedad, y
+llamándole «primo».
+
+La larga permanencia de _Zarandilla_ al lado de Salvatierra, y la
+curiosidad que éste inspiraba, acabaron por vencer el apartamiento de
+los gañanes. Algunos se aproximaron, y poco a poco fue formándose un
+corro en torno del rebelde.
+
+Uno de los más viejos le habló con tono socarrón. Si don Fernando corría
+el campo para soltar soflamas como en otra época, perdía el tiempo. La
+gente estaba escamada: era como el gato escaldado del refrán. Y no es
+que los gañanes estuvieran bien. Se iba viviendo, pero peor estaban los
+pobres a los que habían ajusticiado en Jerez.
+
+--Los viejos--continuó aquel filósofo rústico--aún le tenemos cierto
+aquel a su mercé y a los de su época. Sabemos que no se han hecho ricos
+con sus sermones como muchos otros: sabemos que han padecío y se las han
+tragao de muy duras... Pero mire su mercé a los chavales.
+
+Y señalaba a los que se habían quedado sentados sin aproximarse a
+Salvatierra; todos jóvenes. De vez en cuando miraban al revolucionario
+con ojos insolentes. «¡Un tío embustero, como todos los que se
+presentaban en busca de los trabajadores! Los que habían seguido sus
+doctrinas pudrían tierra en el cementerio, y él estaba allí... Menos
+sermones y más trigo...» Ellos eran listos, habían visto lo suficiente
+para enterarse y estaban con el que daba. El verdadero amigo de los
+pobres era el amo con su jornal; y si encima daba vino, mejor que mejor.
+Además, ¿qué podía importarle la suerte de los trabajadores a aquel tío
+que vestía de señor, aunque raído como un pordiosero, y no tenía callos
+en las manos? Lo que deseaba era vivir a costa de ellos; un falsario
+como tantos otros.
+
+Salvatierra adivinaba estos pensamientos en los ojos hostiles.
+
+La voz del viejo rústico seguía acosándole con su socarrona filosofía.
+
+--¿Por qué ha de tomarse su mercé esos fríos y calores por lo que les
+pasa a los pobres, don Fernando? Déjelos: si ellos están contentos, su
+mercé también. Además, todos estamos escarmentaos. Con los de arriba no
+se puede. Su mercé, que sabe tanto, vea de conquistar a la guardia
+civil, tráigasela a su idea, y cuando se presente al frente de los
+tricornios, pierda cuidao, que todos le seguiremos.
+
+El viejo llenó un vaso de vino y se lo presentó a Salvatierra.
+
+--Beba su mercé, y no se haga mala sangre queriendo arreglar lo que no
+tiene arreglo. En el mundo no hay de verdá más que eso. Los amigos, unos
+falsos; la familia... buena pa comérsela con patatas. Todas esas cosas
+de rivoluciones y repartos, mentiras, palabras pa engañar a los pimplis.
+Esto es la única verdá, ¡el vino!: de trago en trago nos lleva
+entretenidos y alegres hasta la muerte. Beba, don Fernando; se lo
+ofrezco porque es nuestro, porque nos lo hemos ganado. Es barato: sólo
+cuesta una misa.
+
+Salvatierra, el impasible, se estremeció con un arrebato de cólera.
+Sintió impulsos de repeler el vaso, de estrellarlo contra el suelo.
+Maldijo la pócima de oro, el demonio alcohólico que extendía sus alas
+de ámbar sobre aquel rebaño embrutecido, esclavizando su voluntad,
+infundiéndole la servidumbre del crimen, de la locura, de la cobardía.
+
+Ellos, arañando la tierra, sudando en sus surcos, dejando en sus
+entrañas lo mejor de su existencia, producían este líquido de oro; y los
+poderosos se valían de él para embriagarlos, para mantenerles como
+encantados en una falsa alegría.
+
+Eran los esclavos más infelices de la historia; ellos mismos trenzaban
+el látigo que les tenía sometidos, ellos forjaban la cadena que les
+mantenía amarrados; hambrientos, con el hambre prolongada de una
+alimentación engañosa, falsamente alegres con la alegría enfermiza de la
+embriaguez.
+
+¡Y reían! ¡Y le aconsejaban la sumisión, burlándose de sus esfuerzos
+generosos, alabando a sus opresores!... ¿Pero es que la esclavitud había
+de ser eterna? ¿Las aspiraciones humanas iban a detenerse para siempre
+en esta momentánea alegría de bruto satisfecho?
+
+Salvatierra sintió que se desvanecía su cólera; que la esperanza y la fe
+volvían a él.
+
+Comenzaba a caer la tarde; llegaba la noche, como precursora de un nuevo
+día. También el crepúsculo de las aspiraciones humanas era momentáneo.
+La Justicia y la Libertad dormitaban en la conciencia de todo hombre.
+Ellas despertarían.
+
+Más allá de los campos estaban las ciudades, las grandes aglomeraciones
+de la civilización moderna, y en ellas otros rebaños de desesperados,
+de tristes, pero que repelían el falso consuelo del vino, que bañaban
+sus almas nacientes en la aurora de un nuevo día, que sentían sobre sus
+cabezas los primeros rayos del sol, mientras el resto del mundo
+permanecía en la sombra. Ellos serían los elegidos; y mientras el
+rústico permanecía en el campo, con la resignada gravedad del buey, el
+desheredado de la ciudad despertábase, poníase en pie, para seguir al
+único amigo de los miserables y los hambrientos, al que atraviesa la
+historia de todas las religiones, insultado con el nombre de Demonio, y
+ahora, despojándose de los grotescos adornos que le da la tradición,
+deslumbra a unos y asombra a otros con la más soberbia de las
+hermosuras, la hermosura de Luzbel, ángel de luz, y se llama Rebeldía...
+Rebeldía Social.
+
+
+FIN
+
+Madrid, Diciembre 1904-Febrero 1905.
+
+ * * * * *
+
+
+OBRAS DEL MISMO AUTOR
+
+
+NOVELAS
+
+
+ Arroz y tartana.
+ Flor de Mayo.
+ La Barraca.
+ Sónnica la cortesana.
+ Entre naranjos.
+ Cañas y barro.
+ La Catedral.
+ El Intruso.
+
+
+CUENTOS
+
+ Cuentos valencianos.
+ La Condenada.
+
+
+VIAJES
+
+ En el país del Arte (_Tres meses en Italia_).
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco Ibáñez
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BODEGA ***
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+ money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
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+is also defective, you may demand a refund in writing without further
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+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
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+Foundation
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+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
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+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
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+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
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+Literary Archive Foundation
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+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
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+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
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+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
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+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
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+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
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+approach us with offers to donate.
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+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
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+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including including checks, online payments and credit card
+donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate
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+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
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+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
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+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
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+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
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+ The Project Gutenberg eBook of La bodega, por
+Vicente Blasco Ibáñez.
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+<pre>
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+The Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco Ibáñez
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: La bodega
+
+Author: Vicente Blasco Ibáñez
+
+Release Date: May 22, 2009 [EBook #28927]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BODEGA ***
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+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was
+produced from images generously made available by the
+Digital & Multimedia Center, Michigan State University
+Libraries.)
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+<hr class="full" />
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+<h3>VICENTE BLASCO IBÁÑEZ</h3>
+
+<hr />
+
+<h1>LA BODEGA</h1>
+<h3>&mdash;NOVELA&mdash;</h3>
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+<p class="c">19.000</p>
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+<table summary="editores"
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+>
+<tr><td colspan="2">F. S<span class="smcap">empere y</span> C<span class="smcap">ompañía</span>, E<span class="smcap">ditores</span></td></tr>
+<tr><td class="rt">Isabel la Católica, 5 &nbsp;</td>
+<td class="lft">Salas, 4 (Sucursal)</td></tr>
+<tr><td class="rt">VALENCIA</td>
+<td class="lft">MADRID</td></tr>
+</table>
+
+<p class="c">Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.<sup>a</sup>&mdash;<span class="smcap">Valencia</span></p>
+
+<p class="cap">Capítulos:
+<a href="#I"><b>I, </b></a>
+<a href="#II"><b>II, </b></a>
+<a href="#III"><b>III, </b></a>
+<a href="#IV"><b>IV, </b></a>
+<a href="#V"><b>V, </b></a>
+<a href="#VI"><b>VI, </b></a>
+<a href="#VII"><b>VII, </b></a>
+<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a>
+<a href="#IX"><b>IX, </b></a>
+<a href="#X"><b>X</b></a></p>
+
+
+<hr />
+
+
+<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+
+<p>Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela,
+entró Fermín Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primera
+bodega de Jerez, conocida en toda España; «Dupont Hermanos», dueños del
+famoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos méritos se
+pregonan en la cuarta plana de los periódicos, en los rótulos
+multicolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casas
+viejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de agua
+de los cafés.</p>
+
+<p>Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora de
+retraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los papeles cuando
+él entró, como si temieran hacerse cómplices con un gesto, con una
+palabra, de esta falta inaudita de puntualidad. Fermín miró con
+inquietud el vasto salón del escritorio y se fijó después en un
+despacho contiguo, donde en medio de la soledad alzábase majestuoso un
+<i>bureau</i> de lustrosa madera americana. «El amo» no había llegado aún. Y
+el joven, más tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenzó a clasificar
+los papeles, ordenando el trabajo del día.</p>
+
+<p>Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo, de
+extraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si no
+hubiesen transcurrido allí quince años de su vida, desde que le
+aceptaron como <i>zagal</i> para llevar cartas al correo y hacer recados, en
+vida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinastía, el fundador del
+famoso cognac que abrió «un nuevo horizonte al negocio de las bodegas»,
+según decían pomposamente los prospectos de la casa hablando de él como
+de un conquistador; el padre de los «Dupont Hermanos» actuales, reyes de
+un estado industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de tres
+generaciones.</p>
+
+<p>Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una blancura de
+panteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol, sus paredes estucadas
+y brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban el
+muro hasta el techo, dando a la luz exterior una láctea suavidad. Los
+armarios, las mesas y las taquillas de madera oscura, eran el único tono
+caliente de este decorado que daba frío. Junto a las mesas, los
+calendarios de pared ostentaban grandes imágenes de santos y de vírgenes
+al cromo. Algunos empleados, abandonando toda discreción, para halagar
+al amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de almanaques ingleses
+con figuras modernistas, estampas de imágenes milagrosas, con su oración
+impresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que desde el
+fondo del salón alteraba el silencio con sus latidos, tenía la forma de
+un templete gótico, erizado de místicas agujas y pináculos medioevales,
+como una catedral dorada de bisutería.</p>
+
+<p>Esta decoración semirreligiosa de una oficina de vinos y cognacs era lo
+que despertaba cierta extrañeza en Fermín, después de haberla visto
+durante muchos años. Persistían aún en él las impresiones del día
+anterior. Había permanecido hasta hora muy avanzada de la noche con don
+Fernando Salvatierra, que volvía a Jerez después de ocho años de
+reclusión en un presidio del Norte de España. El famoso revolucionario
+volvía a su tierra modestamente, sin alarde alguno, como si los años
+transcurridos los hubiese pasado en un viaje de recreo.</p>
+
+<p>Fermín le encontraba casi igual que la última vez que le vio, antes de
+marchar él a Londres para perfeccionar sus estudios de inglés. Era el
+don Fernando que había conocido en su adolescencia; igual voz paternal y
+suave, la misma sonrisa bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosos
+por la debilidad, brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Las
+privaciones del presidio habían encanecido sus cabellos rubios en las
+sienes y blanqueado su barba rala, pero el gesto sereno de la juventud
+seguía animando su rostro.</p>
+
+<p>Era un «santo laico», según confesaban sus adversarios. Nacido dos
+siglos antes, hubiese sido un religioso mendicante preocupado por el
+dolor ajeno y tal vez habría llegado a figurar en los altares. Mezclado
+en las agitaciones de un período de luchas, era un revolucionario. Se
+conmovía con el lloro de un niño: desprovisto de todo egoísmo, no había
+acción que considerase indigna para auxiliar a los desgraciados, y, sin
+embargo, su nombre producía escándalo y temor en los ricos, y le
+bastaba, en su existencia errante, mostrarse algunas semanas en
+Andalucía, para que al momento se alarmasen las autoridades y se
+concentrara la fuerza pública. Iba de un lado a otro como un Asheverus
+de la rebeldía, incapaz de hacer daño por sí mismo, odiando la
+violencia, pero predicándola a los de abajo como único medio de
+salvación.</p>
+
+<p>Fermín recordaba su última aventura. Estaba él en Londres cuando leyó la
+prisión y la sentencia de Salvatierra. Había aparecido en la campiña de
+Jerez, cuando los trabajadores del campo acababan de iniciar una de sus
+huelgas.</p>
+
+<p>Su presencia entre los rebeldes fue el único delito. Le prendieron, y al
+interrogarle el juez militar, se negó a jurar por Dios. La sospecha de
+complicidad en la huelga y su irreligiosidad inaudita bastaron para
+enviarle a presidio. Fue una injusticia que el miedo social se permitió
+con un ser peligroso. El juez le abofeteó durante un interrogatorio, y
+Salvatierra, que de joven se había batido en las insurrecciones del
+período revolucionario, limitose, con una serenidad evangélica, a pedir
+que pusieran en observación al violento juez, pues debía sufrir una
+enfermedad mental.</p>
+
+<p>En el presidio, sus costumbres habían causado asombro. Dedicado por
+afición al estudio de la Medicina, servía de enfermero a los presos,
+dándoles su comida y sus ropas. Iba haraposo, casi desnudo; cuanto le
+enviaban sus amigos de Andalucía pasaba inmediatamente a poder de los
+más desgraciados. Los guardianes, viendo en él al antiguo diputado, al
+agitador famoso que en el período de la República se había negado a ser
+ministro, le llamaban don Fernando, con instintivo respeto.</p>
+
+<p>&mdash;Llamadme Fernando a secas&mdash;decía con sencillez.&mdash;Habladme de tú, como
+yo os hablo. No somos más que hombres.</p>
+
+<p>Al llegar a Jerez, después de permanecer algunos días en Madrid entre
+los periodistas y los antiguos compañeros de vida política, que le
+habían conseguido el indulto sin hacer caso de su resistencia a
+aceptarlo, Salvatierra se dirigió en busca de los amigos que aún le
+restaban fieles. Había pasado el domingo en una pequeña viña que tenía
+cerca de Jerez un corredor de vinos, antiguo compañero de armas del
+período de la Revolución. Todos los admiradores habían acudido al
+enterarse del regreso de don Fernando. Llegaban viejos arrumbadores de
+las bodegas, que de muchachos habían marchado a las órdenes de
+Salvatierra por las asperezas de la inmediata serranía, disparando su
+escopeta por la República Federal: jóvenes braceros del campo que
+adoraban al don Fermín de la segunda época, hablando del reparto de las
+tierras y de los absurdos irritantes de la propiedad.</p>
+
+<p>Fermín también había ido a ver al maestro. Recordaba sus años de la
+infancia; el respeto con que oía a aquel hombre, admirado por su padre y
+que durante largas temporadas vivió en su casa. Sentía agradecimiento al
+recordar la paciencia con que le había enseñado a leer y escribir, cómo
+le había dado las primeras lecciones de inglés y cómo le inculcó las más
+nobles aspiraciones de su alma; aquel amor a la humanidad en que parecía
+arder el maestro.</p>
+
+<p>Al verle tras su largo cautiverio, don Fernando le estrechó la mano, sin
+la más leve emoción, como si se hubiesen encontrado poco antes, y le
+preguntó por su padre y su hermana con voz suave y gesto plácido. Era el
+hombre de siempre, insensible para el dolor propio, conmovido ante el
+sufrimiento de los demás.</p>
+
+<p>Toda la tarde y gran parte de la noche permaneció en la casita de la
+viña el grupo de amigos de Salvatierra. El dueño, rumboso y entusiasmado
+por la vuelta del grande hombre, sabía obsequiar a la reunión. Las cañas
+de color de oro circulaban a docenas sobre la mesa cubierta de platos de
+aceitunas, lonchas de jamón y otros comestibles que servían de pretexto
+para desear el vino. Todos lo saboreaban entre palabra y palabra, con la
+prodigalidad en el beber propia de la tierra. Al cerrar la noche muchos
+se mostraban perturbados: únicamente Salvatierra estaba sereno. Él sólo
+bebía agua, y en cuanto a comer, se resistió a tomar otra cosa que un
+pedazo de pan y otro de queso. Esta era su comida dos veces al día desde
+que salió de presidio, y sus amigos debían respetarla. Con treinta
+céntimos tenía lo necesario para su existencia. Había decidido que
+mientras durase el desconcierto social y millones de semejantes
+perecieran lentamente por la escasez de alimentación, él no tenía
+derecho a más.</p>
+
+<p>¡Oh, la desigualdad! Salvatierra se enardecía, abandonaba su flema
+bondadosa al pensar en las injusticias sociales. Centenares de miles de
+seres morían de hambre todos los años. La sociedad fingía no saberlo,
+porque no caían de repente en medio de las calles como perros
+abandonados; pero morían en los hospitales, en sus tugurios, víctimas en
+apariencia de diversas enfermedades; pero en el fondo, ¡hambre! ¡todo
+hambre!... ¡Y pensar que en el mundo había reservas de vida para todos!
+¡Maldita organización que tales crímenes consentía!...</p>
+
+<p>Y Salvatierra, ante el silencio respetuoso de sus amigos, hacía el
+elogio del porvenir revolucionario, de la sociedad comunista, ensueño
+generoso, en la cual los hombres encontrarían la felicidad material y la
+paz del alma. Los males del presente eran una consecuencia de la
+desigualdad. Las mismas enfermedades eran otra consecuencia. En lo
+futuro, el hombre moriría por el desgaste de su máquina, sin conocer el
+sufrimiento.</p>
+
+<p>Montenegro, escuchando a su maestro, evocaba uno de los recuerdos de su
+juventud, una de las paradojas más famosas de don Fernando, antes de que
+éste fuera al presidio y él partiese para Londres.</p>
+
+<p>Salvatierra hablaba en un mitin explicando a los obreros lo que sería la
+sociedad del porvenir. ¡No más opresores y falsarios! Todas las
+dignidades y profesiones del presente habían de desaparecer. Quedarían
+suprimidos los sacerdotes, los guerreros, los políticos, los abogados...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y los médicos?&mdash;preguntó una voz desde el fondo de la sala.</p>
+
+<p>&mdash;Los médicos también&mdash;afirmó Salvatierra con su fría tranquilidad.</p>
+
+<p>Hubo un murmullo de asombro y extrañeza, como si el público que le
+admiraba fuese a reírse de él.</p>
+
+<p>&mdash;Los médicos también, porque el día que triunfe nuestra revolución se
+acabarán las enfermedades.</p>
+
+<p>Y como presintiese que iba a estallar una carcajada de incredulidad, se
+apresuró a añadir:</p>
+
+<p>&mdash;Se acabarán las enfermedades, porque las que ahora existen son por
+haber hecho ostentación de la riqueza, comiendo más de lo que necesita
+el organismo, o por comer menos la pobreza de lo que exige el
+sostenimiento de su vida. La nueva sociedad, repartiendo equitativamente
+los medios de subsistencia, equilibrará la vida suprimiendo las
+enfermedades.</p>
+
+<p>Y el revolucionario ponía tal convicción, tal fe en sus palabras, que
+estas y otras paradojas imponían silencio, siendo acogidas por los
+creyentes con el mismo respeto que las simples turbas medioevales
+escuchaban al apóstol iluminado que les anunciaba el reinado de Dios.</p>
+
+<p>Los compañeros de armas de don Fernando recordaban el período heroico de
+su vida, las partidas en la Sierra, dando cada uno gran abultamiento a
+sus hazañas y penalidades, con el espejismo del tiempo y de la
+imaginación meridional, mientras el antiguo jefe sonreía como si
+escuchase el relato de juegos infantiles. Aquella había sido la época
+romántica de su existencia. ¡Luchar por formas de gobierno!... En el
+mundo había algo más. Y Salvatierra recordaba su desilusión en la corta
+República del 73, que nada pudo hacer, ni de nada sirvió. Sus
+compañeros de la Asamblea, que cada semana tumbaban un gobierno y
+creaban otro para entretenerse, habían querido hacerle ministro.
+¿Ministro él? ¿Y para qué? Únicamente lo hubiese sido para evitar que en
+Madrid hombres, niños y mujeres durmieran a la intemperie en las noches
+de invierno, refugiándose en los quicios de las puertas y en los
+respiraderos de las cuadras, mientras permanecían cerrados e inservibles
+en el paseo de la Castellana los grandes hoteles de la gente rica,
+hostil al gobierno, que se había trasladado a París cerca de los
+Borbones para trabajar por su restauración. Pero este programa
+ministerial no había gustado a nadie.</p>
+
+<p>Después, los amigos, al remontarse en su memoria hasta las
+conspiraciones en Cádiz, antes de la sublevación de la escuadra, habían
+recordado a la madre de Salvatierra... ¡Mamá! Los ojos del
+revolucionario se mostraron más lacrimosos y brillantes detrás de las
+gafas azuladas. ¡Mamá!... Su gesto, sonriente y bondadoso, se borró bajo
+una contracción de dolor. Era su única familia, y había muerto mientras
+él permanecía en el presidio. Todos estaban acostumbrados a oírle hablar
+con infantil sencillez de aquella buena anciana, que no tenía una
+palabra de reproche para sus audacias y encontraba aceptables sus
+prodigalidades de filántropo, que le hacían volver a casa medio desnudo
+si encontraba un <i>compañero</i> falto de ropa. Era como las madres de los
+santos de la leyenda cristiana, cómplices sonrientes de todas las
+generosas locuras y disparatados desprendimientos de sus hijos. «Esperad
+que avise a mamá, y soy con vosotros», decía horas antes de una
+intentona revolucionaria, como si esta fuese su única precaución
+personal. Y mamá había visto sin protesta cómo en estas empresas se
+gastaba la modesta fortuna de la familia, y le seguía a Ceuta cuando le
+indultaban de la pena de muerte por la de reclusión perpetua; siempre
+animosa y sin permitirse el más leve reproche, comprendiendo que la vida
+de su hijo había de ser así forzosamente, no queriendo causarle
+molestias con inoportunos consejos, orgullosa, tal vez, de que su
+Fernando arrastrase a los hombres con la fuerza de los ideales y
+asombrara a los enemigos con su virtud y su desinterés. ¡Mamá!... Todo
+el cariño de célibe, de hombre que, subyugado por una pasión
+humanitaria, no había tenido ocasión de fijarse en la mujer, lo
+concentraba Salvatierra en su animosa vieja. ¡Y ya no vería más a mamá!
+¡no encontraría aquella vejez que le rodeaba de mimos maternales como si
+viese en él un eterno niño!...</p>
+
+<p>Quería ir a Cádiz para contemplar su tumba: la capa de tierra que le
+ocultaba a mamá para siempre. Y había en su voz y en su mirada algo de
+desesperación; la tristeza de no poder aceptar el engaño consolador de
+otra vida; la certidumbre de que más allá de la muerte se abría la
+eterna noche de la nada.</p>
+
+<p>La tristeza de su soledad le hacía agarrarse con nueva fuerza a sus
+entusiasmos de rebelde. Dedicaría lo que le restaba de existencia a sus
+ideales. Por segunda vez le sacaban de presidio y volvería a él siempre
+que los hombres quisieran. Mientras se mantuviera de pie, pelearía
+contra la injusticia social.</p>
+
+<p>Y las últimas palabras de Salvatierra, de negación para lo existente, de
+guerra a la propiedad y a Dios, tapujo de todas las iniquidades del
+mundo, zumbaban aún en los oídos de Fermín Montenegro, cuando a la
+mañana siguiente ocupó su puesto en la casa Dupont. La diferencia
+radical entre el ambiente casi monástico del escritorio, con sus
+empleados silenciosos, encorvados junto a las imágenes de los santos, y
+aquel grupo que rodeaba a Salvatierra de veteranos de la revolución
+romántica y jóvenes combatientes de la conquista del pan, turbaba al
+joven Montenegro.</p>
+
+<p>Conocía de antiguo a todos sus compañeros de oficina, su ductilidad ante
+el carácter imperioso de don Pablo Dupont, el jefe de la casa. Él era el
+único empleado que se permitía cierta independencia, sin duda por el
+afecto que la familia del jefe profesaba a la suya. Dos empleados
+extranjeros, uno francés y otro sueco, eran tolerados como necesarios
+para la correspondencia extranjera; pero don Pablo les mostraba cierto
+despego, al uno por su falta de religiosidad y al otro por ser luterano.
+Los demás empleados, que eran españoles, vivían sujetos a la voluntad
+del jefe, cuidándose, más que de los trabajos de la oficina, de asistir
+a todas las ceremonias religiosas que organizaba don Pablo en la iglesia
+de los Padres Jesuitas.</p>
+
+<p>Montenegro temía que su jefe supiera a aquellas horas dónde había pasado
+el domingo. Conocía las costumbres de la casa: el espionaje a que se
+dedicaban los empleados para ganarse el afecto de don Pablo. Varias
+veces notó que don Ramón, el jefe de la oficina y director de la
+publicidad, le miraba con cierto asombro. Debía estar enterado de la
+reunión; pero a éste no le tenía miedo. Conocía su pasado: su juventud,
+transcurrida en los bajos fondos del periodismo de Madrid, batallando
+contra todo lo existente, sin conquistar un mendrugo de pan para la
+vejez, hasta que, cansado de la lucha, acosado por el hambre, y bajo el
+pesimismo del fracaso y la miseria, se había refugiado en el escritorio
+de Dupont para redactar los anuncios originales y los pomposos catálogos
+que popularizaban los productos de la casa. Don Ramón, por sus anuncios
+y sus alardes de religiosidad, era la persona de confianza de Dupont el
+mayor; pero Montenegro no le temía, conociendo las creencias del pasado
+que aún perduraban en él.</p>
+
+<p>Más de media hora pasó el joven examinando sus papeles, sin dejar de
+mirar, de vez en cuando, al vecino despacho, que seguía desierto. Como
+si quisiera retardar el momento de ver a su jefe, buscó un pretexto para
+salir del escritorio y cogió una carta de Inglaterra.</p>
+
+<p>&mdash;¿Adónde vas?&mdash;preguntó don Ramón viéndole salir del escritorio,
+después de haber llegado con tanto retraso.</p>
+
+<p>&mdash;Al depósito de las <i>referencias</i>. Tengo que explicar el pedido.</p>
+
+<p>Y salió del escritorio para internarse en las bodegas, que formaban casi
+un pueblo, con su agitada población de arrumbadores, mozos de carga y
+toneleros, trabajando en las explanadas, al aire libre o en las galerías
+cubiertas, entre las filas de barricas.</p>
+
+<p>Las bodegas de Dupont ocupaban todo un barrio de Jerez. Eran
+aglomeraciones de techumbres que cubrían la pendiente de una colina,
+asomando entre ellas la arboleda de un gran jardín. Todos los Duponts
+habían ido añadiendo nuevas construcciones a la antigua bodega, conforme
+se agrandaban sus negocios, convirtiéndose a las tres generaciones, el
+primitivo y modesto cobertizo, en una ciudad industrial, sin humo, sin
+ruido, plácida y sonriente bajo el cielo azul cargado de luz, con las
+paredes de una blancura nítida y creciendo las flores entre los toneles
+alineados en las grandes explanadas.</p>
+
+<p>Fermín pasó frente a la puerta de lo que llamaban el <i>Tabernáculo</i>, un
+pabellón ovalado, con montera de cristales, inmediato al cuerpo de
+edificio donde estaban el escritorio y la oficina de expedición. El
+<i>Tabernáculo</i> contenía lo más selecto de la casa. Una fila de toneles
+derechos ostentaba en sus panzas de roble los títulos de los famosos
+vinos que sólo se dedicaban al embotellado; líquidos que brillaban con
+todos los tonos del oro, desde el resplandor rojizo del rayo de sol al
+reflejo pálido y aterciopelado de las joyas antiguas: caldos de suave
+fuego que, aprisionados en cárceles de cristal, iban a derramarse en el
+ambiente brumoso de Inglaterra o bajo el cielo noruego de boreales
+esplendores. En el fondo del pabellón, frente a la puerta, estaban los
+colosos de esta asamblea silenciosa e inmóvil; los <i>Doce Apóstoles</i>,
+barricas enormes de roble tallado y lustroso como si fuesen muebles de
+lujo; y, presidiéndolos, el <i>Cristo</i>, un tonel con tiras de roble
+esculpidas en forma de racimos y pámpanos, como un bajo-relieve báquico
+de un artista ateniense. En su panza dormía una oleada de vino; treinta
+y tres botas, según constaba en los registros de la casa, y el gigante,
+en su inmovilidad, parecía orgulloso de su sangre, que bastaba para
+hacer perder la razón a todo un pueblo.</p>
+
+<p>En el centro del <i>Tabernáculo</i>, sobre una mesa redonda, mostrábanse
+formadas en círculo todas las botellas de la casa, desde el vino, casi
+fabuloso, viejo de un siglo, que se vende a treinta francos para las
+fiestas tormentosas de archiduques, grandes-duques y famosas <i>cocottes</i>,
+hasta el Jerez popular que envejece tristemente en los escaparates de
+las tiendas de comestibles y ayuda al pobre en sus enfermedades.</p>
+
+<p>Fermín echó una mirada al interior del <i>Tabernáculo</i>. Nadie. Los toneles
+inmóviles, hinchados por la sangre ardorosa de sus vientres, con el
+pintarrajeo de sus marcas y escudos, parecían viejos ídolos rodeados de
+una calma ultraterrena. La lluvia de oro del sol, filtrándose al través
+de los cristales de la cubierta, formaba en torno de ellos un nimbo de
+luz irisada. El roble tallado y oscuro parecía reír con los temblones
+colores del rayo de sol.</p>
+
+<p>Montenegro siguió adelante. Las bodegas de Dupont formaban un
+escalonamiento de edificios. De unos a otros extendíanse las explanadas,
+y en ellas alineaban los arrumbadores las filas de toneles para que los
+caldease el sol. Era el vino barato, el Jerez ordinario, que para
+envejecerse rápidamente era expuesto al calor solar. Fermín recordaba la
+suma de tiempo y trabajo necesarios para producir un buen Jerez. Diez
+años eran precisos para criar el famoso vino: diez fermentaciones
+fuertes se necesitaban para que se formase, con el perfume selvático y
+el ligero sabor de avellana que ningún otro vino podía copiar. Pero las
+necesidades de la concurrencia mercantil, el deseo de producir barato,
+aunque fuese malo, obligaba a apresurar el envejecimiento del vino,
+poniéndolo al sol para acelerar su evaporación.</p>
+
+<p>Montenegro, pasando por los tortuosos senderos que formaban las filas de
+toneles, llegó a la bodega de los <i>Gigantes</i>, el gran depósito de la
+casa; el almacén inmenso de los caldos antes de adquirir éstos forma y
+nombre, el Limbo de los vinos, donde se agitaban sus espíritus en la
+vaguedad de lo indeterminado. Hasta la alta techumbre llegaban los conos
+pintados de rojo con aros negros; torreones de madera semejantes a las
+antiguas torres de asedio; gigantes que daban su nombre al departamento
+y contenían cada uno en sus entrañas más de setenta mil litros. Bombas
+movidas a vapor trasegaban los líquidos, mezclándolos. Las mangas de
+goma iban de uno a otro gigante como tentáculos absorbentes que chupaban
+la esencia de su vida. El estallido de una de estas torres podía inundar
+de pronto con mortal oleada todo el almacén, ahogando a los hombres que
+conversaban al pie de los conos. Saludaron los trabajadores a
+Montenegro, y éste, por una puerta lateral de la bodega de los
+<i>Gigantes</i>, pasó a la llamada «de Embarque», donde estaban los vinos sin
+marca para la imitación de todos los tipos.</p>
+
+<p>Era una nave grandiosa con la bóveda sostenida por dos filas de
+pilastras. Junto a éstas alineábanse los toneles en tres hileras
+superpuestas, formando calles.</p>
+
+<p>Don Ramón, el jefe del escritorio, recordando sus antiguas aficiones,
+comparaba la bodega de embarque con la paleta de un pintor. Los vinos
+eran colores sueltos: pero llegaba el <i>técnico</i>, el encargado de las
+combinaciones, y cogiendo un poco de aquí y otro de allá, creaba el
+Madera, el Oporto, el Marsala, todos los vinos del mundo, imitados con
+arreglo a la petición del comprador.</p>
+
+<p>Esta era la parte de la bodega de los Dupont dedicada al engaño
+industrial. Las necesidades del comercio moderno obligaban a los
+monopolizadores de uno de los primeros vinos del mundo, a intervenir en
+estos amaños y combinaciones, que constituían con el cognac la mayor
+exportación de la casa. En el fondo de la bodega de embarque estaba el
+cuarto de las <i>referencias</i>, «la biblioteca de la casa», como decía
+Montenegro. Una anaquelería con puertas de cristales guardaba alineados
+en compactas filas miles y miles de pequeños frascos, cuidadosamente
+tapados, cada uno con su etiqueta, en la que se consignaba una fecha.
+Esta aglomeración de botellas era como la historia de los negocios de la
+casa. Cada frasco guardaba la muestra de un envío; la <i>referencia</i> de un
+líquido fabricado con arreglo al deseo del consumidor. Para que se
+repitiera la remesa no tenía el cliente más que recordar la fecha, y el
+encargado de las <i>referencias</i> buscaba la muestra, elaborando de nuevo
+el líquido.</p>
+
+<p>La bodega de embarque contenía cuatro mil botas de distintos vinos para
+las combinaciones. En un cuarto lóbrego, sin otra luz que un ventanillo
+cerrado por un vidrio rojo, estaba la <i>cámara oscura</i>. Allí el técnico
+examinaba, al través del rayo luminoso, la copa de vino del barril
+recién abierto.</p>
+
+<p>Con arreglo a las <i>referencias</i> o a la nota enviada del escritorio,
+combinaba el nuevo vino con los diversos líquidos y después marcaba con
+clarión en las caras de los toneles el número de jarras que había que
+extraer de cada uno para formar la mixtura. Los arrumbadores, mocetones
+fornidos, en cuerpo de camisa, arremangados y con la amplia faja negra
+bien ceñida a los riñones, iban de un lado a otro con sus jarras de
+metal, trasegando los vinos de la combinación al tonel nuevo del envío.</p>
+
+<p>Montenegro conocía desde su niñez al técnico de la bodega de embarque.
+Era el empleado más antiguo de la casa. Había alcanzado a ver en su
+niñez al primer Dupont, fundador del establecimiento. El segundo le
+había tratado como a compañero, y al actual jefe, a Dupont el joven, lo
+había tenido en sus brazos, uniéndose al tuteo de la confianza paternal
+el miedo que le inspiraba don Pablo con su carácter imperioso de dueño a
+estilo antiguo.</p>
+
+<p>Era un viejo que parecía hinchado por el ambiente de la bodega. Su piel,
+surcada por las arrugas, tenía el brillo de una eterna humedad, como si
+el vino volatilizado penetrase por todos sus poros y se escurriese por
+el borde de su bigote en forma de lágrimas.</p>
+
+<p>Aislado en su bodega, obligado al silencio por los largos encierros en
+la cámara oscura, sentía la comezón de hablar cuando se presentaba
+alguno del escritorio, especialmente Montenegro, que, lo mismo que él,
+podía tenerse por hijo de la casa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y tu padre?&mdash;preguntó a Fermín.&mdash;Siempre en la viña, ¿eh?... Allí se
+está mejor que en esta cueva húmeda. De seguro que vivirá más años que
+yo.</p>
+
+<p>Y al fijarse en el papel que le ofrecía Montenegro, hizo un mohín de
+disgusto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Otro encarguito!&mdash;exclamó irónicamente.&mdash;¡Vino combinado para el
+embarque!... Bien van los negocios, señor Dios. Antes éramos la primera
+casa del mundo, la única, por nuestros vinos y nuestras soleras del
+país. Ahora fabricamos <i>mejunjes</i>, vinos de extranjería, el Madera, el
+Oporto, el Marsala, o imitamos el Tintillo de Rota y el Málaga. ¡Y para
+esto cría Dios los caldos de Jerez y da fuerza a nuestras viñas! ¡Para
+que neguemos nuestro nombre!... ¡Vamos, que siento un deseo de que la
+filoxera acabe con todo para no aguantar más falsificaciones y
+mentiras!...</p>
+
+<p>Montenegro conocía las manías del viejo. No le presentaba una nota de
+embarque que no prorrumpiese en maldiciones contra la decadencia de los
+vinos de Jerez.</p>
+
+<p>&mdash;Tú no has alcanzado la buena época, Ferminillo&mdash;continuó;&mdash;por esto
+tomas las cosas con tanta pachorra. Tú eres de los modernos, de los que
+creen que las cosas marchan bien porque vendemos mucho cognac como
+cualquier casa de esos países extranjeros, cuyas viñas sólo producen
+porquería, sin que Dios les conceda la menor cosa que se parezca al
+Jerez... Dime, tú que has corrido mundo, ¿dónde has visto nuestra uva de
+<i>Palomino</i>, ni la de <i>Vidueño</i>, ni el <i>Mantuo de Pila</i>, ni el
+<i>Cañocaso</i>, ni el <i>Perruno</i>, ni el <i>Pedro Ximénez</i>?... ¡Qué has de ver!
+Eso sólo se cría en esta tierra: es un regalo de Dios...; y, con tanta
+riqueza, fabricamos cognac o vinos de imitación porque el Jerez, el
+verdadero Jerez ya no está de moda, según dicen esos señores del
+extranjero! Aquí se acaban las bodegas. Esto son licorerías, boticas,
+cualquier cosa, menos lo que fueron en otro tiempo y ¡vamos!, que me dan
+ganas de echar a volar para no volver, cuando os presentáis con esos
+papelillos, pidiéndome que haga otra falsificación.</p>
+
+<p>El viejo se indignaba oyendo las respuestas de Fermín.</p>
+
+<p>&mdash;Son exigencias del comercio moderno, señor Vicente; han cambiado los
+negocios y el gusto del público.</p>
+
+<p>&mdash;Pues que no beban, ¡porra!, que nos dejen tranquilos, sin exigirnos
+que disfracemos nuestros vinos; los guardaremos almacenados para que
+envejezcan tranquilamente, y estoy seguro de que algún día nos harán
+justicia viniendo a buscarlos de rodillas... Esto ha cambiado mucho. La
+Inglaterra debe de estar perdida. No necesito que me lo digas; demasiado
+lo veo yo aquí recibiendo visitas. Antes venían menos ingleses a la
+bodega; pero los viajeros eran gentes de distinción: <i>lores</i> y
+<i>loresas</i>, los que menos. Daba gloria ver con qué aire de señorío se
+<i>apimplaban</i>. ¡Copa de aquí, para hacer un pedido! ¡copa de allá, para
+comparar!, y así iban por la bodega, serios como sacerdotes, hasta que a
+la salida tenían que tumbarlos en el calesín para llevarles a la fonda.
+Sabían catar y hacer justicia a lo bueno... Ahora, cuando toca en Cádiz
+barco de ingleses, llegan en manada, con un guía al frente; prueban de
+todo porque se da gratis y, si compran algo, se contentan con botellas
+de a tres pesetas. No saben emborracharse con señorío: gritan, arman
+camorra y se van por la calle haciendo <i>eses</i> para que rían los zagales.
+Yo creía antes que todos los ingleses eran ricos, y resulta que estos
+que viajan en cuadrilla son cualquier cosa; zapateros o tenderos de
+Londres que salen a tomar el aire con los ahorros del año... Así marchan
+los negocios.</p>
+
+<p>Montenegro sonreía escuchando las incoherentes lamentaciones del viejo.</p>
+
+<p>&mdash;Además&mdash;continuó el bodeguero&mdash;en Inglaterra, lo mismo que aquí, se
+pierden las costumbres antiguas. Muchos ingleses no beben más que agua,
+y, según me han dicho, ya no es elegante, después de comer, que las
+señoras se vayan a charlar a un salón, mientras los hombres se quedan
+bebiendo, hasta que los criados se toman el trabajo de sacarlos de bajo
+de la mesa. Ya no necesitan por la noche, como gorro de dormir, un par
+de botellas de Jerez que costaban un buen puñado de chelines. Los que
+aún se emborrachan para demostrar que son unos señores, usan lo que
+llaman <i>bebidas largas</i>&mdash;¿no es esto, tú que has estado
+allá?&mdash;porquerías que cuestan poco y permiten beber y beber antes de
+<i>apimplarse</i>; el <i>wischy</i> con soda y otras mixturas asquerosas. La
+ordinariez los domina. Ya no piden <i>Xerrrez</i> como cuando vienen aquí y
+lo encuentran gratis. El Jerez únicamente sabemos apreciarlo los de la
+tierra; dentro de poco sólo lo compraremos nosotros. Ellos se
+emborrachan con cosas baratas, y así marchan sus asuntos. En el
+Transvaal casi los revientan. El mejor día les pegarán en el mar con
+todas sus guapezas. Decaen: ya no son los mismos de aquellos tiempos en
+que la casa Dupont era una bodega poco más grande que una barraca, pero
+enviaba sus botellas y hasta sus barricas al señor Pitt, al señor
+Nelson, al señor <i>Velintón</i> y a otros caballeros cuyos nombres figuran
+en las soleras más antiguas de la bodega grande.</p>
+
+<p>Montenegro seguía riendo al oír estas lamentaciones.</p>
+
+<p>&mdash;Ríe, muchacho, ríe. Todos sois lo mismo: no habéis conocido lo bueno y
+os extraña que los viejos encontremos tan malo lo presente. ¿Sabes a
+cómo se pagaba antes la bota de treinta y una arrobas? Pues llegó a
+valer 230 pesos; y ahora se ha vendido en algunos años a 21 pesos.
+Pregúntale a tu padre, que aunque menos viejo que yo, también ha
+conocido los tiempos de oro. El dinero circulaba en Jerez lo mismo que
+el aire. Había cosecheros que usaban calañés y vivían en un casucho de
+las afueras como pobres, alumbrándose con un velón; pero al pagar una
+cuenta tiraban de un saco que tenían debajo de la mesilla de pino como
+si fuese un saco de patatas, y ¡eche usté onzas! Los trabajadores de las
+viñas cobraban de treinta a cuarenta reales de jornal, y se permitían la
+fantasía de ir al tajo en calesín y con zapatos de charol. Nada de
+periódicos, ni de soflamas, ni de mítines. Allí donde se reunía la gente
+sonaba la guitarra, soltándose cada seguidilla y cada martinete que a
+Dios le temblaban la carne de gusto... Si entonces hubiese aparecido
+Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, con todas esas cosas de
+pobres y ricos, de repartos de tierras y rivoluciones, le habrían
+ofrecido una caña y le hubieran dicho: «Siéntese su mercé en el corro,
+camará; beba, cante, eche un baile con las mocitas si en ello tiene
+gusto y no se haga mala sangre pensando en nuestra vida, que no es de
+las peores»... Pero los ingleses apenas nos beben: el dinero entra con
+menos frecuencia en Jerez, y se oculta de tal modo el condenado, que
+nadie lo ve. Los trabajadores de las viñas ganan diez reales y tienen
+cara de vinagre. Por si han de podar con cuchilla o con tijeras, se
+matan entre ellos; hay <i>Mano Negra</i> y en la plaza de la cárcel se da
+garrote a los hombres, lo que no se había visto en Jerez en muchísimos
+años. El jornalero pincha como un erizo apenas se le habla, y el amo es
+peor que antes. Ya no se ve a los señores alternando con los pobres en
+las vendimias, bailando con las muchachas y requebrándolas como un gañán
+joven. La guardia civil corre el campo como en los tiempos que salían
+bandidos a las carreteras... ¿Y todo por qué, señor? Por lo que yo digo:
+porque los ingleses se han aficionado al maldito <i>whischy</i> y no hacen
+caso del buen <i>palo cortado</i>, ni de la <i>palma</i>, ni de ninguna otra de
+las exelencias de esta bendita tierra... Lo que yo digo: dinero, venga
+dinero: que vuelvan aquí, como en otros tiempos, las libras, las guineas
+y los chelines ¡y se acabaron las huelgas, y los sermones de Salvatierra
+y sus partidarios, y los malos gestos de los civiles, y todas las
+miserias y vergüenzas que ahora vemos!...</p>
+
+<p>Del fondo de la bodega salió un grito llamando al señor Vicente. Era un
+arrumbador que dudaba ante los números blancos trazados al frente de una
+bota y pedía una aclaración al bodeguero.</p>
+
+<p>&mdash;¡Voy, hijo!&mdash;gritó el viejo.&mdash;¡Cuidado con equivocarse en la
+medicina!...</p>
+
+<p>Y añadió dirigiéndose a Montenegro:</p>
+
+<p>&mdash;Déjame ese papelillo en la cámara oscura y ojalá se os caigan las
+manos antes de traerme más recetas, como si fuese yo un boticario.</p>
+
+<p>El viejo se alejó con paso tardo y balanceante hacia el fondo de la
+bodega, y Montenegro salió de ella pasando por el taller de tonelería
+antes de regresar al escritorio.</p>
+
+<p>Era un amplio patio con cobertizos, debajo de los cuales trabajaban los
+toneleros golpeando con sus mazos los aros que aprisionaban la madera.
+Los toneles a medio construir, con sólo la parte superior sujeta por los
+aros de hierro, abrían sus duelas sobre un fuego de virutas que las
+caldeaba, encorvándolas para que facilitasen el cierre.</p>
+
+<p>Los negocios de la casa obligaban a este taller a una incesante
+producción. Centenares de toneles salían de él todas las semanas para
+ser embarcados en Cádiz, esparciendo los vinos de Dupont por todo el
+mundo.</p>
+
+<p>En un lado del patio alzábase una torre formada con duelas. En lo más
+alto del frágil edificio estaban dos aprendices recogiendo las que les
+arrojaban desde abajo, entrecruzándolas, añadiendo nueva altura a la
+frágil construcción que sobrepasaba los tejados y amenazaba derrumbarse,
+cimbreándose al menor movimiento como una torre de naipes.</p>
+
+<p>El encargado de la tonelería, un hombre robusto, de sonrisa bondadosa,
+se aproximó a Montenegro.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo está don Fernando?...</p>
+
+<p>Sentía por el agitador un gran respeto desde sus tiempos de jornalero.
+La protección de los Dupont y la ductilidad con que se plegaba a todas
+sus manías, le habían elevado. Pero, como compensación a este
+servilismo que le había convertido en jefe del taller, guardaba un
+secreto afecto al revolucionario y a todos sus compañeros de la época de
+miseria. Se enteró minuciosamente de cómo había vuelto Salvatierra del
+presidio y de sus futuros planes de vida.</p>
+
+<p>&mdash;Yo iré a verle cuando pueda&mdash;dijo bajando la voz,&mdash;cuando el amo no se
+entere... Ayer tuvimos gran fiesta en la iglesia de los jesuitas y por
+la tarde fui con mis niñas a visitar a la señora... Ya sé que pasasteis
+bien el día. Me lo han dicho aquí, en la bodega.</p>
+
+<p>Con el miedo de un servidor bien cebado que teme perder el bienestar,
+daba consejos al joven. ¡Ojo, Ferminillo! La casa estaba llena de
+soplones. Cuando él estaba enterado, no sería de extrañar que don Pablo
+tuviese ya noticia de que Montenegro había visitado a Salvatierra.</p>
+
+<p>Y como si temiese hablar demasiado y que alguien le espiase, se despidió
+apresuradamente de Fermín, volviendo al lado de los trabajadores que
+golpeaban los toneles. Montenegro siguió adelante, entrando en la
+principal bodega de la casa, donde se guardaban las soleras antiguas y
+envejecían los vinos de crianza.</p>
+
+<p>Era como una catedral; pero una catedral blanca, nítida, luminosa, con
+sus cinco naves separadas por tres hileras de columnas de sencillo
+capitel. Agrandábase el ruido de los pasos lo mismo que en un templo.
+Las bóvedas tronaban con el sonido de los voces, repitiéndolas
+ensanchadas por el eco. Las paredes estaban rasgadas por ventanales de
+blancos vidrios y en los dos frontis se abrían dos grandes rosetones,
+también blancos, por uno de los cuales penetraba el sol, moviéndose en
+su faja de luz las inquietas e irisadas moléculas de polvo.</p>
+
+<p>A lo largo de las columnatas alineábase en andanas la riqueza de la
+casa, la triple fila de toneles acostados, que llevaban en sus caras la
+cifra del año de la cosecha. Había barricas venerables cubiertas de
+telarañas y polvo, con la madera tan húmeda, que parecía próxima a
+deshacerse. Eran los patriarcas de la bodega: estaban bautizados con los
+nombres de los héroes que gozaban de fama universal cuando ellos
+nacieron. Un barril se llamaba <i>Napoleón</i>, otro <i>Nelson</i>; los había
+adornados con la corona real de Inglaterra, porque de ellos habían
+bebido monarcas de la Gran Bretaña. Una barrica antiquísima,
+completamente aislada, como si el roce con las otras pudiera
+despanzurrarla, exhibía el venerable nombre de <i>Noé</i>. Era la mayor
+antigüedad de la casa: se remontaba a mediados del siglo XVIII y el
+primero de los Dupont la había adquirido ya como una reliquia. Cerca de
+ella se alineaban otros toneles que llevaban bajo el escudo real de
+España los nombres de todos los monarcas e infantes que habían visitado
+Jerez en el curso del siglo.</p>
+
+<p>El resto de la bodega lo llenaban las muestras de todas las cosechas, a
+partir de los primeros años del siglo. Un tonel aislado esparcía un
+perfume acre, que, como decía Montenegro, «llenaba la boca de agua». Era
+un vinagre famoso, de una vejez de ciento treinta años. Y a este olor
+seco y punzante uníanse el perfume azucarado de los vinos dulces, y el
+suave, de cuero, de los secos. El vaho alcohólico que transpiraba el
+roble de los toneles y el olor de las gotas derramadas en el suelo por
+el trasiego, impregnaban con un perfume de dulce locura el tranquilo
+ambiente de aquella bodega, blanca, como un palacio de hielo, bajo la
+caricia temblona de los vidrios inflamados por el sol.</p>
+
+<p>Fermín la atravesó, e iba ya a salir de ella cuando oyó que le llamaban
+desde el fondo. Experimentó cierto sobresalto al conocer la voz. Era «el
+amo», que acompañaba a unos forasteros. Con él estaba su primo Luis, un
+Dupont que siendo menor sólo en algunos años a don Pablo, le respetaba
+como a jefe de la familia, sin privarse por esto de darle grandes
+disgustos con su conducta desarreglada.</p>
+
+<p>Los dos Dupont acompañaban a unos recién casados venidos de Madrid,
+enseñándoles las bodegas. Él era un antiguo amigo de Luis, un camarada
+de alegre vida madrileña que había sentado al fin la cabeza, casándose.</p>
+
+<p>&mdash;Han de salir ustedes de aquí borrachos&mdash;decía el joven Dupont a los
+recién casados.&mdash;Es de ritual: nos consideraríamos deshonrados si un
+amigo saliera de esta casa lo mismo que entró.</p>
+
+<p>Y Dupont el mayor acogía con sonrisa benévola las palabras de su primo,
+mientras enumeraba las excelencias de cada vino famoso. El encargado de
+la bodega, rígido como un soldado, se colocaba ante los toneles con dos
+copas en una mano y en la otra la <i>avenencia</i>, una varilla de hierro
+rematada por un estrecho cazo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Saca, Juanito!&mdash;ordenaba imperiosamente el amo.</p>
+
+<p>La <i>avenencia</i> iba hundiéndose en diversos toneles, y de un solo golpe,
+sin que se derramase una gota, llenaba las copas. Salían al aire los
+vinos dorados y luminosos, coronándose de brillantes al caer en el
+cristal, esparciendo en torno un intenso perfume de ancianidad. Todas
+las tonalidades del ámbar, desde el gris suave al amarillo pálido,
+brillaban en aquellos líquidos densos a la vista como el aceite, pero de
+una transparencia nítida. Un lejano perfume exótico, que hacía pensar en
+flores fantásticas de un mundo sobrenatural donde fuese eterna la
+existencia, emanaba de estos líquidos extraídos del misterio de los
+toneles. La vida parecía acrecentarse al paladearlos; los sentidos
+cobraban nueva intensidad; la sangre ardía atropellándose en su
+circulación, y el olfato se excitaba sintiendo anhelos desconocidos,
+como si husmease una electricidad nueva en la atmósfera. La pareja de
+viajeros bebía de todo, después de resistir con débiles protestas las
+invitaciones de Luis.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hola, barbián!&mdash;dijo Dupont el menor al ver a Montenegro.&mdash;¿Cómo está
+tu familia? Un día de estos iré a la viña. Quiero probar un caballo que
+compré ayer.</p>
+
+<p>Y después de estrechar la mano de Montenegro y darle varias palmadas en
+los hombros, satisfecho de poder demostrar la fuerza de sus manazas ante
+aquellos amigos, le volvió la espalda.</p>
+
+<p>Fermín tenía con este señorito gran confianza. Se tuteaban, se habían
+criado juntos en la viña de Marchamalo, con aquella llaneza de trato que
+los Dupont permitían a su familia.</p>
+
+<p>Con don Pablo, era otra la situación. El amo no se diferenciaba de
+Fermín en más de media docena de años; también lo había visto él correr
+como un muchacho por la viña en tiempos del difunto don Pablo; pero
+ahora era el jefe de la familia, el director de la casa, y él entendía
+la autoridad a uso antiguo, ceñuda e indiscutible como la de Dios, con
+gritos y arrebatos de cólera, apenas adivinaba la más ligera
+desobediencia.</p>
+
+<p>&mdash;Quédate&mdash;ordenó brevemente a Montenegro;&mdash;tengo que hablarte.</p>
+
+<p>Y le volvió la espalda para seguir hablando a los forasteros de su
+tesoro de vinos.</p>
+
+<p>Fermín, obligado a seguirles silencioso y encogido como un doméstico en
+su marcha lenta por entre los toneles, miraba a don Pablo.</p>
+
+<p>Aún era joven, no había llegado a los cuarenta años, pero la obesidad
+desfiguraba su cuerpo a pesar de la vida activa a que le impulsaban sus
+entusiasmos de jinete. Los brazos parecían cortos al descansar algo
+encorvados sobre el abultado contorno de su cuerpo. Su juventud
+revelábase únicamente en la cara mofletuda, de labios carnosos y
+salientes, sobre los cuales la virilidad sólo había trazado un ligero
+bigote. El cabello se ensortijaba en la frente formando un rizo
+apretado, un moñete al que llevaba con frecuencia su mano carnosa. Era,
+por lo común, bondadoso y pacífico, pero bastaba que se creyese
+desobedecido o contrariado para que se le enrojeciera la cara,
+atiplándose su voz con el tono aflautado de la cólera. El concepto que
+tenía de la autoridad, el hábito de mandar desde su primera juventud
+viéndose al frente de las bodegas por la muerte de su padre, le hacían
+ser despótico con los subordinados y su propia familia.</p>
+
+<p>Fermín le temía sin odiarle. Veía en él un enfermo, «un degenerado»,
+capaz de los mayores extravagancias por su exaltación religiosa. Para
+Dupont, el amo lo era por derecho divino, como los antiguos reyes. Dios
+quería que existiesen pobres y ricos, y los de abajo debían obedecer a
+los de arriba, porque así lo ordenaba una jerarquía social de origen
+celeste. No era tacaño en asuntos de dinero, antes bien, se mostraba
+generoso en la remuneración de los servicios, aunque su largueza tenía
+mucho de veleidosa e intermitente, fijándose más en el aspecto simpático
+de las personas que en sus méritos. Algunas veces, al encontrar en la
+calle a obreros despedidos de sus bodegas, indignábase porque no le
+saludaban. «¡Tú!&mdash;decía imperiosamente;&mdash;aunque no estés en mi casa, tu
+deber es saludarme siempre, porque fui tu amo».</p>
+
+<p>Y este don Pablo, que con la fuerza industrial acumulada por sus
+antecesores y con la impetuosidad de su carácter era la pesadilla de un
+millar de hombres, hacía gala de humildad y llegaba hasta el servilismo
+cuando algún sacerdote secular o los frailes de las diversas órdenes
+establecidas en Jerez le visitaban en su escritorio. Intentaba
+arrodillarse al besarles la mano, no haciéndolo porque ellos se lo
+impedían con bondadosa sonrisa; celebraba con un gesto de satisfacción
+el que los visitantes le tuteasen ante los empleados, llamándole
+Pablito, como en los tiempos en que era su educando.</p>
+
+<p>¡Jesús y su Santa Madre, por encima de todas las combinaciones
+comerciales! Ellos velaban por los intereses de la casa y él, que no era
+más que un simple pecador, limitábase a recibir sus inspiraciones. A
+ellos se debía la buena suerte de los primeros Dupont, y don Pablo se
+desvivía por remediar con su fervor la tibieza religiosa de sus
+ascendientes. Los celestiales protectores eran los que le habían
+sugerido la idea de establecer la destilería del cognac, dando nuevos
+alientos a la casa; ellos también los que hacían que la marca Dupont,
+con la ayuda de los anuncios, se esparciese por toda España sin miedo a
+rivalidades, favor inmenso que todos los años agradecía dedicando una
+parte de las ganancias al auxilio de las nuevas órdenes religiosas
+establecidas en Jerez o ayudando a su madre, la noble doña Elvira, que
+siempre tenía capillas por restaurar o un manto costoso en confección
+para alguna Virgen.</p>
+
+<p>Las extravagancias religiosas de don Pablo Dupont hacían reír a toda la
+ciudad; pero eran muchos los que reían con cierto temor, pues
+dependiendo más o menos directamente del poderío industrial de la casa,
+necesitaban de su apoyo para los negocios y temían su cólera.</p>
+
+<p>Montenegro recordaba la estupefacción de la gente un año antes, cuando
+un perro de los que guardaban por la noche las bodegas mordió a varios
+trabajadores. Dupont había acudido en su auxilio, temiendo que el
+mordisco les produjera la hidrofobia y, para evitarla, les hizo tragar
+en el primer momento, en forma de píldoras, una estampa de santo
+milagroso que guardaba su madre. Era tan estupendo aquello, que Fermín,
+después de haber presenciado el hecho, comenzaba a dudar, con el
+transcurso del tiempo, de que fuese cierto. Bien es verdad que después,
+el mismo don Pablo pagó con largueza el viaje a los enfermos para que
+fuesen curados por un médico célebre. Dupont explicaba su conducta
+cuando le hablaban de este suceso con una sencillez que daba espanto:
+«Primero, la Fe; después, la Ciencia, que algunas veces hace grandes
+cosas, pero es porque se lo permite Dios».</p>
+
+<p>Fermín se asombraba ante la incoherencia de aquel hombre, experto en los
+negocios, que hacía marchar la gran explotación industrial heredada de
+sus antecesores, agrandándola con certeras iniciativas, que había
+viajado y tenía alguna cultura, y, sin embargo, era capaz de las mayores
+extravagancias milagreras, creyendo en intervenciones sobrenaturales,
+con la misma simpleza de alma de un lego de convento.</p>
+
+<p>Dupont, luego de acompañar a su primo y a los amigos de éste por toda la
+bodega, decidió retirarse, como si su dignidad de amo sólo le permitiera
+enseñar la parte más selecta de la casa. Luis les mostraría las otras
+bodegas, la destilería del cognac, los talleres de embotellado: él tenía
+que hacer en el escritorio. Y saludando a los forasteros con un gesto de
+bondad altiva y señorial, que Montenegro había visto muchas veces en
+doña Elvira, el temible Dupont hizo un ademán a su empleado para que le
+siguiese.</p>
+
+<p>Fuera de la bodega detúvose don Pablo, quedando los dos hombres al aire
+libre, con la cabeza descubierta, en medio de una explanada.</p>
+
+<p>&mdash;Ayer no te vi&mdash;dijo Dupont frunciendo el ceño y coloreándosele las
+mejillas.</p>
+
+<p>&mdash;No pude ir, don Pablo, Me retrasé... unos amigos...</p>
+
+<p>&mdash;Ya hablaremos de eso. ¿Tú sabes qué fiesta fue la de ayer? Te hubieras
+conmovido viéndola.</p>
+
+<p>Y con repentino entusiasmo, olvidando su enojo, comenzó a explicar con
+una delectación de artista la ceremonia del día anterior en la iglesia
+de los que él, por antonomasia, llamaba los Padres. Primer domingo del
+mes: fiesta extraordinaria. El templo lleno: los oficinistas y
+trabajadores de la casa Dupont hermanos estaban con sus familias; casi
+todos (¿eh, Fermín?), casi todos: muy pocos faltaban. Había pronunciado
+el sermón el padre Urizábal, un gran orador, un sabio que hizo llorar a
+todos; (¿eh, Montenegro?) ¡a todos!... menos a los que no estaban. Y
+después, había llegado el acto más conmovedor. Él, como un caudillo,
+acercándose a la sagrada mesa rodeado de su madre, su esposa, sus dos
+hermanos, que habían venido de Londres; el Estado Mayor de la casa: y
+después todos los que comían el pan de los Dupont, con sus familias,
+mientras arriba, en el coro, sonaba el armónium con melodías dulcísimas.</p>
+
+<p>Don Pablo se exaltaba al recordar la hermosura de la fiesta; le
+brillaban los ojos, humedecidos por la emoción, y aspiraba el aire como
+si aún percibiera el olor de la cera y del incienso, el perfume de las
+flores que su jardinero había puesto en el altar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y qué bien se siente el alma después de una fiesta así!&mdash;añadió con
+delectación.&mdash;Ayer fue uno de los días mejores de mi vida. ¿Puede haber
+cosa más santa? La resurrección de los buenos tiempos, de las sencillas
+costumbres: el señor comulgando con sus servidores. Ahora ya no hay
+señores como en otros tiempos: pero el rico, el gran industrial, el
+comerciante, debe imitar el antiguo ejemplo y presentarse ante Dios
+seguido de todos aquellos a quienes da el pan.</p>
+
+<p>Pero pasando de la ternura a la cólera, con su vehemencia de impulsivo,
+se fijó en Fermín, como si hasta entonces, hablando de la fiesta, se
+hubiese olvidado de él.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y tú no viniste!&mdash;exclamó rojo de indignación, mirándole
+duramente.&mdash;¿Por qué?... Pero no hables: no mientas. Te advierto que lo
+sé todo.</p>
+
+<p>Y siguió hablando a Montenegro en tono amenazador. Tal vez era de él la
+culpa, ya que toleraba desobediencias en su escritorio. Tenía dos
+empleados herejes, un francés y un noruego encargados de la
+correspondencia extranjera, los cuales, con el pretexto de no ser
+católicos, daban el mal ejemplo no asistiendo a las fiestas del domingo.
+Y Fermín, porque había viajado, porque había vivido en Londres y leído
+unos libracos venenosos para su alma, se creía con derecho a imitarles.
+¿Acaso era él extranjero? ¿No lo habían bautizado al nacer? ¿O es que
+por haber ido a Inglaterra, a costa del bolsillo de su difunto padre, se
+creía superior a los demás?...</p>
+
+<p>&mdash;Esto se acabará&mdash;continuó Dupont, exaltándose con sus propias
+palabras.&mdash;Si esos extranjeros no van a la iglesia como los demás, los
+despediré: no quiero que den en mi casa malos ejemplos y que te sirvan
+de pretexto para echarlas de hereje.</p>
+
+<p>A Montenegro no le infundían temor estas amenazas. Las había oído muchas
+veces: después de un domingo de gran fiesta, el amo hablaba siempre de
+despedir a los <i>extranjeros</i>; pero luego sus conveniencias comerciales
+le hacían aplazar la resolución, en vista de los buenos servicios que
+prestaban en el escritorio.</p>
+
+<p>Pero cuando Fermín se alarmó fue al ver que don Pablo, cambiando de
+gesto y con una frialdad irónica, le preguntaba repetidas veces dónde
+había pasado el día anterior.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú crees que no lo sé?...&mdash;continuó.&mdash;Nada de excusas, Fermín: no
+mientas. Yo lo sé todo. Un amo cristiano debe preocuparse no sólo de la
+vida de sus dependientes, sino de su alma. No contento con huir de la
+casa de Dios has pasado el día con ese Salvatierra, que acaba de
+librarse del presidio, donde debía seguir por todo el resto de sus días.</p>
+
+<p>Montenegro se indignó ante el tono despectivo con que hablaba Dupont de
+su maestro. Palideció de cólera, estremeciéndose como si acabase de
+recibir un latigazo, y miró de frente con cierta arrogancia a su jefe.</p>
+
+<p>&mdash;Don Fernando Salvatierra&mdash;dijo con voz trémula, haciendo esfuerzos por
+contener su indignación&mdash;fue mi maestro y le debo mucho. Además, es el
+mejor amigo de mi padre, y yo sería un desagradecido sin entrañas si no
+fuese a verle después de sus desgracias.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tu padre!&mdash;exclamó don Pablo.&mdash;¡Un bobalicón que nunca aprenderá a
+vivir!... ¡Que nadie le toque a su antiguo cabecilla! Y yo le
+preguntaría qué sacó de ir por los montes y por las calles de Cádiz
+disparando tiros por su República Federal y su don Fernando. Si mi padre
+no le hubiese apreciado por su sencillez y hombría de bien, seguramente
+que habría muerto de hambre, y tú, en vez de ser un señorito, estarías
+cavando en las viñas.</p>
+
+<p>&mdash;Pues su padre de usted, don Pablo&mdash;dijo Fermín,&mdash;también fue amigo de
+don Fernando Salvatierra y más de una vez acudió a él pidiéndole apoyo
+en aquella época de pronunciamientos y cantones.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mi padre!&mdash;contestó Dupont con cierta indecisión.&mdash;También era como
+era: hijo de una época de revueltas y un poco tibio en lo que más debe
+importarle al hombre: la religión... Además, Fermín, los tiempos han
+cambiado; aquellos republicanos de entonces eran muchos de ellos
+personas extraviadas, pero de excelente corazón. Yo he conocido algunos
+que no podían pasar sin su misa y eran unos santos varones que odiaban a
+los reyes, pero respetaban a los sacerdotes de Dios. ¿Tú crees, Fermín,
+que a mí me asusta la República? Yo soy más republicano que tú; yo soy
+un hombre moderno.</p>
+
+<p>Y con ademanes descompuestos, golpeándose el pecho, hablaba de sus
+convicciones. Él no tenía simpatía alguna por los gobiernos actuales; al
+fin, todos eran unos ladrones, y en punto a fe religiosa unos hipócritas
+que fingían sostener el catolicismo porque lo consideraban una fuerza.
+La monarquía era una bandera social, como decía su amigo el padre
+Urizábal: conforme; pero él se fijaba poco en banderas y colores; lo
+importante era que Dios estuviese sobre todo, que reinase Cristo con
+monarquía o con república, y los gobernantes fuesen hijos sumisos del
+Papa. A él no le infundía miedo la República. Miraba con gran simpatía
+algunas de la América del Sur, pueblos ideales y felices donde la
+Purísima Concepción era capitana generala de los ejércitos y el Corazón
+de Jesús figuraba en las banderas y en los uniformes de los soldados,
+formándose los gobiernos bajo la sabia inspiración de los Padres de la
+Compañía. Una república de esta clase podía venir, por él, cuando
+quisiera. Daría por su triunfo la mitad de su fortuna.</p>
+
+<p>&mdash;Te digo, Fermín, que soy más republicano que tú y que de todo corazón
+estaría con aquellos buenos señores que conocí de niño, a los que miraba
+la gente como unos descamisados, siendo excelentes personas... ¡Pero el
+Salvatierra de ahora! ¡Y todos vosotros, los jovenzuelos que le
+escucháis, mequetrefes que os parece poco ser republicanos y habláis de
+la igualdad, y de repartirlo todo, y decís que la religión es cosa de
+viejas!...</p>
+
+<p>Dupont abría sus ojos desmesuradamente para expresar el asombro y la
+repugnancia que le inspiraban los nuevos rebeldes.</p>
+
+<p>&mdash;Y no creas, Fermín, que yo soy de los que me asusto por lo que ese
+Salvatierra y sus amigos llaman reivindicaciones sociales. Ya sabes que
+no riño por cuestiones de dinero. ¿Que piden los trabajadores unos
+céntimos más de jornal o un nuevo rato de descanso para echar otro
+cigarro? Pues si puedo, lo doy, ya que gracias al Señor, que tanto me
+protege, lo que menos me falta es dinero. Yo no soy como esos otros amos
+que viviendo en perpetuo ahogo regatean el sudor del pobre. ¡Caridad,
+mucha caridad! Que se vea que el cristianismo sirve de arreglo para
+todo... Pero lo que me revuelve la sangre es que se pretenda que todos
+seamos iguales, como si no existiesen jerarquías hasta en el cielo; que
+se hable de Justicia al pedir algo, como si favoreciendo yo a un pobre
+no hiciese más que lo que debo y mi sacrificio no significase una buena
+acción. Y, sobre todo, esa infernal manía de ir contra Dios, de quitar
+al pobre sus sentimientos religiosos, de hacer responsable a la Iglesia
+de todo lo malo que ocurre, y que no es más que obra del maldito
+liberalismo...</p>
+
+<p>Don Pablo se indignaba al recordar la impiedad de la gente rebelde. En
+esto no transigía. Salvatierra y cuantos fuesen contra la religión le
+encontrarían enfrente. En su casa, todo menos eso. Aún temblaba de
+cólera recordando cómo despidió, dos semanas antes, a un tonelero, un
+mentecato adulterado por la lectura, al que había sorprendido haciendo
+alarde de incredulidad ante sus compañeros.</p>
+
+<p>&mdash;Figúrate que decía que las religiones son hijas del miedo y la
+ignorancia: que el hombre, en sus primeros tiempos, no creyó en nada
+sobrenatural, pero que ante el rayo y el trueno, ante el incendio y la
+muerte, no pudiendo explicarse tales misterios, había inventado a Dios.
+¡Vamos, no sé cómo me contuve y no le di de bofetadas! Aparte de estas
+locuras, un buen muchacho que sabía su oficio: pero buena penitencia
+lleva, pues en Jerez nadie le ha dado trabajo por no molestarme,
+viéndolo expulsado de mi casa, y ahora tal vez vaya por el mundo
+royéndose los codos de hambre. Ese acabará por echar bombas, que es el
+final de todos los que niegan a Dios.</p>
+
+<p>Don Pablo y su empleado iban lentamente hacia el escritorio.</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabes mi resolución, Fermín&mdash;dijo Dupont antes de entrar en la
+oficina.&mdash;Te quiero por tu familia y porque casi hemos sido compañeros
+de infancia. Además, eres como un hermano de mi primo Luis. Pero ya me
+conoces; Dios sobre todo: por él soy capaz de abandonar a mi familia. Si
+no estás contento en mi casa, habla; si te parece escaso el sueldo,
+dilo. Contigo no regateo, porque me eres simpático a pesar de tus
+necedades. Pero no me faltes el domingo a la misa de la casa: aléjate
+del chiflado de Salvatierra y todos los perdidos que se juntan con él. Y
+si no haces esto, nos veremos las caras, ¿sabes, Fermín? Tú y yo
+acabaremos mal.</p>
+
+<p>Dupont fue a instalarse en su despacho y acudió presuroso don Ramón, el
+encargado de la publicidad, con un lío de papeles que presentó a su
+jefe, acompañándolo con una sonrisa de cortesano viejo.</p>
+
+<p>Montenegro, desde su mesa, veía al jefe discutiendo con el director del
+escritorio, removiendo los papeles y haciéndole preguntas sobre los
+negocios, con un acierto que revelaba que todas sus facultades útiles se
+habían concentrado al servicio de la industria.</p>
+
+<p>Había transcurrido más de una hora, cuando Fermín se vio llamado por el
+jefe. La casa tenía que aclarar una cuenta con el escritorio de otra
+bodega: era asunto largo que no podía discutirse por teléfono, y Dupont
+enviaba a Montenegro como dependiente de confianza. Don Pablo, serenado
+ya por el trabajo, parecía querer borrar con esta distinción la dureza
+amenazadora con que había tratado al joven.</p>
+
+<p>Fermín púsose el sombrero y la capa y salió sin prisa alguna,
+disponiendo del día entero para desempeñar su comisión. El amo no era
+exigente en el trabajo cuando se veía obedecido. En la calle, el sol de
+Noviembre, tibio y dulce como un sol primaveral, hacía resaltar bajo su
+lluvia de oro las casas blancas, de verdes balcones, recortando la línea
+de sus azoteas africanas sobre un cielo de intenso azul.</p>
+
+<p>Montenegro vio venir hacia él un airoso jinete en traje de campo. Era un
+mocetón moreno, vestido como los contrabandistas o los bandidos
+caballerescos que sólo existen ya en los relatos populares. Al trotar su
+caballo, movíanse las alas de su chaqueta corta de cordoncillo de
+Grazalema, con coderas de paño negro ribeteadas de seda y bolsillos de
+media luna forrados de rojo. El sombrero, de alas grandes y rectas,
+estaba sostenido por un barbuquejo. Calzaba botines de cuero amarillo
+con grandes espuelas y las piernas las resguardaba del frío con unos
+zajones de piel, amplio delantal sujeto con correas. Delante de la silla
+iba plegada la manta oscura de grueso borlaje; en la grupa las alforjas,
+y a un lado la escopeta con el doble cañón asomando por debajo de la
+panza del animal. Cabalgaba elegantemente, con una gallardía árabe, como
+si hubiese nacido sobre los lomos del corcel y éste y su jinete
+formasen un solo cuerpo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé, los caballistas!&mdash;gritó Fermín al reconocerle.&mdash;Buenos días,
+Rafaelillo.</p>
+
+<p>Y el jinete paró su caballo de un tirón que le hizo tocar con las ancas
+el suelo, al mismo tiempo que levantaba las patas delanteras.</p>
+
+<p>&mdash;¡Buen animal!&mdash;dijo Montenegro dando palmadas en el cuello del corcel.</p>
+
+<p>Y los dos jóvenes quedaron silenciosos examinando la inquieta
+nerviosidad de la bestia, con el fervor de unas gentes que aman la
+equitación como el estado perfecto del hombre y consideran al caballo
+cual el mejor amigo.</p>
+
+<p>Montenegro, a pesar de su vida sedentaria de oficinista, sentía
+removerse en él atávicos entusiasmos a la vista de un corcel de precio;
+sentía la admiración del nómada africano ante el animal, eterno
+compañero de su vida. De la riqueza de su jefe don Pablo, sólo envidiaba
+la docena de caballos, los más caros y famosos de las ganaderías de
+Jerez, que tenía en sus cuadras. También aquel hombre obeso, que parecía
+no sentir otros entusiasmos que los que le inspiraban su religión y su
+bodega, olvidaba momentáneamente a Dios y al cognac al ver un caballo
+hermoso que no fuese suyo, y sonreía agradecido cuando le elogiaban como
+el primer jinete de la campiña jerezana.</p>
+
+<p>Rafael era el aperador del cortijo de Matanzuela, la finca de más valía
+que le quedaba a Luis Dupont, el primo escandaloso y pródigo de don
+Pablo. Inclinado sobre el cuello de la jaca, explicaba a Fermín su viaje
+a Jerez.</p>
+
+<p>&mdash;He venío a encargá unas cosillas para allá y llevo prisa. Pero antes
+de volver, echaré un galope para ir a la viña y ver a tu padre. Me farta
+algo cuando no veo al padrino.</p>
+
+<p>Fermín sonrió con malicia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y a mi hermana, no la verás? ¿No te falta también algo, cuando pasan
+días sin ver a María de la Luz?</p>
+
+<p>&mdash;Naturalmente&mdash;dijo el mocetón ruborizándose.</p>
+
+<p>Y como si sintiera repentina vergüenza, espoleó su caballo.</p>
+
+<p>&mdash;Con Dios, Ferminillo, y a ver si un día vienes al cortijo.</p>
+
+<p>Montenegro le vio alejarse rápidamente, calle abajo, con dirección a la
+campiña.</p>
+
+<p>&mdash;Es un angelote&mdash;pensaba.&mdash;¡Que le vaya a éste Salvatierra con que el
+mundo está mal arreglado y hay que volverlo como quien dice del
+revés!...</p>
+
+<p>Montenegro pasó por la calle Larga, la principal de la ciudad; una vía
+ancha con casas de deslumbrante blancura. Las portadas señoriales del
+siglo XVII estaban enjalbegadas cuidadosamente lo mismo que los escudos
+de armas de la clave. Los escarolados y nervios de la piedra labrada
+ocultábanse bajo una capa de cal. En los balcones verdes mostrábanse a
+aquellas horas de la mañana cabezas de mujeres morenas, de rasgados ojos
+negros, con flores en el pelo.</p>
+
+<p>Fermín siguió una de las amplias aceras limitadas por dos filas de
+naranjos agrios. Los principales casinos de la ciudad, los mejores
+cafés, abrían sus ventanales de vidrios sobre la calle. Montenegro lanzó
+una mirada al interior del <i>Círculo Caballista</i>. Era la sociedad más
+famosa de Jerez, el centro de reunión de la gente rica, el refugio de la
+juventud que había nacido poseedora de cortijos y bodegas. Por las
+tardes, la respetable asamblea discutía sus aficiones: caballos, mujeres
+y perros de caza. La conversación no tenía otros temas. Escasos
+periódicos en las mesas, y en lo más oscuro de la secretaría un armario
+con libros de lomos dorados y chillones cuyas vidrieras no se abrían
+nunca. Salvatierra llamaba a esta sociedad de ricos el «Ateneo
+Marroquí».</p>
+
+<p>A los pocos pasos, Montenegro vio venir hacia él una mujer que, con su
+paso vivo, su gesto arrogante y el incitador meneo de su cuerpo, parecía
+alborotar la calle. Los hombres detenían el paso para verla y la seguían
+con los ojos; las mujeres volvían la cabeza con un desdén afectado, y
+después que pasaba cuchicheaban señalándola con un dedo. En los
+balcones, las jóvenes gritaban hacia el interior de la casa, y salían
+otras apresuradamente, interesadas por el llamamiento.</p>
+
+<p>Fermín sonrió al notar la curiosidad y el escándalo que esparcía al
+andar aquella joven. Asomaban entre las blondas de su mantilla unos
+rizos rubios, y bajo los ojos negros y ardientes una naricilla sonrosada
+parecía desafiar a todos con sus graciosas contracciones. La audacia con
+que se recogía la falda, marcando las curvas más opulentas de su cuerpo
+y dejando al descubierto gran parte de las medias, irritaba a las
+mujeres.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaya usted con Dios, marquesita salerosa!&mdash;dijo Fermín cerrándola el
+paso.</p>
+
+<p>Se había terciado la capa, tomando un aire de majo galante, satisfecho
+de detener en la calle más céntrica, a la vista de todos, a una mujer
+que tal escándalo promovía.</p>
+
+<p>&mdash;Marquesa, ya no, hijo&mdash;contestó ella con gracioso ceceo.&mdash;Ahora crío
+cerdos... y muchas gracias.</p>
+
+<p>Se tuteaban como dos buenos camaradas; sonreían con la franqueza de la
+juventud, sin mirar en torno de ellos, pero alegrándose al pensar que
+muchos ojos estaban fijos en sus personas. Ella hablaba manoteando,
+amenazándolo con sus uñas sonrosadas cada vez que le decía algo
+<i>fuerte</i>; acompañando sus risas con un taconeo infantil cuando elogiaba
+su hermosura.</p>
+
+<p>&mdash;Siempre lo mismo. ¡Pero qué rebuenísima sombra tienes, hijo!... Ven a
+verme alguna vez: ya sabes que te quiero... siempre con buen fin; como
+hermanitos. ¡Y eso que el bruto de mi marido te tenía celos!...
+¿Vendrás?</p>
+
+<p>&mdash;Lo pensaré. No quiero tener una cuestión con el tratante en cerdos.</p>
+
+<p>La joven prorrumpió en una carcajada.</p>
+
+<p>&mdash;Es todo un caballero, ¿sabes, Fermín? Vale más con su chaquetón de
+monte que todos esos señoritos del <i>Caballista</i>. Yo estoy por lo
+popular: yo soy muy gitana...</p>
+
+<p>Y dando al joven un ligero bofetón con su manecita acariciadora, siguió
+la marcha, volviendo varias veces la cabeza para sonreír a Fermín, que
+la seguía con la vista.</p>
+
+<p>&mdash;¡Lástima de muchacha!&mdash;se dijo.&mdash;Con su cabeza de chorlito, es la más
+buena de la familia. ¡Y don Pablo que se muestra tan orgulloso de la
+nobleza de su madre!... Esta y su hermana son de las que nos consuelan
+haciendo acabar en punta los linajes orgullosos...</p>
+
+<p>Continuó su marcha Montenegro, entre las miradas de asombro o las
+sonrisas maliciosas de los que habían presenciado su conversación con la
+<i>Marquesita</i>.</p>
+
+<p>En la plaza Nueva, pasó entre los grupos que se estacionan allí
+habitualmente: corredores de vinos y de ganado; vendedores de cereales,
+obreros de bodega sin colocación, gañanes enjutos y tostados que esperan
+a que alguien alquile sus brazos inactivos, cruzados sobre el pecho.</p>
+
+<p>De un grupo salió un hombre, llamándole:</p>
+
+<p>&mdash;¡Don Fermín! ¡don Fermín!...</p>
+
+<p>Era un arrumbador de las bodegas de Dupont.</p>
+
+<p>&mdash;Ya no estoy allá, ¿sabe usté? Me han despedío esta mañana. Al
+presentarme en la bodega, el encargao me ha dicho, de parte de don
+Pablo, que estaba de más. ¡Después de cuatro años de trabajo y buena
+conducta! ¿Es esto justicia, don Fermín?...</p>
+
+<p>Como éste preguntase con su mirada el motivo de la desgracia, el
+arrumbador continuó con exaltación:</p>
+
+<p>&mdash;De too tiene la culpa la beatería cochina. ¿Sabe usté mi delito?... No
+ir a entregá la papeleta que me dieron el sábado con el jornal.</p>
+
+<p>Y como si Montenegro no conociese las costumbres de la casa, el buen
+hombre relataba detalladamente lo ocurrido. El sábado, al cobrar la
+semana los trabajadores de la bodega, el encargado les entregaba <i>la
+papeleta</i> a todos: una invitación para que al día siguiente asistiesen a
+la misa que costeaba la familia de Dupont en la iglesia de San Ignacio.
+Si la fiesta era con comunión general, el convite aun resultaba más
+ineludible. El domingo, los encargados de la bodega recogían a cada
+obrero la papeleta en la misma puerta de la iglesia, y al recontarlas
+sabían, por los nombres, quiénes eran los que habían faltado.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo no juí ayer, don Fermín; farté como he fartao otros días: porque
+no me da la gana de levantarme temprano los domingos, porque en la noche
+del sábado me gusta <i>tomarla</i> con los compañeros. ¿Pa qué trabaja uno,
+sino pa tené un rato de alegría?...</p>
+
+<p>Además; él era dueño de sus domingos. El amo le pagaba por su trabajo;
+él trabajaba y no había por qué cercenarle su día de descanso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Es eso justo, don Fermín? Porque no hago comedias, como toos esos...
+soplones y lamecosas que van a la misa de don Pablo, con toa su familia
+y toman la comunión después de pasar la noche de juerga, me echan a la
+caye. Sea usté franco; diga la verdad; y aunque usté trabaje como un
+perro, es usté un pillo: ¿No es eso, cabayeros?...</p>
+
+<p>Y se volvía al grupo de amigos que a cierta distancia oían sus palabras,
+comentándolas con maldiciones a Dupont.</p>
+
+<p>Fermín siguió su camino con cierto apresuramiento. El instinto de
+conservación le avisaba lo peligroso de permanecer allí entre una gente
+que abominaba de su principal.</p>
+
+<p>Y mientras iba hacia el escritorio donde le aguardaban para las cuentas,
+pensaba en el vehemente Dupont, en su fervor religioso, que parecía
+endurecerle las entrañas.</p>
+
+<p>&mdash;Y, realmente, no es malo&mdash;murmuraba.</p>
+
+<p>Malo, no. Fermín recordaba la largueza caprichosa y desordenada con que
+algunas veces socorría a las gentes en desgracia. Pero su bondad era
+estrechísima: dividía en castas la pobreza; y a cambio del dinero exigía
+una supeditación absoluta a todo lo que él pensase y amase. Era capaz de
+aborrecer a su propia familia, de sitiarla por hambre, si creía con ello
+servir a su Dios; a aquel Dios a quien profesaba inmensa gratitud
+porque hacía prosperar los negocios de la casa y era el sostén del orden
+social.</p>
+<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p>
+
+
+<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+
+<p>Cuando don Pablo Dupont iba a pasar un día con su familia en la famosa
+viña de Marchamalo, una de sus diversiones era mostrar el señor Fermín,
+el antiguo capataz, a los Padres de la Compañía o a los frailes
+dominicos, sin cuya presencia no creía posible una excursión feliz.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, señor Fermín&mdash;decía sacando el viejo a la gran explanada que se
+extendía frente a las casas de Marchamalo, que casi formaban un
+pueblo.&mdash;Eche usted una voz de mando; pero con arrogancia, como cuando
+era usted de los rojos y marchaba de partida por la sierra.</p>
+
+<p>El capataz sonreía viendo que el amo y sus acompañantes de sotana o
+capucha mostraban gran placer en oírle; pero su sonrisa de campesino
+socarrón, no llegaba a saberse si era de burla o de agrado por la
+confianza del señor. Contento de proporcionar un rato de descanso a los
+muchachos que se encorvaban entre las cepas, ladera abajo, levantando y
+abatiendo sus azadas pesadísimas, avanzaba con cómica rigidez hasta el
+parapeto de la explanada, prorrumpiendo en un grito prolongado y
+atronador:</p>
+
+<p>&mdash;¡Eeeechen tabacooo!...</p>
+
+<p>Cesaba de brillar entre los sarmientos el acero de las azadas, y la
+larga fila de viñadores despechugados frotábanse las manos, entumecidas
+por el mango de la herramienta, y lentamente extraían de la faja los
+avíos de fumar.</p>
+
+<p>El viejo les imitaba, y acogiendo con sonrisa enigmática los elogios de
+los señores a su voz de trueno y a la entonación de caudillo con que
+mandaba a la gente, liaba el cigarro, fumándolo con calma para que los
+pobres de abajo tuviesen algunos segundos más de reposo a costa del buen
+humor del amo.</p>
+
+<p>Cuando no le quedaba más que la colilla, nueva diversión para los
+señores. Volvía a dar sus pasos con rigidez exagerada de intento, y su
+voz hacía temblar el eco de las vecinas colinas:</p>
+
+<p>&mdash;¡Vaaamos a otraaa!...</p>
+
+<p>Y con este llamamiento tradicional para reanudar el trabajo, los hombres
+volvían a encorvarse y relampagueaban las herramientas sobre sus
+cabezas, todas a un tiempo, en acompasadas curvas.</p>
+
+<p>El señor Fermín era una de las curiosidades de Marchamalo, que don Pablo
+exhibía a sus acompañantes. Todos reían sus refranes, los términos
+rebuscados y raros de su expresión, sus consejos dichos en tono
+campanudo; y el viejo aceptaba el irónico elogio de los señores con la
+simpleza del campesino andaluz, que aún parece vivir en la época feudal,
+siervo del amo, aplastado por la gran propiedad, sin esa independencia
+enfurruñada del pequeño labrador que tiene la tierra por suya.</p>
+
+<p>Además, el señor Fermín se sentía ligado por todo el resto de su
+existencia a la familia Dupont. Había visto a don Pablo en pañales, y
+aunque le trataba con el respeto que imponía su carácter imperioso, era
+siempre para él un niño, acogiendo con bondad paternal todas sus
+rarezas.</p>
+
+<p>El capataz había tenido en su vida un período de dura miseria. De joven
+fue viñador, gozando de la buena época; aquella de la ida al trabajo en
+calesín y de la cava con zapatos de charol, de la que hablaba
+melancólicamente el viejo bodeguero de la casa Dupont.</p>
+
+<p>La abundancia hacía generosos a los trabajadores de tales tiempos;
+pensaban en cosas <i>altas</i> que no acertaban a definir, pero cuya grandeza
+presentían confusamente. Además, la nación entera estaba de revuelta. A
+corta distancia de Jerez, en el mar invisible cuyas brisas llegaban
+hasta las viñas, los barcos del gobierno habían disparado sus cañones
+para anunciar a la reina que debía abandonar su trono. El tiroteo de
+Alcolea, al otro extremo de Andalucía, despertaba a toda España; «la
+raza espúrea» había huido: la vida era mejor y el vino parecía más bueno
+al pensar (¡consoladora ilusión!) que cada uno poseía una pequeña parte
+de aquél poder retenido antes por una sola persona. Además, ¡qué de
+músicas arrulladoras para el pobre!, ¡qué de elogios y adulaciones al
+pueblo que meses antes no era nada y ahora lo era todo!</p>
+
+<p>El señor Fermín se conmovía recordando esta época feliz, que fue la de
+su matrimonio con la <i>pobre mártir</i>, como él llamaba a su difunta mujer.
+Se reunían los compañeros de trabajo en las tabernas todas las noches,
+para leer los papeles públicos, y la caña de vino circulaba sin miedo,
+con la largueza del jornal abundante y bien retribuido. Un ruiseñor
+volaba infatigable de plaza en plaza, teniendo por bosques las ciudades,
+y su música divina volvía locas a las gentes, haciéndolas pedir a gritos
+la República... pero Federal, ¿eh?... Federal o nada. Los discursos de
+Castelar leídos en las reuniones nocturnas, con sus maldiciones al
+pasado y sus himnos a la madre, al hogar, a todas las ternuras que
+emocionan el alma simple del pueblo, hacían caer más de una lágrima en
+las copas de vino. Luego, cada cuatro días, llegaba impresa en hoja
+suelta, con renglones cortos, alguna de las cartas que «el ciudadano
+Roque Barcia dirigía a sus amigos», con frecuentes exclamaciones de
+«óyeme bien, pueblo», «acércate, pobre, y compartiré tu frío y tu
+hambre», que enternecían a los viñadores, haciéndoles tener gran
+confianza en un señor que les trataba con esta fraternal simpleza. Y
+para desengrasarse de tanto lirismo, de tanta Historia comprimida,
+repetían las frases ingeniosas del patriarcal Orense, los chistes del
+marqués de Albaida, ¡un marqués que estaba con ellos, con los viñadores
+y los gañanes, acostumbrados a respetar con cierto temor supersticioso,
+como seres nacidos en otro planeta, a los aristócratas poseedores del
+suelo andaluz!...</p>
+
+<p>El santo respeto a la jerarquía, heredado de los abuelos e ingerido
+hasta lo más profundo de su alma por largos siglos de servidumbre,
+influía en el entusiasmo de estos <i>ciudadanos</i> que hablaban a todas
+horas de la igualdad.</p>
+
+<p>Lo que más halagaba al señor Fermín en sus entusiasmos juveniles, era la
+categoría social de los jefes revolucionarios. Ninguno era jornalero, y
+esto lo apreciaba él como un mérito de las nuevas doctrinas. Los más
+ilustres defensores de «la idea» en Andalucía salían de las clases que
+él respetaba con atávica adhesión. Eran señoritos de Cádiz,
+acostumbrados a la vida fácil y placentera de un gran puerto; caballeros
+de Jerez, dueños de cortijos, hombres de pelo en pecho, grandes jinetes,
+expertos en las armas e incansables corredores de juergas: hasta curas
+entraban en el movimiento, afirmando que Jesús fue el primer republicano
+y que al morir en la cruz dijo algo así como «Libertad, Igualdad y
+Fraternidad».</p>
+
+<p>Y el señor Fermín no vaciló, cuando del mitin y de la declamación
+periodística, leída en alta voz, hubo que pasar a la excursión por el
+monte con la escopeta al hombro en defensa de aquella República que no
+querían aceptar los mismos generales que habían expulsado a los reyes. Y
+tuvo que correr por las montañas de la sierra unos cuantos días, e ir a
+tiros con las mismas tropas que meses antes había él aclamado cuando
+pasaban sublevadas por Jerez, camino de Alcolea.</p>
+
+<p>En esta aventura conoció a Salvatierra, sintiendo por él una admiración
+que nunca había de enfriarse. La fuga y una larga temporada pasada en
+Tánger fueron el único resultado de sus entusiasmos y cuando al fin pudo
+volver a la tierra, besó a Ferminillo, el primer hijo que la <i>pobre
+mártir</i> le había dado a los pocos meses de su marcha a la serranía.</p>
+
+<p>Volvió a trabajar en las viñas, algo desilusionado por el mal éxito de
+la rebelión. Además, la paternidad le hacía egoísta, pensando más en la
+familia que en el pueblo soberano, que podía libertarse sin necesitar de
+su apoyo. Al ver proclamada la República sintió renacer sus entusiasmos.
+¡Por fin, ya la tenían! ¡Llegaba lo bueno!... Pero a los pocos meses le
+buscó Salvatierra, como a otros muchos. Los de Madrid eran unos
+traidores y la tal República resultaba un pastel. Había que hacerla
+federal o matarla; era preciso proclamar los cantones. Y otra vez
+Fermín, con el fusil al hombro, batiéndose en Sevilla, en Cádiz y en la
+montaña por cosas que no entendía, pero que debían ser verdades tan
+claras como el sol, ya que Salvatierra las proclamaba. De esta segunda
+aventura salió peor librado. Le cogieron y pasó muchos meses en el Hacho
+de Ceuta, confundido con prisioneros carlistas e insurrectos cubanos, en
+un amontonamiento y una miseria de los que aún se acordaba con horror
+después de tantos años.</p>
+
+<p>Al recobrar la libertad, la vida le pareció en Jerez más triste y
+desesperada que en el presidio. La <i>pobre mártir</i> había muerto durante
+su ausencia, dejando en poder de unos parientes sus dos hijos,
+Ferminillo y María de la Luz. El trabajo escaseaba; había sobra de
+brazos, era reciente la indignación contra los <i>petroleros</i>
+perturbadores del país; los Borbones acababan de volver, y los ricos
+temían dar entrada en sus fincas a los que habían visto antes con el
+fusil en la mano, tratándoles de igual a igual, con gestos amenazadores.</p>
+
+<p>El señor Fermín, para que no le viesen llegar con las manos vacías los
+parientes pobres que cuidaban de sus pequeñuelos, se dedicó al
+contrabando. Su compadre Paco el de Algar, que había ido con él en las
+partidas, conocía el oficio. Entre los dos existía el parentesco de la
+pila bautismal, el compadrazgo, más sagrado entre la gente del campo que
+la comunidad de sangre. Fermín era el padrino de Rafaelillo, único hijo
+del señor Paco, al cual también se le había muerto la mujer durante la
+época de persecuciones y presidio.</p>
+
+<p>Los dos compadres emprendieron juntos sus penosas expediciones de
+contrabandistas pobres. Marchaban a pie, por las veredas más abruptas de
+la sierra, aprovechando los conocimientos adquiridos en las complicadas
+marchas de las partidas. Su pobreza no les permitía ser caballistas como
+otros que cabalgaban en pelotón, llevando en la grupa de sus fuertes
+jacas dos fardos enormes de tabaco y en la perilla de la montura la
+escopeta repleta de postas para pasar a <i>la brava</i> el contrabando. Eran
+humildes mochileros que, al llegar a San Roque o Algeciras, echábanse a
+cuestas tres arrobas de tabaco y emprendían el regreso a la tierra
+huyendo de los caminos, buscando las sendas más peligrosas, marchando de
+noche y ocultándose de día, a gatas por los riscos, imitando los hábitos
+de las bestias feroces, lamentando ser hombres y no poder seguir el
+borde de los abismos con la misma seguridad que las bestias.</p>
+
+<p>¡Oh, la vida dura de continuos riesgos, la necesidad de ganarse el pan
+luchando con la oscuridad, con las tempestades y con el hombre, que era
+el peor de los enemigos! Un ruido a lo lejos, una voz, el aleteo de los
+pajarracos nocturnos, el chillido de las alimañas invisibles, el ladrido
+de un perro, les hacían ocultarse, tenderse en el suelo entre los
+jarales punzantes, sofocados por el peso de la mochila. Al partir del
+campo fronterizo de Gibraltar pagaban por trasponer la línea del
+resguardo. Los venales encargados de la vigilancia les imponían
+contribución según su clase: tantas pesetas a los mochileros, tantos
+duros a la gente de a caballo. Partían todos al mismo tiempo, después de
+depositar la ofrenda en ciertas manos que salían de unas mangas con
+galones de oro, y peones y jinetes, todo el ejército del contrabando,
+abríase como el varillaje de un abanico en la sombra de la noche,
+tomando distintos caminos para esparcirse por Andalucía. Pero quedaba lo
+difícil: el peligro de tropezar con las rondas volantes que no habían
+participado del soborno y se esforzaban por cortar el paso a los
+defraudadores y hacer buena presa de sus cargas. Los caballistas
+infundían miedo porque contestaban a tiros al ¡quién vive!, y eran los
+indefensos mochileros los que sufrían toda la persecución.</p>
+
+<p>Dos noches enteras necesitaban los compadres para llegar a Jerez,
+caminando encorvados, sudorosos en pleno invierno, zumbándoles los
+oídos, con el pecho oprimido por la carga. Acercábanse trémulos de
+inquietud a ciertos pasos de la sierra donde se apostaban los enemigos.
+Temblaban de miedo al entrar en ciertas gargantas en cuya oscuridad
+brillaba el fogonazo y silbaba la bala, al no obedecer ellos al ¡boca
+abajo! de los guardias emboscados. Algunos compañeros habían muerto en
+estos malos pasos. Además, los enemigos se vengaban de las largas
+esperas al acecho y de la inquietud que les inspiraban los caballistas,
+dando tremendas palizas a los de a pie. Más de una vez se rasgaba el
+silencio nocturno de la sierra con los alaridos de dolor que arrancaban
+los bárbaros culatazos dados al azar, en la oscuridad, lejos de toda
+vivienda, lejos de toda ley, en una soledad salvaje...</p>
+
+<p>Pero estos peligros eran los que menos intimidaban a los dos compadres.
+El miedo a perder la carga les aterraba. ¡Perder la carga! ¡el único
+medio de existencia, el capital de su industria! ¡Verse de golpe sin las
+ganancias acumuladas en fuerza de exponer su vida noches y noches; tener
+que pedir prestado otra vez y empezar de nuevo la pelea para pagar al
+prestamista, cercenando su pan y el de los pequeños!...</p>
+
+<p>Por no perder sus mochilas emprendían arriesgadas ascensiones en la
+oscuridad. A la menor alarma huían de las gargantas, dando rodeos por
+lugares casi inaccesibles, que infundían horror al ser vistos a la luz
+del sol. Los cuervos graznaban asustados en sus alturas al percibir el
+roce de unos animales desconocidos que gateaban en las tinieblas. Los
+aguiluchos aleteaban al ver interrumpido su sueño por el arrastre de
+extraños cuadrúpedos que, abrumados por su giba, avanzaban por el filo
+de los precipicios, haciendo rodar los guijarros con sus manos
+desolladas, en el vacío de lóbregas profundidades. El recuerdo de algún
+compañero muerto en estos pasos difíciles, congelaba su sangre un
+momento: «Allá abajo está Fulano». <i>Allá abajo</i>, en el fondo de la sima
+negra que bordeaban a tientas, con el tacto de los ciegos; donde sólo
+podían verle los cuervos, que poco a poco dejarían blancos sus huesos
+bajo el peso de la mochila, mientras en su casa, la familia, hambriento,
+movida por una remota esperanza, aguardaba que un día u otro se
+presentase.</p>
+
+<p>El recuerdo de los que esperaban al compañero muerto les daba nuevas
+energías. También ellos tenían sus <i>churumbeles</i> que podían aguardar el
+pan eternamente si daban un mal paso: ¡adelante! ¡adelante! Y con el
+valor audaz que da la lucha por los hijos, los dos mochileros avanzaban
+al través del peligro y de la noche.</p>
+
+<p>¡Ay! De los azares que el señor Fermín había corrido en su vida, de las
+miserias en presidio, entre gentes de todos los países, que se mataban
+con las cucharas afiladas para entretener el ocio del encierro; del
+miedo que tuvo a ser fusilado cuando lo prendieron después de derrotada
+la partida, nada recordaba con tanta tristeza como las tres veces que lo
+sorprendieron los carabineros, casi a las puertas de la ciudad, cuando
+ya se creía en salvo, quitándole lo que llevaba varias noches sobre sus
+espaldas. ¡Y luego, cuando vendía su tabaco a las gentes desocupadas, a
+los señores de los casinos y los cafés, aún le regateaban algunos
+céntimos! ¡Ay; si supieran lo que costaban aquellos paquetes, duros como
+ladrillos, en los que parecían haberse solidificado los sudores de una
+fatiga de bestia y los escalofríos del miedo!...</p>
+
+<p>La desgracia, como cansada del tesón con que los dos compadres sabían
+eludirla, comenzó a cebarse en ellos. Era en vano que con riesgo de su
+vida esquivasen durante la noche los pasos difíciles de la sierra. Por
+tres veces les sorprendieron cerca de la ciudad, en los llanos de
+Caulina, cuando se creían ya en salvo. Les dieron de golpes al
+arrebatarles aquellas mochilas que representaban la vida para sus hijos;
+y hasta les amenazaron con un tiro en vista de su reincidencia. Más que
+las amenazas les intimidó la pérdida de sus cargas. ¡Adiós los ahorros!
+Los tres fracasos les dejaban más pobres que antes de comenzar el
+contrabando, con deudas que les parecían enormes. Ya nadie querría
+prestarles para continuar el <i>negocio</i>.</p>
+
+<p>El compadre, llevando de la mano a Rafaelillo, que era ya un rapaz,
+marchó a Algar, a su pueblo de la serranía, para ser gañán en un
+cortijo, si es que le aceptaban viéndole entrado en años y enfermo.</p>
+
+<p>El señor Fermín no tuvo otro refugio que Jerez, y fue todas las
+madrugadas a la plaza Nueva a formar grupo con los jornaleros que
+esperaban trabajo, acogiendo con resignación el gesto desdeñoso de los
+capataces que le repelían por su antigua fama de cantonal y por las
+recientes aventuras del contrabando, que le habían hecho vivir algunos
+días en la cárcel. ¡Ay, las mañanas tristes pasadas en la plaza,
+estremeciéndose con el frío del amanecer, sin más alimento en el
+desfallecido estómago que alguna copa de aguardiente de Cazalla,
+ofrecida por los amigos! ¡Y después la vuelta desalentada a su tugurio,
+la sonrisa inocente de los hijos y el grito de tristeza de la mísera
+cuñada, al verle aparecer a la hora en que los demás trabajaban!</p>
+
+<p>&mdash;¿Tampoco hoy?...</p>
+
+<p>&mdash;Tampoco... pero ten carma mujer: arreglaos como podáis y no penséis en
+mí.</p>
+
+<p>Entonces conoció Fermín a su «ángel protector», como él le llamaba; al
+hombre que, después de Salvatierra, era el dueño de su voluntad, a
+Dupont el viejo que, viéndole un día, recordó vagamente ciertas muestras
+de respeto, ciertos pequeños favores a su casa y a su persona, en la
+época en que aquel infeliz iba por Jerez con aire de amo, orgulloso de
+su gorro colorado y de las armas que hacía resonar a cada paso, con un
+estrépito de ferretería vieja.</p>
+
+<p>Fue una genialidad de gran señor, un capricho de millonario que se
+admiraba a sí mismo proporcionando un mendrugo a un desesperado que
+encontraba obstruidos todos los caminos de la vida. Fermín halló un
+jornal en la viña de Marchamalo, la gran propiedad de los Dupont. Poco a
+poco fue conquistando la confianza del amo, el cual se fijaba
+atentamente en su trabajo.</p>
+
+<p>Cuando el antiguo rebelde llegó a ser capataz de la viña, había ya
+sufrido una gran transformación en sus ideas. Se consideraba como una
+parte de la casa Dupont. Le enorgullecía la importancia de las bodegas
+de don Pablo y comenzaba a reconocer que los señores no eran tan malos
+como creían los pobres. Hasta dejó a un lado el respeto que profesaba a
+Salvatierra, el cual andaba por entonces fugitivo fuera de España, y se
+atrevió a confesar a los amigos que las cosas no iban del todo mal
+después del desastre de sus ilusiones políticas. Él era el de siempre,
+federal, sobre todo federal: hasta que no viniese la suya, España no
+sería feliz, pero mientras tanto, a pesar de los malos gobiernos y de
+que «el pobre pueblo estaba oprimido», él se creía mejor que en los
+tiempos pasados. La niña y la cuñada vivían en la viña, en un caserón
+antiguo, espacioso como un cuartel; el muchacho iba a la escuela en
+Jerez, y don Pablo le había tomado ley y prometía hacerlo «todo un
+hombre», en vista de su inteligencia despierta. Él, tenía tres pesetas
+diarias, sin otra obligación que llevar la cuenta de los jornales,
+reclutar la gente y vigilarla, para que los remolones no descansasen
+antes de que él diese la voz para fumar un cigarro.</p>
+
+<p>De sus tiempos de miseria le quedaba la conmiseración para los
+jornaleros, fingiendo no ver sus descuidos y negligencias. Pero sus
+actos valían más que sus palabras, pues queriendo demostrar gran interés
+por el amo, hablaba duramente a los braceros, con ese exceso de
+autoridad que revela el humilde apenas se ve elevado sobre sus
+camaradas.</p>
+
+<p>El señor Fermín y sus hijos penetraban sin darse cuenta en la familia
+del amo, hasta llegar a confundirse con ella. La simpleza del capataz,
+alegre e hidalga como la de todos los labriegos andaluces, le hacía
+captarse la confianza de los de la casa señorial. Don Pablo el viejo
+reía haciéndole relatar sus fugas por la montaña, unas veces de
+guerrillero y otras de contrabandista, siempre perseguido por los
+carabineros. Los hijos del amo jugaban con él, prefiriendo sus
+marrullerías y chistes de hombre de campo, al gesto hosco de la aya
+inglesa que cuidaba de ellos. Hasta la orgullosa doña Elvira, la hermana
+del marqués de San Dionisio, siempre ceñuda y de noble malhumor, como si
+se creyese postergada por haberse unido con un Dupont, concedía cierta
+confianza al señor Fermín, escuchándole con gesto semejante a los que
+había visto en el teatro, cuando una dama se digna conversar con el
+viejo escudero, confidente de sus pensamientos.</p>
+
+<p>El capataz creía vivir en el mejor de los mundos contemplando a sus
+hijos corretear por los senderos de la viña con dos de los señoritos de
+la casa, mientras el mayor, el futuro dueño, a pesar de ser todavía un
+niño, se mantenía al lado de su madre, imitando sus gestos altivos.
+Había días en que el carruaje de don Pablo llegaba entre una nube de
+polvo, a todo correr de sus cuatro briosos caballos, para depositar en
+Marchamalo un cargamento de chiquillos, casi una escuela. Con los hijos
+de Dupont llegaba Luisito, huérfano de un hermano de don Pablo, cuya
+cuantiosa fortuna cuidaba éste; y las hijas del marqués de San Dionisio,
+dos niñas revoltosas de ojos cándidos y boca insolente, que se peleaban
+con los muchachos y los hacían correr a pedradas, revelando en sus
+audacias el carácter de su famoso padre. Y Ferminillo y María de la Luz
+jugaban con estos niños que habían de poseer cuantiosas fortunas, de
+igual a igual, con la simplicidad de la infancia que parece un recuerdo
+de los tiempos en que los hombres vivían como hermanos, antes de
+inventar las jerarquías sociales. El capataz los seguía en sus juegos
+con miradas de ternura, sintiendo orgullo de que sus hijos se tutearan
+con los hijos y parientes del amo. Era la Igualdad soñada, aquella
+Igualdad por la que había expuesto su vida, y que al fin llegaba para
+él, sólo para él.</p>
+
+<p>Algunas veces se presentaba el marqués de San Dionisio, y a pesar de sus
+cincuenta años lo ponía todo en revolución. La devota doña Elvira se
+enorgullecía de los títulos nobiliarios del hermano, pero despreciaba al
+hombre por sus calaveradas, que daban triste celebridad al noble
+apellido de Torreroel.</p>
+
+<p>El señor Fermín, influido por sus antiguos respetos a las jerarquías
+históricas, admiraba a aquel noble y alegre vividor. Estaba devorando
+los últimos restos de la gran fortuna de su familia, y había influido en
+el casamiento de su hermana con Dupont, para tener así un refugio cuando
+le llegase la hora de la total ruina. Su nobleza era de lo más antiguo
+de Jerez. El pendón de las Navas de Tolosa que sacaban con gran pompa de
+la casa municipal en determinadas fiestas, lo había ganado a golpes de
+hacha uno de sus ascendientes. Su título de marqués llevaba el nombre
+del santo patrón de la ciudad. En su estirpe figuraban toda clase de
+glorias: amigos de monarcas; Adelantados que infundían miedo a la
+morisma; virreyes de las Indias, santos arzobispos, almirantes de las
+galeras reales; pero el alegre marqués daba de barato tantos honores y
+tan preclaros ascendientes, pensando que hubiera sido mejor para él
+poseer una fortuna como la de su cuñado Dupont, aunque sin las
+obligaciones y trabajos de éste. Vivía en un caserón señorial, último
+resto de una fortaleza sarracena, restaurada y transformada por sus
+abuelos. En los salones, casi vacíos, sólo quedaban como recuerdos del
+antiguo esplendor algunos tapices astrosos, cuadros negruzcos con santos
+ensangrentados en posturas horripilantes, sillerías de estilo Imperio
+con la seda deshilachada; todo lo que no habían querido los corredores
+de antigüedades de Sevilla, a los que llamaba el marqués en sus momentos
+de apuro. Lo demás, trípticos y tablas, espadas y armaduras de los
+Torreroel de la Reconquista, las riquezas exóticas traídas de las Indias
+por los virreyes, y los regalos que varios monarcas de Europa habían
+hecho a sus abuelos, embajadores que dejaron en las cortes más famosas
+el recuerdo de su fastuosidad principesca, todo había ido desapareciendo
+después de noches terribles en que la fortuna le volvía la espalda en la
+mesa de juego, consolándose de su desgracia con <i>juergas</i> estruendosas,
+de las que hablaba Jerez durante mucho tiempo.</p>
+
+<p>Viudo desde muy joven, tenía sus dos hijas bajo la vigilancia de criadas
+jóvenes, a las que más de una vez sorprendían las pequeñas señoritas
+abrazadas a papá y tuteándole. La señora de Dupont indignábase al
+conocer estos escándalos y se llevaba las sobrinas a su casa para que no
+presenciasen malos ejemplos. Pero ellas, verdaderas hijas de su padre,
+deseaban vivir en este ambiente de libertad, y protestaban con llantos
+desesperados y convulsiones en el suelo, hasta que las volvían a la
+absoluta independencia de aquel caserón por donde pasaban el dinero y el
+placer como un huracán de locura.</p>
+
+<p>La gitanería más famosa acampaba en la casa señorial. El marqués
+sentíase atraído y dominado por las mujeres de piel aceitunada y ojos de
+tizón, como si en su pasado existiesen ocultos cruzamientos de raza, que
+tiraban de sus afectos con misteriosa fuerza. Se arruinaba cubriendo de
+joyas y vistosos pañolones a gitanas que habían trabajado en los
+cortijos, escardando los campos y durmiendo en la impúdica, promiscuidad
+de las gañanías. La interminable tribu de cada una de sus favoritas, le
+acosaba con el lloriqueo servil y la codicia insaciable propios de la
+raza; y el marqués se dejaba saquear, riendo la gracia de estos
+parientes de la mano izquierda, que le adulaban declarando que era un
+<i>cañi</i> puro, más gitano que todos ellos.</p>
+
+<p>Los toreros famosos pasaban por Jerez para honrar con su presencia al de
+San Dionisio que organizaba fiestas estruendosas en su honor. Muchas
+noches despertaban las niñas en sus camas oyendo al otro extremo de la
+casa el rasgueo de las guitarras, los lamentos del cante hondo, el
+taconeo del baile; y veían pasar por las ventanas iluminadas, al otro
+lado del patio, grande como una plaza de armas, los hombres en mangas de
+camisa con la botella en una mano y la batea de cañas en la otra, y las
+mujeres con el peinado alborotado y las flores desmayadas y temblonas
+sobre una oreja, corriendo con incitante contoneo para evadir la
+persecución de los señores o tremolando sus pañolones de Manila como si
+quisieran torearles. Algunas mañanas, al levantarse las señoritas, aún
+encontraban tendidos en los divanes hombres desconocidos que roncaban
+boca abajo, con los tufos de pelo sudorosos cubriéndoles las orejas, el
+pantalón desabrochado y más de uno con los residuos de una cena mal
+digerida a corta distancia de su cara. Estas juergas eran admiradas por
+algunos como un simpático alarde de los gustos populares del marqués.</p>
+
+<p>El señor Fermín era de estos admiradores. ¡Un personaje de tantos
+pergaminos, que podía, sin desdoro, hacer el amor a una princesa,
+encaprichándose de muchachas del pueblo o de gitanas; escogiendo sus
+amigos entre caballistas, toreros y ganaderos y bebiéndose una copa de
+vino con el primer pobre que se aproximaba a pedirle algo! ¡Esto era
+democracia pura!... Y al entusiasmo por los gustos plebeyos del prócer
+que parecía querer resarcir a la gente de la altivez y el orgullo de sus
+empingorotados abuelos, uníase la admiración casi religiosa que la
+fuerza, el vigor físico, inspira siempre a la gente del campo.</p>
+
+<p>El marqués era un atleta y el mejor jinete de Jerez. Había que verle a
+caballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillas
+entrecanas y gitanescas, y la garrocha terciada en la silla. Ni el
+Santiago de las batallas legendarias podía comparársele, cuando a falta
+de musulmanes derribaba los toros más bravos y hacía galopar su jaca por
+lo más intrincado de las dehesas, pasando como un rayo entre ramas y
+troncos sin hacerse añicos el cráneo. Hombre sobre el cual dejaba caer
+su puño, caía redondo: potro cerril cuyos lomos abarcaba con sus piernas
+de acero, ya podía encabritarse, morder el aire y echar espumarajos de
+cólera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que lograba
+libertarse del peso de su domador.</p>
+
+<p>La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza de
+los que vivieron después en la corte arruinándose cerca de los reyes,
+resucitaban en él como la última llamarada de una raza próxima a
+extinguirse. Podía dar los mismos golpes que dieron sus antecesores al
+conquistar el pendón en las Navas y se arruinaba con igual indiferencia
+que aquellos de sus abuelos que se habían embarcado para rehacer su
+fortuna gobernando las Indias.</p>
+
+<p>El marqués de San Dionisio mostrábase satisfecho de sus alardes de
+fuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre con
+lesiones de los compañeros. Cuando le llamaban bruto con acento de
+admiración, sonreía orgulloso de su raza. Bruto, sí: como lo habían sido
+sus mejores abuelos: como lo fueron siempre los caballeros de Jerez,
+espejo de la nobleza andaluza, arrogantes jinetes formados en dos siglos
+de batalla diaria y continua algarada en tierras de moros, pues por algo
+Jerez se llamaba de la Frontera. Y recapitulando en su memoria lo que
+había leído u oído sobre la historia de los suyos, reíase de Carlos V el
+gran Emperador, que, al pasar por Jerez, había querido correr unas
+lanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban de combates
+de puro juego, tomándolos en serio como si aún luchasen con moros. En
+el primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundo
+le hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llamó
+muy asustada a su esposo, rogándole que reservase su lanza para gentes
+menos rudas que los caballeros jerezanos.</p>
+
+<p>El carácter bromista del marqués gozaba de tanta fama como su fuerza. El
+señor Fermín reía en la viña, repitiendo a los trabajadores las
+ocurrencias graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de acción, en las
+que siempre había una víctima; genialidades crueles, para regocijar a un
+pueblo rudo. Un día, al pasar el marqués por el mercado, dos mendigos
+ciegos le reconocían por la voz y le saludaban con frases pomposas
+esperando que los socorriese como de costumbre. «Toma, para los dos». Y
+pasaba adelante, sin dar nada, mientras los dos pordioseros se
+insultaban, creyendo cada uno que su camarada había recibido la limosna
+y le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban sus
+palos.</p>
+
+<p>Otra vez, el marqués hacía pregonar que el día de su santo daría una
+peseta a todo cojo que se presentase en su casa. Circulaba la noticia
+por todas partes y el patio del caserón llenábase de cojos de la ciudad
+y del campo; unos apoyados en muletas, otros arrastrándose sobre las
+manos como larvas humanas. Y al aparecer el marqués en un balcón,
+rodeado de sus amigotes, abríase la puerta de la cuadra y salía bufando
+con espumarajos de rabia un novillo, al que habían aguijoneado
+previamente los criados. Los que realmente eran cojos, corrían hacia los
+rincones, amontonándose, manoteando con la locura del miedo; y los
+fingidos soltaban las muletas, y con cómica agilidad se encaramaban por
+las rejas. El marqués y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerez
+pasó mucho tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitual
+generosidad, pues una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuyó el
+dinero a manos llenas entre los lisiados, verdaderos y falsos, para que
+a todos les pasase el susto bebiendo algunas cañas a su salud.</p>
+
+<p>El señor Fermín extrañábase de la indignación con que la hermana del
+marqués acogía sus originalidades. ¡Un hombre así, no debía morirse
+nunca!... Pero, al fin, murió. Murió cuando no le quedaba nada que
+gastar; cuando los salones de su casa no tenían un mueble; cuando su
+cuñado Dupont se negó de veras a hacerle nuevos préstamos, ofreciéndole
+en su casa todo lo que quisiera, cuanto vino desease, pero sin la menor
+cantidad de dinero.</p>
+
+<p>Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atención por su
+belleza picaresca y su desenfado, abandonaron el caserón paterno que
+tenía mil dueños, ya que se lo disputaban todos los acreedores del de
+San Dionisio, y fueron a vivir con su santa tía doña Elvira. La
+presencia de estos adorables diablillos produjo una serie de disgustos
+domésticos que amargaron los últimos años de don Pablo Dupont. Su esposa
+no podía tolerar el desenfado de las sobrinas, y Pablo, el hijo mayor,
+el favorito de la madre, apoyaba sus protestas contra aquellas parientas
+que venían a turbar la tranquilidad de la casa, como si con ellas
+trajesen un olor, un eco, de las costumbres del marqués.</p>
+
+<p>&mdash;¿De qué te lamentas?&mdash;decía don Pablo aburrido.&mdash;¿No son tus sobrinas?
+¿No son sangre tuya?...</p>
+
+<p>Doña Elvira no podía quejarse de los últimos momentos de su hermano.
+Había muerto como quien era: como un caballero cristiano, como una
+persona decente. La enfermedad mortal le había sorprendido en una de sus
+<i>juergas</i> rodeado de mujeres y mozos de valor. La sangre del primer
+vómito se la habían limpiado las amigas con sus pañolones bordados de
+chinos y rosas fantásticas. Pero al ver próxima la muerte y oír los
+consejos de su hermana, que después de muchos años de ausencia se
+decidía a entrar en su casa, quiso «dar buen ejemplo», irse del mundo
+con la discreción que convenía a su rango. Y sacerdotes de todos hábitos
+y reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra o
+una enagua olvidada; hablándole del cielo, en el que, seguramente, le
+guardaban un sitio de preferencia por los méritos de sus mayores. Las
+innumerables cofradías y hermandades de Jerez, en las cuales tenía el
+alegre noble un cargo hereditario, acompañaron al Viático; y al morir,
+su cadáver fue vestido de fraile, amontonándose sobre su pecho todas las
+medallas que la señora de Dupont juzgó de más eficacia para que aquel
+vividor no sufriese retraso ni entorpecimiento en su ascensión a la
+gloria eterna.</p>
+
+<p>Doña Elvira no podía quejarse de su hermano, que al fin había demostrado
+su buena sangre en los últimos instantes; no podía quejarse de sus
+sobrinas, pájaros inquietos que agitaban sus plumajes con cierta
+insolencia, pero la acompañaban sin réplica a misas y novenas con una
+graciosa gravedad, que daba ganas de comérselas a besos. Pero la
+atormentaban el recuerdo del pasado del marqués y el atolondramiento que
+mostraban sus hijas al hallarse en presencia de los jóvenes; sus voces y
+gestos desgarrados, que eran como un eco de lo que habían oído en la
+casa paterna.</p>
+
+<p>A la noble señora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armonía
+majestuosa de su existencia y de su salón. Su mismo esposo era para ella
+un motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempre
+ansioso de descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excéntrico que
+había copiado de sus corresponsales de Inglaterra. Sólo sentía por él un
+débil afecto semejante al que inspira un socio comercial. Estaba unida
+a él por el interés común en favor de los hijos; por cierta gratitud al
+ver que su trabajo aseguraba la riqueza de sus descendientes. En el hijo
+mayor había concentrado toda la cantidad de amor de que era capaz su
+alma austera y orgullosa.</p>
+
+<p>&mdash;Es un Torreroel: es mi hijo; mío solamente. No tiene nada de los
+Dupont.</p>
+
+<p>Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegría maternal, creía
+librar a su hijo de un peligro; como si después de haber aceptado el
+matrimonio con Dupont por su gran fortuna, le inspirase éste
+repugnancia.</p>
+
+<p>Pensaba con orgullo en los millones que tendrían sus hijos, y al mismo
+tiempo despreciaba a los que los habían amasado. Recordaba mentalmente
+con cierta vergüenza el origen de los Dupont, del que hablaban los más
+viejos de Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de la
+dinastía llegaba a la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero,
+para entrar al servicio de otro francés que había establecido una
+bodega. Durante la guerra de la Independencia, el amo huía por miedo a
+las cóleras populares, dejando toda su fortuna confiada al compatriota,
+que era su servidor de confianza, y éste, en fuerza de dar gritos contra
+su país y vitorear a Fernando VII, conseguía que le respetasen y hacía
+prosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a considerar
+como suya. Cuando, terminada la guerra, volvía el verdadero dueño,
+Dupont se negaba a reconocerle, alegándose a sí mismo, para tranquilidad
+de la conciencia, que bien había ganado la propiedad de la casa haciendo
+frente al peligro. Y el confiado francés, enfermo y agobiado por la
+traición, desaparecía para siempre.</p>
+
+<p>Los negocios de la bodega crecían y se desarrollaban con la fecundidad
+beneficiosa que acompaña siempre a todo crimen hábil. Comenzaba la
+carrera de honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad de
+los que no necesitan cometer una mala acción para que sus negocios
+prosperen, ni ven puesta a prueba su virtud por la desgracia.</p>
+
+<p>La noble doña Elvira, que hacía gala a cada momento de sus ilustres
+ascendientes, sentía cierto escozor al recordar esta historia; pero
+tranquilizábase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna la
+dedicaba a Dios con sus generosidades de devota.</p>
+
+<p>La muerte de don Pablo fue para ella una solución. Sintiose más libre de
+preocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse y
+sería el dueño de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de un
+Torreroel, y con esto le parecía que se borraba su vergonzoso origen, y
+que Dios protegería mejor los negocios de la casa. La aptitud comercial
+de Pablo, sus iniciativas y, especialmente, la nueva destilación del
+cognac, que hacía famoso el nombre de la bodega, parecían afirmar estas
+preocupaciones de la buena señora. ¡Dupont, en el rótulo; pero Torreroel
+en el alma! Su hijo le parecía un gran señor de otras épocas, de
+aquellos que con toda su nobleza eran agricultores y servían a Dios
+arado en mano. La industria serviría ahora para que afirmase su
+importancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos.
+El Señor bendeciría con su protección al cognac y las bodegas...</p>
+
+<p>El capataz de Marchamalo sintió la muerte del amo más que toda la
+familia. No lloró, pero su hija María de la Luz, que comenzaba a ser una
+mocita, andaba tras él, animándolo para que saliese de su triste
+marasmo, para que no pasase las horas sentado en la plazoleta con la
+mandíbula entre las manos y la vista perdida en el horizonte,
+desalentado y triste como un perro sin dueño.</p>
+
+<p>Eran inútiles los consuelos de la niña. ¡Cualquier día olvidaba él a su
+protector, al que le había sacado de la miseria! Aquel golpe era de los
+de prueba: únicamente podía compararse al dolor que le produciría la
+muerte de su héroe don Fernando. María de la Luz, para animarle, sacaba
+del fondo de un armario alguna botella de las que se dejaban los
+señoritos cuando iban a la viña, y el capataz miraba con ojos llorosos
+el líquido dorado de la copa. Pero al llenar ésta por tercera o cuarta
+vez, su tristeza tomaba un acento de dulce resignación:</p>
+
+<p>&mdash;¡Lo que somos! Hoy tú... mañana yo.</p>
+
+<p>Para continuar su fúnebre monólogo bebía con la calma del campesino
+andaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele y
+examina, hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, su
+pensamiento, saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont para
+fijarse en Salvatierra, comentando sus correrías y aventuras, siempre
+propagando sus ideales de tal modo, que la mayor parte del tiempo la
+pasaba en la cárcel.</p>
+
+<p>No por esto olvidaba a su protector. ¡Ay, aquel don Pablo, cuánto bien
+le había hecho! Por él, su hijo Fermín era un caballero. El viejo
+Dupont, al ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio,
+donde había entrado como <i>zagal</i> para los recados, quiso ayudarle con su
+protección. Fermín se había instruido aprovechando la presencia en Jerez
+de Salvatierra. El revolucionario, al volver de su emigración en
+Londres, ansioso de sol y de tranquilidad campestre, había ido a vivir
+en Marchamalo, al lado de su amigo el capataz. Algunas veces, al entrar
+el millonario en la viña, se encontraba con el rebelde hospedado en su
+propiedad sin permiso alguno. El señor Fermín creía que, tratándose de
+un hombre de tantos méritos, era innecesario solicitar la autorización
+del amo. Dupont, por su parte, respetaba el carácter probo y bondadoso
+del agitador, y su egoísmo de hombre de negocios le aconsejaba la
+benevolencia. ¡Quién sabe si aquellas gentes volverían a mandar el día
+menos pensado!...</p>
+
+<p>El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamente
+la mano después de tantos años de no verse, como si nada hubiese
+ocurrido.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro de
+Ferminillo. ¿Cómo va ese discípulo?</p>
+
+<p>Ferminillo progresaba rápidamente. Muchas noches no quería quedarse en
+Jerez, y emprendía una marcha de más de una hora para ir a la viña en
+busca de las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicábalos por
+entero a su maestro, al que adoraba con una pasión igual a la de su
+padre.</p>
+
+<p>El señor Fermín no supo si fue por consejo de don Fernando o por propia
+iniciativa del amo; pero lo cierto era que éste, con el acento imperioso
+que empleaba para hacer el bien, manifestó su deseo de que Ferminillo
+fuese a Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada en
+la sucursal que tenía en Collins-Street.</p>
+
+<p>Ferminillo marchó a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrábase
+satisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillante
+porvenir. Vendría de allá sabiendo más que todos los señores que
+plumeaban en el escritorio de Dupont. Además, Salvatierra le había dado
+cartas para los amigos que tenía en Londres, todos polacos, rusos e
+italianos, refugiados allí porque en su tierra les querían mal;
+personajes que eran considerados por el capataz como seres poderosos
+cuya protección envolvería a su hijo mientras viviese.</p>
+
+<p>Pero el señor Fermín se aburría en su retiro, sin poder hablar más que
+con los viñadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija,
+que prometía ser una buena moza, y sólo pensaba en el arreglo y
+admiración de su persona. La muchacha se dormía por las noches apenas
+deletreaba él a la luz del candil alguno de los folletos de la buena
+época, los renglones cortos de Barcia, que le entusiasmaban como una
+resurrección de su juventud. De tarde en tarde se presentaba don Pablo
+el joven, que dirigía la gran casa Dupont, dejando que sus hermanos
+menores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o doña Elvira con sus
+sobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la juventud de Jerez.
+La viña parecía otra, más silenciosa, más triste. Los chicuelos que
+corrían por ella en pasados tiempos tenían ahora otras preocupaciones.
+Hasta la casa de Marchamalo había envejecido tristemente; se agrietaba
+su vetustez de ruda construcción, que contaba más de un siglo. El
+impetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarla
+abajo y levantar algo grandioso y señorial, que fuese como el castillo
+de los Dupont, príncipes de la industria.</p>
+
+<p>¡Qué tristeza! Su protector había muerto, Salvatierra andaba por el
+mundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre,
+muriendo de un enfriamiento allá en un cortijo del riñón de la sierra.
+También el compadre había mejorado de suerte, aunque sin llegar a la
+buena fortuna del señor Fermín. En fuerza de trabajar como bracero y de
+rodar por las gañanías errante como un gitano, siempre seguido de su
+hijo Rafael, que se empleaba en las faenas de zagal, había acabado por
+ser aperador de un cortijo pobre: asunto, como él decía, de matar el
+hambre sin tener que doblarse ante el surco, debilitado por una vejez
+prematura y por los rudos lances de la conquista del pan.</p>
+
+<p>Rafael, que era ya un mocetón de dieciocho años, endurecido por el
+trabajo, se presentó en la viña para dar la mala noticia a su padrino.</p>
+
+<p>&mdash;Muchacho, ¿y ahora qué va a jacer?&mdash;preguntó el capataz interesándose
+por su ahijado.</p>
+
+<p>El mocetón sonrió al oír hablar de una colocación en otro cortijo. ¡Nada
+de trabajar la tierra! La aborrecía. Gustábanle los caballos y las
+escopetas con entusiasmo juvenil, como a cualquier señorito del <i>Círculo
+Caballista</i>. En punto a domar un potro o a meter la bala donde ponía el
+ojo, no admitía rival. Además, era todo un hombre; tan hombre como el
+que más: le gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiaba
+aventuras para que se supiese quién era el hijo de Paco el de Algar. Y
+al decir esto sacaba el pecho y tendía los brazos en cruz, haciendo
+alarde de la energía vital, de la juvenil acometividad depositadas en su
+cuerpo.</p>
+
+<p>&mdash;En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre.</p>
+
+<p>Y Rafael no murió de hambre. ¡Qué había de morir!... Su padrino le
+admiraba cuando le veía llegar a Marchamalo, montado en un alazán fuerte
+y de libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda de
+galán campesino, asomándole ricos pañuelos de seda por los bolsillos de
+la chaqueta y el escopetón siempre pendiente de la montura. Al viejo
+contrabandista le temblaban las carnes de placer oyéndole relatar sus
+proezas. El muchacho vengaba a su compadre y a él de los sustos sufridos
+en la montaña, de los golpes que les habían dado los que él apellidaba
+«los esbirros». ¡De seguro que a éste no se le ponían delante para
+quitarle la carga!...</p>
+
+<p>El mozo era de los de caballería y no se limitaba a entrar tabaco. Los
+judíos de Gibraltar le hacían crédito, y su alazán trotaba llevando a la
+grupa fardos de sedas y de vistosos pañolones de China. Ante el absorto
+padrino y su hija María de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojos
+de brasa, el muchacho sacaba a puñados las monedas de oro, las libras
+inglesas, como si fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjas
+algún pañuelo vistoso o puntilla complicada, para hacer regalo de ello a
+la hija del capataz.</p>
+
+<p>Los dos jóvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarse
+experimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde niños,
+como si no hubiesen jugado juntos cuando el señor Paco venía de tarde en
+tarde a visitar a su viejo camarada en la viña.</p>
+
+<p>El padrino sonreía socarronamente viendo la turbación de los muchachos.</p>
+
+<p>&mdash;No parece sino que ustés no se han visto nunca. Hablarse sin miedo,
+que ya sé yo que tú buscas ser algo más que mi ahijado... ¡Lástima que
+andes en esa vida!</p>
+
+<p>Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba de
+frente. Debía guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, ya
+hablarían de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero que
+sabían los tres. ¡Ahorrar!... Rafael sonreía ante este consejo. Tenía en
+el porvenir la confianza de todos los hombres de acción seguros de su
+energía; la generosidad derrochadora de los que conquistan el dinero
+desafiando a las leyes y a los hombres; la largueza desenfadada de los
+bandidos románticos, de los antiguos negreros, de los contrabandistas;
+de todos los pródigos de su vida que, acostumbrados a afrontar el
+peligro, consideran sin valor lo que ganan sorteando a la muerte. En los
+ventorrillos de la campiña, en las chozas de carboneros de la sierra, en
+todas partes donde se juntaban hombres para beber, él lo pagaba todo con
+largueza. En las tabernas de Jerez organizaba <i>juergas</i> de estruendo,
+abrumando con su generosidad a los señoritos. Vivía como los lasquenetes
+mercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de orgía
+pantagruélica, devoraban el precio de su sangre. Tenía sed de vivir, de
+gozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometía la duda de
+lo futuro, veía, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de María de la
+Luz, escuchaba su voz, que siempre le decía lo mismo cuando él se
+presentaba en la viña.</p>
+
+<p>&mdash;Rafaé: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... ¡Pero tú eres
+bueno! ¿verdá que cambiarás?...</p>
+
+<p>Y Rafael se juraba a sí mismo que había de cambiar, para que no le
+mirase con sus ojazos de pena aquel ángel que le aguardaba en lo alto de
+una colina, cerca de Jerez, y corría cuesta abajo entre el ramaje de las
+cepas, al verle de lejos galopar por la polvorienta carretera.</p>
+
+<p>Una noche, los perros de Marchamalo ladraron desaforadamente. Era cerca
+del amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abrió una
+ventana. Un hombre en mitad de la plazoleta sosteníase agarrado al
+cuello de su jaca, que respiraba jadeante, con las piernas temblonas,
+como si fuese a desplomarse.</p>
+
+<p>&mdash;Abra usté, padrino&mdash;dijo con débil voz.&mdash;Soy yo, Rafaé, que vengo
+jerío. Pa mí, que me han pasao de parte a parte.</p>
+
+<p>Entró en la casa, y María de la Luz, al asomarse tras la cortina de
+percal de su cuarto, lanzó un alarido. Olvidando todo pudor, la muchacha
+salió en camisa a ayudar a su padre, que apenas podía sostener al
+mocetón, pálido con palidez de muerte, con las ropas salpicadas de
+sangre negruzca y de otra fresca y roja que caía y caía por debajo de su
+chaquetón, goteando en el suelo. Anonadado por su esfuerzo para llegar
+hasta allí, Rafael se desplomó en la cama, contándolo todo con palabras
+entrecortadas antes de desvanecerse.</p>
+
+<p>Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo. Él había
+herido para abrirse paso, y en la huida le alcanzó una bala en la
+espalda, debajo del hombro. En un ventorrillo le habían curado de
+cualquier modo, con la misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y al
+oír, en el silencio de la noche, con su fino oído de hombre de la
+sierra, el trote de los caballos enemigos, había vuelto sobre la silla
+para no dejarse coger. Un galope de leguas, desesperado, loco, haciendo
+esfuerzos por mantenerse sobre los estribos, apretando sus piernas con
+el estertor de una voluntad próxima a desvanecerse, rodándole la cabeza,
+viendo nubes rojas en la oscuridad de la noche, mientras por el pecho y
+la espalda se escurría algo viscoso y caliente, que parecía llevársele
+la vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que no le cogieran:
+y para esto, ningún refugio como Marchamalo, en aquella época que no
+era de trabajo y los viñadores estaban ausentes. Además, si su destino
+era morir, deseaba que fuese entre los que más quería en el mundo. Y sus
+ojos se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos,
+entre el lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino.</p>
+
+<p>&mdash;¡Rafaé! ¡Rafaé!&mdash;gemía María de la Luz inclinándose sobre el herido.</p>
+
+<p>Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, faltó muy
+poco para que le besase en presencia de su padre.</p>
+
+<p>El caballo murió en la mañana siguiente, reventado por la loca carrera.
+Su dueño se salvó después de una semana transcurrida entre la vida y la
+muerte. El señor Fermín había traído de Jerez un médico, gran amigo de
+Salvatierra, un compañero de la época heroica, acostumbrado a esta clase
+de lances. Tuvo delirios que le hacían gritar con el terror de la
+pesadilla, y cuando después de largos desvanecimientos desentornaba los
+ojos, veía a María de la Luz sentada junto a la cama, inclinando sobre
+él su cabeza, como si buscase en su aliento la llegada de la reacción
+vital que habla de salvarle.</p>
+
+<p>La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida se
+cicatrizó rápidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que su
+ahijado tenía carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con un
+balazo así: ¡pero, balitas a él, que era el mozo más valiente del campo
+de Jerez!...</p>
+
+<p>Cuando el herido abandonó la cama, acompañábale María de la Luz en sus
+vacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre los
+dos había vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos,
+ese recato tradicional que hace que los novios se adoren sin decírselo,
+sin declararse su pasión, bastándoles el expresarla mudamente con los
+ojos. La muchacha, que había vendado su herida, que había visto desnudo
+su pecho robusto, perforado por aquel rasguño de labios violáceos, no
+osaba ahora, que le veía de pie, ofrecerle su brazo cuando paseaba
+vacilante, apoyándose en un bastón. Entre los dos marcábase un ancho
+espacio, como si sus cuerpos se repeliesen instintivamente; pero los
+ojos se buscaban, acariciándose con timidez.</p>
+
+<p>A la caída de la tarde, el señor Fermín se sentaba en un banco, bajo las
+arcadas de su caserón, con la guitarra en las rodillas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Venga de ahí, Mariquita de la Lú! Hay que alegrar un poquiyo al
+enfermo.</p>
+
+<p>Y la muchacha rompía a cantar, con la cara grave y los ojos entornados,
+como si cumpliese una función sacerdotal. Únicamente sonreía cuando su
+mirada se encontraba con la de Rafael, que la escuchaba en éxtasis,
+acompañando con débil palmoteo el rasguear melancólico de la guitarra
+del señor Fermín.</p>
+
+<p>¡Oh, la voz de María de la Luz! Una voz grave, de entonaciones
+melancólicas, como la de una mora habituada a eterna clausura que canta
+para oídos invisibles tras las tupidas celosías: una voz que temblaba
+con litúrgica solemnidad, como si meciese el sueño de una religión
+misteriosa sólo de ella conocida. De repente, se adelgazaba, partiendo
+como un relámpago hacia las alturas, hasta convertirse en un alarido
+agudo, en un grito que serpenteaba, formando complicados arabescos de
+salvaje bizarría.</p>
+
+<p>Las vulgares coplas, oídas por Rafael tantas veces en sus juergas con
+las gitanas, parecían nuevas en los labios de María de la Luz. Adquirían
+un sentimentalismo conmovedor, una unción religiosa en el silencio del
+campo, como si aquella poesía ingenua y gallarda, cansada de rodar sobre
+las mesas, manchadas de vino y de sangre, se rejuveneciera al tenderse
+soñolienta en los surcos de la tierra bajo los pabellones de pámpanos.
+La voz de María de la Luz era famosa en la ciudad. En Semana Santa, la
+gente que presenciaba el paso de las procesiones de encapuchados a altas
+horas de la noche, corría para oírla de más cerca.</p>
+
+<p>&mdash;Es la niña del capataz de Marchamalo que va a echarle una <i>saeta</i> al
+Cristo.</p>
+
+<p>Y empujada por las amigas, abría los labios y ladeaba la cabeza con un
+gesto lacrimoso, igual al de la Dolorosa; y el silencio de la noche, que
+parecía agrandado por la emoción de una religiosidad lúgubre, rasgábase
+con el lento y melódico quejido de aquella voz de cristal que lloraba
+las trágicas escenas de la Pasión. Más de una vez la muchedumbre,
+olvidando la santidad de la noche, prorrumpía en elogios a la gracia de
+la chiquilla y en bendiciones a la madre que la había parido, sin
+respetar el aparato inquisitorial del sagrado Entierro con sus negros
+encapuchados y sus fúnebres blandones.</p>
+
+<p>En la viña no despertaba menores entusiasmos María de la Luz. Oyéndola
+los dos hombres bajo las arcadas, sentíanse conmovidos, y sus almas
+sencillas abríanse a la ráfaga de poesía del crepúsculo, mientras se
+coloreaban las lejanas montañas con la puesta del sol, y Jerez teñía su
+blancura con resplandores de incendio, destacándose sobre un cielo de
+violeta en el que comenzaban a brillar las primeras estrellas.</p>
+
+<p>El canto quejumbroso y melancólico de los pueblos tristes y moribundos,
+despertaba inexplicables recuerdos, ecos de una existencia anterior. El
+alma morisca se estremecía en ellos oyendo aquellas coplas de muerte, de
+sangre, de amores desesperados y fanfarronas amenazas. El viejo capataz,
+enardecido por la voz de María de la Luz, parecía olvidar que era su
+hija, y soltaba la guitarra para echarla su sombrero a los pies.</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé mi niña! ¡Viva su pico de oro, la mare que la crió... y el pare
+también!</p>
+
+<p>Y recobrando su gravedad, le decía al ahijado con el tono de un profesor
+que enseña verdades de universal trascendencia:</p>
+
+<p>&mdash;Ese es er verdadero cante jondo... ¡Jerezano puro! Y si te icen que si
+las seviyanas, que si las malagueñas, di que es pamplina. En Jerez está
+la llave der cante. Eso lo declaran toos los sabios del mundo.</p>
+
+<p>Cuando Rafael se sintió fuerte tuvo que dar por terminado este período
+de dulce intimidad. Una tarde habló a solas con el señor Fermín. Él no
+podía seguir allí; pronto llegarían los viñadores, y la casa de
+Marchamalo recobraría su animación de pequeño pueblo. Además, don Pablo
+anunciaba su propósito de echar abajo el caserón, para construir aquel
+castillo con el que soñaba como una glorificación de su familia. ¿Cómo
+explicar Rafael su presencia en la viña? Era una vergüenza que un hombre
+de sus energías permaneciese allí, sin ocupación, viviendo al amparo de
+su padrino.</p>
+
+<p>El asunto de aquella noche parecía olvidado. No temía que le
+persiguiesen, pero estaba resuelto a no volver a su antigua vida.</p>
+
+<p>&mdash;Con una basta, padrino; tenía su mercé razón. Ni esta es manera de
+ganarse honradamente el pan, ni hay jembra que apechugue con un mozo que
+por más dinero que traiga a casa puede morir de mala muerte.</p>
+
+<p>Él no sentía miedo, ¡eso nunca!, pero tenía sus planes para el porvenir.
+Quería formarse una familia, como su padre, como su padrino, y no pasar
+la vida echándolas de jaque en la montaña. Buscaría una ocupación más
+honrada y tranquila, aunque conociese el hambre.</p>
+
+<p>Y entonces fue cuando el señor Fermín, valiéndose de su influencia con
+los Dupont, hizo a Rafael aperador del cortijo de Matanzuela, propiedad
+del sobrino del difunto don Pablo.</p>
+
+<p>El tal Luis había vuelto a Jerez hecho un hombre, después de una
+continua peregrinación por todas las universidades de España, buscando
+catedráticos de manga ancha que no tuviesen empeño en malograr futuros
+abogados. Su tío le había impuesto la obligación de seguir una carrera,
+y mientras aquél vivió, se había resignado a llevar la vida de
+estudiante, ajustándose a los estrechos envíos de dinero y ampliándolos
+con préstamos feroces, por los que firmaba a ojos cerrados cuantos
+papeles querían presentarle los usureros. Pero al ver al frente de la
+familia a su primo Pablo y próxima su mayor edad, se había negado a
+continuar por más tiempo la comedia de sus estudios. Era rico, no quería
+perder el tiempo en cosas que en nada le interesaban. Y tomando posesión
+de sus bienes, comenzó la libre existencia de placeres con la que había
+soñado en su estrecha vida de estudiante.</p>
+
+<p>Viajaba por toda España, pero ya no era para aprobar una asignatura aquí
+y otra más allá: aspiraba a ser una autoridad en el arte taurino, un
+grande hombre de la afición, e iba de plaza en plaza al lado de su
+matador favorito, presenciando todas sus corridas. En invierno, cuando
+descansaban sus ídolos, vivía en Jerez al cuidado de sus haciendas, y
+este cuidado consistía en pasarse las noches en el <i>Círculo Caballista</i>,
+discutiendo acaloradamente los méritos de su matador y la inferioridad
+de sus rivales, pero con tal vehemencia, que por si una estocada
+recibida años antes por un toro, del que no quedaban ni los huesos,
+había sido caída o en su sitio, tentábase por encima de la ropa el
+revólver, la navaja, todo el arsenal que llevaba sobre su persona, como
+garantía del valor y la arrogancia con que resolvía sus asuntos.</p>
+
+<p>No salía caballo hermoso y de precio de las yeguadas jerezanas, que no
+lo comprase, entablando pujas con su primo, que era más rico que él. Por
+la noche, los montañeses de los colmados le veían entrar como un
+presagio de borrasca, seguros de que acabaría rompiendo botellas y
+platos y echando las sillas por el aire, para demostrar que era muy
+hombre y podía después pagarlo todo a triple precio. Su ambición
+estribaba en ser el continuador del glorioso marqués de San Dionisio,
+pero en el <i>Círculo Caballista</i> decían de él que no era más que su
+caricatura.</p>
+
+<p>&mdash;Le farta el señorío, el <i>aquel</i> del bendito marqué&mdash;decía el señor
+Fermín al enterarse de las hazañas de Luis, al que conocía desde niño.</p>
+
+<p>Las mujeres y los valientes eran las dos pasiones del señorito. Con
+ellas no se mostraba muy generoso; deseaba ser adorado por sus méritos
+de jinete arrogante, creyendo de buena fe que todos los balcones de
+Jerez se estremecían con la palpitación de corazones ocultos cuando
+pasaba él montando el último caballo que acababa de adquirir. Con la
+corte que le acompañaba de parásitos y matones era más espléndido. No
+había en todo el término de Jerez un valentón de fama triste que no
+acudiese a él atraído por su liberalidad. Los que salían de presidio no
+tenían que preocuparse de su suerte; don Luis era un buen amigo y además
+de darles dinero, les admiraba. Cuando a altas horas de la noche, al
+final de las francachelas en los colmados, sentíase borracho,
+despreciaba a sus queridas para fijar toda su admiración en los hombres
+de bronce que le acompañaban. Hacía que le mostrasen las cicatrices de
+sus heridas, que le relatasen sus heroicas peleas. Muchas veces, en el
+<i>Círculo Caballista</i> señalaba a los amigos algún hombre malcarado que le
+aguardaba en la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Ese es el <i>Chivo</i>&mdash;decía con el orgullo de un príncipe que habla de
+sus grandes generales.&mdash;Un hombre a quien le arrastran las borlas por el
+suelo. Entre tiros y cuchilladas tiene más de cincuenta cicatrices en el
+pellejo.</p>
+
+<p>Miraba a todos con insolente superioridad, como si las cicatrices del
+amigote fuesen una declaración de su propio valor, y vivía feliz
+creyendo que en todo Jerez no había quien le disputase su guapeza con
+los hombres y su buena fortuna con las mujeres.</p>
+
+<p>Cuando el capataz de Marchamalo le habló en favor de Rafael, el señorito
+lo admitió inmediatamente. Había oído hablar del muchacho; era de los
+suyos (y al decir esto tomaba el aire protector de un maestro),
+recordaba ciertos tiros en la sierra y el miedo que le tenían los del
+resguardo. Nada: que se quedaba con él; así le gustaban los hombres.</p>
+
+<p>&mdash;Te colocaré en mi cortijo de Matanzuela&mdash;dijo acariciando con
+amistosas palmadas a Rafael, como si fuese un nuevo discípulo.&mdash;El
+aperador que tengo es un viejo medio cegato, del que se ríen los
+gañanes. Y ya sabemos lo que son los trabajadores: ¡mala gente! Con
+ellos, el pan en una mano, y el garrote en la otra. Necesito un hombre
+como tú, que los meta en cintura y cuide mis intereses.</p>
+
+<p>Y Rafael se fue al cortijo, no volviendo a la viña más que una vez por
+semana, cuando iba a Jerez para hablar al amo de los asuntos de la
+labranza. Muchas veces tenía que buscarlo en la casa de alguna de sus
+protegidas. Le recibía en la cama, incorporándose sobre el almohadón, en
+el que descansaba otra cabeza. El nuevo aperador reía a solas las
+fanfarronadas de su amo, más atento a recomendarle la dureza y que
+«metiese en cintura» a los holgazanes que trabajaban sus campos, que a
+enterarse de las operaciones agrícolas, echando la culpa de las malas
+cosechas a los gañanes, una canalla que no quería trabajar y deseaba que
+los amos se convirtiesen en criados, como si el mundo pudiera volverse
+del revés.</p>
+
+<p>Don Luis llegaba a olvidarse de sus aficiones matonescas y sus hazañas
+amorosas, cuando hablaba de la gente zafia de los campos que, movida por
+falsos apóstoles, quería repartírselo todo. Él había estudiado (lo
+declaraba pomposamente en el <i>Círculo Caballista</i>, sin reparar en las
+sonrisas de los que le escuchaban), él sabía que lo que deseaban los
+trabajadores eran <i>utopias</i>, eso es; <i>utopias</i> (y repetía con
+delectación la palabra), y que todo lo que ocurría era por culpa de los
+gobiernos que no «meten en cintura» a los gañanes, y también por falta
+de religión. Si señor; la religión: este era el freno del pobre, y como
+cada vez había menos, los de abajo, con el pretexto del hambre, querían
+comerse a los de arriba.</p>
+
+<p>Estas palabras ya no hacían sonreír a los socios del <i>Caballista</i>, sino
+que las aprobaban con fervorosos gestos, con toda su fe de ricos
+labradores, que encogían los hombros cuando algún iluso proponía
+pantanos y canales, y todos los años costeaban grandes fiestas a la
+Virgen de la Merced, sacándola en rogativa apenas faltaba el agua a sus
+campos.</p>
+
+<p>A pesar de estas ideas que propalaba Luis en sus momentos de seriedad,
+afirmando que mejor andarían las cosas si él gobernase, don Pablo
+Dupont abominaba de su primo, considerándolo una vergüenza de la
+familia.</p>
+
+<p>Este pariente, que renovaba los escándalos del de San Dionisio,
+agravados, según doña Elvira, por su origen plebeyo, era una calamidad
+en una casa que siempre había infundido respeto por su nobleza y santas
+costumbres. Para mayor desgracia estaban las niñas del marqués, Lola y
+Mercedes. ¡Las veces que su tía se sofocó de indignación,
+sorprendiéndolas por la noche en una reja baja de su hotel, hablando con
+los novios, que se renovaban casi semanalmente! Tan pronto eran
+tenientes de la remonta, como señoritos del <i>Caballista</i>, o ingleses
+jóvenes, empleados en los escritorios, que se entusiasmaban <i>pelando la
+pava</i> al estilo del país y hacían reír a las niñas con su andaluz
+chapurreado británicamente. No había muchacho en Jerez que no tuviese su
+rato de conversación con las desenvueltas <i>marquesitas</i>. Ellas hacían
+frente a todos: bastaba pararse ante sus rejas para entablar diálogo, y
+los que pasaban sin detenerse eran perseguidos por las risas y los
+siseos irónicos que sonaban a sus espaldas. La viuda de Dupont no podía
+dominar a sus sobrinas, y éstas, por su parte, así como iban creciendo,
+mostrábanse más insolentes con la devota señora. Era en vano que su
+primo las prohibiese salir a las rejas. Burlábanse de él y su madre,
+añadiendo que ellas no habían nacido para monjas. Escuchaban con gesto
+hipócrita las pláticas del confesor de doña Elvira recomendándolas la
+sumisión, y hacían uso de toda clase de astucias para comunicarse con
+los galanes de a pie y de a caballo que rondaban la calle.</p>
+
+<p>Un señorito del <i>Caballista</i>, hijo de un cosechero, gran amigo de la
+casa Dupont, se enamoró de Lola, pidiéndola en matrimonio
+apresuradamente, como si temiera que se le escapase.</p>
+
+<p>Doña Elvira y su hijo aceptaron la demanda: en el <i>Círculo</i> causó
+asombro el valor de aquel muchacho casándose con una de las hijas del
+marqués de San Dionisio.</p>
+
+<p>Este matrimonio fue para las dos hermanas una liberación. La soltera se
+marchó con la otra, gozosa de emanciparse por fin de la tía huraña y
+devota, y a los pocos meses volvieron a reanudar en casa del marido las
+costumbres que observaban cerca de los Dupont. Mercedes pasaba la noche
+en la reja en apretada intimidad con los novios: su hermana acompañábala
+con cierto aire de señora mayor, y hablaba con otros para no perder el
+tiempo. El marido protestaba, intentando rebelarse. Pero las dos se
+indignaban contra él porque osaba interpretar estas diversiones
+inocentes de un modo ofensivo para su pudor.</p>
+
+<p>¡Qué de disgustos proporcionaron las dos <i>Marquesitas</i>, como las
+llamaban en la ciudad, a la austera doña Elvira!... Mercedes, la
+soltera, se fugó con un inglés rico. De tarde en tarde llegaban vagas
+noticias que hacían palidecer de rabia a la noble señora. Unas veces la
+veían en París, otras en Madrid, llevando una vida de <i>cocotte</i>
+elegante. Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraía a
+docenas con su gracia picaresca. Además, en ciertas vanidades producía
+gran impresión el título de marquesa de San Dionisio, que había unido a
+su nombre, y la corona nobiliaria con que adornaba sus camisas de noche
+y las sábanas de una cama tan frecuentada como la acera de una gran
+calle.</p>
+
+<p>La viuda de Dupont creyó morir al saber tales cosas. ¡Señor, y para esto
+habían nacido los preclaros varones de su familia, virreyes, arzobispos
+y capitanes, dándoles los monarcas títulos y señoríos! ¡Para que tanta
+gloria sirviese de prospecto a una mala mujer!... Y aun ésta resultaba
+la mejor de las dos. Al fin había huido por no afrentar de cerca a su
+familia, y si vivía en el pecado, era entre hombres de cierto linaje,
+siempre con personas decentes, como si influyesen en ella los respetos
+al rango de su familia.</p>
+
+<p>Pero quedaba la otra, la mayor, la casada, y ésta quería acabar con
+todos los parientes matándolos de vergüenza. Su vida conyugal, después
+de la fuga de Mercedes, fue un infierno. El marido vivía en perpetuo
+recelo, marchando a ciegas en sus sospechas, no sabiendo en quién
+fijarse, pues su mujer miraba del mismo modo a todos los hombres, como
+si se ofreciera con los ojos, hablándoles con una libertad que incitaba
+a toda clase de audacias. Sintió celos de Fermín Montenegro, que acababa
+de llegar de Londres, y reanudando su intimidad infantil con Lola, la
+visitaba con frecuencia, atraído por su picaresco lenguaje.</p>
+
+<p>Las escenas domésticas acababan a golpes. El marido, aconsejado por los
+amigos, acudía a la bofetada y al palo, para domar a «la mala bestia»,
+pero la tal bestiecilla justificaba el apodo, pues al revolverse con el
+vigor y la acometividad de una infancia bravía digna de su ilustre
+padre, devolvía los golpes de tal modo, que siempre era el cónyuge el
+que resultaba peor librado.</p>
+
+<p>Muchas veces se presentaba en el <i>Círculo Caballista</i> con arañazos en la
+cara o amoratadas señales.</p>
+
+<p>&mdash;Con esa no puedes tú&mdash;le decían los amigos en un tono de compasión
+cómica.&mdash;Es mucha mujer para ti.</p>
+
+<p>Y celebraban la energía de Lola, la admiraban, con la secreta esperanza
+de ser algún día de los favorecidos.</p>
+
+<p>El escándalo fue tan grande, que el marido se retiró a la casa de sus
+padres y la <i>Marquesita</i> pudo por fin vivir a sus anchas.</p>
+
+<p>&mdash;Márchate&mdash;la dijo un día su primo Dupont.&mdash;Tú y tu hermana sois
+nuestra deshonra. Huye lejos, y donde estés yo te enviaré lo necesario
+para que vivas.</p>
+
+<p>Pero Lola contestó con un ademán impúdico, gozándose en escandalizar a
+su devoto pariente. No le daba la gana de irse, y no se iba. Ella era
+muy <i>flamenca</i>; le gustaba la tierra y su gente. Marcharse sería poco
+menos que morir.</p>
+
+<p>Anduvo algún tiempo por Madrid con su hermana, pero sus viajes fueron de
+corta duración. Era una <i>cañí</i>, una hija legítima del marqués de San
+Dionisio. ¡Que no le quitasen a ella sus <i>juerguecitas</i> hasta el
+amanecer, tocando palmas y taconeando sentada, con las faldas en las
+rodillas! ¡Que no la privasen del vino de la tierra, que era su sangre y
+su felicidad! Si rabiaba la familia, que rabiase. Ella quería ser gitana
+como su padre. Aborrecía a los señoritos; le gustaban los hombres con
+sombrero pavero, y si llevaban zajones, mejor; pero muy hombres, oliendo
+a cuadra y a macho sudoroso. Y paseaba su belleza de rubia fina con
+carnes de porcelana por los colmados y ventorrillos, tratando con una
+fraternidad exagerada a los cantaoras y rameras que intervenían en las
+<i>juergas</i>, exigiendo que la tuteasen, y riendo con nerviosa alegría de
+borracha cuando los hombres, embrutecidos por el vino, sacaban las
+navajas y las hembras se apelotonaban asustadas en un rincón.</p>
+
+<p>Esta vida de embriaguez, estrépito, pelea y caricias alcohólicas que
+había entrevisto de niña en lo casa paterna, atraíala con fuerza
+ancestral, entregándose a ella sin remordimiento, como si continuase una
+tradición de familia. En sus excursiones nocturnas, cogida del brazo
+del galán rústico que disfrutaba de su momentáneo apasionamiento, se
+encontraba con Luis Dupont y su cortejo de gente alegre. Llamábanse
+primos por su lejano parentesco, se embriagaban juntos, y Luis afirmaba
+su resolución de ir a tiros con todo el que no confesase que la
+<i>Marquesita</i> era «la mujer más barbiana de la tierra». Pero a pesar de
+los abandonos de Lola, que permitían al calavera apreciar sus secretos
+físicos, y de que más de una vez la acompañó hasta su casa por las
+desiertas calles, haciendo esfuerzos por contener sus arrebatos de
+histérica que la impulsaban al escándalo, nunca sus relaciones pasaron
+de una intimidad amistosa. Luis sentía ciertos entorpecimientos en el
+deseo y dejaba para más adelante la fácil empresa, como si le cohibiese
+el recuerdo del período de la infancia que habían pasado juntos.</p>
+
+<p>Toda la ciudad comentaba los escándalos de la <i>Marquesita</i> a la que
+regocijaba mucho el asombro de las gentes tranquilas.</p>
+
+<p>Lo mismo la veían en las principales calles elegantemente vestida o en
+el Campo de la Feria en un lujoso carruaje, como se presentaba
+despeinada y envuelta en un mantón copiando el andar de las mozas bravas
+y contestando a los requiebros de los hombres con palabras que
+ruborizaban a muchos. Gustaba de sonreír con gestos de misteriosa
+complicidad a los pacíficos señores que pasaban junto a ella con sus
+familias. Después reía como una loca pensando en las querellas
+conyugales que estallaban al volver a casa aquellos matrimonios honrados
+y solemnes que ella había tratado cuando vivía con su esposo. En una
+acera de la calle Larga, ante las mesas de los principales casinos,
+había besado a un amigo con exagerados transportes de pasión, entre el
+griterío de la gente que salía a las puertas.</p>
+
+<p>Su último amor era un mozo tratante en cerdos, un atleta chato y cejudo
+con el que vivía en el arrabal. Un secreto poder de este macho fuerte la
+enloquecía. Hablaba de él con orgullo, gozándose en el contraste entre
+su nacimiento y la profesión de su amante. De vez en cuando sufría
+arrebatos de veleidad y se ausentaba de la casucha del arrabal por
+algunos días. El zafio amante no la buscaba, dando su vuelta por segura;
+y al regresar el pájaro caprichoso, todo el barrio poníase en alarma con
+los golpes y los gritos, saliendo la <i>Marquesita</i> al balcón con el pelo
+suelto, pidiendo socorro, hasta que una zarpa la arrancaba de los
+hierros y la metía dentro para continuar el vapuleo.</p>
+
+<p>Si algún amigo le hablaba con tono de zumba de las amorosas palizas,
+contestaba con orgullo:</p>
+
+<p>&mdash;Me pega porque me aprecia, y yo le quiero porque es el único que me
+entiende. Mi porquero es todo un hombre.</p>
+
+<p>Los escándalos de la <i>Marquesita</i> indignaban a muchos y regocijaban a
+los más. La gente popular la miraba con cierta simpatía, como si con sus
+envilecimientos halagase el instinto igualitario de los de abajo. Las
+familias ricas y devotas que no podían negar su parentesco con los de
+San Dionisio, buscado antes como un título de orgullo, decían con
+resignación: «Debe de estar loca; Dios tocará su alma para que se
+arrepienta».</p>
+
+<p>Los que no se resignaban eran los Dupont: don Pablo y su madre, que
+volvían a su hotel malhumorados y confusos cada vez que veían en las
+calles el rubio moño y la sonrisa insolente de Lola. Les parecía que la
+gente era menos respetuosa con ellos por culpa de la mala hembra,
+deshonra de la familia. Hasta creían ver en los criados cierta sonrisa,
+como si les alegrase la afrenta que aquella loca infería a sus
+parientes. Los señores de Dupont comenzaron a frecuentar menos las
+calles de la ciudad, pasando muchos días en su finca de Marchamalo, para
+evitar todo encuentro con la <i>Marquesita</i> y con las gentes que
+comentaban sus excentricidades.</p>
+
+<p>Este alejamiento de Jerez permitió a Dupont realizar sus ensueños sobre
+Marchamalo. Echó abajo el antiguo caserón y construyó lagares nuevos,
+una hermosa casa para su familia, una capilla espaciosa y rica como un
+templo, y un torreón cuadrado, con puntiagudas almenas, dominando el
+oleaje de colinas cubiertas de cepas, que formaban el gran dominio de
+Marchamalo. Todo era nuevo y sólido, construido con gran derroche de
+dinero. Únicamente dejó Dupont en pie la casa de los viñadores, para que
+la finca no perdiese por completo su carácter tradicional, conservando
+la cocina ennegrecida por el humo de muchos años, en la que dormían los
+jornaleros en torno del <i>fogaril</i>, sobre una esterilla de enea, única
+cama que les proporcionaba el señor.</p>
+
+<p>Fermín Montenegro, al ir en los días de fiesta a visitar a su familia,
+se encontraba siempre con los amos. Así fue aumentando insensiblemente
+su trato con don Pablo. En medio de la campiña, bajo el cielo de intenso
+azul, parecía dulcificarse el carácter imperioso de Dupont, haciéndole
+tratar a su subordinado con más afecto que en el escritorio.</p>
+
+<p>Contemplando el oleaje de cepas que cubría las pendientes blanquecinas,
+el rico cosechero admiraba la fertilidad de su finca, atribuyéndola
+modestamente a la protección de Dios. Algunas manchas yermas extendían
+su trágica desolación entre el follaje de los pámpanos. Eran los rastros
+de la filoxera que había arruinado a medio Jerez. Los cosecheros,
+quebrantados por la baja de los vinos, no tenían medios para replantar
+sus viñas. Era aquella una tierra aristocrática y cara, que sólo los
+ricos podían cultivar. Poner de nuevo en explotación una aranzada
+costaba tanto como el mantenimiento de una familia <i>decente</i> durante un
+año. Pero la casa Dupont era opulenta y podía hacer frente a la plaga.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Ferminillo&mdash;decía don Pablo;&mdash;todos esos claros los voy a
+plantar de vid americana. Con esto, y, sobre todo, con el auxilio de
+Dios, ya verás como la cosa marcha bien. El Señor está con los que le
+aman.</p>
+
+<p>Doña Elvira, por su parte, no descendía a hacer confidente de sus
+pensamientos a la familia de Montenegro, pero se dignaba hablarla con
+cierta llaneza, lo que producía asombro en sus domésticos de la ciudad.
+La noble señora sentía ablandarse su orgullo viviendo en el campo.
+Hablaba con el señor Fermín queriendo averiguar a qué iglesia de Jerez
+iba los domingos con María de la Luz, para oír misa... Al ver a la hija
+del capataz abstraerse, poniendo su pensamiento lejos, muy lejos, en el
+cortijo donde vivía Rafael, la buena señora interpretaba esta tristeza
+como un anhelo de recogimiento, y la ofrecía su protección.</p>
+
+<p>&mdash;No, señora&mdash;decía sonriendo la muchacha;&mdash;no quiero ser monja. A mí me
+tira la vida.</p>
+
+<p>Para Fermín Montenegro no eran un secreto los disgustos de carácter
+espiritual, las grandes contrariedades que sufría la viuda de Dupont por
+culpa de los negocios. Su hijo tenía que tratar gentes de todas clases,
+herejes y hombres sin religión; extranjeros que consumían los vinos de
+la casa, y al pasar por Jerez habían de ser recibidos con el agasajo que
+merecen los buenos clientes. ¡Ser buenos servidores del Señor y tener
+que tratar a sus enemigos como si fuesen iguales! En vano los Padres de
+la iglesia de San Ignacio disipaban sus escrúpulos recordándola la
+importancia de los negocios y la influencia que una casa tan poderosa
+ejercía sobre la religiosidad de Jerez. Doña Elvira sólo se reconciliaba
+con sus famosas bodegas cuando una vez por año salía con destino a Roma
+una barrica de vino, dulce y espeso como jarabe, destinado a la misa del
+Pontífice por recomendación de varios obispos, amigos de la casa. Este
+honor la servía de lenitivo. Pero aun así, ¡qué angustias no la hacían
+sufrir aquellos extranjeros rubios y antipáticos que tenían la audacia
+de leer la Biblia a su modo y en su lengua, sin creer en Su Santidad, ni
+ir a misa!...</p>
+
+<p>Montenegro conocía uno de los últimos disgustos de la piadosa señora,
+que le habían relatado los criados de la casa.</p>
+
+<p>Los Dupont tenían un viajante sueco, el mejor agente de su negocio.
+Colocaba miles y miles de botellas del vino de fuego que producía
+Marchamalo, en aquellos países septentrionales de noches casi eternas y
+días de pleno sol, que duran meses. El viajante, después de muchos años
+de servicios a la casa, había venido a España, pasando por Jerez, para
+conocer personalmente a los Dupont. Don Pablo había creído indispensable
+el invitarlo a comer con su familia.</p>
+
+<p>Horrible tormento el que sufrió su madre ante aquel desconocido, enorme
+de cuerpo, rojo y hablador, con esa alegría infantil de los hombres del
+Norte cuando se ponen en contacto con el sol y los vinos de los países
+cálidos.</p>
+
+<p>Doña Elvira acogía con una sonrisa traidora su charla incesante en un
+español trabajoso; los gritos de asombro que le arrancaba el haber visto
+tantas iglesias, tantos frailes y curas, tantos mendigos, los campos
+cultivados como en los tiempos prehistóricos, las costumbres bárbaras y
+pintorescas, las plazas de ciertas poblaciones llenas de hombres con los
+brazos cruzados y el cigarrillo en la boca, esperando que fuesen a
+alquilarles.</p>
+
+<p>Dupont tosía fingiéndose distraído como si no oyese al huésped, mientras
+su madre seguía con asombro los estragos que hacía el forastero en los
+platos. ¡Qué manera de comer! Aquello no podía hacerlo un cristiano.
+Además era rojo, como Luzbel y Judas, el color de todos los enemigos de
+Dios, y su cara inflamada, de ogro en plena digestión, le hacía recordar
+las de los malos espíritus que gesticulaban horrorosos en las láminas de
+su devocionario. ¡Y tener que tratar herejes de esta clase, que se
+burlaban de un país cristiano porque aún conserva puros e intactos los
+recuerdos de tiempos más felices! ¡Verse obligada a sonreírle, porque
+era el mejor cliente de la casa!...</p>
+
+<p>Cuando Dupont se lo llevó, terminada la comida, la señora hizo que los
+criados quitasen apresuradamente el cubierto, los vasos, todo lo que
+había servido al forastero, sin que ella se atreviese a tocarlo. ¡Que
+jamás volviese a ver <i>aquello</i> en la mesa! El negocio era una cosa y
+otra el alma, que debía conservarse limpia de todo contacto impuro.</p>
+
+<p>Y al volver los criados al comedor vieron a doña Elvira, con la pililla
+de agua bendita de su dormitorio, rociando apresuradamente la silla en
+que se había sentado el ogro rojo e impío.</p>
+
+
+
+<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p>
+
+<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+
+<p>Cuando la docena de perros, bien contada, que tenía el cortijo de
+Matanzuela, galgos, mastines y podencos, olfateaban a medio día el
+regreso del aperador, saludaban con fieros aullidos y tirones de cadena
+el trote de la jaca, y avisado por estas señales el tío Antonio,
+conocido por el apodo de <i>Zarandilla</i>, asomábase al portalón para
+recibir a Rafael.</p>
+
+<p>El viejo había sido durante mucho tiempo aperador del cortijo. Le tomó a
+su servicio el antiguo dueño, hermano del difunto don Pablo Dupont; pero
+el amo actual, el alegre don Luis, quería rodearse de gente joven, y
+teniendo en cuenta sus años y la debilidad de su vista, lo había
+sustituido con Rafael. Y muchas gracias&mdash;como él decía con su
+resignación de labriego&mdash;por no haberle enviado a mendigar en los
+caminos, permitiéndole que viviese en el cortijo con su compañera, a
+cambio de ocuparse la vieja del cuidado de las aves que llenaban el
+corral y de ayudar él al encargado de las pocilgas que se alineaban a
+espaldas del edificio. ¡Hermoso final de una vida de incesante trabajo,
+con la espina quebrada por una curvatura de tantos años escardando los
+campos o segando el trigo!...</p>
+
+<p>Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban otra
+satisfacción en su miseria que el excelente carácter de Rafael. Como dos
+perros viejos, a los que se reserva por lástima un poco de pitanza,
+esperaban la hora de la muerte en su tugurio junto al portalón del
+cortijo. Sólo la bondad del nuevo aperador hacía llevadera su suerte. El
+tío <i>Zarandilla</i> pasaba las horas sentado en uno de los bancos al lado
+de la puerta, mirando fijamente, con sus ojos opacos, los campos de
+interminables surcos, sin que el aperador le regañase por su indolencia
+senil. La vieja quería a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y su
+comida, y él pagaba con largueza estos pequeños servicios. ¡Bendito sea
+Dios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo guapo al único hijo que
+los viejos habían tenido; un pobrecito que había muerto siendo soldado,
+en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le parecía poco a la
+seña Eduvigis para el aperador. Reñía al marido porque no se mostraba,
+según ella, bastante amable y solícito con Rafael. Antes de que los
+perros anunciasen su proximidad, oía ella el trotar del caballo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, cegato!&mdash;gritaba a su marido.&mdash;¿No oyes que viene Rafaé? Anda a
+sostenerle el cabayo, mardecío.</p>
+
+<p>Y el viejo salía al encuentro del aperador, mirando de frente, con sus
+ojos inmóviles, que sólo percibían la silueta de los objetos en una
+niebla gris, moviendo las manos y la cabeza con un temblor de vejez
+exhausta y agotada que le valía el apodo de <i>Zarandilla</i>.</p>
+
+<p>Entraba Rafael en el cortijo sobre su briosa jaca, erguido y arrogante
+como un centauro, y con gran retintín de espuelas y roce de los zajones
+de cuero, se apeaba en el patio, mientras su cabalgadura golpeaba los
+guijarros, como si aún desease emprender un nuevo galope.</p>
+
+<p><i>Zarandilla</i> descolgaba la escopeta del arzón, arma que más de una vez
+tenía que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a los
+arrieros que bajaban carbón de la sierra y al detenerse al borde del
+camino, soltaban a pacer sus bestias en los <i>manchones</i>, tierras sin
+cultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en la
+dehesa. Después recogía la <i>chivata</i> caída en el suelo, una larga
+pértiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, para
+arrear a las reses que encontraba dentro de los sembrados.</p>
+
+<p>Mientras el viejo llevaba el caballo a la cuadra, Rafael se despojaba de
+los zajones, y entraba con la alegría de la juventud y del apetito
+despierto en la cocina de los viejos.</p>
+
+<p>&mdash;Mare Eduvigis, ¿qué tenemos hoy?</p>
+
+<p>&mdash;Lo que a ti te gusta, condenao: ajito caliente.</p>
+
+<p>Y los dos sonreían, aspirando el tufillo de la cazuela, donde acababan
+de cocerse el pan y el ajo, bien majados. La anciana ponía la mesa,
+sonriendo a los elogios con que celebraba Rafael sus manos de
+guisandera. Ya no era más que una ruina: podía burlarse de ella el
+muchacho, pero en otro tiempo le habían dicho cosas mejores los
+caballeros que venían con el difunto amo a ver los potros del cortijo,
+celebrando las comidas que ella les guisaba.</p>
+
+<p>Al sentarse <i>Zarandilla</i> a la mesa, de vuelta de la cuadra, la primera
+mirada de sus ojos opacos era para la botella de vino, e instintivamente
+avanzaba sus manos temblonas. Era un lujo que había introducido Rafael
+en las comidas del cortijo. ¡Bien se reconocía en esto su juventud de
+mozo rumboso, acostumbrado al trato con los caballeros de Jerez, y sus
+visitas a Marchamalo, la famosa viña de los Dupont!... Años enteros
+había pasado el viejo cuando era aperador sin otra alegría que la de
+deslizarse, a espaldas de su mujer, hasta los ventorrillos de la
+carretera, o la de ir a Jerez con pretexto de llevar a la familia del
+amo alguna cesta de huevos o un par de capones, viajes de los que
+regresaba cantando, con la mirada chispeante, las piernas inseguras y en
+la cabeza un repuesto de alegría para toda una semana. Si alguna vez
+había soñado con la fortuna, era sin otra ambición que la de beber como
+el más rico caballero de la ciudad.</p>
+
+<p>Adoraba el vino con el entusiasmo de la gente del campo que no conoce
+otro alimento que el pan de las teleras, el pan de los gazpachos o el
+ajo caliente, y obligada a rociar con agua esta comida insípida, sin
+otra grasa que el hediondo aceite del condimento, sueña con el vino,
+viendo en él la energía de su existencia, la alegría de su pensamiento.
+Los pobres anhelaban con vehemencia de anémicos esta sangre de la
+tierra. El vaso de vino mitigaba el hambre y alegraba la vida un momento
+con su fuego: era un rayo de sol que pasaba por el estómago. Por esto,
+<i>Zarandilla</i>, más que de los guisos de su mujer, se preocupaba de la
+botella, manteniéndola al alcance de su mano, calculando previamente,
+con avaricia infantil, lo que podría beber Rafael, y asignándose el
+resto, sin consideración alguna, a la mujer que aprovechaba el menor
+descuido para retirarla, guardándose su parte.</p>
+
+<p>Rafael, no pudiendo por los hábitos de su primera juventud acostumbrarse
+a la sobriedad del cortijo, encargaba al <i>sobajanero</i> (un muchacho, que
+iba diariamente a Jerez en un borriquillo) que renovase de vez en cuando
+su provisión de vino; pero la guardaba bajo llave, temiendo la
+intemperancia de los viejos.</p>
+
+<p>La comida transcurría en medio del solemne silencio del campo, que
+parecía colarse en el cortijo por el abierto portón. Los gorriones
+piaban en los tejados; las gallinas cocleaban en el patio, picoteando,
+con las plumas erizadas, los intersticios del pavimento de guijarros. De
+la gran cuadra llegaban los relinchos de los caballos sementales y los
+rebuznos de los garañones, acompañados de pataleos y bufidos de gula
+satisfecha ante el pesebre lleno. De vez en cuando, un conejo asomaba a
+la puerta del tugurio sus orejas desmayadas, huyendo con medroso trote a
+la más leve voz, temblándole el rabillo sobre las posaderas sedosas, y
+de las lejanas pocilgas llegaban ronquidos de fiera, revelando una lucha
+de empellones de grasa y mordiscos traidores en torno de los barreños de
+bazofia. Cuando cesaban estos rumores de vida, tornaba a extenderse con
+religiosa majestad el silencio del campo, rasgado tenuemente por el
+arrullo de las palomas o el lejano campanilleo de una recua,
+deslizándose por la carretera que cortaba la inmensidad de tierras
+amarillas, como un río de polvo.</p>
+
+<p>En esta calma patriarcal, fumando sus cigarrillos (otra buena costumbre
+que el viejo agradecía a Rafael), los dos hombres hablaban lentamente de
+los trabajos del cortijo, con toda la gravedad que las gentes del campo
+ponen en los asuntos de la tierra.</p>
+
+<p>El aperador calculaba los viajes que había de hacer a una dehesa
+propiedad de don Luis, donde invernaban la torada y la yeguada del
+cortijo. La responsabilidad era del yegüero; pero don Luis, a quien
+interesaba más su ganadería que todas las cosechas, quería estar al
+corriente del estado de sus yeguas, y era por su salud por lo primero
+que preguntaba a Rafael siempre que le veía.</p>
+
+<p>Al volver de sus viajes, Rafael hablaba con cierta admiración del
+yegüero y de los <i>veladores</i> a sus órdenes que cuidaban el ganado
+durante la noche. Eran hombres de una honradez primitiva, con el
+espíritu petrificado por la soledad y la monotonía de su existencia.
+Pasaban los días sin hablar, sin otra manifestación de pensamiento que
+los gritos a los animales sometidos a su custodia: «¡Aquí, <i>Careto</i>!»...
+«¡Anda a otro sitio, <i>Resalá</i>!» Y los bueyes y las yeguas obedecían sus
+voces y sus gestos, como si la continua comunicación de las bestias y el
+hombre acabase por elevar a unos y rebajar a otros, fundiendo las
+especies.</p>
+
+<p>El antiguo contrabandista creía traer una provisión de nueva vida cuando
+bajaba al llano, al campo de interminables surcos que se perdían en el
+horizonte y sobre los cuales sudaba encorvada una muchedumbre turbulenta
+y miserable, roída por el odio y las necesidades.</p>
+
+<p>La sierra era el escenario de su aventurera juventud, y al volver al
+cortijo recordaba con entusiasmo las montañas cubiertas de acebuches,
+alcornoques y encinas; las profundas cañadas con espesuras de
+lentisclos; las altas adelfas orlando los riachuelos, en cuya corriente
+servían de pasos grandes fragmentos de columnas con arabescos que el
+agua iba borrando poco a poco; y en el fondo, sobre las cumbres, las
+ruinas de alcázares moriscos, el castillo de <i>Fátima</i>, el castillo de la
+<i>Mora Encantada</i>, una decoración que hacia recordar los cuentos de los
+crepúsculos de invierno junto a la chimenea del cortijo.</p>
+
+<p>Zumbaban los insectos sobre las inquietas crestas de la maleza;
+arrastrábanse los lagartos entre las piedras; sonaban a lo lejos las
+esquilas con acompañamiento de balidos, y de vez en cuando, al trotar el
+caballo de Rafael por unos caminos que nunca habían conocido la rueda,
+abríase en lo alto de un ribazo la cortina de matorrales, asomando los
+cuernos y el hocico babeante de una vaca o el testuz curioso de un
+ternero que parecía extrañar la presencia de un hombre que no fuese el
+pastor.</p>
+
+<p>Otras veces eran las yeguas de larga cola y sueltas crines que temblaban
+un momento con salvaje sorpresa al ver al jinete y huían monte arriba
+con violentas ondulaciones de ancas. Los potros las seguían, con las
+patas grotescamente cubiertas de pelo, como si llevasen pantalones.</p>
+
+<p>Rafael miraba asombrado a los zagales nacidos en la sierra. Eran tímidos
+y huraños con la gente que llegaba de aquella llanura, a la que volvían
+los ojos con cierto temor supersticioso, como si en ella residiese el
+misterio de la vida. Eran pedazos de naturaleza, de una existencia
+rudimentaria y monótana. Andaban y vivían como podrían hacerlo un árbol
+o una piedra animados de movimiento. En su cerebro, insensible a todo lo
+que no fuesen sensaciones animales, apenas si las exigencias de la vida
+habían hecho florecer un ligero musgo de pensamiento. Miraban como
+fetiches milagrosos las grandes verrugas de los alcornoques, con las que
+podían fabricarse los <i>tornillos</i>, cazuelas naturales para confeccionar
+el gazpacho. Buscaban las pieles viejas de culebra, abandonadas entre
+los guijarros al cambiar de envoltura el reptil y festoneaban los caños
+de las fuentes con estos pellejos oscuros, atribuyendo a su ofrenda
+influencias misteriosas. Los largos días de inmovilidad en el monte,
+vigilando el pastar de las bestias, extinguía lentamente todo lo que en
+estos muchachos había de humano.</p>
+
+<p>Cuando una vez por semana bajaba el mayor de los zagales a Matanzuela
+para llevarse las provisiones de vaqueros y yegüerizos, el aperador
+gustaba de hablar con este muchachón rudo y sombrío, que parecía un
+superviviente de las razas primitivas. Siempre le hacía la misma
+pregunta.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a ver. ¿Qué es lo que te gusta más? ¿Qué es lo que deseas?...</p>
+
+<p>El mocetón contestaba sin vacilar; como si de antemano tuviese bien
+determinados todos sus deseos.</p>
+
+<p>&mdash;Casáme, jartáme y moríme...</p>
+
+<p>Y al decir esto, enseñaba sus dientes blancos y fuertes de salvaje, con
+una expresión de hambre feroz: hambre de comida y de carne femenil,
+deseos de atracarse de una vez de aquellas cosas maravillosas que, según
+vagas noticias, devoraban los ricos; de gustar de un solo trago el amor
+brutal que turbaba sus sueños de jayán casto; de conocer la hembra,
+divinidad que admiraba de lejos al descender de la sierra y cuyos
+tesoros ocultos creía adivinar contemplando las grupas lustrosas y
+ágiles de las yeguas, las ubres sonrosadas y blancas de las vacas... ¡Y
+después, morirse! como si conocidas y apuradas estas sensaciones
+misteriosas, no restase nada de bueno en su vida de trabajo y
+privaciones.</p>
+
+<p>¡Y estos zagales, condenados al salvajismo desde su nacimiento, como las
+criaturas a las que se deforma para explotar su fealdad, ganaban treinta
+reales al mes, a más de una triste pitanza que no acallaba los
+estremecimientos de su estómago excitado por el aire de la montaña y las
+aguas puras de las fuentes! ¡Y sus jefes, los yegüeros y vaqueros,
+tenían dos reales y medio cuando más, sin fiesta alguna durante el año;
+todos los días lo mismo, viviendo aislados, con su mísera hembra que
+procreaba pequeños salvajes, dentro de un chozón, negro y ahumado, un
+verdadero ataúd sin más entrada que un agujero de madriguera, las
+paredes de pedruscos sueltos y una cubierta de hojas de corcho!...</p>
+
+<p>Rafael admiraba su probidad. Un hombre y dos zagales viviendo en esta
+miseria, custodiaban rebaños que valían muchos miles de duros. En la
+dehesa del cortijo de Matanzuela, los pastores no ganaban entre todos
+más de dos pesetas, y tenían confiados a su cuidado ochocientas vacas y
+cien bueyes, un verdadero tesoro de carne que podía extinguirse, morir,
+al menor descuido. Esta carne, cuya crianza vigilaban, era para gentes
+desconocidas: ellos sólo la comían cuando caía alguna res, víctima de
+enfermedades hediondas que no permitían su conducción fraudulenta a las
+ciudades.</p>
+
+<p>El pan del cortijo que se endurecía días y días en el chozón, algún
+puñado de garbanzos o habichuelas y el aceite rancio del país, eran todo
+su alimento. La leche les repugnaba, ahítos de su abundancia. Los
+pastores viejos sentían sublevarse su probidad cuando algún zagal
+ayudaba a la muerte de una bestia con el deseo de comer carne. ¿Dónde
+encontrar gente más buena y resignada?...</p>
+
+<p>Al oír <i>Zarandilla</i> estas reflexiones de Rafael, las apoyaba con
+entusiasmo.</p>
+
+<p>No había honradez como la de los pobres. ¿Y aún les tenían miedo
+creyéndoles malos?... El se reía de la honradez de los señores de la
+ciudad.</p>
+
+<p>&mdash;Mia tú, Rafaé, qué mérito tendrá que don Pablo Dupont, pongo el
+ejemplo, con toos sus millones sea bueno y no robe nada a naide. Los
+buenos de veras, son esos pobrecitos que viven como indios caribes, sin
+ver persona humana, muertecitos de jambre, guardándole al amo sus
+tesoros. Los buenos somos nosotros.</p>
+
+<p>Pero el aperador, al pensar en los cortijos del llano no se mostraba tan
+optimista como el viejo. Los gañanes vivían también en la miseria y
+sufrían hambre, pero no eran gente tan noble y resignada como la del
+monte, que se conservaba pura en su aislamiento. Tenían los vicios de la
+aglomeración, eran desconfiados, veían enemigos en todas partes. A él
+mismo, que los trataba como hermanos de pobreza y muchas veces se
+exponía a que el amo le regañase por favorecerles, le miraban con odio,
+como si fuese un enemigo. Y sobre todo, eran holgazanes y había que
+azuzarlos como si fuesen esclavos.</p>
+
+<p>El viejo se indignaba oyendo al aperador. ¿Y cómo quería que fuesen los
+gañanes? ¿Por qué habían de tener interés en trabajar?... Él, gracias a
+su colocación en el cortijo, había podido llegar a viejo. Aún no tenía
+sesenta años y estaba peor que muchos señores de más edad que parecían
+hijos suyos. Pero se acordaba de los tiempos en que él y Eduvigis
+trabajaban a jornal y se habían conocido en las noches de promiscuidad
+de la gañanía, acabando por casarse. De sus compañeros de miseria,
+hombres o mujeres, quedaban muy pocos: casi todos habían muerto, y los
+que quedaban eran casi cadáveres, con el espinazo torcido y los miembros
+secos, deformados y torpes. ¿Era aquélla vida de cristianos? ¡Trabajar
+todo el día bajo el sol o sufriendo frío, sin más jornal que dos reales,
+y cinco como retribución extraordinaria e inaudita en la época de la
+siega! Era verdad que el amo daba la comida, ¡pero qué comida para
+cuerpos que de sol a sol dejaban sobre la tierra toda su fuerza!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú crees, Rafaé, que eso es comé? Eso es engañá la jambre; prepará el
+cuerpo pa que lo coja la muerte.</p>
+
+<p>En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos,
+manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses
+restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la
+mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si
+en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una
+panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno,
+servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un
+pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres
+que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima.</p>
+
+<p>Unos cortijos eran de <i>pan por cuenta</i>, y en ellos se daban tres libras
+por cabeza. Una telera de seis libras era el único alimento para dos
+días. Otros eran de <i>pan largo</i>, no había tasa, el gañán podía comer
+cuanto desease, pero el horno del cortijo sólo cocía cada diez días y
+las teleras cargadas de salvado eran tan ásperas y de tal modo se
+endurecían que el amo, echándola de generoso, salía ganando, pues nadie
+osaba hincarlas el diente, más que en la suprema desesperación del
+hambre.</p>
+
+<p>Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación
+de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas
+trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo
+guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas
+veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas
+de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando
+amplio círculo en torno de él. Eran tantos, que para no estorbarse se
+mantenían a gran distancia del lebrillo. Cada cucharada era un viaje.
+Debían avanzar, encorvarse sobre el barreño, que estaba en el suelo,
+coger la cucharada y retirarse a la fila para devorar las sopas, de una
+tibieza repugnante. Al aproximarse, los gruesos zapatones hacían saltar
+el polvo o las pellas de barro, y las últimas cucharadas tenían el mismo
+sabor que si comiesen tierra.</p>
+
+<p>A medio día era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan
+también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino
+de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y
+los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en
+las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el
+vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los
+veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de
+esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.</p>
+
+<p>Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro
+gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana.
+Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse,
+se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban
+por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras
+veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si
+conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco
+de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando
+con una risa de desesperados este banquete extraordinario.</p>
+
+<p>Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga
+aplastante, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más
+felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y
+los tres gazpachos. En verano servían de <i>rempujeros</i>, marchando tras
+las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga
+de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y
+esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las
+bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la
+faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento
+y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban
+su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferían
+siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las
+muchachas. Y cuando aún no habían llegado a los treinta y cinco años se
+sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y
+comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos.</p>
+
+<p><i>Zarandilla</i>, que había presenciado todo esto, indignábase de que
+tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más?
+¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo?...</p>
+
+<p>&mdash;Yo he visto mundo, Rafaé. Yo he sido sordao, no de los de ahora, que
+van en ferrocarrí, como los señoritos, sino de los que llevaban morrión
+alto e iban a pie por las carreteras. Yo he corrío toda la nación
+matando hormigas, y he visto mucho en mis viajes.</p>
+
+<p>Y evocaba el recuerdo de las campiñas de Levante, las vegas de Valencia
+y de Murcia, siempre verdes, pobladas como ciudades, viéndose de cada
+pueblo los campanarios de otros lugares vecinos; teniendo cada campo su
+vivienda rústica, y en ella una familia tranquila, y bien alimentada,
+sacando su alimentación de pedazos de terreno tan pequeños, que él, en
+su hipérbole andaluza, los comparaba con pañuelos de bolsillo. Los
+hombres trabajaban lo mismo de noche que de día, ayudados por sus
+familias, en un noble aislamiento, sin la emulación de grupo ni el miedo
+al aperador. El hombre no era un esclavo en cuadrilla: rara vez se
+conocía allí el bracero a jornal. Cada uno cultivaba lo suyo, y los
+vecinos se ayudaban en las faenas difíciles. El labrador trabajaba para
+él, y si el campo tenía un amo, éste limitábase a cobrar el
+arrendamiento, procurando por la fuerza de la costumbre y por miedo al
+compañerismo de los pobres, no aumentar los antiguos precios.</p>
+
+<p>El recuerdo de los campos, siempre verdes, alegraba después de tantos
+años al viejo <i>Zarandilla</i>, pasando como una visión luminosa por sus
+ojos oscuros.</p>
+
+<p>Después hablaba con tristeza de la tierra en que vivía. Inmensos campos
+cuyo término perdíase en el horizonte; surcos que se juntaban y
+confundían a lo lejos como las varillas de un abanico, sin que ningún
+límite los cortase. Cuanto se abarcaba con la vista, tierras llanas o
+colinas, bancales labrados o manchones para el pasto, todo era de un
+amo. Podía un hombre caminar horas enteras sin salir de la propiedad de
+un solo dueño. Aquellos campos no eran para hombres: eran extensiones
+que sólo podían cultivar gigantes como los que aparecían en los cuentos,
+labrándolas con bestias que tuviesen pies y alas. Y la soledad por todas
+partes: ni un pueblo, ni otras viviendas que el cortijo. Había que
+caminar horas y más horas hasta el límite de otras propiedades.</p>
+
+<p>Provincias enteras eran en Andalucía de un centenar de amos. Y la
+tierra, una tierra negra que llevaba en sus entrañas la reserva vital
+acumulada durante muchos siglos, por un cultivo débil y perezoso de
+brazos mercenarios, daba escape a su exceso de fuerza con un oleaje de
+plantas parásitas y nocivas que asomaban entre las cosechas. La escarda
+apenas si podía combatir esta florescencia de fuerzas perdidas.</p>
+
+<p>El amo de la tierra se resignaba a aceptar lo que esta quisiera darle.
+La extensión suplía la debilidad de un cultivo rutinario. Si la cosecha
+era mala, se hacían economías sobre el trabajo de los braceros y sobre
+los gazpachos que los alimentaban. Nunca faltaban esclavos que
+ofreciesen sus brazos. A bandadas bajaban de la sierra las mujeres y los
+gañanes pidiendo trabajo.</p>
+
+<p>El cielo era más azul y sereno que en aquellos países de eterno verdor e
+incesantes cosechas que él recordaba; lucía el sol con más fuerza, pero
+bajo su lluvia de oro, la tierra andaluza se mostraba triste, con la
+soledad del cementerio, silenciosa como si pesase sobre ella la muerte,
+con un revoloteo de negros pajarracos en lo alto, y abajo, en los campos
+sin límites, centenares de hombres alineados como esclavos, moviendo sus
+brazos con regularidad automática, vigilados por un capataz. ¡Ni un
+campanario; ni una aglomeración de casas blancas como en los países
+donde existían verdaderos labradores! ¡Aquí sólo se veían siervos
+trabajando una tierra odiada que jamás podía ser suya; preparando unas
+cosechas de las que no tocarían un solo grano!</p>
+
+<p>&mdash;Y la tierra, Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías
+y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una
+tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones
+de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?...</p>
+
+<p>Que aquella inmensidad de tierra se repartiese entre los que la
+trabajaban, que los pobres supieran que del surco podían sacar algo más
+que un puñado de céntimos y los tres gazpachos, ¡y ya se vería si los
+del país eran holgazanes!</p>
+
+<p>Resultaban malos trabajadores porque trabajaban para otros; porque
+tenían la obligación de defender su vida miserable unos cuantos años
+más, huyendo el cuerpo a la faena, prolongando los ratos de descanso
+concedidos para fumar un cigarro, llegando al tajo lo más tarde posible
+y retirándose cuanto antes. ¡Para lo que les daban!... Pero que tuviesen
+su parte de tierra, y la cuidarían, peinándola y acicalándola a todas
+horas como una hija, y antes de que clarease el día estarían ya en ella
+con la herramienta en la mano. En medio de la noche se levantarían para
+las faenas urgentes; aquellas llanuras serían un paraíso, y cada pobre
+tendría su casita, y los lagartos no irían arrastrando su lomo rugoso y
+polvoriento días y días sin tropezar con una vivienda humana.</p>
+
+<p>Rafael oponía reparos a los ensueños del viejo. Muy hermosas eran las
+tierras que había visto <i>Zarandilla</i>, con sus parcelas que bastaban a
+alimentar una familia. Pero allí había agua en abundancia.</p>
+
+<p>&mdash;Y aquí también&mdash;gritaba el viejo.&mdash;Ahí tienes la sierra, que asín que
+caen cuatro gotas, llora por toos los costaos.</p>
+
+<p>¡Agua!... Barcos iban por los ríos de Andalucía hasta muy tierra
+adentro, mientras en sus orillas los campos se resquebrajaban de sed.
+¿No era mejor que los hombres hicieran fructificar el suelo y comiesen
+con la hartura de la abundancia, aunque los barcos descargasen en los
+puertos de la costa? ¡Agua!... que les diesen los campos a los pobres y
+ellos la traerían a buenas o a malas, impulsados por la necesidad. No
+serían como los señores, que por mal que se presente la cosecha, siempre
+sacan para vivir poseyendo tanta tierra, y conservan el cultivo lo mismo
+que los abuelos de sus abuelos. Los campos que él había admirado en
+otros países eran inferiores a los de Andalucía. No tenían en sus
+entrañas esa condensación de fuerzas que crea el abandono: estaban
+cansados y había que cuidarlos, dándoles continuamente el medicamento
+del guano. Eran, según <i>Zarandilla</i>, como las señorones que admiraba él
+en Jerez, hermosas y apuestas con el atractivo del cuidado y los
+artificios del lujo.</p>
+
+<p>&mdash;Y esta tierra nuestro, Rafaé, es como las muchachas que bajan de la
+sierra con el <i>manijero</i>. Van plagadas de la miseria que recogen en la
+gañanía; no se lavan la cara, comen mal; pero si las adecentasen, ya se
+vería lo bonitas que son.</p>
+
+<p>Una tarde de Febrero hablaban el aperador y <i>Zarandilla</i> de los trabajos
+del cortijo, mientras la <i>señá</i> Eduvigis lavaba la loza en la cocina.
+Habíase acabado la siembra de los garbanzos, los yeros y los arvejones.
+Ahora, las cuadrillas de muchachas y de gañanes se dedicaban a escardar
+los campos de cereales. Aún podían sostener el combate con el escardillo
+contra las hierbas parásitas. Después, cuando el trigo creciese,
+tendrían que arrancarlas a mano, encorvados durante el día, con los
+riñones quebrantados por el dolor.</p>
+
+<p><i>Zarandilla</i>, que falto de vista parecía haber aguzado sus oídos,
+interrumpió a Rafael, ladeando su cabeza como para escuchar mejor.</p>
+
+<p>&mdash;Muchacho, paece que truena.</p>
+
+<p>Palidecía la gran mancha de sol sobre los guijarros del patio; las
+gallinas corrían en rueda, cocleando, como si quisieran huir de la
+ráfaga de viento que erizaba sus plumas. Rafael prestó oído también. Sí
+que tronaba: iban a tener tempestad.</p>
+
+<p>Los dos hombres salieron al portal del cortijo. Por la parte de la
+sierra, el cielo estaba negro y las nubes corríanse como una cortina
+lúgubre entenebreciendo el campo. Aún no era media tarde y todos los
+objetos envolvíanse en la vaguedad difusa del anochecer. El cielo
+parecía haber descendido, tocando las crestas de las montañas,
+devorándolas en su seno oscuro, como si las decapitase. Pasaban a
+bandadas con el pavor de la fuga, graznando estridentemente, los pájaros
+de presa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Camará!... ¡la que se nos viene encima!&mdash;exclamó <i>Zarandilla</i>, que ya
+no veía nada, como si para él hubiese cerrado la noche.</p>
+
+<p>Los altos vástagos de las piteras, únicas líneas verticales que rompían
+la monotonía de los campos, se inclinaron unos tras otros, como si
+fuesen a romperse, y a continuación una ráfaga fría e impetuosa chocó
+contra el cortijo. Temblaron las puertas, oyose el estrépito de las
+ventanas al cerrarse con violencia, y aullaron los mastines
+lúgubremente, tirando de sus cadenas, como si con su mirada de bestias
+viesen a la tempestad entrar por el portalón sacudiendo su capa de agua
+y relampagueándola los ojos.</p>
+
+<p>Una claridad lívida inflamó el espacio, y el trueno estalló sobre el
+cortijo con un estrépito seco que conmovió los cimientos, despertando en
+los establos un eco de mugidos, relinchos y patadas. Cayó la lluvia de
+golpe, en grandes masas, como si se desfondase el cielo, y los dos
+hombres tuvieron que refugiarse bajo el arco de entrada, no viendo más
+que un pedazo de campo al través de la herradura del portalón.</p>
+
+<p>Del suelo, golpeado por el latigazo del agua, desprendíase un vapor
+tibio; el olor de tierra mojada perfume de los aguaceros violentos.
+Lejos, muy lejos, por los surcos convertidos en arroyos que no podían
+engullir todo el golpe de agua, corrían hacia el cortijo grupos de
+gentes. Apenas si se les veía al través de la capa liquida de la
+atmósfera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Jesú!&mdash;exclamó <i>Zarandilla</i>.&mdash;¡Y cómo van a ponerse los
+pobrecitos!...</p>
+
+<p>El vendaval parecía empujarles. La luz de cada relámpago les mostraba
+más cerca; trotaban bajo la lluvia como un rebaño disperso. Al llegar
+los primeros grupos pasaron corriendo ante el portalón para refugiarse
+en la gañanía. Los hombres iban arrebujados en mantas, cayéndoles dos
+chorros de agua por la canal del sombrero deformado y blanducho: las
+mujeres pasaban chillando como ratas, cubiertas con las varias hojas de
+su astrosa faldamenta, llenas de barro, y mostrando sus piernas
+enfundadas en los pantalones masculinos que usaban para la escarda.</p>
+
+<p>Habían ya llegado al cortijo casi todas las bandas de trabajadores y en
+la puerta de la gañanía sacudíanse mantas y refajos, derramando a
+chorros el agua sucia, cuando Rafael se fijó en un pequeño grupo
+rezagado que se aproximaba lentamente bajo la cortina oblicua de la
+lluvia. Eran dos hombres y un borriquillo cargado con un serón, bajo el
+cual apenas si asomaban las orejas y la cola.</p>
+
+<p>El aperador conoció a uno de los dos hombres que tiraba del ronzal de
+la bestia para que acelerase la marcha. Le llamaban Manolo el de
+Trebujena y era un antiguo gañán que, después de una sublevación de los
+obreros del campo, estaba señalado por todos los amos como perturbador.
+Falto de trabajo después de la huelga, se ganaba el sustento yendo de
+cortijo en cortijo como buhonero, vendiendo a las mujeres cintas, hilos
+y retazos de tela, y a los hombres vino, aguardiente y periódicos
+libertarios cuidadosamente ocultos en aquel serón, almacén heterogéneo
+que, a lomos del borriquillo, vagaba de un extremo a otro de la campiña
+jerezana. Sólo en Matanzuela y en muy contados cortijos podía penetrar
+Manolo sin infundir alarma y encontrar resistencia.</p>
+
+<p>Rafael miraba al acompañante del buhonero creyendo reconocerle, pero sin
+determinar en su memoria quién era. Caminaba con las manos en los
+bolsillos, el cuello de la chaqueta levantado y el sombrero sobre las
+cejas, chorreando agua por todos los extremos de su traje, encogiéndose
+estremecido de frío, sin una manta como su camarada. Pero, a pesar de
+esto, marchaba sin precipitación como si no le molestasen la lluvia y el
+viento que combatían su débil persona.</p>
+
+<p>&mdash;¡Salud, compañeros!&mdash;dijo el de Trebujena al pasar ante la puerta del
+cortijo, arreando su borriquillo.&mdash;Qué tiempo para los probes, ¿eh,
+<i>Zarandilla</i>?...</p>
+
+<p>Entonces fue cuando Rafael reconoció al acompañante de Manolo, viendo
+su rostro exangüe de asceta, su barba rala y los ojos dulces y
+mortecinos tras unas gafas azuladas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Don Fernando!&mdash;exclamó con asombro.&mdash;¡Pero si es don Fernando!...</p>
+
+<p>Y saliendo del portalón, en plena lluvia, agarró de un brazo a
+Salvatierra, para que entrase en el cortijo. Don Fernando opuso
+resistencia. Iba a refugiarse en la gañanía con su compañero; no debía
+contrariarle, pues este era su gusto. Pero Rafael protestaba. ¡El gran
+amigo de su padrino, el que había sido jefe de su padre!... ¿Cómo podía
+pasar por la puerta de su casa sin entrar en ella?... Y casi a viva
+fuerza lo metió en el cortijo, mientras Manolo seguía adelante.</p>
+
+<p>&mdash;Anda, que hoy tendrás buen despacho&mdash;le dijo <i>Zarandilla</i>.&mdash;Los mozos
+se pirran por tus papeles y tendrán en qué entretenerse mientras llueva.
+Me paece que va pa largo.</p>
+
+<p>Salvatierra entró en la cocina del cortijo, dejando, al sentarse, una
+gran mancha del agua que chorreaban sus ropas. La <i>señá</i> Eduvigis,
+compadeciendo al «pobre señor», encendió apresuradamente en el hogar un
+fuego de leña menuda.</p>
+
+<p>&mdash;Que sea buena la candela, mujer; que eso y mucho más se merece el
+forastero&mdash;decía <i>Zarandilla</i>, orgulloso de la visita.</p>
+
+<p>Y luego añadió con cierta solemnidad:</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú sabes quién es este cabayero, Eduvigis?... ¡Qué has de saber tú!
+Pues es don Fernando Salvatierra, ese señor tan nombrao en los papeles,
+que defiende a los probes.</p>
+
+<p>El gesto de la vieja, al abandonar un instante la lumbre para mirar al
+recién llegado, fue más de curiosidad y asombro que de admiración.</p>
+
+<p>Mientras tanto, el aperador iba de un lado a otro, buscando cierta
+botella de vino selecto que meses antes le había regalado su padrino.
+Por fin dio con ella, y escanciando un vaso, se lo ofreció a don
+Fernando.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, no bebo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero si es de primera, señor!...&mdash;intervino el viejo.&mdash;Beba su mercé;
+esto le hará bien después de la mojadura.</p>
+
+<p>Salvatierra hizo un gesto negativo.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias otra vez: yo nunca he probado el vino.</p>
+
+<p><i>Zarandilla</i> le miró con asombro... ¡Qué tío! Con razón tenían a aquel
+don Fernando por un hombre extraordinario.</p>
+
+<p>Rafael quiso que comiera algo; y habló a la vieja de freír huevos, de
+descolgar cierto jamón que había dejado el amo en una de sus visitas;
+pero Salvatierra le atajó. Era inútil: él llevaba en un bolsillo las
+provisiones para la noche. Y extrajo de su chaqueta un papel mojado, que
+contenía un mendrugo y un pedazo de queso.</p>
+
+<p>La sonrisa fría con que se negaba a aceptar los obsequios, cortaba toda
+insistencia. <i>Zarandilla</i> abría sus ojos turbios, como para ver mejor a
+aquel hombre asombroso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero al menos fumará usted, don Fernando?&mdash;dijo Rafael ofreciéndole
+un cigarro.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias; no he fumado nunca.</p>
+
+<p>El viejo no pudo callar más tiempo. ¿Tampoco fumaba?... Ahora comprendía
+el asombro de ciertas gentes. Un hombre de tan pocas necesidades metía
+tanto miedo como un ánima del otro mundo.</p>
+
+<p>Y mientras Salvatierra aproximábase a la lumbre, que comenzaba a
+crepitar con alegre llama, el aperador salió de la cocina. Poco después
+volvió, llevando al brazo su capote de monte.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando menos, déjese usted abrigar. Quítese esas ropas que chorrean.</p>
+
+<p>Antes de que pudiera negarse, Rafael y la vieja le despojaron de la
+chaqueta y el chaleco, envolviéndole en el capote, mientras <i>Zarandilla</i>
+colocaba ante el fuego las ropas mojadas, que despedían un humo tenue.</p>
+
+<p>Acariciado por el calor, Salvatierra se mostró más comunicativo. Le
+dolía contrariar con su sobriedad a aquellas gentes sencillas que le
+asediaban con sus obsequios.</p>
+
+<p>El aperador se extrañaba de verle en el cortijo como traído por la
+tempestad. Su padrino le había dicho algunos días antes que don Fernando
+estaba en Cádiz.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, allí estuve hasta hace poco. Fui a ver la sepultura de mi madre.</p>
+
+<p>Y como si quisiera pasar apresuradamente sobre este recuerdo, explicó
+su llegada al cortijo. Había salido por la mañana de Jerez en la
+<i>góndola</i> de la sierra, uno de aquellos coches que pasaban cargados de
+gente y de fardos por el inmediato camino. Deseaba ver al señor Antonio
+Matacardillos, el dueño del ventorro del Grajo, situado en la carretera,
+cerca del cortijo; un bravo que de joven le había seguido en todas sus
+aventuras revolucionarias. Estaba enfermo del corazón, con las piernas
+hinchadas, casi imposibilitado de moverse, no pudiendo llegar a la
+puerta de su choza más que entre ayes y tropezones. Al saber que
+Salvatierra vivía en Jerez, sus dolores parecían haberse aumentado con
+la desesperación que le causaba el no verle.</p>
+
+<p>El viejo ventorrillero, al presentarse su antiguo jefe en la choza del
+Grajo, había llorado, abrazándole con tales extremos de emoción, que su
+familia creyó que iba a morir. ¡Ocho años sin ver a su don Fernando!
+¡Ocho años, durante los cuales había enviado todos los meses un papel
+lleno de garabatos a aquel presidio del Norte, donde guardaban a su
+héroe! El pobre Matacardillos sabía que iba a morir de un momento a
+otro. Ya no dormía en la cama, se ahogaba, vivía casi artificialmente
+clavado en su sillón de paja, sin poder servir una copa, acogiendo con
+sonrisa triste a los arrieros y gañanes que le hablaban de su cara de
+salud y de su gordura, asegurando que se quejaba de vicio. Don Fernando
+debía volver alguna vez a verle. Le molestaría poco tiempo; iba a morir
+muy pronto; pero su presencia alegraría la poca vida que le quedase. Y
+Salvatierra había prometido volver, siempre que pudiese, a visitar al
+<i>veterano</i>, en compañía de Manolo el de Trebujena (otro de los suyos),
+al que había encontrado en el ventorro del Grajo. Con él emprendió el
+regreso a Jerez, cuando los alcanzó la tempestad, obligándoles a
+refugiarse en el cortijo.</p>
+
+<p>Rafael habló a don Fernando de sus costumbres extraordinarias, que
+muchas veces había oído relatar al padrino: sus baños de mar en Cádiz en
+pleno invierno, ante la gente, que temblaba de frío; sus regresos a casa
+en cuerpo de camisa después de dar la chaqueta a un compañero
+menesteroso; su régimen alimenticio, que no podía pasar de los treinta
+céntimos diarios. Salvatierra permanecía impasible, como si hablasen de
+otro, y únicamente al extrañarse Rafael de su exiguo alimento, abrió los
+labios para protestar dulcemente.</p>
+
+<p>&mdash;No tengo derecho a más. ¿Acaso esos pobres que se amontonan en la
+gañanía no comen peor que yo?...</p>
+
+<p>Se hizo un largo silencio. El aperador y los dos viejos parecían
+cohibidos en presencia de aquel hombre, del que tanto habían oído
+hablar. Además, les intimidaba con un respeto casi religioso aquella
+sonrisa que, según pensaba <i>Zarandilla</i>, «parecía venir de otro mundo»,
+y la firmeza de sus negativas, que no daba lugar a nuevas insistencias.</p>
+
+<p>Cuando Salvatierra vio sus ropas casi secas, abandonó el capote y se las
+puso. Después se dirigió a la puerta, y a pesar de que seguía lloviendo
+quiso ir a la gañanía, en busca de su compañero. Pensaba pasar en ella
+la noche, ya que no era posible con aquel tiempo volver a Jerez.</p>
+
+<p>El aperador protestó. ¡En la gañanía un hombre como don Fernando!... Su
+cama estaba dispuesta para él y si no le gustaba, abriría la habitación
+del señorito, que era tan buena como cualquiera de Jerez.... ¡La
+gañanía! ¿Qué diría su padrino si él toleraba tal disparate?...</p>
+
+<p>Pero la sonrisa de Salvatierra quitó al joven toda esperanza. Había
+dicho que dormiría con los gañanes, y era capaz de pasar la noche al
+raso, si no le dejaban cumplir su gusto.</p>
+
+<p>&mdash;No podría dormir en tu cama, Rafael; no tengo derecho a estar sobre
+colchones, mientras otros, bajo el mismo tejado, duermen en esteras.</p>
+
+<p>E intentaba sortear el obstáculo que le oponía el aperador, cerrándole
+el paso en la puerta. El viejo <i>Zarandilla</i> intervino.</p>
+
+<p>&mdash;Aún quedan horas para dormir, don Fernando. Luego irá su mercé a la
+gañanía, si ese es su gusto. Pero ahora&mdash;añadió, dirigiéndose a
+Rafael&mdash;enséñale al señó algo del cortijo, la cuadra de los caballos,
+que es cosa de ver.</p>
+
+<p>Salvatierra aceptó la invitación, ya que ésta no contrariaba su
+sobriedad ascética, único lujo de su vida. «Vamos a ver los caballos».
+No le interesaban gran cosa, pero agradecía el buen deseo de aquella
+gente sencilla, ansiosa de mostrarle lo mejor de la casa.</p>
+
+<p>Atravesaron el patio, bajo el azote de la lluvia, seguidos por algunos
+perros que sacudían el agua de sus pelos lacios. Una bocanada de aire
+caliente y espeso, oliendo a estiércol y a vapor animal, dio en la cara
+a los visitantes al abrirse la puerta de la cuadra. Los caballos
+cocearon y relincharon, moviendo las cabezas al sentir tras de sus
+grupas la presencia de gente extraña.</p>
+
+<p><i>Zarandilla</i> se metió entre ellos, adivinándolos por el tacto, marchando
+a ciegas en la penumbra de la cuadra, acariciando a unos en los ijares,
+rascando a otros en la frente, llamándolos con nombres cariñosos y
+librándose por instinto de las patadas de impaciencia y de alegría que
+daban con sus cascos herrados. «¡Quieto, <i>Brillante</i>!» «¡No seas malo,
+<i>Lucero</i>!» Y pasaba, encorvándose, por debajo de los vientres para ir
+hasta el otro extremo de la cuadra, mientras el aperador explicaba a
+Salvatierra la valía de este tesoro.</p>
+
+<p>Eran caballos jerezanos de pura sangre, verdaderos sementales de la
+tierra, y elogiaba su cara alegre, sus ojos saltones, el corte elegante
+y esbelto de su figura, su paso enérgico. Unos eran de color tordo;
+otros de un gris plateado, sedoso y brillante, y todos ellos temblaban
+desde las piernas a la grupa con fuertes estremecimientos, como si no
+pudiesen contener su exceso de vida en este encierro.</p>
+
+<p>Rafael hablaba con admiración del valor de aquellos animales. Una
+verdadera fortuna: el señorito era hombre de gusto, un inteligente que
+no reparaba en el dinero para disputar a los más ricos del <i>Círculo
+Caballista</i> la posesión de un buen ejemplar. Hasta a su primo don Pablo
+le había arrebatado la posesión de un caballo famoso. Y señalando a cada
+uno de los animales, hablaba de miles y miles de pesetas,
+enorgulleciéndose de que tales tesoros estuviesen confiados a su
+custodia.</p>
+
+<p>El <i>hierro</i> de Matanzuela, la marca con que se señalaba a las jacas
+salidas del cortijo, valía tanto como los certificados de los ganaderías
+más antiguas.</p>
+
+<p>Mientras tanto, <i>Zarandilla</i> acariciaba con ruidosas palmadas y motes
+grotescos a dos asnos garañones, grandes como caballos, huesudos,
+angulosos, como si fuesen esculpidos a hachazos; la cara roma, los ojos
+casi ocultos bajo una maraña de pelos y las orejas caídas. Dos bestias
+de fealdad monstruosa y fantástica, que parecían surgidas de una visión
+apocalíptica. El viejo, apoyado en ellos, hablaba de la primavera,
+cuando bajaban las yeguas de la dehesa y entraban en la cuadra con la
+cola recogida sobre el lomo para evitar entorpecimientos, y el yegüerizo
+mayor se arriesgaba bajo las patas amenazantes, encauzando la
+fecundación.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí tiene su mercé&mdash;decía el viejo&mdash;a toos los buenos mozos que
+fabrican los potrancos y las mulillas de Matanzuela.</p>
+
+<p>Hablaba de los misterios reproductores de aquella cuadra, con la
+naturalidad de la gente campesina, tímida y ruborosa en las relaciones
+humanas y franca hasta el impudor al hablar de las aproximaciones de las
+bestias. Y como si las palabras del viejo trajesen a las dilatadas
+narices de los caballos un lejano perfume de la deseada primavera,
+comenzaron a relinchar, a dar saltos, a morderse, a estremecer sus
+vientres con agitaciones de péndulo, a resbalar las patas delanteras
+sobre las grupas más cercanas, haciendo esfuerzos por libertar sus
+cabezas amarradas a las anillas. Unos cuantos varazos repartidos a
+ciegas por <i>Zarandilla</i> hicieron cesar el estruendo de coces y
+relinchos, y las bestias tornaron a alinearse ante los pesebres,
+exhalando los últimos restos de su agitación con bufidos y temblores.</p>
+
+<p>El aperador condujo a Salvatierra a una habitación grande, de paredes
+enjalbegadas, que le servía de despacho. Empezaba a anochecer y encendió
+un velón de los antiguos de Lucena, puesto sobre una mesa, en la que se
+veía un tintero de loza enorme, con una pluma no más larga que un dedo.
+Allí hacía él sus cuentas, y en un armario inmediato estaban «los
+libros», de los que hablaba Rafael con cierto respeto. Cada gañán tenía
+su cuenta. Antes se llevaba la administración con una sencillez
+patriarcal, pero ahora los jornaleros eran quisquillosos y desconfiados.
+Además, había que marcar bien los días que eran por entero de trabajo,
+aquellos en que la faena sólo duraba medio día por la lluvia, y los de
+lluvia completa, en los que la gente se quedaba en la gañanía,
+comiéndose sus gazpachos sin hacer nada.</p>
+
+<p>Después estaba el gran libro, el más precioso de la casa, lo que podía
+titularse la carta de nobleza de Matanzuela. Y el aperador sacaba del
+armario un amplio cuaderno, en el que se contenía la genealogía y la
+historia de todo caballo o mula salido del cortijo, con el apodo de
+nacimiento, padres y abuelos, descripción de la figura, talla, pelo,
+color de los ojos y defectos que se confesaban generosamente sobre el
+papel para quedar secretos, dejando a la penetración del comprador el
+adivinarlos.</p>
+
+<p>Luego, enseñó Rafael la otra joya del cortijo: un palo largo rematado
+por un embudo de hierro, cuyos bordes entrantes y salientes daban la
+idea vaga de un dibujo. Era la marca de la ganadería, ¡el hierro!, y
+había que ver con qué respeto lo acariciaba Rafael. Una cruz sobre una
+media luna formaban la señal que llevaba en sus flancos todo el ganado
+de Matanzuela.</p>
+
+<p>Hablaba con entusiasmo de la operación de herrar, que don Fernando no
+había visto nunca. Los yegüerizos echaban sus lazos de cerda a los
+potros indómitos, sujetándolos por las orejas, mientras se calentaba el
+hierro en un fuego de boñiga seca; y al estar la marca al rojo, ¡zas!,
+se la aplicaban al costado, quemándose los pelos y quedando la piel
+señalada para siempre con la cruz y la media luna. Y con cierta
+conmiseración por Salvatierra que, sabiendo tanto, ignoraba unas cosas
+que eran para el aperador las más interesantes del mundo, continuaba
+éste explicando el régimen a que se sometían los caballos jóvenes; todas
+las operaciones que realizaba él voluntariamente en sus entusiasmos de
+jinete.</p>
+
+<p>Primeramente los <i>amarraban</i>, al venir de la libertad de la dehesa, para
+que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salían al campo,
+frente al cortijo, con cabezón y una larga cuerda, para dar vueltas como
+en un picadero, y que aprendiesen a <i>tranquear</i>, a poner la pata de
+atrás donde habían puesto la delantera, o más allá, si era posible. Tras
+esto llegaba la operación suprema: colocarles la silla sobre los lomos,
+habituando su salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a
+la baticola y los estribos. Y finalmente se les montaba, para hacerles
+dar vueltas, al principio sin soltar la cuerda, luego manejándolos con
+las riendas. ¡Los potros que él llevaba desbravados, animales casi
+salvajes, que inspiraban miedo a muchos!...</p>
+
+<p>Hablaba con orgullo de sus combates de energía y voluntad con bestias
+fieras que relinchaban y mordían el aire, pataleando, levantándose
+verticalmente o hundiendo su cabeza en tierra mientras coceaban en el
+espacio, sin que pudieran por esto libertarse de la opresión de sus
+piernas de acero; hasta que al fin, después de una carrera loca, en la
+que parecían buscar los obstáculos para aplastar al jinete, volvían
+sudorosas y vencidas, sometiéndose por completo a la mano del montador.</p>
+
+<p>Rafael se detuvo en la narración de sus proezas hípicas, viendo la
+sombra de una persona en el cuadro de la puerta, sobre el fondo de luz
+violácea del crepúsculo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿eres tú?&mdash;dijo riendo.&mdash;Pasa, <i>Alcaparrón</i>, no tengas miedo.</p>
+
+<p>Entró un mozo de escasa estatura, avanzando cautelosamente, de medio
+lado, como si temiera rozar la pared. En su encogimiento parecía
+implorar perdón anticipadamente por todo lo que hiciese. Sus ojos
+brillaban en la sombra lo mismo que su fuerte y nítida dentadura. Al
+aproximarse a la luz del velón, Salvatierra se fijó en el color cobrizo
+de su cara, en las córneas de sus ojos, que parecían manchadas de
+tabaco, en sus manos de dos colores, con la palma sonrosada y el dorso
+de un negro que aún se hacía más intenso bajo las uñas. A pesar del
+frío, vestía una blusa de verano, una guayabera con pliegues, húmeda
+aún de la lluvia, y en la cabeza llevaba dos sombreros, uno dentro del
+otro, de distinto color, como sus manos. El de abajo mostraba una
+blancura gris y flamante en la parte inferior de sus alas; el de arriba
+era viejo, de un negro rojizo, con los bordes deshilachados.</p>
+
+<p>Rafael agarró al mozuelo por un hombro, haciéndolo balancearse, y lo
+presentó a Salvatierra con una gravedad cómica.</p>
+
+<p>&mdash;Este es <i>Alcaparrón</i>, del que usté habrá oído hablar seguramente. El
+gitano más ladrón de too Jerez. Si hubiese justicia, hace tiempo que le
+habrían dao garrote en la plaza de la Cárcel.</p>
+
+<p><i>Alcaparrón</i> dio un respingo para librarse de la garra del aperador, y
+moviendo las manos con ademanes femeniles, acabó por persiguarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Uy!, zeñó Rafaé y qué malo que es uzté... ¡Jozú! ¡y qué cosas dice
+este hombre!</p>
+
+<p>El aperador continuó con el ceño fruncido y la voz grave:</p>
+
+<p>&mdash;Trabaja en Matanzuela con su familia hace muchos años, pero es un
+ladrón como toos los gitanos y debía estar en presidio. ¿Sabe usté por
+qué se trae dos sombreros? Pa llenarlos de garbanzos o habichuelas así
+que me descuido: y él no sabe que el mejor día le meto un escopetazo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Jozú! ¡señó Rafaé! ¿Pero qué dice usté, bendito?...</p>
+
+<p>Y juntaba las manos con desesperación, mirando a Salvatierra y
+diciéndole con vehemencia infantil:</p>
+
+<p>&mdash;No le crea usté, zeñó; es muy malo y me dice eso por pudrirme la
+sangre. Por la salusita de mi mare que too es mentira...</p>
+
+<p>Y explicaba el misterio de los dos sombreros superpuestos que llevaba
+calados hasta las orejas, rodeando su cara de pícaro de un nimbo de dos
+colores. El de abajo era el nuevo, el de los días de fiesta y lo
+desenfundaba cuando iba a Jerez. En los días de labor, no osaba dejarlo
+en el cortijo por miedo a los compañeros, que se permitían toda clase de
+burlas con él porque era «un pobrecito gitano», y lo cubría con el viejo
+para que no perdiese el color gris y sedoso que era su orgullo.</p>
+
+<p>El aperador continuaba exasperando al gitano con ese humor campesino que
+se goza en enfurecer a los pobres de espíritu y a los vagabundos.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, <i>Alcaparrón</i>, ¿tú sabes quién es este señor? Pues es don Fernando
+Salvatierra. ¿No has oído hablar nunca de él?...</p>
+
+<p>El gitano hizo un gesto de asombro, abriendo los ojos desmesuradamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues poco nombrao que es el señó! En la gañanía hace dos horas que no
+jablan más que de él. ¡Por muchos años, señó! M' alegro de conosé una
+presona tan fina y de tanto aquel. Bien se ve que su mersé es alguien:
+tiene cara de gobernaor.</p>
+
+<p>Salvatierra sonreía ante la obsequiosidad aduladora del gitano. Aquel
+infeliz no conocía categorías; juzgaba por el renombre, y considerándole
+un personaje poderoso, una autoridad, temblaba, ocultando su turbación
+con la sonrisa aduladora de las razas eternamente perseguidas.</p>
+
+<p>&mdash;Don Fernando&mdash;continuó el aperador.&mdash;Usté que tiene amigos en el
+extranjero podía arreglarle el viaje a <i>Alcaparrón</i>. A ver si en
+aquellas tierras hacía tanta suerte como sus primas.</p>
+
+<p>Y hablaba de las <i>Alcaparronas</i>, unas gitanas bailadoras que daban golpe
+en París y en muchas ciudades de Rusia, cuyos nombres no podía recordar
+el aperador. Sus retratos figuraban hasta en las cajas de cerillas, los
+periódicos hablaban de ellas; tenían diamantes a porrillo, bailaban en
+teatros y en palacios y a una de ellas la había robado un gran duque,
+archipámpano o no recordaba Rafael qué otro título, llevándosela a un
+castillo, donde vivía como una reina.</p>
+
+<p>&mdash;Y a too esto, don Fernando, unas monas sabias, tan feas y negras como
+su primo aquí presente; unas desgalichás, a las que he visto de pequeñas
+en los cortijos robando garbanzos y otras semillas; unas ratas
+vivarachas, sin más que el <i>aquel</i> gitano y unas desvergüenzas que ponen
+coloraos a los hombres. ¿Y eso es lo que les gusta a aquellos señorones?
+¡Vamos, hombre, que hay para reír!...</p>
+
+<p>Y reía, efectivamente, al pensar que vivían como unas grandes damas
+aquellas mozuelas cobrizas, de ojos de brasa, que él había visto
+merodear sucias y costrosas por los campos de Jerez.</p>
+
+<p><i>Alcaparrón</i> hablaba con cierto orgullo de sus primas, pero lamentando
+de paso la diversa suerte de familia. ¡Ellas hechas unas reinas y él con
+su pobre <i>mare</i>, sus hermanos pequeños, y Mari-Cruz, su pobrecita prima,
+siempre enferma, ganando dos reales en el cortijo! ¡y muchas gracias que
+les daban trabajo todos los años sabiendo que eran buenos!... Sus primas
+eran unas <i>descastás</i> que no escribían a la familia, que no la enviaban
+ni esto. (Y hacía crujir la uña de un pulgar, entre sus dientes de
+caballo.)</p>
+
+<p>&mdash;Señó: paece mentira que mi tío se porte tan mal con los suyos, siendo
+un <i>cañí</i>. ¡Con tanto que le quería el probé de mi pare!...</p>
+
+<p>Pero lejos de indignarse, rompía en elogios del tío <i>Alcaparrón</i>, un
+hombre de iniciativas que, cansado de pasar hambre en Jerez y verse en
+peligro de ir a la cárcel siempre que se extraviaba un asno o una mula,
+se había echado al hombro la guitarra, no parando con todo su «ganao»,
+como él llamaba a las hijas, hasta el mismo París. Y <i>Alcaparrón</i> reía
+irónicamente de la simpleza de los <i>gachés</i>, de toda la gente que domina
+el mundo y oprime a los pobres gitanos, recordando ciertos prospectos y
+periódicos que había visto con el retrato de su respetable tío, luciendo
+sus patillas de <i>boca de jacha</i>, y su cara de ladrón, bajo un sombrero
+de catite como un campanario y rodeado de columnas impresas en lengua
+extraña, en las que se hablaba de <i>mademoiselles</i> las <i>Alcaparronas</i> y
+se celebraba su gracia y hermosura, repitiendo, cada seis renglones
+<i>¡ollé! ¡ollé!</i>... ¡Y su tío, para mayor solemnidad, se titulaba el
+capitán <i>Alcaparrón</i>! ¿Capitán de qué?... Y sus primas, las
+<i>mademoiselles</i>, se hacían robar por señorones que le tenían miedo al
+padre, <i>le terrible hidalgo</i>, que tantas veces había rasgueado
+filosóficamente la guitarra en los colmados, mientras las niñas se
+ocultaban con los señoritos en los cuartos más lejanos. ¡<i>Josú</i>, qué
+guasa!...</p>
+
+<p>Pero el gitano pasaba rápidamente de la risa a la melancolía, con la
+incoherencia vivaracha de su alma de pájaro. ¡Ay, si viviese su <i>pare</i>,
+que había sido un águila, comparado con este hermano que tenía tanta
+fortuna!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Murió tu padre?&mdash;preguntó Salvatierra.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señó: fartaba uno en el campo santo, y como era bueno, le yamó er
+cuervo que está allí.</p>
+
+<p>Y <i>Alcaparrón</i> continuaba sus lamentaciones. ¡Si no hubiese muerto el
+pobrecito! En lugar de sus primas estarían él y sus hermanos disfrutando
+tantas riquezas. Y lo afirmaba de buena fe, despreciando como
+insignificante la diferencia de sexos, no dando ningún valor a la
+fealdad picante de sus primas, creyendo que su fortuna era debida a la
+habilidad en el <i>cante</i>, para el cual, la <i>pobresita</i> de su <i>mare</i>, su
+prima Mari-Cruz y él, valían mucho más que todas las <i>Alcaparronas</i> que
+andaban por el mundo.</p>
+
+<p>El aperador, viendo triste al gitano, ofrecíale su protección. Su
+fortuna estaba hecha. Allí estaba don Fernando, que con sus influencias
+de personaje, le tenía reservado un empleo.</p>
+
+<p><i>Alcaparrón</i> abría los ojos, recelando la burla. Pero temeroso de
+cometer una falta si no daba las gracias a aquel señor, abrumó con
+palabras dulzonas a Salvatierra, mientras éste miraba al aperador, no
+sabiendo adonde iba a parar.</p>
+
+<p>&mdash;Si, gachó&mdash;continuó Rafael.&mdash;Ya tienes empleo. El señó te hará verdugo
+de Seviya o de Jerez: lo que tú escojas.</p>
+
+<p>El gitano dio un salto, mostrando su cómica indignación con un
+desbordamiento de palabras.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mardito! ¡Arrastrao! ¡Mala escopetá le peguen, señó Rafaé, en sus
+entrañas renegrísimas!...</p>
+
+<p>Se detuvo un instante en sus maldiciones, viendo que éstas servían de
+regocijo al aperador, y añadió con maligna intención:</p>
+
+<p>&mdash;Premita Dió que cuando vaya su mersé a la viña de don Pablo, la gachí
+le resiba con cara de cuaresma.</p>
+
+<p>Rafael ya no reía. Temió que el gitano, en presencia de don Fernando,
+hablase de sus amores con la hija del padrino, y se apresuró a
+despedirle.</p>
+
+<p>&mdash;Toma un pitillo y lárgate... mala sombra. Tu madre estará esperándote.</p>
+
+<p><i>Alcaparrón</i> obedeció con la docilidad de un perro. Al despedirse de
+Salvatierra le tendió su mano de mulato, repitiendo que le esperaban en
+la gañanía y que la gente andaba revuelta al saber que un <i>presonaje</i>
+tan alto estaba en Matanzuela.</p>
+
+<p>Cuando se fue, el aperador habló a don Fernando de los <i>Alcaparrones</i> y
+otros gitanos del cortijo. Eran familias que trabajaban años y años en
+la misma finca, como si formasen parte de ella. Resultaban de más fácil
+manejo, hombres y mujeres, que la demás gente de la gañanía. Con ellos
+no había que temer rebeliones, huelgas, ni amenazas. Eran pedigüeños y
+un tanto ladrones, pero se achicaban ante los gestos amenazadores, con
+la docilidad de una raza perseguida.</p>
+
+<p>Rafael sólo había visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella
+parte de Andalucía. La afición de la gente a los caballos parecía
+haberles expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo,
+obligándoles a buscar la vida en los cortijos.</p>
+
+<p>Las mujeres valían más que los hombres: secas, negras, angulosas, con
+unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblábanse el día entero para
+escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los
+vigilaban de cerca, apoderábase de ellos la indolencia de raza, el deseo
+de permanecer inmóviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en
+nada. Pero así que presentían la proximidad del aperador, corría la voz
+de alarma en aquel <i>caló</i> que era su única fuerza de resistencia, lo
+que les aislaba de la animadversión de los compañeros de trabajo.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Cha: currela, que sinela er jambo!</i></p>
+
+<p>«¡Oye: trabaja, que mira el amo!» Y cada uno se entregaba a su faena,
+con tal ardor, con esfuerzos tan cómicos, que muchas veces Rafael no
+podía contener la risa.</p>
+
+<p>Había cerrado la noche. La lluvia caía como polvo de agua, sobre los
+guijarros del patio. Salvatierra habló de ir a la gañanía, sin prestar
+atención a las protestas del aperador. ¿Pero, realmente, tenía empeño en
+dormir allí, un hombre de su mérito?...</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabes de dónde vengo, Rafael&mdash;dijo el revolucionario.&mdash;Llevo ocho
+años de dormir en peores sitios y entre gentes más infelices.</p>
+
+<p>El aperador hizo un gesto de resignación y llamó a <i>Zarandilla</i>, que
+estaba en la cuadra. El viejo le serviría de acompañante; él se quedaba
+allí.</p>
+
+<p>&mdash;No me conviene entrar en la gañanía, don Fernando. Hay que conservar
+cierto <i>aquel</i> de autoridad; si no, toman confianza con uno y está
+perdido.</p>
+
+<p>Y hablaba del <i>aquel</i> de la autoridad, con firme convicción,
+respetándola como necesaria, después de haberla violentado muchas veces
+en las rudas aventuras de su primera juventud.</p>
+
+<p>Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los
+perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba
+entrada a la gañanía.</p>
+
+<p>Bajo aquel se alineaban al aire libre varios cántaros con la provisión
+de agua para los braceros. Los que sentían sed, pasaban del calor
+asfixiante de la gañanía a la frialdad de la noche, y se atracaban de un
+agua que parecía hielo líquido, mientras el viento les hería las
+sudorosas espaldas.</p>
+
+<p>Al trasponer la puerta, Salvatierra sintió en sus pulmones la rareza del
+aire, al mismo tiempo que hería su olfato un hedor de lana húmeda,
+aceite rancio, barro y carne aglomerada y viscosa.</p>
+
+<p>Era una pieza estrecha y larga, que aún parecía más grande por lo denso
+de la atmósfera y la escasez de luz. En el fondo estaba el hogar, en el
+que ardía una lumbre de boñiga seca, despidiendo un olor infecto. Un
+candil marcaba su llama como una lágrima roja y titilante en este
+ambiente nebuloso. El resto de la pieza, completamente a oscuras, tenía
+en sus tinieblas palpitaciones de vida. Adivinábase la presencia de una
+muchedumbre bajo la mortaja de sombras.</p>
+
+<p>Salvatierra, al llegar al centro de la mísera habitación pudo ver mejor.
+En el hogar hervían varios pucheros vigilados por mujeres puestas de
+rodillas, y bajo el candil estaba sentado el <i>arreador</i>, el segundo
+funcionario de la casa, el que acompañaba a los braceros al tajo y
+vigilaba sus faenas, excitándolos con duras palabras; el que en unión
+con el aperador formaba lo que llamaban los gañanes el <i>gobierno</i> del
+cortijo.</p>
+
+<p>El arreador era el único que tenía una silla en la gañanía: los demás,
+hombres y mujeres, sentábanse en el suelo. Junto a él estaban en
+cuclillas Manolo el de Trebujena con varios amigos, metiendo sus
+cucharas en un <i>tornillo</i> de gazpacho caliente. La niebla fue
+disipándose ante los ojos de Salvatierra, habituados ya a esta atmósfera
+asfixiante. Entonces vio en los rincones grupos de hombres y de mujeres
+sentados en la tierra apisonada o sobre esterillas de enea. La lluvia,
+cortando su trabajo a media tarde, les había hecho adelantar la comida
+de la noche. En torno de los lebrillos de bazofia caliente, hablaban y
+reían moviendo las cucharas con cierta calma. Presentían que el día
+siguiente sería de encierro, de holganza forzosa, y deseaban permanecer
+en vela hasta bien entrada la noche.</p>
+
+<p>El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la
+memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las mismas paredes
+enjalbegadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo
+del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los
+cuerpos sucios. Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas todo
+el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas
+multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables
+remiendos con clavos agudos.</p>
+
+<p>En el presidio cada uno tenía su petate, y en la gañanía sólo muy
+contados podían permitirse este lujo. Los más, dormían en esteras, sin
+desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la
+tierra dura. El pan, la cruel divinidad que obligaba a aceptar esta
+existencia miserable, rodaba en pedazos por el suelo, o se exhibía en
+las escarpias, entre los harapos, en enormes teleras de seis libras,
+como un ídolo al que sólo se podía llegar después de un día de
+encorvamiento abrumador.</p>
+
+<p>Salvatierra se fijó en las caras de aquellas gentes que le miraban con
+curiosidad, suspendiendo por un instante su comida, manteniendo
+inmóviles las manos con la cuchara en alto.</p>
+
+<p>Bajo los sombreros deformes sólo se veían carátulas de miseria, máscaras
+de sufrimiento y de hambre. Los jóvenes tenían la frescura vigorosa de
+los pocos años. Reían reflejando en sus ojos el espíritu burlón de la
+raza, la alegría de vivir, sin el peso de una familia; el regocijo del
+hombre aislado, que por miserable que se considere, puede siempre seguir
+adelante. Pero los hombres mostraban un envejecimiento prematuro,
+arruinados en plena madurez, con el temblor de los valetudinarios;
+revelando unos su acometividad en los ojos animados por resplandores
+fosforescentes de fiera, encogidos otros con la resignación del que sólo
+aguarda la muerte como única libertad.</p>
+
+<p>Eran cuerpos enjutos, apergaminados, recocidos por el sol, con la piel
+agrietada. La alimentación, pobre y escasa, no llegaba a formar el más
+leve almohadillado entre el esqueleto y su envoltura. Hombres que aún no
+tenían cuarenta años, mostraban sus cuellos descarnados, de piel flácida
+y abullonada, con los tirantes tendones de la ancianidad. Los ojos, en
+lo más hondo de sus cuencas, circundados de una aureola de arrugas,
+brillaban como estrellas mortecinas en el fondo de un pozo. Su miseria
+física era el resultado de una fatiga prolongada años y más años, de una
+alimentación insípida de pan, sólo de pan. Los cuerpos rudos y angulosos
+parecían labrados a hachazos: otros eran deformes y grotescos como
+fabricados por un alfarero: muchos recordaban, por lo retorcidos y
+nudosos, los troncos de los acebuches de las dehesas. Los brazos negros,
+con las agudas protuberancias de una gimnasia forzada, parecían de
+sarmientos trenzados. Y el amontonamiento de estos infelices exhalaba un
+olor agrio, de sudor de hambriento, de ropa adherida al cuerpo durante
+meses, de alientos fétidos: toda la respiración apestante de la miseria.</p>
+
+<p>Las mujeres aun ofrecían un aspecto más doloroso. Unas eran gitanas,
+viejas y horribles como brujas, con la piel tostada y cobriza que
+parecía haber pasado por el fuego de todos los aquelarres. Las jóvenes
+tenían la hermosura dolorosa y desmayada de la anemia; flores de vida
+que se mustiaban antes de abrirse; adolescentes de piel blanca, de una
+palidez de papel mascado, que el sol no lograba calentar, tiñéndola a
+trechos con menudas manchas de color de salvado. Vírgenes de ojos
+desmesuradamente abiertos, como asombradas de haber nacido, con los
+labios azules y las encías de ese rosa pálido que revela la miseria de
+la sangre. El pelo triste y sin brillo asomaba alborotado bajo el
+pañuelo, guardando en sus marañas briznas de paja y granos de tierra. El
+pecho de las más tenía la monótona uniformidad del desierto, sin que al
+respirar se marcase bajo la tela el más leve rastro de los montículos
+seductores que avanzan orgullosos como un blasón del sexo. Tenían las
+manos grandes y los brazos enjutos y huesosos como los hombres. Al
+andar, movíanse sus faldas con desmayada soltura, como si dentro de
+ellas sólo existiese aire, y al sentarse, la tela marcaba ángulos duros
+sin la más tenue redondez. El trabajo, la fatiga bestial, habían
+paralizado el desarrollo de la gracia femenina. Sólo algunas delataban
+bajo su envoltura los encantos del sexo; pero eran muy pocas.</p>
+
+<p>Obligadas a sufrir las mismas durezas que el rebaño masculino,
+únicamente recordaban que eran mujeres cuando a altas horas de la noche,
+a oscuras ya la gañanía, apelotonadas en un rincón, veían turbado su
+fatigoso sueño de hembras de carga, por las audacias de los mozos, que
+las buscaban a tientas, mientras los gañanes viejos, curados de las
+ilusiones de la vida, roncaban desaforadamente como si quisieran dormir
+más aprisa para recuperar las fuerzas perdidas.</p>
+
+<p>Salvatierra fuese hacia el hogar al ver que el <i>arreador</i> se ponía de
+pie ofreciéndole su asiento. El tío <i>Zarandilla</i> se acomodó en el suelo
+junto a don Fernando, y éste, al mirar en torno, encontró los ojos de
+<i>Alcaparrón</i> y su dentadura caballar que brillaban al sonreírle.</p>
+
+<p>&mdash;Mire su mercé, señó: esta es mi mamá.</p>
+
+<p>Y le mostró a una gitana vieja, la tía <i>Alcaparrona</i>, que acababa de
+retirar del fuego un potaje de garbanzos husmeado vorazmente por tres
+chicuelos, hermanos de <i>Alcaparrón</i> y una moza delgaducha, pálida y de
+grandes ojos, que era su prima Mari-Cruz.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conque su mercé es ese don Fernando tan nombrao?&mdash;dijo la
+vieja.&mdash;Pues que Dios le dé mucha fortuna y mucha vida pa que sea el
+pare de los probes.</p>
+
+<p>Y depositando en tierra el puchero, sentose con toda su familia en torno
+de él. Era una comida extraordinaria. El tufillo de los garbanzos
+despertaba cierta emoción en la gañanía, haciendo converger muchas
+miradas de envidia en el grupo de los gitanos. <i>Zarandilla</i> interpelaba
+a la vieja burlonamente. Había caído trabajo extraordinario ¿eh?... De
+seguro que el día anterior, al ir a Jerez, había ganado algunas
+pesetillas diciendo la buenaventura o proporcionando polvos mágicos a
+las chavalas que se quejaban del desvío de sus amantes. ¡Ah, vieja
+bruja! Parecía imposible que tuviese tanto <i>pesquis</i> con una cara tan
+fea...</p>
+
+<p>La gitana escuchaba sonriendo, sin dejar de engullir ávidamente los
+garbanzos, pero al mentar <i>Zarandilla</i> su fealdad cesó de comer.</p>
+
+<p>&mdash;Caya, cegato, mala sombra. Premita Dió que te veas toa la vida bajo
+tierra, como tus hermanos los topos... Si ajora soy fea, tiempos hubo en
+que me besaban los zapatos los marqueses. Bien lo sabes tú, arrastrao...</p>
+
+<p>Y añadió melancólicamente:</p>
+
+<p>&mdash;No estaría yo aquí si viviese el marqués de San Dionisio, aquel señó
+tan resalao que jué el padrino de mi pobresito José María.</p>
+
+<p>Y señalaba a <i>Alcaparrón</i>, que abandonó su cuchara para erguirse con
+cierto orgullo al oír el nombre de su padrino, el cual, según afirmaba
+<i>Zarandilla</i>, había sido algo más para él.</p>
+
+<p>Salvatierra miró los ojos de la vieja, malignos y pitañosos, su hocico
+de macho cabrio, que se contraía a cada palabra con una ductilidad
+repugnante, los dos plumeros de cerdas grises que surgían de sus labios
+como unos mostachos felinos. ¡Y este endriago había sido una mujer joven
+y graciosa, de las que hacían cometer locuras al famoso marqués! ¡Y la
+bruja había pasado muchas veces en los coches del de San Dionisio, al
+son del bizarro campanilleo de las mulas, con el mantón de flores
+cayéndosele de los hombros, una botella en la mano y una canción en los
+labios, por frente a los campos que la veían ahora arrugada y
+repugnante como una oruga, sudando de sol a sol sobre los surcos y
+quejándose del dolor de sus «pobresitos riñones»! Era menos vieja de lo
+que parecía, pero al desgaste del cansancio uníase el rápido desplome
+que sufren las razas orientales pasando de la juventud a la vejez, como
+los espléndidos días del trópico que saltan de la luz a la sombra sin
+crepúsculo alguno.</p>
+
+<p>Siguieron los gitanos devorando su potaje, y Salvatierra sacó de un
+bolsillo el pobre envoltorio de su cena, después de rehusar dulcemente
+los ofrecimientos que le hacían de todos lados.</p>
+
+<p>El corro más inmediato a él, donde estaba el de Trebujena, componíase de
+antiguos camaradas, trabajadores mal famados en los cortijos, algunos de
+los cuales tuteaban a don Fernando siguiendo la práctica usual entre los
+campañeros de <i>la idea</i>.</p>
+
+<p>Mientras comía su mendrugo y el pedazo de queso, pensaba, con la
+incertidumbre de siempre, si se estaría apropiando un alimento que podía
+faltar a otros, y esto hizo que se fijase en el único que en toda la
+gañanía no se preocupaba de la cena.</p>
+
+<p>Era un jovenzuelo de cuerpo desmedrado, con un pañuelo rojo anudado al
+cuello y una camisa por todo abrigo sobre el pecho. Desde el fondo de la
+gañanía le llamaban los compañeros, anunciándole que apenas quedaba
+gazpacho en el barreño, pero él seguía bajo la luz del candil, sentado
+en un pedazo de tronco, encorvado el cuerpo sobre una mesilla baja, en
+la que se empotraban sus rodillas como en un cepo. Escribía lenta y
+trabajosamente, con una testarudez de campesino. Tenía ante sus ojos un
+fragmento de periódico, y copiaba las líneas con la ayuda de un tintero
+de bolsillo lleno de agua ligeramente ennegrecida, y de una pluma roma
+que trazaba los renglones con la misma paciencia del buey al abrir el
+surco.</p>
+
+<p><i>Zarandilla</i>, que estaba al lado de don Fernando, le habló del muchacho.</p>
+
+<p>&mdash;Es el <i>Maestrico</i>. Ansí le llaman, por su afición a libros y papeles.
+Apenas güerve del trabajo, ya está pluma en mano jaciendo palotes.</p>
+
+<p>Salvatierra se aproximó al <i>Maestrico</i>, y éste volvió la cabeza para
+mirarle, suspendiendo un instante su tarea. Expresábase con cierta
+amargura al explicar su deseo de instruirse, quitando horas a su sueño y
+su descanso. Le habían criado para bestia; a los siete años era ya zagal
+en los cortijos o pastor en la sierra; hambre, golpes y fatiga.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo quiero saber, don Fernando; quiero ser hombre y no afrentarme
+viendo trotar las yeguas en la era y pensando que somos tan irracionales
+como ellas. Todo lo que nos pasa a los pobres es porque no sabemos.</p>
+
+<p>Miraba amargamente a sus compañeros, a la gente de la gañanía,
+satisfecha de su ignorancia, que se burlaba de él llamándole el
+<i>Maestrico</i>, y hasta le tenía por loco viéndole a la vuelta del trabajo
+deletrear pedazos de periódico o sacar de su faja la pluma y el
+cuaderno, escribiendo torpemente ante el pábilo del candil. No había
+tenido maestro: se enseñaba a sí mismo. Sufría al pensar que otros
+vencían fácilmente con el auxilio ajeno los obstáculos que a él le
+parecían insuperables. Pero tenía fe y seguía adelante, convencido de
+que si todos le imitaban cambiaría la suerte de la tierra.</p>
+
+<p>&mdash;El mundo es del que más sabe, ¿verdad, don Fernando? Si los ricos son
+fuertes y nos pisan y hacen lo que quieren, no es porque tengan el
+dinero, sino porque saben más que nosotros... Estos infelices se burlan
+de mí cuando les digo que se instruyan, y me hablan de los ricos de
+Jerez, que son más bárbaros que los gañanes. ¡Pero eso no es cuenta!
+Estos ricos que vemos de cerca son unos peleles, y sobre ellos están los
+otros, los verdaderos ricos, los que saben, los que hacen las leyes del
+mundo, y sostienen ese intríngulis de que unos cuantos lo tengan todo y
+la gran mayoría no tenga nada. Si el trabajador supiera lo que ellos, no
+se dejaría engañar, les haría frente a todas horas, y cuando menos, los
+obligaría a que se partiesen el poder con él.</p>
+
+<p>Salvatierra admiraba la fe de este joven que se creía poseedor del
+remedio para todos los males sufridos por la inmensa horda de la
+miseria. ¡Instruirse! ¡Ser hombres!... Los explotadores eran unos
+cuantos miles y los esclavos centenares de millones. Pero apenas
+peligraban sus privilegios, la humanidad ignorante encadenada al
+trabajo, era tan imbécil, que ella misma se dejaba extraer de su seno
+los verdugos, los que vistiendo un traje de colorines y echándose el
+fusil a la cara, volvían a restablecer a tiros el régimen de dolor y de
+hambre, cuyas consecuencias sufrían después, al volver abajo. ¡Ay! ¿si
+los hombres no viviesen ciegos y en la ignorancia, cómo podría
+mantenerse este absurdo?</p>
+
+<p>Las afirmaciones candorosas del muchacho, hambriento de saber, hacían
+reflexionar a Salvatierra. Tal vez este inocente veía más claro que
+ellos, los hombres endurecidos en la lucha, que pensaban en la
+propaganda por la acción y en las rebeldías inmediatas. Era un espíritu
+simple, como los creyentes del cristianismo primitivo, que sentían las
+doctrinas de su religión con más intensidad que los Padres de la
+Iglesia. Su procedimiento era de una lentitud que necesitaba siglos;
+pero su éxito parecía seguro. Y el revolucionario, escuchando al gañán,
+se imaginaba una época en la que no existiese la ignorancia y la actual
+bestia de trabajo, mal nutrida, con el pensamiento petrificado y sin
+otra esperanza que la insuficiente y envilecedora caridad, se
+metamorfosease en hombre.</p>
+
+<p>Al primer conflicto entre los felices y los desgraciados, se quebraría
+el viejo mundo. Los grandes ejércitos organizados por una sociedad
+basada en la fuerza, servirían para darla la muerte. Los trabajadores
+uniformados levantarían las culatas de los fusiles que les entregan sus
+explotadores para que les defiendan, o se valdrían de estas armas para
+imponer la ley de la felicidad de los más, a los pastores perversos que
+durante siglos mantenían al rebaño humano en la injusticia. Cambiaría de
+repente la faz del mundo, sin sangre y sin catástrofes. Desaparecerían,
+con los ejércitos y las leyes fabricadas por los poderosos, todo el
+antagonismo entre los felices y los desgraciados, todas las imposiciones
+y crueldades que convierten la tierra en un presidio. Sólo quedarían
+hombres. ¡Y esto podía lograrse tan pronto como la inmensa mayoría de
+los humanos, el innumerable ejército de la miseria, se diese cuenta de
+su fuerza, negándose a sostener por más tiempo la obra de la
+tradición!...</p>
+
+<p>Salvatierra sentía halagado su sentimentalismo humanitario por este
+generoso ensueño de la inocencia. ¡Cambiar el mundo sin sangre, con un
+golpe teatral, valiéndose de la varilla mágica de la instrucción, sin
+esas violencias que repugnaban a su alma tierna, y que finalizan siempre
+con la derrota de los infelices y las crueles represalias del
+poderoso!...</p>
+
+<p>El <i>Maestrico</i> seguía afirmando sus convicciones con una fe, que
+iluminaba sus ojos cándidos. ¡Ay! ¡Si los pobres supieran lo que saben
+los ricos!... Estos son fuertes y gobiernan, porque la sabiduría está a
+su servicio. Todos los descubrimientos e invenciones de la ciencia caen
+en sus manos, son para ellos, llegando apenas los residuos a los de
+abajo. Si alguien salía de la masa miserable, elevándose por su
+capacidad, en vez de permanecer fiel a su origen, prestando apoyo a los
+hermanos, desertaba de su puesto, volviendo las espaldas a cien
+generaciones de abuelos esclavos, aplastados por la injusticia, y vendía
+su cuerpo y su inteligencia a los verdugos, mendigando un puesto entre
+ellos. La ignorancia era la peor servidumbre, el más atroz martirio de
+los pobres. Pero la instrucción aislada e individual resultaba inútil:
+sólo servía para formar desertores, tránsfugas, que se apresuraban a
+alinearse con el enemigo. Debían instruirse todos al mismo tiempo:
+adquirir la gran masa el conocimiento de su fuerza, apropiarse de golpe
+las grandes conquistas de la razón humana.</p>
+
+<p>&mdash;¡Todos! ¿me entiende usted, don Fernando? Todos a la vez, gritando:
+«No queremos más engaños; no os serviremos para que <i>esto</i> continúe».</p>
+
+<p>Y don Fernando aprobaba con movimientos de cabeza. Sí, todos al mismo
+tiempo; así había de ser: todos, despojándose de la piel de la
+bestialidad resignada, única vestidura que la tradición cuidaba de
+mantener sobre sus hombros.</p>
+
+<p>Pero al volver su vista por la gañanía, llena de sombra y de humo,
+creyó abarcar con sus ojos toda la humanidad explotada e infeliz. Unos
+acababan de devorar las sopas, con las que engañaban su hambre; otros,
+tendidos, regoldaban satisfechos, creyendo en una digestión que no
+añadía nada al quebrantado vigor de su vida; todos aparecían
+embrutecidos, repugnantes, sin voluntad para salir de su estado;
+creyendo confusamente en el milagro como única esperanza, o pensando en
+una limosna cristiana que le permitiese un minuto de descanso en su
+desesperado rodar por la cuesta de la miseria. ¡Cuánto tiempo no había
+de transcurrir hasta que aquella pobre gente abriese los ojos y
+aprendiera el camino! ¡Quién podría despertarla, infundiéndola la fe de
+aquel pobre mozo que caminaba a tientas, con los ojos fijos en una
+estrella lejana que él solo veía!...</p>
+
+<p>El grupo de los de <i>la idea</i>, abandonando el cuenco limpio ya de
+gazpacho, vino a sentarse en el suelo, en torno de Salvatierra.
+Gravemente, enrollaban sus cigarros, como si esta operación absorbiese
+por completo su pensamiento. El tabaco era su única voluptuosidad, y
+tenían que calcular la duración de la pobre cajetilla durante toda la
+semana. Manolo el de Trebujena había sacado del serón de su asno un
+tonelillo de aguardiente y servía copas en el centro de un corro.
+Acudían a él, con avidez de enfermos, los viejos gañanes de cara
+apergaminada y barbas recias, brillando en sus ojos el consuelo del
+alcohol. Los jóvenes sacaban de la faja las monedas de cobre, después
+de largos titubeos, y bebían, justificando mentalmente este gasto
+extraordinario con el absurdo pensamiento de que al día siguiente no
+habían de trabajar. Algunas muchachas, de sueltos ademanes, avanzaban
+cautelosas, con paso de gatas, hasta confundirse con los grupos de los
+mozos, chillando cuando éstos las ofrecían una copa después de
+innumerables pellizcos y restregones de brutal deseo.</p>
+
+<p>Salvatierra escuchaba a Juanón, un antiguo camarada que trabajaba en el
+cortijo y había hecho el viaje a Jerez, sólo por verle cuando llegó del
+presidio.</p>
+
+<p>Era un hombre enorme, membrudo, con los pómulos salientes, la mandíbula
+cuadrada y fiera, el pelo recio e hirsuto invadiéndole la frente, y unos
+ojos profundos que, en ciertos momentos, brillaban con el resplandor
+verdoso de los felinos.</p>
+
+<p>Había sido viñador, pero por su fama de revoltoso y pendenciero, tenía
+que dedicarse al trabajo de los cortijos, encontrando ocupación sólo en
+Matanzuela, gracias a Rafael, que le protegía por ser amigo de su
+padrino. Juanón inspiraba respeto a toda la gañanía. Era un impulsivo,
+sin recaídas de desaliento: una voluntad enérgica que se imponía a los
+compañeros.</p>
+
+<p>Lenta y sentenciosamente hablaba a Salvatierra, mirando al mismo tiempo
+a la gente con un mohín de superioridad, acompañado de frecuentes
+salivazos en el suelo.</p>
+
+<p>&mdash;Esto ha cambiado mucho, Fernando. Vamos paatrás y los ricos son más
+amos que nunca.</p>
+
+<p>Tuteaba a Salvatierra a uso de <i>compañero</i> y hablaba con desprecio de la
+gente trabajadora. Los jóvenes ya los veía allí: creyéndose felices con
+una copa y sin más pensamiento que hacer suyas a las compañeras de
+trabajo. No había más que fijarse en la frialdad con que habían
+presenciado la llegada de Salvatierra. Muchos ni sentían la curiosidad
+de aproximarse a él: hasta habían sonreído irónicamente, como si
+dijeran: «Un embustero más». Para ellos eran embusteros los periódicos
+que leían los viejos en voz alta; embusteros los que hablaban de la
+fuerza de la asociación y de una revuelta posible: sólo eran verdad los
+tres gazpachos y los dos reales de jornal, y con esto, alguna borrachera
+de vez en cuando y el asalto de una trabajadora, a la que afligían con
+el engendramiento de un nuevo desgraciado, se consideraban felices
+mientras duraba en ellos el optimismo de la juventud y la fuerza. Si
+seguían el impulso de las huelgas, era por el ruido y el desorden que
+éstas traían. De los antiguos, quedaban aún muchos fieles a <i>la idea</i>,
+pero apocados de ánimo, miedosos, encorvados bajo el temor que habían
+sabido infundirles los ricos.</p>
+
+<p>&mdash;Hemos sufrido mucho, Fernando. Mientras tú estabas allá lejos
+padeciendo, esto nos lo han transformado.</p>
+
+<p>Y hablaba del régimen de terror que reducía al silencio toda la
+campiña. La ciudad rica, odiada por los siervos del campo, velaba sobre
+ellos con un gesto cruel e inexorable para ocultar el miedo que les
+tenía. Los amos poníanse en guardia a la menor conmoción. Bastaba que se
+reuniesen con cierto misterio unos cuantos jornaleros en un hato, en un
+rancho de la campiña, para que al momento sonasen los ricos el toque de
+alarma en los periódicos de toda España, y llegaran nuevos soldados a
+Jerez, y la guardia civil corriera el campo amenazando a todo el que no
+estaba conforme con lo exiguo del jornal y la miseria de la
+alimentación. <i>¡La Mano Negra!</i> ¡Siempre aquel fantasma, agrandado por
+la exuberante imaginación andaluza, que los ricos cuidaban de conservar
+vivo y en pie para moverlo así que los gañanes formulaban la más
+insignificante petición!...</p>
+
+<p>Para sostener sus injusticias y la servidumbre tradicional, necesitaban
+del estado de guerra, fingir que vivían entre peligros, quejándose de
+los gobiernos porque no les protegían bastante. Si los braceros pedían
+que les diesen de comer como a seres humanos, que les dejasen fumar un
+cigarro más en las horas veraniegas de sol abrasador, que les aumentasen
+los dos reales en unos cuantos céntimos, todos gritaban desde arriba
+recordando <i>La Mano Negra</i>, afirmando que iba a resucitar.</p>
+
+<p>Juanón, impulsado por la cólera, poníase de pie. <i>¡La Mano Negra!</i> ¿Qué
+era aquello? Él había sufrido persecuciones por creerle afiliado a
+ella, y aún no sabía ciertamente en qué consistía. Meses enteros había
+estado en la cárcel con otros desgraciados. Le sacaban por la noche del
+encierro, para golpearle, en la oscura soledad del campo. Las preguntas
+de los hombres con uniforme iban acompañadas de culatazos que hacían
+crujir sus huesos, de palizas locas que se exacerbaban ante sus
+negativas. Aún guardaba en el cuerpo las cicatrices de estos obsequios
+de los ricos de Jerez. Podían haberle muerto sin que él contestase a
+gusto de sus atormentadores. Sabía de sociedades para defender la vida
+de los jornaleros y resistirse a los abusos de los amos; él formaba
+parte de ellas; pero de <i>La Mano Negra</i>, de la terrorífica asociación
+con sus puñales y sus venganzas, no sabía una palabra.</p>
+
+<p>Como prueba de su existencia novelesca, sólo había un muerto, un
+asesinato vulgarísimo en un país de vino y de sangre: y por este
+homicidio habían muerto unos cuantos trabajadores en garrote vil, y
+centenares de infelices como él vivieron en la cárcel sufriendo
+tormentos que a algunos les costaron la existencia. Pero desde entonces
+tenían los amos un espantajo para levantarlo como bandera, <i>La Mano
+Negra</i>, y no intentaban los pobres de la campiña el más leve movimiento
+hacia su bienestar, que no surgiese el fantasma lúgubre goteando sangre.</p>
+
+<p>Todo lo autorizaba el tétrico recuerdo. Por la más leve falta se
+apaleaba a un hombre en el campo; el gañán era un ser sospechoso contra
+el cual todo era lícito. Los excesos de celo de la autoridad se
+agradecían y premiaban, y al que osaba protestar se le imponía silencio
+con el recuerdo de <i>La Mano Negra</i>. La gente joven escarmentaba con este
+ejemplo; los hombres tenían miedo, y los ricos, allá en la ciudad, con
+la imaginación fortalecida por el vino de sus bodegas, seguían añadiendo
+caperuzas a su fantasma, colgándole nuevos adornos de terror,
+agrandándolo de tal modo, que los mismos que lo habían visto nacer
+hablaban de él como de algo horriblemente legendario ocurrido en tiempos
+remotos.</p>
+
+<p>Juanón calló, y sus compañeros permanecieron como aterrados por aquel
+espectro de la imaginación meridional, que parecía cubrir con sus
+trapajos negros todo el campo de Jerez.</p>
+
+<p>La gañanía, después de la cena, había recobrado la calma de la noche.
+Muchos hombres dormían tendidos en sus esterillas con un ronquido
+fatigoso, aspirando a ras de tierra las emanaciones asfixiantes del
+rescoldo de boñiga. En el fondo, las mujeres, sentadas en el suelo con
+las faldas abombadas como hongos, contábanse cuentos o relataban
+curaciones maravillosas ocurridas en la sierra por milagro de las
+vírgenes.</p>
+
+<p>Una canturía a media voz elevábase sobre el murmullo de las
+conversaciones. Eran los gitanos que continuaban su comida
+extraordinaria. La tía <i>Alcaparrona</i> había sacado de bajo de sus faldas
+una botella de vino para celebrar su buena fortuna en la ciudad. La
+prole salía a sorbo en el reparto, pero la vista del vino era suficiente
+para esparcir la alegría. <i>Alcaparrón</i>, con la vista puesta en su madre,
+que era la mayor de sus admiraciones, cantaba acompañado de las palmas
+que batían en sordina todos los de la familia. El gitanillo gemía «sus
+pesares y sus penas» con ese sentimentalismo falso de la canción
+popular, añadiendo que «al escucharle un pájaro, se le habían caído de
+sentimiento las plumas a millares»; y la vieja y su gente le jaleaban,
+alabando su gracia con tanto entusiasmo como si se alabasen ellos
+mismos.</p>
+
+<p><i>Alcaparrón</i> cortó de repente el canto para hablar a su madre, con la
+incoherencia del gitano que salta caprichoso de un pensamiento a otro.</p>
+
+<p>&mdash;Mare, ¡y qué desgraciaos somos los pobresitos gitanos! Los <i>gachés</i> lo
+son todo: reyes, alcardes, jueses y generales, y los <i>cañís</i> no somos
+ná.</p>
+
+<p>&mdash;¡Caya, malange! Tampoco dengún gitano es carselero ni verdugo... Anda,
+bobo: echa otra.</p>
+
+<p>Y reanudaron el canto y el palmoteo con nuevos bríos.</p>
+
+<p>Un gañán ofreció una copa de aguardiente a Juanón, que la rechazó con su
+manaza.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es lo que nos pierde&mdash;dijo sentenciosamente.&mdash;La bebía mardita.</p>
+
+<p>Y apoyado por los gestos de aprobación del <i>Maestrico</i>, que había
+guardado sus avíos de escribir para unirse al grupo, Juanón anatematizó
+la embriaguez. Aquella gente miserable lo olvidaba todo cuando bebía. Si
+llegaban a sentirse hombres alguna vez, no tendrían los ricos más que
+abrir las puertas de sus bodegas para vencerlos.</p>
+
+<p>Muchos en el grupo protestaron de las palabras de Juanón. ¿Qué podía
+hacer un pobre sino beber, para olvidar su miseria? Y roto el silencio
+respetuoso que imponía la presencia de Salvatierra, hablaron muchos a un
+tiempo, para expresar sus dolores y sus cóleras. La comida era cada vez
+peor: los ricos abusaban de su fuerza, de aquel miedo que habían
+infundido y propalado.</p>
+
+<p>Únicamente en la época de la trilla les daban un guiso de garbanzos: el
+resto del año pan, sólo pan, y en muchos sitios, tasado. Explotaban
+hasta sus necesidades más imperiosas. Antes, al arar la tierra, por cada
+diez arados había un hombre suplente, que ocupaba el sitio del que se
+retiraba un momento para librarse de los residuos del gazpacho. Ahora,
+para economizarse este suplente, daban cinco céntimos al arador, con la
+condición de no abandonar la yunta aunque el estómago le atormentase con
+los más crueles llamamientos, y a esto le llamaban ellos con una sorna
+triste, «vender el... sitio más innoble del cuerpo».</p>
+
+<p>Cada año venían a los cortijos más mujeres de la sierra. Las hembras
+eran sumisas; la debilidad femenil las hacía temer al arreador y se
+esforzaban en su trabajo. Los <i>manijeros</i>, agentes reclutadores,
+bajaban de la montaña al frente de sus bandas empujadas por el hambre.
+Describían en los pueblos la campiña de Jerez como un lugar de
+abundancia, y las familias confiaban al <i>manijero</i> las hijas apenas
+entradas en la pubertad, pensando, con una avidez sin entrañas, en los
+reales que traerían recogidos después de la temporada de trabajo.</p>
+
+<p>El arreador de Matanzuela y algunos del corro, que eran manijeros,
+protestaron. Los hombres de la gañanía que aún no dormían habíanse
+agrupado en torno de Salvatierra.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotros somos mandaos&mdash;dijo el arreador.&mdash;¿Qué hemos de jacer, pobres
+de nosotros? Eso, a los amos, que son los que nos mandan.</p>
+
+<p>El viejo <i>Zarandilla</i> intervino también, por considerarse comprendido en
+el llamado <i>gobierno</i> del cortijo. ¡Los amos!... Ellos podían arreglarlo
+todo, sólo con acordarse un poco del pobre; con tener caridad, mucha
+caridad.</p>
+
+<p>Salvatierra, que escuchaba impasible las palabras de los jornaleros, se
+agitó, rompiendo su mutismo al oír al viejo. ¡La caridad! ¿Y para qué
+servía? Para mantener al pobre en la esclavitud, esperando unas migajas
+que acallaban su hambre por un momento y prolongaban su servidumbre.</p>
+
+<p>La caridad era el egoísmo disfrazándose de virtud; el sacrificio de una
+pequeñísima parte de lo superfluo repartida a capricho. Caridad, no:
+¡justicia! ¡a cada cual lo suyo!</p>
+
+<p>Y el revolucionario enardecíase al hablar: abandonaba su sonriente
+frialdad; brillábanle los ojos tras las gafas azuladas, con el fuego de
+la rebelión.</p>
+
+<p>La caridad no había hecho nada por dignificar al hombre. Diecinueve
+siglos llevaba de reinado; la cantaban los poetas como inspiración
+divina; la ensalzaban los felices como la mayor de las virtudes, y el
+mundo estaba igual que el día en que apareció ella por primera vez con
+la doctrina del Cristo. La experiencia resultaba suficientemente larga
+para apreciar su inutilidad.</p>
+
+<p>Era la más impotente y anémica de las virtudes. Había tenido palabras
+amorosas para el esclavo, pero no había roto sus cadenas; ofrecía un
+mendrugo al siervo moderno, pero no osaba el menor reproche contra la
+organización social que le condenaba a la miseria por el resto de su
+vida. La caridad, sosteniendo al menesteroso un instante para que tomase
+fuerzas, era tan virtuosa como la campesina que alimenta a las aves de
+su corral y las mantiene bien cebadas, hasta el momento de devorarlas.</p>
+
+<p>Nada había hecho esta virtud pálida para libertar a los hombres. Era la
+rebeldía, la protesta desesperada, la que había roto las ligaduras del
+antiguo siervo, la que emanciparía al asalariado moderno, adulado con
+toda clase de derechos ideales, menos el derecho al pan.</p>
+
+<p>Salvatierra, en la exaltación de su pensamiento, quería estrujar todos
+los fantasmas con los que se había aterrado o entretenido durante siglos
+a los menesterosos, para que no estorbasen la feliz placidez de los
+privilegiados.</p>
+
+<p>Sólo la Justicia social podía salvar a los hombres, y la Justicia no
+estaba en el cielo, vivía en la tierra.</p>
+
+<p>Más de mil años se habían resignado los parias, con el pensamiento
+puesto en el cielo, confiando en una compensación eterna. Pero el cielo
+estaba vacío. ¿Qué desgraciado podía ya creer en él? Dios se había ido
+con los ricos; apreciaba como una virtud digna de la gloria eterna, el
+que de tarde en tarde repartiesen éstos un fragmento de su fortuna,
+conservándola íntegra y reputando como un crimen las reclamaciones de
+bienestar de los de abajo.</p>
+
+<p>Aunque el cielo existiese, el infeliz se negaría a entrar en él, como en
+un lugar de injusticia y privilegio donde penetra lo mismo el que pasa
+la vida sufriendo, que el que vive en la riqueza distrayendo su tedio
+con la voluptuosidad de la limosna.</p>
+
+<p>El cristianismo era una mentira más, desfigurada y explotada por los de
+arriba para justificar y santificar sus usurpaciones. ¡Justicia, y no
+Caridad! ¡Bienestar en la tierra para los infelices y que los ricos se
+reservasen, si la deseaban, la posesión del cielo, abriendo la mano para
+soltar sus rapiñas terrenales!</p>
+
+<p>Los miserables no podían esperar nada de lo alto. Sobre sus cabezas sólo
+existía un infinito insensible a la desesperación humana: otros mundos
+que ignoraban la vida de millones de míseros gusanos sobre esta esfera
+deshonrada por el egoísmo y la violencia. Los hambrientos, los que
+tenían sed de justicia, sólo debían confiar en ellos mismos. ¡Arriba,
+aunque fuese para morir! Otros vendrían detrás, que esparcirían la
+simiente germinadora en los surcos fecundados por su sangre. ¡De pie y
+en marcha la horda de la miseria, sin más Dios que la rebelión,
+iluminando su camino la estrella roja, el eterno diablo de las
+religiones, guía insustituible de todos los grandes movimientos de la
+humanidad!...</p>
+
+<p>El grupo de braceros escuchaba en silencio al revolucionario. Muchos
+seguían sus palabras abriendo desmesuradamente los ojos, como si
+quisieran absorberlas con la vista.</p>
+
+<p>Juanón y el de Trebujena asentían con movimientos de cabeza. Habían
+leído confusamente lo que decía Salvatierra, pero en boca de éste les
+conmovía como una música vibrante de pasión.</p>
+
+<p>El viejo <i>Zarandilla</i> no temió romper este ambiente de entusiasmo,
+interviniendo con su sentido práctico.</p>
+
+<p>&mdash;Too eso está muy bien, don Fernando. Pero el pobre necesita tierra pa
+vivir y la tierra es de los amos.</p>
+
+<p>Salvatierra se irguió con arrogancia. La tierra no era de nadie. ¿Qué
+hombres la habían creado para apropiársela como obra suya? La tierra era
+de los que la trabajaban.</p>
+
+<p>La injusta distribución del bienestar; el aumento de la miseria conforme
+aumenta la civilización; el aprovecharse los poderosos de todos los
+inventos de la mecánica, ideados para suprimir el trabajo corporal y que
+sólo servían para hacerlo más pesado y embrutecedor; todos los males de
+la humanidad, provenían de la apropiación de la tierra por unos cuantos
+miles de hombres que no siembran y sin embargo recogen, mientras
+millones de seres hacen abortar al suelo sus tesoros de vida sufriendo
+un hambre de siglos y siglos.</p>
+
+<p>La voz de Salvatierra resonó en el silencio de la gañanía como un grito
+de combate.</p>
+
+<p>&mdash;El mundo empieza a despertar de su sueño de miles de años; protesta de
+haber sido robado en su infancia. La tierra es vuestra: nadie la ha
+creado y pertenece a todos. Si en ella existe algún mejoramiento, obra
+es de vuestras negras manos, que son vuestros títulos de propiedad. El
+hombre nace con derecho al aire que respira, al sol que lo calienta, y
+debe exigir la posesión de la tierra que le sostiene. El suelo que
+cultiváis para que otro recoja la cosecha, os pertenece, aunque
+vosotros, infelices, envilecidos por miles de años de servidumbre,
+dudéis de vuestro derecho, temiendo avanzar la mano para que no os crean
+ladrones. El que acapara un pedazo de tierra, excluyendo de él a los
+demás, el que lo entrega a las bestias humanas para que lo hagan
+producir mientras él permanece ocioso, ese es el que verdaderamente roba
+a sus semejantes.</p>
+
+
+
+<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p>
+
+<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+
+<p>Los dos mastines que guardaban durante la noche los alrededores de la
+torre de Marchamalo, cesaron de dormitar bajo las arcadas de la casa de
+los lagares, con el cuerpo en círculo, apoyando en el rabo las feroces
+mandíbulas.</p>
+
+<p>Irguiéronse los dos al mismo tiempo, husmearon el espacio, y después de
+balancearse con cierto titubeo, rugieron, lanzándose viña abajo con un
+impulso arrollador que hacía saltar la tierra entre sus patas.</p>
+
+<p>Eran unos animales casi salvajes, de ojos de fuego y boca roja, erizada
+de dientes que daban frío. Los dos se abalanzaron sobre un hombre que
+marchaba encorvado por entre las cepas, fuera del camino que en recta
+pendiente conducía de la carretera a la torre.</p>
+
+<p>El encontronazo fue terrible: el hombre vaciló, tirando de su manta en
+la que había hecho presa uno de los mastines. Pero, de repente, cesaron
+éstos de rugir, de revolverse en torno de él buscando sitio para hincar
+sus colmillos, y se colocaron a su lado escoltándolo y acogiendo con
+ronquidos de satisfacción el roce de sus manos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bárbaros!&mdash;decía Rafael en voz queda, sin dejar de
+acariciarles.&mdash;¡Malas personas!... ¿Ya no me conocéis?</p>
+
+<p>Le acompañaron hasta la meseta de Marchamalo, y de nuevo fueron a
+enroscarse bajo las arcadas, reanudando su dormitar receloso que se
+desvanecía al menor ruido.</p>
+
+<p>Rafael se detuvo un momento en la plazoleta, para reponerse de este
+encuentro. Se arregló la manta sobre los hombros y cerró la navaja que
+había sacado para hacer frente a las hurañas bestias.</p>
+
+<p>Sobre el espacio azulado por el brillo de las estrellas, dibujábase el
+contorno de aquel Marchamalo nuevo que había hecho construir don Pablo.</p>
+
+<p>En el centro, la torre señorial, que se veía desde Jerez, dominando las
+colinas cubiertas de viñas que hacían de los Dupont los primeros
+propietarios de la comarca: una construcción pretenciosa de ladrillo
+rojo, con la base y los ángulos de piedra blanca; unidas las agudas
+almenas de su remate por una barandilla de hierro que convertía en
+terraza vulgar el coronamiento de una obra semifeudal. A un lado estaba
+lo mejor de Matanzuela, lo que don Pablo había cuidado más de sus nuevas
+construcciones, la capilla espaciosa, ornada de columnas y mármoles como
+un gran templo. Al otro lado permanecía casi intacta la obra del
+antiguo Marchamalo. Apenas si con una ligera reparación se había
+fortalecido este cuerpo de edificio, bajo y con arcadas, en el que
+estaban las habitaciones del capataz y el dormitorio de los viñadores,
+espacioso y desabrigado, con un <i>fogaril</i> que ennegrecía de humo las
+paredes.</p>
+
+<p>Dupont, que había traído artistas de Sevilla para decorar la iglesia, y
+encargado a los santeros de Valencia varias imágenes deslumbrantes de
+colorines y oro, sintió cierto remordimiento ante la antigua casa de los
+viñadores, no atreviéndose a tocarla. Tenía <i>mucho carácter</i>; equivalía
+a un atentado rejuvenecer con reformas este refugio de los braceros. Y
+el capataz siguió en sus cuartuchos, cuya vejez disimulaba María de la
+Luz con un cuidadoso enjalbegado, y los jornaleros durmieron vestidos
+sobre las esterillas de enea que les proporcionaba la generosidad de don
+Pablo, mientras las santas imágenes permanecían entre mármoles y
+dorados, semanas enteras, sin ser vistas de nadie, pues las puertas de
+la capilla sólo se abrían cuando el amo llegaba a Marchamalo.</p>
+
+<p>Rafael contempló largo rato los edificios, temiendo que en su oscura
+masa se iluminase una rendija, se abriera una ventana y asomase el
+capataz alarmado por la carrera de los mastines. Transcurrieron algunos
+minutos sin que en Marchamalo se notase el menor movimiento. Subía el
+rumor soñoliento de los campos hundidos en la sombra: las estrellas
+parpadeaban intensamente en el cielo invernal, como si el frío aguzase
+su fulgor.</p>
+
+<p>El mozo salió de la plazoleta, y volviendo la esquina del edificio
+viejo, anduvo por el callejón que quedaba entre la casa y una fila de
+compactas chumberas. Se detuvo junto a una reja, y al tocar ligeramente
+con los nudillos en sus maderas, se abrieron éstas, destacándose sobre
+el fondo oscuro de la habitación el arrogante busto de María de la Luz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué tarde, Rafaé!&mdash;dijo con voz queda.&mdash;¿Qué hora es?...</p>
+
+<p>El aperador miró al cielo un instante, leyendo en los astros con su
+experiencia de hombre de campo.</p>
+
+<p>&mdash;Deben ser ansí como las dos y media.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y el cabayo? ¿dónde lo has dejao?</p>
+
+<p>Rafael explicó su viaje. El caballo estaba en el ventorro de la Corneja,
+a dos pasos de allí; una cabaña al borde de la carretera. Bien
+necesitaba descansar, pues había venido al galope desde el cortijo.</p>
+
+<p>Aquel sábado había sido de trabajo. Muchos hombres y muchachas de la
+gañanía querían pasar el domino en sus pueblos de la sierra, y le habían
+pedido los jornales para llevarlos a sus familias. Una tarea de volverse
+loco, el ajustar las cuentas de aquella gente que siempre se creía
+engañada. Además, había tenido que cuidar a un semental que andaba
+malucho; darle friegas y otros remedios, ayudado por <i>Zarandilla</i>.
+Luego, las gentes de la dehesa le traían escamado, pues al hacer carbón,
+seguramente robaban al señorito... En fin, que en Matanzuela no se
+paraba un momento, y sólo después de media noche, cuando en la gañanía
+habían apagado la luz los que allí quedaban, se había decidido a
+emprender el galope. Apenas amaneciese volvería al ventorrillo, y
+montando en la jaca, se presentaría como si acabase de llegar de
+Matanzuela, para que el padrino no recelase que habían estado <i>pelando
+la pava</i>.</p>
+
+<p>Luego de estas explicaciones quedaron los dos en silencio, agarrados a
+la reja, sin que sus manos osaran encontrarse, mirándose de cerca a la
+luz difusa de las estrellas, que daba a sus ojos un brillo
+extraordinario. Era el momento de mutua contemplación y silenciosa
+timidez de todos los amantes que se ven después de una larga ausencia.
+Rafael fue el primero en romper el silencio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y no ties na que icirme? ¿Endimpués que no nos vemos en toa una
+semana, te quedas como una boba mirándome como si juese yo un mal bicho?</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué te he de icir yo, arrastrao?... Que te quiero mucho: que toos
+estos días los he pasao con una penita muy jonda, muy negra, pensando en
+mi gitano...</p>
+
+<p>Y los dos novios, puestos ya en la pendiente del apasionamiento,
+arrullábanse con la música de sus palabras, con la exuberancia verbosa
+propia de la tierra.</p>
+
+<p>Rafael, agarrado a los hierros, temblaba emocionado al hablar a María de
+la Luz, como si sus palabras no fuesen suyas y le turbasen con dulce
+embriaguez. Los arrullos de las canciones populares, todos los
+requiebros arrogantes que había oído, acompañados del puntear de la
+guitarra, mezclábalos en la letanía amorosa con que envolvía a la novia
+su voz susurrante.</p>
+
+<p>&mdash;Que toos los pesares de tu vida vengan a mí, entrañas de mi arma, y
+que tú sólo goces alegrías. Ties la cara de Dios, gitana; tus labios son
+casquites de limón, y cuando me miras, creo que me mira el buen Jesú de
+los milagritos con sus ojos dulces... Quisiera ser don Pablo Dupont con
+toas sus bodegas, para soltar el vino de las botas viejas que tiene er
+tío, y que vale miles de pesos: y tú meterías en el charco tus pies
+bonitos y yo le diría a too Jerez: «Beban ustés, cabayeros, que esto es
+la gloria». Y toos dirían: «Tiene razón Rafaé: ni que juesen los
+pinreles de la mismísima mare de Dios»... ¡Ay, niña! ¡si no me
+quisieras, güena suerte te esperaba! Tendrías que hacerte monja, pues no
+habría guapo que te pidiera relaciones. Me abriría de patas en tu puerta
+y ni a Dios dejaba pasar.</p>
+
+<p>María de la Luz sentíase halagada por la expresión feroz que tomaba su
+novio, sólo al pensar que otro hombre pudiera aproximarse a ella
+requiriéndola de amores. La brutalidad de los celos amenazantes
+gustábala aún más que los requiebros amorosos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, tonto! ¡si yo sólo te quiero a ti! ¡Si estoy chalaíta por mi
+cortijero y aguardo como quien espera a los ángeles el momento de ir a
+Matanzuela pa cuidar a mi aperador salao!... Ya sabes que yo podría
+casarme con cualquiera de esos señoritos del escritorio que son amigos
+de mi hermano. La señora me lo dice muchas veces. Otras me camela pa que
+sea monja; pero monja de señorío, de las de gran dote, y me promete
+correr con todo el gasto. Pero yo digo que no: «Señora, no quiero ser
+santa; me gustan mucho los hombres...» Pero ¡Jesú! ¡qué barbariaes digo!
+Toos los hombres, no: uno, sólo uno: mi Rafaé, que cuando va en su jaca
+paece, por lo bonito, un San Miguel a cabayo. ¡Pero no vayas a ponerte
+tonto con estas alabanzas, que too es broma!... Quiero ser cortijera con
+mi cortijero, que me quiere y me dise cosos bonitas. Más me gusta con él
+un gazpacho pobre que todo el señorío de Jerez...</p>
+
+<p>&mdash;¡Bendita sea tu boca! ¡Sigue niña, que me subes al cielo diciéndome
+esas cosas! Nada has de perder queriéndome. Pa que estés bien soy capaz
+de todo; y aunque el padrino se enfade, ansí que nos casemos güervo al
+contrabando para llenarte el delantal de onzas.</p>
+
+<p>María de la Luz protestó con un ademán de miedo. Eso nunca. Aún se
+conmovía recordando aquella noche en que lo vio llegar pálido como un
+muerto y chorreando sangre. Serían felices en su pobreza, sin tentar a
+Dios con nuevas aventuras que podían costarle la vida. ¿Para qué el
+dinero?...</p>
+
+<p>&mdash;Lo que importa es quererse, Rafaé, y ya verás ¡cachito del arma!
+cuando estemos en Matanzuela, qué vidita tan dulce voy a darte...</p>
+
+<p>Ella era del campo como su padre, y en el campo quería permanecer. No le
+asustaban las costumbres del cortijo. En Matanzuela debía sentirse la
+falta de un ama que convirtiese la habitación del aperador en una
+«tacita de plata». Ya se enteraría él de lo que era buena vida,
+acostumbrado a la existencia desordenada del contrabandista y al cuidado
+de aquella vieja del cortijo. ¡Pobrecito! Bien notaba ella en su ropa la
+falta que le hacía una mujer... Se levantarían al romper el día: él a
+vigilar la salida de los gañanes para el tajo, ella a preparar el
+almuerzo, a limpiar la casa con las manitas que Dios la había dado, sin
+ningún miedo al trabajo. Vestido con aquel traje de campo que tan bien
+le sentaba, montaría a caballo, pero sin faltarle un botón en la
+chaquetilla, sin el menor descosido en los calzones, con una camisa
+siempre blanca como la nieve, bien cepillado, lo mismo que un señorito
+de Jerez. Y cuando volviese, la vería esperándole en la puerta del
+cortijo; pobre, pero limpia como los chorros de agua, bien peinada, con
+flores en el moño, y unos delantales que quitarían la luz de los ojos.
+La olla humearía en la mesa. ¡Poquito <i>aquel</i> que tenía la niña para la
+cocina! Su padre lo declaraba a todo el mundo... Después de comer en
+dulce compaña, con la satisfacción de los que saben que su pan está bien
+ganado, él, otra vez al campo y ella a coser, a cuidar del gallinero, a
+vigilar el amasijo de las teleras. Y al cerrar la noche, a cenar y a
+acostarse con los huesos cansados del trabajo, pero contentos de la
+jornada; a dormir en la santa paz de los que emplean bien el día y no
+sienten el remordimiento de haber hecho mal a nadie.</p>
+
+<p>&mdash;¡Venga de ahí!&mdash;murmuraba Rafael con apasionamiento.&mdash;Y aún no dices
+too lo bueno. Después, tendremos chiquiyos, unos churumbeles muy monos
+que correrán por el patio del cortijo...</p>
+
+<p>&mdash;¡Para, condenao!&mdash;exclamó María de la Luz.&mdash;No corras tanto, que te
+despeñas...</p>
+
+<p>Y los dos quedaron en silencio, Rafael sonriendo del rubor de su novia,
+mientras ésta le amenazaba con una de sus manecitas por su atrevimiento.</p>
+
+<p>Pero el mozo no podía callarse, y con la tenacidad de los enamorados
+volvió a hablar a María de la Luz de sus primeras angustias, cuando se
+dio cuenta de que estaba enamorado de ella. La primera vez que supo que
+la amaba fue en Semana Santa, durante la procesión del Entierro. Y
+Rafael reía, encontrando chusco el haberse enamorado, entre el aparato
+terrorífico de los encapuchados de las cofradías, el llamear
+inquisitorial de los blandones y el desgarrador estrépito de los
+clarines y atabales.</p>
+
+<p>La procesión iba a altas horas de la noche por las calles de Jerez, en
+medio de un silencio lúgubre, como si el mundo fuese a morir; y él, con
+el sombrero en la mano, muy compungido, veía desfilar esta ceremonia que
+le llegaba al alma. De pronto, al hacer un descanso el «Santísimo Cristo
+de la Coronación de Espinas» y «Nuestra Señora de la Mayor Aflicción»,
+una voz rasgaba el silencio de la noche, una voz que hizo llorar al
+fiero contrabandista.</p>
+
+<p>&mdash;Y eras tú, chavala; tu voz de oro fino que gorvía loquita a la gente.
+«Es la chica del capataz de Marchamalo», decían a mi lao. «Bendito sea
+su pico: es un riuseñor». Y yo me ajogaba de pena sin saber por qué; y
+te veía delante de tus amigas, tan bonita como una santa, cantando la
+<i>saeta</i>, con las manos juntas, mirando al Cristo con esos ojasos que
+paecen espejos, en los que se veían toos los cirios de la procesión. Y
+yo, que había jugao contigo de pequeñuelo, creí que eras otra, que te
+habían cambiao de pronto; y sentí algo en la espalda, como si me
+arañasen con una navaja; y miré al buen Señor de las Espinas con
+envidia, porque cantabas para él como un pájaro y para él eran tus ojos;
+y me fartó poco pa dicile: «Señó, sea su mercé misericordioso con los
+pobres y déjeme un rato su puesto en la cruz. Na me importa que me vean
+desnúo, con enagüillas y los remos enclavaos, con tal que María de la
+Luz me orsequie con su voz de ángel...»</p>
+
+<p>&mdash;¡Loco!&mdash;decía la joven riendo.&mdash;¡Pamplinero! ¡Así me tienes chalaíta
+con esas mentiras que te traes!</p>
+
+<p>&mdash;Endimpués volví a oírte en la plaza de la Cárcel. Los pobrecitos
+presos, agarraos a las rejas, como si fuesen malas bestias, le cantaban
+al Señó unas cosas muy tristes, unas saetas hablando de sus jierros, de
+sus penitas, de la madre que lloraba por ellos, de sus hijitos que no
+podían besar. Y tú, entrañas mías, desde abajo contestabas con otras
+saetas, que eran un jipío durce como el de los ángeles, pidiendo al Señó
+que se apiadase de los infelices. Y yo entonses juré que te quería con
+toa mi arma, que habías de ser mía, y tuve tentasiones de gritar a los
+pobrecitos de las rejas: «Hasta la vista, compañeros; si esta mujer no
+me quiere, yo jago una barbariá: mato a arguien y el año que viene
+cantaré enjaulao con vosotros al Señó de las Espinas.»</p>
+
+<p>&mdash;Rafaé, no seas bárbaro&mdash;dijo la muchacha con cierto temor.&mdash;No digas
+esas cosas; eso es tentar la paciencia de Dios.</p>
+
+<p>&mdash;No, tonta; esto no es más que un dicir. ¡Qué he de ir yo a aquel sitio
+de penas! Donde iré es a la gloria, casándome con mi riuseñor moreno,
+llevándomelo al nidito de Matanzuela... Pero ¡ay, niña! ¡Lo que yo
+sufrí desde aquel día! ¡Las penitas que pasé para decirte «te quiero»!
+Venía a Marchamalo por las tardes cuando había hecho buen alijo, con una
+porción de indirectas bien preparás para que me comprendieses, y tú ¡ná!
+como si fueses la Dolorosa, que mira lo mismo en Semana Santa que en el
+resto del año.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, ¡bobito! ¡Si te calé desde el primer momento! ¡Si adivinaba el
+querer que me tenías y estaba muy alegre! Pero mi obligasión era
+disimulá. Una mocita no debe meterse por los ojos pa que le digan «te
+quiero». Eso no es decente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Calla, mal corazón! ¡Poquito que me hiciste sufrir en aquella
+temporá!... Yegaba en mi jaca, después de haber ido en la sierra a tiros
+con los del resguardo, y lo mismo era verte que abrírseme las entrañas
+con un miedo que me hacía temblar. «Le diré esto, le diré lo otro». Y
+verte y no icirte na, too era lo mismo. Se me trababa la lengua, se me
+hacía de noche dentro del caletre, como cuando iba a la escuela; tenía
+miedo de que te ofendieras y que el padrino me diese encima unos cuantos
+palos con una tranca, disiéndome: «¡Arre allá, so sinvergüensa!», lo
+mismo que cuando se mete en la viña un perro vagabundo... Por fin, salió
+la cosa. ¿Te acuerdas? Algo costó, pero nos entendimos. Fue dimpués der
+balazo, cuando tú me cuidabas como una marecita y por las tardes
+hacíamos nuestro poquito de cante ahí cerca, bajo los arcadas. El
+padrino tañía la guitarra y yo, sin saber cómo, me arranqué por
+<i>martinetes</i>, con los ojos fijos en los tuyos, como si fuese a
+comérmelos:</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 2em;">Fragua, yunque y martillo</span><br />
+<span style="margin-left: 3em;">Rompen los metales,</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">Pero este cariño que yo te tengo</span><br />
+<span style="margin-left: 3em;">No lo rompe nadie.</span><br />
+</p>
+
+<p>Y mientras el padrino contestaba «<i>tra, tra; tra, tra</i>», como si con un
+martillo golpease el jierro, tú te pusiste coloradilla y bajaste los
+ojos leyendo al fin en los míos. Y yo me dije: «Güeno, esto va bien». Y
+bien fue: pues, sin saber cómo, nos dijimos nuestro querer. Tal vez
+fuiste tú, ¡indina! que cansada de hacerme sufrir, acortaste el camino
+para que yo perdiese el miedo... Y dende entonses no hay en Jerez y en
+too su campo hombre más feliz y más rico que Rafaé, el aperador de
+Matanzuela... ¿Ves tú a don Pablo Dupont con toos sus millones? Pues a
+mi lao, ¡ná!; ¡cerato simple! Y toos los demás cosecheros ¡ná! Y mi amo,
+el señorito Luis, con toa su fachenda y el mujerío de pendones que se
+trae en derredor... ¡ná tampoco! El más rico de Jerez soy yo, que se
+llevará al cortijo una morenucha fea, que está cieguecita porque a la
+pobre apenas se le ven los ojos, y que tiene el defecto de que al reírse
+se le jasen en la cara unos joyitos muy monos, como si estuviera picá de
+viruelas.</p>
+
+<p>Y agarrado a la reja se expresaba con tal vehemencia, que parecía
+querer meter su cara por entre los hierros buscando la de María de la
+Luz.</p>
+
+<p>&mdash;Quieto, ¿eh?&mdash;dijo la muchacha con risueña amenaza.&mdash;A ti sí que te
+voy a picá yo, pero con una horquilla del moño, si no te estás quieto.
+Ya sabes, Rafaé, que no me gustan ciertas bromas y que salgo a la reja
+porque me prometes que serás formal.</p>
+
+<p>El gesto de María de la Luz y la amenaza de cerrar la reja, hicieron que
+Rafael se mostrase menos vehemente, separando su cuerpo de los hierros.</p>
+
+<p>&mdash;Güeno, como tú quieras, mal corazón. Tú no sabes lo que es el querer y
+por eso pareces tan fría, tan tranquila, como si estuvieses en misa.</p>
+
+<p>&mdash;¿Que yo no te quiero?... ¡Chiquiyo!&mdash;exclamó la muchacha.</p>
+
+<p>Y fue ella la que olvidando su enfado se expresó con más calor aún que
+su novio. Le quería tanto como a su padre. Era otro modo de querer, pero
+estaba segura de que puestos en una balanza los dos afectos, no se
+diferenciarían en nada. Su hermano conocía mejor que ella la vehemencia
+con que amaba a Rafael. ¡Así se burlaba Fermín, cuando venía a la viña y
+le hacía preguntas sobre su noviazgo!...</p>
+
+<p>&mdash;Te quiero, y creo que te quise siempre, desde que éramos pequeños y
+venías tú a Marchamalo de la mano de tu padre, hecho un gañancito con tu
+ordinariez de la sierra, que nos hacía reír a los señoritos y a
+nosotros. Te quiero porque estás solo en el mundo, Rafaé, sin pare y sin
+familia: porque necesitas un arma buena que esté contigo, y esa soy yo.
+Te quiero porque has padecío mucho pa ganarte la vida, ¡pobrecito mío!,
+porque te vi casi muerto en aquella noche, y entonces adiviné que te
+llevaba dentro del corazón. Además, mereces que te quiera por bueno y
+por honrao: porque viviendo como un perdío entre mujeres y matones,
+siempre de juerga, expuesto a perder la piel con cada onza que ganabas,
+pensaste en mí, y para no dar más pesares a tu nena quisiste ser pobre y
+trabajar. Y yo te premiaré too lo que has hecho, queriéndote mucho,
+¡pero mucho! Seré tu mare, y tu jembra, y too lo que haya que ser pa que
+vivas contento y feliz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé! ¡Sigue soltando por ese pico, serrana!&mdash;dijo Rafael con nuevo
+entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;Y te quiero también&mdash;continuó María de la Luz con cierta
+gravedad&mdash;porque soy digna de ti: porque me creo buena y estoy segura de
+que al ser tu mujer no he de darte la menor pesadumbre. Tú no me conoces
+aún, Rafaé. Si un día creyese que podía causarte pena, que no me merecía
+un hombre como tú, te gorvería la espalda y me ajogaría de tristeza al
+verme sin ti: pero aunque te pusieras de rodillas fingiría haberme
+olvidado de tu cariño. Ya ves, pues, si te quiero...</p>
+
+<p>Y su acento, al decir estas palabras, era tan triste, que Rafael tuvo
+que animarla. ¿Quién pensaba en tales cosas? ¿Qué podía ocurrir que
+tuviese fuerza bastante para separarlos? Los dos se conocían y eran
+dignos el uno del otro. Él, si acaso, por su vida pasada, no merecía ser
+amado, pero ella era buena y misericordiosa y le concedía la regia
+limosna de su cariño. ¡A vivir! ¡a quererse mucho!...</p>
+
+<p>Y para huir de la tristeza que les habían infundido estas palabras,
+torcieron el curso de la conversación, hablando de la fiesta que don
+Pablo había organizado en Marchamalo para dentro de unas horas.</p>
+
+<p>Los viñadores, que todos los sábados marchaban a Jerez al caer la tarde
+para ver a sus familias, estaban durmiendo cerca de allí. Eran más de
+trescientos: el amo les había ordenado que se quedasen para asistir a la
+misa y la procesión. Con don Pablo vendrían todos sus parientes, los
+señores del escritorio y mucha gente de la bodega. Una gran fiesta, a la
+que forzosamente asistiría su hermano. Y ella reía pensando en la cara
+de Fermín, en lo que diría después cuando viniese a la viña y se
+encontrara con Salvatierra, que de tarde en tarde visitaba con cierto
+recato a su antiguo amigo el capataz.</p>
+
+<p>Rafael habló entonces de Salvatierra, de su inesperada visita al cortijo
+y de la rareza de sus costumbres.</p>
+
+<p>&mdash;Ese buen señor es una excelente persona, pero está algo chiflao. Por
+poco me pone en revolución toda la gañanía. «Que si esto va mal; que si
+los pobres necesitan vivir», y ecétera. No, esto no está muy bien
+arreglao que digamos, pero lo que importa en el mundo es quererse y
+tener ganas de trabajar. Cuando nos najemos al cortijo no tendremos más
+que las tres pesetas, el pan y lo que caiga. El oficio de aperador no da
+pa mucho. Pero ya verás qué ricamente lo pasamos a pesar de cuanto dice
+en sus sermones y soflamas el señor de Salvatierra... Pero que no sepa
+el padrino lo que yo digo de su camará, pues tocarle a don Fernando es
+peor que si yo te fartase a ti, pongo por caso.</p>
+
+<p>Rafael hablaba de su padrino con veneración y miedo al mismo tiempo. El
+viejo conocía sus amores, pero no hablaba nunca de ellos al muchacho y a
+su hija. Los toleraba silencioso, con su gesto grave de padre a uso
+latino, seguro de su autoridad, convencido de que le bastaba un solo
+ademán para desbaratar todas las esperanzas de los enamorados. Rafael no
+osaba proponerle el casamiento, y María de la Luz, cuando el novio,
+echándolas de valiente, quería hablar a su padrino, le disuadía con
+cierto miedo.</p>
+
+<p>Nada perdían esperando: sus padres también habían pelado la pava muchos
+años. La gente honrada no se casa con precipitación. El silencio del
+señor Fermín era de asentimiento: esperarían, pues. Y Rafael,
+escondiéndose del padrino para galantear a su hija, aguardaba
+pacientemente a que un día se plantase el viejo delante de él,
+diciéndole con su campechana rudeza: «¿Pero qué esperas para llevártela,
+bobalicón? Carga con ella y que de salú te sirva».</p>
+
+<p>Comenzaba a amanecer. Rafael veía más claramente la cara de su novia al
+través de la reja. La luz difusa del alba, daba un tono azulado a su tez
+morena; hacía brillar con reflejos de nácar la blancura de sus córneas y
+marcaba con huella profunda la sombra de sus ojeras. Por la parte de
+Jerez abríase el cielo con un desgarrón de luz violácea, que iba
+extendiéndose, y borrando en su seno las estrellas. De la bruma de la
+noche surgía a lo lejos la ciudad, con la apiñada arboleda del Tempul y
+las aglomeraciones de blanco caserío, en las que palpitaban los últimos
+faroles de gas como estrellas agonizantes. Soplaba una brisa helada: la
+tierra y las plantas parecían sudar al contacto de la luz. Un pájaro
+salió aleteando de las chumberas, con agudo silbido, que hizo estremecer
+a la joven.</p>
+
+<p>&mdash;Anda, Rafaé&mdash;dijo ella con la precipitación del miedo;&mdash;márchate en
+seguía. Amanece, y mi padre se levanta pronto. Además, no tardarán en
+salir los viñadores. ¿Qué dirían si nos viesen a estas horas?...</p>
+
+<p>Pero Rafael se resistía a irse. ¡Tan pronto! ¡Después de una noche tan
+dulce!...</p>
+
+<p>La muchacha se impacientaba. ¿Para qué hacerla sufrir, si se verían
+pronto? No tenía más que bajar al ventorrillo y subir a caballo apenas
+se abriesen las puertas de la casa.</p>
+
+<p>&mdash;No me voy: no me voy&mdash;decía él con voz suplicante y un fulgor de
+pasión en los ojos.&mdash;No me voy... ¿Y sí quieres que me vaya?...</p>
+
+<p>Se pegó más a la reja, murmurando con timidez la condición que exigía
+para irse. María de la Luz se hizo atrás con un gesto de protesta, como
+si temiese el avance de aquella boca, que suplicaba entre los hierros.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me quieres!&mdash;exclamó.&mdash;¡Si me quisieras, no me pedirías esas
+cosas!</p>
+
+<p>Y ocultó su cabeza entre las manos, como si fuese a llorar. Rafael metió
+un brazo por los hierros y de un suave tirón separó los dedos
+entrecruzados que le ocultaban los ojos de su novia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero si ha sido una broma, niña!... Perdóname, soy muy bruto. Pégame:
+dame una bofetada, que bien lo merezco.</p>
+
+<p>María de la Luz, con el rostro ligeramente arrebolado por el restregón
+de sus manos, sonreía vencida por la humildad con que el novio imploraba
+su perdón.</p>
+
+<p>&mdash;Te perdono, pero márchate en seguía. ¡Mira que van a salir!... Sí, ¡te
+perdono! ¡te perdono! No seas pelma. ¡Vete!</p>
+
+<p>&mdash;Pues pa que vea que me perdonas de veras, dame una bofetada. ¡O me la
+das o no me voy!</p>
+
+<p>&mdash;¡Una bofetada!... ¡Bueno estás tú! Ya sé lo que quieres, ladrón: toma
+y vete en seguía.</p>
+
+<p>Sacó por entre los hierros, echando atrás el cuerpo, una mano de suave
+almohadillado y graciosos hoyuelos. Rafael la cogió para acariciarla con
+arrobamiento. Después besó las uñas sonrosadas, chupó las yemas de sus
+dedos finos con una delectación que hizo agitarse a María de la Luz con
+nerviosas contorsiones detrás de la reja.</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjame, mala persona!... ¡Que chillo, asesino!...</p>
+
+<p>Y librándose de un tirón de estas caricias que le estremecían con
+intenso cosquilleo, cerró la ventana de golpe. Rafael permaneció inmóvil
+largo rato, alejándose al fin, cuando dejó de percibir en sus labios la
+impresión de la mano de María de la Luz.</p>
+
+<p>Transcurrió aún mucho tiempo antes de que los habitantes de Marchamalo
+diesen señales de vida. Los mastines ladraron dando saltos, cuando el
+capataz abrió la puerta de la casa de los lagares. Después, con caras de
+malhumor, fueron saliendo a la explanada los viñadores, obligados a
+permanecer en Marchamalo para asistir a la fiesta.</p>
+
+<p>El cielo se azuleaba sin la más leve mancha de nubes. En el límite del
+horizonte una faja de escarlata anunciaba la salida del sol.</p>
+
+<p>&mdash;¡Buen día nos dé Dios, cabayeros!&mdash;dijo el capataz a los jornaleros.</p>
+
+<p>Pero estos torcían el gesto o levantaban los hombros, como presos a los
+que nada importa la placidez del tiempo fuera de su encierro.</p>
+
+<p>Rafael se presentó a caballo, subiendo a galope la cuesta de la viña,
+como si llegase del cortijo.</p>
+
+<p>&mdash;Mucho madrugas, chaval&mdash;dijo el padrino con sorna.&mdash;Se conoce que no
+te dejan dormir las cosas de Marchamalo.</p>
+
+<p>El aperador rondó por cerca de la puerta sin ver a María de la Luz.</p>
+
+<p>Bien entrada la mañana, el señor Fermín, que vigilaba la carretera desde
+lo alto de la viña, vio al final de la cinta blanca que cortaba el llano
+una gran nube de polvo, marcándose en su seno las manchas negras de
+varios carruajes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya están ahí, muchachos!&mdash;gritó a los viñadores.&mdash;El amo llega. A ver
+si lo recibís como lo que sois; como personas decentes.</p>
+
+<p>Y los braceros, siguiendo las indicaciones del capataz, se formaron en
+dos filas a ambos lados del camino.</p>
+
+<p>La gran cochera de Dupont se había vaciado en honor de la festividad.
+Todos los troncos de caballos y mulas, así como los corceles de silla
+del millonario, habían salido de las grandes cuadras que tenía adosadas
+a la bodega; y con ellos, los brillantes arreos y los vehículos de todas
+clases que compraba en España o encargaba a Inglaterra, con su
+prodigalidad de rico, imposibilitado de poder demostrar de otro modo su
+opulencia.</p>
+
+<p>Descendió don Pablo, de un gran landó, dando su mano a un sacerdote
+grueso, de cara sonrosada, con hábitos de seda que relucían al sol.
+Luego que se convenció de que el acompañante había descendido sin
+ningún contratiempo, atendió a su madre y a su esposa, que bajaron del
+carruaje vestidas de negro, con la mantilla sobre los ojos.</p>
+
+<p>Los viñadores, rígidos en su doble fila, se quitaron los sombreros
+saludando al amo. Dupont sonrió satisfecho, y el sacerdote hizo lo
+mismo, abarcando en una mirada de protectora conmiseración a los
+jornaleros.</p>
+
+<p>&mdash;Muy bien&mdash;dijo al oído de don Pablo con acento adulador.&mdash;Parecen
+buena gente. Ya se conoce que sirven a un señor cristiano que les
+edifica con buenos ejemplos.</p>
+
+<p>Iban llegando los otros carruajes, con ruidoso cascabeleo y polvoriento
+patear de las bestias en la cuesta de Marchamalo. La explanada se
+llenaba de gente. Formaban la comitiva de Dupont todos sus parientes y
+empleados. Hasta su primo Luis, que tenía cara de sueño, había
+abandonado al amanecer la respetable compañía de sus amigotes, para
+asistir a la fiesta y agradar con esto a don Pablo, cuya protección
+necesitaba en aquellos días.</p>
+
+<p>El dueño de Matanzuela, al ver a María de la Luz bajo las arcadas, fue a
+su encuentro, confundiéndose con el cocinero de los Dupont y un grupo de
+criados que acababan de llegar cargados de vituallas, y pedían a la hija
+del capataz que los guiase a la cocina de los señores, para preparar el
+banquete.</p>
+
+<p>Fermín Montenegro descendió de otro coche con don Ramón, el jefe del
+escritorio, y los dos se alejaron a un extremo de la explanada, como si
+huyesen del autoritario Dupont, que en medio del gentío daba órdenes
+para la fiesta y se enfurecía al notar ciertas omisiones en los
+preparativos.</p>
+
+<p>La campana de la capilla comenzó a voltear en su espadaña, dando el
+primer toque para la misa. Nadie había de llegar de fuera de la viña,
+pero don Pablo deseaba que sonasen los tres toques y que fueran largos,
+hasta que no pudiese más el gañán que tiraba de la cuerda. Le alegraba
+este estrépito metálico: creía que era la voz de Dios extendiéndose
+sobre sus campos, protegiéndolos como tenía el deber de hacerlo, por ser
+su amo un buen creyente.</p>
+
+<p>Mientras tanto, el sacerdote, que había llegado con don Pablo, parecía
+huir también de las voces y ademanes descompuestos con que éste
+acompañaba sus órdenes, y agarraba suavemente al señor Fermín,
+ponderando el hermoso espectáculo que ofrecían las viñas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuan grande es la providencia de Dios! ¡Y qué cosas tan hermosas
+crea! ¿No es cierto, buen amigo?...</p>
+
+<p>El capataz conocía al sacerdote. Era el apasionamiento más reciente de
+don Pablo, su último entusiasmo; un padre jesuita del que se hacía
+lenguas, por el acierto con que trataba en sus conferencias para hombres
+solos la llamada cuestión social, un embrollo para los impíos, que no
+atinaban con la solución y que el sacerdote resolvía en un periquete
+valiéndose de la caridad cristiana.</p>
+
+<p>Dupont era veleidoso y tornadizo como un amante en sus apasionamientos
+por las gentes de la Iglesia. Una temporada adoraba a los Padres de la
+Compañía y no encontraba misa buena ni sermón aceptable, si no era en su
+iglesia: pero de pronto se cansaba de la sotana, le seducía el hábito
+con capucha, según sus colores, y abría su caja y las puertas de su
+hotel a los Carmelitas, a los Franciscanos o a los Dominicos
+establecidos en Jerez. Siempre que iba a la viña se presentaba con un
+sacerdote de distinta clase, adivinando por esto el capataz cuáles eran
+sus favoritos del momento. Unas veces eran frailes con vestimenta blanca
+y negra, otras pardos o de color de castaña: hasta los había llevado de
+luengas barbas, que venían de lejanos países y apenas si chapurreaban el
+español. Y el señor, con sus entusiasmos de enamorado, ganoso de
+propalar los méritos de su pasión, le decía al capataz en amistosa
+confidencia:</p>
+
+<p>&mdash;Es un héroe de la fe: viene de convertir infieles y hasta creo que ha
+obrado milagros. Si no fuera por herir su modestia, le diría que se
+arremangase el hábito, para que te pasmases viendo las cicatrices de sus
+martirios...</p>
+
+<p>Sus disentimientos con doña Elvira estribaban siempre en que ella tenía
+sus favoritos, que rara vez eran al mismo tiempo los del hijo. Cuando
+él adoraba a los jesuitas, la noble hermana del marqués de San Dionisio
+hacía el elogio de los franciscanos, alegando la antigüedad de su orden
+sobre las fundaciones que habían venido después.</p>
+
+<p>&mdash;¡No, mamá!&mdash;exclamaba él, conteniendo su carácter iracundo, con el
+respeto que le inspiraba su madre.&mdash;¿Cómo comparar a unos mendicantes
+con los Padres de la Compañía, que son los más sabios de la Iglesia?...</p>
+
+<p>Y cuando la piadosa señora se iba con los sabios, su hijo hablaba casi
+llorando de emoción, del santo solitario de Asís y de sus hijos los
+franciscanos, que podían dar a los impíos lecciones de verdadera
+democracia y eran los que iban a arreglar el día menos pensado la
+cuestión social.</p>
+
+<p>Ahora la veleta de su fervor apuntaba del lado de la Compañía, y no
+sabía ir a parte alguna sin el Padre Urizábal, un vasco, compatriota del
+glorioso San Ignacio, méritos que bastaban para que Dupont se hiciese
+lenguas de él.</p>
+
+<p>El jesuita contemplaba las viñas con el éxtasis de un hombre
+acostumbrado a vivir dentro de vulgares edificios, sin ver más que de
+tarde en tarde la grandiosidad de la naturaleza. Hacía preguntas al
+capataz sobre el cultivo de las viñas, alabando el aspecto de las de
+Dupont, y el señor Fermín, halagado en su orgullo de cultivador, se
+decía que aquellos jesuitas no eran tan despreciables como los
+consideraba su amigo don Fernando.</p>
+
+<p>&mdash;Oiga su mercé, padre: Marchamalo no hay más que uno; esto es la flor
+del campo de Jerez.</p>
+
+<p>Y enumeraba las condiciones que debe tener una buena viña jerezana,
+plantada en tierra caliza, que esté pendiente, para que las lluvias
+corran y no refresquen en demasía la tierra, quitando fuerza al mosto.
+Así se producía aquel racimo, gloria del país, con sus granos pequeños
+como balines, transparentes y de una blancura de marfil.</p>
+
+<p>Arrastrado por su entusiasmo enumeraba al sacerdote, como si éste fuese
+un cultivador, todas las operaciones que durante el año había que
+realizar con aquella tierra, sometida a un continuo trabajo para que
+diese su dulce sangre. En los tres meses últimos del año se abrían las
+<i>piletas</i>, los hoyos en torno de las cepas para que recibiesen la
+lluvia: a esta labor la llamaban <i>Chata</i>. También hacían entonces la
+poda, que provocaba conflictos entre los viñadores y hasta algunas veces
+había ocasionado muertes, por si debía hacerse con tijeras, como
+deseaban los amos, o con las antiguas podaderas, unos machetes cortos y
+pesados, como lo querían los trabajadores. Luego venía la labor llamada
+<i>Cava bien</i>, durante Enero y Febrero, que igualaba la tierra, dejándola
+llana como si la hubiesen pasado un rasero. Después el <i>Golpe lleno</i> en
+Marzo, para destruir las hierbas crecidas con las lluvias, esponjando al
+mismo tiempo el suelo; y en Junio y Julio la <i>Vina</i>, que apretaba la
+tierra, formando una dura corteza, para que conservase todo su jugo,
+trasmitiéndolo a la cepa. Aparte de esto, en Mayo azufraban las vides,
+cuando empezaban a apuntar los racimos, para evitar el <i>cenizo</i>, una
+enfermedad que endurecía los granos.</p>
+
+<p>Y el señor Fermín, para demostrar el cuidado incesante que durante el
+año exigía aquel suelo, que era como de oro, agachábase para coger un
+puñado de caliza y mostraba la finura de sus pequeños terrones blancos y
+desmenuzados, sin que se dejase apuntar en ellos el germen de una planta
+parásita. Entre las hileras de cepas veíase la tierra, machacada,
+alisada, peinada, con la misma tersura que si fuese el suelo de un
+salón. ¡Y la viña de Marchamalo se perdía de vista, ocupaba varias
+colinas, lo que exigía un trabajo enorme!</p>
+
+<p>A pesar de la rudeza con que el capataz trataba a los viñadores durante
+el trabajo, ahora que no estaban presentes, se apiadaba de sus fatigas.
+Ganaban diez reales, un jornal exorbitante comparado con el de los
+gañanes de los cortijos; pero sus familias vivían en la ciudad, y,
+además, ellos se pagaban la comida, asociándose para adquirir el
+<i>costo</i>, el pan y la menestra que todos los días traían de Jerez en dos
+caballerías. La herramienta era suya: una azada de nueve libras de peso,
+que habían de manejar con ligereza, como si fuese un junco, de sol a
+sol, sin más descanso que una hora para el almuerzo; otra para la
+comida, y los minutos que les concedía el capataz con su voz de mando
+para que echasen cigarro.</p>
+
+<p>&mdash;Nueve libras, padre&mdash;añadía el señor Fermín.&mdash;Eso se ice fácilmente y
+resulta un juguete pa un rato; pero hay que ver cómo se pone un
+cristiano después de estar too el día subiendo y bajando la herramienta.
+Al final de la jorná, pesa arrobas... ¿qué digo arrobas? tonelás. Parece
+que uno levanta en vilo a too Jerez cuando da un gorpe.</p>
+
+<p>Y como hablaba con un amigo del amo, no quiso ocultarle las astucias de
+que se valían en las viñas para acelerar el trabajo y sacarle al jornal
+todo su jugo. Se buscaba a los braceros más fuertes y rápidos en la
+faena y se les prometía un real de aumento poniéndolos a la cabeza de la
+fila. Este era el que se llamaba <i>hombre de mano</i>. El jayán, para
+agradecer el aumento de jornal, trabajaba como un desesperado,
+acometiendo la tierra con su azadón, sin respirar apenas entre golpe y
+golpe, y los otros infelices tenían que imitarle para no quedarse atrás,
+manteniéndose, con esfuerzos sobrehumanos, al nivel del compañero que
+servía de acicate.</p>
+
+<p>Por las noches, rendidos de fatiga, entretenían la espera del último
+rancho jugando a los naipes, o canturreando. Don Pablo les había
+prohibido severamente que leyesen periódicos. Su única alegría era el
+sábado, cuando al anochecer salían de la viña, camino de Jerez, para <i>ir
+a misa</i>, como ellos decían. Hasta la noche del domingo estaban con sus
+familias entregando los <i>ajorros</i> a las mujeres; la parte de jornal que
+les restaba después de pagar el <i>costo</i>.</p>
+
+<p>El sacerdote mostraba su extrañeza al ver que los viñadores se habían
+quedado en Marchamalo siendo domingo.</p>
+
+<p>&mdash;Porque son muy buenos, padre&mdash;dijo el capataz con acento
+hipócrita.&mdash;Porque quieren mucho al amo, y ha bastado que les dijese yo
+de parte de don Pablo lo de la fiesta, pa que los pobrecitos se quedasen
+voluntariamente sin ir a sus casas.</p>
+
+<p>La voz de Dupont llamando a su ilustre amigo el padre Urizábal hizo que
+éste abandonase al capataz, dirigiéndose a la iglesia, escoltado por don
+Pablo y toda su familia.</p>
+
+<p>El señor Fermín vio entonces que su hijo paseaba con don Ramón, el jefe
+del escritorio, por un sendero. Hablaban de la belleza de las viñas.
+Marchamalo volvía a ser lo que en sus tiempos más famosos, gracias a la
+iniciativa de don Pablo. La filoxera había matado muchas de las cepas
+que eran la gloria de la casa Dupont, pero el actual jefe había plantado
+en las vertientes desoladas por el parásito la vid americana, una
+innovación nunca vista en Jerez, y el famoso predio volvería a sus
+tiempos gloriosos sin miedo a nuevas invasiones. Para esto era la
+fiesta; para que la bendición del Señor cubriese con su eterna
+protección las colinas de Marchamalo.</p>
+
+<p>El jefe del escritorio se entusiasmaba contemplando el oleaje de viñedos
+y prorrumpía en líricos elogios. Era el encargado de la publicidad de la
+casa, y de su pluma de viejo periodista, de vencido intelectual, salían
+los prospectos, los folletos, las memorias, las cartas en la cuarta
+plana de los periódicos, que pregonaban la gloria de los vinos de Jerez,
+y especialmente los de la casa Dupont, pero en un estilo pomposo,
+solemne, entonado, que no llegaba a adivinarse si era sincero o una
+broma que don Ramón se permitía con su jefe y con el público. Leyéndole,
+no había más remedio que creer que el vino de Jerez era tan
+indispensable como el pan, y que los que no lo bebían estaban condenados
+a una muerte próxima.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Fermín, hijo mío&mdash;decía con entonación oratoria.&mdash;¡Qué hermosura
+de viñas! Me siento orgulloso de prestar mis servicios a una casa que es
+dueña de Marchamalo. Esto no se encuentra en ninguna nación, y cuando yo
+oigo hablar de los progresos de la Francia, del poder militar de los
+alemanes o de la soberbia naval de los ingleses, contesto: «Está bien;
+¿pero dónde tienen ellos vinos como los de Jerez?» Todo lo que se diga
+es poco de este vino grato a los ojos, gustoso a la nariz, deleite del
+paladar y reparo del estómago. ¿No lo crees tú así?...</p>
+
+<p>Fermín hizo un gesto afirmativo y sonrió, como si adivinase lo que iba a
+decirle don Ramón. Se sabía de memoria los períodos oratorios de los
+prospectos de la casa, apreciados por don Pablo como las muestras más
+gloriosas de la literatura profana.</p>
+
+<p>Siempre que hallaba ocasión, el viejo empleado los repetía en tono
+declamatorio, embriagándose con el paladeo de su propia obra.</p>
+
+<p>&mdash;El vino, Fermín, es la bebida universal por excelencia, la más sana de
+todas la que el hombre usa para su nutrición o su recreo. Es la bebida
+que mereció los honores de la embriaguez de todo un dios del paganismo.
+Es la bebida cantada por los poetas griegos y romanos, la celebrada por
+los pintores, la ensalzada por los médicos. En el vino encuentra el
+poeta inspiración, el soldado ardimiento, el trabajador fuerza, el
+enfermo salud. En el vino halla el hombre goce y alegría y el anciano
+fortaleza. El vino excita la inteligencia, aviva la imaginación,
+fortifica la voluntad, mantiene la energía. No podemos explicarnos los
+héroes griegos ni sus admirables poetas, sino bajo el estímulo de los
+vinos de Chipre y de Samos; y la licencia de la sociedad romana nos es
+incomprensible sin los vinos de Falerno y de Siracusa. Sólo podemos
+imaginarnos la heroica resistencia del paisano aragonés en el sitio de
+Zaragoza, sin descanso y sin comida, viendo que, además de la admirable
+energía moral de su patriotismo, contaba para su sostén físico con el
+porroncillo de vino tinto... Pero dentro de la producción vinícola que
+abarca muchos países, ¡qué asombrosa variedad de clases y tipos, de
+colores y aromas, y cómo se destaca el Jerez a la cabeza de la
+aristocracia de los vinos! ¿No crees tú lo mismo, Fermín? ¿No encuentras
+que es justo y está bien dicho todo lo que se me ocurre?...</p>
+
+<p>El joven asintió. Todo aquello lo había leído muchas veces en la
+introducción del gran catálogo de la casa; un cuaderno con vistas de las
+bodegas de Dupont, y sus numerosas dependencias, acompañadas de la
+historia de la casa y de elogios a sus elaboraciones; la obra maestra de
+don Ramón, que el amo regalaba a los clientes y visitantes con una
+encuadernación blanca y azul, los colores de las Purísimas pintadas por
+Murillo.</p>
+
+<p>&mdash;El vino de Jerez&mdash;continuó con acento solemne el jefe del
+escritorio&mdash;no es un advenedizo, un artículo elevado por la veleidosa
+moda; su reputación está de abolengo bien sentada, no sólo como bebida
+gratísima, sino como insustituible agente terapéutico. Con la botella de
+Jerez se recibe al amigo en Inglaterra, con la botella de Jerez se
+obsequia al convaleciente en los países escandinavos, y restauran en la
+India los soldados ingleses sus fuerzas agotadas por la fiebre. Los
+marinos, con Jerez combaten el escorbuto, y los santos misioneros han
+reducido con él en Australia los casos de anemia ocasionados por el
+clima y los sufrimientos... ¿Cómo, señores, no ha de realizar tales
+prodigios un vino de Jerez de buena y genuina procedencia? En él se
+encuentran el alcohol legítimo y natural del vino con las sales que le
+son propias; el tanino astringente y los éteres estimulantes, provocando
+el apetito para la nutrición del cuerpo, y el sueño para su
+restauración. Es, a la vez, un estimulante y un sedante, excelentes
+condiciones que no se encuentran reunidas en ningún producto, que al
+mismo tiempo sea, como el Jerez, grato al paladar y a la vista.</p>
+
+<p>Calló un instante don Ramón para tomar aliento y recrearse en el eco de
+su elocuencia, pero al instante prosiguió, mirando a Fermín fijamente,
+como si éste fuese un enemigo difícil de convencer:</p>
+
+<p>&mdash;Por desgracia, muchas gentes creen paladear el vino de Jerez cuando
+beben inmundas sofisticaciones. En Londres, bajo el nombre de Jerez, se
+venden líquidos heterogéneos. No podemos transigir con esta mentira,
+señores. El vino de Jerez es como el oro. Podemos admitir que el oro sea
+puro, de mediana o de baja ley, pero no podemos admitir que se llame oro
+al <i>doublé</i>. Sólo es Jerez el vino que dan los viñedos jerezanos, que
+recrían y añejan sus almacenistas y que exportan, bajo su honrada firma,
+casas de intachable crédito, como por ejemplo la de Dupont Hermanos.
+Ninguna casa puede compararse con ella: abarca todos los ramos; cultiva
+la vid y elabora el mosto; almacena y añeja el vino; se dedica por si
+misma a la exportación y a la venta, y además destila mostos, elaborando
+su famoso cognac. Su historia abarca cerca de siglo y medio. Los Dupont
+constituyen una dinastía; su fuerza no admite auxiliares ni asociados;
+planta las vides en terrenos propios, y sus cepas han nacido antes en
+viveros de Dupont. La uva se prensa en lagares de Dupont, y los toneles
+en que fermenta el vino son fabricados por Dupont. En bodegas de Dupont
+se añeja y envejece el vino bajo la vigilancia de un Dupont, y por
+Dupont se encasca y se exporta sin la intervención de otro interesado.
+Buscad, pues, los vinos legítimos de Dupont en la seguridad de que es la
+casa que los conserva, puros y genuinos.</p>
+
+<p>Fermín reía escuchando a su jefe, lanzado a escape por entre los
+fragmentos de prospectos y reclamos, que conservaba en su memoria.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, don Ramón! ¡Si yo no he de comprar ni una botella!... ¡Si soy
+de la casa!</p>
+
+<p>El jefe del escritorio pareció despertar de su pesadilla oratoria, y rió
+lo mismo que su subordinado.</p>
+
+<p>&mdash;Tal vez habrás leído en las publicaciones de la casa mucho de esto,
+pero convendrás conmigo en que no está mal del todo. Además&mdash;prosiguió
+irónicamente,&mdash;los grandes hombres vivimos bajo el peso de nuestra
+grandeza y como no podemos salir de ella, nos repetimos.</p>
+
+<p>Miró las extensiones cubiertas de cepas, y continuó con un tono de
+sincera alegría:</p>
+
+<p>&mdash;Me satisface que se hayan replantado con vides americanas los grandes
+claros que dejó la filoxera. Yo se lo aconsejé muchas veces a don
+Pablo. Así aumentaremos dentro de poco la producción, y los negocios,
+que marchan bien, aún irán mejor. Ya puede volver la plaga cuando
+quiera: por aquí pasará de largo.</p>
+
+<p>Fermín hizo un gesto que invitaba a la confianza.</p>
+
+<p>&mdash;Con franqueza, don Ramón, ¿en quién cree usted más? ¿en la vid
+americana, o en las bendiciones que ese padre les echará a las cepas?...</p>
+
+<p>Don Ramón miró fijamente al joven como si quisiera verse en sus pupilas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Muchachito! ¡muchachito!&mdash;dijo con tono severo.</p>
+
+<p>Después giró la vista en torno con cierta alarma, y continuó en voz baja
+como si las cepas pudiesen oírle:</p>
+
+<p>&mdash;Tú ya me conoces: te trato con confianza porque eres incapaz de andar
+con soplos y porque has visto mundo y te has desasnado en el extranjero.
+¿A qué me vienes con preguntas? Ya sabes que callo y dejo rodar las
+cosas. No tengo derecho a más. La casa Dupont es mi refugio: si saliese
+de ella, tendría que volver con toda mi prole a la miseria desesperada
+de Madrid. Estoy aquí como un vagabundo que encuentra posada y toma
+buenamente lo que le dan, sin permitirse criticar a sus bienhechores.</p>
+
+<p>El recuerdo del pasado, con sus ilusiones y sus alardes de
+independencia, despertaba en él cierto rubor. Para tranquilizarse a sí
+mismo quería explicar el cambio radical de su vida.</p>
+
+<p>&mdash;Me retiré, Fermín, y no me arrepiento. Aún quedan muchos de los que
+fueron mis compañeros de miserias y entusiasmos, que siguen fieles al
+pasado con una consecuencia que es testarudez. Pero ellos han nacido
+para héroes y yo no soy más que un hombre que considera el comer como la
+primera función de la vida... Además, me cansé de escribir por la gloria
+y las ideas, de sudar para los demás y vivir en perpetua pobreza. Un día
+me dije que sólo se puede trabajar para ser grande hombre o para comer.
+Y como estaba convencido de que el mundo no podía sentir la más leve
+emoción por mi retirada, ni había llegado a enterarse de que existo,
+recogí los bártulos que yo titulaba ideales, me decidí a comer, y
+aprovechando ciertos bombos dados por mí en los periódicos a la casa
+Dupont, me metí en ello para siempre, y no puedo quejarme.</p>
+
+<p>Don Ramón creyó ver en los ojos de Fermín cierta repugnancia por el
+cinismo con que se expresaba y se apresuró a añadir:</p>
+
+<p>&mdash;Yo soy quien soy, muchacho. Si me rascan, aparecerá el de antes.
+Créeme: el que muerde la fatal manzana de que hablan esos señores amigos
+de nuestro principal, no se quita jamás el gusto de los labios. Se
+cambia de envoltura para seguir viviendo, pero de alma ¡nunca! El que
+duda una vez, y razona y critica, ese ya no cree jamás como los devotos
+sinceros; cree porque se lo aconseja la razón, o porque se lo imponen
+sus conveniencias. Por esto, cuando veas a uno, como yo, hablar de fe y
+de creencias, di que miente porque le conviene, o que se engaña a sí
+mismo para proporcionarse cierta tranquilidad... Fermín, hijo mío; el
+pan no me lo gano dulcemente, sino a costa de bajezas de alma, que me
+dan vergüenza. ¡Yo, que en <i>mis tiempos</i> era de una altivez y una virtud
+con púas de erizo!... Pero piensa que llevo a cuestas a mis hijas, que
+quieren comer y vestir y todo lo demás que es necesario para atrapar a
+un marido, y que mientras éste no se presente debo mantenerlas aunque
+sea robando.</p>
+
+<p>Don Ramón creyó ver de nuevo en su amigo un gesto de conmiseración.</p>
+
+<p>&mdash;Despréciame cuanto quieras: los jóvenes no entendéis ciertas cosas;
+podéis ser puros, sin que por esto sufran más que vuestras personas...
+Además, muchacho; yo no estoy arrepentido de lo que llaman mi apostasía.
+Soy un desengañado... ¿Sacrificarse por este pueblo? ¡Para lo que
+vale!... He pasado media vida rabiando de hambre y esperando la <i>gorda</i>.
+A ver, dime tú, ¿cuándo se ha levantado de veras este país? ¿Cuándo
+hemos tenido una revolución?... La única de verdad fue el año 8, y si el
+país se sublevó fue porque se le llevaban secuestrados unos cuantos
+príncipes e infantes, que eran bobos de nacimiento y malvados por
+instinto hereditario; y la bestia popular derramó su sangre para que
+volviesen esos señores, que agradecieron tantos sacrificios enviando a
+unos a presidio y a otros a la horca. ¡Famoso pueblo! Anda y sacrifícate
+esperando algo de él... Después ya no se han visto revoluciones; todo
+han sido pronunciamientos del ejército, motines por el medro o por
+antagonismo personal, que si sirvieron de algo fue indirectamente, por
+apoderarse de ellos las corrientes de opinión. Y como ahora los
+generales ya no se sublevan, porque tienen todo lo que quieren, y cuidan
+en lo alto de halagarles, aleccionados por la Historia, ¡se acabó la
+revolución! Los que trabajan por ella sudan y se fatigan con tanto éxito
+como si sacasen agua en espuertas... ¡Saludo a los héroes desde la
+puerta de mi retiro!... pero no doy ni un paso para acompañarles. Yo no
+pertenezco a su gloriosa clase; soy ave de corral tranquila y bien
+cebada, y no me arrepiento de ello cuando veo a mi antiguo camarada
+Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, vestido de invierno en el
+verano, y de verano en invierno, comiendo pan y queso, con una celda
+reservada en todos las cárceles de la Península y molestado a cada paso
+por la vigilancia... Muy bonito; los periódicos publican el nombre del
+héroe, tal vez la historia llegue a hablar de él, pero yo prefiero mi
+mesa en el escritorio, mi sillón, que me hace pensar en los canónigos
+reunidos en el coro, y la generosidad de don Pablo, que es espléndido
+como un príncipe con los que saben llevarle el aire.</p>
+
+<p>Fermín, molestado por el tono irónico con que aquel vencido, satisfecho
+de su servidumbre, hablaba de Salvatierra, iba a contestarle, cuando en
+lo alto de la explanada sonó la voz imperiosa de Dupont y las fuertes
+palmadas del capataz llamando a su gente.</p>
+
+<p>La campana lanzaba en el espacio el tercer toque. Iba a comenzar la
+misa. Don Pablo, desde los peldaños de la capilla, abarcó en una mirada
+a todo su rebaño y entró en ella con apresuramiento, pues quería
+edificar a la gente ayudando la misa.</p>
+
+<p>La muchedumbre de trabajadores llenó la capilla, permaneciendo todos de
+pie, con un gesto hosco que hacía perder a Dupont, en ciertos momentos,
+toda esperanza de que aquella gente agradeciese los cuidados que tenía
+con sus almas.</p>
+
+<p>Cerca del altar, sentadas en rojos sillones, estaban las señoras de la
+familia, y detrás los parientes y los empleados. El ara estaba adornada
+con hierbas del monte y flores del invernadero del hotel de los Dupont.
+El acre perfume de los ramos silvestres, mezclábase con el olor de carne
+fatigada y sudorosa que exhalaba el amontonamiento de los jornaleros.</p>
+
+<p>De vez en cuando, María de la Luz abandonaba la cocina para correr a la
+puerta de la iglesia y oír un <i>cachito de misa</i>. Empinándose sobre las
+puntas de los pies, pasaba su vista por encima de todas las cabezas para
+fijarse en Rafael, que estaba al lado del capataz, en las gradas que
+conducían al altar, como una barrera entre el señorío y la pobre gente.</p>
+
+<p>Luis Dupont, muy estirado, detrás del sillón de su tía, al ver a María
+de la Luz la hizo varios gestos, llegando a amenazarla con la mano. ¡Ah,
+maldito guasón! Siempre el mismo. Hasta el instante de la misa había
+estado en la cocina importunándola con sus bromas, como si aún durasen
+los juegos de la infancia. En algunos momentos había tenido que
+amenazarle entre risueña y ofendida por tener las manos largas.</p>
+
+<p>Pero María de la Luz no podía permanecer mucho tiempo en el mismo sitio.
+La reclamaban las gentes de la cocina al no encontrar las cosas más
+indispensables para sus guisos.</p>
+
+<p>Avanzaba la misa. La señora viuda de Dupont enternecíase viendo la
+humildad, la gracia cristiana con que su Pablo cambiaba de sitio el
+misal o manejaba las vinajeras. ¡Un hombre que era el primer millonario
+de su país, dando a los pobres este ejemplo de humildad para los
+sacerdotes de Dios; sirviendo de acólito al padre Urizábal! Si todos los
+ricos hiciesen lo mismo, de otro modo pensarían los trabajadores, que
+sólo sienten odios y deseos de venganza. Y emocionada por la grandeza de
+su hijo, bajaba los ojos suspirando, próxima a llorar.</p>
+
+<p>Terminada la misa, llegó el momento de la gran ceremonia. Iban a ser
+bendecidas las viñas para librarlas del peligro de la filoxera...
+después de haberlas plantado de vid americana.</p>
+
+<p>El señor Fermín salió apresuradamente de la capilla e hizo arrastrar
+hasta la puerta varios serones que el día anterior habían traído de
+Jerez. Estaban llenos de cirios, y el capataz fue distribuyéndolos entre
+los viñadores.</p>
+
+<p>Bajo la luz esplendorosa del sol comenzaron a brillar, como pinceladas
+rojas y opacas, las llamas de la cera. Se formaron en dos filas los
+jornaleros, y guiados por el señor Fermín, emprendieron una marcha
+lenta, viña abajo.</p>
+
+<p>Las señoras, agrupadas en la plazoleta, con todas sus criadas y María de
+la Luz, contemplaban la salida de la procesión, el lento desfile de las
+dos hileras de hombres, con la cabeza baja y el cirio en la mano, unos
+con chaqueta de paño pardo, otros en cuerpo de camisa y un pañuelo rojo
+al cuello, llevando todos su sombrero apoyado en el pecho.</p>
+
+<p>El señor Fermín que iba a la cabeza de la procesión, estaba ya en mitad
+de la cuesta, cuando apareció en la entrada de la capilla el grupo más
+interesante; el padre Urizábal, con una capa de claveles rojos y dorados
+deslumbrantes, y junto a él Dupont, empuñando su cirio como una espada,
+mirando a todos lados imperiosamente, para que la ceremonia marchase
+bien y no la desluciera el menor descuido.</p>
+
+<p>Detrás, como un cortejo de honor, marchaban todos sus parientes y
+empleados, con el gesto compungido. Luis era el que se mostraba más
+grave. El se reía de todo, menos de las cosas de la religión, y esta
+ceremonia le enternecía por su carácter extraordinario. Había recibido
+una excelente enseñanza de los Padres de la Compañía. «Su fondo era
+bueno», como decía don Pablo cuando le hablaban de las calaveradas de su
+primo.</p>
+
+<p>El padre Urizábal, abrió el libro que llevaba sobre el pecho, el <i>Ritual
+Romano</i>, y comenzó a recitar la <i>Letanía de los Santos</i>, la Letanía
+grande, como la titulan las gentes de la iglesia.</p>
+
+<p>Dupont ordenó con el gesto a todos los que le rodeaban, que le siguiesen
+fielmente en sus respuestas al sacerdote.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Sancte Michael!</i>...</p>
+
+<p>&mdash;<i>Ora pro nobis</i>&mdash;contestó el amo con voz firme, mirando a sus
+acompañantes.</p>
+
+<p>Estos repitieron las mismas palabras, y el <i>Ora pro nobis</i> se extendió
+como un rugido, hasta la cabeza de la procesión, donde el señor Fermín,
+parecía llevar el compás de tantas voces.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Sancte Raphael!</i>...</p>
+
+<p>&mdash;<i>Ora pro nobis.</i></p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Omnes sancti Angeli et Archangeli!</i>...</p>
+
+<p>Ahora, en vez de ser un santo el invocado, eran muchos, y Dupont erguía
+su cabeza y gritaba más fuerte, para que todos se enterasen, no
+cometiendo error en la respuesta.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Orate pro nobis.</i></p>
+
+<p>Pero sólo los que rodeaban a don Pablo, podían seguir sus indicaciones.
+El resto de la procesión avanzaba lentamente, saliendo de sus filas un
+rugido cada vez más desgarrado con sonoridades burlescas y temblores
+irónicos.</p>
+
+<p>A las pocas frases de la letanía, los jornaleros, aburridos de la
+ceremonia, con el cirio hacia abajo, contestaban automáticamente,
+imitando unas veces el ruido del trueno y otras un chillido de vieja,
+que hacía a muchos de ellos llevarse el sombrero a la cara.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Sancte Jacobe!</i>&mdash;cantaba el sacerdote.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Nooobis!</i>&mdash;rugían los viñadores, con burlescas inflexiones de voz,
+sin perder la gravedad de sus caras atezadas.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Sancte Barnaba!</i>...</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Obis! ¡obis!</i>&mdash;contestaban a lo lejos los jornaleros.</p>
+
+<p>El señor Fermín, aburrido también de la ceremonia, fingía enfadarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡A ver! ¡que haya formaliá!&mdash;decía encarándose con los más
+audaces.&mdash;Pero, condenaos, ¿no véis que el amo va a conosé que le tomáis
+er pelo?...</p>
+
+<p>Pero el amo no se daba cuenta de nada, cegado por la emoción. La vista
+de las dos filas de hombres marchando entre las cepas y el canto
+reposado del sacerdote, conmovían su alma. Las llamas de los cirios
+temblaban sin color y sin luz como fuegos fatuos retrasados en su viaje
+nocturno y sorprendidos por el día: la capa del jesuita brillaba bajo
+el sol como el caparazón de un insecto enorme, blanco y dorado. La
+sagrada ceremonia conmovía a Dupont hasta el punto de agolpar las
+lágrimas a sus ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Muy hermoso, ¿verdad?&mdash;suspiró en una pausa de la letanía, sin ver a
+los que le rodeaban, dejando caer al azar la expresión de su entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sublime!&mdash;se apresuró a murmurar el jefe del escritorio.</p>
+
+<p>&mdash;¡Primo... de chipén!&mdash;añadió Luis.&mdash;Esto parece una cosa de teatro.</p>
+
+<p>Dupont, a pesar de su emoción no se olvidaba de marcar las respuestas de
+la letanía ni de atender al cuidado del sacerdote. Le tomaba del brazo
+para guiarle en las desigualdades del terreno; evitaba que su capa
+enganchase en los sarmientos sus bordados de realce.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡Ab ira, et odio, et omni mala voluntate!...</i>&mdash;cantaba el sacerdote.</p>
+
+<p>Había que variar la respuesta, y Dupont, con todos los suyos,
+contestaba:</p>
+
+<p>&mdash;<i>Libera nos, Domine.</i></p>
+
+<p>Mientras tanto, el resto de la procesión seguía respondiendo, con
+irónica tenacidad, su <i>Ora pro nobis</i>.</p>
+
+<p>&mdash;<i>¡A spiritu fornicationis!</i>&mdash;dijo el padre Urizábal.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Libera nos, Domine</i>&mdash;contestaron compungidos Dupont y todos los que
+entendieron esta súplica al Altísimo, mientras una mitad de la
+procesión rugía desde lejos:</p>
+
+<p>&mdash;<i>Nooobis... obis.</i></p>
+
+<p>El capataz marchaba ahora cuesta arriba, guiando su gente hacia la
+explanada.</p>
+
+<p>Formáronse en grupos los viñadores, en torno del aljibe, que elevaba
+sobre la replaza su gran aro de hierro, rematado por una cruz. Al llegar
+arriba el sacerdote con su séquito, Dupont abandonó el cirio para
+arrebatar al gañán encargado del cuidado de la capilla, el hisopo y el
+caldero de agua bendita. Él serviría de sacristán a su sabio amigo. Le
+temblaban las manos de emoción al apoderarse de los sagrados objetos.</p>
+
+<p>El capataz, y muchos de los viñadores, adivinando que había llegado el
+momento supremo de la ceremonia, abrían desmesuradamente los ojos
+esperando ver algo extraordinario.</p>
+
+<p>Mientras tanto, el sacerdote volvía las hojas de su libro, sin encontrar
+la oración apropiada al caso. El Ritual era minucioso. La Iglesia se
+parapetaba en todas las avenidas de la vida: oraciones para las mujeres
+de parto, para el agua, para las luces, para las casas nuevas, para
+barcos recién construidos, para la cama de los desposados, para los que
+parten de viaje, para el pan, para los huevos, para toda clase de
+comestibles. Por fin, encontró en el Ritual lo que buscaba: <i>Benedictio
+super fruges et vineas.</i></p>
+
+<p>Y Dupont sentía cierto orgullo al pensar que la Iglesia tenía su
+oración en latín para las viñas, como si hubiese presentido a muchos
+siglos de distancia que nacería en Jerez un siervo de Dios, gran
+productor de vinos, que necesitaría de sus preces.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Adjutorium nostrum in nomine Domine</i>&mdash;dijo el sacerdote mirando a su
+rico acólito con el rabillo del ojo, pronto a indicarle la respuesta.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Qui fecit c&oelig;lum et terram</i>&mdash;contestó Dupont sin vacilar,
+recordando las palabras cuidadosamente aprendidas.</p>
+
+<p>Aún respondió a otras dos invocaciones del sacerdote, y éste fue leyendo
+con lentitud el <i>Oremus</i>, pidiendo la protección de Dios para las viñas
+y recomendándole que guardase sus uvas hasta la madurez.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Per Christum Dominum nostrum...</i>&mdash;terminó el jesuita.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Amen</i>&mdash;contestó Dupont con el rostro contraído, haciendo esfuerzos
+para que no le saltasen las lágrimas.</p>
+
+<p>El padre Urizábal empuñó el hisopo, humedeciéndolo en el calderillo y se
+irguió como para dominar mejor la extensión de viñas que abarcaba su
+vista desde la explanada.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Asperges...</i>&mdash;y musitando entre dientes el resto de la invocación,
+echó delante de él una rociada en el espacio.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Asperges... Asperges...</i>&mdash;y dio hisopazos a derecha e izquierda.</p>
+
+<p>Después, recogiéndose la capa y sonriendo a las señoras, con la
+satisfacción del que da por terminado su trabajo, se dirigió a la
+capilla seguido por el sacristán, portador otra vez del hisopo y el
+caldero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Esto sa acabao?&mdash;preguntó flemáticamente al capataz, un viñador
+viejo, de rostro grave.</p>
+
+<p>&mdash;Sí: sa acabao.</p>
+
+<p>&mdash;De modo, ¿que ya no tiene más que icir el pare cura?...</p>
+
+<p>&mdash;Creo que no.</p>
+
+<p>&mdash;Güeno... ¿Y podemos dirnos?</p>
+
+<p>El señor Fermín, después de hablar con don Pablo, volvió hacia los
+grupos de trabajadores, dando palmadas. ¡A volar! La fiesta había
+terminado para ellos. Podían ir a la otra <i>misa</i>, a ver a sus mujeres;
+pero a la noche todos en la viña para continuar el trabajo de buena
+mañana.</p>
+
+<p>&mdash;Llevaos las velas&mdash;añadió.&mdash;El señor os las regala para que vuestras
+familias las guarden como recuerdo.</p>
+
+<p>Los trabajadores comenzaron a desfilar ante Dupont, con sus cirios
+apagados.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias&mdash;decían algunos, llevándose la mano al sombrero.</p>
+
+<p>Y el tono de su voz era tal, que no sabían los que rodeaban a Dupont si
+éste llegaría a ofenderse.</p>
+
+<p>Pero don Pablo aún estaba bajo la presión de sus emociones. Dentro de la
+torre terminaban los preparativos del banquete, pero él no podría
+comer. ¡Qué día, amigos! ¡Qué espectáculo sublime! Y mirando los
+centenares de trabajadores que iban viña abajo, daba salida libre a sus
+entusiasmos.</p>
+
+<p>Allí acababa de verse una imagen de lo que debía ser la sociedad. Los
+amos y los criados, los ricos y los pobres unidos todos en Dios,
+amándose con fraternidad cristiana, conservando cada cual su jerarquía y
+la parte de bienestar que el Señor hubiera querido concederles.</p>
+
+<p>Los viñadores caminaban apresuradamente. Algunos corrían para
+adelantarse a sus compañeros, llegando cuanto antes a la ciudad. Desde
+la noche anterior que les esperaban en Jerez. Habían pasado la semana
+pensando en el sábado, en la vuelta a casa, para sentir el calor de la
+familia, después de seis días de amontonamiento.</p>
+
+<p>Era el único consuelo del pobre, el triste descanso de una semana de
+fatigas, y les habían robado una noche y una mañana. Sólo les quedaban
+unas cuantas horas: así que anocheciese tenían que estar de vuelta en
+Marchamalo.</p>
+
+<p>Al salir de las tierras de Dupont y verse en la carretera, los hombres
+rompieron a hablar. Detuviéronse un instante para fijar su vista en lo
+alto de la colina, donde se destacaban las figuras de don Pablo y sus
+empleados, empequeñecidas por la distancia.</p>
+
+<p>Los viñadores más jóvenes miraban con desprecio el cirio regalado, y
+apoyándolo cerca del vientre, lo movían con cinismo, apuntando a lo
+alto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pa ti!... ¡pa ti!...</p>
+
+<p>Los viejos prorrumpían en amenazas sordas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mala puñalá te den, beato roío! ¡Anda a que te... zurzan, ladrón!...</p>
+
+<p>Y Dupont, desde lo alto, abarcaba en una mirada lacrimosa sus campos,
+sus centenares de trabajadores que se detenían en el camino sin duda
+para saludarle, y participaba su emoción a los allegados.</p>
+
+<p>¡Un gran día, amigos míos! ¡Un espectáculo conmovedor! El mundo, para
+marchar bien, debía organizarse con arreglo a las sanas tradiciones...
+Lo mismo que su casa.</p>
+
+
+
+<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p>
+
+<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+
+<p>Un sábado por la tarde, Fermín Montenegro, al salir del escritorio
+encontró a don Fernando Salvatierra.</p>
+
+<p>El maestro dirigíase a las afueras de la ciudad para dar un largo paseo.
+Trabajaba gran parte del día en traducciones del inglés o escribiendo
+artículos para los periódicos de la <i>idea</i>; una faena que le producía lo
+necesario para el pan y el queso, permitiéndole además auxiliar al
+<i>compañero</i> que le alojaba en su casucha y a otros <i>compañeros</i> no menos
+pobres que le asediaban con frecuencia, demandándole apoyo en nombre de
+la solidaridad.</p>
+
+<p>Su único placer, después del trabajo, era el paseo; pero un paseo de
+horas, casi un viaje, hasta bien cerrada la noche, apareciendo
+inesperadamente en cortijos situados a varias leguas de la ciudad.</p>
+
+<p>Los amigos huían de acompañar en sus excursiones a aquel andarín ágil,
+de piernas incansables, que proclamaba la marcha como el más eficaz de
+los remedios, y hablaba de Kant, presentando como un ejemplo los paseos
+de cuatro horas que daba el filósofo todos los días, llegando sano a una
+extrema vejez gracias a este apacible ejercicio.</p>
+
+<p>Salvatierra, al saber que Fermín no tenía ninguna ocupación inmediata,
+le invitó a acompañarle. Iba hacia los llanos de Caulina. Le gustaba más
+el camino de Marchamalo y estaba seguro de que su viejo camarada, el
+capataz, le recibiría con los brazos abiertos; pero no ignoraba los
+sentimientos de Dupont hacia él y quería evitarle un disgusto.</p>
+
+<p>&mdash;Tú mismo, muchacho&mdash;continuó don Fernando,&mdash;te expones a un sermón, si
+Dupont sabe que paseas conmigo.</p>
+
+<p>Fermín hizo un movimiento de hombros. Estaba acostumbrado a los enfados
+de su principal y a las pocas horas de escucharle ya no se acordaba de
+sus palabras. Además, hacía tiempo que no había hablado con don Fernando
+y le placía pasear con él en este suave atardecer de primavera.</p>
+
+<p>Los dos salieron de la ciudad, y después de seguir las cercas de las
+pequeñas viñas con sus casitas de recreo entre grupos de árboles, vieron
+extenderse ante sus ojos las planicies de Caulina como una estepa verde.
+Ni un árbol, ni un edificio. La llanura esparcíase hasta las montañas
+que, esfumadas por la distancia, cerraban el horizonte; inculta,
+salvaje, con la solemnidad monótona de la tierra abandonada.</p>
+
+<p>Los hierbajos cubrían el suelo en apretadas marañas, matizando la
+primavera su verde oscuro con el blanco y el rojo de las flores
+silvestres. Las piteras y chumberas, plantas rudas y antipáticas de los
+países abandonados, amontonaban en los bordes del camino una vegetación
+puntiaguda y agresiva. Sus vástagos rectos y cimbreantes, con un pompón
+de blancas cazoletas, sustituían a los árboles en aquella inmensidad
+horizontal y monótona no cortada por ondulación alguna. Esparcidos a
+largas distancias, apenas si se destacaban como negras verrugas los
+chozones y ranchos de los pastores, hechos de ramaje y tan bajos de
+techumbre que parecían viviendas de reptiles. Aleteaban las palomas
+torcaces en el cielo alegre de la tarde. Las nubes se contorneaban con
+un ribete de oro, reflejando el sol poniente.</p>
+
+<p>Unos alambres interminables iban de poste en poste, casi a ras de
+tierra, marcando los límites de la llanura, repartida en proporciones
+gigantescas. Y en estos cercados de término indefinido, que no podían
+abarcarse con los ojos, movíanse los toros con paso tardo, o permanecían
+inmóviles en el suelo, empequeñecidos por la distancia, como caídos de
+una caja de juguetes. El cencerro de los cabestros hacía palpitar con
+lejana ondulación el silencio de la tarde, dando una nueva nota
+melancólica al paisaje muerto.</p>
+
+<p>&mdash;Mira, Fermín&mdash;dijo Salvatierra irónicamente.&mdash;<i>¡Andalucía la alegre!</i>
+¡Andalucía la fértil!...</p>
+
+<p>Millares de hombres sufrían el tormento del hambre, víctimas del jornal,
+por no tener campos que cultivar; y la tierra reservábase para las
+bestias, en los alrededores de una ciudad civilizada. Pero no era el
+buey pacífico que fabrica carne para el sustento del hombre, el animal
+dominador de aquella llanura, sino el toro bravo que había de lidiarse
+en los circos y cuya fiereza cultivaba el ganadero, esforzándose por
+acrecentarla.</p>
+
+<p>En la inmensa planicie, cabían holgadamente cuatro pueblos y podían
+alimentarse centenares de familias; pero la tierra era de los animales,
+cuyo salvajismo mantenía el hombre para solaz de los desocupados, dando
+a su industria un carácter patriótico.</p>
+
+<p>&mdash;Hay gentes visionarias&mdash;continuó Salvatierra&mdash;que sueñan con traer a
+estas llanuras el agua que se pierde en las montañas y establecer en
+tierras propias a toda la horda de desesperados que engañan el hambre
+con el gazpacho de la gañanía. ¡Y esperan hacer esto dentro de la
+organización existente! ¡Y aun muchos de ellos me llaman iluso!... El
+rico tiene sus cortijos y sus viñas y necesita del hambre, que es su
+aliada, para que le proporcione los esclavos del jornal. El ganadero,
+por su parte, necesita mucha tierra inculta para criar sus fieras, que
+la pagan no por su carne, sino en razón de su salvajismo. Y los
+poderosos que poseen el dinero, tienen interés en que todo continúe lo
+mismo, y así seguirá.</p>
+
+<p>Salvatierra reía recordando lo que había oído sobre el progreso de su
+país. En los cortijos se veían máquinas agrícolas de los más recientes
+modelos, y los periódicos, pagados por los ricos, deshacíanse en elogios
+de las grandes iniciativas de sus protectores en pro del desarrollo
+agrícola. Mentira, todo mentira. La tierra se cultivaba peor que en
+tiempo de los moros. Los abonos no se conocían: se hablaba de ellos con
+desprecio, como invenciones modernas, contrarias a las buenas
+tradiciones. El cultivo intensivo de otros pueblos era considerado como
+un ensueño. Se araba a estilo bíblico; dejábase a la tierra que
+produjera a su capricho, compensando lo débil de la cosecha con la gran
+extensión de las propiedades y lo irrisorio del jornal.</p>
+
+<p>Únicamente se habían aceptado los adelantos del progreso mecánico, como
+una arma de combate contra el enemigo, contra el trabajador. En los
+cortijos no existía otro utensilio moderno que las trilladoras. Eran la
+artillería gruesa de la gran propiedad. La trilla al sistema antiguo,
+con sus manadas de yeguas rodando en la era, duraba meses enteros, y los
+gañanes escogían esta época para pedir algún mejoramiento, amenazando
+con la huelga, que dejaba las cosechos a la intemperie. La trilladora,
+que realizaba en dos semanas el trabajo de dos meses, daba al amo la
+seguridad de la recolección. Además, ahorraba brazos y equivalía a una
+venganza contra la gente levantisca y descontenta, que acosaba a las
+personas decentes con sus imposiciones. Y en el <i>Círculo Caballista</i>
+hablaban los grandes propietarios de los adelantos del país y de sus
+máquinas, que sólo servían para recoger y asegurar las cosechas, nunca
+para sembrarlas y fomentarlas, presentando hipócritamente este ardid de
+guerra como un progreso desinteresado.</p>
+
+<p>La gran propiedad empobrecía el país, manteniéndolo anonadado bajo su
+brutal pesadumbre. La ciudad era la urbe del tiempo romano, rodeada de
+leguas y más leguas de terreno, sin un pueblo, sin una aldea; sin otras
+aglomeraciones de vida que los cortijos, con sus siervos del jornal,
+mercenarios de la miseria, que se veían reemplazados apenas los
+debilitaba la vejez o la fatiga; más tristes que el antiguo esclavo, que
+al menos veía seguros hasta su muerte el techo y el pan.</p>
+
+<p>La vida se concentraba en la ciudad, como si la guerra asolase los
+campos y sólo dentro de sus muros se considerase segura. El antiguo
+latifundo enseñoreado del suelo, poblaba la campiña de hordas cuando lo
+exigían las faenas. Al terminar éstas, un silencio de muerte caía sobre
+las inmensas soledades, retirándose las bandos de jornaleros a los
+pueblos de la sierra, para maldecir de lejos a la ciudad opresora. Otros
+mendigan en ella, viendo de cerca la riqueza de los amos, sus
+ostentaciones bárbaras que incubaban en las almas de los pobres un deseo
+de exterminio.</p>
+
+<p>Salvatierra detenía el paso para volver la vista atrás y contemplar la
+ciudad, que destacaba su blanco caserío, la arboleda de sus jardines
+sobre el cielo rosa y oro de la puesta del sol.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, Jerez! ¡Jerez!&mdash;dijo el rebelde.&mdash;¡Ciudad de millonarios, rodeada
+de una horda inmensa de mendigos!... Lo extraño es cómo estás ahí, tan
+blanca y tan bonita, riendo de todas las miserias, sin que te hayan
+prendido fuego...</p>
+
+<p>La campiña dependiente de la ciudad, que abarcaba casi una provincia,
+era de ochenta propietarios. En el resto de Andalucía ocurría lo mismo.
+Muchas familias de rancia nobleza habían guardado la propiedad feudal,
+las grandes extensiones adquiridas por sus ascendientes, con sólo
+galopar, lanza en ristre, matando moros. Otras grandes propiedades
+habían sido formadas por los compradores de bienes nacionales, o los
+agitadores políticos del campo, que se cobraban sus servicios en las
+elecciones haciéndose regalar por el Estado los montes y los terrenos
+públicos, sobre los cuales vivían pueblos enteros. En ciertos sitios de
+la sierra encontrábanse poblaciones abandonadas, con las casas
+desplomándose, como si por ellas hubiese pasado una epidemia. El
+vecindario había huido lejos, en busca de la servidumbre del jornal,
+viendo convertirse en dehesa de un rico influyente los terrenos públicos
+que daban el pan a sus familias.</p>
+
+<p>Y esta pesadumbre de la propiedad, desmesurada y bárbara, aun se hacía
+tolerable en ciertos lugares de Andalucía, por estar lejos los amos, por
+vivir en Madrid de las rentas que les enviaban aparceros y
+administradores, contentándose con el producto de unos bienes que no
+habían visto y que por su extensión rendían mucho de todas suertes.</p>
+
+<p>Pero en Jerez, el rico estaba sobre el pobre a todas horas, para hacerle
+sentir su influencia. Era un centauro rudo, orgulloso de su fuerza, que
+buscaba el combate, se embriagaba en él y gozaba desafiando la cólera
+del hambriento, para domeñarle como a los potros salvajes en el
+herradero.</p>
+
+<p>&mdash;El rico de aquí es más gañán que el trabajador&mdash;decía Salvatierra.&mdash;Su
+animalidad gallarda e impulsiva hace aún más dolorosa la miseria.</p>
+
+<p>La riqueza era más visible allí que en otras partes. Los cultivadores
+del vino, los dueños de bodegas, los exportadores, con sus fortunas
+extraordinarias y sus despilfarros ostentosos, amargaban la pobreza de
+los desgraciados.</p>
+
+<p>&mdash;Los que dan dos reales a un hombre por el trabajo de todo un
+día&mdash;continuó el revolucionario&mdash;pagan hasta cincuenta mil reales por un
+caballo de fama. Yo he visto las gañanías y he visto muchas cuadras de
+Jerez, donde guardan esas bestias que no son de utilidad, y sólo sirven
+para halagar el orgullo de sus amos. Créeme, Fermín: hay en esta tierra
+miles de seres racionales, que al acostarse con los huesos doloridos en
+la esterilla del cortijo, quisieran despertar transformados en caballos.</p>
+
+<p>Él no aborrecía absolutamente las grandes propiedades. Eran una
+facilidad para el comunismo de la tierra, ensueño generoso cuya
+realización creía muchas veces próxima. Cuanto más reducido fuese el
+número de los propietarios del suelo, más fácilmente se resolvería el
+problema e interesarían menos los lamentos de los desposeídos.</p>
+
+<p>Pero la solución estaba lejos, y mientras tanto, indignábanle la
+creciente miseria, la abyección moral de los siervos de la tierra. Le
+asombraba la ceguera de las gentes felices aferradas al pasado. Dando la
+posesión del suelo en pequeñas partes a los trabajadores, como en otras
+comarcas de España, retardarían por siglos la revolución en los campos.
+El pequeño cultivador que ama su pedazo de suelo como una prolongación
+de la familia, es áspero y hostil a toda innovación revolucionaria, más
+aún que el verdadero rico. Toda idea nueva la considera un peligro para
+su pobre bienestar y la repele ferozmente. Dando a aquellas gentes la
+posesión del suelo, se retrasaría el momento de la suprema Justicia con
+que soñaba Salvatierra; pero aunque así fuese, su alma de bienhechor
+consolábase pensando en los alivios momentáneos de la miseria. Surgirían
+pueblos en las soledades, desaparecerían aquellos cortijos aislados, con
+su aspecto huraño de cuartel o de presidio, y las bestias volverían a
+la sierra, dejando el llano para el sustento del hombre.</p>
+
+<p>Pero Fermín, al escuchar a su maestro, movía la cabeza con signos
+negativos.</p>
+
+<p>&mdash;Todo seguirá lo mismo&mdash;dijo el joven.&mdash;A los ricos no les importa nada
+el porvenir, ni creen necesaria ninguna precaución para retardarlo.
+Tienen los ojos en el cogote, y si algo ven, es hacia atrás. Mientras
+los gobernantes surjan de su clase y tengan a su servicio los fusiles
+que pagamos todos, se ríen de las rebeldías de abajo. Además, conocen a
+la gente.</p>
+
+<p>&mdash;Eso que tú dices&mdash;repuso Salvatierra;&mdash;conocen a la gente y no la
+temen.</p>
+
+<p>El revolucionario pensaba en el <i>Maestrico</i>, en aquel muchacho que había
+visto escribir trabajosamente a la luz del candil, en la gañanía de
+Matanzuela. Tal vez aquella alma simple contemplaba mejor el porvenir al
+través de su sencilla fe, que él con su indignación, que ansiaba
+destruir inmediatamente todo lo malo. Lo primero era crear hombres
+nuevos, antes de ir a la supresión del mundo caduco. Y pensando en la
+muchedumbre miserable y sin voluntad, hablaba con cierta tristeza.</p>
+
+<p>&mdash;En vano se han intentado revoluciones en esta tierra. El alma de
+nuestras gentes es la misma que en tiempo de los señoríos. Guardan en lo
+más hondo la resignación del siervo.</p>
+
+<p>Aquella tierra era la del vino, y Salvatierra, con su frialdad de
+sobrio, maldecía la influencia que ejercía sobre la gente el veneno
+alcohólico, transmitiéndose de generación en generación. La bodega era
+la moderna fortaleza feudal que mantenía a las masas en la servidumbre y
+la abyección. Los entusiasmos, los crímenes, la alegría, los amores,
+todo era producto del vino, como si aquel pueblo, que aprendía a beber
+apenas soltaba el pecho de la madre y contaba las horas del día por el
+número de copas, careciera de pasiones y de afectos, fuese incapaz de
+moverse y sentir por propio impulso, necesitando para todos sus actos el
+resorte de la bebida.</p>
+
+<p>Salvatierra hablaba del vino como de un personaje invisible y
+omnipotente, que intervenía en todas las acciones de aquellos autómatas,
+soplando en su pensamiento, limitado y vivaracho como el de un pájaro;
+empujándolos lo mismo al desaliento, que a la desordenada alegría.</p>
+
+<p>Los hombres inteligentes que podían servir de pastores a los de abajo,
+mostraban en su juventud aspiraciones generosas, pero apenas entraban en
+edad eran víctimas de la epidemia de la tierra: se convertían en
+<i>manzanilleros</i> famosos, no logrando que funcionase su cerebro más que a
+impulsos de la excitación alcohólica. En plena madurez mostrábanse
+decrépitos, con las manos temblonas, casi paralíticos, los ojos
+enrojecidos, la vista oscurecida y el pensamiento difuso, como si el
+alcohol envolviese en nubes su cerebro. Y, víctimas alegres de esta
+esclavitud, alababan aún el vino como el remedio más seguro para
+fortalecer la vida.</p>
+
+<p>El rebaño de la pobreza no podía gozar de este placer de los ricos; pero
+lo envidiaba, soñando con la embriaguez como la mayor de las
+felicidades. En sus momentos de cólera, de protesta, bastaba poner el
+vino al alcance de sus manos para que todos sonriesen viendo dorada y
+luminosa su miseria al través del vaso lleno de oro líquido.</p>
+
+<p>&mdash;¡El vino!&mdash;exclamaba Salvatierra.&mdash;Ese es el mayor enemigo de este
+país: mata las energías, crea engañosas esperanzas, acabo con la vida
+prematuramente: todo lo destruye; hasta el amor.</p>
+
+<p>Fermín sonreía escuchando a su maestro.</p>
+
+<p>&mdash;¡No tanto, don Fernando!... Reconozco, sin embargo, que es uno de
+nuestros males. Puede decirse que llevamos la afición en la sangre. Yo
+mismo, confieso mi vicio: me gusta una copa ofrecida por los amigos...
+Es la enfermedad de la tierra.</p>
+
+<p>El revolucionario, arrastrado por el curso tumultuoso de sus
+pensamientos, olvidaba el vino para arremeter contra otro enemigo: la
+resignación ante la injusticia, la mansedumbre cristiana de los
+desgraciados.</p>
+
+<p>&mdash;Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron
+de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y
+hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y
+el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin
+cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el
+femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran
+sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para
+siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No
+pidáis a los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos
+el remedio de vuestros males».</p>
+
+<p>Salvatierra se exaltaba, elevando su voz en el silencio del crepúsculo.
+El sol se había ocultado, dejando sobre la ciudad una aureola de
+incendio. Por la parte de la sierra destacábase en un cielo de color de
+violeta la primera estrella anunciadora de la noche. El revolucionario
+la miraba, como si fuese el astro que había de guiar hacia más amplios
+horizontes la muchedumbre del llanto y del dolor; la estrella de la
+Justicia, alumbrando pálida e indecisa la lenta partida de los rebeldes,
+y agrandándose hasta convertirse en un sol, así como se aproximaban a
+ella, escalando alturas, aplastando privilegios, derribando dioses.</p>
+
+<p>Los grandes ensueños de la Poesía acudían a la memoria de Salvatierra y
+hablaba de ellos a su acompañante con la voz trémula y sorda de un
+profeta en plena visión.</p>
+
+<p>Un estremecimiento de las entrañas de la tierra había conmovido un día
+al mundo antiguo. Los árboles gimieron en los bosques, agitando sus
+melenas de hojas, como plañideras desesperadas; un viento fúnebre rizó
+los lagos y la superficie azul y luminosa del mar clásico que había
+arrullado durante siglos en las playas griegas los diálogos de los
+poetas y los filósofos. Un lamento de muerte rasgó el espacio, llegando
+a los oídos de todos los hombres. «<i>¡El gran Pan ha muerto!...</i>» Las
+sirenas se sumergieron para siempre en las glaucas profundidades, las
+ninfas huyeron despavoridas a las entrañas de la tierra para no volver
+jamás, y los templos, blancos, que cantaban como himnos de mármol la
+alegría de la vida bajo el torrente de oro del sol, se entenebrecieron,
+sumiéndose en el silencio augusto de las ruinas. «Cristo ha nacido»,
+gritó la misma voz. Y el mundo fue ciego para todo lo exterior,
+reconcentrando su vista en el alma; y aborreció la materia como pecado
+vil, y oprimió los sentimientos más puros de la vida, haciendo de su
+amputación una virtud.</p>
+
+<p>El sol siguió brillando, pero pareció menos luminoso a la humanidad,
+como si entre ella y el astro se interpusiera un velo fúnebre. La
+naturaleza continuó su obra creadora, insensible a las locuras de los
+hombres; pero éstos no amaron otras flores que las que transparentaban
+la luz en las vidrieras de las ojivas, ni admiraron más árboles que las
+palmeras de piedra que sostenían las bóvedas de las catedrales. Venus
+ocultó sus desnudeces de mármol en las ruinas del incendio, esperando
+renacer tras un sueño de siglos, bajo el arado del rústico. El tipo de
+belleza fue la virgen infecunda y enferma, enflaquecida por el ayuno; la
+religiosa, pálida y desmayada como el lirio que sostenían sus manos de
+cera, con los ojos lacrimosos, agrandados por el éxtasis y el dolor de
+ocultos cilicios.</p>
+
+<p>El negro ensueño había durado siglos. Los hombres, renegando de la
+naturaleza, habían buscado en la privación, en la vida torturada y
+deforme, en la divinización del dolor, el remedio de sus males, la
+fraternidad ansiada, creyendo que la esperanza del ciclo y la caridad en
+la tierra bastarían para la felicidad de los cristianos.</p>
+
+<p>Y he aquí que el mismo lamento que anunció la muerte del gran dios de la
+Naturaleza, volvía a sonar como si reglamentase, con intervalos de
+siglos, las grandes mutaciones de la vida humana. «¡Cristo ha muerto!...
+¡Cristo ha muerto!»</p>
+
+<p>&mdash;Sí; ha muerto hace tiempo&mdash;continuó el rebelde.&mdash;Todas las almas oyen
+este grito misterioso en sus momentos de desesperación. En vano suenan
+las campanas cada año anunciando que Cristo resucita... Resucita sólo
+para los que viven de su herencia. Los que sienten hambre de justicia y
+esperan miles de años la redención, saben que está bien muerto y que no
+volverá, como no vuelven las frías y veleidosas divinidades griegas.</p>
+
+<p>Los hombres, siguiéndole, no habían visto un horizonte nuevo: habían
+caminado por senderos conocidos. Sólo cambiaban el exterior y el nombre
+de las cosas. La humanidad contemplaba a la luz cenicienta de una
+religión que maldice la vida, lo que antes había visto en la inocencia
+de la infancia. El esclavo redimido por Cristo era ahora el asalariado
+moderno, con su derecho a morir de hambre, sin el pan y el cántaro de
+agua que su antecesor encontraba en el ergástula. Los mercaderes
+arrojados del templo tenían asegurada la entrada en la gloria eterna y
+eran los sostenes de toda virtud. Los privilegiados hablaban del reino
+de los cielos como de un placer más que añadir a los que disfrutaban en
+la tierra. Los pueblos cristianos se exterminaban, no por los caprichos
+y los odios de sus pastores, sino por algo menos concreto, por el
+prestigio de un trapo ondeante, cuyos colores les enloquecían. Se
+mataban fríamente hombres que no se habían visto nunca, que dejaban a
+sus espaldas un campo por cultivar y una familia abandonada; hermanos de
+dolor en la cadena del trabajo, sin otras diferencias que la lengua y la
+raza.</p>
+
+<p>En las noches de invierno, la gran muchedumbre de la miseria pululaba en
+las calles de las ciudades, sin pan y sin techo, como si estuviese en un
+desierto. Los niños lloraban de frío, ocultando las manos bajo los
+sobacos; las mujeres de voz aguardentosa se encogían como fieras en el
+quicio de una puerta, para pasar la noche; los vagabundos sin pan,
+miraban los balcones iluminados de los palacios o seguían el desfile de
+las gentes felices que, envueltas en pieles, en el fondo de sus
+carruajes, salían de las fiestas de la riqueza. Y una voz, tal vez la
+misma, repetía en sus oídos, que zumbaban de debilidad: «No esperéis
+nada. ¡Cristo ha muerto!»</p>
+
+<p>El obrero sin trabajo, al volver a su frío tugurio, donde le aguardaban
+los ojos interrogantes de la hembra enflaquecida, dejábase caer en el
+suelo como una bestia fatigada, después de su carrera de todo un día
+para aplacar el hambre de los suyos. «¡Pan, pan!» le decían los
+pequeñuelos esperando encontrarlo bajo la blusa raída. Y el padre oía la
+misma voz, como un lamento que borraba toda esperanza: «¡Cristo ha
+muerto!»</p>
+
+<p>Y el jornalero del campo que, mal alimentado con bazofia, sudaba bajo el
+sol, sintiendo la proximidad de la asfixia, al detenerse un instante
+para respirar en esta atmósfera de horno, se decía que era mentira la
+fraternidad de los hombres predicada por Jesús, y falso aquel dios que
+no había hecho ningún milagro, dejando los males del mundo lo mismo que
+los encontró al llegar a él... Y el trabajador vestido con un uniforme,
+obligado a matar en nombre de cosas que no conoce a otros hombres que
+ningún daño le han hecho, al permanecer horas y horas en un foso,
+rodeado de los horrores de la guerra moderna, peleando con un enemigo
+invisible por la distancia, viendo caer destrozados miles de semejantes
+bajo la granizada de acero y el estallido de las negras esferas, también
+pensaba con estremecimientos de disimulado terror: «¡Cristo ha muerto,
+Cristo ha muerto!»</p>
+
+<p>Sí; bien muerto estaba. Su vida no había servido para aliviar uno solo
+de los males que afligen a los humanos. En cambio, había causado a los
+pobres un daño incalculable predicándoles la humildad, infiltrando en
+sus espíritus la sumisión, la creencia del premio en un mundo mejor. El
+envilecimiento de la limosna y la esperanza de justicia ultraterrena
+habían conservado a los infelices en su miseria por miles de años. Los
+que viven a la sombra de la injusticia, por mucho que adorasen al
+Crucificado, no le agradecerían bastante sus oficios de guardián durante
+diecinueve siglos.</p>
+
+<p>Pero los infelices sacudían ya su atonía: el dios era un cadáver. No más
+resignación. Ante el Cristo muerto había que aclamar el triunfo de la
+Vida. El cadáver inmenso aun pesaba sobre la tierra, pero las
+muchedumbres engañadas se agitaban ya, dispuestas a sepultarle. Por
+todos lados se oían los vagidos del mundo nuevo que acababa de nacer. La
+Poesía que profetizó vagamente la llegada de Cristo, anunciaba ahora la
+aparición del gran Redentor, que no había de encerrarse en la debilidad
+de un hombre, sino que encarnaría en la inmensa masa de los
+desheredados, de los tristes, con el nombre de Rebelión.</p>
+
+<p>Los hombres comenzaban de nuevo su marcha hacia la fraternidad, el ideal
+de Cristo: pero abominando de la mansedumbre, despreciando la limosna
+por envilecedora e inútil. A cada cual lo suyo, sin concesiones que
+denigran, ni privilegios que despiertan el odio. La verdadera
+fraternidad era la Justicia social.</p>
+
+<p>Calló Salvatierra, y viendo que oscurecía, dio una vuelta, comenzando a
+desandar el camino.</p>
+
+<p>Jerez, como una gran mancha negra, recortaba las líneas de sus torres y
+tejados sobre el último resplandor del crepúsculo, mientras abajo
+perforaban su oscuridad las rojas estrellas del alumbrado.</p>
+
+<p>Los dos hombres vieron marcarse sus sombras sobre la blanca superficie
+del camino. La luna salía a sus espaldas, remontándose en el espacio.</p>
+
+<p>Lejos aún de la ciudad, oyeron un ruidoso cascabeleo que hacía apartarse
+a un lado a los carros que volvían de los cortijos, lentamente, con
+sordo rechinar de ruedas.</p>
+
+<p>Salvatierra y su discípulo, refugiándose en la cuneta, vieron pasar
+cuatro briosos caballos con borlajes saltones y chillonas ristras de
+cascabeles tirando de un coche lleno de gente. Cantaban, gritaban,
+palmoteaban, llenando el camino con su alegría loca, esparciendo el
+escándalo de la <i>juerga</i> sobre las llanuras muertas que aun parecían
+más tristes a la luz de la luna.</p>
+
+<p>Pasó el carruaje como un rayo entre nubes de polvo, pero Fermín pudo
+reconocer al que guiaba los caballos. Era Luis Dupont que, erguido en el
+pescante, arreaba con la voz y el látigo a las cuatro bestias que
+corrían desbocadas. Una mujer que iba junto a él, también gritaba
+azuzando al ganado con una fiebre de velocidad loca. Era la
+<i>Marquesita</i>. Montenegro creyó que le había reconocido, pues al
+alejarse, agitó una mano entre la nube de polvo, gritándole algo que no
+pudo oír.</p>
+
+<p>&mdash;Esos van de juerga, don Fernando&mdash;dijo el joven cuando se restableció
+el silencio en el camino.&mdash;Les parece estrecha la ciudad, y, como mañana
+es domingo, querrán pasarlo en Matanzuela a sus anchas.</p>
+
+<p>Salvatierra, al oír el nombre del cortijo, recordó a su camarada del
+ventorro del Grajo, aquel enfermo que ansiaba su presencia como el mejor
+remedio. No le había visto desde el día en que el temporal le obligó a
+refugiarse en Matanzuela, pero le recordaba muchas veces, proponiéndose
+repetir su visita en la próxima semana. Prolongaría uno de sus largos
+paseos, llegando hasta aquella choza donde le esperaban como un
+consuelo.</p>
+
+<p>Fermín habló de los recientes amoríos de Luis con la <i>Marquesita</i>. Al
+fin, la amistad les había conducido a un término, que los dos parecían
+querer evitar. Ella ya no estaba con el tosco ganadero de cerdos. Volvía
+a tirarle el señorío, según decía, y alardeaba impúdicamente de sus
+nuevas relaciones, viviendo en casa de Dupont y entregándose los dos a
+fiestas ruidosas. Les parecía su amor desabrido y monótono, si no lo
+sazonaban con embriagueces y escándalos que alterasen la hipócrita calma
+de la ciudad.</p>
+
+<p>&mdash;Se han juntado dos locos&mdash;continuó Fermín.&mdash;Cualquier día se pelearán,
+saliendo de una de sus juergas echando sangre; pero, mientras tanto, se
+creen felices y exhiben su dicha con una desvergüenza admirable. Yo creo
+que lo que más les divierte es la indignación de don Pablo y su familia.</p>
+
+<p>Montenegro relató las últimas aventuras de estos enamorados, que
+alarmaban a la ciudad. Jerez les parecía estrecho para su dicha y
+corrían los cortijos y las poblaciones inmediatas, llegando hasta Cádiz,
+seguidos del cortejo de cantadores y matones que acompañaba siempre a
+Luis Dupont. Pocos días antes habían tenido en Sanlúcar de Barrameda una
+fiesta estruendosa, al final de la cual, la <i>Marquesita</i> y su amante,
+embriagando a un camarero, le raparon la cabeza con unas tijeras. En el
+<i>Círculo Caballista</i>, reían los señoritos al comentar las hazañas de
+aquella pareja. ¡Pero qué buena sombra tenía Luis! ¡Qué gran mujer la
+<i>Marquesita</i>!...</p>
+
+<p>Y los dos amantes, en una continua borrachera, que apenas se desvanecía
+era reforzada, como si temiesen perder la ilusión viéndose fríamente sin
+la engañosa alegría del vino, iban de un lado a otro, cual un vendaval
+de escándalo, entre los aplausos de la gente joven y la indignación de
+las familias.</p>
+
+<p>Salvatierra escuchaba a su discípulo con gesto irónico. Le interesaba
+Luis Dupont. Era un buen ejemplar de aquella juventud ociosa, dueña de
+todo el país.</p>
+
+<p>Apenas habían llegado los dos paseantes a las primeras casas de Jerez,
+cuando el carruaje de Dupont, rodando vertiginosamente a impulsos de las
+briosas bestias, que corrían como locas, estaba ya en Matanzuela.</p>
+
+<p>Los perros del cortijo ladraron furiosamente al oír el galope, cada vez
+más cercano, acompañado de gritos, rasgueos de guitarra y canciones de
+prolongado lamento.</p>
+
+<p>&mdash;Ahí viene el amo&mdash;dijo <i>Zarandilla</i>.&mdash;Nadie pué ser más que él.</p>
+
+<p>Y llamando al aperador, salieron los dos fuera del cortijo para ver
+llegar, a la luz de la luna, el ruidoso carruaje.</p>
+
+<p>Bajó del pescante de un salto la gentil <i>Marquesita</i>, y poco a poco
+fueron disgregándose del amontonamiento de carne que llenaba el interior
+todos los del séquito. El señorito abandonó las riendas a <i>Zarandilla</i>,
+después de hacerle varias recomendaciones para que cuidase bien el
+ganado.</p>
+
+<p>Rafael avanzó quitándose el sombrero.</p>
+
+<p>&mdash;¿Eres tú, buen mozo?&mdash;dijo la <i>Marquesita</i> con desenvoltura.&mdash;Cada vez
+estás más guapo. Si no fuese por darle un disgusto a María de la Luz,
+cualquier día engañábamos a <i>éste</i>.</p>
+
+<p>Pero <i>éste</i>, o sea Luis, reía de la desvergüenza de su prima, sin que le
+molestase la muda comparación a que parecían entregados los ojos de
+Lola, entre su cuerpo desmedrado de vividor alegre y la fuerte armazón
+del aperador del cortijo.</p>
+
+<p>El señorito pasó revista a su gente. Ninguno se había perdido en el
+viaje; todos estaban: la <i>Moñotieso</i>, famosa cantaora, y su hermana; su
+señor padre, un veterano del baile clásico que había hecho tronar bajo
+sus tacones los tablados de todos los cafés cantantes de España; tres
+protegidos de Luis, graves y cejijuntos, con la mano en la cadera y los
+ojos entornados, como si no osaran mirarse por no infundirse espanto, y
+un hombre carilleno, con sotobarba sacerdotal y unos tufos de pelo
+pegados a las orejas, guardando bajo el brazo una guitarra.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ahí le tienes!&mdash;dijo el señorito a su aperador, señalándole al
+guitarrista.&mdash;El señó Pacorro, alias el <i>Águila</i>, el primer tocador del
+mundo. ¡El <i>Guerra</i>, matando toros, y mi amigo con la guitarra!... ¡el
+disloque!</p>
+
+<p>Y como el cortijero se quedase mirando a este ser extraordinario, cuyo
+nombre no había oído jamás, el tocador se inclinó ceremoniosamente
+como un hombre de mundo, experto en fórmulas sociales.</p>
+
+<p>&mdash;Beso a uzté la mano...</p>
+
+<p>Y sin añadir palabra se entró en el cortijo, siguiendo a la demás gente
+que guiaba la <i>Marquesita</i>.</p>
+
+<p>La mujer de <i>Zarandilla</i> y Rafael, ayudados por aquella tropa,
+arreglaron las habitaciones del amo. Dos quinqués humosos dieron luz a
+la gran sala de enjalbegadas paredes, adornadas con algunos cromos de
+santos. Los hombres de confianza de don Luis, doblando el espinazo con
+cierta pereza, sacaron de espuertas y cajones todas las vituallas
+traídas en el carruaje.</p>
+
+<p>La mesa se llenó de botellas, que transparentaban la luz; unas de color
+de avellana, otras de oro pálido. La vieja de <i>Zarandilla</i> se entró en
+la cocina, seguida de las demás mujeres, mientras el señorito preguntaba
+al aperador por la gente de la gañanía.</p>
+
+<p>Casi todos los hombres estaban fuera del cortijo. Como era sábado, los
+jornaleros de la sierra se habían ido a sus pueblos. Sólo quedaban los
+gitanos y las bandas de muchachas que bajaban a la escarda confiadas a
+la vigilancia de sus manijeros.</p>
+
+<p>El amo recibía con satisfacción estos informes. No le gustaba divertirse
+teniendo a la vista a los jornaleros, gentes envidiosas, de corazón
+duro, que rabiaban con la alegría ajena y andaban después propalando
+los mayores embustes. Le placía estar a sus anchas en el cortijo. ¿No
+era el amo?... Y saltando de un pensamiento a otro con su incoherente
+ligereza, se encaró con los acompañantes. ¿Qué hacían sentados, sin
+beber, sin hablar, como si estuviesen velando a un muerto?...</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a ver esas manitas de oro, maestro&mdash;dijo al tocador que, con la
+guitarra sobre las rodillas y la mirada en alto, se entretenía haciendo
+arpegios.</p>
+
+<p>El maestro <i>Águila</i>, después de toser varias veces, comenzó un rasgueo,
+interrumpido de vez en cuando por las escalas gimeantes de la cuerda
+prima. Uno de los esbirros de don Luis destapó botellas y ordenó las
+filas de cañas, ofreciendo estos tubos de cristal, llenos de líquido
+dorado con una corona de burbujas. Las mujeres, atraídas por la
+guitarra, llegaron corriendo de la cocina.</p>
+
+<p>&mdash;¡Venga de ahí, <i>Moñotieso</i>!&mdash;gritó el señorito.</p>
+
+<p>Y la cantaora rompió en una <i>soleá</i>, con una voz aguda y poderosa, que
+después de hincharla el cuello como si éste fuera a reventarse, atronaba
+la sala y ponía en conmoción a todo el cortijo.</p>
+
+<p>El honorable padre de la <i>Moñotieso</i>, como hombre versado en sus
+deberes, sin esperar invitaciones, sacó a su otra hija al centro de la
+habitación y comenzó el baile con ella.</p>
+
+<p>Rafael se alejó prudentemente, después de beber dos copas. No quería
+estorbar la fiesta con su presencia. Además, deseaba revistar el
+cortijo antes que adelantase la noche, temiendo que el amo quisiera
+recorrerlo por un capricho de su embriaguez.</p>
+
+<p>En el patio se tropezó con <i>Alcaparrón</i>, que atraído por el ruido de la
+fiesta esperaba una coyuntura para introducirse en la sala con su
+pegajosidad de parásito. El aperador le amenazó con varios palos si
+seguía allí.</p>
+
+<p>&mdash;Largo, granuja; esos señores no quieren ná con los gitanos.</p>
+
+<p><i>Alcaparrón</i> se alejó con aire humilde, pero dispuesto a volver apenas
+desapareciese el señor Rafael, el cual entrose en la cuadra para ver si
+los caballos del amo estaban bien cuidados.</p>
+
+<p>Cuando pasada una hora volvió el aperador al lugar de la fiesta, vio
+sobre la mesa muchas botellas vacías.</p>
+
+<p>La gente estaba lo mismo, como si el líquido se hubiera derramado en el
+suelo: solamente el tocador rasgueaba con más fuerza y los demás batían
+palmas con una agitación loca, gritando a un tiempo para jalear al viejo
+bailarín. El respetable padre de las <i>Moñotieso</i>, abriendo la boca
+desdentada y negra con femeniles gritos, movía sus caderas descarnadas,
+hundiendo el vientre para hacer surgir con mayor relieve la parte
+opuesta. Sus mismas hijas celebraban con grandes risotadas estos alardes
+de una vejez envilecida.</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé, grasioso!...</p>
+
+<p>El anciano seguía bailando como una caricatura femenil entre las
+lúbricas excitaciones que le dirigía la <i>Marquesita</i>.</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 2em;"><i>¡San Patrisio!...</i></span><br />
+<span style="margin-left: 2em;"><i>¡Que la puerta se sale del quisio!</i></span><br />
+</p>
+
+<p>Y al cantar esto movíase de tal modo, que parecía próximo a hacer salir
+de su quicio natural una parte de su dorso, mientras los hombres le
+arrojaban los sombreros a los pies, entusiasmados por esta danza infame,
+deshonra del sexo.</p>
+
+<p>Cuando el bailador volvió a su silla, sudoroso y pidiendo una copa como
+premio de su cansancio, se hizo un largo silencio.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí fartan mujeres...</p>
+
+<p>Era el <i>Chivo</i> el que hablaba, después de escupir por la comisura de los
+labios, con la gravedad solemne de un valentón parco en palabras.</p>
+
+<p>La <i>Marquesita</i> protestó.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y nosotras qué somos, mamarracho?</p>
+
+<p>&mdash;Sí; eso es: ¿qué somos nosotras?&mdash;añadieron como un eco las dos de
+<i>Moñotieso</i>.</p>
+
+<p>El <i>Chivo</i> se dignó explicarse. Él no quería <i>fartar</i> a las señoras
+presentes; quería decir que la juerga, para que marchase bien,
+necesitaba más mujerío.</p>
+
+<p>El señorito se puso de pie con resolución. ¿Mujerío?... Él lo tenía; en
+Matanzuela había de todo. Y empuñando una botella, dio orden a Rafael
+para que le acompañase a la gañanía.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, señorito, ¿qué va a jacer su mercé?...</p>
+
+<p>Luis obligó al aperador a que le guiase, a pesar de sus protestas, y
+todos le siguieron.</p>
+
+<p>Cuando la alegre banda entró en la gañanía, la vio casi desierta. La
+noche era de primavera y los manijeros y el arreador estaban sentados en
+el suelo, cerca de la puerta, viendo el campo que azuleaba silencioso
+bajo la luz de la luna. Las mujeres dormitaban en los rincones, o
+formando corrillos oían cuentos de brujas y milagros de santos con un
+silencio religioso.</p>
+
+<p>&mdash;¡El amo!&mdash;dijo el aperador al entrar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Arriba! ¡Arriba! ¿Quién quiere vino?&mdash;gritó alegremente el señorito.</p>
+
+<p>Todos se pusieron de pie, sonriendo a la inesperada aparición.</p>
+
+<p>Las muchachas contemplaban con asombro a la <i>Marquesita</i> y sus dos
+acompañantas, admirando sus pañolones floreados de la China, sus
+relucientes peinados.</p>
+
+<p>Los hombres se encogían modestamente ante el señorito, que les ofrecía
+una copa, mientras sus ojos se iban tras la botella que tenía en las
+manos. Después de hipócritas negativas, bebieron todos. Era vino de
+ricos, del que ellos no conocían. ¡Oh! ¡aquel don Luis era todo un
+hombre! Algo calavera; pero la juventud le servía de excusa y además
+tenía un gran corazón. ¡Todos los amos que fuesen como él!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero, qué vino, compañero?&mdash;se decían unos a otros, enjugándose los
+labios con el reverso de la mano.</p>
+
+<p>La tía <i>Alcaparrona</i> también bebió, y su hijo, que al fin había
+conseguido agregarse al cortejo del amo, pasaba y repasaba ante éste,
+enseñándole la dentadura caballar con la mejor de sus sonrisas.</p>
+
+<p>Dupont peroraba tremolando en alto la botella. Venía para invitar a su
+comilona a todas las muchachas de la gañanía, pero sólo a las guapas. Él
+era así: llano y francote: ¡viva la democracia!...</p>
+
+<p>Las muchachas, ruborosas en presencia del amo, a quien muchas de ellas
+veían por primera vez, retrocedían mirando al suelo, con las manos
+puestas ante la falda. Dupont las señalaba: ¡esta! ¡esta!... Y se fijó
+también en Mari-Cruz, la prima de <i>Alcaparrón</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Tú, gitana, también. Eres feílla, pero tienes ángel y sabrás cantar.</p>
+
+<p>&mdash;Como los serafines, señó&mdash;dijo el primo queriendo aprovechar el
+parentesco para introducirse en la fiesta.</p>
+
+<p>Las muchachas, repentinamente ariscas, como si les amagase algún
+peligro, se hacían atrás, negándose a aceptar el convite. Ya habían
+cenado, ¡muchas gracias! Pero poco después reían, cuchicheando
+satisfechas, al ver el mal gesto que ponían ciertas compañeras al no ser
+designadas por el amo o sus acompañantes. La tía <i>Alcaparrona</i> las reñía
+por su timidez:</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué no queréis dir? Andad, payas, y si no tenéis gana de jartaros
+de cosas buenas, tomad algo de lo que el señó os dé. ¡Pues, poquitas
+veces que me orsequió a mí el señó marqués, el papá de este sol
+resplandesiente que aquí está!</p>
+
+<p>Y decía esto señalando a la <i>Marquesita</i>, que examinaba a algunas de
+aquellas jóvenes, como si quisiera adivinar su hermosura debajo de las
+ropas astrosas.</p>
+
+<p>Los manijeros, conmovidos por el vino del amo, que no había hecho más
+que despertar su sed, intervenían paternalmente con el pensamiento
+puesto en otras botellas. Podían ir con don Luis sin miedo alguno: lo
+decían ellos, que eran los encargados de cuidarlas y respondían de su
+seguridad ante sus familias.</p>
+
+<p>&mdash;Es un cabayero, muchachas, y además, vais a cenar con estas señoras.
+Toos personas decentes.</p>
+
+<p>La resistencia fue de corta duración, y, por fin, salió un grupo de
+jóvenes escoltado por el amo y sus huéspedes.</p>
+
+<p>Los que quedaron en la gañanía comenzaron a buscar por los rincones una
+guitarra. ¡Buena se presentaba la noche! Al salir el amo, había dicho al
+aperador que enviase a aquella gente todo el vino que pidiera. ¡Oh, qué
+don Luis!...</p>
+
+<p>La mujer de <i>Zarandilla</i> puso la mesa, ayudada por las jóvenes serranas,
+que habían adquirido cierto aplomo al verse en las habitaciones del
+amo. Además, el señorito, con una franqueza que las enorgullecía,
+haciéndolas subir a la cara oleadas de sangre, iba de una a otra con la
+botella y la batea de cañas, obligándolas a que bebiesen. El padre de
+las <i>Moñotieso</i> las hacía enrojecer y prorrumpir en risotadas semejantes
+a cocleos de gallinas, relatándolas al oído cuentos impúdicos.</p>
+
+<p>Eran más de veinte para la cena, y apretados en torno de la mesa,
+comenzaron a comer los platos que <i>Zarandilla</i> y su mujer servían con
+gran dificultad, pasándolos por encima de las cabezas.</p>
+
+<p>Rafael se mantenía de pie junto a la puerta, no sabiendo si ausentarse o
+hacerse visible, por respeto al amo.</p>
+
+<p>&mdash;Siéntate, hombre&mdash;ordenó magnánimamente don Luis.&mdash;Te lo permito.</p>
+
+<p>Y como la gente se estrechase aún más, para hacerle sitio, la
+<i>Marquesita</i> se levantó llamándole. ¡Allí, al lado de ella! El aperador,
+al sentarse, creyó que se sumergía en las faldas y las susurrantes ropas
+interiores de la hermosa, quedando como pegado a ella, en ardoroso
+contacto con un lado de su cuerpo.</p>
+
+<p>Los muchachas rechazaban con remilgos los primeros ofrecimientos del
+señorito y sus compañeros. Gracias; ellas habían cenado. Además, no
+estaban acostumbradas a las comidas fuertes de los señores, y podían
+hacerlas daño.</p>
+
+<p>Pero el olor de la carne, de la sagrada carne siempre vista de lejos y
+de la que se hablaba en la gañanía como de un manjar de dioses, pareció
+marearlas con una embriaguez más intensa que la del vino. Una tras otra,
+fueron arrojándose sobre los platos, y perdido el primer escrúpulo,
+comenzaron a devorar como si saliesen de larguísimos ayunos.</p>
+
+<p>El señorito celebraba la voracidad con que se movían aquellas
+mandíbulas, y sentía una satisfacción moral casi equivalente a la que
+proporciona el bien. ¡Él era así! ¡le gustaba de vez en cuando alternar
+con los pobres!</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé las mujeres de buen diente!... Ahora a beber para que no se os
+atragante el bocado.</p>
+
+<p>Las botellas se vaciaban, y las bocas de las muchachas, azuladas antes
+por la anemia, mostrábanse rojas con el zumo de la carne, y brillantes
+con las gotas de vino que se escurrían hasta las barbillas.</p>
+
+<p>Mari-Cruz, la gitana, era la única que no comía. <i>Alcaparrón</i> la hacía
+señas rondando la mesa como un perro. ¡La pobre estaba siempre tan falta
+de apetito!... Y con su habilidad de gitano, escamoteaba todo lo que con
+disimulo le ofrecía Mari-Cruz. Después salía al patio unos instantes
+para zampárselo de golpe, mientras la prima enfermiza bebía y bebía,
+admirando el vino de los señores como lo más sorprendente de la fiesta.</p>
+
+<p>Rafael apenas comió, trastornado por la vecindad de la <i>Marquesita</i>. Le
+atormentaba el contacto de aquel cuerpo hermoso hecho para el amor; el
+perfume incitante de la carne fresca purificada por una limpieza
+desconocida en los campos. Ella, en cambio, parecía aspirar con
+delectación por su naricilla sonrosada y palpitante, el vaho de macho
+campesino, el olor de cuero, de sudor y de cuadra que se esparcía con
+los movimientos del arrogante galán.</p>
+
+<p>&mdash;Bebe, Rafael: anímate. ¡Mira a <i>mi hombre</i> qué amartelado está con sus
+serranas!</p>
+
+<p>Y señalaba a Luis que, atraído por la novedad, se olvidaba de ella para
+requebrar a sus vecinas; dos jornaleras que ofrecían el encanto de una
+belleza rústica, mal lavada; dos beldades de cortijo en las que creía
+aspirar el perfume acre de las dehesas, el vaho animal de los rebaños.</p>
+
+<p>Era cerca de media noche cuando terminó la cena. El ambiente de la sala
+se había caldeado y era sofocante.</p>
+
+<p>El fuerte olor del vino derramado y de los platos sobrantes caídos en un
+rincón, mezclábase con el hedor de petróleo de los quinqués.</p>
+
+<p>Las muchachas, enrojecidas por la digestión, respiraban con dificultad y
+se aflojaban los cuerpos de sus vestidos, desabrochándose el pecho.
+Lejos de la vigilancia de los manijeros y trastornadas por el vino,
+olvidaban sus remilgos de vírgenes silvestres. Se entregaban con
+verdadera furia al goce de esta fiesta extraordinaria, que era como un
+relámpago en su vida oscura y triste.</p>
+
+<p>Una de ellas, por una copa derramada sobre su falda, irguiose amenazando
+a otra con las uñas. Sentían en sus cuerpos la presión de brazos
+varoniles y sonreían con cierta beatitud, como absolviéndose
+anticipadamente de todos los contactos que pudieran sufrir en el dulce
+abandono del bienestar. Las dos <i>Moñotieso</i>, ebrias y furiosas al ver
+que los hombres sólo atendían a las <i>payas</i>, hablaban de desnudar a
+<i>Alcaparrón</i>, para mantearle; y el muchacho, que había dormido vestido
+toda su vida, escapaba, temblando por su gitana pudibundez.</p>
+
+<p>La <i>Marquesita</i> se arrimaba cada vez más a Rafael. Parecía que todo el
+calor de su organismo se había concentrado en el lado que tocaba al
+aperador, quedando el costado opuesto frío e insensible. El mocetón,
+obligado a beber las copas que le ofrecía la señorita, sentíase ebrio,
+pero con una embriaguez nerviosa que le hacía bajar la cabeza y fruncir
+las cejas torvamente, deseando pelearse con cualquiera de los valientes
+que acompañaban a don Luis.</p>
+
+<p>El calor femenil de esta carne suave, que le acariciaba con su contacto
+por debajo de la mesa, le irritaba como un peligro difícil de vencer.
+Intentó levantarse varias veces, pretextando ocupaciones afuera, pero se
+sintió agarrado por una manecita de nerviosa fuerza.</p>
+
+<p>&mdash;Siéntate, ladrón; si te meneas, de un pellizco te arranco el alma.</p>
+
+<p>Y tan borracha como los otros, apoyando su cabeza rubia en una mano, la
+<i>Marquesita</i> le contemplaba con los ojos entornados; unos ojos azules,
+cándidos, que parecían no manchados jamás por la nube de un pensamiento
+impuro.</p>
+
+<p>Luis, entusiasmado por la admiración de las dos muchachas sentadas junto
+a él, quiso mostrarse en toda su grandeza heroica, y repentinamente
+arrojó una copa a la cara del <i>Chivo</i>, que estaba enfrente. La fiera del
+presidio contrajo su carátula feroz e hizo un movimiento para
+incorporarse, llevándose una mano al bolsillo interior de la chaqueta.</p>
+
+<p>Hubo un silencio de angustia, pero el valentón, pasado el primer
+movimiento, permaneció en su silla.</p>
+
+<p>&mdash;Don Luis&mdash;dijo con una mueca de adulación.&mdash;Usté es el único hombre
+que puede jaser eso. Usté es mi pare.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y porque soy más valiente que tú!&mdash;gritó con arrogancia el señorito.</p>
+
+<p>&mdash;Eso&mdash;afirmó el matón con otra sonrisa aduladora.</p>
+
+<p>El señorito paseó su mirada de triunfador sobre las aterradas jóvenes,
+no acostumbradas a tales escenas. ¿Eh?... ¡Allí tenían a un hombre!</p>
+
+<p>Las <i>Moñotieso</i> y su padre, que por acompañar a todas partes a don Luis
+como pupilos de su generosidod «se lo sabían de memoria», se
+apresuraron a dar por terminada la escena, moviendo gran estrépito. ¡Olé
+los hombres de <i>verdá</i>! ¡Más vino! ¡Más vino!</p>
+
+<p>Y todos, hasta el terrible matón, bebieron a la salud del señorito,
+mientras éste, como si le sofocase su propia grandeza, se despojaba de
+la chaqueta y el chaleco y poniéndose de pie agarraba a sus dos
+compañeras. ¿Qué hacían allí, apretados en torno de la mesa, mirándose
+unos a otros? ¡Al patio! ¡A correr, a jugar, a seguir la juerga bajo la
+luna, ya que la noche era de las buenas!...</p>
+
+<p>Y todos salieron a la desbandada, empujándose, ansiando en la asfixia de
+la embriaguez aspirar el aire libre del patio. Muchas, al abandonar la
+silla andaban tambaleantes, apoyando la cabeza en el pecho de un hombre.
+La guitarra del señor Pacorro sonó con triste quejido al chocar con el
+quicio de la puerta, como si la salida fuese estrecha para el
+instrumento y el <i>Águila</i>, que lo empuñaba.</p>
+
+<p>Rafael fue a levantarse también, pero le contuvo otra vez la nerviosa
+manecita.</p>
+
+<p>&mdash;Tú aquí&mdash;ordenó la hija del marqués,&mdash;a hacerme compañía. Deja que se
+divierta esa gentuza... ¡Pero no me huyas, mala sombra!: parece que te
+doy miedo.</p>
+
+<p>El aperador, al verse libre de la opresión de los vecinos, había hecho
+retroceder su silla. Pero el cuerpo de la señorita le buscaba, se
+apoyaba en él, sin que pudiera librarse de su dulce pesadumbre, por más
+que echaba el pecho atrás.</p>
+
+<p>Afuera, en el patio, sonaba la guitarra del señor Pacorro, y las
+cantaoras, roncas por el vino, acompañábanla con gritos y palmas.
+Pasaban corriendo las jornaleras por cerca de la puerta perseguidas por
+los hombres, riendo con nerviosas carcajadas, como si las cosquillease
+el aire de los que iban a sus alcances. Se adivinaban sus escondites en
+la cuadra, en los graneros, en el horno, en todos los departamentos del
+cortijo que comunicaban con el patio; y en estas piezas oscuras, los
+encuentros, las risas sofocadas, los gritos de sorpresa.</p>
+
+<p>Rafael, en su embriaguez, no tenía más que un pensamiento: librarse de
+las audaces manos de la <i>Marquesita</i>, del peso de su cuerpo, de aquel
+ambiente tentador, contra el cual se defendía torpemente, seguro de ser
+vencido.</p>
+
+<p>Callaba asombrado por lo extraordinario de la aventura, cohibido por su
+respeto a las jerarquías sociales. ¡La hija del marqués de San Dionisio!
+Esto es lo que le hacía permanecer en su asiento, defendiéndose con
+debilidad de una hembra, a la que podía repeler con sólo el impulso de
+una de sus manazas. Por fin, tuvo que hablar:</p>
+
+<p>&mdash;¡Déjeme su mercé, señorita!... ¡Doña Lola... que no pué ser!</p>
+
+<p>Viéndole ella encogerse con una pudibundez de doncella, prorrumpió en
+insultos. ¡Ya no era el mozo arrogante de otros tiempos, cuando hacía el
+contrabando y andaba por los colmados de Jerez con toda clase de
+mujeres! La tal María de la Luz le tenía embrujado. ¡Una gran virtud,
+que vivía en una viña, rodeada de hombres!...</p>
+
+<p>Y continuó soltando infamias contra la novia de Rafael, sin que éste se
+inmutase. El aperador deseaba verla así; sentíase de este modo más
+fuerte para resistir a la tentación.</p>
+
+<p>La <i>Marquesita</i>, completamente ebria, insistía en sus insultos con la
+ferocidad de la mujer despreciada, pero sin separarse de él.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cobarde! ¿Es que no te gusto?...</p>
+
+<p><i>Zarandilla</i> entró en la sala apresuradamente, como si quisiera hablar
+al aperador, pero se detuvo. Afuera, junto a la puerta, sonaba la voz
+del señorito con tono irritado. ¡Estando él allí no había más aperador,
+ni más <i>gobierno</i> del cortijo, que su persona!... ¡A obedecer,
+cegato!...</p>
+
+<p>Y el viejo volvió a salir con tanto apresuramiento como había entrado,
+sin decir una palabra al aperador.</p>
+
+<p>Rafael se irritó ante la terquedad de aquella mujer. ¡Si no fuese por su
+miedo a que le indispusiera con el amo, haciéndole perder el puesto en
+el cortijo, que era la esperanza de él y su novia!...</p>
+
+<p>Ella seguía insultándolo, pero menos iracunda, como si la embriaguez la
+privase de movimiento y su deseo no pudiera exteriorizarse más que con
+palabras. Su cabeza resbalaba sobre el pecho de Rafael: inclinábase, con
+los ojos entornados, aspirando aquel perfume hombruno, que parecía
+adormecerla. Tenía su busto caído en las rodillas del campesino, y aun
+le insultaba, como si encontrase en esto una extraña delectación.</p>
+
+<p>&mdash;Me voy a quitar las enaguas pa que te las pongas... ¡bobalicón!...
+Debían llamarte María, como a la sosa de tu novia...</p>
+
+<p>En el patio resonó un alarido de terror, acompañado de brutales
+carcajadas. Luego carreras ruidosas, choque de cuerpos contra las
+paredes, todo el estrépito del peligro y el miedo.</p>
+
+<p>Rafael se levantó de un salto, sin fijarse en la <i>Marquesita</i>, que rodó
+por tierra. Tres muchachas entraron en el mismo instante, con tal
+impulso, que derribaron varias sillas. Tenían la cara blanca, con una
+palidez mortal; los ojos agrandados por el miedo; agachábanse como si
+quisieran introducirse bajo la mesa.</p>
+
+<p>El aperador salió al patio. En medio de él, una bestia daba resoplidos,
+mirando a la luna, como si extrañase el verse en libertad.</p>
+
+<p>Junto a sus patas, yacía extendido algo blanco, que apenas si marcaba un
+pequeño bulto sobre el suelo.</p>
+
+<p>De la sombra que proyectaban los tejados, a lo largo de las paredes,
+salían carcajadas hombrunas y agudos chillidos de mujer. El señor
+Pacorro, el <i>Águila</i>, continuaba inmóvil en un poyo, rasgueando su
+guitarra con la serenidad de una borrachera grave, a prueba de toda
+clase de sorpresas.</p>
+
+<p>&mdash;¡La pobrecita Mari-Cruz&mdash;lloriqueó <i>Alcaparrón</i>.&mdash;¡La va a matá el
+bicho! ¡La va a matá!...</p>
+
+<p>El aperador lo comprendió todo... ¡Pero qué señorito tan gracioso! Para
+dar una sorpresa a los amigos y reír con el susto de las mujeres, había
+obligado a <i>Zarandilla</i> a que soltase un novillo del establo. La gitana,
+alcanzada por la bestia, habíase desmayado del susto... ¡Juerga
+completa!</p>
+
+
+
+<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p>
+
+<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+
+<p>&mdash;¡La pobrecita Mari-Cruz!&mdash;lloriqueó <i>Alicappón</i>&mdash;.</p>
+
+<p>La gitana Mari-Cruz se moría. Lo anunciaba <i>Alcaparrón</i> con sus
+lloriqueos a todos los del cortijo, sin hacer caso de las protestas de
+su madre.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué sabes tú, bobo!... A otros, peor que ella, los sacó alante mi
+comare...</p>
+
+<p>Pero el gitano, despreciando la fe de la señora <i>Alcaparrona</i> en la
+sabiduría de su comadre, presentía la muerte de la prima con la
+clarividencia del cariño. En el cortijo y en el campo, contaba a todos
+el origen de la enfermedad.</p>
+
+<p>&mdash;¡La mardita groma del señorito!... La pobresita siempre ha sido poca
+cosa, siempre malucha, y el susto del novillo la ha acabao de matar.
+¡Premita Dios!...</p>
+
+<p>Y el respeto al rico, la sumisión tradicional al amo, cortaban en sus
+labios la gitana maldición.</p>
+
+<p>Aquel cuervo fatídico que, según él, llamaba a los buenos cuando faltaba
+uno en el camposanto, debía estar ya despierto, alisándose con el pico
+las negras alas y preparando el graznido para que compareciese su prima.
+¡Ay, pobrecita Mari-Cruz! ¡La mejor de la familia!... Y para que la
+muchacha no adivinase sus pensamientos, manteníase a distancia, viéndola
+de lejos, sin osar aproximarse al rincón de la gañanía, donde estaba
+tendida sobre un petate, cedido misericordiosamente por los jornaleros.</p>
+
+<p>La seña <i>Alcaparrona</i>, viendo a su sobrina, dos días después de la
+nocturna juerga, calenturienta y sin fuerzas para ir al campo, había
+diagnosticado la enfermedad, con su práctica de decidora de buenaventura
+y bruja curandera. Era el susto del novillo «que se le había quedao
+<i>adrento</i>».</p>
+
+<p>&mdash;La pobresita&mdash;decía la vieja&mdash;estaba en su... pues, en eso; y ya se
+sabe que en tal caso los sustos son de cuidao. Es sangre corrompía que
+se le ha subío al pecho y la ajoga. Por eso pide siempre de beber, como
+si con un río no la bastase.</p>
+
+<p>Y por toda medicina, cuando al amanecer salía al campo a trabajar con la
+familia, colocaba junto a los andrajos de la cama un jarro siempre
+lleno.</p>
+
+<p>Gran parte del día lo pasaba la muchacha sola en el rincón más oscuro
+del dormitorio de los gañanes. Algún perro del cortijo, entrando de
+tarde en tarde, daba vueltas en torno de ella con un gruñido sordo, que
+expresaba su extrañeza, y después de intentar lamer su cara pálida,
+alejábase repelido por las manos exangües, transparentes, infantiles.</p>
+
+<p>A medio día, cuando un rayo de sol filtraba su faja de oro en la
+penumbra de lo cuadra humana, las moscas de primavera llegaban hasta el
+oscuro rincón, animando con su zumbido la soledad.</p>
+
+<p>Algunas veces entraban <i>Zarandilla</i> y su mujer a ver a Mari-Cruz.</p>
+
+<p>&mdash;Ánimo, muchacha; hoy ties mejor cara. Lo que importa es que eches todo
+lo malo que se te ha subío al pecho.</p>
+
+<p>La enferma, sonriendo débilmente, tendía sus flacos brazos para coger el
+jarro, y bebía y bebía, con lo esperanza de que el agua deshiciese la
+bola ardorosa y sofocante que dificultaba su respiración, transmitiendo
+a todo su cuerpo el fuego de la fiebre.</p>
+
+<p>Cuando se retiraba el rayo de sol, extinguiéndose el zumbido de las
+moscas, y el pedazo de cielo encuadrado por la puerta tomaba un suave
+color de violeta, la enferma alegrábase. Era la mejor de las horas: iban
+a llegar los suyos. Y sonreía a <i>Alcaparrón</i> y sus hermanos, que se
+sentaban en el suelo en semicírculo sin decirla nada, mirándola con ojos
+interrogantes, como si quisieran atrapar a la fugitiva salud. Su tía,
+todas las tardes al volver, lo primero que preguntaba era si había
+arrojado <i>aquello</i>, aguardando que expeliera por la boca la pudredumbre,
+la mala sangre que el susto había acumulado en su pecho.</p>
+
+<p>La enferma animábase también con la presencia de los compañeros de
+trabajo, aquellos gañanes que antes de comer su gazpacho de la noche
+pasaban un momento ante ella, esforzándose por infundirla ánimo con
+rudas palabras. El temible Juanón la hablaba todas las noches,
+proponiendo curaciones enérgicas, propias de su carácter:</p>
+
+<p>&mdash;Tú lo que necesitas es comer, chiquiya; trajelar. Too lo que tienes es
+hambre.</p>
+
+<p>Y a continuación ofrecíala cuantos alimentos extraordinarios poseían sus
+compañeros: un pedazo de bacalao, una morcilla de la sierra que
+milagrosamente se conservaba en la gañanía... Pero la gitana rechazábalo
+todo con gesto agradecido.</p>
+
+<p>&mdash;Tú te lo pierdes; te se da de too corazón. Así estás de enjuta y
+esmirriá, y así te morirás: porque no comes.</p>
+
+<p>Juanón se afirmaba en esta creencia, viendo el estado de consunción de
+la muchacha. Ya no quedaba en ella el menor vestigio de carne: sus
+débiles músculos de anémica se habían derretido. Sólo subsistía el
+esqueleto, marcando sus angulosidades bajo la epidermis blancuzca, que
+parecía adelgazarse también como una envoltura sutil.</p>
+
+<p>Toda su vida parecía concentrada en los ojos hundidos, cada vez más
+negros, con más luz, como dos gotas de légamo tembloroso en las
+profundidades de las órbitas amoratadas.</p>
+
+<p>Por la noche, <i>Alcaparrón</i>, en cuclillas detrás de ella, huyendo de su
+mirada para llorar libremente, veía clarear a la luz del candil sus
+orejas y las alillas de la nariz, con una transparencia de hostia.</p>
+
+<p>El aperador, alarmado por el aspecto de la enferma, hablaba de traer un
+médico de la ciudad.</p>
+
+<p>&mdash;Esto no es cristiano, tía <i>Alcaparrona</i>. Esa criatura se muere como
+una bestia.</p>
+
+<p>Pero ella protestaba con indignación. ¿Un médico? Eso era para los
+señores, para los ricos. ¿Y quién había de pagarlo?... Además, ella no
+había necesitado de médico en toda su vida y era vieja. Las gentes de su
+raza, aunque pobres, tenían su poquito de ciencia, que los <i>gachés</i>
+buscaban muchos veces.</p>
+
+<p>Y llamada por ella se presentó en el cortijo su <i>comare</i>, una gitana
+viejísima, que gozaba gran fama de curandera en Jerez y su campo.</p>
+
+<p>Después de oír a la <i>Alcaparrona</i>, palpó el mísero esqueleto de la
+enferma, aprobando todas las palabras de su amiga. No se había engañado:
+era el susto, la mala sangre que se le había subido al pecho y la
+ahogaba.</p>
+
+<p>Anduvieron toda una tarde las dos por las colinas vecinas buscando
+hierbas, y solicitaron de la mujer de <i>Zarandilla</i> los más disparatados
+ingredientes para una famosa cataplasma que pensaban preparar. Por la
+noche, los hombres de la gañanía contemplaron en silencio las
+manipulaciones de las dos brujas en torno de un puchero puesto a la
+lumbre, con ese respeto crédulo de las gentes del campo por todo lo
+maravilloso.</p>
+
+<p>La enferma bebió humildemente el cocimiento y recibió sobre el pecho el
+emplasto, manejado misteriosamente por las dos viejas, como si
+contuviese un poder sobrenatural. La <i>comare</i>, que había hecho milagros,
+renegaba de su sabiduría si antes de dos días no lograba deshacer la
+bola de fuego que ahogaba a la muchacha.</p>
+
+<p>Y los dos días transcurrieron, y otros dos más, sin que la pobre
+Mari-Cruz experimentase alivio.</p>
+
+<p><i>Alcaparrón</i> seguía sollozando fuera de la gañanía, para que no le oyese
+la enferma. ¡Cada vez peor! ¡No podía estar acostada! ¡se ahogaba! Su
+madre ya no iba al campo; se quedaba en la gañanía para cuidarla. Hasta
+para dormir tenían que mantenerla con el cuerpo erguido, mientras su
+pecho se agitaba con un estertor de fuelle roto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, Señó!&mdash;gemía el gitano, perdiendo la última esperanza.&mdash;Lo mezmo
+que los pajarillos cuando los jieren.</p>
+
+<p>Rafael no osaba aconsejar a la familia, ni entraba a ver a la enferma
+más que a las horas de trabajo, cuando los gañanes estaban en el campo.</p>
+
+<p>La enfermedad de Mari-Cruz y la juerga del señorito en el cortijo le
+había colocado en una situación violenta con toda la gente de la
+gañanía.</p>
+
+<p>Algunas de las muchachas, al recobrar la razón después de la embriaguez
+de aquella noche, se habían ido a la sierra, no queriendo permanecer en
+el cortijo. Apostrofaban a los manijeros, guardianes de confianza de
+sus familias, que habían sido los primeros en aconsejarlas que siguiesen
+al señorito. Y después de propalar entre los trabajadores que volvieron
+a Matanzuela el domingo, lo ocurrido en la noche anterior, emprendieron
+solas el regreso a sus casas, contando a todos los escándalos del
+cortijo.</p>
+
+<p>Los gañanes, al volver a Matanzuela no vieron al amo. Éste y su
+comitiva, una vez dormida la borrachera, habían regresado a Jerez
+alegres como siempre, con un regocijo escandaloso. Los trabajadores, en
+su indignación, hacían responsables al aperador y todo el <i>gobierno</i> del
+cortijo. El señorito estaba lejos; y además era quien les proporcionaba
+el pan.</p>
+
+<p>Algunos de los que estaban en la gañanía lo noche de la juerga, tuvieron
+que pedir la cuenta y buscar trabajo en otros cortijos. Los compañeros
+mostrábanse indignados. Iban a llover puñaladas. ¡Borrachos! ¡Por cuatro
+botellas de vino habían vendido a unas muchachas que podían ser sus
+hijas!...</p>
+
+<p>Juanón llegó a encararse con el aperador.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conque tú&mdash;dijo escupiendo en el suelo con aire de desprecio&mdash;eres el
+que proporcionas al señorito las mozas de la gañanía pa que se
+divierta?... Harás carrera, Rafaé. Ya sabemos pa lo que sirves.</p>
+
+<p>El aperador saltó como si recibiese un navajazo.</p>
+
+<p>&mdash;Yo sirvo, pa lo que sirvo. Y pa matarme con un hombre cara a cara si
+es que me farta.</p>
+
+<p>Y herido en su arrogancia, miraba con aire de reto a Juanón y a los más
+bravos, llevando preparada la navaja en un bolsillo de la chaqueta,
+siempre a punto de caer sobre ellos, a la más leve provocación. Para
+demostrar que no tenía miedo a una gente ansiosa por dar salida a los
+antiguos rencores contra el vigilante de su trabajo, Rafael intentaba
+justificar al amo.</p>
+
+<p>&mdash;Fue una groma. Don Luis sortó el novillo por divertirse, sin hacer
+daño a nadie. Lo demás jué una desgracia.</p>
+
+<p>Y por altivez, no decía que era él quien había metido en la cuadra al
+animal, librando a la pobre gitana de las astas que removían feroces sus
+ropas. Y callaba igualmente su pelea con el amo, después de salvar a
+Mari-Cruz; la franqueza con que le había censurado y el arrebato de don
+Luis queriendo abofetearle, como si fuese un matón de su comitiva.</p>
+
+<p>Rafael le había agarrado la mano con una de sus garras, zarandeándolo
+como a un niño, al mismo tiempo que con la otra buscaba su navaja, con
+ademán tan resuelto, que el <i>Chivo</i> se detenía, a pesar de que el
+señorito le llamaba a grandes voces para que matase a aquel hombre.</p>
+
+<p>El mismo valentón, temiendo al aperador, había arreglado el asunto
+declarando sentenciosamente que los tres eran igualmente valientes, y
+que entre valientes no deben existir cuestiones. Y juntos habían bebido
+la última copa, mientras la <i>Marquesita</i> roncaba debajo de la mesa, y
+las muchachas, aterradas por el susto, huían a la gañanía.</p>
+
+<p>Cuando una semana después Rafael fue llamado por el señorito, emprendió
+el camino de Jerez creyendo que ya no regresaría a Matanzuela. El
+llamamiento sería para decirle que había buscado otro aperador... Pero
+el loco Dupont le recibió con gesto alegre.</p>
+
+<p>El día anterior había reñido definitivamente con su prima. Estaba harto
+de sus caprichos y sus escándalos. Ahora sería hombre serio, para no dar
+disgustos a Pablo, que era como su padre. Pensaba dedicarse a la
+política; ser diputado. Otros de la tierra lo eran, sin otro mérito que
+una fortuna y un nacimiento iguales a los suyos. Además, contaba con el
+apoyo de los Padres de la Compañía, sus antiguos maestros, que no
+dejarían de felicitarse al verle en el hotel de su primo hecho un hombre
+serio, ocupándose en defender los sagrados intereses sociales.</p>
+
+<p>Pero se cansó pronto de hablar en este tono y miró a su aperador con
+cierta curiosidad.</p>
+
+<p>&mdash;Rafael, ¿sabes que eres un valiente?...</p>
+
+<p>Fue su única alusión a la escena de aquella noche. Después, como
+arrepentido de dar tan en absoluto esto certificado de valor, añadió
+modestamente:</p>
+
+<p>&mdash;Yo, tú y el <i>Chivo</i>, somos los tres hombres más hombres de Jerez.
+¡Cualquiera se nos pone delante!...</p>
+
+<p>Rafael escuchábale impasible, con el gesto respetuoso de un buen
+servidor. Lo único que le interesaba de todo aquello, era la seguridad
+de continuar en Matanzuela.</p>
+
+<p>El amo le pidió después noticias del cortijo. Su poderoso primo, que
+todo lo sabía, al reñirle por aquella <i>juerga</i>, de la que se hablaba
+mucho en Jerez (esto lo decía con cierto orgullo), le había mentado a
+una gitana enferma del susto. ¿Qué era aquéllo? Y escuchó, con aire de
+aburrimiento, las explicaciones de Rafael.</p>
+
+<p>&mdash;Total, nada: ya sabemos cómo exageran los gitanos. Eso pasará. ¡Un
+susto, por un novillo suelto!... ¡Si eso es una broma corriente!</p>
+
+<p>Y enumeraba todas las comidas de campo, con gentes ricas, que habían
+tenido como final esta broma ingeniosa. Luego, con gesto magnánimo, dio
+órdenes a su aperador.</p>
+
+<p>&mdash;Entrega a esa pobre gente lo que necesite. Págale a la muchacha el
+jornal mientras esté enferma. Quiero que mi primo se convenza de que no
+soy tan malo como cree y que también sé hacer la caridad cuando me toca.</p>
+
+<p>Al salir Rafael de la casa del amo, espoleó su jaca, para hacer una
+visita a Marchamalo antes de volver al cortijo, pero se vio detenido
+frente al <i>Círculo Caballista</i>.</p>
+
+<p>Los señoritos más ricos de Jerez abandonaban sus copas de vino para
+salir a la calle, rodeando el caballo del aperador. Querían saber
+detalladamente lo ocurrido en Matanzuela. ¡Aquel Luis era a veces tan
+embustero relatando sus hazañas!... Y al contestar Rafael gravemente,
+con pocas palabras, reían todos ellos, viendo confirmadas sus noticias.
+El novillo suelto, persiguiendo a las jornaleras ebrias, hacía
+prorrumpir en ruidosas carcajadas a una juventud que, bebiendo vino,
+desbravando caballos y discutiendo mujeres, esperaba el momento de
+heredar la riqueza y la tierra de todo Jerez... ¡Pero, qué buena sombra
+tenía el tal Luis! ¡Y pensar que ellos no habían presenciado aquella
+broma! Algunos recordaban con amargura que les había invitado a la
+fiesta, y se lamentaban de la ausencia.</p>
+
+<p>Uno de ellos preguntó si era cierto que una muchacha de la gañanía
+estaba enferma del susto. Al decir Rafael que era una gitana, muchos
+levantaron los hombros. ¡Una gitana! pronto se pondría buena. Otros, que
+conocían a <i>Alcaparrón</i> por sus truhanerías, rieron al saber que la
+enferma era de su familia. Y todos, olvidando a la gitana, volvieron a
+comentar la graciosa ocurrencia de Dupont el loco, acosando con nuevas
+preguntas a Rafael, para saber qué hacía la <i>Marquesita</i> mientras su
+amante soltaba el novillo, y si ésta había corrido mucho.</p>
+
+<p>Cuando Rafael no tuvo más que decir, todos se fueron adentro sin
+saludarle. Satisfecha su curiosidad, despreciaban al gañán que les
+había hecho abandonar sus mesas precipitadamente.</p>
+
+<p>El aperador puso su jaca al galope, con el deseo de llegar cuanto antes
+a Marchamalo. María de la Luz no le había visto en dos semanas y le
+recibió con mal gesto. Hasta allí había llegado, agrandada por
+comentarios, la noticia de lo ocurrido en Matanzuela.</p>
+
+<p>El capataz movió su cabeza reprobando el suceso, y la hija,
+aprovechándose de una ausencia del señor Fermín, increpó a su novio,
+como si éste fuese el único responsable del escándalo del cortijo. ¡Ah,
+<i>mardito</i>! ¡Por esto había estado tantos días sin presentarse en la
+viña! El <i>señor</i> tornaba a sus antiguas costumbres de mozo alegre;
+convertía en una casa de vergüenzas aquel cortijo, con el que soñaba
+ella como un nido de amores legítimos.</p>
+
+<p>&mdash;Quita allá, sinvergüenzón. Por aquí no güervas: te conozco...</p>
+
+<p>Y el pobre aperador casi rompió a llorar, herido por la injusticia de su
+novia. ¡Tratarle así!... ¡después de la prueba a que le había sometido
+el ebrio impudor de la <i>Marquesita</i> y que él callaba por respeto a María
+de la Luz!... Se excusaba hablando de su condición. Él no era más que un
+criado, que había de cerrar los ojos ante muchas cosas, para conservar
+su puesto. ¿Qué haría su padre, si el dueño de la viña fuese un señorito
+como el suyo?...</p>
+
+<p>Partió Rafael de Marchamalo, dejando a su novia menos iracunda, pero
+llevaba en el pensamiento, como una aguda pesadumbre, la aspereza con
+que le despidió María de la Luz. ¡Cristo, con el señorito! ¡Qué de
+disgustos le proporcionaban sus diversiones!... Volvía lentamente hacia
+Matanzuela, pensando en las caras hostiles de los gañanes, en aquella
+muchacha que se moría rápidamente, mientras allá en la ciudad, los
+desocupados hablaban de ella y de su susto con grandes risas.</p>
+
+<p>Apenas echó pie a tierra, vio a <i>Alcaparrón</i> que vagaba por los
+alrededores del cortijo, con gestos de loco, como si la exuberancia de
+su dolor no cupiera bajo los techos.</p>
+
+<p>&mdash;Se muere, señó Rafaé. Lleva ya ocho días de paecer. La pobrecita no
+puede tenderse, y está sentada día y noche con los brazos extendíos y
+moviendo las manos así... así; como si buscase la salusita que se jué pa
+siempre. ¡Ay, mi pobre Mari-Cruz! ¡Mi prima del arma!...</p>
+
+<p>Y lanzaba estos gritos como si fuesen rugidos, con la expansión trágica
+de la raza gitana que necesita espacio libre para sus dolores.</p>
+
+<p>El aperador entró en la gañanía, y antes de llegar al montón de harapos
+de la enferma, oyó el ruido de su respiración, un soplido doloroso de
+fuelle descompuesto, que dilataba y contraía el mísero costillaje de su
+pecho.</p>
+
+<p>La asfixia le hacía abrir, con temblores de angustia, su andrajoso
+corpiño, mostrando un pecho de muchacho tísico, de una blancura de papel
+mascado, sin más señales del sexo que dos granos morenos hundidos entre
+las costillas. Respiraba moviendo la cabeza a un lado y a otro, como si
+pretendiese absorber todo el aire. En ciertos momentos sus ojos
+agrandábanse con expresión de espanto, como si sintiera el contacto de
+algo frió e invisible en las manos crispadas que tendía ante ella.</p>
+
+<p>La tía <i>Alcaparrona</i> mostraba menos confianza que al iniciarse la
+enfermedad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si echara la cosa maligna que lleva aentro!&mdash;exclamó mirando a
+Rafael.</p>
+
+<p>Y después de limpiar el sudor frío y viscoso de la cara de la enferma,
+ofreciole la alcazarra de agua.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bebe, hija de mis entrañas! ¡Mi blanca paloma!...</p>
+
+<p>Y la mísera paloma, herida de muerte, después de beber, asomaba su
+lengua entre los labios violáceos, cual si quisiera prolongar la
+sensación de frescura: una lengua seca, de rojo tostado, como una lonja
+de carne asada.</p>
+
+<p>A veces interrumpíase el estertor de su respiración con una tos seca,
+lanzando espectoraciones estriadas de sangre. La vieja movía la cabeza.
+Ella esperaba algo negro y monstruoso, una oleada putrefacta que, al
+salir, se llevase todo el mal de la muchacha.</p>
+
+<p>Una tarde la vieja prorrumpió en alaridos. La niña se moría; se ahogaba.
+Ella, tan débil, que apenas podía mover las manos, retorcía su armazón
+de huesos con la fuerza extraordinaria de la angustia, y tales eran sus
+impulsos, que la tía apenas podía contenerla entre sus brazos.
+Apoyándose en los talones se levantaba, doblándose como un arco, con el
+pecho abombado y jadeante, el rostro crispado y azul.</p>
+
+<p>&mdash;¡Jozé María!&mdash;gimió la vieja.&mdash;¡Que se muere!... ¡Que se me quea entre
+las manos! ¡Hijo mío!</p>
+
+<p>Y <i>Alcaparrón</i>, en vez de acudir al llamamiento de su madre, salió
+corriendo como un loco. Había visto pasar a un hombre, una hora antes,
+por el camino de Jerez con dirección al ventorro del Grajo.</p>
+
+<p>Era él, el ser extraordinario del que todos los pobres hablaban con
+respeto. De repente se sintió inflamado por esa fe que los pastores de
+muchedumbres esparcen en torno de ellos, como una aureola de confianza.</p>
+
+<p>Salvatierra, que estaba en el ventorro hablando con <i>Matacardillos</i>, su
+doliente camarada, se hizo atrás, sorprendido por la impetuosa entrada
+de <i>Alcaparrón</i>. El gitano miraba a todos lados con ojos de loco, y
+acabó por arrojarse a sus pies, agarrándole las manos con suplicante
+vehemencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Don Fernando! ¡Su mercé lo puee too!... ¡Su mercé hase milagros, si
+quiere! Mi prima... mi Mari-Crú... ¡que se muere, don Fernando, que se
+muere!...</p>
+
+<p>Y Salvatierra no se daba cuenta de cómo había salido del ventorro
+remolcado por la mano febril de <i>Alcaparrón</i> y cómo había llegado a
+Matanzuela con una rapidez de ensueño, corriendo tras el gitano, que
+tiraba de él, al mismo tiempo que le llamaba su Dios, convencido de que
+haría el milagro.</p>
+
+<p>El rebelde viose de pronto en la penumbra de la gañanía, y a la luz del
+candil, sostenido por uno de los gitanillos, distinguió la boca dolorosa
+y azulada de Mari-Cruz contraída por el supremo espasmo, sus ojos
+agrandados por la negrura del dolor, con una expresión de angustia
+infinita. Pegó su oído a la piel viscosa y húmeda de aquel pecho que
+parecía próximo a romperse. El examen fue breve. Al incorporarse se
+quitó el sombrero instintivamente, quedando de pie y descubierto ante la
+pobre niña.</p>
+
+<p>Nada había que hacer. Era la agonía, la lucha tenaz y horripilante, el
+supremo dolor, que espera agazapado al final de toda existencia.</p>
+
+<p>La vieja habló a Salvatierra de sus opiniones acerca de la enfermedad,
+esperando que las aprobase. Era la sangre corrompida por el susto, que
+no podía salir y la mataba.</p>
+
+<p>Pero don Fernando movía la cabeza. Su afición a la medicina, sus
+lecturas desordenadas pero extensas, durante los largos años de
+reclusión, su continuo contacto con la desgracia, le bastaban para
+reconocer la enfermedad a la primera ojeada. Era la tisis, rápida,
+brutal, fulminante, esparciendo el tubérculo con la florescencia fecunda
+de la plaga: la tisis en forma sofocante, la terrible granulia que
+surgía a consecuencia de una fuerte emoción en este organismo pobre,
+abierto a todas las enfermedades, ávido de incubarlas. Examinaba de
+cabeza a pies aquel cuerpo descarnado, de una blancura enfermiza, en el
+que los huesos parecían tener la fragilidad del papel.</p>
+
+<p>Salvatierra preguntaba en voz baja por los padres. Adivinaba el remoto
+arañazo del alcohol en esta agonía. La tía <i>Alcaparrona</i> protestó.</p>
+
+<p>&mdash;Su pobresito pare bebía como cualsiquiera, pero era un hombrón de
+mucho aguante. Los amigos le llamaban de apodo <i>Damajuana</i>. ¿Pero verle
+borracho?... nunca.</p>
+
+<p>Salvatierra se sentó en un pedazo de tronco, siguiendo con mirada triste
+el curso de la agonía. Lloraba la muerte de aquella criatura, que sólo
+había visto una vez; mísero engendro del alcoholismo, que abandonaba el
+mundo empujado por la bestialidad de una noche de borrachera.</p>
+
+<p>El pobre ser debatíase entre los brazos de los suyos con los horrores de
+la asfixia, tendiendo sus brazos hacia adelante.</p>
+
+<p>Un velo parecía flotar ante sus ojos, empequeñeciendo las pupilas. Su
+respiración tenía el burbujeo del hervor, como si en su garganta
+tropezase el aire con el obstáculo de extrañas materias.</p>
+
+<p>La vieja, no encontrando a mano otro remedio, la daba de beber y el agua
+caía en el estómago ruidosamente, como en el fondo de una vasija:
+chocaba en las paredes del esófago paralizado, haciéndolas sonar como si
+fuesen de pergamino. El rostro perdía sus rasgos generales; se
+ennegrecían las mejillas; aplastábanse las sienes; se adelgazaba la
+nariz con frío afilamiento; la boca torcíase a un lado con una mueca
+horrible.</p>
+
+<p>Comenzaba a caer la noche y entraban en la gañanía los trabajadores y
+las mujeres, agrupándose silenciosos a corta distancia de la moribunda,
+con la cabeza baja, conteniendo sus sollozos.</p>
+
+<p>Algunos salían al campo para ocultar su emoción, en la que había algo de
+miedo. ¡Cristo! ¡Y así morían las personas! ¡Tanto costaba perder la
+vida!... Y la certeza de que todos habían de pasar por el terrible
+trance con sus contorsiones y estremecimientos, les hacía considerar
+como tolerable y dichosa la vida de trabajo que venían arrastrando.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mari-Crú! ¡Palomica mía!&mdash;suspiraba la vieja.&mdash;¿Me ves? ¡Aquí estamos
+toos!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Contesta, Mari-Crú!&mdash;suplicaba <i>Alcaparrón</i>, lloriqueando.&mdash;Soy tu
+primo, tu José María...</p>
+
+<p>Pero la gitana sólo contestaba con estertores roncos, sin abrir apenas
+los ojos, mostrando por entre los párpados inmóviles las córneas de un
+color de vidrio empañado. En uno de sus estremecimientos sacó de la
+envoltura de harapos un pie descarnado y pequeño, completamente negro.
+La falta de circulación aglomeraba la sangre en las extremidades. Las
+orejas y las manos se ennegrecían igualmente.</p>
+
+<p>La vieja prorrumpió en lamentos. ¡Lo que ella había dicho! ¡La <i>sangre
+corrompía</i>; el maldito susto que no había querido salir y ahora, con la
+muerte, se le esparcía por todo el cuerpo! Y se abalanzaba sobre la
+agonizante, besándola con una avidez loca, como si la mordiese para
+volverla a la vida.</p>
+
+<p>&mdash;¡Se ha muerto, don Fernando! ¿No le ve su mersé? Se ha muerto...</p>
+
+<p>Salvatierra hizo callar a la vieja. La moribunda ya no veía: su
+respiración cavernosa era cada vez más pausada, pero el oído aún
+conservaba su poder. Era la última resistencia de la sensibilidad ante
+la muerte; prolongábase mientras el cuerpo iba cayendo en el abismo
+negro de la inconsciencia. Sólo restaban en ella los últimos y
+trabajosos estremecimientos de la vida vegetativa. Cesaron lentamente
+las contorsiones, el hervor del mísero cuerpo: los párpados se abrieron
+con el escalofrío final, mostrando las pupilas dilatadas con un reflejo
+vidrioso y mate.</p>
+
+<p>El rebelde cogió entre sus brazos aquel cuerpo ligero como el de un
+niño, y apartando a los parientes, fue poco a poco acostándolo en el
+montón de harapos.</p>
+
+<p>Don Fernando temblaba: sus gafas azules empañábanse turbando la visión
+de sus ojos. La fría impasibilidad que le había acompañado en los azares
+de su vida, derretíase ante aquel pequeño cadáver, ligero como una
+pluma, que acostaba en el lecho de su miseria. Tenía en su gesto y en
+sus manos algo de sacerdotal, como si la muerte fuese la única
+injusticia ante la que se prosternaba su cólera de rebelde.</p>
+
+<p>Al ver los gitanos a Mari-Cruz, tendida e inmóvil, permanecieron largo
+rato en silencioso estupor. En el fondo de la gañanía sonaban los
+sollozos de las mujeres, el murmullo apresurado de un rezo.</p>
+
+<p>Los <i>Alcaparrones</i> contemplaban el cadáver a distancia, sin besarlo, ni
+osar el más leve contacto con él, con el respeto supersticioso que la
+muerte inspira a su raza. Pero la vieja, de pronto se llevó las
+crispadas manos al rostro, arañándolo, hundiendo los dedos en su pelo
+aceitoso, de una negrura que desafiaba a los años. Volaron en torno de
+su cara los flácidos rabos de la cabellera y un aullido estridente hizo
+temblar a todos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi palomica blanca! ¡Mi rosita de
+Abril!...</p>
+
+<p>Y sus alaridos, en los que vibraba la exuberancia aparatosa del dolor
+oriental, acompañábalos de arañazos que ensangrentaban las arrugas de
+su rostro. Un choque sordo conmovía al mismo tiempo el suelo de tierra
+apisonada. Era <i>Alcaparrón</i>, que, caído de bruces, golpeaba con su
+cabeza el piso.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aaay! ¡Que se ha ido Mari-Crú!&mdash;rugía como una bestia herida.&mdash;¡La
+mejó de la casa! ¡La más honrá de la familia!...</p>
+
+<p>Y los <i>Alcaparrones</i> pequeños, como si de repente obedeciesen a un rito
+de su raza, pusiéronse de pie y comenzaron a correr por el cortijo y sus
+alrededores, dando alaridos y arañándose la cara.</p>
+
+<p>&mdash;¡Juy! ¡juy! ¡Que ha muerto la pobresita prima!... ¡Juy! ¡Que se nos ha
+ido Mari-Crú!...</p>
+
+<p>Era una carrera loca de duendes al través de todas las dependencias del
+cortijo, como si quisieran que los más humildes animales se enterasen de
+su desgracia. Penetraban en las cuadras, se escurrían entre las patas de
+las bestias, repitiendo su quejido por la muerte de Mari-Cruz; corrían,
+ciegos por las lágrimas, tropezando con las esquinas, con los marcos de
+las puertas, volcando en su carrera aquí un arado, más allá una silla y
+seguidos por los perros libres de cadena que les acosaban por todo el
+cortijo, uniendo sus ladridos a los desesperados lamentos.</p>
+
+<p>Algunos gañanes cazaron al paso a los pequeños energúmenos,
+levantándolos en alto; pero, aun así, aprisionados, seguían moviendo los
+remos en el aire con interminable lloro:</p>
+
+<p>&mdash;¡Juy! que se ha muerto la prima! ¡La pobresita Mari-Crú!</p>
+
+<p>Cansados de gemir, de arañarse, de golpear el suelo con la cabeza,
+anonadados por su dolor ruidoso, todos los de la familia volvieron a
+formar círculo en torno del cadáver.</p>
+
+<p>Juanón hablaba de velar con algunos compañeros a la muerta hasta la
+mañana siguiente. La familia podía dormir mientras tanto fuera de la
+gañanía, que bien necesitada estaba de ello. Pero la vieja gitana
+protestó. No quería que el cadáver estuviese más tiempo en Matanzuela. A
+Jerez en seguida. Lo llevarían en un carro, en un borrico, a hombros, si
+era preciso, entre ella y sus hijos.</p>
+
+<p>Tenían su casa en la ciudad. ¿Acaso los <i>Alcaparrones</i> eran unos
+vagabundos? Su familia era numerosa, infinita; desde Córdoba hasta
+Cádiz, no había feria de ganados donde no se encontrase a uno de los
+suyos. Ellos eran pobres, pero tenían parientes que les podían tapar con
+onzas de los pies a la cabeza; gitanos ricos que trotaban por los
+caminos seguidos de regimientos de mulas y caballos. Todos los
+<i>Alcaparrones</i> querían a Mari-Cruz, la virgen enferma, de ojos dulces:
+su entierro sería de reina, ya que su vida había sido de animal de
+carga.</p>
+
+<p>&mdash;Ámonos&mdash;decía la vieja con gran exaltación en la voz y los
+ademanes.&mdash;Ámonos a Jerez en seguía. Quiero que antes de que amenesca la
+vean todos los nuestros, tan bonita y tan arreglá como la misma Mare de
+Dios. Quiero que la vea el abuelo, mi padre, cabayeros; el gitano más
+viejo de toa Andalusía, y que la bendiga el pobresito con sus manos de
+Pae Santo, que tiemblan y paese que tienen lus.</p>
+
+<p>La gente de la gañanía aprobaba los propósitos de la vieja, con el
+egoísmo del cansancio. Ellos no podían resucitar a la muerta, y era
+mejor, para su tranquilidad, que se ausentase cuanto antes aquella
+familia ruidosa, que turbaría su sueño.</p>
+
+<p>Rafael intervino, ofreciendo un carro del cortijo. El tío <i>Zarandilla</i>
+iba a aparejar, y antes de media hora podrían llevarse el cadáver a
+Jerez.</p>
+
+<p>La vieja <i>Alcaparrona</i>, al ver al aperador, se reanimó, brillando en sus
+ojuelos el fuego del odio. Encontraba, al fin, alguien a quien hacer
+responsable de su desgracia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Eres tú, ladrón? ¡Ya estarás contento, aperaor farso! ¡Mira ahí a la
+pobresita que has matao!</p>
+
+<p>Rafael contestó de mal talante.</p>
+
+<p>&mdash;Menos palabras e insultos, tía bruja. En lo de aquella noche, tuvo
+usté más curpa que yo.</p>
+
+<p>La vieja quiso arrojarse sobre él, con la alegría infernal de haber
+encontrado alguien en quien saciar su dolor.</p>
+
+<p>&mdash;¡Arcagüetón!... Tú juiste el que lo hiso too. Mardita sea tu arma y la
+del ladrón de tu señorito.</p>
+
+<p>Aquí vaciló un momento, como arrepentida de nombrar al señor, siempre
+respetado por la gente de su raza.</p>
+
+<p>&mdash;No; el amo, no. Al fin, es joven, es rico y los señoritos no tienen
+otro obligación que divertirse. Mardito seas tú, tú solo, que estrujas a
+los pobres y los arreas como si juesen negros y arreglas las mositas a
+los amos, pa ocultar mejó tus latrocinios. Na quiero tuyo: toma los
+sinco duros que me diste; tómalos, ladrón: ahí van, arcagüete.</p>
+
+<p>Y debatiéndose entre los hombres que la sujetaban para que no acometiese
+a Rafael, hundía las manos en sus harapos buscando el dinero, con una
+falsa precipitación, con el firme propósito de no encontrarlo. Mas no
+por esto era menos dramática su actitud.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tómalo, perro roío!... ¡Ahí va, y así cada peseta se te güerva un
+mengue que te muerda el corazón!</p>
+
+<p>Y abría sus manos crispadas como si arrojase algo en el suelo, sin
+arrojar nada: acompañando sus manotones de aire con muecas altivas, cual
+si realmente rodase el dinero por tierra.</p>
+
+<p>Don Fernando intervino, colocándose entre el aperador y la bruja. Ya
+había dicho bastante: debía callar.</p>
+
+<p>Pero la vieja se mostró más insolente al verse protegida por el cuerpo
+de Salvatierra, y asomando por uno de sus hombros la boca de arpía,
+siguió insultando a Rafael.</p>
+
+<p>&mdash;Premita Dios que se te muera lo que más estimes... Que veas argún día
+estirá y fría, como mi pobrecita Mari-Crú, a la gachí de tus quereres.</p>
+
+<p>El aperador la había escuchado hasta entonces con desdeñosa frialdad,
+pero al sonar estas palabras fue a él a quien tuvieron que contener los
+hombres de la gañanía.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bruja!&mdash;rugió&mdash;¡a mí lo que quieras, pero a esa persona no te la
+pongas en la boca, porque te mato!</p>
+
+<p>Y parecía dispuesto a matarla, teniendo que hacer grandes esfuerzos los
+gañanes para llevárselo afuera. ¿Quién hacía caso de mujeres?... Había
+que dejar a la vieja, que estaba loca por el dolor. Y, cuando vencido
+por las reflexiones de Salvatierra y los empellones de tantos brazos,
+traspuso la puerta de la gañanía, aún oyó la voz agria de la bruja, que
+parecía perseguirle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Juye, persona farsa, y que Dios te castigue quitándote la gachí de la
+viña! Que se te la yeve un señorito... que don Luis la disfrute, y tú lo
+sepas.</p>
+
+<p>¡Ay! ¡Qué esfuerzo hubo de hacer Rafael para no volver sobre sus pasos y
+estrangular a la vieja!...</p>
+
+<p>Media hora después <i>Zarandilla</i> paró su carro a la puerta. Juanón y
+otros compañeros envolvieron el cadáver en una sábano, levantándolo de
+su lecho de harapos. Aún pesaba menos que en el momento de la muerte.
+Era, según decían aquellos hombres, una pluma, una arista de paja.
+Parecía que con la vida se hubiese evaporado toda la materia, no dejando
+más que lo envoltura, que apenas si marcaba un ligerísimo bulto en el
+lienzo arrollado.</p>
+
+<p>Púsose en marcha el vehículo, balanceándose con agudos chirridos de su
+eje sobre los baches del camino.</p>
+
+<p>A la zaga del carro, cogidos a él, marchaban la vieja y su prole menuda.
+Detrás, caminaba <i>Alcaparrón</i>, al lado de Salvatierra, que deseaba
+acompañar hasta la ciudad a aquella gente humilde.</p>
+
+<p>En la puerta de la gañanía aglomerábanse los trabajadores, brillando en
+su negra masa la lucecilla del candil. Todos seguían con silenciosa
+atención el chirrido del carro, invisible en la oscuridad; los lamentos
+de la gitanería, que rasgaban la calma del campo azulado y muerto bajo
+la fría luz de las estrellas.</p>
+
+<p><i>Alcaparrón</i> sentía cierto orgullo al marchar con aquel personaje del
+que tanto hablaba la gente. Habían salido a la carretera. Sobre su faja
+blanca destacábase la silueta del carro, que iba esparciendo en el
+silencio de la noche el cascabeleo lento de la caballería y los gemidos
+de los que marchaban a la zaga.</p>
+
+<p>El gitano daba suspiros, como un eco del dolor que rugía delante de él,
+y hablaba al mismo tiempo a Salvatierra de su amada muerta.</p>
+
+<p>&mdash;Era lo mejorsito de la familia, señó... y por eso se ha ido. Los
+buenos se van pronto. Ahí tiene usté a mis primas las <i>Alcaparronas</i>,
+unas pindongas, que son la eshonra de la familia, y las grandísimas
+arrastrás tienen las onzas a puñaos, y coches, y los papeles jablan de
+ellas: y la pobresita Mari-Crú, que era mejó que el trigo, se muere,
+endimpués de una vida de trabajo.</p>
+
+<p>El gitano gemía, mirando al cielo, como si protestase de esta
+injusticia.</p>
+
+<p>&mdash;Yo la quería mucho, señó; si deseaba argo bueno era pa partirlo con
+ella. Mejor aún: pa dárselo too. Y ella, la palomita sin jiel, la rosita
+de Abril, ¡tan buena siempre conmigo! ¡protegiéndome, como si fuese mi
+virgensita!... Cuando mi mare se enfadaba porque jasía yo una de las
+mías, ya estaba Mari-Crú defendiendo a su pobresito José María... ¡Ay,
+mi prima! ¡Mi santita dulce! ¡Mi sol moreno, con aquellos ojasos que
+paesían hogueras! ¿Qué no hubiese hecho por ella este pobresito
+gitano?... Oiga su mersé, señó. Yo he tenío una novia; es desir, yo he
+tenío muchas, pero ésta era una gachí que no era de nuestra casta; una
+calé sin familia y con casita propia en Jerez. Una gran proporción,
+señó, y a más, chalaíta por mí, según ella desía, por el aquel con que
+yo la cantaba cositas durses. Y cuando ya andábamos en el papeleo pa
+casarnos, yo le dije: «Gachí, la casa será para la pobresita de mi mare
+y mi prima Mari-Crú. Ya que tanto han trabajao, hasiendo vida de perras
+en las gañanías, que vivan bien y a su gusto una temporadilla. Tú y yo
+somos chavales, somos juertes y podemos dormí en el corral». Y la gachí
+no quiso y me echó a la caye; y yo no lo sentí, porque me quedaba con mi
+mare y mi primo, y valen más ellos ¡ay! que toas las jembras del
+mundo... He tenío las novias a osenas, he estao a punto de casame, me
+gustan las mositas... pero quiero a Mari-Crú como no quedré en jamás a
+denguna mujer... ¿Cómo explicar esto a su mersé, que sabe tanto? Yo
+quiero a la pobresita que va ahí alante, de una manera que no sé cómo
+decir... ¡vamos! como quiere el cura a la Mae de Dios cuando le ice la
+misa. Me gustaba mirar sus ojosos y oír su vosesita de oro; pero,
+¿tocarle un pelo de la ropa? enjamás se me ocurrió. Era mi virgensita, y
+como las que están en las iglesias, sólo tenía pa mí la cabesa; la
+cabesa bonita jecha por los mismos ángeles...</p>
+
+<p>Y al suspirar de nuevo, pensando en la muerta, le respondió el coro de
+lamentos que escoltaba el carro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi sol relusiente! ¡Mi cachito
+durse!...</p>
+
+<p>Y la gente menuda contestaba al alarido de la madre con una explosión de
+ahullidos dolorosos, para que la tierra oscura, el espacio azulado y las
+estrellas de agudo fulgor se enterasen bien de que había muerto su
+prima, la dulce Mari-Cruz.</p>
+
+<p>Salvatierra sentíase dominado por este dolor trágico y estruendoso, que
+se deslizaba al través de la noche, rasgando el silencio de los campos.</p>
+
+<p><i>Alcaparrón</i> cesó de gemir.</p>
+
+<p>&mdash;Diga usté, señó, ya que tanto sabe. ¿Cree su mersé que golveré alguna
+vez a ver a mi prima?...</p>
+
+<p>Necesitaba saberlo, le dolía la angustia de la duda, y deteniendo su
+paso, miraba suplicante a Salvatierra con sus ojos orientales, que
+brillaban en la penumbra con reflejos de nácar.</p>
+
+<p>El rebelde se conmovió viendo la angustia de esta alma simple, que
+imploraba en su congoja un sorbo de consuelo.</p>
+
+<p>Sí, volvería a verla; él lo afirmaba con solemne gravedad. Es más;
+estaría en contacto a todas horas con algo que habría formado parte de
+su ser. Todo lo que existía quedábase en el mundo; sólo cambiaba de
+forma; ni un átomo llegaba a perderse. Vivíamos rodeados de lo que había
+sido el pasado y de lo que sería el porvenir. Los restos de los que
+amábamos y los componentes de los que a su vez nos habían de amar,
+flotaban en torno nuestro, manteniendo nuestra vida.</p>
+
+<p>Salvatierra, bajo la presión de sus pensamientos, sintió la necesidad de
+confesarse con alguien, de hablar a aquel ser sencillo de su debilidad y
+sus vacilaciones ante el misterio de la muerte. Era un deseo, de volcar
+su pensamiento con la certeza de no ser comprendido, de sacar a luz su
+alma, semejante al que había visto en los grandes personajes
+shakesperianos, reyes en desgracia, caudillos perseguidos por el
+destino, que confían fraternalmente sus ideas a bufones y a locos.</p>
+
+<p>Aquel gitano del que todos se burlaban, mostrábase súbitamente agrandado
+por el dolor, y Salvatierra sentía la necesidad de entregarle su
+pensamiento, como si fuese un hermano.</p>
+
+<p>El rebelde también había sufrido. El dolor le hacía cobarde; pero no se
+arrepentía, ya que en la debilidad encontraba la dulzura del consuelo.
+Los hombres admiraban la energía de su carácter, el estoicismo con que
+hacía frente a las persecuciones y las miserias físicas. Pero esto era
+sólo en las luchas con los hombres: ante el misterio de la Muerte
+invencible, cruel, inevitable, toda su energía se derrumbaba.</p>
+
+<p>Y Salvatierra, como si olvidase la presencia del gitano y hablara para
+él mismo, recordó su arrogante salida del presidio, desafiando de nuevo
+las persecuciones, y su reciente viaje a Cádiz para ver un rincón de
+tierra, junto a una tapia, entre cruces y lápidas de mármol. ¿Y era
+aquello todo lo que quedaba del ser que había llenado su pensamiento?
+¿Sólo restaba de mamá, de la viejecita bondadosa y dulce como las santas
+mujeres de las religiones, aquel cuadro de tierra fresca y removida y
+las margaritas silvestres que nacían en sus bordes? ¿Se había perdido
+para siempre la llama dulce de sus ojos, el eco de su voz acariciadora,
+rajada por la vejez, que llamaba con ceceos infantiles a Fernando, a su
+«querido Fernando»?</p>
+
+<p>&mdash;<i>Alcaparrón</i>, tú no puedes entenderme&mdash;continuó Salvatierra con voz
+temblorosa.&mdash;Tal vez es una fortuna para ti esa alma simple que te
+permite en los dolores y en las alegrías ser ligero y mudable como un
+pájaro. Pero óyeme, aunque no me entiendas. Yo no reniego de lo que he
+aprendido: yo no dudo de lo que sé. Mentira es la otra vida, ilusión
+orgullosa del egoísmo humano; mentira también los cielos de las
+religiones. Hablan éstas a las gentes en nombre de un espiritualismo
+poético, y su vida eterna, su resurrección de los cuerpos, sus placeres
+y castigos de ultra-tumba, son de un materialismo que da náuseas. No
+existe para nosotros otra vida que la presente; pero ¡ay! ante la sábana
+de tierra que cubre a mamá, sentí por primera vez flaquear mis
+convicciones. Acabamos al morir; pero algo resta de nosotros junto a los
+que nos suceden en la tierra; algo que no es sólo el átomo que nutre
+nuevas vidas; algo impalpable e indefinido, sello personal de nuestra
+existencia. Somos como los peces en el mar; ¿me entiendes, <i>Alcaparrón</i>?
+Los peces viven en la misma agua en que se disolvieron sus abuelos y en
+la que laten los gérmenes de sus sucesores. Nuestra agua es el ambiente
+en que existimos: el espacio y la tierra: vivimos rodeados de los que
+fueron y de los que serán. Y yo, <i>Alcaparrón</i> amigo, cuando siento ganas
+de llorar recordando la nada de aquél montón de tierra, la triste
+insignificancia de las florecillas que lo rodean, pienso en que no está
+allí mamá completamente, que algo se ha escapado, que circula al través
+de la vida, que me tropieza atraído por una simpatía misteriosa, y me
+acompaña envolviéndome en una caricia tan suave como un beso...
+«Mentira», me grita una voz en el pensamiento. Pero yo la desoigo;
+quiero soñar, quiero inventarme bellas mentiras para mi consuelo. Tal
+vez en este vientecillo que nos roza la cara, hay algo de las manos
+suaves y temblorosas que me acariciaron por última vez antes de ir al
+presidio.</p>
+
+<p>El gitano había cesado de gemir, mirando a Salvatierra con sus ojos
+africanos, agrandados por el asombro. No entendía la mayor parte de sus
+palabras, pero columbraba en ellas una esperanza.</p>
+
+<p>&mdash;Según eso, ¿cree su mercé que Mari-Crú no ha muerto del too? ¿Que aún
+podré verla, cuando me ajogue su recuerdo?...</p>
+
+<p>Salvatierra sentíase influenciado por los lamentos de la familia, por la
+agonía que había visto, por la miseria de aquel cadáver que se
+balanceaba a pocos pasos dentro del carro. La poesía triste de la noche,
+con su silencio rasgado a trechos por alaridos de dolor, inundaba su
+alma.</p>
+
+<p>Si; <i>Alcaparrón</i> sentiría cerca de él a su amada muerta. Algo de ella
+subiría hasta su rostro como un perfume, cuando arañase la tierra con el
+azadón y el surco nuevo enviase a su olfato la frescura del suelo
+removido. Algo habría también de su alma en las espigas del trigo, en
+las amapolas que goteaban de rojo los flancos de oro de la mies, en los
+pájaros que cantaban al amanecer cuando el rebaño humano iba hacia el
+tajo, en los matorrales del monte, sobre los cuales revoloteaban los
+insectos asustados por las carreras de las yeguas y los bufidos de los
+toros.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién sabe&mdash;continuó el rebelde&mdash;si en esas estrellas, que parecen
+guiñar sus ojos en lo alto, hay algo a estas horas de la luz de esos
+otros ojos que tanto amabas, <i>Alcaparrón</i>?...</p>
+
+<p>Pero la mirada del gitano delató un asombro, que tenía algo de
+compasivo, como si creyese loco a Salvatierra.</p>
+
+<p>&mdash;Te asusta la grandeza del mundo, comparada con la pequeñez de tu pobre
+muerta, y retrocedes. El vaso es demasiado grande para una lágrima: es
+cierto. Pero también la gota se pierde en el mar... y sin embargo, allí
+está.</p>
+
+<p>Salvatierra siguió hablando, como si quisiera convencerse a sí mismo.
+¿Qué significaba la grandeza o la pequeñez? En una gota de líquido
+existían millones de millones de seres, todos con vida propia: tantos
+como hombres poblaban el planeta. Y uno solo de estos organismos
+infinitesimales, bastaba para matar una criatura humana, para diezmar
+con la epidemia una nación. ¿Por qué no habían de influir los hombres,
+microbios del infinito, en aquel universo, en cuyo seno quedaba la
+fuerza de su personalidad?...</p>
+
+<p>Después, el revolucionario parecía dudar de sus palabras, arrepentirse
+de ellas.</p>
+
+<p>&mdash;Tal vez esta creencia equivale a una cobardía: tú no puedes
+comprenderme, <i>Alcaparrón</i>. Pero, ¡ay! ¡la Muerte! ¡la incógnita, que
+nos espía y nos sigue, burlándose de nuestras soberbias y nuestras
+satisfacciones!... Yo la desprecio, me río de ella, la espero sin miedo
+para descansar de una vez: y como yo, muchísimos. Pero los hombres
+amamos, y el amor nos hace temblar por los que nos rodean: troncha
+nuestras energías, nos hace caer de bruces, cobardes y trémulos ante esa
+bruja, inventando mil mentiras, para consolarnos de sus crímenes. ¡Ay,
+si no amásemos!... ¡qué animal tan valeroso y temerario sería el hombre!</p>
+
+<p>El carro, en su marcha traqueteante, había dejado atrás al gitano y a
+Salvatierra, que se detenían para hablar. Ya no le veían. Les servía de
+guía su lejano chirrido y el plañir de la familia, que marchaba a la
+zaga, acometiendo de nuevo la canturía de su dolor.</p>
+
+<p>&mdash;¡Adiós, Mari-Crú!&mdash;gritaban los pequeños, como acólitos de una
+religión fúnebre.&mdash;¡Se ha muerto nuestra prima!...</p>
+
+<p>Y cuando callaban un momento, volvía a sonar la voz de la vieja,
+desesperada, estridente, como la de un sacerdote del dolor.</p>
+
+<p>&mdash;¡Se va la paloma blanca; la gitana durse; el capullito de rosa antes
+de abrir!... ¡Señó Dios! ¿en qué piensas, que sólo ajogas a los
+buenos?...</p>
+
+
+
+<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p>
+
+<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+
+<p>Al llegar las vendimias con el mes de Septiembre, los ricos de Jerez se
+preocupaban más de la actitud de los jornaleros que del buen resultado
+de la recolección.</p>
+
+<p>En el <i>Círculo Caballista</i>, hasta los señoritos más alegres olvidaban
+los méritos de sus jacas, los excelencias de sus perros y el garbo de
+las mozas cuya propiedad se disputaban, para no hablar más que de
+aquella gente tostada por el sol, curtida por los penalidades, sucia,
+maloliente y de ojos rencorosos que prestaba los brazos a sus viñas.</p>
+
+<p>En los numerosas sociedades de recreo que ocupaban casi todos los bajos
+de la calle Larga, no se hablaba de otra cosa. ¿Qué más querían los
+trabajadores de las viñas?... Ganaban un jornal de diez reales, comían
+en lebrillos la menestra que ellos mismos se arreglaban sin que el amo
+interviniese; tenían una hora de descanso en invierno y dos en verano,
+para no caer asfixiados sobre la tierra caliza que echaba chispas; les
+concedían ocho cigarros durante la jornada y por las noches dormían,
+teniendo los más de ellos una sábana sobre las esterillas de enea. Unos
+verdaderos sibaritas los tales viñadores; ¿y aún se quejaban y exigían
+reformas amenazando con la huelga?...</p>
+
+<p>En el <i>Caballista</i>, los que eran propietarios de las viñas mostrábanse
+enternecidos por repentina piedad, y hablaban de los gañanes de los
+cortijos. ¡Aquellos pobrecitos sí que eran merecedores de mejor suerte!
+Dos reales de jornal, un rancho insípido por todo alimento y dormir en
+el suelo vestidos, con menos abrigo que las bestias. Era lógico que
+éstos se quejasen: no los trabajadores de las viñas que vivían como unos
+señores si se les comparaba con los gañanes.</p>
+
+<p>Pero los amos de los cortijos protestaban indignados, al ver que se
+intentaba arrojar sobre ellos todo el peso del peligro. Si no retribuían
+mejor al bracero, era porque el producto del cortijo no daba para más.
+¿Podían compararse el trigo, la cebada y la ganadería con aquellas viñas
+famosas en el mundo, que arrojaban el oro a borbotones por sus
+sarmientos, y en ciertos años daban a sus amos una ganancia más fácil
+que si saliesen a robar a las carreteras?... Cuando se gozaba de tal
+fortuna había que ser generosos, dar una pequeña parle de bienestar a
+los que les sostenían con sus esfuerzos. Los trabajadores se quejaban
+con razón.</p>
+
+<p>Y las tertulias de los ricos, transcurrían en una continua pelea entre
+los propietarios de los dos bandos.</p>
+
+<p>Su vida de holganza habíase paralizado. La ruleta permanecía inmóvil;
+las barajas estaban sin abrir sobre la mesa verde; pasaban las buenas
+mozas por la acera sin que asomasen a las ventanas de los casinos los
+grupos de cabezas lanzando requiebros y maliciosos guiños.</p>
+
+<p>El conserje del <i>Caballista</i>, andaba como loco buscando la llave de lo
+que pomposamente se titulaba biblioteca en los estatutos de la sociedad:
+un armario oculto en el rincón más oscuro de la casa, menguado como
+alacena de pobre, mostrando al través de sus cristales empolvados y
+telarañosos, unas cuantas docenas de libros, que nadie había abierto.
+Los señores socios sentíanse aguijoneados de repente por el deseo de
+instruirse, de <i>capacitarse</i> de aquello que llamaban cuestión social, y
+miraban todas las tardes el armario como un tabernáculo de la ciencia,
+esperando que apareciese la llave para buscaren su interior la luz que
+deseaban. Realmente no era grande su prisa por enterarse de aquellas
+<i>cosas</i> del socialismo que traían revueltos a los trabajadores.</p>
+
+<p>Algunos se indignaban con los libros antes de leerlos. ¡Mentiras, todo
+mentiras, para amargar la existencia! Ellos no leían y eran felices.
+¿Por qué no habían de hacer lo mismo aquellos tontos del campo, que por
+las noches quitaban horas a su sueño formando corro en torno del
+camarada que les leía diarios y folletos? El hombre, cuanto más
+ignorante, más dichoso... Y lanzaban miradas de abominación al armario
+de los libros, como si fuese un depósito de maldades, mientras el mueble
+infeliz seguía guardando en sus entrañas un tesoro de volúmenes
+inofensivos, regalados en su mayor parte por el Ministerio a instancias
+del diputado del distrito; versos a la Virgen María, y cancioneros
+patrióticos; guías para la cría del canario y reglas para lo
+reproducción del conejo doméstico.</p>
+
+<p>Mientras disputaban los ricos entre ellos o se indignaban examinando las
+pretensiones de los trabajadores, éstos seguían en su actitud de
+protesta. La huelga había comenzado parcialmente, con una falta de
+cohesión que demostraba la espontaneidad de la resistencia. En algunas
+viñas, los dueños, impulsados por el miedo de perder la vendimia,
+«pasaban por todo», pero acariciando en la rencorosa mente la esperanza
+de la represalia así que sus racimos estuvieran en el lagar.</p>
+
+<p>Otros, más ricos, «tenían vergüenza», según declaraban con caballeresca
+arrogancia, negándose a todo arreglo con los rebeldes. Don Pablo Dupont
+era el más fogoso de ellos. Antes perdía su bodega que <i>bajarse</i> a
+aquella gentuza. ¡Irle con imposiciones a él, que era el padre de sus
+trabajadores, y cuidaba no sólo del sustento de su cuerpo, sino de la
+salud de su almo, libertándola del «grosero materialismo!»</p>
+
+<p>&mdash;Es una «cuestión de principios»&mdash;declaraba en su escritorio ante los
+empleados, que movían afirmativamente la cabeza aun antes de que él
+hablase.&mdash;Yo soy capaz de darles lo que desean, y más aún. ¡Pero que no
+me lo pidan; que no me lo exijan! Eso es negar mis sagrados derechos de
+amo... A mí el dinero me importa poco, y la prueba es que antes que
+ceder, mejor quiero que se pierda la cosecha de Marchamalo.</p>
+
+<p>Y Dupont, agresivo en la defensa de lo que llamaba sus derechos, no sólo
+se negaba a oír las pretensiones de los braceros, sino que había
+expulsado de la viña a todos los que se significaban como agitadores
+mucho antes de que intentasen rebelarse.</p>
+
+<p>Quedaban en Marchamalo muy pocos viñadores, pero Dupont había sustituido
+a los huelguistas con gitanas de Jerez y muchachas venidas de la sierra
+al cebo de los jornales abundantes.</p>
+
+<p>Como la vendimia no exigía grandes fatigas, Marchamalo estaba lleno de
+mujeres que se agachaban en sus laderas cortando los racimos, mientras
+desde el camino las insultaban los huelguistas privados de trabajo por
+sus «ideas».</p>
+
+<p>La rebeldía de los jornaleros había coincidido con lo que Luis Dupont
+titulaba su período de seriedad.</p>
+
+<p>El calavera había acabado por asombrar con su nueva conducta al
+poderoso primo... ¡Ni mujeres ni escándalos! La <i>Marquesita</i> ya no se
+acordaba de él: ofendida por sus desvíos, había vuelto a unirse con el
+tratante de cerdos, «el único hombre que sabía hacerla marchar».</p>
+
+<p>El señorito parecía entristecerse cuando le hablaban de sus famosas
+francachelas. Aquello había pasado para siempre: no se podía ser joven
+toda la vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. Él
+llevaba <i>algo</i> dentro de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de
+la Compañía, lo reconocían. No pensaba detenerse en su marcha hasta
+conquistar una posición tan alta en la política como la que su primo
+tenía en la industria. Otros, peores que él, manejaban los asuntos de la
+tierra, y eran oídos por el gobierno, allá en Madrid, como virreyes del
+país.</p>
+
+<p>De la vida pasada sólo conservaba las amistades con los valientes,
+reforzando su cortejo con nuevos bravucones. Los mimaba y mantenía con
+el propósito de que le sirviesen de auxiliares en su carrera política.
+¡Quién le haría frente en su primera elección, viéndole en tan honrada
+compañía!... Y para entretener a la honorable corte, seguía cenando en
+los colmados y embriagándose con ellos. Esto no quebrantaba su
+respetabilidad. Una <i>jumera</i> de vez en cuando no era motivo para que
+nadie se escandalizase. ¡Costumbres de la tierra! Además, esto daba
+cierta popularidad.</p>
+
+<p>Y Luis Dupont, convencido de la importancia de su persona, iba de un
+casino a otro hablando de la «cuestión social» con vehementes manoteos
+que ponían en peligro las botellas y copas alineadas en las mesas.</p>
+
+<p>En el <i>Círculo Caballista</i> rehuía las tertulias de la gente joven, que
+sólo le recordaban sus pasadas locuras para aplaudirlas, proponiéndole
+otras mayores. Buscaba la conversación de los «padres graves», de los
+grandes cosecheros y ricos agricultores, que comenzaban a oírle con
+cierta atención, reconociendo que aquel <i>perdis</i> tenía una buena
+cabecita.</p>
+
+<p>Dupont hinchábase con vehemente oratoria al hablar de los trabajadores
+del país. Repetía lo que había oído a su primo y a los religiosos que
+frecuentaban la casa de los Dupont, pero exagerando las soluciones, con
+un ardor autoritario y brutal muy del gusto de sus oyentes, gente tan
+ruda como rica, que encontraba placer en derribar toros y domar potros
+salvajes.</p>
+
+<p>Para Luis, la cuestión era sencillísima. Un poco de caridad; y después
+religión, mucha religión, y palo al que se desmandase. Con esto se
+acababa el llamado conflicto social y quedaba todo como una balsa de
+aceite. ¿Cómo podían quejarse los trabajadores, allí donde existían
+hombres como su primo y muchos de los presentes (aquí sonrisas
+agradecidas del auditorio y movimientos de aprobación), que eran
+caritativos hasta el exceso y no podían presenciar una desgracia sin
+echar mano al bolsillo y regalar un duro, y hasta dos?...</p>
+
+<p>Contestaban a esto los rebeldes que la caridad no era bastante, y que, a
+pesar de ello, mucha gente vivía en la miseria. ¿Y qué podían hacer los
+amos para remediar lo que era irremediable? Siempre existirían ricos y
+pobres, hambrientos y ahítos; sólo los locos o los criminales podían
+soñar con la igualdad.</p>
+
+<p>¡La igualdad!... Dupont valíase de un ironismo que entusiasmaba a su
+auditorio. Todos los chistes que la más noble de las aspiraciones
+humanas había inspirado a su primo Pablo y a su corte de sacerdotes,
+repetíalos Luis con una convicción firmísima, como si fuesen el resumen
+del pensamiento universal. ¿Qué era aquello de la igualdad?...
+Cualquiera podría apoderarse de su casa, si es que le gustaba; y él, a
+su vez, le robaría la chaqueta al vecino, porque le era necesaria; y el
+otro echaría la zarpa sobre la mujer del de más allá, porque la
+consideraría de su gusto. ¡La mar, caballeros!... ¿No merecían cuatro
+tiros o la camisa de fuerza los que hablaban de la tal igualdad?</p>
+
+<p>Y a las risas del orador, uníanse las carcajadas de todos los socios.
+¡Aplastado el socialismo! ¡Qué gracia y qué palique tenía aquel
+muchacho!...</p>
+
+<p>Muchos señores viejos movían la cabeza con aire protector, reconociendo
+que Luis hacía falta en otra parte, que era lástima que sus palabras se
+perdiesen en aquella atmósfera de humo de tabaco, y que a la primera
+ocasión habría que satisfacer su gusto, para que España entera escuchase
+desde la tribuna aquella critica tan chispeante y justa.</p>
+
+<p>Dupont, enardecido por el general asentimiento, seguía hablando, pero
+ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal,
+era el consuelo de la religión. Sin religión se vive rabiando, víctima
+de toda clase de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores
+de Jerez. No creían en nada, no iban a misa, se burlaban de los curas,
+sólo pensaban en la revolución social con degollinas y fusilamientos de
+burgueses y jesuitas; no tenían la esperanza de la vida eterna, consuelo
+y compensación de las miserias de aquí abajo, que son insignificantes,
+pues sólo duran unas cuantas docenas de años, y como resultado lógico de
+tanta impiedad, encontraban su pobreza más dura, con nuevos tonos
+sombríos.</p>
+
+<p>Aquel rebaño, triste y sin Dios, merecía su castigo. ¡Que no se quejase
+de los amos, pues éstos se esforzaban en volverle a la buena senda! ¡Que
+exigiese responsabilidad a los verdaderos autores de su desgracia, a
+Salvatierra y otros como él, que le habían arrebatado la fe!</p>
+
+<p>&mdash;Además, señores&mdash;peroraba el señorito con entonación tribunicia&mdash;¿qué
+va a conseguirse aumentando el jornal? Fomentar el vicio y nada más. Esa
+gente no ahorra: esa gente no ha ahorrado nunca. A ver: que me
+presenten un jornalero que tengo guardados sus ahorros.</p>
+
+<p>Callaban todos, moviendo la cabeza con asentimiento. Nadie presentaba el
+trabajador exigido por Dupont, y éste sonreía triunfante, esperando en
+vano al ser prodigioso que lograra ahorrar una fortunilla sobre su
+jornal de pocos reales.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí&mdash;continuaba con solemnidad&mdash;no hay afición al trabajo ni espíritu
+de ahorro. Vean ustedes el obrero de otros países: trabaja más que el de
+esta tierra y guarda un capitalito para la vejez. ¡Pero aquí!... aquí el
+bracero, de joven, no piensa más que en coger descuidada a alguna
+muchacha detrás de un pajar o en la gañanía durante el sueño; y de
+viejo, apenas tiene reunidos algunos céntimos, los emplea en vino y se
+emborracha.</p>
+
+<p>Y todos a la vez, como si repentinamente perdiesen la memoria,
+anatematizaban con gran severidad los vicios de los trabajadores. ¿Qué
+podía esperarse de una gentuza sin otra ilusión en su vida que la de
+beber?... Decía bien Dupont. ¡Borrachos! ¡Gente abyecta que perpetuaba
+la miseria de su condición, violando a las hembras como si fuesen
+animales!...</p>
+
+<p>El señorito conocía el medio de terminar esta anarquía. Al gobierno
+tocaba gran parte de culpa. A aquellas horas, habiéndose iniciado la
+huelga, debía tener en Jerez un batallón, un ejército, si era preciso, y
+cañones, muchos cañones. Y se quejaba amargamente del descuido de los de
+arriba, como si el ejército de España tuviese por única misión guardar
+a los ricos de Jerez para que viviesen tranquilos, y equivaliese a una
+felonía el no llenar calles y campos de pantalones rojos y brillantes
+bayonetas, apenas los viñadores mostraban cierto descontento.</p>
+
+<p>Luis era liberal, muy liberal. Disentía en este punto de sus maestros de
+la Compañía, que hablaban de don Carlos con entusiasmo, afirmando que
+era «la única bandera». Él estaba con los que mandaban, y no mencionaba
+una sola vez a las personas reales, que no echase por delante el título
+de <i>Su Majestad</i>, como si pudiesen oír de lejos estas muestras de
+exagerado respeto y premiárselas con lo que él deseaba. Era liberal;
+pero su libertad era la de las personas decentes. Libertad para los que
+tuvieran algo que perder: y para la gente baja, todo el pan que fuese
+posible, y palo, mucho palo, único medio de anonadar la maldad que nace
+con el hombre y se desarrolla sin el freno de la religión.</p>
+
+<p>Él conocía la historia; había leído más que los que le escuchaban y se
+dignaba hacerles partícipes de sus conocimientos, con protectora bondad.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabéis ustedes&mdash;decía&mdash;por qué la Francia es más rica y más
+adelantada que nosotros?... Porque metió mano a los bandidos de la
+<i>Commune</i>, y en unos cuantos días se cargó más de cuarenta mil de
+aquellos puntos. Empleó el cañón y la ametrallodora para acabar más
+aprisa con la gentuza, y todo quedó limpio y tranquilo... A mí&mdash;continuó
+el señorito con aire doctoral&mdash;no me gusta Francia, porque es una
+República y porque allí las gentes decentes se olvidan de Dios y hacen
+burla de sus ministros. Pero quisiera para este país un hombre como
+Thiers. Esto es lo que aquí hace falta, un hombre que sonría y ametralle
+a la canalla.</p>
+
+<p>Y sonreía para demostrar que él era capaz de ser tan Thiers como el
+otro.</p>
+
+<p>El conflicto de Jerez lo arreglaba en venticuatro horas. Que le diesen
+la autoridad y se vería lo que ero bueno. Los ejecuciones a raíz de lo
+de <i>La Mano Negra</i>, habían dado algún resultado. La gentuza se acobardó
+ante los cadalsos erigidos en la plaza de la Cárcel. Pero esto no era
+bastante. Convenía una sangría suelta para quitar fuerzas a la bestia
+rebelde. De mandar él, ya estarían en presidio los mangoneadores de
+todas las sociedades obreras del campo que traían revuelta a la ciudad.</p>
+
+<p>Pero esto también le parecía anodino e insuficiente, y acto seguido se
+rectificaba con proposiciones más feroces. Ero mejor acosar a los
+rebeldes, abortar los planes que venían preparando, «pincharles para que
+saltasen antes de tiempo», y una vez se colocaran en actitud de
+rebeldía, ¡a ellos y que no quedase uno! Mucho guardia civil, muchos
+caballos, mucha artillería. Para eso sostenían los ricos el peso de las
+contribuciones, cuya mejor parte se llevaba el ejército. De no ser así,
+¿para qué servían los soldados, que tan caros costaban, en un país que
+no había de sostener guerras?...</p>
+
+<p>Como medida preventiva, debían suprimir a los pastores perversos que
+sublevaban el rebaño de la miseria.</p>
+
+<p>&mdash;A todos los que andan por el campo, de gañanía en gañanía, repartiendo
+papeluchos malos y libros venenosos, cuatro tiros. A los que echan
+soflamas y ahullan barbaridades en esas reuniones a cencerros tapados
+que tienen de noche en un rancho o en los alrededores de un ventorro,
+cuatro tiros. Y lo mismo a los que en las viñas, desobedeciendo a los
+amos y con el orgullo de saber leer, enteran a sus compañeros de las
+majaderías que traen los periódicos... A Fernando Salvatierra, cuatro
+tiros...</p>
+
+<p>Pero el señorito, apenas dijo esto, pareció arrepentirse. Un rubor
+instintivo turbó su facundia. La bondad y las virtudes de aquel rebelde
+infundíanle cierto respeto. Los mismos que aprobaban sus planes,
+permanecieron silenciosos, como si les repugnase incluir al
+revolucionario en la pródiga distribución de tiros. Era un loco que
+imponía admiración, un santo que no creía en Dios; y aquellos señores de
+la tierra sentían por él un respeto igual al del moro ante el santón
+demente que le maldice y le amenaza con su palo.</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;siguió diciendo el señorito;&mdash;para Salvatierra una camisa de
+fuerza, y que vaya a propagar sus doctrinas en una casa de locos lo que
+le quede de vida.</p>
+
+<p>El público de Dupont aprobaba estas soluciones. Los dueños de las
+ganaderías de caballos, viejos de patillas entrecanas que se pasaban las
+horas mirando la botella con un silencio sacerdotal, rompían su gravedad
+para sonreír al joven.</p>
+
+<p>&mdash;Er muchacho tié talento&mdash;decía uno.&mdash;Habla como un diputao.</p>
+
+<p>Y los demás aprobaban.</p>
+
+<p>&mdash;Ya se encargará Pablito, su primo, de que lo saquemos cuando yeguen
+las elecciones.</p>
+
+<p>Luis sentíase fatigado a veces de los triunfos que cosechaba en los
+casinos, del asombro que inspiraba su repentina seriedad a los antiguos
+compañeros de vida alegre. Renacían sus aficiones a divertirse con la
+gente humilde.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy harto de señoritos&mdash;decía con displicencia de hombre superior a
+su fiel acólito el <i>Chivo</i>.&mdash;Vámonos al campo: un poco de juerga lo
+agradece el cuerpo.</p>
+
+<p>Y con el deseo de mantenerse bajo la protección de su poderoso primo,
+íbase a pasar el día en Marchamalo, fingiendo interés por el resultado
+de la vendimia.</p>
+
+<p>La viña estaba llena de mujeres, y a Luis le agradaba el trato con
+aquellas mozas serranas que reían las gracias del señorito, y agradecían
+sus generosidades.</p>
+
+<p>María de la Luz y su padre acogían como un honor la asiduidad con que
+Luis visitaba la viña. De la ruidosa aventura de Matanzuela, apenas si
+quedaba un lejano recuerdo. ¡Cosas del señorito! Aquellas gentes,
+acostumbradas por tradición al respeto de los placeres ruidosos de los
+ricos, disculpábanlos como si fuesen un deber de la juventud.</p>
+
+<p>El señor Fermín estaba enterado de la gran mudanza que se realizaba en
+don Luis, de sus alardes de hombre serio, y veía con gusto que viniese a
+la viña huyendo de las tentaciones de la ciudad.</p>
+
+<p>Su hija también acogía con afecto al señorito, tuteándolo como en los
+tiempos de su infancia, y riendo todas sus gracias. Era el amo de
+Rafael, y algún día sería ella su sirvienta en aquel cortijo, que veía a
+todas horas con la imaginación, como el nido de su felicidad. De la
+juerga escandalosa que tanto la había indignado contra el aperador,
+apenas si se acordaba. El señorito mostrábase arrepentido de su pasado,
+y la gente, al transcurrir algunos meses, había olvidado por completo el
+escándalo del cortijo.</p>
+
+<p>Luis mostraba gran predilección por la vida en Marchamalo. Algunas veces
+le sorprendía la noche y se quedaba a dormir en la torre de los Dupont.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy allí como un patriarca&mdash;decía a sus amigos de Jerez.&mdash;Rodeado de
+muchachas que me quieren como si fuese su papá.</p>
+
+<p>Reían los amigos del tono bondadoso con que hablaba el calavera de sus
+inocentes diversiones con el rebaño de vendimiadoras. Además, gustaba de
+quedarse en la viña por el fresco de la noche.</p>
+
+<p>&mdash;Esto es vivir, señor Fermín&mdash;decía en la explanada de Marchamalo, a la
+luz de las estrellas, aspirando la brisa nocturna.&mdash;A estas horas
+estarán asándose los señoritos en la acera del <i>Caballista</i>.</p>
+
+<p>Las veladas transcurrían en una paz patriarcal. El señorito ofrecía la
+guitarra al capataz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Venga de ahí! ¡A ver esas manitas de oro!&mdash;gritaba.</p>
+
+<p>Y el <i>Chivo</i>, obedeciendo sus órdenes, iba a buscar en los cajones del
+carruaje unas cuantas botellas del mejor vino de la casa Dupont. ¡Juerga
+completa! Pero pacífica, honesta, reposada, sin palabras libres, ni
+ademanes audaces, que asustasen a las espectadoras, muchachas que habían
+oído hablar en sus pueblos del terrible don Luis, y al verle de cerca
+perdían sus prevenciones, reconociendo que no era tan malo como su fama.</p>
+
+<p>Cantaba María de la Luz, cantaba el señorito, y hasta el cejijunto
+<i>Chivo</i>, obedeciendo a su patrón, soltaba el chorro de su voz fiera,
+entonando broncos recuerdos a la reja de la <i>carse</i> y a las <i>puñalás</i>
+caballerescas por defender a la madre o a la mujer amada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé, grasioso!&mdash;gritaba el capataz, irónicamente, a aquel figurón
+patibulario.</p>
+
+<p>Después, el señorito cogió de una mano a María de la Luz, y sacándola al
+centro del corro, rompían a bailar las sevillanas, con una gallardía que
+provocaba gritos de entusiasmo.</p>
+
+<p>&mdash;¡La grasia e Dió!&mdash;exclamaba el padre rasgueando la guitarra con nueva
+furia. ¡Vaya una parejita de palomos!... ¡Eso es bailá!</p>
+
+<p>Y Rafael el aperador, que sólo aparecía en Marchamalo de semana en
+semana, al ver por dos veces este baile, se mostró orgulloso del honor
+que el señorito hacía a su novia. Su amo no era malo; lo de antes fueron
+locuras de la juventud; pero ahora, al sentar la cabeza, resultaba un
+señorito de chipén, ¡la mar de simpático!, con gran afición a tratar a
+las gentes bajas, como si fuesen sus iguales. Jaleaba a la pareja de
+bailadores, sin el menor asomo de celos; él, que se sentía capaz de
+sacar su navaja apenas se fijaba alguien en María de la Luz. Únicamente
+sentía un poco de envidia, por no poder bailar con el garbo de su amo.
+Ocupada su vida en la conquista del pan, no había tenido tiempo para
+aprender tales finuras. Sólo sabía cantar, pero de un modo áspero y
+salvaje, como le habían enseñado los compañeros de contrabando, cuando
+marchaban en sus jacas, tumbados sobre los fardos, atronando con coplas
+la soledad de las gargantas de la sierra.</p>
+
+<p>Don Luis reinaba sobre la viña como si fuese el dueño. El poderoso don
+Pablo estaba ausente. Veraneaba con su familia en las costas del Norte,
+aprovechando el viaje para visitar Loyola y Deusto, los centros de
+santidad y sabiduría de sus buenos consejeros. El calavera, para
+demostrarle una vez más que era hombre serio y de provecho, le escribía
+largas cartas, mencionando sus visitas a Marchamalo, la vigilancia que
+ejercía sobre la vendimia y el buen resultado de ésta.</p>
+
+<p>Realmente se interesaba por el curso de la recolección. La acometividad
+que sentía contra los trabajadores, su deseo de vencer a los de la
+huelga, le hacían ser laborioso y tenaz. Acabó por establecerse
+definitivamente en la torre de Marchamalo, jurando que no se movería de
+allí hasta que terminase la vendimia.</p>
+
+<p>&mdash;Esto marcha&mdash;decía al capataz guiñando los ojos con malicia.&mdash;Se van a
+roer esos bandidos viendo que con las mujeres y unos cuantos
+trabajadores honrados, acabamos el trabajo sin necesitar de ellos. A la
+noche, baile y juerga decente, señor Fermín. Para que se enteren y
+rabien esos forajidos.</p>
+
+<p>Y así llevaba adelante la vendimia, entre músicas, algazara y vino del
+mejor, repartido generosamente.</p>
+
+<p>Por las noches, la casa de los lagares, que tenía algo de conventual por
+su silencio y su disciplina cuando estaba presente don Pablo Dupont,
+entraba en plena fiesta hasta una hora avanzada de la noche.</p>
+
+<p>Los jornaleros olvidaban su sueño para beber el vino señorial,
+pródigamente repartido. Las muchachas, habituadas a la miseria de las
+gañanías, abrían los ojos con asombro, como si viesen realizada la
+abundancia de los cuentos maravillosos oídos en las veladas. La cena era
+digna de señores. Don Luis pagaba espléndidamente.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, señor Fermín: que traigan carne de Jerez; que coman todas esas
+muchachas hasta que revienten; que beban, que se emborrachen: yo corro
+con el gasto. Quiero que vean esos canallas cómo tratamos a los
+trabajadores que son buenos y sumisos.</p>
+
+<p>Y encarándose con el rebaño agradecido, decía modestamente:</p>
+
+<p>&mdash;Cuando veáis a los de la huelga, decidles cómo tratan los Dupont a sus
+trabajadores. La verdad: sólo la verdad.</p>
+
+<p>Durante el día, cuando el sol caldeaba la tierra inflamando las
+blancuzcas pendientes de Marchamalo, Luis dormitaba bajo las arcadas de
+la casa, con una botella junto a él, destilando frescura, y tendiendo de
+vez en cuando su cigarro al <i>Chivo</i> para que lo encendiese.</p>
+
+<p>Encontraba un placer nuevo ejerciendo de amo de la inmensa finca; creía
+de buena fe desempeñar una gran función social contemplando desde su
+sombreado retiro el trabajo de tanta gente, encorvada y jadeante bajo la
+lluvia de fuego del sol.</p>
+
+<p>Las muchachas extendíanse por las pendientes, con sus faldas de
+colores, como un rebaño de ovejas azules y sonrosadas. Los hombres, en
+camisa y calzoncillos, avanzaban a gatas como corderos blancos. Iban de
+unas cepas a otras, arrastrando el vientre sobre la tierra caldeada. Los
+sarmientos esparcían sus pámpanos rojizos y verdes a ras del suelo, y
+las uvas descansaban en la caliza, que las comunicaba hasta el último
+instante su generoso calor.</p>
+
+<p>Otras muchachas subían cuesta arriba las grandes cestas de racimos
+cortados para depositarlos en los lagares, y pasaban en continuo rosario
+ante el señorito, que, tumbado en el sofá de enea, sonreía
+protectoramente pensando en la hermosura del trabajo, y en la
+perversidad de la canalla, que pretendía trastornar un mundo tan
+sabiamente organizado.</p>
+
+<p>Algunas veces, aburrido de su silencio, llamaba al capataz que iba de
+una colina a otra vigilando el trabajo.</p>
+
+<p>El señor Fermín poníase en cuclillas ante él, y hablaban de la huelga,
+de las noticias que llegaban de Jerez. El capataz no ocultaba su
+pesimismo. La resistencia de los trabajadores era cada vez mayor.</p>
+
+<p>&mdash;Es mucha la jambre, señorito&mdash;decía con la convicción de la gente
+rústica, que aprecia el estómago como el impulsor de todas las acciones.</p>
+
+<p>&mdash;Y quien dice jambre, dice desorden, palos y bronca. Va a correr
+sangre, y en el presidio le preparan el puesto a más de uno... Milagro
+será que no acabe esto levantando catafalcos el carpintero, en la plaza
+de la Cárcel.</p>
+
+<p>El viejo parecía oler la catástrofe; pero la veía llegar con una
+tranquilidad egoísta, ya que los dos hombres que poseían sus afectos,
+estaban lejos.</p>
+
+<p>Su hijo había ido a Málaga, por encargo de su principal, para
+intervenir, como hombre de confianza, en cierta quiebra, y allá
+permanecía ocupado en repasar cuentas y discutir con los otros
+acreedores. ¡Ojalá no volviese en un año! El señor Fermín temía que al
+regresar a Jerez se comprometiese en favor de los huelguistas, impulsado
+por las enseñanzas de su maestro Salvatierra, que le arrastraban al lado
+de los humildes y los rebeldes. En cuanto a don Fernando, hacía muchos
+días que había salido de Jerez custodiado por la guardia civil.</p>
+
+<p>Al iniciarse la huelga, los ricos le habían hecho saber indirectamente
+la conveniencia de que saliese cuanto antes de la provincia de Cádiz.
+El, sólo él, era el responsable de lo que ocurría. Su presencia
+soliviantaba a la gente trabajadora, haciéndola tan audaz y revoltosa
+como en tiempos de <i>La Mano Negra</i>. Los principales agitadores de las
+asociaciones obreras, que veneraban al revolucionario, le habían rogado
+que huyese, temiendo por su vida. Las indicaciones de los poderosos,
+equivalían a una amenaza de muerte. Acostumbrados los trabajadores a la
+represión y la violencia, temblaban por Salvatierra. Tal vez le matasen
+una noche en cualquier calle, sin que la justicia encontrase jamás al
+autor. Era posible que la autoridad, aprovechando las largas excursiones
+de Salvatierra por el campo, lo sometiese a mortales tormentos o lo
+<i>suprimiera</i> de una paliza en despoblado, como lo había hecho con otros
+más humildes.</p>
+
+<p>Pero don Fernando contestaba a estos consejos con tenaces negativas.
+Allí estaba por su voluntad y allí se quedaba... Por fin, las
+autoridades habían exhumado uno de los muchos procesos que tenía
+pendientes por sus propagandas de rebelde social, y un juez le llamó a
+Madrid, emprendiendo don Fernando el viaje a viva fuerza, acompañado de
+la guardia civil, como si su destino fuese viajar siempre entre una
+pareja de fusiles.</p>
+
+<p>El señor Fermín se alegraba de esta solución. ¡Que le tuviesen
+entretenido mucho tiempo! ¡Que no volviese en un año! Conocía a
+Salvatierra, y estaba seguro de que, permaneciendo en Jerez, no tardaría
+mucho en estallar la insurrección de los hambrientos, seguida de una
+represión cruel y del presidio para don Fernando, tal vez por toda su
+vida.</p>
+
+<p>&mdash;Esto acabará con sangre, señorito&mdash;continuaba el capataz.&mdash;Hasta ahora
+sólo chillan los de las viñas, pero piense su mercé que este es el peor
+mes del año para la gente de los cortijos. La trilla ha acabao en todas
+partes, y hasta que empiece la sementera, hay miles y miles de hombres
+con los brazos cruzaos, dispuestos a bailar al son que les toquen. Verá
+el señorito lo que tardan en juntarse unos y otros, y entonces será
+ella. Ya se incendian en el campo muchos pajares, sin que se vea la mano
+que les prende fuego.</p>
+
+<p>Dupont se exaltaba. Mejor: que se uniesen todos, que se sublevaran
+cuanto antes, para acuchillarlos, y obligarles a volver a la obediencia
+y la tranquilidad. Él deseaba la rebelión y el choque, más aún que los
+trabajadores.</p>
+
+<p>El capataz, asombrado de que hablase así, movía la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Mal, muy mal, señorito. La paz con sangre, es mala paz. Mejor es
+arreglarse a las buenas. Crea su mercé a un viejo que ha pasado las de
+Caín, metido en eso de prenunciamientos y revoluciones.</p>
+
+<p>Otras mañanas, cuando Luis Dupont no sentía deseos de conversar con el
+capataz, entrábase en la casa buscando a María de la Luz, que trabajaba
+en la cocina.</p>
+
+<p>La alegría de la muchacha, la frescura de su piel de morena fuerte,
+producían en el señorito cierta emoción. La castidad voluntaria que
+observaba en su retiro, le hacían ver considerablemente agrandados los
+encantos de la campesina. Siempre había sentido cierta predilección por
+la muchacha, encontrando en ella un encanto modesto, pero picante y
+fuerte, como el perfume de las hierbas del campo. Pero ahora, en la
+soledad, María de la Luz le parecía superior a la <i>Marquesita</i> y a todas
+las cantaoras y mozas de arranque de Jerez.</p>
+
+<p>Pero Luis contenía sus impulsos, y los ocultaba bajo una alegre
+confianza, recuerdo de la fraternidad infantil. Cuando instintivamente
+se permitía algún atrevimiento que molestaba a la moza, hacía memoria de
+los tiempos de la niñez. ¿No eran como hermanos? ¿No se habían criado
+juntos?... En él no debía ver al señorito, al amo de su novio. Era lo
+mismo que su hermano Fermín: debía considerarle como de la familia.</p>
+
+<p>Temía comprometerse con alguna audacia en aquella casa, que era la de su
+severo primo. ¿Qué diría Pablo, que por respeto a su padre consideraba
+al capataz y los suyos como una prolongación humilde de su propia
+familia? Además, la famosa noche de Matanzuela le había causado gran
+daño y no quería comprometer con otro escándalo su naciente fama de
+hombre grave. Esto le hacía ser tímido con muchas vendimiadoras que le
+gustaban, limitándose en sus placeres a una perversión intelectual, a
+hacerlas beber por la noche para verlas alegres, sin las preocupaciones
+del pudor, charlando entre ellas, pellizcándose y persiguiéndose, como
+si estuviesen solas.</p>
+
+<p>Con María de la Luz mostrábase igualmente circunspecto. No podía verla
+sin lanzar un chorro de alabanzas a su hermosura y gallardía. Pero esto
+no alarmaba a la moza, acostumbrada al estallido ruidoso de la
+galantería de la tierra.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, Luis&mdash;decía riendo.&mdash;¡Y qué requetegrasioso está el
+señorito!... Si sigues así me voy a enamorá y acabaremos por escaparnos
+juntos.</p>
+
+<p>Algunas veces, Dupont, influenciado por la soledad, que incita a las
+mayores audacias, y por el perfume de una carne virginal que parecía
+humear vida a las horas de calor, dejábase arrastrar por su instinto y
+ponía astutamente sus manos en aquel cuerpo.</p>
+
+<p>La muchacha saltaba, frunciendo las cejas y la boca con gesto agresivo.</p>
+
+<p>&mdash;Luis: las manos cortas. ¿Qué es eso, señorito? Como güervas con otra,
+te atizo una gofetá que la van a oír hasta en Jerez.</p>
+
+<p>Y mostraba en su gesto hostil y en su mano amenazante el firme propósito
+de largar aquella bofetada fabulosa. Entonces era cuando recordaba él,
+como una excusa, sus confianzas de la niñez.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero, sosa, mala sombra! ¡Si ha sido sin intención; nada más que por
+jugar, para ver ese hociquillo tan mono que pones cuando te enfadas!...
+Ya sabes que soy tu hermano. Fermín y yo, la misma cosa.</p>
+
+<p>La muchacha parecía serenarse, pero sin perder su gesto hostil.</p>
+
+<p>&mdash;Güeno; pues que el hermano se meta las manos donde le quepan. Ande
+suelta la lengua too lo que quieras; pero si sacas las garras, niño,
+encárgate otra cara, porque esa te la eshago de un revés.</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé las mozas de arranque!&mdash;exclamaba el señorito.&mdash;¡Así me gusta mi
+niña! ¡Con riñones y too!...</p>
+
+<p>Cuando Rafael presentábase en Marchamalo, el señorito no se privaba de
+este continuo requebrar a María de la Luz.</p>
+
+<p>El aperador acogía con inocente satisfacción todos los elogios de su amo
+a la novia. Al fin, era como un hermano suyo, y este parentesco
+enorgullecía a Rafael.</p>
+
+<p>&mdash;Bandido&mdash;le decía el señorito con cómica indignación, en presencia de
+la muchacha.&mdash;Te vas a llevar lo mejor de esta tierra, la perla de Jerez
+y su campo. ¿Ves toda la viña de Marchamalo, que vale una millonada?...
+Pues ná: aquí lo bueno es esta mocita, este cachito de gracia. Y esto te
+lo llevas tú, ladrón... sinvergüenza.</p>
+
+<p>Y Rafael reía como un bendito, lo mismo que el señor Fermín. ¡Pero qué
+don Luis tan gracioso y tan bueno! El señorito, continuando en el tono
+de cómica gravedad, se encaraba con su aperador:</p>
+
+<p>&mdash;Ríe, bigardo... ¡Mirad ustedes, qué satisfechote está de la envidia
+que le tienen los demás! El mejor día te mato y me llevo a Mariquita de
+la Luz, y la pongo en un trono en Jerez en medio de la plaza Nueva, y al
+pie toos los gitanos de Andalucía para que toquen y bailen, y se
+arranquen cantando a la reina de la hermosura y de la gracia, todo lo
+que merece... Eso lo hago yo: Luis Dupont, aunque mi primo me
+excomulgue.</p>
+
+<p>Y por el mismo estilo iba ensartando su ristra de requiebros
+hiperbólicos e incoherentes entre las risas de María de la Luz y los
+suyos, que agradecían la confianza del señorito.</p>
+
+<p>Al terminar la vendimia, Luis mostrose orgulloso, como si finalizase una
+obra grande.</p>
+
+<p>Se había hecho la recolección, valiéndose de mujeres, sin que se
+atrevieran a presentarse aquellos guapos de la huelga que se deshacían
+en amenazas. Esto era indudablemente porque él estaba allí guardando la
+viña; porque bastaba que supiesen que don Luis defendía Marchamalo con
+sus amigos, para que nadie se aproximase con la intención de perturbar
+el trabajo.</p>
+
+<p>&mdash;Eh, ¿qué tal señor Fermín?&mdash;decía con petulancia.&mdash;Han hecho bien en
+no venir, porque hubiesen salido a tiros. ¿Me pagará nunca mi primo lo
+que hago por él? ¡Qué ha de pagarme! Luego, tal vez diga que no sirvo
+para nada... Pero esto hay que celebrarlo. Hoy mismo voy a Jerez, y me
+traigo lo mejor de la bodega. Y si rabia Pablo cuando vuelva, que rabie.
+Algo me ha de pagar por mis servicios. Y esta noche, juerga... la más
+gorda de la temporada: hasta que salga el sol. Quiero que esas
+muchachas, al irse a la sierra, vayan contentas y se acuerden del
+señorito... Y traeré tocaores para que le descansen a usté, y cantaoras
+para que Mariquita no haga todo el gasto... ¿Que no quiere usted mujeres
+de esas en Marchamalo? ¡Si mi primo no se enterará!... Bueno: no
+vendrán. Usté, señor Fermín, es un rancio; pero por darle gusto quedan
+suprimidas las cantaoras. Bien mirado, maldita la falta que hacen más
+jembras, aquí donde hay tantas que parece un colegio. ¡Pero música y
+vino hasta por encima de la cabeza! Y baile de la tierra; y baile fino,
+agarrados como los señoritos. Verá usted la que se arma esta noche,
+señor Fermín.</p>
+
+<p>Y Dupont se fue a la ciudad en su carruaje, que alborotaba la carretera
+con el estrépito de sus cascabeles. Volvió ya entrada la noche, una
+noche de verano, calurosa, sin que el más leve soplo de brisa hiciese
+temblar la atmósfera.</p>
+
+<p>La tierra exhalaba un vaho ardiente; el azul del cielo diluíase en un
+tinte blanquecino, las estrellas parecían empañadas por la neblina
+caliginosa. En el silencio de la noche sonaban los crujidos de las cepas
+al dilatar su corteza resquebrajada por el calor. La cigarra chillaba
+furiosa en los surcos, abrasada por la tierra; la rana roncaba a lo
+lejos, cual si la desvelase la falta de frescura de la charca.</p>
+
+<p>Los acompañantes de Dupont, en mangas de camisa, alineaban bajo las
+arcadas las innumerables botellas traídas de Jerez.</p>
+
+<p>Las mujeres, vestidas ligeramente, con sólo una falda de percal,
+mostrando los brazos desnudos por debajo del pañuelo cruzado sobre el
+pecho, se encargaban de las cestas de provisiones, admirándolas con
+alabanzas para el rumboso señorito. El capataz elogiaba la calidad de
+los fiambres y de las aceitunas, que servían para excitar la sed.</p>
+
+<p>&mdash;¡Menúa jumera nos prepara el señorito!&mdash;decía riendo como un
+patriarca.</p>
+
+<p>De la gran cena en medio de la explanado, lo que más atrajo la
+admiración de la gente, fue el vino. Comían de pie hombres y mujeres, y
+al tener en la mano el vaso lleno, avanzaban hasta una mesita ocupada
+por el señorito, el capataz y su hija, a la que daban luz dos candiles.
+Las llamas rojizas, que subían su lengua humosa en la calma de la noche
+sin el más leve temblor, iluminaban la transparencia dorada del vino.
+¿Pero qué era aquello?... Y volvían todos a paladearlo después de
+admirar su hermoso color, y abrían los ojos desmesuradamente con asombro
+grotesco, rebuscando las palabras, como si no pudiesen expresar toda la
+veneración que les infundía el líquido portentoso.</p>
+
+<p>&mdash;Ezto e de las propios lagrimitas de Jezú&mdash;decían unos chasqueando
+devotamente la lengua.</p>
+
+<p>&mdash;No&mdash;contestaban otros,&mdash;es la mezmízima leche de la Mare e Dió...</p>
+
+<p>Y el señorito reía, gozándose en su asombro. Era vino de la bodega
+«Dupont Hermanos»: un vino venerable y carísimo, que sólo bebían los
+<i>mislores</i> allá en Londres. Cada gota valía una peseta. Don Pablo lo
+apreciaba como un tesoro, y era probable que se indignase al conocer el
+estrago que había hecho su aturdido pariente.</p>
+
+<p>Pero Luis no se arrepentía de su generosidad. Le alegraba enloquecer al
+rebaño miserable con el vino de los ricos. Era un placer de patricio
+romano, embriagando a sus clientes y esclavos con bebida de emperadores.</p>
+
+<p>&mdash;Bebed, hijos míos&mdash;decía con acento paternal.&mdash;Aprovechaos, que jamás
+os veréis en otra. Muchos señoritos del <i>Caballista</i> os envidiarían.
+¿Sabéis lo que valen todos esas botellas? Un capital: eso es más caro
+que el <i>champañ</i>; cada botella cuesta no recuerdo cuántos duros.</p>
+
+<p>Y la miserable gente arrojábase sobre el vino, y bebía y bebía
+avariciosamente, como si lo que les entraba por la boca fuese la
+fortuna.</p>
+
+<p>En la mesa del señorito, se servían las botellas después de una larga
+permanencia en tanques llenos de hielo. El vino pasaba por la boca
+dejándola insensible, con la grata parálisis de la frescura.</p>
+
+<p>&mdash;Nos vamos a emborrachar&mdash;decía sentenciosamente el capataz.&mdash;Esto se
+cuela sin sentir. Es refresco en la boca y fuego en la tripa.</p>
+
+<p>Pero seguía llenándose el vaso entre bocado y bocado, paladeando el
+néctar frío y envidiando a los ricos que podían permitirse diariamente
+este placer de dioses.</p>
+
+<p>María de la Luz bebía tanto como su padre. Apenas vaciaba su copa, se
+apresuraba el señorito a llenarla.</p>
+
+<p>&mdash;No eches más, Luis&mdash;suplicaba.&mdash;Mira que me voy a emborrachá. Esta
+bebía es traidora.</p>
+
+<p>&mdash;Tonta, ¡si es como agua! ¡Si aunque te ajumeres, esto se pasa en
+seguida!...</p>
+
+<p>Cuando terminó la cena, sonaron las guitarras y la gente formó corro,
+sentándose en el suelo ante las sillas que ocupaban los músicos y el
+señorito con su gente. Todos estaban ebrios, pero seguían bebiendo. ¡Qué
+basca! La piel erizábase de gotas de sudor; los pechos se dilataban,
+como si no encontrasen aire. ¡Vino y más vino! Para el calor no existía
+remedio más acertado: era el verdadero refresco andaluz.</p>
+
+<p>Batiendo palmas unos, y chocando otros las botellas vacías, como si
+fuesen palillos, jalearon las famosas sevillanas de María de la Luz y el
+señorito. Ella bailaba en medio del corro frente a Luis, con las
+mejillas enrojecidas y un brillo extraordinario en los ojos.</p>
+
+<p>Nunca la habían visto bailar tan arrebatadamente y con tanta gracia. Sus
+brazos desnudos, de una palidez de perla, elevábanse en torno de la
+cabeza, como asas de nácar de voluptuosa redondez. La falda de percal,
+entre el <i>fru-fru</i>, que marcaba el adorable relieve de sus piernas,
+dejaba ver por debajo de su orla unos pies pequeños, calzados
+escrupulosamente, como los de una señorita.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay! ¡Que no pueo más!&mdash;dijo de pronto, sofocada por el baile.</p>
+
+<p>Y se dejó caer jadeante en una silla, sintiendo que, con la agitación de
+la danza, comenzaba a rodar todo en torno de ella; la explanada, la
+gente y hasta la gran torre de Marchamalo.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es er calor&mdash;decía el padre gravemente.</p>
+
+<p>&mdash;Un poco de refresco y se te pasará&mdash;añadía Luis.</p>
+
+<p>Le presentaba una copa llena de aquel líquido de oro, coronado de
+burbujas, que empañaba el cristal con su frescura. Y Mariquita bebía
+ansiosamente, con una sed rabiosa, deseando renovar la sensación de
+frescura en su boca ardiente como si llevase fuego en el estómago. De
+vez en cuando protestaba.</p>
+
+<p>&mdash;Que me voy a emborrachá, Luis. Que creo que ya lo estoy.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y qué!&mdash;exclamaba el señorito.&mdash;Yo también estoy borracho, y tu
+padre, y todos lo estamos. Para eso es la fiesta. Otra copa. ¡Olé, mi
+niña, valiente! ¡Siga la juerga!</p>
+
+<p>Bailaban en medio del corro algunas muchachas, con torpeza de
+campesinas, haciendo frente a los viñadores no menos rústicos.</p>
+
+<p>&mdash;Eso no vale ná&mdash;gritó el señorito.&mdash;¡Fuera, fuera! A ver, maestro
+<i>Águila</i>&mdash;continuó dirigiéndose al tocador.&mdash;Un baile de señorío por
+todo lo alto. Una polka, un wals, cualquier cosa. Vamos a bailar
+agarrados como la gente fina.</p>
+
+<p>Las muchachas, turbadas por el vino, se cogieron unas a otras o cayeron
+en los brazos de los viñadores jóvenes. Todos comenzaron a dar vueltas,
+al son de la guitarra. El capataz y los acólitos de don Luis,
+acompañaban el ritmo chocando botellas vacías o golpeaban el suelo con
+sus bastones, riendo como niños de esta habilidad musical.</p>
+
+<p>María de la Luz se sintió arrastrada por el señorito, que la agarró una
+mano, sujetándola al mismo tiempo por el talle. La moza se resistió a
+bailar. ¡Dar vueltas, cuando su cabeza parecía balancearse y todo giraba
+en torno de sus ojos!... Pero al fin, se abandonó, entregándose a su
+pareja.</p>
+
+<p>Luis sudaba, fatigado por la inercia de la muchacha. ¡Vaya una moza de
+peso! Al oprimir aquel cuerpo sin fuerzas, sentía en su pecho el
+contacto de elásticas prominencias. Mariquita dejaba caer la cabeza en
+su hombro, como si no quisiera ver, abrumada por el mareo. Sólo una vez
+se irguió para mirar a Luis, brillándole en los ojos una lejana chispa
+de rebelión y protesta.</p>
+
+<p>&mdash;Suéltame, Rafaé: esto no está bien.</p>
+
+<p>Dupont rompió a reír.</p>
+
+<p>&mdash;¡Conque Rafael!... ¡Ay qué gracia, y cómo está, la niña! ¡Si me llamo
+Luis!...</p>
+
+<p>La muchacha volvió a abatir su cabeza, como si no comprendiese las
+palabras del señorito.</p>
+
+<p>Sentíase cada vez más anonadada por el vino y el movimiento. Con los
+ojos cerrados y el pensamiento dando vueltas, como una rueda loca,
+creía estar suspendida en el vacío, en una sima lóbrega, sin otro apoyo
+que aquellos brazos de hombre. Si la soltaban, caería y caería sin tocar
+nunca el fondo: e instintivamente se agarraba a su sostén.</p>
+
+<p>Luis no estaba menos turbado que su pareja. Respiraba sofocado por el
+peso de la moza. Estremecíase con el contacto fresco y suave de sus
+brazos, con el perfume de hermosura sana, que parecía surgir en chorro
+voluptuoso del escote de su pecho. El soplo de sus labios le erizaba la
+epidermis del cuello, esparciendo un estremecimiento por todo su
+cuerpo... Cuando, abrumado por el cansancio, volvió a Mariquita a su
+asiento, la muchacha quedó tambaleando, pálida, con los ojos cerrados.
+Suspiraba, llevábase una mano a la frente, como si le doliese.</p>
+
+<p>Mientras tanto, danzaban las parejas en el corro con una algazara loca,
+chocando unas con otras, empujándose intencionadamente, con
+encontronazos que casi derribaban a los espectadores, haciéndoles
+retirar las sillas.</p>
+
+<p>Dos mozos comenzaron a insultarse, tirando cada uno del brazo de la
+misma muchacha. El vino hacía brillar sus ojos con fuego homicida, y
+acabaron por dirigirse a la casa de los lagares en busca de las
+podaderas, cortos y pesados machetes que mataban de un golpe.</p>
+
+<p>El señorito les cerró el paso. ¿Qué era aquello de matarse por bailar
+con una muchacha, cuando tantos estaban esperando pareja? A callar, y a
+divertirse. Y les obligó a darse la mano, a beber juntos en la misma
+copa.</p>
+
+<p>La música cesó. Todos miraban con ansiedad hacia el lado de la explanada
+donde estaban los de la riña.</p>
+
+<p>&mdash;Siga la juerga&mdash;ordenó Dupont como un tirano bondadoso.&mdash;Aquí no ha
+pasado nada.</p>
+
+<p>Sonó otra vez la música, reanudaron la danza las parejas, y el señorito
+volvió al corro. La silla de Mariquita estaba desocupada. Miró en torno
+y no vio a la joven en toda la plazoleta.</p>
+
+<p>El señor Fermín estaba absorto contemplando las manos de Pacorro <i>el
+Águila</i>, con admiración de guitarrista. Nadie había visto en su retirada
+a María de la Luz.</p>
+
+<p>Dupont entró en la casa de los lagares, andando quedamente, empujando
+las puertas con una suavidad felina sin saber por qué.</p>
+
+<p>Registró las habitaciones del capataz: nadie. Creyó encontrar cerrada la
+puerta del cuarto de Mariquita; pero cedió aquélla al primer impulso. La
+cama estaba vacía y toda la habitación en orden, como si nadie hubiese
+entrado. Igual soledad en la cocina. Atravesó a tientas la vasta pieza
+que servía de dormitorio a los trabajadores. ¡Ni un alma! Asomó luego la
+cabeza en el departamento de los lagares. La luz difusa del cielo,
+penetrando por las ventanas, proyectaba en el suelo unas manchas de
+tenue claridad. Dupont, en este silencio creyó oír el sonido de una
+respiración, el tenue remover de alguien tendido en el suelo.</p>
+
+<p>Avanzó. Sus pies tropezaron con unas arpilleras y sobre ellas un cuerpo.
+Al arrodillarse para ver mejor, adivinó por el tacto, más bien que por
+los ojos, a María de la Luz, que se había refugiado allí. Sin duda la
+repugnaba ocultarse en su propia habitación, en tan vergonzoso estado.</p>
+
+<p>Al contacto de las manos de Luis, pareció despertar aquella carne sumida
+en el sopor de la embriaguez. Se revolvió el cuerpo adorable, brillaron
+sus ojos un momento, pugnando por mantenerse abiertos, y algo murmuró la
+boca ardorosa junto al oído del señorito. Éste creyó escuchar:</p>
+
+<p>&mdash;Rafaé... Rafaé...</p>
+
+<p>Pero no dijo más.</p>
+
+<p>Los brazos desnudos se cruzaron sobre el cuello de Luis.</p>
+
+<p>María de la Luz caía y caía en el agujero negro de la inconsciencia, y
+al caer se agarraba con desesperación a este sostén, concentrando en
+ello toda su voluntad, dejando el resto de su cuerpo en insensible
+abandono.</p>
+
+
+
+<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p>
+
+<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+
+<p>A principios de Enero, la huelga de los trabajadores se había extendido
+por todo el campo de Jerez. Los gañanes de los cortijos hacían causa
+común con los viñadores. Los dueños de los campos, como en los meses de
+invierno no eran importantes los trabajos agrícolas, sobrellevaban sin
+impaciencia el conflicto.</p>
+
+<p>&mdash;Ya se rendirán&mdash;decían.&mdash;El invierno es duro y el hambre mucha.</p>
+
+<p>En las viñas, el cuidado de las cepas se hacía por los capataces y los
+braceros más allegados al dueño, arrostrando la indignación de los
+huelguistas, que les tachaban de traidores, amenazándolos con venganzas
+colectivas.</p>
+
+<p>La gente rica, a pesar de sus arrogancias, revelaba cierto miedo. Como
+era costumbre en ella, había hecho hablar a los periódicos de Madrid de
+la huelga de Jerez, ennegreciéndola con sombríos colores, hinchándola,
+como si fuese una calamidad nacional.</p>
+
+<p>Se censuraba a los gobernantes por su abandono, pero con tales arrebatos
+de urgencia, que no parecía sino que cada rico estaba sitiado en su
+casa, defendiéndose a tiros contra una muchedumbre famélica y feroz. El
+gobierno, como de costumbre, había enviado fuerza armada para cortar los
+lamentos de estos pordioseros de autoridad y llegaron a Jerez nuevas
+fuerzas de guardia civil, dos compañías de infantería de línea y un
+escuadrón que se unió a los jinetes del depósito de sementales.</p>
+
+<p>Las <i>personas decentes</i>, como las llamaba Luis Dupont, sonreían con
+beatitud al ver en las calles tantos pantalones rojos. En sus oídos
+sonaba como la mejor de las músicas el arrastre de los sables por las
+aceras, y al entrar en sus casinos se les ensanchaba el alma viendo en
+torno de las mesas los uniformes de los oficiales.</p>
+
+<p>Los que semanas antes aturdían al gobierno con sus lamentaciones, como
+si fuesen a morir degollados por aquellas turbas que permanecían en la
+campiña, con los brazos cruzados, sin atreverse a entrar en Jerez,
+mostrábanse ahora arrogantes y jactanciosos hasta la crueldad. Se reían
+del gesto fosco de los huelguistas, de sus ojos, que tenían el
+estrabismo malsano del hambre y la desesperación.</p>
+
+<p>Además, las autoridades creían llegado el momento de imponerse por el
+miedo, y la guardia civil prendía a los que figuraban al frente de las
+asociaciones obreras. Todos los días ingresaba gente en la cárcel.</p>
+
+<p>&mdash;Pasan ya de cuarenta los que están a la sombra&mdash;decían los mejor
+informados en las tertulias.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando sean cien o doscientos, esto quedará como una balsa de aceite.</p>
+
+<p>A media noche, los señores, al salir del casino, encontraban mujeres
+arrebujadas en raídos mantones o con la falda a la cabeza, que les
+tendían la mano.</p>
+
+<p>&mdash;Señor, que no comemos.... Señor, que nos mata la jambre... Tengo tres
+churumbeles, y mi marío, con esto de la juelga, no trae pan a casa.</p>
+
+<p>Los señores reían, apresurando el paso. Que les diesen pon Salvatierra y
+los otros predicadores. Y miraban con simpatía casi amorosa a los
+soldados que pasaban por la calle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mardito seáis ustedes, señoritos!&mdash;rugían las míseras hembras en su
+desesperación.&mdash;Quiera Dios que algún día mandemos los probes...</p>
+
+<p>Fermín Montenegro contemplaba tristemente el curso de esta lucha sorda,
+que había de terminar forzosamente con algo ruidoso; pero de lejos,
+rehuyendo el trato con los rebeldes, ya que no estaba en Jerez su
+maestro Salvatierra. Callaba también en el escritorio, cuando en su
+presencia manifestaban los amigos de don Pablo los crueles deseos de una
+represión que atemorizase a los trabajadores.</p>
+
+<p>Desde que había vuelto de Málaga, su padre no le veía una sola vez que
+no le recomendase la prudencia. Debía callar; al fin, ellos comían el
+pan de los Dupont, y no era noble el unirse con los desesperados, aunque
+éstos se quejasen con harto motivo. Además, para el señor Fermín, todas
+las aspiraciones humanas se resumían en don Fernando Salvatierra, y éste
+se hallaba ausente. Lo retenían en Madrid sometido a una continua
+vigilancia para que no volviese a Andalucía. Y el capataz de Marchamalo,
+faltando su don Fernando, consideraba la huelga desprovista de interés,
+y a los huelguistas como un ejército sin caudillo y sin bandera; una
+horda que forzosamente había de ser diezmada y sacrificada por los
+ricos.</p>
+
+<p>Fermín obedeció a su padre, manteniéndose en una reserva prudente.
+Dejaba sin respuesta las pullas de los compañeros de escritorio que,
+conociendo su amistad con Salvatierra, para adular al amo se burlaban de
+los rebeldes. Evitaba presentarse en la plaza Nueva, donde se reunían en
+grupos los huelguistas de la ciudad, inmóviles, silenciosos, siguiendo
+con miradas de odio a los señores que intencionadamente pasaban por allí
+con la cabeza alta y una expresión de reto en los ojos.</p>
+
+<p>Montenegro dejó de pensar en la huelga, atraído por otros asuntos de
+mayor interés.</p>
+
+<p>Un día, al salir de su escritorio para ir a comer en la casa donde
+estaba de huésped, encontró al aperador de Matanzuela.</p>
+
+<p>Rafael parecía esperarle apoyado en una esquina de la plazoleta, cuyo
+frente ocupaban las bodegas de Dupont. Fermín no le había visto en mucho
+tiempo. Lo encontraba algo desfigurado; con las facciones enjutas y los
+ojos hundidos en un cerco oscuro. Su traje de campo estaba sucio de
+polvo; lo llevaba con descuido, como si olvidase aquella arrogancia que
+le hacía ser considerado como el más elegante y majo de los jinetes
+rústicos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero estás enfermo, Rafael? ¿Qué te pasa?&mdash;exclamó Montenegro.</p>
+
+<p>&mdash;Penas&mdash;dijo lacónicamente el aperador.</p>
+
+<p>&mdash;El domingo pasado no te vi en Marchamalo; y el otro tampoco. ¿Es que
+estás de morros con mi hermana?...</p>
+
+<p>&mdash;Tengo que hablar contigo, pero mu largo, ¡mu largo!&mdash;dijo Rafael.</p>
+
+<p>Allí en la plaza no podía ser; en la casa de huéspedes tampoco, pues lo
+que el aperador quería decirle era para guardarse en secreto.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo Fermín bromeando, al adivinar que se trataba de penas
+de enamorado.&mdash;Pero como yo he de comer, ¡criatura triste! nos iremos a
+casa del <i>Montañés</i> y allí desembucharás todas esas penillas que te
+ahogan, mientras yo hago por la vida.</p>
+
+<p>En el colmado del <i>Montañés</i>, al pasar frente al cuarto más grande del
+establecimiento, oyeron rasgueos de guitarra, palmas y gritos de
+mujeres.</p>
+
+<p>&mdash;Es el señorito Dupont&mdash;les dijo el camarero&mdash;que está con unos amigos
+y una jembra magnífica que se ha traído de Sevilla. Ahora empieza la
+juerga... ¡hay tela cortada lo menos hasta mañana!</p>
+
+<p>Los dos amigos buscaron el cuarto más lejano para que el estrépito de la
+fiesta no interrumpiese su conversación.</p>
+
+<p>Montenegro encargó su comida, y el criado puso la mesa en aquel
+cuartucho, que olía a vino, y, por lo menguado, parecía un camarote.
+Poco después volvió con una gran batea llena de cañas. Era un obsequio
+de don Luis.</p>
+
+<p>&mdash;El señorito&mdash;dijo el camarero&mdash;se ha enterado de que están aquí, y les
+envía esto. Además, pueden ustedes tomar lo que gusten; todo está
+pagado.</p>
+
+<p>Fermín le encargó anunciase a don Luis que pasaría a verle así que
+terminase su comida, y cerrando la puerta del camarote se quedó solo con
+Rafael.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, hombre&mdash;dijo señalándole los platos:&mdash;ponte de eso.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no como&mdash;contestó Rafael.</p>
+
+<p>&mdash;¿Que no comes? Vaya... pasarás del aire como todos los enamorados...
+¿Pero beber sí que beberás?</p>
+
+<p>Rafael hizo un gesto, como extrañando lo superfluo de la pregunta. Y sin
+levantar la vista de la mesa, comenzó a apurar rabiosamente las cañas
+que tenía delante.</p>
+
+<p>&mdash;Fermín&mdash;dijo de pronto mirando a su amigo con los ojos
+enrojecidos.&mdash;Yo estoy loco... loco perdío.</p>
+
+<p>&mdash;Ya lo veo&mdash;contestó Montenegro flemáticamente, sin dejar de comer.</p>
+
+<p>&mdash;Fermín; paece que un demonio me sopla a la oreja las mayores
+barbaridades. Si tu padre no fuese mi padrino, y si tú, no fueses tú,
+hace días que habría matao a tu hermana, a María de la Lú. Te lo juro
+por esta, por mi mejor compañera, por la única herencia de mi padre.</p>
+
+<p>Y abriendo con gran estrépito de muelles una navaja de cachas viejas,
+besaba ferozmente la tersa hoja, con dibujos coloreados por el óxido
+rojizo.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, ya será algo menos&mdash;dijo Montenegro mirando fijamente a su
+amigo.</p>
+
+<p>Había dejado caer el tenedor, y una nubecilla roja pasó por su frente.
+Pero este gesto hostil sólo duró un instante.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bah!&mdash;añadió&mdash;sí que estás loco, y más lo está el que te haga caso.</p>
+
+<p>Rafael rompió a llorar. Por fin, sus ojos podían dar paso a las lágrimas
+que se agolpaban a ellos, y deslizándose por sus mejillas caían en el
+vino.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdá, Fermín, estoy loco. Suelto bravatas y... na: soy un mandria.
+Mira cómo estaré, que un zagal me pegaría. ¿Qué he de matar yo a
+Mariquita? Ojalá tuviera entrañas negras para eso. Después me matarías
+tú, y toos descansaríamos.</p>
+
+<p>El rasgueo lejano de la guitarra y las voces que cortaban su ritmo,
+jaleando el taconeo de una bailaora, parecían acompañar la caída de las
+lágrimas del mocetón.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, vamos a ver&mdash;exclamó Fermín con impaciencia.&mdash;¿Qué es todo eso?
+Habla, y cesa de llorar, que pareces una beata en la procesión del Santo
+Entierro. ¿Qué te pasa con Mariquita?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Que no me quiere!&mdash;gritó el aperador con acento desesperado.&mdash;¡Que ya
+no me hace caso! ¡Que hemos roto y no quié verme!...</p>
+
+<p>Montenegro sonrió. ¿Y eso era todo? ¡Riñas de novios; caprichitos de
+muchacha, que se enfada para animar la monotonía de un largo noviazgo!
+Ya pasaría el mal viento. Él conocía aquello de oídas. Se expresaba con
+su escepticismo de joven práctico, a la <i>inglesa</i>, como él decía,
+enemigo de los amoríos ideales que duraban años y eran una de las
+tradiciones de la tierra. A él no se le había conocido noviazgo alguno
+en Jerez. Se contentaba con tomar lo que podía, buenamente, de vez en
+cuando, para satisfacción de sus deseos.</p>
+
+<p>&mdash;Eso lo agradece siempre el cuerpo&mdash;continuó.&mdash;Pero relaciones por lo
+fino, con suspiros, penas y celillos, ¡eso nunca! Necesito el tiempo
+para otras cosas.</p>
+
+<p>Y Fermín, con tono zumbón, intentaba consolar a su amigo. Aquella mala
+racha pasaría. ¡Caprichos de mujeres, que se ponen de morros y fingen
+enfado para que las quieran más! El día en que menos lo pensase, vería
+a María de la Luz ir hacia él, diciendo que todo había sido una broma,
+para poner a prueba su cariño, y que lo quería más que antes.</p>
+
+<p>Pero el mocetón movía la cabeza negativamente.</p>
+
+<p>&mdash;No; no me quiere. Esto se acabó y yo voy a morir.</p>
+
+<p>Relataba a Montenegro cómo habían terminado sus amores. Ella le llamó
+una noche para hablar en la reja, y con una voz y un gesto, cuyo
+recuerdo aún estremecía al pobre mozo, le anunció que todo había acabado
+entre los dos. ¡Cristo; qué noticia para recibirla así, de sopetón!</p>
+
+<p>Rafael se agarró a los hierros para no caer. Después hubo de todo:
+súplicas, amenazas, lloros; pero ella se mantenía inflexible, con una
+sonrisa que daba miedo, negándose a continuar los amoríos. ¡Ah, las
+mujeres!...</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hijo mío&mdash;decía Fermín.&mdash;Unas arrastrás. Aunque se trate de mi
+hermana, no hago excepción. Por eso tomo yo de ellas lo que necesito y
+rehuyo el trato... ¿Pero qué excusa te daba Mariquita?...</p>
+
+<p>&mdash;Que ya no me quiere; que se ha apagao de repente el aquel que me
+tenía. Que no siente por mi ni una miaja de afecto y no quiere mentir
+fingiendo cariño... ¡Como si un querer pudiera apagarse de pronto, lo
+mismo que una luz!...</p>
+
+<p>Rafael recordaba el final de su última entrevista. Cansado de suplicar,
+de llorar agarrado a la reja, de arrodillarse como un chiquillo, la
+desesperación le había hecho prorrumpir en amenazas. ¡Que le perdonase
+Fermín! pero en aquel momento se sintió capaz del crimen. La muchacha,
+cansada de sus ruegos, asustada de sus maldiciones, acabó por cerrar de
+golpe la ventana. ¡Y hasta ahora!</p>
+
+<p>Dos veces había ido de día a Marchamalo con la excusa de ver al señor
+Fermín; pero María de la Luz escondíase, apenas adivinaba su caballo
+galopando por la carretera.</p>
+
+<p>Montenegro le oía pensativo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tendrá otro novio?&mdash;dijo.&mdash;¿Se habrá enamorado de alguien?</p>
+
+<p>&mdash;No; eso no&mdash;se apresuró a responder Rafael, como si esta convicción le
+sirviese de consuelo.&mdash;Lo mismo pensé en el primer momento y me vi ya
+metío en la cárcel de Jerez y luego en presidio. Al que me quite a mi
+Mariquilla de la Lú, lo mato. Pero ¡ay! que no me la quita nadie: que es
+ella la que se va... He pasao los días vigilando de lejos la torre de
+Marchamalo. ¡Las copas que llevo bebías en el ventorro de la carretera y
+que se me golvían veneno al ver bajar o subir a alguien la cuesta de la
+viña!... He pasao las noches tendido entre las cepas, con la escopeta al
+lado, dispuesto a meterle un puñao de postas en el vientre al primero
+que se acercase a la reja... Pero no he visto más que a los mastines. La
+reja cerrá. Y entretanto, el cortijo de Matanzuela anda desgobernao,
+aunque mardita la falta que hago yo con esto de la huelga. Nunca estoy
+allí: el pobre <i>Zarandilla</i> se lo carga too; si lo supiera el amo, me
+despedía. Sólo tengo ojos y oídos para celar a tu hermana y sé que no
+hay noviazgo, que no quiere a nadie. Casi estoy por decirte que aun me
+tiene algo de ley, ¡mira tú si soy tonto!... Pero la mardita huye de
+verme, y dice que no me quiere.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero tú la has hecho algo, Rafael? ¿No estará enfadada por alguna
+ligereza tuya?</p>
+
+<p>&mdash;No: eso tampoco. Soy más inocente que el niño Jesú y el cordero que
+lleva al lao. Desde que tengo relaciones con tu hermana, que no miro a
+una moza. Toas me parecen feas, y Mariquilla lo sabe. La última noche
+que hablé con ella, cuando yo le pedía que me perdonase, sin saber por
+qué, y le preguntaba si la había ofendío en algo, la pobrecita lloraba
+como la Malaena. Bien sabe tu hermana que yo no la he fartao en tanto
+como esta uña. Ella misma lo decía: «¡Pobre Rafaé! ¡Tú eres bueno!
+Olvídame: serías infeliz conmigo». Y me cerró la ventana...</p>
+
+<p>El mocetón gemía al decir esto, mientras su amigo, que había acabado de
+comer, apoyaba pensativo su frente en una mano.</p>
+
+<p>&mdash;Pues, hijo&mdash;murmuró Fermín.&mdash;No entiendo este jeroglífico. Mariquilla
+te deja y no tiene otro novio: te compadece, te dice que eres bueno,
+mostrando que aun te tiene algún querer, y te cierra la ventana. ¡El
+demonio que entienda a las mujeres! ¡Y qué mala alma tienen a veces las
+condenadas!...</p>
+
+<p>Aumentó el estrépito en el cuarto de la juerga, y una voz de mujer,
+aguda, de un temblor metálico, llegó hasta los dos amigos.</p>
+
+<p class="poem">
+<span style="margin-left: 3em;">Me dejó... ¡mala gitana!</span><br />
+<span style="margin-left: 2em;">Cuando yo más la quería...</span><br />
+</p>
+
+<p>Rafael no pudo oír más. La poesía popular le arañaba el alma con su
+ingenua tristeza. Rompió a llorar con gemidos de niño, como si la copla
+fuese su historia: como si la hubiesen compuesto luego de ser despedido
+él de aquella reja, donde estaba la felicidad de su vida.</p>
+
+<p>&mdash;¿Oyes, Fermín?&mdash;dijo entre suspiros.&mdash;Ese, soy yo. Me ocurre lo que al
+pobresito de la copla. Se le tiene compasión a un perrito de cría, se le
+quiere, no se le deja, sus chillidos inspiran lástima, y yo, que soy un
+hombre, una criatura de Dios, ¡a la calle! ¡si te quise, ya no te
+quiero! ¡a reventar de pena!... ¡Cristo! ¡Paece mentira que aún no me
+haya muerto!...</p>
+
+<p>Quedaron en silencio largo rato. Abstraídos en sus pensamientos, ya no
+oían el estrépito de la juerga, la voz femenil que seguía entonando
+coplas.</p>
+
+<p>&mdash;Fermín&mdash;dijo de pronto el aperador.&mdash;Tú eres el único que lo puee
+arreglar todo.</p>
+
+<p>Por esto le había esperado a la salida del escritorio. Conocía su gran
+influencia sobre la familia. María de la Luz le respetaba más que a su
+padre, y se hacía lenguas de su sabiduría.</p>
+
+<p>La educación en Inglaterra, y los elogios del capataz, que veía en su
+hijo una inteligencia casi tan grande como la de su maestro, influían en
+la muchacha, ingiriendo en su afecto fraternal una gran dosis de
+admiración. Rafael no se atrevía a hablar al padrino: le tenía miedo.
+Pero de Fermín lo esperaba todo, y se confiaba a él.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que tú le digas que haga, eso hará... Ferminillo, no me abandones,
+protégeme. Tú eres mi patrón; quisiera ponerte en un altar y encenderte
+velas y rezarte una letanía. Fermín; santito mío: no me dejes,
+defiéndeme. Ablanda aquel peñasco, de corazón; agárrame, porque si no,
+me caigo y voy a presidio o a la casa de los locos.</p>
+
+<p>Montenegro se burló de las exageraciones lloriqueantes de su amigo.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien, hombre: se hará lo que se pueda, pero no llores más, ni
+sueltes esas oraciones, que pareces don Pablo, mi principal, cuando le
+hablan de Dios. Veré a Mariquita: le hablaré de ti: le diré a la muy
+indina lo que merece. ¿Qué; estás ya contento?...</p>
+
+<p>Rafael limpiábase los lagrimones, y sonreía con sencillez infantil,
+mostrando sus dientes cuadrados, de nítida blancura. Pero su gozo era
+impaciente. ¿Cuándo pensaba Fermín ver a Mariquita?</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, iré mañana. En el escritorio estamos muy atareados en la
+liquidación de fin de año. Las cuentas de los ingleses me dan mucho
+quehacer.</p>
+
+<p>El mocetón hizo un gesto de contrariedad. ¡Mañana!... Una noche más de
+no dormir, de llorar su desgracia, de incertidumbre cruel no sabiendo si
+debía esperar algo.</p>
+
+<p>Montenegro rió ante la tristeza del aperador. ¡Pero cómo ponía el amor a
+los hombres! Daba ganas de propinar unos cuantos azotes a aquel mozo,
+como si fuera un niño grandullón y enfurruñado.</p>
+
+<p>&mdash;No, Fermín; por tu salú te lo pido. Haz algo por mí; ve en seguida y
+sacarás un alma de pena. Nada te dirán en el escritorio: esos señores te
+quieren; eres su niño mimao.</p>
+
+<p>Y le asediaba con ruegos ardorosos, con palabras acariciadoras, para que
+fuese en seguida a avistarse con su hermana. Montenegro cedió, vencido
+por la ansiedad del mocetón. Iría aquella misma tarde a Marchamalo;
+mentiría al jefe del escritorio diciéndole que su padre estaba enfermo.
+Don Ramón era bueno y haría la vista gorda.</p>
+
+<p>El impaciente Rafael habló entonces de lo cortas que eran las tardes de
+Enero y de la necesidad de aprovechar el tiempo.</p>
+
+<p>Fermín llamó al criado, que se extrañaba de la parquedad de los dos
+amigos, invitándoles a pedir más <i>cosas</i>. ¡Todo estaba pagado! ¡Don Luis
+tenía cuenta abierta!...</p>
+
+<p>Al salir Rafael, marchó directamente a la calle, temiendo que el amo le
+viese con los ojos enrojecidos. Fermín asomó la cabeza al cuarto de la
+juerga, y después de aceptar una copa de Dupont huyó de éste, que
+intentaba cogerle por las solapas, para que se quedase.</p>
+
+<p>Antes de media tarde llegó Fermín a Marchamalo. Rafael le llevó en las
+ancas de su jaca. Su impaciencia le hacía mover nerviosamente los
+talones, espoleando al animal.</p>
+
+<p>&mdash;¡Que vas a reventarlo, bárbaro!&mdash;gritaba Montenegro, pegando su pecho
+a la espalda del jinete.&mdash;¡Que pesamos mucho los dos!...</p>
+
+<p>Pero Rafael sólo pensaba en la entrevista próxima.</p>
+
+<p>&mdash;En el mismísimo carro de San Elías quisiera yo llevarte, Ferminillo,
+para que vieses antes a la gachí.</p>
+
+<p>Hicieron alto en el ventorro de la carretera, cerca de la viña.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quieres que te espere?&mdash;dijo el aperador.&mdash;Yo te aguardo aquí con
+gusto hasta el día del Juicio.</p>
+
+<p>Sentía impaciencia por conocer la resolución de la muchacha. Pero Fermín
+no quiso que le aguardase. Pensaba pasar la noche en la viña. Y siguió
+la marcha a pie, mientras Rafael le anunciaba a voces que vendría a
+buscarle al día siguiente.</p>
+
+<p>Cuando el señor Fermín vio llegar a su hijo, le preguntó con cierta
+ansiedad si ocurría algo en Jerez. «Nada, padre.» Él venía a pasar la
+noche con la familia, ya que en el escritorio le habían dado permiso por
+falta de trabajo. El viejo agradeció la visita, pero sin desechar la
+inquietud que había manifestado a la llegada de su hijo.</p>
+
+<p>&mdash;Creí, al verte, que algo malo pasaba en Jerez: pero si nada ocurre
+aún, ocurrirá pronto. Yo, desde aquí, lo sé todo; nunca falta un amigo
+de las otras viñas que me trae el soplo de lo que piensan los
+huelguistas. Además, en el ventorro repiten los arrieros lo que oyen en
+los ranchos.</p>
+
+<p>Y el capataz habló a su hijo de la gran reunión que los trabajadores
+iban a celebrar el día siguiente en los llanos de Caulina. Nadie sabía
+quién daba las órdenes, pero el llamamiento había circulado de boca en
+boca por el campo y la sierra, y se juntarían miles y miles de hombres,
+viniendo hasta de los límites de la provincia de Málaga, todos los que
+ganaban el jornal en la campiña jerezana.</p>
+
+<p>&mdash;Una verdadera revolución, hijo. Anda en todo esto un forastero, un
+muchacho al que llaman el <i>Madrileño</i>, que habla de matar a los ricos y
+repartirse los tesoros de la ciudad. La gente parece loca: todos creen
+que mañana van a triunfar y que se acaba la miseria. El <i>Madrileño</i>
+emplea el nombre de Salvatierra, como si obrase por orden suya, y muchos
+afirman, como si le hubieran visto, que don Fernando está escondido en
+Jerez y se presentará en el momento de la revolución. ¿Qué sabes tú de
+esto?...</p>
+
+<p>Fermín movió la cabeza con aire incrédulo. Salvatierra le había escrito
+algunos días antes, sin manifestar propósitos de volver a Jerez. Dudaba
+de que fuese cierto su viaje. Además, le parecía inverosímil este
+intento de sublevación. Sería una alarma más de las muchas inventadas
+por la desesperación de los hambrientos. Equivalía a una locura intentar
+la invasión de la ciudad estando en ella las tropas.</p>
+
+<p>&mdash;Ya verá usted, padre, cómo si se reúnen en Caulina, quedará todo
+reducido a gritos y amenazas, como en las reuniones en los ranchos. Y de
+don Fernando, no pase usted pena. Tengo la convicción de que está en
+Madrid. No es tan insensato que vaya a comprometerse en una locura como
+esta.</p>
+
+<p>&mdash;Lo mismo creo, hijo; pero por lo que pueda ocurrir, procura tú mañana
+no mezclarte con esos locos, si es que entran en la ciudad.</p>
+
+<p>Fermín miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin
+salió de la casa María de la Luz, sonriendo a su Fermín, acogiendo su
+visita con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la miró con
+atención. ¡Nada! De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar
+aquellas tristezas que habían cortado sus amores.</p>
+
+<p>Transcurrió más de una hora sin que pudiese hablar a solas con su
+hermana. En las miradas fijas de Fermín parecía adivinar la moza algo de
+sus pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan
+pronto palidecía con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con
+una oleada de sangre.</p>
+
+<p>El señor Fermín bajó la cuesta de la viña, yendo al encuentro de unos
+arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les
+reconocía desde lo alto. Eran amigos, y quería saber por ellos lo que
+hablaban en los ranchos de la reunión del día siguiente.</p>
+
+<p>Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un
+silencio embarazoso.</p>
+
+<p>&mdash;Tengo que hablarte, Mariquita&mdash;dijo al fin el muchacho con resolución.</p>
+
+<p>&mdash;Pues empieza cuando quieras, Fermín&mdash;contestó ella con acento
+tranquilo.&mdash;Ya adiviné al verte que por algo venías.</p>
+
+<p>&mdash;No: aquí no. Podría volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar
+requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo.</p>
+
+<p>Y los dos emprendieron la marcha colina abajo, por la pendiente opuesta
+a la carretera. Bajaban por entre las cepas, a espaldas de la torre,
+dirigiéndose a una línea de chumberas que limitaba la gran viña por este
+lado.</p>
+
+<p>María de la Luz intentó detenerse varias veces no queriendo ir tan
+lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa
+incertidumbre. Pero el hermano se resistía a iniciar la conversación
+mientras pisasen aquella tierra sometida a la vigilancia de su padre.</p>
+
+<p>Se detuvieron en la cerca de chumberas, junto a una gran brecha que
+dejaba ver un copudo olivar, tras cuyo ramaje descendía el sol.</p>
+
+<p>Fermín hizo que su hermana se sentara en el ribazo, y plantándose ante
+ella, dijo con dulce sonrisa para animarla a la confianza:</p>
+
+<p>&mdash;Vamos a ver, loquilla: vas a decirme por qué has roto con Rafael; por
+qué le has despedido como si fuese un perro, causándole tal pena que el
+pobre parece que va a morir.</p>
+
+<p>María de la Luz pareció echar a broma el asunto, pero estaba pálida y su
+risa tenía la crispación de una mueca triste.</p>
+
+<p>&mdash;Porque no le quiero: porque me he cansao de él, ¡ea! Es un soso que me
+aburre. ¿No soy yo dueña de querer al hombre que me guste?...</p>
+
+<p>Fermín la habló como a una niña revoltosa. Estaba mintiendo: se lo
+conocía en la cara. No podía ocultar que seguía amando a Rafael. Algo
+había en todo aquello, que era preciso que él conociera para bien de los
+dos novios, para juntarlos de nuevo. ¡Mentira aquel aburrimiento!
+¡Mentira aquella energía de moza bravucona con que se expresaba
+Mariquita al justificar su rompimiento con Rafael! Ella no era mala; no
+podía tratar con tanta crueldad a su antiguo novio. ¡Qué! ¿así se rompen
+unos amores comenzados casi en la infancia? ¿Así se despide a un hombre
+después de haberlo tenido durante años y años, como quien dice, cosido a
+las faldas? Algo había en su conducta que no podía explicarse, y era
+preciso que ella se lo dijese. ¿No era su hermano único y el mejor de
+sus amigos? ¿No le contaba todas las cosas que no se atrevía a decir al
+padre, por el respeto que éste le inspiraba?...</p>
+
+<p>Pero la muchacha se mostró insensible al tono acariciador y persuasivo
+de su hermano.</p>
+
+<p>&mdash;No hay nada de eso&mdash;repuso enérgicamente, irguiendo su busto como si
+fuese a levantarse.&mdash;Todo son invenciones tuyas. No hay más, que estoy
+cansada de noviazgos, que no quiero hombre, que pienso pasarme la vida
+al lado de padre y de ti. ¿Con quién mejor que con vosotros? ¡Se
+acabaron los novios!</p>
+
+<p>El hermano acogía estas palabras con un gesto de incredulidad. ¡Mentira
+otra vez! ¿Por qué se cansaba de pronto del hombre al que tanto había
+querido? ¿Qué causa poderosa había deshecho con tanta rapidez su
+amor?... ¡Ah Mariquita! Él no era tan bobo que se tragase unas excusas
+faltas de sentido.</p>
+
+<p>Y como la muchacha, para ocultar su turbación levantase la voz,
+repitiendo enérgicamente que era dueña de su voluntad y podía hacer lo
+que fuese de su gusto, Fermín comenzó a irritarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, mocita falsa! ¡Alma dura! ¡Corazón de canto! ¿Crees tú que a un
+hombre se le deja cuando a una le parece, después de haberle entretenido
+años enteros junto a la reja, enloqueciéndolo con palabritas de miel,
+afirmando que se le quiere más que a la vida? Por mucho menos les han
+partido a algunas el corazón de una puñalada... Grita: repite que harás
+lo que te dé la gana: yo pienso en aquel infeliz que, mientras tú hablas
+como una arrastrá, el pobrecito anda por ahí hecho una lástima, llorando
+como un chiquillo, a pesar de que es el hombre más hombre de todo el
+campo de Jerez. Y eso por ti... ¡por ti, que te portas peor que una
+gitana! ¡por ti, veleta!...</p>
+
+<p>Exaltándose a impulsos de su ira, hablaba de la tristeza de Rafael, del
+gesto lloroso con que había implorado su auxilio, de la angustia con que
+aguardaba el resultado de su mediación. Pero no pudo hablar más. María
+de la Luz, pasando repentinamente de la resistencia al desaliento,
+rompió a llorar, aumentándose sus gemidos y sus lágrimas conforme
+avanzaba Fermín en el relato de la desesperación amorosa del novio.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, pobrecito!&mdash;gemía la muchacha, olvidando todo disimulo.&mdash;¡Ay, mi
+Rafael de mi arma!...</p>
+
+<p>Se dulcificó la voz del hermano.</p>
+
+<p>&mdash;Le quieres, ¿no lo ves? le quieres. Tú misma te delatas. ¿Por qué
+hacerle sufrir? ¿Por qué esa testarudez, que a él le desespera y a ti te
+hace llorar?</p>
+
+<p>Y el muchacho, inclinándose sobre su hermana, la envolvía en sus ruegos
+o la empujaba los hombros con violencia, presintiendo la gravedad del
+secreto que ocultaba Mariquita y que él a todo trance quería conocer.</p>
+
+<p>Callaba la muchacha. Gemía oyendo a su hermano, como si cada una de sus
+palabras penetrase en su alma, crispándola con el dolor de las heridas
+desgarradas; pero no abría su boca: temía decir demasiado y únicamente
+lloraba, poblando de lamentos el silencio de la tarde.</p>
+
+<p>&mdash;Habla&mdash;gritaba imperiosamente Fermín.&mdash;Di algo. Tú quieres a Rafael;
+le quieres tal vez más que antes. ¿Por qué te separas de él? ¿Por qué le
+despides? Esto es lo que me interesa; tu silencio me da miedo. ¿Por qué?
+¿por qué? Habla, mujer; habla, o creo que te mato.</p>
+
+<p>Y empujaba rudamente a María de la Luz, la cual, como si no pudiera
+sostenerse bajo el peso de la emoción, se había tendido en el ribazo,
+con la cara entre las manos.</p>
+
+<p>Comenzaba a ocultarse el sol. Se veía el disco de color de cereza,
+detrás de las ramas del olivar, como al través de una celosía negra. Sus
+últimos rayos, a ras de tierra, coloreaban con un resplandor anaranjado
+la columnata de troncos de los olivos, las marañas de plantas de la
+tierra, las curvas del cuerpo de la moza tendido en el suelo. La
+punzante película de las chumberas erizábase como una epidermis
+luminosa.</p>
+
+<p>&mdash;Habla, Mariquita&mdash;rugía la voz de Fermín.&mdash;Di por qué haces eso. ¡Dilo
+por tu vida! ¡Mira que me vuelves loco! ¡Díselo a tu hermano, a tu
+Fermín!</p>
+
+<p>La voz de la muchacha salió tenue, vergonzosa, lejana, de aquel bulto
+tendido.</p>
+
+<p>&mdash;No le quiero... porque le quiero mucho. No puedo quererle, porque le
+amo demasiado para hacerle infeliz.</p>
+
+<p>Y cual si tras estas palabras confusas cobrase ánimos, Mariquita se
+irguió, mirando fijamente a Fermín con sus ojos llenos de lágrimas.</p>
+
+<p>Podía pegarla, podía matarla; pero ella no volvería a hablar con Rafael.
+Había jurado que si se consideraba indigna de él, le abandonaría, aunque
+con esto destrozase su alma. Era un crimen premiar aquel amor tan
+intenso introduciendo en su futura existencia algo que pudiese afrentar
+a Rafael, tan bueno, tan noble, tan amoroso.</p>
+
+<p>Se hizo un largo silencio.</p>
+
+<p>El sol había desaparecido. Ahora el negro ramaje del olivar se destacaba
+sobre un cielo de color de violeta, con una leve franja de oro a ras del
+horizonte.</p>
+
+<p>Fermín callaba, como si le aterrase el contacto de la verdad misterioso,
+cuyo roce creía ya sentir.</p>
+
+<p>&mdash;Según eso&mdash;dijo con una calma solemne,&mdash;tú te consideras indigna de
+Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle
+infeliz.</p>
+
+<p>&mdash;Sí&mdash;contestó ella sin bajar los ojos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo.</p>
+
+<p>María de la Luz volvió a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no
+hablaría: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus
+fuerzas. Si Fermín la quería un poco; debía respetar su silencio,
+dejarla en paz, que harto lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros,
+rasgó de nuevo la calma del crepúsculo.</p>
+
+<p>Montenegro mostrábase tan desalentado como su hermana. Después de sus
+arrebatos de indignación, sentíase débil, reblandecido, anonadado por
+aquel misterio, que sólo había podido columbrar. Hablaba con dulzura,
+con humildad, recordando a la joven el estrecho cariño que unía sus
+vidas.</p>
+
+<p>No habían conocido a su madre, y Fermín ocupó para la pequeña el vacío
+que dejó al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas
+si recordaban. ¿Cuántas veces, a la edad en que otros muchachos se
+duermen en un regazo tibio, había hecho de madre para ella, meciéndola
+muerto de sueño, sufriendo sus llantos y sus manotones? ¿Cuántas veces,
+en la época de miseria, cuando el padre no tenía trabajo, había sofocado
+su hambre para darla el mendrugo que le regalaban otros chicos,
+compañeros de sus juegos?... Cuando ella sufrió las enfermedades de la
+infancia, su hermano, que apenas pasaba la cabeza del borde de la cama,
+la había velado, había dormido con ella sin miedo a la infección. Eran
+más que hermanos: la mitad de su vida la habían pasado juntos, en
+contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos,
+confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no sabía lo que en su
+cuerpo era suyo o asimilado del otro.</p>
+
+<p>Después, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de
+una infancia triste, se había agrandado. Él no pensaba en casarse, como
+si su misión en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, viéndola
+feliz con un hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a
+los hijos que ella tuviese... Para Fermín no guardaba secretos
+Mariquita. Corría a él, en los momentos de duda, antes que al padre...
+¡Y ahora, la ingrata, como si de repente se endureciese su alma, dejaba
+impasible que él sufriese, sin revelar aquel misterio de su vida!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, mal corazón! ¡Mala hermana!... ¡Y cuán poco te conocía!</p>
+
+<p>Estos reproches de Fermín, dichos con voz entrecortada, como si fuese a
+llorar, causaron más efecto en María que las amenazas y violencias de
+antes.</p>
+
+<p>&mdash;Fermín... quería ser muda para que no sufrieses; porque sé que la
+verdad te hará daño. ¡Ay, Jesús mío! ¡Destrozarles el alma a los dos
+hombres que más quiero!...</p>
+
+<p>Pero ya que el hermano lo exigía, a él se confiaba, y fuese lo que Dios
+quisiera... Se había erguido otra vez y hablaba, sin un gesto, sin mover
+apenas los labios, con la mirada perdida en el horizonte, cual si
+estuviera soñando y relatase la historia de otra persona.</p>
+
+<p>Comenzaba a anochecer y a Fermín le pareció que toda la sombra del
+crepúsculo se le metía dentro del cráneo, nublando su pensamiento,
+entorpeciéndolo con dolorosa somnolencia. Un frío intenso y paralizador,
+un frío de sepultura, arañaba su espalda. Era la brisa ligera de la
+noche, pero a Fermín le pareció un viento de hielo, una tromba glacial
+que venía desde el Polo para él, sólo para él.</p>
+
+<p>María de la Luz seguía hablando impasible, como si relatase la desgracia
+de otra mujer. Sus palabras evocaban rápidas imágenes en el pensamiento
+del hermano. Todo lo veía Fermín: la embriaguez general de la última
+noche de la vendimia, la borrachera de la moza, su desplome como un
+cuerpo inerte en el rincón de los lagares, y después la llegada del
+señorito para aprovecharse de la caída.</p>
+
+<p>&mdash;¡El vino! ¡El mardito vino!&mdash;decía María de la Luz con expresión de
+cólera, haciendo al líquido de oro responsable de su desgracia.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, el vino&mdash;repetía Fermín.</p>
+
+<p>Y con el pensamiento evocaba a Salvatierra, recordando sus anatemas a la
+maléfica divinidad que regulaba todas las acciones y los afectos de un
+pueblo esclavizado por ella.</p>
+
+<p>Después, las palabras de su hermana le hacían ver el horroroso despertar
+al desvanecerse el triste engaño de la embriaguez, la indignación con
+que repelía a un hombre, al que no amaba, y que aún le parecía más
+antipático luego de su fácil victoria.</p>
+
+<p>Todo había acabado para María de la Luz. Harto lo demostraba la firmeza
+de sus palabras. Ya no podía ser del hombre amado. Debía mostrarse
+cruel, fingir despego, hacerle sufrir como una moza casquivana, antes
+que decirle la verdad.</p>
+
+<p>Imperaba en ella esa preocupación de la hembra vulgar que confunde el
+amor con la virginidad física. Una mujer sólo podía ser esposa del
+hombre al que llevase como tributo de sumisión, la integridad de su
+cuerpo. Ella debía ser como su madre, como todas las buenas mujeres que
+conocía. La virginidad de la carne era tan importante como el amor; y
+cuando se perdía, aunque fuese por un azar, sin voluntad alguna, había
+que resignarse, doblar la cabeza, decir adiós a la dicha y seguir el
+camino de la vida, sola y triste, mientras el amante infeliz se alejaba
+por otro lado buscando una nueva urna de amor cerrada e intacta.</p>
+
+<p>Para María de la Luz el mal era irremediable. Amaba a Rafael; la
+desesperación del muchacho aumentaba su apasionamiento; pero jamás
+volvería a hablarle. Se resignaba a que la tuviesen por cruel antes que
+engañar al hombre amado. ¿Qué decía Fermín a esto? ¿No debía ella
+repeler a su novio, aunque esto la destrozase el alma?...</p>
+
+<p>Fermín permanecía silencioso, la barba en el pecho y los ojos cerrados,
+con la inmovilidad de la muerte. Parecía un cadáver en pie. De pronto,
+despertó la fiera humana que se encabrita y ruge ante la desgracia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, perra descastada!&mdash;bramó.&mdash;¡Mala piel! ¡....!</p>
+
+<p>Y el supremo insulto a la virtud femenil salió de sus labios disparado
+contra María de la Luz. Avanzó un paso, con la mirada extraviada y el
+puño en alto. La muchacha, como si la penosa revelación la hubiese
+sumido en la insensibilidad de los imbéciles, no cerró los ojos, no
+movió la cabeza para evitar el golpe.</p>
+
+<p>La mano de Fermín volvió a caer sin rozarla. Fue un relámpago de
+ferocidad; nada más. Montenegro se reconocía sin derecho para castigar a
+su hermana. En las nieblas de color de sangre que pasaban ante sus ojos,
+creyó ver el brillo de las gafas azules de Salvatierra, su sonrisa fría
+de inmensa bondad. ¿Qué haría el maestro de estar allí?... Perdonar,
+indudablemente: envolver a la víctima en la conmiseración sin límites
+que le inspiraban los pecados de los débiles. Además, estaba el vino
+como principal culpable: el veneno de oro, el diablo de color de ámbar,
+esparciendo con su perfume la locura y el crimen.</p>
+
+<p>Fermín permaneció silencioso largo rato.</p>
+
+<p>&mdash;De todo esto&mdash;dijo al fin&mdash;ni una palabra al padre. El pobre viejo
+moriría.</p>
+
+<p>Mariquita hizo un gesto de asentimiento.</p>
+
+<p>&mdash;Si te encontraras con Rafael&mdash;continuó,&mdash;ni una palabra tampoco. Le
+conozco: el pobre mozo iría a presidio por tu culpa.</p>
+
+<p>La advertencia era inútil. Para evitar la venganza de Rafael, había
+mentido ella, fingiendo sus crueles desvíos.</p>
+
+<p>Fermín continuó hablando con tono sombrío, pero imperiosamente, sin
+admitir réplica. Ella se casaría con Luis Dupont... ¿Que le aborrecía?
+¿Que había huido de él después de aquella noche horrible?... Pues esta
+era la única solución. Con la honra de su familia ningún señorito jugaba
+impunemente. Si no le quería por amor, le toleraría por deber. El mismo
+Luis iría a buscarla, a pedirla la mano.</p>
+
+<p>&mdash;¡Le odio! ¡Le aborrezco!&mdash;decía Mariquita.&mdash;¡Que no venga! ¡No quiero
+verle!...</p>
+
+<p>Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella
+podía mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa.
+Quedar soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no
+haber engañado a Rafael, podía satisfacerla. ¿Pero y él, que era su
+hermano? ¿Cómo podría vivir, viendo a todas horas a Luis Dupont, sin
+exigirle una reparación por su ultraje, pensando que el señorito se reía
+interiormente de su hazaña, al encararse con él?...</p>
+
+<p>&mdash;A callar, Mariquita&mdash;dijo con dureza.&mdash;A callar, y ser obediente. Ya
+que como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la
+honra de la familia.</p>
+
+<p>Había cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el
+regreso a su casa. Fue una ascensión lenta, penosa, temblándoles las
+piernas, zumbándoles los oídos, jadeando sus pechos, como si les
+aplastase un peso enorme. Parecíales que llevaban en hombros un muerto
+gigantesco, algo que había de pesar sobre el resto de su existencia.</p>
+
+<p>Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el
+tormento de tener que sonreír al pobre padre, de seguir su conversación
+sobre los sucesos que se preparaban para el día siguiente, de manifestar
+Fermín sus opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos
+de Caulina.</p>
+
+<p>El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el
+insomnio de Mariquita; oía el continuo revólver de su cuerpo en la cama,
+prorrumpiendo en suspiros dolorosos.</p>
+
+<p>Poco después del alba, Fermín salió de Marchamalo, dirigiéndose a Jerez
+sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que
+vio junto al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del
+camino, como un centauro.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando tan pronto vienes, algo güeno ties que dicirme&mdash;exclamó el
+mocetón con una confianza cándida que a Fermín casi le arrancó
+lágrimas.&mdash;Suelta por esa boca, Ferminillo mío, ¿qué resultao traes de
+tu embajada?...</p>
+
+<p>Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando
+con vagas palabras su turbación.</p>
+
+<p>El asunto marchaba así, así; no del todo mal. Podía estar tranquilo:
+caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistiría para que todo
+se arreglase. Lo importante era que Mariquita le quería lo mismo que
+antes. Podía estar seguro de esto.</p>
+
+<p>¡Qué cara de angelote, radiante y gozoso, la del mocetón!...</p>
+
+<p>&mdash;Anda, Ferminillo: súbete en las ancas, ¡salao! ¡gracioso! que te voy a
+llevar a Jerez en un decir Jesú. Tienes más talento y más labia, y más
+aquel en la mollera, que toos los abogaos juntos de Cáiz, de Sevilla y
+hasta de Madrí... ¡Si sabría yo a qué aldabilla me agarraba cuando
+busqué a mi niño!...</p>
+
+<p>La jaca iba al galope, espoleada por el aperador. Éste necesitaba
+correr, aspirar el aire con violencia, cantar para dar salida a la
+alegría, mientras Fermín, a sus espaldas, casi lloraba, viendo la
+alegría del inocente, escuchando las coplas que dedicaba a la <i>gachí</i>,
+como si la tuviera otra vez por suya, gracias al hermano. Para
+sostenerse en las ancas del corcel, tuvo Fermín que agarrarse a la
+cintura del aperador; pero lo hizo con cierto remordimiento, como
+avergonzado del contacto con aquel ser bueno y sencillo cuya confianza
+forzosamente había de engañar.</p>
+
+<p>Se separaron en las afueras de Jerez. Rafael se marchaba al cortijo.
+Quería estar allí, ya que tenía noticia de lo que se preparaba para la
+tarde en los llanos de Caulina.</p>
+
+<p>&mdash;Va a haber bronca, y gorda. Dicen que hoy se lo reparten too y lo
+queman too, y que se van a cortar más cabezas que en una batalla de
+moros... Yo a Matanzuela, y al primero que se presente con mala
+intención lo recibo a tiros. Al fin, el amo es el amo y pa eso me tiene
+allí don Luis: pa que guarde sus intereses.</p>
+
+<p>Fue un nuevo tormento para Fermín ver la arrogancia con que se alejaba
+el mocetón, la firme tranquilidad con que hablaba de hacerse matar por
+los que osasen el más leve atentado contra la propiedad de su señor.
+¡Ay! ¡si el jayán inocente, en el cumplimiento de su deber, supiera lo
+que él!...</p>
+
+<p>Fermín pasó todo el día en el escritorio trabajando, con el pensamiento
+lejos, muy lejos; traduciendo cartas mecánicamente, sin fijarse en el
+sentido de las palabras, uniendo números como un autómata.</p>
+
+<p>Algunas veces levantaba la cabeza y permanecía inmóvil, mirando
+fijamente a don Pablo Dupont al través de la puerta abierta de su
+despacho. El principal discutía con don Ramón y otros señores, ricos
+cosecheros que llegaban con cierto aire despavorido y se serenaban,
+acabando por reír, luego de escuchar las vehementes palabras del
+millonario.</p>
+
+<p>Montenegro no prestaba atención, a pesar de que la voz de don Pablo,
+aflautada por la cólera, se esparcía algunas veces por el escritorio.
+Debían hablar de la reunión en Caulina: la noticia había llegado desde
+el campo a la ciudad.</p>
+
+<p>Varias veces, al quedar solo Dupont en su despacho, el empleado sintió
+tentaciones de entrar... pero se contuvo. No: allí no. Necesitaba
+hablarle a solas. Conocía su carácter arrebatado. La sorpresa le haría
+prorrumpir en gritos, oyéndole todas las gentes del escritorio.</p>
+
+<p>A la caída de la tarde, Fermín, después de vagar un buen rato por las
+calles, para dejar algún espacio entre la salida de la oficina y su
+visita al amo, se dirigió al ostentoso hotel de la viuda de Dupont.</p>
+
+<p>Pasó la verja y el portal con la facilidad de un antiguo servidor de la
+casa. Se detuvo un instante en el patio, de blancas arcadas, entre los
+macizos de plátanos y palmeras. En el centro de uno de los claustros
+cantaba un chorro de agua, cayendo en profundo tazón. Era una fuente con
+pretensiones de monumento; una montaña de estalactitas con una cueva a
+guisa de hornacina, y en ella la Virgen de Lourdes, de mármol blanco;
+una estatua mediocre, con el relamido exterior de la imaginería
+francesa, que el dueño del hotel apreciaba como un prodigio artístico.</p>
+
+<p>Le bastó a Fermín anunciarse, para que le hiciesen pasar al despacho del
+señor. Un criado descorrió las cortinas de las ventanas para que
+entrase toda la luz de la tarde. Don Pablo, apoyado en la pared,
+inclinábase ante la bocina de un aparato telefónico, manteniendo el
+receptor en el oído. Con un gesto indicó a su empleado que se sentase, y
+Fermín, hundido en un sillón, dejó vagar su mirada por esta pieza, en la
+que no había entrado nunca.</p>
+
+<p>Un gran cuadro de talla dorada, adornado con la cabeza de San Pedro, y
+los escudos pontificales, contenía el diploma más glorioso de la casa,
+el Breve concediendo la bendición papal en la hora de la muerte a todos
+los Dupont, hasta la cuarta generación. Luego, en otros cuadros no menos
+deslumbrantes, mostrábanse todas las distinciones concedidas a don
+Pablo, tan honoríficas como santas; pergaminos con grandes sellos e
+inscripciones rojas, azules o negras; títulos de comendador de la orden
+de San Gregorio, de la de <i>Pro ecclesiæ et Pontifice</i>, y de la Piana;
+diplomas de caballero Hospitalario de San Juan y del Santo Sepulcro. Las
+cartas que acreditaban las cruces de Carlos III y de Isabel la Católica,
+concedidas por las regias personas después de sus visitas a la bodega de
+los Dupont, ocupaban las paredes más oscuras, encuadradas en marcos
+menos vistosos, con la modestia que el poder civil debe mostrar ante la
+representación de Dios; cediendo el sitio, como avergonzadas, a todos
+los títulos honoríficos inventados por la Iglesia, que habían llovido
+sobre don Pablo, sin que faltase uno.</p>
+
+<p>Dupont únicamente rechazaba de Roma el título de nobleza. Sus amigos de
+allá ponían a disposición de él toda la heráldica: conde, marqués,
+duque, lo que quisiera. Hasta príncipe lo haría el Santo Padre por la
+gracia de Dios; y en cuanto al título, si no le gustaba su apellido no
+tenía más que echar mano a cualquiera de los innumerables santos del
+calendario.</p>
+
+<p>Pero el hijo de doña Elvira rehusaba obstinadamente esta distinción. ¡La
+Iglesia por encima de todo!... pero la nobleza histórica también era
+obra de Dios. Y, orgulloso de la estirpe materna, sonreía irónicamente
+al hablar de la nobleza papal, despreciando a los industriales y los
+ricos improvisados que se pavoneaban con sus títulos de Roma. Se
+proponía solicitar para él, más adelante, aquel marquesado rancio y
+glorioso de San Dionisio que estaba sin sucesión desde la muerte de su
+famoso tío Torreroel.</p>
+
+<p>Don Pablo, al dejar el teléfono, saludó a Fermín, impidiéndole con un
+ademán que abandonase su asiento.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay, muchacho? ¿Traes noticias nuevas? ¿Sabes algo de la reunión
+en Caulina?... Me acaban de decir que llegan grupos de todos lados. Ya
+son unos tres mil.</p>
+
+<p>Montenegro hizo un gesto de indiferencia. Nada le importaba la tal
+reunión: él venía por otra cosa.</p>
+
+<p>&mdash;Me alegro que pienses así&mdash;dijo don Pablo, sentándose junto a su mesa,
+al pie del diploma de la bendición.&mdash;Tú has sido siempre algo <i>verde</i>;
+ya sabes que te conozco, y me gusta que no te mezcles en estos líos.
+Esto te lo digo porque te quiero y porque esa gente va a llevar palo...
+mucho palo.</p>
+
+<p>Y se frotaba las manos, como si le regocijase la esperanza del castigo
+que iban a sufrir los rebeldes.</p>
+
+<p>&mdash;Tú, que tanto admiras a Salvatierra, el amigote de tu padre, puedes
+felicitarte de que no se encuentre en Jerez. Porque si estuviera, esta
+sería su última hazaña... Pero vamos a ver, Ferminillo, ¿qué te trae por
+aquí?...</p>
+
+<p>Dupont quedose con la vista fija en su empleado y éste comenzó a
+explicarse con cierta timidez. Él conocía el antiguo afecto que don
+Pablo y toda su familia sentían por la del pobre capataz de Marchamalo.
+Un cariño de grandes señores, que ellos, pobres y humildes, no sabían
+cómo agradecer. Además, Fermín apreciaba el carácter de su principal: su
+religiosidad, incapaz de transigir con el vicio y la injusticia. Por
+esto, en un momento difícil para su familia, acudía a él, en busca de
+consejo, de apoyo moral.</p>
+
+<p>Dupont miraba con los ojos entornados a Montenegro, pensando que éste
+sólo podía aproximarse a él impulsado por algo muy importante.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo con impaciencia.&mdash;Vamos al caso y no perdamos tiempo.
+Mira que hoy es un día extraordinario. De un momento a otro volverán a
+llamarme por teléfono.</p>
+
+<p>Fermín permanecía con la cabeza baja, vacilando, con expresión dolorosa,
+como si las palabras le quemasen la lengua. Por fin comenzó el relato de
+lo ocurrido en Marchamalo la última noche de la vendimia.</p>
+
+<p>El carácter irascible, impetuoso y atronador de Dupont, pareció
+hincharse colérico durante el relato, hasta estallar al final
+ruidosamente.</p>
+
+<p>Su egoísmo le hacía pensar ante todo en él, en lo que suponía este
+atentado para el honor de su casa. Además, considerábase herido por la
+falta de respeto del pariente, afirmando que en este delito de impudor
+había algo de profanación para su propia persona.</p>
+
+<p>&mdash;¡En Marchamalo tales abominaciones!&mdash;exclamó, saltando de su
+asiento.&mdash;¡La torre de los Dupont, mi casa, a la que llevo mi familia
+muchas veces, convertida en un antro del vicio! ¡El demonio de la
+impureza haciendo de las suyas a dos pasos de la capilla, de la casa de
+Dios, donde sacerdotes sabios han dicho las cosas más hermosas del
+mundo!...</p>
+
+<p>Y la indignación le ahogaba. Tosía, agarrándose a la mesa, como si la
+cólera le amagase con una congestión, y pudiera caer redondo en el
+suelo.</p>
+
+<p>Luego vinieron las lamentaciones del industrial. ¡Para esto había
+servido el saqueo que durante su ausencia había hecho en sus mejores
+vinos el empecatado pariente! Aquel robo de loco no podía dar otros
+resultados. ¡Embriagar con el vino de los ricos a todo un tropel de
+gentes rudas y ordinarias! Bastante había reñido a su primo al volver él
+a Jerez; y ahora, cuando tenía olvidada la barrabasada, le enteraban de
+su última consecuencia, una deshonra que le impediría poner los pies en
+Marchamalo. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué de vergüenzas sobre la familia!...</p>
+
+<p>&mdash;Compadéceme, Fermín&mdash;gritaba don Pablo.&mdash;Ten lástima de la cruz que
+llevo a cuestas. El Señor ha derramado todos sus dones sobre su indigno
+servidor, que soy yo. Tengo riquezas, una madre que es una santa, esposa
+cristiana e hijos obedientes; pero en este valle de lágrimas, la
+felicidad no puede ser completa. El Altísimo necesita ponernos a prueba,
+y mi castigo son las niñas del marqués y ese Luis, que es presa del
+demonio. Somos la mejor de las familias, pero esos locos se encargan de
+hacernos llorar, de afligirnos con el tormento de la vergüenza. Ten
+compasión de mí, Fermín; apiádate del cristiano más infeliz de la
+tierra, que no por esto se queja, sino que alaba al Señor.</p>
+
+<p>Reaparecía el exaltado, próximo al delirio al hablar de Dios y de la
+suerte de sus criaturas. Y pidiendo a Fermín que le compadeciese, lo
+hacía con tales gestos, que el joven temía que se arrodillara, con las
+manos juntas, como implorando su perdón.</p>
+
+<p>En ciertos momentos, Montenegro, a pesar de su tristeza, sentía deseos
+de reír por lo extraño de la situación. Aquel hombre poderoso pedía que
+le compadeciese. ¿Qué pediría él, que llegaba impulsado por una
+vergüenza de familia?...</p>
+
+<p>Dupont cayó desalentado en su asiento, la cabeza entre las manos, con la
+facilidad con que pasaba su carácter de la acción desordenada e
+impetuosa al anonadamiento cobarde.</p>
+
+<p>Suspiraba, con tristeza:</p>
+
+<p>&mdash;¡La familia!... ¡la familia!...</p>
+
+<p>Pero al levantar los ojos, se encontró con los de Fermín, que le
+contemplaban asombrados, como preguntándole cuándo llegaría el momento
+en que cesara de pedir compasión para él y empezase a compadecer a su
+dependiente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y tú&mdash;preguntó&mdash;qué crees que puedo hacer en esto?...</p>
+
+<p>Montenegro desechó toda timidez para contestar a su jefe. Si él supiera
+qué hacer no habría venido a molestar a don Pablo. Estaba allí para que
+él le aconsejase; más aún, para que pusiera remedio al mal, como
+cristiano y como caballero, ya que estos dos títulos estaban siempre en
+sus labios.</p>
+
+<p>&mdash;Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene
+medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia.</p>
+
+<p>&mdash;¡El jefe!... ¡el jefe!&mdash;murmuró irónicamente don Pablo. Y quedó en
+silencio, como si buscase la solución del asunto.</p>
+
+<p>Luego habló de María de la Luz. Había pecado gravemente y tenía mucho de
+qué arrepentirse. Podía servirle de excusa ante Dios su estado
+extraordinario, su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una
+virtud, y el pecado carnal, pecado era... Había que salvar el alma de la
+infeliz, facilitarla los medios pura que ocultase su vergüenza.</p>
+
+<p>&mdash;Yo creo&mdash;añadió después de una larga reflexión&mdash;que lo mejor será que
+tu hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que
+quiero enviarla a un convento cualquiera. Hablaré con mi madre: nosotros
+sabemos hacer las cosas. Irá a un convento de señoras, de religiosas
+distinguidas, y la dote será cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no
+discuto. Cuatro mil, cinco mil duros... lo que sea. ¡Eh! ¡Me parece que
+la solución no es mala! Allí, en el recogimiento, limpiará su alma de
+culpas. Yo podré llevar entonces mi familia a la viña, sin miedo a que
+los míos se rocen con una desdichada que ha cometido el más torpe de los
+pecados, y ella vivirá como una gran señora, como una esposa distinguida
+de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, ¡hasta con criadas,
+Fermín!, y ya ves que esto vale algo más que quedarse en Marchamalo
+guisando la comida de los viñadores.</p>
+
+<p>Fermín se había puesto de pie, pálido, con las cejas fruncidas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Eso es todo lo que usted tiene que decir?&mdash;preguntó con voz sorda.</p>
+
+<p>El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qué, ¿no le parecía
+bastante? ¿Tenía él una solución mejor? Y con inmensa extrañeza, como si
+hablase de algo disparatado e inaudito, añadió:</p>
+
+<p>&mdash;¡A no ser que hayas soñado con que mi primo se case con tu hermana!...</p>
+
+<p>&mdash;No haría con ello nada de más. Esto es lo lógico, lo natural, lo que
+aconseja el honor, lo único que puede hacer un cristiano como usted.</p>
+
+<p>Dupont volvió de nuevo a exaltarse.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ta, ta! ¡Ya salió el cristianismo a gusto vuestro! Los que sois
+<i>verdes</i> y no conocéis la religión más que por fuera, os fijáis en
+ciertas exterioridades para echárnoslas en cara cuando os conviene.
+Claro es que todos somos hijos de Dios, y que los buenos gozarán
+igualmente de su gloria: pero mientras vivimos en la tierra, el orden
+social que viene de lo alto, exige que existan jerarquías y que éstas se
+respeten sin confundirse. Consulta el caso con un sabio, pero un sabio
+de verdad; con mi amigo, el Padre Urizábal o algún fraile eminente, y
+verás qué te contesta: lo mismo que yo. Debemos ser buenos cristianos,
+perdonar las ofensas, auxiliarnos con la limosna y facilitar al prójimo
+los medios para que salve el alma: pero cada uno en el círculo social
+que le ha marcado Dios, en la familia que le destinó al nacer, sin
+asaltar las barreras divisorias con intentos de falsa libertad, cuyo
+verdadero nombre es libertinaje.</p>
+
+<p>Montenegro hacía esfuerzos por contener la cólera.</p>
+
+<p>&mdash;Mi hermana es buena y es honrada, a pesar de todo&mdash;dijo mirando
+audazmente a don Pablo;&mdash;mi padre es el trabajador más bondadoso y más
+pacífico del campo de Jerez: yo soy joven, pero no he hecho mal a nadie,
+y tengo la conciencia tranquila. Los Montenegros somos pobres: pero
+nadie tiene derecho a despreciarlos ni a deshonrarles por el egoísmo del
+placer. Nadie, ¿lo entiende usted, don Pablo? nadie: y el que lo intenta
+no sale del mal paso impunemente. Somos tan buenos como los que más, y
+mi hermana, aunque pobre, puede entrar por la puerta grande en una
+familia que, aunque posea millones, tiene en su seno hombres como Luis y
+hembras como las <i>Marquesitas</i>.</p>
+
+<p>En otro momento hubiera tenido que ver el arranque de cólera de Dupont
+ante las amenazas y las insolencias de su dependiente. Pero ahora
+parecía intimidado por la mirada del joven, por el acento de su voz, que
+temblaba con expresión amenazadora.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hombre!, ¡hombre!&mdash;exclamó, queriendo indignarse sin conseguirlo, y
+adoptando una dulzura bonachona.&mdash;Piensa lo que dices. Ya sé que mi
+primo y esas otras dos, son gente mala. ¡Bastantes disgustos me dan!
+Pero llevan mis apellidos, y tú debes hablar de ellos con mayores
+miramientos por ser de mi casa. Además, ¿qué sabes tú de lo que les
+tiene reservada la gracia del Altísimo?... La Magdalena era peor que
+esas dos desgraciadas, mucho peor, y murió como una santa. Luis es malo,
+pero mayores escándalos dieron en su juventud algunos santos varones.
+Ahí tienes a San Agustín, padre de la Iglesia, columna de la
+cristiandad. San Agustín, siendo joven...</p>
+
+<p>El timbre del teléfono cortó la palabra a Dupont, que iba a comenzar el
+relato de la vida del gran africano, sin fijarse en el gesto de
+indiferencia de Fermín.</p>
+
+<p>Durante algunos minutos permaneció don Pablo con el oído en el aparato,
+prorrumpiendo en alegres exclamaciones, como si le satisfaciese lo que
+le decían.</p>
+
+<p>Cuando volvió hacia Montenegro, ya no parecía acordarse de lo que
+motivaba la visita de éste.</p>
+
+<p>&mdash;¡Van a entrar, Fermín!&mdash;exclamó frotándose los manos.&mdash;Me dicen de
+parte del alcalde, que los de Caulina comienzan a dirigirse hacia la
+ciudad. Un poco de susto en el primer momento, y después <i>¡pum, pum,
+pum!</i> el escarmiento que les hace falta, el presidio, y hasta su poquito
+de garrote, para que vuelvan a ser prudentes y nos dejen quietos una
+temporada.</p>
+
+<p>Don Pablo iba a mandar que cerrasen las puertas y las ventanas bajas de
+su hotel. Si Fermín no quería quedarse, debía salir cuanto antes.</p>
+
+<p>El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la
+próxima invasión de desesperados, y empujaba a Fermín, acompañándolo
+hasta la puerta, como si olvidase su asunto.</p>
+
+<p>&mdash;¿En qué quedamos, don Pablo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, sí! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo
+hablaré con mi madre. Lo del convento es lo mejor: créeme.</p>
+
+<p>Y como sorprendiese en el rostro de Fermín una mueca de protesta, volvió
+a su tono de humanidad.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lástima de mi y de mi
+familia. ¿No tenemos aún bastantes penas? Las niñas del marqués, que nos
+avergüenzan viviendo con la canalla: Luis, que parecía en el buen
+camino, y ahora sale con esa aventura... ¿Y aun quieres afligirnos a mi
+madre y a mí, pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una
+viña? Yo creía que nos considerabas más. Ten compasión de mí, hombre:
+tenme compasión.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, don Pablo, le compadezco&mdash;dijo Fermín irónicamente, deteniéndose
+en la puerta.&mdash;Es usted digno de lástima por el estado de su alma. Su
+religión es distinta de la mía.</p>
+
+<p>Dupont se hizo atrás, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le
+habían tocado el punto vulnerable de su verbosidad. ¡Y un empleado suyo
+se atrevía a decirle tales cosas!...</p>
+
+<p>&mdash;Mi religión... mi religión&mdash;exclamó colérico, no sabiendo por dónde
+comenzar.&mdash;¿Qué tienes tú que decir de ella? Mañana discutiremos en el
+escritorio... y si no, ahora mismo...</p>
+
+<p>Pero Fermín no le dejó continuar.</p>
+
+<p>&mdash;Mañana no será fácil&mdash;dijo con calma.&mdash;No nos veremos mañana, y tal
+vez nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... ¡Salud, don Pablo! No
+volveré a molestarle: no tendrá usted que pedirme más compasión. Lo que
+me toque hacer, lo haré por mí mismo.</p>
+
+<p>Y, precipitadamente, salió del hotel. Cuando llegó a la calle comenzaba
+a anochecer.</p>
+
+
+
+<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p>
+
+<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+
+<p>A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso
+llano de Caulina. Presentábanse como negras bandadas, saliendo de todos
+los puntos del horizonte.</p>
+
+<p>Unos bajaban de la serranía, otros venían de los cortijos del llano, o
+de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina
+después de rodear la ciudad. Los había de los confines de Málaga y de la
+vecindad de Sanlúcar de Barrameda. El aviso misterioso había volado de
+los ventorros a los ranchos, por toda la extensa campiña, y cuantos
+trabajaban en ella acudían presurosos, creyendo llegado el momento de la
+venganza.</p>
+
+<p>Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba
+próximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los ricos, con sus
+bodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el
+esplendor de su ruina.</p>
+
+<p>Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la llanura
+cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirábanse hacia
+el fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que crecía y crecía,
+alimentada incesantemente con nuevos grupos.</p>
+
+<p>Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres tostados,
+enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la lustrosa epidermis.
+Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas
+salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el
+desgaste que la nutrición, y la ausencia de músculos estaba suplida por
+los manojos de tendones engruesados por el esfuerzo.</p>
+
+<p>Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcían
+un olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un chaquetón
+haraposo. Los que habían salido de Jerez para unirse a ellos, se
+distinguían por sus capas, por su aspecto de obreros de ciudad, más
+próximos en sus costumbres a los señores que a la gente del campo.</p>
+
+<p>Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros,
+con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos rostros en los que se
+mostraba toda la gradación del gesto humano, desde la indiferencia
+abobada y bestial, a la acometividad del que nace bien preparado para la
+lucha por la vida.</p>
+
+<p>Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenían la
+faz prolongada y ósea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y
+resignado: eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco,
+para rumiar sin la más leve idea de protesta, con inmovilidad solemne.
+Otros mostraban el hocico elástico y bigotudo, los ojos de reflejo
+metálico de los felinos: eran los hombres-fieras, que se estremecían,
+dilatando sus narices, como si percibiesen ya el olor de la sangre. Y
+los más, de cuerpo negro y miembros retorcidos y angulosos como
+sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la tierra de
+donde habían surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados a
+morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que
+desechasen los fuertes.</p>
+
+<p>La agitación de la rebeldía, el apasionamiento de la venganza, el
+egoísmo de mejorar su suerte, parecían igualarlos a todos, con una
+semejanza de familia. Muchos, al abandonar su vivienda habían tenido que
+arrancarse de los brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el
+peligro, pero al verse entre los <i>compañeros</i>, erguíanse arrogantes,
+mirando a Jerez con ojos bravucones, como si fueran a comérsela.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos!&mdash;exclamaban.&mdash;¡Que da ánimo ver tantos probes juntos,
+dispuestos a hacer una hombrada!...</p>
+
+<p>Eran más de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos,
+embozándose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la
+pregunta, se dirigían a los que aguardaban en el llano.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay?...</p>
+
+<p>Y los que oían la pregunta parecían devolverla con la mirada. «Sí; ¿qué
+hay?» Todos estaban allí, sin saber por qué, ni para qué; sin conocer
+con certeza quién era el que los convocaba.</p>
+
+<p>Había circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al
+anochecer, sería la gran revolución, y ellos acudían exasperados por las
+miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola
+vieja, las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo
+revés podían hacer saltar una cabeza.</p>
+
+<p>Llevaban algo más: la fe que acompaña a toda muchedumbre en los primeros
+momentos de rebeldía, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las
+más absurdas noticias, exagerándolas cada cual por su cuenta para
+engañarse a sí mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de
+sus disparatadas invenciones.</p>
+
+<p>La iniciativa de la reunión, la primera noticia, la creían obra del
+<i>Madrileño</i>, un joven forastero que había aparecido en el campo de Jerez
+en plena huelga, enardeciendo a los simples con sus predicaciones
+sanguinarias. Nadie le conocía, pero era muchacho de gran verbosidad y
+pájaro de cuenta, a juzgar por las amistades de que hacía gala. Le había
+enviado Salvatierra, según él decía, para suplirle en su ausencia.</p>
+
+<p>El gran movimiento social que iba a cambiar la faz del mundo, debía
+iniciarse en Jerez. Salvatierra y otros hombres no menos famosos
+estaban ya ocultos en lo ciudad, para presentarse en el momento
+oportuno. Las tropas se unirían a los revolucionarios apenas entrasen
+éstos en la población.</p>
+
+<p>Y los crédulos, con la viveza imaginativa de su raza, aderezaban la
+noticia, adornándola con toda clase de detalles. Una confianza ciega se
+esparcía por los grupos. No iba a correr más sangre que la de la gente
+rica. Los soldados estaban con ellos; los oficiales también estaban al
+lado de la revolución. Hasta la guardia civil, tan odiada por los
+braceros, merecía su simpatía momentáneamente. Los tricornios también se
+ponían de parte del pueblo. Salvatierra andaba en ello y su nombre
+bastaba para que todos aceptasen el prodigio sobrenatural.</p>
+
+<p>Los más viejos, los que habían presenciado el levantamiento de
+Septiembre contra los Borbones, eran los más crédulos y confiados. Ellos
+<i>habían visto</i> y no necesitaban que nadie les probase las cosas. Los
+generales sublevados, los jefes de la escuadra, no habían sido más que
+autómatas, sometidos al poder del grande hombre de aquella tierra. Don
+Fernando lo había hecho todo: él había sublevado los barcos, él había
+arrojado los batallones a Alcolea contra las tropas que venían de
+Madrid. ¿Y lo que hizo por destronar a una reina y preparar el aborto de
+una República sietemesina, no había de repetirlo cuando se trataba nada
+menos que de conquistar el pan para los pobres?...</p>
+
+<p>La historia de aquel país, la tradición de la tierra gaditana, provincia
+de revoluciones, influía en la credulidad de las gentes. Habían visto
+con tanto facilidad, de la noche a la mañana, derribar tronos y
+ministerios, y hasta llevar presos a reyes, que nadie dudaba de la
+posibilidad de una revolución de mayor importancia que las anteriores,
+pues aseguraría el bienestar de los infelices.</p>
+
+<p>Transcurrieron las horas y comenzaba a ocultarse el sol, sin que la
+muchedumbre supiese con certeza qué aguardaba y hasta cuándo iba a
+permanecer allí.</p>
+
+<p>El tío <i>Zarandilla</i> iba de un grupo a otro para satisfacer su
+curiosidad. Se había escapado de Matanzuela, riñendo con la vieja que
+quería impedirle el paso, desoyendo los consejos del aperador, que le
+recordaba que a sus años no estaba para aventuras. Quería ver de cerca
+lo que era una <i>rigolución</i> de pobres; presenciar el bendito momento (si
+es que llegaba) en que los trabajadores de la tierra se quedasen con
+ella por riñones, partiéndola en pequeñas parcelas, poblando las
+inmensas y deshabitadas propiedades, realizando su ensueño.</p>
+
+<p>Intentaba reconocer a la gente con sus débiles ojos, extrañándose de la
+inmovilidad de los grupos, de la incertidumbre, de la falta de plan.</p>
+
+<p>&mdash;Yo he servío, muchachos&mdash;decía;&mdash;yo he hecho la guerra, y esto que
+preparáis ahora es lo mismo que una batalla. ¿Dónde tenéis la bandera?
+¿Dónde está el general?...</p>
+
+<p>Por más que giraba en torno de él su mirada turbia, sólo veía grupos de
+gentes que parecían abobadas por una espera sin término. ¡Ni general, ni
+bandera!</p>
+
+<p>&mdash;Malo, malo&mdash;musitaba <i>Zarandilla</i>.&mdash;Me paece que me güelvo al cortijo.
+La vieja tenía razón; esto güele a palos.</p>
+
+<p>Otro curioso iba también de grupo en grupo, oyendo las conversaciones.
+Era <i>Alcaparrón</i>, con el doble sombrero hundido basta las orejas,
+moviendo su cuerpo, con femenil contoneo, dentro del traje haraposo. Los
+gañanes acogíanlo con risas. ¿Él también allí?... Le darían un fusil
+cuando entrasen en la ciudad; a ver si se batía con los burgueses como
+un valiente.</p>
+
+<p>Pero el gitano contestaba a la proposición con exagerados ademanes de
+miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. ¡Coger él un fusil!
+¿Acaso habían visto muchos gitanos que fuesen soldados?...</p>
+
+<p>&mdash;Pero robar sí que robarás&mdash;le decían otros.&mdash;Cuando toque el momento
+del reparto ¡cómo te vas a poner el cuerpo, gachó!</p>
+
+<p>Y <i>Alcaparrón</i> reía como un mono, frotándose las manos al hablar del
+saqueo, halagado en sus atávicos instintos de raza.</p>
+
+<p>Un antiguo gañán de Matanzuela le recordó a su prima Mari-Cruz.</p>
+
+<p>&mdash;Si eres hombre, <i>Alcaparrón</i>, esta noche podrás vengarte. Toma esta
+hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis.</p>
+
+<p>El gitano rehusó la mortífera herramienta, huyendo del grupo para
+ocultar sus lágrimas.</p>
+
+<p>Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movían,
+prorrumpiendo en protestas. ¡A ver! ¿quién mandaba allí? ¿Iban a
+permanecer toda la noche en Caulina? ¿Dónde estaba Salvatierra? ¡Que se
+presentase!... Sin él no iban a ninguna parte.</p>
+
+<p>La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oyó la voz
+de trueno de Juanón sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta
+se elevaron por encima de las cabezas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero quién dio la orden para reunirnos?... ¿El <i>Madrileño?</i> A ver:
+que venga: que lo busquen.</p>
+
+<p>Los obreros de la ciudad, el núcleo de compañeros de la <i>idea</i> que había
+salido de Jerez y tenía empeño en volver a entrar con la gente del
+campo, se agrupó en torno de Juanón, adivinando en él al jefe que iba a
+unir todas las voluntades.</p>
+
+<p>Encontraron, por fin, al <i>Madrileño</i>, y Juanón lo abordó para saber qué
+hacían allí. El forastero se expresaba con gran verbosidad, pero sin
+decir nada.</p>
+
+<p>&mdash;Nos hemos reunido para la revolución, eso es: para la revolución
+social.</p>
+
+<p>Juanón daba patadas de impaciencia. ¿Pero y Salvatierra? ¿Dónde estaba
+don Fernando?... El <i>Madrileño</i> no le había visto, pero sabía, le
+habían dicho, que estaba en Jerez aguardando la entrada de la gente.
+También sabía, o más bien, le habían dicho, que la tropa estaría con
+ellos. La guardia de la cárcel andaba en el <i>ajo</i>. No había más que
+presentarse, y los mismos soldados abrirían las puertas, poniendo en
+libertad a todos los compañeros presos.</p>
+
+<p>El gigantón quedó un momento pensativo, rascándose la frente, como si
+quisiera ayudar con estos restregones la marcha de su pensamiento
+embrollado.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien&mdash;exclamó después de larga pausa.&mdash;Esto es cuestión de ser
+hombres, o de no serlo: de meterse en la ciudad, y salga lo que saliere,
+o de marcharse a dormir.</p>
+
+<p>Brillaba en sus ojos la fría resolución, el fatalismo de los que se
+resignan a ser conductores de hombres. Echaba sobre él la
+responsabilidad de una rebelión que no había preparado. Sabía tanto del
+movimiento sedicioso, como aquella gente que parecía absorta en la
+penumbra del crepúsculo, sin acertar a explicarse qué hacía allí.</p>
+
+<p>&mdash;¡Compañeros!&mdash;gritó imperiosamente.&mdash;¡A Jerez los que tengan riñones!
+Vamos a sacar de la cárcel a nuestros pobres hermanos... y a lo que se
+tercie. Salvatierra está allí.</p>
+
+<p>El primero en aproximarse al improvisado caudillo, fue Paco el de
+Trebujena, el bracero rebelde, despedido de todos los cortijos, que
+andaba por el campo con su borriquillo vendiendo aguardiente y papeles
+revolucionarios.</p>
+
+<p>&mdash;Yo voy contigo, Juanón, ya que el compañero Fernando nos espera.</p>
+
+<p>&mdash;¡El que sea hombre, y tenga vergüenza, que me siga!&mdash;continuó Juanón a
+grandes gritos, sin saber ciertamente adonde conducir a los compañeros.</p>
+
+<p>Pero a pesar de sus llamamientos a la virilidad y la vergüenza, la mayor
+parte de los reunidos se hacía atrás instintivamente. Un rumor de
+desconfianza, de inmensa decepción, elevábase de la muchedumbre. Los
+más, pasaban de golpe del entusiasmo ruidoso al recelo y al miedo. Su
+fantasía de meridionales, siempre dispuesta a lo inesperado y
+maravilloso, les había hecho creer en la aparición de Salvatierra y
+otros revolucionarios célebres, todos montados en briosos corceles, como
+caudillos arrogantes e invencibles, seguidos de un gran ejército que
+surgía milagrosamente de la tierra. ¡Asunto de acompañar a estos
+auxiliares poderosos en su entrada en Jerez, reservándose la fácil tarea
+de matar a los vencidos y adjudicarse sus riquezas! Y en vez de esto,
+les hablaban de entrar solos en aquella ciudad, que se dibujaba en el
+horizonte, sobre el último resplandor de la puesta del sol y parecía
+guiñarles satánicamente los ojos rojizos de su alumbrado, como
+atrayéndolos a una emboscada. Ellos no eran tontos. La vida resultaba
+dura con su exceso de trabajo y su hambre perpetua; pero peor era
+morir. ¡A casa! ¡a casa!...</p>
+
+<p>Y los grupos comenzaron a desfilar en dirección opuesto a la ciudad; a
+perderse en la penumbra, sin querer oír los insultos de Juanón y los más
+exaltados.</p>
+
+<p>Estos, temiendo que la inmovilidad facilitase las deserciones, dieron la
+orden de marcha.</p>
+
+<p>&mdash;¡A Jerez! ¡A Jerez!...</p>
+
+<p>Emprendieron el camino. Eran unos mil; los obreros de la ciudad, y los
+hombres-fieras, que habían ido a la reunión oliendo sangre y no podían
+retirarse, como si les empujase un instinto superior a su voluntad.</p>
+
+<p>Al lado de Juanón, entre los más animosos, marchaba el <i>Maestrico</i>,
+aquel muchacho que pasaba las noches en la gañanía, enseñándose a leer y
+escribir.</p>
+
+<p>&mdash;Creo que vamos mal&mdash;decía a su vigoroso compañero.&mdash;Marchamos a
+ciegas. He visto hombres que corrían hacia Jerez, para avisar nuestra
+llegada. Nos esperan; pero no para nada bueno.</p>
+
+<p>&mdash;Tú te cayas, <i>Maestrico</i>&mdash;repuso imperiosamente el caudillo, que,
+orgulloso de su cargo, acogía como una irreverencia la menor
+objeción.&mdash;Te cayas; eso es. Y si tienes miedo, te najas como los otros.
+Aquí no queremos cobardes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo cobarde!&mdash;exclamó con sencillez el muchacho.&mdash;Adelante, Juanón.
+¡Pa lo que vale la vida!...</p>
+
+<p>Marchaban silenciosos, con la cabeza baja, como si fuesen a embestir a
+la ciudad. Trotaban cual si deseasen salir lo antes posible de la
+incertidumbre que les acompañaba en su carrera.</p>
+
+<p>El <i>Madrileño</i> explicaba su plan. A la cárcel seguidamente: a sacar a
+los compañeros presos. Allí se les uniría la tropa. Y Juanón, como si no
+se pudiera ordenar nada que no fuese por su voz, repetía a gritos:</p>
+
+<p>&mdash;¡A la cárcel, muchachos! ¡A salvar a nuestros hermanos!</p>
+
+<p>Dieron un largo rodeo para entrar en la ciudad por una callejuela, como
+si les avergonzase pisar las vías anchas y bien iluminadas. Muchos de
+aquellos hombres habían estado en Jerez muy contadas veces, desconocían
+las calles y seguían a sus conductores con la docilidad de un rebaño,
+pensando con inquietud en el modo de salir de allí si les obligaban a
+escapar.</p>
+
+<p>La avalancha negra y muda avanzaba con sordo tropel de pasos que
+conmovía el piso. Cerrábanse las puertas de las casas, apagábanse las
+luces en las ventanas. Desde un balcón los insultó una mujer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Canallas! ¡Gentuza ordinaria! ¡Ojalá os ahorquen, que es lo que
+merecéis!...</p>
+
+<p>Y en los guijarros del pavimento, resonó el choque de una vasija de
+barro rompiéndose, sin que los fragmentos alcanzasen a nadie. Era la
+<i>Marquesita</i>, que desde el balcón del ganadero de cerdos, indignábase
+contra aquella gentuza, antipática por su ordinariez, que osaba amenazar
+a las personas decentes.</p>
+
+<p>Sólo unos pocos levantaron la cabeza: Los demás siguieron adelante,
+insensibles a la ridícula agresión, deseando llegar cuanto antes al
+encuentro de los amigos. Los que eran de la ciudad reconocieron a la
+<i>Marquesita</i>, y al alejarse contestaron sus insultos con palabras tan
+clásicas como impúdicas. ¡Pero qué <i>punta</i> aquella! De no ir de prisa,
+la hubieran dado una zurra por debajo de las enaguas...</p>
+
+<p>La columna sufrió cierto reflujo al subir la cuesta que conducía a la
+plaza de la Cárcel: el sitio de peor sombra de la ciudad. Muchos de los
+rebeldes se acordaban de los camaradas de <i>La Mano Negra</i>: allí les
+habían dado garrote.</p>
+
+<p>La plaza estaba solitaria: el antiguo convento convertido en cárcel
+tenía cerradas todas sus aberturas, sin una luz en las rejas. Hasta el
+centinela se había ocultado detrás del gran portón.</p>
+
+<p>Detúvose la cabeza de la columna al entrar en la plaza, resistiendo el
+empujón de los que venían detrás. ¡Nadie! ¿Quién iba a ayudarles? ¿Dónde
+estaban los soldados que debían unirse a ellos?...</p>
+
+<p>No tardaron en saberlo. De una reja baja partió una llama fugaz, una
+línea roja disolviéndose en humo. Un trallazo enorme y seco conmovió la
+plaza. Después, otro y otro, hasta nueve, que a la gente, inmóvil por
+la sorpresa, le parecieron infinitos en número. Era la guardia, que
+hacía fuego antes de que ellos se pusieran delante de los fusiles.</p>
+
+<p>La sorpresa y el terror dieron a algunos un cándido heroísmo. Avanzaban
+gritando, con los brazos abiertos.</p>
+
+<p>&mdash;¡No tiréis, hermanos, que nos han vendío!... ¡Hermanos: que no venimos
+por la mala!...</p>
+
+<p>Pero los hermanos eran duros de oreja, y seguían tirando. De pronto se
+inició en la turba el pavor de la fuga. Corrieron todos cuesta abajo,
+cobardes y valientes, empujándose unos a otros, atropellándose, como si
+les azotasen las espaldas aquellos disparos que seguían conmoviendo la
+plaza desierta.</p>
+
+<p>Juanón y los más enérgicos, contuvieron al doblar una esquina el
+torrente de hombres. Los grupos se rehicieron: pero más pequeños, menos
+compactos. Ya no eran más que unos seiscientos hombres. El crédulo
+caudillo blasfemaba con voz sorda.</p>
+
+<p>&mdash;A ver: que venga el <i>Madrileño</i>: que nos explique esto.</p>
+
+<p>Pero fue inútil buscarle. El <i>Madrileño</i> había desaparecido en la
+dispersión, se había ocultado en las callejuelas al sonar los disparos,
+como todos los que conocían la ciudad. Sólo quedaban al lado de Juanón
+los que eran de la sierra y marchaban a tientas por las calles,
+asombrados de ir de un lado a otro, sin ver a nadie, como si la ciudad
+estuviese deshabitada.</p>
+
+<p>&mdash;Ni Salvatierra está en Jerez, ni sabe nada de esto&mdash;dijo el
+<i>Maestrico</i> a Juanón.&mdash;Me paece que nos la han dao.</p>
+
+<p>&mdash;Lo mismo creo&mdash;contestó el atleta.&mdash;¿Y qué vamos a jacer? Ya que
+estamos aquí, vámonos al centro de Jerez, a la calle Larga.</p>
+
+<p>Emprendieron una marcha en desorden por el interior de la ciudad. Lo que
+les tranquilizaba, infundiéndoles cierto valor, era no encontrar
+obstáculos ni enemigos. ¿Dónde estaba la guardia civil? ¿Por qué se
+ocultaba la tropa? El hecho de permanecer encerrada en sus
+acuartelamientos, dejando la ciudad en poder de ellos, les infundía la
+absurda esperanza de que aún era posible la aparición de Salvatierra, al
+frente de las tropas sublevadas.</p>
+
+<p>Llegaron sin ningún obstáculo a la calle Larga. Ninguna precaución a su
+llegada. La vía estaba limpia de transeúntes; pero en los casinos los
+balcones mostrábanse iluminados; los pisos bajos no tenían otro cierre
+que las cancelas de cristales.</p>
+
+<p>Los rebeldes pasaban ante las sociedades de los ricos lanzándolas
+miradas de odio, pero sin detenerse apenas. Juanón esperaba un arrebato
+de cólera del rebaño miserable: hasta se preparaba a intervenir con su
+autoridad de jefe para aminorar la catástrofe.</p>
+
+<p>&mdash;¡Esos son los ricos!&mdash;decían en los grupos.</p>
+
+<p>&mdash;Los que nos engordan con gazpachos de perro.</p>
+
+<p>&mdash;Los que nos roban. ¡Míalos cómo se beben nuestra sangre!...</p>
+
+<p>Y después de una breve detención, seguían su desfile apresuradamente,
+como si fuesen a alguna parte y temieran llegar con retraso.</p>
+
+<p>Empuñaban las terribles podaderas, las hoces, las navajas... ¡Que
+saliesen los ricos y verían cómo rodaban sus cabezas sobre el
+adoquinado! Pero había de ser en la calle, pues todos ellos sentían
+cierta repugnancia a empujar las cancelas, como si los cristales fuesen
+un muro infranqueable.</p>
+
+<p>Los largos años de sumisión y cobardía pesaban sobre la gente ruda al
+verse frente a sus opresores. Además, les intimidaba la luz de la gran
+calle, sus anchas aceras con filas de faroles, el resplandor rojo de los
+balcones. Todos formulaban mentalmente la misma excusa para disculpar su
+debilidad. ¡Si pillasen en campo raso a aquella gente!...</p>
+
+<p>Al pasar frente al <i>Círculo Caballista</i>, aparecieron tras los cristales
+varias cabezas de jóvenes. Eran señoritos que seguían con inquietud mal
+disimulada el desfile de los huelguistas. Pero al verles pasar de largo,
+mostraron cierta ironía en sus ojos, recobrando la confianza en la
+superioridad de su casta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva la Revolución Social!&mdash;gritó el <i>Maestrico</i>, como si le doliese
+pasar silencioso ante el nido de los ricos.</p>
+
+<p>Los curiosos desaparecieron, pero al ocultarse reían, causándoles la
+aclamación gran regocijo. ¡Mientras se contentasen con gritar!...</p>
+
+<p>Llegaron en su marcha sin objeto a la plaza Nueva, y al ver que el jefe
+se detenía, agrupáronse en torno de él, con la mirada interrogante.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ahora qué hacemos?&mdash;preguntaron con inocencia.&mdash;¿Adónde vamos?</p>
+
+<p>Juanón ponía un gesto feroz.</p>
+
+<p>&mdash;Podéis diros donde queráis; ¡pa lo que hacemos!... Yo a tomar el
+fresco.</p>
+
+<p>Y arrebujándose en la manta, apoyó la espalda en la columna de un farol,
+quedando inmóvil, en una actitud que revelaba desaliento.</p>
+
+<p>La gente se esparció, dividiéndose en pequeños grupos. Improvisábanse
+jefes, guiando cada uno a los camaradas en distinta dirección. La ciudad
+era suya: ¡ahora comenzaba lo bueno! Aparecía el instinto atómico de la
+raza, incapaz de acometer nada en conjunto, privada del valor colectivo,
+y que únicamente se siente fuerte y emprendedora cuando cada individuo
+puede obrar por inspiración propia.</p>
+
+<p>La calle Larga se había oscurecido: los casinos estaban cerrados.
+Después de la ruda prueba sufrida por los ricos, viendo pasar el desfile
+amenazante, temían éstos un reculón de la fiera, arrepentida de su
+magnanimidad, y todas las puertas se cerraban.</p>
+
+<p>Un grupo numeroso se dirigió al teatro. Allí estaban los ricos, los
+burgueses. Había que matarlos a todos: un drama de verdad. Pero al
+llegar los jornaleros ante la puerta iluminada, detuviéronse con un
+temor que tenía algo de religioso. Nunca habían entrado allí. El aire,
+caliente, cargado de emanaciones de gas, y el rumor de innumerables
+conversaciones que se escapaban por las rendijas de la cancela,
+intimidábanles como la respiración de un monstruo oculto tras las
+cortinas rojas del vestíbulo.</p>
+
+<p>¡Que salieran! ¡que salieran y sabrían lo que era bueno!... ¿Pero,
+entrar allí?...</p>
+
+<p>Asomaron a la puerta varios espectadores, atraídos por la noticia de la
+invasión que llenaba las calles. Uno de ellos, con capa y sombrero de
+señorito, osó avanzar hasta aquellos hombres envueltos en mantas, que
+formaban un grupo frente al teatro.</p>
+
+<p>Cayeron sobre él, rodeándolo, con las podaderas y las hoces en alto,
+mientras los otros espectadores huían, refugiándose en el teatro. ¡Ya
+tenían, por fin, lo que buscaban! Era el burgués, el burgués ahíto, al
+que había que sangrar, para que devolviese al pueblo toda la substancia
+que había sorbido...</p>
+
+<p>Pero el <i>burgués</i>, un joven robusto, de mirada tranquila y franca, les
+contuvo con un gesto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Eh, compañeros! ¡Que soy un trabajador como vosotros!</p>
+
+<p>&mdash;Las manos: a ver las manos&mdash;rugieron algunos braceros, sin abatir sus
+armas amenazantes.</p>
+
+<p>Y por entre los embozos de la capa, aparecieron unas manos fuertes,
+cuadradas, con las uñas roídas por el trabajo. Uno tras otro, iban
+aquellos hombres acariciando las palmas, apreciando sus duricias. Tenía
+callos: era de los suyos. Y las armas amenazadoras volvían a ocultarse
+bajo las mantas.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, soy de los vuestros&mdash;siguió diciendo el joven.&mdash;Soy carpintero,
+pero me gusta vestir como los señoritos, y en vez de pasar la noche en
+la taberna, la paso en el teatro. Cada cual tiene sus aficiones...</p>
+
+<p>Esta decepción causó tal desaliento en los huelguistas, que muchos de
+ellos se retiraron. ¡Cristo! ¿dónde se ocultaban los ricos?...</p>
+
+<p>Marchaban por las calles anchas y por las callejuelas apartadas, en
+pequeños grupos, deseando encontrar a alguien, para que les enseñase las
+manos. Era el mejor medio de reconocer a los enemigos del pobre. Pero ni
+con callos ni sin ellos, encontraban a nadie ante su paso.</p>
+
+<p>La ciudad parecía desierta. La gente, viendo que la fuerza armada seguía
+oculta en los cuarteles, corría a encerrarse en sus casas, exagerando la
+importancia de la invasión, creyendo que eran millones de hombres los
+que ocupaban las calles y los alrededores de la ciudad.</p>
+
+<p>Un grupo de cinco braceros tropezó en una calleja con un señorito. Eran
+de los más feroces de la banda; hombres que sentían una impaciencia
+homicida, al ver que transcurrían las horas sin que corriese la sangre.</p>
+
+<p>&mdash;Las manos; enséñanos las manos&mdash;rugieron rodeándole, elevando sobre su
+cabeza las cuchillas cuadradas y relucientes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Las manos!&mdash;contestó de mal humor el joven, desembozándose.&mdash;¿Y por
+qué he de enseñarlas? No me da la gana.</p>
+
+<p>Pero uno de ellos le agarró los brazos con sus zarpas, y de un violento
+tirón, le hizo enseñar las manos.</p>
+
+<p>&mdash;¡No tié callos!&mdash;exclamaron con lúgubre alegría.</p>
+
+<p>Y se hicieron un paso atrás, como para caer sobre él con mayor ímpetu.
+Pero les detuvo la serenidad del joven.</p>
+
+<p>&mdash;No tengo callos, ¿y qué? Pero soy un trabajador como vosotros. Tampoco
+los tiene Salvatierra, ¡y para que seáis más revolucionarios que él!...</p>
+
+<p>El nombre de Salvatierra pareció detener en lo alto las pesadas
+cuchillas.</p>
+
+<p>&mdash;Dejad al muchacho&mdash;dijo a espaldas de ellos la voz de Juanón.&mdash;Yo le
+conozco y respondo de él. Es el amigo del compañero Fernando; es de la
+<i>idea</i>.</p>
+
+<p>Aquellos bárbaros abandonaron a Fermín Montenegro con cierta pena,
+viendo malogrado su placer. La presencia de Juanón les imponía respeto.
+Además, por el fondo de la calleja avanzaba otro joven. Aquel no sería
+de la <i>idea</i>; algún retoño de burgués, que se retiraba a su casa.</p>
+
+<p>Mientras Montenegro agradecía a Juanón su oportuna presencia, que le
+salvaba de la muerte, verificábase un poco más allá el encuentro de los
+braceros con el transeúnte.</p>
+
+<p>&mdash;Las manos, burgués; enséñanos las manos.</p>
+
+<p>El burgués era un adolescente pálido y desmedrado, un muchacho de
+dieciséis años, con el traje raído, pero con gran cuello y vistosa
+corbata; el lujo de los pobres. Temblaba de miedo al enseñar sus pobres
+manos finas y anémicas, manos de escribiente encerrado a las horas de
+sol en la jaula de una oficina. Lloraba, al excusarse con palabras
+entrecortadas, mirando las podaderas con ojos de terror, como si le
+hipnotizase el frío del acero. Venía del escritorio... había velado...
+estaban en el trabajo del balance...</p>
+
+<p>&mdash;Gano dos pesetas, señores... dos pesetas. No me peguen... me iré a
+casa; mi madre me espera... ¡aaay!...</p>
+
+<p>Fue un alarido de dolor, de miedo, de desesperación, que conmovió toda
+la calle. Un aullido espeluznante, al mismo tiempo que estallaba algo
+como una olla rota, y el joven caía de espaldas en el suelo.</p>
+
+<p>Juanón y Fermín, estremecidos de horror, corrieron hacia el grupo,
+viendo en el centro de él al muchacho, con la cabeza en un charco negro
+que crecía y crecía, y las piernas estirándose y contrayéndose con el
+estertor agónico. Una podadera le había abierto el cráneo, rompiendo los
+huesos.</p>
+
+<p>Los brutos parecían satisfechos de su obra.</p>
+
+<p>&mdash;Mialo&mdash;decía uno de ellos.&mdash;¡El aprendiz de burgués! Se muere como un
+pollo... Ya vendrán luego los maestros.</p>
+
+<p>Juanón prorrumpió en blasfemias. ¿Esto era todo lo que sabían hacer?
+¡Cobardes! Habían pasado ante los casinos, donde estaban los ricos, los
+verdaderos enemigos, sin ocurrírseles más que dar voces, temiendo romper
+los cristales que eran su única defensa. Sólo servían para asesinar a un
+niño, a un trabajador como ellos, a un pobre <i>zagal</i> de escritorio, que
+ganaba dos pesetas y tal vez mantenía a su madre.</p>
+
+<p>Fermín llegó a temer que el atleta cayese navaja en mano sobre sus
+compañeros.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aonde ir con estos brutos!&mdash;rugía Juanón.&mdash;Premita Dios u el demonio
+que nos cojan a todos y nos ajorquen... Y a mí el primero, por bestia;
+por haber creído que servíais pa algo.</p>
+
+<p>El desdichado hombretón se alejó, queriendo evitar un choque con sus
+feroces camaradas. Estos escaparon también, como si las palabras del
+jayán les hubiesen devuelto la razón.</p>
+
+<p>Montenegro, al verse solo frente al cadáver, tuvo miedo. Comenzaban a
+crujir algunas ventanas después de la fuga precipitada de los matadores
+y huyó, temiendo que le sorprendiesen los vecinos junto al muerto.</p>
+
+<p>No se detuvo en su fuga hasta llegar a las calles grandes. Allí creía
+estar mejor guardado de las fieras sueltas, que iban exigiendo que las
+enseñasen las manos.</p>
+
+<p>Al poco rato pareciole que la ciudad despertaba. Sonó a lo lejos un
+estruendo que hacía temblar el suelo, y poco después pasó al trote un
+escuadrón de lanceros por la calle Larga. Luego, al extremo de ésta,
+brillaron las hileras de bayonetas y avanzó la infantería con rítmico
+paso. Las fachadas de las grandes casas parecían alegrarse abriendo de
+golpe sus puertas y balcones.</p>
+
+<p>La fuerza armada extendíase por toda la ciudad. La luz de los faroles
+hacía brillar los cascos de los jinetes, las bayonetas de los infantes,
+los tricornios charolados de la guardia civil. En la penumbra se
+destacaban las manchas rojas de los pantalones de la tropa y los
+correajes amarillos de los guardias.</p>
+
+<p>Los que habían contenido en el encierro a estas fuerzas, creían llegado
+el momento de esparcirlas. Durante algunas horas, la ciudad se había
+entregado, sin resistencia, fatigándose en una monótona espera por la
+parsimonia de los rebeldes. Pero ya había corrido la sangre. Bastaba un
+solo cadáver, el cadáver que justificaría las crueles represalias, para
+que despertase la autoridad de su sueño voluntario.</p>
+
+<p>Fermín pensaba, con honda tristeza, en el infeliz escribiente, tendido
+allá en la callejuela, víctima explotada hasta en su muerte, que
+facilitaba el pretexto buscado por los poderosos.</p>
+
+<p>Comenzó por todo Jerez la cacería de hombres. Pelotones de guardia civil
+y de infantería de línea, guardaban inmóviles la entrada de las calles,
+mientras la caballería y fuertes patrullas de a pie ojeaban la ciudad,
+deteniendo a los sospechosos.</p>
+
+<p>Fermín iba de un lado a otro sin encontrar obstáculos. Su exterior era
+de señorito, y la fuerza armada sólo daba caza a las mantas, a los
+sombreros de campo, a los chaquetones rudos; a todos los que tenían
+aspecto de trabajadores. Montenegro los veía pasar en fila, camino de la
+cárcel, entre las bayonetas y las grupas de los caballos, unos abatidos,
+como si les sorprendiese la aparición hostil de la fuerza armada «que
+había de unirse a ellos»: otros, asombrados, no comprendiendo cómo las
+cuerdas de presos despertaban tal alegría en la calle Larga, cuando
+habían desfilado por ella horas antes como triunfadores, sin permitirse
+el menor atropello.</p>
+
+<p>Era un continuo transitar de gentes prisioneras, cogidas en el momento
+en que intentaban salir de la población. Otros habían sido detenidos en
+el refugio de las tabernas o tropezados al azar en aquel ojeo que
+envolvía las calles.</p>
+
+<p>Algunos eran de la ciudad. Habían salido de sus casas poco antes, al
+ver terminada la invasión, pero su aspecto de pobres bastaba para que
+los detuviesen como si fueran rebeldes. Y los grupos de prisioneros
+pasaban y pasaban. La cárcel resultaba pequeña para tanta gente. Muchos
+eran conducidos a los acuartelamientos de la tropa.</p>
+
+<p>Fermín sentíase fatigado. Desde el anochecer que vagaba por Jerez en
+busca de un hombre. La entrada de los huelguistas, la incertidumbre de
+lo que podría resultar de esta aventura, le habían distraído durante
+algunas horas, haciéndole olvidar sus asuntos. Pero ahora, finalizado el
+suceso, sentía desvanecerse su excitación nerviosa y que el cansancio se
+apoderaba de él.</p>
+
+<p>Pensó por un momento en retirarse a su hospedaje. Pero sus asuntos no
+eran de los que podían dejarse para el día siguiente. Era preciso
+aquella misma noche, en seguida, terminar la cuestión que le hizo salir
+como un loco del hotel de don Pablo, separándose de éste para siempre.</p>
+
+<p>Volvió a vagar por las calles en busca de su hombre, sin fijarse ya en
+las ristras de prisioneros que pasaban junto a él.</p>
+
+<p>Cerca de la plaza Nueva ocurrió el deseado encuentro:</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva la guardia civil! ¡Vivan las personas decentes!...</p>
+
+<p>Era Luis Dupont el que gritaba, en medio del silencio que imponían a la
+ciudad tantos fusiles en sus calles. Iba borracho: bien a las claras lo
+daban a entender sus ojos brillantes y su aliento fétido. Detrás de él
+marchaban el <i>Chivo</i>, y un camarero de colmado, con vasos en las manos y
+botellas en los bolsillos.</p>
+
+<p>Luis, al reconocer a Fermín, se arrojó en sus brazos queriendo besarle.
+¡Qué jornada! ¿eh?... ¡qué victoria! Y hablaba, como si fuese él solo
+quien había puesto en dispersión a los huelguistas.</p>
+
+<p>Al saber que la gentuza entraba en la ciudad, se había metido con su
+valiente acólito en el colmado del <i>Montañés</i>, cerrando bien las puertas
+para que nadie les estorbase. Había que hacer genio, beber un poco antes
+de emprender la faena. Tiempo les quedaba para salir y hacer correr a
+tiros a la canalla. Él y el <i>Chivo</i> se bastaban para ello. Convenía que
+el enemigo se entretuviese y tomase confianza, hasta el momento oportuno
+en que surgiesen ellos dos como ministros de la muerte. Y por fin,
+habían salido con el revólver en una mano y el cuchillo en la otra: ¡<i>la
+fin</i> del mundo!; pero con tan mala sombra, que encontraron ya las tropas
+en las calles. Aun así, algo habían hecho.</p>
+
+<p>&mdash;Yo&mdash;decía el borracho con orgullo&mdash;he ayudado a detener a más de una
+docena. Además, he repartido no sé cuántas bofetadas entre esa gentuza,
+que, luego de acorralada, aún hablaba mal de las personas decentes...
+¡Buena tunda van a llevar!... ¡Viva la guardia civil! ¡Vivan los ricos!</p>
+
+<p>Y como si estas aclamaciones le secasen el gaznate, hizo una seña al
+<i>Chivo</i>, que acudió, presentando dos cañas de vino.</p>
+
+<p>&mdash;Bebe&mdash;ordenó Luis a su amigo.</p>
+
+<p>Fermín vaciló.</p>
+
+<p>&mdash;No tengo ganas de beber&mdash;dijo con voz sorda.&mdash;Lo que deseo, es hablar
+contigo, y en seguida. Hablar de algo muy interesante...</p>
+
+<p>&mdash;Está bien: ya hablaremos&mdash;contestó el señorito sin dar importancia a
+la petición.&mdash;Hablaremos tres días seguidos: pero primero hay que
+cumplir el deber. Quiero obsequiar con una copa a todos los valientes
+que conmigo han salvado a Jerez. Porque, créeme, Ferminillo, que soy yo,
+sólo yo, quien ha resistido a esos pillos. Mientras las tropas estaban
+en los cuarteles, yo estaba en mi sitio. ¡Me parece que la ciudad me lo
+debe agradecer, haciéndome algo!...</p>
+
+<p>Pasó un pelotón de jinetes, con los caballos al trote. Luis avanzó hacia
+el oficial, llevando en alto una copa de vino; pero el militar pasó
+adelante sin hacer caso del ofrecimiento, seguido de sus soldados, que
+casi atropellaron al señorito.</p>
+
+<p>Su entusiasmo no se enfrió por esta falta de atención.</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé, los jinetes garbosos!&mdash;dijo arrojando su sombrero a las patas
+traseras de los caballos.</p>
+
+<p>Y al recogerlo, cuadrose, y con gesto grave, llevándose una mano al
+pecho, gritó:</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva el ejército!</p>
+
+<p>Fermín no quería soltarlo, y armándose de paciencia le acompañó en su
+excursión por las calles. Se detenía el señorito ante los grupos de
+soldados, haciendo avanzar a sus dos acompañantes con toda la provisión
+de botellas y copas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé los hombres valientes! ¡Viva la caballería... y la infantería...
+y la artillería aunque no esté! Una copa, mi teniente.</p>
+
+<p>Los oficiales, malhumorados por esta jornada estúpida, sin gloria y sin
+peligro, repelían con un gesto severo al borracho. ¡Adelante! Allí nadie
+bebía.</p>
+
+<p>&mdash;Pues ya que no pueden ustedes beber&mdash;insistía el señorito con la
+pesadez del ebrio&mdash;yo la beberé por ustedes. ¡A la salud de los hombres
+guapos!... ¡Muera la pillería!</p>
+
+<p>Un grupo de guardia civil atrajo su atención en una bocacalle. El
+sargento que lo mandaba, un viejo de bigote duro y entrecano, tampoco
+admitió el obsequio de Dupont.</p>
+
+<p>&mdash;¡Olé los hombres con riñones! ¡Bendita sea la mamá de todos ustedes!
+¡Viva la guardia civil! Van ustedes a tomarse una copa conmigo. <i>Chivo</i>,
+sirve a estos caballeros.</p>
+
+<p>El veterano volvió a excusarse. La ordenanza... el reglamento del
+cuerpo... Pero su firme negativa la acompañaba con una sonrisa
+bondadosa. Tenía enfrente a un Dupont; a uno de los más ricos de la
+ciudad. El sargento le conocía, y a pesar de que momentos antes había
+dado de culatazos a todos los que pasaban por la calle con trazas de
+jornalero, toleraba resignado los brindis del señorito.</p>
+
+<p>&mdash;¡Adelante, don Luis!&mdash;decía con tono de ruego.&mdash;Váyase usted a casa:
+esta noche no es de alegrías.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno... me voy, respetable veterano. Pero antes me bebo otra copa...
+y otra, tantas como son ustedes. Yo beberé, ya que no pueden ustedes
+hacerlo por la pijotera ordenanza; y que les sirva de provecho... ¡A la
+salud de todos ustedes! Choca, Fermín: choca tú, <i>Chivo</i>. Decid todos
+conmigo: ¡Viva el tricornio!...</p>
+
+<p>Se cansó por fin de ir de grupo en grupo sin que aceptasen sus
+ofrecimientos y dio por terminada la expedición. Tenía tranquila la
+conciencia: había obsequiado a todos los héroes que, secundando su
+valor, salvaban la ciudad. Ahora a casa del <i>Montañés</i> a acabar la
+noche.</p>
+
+<p>Cuando Fermín se vio en un camarote del colmado ante nuevas botellas,
+creyó llegado el momento de abordar su asunto.</p>
+
+<p>&mdash;Yo tenía que hablarte de algo importante, Luis. Creo que te lo dije.</p>
+
+<p>&mdash;Me acuerdo... tenías que hablarme... Habla cuanto quieras.</p>
+
+<p>Estaba tan borracho, que se le cerraban los ojos y su voz gangueaba como
+la de un viejo.</p>
+
+<p>Fermín miró al <i>Chivo</i> que, como de costumbre, se había sentado al lado
+de su protector.</p>
+
+<p>&mdash;Tengo que hablarte, Luis, pero es de algo muy delicado... Sin
+testigos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Lo dices por el <i>Chivo</i>?&mdash;exclamó Dupont abriendo los ojos.&mdash;El
+<i>Chivo</i> soy yo: todo lo mío lo sabe él. Si viniese aquí mi primo Pablo a
+hablarme de sus negocios, el <i>Chivo</i> se quedaría oyéndolo todo. ¡Habla
+sin miedo, hombre! Este es un pozo para todo lo mío.</p>
+
+<p>Montenegro se resignó a sufrir la presencia de aquel tagarote, no
+queriendo demorar por sus escrúpulos la explicación deseada.</p>
+
+<p>Habló a Luis con cierta timidez, velando su pensamiento, pesando bien
+las palabras para que sólo pudieran entenderlas ellos dos, dejando al
+matón en la ignorancia.</p>
+
+<p>Si él le buscaba, ya podía figurarse para qué era... <i>Lo sabía todo.</i> El
+recuerdo de lo ocurrido en la última noche de la vendimia en Marchamalo
+no habría desaparecido seguramente de su memoria. Pues bien: él se
+presentaba para que remediase el mal causado. Siempre le había tenido
+por amigo y esperaba que como tal se portase... porque de no ser así...</p>
+
+<p>El cansancio, la turbación nerviosa de una noche de emociones, no
+permitieron a Fermín un largo disimulo, y la amenaza asomó a sus labios
+al mismo tiempo que brillaba en sus ojos.</p>
+
+<p>Las copas que llevaba bebidas le abrasaban el estómago, como si el vino
+se transformase en veneno, por la repugnancia con que lo había tomado de
+aquellas manos.</p>
+
+<p>Dupont, oyendo a Montenegro, fingíase más ebrio de lo que realmente
+estaba, para ocultar de este modo su turbación.</p>
+
+<p>La amenaza de Fermín hizo abandonar al <i>Chivo</i> su mutismo. El
+perdonavidas creyó oportuno el momento para una intervención aduladora.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí nadie amenaza, ¿sabe usté, pollo?... Donde esté el <i>Chivo</i> no hay
+quien le diga ná a su señorito.</p>
+
+<p>El joven saltó con arrogancia, fijando en la bestia siniestra una mirada
+de reto.</p>
+
+<p>&mdash;Usted se calla&mdash;dijo con imperio.&mdash;Usted se guarda la lengua en... el
+bolsillo o donde le quepa. Usted no es nadie aquí; y para hablarme me
+pide licencia.</p>
+
+<p>Quedó indeciso el matón, como aplastado por la arrogancia del joven, y
+antes de que pudiera reponerse de la acometida, añadió Fermín
+dirigiéndose a Luis:</p>
+
+<p>&mdash;¿Y eres tú ese que se cree tan valiente?... ¡Valiente, y vas a todas
+partes con un acompañante, como los niños de la escuela! ¡Valiente, y ni
+para hablar a solas con un hombre te separas de él! Merecías llevar
+calzones cortos.</p>
+
+<p>Dupont olvidó su embriaguez, la echó a un lado para erguirse ante el
+amigo con toda la grandeza de su valor. ¡Hombre, justamente le hería en
+su parte más sensible!...</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabes, Ferminillo, que soy más valiente que tú; y que todo Jerez me
+tiene miedo. Vas a ver si necesito acompañantes. Tú, <i>Chivo</i>, ahueca.</p>
+
+<p>El valentón se resistió, refunfuñando.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ahueca!&mdash;repitió el señorito, como si fuese a darle de patadas, con
+la arrogancia de la impunidad.</p>
+
+<p>El <i>Chivo</i> salió y los dos amigos volvieron a sentarse. Luis ya no
+parecía ebrio: antes bien, hacía esfuerzos por mostrarse sereno,
+abriendo los ojos desmesuradamente, como si intentase anonadar con la
+mirada a Montenegro.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando te parezca&mdash;dijo con voz sorda, para inspirar mayor
+pavor,&mdash;saldremos a matarnos. Aquí no, porque el <i>Montañés</i> es amigo y
+no quiero comprometerlo.</p>
+
+<p>Fermín levantó los hombros, como si despreciase esta comedia
+terrorífica. Ya hablarían de matarse, pero después; según lo que
+resultara de su conversación.</p>
+
+<p>&mdash;Ahora al grano, Luis. Tú sabes el mal que has hecho. ¿Qué es lo que
+piensas para remediarlo?</p>
+
+<p>El señorito perdió de nuevo su serenidad al ver que Fermín abordaba
+directamente el temido asunto. Hombre, a él no le correspondía toda la
+culpa. Era el vino, la maldita juerga, la casualidad... el ser bueno en
+demasía; pues de no haber estado en Marchamalo, cuidando los intereses
+de su primo (que maldito si se lo agradecía), nada habría ocurrido.
+Pero, en fin, el mal estaba hecho. Él era un caballero, se trataba de
+una familia amiga y no huía la cara. ¿Qué deseaba Fermín?... Su fortuna,
+su persona, todo estaba a su disposición. Creía lo más acertado que los
+dos señalasen una cantidad, de común acuerdo: él la reuniría, fuese como
+fuese, para darla a la chica como dote, y raro sería que con esto no
+encontrase un buen marido.</p>
+
+<p>¿Por qué ponía Fermín aquel gesto? ¿Había dicho él algún disparate?...
+Pues si no le gustaba esta solución, tenía otra. María de la Luz podía
+irse a vivir con él. Le pondría una gran casa en la ciudad, viviría como
+una reina. A él le gustaba la muchacha: bastante sentía los desprecios
+con que le había afligido después de aquella noche. Haría cuanto supiera
+para que fuese feliz. Muchos ricos de Jerez vivían de este modo con sus
+hembras, a las que todos respetaban como esposas legítimas; y si no
+llegaban al matrimonio, era únicamente por ser de baja condición...
+¿Tampoco le bastaba este arreglo? A ver: que propusiera algo Fermín, y
+acabarían de una vez.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hay que acabar de una vez&mdash;repitió Montenegro.&mdash;Menos palabras,
+pues me duele hablar de esto. Lo que tú vas a hacer, es ir mañana a
+avistarte con tu primo y decirle que, avergonzado de tu falta, te casas
+con mi hermana, como debe hacerlo un caballero. Si él da su permiso,
+mejor: si no lo da, es igual. Tú te casas, y procuras, corrigiéndote, no
+hacer infeliz a tu mujer.</p>
+
+<p>El señorito había echado atrás su silla, como escandalizado por lo
+enorme de la pretensión.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre... ¡casarse nada menos! ¡Pues tú pides poco!...</p>
+
+<p>Habló de su primo, augurando resueltamente su negativa. Él no podía
+casarse. ¿Y su carrera? ¿Y su porvenir? Justamente, la familia, de
+acuerdo con los Padres de la Compañía, andaba en tratos para su
+matrimonio con una muchacha rica de Sevilla; antigua hija espiritual del
+Padre Urizábal. Y bien lo necesitaba él, pues su fortuna estaba muy
+resentida después de tantos despilfarros, y para su carrera política le
+convenía ser rico.</p>
+
+<p>&mdash;Casarme con tu hermana, no&mdash;terminó Dupont.&mdash;Eso es una locura,
+Fermín; piénsalo bien: un disparate.</p>
+
+<p>Fermín se exaltó al contestar. ¡Un disparate! conforme; pero lo era para
+la pobre Mariquilla. ¡Vaya una fortuna! ¡Cargar con un hombre como él,
+que era un saco de vicios, y no podía vivir ni con las mujerzuelas más
+soeces de aquella tierra! Para María de la Luz, este casamiento
+significaba un nuevo sacrificio: pero no había otro remedio que pasar
+por él.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú crees que yo tengo verdadero deseo de emparentar contigo y que
+esto me da alegría?... Pues te equivocas. ¡Ojalá no hubieses tenido
+nunca el mal pensamiento que ha hecho infeliz a mi hermana! A no existir
+eso de por medio, no te aceptaría por cuñado, aunque llegases a
+pedírmelo de rodillas, cargado de millones... Pero el mal está hecho y
+hay que remediarlo del único modo que puede remediarse, aunque
+reventemos todos de pena... Ya sabes que yo me río del matrimonio: es
+una de las muchas pamplinas que existen en el mundo. Lo necesario para
+ser felices, es el amor... y nada más. Yo puedo expresarme así porque
+soy hombre; porque me cisco en la sociedad y en lo que diga la gente.
+Pero mi hermana es mujer y necesita, para que la respeten, para vivir
+tranquila, hacer lo que las demás mujeres. Tiene que casarse con el
+hombre que ha abusado de ella, aunque no sienta ni una migaja de cariño.
+Jamás volverá a hablar con su antiguo novio; sería una villanía el
+engañarle. Podrás decir tú que siga soltera, ya que nadie conoce lo
+ocurrido; pero todo lo que se hace se sabe. Tú mismo, si yo te dejara,
+acabarías por revelar en una noche de borrachera, tu buena suerte, el
+magnífico bocado que te tragaste en la viña de tu primo. ¡Cristo! eso,
+no. Aquí no hay más arreglo que el casamiento.</p>
+
+<p>Y con palabras cada vez más fuertes estrechaba a Luis, pretendiendo
+obligarle a que aceptase su solución.</p>
+
+<p>El señorito se defendía con la angustia del que se ve acorralado.</p>
+
+<p>&mdash;Te ofuscas, Fermín&mdash;decía.&mdash;Yo veo más claro que tú...</p>
+
+<p>Y para salir del paso, pretendía dejar la conversación para el día
+siguiente. Examinarían con más claridad el asunto... El temor de verse
+obligado a aceptar las proposiciones de Montenegro le hacía insistir en
+su negativa. Todo menos casarse... No le era posible; le repudiaría su
+familia, se reiría de él la gente; perdería su porvenir político.</p>
+
+<p>Pero el hermano insistió con una firmeza que aterraba a Luis:</p>
+
+<p>&mdash;Te casarás; no hay otro remedio. Harás lo que debes, o uno de nosotros
+está de sobra en el mundo.</p>
+
+<p>La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que
+el <i>Chivo</i> estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el inmediato
+corredor.</p>
+
+<p>¿Amenazas a él? No había en todo Jerez quien se las dirigiera
+impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revólver
+invicto que había estado próximo a salvar la ciudad, repeliendo él solo
+toda la invasión. El contacto del cilindro del arma pareció comunicarle
+nuevos bríos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ea! se acabó. Haré lo que buenamente pueda para quedar bien, como un
+caballero que soy. Pero no me caso, ¿lo entiendes? No me caso... Además,
+¿por qué he de ser yo el culpable?</p>
+
+<p>El cinismo brillaba en sus ojos. Fermín apretaba los dientes y hundía
+sus manos en los bolsillos, haciéndose atrás, como si temiese las
+palabras crueles que iban a salir de la boca del señorito.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y tu hermana?&mdash;prosiguió.&mdash;¿No tiene ella la culpa? Tú eres un
+infeliz, un chiquillo. Créeme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy
+un perdido, conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo...</p>
+
+<p>Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oyó.</p>
+
+<p>Fermín abalanzose a él con tal ímpetu, que rodaron las sillas y tembló
+la mesa, deslizándose con el empujón hasta la pared. Llevaba en una mano
+la navaja de Rafael, el arma que había olvidado dos días antes el
+aperador en aquel mismo colmado.</p>
+
+<p>El revólver del señorito quedó asomando a la abertura del bolsillo, sin
+que la mano tuviese fuerzas para tirar de él.</p>
+
+<p>Vaciló Dupont sobre sus pies, sonó un ronquido de bestia degollada; un
+estertor que aceleró los borbotones del chorro negro que salía de su
+cuello, como un caño roto.</p>
+
+<p>Y acabó por desplomarse de bruces, con gran estrépito de botellas y
+copas que le siguieron en su caída, como si el vino quisiera mezclarse
+con la sangre.</p>
+
+
+
+<p class="onda">/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\/\</p>
+
+<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+
+<p>Tres meses iban transcurridos desde que el señor Fermín abandonó la viña
+de Marchamalo, y sus amigos apenas si le reconocían, viéndole sentado al
+sol, en la puerta de la miserable casucha que habitaba con su hija en un
+arrabal de Jerez.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pobre señó Fermín!&mdash;decían las gentes al verle.&mdash;No es ni su sombra.</p>
+
+<p>Había caído en un mutismo cercano a la imbecilidad. Permanecía horas
+enteras inmóvil, con la cabeza abatida, como si le abrumasen los
+recuerdos. Cuando su hija se aproximaba a él para hacerle entrar en la
+casa o anunciarle que la comida estaba en la mesa, parecía despertar,
+darse cuenta de lo que le rodeaba, y sus ojos seguían a la muchacha con
+una mirada severa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mala mujer!&mdash;murmuraba.&mdash;¡Jembra mardita!</p>
+
+<p>Ella, sólo ella, era la culpable de la desgracia que pesaba sobre la
+familia.</p>
+
+<p>Su cólera de padre a uso antiguo, incapaz de ternura y de perdón, su
+orgullo viril que le había hecho considerar siempre a la hembra como un
+ser inferior, incapaz de otra cosa que de causar al hombre inmensos
+daños, perseguían a la pobre María de la Luz. También ella estaba
+desmejorada, pálida, flacucha, con los ojos agrandados por las huellas
+del llanto.</p>
+
+<p>Tenía que hacer prodigios de economía en la nueva existencia que llevaba
+con su padre en aquella casucha. Y encima de las estrecheces y
+preocupaciones de la miseria, había de sufrir el reproche mudo de los
+ojos de su padre, el rezo de maldiciones sordas con que parecía azotarla
+cada vez que se aproximaba, arrancándolo de sus reflexiones.</p>
+
+<p>El señor Fermín vivía con el pensamiento puesto en la lúgubre noche de
+la invasión de los huelguistas.</p>
+
+<p>Para él nada había ocurrido después, que fuese importante. Le parecía
+estar oyendo aún el retemblar de las puertas de Marchamalo, una hora
+antes de amanecer, bajo los golpes furiosos de un desconocido. Se
+levantaba con la escopeta preparada y abría una reja... Pero era su
+hijo, su Fermín, sin sombrero, con las manos manchadas de sangre y un
+rasguño en la cara, como si hubiese luchado con mucha gente.</p>
+
+<p>Las palabras fueron pocas. Había matado al señorito Luis, y después se
+había abierto paso hiriendo al matón que le acompañaba. Aquel rasguño
+insignificante era un testimonio de la pelea. Tenía que huir, ponerse
+en salvo inmediatamente. Los enemigos pensarían seguramente que estaba
+en Marchamalo, y al amanecer, los caballos de la guardia civil trotarían
+por la cuesta de la viña.</p>
+
+<p>Fue un momento de loca agitación que el pobre viejo creyó interminable.
+¿Adónde ir?... Sus manos abrían los cajones de la cómoda, revolviendo
+las ropas. Buscaba sus ahorros.</p>
+
+<p>&mdash;Toma, hijo mío: tómalo todo.</p>
+
+<p>Y le llenaba los bolsillos de duros, de pesetas, de toda la plata
+enmohecida por el encierro, reunida lentamente en el curso de los años.</p>
+
+<p>Cuando creyó haberle dado bastante, le sacó de la viña. ¡A correr! Aún
+era de noche y podían pasar por fuera de Jerez sin que les viesen. El
+viejo tenía su plan. Había que buscar a Rafael en Matanzuela. El mozo
+aún conservaba sus amistades con los antiguos camaradas de contrabando,
+y él le llevaría por los senderos extraviados de la sierra hasta
+Gibraltar. Allí podía embarcarse para cualquier punto: el mundo es
+grande.</p>
+
+<p>Y durante dos horas, el padre y el hijo habían marchado casi corriendo,
+sin sentir cansancio, aguijoneados por el miedo, saliéndose del camino
+cada vez que sonaba a lo lejos un rumor de voces, un galope de caballo.</p>
+
+<p>¡Ay, el viaje cruel con sus dolorosas sorpresas! Esto era lo que le
+había matado. Al hacerse de día, en mitad de la marcha, vio a su hijo,
+con cara de moribundo, manchado de sangre, con todo el aspecto de un
+asesino que huye. Le dolía contemplar a su Fermín en tal estado, pero el
+caso no era para desesperarse. Al fin, era un hombre, y los hombres
+matan muchas veces sin dejar de ser honrados. Pero cuando su hijo le
+explicó en pocas palabras por qué había matado, creyó perder la vida; le
+temblaron las piernas y hubo de hacer un esfuerzo para no quedarse
+tendido en medio de la carretera. ¡Era Mariquita, su hija, la que había
+provocado todo aquello! ¡Ah, perra maldita! Y al pensar en la conducta
+del muchacho, le admiraba, agradeciendo su sacrificio con toda su alma
+de hombre rudo.</p>
+
+<p>&mdash;Fermín, hijo mío... has hecho bien. No había otro remedio que la
+venganza. Tú eres el mejor de la familia. Mejor que yo, que no he sabido
+guardar a una moza.</p>
+
+<p>La entrada en Matanzuela fue trágica: Rafael quedó absorto de sorpresa.
+Habían matado a su señorito, ¡y era él, Fermín, quien lo había hecho!</p>
+
+<p>Montenegro se impacientaba. Quería que lo condujese a Gibraltar, sin ser
+visto de nadie. Menos palabras. ¿Estaba dispuesto a salvarle, o se
+negaba a ello? El aperador, por toda respuesta, ensilló su jaca
+valiente, y otro de los caballos del cortijo. Iba a llevarle en seguida
+a la sierra, y una vez allí, se encargarían otros de él.</p>
+
+<p>El viejo los vio alejarse a todo galope, y emprendió su regreso,
+encorvado por repentina vejez, como si toda su vida se fuera con su
+hijo.</p>
+
+<p>Luego su existencia había transcurrido como entre las nieblas de un
+ensueño. Recordaba que abandonó espontáneamente Marchamalo, para
+refugiarse en el arrabal, en la casucha de una parienta de su mujer. Él
+no podía seguir en la viña después de lo ocurrido. Entre su familia y la
+del amo había sangre, y antes que se lo echasen en cara debía huir.</p>
+
+<p>Don Pablo Dupont hizo llegar hasta él ofrecimientos de limosna para
+sostener su vejez, aunque le consideraba el principal culpable de todo
+lo ocurrido, por no haber enseñado a sus hijos religión. Pero el viejo
+rehusó todo socorro. Muchas gracias, señor: admiraba su caridad, pero
+moriría de hambre, antes que aceptar una moneda de los Dupont.</p>
+
+<p>Algunos días después de lo fuga de Fermín, vio llegar a su ahijado
+Rafael. Se hallaba sin colocación: había abandonado el cortijo. Venía a
+decirle que Fermín estaba en Gibraltar, y que un día de aquellos se
+embarcaría para la América del Sur.</p>
+
+<p>&mdash;También a ti&mdash;dijo el viejo con tristeza&mdash;te ha picado la mardita
+bicha, que nos emponzoña a toos.</p>
+
+<p>El mocetón estaba triste, desalentado. Hablando con el viejo en la
+puerta de la casucha, miraba adentro con cierta inquietud, como si
+temiese la aparición de María de la Luz. En la huida a la sierra, Fermín
+se lo había contado todo... todo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, padrino! ¡y qué gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... ¡Y
+no poer vengarme! ¡Irse del mundo aquel sinvergüensa, sin que yo le
+metiese una puñalá! ¡No poer resucitarlo pa volverle a matar!...
+¡Cuántas veces se habrá burlao el ladrón, viéndome hecho un bobo, sin
+saber lo que ocurría!...</p>
+
+<p>En su tristeza de macho fuerte, lo que más le desesperaba era lo
+ridículo de su situación, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su
+mano no había sido la ejecutora de la venganza.</p>
+
+<p>Ya no quería trabajar. ¿De qué servía el ser bueno? Iba a volver a la
+vida del contrabando. ¿Mujeres?... para un rato, y después tratarlas a
+golpes como bestias impúdicas y sin corazón... Quería declararle la
+guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que
+infundían miedo con sus fusiles, y eran la causa de que los pobres
+fuesen pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente pobre de Jerez
+andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del
+suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que antes querían tragárselo
+todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba
+él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado al mundo, por destrozar
+uno de ellos sus ilusiones.</p>
+
+<p>Lo del contrabando era para entretenerse. Más adelante, cuando
+recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los
+cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas. Los que estaban en la
+cárcel, esperando el momento del suplicio, Juanón, el <i>Maestrico</i> y los
+otros desgraciados que morirían en garrote, iban a tener un vengador.</p>
+
+<p>Si encontraba hombres con bastante corazón para seguirle, formaría una
+partida de a caballo, dejando como un niño de teta a José María el
+<i>Tempranillo</i>. Por algo conocía la sierra. Ya podían prepararse los
+ricos. Abriría en canal a los malos, y los buenos sólo podrían salvarse
+dándole dinero para los pobres.</p>
+
+<p>Exaltábase al desahogar su cólera con estas amenazas. Hablaba de hacerse
+bandolero, con el entusiasmo que desde la niñez sienten los jinetes
+rústicos por los aventureros de carretera. Para él, todo hombre ofendido
+sólo podía buscar su venganza haciéndose ladrón.</p>
+
+<p>&mdash;Me matarán&mdash;continuaba&mdash;pero antes de que me maten, diga usted,
+padrino, que habré acabao con medio Jerez.</p>
+
+<p>Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo,
+aprobaba con la cabeza. Hacía bien. De ser él joven y fuerte, tendría un
+compañero más en la partida.</p>
+
+<p>Rafael ya no volvió. Huía de que el demonio le pusiera enfrente de María
+de la Luz. Al verla, podía matarla o podía echarse a llorar como un
+chiquillo.</p>
+
+<p>De vez en cuando, llegaba en busca del señor Fermín alguna gitano
+viejo, algún mochilero de los que vendían, en cafés y casinos, su exiguo
+cargamento de tabaco.</p>
+
+<p>&mdash;Abuelo, esto es para usted... De parte de Rafaé.</p>
+
+<p>Era dinero que le enviaba el contrabandista y que el viejo entregaba
+silencioso a su hija. El muchacho jamás se presentaba. De tarde en tarde
+aparecía en Jerez, y esto bastaba para que el <i>Chivo</i> y otros acólitos
+del difunto Dupont, se ocultaran en sus casas, evitando el mostrarse en
+las tabernas y cafetines frecuentados por el contrabandista. ¡Aquel
+<i>gachó</i> venía con las de Caín, y les guardaba ojeriza, por su antigua
+amistad con el señorito! Y no es que le tuviesen miedo. Ellos eran
+valientes... pero de ciudad, y no iban a medirse con un bruto, que se
+pasaba la semana durmiendo en la sierra con los lobos.</p>
+
+<p>El señor Fermín dejaba transcurrir el tiempo mostrándose insensible a
+cuanto le rodeaba, a cuanto se decía cerca de él.</p>
+
+<p>Un día, el triste silencio de la ciudad le sacó por unas horas de su
+anonadamiento. Iban a dar garrote a cinco hombres por la invasión de
+Jerez. El proceso había marchado de prisa: el castigo era urgente para
+que las personas de bien se tranquilizasen.</p>
+
+<p>La entrada de los trabajadores rebeldes se abultaba al transcurrir el
+tiempo, como una revolución llena de horrores. El miedo hacía enmudecer.
+Los mismos que habían visto desfilar a los huelguistas sin intento
+alguno de hostilidad por delante de las casas de los ricos, aceptaban en
+silencio el inaudito castigo.</p>
+
+<p>Se hablaba de dos muertos en aquella noche, uniendo el señorito ebrio
+con el infeliz escribiente. Fermín Montenegro era perseguido por
+homicidio; su proceso seguíase aparte, pero nada perdía la sociedad con
+exagerar los sucesos, poniendo un muerto más en la cuenta de los
+revolucionarios.</p>
+
+<p>Habían sido condenados muchos a presidio. La sentencia derramaba cadenas
+con una prodigalidad aterradora sobre el mísero rebaño, que parecía
+preguntarse con asombro qué era lo que había hecho en aquella noche. De
+los condenados a muerte, dos eran los asesinos del jovenzuelo del
+escritorio: los otros tres iban al suplicio en clase de peligrosos, por
+hablar, por amenazar, por creer fieramente que tenían derecho en el
+mundo a una parte de felicidad.</p>
+
+<p>Mucha gente guiñaba los ojos con malicia al saber que el <i>Madrileño</i>, el
+iniciador de la entrada en la ciudad, sólo iba a presidio por algunos
+años. Juanón y su camarada el de Trebujena esperaban resignados el
+último suplicio. No querían vivir, les daba asco la vida después de las
+amargas decepciones de la noche famosa. El <i>Maestrico</i> abría con asombro
+sus ojos cándidos de doncella, como resistiéndose a creer en la maldad
+de los hombres. ¡Necesitaban su vida porque era un ser peligroso, porque
+soñaba con la utopia de que la sabiduría de los menos pasase a ser de
+la inmensa masa de los infelices, como un instrumento de redención! Y
+poeta sin conocerlo, su espíritu, encerrado en ruda envoltura,
+esparcíase con el fuego de la fe, consolando la angustia de sus últimos
+momentos con la esperanza de que otros llegaban detrás <i>empujando</i>, como
+él decía, y que esos otros acabarían por arrollarlo todo con la fuerza
+de la cantidad, como las gotas de agua que forman la inundación. Les
+mataban porque eran pocos. Algún día serían tantos, que los fuertes,
+cansados de asesinar, aterrados por la inmensidad de su tarea
+sangrienta, acabarían por desalentarse, entregándose vencidos.</p>
+
+<p>El señor Fermín no percibió de este suplicio más que el silencio de la
+ciudad, que parecía avergonzada; el gesto de miedo de los pobres; la
+sumisión cobarde con que hablaban de los señores.</p>
+
+<p>A los pocos días olvidó por completo este suceso. Llegó una carta a sus
+manos: era de su hijo, de su Fermín. Estaba en Buenos Aires y le
+escribía mostrando cierta confianza en su porvenir. Los primeros tiempos
+eran duros, pero en aquellas tierras, con el trabajo y la constancia,
+era casi seguro el triunfo, y él abrigaba la certeza de que marcharía
+adelante.</p>
+
+<p>Desde entonces, el señor Fermín tuvo una ocupación y sacudió el marasmo
+en que le había sumido el dolor. Escribía a su hijo y esperaba sus
+cartas. ¡Cuán lejos estaba! ¡Si él pudiese ir allá!...</p>
+
+<p>Otro día le agitó una nueva sorpresa. Sentado al sol, a la puerta de su
+casa, vio la sombra de un hombre inmóvil junto a él. Levantó la cabeza y
+dio un grito. ¡Don Fernando!... Era su ídolo, el buen Salvatierra, pero
+envejecido, más triste, con la mirada apagada tras las gafas azules,
+como si pesasen sobre él todas las desgracias y las iniquidades de la
+ciudad.</p>
+
+<p>Le <i>habían soltado</i>, le dejaban vivir libremente, sabiendo, sin duda,
+que en ninguna parte encontraría un rincón para hacer su nido; que sus
+palabras iban a perderse sin eco en el silencio del terror.</p>
+
+<p>Al presentarse en Jerez, los amigos antiguos huían de él, no queriendo
+comprometerse. Otros le miraban con odio, como si desde su forzado
+destierro fuese responsable de todos los sucesos.</p>
+
+<p>Pero el señor Fermín, el antiguo camarada, no era de éstos. Al verle se
+incorporó, cayendo en sus brazos, con ese estertor de los fuertes que se
+ahogan sin poder llorar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, don Fernando!... ¡Don Fernando!...</p>
+
+<p>Salvatierra le consoló. Lo sabía todo. ¡Valor! Era un víctima de la
+corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta.
+Aún podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es
+grande. Donde su hijo encontrase la existencia, también podría buscarla
+él.</p>
+
+<p>Y Salvatierra volvió algunas mañanas a visitar a su viejo compañero. De
+pronto, se ausentó. Decían unas veces que estaba en Cádiz, otras que en
+Sevilla, vagando por aquella tierra andaluza, que guardaba con los
+recuerdos de sus heroísmos y sus generosidades, los restos del único ser
+cuyo amor había endulzado su existencia.</p>
+
+<p>No podía vivir en Jerez. Los poderosos le miraban con ojos de reto, como
+si fuesen a arrojarse sobre él; los pobres le huían, evitando su trato.</p>
+
+<p>Transcurrió otro mes. Una tarde, al asomar María de la Luz a la puerta
+de su casa, creyó caer al suelo desvanecida. Le temblaron las piernas,
+le zumbaron los oídos; toda su sangre pareció afluir a su rostro en
+ardiente oleada y retirarse después, dejándolo de una palidez verdosa...
+Rafael estaba allí, envuelto en su manta, como si la esperase. Ella
+intentó huir, refugiarse en lo más apartado de la casucha.</p>
+
+<p>&mdash;¡María de la Lú!... ¡Mariquilla!...</p>
+
+<p>Era el mismo acento dulce y suplicante que al verse en la reja, y sin
+saber cómo, volvió ella sobre sus pasos, acercándose tímidamente,
+fijando su mirada lacrimosa en los ojos de su antiguo novio.</p>
+
+<p>También él estaba triste. Una gravedad melancólica parecía darle cierta
+elegancia, afinando su áspero exterior de hombre de lucha.</p>
+
+<p>&mdash;María de la Lú&mdash;murmuró.&mdash;Dos palabritas na más. Tú me quieres y yo te
+quiero. ¿Pa qué pasarnos el resto de la vida rabiando, como unos
+infelices?... Hasta hace poco, era tan bruto que al verte me hubieran
+dao tentaciones de matarte. Pero he hablado con don Fernando y me ha
+convencío con su sabiduría. Esto se acabó.</p>
+
+<p>Y lo afirmaba con un gesto de energía. Se acababa la separación, se
+acababan los celos estúpidos a un miserable que no había de resucitar y
+al que ella no había querido; se acababa el rencor por una desgracia de
+la que no tenía culpa alguna.</p>
+
+<p>Huirían de allí. Despreciaba a aquella tierra tan profundamente, que no
+quería ni hacerla daño. Abandonarla era lo mejor; poner entre ella y
+ellos muchas leguas de tierra, muchas leguas de agua. La distancia
+borraría los malos recuerdos. No viendo la ciudad, no viendo sus campos,
+olvidarían por completo las tristezas que allí habían sufrido.</p>
+
+<p>Irían en busca de Fermín. Él tenía dinero para el viaje de todos. Los
+últimos contrabandos habían sido <i>gordos</i>; una locura, que asombraba por
+su audacia a los del oficio: recuas interminables pasando por los
+caminos de la sierra, al amparo de su escopeta. No le habían matado, y
+su buena suerte le daba nuevos ánimos para emprender el largo viaje que
+cambiaría su existencia.</p>
+
+<p>Conocía aquel mundo joven, y a él irían, su compañera, su padrino y él.
+Don Fernando le había descrito aquel paraíso. Bandas infinitas de
+caballos salvajes, que esperaban las piernas educadoras del jinete;
+extensiones inmensas de tierra sin dueño, sin tirano, aguardando la mano
+del hombre para expeler la vida que germinaba en sus entrañas. ¡Qué
+Edén mejor para un campesino animoso y fuerte, esclavo hasta entonces en
+cuerpo y alma de los que no trabajan!...</p>
+
+<p>Irían a ser libres y felices en plena Naturaleza, allí donde el
+salvajismo y la soledad habían guardado un pedazo de mundo limpio de los
+crímenes de la civilización, del egoísmo de los hombres; donde todo era
+de todos, sin otro privilegio que el del trabajo; donde la tierra era
+pura como el aire y el sol y no había sido deshonrada por el monopolio,
+ni despedazada y envilecida por el grito de «Esto es mío... y los demás
+que perezcan de hambre.»</p>
+
+<p>Y esta vida salvaje, pero libre y dichosa, reharía con el olvido la
+virginidad de sus almas. Serían seres nuevos, inocentes y laboriosos,
+como si acabasen de nacer del limo de la tierra. El abuelo cerraría sus
+ojos mirando al sol, con la tranquilidad del que cumple su deber
+volviendo a la tierra de donde surgió; ellos los cerrarían también,
+cuando les llegase su hora, amándose hasta el último momento, y sobre
+sus sepulturas continuarían la obra de trabajo y libertad sus hijos y
+sus nietos, más felices que ellos, desconocedores de las crueldades del
+mundo antiguo, pensando en los ricos ociosos y en los señores crueles,
+como piensan los niños en los monstruos y los ogros de los cuentos.</p>
+
+<p>María de la Luz le escuchaba conmovida. ¡Huir de allí! ¡Dejar a la
+espalda tantos recuerdos!... De vivir el miserable que había causado la
+ruina de su familia, persistiría en su testarudez de mujer simple. Ella
+no podía ser de otro que de aquel que había robado su virginidad. Pero
+ya que el ladrón había muerto, y Rafael, a quien no quería engañar,
+aceptaba generosamente la situación, perdonándola a ella, lo aceptaba
+todo... Sí; huirían de allí, ¡cuanto antes!...</p>
+
+<p>El mocetón siguió exponiendo sus planes. Don Fernando se encargaba de
+convencer al viejo; además, le daría cartas para sus amigos de América.
+Antes de quince días se embarcarían en Cádiz. ¡Huir, huir cuanto antes
+de una tierra de patíbulos, donde los fusiles tenían la misión de
+aplacar el hambre, y los ricos le tomaban al pobre la vida, la honra y
+la felicidad!...</p>
+
+<p>&mdash;Cuando lleguemos&mdash;continuaba Rafael&mdash;serás mi mujer. Repetiremos
+nuestras pláticas de la reja. Mejor aún. Extremaré mi cariño pa que no
+creas que queda en mí ningún recuerdo amargo. Todo pasó. Don Fernando
+tié razón. Las vergüenzas del cuerpo representan muy poco... El amor es
+lo que importa; lo demás son preocupaciones de animales. ¿Tu corazoncito
+es mío? pues ya lo tengo todo... ¡María de la Lú! ¡Compañerita del arma!
+Vamos a marchar de cara al sol: ahora nacemos de veras; hoy empieza
+nuestro amor. Deja que te bese por primera vez en mi vida. Abrázame,
+compañera: que vea yo que eres mía, que serás el sostén de mi fuerza,
+mi apoyo cuando empiece la lucha allá abajo...</p>
+
+<p>Y los dos jóvenes se abrazaron en la entrada de la casucha, juntando sus
+bocas sin ningún estremecimiento de pasión carnal, manteniéndose largo
+rato unidos, como si despreciasen el escándalo de las gentes, como si
+con su amor desafiaran los aspavientos de un mundo viejo que iban a
+abandonar.</p>
+
+
+<p class="top5">Salvatierra acompañó en Cádiz hasta la escala del trasatlántico a su
+camarada, el señor Fermín, que partía para el nuevo mundo, con Rafael y
+María de la Luz.</p>
+
+<p>¡Salud! Ya no volverían a verse. El mundo es demasiado grande para los
+pobres, siempre inmovilizados en el mismo sitio por las raíces de la
+necesidad.</p>
+
+<p>Salvatierra sintió saltársele las lágrimas. Todas sus amistades, los
+recuerdos de su pasado, desvanecíanse esparcidos por la muerte o la
+desgracia. Se quedaba solo en medio de un pueblo, al que había intentado
+libertar y que ya no le conocía. Las nuevas generaciones le miraban como
+un loco que inspiraba cierto interés por su ascetismo; pero no entendían
+sus palabras.</p>
+
+<p>A los pocos días de la partida de estos amigos, abandonó su retiro de
+Cádiz para ir a Jerez. Le llamaba un moribundo, un camarada de los
+buenos tiempos.</p>
+
+<p>El señor <i>Matacardillos</i>, el dueño del ventorro del Grajo, se moría
+definitivamente. Su familia imploraba la visita del revolucionario,
+viendo en su presencia un último rayo de alegría para el enfermo. «Ahora
+va de veras, don Fernando», escribíanle los hijos. Y don Fernando fue a
+Jerez, y emprendió a pie el camino de Matanzuela, aquel camino que había
+seguido de noche, en diversa dirección, tras el cadáver de una gitana.</p>
+
+<p>Cuando llegó al ventorro supo que su amigo había muerto algunas horas
+antes.</p>
+
+<p>Era un domingo por la tarde. Adentro, en la única habitación de la
+choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadáver hinchado, sin otra
+compañía que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violáceo.</p>
+
+<p>Afuera, la viuda y los hijos, con la resignación de una desgracia
+luengamente esperada, medían copas y atendían a los parroquianos
+sentados en las inmediaciones del ventorrillo.</p>
+
+<p>Los gañanes de Matanzuela bebían, formando un gran corro. Don Fernando,
+de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un
+hombre, sin una bestia, con la monótona soledad del domingo.</p>
+
+<p>Sentíase solo, completamente solo. Acababa de perder el último de los
+camaradas de su juventud revolucionaria. De todos los que habían
+disparado en la sierra y afrontado la muerte o el presidio por el
+romanticismo de la revolución, no quedaba ninguno a su lado. Unos huían
+en desesperada carrera al otro lado del mar, espoleados por la miseria;
+otros se pudrían en el seno de la tierra sin el consuelo de haber visto
+la Justicia y la Igualdad imperando sobre los hombres.</p>
+
+<p>¡Qué de esfuerzos inútiles! ¡Cuántos sacrificios estériles!... ¡Y la
+herencia de tanto trabajo parecía perderse para siempre! Las nuevas
+generaciones desconocían a los viejos, se negaban a recibir de sus
+brazos, fatigados y débiles, el fardo de odios y esperanzas.</p>
+
+<p>Salvatierra miraba con tristeza al grupo de los trabajadores. No le
+conocían o fingían no conocerle. Ni una sola mirada se había fijado en
+él.</p>
+
+<p>Hablaban de la gran tragedia, que aún parecía tener bajo su lúgubre peso
+a la gente de Jerez: de la ejecución de los cinco jornaleros por la
+entrada nocturna en la ciudad. Pero hablaban apaciblemente, sin pasión,
+sin odio, como si estas ejecuciones fuesen las de unos bandidos famosos
+rodeados del aura populachera.</p>
+
+<p>Sólo mostraban alguna vehemencia al apreciar el valor con que habían
+muerto, el gesto que les acompañó al patíbulo. Juanón y el de Trebujena
+habían marchado al palo como lo que eran: como hombres incapaces de
+miedo ni de fanfarronadas. Los otros dos asesinos habían muerto como
+unos brutos. Y el recuerdo del pobre <i>Maestrico</i> casi les dos reales;
+sino dos reales y medio, y atribuían este aumento a su sumisión y
+disciplina. «Siendo buenos, sacaréis más que a las malas», les habían
+dicho. Y ellos lo repetían, pensando con desprecio en los malvados
+alborotadores que intentaban arrastrarlos a la rebeldía. Siendo
+obedientes y humildes, tal vez llegasen, con el tiempo, a cobrar tres
+reales. ¡Una verdadera felicidad!...</p>
+
+<p>El cortijo Matanzuela lo miraban como un paraíso. El caritativo Dupont
+era de una generosidad inaudita. Cuidaba de que los braceros oyesen misa
+los domingos; y de mes en mes, organizaba comuniones para los gañanes.
+Los que en días de holganza no iban a sus casas, quedándose en el
+cortijo para seguir las pláticas religiosas de un sacerdote enviado de
+Jerez, tenían por la tarde, en el ventorro, unas cuantas copas pagadas
+por el amo.</p>
+
+<p>Dupont era un creyente <i>moderno</i>, como él decía. Todos los caminos
+resultaban buenos para llegar a la conquista de las almas.</p>
+
+<p>Y los gañanes, según confesión de <i>Zarandilla</i>, «se dejaban querer»,
+rezaban y bebían, fisgándose un tanto del amo con burlona gravedad, y
+llamándole «primo».</p>
+
+<p>La larga permanencia de <i>Zarandilla</i> al lado de Salvatierra, y la
+curiosidad que éste inspiraba, acabaron por vencer el apartamiento de
+los gañanes. Algunos se aproximaron, y poco a poco fue formándose un
+corro en torno del rebelde.</p>
+
+<p>Uno de los más viejos le habló con tono socarrón. Si don Fernando corría
+el campo para soltar soflamas como en otra época, perdía el tiempo. La
+gente estaba escamada: era como el gato escaldado del refrán. Y no es
+que los gañanes estuvieran bien. Se iba viviendo, pero peor estaban los
+pobres a los que habían ajusticiado en Jerez.</p>
+
+<p>&mdash;Los viejos&mdash;continuó aquel filósofo rústico&mdash;aún le tenemos cierto
+aquel a su mercé y a los de su época. Sabemos que no se han hecho ricos
+con sus sermones como muchos otros: sabemos que han padecío y se las han
+tragao de muy duras... Pero mire su mercé a los chavales.</p>
+
+<p>Y señalaba a los que se habían quedado sentados sin aproximarse a
+Salvatierra; todos jóvenes. De vez en cuando miraban al revolucionario
+con ojos insolentes. «¡Un tío embustero, como todos los que se
+presentaban en busca de los trabajadores! Los que habían seguido sus
+doctrinas pudrían tierra en el cementerio, y él estaba allí... Menos
+sermones y más trigo...» Ellos eran listos, habían visto lo suficiente
+para enterarse y estaban con el que daba. El verdadero amigo de los
+pobres era el amo con su jornal; y si encima daba vino, mejor que mejor.
+Además, ¿qué podía importarle la suerte de los trabajadores a aquel tío
+que vestía de señor, aunque raído como un pordiosero, y no tenía callos
+en las manos? Lo que deseaba era vivir a costa de ellos; un falsario
+como tantos otros.</p>
+
+<p>Salvatierra adivinaba estos pensamientos en los ojos hostiles.</p>
+
+<p>La voz del viejo rústico seguía acosándole con su socarrona filosofía.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué ha de tomarse su mercé esos fríos y calores por lo que les
+pasa a los pobres, don Fernando? Déjelos: si ellos están contentos, su
+mercé también. Además, todos estamos escarmentaos. Con los de arriba no
+se puede. Su mercé, que sabe tanto, vea de conquistar a la guardia
+civil, tráigasela a su idea, y cuando se presente al frente de los
+tricornios, pierda cuidao, que todos le seguiremos.</p>
+
+<p>El viejo llenó un vaso de vino y se lo presentó a Salvatierra.</p>
+
+<p>&mdash;Beba su mercé, y no se haga mala sangre queriendo arreglar lo que no
+tiene arreglo. En el mundo no hay de verdá más que eso. Los amigos, unos
+falsos; la familia... buena pa comérsela con patatas. Todas esas cosas
+de rivoluciones y repartos, mentiras, palabras pa engañar a los pimplis.
+Esto es la única verdá, ¡el vino!: de trago en trago nos lleva
+entretenidos y alegres hasta la muerte. Beba, don Fernando; se lo
+ofrezco porque es nuestro, porque nos lo hemos ganado. Es barato: sólo
+cuesta una misa.</p>
+
+<p>Salvatierra, el impasible, se estremeció con un arrebato de cólera.
+Sintió impulsos de repeler el vaso, de estrellarlo contra el suelo.
+Maldijo la pócima de oro, el demonio alcohólico que extendía sus alas
+de ámbar sobre aquel rebaño embrutecido, esclavizando su voluntad,
+infundiéndole la servidumbre del crimen, de la locura, de la cobardía.</p>
+
+<p>Ellos, arañando la tierra, sudando en sus surcos, dejando en sus
+entrañas lo mejor de su existencia, producían este líquido de oro; y los
+poderosos se valían de él para embriagarlos, para mantenerles como
+encantados en una falsa alegría.</p>
+
+<p>Eran los esclavos más infelices de la historia; ellos mismos trenzaban
+el látigo que les tenía sometidos, ellos forjaban la cadena que les
+mantenía amarrados; hambrientos, con el hambre prolongada de una
+alimentación engañosa, falsamente alegres con la alegría enfermiza de la
+embriaguez.</p>
+
+<p>¡Y reían! ¡Y le aconsejaban la sumisión, burlándose de sus esfuerzos
+generosos, alabando a sus opresores!... ¿Pero es que la esclavitud había
+de ser eterna? ¿Las aspiraciones humanas iban a detenerse para siempre
+en esta momentánea alegría de bruto satisfecho?</p>
+
+<p>Salvatierra sintió que se desvanecía su cólera; que la esperanza y la fe
+volvían a él.</p>
+
+<p>Comenzaba a caer la tarde; llegaba la noche, como precursora de un nuevo
+día. También el crepúsculo de las aspiraciones humanas era momentáneo.
+La Justicia y la Libertad dormitaban en la conciencia de todo hombre.
+Ellas despertarían.</p>
+
+<p>Más allá de los campos estaban las ciudades, las grandes aglomeraciones
+de la civilización moderna, y en ellas otros rebaños de desesperados,
+de tristes, pero que repelían el falso consuelo del vino, que bañaban
+sus almas nacientes en la aurora de un nuevo día, que sentían sobre sus
+cabezas los primeros rayos del sol, mientras el resto del mundo
+permanecía en la sombra. Ellos serían los elegidos; y mientras el
+rústico permanecía en el campo, con la resignada gravedad del buey, el
+desheredado de la ciudad despertábase, poníase en pie, para seguir al
+único amigo de los miserables y los hambrientos, al que atraviesa la
+historia de todas las religiones, insultado con el nombre de Demonio, y
+ahora, despojándose de los grotescos adornos que le da la tradición,
+deslumbra a unos y asombra a otros con la más soberbia de las
+hermosuras, la hermosura de Luzbel, ángel de luz, y se llama Rebeldía...
+Rebeldía Social.</p>
+
+<p class="c top15">FIN</p>
+
+<p>Madrid, Diciembre 1904-Febrero 1905.</p>
+
+<hr />
+
+<p>OBRAS DEL MISMO AUTOR</p>
+
+
+<p class="non">NOVELAS</p>
+
+<ul>
+<li>Arroz y tartana.</li>
+<li>Flor de Mayo.</li>
+<li>La Barraca.</li>
+<li>Sónnica la cortesana.</li>
+<li>Entre naranjos.</li>
+<li>Cañas y barro.</li>
+<li>La Catedral.</li>
+<li>El Intruso.</li>
+</ul>
+
+
+<p class="non">CUENTOS</p>
+<ul>
+<li>Cuentos valencianos.</li>
+<li>La Condenada.</li>
+</ul>
+
+<p class="non">VIAJES</p>
+<ul>
+<li>En el país del Arte (<i>Tres meses en Italia</i>).</li>
+</ul>
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco Ibáñez
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BODEGA ***
+
+***** This file should be named 28927-h.htm or 28927-h.zip *****
+This and all associated files of various formats will be found in:
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was
+produced from images generously made available by the
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+Libraries.)
+
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+Updated editions will replace the previous one--the old editions
+will be renamed.
+
+Creating the works from public domain print editions means that no
+one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
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+such as creation of derivative works, reports, performances and
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+practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
+subject to the trademark license, especially commercial
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+and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
+or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
+Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
+collection are in the public domain in the United States. If an
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+ of receipt of the work.
+
+- You comply with all other terms of this agreement for free
+ distribution of Project Gutenberg-tm works.
+
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+electronic work or group of works on different terms than are set
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+is also defective, you may demand a refund in writing without further
+opportunities to fix the problem.
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+in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
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+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
+
+
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+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at https://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit https://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including including checks, online payments and credit card
+donations. To donate, please visit: https://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
+
+
+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ https://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
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+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
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