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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 02:34:12 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Cuentos y diálogos + +Author: Juan Valera + +Release Date: November 9, 2008 [EBook #27214] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS Y DIÁLOGOS *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + + + + +JUAN VALERA + +CUENTOS Y DIÁLOGOS + + +SEVILLA: 1882 + +FRANCISCO ALVAREZ Y C.ª, EDITORES Tetuán 24. + + +AL EXCMO. SR. +D. ENRIQUE R. DE SAAVEDRA, +DUQUE DE RIVAS. + + +Mi querido amigo: Bien hubiera querido yo escribir algo nuevo +expresamente para dedicárselo a V., pero mi pobre ingenio está marchito +y seco desde hace dos o tres años, y empiezo a perder toda esperanza de +que reverdezca y vuelva a florecer algún día. + +En tan desengañada situación y urgiéndome pagar la deuda de la lindísima +_fantasía_ que tuvo V. la bondad de dedicarme, me decido a dedicar a V. +esta colección de CUENTOS Y DIÁLOGOS, que, si bien publicados antes +aisladamente, salen hoy por vez primera reunidos en un tomo. + +Ahí van _Parsondes_, que V. tanto celebra; _El pájaro verde_, cuento +vulgar que me contó con singular talento su señora madre de usted y que +yo no he hecho sino poner por escrito, procurando competir con Perrault, +Andersen y Musaus; _El bermejino prehistórico_, que yo encuentro +gracioso en fuerza de ser disparatado; y los diálogos de _Asclepigenia y +Gopa_, el primero de los cuales sigo creyendo que es lo más elegante y +discreto, o si se quiere lo menos tonto, que he escrito en mi vida. + +Acoja V. con benignidad estas obrillas ligeras, sobre las cuales nada +más se me ocurre que decir, pues las escribí sin intención de enseñar y +sólo con el fin de pasar el tiempo y de ver si lograba divertirme yo y +divertir también a quien me leyese. + +Lo primero lo he conseguido. ¿Por qué no confesarlo? Como me quiero +bien, me río a mí mismo las gracias. Así es que CUENTOS Y DIÁLOGOS me +han encantado al escribirlos y aun al leerlos y releerlos después de +escritos. Ya esto es bastante triunfo, aunque el encanto de la +diversión no pase de mí ni se transmita a otros. Harto lo sentiré, pero +me consolaré imaginando, porque el amor propio es muy sutil inventor, +que si no me ríen las gracias los demás es porque las tales gracias +están disimuladas y escondidas en el texto, y así no las ve quien no le +penetra y ahonda. Yo procuraré, en otra ocasión, poner las gracias, si +las tengo, algo más superficiales. Entretanto, conténtese V. o mejor +dicho no se disguste con esto que le dedico, pues bien sé yo que, si +vale algo y si tiene chiste, V. habrá de hallarle, sin que tenga yo +necesidad de indicar dónde está lo chistoso para que V. lo ría. + +Créame V. siempre su buen amigo + +_J. Valera_. + +Lisboa 20 de Febrero de 1882. + + + + + ÍNDICE + + + El pájaro verde + Parsondes + El bermejino prehistórico o las salamandras azules + Asclepigenia + Gopa + Santa + + + + +EL PÁJARO VERDE. + + + + +I. + + +Hubo, en época muy remota de esta en que vivimos, un poderoso Rey, amado +con extremo de sus vasallos, y poseedor de un fertilísimo, dilatado y +populoso reino, allá en las regiones de Oriente. Tenía este Rey inmensos +tesoros y daba fiestas espléndidas. Asistían en su corte las más +gentiles damas y los más discretos y valientes caballeros que entonces +había en el mundo. Su ejército era numeroso y aguerrido. Sus naves +recorrían como en triunfo el Océano. Los parques y jardines, donde solía +cazar y holgarse, eran maravillosos por su grandeza y frondosidad, y por +la copia de alimañas y de aves que en ellos se alimentaban y vivían. + +Pero ¿qué diremos de sus palacios y de lo que en sus palacios se +encerraba, cuya magnificencia excede a toda ponderación? Allí muebles +riquísimos, tronos de oro y de plata, y vajillas de porcelana, que era +entonces menos común que ahora; allí enanos, jigantes, bufones y otros +monstruos para solaz y entretenimiento de S. M.; allí cocineros y +reposteros profundos y eminentes, que cuidaban de su alimento corporal, +y allí no menos profundos y eminentes filósofos, poetas y +jurisconsultos, que cuidaban de dar pasto a su espíritu, que concurrían +a su consejo privado, que decidían las cuestiones más arduas de derecho, +que aguzaban y ejercitaban el ingenio con charadas y logogrifos, y que +cantaban las glorias de la dinastía en colosales epopeyas. + +Los vasallos de este Rey le llamaban con razón _el Venturoso_. Todo iba +de bien en mejor durante su reinado. Su vida había sido un tejido de +felicidades, cuya brillantez empañaba solamente con negra sombra de +dolor la temprana muerte de la señora Reina, persona muy cabal y hermosa +a quien S. M. había querido con todo su corazón. Imagínate, lector, lo +que la lloraría, y más habiendo sido él, por el mismo acendrado cariño +que le tenía, causa inocente de su muerte. + +Cuentan las historias de aquel país que ya llevaba el Rey siete años de +matrimonio sin lograr sucesión, aunque vehementemente la deseaba, cuando +ocurrieron unas guerras en país vecino. El Rey partió con sus tropas; +pero antes se despidió de la señora Reina con mucho afecto. Esta, +dándole un abrazo, le dijo al oído:--No se lo digas a nadie para que no +se rían si mis esperanzas no se logran, pero me parece que estoy en +cinta. + +La alegría del Rey con esta nueva no tuvo límites, y como todo le sale +bien al que está alegre, él triunfó de sus enemigos en la guerra, mató +por su propia mano a tres o cuatro reyes que le habían hecho no sabemos +qué mala pasada, asoló ciudades, hizo cautivos, y volvió cargado de +botín y de gloria a la hermosa capital de su monarquía. + +Habían pasado en esto algunos meses; así es que al atravesar el Rey con +gran pompa la ciudad, entre las aclamaciones y el aplauso de la multitud +y el repiqueteo de las campanas, la Reina estaba pariendo, y parió con +felicidad y facilidad, a pesar del ruido y agitación y aunque era +primeriza. + +¡Qué gusto tan pasmoso no tendría S. M. cuando, al entrar en la real +cámara, el comadrón mayor del reino le presentó a una hermosa princesa +que acababa de nacer! El Rey dio un beso a su hija y se dirigió lleno de +júbilo, de amor y de satisfacción, al cuarto de la señora Reina, que +estaba en la cama tan colorada, tan fresca y tan bonita como una rosa de +Mayo. + +--¡Esposa mía!--exclamó el Rey, y la estrechó entre sus brazos. Pero el +Rey era tan robusto y era tan viva la efusión de su ternura, que sin más +ni menos ahogó sin querer a la Reina. Entonces fueron los gritos, la +desesperación y el llamarse a sí propio animal, con otras elocuentes +muestras de doloroso sentimiento. Mas no por esto resucitó la Reina, la +cual, aunque muerta, estaba divina. Una sonrisa de inefable deleite se +diría que aún vagaba sobre sus labios. Por ellos, sin duda, había volado +el alma envuelta en un suspiro de amor, y orgullosa de haber sabido +inspirar cariño bastante para producir aquel abrazo. ¡Qué mujer +verdaderamente enamorada no envidiará la suerte de esta Reina! + +El Rey probó el mucho cariño que le tenía, no sólo en vida de ella, sino +después de su muerte. Hizo voto de viudez y de castidad perpetuas, y +supo cumplirle. Mandó componer a los poetas una corona fúnebre, que aun +dicen que se tiene en aquel reino como la más preciosa joya de la +literatura nacional. La corte estuvo tres años de luto. Del mausoleo que +se levantó a la Reina sólo fue posteriormente el de Caria un mezquino +remedo. + +Pero como, según dice el refrán, no hay mal que dure cien años, el Rey, +al cabo de un par de ellos, sacudió la melancolía, y se creyó tan +venturoso o más venturoso que antes. La Reina se le aparecía en sueños, +y le decía que estaba gozando de Dios, y la Princesita crecía y se +desarrollaba que era un contento. + +Al cumplir la Princesita los quince años, era, por su hermosura, +entendimiento y buen trato, la admiración de cuantos la miraban y el +asombro de cuantos la oían. El Rey la hizo jurar heredera del trono, y +trató luego de casarla. + +Más de quinientos correos de gabinete, caballeros en sendas cebras de +posta, salieron a la vez de la capital del reino con despachos para +otras tantas cortes, invitando a todos los príncipes a que viniesen a +pretender la mano de la Princesa, la cual había de escoger entre ellos +al que más le gustase. + +La fama de su portentosa hermosura había recorrido ya el mundo todo; de +suerte que, apenas fueron llegando los correos a las diferentes cortes, +no había príncipe, por ruin y para poco que fuese, que no se decidiera a +ir a la capital del _Rey Venturoso_, a competir en justos, torneos y +ejercicios de ingenio por la mano de la Princesa. Cada cual pedía al Rey +su padre armas, caballos, su bendición y algún dinero, con lo cual al +frente de una brillante comitiva, se ponía en camino. + +Era de ver cómo iban llegando a la corte de la Princesita todos estos +altos señores. Eran de ver los saraos que había entonces en los palacios +reales. Eran de admirar, por último, los enigmas que los príncipes se +proponían para mostrar la respectiva agudeza; los versos que escribían; +las serenatas que daban; los combates del arco, del pugilato y de la +lucha, y las carreras de carros y de caballos, en que procuraba cada +cual salir vencedor de los otros y ganarse el amor de la pretendida +novia. + +Pero ésta, que a pesar de su modestia y discreción, estaba dotada, sin +poderlo remediar, de una índole arisca, descontentadiza y desamorada, +abrumaba a los príncipes con su desdén, y de ninguno de ellos se le +importaba un ardite. Sus discreciones le parecían frialdades, simplezas +sus enigmas, arrogancia sus rendimientos y vanidad o codicia de sus +riquezas el amor que le mostraban. Apenas se dignaba mirar sus +ejercicios caballerescos, ni oír sus serenatas, ni sonreír agradecida a +sus versos de amor. Los magníficos regalos, que cada cual le había +traído de su tierra, estaban arrinconados en un zaquizamí del regio +alcázar. + +La indiferencia de la Princesa era glacial para todos los pretendientes. +Sólo uno, el hijo del Kan de Tartaria, había logrado salvarse de su +indiferencia para incurrir en su odio. Este Príncipe adolecía de una +fealdad sublime. Sus ojos eran oblicuos, las mejillas y la barba +salientes, crespo y enmarañado el pelo, rechoncho y pequeño el cuerpo, +aunque de titánica pujanza, y el genio intranquilo, mofador y orgulloso. +Ni las personas más inofensivas estaban libres de sus burlas, siendo +principal blanco de ellas el Ministro de Negocios extranjeros del _Rey +Venturoso_, cuya gravedad, entono y cortas luces, así como lo +detestablemente que hablaba el _sanscrito_, lengua diplomática de +entonces, se prestaban algo al escarnio y a los chistes. + +Así andaban las cosas, y las fiestas de la corte eran más brillantes +cada día. Los Príncipes, sin embargo, se desesperaban de no ser +queridos; el _Rey Venturoso_ rabiaba al ver que su hija no acababa de +decidirse; y ésta continuaba erre que erre en no hacer caso de ninguno, +salvo del Príncipe tártaro, de quien sus pullas y declarado +aborrecimiento vengaban con usura al famoso ministro de su padre. + + +II + + +Aconteció, pues, que la Princesa, en una hermosa mañana de primavera, +estaba en su tocador. La doncella favorita peinaba sus dorados, largos y +suavísimos cabellos. Las puertas de un balcón, que daba al jardín, +estaban abiertas para dejar entrar el vientecillo fresco y con él el +aroma de las flores. + +Parecía la Princesa melancólica y pensativa y no dirigía ni una palabra +a su sierva. + +Ésta tenía ya entre sus manos el cordón con que se disponía a enlazar la +áurea crencha de su ama, cuando a deshora entró por el balcón un +preciosísimo pájaro, cuyas plumas parecían de esmeralda, y cuya gracia +en el vuelo dejó absortas a la señora y a su sirvienta. El pájaro, +lanzándose rápidamente sobre esta última, le arrebató de las manos el +cordón, y volvió a salir volando de aquella estancia. + +Todo fue tan instantáneo que la Princesa apenas tuvo tiempo de ver al +pájaro, pero su atrevimiento y su hermosura le causaron la más extraña +impresión. + +Pocos días después, la Princesa, para distraer sus melancolías, tejía +una danza con sus doncellas, en presencia de los Príncipes. Estaban +todos en los jardines y la miraban embelesados. De pronto sintió la +Princesa que se le desataba una liga, y suspendiendo el baile, se +dirigió con disimulo a un bosquecillo cercano para atársela de nuevo. +Descubierta tenía ya S. A. la bien torneada pierna, había estirado ya la +blanca media de seda, y se preparaba a sujetarla con la liga que tenía +en la mano, cuando oyó un ruido de alas, y vio venir hacia ella el +pájaro verde, que le arrebató la liga en el ebúrneo pico y desapareció +al punto. La Princesa dio un grito y cayó desmayada. + +Acudieron los pretendientes y su padre. Ella volvió en sí, y lo primero +que dijo fue:--«¡Que me busquen al pájaro verde... que me le traigan +vivo... que no le maten... yo quiero poseer vivo al pájaro verde!» + +Mas en balde le buscaron los Príncipes. En balde, a pesar de lo +mandado por la Princesa de que no se pensase en matar al pájaro verde, +se soltaron contra él neblíes, sacres, gerifaltes y hasta águilas +caudales, domesticadas y adiestradas en la cetrería. El pájaro verde no +pareció ni vivo ni muerto. + +El deseo no cumplido de poseerle atormentaba a la Princesa y acrecentaba +su mal humor. Aquella noche no pudo dormir. Lo mejor que pensaba de los +Príncipes era que no valían para nada. + +Apenas vino el día, se alzó del lecho, y en ligeras ropas de levantar, +sin corsé ni miriñaque, más hermosa e interesante en aquel _deshabillé_, +pálida y ojerosa, se dirigió con su doncella, favorita a lo más frondoso +del bosque que estaba a la espalda de palacio, y donde se alzaba el +sepulcro de su madre. Allí se puso a llorar y a lamentar su suerte.--¿De +qué me sirven, decía, todas mis riquezas, si las desprecio; todos los +Príncipes del mundo, si no los amo; de qué mi reino, si no te tengo a +ti, madre mía; y de qué todos mis primores y joyas, si no poseo el +hermoso pájaro verde? + +Con esto, y como para consolarse algo, desenlazó el cordón de su vestido +y sacó del pecho un rico guardapelo, donde guardaba un rizo de su madre, +que se puso a besar. Mas apenas empezó a besarle, cuando acudió más +rápido que nunca el pájaro verde, tocó con su ebúrneo pico los labios de +la Princesa, y arrebató el guardapelo, que durante tantos años había +reposado contra su corazón, y en tan oculto y deseado lugar había +permanecido. El robador desapareció en seguida, remontando el vuelo y +perdiéndose en las nubes. + +Esta vez no se desmayó la Princesa; antes bien se paró muy colorada y +dijo a la doncella:--Mírame, mírame los labios; ese pájaro insolente me +los ha herido, porque me arden. + +La doncella los miró y no notó picadura ninguna; pero indudablemente el +pájaro había puesto en ellos algo de ponzoña, porque el traidor no +volvió a aparecer en adelante, y la Princesa fue desmejorándose por +grados, hasta caer enferma de mucho peligro. Una fiebre singular la +consumía, y casino hablaba sino para decir:--Que no le maten... que me +le traigan vivo... yo quiero poseerle. + +Los médicos estaban de acuerdo en que la única medicina para curar a la +Princesa, era traerle vivo el pájaro verde. Mas ¿dónde hallarle? Inútil +fue que le buscasen los más hábiles cazadores. Inútil que se ofreciesen +sumas enormes a quien le trajera. + +El _Rey Venturoso_ reunió un gran congreso de sabios a fin de que +averiguasen, so pena de incurrir en su justa indignación, quién era y +dónde vivía el pájaro verde, cuyo recuerdo atormentaba a su hija. + +Cuarenta días y cuarenta noches estuvieron lo sabios reunidos, sin cesar +de meditar y disertar sino para dormir un poco y alimentarse. +Pronunciaron muy doctos y elocuentes discursos, pero nada +averiguaron.--Señor, dijeron al cabo todos ellos al Rey, postrándose +humildemente a sus pies e hiriendo el polvo con las respetables frentes, +somos unos mentecatos; haz que nos ahorquen; nuestra ciencia es una +mentira: ignoramos quién sea el pájaro verde, y sólo nos atrevemos a +sospechar si será acaso el ave fénix del Arabia. + +--Levantaos, contestó el Rey con notable magnanimidad, yo os perdono y +os agradezco la indicación sobre el ave fénix. Sin tardanza saldrán +siete de vosotros con ricos presentes para la reina de Sabá, y con todos +los recursos de que yo puedo disponer para cazar pájaros vivos. El fénix +debe de tener su nido en el país sabeo, y de allí habéis de traérmele, +si no queréis que mi cólera regia os castigue aunque tratéis de evitarla +escondiéndoos en las entrañas de la tierra. + +En efecto, salieron para el Arabia siete sabios de los más versados en +lingüística, y entre ellos el Ministro de Negocios extranjeros, sobre lo +cual tuvo mucho que reír el Príncipe tártaro. + +Este príncipe envió también cartas a su padre, que era el más famoso +encantador de aquella edad, consultándole sobre el caso del pájaro +verde. + +La Princesa, en el ínterin, seguía muy mal de salud y lloraba tan +abundantes lágrimas, que diariamente empapaba en ellas más de cincuenta +pañuelos. Las lavanderas de palacio estaban con esto muy afanadas, y +como entonces ni la persona más poderosa tenía tanta ropa blanca como +ahora se usa, no hacían más que ir a lavar al río. + + +III + + +Una de estas lavanderas, que era, valiéndonos de cierta expresión a la +moda, una pollita muy simpática, volvía un día, al anochecer, de lavar +en el río los lacrimosos pañuelos de la Princesa. + +En medio del camino, y muy distante aún de las puertas de la ciudad, se +sintió algo cansada y se sentó al pié de un árbol. Sacó del bolsillo una +naranja; y ya iba a mondarla para comérsela, cuando se le escapó de las +manos y empezó a rodar por aquella cuesta abajo con singular ligereza. +La muchachuela corrió en pos de su naranja; pero mientras más corría, +más la naranja se adelantaba, sin que jamás se parase y sin que ella +llegase a alcanzarla en la carrera, si bien no la perdía de vista. +Cansada de correr, y sospechando, aunque poco experimentada en las +cosas del mundo, que aquella naranja tan corredora no era del todo +natural, la pobre se detenía a veces y pensaba en desistir de su empeño; +pero la naranja al punto se detenía también, como si ya hubiese cesado +en su movimiento y convidase a su dueño a que de nuevo la cogiese. +Llegaba ella a tocarla con la mano, y la naranja se le deslizaba otra +vez y continuaba su camino. + +Embelesada estaba la lavanderilla en tan inaudita persecución, cuando +notó al fin que se hallaba en un bosque intrincado, y que la noche se le +venía encima, oscura como boca de lobo. Entonces tuvo miedo, y rompió en +desconsoladísimo llanto. La oscuridad creció rápidamente, y ya no le +permitió ni ver la naranja, ni orientarse, ni dar con el camino para +volverse atrás. + +Iba pues, vagando a la ventura, afligidísima y muerta de hambre y +cansancio, cuando columbró no muy lejos unas brillantes lucecitas. +Imaginó ser las de la ciudad; dio gracias a Dios, y enderezó sus pasos +hacia aquellas luces. Pero cuán grande no sería su sorpresa al +encontrarse, a poco trecho y sin salir del intrincado bosque, a las +puertas de un suntuosísimo palacio, que parecía un ascua de oro por lo +que brillaba, y en cuya comparación pasaría por una pobre choza el +espléndido alcázar del _Rey Venturoso_. + +No había guardia, ni portero, ni criados que impidiesen la entrada, y la +chica, que no era corta, y que además sentía el estímulo de la +curiosidad y el deseo de albergarse y de comer algo, traspasó los +umbrales, subió por una ancha y lujosa escalera de bruñido jaspe, y +empezó a discurrir por los más ricos y elegantes salones que imaginarse +pueden, aunque siempre sin ver a nadie. Los salones estaban, sin +embargo, profusamente iluminados por mil lámparas de oro, cuyo perfumado +aceite difundía suavísima fragancia. Los primorosos objetos, que en los +salones había, eran para espantar por su riqueza y exquisito gusto, no +ya a la lavanderilla, que poco de esto había disfrutado, sino a la +mismísima reina Victoria, que hubiera confesado la relativa inferioridad +de la industria inglesa, y hubiera dado patentes y medallas a los +inventores y fabricantes de todos aquellos artículos. + +La lavandera los admiró a su sabor, y admirándolos se fue poco a poco +hacia un sitio de donde salía un rico olorcillo de viandas muy suculento +y delicioso. De esta suerte llegó a la cocina; pero ni jefe, ni +sota-cocineros, ni pinches, ni fregatrices había en ella; todo estaba +desierto, como el resto del palacio. Ardían, no obstante, el fogón, el +horno y las hornillas, y en ellos estaban al fuego infinito número de +peroles, cacerolas y otras vasijas. Levantó nuestra aventurera la +cubierta de una cacerola y vio en ella unas anguilas; levantó otra y vio +una cabeza de jabalí desosada y rellena de pechugas de faisanes y de +trufas; en resolución, vio los manjares más exquisitos que se presentan +en las mesas de los reyes, emperadores y papas: y hasta vio algunos +platos, al lado de los cuales los imperiales, papales y regios, serían +tan groseros, como al lado de estos un potaje de judías o un gazpacho. + +Animada la chica con lo que veía y olía, se armó de un cuchillo y de un +trinchante, y se lanzó con resolución sobre la cabeza de jabalí. Mas +apenas hubo llegado a ella, recibió en sus manos un golpe, dado al +parecer por otra poderosa e invisible, y oyó una voz que le decía, tan +de cerca que sintió la agitación del aire y el aliento caliente y vivo +de las palabras: + +--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe! + +Se dirigió entonces a unas truchas salmonadas, creyéndolas manjar menos +principesco y que le dejarían comer; pero la mano invisible vino de +nuevo a castigar su atrevimiento, y la voz misteriosa a repetirle: + +--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe! + +Tentó, por último, mejor fortuna en tercero, cuarto y quinto plato, pero +siempre le aconteció lo propio; así tuvo con harta pena que resignarse a +ayunar, y se salió despechada de la cocina. + +Volvió luego a recorrer los salones, donde reinaba siempre la misma +misteriosa soledad y donde el más profundo silencio parecía tener su +morada, y llegó a una alcoba lindísima, en la cual sólo dos o tres +luces, encerradas y amortecidas en vasos de alabastro, derramaban una +claridad indecisa y voluptuosa, que estaba convidando al reposo y al +sueño. Había en esta alcoba una cama tan cómoda y mullida, que nuestra +lavandera, que estaba cansadísima, no pudo resistir a la tentación de +tenderse en ella y descansar. Iba a poner en ejecución su propósito, y +ya se había sentado y se disponía a tenderse, cuando en la parte misma +de su cuerpo con que acababa de tocar la cama, sintió una dolorosa +picadura, como si con un alfiler de a ochavo la punzasen, y oyó de nuevo +una voz que decía: + +--¡Tate... que es para mi señor el Príncipe! + +No hay que decir que la lavanderilla se asustó y afligió con esto, +resignándose a no dormir, como a no comer se había ya resignado; y para +distraer el hambre y el sueño se puso a registrar cuantos objetos había +en la alcoba, llevando su curiosidad hasta levantar las colgaduras y los +tapices. + +Detrás de uno de éstos descubrió nuestra heroína una primorosa +puertecilla secreta de sándalo, con embutidos de nácar. La empujó +suavemente, y cediendo la puerta, se encontró en una escalera de +caracol, de mármol blanco. Por ella bajó sin detenerse a uno como +invernáculo, donde crecían las plantas y las flores más aromáticas y +extrañas, y en cuyo centro había una taza inmensa, hecha, al parecer, de +un solo, limpio y diáfano topacio. Se levantaba del medio de la taza un +surtidor tan gigantesco como el que hay ahora en la Puerta del Sol, pero +con la diferencia de que el agua del de la Puerta del Sol es natural y +ordinaria, y la de éste era agua de olor, y tenía, además, en sí misma +todos las colores del iris y luz propia, lo cual, como ya calculará el +lector, le daba un aspecto sumamente agradable.--Hasta el murmullo que +hacía esta agua al caer tenía algo de más musical y acordado que el que +producen otras, y se diría que aquel surtidor cantaba alguna de las más +enamoradas canciones de Mozart o de Bellini. + +Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de +aquella armonía, cuando oyó un grande estrépito y vio abrirse una +ventana de cristales. + +La lavandera se escondió precipitadamente detrás de una masa de verdura, +a fin de no ser vista y poder ver a las personas o seres, que sin duda +se acercaban. + +Éstos eran tres pájaros rarísimos y lindísimos, uno de ellos todo verde, +y brillante como una esmeralda. En él creyó ver la lavandera, con +notable contento, al que era causa, según todo el mundo aseguraba, de la +pertinaz dolencia de la __Princesa Venturosa__. Los otros dos pájaros no +eran, ni con mucho, tan bellos; pero tampoco carecían de mérito +singular. Los tres venían con muy ligero vuelo, y los tres se abatieron +sobre la taza de topacio y se zambulleron en ella. + +A poco rato vio la lavandera que del seno diáfano del agua salían tres +mancebos tan lindos, bien formados y blancos, que parecían estatuas +peregrinas hechas por mano maestra, con mármol teñido de rosas. La +chica, que en honor de la verdad se debe decir que jamás había visto +hombres desnudos, y que de ver a su padre, a sus hermanos y a otros +amigos, vestidos y mal vestidos, no podía deducir hasta dónde era capaz +de elevarse la hermosura humana masculina, se figuró que miraba a tres +genios inmortales o a tres ángeles del cielo. Así es, que sin +ruborizarse, los siguió mirando con bastante complacencia, como objetos +santos y nada pecaminosos. Pero los tres salieron al punto del agua, y +pronto se vistieron de elegantes ropas. + +Uno de ellos, el más hermoso de los tres, llevaba sobre la cabeza una +diadema de esmeraldas y era acatado de los otros, como señor soberano. +Si desnudo le pareció a la lavanderilla un ángel o un genio por la +hermosura, ya vestido la deslumbró con su majestad, y le pareció el +emperador del mundo y el príncipe más adorable de la tierra. + +Aquellos señores se dirigieron en seguida al comedor y se sentaron en +una espléndida mesa, donde había tres cubiertos preparados. Una música +sumisa e invisible les hizo salva al llegar y les regaló los oídos +mientras comían. Criados, invisibles también, iban trayendo los platos +y sirviendo admirablemente la mesa. Todo esto lo veía y notaba la +lavanderilla, que sin ser vista ni oída, había seguido a aquellos +señores, y estaba escondida en el comedor detrás de un cortinaje. + +Desde allí pudo oír algo de la conversación, y comprender que el más +hermoso de los mancebos era el Príncipe heredero del grande imperio de +la China, y los otros dos, el uno su secretario y el otro su escudero +más querido; los cuales estaban encantados y transformados en pájaros +durante todo el día, y sólo por la noche recobraban su ser natural, +previo el baño de la fuente. + +Notó, asimismo, la curiosa lavandera que el Príncipe de las esmeraldas +apenas comía, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se +mostraba melancólico y arrobado, exhalando a veces delo más hondo del +hermosísimo pecho un ardiente suspiro. + + +IV. + + +Refieren las crónicas que vamos extractando que, terminado ya aquel +opíparo y poco alegre festín, el Príncipe de las esmeraldas, volviendo +en sí como de un sueño, alzó la voz y dijo: + +--Secretario, tráeme la cajita de mis entretenimientos. + +El secretario se levantó de la mesa y volvió de allí a poco con la +cajita más preciosa que han visto ojos mortales. Aquella en que encerró +Alejandro la _Iliada_ era, en comparación de ésta, más chapucera y pobre +que una caja de turrón de Jijona. + +El Príncipe tomó la cajita en sus manos, la abrió y estuvo largo rato +contemplando con ojos amorosos lo que había en el fondo de ella. Metió +luego la mano en la cajita y sacó un cordón. Lo besó apasionadamente, +derramó sobre él lágrimas de ternura y prorrumpió en estas palabras: + + ¡Ay cordoncito de mi señora! + ¡Quién la viera ahora! + +Colocó de nuevo el cordón en la cajita, y sacó de ella una liga bordada +y muy limpia. La besó, la acarició también y exclamó al besarla: + + ¡Ay linda liga de mi señora! + ¡Quién la viera ahora! + +Sacó, por último, un precioso guardapelo, y si mucho había besado cordón +y liga, más le besó y más le acarició aún, diciendo con acento +tristísimo, que partía los corazones y hasta las peñas: + + ¡Ay guardapelo de mi señora! + ¡Quién la viera ahora! + +A poco el Príncipe y los dos familiares se retiraron a sus alcobas, y la +lavanderilla no se atrevió a seguirlos. Viéndose sola en el comedor, se +acercó a la mesa, donde aún estaban casi intactos los ricos manjares, +los confites, las frutas y los generosos y chispeantes vinos; pero el +recuerdo de la voz misteriosa y de la mano invisible la detenían, y la +obligaban a contentarse con mirar y oler. + +Para gozar de este incompleto deleite, se acercó tanto a los manjares, +que vino a ponerse entre la mesa y la silla del Príncipe. Entonces +sintió, no ya una, sino dos manos invisibles que le caían sobre los +hombros oprimiéndola. La voz misteriosa le dijo: + +--Siéntate y come. + +En efecto, se bailó sentada en la misma silla del Príncipe; y, ya +autorizada por la voz, se puso a comer con un apetito extraordinario, +que la novedad y lo exquisito de la comida hacían mayor aún, y comiendo +se quedó profundamente dormida. + +Cuando despertó, era muy de día. Abrió los ojos, y se encontró en medio +del campo, tendida al pié del árbol donde había querido comerse la +naranja. Allí estaba la ropa que había traído del río, y hasta la +naranja corredora estaba allí también. + +--¿Si habrá sido todo un sueño? dijo para sí la lavanderilla. Quisiera +volver al palacio del Príncipe de la China para cerciorarme de que +aquellas magnificencias son reales y no soñadas. + +Diciendo esto, tiró al suelo la naranja para ver si le mostraba +nuevamente el camino; pero la naranja rodaba un poco, y luego se detenía +en cualquiera hoyo o tropiezo, o cuando el impulso con que se movía +dejaba de ser eficaz. En suma, la naranja hacía lo que hacen de +ordinario, en idénticas circunstancias, todas las naranjas naturales. Su +conducta no tenía nada de extraño ni de maravilloso. + +Despechada entonces la muchacha, partió la naranja y vio que por dentro +era como las demás. Se la comió, y le supo a lo mismo que cuantas +naranjas había comido antes. + +Ya apenas dudó de que había soñado.--Ningún objeto tengo, añadió, con +que convencerme a mí propia de la realidad de lo que he visto; mas iré a +ver a la Princesa y se lo contaré todo, por lo que pueda importarle. + + +V. + + +Mientras acontecían, en sueño o en realidad los poco ordinarios sucesos +que quedan referidos, la __Princesa Venturosa__, fatigada de tanto llorar, +estaba durmiendo tranquilamente, y aunque eran ya las ocho de la mañana, +hora en que todo el mundo solía estar levantado y aun almorzado en +aquella época, la Princesita, sin dar acuerdo de su persona, seguía en +la cama. + +Muy interesante juzgó, sin duda, su doncella favorita las nuevas que le +traía, cuando se atrevió a despertarla. Entró en su alcoba, abrió la +ventana y exclamó con alborozo: + +--Señora, señora, despertad y alegraos, que ya hay quien os traiga +nuevas del pájaro verde. + +La Princesa se despertó, se restregó los ojos, se incorporó y dijo: + +--¿Han vuelto los siete sabios que fueron al país sabeo? + +--Nada de eso, contestó la doncella; quien trae las nuevas es una de las +lavanderillas que lavan los lacrimosos pañuelos de V. A. + +--Pues hazla entrar al momento. + +Entró la lavanderilla, que estaba ya detrás de una puerta aguardando +este permiso, y empezó a referir con gran puntualidad y despejo cuanto +le había pasado. + +Al oír la aparición del pájaro verde, la Princesa se llenó de júbilo, y +al escuchar su salida del agua convertido en hermoso Príncipe, se puso +encendida como la grana, una celestial y amorosa sonrisa vagó sobre sus +labios, y sus ojos se cerraron blandamente como para reconcentrarse ella +en sí misma y ver al Príncipe con los ojos del alma. Por último, al +saber la mucha estima, veneración y afecto que el Príncipe le tenía, y +el amor y cuidado con que guardaba las tres prendas robadas en la +preciosa cajita de sus entretenimientos, la Princesita, a pesar de su +modestia, no pudo contenerse, abrazó y besó a la lavanderilla y a la +doncella, e hizo otros extremos no menos disculpables, inocentes y +delicados. + +--Ahora sí, decía, que puedo llamarme propiamente la Princesa +Venturosa. Este capricho de poseer el pájaro verde no era capricho, era +amor. Era, y es un amor, que por oculto y no acostumbrado camino, ha +penetrado en mi corazón. No he visto al Príncipe, y creo que es hermoso. +No le he hablado, y presumo que es discreto. No sé de los sucesos de su +vida, sino que está encantado y que me tiene encantada, y doy por cierto +que es valiente, generoso y leal. + +--Señora, dijo la lavanderilla, yo puedo asegurar a V. A. que el +Príncipe, si mi visión no es un sueño vano, parece un pino de oro, y +tiene una cara tan bondadosa y dulce que da gloria verla. El secretario +no es mal mozo tampoco; pero al que yo, no sé por qué, le he tomado +afición, es al escudero. + +--Tú te casarás con el escudero, replicó la Princesa. Mi doncella, si +gusta, se casará con el secretario, y ambas seréis mandarinas y damas de +mi corte. Tu sueño no ha sido sueño, sino realidad. El corazón me lo +dice. Lo que importa ahora es desencantar a los tres pájaros mancebos. + +--¿Y cómo podremos desencantarlos? dijo la doncella favorita. + +--Yo misma, contestó la Princesa, iré al palacio en que viven y allí +veremos. Tú me guiarás, lavanderilla. + +Ésta, que no había terminado su narración, la terminó entonces, e hizo +ver que no podía servir de guía. + +La Princesa la escuchó con mucha atención, estuvo meditando un rato, y +dijo luego a la doncella. + +--Ve a mi biblioteca y tráeme el libro de _Los Reyes contemporáneos_ y el +_Almanaque astronómico_. + +Venidos que fueron estos volúmenes, hojeó la Princesa el de Los Reyes, y +leyó en alta voz los siguientes renglones: + +«El mismo día en que murió el Emperador chinesco, su único hijo, que +debía heredarle, desapareció de la corte y de todo el imperio. Sus +súbditos, creyéndole muerto, han tenido que someterse al Kan de +Tartaria.» + +--¿Qué deducís de eso, señora? dijo la doncella. + +--¿Qué he de deducir, respondió la __Princesa Venturosa__, sino que el Kan +de Tartaria es quien tiene encantado a mi Príncipe para usurparle la +corona? He ahí por qué aborrezco yo tanto al Príncipe tártaro. Ahora me +lo explico todo. + +--Pero no basta explicarlo; menester es remediarlo, dijo la lavandera. + +--De ello trato--añadió la Princesa--y para ello conviene que al +instante se manden hombres armados, que inspiren la mayor confianza, a +todos los caminos y encrucijadas por donde puedan venir los correos que +envió el Príncipe tártaro al Rey su padre, para consultarle sobre el +caso del pájaro verde. Las cartas que trajeren les serán arrebatadas y +se me entregarán. Si los mensajeros se resisten, serán muertos; si +ceden, serán aprisionados e incomunicados, a fin de que nadie sepa lo +que acontece. Ni el Rey mi padre ha de saberlo. Todo lo dispondremos +entre las tres con el mayor sigilo. Aquí tenéis dinero bastante para +comprar el silencio, la fidelidad y la energía de los hombres que han de +ejecutar mi proyecto. + +Y efectivamente, la Princesa, que ya se había levantado y estaba de bata +y en babuchas, sacó de un escaparate dos grandes bolsas llenas de oro, y +se las dio a sus confidentas. + +Éstas partieron sin tardanza a poner en ejecución lo convenido, y la +__Princesa Venturosa__ se quedó estudiando profundamente el _Almanaque +astronómico_. + + +VI. + + +Cinco días habían pasado desde el momento en que tuvo lugar la escena +anterior. La Princesa no había llorado en todo ese tiempo, causando no +poco asombro y placer al Rey su padre. La Princesa había estado hasta +jovial y bromista, dando leves esperanzas a los Príncipes pretendientes +de que al fin se decidiría por uno de ellos, porque los pretendientes se +las prometen siempre felices. + +Nadie había sospechado la causa de tan repentina mudanza y de tan +inesperado alivio en la Princesa. + +Sólo el Príncipe tártaro, que era diabólicamente sagaz, recelaba, aunque +de una manera muy vaga, que la Princesa había recibido alguna noticia +del pájaro verde. Tenía, además, el Príncipe tártaro el misterioso +presentimiento de una gran desgracia, y había adivinado por el arte +mágica, que su padre le enseñara, que en el pájaro verde debía mirar un +enemigo. Calculando, además, como sabedor del camino y del tiempo que en +él debe emplearse, que aquel día debían llegar los mensajeros que envió +a su padre, y ansioso de saber lo que respondía éste a la consulta que +le hizo, montó a caballo al amanecer, y con cuarenta de los suyos, todos +bien armados, salió en busca de los mensajeros referidos. + +Mas aunque el Príncipe tártaro salió con gran secreto, la Princesa +Venturosa, que tenía espías, y estaba, como vulgarmente se dice, con la +barba sobre el hombro, supo al instante su partida, y llamó a consejo a +la lavanderilla y a la doncella. + +Luego que las tuvo presentes, les dijo muy angustiada: + +--Mi situación es terrible. Tres veces he ido inútilmente a tirar la +naranja debajo del árbol, desde donde la tiró la lavanderilla; pero la +naranja no ha querido guiarme al alcázar de mi amante. Ni le he visto, +ni he podido averiguar el modo de desencantarle. Sólo he averiguado, por +el _Almanaque astronómico_, que la noche en que la lavanderilla le vio, +era el equinoccio de primavera. Acaso no sea posible volver a verle +hasta el próximo equinoccio de la misma estación, y ya para entonces el +Príncipe tártaro me le habrá muerto. El Príncipe tártaro le matará en +cuanto reciba la carta de su padre, y ya ha salido a buscarla con +cuarenta de los suyos. + +--No os aflijáis, hermosa Princesa--dijo la doncella favorita;--tres +partidas de cien hombres están esperando a los mensajeros en diferentes +puntos para arrebatarles la carta y traérosla. Los trescientos son +briosos, llevan armas de finísimo temple, y no se dejarán vencer por el +Príncipe tártaro a pesar de sus artes mágicas. + +--Sin embargo, yo soy de opinión--añadió la lavandera--de que se envíen +más hombres contra el Príncipe tártaro. Aunque éste, a la verdad, sólo +lleva cuarenta consigo, todos ellos, según se dice, tienen corazas y +flechas encantadas, que a cada uno le hacen valer por diez. + +El prudente consejo de la lavandera fue adoptado en seguida. La Princesa +hizo venir secretamente a su estancia al más bizarro y entendido general +de su padre. Le contó todo lo que pasaba, le confió sus penas, y le +pidió su apoyo. Éste se le otorgó, y reuniendo apresuradamente un +numeroso escuadrón de soldados, salió de la capital decidido a morir en +la demanda o traer a la Princesa la carta del Kan de Tartaria y al hijo +del Kan, vivo o muerto. + +Después de la partida del general, la Princesa juzgó conveniente +informar al _Rey Venturoso_ de cuanto había acontecido. El Rey se puso +fuera de sí. Dijo que toda la historia del pájaro verde era un sueño +ridículo de su hija y de la lavandera, y se lamentó de que, fundada su +hija en un sueño, enviase a tantos asesinos contra un Príncipe ilustre, +faltando a las leyes de la hospitalidad, al derecho de gentes y a todos +los preceptos morales. + +--¡Ay hija!--exclamaba--tú has echado un sangriento borrón sobre mi +claro nombre, si esto no se remedia. + +La Princesa se acongojó también, y se arrepintió de lo que había hecho. +A pesar de su vehemente amor al Príncipe de la China, prefería ya +dejarle eternamente encantado a que por su amor se derramase una sola +gota de sangre. + +Así es que enviaron despachos al general para que no empeñase una +batalla; pero todo fue inútil. El general había ido tan veloz, que no +hubo medio de alcanzarle. Entonces aún no había telégrafos, y los +despachos no pudieron entregarse. Cuando llegaron los correos donde +estaba el general, vieron venir huyendo a todos los soldados del Rey y +los imitaron. Los cuarenta de la escolta tártara, que eran otros tantos +genios, corrían en su persecución trasformados en espantosos vestiglos, +que arrojaban fuego por la boca. + +Sólo el general, cuya bizarría, serenidad y destreza en las armas rayaba +en lo sobrehumano, permaneció impávido en medio de aquel terror harto +disculpable. El general se fue hacia el Príncipe, único enemigo no +fantástico con quien podía habérselas, y empezó a reñir con él la más +brava y descomunal pelea. Pero las armas del Príncipe tártaro estaban +encantadas, y el general no podía herirle. Conociendo entonces que era +imposible acabar con él si no recurría a una estratajema, se apartó un +buen trecho de su contrario, se desató rápidamente una larga y fuerte +faja de seda que le ceñía el talle, hizo con ella, sin ser notado, un +lazo escurridizo, y revolviendo sobre el Príncipe con inaudita +velocidad, le echó al cuello el lazo, y siguió con su caballo a todo +correr, haciendo caer al Príncipe y arrastrándole en la carrera. + +De esta suerte ahogó el general al Príncipe tártaro. No bien murió, los +genios desaparecieron, y los soldados del _Rey Venturoso_ se rehicieron +y reunieron a su jefe. Este esperó con ellos a los enviados que traían +la carta del Kan de Tartaria, y que no se hicieron esperar mucho tiempo. + +Al anochecer de aquel mismo día volvió a entrar el general en el palacio +del _Rey Venturoso_ con la carta del Kan de Tartaria entre las manos. +Haciendo un gentil y respetuoso saludo, se la entregó a la Princesa. + +Rompió ésta el sello y se puso a leer, pero inútilmente: no entendió una +palabra. Al _Rey Venturoso_ le sucedió lo mismo. Llamaron a todos los +empleados en la interpretación de lenguas, que no descifraron tampoco +aquella escritura. Los individuos de las doce reales academias vinieron +luego y no se mostraron más hábiles. + +Los siete sabios, tan profundos en lingüística, que acababan de llegar +sin el ave fénix, y que _por ende_ estaban condenados a morir, acudieron +también; mas, aunque se les prometió el perdón si leían aquella carta, +no acertaron a leerla, ni pudieron decir en qué lengua estaba escrita. + +El _Rey Venturoso_ se creyó entonces el más desventurado de todos los +reyes; se lamentó de haber sido cómplice en un crimen inútil, y temió la +venganza del poderoso Kan de Tartaria. Aquella noche no pudo pegar los +ojos hasta muy tarde. + +Su dolor fue, con todo, mucho más desesperado, cuando al despertarse al +otro día muy de mañana supo que la Princesa había desaparecido, +dejándole escritas las siguientes palabras: + +«Padre, ni me busques, ni pretendas averiguar adonde voy, si no quieres +verme muerta. Bástete saber que vivo y que estoy bien de salud, aunque +no volverás a verme hasta que tenga descifrada la carta misteriosa del +Kan y desencantado a mi querido Príncipe. Adiós.» + + +VII. + + +La __Princesa Venturosa__ había ido con sus dos amigas a pié, y en +romería, a visitar a un santo ermitaño que vivía en las soledades y +asperezas de unas montañas altísimas que a corta distancia de la capital +se parecían. + +Aunque la Princesa y sus amigas hubiesen querido ir caballeras hasta la +ermita, no hubiera sido posible. El camino era más propio de cabras que +de camellos, elefantes, caballos, mulos y asnos, que, con perdón sea +dicho, eran los cuadrúpedos en que se solía cabalgar en aquel reino. Por +esto y por devoción fue la Princesa a pió y sin otra comitiva que sus +dos confidentas. + +El ermitaño que iban a visitar era un varón muy penitente y estaba en +olor de santidad. El vulgo pretendía también que el ermitaño era +inmortal, y no dejaba de tener razonables fundamentos para esta +pretensión. En toda la comarca no había memoria de cuándo fue el +ermitaño a establecerse en lo recóndito de aquella sierra, en la cual +raras veces se dejaba ver de ojos humanos. + +La Princesa y sus amigas, atraídas por la fama de su virtud y de su +ciencia anduvieron buscándole siete días por aquellos vericuetos y +andurriales. Durante el día caminaban en su busca entre breñas y +malezas. Por la noche se guarecían en las concavidades de los peñascos. +Nadie había que las guiase, así por lo fragoso del sitio, ni de los +cabrerizos frecuentado, como por el temor que inspiraba la maldición del +ermitaño, pronto a echarla a quien invadía su dominio temporal, o a +quien le perturbaba en sus oraciones. Ya se entiende que este ermitaño, +tan maldiciente, era pagano. A pesar de la natural bondad de su alma, su +religión sombría y terrible le obligaba a maldecir y a lanzar anatemas. + +Pero las tres amigas, imaginando, como por inspiración, que sólo el +ermitaño podía descifrarles la carta, se decidieron a arrostrar sus +maldiciones y le buscaron, según queda dicho, por espacio de siete +días. + +En la noche del séptimo iban ya las tres peregrinas a guarecerse en una +caverna para reposar, cuando descubrieron al ermitaño mismo, orando en +el fondo. Una lámpara iluminaba con luz incierta y melancólica aquel +misterioso retiro. + +Las tres temblaron de ser maldecidas, y casi se arrepintieron de haber +ido hasta allí. Pero el ermitaño, cuya barba era más blanca que la +nieve, cuya piel estaba más arrugada que una pasa, y cuyo cuerpo se +asemejaba a un consunto esqueleto, echó sobre ellas una mirada +penetrante con unos ojos, aunque hundidos, relucientes como dos acuas, y +dijo con voz entera, alegre y suave: + +--Gracias al cielo que al fin estáis aquí. Cien años ha que os espero. +Deseaba la muerte, y no podía morir hasta cumplir con vosotras un deber +que me ha impuesto el rey de los genios. Yo soy el único sabio que habla +aún y entiende la lengua riquísima que se hablaba en Babel antes de la +confusión. Cada palabra de esta lengua es un conjuro eficaz que fuerza y +mueve a las potestades infernales a servir a quien le pronuncia. Las +palabras de esta lengua tienen la virtud de atar y desatar todos los +lazos y leyes que unen y gobiernan las cosas naturales. La cabala no es +sino un remedo groserísimo de esta lengua incomunicable y fecunda. +Dialectos pobrísimos e imperfectísimos de ella son los más hermosos y +completos idiomas del día. La ciencia de ahora, mentira y charlatanería, +en comparación de la ciencia que aquella lengua llevaba en sí misma. +Cada nombre de esta lengua contiene en sus letras la esencia de la cosa +nombrada y sus ocultas calidades. Las cosas todas, al oírse llamar por +su verdadero nombre, obedecen a quien las llama. Era tal el poder del +linaje humano cuando poseía esta lengua, que pretendió escalar el cielo, +y lo hubiera indudablemente conseguido, si el cielo no hubiese dispuesto +que la lengua primitiva se olvidase. + +Sólo tres sabios bien intencionados, de los cuales han muerto ya dos, +guardaron en la memoria aquel idioma. Le guardaron asimismo, por +especial privilegio de los diablos, Nembrot y sus descendientes. El +último, de éstos murió, una semana ha, por disposición tuya, ¡oh +__Princesa Venturosa__! y ya no queda en el mundo sino una sola persona +que pueda descifrarte la carta del Kan de Tartaria. Esa persona soy yo; +y para hacerte ese servicio, el rey de los genios ha conservado siglos +mi vida. + +--Pues aquí tienes la carta, ¡oh venerable y profundo sabio! dijo la +Princesa, poniendo en manos del ermitaño el misterioso escrito. + +--Al punto voy a descifrártela, contestó el ermitaño, y se caló los +espejuelos, y se acercó a la lámpara para leer. Has de dos horas estuvo +leyendo en alta voz en la lengua en que la carta estaba escrita. A cada +palabra que pronunciaba, el universo se conmovía, las estrellas se +cubrían de mortal palidez, la luna temblaba en el cielo, como tiembla su +imagen entre las olas del Océano, y la Princesa y sus amigas tenían que +cerrar los ojos y que taparse los oídos para no ver los espectros que se +mostraban, y para no oír las voces portentosas, terribles o dolientes, +que partían de las entrañas mismas de la conturbada naturaleza. + +Acabada la lectura, se quitó el ermitaño los espejuelos, y dijo con voz +reposada: + +--No es justo, ni conveniente, ni posible ¡oh _Princesa Venturosa_! que +sepas todo lo que en esta abominable carta se encierra. No es justo ni +conveniente, porque hay en ella tremebundos y endemoniados misterios. No +es posible, porque en cuantas lenguas humanas se hablan en el día son +estos misterios inefables, inenarrables y hasta inexplicables. El linaje +humano por medio de su incompleta y enfermiza razón llegará a conocer, +cuando pasen millares de años, algunos accidentes de las cosas; pero +siempre ignorará la sustancia que yo conozco, que conoce el Kan de +Tartaria y que han conocido los sabios primitivos que se valieron, para +sus _elocubraciones_, de esta lengua perfectísima e intransmisible ya por +nuestros pecados. + +--Pues estamos frescas, dijo la lavanderilla; si después de lo que hemos +pasado para encontraros, y siendo vos el único que podéis traducir esa +enmarañada carta, salís ahora con que no queréis traducirla. + +--Ni quiero ni debo, replicó el vetusto y secular ermitaño; pero sí os +diré lo que la carta contiene de interesante para vosotras, y os lo diré +en brevísimas palabras, sin pararme en dibujos, porque los momentos de +mi vida están contados y mi muerte se acerca. + +El Príncipe de la China es por sus virtudes, talento y hermosura, el +favorito del rey de los genios, el cual le ha salvado mil veces de las +asechanzas que el Kan de Tartaria ponía contra su vida. Viendo el Kan +que le era imposible matarle, determinó valerse de un encanto para +tenerle lejos de sus súbditos y reinar en lugar suyo en el celeste +imperio. Bien hubiera querido el Kan que este encanto fuera +indestructible y eterno, mas no pudo lograrlo a pesar de sus +maravillosos conocimientos en la magia. El rey de los genios se opuso a +su mal deseo, y si bien no pudo hacer completamente ineficaces sus +encantamentos y conjuros, supo despojarlos de gran parte de su malicia. + +Al Príncipe, aunque convertido en pájaro, se le dio facultad para +recobrar por la noche su verdadera figura. Tuvo también el Príncipe un +palacio, donde vivir y ser tratado con todo el miramiento, honores y +regalo debidos a su augusta categoría. Se acordó, por último, su +desencanto, si se cumplían las siguientes condiciones, que el Kan, así +por la mala opinión que tienen de las mujeres, como por lo pervertida y +viciosa qué está la raza humana en general, juzgó imposibles de cumplir. + +Fue la primera condición, ya cumplida, que una mujer de veinte años, +discreta, briosa y apasionada y de la más baja clase del pueblo, viese a +los tres mancebos encantados, que son los más hermosos que hay en el +mundo, salir desnudos del baño, y que la limpieza y castidad de su alma +fuesen tales que no se turbasen ni empañasen con el más ligero estímulo +de liviandad. Esta prueba había de hacerse en el equinoccio de +primavera, cuando la naturaleza toda excita al amor. La mujer debía +sentirle por la hermosura y admirarla vivamente; pero de un modo +espiritual y santísimo. + +Fue la segunda condición, ya cumplida también, que el Príncipe sin poder +mostrarse sino tres instantes, y esto bajo la forma de pájaro verde, +inspirase un amor tan vehemente y casto, cuanto invencible, a una +Princesa de su clase. + +La tercera condición, que ahora se está acabando de cumplir, fue que la +Princesa se apoderase de esta carta, y que yo la interpretara. + +La cuarta y última condición, en cuyo cumplimiento habéis de intervenir +las tres doncellas que me estáis oyendo, es como sigue. Sólo me quedan +dos minutos de vida, mas antes de morir os pondré en el palacio del +Príncipe al lado de la taza de topacio. Allí irán los pájaros y se +zambullirán y se transformarán en hermosísimos mancebos. Vosotras tres +los veréis; mas habéis de conservar, viéndolos, toda la castidad de +vuestros pensamientos, y toda la virginidad de vuestras almas, amando, +empero, cada una a uno de los tres, con un amor santo e inocente. La +Princesa ama ya al Príncipe de la China y la lavanderilla al escudero, y +ambas han mostrado la inocencia de su amor: ahora falta que la doncella +favorita de la Princesa se enamore del secretario por idéntico estilo. +Cuando los tres mancebos encantados vayan al comedor, los seguiréis sin +ser vistas, y allí permaneceréis hasta que el Príncipe pida la cajita de +sus entretenimientos y diga, besando el cordoncito: + + ¡Ay, cordoncito de mi señora! + ¡Quién la viera ahora! + +La Princesa, entonces, y vosotras con la Princesa, os mostrareis al +punto, y cada una dará un tierno beso en la mejilla izquierda al objeto +de su amor. El encanto quedará deshecho en el acto, el Kan de Tartaria +morirá de repente, y el Príncipe de la China, no sólo poseerá el celeste +imperio, sino que heredará asimismo todos los kanatos, reinos y +provincias, que por derecho propio posee aquel encantador endiablado. + +Apenas el ermitaño acabó de decir estas palabras, hizo una mueca muy +rara, entreabrió la boca, estiró las piernas y se quedó muerto. + +La Princesa y sus amigas se encontraron de súbito detrás de una masa de +verdura, al lado de la taza de topacio. + +Todo se cumplió como el ermitaño había dicho. + +Las tres estaban enamoradas; las tres eran castísimas o inocentes. Ni +siquiera en el punto comprometido de dar el regalado y apretado beso +sintieron más que una profunda conmoción toda mística y pura. + +Así es que inmediatamente quedaron desencantados los tres mancebos. La +China y la Tartaria fueron dichosas bajo el cetro del Príncipe. La +Princesa y sus amigas lo fueron más aún casadas con aquellos hombres tan +lindos. El _Rey Venturoso_ abdicó, y se fue a vivir a la corte de su +yerno, que estaba en Pekín. El general que mató al Príncipe Tártaro +obtuvo todas las condecoraciones de China, el título de primer mandarín +y una pensión de miles de miles para él y sus herederos. + +Se cuenta, por último, que la __Princesa Venturosa__ y el ya Emperador de +China vivieron largos y felices años, y tuvieron media docena de +chiquillos a cual más hermosos. La lavanderilla y la doncella, con sus +respectivos maridos, siguieron siempre gozando del favor de Sus +Majestades, y siendo los señores más principales de toda aquella +tierra. + + + + +PARSONDES + + +Aunque se ame y se respete la virtud, no se debe creer que sea tan +vocinglera y tan espantadiza como la de ciertos censores del día. Si +hubiéramos de escribir a gusto de ellos, si hubiéramos de tomar su +rigidez por valedera y no fingida, y si hubiéramos de ajustar a ella +nuestros escritos, tal vez ni las _Agonías del tránsito de la muerte_, +de Venegas, ni los _Gritos del infierno_, del padre Boneta, serían +edificantes modelos que imitar. + +Por desgracia, la rigidez es sólo aparente. La rigidez no tiene otro +resultado que el de exasperar los ánimos, haciéndoles dudar y burlarse, +aunque sólo sea en sueños, de la hipocresía farisaica que ahora se usa. + +Véase, si no, el sueño que ha tenido un amigo nuestro, y que trasladamos +aquí íntegro, cuando no para recreo, para instrucción de los lectores. + +Nuestro amigo soñó lo que sigue: + +--Más de dos mil seiscientos años ha, era yo en Susa un sátrapa muy +querido del gran Rey Arteo, y el más rígido, grave y moral de todos los +sátrapas. El santo varón Parsondes había sido mi maestro, y me había +comunicado todo lo comunicable de la ciencia y de la virtud del primer +Zoroastro. + +Siete años hacía ya que Parsondes, después de iluminar el mundo con su +doctrina, y de formar varios discípulos dignos de él, había +desaparecido, sin que le volviese a ver nadie, ni vivo ni muerto. Los +buenos creyentes daban, pues, por seguro que Parsondes había subido a la +región de la luz increada, cerca de Ahura-Mazda, donde brillaba casi +tanto como los Amschaspandes y los Izeds, y donde eclipsaba, a su propio +_feruer_ con beatíficos resplandores. Allí militaba aún en el ejército +de los espíritus luminosos contra el príncipe de las tinieblas +Ahrimanes, cuya soberbia había humillado en esta vida terrenal, y cuyo +imperio contribuía, poderosamente a destruir en la otra vida, +procurando, que se realizase la santa esperanza del triunfo definitivo +del bien sobre el mal. Los sectarios de la religión de Ahura-Mazda +creían, pues, a puño cerrado, que Parsondes debía contarse en el número +de los veinte o treinta grandes profetas, precursores y continuadores de +Zoroastro hasta la consumación de los siglos. Aunque en Susa y en todo +el imperio de los medos, con los reinos tributarios, había hombres de +otras varias religiones y creencias, todos respetaban y casi divinizaban +igualmente a Parsondes, si bien por diversos estilos. Unos decían que +había encontrado la flecha de Abaris y se había ido por el aire, montado +en ella; otros, que se había elevado al empíreo en el trono flotante de +Salomón o en un carro de fuego; otros, que el dragón Musaros, que en la +antigüedad más remota civilizó a los asirios, y que tenía cuerpo de pez, +cabeza de hombre y piernas de mujer, se le había llevado consigo a su +palacio submarino, en el fondo del golfo pérsico. En resolución, aunque +por distinta manera, todos convenían en que Parsondes, el virtuoso y el +sabio, estaba viviendo con los dioses. En las plazas públicas de Susa se +veneraba su imagen, coronada la cabeza de una mitra con quince cuernos, +en razón de las quince virtudes capitales que resplandecieron en él, y +vestido el cuerpo de un ropaje talar lleno de otros símbolos más +extraños aún en nuestros días, aunque entonces no lo fuesen. + +Entre tanto, las malas costumbres, el lujo, la disipación, los galanteos +y las fiestas dispendiosas iban en aumento desde la muerte o +desaparición de Parsondes, el cual, mientras vivió entre nosotros, no +hizo más que condenar aquellos abusos. + +El Rey de Babilonia, Nanar, tributario de mi augusto amo Arteo, Rey de +Media, había roto todo freno y corría desbocado por el camino de los +deleites. Nosotros acusábamos a Nanar, como Parsondes le había acusado +antes; pero nuestra voz, menos autorizada que la suya, no tocaba el +corazón de Arteo, ni le decidía a destronar a Nanar, y a poner otro Rey +más morigerado en Babilonia. Nanar era más descreído y libertino que +Sardanápalo, y en Babilonia no se adoraba ya a otro dios que al interés +y a Milita, o como si dijéramos, a Venus. En vano mis camaradas y yo +predicábamos contra la corrupción. El vulgo y la nobleza se nos reían en +las narices. Nosotros nos vengábamos con hablar de la santa vida de +Parsondes y con ponerla en contraposición de la vida que ellos llevaban. + +Así iban las cosas, cuando una mañanita Arteo me hizo llamar muy +temprano a su presencia. + +--Hay esperanzas, me dijo, de que Parsondes viva aún; pero, si ha +muerto, es menester vengarle y castigar a su matador, que no puede ser +otro que el rey Nanar. + +--Tu sabiduría, señor, le contesté, es como la luz, que lo penetra y +descubre todo. Vences al cocodrilo en prudencia y al lince en +perspicacia; pero, ¿cómo has sabido que Parsondes puede vivir aún, y +que, si ha muerto, Nanar ha sido su asesino? ¿No han asegurado los magos +que Parsondes está en el cielo? ¿No han descubierto los astrólogos en la +bóveda azul una estrella, antes nunca vista, y no han reconocido en esa +estrella el alma de Parsondes? + +--Así es la verdad, replicó el Rey, pero yo he llegado a averiguar, por +revelación de algunos caballeros babilonios descontentos de Nanar, que +éste, furioso de lo que Parsondes clamaba contra él, envió siete años ha +emisarios por todas partes para que ocultamente le prendiesen y llevasen +a su alcázar; y allí debe de estar Parsondes, o muerto, o padeciendo +tormentos horribles. + +--¡Ah, señor! exclamé yo al punto, postrándome a los pies del Rey, justo +es vengar una maldad tan espantosa. Permite que yo sea el instrumento +de tu venganza, y que salve a mi querido maestro del cautiverio en que, +si no ha muerto, se halla. + +El Rey me dijo que con ese fin me había llamado, y que al instante me +preparase a partir con el acompañamiento debido, y órdenes terminantes +suyas para que Nanar me respondiese con su vida de la del santo varón, o +le pusiese en libertad. + +Aquel mismo día, que era uno de los más calurosos del estío, salí de +Susa en un magnífico carro tirado por cuatro caballos árabes. Un hábil +cochero iba dirigiéndole, y dos esclavos etíopes me acompañaban también +en el carro, haciendo aire el uno con un abanico de plumas de avestruz, +y sosteniendo el otro, sobre rico varal de marfil, prolijamente labrado, +el ancho parasol de seda. Cuatrocientos jinetes, todos con aljabas, +arcos y flechas, vestidos de malla y cubierta la cabeza con sendos +capacetes de bronce, nielado de refulgentes colores, me seguían y me +daban mayor autoridad y decoro. Seis batidores, montados en rayadas y +velocísimas cebras, iban delante de mí, a fin de anunciarme en las +diversas poblaciones. Las vituallas y refrescos que traíamos para suplir +las faltas del camino, venían sobre los lomos de veinte poderosos +elefantes. + +Por no pecar de prolijo, no refiero aquí menudamente los sucesos de mi +viaje. Baste saber que el décimo día descubrimos a lo lejos los muros +ingentes de Babilonia, obra de Nabucodonosor y de Nitócris. Tenían +treinta varas de espesor, circundaban la ciudad, formando una zona de +veintidós leguas de bojeo, y se elevaban, por la parte más baja, ciento +veinte varas sobre la tierra; tanto como los campanarios de las +catedrales de ahora. Un copete de verdura coronaba los muros. Eran los +jardines pensiles. Sobre los muros y sobre los jardines descollaban +algunos edificios, como los palacios reales, el templo de Belo y la +famosa torre de Nemrod, que constaba de ocho pisos, de más de doscientas +varas de alto el primero. Desde la cima de esta torre, que parecía tocar +la bóveda celeste, presumían tratar los sabios antiguos con los dioses, +secretas inteligencias o genios que mueven los astros. Aunque tan +distantes aún, y de un modo confuso, creíamos ya percibir las colosales +figuras esculpidas y pintadas en las paredes exteriores de palacios y +templos; aquellos toros con cabeza de hombre y aquellos hombres con +cabeza de león; aquellos próceres y aquellos guerreros, ceñidos los +riñones de talabartes, de que se enamoraron Oala y Oliba. El sol +reflejaba desde Oriente sobre los gigantescos edificios y sobre las cien +puertas enormes de la ciudad, que eran de bronce dorado. El resplandor +que despedían deslumbraba los ojos. El Eufrates y el Tígris, +serpenteando y heridos también por los rayos del sol que rielaba en sus +ondas, se asemejaban a dos cintas de oro en fusión que formaban un lazo. + +Los batidores se habían adelantado a anunciar mi llegada. De repente +vimos levantarse en la extensa y fértil llanura, entre las huertas, +jardines y verdes sotos, por donde estaba abierto el camino, una +nubecilla blanca que se iba agrandando. Luego vimos una mancha oscura +que se movía hacia nosotros. Poco después llegó a todo correr uno de mis +batidores a decirme que Nanar se acercaba a recibirme con numerosa +comitiva. En esto la mancha oscura se había agrandado en extremo, y +empezamos a oír distintamente el son de los instrumentos músicos, el +relinchar de los caballos y el resonar de las armas. Notamos, por +último, el resplandor del oro y de la plata, el lujo de las vestiduras y +la magnificencia de los que a recibirnos venían. + +Hice entonces que el cochero aguijase los caballos, y pronto estuve +cerca del Rey Nanar, que venía en un soberbio palanquí de bambú, sándalo +y nácar, sostenido por doce gallardos mancebos. El Rey bajó del +palanquín y yo del carro, y nos saludamos y abrazamos con mutua +cordialidad. + +La túnica del Rey era de tisú de oro, bordada de seda de mil colores. En +el bordado se representaban todas las flores del campo y todos los +pájaros del aire y todas las estrellas del éter. Llevaba el Rey una +tiara no menos estupenda, ajorcas y brazaletes, y por zarcillos dos +redondas perlas, del tamaño cada una de un huevo de perdiz. + +Su cabellera le caía en bucles perfumados sobre la espalda, y la barba +formaba menudísimos rizos, artística y simétricamente ordenados. Su +vestido y su persona despedían delicada fragancia. A pesar de mi +severidad, no pude menos de admirarme de la finura del Rey Nanar, y +confesé, allá en mis adentros, que era la persona más _comm'il faut_ que +había yo tratado en mi vida. + +El Rey me alojó en su alcázar, me dio fiestas espléndidas, y me distrajo +de tal suerte que casi me hizo olvidar el objeto de mi misión. Ya +teníamos un concierto, ya un baile, ya una cena por el estilo de la que +dio Baltasar muchos años después. Yo no me atrevía a preguntar al Rey +qué había hecho de Parsondes. Yo no comprendía que un señor tan +excelente, que agasajaba y regalaba a los huéspedes con aquella +elegancia y cortesanía, hubiese dado muerte o tuviese en duro cautiverio +a mi querido maestro. + +Por último, una noche me armé de toda mi austeridad y resolución, y dije +a Nanar, en nombre del Rey mi amo, que en el momento mismo iba a decir +dónde estaba el virtuoso Parsondes, si no quería perder el reino y la +vida. Nanar, en vez de contestarme, hizo venir al punto a todas las +bayaderas y cantatrices que había en el alcázar: se entiende que fuera +del recinto, harén o como quiera llamarse, reservado a sus mujeres. Las +tales sacerdotisas de Milita pasaban de novecientas, y eran de lo más +bello y habilidoso que a duras penas pudiera encontrarse en toda el +Asia. Las muchachas llegaron bailando, cantando y tocando flautas, +crótalos y salterios, que era cosa de gusto el verlas y el oírlas. Yo me +quedé absorto. Nanar me dijo, y aquí fue mayor mi estupefacción: + +--Ahí tienes al santo Parsondes en medio de esas mujeres. Parsondes, +ven acá y saluda a tu antiguo discípulo. + +Salió entonces del centro de aquella turba femenina uno que, a no ser +por la barba, hubiera podido confundirse con las mujeres. Traía pintadas +las cejas de negro, de azul los párpados, a fin de que brillasen más los +ojos, y las mejillas cubiertas de colorete. Estaba todo perfumado, su +traje era casi tan rico como el del Rey, su andar afeminado y lánguido; +de sus orejas pendían zarcillos primorosos; de su garganta un collar de +perlas; ceñía su frente una guirnalda de flores. Era el mismo Parsondes, +que me echó los brazos al cuello. + +--Yo soy, me dijo, muy otro del que antes era. Vuélvete, si quieres, a +Susa, pero no digas que vivo aún, para que no se escandalicen los magos, +y para que sigan teniendo un ejemplo reciente de santidad a que +recurrir. Nanar se vengó de mi ruda y desaliñada virtud haciéndome +prisionero y mandando que me enjabonasen y fregasen con un estropajo. +Después han seguido lavándome y perfumándome dos veces al día, +regalándome a pedir de boca, y obligándome a estar en compañía de todas +estas alegres señoritas, donde he acabado por olvidarme de Zoroastro y +de mis austeras predicaciones, y por convencerme de que en esta vida se +ha de procurar pasarlo lo mejor posible, sin ocuparse en la vida de los +otros. Cuidados agenos matan al asno, y nadie lo es más que quien se +mezcla en censurar los vicios de los otros, cuando sólo le ha faltado la +ocasión para caer en ellos, o cuando, si en ellos no ha caído, se lo +debe a su ignorancia, mal gusto y rustiqueza. + +Las manos me puse en los oídos para no oír semejantes blasfemias en boca +de aquel sabio admirable. Desesperado y rabioso estaba yo de verle +convertido en _bon vivant_, con sus puntas y collar de bribón +desvergonzado; mas para evitar habladurías escandalosas, determiné +aconsejar al colegio de los magos que siguiese sosteniendo que Parsondes +había subido al empíreo, y que siguiese venerando su imagen, sin +descubrir nunca, antes negando rotundamente, que Parsondes vivía con las +bailarinas de Babilonia, en el alcázar de Nanar. + +En esto desperté de mi sueño y me volví a encontrar en mi pobre casita +de esta corte. + +--Creo, añadía nuestro amigo al terminar su cuento, que con menos +riqueza y a menos costa pueden los Nanares del día seducir a los +Parsondes que zahieren su inmoralidad y sus vicios, movidos, no de la +caridad, sino de la envidia. Los que no estén seguros de la propia +virtud y entereza de ánimo han de ser, pues, más indulgentes con los +Nanares. ¡Desdichado aquel que hace alarde de virtud sin tenerla +probadísima! + +¡Dichoso aquel que la practica y calla! + + + + +EL BERMEJINO PREHISTÓRICO + +O LAS SALAMANDRAS AZULES + +I + + +Siempre he sido aficionado a las ciencias. Cuando mozo, tenía yo otras +mil aficiones; pero como ya soy viejo, la afición científica prevalece y +triunfa en mi alma. Por desgracia o por fortuna me sucede algo de muy +singular. Las ciencias me gustan en razón inversa delas verdades que van +demostrando con exactitud. Así es que apenas me interesan las ciencias +exactas, y las inexactas me enamoran. De aquí mi inclinación a la +filosofía. + +No es la verdad lo que me seduce, sino el esfuerzo de discurso, de +sutileza y de imaginación que se emplea en descubrir la verdad, aunque +no se descubra. Una vez la verdad descubierta, bien demostrada y +patente, suele dejarme frío. Así, un mancebo galante, cuando va por la +calle en pos de una mujer, cuyo andar airoso y cuyo talle le +entusiasman, y luego se adelanta, la mira el rostro, y ve que es vieja, +o tuerta, o tiene hocico de mona. + +El hombre además sería un mueble si conociera la verdad, aunque la +verdad fuese bonita. Se aquietarla en su posesión y goce y se volvería +tonto. Mejores, pues, que sepamos pocas cosas. Lo que importa es saber +lo bastante para que aparezca o se columbre el misterio, y nunca lo +bastante para que se explique o se aclare. De esta suerte se excita la +curiosidad, se aviva la fantasía y se inventan teorías, dogmas y otras +ingeniosidades, que nos entretienen y consuelan durante nuestra +existencia terrestre; de todo lo cual careceríamos, siendo mil veces más +infelices, si de puro rudos no se nos presentase el misterio, o si de +puro hábiles llegásemos a desentrañar su hondo y verdadero significado. + +Entre estas ciencias inexactas, que tanto me deleitan, hay una, muy en +moda ahora, que es objeto de mi predilección. Hablo de la prehistoria. + +Yo, sin saber si hago bien, divido en dos partes esta ciencia. Una, que +me atrevería a llamar prehistoria geológica, está fundada en el +descubrimiento de calaveras, canillas, flechas y lanzas, pucheretes y +otros cacharros, que suponen los sabios que son de una edad remotísima, +que llaman de piedra. Esta prehistoria me divierte menos, y tiene, a mi +ver muchísimos menos lances que oirá prehistoria que llamaremos +filológica, fundada en el estudio de los primitivos idiomas y en los +documentos que en ellos se conservan escritos. Esta es la prehistoria +que a mí me hace más gracia. + +¡Qué variedad de opiniones! ¡Qué agudas conjeturas! ¡Con qué arte se +disponen y ordenan los hechos conocidos para que se adapten al sistema +que forja cada sabio! Ya toda la civilización nace de Egipto; ya de los +acadies en el centro del Asia; ya viene de la India; ya de un continente +que llaman Lemuria, hundido en el seno del mar, al Sur, entre África y +Asia; ya de otro continente, que hubo entre Europa y América, y que se +llamó la Atlántida. + +Sobre el idioma primitivo, así como sobre la primitiva civilización, se +sigue disputando. Hasta se disputa sobre si fue uno o fueron varios los +idiomas: esto es, sobre si los hombres empezaron a dispersarse por el +mundo _alalos_, o digamos, sin habla aún, y en manadas, y luego fueron +inventando diversos idiomas en diversos puntos, o sobre si antes de la +dispersión hablaban ya todos una sola lengua. + +Mi prurito de curiosear me induce a leer cuantos libros nuevos van +saliendo sobre esta materia, que no son pocos; y mientras más +desatinados son, miradas las cosas por el vulgo de los timoratos, más me +divierten los tales libros. + +En estos últimos días los libros que he leído van en contra de los +arios, de los egipcios, de los semitas y de otras naciones y castas, que +antes pasaban por las civilizadoras en grado superior. Si los libros +antiguos han sostenido que la civilización, como la luz solar, se +difundió de Oriente hacia Occidente, estos nuevos libros afirman que se +difundió en sentido inverso, de Occidente hacia Oriente. Todo el saber +de los magos de Irán y de Caldea, de los brahmanes de las orillas del +Ganges, de los sacerdotes de Isis y Osiris, de los iniciados en +Samotracia y de los pueblos de Fenicia y Frigia, no vale un pito, +comparado al saber de ciertos galos primitivos, cuyo centro de luz +estuvo en un París prehistórico. + +Los galos y sus bardos y druidas, poetas y sacerdotes, lo enseñaron +todo; pero su misma, ciencia era ya reflejo confuso y recuerdo no +completo de la ciencia que poseyeron, en el centro del país fértil y +hermoso que hoy se llama Francia, antes de la venida de los celtas, +otros hombres más primitivos y excelentes que llamaremos hiperbóreos o +protoscitas. + +Pero ¿qué lengua hablaban estos protoscitas o hiperbóreos, cuyo centro y +foco civilizador fue un París de hace seis o siete mil años lo menos? +Hablaban la lengua euskara, vulgo vascuence. ¿De dónde habían venido? +Habían venido de la Atlántida, que se hundió. ¿Qué conocimientos tenían? +Tenían todos los conocimientos que hoy poseemos y muchos más que se han +ofuscado por medio de fábulas y de otras niñerías. Así, pues, los +arimaspes, que tenían un ojo solo y miraban al cielo, eran los +astrónomos de entonces, que ya conocían el telescopio; y la flecha en +que Abaris iba cabalgando de un extremo a otro de la tierra, era el +globo aerostático o un artificio para volar con dirección y brújula, +etc., etc., etc. Ya se entiende que la época de los arimaspes y la de +Abaris son de decadencia para la civilización hiperbórea. + +Confieso que todo este sistema me encantó. No es mi propósito exponerle +aquí. Paso volando sobre él y voy a mi asunto. + +Digo, no obstante, que me encantó por dos razones. Es la primera lo +mucho que Francia me agrada. ¿Cuanto más natural es que el germen de la +civilización europea haya nacido y florecido, desde antiguo, en aquel +feraz y riquísimo jardín, en aquel suelo privilegiado, que no en la +Mesopotamia o en las orillas del Nilo? Y es la segunda razón, la de que +tengo amigos guipuzcoanos, que habrán de alegrarse mucho, si se prueba +bien que su lengua y su casta fueron el instrumento de que se valió la +Providencia para acabar con la barbarie, iluminar el mundo y adoctrinar +a las demás naciones. + +¡Cuánto se holgará de esto, si vive aún, como deseo, mi docto y querido +amigo D. Joaquín de Irizar y Moya, que ha escrito obras tan notables +sobre la lengua vascuence, echando la zancadilla a los Erros, +Larramendis y Astarloas! Algo aprovechará él de las flamantes +invenciones para dar más vigor a su sistema, arreglándole de suerte que +se ajuste y cuadre con la más perfecta ortodoxia católica. + +Sea como sea, para mí es evidente que antes de que penetraran en España +los celtas, los fenicios, los griegos y otras gentes, hubo en España un +pueblo civilizado, que llamaremos los iberos. Este pueblo se extendía +por toda nuestra península, y aun tenía colonias en Cerdeña, en Italia y +en otras partes, como Guillermo Humbolt lo ha demostrado. Eran vascos y +hablaban la lengua euskara. La nación y estado más culto e ilustre +entre ellos fue la república de los turdetanos, quienes, según +testimonio de Estrabon, tuvieron letras y leyes y lindos poemas en +verso, que contaban seis mil años de antigüedad. Ahora bien, los +alfabetos celtibérico y turdetano, que ha reconstruido y publica don +Luis José Velázquez, son muy modernos en comparación de la fecha +anteriormente citada. Dichos alfabetos son un trasunto del fenicio o del +griego, y debe suponerse, por lo tanto, que antes de la venida a España +de griegos y de fenicios, los turdetanos tuvieron alfabeto propio, con +el cual escribieron sus poemas y demás obras. + +A mi ver, el Sr. D. Manuel de Góngora y Martinez ha tenido la gloria de +descubrir este alfabeto. Véanse las inscripciones que Osiris en sus +_Antigüedades prehistóricas de Andalucía_, de la _Cueva de los letreros_ +y de otras cuevas y escondites, algunos de los cuales se hallan cerca +del lugar de Villabermeja, lugar que yo he tratado de hacer famoso, así +como a su más conspicuo habitante el Sr. D. Juan Fresco. + +A corta distancia de Villabermeja hay un sitio, que apellidan el +Laderon, donde cada día se descubren vestigios y reliquias de una +antiquísima y floreciente ciudad. + +El erudito y sagaz anticuario D. Aureliano Fernandez Guerra prueba que +allí estuvo Favencia, en tiempo de los romanos, ciudad que desde época +muy anterior se llamaba Vesci. + +Don Juan Fresco, excitada su curiosidad y estimulada su actividad +infatigable, desde que el Sr. Góngora, publicando en 1868 sus +_Antigüedades_, le puso sobre la pista, se ha dado a buscar letreros en +_Cuevas escritas_ y en otros monumentos que hay cerca de Vesci, y los ha +hallado y reunido en mucha copia. + +Emulo de Champollion Figeac, Anquetil Duperron, Burnouf, Grotefend, +Oppert y Lassen, mi referido amigo D. Juan Fresco cree haber descifrado +estos garrapatos ibéricos primitivos, como aquellos otros sabios, los +hieroglíficos, la escritura cuneiforme y demás reconditeces. + +Yo no intento abogar aquí por el descubrimiento de mi tocayo y paisano y +demostrar que es evidente. Esto ya lo hará él en su día. Yo voy a +limitarme a referir una historia que Don Juan Fresco dice haber leído en +ciertas inscripciones semejantes a las de la _Cueva de los letreros_. +Entendidas las letras, parece que lo demás es llano, pues el idioma +ibero primitivo es casi el vascuence de ahora. + +Me pesa de no dar aquí la traducción exacta del texto original. Don +Juan Fresco no ha querido comunicármela. Haré, pues, la narración con +las pausas, explicaciones y comentarios intercalados que él la ha hecho. +De otro modo no se comprendería. + +La historia es relativamente moderna; pues, según mi amigo, todavía han +de descubrirse leyendas e historias en lengua proto-ibérica, más +antiguas y venerables que el poema egipcio de Pentaur sobre una hazaña +de Sesóstris o Ransés II, y que los poemas hallados por nuestro conocido +el diplomático Sr. Layard en la biblioteca de Asurbanipal en Nínive: +poemas ya arcaicos ocho siglos antes de Cristo, y traducidos los más de +la lengua sagrada de los acadies, entonces tan muerta como el latín +ahora entre nosotros. + +Y esto no debe maravillarnos, porque según Roisel, en _Los Atlantes_, +toda cultura viene de éstos, antes de que la hubiera en Caldea, en +Asiria, en Egipto o en punto alguno de Oriente. + +Es una lástima que no tengamos aún documentos del siglo de oro o de los +siglos de oro de la literatura atlántica parisina, de hará unos ocho mil +años, ni de la emanación bética de aquella cultura, implantada a orillas +del Guadalquivir por los turdetanos. + +El documento hallado, descifrado, explicado y comentado por Don Juan +Fresco es de época relativamente fresca: como si dijéramos de ayer de +mañana. Ya la cultura ibérica indígena había decaído, y España se veía +llena de colonias fenicias y aun griegas. Los de Zazinto habían ya +fundado a Sagunto, y hacía más de un siglo que habían fundado los tirios +a Málaga, Abdera, Hispalis y Gades. Era por los años de 1000, antes de +nuestra era vulgar, sobre poco más o menos. + + + + +II + + +Vesci era una ciudad importante de la confederación de los túrdulos. En +el tiempo a que nos referimos, los vescianos tenían ya la misma calidad +que a sus descendientes del día les ha valido el dictado de bermejinos: +casi todos eran rubios como unas candelas. Descollaba entre todos, así +por lo rubio como por lo buen mozo y gallardo, el elegante y noble +mancebo Mutileder. Disparaba la honda con habilidad extraordinaria y +mataba a pedradas los aviones que pasaban volando; montaba bien a +caballo; guiaba como pocos un carro de guerra; sabía de memoria los +mejores versos turdetanos y los componía también muy regulares; con un +garrote en la poderosa diestra era un hombre tremendo; con las mujeres +era más dulce que una arropía y más sin hiel que una paloma; corría +como un gamo; luchaba a brazo partido como los osos, y poseía otra +multitud de prendas que le hacían recomendable. Casi se puede asegurar +que su único defecto era el de ser pobre. + +Mutileder, huérfano de padre y madre, no tenía predios urbanos ni +rústicos, vivía como de caridad en casa de unos tíos suyos, y en Vesci +no sabía en qué emplearse para ganarse la vida. Era un señor, como +vulgarmente se dice, sin oficio ni beneficio. + +Frisaba ya en los veinticuatro años, y harto de aquella vida, y ansiando +ver mundo, pidió la bendición a sus tíos, quienes se la dieron +acompañada de algún dinero, y tomando además armas y caballo, salió de +Vesci a buscar aventuras y modo de mejorar de condición. + +Como Mutileder tenía tan hermosa presencia, y era además simpático y +alegre, por todas partes iba agradando mucho. Los sugetos de suposición +y campanillas le convidaban a bailes y fiestas, y las damas más +graciosas y encopetadas le ponían ojos amorosos; pero él era bueno, +pudibundo e inocentón, y nada útil sacaba de todo esto. El dinero que le +dieron sus tíos se iba consumiendo, y no acudía nuevo dinero a +reemplazarle. + +Así, deteniéndose en diferentes poblaciones, como, por ejemplo, en +Igábron; pasando luego el Síngilis, hoy Genil; entrando en la tierra de +los turdetanos, y parando también en Ventipo, llegó a un lugar de los +bástulos que se llamaba entonces Aratispi, y que yo sospecho que ha de +ser la Alora de nuestros tiempos, tan famosa por sus _juegos llanos_. +Allí tenía Mutileder una prima, que era un sol de belleza, con diez y +ocho años de edad, y más rubia que él, si cabe. Esta prima se llamaba +Echeloría. Su padre, viudo y muy rico, la idolatraba. + +Mutileder y Echeloría eran de casta ibera purísima, sin mezcla alguna de +celtas ni de fenicios. Sus familias, o mejor diré su familia, pues era +una misma la de ambos, se jactaba, no sin fundamento, de descender de +los primitivos atlantes, que habían emigrado muchos siglos hacía, cuando +se hundió en el mar la Atlántida, y que, yendo unos por mar siempre, +habían llevado a Egipto la cultura, mucho antes de la civilizadora +expedición de Osiris, mientras que otros, conocidos después con el +nombre de hiperbóreos, desembarcando en Francia, habían difundido la luz +y fundado florecientes Estados, caminando hacia Oriente hasta más allá +de las montañas Rifeas, e influyendo, por último, en el despertar a la +vida política y culta de los arios y de los semitas. + +En suma, Echeloría y Mutileder eran dos personas ilustres y dignas de +serlo por su mérito. + +Apenas se vieron, se amaron... ¿Qué digo se amaron? Se enamoraron +perdidamente el uno de la otra y el otro de la una. + +El padre de Echeloría, que no tenía nada de lerdo, notó en seguida el +amor de la muchacha y procuró acabar con él, porque el primito no poseía +otro patrimonio que su apasionado corazón; pero Echeloría estaba +prendada de veras, y el padre, que en el fondo era un bendito, se avino +y se resignó al cabo a que Mutileder aspirase a ser su yerno. + +Ambos amantes se juraron eterna fidelidad. «Antes morir que ser de +otro», dijo ella. «Antes morir que ser de otra», respondió él. Y esta +promesa se hizo repetidas veces y se solemnizó y corroboró con los +juramentos más terribles. + +Después de esto, ¿qué remedio había sino casar cuanto antes a los primos +novios? Así lo resolvió el padre, y se empezaron a hacer los +preparativos para la boda, que debía verificarse en el próximo otoño. + +Era ya el fin de la primavera, y en aquellas edades antiquísimas +sucedía lo propio que ahora que a la primavera seguía el verano. + +Aratispi era lugar más bonito que lo es Alora al presente. En torno +había, como hay aún, fértiles huertas y frondosos y siempre verdes +bosques de naranjos y limoneros; pero los cerros que limitaban aquel +valle amenísimo, en vez de estar pelados, como ahora, estaban cubiertos +de encinas, alcornoques, algarrobos, castaños y otros árboles, entre +cuyos troncos y a cuya sombra crecían brezos, helechos, tomillo, +mejorana, mastranzo y otras plantas y hierbas olorosas. + +Era tal entonces la generosidad de aquel suelo, que las palmas enanas, +que hoy suelen cubrirle y que apenas sirven para más que para hacer +escobas y esportillas, se alzaban a grande altura, mientras que las +crestas más empinadas de los montes, calvas ahora, se veían cubiertas de +una verde diadema de abetos, de pinos y de cipreses. + +A pesar de todo, fuerza es confesar que en verano hacía entonces en +Aratispi un calor de todos los demonios. + +Echeloría quiso, con razón, tomar algunos baños de mar, y su padre la +llevó a un puerto muy bonito, cerca de Málaga, que D. Juan Fresco y yo +calculamos que debió de ser Churriana. + +Naturalmente Mutileder fue a Churriana también, acompañando a su futura. + +Los primos estaban como dos tortolitas, arrullándose siempre. Mientras +más miraba él a Echeloría, más linda y angelical la encontraba y más +melifluo se ponía con ella. Y mientras más miraba Echeloría a Mutileder, +mayor número de perfecciones y de excelencias hallaba en él. + +Pues no digamos nada, porque sería cuento de nunca acabar, de la mutua +admiración que nacía en ambas almas al considerar el talento o la +habilidad del objeto de su amor. Cada pedrada que tiraba Mutileder +mataba un pajarillo y partía el corazón de Echeloría, a fuerza de +entusiasmo. Y Echeloría, por su parte, a más de encantar a Mutileder con +los cantares que sabía entonar, le había hecho una honda de pita, tan +llena de sutiles y primorosas labores, que él se quedaba horas enteras +embobado contemplando la honda. + +Los dos enamorados gozaban de la más completa libertad y se iban solos +de paseo por aquellos vericuetos y andurriales; ya por la orilla del +resonante mar; ya por los encinares y olivares que vestían aquellos +alcores; ya por los verjeles, sotos y alamedas del valle, regado por un +riachuelo cristalino. Pero uno y otro eran tan como Dios manda, que a +pesar de lo mucho que se querían, no se propasaron nunca a otra cosa +sino a estrecharse afectuosamente las manos, y una o dos veces a lo más, +a consentir ella en recibir un casto beso en la tersa y cándida frente, +y a lograr él estamparle. + +La suma virtud y exquisita delicadeza de estos primos lo ponía todo en +reserva para el día dichoso en que la religión y las leyes consagrasen +su unión indisoluble. + +Entre tanto se decían doscientas mil ternuras a cada momento. «Tu nombre +es un sello que he puesto sobre mi corazón», exclamaba Echeloría. «Mi +corazón es tuyo para siempre: antes dejará de latir que de amarte a ti +sola», contestaba Mutileder. + +En estos coloquios se pasaban las horas, y de continuo estaban juntos +ambos amantes, menos cuando Echeloría se retiraba a dormir al lado de su +anciana nodriza y en estancia muy resguardada, o bien cuando iba a la +playa a bañarse; pues entonces, a fin de evitar el qué dirán y las +murmuraciones, Mutileder no se bañaba con ella, tal vez por no usarse +aún trajes de baño, tan complicados y encubridores de las formas como +los que se llevan ahora en Biarritz y en otros sitios. + + + + +III + + +Málaga era ciudad fenicia de mucho comercio. Casi competía con Cádiz. Su +puerto estaba lleno de naves tirias, pelasgas, griegas y etruscas. En +sus tiendas se vendían mil primores traídos de lejanos países: telas de +lana, teñidas de púrpura en Tiro; joyas de oro, hechas en Ménfis, en +Sais y en otras ciudades egipcias; piedras preciosas y tejidos de +algodón del Indostán; alfombras de Persia, y hasta sedería del casi +ignorado país de los Seras. + +Echeloría fue a Málaga varias veces, con su padre y con su novio, a +recorrer dichas tiendas y a comprar galas para el suspirado día del +casamiento. + +Hallábase a la sazón en Málaga uno de los más audaces y sabios marinos +que había entonces en el mundo: el célebre Adherbal. + +Acababa de hacer una navegación felicísima, y su nave se parecía, +anclada en el puerto, cargada de estaño, ámbar, hierro, pieles de +armiños y de castores, y otros objetos de valor que él había ido a +buscar a las costas de Francia, Inglaterra y otras regiones del Norte de +Europa, a donde sólo los fenicios se aventuraban a llegar en aquella +época. + +Adherbal pensaba volver pronto a Tiro; pero antes debía tomar en Málaga +cobre, vino, azogue y oro en polvo de las arenas de nuestros ríos, +dejando allí en cambio parte de su cargamento. + +Paseando un día por el muelle vio Adherbal a Echeloría, y al verla juró +por Melcart y por Astoret, como si dijéramos por Hércules y por Venus, +que jamás había visto criatura más linda y salada. Ganas tuvo de +llegarse de súbito a la muchacha y de soltarle el pavo, esto es, de +decirle sin ceremonia sus atrevidos pensamientos: pero Mutileder iba al +lado de ella, mirando receloso a todas partes, con la barba sobre el +hombro, en actitud desconfiada y hostil, y blandiendo un enorme y fiero +garrote. + +La prudencia refrenó los ímpetus del marino fenicio. Bastaba ver de +refilón a Mutileder para hacerse cargo de que era capaz de deslomar a +cualquiera de un garrotazo, si llegaba a descomponerse un poco con la +hermosa y cándida Echeloría. + +Adherbal, como queda dicho, era prudente, pero era obstinado también, +emprendedor y ladino. Echeloría no produjo en él una impresión fugaz y +ligera, sino profunda y durable. Así fue que determinó averiguar quién +era y dónde vivía, y lo consiguió con discreción y recato. + +Dos o tres veces fue después a caballo a Churriana con disimulo, y +volvió a ver a la niña, quedando cautivo de su singular donaire. + +Por último, por medio de personas listas del país, se informó de la vida +de Echeloría, supo que iba a casarse con Mutileder, y no quedó pormenor +de que no llegase a tener cabal noticia. + +Con estos elementos formó Adherbal un plan diabólico, el cual le salió +bien, como por desgracia salen bien casi todos los planes diabólicos. + +Una mañana muy temprano levó anclas su nave y zarpó del puerto de +Málaga, después de despedirse él para Tiro. Fuera ya la nave del puerto, +se quedó, muy cerca de la costa, hacia el Oeste, dando bordeadas como +para ganar mejor viento. Así trascurrieron algunas horas, hasta que +llegó aquélla en que la gentil Echeloría bajaba a bañarse en la mar. +Entonces saltó Adherbal en una lancha ligerísima con ocho remeros +pujantes y otros dos hombres de la tripulación, grandes nadadores y +buzos, y de los más ágiles y devotos a su persona. Con la lancha se +acercó cautelosamente, ocultándose en las sinuosidades de la costa y al +abrigo de las peñas y montecillos, hasta que llegó cerca del lugar donde +Echeloría se bañaba, creyéndose segura y con el más completo descuido. +Los nadadores se echaron entonces al agua, zambulleron, surgieron de +improviso donde Echeloría estaba bañándose, se apoderaron de ella a +pesar de sus gritos, que pronto terminaron en desmayo causado por el +suato, y en aquella disposición, hermosa e interesante como una ondina, +se la llevaron a la lancha, donde Adherbal la recibió en sus brazos, y +luego la condujo a bordo de su nave. Ésta desplegó al punto todas sus +velas, y aprovechándose de un viento fresco de Poniente, que acababa de +levantarse, no corría, sino que volaba sobre las ondas azules del +Mediterráneo. + +Varias muchachas, que se bañaban con Echeloría, huyeron con espanto de +aquella zalagarda, y, saltando en tierra, alarmaron con sus gemidos y +sollozos a la nodriza, que estaba en éxtasis y de nada se había +percatado. En cambio, apenas se enteró de lo ocurrido, se extremó en +hacer muestras de su dolor. Allí fue el mesarse las venerables canas, el +revolcarse por el suelo, y el dar tan formidables chillidos, que +Mutileder, aunque estaba lejos, acudió al sitio, oyéndolos. El infeliz +amante supo entonces toda la enormidad de su infortunio, mas demasiado +tarde por desgracia. La nave del raptor se percibía aún, pero lejos, y +navegando con tal rapidez que pronto iba a perderse detrás de la comba +que forma el mar, marcando una curva de azul profundo en el cielo más +claro. + +El furor de Mutileder fue indescriptible, aunque a nada conducía. Ni +siquiera supo a punto fijo el infeliz amante quién había sido el raptor, +por más que sospechase de aquel marino que en Málaga había puesto en +Echeloría los lascivos y codiciosos ojos. + +Estos raptos de mujeres eran frecuentísimos en aquellas edades heroicas, +y habían dado ya y debían seguir dando ocasión a no pocos disturbios y +guerras. Los fenicios habían robado a Io, hija de Inaco; los griegos +habían robado a Europa de Fenicia, a Medea de Coicos, y a Ariadna de +Creta; y por último, un príncipe frigio había robado a la bella Helena, +mujer del rey de Esparta, Menelao, motivando así una lucha larga y +mortífera, y al cabo la destrucción de Troya. + +Don Juan Fresco explica, a mi ver, de un modo satisfactorio estos raptos +de mujeres. Supone que la mujer, por lo mismo que su belleza es tan +delicada, no se cría naturalmente. Lo único que se cría es la hembra del +hombre. La verdadera mujer es producto artificial, que resulta de grande +esmero y cuidado y de exquisito y alambicado cultivo. De aquí la rareza +entonces de la verdadera mujer y el mágico y portentoso efecto que +producía en el alma de guerreros bárbaros y briosos, avezados a ver +hembras solamente. + +Cuando los hombres se recobraban de su pasmo volvían a hacer a la mujer +de peor condición que al esclavo más humilde; pero, en ocasiones, una +mujer bien lavada, cuidada y compuesta, infundía amor ferviente, +frenético entusiasmo y cierta adoración como si fuese algo divino. De +aquí las patrañas o _mitos_ de las hadas y encantadoras como Circe y +Calipso, que convertían a los hombres en bestias; la _ginecocracia_, +esto es, el imperio de la mujer, establecido en muchas partes, como en +el país de las Amazonas y en la Arabia Feliz; y el omnímodo influjo, ora +funesto, ora útil, que ejercieron algunas damas en los varones más +crudos y valerosos, como Onfale en Hércules, Dálila en Sansón, Betzabé +en David, Egeria en Numa, y Judit en Holofernes. De aquí, por último, +que ganasen tanto crédito las sibilas, las pitonisas y las druidisas; +todo ello, sin duda, porque cuidaban más de sus personas, y lograban +pulir y descubrir la escondida hermosura, invisible por lo general en la +hembra por falta de pulimento y aseo. + +Además, el entender la hermosura y el afanarse por lograrla hacían +hermosa a la mujer. Hoy, mucho de esta cualidad, domeñada ya la +naturaleza rebelde, suele trasmitirse por herencia; pero en los tiempos +heroicos, la hermosura era como inspirada creación que la mujer artista +realizaba en su propio cuerpo, a fuerza de esmerarse. Todavía, cinco +siglos después de la época en que ocurre nuestra historia, asombran el +estudio, la prolijidad y los preparativos minuciosos de que se valían +las mujeres para presentarse de una manera digna. A fin de agradar al +rey Asnero, que buscaba reina, después de repudiada Vastí, se pasaban +las chicas un año entero frotándose con linimentos y pomadas, +saumándose, lavándose, perfilándose y acicalándose. En el día, con una +hora de preparación bastarla para presentar ante el sibarita más +refinado a la más ruda de las campesinas: prueba irrefragable de que lo +adquirido por arte y educación se trasmite de madres a hijas. Verdad es +que, en cambio, la naturaleza es menos dúctil ahora, y la hotentota, +aunque se friegue y se adobe más que las que iban a presentarse a +Asuero, hotentota permanece; de donde, sin duda, el refrán que dice: +«Aunque la mona se vista de seda mona se queda.» + +Dejemos, no obstante, refranes y digresiones a un lado, y prosigamos +nuestro cuento. + +Echeloría, por naturaleza y por arte, por herencia y por conquista, era +un primor. Y Mutileder, que con razón la adoraba, no la lloró perdida, +con femenil amargura, sino que, agitando su garrote y haciendo crujir la +honda con chasquidos estruendosos, juró buscar a su amada, librarla del +raptor, y vengarse de éste descalabrándole de una buena pedrada o +moliéndole a palos. + +Cuenta la historia que Mutileder, en el instante de hacer aquel +juramento, estaba tan hermoso que no podía ser más. Sus ojos azules, +dulces de ordinario, lanzaban centellas luminosas; su afilada y recta +nariz, hinchada por la cólera, mostraba muy dilatadas las ventanillas; +las cejas, frunciéndose en el centro, daban mayor majestad a su frente; +la boca entreabierta dejaba ver unos dientes blancos, iguales y firmes, +y sana frescura y vivo color de carmín en encías y lengua. Su cabeza, +echada atrás con arrogancia, y destocada, lucía copiosa y rubia +cabellera, que flotaba en rizos graciosos a merced de la brisa; sus +piernas y sus brazos desnudos, contraída entonces la musculatura por la +energía de la actitud, daban envidia a los de Hércules mancebo. Todo en +Mutileder era beldad, elegancia, brío y donosura. Su voz, alterada por +la pasión, penetraba en los corazones, aunque sus palabras no se +entendiesen. + +En aquel instante ¡oh fuerza del destino! acertó a pasar por allí la +graciosa y distinguida Chemed, que en fenicio significa _belleza_, la +viuda más coqueta y caprichosa que había en Málaga. Su marido la había +dejado joven y con muchos bienes de fortuna. Ella seguía con la casa de +comercio de su marido, bajo la razón insocial de _la viuda Chemed_. En +aquella ocasión volvía de solazarse de una quinta que tenía en +Churriana. + +Seis atezados etíopes la llevaban en silla de manos, y dos escuderos, +una dueña y cuatro pajecillos egipcios la acompañaban también para más +autoridad y decoro. + +Chemed oyó a Mutileder, le miró y se maravilló; volvió a mirarle y se +quedó más maravillada. Entonces dijo para sí: «Divinos cielos, ¿qué es +lo que miro? ¿Será éste dios o será mortal? ¿Resplandecería más Adonis +cuando Astoret se prendó de él?» + +Pero, prosiguiendo su soliloquio de preguntas, Chemed prosiguió también +su camino, sin interrogar al mancebo, que parecía estar furioso, y sin +atreverse siquiera a pararse y a bajar de la silla de manos, en medio de +gente extraña, cuya lengua no entendía, porque hablaban el ibero, que, +como ya queda dicho, era lo que se llama hoy el vascuence. Si Chemed +hubiera sabido que Mutileder hablaba corrientemente el fenicio, como en +efecto le hablaba, sin duda que se hubiera detenido; pero, no sabiéndolo +ni sospechándolo, Chemed pasó de largo. + + + + +IV. + + +Luego que Mutileder echó sapos y culebras por la boca y se desahogó +cuanto pudo, acudió a dar a su presunto suegro la mala noticia del +rapto, y a consolarle, si cabía consuelo en tamaño dolor. + +Para evitar prolijidad no se ponen aquí las lamentaciones que hicieron +ambos a dúo. Lo que importa saber es que Mutileder y su suegro, después +de maduro examen, reconocieron que era inútil quejarse del rapto a las +autoridades de Málaga, las cuales no les harían caso, o si les hacían +caso, nada podrían contra un marino tan mimado en Tiro, como Adherbal lo +era. A cualquiera exhorto, que los sufetes o jueces de Málaga enviasen +contra Adherbal, era evidente que los sufetes tirios habían de dar +carpetazo, haciendo la vista gorda. No había más recurso que resignarse +y aguantarse, o tomar la venganza y la satisfacción por la propia mano. +Esto último fue lo que decidió Mutileder con varonil energía. + +Se despidió de su presunto suegro, y sin pensar en recursos pecuniarios +ni en nada que lo valiese, se fue a Málaga a tomar lenguas, a +cerciorarse de que era Adherbal el raptor, como ya lo sospechaba, y a +buscar modo de irse a Tiro en la primera nave que para Tiro saliese, a +fin de arrancar a Echeloría del cautiverio o secuestro en que estaba y +de hacer en Adherbal un ejemplar y justo castigo. + +En medio de todo, Mutileder sentía cierto consuelo. Pensaba en que +Echeloría había jurado serle fiel o morir, y daba por seguro que moriría +antes que faltar a su promesa. Él mismo había hecho igual juramento, y +se sentía con la suficiente firmeza para cumplirle. + +Con estas ideas en la mente y con el bizarro propósito de irse a Tiro +cuanto antes, recorrió Mutileder las calles de Málaga hasta que empezó a +anochecer. Todas las noticias que adquirió le confirmaron en que era +Adherbal el raptor de Echeloría. En lo que no adelantó mucho fue en +concertarse con algún patrón de buque que saliese pronto y le llevase +para Fenicia. + +Llegó la noche, como queda apuntado, y ya Mutileder se retiraba a su +posada, cuando sintió que le tiraban suavemente de la capa por detrás. +Volvió el rostro, y vio a un pajecillo egipcio que le dijo: + +--Señor Mutileder, sígame vuestra merced, que hay persona que desea +hablarle sobre asuntos que le interesan. + +--¿Y quién puede ser esa persona? contestó él. Yo, en Málaga, no conozco +a nadie. + +Entonces replicó el pajecillo: + +--Aunque vuestra merced no conozca a esta persona, esta persona le +conoce. Hoy, de mañana, pasó junto al lugar del rapto protervo, y oyó y +vio a vuestra merced cuando de él se lamentaba. La persona es compasiva +y excelente, y se enterneció. Ha tomado informes sobre todo lo ocurrido, +y su enternecimiento se ha hecho mayor. Desea remediar el mal de vuestra +merced, con quien le importa conferenciar en seguida. ¿Quiere vuestra +merced seguirme? + +Mutileder no halló motivo razonable para decir que no, y siguió al +pajecillo. + +Siguiéndole por calles y callejuelas, que atravesaron rápidamente, llegó +nuestro héroe protobermejino a una puertecilla falsa y cerrada, en el +extremo de un callejón sin salida. + +El paje aplicó una llave a la cerradura, le dio dos vueltas, y la puerta +se abrió sin ruido. Entró el paje, y le siguió Mutileder. + +Cerró el paje la puerta de nuevo, y quedaron él y nuestro amigo en la +más completa oscuridad. El paje asió de la mano a Mutileder, y le guió +por las tinieblas. Al cabo de poco tiempo vieron luz y una linterna que +estaba en el suelo. La tomó el paje, y, ya con ella, alumbró a +Mutileder, y mostrándole el camino, le dijo que le siguiera. Subieron +ambos por una estrecha y larga escalera de caracol: llegaron luego a +otra puertecilla; la abrió el paje; levantó un tapiz que había detrás, y +él y Mutileder penetraron en una sala espaciosa y bien iluminada. + +El paje entonces se escabulló sin saber cómo, y Mutileder se encontró +frente a frente de una anciana y venerable dueña, la cual, con voz +meliflua, le dijo: + +--Sígueme, hermoso. + +Y Mutileder la siguió, algo ruborizado del intempestivo requiebro. + +No refiero aquí, porque estoy de prisa, y no debo ni puedo pararme en +dibujos, los primores estupendos, las alhajas rarísimas, los lindos +objetos de arte y los cómodos asientos y divanes que había en varias +salas por donde iban pasando la dueña y nuestro héroe, que atortolado +la seguía. Baste saber que allí se veía reunido de cuanto había podido +inventar el lujo asiático de entonces y de cuanto la activa solicitud de +los navegantes fenicios había podido traer de todas las comarcas a que +solían ellos aportar, desde las bocas del Indo hasta las bocas del Rhin, +puntos extremos de sus _periplos_ o navegaciones. + +Lo que sí diré, es que si una sala era lujosa, otra lo era más, y que el +primor iba en aumento conforme se pasaban salas. Maravilloso silencio y +sosiego apacible reinaban en todas ellas. No se veía ni un alma. Soledad +y dulce misterio. Rica y leve fragancia de perfumes sabeos impregnaba el +tibio ambiente. + +«--¿Qué será esto? decía Mutileder para su coleto. ¿Dónde me llevará +esta buena señora?» + +Y la admiración y la duda se pintaban en su candoroso y bello semblante. + +Por último, la dueña tocó a una puerta, que no estaba abierta como las +demás que habían dado paso de un salón a otro salón, sino que estaba +cerrada. La dueña la abrió un poco, lo suficiente para que cupiese por +ella una persona, empujó a Mutileder, le hizo entrar, y quedándose +fuera, cerró otra vez la puerta, dejándole solo. + +Mutileder, que venía de salones donde había mucha luz, nada veía al +principio, e imaginó que el salón en que acababa de entrar estaba a +oscuras; pero sus pupilas se dilataron muy pronto, y notó que una luz +velada y dulce iluminaba aquella estancia, difundiéndose desde el seno +de tres lámparas de alabastro. + +Aun no había tenido vagar para ver todo lo que le circundaba, cuando oyó +Mutileder una voz blanda y argentina, que parecía salir de una garganta +humana nueva y de una boca fresca, colorada y sana, porque todo esto se +conoce en la voz, la cual le decía: + +--Perdóname, amigo, que te haya hecho venir hasta aquí, deseosa de +hablarte. + +Dirigió Mutileder la vista hacia el punto de donde la voz procedía, y +vio recostada lánguidamente en un ancho sofá a una dama morena y +majestuosa como una emperatriz, vestida de blanca y flotante vestidura, +con una cabellera abundante, lustrosa y negra como la endrina, y con +unos ojos que parecían dos soles de luto, así por el fuego y los rayos +que despedían, como por su oscuro color y por el color, no menos oscuro, +de las cejas, de las largas y rizadas pestañas, y aun de los párpados +suaves, cuyas sombras acrecentaban el resplandor fulmíneo de los +referidos ojos. En los brazos desnudos, casi junto al hombro, tenía la +dama brazaletes de oro de prolija y costosa labor; sobre el pecho y en +las orejas, collar y zarcillos de esmeraldas; y sendas ajorcas, por el +estilo de los brazaletes, en las gargantas de sus pequeños pies, +calzados por coturnos de seda roja. Lazos de idéntica seda adornaban la +falda y el corpiño y ceñían el airoso talle. Sobre el negrísimo cabello +lucía, prendido con gracia, un ramo de flores de granado. + +En todo esto reparó en conjunto Mutileder, pero sin analizar, como +nosotros, porque estaba algo cortado y sin saber lo que le sucedía. La +cosa no era para menos; sobre todo, tratándose de un mozuelo que, si +bien despejado y audaz, carecía de experiencia y jamás se había visto en +lances de aquel género. + +Absorto, mudo, con la boca abierta, estaba Mutileder, cuando la dama se +levantó y mostró de pié su gallarda estatura, esbelta y cimbreante como +las palmas de Tadmor; y vino a él, y tomándole la mano, en la que él +sintió como una conmoción eléctrica, le llevó a sí y le dijo: + +--Siéntate. ¿Qué te asusta? + +Y Mutileder se sentó, al lado de la dama, en un taburete bajito. + +Luego que Mutileder se hubo serenado, oyó a la dama con la debida +atención, y le respondió con concierto. + +Ella le dijo que se llamaba Chemed, que era viuda y rica y natural de +Tiro, que había sabido su dolor, que se interesaba por él, a causa de +una súbita e irresistible simpatía, y que anhelaba dar consuelo y +remedio a sus males. + +Aunque Chemed lo había averiguado todo, quiso que Mutileder le refiriese +su historia. Mutileder la refirió con elocuencia. Al hablar de +Echeloría, aunque era hombre recio, se le saltaron las lágrimas. Con las +lágrimas sobre sus mejillas y velando sus ojos azules, estaba el +muchacho lo más bonito que puede imaginarse. Chemed no se hartaba de +mirarle; pero ¡con qué miradas! Vamos, no es posible explicar cómo eran. + +Chemed tenía cerca de treinta y cinco años. Mutileder no había conocido +a su madre. No sabía lo que era la amistad y el cariño de la mujer. + +--¡Pobrecito mío! exclamaba Chemed. ¡Pícaro Adherbal! No paga con la +vida el mal que te ha hecho. Haces bien en querer vengarte y salvar a +Echeloría de las garras de ese monstruo. Mira, Mutileder: dentro de +cuatro días debo yo salir para Tiro, donde tengo que arreglar mis +asuntos, muy desordenados desde que mi marido murió. Tú vendrás en mi +compañía. Considérame como a tu amiga más leal. + +Y sencillamente Chemed tomaba la mano del inocente mozo, y la estrechaba +entre las suyas y la retenía en cautividad, equilibrando el calor +superior que había en las de ella con el calor que él tenía en su mano. + +Todavía se puso más interesante y bonito Mutileder cuando habló con +efusión del eterno amor y de la fidelidad que él y Echeloría se habían +jurado. Chemed celebraba todo esto, y lo hallaba muy a su gusto. + +--Sí, hijo mío, decía a Mutileder, así debe ser. Dichosa Echeloría, que +encontró en ti un modelo de amantes. No suelen ser como tú los demás +hombres, sino volubles y perjuros. Todas mis riquezas, toda mi posición +daría yo si hubiese encontrado un amante tan resuelto y fino como tú. + +En suma, esta conversación siguió largo rato, y yo tengo notas y apuntes +que me ha suministrado D. Juan Fresco y que me harían muy fácil +referirla con todos sus pormenores; pero, como mi historia tiene que ir +en un ALMANAQUE sin excitar a nadie a que los haga, y no puede +extenderse mucho, sino ser a modo de breve compendio, me limitaré a lo +más esencial, deslizándome algunas veces, con rapidez y como quien +patina, en aquellos pasajes que más se presten a ello por lo +resbaladizos. + + + + +V. + + +Cuatro días después de la conferencia primera entre Chemed y Mutileder, +salían ambos de Málaga para Tiro en una magnífica nave. Mutileder iba en +calidad de secretario privado de la dama para llevarle la +correspondencia en lengua ibérica. + +La amistad de ambos era íntima, y Mutileder, siempre que se veía en +presencia de Chemed, estaba contento y como orgulloso de tener tan +elegante y discreta amiga. Chemed tenía además mucho chiste y +felicísimas ocurrencias: decía mil graciosos disparates; y Mutileder se +regocijaba y reía sin poderlo remediar; pero, cuando estaba sólo, amarga +melancolía se apoderaba de su alma, pensamientos crueles le +atormentaban, y algo parecido a remordimientos le arañaba el corazón, +como si fueran las uñas de un gato, o digamos mejor, de un tigre. + +Mutileder hablaba entre dientes, lanzaba desconsolados suspiros, +manoteaba y hasta se golpeaba y pellizcaba sin compasión, y solía +exclamar: + +«¡Qué diablura! ¡Qué diablura!» + +En presencia de Chemed o se olvidaba de su dolor o le refrenaba y +disimulaba. Ésta, a no dudarlo, era la diablura, a que su exclamación +aludía. + +Mutileder había tenido ya tiempo para meditar, reflexionar y hacer +severo examen de conciencia, y no se absolvía, sino que se condenaba por +débil, perjuro y desleal, en grado superlativo. + +A veces quería disculparse consigo mismo, y no lo lograba. + +«Yo, decía, sigo amando a Echeloría, y Chemed no obsta para ello. Voy a +buscar a Echeloría, a libertarla y a vengarla, y Chemed me ayuda en mi +empresa. El cariño de Chemed tiene algo de maternal. ¡Es tan buena +conmigo!--¡Es tan alegre y chistosa! ¡Qué tonterías tan saladas se le +ocurren! ¿Cómo no he de reírme al oírlas? ¿He de estar siempre llorando? +No: no es menester llorar: no es menester negarse a todo consuelo, como +una bestia feroz, para demostrar que es uno fiel y consecuente. Ya +veremos cuando me encuentre con Adherbal si amo a Echeloría o si no la +amo.» + +Estas y otras sutilezas y quintas esencias alambicaba, fraguaba y se +representaba Mutileder para justificarse; pero, como hemos dicho, no lo +lograba nunca. + +De aquí su pena cuando estaba solo: y no sé de dónde, el olvido de su +pena cuando de Chemed estaba acompañado. ¡Contradicciones inexplicables, +raras antinomias de los corazones de los mortales! + +De esta suerte, en soliloquios románticos, acerbos y dignos de Hamlet, +siempre que estaba sin Chemed; y en coloquios amenos, en pláticas +tiernas, y en juegos y risas, cuando Chemed aparecía, vivió Mutileder; y +así se pasó el tiempo, caminó la nave, se detuvo en varios puntos de +África y en algunas islas del archipiélago de Grecia, y llegó al fin a +Tiro, capital entonces de Fenicia desde la ruina de Sidon, cuando los +filisteos, rubios descendientes de Jafet, vinieron de Creta por mar, +mientras que del lado del desierto de Arabia entraban los israelitas en +la tierra de Canaan y lo llevaban todo a sangre y fuego. Tiro había +hecho después renacer el poder cananeo o fenicio y estaba en toda su +gloria y florecimiento. Sobre el trono de Tiro resplandecía el rey +Hiram, amigo de Salomón, hijo de David. Israelitas y fenicios eran +estrechos y felices aliados. + +Muy largo sería describir aquí la grandeza de Tiro. Dejémoslo para mejor +ocasión. Lo que importa es decir que Mutileder buscó a Adherbal en +seguida y no le halló. Pronto supo con rabia que el infatigable marino, +sin reposar casi, se había encargado del mando de la flota, que Hiram y +Salomón expedían con frecuencia a la India, desde el puerto de +Aziongaber en el mar Rojo. Tres días antes de la llegada de Mutileder y +de Chemed, Adherbal se había puesto en marcha para tomar el mando +referido. + +Adherbal debía pasar por Jerusalén. Mutileder no pensó más que en +perseguirle y alcanzarle, antes de que se embarcara para tan larga +navegación, de la que sabe Dios cuándo volvería. + +Temiendo que le faltasen las fuerzas y el valor para despedirse de +Chemed, Mutileder preparó su viaje con el mayor sigilo, aprovechando la +salida de una caravana; y, montado en un ligero dromedario, salió para +Jerusalén, cuando Chemed menos lo sospechaba. + +Chemed lo supo y lo lloró al leer una carta que él escribió antes de +partir y que entregó a Chemed una persona de toda confianza. La carta +decía como sigue: + +«Mi querida Chemed: Yo soy el más débil y el más malvado de los hombres. +Debí huir de ti desde el primer momento y no entregarte nunca un corazón +que no te pertenecía, que era de otra mujer y que jamás podía ser tuyo. +Todo el afecto, toda la ternura que te he dado, ha sido falsía, perjurio +e infamia. Y no porque yo fingiese esa ternura y ese afecto, que al +contrario brotaban a borbotones, con toda sinceridad y con vehemente +efusión, del fondo de mi pecho, sino porque, al consagrártelos, faltaba +a la fe jurada, rompía el sello de la fidelidad que había puesto +Echeloría sobre mi alma, y me rebajaba hasta la vileza. De aquí mi lucha +interior; de aquí mis contradicciones y extravagancias. A veces reía yo, +jugaba y me deleitaba contigo; pero, cuando más contento estaba, surgía +como espectro, como aterrador fantasma, de las profundidades de mi ser, +el mismo amor ultrajado, el cual me azotaba rudamente con el azote de +los remordimientos. Otros amantes, mientras más aman, se hacen más +dignos del amor, porque el amor hermosea y sublima los espíritus; pero +yo, amándote, me degradaba en vez de elevarme, porque pisoteaba +juramentos y promesas, y no amándote, me degradaba también, porque +recibía de ti inmensos e inestimables tesoros de cariño que no acertaba +a pagar. Si olvidaba a Echeloría para amarte era yo un perjuro, y si no +te amaba, para seguir amando a Echeloría, un falso, un estafador y un +ingrato. Situación tan horrible y poco digna no podía durar. El cielo ha +estado benigno conmigo, aunque no lo merezco, proporcionándome ocasión +de dejarte con razonable motivo, sin que puedas tú tildarme de galán sin +entrañas. Adherbal no está en Tiro. Mi deber es perseguirle. La ofensa +que me ha hecho no puede quedar impune. Tú misma me tendrías por vil y +cobarde si yo no me vengara. No extrañes, pues, que te deje para cumplir +con esta obligación.--Adiós; adiós para siempre, ¡oh generosa y dulce +amiga!» + +Tal era la carta que escribió Mutileder, en buen fenicio, sin ninguna +falta de gramática ni de ortografía. Chemed la leyó con lágrimas en los +ojos y haciendo otros mil extremos de amoroso sentimiento. + +Mutileder, entre tanto, caballero en su dromedario y lleno de +impaciencia, iba trotando y galopando hacia Jerusalén. Harto de la pausa +con que la caravana marchaba, tomó un guía, poseedor de otro dromedario +tan ligero como el suyo, y se adelantó al resto de sus compañeros de +viaje. Así llegó en pocas jornadas a la ciudad que casi había creado +David, y que Salomón acababa de fortificar y hermosear con admirables +monumentos. La había ceñido de altas torres almenadas y de fuertes y +gruesos muros; había edificado, sobre gigantescos sillares, en la cumbre +del monte Moria, donde fue el sacrificio de Abraham, el maravilloso y +único templo del Dios único, y había coronado las alturas de Sion con +inexpugnable ciudadela y con alcázar suntuoso. + +Dilatando Salomón sus conquistas al Sur del mar Muerto, domeñando a los +hijos de Edom, de Amalec y de Madian, y enseñoreándose de Elath y de +Aziongaber, abrió puertos para comerciar con el Hadramauth y el Yemen, +con el alto Egipto, con la Nubia y con las Indias orientales. Cortando +luego las corpulentas hayas y los pinos y cedros seculares del Líbano, +haciéndolos llevar en hombros de los más robustos varones de las +naciones vencidas, como de los _refaim_, por ejemplo, raza descomedida +de gigantes, que casi ladraban en vez de hablar; y trabando entre sí los +leños con arte y maestría, hizo formar Salomón flotantes castillos que +resistiesen el ímpetu de los huracanes y el furor de las olas. En medio +del desierto, Salomón había fundado a Tadmor, célebre después con el +nombre de Palmira, en un oasis lleno de palmas, a fin de que fuese +emporio riquísimo y lugar de reposo de las caravanas que iban desde las +orillas del Jordan a las del Eufrates y del Tígris; a Damasco, a Nínive +y a Babilonia. Estaba, por último, interesado Salomón en el comercio de +los fenicios con Társis o Iberia, patria de Mutileder, y aun de más +allá, hacia el Occidente y Norte del mundo; bastante más allá, porque +las naves tirias llegaban hasta el Báltico. Por todo lo cual refluía +sobre Jerusalén cuanto Dios crió de bienes temporales. La plata era tan +común, que se miraba con desprecio. Todo se fabricaba de oro purísimo, +hasta los trastos de cocina. De Arabia venían perfumes; de Egipto, telas +de lino, caballos y carros; esclavos negros y marfil, de Nubia; y +especierías y madera de sándalo, y perlas, y diamantes, y papagayos y +jimios y pavos reales, y telas de algodón y de seda, de allá de la +desembocadura del Indo. Oro venía de todas partes, ya de Tíbar, ya de +Ofir; ámbar y estaño, del Norte de Europa; cobre y hierro, de España. De +esta suerte abundaba todo en Jerusalén. La fama del rey volaba por el +mundo, porque el rey excedió a los demás reyes, habidos y por haber, en +ciencia y en riqueza; y no había persona de buen gusto que no desease +ver su cara, y sobre todo, los hijos de Israel, a quienes las naciones +extranjeras respetaban y temían, por donde vivieron ellos tranquilos y +venturosos, a la sombra de sus parras y de sus higueras, desde Dan hasta +Beersebá, durante todos los días de aquel reinado. + +Pues, como íbamos diciendo, a esta espléndida ciudad de Jerusalén llegó +nuestro bermejino prehistórico, acompañado de su guía, pero más confiado +en su fiero garrote y en la primorosa honda que le había regalado +Echeloría, y con la cual, según suele decirse, no se le cocía el pan +hasta que vengase a su primer amor, descalabrando al raptor injusto de +una violenta y certera pedrada. + +Preocupado con estos pensamientos de venganza, y como hombre que va a su +negocio y que no viaja a lo _touriste_, Mutileder no quiso visitar las +curiosidades de Jerusalén ni enterarse de nada de lo que allí sucedía, a +no ser del paradero de Adherbal. + +Imagine el pío lector qué desesperación no sería la de Mutileder cuando +en seguida supo de buena tinta que Adherbal, viendo que urgía darse a +la vela, y llegar pronto al Océano, para no desperdiciar la monzón, +favorable entonces a los que iban a la India, había salido en posta, con +dromedarios que de trecho en trecho estaban ya preparados y escalonados +en el camino, a fin de verse cuanto antes en el puerto de Aziongaber, +orillas del mar Bermejo. + +Imposible de toda imposibilidad era ya que Mutileder llegase a donde +estaba el marino fenicio, quien se sustraía así a su venganza. Tiempo +había de pasar, pampanitos había de haber, antes de que dicho marino se +pusiese a tiro de su honda o al alcance de su garrote. + +Creyó entonces Mutileder que Adherbal se había llevado consigo a +Echeloría para que fuese ornamento principal de la nave capitana, desde +donde había de mandar la flota; y su rabia rayó en tal extremo, que +pateó, juró, bufó, blasfemó, y hasta hubo de arrancarse a tirones +algunos de los rizos hermosos y rubios que coronaban su cabeza. + +En medio de todo, fue grande su consolación cuando logró saber que el +pícaro y cortesano marino, rastrero adulador de príncipes, había hecho +presente a Salomón de la preciosa Echeloría. + + + + +VI + + +¿Cómo resistir aquí a la tentación de encarecer lo mucho que D. Juan +Fresco se ensoberbece y ufana, y lo orondo que se pone, y lo por bien +pagado que se da de haberse pelado las cejas descifrando y leyendo las +inscripciones y papiros manuscritos de donde está sacada esta historia? +Por ella consta que un bermejino, pues al cabo bermejino era Mutileder, +ya que Vesci era la Villabermeja de entonces, rivaliza con Salomón y +viene a hacer el brillante y extraordinario papel que verá el que +siguiere leyendo. + +Mutileder no se amilanó al saber que Echeloría estaba en el harén +salomónico; antes dispuso quedarse en Jerusalén, espiar ocasión +oportuna, y, no bien se presentase, asirla por el copete, arrebatando a +la linda moza de entre las manos del Rey Sabio. No por eso pensó en +hacer el más leve daño a Salomón. Mutileder era muy monárquico, y el +Rey, por ser rey y por su ciencia infusa y demás virtudes, le infundía +respeto. Salomón, además, no tenía culpa ninguna ni había ofendido a +Mutileder. Había aceptado el presente que le habían traído, y había dado +prueba de buen gusto al aceptarle y guardarle. + +A veces concebía Mutileder cierta halagüeña esperanza. Imaginaba que +Echeloría había de llorar por él y había de decir a Salomón, con todo +miramiento y finura, que no le amaba porque amaba a otro; y daba por +cierto que Salomón, que era benigno con las mujeres, y tan galante y +condescendiente que las consentía tener ídolos de la tierra de cada una +de ellas no debía de ser feroz con Echeloría, sino que, no bien supiese +que su ídolo era Mutileder, había de ceder en sus pretensiones. +Mutileder llegaba a columbrar como probable que el Rey le hiciera buscar +para entregarle a la muchacha, y hasta que quizá se allanase a ser +padrino de la boda. + +La entereza, constancia y resistencia de Echeloría habían de mover a +todo esto, y a más, el ánimo generoso de Salomón. ¿Qué le importaba a +este gran Rey una mujer más o menos, cuando tenía en su harén +setecientas reinas, ochocientas concubinas e infinito número de +princesas? Así, pues, lo natural era que, viendo Salomón a Echeloría +enamorada de otro, afligida y llorosa, y rechazándole por estilo arisco +y montaraz, había de mostrarse desprendido. + +Al hacer esta suposición, muy plausible, Mutileder se ponía colorado de +vergüenza. Se presentaba en su imaginación lo bien que se portaba +Echeloría, huraña como un gato y firme como una roca, veía el +desprendimiento regio y la nobilísima conducta de Salomón, y se +consideraba indigno, y quería, al recordar sus infidelidades con Chemed, +que se abriese la tierra y le tragase. + +Estos remordimientos, esta compunción y este sonrojo por la culpa +tenían, sin embargo, bastante de sabroso y de dulce. ¡Ay, cuán pronto se +trocó todo ello en amargura cuando oyó Mutileder lo que en Jerusalén se +decía de público en calles y plazas! + +Para saber lo que se decía conviene tomar las cosas de atrás y entrar en +algunas explicaciones. + +El palacio de Salomón era inmenso, y la sociedad en él muy amena. +Multitud de poetas y de tocadores de arpas, tímpanos y salterios, le +regocijaban de continuo. Allí había diestras bailarinas, artistas +ingeniosos que hacían muebles elegantes y otras obras de extremado +primor, y los mejores cocineros que entonces se conocían. Aquello era, +en grado superlativo, en elevación a la quinta potencia, perpetua boda, +de Camacho. Salomón y sus mujeres y servidumbre devoraban cada día +treinta bueyes cebados, cien ovejas y multitud de ciervos, búfalos, +gacelas y aves. Y no se crea que porque comiesen poco pan. El consumo +diario de harina empleada en hacer pan, tortas, bollos y pasta _frolla o +flora_, era de noventa coros, o sea cuarenta y cinco cahíces, de doce +fanegas se entiende. + +Así es que en el palacio de Salomón hasta el último pinche se regalaba a +pedir de boca y estaba gordo y lucio. + +Las mujeres, tanto por naturaleza cuanto por los afeites que usaban, +parecían celestiales y de variadísimo mérito. En aquella época no +llevaban nombres puestos a la ventura, sino nombres significativos de +sus más egregias cualidades, por donde sólo con mentarlas se puede +colegir, lo que valían. Entonces no se llamaba Doña Sol una fea, ni +Blanca una negra, ni Dolores una regocijada, ni Rosa la que olía mal o +era áspera como cardo ajonjero. + +Las favoritas de Salomón lo habían sido y llevaban los nombres que +llevaban porque lo merecían. La hija del Faraón, que fue, a no dudarlo, +Meneftá II, se llamaba Uom-anhet, esto es, Destroza-corazones. Ella +inspiró a Salomón el primer amor, profundo y suave. Salomón era muy +muchacho cuando se casó con ella, y ella le trajo en dote a Gezer y doce +mil caballos para la remonta de su caballería. Después amó Salomón con +locura a Anahid, Lucero de la mañana, hija del Rey de Armenia. Se +refiere que, repudiada ésta, hubo de volver a su patria, donde tuvo un +hijo de Salomón, de quien procede el famoso Abagaro, a quien Cristo +escribió una carta y envió su efigie. Después amó Salomón con no menor +locura a Leliti, la Noche, princesa de Etiopía. Luego amó +apasionadamente a Vahar, a quien trajeron de la India las primeras naves +tirio-hebreas que fueron por allí. Esta Vahar, o dígase Primavera, era +de la familia de los Sakias, reyes de Kapilavastu, y por consiguiente, +parienta del ilustre Sakiamúni, que había de ser Buda, y fundar una +religión en que creyese cerca de la mitad del humano linaje. + +Por último, pasión más durable que todas había concebido, alimentado y +guardado Salomón por la Sulamita, en cuya alabanza dejó compuestas las +poesías amatorias más bellas que habían sonado hasta entonces en lengua +humana. + +Pero Salomón, en medio de tantos deleites y triunfos, estaba hastiado. +Nada le satisfacía. Todo era para él vanidad de vanidades y aflicción de +espíritu. Ni siquiera tenía el goce del amor propio y del orgullo, +porque sostenía que su grandeza se debía al acaso y no a su carácter ni +a su entendimiento y prudencia. Salomón había recapacitado y había visto +que, debajo del sol, ni la carrera era de los ligeros, ni la guerra era +de los fuertes, ni el bienestar de los listos, ni de los prudentes la +riqueza, ni de los elocuentes el favor, sino que todo era caprichoso +resultado de la ciega fortuna. + +Y hallándose su alma en tan doloroso estado, fue cuando Adherbal le +presentó a Echeloría. + +Y el pueblo de Jerusalén afirmaba que Salomón la había conocido y la +había amado. Y que la había hallado rosa de Saron y lirio de los valles. +Y que había comparado su cabeza rubia, por la majestad, con el Carmelo, +y el olor de sus vestidos al olor del almizcle y al de las silvestres +flores que crecen en el Líbano. + +La ternura de Salomón por Echeloría se aseguraba que excedía a la de +Jacob por Raquel y a la de Isaac por Rebeca. Se daba por cierto que la +amaba mil veces más que había amado a las otras mujeres: que sentía por +ella todo género de afecto; que con el espíritu puro la estimaba y +quería como su padre David había estimado y querido a Jonatás, muerto en +las alturas de Gelboé por los filisteos; y que de un modo tempestuoso la +idolatraba como el príncipe de Siquen había idolatrado a Dina. + +Todos estos rumores llegaban cada vez con más consistencia a los oídos +de Mutileder y le iban dando mucho que sentir y no poco que sospechar: +le iban dando, permítaseme lo vulgar de la frase en gracia de lo +gráfico, muy mala espina. + +¿Cómo era posible que Echeloría resistiese a tantas seducciones? ¿Cómo +había de entenderse el amor de Salomón, si la muchacha, en vez de estar +amable, estuviese zahareña y cogotuda? + +En vista de estas y de otras reflexiones, y de no pocos indicios y +pruebas que vinieron después, el pobre Mutileder tuvo al fin que abrir +los ojos, y que reconocer que Echeloría se había dejado querer, y hasta +que pagaba a Salomón su cariño, queriéndole y siendo infiel y perjura a +su Mutileder y a los juramentos hechos en Aratispi y en Churriana. + +Por falta de elocuencia dejo de pintar aquí el furor de Mutileder cuando +de esto se hubo cerciorado. Ni Otelo ni el Tetrarca estuvieron después +más celosos y furiosos. + +Pero nuestro bermejino no se limitaba a lamentos estériles. Siempre +tomaba resoluciones y procuraba darles cima. La que ahora tomó fue la de +matar a puñaladas a Echeloría y matarse él a renglón seguido con el +propio puñal. Lo difícil era ver a Echeloría para matarla. + +Chemed, ocupada en Tiro con sus asuntos, se había consolado de la +ausencia de Mutileder, pero le conservaba buena amistad, y le había +enviado cartas de recomendación para Adoniram, que era el mayordomo de +Salomón, y para otros personajes de la Córte. Con estas cartas y con su +hermoso rostro, gentil presencia y gallardo cuerpo, que más que nada le +recomendaban, Mutileder pretendió y consiguió sin dificultad entrar en +la guardia personal del rey. + +Componíase dicha guardia de sugetos de no poco fuste; de señores y hasta +de príncipes de las dinastías destronadas, cuyos reinos se habían +anexionado Salomón y su padre, y de cuyos bienes habían ido +incautándose. Allí había heteos, amorreos y jebuseos; caballeros de la +casa de Abinadab, rey de Kiriath-Yarin; dos sobrinitos de Og, rey de +Basan, a quienes apenas apuntaba el bozo y tenían ocho codos de +estatura; varios nietos de Hamnon, rey de los Amonitas; y _para +complemento de hermosura_, como dice Ezequiel, hablando de los pigmeos +de Tiro, una pequeña tropa de idénticos pigmeos, que no se levantaban un +codo de la tierra, pero que eran certeros y terribles disparando +ponzoñosos dardos. + +Encubriendo siempre en los abismos oscuros del alma su terrible +propósito de matar a Echeloría y de matarse él, Mutileder se ingenió de +suerte que se ganó la voluntad de sus jefes inmediatos y hasta del +General Benaya, tan ágil para cortar cabezas, según lo demostró a +principios de aquel reinado, enviando al otro mundo, a fin de cimentar +bien el trono, a Adonia, hermano mayor del rey, y a otros personajes. + +Con este favor, pronto subió Mutileder a capitán de una compañía de +filisteos, rubios casi tanto como él, y que formaban parte de la guardia +real. + +Lo que no pudo conseguir fue ver a Echeloría. Lo que no pudo inspirar +fue la absoluta e indispensable confianza para llegar a ser uno de +aquellos sesenta valientes, los más probados y selectos, que rodeaban el +tálamo de Salomón por la noche (algo parecido a nuestros Monteros de +Espinosa), y que andaban siempre con la espada sobre el muslo, por temor +de los duendes y vestiglos, que eran traviesos, traían revuelto el +alcázar, y no hubieran dejado, sin la citada precaución, un instante de +sosiego a las reinas y demás señoras. + +¿Quién sabe si la misma gentileza de Mutileder sería óbice para que +entrase él en el número de los sesenta, no hiciera el diablo que +inquietase a las damas en vez de aquietarlas? Lo cierto es que su +gentileza ya mencionada, su discreción, despejo y buen trato, se +hicieron notorios en Jerusalén, y que las damas le ponían en las nubes. +Hasta un no sé qué de torvo, de melancólico y de trágicamente distraído, +que había en su lindo semblante, le hacía más grato a las damas. + +Así las cosas, cuando ocurrió una novedad grandísima, que contribuyó a +glorificar el reinado de Salomón más todavía. + + + + +VII + + +Además de los libros que conocemos, Salomón escribió otros muchos que se +han perdido. Compuso tres mil parábolas y mil y cinco cantares, y +disertó sobre árboles y plantas, desde el cedro hasta el hisopo que nace +en la pared, y sobre aves, cuadrúpedos, reptiles y peces. Quieren decir +que supo muchas cosas que después se olvidaron; unas han vuelto a +descubrirse; otras quizá no se descubran nunca de nuevo. Así, por +ejemplo, parece que atraía por medio de pinchos de metal los rayos y las +centellas; que entendía la lengua de los pájaros; que conocía la fuerza +oculta de la palabra humana y obraba por ella mil prodigios; que los +genios le obedecían; y que era sabedor de todas las doctrinas mágicas de +Enoch y de las que Abraham había aprendido en su patria, Ur de los +caldeos, y de las que estudió Moises en los colegios sacerdotales de las +orillas del Nilo. + +Sea de esto lo que se quiera, no puede negarse que su fama de sabio se +extendió por todas partes. + +La reina de Sabá, cuyo nombre, según hemos llegado a averiguar, era +Guadé, que en el idioma hymiárico, hablado entonces en su reino, +equivale a _Amor_ o _Amistad_, oyó hablar de Salomón y quiso probarle +con preguntas y acertijos. + +Embarcóse, pues, esta augusta señora en Aden, que era el mejor puerto de +sus Estados, y con próspero viento, navegando por el mar Bermejo, aportó +a Aziongaber, y desde allí, por Sela, Beersebá y otras poblaciones, +llegó hasta Hebron, donde el Rey Sabio salió a recibirla con mucha +cortesía y aparato. + +No entro aquí en descripciones del viaje de esta reina, de la pompa con +que venía, de su entrada en Jerusalén, acompañada ya de Salomón, que la +hospedó en su palacio, y de las fiestas que hubo con este motivo. Sería +muy largo contar todo esto. Contentémonos con decir que los regalos que +dio la reina a Salomón fueron magníficos, y no inferiores los que de +Salomón recibió ella; que ella se quedó pasmada del lujo que gastaba +Salomón; y que, como Salomón le adivinó de tenazón todos sus más +enmarañados acertijos, ella se quedó doblemente pasmada de su sabiduría. + +Salomón, que era fino y discreto, creyó que el mayor obsequio que podía +hacer a Guadé, mientras morase en su alcázar, y siendo ella de un moreno +muy subido de punto, era darle para guardia de su persona a los +filisteos que mandaba Mutileder, todos rubios, blancos y sonrosados. En +efecto, los filisteos la impresionaron agradablemente; pero Mutileder, +su capitán, le pareció una divinidad y no un hombre cualquiera. + +Era Guadé tan hermosa como las noches serenas del estío; sus ojos +brillaban como carbunclos, y en oposición a su rostro, algo tostado, +relucían como perlas sus dientes blanquísimos. Sabía mucho. Era un +Salomón con faldas. Pronto con sus miradas fulmíneas derritió la triple +placa de bronce que el empeño de ser consecuente había puesto en torno +del corazón de Mutileder. Y Mutileder y Guadé se amaron, a pesar de +Chemed y de Echeloría. + +Guadé, a quien importaba desengañar por completo a Mutileder, el cual le +había contado toda su historia, menos su plan de tragedia; Guadé, que +hablaba en toda confianza con Salomón y sabía los secretos del harem, +reveló y probó a su joven amigo que Echeloría amaba a Salomón con +delirio. + +Esto indujo más a Mutileder a amar con delirio también a Guadé, no sólo +porque ella se lo merecía, sino para no ser menos y tomar represalias y +desquite. + +Y sin embargo, y aquí entra lo más patético de mi cuento, si bien era +cierto que Echeloría y Mutileder estaban enamorados el uno de su reina y +de su rey la otra, ambos sentían, en medio de la embriaguez del nuevo +amor, pesar tremendo, torcedor horrible en la conciencia, y pasión de +ánimo, que amenazaban matarlos. + +Las mismas imaginaciones, las mismas ideas acudían al alma de los dos, +aunque no se veían ni se hablaban. Se sentían rebajados y humillados. +Eran juguetes de la casualidad. La voluntad de ellos carecía de firmeza. +¿Había sido ensueño infantil el amor que se tuvieron? ¿Había sido burla +ridícula el juramento que se hicieron repetidas veces? O no había sido +santa y hermosa aquella primera pasión, y entonces lo más poético de la +vida de ambos se desvanecía; o si la pasión había sido santa y hermosa, +ellos habían sido sacrílegos e infames, profanándola y hollándola. + +Mutileder desistió ya de matar a Echeloría y de matarse; pero aquel +dolor oculto iba a matar a los dos. Y mientras más notaban ambos que el +amor que tenían a Salomón y a Guadé era su encanto y su delicia, más +culpados y viles se juzgaban y más ganas tenían de morirse, porque el +sonrojo y la humillación destrozaban sus pechos, no bien dejaban de +embargarlos y cautivarlos el frenesí y el vivo deleite que nacen de los +coloquios y caricias en el amor bien correspondido. + +Salomón advirtió el mal de Echeloría, y Guadé advirtió el mal de +Mutileder. Conferenciaron sobre ello. Se lo contaron todo. Buscaron +remedio y no pudieron hallarle. ¿Qué hierba, qué elixir, qué talismán +sería poderoso contra tan rara dolencia, que designaron con el nombre de +_dolencia de los dos amores_? + +Presintieron los reyes que iban a perecer sus dulces amigos y se +desconsolaron. Todo era cavilar en balde qué habían de hacer para +salvarlos. Llegaron hasta a ser tan generosos que proyectaron ceder él a +Echeloría y ella a Mutileder para que se casasen. Pero luego +consideraron que esto sería peor. Al verse, se avergonzarían de verse; +no dejarían de amar de otro modo a Salomón y a Guadé; no podrían amarse +entre sí del mismo amor que los amaban, y morirían más pronto y más +desesperadamente. + +El lance no tenía otra solución que la más lúgubre, a no ocurrir algo +con visos de milagro, como ocurrió en efecto. + + + + +VIII + + +Años atrás, en los últimos del reinado de David, había venido a +Jerusalén un príncipe hiperbóreo, a quien de fama conocen sin duda mis +lectores. Hablo del sapientísimo Abaris, que caminaba montado en una +flecha. Si era la aguja de marear aplicada a la navegación aérea o algo +por el mismo orden, no acertaré yo a decirlo en este momento. Lo que +hace al caso es saber que Abaris viajaba con facilidad prodigiosa. + +David estaba viejísimo, y los sabios de Israel resolvieron que, para +aliviar sus dolencias y hacer menos crueles los postreros años de su +vida, era menester casarle con una jovencita bella e inocente; la flor +de las doce tribus. Eligieron para esto los sabios a Abisag de Sunam, de +quien, por una maldita coincidencia, Abaris, muy joven entonces, andaba +perdidamente enamorado. + +Abaris hizo esfuerzos inauditos para disuadir a Abisag de sacrificarse a +aquel viejo; pero ella, teniéndolo a mucha honra, y creyendo que cumplía +con un deber en ser útil al Rey Profeta, desdeñó a Abaris y se unió con +el Rey. + +Abaris montó en su flecha y se fue de Jerusalén hecho un veneno. A fin +de vengarse del desdén de Abisag, ya que no en ella, en otras mujeres, +se convirtió en seductor desaforado, en el D. Juan Tenorio o Lovelace de +aquel siglo. Los medios de que disponía eran enormes. Era guapísimo, +ágil y divertido en la conversación; y desde que, siglos antes, había +venido su compatriota Olen a civilizar a tracios y pelasgos, no se había +visto hiperbóreo de más doctrina en el Mediodía de Europa. Con esto, con +su astucia, con sus chistes y con su atrevimiento, Abaris iba por todas +partes haciendo estragos en los corazones femeninos. + +Entre tanto, murió David, subió Salomón al trono, y Abisag quedó en +palacio como una de las reinas viudas, aunque en realidad no se podía +decir que hubiese sido esposa del Santo Rey. + +Sabido es, no obstante, que Salomón quería que la tuviesen por tal y que +asimismo viviese ella consagrada sólo a la memoria de David, cuyo +último suspiro había recogido. Por esto se enfadó tanto Salomón cuando +Adonia se atrevió a pedirle por mujer a Abisag. Y habiéndole perdonado +que conspirase contra él, no le perdonó aquella insolencia, e hizo que +Benaya le matase sin que pudiera valerle el haberse asido al cuerno del +altar, en el templo mismo. + +Abaris, que tuvo noticia de todo esto, y que aun estaba enojado contra +Abisag, tardó en volver a Jerusalén; pero volvió al cabo y precisamente +en los días en que Salomón y la reina de Sabá andaban más afligidos con +la dolencia de Echeloría y de Mutileder. + +Ignorábase qué proyectos traía Abaris, pero Salomón le recibió bien, +porque Salomón apreciaba mucho la ciencia. Además, como Abaris era +hombre de mundo, lo que se llama un rodaballo muy corrido, Salomón le +puso al corriente de todo, a ver si él hallaba remedio para aquel mal. + +Abaris aseguró que curaría a los dos jóvenes iberos; pero que, en +cambio, deseaba que Salomón le prometiese que había de otorgarle un don +que intentaba pedirle. Salomón se lo prometió. + +Pasaron después tres días, durante los cuales Abaris pareció como que +estaba estudiando. Al terminar los tres días, fue Abaris al regio +alcázar, hizo que Salomón le presentase a Echeloría, y, no bien la hubo +visto, Abaris dio un grito y se echó en los brazos de la joven, +exclamando: + +--¡Gracias, gracias, benignos cielos: al fin he hallado a mi hija! + +Explicó entonces Abaris que él había estado en Aratispi; que allí había +tenido amores con la madre de Echeloría, y que Echeloría era el fruto de +dichos amores. Añadió luego que como entonces era él tan peregrino +seductor, había tenido también amores en Vesci con la madre de +Mutileder; y que por lo tanto, Mutileder era su hijo. En prueba de esto +dio no pocos datos y razones, y la más sorprendente fue la de afirmar +que ambos jóvenes iberos estaban sellados por él, en la espalda, desde +el día en que nacieron, con una salamandra azul. + +Con la alegría que produjo tan fausto descubrimiento, se prescindió de +la etiqueta de palacio. Vino Guadé y trajo consigo a Mutileder. +Desnudaron las espaldas de ambos jóvenes y se vieron estampadas en ellas +las salamandras. No cabía duda; eran hijos de Abaris, y por consiguiente +hermanos. + +Todo se aclaraba y se justificaba así. El amor que se habían tenido era +fraternal: nacido de la fuerza del parentesco. En vez de afligirse de +haber sido ella robada por Adherbal y enamorada luego de Salomón, y él +de sus infidelidades con Chemed y con Guadé, dieron gracias a los +propicios hados que de aquella manera y por tan ocultos caminos los +habían salvado de un crimen feísimo, que tal le hubieran cometido si +llegan a casarse. + +Se disiparon, pues, las melancolías de Echeloría y de Mutileder; se +abrazaron fraternalmente y más contentos que unas pascuas, y se +encontraron muy a gusto de ser ella favorita de Salomón y él príncipe +consorte en el reino sabeo, para donde se fue con su Guadé, cuatro días +después de saber que era hijo de Abaris y de haber descubierto que tenía +una salamandra azul en la espalda. + +Echeloría se quedó en Jerusalén, ya sin remordimientos y muy alegre. + +Abaris fue a ver a Salomón y a pedirle el don que había prometido +otorgarle; pero como era hombre de mundo y precavido, llevaba preparada +la flecha debajo del manto filosófico, poniéndose cerca del balcón +abierto para hacer su petición, no fuera caso que Salomón se enfadase y +tuviese él que salir volando, antes de que Benaya le hiciese pasar a +mejor vida. + +La petición no era otra que la mano de Abisag. + +Salomón estaba de tan buen talante con la radical curación de Echeloría, +que en seguida consintió en que Abisag se casara. Además, Abisag iba ya +pasando de la juventud a la edad madura, y como la mayoría de las +solteras algo pasadas, estaba tan jaquecosa, que Salomón no la podía +aguantar, y se alegró de salir de ella. + +Todos, pues, fueron felices. + +Salomón tuvo una curiosidad y quiso que Abaris con el mayor sigilo la +satisficiese. + +--¿Hay algo de verdad, le dijo, en lo que afirmas de que eres padre de +Echeloría y de Mutileder? + +--En mi vida estuve en Iberia, contestó riendo Abaris. Confiesa que mi +remedio ha sido ingenioso y eficaz. Sin él no se hubieran curado los +chicos y hubieran sido capaces de morirse. Para hacer mas verosímil la +historia, puse yo mismo por arte mágica en las espaldas de ambos las +salamandras. Todo ha sido lo que allá en los tiempos venideros, dentro +de cerca de tres mil años, llamarán los sabios y pulidos un _mito_, y +los ignorantes y rudos, un _camelo_ o una _filfa_. + + + + +ASCLEPIGENIA + +DIÁLOGO FILOSÓFICO-AMOROSO. + +_La escena es en Constantinopla. Siglo V de la Era Cristiana._ + +Habitación de Proclo. Es de noche. Una lámpara de siete mecheros, puesta +sobre un trípode o candelabro de bronce, ilumina la estancia. Puertas al +fondo y a los lados. + + +ESCENA I. + +PROCLO, de edad de cincuenta años, seco, escuálido, consumido por +vigilias, ayunos, estudios y mortificaciones, aparece sentado en un +sitial. Su discípulo, MARINO, está de pié, junto a él. + + +MARINO.--¡Maestro! ¿Estás decidido a recibir esta noche? + +PROCLO.--Lo estoy. En cualquiera otra ciudad podría yo excusarme: en +Byzancio no, que es mi patria. ¿Cómo privar a mis paisanos del auxilio y +consuelo de la sabiduría? + +MARINO.--Difícil es; pero debieras reposar y cuidarte. Estás que parece +el espíritu de la golosina, de puro desmedrado. Te vas a matar con +tantos afanes. + +PROCLO.--Lléveme el cuerpo donde quiero ir, y luego que muera. + +MARINO.--Me afliges al decir eso. ¿Qué haré yo sin ti en este mundo? +Pero dime, y perdona mi atrevida curiosidad; los que vienen a +consultarte hablan siempre a solas contigo: no extrañes que note una +contradicción... + +PROCLO.--Di cuál es, y te demostraré que es aparente. + +MARINO.--¿No afirmas tú que se requieren largos preparativos antes de +comunicar la sabiduría? ¿Qué revelas entonces a los que te consultan? + +PROCLO.--No toda la verdad, cuyo resplandor los cegaría, sino algo de la +verdad, velado en símbolos. Así el sol se vela entre nubes, a fin de que +ojos mortales puedan fijarse en su disco glorioso. + +MARINO.--Veo que esta noche estás expansivo. ¿Me permites que te haga +vanas preguntas? + +PROCLO.--Haz las que se te antojen. Si me es lícito, contestaré. + +MARINO.--Pues con tu venia: ¿qué nos trae aquí desde el fondo del Asia, +donde estabas estudiando los más oscuros ritos y misterios del Oriente, +y desentrañando su oculto sentido? ¿Es capricho de tu alma o mandato de +un numen? + +PROCLO.--Hace ya años que mi alma no tiene caprichos. Es mandato de un +numen. + +MARINO.--¿Puedo saber de cuál? + +PROCLO.--De Venus Urania. + +MARINO.--¿La evocaste? + +PROCLO.--No la evoqué. Ya sabes tú que en el día rara vez me tomo el +trabajo de evocar a los númenes. Ellos mismos bajan del Olimpo y vienen +a verme, enamorados de mi afable trato. Es verdad que en la escala de la +vida ocupo lugar inferior al de ellos. Si quiero elevarme a la +inteligencia y a la causa soberanas, a través de todas las +manifestaciones corpóreas de su omnipotencia, tengo primero que subir +por mil grados hasta llegar a dichos númenes, y aun después, desde los +númenes hasta el manantial inexhausto de lo celeste y terrenal, del +espíritu y la naturaleza, hay una peregrinación harto penosa. Por dicha, +yo tengo un atajo, una trocha, un sendero recóndito y breve, por donde +llego, no ya a la inteligencia y a la causa, sino más hondo: por donde +llego al Uno. Me abstraigo de todo lo exterior; echo a un lado sentidos +y potencias; borro imágenes de la fantasía; cubro con niebla densa todo +lo escrito en la memoria; y, hundiéndome en el abismo del alma, hallo al +que es. Allí nos juntamos él y yo. Allí él y yo no somos más que el Uno. +De este modo se explica que, siendo yo simple mortal, sea tan +considerado por los dioses. En la ligereza de carácter, propia de la +serena beatitud de ellos, no caben estas reconcentraciones poderosas de +la mente que me llevan al Uno. Ya te lo he dicho mil veces: por el +principio vital, que gobierna mis sentidos, no valgo más que un perro; +por el alma racional me quedo por bajo de las divinidades olímpicas; mas +por la inteligencia especulativa e intuitiva, llego al Uno y dejo muy +detrás de mí a los ángeles, a los demonios, a los genios y a los +númenes. Por la unidad esencial que en mí hay, y de la cual hasta la +inteligencia es emanado atributo, soy el Uno mismo. El Uno soy yo en los +instantes dichosos de entusiasmo, de conjunción y de éxtasis. + +MARINO.--Por Hércules vivo, maestro, que me lleno de envidia siempre que +te oigo afirmar esa unión, por la cual te pones en el Uno o te +identificas con el Uno. Se me ocurre, no obstante, cierta dificultad. + +PROCLO.--Explánala y te la resolveré. + +MARINO.--¿Por qué, si hallas al Uno, hundiéndote en el abismo del alma, +te allanas a buscarle en la naturaleza? ¿Por qué no estás siempre +reconcentrado y como viviendo en la eternidad? + +PROCLO.--Para imitar al propio Uno. Porque el Uno y yo, además de ser el +Uno, somos el Bien. Es nuestra ley no quedar en el centro, absortos en +el absoluto egoísmo y en la inefable contemplación de nuestra esencia. +Tenemos que salir fuera a crear y mostrarnos activos. De él y de mí +emanan la voluntad, la inteligencia y la palabra, y ellas crean el +mundo. Desenvuelve el Uno su idea, y van apareciendo el ser, la vida y +la armonía y el movimiento, y cuanto es y será. Desenvuelvo yo mi idea, +y nacen el arte, las religiones y la ciencia. Y la creación del Uno y mi +creación se compenetran y confunden y vienen a ser la misma. ¿Me +entiendes ahora? + +MARINO.--Me pasmo de tu claridad. Con sobrada razón mereces apellidarte +el sumo pontífice de todas las creencias, el gran ciudadano de todas las +repúblicas y el archi-metafísico de todas las metafísicas. No, Proclo, +tú no eres un mortal. + +PROCLO.--En la esencia no lo soy. En la esencia soy eterno. Considerado +en mi unidad, vivo en la eternidad primitiva: esto es, en un punto +inmóvil, en el cual toda la duración infinita de los siglos se halla +parada, cifrada y reconcentrada. Considerado en el ápice de mi mente, en +la inteligencia, vivo en la eternidad secundaria; torrente de las +existencias sucesivas, perpetuo tránsito, movimiento sin término, +carrera sin meta, mudanza y proceso que no acaban. + +MARINO.--Y dime, maestro, el sacrificio que sin duda haces al salirte +del Uno y penetrar con la mente y con el discurso y con el afecto en +este universo visible, ¿qué principal propósito lleva? + +PROCLO.--Lleva varios propósitos; pero el principal es de la mayor +trascendencia. La ley divina que sigue la historia me ha suscitado en el +tiempo debido para una función importantísima. Mi espíritu toma carne +hacia el fin de la civilización antigua para comprenderla toda en +conjunto armónico. El genio de la Grecia, con sus castizas o peculiares +creaciones, con los sueños de sus poetas desde Lino y Orfeo hasta ahora, +con su pensamiento filosófico desde Pitágoras hasta Jámblico, con los +descubrimientos de sus matemáticos, astrónomos y físicos, y con las +enseñanzas arcanas de Samotracia y de Eleusis; el genio de la Grecia, +con los despojos ópimos que trajo de Egipto, de Persia y hasta de la +India, después de las conquistas del Macedón; todo este trabajo, toda +esta aglomeración de doctrinas, experimentos y especulaciones, han +venido a fundirse en mi cabeza como en horno o crisol candente. Ya +fundido todo, he desechado la escoria por los bríos de mi virtud +crítica, y he guardado sólo el metal limpio y puro. Por último, por otra +virtud plasmante que hay en mí he vaciado ese metal como en un molde, y +he sacado a la luz el refulgente y completo sistema de la antigua +sabiduría. Los pueblos del Norte acabaron ya con el imperio de +Occidente. El imperio de Oriente sucumbirá también. Pronto vendrá la +barbarie. Las tinieblas de la ignorancia cubrirán el mundo. Yo seré, +desde entonces hasta que aparezca la aurora de una nueva y tal vez más +rica civilización, faro luminoso que alumbre y guie al humano linaje. + +MARINO.--Reconozco la importancia de tu vida y de tus obras. Pero, +concretándonos al caso singular de tu venida a Byzancio, ¿qué es lo que +a ello te mueve? + +PROCLO.--Muéveme amor. + +MARINO.--¿Amor de patria? ¿Amor de gloria? + +PROCLO.--Amor de una mujer. + +MARINO.--¡De una mujer! Me dejas turulato. ¿Quién había de suponer que +pensabas en tales cosas? + +PROCLO.--No hay motivo para que te quedes turulato. ¿Qué tiene de +absurdo que yo ame a una mujer? La amo desde que la vi: desde hace +quince años. Ella tenía entonces diez y siete. Hoy tiene treinta y dos. +Entonces era como capullo de rosa: hoy debe de brillar con toda la pompa +y el esplendor de la hermosura, en la plenitud de su vida. Claro está +que si yo estuviese siempre reconcentrado en el Uno, no la amaría; pero, +volviéndome, y no puedo menos de volverme, al mundo exterior, ¿qué +hallaré en todo él que represente mejor al Bien y al Uno mismo? ¿Qué +imagen, qué trasunto, qué destello de la belleza increada descubrirá el +sabio que valga más que la mujer hermosa? Cuando el artista quiere +representar a la ciencia, a la poesía, a la virtud, ¿no les da forma de +mujer? + +MARINO.--Es cierto. + +PROCLO.--No debes, pues, maravillarte de que yo ame en esta mujer a la +ciencia, a la poesía y a la virtud con forma visible. + +MARINO.--Ya no me maravillo. ¿Y puedo saber cómo se llama tu amada? + +PROCLO.--Se llama Asclepigenia. Es la hija de mi maestro Plutarco. Ya te +he dicho que la conocí quince años ha. La conocí en Atenas. Plutarco me +acabó de enseñar la filosofía. Asclepigenia me inició en los misterios +caldeos, en los ritos de las orgías sagradas y en los procedimientos más +eficaces de la teurgia. Desde entonces estamos ella y yo ligados por +amor espiritual y sublime. Su gallardo y lindo cuerpo ha sido sólo para +mí como dorada nube, donde se me aparecía, en reflejos fugitivos, el sol +eterno: toda la perfección del Ser. + +MARINO.--Nobilísima manera de amar fue la tuya... ¿Y ella, cómo te +amaba? + +PROCLO.--Me amaba también con el alma y andaba enamorada del alma mía. + +MARINO.--¿Y por qué te separaste de ella? + +PROCLO.--Por mil razones. Ni ella ni yo queríamos contaminar la pureza +del amor que para siempre nos une. Ambos anhelábamos seguir sin tropiezo +el camino ascendente que hacia el bien y hacia la luz nos encumbraba. +Éramos demasiado jóvenes. No estábamos aún a toda la altura a que nos +importaba estar. Decidimos, pues, separarnos por amor de nuestro mismo +amor. Prometimos reunirnos cuando ya no hubiese peligro alguno. Venus +Urania me ha revelado que ya no le hay, y por eso vengo en busca de +Asclepigenia. + +MARINO.--Notable revelación estuvo. No hay más que verte, maestro, para +conocer que no estás peligroso. + +PROCLO.--Tienes razón que te sobra. + +MARINO.--La fama ha difundido, por esta gran capital, que la honras con +tu presencia y que recibirás en consulta a tres personas cada noche. Por +medio del senador Marciano, a fin de que la casa no se te llene de +gente, han sido repartidos los billetes de entrada. Pronto irán llegando +por su orden los que vienen hoy a verte. Tus siervos los detendrán en la +antesala. Yo los conduciré luego hasta ti. + +PROCLO.--Aunque Marciano profesa la religión de Cristo, es muy amigo mío +y se parece a mí en muchas cosas. Ama a la virgen emperatriz Pulqueria, +como yo amo a la hija de Plutarco. Marciano, que pronto va a cumplir +doce lustros, dos más que yo, dicen que se casará con Pulqueria, con +quien ha de compartir, en honestidad santísima, el trono y el imperio de +Oriente. Del mismo modo, Asclepigenia compartirá conmigo el trono y el +imperio de la filosofía. Pero oigo ruido en la antesala. Ve y mira si ha +venido alguien. + +(Sale Marino y vuelve un instante después.) + +MARINO.--¡Maestro! el primero que acude a consultarte es un bellísimo y +elegante mancebo, llamado Eumorfo. Nadie se viste con tanto lujo y +primor, nadie monta mejor a caballo, nadie baila con tanta gracia y +gallardía. Por estas y otras prendas es el encanto de las damas más +encopetadas. + +PROCLO.--¿Qué pretenderá de mí ese pisaverde? Dile que pase adelante. + + +ESCENA II. + +PROCLO y EUMORFO a quien Marino acompaña, yéndose luego. + +EUMORFO.--Abismo del saber, lucero de la filosofía, archivo de todas las +noticias divinas y humanas... + +PROCLO.--Amable mancebo, déjate de lisonjas y di lo que pretendes. + +EUMORFO.--Pretendo que me ilustres un poco. + +PROCLO (Con cierto desdén.)--¿Y para qué? + +EUMORFO.--No me desdeñes así. Confieso que no tengo por las ciencias la +vocación más decidida. A ti, que todo lo penetras, ¿cómo he de intentar +engañarte? Pero, francamente, mis chistes y agudezas, mis habilidades, +mis talentos de sociedad, todo queda deslucido sin algo de filosofía. +La filosofía se ha puesto en moda entre las señoras de los círculos +aristocráticos, a quienes sirvo, pretendo y tal vez enamoro. Me falta +este charol; dámele, y seré irresistible. + +PROCLO.--Aunque es vulgar, mezquino y un tanto cuanto pecaminoso el +fundamento de tu deseo, tu deseo es bueno en sí, y me decido a +satisfacerle; pero la empresa es ardua. Por más que no quieras tomar +sino una ligerísima tintura, necesitas varias lecciones: necesitas +asimismo consagrar a mi servicio y asistencia un par de horas diarias, a +fin de que vayas recogiendo sentencias de las que se escapan de mis +labios muy a menudo. + +EUMORFO.--Consagraré a tu servicio y asistencia ese par de horas diarias +que dices. + + +ESCENA III. + +DICHOS, MARINO. + +MARINO.--Una dama, que, si bien envuelta en velo argentino, deja +traslucir que está dotada de majestuosa hermosura; una dama, cuyo traje +de seda y cuyas joyas riquísimas manifiestan lo elevado de su clase, +acaba de bajar de una silla de manos y se halla en la antesala +aguardando que la recibas. Parece una diosa por el ritmo y la nobleza de +su andar entonado y por el olor de ambrosia con que satura en torno el +ambiente. ¿Le digo que aguarde? + +EUMORFO.--¡Venerando maestro! La galantería exige que recibas luego a +esa dama. Yo aguardaré en otro cuarto. + +PROCLO.--Bien está. (Señalando a Eumorfo la puerta de la izquierda.) +Entra en aquel. (A Marino.) Di a la dama que no se detenga. + +(Vanse Eumorfo y Marino.) + + +ESCENA IV. + +PROCLO, ASCLEPIGENIA. + +(Eumorfo asoma la cabeza de vez en cuando, ve, escucha y hace gestos de +asombro durante toda esta escena.) + +PROCLO.--¡Deslumbrante aparición! ¿Quién eres? ¿Eres mortal o diosa? + +ASCLEPIGENIA. (Alzando el velo y descubriendo el rostro.)--¿No me +reconoces, Proclo? + +PROCLO.--¡Asclepigenia de mi corazón! ¡Cuán bella estás! Como el medio +día vence al albor de la mañana, tu beldad de hoy vence a la beldad con +que hace quince años resplandeciste en Atenas. No dudo que tu alma se +habrá mejorado y hermoseado también. + +ASCLEPIGENIA.--No lo dudes. También mi alma se ha mejorado y hermoseado. + +PROCLO.--Sea mil veces enhorabuena. ¿Y de quién es tu alma? + +ASCLEPIGENIA.--En su unidad es del Uno. En todas sus facultades, +virtudes, potencias y demás atributos, es siempre tuya. + +PROCLO.--¿Conque me amas? + +ASCLEPIGENIA.--Te amo. Apenas supe que estabas aquí, he venido a +buscarte. + +PROCLO.--Ya no hay peligro. + +ASCLEPIGENIA.--Lo veo. + +PROCLO.--¿Viviremos juntos? + +ASCLEPIGENIA.--¿Y por qué no? Poseo un magnífico palacio donde +albergarte. Serás mi filósofo. Contigo, por medio de la contemplación, +en alas del entusiasmo y del amor sin mácula, me arrobaré, me extasiaré +y me perderé en el Uno. + +PROCLO.--Así sea. + +ASCLEPIGENIA.--Ahora tengo que dejarte. No puedo faltar esta noche en mi +palacio, donde aguardo visitas. Ve a instalarte allí desde mañana. + +PROCLO.--No aspiro a otra cosa. + +ASCLEPIGENIA.--Como supongo que no te habrás venido sin los utensilios +de tu profesión, mis criados se presentarán aquí con un carromato para +la mudanza de todos los libros y trastos de hacer milagros, hablar con +los muertos y atraer a los genios y demonios. + +PROCLO.--Eres mi providencia terrenal. ¿Cómo pagar tanto cuidado? + +ASCLEPIGENIA.--Amándome. + +PROCLO.--Con el alma toda. + +ASCLEPIGENIA.--Para despedida, te permito que me des un casto beso en la +frente. + +PROCLO. (Besándola con timidez respetuosa.)--Es la vez primera que la +tocan mis labios. ¡Cuán regalado favor! + +ASCLEPIGENIA.--¡Adiós, amadísimo Proclo! + +(Vase) + + +ESCENA V. + +PROCLO, EUMORFO. + +EUMORFO.--¿Sabes lo que digo, maestro? + +PROCLO.--Di, y lo sabré. No quiero tomarme el trabajo de adivinar tus +pensamientos. + +EUMORFO.--Pues digo que se me van quitando las ganas de estudiar +filosofía. + +PROCLO.--¿Y por qué? + +EUMORFO.--Porque la filosofía vuelve tonto a quien la estudia. + +PROCLO.--Te equivocas. Lo que hace la filosofía es reforzar las prendas +que cada uno tiene. Al tonto no le vuelve discreto, ni al discreto +tonto; pero al discreto le hace discretísimo, y al tonto tontísimo. + +EUMORFO.--Salvo el merecido respeto, te declararé entonces que tú propio +te condenas. + +PROCLO.--¿De qué suerte? + +EUMORFO.--Porque mostrándote ahora tontísimo con toda tu filosofía, +debiste de ser tonto en tu vida precientífica: tonto de nacimiento. + +PROCLO.--¿Y qué prueba he dado yo de esa tontería superlativa de que me +acusas? + +EUMORFO.--La prueba es tu amor sublime por Asclepigenia. + +PROCLO.--¿Qué sabes tú de eso? + +EUMORFO.--Conozco a Asclepigenia muy a fondo. + +PROCLO.--Te alucinas. Quiero dar por supuesto que conoces las potencias +de su alma, las cuales, en su efusión, han creado para ella un cuerpo +tan hermoso; pero la esencia eterna de esa alma misma, que es lo que yo +amo y por lo que soy amado, está en un punto inaccesible para ti. + +EUMORFO.--¿Consientes que me valga de un símil? + +PROCLO.--Valte de cuantos símiles se te ocurran. + +EUMORFO.--¿Quién es más dueño del mundo, la emperatriz Pulqueria que le +gobierna, o tú que le comprendes? + +PROCLO.--Yo, que le comprendo. Aunque Pulqueria poseyese, no ya sólo +este planeta que habitamos, sino todos los demás planetas, y los astros, +y los cielos, no poseería más que un burdo remedo del Universo, tal como +el Demiurgo le contempla en el Paradigma, antes de sacar la copia o el +traslado. Pero me inclino a sospechar que eres un majadero, y que no +entiendes ni entenderás jamás estas cosas. + +EUMORFO.--No te sulfures, maestro. Si yo no entiendo esas cosas, +entiendo otras más fáciles y agradables de entender. Asclepigenia tendrá +quizá su Demiurgo y su Paradigma misteriosos que tú entiendes y posees; +pero sus cielos, sus planetas y sus estrellas, son míos desde hace +algunos meses. + +PROCLO.--¿Qué palabra dijiste? + +EUMORFO.--Dije que Asclepigenia filosofa contigo; que contigo no quiere +ni quiso nunca peligrar; pero que conmigo no hay peligro que no +arrostre. + +PROCLO.--Por las divinidades superiores e inferiores, que en larga serie +proceden del Uno, confieso que me duele lo que acabas de descubrirme. +Sin embargo, todo se explica satisfactoriamente dentro de mi sistema. +Las cosas son como son; y no pueden ser mejores de lo que son, porque, +como son, son perfectas según su grado. + +EUMORFO.--Consuélate con ese trabalengua. + +PROCLO.--¿Y por qué no consolarme? Asclepigenia y yo, con el libre +albedrío de nuestras almas, dispusimos amarnos, y nos amamos y seguimos +y seguiremos amándonos eternamente, ayudados del favor divino, que acude +a nosotros en virtud de la plegaria. Contra esto nada puedes tú; nada +pueden tus iguales. Hay, a pesar de todo, en la efusión de las potencias +del alma, algo de corporal que está sujeto al hado. Esto es lo que he +perdido en Asclepigenia. La fatalidad me lo roba. El libre albedrío de +ella no ha sido bastante brioso para defenderlo con heroicidad. Pero la +discordia entre el libre albedrío y el hado será al fin dominada por la +Providencia, la cual lo purificará todo, reduciéndolo a la celestial y +maravillosa armonía, que casi toca y se confunde con el Uno +_hiperhipostático_. + +EUMORFO.--Tu discurso suena tan peregrino en mis profanas orejas, que me +induce a creer o que eres un prodigio de prudencia semi-divina, o que +estás loco de atar. + + +ESCENA VI. + +DICHOS, MARINO. + +MARINO.--Un respetable anciano pide permiso para entrar a hablarte. Se +llama Crematurgo. Es el más rico capitalista del imperio. Ha hecho del +modo más filantrópico la mayor parte de sus riquezas. Ha traficado en +cierta clase de individuos, que ya dirigen en los alcázares los negocios +más difíciles, ya sirven sin infundir recelos a los maridos celosos, ya +cantan como serafines en las iglesias. Retirado ahora de esta +fabricación y comercio, se dedica a prestar al gobierno y a los +particulares al cincuenta por ciento al año. Con tales virtudes, +excelencias y servicios, no debe chocarnos que haya merecido el favor de +la emperatriz y de sus ministros, los cuales le colman de distinciones. +Ya le han nombrado conde Palatino y se anuncia que van a crear para él +el título singular y nuevo de _Sebastocrátor_. + +PROCLO.--¿Y qué pretenderá de mí ese tunante? Vamos, dile que entre y le +oiremos. + +(Vase Marino.) + +EUMORFO.--Y yo ¿qué hago? + +PROCLO.--Escóndete de nuevo donde estabas. + +(Vase Eumorfo.) + + +ESCENA VII. + +PROCLO, CREMATURGO. + +CREMATURGO.--¡Oh faro de las más altas especulaciones! ¡Oh déspota de +los genios y demás poderes sobrenaturales!... + +PROCLO.--Está bien. No me adules. Di qué pretendes de mí. + +CREMATURGO.--Tú, que lo sabes todo, ¿no podrías decirme de qué medio me +valdré para que mi amada sea mía, solamente mía? + +PROCLO.--No llega tan lejos mi saber. Si llegara, le hubiese yo empleado +en favor mío, que buena falta me ha hecho. + +CREMATURGO.--Veo que tu saber no vale un comino. Harto me lo sospechaba +yo. + +PROCLO.--Expon, no obstante, tu caso, y allá veremos si puedo remediarte +o darte al menos algún consejo útil. + +CREMATURGO.--Yo estoy prendado de la más hermosa mujer que hay en +Byzancio. Por ella hago descomunales desembolsos. No hay primor, ni +refinamiento, ni objeto de arte, que ella no logre por mí. He traído +para ella telas bordadas del país de los Seras, alfombras de Ctesifón, +perlas y diamantes, papagayos y monos de la India, perfumes y oro de +Arabia, y chales de Cachemira. Su palacio encierra muebles incrustados +de marfil y nácar, estatuas de mármol de Paros, vajillas de plata, vasos +de Nola y jarrones del extremo Oriente, que tienen un barniz desconocido +en los imperios de persas y de romanos. Ella hace visitas a mi costa en +silla de manos lindísima, o se pasea o va al circo o al hipódromo en +reluciente carroza o _harmamaxa_, tirada por cuatro blancos caballos. En +fin, nada le falta. ¿Cómo me compondré para que ella no me falte a mí? + +PROCLO.--Lo discurriremos. Para mayor ilustración del asunto, infórmame +de quién es esa dama que tan caro te cuesta. + +CREMATURGO.--Es Asclepigenia, la hija del filósofo Plutarco. + +PROCLO.--¡Profundos cielos! ¿Quién lo hubiera podido imaginar en la +vida? Tú eres mi rival. + +CREMATURGO.--¿Tu rival? Pues qué, ¿también a ti te ama? ¿Qué le das tú, +esqueleto pordiosero y ambulante? + +PROCLO.--El alma, la esencia eterna. Pero sabe ¡oh sátiro vetusto! que +todavía tienes otro rival. Sal, Eumorfo. + + +ESCENA VIII. + +DICHOS, EUMORFO. + +CREMATURGO.--¿Qué descaro es este? ¿Cómo te atreves, Eumorfo, a +presentarte y a rivalizar conmigo? Tengo en mi poder cuatro pagarés +tuyos vencidos y archivencidos, y voy a ejecutarte mañana. + +EUMORFO.--Refrena tu furor, generoso magnate. Yo ignoraba que +Asclepigenia te perteneciera. + +CREMATURGO.--Sea como sea, lo cierto es que Asclepigenia nos ha burlado +a los tres galanes. El acaso, ¿qué digo el acaso? la diosa Minerva nos +ha reunido aquí para desengañarnos. Vamos a ver a Asclepigenia y a +decirle lo que merece. Ella me aguarda solo. Venid en mi compañía. + +EUMORFO.--Vamos. + +PROCLO.--Vamos. (Proclo toma su báculo de filósofo, y salen juntos los +tres.) + + +ESCENA IX. + +Estrado o parastasio rico y elegante en casa de Asclepigenia adornado +con estatuas y pinturas, e iluminado con lámparas, unas pendientes del +techo, otras colocadas sobre mesas délficas. + +ASCLEPIGENIA Y ATENAIS. + +(La primera aparece reclinada, casi tendida lánguidamente en un +_esquimpodio_ o silla-larga. Atenais, a su lado, en un taburete.) + +ATENAIS.--¿Con que has visto a tu primer amor? + +ASCLEPIGENIA.--Sí, le he visto. Me ha dado lástima. Está flaco, pálido, +apergaminado. Y luego ¡qué sucio! Doy por cierto que en los quince años +que ha vivido lejos de mí no se ha lavado una vez sola ni siquiera las +manos. + +ATENAIS.--Ese grave defecto tiene el espiritualismo o misticismo, que +ahora priva y cunde. Parece que las virtudes a la moda exigen que sean +puercos los virtuosos. + +ASCLEPIGENIA.--Y no es eso lo peor, sino que se apodera de los ánimos +una tristeza vaga y sofística que los enerva; tristeza que los antiguos +apenas conocieron; un menosprecio del mundo y de las dulzuras de la +vida, que despuebla las ciudades y puebla los desiertos; un desdén del +bienestar y de la riqueza, que roba brazos a la agricultura y a la +industria; y una mansedumbre resignada, que amengua el valor del +ciudadano y del guerrero. Más que Atila y todos los bárbaros, me hacen +prever estos síntomas la total ruina de la civilización. Pero volviendo +a la suciedad y descuido en la persona, te aseguro que me ha dado grima +ver a Proclo. Ofende toda nariz medianamente delicada. + +ATENAIS.--Cruel inconveniente es ese si has de vivir con Proclo. + +ASCLEPIGENIA.--Yo sabré remediarle. No me meteré en discusiones ni en +consejos, sino que, a modo de broma, haré que mañana le cojan dos +esclavos antes de comer, le soplen en un baño y me le laven y frieguen +con pasta de almendra, y me le froten con aromoso _diapasma_. Él mismo +se sentirá mejor después, y tomará la costumbre de lavarse. + +ATENAIS.--Pero, declárate con franqueza; a pesar de está Proclo tan +viejo, tan estropeado y tan sucio, ¿le amas todavía? + +ASCLEPIGENIA.--Le amo y le adoro. Se me figura que él es la última +encarnación del maravilloso genio de Grecia. Amándole, se magnífica y +ensalza todo mi ser, hasta considerarme yo misma como la ciencia, la +poesía, la civilización griega personificada. + +ATENAIS.--En efecto, Proclo es el príncipe de los filósofos. Tu padre +Plutarco y mi padre Leoncio, notable filósofo también, le veneraban como +superior a ellos. Comprendo, pues, que ames a Proclo. + +ASCLEPIGENIA.--Una doncella tan sabia, educada con esmero en Atenas; una +poetisa tan inspirada como tú, en quien veo renacer, en edad temprana, +las altas prendas de Hipatia, no podía menos de comprender este amor mío +que descuella sobre mis otros amores. + +ATENAIS.--Es un dolor que no pueda ser el único. + +ASCLEPIGENIA.--La culpa, hasta cierto punto, la tiene el pícaro +misticismo. Por él nos separamos. Sin él hubiéramos vivido juntos, +hubiéramos sido humanamente amantes y esposos, y ni yo hubiera caído, +ni Proclo hubiera llegado a ser, con lamentable precocidad, y quedándose +pobre, un vejestorio tan incapaz, y tan feo. + +ATENAIS.--Tu propósito era difícil. No extraño que no hayas podido +cumplirle. El temple de alma de la emperatriz Pulqueria es rarísimo. + +ASCLEPIGENIA.--¿Qué temple de alma ni qué calabazas? Ella es emperatriz +y no necesita de un Crematurgo. + +ATENAIS.--¿Tiene acaso algún Eumorfo? + +ASCLEPIGENIA.--¡Vaya si le tiene! Nadie lo ignora, menos tú, que estás +en Babia, y Marciano, que hace la vista gorda. + +ATENAIS.--¿Y quién es ese feliz mortal? + +ASCLEPIGENIA.--El lindo y gracioso Paulino. + +ATENAIS.--Pues no tiene mal gusto la santa. + +(Aparece una sierva.) + +SIERVA.--Señora, Crematurgo pide licencia para entrar. + +ASCLEPIGENIA.--Que entre. (Vase la sierva.) + +ATENAIS.--¿Me retiro? + +ASCLEPIGENIA.--Retírate. (Vase Atenais.) + + +ESCENA X. + +ASCLEPIGENIA, CREMATURGO, PROCLO Y EUMORFO. (Asclepigenia se pone de pié +para recibirlos.) + + +ASCLEPIGENIA.-¡Qué agradable sorpresa! ¿Qué significa venir los tres +juntos a mi casa? + +CREMATURGO.--Envidiable frescura te concedió el cielo. ¿Cómo, al vernos +entrar juntos a los tres, no tiemblas, no te asustas, no te hundes +avergonzada en el centro de la tierra? + +EUMORFO.--Eso mismo repito yo. ¿Cómo no te hundes en el centro de la +tierra? + +CREMATURGO.--¡Inicua! Nos estabas engañando a todos. + +EUMORFO.--Esto pasa de castaño oscuro. ¡Tres al mismo tiempo! + +CREMATURGO.--¿Qué puedes alegar en tu defensa? + +EUMORFO.--Con razón enmudeces. + +ASCLEPIGENIA.--Yo no enmudezco ni con razón ni sin ella. A fin de +probaros que la razón no me falta, os contaré una parábola, si tenéis +calma para oírla. + +CREMATURGO.--Cuenta. + +EUMORFO.--Te escucho. + +ASCLEPIGENIA. (A Proclo, que ha estado y sigue silencioso desde que +entró.) Y tú, ¿qué dices? + +PROCLO.--Nada. Te escucho también. + +ASCLEPIGENIA.--En el jardín de este palacio hay un rosal, que estaba +casi seco y perdido por hallarse en terreno estéril.--¿Qué necesita? me +dije yo al contemplarle.--Mantillo, me respondí. Es menester que de las +sustancias corrompidas que en el mantillo hay absorba el rosal la savia +vivificante que ha de dar lozanía, gala y primor a sus hojas y a sus +flores. Cubrí, pues, con mantillo las raíces y el pié del rosal, y el +rosal ha reverdecido y florecido como por encanto. La verdura de sus +hojas es brillante: sus rosas son divinas. Los pétalos de estas rosas +tienen el color encendido del alba: el centro parece cáliz de oro: en el +cáliz hay miel. ¿Qué ser delicado, elegante, ligero, bonito, en armonía +con la rosa, podrá tocar sus pétalos sin marchitarlos, y libar la miel +del cáliz con la correspondiente suavidad y finura?--Una aérea, pintada +y alegre mariposa, pensé yo. Y apenas lo hube pensado y deseado, acudió +la mariposa más gentil y juguetona que he visto en mi vida; y +revoloteando en torno de la rosa, se posó en su seno, sin ladear apenas +el flexible tallo, y libó la miel del cáliz de oro. Noté, sin embargo, +que esto no bastaba. De la rosa se desprendía exquisita fragancia, que +iba disipándose por el ambiente y que el céfiro esparcía en sus alas. En +la rosa había asimismo belleza extraordinaria, reflejo de la idea; +perfección de formas, que encierra puros pensamientos artísticos. Esto +sólo puede comprenderlo la inteligencia. Sólo el espíritu puede gozar de +todo esto. Es así que la mariposa no tiene inteligencia, ni espíritu, ni +siquiera olfato: luego al rosal le faltaba lo mejor. Sus prendas de más +valía quedaban sin fin y sin propósito. Entonces vi claro que, si el +mantillo y la mariposa eran indispensables para el rosal, eran más +indispensables aún mente elevada, espíritu y conciencia, que le +comprendiesen y admirasen. Aplicad ahora la parábola y reconoceréis mi +justificación. Yo soy el rosal; tú, Crematurgo, eres el mantillo; tú +Eumorfo, la mariposa; y Proclo es la nariz que aspira el aroma y la +mente que estima la beldad y goza dignamente de ella. ¿Qué culpa +adquiere el rosal de que nada sea completo en este bajo mundo? ¡Lástima +es que no se logren mantillo, mariposa, narices y mente en un ser solo! +Como el rosal requería todo esto y no se hallaba reunido, he tenido que +buscarlo por separado. + +CREMATURGO.--Pues yo no me avengo. No quiero ser mantillo y nada más. +¡Adiós, ingrata! (Vase.) + +EUMORFO.--Tampoco me resigno yo a ser una mariposa ininteligente, sobre +todo cuando por amor tuyo me había puesto ya a estudiar filosofía. +¡Adiós infame! (Vase.) + + +ESCENA XI. + +ASCLEPIGENIA, PROCLO. + +ASCLEPIGENIA.--Mantillo y mariposa me abandonan. ¿Me abandonarás tú +también, Proclo mío? + +PROCLO.--Confieso que mi alma está destrozada. Tal vez haría yo bien en +huir de tu lado para siempre; pero hay una fuerza que me retiene cerca +de ti. En balde he querido espiritualizar, santificar la civilización +antigua, risueña y amante de la hermosura, pero liviana. No acierto, con +todo, a divorciarme de ella. Soy de ella. Soy tuyo sin remedio. El +vergonzoso y duro desengaño no mata el amor de mi corazón al derribar +todo el edificio filosófico que con tanto afán y arrogancia había yo +levantado. Se me figura que cae sobre mí el justo castigo de la +soberbia del espíritu. El espíritu se apartó con desdén de la +naturaleza; quiso elevarse por cima de la inteligencia y de la causa; +pugnó por ir más allá del ser mismo; aspiró a confundirse con el +principio inmutable de todo ser. La unión mística, de que tanto me he +envanecido, fue sin duda ilusión malsana. El principio indefinible del +ser, con el cual yo creía unirme, y del cual todo lo que se afirma es +negando, era el no ser: era la nada. Mi supuesta identificación con él +fue muerte egoísta. No fue la muerte generosa de aquel que, amando la +vida, sabe darla por el triunfo de una noble idea; por su patria; por la +felicidad del objeto amado. Mi prurito de perderme en el Uno, +absorbente, impersonal, que todo lo tiene en sí y nada tiene, es la más +monstruosa perversión del espíritu. Es no saber vivir y gozar en el seno +de este vario y bello Universo. Es crear un misticismo contrario al +amor. Mi misticismo reconcentra el alma: el amor la difunde. Apartado el +espíritu de la naturaleza, ¿qué se puede esperar sino lo que veo y +lamento ahora? O el delirio que toma la nada por el principio del ser, o +la vileza, el rebajamiento, la impura grosería y el brutal apetito de +goces materiales, triunfantes en la naturaleza, en la sociedad y en todo +pensamiento, cuando el espíritu los abandona. En cambio, ¿qué vale el +espíritu que se aparta del mundo real, creyendo adorar lo divino y +adorándose a sí propio? Ni para resistir los golpes del infortunio más +vulgar conserva brío suficiente. ¿Qué energía de voluntad me queda? Sólo +soy capaz de vil y cobarde resignación o de morirme aquí de pena, como +mujercilla nerviosa. ¡Qué vergüenza! No puedo más. ¡Ay de mí! + +(Proclo cae desmayado en la silla-larga.) + +ASCLEPIGENIA.--¡Atenais! ¡Atenais! ¡Acude! ¡Oh desgracia! Acude; trae un +pomo de esencias. ¡Nos quedamos sin filosofía! Ya no hay filosofía +posible. Ya no hay más que ciencias positivas y prosaicas. Mi filósofo +se me muere. (Se inclina sobre él y le abraza con la mayor ternura.) +Huele mal; pero... ¡es tan sabio! ¡es tan bueno! + + +ESCENA XII. + +DICHOS, ATESTAIS. + +(Atenais ayuda a Asclepigenia a cuidar a Proclo, aplicando un pomo de +esencias a sus narices) + +ATENAIS.--Cálmate. No es nada. Ya vuelve en sí. + +ASCLEPIGENIA.--¡Buen susto me he llevado! ¡Pobrecito mío de mi alma! +¡Qué malo se me puso! + +PROCLO. (Se levanta.)--Perdóname, amiga. Ha sido un momento de +debilidad. (Reparando en Atenais.) ¿Quién es esta gallarda doncella? + +ASCLEPIGENIA.--Es Atenais, hija de Leoncio. + +PROCLO.--¡La hija de mi docto e ilustre amigo!... ¡El cielo te bendiga, +Atenais! + +ASCLEPIGENIA.--¿Me perdonas, Proclo? + +PROCLO.--No hablemos más de lo pasado: olvidémoslo. + +ASCLEPIGENIA.--¿Vivirás conmigo? + +PROCLO.--No quiero ni puedo vivir ya sin ti. Tú serás el lucero que +ilumine con su luz apacible la melancólica tarde de mi existencia. Estas +blancas y suaves manos (las toma entre las suyas) cerrarán con amor mis +párpados cuando se junten para dormir el último sueño. + +ASCLEPIGENIA.--Contigo no echaré de menos ni la riqueza, ni la hermosura +corporal... ¿Qué más hermosura, que más riqueza que el tesoro de tu +alma? Si es menester, viviremos en la mayor estrecheza. Algo se me +estropearán las manos de guisar y de remendarte la ropa. La elegancia, +el esmero, el perfume de aristocrática distinción se desvanecerán casi +por completo cuando vivamos míseramente. ¿Pero qué importa? ¿Yo poseeré +tu alma y tú la mía? + +PROCLO.--No ha de ser así. No consentiré que se pierda o que se +deteriore ni una chispa, ni un átomo de toda esa beldad que te dio +naturaleza y que el arte ha completado y realzado. Yo ganaré riquezas +para ti. Para ti tendré hermosura corporal y juventud lozana. + +ASCLEPIGENIA.--No te alucines, Proclo. La juventud que se fue, no vuelve +nunca. Venus Urania no te visitó sin motivo. En cuanto a la riqueza, doy +por cierto que no ganarás jamás un óbolo con toda tu filosofía, a no ser +que apeles al milagro. + +PROCLO.--Pues bien; al milagro apelo. Ahora vas a ver quién yo soy. +¡Aquí te quiero, oh Teurgia! Para algo me has de servir. Hasta ahora, +Asclepigenia idolatrada, has poseído en Eumorfo y en Crematurgo +hermosura, juventud y riquezas, contingentes, limitadas y caducas. De +hoy en adelante vas a poseer la juventud, la hermosura y la riqueza, en +absoluto y para siempre. Guardad silencio religioso. Ya empieza el +conjuro. + +(Profundo silencio. Proclo, agitando su báculo, traza en le aire +círculos y otras figuras mágicas, y murmura entre dientes palabras +ininteligibles. Óyese música celestial, lenta y sumisa. En el centro del +teatro se va cuajando una brillante y cándida nube, con arreboles de +carmín, oro y nácar.) + +ASCLEPIGENIA Y ATENAIS.--¡Qué portento! + +PROCLO.--Ocultos en esa nube tienes ya, a tus órdenes y para tu +servicio, en reemplazo de Eumorfo y de Crematurgo, al flechero Apolo, al +más elegante y bonito de los dioses, y al hijo de Jasión y de Céres, al +ciego Pluto, dispensador de las riquezas. ¿Quieres que salgan con +séquitos de musas, gracias, ninfas, y genios, o que salgan solos? + +ASCLEPIGENIA.--Que salgan solos. Ya les iré pidiendo, en la sazón +conveniente, todo aquello que se me ocurra. + +PROCLO.--¡Apareced, dioses! + +(Se abre la nube, y salen de ella, con mucha luz de Bengala, Pluto, +cojo, ciego y alado, y Apolo, muy bizarro y airoso, con manto de +púrpura, corona de laurel y lira en mano.) + +PROCLO.--¿Qué más tienes que pedir? + +ASCLEPIGENIA.--Nada. Yo me contentaba con tu amor. + +PROCLO.--Recapacita, sin embargo, si algo te falta. + +ASCLEPIGENIA.--Si no me motejases de sobrado pedigüeña y exigente, aún +te pediría una cosa. + +PROCLO.--¿Cuál? + +ASCLEPIGENIA.--Que te laves. + +PROCLO.--Me lavaré. + +ATENAIS.--Ya eres dichosa. Posees ciencia, hermosura, juventud, riqueza +y hasta aseo. Yo, desvalida y menesterosa, lejos de envidiarte, me +regocijo. + +PROCLO.--El cielo te premiará, generosa Atenais. Yo, que estoy ahora +inspirado, leo en el porvenir tu egregio destino. El joven Teodosio, a +quien educa muy bien su hermana Pulqueria, a fin de que brille en el +trono imperial, se casará contigo. Así serás emperatriz de Oriente. +Serás feliz y poderosa sin acudir a la magia; pero tendrás que hacerte +cristiana. Por último, para que nuestra gloria y nuestra felicidad sean +más estupendas y vividoras, después que pasen troce o catorce siglos, +contando desde el día de la fecha, aparecerá en la risueña y fértil +Bética, cuna de la dinastía reinante y patria de tu abuelo político el +Gran Teodosio y de otra infinidad de personas eminentísimas, cierto +escritor ingenioso y verídico, el cual ha de componer sobre los sucesos +de esta noche un diálogo, donde trate de competir con el divino Platón +en lo elevado y grave, y con el satírico Luciano en lo chistoso y +alegre. + +ATENAIS.--Mucho me he de holgar si tus vaticinios se cumplen. + +ASCLEPIGENIA.--Y yo también. Temo, sin embargo, que ese diálogo, que +Proclo anuncia, sea una extravagancia sin amenidad y sin viveza, donde +nosotros figuremos, no como seres reales, sino como personajes +alegóricos: donde Proclo y yo representemos la antigua poesía sensual y +corrompida y el antiguo saber agotado, desesperado y estéril, que para +seguir viviendo juntos se entregan a brujerías y supersticiones. + +ATENAIS.--Si esa alegoría puede tener alguna aplicación cuando el +diálogo se escriba, tal vez interese el diálogo. + +ASCLEPIGENIA.--Suceda lo que suceda, no debe importarnos mucho. Allá se +las haya el autor. Nosotros cinco, mortales y dioses, vámonos al +triclinio, donde tengo preparada una suculenta y bien condimentada cena. + +MORTALES Y DIOSES.--Vámonos a cenar. + + + + +GOPA + +DIÁLOGO FILOSÓFICO EN TRES CUADROS. + + +CUADRO I. + +La escena es en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo. + +Interior del magnífico palacio del Príncipe Sidarta. Es de noche. Cámara +del tálamo, iluminada por una lámpara de oro. + +GOPA.--PRATYAPATI. + +PRATYAPATI.--Los más vigilantes siervos del rey Sudonán rondan en torno +de este palacio. Las puertas de la ciudad están defendidas. No se irá. +Es menester que no se vaya. Sin él ¿qué será de nosotras? Con igual +vehemencia le amamos, aunque de manera distinta. Yo le amo como si fuera +mi hijo. Cuando, a poco de darle vida, murió BU madre Maya Devi, por +encargo suyo quedó Sidarta a mi cuidado. No quisieron los dioses que +ella viviese, para que no padeciera lo que nosotras padecemos hoy. + +GOPA.--Inmenso dolor nos agobia. ¿Por qué anubla su hermosa frente +irremediable tristeza? ¿Por qué desea abandonarnos? ¿Qué falta, qué +mengua encuentra en mí? Yo le hubiera preferido a los dioses, como +Damayanti prefirió a Nal. Mi ventura se cifra en obedecerle con humildad +y en ser toda suya. ¡Ingrato! Su corazón insaciable no logra aquietarse +en mi amor. Su noble cabeza jamás reposa tranquila sobre mi seno. Ya no +me ama. Me juzga indigna de su cariño. + +PRATYAPATI.--No te atormentes, ¡oh Gopa! Sidarta te ama. Para él eres tú +el ser predilecto entre todos los seres. Pero de amor nace su pena. Amor +es su martirio. Amor le devora, creando en su alma una piedad infinita, +que no consiente ni deleite, ni goce, ni paz tan sólo. Todos los males +de la vida pesan sobre su corazón, que abarca en su afecto la vida de +los tres mundos. Amor, primogénito de la naturaleza, por una fatal +expansión de su esencia divina, dio ser a cuanto vive; y con la vida +nacieron el dolor, la pobreza, la enfermedad y la muerte. Se diría que +Sidarta es la encarnación, el avatar de Amor, que llora y lamenta haber +creado la vida; que padece en sí cuanto todo ser que tiene vida padece, +y que anhela retrotraer la vida a la nada para que el padecimiento +acabe. + +GOPA.--Efímera es la vida: el padecimiento que de ella nace debe de +serlo también. + +PRATYAPATI.--No, Gopa; la vida no tiene término. La muerte es cambio, no +fin. Arrastrados en la perpetua corriente, mudamos de forma, pero no de +esencia, la cual renace o reaparece siempre para el dolor. En este +sentido, los dioses, los asuras y los hombres son igualmente inmortales. + +GOPA.--¿Y no hay ningún dichoso? + +PRATYAPATI.--Ninguno. La infelicidad es la primera condición de la vida. + +GOPA.--¿Y por qué Amor creó la vida, y la infelicidad con ella? + +PRATYAPATI.--Porque Amor no fue libre. Como del sol brotan los rayos, +como el agua mana de la fuente, así de Amor brotó y manó la vida. Sólo +movido de compasión sublime, en virtud de un esfuerzo superior a lo +humano y a lo divino, recogiéndose en sí con abstracción portentosa, +logrará Amor recoger también en sí la vida y darle quietud eterna. + +GOPA.--Veo que piensas como Sidarta. Aplaudes, sin duda, su propósito, +que yo no comprendo. + +PRATYAPATI.--Hasta cierto punto pienso como él; pero su propósito es +audaz, me parece irrealizable, y por audaz e irrealizable no le aplaudo. +Si él estuviese llamado, como cree, a ser el libertador de los hombres, +yo vería y haría con gusto cuantos sacrificios hay que hacer para +lograrlo. + +GOPA.--¡Oh Pratyapati! ¡Cuán encontrados sentimientos son los nuestros! +Si tú le amas como madre, yo, como esposa, como mujer enamorada le amo. +Este modo de amar es menos fuerte, por lo común, que el amor de madre. +En el amor de madre hay mucho que nace de las entrañas y que allí se +arraiga. Por eso, no ya las mujeres, sino las mismas fieras aman a sus +hijuelos. La mujer enamorada de un hombre, cuando sólo le ama con el +amor de las entrañas, no le ama más que le ama su madre; pero cuando le +ama también con el amor del espíritu, le ama mil y mil veces más que la +madre más amorosa; le idolatra; le mira como a un dios; tiene fe en él; +le cree capaz de todo lo grande y de todo lo bueno; piensa que de la +voluntad de él, que es ley para ella, han de nacer el milagro, el bien y +la bienaventuranza para todos. No sé, no comprendo el propósito de +Sidarta; pero sé y comprendo que será bueno su propósito, y que le +logrará, si quiere. Si para que le logre he de hacer yo el mayor +sacrificio, pronta estoy a hacerle. + +PRATYAPATI.--¡Oh desventurada y débil mujer! ¿Qué mísera resignación es +la tuya? Tú sola puedes detener al Príncipe con la deleitosa cadena de +tu afecto; mas la veneración que el Príncipe te inspira te excita hasta +a romper esa cadena. La violencia no bastará a retenerle; pero si tus +blancos y suaves brazos le cautivan, ¿cómo te apartará de sí para ir a +donde sueña que su vocación le está llamando? El Rey pone en ti su +esperanza. No la defraudes. Reten a Sidarta con el hechizo de tu amor y +de tu hermosura. No le dejes partir.... Siento pasos. Sidarta viene. No +quiero que me halle aquí. Animo, ¡oh Gopa! + +(Se va Pratyapati.) + +GOPA.--Animo.... para detenerle no me falta; no le necesito. Para +dejarle partir he menester de todo mi valor. + +(Entra el Príncipe.) + +SIDARTA (abrazando a Gopa)--¡Esposa mía! + +GOPA.--Dime la verdad. ¿Me amas aún? + +SIDARTA.--Te amo más que nunca. + +GOPA.--¿Por qué, entonces, estás inquieto, triste y como desesperado? +¿Por qué no se aquieta en mí tu voluntad? + +SIDARTA.--Si no te amase, mi voluntad no se aquietaría en ti, porque +buscaría más alto objeto de su amor. Amándote, no se aquieta tampoco, +porque teme perderte. En breve plazo nos separará el destino, y +renaceremos bajo nuevas formas para no volver acaso a encontrarnos +jamás. Y no nos separaremos en la plenitud de la hermosura y de la +fuerza, jóvenes y robustos aún, sino tal vez marchitos por la vejez y +sobrecargados de disgustos y enfermedades. Esto hará que el afecto que +hoy nos tenemos se trueque en desvío y en horror, o dé origen a una +piedad dolorosa. Pero aunque tú y yo ¡oh hija de Dandapani! lográsemos +revestirnos de juventud perpetua y disfrutar perenne salud, viviendo +unidos y enamorados siempre, nunca seríamos felices, como no fuésemos +egoístas. El dolor de cuanto respira, el padecer de cuanto alienta, la +muerte de cuanto vive y el espantoso espectáculo de la miseria humana +acibararían nuestra ventura, o nos harían indignos de gozarla por la +dureza de nuestros pechos sin compasión y por la sequedad de nuestros +ojos sin lágrimas. + +GOPA.--Tus razones son tan poderosas para mí, que no sé cómo responder +a ellas. Si algún engaño contienen, no seré yo quien te saque del +engaño; caeré en él contigo. Es cierto: lo sé por experiencia propia: no +hay dicha cumplida. Ni cuando tú, violentando la dulce modestia de tu +condición y prestándote al capricho de mi padre, te presentaste a +competir con mis pretendientes, y en la lucha, en la carrera, en +disparar flechas y en esgrimir las demás armas, los venciste; ni cuando +me revelaste que me amabas; ni cuando toda yo fui tuya; ni cuando sentí +en mi seno agitarse viva tu imagen; ni cuando alimenté a nuestro hijo +con la leche de mis pechos; ni cuando, sentado en mi regazo, aquel claro +descendiente de Gotama respondió por vez primera a mi sonrisa con su +sonrisa y atinó a pronunciar tu nombre y el mío; nunca dejaron de +acibarar mi contento el temor de perder el bien que le causaba y la +consideración de que nuestro contento y nuestro bien eran privilegio +odioso, eran contravención de la ley que condenó a los hombres a general +infortunio. Pero dime; si me amas, ¿nuestro infortunio no será mayor +separándonos? ¿Por qué, pues, me huyes? Afirman que nos quieres +abandonar a todos. ¿Qué propósito llevas? Porque el dolor sea general y +necesario, ¿hemos de acrecentarle por nuestra voluntad, como lo +acrecentarás si nos abandonas? + +SIDARTA.--Bien sabes, hermosa nieta de Iksvacú, que por mi voluntad no +se ha derramado jamás una sola lágrima. ¿Cómo había yo de darte +voluntariamente el pesar más pequeño? Jamás me apartaría yo de tu lado, +si esto me fuera lícito; pero no debo ocultártelo por más tiempo: un +deber imperioso me impulsa a ir lejos de ti. + +GOPA.--¿No te alucina, no te extravía ese deber? + +SIDARTA.--No es posible que me alucine. Mi resolución no ha sido súbita, +sino nacida de largas y profundas meditaciones. Yo quiero y puedo +libertar a los hombres de la miseria, del dolor y de todos los males: +mostrarles el camino de la redención, redimiéndome yo mismo. Mi +inteligencia, abstrayéndose de todo, desdeñando los deleites ilusorios +con que nos brinda el Universo, en la contemplación de sí propia, en el +éxtasis, irá poco a poco alcanzando la suprema sabiduría, elevándose por +cima de los dioses y de los asuras, adquiriendo un poder mágico que +rompa la ley fatal del encadenamiento de las causas; y, por último, +llegada al colmo de su brío, realizada toda la virtud de su esencia, se +extinguirá para siempre, como se extingue la llama cuando da al mundo +toda la luz y todo el calor que están en ella latentes. Mi vida será así +ejemplo y dechado para los que aspiren, como yo, a salir de la esfera +tempestuosa de la vida y de las mudanzas sin fin, y busquen la paz +eterna. Obra fatal de Amor, efusión de su esencia divina fue este +Universo tan lleno de dolor. Sean obra reflexiva de Amor el +aniquilamiento, el silencio y el reposo que nos salven del tumulto y de +la guerra. Limitación y mengua son el fundamento de nuestra vida como +individuos. Rompamos el límite, completemos el ser para que no tenga +mengua alguna, y entonces nuestra existencia sin límites, y entera, sin +mengua ni falta, será como si no fuese. + +GOPA.--El fin a que caminamos es para los ojos de mi mente tenebroso +como el abismo. Como en el abismo, hay en él algo que me seduce y que me +atrae. No penetro, sin embargo, lo que puede ser este fin; pero los +móviles que a él te llevan son generosos, admirables, dignos de tu alma. +Sidarta mío, aun cuando fuese errada la dirección que llevas, es tan +noble el impulso que por ella te ha lanzado, que, lo presiento con +orgullo, las generaciones futuras por siglos y siglos habrán de +bendecirte y ensalzarte como al más glorioso de los hombres. Mil tribus, +naciones y pueblos seguirán tus huellas y aprenderán tu doctrina. Por mi +amor de esposa, por el amor que tengo a nuestro hijo, quisiera oponerme +a tu empresa y retenerte a mi lado; pero el amor de tu gloria, que +reflejará en mí y en tu hijo, me mueve a no impedir tu partida, aunque +el impedirla estuviera a mi alcance. Ve, pero llévame contigo. Déjame +primero compartir tus trabajos y después tu triunfo. + +SIDARTA.--No puede ser. Debo partir solo. + +GOPA.--Mi corazón se deshace de dolor; pero me resigno devotamente. ¿Y +cuándo, bien mío, ha de ser tu partida? + +SIDARTA.--En el instante, ¡oh hermosa nieta de Iksvacú! Estamos en la +mitad de la noche. Mira al claro cielo. ¿Ves aquella luz que brilla en +Oriente? Es mi estrella, que se levanta para iluminarme y guiarme. +Chandac, mi escudero, tiene enjaezados los caballos. Los que guardan la +puerta oriental de Capilavastu, por donde ya asoma mi estrella, están +ganados y me dejarán partir. Queda en paz, ¡oh Gopa! + +GOPA.--¡Oh señor del alma mía! Tu esclava gemirá abandonada por ti +mientras viviere. Si no lo repugnas, ya que no a la mujer querida, +concede el último favor a la madre de tu hijo. Sella mi rostro con tus +labios. + +(Sidarta besa a Gopa en silencio. Gopa le estrecha en sus brazos y le +besa también. Sidarta se desprende de ella con suavidad y huye. No bien +Sidarta desaparece, Gopa cae desmayada.) + + +CUADRO II. + +Sigue la escena en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo. + +Es de día. La misma cámara del tálamo. + +GOPA y PRATYAPATI. + +PRATYAPATI.--Quiero decírtelo, aunque sea dura contigo. No; tú no le +amas, ya que estaba en tu mano detenerle y le dejaste partir. + +GOPA.--Él es mi señor; yo, su sierva. No estaba en mi mano detenerle. Su +voluntad es firme y superior a todos mis halagos; pero, aun pudiendo yo +detenerle, no le hubiera detenido. + +PRATYAPATI.--¿Por qué? ¿Acaso crees en su doctrina? + +GOPA.--Yo creo en el impulso magnánimo que le mueve, y esto me basta: +creo en su dulce compasión por todos los seres; en su amor a los +hombres, a quienes mira como a hermanos, sin distinción de castas; y en +su deseo vehemente de enseñarles el camino de la virtud y de la paz. +Sólo no creo en una cosa de las más esenciales que él afirma; y si de +esto dudo, o más bien, si esto niego, es por lo mucho que le amo. ¿Cómo +he de creer yo en nuestra incurable miseria, en nuestro inconsolable +dolor, y en que la actividad de la mente es don funesto, cuando, en el +colmo de mi amargura, abandonada por él para siempre, todavía vale más +el recuerdo de la dicha alcanzada y de la honra obtenida en ser suya que +todo el pesar del abandono en que me deja? ¿Cómo he de creer que la vida +es un mal, cuando veo y columbro la suya, que ha de ser fuente de tantos +bienes? ¿Cómo he de apreciar en poco la vida, cuando el precio infinito +de la vida de él bastará para el rescate del linaje humano? ¿Cómo he de +llamarme infeliz y no bienhadada, si el fruto de su amor vive en nuestro +hijo, si la gloria de su nombre me circundará de fulgores inmortales, y +si el recuerdo de que ha sido mío, de que le he tenido a mis plantas, +idolatrándome, embelesado en la contemplación de mi belleza, a par que +lisonjea mi orgullo, es inagotable manantial de consuelo para mi alma? + +PRATYAPATY.--No es hondo el dolor que tan fácilmente halla consuelo. No: +tú no le amas. + +GOPA.--Quien no ama ni entiende de amor eres tú, Pratyapati. Porque le +amo, en el mismo dolor hallo consuelo, y no sólo consuelo, sino deleite +y gloria. Y mientras el dolor es más intenso, es la dulzura más grata. +Padecer por él, llorar por él, verse condenada por él a soledad horrible +y a viudez prematura, es sacrificio santo que hago en aras de su amor y +que encierra una virtud beatificante. Tú estás más prendada de su +doctrina que de su persona. Yo adoro su persona, y en parte desecho su +doctrina. Por amor suyo la desecho. No es funesto don la luz de mi +inteligencia, ya que alumbra su imagen; no es funesto don mi memoria +inmortal, ya que su recuerdo vive en ella. Abomino del reposo, de la +extinción que él busca y desea, y prefiero un tormento sin fin, con tal +de que viva en mí el rastro del amor que me tuvo. Bajo la presión de mis +penas dará mi amor su más balsámico aroma, embriagándome el alma, como +huelen mejor las hierbas y las flores de la selva cuando el villano al +pasar las ofende y las pisa. + +PRATYAPATY.--Perdóname, ¡oh enamorada mujer! Bien presumía yo que le +amabas; pero quería medir la energía de tu amor. La he negado, para +cerciorarme de ella, oyendo tus palabras. Todavía tienes que pasar por +un amargo trance, y ansiaba yo conocer el brío que hay en ti para +sufrirle. + +GOPA.--Antes de su abandono, antes de que esta desgracia me hubiese +herido el alma, la imaginación medrosa me fingía mayor la pena que iba a +sobrevenir, y me menguaba los medios de consuelo. Ahora nada hay ya que +me aterre. El bien que he gozado y perdido mitiga y aun endulza con sus +dejos toda la amargura del mal presente. Mi corazón es cual vaso que ha +contenido un licor oloroso y de sabor gratísimo. El licor se ha +derramado, pero lo más sustancial y rico que en él había quedará para +siempre en el fondo del vaso e incrustado en sus paredes interiores, y +trocará en miel el acíbar que en él se ponga, y en bálsamo el veneno. + +PRATYAPATY.--Me tranquilizo al notar que el amor que tienes a Sidarta te +da energía para sufrirlo todo. Sabe, pues, que fue en vano que el Rey +enviase en su persecución a sus más fieles servidores. No han podido dar +con él. Sidarta se ha perdido en el seno de impenetrable y sombría +floresta. Allí no es ya el príncipe Sidarta, sino el áspero penitente +Sakiamúni. Su elegante traje le trocó por el traje de un mendigo. La +negra y rizada cabellera que ceñía sus cándidas sienes, formando undosos +y perfumados bucles, se la cortó él mismo, y te la envía como último +presente. El escudero Chandac tiene el encargo de entregártela, y ya se +adelanta a cumplirle, si le dejas penetrar hasta aquí. + +(Gopa hace seña de que entre, y entra Chandac, trayendo en un plato de +oro la cabellera de su tenor.) + +GOPA (tomando en sus manos el plato de oro y colocándole sobre el +tálamo.)--¡Cuántas veces, amados cabellos, cuando estabais aún prendidos +en su cabeza, os besaron mis labios y os acariciaron mis manos! Ya +estáis muertos y separados de él. Estáis muertos porque no tenéis +memoria y no le recordáis. Yo también, separada de él como vosotros, +arrancada de él como la flor de su tallo, carecería de vida, si mi vida +no fuese su recuerdo. + +PRATYAPATY.--¿Y por qué no también la esperanza de que volverás a verle? + +GOPA.--Porque el recuerdo es verdadero y leal, y la esperanza falsa y +engañosa; porque el recuerdo evoca para mí a Sidarta, enamorado, tierno, +humano conmigo; todo él para mí, y toda yo para él; mientras que la +esperanza me niega para siempre a Sidarta, y sólo me ofrece ahora a +Sakiamúni, y más tarde, cuando Sakiamúni alcance su última victoria, a +un ser incomprensible, más luminoso que los astros, y mayor en poder que +los dioses, pero inferior a Sidarta, joven, hermoso y enamorado. + +PRATYAPATI.--¡Pero Sidarta será el Buda libertador de los hombres! + +GOPA.--Jamás el Buda valdrá para mí lo que Sidarta valía. Reniego de la +libertad que el Buda me dé, y la trueco mil veces por la esclavitud con +que Sidarta me esclavizaba. Doy la fría calma que la doctrina del Buda +me proporcione por la agitación y la guerra amorosa que, con las +caricias, los rendimientos, los celos, la ausencia y hasta los desdenes +de Sidarta, me han perturbado y atormentado. + + +CUADRO III. + +La escena es en la ciudad de Francfort sobre el Mein, 1866 años después +de Cristo, y 2488 después de Buda. + +Habitación del doctor Seelenführer. Es de noche. Una lámpara de petróleo +ilumina la estancia, donde hay mucho librote. + +El doctor SEELENFÜHRER y el AUTOR. + + +AUTOR.--Aseguro a V., mi querido doctor Seelenführer, que cada día estoy +más encantado de haber contraído con usted estas relaciones amistosas. +Oyendo a V. comprendo el movimiento intelectual de Alemania, en lo que +tiene de más hondo, y por consiguiente el de toda Europa, porque (¿cómo +no confesarlo?) Alemania es nuestro norte en ciencias y en filosofía, +casi desde Leibnitz, y sobre todo desde Kant. Usted es un resumen vivo +de cuanto ahora se sabe o se supone que se sabe: usted es un sabio a la +última moda. Todo esto me divierte mucho, porque no puede V. figurarse +lo aficionado que soy a la filosofía; pero confieso que hay dos cosillas +que me afligen. + +SEELENFÜHRER.--Dichoso V., a quien sólo afligen dos cosillas. ¡A mí me +afligen y me desesperan todas! + +AUTOR.--Pues justamente es ésa una de las cosillas que me afligen: el +que a V. le aflijan todas y le desesperen. De lo que antes yo gustaba +más, en la filosofía alemana, era del optimismo. Desde el doctor +Pangloss hasta hace poco (al menos yo así lo entendía) han venido siendo +optimistas los grandes filósofos. El ser llorones se dejaba a los poetas +exóticos, como Byron y Leopardi. En Alemania, ni los poetas siquiera +eran quejumbrosos y desesperados. En el más grande de todos, en Goethe, +celebro yo con singular contentamiento cierta alegría reposada y +majestuosa y cierta olímpica serenidad. Pero ¡amigo mío! ¡cómo ha +cambiado todo! Lo que ahora priva es la filosofía de la desesperación. +La poesía la precedió en este camino, el cual, seguido poéticamente, +confieso que me encantaba. Cuando yo era mozo y estudiante, ¿quién no +hacía versos desesperados? Los versos desesperados eran como blasfemias +y reniegos de las personas atildadas y cultas. Había uno perdido al +juego la mesadita de 30 ó 40 duros que le enviaba su papá; había +estudiado tan poco, que había salido suspenso y le habían dejado para el +cursillo; la hija de la pupilera, o la pupilera misma, le había plantado +y preferido a otro huésped; en cualquiera de estos casos, o de otros por +el estilo, leer o hacer versos desesperados a lo Byron, a lo Leopardi o +a lo Espronceda, era un desahogo, con el cual se quedaba sereno el vate +o genio en agraz, y comía luego con más apetito que nunca. El asunto es +mil veces más serio en el día. La desesperación no se muestra en +jaculatorias y raptos líricos, más o menos elegantes y poco metódicos, +sino que se deduce de todo un sistema dialéctica y sabiamente +construido. Confiese V. que esto es lastimoso. Si el término del +progreso no es la desesperación momentánea, poética y romántica de un +poeta impresionable, sino la desesperación reducida a reglas y +demostrada como una serie de teoremas de Geometría, convenga V. en que +debemos maldecir el progreso. Aquí tiene V., pues, las dos cosillas que +me afligen. Los dos artículos principales de mi fe filosófica quedan +destruidos con la filosofía a la moda: la fe en el optimismo y la fe en +el progreso. ¿No sería puerilidad ridícula alegar, como prueba del +progreso, el que vamos ahora en ferro-carril o en tranvía, en vez de ir +a pié o a caballo; el que los retratos en fotografía salen baratos; el +que se teje con prontitud y primorosamente por medio de máquinas de +vapor, y el que envíamos a decir a escape lo que se nos antoja por medio +del telégrafo, si en lo esencial estamos, de un modo sistemático, +pertinaz y dialéctico, desesperados y dados a todos los demonios? + +SEELENFÜHRER.--¿Y por qué ha de ser puerilidad ridícula? ¿Quién, que +penetre en lo esencial, cree que el progreso pasa de los accidentes a la +esencia? El telégrafo, el vapor, la fotografía, los cañones rayados son, +pues, el progreso. + +AUTOR.--Yo entendía, sin embargo, que el objeto y fin de la filosofía +era la bienaventuranza, y el término del progreso la perfección del +hombre hasta llegar a la bienaventaranza deseada: a su ideal, en el +sentido más lato. Así, pues, no puedo convencerme de que caminamos hacia +la bienaventuranza, cuando veo que, no sólo estamos desesperados, sino +que es tonto probadísimo, hombre ajeno a la filosofía, acéfalo o +microcéfalo insipiente, el que no se desespera. + +SEELENFÜHRER.--Esa desesperación, hoy más vivamente sentida que en otras +edades, es la prueba más clara del progreso. Cuando el viandante va +acercándose al fin de su jornada pica y da de espuelas a su caballo para +acabarla pronto y descansar. Así el progreso, que va caballero en la +humanidad, la pica y la espolea para que llegue y se repose cuanto +antes. + +AUTOR.--¿Y cuál es la posada a donde el progreso nos lleva? + +SEELENFÜHRER.--Nos lleva a la nada; al fin del Universo y de toda la +vida; a la extinción del egoísmo y al triunfo del amor, que es la +muerte. No le quepa a V. la menor duda: la ciencia llegará a poder +destruir toda esta pesadilla horrible del Universo, que es lo que nos +conviene. En el no ser nos aquietaremos todos y cesará esta lucha +incesante por la vida que traemos ahora, ya valiéndonos de la fuerza, ya +de la astucia. ¡Cesará el dolor y se extinguirá el deseo! ¡Qué paz tan +hermosa! + +AUTOR.--Guárdesela V. para sí; que yo no la quiero. + +SEELENFÜHRER.--Pues no hay otro remedio. Para todos vendrá. Es el único +fin de nuestros males. La _idea_ de Hegel, después de llegar a su total +desenvolvimiento, por medio de mil y mil evoluciones y determinaciones, +se replegará sobre sí misma con toda la plenitud del ser, sin algo que +la límite y determine, y será el no ser. La esencia de los krausistas se +realizará toda, y la realización de la esencia será la nada. La +_voluntad_ de Schopenhauer, este prurito, este amor primogenio, que lo +ha sacado todo de sí, como representación y fantasmagoría, dará fin a la +representación trágica de la vida, y lo volverá a encerrar todo en sí. +Mientras llega este día dichoso, en que ha de acabar la vida, crea usted +que los adelantamientos científicos sirven de mucho para hacerla menos +intolerable. + +AUTOR.--Póngame V. algún caso. + +SEELENFÜHRER.--Pondré uno o dos de los más capitales, pero será menester +cierta explicación previa. + +AUTOR.--Pues dé V. la explicación. + +SEELENFÜHRER.--Ya V. sabe que pasó la edad de la fe. + +AUTOR.--Sea, pues V. lo asegura. + +SEELENFÜHRER.--Los hombres, en esta edad de la razón, no pueden dejarse +llevar para sus actos del temor ni de la esperanza de premios o de +castigos ultramundanos. Los hombres son autonómicos. Ellos mismos se +imponen las leyes que quieren, las derogan cuando gustan, y se absuelven +cuando las infringen. No hay ser superior al hombre, que legisle y +juzgue, salvo un fantasma que tal vez crea la conciencia y proyecta +fuera de sí, agrandándole, como la figurilla pintada en el vidrio de una +linterna mágica se agranda al proyectarse en la pared, a causa de la +oscuridad. Traiga V. una luz clara, y la figura grande que había en la +pared desaparece, y sólo queda la figura pequeña dentro de la linterna. +Así la proyección del fantasma que había en nuestra mente, y que nos +fingíamos en lo exterior, inmenso, infinito, se borra, se desvanece del +todo, ante las claras luces del siglo en que vivimos. + +AUTOR.--Enhorabuena. ¿Y qué? + +SEELENFÜHRER.--Los hombres, pues, no tienen para sus actos sino dos +móviles, o, mejor dicho, uno solo, que se bifurca: lo que los +positivistas ramplones llaman la utilidad. La bifurcación consiste en +que unos buscan la utilidad exclusiva de ellos, y otros, los menos, la +utilidad de todos. Esto no implica mérito ni demérito en el hombre: todo +está predeterminado: todo es fatal: todo es obra de esa voluntad +inconsciente, de ese prurito que creó el mundo, y que se agita en +nosotros y nos impulsa: a unos a la devoción, al sacrificio, negando al +individuo por amor al todo; a otros al egoísmo, procurando la +conservación, el deleite y el bienestar del individuo, a despecho y tal +vez en perjuicio de la totalidad. Nace de aquí que no poca gente de la +más ruda, menesterosa y fiera, alentada y capitaneada por espíritus +inquietos, trate de subvertirlo todo por envidia o por codicia, en +virtud de teorías que se llaman, por ejemplo, socialismo, comunismo y +nihilismo. ¿Cuál es el mejor modo de evitar esto? Aquí de la sabiduría, +ha dicho mi docto amigo Ernesto Renan; y ha discurrido un medio, que +pronto ofrecerá a los sabios en un libro precioso. Consiste su medio en +que los sabios se reúnan en corporación o cofradía; se comuniquen sus +inventos sin que el público los trasluzca, volviendo a la época de las +ciencias ocultas y de la magia; y, no bien chiste la plebe, se alborote +o no los deje en paz, reciba su merecido, produciendo los sabios contra +ella, ya un buen terremoto, ya una inundación o un diluvio, ya una +epidemia, ya un par de volcanes en actividad, ya otra plaga por el +estilo. Así llegará al cabo el gobierno de los sabios: todos los que no +lo sean nos obedecerán y temblarán, y el mundo estará lo menos mal +posible. Seguirá entre tanto progresando la ciencia, y no bien logremos +poseerla del todo, acabaremos este drama del Universo y de la historia +con un suicidio colosal, o mejor expresado, con un _totalicidio_ y +aniquilamiento de cuanto existe. El otro caso de ventajas que ha de +traernos la ciencia es el de dar una nueva religión a la plebe +ignorante. La ciencia y la filosofía niegan a Dios; pero los que no son +científicos ni filósofos es menester que le tengan. Esto nos conviene. +La religión será, pues, nuestra misma filosofía, expuesta, no ya en +términos dialécticos y con método, sino en imágenes, símbolos, alegorías +y otras figuras retóricas, cada una de las cuales tomará consistencia en +la fantasía del vulgo y será una persona divina, un ente mitológico, +Dios en suma. Ya varios amigos míos andan por esta manera confeccionando +la religión del porvenir. Difícil es la empresa; pero ¿qué no puede la +ciencia novísima? Yo creo que acabará por salirse con la suya. + +AUTOR.--Y dígame V.: ¿se va ya entreviendo a cuál de las religiones +positivas, existentes hasta hoy, se parecerá más la religión del +porvenir? + +SEELENFÜHRER.--Vaya si se entreve. Se parecerá, al budismo. + +AUTOR.--Hombre, me alegro. Buen lazo de fraternidad, así que seamos +budistas, vamos a tener con más de doscientos millones de ellos que hay +en Asia y en Oceanía. Pero me alegro también por otra razón. + +SEELENFÜHRER.--¿Por cuál? + +AUTOR.--Porque estoy escribiendo un diálogo, donde Gopa, la mujer de +Buda, es la heroína, y no sé cómo terminarle. Usted, que ya es casi +budista, debe de tener vara alta con Gopa. ¿Podrá V. evocarla y hacer +que yo hable con ella? + +SEELENFÜHRER.--No hay nada más llano. Antes de todo, quiero que sepa V. +que yo no soy un espiritista adocenado, sino el más ilustre de los +espiritistas. Yo he hecho dar un paso gigantesco al espiritismo. En +primer lugar, le he conciliado con mis ideas a lo Schopenhauer. Mi +escepticismo, a fuerza de negarlo todo, nada niega. La misma duda cabe +en que V. sea ilusión o realidad, que en que Gopa, aparecida ahora ante +nosotros después de cerca de veinticinco siglos de muerta, sea realidad +o ilusión. Los puros materialistas son necios. Por medio de +combinaciones y operaciones físicas y químicas de lo que llaman materia, +y donde sólo ven o pretenden ver la realidad, se jactan de explicar el +espíritu, la voluntad, la inteligencia y el deseo, que ellos creen +cualidades o resultados; y la verdad es que el resultado, tal vez +aparente, es la materia, y que de la voluntad y del entendimiento, única +cosa real, si hay algo real, es de donde procede todo. Así, pues, no hay +fundamento alguno para negar que existan aún la mente y la voluntad +individuales de Gopa, aunque los órganos que esta voluntad y esta mente +se proporcionaron o se crearon para su uso, en cierta época dada, hayan +desaparecido. + +AUTOR.--De eso no tiene V. que convencerme. Yo creo en la inmortalidad +de las almas. Lo que se me hace duro de creer es que ni V. ni nadie las +evoque. + +SEELENFÜHRER.--Yo no trataba de convencer a V. Quería sólo justificarme +de haber incurrido en contradicción. Por lo demás, V. se convencerá de +mi poder nigromántico. Gopa aparecerá y hablará con V. ahora mismo. No +en vano me apellidan Seelenführer, que equivale en griego a Psicopompo o +conductor de almas, epíteto dado a Hermes, tres veces grande, y a otros +hábiles taumaturgos de la antigüedad. + +AUTOR.--Y dígame V., ¿por qué _medio_ se comunicará Gopa conmigo? + +SEELENFÜHRER.--Por la perla de los _medios_. Mi _medio_ es una paisanita +de V., una lozana andaluza, cuyo nombre es Carmela, a quien hallé, cinco +años ha, extraviada en Homburgo, haciendo sortilegios, que no le salían +bien, al rededor de una mesa de treinta y cuarenta. Desde entonces está +conmigo y se ha _mediatizado_, ejerciendo la _mediania_ de un modo que +no tiene nada de _mediano_, y sí mucho de nuevo. Yo embargo +magnéticamente su espíritu, y queda su cuerpo como casa deshabitada, +donde el espíritu evocado penetra, se infunde, y, valiéndose de los +órganos de ella, emite la voz con sus pulmones y garganta, y articula +palabras con su boca. + +AUTOR.--Amigo mío, estoy encantado de oírle. Linda invención la de V. +Eso sí que me gusta, y no aquella pesadez de los golpecitos en las mesas +y de la escritura después. Vea yo cuanto antes a Carmela. + +SEELENFÜHRER.--Aguarde V. un momento. (Hace ciertos ademanes y pases con +las manos, como quien vierte por ellas diez chorros de fluido +magnético.) Ya está Carmela dormida. Ahora evoquemos el espíritu de Gopa +para que se infunda en el lindo cuerpo de Carmela. ¡Gopa! ¡Gopa! + +(Se abre la puerta que debe de haber en el fondo, y Gopa aparece, toda +vestida de blanco, muy guapa moza, aunque algo morena, y con los +hermosos, largos y negros cabellos, sueltos por la espalda.) + +GOPA.--¿Qué me quieres? + +SEELENFÜHRER.--Que respondas a lo que este caballero te pregunte. + +GOPA.--¿Qué he de responder? No: yo no quiero responder a nadie. Acabas +de herirme, de emponzoñarme el corazón. Hace veinticinco siglos que +gozaba yo con el recuerdo de Sidarta, noble, generoso y enamorado. Su +último casto beso, el de la noche en que se despidió de mí, estaba en lo +íntimo de mi ser como luz celestial que le iluminaba. Todo mi encanto se +destruye ahora. Yo no he vuelto a ver a Sidarta. No he vuelto a saber de +Sidarta en todo este tiempo. ¿Conseguiría su propósito? me he preguntado +a veces. ¿Lograría escaparse de la esfera de la vida y hundirse en el +_nirvana_? En el mundo de los espíritus me he encontrado con muchos +espíritus, y nunca con el de Sidarta. He aprendido mil verdades. He +conocido el error de Sidarta, pero mi afecto tenía razones para +disculparle. En Capilavastu, allá en el centro de la India, seis siglos +antes de que viniese al mundo Nuestro Señor Jesucristo, nada sabíamos de +Dios; no alcanzábamos que hubiese un Ser omnipotente, bueno, +infinitamente sabio, principio y fin de todas las cosas. Nuestros dioses +eran los astros, los elementos, las fuerzas naturales personificadas; +dioses ciegos, sin amor y sin inteligencia; sin libertad; esclavos del +destino; inferiores a la naturaleza; muy inferiores a toda alma humana. +¿Qué mucho que con este ateismo por deficiencia, con este +desconocimiento infantil del Ser supremo, y movido Sidarta de caridad +sublime, imaginase su absurda aunque benévola doctrina? Pero en la culta +Europa, en el siglo XIX, sabiendo ya cuanto los profetas de Israel han +revelado, cuanto han especulado racionalmente los filósofos de Grecia +sobre Dios personal, y cuanto nos han enseñado el Evangelio y la ciencia +moderna, que de él dimana, es una mala vergüenza hacerse ateos, caer en +la desesperación y retroceder al budismo. Imagina, pues, cuán hondo será +mi dolor cuando en ti, que te llamas ahora el doctor Seelenführer, +acabo de reconocer a mi Sidarta, a mi Sakiamúni y a mi Bagavat, porque +todos estos nombres te dábamos. Tú no caes en ello; pero no lo dudes: tú +fuiste el Buda y quieres volver a serlo. Entonces, como era en sazón +oportuna, fuiste un grande hombre; hoy me pareces un charlatán o un +mentecato, y o te desprecio, o te abomino. Adiós para siempre. Para +siempre acabaron ya nuestros amores. + +(El espíritu de Gopa abandona, a lo que puede inferirse, el cuerpo de +Carmela, que cae por tierra como exánime.) + +AUTOR.--¿Qué es esto, amigo Seelenführer? ¿Es verdad o mentira? Si es +burla de Carmela, es burla harto pesada, y si son veras, las veras son +más pesadas aún. + +SEELENFÜHRER (atolondrado).--¿Si habré sido yo el Buda? ¿Si estaré loco? +¿Si se burlará de mí esta muchacha? (Se acerca a Carmela para levantarla +del suelo.) Está fría como el mármol. ¡Qué desmayo tan horrible! ¿Si +estará muerta? Carmela, Carmela, vuelve en ti. + +CARMELA (volviendo de su desmayo y levantándose.) +¡Ay, Jesús mío! + +SEELENFÜHRER.--Muchacha, respóndeme con franqueza. ¿Te has estado +burlando de mí? ¿Qué diabluras son las tuyas? + +CARMELA.--¿Qué diabluras han de ser sino las que V. hace conmigo y que +al fin han de costarme caras? He tenido una pesadilla feroz; me he caído +redonda en el suelo, y estoy segura de que tengo el cuerpo lleno de +cardenales. + +SEELENFÜHRER.--¿Y no recuerdas nada de lo que has dicho? + +CARMELA.--Nada recuerdo. Déjeme V. ahora. Tengo necesidad de descanso. + +(Carmela se va.) + +AUTOR.--Mi querido Doctor: yo no sé qué pensar de lo que acabo de ver y +oír; pero, francamente, todos estos pesimismos, ateismos y espiritismos +me parecen malsanos y disparatados. + +SEELENFÜHRER.--Ya sabía yo que V. pensaba así V. es un metafísico +superficial, burlón y escéptico, que no sabe lo que se pesca.--Usted es +un descreído, anticuado en más de cien años; un discípulo de Voltaire. + +AUTOR.--Seré lo que a V. se le antoje. Aunque no he tomado a Voltaire +por maestro, Voltaire me divierte, y los pesimistas alemanes me aburren. +Voltaire, a pesar del _Cándido_, no era un pesimista radical. Voltaire, +en el fondo, era tan optimista como Leibnitz, de quien quiso burlarse. +Fácil me sería demostrarlo, si no estuviese de priesa. Y en cuanto al +descreimiento, digo que Voltaire jamás negó con seriedad las más altas +y consoladoras verdades, de que son fundamento la existencia de Dios, su +justicia, su providencia, y la libertad y responsabilidad del hombre. Me +atrevo, por último, a dar por evidente que, si Voltaire hubiera previsto +los abominables y desesperados sistemas de estos últimos tiempos, en vez +de hacer la guerra al cristianismo, se hubiera hecho amigo de los Padres +Jesuitas, hubiera oído una misa diaria, hubiera ayunado una vez por +semana, y se hubiera confesado cada mes un par de veces. + + + + +SANTA + +(EPISODIO DEL MAHABHARATA) + + + El rey de Anga, Lomapad glorioso, + A un brahmán ofendió, no dando en premio + De un sacrificio lo que dar debiera. + Irritados entonces los brahmanes, + Salieron todos de su reino: el humo + Del holocausto al cielo no subía; + Indra negaba la fecunda lluvia, + Y la miseria al pueblo devoraba. + Lomapad, consternado, saber quiso + El parecer de los varones doctos, + Y los llamó a consejo, y preguntoles + Qué medio hallaban de aplacar la ira + Del Dios que lanza el rayo y amontona + En el cielo del agua los raudales. + Mil sentencias se dieron; mas al cabo + El más prudente de los sabios dijo: + --Escucha ¡oh rey! mientras brahman no haya + Que sacrificio en este suelo ofrezca, + Indra no saciará la sed abriendo + El líquido tesoro de las nubes. + Los brahmanes, movidos del enojo, + Al sacrificio no se prestan. Oye + Para cumplir el venerando rito + Cómo hallar sólo sacerdote puedes. + En la fértil orilla del Kausiki, + En lo esquivo y recóndito del bosque, + Del trato humano lejos, su vivienda + Vinfandák tiene, el hijo de Kasyapa, + Brahman austero y penitente. Vive + En el yermo con él su único hijo, + El piadoso mancebo Risyaringa. + No vio a más hombre que a su padre nunca; + Sólo frutos silvestres, hierbas sólo + Y licor sólo que entre rocas mana, + Alimento le dieron y bebida. + Tan inocente y puro es el mancebo, + Que de lo qué es mujer no tiene idea. + Manda, pues, rey, que una doncella hermosa + Vaya al bosque, le hable, y con hechizos + De amor, cautivo a la ciudad le traiga. + No bien sus pies en tus sedientos campos + La huella estampen, no lo dudes, Indra + Dará propicio el suspirado riego. + Así habló el sabio, y su atinado aviso + Agradó mucho al rey. Dinero y honras + Prometió Lomapad a la doncella + Que hábil trajese al candoroso joven: + Pero todas miraban con espanto + De Vifandák la maldición horrible, + Y exclamaban:--¡Oh príncipe! perdona; + No llega a tal extremo nuestra audacia. + En tanto, iban mostrándose tan fieras + La sequía y el hambre, que perdieron + Toda esperanza el rey y sus vasallos, + Cuando Santa, del rey única hija, + Virgen por su beldad maravillosa, + Modestamente se acercó a su padre + Y así le habló:--Si quieres, padre mío, + Yo he de intentar que venga a nuestra tierra + El joven que no vio seres humanos. + Con gran contento el rey escuchó a Santa, + Y al instante dispuso que una nave + Se aprestara, de flores y verdura + Cubierta por doquier, como retiro + Feraz de bienhadados penitentes. + Peregrinando en ella con su hija, + Fue contra la corriente del Kausiki + Hasta llegar al prado y a la selva, + Mansión de Vifandák el solitario. + Con discretos consejos de su padre + Para tan ardua empresa apercibida, + Santa desembarcó, y entró en la choza + Do el mancebo por dicha estaba solo. + --Dime, _muni_, le dijo, si te place + La penitencia aquí. ¿Vives alegre + En esta soledad? ¿Tienes en ella + Abundancia de frutos y raíces? + --Tengo, contestó el joven; mas ¿quién eres + Que como llama refulgente luces? + Bebe del agua mía: te suplico + Que mis flores aceptes y mis frutos. + --Allá en mi soledad, replicó Santa, + Al otro lado de los altos montes, + Nacen flores más bellas y olorosas, + Son los frutos más dulces, y es más clara + Y más salubre el agua de las fuentes. + --¡Oh huésped celestial! dijo el mancebo; + Algún ser superior eres sin duda. + Yo me postro a tus plantas y te adoro + Como adorar debemos a los dioses. + --¡Ah, no! tú eres mejor, tú eres perfecto, + Y adorarme no debes: yo rechazo + La no fundada adoración: permite + Que te dé paz como se da en mi patria. + Cediendo en parte entonces al consejo + Discreto de su padre, y al impulso + Del corazón también, Santa la bella + Al cuello del garzon echó los brazos, + Y le dio un beso, y llena de sonrojo + Huyó a la nave do su padre estaba. + Volvió del bosque Vifandák en esto, + Grave, terrible, penitente, todo + Desde los pies a la cabeza hirsuto. + --¡Hijo! exclamó, ¿por qué has holgado, hijo? + Ni partiste la leña, ni atizaste + El fuego, ni lavaste la vajilla, + Ni la vaca cuidaste ni el becerro. + Mudado me pareces. ¿En qué sueñas? + ¿Qué cavilas? ¿Sabré lo que ha pasado? + --Un peregrino, respondió el mancebo, + Estuvo por aquí, de negros ojos + Y sonrosada y blanca faz; en trenzas + Los cabellos caían por su espalda; + En sus labios brillaba la sonrisa; + Gentil, gracioso, esbelto era su talle, + Y en suave curva levantado el pecho. + Como canta el _kokila_ en la alborada, + Así su voz sonaba en mis oídos, + Y a su andar un aroma yo sentía + Como el del aura en grata primavera. + No quiso de mis frutos, y no quiso + Agua tampoco de mis fuentes: frutos + Más sazonados me ofreció y bebida + De más rico sabor, cuya promesa + Bastó a embriagarme un tanto. Ciñó luego + Con sus brazos mi cuello el peregrino, + Inclinó hacia la suya mi cabeza, + Tocó en mi boca con su amable boca, + Hizo un susurro pequeñito y blando, + Y por todo mi ser discurrió al punto + Un estremecimiento delicioso. + Por este peregrino en vivas ansias + Me consumo; do vive vivir quiero; + De que se ha ido el corazón me duele; + Y a hacer la misma penitencia aspiro + Que me enseñó, para endiosar el alma + Más eficaz ¡oh padre! que las tuyas. + Vifandák contestó:--No te confíes, + Hijo, en belleza material; a veces + Van los gigantes por el bosque errando, + Y toman bellas formas, con intento + De seducir a los varones píos + Y perturbar su penitente vida. + Para buscar a Santa salió entonces + Vifandák, ciego de furor; y apenas + Hubo salido, penetró de nuevo + La linda moza con furtivos pasos. + La vio el mancebo, trémulo de gozo; + Corrió a ella y le dijo:--No te pares; + Huyamos sin tardanza do tú vives; + No nos halle mi padre cuando vuelva. + Así Santa logró que Risyaringa + La siguiese a la nave. Dio a los vientos + La vela entonces Lomapad, y raudo + Bajó por la corriente del Kausiki. + No bien puso la planta el virtuoso + Mancebo en tierra, cuando abierto el cielo + Vertió torrentes de fecunda lluvia. + El rey, viendo sus votos ya cumplidos, + A Risyaringa desposó con Santa. + Volvió, entre tanto, Vifandák del bosque + A la choza, y al hijo fugitivo + Buscó en balde doquier. Con saña cruda + De Anga a la capital marchó en seguida + Para lanzar su maldición tremenda. + Con la fatiga a reposar parose + En medio del camino, y miró en torno, + Y vio praderas de abundantes pastos, + Y ovejas mil y lucios corderillos + Y pastores alegres.--¿Quién os hace + Tan dichosos? les dijo, y respondieron: + --El piadoso mancebo Risyaringa. + Siguió su marcha Vifandák, y hallaba + Paz, opulencia, dicha en todas partes, + Y cada vez que de alguien inquiría + De tanto bien la causa, mil encomios + Escuchaba de nuevo de su hijo. + Aduló con son grato las orejas + Del austero varón tanta alabanza, + Y se entibió su cólera fogosa. + Llegó, por fin, a la ciudad, en donde + Le colmó el rey de honores y mercedes; + Vio feliz como un Dios al hijo amado; + Vio tan gozosa a la gallarda nuera, + Que como luz de amor resplandecía; + Y en torno vio rebaños florecientes, + Y amenos, verdes sotos, y el hartura + Y el deleite por huertos y jardines. + No pudo entonces maldecir: las manos + Elevó hacia los cielos y bendijo. + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Cuentos y diálogos, by Juan Valera + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS Y DIÁLOGOS *** + +***** This file should be named 27214-8.txt or 27214-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/2/7/2/1/27214/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Cuentos y diálogos + +Author: Juan Valera + +Release Date: November 9, 2008 [EBook #27214] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS Y DIÁLOGOS *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<h3>JUAN VALERA</h3> + +<h1>CUENTOS Y DIÁLOGOS</h1> + +<hr class="doble" /> + +<p class="c"><b>SEVILLA: 1882</b></p> + +<p class="c"> +<span class="smcap">FRANCISCO ALVAREZ Y C.ª, EDITORES</span><br />Tetuán 24.</p> + +<hr class="top15"/> +<p class="excmo"> +<span class="espacio">Al Excm</span>o.<span class="espacio"> +S</span>r.<br /> +D. <span class="espacio">Enrique </span>R.<span class="espacio"> De Saavedr</span>a,<br /> +<span class="espacio">Duque de Riva</span>s.<br /> +</p> + + +<p>Mi querido amigo: Bien hubiera querido yo escribir algo nuevo +expresamente para dedicárselo a V., pero mi pobre ingenio está marchito +y seco desde hace dos o tres años, y empiezo a perder toda esperanza de +que reverdezca y vuelva a florecer algún día.</p> + +<p>En tan desengañada situación y urgiéndome pagar la deuda de la lindísima +<i>fantasía</i> que tuvo V. la bondad de dedicarme, me decido a dedicar a V. +esta colección de <span class="smcap">Cuentos y Diálogos</span>, que, si bien publicados antes +aisladamente, salen hoy por vez primera reunidos en un tomo.</p> + +<p>Ahí van <i>Parsondes</i>, que V. tanto celebra; <i>El pájaro verde</i>, cuento +vulgar que me contó con singular talento su señora madre de usted y que +yo no he hecho sino poner por escrito, procurando competir con Perrault, +Andersen y Musaus; <i>El bermejino prehistórico</i>, que yo encuentro +gracioso en fuerza de ser disparatado; y los diálogos de <i>Asclepigenia y +Gopa</i>, el primero de los cuales sigo creyendo que es lo más elegante y +discreto, o si se quiere lo menos tonto, que he escrito en mi vida.</p> + +<p>Acoja V. con benignidad estas obrillas ligeras, sobre las cuales nada +más se me ocurre que decir, pues las escribí sin intención de enseñar y +sólo con el fin de pasar el tiempo y de ver si lograba divertirme yo y +divertir también a quien me leyese.</p> + +<p>Lo primero lo he conseguido. ¿Por qué no confesarlo? Como me quiero +bien, me río a mí mismo las gracias. Así es que <span class="smcap">Cuentos y diálogos</span> me +han encantado al escribirlos y aun al leerlos y releerlos después de +escritos. Ya esto es bastante triunfo, aunque el encanto de la +diversión no pase de mí ni se transmita a otros. Harto lo sentiré, pero +me consolaré imaginando, porque el amor propio es muy sutil inventor, +que si no me ríen las gracias los demás es porque las tales gracias +están disimuladas y escondidas en el texto, y así no las ve quien no le +penetra y ahonda. Yo procuraré, en otra ocasión, poner las gracias, si +las tengo, algo más superficiales. Entretanto, conténtese V. o mejor +dicho no se disguste con esto que le dedico, pues bien sé yo que, si +vale algo y si tiene chiste, V. habrá de hallarle, sin que tenga yo +necesidad de indicar dónde está lo chistoso para que V. lo ría.</p> + +<p>Créame V. siempre su buen amigo</p> + +<p class="r"><i>J. Valera</i>.</p> + +<p class="peq">Lisboa 20 de Febrero de 1882.</p> + +<hr style="width: 50%;margin-top:15%;" /> +<h3 class="top15">ÍNDICE</h3> +<ul> +<li><a href="#EL_PAJARO_VERDE"><b>El pájaro verde.</b></a></li> +<li><a href="#PARSONDES"><b>Parsondes</b></a></li> +<li><a href="#EL_BERMEJINO_PREHISTORICO"><b>El bermejino prehistórico o las salamandras azules</b></a></li> + +<li><a href="#ASCLEPIGENIA"><b>Asclepigenia</b></a></li> +<li><a href="#GOPA"><b>Gopa</b></a></li> +<li><a href="#SANTA"><b>Santa</b></a></li> +</ul> + + +<hr style="width: 50%;margin-top:15%;" /> + +<h2><a name="EL_PAJARO_VERDE" id="EL_PAJARO_VERDE"></a>EL PÁJARO VERDE.</h2> + +<p class="capit">I.</p> + + +<p>Hubo, en época muy remota de esta en que vivimos, un poderoso Rey, amado +con extremo de sus vasallos, y poseedor de un fertilísimo, dilatado y +populoso reino, allá en las regiones de Oriente. Tenía este Rey inmensos +tesoros y daba fiestas espléndidas. Asistían en su corte las más +gentiles damas y los más discretos y valientes caballeros que entonces +había en el mundo. Su ejército era numeroso y aguerrido. Sus naves +recorrían como en triunfo el Océano. Los parques y jardines, donde solía +cazar y holgarse, eran maravillosos por su grandeza y frondosidad, y por +la copia de alimañas y de aves que en ellos se alimentaban y vivían.</p> + +<p>Pero ¿qué diremos de sus palacios y de lo que en sus palacios se +encerraba, cuya magnificencia excede a toda ponderación? Allí muebles +riquísimos, tronos de oro y de plata, y vajillas de porcelana, que era +entonces menos común que ahora; allí enanos, jigantes, bufones y otros +monstruos para solaz y entretenimiento de S. M.; allí cocineros y +reposteros profundos y eminentes, que cuidaban de su alimento corporal, +y allí no menos profundos y eminentes filósofos, poetas y +jurisconsultos, que cuidaban de dar pasto a su espíritu, que concurrían +a su consejo privado, que decidían las cuestiones más arduas de derecho, +que aguzaban y ejercitaban el ingenio con charadas y logogrifos, y que +cantaban las glorias de la dinastía en colosales epopeyas.</p> + +<p>Los vasallos de este Rey le llamaban con razón <i>el Venturoso</i>. Todo iba +de bien en mejor durante su reinado. Su vida había sido un tejido de +felicidades, cuya brillantez empañaba solamente con negra sombra de +dolor la temprana muerte de la señora Reina, persona muy cabal y hermosa +a quien S. M. había querido con todo su corazón. Imagínate, lector, lo +que la lloraría, y más habiendo sido él, por el mismo acendrado cariño +que le tenía, causa inocente de su muerte.</p> + +<p>Cuentan las historias de aquel país que ya llevaba el Rey siete años de +matrimonio sin lograr sucesión, aunque vehementemente la deseaba, cuando +ocurrieron unas guerras en país vecino. El Rey partió con sus tropas; +pero antes se despidió de la señora Reina con mucho afecto. Esta, +dándole un abrazo, le dijo al oído:—No se lo digas a nadie para que no +se rían si mis esperanzas no se logran, pero me parece que estoy en +cinta.</p> + +<p>La alegría del Rey con esta nueva no tuvo límites, y como todo le sale +bien al que está alegre, él triunfó de sus enemigos en la guerra, mató +por su propia mano a tres o cuatro reyes que le habían hecho no sabemos +qué mala pasada, asoló ciudades, hizo cautivos, y volvió cargado de +botín y de gloria a la hermosa capital de su monarquía.</p> + +<p>Habían pasado en esto algunos meses; así es que al atravesar el Rey con +gran pompa la ciudad, entre las aclamaciones y el aplauso de la multitud +y el repiqueteo de las campanas, la Reina estaba pariendo, y parió con +felicidad y facilidad, a pesar del ruido y agitación y aunque era +primeriza.</p> + +<p>¡Qué gusto tan pasmoso no tendría S. M. cuando, al entrar en la real +cámara, el comadrón mayor del reino le presentó a una hermosa princesa +que acababa de nacer! El Rey dio un beso a su hija y se dirigió lleno de +júbilo, de amor y de satisfacción, al cuarto de la señora Reina, que +estaba en la cama tan colorada, tan fresca y tan bonita como una rosa de +Mayo.</p> + +<p>—¡Esposa mía!—exclamó el Rey, y la estrechó entre sus brazos. Pero el +Rey era tan robusto y era tan viva la efusión de su ternura, que sin más +ni menos ahogó sin querer a la Reina. Entonces fueron los gritos, la +desesperación y el llamarse a sí propio animal, con otras elocuentes +muestras de doloroso sentimiento. Mas no por esto resucitó la Reina, la +cual, aunque muerta, estaba divina. Una sonrisa de inefable deleite se +diría que aún vagaba sobre sus labios. Por ellos, sin duda, había volado +el alma envuelta en un suspiro de amor, y orgullosa de haber sabido +inspirar cariño bastante para producir aquel abrazo. ¡Qué mujer +verdaderamente enamorada no envidiará la suerte de esta Reina!</p> + +<p>El Rey probó el mucho cariño que le tenía, no sólo en vida de ella, sino +después de su muerte. Hizo voto de viudez y de castidad perpetuas, y +supo cumplirle. Mandó componer a los poetas una corona fúnebre, que aun +dicen que se tiene en aquel reino como la más preciosa joya de la +literatura nacional. La corte estuvo tres años de luto. Del mausoleo que +se levantó a la Reina sólo fue posteriormente el de Caria un mezquino +remedo.</p> + +<p>Pero como, según dice el refrán, no hay mal que dure cien años, el Rey, +al cabo de un par de ellos, sacudió la melancolía, y se creyó tan +venturoso o más venturoso que antes. La Reina se le aparecía en sueños, +y le decía que estaba gozando de Dios, y la Princesita crecía y se +desarrollaba que era un contento.</p> + +<p>Al cumplir la Princesita los quince años, era, por su hermosura, +entendimiento y buen trato, la admiración de cuantos la miraban y el +asombro de cuantos la oían. El Rey la hizo jurar heredera del trono, y +trató luego de casarla.</p> + +<p>Más de quinientos correos de gabinete, caballeros en sendas cebras de +posta, salieron a la vez de la capital del reino con despachos para +otras tantas cortes, invitando a todos los príncipes a que viniesen a +pretender la mano de la Princesa, la cual había de escoger entre ellos +al que más le gustase.</p> + +<p>La fama de su portentosa hermosura había recorrido ya el mundo todo; de +suerte que, apenas fueron llegando los correos a las diferentes cortes, +no había príncipe, por ruin y para poco que fuese, que no se decidiera a +ir a la capital del <i>Rey Venturoso</i>, a competir en justos, torneos y +ejercicios de ingenio por la mano de la Princesa. Cada cual pedía al Rey +su padre armas, caballos, su bendición y algún dinero, con lo cual al +frente de una brillante comitiva, se ponía en camino.</p> + +<p>Era de ver cómo iban llegando a la corte de la Princesita todos estos +altos señores. Eran de ver los saraos que había entonces en los palacios +reales. Eran de admirar, por último, los enigmas que los príncipes se +proponían para mostrar la respectiva agudeza; los versos que escribían; +las serenatas que daban; los combates del arco, del pugilato y de la +lucha, y las carreras de carros y de caballos, en que procuraba cada +cual salir vencedor de los otros y ganarse el amor de la pretendida +novia.</p> + +<p>Pero ésta, que a pesar de su modestia y discreción, estaba dotada, sin +poderlo remediar, de una índole arisca, descontentadiza y desamorada, +abrumaba a los príncipes con su desdén, y de ninguno de ellos se le +importaba un ardite. Sus discreciones le parecían frialdades, simplezas +sus enigmas, arrogancia sus rendimientos y vanidad o codicia de sus +riquezas el amor que le mostraban. Apenas se dignaba mirar sus +ejercicios caballerescos, ni oír sus serenatas, ni sonreír agradecida a +sus versos de amor. Los magníficos regalos, que cada cual le había +traído de su tierra, estaban arrinconados en un zaquizamí del regio +alcázar.</p> + +<p>La indiferencia de la Princesa era glacial para todos los pretendientes. +Sólo uno, el hijo del Kan de Tartaria, había logrado salvarse de su +indiferencia para incurrir en su odio. Este Príncipe adolecía de una +fealdad sublime. Sus ojos eran oblicuos, las mejillas y la barba +salientes, crespo y enmarañado el pelo, rechoncho y pequeño el cuerpo, +aunque de titánica pujanza, y el genio intranquilo, mofador y orgulloso. +Ni las personas más inofensivas estaban libres de sus burlas, siendo +principal blanco de ellas el Ministro de Negocios extranjeros del <i>Rey +Venturoso</i>, cuya gravedad, entono y cortas luces, así como lo +detestablemente que hablaba el <i>sanscrito</i>, lengua diplomática de +entonces, se prestaban algo al escarnio y a los chistes.</p> + +<p>Así andaban las cosas, y las fiestas de la corte eran más brillantes +cada día. Los Príncipes, sin embargo, se desesperaban de no ser +queridos; el <i>Rey Venturoso</i> rabiaba al ver que su hija no acababa de +decidirse; y ésta continuaba erre que erre en no hacer caso de ninguno, +salvo del Príncipe tártaro, de quien sus pullas y declarado +aborrecimiento vengaban con usura al famoso ministro de su padre.</p> + +<hr /> + +<p class="capit">II.</p> + + +<p>Aconteció, pues, que la Princesa, en una hermosa mañana de primavera, +estaba en su tocador. La doncella favorita peinaba sus dorados, largos y +suavísimos cabellos. Las puertas de un balcón, que daba al jardín, +estaban abiertas para dejar entrar el vientecillo fresco y con él el +aroma de las flores.</p> + +<p>Parecía la Princesa melancólica y pensativa y no dirigía ni una palabra +a su sierva.</p> + +<p>Ésta tenía ya entre sus manos el cordón con que se disponía a enlazar la +áurea crencha de su ama, cuando a deshora entró por el balcón un +preciosísimo pájaro, cuyas plumas parecían de esmeralda, y cuya gracia +en el vuelo dejó absortas a la señora y a su sirvienta. El pájaro, +lanzándose rápidamente sobre esta última, le arrebató de las manos el +cordón, y volvió a salir volando de aquella estancia.</p> + +<p>Todo fue tan instantáneo que la Princesa apenas tuvo tiempo de ver al +pájaro, pero su atrevimiento y su hermosura le causaron la más extraña +impresión.</p> + +<p>Pocos días después, la Princesa, para distraer sus melancolías, tejía +una danza con sus doncellas, en presencia de los Príncipes. Estaban +todos en los jardines y la miraban embelesados. De pronto sintió la +Princesa que se le desataba una liga, y suspendiendo el baile, se +dirigió con disimulo a un bosquecillo cercano para atársela de nuevo. +Descubierta tenía ya S. A. la bien torneada pierna, había estirado ya la +blanca media de seda, y se preparaba a sujetarla con la liga que tenía +en la mano, cuando oyó un ruido de alas, y vio venir hacia ella el +pájaro verde, que le arrebató la liga en el ebúrneo pico y desapareció +al punto. La Princesa dio un grito y cayó desmayada.</p> + +<p>Acudieron los pretendientes y su padre. Ella volvió en sí, y lo primero +que dijo fue:—«¡Que me busquen al pájaro verde... que me le traigan +vivo... que no le maten... yo quiero poseer vivo al pájaro verde!»</p> + +<p>Mas en balde le buscaron los Príncipes. En balde, a pesar de lo +mandado por la Princesa de que no se pensase en matar al pájaro verde, +se soltaron contra él neblíes, sacres, gerifaltes y hasta águilas +caudales, domesticadas y adiestradas en la cetrería. El pájaro verde no +pareció ni vivo ni muerto.</p> + +<p>El deseo no cumplido de poseerle atormentaba a la Princesa y acrecentaba +su mal humor. Aquella noche no pudo dormir. Lo mejor que pensaba de los +Príncipes era que no valían para nada.</p> + +<p>Apenas vino el día, se alzó del lecho, y en ligeras ropas de levantar, +sin corsé ni miriñaque, más hermosa e interesante en aquel <i>deshabillé</i>, +pálida y ojerosa, se dirigió con su doncella, favorita a lo más frondoso +del bosque que estaba a la espalda de palacio, y donde se alzaba el +sepulcro de su madre. Allí se puso a llorar y a lamentar su suerte.—¿De +qué me sirven, decía, todas mis riquezas, si las desprecio; todos los +Príncipes del mundo, si no los amo; de qué mi reino, si no te tengo a +ti, madre mía; y de qué todos mis primores y joyas, si no poseo el +hermoso pájaro verde?</p> + +<p>Con esto, y como para consolarse algo, desenlazó el cordón de su vestido +y sacó del pecho un rico guardapelo, donde guardaba un rizo de su madre, +que se puso a besar. Mas apenas empezó a besarle, cuando acudió más +rápido que nunca el pájaro verde, tocó con su ebúrneo pico los labios de +la Princesa, y arrebató el guardapelo, que durante tantos años había +reposado contra su corazón, y en tan oculto y deseado lugar había +permanecido. El robador desapareció en seguida, remontando el vuelo y +perdiéndose en las nubes.</p> + +<p>Esta vez no se desmayó la Princesa; antes bien se paró muy colorada y +dijo a la doncella:—Mírame, mírame los labios; ese pájaro insolente me +los ha herido, porque me arden.</p> + +<p>La doncella los miró y no notó picadura ninguna; pero indudablemente el +pájaro había puesto en ellos algo de ponzoña, porque el traidor no +volvió a aparecer en adelante, y la Princesa fue desmejorándose por +grados, hasta caer enferma de mucho peligro. Una fiebre singular la +consumía, y casino hablaba sino para decir:—Que no le maten... que me +le traigan vivo... yo quiero poseerle.</p> + +<p>Los médicos estaban de acuerdo en que la única medicina para curar a la +Princesa, era traerle vivo el pájaro verde. Mas ¿dónde hallarle? Inútil +fue que le buscasen los más hábiles cazadores. Inútil que se ofreciesen +sumas enormes a quien le trajera.</p> + +<p>El <i>Rey Venturoso</i> reunió un gran congreso de sabios a fin de que +averiguasen, so pena de incurrir en su justa indignación, quién era y +dónde vivía el pájaro verde, cuyo recuerdo atormentaba a su hija.</p> + +<p>Cuarenta días y cuarenta noches estuvieron lo sabios reunidos, sin cesar +de meditar y disertar sino para dormir un poco y alimentarse. +Pronunciaron muy doctos y elocuentes discursos, pero nada +averiguaron.—Señor, dijeron al cabo todos ellos al Rey, postrándose +humildemente a sus pies e hiriendo el polvo con las respetables frentes, +somos unos mentecatos; haz que nos ahorquen; nuestra ciencia es una +mentira: ignoramos quién sea el pájaro verde, y sólo nos atrevemos a +sospechar si será acaso el ave fénix del Arabia.</p> + +<p>—Levantaos, contestó el Rey con notable magnanimidad, yo os perdono y +os agradezco la indicación sobre el ave fénix. Sin tardanza saldrán +siete de vosotros con ricos presentes para la reina de Sabá, y con todos +los recursos de que yo puedo disponer para cazar pájaros vivos. El fénix +debe de tener su nido en el país sabeo, y de allí habéis de traérmele, +si no queréis que mi cólera regia os castigue aunque tratéis de evitarla +escondiéndoos en las entrañas de la tierra.</p> + +<p>En efecto, salieron para el Arabia siete sabios de los más versados en +lingüística, y entre ellos el Ministro de Negocios extranjeros, sobre lo +cual tuvo mucho que reír el Príncipe tártaro.</p> + +<p>Este príncipe envió también cartas a su padre, que era el más famoso +encantador de aquella edad, consultándole sobre el caso del pájaro +verde.</p> + +<p>La Princesa, en el ínterin, seguía muy mal de salud y lloraba tan +abundantes lágrimas, que diariamente empapaba en ellas más de cincuenta +pañuelos. Las lavanderas de palacio estaban con esto muy afanadas, y +como entonces ni la persona más poderosa tenía tanta ropa blanca como +ahora se usa, no hacían más que ir a lavar al río.</p> + + +<hr /> + +<p class="capit">III.</p> + + +<p>Una de estas lavanderas, que era, valiéndonos de cierta expresión a la +moda, una pollita muy simpática, volvía un día, al anochecer, de lavar +en el río los lacrimosos pañuelos de la Princesa.</p> + +<p>En medio del camino, y muy distante aún de las puertas de la ciudad, se +sintió algo cansada y se sentó al pié de un árbol. Sacó del bolsillo una +naranja; y ya iba a mondarla para comérsela, cuando se le escapó de las +manos y empezó a rodar por aquella cuesta abajo con singular ligereza. +La muchachuela corrió en pos de su naranja; pero mientras más corría, +más la naranja se adelantaba, sin que jamás se parase y sin que ella +llegase a alcanzarla en la carrera, si bien no la perdía de vista. +Cansada de correr, y sospechando, aunque poco experimentada en las +cosas del mundo, que aquella naranja tan corredora no era del todo +natural, la pobre se detenía a veces y pensaba en desistir de su empeño; +pero la naranja al punto se detenía también, como si ya hubiese cesado +en su movimiento y convidase a su dueño a que de nuevo la cogiese. +Llegaba ella a tocarla con la mano, y la naranja se le deslizaba otra +vez y continuaba su camino.</p> + +<p>Embelesada estaba la lavanderilla en tan inaudita persecución, cuando +notó al fin que se hallaba en un bosque intrincado, y que la noche se le +venía encima, oscura como boca de lobo. Entonces tuvo miedo, y rompió en +desconsoladísimo llanto. La oscuridad creció rápidamente, y ya no le +permitió ni ver la naranja, ni orientarse, ni dar con el camino para +volverse atrás.</p> + +<p>Iba pues, vagando a la ventura, afligidísima y muerta de hambre y +cansancio, cuando columbró no muy lejos unas brillantes lucecitas. +Imaginó ser las de la ciudad; dio gracias a Dios, y enderezó sus pasos +hacia aquellas luces. Pero cuán grande no sería su sorpresa al +encontrarse, a poco trecho y sin salir del intrincado bosque, a las +puertas de un suntuosísimo palacio, que parecía un ascua de oro por lo +que brillaba, y en cuya comparación pasaría por una pobre choza el +espléndido alcázar del <i>Rey Venturoso</i>.</p> + +<p>No había guardia, ni portero, ni criados que impidiesen la entrada, y la +chica, que no era corta, y que además sentía el estímulo de la +curiosidad y el deseo de albergarse y de comer algo, traspasó los +umbrales, subió por una ancha y lujosa escalera de bruñido jaspe, y +empezó a discurrir por los más ricos y elegantes salones que imaginarse +pueden, aunque siempre sin ver a nadie. Los salones estaban, sin +embargo, profusamente iluminados por mil lámparas de oro, cuyo perfumado +aceite difundía suavísima fragancia. Los primorosos objetos, que en los +salones había, eran para espantar por su riqueza y exquisito gusto, no +ya a la lavanderilla, que poco de esto había disfrutado, sino a la +mismísima reina Victoria, que hubiera confesado la relativa inferioridad +de la industria inglesa, y hubiera dado patentes y medallas a los +inventores y fabricantes de todos aquellos artículos.</p> + +<p>La lavandera los admiró a su sabor, y admirándolos se fue poco a poco +hacia un sitio de donde salía un rico olorcillo de viandas muy suculento +y delicioso. De esta suerte llegó a la cocina; pero ni jefe, ni +sota-cocineros, ni pinches, ni fregatrices había en ella; todo estaba +desierto, como el resto del palacio. Ardían, no obstante, el fogón, el +horno y las hornillas, y en ellos estaban al fuego infinito número de +peroles, cacerolas y otras vasijas. Levantó nuestra aventurera la +cubierta de una cacerola y vio en ella unas anguilas; levantó otra y vio +una cabeza de jabalí desosada y rellena de pechugas de faisanes y de +trufas; en resolución, vio los manjares más exquisitos que se presentan +en las mesas de los reyes, emperadores y papas: y hasta vio algunos +platos, al lado de los cuales los imperiales, papales y regios, serían +tan groseros, como al lado de estos un potaje de judías o un gazpacho.</p> + +<p>Animada la chica con lo que veía y olía, se armó de un cuchillo y de un +trinchante, y se lanzó con resolución sobre la cabeza de jabalí. Mas +apenas hubo llegado a ella, recibió en sus manos un golpe, dado al +parecer por otra poderosa e invisible, y oyó una voz que le decía, tan +de cerca que sintió la agitación del aire y el aliento caliente y vivo +de las palabras:</p> + +<p>—¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!</p> + +<p>Se dirigió entonces a unas truchas salmonadas, creyéndolas manjar menos +principesco y que le dejarían comer; pero la mano invisible vino de +nuevo a castigar su atrevimiento, y la voz misteriosa a repetirle:</p> + +<p>—¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!</p> + +<p>Tentó, por último, mejor fortuna en tercero, cuarto y quinto plato, pero +siempre le aconteció lo propio; así tuvo con harta pena que resignarse a +ayunar, y se salió despechada de la cocina.</p> + +<p>Volvió luego a recorrer los salones, donde reinaba siempre la misma +misteriosa soledad y donde el más profundo silencio parecía tener su +morada, y llegó a una alcoba lindísima, en la cual sólo dos o tres +luces, encerradas y amortecidas en vasos de alabastro, derramaban una +claridad indecisa y voluptuosa, que estaba convidando al reposo y al +sueño. Había en esta alcoba una cama tan cómoda y mullida, que nuestra +lavandera, que estaba cansadísima, no pudo resistir a la tentación de +tenderse en ella y descansar. Iba a poner en ejecución su propósito, y +ya se había sentado y se disponía a tenderse, cuando en la parte misma +de su cuerpo con que acababa de tocar la cama, sintió una dolorosa +picadura, como si con un alfiler de a ochavo la punzasen, y oyó de nuevo +una voz que decía:</p> + +<p>—¡Tate... que es para mi señor el Príncipe!</p> + +<p>No hay que decir que la lavanderilla se asustó y afligió con esto, +resignándose a no dormir, como a no comer se había ya resignado; y para +distraer el hambre y el sueño se puso a registrar cuantos objetos había +en la alcoba, llevando su curiosidad hasta levantar las colgaduras y los +tapices.</p> + +<p>Detrás de uno de éstos descubrió nuestra heroína una primorosa +puertecilla secreta de sándalo, con embutidos de nácar. La empujó +suavemente, y cediendo la puerta, se encontró en una escalera de +caracol, de mármol blanco. Por ella bajó sin detenerse a uno como +invernáculo, donde crecían las plantas y las flores más aromáticas y +extrañas, y en cuyo centro había una taza inmensa, hecha, al parecer, de +un solo, limpio y diáfano topacio. Se levantaba del medio de la taza un +surtidor tan gigantesco como el que hay ahora en la Puerta del Sol, pero +con la diferencia de que el agua del de la Puerta del Sol es natural y +ordinaria, y la de éste era agua de olor, y tenía, además, en sí misma +todos las colores del iris y luz propia, lo cual, como ya calculará el +lector, le daba un aspecto sumamente agradable.—Hasta el murmullo que +hacía esta agua al caer tenía algo de más musical y acordado que el que +producen otras, y se diría que aquel surtidor cantaba alguna de las más +enamoradas canciones de Mozart o de Bellini.</p> + +<p>Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de +aquella armonía, cuando oyó un grande estrépito y vio abrirse una +ventana de cristales.</p> + +<p>La lavandera se escondió precipitadamente detrás de una masa de verdura, +a fin de no ser vista y poder ver a las personas o seres, que sin duda +se acercaban.</p> + +<p>Éstos eran tres pájaros rarísimos y lindísimos, uno de ellos todo verde, +y brillante como una esmeralda. En él creyó ver la lavandera, con +notable contento, al que era causa, según todo el mundo aseguraba, de la +pertinaz dolencia de la Princesa Venturosa. Los otros dos pájaros no +eran, ni con mucho, tan bellos; pero tampoco carecían de mérito +singular. Los tres venían con muy ligero vuelo, y los tres se abatieron +sobre la taza de topacio y se zambulleron en ella.</p> + +<p>A poco rato vio la lavandera que del seno diáfano del agua salían tres +mancebos tan lindos, bien formados y blancos, que parecían estatuas +peregrinas hechas por mano maestra, con mármol teñido de rosas. La +chica, que en honor de la verdad se debe decir que jamás había visto +hombres desnudos, y que de ver a su padre, a sus hermanos y a otros +amigos, vestidos y mal vestidos, no podía deducir hasta dónde era capaz +de elevarse la hermosura humana masculina, se figuró que miraba a tres +genios inmortales o a tres ángeles del cielo. Así es, que sin +ruborizarse, los siguió mirando con bastante complacencia, como objetos +santos y nada pecaminosos. Pero los tres salieron al punto del agua, y +pronto se vistieron de elegantes ropas.</p> + +<p>Uno de ellos, el más hermoso de los tres, llevaba sobre la cabeza una +diadema de esmeraldas y era acatado de los otros, como señor soberano. +Si desnudo le pareció a la lavanderilla un ángel o un genio por la +hermosura, ya vestido la deslumbró con su majestad, y le pareció el +emperador del mundo y el príncipe más adorable de la tierra.</p> + +<p>Aquellos señores se dirigieron en seguida al comedor y se sentaron en +una espléndida mesa, donde había tres cubiertos preparados. Una música +sumisa e invisible les hizo salva al llegar y les regaló los oídos +mientras comían. Criados, invisibles también, iban trayendo los platos +y sirviendo admirablemente la mesa. Todo esto lo veía y notaba la +lavanderilla, que sin ser vista ni oída, había seguido a aquellos +señores, y estaba escondida en el comedor detrás de un cortinaje.</p> + +<p>Desde allí pudo oír algo de la conversación, y comprender que el más +hermoso de los mancebos era el Príncipe heredero del grande imperio de +la China, y los otros dos, el uno su secretario y el otro su escudero +más querido; los cuales estaban encantados y transformados en pájaros +durante todo el día, y sólo por la noche recobraban su ser natural, +previo el baño de la fuente.</p> + +<p>Notó, asimismo, la curiosa lavandera que el Príncipe de las esmeraldas +apenas comía, aunque sus familiares le rogaban que comiese, y que se +mostraba melancólico y arrobado, exhalando a veces delo más hondo del +hermosísimo pecho un ardiente suspiro.</p> + + +<hr /> + +<p class="capit">IV.</p> + + +<p>Refieren las crónicas que vamos extractando que, terminado ya aquel +opíparo y poco alegre festín, el Príncipe de las esmeraldas, volviendo +en sí como de un sueño, alzó la voz y dijo:</p> + +<p>—Secretario, tráeme la cajita de mis entretenimientos.</p> + +<p>El secretario se levantó de la mesa y volvió de allí a poco con la +cajita más preciosa que han visto ojos mortales. Aquella en que encerró +Alejandro la <i>Iliada</i> era, en comparación de ésta, más chapucera y pobre +que una caja de turrón de Jijona.</p> + +<p>El Príncipe tomó la cajita en sus manos, la abrió y estuvo largo rato +contemplando con ojos amorosos lo que había en el fondo de ella. Metió +luego la mano en la cajita y sacó un cordón. Lo besó apasionadamente, +derramó sobre él lágrimas de ternura y prorrumpió en estas palabras:</p> + +<p class="poem"> +¡Ay cordoncito de mi señora!<br /> +¡Quién la viera ahora!<br /> +</p> + +<p>Colocó de nuevo el cordón en la cajita, y sacó de ella una liga bordada +y muy limpia. La besó, la acarició también y exclamó al besarla:</p> + +<p class="poem"> +¡Ay linda liga de mi señora!<br /> +¡Quién la viera ahora!<br /> +</p> + +<p>Sacó, por último, un precioso guardapelo, y si mucho había besado cordón +y liga, más le besó y más le acarició aún, diciendo con acento +tristísimo, que partía los corazones y hasta las peñas:</p> + +<p class="poem"> +¡Ay guardapelo de mi señora!<br /> +¡Quién la viera ahora!<br /> +</p> + +<p>A poco el Príncipe y los dos familiares se retiraron a sus alcobas, y la +lavanderilla no se atrevió a seguirlos. Viéndose sola en el comedor, se +acercó a la mesa, donde aún estaban casi intactos los ricos manjares, +los confites, las frutas y los generosos y chispeantes vinos; pero el +recuerdo de la voz misteriosa y de la mano invisible la detenían, y la +obligaban a contentarse con mirar y oler.</p> + +<p>Para gozar de este incompleto deleite, se acercó tanto a los manjares, +que vino a ponerse entre la mesa y la silla del Príncipe. Entonces +sintió, no ya una, sino dos manos invisibles que le caían sobre los +hombros oprimiéndola. La voz misteriosa le dijo:</p> + +<p>—Siéntate y come.</p> + +<p>En efecto, se bailó sentada en la misma silla del Príncipe; y, ya +autorizada por la voz, se puso a comer con un apetito extraordinario, +que la novedad y lo exquisito de la comida hacían mayor aún, y comiendo +se quedó profundamente dormida.</p> + +<p>Cuando despertó, era muy de día. Abrió los ojos, y se encontró en medio +del campo, tendida al pié del árbol donde había querido comerse la +naranja. Allí estaba la ropa que había traído del río, y hasta la +naranja corredora estaba allí también.</p> + +<p>—¿Si habrá sido todo un sueño? dijo para sí la lavanderilla. Quisiera +volver al palacio del Príncipe de la China para cerciorarme de que +aquellas magnificencias son reales y no soñadas.</p> + +<p>Diciendo esto, tiró al suelo la naranja para ver si le mostraba +nuevamente el camino; pero la naranja rodaba un poco, y luego se detenía +en cualquiera hoyo o tropiezo, o cuando el impulso con que se movía +dejaba de ser eficaz. En suma, la naranja hacía lo que hacen de +ordinario, en idénticas circunstancias, todas las naranjas naturales. Su +conducta no tenía nada de extraño ni de maravilloso.</p> + +<p>Despechada entonces la muchacha, partió la naranja y vio que por dentro +era como las demás. Se la comió, y le supo a lo mismo que cuantas +naranjas había comido antes.</p> + +<p>Ya apenas dudó de que había soñado.—Ningún objeto tengo, añadió, con +que convencerme a mí propia de la realidad de lo que he visto; mas iré a +ver a la Princesa y se lo contaré todo, por lo que pueda importarle.</p> + + +<hr /> + +<p class="capit">V.</p> + + +<p>Mientras acontecían, en sueño o en realidad los poco ordinarios sucesos +que quedan referidos, la <i>Princesa Venturosa</i>, fatigada de tanto llorar, +estaba durmiendo tranquilamente, y aunque eran ya las ocho de la mañana, +hora en que todo el mundo solía estar levantado y aun almorzado en +aquella época, la Princesita, sin dar acuerdo de su persona, seguía en +la cama.</p> + +<p>Muy interesante juzgó, sin duda, su doncella favorita las nuevas que le +traía, cuando se atrevió a despertarla. Entró en su alcoba, abrió la +ventana y exclamó con alborozo:</p> + +<p>—Señora, señora, despertad y alegraos, que ya hay quien os traiga +nuevas del pájaro verde.</p> + +<p>La Princesa se despertó, se restregó los ojos, se incorporó y dijo:</p> + +<p>—¿Han vuelto los siete sabios que fueron al país sabeo?</p> + +<p>—Nada de eso, contestó la doncella; quien trae las nuevas es una de las +lavanderillas que lavan los lacrimosos pañuelos de V. A.</p> + +<p>—Pues hazla entrar al momento.</p> + +<p>Entró la lavanderilla, que estaba ya detrás de una puerta aguardando +este permiso, y empezó a referir con gran puntualidad y despejo cuanto +le había pasado.</p> + +<p>Al oír la aparición del pájaro verde, la Princesa se llenó de júbilo, y +al escuchar su salida del agua convertido en hermoso Príncipe, se puso +encendida como la grana, una celestial y amorosa sonrisa vagó sobre sus +labios, y sus ojos se cerraron blandamente como para reconcentrarse ella +en sí misma y ver al Príncipe con los ojos del alma. Por último, al +saber la mucha estima, veneración y afecto que el Príncipe le tenía, y +el amor y cuidado con que guardaba las tres prendas robadas en la +preciosa cajita de sus entretenimientos, la Princesita, a pesar de su +modestia, no pudo contenerse, abrazó y besó a la lavanderilla y a la +doncella, e hizo otros extremos no menos disculpables, inocentes y +delicados.</p> + +<p>—Ahora sí, decía, que puedo llamarme propiamente la Princesa +Venturosa. Este capricho de poseer el pájaro verde no era capricho, era +amor. Era, y es un amor, que por oculto y no acostumbrado camino, ha +penetrado en mi corazón. No he visto al Príncipe, y creo que es hermoso. +No le he hablado, y presumo que es discreto. No sé de los sucesos de su +vida, sino que está encantado y que me tiene encantada, y doy por cierto +que es valiente, generoso y leal.</p> + +<p>—Señora, dijo la lavanderilla, yo puedo asegurar a V. A. que el +Príncipe, si mi visión no es un sueño vano, parece un pino de oro, y +tiene una cara tan bondadosa y dulce que da gloria verla. El secretario +no es mal mozo tampoco; pero al que yo, no sé por qué, le he tomado +afición, es al escudero.</p> + +<p>—Tú te casarás con el escudero, replicó la Princesa. Mi doncella, si +gusta, se casará con el secretario, y ambas seréis mandarinas y damas de +mi corte. Tu sueño no ha sido sueño, sino realidad. El corazón me lo +dice. Lo que importa ahora es desencantar a los tres pájaros mancebos.</p> + +<p>—¿Y cómo podremos desencantarlos? dijo la doncella favorita.</p> + +<p>—Yo misma, contestó la Princesa, iré al palacio en que viven y allí +veremos. Tú me guiarás, lavanderilla.</p> + +<p>Ésta, que no había terminado su narración, la terminó entonces, e hizo +ver que no podía servir de guía.</p> + +<p>La Princesa la escuchó con mucha atención, estuvo meditando un rato, y +dijo luego a la doncella.</p> + +<p>—Ve a mi biblioteca y tráeme el libro de <i>Los Reyes contemporáneos</i> y el +<i>Almanaque astronómico</i>.</p> + +<p>Venidos que fueron estos volúmenes, hojeó la Princesa el de Los Reyes, y +leyó en alta voz los siguientes renglones:</p> + +<p>«El mismo día en que murió el Emperador chinesco, su único hijo, que +debía heredarle, desapareció de la corte y de todo el imperio. Sus +súbditos, creyéndole muerto, han tenido que someterse al Kan de +Tartaria.»</p> + +<p>—¿Qué deducís de eso, señora? dijo la doncella.</p> + +<p>—¿Qué he de deducir, respondió la <i>Princesa Venturosa</i>, sino que el Kan +de Tartaria es quien tiene encantado a mi Príncipe para usurparle la +corona? He ahí por qué aborrezco yo tanto al Príncipe tártaro. Ahora me +lo explico todo.</p> + +<p>—Pero no basta explicarlo; menester es remediarlo, dijo la lavandera.</p> + +<p>—De ello trato—añadió la Princesa—y para ello conviene que al +instante se manden hombres armados, que inspiren la mayor confianza, a +todos los caminos y encrucijadas por donde puedan venir los correos que +envió el Príncipe tártaro al Rey su padre, para consultarle sobre el +caso del pájaro verde. Las cartas que trajeren les serán arrebatadas y +se me entregarán. Si los mensajeros se resisten, serán muertos; si +ceden, serán aprisionados e incomunicados, a fin de que nadie sepa lo +que acontece. Ni el Rey mi padre ha de saberlo. Todo lo dispondremos +entre las tres con el mayor sigilo. Aquí tenéis dinero bastante para +comprar el silencio, la fidelidad y la energía de los hombres que han de +ejecutar mi proyecto.</p> + +<p>Y efectivamente, la Princesa, que ya se había levantado y estaba de bata +y en babuchas, sacó de un escaparate dos grandes bolsas llenas de oro, y +se las dio a sus confidentas.</p> + +<p>Éstas partieron sin tardanza a poner en ejecución lo convenido, y la +<i>Princesa Venturosa</i> se quedó estudiando profundamente el <i>Almanaque +astronómico</i>.</p> + + +<hr /> + +<p class="capit">VI.</p> + + +<p>Cinco días habían pasado desde el momento en que tuvo lugar la escena +anterior. La Princesa no había llorado en todo ese tiempo, causando no +poco asombro y placer al Rey su padre. La Princesa había estado hasta +jovial y bromista, dando leves esperanzas a los Príncipes pretendientes +de que al fin se decidiría por uno de ellos, porque los pretendientes se +las prometen siempre felices.</p> + +<p>Nadie había sospechado la causa de tan repentina mudanza y de tan +inesperado alivio en la Princesa.</p> + +<p>Sólo el Príncipe tártaro, que era diabólicamente sagaz, recelaba, aunque +de una manera muy vaga, que la Princesa había recibido alguna noticia +del pájaro verde. Tenía, además, el Príncipe tártaro el misterioso +presentimiento de una gran desgracia, y había adivinado por el arte +mágica, que su padre le enseñara, que en el pájaro verde debía mirar un +enemigo. Calculando, además, como sabedor del camino y del tiempo que en +él debe emplearse, que aquel día debían llegar los mensajeros que envió +a su padre, y ansioso de saber lo que respondía éste a la consulta que +le hizo, montó a caballo al amanecer, y con cuarenta de los suyos, todos +bien armados, salió en busca de los mensajeros referidos.</p> + +<p>Mas aunque el Príncipe tártaro salió con gran secreto, la Princesa +Venturosa, que tenía espías, y estaba, como vulgarmente se dice, con la +barba sobre el hombro, supo al instante su partida, y llamó a consejo a +la lavanderilla y a la doncella.</p> + +<p>Luego que las tuvo presentes, les dijo muy angustiada:</p> + +<p>—Mi situación es terrible. Tres veces he ido inútilmente a tirar la +naranja debajo del árbol, desde donde la tiró la lavanderilla; pero la +naranja no ha querido guiarme al alcázar de mi amante. Ni le he visto, +ni he podido averiguar el modo de desencantarle. Sólo he averiguado, por +el Almanaque astronómico, que la noche en que la lavanderilla le vio, +era el equinoccio de primavera. Acaso no sea posible volver a verle +hasta el próximo equinoccio de la misma estación, y ya para entonces el +Príncipe tártaro me le habrá muerto. El Príncipe tártaro le matará en +cuanto reciba la carta de su padre, y ya ha salido a buscarla con +cuarenta de los suyos.</p> + +<p>—No os aflijáis, hermosa Princesa—dijo la doncella favorita;—tres +partidas de cien hombres están esperando a los mensajeros en diferentes +puntos para arrebatarles la carta y traérosla. Los trescientos son +briosos, llevan armas de finísimo temple, y no se dejarán vencer por el +Príncipe tártaro a pesar de sus artes mágicas.</p> + +<p>—Sin embargo, yo soy de opinión—añadió la lavandera—de que se envíen +más hombres contra el Príncipe tártaro. Aunque éste, a la verdad, sólo +lleva cuarenta consigo, todos ellos, según se dice, tienen corazas y +flechas encantadas, que a cada uno le hacen valer por diez.</p> + +<p>El prudente consejo de la lavandera fue adoptado en seguida. La Princesa +hizo venir secretamente a su estancia al más bizarro y entendido general +de su padre. Le contó todo lo que pasaba, le confió sus penas, y le +pidió su apoyo. Éste se le otorgó, y reuniendo apresuradamente un +numeroso escuadrón de soldados, salió de la capital decidido a morir en +la demanda o traer a la Princesa la carta del Kan de Tartaria y al hijo +del Kan, vivo o muerto.</p> + +<p>Después de la partida del general, la Princesa juzgó conveniente +informar al <i>Rey Venturoso</i> de cuanto había acontecido. El Rey se puso +fuera de sí. Dijo que toda la historia del pájaro verde era un sueño +ridículo de su hija y de la lavandera, y se lamentó de que, fundada su +hija en un sueño, enviase a tantos asesinos contra un Príncipe ilustre, +faltando a las leyes de la hospitalidad, al derecho de gentes y a todos +los preceptos morales.</p> + +<p>—¡Ay hija!—exclamaba—tú has echado un sangriento borrón sobre mi +claro nombre, si esto no se remedia.</p> + +<p>La Princesa se acongojó también, y se arrepintió de lo que había hecho. +A pesar de su vehemente amor al Príncipe de la China, prefería ya +dejarle eternamente encantado a que por su amor se derramase una sola +gota de sangre.</p> + +<p>Así es que enviaron despachos al general para que no empeñase una +batalla; pero todo fue inútil. El general había ido tan veloz, que no +hubo medio de alcanzarle. Entonces aún no había telégrafos, y los +despachos no pudieron entregarse. Cuando llegaron los correos donde +estaba el general, vieron venir huyendo a todos los soldados del Rey y +los imitaron. Los cuarenta de la escolta tártara, que eran otros tantos +genios, corrían en su persecución trasformados en espantosos vestiglos, +que arrojaban fuego por la boca.</p> + +<p>Sólo el general, cuya bizarría, serenidad y destreza en las armas rayaba +en lo sobrehumano, permaneció impávido en medio de aquel terror harto +disculpable. El general se fue hacia el Príncipe, único enemigo no +fantástico con quien podía habérselas, y empezó a reñir con él la más +brava y descomunal pelea. Pero las armas del Príncipe tártaro estaban +encantadas, y el general no podía herirle. Conociendo entonces que era +imposible acabar con él si no recurría a una estratajema, se apartó un +buen trecho de su contrario, se desató rápidamente una larga y fuerte +faja de seda que le ceñía el talle, hizo con ella, sin ser notado, un +lazo escurridizo, y revolviendo sobre el Príncipe con inaudita +velocidad, le echó al cuello el lazo, y siguió con su caballo a todo +correr, haciendo caer al Príncipe y arrastrándole en la carrera.</p> + +<p>De esta suerte ahogó el general al Príncipe tártaro. No bien murió, los +genios desaparecieron, y los soldados del <i>Rey Venturoso</i> se rehicieron +y reunieron a su jefe. Este esperó con ellos a los enviados que traían +la carta del Kan de Tartaria, y que no se hicieron esperar mucho tiempo.</p> + +<p>Al anochecer de aquel mismo día volvió a entrar el general en el palacio +del <i>Rey Venturoso</i> con la carta del Kan de Tartaria entre las manos. +Haciendo un gentil y respetuoso saludo, se la entregó a la Princesa.</p> + +<p>Rompió ésta el sello y se puso a leer, pero inútilmente: no entendió una +palabra. Al <i>Rey Venturoso</i> le sucedió lo mismo. Llamaron a todos los +empleados en la interpretación de lenguas, que no descifraron tampoco +aquella escritura. Los individuos de las doce reales academias vinieron +luego y no se mostraron más hábiles.</p> + +<p>Los siete sabios, tan profundos en lingüística, que acababan de llegar +sin el ave fénix, y que <i>por ende</i> estaban condenados a morir, acudieron +también; mas, aunque se les prometió el perdón si leían aquella carta, +no acertaron a leerla, ni pudieron decir en qué lengua estaba escrita.</p> + +<p>El <i>Rey Venturoso</i> se creyó entonces el más desventurado de todos los +reyes; se lamentó de haber sido cómplice en un crimen inútil, y temió la +venganza del poderoso Kan de Tartaria. Aquella noche no pudo pegar los +ojos hasta muy tarde.</p> + +<p>Su dolor fue, con todo, mucho más desesperado, cuando al despertarse al +otro día muy de mañana supo que la Princesa había desaparecido, +dejándole escritas las siguientes palabras:</p> + +<p>«Padre, ni me busques, ni pretendas averiguar adonde voy, si no quieres +verme muerta. Bástete saber que vivo y que estoy bien de salud, aunque +no volverás a verme hasta que tenga descifrada la carta misteriosa del +Kan y desencantado a mi querido Príncipe. Adiós.»</p> + + +<hr /> + +<p class="capit">VII.</p> + + +<p>La <i>Princesa Venturosa</i> había ido con sus dos amigas a pié, y en +romería, a visitar a un santo ermitaño que vivía en las soledades y +asperezas de unas montañas altísimas que a corta distancia de la capital +se parecían.</p> + +<p>Aunque la Princesa y sus amigas hubiesen querido ir caballeras hasta la +ermita, no hubiera sido posible. El camino era más propio de cabras que +de camellos, elefantes, caballos, mulos y asnos, que, con perdón sea +dicho, eran los cuadrúpedos en que se solía cabalgar en aquel reino. Por +esto y por devoción fue la Princesa a pió y sin otra comitiva que sus +dos confidentas.</p> + +<p>El ermitaño que iban a visitar era un varón muy penitente y estaba en +olor de santidad. El vulgo pretendía también que el ermitaño era +inmortal, y no dejaba de tener razonables fundamentos para esta +pretensión. En toda la comarca no había memoria de cuándo fue el +ermitaño a establecerse en lo recóndito de aquella sierra, en la cual +raras veces se dejaba ver de ojos humanos.</p> + +<p>La Princesa y sus amigas, atraídas por la fama de su virtud y de su +ciencia anduvieron buscándole siete días por aquellos vericuetos y +andurriales. Durante el día caminaban en su busca entre breñas y +malezas. Por la noche se guarecían en las concavidades de los peñascos. +Nadie había que las guiase, así por lo fragoso del sitio, ni de los +cabrerizos frecuentado, como por el temor que inspiraba la maldición del +ermitaño, pronto a echarla a quien invadía su dominio temporal, o a +quien le perturbaba en sus oraciones. Ya se entiende que este ermitaño, +tan maldiciente, era pagano. A pesar de la natural bondad de su alma, su +religión sombría y terrible le obligaba a maldecir y a lanzar anatemas.</p> + +<p>Pero las tres amigas, imaginando, como por inspiración, que sólo el +ermitaño podía descifrarles la carta, se decidieron a arrostrar sus +maldiciones y le buscaron, según queda dicho, por espacio de siete +días.</p> + +<p>En la noche del séptimo iban ya las tres peregrinas a guarecerse en una +caverna para reposar, cuando descubrieron al ermitaño mismo, orando en +el fondo. Una lámpara iluminaba con luz incierta y melancólica aquel +misterioso retiro.</p> + +<p>Las tres temblaron de ser maldecidas, y casi se arrepintieron de haber +ido hasta allí. Pero el ermitaño, cuya barba era más blanca que la +nieve, cuya piel estaba más arrugada que una pasa, y cuyo cuerpo se +asemejaba a un consunto esqueleto, echó sobre ellas una mirada +penetrante con unos ojos, aunque hundidos, relucientes como dos acuas, y +dijo con voz entera, alegre y suave:</p> + +<p>—Gracias al cielo que al fin estáis aquí. Cien años ha que os espero. +Deseaba la muerte, y no podía morir hasta cumplir con vosotras un deber +que me ha impuesto el rey de los genios. Yo soy el único sabio que habla +aún y entiende la lengua riquísima que se hablaba en Babel antes de la +confusión. Cada palabra de esta lengua es un conjuro eficaz que fuerza y +mueve a las potestades infernales a servir a quien le pronuncia. Las +palabras de esta lengua tienen la virtud de atar y desatar todos los +lazos y leyes que unen y gobiernan las cosas naturales. La cabala no es +sino un remedo groserísimo de esta lengua incomunicable y fecunda. +Dialectos pobrísimos e imperfectísimos de ella son los más hermosos y +completos idiomas del día. La ciencia de ahora, mentira y charlatanería, +en comparación de la ciencia que aquella lengua llevaba en sí misma. +Cada nombre de esta lengua contiene en sus letras la esencia de la cosa +nombrada y sus ocultas calidades. Las cosas todas, al oírse llamar por +su verdadero nombre, obedecen a quien las llama. Era tal el poder del +linaje humano cuando poseía esta lengua, que pretendió escalar el cielo, +y lo hubiera indudablemente conseguido, si el cielo no hubiese dispuesto +que la lengua primitiva se olvidase.</p> + +<p>Sólo tres sabios bien intencionados, de los cuales han muerto ya dos, +guardaron en la memoria aquel idioma. Le guardaron asimismo, por +especial privilegio de los diablos, Nembrot y sus descendientes. El +último, de éstos murió, una semana ha, por disposición tuya, ¡oh +<i>Princesa Venturosa</i>! y ya no queda en el mundo sino una sola persona +que pueda descifrarte la carta del Kan de Tartaria. Esa persona soy yo; +y para hacerte ese servicio, el rey de los genios ha conservado siglos +mi vida.</p> + +<p>—Pues aquí tienes la carta, ¡oh venerable y profundo sabio! dijo la +Princesa, poniendo en manos del ermitaño el misterioso escrito.</p> + +<p>—Al punto voy a descifrártela, contestó el ermitaño, y se caló los +espejuelos, y se acercó a la lámpara para leer. Has de dos horas estuvo +leyendo en alta voz en la lengua en que la carta estaba escrita. A cada +palabra que pronunciaba, el universo se conmovía, las estrellas se +cubrían de mortal palidez, la luna temblaba en el cielo, como tiembla su +imagen entre las olas del Océano, y la Princesa y sus amigas tenían que +cerrar los ojos y que taparse los oídos para no ver los espectros que se +mostraban, y para no oír las voces portentosas, terribles o dolientes, +que partían de las entrañas mismas de la conturbada naturaleza.</p> + +<p>Acabada la lectura, se quitó el ermitaño los espejuelos, y dijo con voz +reposada:</p> + +<p>—No es justo, ni conveniente, ni posible ¡oh Princesa Venturosa! que +sepas todo lo que en esta abominable carta se encierra. No es justo ni +conveniente, porque hay en ella tremebundos y endemoniados misterios. No +es posible, porque en cuantas lenguas humanas se hablan en el día son +estos misterios inefables, inenarrables y hasta inexplicables. El linaje +humano por medio de su incompleta y enfermiza razón llegará a conocer, +cuando pasen millares de años, algunos accidentes de las cosas; pero +siempre ignorará la sustancia que yo conozco, que conoce el Kan de +Tartaria y que han conocido los sabios primitivos que se valieron, para +sus <i>elocubraciones</i>, de esta lengua perfectísima e intransmisible ya por +nuestros pecados.</p> + +<p>—Pues estamos frescas, dijo la lavanderilla; si después de lo que hemos +pasado para encontraros, y siendo vos el único que podéis traducir esa +enmarañada carta, salís ahora con que no queréis traducirla.</p> + +<p>—Ni quiero ni debo, replicó el vetusto y secular ermitaño; pero sí os +diré lo que la carta contiene de interesante para vosotras, y os lo diré +en brevísimas palabras, sin pararme en dibujos, porque los momentos de +mi vida están contados y mi muerte se acerca.</p> + +<p>El Príncipe de la China es por sus virtudes, talento y hermosura, el +favorito del rey de los genios, el cual le ha salvado mil veces de las +asechanzas que el Kan de Tartaria ponía contra su vida. Viendo el Kan +que le era imposible matarle, determinó valerse de un encanto para +tenerle lejos de sus súbditos y reinar en lugar suyo en el celeste +imperio. Bien hubiera querido el Kan que este encanto fuera +indestructible y eterno, mas no pudo lograrlo a pesar de sus +maravillosos conocimientos en la magia. El rey de los genios se opuso a +su mal deseo, y si bien no pudo hacer completamente ineficaces sus +encantamentos y conjuros, supo despojarlos de gran parte de su malicia.</p> + +<p>Al Príncipe, aunque convertido en pájaro, se le dio facultad para +recobrar por la noche su verdadera figura. Tuvo también el Príncipe un +palacio, donde vivir y ser tratado con todo el miramiento, honores y +regalo debidos a su augusta categoría. Se acordó, por último, su +desencanto, si se cumplían las siguientes condiciones, que el Kan, así +por la mala opinión que tienen de las mujeres, como por lo pervertida y +viciosa qué está la raza humana en general, juzgó imposibles de cumplir.</p> + +<p>Fue la primera condición, ya cumplida, que una mujer de veinte años, +discreta, briosa y apasionada y de la más baja clase del pueblo, viese a +los tres mancebos encantados, que son los más hermosos que hay en el +mundo, salir desnudos del baño, y que la limpieza y castidad de su alma +fuesen tales que no se turbasen ni empañasen con el más ligero estímulo +de liviandad. Esta prueba había de hacerse en el equinoccio de +primavera, cuando la naturaleza toda excita al amor. La mujer debía +sentirle por la hermosura y admirarla vivamente; pero de un modo +espiritual y santísimo.</p> + +<p>Fue la segunda condición, ya cumplida también, que el Príncipe sin poder +mostrarse sino tres instantes, y esto bajo la forma de pájaro verde, +inspirase un amor tan vehemente y casto, cuanto invencible, a una +Princesa de su clase.</p> + +<p>La tercera condición, que ahora se está acabando de cumplir, fue que la +Princesa se apoderase de esta carta, y que yo la interpretara.</p> + +<p>La cuarta y última condición, en cuyo cumplimiento habéis de intervenir +las tres doncellas que me estáis oyendo, es como sigue. Sólo me quedan +dos minutos de vida, mas antes de morir os pondré en el palacio del +Príncipe al lado de la taza de topacio. Allí irán los pájaros y se +zambullirán y se transformarán en hermosísimos mancebos. Vosotras tres +los veréis; mas habéis de conservar, viéndolos, toda la castidad de +vuestros pensamientos, y toda la virginidad de vuestras almas, amando, +empero, cada una a uno de los tres, con un amor santo e inocente. La +Princesa ama ya al Príncipe de la China y la lavanderilla al escudero, y +ambas han mostrado la inocencia de su amor: ahora falta que la doncella +favorita de la Princesa se enamore del secretario por idéntico estilo. +Cuando los tres mancebos encantados vayan al comedor, los seguiréis sin +ser vistas, y allí permaneceréis hasta que el Príncipe pida la cajita de +sus entretenimientos y diga, besando el cordoncito:</p> + +<p class="poem"> +¡Ay, cordoncito de mi señora!<br /> +¡Quién la viera ahora!<br /> +</p> + +<p>La Princesa, entonces, y vosotras con la Princesa, os mostrareis al +punto, y cada una dará un tierno beso en la mejilla izquierda al objeto +de su amor. El encanto quedará deshecho en el acto, el Kan de Tartaria +morirá de repente, y el Príncipe de la China, no sólo poseerá el celeste +imperio, sino que heredará asimismo todos los kanatos, reinos y +provincias, que por derecho propio posee aquel encantador endiablado.</p> + +<p>Apenas el ermitaño acabó de decir estas palabras, hizo una mueca muy +rara, entreabrió la boca, estiró las piernas y se quedó muerto.</p> + +<p>La Princesa y sus amigas se encontraron de súbito detrás de una masa de +verdura, al lado de la taza de topacio.</p> + +<p>Todo se cumplió como el ermitaño había dicho.</p> + +<p>Las tres estaban enamoradas; las tres eran castísimas o inocentes. Ni +siquiera en el punto comprometido de dar el regalado y apretado beso +sintieron más que una profunda conmoción toda mística y pura.</p> + +<p>Así es que inmediatamente quedaron desencantados los tres mancebos. La +China y la Tartaria fueron dichosas bajo el cetro del Príncipe. La +Princesa y sus amigas lo fueron más aún casadas con aquellos hombres tan +lindos. El <i>Rey Venturoso</i> abdicó, y se fue a vivir a la corte de su +yerno, que estaba en Pekín. El general que mató al Príncipe Tártaro +obtuvo todas las condecoraciones de China, el título de primer mandarín +y una pensión de miles de miles para él y sus herederos.</p> + +<p>Se cuenta, por último, que la <i>Princesa Venturosa</i> y el ya Emperador de +China vivieron largos y felices años, y tuvieron media docena de +chiquillos a cual más hermosos. La lavanderilla y la doncella, con sus +respectivos maridos, siguieron siempre gozando del favor de Sus +Majestades, y siendo los señores más principales de toda aquella +tierra.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="PARSONDES" id="PARSONDES"></a>PARSONDES</h2> + + +<p>Aunque se ame y se respete la virtud, no se debe creer que sea tan +vocinglera y tan espantadiza como la de ciertos censores del día. Si +hubiéramos de escribir a gusto de ellos, si hubiéramos de tomar su +rigidez por valedera y no fingida, y si hubiéramos de ajustar a ella +nuestros escritos, tal vez ni las <i>Agonías del tránsito de la muerte</i>, +de Venegas, ni los <i>Gritos del infierno</i>, del padre Boneta, serían +edificantes modelos que imitar.</p> + +<p>Por desgracia, la rigidez es sólo aparente. La rigidez no tiene otro +resultado que el de exasperar los ánimos, haciéndoles dudar y burlarse, +aunque sólo sea en sueños, de la hipocresía farisaica que ahora se usa.</p> + +<p>Véase, si no, el sueño que ha tenido un amigo nuestro, y que trasladamos +aquí íntegro, cuando no para recreo, para instrucción de los lectores.</p> + +<p>Nuestro amigo soñó lo que sigue:</p> + +<p>—Más de dos mil seiscientos años ha, era yo en Susa un sátrapa muy +querido del gran Rey Arteo, y el más rígido, grave y moral de todos los +sátrapas. El santo varón Parsondes había sido mi maestro, y me había +comunicado todo lo comunicable de la ciencia y de la virtud del primer +Zoroastro.</p> + +<p>Siete años hacía ya que Parsondes, después de iluminar el mundo con su +doctrina, y de formar varios discípulos dignos de él, había +desaparecido, sin que le volviese a ver nadie, ni vivo ni muerto. Los +buenos creyentes daban, pues, por seguro que Parsondes había subido a la +región de la luz increada, cerca de Ahura-Mazda, donde brillaba casi +tanto como los Amschaspandes y los Izeds, y donde eclipsaba, a su propio +<i>feruer</i> con beatíficos resplandores. Allí militaba aún en el ejército +de los espíritus luminosos contra el príncipe de las tinieblas +Ahrimanes, cuya soberbia había humillado en esta vida terrenal, y cuyo +imperio contribuía, poderosamente a destruir en la otra vida, +procurando, que se realizase la santa esperanza del triunfo definitivo +del bien sobre el mal. Los sectarios de la religión de Ahura-Mazda +creían, pues, a puño cerrado, que Parsondes debía contarse en el número +de los veinte o treinta grandes profetas, precursores y continuadores de +Zoroastro hasta la consumación de los siglos. Aunque en Susa y en todo +el imperio de los medos, con los reinos tributarios, había hombres de +otras varias religiones y creencias, todos respetaban y casi divinizaban +igualmente a Parsondes, si bien por diversos estilos. Unos decían que +había encontrado la flecha de Abaris y se había ido por el aire, montado +en ella; otros, que se había elevado al empíreo en el trono flotante de +Salomón o en un carro de fuego; otros, que el dragón Musaros, que en la +antigüedad más remota civilizó a los asirios, y que tenía cuerpo de pez, +cabeza de hombre y piernas de mujer, se le había llevado consigo a su +palacio submarino, en el fondo del golfo pérsico. En resolución, aunque +por distinta manera, todos convenían en que Parsondes, el virtuoso y el +sabio, estaba viviendo con los dioses. En las plazas públicas de Susa se +veneraba su imagen, coronada la cabeza de una mitra con quince cuernos, +en razón de las quince virtudes capitales que resplandecieron en él, y +vestido el cuerpo de un ropaje talar lleno de otros símbolos más +extraños aún en nuestros días, aunque entonces no lo fuesen.</p> + +<p>Entre tanto, las malas costumbres, el lujo, la disipación, los galanteos +y las fiestas dispendiosas iban en aumento desde la muerte o +desaparición de Parsondes, el cual, mientras vivió entre nosotros, no +hizo más que condenar aquellos abusos.</p> + +<p>El Rey de Babilonia, Nanar, tributario de mi augusto amo Arteo, Rey de +Media, había roto todo freno y corría desbocado por el camino de los +deleites. Nosotros acusábamos a Nanar, como Parsondes le había acusado +antes; pero nuestra voz, menos autorizada que la suya, no tocaba el +corazón de Arteo, ni le decidía a destronar a Nanar, y a poner otro Rey +más morigerado en Babilonia. Nanar era más descreído y libertino que +Sardanápalo, y en Babilonia no se adoraba ya a otro dios que al interés +y a Milita, o como si dijéramos, a Venus. En vano mis camaradas y yo +predicábamos contra la corrupción. El vulgo y la nobleza se nos reían en +las narices. Nosotros nos vengábamos con hablar de la santa vida de +Parsondes y con ponerla en contraposición de la vida que ellos llevaban.</p> + +<p>Así iban las cosas, cuando una mañanita Arteo me hizo llamar muy +temprano a su presencia.</p> + +<p>—Hay esperanzas, me dijo, de que Parsondes viva aún; pero, si ha +muerto, es menester vengarle y castigar a su matador, que no puede ser +otro que el rey Nanar.</p> + +<p>—Tu sabiduría, señor, le contesté, es como la luz, que lo penetra y +descubre todo. Vences al cocodrilo en prudencia y al lince en +perspicacia; pero, ¿cómo has sabido que Parsondes puede vivir aún, y +que, si ha muerto, Nanar ha sido su asesino? ¿No han asegurado los magos +que Parsondes está en el cielo? ¿No han descubierto los astrólogos en la +bóveda azul una estrella, antes nunca vista, y no han reconocido en esa +estrella el alma de Parsondes?</p> + +<p>—Así es la verdad, replicó el Rey, pero yo he llegado a averiguar, por +revelación de algunos caballeros babilonios descontentos de Nanar, que +éste, furioso de lo que Parsondes clamaba contra él, envió siete años ha +emisarios por todas partes para que ocultamente le prendiesen y llevasen +a su alcázar; y allí debe de estar Parsondes, o muerto, o padeciendo +tormentos horribles.</p> + +<p>—¡Ah, señor! exclamé yo al punto, postrándome a los pies del Rey, justo +es vengar una maldad tan espantosa. Permite que yo sea el instrumento +de tu venganza, y que salve a mi querido maestro del cautiverio en que, +si no ha muerto, se halla.</p> + +<p>El Rey me dijo que con ese fin me había llamado, y que al instante me +preparase a partir con el acompañamiento debido, y órdenes terminantes +suyas para que Nanar me respondiese con su vida de la del santo varón, o +le pusiese en libertad.</p> + +<p>Aquel mismo día, que era uno de los más calurosos del estío, salí de +Susa en un magnífico carro tirado por cuatro caballos árabes. Un hábil +cochero iba dirigiéndole, y dos esclavos etíopes me acompañaban también +en el carro, haciendo aire el uno con un abanico de plumas de avestruz, +y sosteniendo el otro, sobre rico varal de marfil, prolijamente labrado, +el ancho parasol de seda. Cuatrocientos jinetes, todos con aljabas, +arcos y flechas, vestidos de malla y cubierta la cabeza con sendos +capacetes de bronce, nielado de refulgentes colores, me seguían y me +daban mayor autoridad y decoro. Seis batidores, montados en rayadas y +velocísimas cebras, iban delante de mí, a fin de anunciarme en las +diversas poblaciones. Las vituallas y refrescos que traíamos para suplir +las faltas del camino, venían sobre los lomos de veinte poderosos +elefantes.</p> + +<p>Por no pecar de prolijo, no refiero aquí menudamente los sucesos de mi +viaje. Baste saber que el décimo día descubrimos a lo lejos los muros +ingentes de Babilonia, obra de Nabucodonosor y de Nitócris. Tenían +treinta varas de espesor, circundaban la ciudad, formando una zona de +veintidós leguas de bojeo, y se elevaban, por la parte más baja, ciento +veinte varas sobre la tierra; tanto como los campanarios de las +catedrales de ahora. Un copete de verdura coronaba los muros. Eran los +jardines pensiles. Sobre los muros y sobre los jardines descollaban +algunos edificios, como los palacios reales, el templo de Belo y la +famosa torre de Nemrod, que constaba de ocho pisos, de más de doscientas +varas de alto el primero. Desde la cima de esta torre, que parecía tocar +la bóveda celeste, presumían tratar los sabios antiguos con los dioses, +secretas inteligencias o genios que mueven los astros. Aunque tan +distantes aún, y de un modo confuso, creíamos ya percibir las colosales +figuras esculpidas y pintadas en las paredes exteriores de palacios y +templos; aquellos toros con cabeza de hombre y aquellos hombres con +cabeza de león; aquellos próceres y aquellos guerreros, ceñidos los +riñones de talabartes, de que se enamoraron Oala y Oliba. El sol +reflejaba desde Oriente sobre los gigantescos edificios y sobre las cien +puertas enormes de la ciudad, que eran de bronce dorado. El resplandor +que despedían deslumbraba los ojos. El Eufrates y el Tígris, +serpenteando y heridos también por los rayos del sol que rielaba en sus +ondas, se asemejaban a dos cintas de oro en fusión que formaban un lazo.</p> + +<p>Los batidores se habían adelantado a anunciar mi llegada. De repente +vimos levantarse en la extensa y fértil llanura, entre las huertas, +jardines y verdes sotos, por donde estaba abierto el camino, una +nubecilla blanca que se iba agrandando. Luego vimos una mancha oscura +que se movía hacia nosotros. Poco después llegó a todo correr uno de mis +batidores a decirme que Nanar se acercaba a recibirme con numerosa +comitiva. En esto la mancha oscura se había agrandado en extremo, y +empezamos a oír distintamente el son de los instrumentos músicos, el +relinchar de los caballos y el resonar de las armas. Notamos, por +último, el resplandor del oro y de la plata, el lujo de las vestiduras y +la magnificencia de los que a recibirnos venían.</p> + +<p>Hice entonces que el cochero aguijase los caballos, y pronto estuve +cerca del Rey Nanar, que venía en un soberbio palanquí de bambú, sándalo +y nácar, sostenido por doce gallardos mancebos. El Rey bajó del +palanquín y yo del carro, y nos saludamos y abrazamos con mutua +cordialidad.</p> + +<p>La túnica del Rey era de tisú de oro, bordada de seda de mil colores. En +el bordado se representaban todas las flores del campo y todos los +pájaros del aire y todas las estrellas del éter. Llevaba el Rey una +tiara no menos estupenda, ajorcas y brazaletes, y por zarcillos dos +redondas perlas, del tamaño cada una de un huevo de perdiz.</p> + +<p>Su cabellera le caía en bucles perfumados sobre la espalda, y la barba +formaba menudísimos rizos, artística y simétricamente ordenados. Su +vestido y su persona despedían delicada fragancia. A pesar de mi +severidad, no pude menos de admirarme de la finura del Rey Nanar, y +confesé, allá en mis adentros, que era la persona más <i>comm'il faut</i> que +había yo tratado en mi vida.</p> + +<p>El Rey me alojó en su alcázar, me dio fiestas espléndidas, y me distrajo +de tal suerte que casi me hizo olvidar el objeto de mi misión. Ya +teníamos un concierto, ya un baile, ya una cena por el estilo de la que +dio Baltasar muchos años después. Yo no me atrevía a preguntar al Rey +qué había hecho de Parsondes. Yo no comprendía que un señor tan +excelente, que agasajaba y regalaba a los huéspedes con aquella +elegancia y cortesanía, hubiese dado muerte o tuviese en duro cautiverio +a mi querido maestro.</p> + +<p>Por último, una noche me armé de toda mi austeridad y resolución, y dije +a Nanar, en nombre del Rey mi amo, que en el momento mismo iba a decir +dónde estaba el virtuoso Parsondes, si no quería perder el reino y la +vida. Nanar, en vez de contestarme, hizo venir al punto a todas las +bayaderas y cantatrices que había en el alcázar: se entiende que fuera +del recinto, harén o como quiera llamarse, reservado a sus mujeres. Las +tales sacerdotisas de Milita pasaban de novecientas, y eran de lo más +bello y habilidoso que a duras penas pudiera encontrarse en toda el +Asia. Las muchachas llegaron bailando, cantando y tocando flautas, +crótalos y salterios, que era cosa de gusto el verlas y el oírlas. Yo me +quedé absorto. Nanar me dijo, y aquí fue mayor mi estupefacción:</p> + +<p>—Ahí tienes al santo Parsondes en medio de esas mujeres. Parsondes, +ven acá y saluda a tu antiguo discípulo.</p> + +<p>Salió entonces del centro de aquella turba femenina uno que, a no ser +por la barba, hubiera podido confundirse con las mujeres. Traía pintadas +las cejas de negro, de azul los párpados, a fin de que brillasen más los +ojos, y las mejillas cubiertas de colorete. Estaba todo perfumado, su +traje era casi tan rico como el del Rey, su andar afeminado y lánguido; +de sus orejas pendían zarcillos primorosos; de su garganta un collar de +perlas; ceñía su frente una guirnalda de flores. Era el mismo Parsondes, +que me echó los brazos al cuello.</p> + +<p>—Yo soy, me dijo, muy otro del que antes era. Vuélvete, si quieres, a +Susa, pero no digas que vivo aún, para que no se escandalicen los magos, +y para que sigan teniendo un ejemplo reciente de santidad a que +recurrir. Nanar se vengó de mi ruda y desaliñada virtud haciéndome +prisionero y mandando que me enjabonasen y fregasen con un estropajo. +Después han seguido lavándome y perfumándome dos veces al día, +regalándome a pedir de boca, y obligándome a estar en compañía de todas +estas alegres señoritas, donde he acabado por olvidarme de Zoroastro y +de mis austeras predicaciones, y por convencerme de que en esta vida se +ha de procurar pasarlo lo mejor posible, sin ocuparse en la vida de los +otros. Cuidados agenos matan al asno, y nadie lo es más que quien se +mezcla en censurar los vicios de los otros, cuando sólo le ha faltado la +ocasión para caer en ellos, o cuando, si en ellos no ha caído, se lo +debe a su ignorancia, mal gusto y rustiqueza.</p> + +<p>Las manos me puse en los oídos para no oír semejantes blasfemias en boca +de aquel sabio admirable. Desesperado y rabioso estaba yo de verle +convertido en <i>bon vivant</i>, con sus puntas y collar de bribón +desvergonzado; mas para evitar habladurías escandalosas, determiné +aconsejar al colegio de los magos que siguiese sosteniendo que Parsondes +había subido al empíreo, y que siguiese venerando su imagen, sin +descubrir nunca, antes negando rotundamente, que Parsondes vivía con las +bailarinas de Babilonia, en el alcázar de Nanar.</p> + +<p>En esto desperté de mi sueño y me volví a encontrar en mi pobre casita +de esta corte.</p> + +<p>—Creo, añadía nuestro amigo al terminar su cuento, que con menos +riqueza y a menos costa pueden los Nanares del día seducir a los +Parsondes que zahieren su inmoralidad y sus vicios, movidos, no de la +caridad, sino de la envidia. Los que no estén seguros de la propia +virtud y entereza de ánimo han de ser, pues, más indulgentes con los +Nanares. ¡Desdichado aquel que hace alarde de virtud sin tenerla +probadísima!</p> + +<p>¡Dichoso aquel que la practica y calla!</p> + +<hr /> +<h2><a name="EL_BERMEJINO_PREHISTORICO" id="EL_BERMEJINO_PREHISTORICO"></a>EL BERMEJINO PREHISTÓRICO</h2> + +<p class="c espacio">O LAS SALAMANDRAS AZULES</p> + +<p class="capit">I</p> + + +<p>Siempre he sido aficionado a las ciencias. Cuando mozo, tenía yo otras +mil aficiones; pero como ya soy viejo, la afición científica prevalece y +triunfa en mi alma. Por desgracia o por fortuna me sucede algo de muy +singular. Las ciencias me gustan en razón inversa delas verdades que van +demostrando con exactitud. Así es que apenas me interesan las ciencias +exactas, y las inexactas me enamoran. De aquí mi inclinación a la +filosofía.</p> + +<p>No es la verdad lo que me seduce, sino el esfuerzo de discurso, de +sutileza y de imaginación que se emplea en descubrir la verdad, aunque +no se descubra. Una vez la verdad descubierta, bien demostrada y +patente, suele dejarme frío. Así, un mancebo galante, cuando va por la +calle en pos de una mujer, cuyo andar airoso y cuyo talle le +entusiasman, y luego se adelanta, la mira el rostro, y ve que es vieja, +o tuerta, o tiene hocico de mona.</p> + +<p>El hombre además sería un mueble si conociera la verdad, aunque la +verdad fuese bonita. Se aquietarla en su posesión y goce y se volvería +tonto. Mejores, pues, que sepamos pocas cosas. Lo que importa es saber +lo bastante para que aparezca o se columbre el misterio, y nunca lo +bastante para que se explique o se aclare. De esta suerte se excita la +curiosidad, se aviva la fantasía y se inventan teorías, dogmas y otras +ingeniosidades, que nos entretienen y consuelan durante nuestra +existencia terrestre; de todo lo cual careceríamos, siendo mil veces más +infelices, si de puro rudos no se nos presentase el misterio, o si de +puro hábiles llegásemos a desentrañar su hondo y verdadero significado.</p> + +<p>Entre estas ciencias inexactas, que tanto me deleitan, hay una, muy en +moda ahora, que es objeto de mi predilección. Hablo de la prehistoria.</p> + +<p>Yo, sin saber si hago bien, divido en dos partes esta ciencia. Una, que +me atrevería a llamar prehistoria geológica, está fundada en el +descubrimiento de calaveras, canillas, flechas y lanzas, pucheretes y +otros cacharros, que suponen los sabios que son de una edad remotísima, +que llaman de piedra. Esta prehistoria me divierte menos, y tiene, a mi +ver muchísimos menos lances que oirá prehistoria que llamaremos +filológica, fundada en el estudio de los primitivos idiomas y en los +documentos que en ellos se conservan escritos. Esta es la prehistoria +que a mí me hace más gracia.</p> + +<p>¡Qué variedad de opiniones! ¡Qué agudas conjeturas! ¡Con qué arte se +disponen y ordenan los hechos conocidos para que se adapten al sistema +que forja cada sabio! Ya toda la civilización nace de Egipto; ya de los +acadies en el centro del Asia; ya viene de la India; ya de un continente +que llaman Lemuria, hundido en el seno del mar, al Sur, entre África y +Asia; ya de otro continente, que hubo entre Europa y América, y que se +llamó la Atlántida.</p> + +<p>Sobre el idioma primitivo, así como sobre la primitiva civilización, se +sigue disputando. Hasta se disputa sobre si fue uno o fueron varios los +idiomas: esto es, sobre si los hombres empezaron a dispersarse por el +mundo <i>alalos</i>, o digamos, sin habla aún, y en manadas, y luego fueron +inventando diversos idiomas en diversos puntos, o sobre si antes de la +dispersión hablaban ya todos una sola lengua.</p> + +<p>Mi prurito de curiosear me induce a leer cuantos libros nuevos van +saliendo sobre esta materia, que no son pocos; y mientras más +desatinados son, miradas las cosas por el vulgo de los timoratos, más me +divierten los tales libros.</p> + +<p>En estos últimos días los libros que he leído van en contra de los +arios, de los egipcios, de los semitas y de otras naciones y castas, que +antes pasaban por las civilizadoras en grado superior. Si los libros +antiguos han sostenido que la civilización, como la luz solar, se +difundió de Oriente hacia Occidente, estos nuevos libros afirman que se +difundió en sentido inverso, de Occidente hacia Oriente. Todo el saber +de los magos de Irán y de Caldea, de los brahmanes de las orillas del +Ganges, de los sacerdotes de Isis y Osiris, de los iniciados en +Samotracia y de los pueblos de Fenicia y Frigia, no vale un pito, +comparado al saber de ciertos galos primitivos, cuyo centro de luz +estuvo en un París prehistórico.</p> + +<p>Los galos y sus bardos y druidas, poetas y sacerdotes, lo enseñaron +todo; pero su misma, ciencia era ya reflejo confuso y recuerdo no +completo de la ciencia que poseyeron, en el centro del país fértil y +hermoso que hoy se llama Francia, antes de la venida de los celtas, +otros hombres más primitivos y excelentes que llamaremos hiperbóreos o +protoscitas.</p> + +<p>Pero ¿qué lengua hablaban estos protoscitas o hiperbóreos, cuyo centro y +foco civilizador fue un París de hace seis o siete mil años lo menos? +Hablaban la lengua euskara, vulgo vascuence. ¿De dónde habían venido? +Habían venido de la Atlántida, que se hundió. ¿Qué conocimientos tenían? +Tenían todos los conocimientos que hoy poseemos y muchos más que se han +ofuscado por medio de fábulas y de otras niñerías. Así, pues, los +arimaspes, que tenían un ojo solo y miraban al cielo, eran los +astrónomos de entonces, que ya conocían el telescopio; y la flecha en +que Abaris iba cabalgando de un extremo a otro de la tierra, era el +globo aerostático o un artificio para volar con dirección y brújula, +etc., etc., etc. Ya se entiende que la época de los arimaspes y la de +Abaris son de decadencia para la civilización hiperbórea.</p> + +<p>Confieso que todo este sistema me encantó. No es mi propósito exponerle +aquí. Paso volando sobre él y voy a mi asunto.</p> + +<p>Digo, no obstante, que me encantó por dos razones. Es la primera lo +mucho que Francia me agrada. ¿Cuanto más natural es que el germen de la +civilización europea haya nacido y florecido, desde antiguo, en aquel +feraz y riquísimo jardín, en aquel suelo privilegiado, que no en la +Mesopotamia o en las orillas del Nilo? Y es la segunda razón, la de que +tengo amigos guipuzcoanos, que habrán de alegrarse mucho, si se prueba +bien que su lengua y su casta fueron el instrumento de que se valió la +Providencia para acabar con la barbarie, iluminar el mundo y adoctrinar +a las demás naciones.</p> + +<p>¡Cuánto se holgará de esto, si vive aún, como deseo, mi docto y querido +amigo D. Joaquín de Irizar y Moya, que ha escrito obras tan notables +sobre la lengua vascuence, echando la zancadilla a los Erros, +Larramendis y Astarloas! Algo aprovechará él de las flamantes +invenciones para dar más vigor a su sistema, arreglándole de suerte que +se ajuste y cuadre con la más perfecta ortodoxia católica.</p> + +<p>Sea como sea, para mí es evidente que antes de que penetraran en España +los celtas, los fenicios, los griegos y otras gentes, hubo en España un +pueblo civilizado, que llamaremos los iberos. Este pueblo se extendía +por toda nuestra península, y aun tenía colonias en Cerdeña, en Italia y +en otras partes, como Guillermo Humbolt lo ha demostrado. Eran vascos y +hablaban la lengua euskara. La nación y estado más culto e ilustre +entre ellos fue la república de los turdetanos, quienes, según +testimonio de Estrabon, tuvieron letras y leyes y lindos poemas en +verso, que contaban seis mil años de antigüedad. Ahora bien, los +alfabetos celtibérico y turdetano, que ha reconstruido y publica don +Luis José Velázquez, son muy modernos en comparación de la fecha +anteriormente citada. Dichos alfabetos son un trasunto del fenicio o del +griego, y debe suponerse, por lo tanto, que antes de la venida a España +de griegos y de fenicios, los turdetanos tuvieron alfabeto propio, con +el cual escribieron sus poemas y demás obras.</p> + +<p>A mi ver, el Sr. D. Manuel de Góngora y Martinez ha tenido la gloria de +descubrir este alfabeto. Véanse las inscripciones que Osiris en sus +<i>Antigüedades prehistóricas de Andalucía</i>, de la <i>Cueva de los letreros</i> +y de otras cuevas y escondites, algunos de los cuales se hallan cerca +del lugar de Villabermeja, lugar que yo he tratado de hacer famoso, así +como a su más conspicuo habitante el Sr. D. Juan Fresco.</p> + +<p>A corta distancia de Villabermeja hay un sitio, que apellidan el +Laderon, donde cada día se descubren vestigios y reliquias de una +antiquísima y floreciente ciudad.</p> + +<p>El erudito y sagaz anticuario D. Aureliano Fernandez Guerra prueba que +allí estuvo Favencia, en tiempo de los romanos, ciudad que desde época +muy anterior se llamaba Vesci.</p> + +<p>Don Juan Fresco, excitada su curiosidad y estimulada su actividad +infatigable, desde que el Sr. Góngora, publicando en 1868 sus +<i>Antigüedades</i>, le puso sobre la pista, se ha dado a buscar letreros en +<i>Cuevas escritas</i> y en otros monumentos que hay cerca de Vesci, y los ha +hallado y reunido en mucha copia.</p> + +<p>Emulo de Champollion Figeac, Anquetil Duperron, Burnouf, Grotefend, +Oppert y Lassen, mi referido amigo D. Juan Fresco cree haber descifrado +estos garrapatos ibéricos primitivos, como aquellos otros sabios, los +hieroglíficos, la escritura cuneiforme y demás reconditeces.</p> + +<p>Yo no intento abogar aquí por el descubrimiento de mi tocayo y paisano y +demostrar que es evidente. Esto ya lo hará él en su día. Yo voy a +limitarme a referir una historia que Don Juan Fresco dice haber leído en +ciertas inscripciones semejantes a las de la <i>Cueva de los letreros</i>. +Entendidas las letras, parece que lo demás es llano, pues el idioma +ibero primitivo es casi el vascuence de ahora.</p> + +<p>Me pesa de no dar aquí la traducción exacta del texto original. Don +Juan Fresco no ha querido comunicármela. Haré, pues, la narración con +las pausas, explicaciones y comentarios intercalados que él la ha hecho. +De otro modo no se comprendería.</p> + +<p>La historia es relativamente moderna; pues, según mi amigo, todavía han +de descubrirse leyendas e historias en lengua proto-ibérica, más +antiguas y venerables que el poema egipcio de Pentaur sobre una hazaña +de Sesóstris o Ransés II, y que los poemas hallados por nuestro conocido +el diplomático Sr. Layard en la biblioteca de Asurbanipal en Nínive: +poemas ya arcaicos ocho siglos antes de Cristo, y traducidos los más de +la lengua sagrada de los acadies, entonces tan muerta como el latín +ahora entre nosotros.</p> + +<p>Y esto no debe maravillarnos, porque según Roisel, en <i>Los Atlantes</i>, +toda cultura viene de éstos, antes de que la hubiera en Caldea, en +Asiria, en Egipto o en punto alguno de Oriente.</p> + +<p>Es una lástima que no tengamos aún documentos del siglo de oro o de los +siglos de oro de la literatura atlántica parisina, de hará unos ocho mil +años, ni de la emanación bética de aquella cultura, implantada a orillas +del Guadalquivir por los turdetanos.</p> + +<p>El documento hallado, descifrado, explicado y comentado por Don Juan +Fresco es de época relativamente fresca: como si dijéramos de ayer de +mañana. Ya la cultura ibérica indígena había decaído, y España se veía +llena de colonias fenicias y aun griegas. Los de Zazinto habían ya +fundado a Sagunto, y hacía más de un siglo que habían fundado los tirios +a Málaga, Abdera, Hispalis y Gades. Era por los años de 1000, antes de +nuestra era vulgar, sobre poco más o menos.</p> + + + +<hr /> + +<p class="capit">II</p> + +<p>Vesci era una ciudad importante de la confederación de los túrdulos. En +el tiempo a que nos referimos, los vescianos tenían ya la misma calidad +que a sus descendientes del día les ha valido el dictado de bermejinos: +casi todos eran rubios como unas candelas. Descollaba entre todos, así +por lo rubio como por lo buen mozo y gallardo, el elegante y noble +mancebo Mutileder. Disparaba la honda con habilidad extraordinaria y +mataba a pedradas los aviones que pasaban volando; montaba bien a +caballo; guiaba como pocos un carro de guerra; sabía de memoria los +mejores versos turdetanos y los componía también muy regulares; con un +garrote en la poderosa diestra era un hombre tremendo; con las mujeres +era más dulce que una arropía y más sin hiel que una paloma; corría +como un gamo; luchaba a brazo partido como los osos, y poseía otra +multitud de prendas que le hacían recomendable. Casi se puede asegurar +que su único defecto era el de ser pobre.</p> + +<p>Mutileder, huérfano de padre y madre, no tenía predios urbanos ni +rústicos, vivía como de caridad en casa de unos tíos suyos, y en Vesci +no sabía en qué emplearse para ganarse la vida. Era un señor, como +vulgarmente se dice, sin oficio ni beneficio.</p> + +<p>Frisaba ya en los veinticuatro años, y harto de aquella vida, y ansiando +ver mundo, pidió la bendición a sus tíos, quienes se la dieron +acompañada de algún dinero, y tomando además armas y caballo, salió de +Vesci a buscar aventuras y modo de mejorar de condición.</p> + +<p>Como Mutileder tenía tan hermosa presencia, y era además simpático y +alegre, por todas partes iba agradando mucho. Los sugetos de suposición +y campanillas le convidaban a bailes y fiestas, y las damas más +graciosas y encopetadas le ponían ojos amorosos; pero él era bueno, +pudibundo e inocentón, y nada útil sacaba de todo esto. El dinero que le +dieron sus tíos se iba consumiendo, y no acudía nuevo dinero a +reemplazarle.</p> + +<p>Así, deteniéndose en diferentes poblaciones, como, por ejemplo, en +Igábron; pasando luego el Síngilis, hoy Genil; entrando en la tierra de +los turdetanos, y parando también en Ventipo, llegó a un lugar de los +bástulos que se llamaba entonces Aratispi, y que yo sospecho que ha de +ser la Alora de nuestros tiempos, tan famosa por sus <i>juegos llanos</i>. +Allí tenía Mutileder una prima, que era un sol de belleza, con diez y +ocho años de edad, y más rubia que él, si cabe. Esta prima se llamaba +Echeloría. Su padre, viudo y muy rico, la idolatraba.</p> + +<p>Mutileder y Echeloría eran de casta ibera purísima, sin mezcla alguna de +celtas ni de fenicios. Sus familias, o mejor diré su familia, pues era +una misma la de ambos, se jactaba, no sin fundamento, de descender de +los primitivos atlantes, que habían emigrado muchos siglos hacía, cuando +se hundió en el mar la Atlántida, y que, yendo unos por mar siempre, +habían llevado a Egipto la cultura, mucho antes de la civilizadora +expedición de Osiris, mientras que otros, conocidos después con el +nombre de hiperbóreos, desembarcando en Francia, habían difundido la luz +y fundado florecientes Estados, caminando hacia Oriente hasta más allá +de las montañas Rifeas, e influyendo, por último, en el despertar a la +vida política y culta de los arios y de los semitas.</p> + +<p>En suma, Echeloría y Mutileder eran dos personas ilustres y dignas de +serlo por su mérito.</p> + +<p>Apenas se vieron, se amaron... ¿Qué digo se amaron? Se enamoraron +perdidamente el uno de la otra y el otro de la una.</p> + +<p>El padre de Echeloría, que no tenía nada de lerdo, notó en seguida el +amor de la muchacha y procuró acabar con él, porque el primito no poseía +otro patrimonio que su apasionado corazón; pero Echeloría estaba +prendada de veras, y el padre, que en el fondo era un bendito, se avino +y se resignó al cabo a que Mutileder aspirase a ser su yerno.</p> + +<p>Ambos amantes se juraron eterna fidelidad. «Antes morir que ser de +otro», dijo ella. «Antes morir que ser de otra», respondió él. Y esta +promesa se hizo repetidas veces y se solemnizó y corroboró con los +juramentos más terribles.</p> + +<p>Después de esto, ¿qué remedio había sino casar cuanto antes a los primos +novios? Así lo resolvió el padre, y se empezaron a hacer los +preparativos para la boda, que debía verificarse en el próximo otoño.</p> + +<p>Era ya el fin de la primavera, y en aquellas edades antiquísimas +sucedía lo propio que ahora que a la primavera seguía el verano.</p> + +<p>Aratispi era lugar más bonito que lo es Alora al presente. En torno +había, como hay aún, fértiles huertas y frondosos y siempre verdes +bosques de naranjos y limoneros; pero los cerros que limitaban aquel +valle amenísimo, en vez de estar pelados, como ahora, estaban cubiertos +de encinas, alcornoques, algarrobos, castaños y otros árboles, entre +cuyos troncos y a cuya sombra crecían brezos, helechos, tomillo, +mejorana, mastranzo y otras plantas y hierbas olorosas.</p> + +<p>Era tal entonces la generosidad de aquel suelo, que las palmas enanas, +que hoy suelen cubrirle y que apenas sirven para más que para hacer +escobas y esportillas, se alzaban a grande altura, mientras que las +crestas más empinadas de los montes, calvas ahora, se veían cubiertas de +una verde diadema de abetos, de pinos y de cipreses.</p> + +<p>A pesar de todo, fuerza es confesar que en verano hacía entonces en +Aratispi un calor de todos los demonios.</p> + +<p>Echeloría quiso, con razón, tomar algunos baños de mar, y su padre la +llevó a un puerto muy bonito, cerca de Málaga, que D. Juan Fresco y yo +calculamos que debió de ser Churriana.</p> + +<p>Naturalmente Mutileder fue a Churriana también, acompañando a su futura.</p> + +<p>Los primos estaban como dos tortolitas, arrullándose siempre. Mientras +más miraba él a Echeloría, más linda y angelical la encontraba y más +melifluo se ponía con ella. Y mientras más miraba Echeloría a Mutileder, +mayor número de perfecciones y de excelencias hallaba en él.</p> + +<p>Pues no digamos nada, porque sería cuento de nunca acabar, de la mutua +admiración que nacía en ambas almas al considerar el talento o la +habilidad del objeto de su amor. Cada pedrada que tiraba Mutileder +mataba un pajarillo y partía el corazón de Echeloría, a fuerza de +entusiasmo. Y Echeloría, por su parte, a más de encantar a Mutileder con +los cantares que sabía entonar, le había hecho una honda de pita, tan +llena de sutiles y primorosas labores, que él se quedaba horas enteras +embobado contemplando la honda.</p> + +<p>Los dos enamorados gozaban de la más completa libertad y se iban solos +de paseo por aquellos vericuetos y andurriales; ya por la orilla del +resonante mar; ya por los encinares y olivares que vestían aquellos +alcores; ya por los verjeles, sotos y alamedas del valle, regado por un +riachuelo cristalino. Pero uno y otro eran tan como Dios manda, que a +pesar de lo mucho que se querían, no se propasaron nunca a otra cosa +sino a estrecharse afectuosamente las manos, y una o dos veces a lo más, +a consentir ella en recibir un casto beso en la tersa y cándida frente, +y a lograr él estamparle.</p> + +<p>La suma virtud y exquisita delicadeza de estos primos lo ponía todo en +reserva para el día dichoso en que la religión y las leyes consagrasen +su unión indisoluble.</p> + +<p>Entre tanto se decían doscientas mil ternuras a cada momento. «Tu nombre +es un sello que he puesto sobre mi corazón», exclamaba Echeloría. «Mi +corazón es tuyo para siempre: antes dejará de latir que de amarte a ti +sola», contestaba Mutileder.</p> + +<p>En estos coloquios se pasaban las horas, y de continuo estaban juntos +ambos amantes, menos cuando Echeloría se retiraba a dormir al lado de su +anciana nodriza y en estancia muy resguardada, o bien cuando iba a la +playa a bañarse; pues entonces, a fin de evitar el qué dirán y las +murmuraciones, Mutileder no se bañaba con ella, tal vez por no usarse +aún trajes de baño, tan complicados y encubridores de las formas como +los que se llevan ahora en Biarritz y en otros sitios.</p> + + +<hr /> + +<p class="capit">III</p> + + +<p>Málaga era ciudad fenicia de mucho comercio. Casi competía con Cádiz. Su +puerto estaba lleno de naves tirias, pelasgas, griegas y etruscas. En +sus tiendas se vendían mil primores traídos de lejanos países: telas de +lana, teñidas de púrpura en Tiro; joyas de oro, hechas en Ménfis, en +Sais y en otras ciudades egipcias; piedras preciosas y tejidos de +algodón del Indostán; alfombras de Persia, y hasta sedería del casi +ignorado país de los Seras.</p> + +<p>Echeloría fue a Málaga varias veces, con su padre y con su novio, a +recorrer dichas tiendas y a comprar galas para el suspirado día del +casamiento.</p> + +<p>Hallábase a la sazón en Málaga uno de los más audaces y sabios marinos +que había entonces en el mundo: el célebre Adherbal.</p> + +<p>Acababa de hacer una navegación felicísima, y su nave se parecía, +anclada en el puerto, cargada de estaño, ámbar, hierro, pieles de +armiños y de castores, y otros objetos de valor que él había ido a +buscar a las costas de Francia, Inglaterra y otras regiones del Norte de +Europa, a donde sólo los fenicios se aventuraban a llegar en aquella +época.</p> + +<p>Adherbal pensaba volver pronto a Tiro; pero antes debía tomar en Málaga +cobre, vino, azogue y oro en polvo de las arenas de nuestros ríos, +dejando allí en cambio parte de su cargamento.</p> + +<p>Paseando un día por el muelle vio Adherbal a Echeloría, y al verla juró +por Melcart y por Astoret, como si dijéramos por Hércules y por Venus, +que jamás había visto criatura más linda y salada. Ganas tuvo de +llegarse de súbito a la muchacha y de soltarle el pavo, esto es, de +decirle sin ceremonia sus atrevidos pensamientos: pero Mutileder iba al +lado de ella, mirando receloso a todas partes, con la barba sobre el +hombro, en actitud desconfiada y hostil, y blandiendo un enorme y fiero +garrote.</p> + +<p>La prudencia refrenó los ímpetus del marino fenicio. Bastaba ver de +refilón a Mutileder para hacerse cargo de que era capaz de deslomar a +cualquiera de un garrotazo, si llegaba a descomponerse un poco con la +hermosa y cándida Echeloría.</p> + +<p>Adherbal, como queda dicho, era prudente, pero era obstinado también, +emprendedor y ladino. Echeloría no produjo en él una impresión fugaz y +ligera, sino profunda y durable. Así fue que determinó averiguar quién +era y dónde vivía, y lo consiguió con discreción y recato.</p> + +<p>Dos o tres veces fue después a caballo a Churriana con disimulo, y +volvió a ver a la niña, quedando cautivo de su singular donaire.</p> + +<p>Por último, por medio de personas listas del país, se informó de la vida +de Echeloría, supo que iba a casarse con Mutileder, y no quedó pormenor +de que no llegase a tener cabal noticia.</p> + +<p>Con estos elementos formó Adherbal un plan diabólico, el cual le salió +bien, como por desgracia salen bien casi todos los planes diabólicos.</p> + +<p>Una mañana muy temprano levó anclas su nave y zarpó del puerto de +Málaga, después de despedirse él para Tiro. Fuera ya la nave del puerto, +se quedó, muy cerca de la costa, hacia el Oeste, dando bordeadas como +para ganar mejor viento. Así trascurrieron algunas horas, hasta que +llegó aquélla en que la gentil Echeloría bajaba a bañarse en la mar. +Entonces saltó Adherbal en una lancha ligerísima con ocho remeros +pujantes y otros dos hombres de la tripulación, grandes nadadores y +buzos, y de los más ágiles y devotos a su persona. Con la lancha se +acercó cautelosamente, ocultándose en las sinuosidades de la costa y al +abrigo de las peñas y montecillos, hasta que llegó cerca del lugar donde +Echeloría se bañaba, creyéndose segura y con el más completo descuido. +Los nadadores se echaron entonces al agua, zambulleron, surgieron de +improviso donde Echeloría estaba bañándose, se apoderaron de ella a +pesar de sus gritos, que pronto terminaron en desmayo causado por el +suato, y en aquella disposición, hermosa e interesante como una ondina, +se la llevaron a la lancha, donde Adherbal la recibió en sus brazos, y +luego la condujo a bordo de su nave. Ésta desplegó al punto todas sus +velas, y aprovechándose de un viento fresco de Poniente, que acababa de +levantarse, no corría, sino que volaba sobre las ondas azules del +Mediterráneo.</p> + +<p>Varias muchachas, que se bañaban con Echeloría, huyeron con espanto de +aquella zalagarda, y, saltando en tierra, alarmaron con sus gemidos y +sollozos a la nodriza, que estaba en éxtasis y de nada se había +percatado. En cambio, apenas se enteró de lo ocurrido, se extremó en +hacer muestras de su dolor. Allí fue el mesarse las venerables canas, el +revolcarse por el suelo, y el dar tan formidables chillidos, que +Mutileder, aunque estaba lejos, acudió al sitio, oyéndolos. El infeliz +amante supo entonces toda la enormidad de su infortunio, mas demasiado +tarde por desgracia. La nave del raptor se percibía aún, pero lejos, y +navegando con tal rapidez que pronto iba a perderse detrás de la comba +que forma el mar, marcando una curva de azul profundo en el cielo más +claro.</p> + +<p>El furor de Mutileder fue indescriptible, aunque a nada conducía. Ni +siquiera supo a punto fijo el infeliz amante quién había sido el raptor, +por más que sospechase de aquel marino que en Málaga había puesto en +Echeloría los lascivos y codiciosos ojos.</p> + +<p>Estos raptos de mujeres eran frecuentísimos en aquellas edades heroicas, +y habían dado ya y debían seguir dando ocasión a no pocos disturbios y +guerras. Los fenicios habían robado a Io, hija de Inaco; los griegos +habían robado a Europa de Fenicia, a Medea de Coicos, y a Ariadna de +Creta; y por último, un príncipe frigio había robado a la bella Helena, +mujer del rey de Esparta, Menelao, motivando así una lucha larga y +mortífera, y al cabo la destrucción de Troya.</p> + +<p>Don Juan Fresco explica, a mi ver, de un modo satisfactorio estos raptos +de mujeres. Supone que la mujer, por lo mismo que su belleza es tan +delicada, no se cría naturalmente. Lo único que se cría es la hembra del +hombre. La verdadera mujer es producto artificial, que resulta de grande +esmero y cuidado y de exquisito y alambicado cultivo. De aquí la rareza +entonces de la verdadera mujer y el mágico y portentoso efecto que +producía en el alma de guerreros bárbaros y briosos, avezados a ver +hembras solamente.</p> + +<p>Cuando los hombres se recobraban de su pasmo volvían a hacer a la mujer +de peor condición que al esclavo más humilde; pero, en ocasiones, una +mujer bien lavada, cuidada y compuesta, infundía amor ferviente, +frenético entusiasmo y cierta adoración como si fuese algo divino. De +aquí las patrañas o <i>mitos</i> de las hadas y encantadoras como Circe y +Calipso, que convertían a los hombres en bestias; la <i>ginecocracia</i>, +esto es, el imperio de la mujer, establecido en muchas partes, como en +el país de las Amazonas y en la Arabia Feliz; y el omnímodo influjo, ora +funesto, ora útil, que ejercieron algunas damas en los varones más +crudos y valerosos, como Onfale en Hércules, Dálila en Sansón, Betzabé +en David, Egeria en Numa, y Judit en Holofernes. De aquí, por último, +que ganasen tanto crédito las sibilas, las pitonisas y las druidisas; +todo ello, sin duda, porque cuidaban más de sus personas, y lograban +pulir y descubrir la escondida hermosura, invisible por lo general en la +hembra por falta de pulimento y aseo.</p> + +<p>Además, el entender la hermosura y el afanarse por lograrla hacían +hermosa a la mujer. Hoy, mucho de esta cualidad, domeñada ya la +naturaleza rebelde, suele trasmitirse por herencia; pero en los tiempos +heroicos, la hermosura era como inspirada creación que la mujer artista +realizaba en su propio cuerpo, a fuerza de esmerarse. Todavía, cinco +siglos después de la época en que ocurre nuestra historia, asombran el +estudio, la prolijidad y los preparativos minuciosos de que se valían +las mujeres para presentarse de una manera digna. A fin de agradar al +rey Asnero, que buscaba reina, después de repudiada Vastí, se pasaban +las chicas un año entero frotándose con linimentos y pomadas, +saumándose, lavándose, perfilándose y acicalándose. En el día, con una +hora de preparación bastarla para presentar ante el sibarita más +refinado a la más ruda de las campesinas: prueba irrefragable de que lo +adquirido por arte y educación se trasmite de madres a hijas. Verdad es +que, en cambio, la naturaleza es menos dúctil ahora, y la hotentota, +aunque se friegue y se adobe más que las que iban a presentarse a +Asuero, hotentota permanece; de donde, sin duda, el refrán que dice: +«Aunque la mona se vista de seda mona se queda.»</p> + +<p>Dejemos, no obstante, refranes y digresiones a un lado, y prosigamos +nuestro cuento.</p> + +<p>Echeloría, por naturaleza y por arte, por herencia y por conquista, era +un primor. Y Mutileder, que con razón la adoraba, no la lloró perdida, +con femenil amargura, sino que, agitando su garrote y haciendo crujir la +honda con chasquidos estruendosos, juró buscar a su amada, librarla del +raptor, y vengarse de éste descalabrándole de una buena pedrada o +moliéndole a palos.</p> + +<p>Cuenta la historia que Mutileder, en el instante de hacer aquel +juramento, estaba tan hermoso que no podía ser más. Sus ojos azules, +dulces de ordinario, lanzaban centellas luminosas; su afilada y recta +nariz, hinchada por la cólera, mostraba muy dilatadas las ventanillas; +las cejas, frunciéndose en el centro, daban mayor majestad a su frente; +la boca entreabierta dejaba ver unos dientes blancos, iguales y firmes, +y sana frescura y vivo color de carmín en encías y lengua. Su cabeza, +echada atrás con arrogancia, y destocada, lucía copiosa y rubia +cabellera, que flotaba en rizos graciosos a merced de la brisa; sus +piernas y sus brazos desnudos, contraída entonces la musculatura por la +energía de la actitud, daban envidia a los de Hércules mancebo. Todo en +Mutileder era beldad, elegancia, brío y donosura. Su voz, alterada por +la pasión, penetraba en los corazones, aunque sus palabras no se +entendiesen.</p> + +<p>En aquel instante ¡oh fuerza del destino! acertó a pasar por allí la +graciosa y distinguida Chemed, que en fenicio significa <i>belleza</i>, la +viuda más coqueta y caprichosa que había en Málaga. Su marido la había +dejado joven y con muchos bienes de fortuna. Ella seguía con la casa de +comercio de su marido, bajo la razón insocial de <i>la viuda Chemed</i>. En +aquella ocasión volvía de solazarse de una quinta que tenía en +Churriana.</p> + +<p>Seis atezados etíopes la llevaban en silla de manos, y dos escuderos, +una dueña y cuatro pajecillos egipcios la acompañaban también para más +autoridad y decoro.</p> + +<p>Chemed oyó a Mutileder, le miró y se maravilló; volvió a mirarle y se +quedó más maravillada. Entonces dijo para sí: «Divinos cielos, ¿qué es +lo que miro? ¿Será éste dios o será mortal? ¿Resplandecería más Adonis +cuando Astoret se prendó de él?»</p> + +<p>Pero, prosiguiendo su soliloquio de preguntas, Chemed prosiguió también +su camino, sin interrogar al mancebo, que parecía estar furioso, y sin +atreverse siquiera a pararse y a bajar de la silla de manos, en medio de +gente extraña, cuya lengua no entendía, porque hablaban el ibero, que, +como ya queda dicho, era lo que se llama hoy el vascuence. Si Chemed +hubiera sabido que Mutileder hablaba corrientemente el fenicio, como en +efecto le hablaba, sin duda que se hubiera detenido; pero, no sabiéndolo +ni sospechándolo, Chemed pasó de largo.</p> + +<hr /> + +<p class="capit">IV</p> + + +<p>Luego que Mutileder echó sapos y culebras por la boca y se desahogó +cuanto pudo, acudió a dar a su presunto suegro la mala noticia del +rapto, y a consolarle, si cabía consuelo en tamaño dolor.</p> + +<p>Para evitar prolijidad no se ponen aquí las lamentaciones que hicieron +ambos a dúo. Lo que importa saber es que Mutileder y su suegro, después +de maduro examen, reconocieron que era inútil quejarse del rapto a las +autoridades de Málaga, las cuales no les harían caso, o si les hacían +caso, nada podrían contra un marino tan mimado en Tiro, como Adherbal lo +era. A cualquiera exhorto, que los sufetes o jueces de Málaga enviasen +contra Adherbal, era evidente que los sufetes tirios habían de dar +carpetazo, haciendo la vista gorda. No había más recurso que resignarse +y aguantarse, o tomar la venganza y la satisfacción por la propia mano. +Esto último fue lo que decidió Mutileder con varonil energía.</p> + +<p>Se despidió de su presunto suegro, y sin pensar en recursos pecuniarios +ni en nada que lo valiese, se fue a Málaga a tomar lenguas, a +cerciorarse de que era Adherbal el raptor, como ya lo sospechaba, y a +buscar modo de irse a Tiro en la primera nave que para Tiro saliese, a +fin de arrancar a Echeloría del cautiverio o secuestro en que estaba y +de hacer en Adherbal un ejemplar y justo castigo.</p> + +<p>En medio de todo, Mutileder sentía cierto consuelo. Pensaba en que +Echeloría había jurado serle fiel o morir, y daba por seguro que moriría +antes que faltar a su promesa. Él mismo había hecho igual juramento, y +se sentía con la suficiente firmeza para cumplirle.</p> + +<p>Con estas ideas en la mente y con el bizarro propósito de irse a Tiro +cuanto antes, recorrió Mutileder las calles de Málaga hasta que empezó a +anochecer. Todas las noticias que adquirió le confirmaron en que era +Adherbal el raptor de Echeloría. En lo que no adelantó mucho fue en +concertarse con algún patrón de buque que saliese pronto y le llevase +para Fenicia.</p> + +<p>Llegó la noche, como queda apuntado, y ya Mutileder se retiraba a su +posada, cuando sintió que le tiraban suavemente de la capa por detrás. +Volvió el rostro, y vio a un pajecillo egipcio que le dijo:</p> + +<p>—Señor Mutileder, sígame vuestra merced, que hay persona que desea +hablarle sobre asuntos que le interesan.</p> + +<p>—¿Y quién puede ser esa persona? contestó él. Yo, en Málaga, no conozco +a nadie.</p> + +<p>Entonces replicó el pajecillo:</p> + +<p>—Aunque vuestra merced no conozca a esta persona, esta persona le +conoce. Hoy, de mañana, pasó junto al lugar del rapto protervo, y oyó y +vio a vuestra merced cuando de él se lamentaba. La persona es compasiva +y excelente, y se enterneció. Ha tomado informes sobre todo lo ocurrido, +y su enternecimiento se ha hecho mayor. Desea remediar el mal de vuestra +merced, con quien le importa conferenciar en seguida. ¿Quiere vuestra +merced seguirme?</p> + +<p>Mutileder no halló motivo razonable para decir que no, y siguió al +pajecillo.</p> + +<p>Siguiéndole por calles y callejuelas, que atravesaron rápidamente, llegó +nuestro héroe protobermejino a una puertecilla falsa y cerrada, en el +extremo de un callejón sin salida.</p> + +<p>El paje aplicó una llave a la cerradura, le dio dos vueltas, y la puerta +se abrió sin ruido. Entró el paje, y le siguió Mutileder.</p> + +<p>Cerró el paje la puerta de nuevo, y quedaron él y nuestro amigo en la +más completa oscuridad. El paje asió de la mano a Mutileder, y le guió +por las tinieblas. Al cabo de poco tiempo vieron luz y una linterna que +estaba en el suelo. La tomó el paje, y, ya con ella, alumbró a +Mutileder, y mostrándole el camino, le dijo que le siguiera. Subieron +ambos por una estrecha y larga escalera de caracol: llegaron luego a +otra puertecilla; la abrió el paje; levantó un tapiz que había detrás, y +él y Mutileder penetraron en una sala espaciosa y bien iluminada.</p> + +<p>El paje entonces se escabulló sin saber cómo, y Mutileder se encontró +frente a frente de una anciana y venerable dueña, la cual, con voz +meliflua, le dijo:</p> + +<p>—Sígueme, hermoso.</p> + +<p>Y Mutileder la siguió, algo ruborizado del intempestivo requiebro.</p> + +<p>No refiero aquí, porque estoy de prisa, y no debo ni puedo pararme en +dibujos, los primores estupendos, las alhajas rarísimas, los lindos +objetos de arte y los cómodos asientos y divanes que había en varias +salas por donde iban pasando la dueña y nuestro héroe, que atortolado +la seguía. Baste saber que allí se veía reunido de cuanto había podido +inventar el lujo asiático de entonces y de cuanto la activa solicitud de +los navegantes fenicios había podido traer de todas las comarcas a que +solían ellos aportar, desde las bocas del Indo hasta las bocas del Rhin, +puntos extremos de sus <i>periplos</i> o navegaciones.</p> + +<p>Lo que sí diré, es que si una sala era lujosa, otra lo era más, y que el +primor iba en aumento conforme se pasaban salas. Maravilloso silencio y +sosiego apacible reinaban en todas ellas. No se veía ni un alma. Soledad +y dulce misterio. Rica y leve fragancia de perfumes sabeos impregnaba el +tibio ambiente.</p> + +<p>«—¿Qué será esto? decía Mutileder para su coleto. ¿Dónde me llevará +esta buena señora?»</p> + +<p>Y la admiración y la duda se pintaban en su candoroso y bello semblante.</p> + +<p>Por último, la dueña tocó a una puerta, que no estaba abierta como las +demás que habían dado paso de un salón a otro salón, sino que estaba +cerrada. La dueña la abrió un poco, lo suficiente para que cupiese por +ella una persona, empujó a Mutileder, le hizo entrar, y quedándose +fuera, cerró otra vez la puerta, dejándole solo.</p> + +<p>Mutileder, que venía de salones donde había mucha luz, nada veía al +principio, e imaginó que el salón en que acababa de entrar estaba a +oscuras; pero sus pupilas se dilataron muy pronto, y notó que una luz +velada y dulce iluminaba aquella estancia, difundiéndose desde el seno +de tres lámparas de alabastro.</p> + +<p>Aun no había tenido vagar para ver todo lo que le circundaba, cuando oyó +Mutileder una voz blanda y argentina, que parecía salir de una garganta +humana nueva y de una boca fresca, colorada y sana, porque todo esto se +conoce en la voz, la cual le decía:</p> + +<p>—Perdóname, amigo, que te haya hecho venir hasta aquí, deseosa de +hablarte.</p> + +<p>Dirigió Mutileder la vista hacia el punto de donde la voz procedía, y +vio recostada lánguidamente en un ancho sofá a una dama morena y +majestuosa como una emperatriz, vestida de blanca y flotante vestidura, +con una cabellera abundante, lustrosa y negra como la endrina, y con +unos ojos que parecían dos soles de luto, así por el fuego y los rayos +que despedían, como por su oscuro color y por el color, no menos oscuro, +de las cejas, de las largas y rizadas pestañas, y aun de los párpados +suaves, cuyas sombras acrecentaban el resplandor fulmíneo de los +referidos ojos. En los brazos desnudos, casi junto al hombro, tenía la +dama brazaletes de oro de prolija y costosa labor; sobre el pecho y en +las orejas, collar y zarcillos de esmeraldas; y sendas ajorcas, por el +estilo de los brazaletes, en las gargantas de sus pequeños pies, +calzados por coturnos de seda roja. Lazos de idéntica seda adornaban la +falda y el corpiño y ceñían el airoso talle. Sobre el negrísimo cabello +lucía, prendido con gracia, un ramo de flores de granado.</p> + +<p>En todo esto reparó en conjunto Mutileder, pero sin analizar, como +nosotros, porque estaba algo cortado y sin saber lo que le sucedía. La +cosa no era para menos; sobre todo, tratándose de un mozuelo que, si +bien despejado y audaz, carecía de experiencia y jamás se había visto en +lances de aquel género.</p> + +<p>Absorto, mudo, con la boca abierta, estaba Mutileder, cuando la dama se +levantó y mostró de pié su gallarda estatura, esbelta y cimbreante como +las palmas de Tadmor; y vino a él, y tomándole la mano, en la que él +sintió como una conmoción eléctrica, le llevó a sí y le dijo:</p> + +<p>—Siéntate. ¿Qué te asusta?</p> + +<p>Y Mutileder se sentó, al lado de la dama, en un taburete bajito.</p> + +<p>Luego que Mutileder se hubo serenado, oyó a la dama con la debida +atención, y le respondió con concierto.</p> + +<p>Ella le dijo que se llamaba Chemed, que era viuda y rica y natural de +Tiro, que había sabido su dolor, que se interesaba por él, a causa de +una súbita e irresistible simpatía, y que anhelaba dar consuelo y +remedio a sus males.</p> + +<p>Aunque Chemed lo había averiguado todo, quiso que Mutileder le refiriese +su historia. Mutileder la refirió con elocuencia. Al hablar de +Echeloría, aunque era hombre recio, se le saltaron las lágrimas. Con las +lágrimas sobre sus mejillas y velando sus ojos azules, estaba el +muchacho lo más bonito que puede imaginarse. Chemed no se hartaba de +mirarle; pero ¡con qué miradas! Vamos, no es posible explicar cómo eran.</p> + +<p>Chemed tenía cerca de treinta y cinco años. Mutileder no había conocido +a su madre. No sabía lo que era la amistad y el cariño de la mujer.</p> + +<p>—¡Pobrecito mío! exclamaba Chemed. ¡Pícaro Adherbal! No paga con la +vida el mal que te ha hecho. Haces bien en querer vengarte y salvar a +Echeloría de las garras de ese monstruo. Mira, Mutileder: dentro de +cuatro días debo yo salir para Tiro, donde tengo que arreglar mis +asuntos, muy desordenados desde que mi marido murió. Tú vendrás en mi +compañía. Considérame como a tu amiga más leal.</p> + +<p>Y sencillamente Chemed tomaba la mano del inocente mozo, y la estrechaba +entre las suyas y la retenía en cautividad, equilibrando el calor +superior que había en las de ella con el calor que él tenía en su mano.</p> + +<p>Todavía se puso más interesante y bonito Mutileder cuando habló con +efusión del eterno amor y de la fidelidad que él y Echeloría se habían +jurado. Chemed celebraba todo esto, y lo hallaba muy a su gusto.</p> + +<p>—Sí, hijo mío, decía a Mutileder, así debe ser. Dichosa Echeloría, que +encontró en ti un modelo de amantes. No suelen ser como tú los demás +hombres, sino volubles y perjuros. Todas mis riquezas, toda mi posición +daría yo si hubiese encontrado un amante tan resuelto y fino como tú.</p> + +<p>En suma, esta conversación siguió largo rato, y yo tengo notas y apuntes +que me ha suministrado D. Juan Fresco y que me harían muy fácil +referirla con todos sus pormenores; pero, como mi historia tiene que ir +en un <span class="smcap">Almanaque</span> sin excitar a nadie a que los haga, y no puede +extenderse mucho, sino ser a modo de breve compendio, me limitaré a lo +más esencial, deslizándome algunas veces, con rapidez y como quien +patina, en aquellos pasajes que más se presten a ello por lo +resbaladizos.</p> + + +<hr /> + +<p class="capit">V</p> + + +<p>Cuatro días después de la conferencia primera entre Chemed y Mutileder, +salían ambos de Málaga para Tiro en una magnífica nave. Mutileder iba en +calidad de secretario privado de la dama para llevarle la +correspondencia en lengua ibérica.</p> + +<p>La amistad de ambos era íntima, y Mutileder, siempre que se veía en +presencia de Chemed, estaba contento y como orgulloso de tener tan +elegante y discreta amiga. Chemed tenía además mucho chiste y +felicísimas ocurrencias: decía mil graciosos disparates; y Mutileder se +regocijaba y reía sin poderlo remediar; pero, cuando estaba sólo, amarga +melancolía se apoderaba de su alma, pensamientos crueles le +atormentaban, y algo parecido a remordimientos le arañaba el corazón, +como si fueran las uñas de un gato, o digamos mejor, de un tigre.</p> + +<p>Mutileder hablaba entre dientes, lanzaba desconsolados suspiros, +manoteaba y hasta se golpeaba y pellizcaba sin compasión, y solía +exclamar:</p> + +<p>«¡Qué diablura! ¡Qué diablura!»</p> + +<p>En presencia de Chemed o se olvidaba de su dolor o le refrenaba y +disimulaba. Ésta, a no dudarlo, era la diablura, a que su exclamación +aludía.</p> + +<p>Mutileder había tenido ya tiempo para meditar, reflexionar y hacer +severo examen de conciencia, y no se absolvía, sino que se condenaba por +débil, perjuro y desleal, en grado superlativo.</p> + +<p>A veces quería disculparse consigo mismo, y no lo lograba.</p> + +<p>«Yo, decía, sigo amando a Echeloría, y Chemed no obsta para ello. Voy a +buscar a Echeloría, a libertarla y a vengarla, y Chemed me ayuda en mi +empresa. El cariño de Chemed tiene algo de maternal. ¡Es tan buena +conmigo!—¡Es tan alegre y chistosa! ¡Qué tonterías tan saladas se le +ocurren! ¿Cómo no he de reírme al oírlas? ¿He de estar siempre llorando? +No: no es menester llorar: no es menester negarse a todo consuelo, como +una bestia feroz, para demostrar que es uno fiel y consecuente. Ya +veremos cuando me encuentre con Adherbal si amo a Echeloría o si no la +amo.»</p> + +<p>Estas y otras sutilezas y quintas esencias alambicaba, fraguaba y se +representaba Mutileder para justificarse; pero, como hemos dicho, no lo +lograba nunca.</p> + +<p>De aquí su pena cuando estaba solo: y no sé de dónde, el olvido de su +pena cuando de Chemed estaba acompañado. ¡Contradicciones inexplicables, +raras antinomias de los corazones de los mortales!</p> + +<p>De esta suerte, en soliloquios románticos, acerbos y dignos de Hamlet, +siempre que estaba sin Chemed; y en coloquios amenos, en pláticas +tiernas, y en juegos y risas, cuando Chemed aparecía, vivió Mutileder; y +así se pasó el tiempo, caminó la nave, se detuvo en varios puntos de +África y en algunas islas del archipiélago de Grecia, y llegó al fin a +Tiro, capital entonces de Fenicia desde la ruina de Sidon, cuando los +filisteos, rubios descendientes de Jafet, vinieron de Creta por mar, +mientras que del lado del desierto de Arabia entraban los israelitas en +la tierra de Canaan y lo llevaban todo a sangre y fuego. Tiro había +hecho después renacer el poder cananeo o fenicio y estaba en toda su +gloria y florecimiento. Sobre el trono de Tiro resplandecía el rey +Hiram, amigo de Salomón, hijo de David. Israelitas y fenicios eran +estrechos y felices aliados.</p> + +<p>Muy largo sería describir aquí la grandeza de Tiro. Dejémoslo para mejor +ocasión. Lo que importa es decir que Mutileder buscó a Adherbal en +seguida y no le halló. Pronto supo con rabia que el infatigable marino, +sin reposar casi, se había encargado del mando de la flota, que Hiram y +Salomón expedían con frecuencia a la India, desde el puerto de +Aziongaber en el mar Rojo. Tres días antes de la llegada de Mutileder y +de Chemed, Adherbal se había puesto en marcha para tomar el mando +referido.</p> + +<p>Adherbal debía pasar por Jerusalén. Mutileder no pensó más que en +perseguirle y alcanzarle, antes de que se embarcara para tan larga +navegación, de la que sabe Dios cuándo volvería.</p> + +<p>Temiendo que le faltasen las fuerzas y el valor para despedirse de +Chemed, Mutileder preparó su viaje con el mayor sigilo, aprovechando la +salida de una caravana; y, montado en un ligero dromedario, salió para +Jerusalén, cuando Chemed menos lo sospechaba.</p> + +<p>Chemed lo supo y lo lloró al leer una carta que él escribió antes de +partir y que entregó a Chemed una persona de toda confianza. La carta +decía como sigue:</p> + +<p>«Mi querida Chemed: Yo soy el más débil y el más malvado de los hombres. +Debí huir de ti desde el primer momento y no entregarte nunca un corazón +que no te pertenecía, que era de otra mujer y que jamás podía ser tuyo. +Todo el afecto, toda la ternura que te he dado, ha sido falsía, perjurio +e infamia. Y no porque yo fingiese esa ternura y ese afecto, que al +contrario brotaban a borbotones, con toda sinceridad y con vehemente +efusión, del fondo de mi pecho, sino porque, al consagrártelos, faltaba +a la fe jurada, rompía el sello de la fidelidad que había puesto +Echeloría sobre mi alma, y me rebajaba hasta la vileza. De aquí mi lucha +interior; de aquí mis contradicciones y extravagancias. A veces reía yo, +jugaba y me deleitaba contigo; pero, cuando más contento estaba, surgía +como espectro, como aterrador fantasma, de las profundidades de mi ser, +el mismo amor ultrajado, el cual me azotaba rudamente con el azote de +los remordimientos. Otros amantes, mientras más aman, se hacen más +dignos del amor, porque el amor hermosea y sublima los espíritus; pero +yo, amándote, me degradaba en vez de elevarme, porque pisoteaba +juramentos y promesas, y no amándote, me degradaba también, porque +recibía de ti inmensos e inestimables tesoros de cariño que no acertaba +a pagar. Si olvidaba a Echeloría para amarte era yo un perjuro, y si no +te amaba, para seguir amando a Echeloría, un falso, un estafador y un +ingrato. Situación tan horrible y poco digna no podía durar. El cielo ha +estado benigno conmigo, aunque no lo merezco, proporcionándome ocasión +de dejarte con razonable motivo, sin que puedas tú tildarme de galán sin +entrañas. Adherbal no está en Tiro. Mi deber es perseguirle. La ofensa +que me ha hecho no puede quedar impune. Tú misma me tendrías por vil y +cobarde si yo no me vengara. No extrañes, pues, que te deje para cumplir +con esta obligación.—Adiós; adiós para siempre, ¡oh generosa y dulce +amiga!»</p> + +<p>Tal era la carta que escribió Mutileder, en buen fenicio, sin ninguna +falta de gramática ni de ortografía. Chemed la leyó con lágrimas en los +ojos y haciendo otros mil extremos de amoroso sentimiento.</p> + +<p>Mutileder, entre tanto, caballero en su dromedario y lleno de +impaciencia, iba trotando y galopando hacia Jerusalén. Harto de la pausa +con que la caravana marchaba, tomó un guía, poseedor de otro dromedario +tan ligero como el suyo, y se adelantó al resto de sus compañeros de +viaje. Así llegó en pocas jornadas a la ciudad que casi había creado +David, y que Salomón acababa de fortificar y hermosear con admirables +monumentos. La había ceñido de altas torres almenadas y de fuertes y +gruesos muros; había edificado, sobre gigantescos sillares, en la cumbre +del monte Moria, donde fue el sacrificio de Abraham, el maravilloso y +único templo del Dios único, y había coronado las alturas de Sion con +inexpugnable ciudadela y con alcázar suntuoso.</p> + +<p>Dilatando Salomón sus conquistas al Sur del mar Muerto, domeñando a los +hijos de Edom, de Amalec y de Madian, y enseñoreándose de Elath y de +Aziongaber, abrió puertos para comerciar con el Hadramauth y el Yemen, +con el alto Egipto, con la Nubia y con las Indias orientales. Cortando +luego las corpulentas hayas y los pinos y cedros seculares del Líbano, +haciéndolos llevar en hombros de los más robustos varones de las +naciones vencidas, como de los <i>refaim</i>, por ejemplo, raza descomedida +de gigantes, que casi ladraban en vez de hablar; y trabando entre sí los +leños con arte y maestría, hizo formar Salomón flotantes castillos que +resistiesen el ímpetu de los huracanes y el furor de las olas. En medio +del desierto, Salomón había fundado a Tadmor, célebre después con el +nombre de Palmira, en un oasis lleno de palmas, a fin de que fuese +emporio riquísimo y lugar de reposo de las caravanas que iban desde las +orillas del Jordan a las del Eufrates y del Tígris; a Damasco, a Nínive +y a Babilonia. Estaba, por último, interesado Salomón en el comercio de +los fenicios con Társis o Iberia, patria de Mutileder, y aun de más +allá, hacia el Occidente y Norte del mundo; bastante más allá, porque +las naves tirias llegaban hasta el Báltico. Por todo lo cual refluía +sobre Jerusalén cuanto Dios crió de bienes temporales. La plata era tan +común, que se miraba con desprecio. Todo se fabricaba de oro purísimo, +hasta los trastos de cocina. De Arabia venían perfumes; de Egipto, telas +de lino, caballos y carros; esclavos negros y marfil, de Nubia; y +especierías y madera de sándalo, y perlas, y diamantes, y papagayos y +jimios y pavos reales, y telas de algodón y de seda, de allá de la +desembocadura del Indo. Oro venía de todas partes, ya de Tíbar, ya de +Ofir; ámbar y estaño, del Norte de Europa; cobre y hierro, de España. De +esta suerte abundaba todo en Jerusalén. La fama del rey volaba por el +mundo, porque el rey excedió a los demás reyes, habidos y por haber, en +ciencia y en riqueza; y no había persona de buen gusto que no desease +ver su cara, y sobre todo, los hijos de Israel, a quienes las naciones +extranjeras respetaban y temían, por donde vivieron ellos tranquilos y +venturosos, a la sombra de sus parras y de sus higueras, desde Dan hasta +Beersebá, durante todos los días de aquel reinado.</p> + +<p>Pues, como íbamos diciendo, a esta espléndida ciudad de Jerusalén llegó +nuestro bermejino prehistórico, acompañado de su guía, pero más confiado +en su fiero garrote y en la primorosa honda que le había regalado +Echeloría, y con la cual, según suele decirse, no se le cocía el pan +hasta que vengase a su primer amor, descalabrando al raptor injusto de +una violenta y certera pedrada.</p> + +<p>Preocupado con estos pensamientos de venganza, y como hombre que va a su +negocio y que no viaja a lo <i>touriste</i>, Mutileder no quiso visitar las +curiosidades de Jerusalén ni enterarse de nada de lo que allí sucedía, a +no ser del paradero de Adherbal.</p> + +<p>Imagine el pío lector qué desesperación no sería la de Mutileder cuando +en seguida supo de buena tinta que Adherbal, viendo que urgía darse a +la vela, y llegar pronto al Océano, para no desperdiciar la monzón, +favorable entonces a los que iban a la India, había salido en posta, con +dromedarios que de trecho en trecho estaban ya preparados y escalonados +en el camino, a fin de verse cuanto antes en el puerto de Aziongaber, +orillas del mar Bermejo.</p> + +<p>Imposible de toda imposibilidad era ya que Mutileder llegase a donde +estaba el marino fenicio, quien se sustraía así a su venganza. Tiempo +había de pasar, pampanitos había de haber, antes de que dicho marino se +pusiese a tiro de su honda o al alcance de su garrote.</p> + +<p>Creyó entonces Mutileder que Adherbal se había llevado consigo a +Echeloría para que fuese ornamento principal de la nave capitana, desde +donde había de mandar la flota; y su rabia rayó en tal extremo, que +pateó, juró, bufó, blasfemó, y hasta hubo de arrancarse a tirones +algunos de los rizos hermosos y rubios que coronaban su cabeza.</p> + +<p>En medio de todo, fue grande su consolación cuando logró saber que el +pícaro y cortesano marino, rastrero adulador de príncipes, había hecho +presente a Salomón de la preciosa Echeloría.</p> + +<hr /> + +<p class="capit">VI</p> + +<p>¿Cómo resistir aquí a la tentación de encarecer lo mucho que D. Juan +Fresco se ensoberbece y ufana, y lo orondo que se pone, y lo por bien +pagado que se da de haberse pelado las cejas descifrando y leyendo las +inscripciones y papiros manuscritos de donde está sacada esta historia? +Por ella consta que un bermejino, pues al cabo bermejino era Mutileder, +ya que Vesci era la Villabermeja de entonces, rivaliza con Salomón y +viene a hacer el brillante y extraordinario papel que verá el que +siguiere leyendo.</p> + +<p>Mutileder no se amilanó al saber que Echeloría estaba en el harén +salomónico; antes dispuso quedarse en Jerusalén, espiar ocasión +oportuna, y, no bien se presentase, asirla por el copete, arrebatando a +la linda moza de entre las manos del Rey Sabio. No por eso pensó en +hacer el más leve daño a Salomón. Mutileder era muy monárquico, y el +Rey, por ser rey y por su ciencia infusa y demás virtudes, le infundía +respeto. Salomón, además, no tenía culpa ninguna ni había ofendido a +Mutileder. Había aceptado el presente que le habían traído, y había dado +prueba de buen gusto al aceptarle y guardarle.</p> + +<p>A veces concebía Mutileder cierta halagüeña esperanza. Imaginaba que +Echeloría había de llorar por él y había de decir a Salomón, con todo +miramiento y finura, que no le amaba porque amaba a otro; y daba por +cierto que Salomón, que era benigno con las mujeres, y tan galante y +condescendiente que las consentía tener ídolos de la tierra de cada una +de ellas no debía de ser feroz con Echeloría, sino que, no bien supiese +que su ídolo era Mutileder, había de ceder en sus pretensiones. +Mutileder llegaba a columbrar como probable que el Rey le hiciera buscar +para entregarle a la muchacha, y hasta que quizá se allanase a ser +padrino de la boda.</p> + +<p>La entereza, constancia y resistencia de Echeloría habían de mover a +todo esto, y a más, el ánimo generoso de Salomón. ¿Qué le importaba a +este gran Rey una mujer más o menos, cuando tenía en su harén +setecientas reinas, ochocientas concubinas e infinito número de +princesas? Así, pues, lo natural era que, viendo Salomón a Echeloría +enamorada de otro, afligida y llorosa, y rechazándole por estilo arisco +y montaraz, había de mostrarse desprendido.</p> + +<p>Al hacer esta suposición, muy plausible, Mutileder se ponía colorado de +vergüenza. Se presentaba en su imaginación lo bien que se portaba +Echeloría, huraña como un gato y firme como una roca, veía el +desprendimiento regio y la nobilísima conducta de Salomón, y se +consideraba indigno, y quería, al recordar sus infidelidades con Chemed, +que se abriese la tierra y le tragase.</p> + +<p>Estos remordimientos, esta compunción y este sonrojo por la culpa +tenían, sin embargo, bastante de sabroso y de dulce. ¡Ay, cuán pronto se +trocó todo ello en amargura cuando oyó Mutileder lo que en Jerusalén se +decía de público en calles y plazas!</p> + +<p>Para saber lo que se decía conviene tomar las cosas de atrás y entrar en +algunas explicaciones.</p> + +<p>El palacio de Salomón era inmenso, y la sociedad en él muy amena. +Multitud de poetas y de tocadores de arpas, tímpanos y salterios, le +regocijaban de continuo. Allí había diestras bailarinas, artistas +ingeniosos que hacían muebles elegantes y otras obras de extremado +primor, y los mejores cocineros que entonces se conocían. Aquello era, +en grado superlativo, en elevación a la quinta potencia, perpetua boda, +de Camacho. Salomón y sus mujeres y servidumbre devoraban cada día +treinta bueyes cebados, cien ovejas y multitud de ciervos, búfalos, +gacelas y aves. Y no se crea que porque comiesen poco pan. El consumo +diario de harina empleada en hacer pan, tortas, bollos y pasta <i>frolla o +flora</i>, era de noventa coros, o sea cuarenta y cinco cahíces, de doce +fanegas se entiende.</p> + +<p>Así es que en el palacio de Salomón hasta el último pinche se regalaba a +pedir de boca y estaba gordo y lucio.</p> + +<p>Las mujeres, tanto por naturaleza cuanto por los afeites que usaban, +parecían celestiales y de variadísimo mérito. En aquella época no +llevaban nombres puestos a la ventura, sino nombres significativos de +sus más egregias cualidades, por donde sólo con mentarlas se puede +colegir, lo que valían. Entonces no se llamaba Doña Sol una fea, ni +Blanca una negra, ni Dolores una regocijada, ni Rosa la que olía mal o +era áspera como cardo ajonjero.</p> + +<p>Las favoritas de Salomón lo habían sido y llevaban los nombres que +llevaban porque lo merecían. La hija del Faraón, que fue, a no dudarlo, +Meneftá II, se llamaba Uom-anhet, esto es, Destroza-corazones. Ella +inspiró a Salomón el primer amor, profundo y suave. Salomón era muy +muchacho cuando se casó con ella, y ella le trajo en dote a Gezer y doce +mil caballos para la remonta de su caballería. Después amó Salomón con +locura a Anahid, Lucero de la mañana, hija del Rey de Armenia. Se +refiere que, repudiada ésta, hubo de volver a su patria, donde tuvo un +hijo de Salomón, de quien procede el famoso Abagaro, a quien Cristo +escribió una carta y envió su efigie. Después amó Salomón con no menor +locura a Leliti, la Noche, princesa de Etiopía. Luego amó +apasionadamente a Vahar, a quien trajeron de la India las primeras naves +tirio-hebreas que fueron por allí. Esta Vahar, o dígase Primavera, era +de la familia de los Sakias, reyes de Kapilavastu, y por consiguiente, +parienta del ilustre Sakiamúni, que había de ser Buda, y fundar una +religión en que creyese cerca de la mitad del humano linaje.</p> + +<p>Por último, pasión más durable que todas había concebido, alimentado y +guardado Salomón por la Sulamita, en cuya alabanza dejó compuestas las +poesías amatorias más bellas que habían sonado hasta entonces en lengua +humana.</p> + +<p>Pero Salomón, en medio de tantos deleites y triunfos, estaba hastiado. +Nada le satisfacía. Todo era para él vanidad de vanidades y aflicción de +espíritu. Ni siquiera tenía el goce del amor propio y del orgullo, +porque sostenía que su grandeza se debía al acaso y no a su carácter ni +a su entendimiento y prudencia. Salomón había recapacitado y había visto +que, debajo del sol, ni la carrera era de los ligeros, ni la guerra era +de los fuertes, ni el bienestar de los listos, ni de los prudentes la +riqueza, ni de los elocuentes el favor, sino que todo era caprichoso +resultado de la ciega fortuna.</p> + +<p>Y hallándose su alma en tan doloroso estado, fue cuando Adherbal le +presentó a Echeloría.</p> + +<p>Y el pueblo de Jerusalén afirmaba que Salomón la había conocido y la +había amado. Y que la había hallado rosa de Saron y lirio de los valles. +Y que había comparado su cabeza rubia, por la majestad, con el Carmelo, +y el olor de sus vestidos al olor del almizcle y al de las silvestres +flores que crecen en el Líbano.</p> + +<p>La ternura de Salomón por Echeloría se aseguraba que excedía a la de +Jacob por Raquel y a la de Isaac por Rebeca. Se daba por cierto que la +amaba mil veces más que había amado a las otras mujeres: que sentía por +ella todo género de afecto; que con el espíritu puro la estimaba y +quería como su padre David había estimado y querido a Jonatás, muerto en +las alturas de Gelboé por los filisteos; y que de un modo tempestuoso la +idolatraba como el príncipe de Siquen había idolatrado a Dina.</p> + +<p>Todos estos rumores llegaban cada vez con más consistencia a los oídos +de Mutileder y le iban dando mucho que sentir y no poco que sospechar: +le iban dando, permítaseme lo vulgar de la frase en gracia de lo +gráfico, muy mala espina.</p> + +<p>¿Cómo era posible que Echeloría resistiese a tantas seducciones? ¿Cómo +había de entenderse el amor de Salomón, si la muchacha, en vez de estar +amable, estuviese zahareña y cogotuda?</p> + +<p>En vista de estas y de otras reflexiones, y de no pocos indicios y +pruebas que vinieron después, el pobre Mutileder tuvo al fin que abrir +los ojos, y que reconocer que Echeloría se había dejado querer, y hasta +que pagaba a Salomón su cariño, queriéndole y siendo infiel y perjura a +su Mutileder y a los juramentos hechos en Aratispi y en Churriana.</p> + +<p>Por falta de elocuencia dejo de pintar aquí el furor de Mutileder cuando +de esto se hubo cerciorado. Ni Otelo ni el Tetrarca estuvieron después +más celosos y furiosos.</p> + +<p>Pero nuestro bermejino no se limitaba a lamentos estériles. Siempre +tomaba resoluciones y procuraba darles cima. La que ahora tomó fue la de +matar a puñaladas a Echeloría y matarse él a renglón seguido con el +propio puñal. Lo difícil era ver a Echeloría para matarla.</p> + +<p>Chemed, ocupada en Tiro con sus asuntos, se había consolado de la +ausencia de Mutileder, pero le conservaba buena amistad, y le había +enviado cartas de recomendación para Adoniram, que era el mayordomo de +Salomón, y para otros personajes de la Córte. Con estas cartas y con su +hermoso rostro, gentil presencia y gallardo cuerpo, que más que nada le +recomendaban, Mutileder pretendió y consiguió sin dificultad entrar en +la guardia personal del rey.</p> + +<p>Componíase dicha guardia de sugetos de no poco fuste; de señores y hasta +de príncipes de las dinastías destronadas, cuyos reinos se habían +anexionado Salomón y su padre, y de cuyos bienes habían ido +incautándose. Allí había heteos, amorreos y jebuseos; caballeros de la +casa de Abinadab, rey de Kiriath-Yarin; dos sobrinitos de Og, rey de +Basan, a quienes apenas apuntaba el bozo y tenían ocho codos de +estatura; varios nietos de Hamnon, rey de los Amonitas; y <i>para +complemento de hermosura</i>, como dice Ezequiel, hablando de los pigmeos +de Tiro, una pequeña tropa de idénticos pigmeos, que no se levantaban un +codo de la tierra, pero que eran certeros y terribles disparando +ponzoñosos dardos.</p> + +<p>Encubriendo siempre en los abismos oscuros del alma su terrible +propósito de matar a Echeloría y de matarse él, Mutileder se ingenió de +suerte que se ganó la voluntad de sus jefes inmediatos y hasta del +General Benaya, tan ágil para cortar cabezas, según lo demostró a +principios de aquel reinado, enviando al otro mundo, a fin de cimentar +bien el trono, a Adonia, hermano mayor del rey, y a otros personajes.</p> + +<p>Con este favor, pronto subió Mutileder a capitán de una compañía de +filisteos, rubios casi tanto como él, y que formaban parte de la guardia +real.</p> + +<p>Lo que no pudo conseguir fue ver a Echeloría. Lo que no pudo inspirar +fue la absoluta e indispensable confianza para llegar a ser uno de +aquellos sesenta valientes, los más probados y selectos, que rodeaban el +tálamo de Salomón por la noche (algo parecido a nuestros Monteros de +Espinosa), y que andaban siempre con la espada sobre el muslo, por temor +de los duendes y vestiglos, que eran traviesos, traían revuelto el +alcázar, y no hubieran dejado, sin la citada precaución, un instante de +sosiego a las reinas y demás señoras.</p> + +<p>¿Quién sabe si la misma gentileza de Mutileder sería óbice para que +entrase él en el número de los sesenta, no hiciera el diablo que +inquietase a las damas en vez de aquietarlas? Lo cierto es que su +gentileza ya mencionada, su discreción, despejo y buen trato, se +hicieron notorios en Jerusalén, y que las damas le ponían en las nubes. +Hasta un no sé qué de torvo, de melancólico y de trágicamente distraído, +que había en su lindo semblante, le hacía más grato a las damas.</p> + +<p>Así las cosas, cuando ocurrió una novedad grandísima, que contribuyó a +glorificar el reinado de Salomón más todavía.</p> + + + +<hr /> + +<p class="capit">VII</p> + + +<p>Además de los libros que conocemos, Salomón escribió otros muchos que se +han perdido. Compuso tres mil parábolas y mil y cinco cantares, y +disertó sobre árboles y plantas, desde el cedro hasta el hisopo que nace +en la pared, y sobre aves, cuadrúpedos, reptiles y peces. Quieren decir +que supo muchas cosas que después se olvidaron; unas han vuelto a +descubrirse; otras quizá no se descubran nunca de nuevo. Así, por +ejemplo, parece que atraía por medio de pinchos de metal los rayos y las +centellas; que entendía la lengua de los pájaros; que conocía la fuerza +oculta de la palabra humana y obraba por ella mil prodigios; que los +genios le obedecían; y que era sabedor de todas las doctrinas mágicas de +Enoch y de las que Abraham había aprendido en su patria, Ur de los +caldeos, y de las que estudió Moises en los colegios sacerdotales de las +orillas del Nilo.</p> + +<p>Sea de esto lo que se quiera, no puede negarse que su fama de sabio se +extendió por todas partes.</p> + +<p>La reina de Sabá, cuyo nombre, según hemos llegado a averiguar, era +Guadé, que en el idioma hymiárico, hablado entonces en su reino, +equivale a <i>Amor</i> o <i>Amistad</i>, oyó hablar de Salomón y quiso probarle +con preguntas y acertijos.</p> + +<p>Embarcóse, pues, esta augusta señora en Aden, que era el mejor puerto de +sus Estados, y con próspero viento, navegando por el mar Bermejo, aportó +a Aziongaber, y desde allí, por Sela, Beersebá y otras poblaciones, +llegó hasta Hebron, donde el Rey Sabio salió a recibirla con mucha +cortesía y aparato.</p> + +<p>No entro aquí en descripciones del viaje de esta reina, de la pompa con +que venía, de su entrada en Jerusalén, acompañada ya de Salomón, que la +hospedó en su palacio, y de las fiestas que hubo con este motivo. Sería +muy largo contar todo esto. Contentémonos con decir que los regalos que +dio la reina a Salomón fueron magníficos, y no inferiores los que de +Salomón recibió ella; que ella se quedó pasmada del lujo que gastaba +Salomón; y que, como Salomón le adivinó de tenazón todos sus más +enmarañados acertijos, ella se quedó doblemente pasmada de su sabiduría.</p> + +<p>Salomón, que era fino y discreto, creyó que el mayor obsequio que podía +hacer a Guadé, mientras morase en su alcázar, y siendo ella de un moreno +muy subido de punto, era darle para guardia de su persona a los +filisteos que mandaba Mutileder, todos rubios, blancos y sonrosados. En +efecto, los filisteos la impresionaron agradablemente; pero Mutileder, +su capitán, le pareció una divinidad y no un hombre cualquiera.</p> + +<p>Era Guadé tan hermosa como las noches serenas del estío; sus ojos +brillaban como carbunclos, y en oposición a su rostro, algo tostado, +relucían como perlas sus dientes blanquísimos. Sabía mucho. Era un +Salomón con faldas. Pronto con sus miradas fulmíneas derritió la triple +placa de bronce que el empeño de ser consecuente había puesto en torno +del corazón de Mutileder. Y Mutileder y Guadé se amaron, a pesar de +Chemed y de Echeloría.</p> + +<p>Guadé, a quien importaba desengañar por completo a Mutileder, el cual le +había contado toda su historia, menos su plan de tragedia; Guadé, que +hablaba en toda confianza con Salomón y sabía los secretos del harem, +reveló y probó a su joven amigo que Echeloría amaba a Salomón con +delirio.</p> + +<p>Esto indujo más a Mutileder a amar con delirio también a Guadé, no sólo +porque ella se lo merecía, sino para no ser menos y tomar represalias y +desquite.</p> + +<p>Y sin embargo, y aquí entra lo más patético de mi cuento, si bien era +cierto que Echeloría y Mutileder estaban enamorados el uno de su reina y +de su rey la otra, ambos sentían, en medio de la embriaguez del nuevo +amor, pesar tremendo, torcedor horrible en la conciencia, y pasión de +ánimo, que amenazaban matarlos.</p> + +<p>Las mismas imaginaciones, las mismas ideas acudían al alma de los dos, +aunque no se veían ni se hablaban. Se sentían rebajados y humillados. +Eran juguetes de la casualidad. La voluntad de ellos carecía de firmeza. +¿Había sido ensueño infantil el amor que se tuvieron? ¿Había sido burla +ridícula el juramento que se hicieron repetidas veces? O no había sido +santa y hermosa aquella primera pasión, y entonces lo más poético de la +vida de ambos se desvanecía; o si la pasión había sido santa y hermosa, +ellos habían sido sacrílegos e infames, profanándola y hollándola.</p> + +<p>Mutileder desistió ya de matar a Echeloría y de matarse; pero aquel +dolor oculto iba a matar a los dos. Y mientras más notaban ambos que el +amor que tenían a Salomón y a Guadé era su encanto y su delicia, más +culpados y viles se juzgaban y más ganas tenían de morirse, porque el +sonrojo y la humillación destrozaban sus pechos, no bien dejaban de +embargarlos y cautivarlos el frenesí y el vivo deleite que nacen de los +coloquios y caricias en el amor bien correspondido.</p> + +<p>Salomón advirtió el mal de Echeloría, y Guadé advirtió el mal de +Mutileder. Conferenciaron sobre ello. Se lo contaron todo. Buscaron +remedio y no pudieron hallarle. ¿Qué hierba, qué elixir, qué talismán +sería poderoso contra tan rara dolencia, que designaron con el nombre de +<i>dolencia de los dos amores</i>?</p> + +<p>Presintieron los reyes que iban a perecer sus dulces amigos y se +desconsolaron. Todo era cavilar en balde qué habían de hacer para +salvarlos. Llegaron hasta a ser tan generosos que proyectaron ceder él a +Echeloría y ella a Mutileder para que se casasen. Pero luego +consideraron que esto sería peor. Al verse, se avergonzarían de verse; +no dejarían de amar de otro modo a Salomón y a Guadé; no podrían amarse +entre sí del mismo amor que los amaban, y morirían más pronto y más +desesperadamente.</p> + +<p>El lance no tenía otra solución que la más lúgubre, a no ocurrir algo +con visos de milagro, como ocurrió en efecto.</p> + +<hr /> + +<p class="capit">VIII</p> + +<p>Años atrás, en los últimos del reinado de David, había venido a +Jerusalén un príncipe hiperbóreo, a quien de fama conocen sin duda mis +lectores. Hablo del sapientísimo Abaris, que caminaba montado en una +flecha. Si era la aguja de marear aplicada a la navegación aérea o algo +por el mismo orden, no acertaré yo a decirlo en este momento. Lo que +hace al caso es saber que Abaris viajaba con facilidad prodigiosa.</p> + +<p>David estaba viejísimo, y los sabios de Israel resolvieron que, para +aliviar sus dolencias y hacer menos crueles los postreros años de su +vida, era menester casarle con una jovencita bella e inocente; la flor +de las doce tribus. Eligieron para esto los sabios a Abisag de Sunam, de +quien, por una maldita coincidencia, Abaris, muy joven entonces, andaba +perdidamente enamorado.</p> + +<p>Abaris hizo esfuerzos inauditos para disuadir a Abisag de sacrificarse a +aquel viejo; pero ella, teniéndolo a mucha honra, y creyendo que cumplía +con un deber en ser útil al Rey Profeta, desdeñó a Abaris y se unió con +el Rey.</p> + +<p>Abaris montó en su flecha y se fue de Jerusalén hecho un veneno. A fin +de vengarse del desdén de Abisag, ya que no en ella, en otras mujeres, +se convirtió en seductor desaforado, en el D. Juan Tenorio o Lovelace de +aquel siglo. Los medios de que disponía eran enormes. Era guapísimo, +ágil y divertido en la conversación; y desde que, siglos antes, había +venido su compatriota Olen a civilizar a tracios y pelasgos, no se había +visto hiperbóreo de más doctrina en el Mediodía de Europa. Con esto, con +su astucia, con sus chistes y con su atrevimiento, Abaris iba por todas +partes haciendo estragos en los corazones femeninos.</p> + +<p>Entre tanto, murió David, subió Salomón al trono, y Abisag quedó en +palacio como una de las reinas viudas, aunque en realidad no se podía +decir que hubiese sido esposa del Santo Rey.</p> + +<p>Sabido es, no obstante, que Salomón quería que la tuviesen por tal y que +asimismo viviese ella consagrada sólo a la memoria de David, cuyo +último suspiro había recogido. Por esto se enfadó tanto Salomón cuando +Adonia se atrevió a pedirle por mujer a Abisag. Y habiéndole perdonado +que conspirase contra él, no le perdonó aquella insolencia, e hizo que +Benaya le matase sin que pudiera valerle el haberse asido al cuerno del +altar, en el templo mismo.</p> + +<p>Abaris, que tuvo noticia de todo esto, y que aun estaba enojado contra +Abisag, tardó en volver a Jerusalén; pero volvió al cabo y precisamente +en los días en que Salomón y la reina de Sabá andaban más afligidos con +la dolencia de Echeloría y de Mutileder.</p> + +<p>Ignorábase qué proyectos traía Abaris, pero Salomón le recibió bien, +porque Salomón apreciaba mucho la ciencia. Además, como Abaris era +hombre de mundo, lo que se llama un rodaballo muy corrido, Salomón le +puso al corriente de todo, a ver si él hallaba remedio para aquel mal.</p> + +<p>Abaris aseguró que curaría a los dos jóvenes iberos; pero que, en +cambio, deseaba que Salomón le prometiese que había de otorgarle un don +que intentaba pedirle. Salomón se lo prometió.</p> + +<p>Pasaron después tres días, durante los cuales Abaris pareció como que +estaba estudiando. Al terminar los tres días, fue Abaris al regio +alcázar, hizo que Salomón le presentase a Echeloría, y, no bien la hubo +visto, Abaris dio un grito y se echó en los brazos de la joven, +exclamando:</p> + +<p>—¡Gracias, gracias, benignos cielos: al fin he hallado a mi hija!</p> + +<p>Explicó entonces Abaris que él había estado en Aratispi; que allí había +tenido amores con la madre de Echeloría, y que Echeloría era el fruto de +dichos amores. Añadió luego que como entonces era él tan peregrino +seductor, había tenido también amores en Vesci con la madre de +Mutileder; y que por lo tanto, Mutileder era su hijo. En prueba de esto +dio no pocos datos y razones, y la más sorprendente fue la de afirmar +que ambos jóvenes iberos estaban sellados por él, en la espalda, desde +el día en que nacieron, con una salamandra azul.</p> + +<p>Con la alegría que produjo tan fausto descubrimiento, se prescindió de +la etiqueta de palacio. Vino Guadé y trajo consigo a Mutileder. +Desnudaron las espaldas de ambos jóvenes y se vieron estampadas en ellas +las salamandras. No cabía duda; eran hijos de Abaris, y por consiguiente +hermanos.</p> + +<p>Todo se aclaraba y se justificaba así. El amor que se habían tenido era +fraternal: nacido de la fuerza del parentesco. En vez de afligirse de +haber sido ella robada por Adherbal y enamorada luego de Salomón, y él +de sus infidelidades con Chemed y con Guadé, dieron gracias a los +propicios hados que de aquella manera y por tan ocultos caminos los +habían salvado de un crimen feísimo, que tal le hubieran cometido si +llegan a casarse.</p> + +<p>Se disiparon, pues, las melancolías de Echeloría y de Mutileder; se +abrazaron fraternalmente y más contentos que unas pascuas, y se +encontraron muy a gusto de ser ella favorita de Salomón y él príncipe +consorte en el reino sabeo, para donde se fue con su Guadé, cuatro días +después de saber que era hijo de Abaris y de haber descubierto que tenía +una salamandra azul en la espalda.</p> + +<p>Echeloría se quedó en Jerusalén, ya sin remordimientos y muy alegre.</p> + +<p>Abaris fue a ver a Salomón y a pedirle el don que había prometido +otorgarle; pero como era hombre de mundo y precavido, llevaba preparada +la flecha debajo del manto filosófico, poniéndose cerca del balcón +abierto para hacer su petición, no fuera caso que Salomón se enfadase y +tuviese él que salir volando, antes de que Benaya le hiciese pasar a +mejor vida.</p> + +<p>La petición no era otra que la mano de Abisag.</p> + +<p>Salomón estaba de tan buen talante con la radical curación de Echeloría, +que en seguida consintió en que Abisag se casara. Además, Abisag iba ya +pasando de la juventud a la edad madura, y como la mayoría de las +solteras algo pasadas, estaba tan jaquecosa, que Salomón no la podía +aguantar, y se alegró de salir de ella.</p> + +<p>Todos, pues, fueron felices.</p> + +<p>Salomón tuvo una curiosidad y quiso que Abaris con el mayor sigilo la +satisficiese.</p> + +<p>—¿Hay algo de verdad, le dijo, en lo que afirmas de que eres padre de +Echeloría y de Mutileder?</p> + +<p>—En mi vida estuve en Iberia, contestó riendo Abaris. Confiesa que mi +remedio ha sido ingenioso y eficaz. Sin él no se hubieran curado los +chicos y hubieran sido capaces de morirse. Para hacer mas verosímil la +historia, puse yo mismo por arte mágica en las espaldas de ambos las +salamandras. Todo ha sido lo que allá en los tiempos venideros, dentro +de cerca de tres mil años, llamarán los sabios y pulidos un <i>mito</i>, y +los ignorantes y rudos, un <i>camelo</i> o una <i>filfa</i>.</p> + +<hr /> + +<h2><a name="ASCLEPIGENIA" id="ASCLEPIGENIA"></a>ASCLEPIGENIA</h2> + +<p class="c smcap">diálogo filosófico-amoroso.</p> + +<p class="c">————</p> + +<p class="c peq"><i>La escena es en Constantinopla. Siglo V de la Era Cristiana.</i></p> + +<p class="peqq">Habitación de Proclo. Es de noche. Una lámpara de siete mecheros, puesta +sobre un trípode o candelabro de bronce, ilumina la estancia. Puertas al +fondo y a los lados.</p> + + +<p class="escena">ESCENA I.</p> + +<p class="peqq"><span class="smcap">proclo</span>, de edad de cincuenta años, seco, escuálido, consumido por +vigilias, ayunos, estudios y mortificaciones, aparece sentado en un +sitial. Su discípulo, <span class="smcap">MARINO</span>, está de pié, junto a él.</p> + + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—¡Maestro! ¿Estás decidido a recibir esta noche?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Lo estoy. En cualquiera otra ciudad podría yo excusarme: en +Byzancio no, que es mi patria. ¿Cómo privar a mis paisanos del auxilio y +consuelo de la sabiduría?</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Difícil es; pero debieras reposar y cuidarte. Estás que parece +el espíritu de la golosina, de puro desmedrado. Te vas a matar con +tantos afanes.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Lléveme el cuerpo donde quiero ir, y luego que muera.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Me afliges al decir eso. ¿Qué haré yo sin ti en este mundo? +Pero dime, y perdona mi atrevida curiosidad; los que vienen a +consultarte hablan siempre a solas contigo: no extrañes que note una +contradicción...</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Di cuál es, y te demostraré que es aparente.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—¿No afirmas tú que se requieren largos preparativos antes de +comunicar la sabiduría? ¿Qué revelas entonces a los que te consultan?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—No toda la verdad, cuyo resplandor los cegaría, sino algo de la +verdad, velado en símbolos. Así el sol se vela entre nubes, a fin de que +ojos mortales puedan fijarse en su disco glorioso.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Veo que esta noche estás expansivo. ¿Me permites que te haga +vanas preguntas?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Haz las que se te antojen. Si me es lícito, contestaré.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Pues con tu venia: ¿qué nos trae aquí desde el fondo del Asia, +donde estabas estudiando los más oscuros ritos y misterios del Oriente, +y desentrañando su oculto sentido? ¿Es capricho de tu alma o mandato de +un numen?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Hace ya años que mi alma no tiene caprichos. Es mandato de un +numen.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—¿Puedo saber de cuál?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—De Venus Urania.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—¿La evocaste?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—No la evoqué. Ya sabes tú que en el día rara vez me tomo el +trabajo de evocar a los númenes. Ellos mismos bajan del Olimpo y vienen +a verme, enamorados de mi afable trato. Es verdad que en la escala de la +vida ocupo lugar inferior al de ellos. Si quiero elevarme a la +inteligencia y a la causa soberanas, a través de todas las +manifestaciones corpóreas de su omnipotencia, tengo primero que subir +por mil grados hasta llegar a dichos númenes, y aun después, desde los +númenes hasta el manantial inexhausto de lo celeste y terrenal, del +espíritu y la naturaleza, hay una peregrinación harto penosa. Por dicha, +yo tengo un atajo, una trocha, un sendero recóndito y breve, por donde +llego, no ya a la inteligencia y a la causa, sino más hondo: por donde +llego al Uno. Me abstraigo de todo lo exterior; echo a un lado sentidos +y potencias; borro imágenes de la fantasía; cubro con niebla densa todo +lo escrito en la memoria; y, hundiéndome en el abismo del alma, hallo al +que es. Allí nos juntamos él y yo. Allí él y yo no somos más que el Uno. +De este modo se explica que, siendo yo simple mortal, sea tan +considerado por los dioses. En la ligereza de carácter, propia de la +serena beatitud de ellos, no caben estas reconcentraciones poderosas de +la mente que me llevan al Uno. Ya te lo he dicho mil veces: por el +principio vital, que gobierna mis sentidos, no valgo más que un perro; +por el alma racional me quedo por bajo de las divinidades olímpicas; mas +por la inteligencia especulativa e intuitiva, llego al Uno y dejo muy +detrás de mí a los ángeles, a los demonios, a los genios y a los +númenes. Por la unidad esencial que en mí hay, y de la cual hasta la +inteligencia es emanado atributo, soy el Uno mismo. El Uno soy yo en los +instantes dichosos de entusiasmo, de conjunción y de éxtasis.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Por Hércules vivo, maestro, que me lleno de envidia siempre que +te oigo afirmar esa unión, por la cual te pones en el Uno o te +identificas con el Uno. Se me ocurre, no obstante, cierta dificultad.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Explánala y te la resolveré.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—¿Por qué, si hallas al Uno, hundiéndote en el abismo del alma, +te allanas a buscarle en la naturaleza? ¿Por qué no estás siempre +reconcentrado y como viviendo en la eternidad?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Para imitar al propio Uno. Porque el Uno y yo, además de ser el +Uno, somos el Bien. Es nuestra ley no quedar en el centro, absortos en +el absoluto egoísmo y en la inefable contemplación de nuestra esencia. +Tenemos que salir fuera a crear y mostrarnos activos. De él y de mí +emanan la voluntad, la inteligencia y la palabra, y ellas crean el +mundo. Desenvuelve el Uno su idea, y van apareciendo el ser, la vida y +la armonía y el movimiento, y cuanto es y será. Desenvuelvo yo mi idea, +y nacen el arte, las religiones y la ciencia. Y la creación del Uno y mi +creación se compenetran y confunden y vienen a ser la misma. ¿Me +entiendes ahora?</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Me pasmo de tu claridad. Con sobrada razón mereces apellidarte +el sumo pontífice de todas las creencias, el gran ciudadano de todas las +repúblicas y el archi-metafísico de todas las metafísicas. No, Proclo, +tú no eres un mortal.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—En la esencia no lo soy. En la esencia soy eterno. Considerado +en mi unidad, vivo en la eternidad primitiva: esto es, en un punto +inmóvil, en el cual toda la duración infinita de los siglos se halla +parada, cifrada y reconcentrada. Considerado en el ápice de mi mente, en +la inteligencia, vivo en la eternidad secundaria; torrente de las +existencias sucesivas, perpetuo tránsito, movimiento sin término, +carrera sin meta, mudanza y proceso que no acaban.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Y dime, maestro, el sacrificio que sin duda haces al salirte +del Uno y penetrar con la mente y con el discurso y con el afecto en +este universo visible, ¿qué principal propósito lleva?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Lleva varios propósitos; pero el principal es de la mayor +trascendencia. La ley divina que sigue la historia me ha suscitado en el +tiempo debido para una función importantísima. Mi espíritu toma carne +hacia el fin de la civilización antigua para comprenderla toda en +conjunto armónico. El genio de la Grecia, con sus castizas o peculiares +creaciones, con los sueños de sus poetas desde Lino y Orfeo hasta ahora, +con su pensamiento filosófico desde Pitágoras hasta Jámblico, con los +descubrimientos de sus matemáticos, astrónomos y físicos, y con las +enseñanzas arcanas de Samotracia y de Eleusis; el genio de la Grecia, +con los despojos ópimos que trajo de Egipto, de Persia y hasta de la +India, después de las conquistas del Macedón; todo este trabajo, toda +esta aglomeración de doctrinas, experimentos y especulaciones, han +venido a fundirse en mi cabeza como en horno o crisol candente. Ya +fundido todo, he desechado la escoria por los bríos de mi virtud +crítica, y he guardado sólo el metal limpio y puro. Por último, por otra +virtud plasmante que hay en mí he vaciado ese metal como en un molde, y +he sacado a la luz el refulgente y completo sistema de la antigua +sabiduría. Los pueblos del Norte acabaron ya con el imperio de +Occidente. El imperio de Oriente sucumbirá también. Pronto vendrá la +barbarie. Las tinieblas de la ignorancia cubrirán el mundo. Yo seré, +desde entonces hasta que aparezca la aurora de una nueva y tal vez más +rica civilización, faro luminoso que alumbre y guie al humano linaje.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Reconozco la importancia de tu vida y de tus obras. Pero, +concretándonos al caso singular de tu venida a Byzancio, ¿qué es lo que +a ello te mueve?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Muéveme amor.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—¿Amor de patria? ¿Amor de gloria?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Amor de una mujer.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—¡De una mujer! Me dejas turulato. ¿Quién había de suponer que +pensabas en tales cosas?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—No hay motivo para que te quedes turulato. ¿Qué tiene de +absurdo que yo ame a una mujer? La amo desde que la vi: desde hace +quince años. Ella tenía entonces diez y siete. Hoy tiene treinta y dos. +Entonces era como capullo de rosa: hoy debe de brillar con toda la pompa +y el esplendor de la hermosura, en la plenitud de su vida. Claro está +que si yo estuviese siempre reconcentrado en el Uno, no la amaría; pero, +volviéndome, y no puedo menos de volverme, al mundo exterior, ¿qué +hallaré en todo él que represente mejor al Bien y al Uno mismo? ¿Qué +imagen, qué trasunto, qué destello de la belleza increada descubrirá el +sabio que valga más que la mujer hermosa? Cuando el artista quiere +representar a la ciencia, a la poesía, a la virtud, ¿no les da forma de +mujer?</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Es cierto.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—No debes, pues, maravillarte de que yo ame en esta mujer a la +ciencia, a la poesía y a la virtud con forma visible.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Ya no me maravillo. ¿Y puedo saber cómo se llama tu amada?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Se llama Asclepigenia. Es la hija de mi maestro Plutarco. Ya te +he dicho que la conocí quince años ha. La conocí en Atenas. Plutarco me +acabó de enseñar la filosofía. Asclepigenia me inició en los misterios +caldeos, en los ritos de las orgías sagradas y en los procedimientos más +eficaces de la teurgia. Desde entonces estamos ella y yo ligados por +amor espiritual y sublime. Su gallardo y lindo cuerpo ha sido sólo para +mí como dorada nube, donde se me aparecía, en reflejos fugitivos, el sol +eterno: toda la perfección del Ser.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Nobilísima manera de amar fue la tuya... ¿Y ella, cómo te +amaba?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Me amaba también con el alma y andaba enamorada del alma mía.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—¿Y por qué te separaste de ella?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Por mil razones. Ni ella ni yo queríamos contaminar la pureza +del amor que para siempre nos une. Ambos anhelábamos seguir sin tropiezo +el camino ascendente que hacia el bien y hacia la luz nos encumbraba. +Éramos demasiado jóvenes. No estábamos aún a toda la altura a que nos +importaba estar. Decidimos, pues, separarnos por amor de nuestro mismo +amor. Prometimos reunirnos cuando ya no hubiese peligro alguno. Venus +Urania me ha revelado que ya no le hay, y por eso vengo en busca de +Asclepigenia.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Notable revelación estuvo. No hay más que verte, maestro, para +conocer que no estás peligroso.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Tienes razón que te sobra.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—La fama ha difundido, por esta gran capital, que la honras con +tu presencia y que recibirás en consulta a tres personas cada noche. Por +medio del senador Marciano, a fin de que la casa no se te llene de +gente, han sido repartidos los billetes de entrada. Pronto irán llegando +por su orden los que vienen hoy a verte. Tus siervos los detendrán en la +antesala. Yo los conduciré luego hasta ti.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Aunque Marciano profesa la religión de Cristo, es muy amigo mío +y se parece a mí en muchas cosas. Ama a la virgen emperatriz Pulqueria, +como yo amo a la hija de Plutarco. Marciano, que pronto va a cumplir +doce lustros, dos más que yo, dicen que se casará con Pulqueria, con +quien ha de compartir, en honestidad santísima, el trono y el imperio de +Oriente. Del mismo modo, Asclepigenia compartirá conmigo el trono y el +imperio de la filosofía. Pero oigo ruido en la antesala. Ve y mira si ha +venido alguien.</p> + +<p>(Sale Marino y vuelve un instante después.)</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—¡Maestro! el primero que acude a consultarte es un bellísimo y +elegante mancebo, llamado Eumorfo. Nadie se viste con tanto lujo y +primor, nadie monta mejor a caballo, nadie baila con tanta gracia y +gallardía. Por estas y otras prendas es el encanto de las damas más +encopetadas.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Qué pretenderá de mí ese pisaverde? Dile que pase adelante.</p> + + +<p class="escena">ESCENA II.</p> + +<p class="c peq">PROCLO y EUMORFO a quien Marino acompaña, yéndose luego.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Abismo del saber, lucero de la filosofía, archivo de todas las +noticias divinas y humanas...</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Amable mancebo, déjate de lisonjas y di lo que pretendes.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Pretendo que me ilustres un poco.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span> (Con cierto desdén.)—¿Y para qué?</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—No me desdeñes así. Confieso que no tengo por las ciencias la +vocación más decidida. A ti, que todo lo penetras, ¿cómo he de intentar +engañarte? Pero, francamente, mis chistes y agudezas, mis habilidades, +mis talentos de sociedad, todo queda deslucido sin algo de filosofía. +La filosofía se ha puesto en moda entre las señoras de los círculos +aristocráticos, a quienes sirvo, pretendo y tal vez enamoro. Me falta +este charol; dámele, y seré irresistible.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Aunque es vulgar, mezquino y un tanto cuanto pecaminoso el +fundamento de tu deseo, tu deseo es bueno en sí, y me decido a +satisfacerle; pero la empresa es ardua. Por más que no quieras tomar +sino una ligerísima tintura, necesitas varias lecciones: necesitas +asimismo consagrar a mi servicio y asistencia un par de horas diarias, a +fin de que vayas recogiendo sentencias de las que se escapan de mis +labios muy a menudo.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Consagraré a tu servicio y asistencia ese par de horas diarias +que dices.</p> + + +<p class="escena">ESCENA III.</p> + +<p class="c peq">DICHOS, MARINO.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Una dama, que, si bien envuelta en velo argentino, deja +traslucir que está dotada de majestuosa hermosura; una dama, cuyo traje +de seda y cuyas joyas riquísimas manifiestan lo elevado de su clase, +acaba de bajar de una silla de manos y se halla en la antesala +aguardando que la recibas. Parece una diosa por el ritmo y la nobleza de +su andar entonado y por el olor de ambrosia con que satura en torno el +ambiente. ¿Le digo que aguarde?</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—¡Venerando maestro! La galantería exige que recibas luego a +esa dama. Yo aguardaré en otro cuarto.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Bien está. (Señalando a Eumorfo la puerta de la izquierda.) +Entra en aquel. (A Marino.) Di a la dama que no se detenga.</p> + +<p class="c peq">(Vanse Eumorfo y Marino.)</p> + + +<p class="escena">ESCENA IV.</p> + +<p class="c peq">PROCLO, ASCLEPIGENIA.</p> + +<p class="c peq">(Eumorfo asoma la cabeza de vez en cuando, ve, escucha y hace gestos de +asombro durante toda esta escena.)</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¡Deslumbrante aparición! ¿Quién eres? ¿Eres mortal o diosa?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>. (Alzando el velo y descubriendo el rostro.)—¿No me +reconoces, Proclo?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¡Asclepigenia de mi corazón! ¡Cuán bella estás! Como el medio +día vence al albor de la mañana, tu beldad de hoy vence a la beldad con +que hace quince años resplandeciste en Atenas. No dudo que tu alma se +habrá mejorado y hermoseado también.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—No lo dudes. También mi alma se ha mejorado y hermoseado.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Sea mil veces enhorabuena. ¿Y de quién es tu alma?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—En su unidad es del Uno. En todas sus facultades, +virtudes, potencias y demás atributos, es siempre tuya.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Conque me amas?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Te amo. Apenas supe que estabas aquí, he venido a +buscarte.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Ya no hay peligro.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Lo veo.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Viviremos juntos?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—¿Y por qué no? Poseo un magnífico palacio donde +albergarte. Serás mi filósofo. Contigo, por medio de la contemplación, +en alas del entusiasmo y del amor sin mácula, me arrobaré, me extasiaré +y me perderé en el Uno.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Así sea.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Ahora tengo que dejarte. No puedo faltar esta noche en mi +palacio, donde aguardo visitas. Ve a instalarte allí desde mañana.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—No aspiro a otra cosa.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Como supongo que no te habrás venido sin los utensilios +de tu profesión, mis criados se presentarán aquí con un carromato para +la mudanza de todos los libros y trastos de hacer milagros, hablar con +los muertos y atraer a los genios y demonios.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Eres mi providencia terrenal. ¿Cómo pagar tanto cuidado?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Amándome.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Con el alma toda.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Para despedida, te permito que me des un casto beso en la +frente.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>. (Besándola con timidez respetuosa.)—Es la vez primera que la +tocan mis labios. ¡Cuán regalado favor!</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—¡Adiós, amadísimo Proclo!</p> + +<p class="c peq">(Vase)</p> + + +<p class="escena">ESCENA V.</p> + +<p class="c peq">PROCLO, EUMORFO.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—¿Sabes lo que digo, maestro?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Di, y lo sabré. No quiero tomarme el trabajo de adivinar tus +pensamientos.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Pues digo que se me van quitando las ganas de estudiar +filosofía.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Y por qué?</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Porque la filosofía vuelve tonto a quien la estudia.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Te equivocas. Lo que hace la filosofía es reforzar las prendas +que cada uno tiene. Al tonto no le vuelve discreto, ni al discreto +tonto; pero al discreto le hace discretísimo, y al tonto tontísimo.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Salvo el merecido respeto, te declararé entonces que tú propio +te condenas.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿De qué suerte?</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Porque mostrándote ahora tontísimo con toda tu filosofía, +debiste de ser tonto en tu vida precientífica: tonto de nacimiento.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Y qué prueba he dado yo de esa tontería superlativa de que me +acusas?</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—La prueba es tu amor sublime por Asclepigenia.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Qué sabes tú de eso?</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Conozco a Asclepigenia muy a fondo.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Te alucinas. Quiero dar por supuesto que conoces las potencias +de su alma, las cuales, en su efusión, han creado para ella un cuerpo +tan hermoso; pero la esencia eterna de esa alma misma, que es lo que yo +amo y por lo que soy amado, está en un punto inaccesible para ti.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—¿Consientes que me valga de un símil?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Valte de cuantos símiles se te ocurran.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—¿Quién es más dueño del mundo, la emperatriz Pulqueria que le +gobierna, o tú que le comprendes?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Yo, que le comprendo. Aunque Pulqueria poseyese, no ya sólo +este planeta que habitamos, sino todos los demás planetas, y los astros, +y los cielos, no poseería más que un burdo remedo del Universo, tal como +el Demiurgo le contempla en el Paradigma, antes de sacar la copia o el +traslado. Pero me inclino a sospechar que eres un majadero, y que no +entiendes ni entenderás jamás estas cosas.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—No te sulfures, maestro. Si yo no entiendo esas cosas, +entiendo otras más fáciles y agradables de entender. Asclepigenia tendrá +quizá su Demiurgo y su Paradigma misteriosos que tú entiendes y posees; +pero sus cielos, sus planetas y sus estrellas, son míos desde hace +algunos meses.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Qué palabra dijiste?</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Dije que Asclepigenia filosofa contigo; que contigo no quiere +ni quiso nunca peligrar; pero que conmigo no hay peligro que no +arrostre.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Por las divinidades superiores e inferiores, que en larga serie +proceden del Uno, confieso que me duele lo que acabas de descubrirme. +Sin embargo, todo se explica satisfactoriamente dentro de mi sistema. +Las cosas son como son; y no pueden ser mejores de lo que son, porque, +como son, son perfectas según su grado.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Consuélate con ese trabalengua.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Y por qué no consolarme? Asclepigenia y yo, con el libre +albedrío de nuestras almas, dispusimos amarnos, y nos amamos y seguimos +y seguiremos amándonos eternamente, ayudados del favor divino, que acude +a nosotros en virtud de la plegaria. Contra esto nada puedes tú; nada +pueden tus iguales. Hay, a pesar de todo, en la efusión de las potencias +del alma, algo de corporal que está sujeto al hado. Esto es lo que he +perdido en Asclepigenia. La fatalidad me lo roba. El libre albedrío de +ella no ha sido bastante brioso para defenderlo con heroicidad. Pero la +discordia entre el libre albedrío y el hado será al fin dominada por la +Providencia, la cual lo purificará todo, reduciéndolo a la celestial y +maravillosa armonía, que casi toca y se confunde con el Uno +<i>hiperhipostático</i>.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Tu discurso suena tan peregrino en mis profanas orejas, que me +induce a creer o que eres un prodigio de prudencia semi-divina, o que +estás loco de atar.</p> + + +<p class="escena">ESCENA VI.</p> + +<p class="c peq">DICHOS, MARINO.</p> + +<p><span class="smcap">Marino</span>.—Un respetable anciano pide permiso para entrar a hablarte. Se +llama Crematurgo. Es el más rico capitalista del imperio. Ha hecho del +modo más filantrópico la mayor parte de sus riquezas. Ha traficado en +cierta clase de individuos, que ya dirigen en los alcázares los negocios +más difíciles, ya sirven sin infundir recelos a los maridos celosos, ya +cantan como serafines en las iglesias. Retirado ahora de esta +fabricación y comercio, se dedica a prestar al gobierno y a los +particulares al cincuenta por ciento al año. Con tales virtudes, +excelencias y servicios, no debe chocarnos que haya merecido el favor de +la emperatriz y de sus ministros, los cuales le colman de distinciones. +Ya le han nombrado conde Palatino y se anuncia que van a crear para él +el título singular y nuevo de <i>Sebastocrátor</i>.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Y qué pretenderá de mí ese tunante? Vamos, dile que entre y le +oiremos.</p> + +<p>(Vase Marino.)</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Y yo ¿qué hago?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Escóndete de nuevo donde estabas.</p> + +<p class="c peq">(Vase Eumorfo.)</p> + + +<p class="escena">ESCENA VII.</p> + +<p class="c peq">PROCLO, CREMATURGO.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—¡Oh faro de las más altas especulaciones! ¡Oh déspota de +los genios y demás poderes sobrenaturales!...</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Está bien. No me adules. Di qué pretendes de mí.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—Tú, que lo sabes todo, ¿no podrías decirme de qué medio me +valdré para que mi amada sea mía, solamente mía?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—No llega tan lejos mi saber. Si llegara, le hubiese yo empleado +en favor mío, que buena falta me ha hecho.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—Veo que tu saber no vale un comino. Harto me lo sospechaba +yo.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Expon, no obstante, tu caso, y allá veremos si puedo remediarte +o darte al menos algún consejo útil.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—Yo estoy prendado de la más hermosa mujer que hay en +Byzancio. Por ella hago descomunales desembolsos. No hay primor, ni +refinamiento, ni objeto de arte, que ella no logre por mí. He traído +para ella telas bordadas del país de los Seras, alfombras de Ctesifón, +perlas y diamantes, papagayos y monos de la India, perfumes y oro de +Arabia, y chales de Cachemira. Su palacio encierra muebles incrustados +de marfil y nácar, estatuas de mármol de Paros, vajillas de plata, vasos +de Nola y jarrones del extremo Oriente, que tienen un barniz desconocido +en los imperios de persas y de romanos. Ella hace visitas a mi costa en +silla de manos lindísima, o se pasea o va al circo o al hipódromo en +reluciente carroza o <i>harmamaxa</i>, tirada por cuatro blancos caballos. En +fin, nada le falta. ¿Cómo me compondré para que ella no me falte a mí?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Lo discurriremos. Para mayor ilustración del asunto, infórmame +de quién es esa dama que tan caro te cuesta.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—Es Asclepigenia, la hija del filósofo Plutarco.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¡Profundos cielos! ¿Quién lo hubiera podido imaginar en la +vida? Tú eres mi rival.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—¿Tu rival? Pues qué, ¿también a ti te ama? ¿Qué le das tú, +esqueleto pordiosero y ambulante?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—El alma, la esencia eterna. Pero sabe ¡oh sátiro vetusto! que +todavía tienes otro rival. Sal, Eumorfo.</p> + + +<p class="escena">ESCENA VIII.</p> + +<p class="c peq">DICHOS, EUMORFO.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—¿Qué descaro es este? ¿Cómo te atreves, Eumorfo, a +presentarte y a rivalizar conmigo? Tengo en mi poder cuatro pagarés +tuyos vencidos y archivencidos, y voy a ejecutarte mañana.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Refrena tu furor, generoso magnate. Yo ignoraba que +Asclepigenia te perteneciera.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—Sea como sea, lo cierto es que Asclepigenia nos ha burlado +a los tres galanes. El acaso, ¿qué digo el acaso? la diosa Minerva nos +ha reunido aquí para desengañarnos. Vamos a ver a Asclepigenia y a +decirle lo que merece. Ella me aguarda solo. Venid en mi compañía.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Vamos.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Vamos. +<span class="peq">(Proclo toma su báculo de filósofo, y salen juntos los +tres.)</span></p> + + +<p class="escena">ESCENA IX.</p> + +<p class="peqq">Estrado o parastasio rico y elegante en casa de Asclepigenia adornado +con estatuas y pinturas, e iluminado con lámparas, unas pendientes del +techo, otras colocadas sobre mesas délficas.</p> + +<p class="c peq">ASCLEPIGENIA Y ATENAIS.</p> + +<p class="c peq">(La primera aparece reclinada, casi tendida lánguidamente en un +<i>esquimpodio</i> o silla-larga. Atenais, a su lado, en un taburete.)</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—¿Con que has visto a tu primer amor?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Sí, le he visto. Me ha dado lástima. Está flaco, pálido, +apergaminado. Y luego ¡qué sucio! Doy por cierto que en los quince años +que ha vivido lejos de mí no se ha lavado una vez sola ni siquiera las +manos.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Ese grave defecto tiene el espiritualismo o misticismo, que +ahora priva y cunde. Parece que las virtudes a la moda exigen que sean +puercos los virtuosos.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Y no es eso lo peor, sino que se apodera de los ánimos +una tristeza vaga y sofística que los enerva; tristeza que los antiguos +apenas conocieron; un menosprecio del mundo y de las dulzuras de la +vida, que despuebla las ciudades y puebla los desiertos; un desdén del +bienestar y de la riqueza, que roba brazos a la agricultura y a la +industria; y una mansedumbre resignada, que amengua el valor del +ciudadano y del guerrero. Más que Atila y todos los bárbaros, me hacen +prever estos síntomas la total ruina de la civilización. Pero volviendo +a la suciedad y descuido en la persona, te aseguro que me ha dado grima +ver a Proclo. Ofende toda nariz medianamente delicada.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Cruel inconveniente es ese si has de vivir con Proclo.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Yo sabré remediarle. No me meteré en discusiones ni en +consejos, sino que, a modo de broma, haré que mañana le cojan dos +esclavos antes de comer, le soplen en un baño y me le laven y frieguen +con pasta de almendra, y me le froten con aromoso <i>diapasma</i>. Él mismo +se sentirá mejor después, y tomará la costumbre de lavarse.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Pero, declárate con franqueza; a pesar de está Proclo tan +viejo, tan estropeado y tan sucio, ¿le amas todavía?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Le amo y le adoro. Se me figura que él es la última +encarnación del maravilloso genio de Grecia. Amándole, se magnífica y +ensalza todo mi ser, hasta considerarme yo misma como la ciencia, la +poesía, la civilización griega personificada.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—En efecto, Proclo es el príncipe de los filósofos. Tu padre +Plutarco y mi padre Leoncio, notable filósofo también, le veneraban como +superior a ellos. Comprendo, pues, que ames a Proclo.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Una doncella tan sabia, educada con esmero en Atenas; una +poetisa tan inspirada como tú, en quien veo renacer, en edad temprana, +las altas prendas de Hipatia, no podía menos de comprender este amor mío +que descuella sobre mis otros amores.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Es un dolor que no pueda ser el único.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—La culpa, hasta cierto punto, la tiene el pícaro +misticismo. Por él nos separamos. Sin él hubiéramos vivido juntos, +hubiéramos sido humanamente amantes y esposos, y ni yo hubiera caído, +ni Proclo hubiera llegado a ser, con lamentable precocidad, y quedándose +pobre, un vejestorio tan incapaz, y tan feo.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Tu propósito era difícil. No extraño que no hayas podido +cumplirle. El temple de alma de la emperatriz Pulqueria es rarísimo.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—¿Qué temple de alma ni qué calabazas? Ella es emperatriz +y no necesita de un Crematurgo.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—¿Tiene acaso algún Eumorfo?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—¡Vaya si le tiene! Nadie lo ignora, menos tú, que estás +en Babia, y Marciano, que hace la vista gorda.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—¿Y quién es ese feliz mortal?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—El lindo y gracioso Paulino.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Pues no tiene mal gusto la santa.</p> + +<p>(Aparece una sierva.)</p> + +<p><span class="smcap">Sierva</span>.—Señora, Crematurgo pide licencia para entrar.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Que entre. (Vase la sierva.)</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—¿Me retiro?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Retírate. (Vase Atenais.)</p> + + +<p class="escena">ESCENA X.</p> + +<p class="c peq"><span class="smcap">asclepigenia</span>, <span class="smcap">crematurgo</span>, <span class="smcap">proclo y eumorfo</span>. (Asclepigenia se pone de pié +para recibirlos.)</p> + + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.-¡Qué agradable sorpresa! ¿Qué significa venir los tres +juntos a mi casa?</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—Envidiable frescura te concedió el cielo. ¿Cómo, al vernos +entrar juntos a los tres, no tiemblas, no te asustas, no te hundes +avergonzada en el centro de la tierra?</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Eso mismo repito yo. ¿Cómo no te hundes en el centro de la +tierra?</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—¡Inicua! Nos estabas engañando a todos.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Esto pasa de castaño oscuro. ¡Tres al mismo tiempo!</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—¿Qué puedes alegar en tu defensa?</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Con razón enmudeces.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Yo no enmudezco ni con razón ni sin ella. A fin de +probaros que la razón no me falta, os contaré una parábola, si tenéis +calma para oírla.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—Cuenta.</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Te escucho.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>. (A Proclo, que ha estado y sigue silencioso desde que +entró.) Y tú, ¿qué dices?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Nada. Te escucho también.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—En el jardín de este palacio hay un rosal, que estaba +casi seco y perdido por hallarse en terreno estéril.—¿Qué necesita? me +dije yo al contemplarle.—Mantillo, me respondí. Es menester que de las +sustancias corrompidas que en el mantillo hay absorba el rosal la savia +vivificante que ha de dar lozanía, gala y primor a sus hojas y a sus +flores. Cubrí, pues, con mantillo las raíces y el pié del rosal, y el +rosal ha reverdecido y florecido como por encanto. La verdura de sus +hojas es brillante: sus rosas son divinas. Los pétalos de estas rosas +tienen el color encendido del alba: el centro parece cáliz de oro: en el +cáliz hay miel. ¿Qué ser delicado, elegante, ligero, bonito, en armonía +con la rosa, podrá tocar sus pétalos sin marchitarlos, y libar la miel +del cáliz con la correspondiente suavidad y finura?—Una aérea, pintada +y alegre mariposa, pensé yo. Y apenas lo hube pensado y deseado, acudió +la mariposa más gentil y juguetona que he visto en mi vida; y +revoloteando en torno de la rosa, se posó en su seno, sin ladear apenas +el flexible tallo, y libó la miel del cáliz de oro. Noté, sin embargo, +que esto no bastaba. De la rosa se desprendía exquisita fragancia, que +iba disipándose por el ambiente y que el céfiro esparcía en sus alas. En +la rosa había asimismo belleza extraordinaria, reflejo de la idea; +perfección de formas, que encierra puros pensamientos artísticos. Esto +sólo puede comprenderlo la inteligencia. Sólo el espíritu puede gozar de +todo esto. Es así que la mariposa no tiene inteligencia, ni espíritu, ni +siquiera olfato: luego al rosal le faltaba lo mejor. Sus prendas de más +valía quedaban sin fin y sin propósito. Entonces vi claro que, si el +mantillo y la mariposa eran indispensables para el rosal, eran más +indispensables aún mente elevada, espíritu y conciencia, que le +comprendiesen y admirasen. Aplicad ahora la parábola y reconoceréis mi +justificación. Yo soy el rosal; tú, Crematurgo, eres el mantillo; tú +Eumorfo, la mariposa; y Proclo es la nariz que aspira el aroma y la +mente que estima la beldad y goza dignamente de ella. ¿Qué culpa +adquiere el rosal de que nada sea completo en este bajo mundo? ¡Lástima +es que no se logren mantillo, mariposa, narices y mente en un ser solo! +Como el rosal requería todo esto y no se hallaba reunido, he tenido que +buscarlo por separado.</p> + +<p><span class="smcap">Crematurgo</span>.—Pues yo no me avengo. No quiero ser mantillo y nada más. +¡Adiós, ingrata! (Vase.)</p> + +<p><span class="smcap">Eumorfo</span>.—Tampoco me resigno yo a ser una mariposa ininteligente, sobre +todo cuando por amor tuyo me había puesto ya a estudiar filosofía. +¡Adiós infame! (Vase.)</p> + + +<p class="escena">ESCENA XI.</p> + +<p class="c peq">ASCLEPIGENIA, PROCLO.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Mantillo y mariposa me abandonan. ¿Me abandonarás tú +también, Proclo mío?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Confieso que mi alma está destrozada. Tal vez haría yo bien en +huir de tu lado para siempre; pero hay una fuerza que me retiene cerca +de ti. En balde he querido espiritualizar, santificar la civilización +antigua, risueña y amante de la hermosura, pero liviana. No acierto, con +todo, a divorciarme de ella. Soy de ella. Soy tuyo sin remedio. El +vergonzoso y duro desengaño no mata el amor de mi corazón al derribar +todo el edificio filosófico que con tanto afán y arrogancia había yo +levantado. Se me figura que cae sobre mí el justo castigo de la +soberbia del espíritu. El espíritu se apartó con desdén de la +naturaleza; quiso elevarse por cima de la inteligencia y de la causa; +pugnó por ir más allá del ser mismo; aspiró a confundirse con el +principio inmutable de todo ser. La unión mística, de que tanto me he +envanecido, fue sin duda ilusión malsana. El principio indefinible del +ser, con el cual yo creía unirme, y del cual todo lo que se afirma es +negando, era el no ser: era la nada. Mi supuesta identificación con él +fue muerte egoísta. No fue la muerte generosa de aquel que, amando la +vida, sabe darla por el triunfo de una noble idea; por su patria; por la +felicidad del objeto amado. Mi prurito de perderme en el Uno, +absorbente, impersonal, que todo lo tiene en sí y nada tiene, es la más +monstruosa perversión del espíritu. Es no saber vivir y gozar en el seno +de este vario y bello Universo. Es crear un misticismo contrario al +amor. Mi misticismo reconcentra el alma: el amor la difunde. Apartado el +espíritu de la naturaleza, ¿qué se puede esperar sino lo que veo y +lamento ahora? O el delirio que toma la nada por el principio del ser, o +la vileza, el rebajamiento, la impura grosería y el brutal apetito de +goces materiales, triunfantes en la naturaleza, en la sociedad y en todo +pensamiento, cuando el espíritu los abandona. En cambio, ¿qué vale el +espíritu que se aparta del mundo real, creyendo adorar lo divino y +adorándose a sí propio? Ni para resistir los golpes del infortunio más +vulgar conserva brío suficiente. ¿Qué energía de voluntad me queda? Sólo +soy capaz de vil y cobarde resignación o de morirme aquí de pena, como +mujercilla nerviosa. ¡Qué vergüenza! No puedo más. ¡Ay de mí!</p> + +<p class="c peq">(Proclo cae desmayado en la silla-larga.)</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—¡Atenais! ¡Atenais! ¡Acude! ¡Oh desgracia! Acude; trae un +pomo de esencias. ¡Nos quedamos sin filosofía! Ya no hay filosofía +posible. Ya no hay más que ciencias positivas y prosaicas. Mi filósofo +se me muere. (Se inclina sobre él y le abraza con la mayor ternura.) +Huele mal; pero... ¡es tan sabio! ¡es tan bueno!</p> + + +<p class="escena">ESCENA XII.</p> + +<p class="c peq">DICHOS, ATESTAIS.</p> + +<p class="c peq">(Atenais ayuda a Asclepigenia a cuidar a Proclo, aplicando un pomo de +esencias a sus narices)</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Cálmate. No es nada. Ya vuelve en sí.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—¡Buen susto me he llevado! ¡Pobrecito mío de mi alma! +¡Qué malo se me puso!</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>. (Se levanta.)—Perdóname, amiga. Ha sido un momento de +debilidad. (Reparando en Atenais.) ¿Quién es esta gallarda doncella?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Es Atenais, hija de Leoncio.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¡La hija de mi docto e ilustre amigo!... ¡El cielo te bendiga, +Atenais!</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—¿Me perdonas, Proclo?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—No hablemos más de lo pasado: olvidémoslo.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—¿Vivirás conmigo?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—No quiero ni puedo vivir ya sin ti. Tú serás el lucero que +ilumine con su luz apacible la melancólica tarde de mi existencia. Estas +blancas y suaves manos (las toma entre las suyas) cerrarán con amor mis +párpados cuando se junten para dormir el último sueño.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Contigo no echaré de menos ni la riqueza, ni la hermosura +corporal... ¿Qué más hermosura, que más riqueza que el tesoro de tu +alma? Si es menester, viviremos en la mayor estrecheza. Algo se me +estropearán las manos de guisar y de remendarte la ropa. La elegancia, +el esmero, el perfume de aristocrática distinción se desvanecerán casi +por completo cuando vivamos míseramente. ¿Pero qué importa? ¿Yo poseeré +tu alma y tú la mía?</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—No ha de ser así. No consentiré que se pierda o que se +deteriore ni una chispa, ni un átomo de toda esa beldad que te dio +naturaleza y que el arte ha completado y realzado. Yo ganaré riquezas +para ti. Para ti tendré hermosura corporal y juventud lozana.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—No te alucines, Proclo. La juventud que se fue, no vuelve +nunca. Venus Urania no te visitó sin motivo. En cuanto a la riqueza, doy +por cierto que no ganarás jamás un óbolo con toda tu filosofía, a no ser +que apeles al milagro.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Pues bien; al milagro apelo. Ahora vas a ver quién yo soy. +¡Aquí te quiero, oh Teurgia! Para algo me has de servir. Hasta ahora, +Asclepigenia idolatrada, has poseído en Eumorfo y en Crematurgo +hermosura, juventud y riquezas, contingentes, limitadas y caducas. De +hoy en adelante vas a poseer la juventud, la hermosura y la riqueza, en +absoluto y para siempre. Guardad silencio religioso. Ya empieza el +conjuro.</p> + +<p class="peq">(Profundo silencio. Proclo, agitando su báculo, traza en le aire +círculos y otras figuras mágicas, y murmura entre dientes palabras +ininteligibles. Óyese música celestial, lenta y sumisa. En el centro del +teatro se va cuajando una brillante y cándida nube, con arreboles de +carmín, oro y nácar.)</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia y Atenais</span>.—¡Qué portento!</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Ocultos en esa nube tienes ya, a tus órdenes y para tu +servicio, en reemplazo de Eumorfo y de Crematurgo, al flechero Apolo, al +más elegante y bonito de los dioses, y al hijo de Jasión y de Céres, al +ciego Pluto, dispensador de las riquezas. ¿Quieres que salgan con +séquitos de musas, gracias, ninfas, y genios, o que salgan solos?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Que salgan solos. Ya les iré pidiendo, en la sazón +conveniente, todo aquello que se me ocurra.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¡Apareced, dioses!</p> + +<p class="peq">(Se abre la nube, y salen de ella, con mucha luz de Bengala, Pluto, +cojo, ciego y alado, y Apolo, muy bizarro y airoso, con manto de +púrpura, corona de laurel y lira en mano.)</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Qué más tienes que pedir?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Nada. Yo me contentaba con tu amor.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Recapacita, sin embargo, si algo te falta.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Si no me motejases de sobrado pedigüeña y exigente, aún +te pediría una cosa.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—¿Cuál?</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Que te laves.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—Me lavaré.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Ya eres dichosa. Posees ciencia, hermosura, juventud, riqueza +y hasta aseo. Yo, desvalida y menesterosa, lejos de envidiarte, me +regocijo.</p> + +<p><span class="smcap">Proclo</span>.—El cielo te premiará, generosa Atenais. Yo, que estoy ahora +inspirado, leo en el porvenir tu egregio destino. El joven Teodosio, a +quien educa muy bien su hermana Pulqueria, a fin de que brille en el +trono imperial, se casará contigo. Así serás emperatriz de Oriente. +Serás feliz y poderosa sin acudir a la magia; pero tendrás que hacerte +cristiana. Por último, para que nuestra gloria y nuestra felicidad sean +más estupendas y vividoras, después que pasen troce o catorce siglos, +contando desde el día de la fecha, aparecerá en la risueña y fértil +Bética, cuna de la dinastía reinante y patria de tu abuelo político el +Gran Teodosio y de otra infinidad de personas eminentísimas, cierto +escritor ingenioso y verídico, el cual ha de componer sobre los sucesos +de esta noche un diálogo, donde trate de competir con el divino Platón +en lo elevado y grave, y con el satírico Luciano en lo chistoso y +alegre.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Mucho me he de holgar si tus vaticinios se cumplen.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Y yo también. Temo, sin embargo, que ese diálogo, que +Proclo anuncia, sea una extravagancia sin amenidad y sin viveza, donde +nosotros figuremos, no como seres reales, sino como personajes +alegóricos: donde Proclo y yo representemos la antigua poesía sensual y +corrompida y el antiguo saber agotado, desesperado y estéril, que para +seguir viviendo juntos se entregan a brujerías y supersticiones.</p> + +<p><span class="smcap">Atenais</span>.—Si esa alegoría puede tener alguna aplicación cuando el +diálogo se escriba, tal vez interese el diálogo.</p> + +<p><span class="smcap">Asclepigenia</span>.—Suceda lo que suceda, no debe importarnos mucho. Allá se +las haya el autor. Nosotros cinco, mortales y dioses, vámonos al +triclinio, donde tengo preparada una suculenta y bien condimentada cena.</p> + +<p><span class="smcap">Mortales y Dioses</span>.—Vámonos a cenar.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="GOPA" id="GOPA"></a>GOPA</h2> + +<p class="c"><b>DIÁLOGO FILOSÓFICO EN TRES CUADROS.</b></p> + +<p class="c">———</p> + +<p class="escena">CUADRO I.</p> + +<p class="c peq">La escena es en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo.</p> + +<p class="c peq">Interior del magnífico palacio del Príncipe Sidarta. Es de noche. Cámara +del tálamo, iluminada por una lámpara de oro.</p> + +<p class="c peq">GOPA.—PRATYAPATI.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—Los más vigilantes siervos del rey Sudonán rondan en torno +de este palacio. Las puertas de la ciudad están defendidas. No se irá. +Es menester que no se vaya. Sin él ¿qué será de nosotras? Con igual +vehemencia le amamos, aunque de manera distinta. Yo le amo como si fuera +mi hijo. Cuando, a poco de darle vida, murió BU madre Maya Devi, por +encargo suyo quedó Sidarta a mi cuidado. No quisieron los dioses que +ella viviese, para que no padeciera lo que nosotras padecemos hoy.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Inmenso dolor nos agobia. ¿Por qué anubla su hermosa frente +irremediable tristeza? ¿Por qué desea abandonarnos? ¿Qué falta, qué +mengua encuentra en mí? Yo le hubiera preferido a los dioses, como +Damayanti prefirió a Nal. Mi ventura se cifra en obedecerle con humildad +y en ser toda suya. ¡Ingrato! Su corazón insaciable no logra aquietarse +en mi amor. Su noble cabeza jamás reposa tranquila sobre mi seno. Ya no +me ama. Me juzga indigna de su cariño.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—No te atormentes, ¡oh Gopa! Sidarta te ama. Para él eres tú +el ser predilecto entre todos los seres. Pero de amor nace su pena. Amor +es su martirio. Amor le devora, creando en su alma una piedad infinita, +que no consiente ni deleite, ni goce, ni paz tan sólo. Todos los males +de la vida pesan sobre su corazón, que abarca en su afecto la vida de +los tres mundos. Amor, primogénito de la naturaleza, por una fatal +expansión de su esencia divina, dio ser a cuanto vive; y con la vida +nacieron el dolor, la pobreza, la enfermedad y la muerte. Se diría que +Sidarta es la encarnación, el avatar de Amor, que llora y lamenta haber +creado la vida; que padece en sí cuanto todo ser que tiene vida padece, +y que anhela retrotraer la vida a la nada para que el padecimiento +acabe.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Efímera es la vida: el padecimiento que de ella nace debe de +serlo también.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—No, Gopa; la vida no tiene término. La muerte es cambio, no +fin. Arrastrados en la perpetua corriente, mudamos de forma, pero no de +esencia, la cual renace o reaparece siempre para el dolor. En este +sentido, los dioses, los asuras y los hombres son igualmente inmortales.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—¿Y no hay ningún dichoso?</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—Ninguno. La infelicidad es la primera condición de la vida.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—¿Y por qué Amor creó la vida, y la infelicidad con ella?</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—Porque Amor no fue libre. Como del sol brotan los rayos, +como el agua mana de la fuente, así de Amor brotó y manó la vida. Sólo +movido de compasión sublime, en virtud de un esfuerzo superior a lo +humano y a lo divino, recogiéndose en sí con abstracción portentosa, +logrará Amor recoger también en sí la vida y darle quietud eterna.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Veo que piensas como Sidarta. Aplaudes, sin duda, su propósito, +que yo no comprendo.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—Hasta cierto punto pienso como él; pero su propósito es +audaz, me parece irrealizable, y por audaz e irrealizable no le aplaudo. +Si él estuviese llamado, como cree, a ser el libertador de los hombres, +yo vería y haría con gusto cuantos sacrificios hay que hacer para +lograrlo.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—¡Oh Pratyapati! ¡Cuán encontrados sentimientos son los nuestros! +Si tú le amas como madre, yo, como esposa, como mujer enamorada le amo. +Este modo de amar es menos fuerte, por lo común, que el amor de madre. +En el amor de madre hay mucho que nace de las entrañas y que allí se +arraiga. Por eso, no ya las mujeres, sino las mismas fieras aman a sus +hijuelos. La mujer enamorada de un hombre, cuando sólo le ama con el +amor de las entrañas, no le ama más que le ama su madre; pero cuando le +ama también con el amor del espíritu, le ama mil y mil veces más que la +madre más amorosa; le idolatra; le mira como a un dios; tiene fe en él; +le cree capaz de todo lo grande y de todo lo bueno; piensa que de la +voluntad de él, que es ley para ella, han de nacer el milagro, el bien y +la bienaventuranza para todos. No sé, no comprendo el propósito de +Sidarta; pero sé y comprendo que será bueno su propósito, y que le +logrará, si quiere. Si para que le logre he de hacer yo el mayor +sacrificio, pronta estoy a hacerle.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—¡Oh desventurada y débil mujer! ¿Qué mísera resignación es +la tuya? Tú sola puedes detener al Príncipe con la deleitosa cadena de +tu afecto; mas la veneración que el Príncipe te inspira te excita hasta +a romper esa cadena. La violencia no bastará a retenerle; pero si tus +blancos y suaves brazos le cautivan, ¿cómo te apartará de sí para ir a +donde sueña que su vocación le está llamando? El Rey pone en ti su +esperanza. No la defraudes. Reten a Sidarta con el hechizo de tu amor y +de tu hermosura. No le dejes partir.... Siento pasos. Sidarta viene. No +quiero que me halle aquí. Animo, ¡oh Gopa!</p> + +<p class="c peq">(Se va Pratyapati.)</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Animo.... para detenerle no me falta; no le necesito. Para +dejarle partir he menester de todo mi valor.</p> + +<p class="c peq">(Entra el Príncipe.)</p> + +<p><span class="smcap">Sidarta</span> (abrazando a Gopa)—¡Esposa mía!</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Dime la verdad. ¿Me amas aún?</p> + +<p><span class="smcap">Sidarta</span>.—Te amo más que nunca.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—¿Por qué, entonces, estás inquieto, triste y como desesperado? +¿Por qué no se aquieta en mí tu voluntad?</p> + +<p><span class="smcap">Sidarta</span>.—Si no te amase, mi voluntad no se aquietaría en ti, porque +buscaría más alto objeto de su amor. Amándote, no se aquieta tampoco, +porque teme perderte. En breve plazo nos separará el destino, y +renaceremos bajo nuevas formas para no volver acaso a encontrarnos +jamás. Y no nos separaremos en la plenitud de la hermosura y de la +fuerza, jóvenes y robustos aún, sino tal vez marchitos por la vejez y +sobrecargados de disgustos y enfermedades. Esto hará que el afecto que +hoy nos tenemos se trueque en desvío y en horror, o dé origen a una +piedad dolorosa. Pero aunque tú y yo ¡oh hija de Dandapani! lográsemos +revestirnos de juventud perpetua y disfrutar perenne salud, viviendo +unidos y enamorados siempre, nunca seríamos felices, como no fuésemos +egoístas. El dolor de cuanto respira, el padecer de cuanto alienta, la +muerte de cuanto vive y el espantoso espectáculo de la miseria humana +acibararían nuestra ventura, o nos harían indignos de gozarla por la +dureza de nuestros pechos sin compasión y por la sequedad de nuestros +ojos sin lágrimas.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Tus razones son tan poderosas para mí, que no sé cómo responder +a ellas. Si algún engaño contienen, no seré yo quien te saque del +engaño; caeré en él contigo. Es cierto: lo sé por experiencia propia: no +hay dicha cumplida. Ni cuando tú, violentando la dulce modestia de tu +condición y prestándote al capricho de mi padre, te presentaste a +competir con mis pretendientes, y en la lucha, en la carrera, en +disparar flechas y en esgrimir las demás armas, los venciste; ni cuando +me revelaste que me amabas; ni cuando toda yo fui tuya; ni cuando sentí +en mi seno agitarse viva tu imagen; ni cuando alimenté a nuestro hijo +con la leche de mis pechos; ni cuando, sentado en mi regazo, aquel claro +descendiente de Gotama respondió por vez primera a mi sonrisa con su +sonrisa y atinó a pronunciar tu nombre y el mío; nunca dejaron de +acibarar mi contento el temor de perder el bien que le causaba y la +consideración de que nuestro contento y nuestro bien eran privilegio +odioso, eran contravención de la ley que condenó a los hombres a general +infortunio. Pero dime; si me amas, ¿nuestro infortunio no será mayor +separándonos? ¿Por qué, pues, me huyes? Afirman que nos quieres +abandonar a todos. ¿Qué propósito llevas? Porque el dolor sea general y +necesario, ¿hemos de acrecentarle por nuestra voluntad, como lo +acrecentarás si nos abandonas?</p> + +<p><span class="smcap">Sidarta</span>.—Bien sabes, hermosa nieta de Iksvacú, que por mi voluntad no +se ha derramado jamás una sola lágrima. ¿Cómo había yo de darte +voluntariamente el pesar más pequeño? Jamás me apartaría yo de tu lado, +si esto me fuera lícito; pero no debo ocultártelo por más tiempo: un +deber imperioso me impulsa a ir lejos de ti.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—¿No te alucina, no te extravía ese deber?</p> + +<p><span class="smcap">Sidarta</span>.—No es posible que me alucine. Mi resolución no ha sido súbita, +sino nacida de largas y profundas meditaciones. Yo quiero y puedo +libertar a los hombres de la miseria, del dolor y de todos los males: +mostrarles el camino de la redención, redimiéndome yo mismo. Mi +inteligencia, abstrayéndose de todo, desdeñando los deleites ilusorios +con que nos brinda el Universo, en la contemplación de sí propia, en el +éxtasis, irá poco a poco alcanzando la suprema sabiduría, elevándose por +cima de los dioses y de los asuras, adquiriendo un poder mágico que +rompa la ley fatal del encadenamiento de las causas; y, por último, +llegada al colmo de su brío, realizada toda la virtud de su esencia, se +extinguirá para siempre, como se extingue la llama cuando da al mundo +toda la luz y todo el calor que están en ella latentes. Mi vida será así +ejemplo y dechado para los que aspiren, como yo, a salir de la esfera +tempestuosa de la vida y de las mudanzas sin fin, y busquen la paz +eterna. Obra fatal de Amor, efusión de su esencia divina fue este +Universo tan lleno de dolor. Sean obra reflexiva de Amor el +aniquilamiento, el silencio y el reposo que nos salven del tumulto y de +la guerra. Limitación y mengua son el fundamento de nuestra vida como +individuos. Rompamos el límite, completemos el ser para que no tenga +mengua alguna, y entonces nuestra existencia sin límites, y entera, sin +mengua ni falta, será como si no fuese.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—El fin a que caminamos es para los ojos de mi mente tenebroso +como el abismo. Como en el abismo, hay en él algo que me seduce y que me +atrae. No penetro, sin embargo, lo que puede ser este fin; pero los +móviles que a él te llevan son generosos, admirables, dignos de tu alma. +Sidarta mío, aun cuando fuese errada la dirección que llevas, es tan +noble el impulso que por ella te ha lanzado, que, lo presiento con +orgullo, las generaciones futuras por siglos y siglos habrán de +bendecirte y ensalzarte como al más glorioso de los hombres. Mil tribus, +naciones y pueblos seguirán tus huellas y aprenderán tu doctrina. Por mi +amor de esposa, por el amor que tengo a nuestro hijo, quisiera oponerme +a tu empresa y retenerte a mi lado; pero el amor de tu gloria, que +reflejará en mí y en tu hijo, me mueve a no impedir tu partida, aunque +el impedirla estuviera a mi alcance. Ve, pero llévame contigo. Déjame +primero compartir tus trabajos y después tu triunfo.</p> + +<p><span class="smcap">Sidarta</span>.—No puede ser. Debo partir solo.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Mi corazón se deshace de dolor; pero me resigno devotamente. ¿Y +cuándo, bien mío, ha de ser tu partida?</p> + +<p><span class="smcap">Sidarta</span>.—En el instante, ¡oh hermosa nieta de Iksvacú! Estamos en la +mitad de la noche. Mira al claro cielo. ¿Ves aquella luz que brilla en +Oriente? Es mi estrella, que se levanta para iluminarme y guiarme. +Chandac, mi escudero, tiene enjaezados los caballos. Los que guardan la +puerta oriental de Capilavastu, por donde ya asoma mi estrella, están +ganados y me dejarán partir. Queda en paz, ¡oh Gopa!</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—¡Oh señor del alma mía! Tu esclava gemirá abandonada por ti +mientras viviere. Si no lo repugnas, ya que no a la mujer querida, +concede el último favor a la madre de tu hijo. Sella mi rostro con tus +labios.</p> + +<p>(Sidarta besa a Gopa en silencio. Gopa le estrecha en sus brazos y le +besa también. Sidarta se desprende de ella con suavidad y huye. No bien +Sidarta desaparece, Gopa cae desmayada.)</p> + + +<p class="escena">CUADRO II.</p> + +<p class="c peq">Sigue la escena en la ciudad de Capilavastu: 593 años antes de Cristo.</p> + +<p class="c peq">Es de día. La misma cámara del tálamo.</p> + +<p class="c peq">GOPA y PRATYAPATI.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—Quiero decírtelo, aunque sea dura contigo. No; tú no le +amas, ya que estaba en tu mano detenerle y le dejaste partir.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Él es mi señor; yo, su sierva. No estaba en mi mano detenerle. Su +voluntad es firme y superior a todos mis halagos; pero, aun pudiendo yo +detenerle, no le hubiera detenido.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—¿Por qué? ¿Acaso crees en su doctrina?</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Yo creo en el impulso magnánimo que le mueve, y esto me basta: +creo en su dulce compasión por todos los seres; en su amor a los +hombres, a quienes mira como a hermanos, sin distinción de castas; y en +su deseo vehemente de enseñarles el camino de la virtud y de la paz. +Sólo no creo en una cosa de las más esenciales que él afirma; y si de +esto dudo, o más bien, si esto niego, es por lo mucho que le amo. ¿Cómo +he de creer yo en nuestra incurable miseria, en nuestro inconsolable +dolor, y en que la actividad de la mente es don funesto, cuando, en el +colmo de mi amargura, abandonada por él para siempre, todavía vale más +el recuerdo de la dicha alcanzada y de la honra obtenida en ser suya que +todo el pesar del abandono en que me deja? ¿Cómo he de creer que la vida +es un mal, cuando veo y columbro la suya, que ha de ser fuente de tantos +bienes? ¿Cómo he de apreciar en poco la vida, cuando el precio infinito +de la vida de él bastará para el rescate del linaje humano? ¿Cómo he de +llamarme infeliz y no bienhadada, si el fruto de su amor vive en nuestro +hijo, si la gloria de su nombre me circundará de fulgores inmortales, y +si el recuerdo de que ha sido mío, de que le he tenido a mis plantas, +idolatrándome, embelesado en la contemplación de mi belleza, a par que +lisonjea mi orgullo, es inagotable manantial de consuelo para mi alma?</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapaty</span>.—No es hondo el dolor que tan fácilmente halla consuelo. No: +tú no le amas.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Quien no ama ni entiende de amor eres tú, Pratyapati. Porque le +amo, en el mismo dolor hallo consuelo, y no sólo consuelo, sino deleite +y gloria. Y mientras el dolor es más intenso, es la dulzura más grata. +Padecer por él, llorar por él, verse condenada por él a soledad horrible +y a viudez prematura, es sacrificio santo que hago en aras de su amor y +que encierra una virtud beatificante. Tú estás más prendada de su +doctrina que de su persona. Yo adoro su persona, y en parte desecho su +doctrina. Por amor suyo la desecho. No es funesto don la luz de mi +inteligencia, ya que alumbra su imagen; no es funesto don mi memoria +inmortal, ya que su recuerdo vive en ella. Abomino del reposo, de la +extinción que él busca y desea, y prefiero un tormento sin fin, con tal +de que viva en mí el rastro del amor que me tuvo. Bajo la presión de mis +penas dará mi amor su más balsámico aroma, embriagándome el alma, como +huelen mejor las hierbas y las flores de la selva cuando el villano al +pasar las ofende y las pisa.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapaty</span>.—Perdóname, ¡oh enamorada mujer! Bien presumía yo que le +amabas; pero quería medir la energía de tu amor. La he negado, para +cerciorarme de ella, oyendo tus palabras. Todavía tienes que pasar por +un amargo trance, y ansiaba yo conocer el brío que hay en ti para +sufrirle.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Antes de su abandono, antes de que esta desgracia me hubiese +herido el alma, la imaginación medrosa me fingía mayor la pena que iba a +sobrevenir, y me menguaba los medios de consuelo. Ahora nada hay ya que +me aterre. El bien que he gozado y perdido mitiga y aun endulza con sus +dejos toda la amargura del mal presente. Mi corazón es cual vaso que ha +contenido un licor oloroso y de sabor gratísimo. El licor se ha +derramado, pero lo más sustancial y rico que en él había quedará para +siempre en el fondo del vaso e incrustado en sus paredes interiores, y +trocará en miel el acíbar que en él se ponga, y en bálsamo el veneno.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapaty</span>.—Me tranquilizo al notar que el amor que tienes a Sidarta te +da energía para sufrirlo todo. Sabe, pues, que fue en vano que el Rey +enviase en su persecución a sus más fieles servidores. No han podido dar +con él. Sidarta se ha perdido en el seno de impenetrable y sombría +floresta. Allí no es ya el príncipe Sidarta, sino el áspero penitente +Sakiamúni. Su elegante traje le trocó por el traje de un mendigo. La +negra y rizada cabellera que ceñía sus cándidas sienes, formando undosos +y perfumados bucles, se la cortó él mismo, y te la envía como último +presente. El escudero Chandac tiene el encargo de entregártela, y ya se +adelanta a cumplirle, si le dejas penetrar hasta aquí.</p> + +<p class="c peq">(Gopa hace seña de que entre, y entra Chandac, trayendo en un plato de +oro la cabellera de su tenor.)</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span> (tomando en sus manos el plato de oro y colocándole sobre el +tálamo.)—¡Cuántas veces, amados cabellos, cuando estabais aún prendidos +en su cabeza, os besaron mis labios y os acariciaron mis manos! Ya +estáis muertos y separados de él. Estáis muertos porque no tenéis +memoria y no le recordáis. Yo también, separada de él como vosotros, +arrancada de él como la flor de su tallo, carecería de vida, si mi vida +no fuese su recuerdo.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapaty</span>.—¿Y por qué no también la esperanza de que volverás a verle?</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Porque el recuerdo es verdadero y leal, y la esperanza falsa y +engañosa; porque el recuerdo evoca para mí a Sidarta, enamorado, tierno, +humano conmigo; todo él para mí, y toda yo para él; mientras que la +esperanza me niega para siempre a Sidarta, y sólo me ofrece ahora a +Sakiamúni, y más tarde, cuando Sakiamúni alcance su última victoria, a +un ser incomprensible, más luminoso que los astros, y mayor en poder que +los dioses, pero inferior a Sidarta, joven, hermoso y enamorado.</p> + +<p><span class="smcap">Pratyapati</span>.—¡Pero Sidarta será el Buda libertador de los hombres!</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—Jamás el Buda valdrá para mí lo que Sidarta valía. Reniego de la +libertad que el Buda me dé, y la trueco mil veces por la esclavitud con +que Sidarta me esclavizaba. Doy la fría calma que la doctrina del Buda +me proporcione por la agitación y la guerra amorosa que, con las +caricias, los rendimientos, los celos, la ausencia y hasta los desdenes +de Sidarta, me han perturbado y atormentado.</p> + + +<p class="escena">CUADRO III.</p> + +<p class="c peq">La escena es en la ciudad de Francfort sobre el Mein, 1866 años después +de Cristo, y 2488 después de Buda.</p> + +<p class="c peq">Habitación del doctor Seelenführer. Es de noche. Una lámpara de petróleo +ilumina la estancia, donde hay mucho librote.</p> + +<p class="c peq">El doctor <span class="smcap">seelenführer</span> y el <span class="smcap">autor</span>.</p> + + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Aseguro a V., mi querido doctor Seelenführer, que cada día estoy +más encantado de haber contraído con usted estas relaciones amistosas. +Oyendo a V. comprendo el movimiento intelectual de Alemania, en lo que +tiene de más hondo, y por consiguiente el de toda Europa, porque (¿cómo +no confesarlo?) Alemania es nuestro norte en ciencias y en filosofía, +casi desde Leibnitz, y sobre todo desde Kant. Usted es un resumen vivo +de cuanto ahora se sabe o se supone que se sabe: usted es un sabio a la +última moda. Todo esto me divierte mucho, porque no puede V. figurarse +lo aficionado que soy a la filosofía; pero confieso que hay dos cosillas +que me afligen.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Dichoso V., a quien sólo afligen dos cosillas. ¡A mí me +afligen y me desesperan todas!</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Pues justamente es ésa una de las cosillas que me afligen: el +que a V. le aflijan todas y le desesperen. De lo que antes yo gustaba +más, en la filosofía alemana, era del optimismo. Desde el doctor +Pangloss hasta hace poco (al menos yo así lo entendía) han venido siendo +optimistas los grandes filósofos. El ser llorones se dejaba a los poetas +exóticos, como Byron y Leopardi. En Alemania, ni los poetas siquiera +eran quejumbrosos y desesperados. En el más grande de todos, en Goethe, +celebro yo con singular contentamiento cierta alegría reposada y +majestuosa y cierta olímpica serenidad. Pero ¡amigo mío! ¡cómo ha +cambiado todo! Lo que ahora priva es la filosofía de la desesperación. +La poesía la precedió en este camino, el cual, seguido poéticamente, +confieso que me encantaba. Cuando yo era mozo y estudiante, ¿quién no +hacía versos desesperados? Los versos desesperados eran como blasfemias +y reniegos de las personas atildadas y cultas. Había uno perdido al +juego la mesadita de 30 ó 40 duros que le enviaba su papá; había +estudiado tan poco, que había salido suspenso y le habían dejado para el +cursillo; la hija de la pupilera, o la pupilera misma, le había plantado +y preferido a otro huésped; en cualquiera de estos casos, o de otros por +el estilo, leer o hacer versos desesperados a lo Byron, a lo Leopardi o +a lo Espronceda, era un desahogo, con el cual se quedaba sereno el vate +o genio en agraz, y comía luego con más apetito que nunca. El asunto es +mil veces más serio en el día. La desesperación no se muestra en +jaculatorias y raptos líricos, más o menos elegantes y poco metódicos, +sino que se deduce de todo un sistema dialéctica y sabiamente +construido. Confiese V. que esto es lastimoso. Si el término del +progreso no es la desesperación momentánea, poética y romántica de un +poeta impresionable, sino la desesperación reducida a reglas y +demostrada como una serie de teoremas de Geometría, convenga V. en que +debemos maldecir el progreso. Aquí tiene V., pues, las dos cosillas que +me afligen. Los dos artículos principales de mi fe filosófica quedan +destruidos con la filosofía a la moda: la fe en el optimismo y la fe en +el progreso. ¿No sería puerilidad ridícula alegar, como prueba del +progreso, el que vamos ahora en ferro-carril o en tranvía, en vez de ir +a pié o a caballo; el que los retratos en fotografía salen baratos; el +que se teje con prontitud y primorosamente por medio de máquinas de +vapor, y el que envíamos a decir a escape lo que se nos antoja por medio +del telégrafo, si en lo esencial estamos, de un modo sistemático, +pertinaz y dialéctico, desesperados y dados a todos los demonios?</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—¿Y por qué ha de ser puerilidad ridícula? ¿Quién, que +penetre en lo esencial, cree que el progreso pasa de los accidentes a la +esencia? El telégrafo, el vapor, la fotografía, los cañones rayados son, +pues, el progreso.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Yo entendía, sin embargo, que el objeto y fin de la filosofía +era la bienaventuranza, y el término del progreso la perfección del +hombre hasta llegar a la bienaventaranza deseada: a su ideal, en el +sentido más lato. Así, pues, no puedo convencerme de que caminamos hacia +la bienaventuranza, cuando veo que, no sólo estamos desesperados, sino +que es tonto probadísimo, hombre ajeno a la filosofía, acéfalo o +microcéfalo insipiente, el que no se desespera.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Esa desesperación, hoy más vivamente sentida que en otras +edades, es la prueba más clara del progreso. Cuando el viandante va +acercándose al fin de su jornada pica y da de espuelas a su caballo para +acabarla pronto y descansar. Así el progreso, que va caballero en la +humanidad, la pica y la espolea para que llegue y se repose cuanto +antes.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—¿Y cuál es la posada a donde el progreso nos lleva?</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Nos lleva a la nada; al fin del Universo y de toda la +vida; a la extinción del egoísmo y al triunfo del amor, que es la +muerte. No le quepa a V. la menor duda: la ciencia llegará a poder +destruir toda esta pesadilla horrible del Universo, que es lo que nos +conviene. En el no ser nos aquietaremos todos y cesará esta lucha +incesante por la vida que traemos ahora, ya valiéndonos de la fuerza, ya +de la astucia. ¡Cesará el dolor y se extinguirá el deseo! ¡Qué paz tan +hermosa!</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Guárdesela V. para sí; que yo no la quiero.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Pues no hay otro remedio. Para todos vendrá. Es el único +fin de nuestros males. La <i>idea</i> de Hegel, después de llegar a su total +desenvolvimiento, por medio de mil y mil evoluciones y determinaciones, +se replegará sobre sí misma con toda la plenitud del ser, sin algo que +la límite y determine, y será el no ser. La esencia de los krausistas se +realizará toda, y la realización de la esencia será la nada. La +<i>voluntad</i> de Schopenhauer, este prurito, este amor primogenio, que lo +ha sacado todo de sí, como representación y fantasmagoría, dará fin a la +representación trágica de la vida, y lo volverá a encerrar todo en sí. +Mientras llega este día dichoso, en que ha de acabar la vida, crea usted +que los adelantamientos científicos sirven de mucho para hacerla menos +intolerable.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Póngame V. algún caso.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Pondré uno o dos de los más capitales, pero será menester +cierta explicación previa.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Pues dé V. la explicación.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Ya V. sabe que pasó la edad de la fe.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Sea, pues V. lo asegura.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Los hombres, en esta edad de la razón, no pueden dejarse +llevar para sus actos del temor ni de la esperanza de premios o de +castigos ultramundanos. Los hombres son autonómicos. Ellos mismos se +imponen las leyes que quieren, las derogan cuando gustan, y se absuelven +cuando las infringen. No hay ser superior al hombre, que legisle y +juzgue, salvo un fantasma que tal vez crea la conciencia y proyecta +fuera de sí, agrandándole, como la figurilla pintada en el vidrio de una +linterna mágica se agranda al proyectarse en la pared, a causa de la +oscuridad. Traiga V. una luz clara, y la figura grande que había en la +pared desaparece, y sólo queda la figura pequeña dentro de la linterna. +Así la proyección del fantasma que había en nuestra mente, y que nos +fingíamos en lo exterior, inmenso, infinito, se borra, se desvanece del +todo, ante las claras luces del siglo en que vivimos.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Enhorabuena. ¿Y qué?</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Los hombres, pues, no tienen para sus actos sino dos +móviles, o, mejor dicho, uno solo, que se bifurca: lo que los +positivistas ramplones llaman la utilidad. La bifurcación consiste en +que unos buscan la utilidad exclusiva de ellos, y otros, los menos, la +utilidad de todos. Esto no implica mérito ni demérito en el hombre: todo +está predeterminado: todo es fatal: todo es obra de esa voluntad +inconsciente, de ese prurito que creó el mundo, y que se agita en +nosotros y nos impulsa: a unos a la devoción, al sacrificio, negando al +individuo por amor al todo; a otros al egoísmo, procurando la +conservación, el deleite y el bienestar del individuo, a despecho y tal +vez en perjuicio de la totalidad. Nace de aquí que no poca gente de la +más ruda, menesterosa y fiera, alentada y capitaneada por espíritus +inquietos, trate de subvertirlo todo por envidia o por codicia, en +virtud de teorías que se llaman, por ejemplo, socialismo, comunismo y +nihilismo. ¿Cuál es el mejor modo de evitar esto? Aquí de la sabiduría, +ha dicho mi docto amigo Ernesto Renan; y ha discurrido un medio, que +pronto ofrecerá a los sabios en un libro precioso. Consiste su medio en +que los sabios se reúnan en corporación o cofradía; se comuniquen sus +inventos sin que el público los trasluzca, volviendo a la época de las +ciencias ocultas y de la magia; y, no bien chiste la plebe, se alborote +o no los deje en paz, reciba su merecido, produciendo los sabios contra +ella, ya un buen terremoto, ya una inundación o un diluvio, ya una +epidemia, ya un par de volcanes en actividad, ya otra plaga por el +estilo. Así llegará al cabo el gobierno de los sabios: todos los que no +lo sean nos obedecerán y temblarán, y el mundo estará lo menos mal +posible. Seguirá entre tanto progresando la ciencia, y no bien logremos +poseerla del todo, acabaremos este drama del Universo y de la historia +con un suicidio colosal, o mejor expresado, con un <i>totalicidio</i> y +aniquilamiento de cuanto existe. El otro caso de ventajas que ha de +traernos la ciencia es el de dar una nueva religión a la plebe +ignorante. La ciencia y la filosofía niegan a Dios; pero los que no son +científicos ni filósofos es menester que le tengan. Esto nos conviene. +La religión será, pues, nuestra misma filosofía, expuesta, no ya en +términos dialécticos y con método, sino en imágenes, símbolos, alegorías +y otras figuras retóricas, cada una de las cuales tomará consistencia en +la fantasía del vulgo y será una persona divina, un ente mitológico, +Dios en suma. Ya varios amigos míos andan por esta manera confeccionando +la religión del porvenir. Difícil es la empresa; pero ¿qué no puede la +ciencia novísima? Yo creo que acabará por salirse con la suya.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Y dígame V.: ¿se va ya entreviendo a cuál de las religiones +positivas, existentes hasta hoy, se parecerá más la religión del +porvenir?</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Vaya si se entreve. Se parecerá, al budismo.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Hombre, me alegro. Buen lazo de fraternidad, así que seamos +budistas, vamos a tener con más de doscientos millones de ellos que hay +en Asia y en Oceanía. Pero me alegro también por otra razón.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—¿Por cuál?</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Porque estoy escribiendo un diálogo, donde Gopa, la mujer de +Buda, es la heroína, y no sé cómo terminarle. Usted, que ya es casi +budista, debe de tener vara alta con Gopa. ¿Podrá V. evocarla y hacer +que yo hable con ella?</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—No hay nada más llano. Antes de todo, quiero que sepa V. +que yo no soy un espiritista adocenado, sino el más ilustre de los +espiritistas. Yo he hecho dar un paso gigantesco al espiritismo. En +primer lugar, le he conciliado con mis ideas a lo Schopenhauer. Mi +escepticismo, a fuerza de negarlo todo, nada niega. La misma duda cabe +en que V. sea ilusión o realidad, que en que Gopa, aparecida ahora ante +nosotros después de cerca de veinticinco siglos de muerta, sea realidad +o ilusión. Los puros materialistas son necios. Por medio de +combinaciones y operaciones físicas y químicas de lo que llaman materia, +y donde sólo ven o pretenden ver la realidad, se jactan de explicar el +espíritu, la voluntad, la inteligencia y el deseo, que ellos creen +cualidades o resultados; y la verdad es que el resultado, tal vez +aparente, es la materia, y que de la voluntad y del entendimiento, única +cosa real, si hay algo real, es de donde procede todo. Así, pues, no hay +fundamento alguno para negar que existan aún la mente y la voluntad +individuales de Gopa, aunque los órganos que esta voluntad y esta mente +se proporcionaron o se crearon para su uso, en cierta época dada, hayan +desaparecido.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—De eso no tiene V. que convencerme. Yo creo en la inmortalidad +de las almas. Lo que se me hace duro de creer es que ni V. ni nadie las +evoque.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Yo no trataba de convencer a V. Quería sólo justificarme +de haber incurrido en contradicción. Por lo demás, V. se convencerá de +mi poder nigromántico. Gopa aparecerá y hablará con V. ahora mismo. No +en vano me apellidan Seelenführer, que equivale en griego a Psicopompo o +conductor de almas, epíteto dado a Hermes, tres veces grande, y a otros +hábiles taumaturgos de la antigüedad.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Y dígame V., ¿por qué <i>medio</i> se comunicará Gopa conmigo?</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Por la perla de los <i>medios</i>. Mi <i>medio</i> es una paisanita +de V., una lozana andaluza, cuyo nombre es Carmela, a quien hallé, cinco +años ha, extraviada en Homburgo, haciendo sortilegios, que no le salían +bien, al rededor de una mesa de treinta y cuarenta. Desde entonces está +conmigo y se ha <i>mediatizado</i>, ejerciendo la <i>mediania</i> de un modo que +no tiene nada de <i>mediano</i>, y sí mucho de nuevo. Yo embargo +magnéticamente su espíritu, y queda su cuerpo como casa deshabitada, +donde el espíritu evocado penetra, se infunde, y, valiéndose de los +órganos de ella, emite la voz con sus pulmones y garganta, y articula +palabras con su boca.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Amigo mío, estoy encantado de oírle. Linda invención la de V. +Eso sí que me gusta, y no aquella pesadez de los golpecitos en las mesas +y de la escritura después. Vea yo cuanto antes a Carmela.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Aguarde V. un momento. (Hace ciertos ademanes y pases con +las manos, como quien vierte por ellas diez chorros de fluido +magnético.) Ya está Carmela dormida. Ahora evoquemos el espíritu de Gopa +para que se infunda en el lindo cuerpo de Carmela. ¡Gopa! ¡Gopa!</p> + +<p>(Se abre la puerta que debe de haber en el fondo, y Gopa aparece, toda +vestida de blanco, muy guapa moza, aunque algo morena, y con los +hermosos, largos y negros cabellos, sueltos por la espalda.)</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—¿Qué me quieres?</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Que respondas a lo que este caballero te pregunte.</p> + +<p><span class="smcap">Gopa</span>.—¿Qué he de responder? No: yo no quiero responder a nadie. Acabas +de herirme, de emponzoñarme el corazón. Hace veinticinco siglos que +gozaba yo con el recuerdo de Sidarta, noble, generoso y enamorado. Su +último casto beso, el de la noche en que se despidió de mí, estaba en lo +íntimo de mi ser como luz celestial que le iluminaba. Todo mi encanto se +destruye ahora. Yo no he vuelto a ver a Sidarta. No he vuelto a saber de +Sidarta en todo este tiempo. ¿Conseguiría su propósito? me he preguntado +a veces. ¿Lograría escaparse de la esfera de la vida y hundirse en el +<i>nirvana</i>? En el mundo de los espíritus me he encontrado con muchos +espíritus, y nunca con el de Sidarta. He aprendido mil verdades. He +conocido el error de Sidarta, pero mi afecto tenía razones para +disculparle. En Capilavastu, allá en el centro de la India, seis siglos +antes de que viniese al mundo Nuestro Señor Jesucristo, nada sabíamos de +Dios; no alcanzábamos que hubiese un Ser omnipotente, bueno, +infinitamente sabio, principio y fin de todas las cosas. Nuestros dioses +eran los astros, los elementos, las fuerzas naturales personificadas; +dioses ciegos, sin amor y sin inteligencia; sin libertad; esclavos del +destino; inferiores a la naturaleza; muy inferiores a toda alma humana. +¿Qué mucho que con este ateismo por deficiencia, con este +desconocimiento infantil del Ser supremo, y movido Sidarta de caridad +sublime, imaginase su absurda aunque benévola doctrina? Pero en la culta +Europa, en el siglo XIX, sabiendo ya cuanto los profetas de Israel han +revelado, cuanto han especulado racionalmente los filósofos de Grecia +sobre Dios personal, y cuanto nos han enseñado el Evangelio y la ciencia +moderna, que de él dimana, es una mala vergüenza hacerse ateos, caer en +la desesperación y retroceder al budismo. Imagina, pues, cuán hondo será +mi dolor cuando en ti, que te llamas ahora el doctor Seelenführer, +acabo de reconocer a mi Sidarta, a mi Sakiamúni y a mi Bagavat, porque +todos estos nombres te dábamos. Tú no caes en ello; pero no lo dudes: tú +fuiste el Buda y quieres volver a serlo. Entonces, como era en sazón +oportuna, fuiste un grande hombre; hoy me pareces un charlatán o un +mentecato, y o te desprecio, o te abomino. Adiós para siempre. Para +siempre acabaron ya nuestros amores.</p> + +<p class="c peq">(El espíritu de Gopa abandona, a lo que puede inferirse, el cuerpo de +Carmela, que cae por tierra como exánime.)</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—¿Qué es esto, amigo Seelenführer? ¿Es verdad o mentira? Si es +burla de Carmela, es burla harto pesada, y si son veras, las veras son +más pesadas aún.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span> (atolondrado).—¿Si habré sido yo el Buda? ¿Si estaré loco? +¿Si se burlará de mí esta muchacha? (Se acerca a Carmela para levantarla +del suelo.) Está fría como el mármol. ¡Qué desmayo tan horrible! ¿Si +estará muerta? Carmela, Carmela, vuelve en ti.</p> + +<p><span class="smcap">Carmela</span> +<span class="peq">(volviendo de su desmayo y levantándose.)</span>¡Ay, Jesús mío!</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Muchacha, respóndeme con franqueza. ¿Te has estado +burlando de mí? ¿Qué diabluras son las tuyas?</p> + +<p><span class="smcap">Carmela</span>.—¿Qué diabluras han de ser sino las que V. hace conmigo y que +al fin han de costarme caras? He tenido una pesadilla feroz; me he caído +redonda en el suelo, y estoy segura de que tengo el cuerpo lleno de +cardenales.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—¿Y no recuerdas nada de lo que has dicho?</p> + +<p><span class="smcap">Carmela</span>.—Nada recuerdo. Déjeme V. ahora. Tengo necesidad de descanso.</p> + +<p class="c peq">(Carmela se va.)</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Mi querido Doctor: yo no sé qué pensar de lo que acabo de ver y +oír; pero, francamente, todos estos pesimismos, ateismos y espiritismos +me parecen malsanos y disparatados.</p> + +<p><span class="smcap">Seelenführer</span>.—Ya sabía yo que V. pensaba así V. es un metafísico +superficial, burlón y escéptico, que no sabe lo que se pesca.—Usted es +un descreído, anticuado en más de cien años; un discípulo de Voltaire.</p> + +<p><span class="smcap">Autor</span>.—Seré lo que a V. se le antoje. Aunque no he tomado a Voltaire +por maestro, Voltaire me divierte, y los pesimistas alemanes me aburren. +Voltaire, a pesar del <i>Cándido</i>, no era un pesimista radical. Voltaire, +en el fondo, era tan optimista como Leibnitz, de quien quiso burlarse. +Fácil me sería demostrarlo, si no estuviese de priesa. Y en cuanto al +descreimiento, digo que Voltaire jamás negó con seriedad las más altas +y consoladoras verdades, de que son fundamento la existencia de Dios, su +justicia, su providencia, y la libertad y responsabilidad del hombre. Me +atrevo, por último, a dar por evidente que, si Voltaire hubiera previsto +los abominables y desesperados sistemas de estos últimos tiempos, en vez +de hacer la guerra al cristianismo, se hubiera hecho amigo de los Padres +Jesuitas, hubiera oído una misa diaria, hubiera ayunado una vez por +semana, y se hubiera confesado cada mes un par de veces.</p> + + + +<hr style="width: 65%;" /> +<h2><a name="SANTA" id="SANTA"></a>SANTA</h2> + +<p class="c"><b>(EPISODIO DEL MAHABHARATA)</b></p> + + +<p class="poem"> +<span style="margin-left: 3em;">El rey de Anga, Lomapad glorioso,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">A un brahmán ofendió, no dando en premio</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">De un sacrificio lo que dar debiera.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Irritados entonces los brahmanes,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Salieron todos de su reino: el humo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Del holocausto al cielo no subía;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Indra negaba la fecunda lluvia,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y la miseria al pueblo devoraba.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Lomapad, consternado, saber quiso</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">El parecer de los varones doctos,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y los llamó a consejo, y preguntoles</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Qué medio hallaban de aplacar la ira</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Del Dios que lanza el rayo y amontona</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">En el cielo del agua los raudales.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Mil sentencias se dieron; mas al cabo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">El más prudente de los sabios dijo:</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">—Escucha ¡oh rey! mientras brahman no haya</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Que sacrificio en este suelo ofrezca,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Indra no saciará la sed abriendo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">El líquido tesoro de las nubes.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Los brahmanes, movidos del enojo,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Al sacrificio no se prestan. Oye</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Para cumplir el venerando rito</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Cómo hallar sólo sacerdote puedes.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">En la fértil orilla del Kausiki,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">En lo esquivo y recóndito del bosque,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Del trato humano lejos, su vivienda</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Vinfandák tiene, el hijo de Kasyapa,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Brahman austero y penitente. Vive</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">En el yermo con él su único hijo,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">El piadoso mancebo Risyaringa.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">No vio a más hombre que a su padre nunca;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Sólo frutos silvestres, hierbas sólo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y licor sólo que entre rocas mana,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Alimento le dieron y bebida.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Tan inocente y puro es el mancebo,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Que de lo qué es mujer no tiene idea.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Manda, pues, rey, que una doncella hermosa</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Vaya al bosque, le hable, y con hechizos</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">De amor, cautivo a la ciudad le traiga.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">No bien sus pies en tus sedientos campos</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">La huella estampen, no lo dudes, Indra</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Dará propicio el suspirado riego.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Así habló el sabio, y su atinado aviso</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Agradó mucho al rey. Dinero y honras</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Prometió Lomapad a la doncella</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Que hábil trajese al candoroso joven:</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Pero todas miraban con espanto</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">De Vifandák la maldición horrible,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y exclamaban:—¡Oh príncipe! perdona;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">No llega a tal extremo nuestra audacia.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">En tanto, iban mostrándose tan fieras</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">La sequía y el hambre, que perdieron</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Toda esperanza el rey y sus vasallos,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Cuando Santa, del rey única hija,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Virgen por su beldad maravillosa,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Modestamente se acercó a su padre</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y así le habló:—Si quieres, padre mío,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Yo he de intentar que venga a nuestra tierra</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">El joven que no vio seres humanos.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Con gran contento el rey escuchó a Santa,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y al instante dispuso que una nave</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Se aprestara, de flores y verdura</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Cubierta por doquier, como retiro</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Feraz de bienhadados penitentes.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Peregrinando en ella con su hija,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Fue contra la corriente del Kausiki</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Hasta llegar al prado y a la selva,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Mansión de Vifandák el solitario.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Con discretos consejos de su padre</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Para tan ardua empresa apercibida,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Santa desembarcó, y entró en la choza</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Do el mancebo por dicha estaba solo.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">—Dime, <i>muni</i>, le dijo, si te place</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">La penitencia aquí. ¿Vives alegre</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">En esta soledad? ¿Tienes en ella</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Abundancia de frutos y raíces?</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">—Tengo, contestó el joven; mas ¿quién eres</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Que como llama refulgente luces?</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Bebe del agua mía: te suplico</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Que mis flores aceptes y mis frutos.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">—Allá en mi soledad, replicó Santa,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Al otro lado de los altos montes,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Nacen flores más bellas y olorosas,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Son los frutos más dulces, y es más clara</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y más salubre el agua de las fuentes.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">—¡Oh huésped celestial! dijo el mancebo;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Algún ser superior eres sin duda.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Yo me postro a tus plantas y te adoro</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Como adorar debemos a los dioses.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">—¡Ah, no! tú eres mejor, tú eres perfecto,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y adorarme no debes: yo rechazo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">La no fundada adoración: permite</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Que te dé paz como se da en mi patria.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Cediendo en parte entonces al consejo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Discreto de su padre, y al impulso</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Del corazón también, Santa la bella</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Al cuello del garzon echó los brazos,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y le dio un beso, y llena de sonrojo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Huyó a la nave do su padre estaba.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Volvió del bosque Vifandák en esto,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Grave, terrible, penitente, todo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Desde los pies a la cabeza hirsuto.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">—¡Hijo! exclamó, ¿por qué has holgado, hijo?</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Ni partiste la leña, ni atizaste</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">El fuego, ni lavaste la vajilla,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Ni la vaca cuidaste ni el becerro.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Mudado me pareces. ¿En qué sueñas?</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">¿Qué cavilas? ¿Sabré lo que ha pasado?</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">—Un peregrino, respondió el mancebo,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Estuvo por aquí, de negros ojos</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y sonrosada y blanca faz; en trenzas</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Los cabellos caían por su espalda;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">En sus labios brillaba la sonrisa;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Gentil, gracioso, esbelto era su talle,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y en suave curva levantado el pecho.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Como canta el <i>kokila</i> en la alborada,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Así su voz sonaba en mis oídos,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y a su andar un aroma yo sentía</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Como el del aura en grata primavera.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">No quiso de mis frutos, y no quiso</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Agua tampoco de mis fuentes: frutos</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Más sazonados me ofreció y bebida</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">De más rico sabor, cuya promesa</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Bastó a embriagarme un tanto. Ciñó luego</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Con sus brazos mi cuello el peregrino,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Inclinó hacia la suya mi cabeza,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Tocó en mi boca con su amable boca,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Hizo un susurro pequeñito y blando,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y por todo mi ser discurrió al punto</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Un estremecimiento delicioso.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Por este peregrino en vivas ansias</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Me consumo; do vive vivir quiero;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">De que se ha ido el corazón me duele;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y a hacer la misma penitencia aspiro</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Que me enseñó, para endiosar el alma</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Más eficaz ¡oh padre! que las tuyas.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Vifandák contestó:—No te confíes,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Hijo, en belleza material; a veces</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Van los gigantes por el bosque errando,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y toman bellas formas, con intento</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">De seducir a los varones píos</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y perturbar su penitente vida.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Para buscar a Santa salió entonces</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Vifandák, ciego de furor; y apenas</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Hubo salido, penetró de nuevo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">La linda moza con furtivos pasos.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">La vio el mancebo, trémulo de gozo;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Corrió a ella y le dijo:—No te pares;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Huyamos sin tardanza do tú vives;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">No nos halle mi padre cuando vuelva.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Así Santa logró que Risyaringa</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">La siguiese a la nave. Dio a los vientos</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">La vela entonces Lomapad, y raudo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Bajó por la corriente del Kausiki.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">No bien puso la planta el virtuoso</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Mancebo en tierra, cuando abierto el cielo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Vertió torrentes de fecunda lluvia.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">El rey, viendo sus votos ya cumplidos,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">A Risyaringa desposó con Santa.</span><br /> +<span style="margin-left: 3em;">Volvió, entre tanto, Vifandák del bosque</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">A la choza, y al hijo fugitivo</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Buscó en balde doquier. Con saña cruda</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">De Anga a la capital marchó en seguida</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Para lanzar su maldición tremenda.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Con la fatiga a reposar parose</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">En medio del camino, y miró en torno,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y vio praderas de abundantes pastos,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y ovejas mil y lucios corderillos</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y pastores alegres.—¿Quién os hace</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Tan dichosos? les dijo, y respondieron:</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">—El piadoso mancebo Risyaringa.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Siguió su marcha Vifandák, y hallaba</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Paz, opulencia, dicha en todas partes,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y cada vez que de alguien inquiría</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">De tanto bien la causa, mil encomios</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Escuchaba de nuevo de su hijo.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Aduló con son grato las orejas</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Del austero varón tanta alabanza,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y se entibió su cólera fogosa.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Llegó, por fin, a la ciudad, en donde</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Le colmó el rey de honores y mercedes;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Vio feliz como un Dios al hijo amado;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Vio tan gozosa a la gallarda nuera,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Que como luz de amor resplandecía;</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y en torno vio rebaños florecientes,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y amenos, verdes sotos, y el hartura</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y el deleite por huertos y jardines.</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">No pudo entonces maldecir: las manos</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Elevó hacia los cielos y bendijo.</span><br /> +</p> + +<hr class="full" /> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Cuentos y diálogos, by Juan Valera + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS Y DIÁLOGOS *** + +***** This file should be named 27214-h.htm or 27214-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/2/7/2/1/27214/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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